© Libro N° 14297. Las Puertas Del Infierno I. La Historia De La Iglesia Jamás Contada. De La Cierva, Ricardo. Emancipación. Septiembre 20 de 2025
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LAS PUERTAS DEL INFIERNO i
Ricardo De La Cierva
Desde los primeros años
ochenta, Ricardo de la Cierva abrió un nuevo frente en su producción histórica
y literaria. Sin abandonar la historia de España en el siglo XX
(1939, Agonía y Victoria, Premio Espejo de España en 1989) ni la novela
histórica (Trilogía sobre Isabel II, El Triángulo, finalista del Premio
Planeta en 1988) publicó en 1986 y 1987 dos libros sobre el auge del marxismo y
la teología de la liberación que, tras alcanzar cinco ediciones, están hoy
completamente agotados y se difundieron en España, Europa y toda América. Le
llegan hoy insistentes peticiones para reeditados pero ante la inmensa
documentación (doce mil documentos), en muchos casos secreta, y la numerosísima
bibliografía nueva sobre esos problemas esenciales para la historia de la
Iglesia y del mundo en el siglo XX, el autor ha decidido recuperar toda la
información de esos libras anteriores y ampliarla de forma sustancial en dos
libros nuevos e independientes. El primero, que tiene el lector en sus manos,
es LAS PUERTAS DEL INFIERNO, una historia de la Iglesia en nuestro tiempo jamás
contada; que describe desde sus raíces históricas más profundas el asalto y la
defensa de la Roca ante la Modernidad y la Revolución, hasta el final del
Concilio Vaticano II que se estudia a una luz enteramente nueva, sin las
ocultaciones habituales. El segundo libro, LA HOZ Y LA CRUZ, analiza el auge,
la caída y la innegable pervivencia de dos corrientes entrecruzadas en nuestro
tiempo: el marxismo y la teología de la liberación, sobre la que se han acumulado
tantas leyendas y tantas mentiras, cuando ella misma es una gran mentira. En un
capitulo básico del presente libro, La deserción de la Compañía de Jesús, el
autor extiende su investigación hasta el mismo año 1995, al revelar los
documentos secretos de la Congregación General 34.
Ricardo de la Cierva
Las puertas del infierno
La historia de la Iglesia jamás contada
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r1.0
Titivillus 05.03.15
INTRODUCCIÓN
Desde
principios de los años setenta, cuando vivíamos intensamente ya la transición
española, me di cuenta de que la Iglesia católica, tanto en España como en
Roma, impulsaba poderosamente ese proceso histórico en dirección democrática
mediante lo que se llamó «el despegue» del régimen de Franco, sin rupturas
violentas. Venía estudiando desde muchos años antes la historia de la Iglesia
como institución esencial de la vida moderna pero desde los años setenta me
sentí personalmente implicado en esa historia, tanto por razones profesionales
de historiador como por motivos religiosos de católico. Desde entonces me fui
replanteando con serenidad y preocupación tanto la historia auténtica de la
Iglesia como mi propia fe. Dedicado a otros proyectos históricos e incluso a
una carrera política me iba dando cuenta de que la historia de la Iglesia y mi
compromiso personal ante ella iban ocupando cada vez la mayor parte de mi
interés y de mi estudio; con un horizonte cada vez más abierto, porque la
historia de la Iglesia en España sólo puede comprenderse en un contexto
universal. En 1984, fascinado por ese horizonte, abandoné por completo la vida
política, en la que desde entonces sólo participo como observador
independiente, y dediqué mi segunda jornada diaria de trabajo, hasta bien
entrada la noche, a estudiar la historia de la Iglesia en nuestro tiempo. Vi
muy claro que «nuestro tiempo» era, desde luego, el siglo XX,
pero ante una institución que se acerca a su tercer milenio, hay que buscar y
ordenar las raíces de nuestro tiempo en toda la Edad Moderna y también en todos
los siglos anteriores de la Iglesia hasta su comienzo entre las fuentes del
Jordán y la orilla del Mar de Galilea frente a Tiberíades, la ciudad en la que
Jesús no quiso entrar jamás.
El primer
resultado de ese permanente esfuerzo nocturno de tantos años fueron dos
artículos extensos sobre la teología de la liberación que aparecieron en ABC
de Madrid el jueves y viernes Santo de 1985. Nunca agradeceré bastante a Luis
María Anson la oportunidad que me dio al acoger esos trabajos, que levantaron
una polémica encrespada, se difundieron por toda América en millares de
fotocopias, me procuraron valiosísimas relaciones en Europa y América,
especialmente en Roma. Decidí avanzar a fondo por ese nuevo frente y presenté
al Premio Espejo de España de 1986 el libro Jesuitas, Iglesia y marxismo,
que por presiones de algún influyente jesuita fue retirado; entonces lo
presenté a Carlos Ares y José María Moya en la editorial Plaza y Janés, lo
aceptaron inmediatamente (cosa que también agradeceré para siempre) y
consiguieron un gran éxito de cuatro ediciones, que se revalidó al año
siguiente con el segundo libro, Oscura rebelión en la Iglesia. La tesis
central de esos libros era que la crisis de la Compañía de Jesús, tanto en sus
aspectos intelectuales — la desviación teológica y sobre todo metafísica de la
escuela del gran pensador jesuita
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Karl Rahner—
como en sus horizontes de misión —el «servicio de la fe y la promoción de la
justicia» habían desencadenado, con ayuda de fuerzas exógenas infiltradas en la
Iglesia— la teología marxista de la liberación, porque pese a verbales
distingos escolásticos no hay otra. Recuerdo que el excelente sacerdote José
Luis Martín Descalzo, siempre orientado al poder en la Iglesia, —representado
entonces por el cardenal Tarancón— tronó enfadadísimo contra esa tesis mía y
negó toda conexión entre la teología de la liberación y la crisis de los
jesuitas. Se equivocaba de medio a medio. Dos teólogos del Papa, vanos
Cardenales, muchos obispos de España y América, historiadores de la talla de
Burnett Bolloten y centenares de jesuitas y otros religiosos aceptaron plenamente
esa tesis central, aunque mi mayor sorpresa y honor fue el acuerdo del propio
Papa Juan Pablo II que se llevó en su viaje a Colombia el primero de esos dos
libros y me manifestó después personalmente su conformidad y su aliento para
seguir en ese camino. Veo ahora con satisfacción que Santiago Martín, mucho más
equilibrado y profundo que el buen Martín Descalzo afirma tranquilamente en una
de sus últimas columnas que los jesuitas habían sido «los pioneros de la
teología de la liberación». Es totalmente cierto, pero nadie había osado
decirlo hasta que se abrió un camino en 1986.
Esos dos
libros están completamente agotados y descatalogados desde hace muchos años
aunque existe una amplia demanda de ellos; pero no me he decidido a reeditarlos
tal como aparecieron, a lo que tengo pleno derecho, porque en estos diez años
he proseguido la investigación, he realizado una docena de viajes a los puntos
más candentes, he incorporado cientos de fuentes nuevas y he elevado mi acervo
documental sobre estos problemas a más de doce mil piezas y testimonios de toda
índole. Entonces he pensado que sería conveniente no reeditar sino escribir de
nuevo dos libros enteramente diferentes de aquéllos, aunque contengan,
enormemente ampliada y profundizada, toda la información que apareció entonces
Son dos libros, no dos tomos del mismo libro; dos libros independientes cada
uno de los cuales puede leerse sin contar con el otro aunque naturalmente se
completan y se complementan.
El primer
libro es éste, Las Puertas del Infierno, que describe el Asalto y la
Defensa de la Roca ante la Modernidad y la Revolución, las dos grandes fuerzas
que se han abatido sobre la Roca —y a veces, mediante la infiltración, desde
dentro de ella— a lo lago de la Edad Moderna; con raíces en la gran desobediencia
y rebeldía que llamamos Reforma en el siglo
XVI, y acción estratégica contra la Iglesia de
Cristo desde el siglo XVIII hasta hoy. Este doble asalto se inscribe en la
lucha perpetua, descrita por el Concilio Vaticano II, entre el Poder de la luz
y el Poder de las Tinieblas. Pero en este libro no pretendo una exposición
metahistórica sino rigurosamente histórica; si bien como historiador católico
no puedo ni debo rechazar, cuando existen indicios históricos para ello, y
observar a veces las huellas de esa lucha perpetua en los acontecimientos del
mundo y los hombres. Analizo con ese criterio la historia de la Iglesia —sobre
todo en nuestro tiempo, sin olvidar las raíces
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de nuestro
tiempo— en las decisiones y vacilaciones de los grandes Papas de nuestro siglo,
los asaltos del Modernismo y la Revolución marxista, la crisis total entre las
dos guerras mundiales, el hecho innegable de la gran infiltración que preparaba
la demolición de la Iglesia, la historia interna del Concilio pactado, cosa que
casi todo el mundo ignora; el nacimiento del Opus Dei, que es uno de los hechos
centrales para la historia de la Iglesia en el siglo XX
y la crisis de la Compañía de Jesús, con nuevos enfoques y documentos incluso
los documentos secretos de la reciente Congregación General 34, que nunca se
han publicado ni comentado hasta hoy.
Mi método no
puede ser otro que el análisis histórico aplicado a contextos muy amplios.
Primero establezco los hechos sobre pruebas que creo seguras; documentos y
testimonios contrastados. Luego encadeno los hechos, desentraño sus causas, su
evolución y su desembocadura en otros hechos. Con un hilo cronológico como
guía, pero con profundizaciones y ampliaciones monográficas cuando es
necesario. En algunas líneas históricas, como la subversión religiosa en México
y la crisis de los jesuitas, no me quedo en el Concilio, límite de este libro
para otros asuntos, sino que penetro hasta la misma actualidad del año en que
escribo. Porque en esos casos el tirón de la actualidad es necesario para
comprender hasta dónde se han despeñado algunos planteamientos históricos más
lejanos.
El segundo
libro, La Hoz y la Cruz, que espero ofrecer al lector durante el año
1996, estudia el auge, la caída y la pervivencia del marxismo y de su versión
teológica, la Teología de la liberación, desde el Concilio hasta hoy. Este
segundo libro se ha hecho necesario porque mi inmensa documentación y acopio de
nuevas fuentes desbordaba por todas partes los límites del primero. Ahora
tenemos ya perspectiva más que suficiente para analizar el nacimiento,
desarrollo y hundimiento de la teología de la liberación en proceso paralelo
con el del marxismo de quien depende. En el segundo libro describiré también la
demolición postconciliar de la Iglesia y la historia reciente de la Iglesia en
España, Estados Unidos y Alemania, que son los centros logísticos de la falsa
liberación, cuyos pasos seguiré puntualmente, aunque ya he anticipado algo, por
necesidades del guión, en este primer libro. Ha caído el Muro y hay que
explicar por qué. Pero muchos marxistas y liberacionistas no lo han aceptado;
véase el insólito caso de la rebelión marxista-liberacionista en Chiapas, que
parece la reedición de las de Nicaragua y el Salvador y apunta al mismo
objetivo. El problema de México será central en el segundo libro.
En este
segundo libro abordaré también el problema de la relación entre la masonería,
la Internacional Socialista y la Iglesia católica, sobre el que tantas
distorsiones se han acumulado. Y estudiaré el papel de la Iglesia en el confuso
Nuevo Orden Mundial.
El empeño de
estos libros era, soy consciente de ello, una misión imposible. Nacen, ya lo he
indicado, de mi doble compromiso como historiador y como católico. Nadie me ha
contado la historia que trato de reconstruir aquí. Puede que alguien lo crea
una ilusión, pero estos dos libros se escriben a partir de un fortísimo impulso
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interior,
tal vez parecido al que sentían aquellos cristianos expectantes que se reunían
a fines del siglo XI por millares en la explanada de Clermont tras
una convocatoria del Papa y cuando la oyeron le respondieron con un clamor
unánime: Deus le volt, Dios lo quiere, antes de «tomar la Cruz». No
siento una inspiración pero sí ese impulso. Aquella famosa serie de televisión,
que me encantaba, trató de mostrar que a veces las misiones imposibles pueden
realizarse.
Los aspectos
de estos dos libros que se refieren a la Historia, la filosofía, la ciencia, la
cultura y la política caen en mi terreno profesional; puedo abordarlos sin
dogmatismo pero con confianza. Hay también, naturalmente, aspectos teológicos,
y pensé en revalidarlos con un estudio profesional de la teología. Al fin, tras
más de doce años de estudiar teología noche tras noche decidí no cursarla como
sexta carrera. Primero porque he visto a muchos presuntos teólogos católicos
que se comportan teológicamente como auténticos cafres, negando la divinidad de
Cristo, la maternidad divina de María, el primado infalible del Papa, medio
Credo y la mitad del otro medio. Segundo porque he visto que algunos presuntos
teólogos son simplemente unos cantamañanas, como ese «teólogo del PSOE» que
andaba por ahí y ahora tal vez le fichen mis queridos amigos Alberto Ruiz
Gallardón y Gustavo Villapalos, a juzgar por los elementos que están
contratando. Tercero, porque teólogos de la línea progresista, desde el
propio Karl Rahner a su discípulo Ignacio Ellacuría (descansen en paz los dos)
se han hartado de afirmar que ellos no son teólogos sino filósofos; y entonces
se mueven en mi terreno profesional y académico. Después de esos doce años de
lectura y reflexión teológica, avalorada por innumerables conversaciones con
teólogos de primera división me creo con cierta capacidad para analizar sin
complejos las cuestiones teológicas que, disparates aparte, se puedan presentar
en este libro.
Este libro y
el siguiente se publican sin censura eclesiástica. Pío XII reclamaba la
formación de una opinión pública dentro de la Iglesia. Soy un historiador libre
que tuvo bastante que ver, como político, con la supresión de la censura en
España y no voy ahora a caer en ella. ¿Y si me imponen como censor a ese
salvaje que acaba de negar desde la presidencia de la Asociación americana de
Teología la divinidad de Cristo? Yo no me someto a la posibilidad de que este
libro caiga en manos de un nuevo Arrio y prefiero ir solo que mal censurado.
Eso sí, me comprometo a que, si mi Obispo encuentra alguna desviación doctrinal
en este libro, la corregiré en la segunda y demás ediciones; la experiencia de
la Editorial es que no bajarán de seis.
He procurado
evitar la agresividad en los retratos y críticas. Pero también he decidido
incluir los aspectos humanos de muchos personajes, que a veces revalorizan sus
escritos con esos rasgos y a veces destruyen su credibilidad, porque un teólogo
eminente, por ejemplo, que mantiene relaciones extrañas y aun escandalosas con
una señora que encima es teóloga me parece demasiada intercomunicación
teológica. Fue el caso de Rousseau, apóstol del humanitarismo que luego llevaba
a sus hijos a la Inclusa sin conocerles siquiera y sin darles un nombre. Era un
canalla y su doctrina,
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por ese sólo
rasgo vital, cae sin más bajo sospecha. Los aspectos humanos pueden confirmar o
descalificar a un maestro. Y además transforman la inevitable aridez de estas
páginas en relatos muy amenos y divertidos.
Este libro y
el siguiente se escriben de forma que resultará inteligible para el lector
medio. Si en algún momento algún párrafo se eleva demasiado a las nubes es que
me parece necesario para la comprensión del caso; pero el lector que se pierda
un poco puede dejarlo tranquilamente de lado hasta una segunda lectura. Lo que
más me importa es la cabal explicación de los contextos, que queda siempre,
según espero, muy clara.
Y una
advertencia final. Por supuesto que estoy abierto a la crítica y dispuesto al
diálogo y a la corrección que recibiré con gratitud. Pero no estoy nada abierto
a las descalificaciones personales como algunas que en medio de grandes
sintonías, se me dirigieron con acento despectivo o frailuno tras la aparición
de mis libros de 1985-1987. Espero que ahora nadie utilice ese método y ese
tono. Si no es así no pienso sin embargo acudir a demandas y querellas, que
generalmente no sirven para nada. En la edición siguiente a la injuria o la
calumnia daré buena cuenta del agresor. No tengo el menor deseo de hacerlo pero
algunos agresores ya parecen haber escarmentado por mis respuestas públicas
cuando han acudido al juego sucio. Y para este libro me he quedado con todo un
arsenal en la recámara. Una advertencia final. He recibído innumerables
confirmaciones y apoyos, a veces muy altos, por mis escritos sobre la Iglesia.
Pero no traspaso a esos apoyos una responsabilidad que es sólo mía y de mis
documentos. Podría escudarme en quienes me animan. No lo haré. Prefiero
trabajar a cuerpo limpio. Deus le volt.
De Cuernavaca
(México) a Madridejos de la Mancha, verano de 1995
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(Claves de
este libro)
(Textos para
que el lector comprenda la intención y alcance de este libro LAS PUERTAS DEL
INFIERNO, y del que aparecerá D.m. en 1996, LA HOZ Y LA CRUZ, uno y otro
independientes y complementarios. Los textos se agrupan de forma simbólica e
impresionista y reaparecerán sistemáticamente donde les corresponda, según la
metodología que se ha expresado en la Introducción y se despliega en el Indice
de materias).
TEXTOS FUNDAMENTALES
1.— Viniendo
Jesús a la región de Cesárea de Filipo preguntó a sus discípulos: ¿Quién dicen
los hombres que es el Hijo del hombre? Ellos contestaron: Unos que Juan el
Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías u otro de los profetas. Y El les
dijo: Y vosotros ¿quién decís que soy? Tomando la palabra Simón Pedro dijo: Tú
eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Y Jesús, respondiendo, dijo:
Bienaventurado tú, Simón Bar Jona, porque no es la carne ni la sangre quien
esto te ha revelado sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú
eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia, y las puertas del
infierno no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los
cielos y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos y cuanto desatares
en la tierra será desatado en los cielos.
(Evangelio
según San Mateo, escrito —según las investigaciones más recientes y fiables—
hacia el año 50 de Cristo, 16, 13-18, trad. Nácar Colunga en La Biblia,
BAC-Miñón, 1970).
2.— A
través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de
las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el
Señor, hasta el día final.
(Concilio
Vaticano II, Const. Gaudium et spes, 8.12.1965, n. 37)
3.— Venerables
hermanos: Mientras el clero fue rebelde a las instituciones y leyes del
gobierno de la República, estuve en el deber de combatirlo como se hiciese
necesario… ahora, queridos hermanos, el clero ha reconocido plenamente al
Estado y ha declarado sin tapujos que se somete estrictamente a las leyes… La
lucha no se inicia, la lucha es eterna. La lucha se inició hace veinte siglos.
De suerte, pues, que no hay que espantarse: lo que debemos hacer es estar en
nuestro nuevo puesto, no caer en el vicio en que cayeron los gobiernos
anteriores… que tolerancia tras tolerancia, y contemplación tras contemplación,
los condujo a la anulación absoluta de nuestra legislación. Lo que hay que
hacer, pues, es estar vigilantes. Los gobernantes y los funcionarios públicos,
celosos de
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cumplir
la ley y de hacer que se cumpla. Y mientras esté yo en el gobierno, ante la
Masonería yo protesto que seré celoso de que las leyes de México, las leyes
constitucionales que garantizan plenamente la conciencia libre, pero que
someten a los ministros de las religiones a un régimen determinado; yo
protesto, digo, ante la Masonería que mientras yo esté en el gobierno se
cumplirá estrictamente con la legislación.
En
México, el Estado y la Masonería en los últimos años han sido una misma cosa:
dos entidades que marchan aparejadas, porque los hombres que en los últimos
años han estado en el poder han sabido siempre solidarizarse con los principios
revolucionarios de la Masonería.
(Discurso
del Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, líe. Emilio Portes Gil, el 27
de julio de 1929 a los dirigentes de la Masonería de México, inquietos ante los
Arreglos con que la Iglesia y el Estado pusieron fin a la guerra cristera que
se había iniciado en 1926. El Presidente masón Portes reconoce, desde el bando
opuesto, la misma lucha eterna que proclamaría en 1965 el Concilio Vaticano II.
Texto en Carlos Alvear Acevedo, Episodios de la Revolución mexicana, México,
Jus, 1988, p. 330s).
4.— Soy
testigo ante Dios y Jesucristo, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos
por su venida y su reino; predica la palabra, insiste oportuna e
importunamente; discute, suplica, increpa con toda paciencia y saber. Porque
vendrá un tiempo en que no aguantarán la doctrina sana, sino que a su gusto
reunirán maestros que les cosquilleen los oídos y apartarán su atención de la
verdad y se volverán a las fábulas. Pero tú vigila en todo, trabaja, haz la
obra del evangelista, llena tu ministerio y sé sobrio. Porque yo me marcho ya y
apremia el tiempo de mi despedida. He combatido un buen combate, he terminado
la carrera, he guardado la lealtad. Me espera una justa corona que me devolverá
Dios, juez justo, en aquel día.
(Carta II de San
Pablo a Timoteo, 4 1-8)
EL RETORNO DE LAS HEREJÍAS
En este
libro se va a mostrar que las grandes herejías de la historia cristiana son
recurrentes; retornan una y otra vez para provocar nuevos desgarramientos o
arrancamientos, que eso significa etimológicamente el término herejía.
Una de las más importantes, que muy pronto vamos a examinar, es la Gnosis, el
asalto del paganismo al cristianismo que ya se presentó en los tiempos
apostólicos y ha reaparecido con insistencia en varios momentos cruciales de la
historia cristiana, muy especialmente en nuestros días. Algo semejante ha
ocurrido con el pelagianismo y el protestantismo, que ha rebrotado
vigorosamente en el siglo XX con el modernismo y la teología de la
liberación. Pero ahora deseo presentar dos casos extremos e insólitos.
5.— Arrio,
presbítero de Alejandría, fue, en la primera mitad del siglo IV, cuando
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la Iglesia
conquistaba al Imperio romano, el primer heresiarca de la antigüedad. Su
doctrina consistía en considerar a Cristo como un hombre excelso, próximo a
Dios, elegido y enviado de Dios, pero sin reconocerle la divinidad; la
naturaleza de Cristo era solamente humana. La mayoría de los obispos y hasta el
poder imperial y los nuevos pueblos del Norte cayeron en sus redes. El
movimiento profundo del pueblo, guiado por algunos pastores heroicos —Atanasio,
Osio de Córdoba— se alzó contra el arrianismo, que anegó durante siglos a toda
la Iglesia pese a que doctrinalmente cayó herido de muerte en el Concilio de
Nicea, el año 325, donde se proclamó el Credo que hoy repetimos como símbolo de
la fe.
Pues bien,
en nuestros días ha resurgido el arrianismo en la doctrina de un jesuita, el
norteamericano padre Roger Haight, en su resonante artículo The Case for
Spirit Christology publicado en Theological Studies 53(1992) 257-87:
Cuando
penetramos en el sujeto personal interior de Jesús encontramos solamente una
personalidad humana y creada, aunque agraciada supremamente y potenciada por el
Espíritu. Haight niega que Jesús sea una persona divina: «La conciencia
histórica —dice— me impide afirmar que Jesús, siendo un ser humano, se refiere
a una naturaleza humana integral pero abstracta que tiene como su principio de
existencia no una existencia humana sino una persona o hipóstasis divina».
(John H.
Wright, S.J. Roger Haight’s spirit Christology, en la misma publicación,
53(1992)720.
En este
libro vamos a describir bastantes originalidades de la Compañía de Jesús
durante la segunda mitad del siglo
XX, después de los altísimos servicios ofrecidos
por ella a la Iglesia desde San Ignacio hasta nuestros días. Pero que un
miembro distinguido de la Compañía de Jesús niegue abierta y públicamente la
divinidad de Jesús y el padre General de la Orden que fue ignaciana se quede,
que sepamos, tan fresco, es una hazaña arriana que merece insertarse en este
Pórtico. Menos mal que ha sido otro jesuita y gran teólogo quien, como acabamos
de comprobar, ha realizado en el mismo medio la denuncia y la refutación.
6.— La cita
que sigue no se refiere a una herejía sino a una perversión, relacionada
también con los jesuitas y denunciada por uno de ellos. En tiempos más
felices un Papa reinante podía siempre confiar en que cuando se enfrentara a un
combate público los jesuitas se alinearían tras él, con su maestría en la lucha
intelectual, su rigor académico y su famoso cuarto voto de lealtad hacia el Pontífice.
Cuando la XXXIV Congregación General de la Compañía de Jesús se reunió en Roma
al comienzo de este año, los líderes de los jesuitas demostraron que no habían
perdido su apetito por la controversia. Pero el cuarto voto se había hundido en
el desuso. En estos días, si un Papa observa cómo los jesuitas se revuelven
tras él, deberá preocuparse porque la intención de ellos puede ser subversiva…
El Papa Juan
Pablo II ha expresado su confianza en que, tras años de
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confusión,
la Compañía de Jesús tomará de nuevo la dirección correcta… Pero cualquiera que
sea la razón de esta confianza, esperemos que al tratar con los jesuitas el
Santo Padre no olvide nunca vigilar su espalda.
(«Glaucon»
—que según revelaban algunos jesuitas de Estados Unidos al autor en junio de
1995 es el seudónimo del ignaciano y valeroso disidente padre Fessio, S.J.— en
el tremendo artículo Del cuarto voto a la cuarta columna, publicado en The
Catholic world Report, junio 1995 p. 64).
7.— Uno de
los problemas históricos y religiosos con los que va a enfrentarse este libro
es la mal llamada teología de la liberación. Esta herejía de la segunda mitad
del siglo XX,
surgida de fuentes protestantes y marxistas, respaldada y extendida con la
esencial colaboración de un sector dominante de los jesuitas, entró en un
desconcierto absoluto al derrumbarse el Muro de Berlín pero se repuso
inmediatamente. Sus portavoces, en gran parte agrupados en la Confederación
Latinoamericana de Religiosos (CLAR) muy enfrentados con los tres últimos
Papas, han reforzado la cruzada anticapitalista (y maniquea) del movimiento y
le han impregnado con crecientes dosis de indigenismo. Recientemente se ha
revelado que esa impregnación ha caído en una auténtica comunión con el
paganismo; no en sentido gnóstico sino en la más grosera acepción precolombina.
La
CLAR clausuró una de sus jornadas —la dedicada a analizar la situación de los
indígenas— con la lectura conjunta de un salmo dedicado a los dioses incas
Pachacamac y Wiracocha, con los que se dicen «en comunión» y a los que piden
fuerza «para salir y vencer al sistema capitalista, la economía de mercado, la
modernización, la militarización, todos los poderes de la muerte. La Asamblea
General de la CLAR, reunida en São Paulo en junio del año pasado, según se ha
sabido ahora, concluyó una de sus jornadas de trabajo con la lectura conjunta
de un salmo dedicado a esos dioses, cuyo autor es el ecuatoriano Delfín
Tenesaca «… Pachacamac, Wiracocha, estamos en comunión contigo, te encontramos
en todas partes, quién no ha visto tantas maravillas que has obrado» empieza
diciendo el texto. Más adelante se alude al tiempo transcurrido desde la
llegada de los españoles, calificándole de «quinientos años de dolor»… El salmo
pone al mismo nivel a Moisés y a Tupac Amaru, entre otros.
(ABC
15.2.95 p. 74)
Es decir que
la teología de la liberación ha degenerado en el más detonante teatro del
absurdo. En lengua española, y bajo la confesión católica —dos contribuciones
esenciales de los conquistadores de América— estos orates de la CLAR invocan a
dioses paganos, sanguinarios (recibían sacrificios humanos en caso de guerras y
catástrofes) como divinidades del Imperio del Sol, una dictadura totalitaria
absoluta, completamente militarizada, que había afianzado, poco antes de la
llegada de Francisco Pizarro, su conquista sangrienta y vastísima del Incario.
Lo expuse con todo detalle en mi Historia de América (Epoca 1992, tomo 1
p. 331s) un libro que se ha difundido también por América, aunque seguramente
habrá caído bajo la condena
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de los
enemigos del capitalismo, la modernización y la cultura occidental. Esto ya no
es herejía ni retropaganismo sino enconamiento antihistórico, demagogia caníbal
y pura paranoia.
LOS PROFETAS POSMODERNOS
Durante los
años setenta estuvo muy de moda entre la clerigalla antifranquista y
«progresista» (un término definitivamente devaluado desde que Santiago Carrillo
el líder comunista español, se lo aplicó a sí mismo y a Sadam Hussein del Irak)
la expresión «denuncia profética» para encubrir una militancia
clerical-marxista en España y América. Sigue también de moda el término
«posmodernidad» que nadie ha definido nunca porque no significa nada. Sin
embargo, al ser éste un libro de Historia, me parece conveniente aducir dos
ejemplos de profecías posmodernas y progresistas, que resultarán muy útiles
para que el lector evalúe la credibilidad y capacidad de prospectiva de los
portavoces de determinada línea cultural.
8.— El
diario español El País fue altavoz estentóreo de la teología de la
liberación y es abanderado de la Modernidad y la Secularización, ideales
semivacíos que coinciden con los de la Masonería, la Ilustración anacrónica y
la corrupta Internacional Socialista. Tengo una antología de sus denuncias
proféticas con las que alguna vez compondré un ensayo hilarante. Traigo aquí a
colación una de las más sintomáticas, tomada de su editorial pedante (el
adjetivo es una redundancia) del 28 de diciembre de 1986, p. 8, bajo el título El
final de un espejismo:
Reagan
se desmorona. Con la óptica de hoy parece imposible que continúe dos años
presidiendo Estados Unidos con un equipo acosado, desprestigiado. La política
global ha cambiado y el protagonista de la tragedia anterior no tiene capacidad
para la nueva comedia. De otra forma no se explica que en tres meses el héroe
rámbico haya podido convertirse en lo más parecido a un fantoche. El calvario
comenzó en octubre con la conferencia de Reikjavik…
La URSS no es la
misma con Gorbachov, que está adelantando velozmente.
El
editorialista clarividente suele obsequiamos con productos plúmbeos e
interminables, famosos por su retorcimiento y por su capacidad de ridículo a
medio plazo. Renuncio por tanto a transcribir el resto. Todo el mundo sabe
dónde fue a parar la profecía. En la reunión de Islandia no empezó el calvario
de Reagan sino el de Gorbachov. Reagan tenía ganada la partida mucho antes,
cuando todo lo que pudo oponer la URSS a la Iniciativa de Defensa Estratégica,
que demostró al Estado Mayor soviético la supremacía total de los Estados
Unidos en electrónica e informática, fue la estúpida campaña de «la guerra de
las galaxias» en la que entraron todos los terminales rojos de la comunicación
y muchos compañeros de viaje más o menos involuntarios. Reagan terminó felizmente
su mandato, dio paso a una nueva situación republicana y ahora preside desde la
Historia viva el nuevo triunfo de sus ideales con
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la mayoría
absoluta en el Congreso y el pobre Bill Clinton, ídolo de El País y su
cadena internacional de la comunicación, convertido en eso que El País
llamaba a Reagan. El que terminó mal, el protagonista del espejismo, fue
precisamente el rápido Gorbachov que vio caer al Muro empujado al alimón por
Reagan y el Papa; vino a Madrid, cenó al lado de don Leopoldo Calvo-Sotelo y
acabó como todo el mundo sabe, dando conferencias cada vez más baratas.
9.— La caída
del Muro, que sepultó a la primera fase de la teología marxista de la
liberación, afectó con resonancias cómicas, no cósmicas, a otras muchas
profecías «progresistas». He recordado en mi libro anterior, No nos robarán
la Historia las que había proferido el historiador español Javier Tusell,
que ha terminado como colaborador de El País, naturalmente, en su libro
descomunal La URSS y la perestroika desde España, editado poco antes de
la catástrofe soviética por una entidad tan seria como el Instituto de
Estudios Económicos. En ese libro se pronosticaba la permanencia del Muro, la
eterna fidelidad de los alemanes orientales a la URSS, la pervivencia de la
invasión soviética en Afganistán y otras muchas maravillas, sin que la crisis
agónica del marxismo, que ya estaba a punto de reventar, figurase entre ellas.
No voy a repetir lo que ya expuse en el citado libro. Sólo aduzco unas citas
del autor fechadas en el epílogo, octubre de 1988, cuando no terminaba de
adivinar que algo gordísimo se estaba cociendo tras el ya maltrecho telón de
acero y nos informaba de esta guisa sobre el inmediato porvenir:
La
URSS obviamente tiene un grave problema en Afganistán pero por el momento no ha
experimentado en ese país ni una derrota ni un retroceso decisivo. (p. 342)…
Todavía en el terreno internacional, la situación es mejor para los intereses
soviéticos en Centroamérica. Quizás por la influencia de Castro en ese
escenario no hay ni tan siquiera la apariencia de un retroceso… el resultado,
de momento, tiende a ser la consolidación del sandinismo como dictadura (p.
344)… El desequilibrio en Europa se mantiene a favor de la URSS y sus aliados,
que han mejorado además su arsenal estratégico mediante la ampliación de su
número de misiles móviles; cada mes, la Unión Soviética, pese a todos sus
problemas económicos, sigue armando una división. De ahí el poco sentido que
tiene el entusiasmo poco meditado por la inminencia de una supuesta solución de
todos los contenciosos mundiales y el logro de la paz universal. (p. 345).
Estaba en
las librerías de 1989 como novedad penetrante el profético libro de Tusell
cuando cayó el Muro y ya no estaba, naturalmente, cuando a poco se hundió el
comunismo, desaparecieron Gorbachov y la URSS, después de tascar la humillante
derrota en Afganistán; el «arsenal estratégico» se repartía entre los diversos
fragmentos de la llamada (no sé si todavía) Confederación de Estados
Independientes, barría doña Violeta Chamorro a los sandinistas en las primeras
elecciones libres de Nicaragua, volvían a imponerse democráticamente los
antimarxistas en El Salvador, Rusia intentaba sobrevivir en el Nuevo Orden
Mundial
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y al
entregar Tusell su malhadado manuscrito a la imprenta terminaban la redacción
de los suyos los señores Brzezinski, Keenan (bis) y Francis Fukuyama.
Decididamente Tusell y el diario posmoderno de Madrid estaban condenados a la
más estrecha colaboración.
Los sueños
hechos realidad. Hoy mismo me llegan dos noticias calientes; Humberto Ortega
abandona la jefatura del ejército nicaragüense; y la conjunción de don Leopoldo
Calvo Sotelo y don Javier Tusell en la Fundación Ortega y Gasset ha
desembocado, como estaba previsto, en el desahucio de la Fundación Ortega y
Gasset, que después de tres sentencias contrarias debe abandonar el inmueble de
su sede. Que el señor Polanco, tras su reciente fichaje de Tusell para sus
multimedios, ponga las suyas a remojar.
HISTORIAS DE PASTORES, LOBOS Y REBAÑOS
Para los
cristianos de hoy mantener viva y eficaz esa fe que hemos recibído «en vasos
frágiles» como decía San Pablo, es problema muy difícil, aunque tal vez menos
difícil que en otros tiempos oscuros porque en toda la historia de la Iglesia,
después de los tres primeros siglos, no hemos gozado de una sucesión de Papas
tan eminentes como los del siglo XX, desde León XIII a Juan Pablo II. Habrán
tenido, por supuesto sus equivocaciones y sus insuficiencias; pero hay ya entre
ellos un santo canonizado (San Pío X) y otros canonizables. Como historiador
creo también que el conjunto de los obispos del mundo es en nuestro siglo no
solamente el mayor sino seguramente el mejor de cuantos han regido las iglesias
locales desde el hundimiento general del Episcopado frente al terrible choque
herético del siglo IV, cuando la Iglesia fue salvada, según vimos,
por la conjunción de un puñado fantástico de grandes pastores y la intuición de
la fe popular. La diferencia esencial entre la confesión católica y las
protestantes es que los católicos contamos, del Papa para abajo, con una
estructura de Magisterio capaz de preservarnos las fuentes de la fe junto a la
memoria viva de Cristo y los apóstoles. Yo doy gracias a Dios de no haber
vivido en épocas como el estallido del arrianismo en el siglo IV,
la Iglesia de Hierro en el siglo X, cuando la superfurcia Marozia, «Domina
Senatrix» de Roma, llegó a ser la amante de un Papa, la madre de otro y la
abuela de otro. No sé cómo hubiera reaccionado ante la predicación simoníaca de
las indulgencias en el siglo XVI, ni ante la proliferación del episcopado
jansenista y masónico en el XVIII, ni ante las aberraciones anticulturales de la
Iglesia en el XIX. Gracias a Dios nuestro tiempo es el de León
XIII y Pío X y Benedicto XV y Pío XI y Pío XII y, por qué no, Juan XXIII y
Pablo VI y los dos Juan Pablos. Voy a lamentar dolorosa y acerbamente algunos
aspectos de algunos de ellos; pero incluso ellos forman parte del admirable
conjunto, auténticamente pontifical, de nuestro siglo.
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Algo parecido cabría decir sobre los cardenales y obispos. He conocido
personalmente, más o menos de cerca, a unos doscientos en todo el mundo y de
ninguno de ellos, ni de otros que yo sepa, puede decirse con verdad que es un
sinvergüenza, como consta de un famoso cardenal secretario de Estado en el
siglo anterior (Antonelli) y de innumerables prelados corruptos, simoníacos o
indignos en la Edad Media, en el Renacimiento y en el siglo XVIII.
El plano episcopal, sin embargo, no lo veo tan iluminado, ni mucho menos, como
el pontificio. Y no digamos el plano de los religiosos, que como acabamos de
ver en los adictos a Wiracocha, presenta en nuestro tiempo síntomas cerriles de
relajación, más en los varones que entre las monjas; y entre los sacerdotes
seculares, entre quienes el porcentaje de indignos y corruptos, aunque sólo
pueda sospecharse por lejanas aproximaciones, es terriblemente alarmante,
aunque no llegue al de otras épocas mucho más negras y se redima con
testimonios colectivos de martirio como el de España, el de México, el de China
y tantos otros.
Esto no
significa que para un cristiano de filas, como es el autor de este libro,
mantener su fe durante los dos últimos tercios del siglo XX
haya sido cosa de niños, ni mucho menos. Voy a exponer en este Pórtico, y en el
libro, algunos casos, con tanto respeto como sinceridad.
10.— Los
obispos de España dieron entre 1936 y 1939 altísimo testimonio de su fe al
entregar su vida por ella en trece casos, lo mismo que ocho mil de sus
sacerdotes y religiosos. Para mi ese holocausto es uno de los cimientos vivos
de mi fe. He conocido luego, como dije, a muchos obispos de España, y de casi
todos ellos guardo un recuerdo ejemplar. Todos los obispos de España menos tres
(y éstos por causas humanamente explicables, no por deserción) firmaron el1 de
julio de 1937 una importantísima Carta Colectiva en que la Iglesia española,
seguida inmediatamente por la Iglesia universal (con excepciones muy aisladas y
sospechosas) tomó partido a favor de quienes la habían salvado de la
aniquilación y contra los promotores de esa aniquilación.
Entonces
¿por qué desde esa Carta los obispos de España no se han pronunciado jamás
sobre el marxismo ni sobre el comunismo? No recuerdo ni siquiera excepciones
individuales; pero un día de 1986 un nutrido grupo de obispos colombianos me
hizo en el palacio arzobispal de Bogotá esa misma pregunta, a la que responderé
en este libro y el siguiente. Más aún, ¿por qué la Conferencia episcopal
española es la única del mundo que no se ha pronunciado desde 1937 sobre el
marxismo, cuando el marxismo ha sido en España, desde los años sesenta, un
peligro mortal para el clero, los religiosos y el pueblo de España? La
respuesta vendrá por el mismo camino de la anterior: la politización absurda de
la Iglesia española (impulsada, desde luego, por el Vaticano de Pablo VI)
desvió a los pastores de España de esa obligación orientadora y primordial.
11.— Los
demás episcopados de Europa y el resto del mundo no han caído en tan lamentable
abstención pero las más altas jerarquías de la Iglesia de Francia se
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sintieron
obligadas, hace pocos años, a comunicar una dramática confesión, cuando acababa
de caer el Muro, todo hay que decirlo.
Monseñor
Albert Decourtray, presidente de la Conferencia Episcopal francesa y monseñor
Lustiguer, arzobispo de París, han considerado oportuno abrir el debate
nacional y continental sobre las relaciones de algunos miembros de la Iglesia
católica con el marxismo, estimando que algunos obispos han jugado un papel
cómplice y preguntándose en qué medida todo Occidente ha apoyado una cierta
connivencia con esa ideología… «Todo Occidente —dice el hoy cardenal Lustiguer—
ha sido cómplice del marxismo. (Monseñor Decourtray había reconocido que
algunos obispos de Francia hablaron muy claro sobre ese problema, lo que no
siempre fue del gusto de todo el mundo). No sólo algunos obispos franceses
sostuvieron una connivencia evidente con el marxismo. Muchos medios intelectuales
occidentales sostuvieron la misma connivencia. Recordemos, ahora que nos
sorprendemos con los errores del totalitarismo, que nosotros también hemos sido
cómplices, desde antes de la guerra, defendiendo una formidable mentira,
comparando el ideal de la generosidad con lo que no es más que una forma de
totalitarismo». El arzobispo de París señalaba expresamente la desviación de
los obispos que fueron compañeros de viaje de la «Action Catholique Ouvriere»
entre 1965 y 1975.
(ABC
7.1.1990 p. 57).
Naturalmente
luego vinieron protestas, puntualizaciones y desmentidos. Pero en este libro
seguiré siempre la norma metodológica de atenerme a la primera declaración
comprobada de un personaje eclesiástico, sin atender a las correcciones de
estilo que suelen aparecer después para templar gaitas.
12.—
Discutiremos en este libro varias actuaciones episcopales, no faltaba más. Pero
en este Pórtico quisiera apuntar algunas de un obispo español muy importante y
significativo, monseñor Fernando Sebastián Aguilar, distinguido teólogo
claretiano y la cita se debe a una razón: el actual vicepresidente de la
Conferencia episcopal y discutido arzobispo de Pamplona (hombre ejemplar en su
comportamiento privado) es un paradigma de prelado político en una Iglesia de
España donde la politización ha sido, desde el Concilio, algo parecido a un
cáncer.
Monseñor
Sebastián, de quien daremos más detalles en el libro, orientó catastróficamente
al diario de los obispos, el «Ya» de Madrid, hasta hundirlo en el oportunismo y
la hipocresía; echaba de los medios de comunicación de la Iglesia a periodistas
católicos (Alejo García, Carlos Dávila, Ramón Pi y el autor de este libro)
mientras mantenía a otros que defendían el aborto, y encima por inicuas
presiones de Alfonso Guerra; incurrió en el disparate de hacer campaña contra
el cardenal Suquía en la misma mañana de su elección como presidente de la
Conferencia episcopal, y a través de la Radio Nacional socialista; afirmó a
mediados de octubre de 1986 en la COPE, red de emisoras de la Iglesia, algo que
anoté con estas palabras: «En esta legislatura socialista se han hecho muchas
cosas. Nos quedan algunos temas
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pendientes: enseñanza,
aborto, divorcio…». Algunos temas pendientes.
En su libro Nueva
evangelización (Madrid, ediciones Encuentro, 1991) perdona la vida a los
católicos tradicionales (aunque se le olvida añadir que no se puede ser
católico sin ser tradicional, ya que la tradición es fuente de fe) en la p. 43;
anuncia que la Iglesia española tendrá que articular dos tipos de pastoral, la
tradicional y la nueva; pero cuando trata de definir lo que es la nueva
evangelización, problema al que teóricamente se refiere todo el libro, resulta
que no sabe decirnos una palabra:
No
es posible hacer un programa preciso y concreto de lo que tiene que ser y cómo
tiene que desarrollarse esta nueva evangelización. Tenemos que reconocer que no
sabemos muy bien cómo ha de llevarse a cabo una tarea de evangelización
intensiva en un país descristianizado. (p. 57).
Pues si el
señor arzobispo vicepresidente no sabe cómo organizar la nueva evangelización,
¿por qué escribe un libro sobre ella?
Monseñor
Sebastián, me parece, ha intentado una carrera política más que pastoral en la
Iglesia española. Pasaba por notorio enemigo del Opus Dei y mucho más próximo
al vacilante Pablo VI que al clarísimo Juan Pablo II pero al ver que pintaban
bastos se ha convertido a la nueva orientación vaticana. Hasta la próxima.
El segundo
general de los jesuitas y lumbrera de Trento, Diego Laínez, decía a veces Timeo
plebem, etiam episcoporum. (Temo a la chusma aunque sea de obispos). Como
cristiano de filas yo temo mucho más en el siglo XX a la vocación política
individual de algunos obispos, como monseñor Sebastián o su original amigo el
obispo poeta del Brasil, monseñor Casaldáliga.
LAS DIVISIONES DEL PAPA: EL OBJETIVO MÉXICO
El antiguo
seminarista ortodoxo de Georgia y máximo criminal de la Historia, José Stalin,
asombró a sus altos interlocutores en la Conferencia de Yalta, que le hablaban
de la influencia moral del Papa en la postguerra que allí se cocinaba, con una
pregunta famosa: ¿Y cuántas divisiones tiene el Papa? La verdad que los últimos
batallones del Papa fueron denotados en la batalla de Castelfidardo poco antes
de que sus vencedores italianos aplastaran a la Guardia Suiza en la Porta Pía
en 1870. Pero Stalin no podía ni imaginar que cuarenta y cuatro años después de
su pregunta las divisiones del Papa actuarían como ariete para derribar el Muro
de Berlín y destruir al Imperio de Stalin. Esto significa que en nuestro libro
tendremos que atender a las relaciones entre la Iglesia y la estrategia.
13.— Como
veremos, Fidel Castro, alfil de la estrategia marxista para América y África
(marxista-leninista, es decir chino-soviética) había definido en 1972 como
pieza clave para esa estrategia «la alianza de cristianos y marxistas». En 1986
mantenía la misma propuesta al declarar ante tres teólogos de la liberación
—los brasileños Leonardo Boff y fray Betto, el obispo hispano-brasileño Pedro
Casaldáliga
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La
teología de ustedes ayuda a la transformación de América Latina más que
millones de libros sobre marxismo.
(Pedro
Casaldáliga CMF Nicaragua, combate y profecía Madrid, Ayuso, 1986, p.
134).
14.— En ese
mismo año 1986 el presidente Ronald Reagan, aliado del Papa contra el Imperio
del Mal, (la expresión de Reagan que más molestó al frente prosoviético)
demostró ser mucho mejor profeta que los citados posmodernos al fijar el 17 de
marzo de ese año ante toda la nación el objetivo México como supremo para la
estrategia marxista-leninista en el Caribe:
Debo
hablaros esta noche acerca del peligro creciente en la América Central que
amenaza la seguridad de los Estados Unidos. Este peligro no desaparece:
empeorará y empeorará mucho más si no actuamos ahora.
Hablo
de Nicaragua, aliado soviético en el continente americano, a sólo dos horas de
vuelo de nuestras fronteras. Con más de mil millones de dólares de ayuda del
bloque soviético, el gobierno comunista de Nicaragua ha lanzado una campaña
destinada a subvertir y derrocar a sus vecinos democráticos.
Los
soviéticos y los cubanos, utilizando Nicaragua como base, se han convertido en
la potencia dominante en este corredor vital entre la América del Norte y la
América del Sur. Afincados allí están en situación de amenazar al canal de
Panamá, ejercer interdicción en nuestras vías marítimas vitales del Caribe y
últimamente actuar contra México. Si ocurriera esto, los pueblos latinos
desesperados por millones huirían hacia el Norte, a las ciudades de la región
meridional de Estados Unidos o a donde quedara alguna esperanza de libertad.
Hay
un viejo lema comunista que los sandinistas han dejado claro que persiguen: el
camino a la victoria pasa a través de México.
Continúa
Reagan su revelación de la estrategia cubano-soviética en el Caribe·de
Nicaragua a El Salvador —donde la gran ofensiva clerical-roja estalló en 1989—
y de allí México, donde la teología de la liberación con sus aliados
izquierdistas y terroristas han organizado la desesperada pero peligrosísima
rebelión de Chiapas.
En su
momento reproduciremos, por su trascendencia, el discurso íntegro y profético
de Reagan en 1986. Ahora nos limitamos a recordar su señalamiento del objetivo
México, que fue considerado entonces por la izquierda progresista española como
un invento del «fantoche rámbico» hasta que ahora mismo el ministro de Asuntos
Exteriores, Javier Solana «reconoce la presencia de grupos etarras en México»
según ABC del22.2.95, p. 25.
(Discurso de
Reagan en ABC, 21.3.1986 p. 34).
MASONERÍA E INTERNACIONAL SOCIALISTA
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15.— La revista católica internacional 30 Giorni insiste
lúcidamente, desde hace varios años, en la lucha dramática que se desarrolla
·silenciosamente en la Europa oriental liberada del imperio soviético (incluida
la propia Rusia) entre el espíritu cristiano que impulsa al Papa Juan Pablo II
y el espíritu masónico. En este libro hemos de prestar suma atención a la
Masonería por su influencia en Europa y América, que muchas veces ha sido
determinante desde el siglo XVIII e incluso ha conseguido a veces infiltrarse en
medios de la Iglesia Católica.
La Masonería
fue, desde su reconversión a comienzos del siglo XVIII, enemiga mortal de la
Iglesia Católica, que la ha condenado reiteradamente. Ahora la situación es
bastante confusa, pero se aclara si establecemos, como creo haber hecho en mi
libro de 1994 El triple secreto de la Masonería (Ed. Fénix) que la
Masonería es una forma moderna de la Gnosis, es decir, un rebrote del paganismo
en nuestro tiempo. Y precisamente en su esencia secularizadora coincide, y en
ocasiones se identifica, con otra gran línea de fuerza actual, la Internacional
Socialista, el marxismo relativamente descafeinado que proviene del mismo Marx
y fue reactivado dentro de la estrategia antisoviética por los Estados Unidos y
sus aliados los socialistas alemanes en 1951, sobre la base doctrinal de la
Escuela de Frankfurt, como estudiaremos detenidamente en este libro.
La
conjunción de Masonería e Internacional Socialista queda demostrada, por
ejemplo, en el testimonio de una alta personalidad francesa que pertenece a las
dos instituciones, el ex Gran Maestre y líder socialista Jacques Mitterrand,
primo del nefasto ex presidente de Francia. La gran revista de centro-derecha Le
Point señaló esa identificación en su número del 9 de diciembre de 1985
pero J. Mitterrand se había adelantado en su libro La politique des
Francmaçons, publicado en París por Roblot en 1983 y pronto misteriosamente
retirado de las librerías. En su p. 24 dice:
La francmasonería se despega
a la vez del cristianismo, del que se quiere alejar y del marxismo, al que sin
embargo se acerca. Jacques Mitterrand ataca al Concilio Vaticano II con la misma implacable
ferocidad con que atacaron sus predecesores, los masones de la izquierda
europea del siglo XIX, al Concilio Vaticano I.
El objetivo
de la secularización total, que ideólogos socialistas como Ignacio Sotelo
señalan, con razón, como suprema cifra de la Ilustración y la Modernidad, es
una de las constantes ideológicas del diario El País, que en cierto
sentido actúa como órgano español de la Masonería y la Internacional
Socialista. Podría aducir aquí docenas de ejemplos pero baste con citar uno muy
explícito: el editorial fundido en el plomo de siempre, Transición religiosa
publicado el 9 de mayo de 1994 p. 14.
Por otra
parte ya he subrayado en el número 3 de este Pórtico la identidad —a confesión
de parte— entre la Masonería del siglo
XX y el Partido Revolucionario Institucional de
México (que todavía gobierna en aquella República, por más de setenta años) y
que está adscrito como observador a la Internacional Socialista.
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JESUITAS: LA «DESINTEGRACIÓN DEL EJÉRCITO»
Esta frase
no es una descripción de la extrema derecha contra la orientación antiignaciana
de la Compañía de Jesús, que incubada desde dos décadas antes reventó a partir
de la elección del lamentable padre General Pedro Arrope en 1965. Esa frase es
un desahogo del Papa Pablo VI ante tres obispos españoles, como demostraré
oportunamente con un testimonio escrito y seguro. Mi libro de 1986 Jesuitas,
Iglesia y marxismo fue una denuncia documentada que alcanzó notable
resonancia en España, en Roma, en Europa y en América (Barcelona, ed.
Plaza y Janés) y que, completamente agotado desde hace muchos años, refundo y
amplío en el presente libro con mucha mayor documentación y perspectiva, aunque
con todas sus tesis reconfirmadas. Un sector de los jesuitas, con la tolerancia
e incluso el impulso de los Superiores, han contribuido de forma decisiva a la
fundamentación teórica y la expansión revolucionaria de la teología de la
liberación y en vez de actuar como «caballería ligera del Papa» según la frase
y el espíritu de su fundador, se han convertido en acerba oposición a la Santa
Sede, como los propios Papas, desde Pablo VI, se han hartado de denunciar.
Por
denunciar y probar ese hecho capital en la historia de la Iglesia tuve que
emprender a cuerpo limpio y sin más defensa que mi razón y mi soledad (ayudada
por la comprensión de miles de personas, incluidos muchos jesuitas) una dura
lucha contra el silencio y otras maniobras peores de mis adversarios, que sin
embargo no se han atrevido a rebatir una sola de mis tesis. Con el presente
libro comprobarán que su torpe táctica les ha salido al revés. Cuando presenté
a Editorial Planeta el original del libro recién citado me lo rechazaron —lo
tengo por escrito— salvo si accedía a suprimir el capítulo sobre la Compañía de
Jesús. Naturalmente no accedí ante ese acto de guerra sucia, que no fue
inspirado precisamente por esa editorial. En el presente libro el análisis
histórico de la actuación de los jesuitas es un asunto vertebral, que contiene
también factores positivos y del que adelanto los rasgos siguientes:
16.— La misión
de los jesuitas en el Tercer Mundo es crear el conflicto.
Somos el único grupo poderoso del mundo que lo
hace.
(César
Jerez, SJ. jesuita marxista y provincial de Centroamérica en años decisivos,
1876-1982, en una reunión de jesuitas celebrada en Boston, cfr. New England
Jesuit News, abril de 1973).
17.— Son
los comunistas y no los jesuitas quienes están ganando la batalla al ateísmo.
(Igor Bonchkovski
en Tiempos Nuevos, n. 40, Moscú 1975)
18.— Así
la planificación nacional de la Compañía de Jesús en los Estados Unidos
debería, tras el ejemplo de China, convertirse en una planificación
internacional. Hacia la convergencia de problemas en todas las zonas del mundo
en torno a un tema único: la constitución, en diferentes tiempos y formas, de
una
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(Este texto
inconcebible, auténtico programa marxista para la actuación mundial de la
Compañía de Jesús, fue propuesto por un grupo de jesuitas holandeses —en
colaboración internacional con otros jesuitas revolucionarios— y publicado para
debate interno en la revista oficial de la Compañía de Jesús en los Estados
Unidos, National Jesuit News, abril1972).
19.— El
marxismo proporciona una comprensión científica de los mecanismos de opresión
en los niveles mundial, local y nacional; ofrece la visión de un nuevo mundo
que debe ser construido como una sociedad socialista, primer paso hacia una
sociedad sin clases, donde la fraternidad genuina pueda ser esperanzadamente
posible y por la cual merece la pena sacrificarlo todo.
(Declaración
de la Asociación Teológica de la India, en la revista Vidyajyoti, de la
Facultad teológica de los jesuitas en Delhi, abril 1986).
20.— La
rebelión de los jesuitas ha afectado a casi todo el resto de las órdenes y
congregaciones religiosas, por el prestigio y el influjo de la que se
consideraba como primera orden de la Iglesia católica. Esa rebelión ha
devastado a algunas congregaciones femeninas, que en muchos casos aún no se han
caído de la burra, dicho sea con el máximo respeto. Por supuesto que la crisis
de los religiosos no se ha debido sólo al influjo de la desintegración
jesuítica; los fermentos de la degradación han surgido en cada agrupación por
el contacto con lo que antes se llamaba «el mundo» y ahora es, según parece, un
atractivo espejismo a seguir, sin que el papel de los otros dos enemigos
tradicionales, el demonio y la carne, pueda despreciarse. Han sido
especialmente notorias las rebeliones de franciscanos y carmelitas descalzos.
Varios conventos carmelitanos, guiados por la Madre Maravillas, quisieron
conservar el espíritu de Santa Teresa y recabaron de la Santa Sede unas
Constituciones de estricta observancia, que sentaron como un tiro a los
superiores de los Carmelitas varones, deseosos de seguir manteniendo bajo su
tradicional férula a las monjas observantes. Los tales superiores reclamaron
ante la Santa Sede con las siguientes cajas destempladas:
El
capítulo sobre la clausura (en las
nuevas Constituciones para las hijas de Santa Teresa, dictadas por la Santa
Sede) es impresentable teológica, religiosa y
humanamente hablando. Lo
presiden el miedo, la sospecha y unos condicionamientos del siglo XVI.
(Carta de
los provinciales Carmelitas Descalzos de España y Portugal al cardenal Hamer,
prefecto de la Sagrada Congregación de Religiosos, que les había enviado el
proyecto, 10 de marzo de 1987, ABC del25 de abril p. 73)
CHERCHEZ LA FEMME: EL REGRESO DE EVA
No deseo
trivializar una historia de tal trascendencia, ni convertir estos capítulos
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sobre la
lucha perenne entre la luz y las tinieblas en un libro picante construido sobre
secretos de alcoba, ni siquiera con el insigne precedente del Decameron
que puede ilustrar los capiteles para una columnata histórica sobre la Iglesia
bajomedieval.
Pero las
cosas son así y si el primer libro de la Biblia, nada menos, se abre con la
emboscada que entre Eva, la primera mujer, y la serpiente le montaron al
confiado Adán, tengo que dar cuenta, desde el Pórtico de este libro, de cómo
han acabado varios personajes esenciales de la teología progresista y
liberacionista a manos, o entre los brazos, de sorprendentes teólogas,
escritoras, artistas o simples aficionadas, ya que no quiero incurrir en la
descortesía de considerarlas como profesionales. Comprendo que estos adelantos
y estos relatos, debidamente documentados, contribuirán a la amenidad de este
libro pero nadie se ha atrevido a prohibir la amenidad como aliciente de la
Historia. La galería de episodios es nutridísima; selecciono para el Pórtico
los siguientes. Aquí reaparecen, y con vigor insospechado, los jesuitas; aunque
no como tales sino simplemente como hombres. Y que conste que presento estos
episodios con los inevitables rasgos de humor objetivo pero también con una
comprensión humana que, créanselo o no mis lectores, es inmensa. La intención
de este epígrafe consiste en mostrar que (como ha sucedido en casos más graves
del mundo intelectual, desde Rousseau a Sartre) cabe sospechar sobre el
magisterio de altos pensadores que luego en su vida privada caen en deslices
menos solemnes que su magisterio. Ante esos deslices no ocultaré mi humana
comprensión, pero contemplaré a esos grandes figurones con una punta de
escepticismo.
21— La
galería debe abrirse con un precursor del movimiento liberacionista que por fin
ha decidido liberarse; dom Giovanni Franzoni, el famoso abad benedictino de San
Pablo extramuros, sobre el que Juan Arias traza unos deliciosos apuntes
biográficos en El País (17.7.1990 p. 26). El abad ofició, en los años
sesenta y setenta, como adelantado de las comunidades de base y le teología de
la liberación y formó en Roma un bullicioso trío contestatario con el profesor
de la Universidad Pontificia Salesiana Giulio Girardi y el profesor de la
Pontificia Universidad Gregoriana y jesuita español José María Díez Alegría.
(Este dato no lo facilita Arias quien sin embargo afirma, no sin razón, que en
su época de más ruido, dom Franzoni «era el eclesiástico de más peso en Roma
después del Papa»). Midió por hectáreas el conjunto de jardines de que
disfrutaban los religiosos de Roma y propuso que se entregaran para recreo de
los niños de las barriadas pobres más próximas. Declaró la libertad de
conciencia católica ante el aborto, fue suspendido a divinis por la
Santa Sede y publicó en 1976 su afiliación al partido comunista, con el que
coqueteaban por entonces los otros dos miembros del trío. Estos fueron los
comienzos.
Y este es el
final: Ahora de repente se ha sabido que el ex abad acaba de contraer
matrimonio con una japonesa atea en la embajada italiana de Tokio.
«Ella
no es creyente, ha explicado el ex abad, y yo debo respetarla». Por lo que se
refiere a la sexualidad, Franzoni ha comentado que en el convento se compensa
con la solidaridad común y con la fraternidad, pero que en realidad
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«la
sexualidad es un enriquecimiento total de la persona». Y continúa: «Yo me
encuentro en un mundo nuevo, de atención, respetuoso, tolerante, comunicativo.
Quiero explorar ese mundo con ímpetu juvenil, con la esperanza de no ser
derrotado».
Ni que decir
tiene que esperamos con impaciencia que la Comunidad de cristianos de base de
San Pablo comunique oficialmente cuanto antes los resultados de la exploración.
22.— El
padre Leonardo Boff OFM fue, en los años ochenta, el portavoz más deslumbrante
de la teología de la liberación. Nos ocuparemos de él en estos libros como se
merece. Una de las razones que me impulsó hace doce años a estudiar ese
movimiento fueron los alardes de Boff, que se hizo con la gran editorial de los
franciscanos en Brasil Vozes, publicaba libros de gran éxito entre la
clerigalla y el monjío liberacionista, acudía a la llamada de la Santa Sede
envuelto en el resplandor de la gran prensa «progresista» entre declaraciones
de que iba a enfrentarse con la Inquisición (fue durante meses y meses el héroe
«religioso» de El País) y desafiaba todos los requerimientos de Roma
para que renunciara a tan espectaculares expansiones de cristianismo marxista;
porque el franciscano brasileño era una de las grandes pruebas vivientes de que
la teología de la liberación no se concibe sin el marxismo.
Las
sociedades socialistas —decía
emocionado a su regreso de un viaje a Moscú, dos años antes de la caída del
Muro y con una capacidad analítica envidiable— son muy éticas,
limpias física y moralmente. «(ABC 16.8.1987 p. 45). Pero al fin las
presiones de la Santa Sede privaron al teólogo rebelde y locuaz de su cátedra,
de sus altavoces institucionales y del apoyo que encontraba en medios
«progresistas» de su propia orden. Cayó el ídolo, pero con una caída espectacular
en varios tiempos. En abril de 1991, recién expulsado de sus plataformas
religiosas, Boff dirigió una carta a su superior general en la que ponía verde
a su gran enemigo, el cardenal Ratzinger. He aquí alguna de sus perlas:
Han
conseguido matarme la esperanza, lo que es peor que perder la fe. Yo desisto.
El Gobierno general y el Santo Oficio ha vencido… Por lo que a mí respecta
esperaba un poco más de respeto y consideración a mis canas y hacia mis 22 años
de ministerio teológico. Debo ser humilde porque es una virtud. Pero no acepto
la humillación porque es pecado… Roma es un Moloch que pide sacrificios. Crea
siempre más víctimas de la violencia simbólica prácticamente en cada país. El
bien más escaso de la Iglesia es la verdad. Se tiene miedo a la verdad de las
cosas.•. y se tiene miedo del Dios de la vida, de los pobres, de los humillados
y de los ofendidos que no aceptan la dominación de ningún tipo y que habían
descubierto a la Iglesia como abogada y aliada de sus causas •.La intervención
es un acto de violencia. Esta violencia corta la libertad y cuando se corta la
libertad se sofoca en parte el Espíritu… Y si no hay Espíritu del Señor, ¿qué
tipo de Iglesia del Señor o del Espíritu puede haber, Iglesia símbolo, signo
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de unión, o
Iglesia del diablo, símbolo de división?
Así que la
Iglesia que le condenaba era del diablo, nos dice uno de los teólogos que más
han trabajado por la división de la Iglesia, por la tesis de las Dos Iglesias.
Menos mal que se remite al tribunal de los siglos: «La última palabra no
será de quien usa el poder para matar esperanza y sofocar el Espíritu, sino de
la
Historia». (Crónica de Peru Egurbide en El País, 25 de septiembre de 1991,
p. 21). La caída sólo había empezado. Leonardo Boff nos ha ofrecido desde
entonces
actos y testimonios muy
esclarecedores para ese juicio de la Historia que invoca. El 9 de agosto de
1992 nos brindaba una maravilla:
Boff
quiere tener un hijo. El teólogo brasileño Leonardo Boff, que abandonó el
sacerdocio hace dos meses, declaró que tiene vocación para la paternidad y
desea tener un hijo, pero que no se propone casarse. En declaraciones a un
programa de televisión, Boff explicó que salió de la Iglesia católica para
llevar adelante su proyecto personal de vida y verse libre de las presiones del
Vaticano, de la orden franciscana y del ala conservadora de la Iglesia
brasileña. Boff, de 53 años, dijo que su verdadero nombre es Genesio Darci y
que adoptó el de Leonardo cuando abrazó el sacerdocio. Abandonados los hábitos
continuará llamándose Leonardo, pues su verdadero nombre no le gusta. «Voy a
hacerme bautizar otra vez, pero será por los amigos, con mucha agua y arena, en
alguna linda playa cerca de Río».
(El País 9 de agosto de 1992). Poco después (ibíd. 23 de agosto)
Leonardo Boff desmentía la anterior noticia y culpaba a «la derecha» de
difundirla. Ya he dicho que en este libro me atengo a las primeras
declaraciones, no a los desmentidos tardíos; pero unas semanas antes del
anuncio bautismal en la playa de Ipanema o alguna de sus vecinas, el cardenal
secretario de Estado, Angelo Sodano, no recataba su indignación contra el
detonante teólogo.
El secretario de
Estado …equiparó ayer la renuncia al sacerdocio de
Leonardo Boff… con la traición de Judas a
Jesucristo. (El País,
30.6.1992 p. 21). Nos habían hablado de que Leonardo Boff quería tener un hijo
sin casarse y naturalmente sospechamos que tenía un hermoso lío pero
desconocíamos el nombre y la condición de la agraciada. A fines de noviembre
del año siguiente salimos de dudas. Boff se desmentía a sí mismo, declaró que
pensaba casarse y reveló el nombre
de su enamorada.
Leonardo
Boff, ex sacerdote y ex franciscano, polémico teólogo de la más radical
teología de la liberación, lleva años manteniendo una relación sentimental con
una mujer de cincuenta años, brasileña, teóloga, divorciada y madre de seis
niños. La relación dura desde hace doce años, según ha reconocido el propio
Boff al diario brasileño «A Folha de Sao Paulo». La compañera sentimental del
ex sacerdote se llama Marcia Monteiro da Silva y se conocieron en la
Universidad de Petrópolis, donde Boff ha impartido clases de teología desde
hace más de veinte años. Boff ha afirmado también que va a pedirle al Papa que
acelere su proceso de reducción al estado laica), que ya está en curso,
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con
el fin de regularizar su situación con la señora Monteiro. A la vez ha
declarado que para él «estar enamorado ha sido todo un descubrimiento».
La noticia (ABC
28.11.93 p. 96) recuerda las veces que Boff había desmentido la existencia de
una «relación sentimental». Y la identificación que hizo en la revista cubana
«Bohemia» (marzo de 1992) de la Cuba de Castro con el Reino de Dios en la
tierra.
Tres días
antes de la noticia anterior Boff volvía a mostrarse inasequible al desaliento.
Desde su nueva cátedra en la universidad provincial de Río de Janeiro el
teólogo rebelde presentaba un libro nuevo, (muy poco difundido) para exponer
una «teología verde», título muy apropiado dada su relación sentimental con la
teóloga. Explicó su contenido ostentando una alianza de madera y se mostró muy
seguro de que el hundimiento del marxismo no afectaba a la teología de la
liberación. Profirió muchas tonterías más pero, privado ya de su morbo por su
salida de la Iglesia me temo que no volverá muchas veces a ser noticia aunque
sin duda lo intentará, por más que el cuidado de seis niños le mantendrá en
adelante algo más ocupado. (Cfr. El País 8.11.1993 p. 25).
Pese a que
Boff ha abandonado pública y notoriamente a la Iglesia, en las librerías
religiosas (por ejemplo la famosísima «Parroquial» de México) y en el Centro
Javier de los jesuitas de esa misma ciudad se venden, con amplio despliegue,
las obras antiguas y recientes del original ex teólogo de la liberación, un
verde en todos los sentidos, ecológicos y escabrosos, del término.
23.— Que
conste que no sólo no critico sino que agradezco muy seriamente a los teólogos
todos estos escarceos, que confieren, como puede comprender el lector, una
amenidad irresistible a lo que sin ellos podría convertirse en un ladrillo de
crítica histórico-religiosa. Además los dos casos anteriores parecen ya apuntar
una hipótesis: algunos destacadísimos teólogos progresistas se enamoran de
algunas teólogas, con lo que demuestran un ejemplar sentido del corporativismo.
La hipótesis tal vez avance hasta convertirse en tesis con los dos casos
siguientes.
El primero
es el de Fede. Que un teólogo de indudable importancia —jesuita y decano de la
Facultad de teología en la Universidad Pontificia Comillas que los jesuitas
regentan en Madrid— sea conocido generalmente por «Fede» en los ambientes
clericales de la capital ya me parece bastante sintomático. Me refiero al padre
Federico Pastor, quien a mediados de agosto de 1988 desempeñaba sus funciones
docentes en esa Universidad y en la UCA salvadoreña, donde participaba en un
Centro de Reflexión Teológica, según la Revista Latinoamericana de Teología
(editada por ese Centro) en la que publicó un artículo extenso (número 14,
1988, p. 145s) sobre la aportación desde San Pablo a la teología de la
liberación. En la dirección de esa revista se reunía la flor y nata del
liberacionismo: los padres Ellacuría, Sobrino, Cardenal, Boff, González Faus,
Gustavo Gutiérrez, Segundo, Muñoz y el teólogo seglar E. Dussel.
Unos meses antes
de la caída del Muro el padre Fede firmaba junto a otros
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sesenta y un
teólogos españoles de extrema izquierda (nuestra flor y nata doméstica del
ramo) un manifiesto en que criticaban al Vaticano por actuaciones
discriminatorias y autoritarias en solidaridad con la llamada «Declaración de
Colonia» suscrita el 5 de enero anterior por alrededor de doscientos profesores
de teología de países centroeuropeos. Parte de los firmantes españoles
pertenecían a dos originales «colectivos»: la Asociación de Teólogos Laicos y
el Grupo de Mujeres Teólogas de Madrid. Entre los firmantes figuraba en pleno
el equipo teológico habitual y el documento fue transcrito por el portavoz
habitual de tales encuentros, es decir «El País» (19.4.89 p. 32). Pero el ABC
añadía a la noticia, más resumida, una nota picante, toda una perla. (20.4.89
p. 66).
Otra
cosa se comentaba ayer en altas instancias de la Conferencia (episcopal):
muchos de los firmantes, la gran mayoría, son absolutos desconocidos. De los
demás, una buena parte se encuentra en estado de exclaustración —han sido
sacerdotes, ahora se han secularizado— con Jo que sus protestas se tiñen de un
tono de agresividad. Más patente y doloroso es el caso de un jesuita que está
en etapa de reducción al estado laical después de haber ocupado cargos
importantes en su orden y que ahora firma un documento contra la Iglesia en
unión de la señora con la que está viviendo.
Era Fede,
unido sentimentalmente con una distinguida alumna (centroeuropea por más señas)
que había escuchado con gran interés sus liberadoras lecciones de teología en
la Universidad Comillas de Madrid.
24.— La
tesis de la relación sentimental entre el teólogo y la teóloga alcanza su colmo
de la espectacularidad y el morbo en un caso que nunca nos hubiéramos atrevido
a sospechar: el caso Karl Rahner, Dios nos valga.
El jesuita
Karl Rahner era considerado por muchas personas serias como el primer teólogo
del siglo XX que, en contraste con los dos siglos anteriores
ha enmarcado, como veremos, una nueva edad de oro de la teología. (En mi
modestísima opinión el oro ha sido demasiadas veces oropel pero no es ésta la
imagen común). Karl Rahner fue perito del Concilio designado por Juan XXIII,
lumbrera del Concilio según sus adeptos después y antes de desplegar una
formidable actividad en lecciones y publicaciones teológicas. Será uno de los
principales personajes de este libro. Cuando los jesuitas españoles editaron
recientemente la excelente síntesis histórica de su orden escrita por el padre
Bangert le añadieron un final rojo-rosa y una portada fantástica en que el
centro de tan espléndida historia no lo ocupaba san Ignacio de Loyola sino el
padre Karl Rahner, que por cierto falleció en 1984, después de haber firmado
(no sé si alguien le guió un poco la mano, dado su estado de salud) una
protesta al Papa Juan Pablo II por su primera condena a la teología de la
liberación. En todo caso el padre Rahner fue el profeta, maestro y guía del
progresismo teológico universal. Ya hablaremos de él, con tanta decisión como
modestia.
Por eso la
sorpresa fue mayúscula cuando en pleno mes de julio de 1994 apareció
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en Alemania
un libro que ostentaba en su portada la foto de Karl Rahner junto a la de la
autora, Luise Rinser, una dama de ochenta y tres años, escritora famosa de
temas políticos, ecologistas y también religiosos por lo que al menos lato
sensu puede considerarse como teóloga, dada la reciente devaluación del
término, con el que se calza más de un aficionado. Tengo sobre la mesa el
libro, titulado Gratwan derung (algo así como Vagabundeo por la
cresta) cuyo subtítulo es «Cartas de la amistad con Karl Rahner 1962-1984»
es decir desde que el teólogo fue nombrado perito del Concilio Vaticano II
hasta que murió. La partícipe de lo que las novelas francesas púdicas llamaban
en los años treinta amitié amoureuse y los jesuitas progres de nuestro
tiempo han tipificado con escasa originalidad como tercera vía (uno de ellos me
lo describió en 1973 como «contacto íntimo con una mujer sin llegar al coito» a
lo que yo, asombrado, repliqué que podría hablarse mejor de la teología del
magreo; recuerdo que se lo conté, muerto de risa, al almirante Carrero y éste a
Franco, cuyo asombro fue muy superior al mío porque conocían menos que yo a los
personajes)… recupero el hilo; la tal partícipe vive en una casita montaraz de
Italia y ha pretendido hacerse con unos marcos al publicar esta
correspondencia, porque Rahner es todo un mito del siglo XX
en Alemania. Los jesuitas consintieron a regañadientes en la publicación de las
cartas de ella (que realmente eran de Rahner) pero se cerraron en banda y
consiguieron que no se publicaran las cartas del teólogo (que en realidad son
de su amiga íntima). Lo más divertido es que esta prohibición la impusieron «en
nombre de la libertad de expresión».
Hablaré en
su momento del libro, esmaltado con preciosas fotos de la pareja. En las cartas
de Luise se traslucen muchas cosas de Rahner. Quinientos teólogos americanos
declararon en 1978 que Rahner ejercía una influencia en sus trabajos superior a
la Martín Lutero o San Agustín. Muchas de sus cartas a la dama ecologista se
escribieron precisamente durante el Concilio. Según ella, Rahner no mostró
inconveniente en que ella publicase algún día las cartas de los dos. Entre las
perlas afectivas que se pueden recoger en el citado libro selecciono las
siguientes:
Estoy aterrada de
que me ames con tanta pasión.
Pececito, no
comas demasiado, porque si no no me gustarás más.
Desde
el momento en que has conocido el amor lo mismo que el dolor te has hecho más
grande.
La escritora
añade sugestivos dibujos de pececitos y casitas a sus cartas, que se reproducen
en la edición citada. Ella le llamaba «teólogo astronauta» y describe con
cierto morbo su primer encuentro con él en El Oso Gris, un restaurante de
Innsbruck, donde la recoleta plaza que se abre a la facultad teológica de los
jesuitas lleva hoy el nombre de Karl Rahner. «Yo, jovencita, pensaba en lo que
harías si apoyaba mi mano en la tuya. Pero naturalmente no lo hice».
El
escándalo, que seguramente no fue ajeno a la promoción del libro, estaba
servido y la prensa alemana, norteamericana y española («El País»,
naturalmente) entraron al trapo con todo entusiasmo. En espera de que las
cartas amatorias de Luise
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sean
solamente un aperitivo para las mil ochocientas «cartas de la tercera vía» (así
las titularé yo si consigo los derechos para una edición española) que siguen
inéditas por respeto a la libertad de expresión nos iluminen alguna vez sobre
los aspectos humanos del teólogo que influye más que San Agustín (el cual la
corrió de joven, que era hasta ahora lo ortodoxo) y que Lutero (que la corrió
talludo, con una monja y al modesto ritmo de cuatro veces por semana) y que
inspiró su línea progresista y de apertura al mundo al Concilio Vaticano II. Al
mundo y otras cosas, como se ve.
25.— Por si
éramos pocos (dígase, una vez más, con todo respeto) parió la abuela. Antes que
Rahner ofició como profeta de la revolución teológica del siglo XX
otro insigne jesuita, Pierre Teilhard de Chardin, eminente paleoantropólogo y
filósofo de la evolución total, cuyas tesis me han parecido siempre poéticas
más que heréticas, aunque desbarraba a conciencia cuando filosofaba sobre
política: cuando alguien criticaba ante él los excesos del comunismo en la
Europa del Este decía que bueno pero acentuaba su mejor engolamiento francés
para exclamar: «Pero ¿ah!, esas multitudes cósmicas», sin darse cuenta de que
eran las series clónicas de Aldous Huxley. Al padre Teilhard le prohibieron la
publicación de sus grandes libros hasta después de su muerte; consiguió con
ellos un tremendo éxito póstumo y la rehabilitación de su pensamiento por la
Iglesia, con lo que me siento muy conforme. Pero resulta que este mismo año se
ha revelado, —tu quoque— su lío de tercera vía con la escultora norteamericana
protestante Lucile Swan (El País 17.2.95 p. 38).
Los jesuitas
de Georgetown, universidad muy abierta, maestros de nuestro príncipe Felipe,
han difundido sin trabas el epistolario de Teilhard y la escultora que duró
veinticinco años. Según Teilhard «además de la vida conyugal y la religiosa
subsiste una tercera vía correspondiente al desarrollo, entre hombre y mujer,
de un lazo espiritual» sin implicaciones físicas. Ella conocía mejor la
doctrina jesuita progre; porque Teilhard definía lo que siempre se ha llamado
(mal) amor platónico, ya que el amor platónico, la Venus Urania, era realmente
homosexual según Platón; pero ella se apuntaba a lo que acabo de definir como
«teología del magreo» porque «el amor a Dios —decía— no entraña límites al amor
físico entre un hombre y una mujer incluso en la sincera búsqueda de una
espiritualidad creciente y sin que se establecieran líneas de demarcación a la
fuerza unitiva del amor, sin actuar contra la naturaleza» (ibíd). Lo que
se esfuerzan los espíritus retorcidos para racionalizar el clásico y
comprensible lío.
VUELTA A LO ALTO Y ASTRACANADA FINAL
26.— Toda la
bazofia de diversos calibres que he querido acumular en este Pórtico como aviso
de lo que el lector va a encontrar en este libro no debe inclinarnos hacia una
denuncia con matiz de parcialidad desesperada. Estas son cosas que ocurren en
la Iglesia católica, junto a otras todavía peores por su mayor y más
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peligrosa
perversidad. Pero estos apuntes no configuran la trama de toda la Iglesia, ni
mucho menos. La santidad de la Iglesia que proclamamos en el Credo se trasfunde
a las personas concretas, al Papa, a la mayoría de los cardenales y obispos de
hoy, a muchos sacerdotes y religiosos, a innumerables cristianos de filas.
Algún morboso nos habla estos días de la vida íntima del clero en general, como
si mirara a través de miles de cerraduras para recrearse en ciertas guarradas.
Los comportamientos aberrantes son excepción, aunque tal excepción parezca a
veces muy nutrida y ha destruido a órdenes, congregaciones y comunidades
católicas de forma devastadora. Para mí la historia de la Iglesia está formada,
ante todo, por la continua comunicación de la fe y por el permanente ejemplo de
los santos y santas, sin excluir a los pecadores que disponemos de un
sacramento purificador. El Papa actual ha canonizado y beatificado a muchos
cristianos de las épocas moderna y contemporánea, a muchos hombres y mujeres
que han superado la maldad y la angustia de los siglos XVIII, XIX
y XX
con una dedicación asombrosa al martirio, a la caridad y al servicio combinado
de Dios y de los hombres. Cuando describo otro tipo de comportamientos tengo
siempre presente esa contribución heroica y gloriosa, que es además la línea
principal en la historia de la Iglesia, aunque resulte generalmente menos
espectacular que las líneas negras. A los hombres y mujeres que viven entre las
líneas blancas, en la ancha zona de luz, va dedicado preferentemente este
libro. Para que no caigan, como tantos hermanos y compañeros suyos, en la zona
de tinieblas.
27.— Esto
supuesto vamos a las astracanadas para el cierre jocundo de este Pórtico. En
dos de mis libros anteriores de Editorial Fénix, Los años mentidos y No
nos robarán la Historia he relatado las andanzas de don Francisco Pérez
Martínez, conocido literariamente como Umbral, que a veces inciden en la
blasfemia pura y dura, en la invectiva antirreligiosa más soez y repulsiva, en
el lenguaje rahez, que dice Luis María Anson. Sin embargo una publicación tan
seria como Noticias de la provincia de Castilla, de la Compañía de
Jesús, año XXV, número 111, Valladolid, diciembre 1986,
dice, sin que se le abran las carnes, lo siguiente:
Dos
amplios volúmenes, con un total de 1531 páginas mecanografiadas es la tesis
para la obtención del doctorado, realizada por el P. Antonio Pérez. La titula Universo religioso en la obra de Francisco
Umbral: Dios (1965-1985). Actual
e interesante trabajo en que Antonio Pérez ha realizado al
estudiar la personalidad de este escritor, tras la lectura de sus más de 55
libros y miles de artículos. El estudio —dice en el prólogo— no se ocupa de la
actitud religiosa de Francisco Umbral. Lo que se investiga es la idea o imagen
de Dios y de la religión, contenida en los textos umbralianos.
Supongo que
el padre Pérez habrá estudiado a fondo el libro más teológico de Pérez Martínez
Pío XII, la escolta mora y un general con un ojo donde podrá haber
encontrado la identificación de teología con golfería (p. 102) la descripción
del Ángel de la Guarda como un homosexual en acción (p. 160) la definición del
arcángel
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Gabriel como
«una maricona con muchos idiomas», la conversión de las letanías en blasfemias
(p. 197) y la escena capital, trazada con hondo sentido religioso, que describe
cómo los nueve coros angélicos violan a las Once Mil Vírgenes en presencia de
las más altas jerarquías celestiales.
28.— En fin,
cerraré este Pórtico con una palabras luminosas de Ernesto Cardenal, el
sacerdote, poeta y ministro de la Nicaragua sandinista, en la biografía que le
dedicó J.L. González Balado, Salamanca, Sígueme, 1978 p. 23:
Nosotros
los cristianos somos a la vez hijos de una virgen y de una puta (lván Illich).
Y creo que ésta es la verdad.
Ignoro la
experiencia personal de los señores Illich y Cardenal. Ellos tal vez, puesto
que lo afirman. Nosotros no.
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Este es un
libro sobre la historia de la Iglesia en nuestro tiempo (y lo que llamamos
«nuestro tiempo» es primariamente «nuestro siglo», el siglo XX,
pero hunde sus raíces hasta mucho más hondo, hasta las Ilustraciones, hasta el
brote del pensamiento moderno y la ciencia moderna, hasta el Renacimiento y el
Humanismo. Pero como las raíces de la Iglesia brotaron junto a las fuentes del
Jordán, cuando Cristo identificó a Pedro con la Roca fundacional de esa
Iglesia, los horizontes de este libro se ensanchan inevitablemente. Además la
Iglesia no es solamente un hecho político ni una estructura humana sino una
realidad espiritual que para nosotros los cristianos reconoce un origen divino.
Por eso si por falso pudor «científico» tratamos sólo de hacer historia humana
dejamos fuera lo más esencial de la historia y la vida de la Iglesia; pero al
intentar una historia total tampoco queremos caer en una interpretación
providencialista, una «historia a lo divino» por la sencilla razón de que
reconocemos, pero a la vez desconocemos, la mente de Dios. Vamos, pues, a
reconstruir la historia de la Iglesia con medios humanos, con metodología
histórica; pero sin ignorar su naturaleza espiritual ni su origen divino que se
nos manifestó de forma tan clara y tan históricamente comprobable en la primera
escena que describíamos en el Pórtico, la declaración por Cristo del primado de
Pedro, la descripción hecha por él mismo de la Roca de Pedro en Cesárea de
Filipo, junto a las fuentes del Jordán. Insisto en que este libro no va a ser
un tratado de teología ni un alarde de exegesis bíblica sino un libro de
historia escrito por un cristiano que se apoya, para no desviarse, en la fe,
comunicada por la Escritura y la Tradición e interpretada por el Magisterio de
la Iglesia, aunque con plena responsabilidad personal y sin someterse a ningún
tipo de censura eclesiástica o política. Era necesario anteponer al libro esta
declaración de libertad porque esas dos censuras, la eclesiástica y la
política, existen en nuestros días y en nuestro ambiente pero no vamos a
tenerlas en cuenta para nada. No me cansaré de insistir: quiero y pretendo que
éste sea un libro de Historia, no de teología ni siquiera de filosofía de la
Historia; tendré que reconocer elementos sobrenaturales, preternaturales y espirituales
en muchos momentos del relato pero intentaré no deslizarme a la metahistoria
porque no es mi terreno, aunque el análisis histórico, que consiste en el
descubrimiento y la presentación cabal de los hechos comprobables, exija
también una interpretación que tenga en cuenta aquellos elementos,
sencillamente porque también ellos forman parte de la realidad.
Los dos
primeros textos que he aducido en el Pórtico están conectados históricamente
por una relación profunda. «Las puertas del infierno no prevalecerán» contra la
Iglesia que en aquel momento, junto a las fuentes del Jordán, se dibujaba en la
Historia. Este es un texto del evangelio de San Mateo, que revela hacia el año
50 de Cristo una escena trascendental para la historia del mundo que tuvo lugar
unos veinte años antes. (No tengo por qué demostrar aquí la autenticidad
histórica de los
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Evangelios;
la doy por supuesta, como cristiano y como historiador científico). Lo primero
que tenemos que interpretar a propósito de ese texto es qué significan «las
puertas del infierno», esa traducción tradicional y además exacta de la
expresión escrita por san Mateo; la hemos tomado de una traducción bíblica tan
científicamente acreditada como la de dos grandes especialistas, los profesores
Nácar y Colunga.
El primer
texto clave, pues, se refiere a la Roca de Pedro; el segundo también, pero
veinte siglos después. El primero —las puertas del infierno, que da título a
este libro— surgió en labios de Cristo junto a las fuentes del Jordán. El
segundo nos presenta al «poder de las tinieblas», contra el que «existe una
dura batalla… que iniciada en los orígenes del mundo durará, como dice el
Señor, hasta el día final». El enemigo del poder de las tinieblas en la
historia humana sólo puede ser el conjunto de los que llama el Evangelio «los
hijos de la luz», agrupados, naturalmente, en la obra viva e histórica de
Cristo, la propia Iglesia. El texto que describe esta lucha es una tesis
capital del Concilio Vaticano II en la Constitución «Gaudium et spes» con cuya
proclamación cerró el Concilio en 1965 el Papa Pablo VI. Insisto en que no se
trata de una expresión del Concilio Vaticano I, que suele interpretarse como
menos «progresista» que el segundo; ni de un Papa presuntamente reaccionario
sino de uno tan culto, profundo y «progresista» como Pablo VI. Pero no es en
rigor una proclamación papal sino conciliar; es la Iglesia entera del siglo XX,
con el Papa, la que nos interpreta la historia humana, desde el principio de
los tiempos hasta su final, como una lucha contra el poder de las tinieblas.
Algo tendrá
que decir un historiador ante este resumen fulgurante de la historia humana.
Tengo que decir esto: comparando el texto del Jordán con el texto del Tíber,
separados por veinte siglos de distancia, unidos por veinte siglos de fe y de
Iglesia, escritos en torno a la misma Roca, las «puertas del infierno» se
identifican para mí con el «poder de las tinieblas». Vamos a comprobar cómo lo
explican los maestros.
QUÉ SIGNIFICAN «LAS PUERTAS DEL INFIERNO»
La fe se nos
activa muchas veces, a lo largo de la vida, por el legado de la Tradición, que
para los cristianos de filas se nos conserva en las vivencias infantiles.
Recuerdo que uno de mis profesores de religión, además de hacernos aprender de
memoria el pequeño catecismo de Ripalda, (ahora el Catecismo es un bestseller
gordísimo que no se puede aprender de memoria y que por supuesto casi nadie lee
aunque muchísimos lo hayan comprado) nos explicaba que «las puertas» eran «los
poderes del infierno», ese terrible lugar de castigo eterno donde reina Satán y
cuya pena principal, que se llamaba «de daño» consistía en «estar privados de
la vista de Dios». Y nos ponía por ejemplo la ya desaparecida «Sublime Puerta»,
como se llamaba oficialmente el trono, símbolo del poder del Sultán otomano de
Constantinopla.
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En la reciente y excelente Enciclopedia de la Biblia y a la voz
«Puerta» se refiere expresamente el autor del artículo a «las puertas del
Hades» o infierno (Hades es el nombre clásico del infierno) con esta
conclusión: «En la promesa del primado a Pedro Jesús afirma solemnemente que las
puertas del Hades no podrán contra la Iglesia, simbolizando en ellas todo
el poder contrario a Dios»[1].
Un notable
teólogo de nuestro tiempo, el doctor José María Casciaro, propone dos
interpretaciones a «las puertas del infierno» que además no son
contradictorias. La que se apoya en la tradición del Antiguo Testamento apunta
que se trata de la «potestad de la muerte»; y que Cristo quiso prometer, por
tanto, que la Iglesia, alzada sobre la Roca de Pedro, no moriría jamás,
perduraría hasta el fin de los tiempos. La segunda interpretación, que es la
tradicional, reforzada hoy por el eminente escriturista Lagrange, especialista
en el evangelio de San Mateo, sugiere que las puertas del infierno significa
«los poderes del infierno, esto es, del mal moral o de Satanás… Lagrange se
apoya en algunos escritos intertestamentarios y sobre todo en el evangelio de
san Lucas, (16, 23) donde el Hades o Seol parece indicar no sólo la mansión de
los muertos sino el lugar de la condena. Según esta segunda interpretación la
metáfora en cuestión indicaría la lucha del imperio del mal contra la Iglesia»[2].
A ella nos atenemos en este libro, como va a comprender el lector en el
epígrafe siguiente. Para nuestro propósito huelga la descripción detallada del
significado de «infierno» o de «Hades» en la expresión humana de Cristo, dentro
de las circunstancias históricas y culturales en que se desenvolvía su
predicación y su actuación. Nos basta con atenernos a la interpretación
tradicional corroborada por relevantes teólogos de nuestro tiempo. La pugna de
Jesús con Satán está fijada con toda claridad en los Evangelios y se trató de
un combate real, no metafórico, desde las tentaciones en el desierto a la
victoria de Cristo sobre la muerte y el infierno en la Pasión y la
Resurrección. Hoy me encuentro con algunos cristianos que afectan no creer en
Satán ni en el infierno. Pero cuando me asomé durante mi último viaje a Israel
al valle de la Gehenna, los antiguos vertederos de Jerusalén bajo las murallas,
que a veces se incendiaban por la fermentación y los vapores de las basuras,
recordé las veces que Cristo tomó esa imagen para hablarnos de un castigo
eterno con el cual no pretendía sin duda asustarnos pero menos engañarnos.
QUÉ SIGNIFICA EL PODER DE LAS TINIEBLAS
El anuncio
apocalíptico —este término significa «revelación» y no «exageración
tremendista» como suele degradarse en nuestro mundo de la comunicación— del
Concilio Vaticano II tomado de la Constitución Gaudium et spes, número
37 nos presentaba la «dura batalla contra el poder de las tinieblas» entablada
desde «los orígenes del mundo» hasta «el día final». Insisto en que ese anuncio
se incluye en un texto capital con que se cerraba el Vaticano II, un gran
documento «sobre la Iglesia
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en el mundo
actual», es decir en una fase de aproximación a la realidad histórica, no en un
intento de alejarse de ella y enfrentarse a ella. Pero en un momento anterior
de la misma Constitución, el número 13, cuando se refiere al pecado, dice el
Concilio que «Creado por Dios en la justicia, el hombre, sin embargo, por
instigación del demonio, en el propio exordio de la Historia, abusó de su
libertad, levantándose contra Dios, y pretendiendo alcanzar su propio fin al
margen de Dios. Lo que la Revelación divina nos dice coincide con la
experiencia. El hombre, en efecto, cuando examina su corazón, comprueba su
inclinación al mal y se siente anegado por muchos males, que no pueden tener
origen en su santo Creador. A negarse con frecuencia a reconocer a Dios como su
principio rompe el hombre la debida subordinación a su fin último y también
toda su ordenación tanto por lo que toca a su propia persona como a sus
relaciones con los demás y con el resto de la creación. Es esto lo que
explica la división íntima del hombre. Toda la vida humana, la individual y la
colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el
mal, entre la luz y las tinieblas. Más todavía, el hombre se nota incapaz de
domeñar con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto se
sentirse como aherrojado entre cadenas. Pero el Señor vino en persona para
liberar y vigorizar al hombre, renovándole interiormente y expulsando al
príncipe de este mundo (cfr. Juan 12,
31) que le retenía en la esclavitud del pecado. El
pecado rebaja al hombre, impidiéndole lograr su propia plenitud. A la luz de
esta Revelación la sublime vocación y la miseria profunda que el hombre
experimenta hallan simultáneamente su última explicación.
La
combinación de estos dos textos conciliares que son de nuestro tiempo, 1965,
resulta preciosa para trazar el gran marco de realidad total en que se va a
desenvolver nuestra historia. Es evidente que el Concilio Vaticano II
identifica «la dura batalla contra el poder de las tinieblas» del n. 37 en la Gaudium
et spes con «la lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la
luz y las tinieblas» en que consiste nada menos que «toda la vida humana, la
individual y la colectiva». Queda también clarísimo que este combate se
desarrolla en dos planos, a los que alude este segundo texto clave del
Concilio. Por una parte la vida individual; el combate interior entre los
impulsos del mal y la atracción del bien; entre el pecado y la gracia. Pero la
lucha de la luz y las tinieblas no se refiere solamente al interior del hombre;
es también, según el Concilio, una lucha colectiva que no puede sino
identificarse con la que Cristo describió en Cesarea de Filipo: la
confrontación entre la Iglesia y las Puertas del Infierno.
San Pablo,
que vivió íntimamente la lucha interior, se refiere también a la colectiva. Al
escribir a los cristianos de Tesalónica el Apóstol se sitúa en la misma
perspectiva de lucha entre los dos grandes frentes que nos describe el
Concilio:
Vosotros no sois hijos de las tinieblas.
Vosotros todos, en efecto, sois hijos de la
luz y del día. Nosotros no somos hijos de la
noche ni de las tinieblas[3].
Parece pues claro, ante nuestros textos
fundamentales, que la historia humana,
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tanto en la
intimidad personal como en la gran confrontación colectiva y universal, ha de
interpretarse como combate perpetuo entre el poder de la luz y el poder de las
tinieblas; la Iglesia de Cristo y las Puertas del Infierno. Pero debemos
concretar y personalizar un poco más esa lucha.
NO HAY CONCORDIA ENTRE CRISTO Y BELIAL
No voy a
trazar en este primer capítulo, ni siquiera a resumir un tratado de
demonología. Satán, nombre principal que la Biblia da al Diablo, está
misteriosamente presente en la mente, los escritos y las creencias de los
hombres, dentro y fuera del judaísmo y el cristianismo, desde los comienzos de
la vida humana; quienes creemos en un núcleo de realidad histórica del Génesis,
primordial libro del Antiguo Testamento, por debajo de todas las expresiones y
enmascaramientos mitológicos, creemos también que Satán, por medio de la
serpiente maligna, desvió el destino del hombre que Dios acababa de trazar. En
nuestro tiempo coinciden donosamente dos actitudes contradictorias. Por una
parte nunca se ha hablado tanto de satanismo, nunca se ha difundido tanto el culto
satánico con nuevas versiones de misas negras, extraños aquelarres en todo el
mundo y espantosos mensajes subliminales (reconocidos, además, sin rebozo) por
parte de algunos jóvenes músicos adictos al «heavy rock» y otras modalidades de
presunta música juvenil. Se registraron en la gran literatura del siglo XIX
algunas famosas invocaciones a Satanás pero nunca como en nuestro siglo han
proliferado tanto los grupos satánicos que tratan de resucitar y «modernizar»
serviles y patéticas experiencias medievales que suelen encontrar amplia y
morbosa acogida en los medios de comunicación.
Sin embargo
en medios sociales más serios, más científicos (e incluso teológicos) está de
moda no hablar del Diablo, no creer en el Diablo, prescindir de Satán. Comenté
un día con el almirante Luis Carrero Blanco, poco antes de su muerte, esta
situación y me dijo: «Al Diablo le interesa que no se crea en su existencia».
No voy a participar en tan sugestivo debate porque éste es un libro de
Historia, donde por eso mismo ha de considerarse el hecho diabólico junto a las
fuentes de la fe, porque esta Historia es la de la Iglesia católica.
Vuelvo por
ello a los textos fundamentales que he antepuesto al libro en el Pórtico. La
presencia de Satán en la lucha de las Puertas del Infierno —que son los poderes
de Satán, el primigenio Imperio del Mal— quedó ya fijada en anteriores
comentarios exegéticas. Pero en el segundo texto del Concilio Vaticano II que
hemos aducido como complementario del primero, es decir en el que se contiene
en el número 13 de la Constitución Gaudium et spes la atribución
diabólica al impulso de la lucha contra el Bien queda clarísima. La rebelión
autonómica del hombre contra Dios que marca el principio de la Historia fue,
según el Concilio, «por instigación del demonio». Esta insinuación es
fundamental para nuestra historia, donde las
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aberraciones
humanas y eclesiales que vamos a considerar se refieren siempre a exagerar la
autonomía del hombre, a romper su relación trascendental con Dios. La amenaza
del mal que, según el mismo texto, el hombre siente en su corazón, «no puede
tener origen en su santo Creador». Poco más abajo se refiere el Concilio a «los
ataques del mal» que no es, según la expresa doctrina cristiana, el Mal
abstracto, sino el mal diabólico. Satanás, provocador del mal humano, es el
instigador del pecado que aherroja al hombre. «Pero el Señor —dice el Concilio—
vino en persona para liberar y vigorizar al hombre, renovándole interiormente y
expulsando al príncipe de este mundo que le retenía en la esclavitud del
pecado». El Concilio utiliza aquí uno de los nombres de Satanás, el de Príncipe
de este mundo.
También San
Pablo en sus cartas se refiere directamente al Diablo como promotor del pecado
individual del hombre y de la lucha, individual y colectiva, de los Hijos de
las Tinieblas contra los Hijos de la Luz. Pablo reconoce entre los demonios la
serie jerárquica propia también de los ángeles. Y propone una advertencia
fundamental:
Revestíos con la armadura de
la fe para que podáis resistir a las insidias del Diablo. Porque nuestra lucha
no es contra la carne y la sangre sino contra los príncipes y las potestades,
contra los poderes universales de las tinieblas, contra los seres espirituales
de la maldad en los cielos[4]. He preferido
traducir kosmokrátoras tou skotou como «poderes universales de las
tinieblas» que me parece más ajustado a la idea y al término de San Pablo quien
en este texto se refiere al poder diabólico como celeste (en su origen,
evidentemente), cósmico o universal (lo que Juan llama «príncipe de este mundo»
y principado de las tinieblas, del Hades y de la muerte, ideas asociadas
también por la exegesis y la tradición bíblica a las Puertas del Infierno. El
Príncipe de las Tinieblas —y de este mundo— actúa pues como enemigo individual
y colectivo de los hombres instigándoles al mal. Pero al empujarles al pecado y
a la muerte choca inevitablemente con Cristo; los Evangelios refieren numerosos
episodios de la lucha entre Jesús y Satanás, en cuyos detalles e
interpretaciones concretas no voy a entrar ahora porque no es objeto de este
libro. San Pablo resume profundamente este combate:
¿Qué
comunidad entre la luz y las tinieblas? ¿Qué concordia entre Cristo y Belial? Inmediatamente identifica Pablo a los falsos
dioses, los ídolos del paganismo, con los demonios, y así lo ha mantenido
invariablemente la tradición cristiana hasta que un grupo alucinado de
religiosos iberoamericanos decidió reverenciar a uno de esos ídolos, el dios
incaico Wiracocha[5].
Tampoco
entraré, para no alejarme de mi objetivo, en el debate teológico sobre la
distinción entre Satanás o el Diablo y los llamados demonios. Me remito a las
obras especializadas más fiables y serias[6]. Entre los
numerosos nombres de tradición bíblica con que se designa al Diablo recordemos
en primer lugar a Satanás, diablo o demonio, Lucifer o Luzbel, Belial (que
acaba de usar San Pablo) Belcebú, el Maligno o El Malo, el Espíritu o Príncipe
de las Tinieblas, Príncipe de este mundo, Gran Dragón[7] y otros. Es históricamente muy útil la obra de Alfonso M. di Nola[8].
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Me interesa anotar finalmente que la realidad de Satán y su influjo
sobre cada hombre o mujer y sobre el conjunto de la Humanidad a lo largo de la
Historia no es una ensoñación sino una realidad que forma parte de la fe
católica. Puede consultarse, por quien desee ampliar estas notas, el Enchiridion
Symbolorum de Denzinger[9], y el citado
estudio de «Biblia y fe» donde, además de las citas bíblicas, se subraya la
permanente posición del Magisterio en favor de la existencia real de la persona
y la acción de Satanás, muy especialmente en la actividad pastoral del Papa
Pablo VI, lo cual me parece especialmente positivo y revelador; no se trata de
un Papa reaccionario y aherrojado por lo tradicional sino del Papa más
«progresista» del siglo XX, que sintió muy vivamente la acción satánica en
el mundo y en la Iglesia de nuestro tiempo y exteriorizó su terrible
impresión varias veces, como veremos, y refiriéndose a instituciones bien
concretas de la propia Iglesia.
La luz y las
tinieblas. Claro que Jesús hablaba en medio de su circunstancia histórica pero
su ejemplo y su doctrina no se referían solamente a esa circunstancia espacial
y temporal. «Id a predicar a todas las gentes» dijo a los suyos poco antes de
la despedida, poco después de la muerte y la Resurrección. El mensaje de Jesús
era para siempre: creó la Iglesia «y las puertas del infierno no prevalecerán
contra ella». La Iglesia era la luz: «Vosotros sois la luz del mundo». La luz y
las tinieblas no son exclusivamente expresiones corrientes en la cultura del
Oriente Medio durante la vida y la predicación de Cristo. Son términos y
realidades intemporales, que pertenecen a la experiencia humana —y la
configuran— desde el primer amanecer que vio el primer hombre hasta el último
anochecer de fuego que atemorice a los últimos hombres cuando el Hijo del
Hombre venga en todo su poder y majestad. Los textos bíblicos sobre el Poder de
la Luz y el Poder de las Tinieblas, la pugna entre la Iglesia y las Puertas del
Infierno no pueden ser simples metáforas para quienes creemos que los textos
sagrados, aun escritos e inscritos en la Historia, son de inspiración divina y
constituyen guías para toda la Humanidad a lo largo de la Historia. Ahora
parece que algunos enjambres de teólogos, los adictos al cosquilleo paulino,
viven empeñados no ya en estudiar científicamente los libros sagrados sino en
buscar tres pies al gato en cada línea y cada término de esos libros para
volverlos del revés cuanto sea posible. ¿Por qué no se habrán dedicado a la
historia ficción, que es una ocupación mucho más divertida y en el fondo mucho
más seria que la obsesión tergiversadora?
En último
término no me preocupan sus alardes; quienes escriben guiados por la moda
terminarán en los mismos vertederos que los productos ajados de la moda. Era
necesario explicar el título de este libro, como muestra de respeto al lector y
al empeño del propio libro. Ahora bajamos ya de las cumbres y nos adentramos
por los valles de una Historia tan difícil y complicada como necesaria.
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LA SORPRENDENTE DENUNCIA DE JUAN PABLO II
El Papa Juan
Pablo II dedica el capítulo 14 de su original e importantísimo libro de 1994 Cruzando
el umbral de la esperanza, que ha sido un bestseller mundial
(editado en lengua española por Plaza y Janés) a una de las grandes religiones
universales, el budismo, pero nos reserva al final de ese capítulo una
grandísima sorpresa:
Cuestión
aparte es el renacimiento de las antiguas ideas gnósticas en forma de la
llamada New Age. No debemos engañarnos pensando que ese movimiento pueda llevar
a una renovación de la religión. Es solamente un nuevo modo de practicar la
gnosis, es decir, esa postura del espíritu que, en nombre de un profundo
conocimiento de Dios, acaba por tergiversar Su Palabra sustituyéndola por
palabras que son solamente humanas. La gnosis no ha desaparecido nunca del
ámbito del cristianismo sino que ha convivido siempre con él, a veces bajo la
forma de corrientes filosóficas, más a menudo como modalidades religiosas o
para-religiosas, con una decidida, aunque a veces no declarada divergencia con
lo que es esencialmente cristiano[10].
Para el
autor de este libro este párrafo del Papa supuso una verdadera conmoción. Pocas
personas han oído hablar en España de la secta New Age, señalada ahora tan
directamente por el Papa como un peligro importante. Menos aún, fuera de
algunos círculos académicos, conocen la gnosis, descrita ahora por el Papa como
una constante parásita del cristianismo, con el que está en confrontación desde
el siglo I
de Cristo. El Papa, sin embargo, tiene toda la razón; y sus palabras han
confortado profundamente al autor, una vez repuesto de su gran sorpresa, porque
el autor lleva ya varios años estudiando el fenómeno histórico de la gnosis y
reuniendo documentación sobre la New Age. Es muy significativo que el Papa
hable de la gnosis al final de su capítulo sobre el budismo, porque como vamos
a ver ahora mismo el budismo nació, con alta probabilidad, de un trasplante
gnóstico. De la New Age hablaremos en otro capítulo y muy seriamente; se trata
de una secta gnóstica con encuadres misteriosos no exentos de sospechas
satánicas.
El Papa
describe a la gnosis como una tergiversación de la palabra de Dios, a la que
sustituye por la palabra humana. Y como una decidida —es decir voluntaria,
determinada— divergencia con lo que es esencialmente cristiano; por tanto como
una amenaza permanente contra la esencia del cristianismo. No se puede decir
mejor en menos palabras; el lector no especializado lo comprenderá a través de
este capítulo.
Gnosis es un
término griego que significa primariamente conocimiento y con tal
sentido aparece en el Nuevo Testamento. Para el pensamiento griego, que
dominaba en todo el mundo civilizado (Imperio romano) cuando apareció el
Cristianismo, (los lectores saben perfectamente que el Nuevo Testamento se
escribió en griego) gnosis se contraponía a doxa, opinión o
conocimiento aparente, superficial; por eso en los círculos filosóficos,
intelectuales o simplemente cultos (las capas sociales dirigentes
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de la propia
Roma hablaban y discutían en griego) gnosis significaba no simplemente
«conocimiento» sino «conocimiento profundo» y en tal sentido utilizaremos el
término. Los gnósticos, es decir los adictos a la gnosis, forman, por lo tanto,
corrientes selectas de pensamiento, círculos intelectuales que se forman
precisamente cuando aparece y se difunde el cristianismo al comenzar el segundo
tercio del siglo l. Y concretamente como una reacción del paganismo frente a la
pujanza de la nueva religión cristiana. Este carácter fundamentalmente pagano
de la gnosis será su clave a lo largo de los veinte siglos que desde entonces
ha vivido la Humanidad y no sólo el Occidente; la gnosis ha sido y es un
fenómeno universal.
Y además un
fenómeno sumamente complejo, que puede conducir a errores y simplificaciones de
interpretación. Por lo pronto hay una gnosis antigua, originaria, que se
desarrolla entre los siglos I y
IV de nuestra era; muchos autores (por ejemplo
Julián Marías y Ferrater Mora, que describen acertadamente las características
de la gnosis, reservan el nombre para este período[11]. Esta gnosis
antigua reconoce cuatro fuentes originarias:
El
neoplatonismo floreciente
sobre todo en el hervidero cultural de Alejandría en el siglo III
d. C. y continuado hasta la conquista árabe; sus maestros principales fueron
Plotino y Porfirio. (El caldo de cultivo intelectual del que brotó el
neoplatonismo permite rastrear antecedentes de la gnosis incluso en tiempos
inmediatamente anteriores al cristianismo).
El
cristianismo que nació como
vocación universal y religión de masas, pero cuyos portavoces más intelectuales
buscaban, naturalmente, las formas culturales del helenismo para la expresión y
difusión de su doctrina por lo que cabe hablar también de una gnosis cristiana.
El
judaísmo, muy afectado por el choque
con la civilización griega, y por supuesto con la eclosión del cristianismo en
su seno; el judaísmo contribuye al gnosticismo desde dos focos; el alejandrino
de Filón (siglo I) y el de varias comunidades del valle del
Jordán que luego se dispersan tras la destrucción de Jerusalén.
El
maniqueísmo, fuente algo
posterior del gnosticismo (algunos le describen como «segunda oleada gnóstica»
nacido de la doctrina de Mani o Manes, epígono de la religión persa de
Zoroastro o Zaratustra, maestro del siglo
VI a. C. que propuso un dualismo absoluto del bien
y el mal, la luz y las tinieblas.
Tan
complicados focos de la gnosis se relacionaban intensamente entre sí por la
efectiva comunicación cultural del mundo helenístico, cuya capital comercial e
intelectual era, sin duda, Alejandría, auténtico crisol de todas las tendencias
generadas en lo que hoy llamamos Oriente Medio y Próximo desde su misma
fundación. Pero Alejandría, famosa por su colosal biblioteca, que no era
solamente un depósito de manuscritos sino también un centro de encuentros y
debates permanentes sobre todas las ramas del saber, se alzaba sobre el delta
del Nilo, es decir en Egipto, país de cultura milenaria helenizada que imprimía
un sello indeleble en toda esa
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actividad de
síntesis. Un importante y reciente descubrimiento de una gran colección de
manuscritos cristiano-captas, es decir egipcios ha sido precisamente la
circunstancia que ha reavivado el interés por la gnosis en nuestro siglo.
Egipto era, incluso antes de su conquista por Julio César, el centro de
irradiación de los grandes misterios helenísticos y orientales hacia todo el
mundo; los simbolismos de la muerte, los mitos órficos y solares, las figuras
de Isis y Osiris como referencias mistéricas comunicadas a Roma y a todo el
mundo, desde la India hasta Hispania, desde la Escitia a Britannia. El sello
egipcio marcó con su conjunto de símbolos y mitos a la síntesis gnóstica que se
realizaba en Alejandría desde la primera expansión del cristianismo.
LA GNOSIS ANTIGUA, AGONÍA DEL PAGANISMO
Resulta
imposible resumir los fundamentos de la gnosis antigua de forma que no excluya
a ninguna de sus corrientes, a ninguno de sus orígenes. Pero por razones
metodológicas debemos intentarlo. Sobre las conclusiones de las fuentes que me
parecen más fiables, y que iré citando en este capítulo, las claves de la
gnosis antigua podrían ser las siguientes:
1.— Ni la
presunta gnosis pagana ni la llamada gnosis cristiana son históricamente
importantes. La gnosis es una combinación inviable, pero real, un sincretismo
entre cristianismo y paganismo.
2.— Se
trata, por tanto, de una reacción pagana, o al menos paganizante, contra el
cristianismo que, por su infinita superioridad religiosa y moral sobre el
paganismo, amenazaba mortalmente al paganismo desde comienzos del siglo 11 d.
C. Entre todos los estudios sobre la gnosis antigua prefiero, por su amplitud,
profundidad y equilibrio el de Hans-Joachim Schenke[12]. Después de
enumerar a los diversos grupos gnósticos, este autor propone una definición:
«La gnosis es un movimiento religioso de salvación de la Antigüedad tardía,
donde de forma peculiar e inconfundible se hace uso de la posibilidad de una
interpretación negativa del mundo y de la existencia». Esta reacción pagana
como fundamento de la gnosis antigua ha sido descrita también por otro
importante especialista, Etienne Couvert, mediante una cita de Gastan Boisser:
«A partir de Marco Aurelio, el paganismo intenta reformarse según el modelo de
la religión a la que se enfrenta y contra la que combate»[13].
Esta es precismente la tarea de los gnósticos: articular, sobre los modelos
neoplatónicos, un neopaganismo que aparentemente pueda ser compatible con el
impacto del cristianismo. En el fondo la gnosis es un engaño, una ofensiva
contra el cristianismo cuyos objetivos serán el Dios cristiano y Jesús, el Hijo
de Dios. La gnosis no es un debate pacífico, es una lucha, un combate, una
agonía desesperada del paganismo contra el cristianismo naciente que le
arrincona. Un escrito fundamental de la gnosis antigua, los libros del
pseudo-Hermes Trismegisto (que se han editado muchas veces
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en la Edad
Moderna e incluso entre nosotros, ver la excelente presentación de Visión
Libros en 1987) se considera por el introductor de esa reproducción como «el
último monumento del paganismo» y ha influido en numerosos personajes de la
gnosis moderna, como veremos.
3.— Según el
propio Schenke los puntos principales de las ideas —la «dogmática» de la
gnosis— son:
a.— El Dios
Desconocido. El dios lejano, incognoscible, inalcanzable.
b.— La
Sophia —Sabiduría— que, sin conocimiento de Dios (el dios bueno) da origen al
Demiurgo malo, creador del Mundo malo.
c.— Los
Siete Arcontes, también malos, dependientes del Demiurgo, identificados con los
Siete Planetas y artífices del destino humano; ésta es la conexión astrológica
de la gnosis.
d.— La
degradación del alma, que procede de la luz celestial y desciende a través de
los planetas al mundo malo y a los cuerpos humanos (malos). Es la relación de
las gnosis con la doctrina de la transmigración y la reencarnación porque
después de la muerte las almas retornan a lo alto para iniciar un nuevo
descenso. El mito gnóstico del «eterno retorno».
e.—
Oposición total de la luz y las tinieblas. El Dios bueno, incógnito, y el
hombre «interior» son del reino de la Luz; el Demiurgo, los arcontes y el mundo
malo son de las Tinieblas. Schenke denomina a este punto «la herencia irania»
de la gnosis.
f.—
Oposición dualista espíritu-materia, cuerpo-alma. Cuerpo y materia pertenecen a
las Tinieblas; espíritu y alma a la Luz.
g.— El
Dios-hombre gnóstico es una completa tergiversación del Dios-hombre cristiano.
El Dios desconocido de los gnósticos es modelo del hombre y primer hombre, del
que, a través de los arcontes malos, se crean los hombres terrestres,
sincretismo del bien interior y el mal corporal.
h.— Una
segunda tergiversación de Cristo, el Salvador según los cristianos; los
gnósticos postulan también un Salvador, (que puede ser un personaje humano
antiguo o actual) pero que nada tiene que ver con el Dios hombre, el Jesús de
los cristianos.
Además de
esta tipología fundamental de Schenke debemos señalar estos rasgos habituales
de la gnosis en sus diversas corrientes:
i.— Entre
los varios grupos gnósticos brotan y rebrotan muy diferentes ideas sobre la
persona y la colectividad, la vida y la muerte. Por ejemplo las tendencias del
colectivismo totalitario, que defendió extensamente Platón; los impulsos
destructivos de la persona humana, contra la reproducción y en favor del
control racista de la natalidad y la eutanasia activa, que pueden rastrearse
también en los escritos platónicos y en la práctica de varias sociedades
antiguas. Estas ideas se incorporaron al legado del gnosticismo y reaparecerán,
como veremos, a lo largo de la Historia.
j.— Todas
las fuentes están de acuerdo en que los orígenes y conservación del gnosticismo
antiguo surgen en núcleos cultos y selectos de intelectuales con
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preocupación
religiosa, no se trata de fenómenos de masas. Los gnósticos, como los
heresiarcas, eran por encima de todo intelectuales, creadores de una estructura
discipular encargada de la transmisión de sus ideas. Entre estos núcleos
intelectuales se puede advertir una característica de la profesión; lo que
desde las estructuras pastorales de la Iglesia se ha criticado siempre como
«afán de novedad». Un afán que a veces se vuelve desmesurado, como hemos visto
que San Pablo advertía a Timoteo; y que en tiempos posteriores han heredado en
muchos casos los intelectuales de la Iglesia, hoy conocidos como teólogos, para
quienes la persecución de la novedad sustituye con frecuencia al objetivo y al
método de la investigación.
Los maestros
gnósticos, como algunos de sus sucesores modernos, practicaban e incluso
proponían la cómoda doctrina de la doble moral; una moral elevada para el
espíritu-luz que puede coexistir en la misma persona (el maestro) con una moral
permisiva y depravada para el cuerpo-tinieblas.
LAS MANIFESTACIONES DE LA GNOSIS ANTIGUA
Los
precursores del gnosticismo influyeron —casi a la vez que los balbuceos del
cristianismo— en las comunidades judías del valle del Jordán, donde vivieron
bastantes discípulos de Juan el Bautista que no atendieron al mandato de su
maestro y no siguieron a Jesús. Así se originó la primera secta gnóstica en el
mismo siglo I d. C., la llamada de los mandeos, que de forma
increíble, pero comprobada, es la única comunidad de la gnosis antigua que
perdura hoy entre nosotros, sobre todo al sur del Irak, en algunas ciudades de
este país y en algunos puntos de Irán; unos cinco mil creyentes[14].
De la misma región, y concretamente de Samaría, proviene el precursor del
gnosticismo Simón Mago, personaje histórico del que hablan los Hechos de los
Apóstoles y que se enfrentó con ellos una vez que Pedro se negó a venderle por
dinero su poder sobrenatural; por eso el pecado de Simón, tan repetido en la
historia negra de la Iglesia, se llama simonía. Simón Mago se convirtió en
sombra de Pedro, le siguió hasta Roma, consiguió fingir una resurrección y una
ascensión, de la que Pedro, según la leyenda cristiana, le hizo caer y
aplastarse contra el suelo. La clave de la enseñanza de Simón Mago era el
Poder, la Fuerza, que hoy reaparece en varias películas y relatos de
ciencia-ficción e incluso en difundidas sectas como Fuerza para vivir,
que en 1995 ha inundado a España con sus anuncios por televisión, como sustitutivo
del Dios cristiano. Ya en el siglo
II los maestros gnósticos más célebres son
Valentino de Alejandría, que se convirtió al cristianismo y luego rompió
abiertamente con la Iglesia; y Marción el póntico, cuya doctrina se difundió
por Oriente y Occidente. En el siglo
III, cuando el neoplatonismo de Alejandría daba
nuevos impulsos a la gnosis, aparece en Persia otro gran maestro de la gnosis
antigua, Mani (llamado también Manes) que trata de sintetizar el dualismo de
Zoroastro y el
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cristianismo;
hay quien le presenta como inspirado también en el budismo aunque una reciente
tesis, muy sugestiva, le identifica con la propia creación del budismo nueve
siglos después de la fecha que suele atribuirse al nacimiento de esta religión.
Hemos visto
cómo Julián Marías calificaba a la gnosis antigua como la primera de las
grandes herejías. Es cierto; se nota una comunicación más o menos clara, pero
profunda, entre las herejías primordiales y la gnosis antigua. Varios maestros
gnósticos fueron presbíteros e incluso obispos cristianos. Ya hemos visto cómo
los precursores de la gnosis chocaron con los propios Apóstoles.
Investigaciones recientes apuntan a que el Evangelio de San Juan, al que
algunos han pretendido absurdamente presentar como contaminado de gnosis, es en
realidad un texto que, además de su hondo mensaje cristiano, se concibió y
realizó como una refutación de la gnosis[15].
Orígenes
(185-245) el pensador alejandrino a quien suele señalarse como el primero de
los teólogos según la cronología, ha sido redescubierto en nuestro siglo por
grandes teólogos actuales (Daniélou, Ratzinger) que han reclamado alguna vez su
rehabilitación, porque tres siglos después de su muerte fue condenado y
considerado como hereje y precisamente como gnóstico. De hecho Orígenes ha sido
ya rehabilitado por las citas que hizo de él el Concilio Vaticano II; las
condenas antiguas ofrecen muchas dudas de autenticidad. Algo parecido le
sucedió a Clemente de Alejandría pero, como Orígenes, se trata de grandes
pensadores cristianos de avanzada, fieles a Cristo y no catalogables como
herejes[16]. No se puede decir lo mismo de los dos grandes
heresiarcas de la Antigüedad, Arrío y Pelagio.
Ya hemos
visto cómo al presbítero de Alejandría Arrio le ha salido en nuestros días un
extravagante discípulo jesuita. Los maestros gnósticos fueron considerados por
algún tiempo como peligros mortales para la Iglesia aún no consolidada; pero
Arrío, a caballo entre los siglos
III y
IV, anegó a casi toda la Iglesia, consiguió
arrancar de ella a la mayoría de los obispos y buena parte de los cristianos; y
para algunos de esos fieles parecía que la promesa de la Roca iba a hundirse
con la propia Roca de Pedro. El alejandrino era un gran pensador, un teólogo
relevante y en no menor medida un consumado político que ante los ojos humanos
estuvo a punto de cambiar la historia del mundo. Defendió con hábil
manipulación de las Escrituras y conocimiento profundo del pensamiento cultural
helenístico que la naturaleza de Cristo era sólo una y humana; que Jesús no era
Dios aunque sí el más excelso de los hombres, maestro universal de la
sabiduría. En su posición laten fuertes resonancias de sus maestros gnósticos.
Consiguió el apoyo de los emperadores Constantino y Constancio incluso desde el
primer concilio ecuménico que le condenó en Nicea el año 325. Prácticamente
toda la Iglesia oriental se entregó a él, aunque al final fue salvada por San
Atanasio, obispo de Alejandría, que se apoyó en el sentimiento profundo y
certero de muchos cristianos de filas y en un conjunto de obispos de Occidente,
entre ellos el Papa de Roma y Osio de Córdoba, gran promotor del concilio
niceno. Pero durante algunas décadas Atanasio fue perseguido y desterrado,
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la Iglesia
parecía haber caído en el arrianismo y el bastión occidental de la ortodoxia
fue inundado a su vez por los visigodos previamente convertidos al arrianismo;
los reyes visigodos de Hispania fueron arrianos hasta Recaredo que inauguró la
Monarquía Católica gracias a la lúcida tenacidad del episcopado hispano-romano.
Hoy tendemos a considerar al arrianismo como una anécdota; pero fue, durante
siglos, una pleamar negra sobre la Iglesia.
Aún rugía
contra la Iglesia la tempestad arriana (que fue yugulada pero de ningún modo
aniquilada en Nicea) cuando otro heresiarca, Pelagio, monje británico,
desencadenó una nueva ofensiva impregnada de gnosticismo desde principios del
siglo V,
cuando agonizaba el Imperio romano de Occidente a impulso de los bárbaros del
Norte. Pelagio atentaba contra varios principios esenciales de la fe: defendió
la primacía de la moral, la negación de la gracia, la capacidad humana de
obtener la justificación por la voluntad, la intrascendencia del pecado
original, reducido a un «mal ejemplo» de Adán y por consiguiente la
degradación, es decir la humanización de lo sobrenatural. Pelagio, bautizado en
Roma hacia el año 385, ofrecía a núcleos selectos de intelectuales una
justificación moral que les permitirá una cierta evasión de la catástrofe
romana. La Iglesia se negó a contemporizar, se desvinculó de la ruina del
Imperio occidental gracias a la intensidad de la fe y la tradición y siguió a
San Agustín, el gran adversario de la doctrina pelagiana. Hoy asistimos a un
intento concertado de rehabilitar a Pelagio asumiendo parte de su herencia, por
obra de teólogos que van desde Hans Küng a Karl Rahner. El adversario con que
hoy topan estos neopelagianos se llama Ratzinger[17].
La Iglesia,
siguiendo la huella del propio Cristo, nos autoriza a interpretar, según el
documento conciliar que cité en el Pórtico, a los movimientos heréticos de los
primeros siglos (y de los siguientes, claro) como una infiltración del poder de
las tinieblas en el seno de la propia Iglesia; como una sucesión (de la que
sólo he citado algunos ejemplos) de asaltos interiores. Recordaremos en su
momento el desahogo de Pablo VI sobre «el humo del infierno» tan criticado por
los «progresistas» de hoy, emparentados por cierto con los gnósticos. El
movimiento gnóstico, reacción del paganismo contra la Iglesia, constituyó un
frente de asalto que fue a la vez exterior (pagano de raíz) e interior, porque
asumía muchas veces elementos cristianos y consiguió una importante posición en
medios cristianos. Pero al referirme al frente herético y al frente gnóstico
(interpenetrados) en los primeros siglos de la Iglesia debo aludir también al
combate de la Iglesia con otro frente, el poder pagano imperial.
LA IGLESIA PRIMITIVA Y EL PODER
Lo mismo que
en los otros dos casos (frentes herético y gnóstico) también aquí los
planteamientos del combate en la Antigüedad generaron consecuencias que han
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llegado con
mucha fuerza hasta nuestros días. Consumada la era de las persecuciones (desde
el segundo tercio del siglo I hasta los primeros años del IV)
la sociedad romana, sin excluir al ejército, estaba profundamente penetrada por
el cristianismo aunque el poder imperial, las instituciones y la gran mayoría
de la sociedad se mantenían fieles al paganismo decadente, que carecía de
doctrina y malvivía de la inercia y la rutina histórica. El 20 de octubre del
año 312 se va a producir un acontecimiento capital que cambiará la historia de
Roma y del mundo. Dos pretendientes al trono imperial, al frente de sus
ejércitos, chocan decisivamente cerca de Roma en la batalla del puente Milvio
donde uno de ellos, Constantino, todavía pagano pero muy sensible al progreso y
la superioridad del cristianismo, aplastó a su rival Majencia y atribuyó formal
y públicamente su victoria a una visión de la cruz que le prometía su apoyo.
Como directa consecuencia de su victoria Constantino, augusto de Occidente, con
el acuerdo de su colega de Oriente, Licinio, promulgó a los pocos meses, ya en
el año 313, el edicto de Milán, que proclamaba la plena libertad de cultos en
todo el Imperio y favorecía por tanto el auge del cristianismo. Dueño poco
después del poder imperial absoluto, Constantino inaugura el período del
Imperio cristiano que se mantiene hasta fines del siglo IV
(reinado de Teodosio el Grande), pervive en el Imperio bizantino de Oriente
hasta el siglo XV de nuestra era y se transfigura en Occidente
—después de la invasión de los bárbaros a principios del siglo V—
en el poder del Papado romano.
Hasta el
edicto de Milán la Iglesia había vivido en confrontación, muchas veces
sangrienta, con el poder imperial. A partir de Constantino la confrontación se
sustituye por la cooperación e incluso por una cierta identificación —sin que
las potestades espiritual e imperial se confundan en su esencia— que se
mantendrá en el Imperio romano de Oriente hasta los cismas que dividirán a las
Iglesias oriental y occidental; mientras en el ámbito de Occidente la
cooperación sólo durará un siglo, hasta las invasiones bárbaras. A partir de
entonces la Iglesia occidental vivirá otra vez en confrontación con los nuevos
poderes y reinos bárbaros, encontrará una nueva fase de cooperación en el
Imperio carolingio y los demás reinos de síntesis romano-germánica desde fines
del siglo VII y configurará su propio poder temporal gracias
a la creación de los Estados Pontificios. Con ello entramos ya en la Edad Media
cristiana, cuando la Europa occidental se denominará Cristiandad, bajo la
presidencia conjunta, más o menos teórica, del Papa y el Emperador del llamado
Sacro Imperio Romano Germánico.
Esto
significa que desde Constantino varían esencialmente las relaciones de la
Iglesia con el poder; hasta entonces tales relaciones eran de confrontación,
desde entonces se desarrollarán de forma variable y muchas veces confusa y
contradictoria entre la aproximación y las nuevas confrontaciones, pero con una
Iglesia dotada, en Oriente y en Occidente, de poder propio, que se ha mantenido
en Occidente también como poder temporal y estatal hasta la desaparición de los
Estados Pontificios en 1870. Resulta por tanto una simplificación inadmisible
afirmar que desde la época de
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Constantino
la Iglesia ha vivido vinculada e incluso enfeudada al poder político. La
realidad es mucho más compleja. A veces ha colaborado con el poder de forma
positiva o de forma negativa. Otras veces, muchas, se ha enfrentado nuevamente
con el poder que la ha sometido a persecuciones tan implacables o más que las
del Imperio romano por ejemplo durante las invasiones del Islam y las
revoluciones europeas y americanas de los siglos XVIII, XIX
y XX.
En su vida y
en su doctrina Cristo respetó al poder constituido —«dad al César lo que es del
César y a Dios lo que es de Dios»— y privó de sentido a cuantos, en los siglos
siguientes, tratarían de presentarle como un revolucionario. Situó a su Iglesia
en un mundo diferente —«mi reino no es de este mundo». En la complicada
historia de sus relaciones con el poder la Iglesia se ha dejado muchas veces
avasallar y corromper por el poder; otras veces se ha enfrentado contra él a
precio de martirio. La Iglesia está formada por hombres y mujeres que han
cometido, en éste y otros terrenos, errores y fallos gravísimos. Pero
desacreditar a la entera historia de la Iglesia por su relativa alianza con
Constantino —el vencedor del puente Milvio que se bautizó, probablemente, al
final de su vida pero hizo más que guiños al arrianismo
— me parece una
simplificación monumental. Como repudiar la evangelización de América por
rechazo a la cooperación de la Iglesia con el poder imperial de España. En todo
caso esa relación de la Iglesia con el poder será, en cada tracto histórico,
objeto de nuestra consideración según el espíritu de cada época, no según
nuestros prejuicios actuales.
Esbozados,
pues, los principales frentes del asalto a la Roca en el mundo antiguo,
conviene presentar esquemáticamente los bastiones de la defensa. En primer
lugar la fe inextinguible de la Iglesia en su pervivencia hasta el fin de los
tiempos según la promesa de Cristo formulada en Cesarea de Filipo. Desde Nerón
en el siglo 1 a la tenaza estratégica del Islam que enmarca la Edad Media entre
los siglos VII y
XV, la eclosión y victoria del protestantismo en
los siglos XVI y
XVII, la ofensiva del Racionalismo y las dos
Ilustraciones en los siglos XVIII y
XIX —«Aplastad al Infame»— y el proyecto universal
comunista de ateísmo «científico» en el siglo XX se ha proclamado la
destrucción inmediata de la Iglesia —minada además con las herejías interiores—
por las fuerzas del asalto a la Roca que sigue ahí, aunque hayan desaparecido
florecientes regiones cristianas como las del norte de Africa, compensadas por
la extensión del cristianismo a los mundos nuevos.
En medio de
sus terribles defectos humanos, distinguiéndose unas veces por la santidad, la
caridad y la clarividencia y otras —como en los siglos X
y XV—
por la más abyecta e incluso sacrílega corrupción, los sucesores de Pedro, los
Papas de Roma y los sucesores de los Apóstoles —los obispos de todo el mundo,
apoyados por sus sacerdotes—, han encabezado durante veinte siglos la defensa
de la Iglesia y el resultado es que la Roca sigue en pie y además atraviesa,
como dijimos, en nuestro siglo por uno de sus períodos de mayor estabilidad y
dignidad; lo cual es misteriosamente compatible con el hecho de que en algunos
momentos de la Historia,
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como en la
Inglaterra del bestial Enrique VIII, la jerarquía, el clero y los religiosos de
una nación, con excepciones martiriales, abandonasen la defensa y pasasen al
asalto de la Roca a través de un proceso de deserción casi total, no bien
explicado todavía. Las asociaciones y órdenes religiosas han actuado a veces
como cohortes del asalto contra la Roca —un sector de los agustinos y los
caballeros teutónicos en el siglo
XVI, por ejemplo; un sector de los religiosos de
Europa e Iberoamérica en nuestro tiempo
— pero generalmente se han
comportado como promotores admirables de santidad, expansión y defensa, desde
los ermitaños que poblaban algunos desiertos en los primeros siglos con su
testimonio de cristianismo puro hasta las grandes órdenes medievales, modernas
y contemporáneas y las varias congregaciones e institutos de vida consagrada
que florecen en los últimos tiempos. Comprendo que en este libro, como ha
sucedido en el Pórtico, los casos detonantes de comportamiento negativo o
discutible resulten más espectaculares y noticiosos que los innumerables y
callados ejemplos de santidad, de caridad, de eficacia docente y apostólica
entre el clero, los religiosos y los seglares; no todos los campamentos
teológicos están poblados hoy por epígonos de Arrio, Pelagio o Lutero ni toda
América está aherrojada por la teología de la liberación, ni muchísimo menos;
la mayor parte de los religiosos en todo el mundo se consagran a tareas, a
veces heroicas, de evangelización auténtica aunque sean más famosos los
clérigos que ofician como jefes de partida guerrillera que antes se llamaban,
con feliz vocablo, trabucaires. Me impresiona muy especialmente, como fuente de
fe y de fortaleza, la sucesión ininterrumpida de los mártires, los confesores,
las vírgenes y los doctores de la Iglesia junto con los millones de santos
anónimos que constituyen para mí una prueba de futuro tanto como una
explicación de la pervivencia de la Iglesia en el pasado.
LAS REAPARICIONES PERMANENTES DE LA GNOSIS
Juan Pablo
II, en el reciente libro que hemos citado ya, habla de Historia en el capítulo
9. Se refiere, naturalmente, a la historia de la salvación y dice:
Es
una historia que se desarrolla dentro de la historia de la humanidad,
comenzando desde el primer Adán, a través de la revelación del segundo hasta el
definitivo cumplimiento de la historia del mundo en Dios, cuando El sea «todo
en todos»…
La
historia de la salvación se sintetiza en la fundamental constatación de una
gran intervención de Dios en la historia del hombre. Tal intervención alcanza
su culminación en el Misterio pascual… Esta historia, a la vez que revela la
voluntad salvífica de Dios, revela también la misión de la Iglesia. Es la
historia de todos los hombres y de toda la familia humana, al comienzo creada y
luego recreada en Cristo y en la Iglesia. San Agustín tuvo una profunda
intuición de esa historia cuando escribió «De civitate Dei». Pero no ha sido el
único.
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La historia de la salvación ofrece siempre nueva
inspiración para interpretar la historia de la humanidad. Por eso numerosos
pensadores e historiadores contemporáneos se interesan también por la historia
de la salvación. …La «Gaudium et spes» no es otra cosa que la actualización de
este gran tema[18].
La
constitución conciliar «Gaudium et spes» nos impulsaba, desde el Pórtico de
este libro, a la contemplación activa del combate permanente entre los hijos de
la Luz y el poder de las Tinieblas. Una contraposición cara a los gnósticos
pero expresada con el más seguro sentido cristiano, como esa historia de una
salvación que los gnósticos buscaban en la pervivencia del paganismo y los
cristianos identifican con la historia de la humanidad, como dice el Papa. No
se trata, para el Papa, de una visión metahistórica sino de una interpretación
hondísima de la Historia; no se contenta con la Historia truncada, privada de
Dios sino que propone una Historia Total. Esto no significa aplicar —mucho
menos en mi caso— criterios providenciales a la reconstrucción histórica sino
reconocer que existe, aunque nos sea tan difícil detectarla, la interpretación
profunda de la Historia, esto sí que es la gnosis cristiana de verdad.
Animado por
la valentía del Papa voy a intentar, con sumo cuidado, descubrir como
reapariciones históricas de la gnosis primitiva varias analogías y
manifestaciones posteriores. No pretendo identificar como gnósticas a todas las
manifestaciones históricas que se desvían del cristianismo sino a aquellas que
cumplen algunas condiciones esenciales de la gnosis tal como las hemos
descrito. Muchos aceptan sin crítica la asunción, por pensadores medievales y
modernos — desde los cátaros a Cioran, pasando por Lutero y Nietzsche— de
expresiones e incluso de dogmas y creencias gnósticas pero ponen el grito en el
cielo cuando varios escritores actuales califican como gnósticas algunas
manifestaciones históricas que se han sucedido a lo largo de los siglos
posteriores a la vigencia de la gnosis primitiva, hasta nuestros días. Y tratan
de poner en ridículo a la llamada «teoría de la conspiración» cuyo jefe de
filas sería un escritor famoso y silenciado, el abate y antiguo jesuita
Barruel, autor del libro más leído desde finales del siglo XVIII
hasta bien entrado el XIX; aunque luego sus hipercríticos le hayan
silenciado a través de una auténtica conspiración de menosprecios[19].
Como sobre Barruel hablan muchos que nunca le han leído debo decir ante todo
que el célebre y documentadísimo polemista establece (y prueba) una
conspiración contra la Iglesia entre los philosophes del XVIII
a quienes llama sofistas y la extiende a los francmasones; pero cuando habla de
manifestaciones anteriores las interpreta como una recurrencia más que como una
conspiración formal.
Tampoco voy
yo a redescubrir la historia universal desde el siglo 1 como una conspiración
gnóstica. Pero sí creo muy probable que la historia humana/historia de la
salvación, es decir la historia de la Iglesia católica en sus primeros veinte
siglos de existencia está jalonada desde el propio siglo I
de reapariciones paganizantes que pueden calificarse perfectamente como
gnósticas; el propio Papa acaba de hacerlo,
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como hemos
visto, en su espléndido libro reciente y además nos ha ofrecido un caso
concreto de gnosis actual, el de la secta «New Age». Insisto: las
manifestaciones que voy a enumerar no son una conspiración continua pero sí una
recurrencia muy sospechosa que puede interpretarse cabalmente como sucesión de
episodios en la misma lucha de los hijos de la luz contra el poder de las
tinieblas, el Asalto y la Defensa de la Roca.
La gnosis
antigua y las herejías con ella conectadas, según acabamos de ver, llenan con
sus apariciones todo el período primordial de la Iglesia en el mundo antiguo,
desde el comienzo al fin del Imperio romano, hasta la disolución de la
Antigüedad tardía. No hace falta que insistamos más sobre estos ocho siglos de
gnosis antigua que penetran, tras la invasión de los bárbaros, en la Edad
Media. Donde van a conectar con un fenómeno que se describe adecuadamente como
gnosis medieval.
LA GNOSIS MEDIEVAL EN OCCIDENTE Y ORIENTE: ENTRE
PRISCILIANO Y LOS CÁTAROS
En éste y
los siguientes epígrafes descartamos la rotunda posición de algunos autores que
circunscriben la gnosis a la Antigüedad y se niegan a aplicar el concepto a las
edades posteriores de la Historia. Son autores respetabas; ya hemos citado a
Marías y Ferrater, cabe añadir a Luitpold y otros muchos. El problema podría
reducirse tal vez a una discusión terminológica pero nos atenemos a la
posición, mucho más amplia (y mucho más intuitiva históricamente) de Juan Pablo
II, Augusto del Noce, Etienne Couvert y el equipo de la revista 30 Giorni,
al que puede considerarse como responsable del auge que ha cobrado en los
últimos años esta ampliación de la gnosis a las épocas medieval, moderna y
contemporánea. Si determinadas apariciones y recurrencias de esos tiempos
posteriores ofrecen características esenciales del movimiento gnóstico antiguo
—como la convicción del Dios Desconocido y los tirones agónicos del paganismo—
¿por qué no considerarlas abiertamente como gnósticas? Más aún, entre la gnosis
antigua y las posteriores hay claras conexiones de derivación histórica por vía
migratoria (caso de los cátaros) y comunicación intelectual expresa, como la
devoción de Lutero por los libros del pseudoHermes Trismegisto y las actitudes
de Ciaran, que escribe en nuestro tiempo como un maestro alejandrino del siglo III
y además ha pretendido expresamente esa identificación. «Desde hace dos mil
años —se ha dicho— la gnosis se presenta siempre con un ropaje nuevo»[20].
En su citada
y magna obra, que necesita urgentemente una reedición española (ya la tiene en
Francia) y un serio análisis reivindicativo, el abate Barruel considera a Mani,
a quien llama Manes, como un engarce ente la gnosis antigua y la medieval
representada por los cátaros y albigenses, los cabalistas, los templarios
degradados y
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las diversas
ramas masónicas. Insisto; no presenta a estos fenómenos y sectas como una
secuencia de conspiración sino como una recurrencia que no sería sencillo
despreciar. Prescindo aquí del posible carácter gnóstico de los templarios
degradados; pienso dedicar un estudio próximo a la historia y la leyenda del
Temple. Pero el sello gnóstico de las demás recurrencias históricas señaladas
por Barruel me parece históricamente innegable.
Debo
examinar antes, sin embargo, a un gran maestro gnóstico de Hispania que aun
hijo del siglo IV extendió su influencia, no completamente
estudiada aún, hasta bien entrada la Alta Edad Media; me refiero al gallego
Prisciliano, obispo de Avila[21]. Logró difundir
entre las comunidades cristianas de Hispania, en vísperas de las devastadoras
invasiones bárbaras, un movimiento ascético, intelectual y aristocratizante que
se articuló con forma y métodos de secta. El concilio de Zaragoza le condenó por
sus aspectos mágicos, gnósticos y maniqueos. Denunciado ante el poder imperial
Prisciliano fue conducido con algunos discípulos a Tréveris y luego
ajusticiado; es uno de los mártires del gnosticismo. El primer concilio de
Toledo condenó también a Prisciliano en el 400 pero un tercio de los obispos
hispanos seguían considerando mártir al hereje, por lo que la herejía
permaneció viva entre las invasiones y requirió intervenciones de dos Papas y
varios concilios regionales. La vigencia del priscilianismo se prolongó tal vez
hasta el siglo XI, con su doctrina del dios-fuerza, las
emanaciones divinas, el panteísmo, el diablo como personificación del Mal y no
creado por Dios, el principio maligno de la creación corporal, el sometimiento
a los signos del zodíaco… El jesuita Martín del Río, prestigioso sabio europeo
del siglo XVI,
resume los rasgos fundamentales de Prisciliano en cita de Sulpicio Severo: «De
Prisciliano, introductor en España de la locura de los gnósticos, imbuido de
las enseñanzas de Marcos el Egipcio, que fue mago, escribe Severo que se le oyó
en doble juicio, siendo convicto de maleficio y de haberse entregado sin
reservas al ocultismo». Cita luego a San Jerónimo:
«Prisciliano
fue mago estudioso del mago Zoroastro y de mago llegó a obispo»[22].
Pugnaba aún
por sobrevivir el priscilianismo en Occidente cuando la Iglesia que iba a
convertirse en Cristiandad sufrió otro asalto gnóstico, desde el siglo VIII
en Armenia, que provenía de Oriente. Era el paulicianismo, difundido
fulminantemente por todo el Imperio bizantino y que dio origen en Tracia a una
importante y misteriosa secta, los bogomilas o búlgaros, que avanzó hacia
Europa occidental a través de Bulgaria y Bosnia entre los siglos X
y XIV.
Así se encontraron la marea baja del priscilianismo y la pleamar de los
bogomilas en el corazón de Europa[23]. Los bogomilas,
así llamados por su gran sacerdote Bogomil, (Teófilo) habían asumido la
doctrina pauliciana sobre el dualismo de los principios creadores del bien y el
mal, generador éste del mundo terreno y demoníaco; así como la figura de un
Cristo angélico enviado a ese mundo. La rama bizantina de los bogomilas
transmitió su
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poderosa
carga gnóstica al Imperio oriental donde aún estaba vigente en el siglo XI;
el paganismo reptaba bajo la «nueva» y expansiva creencia en el mundo oriental.
Ya entonces, y durante el siglo siguiente, la punta más activa de la
penetración bogomila se hincó en el sureste de Francia donde originó las sectas
de cátaros (los «puros») o albigenses, por la ciudad de Albi que fue su centro
de irradiación.
Los cátaros
están de moda. Umberto Eco, apoyándose en la formidable red de distribución
mundial que le impone, se esfuerza (inútilmente) en presentarnos a los cátaros
como los buenos de la gran confrontación medieval que aconsejó a Roma el
establecimiento de la Inquisición, fortaleza de «los malos». Umberto Eco, el
antiguo fiel tomista, se ha incorporado a la gnosis moderna en El nombre de
la rosa; volvió a ella en El péndulo de Foucault. Los cátaros gozan
hoy, entre nosotros, de buena prensa y excelente literatura que se suma, con
mayor o menor conciencia, a la misión paganizante del catarismo: la lucha
contra Cristo, el combate contra la Iglesia de Cristo. No desde esta plataforma
militante sino en el gran escenario descriptivo Peter Berling inicia sus grandes
novelas del Grial en el corazón de una gran fortaleza cátara. La constelación
principal de los cátaros brillaba, con hechos y expresiones de una fe absoluta
y fanática, en la antigua Septimania de los visigodos, que fue parte del reino
de Toledo; el Languedoc y la Aquitania, con las ciudades de Albi, Toulouse,
Carcasona, Montpellier y Béziers. En ese ámbito misterioso se pudo efectuar la
conjunción de los bogomilas orientales y los priscilianistas de Occidente.
Ya en un
libro anterior, Historias de la corrupción[24], me aproximé al
sugestivo problema de los cátaros, cuyo nombre griego significa «puros». Los
dirigentes, elevados sobre la masa de creyentes, constituían una secta cerrada
que despreciaba a los cristianos como infieles. Profesaban una doctrina muy
concreta como clave de sus rituales gnósticos. Asumían aspectos esenciales del
gnosticismo: la dualidad de los principios bueno y malo, la creación del mundo
y el cuerpo por el dios malo, el envío de Cristo, emanación del dios bueno, al
mundo para redimirle a través del sacrificio de su cuerpo aparente. Aceptaban
lo que les venía en gana del Antiguo y el Nuevo Testamento, creían en la
transmigración de los espíritus, abominaban de la procreación (que sólo quedaba
para los creyentes inferiores, imperfectos) trataban de destruir al matrimonio
y la familia, preferían abiertamente la práctica homosexual para evitar el mal,
mucho más grave, de la procreación matrimonial, condenaban los ejércitos y la
administración de justicia por lo que se les considera precursores del
anarquismo moderno; por más que merecerían ser citados como adelantados del
Programa 2000 propuesto en nuestros días por ese aprendiz de gnóstico que se
llama Alfonso Guerra, hoy en situación decadente.
Los cátaros
habían heredado íntegramente el pesimismo gnóstico; juzgaban como suprema
perfección la práctica del suicidio que solían buscar a través de lo que hoy
llamamos huelga de hambre. También era de raíz gnóstica su método iniciático,
que se practicaba mediante el «Consolamentum», un rito mágico y mistérico.
Predicaban la rebeldía contra la Iglesia y las autoridades civiles y
desplegaban un proselitismo
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fanático que
les permitió convertirse en movimiento de masas contra el que se lanzaron los
Papas, sobre todo Inocencia III, que convocó para ello una cruzada al modo de
las que se libraban en Tierra Santa, que destruyó el poder militar de los
cátaros en la batalla de Muret (1213) al año siguiente de la decisiva victoria
cristiana contra el Islam en las Navas de Tolosa. Los cátaros habían
desaparecido — superficialmente— a fines del siglo XIII
gracias al tribunal pontificio instituido contra la herejía, la Inquisición,
debida al Papa Gregario IX en 1239 y encomendada a los frailes de la recién
fundada Orden de Predicadores, los dominicos. El primer inquisidor para el
reino de Francia fue Roberto el Búlgaro, miembro de esa orden y antiguo cátaro.
Pero cuando el catarismo se desvanecía surgió en su mismo solar otro movimiento
gnóstico, la Cábala.
LA GNOSIS BAJOMEDIEVAL: MISTICISMO Y CÁBALA
La atracción
por las manifestaciones y el espíritu del paganismo es un impulso gnóstico del
que se dejaron llevar los hombres del Renacimiento y su prólogo intelectual, el
Humanismo; las figuras del racionalismo y de las dos Ilustraciones, la
enciclopédica y la romántico-idealista; y una pléyade de intelectuales de los
siglos XIX
y XX
del pregonero de la muerte de Dios, Nietzsche, a los teólogos de vanguardia Hans
Küng y Karl Rahner. El mundo pagano había adquirido perfecciones notables —el
canon de las formas artísticas y el ímpetu civilizador de la racionalización,
en Grecia; la primacía del Derecho y el sentido de la expansión del poder en
Roma. Estas perfecciones humanas, compatibles con una espantosa degradación
moral (perfección y degradación contrastan en los propios escritos platónicos,
por ejemplo) han ejercido siempre desde entonces una atracción irresistible que
se ha vertido en moldes de pensamiento a través de la recurrencia de las ideas
gnósticas. Y muchas veces nuestros contemporáneos citan altos precedentes
bajomedievales no por la confesión cristiana que profesaron sino en virtud de
la comunidad del gnosticismo a través de las épocas.
Este tirón
gnóstico que tanto se nota hoy explica, por ejemplo, la fascinación de muchos
pensadores actuales por el monje medieval de Calabria, Joaquín de Fiore, que
vivió en el siglo XII. Un día creyó ver en su jardín a un hermoso
joven que le ofreció la copa de la Revelación como visión del Evangelio Eterno.
Viajó a Tierra Santa, dominada ya por los cruzados; y al regreso, establecido
en un convento siciliano cerca del volcán Etna, experimentó un éxtasis
definitivo de tres días del que salió transfigurado. Anunció desde entonces el
fin de la Ley de Cristo que dejaría paso en el año 1260 a la Ley del Espíritu.
Vendría por fin la Tercera Edad, el Evangelio Eterno, la Ley del Amor y el
tiempo de la Libertad. De Fiore no sufrió molestias por la propagación de sus
visiones, a la que contribuyeron bastantes de sus hermanos de la Orden
franciscana. Fue considerado como profeta en la Europa de su
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tiempo y
consiguió importantes discípulos en Centroeuropa sobre todo en el siglo XIV:
los «Hermanos del Espíritu libre» entre los que destacaron el maestro Eckhart y Tauler.
«De hecho —resume Couvert— enseñó la gnosis clásica. El fin de la humanidad es
fundirse en Dios por obra del Espíritu y en esa unión el alma del hombre se
identifica con Dios»[25].
Por la vida
ejemplar de sus portavoces, esta gnosis místico-cristiana de la Baja Edad Media
no puede calificarse abiertamente, en mi opinión, como gnosis herética sino
como corriente iluminista que se mantuvo fiel al cristianismo; también los
grandes místicos españoles del siglo de Oro cayeron bajo injustas sospechas de
heterodoxia. Algo semejante conviene decir sobre el discípulo principal de
Joaquín de Fiore, el maestro Eckhart, de cuyas expresiones puede deducirse la
unión total de Dios y el alma que fue condenada por el Papa Juan XXII en la
bula de 1329 pero que puede interpretarse en sentido de unión mística, como
explicaron cabalmente los místicos españoles. Los reflejos gnósticos indudables
en esta línea de mística cristiana medieval no nos autorizan, en mi opinión, a
catalogar tan atractiva corriente dentro de la historia de la gnosis. Hemos de
hacerlo, sin embargo, con la corriente mística y ocultista judía que se
desenvolvió paralelamente y que conocemos como Cábala.
Sabemos que
la gnosis primitiva contenía elementos del judaísmo, fundidos con los de otras
procedencias en el crisol alejandrino. La tendencia a la contemplación mística
de la Escritura es una de las características de los sabios de Israel en las
diversas épocas de su historia y se acentuó como evasión de la agobiante
realidad y opresión cristiana durante las terribles persecuciones antijudías de
la Edad Media desencadenadas en el ambiente cruzado de Europa desde finales del
siglo XL En mi libro El Tercer Templo[26] que trata de presentar y analizar los momentos esenciales de la historia
de Israel, dedico al movimiento místico-cabalista la atención que se merece.
Ahora me interesan de ese movimiento sus patentes vinculaciones gnósticas, que
pueden rastrearse en textos como el de Jacobo Gaffarel Profundos misterios
de la Cábala divina al que me refiero en el citado libro. Según la
introducción actual de Juli Peradejordi la Cábala nació en el sur de
Francia en el siglo XII, Durante el
XIII y gran parte del XIV floreció en España,
especialmente en Gerona. Hacia el siglo
XVI el centro cabalista más importante llegó a ser
la ciudad de Safed, en la Alta Galilea; donde se refugiaron muchos judíos de
Europa y sobre todo de España después de la expulsión decretada por los Reyes
Católicos en 1492. He recorrido sus calles que son las de una judería española,
sus barrios distinguidos aún por nombres de las regiones españolas de
procedencia. Alzada en lo alto de un monte que domina la orilla norte de lago
de Kinneret, fortaleza antes de los cruzados y luego centro del saber
tradicional judío y la meditación cabalista, no se borra nunca la emoción de
quien la visita, o de quien la contempla desde la falda del monte, junto al
lago, en el lugar que parece conservar el eco de las palabra de Cristo acerca
de la ciudad edificada sobre un monte, que no puede ocultarse. Era Safed. Desde
su nido aguileño de Safed los
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cabalistas
ejercieron una influencia avasalladora sobre todos los pensadores de la baja
Edad Media. La Cábala es una reflexión mística, expresada simbólicamente, sobre
la Torá, los libros mosaicos de la Escritura, y se articula muchas veces en una
trama gnóstica, neoplatónica y neopitagórica tan complicada que necesita, para
ser comprendida, algo semejante a una iniciación. El principal elemento
gnóstico de la Cábala es la emanación múltiple desde un Dios desconocido e
incomprensible que se manifiesta en los «Sefirot» (palabra derivada de la
castellana «céfiro») donde se revelan misteriosamente rasgos de la vida oculta
de la divinidad. Estas emanaciones sefiróticas (de las que tanto provecho
metodológico ha sacado ese moderno cabalista llamado Umberto Eco) se disponen
en tres columnas: la de la Ira y el Rigor, la del Amor y la Misericordia y la
del centro, que es la Justicia, clave de la ley judía. Las columnas de la
derecha y la izquierda, Rigor y Misericordia, se identifican con las del templo
de Salomón, llamadas Boaz y Jakin, que forman parte esencial de la arquitectura
y el ritual masónico. Esta gnosis cabalística, más espiritual y simbólica que
exponente del dualismo grosero, ha ejercido notable influencia en su época y en
las posteriores hasta hoy; primero dentro de la tradición espiritual judía de
la baja Edad Media y la Edad Moderna occidental, luego en los ambientes del
neoplatonismo y el humanismo más o menos cristiano.
HUMANISMO Y RENACIMIENTO: ¿LUTERO GNÓSTICO?
San Agustín,
el genial obispo de Hipona, fue un converso del maniqueísmo —el gnosticismo de
raíz irania— que transmitió al cristianismo medieval, desde las ruinas del
Imperio romano de Occidente a cuya agonía asistió, el mensaje platónico
profundamente cristianizado. Agustín es una figura gigantesca de permanente
actualidad que, una vez superado el dualismo gnóstico y herético en que se
debatió su juventud, mantuvo plenamente, aunque cristianizadas, intuiciones
dualistas en su concepción de la vida y la sociedad humana, por ejemplo su
fulgurante concepción de las Dos Ciudades, la eterna Ciudad de Dios y la
corrupta ciudad terrenal. Sabemos que el neoplatonismo, uno de los ingredientes
de la tradición gnóstica, inspiró poderosamente al pensamiento cristiano
medieval gracias al influjo de San Agustín y no sucumbió ni siquiera cuando en
el siglo XIII,
como ya había sucedido en el siglo
III a. C., Aristóteles, gracias a Tomás de Aquino,
se impuso a Platón. Más aún, ciertas intuiciones y ciertas corrupciones platónicas
como la primacía de la homosexualidad (que también habían reconocido los
cátaros) y el ideal del colectivismo comunista perduraron más o menos
soterradas y han reaparecido varias veces hasta nuestros días en diversos
rebrotes de raíz gnóstica.
Uno de los
más pujantes fue el humanismo neoplatónico de la Academia fundada por el gran
Cosme de Médicis en Florencia como pórtico del Renacimiento a fines del siglo XV.
En la Academia florentina se reunieron humanistas primordiales como
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el cardenal
Besarión, que había huido de Bizancio —caída en manos de los turcos en 1453—
con numerosos y valiosísimos manuscritos que salvaban toda la tradición del
clasicismo; el hipercrítico Marsilio Ficino y el mayor neoplatónico después de
San Agustín, Pico de la Mirándola, un gnóstico que apenas se molestaba en
disimular sus ideas, que comprendían la mística alejandrina, el culto a la
Cábala, la primacía de la Fuerza, el panteísmo y la teoría de la emanación.
Todos estos elementos gnósticos fueron vertidos por Pico de la Mirándola y sus
colegas de la Academia florentina en el humanismo, un movimiento que sin negar
de frente la divinidad ni la convicción cristiana exaltaba al Hombre como
medida de todas las cosas según la fórmula clásica; era ya el antropocentrismo
moderno, superador del teocentrismo medieval. Si la gnosis representa en la
decadencia romana el último frente del paganismo, el humanismo florentino,
irradiado a toda Europa durante casi dos siglos, resucitó el ideal pagano no
siempre bien disimulado por el ropaje cristiano, aunque puede hablarse también
en este tiempo de un auténtico humanismo cristianizado, como el que
convirtieron los jesuitas en clave de su enseñanza. Así la tradición gnóstica,
que había contribuido a configurar la transición entre el mundo antiguo y el
medieval, orientaba ahora desde el centro más genuino del humanismo la
transición del mundo medieval al moderno. Desde finales del siglo XV
basta hoy la gnosis se ha incorporado a nuestro horizonte como elemento
decisivo de lo que llamamos Modernidad. Los jesuitas combatieron a las órdenes
del Papa desde la primera mitad del siglo
XVI contra los elementos gnósticos y paganizantes
del humanismo renacentista pero se vieron obligados, para no quedar fuera del
tiempo cultural, a asumir las formas humanistas de la nueva e irresistible
corriente intelectual y artística. Repetirían su combate y su hazaña en el
siglo XVIII
contra la primera Ilustración. Frente a la gnosis del siglo XX
un sector de ellos, por desgracia, ha decidido sumarse al movimiento enemigo en
vez de enfrentarse a él[27].
Miembro
angustiado de la Orden de San Agustín, formado en un ambiente europeo en el que
destacaban la degradación de la corte papal romana (de la que fue testigo) y la
rebeldía antropocéntrica proclamada por el humanismo, Martín Lutero, profeta y
padre de la Reforma protestante en el siglo
XVI, se está presentando muy recientemente a una
luz nueva; es un intocable para la discusión católica (sustituida por el
diálogo muchas veces entreguista) pero es también un gnóstico. Pocas veces he
sentido una conmoción interior tan intensa como la que me produjo, en ese doble
sentido, el número 53 de la revista 30 Giorni de 1992.
Antonio
Sacci expone en su artículo de ese número bajo el título Lutero no se toca
la transformación de Lutero por una reciente escuela de pensadores y teólogos
católicos después de Sebastián Merkle y Joseph Lortz. Hasta 1939 Lutero era
para los católicos el heresiarca por antonomasia, desde su excomunión por la
Santa Sede el 3 de enero de 1521. Desde 1939 empieza a considerársele, desde el
campo intelectual católico, como un gran teólogo, un gran místico y un
reformador auténtico al que no se puede ya ni criticar. Y eso que el mismo
Lutero manifestaba al final de su vida en
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carta a
Zwinglio su dolor por la agitación y la confusión que sus doctrinas habían
sembrado en la Iglesia.
Pero no me
preocupa ahora este neoluteranismo de la moda católica —que no debe extrañar a
quienes observamos que algunos católicos y especialmente algunos jesuitas
interpretan el diálogo como rendición, sin recibir nada a cambio— sino la
dimensión gnóstica de Lutero revelada en el reciente libro (1980) de Theobald
Beer, máximo especialista de Lutero en nuestro siglo, como le ha definido el
cardenal Ratzinger, que habla a Antonio Sacci y Tommaso Ricci en el citado
número de 30 Giorni.
Beer expone
las concordancias profundas entre los escritos de Lutero y aquel evangelio
gnóstico que hemos citado ya, los libros del pseudoHermes Trismegisto. Para el
cardenal Ratzinger, muy criticado por los católicos filoluteranos de hoy, la
obra de Beer es definitiva al desentrañar las raíces neoplatónicas, herméticas
y gnósticas de Lutero. El propio Melanchton acusaba a Lutero de ceder a
«delirios-maniqueos» por los que Lutero recaía en la herejía de que se había
salvado San Agustín; así afirmaba que Dios estaba en contra de sí mismo, que se
debe conceder al diablo una hora de divinidad, que la maldad debe atribuirse a
Dios. La cristología de Lutero alberga elementos de la gnosis; como la
coexistencia de divinidad y maldición en Cristo, cuya naturaleza humana se
identifica con el pecado, con el mal. Para Beer el pseudo Hermes no ejerció
sobre Lutero una influencia superficial sino decisiva «en todos los temas
fundamentales» y demuestra esta tesis con textos herméticos que afloran en
posiciones luteranas. «Siempre que Lutero se ve perdido se refugia en Hermes»,
dice. Los ejemplos de afinidad entre Lutero y el pseudo Hermes son «millares».
En su utilización de Hermes Lutero es un precursor del idealismo alemán del
siglo XIX
sobre todo de Fichte, Schelling y Hegel. El gnosticismo de Lutero es de signo
alejandrino y tiene los esquemas neoplatónicos y neopitagóricos como clave.
Toda la teoría de Lutero se basa en una desesperación radical, lo mismo que les
sucedía a los gnósticos: la realidad es el infierno y no existe salvación real,
ésta es una frase de Lutero, no de Jean-Paul Sartre. Para Lutero, como para los
gnósticos, existe una divinidad malvada. El agustino Lutero incurre en una
perversión del augustinismo, en una regresión dentro del pensamiento de San Agustín.
Y lo más curioso es que mientras muchos teólogos protestantes admiran la
penetración de Beer, toda una escuela dominante de pensamiento católico le
silencia —es el método habitual para exaltar a un Lutero falseado. Tal vez
porque Lutero les ha contagiado, como veremos, su raíz gnóstica, que Lutero
transmitió a la que suele llamarse Modernidad, como acabamos de insinuar en
algunas citas de autores ya muy próximos a nosotros.
¿GNOSIS EN EL BUDISMO Y EN EL ISLAM?
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Dos personajes, uno individual, otro colectivo, merecerían en este
momento una seria consideración porque sobre uno y otro se ha abatido la
sospecha de contaminación gnóstica. El primero es Erasmo de Rotterdam, príncipe
de los humanistas, el intelectual más famoso y respetado del siglo XVI,
que reaccionó con sentido hipercrítico contra las innegables aberraciones de la
Iglesia católica en su tiempo, se aproximó a Lutero, a quien confirió una
legitimación que le era bien necesaria y luego se apartó radicalmente de él al
comprobar cómo desbarraba, cómo destruía aquello que pretendía corregir. He de
estudiar alguna vez a Erasmo pero no ahora; la tarea es demasiado importante y
comprometida como para despacharla con unas cuantas vaguedades. También dejaré
para un estudio especial al personaje colectivo, que no son sino los
Templarios, de quienes se están escribiendo estudios y libros continuamente
porque no han perdido su actualidad desde su extinción violenta y el comienzo
de su leyenda. Es inevitable que los templarios se inoculasen de gnosticismo
durante su estancia en Oriente pero debe notarse que fueron guerreros y
banqueros, no teólogos ni intelectuales. De ellos hablaremos con mucho mayor
fundamento en un estudio ya avanzado, porque además el templarismo presenta
indudables conexiones, entre la Historia y la leyenda, con la Masonería.
En sus ya
citados libros sobre la gnosis el investigador Etienne Couvert ofrece sendos
capítulos originalísimos acerca del posible carácter gnóstico de dos grandes
religiones universales: el budismo y el Islam. No soy especialista en ninguna
de las dos pero los datos y las conclusiones de Couvert me resultan tan
enormemente sugestivos que no puedo resistirme a resumirlos aquí.
Toda la vida
se nos ha dicho que Buda, Sakyamuni, era un personaje de la India que vivió
hacia el siglo VI antes de Cristo, que empezó a difundir entonces
mismo su doctrina, extendida a toda el Asia y puesta de moda entre nosotros en
este siglo por estudiosos y adeptos occidentales, que practican asiduamente el
yoga y siguen los esquemas de oración unitiva y aniquiladora relacionados con
el budismo y criticados por el Papa Juan Pablo II en el capítulo que dedica al
budismo en el reciente libro que ya hemos citado varias veces. Pues bien
Couvert, que ha estudiado muy seriamente los orígenes del budismo, llega a la
conclusión de que Sakyamuni vivió nueve siglos después y que su doctrina, el
budismo, nació y se extendió a partir del siglo III después de Cristo. La
evidencia negativa y positiva, documental y arqueológica que nos presenta en su
libro no merece desde luego el desprecio sino una cuidadosa atención[28].
En breve,
ese maestro a quien todo el mundo llama Buda —«El Iluminado»— no es otro que
nuestro ya conocido Mani, fundador del maniqueísmo y promotor de la que se ha
llamado «segunda oleada gnóstica». Si es así el budismo es primordialmente una
forma oriental de gnosticismo, con las mismas raíces del maniqueísmo.
Discípulo de
Marción y de Basílides Mani-Buda fue un maestro pero sobre todo un gran
organizador. Se denominaba a si mismo «hijo de la Viuda», nombre que
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tomaron
siglos después para sí los masones. Empezaba sus cartas con la fórmula
«Manicheus, apostolus Jesu Christi». El nombre de Sakyamuni se refiere a la
casta de los Sakyas, es decir los escitas; la región del Occidente (vista desde
la India) de donde vino Sakya-Buda, el Iluminado. En la tradición budista
afloran, como en la maniquea, muchos rasgos cristológicos. Buda es hijo de una
virgen; una estrella apareció en su nacimiento; hay otros muchos detalles
tomados de los evangelios gnósticos. Buda ayuna cuarenta días, sufre las
tentaciones de Mara, el maligno que le propone el imperio del mundo.
Experimenta una transfiguración, predice la destrucción de su ciudad. Un
traidor aparece entre sus discípulos. A su muerte se oscureció el sol, estalló
la tormenta.
Para Couvert
el budismo nació durante el siglo
III —la época de Mani— en la región escita y
greco-pártica de la Bactriana, límite del imperio de Alejandro. Allí enseñó
Mani su doctrina y desde allí se extendió el budismo a la India y luego a toda
Asia. Importantes hallazgos funerarios, efigies e inscripciones en antiguos
monasterios budistas apuntan a la identidad de Mani y Buda. Los ritos del
budismo sólo cobran sentido histórico si se relacionan con el gnosticismo de
Mani. La religión del Tíbet, el lamaísmo, reconoce el mismo origen, e incluso
el culto de Krishna proviene remotamente del cristianismo. «Es decir —resume
Couvert— Asia ha recibído su inspiración religiosa del cristianismo pero de un
cristianismo desfigurado por la gnosis maniquea». El budismo pasó,
transformándose, a la inmensa China y apareció en Japón reconstruido por el
sintoísmo.
Una
impresión no menos fulgurante recibe el lector no especialista cuando recorre
el capítulo siguiente del mismo libro de Couvert, que se dedica a los orígenes
gnósticos del Islam. La atribución a Mahoma, un jefe de caravanas elevado
socialmente por su matrimonio, de un libro tan complejo que requirió, sin duda,
un serio conocimiento del judaísmo, de las vicisitudes de los contingentes y
pueblos árabes en la frontera del Imperio romano y el reino sasánida de los
partos —los contingentes árabes se incorporaron a uno y otro ejército y
acabaron tomando el poder en sus regiones respectivas— y de las corrientes
culturales de Oriente medio, especialmente el cristianismo, el judaísmo y el
gnosticismo. El autor del Corán dominaba el árabe admirable en que escribe pero
también el hebreo y el griego. El Corán se escribe en la época de las grandes
convulsiones que provocó el debilitamiento de los imperios bizantino y
sasánida; el objeto del libro es separar a los árabes cristianos, muy
numerosos, de la doctrina de Cristo y reconducidos al judaísmo, a la ley de
Moisés. Su autor tuvo que ser —según Couvert— un gnóstico judaizante que
negaba, ante todo, la divinidad de Cristo. Según Couvert, el libro «fue escrito
en Siria y para los árabes cristianos de Siria por un cristiano judaizante,
posiblemente un monje ebionita. No hay en el libro sagrado mención de Medina,
ni de la Meca, ni de la Kaaba; y el Islam naciente sintió una inclinación
poderosísima hacia la región siropalestina y hacia la ciudad de Jerusalén, que
pronto fue enclave sagrado del Islam. «En 1874 el profesor Harnack declaró que
el mahometismo no era
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más que una
lejana derivación de la gnosis judeocristiana y no una religión nueva. Mantuvo
después permanentemente esta conclusión fundamental». A la que se suma Couvert
mediante un detenido análisis de los temas gnósticos en el libro sagrado del
Islam[29].
Después de
la formidable expansión de los árabes, sus intelectuales se convirtieron en
transmisores del saber antiguo y también de la gnosis a Occidente, a través del
imperio bizantino y sobre todo de la frontera con los cristianos en España. En
la ciudad de Toledo, reconquistada por Alfonso VI en el año 1085, se creó un
centro internacional de traductores que alimentó gracias al aporte de
manuscritos árabes a las nacientes universidades de Europa. Averroes, de fuerte
tendencia gnóstica, fue el principal transmisor de Aristóteles a Occidente.
LA ESENCIA GNÓSTICA DE LA MASONERÍA
Creo haber
demostrado que la Masonería es esencialmente una forma de gnosis en mi libro El
triple secreto de la Masonería publicado hace un año en esta misma
editorial. Me he remitido a un próximo estudio sobre los templarios para
excusarme aquí de su mención pero no pudo negar la conexión entre la Masonería
y las Ordenes Militares tal como la estableció el famoso masón caballero Ramsay
en la primera mitad del siglo XVIII; en su discurso Ramsay considera a la Masonería
como depositaria de los misterios egipcios y otros secretos del paganismo
helénico que formaron parte también del trasfondo simbólico de la gnosis. En mi
libro que acabo de citar considero al gnosticismo como una de las claves del
secreto masónico, cuya negación reiterada por los masones y filomasones es un
nuevo indicio de los métodos gnósticos de enmascaramiento. La «oscuridad
visible» que es una expresión esencial de los rituales masónicos pertenece al
más acrisolado gnosticismo, como la oposición eficiente entre la luz y las
tinieblas personificadas; como la respuesta obsesiva sobre la imposibilidad del
profano para entender el sentido profundo —es decir la gnosis— de los ritos,
símbolos y enseñanzas masónicas. El autor a quien considero como primer
tratadista sobre el problema masónico, reverendo Walton Hannah, concluye
tajantemente: «La Masonería es gnosis»[30]. Y lo explica
así: «La intención clara de los trabajos masónicos es ofrecer un sistema
simbólico y alegórico para la formación del carácter y de la moral basado en
modelos paganos, que no puedan chocar y por eso puedan convertirse en la base
de una creencia en cualquier religión respetada y así posibilitar la oración y
el culto a un Altísimo que pueda equipararse a cualquier deidad».
Venimos
exponiendo reiteradamente que la clave de la gnosis es la resistencia pagana al
cristianismo; pues esa misma es la clave de la Masonería. Lo expuso con toda
claridad el Papa León XIII en su encíclica antimasónica: «Querer destruir la
religión y la Iglesia, fundada y conservada perpetuamente por el mismo Dios y
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resucitar
después de dieciocho siglos la moral y la doctrina del paganismo es necedad
insigne e impiedad temeraria»[31].
Una prueba
palmaria del neopaganismo masónico es el ritual del grado IV de la Masonería
inglesa, que he traducido en el libro citado sobre el triple secreto masónico.
Esa prueba se contiene en la lectura mística de la alocución correspondiente a
la primera cátedra en la que el orador explica el contenido de la Palabra
Perdida, que es el oculto y verdadero nombre de Dios. «Es una palabra compuesta
—dice el ritual— y la combinación forma la palabra JAH-BUL-ON». Como explica la
misma lectura, se trata de un sincretismo entre Jahveh, el dios de los judíos;
Bul o Baal, el dios de los siríacos; y On u Osiris, el dios de los egipcios. Es
decir, el Dios verdadero invocado al mismo nivel que dos famosos ídolos a
quienes los Santos Padres han identificado como figuras de Satanás. No hacen
falta más explicaciones[32]. Solamente debemos aludir aquí a una secta
templarista-masónica, los en su tiempo famosísimos Iluminados de Baviera
fundados por un oscuro y alucinado profesor de Ingolstadt, Adam von Weisshaupt,
creador de un movimiento con inequívocas señales de gnosticismo al comenzar el
último tercio del siglo XVIII. El abate Barruel nos ofrece en su libro un
tratado en regla sobre los Iluminados, que muy pronto invadieron Europa y se
fundieron con los ilustrados y masones de Francia. Será otro de los grandes
temas históricos de mi libro, en preparación, sobre los templarios entre la
Historia y la leyenda.
GNOSIS, ILUSTRACIÓN Y REVOLUCIÓN
Los teólogos
alemanes y sus discípulos españoles (que por cierto me parecen bastante
acríticos) distinguen dos movimientos de la Ilustración; suelen llamar primera
o romántica a la que arranca de Goethe y Fichte; y segunda a la posthegeliana,
de Marx para atrás, hasta los comienzos del siglo XX aunque en estos límites
advierto poca unanimidad y bastante confusión. No me parece mal hablar de dos
movimientos de la Ilustración pero como no me remiro en el ombligo germánico
creo mucho más exacto denominar Primera Ilustración al brote del Racionalismo
en la segunda mitad del siglo XVII (con la formulación de la ciencia y el
pensamiento moderno como base) y la prolongación del impulso a lo largo de todo
el siglo XVIII,
con movimientos tan importantes como el empirismo racionalista y postcartesiano
en Francia e Inglaterra, la racionalización del Derecho en Holanda y de la
política en los escritos de Locke, la explosión hipercrítica de Baruch Espinosa
y la interesada atribución de toda la gloria ilustrada por los philosophes
de la Enciclopedia a quienes Barruel llamaba merecidamente sofistas. Reservo el
nombre de Segunda Ilustración para la sucesión formidable del idealismo
germánico, iniciada, a partir de Kant, por Fichte y Schelling, culminada por
Hegel y despeñada en la revolución atea e irracional por Marx.
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Vamos a volver sobre ese complejo entramado de corrientes de pensamiento
y cultura en los dos capítulos siguientes bajo el enfoque de la Modernidad y la
Revolución. Etienne Couvert ha propuesto muy lúcidamente el carácter gnóstico
de muchas de esas lumbreras de la Razón y la Ilustración. Si quisiera ahora
tratar el problema extensamente necesitaría escribir todo un libro, con lo que
se desbordaría el propósito de éste. Para algunos analistas de la Historia,
como el propio Couvert, Renato Descartes no solamente es un gnóstico cabal sino
que además se le puede considerar como la conexión entre la gnosis antigua y la
moderna[33]. Pero Couvert toma parte, muy amenamente por
cierto, en la Historia que escribe y casi considera enemigos personales (y por
tanto grandes gnósticos) a Descartes y al padre Teilhard de Chardin por quienes
el autor de este libro siente profunda devoción. No creo que ni Descartes ni
Teilhard deban definirse como gnósticos porque fueron grandes cristianos,
católicos profundos y nunca infectados ni por la sombra del paganismo que
acompaña a la gnosis. La Iglesia ha rehabilitado a Teilhard y Juan Pablo II, en
su citado libro, no duda del catolicismo de Descartes, aunque le reprocha haber
abierto los caminos del subjetivismo y del idealismo. Hablaremos de Descartes
pero no me resigno a que nos desprendamos de los grandes cristianos para
entregar su figura al enemigo.
Couvert
detecta, con mayor carga de razón, huellas profundas de la gnosis en la
literatura del Gran Siglo de Francia, el siglo XVII[34]. Nuevamente los rasgos gnósticos se conjugan
con un retorno del platonismo, como en los casos de Mabillon y sobre todo de
Fénélon, maestro e inspirador del caballero Ramsay, renovador de la Masonería.
La crisis jansenista que dividió a la Iglesia de Francia y se extendió por la
Europa de los siglos XVII y
XVIII es una forma de gnosticismo, por la austeridad
aparente y agresiva de los adeptos a la doctrina de Jansenio, por su carga
indudable de maniqueísmo, por su aproximación tardía al protestantismo; la gran
figura del jansenismo, Bias Pascal, puede describirse adecuadamente como un
gnóstico y no tiene nada de extraño que todo el movimiento jansenista
encabezase la lucha contra los jesuitas que entonces se distinguían por su
fidelidad inquebrantable a Roma. Las grandes figuras filosóficas del
Racionalismo —que es la primera fase de la primera Ilustración— fueron sin duda
Leibniz y Espinosa, que también ofrecen caracteres de gnosticismo sobre todo el
gran judío hispano-holandés; volveremos sobre los dos en el siguiente capítulo.
El
movimiento enciclopedista francés del siglo
XVIII, que ha pretendido monopolizar el término de
Ilustración, y que preferimos incluir aquí como la fase «sofística» de la
primera Ilustración, está muy emparentado con el gnosticismo moderno. Primero
porque todos sus portavoces y adeptos profesaban el deísmo, que consiste en
alejar y relegar a Dios a las tinieblas exteriores de lo incognoscible, con lo
que le equiparan al dios de los gnósticos. Segundo porque los enciclopedistas
se emparentaban con el auge de la nueva Masonería especulativa, creada
precisamente a principios del siglo
XVIII y el más espectacular de todos ellos, Voltaire,
el máximo
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enemigo de
los jesuitas, de la Iglesia y del Dios de los cristianos, ingresó, como remate
simbólico de toda su carrera, en la famosa logia parisina de las Nueve
Hermanas.
Hans Graf
Huyn, en uno de los más penetrantes ensayos de nuestro tiempo ha rastreado el
impulso totalitario en el Contrat social de Rousseau. Pues bien, dos
burdas seudo-religiones de la Revolución francesa, la Religión de la Razón y el
ridículo ritual del Directorio son netamente gnósticas, como la línea principal
del idealismo alemán, al que consideraron sus protagonistas, como recuerda
Huyn, «la versión intelectual de la Revolución francesa»[35].
El abate Barruel, cuyo análisis documentado sobre las relaciones entre los que
llama filósofos sofistas y la Masonería del siglo XVIII me parece irrebatible,
demuestra la importancia de los Iluminados de Baviera (el término «iluminado»
es gnóstico-maniqueo) en los ambientes prerevolucionarios de Francia. El
movimiento de Weisshaupt, cuyos adeptos se ufanaban también del nombre de «teósofos»
—del que se apropiará otra importante corriente del gnosticismo moderno, la que
dará origen a la New Age denunciada por Juan Pablo II— se incorporó a la
Masonería y estableció una efectiva conexión con los enciclopedistas de Francia
por medio de Mirabeau, el fundador del más famoso club de la Revolución
francesa en el convento de los Jacobinos, nombre con que se conocía en Francia
a los dominicos. Esta conexión es para Barruel, y no será fácil desmontar su
tesis, la clave del jacobinismo, alma de la Gran Revolución.
Augusto del
Noce, el gran pensador italiano, se ha referido profundamente a la pervivencia
y la recurrencia de la gnosis y a él se debe principalmente la introducción del
debate de nuestros días sobre ese fenómeno[36]. «Lo que
caracteriza al mundo actual —dice— es el descubrimiento de la oposición total
entre cristianismo y gnosticismo. El espíritu revolucionario total es la
versión secularizada del ascetismo gnóstico. El mundo presente está tan
podrido, para los revolucionarios radicales, las condiciones de la humanidad
son para ellos tan miserables y despreciables que la destrucción del orden
universal se hace necesaria». La corriente anarquista que estalló en el siglo XIX
y ha rebrotado en España hasta 1939 y en movimientos confusos como la rebelión
juvenil de 1968 reconoce esa raíz gnóstica que también informó la obra de Marx
a través de la interpretación materialista de la doctrina hegeliana. «La idea
de la revolución total —dice Del Noce— lleva consigo el rechazo radical de la
sociedad existente y el mito de un estadio final perfecto». Es el mito
escatológico del marxismo; pero es también la inspiración destructora y
nihilista propia de la tradición gnóstica, en la que abrevan los teóricos
radicales de un nuevo socialismo presuntamente democrático como el miembro más
famoso e influyente de la Escuela de Frankfurt, Herbert Marcase, para quien la
liberación será el resultado de la destrucción de todo tipo de orden, el gran
rechazo del 68. Ya hemos encontrado otra palabra mágica para la historia de la
gnosis moderna: liberación.
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La gnosis
moderna arranca, en mi opinión, de Immanuel Kant, el gran filósofo que engarza
la primera y la segunda Ilustración, a caballo entre los siglos XVIII
y XIX.
Kant, como veremos, declara a Dios incognoscible para la razón pura, aunque su
sentimiento cristiano le impulsa al redescubrimiento de Dios por la razón
práctica. Ya tenemos de nuevo al Dios Desconocido de los gnósticos tanteado de
lejos en la misma fuente del pensamiento contemporáneo. Creo que Couvert tiene
mucha razón cuando señala que la gnosis moderna llega a su plenitud en Hegel y
depende de Platón, como siempre, pero a través de Hegel. Esta es hoy una tesis
aceptada en el campo cristiano antignóstico[37]. Como sus
grandes predecesores del idealismo alemán Hegel se vincula a la tradición
platónica y rechaza la aristotélica; va a generar, por la izquierda, el
totalitarismo marxista y por la derecha el totalitarismo fascista porque tanto
Marx como Mussolini se declararon expresamente discípulos suyos. Del Noce llama
con razón a Hegel «verdadero arquitecto de la gnosis moderna» y en tal sentido
deben interpretarse las consideraciones que haremos sobre el idealismo alemán
en el capítulo siguiente.
Por su
parte, Couvert ha desenmascarado los influjos gnósticos en el pensamiento y en
la gran literatura francesa del siglo
XIX. Incluso en las corrientes del tradicionalismo
conservador —de Maistre, de Bonald, el primer Lamennais— advierte una
inconfundible veta gnóstica, que puede explicar en parte el despeñamiento
posterior de Lamennais. En el mundo literario se inscriben en el retorno
gnóstico figuras como Taine, Zola, Baudelaire —discípulo de Hermes Trismegisto—
y sobre todo Víctor Rugo, que con de Vigny y el historiador Jules Michelet se
relacionan también con la reviviscencia del satanismo en la Europa moderna; y
Satán es objeto predilecto de la gnosis[38].
Para muchos
lectores esta denuncia de los pensadores católicos de hoy contra la gnosis
moderna constituirá una sorpresa tan grande como la experimentada por el autor
de este libro al comprobarla. Nunca pude sospechar una invasión gnóstica tan
amplia desde los hondones de la Historia negra del cristianismo pero no puedo
ocultar la realidad. La teoría de la muerte de Dios, punto central en el
pensamiento de Nietzsche, es de inequívoca raigambre gnóstica; y los promotores
europeos de la teología cristiana (protestante y católica) llamada de la
liberación dependen de Nietzsche, de Marx y de la Escuela marxista de Frankfurt
abiertamente; ya hemos señalado las conexiones gnósticas del jesuita Karl
Rahner y un miembro de la Escuela de Frankfurt, Ernst Bloch, conecta
directamente con un promotor de la teología de la liberación, el teólogo
protestante Jürgen Moltmann. La teología de la liberación me parece en algunos
aspectos, como su propensión al colectivismo, neoplatónica en el peor sentido
del término; y el jesuita español que lanzó a las mesnadas del liberacionismo
católico marxista a la conquista de Iberoamérica en el congreso celebrado en El
Escorial en 1972, del que trataremos ampliamente, Alfonso
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Álvarez
Bolado, expone una evidente tesis gnóstica en su libro de 1975 Dios y la
ciudad (Eds. Cristiandad, p. 109): «Sólo entonces, cuando ella misma (la
Iglesia) haya comprendido su propio papel en el proceso de liberación de
Dios, podrá sin miedo y sin adaptación discernir los espíritus y llegar a tener
una relación abierta y crítica con los movimientos actuales de liberación».
Cuatro años después de ese libro, en 1979, los compañeros de su autor iniciaban
una relación no demasiado abierta ni crítica con uno de esos movimientos: el
gobierno sandinista, es decir, marxista-leninista de Nicaragua, del que
formaban parte varios sacerdotes y religiosos, sin excluir a los jesuitas.
«Una parte
importante de la Modernidad —amputa Del Nace— se piensa a sí misma a partir de
nociones gnósticas fundamentales». El hombre moderno se acostumbra a sentir
indiferencia hacia su destino personal abocado a la muerte. «Para la
metodología gnóstica de la Modernidad —dice Del Nace— la liberación está en el
paso a lo universal, lo colectivo, lo general, donde la existencia individual
se vuelve al fin indiferente. El ideal de la vida es la Revolución que
sustituye el yo por el nosotros, el individuo por la colectividad». Esto es un
claro reflujo platónico, una apoteosis de colectivismo marcado por Marx como
hegeliano y como gnóstico, no como pensador de origen liberal. «El ateísmo
moderno —rubrica Del Nace— no es nada más que la evolución, la disolución del
cristianismo en la gnosis».
Los
gnósticos, pues, están entre nosotros. Y los pastores de la Iglesia —al menos
en España— no han dicho una palabra sobre el peligro de la gnosis; claro que
tampoco nos han informado, después de 1937, en España, sobre los peligros del
marxismo. La secularización exacerbada, dogma de la mal llamada Modernidad, es
—acabamos de verlo en una cita de Del Nace— una intuición gnóstica; no en vano
la gnosis antigua fue el último esfuerzo del paganismo para sobrevivir al
impulso cristiano. La mal llamada teología de la secularización que abrazan
como un solo hombre los pensadores y publicistas católicos «progresistas» no
es, para Del Nace, más que «la prisión gnóstica del cristianismo». Pero un gran
diario español, el primero de todos, El País, es un abanderado de la
secularización y mantiene, en problemas de religión e Iglesia, una línea
netamente gnóstica sin que la Iglesia española haya dado la señal de alerta;
más aún, los responsables de sus medios de comunicación en los años ochenta se empeñaron
en que el diario católico «Ya» tomase como modelo al diario gnóstico. Los
gnósticos están entre nosotros; en los primeros siglos (y en el XVIII)
pueden señalarse muchos nombres de obispos gnósticos y algunos de ahora son,
cuando menos, tolerantes con la gnosis. Voy a cerrar este capítulo con la
consideración de algunos escritores gnósticos de hoy, que influyen notablemente
en el mundo de habla hispana por la difusión excepcional de sus libros. Por
supuesto que podría incluir aquí la larga lista de publicistas masónicos, que
son gnósticos por definición, a la que cabría añadir el enfervorizado manípulo
de los jesuitas filomasónicos, a los que me he referido muchas veces en mis
libros. También cabría tomar bastante más en serio al reciente Catecismo romano
y subrayar
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el absurdo
irracional, de cuño gnóstico, que se conoce como «astrología» y aparece
continuamente en los medios de comunicación en torno a los signos del zodíaco y
su influencia en el destino de los hombres; los adictos a esta monserga
zodiacal no reparan en que los signos de la Eclíptica han variado
sustancialmente su posición desde que fueron marcados en el cielo por los magos
orientales y ahora constituyen, con todo su papanatismo, el último residuo
popular del gnosticismo en la vida actual.
Fernando
Sánchez Dragó, mi admirado amigo, es de origen gnóstico pero liberado por dos
profundas fuerzas contrarias; su redescubrimiento sustancial del cristianismo,
tal vez toda una conversión, y su original intuición occidentalista que no sólo
se niega a rastrear la traslación del pensamiento mágico de Oriente a Occidente
sino que lo ve nacer en las fosas perdidas de la Atlántida y caminar hacia
Oriente. Dije una vez que es un escritor con todo el encanto del gnosticismo
pero bien vacunado de sus peligros.
No diré lo
mismo del recientemente fallecido Isaac Asimov, el prolífico escritor de
ciencia ficción (con interesantes incursiones en el campo de la Historia) que
se declara agnóstico, pero me parece un gnóstico de versión judía; por cierto,
no me explico que con motivo de su muerte se haya querido ocultar su origen
judío. Descripciones suyas como la del planeta hipercolectivo Gaia y la figura
de profeta Seldon con su invento de la psicohistoria me parecen gnósticas en
alto grado, pese a lo cual me he extasiado, como todo el mundo, con la
tetralogía de la Fundación.
Otro
gnóstico de tomo y lomo (nunca mejor aplicado el calificativo) es Umberto Eco
desde que abandonó el aristotelismo al estudiar la estética de Santo Tomás, él
sabrá por qué. Su Nombre de la Rosa trata de prostituir como gnósticos
algunos movimientos espirituales y algunas personalidades cristianas que
creíamos inmunes a tan impúdica audacia; lo intenta pero no lo consigue, aunque
nos sugiere una raíz gnóstica del nominalismo medieval, estupendo problema con
el que no he querido abrumar al lector, pero sin que Umberto Eco ande por él
tan descaminado como en otros campos. El péndulo de Foucault es una
proclamación gnóstica, aunque trata de presentarse como un pot-pourri
sobre la historia del esoterismo. El daño potencial de Eco sobre el lector no
bien formado se reduce muchísimo porque el lector no bien formado nunca será
capaz de entender una sola palabra de los libros de Eco, aunque sí de
comprarlos.
Un escritor
y periodista español de éxito permanente es Juan José Benítez, maestro gnóstico
genuino con su nutrida cuadra de caballos de Troya y las demás obras que
conozco, creo que son todas, y por encima de todas La rebelión de Lucifer.
Tampoco creo que haga daño porque las gentes no le siguen por su evidente
gnosticismo sino por su magia literaria para la fantasía ultraterrena. Ha
sabido conectar con el vacío popular ante lo misterioso y con la peligrosa
incapacidad que muestra nuestro clero para hablar con los peces y los pájaros,
como hacía San Francisco de Asís cuando se hartaba de los hombres.
Sin embargo el
asalto frontal de la gnosis antigua, en toda su crudeza, al
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pensamiento
moderno lo ha hecho entre nosotros un curioso autor rumano, E.M. Cioran, en la
primera parte de su libro, muy difundido por la editorial Taurus en 1974 El
aciago demiurgo, que indirecta pero visceralmente demuestra el gnosticismo
visceral de su traductor, Fernando Savater y de su editor, Jesús Aguirre,
hoy duque de Alba. La verdad es que el libro se me había olvidado completamente
cuando me interesaba menos por los vericuetos de la gnosis pero al releerlo
hace pocos años me dejó mudo de asombro. No se trata de un reflejo gnóstico o
de una adaptación del horizonte actual al gnosticismo. Es sencillamente el
gnosticismo puro y duro, por vía de aserto dogmático, a golpe de afirmación
infundada, una especie de manual de gnosticismo barato sobre cómo hacerse
gnóstico en una jornada de lectura. Ni una palabra de traductor y editor para
enmarcar históricamente el relato, que hubiera servido admirablemente para
fascinar a las matronas romanas del siglo
IV recién llegadas a la menopausia. Que este
engendro, con su dios bueno e impotente, su demiurgo malísimo creador del mundo
malo y su demonio como delegado general del demiurgo entre los hombres, su
pesimismo rabioso y su culto al suicidio, tuviera en su momento resonancia
aceptable entre los medios intelectuales del antifranquismo y el «progresismo»
dice más sobre la ramplonería de los medios intelectuales del antifranquismo y
el «progresismo» que cualquier capítulo directo de historia cultural
contemporánea. El 20 de junio de 1995 ha fallecido Ciaran en París. Tanto el
suplemento «cultural» de El País, («Babelia») como su imitador
acomplejado, el cada vez más torpe ABC cultural, han olvidado la entraña
gnóstica del escritor en sus burdas improvisaciones necrológicas.
Los
gnósticos están entre nosotros. Por su permanente infiltración en la
literatura, en la filosofía y en los medios de comunicación, sobre todo en sus
secciones culturales, a veces tan olvidadizas con sus propios ídolos. Por su
pervivencia en la Masonería, en el marxismo más o menos vergonzante, en los
reductos del espíritu y la práctica anarquista, en los medios corruptos de la
Internacional Socialista, en el complejo frente del asalto a Cristo y a su
Iglesia. Los gnósticos están entre nosotros. Desde los comienzos de la Iglesia
hasta el día final.
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LA IGLESIA ANTE LA MODERNIDAD
(SIGLOS XV-XVIII)
QUÉ ES LA MODERNIDAD
Modernidad es una palabra reciente en el sentido que hoy
circula, aunque sus huellas latinas sean remotas. Pero en el esclarecedor
diccionario de filosofía del profesor Ferrater Mora (Alianza Editorial 2ª ed.
1990) ni siquiera figura el término, aunque su significado actual dentro del
mundo del pensamiento se incluye como una acepción de la palabra «modernismo».
Mi edición del Diccionario de la Real Academia Española, que es la de 1970, sí
incluye la palabra «Modernidad» definida como «calidad de moderno». Vayamos pues
a «moderno» cuyo origen hace remontar el Diccionario al «modernus» de
Casiodoro; el Diccionario refiere primero el adjetivo a una época («edad
moderna») y entre sus varias definiciones nos atenemos a la sexta: «Lo que en
cualquier tiempo se considera como contra puesto a la clásico».
El uso del
término «moderno» en ese sentido, que es el actual, se generalizó en el siglo XIV
dentro de las disputas de las escuelas filosóficas en las Universidades
europeas. Desde el bando opuesto, el del pensamiento escolástico tradicional,
lo «moderno» que comprendía al nominalismo del que hablaremos, adquiría un
cierto tufillo de sospecha y aun de heterodoxia. El mal sentido se trocó en
bueno durante el siglo XVIII, surcado por la famosísima «disputa entre
antiguos —escolásticos, tradicionales— y modernos», es decir racionalistas,
ilustrados y científicos. Julián Marías se ha referido profundamente a esta
disputa en su artículo titulado precisa mente así, «Antiguos y modernos»
publicado en «ABC» de Madrid el 25 de febrero de 1993; los «modernos»
eran, para sí mismos, los ilustrados, los llamados por antonomasia «filósofos»
frente a los tradicionales, teólogos y reaccionarios. La distinción, que
durante la baja Edad Media era más bien descriptiva, se convierte durante el
siglo XVIII
en agresiva y beligerante.
El
neomarxista Jürgen Habermas, único superviviente de la Escuela de Frankfurt, en
El discurso filosófico de la Modernidad[39] sugiere que el término «Modernidad» no se aplica hasta la segunda mitad
del siglo XIX
y dentro del ámbito de las bellas artes. En el campo del pensamiento no se
generaliza hasta el último tercio del siglo
XX como indica su exclusión del Diccionario de
Ferrater, que suele ser una referencia de alta seguridad. En los años ochenta
se usa y se abusa de él, no se habla de otra cosa. Los socialistas españoles
toman como bandera desde su triunfo en 1982 «incorporar España a la Modernidad»[40] y lo siguen repitiendo mecánicamente a pesar de
los pesares. Sospecho que si Habermas hubiera escrito su libro cuatro años
después, es decir tras la caída del Muro de Berlín, seguramente hubiera
cambiado sustancialmente sus contenidos. En fin, aunque como hacen hoy casi
todos los autores hablemos en este libro de Modernidad como «talante de la Edad
Moderna» quede claro el tiempo en que ha hecho explosión el vocablo.
El presente
capítulo tiene, en el conjunto y la especialización del libro, cierto carácter
de síntesis preliminar y por eso no deseo sobrecargarle de citas superfluas.
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Pero debo
aludir a dos autores de muy diversa procedencia y alcance que coinciden en esa
definición de Modernidad que acabo de proponer como «talante de la Edad
Moderna». Uno es José M.G. Gómez Heras en su interesante estudio Religión y
Modernidad[41] que inicia con la
consideración de Martín Lutero; otro es el profesor socialista Ignacio
Sotelo, que inscribe a la Modernidad en el mismo ámbito de este capítulo (como
también hace al autor que acabo de citar) aunque prácticamente la identifica
con la secularización, lo cual es una idea tan extendida como discutible (Cfr. su
art. Sin razón para la esperanza, Madrid, El País, 1 de abril de 1984,
p. 11). Son ejemplos que muestran el claro consenso dentro del que hoy se mueve
la utilización del término y la idea de Modernidad. Por mi parte no tengo
inconveniente en aceptar ese marco, pero recortándolo, frente a algunos
autores, hasta fines del siglo XVIII; durante la época siguiente, que llamamos
contemporánea aunque no deja de ser
Edad Moderna, se «dispara» por así decirlo la
idea de Modernidad pero implicada con otra de mayor fuerza, que es la de
Revolución. Por otra parte tampoco suscribo la fijación de la Reforma
protestante como inicio formal de la Modernidad, ni mucho menos; la Edad
Moderna comienza en el siglo XV, con antecedentes claros en el siglo anterior;
su primer movimiento es el Humanismo, no la Reforma. ¿Fechas? No sé si tiene
sentido fijar fechas para el comienzo de una época histórica de onda larga
pero, al menos como símbolos, cabría elegir la caída de Constantinopla en 1453,
conjuntamente con la invención de la imprenta y el comienzo de las grandes
navegaciones atlánticas, que son además prácticamente coincidentes. El
Humanismo nace, como es sabido, en el siglo anterior, es un movimiento precursor
de la Modernidad, que durante el siglo
XV se hará determinante.
Por último
debemos destacar algo muy importante. La Modernidad, es decir la eclosión, el
desarrollo y el talante de la Edad Moderna, no es solamente, como ya he
insinuado, un movimiento agresivo, negativo, peyorativo; un frente exclusivo
del asalto a la Roca. La Iglesia no fue enemiga de la Modernidad sino en gran
parte su promotora. Otra cosa es que los enemigos de la Iglesia, los frentes
del asalto a la Roca, utilizasen contra la Iglesia casi todos los elementos de
la Modernidad, que también se emplearon lúcida y eficazmente en la defensa. La
interpretación peyorativa fue acuñada por los «philosophes» del siglo XVIII
que también pretendieron monopolizar el nombre de ilustrados como todavía hoy
intentan sus epígonos. Pero eso no es cierto en modo alguno. Este quiere ser
desde el principio un libro optimista, y no catastrofista aunque tenga que
detenerse muchas veces en el análisis de catástrofes.
Ya ha
advertido el lector que en este capítulo —y en los siguientes, hasta el fin del
libro— volvemos bajo una nueva óptica y con mucho mayor detenimiento a períodos
históricos y problemas de pensamiento, cultura y religión que ya hemos
anticipado, bajo la óptica de la gnosis, en el capítulo anterior. No se trata
de repetir nada sino de conseguir nuevos enfoques para un conjunto tan complejo
de problemas como es la historia de la Iglesia en el contexto de la historia de
la Humanidad y de
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esa lucha
entre los hijos de la luz y el poder de las tinieblas en que hemos situado el
sentido profundo de esa historia. Mantiene toda su validez cuanto hemos
advertido e insinuado sobre la gnosis y en algunos momentos lo recalcaremos.
Pero el objeto de este libro es reflexionar sobre la historia de la Iglesia en
nuestro tiempo ante la Modernidad y la Revolución, una y otra transidas, como
hemos anticipado, por el pensamiento gnóstico y la recurrencia gnóstica.
EDAD MEDIA Y CRISTIANDAD
Un breve
apunte sobre la Edad Media resulta imprescindible para comprender el nacimiento
de la Modernidad. El pueblo cristiano de la Edad Media, guiado por sus
maestros, fue plenamente consciente de su ser como Cristiandad, que suele
identificarse con la plenitud de la Edad Media pero que gracias al idealismo
quijotesco de España se prolongó durante toda la época del Barroco, hasta
mediados del siglo XVII. La Cristiandad era «el nombre dado durante la
Edad Media y hasta el siglo XVI al conjunto de los países que profesaban la fe
cristiana y estaban regidos por príncipes cristianos. En el siglo XVI,
habiéndose dividido esos países y comenzado a propagarse la Cristiandad allende
el Atlántico y en otras partes, el antiguo conjunto de Cristiandad recibió el
nombre profano de Europa»[42]. La Cristiandad y Europa son, en decisiva
parte, creaciones de la Iglesia católica, desde que San Benito de Nursia trazó
durante el siglo VI, cuando aún no había cuajado la síntesis
romano-bárbara, su fabulosa red de monasterios para afirmar y extender la fe de
Roma, en los que se preservó y retransmitió la cultura de Occidente como una
consecuencia y un vehículo del impulso cristiano. Luego la irrupción del Islam
y la separación religiosa del Imperio romano de Oriente a fines del siglo IX
obligó a la Iglesia católica a replegarse al centro, norte y oeste de Europa
mientras se le cerraban los horizontes y lo caminos de Asia y de África, hasta
que los portugueses y los españoles, asombrosamente, creasen caminos nuevos por
los que la Iglesia llegó a implantarse en el Occidente atlántico y en puntos
sensibles de Extremo Oriente. «Con el siglo
XII —dice el historiador eclesiástico Hertling—
empezó aquella sencillez cultural de los pueblos cristianos profundamente
impregnados del espíritu eclesiástico que aún hoy nos parece indisolublemente
ligada a la idea de Edad Media»[43]. La Cristiandad
fue un conjunto y una época revalorizada legítimamente por el Romanticismo, no
siempre con tino. La Edad Media fue, por encima de todo, una época de fe
profundamente vivida por el pueblo, impregnada de religiosidad auténtica y de
un fuerte sentido de unidad sin fronteras, así lo demuestran fenómenos
históricos como el de las Cruzadas, nacidas precisamente en la lucha de los
reinos cristianos de España contra el Islam expansivo; o el del Camino de
Santiago, que ahora revive con fuerza en nuestro siglo. Los siglos medievales
no pueden caricaturizarse sin más como siglos de hierro o Edad Oscura. Se
representan mucho mejor en los capiteles
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del arte
románico, que combinan la fe con la sátira e incluso con la aberración. La
Cristiandad medieval produjo instituciones admirables de religión, como las
grandes Ordenes monásticas y mendicantes, y de cultura, como las Universidades
que brotaron de las escuelas catedralicias. La Iglesia de la Edad Media —y en
tiempos anteriores y posteriores— ejerció heroicamente la beneficencia como
aplicación práctica de su mandato de amor. Una rutilante teoría de santos y
santas ilumina todavía hoy al mundo desde el firmamento de la Edad Media. Pero
ese firmamento fue velado muchas veces por las tinieblas de una corrupción
espantosa, en los peores sentidos del término. Los Papas degenerados e incluso
asesinos del siglo X no fueron, por desgracia, más que ejemplos
repugnantes de una Iglesia que contaba en lo alto y en lo bajo con miembros
podridos. La corrupción, la simonía, la degradación cundieron también en los
siglos llamados de la Baja Edad Media, y suscitaron igualmente un clamor
universal de reforma. En mis libros Historias de la corrupción (Planeta
1992) y Os acordaréis de la Doncella, biografía de Juana de Arco en su
tiempo (Planeta 1993) he descrito aspectos hirientes de esa corrupción —y las
glorias de esa fe— en la Iglesia medieval. El fenómeno de las Cruzadas resultó
una mezcla detonante de fe, de heroísmo, de egoísmo y de abyección; los
cruzados no sólo perdieron su reino de Palestina y Siria sino que aniquilaron
al Imperio romano y cristiano de Oriente. La Cristiandad es un hecho
complejísimo que no puede ni simplificarse ni ridiculizarse.
Porque su
innegable vitalidad se demostró, además, en su carácter expansivo. Desde la
aventura de las Cruzadas (cuya directriz, pese a tantas aberraciones fue
profundamente espiritual de principio a fin) a las misiones para la
evangelización de los infieles en los siglos
XV y
XVI la Cristiandad tuvo, sí, que mantenerse a la
defensiva frente a poderosas fuerzas de origen asiático por el Este y por el
Sur, pero aprovechó el juego de fuerzas mundiales, según los criterios de la
época, para evangelizar, gracias a España, Portugal y Francia, al continente
americano donde hoy viven la mitad de los católicos. Quienes hoy pretenden
abominar de aquella empresa con criterios actuales incurren demasiadas veces en
anacronismo y aun en estupidez, aunque esta opinión nuestra no intente, ni
mucho menos, interpretar la evangelización de América como empresa de ángeles,
sólo de hombres.
CRISTIANDAD, PENSAMIENTO Y CULTURA
Ya hemos
anticipado que la figura de San Agustín de Hipona, converso del maniqueísmo
gnóstico al cristianismo, gozne entre la agonía de Roma y los nuevos tiempos
medievales, neoplatónico en cuanto a concepción cultural pero transido de fe
cristiana y uno de los pensadores esenciales de la Humanidad, fue sin duda el
gran inspirador del pensamiento cristiano en la Edad Media. El pastor y
pensador que puede considerarse como gran discípulo histórico de Agustín, es
decir el piamontés
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Anselmo,
arzobispo de Canterbury, (1035-1109) es otra clave personal de la Cristiandad y
otra conexión decisiva de dos edades; porque en su reconocida condición de
fundador de la Escolástica, ese método racional para el desarrollo del
pensamiento de la Cristiandad, abre el camino de armonía y solidez intelectual
que representa a lo largo de las rutas de aquel tiempo el arte románico,
difundido por los monjes de Cluny que surgieron como una respuesta de reforma
total contra la corrupción de su siglo. San Anselmo es el creador del
famosísimo argumento ontológico, que desde entonces hasta hoy se considera por
muchos pensadores cristianos como prueba legítima de la existencia de Dios a
través de la razón. Lo resumo por la importancia de siglos que adquirió
a partir de su formulación:
Nuestra idea
de Dios comprende todas las perfecciones en grado infinito. Ahora bien, la
máxima de esas perfecciones es la existencia; luego Dios no puede concebirse
sin la existencia, luego existe; de lo contrario nuestro pensamiento sería
esencialmente absurdo e incoherente. Además de profundísimo, el argumento
ontológico es de una belleza insondable; una de las intuiciones más excelsas
del pensamiento humano y una inmensa prueba de confianza en la inteligencia del
hombre. Insisto: muchos grandes pensadores, como veremos, se han apoyado en ese
argumento, desde la Edad Media a nuestros días.
Ni la
Escuela, ni el arte románico, ni la plenitud de la Edad Media en los siglos XII
y XIII
tienen nada de estático, conformista o estéril. La Cristiandad medieval era
ampliamente pluralista en su pensamiento y fue precisamente ese pluralismo,
alzado sobre una inconmovible unidad de fe y de razón fundamental, lo que
originó el nacimiento de las Universidades como ampliación de las grandes
escuelas catedralicias; todavía hoy, al borde del siglo XXI,
son las Universidades evolucionadas los mejores focos generadores de ciencia y
de cultura que ha sabido darse la Humanidad. El pluralismo no floreció solamente
entre escuelas teológicas; sino también entre métodos filosóficos, entre el
cultivo de las ciencias divinas, las ciencias abstractas y las ciencias de la
Naturaleza, como demostró el enciclopédico San Alberto Magno, ordenador de la
tradición aristotélica que había llegado a Europa a través de las dos Españas,
la islámica y la cristiana. Desde 1248 Alberto supo orientar el camino de una
de las inteligencias más profundas y comunicativas de la historia humana, Tomás
de Aquino, teólogo y pensador de enorme originalidad y creatividad que
construyó los esquemas filosóficos y teológicos de una Escolástica nueva sobre
la base de un Aristóteles recuperado y «cristianizado»; lo cual constituyó un
claro impulso de racionalidad, ya que como alguien ha recordado en nuestro
tiempo la Humanidad del siglo XX sigue utilizando a Aristóteles como base para
las tres cuartas partes de sus conceptos y como trama fundamental para su
discurso lógico. Convivían con estos geniales dominicos los grandes pensadores
de la orden de San Francisco, en cuya aguda originalidad pueden detectarse
también algunas fuentes de lo moderno. Así Roger Bacon OFM, que como sus
colegas restauró la visión plato-augustiniana de la realidad, combinándola con
el trazado de los fundamentos de lo
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que será la
investigación científica; el método experimental e inductivo, la interpretación
matemática de los fenómenos físicos, el perfeccionamiento de la
instrumentación. Otro franciscano especialmente sugestivo es San Buenaventura,
amigo de Santo Tomás de Aquino y precursor de dos líneas tan modernas (y
equívocas) como el nominalismo y el ecologismo. Y la cumbre de la escuela
franciscana en la plenitud medieval, Juan Duns Scoto (recientemente beatificado
por el Papa Juan Pablo II) que prima a la voluntad sobre la razón y propone el
distanciamiento de la filosofía y la teología previa distinción entre dos
planos autónomos, el racional y el sobrenatural. Sólo en aquel ambiente pudo
florecer Ramón Llull, el misionero, cabalista y mártir de Mallorca, cultivador
del pensamiento mágico y simbólico en una «Ars Magna» que sigue sin revelar del
todo sus secretos. ¿Cómo se puede tildar de aburrido monolitismo a la plenitud
medieval? Precisamente de la vocación al pluralismo nacieron los movimientos
heréticos que definen a aquel tiempo por contraste; los albigenses y los
cátaros, esa recurrencia migratoria de la gnosis en cuyos espejos se miran hoy
algunos disidentes profesionales; esas sectas que provenían misteriosamente del
Oriente Próximo y de Bulgaria, portadas por los bogomilas e impregnadas
intensamente de gnosticismo, que profesaban el dualismo, el antropocentrismo,
el panteísmo y el ansia de extinción personal y colectiva por lo que la
Cristiandad dirigió contra ellas una Cruzada genéricamente idéntica a la que
pretendía reconquistar el Santo Sepulcro profanado por la posesión de los
infieles.
LAS PREMONICIONES MEDIEVALES DE LA MODERNIDAD
La
racionalidad que se impuso gracias a Santo Tomás en las Universidades y la
experimentación inductiva de Bacon constituyen, junto a las rebeldías
doctrinales de la Edad Media, claros anticipos de la Modernidad. Pero durante
la Baja Edad Media, que sucede en los siglos
XIV y
XV a la plenitud de la Cristiandad en el siglo XIII,
surgen premoniciones cada vez más generalizadas de los tiempos nuevos. El
sistema señorial del feudalismo sufre ya fuertes embates que irán terminando
con él. Las ciudades incrementan gradualmente su poder económico y su
importancia social bajo la dirección de una nueva clase burguesa que se hace
cada vez más consciente de ese poder. Las nuevas relaciones mercantiles, en
manos de la burguesía, imponen un nuevo sistema económico, el mercantilismo,
que alcanza inmediatas consecuencias políticas en detrimento de la nobleza
feudal y terrateniente. Las nuevas monarquías nacionales se alían con el empuje
burgués y evolucionan hacia el poder político absoluto que logran en Francia,
en Inglaterra y en España a lo largo de los siglos XIV
y XV.
La tendencia de los reyes hacia el poder absoluto se extiende inevitablemente
hasta el terreno espiritual, donde choca con las tendencias teocráticas del
Pontificado romano que quiebran definitivamente en el conflicto del Papa
Bonifacio VIII con el rey de Francia Felipe el Hermoso cuyo canciller Guillermo
de Nogaret en
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combinación
con la gran familia romana de los Colonna apresa al Papa en su ciudad de Anagni
el 7 de septiembre de 1303. Bonifacio fue liberado por sus partidarios pero
murió a poco de frustración y de pena en Roma. La captura del Papa impresionó
terriblemente a la Cristiandad, comprometió para siempre al poder universal y
supranacional del Papado y marcó el principio de un fenómeno con el que muchos
identifican a la propia Modernidad, que es la secularización; que si no es,
desde luego, toda la Modernidad sí constituye uno de sus elementos históricos
fundamentales.
En los años
centrales de ese siglo XIV la Peste Negra de origen asiático redujo a la
mitad la población europea con lo que exacerbó a la vez la religiosidad y la
desesperación de la Cristiandad. La genial novela de Giovanni Boccaccio, el Decameron,
conjunto de descripciones de la realidad social con la Peste Negra como fondo,
es un retrato formidable tanto de la fe como de la corrupción de su tiempo. El
3 de agosto de 1378, precisamente en Anagni, un grupo de cardenales afectos a
la monarquía francesa anulaba la elección (cinco meses anterior) del Papa
Urbano VI y elegía al cardenal Roberto de Ginebra, que se llamó Clemente VII.
Así se iniciaba el trágico Cisma de Occidente que dividió la obediencia de la
Cristiandad en tres Papas mientras las coronas de Inglaterra y de Francia se
enzarzaban en la Guerra de los Cien Años. El asesinato ritual de la heroína
francesa Juana de Arco, quemada en Rouen en mayo de 1431 por la Iglesia de la
Francia del Norte, la Inquisición de Francia y la Universidad de París, las tres
bajo el poder despótico de Inglaterra e inspiradas por él, puede tomarse como
una síntesis de lo mejor y lo peor que nos ofrece la Baja Edad Media. Lo mejor
es la propia Juana de Arco, milagro de fe, de idealismo y de amor a su patria,
Francia; campe sina analfabeta de Lorena que a los diecinueve años se enfrentó
a un imponente tribunal eclesiástico de ciento veinticinco jueces, entre ellos
media docena de obispos y supo comunicar su espíritu colosal al abatido pueblo
de Francia, a quien salvó de la aniquilación en su defensa de Orleans y con el
ejemplo de su martirio. Lo peor de la Baja Edad Media está representado por el
tribunal inicuo que la condenó por bruja, hereje y diabólica; ateniéndose a un
dictamen de la Universidad de París que llegaba a dar el nombre de los tres
demonios que poseían a la Doncella. Esto significa que la gloriosa Escolástica
racional estaba ya prostituida y degradada; que la Iglesia y la Inquisición de
Francia vivía abyectamente sometida al poder de Inglaterra; y que el propio poder
de Inglaterra, entonces en manos del cardenal bastardo Enrique de Beaufort,
verdugo de Juana de Arco, albergaba una confusión de Iglesia y Estado que tenía
minada en lo más hondo la entraña de la Iglesia inglesa. Las consecuencias de
toda esta situación iban a desembocar en la catástrofe de la Iglesia en el
siglo XVI;
aunque, como una paradoja más, típica de la Edad Media, un Papa español,
Calixto III de Borja, ordenó la rehabilitación de Juana de Arco cuando vivían
aún la madre y muchos amigos de la heroína.
En la Baja Edad
Media el pluralismo escolástico se abrió y se ahondó gracias a
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pensadores
muy originales aunque como acabamos de ver la propia escolástica se vaciaba de
contenido y se trivializaba en cuanto al método; las Universidades
prescindieron del prometedor impulso científico de Roger Bacon y de Alberto
Magno y entraron en situación decadente y esclerótica. Los precursores de la
Modernidad son ahora grandes individualidades que resaltan entre el abatimiento
y la esterilidad general. A caballo entre los siglos XIII
y XIV
el maestro Eckhart (señalado por algunos historiadores, sin disimular sus
resabios gnósticos y tal vez por ellos como una de las fuentes del pensamiento
moderno) especuló sobre sus experiencias místicas (que habían alentado también
a la suprema racionalidad de Tomás de Aquino) y buscó a Dios más allá del ser
para encontrarle en la intuición interior del alma; pensadores de nuestro
tiempo como Henri Bergson y Javier Zubiri captaron siglos más tarde los ecos de
Eckhart. Casi a la vez llega a su cumbre teórica el nominalismo voluntarista de
la escuela franciscana con Guillermo de Ockam, excepcional ejemplo de gnosis
cristiana, profesor en Oxford y en París, que ahondó la separación conceptual y
metodológica entre fe y razón, entre teología y filosofía; alejó la idea de
Dios casi fuera del alcance de la especulación humana y llevó su nominalismo a
la exageración de que la ciencia y el conocimiento no se refieren a cosas
reales sino a símbolos, con expresa referencia a la matemática; con trazas del
espíritu pitagórico tendido hacia una fenomenología precoz. Combina ya la
escolástica y la Modernidad otro genio de aquella transición, Nicolás de Cusa,
en pleno siglo XV, a quien algunos observadores consideran como
un hito entre Ockam y Descartes, y que parte también de la mística especulativa
para considerar a la divinidad como una síntesis absoluta entre la infinidad
del mundo y la profundidad del alma; parecen ecos de Alejandría y anticipos de
Espinosa, Leibniz (las mónadas vitales) y el propio Hegel, que reconocieron la
expresa influencia del cardenal autor de la «Docta ignorantia». Nicolás de Cusa
nunca rebasó la ortodoxia; sí lo hizo el dominico gnóstico de Nola, Giordano
Bruno, que es un premoderno en plena Modernidad; fue quemado por hereje en 1600
tras enlazar en sus intuiciones panteístas las tendencias de Lulio, Copérnico y
Cusa. Fue, como ellos, un apóstol de la inmanencia que constituye, como
veremos, una de las claves filosóficas de la Modernidad.
Volvamos a
la consideración del poder porque como acabamos de ver en el caso de Juana de
Arco ese poder nacional naciente condicionaba cada vez más en la Baja Edad
Media el curso de los hechos y aun de las ideas generales sobre la Cristiandad.
El fortalecimiento del poder real con el apoyo de las ciudades impulsaba cada
vez más en el siglo XV la creación de las nacionalidades europeas; ya
hemos señalado los casos de la Francia de los Valois, la Inglaterra de los
Lancaster, los York y los Tudor, la España de los Reyes Católicos, el Portugal
cada vez más volcado al Atlántico; pero no conviene olvidar a la Rusia nuclear
de Iván III el Terrible y a la Borgoña descrita admirablemente por Huizinga en
«El otoño de la Edad Media» que durante el siglo XV, también bajo una dinastía
de la Casa de Valois, se configuraba como un Estado moderno,
intermedio entre Francia y el Imperio, aunque luego se dividió entre los dos
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y su porción
más próspera entraría en la órbita de España por Carlos V. Habría de
completarse el cuadro con el Sacro Imperio que trataba de imponer, desde su
base austríaca, la hegemonía sobre toda Alemania y Centroeuropa; y el hervidero
político, mercantil y cultural de la Italia del Cuatrocientos, con su reino
pontificio, su disputado reino de Nápoles y Sicilia, sus repúblicas
talasocráticas de Venecia y Génova, sus prósperas ciudades-estado del interior,
entre las que destacaban Florencia y Milán. La autoridad pontificia quedaba
cada vez más discutida por supuesto en lo temporal pero incluso en lo
espiritual por todo este movimiento de secularización del poder; fue
precisamente en el ámbito del poder donde ya desde los siglos XIV
y XV
se inició el movimiento general de la secularización, que se concretaría
certera y brutalmente en «El Príncipe» de Maquiavelo. Pero la secularización
del poder se aplicó inmediatamente a la secularización del patrimonio
eclesiástico; los reyes y príncipes ponían la mira en los cuantiosos bienes de
la Iglesia y sus instituciones, como había hecho Felipe el Hermoso a principios
del siglo XIV al suprimir a los Templarios poco después de
expulsar y expoliar a los judíos. No se pueden interpretar más que como tirones
políticos, tanto o más que rebeldías doctrinales, las pugnas conciliaristas del
siglo XV,
que afectaban gravemente a la suprema autoridad del Papa. Con todos estos
factores en conjunción el avance del siglo
XV inclinaba cada vez más a la Cristiandad —sin
romperla todavía— en favor de la Modernidad, para lo que contribuyeron, además,
tres impulsos decisivos: el Humanismo, los descubrimientos geográficos y el
Renacimiento, más una invención genial que cambió todo el sistema de
comunicación en Occidente: la imprenta de Gutenberg.
LAS VÍSPERAS DE LA MODERNIDAD: EL HUMANISMO
La aventura
de las Cruzadas en los siglos XII y
XIII (aunque el impulso cruzado se había originado
antes y se prolongaría —al menos como ideal y nostalgia— hasta fines del XV)
había estimulado la curiosidad de los occidentales hacia mundos nuevos. La
curiosidad se mantuvo después por la expansión y las relaciones comerciales de
las dos grandes ciudades-estado marítimas del Mediterráneo, Génova y Venecia,
acompañadas por Barcelona y otros grandes puertos. El resonante viaje de Marco
Polo con sus familiares a China y las caravanas de productos orientales — sobre
todo especias— procedentes de la India y el sudeste asiático fueron ensanchando
la comunicación de Occidente y Oriente, para la que buscaron nuevos caminos
oceánicos primero Portugal y luego España, desde su nueva base canaria, a lo
largo del siglo XV. La «imago mundi» salió trabajosamente de la
confusión medieval y abrió de par en par el horizonte de la Edad Moderna al que
recorrió físicamente la expedición española de Magallanes y Elcano al comenzar
el siglo XVI.
La ganancia del Nuevo Mundo para la Cristiandad compensó la pérdida del Imperio
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cristiano de
Oriente a manos de los turcos. Desde las nuevas tierras atlánticas e índicas
inundaban a Europa las sorpresas, las emociones, las leyendas convertidas en
realidad, los productos exóticos, (que causaron un vuelco en la economía
europea) las posibilidades sin cuento que Cristóbal Colón descubría en su
famosa carta a Luis de Santángel al retorno de su primer viaje. En estos nuevos
descubrimientos que cambiaban la imagen y la realidad del mundo y que
suscitaban una tensión creadora de ciencia nueva nunca interrumpida ya hasta
nosotros, hay que reconocer un hecho determinante de la Modernidad, un proceso
más que secular que se concentra sin embargo históricamente en la fecha de
1492.
Persistían
como vimos la escolástica pluralista y en buena parte degenerada y sus
desviaciones heterodoxas en la Baja Edad Media, pero junto a los filósofos y
teólogos de la múltiple Escuela los pensadores de transición a la Modernidad
fueron, sin duda, los humanistas. Dante Alighieri fue el último genio de la
plenitud medieval aunque trascienda por esa genialidad a su época cronológica y
cultural. Tras él Petrarca suele considerarse como el primer humanista y por lo
tanto el primer hombre moderno para algunos observadores; fue contemporáneo en
el siglo XIV
de Guillermo de Ockam, cuyo pensamiento nominalista y voluntarista
original, enraizado en la tradición franciscana y augustiniana, fue
designado en su tiempo como cabeza de la «schola modernorum»; la Modernidad era
consciente de su propia eclosión. La amable espiritualidad de Ruysbroeck y de
Groote, que desembocó en la preciosa «Imitación de Cristo» de Tomás de Kempis,
se inscribe en un movimiento denominado muy pronto «devotio moderna»,
característico de Centroeuropa en el siglo
XV. La Baja Edad Media adelanta hasta el primer
plano de la Cristiandad a varias mujeres excelsas como Clara de Asís, Angela de
Foligno, (las precursoras) Rita de Casia, Catalina de Siena y Juana de Arco.
Pero hemos aludido al nuevo movimiento humanista, del que pronto brotó el
Renacimiento, y debemos detenernos unos instantes en él.
Aunque
muchos humanistas fueron sacerdotes, obispos, cardenales y algunos Papas como
Pío II y Nicolás V y aunque gracias a la recepción impulsada profesionalmente
por grandes reformadores como Cisneros y por los jesuitas del siglo XVI
el humanismo puede también ofrecer un poderoso frente católico, el humanismo en
conjunto debe considerarse como un movimiento de cultura secularizada; porque
su profesión no estaba limitada a los clérigos, como sucedía en la Escolástica
pluralista de principio a fin; sino que se abria a los seglares sin excluir a
las mujeres. Como el humanismo, según indica su propio nombre, tendía a la
gestación de una cultura autónoma respecto de la religión y de la Iglesia y
provocó, por uno de sus frentes, la ruptura de la Cristiandad, debe
considerarse como un movimiento secularizador y por lo tanto moderno, aunque la
secularización no se identifique sin más con la Modernidad. Evoquemos aquí la
dimensión gnóstica del humanismo y su carácter antropocéntrico, principio y fin
de sus caracteres. Los humanistas, desde luego, intentaron un movimiento de
onda muy amplia en el que coexistieron diversas
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tendencias;
algunas de las cuales se configuraron como secta agresiva contra la Iglesia
católica mientras otros grupos (entre ellos, como hemos señalado, los jesuitas
del XVI)
se integraron en el movimiento humanista general para defender desde dentro a
la Iglesia y al Pontificado. Pero lo importante es señalar el alumbramiento de
estas agrupaciones de humanistas, que desde fines del siglo XVII
se llamarán «ilustrados», filósofos por antonomasia e incluso comenzaron a
denominarse «intelectuales»; este sistema de humanistas agrupados se irá
renovando en los siglos XIX y
XX donde, reconfirmados ya como estamento,
desbordarán los límites de su profesión cultural para volcarse en la
orientación e incluso en la hegemonía social y política. Tal desbordamiento
apuntó ya entre las primeras generaciones de humanistas y se irá recrudeciendo
(muchas veces contra la Iglesia católica) en los enjambres de pensamiento y
cultura que les sucedieron.
Los
humanistas, de ahí su nombre, no renegaron generalmente, al principio, de su fe
católica pero ya no eran pensadores de la Cristiandad sino transformadores del
teocentrismo medieval al antropocentrismo que caracteriza a la Edad Moderna y
la Modernidad. Su redescubrimiento de la antigüedad clásica, (no sólo sus
formas sino también sus valores) comportaba muchas veces una identificación con
el paganismo en sus fases escéptica y gnóstica, la que se había concretado, por
ejemplo, en el mundo de creencias (y de increencias) personales durante la
agonía de la Roma republicana y la invasión orientalista y mistérica de la Roma
imperial. César y Cicerón fueron ídolos del humanismo pero también Platón y los
neoplatónicos, los neopitagóricos y más encubiertamente, pero no menos
efectivamente, los gnósticos. La fe militante de los pensadores medievales,
incluso los heterodoxos, se reduce ahora muchas veces a un vago deísmo. La
Cristiandad era una idea universal, colectiva, comunitaria; los humanistas
exaltan el individualismo, la autonomía del hombre, que muchas veces les llevó
a la rebeldía contra las actitudes, las doctrinas y los mandatos de la Iglesia
y a ciertos vicios de la época clásica que ellos consideraban poco menos que
como virtudes; la vanidad insondable, la autosuficiencia, la soberbia
despectiva, la tendencia al conocimiento profundo —es decir la gnosis— frente a
las creencias cristianas comunes y por tanto vulgares y serviles; el
sentimiento de inmortalidad cultural y, para preservar de la repulsa, la crítica
y la controversia tan alta situación, generaron la tendencia al clan y a la
secta, las permanentes incensadas mutuas, la exclusión total de quienes osaban
criticarles; la crítica era solamente un privilegio de ellos. La tendencia
general a la secularización, que es una clave del movimiento humanista, se
difractaba en varias líneas de pensamiento comunicadas a la Modernidad
naciente: el subjetivismo, que descansa en la valoración de ideas, hechos y
situaciones con criterio individual, sin trabas ajenas; el relativismo,
dirigido contra las pretensiones absolutas e inmutables de la fe y la tradición
cristiana, a las que se quiere sustituir con una serie de nuevos absolutos
antropocéntricos; la filosofía autónoma frente a la teología, la razón libre,
la ciencia, la cultura. El destino trágico de semejantes pretensiones será el
fracaso de toda esa sucesión de absolutos en los
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que más
tarde, desde fines del siglo XVII, se quiso cifrar, con término mágico cuyos
efectos anestésicos perduran hasta hoy, el progreso de la Humanidad. El
hundimiento de los absolutos antropocéntricos lleva fatalmente al vacío y a la
desesperación, pero ejemplo, para no citar más que un conjunto derivado, al
existencialismo de la angustia tras el racionalismo exacerbado de la duda y la
ilusión de la filosofía crítica total, el positivismo militante y la falsa
Ciencia Absoluta en la que quiso apoyarse otra línea absoluta de pensamiento,
el idealismo y su degradación revolucionaria de izquierdas, el marxismo.
Muchas de
las virtudes culturales excelsas y muchos vacíos del Humanismo Absoluto pueden
descubrirse en la obra de su principal centro de cultivo y difusión, la
Academia Platónica de Florencia fundada, como vimos, en torno a los Médicis en
el siglo XV.
Marsilio Ficino y Pico de la Mirándola fueron los receptores de un fabuloso
mensaje oriental, transmitido por el cardenal Besarión al trasladar hasta
Italia su espléndida biblioteca antes de la caída de Constantinopla en manos de
los turcos el año 1453. La Academia platónica fue un centro de gnosticismo y un
enclave de neopaganismo como vanguardia de la Modernidad. De Florencia se
trasplantó la primacía del humanismo al Norte con el gran Erasmo de Rotterdam
(1466-1536), la máxima autoridad y prestigio cultural en la Europa de su
tiempo, latinista y helenista eximio, próximo a la idea luterana de la
justificación por la fe sola sin obras, hipercrítico ante la jerarquía
eclesiástica, la situación lamentable y corrupta de la Iglesia católica y la
vigencia del dogma; abiertamente situado fuera de la Escolástica, pero sin que
sus indecisiones le arrojasen nunca a la apostasía del catolicismo hasta el
punto que a la hora de la verdad llegó a enfrentarse abiertamente con Lutero y
rompió con él. Enterrado católicamente bajo una columna de la catedral de
Basilea, hoy protestante y casi desierta, el destino de sus restos me parece
todo un símbolo de su trayectoria; porque había compartido también con la
Reforma el principio bíblico que habían tratado de consagrar los luteranos
contra Roma. Con sus defectos, virtudes, ambigüedades y fidelidad final a la
Iglesia, Erasmo (que se había formado en la Devotio Moderna) es otro paradigma
de la Modernidad naciente. Pero el humanista de órbita florentina que ilustra
mejor la irrupción de la Modernidad es, sin duda, Nicolás Maquiavelo.
EL RENACIMIENTO Y LA RELIGIÓN
Maquiavelo
es ya un moderno por varios conceptos. En el primer cuarto del siglo XVI
su doctrina, expresada en El Príncipe y sobre todo en el Discurso
sobre la primera Década de Tito Livio, está completamente secularizada al
dejar fuera de la consideración política no solamente la idea de la
Cristiandad sino también la razón moral del poder. Para él la política es una
finalidad en sí, lo que nunca imaginó el
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político
genial que fue su modelo, Fernando el Católico. La religión no cuenta para
Maquiavelo como elemento ni menos como marco y base para la convivencia social;
la Iglesia es objeto de críticas demoledoras porque a ella, según el cínico
analista, deben los italianos su irreligiosidad, su maldad y sus divisiones. La
problemática religiosa nada importa a Maquiavelo cuando ya sonaba el toque de
vísperas para la Reforma; el Papa era simplemente un príncipe italiano más.
Incluso se nos presenta como precursor de Nietzsche cuando fustiga al
cristianismo por su debilidad ante el poder romano; y cuando acepta sin
vacilaciones el principio de la doble moral para gobernantes y gobernados. Nada
tiene de extraño que sea Maquiavelo quien acuñe y difunda el concepto moderno
de Estado y sirva como resonador de las monarquías absolutas nacientes sobre
las grietas del feudalismo. Pero el florentino no es un profeta de actitudes
cínicas sino un analista de la realidad política que le circunda; su teoría no
es una propuesta sino un reflejo y un diagnóstico. No crea la secularización
del poder, la reconoce y la sistematiza.
A esta
secularización del poder, a esta consagración del absolutismo corresponde la
teoría del derecho divino de los reyes, cuajada ya en la práctica más que en la
doctrina política a fines del siglo
XVI, sin que haya contado hasta entonces con
pensadores relevantes. Ya se había impuesto en la Edad Moderna un nuevo tipo de
monarca —considerado como fuente primordial del poder— y un nuevo tipo de
hombres de empresa, con proyección por encima de las fronteras y aliados de las
nuevas monarquías que concentraban en la figura del rey junto con el poder
político la fuerza militar y la administración de justicia.
Apuntaban en
el movimiento humanista, por los tiempos de Maquiavelo, dos disidencias contra
la Cristiandad: los paganizantes que el propio Maquiavelo representa,
implicados en los mismos orígenes e ideales del humanismo; y los rebeldes que,
sin abandonar e incluso exacerbando la preocupación religiosa, formarán el coro
intelectual de los reformadores. Porque desde las disputas conciliaristas, las
angustias sociales y religiosas del siglo
XIV y los escándalos del gran Cisma de Occidente
toda la Cristiandad vibraba con un clamor en pro de la reforma de la Iglesia,
del Papado, del Episcopado y sobre todo de la curia romana; un clamor que
cristalizaba ya desde el siglo XV en la exigencia de esa reforma in capite et
membris. Muchos pregoneros tuvo la reforma dentro de la ortodoxia eclesial;
quizás uno de los primeros reformadores más efectivos y coherentes fue el
gran cardenal de España, fray Francisco Ximénez de Cisneros, paradigma del
reformismo fiel a la Iglesia y abierto a todos los vientos del humanismo cristiano.
Un poco anterior al cardenal regente de España fue el tremendo dominico
Jerónimo Savonarola, prior de Santa María de Florencia, tomista de pro, profeta
apocalíptico contra el paganismo rampante en la Curia romana, crítico feroz del
corrompido pontífice español Alejandro VI de Borja, que no sólo se oponía a la
reforma de la corte romana sino también a la del propio convent9 de fray
Jerónimo. Que cayó en la trampa de un juicio de Dios promovido por sus enemigos
y fue, por su fracaso,
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degradado,
ahorcado y reducido a cenizas tras sus últimas palabras: «Roma, te hundirás»,
en 1499, cuando ya se disponía a entrar en esa escena del Renacimiento otro
fraile encargado de ensayar el vaticinio, Martín Lutero.
Para muchos
el Renacimiento es sinónimo de Humanismo pero más exactamente el Humanismo es
el fenómeno precursor y el movimiento intelectual del Renacimiento, una
convulsión cultural que coincide cronológicamente con el Humanismo y comprende
de lleno a los siglos XV y
XVI, cuando cuaja la Modernidad. Tal vez el primer
Papa del Renacimiento fuera Nicolás V (1447-55) que fundó la Biblioteca
Vaticana, anuló al último de los antipapas del Cisma, llamó a su lado a fray
Angélico de Fiésole y proyectó la construcción de la nueva basílica de San
Pedro. Aducimos estos datos para subrayar la simbiosis original del
Renacimiento y la religión; tampoco llegó tarde la Iglesia católica a esta
fantástica cita con la cultura en la que iba a cuajar la Modernidad. Claro que,
como estaba sucediendo con el Humanismo, lo que renacía en el Renacimiento era
también (no exclusivamente) el paganismo por la adoración al mundo clásico;
pero también las vetas cristianas de una colosal floración en todas las artes,
que recapitularemos en la evocación de Miguel Angel Buonarrotti; y en la
armonía sin límites del saber que simbolizamos en la figura multiforme de
Leonardo da Vinci. Quizás una característica menos comentada del Renacimiento
es que, en espera de Galileo, y en manos de hombres como Leonardo, la ciencia
que ya empezaba a ser moderna se aplicó por primera vez, independientemente de
los lejanos impulsos de China, a la técnica civil y al arte militar,
Progresaban continuamente las matemáticas y la experimentación; el Renacimiento
abrió paso a la tecnología como fuerza motriz de la nueva ciencia hasta que
Galileo y Newton un siglo más tarde invirtieran la relación de causalidad. Pero
mientras se ahondaba la autonomía cultural y el antropocentrismo del
Renacimiento (el Papa Juan Pablo II ha dicho que Miguel Angel fue quien mejor
conoció en su tiempo el cuerpo humano, sin prescindir de su alma) renacía
también en sus fuentes la ciencia sagrada, con el estudio sistemático de la
patrística griega en Occidente y gracias a la imprenta la ejemplar competición
de las Universidades en la fijación y depuración de los textos sagrados, como
hizo mejor que nadie el cardenal Cisneros en su recién fundada Universidad de
Alcalá. Unos nombres evocarán mejor que muchas disquisiciones la propagación
del Renacimiento desde Italia a toda Europa: el escepticismo de Montaigne en
Francia, el cuarteto Va1dés-Nebrija-Arias Montano y Luis Vives en España, la Utopía
y el martirio de Tomás Moro en Inglaterra, la citada hegemonía
europea del holandés Erasmo y la síntesis de plenitud medieval, técnica naval
perfeccionada y ruptura de los limites ecuménicos que logró, al servicio de
España, Cristóbal Colón.
CORRUPCIÓN EN LA SANTA SEDE
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Si los Papas impulsaron al Renacimiento para honra de Dios y al servicio
de la cultura universal y lograron con ello que la contribución cultural de la
Iglesia en la Edad Moderna no resultara inferior a la que había aportado a la
Edad Media, hemos de reconocer también con pesadumbre que junto a algunos
pontífices comprometidos vital y espiritualmente con la reforma in capite et
membris (entre ellos algunos santos) otros hicieron a la Iglesia Católica y
a la Cristiandad un daño irreparable del que ya han dado cuenta ante la
Historia. Sixto IV (1472-84) franciscano conventual, construyó la fábrica de la
Capilla que por su nombre se llama Sixtina y amparó a grandes artistas como
Ghirlandaio y Botticelli; pero se implicó como un príncipe más en las luchas
maquiavélicas de los príncipes italianos, practicó con general escándalo un
nepotismo indigno e intensificó el tráfico de indulgencias (ya practicado por
los pontífices anteriores) de forma que resultaba cada vez más intolerable y
próximo a la simonía. Alejandro VI de Borja, el Papa del Descubrimiento y el
cambio de siglo, fue un príncipe degradado que recuperaba a su principal
querida bajo amenazas de excomunión y permitió, además de practicarlos
personalmente en su corte, recursos políticos como la simonía, el adulterio y
el envenenamiento. Julio II (1503-1513) enemigo mortal del anterior llegó a la
Santa Sede tras una turbulenta vida dedicada al amor y la guerra; luego trató
de restaurar el poder del Papado con los métodos políticos y militares que
conocía, si bien su nombre ha quedado para la Historia mucho más unido al genio
de Miguel Angel, que a veces le arrojaba brochas embadurnadas desde sus
andamios de la Capilla Sixtina. León X de Médicis ponía en práctica su lema
«Gocemos del Pontificado ya que Dios nos lo ha concedido» en un ambiente por
completo mundano cuando sonaban ya a las puertas de la Iglesia los aldabonazos
de la Reforma. La política familiar e internacional de los Papas, así como la
resistencia reaccionaria de la Curia a todo cambio alzaron los obstáculos
principales frente a los intentos de reforma católica que incluso precedieron,
como ya sucedía en España, a la proclamación de la reforma luterana. Por
ejemplo en el caso de Clemente VII, sucesor del consejero —excelente como
político y como Papa— de Carlos V, su preceptor Adriano VI de Utrecht; Clemente
fue el Papa político a quien dos historiadores de la talla de Ranke y Pastor
denominan «el más funesto de todos los Papas»[44]. Paulo III
Farnesio (1534-1547) humanista, padre de tres hijas y un hijo antes del
pontificado, fomentó la creación de nuevas órdenes religiosas —barnabitas,
teatinos, capuchinos, clarisas y jesuitas— y abrió paso por fin a la Reforma
católica rodeándose de una promoción de cardenales dignos de su alto oficio
(Contarini, Morone, Pole, el mártir San Juan Fisher), atajó la corrupción
espantosa de la corte papal y convocó al Concilio de Trento bajo el amparo de
Carlos V. Tras el relámpago del Papa Marcelo II que tantas esperanzas había
concitado desde su luminosa actuación en la primera etapa de Trento, el Papa
Paulo IV Caraffa (1555-59) creador e impulsor de una terrible inquisición
romana, fue un autócrata que elevó su nepotismo a nuevos excesos, aunque uno de
sus nepotes le justifica en parte: San Carlos Borromeo, cardenal arzobispo de
Milán y gran reformador. Otro Papa santo,
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Pío V
(1566-72) enfocó profundamente la reforma católica al combatir con lucidez
contra las raíces secularizantes de la reforma rebelde, con lo que consiguió
que reviviera la idea tan deteriorada de Cristiandad; y con su alto patrocinio
de la Santa Liga salvó a Occidente en la victoria de Lepanto (1571) la jornada
que llamó el gran testigo Miguel de Cervantes «la más alta ocasión que vieron
los siglos». Gregario XIII Buoncompagni (1572-85) se convirtió de su vida
mundana a los treinta y siete años, instituyó el calendario que hoy rige a la
Humanidad, combatió a la nueva versión de la Reforma rebelde, el calvinismo,
estableció nunciaturas permanentes, creó la universidad de los jesuitas que
lleva su nombre, organizó una eficaz contraofensiva católica en Alemania y en
Inglaterra, preservó a Polonia para el catolicismo y aunque no intervino en la
matanza de hugonotes que sembró en Francia el terror católico en la Noche de
San Bartolomé de 1572 se alegró sinceramente de sus resultados. Lo peor es que
los espantosos errores y aberraciones de algunos Papas y su curia (en contraste
con otros dignísimos y ejemplares) se repetían en el cardenalato y en parte de
la jerarquía episcopal y por supuesto en el alto, medio y bajo clero; hasta el
punto que puede decirse que ante ese tremendo embate de la Modernidad que fue
la Reforma protestante la Iglesia se perdió en parte y se salvó en parte por la
conducta de sus pastores, en combinación con las divergentes actitudes de los
príncipes cristianos. El pueblo, en su inmensa mayoría, siguió a sus pastores y
a sus príncipes, se conservó en la fidelidad o se desgarró y dividió con ellos.
La Reforma rebelde o protestante no fue propiamente ni menos primariamente un
movimiento espontáneo de masas sino un impulso y una deserción de los
dirigentes de la Iglesia y de los Estados. Aunque la responsabilidad principal
recayó sobre un iluminado profeta de la disidencia, el fraile agustino Martín
Lutero, que arrastró por convicción o por interés secularizador y confiscatorio
a varios grandes e influyentes príncipes alemanes, a muchos eclesiásticos y a
parte de su propia Orden agustina. Entre los príncipes destacaron los electores
de Sajonia y Branden burgo, el landgrave de Hesse. el gran maestre de la Orden
teutónica, a quienes siguieron los reyes de Suecia y Dinamarca y desde una
perspectiva específicamente diferente el rey de Inglaterra.
LOS PROMOTORES DE LA REFORMA REBELDE
No es ésta
la ocasión para disertar sobre la Reforma rebelde, pronto llamada protestante,
pero debemos señalar, a su propósito, sus conexiones e identificaciones —a
veces contradictorias— con la Modernidad; y su carácter de precedente respecto
a dos importantes movimientos del siglo
XX en el seno de la Iglesia católica: el
modernismo y el liberacionismo. Por el libre examen de la Escritura que
es su clave, por la autonomía del hombre en que confluyen la libertad de
interpretación bíblica y el antropocentrismo de los humanistas, por la
secularización práctica y depredadora
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que invadió
todo el mundo del poder y anuló la primacía de la Iglesia católica en partes
muy sensibles de la Cristiandad —que por la Reforma dejó de serlo y no fue
reformada sino destruida— la Reforma rebelde se considera, junto con el
Humanismo y el Renacimiento, como una de las fuerzas originarias de la
Modernidad. Pero atendamos a sus contradicciones. La Reforma rebelde mezcló la
política con la religión tanto o más que lo había hecho la Iglesia en la Edad
Media. La Reforma y su posición duramente represiva contra los movimientos
populares campesinos en Alemania, no digamos contra los focos de resistencia
católica en los Estados protestantes, decía venir a liberar al hombre pero en
realidad fortaleció al poder absoluto de los príncipes. Lutero se comportó con
rebeldía total ante la autoridad de la Iglesia pero se doblegó como manso
cordero ante la autoridad de los príncipes y llegó a formular una tesis que
asombra al profesor Sabine: «No es ningún modo propio de un cristiano alzarse
contra el gobierno, tanto si actúa justamente como en caso contrario»[45].
Por más que Lutero hundió su propia tesis en la rebeldía permanente contra la
autoridad imperial de Carlos V, su señor supremo. La Orden de San Agustín, a la
que perteneció hasta consumar su cisma, no estaba pervertida ni degradada;
Lutero llegó a la secesión por motivos que también eran de signo religioso,
como dice Lortz: «ante el hecho de que surgía la duda de si la Iglesia entonces
vigente y dominante era realmente la verdadera Iglesia de Jesucristo». (Lortz,
o.c. p. 100). Pocas veces el influjo de una sola persona ha sido tan decisivo
para su tiempo y para la Humanidad, aunque evidentemente Lutero acertó a
catalizar los concentrados factores de protesta que cundían cada vez más en la
Cristiandad aterida durante los estertores de la transición entre la Edad Media
y la indecisa Edad Moderna. El relevante historiador jesuita Ricardo García
Villoslada ha extremado en su grandiosa biografía de Lutero[46] la comprensión cristiana e histórica con el
Reformador, pero el Papa Juan Pablo II, que ha prodigado también en este caso
su comprensión pontifical, no se ha decidido, pese a intensísimas presiones, a
levantar la excomunión que fulminó contra Lutero su predecesor León X. Lortz,
que con toda razón no quiere ahogar en la comprensión los hechos ciertos sobre
la rebeldía del último gran heresiarca, recuerda su sobrenombre de doctor
hyperbolicus, su subjetivismo (otra nota primordial de la Modernidad)
desequilibrado, su soberbia que parece efecto de la alucinación; y señala
profundamente que la huella de Ockam fue decisiva para la evolución interior de
Lutero por el carácter antropocéntrico, la separación de la razón y la fe, la
lejanía de Dios incomprensible, que como sabemos es un carácter gnóstico. En el
dilema que contrapone a Dios y la voluntad humana, (la fe y las obras) Lutero
elimina la relevancia de la voluntad mediante una inundación de la gracia. Y se
aferra frenéticamente a un presunto carácter exclusivo del célebre versículo de
San Pablo a los Romanos que fundamentó la Reforma: «El justo vive de la fe». Si
Dios lo obra todo para la salvación, no hace falta el sacerdocio específico; ni
la vida religiosa, ni los votos de perfección. En virtud del libre examen, es
decir la libre interpretación de la Palabra directamente comunicada a cada
individuo (lo que
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facilitó
Lutero con su estupenda traducción alemana de la Biblia, pronto difundida
mediante la imprenta) la estructura institucional de la Iglesia no sólo es
superflua sino diabólica; una de las claves luteranas es la negación del
magisterio y de la Tradición como interpretación y fuente de la fe,
respectivamente. La comunidad eclesial jerárquica es sustituida por el
individuo, intérprete de la Palabra y sacerdote por su misma condición de
cristiano. La autonomía del individuo y la irrelevancia de las obras para la
salvación lleva a la anulación de los sacramentos y a un total divorcio entre
la fe y la moral; de ahí el crede firmiter et pecca fortius que por
supuesto Lutero recomendaba a los suyos, pero repudiaba en los católicos y
sobre todo en los Papas; siempre fue hombre de dos balanzas. Ante este resumen
resalta el fracaso paradójico de la Reforma en cuanto a sus finalidades
principales, según el comentario de Lortz: «fue puramente fideísta y sin
embargo desembocó en el racionalismo; quiso conceder valor tan sólo a lo
sobrenatural y sin embargo debilitó y aun destruyó el concepto de revelación;
quiso santificar la vida civil y natural y sin embargo provocó la
secularización de la cultura»[47]. El mismo
historiador evoca la diferencia de orden metafísico entre catolicismo y
protestantismo según el gran teólogo protestante de nuestro siglo, Karl Barth,
que reduce «la diferencia esencial a la afirmación (católica) y la negación
(protestante) de la analogía del ser, entendiendo por tal una posibilidad
legítima de vinculación del conocer o querer natural del hombre en el ámbito
divino (Ibíd. p. 38). La analogía del ser, llevada a su cumbre metafísica por
Francisco Suárez, magistralmente seguido e interpretado en nuestros días por
Zubiri en Naturaleza, Historia, Dios. Si el protestantismo niega, tras
Lutero, la analogía del ser entre Dios y el hombre, tiende a convertir a
Dios es un ser ininteligible; ésa es una de las claras características
gnósticas de Lutero, como vimos en el comentario de Beer.
Juan Calvino
(1509-64) es el fundador de la segunda gran corriente de la Reforma rebelde,
desde su autocracia ginebrina. Al contrario que Lutero, los calvinistas (más
que Calvino) proclamaron la resistencia al poder, sobre todo en Francia y en
Escocia. Fundado en una rígida doctrina sobre la predestinación, con escaso
resquicio para la esperanza fuera del núcleo de los elegidos, el calvinismo se
impuso mediante una dura represión (el fundador dictó cincuenta y ocho penas de
muerte, entre ellas la del famoso médico español Miguel Servet) y propuso el
éxito en esta vida como signo de predestinación a la vez que como efugio para
la angustia del hombre, según ha explicado en nuestro tiempo el sociólogo Max
Weber en su famoso ensayo de 1901 La ética protestante y el espíritu del
capitalismo (Madrid, Península. 1973). Weber refleja adecuadamente
el recelo de la tradición doctrinal católica sobre el dinero y el ánimo de
lucro, aunque tolere la ganancia lícita al condenar tajantemente la usura; y
marca como predominantemente calvinistas dos características del capitalismo
naciente, la organización racional del trabajo incesante y planificado así como
el término «Beruf», significado intermedio entre la profesión y la vocación,
acuñado por la Reforma y en concreto por Lutero que si bien no era afín al
capitalismo aportó a éste una intensa valoración ética en la vida profesional
que luego el calvinismo y sus
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derivaciones,
como el puritanismo en Inglaterra y América, ampliaron a la identificación del
trabajo productivo con la seguridad de la salvación. En fin, que de la rebelión
reformadora nacen o se confirman, por cauces derechos o torcidos, algunos
elementos de la Modernidad como la autonomía radical del individuo, la lejanía
incaptable de Dios, la secularización que dirigida al principio contra la
Iglesia de Roma acabó por atacar a la influencia no sólo política sino social
de la Iglesia y a la propia presencia de lo sobrenatural y lo religioso en el
mundo, la historia y el futuro. Insistamos aquí en que varias directrices
fundamentales del protestantismo afloran en nuestro siglo dentro del los
movimientos católicos modernistas y liberacionistas, que parecen haber
descubierto las tesis de Lutero con varios siglos de retraso en la fruición. Y
no olvidemos que ante la ruina religiosa del protestantismo actual, dividido en
sectas innumerables y divergentes, el cardenal Ratzinger ha expresado, con
firmeza y compasión, que el protestantismo de raíz luterana o calvinista, sin
sacramentos, sin magisterio seguro, sin jerarquía sacerdotal no puede
considerarse ya como una Iglesia, no es Iglesia sino huella lejana de un
cristianismo arrancado, gnóstico, herético.
La
descomposición de la Iglesia anglicana en el siglo XX,
sus actuales tensiones, deserciones y conversiones en medio de una
desertización religiosa lamentable me impulsan a añadir algún comentario en
este momento sobre el tercer gran promotor de la reforma protestante, el rey
Enrique VIII de Inglaterra. Cuando estalló la rebelión luterana el rey Enrique
se opuso firmemente a ella e incluso firmó un libro que le escribieron algunos
de sus «negros» teológicos, por el que recibió del Papa el honroso título de
«Defensor de la fe» que han exhibído después de él todos sus sucesores después
de que Enrique destruyera esa fe de que se ufanaba. Al estudiar el juicio y el
martirio de Juana de Arco en 1431, presidido sádicamente por el cardenal
Enrique de Beaufort, obispo de Winchester y hermano bastado de Enrique V,
conquistador de la Francia del Norte, comprendí la degradación de la Iglesia de
Inglaterra; tanto Winchester como otro obispo inglés formaban parte de ese
tribunal inicuo que trató no sólo de destruir sino sobre todo de deshonrar a la
Doncella de Orleans como símbolo de la Francia renaciente. Enrique VIII Tudor
resumía en su figura todo el orgullo, la arbitrariedad, el despotismo y la
soberbia de las dinastías de Lancaster (a la que pertenecía ese cardenal) y de
York y cuando la Santa Sede se negó a consagrar el repudio de la reina Catalina
de Aragón a quien Enrique quería sustituir por su capricho, Ana Bolena, impuso
a su pueblo el Acta de Supremacía de 1534 por la que rompió con Roma y se
declaró cabeza de la Iglesia nacional anglicana, cuya rama norteamericana se
llamó episcopaliana después de la independencia de los Estados Unidos. No hubo
razones críticas ni teológicas para el cisma de Inglaterra; sólo el capricho
absoluto y arbitrario del Defensor de la fe, que luego decapitaría a la mujer
por la que había separado a su reino del catolicismo. Lo más sorprendente es
que prácticamente todo el episcopado, todos los sacerdotes y religiosos y todos
los
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católicos
ingleses siguieron como borregos a su rey despótico y se arrancaron de la
Iglesia católica, con la excepción de mártires insignes como santo Tomás Moro y
san Juan Fisher. Se ha querido explicar la catástrofe por la suplantación del
episcopado y el clero sajón al sobrevenir la invasión normanda del siglo XI;
por la consideración de los reyes de la dinastía normanda como vicarios del
Papa en cuanto a la autoridad y otras razones más o menos especiosas. Enrique
suprimió los conventos y monasterios, confiscó los bienes de la Iglesia y creó
con ello una red de intereses semejante a la que aprovechó Lutero en Alemania;
los bienes sustraídos a la Iglesia constituían un tercio de toda la riqueza
inmobiliaria inglesa. El anglicanismo mantuvo la jerarquía episcopal y el
sistema dogmático de la Iglesia católica pero las disidencias posteriores
dentro del protestantismo (sobre todo los puritanos de la Iglesia baja, que
seguían el calvinismo y se enfrentaron con la Iglesia alta) y la lenta
recuperación de los católicos en medio de terribles persecuciones fueron
debilitando al anglicanismo, que a partir del siglo XVIII
se identificó en gran parte con la masonería especulativa, un nuevo motivo para
ahondar distancias con Roma[48].
ESPAÑA Y LA REFORMA CATÓLICA: TRENTO Y LOS JESUITAS
Hasta casi
la mitad del siglo XVI la Iglesia de Roma, fascinada por su
contribución al esplendor del Renacimiento, no tomó en serio la gravedad de la
Reforma rebelde, a la que no contemplaba como ruptura irreversible de la
Cristiandad sino como un aquelarre de peleas frailunas; la fidelidad
inquebrantable del emperador Carlos V, enemigo absoluto de la Reforma y
valladar contra su propagación, contribuyó tal vez a esa falsa seguridad
romana. Sólo algún polemista profundo como el maestro Juan Eck (1480-1543)
advirtió la trascendencia de la sedición religiosa desde su cátedra y su
parroquia de Ingoldstadt, mientras surgía un enjambre de contradictores (muchas
veces desafortunados) contra el profeta de la rebelión. Pero desde el
pontificado de Paulo III la Iglesia de Roma se volcó en la defensa de la fe y
de la Cristiandad y confirmó el auge de un poderoso movimiento que se ha
denominado, peyorativamente, Contra-reforma, a la que se atribuye un tinte
reaccionario; pero que realmente fue una espléndida Reforma católica, o
Restauración, como propone el historiador de los Papas von Pastor, gracias a la
cual no sólo se contuvo al protestantismo sino que se revitalizó asombrosamente
el ser de la Iglesia cuya situación religiosa actual, al cabo de cinco siglos
parece, pese a los gravísimos problemas de nuestro tiempo, mucho más sólida y
enraizada que la dispersión protestante, sumida en un océano de confusiones y
degradaciones. Gracias al proceso revitalizador que se inició en la Reforma
católica la Iglesia acentuó gradualmente su centralización y su romanización en
torno al Pontificado —su gran signo de identidad frente al protestantismo
acéfalo— entre los Concilios de Trento y el Vaticano I, cuando ya reinaba, en
medio de otras crisis agresivas —la del liberalismo radical y la
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Revolución—
Pío IX, el primero de una serie ininterrumpida hasta hoy de grandes Papas que
han incrementado como pocas veces en la Historia el prestigio universal de la
Iglesia. Un historiador tan sereno como Lortz —y la opinión es compartida por
todos los maestros del género, como Jedin y sus colaboradores— confirma que el
milagro de la Reforma católica se debe por encima de todo a dos factores: la
fiel plenitud de España y la actuación de una nueva Orden universal de origen
español, la Compañía de Jesús.
La España de
los Reyes Católicos y los dos primeros y grandes reyes de la Casa de Austria,
Carlos I y Felipe II, se identificó con la causa de la Reforma católica
iniciada ya en Castilla antes de la rebelión luterana por el gran cardenal
humanista y gran colaborador de los Reyes Católicos fray Francisco Ximénez de
Cisneros. No caeremos en la retórica pero tampoco hemos de
disimular la decisiva contribución española a la causa del
catolicismo amenazado en lo que para España era su siglo de oro.
La Reforma católica fue el objetivo principal de la estrategia española en
manos de los dos grandes monarcas del siglo
XVI que, tras las huellas de Fernando el Católico,
diseñaron por primera vez un esquema estratégico moderno para Occidente y por
cierto un esquema atlántico y global que se apoyaba —en el proyecto de Carlos
V— en el triángulo Madrid-Lisboa-Londres, flanqueado por la cabeza de puente
nórdica de los Países Bajos a los que por ello desgajó Carlos V del Imperio
para incluirlos en la herencia atlántica de Felipe II de España y con las
Indias como gran expansión y gran reserva de la Cristiandad. España fue, como
dijo Menéndez Pelayo, luz de Trento y ofreció a la Iglesia un conjunto
inigualable de santos reformadores sin los que no se comprende la salvación de
la Iglesia: Ignacio de Loyola, Teresa de Jesús, Francisco de Javier, Juan de la
Cruz, que brillaron junto a Felipe Neri y Vicente de Paul. En cuanto a la
Compañía de Jesús fue la Orden providencial e innovadora que requerían aquellos
tiempos; creada oficialmente por Paulo III en 1540 contuvo mediante un nuevo limes
romano —cimentado por San Pedro Canisio S.J.— la pleamar de la Reforma en el
Norte, cristianizó al humanismo con su impulso cultural y su red mundial de
colegios y contribuyó en primera línea al nuevo esfuerzo misionero de la
Iglesia. Los jesuitas, por su idea directriz y su cuarto voto de especial
obediencia al Papa, colaboraron más y mejor que cualquier otro grupo de la
Reforma católica (que fueron muchos y relevantes) a restablecer la confianza de
los católicos en las posibilidades religiosas y culturales de la Iglesia, las
de siempre, y a objetivar la creencia religiosa, arrasada con la
subjetivización protestante. La dureza de la lucha en que estaban empeñados les
condujo a graves peligros, no exentos de culpa colectiva; una soberbia
creciente, reconocida por su gran historiador Cordara, un exclusivismo que a
veces tendía a desplazar o anular a otros compañeros de lucha que no eran, como
dicen todavía hoy los jesuitas, de los Nuestros y una afición por la
intervención política y la influencia social (que ha dejado huella en las
admirables Constituciones del fundador San Ignacio, tan admiradas por Lenin)
que contribuiría
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dos siglos
después a llevarles a la ruina a manos de sus adversarios políticos y
culturales, que eran los mismos adversarios de la Iglesia. Pero los ribetes
trágicos de la historia ignaciana no sólo no empañan sino que acrecientan la
grandeza histórica de una Orden que fue entonces, como proclamaba su fundador,
la caballería ligera del Papa y ahora, después de su muerte a fines del siglo XVIII,
su resurrección en el XIX y su cuarto centenario se ha degradado parcial
y miserablemente hasta convertirse, como veremos, en semillero de oposición al
Papado y de la disidencia postconciliar.
Jesuitas,
dominicos (sobre todo de España, unos y otros) junto a reformadores italianos
convirtieron en sus tres etapas, que jalonan los grandes impulsos de la Reforma
católica en el siglo XVI, al Concilio de Trento en el gran crisol para
la restauración de la Iglesia y la racionalización teológica de la fe. En el
campo de la reforma rebelde jamás cuajó una asamblea de semejante envergadura,
que ha sido estudiada exhaustiva e insuperablemente, para su período menos
conocido, por Constancia Gutiérrez S.J. en su obra magna Trento, un concilio
para la unión[49] Los grandes pensadores de la
Compañía de Jesús contribuyeron antes, durante y después del concilio de Trento
al mantenimiento de la primacía cultural y teórica del catolicismo. Sólo
mencionaré a tres por su influencia que rebasó con mucho los límites de su
siglo. Roberto Belarmino, polemista temible contra la Reforma rebelde y luego
canonizado, formuló en sus Disputationes de 1581 una teoría para
fortalecer el poder del Papado que denominó «poder indirecto» sobre los asuntos
temporales, para fines concretos y en defensa del poder espiritual, que es
pleno. Para ello proponía la tesis, casi revolucionaria en el apogeo de las
monarquías absolutas, de que el poder de los gobernantes proviene del pueblo,
mientras que el poder del Papa es directamente de origen divino. Algunos
autores como Sabine piensan que se trata de una secularización del poder cuando
realmente lo que propone Belarmino en cuanto al poder político es una
democratización del concepto. Fue más allá el jesuita español e historiador
eminente Juan de Mariana que en su tratado De rege et regís institutione
(1599) llegó a aceptar el tiranicidio contra el gobernante injusto, y aprobó
concretamente al que acabó con la vida del último Valois, Enrique III de
Francia. (El tiranicidio había sido aprobado a principios del siglo XIV
por la Universidad anglófila de París para justificar el asesinato político del
duque de Orleans, adversario principal del poder inglés). Luego, en el siglo
del despotismo ilustrado, la tesis de Mariana sería uno de los arietes que se
dirigieron contra los jesuitas al considerarles como enemigos del trono, lo
cual era evidente mente absurdo. Por fin Francisco Suárez, primer filósofo de
toda su época, cuyas Disputationes metaphysicae son todavía libro de
consulta (y hasta el siglo pasado libro de texto) en las primeras Universidades
de Occidente, ahondó en su tratado De legibus (1612) la democratización
de Belarmino; propuso que el Estado surge por la voluntad de los cabezas de
familia y que el poder político es inherente a la comunidad. De la ley natural
nace el imperio de la ley; y el Estado queda sometido a esa ley. Digamos una
vez más que no se trata de una secularización de la política y el poder ya que
Dios permanece como fuente del poder
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para el
pueblo, que luego lo confiere al gobernante. Mientras recalcaban el poder
indirecto del Papa para situaciones de crisis, los pensadores jesuitas de la
Reforma católica reconocían la dignidad del pueblo como receptor y transmisor
de poder y anticipaban la Modernidad mucho mejor que los Reformadores
protestantes empeñados en la sacralización del poder político.
En el caso
de Francisco Suárez, como sugiere Julián Marías que le considera como el primer
filósofo escolástico después de Guillermo de Ockam, la escolástica modernizada
penetró en los orígenes de la filosofía moderna gracias al influjo ejercido por
el Doctor Eximio en Descartes, Leibniz y Grocio. Sus Disputationes por
otra parte, como dijo Zubiri, son el primer ensayo de metafísica independiente
después de Aristóteles. La consideración de la metafísica suareciana como
independiente de la teología (así lo es) no es tampoco una secularización sino
una racionalización del pensamiento; la metafísica de Suárez incluye a la
teología natural o teodicea gracias sobre todo a su espléndida
profundización en la analogía del ser que comporta una
vinculación de la criatura a Dios mediante la relación trascendental. No es una
secularización pero sí una clara modernización y no sólo dentro del campo de la
Reforma católica sino del pensamiento humano. Por desgracia Francisco Suárez no
tomó en consideración para sus elucubraciones cosmológicas los recientes
desarrollos de la ciencia moderna que estaban ya a su disposición y que sí
fueron analizados y cultivados por algunos clarividentes pensadores jesuitas de
su tiempo. Tampoco Roberto Belarmino, aunque trató de acercarse con respeto a
la persona y la obra de Galileo, consiguió romper sus prejuicios aristotélicos
aunque eludió, en virtud de ese respeto, pronunciarse por la condena del
creador de la ciencia moderna.
LA PLENITUD DEL BARROCO
El Barroco
—palabra tan insuficiente como imprescindible— es la expresión cultural y sobre
todo artística de la Reforma católica. Surge en la segunda mitad, ya bien
entrada, del siglo XVI, cuando se agota el impulso del Renacimiento y
comunica, tanto en la arquitectura como en las artes plásticas como en la
música polifónica la explosión y el desbordamiento de la fe tridentina, que
transfiguró hasta lo más hondo del sentir popular como se reflejó en las
manifestaciones contemporáneas de la gran literatura católica. La fe plasmada
en el Barroco trasluce la vitalidad y el gozo de una España que se agotaba en
la expansión, la defensa y el servicio de la Iglesia católica. Pero el Barroco
como época cultural no es solamente vitalidad; es también racionalidad que nada
tiene ya de medieval sino de plenitud moderna. Porque entre los nombres
geniales de la época, donde predominan, como en la Reforma católica, los
españoles, figuran varios cuya simple mención nos excusa de cualquier
comentario; aquellos eran los siglos de Cervantes, y de Quevedo, y de Lope de
Vega,
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de Velázquez
y de Gracián y de Gregorio Fernández y de Juan de Herrera, sin los que (junto a
otros muchos) no se comprenderían los fundamentos de la cultura occidental en
la Modernidad. Es decir que ni la Reforma católica fue un movimiento
reaccionario ni la literatura y el arte católicos del Seiscientos pueden
considerarse fuera de los grandes impulsos y realizaciones de la Modernidad.
¿Por qué restringir lo verdaderamente moderno a lo sectario, lo parcial, lo
gnóstico, lo negativo? Y toda esa colosal floración de cultura venía impregnada
de fe popular y trascendente, sin sombra de secularización, que a alcanzó en el
trasplante cultural de España a las Indias una profundidad de expresión
originalísima.
Tampoco
resulta fácil resumir, dentro del carácter necesariamente introductorio que el
lector ha advertido ya en este capítulo, las líneas maestras del siglo XVII
en su plenitud y su tendencia de innegable transición. Fue, políticamente, un
siglo dominado por España y el Imperio, las potencias católicas, hasta la paz
de Westfalia con que se liquidó en contra de España la guerra de los Treinta
Años en 1648. La política esencialmente católica de Felipe II había contribuido
mucho más de lo que se dice a la salvación de Francia para la religión católica
en el siglo XVI; pero la alianza de Francia con el poder turco
en el siglo XVI y con las potencias protestantes en el XVII
condicionó la decadencia y la derrota de España y frenó el impulso español para la
recuperación de la Cristiandad que puede considerarse definitivamente cancelado
en esa paz de Westfalia, donde se consagró el triunfo estratégico del
protestantismo y se consolidó la división confesional de Europa. Haber
intentado empresa tan titánica, aunque desembocase en fracaso y tragedia, es
una gloria de España que tampoco suele reconocerse.
Desde la
segunda mitad del siglo XVII el poder y la influencia de Francia se
implantan en Europa y la monarquía francesa impone a su vez a la Iglesia el
galicanismo, es decir un esquema de Iglesia nacional cada vez más subordinada a
la Corona y cada vez menos vinculada al Pontificado, en la misma línea
inaugurada por Felipe el Hermoso a principios del siglo XIV;
a medio camino entre la independencia total de la Iglesia anglicana desde los
tiempos de Enrique VIII y la subordinación de la Iglesia de España a la corona
católica en virtud del Patronato regio concedido por la Santa Sede a los Reyes
Católicos, pero más cerca de este segundo caso. La mayoría de la Iglesia
francesa sirvió al designo galicano de la Corona cristianísima, como los
pensadores más importantes y la literatura del Gran Siglo. Terminaba el
anterior cuando Juan Bodino en sus Six livres de la République (1586)
asumía una posición moderada después de la terrible Noche de San Bartolomé y
aunque falló en su propósito de convertirse en el Aristóteles de la política
contemporánea, acuñó el concepto de soberanía en favor de la Corona de Francia
y de la propia nación francesa, que debería mantenerse, según él, unida incluso
sin unidad de religión; una idea tolerante que entonces equivalía a un paso
decisivo en la secularización del poder. La soberanía es la clave del Estado;
consiste en un poder supremo no sometido
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a leyes pero
capaz de darlas, aunque estaba limitado por la ley divina y la ley natural.
Luis XIII, que confirió su poder virtualmente absoluto al cardenal de
Richelieu, artífice de la nueva grandeza de Francia y Luis XIV (1643-1715) que
elevó a dogma el galicanismo, llenan todo el siglo XVII
apoyados, para sus pretensiones galicanas, por la secta de los jansenistas,
cultivadores del rigorismo cristiano que se agruparon en torno al libro Augustinus
de Jansenio, obispo de Yprés, aparecido en 1640 tras la muerte del autor. Desde
la abadía de Port-Royal los jansenistas, a quienes hemos calificado ya como
gnósticos, se convirtieron en máximos animadores del galicanismo y enemigos
supremos de la Compañía de Jesús cuya teoría del poder indirecto del Papa y su
aceptación del pueblo como primer receptor del poder, incluso hasta la
posibilidad del tiranicidio, fue interpretada como una traición a la monarquía
absoluta de derecho divino. Con los jansenistas se vinculó la mente clara y
simplificadora de Bias Pascal (1623-62) cartesiano que no se entregó tanto a la
Razón como Descartes, y que llegó a la verdad por la razón y por el corazón y
exaltó la grandeza de Dios sobre el fondo de la miseria del hombre. Sus Cartas
provinciales fueron el primer ataque de fondo que sufrió la Compañía de
Jesús del que ya no se repondría hasta su extinción a fines del siglo
siguiente. Pero Pascal, a quien por su simultáneo cultivo de la filosofía, la
política teórica y la física matemática todos los observadores consideran como
un hombre plenamente moderno, era también un gran cristiano; como prácticamente
todos los portavoces literarios del Gran Siglo francés, por ejemplo Fénelon,
tan influido por el quietismo de Miguel de Molinos: Bourdaloue, Massillon, el
obispo de Meaux Bossuet, alma de la Iglesia de Francia en la época y columna
del galicanismo; y los grandes dramaturgos Corneille y Racine. El clasicismo
literario de Francia fue profundamente católico con toques gnósticos; en aquel
ambiente surgieron nuevas Ordenes como los trapenses, una rigurosa rama del
Císter y los Hermanos de la Escuelas Cristianas fundados por san Juan Bautista
de La Salle. San Francisco de Sales (1567-1662) saboyano de alma francesa,
alumno de los jesuitas, superó la tentación calvinista para predicar
heroicamente el catolicismo en la zona más hirsutamente calvinista de Sabaya y
los Alpes; obispo de Ginebra en 1602, con residencia en Annecy, fue un gran
humanista y fundador de los salesianos, religiosos sin clausura que algunos
interpretan como una secularización de la ascética, pero que puede calificarse
mucho mejor como una infiltración de la santidad en medio del mundo.
Los Papas
del siglo XVII
no prodigaron los escándalos de algunos predecesores del siglo anterior,
procuraron fomentar la continuación de la Reforma católica —ya plenamente
consolidada, tanto que sobrevivió sin graves problemas ni mayores pérdidas al
lento ocaso europeo del poder español— y quisieron paliar, con escasa fortuna,
los estragos del galicanismo mientras apoyaban con esperanza los intentos de
restauración católica en Inglaterra bajo la dinastía de los Estuardo. Pero casi
todos esos Papas incurrieron en flagrante nepotismo, casi todos favorecieron al
arte barroco
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de la
Reforma católica —ahí está la columnata de Bernini ante San Pedro del Vaticano—
se enfrentaron al jansenismo y se quedaron casi completamente al margen de la
filosofía y la ciencia moderna. Ninguno fue un genio ni un titán. Presidieron
la lenta asimilación del Concilio de Trento, favorecieron la expansión y
consolidación misionera de la Iglesia, sobre todo en la América española y su
figura más ejemplar fue sin duda el beato Inocencia XI Odescalchi (1656-89)
inmune al nepotismo, enfrentado seriamente al galicanismo y animador del rey de
Polonia Juan Sobieski que salvó definitivamente a Viena del poder turco en
1683. El relativo carácter grisáceo de esta sucesión de Papas del siglo XVII
hará que destaquen más, ante nuestro propósito de fijar los jalones de la
Modernidad, los dos grandes acontecimientos culturales de ese siglo que si bien
impulsados y cuajados por católicos o al menos por sinceros cristianos, se
conciben y se desarrollan ya al margen de la Iglesia (aunque no precisamente
contra ella) lo que nunca había sucedido en la historia de los grandes
movimientos de la cultura desde la caída del Imperio romano de Occidente. Esos
dos acontecimientos culturales, claves inequívocas de la Modernidad, son, de
forma casi simultánea y además interconectada, el nacimiento de la Ciencia
Moderna, gracias a la experimentación y la interpretación de Galileo Galilei; y
el nacimiento de la Filosofía Moderna gracias a la duda y a la intuición de
Renato Descartes. Ciencia y filosofía que hoy consideramos como dos actividades
diferenciadas del conocimiento; y que entonces eran la parte y el todo, porque
para sir Isaac Newton, por ejemplo, la consagración de la ciencia
físico-matemática se comunicaba en una obra cuyo título era el genitivo de Philosophia
naturalis.
LA CIENCIA MODERNA: GALILEO Y NEWTON
Ni la
ciencia moderna ni el pensamiento que hoy llamamos científico para distinguirle
del filosófico son creaciones «ex nihilo» por la magia de Galileo,
naturalmente. Hay ciencia y pensamiento científico en los presocráticos, en los
sabios del helenismo que dejaron su huella en la Biblioteca de Alejandría, en
los alquimistas y los experimentadores medievales, en los cosmógrafos del siglo XV,
en los técnicos anónimos de China, en los técnicos y los ingenieros y
matemáticos del Renacimiento, como demuestra el caso excelso de Leonardo da
Vinci. Pero todo esto no es más que una sucesión, con hitos a veces muy
brillantes y sin ritmo de acumulación y progreso afianzado, de antecedentes; a
los que faltó la continuidad sistemática, la plenitud del método y la verificabilidad,
las conexiones entre la experimentación instrumental y la interpretación en
forma de leyes rigurosas. Esas tres carencias de la ciencia anterior fueron
precisamente el aporte genial de Galileo Galilei al nacimiento en plenitud, y
no como uno más de tales balbuceos inconexos, de lo que pronto se llamó la
ciencia moderna. Para la que tuvo Galileo dos antecesores formales y
esenciales, entre tantos
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precursores menos relevantes:
Nicolás Copérnico y Francis Bacon.
Nicolás
Copérnico (1473-1543) fue un canónigo polaco que vino a Roma y publicó en el
año de su muerte un tratado de astronomía, De revolutionibus orbium
coelestium en el que (de acuerdo con algunas observaciones griegas)
proponía un sistema solar heliocéntrico, donde la Tierra, contra la
doctrina establecida de Aristóteles y Tolomeo, dejaba de ser el centro de ese
sistema (y por lo tanto el centro del Universo) para convertirse en un satélite
más del sol, como el resto de los planetas. Otro astrónomo genial, Juan Kepler
(1571-1630) publicó luego en 1609 su Physica coelestis en que,
básicamente de acuerdo con la inversión copernicana de la astronomía,
establecía las tablas y leyes del movimiento planetario, deducía de esas
observaciones que las órbitas eran suavemente elípticas —con el sol en uno de
los polos de la elipse— y fijaba las ecuaciones de ese movimiento. La nueva
concepción se mantuvo durante mucho tiempo como un conjunto de abstrusas
elucubraciones de los astrónomos hasta que Galileo Galilei (1564-1642) la
propuso resonantemente como una especie de nuevo dogma. Pero antes el canciller
de la reina Isabel de Inglaterra sir Francis Bacon, barón de Verulam
(1561-1626) había planteado en su Novum Organum un nuevo método, el de
la lógica inductiva, que procedía a posteriori, es decir, encontraba
leyes naturales a partir de una experimentación rigurosa sobre casos
particulares. Este Bacon tuvo como precursor a otro Bacon de quien ya hemos
hablado, fray Roger, tres siglos antes; para uno y otro el silogismo deductivo,
base del método escolástico, explica y particulariza las verdades universales,
pero no crea nuevos hallazgos del conocimiento en el campo de la filosofía
natural, como entonces se llamaba a la ciencia. Por otra parte Kepler había
fundado ya el avance de la ciencia de la naturaleza en su interpretación
matemática, con un antecedente tan lejano como la escuela pitagórica para la
cual toda la realidad física se reducía a combinaciones numéricas. La
diferencia es que los pitagóricos se perdieron en la simbología y en la gnosis;
mientras que los científicos modernos utilizaban la matemática para la
interpretación precisa de la realidad.
Galileo creó
en plenitud la ciencia moderna gracias a su genial combinación del experimento,
el dominio de la inducción como método, la capacidad de interpretación
matemática y la audacia y espectacularidad en la comunicación de sus
resultados. Su figura, sin embargo, se ha mitificado (sin necesidad alguna ya
que su grandeza no necesita el mito) como una víctima de la intransigencia de
Roma y una prueba de cerrilismo en la actitud oficial de la Iglesia contra él.
Conviene no dejarse alucinar (Galileo no lo hizo y permaneció fiel a la Iglesia
católica hasta su muerte) por tal congerie de medias verdades. Tengo en
avanzada elaboración un libro sobre Galileo después de recorrer varias veces
los escenarios de su vida: Pisa, Padua, Venecia, Siena, Florencia, Roma por los
mismos caminos que el siguió entre la alegría y el triunfo, la angustia y la
esperanza pero no adelantaré aquí resultados. Basta con referirme de momento a
la clarificadora introducción de Carlos Solís a las Consideraciones y
demostraciones matemáticas sobre dos nuevas ciencias, la obra de
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su mayor
madurez, editada por mí en las colecciones de Editora Nacional el año 1974. Al
conocer algunas innovaciones instrumentales que tenían lugar en Holanda (cuyo
motor fueron las necesidades náuticas y cosmográficas) Galileo construyó un
telescopio de treinta aumentos en 1609 y en su libro Sidereus nuntius
(El anunciador de las estrellas, título espectacular que refleja bien el
carácter del descubridor) puso de manifiesto los accidentes de la Luna, así
como el aparente carácter ilimitado del Universo. Las dos observaciones
resonaron como un asalto directo contra el rutinario aristotelismo de la
cosmología universitaria de entonces, empeñada en la perfección absoluta de los
cuerpos celestes y en el carácter finito del Cosmos. Los poderosos jesuitas,
que cultivaban ya los pródromos de la ciencia moderna, se entusiasmaron con
Galileo en Roma pero las Universidades le declararon la guerra total; mientras
la Santa Sede le recibía en triunfo y el Papa Paulo V le felicitaba, como los
jesuitas de Roma; recibió el apoyo de la prestigiosa Academia romana dei Lincei
que le permitió proseguir sus investigaciones para las que hubo de prescindir
de la Universidad hostil. Esta evocación sorprenderá quizás a algunos lectores
intoxicados por la mitología anticlerical pero eso es lo que sucedió
inicialmente en la aventura de Galileo.
El cual,
completamente convencido ya por la teoría copernicana, perdió el apoyo de los
jesuitas por sus cartas de 1612 a Marco Valseri en las que disputaba (con razón
y sin ella a la vez) la primacía del descubrimiento de las manchas solares al
científico jesuita Scheiner y se declaraba abiertamente copernicano. De tal
forma los aristotélicos (con quienes los jesuitas no se atrevían a romper)
volvieron a la carga contra quien se atrevía no solamente a sacar
imperfecciones en la luna sino algo mucho peor; manchas en el sol perfecto
definido por Aristóteles, cuya doctrina había adquirido, desde Santo Tomás de
Aquino (y sin culpa del gran teólogo) visos de fe y de fundamento teológico.
Entonces Galileo, dejándose llevar de la intemperancia, arremetió simultáneamente
contra jesuitas y aristotélicos e hizo algo más grave; decidió meterse en
teología y hermenéutica. Discutió lo que realmente sucedió en el milagro de
Josué que detuvo al sol según la Biblia; y proclamó la separación de la
teología y la ciencia, sin que la teología tuviera nada que decir, según él, en
el plano de la observación e interpretación científica a no ser que pudiera
probarse la radical falsedad de esa interpretación. La verdad es que Galileo
tenía razón pero la mentalidad teológica de aquella época no se la podía
admitir. Los teólogos se negaban a mirar al cielo por el ocular del telescopio
e incluso insinuaban la colaboración de causas segundas de signo diabólico. En
vista de lo cual un dominico, el padre Lorini, decidió por fin, impulsado por
el reaccionarismo universitario, denunciar ante el Santo Oficio la teoría de
Copérnico y de paso las ideas de Galileo. En 1616 el heliocentrismo fue
declarado formalmente herético, el tratado De revolutionibus quedó
prohibído pero la denuncia contra Galileo no prosperó aunque el
científico pisano fue amonestado por el influyente cardenal jesuita Roberto
Belarmino, que se salió para ello de su indudable sabiduría teológica para
meterse en
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camisa de
once varas. Pero era lo suficientemente inteligente para no incurrir en la
condena de Galileo a quien trató con amabilidad y dejó el trabajo sucio a los
dominicos, guardianes de la Inquisición.
Galileo
obedeció aparentemente pero no hizo caso de las advertencias y siguió en sus
observaciones y sus teorías copernicanas. El descubrimiento de los satélites de
Júpiter, casi simultáneo a la condena póstuma de la Iglesia contra Copérnico,
confirmaba para Galileo el heliocentrismo; y en 1632 expuso sus razones
copernicanas abruptamente, despectivamente, según su carácter, en su espléndido
Diálogo sobre los dos sistemas del mundo, que concitó contra él una
nueva ofensiva de jesuitas y dominicos, decididos a hundirle en nombre
de Aristóteles. Los jesuitas convencieron al papa Urbano VIII, amigo de
Galileo, de que el científico le había burlado al no cumplir las condiciones
que se le impusieron para conceder el «imprimatur» a su libro y el Santo Oficio
abrió contra él el celebérrimo proceso que terminó al año siguiente con la
condena del libro, la forzada abjuración del autor y su prisión indefinida
aunque benigna, durante la cual pudo seguir investigando y preparando su obra
magna, Consideraciones y demostraciones matemáticas sobre dos nuevas
ciencias, publicada sin permiso eclesiástico en 1638, cuatro años antes de
su muerte. En este libro de influencia pitagórica Galileo propone un
depurado análisis matemático del mundo físico, no sin graves errores como los
que repitió toda su vida al obstinarse en que, contra las tesis de Kepler, las
órbitas del sistema solar eran rigurosamente circulares; claro que Kepler era
considerado en su tiempo poco menos que como un bufón para espectáculo
cortesano. Fue Galileo quien logró consideración social y respeto para el
hombre de ciencia, que al siglo siguiente sería aceptado como un personaje
clave de la sociedad, más respetado que el filósofo y sobre todo que el
teólogo, un oficio cada vez más desprestigiado. Pronto abrazarían los jesuitas
la hipótesis copernicana pero la Iglesia persistió en la condena de Galileo
hasta el Papa León XIII en 1893 aunque se debe a Juan Pablo II la plena
rehabilitación del creador de la ciencia moderna, al reconocer el tremendo
error de la Iglesia por confundir los planos de la ciencia, la filosofía y la
fe.
Gracias a
Galileo, que vivió y murió en el seno del catolicismo, la ciencia moderna no
interrumpirá ya su ascenso. La escolástica deductiva se hundiría
irreversiblemente en la rutina y el descrédito pero entretanto la ciencia nueva
habría de hacerse fuera de las Universidades, en institutos, sociedades
y academias liberadas de imposiciones a priori, hasta que en el
siglo XVIII la
ciencia volvió al ámbito universitario, que se iba liberando a marchas forzadas
de la escolástica arrastrada. Pero Galileo no fue sólo el creador de la ciencia
moderna irreversible sino que abrió el camino a la filosofía moderna, que desde
entonces empezó a girar en torno a la primacía de la ciencia, mediante la
destrucción del aristotelismo, que parecía inconmovible por su identificación
con el sentido común; si la Tierra giraba en tomo al sol, decían a Galileo los
incrédulos, nos caeríamos por la velocidad del suelo.
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Galileo
rebatió tales argumentaciones en forma que debió ser, aunque no para muchos,
convincente; pero al hacerlo convirtió los hechos de la naturaleza en
fenómenos, es decir apariencias de la realidad a través de la captación mental.
Estamos ya con ello en el umbral del idealismo intuido por un gran admirador de
Galileo, Renato Descartes, padre del pensamiento moderno.
Después de
Galileo y de la pléyade de grandes científicos que abrieron con él los caminos
de la ciencia nueva (su discípulo Torricelli, medidor de la presión
atmosférica; el atomista y sacerdote francés Gassendi, el fisicoquímico Boyle,
el físico holandés Huygens con su teoría ondulatoria) advino un segundo gran
genio creador que prácticamente, y casi teóricamente, elevó la Ciencia Moderna
a la categoría de Ciencia Absoluta: sir Isaac Newton.
Newton, no
católico pero sí profundo cristiano inglés, (1642-1727) profesor en Cambridge,
aunque como Galileo hubo de dejar la Universidad para trabajar sin obstáculos
en la Royal Society «DO era un hombre afable. Sus relaciones con otros
académicos fueron escandalosas y pasó la mayor parte de sus últimos años
enredado en acaloradas disputas» dice de él quien le ha sucedido en nuestros
días en su misma cátedra de Cambridge, el profesor y astrofísico Hawking.
Publicó en 1687 su libro trascendental Philosophiae naturalis principia
mathematica que expone las leyes de la dinámica (Galileo no había pasado de
la cinemática, el estudio del movimiento; Newton estudia los sistemas de
fuerzas que originan el movimiento) fija definitivamente el sistema de la
ciencia moderna y propone una construcción armónica del Universo material que
se ha mantenido perfecta hasta finales del siglo XIX y aun hoy, dentro de ciertos
límites (que muchos papanatas aún no han llegado a reconocer)
sigue vigente con suma utilidad. Perfeccionó además Newton el instrumento
matemático para la medición de las magnitudes físicas, estudió el campo de
fuerzas universales más obvio, el gravitatorio, influyó decisivamente, junto a
Galileo, en el desarrollo de la cosmología moderna reduciéndola al campo de los
fenómenos (es decir las magnitudes medibles) e impuso a la filosofía un
predominio de la razón que identificó para muchos a toda la filosofía con lo
que se empezó a llamar racionalismo, idea que tiene una recta interpretación si
no se quiere, con ella, anular a la fe y a la teología que pueden y deben ser
racionales pero no precisamente racionalistas. Eso sí, desde Galileo y Newton
la filosofía, al romper su dependencia respecto de la teología, adquirió, hasta
hoy, una nueva dependencia, ahora respecto de la ciencia: tanto que para
algunos (con exageración clara) la filosofía moderna no es más que la
investigación del método de la ciencia.
Galileo era
la desembocadura científica del Renacimiento; Newton abría plena mente, con la
luz de la ciencia moderna, la época que llamamos Ilustración y que pervive hoy
en aspectos importantes y también en equivocaciones importantes. Insisto en el
carácter fenoménico de la ciencia moderna gestada definitivamente por ellos
dos. Cuando Newton habla de fuerza, y la interpreta matemáticamente como el
producto de la aceleración por la constante llamada masa (que resulta ser
objeto de
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medición
primaria) analiza la aceleración como derivada de la velocidad respecto del
tiempo (el tiempo es otra magnitud primaria) y a su vez a la velocidad como
derivada del espacio respecto del tiempo o más sencillamente como el espacio
recorrido en la unidad de tiempo. El espacio, la longitud, es una magnitud
primaria, junto con el tiempo y la masa; a ellas tres y sus relaciones se
reduce el conjunto de los fenómenos. Pero ni la masa, ni el tiempo, ni la
longitud son realidades «por dentro» sino mediciones, dependientes de la
precisión del aparato medidor; y en el fondo son abstracciones porque la
longitud de una línea y la misma línea no existen en sí de forma independiente
de la medida, como no existe por sí mismo el punto donde se inicia y donde
termina la medida. En esta abstracción y esta imprecisión radicaba precisamente
la quiebra profunda de la Ciencia Absoluta, la física newtoniana, disimulada
por la perfección admirable del cálculo infinitesimal. Pero la Ciencia Absoluta
tardaría casi dos siglos en enterarse.
NACE LA FILOSOFÍA MODERNA: DESCARTES
Aunque
Galileo y Newton hundieron al aristotelismo y a sus evidencias de sentido común
y con ello, como decíamos, abrieron paso a la filosofía moderna, el creador
auténtico de la filosofía moderna fue, en el mismo siglo XVII,
Renato Descartes, nacido en Turena en 1596, muerto en Estocolmo en 1650;
contemporáneo riguroso, pues, de Galileo, alumno de los jesuitas y por tanto
bien formado en lenguas clásicas y filosofía escolástica, a la que siempre
creyó útil para explicar, no para avanzar; católico sincero sin mengua de su fe
durante toda la vida, soldado en la guerra de los Treinta Años, viajero por
Europa en varios ejércitos, descubridor por intuición del Método en 1618 (ocho
años después del primer triunfo de Galileo, cuya fama se divulgó por toda
Europa). Descartes peregrinó a la Virgen de Loreto en agradecimiento por su
intuición. Desde 1629 se estableció en Holanda, entabló relación con filósofos
y científicos, ahondó en sus meditaciones filosóficas y sus investigaciones
matemáticas, que le llevaron a descubrir la geometría analítica; atacado por
los jesuitas, quienes por entonces no gozaban precisamente de sus mejores años,
trabó amistad con la reina Cristina de Suecia que le llamó a Estocolmo donde el
filósofo influyó en la conversión de Cristina al catolicismo. Publicó el Discurso
del Método, con el que nace en plenitud la filosofía moderna, en 1637.
Nadie como
el profesor Manuel García Morente ha explicado entre nosotros el pensamiento de
Renato Descartes en su origen, desarrollo y trascendencia[50]. Desde los presocráticos hasta Descartes las
cosas son inteligibles en sí; es el postulado del realismo. El hombre natural y
espontáneo es aristotélico, ya que fue Aristóteles quien elevó el realismo a su
máxima racionalización. Ahora, al comenzar el siglo XVII,
se hunde gracias a Galileo la credibilidad, la seguridad y el realismo de
Aristóteles; surge la duda sobre la realidad y Descartes, tras verse atenazado
por la duda, la
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resuelve
convirtiéndola en método. Con Parménides se había iniciado la primera
navegación de la filosofía, dominada luego por Aristóteles; con la duda
metódica de Descartes va a arrancar la segunda.
Al dudar
sobre toda la realidad, Descartes busca y encuentra su primera certeza en lo
inmediato, el pensamiento. «Je suis une chose qui pense… cogito, ergo sum».
Esta es la certeza fundamental, inmanente, subjetiva; la inmanencia y el
subjetivismo serán claves de la filosofía moderna. Fuera del yo hay dos grandes
problemas de realidad: Dios y el mundo. Para demostrar la existencia de Dios
Descartes acepta el argumento ontológico de san Anselmo pero se fía
coherentemente de otro argumento más íntimo: la idea de Dios es demasiado alta
como para que brote del hombre; al ser mi existencia contingente, necesita un
ser necesario, que es Dios: en la propia introspección, que se ha convertido en
el punto de partida del pensamiento sistemático, advierto esa contingencia que
me requiere la suprema necesidad de Dios. Establecida con certeza la existencia
de Dios, de ella proviene la seguridad sobre la existencia del mundo; porque
Dios, absolutamente perfecto, no va a engañarnos sobre la realidad del mundo.
Se trata de un mundo de ideas claras y distintas, abstractas, geométricas; en
el que no interesa la cualidad sino la cantidad medible de las cosas, como
había establecido Galileo y pronto iba a corroborar Newton. Ante el problema de
la vida, Descartes mecaniza la vida; las sensaciones son pensamientos oscuros,
clarificados por el dominio total del intelecto, la razón.
Descartes,
por lo tanto, aun reconociendo la existencia de Dios demostrada racionalmente,
sitúa al hombre como inicio de la filosofía, que es individual, subjetiva y
antropocéntrica; y en cuanto fundada en fenómenos —apariencias captadas por la
razón en la realidad— es también una filosofía racionalista e idealista.
Descartes va a ser —junto al impacto creciente de la ciencia moderna— la fuente
de toda la filosofía moderna, edificada sobre el antropocentrismo y la
inmanencia, sobre las ruinas del aristotelismo y la escolástica. Como señala
Morente, la más grave equivocación original de la filosofía moderna será
confundir el pensamiento, el sujeto y el objeto; el conocimiento, la psicología
y la ontología. El rechazo de las consecuencias erróneas del aristotelismo no
tenía por qué llevar a los filósofos hasta el rechazo total del realismo; pero
eso no se vería claro hasta la filosofía del siglo XX,
después de la silenciosa pero definitiva quiebra de la Ciencia Absoluta y de la
filosofía idealista y la materialista sobre ella fundada. Y no digamos la
positivista, que pretendió ser la Filosofía Absoluta también.
No piense el
lector que estamos convirtiendo este esbozo de historia de la Iglesia en un
resumen de historia de la filosofía y de la ciencia. De ninguna manera. Lo que
sucede es que para comprender el dramático hundimiento cultural de la Iglesia
en los siglos XVIII y
XIX se hace completamente imprescindible exponer
antes el brusco giro científico y filosófico del pensamiento occidental a
partir del Racionalismo que se impone en la segunda mitad del XVII;
porque la Iglesia, desgraciadamente, quedó descolgada de ese movimiento moderno
que habían provocado dos de sus hijos más
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fieles,
Galileo y Descartes. En este caso el fallo cultural de la Iglesia católica
acompañó a su terrible decadencia durante la primera y la segunda Ilustración,
mientras los enemigos de la Iglesia, las fuerzas del asalto, trataron de
monopolizar contra ella —sin razón ni justificación alguna— las nuevas
plataformas de la ciencia y la filosofía moderna, desde las que intentaron
destruir a la teología, el saber de lo divino y de la Iglesia. Por esta razón
tratamos en estos capítulos iniciales de analizar el origen y desarrollo de la
ciencia y el pensamiento modernos.
EL EMPIRISMO BRITÁNICO: HOBBES, LOCKE, HUME
De Descartes
como fuente parten las dos grandes corrientes de la filosofía moderna en la
segunda mitad del siglo XVII y todo el
XVIII, que suelen caracterizarse como empirismo
británico y racionalismo continental. Una y otra confluyen en el apogeo del
racionalismo que es a la vez origen del idealismo decimonónico, la filosofía de
Manuel Kant. Desde Descartes a Kant, mientras la ciencia moderna prosigue su
camino triunfal y cada vez más excluyente, la filosofía avanza a partir de la
concepción racionalista que es la obertura de la Ilustración; la que podemos
llamar Ilustración originaria, o primaria, propia del siglo XVIII,
para denominar segunda Ilustración a la del siglo XIX, entre el apogeo de Kant y
la quiebra de la Ciencia Absoluta a fines de esa centuria. Desde nuestro punto
de vista el problema principal es que la Iglesia católica, encastillada en la
escolástica decadente, se va quedando al margen del racionalismo, en sus dos
vertientes, la continental y la británica; y como previamente había chocado contra
la irrupción de la Ciencia Moderna quedará obligada a luchar con armas
desiguales contra las dos Ilustraciones, a partir de unas posiciones culturales
insuficientes y retrógradas, que no tenía por qué haber mantenido; porque los
dos iniciadores de la ciencia y la filosofía moderna, Galileo y Descartes, eran
fervientes católicos y varios importantes cultivadores de la ciencia nueva y de
la nueva filosofía eran también católicos o al menos cristianos conscientes que
de ninguna manera excluían a Dios de su vida y de su pensamiento. Para colmo de
males la Iglesia se enfrentó políticamente —y en un plano tan impropio como la
política temporal— con las Ilustraciones por culpa del aferramiento absolutista
del Papado a los Estados Pontificios; con lo que las Ilustraciones y uno de sus
principales retoños, el liberalismo, abrieron un nuevo frente contra la Iglesia
cuya alienación cultural se hizo durante los siglos XVIII
y XIX
cada vez más sofocante y dramática hasta que León XIII, a fines del siglo XIX,
inició la reconciliación de la fe y la cultura, que fomentaron los Papas
siguientes con alguna excepción, hasta el actual.
Desde el
último tercio del siglo XVII Inglaterra, gracias a la feliz cancelación de sus
revoluciones político-religiosas, se adelantó al resto de Europa en cuanto a
organización cada vez más racional de la convivencia. Tras las vacilaciones
confesionales de los Estuardos en el siglo
XVII, la victoria de la revolución puritana de
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Cromwell
después de una sangrienta guerra civil y la fallida restauración del
procatólico Carlos II dieron paso a una nueva dinastía conciliadora como fruto
de la Gloriosa Revolución de 1688 y el reino avanzó en sentido institucional y
predemocrático, gracias a la creciente primacía del Parlamento y a la relativa
independencia de los tres poderes del Estado, durante el período de la dinastía
hannoveriana en el siglo
XVIII, mientras se sentaban las bases del Imperio
británico, arrancaba la transformación industrial inglesa en la segunda
mitad del siglo y Europa seguía sumida en el despotismo ilustrado o la
autocracia monárquica. En aquel contexto de guerras civiles surgió un pensador
capital, Thomas Hobbes (1588-1679) secretario de Bacon, que llegó a conocer
bien a Descartes e inició en Inglaterra la era del racionalismo empírico tanto
en ciencia política como en filosofía.
Hobbes,
cuyas obras se escriben entre 1640 y 1651, articula un sistema de pensamiento
justamente calificado de moderno. Proyectaba una filosofía total fundada en
principios científicos; estudió seriamente matemáticas y física y trató de
aplicar el mecanicismo científico a la psicología empírica y a la política. Del
movimiento y la geometría salto a la psicología y de ésta a la política. Todo
dentro de una concepción mecanicista y materialista en que Dios no cuenta; a
veces habla de él pero la filosofía de Hobbes es virtualmente atea, por primera
vez en el pensamiento de Occidente.
Para Hobbes
la situación natural del hombre es la guerra de todos contra todos y la ley
básica del comportamiento humano es la propia conservación. El hombre — esta
idea surge de crueles guerras civiles— es un lobo para el hombre; y dado el
individualismo absoluto de la naturaleza humana, es la seguridad del individuo
la que exige la creación del Estado (El Estado, no la sociedad que para Hobbes
es artificial), ese tremendo monstruo Leviatán que puede defender con su poder
omnímodo la seguridad de los individuos. Pero «los pactos que no descansan en
la espada no son más que palabras»; el Estado se forma mediante contrato de las
personas inermes para conferir todo el poder al leviatán. El Estado lo crea
todo: la política, la moral y la religión; la Iglesia le debe estar
completamente subordinada. Confunde Hobbes al Estado con el gobierno y aun con
la sociedad; confunde el derecho con la moral y con la fuerza del poder
coactivo. A la vez que fundamenta al Estado absoluto, Hobbes introduce en el
pensamiento moderno la idea de pacto y acentúa totalmente la idea de
individualismo; en ese doble sentido es un primer antecedente de la doctrina
liberal y su influjo en la época de la Ilustración fue muy considerable. Pero
como sucede a otros precursores del liberalismo, de su doctrina pueden
extraerse también claros antecedentes de totalitarismo.
También John
Locke (1632-1704) es empirista en psicología y precursor, casi inspirador ya,
del liberalismo en política. Estudió a Descartes, a Bacon y al físico químico
Boyle; participó en la revolución de 1688 y su doctrina se condensa en dos
libros capitales. El Essay concerning human understanding propone un
empirismo psicológico donde niega las ideas innatas; las ideas son simples,
procedentes de uno o
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varios
sentidos; o compuestas de simples. Pero como Descartes, tampoco Locke es un
idealista total; acepta la realidad exterior y nunca sacrificó su fe cristiana
a su filosofía. Fue decisiva su teoría de formación de las ideas por
asociación, a partir de una experiencia sensorial; y su sensismo deja
virtualmente fuera a la metafísica. Aunque sin llegar al ateísmo práctico de
Hobbes, la negación lockiana de la metafísica aleja a Dios de la razón; con lo
que ya queda asumido el deísmo, —el Dios lejano e incomprensible, inoperante
para el hombre, que ya habían propuesto los gnósticos— en el pensamiento
moderno, aunque hoy algunos exagerados pretendan encerrar en el deísmo a toda
la Modernidad.
El gran
ensayo político de Locke es el que suele conocerse como Ensayo sobre el
gobierno civil, que se reconoce como inauguración expresa de la doctrina
liberal e instaura el racionalismo en la teoría política. Partidario de
la monarquía constitucional y moderada, Locke considera que la autoridad viene
de Dios al pueblo, y éste la confiere al rey; como habían dicho ya los jesuitas
del Barroco. Era una intuición apta para la época de Guillermo de Orange, con
quien Locke viajó a Inglaterra cuando le ofrecieron la corona. Las libertades
públicas, la tolerancia, el sentido de la convivencia fueron las aportaciones
de Locke a la nueva orientación política que iba a imponerse en Inglaterra y
gradualmente en la América inglesa y en Europa después de la Revolución
Atlántica. Hoy sigue siendo Locke un inspirador esencial de la democracia.
Locke había
coincidido con Descartes en la concepción del mundo exterior como cosa
extensa y en la necesidad de Dios, aunque fuese un Dios más lejano del que
intuía Descartes en la contingencia humana; pero el siguiente gran
empirista británico, Berkeley (que ya no se ocupa de teoría política) se reduce
a un idealismo subjetivo total, en cuanto a la substancia extensa del mundo;
aunque sigue admitiendo la sustancia espiritual real en el alma humana y en
Dios. No así el último gran maestro del empirismo inglés, David Hume, que
vuelve a la doble consideración de la psicología y la política, prescinde de
Dios al concluir la imposibilidad de la metafísica e incide en una anticipación
del positivismo (1711-1776). Distingue entre impresiones e ideas, elaboradas a
partir de las impresiones. Niega la realidad del yo como idea ficticia que es;
investiga la asociación de ideas a la que reduce la causalidad. En su otra
vertiente de filósofo moral, y dentro de su tónica general de escepticismo,
Hume piensa que la percepción moral corresponde más al sentimiento que al
entendimiento, con lo que su moral se inclina al hedonismo. Hemos dicho que
prescinde de Dios pero tal vez se halla más cerca del deísmo que del ateísmo;
le impresiona el orden del universo como huella de una creación y ordenación
divina; y si bien no admite una demostración formal de la existencia de Dios
tampoco acepta la demostración de su inexistencia. Su contribución más
importante al pensamiento político es su teoría de la naturaleza humana, común
a todos, en la que se funda una nueva concepción —plenamente secularizada— del
llamado derecho natural o conjunto de obligaciones morales no basadas en
la ley eterna de los escolásticos sino
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en la
naturaleza del hombre. La influencia de Hume en los ilustrados y muy
especialmente en Kant, así como en la concepción moderna del derecho, es muy
considerable; su crítica del conocímiento y de las nociones metafísicas de
sustancia y de causalidad impresionaron profundamente a Kant. Muy relacionado
con los ilustrados de Francia y con intensa participación personal en la vida
pública, Hume no representa solamente la culminación del empirismo racionalista
en Inglaterra sino (como Locke) es uno de los grandes ilustrados británicos.
La teoría
política cristiana y la teoría cristiana de la ley y el derecho natural, que
habían llevado a tanta altura, como sabemos, los pensadores españoles del
Barroco, no continuaron su desarrollo en el siglo XVIII porque tales teorías se
convirtieron en arma arrojadiza contra los jesuitas por parte de las Cortes
católicas del despotismo ilustrado, con lo que se cortó en el seno del
catolicismo tan interesante aportación. Pero la que llama el profesor Sabine
«modernización de la teoría iusnaturalista» es un siglo anterior a Hume
y se realizó en la escuela holandesa de Altusio y Grocio, cuyo precedente en
Francisco Suárez reconoce y analiza expresamente Sabine. Juan Altusio, en su Politica
methodice digesta (1663) sintoniza con la posición antimonárquica de los
hugonotes o calvinistas franceses; y funda el entramado político sobre el
contrato y no sobre la religión. Considera la asociación de los hombres como un
hecho natural, corroborado por un contrato político (de gobernante y pueblo) y
un contrato social, de los individuos para la convivencia. Hugo Grocio, en De
iure belli ac pacis (1625) que tanto debe a la escuela española creadora
auténtica del derecho internacional, formula «el derecho natural como un
dictado de la recta razón referida a la naturaleza racional» aunque aduce una
referencia secundaria a Dios como origen de la ley. Propone un método semejante
al matemático para fundamentar ese derecho natural secularizado que se funda en
el contrato social; no queda ya más que un paso para que Hobbes y Locke, aun
por caminos divergentes, fundasen el derecho natural (en el caso de Locke, muy
especialmente, el derecho de propiedad) en el individuo, uno de los postulados
básicos del liberalismo. Porque para Locke, frente a Hobbes, los derechos
individuales son innatos, la sociedad civil nace del consentimiento para la
convivencia, no por simple ansia de seguridad y el poder legislativo no se
atribuye a un Leviatán absoluto sino que está limitado por la moderación y la
separación de poderes. Aunque el mandato del pueblo al gobernante se haga de
una vez por todas; aún no estamos en la democracia sino en los pródromos del
liberalismo. Si bien Locke insinúa un avance significativo en dirección a la
democracia cuando establece que la comunidad queda representada por la mayoría
de los individuos.
EL RACIONALISMO CONTINENTAL: ESPINOSA Y LEIBNIZ
Presentada así la
contribución de los empiristas ingleses y los iusnaturalistas
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holandeses,
vemos en su conjunto un claro avance de la secularización hasta el borde del
ateísmo en algún caso; y la sustitución, en ellos, de la fe cristiana como
fundamento de la racionalidad por un deísmo vago que si no anula la idea de
Dios, le aparta de la realidad humana y cosmológica. Paralelamente se
desarrollaba en el Continente una corriente del racionalismo —llamada por eso
continental— cuyos tres nombres más significativos son Espinosa, Malebranche y
Leibniz.
Baruch
(Bento) Espinosa, (Amsterdam 1632-1677) es un descendiente de judíos ibéricos
(seguramente extremeños) que en su obra Ethica more geometrico demonstrata
no oculta sus fuentes de inspiración; Descartes inmediatamente, la escuela
nominalista de Escoto y Ockam, Francisco Suárez y los textos sagrados del
judaísmo —la Biblia, el Talmud y la Cábala. En su actitud esotérica se
advierten las huellas de su correligionario Maimónides, el rebelde Giordano
Bruno y el pesimista Thomas Hobbes. Parte Espinosa del concepto cartesiano de
sustancia e incluso eleva al pensamiento, la «cogitatio» y la extensión a la
entidad fenoménica de atributos sustanciales, en la misma línea de Descartes.
Las cosas individuales son modos de la sustancia única. Espinosa acepta racionalmente
a Dios como ente absoluto e infinito; pero en cuanto identificado con la
sustancia única, el sistema se aproxima al panteísmo y al gnosticismo. En su
ética, Espinosa es determinista. El hombre no es realmente libre; la única
libertad es conocer que no somos libres y también la posibilidad de saber de
Dios, el único ser libre. A lo sumo participamos de la libertad divina a través
de nuestra identificación con la sustancia única.
El profesor
Yirmiyahu Yovel, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, ha revisado la
significación histórica de Espinosa en su libro de 1989 Spinoza and other
heretics (Princeton Univ. Press). Espinosa oscilaba entre el judaísmo
heterodoxo y una especie de cristianismo liberal «avant la letre»; en 1656 fue
condenado por el consejo rabínico de Amsterdam y no acató la decisión. Espinosa
rechazó la identidad exclusiva del judaísmo como religión e inauguró el
judaísmo secularizado que hoy domina en el Estado de Israel. Contribuyó
esencialmente también al racionalismo europeo después de estudiar a Galileo,
Newton y todos los empiristas ingleses; por su confianza total en la razón, su
sentido de la inmanencia, su inequívoco parentesco con la tradición gnóstica.
En cambio
Nicolás Malebranche, sacerdote oratoriano (1638-1715) y tenido por el principal
discípulo de Descartes fue un racionalista hondamente religioso, que cultivó el
ocasionalismo en su Recherche de la verité; a través de Descartes se
remonta a la tradición augustiniana. No hay, para él, comunicación real entre
la mente humana y los cuerpos exteriores; vemos las cosas en Dios. (En eso se
muestra Malebranche casi ontologista, precursor de la línea que adoptaron en el
siglo XIX Gioberti y Rosmini). Yo puedo conocer la realidad de las cosas con
ocasión del movimiento de las cosas que Dios me hace reflejar en una idea.
Estamos pues muy lejos de la tendencia secularizadora del pensamiento y cerca
de una especie de misticismo cartesiano que Espinosa orientaba en sentido
panteísta.
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Sin embargo la cumbre del racionalismo
continental se alcanza, sin duda, con la figura gigante de Gottfried Leibniz
(Leipzig 1646, Hannover 1716) que puede considerarse como el gran metafísico
del racionalismo; y que trata de armonizar expresamente la fe y el mecanicismo.
¡Qué figura tan profunda e interesante! Leibniz es el último cartesiano; el
último humanista con su saber omnímodo, y no digo enciclopedista por no
agraviarle; el contemporáneo que disputó a Newton el hallazgo del concepto de
fuerza y el descubrimiento del cálculo infinitesimal tenía, probablemente,
tanta razón como él; los dos llegaron simultánea e independientemente a tan
altos objetivos. Bien formado en el clasicismo y en la escolástica, recapituló
toda la filosofía moderna; fue un genial investigador de la matemática, conoció
a fondo la física, estudió los reflejos científicos de la alquimia, dominó las
investigaciones de Kepler y de Galileo, fue maestro del Derecho y de la
Historia y mantuvo una correspondencia increíble con todos los sabios de su
tiempo. Era un piadoso protestante muy próximo al catolicismo y trabajó por la
unión de las dos confesiones cristianas. Pese a todo murió solo, incomprendido
y abandonado. Prestó mucha atención y aquiescencia a los grandes pensadores
españoles, especialmente jesuitas (Suárez y Malina) y tomó de éste la doctrina
de la ciencia media para salvar la voluntad y la libertad humana ante la
predestinación y la omnisciencia divina.
Advierte que
el error fundamental del empirismo británico (Leibniz es un adversario total
del empirismo) es reducir lo racional a puro hecho; sus Nuevos ensayos sobre
el entendimiento humano son, desde el mismo título, una refutación a la
teoría del conocimiento de Locke. Distingue entre verdades de razón que
enuncian una necesidad; y verdades de hecho que se refieren a una contingencia.
La matemática es verdad de razón; la historia y la experiencia, verdades de
hecho. Las verdades de razón son innatas, son a priori. En Dios el
conocimiento se integra por verdades de razón. Las verdades de hecho se elevan
a verdades de razón en virtud de una forma de la causalidad que es el principio
de razón suficiente, una causalidad racionalizada. La matemática rige las
verdades de razón; la física las de hecho. Conviene introducir cada vez más las
matemáticas en la física para elevar las verdades de hecho a verdades de razón
y ése es el impulso metafísico que lleva a Leibniz a la invención del cálculo
infinitesimal.
Sobre la
geometría estática cartesiana y la cinemática de Galileo, Leibniz despliega el
concepto de fuerza, el «Conatus». Busca con ello el aspecto dinámico de la
realidad como Newton hace con los fenómenos físicos. Introduce el concepto de
fuerza viva o energía, que interpreta matemáticamente como el producto
de la masa por el cuadrado de la velocidad. Pero los seres no son figuras
geométricas como propusieron Pitágoras y Galileo y conceptualizó Descartes con
su «res extensa». Los seres son conglomerados de energía, «mónadas», palabra
tomada de Giordano Bruno. La mónada es una realidad indivisible que fundamenta,
individualmente, todas las cosas, de Dios a los minerales. Cada mónada es
diferente a todas las demás. Las
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mónadas se
crean y aniquilan, no se modifican. Pueden tener conciencia, como las humanas.
Que tienen también apercepción (se dan cuenta de que perciben) y memoria; son
las almas. En el plano superior de las mónadas están los espíritus, que conocen
las verdades de razón; Dios es la mónada suprema. Existe entre las mónadas una
jerarquía, regida por una «armonía preestablecida». Este mundo es el mejor, el
más perfecto de los posibles. Dios ha sido el creador de las mónadas y el
ordenador de la armonía. Leibniz cree válido el argumento ontológico de san
Anselmo que no es incompatible con el racionalismo sino su culminación. No le
satisface la lógica deductiva que no sirve para la creación humana; intenta,
bajo la influencia de Ramón Llull, una «ars magna combinatoria» es decir una
síntesis matemática universal.
El
movimiento racionalista iniciado por Descartes tras el impulso científico de
Galileo y prolongado en la doble corriente de empirismo inglés y racionalismo
continental se desarrolla, pues, en un plano diferente de la fe, pero sin
negarla sistemáticamente; sus representantes más señeros, como Descartes y
Leibniz, tienden puentes de respeto y comprensión entre la razón y la fe. No es
por tanto el racionalismo un movimiento antiteológico, ni mucho menos ateo, ni
siquiera secularizador aunque en varios representantes de la corriente
empirista la teología natural desaparece y la fe se aleja hacia el deísmo o
incluso (casos de Hobbes y Hume) desaparece en el agnosticismo. Ahora estamos
en condiciones de dar el salto a Kant, un salto que por la combinación de Hume
y Leibniz resultará relativamente suave; y con Kant el salto a la segunda
Ilustración, la del siglo XIX. Pero antes necesitamos examinar críticamente
la filosofía francesa de la Ilustración, donde van a formularse ya, con impacto
decisivo en la opinión pública, los postulados del deísmo radical, la
secularización y la lucha formal contra la Iglesia culturalmente arrinconada,
sin que la barahúnda de les philosophes permitiera que la Iglesia
aceptase entonces un racionalismo serio que, como acabamos de ver, no era ni
adversario de la Iglesia ni mucho menos había renegado, como tal, de la fe,
sino que había aceptado racionalmente en casos que debieron resultar decisivos
el postulado fundamental de la fe, es decir la existencia de un Dios creador y
sustentador de la realidad y por tanto del hombre. Las cumbres con que hemos
iniciado y terminado la revisión del racionalismo, es decir Descartes y
Leibniz, aceptaban el maravilloso argumento ontológico de San Anselmo, que es
un apogeo de racionalidad humana. Parece increíble que muchos teólogos de aquel
tiempo no lo advirtieran.
LA CONSPIRACIÓN ILUSTRADA CONTRA LA IGLESIA
Ni la
ciencia, pues, ni la filosofía moderna nacieron y se desarrollaron contra la
religión, ni por supuesto contra la Iglesia. Lo hemos visto con toda claridad
al trazar las líneas maestras de su evolución, paralela unas veces,
entrecruzada otras. Y sin embargo en el siglo XVIII, tomando como bandera el
predominio de la Razón y la
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supremacía
de la Ciencia, se desencadenó contra la religión y contra la Iglesia católica
una ofensiva sin precedentes que logró el desmantelamiento cultural, político y
social de la Iglesia y desembocó en la terrible persecución declarada y
consumada por la Revolución francesa, la más cruel y exterminadora desde los
tiempos de Diocleciano y la extinción del floreciente cristianismo
norteafricano por el Islam en la Alta Edad Media. Esa ofensiva que tomó como
objetivo principal la expulsión y el aniquilamiento de la Compañía de Jesús,
considerada como la barbacana de la Iglesia, no se organizó primariamente en
las potencias acatólicas sino en los reinos católicos de Europa y muy
especialmente en los regidos por la Casa de Barbón: Francia, Portugal, España,
Nápoles y los principados italianos de dinastía española. Y tuvo sus centros
principales en París, capital de les philosophes, y en Roma, la corte
papal que el historiador jesuita Cardara considera como centro general de la
conspiración contra la Compañía. La ofensiva contra la Iglesia católica no fue
por tanto un movimiento impreciso sino un proyecto estratégico organizado por
varios centros de acción coordinados entre sí: la corte papal, varias órdenes
religiosas, el clan de los jansenistas, las cortes borbónicas y católicas
dominadas por sus ministros ilustrados, la asociación de los filósofos reunidos
en la Enciclopedia. En las redes de coordinación destaca, entre la realidad y
la leyenda, la nueva forma histórica de la Masonería creada a principios del
siglo XVIII
en Inglaterra y extendida pronto por todo el continente; la Iglesia consideró
inmediatamente a la secta como su enemigo principal y mortal. Todo este
conjunto de centros de acción y redes de coordinación, que distan de haberse
estudiado convincentemente, se envolvieron en el llamado movimiento ilustrado,
la primera Ilustración y lo monopolizaron al servicio de sus fines, que pueden
resumirse en el intento de secularización total cuya primera y esencial campaña
era de signo negativo; la destrucción de la Compañía de Jesús, principal
defensora de la Iglesia católica. Para el historiador católico la
interpretación de esa ofensiva debe relacionarse, inevitablemente, con la lucha
eterna entre la Iglesia y el poder de las tinieblas a que se refiere por dos
veces el Concilio Vaticano II; pero como no pretendemos aquí hacer
metahistoria, sino atenernos al análisis histórico, dejaremos en el fondo de
nuestro razonamiento esa explicación para centrarnos en el establecimiento y
concatenación de los hechos comprobables.
Desgraciadamente
la Iglesia católica estaba mal preparada para resistir a esa ofensiva. Sólo los
jesuitas se sentían capaces de defenderla con las mismas armas del adversario
—la filosofía, la ciencia y la cultura— pero una vez acorralados y eliminados los
jesuitas la Iglesia quedaría inerme ante la Ilustración. En primer lugar porque
la prepotencia regalista de las cortes católicas forzaba, en medio de
intromisiones intolerables y coacciones que varias veces llegaron al chantaje
político, la elección de una serie de Papas débiles o contemporizadores y en
todo caso casi completamente ineptos para encabezar una defensa digna del
fantástico pasado cultural de la Iglesia hasta el siglo anterior. Los Papas del
siglo XVIII
fueron Clemente XI (1700-1721) verdadero pelele en manos de las cortes
católicas e incapaz de
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aferrarse al
timón de la barca de Pedro; los anodinos Inocencia XI y Benedicto XIII; el
pobre Clemente XII (hasta 1740), anciano, ciego e impedido; el superficial
Benedicto XIV Lambertini, que se moría porque le considerasen ilustrado y
aunque era hombre de cierto nivel cultural prefería los halagos de Voltaire a
la regiduría firme de la Iglesia en las tormentas; Clemente XIII Rezzonico
(1758-69) el más fuerte y digno de todos, que encaró decididamente los ataques
contra la Compañía de Jesús pero no pudo evitar la serie de sucesivas
expulsiones de la Orden, aunque se negó a apuntillada; el infeliz Ganganelli,
Clemente XIV O.F.M. conv. (1769-74) elegido bajo el virtual compromiso de
suprimir a la Compañía de Jesús, lo que hubo de cumplir en medio de atroces
coacciones y remordimientos que arruinaron su alma y su vida; y Pío VI
(1775-99) el Papa víctima de la Revolución francesa que no supieron prever sus
predecesores, un cardenal hermoso, mundano, ilustrado y entregado al nepotismo;
un perfecto incapaz para el cataclismo que se le vino encima.
La Curia
romana y sectores sensibles del episcopado europeo estaban infectados de
jansenismo y se convirtieron en colaboradores de la gran conspiración. En el
seno de la Iglesia continuó, bajo la tempestad, la práctica y la transmisión de
la fe así como el florecimiento de la santidad; lo demostrarán las
persecuciones revolucionarias Pero todo el mundo notaba, en el siglo XVIII,
la decadencia general de los monasterios, sumidos (con excepciones,
naturalmente) en la haraganería y el abandono; la relajación del clero y de no
pocos obispos, anegados por el espíritu mundano y participantes en las sectas
masónicas que proliferaban en la curia pontificia y en el colegio de
cardenales. Cuando se intentaba una reforma, como el obispo y político Loménie
de Brienne desde 1768 en Francia, que suprimió 426 conventos relajados, era el
Estado quien la emprendía, no la Iglesia. La predicación era muchas veces
retorcida y pretenciosa, como denunció en sátira merecidísima el jesuita Isla
en su Fray Gerundio (que suscitó una implacable sed de venganza en los
ambientes frailunos); la Iglesia se encerraba ante la apertura cultural
de la Ilustración. La Inquisición coleaba en su agonía, funcionaba a velas
desplegadas el Indice de los libros prohibídos que servía de aliciente para
devorarlos. «Si se da una ojeada de conjunto a la historia de la cultura en el
siglo XVIII
—confirma Rogier— se echa constantemente de menos la participación de la
Iglesia y de su dirección suprema en las discusiones sobre las cuestiones
candentes del tiempo. Si alguna vez intervenía Roma era en forma totalmente
negativa; con un «monitum», un anatema o imponiendo el precepto del silencio»[51].
No marchaban
mucho mejor las iglesias protestantes separadas que acentuaban su dispersión y
se degradaban muchas veces hacia el agnosticismo pese a la saludable oleada de
«pietismo» que nacida en el siglo
XVII se mantendrá hasta muy dentro del XIX.
Varios teólogos protestantes cayeron en la alienación religiosa e incluso en la impiedad
al abrazar la nueva dogmática ilustrada. Aparecieron entre los líderes
protestantes algunos notables organizadores como John Wesley (+1791) fundador
del metodismo, pero ningún nombre importante para el avance y la profundización
del
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pensamiento
cristiano salvo el caso marginal de la Ilustración alemana como veremos. La
tendencia secularizadora que se enfrentaba al catolicismo hizo estragos en el
protestantismo, privado de cabeza y de coordinación religiosa. Ya vimos como el
gran cristiano Leibniz murió solo y abandonado, como un símbolo.
EUROPA Y AMÉRICA EN EL SIGLO XVIII
Pero
analicemos un poco más de cerca la articulación y contenido de la ofensiva
ilustrada contra la Iglesia católica. Para ello debemos resumir ante todo la
configuración histórica de la época.
Europa vivía
el siglo XVIII
dentro de la plenitud del Antiguo Régimen que consistía (en el Continente) en
la vinculación, que a veces parecía identificación, de la Iglesia y el Estado,
en una «dualidad institucional» como dice Artola, con reparto de funciones
—participación de la Iglesia en todos los campos de la educación, pretensión
eclesiástica de controlar la cultura mediante la censura, misión asistencial y
sistema fiscal paralelo mediante la contribución de los diezmos, las colectas y
las donaciones— pero creciente subordinación de la Iglesia al Estado a través
de los avances e imposiciones del regalismo (galicanismo en Francia) que tendía
a la desamortización de los bienes eclesiásticos y al control del aparato
eclesial a través de la provisión regia de obispados y beneficios (el Real
Patronato en España). Pero junto al regalismo, fervorosamente seguido por todas
las Cortes católicas, el siglo XVIII se distinguía por el apoyo de la Iglesia al
régimen de monarquía absoluta, conocido como despotismo ilustrado, un sistema
continental flanqueado a Oriente por la autocracia rusa y al noroeste por el
pre1ibera1ismo y la predemocracia británica. El despotismo continental,
instaurado por Luis XIV de Francia fue continiado por Luis XV que mantuvo los
privilegios de la nobleza y el clero frente a los movimientos de la burguesía
en favor de su mayor participación en el gobierno, lo que sólo pudo lograrse
parcial y tardíamente en la época de su sucesor Luis XVI, mientras una
espantosa corrupción moral inundaba durante todo el siglo a la Corte de
Francia. Bajo Luis XV, sin embargo, el movimiento ilustrado se identificaba
aparentemente con el despotismo y el regalismo monárquico, a la vez que minaba
las bases de la sociedad y la política del Antiguo Régimen con las ideas que
luego triunfaron y se desbordaron en la Revolución. Reinaba en Inglaterra, o
mejor en el conjunto que precisamente entonces empezó a llamarse Reino Unido,
una dinastía mucho más templada, la de Hannover, firmemente establecida en el
protestantismo al que debía su acceso al trono. Las ideas del racionalismo
empirista y el preliberalismo de Locke junto a las de los philosophes de
Francia parecían acordes con la reciente apertura del sistema político, sobre
todo en las Trece Colonias de Norteamérica, donde dieron paso —en combinación
con una serie de incomprensiones y torpezas de la metrópoli— a la Revolución
americana de los años setenta, que desembocó en la independencia de los
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Estados
Unidos, primer acto de una Revolución Atlántica que rebrotó, por influencia de
aquélla, en la Revolución francesa y en la Revolución hispanoamericana. La
Revolución norteamericana fue política mucho más que social y desde luego puede
considerarse primordialmente como ilustrada, en mayor medida que sus
seguidoras. La dogmática político-social del liberalismo y la primera
Ilustración —resumida en el lema «Libertad, Igualdad, Fraternidad»— y la
tolerancia fueron las ideas de la Revolución americana que luego asumieron, con
mucha mayor hipocresía, las otras dos. Pero debemos notar desde ahora algo
fundamental: esas ideas racional-ilustradas no corresponden siempre
unívocamente a las ideas de los filósofos, ni menos a las ideas de los
monopolizadores de la Ilustración sino que fueron adecuadamente elaboradas para
su utilización revolucionaria por los líderes políticos en las tres fases de la
Revolución Atlántica y tales políticos eran ilustrados a su modo, y políticos
más que ideólogos. Todos ellos: Franklin, Robespierre y Bolívar.
La monarquía
imperial de Austria-Hungría, sucesora del Sacro Imperio, abrazó la dogmática de
la Ilustración, incluido el anticlericalismo y el extremo regalismo pero
mantuvo una relación respetuosa y profunda con la Santa Sede en el reinado de
María Teresa (1740-1780) y el de su hijo José I (1780-90), más ilustrado que
católico, que abrió paso a la secularización. En el régimen despótico de
Austria se formaba al clero —como una rama del funcionariado— al servicio del
Estado multinacional, se suprimieron muchas casas religiosas y se alentó la
lucha contra los jesuitas. Prusia luterana, regida por los Hohenzollern que
habían tomado desde Federico I en 1701 el título real, era un Estado
autocrático con vocación militarista y hegemónica, todo ello encubierto bajo
una capa de Ilustración militante por el gran Federico II (1740-86) amigo de les
philosophes que le jaleaban y adulaban; tolerante con los católicos,
ferviente masón (como los reyes de Inglaterra y tal vez Luis XV de Francia).
Las demás Cortes borbónicas de Europa seguían en el siglo XVIII
las pautas culturales de Francia y cultivaban el despotismo ilustrado, sobre
todo Portugal, que bajo el férreo mandato del marqués de Pombal encabezó, con
virulencia implacable, la lucha contra los jesuitas. El caso de España es más
complejo y dada la concentración de este libro en la problemática religiosa
contemporánea de España y América merece que lo analicemos con mayor
detenimiento.
Desde 1700
se había extinguido en España la Casa de Austria con el desgraciado Carlos II
al que sucedió el primer rey de la Casa de Borbón, Felipe V. Tanto éste como
sus hijos Fernando VI y Carlos III, que llenan el siglo hasta la misma víspera
de la Revolución francesa, imponen a España y a su imperio el despotismo
ilustrado pero son sinceramente católicos y por la acendrada religiosidad de la
nación no cundirán en España e Indias ni la espantosa descomposición moral de
la Corte y la clase dirigente francesa ni la irreligiosidad secularizadora ni
las tendencias más disgregantes de la Ilustración. Existe, sí, un movimiento
ilustrado de alcance, encabezado por grandes políticos reformistas y notables
escritores como su iniciador,
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fray Benito
Jerónimo Feijóo así como los jesuitas Arteaga, Hervás e Isla. Y al final de
siglo brilla el primer intelectual de la Ilustración española, el
regeneracionista Gaspar Melchor de Jovellanos, abierto a Europa y precursor
formal del liberalismo. Gracias a la estrategia política de los Barbones
españoles la nación se unificó vigorosamente en el interior y se vinculó
intensamente con las Indias no sin reducir la dispersa presencia española en
Europa. El siglo XVIII no es en España una continuación de la
decadencia sino una poderosa recuperación económica e internacional, durante la
cual España expandió su imperio por inmensas regiones de Norteamérica,
consolidó su herencia imperial al sur y la institucionalizó; y participó
victoriosamente junto a Francia en la guerra de la independencia de los Estados
Unidos, durante la que arrojó a los ingleses del Caribe y el golfo de México.
Eso sí; la
cultura y la Ilustración española del siglo
XVIII, si bien presentaban caracteres de originalidad
y no desatendieron el cultivo de la ciencia moderna, se subordinaron cada vez
más al ejemplo de Francia que les impuso la moda y el talante. Quedaba lejos el
esplendor cultural del siglo XVII.
No hubo
necesidad en España de una concentración prerevolucionaria como la que se
formaba en Francia durante la segunda mitad del siglo XVIII,
porque la Corona reformista supo abrir con tiempo las puertas al ascenso
político de la burguesía, que alternaba con la nobleza en la dirección de los
asuntos públicos; y porque el arraigo de la Monarquía Católica la hacía mucho
más popular y firme que en la Francia ilustrada.
Aun así
actuó dominantemente durante el reinado de Carlos III un equipo múltiple de
políticos ilustrados, reformadores y regalistas hasta el extremo —los condes de
Aranda, de Campomanes, de Floridablanca— que se alinearon decididamente con los
gobernantes ilustrados de las demás Cortes borbónicas para combatir y extinguir
a los jesuitas, que hubieran sobrevivido ciertamente sin la durísima y
tenacísima agresión española. Uno de ellos, el conde de Aranda, era volteriano
y próximo a la impiedad, aunque lo disimulaba en público; la Inquisición,
aunque mortecina, podría desperezarse en cualquier momento y Aranda disimuló
sus conexiones masónicas que probablemente llegaron a la afiliación personal.
Pero aunque las tendencias foráneas de la Ilustración negativa se reprodujeron
en España e Indias no alcanzaron ni de lejos la publicidad ni la relevancia de
la Ilustración europea. Bajo el reinado del infeliz Carlos IV (1789-1808)
España iba a hundirse ante la agresión de la Revolución francesa cuyo ejemplo
desencadenaría en 1810 la Revolución hispanoamericana.
La situación
de la Iglesia en España no podía ocultar situaciones degradantes pero el
esquema de Antiguo Régimen —la simbiosis del Trono y el Altar— funcionaba con
naturalidad y el Concordato de 1753 permitía al Estado un intenso control de la
vida eclesiástica que tendía inevitablemente a la desamortización, apuntada ya
a finales de siglo. El episcopado era de nivel cultural y pastoral
relativamente alto, no ofrecía demasiados escándalos y se vinculaba a la
nobleza menos que en Francia. Los
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defectos del
clero y los religiosos se notaban también menos que en Francia; sacerdotes y
religiosos mantenían, con reverencia del pueblo, un altísimo prestigio e
influencia en la sociedad. Lo mismo sucedía en Indias, donde clero y religiosos
llevaban una vida mucho más desordenada como detallan Jorge Juan y Antonio de
Ulloa en su informe secreto al gobierno. Estos dos grandes autores ilustrados
subrayan el ejemplo destacadísimo de los jesuitas, que tanto en España como en
Indias se reconocían por su vida ejemplar, por su dedicación al trabajo
apostólico y la enseñanza, su originalidad en las misiones populares y entre
los indios. En las Universidades y círculos ilustrados, como las Sociedades de
Amigos del País, la recepción de la ciencia y la cultura moderna era
considerable aunque la institución universitaria distaba mucho de los siglos de
oro. En las polémicas «de antiguos y modernos» que cundieron en España como en
toda Europa se reveló el escaso nivel de unos y otros; la escolástica malvivía
en descomposición y la filosofía moderna consiguió en España seguidores, pero
no representantes de importancia. Florecieron en cambio la ciencia y la
técnica, hasta alturas de merecida fama en toda Europa como las investigaciones
metalúrgicas en el Colegio de México o los libros de náutica debidos al marino
Jorge Juan. La situación de la teología era lamentable. La Iglesia mantenía el
único sistema de comunicación popular de que se disponía en el país lo que
incrementaba su influjo en la sociedad hasta extremos que hoy comprendemos
difícilmente.
IGLESIA Y MASONERÍA: LA SUPRESIÓN DE LOS JESUITAS
El gran
combate cultural (y político, en el fondo) del siglo XVIII
se planteó entre la Masonería, adversaria máxima de la Iglesia católica según
expusieron reiteradamente los Papas (desde aquella época hasta casi la nuestra,
y concretamente hasta León XIII) y la Compañía de Jesús. Como en la segunda
mitad del siglo XX la Compañía de Jesús ha variado radicalmente su
posición, sin que lo haya hecho, que sepamos, la Masonería, y en estas últimas
décadas hay un sector filomasónico dentro de la Orden ignaciana, representado
en Francia por el padre Riquet y en España por el investigador José Antonio
Ferrer Benimeli, recomiendo al lector que para ampliar la síntesis que ofrezco
a continuación consulte mis libros Misterios de la Historia I y II
(Barcelona, Planeta, 1990 y 1992) y El triple secreto de la Masonería
(Fénix 1994). La hipótesis que subyace en todos los escritos de Ferrer Benimeli
es que los Papas se han equivocado sistemáticamente en sus condenas contra la
Masonería, una Orden, como dice él, a la que cree justa y benéfica. Lo malo es
que otros historiadores eclesiásticos mucho más importantes, como el profesor
Gonzalo Redondo, del Opus Dei, muestran hacia la Masonería una actitud
dulcificada que linda con la comprensión. En mi serie de ensayos me atengo al
análisis histórico, que coincide con la opinión sobre la Masonería que ha
sustentado oficialmente la Iglesia en cada
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época y que
se opone por el vértice a la virtual retractación e incluso clara alianza
masónica que exhiben hoy esos jesuitas a quienes he denominado masómanos porque
creo que lo son.
Mi último
ensayo sobre historia masónica se refiere a los orígenes de la secta, que han
sido recientemente investigados con mucha claridad por los propios masones en
algunos estudios muy interesantes. Es sabido que la Masonería operativa
surgida, para no hablar de orígenes legendarios, en la Edad Media, con posible
trasplante de las Ordenes militares en Tierra Santa, y desde luego entre los
gremios de constructores, fue incorporando durante el siglo XVII
a caballeros, aristócratas e intelectuales y al comenzar el siglo XVIII
se transformó, a partir de la unión de cuatro logias de Londres, en la
Masonería especulativa, que inmediatamente se identificó con los ideales de la
Ilustración, anticipados en Inglaterra por Locke y alentados por los demás
empiristas. Esta Masonería de obediencia británica —la Gran Logia de
Inglaterra— sirvió durante los dos siglos siguientes como eficaz red de
conexiones universales al servicio de los intereses imperiales de Inglaterra
cuyos reyes, a partir de la época ilustrada y luego en la época liberal han
pertenecido siempre a la secta, que siempre contó allí (y en las Trece
Colonias, luego Estados Unidos) con una notoria presencia de la aristocracia de
la sangre, del dinero y del saber. Al trasplantarse al Continente, de forma
casi inmediata, la Masonería especulativa se difractó en obediencias diversas
cada una de las cuales experimentó intentos de instrumentación por parte del
poder político, por ejemplo en el caso extremo del bonapartismo; Napoleón hizo
a su hermano el rey José gran maestre de la obediencia masónica francesa. Pero
durante el siglo XVIII las conexiones de las obediencias no británicas
con la Gran Logia eran mucho más claras, si bien nunca se han interrumpido del
todo hasta hoy. Sigue existiendo una fundamental unidad de horizonte masónico
por encima de las diferencias.
La Masonería
del siglo XVIII
(y la de hoy) es una sociedad secreta, humanista, deísta (es decir no niega
siempre a Dios pero prescinde de él) y netamente gnóstica cuyo objetivo, al
identificarse con la Ilustración radical, se planteó como una completa secularización
de la sociedad. Este ha sido, hasta hoy, y sigue siendo el fin esencial de la
Masonería, a la que desde mi reciente ensayo Historias de la corrupción
(Barcelona, Planeta, 1992) he caracterizado como una forma moderna de la
gnosis, y cada vez me reafirmo más en esa interpretación. Indicios muy claros
de la gnosis masónica son su alejamiento de Dios a la esfera de lo
incognoscible y por tanto irrelevante para el hombre; su antropocentrismo
exacerbado, que se disfraza como humanismo; su aparente tolerancia que califica
a la fe tradicional católica como fanatismo; su sincretismo del Dios cristiano
y, como vimos, los dioses paganos, y sobre todo la pretensión masónica de que
quienes no pertenecemos a la secta somos absolutamente incapaces de
comprenderla, porque no gozamos del conocimiento profundo, que ellos llaman
unas veces luz y otras «oscuridad visible» que a los masones se les da, como
por arte de magia, en el ritual de la iniciación. Durante el
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siglo XVIII
la Masonería se identificó con los ideales de libertad, igualdad y fraternidad
(que es una tríada masónica) y con el frente antijesuítico. En el siglo XIX
la identificación masónica se centró en el liberalismo radical (siempre
manteniendo el ideal supremo secularizador) y en el siglo XX
ha continuado, con menos agresividad aparente, esa identificación liberal pero
se ha corrido también al socialismo democrático como ha expuesto un testigo
masónico de primer orden, Jacques Mitterrand, en su libro clave, que ya hemos
citado, La politique des Francmaçons. Un historiador tan equilibrado y
tan poco fanático como el profesor Lortz[52] dice que «el objetivo inmediato de la Masonería en el siglo XVIII
pasó a ser la lucha contra la Iglesia católica». Así de claro. Por eso los
Papas, que siempre han gozado de una excelente información sobre las luchas
de la Iglesia, condenaron a la Masonería a partir de Clemente XII en 1738. La
Masonería entroncó, como digo, con la tradición gnóstica que se manifestaba en
autores como Edward Cherbury (1561-1647) quien propuso una «religión natural»
presidida por un vago e impreciso «ser supremo» al que los masones ilustrados,
con su formidable pedantería arquitectónica, denominaron «Gran Arquitecto del
Universo».
Tanto el
profesor Chevallier, en su importante Historia de la Masonería francesa
(París, Fayard, 1974 vol I) como el propio Jacques Mitterrand se oponen a la
tesis de la Masonería como responsable única de la Revolución pero nos
suministran abundantes pruebas de que la secta actuó como fermento
revolucionario decisivo. Por ejemplo Mitterrand considera dentro de la
«Masonería auténtica y eficaz» a la logia de París «El Contrato Social» y
hablando de otra logia, la «Neuf Soeurs» de la que era Venerable nada menos que
Franklin y cuyo miembro más famoso fue Voltaire en el apogeo final de su vida y
de su gloria, nos explica: «Es el progreso, es el avance, es ya la Revolución»
(op. cit. p. 37, 71). Luego reconoce «la importancia política de las logias en
vísperas de la Revolución» (p. 72) y las considera en conjunto como
«laboratorios de la Revolución» (p. 74). Para nuestro propósito tal confesión
de parte resulta más que suficiente. La obra del profesor Chevallier se vende
en la excelente librería masónica del Gran Oriente de Francia en rue Cadet,
París.
Frente a tan
formidable coalición de enemigos de la Iglesia alentados por la red de logias
masónicas y monopolizadores del movimiento ilustrado (inmediatamente los vamos
a detallar) la Iglesia católica, culturalmente desmantelada, sólo contaba
efectivamente con la Compañía de Jesús. El poder religioso de la Orden era
enorme; y constituía, ante todo, eso, un poder religioso. Formaba a decenas de
miles de dirigentes católicos en su red mundial de colegios y centros
universitarios; dirigía las conciencias, es decir la actuación de varios
príncipes, innumerables aristócratas y personas influyentes y profesionales;
gozaba también de un inmenso poder político, como en el caso de los confesores
regios, que alguna vez se aproximaba al valimiento; contribuía de forma
destacada al esfuerzo misional y en concreto a la evangelización de la América
española, portuguesa y francesa; alumbró y cuajó experimentos sociales
sorprendentes como las Reducciones del Paraguay; y había
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adquirido
inevitablemente un poder económico considerable, bienes cuantiosos y una red de
negocios que les acarrearía muy graves inconvenientes. Era la clave cultural de
la Iglesia y su influjo ante los Papas resultaba decisivo.
Tanto poder
e influencia les ensoberbeció. Su gran historiador Cardara dijo lapidariamente:
«Peculiare vitium nostrum, id est, superbia». La emulación que suscitaban entre
las demás órdenes se transformó gradualmente en envidia, aborrecimiento, odio.
La secta de los jansenistas les consideraba como enemigo máximo y lo mismo la
secta masónica y la secta de les philosophes, muy relacionada con los
Hijos de la Viuda como estableció el abate Barruel, fuente esencial para el
estudio del siglo XVIII. Sobre todo porque los jesuitas respondían a la
Ilustración monopolizadora y secularizante con armas culturales de primer
orden; habían reparado ya su funesto error contra Galileo y cultivaban las
nuevas ciencias mientras conocían desde dentro las tendencias de la nueva
filosofía racionalista, aunque no hicieran el gran esfuerzo necesario para
vincularla con el catolicismo en cuyo seno había nacido. Montaron en Francia un
frente antiEnciclopedia que casi siempre superaba al centón divulgador y tantas
veces pedestre de los Diderot y compañía. No habían logrado instalarse con la
misma eficacia en todas las zonas de la nueva cultura pero llevaban camino de
conseguirlo y desde luego constituían el único bastión cultural importante del
catolicismo, mientras las demás órdenes se atrincheraban por lo general en la
escolástica rutinaria. Pero junto a los voceros de la Enciclopedia, los
jansenistas y los masones el enemigo mortal de los jesuitas era la conjunción
de los ministros del despotismo ilustrado con los adversarios de la Orden
ignaciana en Roma. Todos juntos acudieron a todos los procedimientos
imaginables del juego sucio para atacar a los jesuitas. Les presentaron como
enemigos de las monarquías por la tesis aislada del tiranicidio, que se había
inventado en el siglo XIV por la Universidad de París durante las pugnas
civiles de Francia; como relajados en moral por la lúcida y comprensiva tesis
del probabilismo que ampliaba en la moral el ámbito de la libertad humana; como
corruptores de la religión cuando trataban de adaptarla a otras culturas
mediante la adopción de los ritos chinos y malabares; como adversarios del
poder divino porque asumían, en defensa también de la libertad del hombre, la
«ciencia media» que eludía el sometimiento angustioso a una predestinación inapelable;
como rebeldes ante la corona de España por las reducciones de América
interpretadas como germen de un imperio independiente. La persistente campaña
que tuvo su epicentro en la propia corte romana fue atizada por los ministros y
los embajadores borbónicos con la misma saña que se había utilizado en otros
tiempos contra los templarios; y no pararon hasta conseguir que los jesuitas
fueran expulsados de Portugal, Francia, España e Indias y los estados de Italia
y conseguir después que el Papa Clemente XIV firmara su aniquilación, sin
ofrecer razón alguna —como hizo otro Papa Clemente con la Orden del Temple— en
el breve Dominus ac Redemptor de 1773. A lo largo del siglo siguiente
todo ese
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conjunto de
monarquías borbónicas había caído también, a partir de los dieciséis años del
inicuo Breve. La eliminación de la Compañía de Jesús llevó al paroxismo la
degradación y el desmantelamiento cultural de la Iglesia católica y contribuyó
de forma considerable a la pérdida del imperio español.
LA COFRADÍA DE LOS «FILÓSOFOS»: HOLBACH
Vengamos
ahora al análisis de la agrupación político-cultural cuyos efectos hemos
reflejado ya en los epígrafes anteriores: la cofradía de les philosophes,
los monopolistas de la Ilustración militante. Pese a que reivindicaron el
título de «filósofos» generalmente sólo eran divulgadores con un colosal
sentido de lo que hoy llamamos relaciones públicas; adaptadores de la ciencia
moderna, que generalmente conocían mal y de la filosofía racionalista de la que
sólo tomaban lo que les convenía. Aunque es verdad que gracias a la decadencia
teológica del llamado «siglo de las luces» resulta exacta la afirmación de
Jedin: «La filosofía acabó por ocupar como medio de pensamiento el puesto que
hasta entonces había mantenido la teología». (Op. cit. VII p. 45).
Estos
pensadores con vocación de influjo social se empezaron a denominar entonces con
un adjetivo sustantivado, intelectuales, cuya utilización se retrasó en
España tres cuartos de siglo; en Europa lo acuñó C.P. Duelos en 1784 en sus Considérations
sur les moeurs de ce siecle editado en Londres. El «intelectual» aparece
así en el siglo XVIII como heredero del humanista del Renacimiento y
del clérigo que desde la Alta Edad Media hasta el nacimiento del racionalismo
había pretendido orientar a la sociedad. Un certero crítico británico, Paul
Johnson (a quien debo la cita para señalar el origen del término) ha dedicado
un libro memorable al estamento intelectual que precisamente ve nacer en la
Ilustración, y que se cierra con un formidable retrato que puede aplicarse por
antonomasia a los componentes de la agrupación ilustrada de les philosophes:
Una
de las principales lecciones de nuestro siglo trágico, que ha contemplado la
muerte de tantos millones de inocentes sacrificados a esquemas para mejorar el
destino de la humanidad, es ésta: cuidado con los intelectuales. No solamente
deben mantenerse bien alejados de las palancas del poder sino que deben ser
objeto de especial sospecha cuando tratan de ofrecer su asesoramiento
colectivo. Cuidado con los comités, conferencias y ligas de los intelectuales.
Desconfiad de las manifestaciones públicas emanadas de sus cerradas filas.
Poned en entredicho sus veredictos sobre líderes y sucesos políticos. Porque
los intelectuales, lejos de ser gentes altamente individualistas y no
conformistas, siguen determinados patrones de comportamiento. Tomados como
grupo, son muchas veces ultra-conformistas dentro de los círculos formados por
aquellos cuya aprobación ellos buscan y valoran. Esto es Jo que les hace
peligrosos
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cuando
actúan como masa, porque les permite crear climas de opinión y ortodoxias
prevalentes que demasiadas veces generan cursos de acción irracionales y
destructivos. Sobre todo debemos recordar en todo tiempo lo que los
intelectuales olvidan frecuentemente: que el pueblo es más importante que los
conceptos y debe prevalecer sobre ellos. El peor de todos los despotismos es la
tiranía inmisericorde de la ideas[53].
El director
de orquesta, promotor y mecenas de la cofradía internacional, aunque de núcleo
francés, que formaron los intelectuales de la primera Ilustración, es sin duda
un alemán de origen (el Palatinado) que vino a París a los doce años y allí se
aclimató perfectamente; el barón Paul-Henri Holbach (1721-1789). Sus salones de
París acogían y coordinaban a todo el equipo de la Enciclopedia, al que
procuraba infundir con argumentos renovados su anticlericalismo absoluto, su
odio inextinguible a los jesuitas, su ateísmo militante y rabioso, su
propensión al libertinaje como prueba personal del amor a la libertad. Reunió
las muestras de su adoración por Newton y de su idolatría por la ciencia
moderna en su obra de 1770 Systhéme de la Nature, un centón desordenado
y semivacuo jaleado como genial por sus agradecidos contertulios.
Exaltaba a la Naturaleza y a la Razón, reducía toda la realidad al materialismo
más grosero, regido por el determinismo; y criticaba a los deístas por no
prescindir suficientemente del Dios inútil. Apóstol de la impiedad, quiso
extenderla cuando advirtió que cundía en Francia como moda de aristócratas
desde finales del siglo anterior.
Dos
obsesiones movían al equipo de les philosophes bajo la batuta incesante
de Holbach: primero el combate contra la Iglesia católica, asentada según ellos
en la superstición y tributaria del pasado; segundo la idea del progreso
exclusivamente basado en el desarrollo de la ciencia moderna. El historiador de
la Iglesia Hertling, moderado siempre en sus juicios, describe bien el ambiente
creado por el círculo de Holbach: En el público culto, incluso en el ámbito
católico, la Ilustración, más que un sistema de ideas filosóficas, pasó a ser
un sistema de tópicos y consignas, una moda. La razón lo impregnaba todo, se
predicaba la filantropía y la tolerancia religiosa. Por razón se entendía
incredulidad, por naturaleza inmoralidad, de filantropía no se advertía en la
práctica el menor vestigio y la tolerancia religiosa se expresaba en un
verdadero odio contra la Iglesia y sus instituciones, los conventos sobre todo.
El cambio sufrido por los espíritus era asombroso. En el siglo XVII
había sido de buen tono tener por director espiritual a un religioso ascético y
severo, y discutir en los salones sobre la eficacia de la gracia; en el siglo XVIII
lo elegante era ser volteriano y disparar pullas contra el clero y los frailes.
Lo único que persistía era la presunción de cultura. (L.
Hertling, op. cit. p. 418).
La idea de
progreso, así como la identificación de «progresismo» para toda innovación y
toda crítica presuntamente fundada en la ciencia y contraria a la tradición fue
formulada por el propio Holbach junto con Helvecio, con antecedentes
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en Bacon,
Pascal y Locke; y resonancias inmediatas en Voltaire. Pero fue Turgot quien en
su obra de 1750 Discours sur le progres succesif de l’esprit humanin
dentro de la filosofía del utilitarismo, fomentada también por Holbach, dio
carta de naturaleza a la idea del progreso dentro de la primera Ilustración.
Fijó definitivamente la idea Condorcet en su Esquisse d’un tableau
historique des progres de l’esprit humain ya en 1794, cuando el progreso
revolucionario, considerado por él como apertura de una nueva era, se
había asentado sobre el genocidio y la persecución y provocaba en Francia un brutal
retraso, es decir una trágica regresión en los planos económico y cultural. El
progreso es, para Condorcet, el fin supremo de la Historia; la nueva utopía de
la Humanidad ilustrada en medio del cambio. El progreso es, sobre todo, una
gran palabra que se ha ido vaciando durante los dos últimos siglos. Cuando en
nuestros días y en España vemos la fruición con que repiten la palabra
«progreso» personajes como Felipe González, Alfonso Guerra, Julio Anguita y
Nicolás Redondo, que son promotores profesionales de la regresión y la
degradación política, comprendemos hasta qué punto aquel grandioso lema de la
Ilustración yace en el fondo de un despeñadero de la Historia.
DE VOLTAIRE A ROUSSEAU
Toda la
nueva mitología cultural creada o adaptada por les philosophes converge
en los enciclopedistas que sintetizan la herencia reciente del empirismo y el
racionalismo, viven en postración ante el desarrollo de la ciencia moderna, que
avanzaba moderadamente, sin grandes genialidades, en el siglo XVIII,
durante el cual el hecho científico más importante, junto al descubrimiento de
la electricidad, es la recepción de la físico-matemática newtoniana y la
adaptación, iniciada en Inglaterra, de la tecnología o ciencia aplicada a las
nuevas máquinas (ante todo la de vapor) para el incremento de la producción
industrial y mejora de los transportes. La primera Enciclopedia es el Diccionario
histórico-crítico de Pierre Bayle, exaltación de la razón y negación de lo
religioso. Pero la Enciclopedia por antonomasia es la que se subtitula
«Diccionario razonado de las ciencias, artes y oficios» publicada entre 1750 y
1780 por Diderot, literato de segunda, materialista y ateo; y d’Alembert,
matemático mediocre, con la colaboración de toda la plana mayor de la
Ilustración militante: Turgot, Holbach, el gran promotor; Rousseau, Voltaire y
Montesquieu. Tanto Diderot como d’Alembert son antimonárquicos (disimulados)
además de ateos; Voltaire, el más incisivo, brillante y superficial del equipo,
fue el ariete de la Ilustración, el publicista genial aunque sin pizca de
creatividad auténtica, el demoledor de la Iglesia y adversario irracional de
los jesuitas; deísta extremo lindante con el ateísmo, del que parece quiso
volver, aterrado, al acercarse la muerte; odiador paranoico de la persona y la
huella del propio Cristo, al que dedicaba (otros dicen que era a la Iglesia) su
abreviatura famosa Ecr. l’inf (Ecrasez l’infame). Este François
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Arouet
(1694-1778) alcanzó en el siglo XVIII más influencia personal que otra persona
alguna, lo que denota la estupidez casi universal del siglo XVIII;
notable escritor y deleznable filósofo, tocaba de oído en la ciencia moderna y
parece mentira cómo sus críticas a la religión, generalmente cretinas, pudieran
producir en su tiempo tal impacto. Su único intento dotado de cierta
originalidad fue la renovación (fallida) de la historia que interpretó, como
todo, superficialmente. Hoy quedan todavía ecos de su ruido pero ninguna huella
de su doctrina. Junto a Holbach podemos considerar a Voltaire como paradigma
del espíritu gnóstico en la Ilustración y si el término diabólico compete a
algún ser humano podría aplicarse seguramente a ellos sin exageración notable.
Uno de los rasgos más repugnantes de Voltaire es que se dedicó a calumniar y
vilipendiar a Juana de Arco, lo que revela una vez más su profunda ignorancia
histórica y su mezquindad humana. Y encima escribió sobre la tolerancia.
Lo que
interesa más a nuestro propósito es que estos enciclopedistas actuaban en
asociación, en equipo, que por lo irracional de sus obstinaciones muchas veces
parece manada. El abate Barruel describió con documentos irrebatibles esa
actuación de equipo y en nuestros días el historiador jesuita Bangert les evoca
así: «Alejados de la tradición espiritual de la Edad Media y de los movimientos
de reforma católica y protestante del siglo
XVI e imbuidos del sentido de su propia sabiduría
personal e independiente, estos hombres hicieron pacto común para destruir la
religión revelada. Hablaron por muchas voces pero existía una sola Ilustración»[54]. El mismo autor (p.
370) señala el origen del término ultramontanos
aplicado a los jesuitas del XVIII por su defensa de Papado contra los jansenistas
y los philosophes. La palabra se abrevió después a «ultras». En un
ensayo profundo y delicioso, El libertino y el nacimiento del capitalismo
el profesor Juan Velarde aduce un texto definitivo de Mirabeau con el que
se muestra el hecho de la asociación de ilustrados militantes: «La creación,
con ideas de Mirabeau, de una asociación de intelectuales de tipo cosmopolita:
(‘sostenemos puntos de vista totalmente opuestos, nosotros, hombres ilustrados,
perseguimos la libertad y la felicidad, pero ¿quién nos impide hacer por el
bien lo que los jesuitas han hecho por el mal?’); que, como acabamos de ver, se
vinculaba íntimamente con la idea de imitar la fuerte cohesión de la Compañía
de Jesús». Y describe luego Velarde la creación por Weisshaupt de la sociedad
secreta de los Iluminados, fundada en 1776, como sabemos, cuyo creador ingresó
en la masonería al año siguiente; lo mismo hizo Voltaire como remate de su
vida. Algunos investigadores actuales, como A. Maestro y Bonilla Sauras,
conceden gran importancia al influjo de esta rama masónica[55].
Entre la
general ramplonería agresiva de los philosophes hay dos excepciones, dos
pensadores dotados de originalidad y relevancia, aunque de ninguna manera
exentos de los defectos comunes a la agrupación: Montesquieu y Rousseau.
Charles de
Secondat, barón de Montesquieu (1684-1721) publicó en 1748 El espíritu de
las leyes como un conjunto de observaciones a la constitución política británica
no escrita, pero articulada por la costumbre en un sistema de división y
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contrapeso
entre los poderes del Estado, ejecutivo (Corona y gobierno) legislativo
(Parlamento) y judicial; una obra básica en la historia de la teoría política,
al menos hasta que un indocumentado agresivo y hortera ha negado recientemente
en España su validez para fundamentar la democracia en nuestro tiempo. Esa obra
es una crítica del despotismo que aplastaba a Francia por su anulación de los
poderes institucionales intermedios, un sistema de contrapesos que funcionaba
cada vez mejor en Gran Bretaña. Montesquieu exalta la libertad política y civil
como base para la convivencia; y describe las tres principales formas de
gobierno (república, monarquía y despotismo) fundadas en la virtud cívica, el
honor y el temor. El análisis de Montesquieu (que sorprendió agradablemente a
los británicos) fue aceptado desde entonces como trama universal para la
concreción del ideal democrático que ya apuntaba en los ensayos de Locke y
junto con ellos forma parte de los anteinmediatos para la proclamación del
liberalismo.
El caso, el
ejemplo y la influencia de Juan Jacobo Rousseau (1712-78) es mucho más
complejo. Fue el más famoso de los philosophes y quizás el más
significativo de quienes empezaban a ser llamados intelectuales; es el primer
intelectual contemporáneo cronológicamente. Inicia un camino nuevo; el descenso
de la teoría a la que se llamará la praxis, es decir que la recuperación de la sociedad
puede hacerse por la política. Su fama fue y sigue siendo universal. En plena
Revolución (murió durante sus vísperas) Robespierre le llamó «maestro de la
humanidad». La Convención llevó sus cenizas al Panteón y le consideró promotor
principal del cambio y la «mejora» revolucionaria; pronto discutiremos si esa
mejora no presenta también aspectos de una espantosa regresión. Por su culto a
la naturaleza influye aún en la educación y el ambiente actual, la práctica del
deporte, la costumbre del fin de semana en el campo. Sus doctrinas, falseadas
(por él mismo) y contradictorias, han prefigurado soluciones contrarias; el
colectivismo (atacó a la propiedad privada, pero no quiso abolirla) y el
liberalismo, por su fórmula de gobierno según la voluntad general. Nació
calvinista en Suiza y murió en Ginebra, sede principal de su influencia. Pero a
los quince años se convirtió al catolicismo sin excesiva profundidad ni
consecuencia. Amigo de Diderot y colaborador de la Enciclopedia, rompió luego
con ella cuando sus tendencias colectivistas y comunitarias chocaron contra el
individualismo del grupo. Se hizo famoso por un trabajo premiado en 1750 por la
Academia de Letras de Dijon; el «Discurso de las Artes y las Ciencias»,
flojísimo y resonante. Cultivador del sentimentalismo moralizante más que del
racionalismo, publicó en 1762 el Contrato social que al principio obtuvo
pocos lectores; luego la Nueva Eloísa que alcanzó un éxito enorme y el Emilio
que le consagró. Ya había retornado al calvinismo y tuvo que esconderse en
Francia y huir a Inglaterra cuando el Parlamento de París quemó este último
libro.
En el Contrato
social se opone Rousseau al individualismo sistemático que provenía de
Hobbes y de Locke y había arraigado en el grupo ilustrado de Francia. Se libera
del individualismo gracias a Platón que le hace aceptar la comunidad como
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supremo
valor moral. Para ello idealiza a su ciudad-estado, Ginebra calvinista. Para
Rousseau todos los derechos individuales (incluso el de propiedad, tan atacado
por él) sólo pueden ejercerse dentro de la comunidad; el hombre no es individuo
sino ciudadano. Todos los hombres son naturalmente buenos; en el estado de
naturaleza el buen salvaje (inspirado en las descripciones de los misioneros
españoles sobre los indígenas de América) se inclinan naturalmente al bien. En
su artículo sobre economía política publicado en la Enciclopedia adelanta el
concepto de voluntad general que luego será clave del pensamiento
democrático si bien Rousseau nunca lo aplicó a los grandes Estados sino
a los pequeños cantones suizos donde era posible el funcionamiento de una
democracia directa y familiar. El gobierno, para él, es un mero agente de la
voluntad general que fija las pautas del comportamiento colectivo e individual.
La voluntad general no es simple suma de las voluntades individuales sino algo
con vida propia, como emanado de un organismo vivo. Los hombres obtienen la
libertad dentro de la comunidad; pero la voluntad general ha de expresarse
directamente, no mediante ficciones de representación. Pese a lo cual los
jacobinos asumieron la doctrina de Rousseau en un terreno que él había vetado,
el de la representación, y proclamaron: «Nosotros somos la voluntad general».
Después de los dirigentes independentistas de las Trece Colonias en
Norteamérica.
El contrato
social que es tácito y como sabemos no fue inventado ni de lejos por Rousseau,
porque hundía sus raíces en Hobbes y en la tradición jurídica del poder
elaborada por la escuela jesuítica, se consolida desde Rousseau como origen de
la sociedad y del Estado; la voluntad general, interpretada como voluntad de la
mayoría sin limitaciones de democracia directa, es decir bajo el nombre de
Rousseau pero al margen de su doctrina; aun así será la base para el ideal
democrático y las aspiraciones al sufragio universal.
Entre las
varias contradicciones que se observan en torno a la figura de Rousseau hay
una, hiriente, que debería invalidarle como maestro y educador de la humanidad;
el contraste entre su doctrina y su ejemplo. A partir de sus Confesiones,
publicadas en 1770, casi todo el mundo ha visto en Rousseau un mártir de sus
ideas y sus desgracias. No hay tal. Era un insondable vanidoso, recomido de
compasión por sí mismo, pero implacablemente egoísta con los demás incluido su
círculo íntimo. No cabe mayor antipatía, mayor grosería, mayor cinismo en un
comportamiento humano. Adoleció de manía persecutoria, pensaba que terribles
conspiraciones se estaban siempre organizando contra él. Sexualmente era
Rousseau un obseso exhibicionista, masoquista, sin exceptuar todos los recursos
de la mentira para quedar bien. Pretende ser el amigo de la humanidad pero fue
el verdugo de su familia. Nunca ejercitó la gratitud. Despreciaba a su abnegada
compañera que le aguantó treinta y tres años, Teresa Levasseur, arrojó a la
inclusa a sus cinco hijos sin preocuparse siquiera de ponerles un nombre; así
se comportaba en la realidad el pretendido educador de su siglo. Quizás por eso
afirmó en el Emilio que la educación debe confiarse exclusivamente al
Estado; el cual debe también velar por la educación de los adultos.
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Platonismo,
doble verdad, doble moral, contradicción flagrante, sofisma sistemático… tantos
caracteres que definen a Rousseau como un gnóstico cabal.
De esta
forma Rousseau puede considerarse como precursor doctrinal del liberalismo y a
la vez del colectivismo e incluso el socialismo y el comunismo utópico; de la
democracia y el totalitarismo. Las Revoluciones americana y francesa depuraron
su doctrina para tomar de ella lo que más convenía a sus promotores y de esa
depuración pasó el Rousseau unidimensional al acervo doctrinal del liberalismo
democrático. Otro gran maestro del siglo
XVIII emparentado directamente con el padre de la
mentira.
Con estas
consideraciones hemos completado el análisis de la Modernidad en sus orígenes y
primera difusión, que coincide con su primer asalto abierto a la Iglesia. Ese
primer asalto de la Modernidad se identifica, durante su último tramo, con el
ataque a la Iglesia por parte de la Revolución francesa, que estudiamos dentro
del capítulo siguiente.
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LA REVOLUCIÓN ATLÁNTICA Y EL LIBERALISMO
Las tres
grandes ideas-fuerza de la Ilustración militante —la libertad, la igualad y la
fraternidad— se inocularon en el caldo de cultivo para la Revolución Atlántica,
aunque se utilizaran preferentemente como lema para la Revolución francesa. La
libertad proviene sobre todo de Locke y Montesquieu; la igualdad nace de varias
fuentes, pero sobre todo de Rousseau que dedicó un discurso famoso al origen de
la desigualdad; y fue utilizada como bandera por el Tercer Estado, la burguesía
de Francia, para igualarse con los privilegiados de la nobleza y el clero, no
adquiriendo las cualidades que habían dado origen a los privilegios sino
desmochando esos privilegios y por supuesto marginando por completo la igualdad
del campesinado y el proletariado. La fraternidad era un postulado de
solidaridad comunitaria, también de cuño roussoniano. El triple ideal se
prostituyó y se arrastró en la Revolución francesa que no siguió el ejemplo
mucho más coherente de la Revolución americana, donde la herencia política de
Inglaterra y las condiciones específicas de las Trece Colonias facilitaban
mucho más la realización de tan altos ideales. La famosa tríada reconoce, como
dijimos, un palmario origen masónico, en interacción con los postulados de les
philosophes. La fraternidad pertenece a la antigua tradición masónica y la
propia secta era designada en sus primeros tiempos de la fase
especulativa como «La fraternité». La libertad es una exigencia general de los
racionalistas y los empiristas reivindicada por los francmasones porque, al
haberse creado la Masonería especulativa por pastores protestantes, necesitaban
esa libertad para establecerse en los reinos católicos. En cuanto al postulado
de la igualdad se deriva de las conquistas puritanas en las guerras civiles
británicas del siglo XVII, encubre un ataque al trono y a la nobleza y se
mantiene hasta hoy como uno de los grandes ideales de la Masonería. El primer
especialista en la Masonería francesa, Chevallier, titula el primer tomo de su
importante trilogía masónica Escuela de la igualdad. Y al rechazar la
exclusiva masónica para la preparación revolucionaria subraya sin embargo «la
idea masónica fundamental, la igualdad» y concluye: «La Masonería en cuanto
vehículo de ideas y seminario de preparación política ha jugado un papel no
despreciable en la preparación de los acontecimientos prerevolucionarios»[56].
En 1778 se
efectuaba en París una conjunción singular: la de Voltaire,·pontífice de los
ilustrados y los descreídos, con Benjamín Franklin, apóstol y embajador de la
independencia de los Estados Unidos. Todo un símbolo o mejor, un conjunto de
símbolos. Voltaire, al final de su vida, se iniciaba en la logia masónica Neuf
Soeurs, cuyo venerable era, según dijimos, Franklin, y en presencia del obispo
de Autun, Talleyrand, que sería después convencional, regicida, ministro de
Napoleón, figura clave del Congreso de Viena y ministro de Luis XVIII; todo un
paradigma cínico de supervivencia política y de falta de principios. Todos eran
compañeros, en el sentido masónico del término, del portavoz del libertinaje
Cholderlos de Lacios, secretario del duque masón Felipe Igualdad y autor de uno
de los evangelios de la permisividad
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y el
libertinaje, Les liaisons dangereuses, que en nuestros días conoce
innumerables reediciones en el libro y en el cine («Valmont», de Milos Forman,
autor de otra famosa película sobre otra gran figura masónica, Mozart).
Franklin era en el París prerevolucionario el embajador de la Revolución americana
que había puesto en práctica las ideas de esa Ilustración, que desde entonces
mismo se incorporaba a una naciente tradición liberal. Ya existía pues el
liberalismo, el hecho y la doctrina, no el nombre, que surgiría para todo el
mundo en las Cortes de Cádiz a partir del invierno de 1810. Franklin era el
masón perfecto; libertino profesional, gran científico, ilustrado señero,
deísta radical para quien, como ha dicho el profesor Juan Velarde, «la
instrumentación de su deísmo anticatólico es la francmasonería»[57]. Franklin, uno de los forjadores del espíritu
del capitalismo y del liberalismo en la vida política occidental.
Velarde toma
del profesor Perpiñá una sencilla y lúcida definición del liberalismo: «es la
reacción contra el absolutismo». Y rastrea los orígenes del liberalismo en el
fundador de la escuela fisiocrática de economistas ilustrados, Quesnay, cuyo Tableau
économique es de 1758. Quesnay, masón conspicuo, inocula al liberalismo
naciente el amor a la riqueza y después el ansia de libertad. Así
se incorpora el liberalismo político-económico a la corriente preliberal que
había surgido de Hobbes y de Locke en la primera época del racionalismo.
Propiamente llamamos liberalismo económico a la doctrina que sustenta el libre
juego de los factores económicos sin intervención del Estado; y que postula la
libre circulación de mercancías sin barreras arancelarias. El influjo de
Quesnay fue intenso en la opinión pública y en la escuela de economistas
clásicos que nació poco después, a fines del siglo XVIII
en Inglaterra, con sospechosa oportunidad; porque la ventaja de Inglaterra en
la revolución industrial necesitaba para la expansión de su comercio el libre
tránsito de sus mercancías a través de todas las fronteras y mares. Esto es lo
que propusieron los creadores de la escuela de economistas clásicos, sobre todo
su iniciador Adam Smith (1725-1790) en su libro capital, Causas de la
riqueza de las naciones en 1776, sobre todo la riqueza de Inglaterra. La
propaganda inglesa logró identificar al liberalismo económico con el político y
el gobierno británico utilizó sus redes diplomáticas y no en menor medida las
redes masónicas dependientes de la Gran Logia de Inglaterra para extender la
doctrina liberal por toda Europa. A veces, como en España, los liberales
radicales (que eran casi siempre masones) actuaban en los gobiernos más como
agentes, conscientes o no, de Inglaterra que como servidores de sus propios
Estados. En España los casos de Espartero y Mendizábal serán notorios.
Mientras
otro economista clásico, David Ricardo, sentaba las bases de la teoría del
salario natural que luego aprovecharía muy a fondo Carlos Marx, el tercero de
la escuela, Malthus (1786-1834) corroboraba que para el liberalismo lo primero
era la riqueza y lo segundo la libertad; y ése será también, como recuerda
Velarde, «el espíritu del capitalismo». A partir de entonces el liberalismo
económico se entrelaza con el político, hasta nuestros días.
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El liberalismo político, ya lo sabemos, había
nacido de la tradición individualista del racionalismo y sobrevivivió a la
critica colectivista de Rousseau (que por otra parte resulta también ser uno de
los padres del liberalismo moderno); a las elucubraciones del idealismo
absoluto de Hegel y al ataque frontal del marxismo tras haberse encarnado, en
forma de síntesis depurada, en las tres fases de la Revolución Atlántica: la
americana, la francesa y la hispanoamericana. Las dos primeras fases se
consideraron después como revoluciones liberales además de ilustradas;
la hispanoamericana se llamó ya a sí misma liberal, porque ya las Cortes de
Cádiz habían popularizado el término en todo el mundo y singularmente en
Iberoamérica. Es decir que la Ilustración se prolongó en el liberalismo a
través de la triple victoria revolucionaria en el Atlántico. Y por supuesto la
Masonería, que había sido escuela de la Revolución, se identificó en el siglo XIX
con el liberalismo radical, que asumió también ardientemente otra herencia
ilustrada, la secularización, fin esencial de la Masonería especulativa en
todas sus épocas. Fecundado por las victorias de la Revolución el liberalismo
se impuso como ideal político a Occidente y después al mundo entero, al
identificarse también con el sistema de economía libre que conocemos como
capitalismo y con la nueva dogmática de libertades civiles, derechos humanos,
incluido primordialmente el de propiedad, gobierno constitucional, división y
responsabilidad de los poderes públicos, imperio de la ley y en suma el
horizonte democrático. Kant y Jefferson suministrarán renovadas bases teóricas
al liberalismo, que hoy se acepta como ideal en todo el mundo (incluido el
mundo que dice ha dejado de ser marxista y el que lo sigue siendo, como el extraño
caso de China) pese a que alguna encarnación de ese ideal, como la Revolución
francesa, prostituyó sangrientamente a la libertad, la igualdad y la
fraternidad.
En Francia y
Austria el liberalismo entró, después de la época napoleónica, en pugna
dialéctica con la Restauración reaccionaria. En Rusia fue ahogado por la
autocracia zarista hasta fines del siglo
XIX. En Alemania quedó relativamente descartado a
impulsos de un nacionalismo cuyo proyecto no era liberal; sí lo era en cambio
el nacionalismo italiano. En Inglaterra floreció el liberalismo durante el
siglo XIX,
favorecido por todas las clases de la sociedad y realizó, a la cabeza de
Europa, decisivos
avances democráticos; no se olvide que el Reino Unido no había sufrido en su
carne los efectos de la Revolución francesa. Se produjo en Inglaterra, como ha
detectado Sabine, una alianza entre cristianismo evangélico y liberalismo
radical sobre el lema de mayor felicidad para el mayor número, como dijo
Bentham. Los liberales radicales aceptaron la teoría económica de la escuela
clásica de economistas y las corrientes utilitarias y reformistas, que
recibieron de Bentham su impulso más importante. Adelantado de las reformas
legales, Bentham depende también de Hobbes y de Hume y extendió su influencia a
través de su gran discípulo, John Stuart Mill, mientas el conservadurismo
británico asumía posiciones firmes pero inteligentes y flexibles ante la
evolución de la sociedad industrial gracias al genio creador del primer
portavoz conservador moderno, Edmund Burke.
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Otro gran pensador del nuevo liberalismo, James
Mill, abogó por la extensión de la representación y el sufragio desde las
primeras décadas del siglo XIX. La gran reforma del Parlamento en 1832 se debe
a Bentham y a los liberales radicales; gracias a la inspiración de la alianza
liberal-cristiana (protestante) los gobiernos iniciaron una seria legislación
humanitaria para la protección del trabajo a la vez que consideraban al libre
comercio como política esencial del Reino Unido y la imponían, bajo etiqueta común
de liberalismo político y de Modernidad, por todos los procedimientos y
coacciones imaginables a todo el mundo, una vez vencido el proyecto de bloqueo
y ahogamiento de la economía británica articulado por Napoleón a partir del
decreto de Berlín en 1806, tras la victoria sobre Prusia.
MITOLOGÍA Y REALIDAD DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA
El
antecedente de la Revolución Atlántica fue, sin duda, la Revolución británica
en la segunda mitad del siglo XVII, que recortó los poderes de la monarquía
absoluta detentados por los Tudor y los Estuardos, favoreció a la Iglesia baja
o puritanismo de origen calvinista frente al monopolio de la Iglesia Alta o
anglicana derivada del cisma de Enrique VIII y consagró definitivamente la
preponderancia del Parlamento sobre la arbitrariedad del poder ejecutivo. La
revolución británica influyó por varios cauces en la Revolución Americana
declarada en los años setenta del siglo
XVIII que fue, como hemos adelantado, mucho más una
revolución política que social y se reconoció a sí misma como revolución
ilustrada; el nombre de Franklin, uno de sus promotores que era, a la vez, uno
de los grandes ilustrados aceptados en Francia, sería suficiente como prueba.
La Revolución americana fue necesariamente sangrienta porque se planteó en
forma de guerra civil pero sus excesos traumáticos resultaron mucho menos
exagerados que los de la Revolución francesa porque en el proceso de
independencia de los Estados Unidos no intervino la persecución religiosa que
sería, en cambio, una característica de la Revolución de Francia. Hoy está
sobradamente demostrada la influencia directa de la Revolución americana en la
francesa; recordemos a la figura simbólica del general Lafayette, «héroe de dos
mundos» colaborador militar de Washington y después alineado francamente en el
sector de la nobleza «progresista» que favoreció la ruptura revolucionaria de
la burguesía en Francia, a la vez que trataba con poco éxito de moderarla. La
nueva sociedad política norteamericana, cuyo gran esquema se plasmó en la
Declaración de Independencia y en la Constitución de los Estados Unidos ha
servido, desde entonces, como modelo más o menos confesado a todos los
regímenes democráticos de la edad contemporánea. Los Estados Unidos nacieron
realmente como el primer régimen democrático de la historia moderna y como la
emigración europea a las Trece Colonias y después a los Estados Unidos estaba
integrada por grupos de confesión religiosa muy variable, la tolerancia en
materia de religión se impuso, con serias
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excepciones
prácticas y locales, en la nueva gran nación destinada a la hegemonía
occidental y universal.
El
bicentenario de la Revolución francesa en 1989 fue organizado por el presidente
socialista y masónico François Mitterrand como un formidable espectáculo
folklórico, aguado muy pronto por el hundimiento del Muro de Berlín y la
estruendosa caída del comunismo en Rusia y en Europa oriental. Para el
bicentenario la ciudad de París fue envuelta en el tópico mitológico más
descarado, interrumpido genialmente por Margaret Thatcher con la observación
irónica de que los derechos humanos estaban inventados ya e incluso ampliamente
practicados en el Reino Unido un siglo antes de la famosa Declaración
revolucionaria de los Derechos del Hombre y del Ciudadano que tuvo lugar en
1789, también después de la Revolución americana y además falsa de toda
falsedad; porque el mejor símbolo de los derechos y libertades que venía a
traer la Revolución francesa fue la guillotina para quienes no aceptasen, a
juicio de sus verdugos, la nueva dogmática de la Revolución ilustrada y
sectaria.
El ex
jesuita Agustín Barruel denunció con resonancia mundial los orígenes masónicos
de la Revolución francesa en uno de los libros más explosivos y difundidos de
los últimos siglos, del que ya hemos hablado; las Memorias para servir a la
historia del jacobinismo, publicado en 1797-1798. Barruel se opuso al
juramento exigido por la «Constitución civil del clero», ese gran alarde
secularizador de la Revolución, luego emigró a Inglaterra y regresó después a
París para predicar la sumisión a Bonaparte y recibir del gobierno una canonjía
en Nôtre Dame. Tal fue el impacto del libro que desde medios jacobinos,
«progresistas» y masónicos se ha hecho lo imposible por desacreditarlo como el
mayor fraude de la historiografía moderna; así en España el malogrado Javier
Herrero en su libro Los orígenes del pensamiento reaccionario español[58] con sobra de prejuicios y
notoria falta de análisis documental e histórico. Porque hay en el libro
de Barruel (cuya revaluación profunda me parece importante y urgente) una
hipótesis que creo muy plausible ante numerosos indicios: la hipótesis de que
hay dos masonerías, una aparente y espectacular, otra real, profunda, mucho más
secreta y peligrosa.
Dos
observadores españoles contemporáneos a la Revolución francesa, informadísimos
y equilibrados, coinciden en un diagnóstico que creo imprescindible: fue un
conjunto de sectas, entre ellas la Masonería —entre esas sectas conviene anotar
a los Iluminados, los jansenistas y los philosophes con toda su
capacidad de coordinación— lo que logró y cuajó la preparación revolucionaria
hasta hacer irreversible, junto con los errores y desenfrenos del despotismo
ilustrado, el estallido de la Revolución. Incidentalmente ésa es también la
tesis genérica del ideólogo y estratega comunista italiano Antonio Gramsci como
cité y expliqué en mi libro España, la sociedad violada[59]. Así Jovellanos cuando escribía desde su
prisión en el castillo de Bellver en 1802 su Memoria sobre la
educación pública explicaba los excesos de la Revolución francesa por el
desbordamiento de las sectas; así el gran humanista Lorenzo Hervás y Panduro,
jesuita expulso, que en sus Causas de la
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Revolución
en Francia (libro muy abierto y
tolerante, nada ultramontano, acabado en 1794, impreso en 1803 y no difundido
hasta 1812) aduce como fin principal de la Revolución el aniquilamiento del
cristianismo, la transformación de las monarquías en democracias y como causa,
la acción de las sectas filosófica o atea, calvinista, jansenista y masónica;
atribuye a la Masonería la preparación del ambiente revolucionario mediante la
red de logias; la propaganda y la difusión del credo que informó a la Revolución.
El citado Herrero descalifica a Hervás pero sin analizar sus sugerencias y
argumentaciones, avaladas por un notable conjunto documental. Un importante
documento en el mismo sentido aporta el profesor Juan Velarde: «He leído en su
documento original el famoso decreto de la Gran Logia Nacional de Francia,
firmado por cierto, entre otros, como orador de la cámara de las provincias por
Guillotin. Comienza así: «Desde el establecimiento de la Masonería en
Francia se había deseado
permanente mente poder formar una asamblea general en la que los diputados de
todas las partes del reino, aportando en común los poderes y las luces de todos
sus Orientes, concurriesen a operaciones generales e igualmente útiles para la
Orden. Así, en la Asamblea, la Masonería se inclinó al régimen revolucionario,
a las órdenes del duque de Chartres, es decir Luis Felipe José, duque de
Orleans»[60]. Autores como Chaunu y Chevallier que niegan la
tesis central de Barruel concluyen la responsabilidad (aunque no sea exclusiva)
de la Masonería en la preparación efectiva de la Revolución. Claro que luego
muchos masones, como muchos ilustrados e incluso grandes jacobinos, perecieron
en la máquina de matar inventada por el citado orador masónico de la Gran
Logia. Porque su propia obra se les fue de las manos.
Eliminados
ya los jesuitas, que aun después de su supresión canónica lucharon eficazmente,
como acabamos de ver, contra la Revolución, el cónclave que eligió al Papa Pío
VI entre los años 1774 y 1775, sometido a todas las coacciones imaginables, se
prolongó durante cinco meses y 265 escrutinios. Las cortes borbónicas,
ignorantes de que estaban en vísperas de su agonía, seguían alanceando a la
Compañía extinguida sin advertir que se les echaba encima la Revolución. Jean
de Viguerie, autor de un libro muy admirado por el profesor Pierre Chaunu, ha
trazado la definitiva historia de la persecución revolucionaria contra la
Iglesia. El bajo clero se unió al Tercer Estado en la reunión de los Estados
Generales de 1789; el clero apoyó a los nobles en la renuncia a los privilegios
el 4 de agosto de ese año. El 2 de diciembre fue un obispo, Talleyrand, quien
propuso la nacionalización de los bienes de la Iglesia[61]. La proclamada
tolerancia de la Revolución se transformó en persecución gradual al principio,
y luego total contra la Iglesia de Francia. Fue suprimido el diezmo que
sostenía a las parroquias; quedó fulminada la obra asistencial de la Iglesia.
El decreto de 13 de febrero de 1790 prohibió los votos solemnes y abolió por lo
tanto las órdenes religiosas. El 12 de julio siguiente se votó la constitución
civil del clero que convertía a los sacerdotes en funcionarios del Estado y se
decretó que obispos y párrocos fueran elegidos en asambleas populares.
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Sólo juraron
al principio dos de los cuarenta y cuatro obispos diputados de la Asamblea;
pero dos tercios del clero acataron la transformación, que suponía una
intromisión absurda del Estado en la Iglesia. El Papa condenó la constitución
civjl en abril de 1791 y muchos sacerdotes repudiaron su juramento. Cuarenta
mil sacerdotes emigraron antes de apostatar. Ya con la Convención de 1793 la
Iglesia de Francia, incluso sus sectores dóciles y juramentados, dejaba de
existir en teoría. Los sacerdotes tendrían que casarse; se entronizó en Nuestra
Señora de París a una furcia como diosa Razón. El 8 de noviembre de 1794
Robespierre proclamó en plena Convención el culto al Ser Supremo y, menos mal,
la inmortalidad del alma. 1750 curas se casaron públicamente para evitar la
guillotina. De 83 obispos juramentados o constitucionales 23 apostataron en
público, nueve se casaron, 24 se retiraron y los demás fueron guillotinados. En
las matanzas de septiembre de 1792 fueron asesinados trescientos sacerdotes y
tres obispos en París; en la oleada descristianizadora de 1793-94 se cambió el
calendario por una ridícula ficción naturalista, se sustituyó la semana (que no
es de origen cristiano sino sumerio) por la década, se cerraron, despojaron y
destruyeron innumerables iglesias. Desde el verano de 1794 el Directorio impuso
cierta tolerancia pero continuaron las ridículas sustituciones de la religión:
la teofilantropía, el culto decadario, mientras se imponía al clero sometido un
inconcebible juramento de odio a la monarquía. Desde los tiempos de Calígula
ningún Estado occidental incurría en tales excesos de ridículo. El gran
historiador Pierre Chaunu se indigna en su espléndido libro del bicentenario
contra esta destrucción de la Iglesia católica francesa (a la que no pertenece)
como parte sustancial de la espantosa regresión institucional, humana,
económica y cultural que encenagó gracias a la Revolución la historia de
Francia[62]. Me he apoyado en este libro primordial para
publicar un ensayo sobre la verdad de la Revolución francesa en mi libro Misterios
de la Historia, primera serie, Barcelona, Planeta, 1990. El mismo ilustre
autor analiza el genocidio de la Vendée, ejecutado en gran parte por motivos
religiosos; allí perdieron la vida unas trescientas mil personas, hombres
mujeres y niños del pueblo, que deben sumarse a las víctimas de la guillotina
en el resto de Francia, cifradas entre cuarenta y ochenta mil, con predominio
del pueblo y las clases no privilegiadas.
En 1797 la
expansión revolucionaria de Francia emprendió la guerra contra los Estados
Pontificios, suprimidos al año siguiente y sustituidos por una República romana
satélite de Francia. El Papa, que se había aliado a la primera coalición
europea antirrevolucionaria después que Francia le confiscara la ciudad de
Aviñón, fue llevado cautivo a Valence donde murió en 1799. El ejército
napoleónico, como el revolucionario, extendió por toda Europa el odio a la
Iglesia católica. Napoleón, sin embargo, comprendió que la persecución
perjudicaba más al Estado que a la Iglesia y concertó con el Papa Pío VII el 15
de julio de 1801 un Concordato que mantuvo su vigencia hasta 1905. Y se avino a
coronar a Bonaparte como emperador en Nôtre Dame en 1804.
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Entre 1801 y 1803 quedó también completamente
despojada la Iglesia católica de Alemania. Sin embargo estas catástrofes de la
Iglesia en Europa no resultaron completamente negativas. Desapareció el
galicanismo y la sangre de los mártires marcó un vigoroso despertar religioso
en Francia y en toda Europa, justo cuando la primera Ilustración cedía a los
embates del movimiento romántico. La Iglesia contribuyó a la época y al sistema
de la Restauración una vez eliminado Bonaparte en 1815 e incluso conectó con
algunas corrientes culturales de signo tradicionalista en Francia y en
Alemania, aunque no se incorporó a la segunda Ilustración en el campo del
pensamiento filosófico reorientado por Manuel Kant. Como el liberalismo (sobre
todo el radical) seguía identificándose con la herencia de la Revolución
francesa, la Iglesia católica mantuvo también su hostilidad al liberalismo
continental europeo y siguió durante todo el siglo XIX,
por su aferramiento a los Estados Pontificios (recuperados tras la derrota de
la Revolución) una línea política reaccionaria y en el fondo, equívoca. Por
impulso de la misma Revolución se alumbraron en Europa intensas corrientes de
nacionalismo, que chocarían sobre todo en Italia con la Iglesia. A la que
esperaba, en buena parte por influjo histórico de la Revolución francesa, un
nuevo enfrentamiento a vida y muerte contra una nueva Revolución surgida a
mediados del siglo XIX y orientada no sólo contra la Iglesia sino
contra la religión y contra la misma idea de Dios: la Revolución marxista cuyas
bases teóricas y su imperio occidental acaban de hundirse cuando se escribe
este libro.
LA RECEPCIÓN DEL BICENTENARIO EN ESPAÑA
Guiada al
principio eficazmente por Edmund Burke y Agustín Barruel, la opinión pública
europea de la Restauración abominó de la Revolución francesa. Nunca han faltado
en Francia, hasta hoy, notables historiadores de signo conservador que han
conseguido fundamentar en sus reconstrucciones la crítica radical a la
Revolución. Pero el conjunto de la Revolución atlántica, y singularmente la de
Francia, reaccionaron pronto con una defensa cerrada de los ideales
revolucionarios y una reconstrucción utópica de lo que alguien llamó Gran
Revolución. La izquierda liberal y luego la izquierda hegeliano-marxista, el
positivismo, la Masonería continental y las fuerzas de la secularización
tomaron como referencia a la Revolución Francesa cuya mitología se impuso en
todos los campos de la enseñanza y de la historiografía. En Francia la
conmemoración del bicentenario en 1989 fue contrarrestada por una vigorosa
crítica que encabezó Pierre Chaunu pero el definitivo libro de este gran
historiador, que es un gran hispanista y uno de los primeros historiadores
europeos de hoy, no logró encontrar un editor en España. La mayoría de las
cátedras de Historia en las Universidades españolas colaboraron en la
exaltación utópica de la Revolución francesa, lo que denota la escasa capacidad
crítica y la sobra de rutina izquierdista en algunos de sus titulares.
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Si la Universidad española se debatió en la
rutina acrítica ante el bicentenario de la Revolución francesa, calcúlese lo
que perpetrarían esos centones de esoterismo y de carril en que se han
convertido los suplementos «culturales» de los grandes diarios españoles, «El
País» por descontado, que se cree heredero directo de 1789, pero también ABC,
mucho más entusiasta en los elogios a Voltaire que a Ramiro de Maeztu, por
ejemplo; eso explica el rotundo y continuado fracaso de su llamado suplemento
cultural. Pero el ejemplo supremo de conformismo y acriticismo lo ha ofrecido,
visto a una luz histórica, un jurista e intelectual español que goza de
merecida reputación, el profesor Eduardo García de Enterría.
El 24 de
octubre de 1994 el profesor García de Enterría leyó su discurso (editado luego
con mucho éxito) de ingreso en la Real Academia Española sobre La lengua de
los derechos. La formación del Derecho Público europeo tras la Revolución
Francesa[63]. Hay en ese tratado interesantes capítulos de
Derecho comparado y notables intuiciones, corroboradas por un amplio
análisis de fuentes, sobre la renovación del lenguaje jurídico por obra y a
consecuencia de la Revolución. Pero entre innumerables elogios y
reconocimientos admirativos a la Revolución no hay en las doscientas cuarenta y
tantas páginas del discurso una sola crítica a la Revolución. Un trabajo tan
detenido por obra de un jurista de tanto prestigio me ha reconfirmado el recelo
que desde hace muchos años alimento, a fuerza de hechos, experiencias y
decepciones, contra la teoría y la práctica real del Derecho en nuestro tiempo
y sospecho que en todos los tiempos. El Derecho me parece cada vez más una
abstracción, que prescinde increíblemente de la realidad para perderse en los
vericuetos formalistas de la propia abstracción; el Derecho da por supuestas y
aceptables fallas y aun lacras terribles de la realidad y de la Historia y
construye sobre ellas, sin molestarse en criticarlas, hermosas teorías y
trascendentales decisiones que afectan, en cambio, a nuevas realidades. La
posición absolutamente acrítica (insisto en el adverbio) del profesor Enterría
sobre la auténtica historia trágica de la Revolución francesa me llena, una vez
más de preocupación y alarma. No se puede exaltar así a la Declaración de los
Derechos del Hombre y del ciudadano sin advertir sobre lo que hizo realmente la
Revolución francesa con esos derechos. Y muy especialmente en España, que fue
invadida, depredada, violada y asesinada (más de un millón de españoles, en
concreto) en nombre de esos derechos. Yo creo cada vez menos en un Derecho
teórico, utópico, conformista, que se mece en teorías alejadas de la realidad y
que, eso es lo peor, opera luego demasiadas veces en los foros jurídicos con un
espíritu semejante.
LA SEGUNDA ILUSTRACIÓN: MANUEL KANT
Para el
propósito de este libro debemos inscribir el desarrollo histórico de la Iglesia
en el siglo XIX dentro del ámbito de la historia general de la
Humanidad; y en
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especial la
historia del pensamiento y la cultura profunda, que se expresaba entonces en la
que hemos llamado Segunda Ilustración, iniciada por las ideas de Manuel Kant.
De forma simultánea arrancaba, a principios de siglo, el movimiento
literario-cultural denominado Romanticismo que también afectó al pensamiento
filosófico. Lo que parecía haberse borrado después de los embates de la Primera
Ilustración era la teología, sustituida cada vez más como nueva referencia y
nuevo absoluto por la Ciencia Moderna. Hablemos pues de Manuel Kant, cuya vida
personal se extendió a lo largo de casi todo el siglo XVIII
(1724-1804) pero que desde nuestra perspectiva nos parece mucho más orientado
al futuro, es decir al siglo XIX.
Porque Kant
será en gran impulsor de la Segunda Ilustración en el plano filosófico,
juntamente con Goethe en el plano literario y cultural. La Segunda Ilustración
es un fenómeno paralelo e interpenetrado con el Romanticismo y muy
profundamente vinculado a la Ciencia, mientras la Iglesia Católica,
desmantelada por la Revolución francesa, yacía postrada y al margen de la
cultura y de la nueva Ilustración. El filósofo de Königsberg allí nació, vivió
y murió; en la Prusia oriental que impulsaba a la nueva Alemania y que ahora
yace bajo la soberanía de Rusia, sin que el resto de Alemania parezca mostrar
excesivos anhelos para recuperarla. Kant era de familia modesta, creyente,
protestante pietista. Su obra representa un cruce del racionalismo continental
(sobre todo Leibniz) el empirismo británico (sobre todo Hume) y la pleamar de
la ciencia moderna que representaba Newton. Para resumir el pensamiento de Kant
conviene acudir a su mejor expositor en nuestra lengua, el profesor Manuel
García Morente, en su citada obra (desde la p. 193). Naturalmente que no
pretendo aquí una exposición completa de la doctrina kantiana sino de los
aspectos que más hacen a nuestro propósito, sobre todo el significado del
trascendentalismo, por la importancia decisiva de ese enfoque en una relevante
(y discutible) tendencia teológica católica del siglo XX,
con insospechadas ramificaciones; me refiero a la que protagonizará el famoso
jesuita Karl Rahner, en quien pretenden apoyarse los portavoces de la teología
política y la teología de la liberación.
Morente
resume el conjunto doctrinal de Kant en dos palabras: idealismo trascendental.
Idealismo, porque el conocimiento no se refiere directamente a las cosas sino a
los fenómenos, ya que la cosa-en-sí es inalcanzable; yo conozco fenómenos, que
son la síntesis entre lo que se da (un caos de sensaciones) y lo que pone mi
entendimiento; las categorías ordenadoras del espacio y el tiempo. Es decir que
la filosofía de Kant es ante todo una teoría del conocimiento en la Crítica
de la Razón Pura de 1781; desde la que luego da un salto vital al
reencuentro de las grandes realidades perdidas, —Dios y el mundo— en la Crítica
de la Razón Práctica pero basándose no ya en razones metafísicas y
racionales sino en motivos morales.
El punto de
partida, para Kant, es el conocimiento matemático-físico de la Naturaleza,
establecido por Newton; lo cual es para Kant una base definitiva, inconmovible.
(A fines del mismo siglo en que muere Kant la interpretación
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newtoniana
estallará al hundirse la Ciencia Absoluta, hecho capital que parecen no tener
muy en cuenta los neokantianos y sus afines como Rahner y su escuela). El hecho
de la razón pura, principio y fundamento de la filosofía de Kant, es la
identificación de teoría del conocimiento con teoría físico-matemática de
Newton. Esta identificación, sobre la que acabamos de apuntar una crítica
devastadora que volveremos a considerar es, como decimos, fundamental.
Esta ciencia
físico-matemática se compone de juicios, que son el principio de la reflexión
kantiana. Los juicios no son vivencias sino enunciados objetivos. Pueden ser
analíticos en cuyo sujeto se contiene el predicado, como «el triángulo tiene
tres ángulos» y sintéticos, en cuyo sujeto no se contiene el predicado, como
«el calor dilata los cuerpos». El juicio analítico es una tautología; el juicio
sintético, donde se une el sujeto con el predicado, aporta una novedad y sólo
se puede formular desde la experiencia. Los juicios analíticos son universales
y necesarios; derivan del principio de identidad, son «a priori». Los juicios
sintéticos son particulares y contingentes; dependen de la experiencia
concreta; son «a posteriori» es decir experimentales. Los juicios analíticos no
forman el conocimiento científico; nada nuevo descubrimos con ellos. Tampoco
los juicios sintéticos configuran la ciencia porque carecen de validez
universal. Para configurar la ciencia es necesario un tercer tipo de juicios;
que sean sintéticos (porque requieren la experiencia previa) y que sean a
priori porque poseen validez universal. Estos juicios configuran toda la
ciencia físico-matemática; luego son posibles. El nexo entre sujeto y predicado
no surge de la experiencia sino por evidencia a priori. La Crítica de la
Razón Pura se aborda para demostrar la posibilidad y la vigencia de los juicios
sintéticos a priori en matemáticas, física y metafísica. En las dos
primeras disciplinas el problema está muy claro. Pero en la metafísica no; la
metafísica es incierta y oscura, discutible e incluso Hume la negaba; esta
negativa fue la que, a confesión propia, galvanizó a Kant. Los juicios
sintéticos a priori son posibles en la matemática porque la matemática
se funda en el espacio y en el tiempo que no son realidades exteriores
sino formas de nuestra intuición. Espacio y tiempo son a priori puros.
No son conocimiento de cosas reales sino intuiciones, categorías interpretadas
por la mente. Se puede pensar el espacio sin la cosa pero no la cosa sin el
espacio. Con ello entramos en el ámbito de lo trascendental, la palabra
clave del kantismo. Lo trascendente es lo que existe fuera de mí,
independientemente de mí; lo trascendental es lo trascendente en cuanto objeto
del conocimiento. La sub-posición del espacio, la interposición del espacio es
la condición de cognoscibilidad de la cosa-en-sí, que sin la intuición del
espacio es incognoscible. Por ello Kant es idealista; porque no conoce
cosas-en-sí directamente sino hechos inteligibles mediante la interposición del
espacio y convertidos por tanto en fenómenos. Una demostración semejante nos
mostraría al tiempo como categoría del conocimiento y posibilidad del fenómeno.
Espacio y
tiempo son por lo tanto intuiciones, formas de la sensibilidad. La sensibilidad
es la facultad de tener percepciones. El espacio es la forma de las
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percepciones
externas; el tiempo es la forma de las externas e internas. La posición
privilegiada del tiempo, forma de la percepción tanto externa como interna, es
la clave de la conexión entre aritmética y geometría que logró Descartes con la
geometría analítica y Leibniz con el cálculo infinitesimal. Toda la primera
parte de la Crítica de la Razón Pura que acabo de resumir se llama «estética
trascendental»; estética, de aisthesis, sensación, percepción.
La segunda
parte se centra en la posibilidad de los juicios sintéticos a priori en
la Física y se denomina analítica trascendental. De los juicios divididos según
la cantidad, la cualidad etc., Kant extrae las categorías de propiedad,
causalidad, posibilidad, existencia, necesidad… hasta doce. Las categorías son
la condición de posibilidad de los juicios sintéticos a priori en la
física: «Las condiciones del conocimiento son las condiciones de la
objetividad», nueva tesis idealista, ya que las categorías proceden de la
mente. Kant produce en la teoría del conocimiento lo que él mismo llama con
escasa modestia una «inversión copernicana»; son las cosas quienes se ajustan a
nuestros conceptos y no al revés. El sujeto cognoscente y el objeto conocido
son fenómenos y en ello precisamente consiste el idealismo trascendental.
La última
parte de la Crítica de la Razón Pura se dedica a la dialéctica trascendental y
se concentra en una pregunta: ¿Es posible la metafísica? Es decir, ¿es posible
el conocimiento de las cosas-en-sí, Dios, el alma y el mundo? La respuesta es
no. No es que Kant niegue a Dios, el alma y el mundo sino la posibilidad de
conocerles racionalmente. No hay percepción sensible del alma ni del mundo ni
de Dios. Las tres cosas-en-sí son síntesis de síntesis, ideas construidas por
la razón saltándose los límites del conocimiento. Es lo que hace la razón en la
metafísica, que por lo tanto queda invalidada. No percibimos el alma sino sus
vivencias. El Universo en sí no se puede conocer porque lo impiden las cuatro
antinomias o trampas cosmológicas que interpone Kant con espíritu e ingenio de
sofista. No se puede llegar a Dios en vista de la invalidez de las pruebas
racionales clásicas de su existencia, concretamente el argumento ontológico,
que niega Kant con lo que interrumpe una tradición filosófica que viene de San Anselmo
hasta Leibniz, y que incluye a santo Tomás y Descartes.
Pero Kant es
un creyente; consecuente con su fe, no puede permitir que el mundo, el alma y
Dios sean arrojados al vacío de lo inexistente una vez declarados
incognoscibles por la razón. La recuperación de Dios, el alma y el mundo la
consigue Kant en la Crítica de la Razón Práctica.
Hay una vía,
diferente a la del conocimiento, para llegar a esas tres grandes realidades.
Además del conocimiento el hombre posee una conciencia moral, conjunto de
principios que rigen la vida humana. Los juicios morales son tan evidentes como
los del conocimiento. La conciencia moral y sus principios integran la Razón
Práctica. Hay dos clases de imperativos morales: los hipotéticos (bajo
condición) y los categóricos o absolutos, como «honra a tus padres». La ley
moral universal se formula así: «Obra de manera que el motivo que te ha llevado
a obrar sea
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una ley
universal». Claro que esta moral kantiana es una moral autónoma y por lo tanto
libre, no determinada. En ella Kant recupera las grandes realidades de la
metafísica, extraídas por tanto de la ética. Mediante los postulados de la
Razón Práctica que son, primero, la libertad; segundo, la inmortalidad (la
persona moral no sujeta a formas ni categorías no está en el tiempo) y tercero
la existencia de Dios; porque hay un abismo entre la conciencia moral y la
realidad fenoménica; entre lo que debe ser y lo que es. Debe existir en sí algo
que una al ser y al deber ser; ese algo es Dios. Es decir que para Kant la
razón práctica tiene primacía sobre la razón pura; así es posible la historia
como valoración fenoménica de los hechos humanos en función de la razón
práctica y moral.
Al arrojar a
Dios de la razón pura Kant le relega todavía más lejos que los promotores del
deísmo y le sitúa en las incompensibles tinieblas de la gnosis. Así fomentará,
sin pretenderlo, el agnosticismo y el ateísmo de muchos filósofos que le
seguirán sin poseer su alta valoración moral o, si se quiere, tan profunda
racionalidad moral. La incognoscibilidad de Dios ante la razón pura equivale,
insisto, a una profesión de gnosticismo, a un verdadero rebrote gnóstico. Por
otra parte Kant propina un nuevo golpe al aristotelismo, quizás porque toma
como universalidad unívoca del ser lo que es analogía del ser; quizás porque,
como todos los idealistas, confunde el plano de la ontología con el de la
psicología. Al fundar Kant su teoría del conocimiento en las intuiciones
físico-matemáticas de Newton elevadas a dogma, esa teoría del conocimiento
quedará herida de muerte con la disolución de la Ciencia Absoluta de base
newtoniana a fines del siglo XIX. La Nueva Física que surge entonces no puede
aceptar las simplificaciones del espacio y el tiempo (véase por ejemplo el
concepto einsteniano del espacio-tiempo) que para Kant son categorías o formas
de la realidad trascendental, formas que emanan de la mente humana, que no
«existen» fuera de nosotros. Las clasificaciones de la realidad trascendental
propuestas artificiosamente por Kant parecen, examinadas desde nuestra
perspectiva ya próxima al siglo XXI, algo así como las combinaciones de Aristóteles
con los cuatro elementos y las transiciones de unos a otros… una especie de
juego anacrónico.
Comentaba el
profesor García Morente que el idealismo psicológico aceptado por los
empiristas y el idealismo fenomenológico introducido por Descartes en la
filosofía y llevado a sus últimas consecuencias por Kant provocan realmente un
alejamiento de la realidad y un encerramiento de la razón sin salida. Descartes
elude el encerramiento por el salto directo de la razón a Dios y desde Dios al
mundo; Kant por el admirable recurso moral a la razón práctica. Pero los
idealistas posteriores se situarán ante la Razón como absoluto y más que
alejados, quedaran alienados de la realidad. Hegel apurará hasta las heces el
gnosticismo kantiano. Carlos Marx, dentro de las pautas de Hegel, intentará
otro salto mortal hacia la realidad pero el resultado será todavía más irreal:
el materialismo absoluto. Descartes, los idealistas psicológicos y Kant son,
junto a los idealistas del siglo XIX, la explosión final, con
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apariencias
geniales, del viejo nominalismo que reduce a nombres o a fenómenos las
cosas-en-sí. Las reacción primero positivista y luego existencialista estaba
cantada, así como la resurrección del aristotelismo como realismo crítico, que
se cultiva hoy tanto en el campo de la filosofía como en el de la misma
ciencia. Y es que en el fondo del kantismo latía una contradicción formidable: la
cosa-en-sí-pensada. Si es pensada, decía Kant, es ininteligible. Pero se
trata de algo más grave. Si es pensada, en sentido kantiano, ni siquiera es
manipulada; deja de ser en-sí.
VITALIDAD DE LA IGLESIA CATÓLICA EN EL SIGLO XIX
Introduzco
aquí este epígrafe antes de completar el marco de historia integral en que se
desenvuelve la vida de la Iglesia en el siglo XIX porque no estoy intentando
una historia de la cultura sino un esbozo histórico de la Iglesia; y no deseo
que esa vida de la Iglesia aparezca como sumergida por las complicaciones del
pensamiento, la política y la cultura en esa época. El Papa Juan Pablo II está
demostrando una clara predilección por la santificación pública de católicos
ejemplares que vivieron en el siglo
XIX, muchas veces ignorados e incluso
menospreciados por el brillo más o menos ficticio de la segunda Ilustración. Es
cierto, por desgracia, que la Iglesia del siglo XIX vivió divorciada del
pensamiento y la cultura de ese siglo, un pensamiento y una cultura que, como
acabamos de ver en el caso de Kant, contenía elementos aberrantes. Pero no es
menos cierto que la vitalidad de la Iglesia —manifestada en esos grandes ejemplos
de santidad recuperados hoy— debe merecer nuestra atención preferente en este
capítulo.
Al abordar
en su marco histórico la evolución de la Iglesia católica en el siglo XIX
era preciso, así lo hemos intentado, establecer como parámetros iniciales la
Revolución atlántica, la Revolución francesa y el arranque kantiano de la
Segunda Ilustración. Resumimos desde ahora el período de la Restauración tras
las convulsiones napoleónicas hasta el advenimiento del Papa Pío IX; y
seguiremos a partir de entonces un esquema cuyos períodos correspondan a los
Papas. En esa síntesis del siglo XIX donde ya afloran e incluso estallan algunos
problemas que siguen vigentes o al menos presentes en la Iglesia de nuestro
tiempo (el liberalismo católico, el positivismo, las convulsiones de
Iberoamérica y el marxismo, entre ellos) nos asalta cada vez más la sensación de
que ya nos asomamos a la actualidad; con nombres diferentes de personas y
doctrinas. Caminamos ya en medio de nuestras vísperas, entre el planteamiento
próximo de nuestros problemas.
La impresión
general que se deduce de muchas historias generales e incluso de algunas
conocidas historias de la Iglesia católica en el siglo XIX
es de catástrofe cuando no desesperación; pero tal impresión nos parece parcial
y superficial. Hay en la Iglesia del siglo
XIX factores de crisis, desconcierto e incluso
desastre, sobre todo en el terreno cultural, donde tal hecho resulta más
hiriente porque tales factores no
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fueron en
absoluto necesarios; pero hay también elementos muy positivos de vitalidad,
santidad y hondura, como vamos a ver. Ante todo, eso: vitalidad. Tras los
terribles embates de la Primera Ilustración contra la Iglesia, las monarquías
borbónicas desaparecieron pronto (Francia, Nápoles, Parma) o se degradaron
hasta desaparecer, como en el caso de la dinastía de Braganza en Portugal y
Brasil y los Barbones en España, donde sólo después de dos mortales eclipses ha
reaparecido en nuestros días la dinastía, por voluntad preponderante del
general Franco (pese a los histerismos antihistóricos de una minoría juanista y
aberrante) y sin sombra de despotismo ilustrado como no sea en la conmemoración
acrítica de Carlos III. La Iglesia católica, por el contrario, revivió (como la
propia Compañía de Jesús) y cuando se liberó de los complejos políticos y
anticulturales que la siguieron atenazando durante demasiado tiempo, ha
patrocinado una admirable reconciliación de la fe con la ciencia y la cultura y
ha contribuido decisivamente al hundimiento de un nuevo enemigo mortal que iba
a surgir en el siglo XIX, el marxismo ateo; al tiempo que, ya en el
siglo XX,
se reincorpora a la reconstrucción de Europa de acuerdo con las más profundas
raíces de la Cristiandad. Por todas partes surgió en el siglo XIX
un reflorecimiento de la vida cristiana, de la presencia católica en la
sociedad y (aunque todavía seminalmente) en la cultura y la ciencia; y no se
interrumpió, como venimos diciendo, la comparecencia de los santos, apareció una
pléyade de congregaciones religiosas adaptadas a la realidad y necesidades de
los tiempos y no solamente reaparecieron al frente de la Iglesia los grandes
Papas, a partir de Pío IX, sino que desde él todos los Papas, con sus luces y
sus sombras, se consideran grandes Papas incluso uno que sólo contó con treinta
y tres días para mostrarlo. En medio de las peores crisis y despojos del siglo XIX
nunca brilló tan alto el prestigio del Papado y de la Iglesia institucional que
en nuestros días se ha elevado a la altura de los grandes momentos de la
Iglesia histórica. El crecimiento misional de la Iglesia católica ha sido
inmenso; hoy la mitad de los católicos viven en las Américas evangelizadas
sobre todo por España, donde la Iglesia ha planteado una defensa llena de
esperanza contra el tremendo coletazo del marxismo-leninismo asestado durante
la segunda mitad del siglo XX en aquellas tierras de futuro. Y por supuesto
que sin la luz y las tinieblas de la Iglesia en el siglo XIX
no podremos comprender la realidad de la Iglesia en nuestro siglo XX.
El Papa Pío
VII (1800-1823) que había dirigido con gravísimas dificultades a la Iglesia
durante la tiranía napoleónica y había devuelto a Francia la paz religiosa
después de los espantosos traumas de la Revolución, fue sucedido por dos Papas
breves y desdibujados, León XII (1823-29) y Pío VIII (1829-30) a quienes siguió
el camaldulense Gregario XVI (1831-46) el Papa que coexistió (encantado, por
cierto) con la estela del movimiento estabilizador y reaccionario de la
Restauración europea hasta las vísperas revolucionarias de 1848. Esos dos
adjetivos competen también a Gregario XVI. No comprendió las posibilidades del
liberalismo católico pero sí la
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necesidad de
reestructurar la Iglesia de Hispanoamérica arrancada de España tras las
convulsiones de la independencia así como la oportunidad de extender la
predicación misional del Evangelio en todo el mundo. Gregario XVI en su dura
confrontación con el liberalismo y el pensamiento moderno no fue receptivo ni
clarividente; pero nadie le pudo acusar de indignidad. Virtuoso y austero,
teólogo clásico, trabajador que estudiaba personalmente los asuntos, no superó
los traumas de la experiencia revolucionaria pero acrecentó el prestigio de la
Santa Sede entre los católicos que por lo general se sintieron amparados y
gobernados. Durante su pontificado surgieron o se consolidaron las líneas
principales del pensamiento contemporáneo que, tras incorporar la herencia de
la primera Ilustración, han llegado con varia fortuna hasta nosotros.
Vencidas
varias enfermedades mortales, aunque tuvo que pasar todo un siglo para que se
pudieran considerar controladas las epidemias clásicas, extendida la higiene y
en plena progresión la ciencia médica, la Humanidad iba a dar en el siglo XIX
un inmenso salto de población que en las Américas se incrementó por
inmigraciones multitudinarias. Recuérdese que en 1800 apenas alguna ciudad del
mundo rozaba el millón de habitantes y que la inmensa mayoría de las familias
se dedicaban a la agricultura. En el siglo
XIX la ciencia moderna dejaría de ser espectáculo
de salones y trama para la imitación filosófica; se aplicaría en cambio
sistemáticamente a la técnica (el fenómeno que conocemos como tecnología) con
lo que se provocó una sucesión de auténticas revoluciones industriales y
económicas (el vapor, la maquinaria textil, la electricidad, la siderurgia) más
decisivas para el hombre que las revoluciones políticas. Alguna ciencia
concreta, como la química, pasaba en el siglo XIX de la alquimia a la
asombrosa perfección científica del sistema periódico y la química
orgánica, que en 1828 lograría la primera síntesis de una sustancia (la urea)
hasta entonces sólo producida por los seres vivos, lo que originó algunos
recelos teológicos completamente fuera de lugar. Las ciencias naturales
hicieron posible, ya en la segunda mitad del siglo, la teoría darwiniana de la
evolución, enormemente sugestiva y también teológicamente tempestuosa sobre
todo en el campo protestante, donde algunos portavoces se aferraban a la
literalidad de la Biblia. La física y la matemática saltaron sus propios
límites y hacia el final del siglo iban a experimentar, gracias a la
radiactividad, una transformación que se convertiría en punto de partida del
pensamiento humano para una nueva era, ya en pleno siglo XX.
Pero el avance de la ciencia durante el siglo XIX era ya tan colosal que
muchos observadores adoraron a la ciencia como el Nuevo Absoluto sobre todo
después de la práctica aniquilación de la teología y el fracaso altisonante de
la filosofía en sus anteriores pretensiones absolutas que se hundieron en la
frustración y en el ridículo. Por desidia de la Iglesia y avasallamiento de sus
enemigos la fe aparecía en abierta contradicción con la Ciencia Absoluta,
fenomenal espejismo que se desvaneció en el siglo XX y que por supuesto no afectó
al pueblo católico cuya valoración de su Iglesia durante el siglo
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XIX
fue, como insinuábamos antes, cada vez más positiva. Durante el siglo XIX
Europa mantuvo su hegemonía teórica en el mundo pero fue cediendo posibilidades
de esa hegemonía a potencias extraeuropeas que ya se llamaban a la parte; los
Estados Unidos de América, fortalecidos por una inmigración selectiva y
reorientados positivamente en los años sesenta después de su trágica guerra de
secesión; el Japón, que por entonces salía de la Edad Media y ya era a fines de
siglo una potencia mundial moderna; Rusia, europea y asiática, que consumaba en
el siglo XIX
su formidable expansión imperial en Siberia y ensanchaba sus fronteras
musulmanas del sur.
Es verdad
que las revoluciones industriales dejaron fuera de la Iglesia a buena parte de
la clase obrera trasplantada a los suburbios fabriles; pero también es verdad
que muchas familias obreras seguían formando parte de esa masa de católicos que
eran 130 millones en 1800 y 350 millones en 1900. Esa vitalidad que demostró el
catolicismo al liberarse del ahogamiento revolucionario se concretó en un gran
auge de la escuela y de la prensa católica; y del asociacionismo religioso
tanto en la vida de perfección como entre los seglares: congregaciones
marianas, conferencias de san Vicente de Paul, obras sociales de todas clases,
congresos católicos. Cambiaron radicalmente los medios de subsistencia y
financiación de la Iglesia; de los diezmos del fenecido Antiguo Régimen además
de las fundaciones y rentas de manos muertas al esquema de presupuestos
estatales y aportaciones de los fieles. El 3 de diciembre de 1839 Gregario XVI
condenó formalmente la trata de negros y dio con ello un paso decisivo para su
abolición en todo el mundo. (Ya Pío II la había condenado con poco éxito en
1462; ahora Gregario XVI fue más breve, tajante y eficaz). Es verdad que en
todo el siglo XIX apenas recordamos a algún maestro de la
teología; con la excepción de un Newman en Inglaterra y un Ceferino González en
España, nada ajenos además a la corrientes culturales de su tiempo. Pero
contamos con relevantes maestros de la espiritualidad, nacieron importantísimas
revistas doctrinales y pastorales (en buena parte obra de los jesuitas,
resucitados a principios de siglo). La teología acosada por la ciencia y el
positivismo se refugió en la apologética y en la transmisión de la doctrina
tradicional y se advirtió una revitalización de la Escolástica que a fin de
siglo contribuyó poderosamente al renacimiento cultural del catolicismo.
EL SIGLO XIX POLÍTICO: DATOS Y DESENLACES
No podemos
ni siquiera resumir en este capítulo la complejidad de la historia política en
el siglo XIX
aunque tenemos que esbozar los rasgos más importantes para encuadrar la
historia de la Iglesia que luego detallaremos en cada pontificado. Volvió
Francia a la dinastía borbónica con Luis XVIII (hasta 1824) sucedido por Carlos
X, al que derribó la revolución liberal de 1830 que entronizó a Luis Felipe de
Orleans, hijo
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del príncipe
masón regicida Felipe Igualdad; que fue expulsado a su vez por la revolución
liberal-radical de 1848. Ni el régimen de la Restauración borbónica ni el
liberal de Luis Felipe crearon problemas a la Iglesia que, durante una época
bien calificada como «el despertar» (le réveil) hubo de enfrentarse con
problemas internos y ante todo con la eclosión del liberalismo católico. Los
avances, cada vez más claros, del Reino Unido hacia la democracia, para la que
fue vanguardia en Europa, gracias al impulso de los liberales y a la
clarividencia activa de los conservadores, propiciaron un ambiente de
tolerancia dentro del que se produjo un acercamiento de la Iglesia anglicana y
la de Roma gracias al movimiento de Oxford cuya figura máxima fue un gran converso,
el profesor y luego cardenal Newman. El siglo fue marcado por el largo reinado
de Victoria (1837-1901) que consagró la supremacía industrial, comercial y
financiera dentro de una expansión imperialista (el Segundo Imperio tras la
pérdida de las Trece Colonias) que retuvo para Inglaterra la hegemonía mundial
lograda por la dirección y coordinación de las guerras napoleónicas. El período
de la Restauración en Austria, bajo la égida de Metternich, árbitro del
Congreso de Viena, consolidó al imperio multinacional danubiano bajo los
emperadores Francisco I y Fernando I mientras que el problema cada vez más
acuciante consistía en el surgimiento y auge, cada vez más irresistible, de los
impulsos nacionalistas desencadenados por la Revolución francesa e identificados,
lo mismo que en Italia, con el liberalismo radical. No así en Prusia, donde el
nacionalismo alemán, alumbrado por los grandes pensadores de la primera y sobre
todo la segunda Ilustración, tomará formas mucho más conservadoras y
militaristas, pero igualmente anticatólicas. Rusia mantuvo su autocracia frente
a los embates del liberalismo radical y el nihilismo anarquista; una pléyade de
grandiosos escritores encabezados por Fedor Dostoievski (1821-81) desplegó un
pensamiento cristiano entreverado por la preocupación social que no caló, hasta
acabar el siglo, en algunos sectores minoritarios de las clases dirigentes. El
esfuerzo misional de la Iglesia fue reduciendo su identificación europea en
favor de la universalidad. El avance más considerable del catolicismo en todo
el mundo durante el siglo XIX se registró en los Estados Unidos gracias a las
grandes inmigraciones católicas y a la anexión de grandes territorios de
antiguo dominio español. Los brotes de sectarismo anticatólico fueron al fin
ahogados por el sentido de la libertad y la nueva preponderancia del
catolicismo. El viajero francés Alexis de Tocqueville revelo al mundo culto de
Europa que el ideal democrático cuajaba y progresaba en los Estados Unidos
mejor que en cualquier otra parte. Entre 1790 y 1850 entraron en los Estados
Unidos más de un millón de católicos; hasta 1900 cinco millones más. En 1790
los católicos eran allí el uno por ciento de la población; en 1850 el 8 y en
1900 el 18. La vigorosa Iglesia católica norteamericana se preocupó intensa y
eficazmente de la educación. Los jesuitas eran cinco en 1805 y dos mil en 1914;
su trabajo fue inmenso sobre todo en la enseñanza, sin excluir la
universitaria, y en la orientación cultural de los católicos para quienes
crearon en 1909 el influyente semanario America.
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¿Qué había sido de las de las fuerzas ilustradas
tras su lucha a muerte con la Iglesia católica en el siglo XVIII?
Ya vimos como el regalismo borbónico quedó pulverizado como consecuencia de la
Revolución francesa y sus secuelas. La Masonería, una vez fracasado el
avasallador, pero efímero conato napoleónico (que había conseguido
instrumentarla en Francia y sus dependencias) se identificó con el liberalismo
radical hasta el punto que puede decirse sin temor a equivocaciones que, en el
continente, todos los liberales-radicales eran masones y todos los masones eran
liberales radicales. El profesor Chevallier titula adecuadamente el segundo
tomo de su gran historia de la Masonería en Francia, que cubre casi todo el
siglo XIX,
«La Masonería misionera del liberalismo». Un cronista y testigo tan importante
como Jacques Mitterrand dice, a propósito de la revolución liberal de 1848: «La
République est dans la Maçonnerie»[64]. En 1871, según
el mismo autor, la Masonería de Francia se adhirió a la Comuna y hasta los
comentaristas menos proclives a la leyenda negra masónica coinciden en
reconocer la impronta masónica de la oleada anticlerical francesa durante la
Tercera República sobre todo durante las tormentas del cambio de siglo; la
intervención masónica decisiva en la lucha por la unidad italiana y la
supresión de los Estados Pontificios; y la presencia masónica en la Revolución
Hispanoamericana y en los sucesivos brotes de la revolución liberal-progresista
en España desde la época de Fernando VII hasta el Desastre de 1898. El todo el
siglo la Masonería se esforzó en mantener su raíz y su identificación ilustrada
y su finalidad perenne en favor de la secularización total de la política, la
sociedad y la cultura. Nunca fueron tan duras y tan apremiantes las condenas
pontificias contra las sociedades secretas —la Masonería al frente de ellas—
como en el siglo XIX, incluso en labios de un Papa tan abierto y
tolerante como León XIII. El jesuita Ferrer Benimeli y otros miembros de su
Orden prosiguen sin embargo su tenaz labor promasónica en abierta discrepancia
con aquellas directrices pontificias y con el propio sentido de la Historia. La
Masonería continental llevó su deísmo ilustrado hasta rebasar el agnosticismo;
y todo el conjunto masónico universal ha mantenido hasta hoy su talante
gnóstico que sólo pueden ignorar quienes desconozcan las raíces y la evolución
del gnosticismo.
LIBERALES, MASONES Y JESUITAS DEL XIX
Ya hemos
indicado algunas tendencias para fijar los orígenes del liberalismo. Inventado
el término para la práctica política en las Cortes de Cádiz y establecidos
regímenes liberales en Inglaterra y en los Estados Unidos de forma mucho más
verosímil que en Francia, donde la Gran Revolución había pisoteado tantas veces
los derechos humanos y las libertades por ella proclamadas, el liberalismo se
fue identificando a lo largo del siglo
XIX con los impulsos para lograr la democracia
política cuyo horizonte ideal era, sin duda, el sufragio universal, que hizo
grandes
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progresos en
Inglaterra y existía como práctica habitual en los Estados Unidos, con
exclusión de indios y esclavos, naturalmente. El liberalismo del siglo XIX
mantuvo sus raíces ilustradas y se «modernizó», según expresión de Sabine con
el utilitarismo de Jeremías Bentham (1740-1832) y John Stuart Mill (1806-1873)
tras incorporar, como vimos, las doctrinas del liberalismo económico alumbrado
por los fisiócratas y la escuela británica de la economía clásica. En 1841 una
comisión regia denunció condiciones infrahumanas en el trabajo de las fábricas
inglesas, pese a que la legislación social se había iniciado ya en 1830, de lo
que quedan abundantes huellas en las citas de El capital de Marx, que
son un homenaje involuntario a la preocupación social del liberalismo
británico. En 1867 fue un gobierno conservador quien concedió el derecho de
sufragio a la mayoría de los trabajadores. Por suerte para el Reino Unido el
liberalismo no fue allí portavoz de los intereses de clase, como denuncian
falsamente Marx y Engels, sino que comprendió a todos los estratos de la
sociedad, aunque con diversos ritmos y alcances.
John Stuart
Mill fue sin duda el gran teórico del liberalismo modernizado. Discípulo de su
padre Mili el viejo y de Bentham, incorporó las directrices morales de Kant a
la tradición liberal radical y así revisó profundamente el principio único de
la mayor felicidad para el mayor número formulado por Bentham, con lo que
subrayó algunas convicciones morales como la libertad, la integridad y el
respeto a la persona. En su obra clave, On liberty (1859) estableció que
la libertad de pensamiento, de investigación y de discusión son bienes en sí;
es el gran teórico de la libertad en expresión moderna. Propone la formación de
una opinión pública tolerante; acepta, frente al liberalismo económico
absoluto, la legislación social por motivos humanistas. Acepta también una
legislación en materia económica y rebaja con todo ello sustantivamente el
automatismo implacable del laissez faire en su Representative
Government. Al final se apoya en la sociología positivista de Comte y
propone la búsqueda de una norma para el progreso general de las
sociedades con lo que el liberalismo modernizado del siglo XIX
se vincula nuevamente al ideal de progreso que había alumbrado la primera
Ilustración. Parece claro que las acerbas críticas de la Iglesia católica al
liberalismo, por motivos políticos y sociales, se refieren más al liberalismo
absoluto de Adam Smith o de Bentham, para quienes toda intervención estatal en
el juego social de la economía es nefanda; que al liberalismo kantiano y
humanizado de Stuart Mili. El liberalismo simplificó, desde luego, la posición
reaccionaria de la Iglesia y ésta simplificó también al liberalismo como
deshumanizado en todas sus facetas. Y todavía sigue haciéndolo hoy, aunque con
críticas más atenuadas y comprensivas, cuando se refiere al capitalismo, que es
el sistema económico concreto del liberalismo, llamado también «economía de
mercado».
Si los
masones, con los matices indicados, mantenían durante el siglo XIX
su programa radical de secularización, resulta lógico que la Masonería
continental europea, así como la iberoamericana, mantuviera también la guerra a
muerte contra
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los jesuitas
resucitados a principios del siglo
XIX, que se veían automáticamente expulsados de
Francia, España, Italia y otras naciones en cuanto los gobiernos liberales
radicales tomaban el poder. Restaurados por el Papa Pío VII el 7 de agosto de
1814, en pleno colapso napoleónico (la Santa Sede inició los movimientos de
restauración desde 1801) unos centenares de jesuitas supervivientes, que además
no habían interrumpido su actividad en el Imperio ruso por la real gana de la
autócrata Catalina, empezaron a reconstruir la Compañía en todo el mundo, sobre
las mismas pautas anteriores a la supresión y en 1914 su número se había
elevado a 16 894 miembros. El auténtico restaurador de la Orden fue el general
holandés Roothaan (1829-50) que se alineó con la política antiliberal de la
Santa Sede pero devolvió a la Compañía parte considerable de su actividad y su
influjo. Sin embargo los jesuitas del
XIX eran y no eran los mismos del XVIII.
Lo eran en su categoría espiritual, en su fidelidad inquebrantable y vocacional
al Papado, en su dedicación a la enseñanza, en la supervivencia, durante la
primera época de la restauración, de algunos veteranos heroicos que comunicaron
sus tradiciones y su espíritu a los nuevos retoños. No eran los mismos en
cuanto a su apertura y relevancia cultural, ahogada por el ultramontanismo a
que les obligaba la posición reaccionaria de la Santa Sede durante casi todo el
siglo XIX.
En este campo no se repusieron nunca totalmente de los traumas de la supresión,
si bien conviene alegar en su descargo que las persecuciones continuadas a lo
largo de todo el siglo entre oleadas de calumnias y ataques por la espalda les
impidieron demasiadas veces reorganizar sus proyectos docentes y pastorales.
Los jesuitas habían respondido, como vanguardia de la Iglesia en los terrenos
misionales, a los primeros retos de la Modernidad: el Humanismo, el
Renacimiento, la Reforma, el racionalismo y la primera Ilustración. Habían
respondido con autoridad y eficacia indiscutible, con plena fidelidad a la
Santa Sede. Su respuesta del siglo
XIX a los nuevos retos de la cultura y de la
Modernidad fue muchas veces desordenada e insuficiente. No habían perdido del
todo su originalidad y su sentido de la adaptación a los nuevos tiempos como
puede verse en el eclecticismo filosófico de los profesores del Colegio Romano
Domenico Palmieri y Salvatore Tongiorgi, muy sensibles al progreso de la
ciencia moderna; y en los intentos de Luigi Taparelli d’Azeglio por conciliar
liberalismo y catolicismo. Pero no hay un solo pensador jesuita de primera
clase ni de magnitud comparable a las luminarias de la Orden en los siglos
anteriores; ni un equipo como el que dio cumplida respuesta a los
enciclopedistas del XVIII. Aun así la Compañía de Jesús era de nuevo, al
acabar el siglo XIX, la orden religiosa más importante e influyente
de la Iglesia católica en clara ascensión de fidelidad, de conciencia y de
prestigio. No es poco, aunque no lo sea todo. El golpe de la supresión había
resultado devastador; aun así los grandes errores de la Compañía en el siglo XIX
fueron también los grandes errores de la Iglesia. Nada hacía presagiar, al
empezar el siglo XX, que la Compañía de Jesús iba a sumirse, hacia
la mitad del siglo, en una crisis espantosa y suicida de la
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que por desgracia
no ha salido cuando se escriben estas líneas.
TEOLOGÍA PROTESTANTE Y MOVIMIENTO ROMÁNTICO
Si la
teología católica del siglo XIX, atrincherada en la apologética (es decir, a la
defensiva) no osaba asomarse a las corrientes de la segunda Ilustración, la
teología protestante fue anegada por la cultura del siglo y perdió casi todas
sus posibilidades orientadoras. Por una parte sucumbió a la tentación del
absolutismo histórico hegeliano y aceptó que el cristianismo era la Religión
Absoluta propuesta por Hegel. Por otra, y gracias a Scheleirmacher (1768-1834)
se configuró como teología romántica, cuando en el Discurso sobre la
religión (1799) y en la Dogma tik (1821-
22) este autor basaba en la emotividad y el
sentimiento (enfoques genuinamente románticos) a la religión, que consistía
para él en intuir y sentir más que en razonar; con lo que la teología se
transformaba en una especie de antropología trascendental, para expresarlo en
términos kantianos. Dios se alejaba del hombre dentro de su incongnoscibilidad
racional que se prolongaría en la tradición teológica protestante moderna hasta
el gran rebrote de Karl Barth en el siglo
XX, aunque no se negaba tajantemente la
trascendencia divina sin la cual cualquier religión sería un sarcasmo. Las dos
tendencias de esta nueva interpretación religiosa protestante —absolutista y
romántica— no se contradicen sino que se interpenetran; el idealismo
postkantiano y el impulso nacionalista son aspectos del movimiento romántico en
Alemania. Pero hay una tercera tendencia en la teología protestante del XIX,
mucho más peligrosa; su penetración por el volterianismo y el agnosticismo de
la Primera Ilustración sobre todo en el círculo de los hegelianos de izquierda,
como David Friedrich Strauss (+1874) y Bruno Bauer, obsesionados con la
permanencia del cristianismo y en concreto con la vida de Jesús y la
historicidad de los Evangelios. Vamos a ver muy pronto que la crítica
destructiva de la religión será fundamental en la génesis del marxismo dentro
de la izquierda hegeliana; en autores como los citados (muy amigos de Marx) la
consideración teológica se sustituye por la profesión de ateísmo militante, lo
que anuncia ya aberraciones posteriores en el mismo sentido, que afectarían no
solamente al campo protestante en el siglo
XIX sino, aunque parezca increíble, al campo del
mal llamado progresismo católico en el siglo
XX. Por último el historicismo racionalista, que
floreció con pujanza en el siglo XIX con pretensiones monopolizadoras sobre el
conjunto de la historia científica, se aplicó desde el protestantismo a la
crítica bíblica y a la propia esencia de la religión y conduciría a sus
seguidores, en el último tramo del siglo, a nuevas aporias religiosas. Al menos
la Iglesia católica, en posiciones casi puramente defensivas, consiguió
conservar durante el siglo XIX el depósito de la fe y la tradición, capaz
siempre de reflorecer cuando mejorara el ambiente cultural hostil y se fuera
desvaneciendo el miedo propio. No cabe sin embargo negar valores positivos del
pensamiento religioso en la
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teología
protestante del siglo XIX. La piedad subjetiva de Schleiermacher, en
medio de su vacío dogmático, favoreció por vía de razón práctica la pervivencia
del sentimiento religioso; y la investigación crítica de las Escrituras, si
bien produjo la demolición religiosa de Strauss y confluyó en la
desmitificación total de lo religioso a manos del teólogo del siglo XX Rudolf
Bultmann (1884-1976) abrió camino, en ese mismo autor, a una interpretación
existencialista del Nuevo Testamento y gracias a las investigaciones
racionalistas de Adolf von Harnack (1855-1930) depuró los métodos exegéticas
sin evitar, es cierto, equívocas interferencias dogmáticas pero con aporte de
poderosos estímulos para el análisis de los libros sagrados en el campo
protestante y en el católico. Fracasaron en cambio los bien intencionados
intentos de conseguir una reunificación de las Iglesias evangélicas con motivo
del jubileo de la Reforma en 1877 pero aun ese fracaso sentó las bases para el
impulso ecuménico posterior dentro del protestantismo.
Entre la
primera y la segunda Ilustración, con epicentro en las convulsiones
revolucionarias y napoleónicas, se entremezclaban los movimientos culturales y
políticos de forma muy confusa pero con importantes repercusiones en el
pensamiento religioso. Primeramente el clasicismo alemán, brote excelso de la
primera Ilustración, pudo transfigurarse sin traumas interiores en romanticismo
gracias a la genialidad e influjo de figuras como Goethe y pasar, entre
desorientaciones y contradicciones, de la idolatría revolucionaria al impulso
nacionalista. Basta con un repaso a los grandes nombres: Klopstock, Lessing,
(+1781) que propuso una religión de la razón; Herder (+1803) que ya es un
precursor del nacionalismo germánico; y sobre todo Goethe (1784-1832) y Schiller
(1759-1805). Estos grandes nombres de la que hemos llamado transfiguración
literaria y estética tienen una no menos genial correspondencia con los grandes
nombres de la música llamada clásica por antonomasia pero que marca también una
transición al romanticismo: Haydn (+1809) Mozart (+1791) Beethoven (+1827) que
movieron al teólogo del siglo XX Karl Barth a hablar de «música de los ángeles»
seguidos por Schubert (+1828) Schumann (+1856), el protestante influido por el
catolicismo (que profesaron Mozart y Beethoven) y el católico Anton Bruckner
(1824-1896). La idea, la expresión y la emoción religiosa están presentes en
todos estos genios de la literatura y la música germánica en la gran transición
decimonónica; que se corresponde en el campo del pensamiento con la floración y
la recepción ilustrada de Kant y la eclosión idealista-romántica de los
postkantianos Ficihte, Schelling y Hegel. Junto a estos tres movimientos
simultáneos e interconectados de la cultura en transición —el literario, el
musical y el filosófico— se creó la historia científica moderna gracias a las
realizaciones de Theodor Mommsen (1817-1903) precedido por Edward Gibbon, el
historiador del Imperio romano que llena con su vida el siglo anterior; y
Leopold von Ranke (1795-1876). En los cuatro movimientos de la cultura, que
vamos también a esbozar en otras naciones, se notó intensamente la presencia
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católica y
además la aproximación a la tradición y a la idea católica por la propia
esencia nostálgica del romanticismo; que revalorizó por ejemplo el arte gótico
de las grandes catedrales europeas, menospreciadas por el neoclasicismo helado
y radical; y alumbró el retorno (al menos sentimental) a la religión y el
respeto por el misterio. Es una lamentable paradoja que precisamente durante
esa época la Iglesia católica se encerrase en un reducto defensivo y
acomplejado frente a una cultura convulsa que se aproximaba profundamente a
ella. Sin embargo, como apunta el historiador de la Iglesia y de la cultura, J.
Lortz, los círculos de Maguncia, Dillingen y Münster (con la gran figura del
obispo de Ratisbona, Sailer) supieron conectar bien con esos impulsos de la era
romántica y volverse al estudio de la Escritura y de la patrística fuera de los
estrechos bastiones de la apologética. Desgraciadamente la pervivencia
anacrónica del Estado pontificio lastró para la Iglesia católica muchas
posibilidades de sintonía con los nuevos tiempos; y otras nostalgias más
peligrosas, las del paganismo germánico ancestral y las de un nuevo rebrote del
gnosticismo se infiltraron en el movimiento nacionalista para enfrentarse en
Alemania con la tradición romano-cristiana y embarcarse en el irracionalismo
que desembocaría fatalmente en la explosiva aberración primero marxista y luego
hitleriana. La izquierda y la derecha de Hegel llevadas al despeñadero[65].
ROMANTICISMO Y CRISTIANISMO EN FRANCIA E
INGLATERRA: DE CHATEAUBRIAND A SHELLEY
El
movimiento romántico surgió en Europa como una reacción contra las pautas
congeladas del clasicismo y contra la dictadura racionalista de la primera
Ilustración; por motivos históricos el romanticismo, rompedor de moldes, se
convirtió en el movimiento cultural de la Restauración y alentó, naturalmente,
al tradicionalismo religioso y literario. Este aspecto del movimiento romántico
se impuso en Francia después de los traumas revolucionarios; enmarcó la
doctrina del despertar y se aproximó, en virtud de esa misma reacción,
al ultramontanismo. Sus grandes temas fueron la Legitimidad frente a la
Revolución y la usurpación napoleónica; la defensa del Papado y de la tradición
en que se funda la Iglesia; la descalificación de la Razón tiránica, que había
conducido a tantas contradicciones y aberraciones contra la libertad y la
fraternidad. El primero de sus grandes nombres es el de Chateaubriand, converso
en 1802, que con su Genio del Cristianismo ofreció una difundida e
influyente alternativa cultural a los excesos del racionalismo ilustrado. El
saboyano Joseph de Maistre (1754-1821) causó un enorme impacto con su obra de
1819 Du Pape; defendió al absolutismo y la teocracia frente a los
despeñamientos de la Revolución. El conde Luis de Bonald (1854-1840) se
enfrentó en bloque contra el legado del siglo XVIII pero el autor más famoso de
esta tendencia, junto con el ya citado abate Barruel, fue Felicité Robert de
Lamennais (1782-1854) converso en
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1804,
devorador de toda la literatura y el pensamiento contemporáneo, sacerdote
ultralegitimista en 1815, que conmovió a toda la opinión pública de Occidente
con su obra de 1817 Ensayo sobre la indiferencia en materia religiosa,
un alegato formidable contra el deísmo ilustrado cuyo éxito abrumador marcó la
consagración del romanticismo religioso en Francia y por supuesto el abrupto
final de los residuos del galicanismo. (Couvert, como hemos visto, señala
resabios gnósticos en el tradicionalismo francés; pero hemos de referirlos a
una gnosis parcial y por encima de todo cristiana). Convertido en dictador
espiritual de la Restauración, Lamennais inventó el concepto de acción
católica y desde 1822 aludió a la idea del catolicismo social. Agrupó a un
notable equipo de pensamiento y opinión católica desde entonces pero, muy
atento a las experiencias del liberalismo templado en el mundo anglosajón y a
los valores del liberalismo una vez depurado de las aberraciones
revolucionarias, inició una evolución interior que resultó una de las más
espectaculares en la historia de la Iglesia y alcanzaría consecuencias
resonantes algunos años después. El tradicionalismo católico de Francia tuvo
seguidores muy influyentes en España; entre los que destacan el sacerdote Jaime
Balmes y el célebre político Juan Donoso Cortés, comprensivos también con los
aspectos positivos del liberalismo (del que procedía Donoso) y muy
prestigiados, por la firmeza de sus convicciones, en toda Europa, como tal vez
no ha sucedido con ningún otro intelectual español contemporáneo hasta José
Ortega y Gasset y Miguel de Unamuno.
Entre los
escritores británicos de la primera mitad del siglo XIX,
cuya influencia coexiste con la de los forjadores —ya citados— del liberalismo
económico y político, conviene registrar dos grandes nombres, por completo
divergentes: Edmund Burke y Percy Shelley. Burke, educado en el preliberalismo
del partido whig, se transformó en el gran pensador del nuevo conservadurismo
por su inmediata y profunda reacción ante los excesos de la Revolución
francesa, proclamó su admiración por las tesis del abate Barruel y se inscribe
en la línea Kant-Hegel para la restauración de los valores absolutos aunque no
en el campo del pensamiento teórico sino de la doctrina política. Había
comprendido las razones de la Revolución americana y se había opuesto a los
intentos de la Corona para apretar su control del Parlamento. Aceptó la teoría
de Locke sobre los equilibrios de la monarquía constitucional y definió a la
tradición política como un sistema de convenciones consagrado por la costumbre.
Propugnó la independencia del parlamentario frente al mandato imperativo de sus
electores. El estadista cabal no es un pragmático solamente; ha de poseer un
sistema de ideas y ponerlas en práctica. No creyó Burke (las pruebas estaban a
la vista) en el postulado revolucionario de la igualdad y manifestó una actitud
poco reverente hacia el Estado, al que la Revolución había subvertido y
destruido en el Continente. Desde una posición de protestantismo tolerante
manifestó un hondo sentido religioso que reconoce un orden moral de origen divino
y no se suma a la corriente, ya rutinaria, en su tiempo, de la secularización
radical. Toda la Historia obedece misteriosamente a un plan divino. Las ideas
de Burke, muy revalorizadas hoy ante el bicentenario de la
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Revolución
francesa, fueron capitales para la construcción de un conservadurisnio liberal,
progresista y sin complejos ante el reconocimiento de la religión y el rechazo
a la secularización. Se me ocurre que los líderes del nuevo centro-derecha
español para los años noventa, ofuscados en su mariposeo entre los fantasmones
del izquierdismo liberal, de Azaña para abajo, tendrían que empezar sus
reflexiones por las ideas de Burke junto a las de su contemporáneo Jovellanos.
Pero dudo que sepan quiénes son.
En el
extremo opuesto se sitúa un gran poeta, Percy Bysshe Shelley (1792-1822) que no
sólo es el más grande del romanticismo inglés sino que además se adscribe a la
línea roussoniana de intelectuales con pretensiones de orientar a la humanidad
con sus convicciones y de reconstruir la sociedad perdida en las convulsiones
que siguieron a la primera Ilustración. Paul Johnson ha estudiado
magistralmente este talante de Shelley. En su Defence of poetry de 1821
Shelley pretende además suplir el presunto fracaso de la religión como guía del
hombre. Con su cultivada imagen de ángel adolescente y descuidado escribió su
largo poema The revolt of Islam contra la opresión, por la libertad,
como una forma de poesía política. De estirpe noble y rica fue miembro de la
secta masónica de los iluminados y experimentó también una fascinación
—contradictoria— por las conclusiones del abate Barruel. Ateo práctico y
teórico, escandalizó a todo el mundo durante su paso por Eton y Oxford, de
donde fue expulsado por su obra de 1811, The necessity of Atheism. Atacó
a su padre, acusó de adúltera a su madre, trató de unirse incestuosamente a sus
hermanas menores y como digno amigo de Byron se distinguió como ejemplo de
promiscuidad en toda clase de relaciones sexuales. Destrozó a su esposa por su
vida bohemia, extravagante y delictiva. Como Rousseau, se desinteresó de su
hijo Charles; al suicidarse su primera esposa se defendió acusándola falsamente
de prostituta. Tuvo siete hijos de tres madres; casi no extraña que su segunda
esposa, Mary, concibiera al monstruoso Frankesteín durante una estancia de la
pareja junto a Byron en el lago de Ginebra. Jamás se preocupó por sus hijos e
incluso dejó morir a algunos por sus desatenciones. Pero semejante bestia
humana jamás renunció a sus pretensiones orientadoras de la humanidad, cultivó
principios socialistas e incluso comunistas por un impulso, según explicaba, de
solidaridad que jamás aplicó a su familia y entre estafa y estafa (de las que
fue promotor y víctima) se empeñó en una elevada tarea, la destrucción del
catolicismo en Irlanda. Murió muy coherentemente arrojándose a una tempestad a
bordo de un velero frágil en la costa de Italia. Su ejecutoria evoca
indefectiblemente la imagen de un gnóstico integral apto para la época
romántica. Los casos de Burke y Shelley muestran una diferencia esencial entre
las tendencias y personalidades de la cultura en el siglo XIX;
pero la Iglesia católica se acomplejó ante los ataques y no supo aprovechar las
aproximaciones.
LAMENNAIS Y LA CONDENA DEL LIBERALISMO CATÓLICO
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Este desfase de la Iglesia con la nueva realidad
(que no era necesariamente negativa ni enemiga) se observa muy claramente en la
evolución y la desgracia de Lamennais. La Revolución burguesa de 1830,
fomentada por sectores de la alta finanza, destronó a los Barbones de Francia y
entronizó a un rey liberal-radical y masón, Luis Felipe de Orleans, que sin
embargo no se enfrentó a la Iglesia; propuso nada menos que a setenta y siete
obispos, casi todos de la clase media, que dieron un excelente resultado pastoral,
con lo que se atrajo a numerosos católicos y sacerdotes, sobre todo jóvenes,
que desde entonces empezaron a conciliar liberalismo y catolicismo dentro de
una nueva mística de la libertad ajena a los excesos de la gran Revolución de
1789, aunque la consideraban desde una óptica de leyenda dorada sin proponer
por ello la crítica histórica que merecían tales excesos. Por otra parte los
católicos de Bélgica, la nación de gran mayoría católica que había logrado su
independencia precisamente en la revolución de 1830, reclamaban la libertad
plena de la Iglesia para organizar la enseñanza en los seminarios; luego la
plena libertad de enseñanza y la libertad de prensa para defender las ideas
católicas ante la opinión pública. Entraron en conjunción los jóvenes católicos
con los jóvenes liberales y surgió en la práctica el liberalismo católico
precisamente para defender a la Iglesia en terrenos vitales como la enseñanza y
la opinión. La experiencia de Bélgica, además de las buenas relaciones entre el
liberalismo y la religión en los Estados Unidos y Gran Bretaña y las
vinculaciones cristianas con que evolucionaba el liberalismo humanista inglés y
nacía, en Francia el socialismo utópico impresionaron a Lamennais y a su equipo
que rompieron con el legitimismo borbónico e iniciaron una rápida evolución
desde el ultramontanismo al liberalismo católico, visible ya en el libro que
publicó Lamennais en 1829, Des progres de la Révolution et de la guerra
contre l’Eglise. La Revolución de 1830 fue interpretada por Lamennais como
una confirmación de sus nuevas posiciones y en ese mismo año fundó, con
su equipo, en el que destacaban el dominico Lacordaire y el publicista
Montalembert, el periódico L’Avenir cuyo lema era Dios y la libertad.
Allí mitificaba Lamennais a las libertades de 1789 y recomendaba que la
Iglesia se distanciara del Antiguo Régimen disfrazado entonces de Restauración.
El brote del liberalismo católico ejerció un gran poder de atracción para la
juventud europea ante la que Lamennais desplegó nuevos ideales como la unión de
Europa, el desarme y el fomento del derecho a la autodeterminación de los
pueblos, con expresa mención de Bélgica, Polonia e Irlanda. Poco a poco se fue
inclinando al sufragio universal, al régimen republicano, a la democratización
de la política e incluso a la separación de la Iglesia y el Estado. Pero
defendió la vigencia del poder temporal del Papa en los Estados Pontificios.
Otro publicista católico señero, Federico Ozanam, profesor de la Sorbona desde
1841, fundaba en 1833 L’Univers, portavoz igualmente de la modernización
del catolicismo, donde brilló el gran polemista Louis Veuillot. Ozanam
desplegaba un elevado sentido de la solidaridad social que le llevó a la
fundación de las Conferencias de San Vicente de Paúl, una obra que se extendió
muy pronto por todo el mundo católico y que perdura
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actualmente con
gran pujanza y silenciosa eficacia cristiana.
Sin embargo
el aferramiento de la Santa Sede al Antiguo Régimen por el terrible lastre de
los Estados Pontificios y la estrecha vinculación con el absolutismo del
Imperio austro-húngaro esterilizó este importante y positivo brote del
liberalismo católico pese a que las tesis de Lamennais, todo un precursor,
serían aceptadas plenamente por la Iglesia en épocas posteriores, cuando el
Vaticano se liberase de su obsesión reaccionaria que le atenazaba a lo largo de
todo el siglo XIX. Y es que el 4 de febrero de 1831, dos días
después de la elección del Papa Gregorio XVI, se produjo la insurrección
liberal-radical de Parma, Módena, Bolonia y cuatro quintas partes del
territorio pontificio, con la decisiva colaboración de la secta secreta
carbonaria. La insurrección fue aplastada por las tropas austriacas, firmes
valedoras del poder temporal pontificio y como consecuencia surgió el
movimiento liberal-radical y masónico de la Joven Italia credo por Mazzini bajo
la bandera del principio de autodeterminación; una tesis inventada expresamente
para el caso de Italia y que terminó por enunciarse así: Toda nación (definida
por una lengua y una cultura) tiene derecho a constituirse en Estado
independiente. Así surgió no sólo un irresistible movimiento en favor de la
unidad de Italia sino la lucha contra el poder temporal del Papado que se
conoció, durante todo el siglo XIX, como cuestión romana. El Papa, aliado
de Austria contra sus propios súbditos rebeldes, se convirtió en prototipo del
reaccionarismo; alentó a los carlistas españoles contra el régimen liberal
patrocinado por la Reina Gobernadora María Cristina, viuda de Fernando VII
desde la muerte del ultrarreaccionario monarca en 1833.
Esta
desdichada implicación política italiana llevó fatalmente a Gregorio XVI al
choque frontal contra el liberalismo católico. Roma, y sus católicos más
adictos en Europa, encabezados por los jesuítas, simplificaron la idea del
liberalismo; no había para ellos más liberalismo que el anticatólico, masónico
y enemigo de la Santa Sede. Lamennais, en función de crítico universal de la
sociedad, aceptaba la nueva monarquía liberal-censitaria del rey Luis Felipe,
pero se enfrentaba con él al defender para la Iglesia la libertad plena de
enseñanza; atacaba los residuos de galicanismo y las fidelidades legitimistas
en el episcopado hasta la renovación patrocinada por el que se quiso llamar
«rey de los franceses»; y provocó una profunda división en el clero de Francia.
En noviembre de 1831 L’ Avenir suspendió temporalmente su publicación
por el descenso de suscripciones y Lamennais, con Lacordaire y Montalembert,
viajaron a Roma como «peregrinos de Dios y de la libertad». Allí se enfrentaron
con los jesuitas, paladines del ultramontanismo y advirtieron la hostilidad que
manifestaban contra ellos casi todas las Cortes de Europa, sobre todo la Rusia
autocrática y el Austria de Metternich. La acogida de la Santa Sede fue helada
y tuvieron que regresar sin respuesta. Pero esa respuesta se les vino encima
como un alud el 15 de agosto de 1832 con la encíclica Mirari vos que
equivalía a una descalificación total del liberalismo incluso en su versión
católica. «Esa falsa y absurda máxima —decía el Papa— o más bien delirio, de que
la libertad de
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conciencia
debe ser reconocida y garantizada a cada uno…». La libertad de prensa se
calificaba como «esa exacerbada libertad que nunca se podrá detestar
suficientemente». Fustigaba el Papa a la «Revolución que ataca a los
soberanos». La encíclica identificaba así a la Iglesia con el Antiguo Régimen
redivivo y condenaba frontalmente la doctrina de la soberanía popular.
Lamennais, moralmente hundido, aceptó la encíclica y renunció a la publicación
de su periódico. Eppur si muove; lo que no pudo es renunciar a sus
ideas.
Lanzado por
su pendiente reaccionaria, Gregario XVI dirigió en junio de 1832 a los obispos
de Polonia un Breve en el que condenaba el levantamiento nacional por
revolucionario y justificaba la brutal represión del zar de Rusia. El 11 de
diciembre de 1833 Lamennais volvió a someterse ante las nuevas y humillantes
exigencias de Roma pero (muy comprensiblemente) dejó paso a la expresión de sus
dudas sobre la Iglesia católica que se permitía tales incomprensiones. Y con
toda razón interpretó que el Papa mezclaba religión y política y que obraba así
para obtener apoyos políticos contra la insurrección latente del Estado
pontificio. En abril de 1834 publicó Lamennais Paroles d’un croyant,
serie de poemas en prosa que elogiaban cuanto condenaba la Mirari vos.
Reaccionó la Santa Sede con la nueva encíclica de 21 de junio de 1834, Singulari
nos en que se condenaban de forma total y expresa las posiciones de
Lamennais sobre todo por intentar apoyarse en la Biblia. Entre 1835 y 1836
(insisto; comprensiblemente) Lamennais dejó de creer en la Iglesia. Publicó en
noviembre de 1836 Affaires de Rome donde abandonó «el cristianismo del
pontificado» por el «cristianismo del género humano». Cayó en el deísmo; su fe
en Dios había sido demasiado profunda para arrancársela del todo ante las
arbitrariedades reaccionarias de su vicario. Vivió aislado en París porque la
izquierda le consideraba demasiado religioso y la derecha simplemente un
renegado y un proscrito. Intentó una actividad política en el año clave de
1848, la nueva oleada revolucionaria que él había anticipado proféticamente y
murió trágicamente, abandonado de todos, en 1854. Sus adeptos se sometieron a
la Iglesia que mucho tiempo después aceptó la doctrina del liberalismo
católico, primero con tolerancia, luego con entusiasmo que resulta, desde
nuestra perspectiva, un tanto cínico. Por eso la Iglesia debe aún a Lamennais
un homenaje de reparación con tantas o mayores razones como las que han
inspirado al Papa actual —un polaco de la Resistencia contra una nueva
autocracia rusa— el homenaje a otro precursor incomprendido, Galileo. No era la
primera vez, ni sería la última, que un espléndido pensador y anticipador
católico cayese apuñalado por la espalda desde la ortodoxia anacrónica y
prepotente.
EL IDEALISMO ROMÁNTICO ALEMÁN: LA APOTEOSIS DE
HEGEL
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Venimos hablando en la historia del siglo XIX
de varias «revoluciones» de signo liberal-radical y burgués; que suelen
conocerse por sus fechas, la de 1830, la de 1848. Se trata de ecos, o como se
dice en física elemental, de «armónicos» o resonancias más o menos unívocas de
la Revolución francesa de 1789, o «Gran Revolución» cuya etiqueta de «liberal»
me parece, como he tratado de mostrar varias veces, una simplificación
inaceptable e inducida por la propaganda y la deformación histórica. Después de
1848 brotarán, con carácter anacrónico, otras revoluciones liberales-radicales,
pero ya con carácter local, no universal; las de México en los siglos XIX
y XX,
las de España en 1868 y 1931, las innumerables en otras naciones de Iberoamérica,
donde la «revolución» parece ser la regla y no la excepción. Pero después de
1848 la primera Gran Revolución de alcance mundial que registra la Historia,
aunque inicialmente estalló «en un sólo país» según frase de sus propios
doctrinarios fue la revolución soviética, es decir marxista-leninista de 1917,
anticipada en la propia Rusia en 1905 y, como antecedente más remoto, en la
Comuna de París de 1871. Se trata ya de un nuevo tipo de revolución que trata
de vincularse en ciertos aspectos a la Revolución francesa pero que ya no es
una revolución liberal sino teóricamente proletaria, antiburguesa; una
revolución marxista, es decir pautada según los análisis de Carlos Marx que
había estudiado a fondo la Revolución francesa y las revoluciones liberales del
siglo XIX
y que había aplicado a su teoría revolucionaria un método dialéctico inspirado
en el propuesto por Hegel. Por lo tanto, como el objeto de este libro se centra
en estudiar la confrontación entre la Iglesia y la Revolución, tanto liberal
como, sobre todo, marxista, se hace preciso analizar la aportación de Hegel a
la evolución del pensamiento moderno, porque, según convienen todos los
comentaristas, Hegel es uno de los grandes artífices de la Modernidad tal como
se comprende en nuestro tiempo.
Mientras la
Iglesia católica, por la implicación política de la Santa Sede gregoriana, se
enzarzaba en la defensa política de los Estados Pontificios y se empantanaba en
la cuestión romana, el romanticismo postkantiano de cuya vertiente literaria y
artística ya hemos insinuado algunos trazos, aparecía en el campo universal del
pensamiento gracias a la tríada de los grandes maestros del idealismo
trascendental, Ficthe, Schelling y Hegel, que combinan el nuevo culto
filosófico (ellos lo creían total) a un nuevo Absoluto con una intensa llamada
al nacionalismo germánico o mejor pangermánico. Los tres grandes maestros se
dejaron llevar primeramente por la fascinación de la Revolución francesa y la
figura de Napoleón; al fin y al cabo se sentían herederos de la primera
Ilustración cuando estaban forjando la trama de la segunda. Kant no desmintió
nunca su fe en la Gran Revolución y en su prolongación napoleónica; tuvo la
suerte de morirse antes de contemplar la hecatombe. Johann Gottlieb Fichte
(1762-1814) discípulo de Kant, entró en los círculos románticos de Berlín y
lanzo en 1807/1808 el evangelio del nacionalismo germánico en sus Discursos
a la nación alemana después de la victoria napoleónica de 1806 que había
humillado a Prusia en la batalla de Jena.
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En su sistema de pensamiento Fichte parte de
Kant; el Yo es el fundamento de su sistema; el Yo lo es todo. Pero ni por su
exaltación del Yo ni por su intento de profundización en la moralidad kantiana
de razón práctica ha pasado Fichte a la gran Historia sino por su desencanto
revolucionario. Había cantado a la Revolución en 1789 como «la tercera etapa,
tras Jesucristo y Lutero, en el camino de la emancipación de la Humanidad»; y
ahora, cuando Napoleón triunfaba y su tiranía se cebaba en toda Europa y especialmente
en el pueblo alemán sometido, Fichte trataba de despertar a ese pueblo
designándole como Urvolk, el Pueblo Originario, una alarmante teoría que
iba a alcanzar en el siglo XX, alimentada por el orgullo germánico, graves
desviaciones y peligros para los pueblos menos originarios. El descarado viraje
de Fichte puede servir como aleccionador ejemplo para las pretensiones
orientadoras de los grandes intelectuales modernos.
Friedrich
Wilhelm Schelling, segundo maestro de la triada idealista, cultivó la estética,
la religión y la historia y participó también en la vida de los círculos
románticos berlineses. Inicialmente se inspiró en la ciencia moderna para
inclinarse al culto de lo Absoluto propio de la escuela idealista. En la
sucesión de sus cuatro sistemas de pensamiento global puso en relación a la
Naturaleza y el Espíritu, que al identificarse desembocan en una concepción
panteísta. Renunció a esa identidad en su tercer sistema, para establecer que
la realidad consiste en una evolución de la naturaleza inorgánica a orgánica y
de ésta al espíritu cuya forma suprema es la libertad humana. En el cuarto
sistema Schelling se aproximó a la religión positiva y propuso una metafísica
teísta que le acercó al cristianismo genérico. Y es que de Kant a Hegel la gran
escuela idealista alemana no es formalmente anticristiana; concede un alto
valor a lo religioso, aunque busca al nuevo Absoluto fuera de la realidad, como
creación de la mente humana.
Hemos
llegado, pues, a Hegel. Ante su colosal despliegue filosófico ya no nos
sentimos en las vísperas de nuestro tiempo sino ante uno de los grandes
configura dores de nuestro tiempo. Jürgen Habermas, el epígono actual de la
escuela neomarxista de Frankfurt, sostiene que «Hegel abrió el discurso de la
Modernidad» y que con su método, que califica como «dialéctica de la
Ilustración» Hegel es nada menos que el último filósofo y el primer
revolucionario[66]. Aunque poco después de afirmar que Hegel ve en
Kant el punto focal de esa Modernidad.
Georg
Wilhelm Friedrich Hegel (Stuttgart 1770, Berlín 1831) nacido en una familia
burguesa protestante, se extasió, como era de rigor entre los alemanes de
espíritu abierto y tradición ilustrada, con la Revolución francesa y adoró a
Napoleón Bonaparte cuya victoria en Jena contra su propia patria alemana le
pareció algo tan asombroso, admirable y definitivo que consideró a esa jornada
como «el final de la Historia», frasecita absurda que ha provocado en nuestros
días un fenomenal alboroto cuando un lector indirecto de Hegel, Francis
Fukuyama, la ha pretendido aplicar al hundimiento del régimen comunista de la
URSS en 1989, con criterio tan infundado y apresurado como el de Hegel, quien
rectificó muy pronto; porque en 1818, tras el
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desastre de
Napoleón, en plena época de la Restauración, cuando fue llamado por el Estado
prusiano, —el vencido de Jena— a una cátedra de Berlín, exaltó a Prusia como
«el pueblo unido con su príncipe para acabar con una tiranía extranjera y
bárbara». Son famosos en la pequeña historia los virajes abruptos de la
posición hegeliana al compás de las nuevas situaciones políticas; es una
especie de Talleyrand de la filosofía. Recuérdese que otra de sus frases en la
resaca de Jena fue exclamar ante el tirano extranjero y bárbaro: «He visto al
Emperador, alma del mundo» lo cual aconseja cierto escepticismo cuando
consideramos las teorías de Hegel sobre el alma del mundo.
Intelectual
racional puro, como le ve García Morente (pese a esos pequeños deslices de su
razón práctica) Hegel se extasía ante el Absoluto y la Razón, que es una
potencia dinámica en perpetuo movimiento y cambio; Hegel es el último de los
grandes discípulos de Heráclito, frente al inmovilismo de Parménides. Su método
dialéctico, clave de la evolución de la realidad en el espíritu hacia el
Absoluto y en su seno, consiste en que a una posición (etimológicamente, tesis)
sigue necesariamente una contraposición (antítesis) cuya conjunción-choque
genera la síntesis, que es a su vez tesis para un nuevo desarrollo dialéctico.
Razón y realidad se interpenetran: todo lo racional es real y todo lo real es
racional; es el idealismo absoluto. La lógica es la evolución dialéctica de la
razón.
En la Fenomenología
del espíritu (1807) —que según la interpretación de Kojeve está escrita
bajo el impacto napoleónico y es un panegírico de Napoleón— parte Hegel del
concepto de ciencia (del que pronto se despegó hacia la consideración del
Absoluto) para subrayar que el conocimiento no es la representación de algo
exterior sino parte integrante del objeto; el conocimiento es una marcha hacia
el Absoluto a través de la dialéctica sujeto-objeto. El primer movimiento es la
captación sensible; que no tiene sentido si no se universaliza en el aquí y
ahora. Los movimientos siguientes son la percepción y el entendimiento. Pero la
razón no se detiene en la conciencia individual; al relacionarse con la
Historia se hace espíritu y recorre varias fases de dependencia (Hegel no se
preocupa por la historia científica de los hechos, los testimonios y los
documentos; busca un fundamento profundo al devenir histórico en la evolución
hacia el Absoluto) hasta el descubrimiento de la vida interior por el
cristianismo; que en sus negaciones internas alcanzará la superación y el
triunfo final. El espíritu entra en sí mismo por la religión. El final es la
conciliación del dogma cristiano con la filosofía y el pleno encuentro del
espíritu absoluto consigo mismo.
Sólo el
espíritu es real. El espíritu no es una realidad superior sino la esencia, lo
que es. El espíritu es la conciencia de la realidad. No parte del saber
absoluto: conduce a él. Habermas hace bien en citar la nueva aproximación del
pensamiento hegeliano a la religión tras detectar Hegel la quiebra entre
Ilustración y religión: «La orgullosa cultura de la reflexión que caracteriza a
la Ilustración ha roto con la religión;… el desprestigio de la religión conduce
a una escisión entre fe y saber que la Ilustración no es capaz de superar con
sus propias fuerzas. De ahí que ésta se
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presente en la Fenomenología del espíritu
como título del mundo del espíritu extrañado de sí mismo»[67].
Así
conciliaba Hegel su profunda fe cristiana con su dialéctica del espíritu
absoluto. En las Líneas fundamentales de la filosofía del derecho (1821)
nos ofrecerá su concepción del Estado. El espíritu objetivo es individuo, en
marcha hacia la independencia y la libertad. A través de la sensación y el
sentimiento el espíritu subjetivo llega a su conciencia, al entendimiento y a
la razón. Libertado el espíritu subjetivo, se realiza como espíritu objetivo en
el Derecho, en la moralidad y en la eticidad.
El Derecho
es el grado inferior en la realización del espíritu objetivo; y afecta sólo a
la periferia de la moralidad. La moralidad agrega a la exterioridad de la ley
la interioridad de la conciencia. La eticidad salta a lo universal; la familia,
la sociedad, el Estado. El Estado es la síntesis entre la exterioridad legal y
la subjetividad moral. El Estado es la forma más elevada de la ética objetiva;
es la síntesis de la familia y la sociedad civil; el punto de reposo del
espíritu objetivo. El Estado es la manifestación de la divinidad en el mundo
(Hegel había tal vez intuido esta divinización del Estado en su idolatría
napoleónica; ahora transfiere la idolatría al Estado prusiano). Pero el Estado
no es el poder arbitrario de un individuo sino que ese individuo representa al
Volkgeist, el Espíritu del Pueblo. La filosofía de la historia estudia la
evolución de las formas orientales de la dominación hasta la culminación de la
Historia en el mundo germánico. La Historia es la culminación del espíritu
objetivo, dirá Hegel en su obra póstuma Filosofía de la Historia. La
síntesis del espíritu subjetivo y objetivo es el espíritu absoluto que se
despliega en la intuición de sí mismo como religión; y en el conocimiento
absoluto de sí mismo como filosofía.
En su
divinización del Estado sobre la intuición del nacionalismo prusiano Hegel ha
sembrado, como puede advertirse en el anterior resumen, la idea del Estado
Total, que un día saltará de la burocracia militarista prusiana al Estado
totalitario; del segundo al tercer Reich. Lo hemos de considerar después. Pero
digamos de momento que la filosofía de Hegel es la síntesis de la filosofía
liberal del Estado; que su racionalización absoluta de la religión caerá como
castillo de naipes cuando el discípulo de Hegel, Carlos Marx, sustituya al
espíritu por la materia en la identificación del Absoluto; y que con su
fabulosa construcción dialéctica, basada pretendidamente en la razón, en la
ciencia y en la Historia, Hegel provocará el estallido de la filosofía irracional,
se alejará irremisiblemente de la ciencia (que además dejará pronto de ser
absoluta, contra lo que él suponía) y por supuesto de la Historia, que mantiene
un contacto real con la realidad, y no es redundancia, mucho más intenso que el
intentado por el idealismo en un ambiente fantasmagórico. «El idealismo
filosófico —sentencia quien mejor le ha estudiado entre nosotros, García
Morente— es ya hoy en el mundo un postulado caduco y superado». Porque la
ontología no se agota en la teoría del conocimiento sino que exige un salto a
la realidad sin perderse en las brumas movedizas de lo trascendental. «Hay que
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construir
—concluye Morente— una nueva ontología realista sobre las ruinas del idealismo»[68]. Ya vemos, por tanto, a qué grado de
anacronismo se ha reducido desde nuestra perspectiva, el que según Habermas
(con demasiada grandilocuencia y muchísimo retraso sobre el tiempo filosófico
real) se ha definido como introito a la Modernidad. Que en todo caso, dígase en
honor a Hegel, es un intento desesperado de reconciliar, en la segunda
Ilustración, el nexo roto entre la fe cristiana y la cultura. Roto por un
sector del pensamiento moderno, no por todo él ni por lo mejor de él, como
venimos mostrando en este libro.
El profesor
Augusto del Noce llama a Hegel «Verdadero arquitecto de la gnosis moderna»
porque en el fondo reduce el cristianismo a filosofía, al plano cultural de un
«sistema de valores»[69]. Creo que al formular tan fundada acusación el
gran pensador italiano tenía presente que la reconciliación hegeliana de
cristianismo y cultura ilustrada se relegaba a la realidad idealista, al ámbito
trascendental, es decir al deísmo de creación humana, enteramente ajeno a la
concepción metafísica de la divinidad. Y todo para desembocar en la síntesis
suprema del Estado germánico hegeliano, que en teoría y en la práctica es el
auténtico absoluto en quien confluyen la razón, la historia, y la propia religión.
Primero Bismarck y luego Hitler tenían ya una excelente base para apoyar su
persecución a la Iglesia católica. Al aceptar la calificación de Hegel como
gnóstico no estoy asumiendo una continuidad conspiratoria e institucional de la
gnosis. Pero la relegación de Dios a las oscuridades de lo incognoscible, una
convicción que Hegel hereda directamente de Kant, es claramente de signo
gnóstico. Con Dios virtualmente fuera de la realidad racional el hombre se
afianza como centro y razón de toda esa realidad. La Modernidad así definida
tiene, en Hegel como en Kant, una componente gnóstica que no cabe negar si
queremos llamar a las cosas por su nombre.
LAS DOS CORRIENTES DEL HEGELIANISMO
La historia
del pensamiento, como había sucedido con Descartes, puede dividirse en antes y
después de Hegel. Casi todo, desde la muerte de Hegel, proviene de Hegel.
Primero por la profunda e inmediata división entre derecha e izquierda
hegeliana; segundo porque las dos grandes corrientes de pensamiento occidental
fuera del hegelianismo —el positivismo y el irracionalismo, que se prolongó en
el existencialismo— se pueden considerar, fuera de metáfora, lo mismo que los
diversos brotes del neorrealismo, como reacciones contra el idealismo de Hegel.
Conviene matizar un poco este esquema.
Como ha
indicado en su espléndido Diccionario de Filosofía (a quien tantas
orientaciones deben los epígrafes histórico-filosóficos de este libro) el
profesor Ferrater Mora, la demoledora Vida de Jesús del hegeliano D.F.
Strauss (1855) dividió irreversiblemente al hegelianismo en derecha, que
insistirá en el contenido, e
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izquierda,
que repudiará la sustancia de ese contenido y cambiará radicalmente el método,
aun manteniendo su carcasa y sus formas. En la derecha hegeliana son menos
importantes los nombres concretos citados por Habermas, entre otros, como los
de Rosenkranz y Oppenheim; lo que realmente interesa es la impronta de Hegel
(sobre todo en su teoría del Estado) en la sacralización del Estado prusiano
alrededor del cual se articuló el movimiento pangermanista del Norte y, después
de la victoria bismarckiana contra Francia en 1870, el Segundo Reich, cuyo
nombre era ya un desafío al Primer Imperio, el imperio católico que subsistía
en la Monarquía multinacional de los Habsburgo. Pese a las concepciones
jurídico-políticas del Estado de Derecho, que muchas veces no son más que
racionalizaciones de impulsos burocráticos, Bracher ha señalado adecuadamente
la influencia hegeliana en los politólogos conservadores; y no se olvide que el
nacionalismo alemán del siglo XIX fue de signo oligárquico y conservador, no como
el italiano, de signo liberal-radical y revolucionario. «El Estado —dice
Bracher— no era un simple medio para el fomento del bienestar general sino un
fin en sí mismo; y la idea de comunidad y del Estado, tan particularmente
alemana, ocupaba una posición central en esa convicción, que no sólo compartía
Hegel sino también Ranke y sus discípulos»[70]. El desencanto
por las frustraciones de la revolución liberal de 1848 llevó a los alemanes,
según el mismo autor, «a una concepción del Estado semejante a un poder
ordenador, suprasocial, que garantizaba la unidad y el funcionamiento», una
frase que trae fuertes resonancias de Hobbes. Incluso fuera del hegelianismo
estricto, la influencia de Hegel alcanzó a todo el pensamiento posterior que
pueda considerarse en alguna medida conservador; por ejemplo el de Max Weber.
Juan Valera, el gran español observador de Europa desde dentro, (Valera fue un
acrisolado liberal) consideraba a Hegel como el mayor genio del pensamiento
universal después de Platón. Y Habermas, desde una orilla hegeliana opuesta (la
izquierda hegeliana en descomposición, aunque Habermas no se daba cuenta) cree
que «de Hegel parte una línea de pensamiento político que a través de Carl
Schmitt conduce a aquellos constitucionalistas que mirando retrospectivamente
la ingobernabilidad de la República de Weimar creyeron un deber justificar al
Estado totalitario»[71]. Hegel, fascinado por el totalitarismo
napoleónico, alcanzó con su influjo, a través de la divinización del Estado, a
la génesis (o al menos la justificación solemne) del totalitarismo del siglo XX.
El problema exegético sigue planteado pero no nos ofrece duda la vinculación
hegeliana del fascismo —Mussolini la reconoció de manera expresa— y también del
nacionalsocialismo alemán. El totalitarismo soviético y el chino se derivaron
también de la misma fuente, pero por la izquierda y a través de Carlos Marx.
LA IZQUIERDA HEGELIANA: MARX,
LA RELIGIÓN Y LA REVOLUCIÓN
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Porque si la derecha hegeliana desembocó
trágicamente en el fascismo y el nazismo, la izquierda hegeliana degeneró en el
marxismo a través del ateísmo militante. La importancia decisiva que el
marxismo y su confrontación con la Iglesia católica va a alcanzar como problema
de fondo en los capítulos centrales de este libro justifica que consideremos
las relaciones antitéticas de marxismo y religión con cierto detenimiento. Ya
lo hice en mi libro Jesuitas, Iglesia y marxismo publicado en 1986 (con
el anticipo de dos extensos artículos que aparecieron en ABC de Madrid
durante la Semana Santa de 1985 y provocaron la saludable polémica que yo
esperaba) ante la realidad concreta de España e Iberoamérica y cuando el
marxismo-leninismo se esforzaba frenéticamente en sobrevivir mediante su gran
ofensiva estratégica en América; mis trabajos de entonces respondían a un
proyecto muy anterior que me encargó Rafael Borrás para Editorial Planeta bajo
el título El marxismo, qué es y por qué no sirve y en ese libro de 1986
se daba cumplida respuesta a esas dos preguntas, con rasgos muy
concretos y documentación de primera mano, casi cuatro años antes de la caída
del Muro de Berlín, al que otros observadores españoles auguraban por entonces
la permanencia de un milenio. Ahora vuelvo sobre el problema tras el
hundimiento estrepitoso del marxismo en su fortaleza primordial, la Unión
Soviética; y con vistas al sugestivo análisis del mejor biógrafo de Marx
(católico y ex jesuita por cierto), profesor David MacLellan en Marxism and
Religion[72].
Acabamos de
ver cómo la izquierda hegeliana, de la que participó Marx en primera fila y con
todo entusiasmo, se formó hacia 1835 al publicarse la Vida de Jesús de
Strauss, que es, en pocas palabras, una vida atea de Cristo. Los hegelianos de
izquierda tomaron como principal inspirador para su crítica antireligiosa, en
la que veían, como dijo Marx, «el presupuesto de toda crítica» a Ludwig
Feuerbach, y al descartar al cristianismo, concreción religiosa del Espíritu
Absoluto hegeliano, Marx descartó, por supuesto, a cualquier otra manifestación
religiosa.
Frente a las
torpes interpretaciones edulcoradas de algunos marxistas cristianos en nuestro
tiempo, como el ex dominico Reyes Mate, el teólogo seglar Enrique Miret
Magdalena y gran parte de la caterva liberacionista, el profesor MacLellan
acepta la interpretación literal y rotunda del ateísmo de Marx como clave para
todo el sistema marxista; así lo hizo el propio Marx aunque lo disimulen
algunos intérpretes cristianoides que pretenden ser más marxistas que Marx. El
cual se había formado en el deísmo de la primera Ilustración, muy viva entre
las familias cultas de su ciudad renana y natal de Tréveris. Cuando ya en
Berlín, donde reinaba el recuerdo póstumo de Hegel, advirtió Marx que Hegel
había aceptado la religión, pero subordinándola a la captación intelectual del
Espíritu Absoluto, la fe del joven hegeliano se desmoronó y ese vacío le
impulsó a bucear afanosamente en un Absoluto sustitutorio que, al eliminar la
religión, ofreciera un recambio al Espíritu Absoluto. En el círculo de Marx, la
izquierda hegeliana, los especialistas en la Biblia, Bauer y Strauss,
consideraban al Nuevo Testamento como un conglomerado mitológico urdido por los
discípulos de Jesús y Marx aceptó acríticamente tal conclusión. Su tesis de
1841
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versaba
sobre el ateísmo según Epicuro y se espejaba en la figura del enemigo y rival
de los dioses, Prometeo, que se atribuyó la misión de traer la luz y el calor
del fuego a los hombres. En La cuestión judía de 1844 Marx está ya
convencido de que «la religión no tiene contenido y vive de la tierra, no del
cielo».
En su
segundo artículo de los Anales francoalemanes de 1843, dedicado a la
crítica de la filosofía hegeliana del Derecho, Marx introdujo su famosa
descripción de la religión como opio del pueblo (cuando el imperialismo
británico adormecía a China entera con las guerras del opio) y máximo factor
alienante del hombre. Es una interpretación puramente negativa de la religión y
una propuesta activa para eliminarla. Luego va más allá y en los inmediatos Manuscritos
políticos y económicos considera que el ateísmo no es necesario ni como
negación; el hombre existe sin necesidad de esa negación. Continúan, y
convendría que lo tuviesen en cuenta quienes tanto insisten en la distinción
entre el joven Marx y el Marx maduro, las reflexiones sobre la religión en las
obras de madurez, En La ideología alemana la religión es simplemente una
forma de ideología, es decir, una parte de la superestructura que encubre a la
realidad profunda. Se opuso Marx con firmeza y acritud a la aproximación entre
cristianismo y socialismo que cundía por Europa en los años cuarenta del siglo XIX
y cambió el lema cristiano de la Liga de los Justos («Todos los hombres son
hermanos») por el revolucionario e internacionalista «Proletarios de todos los
países, uníos». Atacó Marx a Kriege «que está predicando en nombre del
comunismo la vieja fantasía de la religión que es la antítesis del comunismo».
En el Manifiesto Comunista de 1848 fustigó Marx al «socialismo clerical» y
volcó toda su demagogia anticristiana.
Después de
la revolución de 1848, que se le escapó y se adelantó al citado Manifiesto
comunista escrito para ella, que no pasó de revolución radical burguesa, Marx,
instalado ya en Londres, mantuvo su perspectiva contra la religión. En El
Capital pronostica la desaparición de la religión al advenimiento del
comunismo; no podía imaginar entonces que siglo y medio después iba a
suceder exactamente lo contrario. Marx escamoteó al Espíritu Absoluto de Hegel
para sustituirlo por la Materia en evolución; por eso la doctrina marxista atea
es esencialmente materialista. Ese materialismo dinámico —dialéctico, mejor—
avanza en la realidad histórica a través de la triada hegeliana de tesis,
antítesis y síntesis, con el movimiento doblemente conflictivo de las relaciones
de producción y la lucha de clases como motores de la historia objetiva y
claves para la interpretación historiográfica de la evolución social y
colectiva de la Humanidad, donde el hombre individual del Renacimiento y la
Ilustración se ha transformado en el hombre social, el hombre-masa. Todo lo
demás, el Derecho, la Religión… queda relegado a la periferia de la realidad,
(la «superestructura») como emanación y justificación de aquellas realidades
supremas. La clave de la ortodoxia marxista consiste en que el materialismo
histórico es ciencia en el mismo sentido que la ciencia físico-química de cuño
newtoniano; la Ciencia Absoluta que se derrumbaría estrepitosamente a los
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pocos años
de la muerte de Marx en 1883. La física era, para Marx, materialista y de
alcance universal; todo podía en último término reducirse a las leyes de la
física materialista y determinista. La psicología, las leyes de la mente y por
supuesto los mecanismos de la religión podrían reducirse a formulaciones y
explicaciones materialistas.
Realmente
Marx estudió muy poco a la religión; sabía muy poco sobre las diversas
confesiones cristianas, se guiaba por prejuicios ocasionales al opinar sobre
las Escrituras, odiaba, como tantos judíos del siglo XIX,
al judaísmo del que provenía a través de incontables generaciones. El ateísmo y
el odio a la religión por parte de Marx, que en algún momento se muestra como
un poseso, se refieren a las imágenes superficiales y falsas que se había
forjado arbitrariamente del hecho religioso a través de algunas manifestaciones
concretas y decepcionantes del pietismo protestante y tal vez de la actitud
refractaria de la Iglesia católica hacia la cultura en el siglo XIX.
Antes que los cristianos liberacionistas, los revisionistas del marxismo al
principio del siglo XX propusieron una relectura del marxismo como
ciencia de la sociedad, e introdujeron una cuña neokantiana dentro del marxismo
ortodoxo para subrayar valores propios del hombre entre los que cabría la
religión por vía de razón práctica. Es un enfoque muy interesante pero nada
tiene que ver con el marxismo auténtico y originario, el marxismo de Marx.
El alter
ego de Marx, Friedrich Engels, estudió la religión más y mejor que Marx; y
escribió abundantemente sobre ella. Al fin de su vida retornó incluso al
interés personal por la religión que había cultivado en su juventud: el
luteranismo pietista que estimulaba la relación personal con Dios. Se había
convertido al ateísmo militante después de leer la Vida de Jesús de
Strauss y abrazó luego el hegelianismo de izquierda. Para Engels el
cristianismo era el resumen de todas las religiones; se basó en la doctrina de
Bauer para discurrir sobre las raíces judaicas y gnósticas del cristianismo,
sin advertir que, por su identificación primero con Hegel y luego con Marx,
estaba contribuyendo a crear una nueva forma de gnosticismo especialmente
agresivo contra el cristianismo. No intentó un análisis de clases sobre las
formas primitivas del cristianismo. En sus escritos se observan vacíos
lamentables; desconoce el cristianismo vital de la Edad Media y analiza muy
insuficientemente la relación, es decir la antítesis de Lutero con la rebelión
campesina de su tiempo. Consideró al calvinismo exclusivamente como una forma
religiosa de revolución burguesa. Interpreta muy superficialmente el
enconamiento antireligioso de la Revolución francesa y no advierte el despertar
religioso de la Restauración. Parece convencido de que la Revolución francesa
ha terminado para siempre con la religión organizada. Para Marx la religión
estaba destinada a desaparecer con el advenimiento del comunismo; para Engels
con el avance de la Ciencia. No consiguió intuir que sería precisamente el
materialismo dialéctico, principal contribución de Engels, fundado en Marx, al
materialismo histórico, lo que se disolvería con el progreso de la ciencia
porque ese materialismo dialéctico no se tiene de pie ante una consideración
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científica
moderna, aun de tipo elemental. En su tantas veces citada y recomendada obra
sobre la entidad real de los intelectuales modernos, Paul Johnson aduce un
impresionante catálogo sobre las mentiras, las profecías fallidas y las
resonancias satánicas de Carlos Marx, que resultarían aquí muy sabrosas pero
que desgraciadamente consumirían un espacio del que no dispongo más que para la
alusión y la adhesión. Es particularmente sugestiva la reseña de Johnson sobre
la destrucción de las conclusiones de El Capital a través del implacable
análisis de Henders y Chalner en 1958, cuando faltaban aún más de treinta años
para el hundimiento teórico y práctico del marxismo[73].
Hay quien se
empeña en seguir afirmando que el marxismo no ha sido refutado; ese tallo
ignora todo sobre la quiebra de la Ciencia Absoluta, que indujo fatalmente la
quiebra del marxismo, una doctrina edificada sobre los presuntos cimientos de
la Ciencia Absoluta. Esa es la principal «refutación» del marxismo; simplemente
no sirve, es un anacronismo cuya distorsión y antítesis con la ciencia renovada
se va acrecentando a lo largo de todo el siglo XX. Hoy, al borde del año 2000,
repasamos las tesis principales del marxismo con la misma conmiseración que
pudiéramos dedicar a un repaso en profundidad de la teoría aristotélica sobre
los cuatro elementos como base de una cosmología.
Sin embargo
para sus contemporáneos y las tres o cuatro generaciones siguientes, incluida
la Iglesia católica, Marx, con quien Engels se identificó hasta el punto que
resulta muy difícil distinguir las contribuciones de uno y otro al marxismo,
fue considerado, más que como un teórico, como un temible revolucionario capaz
de arrasar a la religión y al orden establecido. Porque además de proponer una
teoría fundada en el ateísmo y alzada sobre una orgullosa pretensión infalible
de carácter científico («socialismo científico» llamó Marx al su yo) Marx trató
de articular y dirigir una «praxis» revolucionaria, una nueva forma de
Revolución. A la Revolución liberal y burguesa que había estudiado
interesadamente, Marx quiso sobreponer la Revolución obrera, cuyo programa se
resumía en la implantación de la dictadura del proletariado a través de la
lucha de clases. No se quedó en un programa. El marxismo como praxis se
desplegó históricamente en las tres Internacionales. La primera, la Asociación
Internacional de los Trabajadores en cuya fundación (Londres 1864) Marx tomó
parte muy activa, fue determinante en el estallido revolucionario y masónico
que conocemos como Comuna de París en 1871; luego la Primera Internacional se
dividió en una minoría autoritaria (Marx) y una mayoría libertaria (Bakunin) de
la que se derivaron todos los movimientos anarquistas contemporáneos al margen
de Marx y del marxismo. Con los restos autoritarios y marxistas de la Primera
Internacional, reorganizados en partidos nacionales, Engels fundó poco después
de la muerte de Marx la Segunda Internacional o Internacional Socialista de la
que nos ocuparemos en su momento.
Por fin,
fracasada la Segunda Internacional en sus esfuerzos para evitar mediante la
solidaridad obrera la guerra mundial de 1914, Lenin, jefe del partido
socialista
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bolchevique
de Rusia, fundó en 1919 la Tercera Internacional o Internacional Comunista, el
movimiento marxista y comunista del siglo
XX, del que se desgajó León Trostski con su Cuarta
Internacional. En cuanto al odio ateo y constitutivo contra la Iglesia las
cuatro Internacionales revolucionarias parecían la misma, hasta que ya en
nuestro tiempo una nueva y resucitada Internacional Socialista ha tratado de
despegarse del marxismo puro y duro y se ha aproximado al liberalismo
interpretado según las pautas de la Masonería moderna, como también tendremos
ocasión de analizar.
El 9 de
noviembre de 1989 caía el Muro de Berlín y se hundía, con él, el marxismo
revolucionario, el tinglado de las Internacionales, el comunismo. Estudiaremos
en su momento la trayectoria de fracasos que condujo inexorablemente a ese
hundimiento; el incumplimiento de las profecías de Marx y de Lenin, la
incapacidad real del sistema económico marxista contra el capitalismo, la
resistencia de las motivaciones religiosas contra el ateísmo, la inferioridad
tecnológica y estratégica en que se sumió la Unión Soviética después de su
espectacular victoria en la segunda guerra mundial. Pese a todo, el dogma y la
praxis comunista se mantienen en China más o menos desvirtuadas y tratan de
resucitar en todo el mundo en medio del espantoso vacío que dejó, tras la caída
del Muro, el legado de Marx. Lo que nunca podrá resucitar es la teoría de Marx
como elemento constructivo del futuro; porque esa teoría se basaba en la
identificación del marxismo con una Ciencia Absoluta que dejaba de serlo a los
pocos años de la muerte de Marx.
EL POSITIVISMO: COMTE QUIERE SEDUCIR AL PADRE
GENERAL
Paradójicamente
el idealismo postkantiano, que había pretendido apoyarse en la Ciencia Absoluta
como principio, fundamento y criterio de racionalidad incontrovertible, según
decreto de Kant, se fue separando de la ciencia moderna hasta provocar una
ruptura con ella y una reacción filosófica, desde enfoques diferentes, hacia un
reencuentro con la ciencia. Muchos científicos del siglo XX,
por ejemplo el profesor Penrose, prescinden del idealismo para su comprensión
de la realidad; y esto por razones científicas, apoyadas en el sentido común,
no tras un debate filosófico sobre la vigencia del idealismo que no les
interesa poco ni mucho. Roger Penrose, uno de los grandes físicos, matemáticos
y cosmólogos de nuestro tiempo, ha llegado a decir: «He dado por supuesto que
cualquier punto de vista filosófico serio debería contener al menos una
buena dosis de realismo. Siempre me sorpren do al enterarme de que pensadores
aparentemente serios, con frecuencia físicos interesados en las implicaciones
de la mecánica cuántica, adoptan la visión fuertemente subjetiva de que, en
realidad, no existe en absoluto ningún mundo allá fuera. El hecho de que
yo adopte una línea realista siempre que sea posible no quiere decir que no sea
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consciente
de que tales visiones subjetivas se defienden seriamente muy a menudo;
simplemente que soy incapaz de entenderlas. Para un poderoso y divertido ataque
a ese subjetivismo ver Gardner (1983) cap. I»[74].
Ya hemos
visto cómo el profesor García Morente descarta al idealismo desde el corazón de
la filosofía moderna en pleno siglo
XX; los positivistas y los irracionalistas se
habían apartado ya de las nebulosas idealistas en pleno siglo XIX.
El
positivismo era, pues, un reencuentro con la ciencia moderna, que repelía la
obsesión de los idealistas por la construcción de artificiosos y arbitrarios sistemas
de pensamiento abstracto. Los positivistas trataban de no sacar los pies de la
tierra, identificaban en el fondo a la filosofía con la ciencia considerando a
la filosofía como una generalización o una profundización conceptual de la
ciencia y pretendían anticipar el camino de la ciencia físico-matemática
determinista y absoluta a los terrenos hasta los cuales aún no había llegado:
las ciencias del hombre y del espíritu, que deberían agenciarse el método más
aproximado posible al de las ciencias físico-matemáticas y de la naturaleza.
Esta actitud suponía un nuevo abandono de la metafísica y una propensión al
materialismo, dada la presentida identidad de los métodos de las ciencias
humanas y los de las ciencias físico-matemáticas. En cierto sentido el marxismo
era una forma de positivismo; pero tanto Marx como el creador del positivismo,
Comte, eran demasiado orgullosos para establecer conexiones o dependencias
entre sus doctrinas. Creador, profeta y máxima figura del positivismo fue
Augusto Comte (1798-1857) de familia católica francesa, que recibió formación
matemática y científica en la prestigiosa Escuela Politécnica de París y
publicó durante varios años hasta 1842 en seis volúmenes un Curso de
filosofía positiva. Comte era un pensador desequilibrado, que pretendió
convertir su método positivista, del que hoy apenas quedan cenizas, en una
verdadera religión y estableció para ello un culto ridículo que recuerda las
estupideces seudorituales del Directorio.
Augusto
Comte se había adherido inicialmente al socialismo utópico de Saint-Simon, de
quien fue secretario, y concibió su religión positivista fusionada con su
filosofía positiva cuyo subtítulo era «tratado de sociología donde se instituye
la religión de la Humanidad». A los cincuenta y nueve años trató de establecer
«seriamente» su nueva religión de la ciencia y el progreso mediante un
procedimiento de manicomio: fusionando la religión positiva con la Compañía de
Jesús, para lo que envió a uno de sus discípulos a Roma con la misión de que
tratase sobre este fantástico proyecto con el general de los jesuitas en
persona. El padre Beckx no recibió al apóstol de Comte pero mostró una infinita
paciencia al encargar a su asistente para Francia que tratase con el buen
hombre, el cual a partir del día 5 del mes de Shakespeare del año comtiano del
68 escribió una serie de cartas sobre las «negociaciones» en las que el jesuita
demostró una compasión humana legendaria. Comte trataba de que el padre
general, que desde hacía tres siglos era «el verdadero jefe del catolicismo» se
estableciera en París, relegase al Papa y gobernase al mundo junto con el jefe
de la religión positivista, con la misión conjunta de erradicar el
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protestantismo,
el escepticismo y el ateísmo. Este demencial proyecto parecería propio de la
historia-ficción si no estuviera documentado en el estudio de Juan del Pino
Artacho, de la Universidad de Málaga[75].
El
fundamento de la doctrina positivista se parece por su arbitrariedad al
materialismo dialéctico de Engels y consiste en la «ley de los tres estados».
El estado teológico evoluciona desde el fetichismo al monoteísmo a través del
politeísmo pagano; en él predomina la imaginación, es propio de la infancia de
la Humanidad y necesita de la idea de Dios. En el estado metafísico se buscan
conocimientos absolutos en torno a la idea de Naturaleza. Y en el estado
positivo y terminal se investigan las realidades mediante la observación y el
método científico. El positivismo es relativista; no reconoce a los absolutos,
ni por lo tanto a Dios como realidad. Su lema es Orden y Progreso. El espíritu
positivo tiene un carácter social; Comte, a quien se considera creador, aun
estrambótico, de la sociología, la llamó primero «física social» que luego
quiso convertir en esa «religión de la Humanidad». La filosofía es
sencillamente la teoría general de la ciencia y en esta concepción Comte sí que
fue un anticipador. Toda la filosofía del siglo XIX está dominada por el
positivismo, sobre todo después de la gran aberración y dispersión hegeliana;
del positivismo vinieron las peores cargas de profundidad contra la religión y
en línea positivista se alinearon Taine, Ernesto Renan, Durkheim y Claude Bernard.
En la Iglesia de Iberoamérica, tan indefensa culturalmente durante el siglo XIX,
el positivismo hizo estragos, especialmente en Brasil. Más que una filosofía el
positivismo fue una forma cultural; un intento de revitalizar el enciclopedismo.
SCHOPENHAUER: VOLUNTAD Y ANIQUILACIÓN
La segunda
corriente de reacción contra el idealismo desbordado en el siglo XIX
fue el irracionalismo. Ante las exageraciones de la Razón se negó capacidad
filosófica a la razón. Esta posición engranó fácilmente con el romanticismo, ya
vimos un precedente religioso en la teología sentimental de Schleiermacher. Los
tres principales autores de esta tendencia, que por definición no se puede
sistematizar, son Schopenhauer, Kierkegaard y Nietzsche. El irracionalismo,
término con el no pretendo insinuar una connotación peyorativa sino simplemente
distinguirle del racionalismo idealista exacerbado, no se contuvo en los
límites del siglo XIX; saltó hasta muy dentro del siglo XX
y sigue hoy presente, como también una cierta forma y difusión del positivismo,
en el ambiente cultural y las fronteras religiosas de nuestros días.
Arthur
Schopenhauer (1780-1860) nacido en Dantzig, fue un filósofo fracasado que se
estrelló contra la hegemonía de Hegel y aparece como su antítesis cabal.
Rechazó valiosos apoyos en su combate contra el idealismo y sus exageraciones;
por ejemplo la herencia ilustrada y el talante romántico. Se valió en cambio de
fuentes
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más lejanas,
desde Platón al budismo. El principio de razón suficiente sintetiza para él
todas las formas de la intuición. El fundamento del mundo no es de signo
intelectivo, es la voluntad. Tal como es, el mundo consiste solamente en
apariencia, representación. Tras la apariencia se esconde el Absoluto.
Para llegar
al Absoluto el sujeto interpelante se reconoce como voluntad. La voluntad
generalizada es la verdad del mundo. La voluntad no es racional. Es la esencia
de todas las cosas que son sus objetivaciones. La voluntad aparece en todas las
formas de la Naturaleza, orgánica e inorgánica. Los principios de individuación
son el espacio y el tiempo; al agrupar las cosas en géneros. Las agrupaciones
se identifican con las Ideas de Platón, que son seres intermedios entre la
unidad absoluta de la voluntad y la aparente pluralidad del mundo. Por medio
del Arte se pueden contemplar las primeras objetivaciones de la voluntad. El
Arte revela las ideas eternas de cuño platónico a través de la arquitectura, la
pintura, la poesía, la música. La música es el arte supremo, es la expresión
del sentimiento al borde ya de la voluntad. Pero el Arte es un lenitivo
momentáneo ante la oscuridad del hombre; que debe superarse mediante la
filosofía del pesimismo. El Derecho y el Estado son instrumentos para paliar
las consecuencias del egoísmo; Schopenhauer se coloca en el polo opuesto de
Rousseau y más cerca de Hobbes. La voluntad, al adquirir conciencia de sí
misma, puede llevar a la renuncia del yo y por medio del ascetismo llegar al
autoaniquilamiento, la inmersión pura en la nada, tan próxima al nirvana
budista. Así llega la voluntad a su plenitud, que es la nada. Dos grandes
figuras del irracionalismo cultural y filosófico posterior, Wagner y Nietzsche,
se basaron en el pesimismo aniquilador de Schopenhauer para sus grandes construcciones
del arte y del pensamiento. La Nada acaba por tanto de hacer su aparición en el
siglo que alumbraba al nihilismo anarquista como método de acción política y
social. El voluntarismo, el irracionalismo, la atracción del aniquilamiento
bajo sombra platónica son evidentes elementos gnósticos en la filosofía de
Schopenhauer. La fe como «rationabile obsequium» de la voluntad humana en
respuesta a la gracia divina —es decir la gran concepción cristiana que
armoniza inteligencia y voluntad a la sombra de Dios— queda en el otro extremo.
LA ANTICIPACIÓN DE KIERKEGAARD
Mucho más
atractiva resulta la figura, contemporánea, del filósofo cristiano danés Soren
Kierkegaard (1813-1855) profeta de la angustia y el existencialismo, un hombre
poco y mal conocido en su tiempo —el tiempo dominado por Hegel— pero que ha
ejercido una intensa influencia póstuma en el siglo XX,
sobre la filosofía existencial y muy especialmente sobre su gran seguidor
español de alcance universal, Miguel de Unamuno. Kierkegaard representa una
solitaria y terrible reacción contra Hegel, por reducir éste la subjetividad a
un momento de la construcción finita del
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Espíritu
Absoluto. Kierkegaard es un creyente profundo, que inicia su aventura del
pensamiento en la teología protestante, con intuiciones muy modernas y muy
comprensibles hoy; la fe como decisión personal, la fe como riesgo. Kierkegaard
parece una figura de nuestro tiempo; supera por todas partes a su siglo. Su
vida obsesiva y trágica, como bajo el influjo de una maldición teológica, le
lleva a situar a la religión en el centro de su angustia y sus reflexiones. Se
enfrenta a la iglesia luterana oficial, a la que opone un cristianismo personal
y angustiado, mucho más auténtico. Reprocha al hegelianismo su entrega a las
esencias, mientras que la subjetividad auténtica radica en la existencia, que
es lo concreto y lo vivo. Formula la paradoja del cristianismo, entre la
finitud humana y la infinitud de Dios, que sólo se puede conciliar para el en
el absurdo, pero fuera de ese absurdo humano-divino no hay más que la nada. No
debe ya extrañarnos que el siglo
XIX no comprendiese a este intuitivo genial de la
existencia y la angustia, que se presentaba, a las puertas del misterio, como
una anticipación cabal de ese siglo
XX que parece hecho para su comprensión y su
doctrina.
LOS RASGOS DIABÓLICOS DE NIETZSCHE
La tercera
gran figura del irracionalismo en el siglo
XX es Friedrich Nietzsche, el hombre que no
solamente profesó un ateísmo virulento sino que decretó la muerte de Dios,
primero como reconocimiento objetivo, luego con saña y hasta con júbilo.
Nietzsche concentra así rasgos muy significativos de la Nueva Gnosis que se
viene enroscando en la Modernidad desde algunos humanistas y desde Lutero; no
me explico el éxtasis de algunos comentaristas católicos ante los desvaríos de
Nietzsche, que no se molesta en disimular ciertas resonancias a las que no sé
calificar más que como diabólicas. El influjo de Nietzsche ha saltado por
varias brechas sobre el siglo
XX donde algún exaltado ha pretendido elaborar toda
una línea teológica, y por tanto contradictoria, sobre la muerte de Dios. En el
interesante estudio de José M.G. Gómez Heras Religión y Modernidad[76] se incluye un comentario
detenido, analítico y tal vez demasiado comprensivo para Nietzsche a quien se
identifica como virtualmente victorioso en su lucha para la «destrucción de la
conciencia religiosa moderna» cuando realmente lo que destruyó fue su propia
razón y su propia persona. En cambio es muy precisa la relación entre
Feuerbach, el pensador que propuso la divinización del hombre (y sumió a Marx
en la izquierda hegeliana) y Nietzsche, que quiso proclamarse triunfador sobre
el Dios fenecido. Para Nietzsche el acontecimiento mayor de todos los tiempos
es la muerte de Dios en nuestro tiempo; se equivoca en diecinueve siglos e
ignora la resurrección real de ese Hombre Dios. «Muerte de Dios significa
simultáneamente desaparición de la religión y aniquilamiento de la metafísica»
(Heras) pero tras el aniquilador Nietzsche han florecido figuras como Zubiri y
Juan Pablo II, entre otras mil. Esa anulación de Dios,
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que es una
tragedia de la Humanidad para la interpretación postromántica de Nietzsche, es
lo único que da paso a la aparición del superhombre; y ya hemos visto en el
siglo XX
las catástrofes que son capaces de desencadenar algunos presuntos superhombres.
Es muy curiosa y significativa la identidad de Nietzsche con Marx al calificar
a la religión como opio del pueblo, con la misma expresión (Heras op. cit. p.
193). Y también me parece muy oportuno resaltar la concepción del superhombre
en Nietzsche como «voluntad de poder» porque la palabra «poder» va a ser la
gran clave humana del siglo XX.
Recientemente,
el profesor José María Valverde nos ha ofrecido un ensayo sobre Nietzsche que
es una biografía, una antología y una profundísima interpretación: Nietzsche,
de filólogo a Anticristo[77]. Este magistral
estudio describe la trayectoria del filósofo entre las raíces
filológicas —el poder radical de la palabra y el lenguaje —, la
atracción-repulsión por la mujer inalcanzable, la inmersión en la cultura y la
mitomanía clásica y la génesis de los varios odios cósmicos que jalonan su
vida: el de Richard Wagner (tras una alta veneración) y sobre todo el de Dios a
través de la figura de Cristo. Valverde va extrayendo cronológicamente de la
vasta obra de Nietzsche los fragmentos esenciales y reveladores situándolos en
los polos geográficos de esa vida: Basilea y varios enclaves de Suiza e Italia.
La identidad absoluta del pensamiento con la palabra y lenguaje fue un modo de
ser para Nietzsche aunque hoy, permítaseme el comentario, la rechacen especialistas
sobre el cerebro y la mente tan relevantes como Roger Penrose en una obra que
ya hemos citado y sobre la que hemos de volver: La nueva mente del emperador.
El análisis de Valverde sobre los puntos esenciales de la trayectoria de
Nietzsche en su deslizamiento a la locura total y al silencio me parece, en su
sencillez, un trazado de tragedia humana. Es muy curioso que los nazis,
adoradores de Wagner, celebrasen también con toda pompa el 90 aniversario de
ese gran enemigo de Wagner.
Como
corresponde a tan eminente filólogo, Valverde estudia en cada libro de
Nietzsche el estilo, entre el aforismo y la ilación temática; y sobre todo la
génesis del odio contra Dios y contra Cristo. Nos hace ver al Nietzsche
antisocialista (como buen reaccionario) antiprusiano, antialemán pero sobre
todo anticristiano. En el libro de Valverde confirmo la dimensión gnóstica de
Nietzsche sobre todo en sus pasajes sobre el Dios malo, sobre el Dios alienado
y sobre un Cristo al que describe entre horribles blasfemias como un idiota. El
3 de enero de 1889 se desplomó en la locura cuando paseaba por la plaza Carlos
Alberto de Turín. Fue trasladado junto a su madre; y sus últimas incoherencias
le fueron reduciendo al silencio, a la vista de las flores, a la nada. Su
hermana le llevó a Weimar donde ella reunió sus manuscritos y los manipuló como
le vino en gana. Durante su vida consciente casi nadie le había hecho caso;
durante sus años de alienación, que coincidieron con una fiebre anticristiana
en todo el mundo, se convirtió, sin que él pudiera saberlo, en una especie de
Prometeo encadenado e idolatrado. Murió sin recobrar la luz el 25 de agosto de
1900.
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En 1846, cuando parecía apuntar una nueva época
en la historia universal, el fantasma de una nueva revolución —pronto predicada
por Carlos Marx como la definitiva— recorría Europa, según él mismo iba a
anunciar. Pero la de 1848 no fue una revolución marxista, ni mucho menos. En
aquel mismo año de antevísperas revolucionarias falleció el discutido y
anacrónico Papa Gregario XVI, poco apto para las grandes luchas de su tiempo, y
fue elegido su sucesor Pío IX, que colmaría un largo pontificado. A partir de
entonces hasta hoy las grandes etapas en la historia de la Iglesia se
identifican con la ejecutoria de cada uno de los grandes pontificados que, con
sus resplandores y sus sombras, entonces comenzaban. Así lo haremos en este
libro.
PIO NONO, EL ÚLTIMO SOBERANO TEMPORAL
Juan María
Mastai Ferretti, Pío IX, subió a la silla de Pedro en 1846 cuando se cernía,
como decíamos, sobre Europa una revolución —la de 1848— que no sería marxista
ni apocalíptica como pretendía Carlos Marx sino liberal-radical, capitalista,
de signo claramente burgués y alentada, como se comprobaría luego, por la
política exterior británica en favor del liberalismo comercial (para la
destrucción de las barreras arancelaria alzadas por los gobiernos
conservadores) en colaboración con las logias masónicas. Una verídica
caricatura que sirve a la vez de eficaz demostración histórica puede observarse
en las aventuras de la espía británica y masónica Lola Montes (que nada tenía
de española ni sevillana salvo el falso nombre) en la corte católica del pobre
rey babeante de Baviera Luis l. La revolución liberal, último estertor de la
Revolución francesa, acabó paradójicamente con el rey liberal Luis Felipe de
Francia, sustituido por una República, la Segunda, con la que pronto se hizo un
oportunista de vida airada, el príncipe Luis Napoleón Bonaparte, que tras su
golpe de 1851 accedió a la nueva corona imperial como Napoleón III y rivalizó
con Austria, privada de Metternich por la tormenta del 48, en la protección a
la Santa Sede amenazada por los revolucionarios nacionalistas a las órdenes de
Mazzini y Garibaldi y conjuntamente por el reino de Cerdeña y el Piamonte, bajo
la misma enseña del liberalismo radical, anticlerical y masónico. Francia,
aliada del reino sardo, permitió que éste abriese el camino para la unidad de
Italia bajo la orientación del conde de Cavour y después de la rotunda victoria
francesa sobre el joven emperador Francisco José de Austria; pero después
Napoleón III no consintió que sus aliados italianos rematasen su proyecto de
unidad peninsular con la anexión de los Estados Pontificios. El Papa Pío IX no
era desde luego un liberal aunque así lo creían los sectores ultramontanos de
la Iglesia; pero sí una persona tolerante que durante los primeros meses de su
reinado permitió que cundiese su exagerada imagen de liberal auténtico, por más
que sus reformas en el gobierno del Estado pontificio no satisficieron ni a
unos ni a otros.
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Napoleón III se había aprovechado de la
revolución de 1848 tanto para su política como para su economía personal; el
general Ramón Narváez, que apostó por el futuro del nuevo Bonaparte con
cuantiosas subvenciones personales, había aplastado en España al brote
revolucionario alentado por los progresistas y el embajador británico a quien
expulsó con ignominia; y los revolucionarios italianos, al comprobar que el
Papa no se plegaba a sus proyectos, le echaron de Roma donde proclamaron la
República liberal. Intervinieron entonces Napoleón III y la reina de España
Isabel 11 con tropas expedicionarias que en breve campaña devolvieron sus
Estados y su sede romana a Pío IX, refugiado en Gaeta. Muy poco después de su
elección Pío IX había rebatido en la encíclica Qui pluribus (9 nov.
1846) el error de quienes oponían la fe a la razón, la Iglesia al progreso;
pero desde los traumas de 1848 se deslizó a posiciones ultramontanas,
identificó a todo el liberalismo, incluso al moderado y católico, como enemigo
de la Iglesia y de la Santa Sede y alentó un espíritu de cruzada que al grito
de Viva el Papa Rey confundió lamentablemente el plano político del
poder temporal con la misión espiritual y universal de la Iglesia y acentuó
hasta lo indecible la antítesis de fe y razón, de fe y cultura, de fe y
liberalismo. Se abrirá así, como dice el historiador promasónico Ferrer
Benimeli, «Un período clave en la confrontación de la Iglesia y la masonería»
con más de 260 intervenciones pontificias contra la secta en los reinados de
Pío IX y León XIII. Conviene decir, para evitar los torpes silencios y las
infundadas descalificaciones de Ferrer Benimeli y otros hipercríticos y
masómanos, que el liberalismo radical masónico del siglo XIX
(unidos en este campo las Grandes Logias de cobertura inglesa y los Grandes
Orientes de parentesco francés) no atentaba en Europa continental y en
Iberoamérica solamente contra el poder temporal del Papa sino, de forma
reiterada y expresa, contra la misión espiritual de la Iglesia y procuraba una
secularización absoluta, es decir la aniquilación de toda la influencia, más
que legítima, de la Iglesia y la religión en la sociedad. Conviene una consulta
a los historiadores serios de la Masonería, incluso los nada hostiles a ella
como el profesor Chevallier o a los propios masones como el citado Jacques
Mitterrand, que identifican como masónicos los impulsos y logros del
liberalismo radical a lo largo de todo el siglo, la misma tesis que demostró
lúcidamente para España el gran historiador Vicente de la Fuente[78]. Esta magna obra en tres vols. ha sido
sistemáticamente silenciada y aun escondida por los masones y masómanos tanto
que resulta muy difícil su consulta y urgentísima su reedición.
No se crea,
sin embargo, que la ofensiva total contra la Iglesia en el siglo XIX
fue obra exclusiva de la Masonería continental. La Gran Logia de Inglaterra,
brazo secreto del Imperio británico en expansión hegemónica, intervino
intensamente en la articulación de las revoluciones europeas de 1848 al
servicio de los intereses británicos; y el hermano Emmanuel Arago invocaba a
fines del siglo la unión de todas las obediencias masónicas contra el enemigo
común, la Iglesia católica, según la extensa referencia de Chevallier en la
misma página de la cita anterior. Ferrer
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Benimeli
haría mejor en analizar las causas de la reiterada actitud pontificia contra la
Masonería sin contentarse con la reticencia y el desprecio, una actitud que me
parece indigna de un miembro de la Compañía de Jesús.
Sin embargo
sería grave equivocación imaginar que la actuación de Pío Nono y la Santa Sede
se agotó durante este pontificado en defensa del anacrónico poder temporal y en
la lucha excluyente contra las ideas modernas. Pío IX fue e hizo mucho más.
Durante su reinado creció enormemente la popularidad del Papado y el prestigio
de la Iglesia acosada, como puede comprobarse en el número y el fervor nunca
vistos de las peregrinaciones católicas a Roma, así como en la serie de
resonantes conversiones al catolicismo, por todas partes. Ya hemos registrado
el crecimiento imparable de la Iglesia católica en los Estados Unidos, donde
convivía sin problemas graves con las libertades democráticas y con todas las
demás confesiones religiosas. En 1850 restauraba el Papa la jerarquía episcopal
católica en el Reino Unido, suprimida desde la apostasía y las persecuciones
del siglo XVI.
(La restauración jerárquica se retrasó en Escocia hasta 1878, bajo León XIII).
La mayoría de los católicos de las islas era de origen irlandés, aunque no
faltaban familias que habían conservado la fe de la Iglesia medieval en medio
de circunstancias difíciles y humillantes, paliadas por la tolerancia del
último siglo. Dos grandes cardenales conversos, herederos de Wiseman, presidían
esa resurrección; Newman, líder del Movimiento de Oxford, cuya conversión había
impresionado profundamente a la Iglesia anglicana y a la clase intelectual; y
Manning, convertido por el ejemplo de Newman, identificado más bien con las
clases humildes y el mundo de los obreros industriales. No faltaron durante
todo el siglo y hasta nuestros días, tras el camino marcado por Newman, los
intentos de aproximación entre la Iglesia de Inglaterra y la de Roma.
Restableció también Pío IX en 1853 la jerarquía católica en Holanda; creó en
todo el mundo católico 29 arzobispados y 132 obispados; convocó reuniones
episcopales muy nutridas en Roma y convirtió eficazmente en estímulos para la
unidad de la Iglesia las agresiones permanentes de la política y la cultura
contra la cabeza de la Iglesia. También la Iglesia de Francia, raído ya el
galicanismo, experimentó a lo largo del siglo XIX, hasta la nueva gran
persecución republicano-masónica que estallaría bajo el pontificado de León
XIII, una intensa romanización y una clara espiritualización, de la que puede
ser símbolo la figura de san Juan Bautista Vianney, cura de Ars, la floración de
santas fundadoras de nuevas congregaciones religiosas dedicadas a la enseñanza
y la caridad y la devoción mundial a la Virgen de Lourdes. El clero experimentó
un crecimiento notable durante el siglo; desde setenta mil miembros después del
cataclismo revolucionario a 215 000 en 1878. Tanto la monarquía borbónica hasta
1830 como la liberal hasta 1848 y el segundo Imperio hasta 1870 mantuvieron
excelentes relaciones con la Iglesia de Francia y con la de Roma. La Tercera
República, después de las convulsiones de 1870-1871 variaría negativamente esa
relación sobre todo después de los fracasos de la restauración
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monárquica, con
la que se habían identificado numerosos católicos.
ESPAÑA EN TIEMPOS DE PÍO NONO
Si
exceptuamos su última década, el pontificado de Pío IX coincidió
cronológicamente con el reinado de Isabel II, la hija de Fernando VII, en
España, cuya infausta boda con su doble primo hermano Francisco de Asís, duque
de Cádiz, se celebró en el mismo año de la coronación del Papa Mastai. Desde
1843, en que subió al trono Isabel II con trece años de edad, hasta su
expulsión por la catastrófica revolución militar, burguesa y masónica de 1868,
la política española estuvo casi siempre dominada por los moderados, que eran
la derecha dura de la época, y los centristas de la Unión liberal; unos y
otros, relativamente afines, guardaron por lo general buenas relaciones con la
Santa Sede, que recibió el auxilio militar de una expedición española en 1849 y
concertó con el Estado español un concordato en 1851, considerado favorable
para ambas partes. Durante los breves períodos de inclinación o exacerbación
liberal-progresista, como en el confuso bienio 1854-1856 o en los momentos
finales de la Unión Liberal en los años sesenta esas relaciones se agriaron e
incluso se interrumpieron por motivos de dogmatismo progresista interior
(brotes anticlericales, expulsión ritual de los jesuitas, retorno a las
desamortizaciones de los años treinta) o de sintonía liberal en política
exterior, como el empeño de la Unión Liberal en reconocer al Reino de Italia
constituido en 1861. El episcopado español, seleccionado y orientado por San
Antonio María Claret, una de las grandes figuras de la Iglesia en el siglo XIX,
confesor de la reina desde 1857, procedía ya de las clases medias y el ámbito
rural y no de la alta nobleza como en tiempos pasados; sin grandes lumbreras
teológicas o culturales, pero con un nivel medio más que aceptable en uno y
otro campo, destacó por su ejemplaridad personal y por la fidelidad
inquebrantable, sin una sola excepción, a la Santa Sede en tiempos tormentosos.
Pío Nono reconoció a Isabel II y su régimen más o menos liberal, frente a su
predecesor Gregario XVI que se había inclinado en favor de la rama carlista, de
notorio ultramontanismo. El episcopado y el clero siguieron esa misma
orientación con numerosas excepciones en el País Vasco, Navarra y la montaña de
Cataluña. Los primeros pensadores católicos españoles, el político Juan Donoso
Cortés y el filósofo y sacerdote Jaime Balmes, aceptaron un liberalismo
moderado y antirevolucionario aunque Donoso, intelectual muy prestigiado en
Europa, viró a la teocracia después de los traumas europeos de 1848. La
influencia masónica fue determinante entre los progresistas en cuyo seno surgió
una escuela intelectual que trasplantó a España las doctrinas de un oscuro,
enrevesado y mediocre filósofo alemán con muy claras inclinaciones gnósticas,
panteístas y moralizantes, Krause; fueron abanderados de la secularización y plantearon
a la Iglesia una lucha tenaz en el campo de la enseñanza y la Universidad. La
pugna entre intelectuales y hombres de cultura adscritos al
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progresismo
masónico y al liberalismo moderado (con focos extremistas en uno y otro bando)
replanteó la antítesis de las Dos Españas con raíces entre los ilustrados y los
tradicionales del siglo XVIII; nadie como José María García Escudero ha
estudiado con mayor amplitud y comprensión esta divergencia, así como los
esfuerzos fallidos de algunos españoles beneméritos para tender puentes entre
las dos formaciones adversarias[79]. Aunque fueron
los liberales progresistas de la cultura quienes empezaron a llamarse en España
«intelectuales» en la segunda mitad del siglo XIX, sin embargo el mundo de la
cultura contaba (en mayoría hasta fines del siglo) con representantes de la
derecha y el liberalismo moderado, entre los que brilló con el máximo prestigio
el más importante intelectual español del siglo XIX, el historiador, crítico y
publicista católico Marcelino Menéndez y Pelayo, quien sostuvo una victoriosa
lucha contra los krausistas.
La
disidencia del progresismo que quiso denominarse demócrata se alió con los
enemigos del trono, progresistas y centristas, que prepararon la revolución
burguesa de 1868 cuyo mentor, el general Juan Prim, «hermano Washington» en su
alto grado masónico, impuso en España la candidatura de un rey anodino y por
supuesto masón de la casa de Sabaya, Amadeo, duque de Aosta, que se hartó
pronto de la España anárquica e ingobernable y se volvió al pujante reino de
Italia junto a su familia. Su dimisión —me resisto a llamarla abdicación— dio
paso a una República caótica, masónica y anárquica que arrastró a la nación
dilacerada entre tres guerras civiles — la carlista, la cantonal y la cubana— a
lo largo del año 1873. Un pronunciamiento militar acabó con la República el 3
de enero del año siguiente, y tras un año de régimen confuso del que nadie
sabía ni el nombre advino al terminar su último mes la primera Restauración
(más bien segunda, después de la de Fernando VII) al proclamarse rey al
príncipe Alfonso, presunto hijo de Isabel 11, por otro golpe militar que
sancionaba los avances de un irresistible movimiento de opinión organizado por
Antonio Cánovas del Castillo, un liberal católico, a la vez moderado y
progresista, que se consagró como uno de los grandes estadistas europeos del
siglo XIX
y que devolvió a la Iglesia católica su plena libertad y su preeminencia en la
sociedad española. El Papa Pío IX, padrino de bautismo de Alfonso XII, mantuvo
con el régimen de la Restauración unas relaciones excelentes que se hicieron
casi filiales para España durante el reinado de León XIII, aunque los
conservadores de Cánovas no tenían nada de ultramontanos sino que practicaban
tolerantemente el liberalismo. Los liberales progresistas de Sagasta impulsaron
avances democráticos y asumieron, de forma bastante templada y escasamente
agresiva, la bandera del anticlericalismo sin molestar en el fondo a la Iglesia
en lo que restaba de siglo.
Aunque tanto
los liberales conservadores como casi todos los liberales progresistas eran
católicos practicantes en la España de Isabel II y de la Restauración, el
catolicismo de cruzada suscitado por la lucha político-religiosa del
Pontificado contra la Masonería en la segunda mitad del siglo XIX
animó a la creación de un catolicismo político militante y casi ultramontano,
muy próximo al carlismo, que
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configuró
dentro del partido moderado un grupo llamado neocatólico a lo largo de los años
sesenta, y en torno a la cerrada oposición al reconocimiento del reino de
Italia. Luego ese grupo se escindió entre quienes se incorporaron al carlismo y
quienes acabaron confluyendo en el partido liberal-conservador de Cánovas,
favorecido por el Papa León XIII. El asociacionismo católico de carácter social
se inició en España ante los ejemplos de Francia y Alemania en esa misma década
de los años sesenta y la red de círculos obreros, creada por el jesuita Vicent,
adquirió una gran extensión e influencia incluso antes de las grandes
declaraciones sociales de León XIII. Pero el asociacionismo social promovido
por los católicos españoles tendió inevitablemente, por el clima de
exacerbación política en que se movía la vida nacional, a verterse en la lucha
política durante el siglo XX. Por lo que hace al propósito de este libro
conviene marcar bien los principios de la politización religiosa española en
los ámbitos regionales; un fenómeno que alcanzaría graves consecuencias en el
futuro. El movimiento carlista, con varios focos en la mitad norte de España,
desde Galicia a Cataluña y el Maestrazgo, a partir de 1833, arraigó
especialmente en el País Vasco y en Navarra, donde la gran mayoría del clero
rural y muchos religiosos le apoyaron y encabezaron. Ante la frustración
carlista tras la derrota en la serie de guerras civiles, derrota que parecía
definitiva en los primeros años de la Restauración, que canceló los Fueros vascos
como represalia, un sector del carlismo y del clero degeneró en nacionalismo
radical, racista y separatista, sin abandonar por ello el ideal teocrático.
Pero vamos a los orígenes. Cuando en 1861 la Santa Sede y el gobierno de España
trataban de crear una diócesis en Vitoria que englobase el territorio de las
tres provincias vascongadas (proyecto que se realizó) un abad electo de Santo
Domingo de la Calzada, fray Justo Barbagero, escribió una memoria en contrario,
con dotes de clarividencia verdaderamente sorprendentes. Dijo en ella: Teniendo
los vascongados obispos de su habla, cabildos y párrocos de su habla,
pastorales, sermones, libros en su habla, se aferrarán más y más en ella,
tratarán de extenderla por los límites de las tres provincias, ganando el
terreno perdido y haciendo de ella una lengua nacional; y si a esto se agrega
la mayor afición que cobrarán a sus costumbres, tradiciones y fueros, que en
cierto modo se autorizan y sancionan, se habrá contribuido a formar en España
una nacionalidad distinta y una base de separación política para los que más
adelante quisieren invocar el principio de las nacionalidades[80]. De momento nadie más que el abad profeta
advertía tan · grave y real peligro, que surgiría con fuerza semejante
en las diócesis catalanas; el nacionalismo catalán, como el vasco, pujantes ya
a fines del siglo XIX, no se comprenden sin esa dura componente
eclesiástica y clerical, que alienta de forma muy arriscada a fines del siglo XX.
En cambio los obispos del conjunto de España, que habían apoyado con
excepciones iniciales al trono de Isabel II frente a los carlistas, se reunían
en Roma el1 de enero de 1870 para el concilio Vaticano I y dirigían a las
Cortes Constituyentes de la Revolución del 68 una dura requisitoria contra el
proyecto de ley de matrimonio civil, presentado poco antes, en el que
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expresaban su
rechazo total en nombre de la familia cristiana[81]. Se trata del
primer documento colectivo de la Iglesia española contemporánea.
CONVULSIÓN Y DESMANTELAMIENTO EN LA IGLESIA DE
IBEROAMÉRICA DURANTE EL SIGLO XIX
El tremendo
vacío que hasta ahora nos atenazaba —con excepciones alentadoras, aunque
insuficientes, como el célebre Manual de Hubert Jedin y la sugestiva Historia
de la Iglesia en América Latina del teólogo de la liberación Enrique Dussel[82], libro inclinado al futuro
liberacionismo pero que describe con rasgos acertados y desenfoques palmarios
la crisis del siglo XIX— en el confuso campo histórico de la Iglesia en
Iberoamérica durante ese siglo XIX se ha paliado, en cuanto a los antecedentes y
la época de la independencia (siglo
XVIII y primer tercio del siguiente) con el tomo
primero de la espléndida Historia de la Iglesia en Iberoamérica y Filipinas,
dirigida por el doctor Pedro Borges y publicada en la BAC-maior con motivo
del Quinto Centenario del Descubrimiento en 1992; con un tomo complementario
para las perspectivas regionales. Esta es una de las escasas obras, por cierto,
que justifican la arbitraria y anárquica «inversión» dilapidada sin rumbo ni
tino en esa conmemoración, más espectacular que enjundiosa. Me refiero a los
dos capítulos 44 y 45, La Iglesia y la Ilustración y La Iglesia y la
independencia hispanoamericana, debidos a J. González Rodríguez y a John
Lynch.
Ni uno ni
otro se refieren, sin embargo, a un terrible y verídico antecedente: el informe
que los insignes marinos Jorge Juan y Antonio de Ulloa, tras un detenido viaje
de inspección por Hispanoamérica, elevaron a mediados del siglo XVIII
a la Corte española y que tras su captación por el espionaje británico se
publicó después y, como ya he dicho, se ha reproducido ahora con el título Noticias
secretas de América. El panorama de la Iglesia hispanoamericana que ofrecen
los dos grandes marinos y patriotas es desolador; una decadencia y una
relajación total del clero, de la que sólo se salvan los jesuitas. Por eso la
expulsión de los jesuitas a manos de Carlos III representó una catástrofe para
España y para la Iglesia de Hispanoamérica, y lo mismo cabe decir sobre
Portugal y la Iglesia de Brasil.
La expulsión
de los jesuitas, como sabemos, fue una arbitrariedad del regalismo borbónico y
del despotismo ilustrado que tuvo por consecuencia la adscripción inmediata del
episcopado hispanoamericano —formado casi todo él por peninsulares
— al regalismo y al
despotismo de la Corona que designaba a los obispos en virtud del privilegio
del trisecular patronato regio. Muchos clérigos regalistas eran también
ilustrados; la Ilustración española, a partir de Feijóo, influyó seriamente en
el clero hispanoamericano, que participó intensamente en las Sociedades de
Amigos del País y en las décadas finales del siglo XVIII
experimentó en considerable porcentaje, sobre todo en medios urbanos, el
influjo de la Ilustración europea.
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El movimiento de emancipación, anticipado ya por
las tensiones entre la jerarquía episcopal —casi toda peninsular— y el clero,
en gran parte criollo o autóctono, se aceleró de forma torrencial cuando se
conoció en América española la invasión napoleónica; la caída de Sevilla en
1810 puede considerarse como la fecha clave para el arranque del movimiento
independentista, aunque la reacción realista en América, con escasa ayuda de la
metrópoli invadida, casi consiguió restablecer la soberanía de España en las Indias
en el año 1815. El movimiento independentista fue casi siempre criollo; los
peninsulares y las capas inferiores de la población —negros, indios y «castas»—
se alinearon con la Corona, salvo la gran excepción mexicana, donde la rebelión
partió de los curas criollos o mestizos que alzaron ejércitos de indios,
mientras muchos criollos y peninsulares (excepto los adscritos a la Masonería
escocesa, importada a la corte virreinal a mediados del siglo XVII)
permanecieron fieles a España hasta 1820. Dos fechas esenciales de la evolución
española repercutieron en América y en favor de la independencia. Los rebeldes,
patriotas o independentistas eran por lo general liberales ilustrados, entre
ellos todos los llamados Libertadores; Simón Bolívar por ejemplo era agnóstico
y masón aunque poseía demasiado sentido político para enfrentarse abiertamente
con la Iglesia a la que necesitaba como fuente de legitimidad. La Constitución
española dada en Cádiz en 1812 era netamente liberal; y la insurrección
liberal-radical de Riego en 1820 se organizó para impedir el envío de un gran
cuerpo militar expedicionario que sofocase la rebeldía del Plata. Al triunfar
la revolución constitucional de 1820 en España, muchos obispos, clérigos y
religiosos antiliberales se pasaron a la causa de la independencia; preferían a
los liberales de casa que a los de la metrópoli. Aquel acontecimiento marcó
también la adscripción de las clases dominantes mexicanas a la independencia,
por fuerza de su propio reaccionarismo derrotado en España.
La doctrina
de la gran escuela española de Derecho público —Suárez, Vitoria, Mariana— que
establecía desde el siglo XVII el origen del poder en Dios, comunicado al
pueblo, que luego lo confiaba al rey, fomentó el movimiento de independencia
cuando la Corona de España, degradada, se rindió a Bonaparte en mayo de 1808 y
luego se eclipsó mientras las Juntas peninsulares asumían la soberanía
abandonada. Algo semejante hicieron las Juntas americanas.
Los obispos
de América, casi todos peninsulares, se mantuvieron inicialmente fieles a la
Corona aunque Fernando VII, a partir de su regreso en 1814, consiguió de Roma
la sustitución de muchos de ellos a quienes consideraba erróneamente
sospechosos. La mayoría del clero, sobre todo el rural y bajo, apoyó pronto a
la independencia como represalia por su marginación; acabo de indicar que la
victoria de los liberales radicales en España sobre la Corona reaccionaria y
despótica de Fernando VII en 1820 inclinó a muchos obispos de América al bando
patriota que además en aquel año decidía ya militarmente la suerte de tan larga
guerra civil. La Santa Sede respaldó inicialmente a Fernando VII y a España por
considerar a la revolución iberoamericana como un escolio de la
francesa, una interpretación muy
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parcial pero
no descabellada. Los Papas Pío VII y León XII proclamaron en documentos
solemnes su apoyo a la soberanía española lo cual provocó un gran desconcierto
y rechazo entre los liberales independentistas. Gregorio XVI adoptó una
política más acorde con la realidad y Roma reconoció a las nuevas Repúblicas y
empezó a reconstruir la jerarquía en las nuevas naciones a partir de 1835, dos
años después de morir Fernando VII. Los nuevos gobernantes pretendieron y
fueron consiguiendo subrogarse en el privilegio del patronato para la
designación de obispos, como herederos históricos de la corona de España.
La Iglesia de
Hispanoamérica había nacido y vivido —durante tres siglos largos
— tan vinculada a la Corona
que la desaparición de esa dependencia, junto con las convulsiones de las
guerras civiles, dejó desmanteladas y sin rumbo a las iglesias nacionales. En
medio del proceso convulsivo la Iglesia vio reducida a la mitad su clero secular,
privado de la aportación española, y todavía más al clero regular. El ímpetu
secularizador de los gobernantes liberales quebrantó el poder económico de la
Iglesia y provocó a lo largo del siglo
XIX numerosas persecuciones que afectaron sobre
todo a los jesuitas. En general los gobiernos liberales se mostraron hostiles a
la Iglesia y los conservadores la apoyaron; el comportamiento de las frecuentes
dictaduras militares fue variable y oportunista. Sin embargo la semilla de la
fe plantada y cultivada durante la dominación española no fue erradicada; la
población de las nuevas Repúblicas se mantuvo por abrumadora mayoría fiel a la
religión católica que se expresaba muchas veces a través de una religiosidad
popular que algunos tienden absurdamente a simplificar como superstición. La
demografía explosiva de Iberoamérica en el siglo XIX y las emigraciones de masas
católicas a Norteamérica han logrado el resultado sorprendente de que hoy, a
finales del siglo XX, la mitad de los católicos del mundo vivan en
América.
Durante el
siglo XIX
la Iglesia de Hispanoamérica careció de una conciencia eclesial unitaria, que
logró en cambio a mediados del siglo
XX gracias a la tenaz labor de romanización y
coordinación que desde el siglo XIX intentó la Santa Sede. Las aportaciones de
clero europeo (sobre todo español) y luego, en menor medida, norteamericano
mejoraron, desde las últimas décadas del siglo, el decaído e incluso degradado
ambiente clerical, sobre todo cuando las órdenes religiosas y la Santa Sede
crearon instituciones en Roma para la formación del clero iberoamericano, como
el importante Colegio Pío Latino Americano en 1858, gracias al interés de Pío
IX por las Iglesias de América que había visitado como miembro de una misión
pontificia de reconstrucción. La situación moral del clero en el siglo XIX
respondía, por desgracia, a las descripciones de Jorge Juan y Ulloa para
mediados del siglo anterior pese a lo cual el prestigio del sacerdote, el
«padresito» se ha mantenido a un alto nivel de aceptación social durante los
siglos XIX
y XX.
La
Ilustración portuguesa durante el siglo
XVIII había sido mucho más virulenta contra la
Iglesia que la de España. El movimiento borbónico para la expulsión de los
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jesuitas se
originó en Portugal, en sintonía con elementos afines de la corte pontificia y
las demás cortes borbónicas. El galicanismo portugués resultó más despótico que
el reformismo español, durante la segunda mitad del siglo. En el número 5 de la
revista Nexo (primer semestre de 1985) el teólogo brasileño Martins
Terra traza un documentado y sobrecogedor esbozo sobre la historia
eclesiástica de Brasil entre los siglos
XVIII y
XX que aceptamos sin vacilar, titulado Fray
Boff y el neogalicanismo brasileño. Al terminar el siglo XVIII
la secularización, que parecía dictada por los philosophes de la
Ilustración francesa, afectaba profundamente a la Iglesia de Brasil, donde
«gran parte del clero y la mitad del episcopado eran masones». Con notabilísimo
sentido histórico y político la familia real portuguesa abandonó Lisboa en
1808, poco antes de que las tropas invasoras de Junot se asomaran al estuario
del Tajo, y bajo la protección de la escuadra británica arribó felizmente a la
costa brasileña, un gesto que preservó el régimen monárquico en Brasil hasta
casi finales de siglo. Pero durante la fase de dependencia de Lisboa y luego
bajo el Imperio de la familia real portuguesa la secularización siguió haciendo
estragos en Brasil, como en Portugal; en uno y otro reino la influencia
masónica a la que se añadió la invasión del positivismo fue (y es) mucho más
intensa que en España e Hispanoamérica, tal vez por la mayor dependencia de
Inglaterra, sede de la Gran Logia madre. El padre Feijó, ministro de Justicia y
luego regente de Brasil (1835-1837) «fue el mayor enemigo de la soberanía papal
en la Iglesia de Brasil» según el citado autor. Es cierto que el galicanismo
brasileño fue cediendo el paso a una importante romanización que hacia fines de
siglo fue la causa de un gran florecimiento social y cultural de la Iglesia de
Brasil, pero no se erradicaron las influencias masónicas ni la proliferación de
supersticiones y prácticas esotéricas, sobre todo de origen espiritista, mucho
más amenazadoras en Brasil que en las demás naciones de lberoamérica. En vista
de que la regeneración de la Iglesia brasileña se había logrado gracias a la
vinculación y orientación romana del Episcopado y la enseñanza católica, el
asalto contra la Iglesia de Brasil en el siglo XX se organizaría a través de
una formidable infiltración en el episcopado y en la enseñanza católica, como
en su momento veremos. Por lo demás muchas lacras e insuficiencias de las
Iglesias nacionales hispanoamericanas y su clero durante el siglo XIX
pueden aplicarse, incluso con agravantes, a la Iglesia de Brasil, donde el
clero era relativamente mucho más escaso para tan enorme extensión y creciente
población. En toda Iberoamérica la Iglesia (episcopados y clero, regular y
secular) siguieron enfeudados durante el siglo XIX a las clases dominantes y
descuidaron en gran medida el apostolado y la protección de los desposeídos,
contra lo que habían realizado tan abnegadamente en los siglos de la dominación
peninsular. La Iglesia de Iberoamérica a lo largo del siglo XIX
estaba cada vez más desmantelada y minada para un asalto general enemigo que se
produciría, como un cataclismo, en el siglo
XX.
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PÍO IX FRENTE AL LIBERALISMO: LOS ANATEMAS DE 1864
La
preocupación primordial de Roma durante el pontificado de Pío IX fue,
inevitablemente, el continuado asalto del liberalismo radical contra la Iglesia
católica y el Estado pontificio; con mezcla inextricable y desdichada entre el
problema político temporal y local suscitado por el movimiento de unidad
italiana por una parte; y por otra, la misión universal, espiritual y pastoral
de la Santa Sede. En ese combate contó el Papado con la lealtad incondicional
de la Compañía de Jesús, contra la que se desencadenó también una ofensiva
general de las logias masónicas y de los círculos políticos e intelectuales del
liberalismo radical europeo. Así el sacerdote Vincenzo Gioberti, paladín de la
unidad italiana como confederación de Estados bajo la primacía papal, y luego
primer ministro del reino de Cerdeña-Piamonte, publicó en 1846-1847 en cinco
volúmenes un arsenal antijesuítico desaforado, Il gesuita moderno en el
que reiteró todas las acusaciones calumniosas de la época ilustrada y del
jansenismo, con innumerables añadidos contemporáneos. De tan viciada fuente, horra
de toda objetividad, bebieron los numerosos detractores de la Compañía de Jesús
en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, entre los que destacó el
novelista español Vicente Blasco Ibáñez con su novelón de 1892 La araña
negra, centón de calumnias y deformaciones contra los jesuitas tramado con
el odio y el disparate. Es muy curioso que el libelo se reeditara con gran
aparato al terminar el régimen del general Franco en España, nunca supe por
qué. En la defensa de Roma contra el liberalismo Pío IX contó con el episcopado
mundial en bloque y con todas las órdenes y congregaciones religiosas así como
con gran parte de la opinión católica universal; incluso los católicos que se
creían compatibles con el liberalismo defendieron al Papa y casi siempre a sus
pretensiones de prolongar el poder temporal de la Santa Sede.
Restablecido
Pío IX en Roma por la conjunción militar de las potencias católicas después de
la revolución republicana de 1848, definió el 8 de diciembre de 1854 el dogma
de la Inmaculada Concepción de María —que había sido, además de creencia
multisecular en la Iglesia, una empresa histórica de la corona y el pueblo de
España— con aplauso de todo el mundo católico y con el deseo de inundar de luz
espiritual a un siglo que en algunos aspectos políticos y culturales parecía
cada vez más alejado de la Iglesia, aunque como venimos diciendo tal
apreciación global, muy comprensible ante la cuestión romana, distaba de poseer
un alcance universal. Las potencias de Europa se habían distraído frenando la
expansión de la Rusia imperial en la guerra de Crimea (1853) pero seis años
después retornaba al primer plano el problema de Italia. El conde de Cavour,
primer ministro del Piamonte, maniobró hábilmente al amparo de su gran aliado
Napoleón III y provocó al imperio austrohúngaro en 1859 dejándole además como
agresor ante toda Europa. El ejército franco-sardo a las órdenes de Napoleón
III, cuyo estado mayor hizo un excelente uso de la nueva comunicación por
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ferrocarril,
aplastó al austriaco mandado por el inexperto emperador Francisco José en la
batalla de Magenta y la hecatombe de Solferino. Envalentonado con estas
victorias, Cavour alentó las rebeliones liberales en Nápoles, regido por los
Barbones, y en los Estados Pontificios, por lo que el Papa excomulgó a la casa
de Sabaya en 1860; pero el condottiero radical Giuseppe Garibaldi, en
conjunción con el impulso expansivo de Víctor Manuel 11, se apoderó de Sicilia
y luego de Nápoles (7 de septiembre de 1860). El ejército piamontés penetró en
los Estados pontificios y desbarató al ejército del Papa organizado por el
cardenal de Mérode en la batalla de Castellfidardo. (La reina de España, Isabel
11, se asombraba de que el Papa pudiera tener un ejército y un ministerio de la
guerra). Cavour proclamó el reino de Italia en marzo de 1861, con el acuerdo de
Garibaldi, y desde entonces la caída completa del poder temporal del Papa era
cuestión de tiempo, y de poco tiempo, aunque Cavour murió en julio de ese mismo
año sin gozar de su victoria final. Para defenderse ante la opinión pública
mundial el Papa creó L’Osservatore Romano, órgano diario y oficioso de
la Santa Sede que aún hoy ostenta en su cabecera el título de «periódico
político-religioso» rematado por la alusión a las puertas del infierno. Y al
año siguiente, 1862, publicó la encíclica Maximum quidem denunciando la
amenaza de un movimiento para disolver la religión en la historia y la realidad
del pensamiento humano. Esta razón, junto al amago mortal contra el Estado
pontificio, fue la que principalmente le movió a la hora de convocar un
Concilio ecuménico. Dos acontecimientos de 1863 maduraron ese proyecto en la
mente del Papa y de sus consejeros. Aparecía en Francia, con amplio eco en todo
el mundo, otra Vida de Jesús, la de Ernest Renan, donde, como había sucedido
con la de Strauss, se negaba la divinidad de Cristo por motivos, ahora, del más
acendrado positivismo. Y en el congreso teológico de Múnich el grupo dirigido
por Dollinger aceptaba un acerca miento crítico a las corrientes del
pensamiento moderno y sembraba el recelo, de honda tradición germánica, contra
los teólogos «romanos». Reaparecía pues en el contexto católico alemán lo que
llamaría el gran teólogo del siglo XX Hans Urs von Balthasar «el complejo
antiromano». Pío IX zanjó la incipiente disidencia en una carta pública al
arzobispo de Múnich en la que se dolía del ambiente hostil a Roma en un sector
de la Iglesia alemana con menosprecio de la «antigua Escuela» y de los «santos
doctores». Por otra parte el católico liberal Montalembert acababa de proclamar
en otro congreso, el de Malinas, su famoso lema que entonces sonó a trallazo y
décadas después la Iglesia católica consideraría como un ideal: «La Iglesia
libre en el Estado libre». Tales «desviaciones» en pleno acoso del liberalismo
radical al Estado pontificio provocaron la durísima reacción de la Santa Sede
el 8 de diciembre del año siguiente, 1864: la encíclica Quanta cura y su
apéndice condenatorio, el Syllabus.
La Quanta
cura es un documento breve, tajante, como un clarinazo. Se dirige contra el
naturalismo, como designa el Papa a ese dogma conjunto de la primera
Ilustración que propone una sociedad humana constituida y gobernada sin
religión. El
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Papa
considera como «locura» la idea de que «la libertad de conciencia y cultos es
un derecho libre de cada hombre» y como nefasta la absoluta libertad de
expresión. Niega también la tesis liberal-ilustrada de que «la libertad del
pueblo constituye la ley suprema» y fustiga «el funesto error del comunismo y
el socialismo» justo en el mismo año en que Carlos Marx y otros promotores
anarquistas, ateos y masónicos instituían en Londres la Asociación
Internacional de los Trabajadores, la Primera Internacional que reunía (de
forma inestable) las tendencias socialistas-comunistas y anarquistas cuya
acción pretendía sustituir a la burguesía por el proletariado militante en la
dirección de la revolución mundial. La corriente anarquista de Bakunin
arrebataría pronto la Internacional al proyecto marxista autoritario; pero
durante las décadas siguientes resultaba difícil distinguir con precisión la
diferencia entre anarquismo, socialismo, marxismo y comunismo. En este último
término se englobaban, vistos desde el campo conservador y eclesiástico, todos
los impulsos de la nueva Revolución que tampoco se distinguía bien de la
revolución burguesa liberal y radical, como se demostró en el estallido de la
Comuna de París en 1871.
El Syllabus,
un documento anejo a la encíclica[83], es un extracto
de los «errores principales de nuestro tiempo» condenados en anteriores
documentos del mismo Papa. Se citan en el catálogo las proposiciones condenadas
y lo documentos que a ellas se refieren. Son en total ochenta proposiciones del
panteísmo, el naturalismo, el racionalismo absoluto y moderado y por supuesto
el liberalismo. En la condenada proposición 15 se dice: «Todo hombre es libre
para abrazar y profesar la religión que juzgue verdadera». Se condenan en
bloque el socialismo, el comunismo, las sociedades secretas, las sociedades
bíblicas, las clericales-liberales. Todas ellas son o defienden «pestilenciales
doctrinas». Dice la proposición conde nada número 16: «Los hombres pueden,
dentro de cualquier culto religioso, encontrar el camino de salvación». Y la
55: «La Iglesia debe ser separada del Estado y el Estado de la Iglesia». La 76:
«La supresión del poder civil que posee la Sede Apostólica contribuirá mucho a
la unidad y prosperidad de la Iglesia». El capítulo décimo del catálogo se dedica
a «errores referentes al liberalismo moderno». Proposición 77: «En la época
actual no es necesario ya que la religión católica sea considerada como la
única religión del Estado». Proposición condenada 80: «El Romano Pontífice
puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, el liberalismo y la
civilización moderna» si bien la alocución Iamdudum de 1861 había
matizado «Si por civilización moderna se entiende destruir a la Iglesia».
Quedaba
claro que el Papa respondía a la guerra del liberalismo radical y de la nueva
revolución presuntamente proletaria (realmente era otra cosa como demostraría
la Historia posterior; se trataba de la dictadura de una minoría intelectual y
política sobre toda la sociedad, incluido el proletariado) con la guerra
santa, la nueva cruzada. El Syllabus, nótese bien, fue
generalmente bien recibído en la Iglesia de aquel tiempo; uno de sus
principales promotores había sido el cardenal Pecci, el futuro conciliador León
XIII. El documento es durísimo, intransigente, antihistórico e
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intolerable
para nuestra sensibilidad liberal de hoy; pero debe advertirse bien, para no
incurrir en ucronismo, que para muchos enemigos de la Iglesia en el siglo XIX
la civilización moderna consistía realmente en el ateísmo y en la destrucción
de la Iglesia, como habían proclamado Holbach y Voltaire en el siglo anterior;
e incluso en la aniquilación de Dios y de Cristo, como pretendían Marx y
Nietzsche en la misma segunda mitad del siglo XIX. Desde entonces la evolución
de la Iglesia ha sido muy profunda; algunas proposiciones condenadas en el Syllabus
se han aceptado de forma expresa por los Papas del siglo XX
y el concilio Vaticano 11. Los jesuitas, que estaban entonces con el Papa,
quisieron sin embargo en algunos de sus focos ilustrados, como la revista
francesa Etudes entre 1864 y 1874, ser fieles también a su ejecutoria en
defensa de la libertad humana. Esto despertó sospechas en Roma y el Papa
dirigió una severa advertencia a los intelectuales de la Orden ignaciana en
1868.
Un siglo
largo después de la promulgación de estos anatemas de Pío IX sus coletazos
—ahora sí ya plenamente anacrónicos— estuvieron a punto de alcanzar, válgame
Dios, al autor de este libro. Durante mis oposiciones a la cátedra de Historia
contemporánea de España e Iberoamérica en 1975 el profesor Federico Suárez
Verdeguer, distinguido historiador y miembro del grupo fundacional del Opus
Dei, arremetió contra mis opiniones sobre la Quanta cura y el Syllabus
expresadas con todo respeto en mi libro, entonces de reciente aparición, Historia
básica de la España actual y las esgrimió con furia goyesca para privarme
de la cátedra, lo que afortunadamente no consiguió gracias a la sensatez
de la mayoría del tribunal. No lo refiero solamente como anécdota personal sino
para señalar las posibilidades de pervivencia del reaccionarismo en la Iglesia
y por supuesto en otras instituciones ajenas o no a la Iglesia. Creo que el
padre Suárez Verdeguer se arrepintió años después de aquella actitud, tal vez
porque leyó detenidamente el libro que con tantos bríos condenó en 1975. Por
supuesto que en aquella oposición dio su voto — inútilmente— a un «historiador
seguro» del Opus Dei, a quien yo había abierto las puertas de la Editora
Nacional cuando la dirigí; no sé si me lo ha agradecido después. Yo siempre he
sido bastante inseguro, pese a lo cual haré una clara opción en favor del Opus
Dei cuando llegue en esta Historia el momento de hablar sobre él. Para ello
tendré que elevar la mira y ahogar algunos resentimientos personales todavía
muy vivos, como el que me provocó injusta e irracionalmente don Federico.
EL CONCILIO VATICANO I Y LA PÉRDIDA DE ROMA
Justo en ese
mismo año del Syllabus convocaba Pío IX el concilio Vaticano el 29 de
junio. 41 obispos de España asistieron a la ceremonia de inauguración el 8 de
diciembre de 1869, cuando el gobierno liberal, radical y revolucionario
(burgués) de Madrid les lanzaba, como un desafío, la nueva ley sobre matrimonio
civil. Setecientos sesenta prelados, más de las tres cuartas partes de toda la
Iglesia
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jerárquica,
asistieron al Concilio, que celebró sus sesiones en la basílica de San Pedro.
Se impuso el secreto absoluto sobre las deliberaciones; cundieron los rumores y
las sospechas bajo la creciente presión del Reino de Italia sobre Roma. Un
tercio de los Padres eran italianos. Pronto se supo que el gran debate se
centraba sobre la infalibilidad. Los prelados se dividieron en dos bandos, pro
y contra. Trece de los 17 obispos alemanes, un tercio de los franceses y
algunos norteamericanos se declararon en contra del dogma proyectado. Los
españoles, en bloque cerrado, estuvieron en todo momento unánimes a favor de
los deseos del Papa. Al acercarse la fecha de la votación unos ochenta padres
abandonaron las sesiones. La votación se celebró el 18 de julio de 1870, en
plena agonía del Estado pontificio. 533 padres presentes votaron sí; dos
dijeron no pero aceptaron el dogma, que proclamaba la infalibilidad del Papa
cuando habla desde la cátedra de Pedro (ex cathedra) sobre asuntos de fe y
costumbres; no se aplica al magisterio ordinario ni a las opiniones o
decisiones restantes del Pontífice, aunque desde entonces no han faltado
quienes despotrican sobre lo que ignoran. Pero se aprobó una definición
adicional que tuvo tanta o mayor importancia y de la que casi nadie habla; la
plenitud de poder del Papa sobre cuestiones del gobierno de la Iglesia y
disciplina eclesiástica. Ello suponía la decapitación del galicanismo, el
regalismo y el conciliarismo. Casi todos los obispos que abandonaron el
Concilio habían pedido permiso para ello por razones de conciencia El arzobispo
de Maguncia, Ketteler, había suplicado de rodillas al Papa que no procediese a
la definición de la infalibilidad pero se sometió como casi todo el corto grupo
de oposición. Un pequeño conjunto de cien mil católicos, en Alemania, Austria,
Suiza y Holanda, se separaron en protesta. El mundo protestante reaccionó con
hostilidad que tal vez encubría en algunos una secreta envidia. El mundo
católico aceptó el dogma con casi total aquiescencia[84].
Al día
siguiente de que se proclamara la infalibilidad pontificia estallaba, por
trampas agresivas del canciller de Prusia, Bismarck, la guerra franco-prusiana,
que pronto acabaría en la humillación de Francia, la expulsión de Napoleón III,
la creación del Segundo Reich alemán en torno a Prusia y el final de la
protección francesa sobre lo que restaba del Estado pontificio. El 20 de
diciembre de 1870 a través de la brecha abierta en la Porta Pía y tras una
resistencia simbólica de las tropas papales, el reino de Italia se apoderaba de
Roma para hacerla capital del nuevo Estado de la Italia unida. Fue aplazada sine
die la continuación del Concilio, cumplido su objetivo principal. Un
plebiscito aplastante de la población romana confirmó la anexión de la Urbe al
reino de Italia. El Papa quedó prisionero (por su voluntad) en el recinto del
Vaticano y no aceptó la ley italiana de garantías dada el 13 de mayo de 1871
que luego se transformaría virtualmente en los acuerdos de Letrán en 1929. El
Papa retuvo el Vaticano, San Juan de Letrán y la quinta de Castelgandolfo pero
no el Quirinal, que sería residencia de los reyes de Italia. Como habían
previsto los católicos liberales, aunque lo condenase el Syllabus, la
privación del poder temporal acarreó un gran beneficio para la independencia,
la espiritualidad y la
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misión de la
Iglesia, así como un notable incremento del prestigio del Papa encerrado, que
pudo seguir ejerciendo su alto ministerio para todo el mundo.
Hasta su
muerte en 1878 Pío Nono se atrincheró en posiciones ultramontanas y mantuvo la
hostilidad de la Santa Sede al reino de Italia, en cuya vida política no podían
participar los católicos. Pero la Santa Sede no se opuso a la colaboración de
los católicos en la política liberal de otros países continentales como Francia
y España o anglosajones como el Reino Unido y los Estados Unidos aunque el
ideal vaticano de la política en aquella época seguía siendo, por nostalgia,
rutina y debido al despojo italiano, lo que entendemos por Antiguo Régimen, la
simbiosis del trono y el altar. El liberalismo moderado fue afianzándose en
varias naciones frente al liberalismo radical y la Iglesia de algunos países,
como los Estados Unidos, demostró una normal capacidad para convivir con ese
liberalismo democrático. Gracias a la hostilidad del marxismo y el anarquismo,
que crecían ostensiblemente en la década de los años setenta, el liberalismo
moderado se identificó cada vez más con el ideal democrático y muchos liberales
radicales, por ejemplo los progresistas españoles, que se habían enorgullecido
de su pasado «petrolero» (quemadores de iglesias) se moderaron abiertamente y
abrazaron una relativa tolerancia religiosa aunque no renunciaron a impulsar la
secularización. Sin embargo estaba ya a la vuelta de la esquina, mientras se
acercaban las décadas finales del siglo, un formidable ramalazo liberal-radical
y masónico contra la Iglesia, con epicentro en la Tercera República francesa,
dominada por las directrices masónicas. Contra lo que todavía hoy creen
bastantes portavoces clericales, a veces muy altos, el liberalismo democrático
ya no era, desde la recepción de John Stuart Mill, un laissez faire
implacable y antisocial, y así lo muestra la historia de la sociedad británica
a lo largo del siglo XIX; ese liberalismo admitía la intervención social
del Estado en beneficio de los más débiles. El liberalismo evolucionado no se
presentaba a fines de siglo como sustancialmente anticlerical y consistía
básicamente en tres afirmaciones. Primera, el individualismo, que no excluía la
solidaridad comunitaria; el respeto a la persona como fin, según la elevada
tesis de Kant que la Iglesia no suele valorar en sus críticas frontales al
liberalismo al que identifica sin más con el capitalismo despiadado. Segundo,
las relaciones de los seres humanos en comunidad son esencialmente morales. Y
tercero, una clara distinción entre la sociedad y el Estado. En la práctica,
como decimos, el liberalismo era la democracia, lo que no había sucedido muchas
veces en épocas anteriores del siglo
XIX, donde podían darse, como en España desde 1833,
regímenes liberales que no pueden calificarse de democráticos. El liberalismo
cada vez más democrático, tras las huellas del Reino Unido y los Estados
Unidos, avanzaba lentamente en Europa durante las décadas finales del siglo XIX
y terminaría por extenderse e imponerse en el siglo XX,
hasta ser aceptado primero en la práctica y luego en la teoría por la Iglesia
católica y los partidos en ella inspirados.
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APROXIMACIONES DE LA CULTURA A LA RELIGIÓN
La
hostilidad cerrada de la cultura republicana de Francia a fines del siglo XIX
hizo pensar a muchos católicos, dada la influencia de la cultura francesa en la
opinión mundial desde el siglo XVII, que todo el pensamiento del XIX
era igualmente antireligioso. No es verdad. Es cierto que seguía reptando el
positivismo incluso fuera de su ámbito acotado por Comte, pero los grandes
promotores del evolucionismo, que se imponía a partir de los años sesenta, no
eran ateos y conciliaban expresamente su doctrina con la religión; así Herbert
Spencer (1820-1903) que aceptaba un Absoluto incognoscible, pero no irreal,
como término de la religión conciliada con la ciencia; y sobre todo el gran
Charles Darwin, (1809-1882) que era creyente y que jamás vio en su obra
decisiva, El origen de las especies (1859) un ataque a la religión sino
una hipótesis inductiva para explicar numerosas observaciones sobre la
transformación de los seres vivos, y para expresar la selección natural como
principio rector de la lucha por la supervivencia. En el siglo XX
el jesuita Teilhard de Chardin intuiría, a partir de observaciones
paleontológicas, un evolucionismo todavía más profundo que no se opone a la fe
cristiana sino que la aureola de ciencia. Teólogos católicos se enfrentaron a
Teilhard como muchos teólogos protestantes a Darwin pero la Iglesia católica
había escarmentado bien de su aberración en el caso Galileo y no repitió el
disparate. Darwin además rechazó el ofrecimiento de Marx que deseaba dedicarle
el primer tomo de El Capital y pretendía incorporar la doctrina de
Darwin a su pensamiento político-social. Era el primer revés de la falsa
ciencia marxista ante la Ciencia auténtica.
Más aún,
durante la segunda mitad del siglo
XIX, ante el desbordamiento del idealismo y el
agotamiento del positivismo, apuntaban algunas corrientes de pensamiento más
próximas a la religión cristiana, que no fueron debidamente valoradas por el
tremendo recelo y el acomplejamiento cultural del Vaticano. Hacia la mitad de
la década de los sesenta el libro de Otto Liebmann Kant y los epígonos
proclamaba el retorno a Kant junto con el entredicho a los epígonos del
idealismo desde Fichte a Hegel; el neokantismo surgía en la escuela filosófica
de Marburg (Cohen/Natorp) y Baden (Windelband/Rickert). El rechazo del
idealismo epigonal conectaba perfectamente con la influencia de un gran
filósofo alemán, católico y sacerdote, que actuó como puente entre el pensamiento
del siglo XIX y el del siglo XX, Franz Brentano (1838-1917)
que exigía el retorno a la minuciosidad conceptual aristotélica; este pensador
interesantísimo aceptó plenamente la vinculación metodológica entre la
filosofía y la ciencia moderna y, gran conocedor de la Escolástica, postuló un
cultivo de la metafísica lejos de las fantasmagorías del idealismo de las que
en último término, y con toda razón, hizo responsable al propio Kant.
Volveremos sobre él.
Algunos
promotores del retorno a la metafísica son católicos o incluso sacerdotes,
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como
Bernhard Bolzano, pensador austriaco (1781-1848) con su Teoría de la ciencia
muy valorada por Husserl, que le considera como uno de los grandes lógicos de
la Historia. Más próximo a Leibniz que a los idealistas, dominó la matemática
de su tiempo e influyó en los orígenes de la lógica simbólica. Sacerdote y
religioso fue Augusto José Gratry (1805-1872) renovador del Oratorio de
Malebranche, que publicó La connaissance de Dieu, libro al que Julián
Marías considera como el mejor escrito sobre Dios en el siglo XIX;
restaurador también de la metafísica centrada en la teodicea, que defendió la
unidad de la historia de la filosofía desde los griegos y analizó dos conceptos
clave, el de Dios y el de persona. En algunas profundizaciones sobre la
relación entre la persona y Dios parece que ya estamos oyendo a Javier Zubiri.
Dos sacerdotes italianos muy implicados en la política piamontesa y en la causa
de la unidad de Italia figuran igualmente entre los restauradores de la
metafísica en el siglo XIX: el ya citado Vincenzo Gioberti y Antonio
Rosmini-Serbati (+1855) cultivadores del ontologismo, que adaptan a la época
actual el argumento ontológico de san Anselmo abandonado por Kant; el acto de
pensar en Dios implica, según ellos, su existencia pero no basta la sola razón para
confirmar esa existencia que necesita el apoyo de una intuición supra-racional.
Uno y otro reflejan una profunda idea cartesiana sobre la visión de las cosas
en Dios; pero tanto Pío IX como los jesuitas se opusieron al ontologismo sin
valorar las posibilidades positivas que ofrecía para el avance del pensamiento
cristiano en el mundo contemporáneo. Como por lo demás sucedió lamentablemente
en casi todos los casos citados; una ortodoxia recelosa se asustaba por los
excesos de Renan sin advertir las valiosas posibilidades de todo este
espléndido conjunto de pensadores creyentes que salvaban, mucho mejor de lo que
Roma creía, el abismo artificial entre la cultura y la fe durante la Segunda
Ilustración. Afortunadamente dos Papas de nuestro siglo, Pablo VI y Juan Pablo
II, han reivindicado con profundidad la doctrina y la actitud abierta de
Rosmini, como ha revelado Gianni Cardinale en su documentado artículo de 30
Giorni n. 92 (1995) p. 55s. Tampoco se preocupaba Roma, sumida en su
obsesión política y apologética contra el acoso del reino de Italia y del
positivismo militante y ateo, de aprovechar las prometedoras vetas religiosas
que ofrecía por todas partes la literatura del siglo XIX.
En España los intelectuales neocatólicos (como los profesores Vicente de la
Fuente y Marcelino Menéndez y Pelayo) alcanzaban mucha mayor altura objetiva
que los desmedrados y jaleados krausistas, quienes sin embargo gozaban y gozan
de un sistema de relaciones públicas (es decir, bombos mutuos) mucho más
eficaz, que se mantiene en nuestros días por la tenacidad de la prensa masónica
y la ignorancia de la prensa derechista. Las innegables disonancias de la gran
literatura rusa, por ejemplo en las obras de Dostoievski y Tolstoi, se
desvanecían ante la grandeza cristiana de sus intuiciones fundamentales; el
conde León Tolstoi, por ejemplo, en medio de sus éxitos universales como Guerra
y paz (años sesenta) y Ana Karenina (años setenta) nunca desmintió,
en el fondo de sus disparates y sus falsedades, su propósito inicial de «hacer
del reino espiritual de Cristo un reino de esta tierra». Es cierto que, como
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dijimos, la
gran literatura del XIX, sobre todo en Francia, ofrece alarmantes vetas
gnósticas y que Pío IX estuvo a punto de incluirla en el Índice casi en bloque,
lo que afortunadamente no se consumó; pero ni toda Francia escribía al borde de
la condena ni todo el mundo cristiano era Francia, donde había dominado hasta
poco antes la literatura católica y resurgiría pronto una presencia literaria
católica formidable. A medida que profundizamos en la historia real del siglo XIX
encontramos nuevas pruebas de que el divorcio entre la fe y la cultura no era,
objetivamente, ni universal ni siquiera preponderante. Lo que pasa es que la
propaganda cultural anticatólica resultó muy superior a la católica, que vivió
demasiados años abrumada por el adversario. Hasta eso iba a empezar a
remediarse seriamente en el pontificado posterior, cuando se inició la
reconciliación entre la fe y la cultura de nuestro tiempo.
En las
décadas finales del siglo XIX iba a producirse, además, sin que la opinión
culta se enterase hasta décadas más tarde, una colosal revolución en el seno de
la ciencia moderna que derribaría a la Ciencia Absoluta y destruiría con ello
los cimientos del muro artificial que separaba a la ciencia de la fe. Pero ese
acontecimiento, que es fundamental para nuestra historia, merece el tratamiento
detenido que le reservamos en el capítulo siguiente. Carlos Marx, por ejemplo,
murió en 1883 sin sospechar que tal revolución científica iba a liquidar, entre
otras cosas más importantes, el presunto dogma científico de su artificiosa
construcción teórica, incluidas las consecuencias universales de tal teoría.
EL ASALTO DEL KULTURKAMPF
El
historiador de la Iglesia Joseph Lortz afirma, al estudiar la actitud de los
bolcheviques contra el cristianismo a partir de 1917: «Nunca a lo largo de la
Historia había adquirido semejantes dimensiones el odio contra la religión»[85]. Es verdad; pero el diagnóstico del odio
(sembrado en la primera Ilustración y en la Revolución francesa) debería
adelantarse, referido sobre todo a la Iglesia católica, hasta la segunda mitad
del siglo XIX
y especialmente al último tercio de ese siglo; cuando se concentraba ante los
muros del Vaticano el odio agresivo del liberalismo radical, se presentía la
erupción anticlerical y antireligiosa del republicanismo francés y, desde el
corazón prusiano del otro gran nacionalismo europeo, el de Alemania, el canciller
Bismarck, forjador del Segundo Reich, desencadenaba una ofensiva total contra
la Iglesia católica precisamente en nombre de la cultura, la lucha de la
cultura o Kulturkampf. Este ataque amargó los últimos años del pontificado de
Pío IX y fracasó por la actitud firme y a la vez flexible de su sucesor León
XIII. Y puede considerarse, junto a la subsiguiente persecución
político-cultural contra la religión y la Iglesia católica en Francia, como el
último coletazo del mal llamado «espíritu del siglo» contra ella, que superó
desde la Roca la doble y terrible prueba con una renovada eclosión de vitalidad
y un proyecto positivo para la reconquista del mundo
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moderno.
Como ha subrayado Bracher[86] la rutilante victoria de Prusia en 1870 — tras haber humillado poco
antes a Austria en Sadowa— sobre el segundo Imperio francés le valió la
hegemonía continental en Europa y estableció bajo la égida de Bismarck un nuevo
equilibrio europeo además de permitir una proyección imperialista por parte del
nuevo Imperio alemán del Norte hacia África y Oceanía, en busca de las materias
primas y las rutas comerciales que abriesen camino a la expansión económica en
competencia cada vez más cerrada con Inglaterra, dueña de los mares y tronco de
varias dinastías europeas. La confrontación entre las dos grandes potencias
arruinaría en 1914los esquemas de Bismarck y provocaría la primera guerra
mundial; pero 1870 era un momento de gloria alemana que coincidía con la victoria
total del nacionalismo germánico predicado por Fichte, la consagración del
Estado Absoluto intuido por Hegel, el recrudecimiento militarista y antisemita
de la orgullosa sociedad alemana y las exaltaciones de Nietzsche, gran agitador
de los espíritus, pese a que, contradictoriamente, era muy crítico del Segundo
Reich y del antisemitismo.
En este
clima exacerbado donde dominaban el positivismo, los impulsos del
posthegelianismo nacionalista, el liberalismo radical europeo y los inicios de
la nueva filosofía vitalista e irracionalista, el célebre patólogo Rudolf
Wirchow, explorador de la neurología y parlamentario liberal-radical como jefe
de un partido bismackiano (aunque Bismarck, con su partido principal, era un
conservador reaccionario) desencadenó el Kulturkampf desde el ámbito (o mejor
pretexto) cultural con una sentencia no precisamente científica pero que
entonces sonó a declaración de guerra: «No he encontrado el alma en las
autopsias». Los protestantes de Alemania apoyaban también al protestante
Bismarck cuando, aprovechando las posiciones beligerantes de Wirchow, comunicó
los primeros signos de hostilidad contra la Iglesia católica y muy
especialmente contra la doctrina de la infalibilidad pontificia que consideraba
como una especie de ofensa personal. El partido católico del Zentrum, originado
en la década de los cincuenta para articular la actuación de los católicos en
la política prusiana y luego en el Reichstag, había apoyado con sus 58
diputados en el parlamento de Prusia la guerra contra Francia y se había sumado
con entusiasmo al proyecto imperial; pero también se alineaba en defensa del
Papa despojado y en favor de la infalibilidad definida en el concilio Vaticano,
por lo que Bismarck creyó que el Zentrum era hostil al segundo Reich, sobre
todo cuando los católicos polacos y alsacianos se unieron a ese partido.
Razones políticas y especiosos motivos culturales, atizados por el partido
nacional-liberal del propio Bismarck, gran competidor del Zentrum, empujaron al
canciller a una persecución en regla contra la Iglesia católica en Alemania.
Una ley de 1872 impuso una dura inspección estatal en las escuelas católicas.
Se rompieron las relaciones entre Alemania y el Vaticano; quedó suprimida la
Compañía de Jesús en todo el Reich. La ley de 1873 anuló la autonomía de las
iglesias y dio paso a nuevas disposiciones que sometían la Iglesia católica a
la supervisión total del Estado, por ejemplo en el vital terreno de la
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formación
del clero y la designación de candidatos para cargos eclesiásticos. Mientras la
Iglesia alemana reaccionaba con una inteligente resistencia pasiva, algunos
publicistas del partido nacional-liberal proclamaban «la supremacía del Estado
Nacional y la superioridad del espíritu alemán» sobre las estrecheces romanas,
en términos que anticipan la actitud y la actuación del totalitarismo nazi
frente a la Iglesia. Pero los católicos se apiñaron en torno a Roma y a su
jerarquía, superados ya todos los traumas de la infalibilidad; y en 1873 el
Zentrum aumentó su participación en el Reichstag hasta noventa diputados. Que
se opusieron inútilmente a la ley de extrañamiento de 1874, la del matrimonio
civil obligatorio en 1875, al encarcelamiento de cinco obispos y a la supresión
de las órdenes y congregaciones religiosas en Prusia. Pero al observar que la
virulencia de su injusta ofensiva fortalecía la cohesión de los católicos pese
al cierre de los seminarios y la humillante prueba del examen cultural exigido
a los sacerdotes, Bismarck dejó que se estancase el Kulturkampf desde 1876,
volvió sus fuegos contra el crecimiento de la socialdemocracia marxista y al
producirse el cambio en el pontificado se mostró dispuesto a una negociación.
El 3 de
junio de 1877 Pío Nono celebraba sus bodas de oro con el episcopado.
Innumerables peregrinos del mundo entero acudieron a Roma para promover una
auténtica apoteosis del Papa prisionero. Pero este triunfo final marcaba
también el ocaso de una gran personalidad y toda su época. Los colaboradores
principales del pontificado ya habían desaparecido, entre ellos el secretario
de Estado cardenal Antonelli, un político mundano y disoluto a quien el Papa
oyó en confesión durante horas, y fueron pocas. El propio Pío IX se daba cuenta
de que su tiempo ya pertenecía al pasado y hablaba amargamente de que su
sucesor tendría que cambiar las cosas, porque él ya no se sentía con fuerzas
para ello. Los cardenales más fieles advertían que la Santa Sede se estancaba,
carecía de horizontes frente a la realidad, aunque paradójicamente la inmensa
mayoría de los obispos y el clero, tanto secular como regular, mantenían su
apiñamiento en torno al despojado Papa Rey. El gran enemigo, Víctor Manuel II
de Italia, murió en enero de 1878. Unas semanas más tarde le seguía Pío IX, el
7 de febrero. La Iglesia había sufrido mucho bajo su mando, pero se había
confirmado en su misión. Hasta los mayores adversarios del Papa, fuera y dentro
de la Iglesia, acallaron sus críticas ante la grandeza de su muerte. Aunque por
toda la Iglesia se presentía la urgencia de un tiempo nuevo, de una orientación
que mirase más al futuro que al pasado.
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LA IGLESIA ENTRE LOS DOS ÚLTIMOS SIGLOS: LA
CONFRONTACIÓN IMPERIALISTA, LA NUEVA CIENCIA, LA TERCERA AGRESIÓN MASÓNICA, EL
SOCIALISMO MARXISTA Y LA HEREJÍA MODERNISTA
LEÓN XIII Y SAN PÍO X (1878-1914)
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DEFINIR UNA TRANSICIÓN HISTÓRICA
Pío IX, con
su grandeza y sus limitaciones, se perdió, tras su muerte, en el siglo XIX
del que había sido protagonista. Esbozamos aquí una historia de la Iglesia en nuestro
tiempo y vamos a penetrar en el siglo
XX que enmarca específicamente a nuestro tiempo.
León XIII vivió casi todo su tiempo cronológico en el siglo XIX
pero entró unos años en el XX; por su talante abierto y su decidida actitud
al encarar los problemas de la Iglesia ante el mundo real, se nos presenta hoy
como un hombre de presente y el futuro mucho más que del pasado. Su elevada
figura define, pues, una transición en la Iglesia, dentro de la acelerada
transición que, sin darse plena cuenta de ello, estaba viviendo toda la
Humanidad en las últimas décadas del siglo
XIX y las primeras del siglo XX.
Por eso los dos pontificados que estudiamos en este capítulo enmarcan una
transición dentro de una transición. Hemos de definir para ello, ante todo, las
líneas maestras de la transición universal, en la que va a inscribirse la
transición de la Iglesia. En el título de este capítulo, inevitablemente largo,
he concentrado esas líneas maestras.
En primer
lugar, la confrontación imperialista, mucho más compleja de lo que entonces se
creyó. La confrontación primaria, aparente, se generaba entonces entre dos
imperialismos europeos: el del Imperio británico y el Imperio alemán. Tras la
pérdida de las Trece Colonias en el último tercio del siglo XVIII,
el Reino Unido había construido, gracias a su talasocracia, a su primacía en la
Revolución Industrial y a su victoria sobre Napoleón, su Segundo Imperio que se
extendía por todo el mundo. La reina Victoria, que cubre casi todo el siglo XIX,
se coronó Emperatriz de la India cuando la penetración británica en el
subcontinente indostánico llegó a dominarle. Cuando Victoria murió en 1901
Inglaterra se creía la primera potencia mundial, y se lo siguió creyendo hasta
1914 pero en la primera de esas fechas tal presunción se había alejado ya de la
realidad, desde dos o tres décadas antes. Con sus victorias sobre el Imperio
austrohúngaro en los años sesenta y contra el Imperio del tercer Napoleón en
1870 la Alemania de Bismarck, el Segundo Reich o Imperio alemán, creía habar
logrado la hegemonía continental europea —lo que era cierto— y se procuraba en
África y en el Pacífico un vasto imperio colonial, para el que necesitaba una
poderosa marina de guerra. Por otra parte la industria alemana, tenida por
insuficiente y chapucera hasta bien entrado el siglo XIX,
se incorporó aceleradamente a la revolución industrial y al terminar el siglo
sus productos eran ya signo de calidad y aceptación universal. Se gestaba por
tanto, inevitablemente, la confrontación entre el experimentado imperialismo
comercial británico, poderoso en los cinco continentes y los siete mares, y el
joven, pero muy decidido y agresivo imperialismo germánico. El equilibrio
europeo, cuya nueva fórmula había impuesto el canciller Bismarck, iba a
hendirse por la antítesis germano-británica.
Pero uno de los
caracteres más profundos de la transición entre siglos era la
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rutilante
aparición de tres nuevas potencias imperiales, con pretensión hegemónica sin
límites. Rusia, gran vencedora de Napoleón, imponía su ley en Europa oriental,
donde era dueña de gran parte de Polonia; presionaba fatalmente contra el
Imperio turco decadente, en busca de una salida al Mediterráneo; y consolidaba
su formidable imperio siberiano hasta el mar del Japón, mientras, sin abordar
reformas sociales significativas, trataba de convertirse en una gran potencia
industrial y llegaría a conseguirlo si el régimen autocrático se mostraba, como
a lo largo del siglo XIX, capaz de ahogar la creciente oposición
burguesa y revolucionaria interior. Japón había salido de la Edad Media en el
último tercio del siglo XIX y antes de acabar ese siglo ya se había
transformado en una gran potencia expansiva con aspiraciones hegemónicas en
Extremo Oriente y el Pacífico; su choque con el Imperio ruso parecía también
inevitable. En fin, los Estados Unidos surgieron de su cruenta guerra de
Secesión en 1865 convertidos ya virtualmente en la primera potencia mundial y a
fines del siglo XIX cedieron a los imperativos teóricos de la
estrategia marítima e iniciaron una expansión imperial en el Pacífico (islas
Hawai y luego Filipinas) y en el Caribe (a costa de España). La tendencia
aislacionista de una parte sensible de su población se batía en retirada frente
al orgullo imperialista, que brotaba de la enorme y creciente riqueza de la
nación y de su población acrecida por inmigraciones selectivas de Europa.
Disputaban los Estados Unidos la hegemonía sobre Iberoamérica a Inglaterra; al
entrar en el siglo XX se mostraban objetivamente dispuestos a
disputarle la hegemonía mundial. El hecho es que, en este período de transición
entre siglos, la vieja Europa ya no poseía de hecho el poder hegemónico de que
disfrutaba a partir del descubrimiento de América. Tres grandes potencias
extraeuropeas se aprestaban al relevo inevitable mientras las naciones de
Europa iban a enzarzarse en una Gran Guerra (y por dos veces) que desde nuestra
perspectiva no puede calificarse más que como guerra civil y por tanto suicida.
Este es el
marco estratégico en que va a vivirse la gran transición entre los siglos XIX
y XX,
que coincide casi exactamente con los pontificados de León XIII y San Pío X.
Las demás líneas maestras de esa transición, que hemos resumido en el título
del presente capítulo, las iremos dibujando al hilo de los acontecimientos.
LEÓN XIII ANTE LA MUERTE DE DIOS
Joaquín
Vicente Pecci, Papa (de 1878 a 1903) León XIII expresó como divisa de su
programa: «Conquistar al mundo entero para la Iglesia» e inauguró con ello un
gran período pontifical —pontífice, el que tiende los puentes— que con sus
inevitables frenos y su combinación de claroscuros ha sido sin duda uno de los
más decisivos en la historia de la Iglesia católica. No quiso llamarse,
significativamente, como sus dos inmediatos predecesores, Gregario y Pío; había
nacido en una familia burguesa; de figura estilizada y elegante llegó a la
Santa Sede a los 69 años y
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mantuvo
hasta su muerte un pleno vigor físico, mental y espiritual. Discípulo de los
jesuitas en el colegio de Viterbo, estudió después en el Colegio Romano de la
misma orden con el profesor Luigi Taparelli, gran restaurador del tomismo, que
ya había cultivado el joven Pecci en el seminario de Perusa donde también se
inició en ciencia moderna y en literatura. Había sido legado pontificio en
Benevento, nuncio en Bruselas y arzobispo de Perusa desde 1846. Allí creó
cooperativas agrícolas, cajas de ahorros —dentro de esa actividad
bancario-benéfica de la Iglesia que se contrapuso eficazmente al auge de la
banca liberal italiana— y fomentó los progresos de la higiene y la medicina
popular. Desde Bruselas había viajado por Europa. Adversario permanente de la
política cerrada y negativa impuesta a Pío IX por el cardenal Antonelli, nombró
sucesivamente a dos grandes secretarios de Estado, tan firmes como
conciliadores; el cardenal Franchi, antiguo nuncio en España y desde 1887 al
cardenal Rampolla del Tindaro, mal visto en Austria por la independencia con
que regía las relaciones políticas de la Iglesia. Hombre de profunda piedad
personal León XIII creía hasta el fin en la doctrina que quiso exponer a la
Iglesia en numerosas y resonantes actuaciones de su magisterio. Se mantuvo
firme en la condena contra el Reino de Italia por la usurpación de los Estados
pontificios y ya sabemos que su preocupación doctrinal había contribuido a la
formulación del Syllabus de su predecesor. Pero se mostraba tolerante con las
diversas formas políticas, pragmático en su actuación exterior y sin complejos
ante la cultura moderna, que pretendió reconciliar con la fe desde posiciones
muy firmes del pensamiento católico, al que quiso articular en torno al impulso
neotomista, lo que comportaba un realismo crítico frente a los excesos del
idealismo y una actitud mucho más abierta ante la ciencia y el saber moderno,
como había sido en el siglo XIII la de Santo Tomás, esa gran fuente de la
sabiduría universitaria europea. León XIII abrió a los investigadores los
archivos del Vaticano, fiel al lema de «no decir falsedad, no callar verdad
aunque esa verdad no favorezca a la Iglesia». Reanudó, si bien con escaso
éxito, los intentos ecuménicos iniciados con ilusión por Pío IX. Su habilísima
relación político-eclesiástica con el Imperio alemán y la cooperación con
Bismarck en algunos puntos delicados (como la mediación ante España para el
conflicto del Pacífico, donde Alemania penetraba en su esfuerzo expansivo)
amortiguaron y, a fines de los años ochenta, cancelaron prácticamente el
Kulturkampf, lo que fue interpretado por todo el mundo como un formidable éxito
del Papa, que desde el mismo día de su elección había escrito al emperador
Guillermo I para mejorar relaciones. Bismarck, al término de la disputa que él
había atizado, recibió del Papa la suprema Orden de Cristo, lo que provocó
algunos resentimientos en el Zentrum, al que había dejado relativamente al
margen de las negociaciones de paz[87].
Pero si la
falsa confrontación oficial con la cultura germánica se desvanecía, la cultura
gnóstica y monopolista mantenía y recrudecía, junto con el liberalismo radical
y el socialismo revolucionario marxista, su hostilidad contra la religión y
contra la Iglesia. Ya vimos cómo durante la segunda mitad del siglo XIX
se diluía la
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preponderancia
del idealismo, cundía el positivismo radical con pretensiones de englobar al
descubrimiento del evolucionismo y también cómo el socialismo «científico»
reconocía al ateísmo como su principio y fundamento. Pero también se reclamaba
la vuelta a Kant y la restauración de la metafísica, sin excluir, en modo
alguno, el redescubrimiento racional de Dios. Aristotélicos de primera magnitud
como Brentano tendían puentes transitables entre el pensamiento del siglo XIX
y el del siglo XX. Desaparecido Carlos Marx en 1883 su
colaborador Engels trató de institucionalizar al marxismo mediante la creación
y coordinación de partidos socialdemócratas marxistas en la Segunda
Internacional creada en París a los pocos años de morir el frustrado profeta
rojo; hacia fines del siglo XIX esos partidos socialistas marxistas pugnaban
por hacerse un lugar en la convivencia política de sus naciones, dominada por
los partidos liberales, conservadores y nacionalistas; aunque la presencia
política del socialismo europeo no cuajó hasta la primera década del siglo XX,
la Segunda Internacional no pasó de una modesta oficina de coordinación, sin
excesiva fuerza como representación colectiva y los restos de la Primera
Internacional, caída en manos de la corriente anarquista, se desintegraban en
el terrorismo y luego evolucionaron a varios tipos de sindicalismo
revolucionario. En 1866 había aparecido en Alemania un libro espectacular que
parecía asumir y sintetizar toda la herencia del positivismo, el materialismo,
el determinismo y sobre todo el evolucionismo al que convertía en un nuevo
Absoluto: Fundamentos generales de la ciencia orgánica de la forma,
mecánicamente basada en la teoría reformista de la descendencia, de Charles
Darwin, cuyo autor era el investigador naturalista y filósofo Ernst
Haeckel (1834-1919) al que pronto siguieron otros como Los enigmas del
Universo y Las maravillas de la vida, traducidos a todos los idiomas con
tiradas que a veces superaban los cien mil ejemplares. Era la propuesta de un
materialismo monista, un determinismo total y una identificación de la
Naturaleza material, espiritual y humana con la evolución incesante cuyo
término era la conciencia de la propia Naturaleza a la que quien quisiera
podría llamar Dios; aunque Haeckel pretendía apoyase en Espinosa, en realidad
su sistema equivalía a una síntesis de panteísmo y ateísmo, con rechazo total
de la metafísica. El alma humana, por ejemplo, no era más que la suma de
movimientos del plasma en las células de los ganglios; tales dislates hacían
entonces auténtico furor, sirvieron como munición «Científica» para el
Kulturkampf y exageraron el acomplejamiento de la Iglesia ante la ciencia y la
cultura, cuando León XIII intentaba ya colmar el abismo entre la ciencia, la
cultura y la fe. Pero si Haeckel excluía la idea de un Dios personal, con lo
que Dios y el Hijo de Dios resultaban innecesarios, el mayor ataque contra Dios
en todo el siglo XIX —simultáneo al de Marx— vino del pensador a
quien hemos calificado como una de las claves del irracionalismo contemporáneo,
Friedrich Nietzsche, sobre quien tenemos que volver ahora, pues, aunque parezca
imposible, su tesis sobre la muerte de Dios se convirtió, bastantes décadas
después de morir el filósofo, en inspiradora de una presunta teología que se
puede denominar mucho
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Ya hemos
dicho que este prusiano esquizoide y genial se había entusiasmado en Leipzig
con el pesimismo de Schopenhauer y la grandilocuente música de Wagner, con
quien luego rompió con parejo entusiasmo cuando enseñaba filología clásica en
Basilea. Su tendencia poética y a la vez aniquiladora le impulsaba a «superar»
la razón y adoptar una actitud existencial y paradójica. En su primer período,
que abarcó hasta la muerte de Pío IX, 1878, se dedicó sobre todo a la crítica
de la cultura; sus dos períodos siguientes y definitivos —el de Humano,
demasiado humano con La gaya ciencia y el de Así habló Zaratustra—
nos revelan a un Nietzsche próximo a los enciclopedistas del XVIII,
sumido en el vértigo de la soledad, atraído irresistiblemente por la locura,
durante sus estancias en la Universidad de Weimar y su agonía en Neuburg junto
a su madre. Pero se reconoce un sentido de unidad sistemática a través de los
tres períodos de su pensamiento, que se decide por la victoria de lo dionisíaco
(una explosión a la vez vital y desintegradora) frente a la racionalidad y la
armonía de lo apolíneo. Este gnóstico cabal (establecía la antítesis universal
en torno a dos dioses-símbolo del paganismo) rompió la identificación hegeliana
de lo racional y lo real; adoraba a Voltaire pero se oponía a David Strauss y a
la cultura burguesa que no se resignaba a vivir en peligro (Ferrater). Trata de
descubrir su conjunto de valores nuevos en lucha contra la moral helada y vacía
de su época. Para el Nietzsche final los valores de la cultura europea se
encarnan en el cristianismo, el socialismo y el igualitarismo democrático; son
los tres elementos de una moral que debe descartarse al situarse el hombre por
encima del bien y del mal. A estos elementos caducos opone Nietzsche, en pleno
arrebato gnóstico, un vitalismo en trance de ascenso irresistible, la voluntad
de fuerza y poder. El cristianismo no es en el fondo más que un resentimiento.
La presunción de objetividad en que se apoya el hombre de ciencia es falsa.
Ante esa falsedad surge la Vida, que es ante todo voluntad de poder y dominio.
Al desmoronarse los valores caducos surge el Superhombre, que vive más allá de
la moral convencional y rastrera; en la virtú del Renacimiento. La vida
del Superhombre es lucha, esfuerzo. Posee la moral del señor, contraria a la
moral del esclavo y del rebaño, que es la propia de la moral cristiana. El amor
al prójimo, la objetividad, la humildad son valores cristianos y serviles.
En la nueva
tabla de valores se sustituye a la bondad por la virtú, que no denota
virtud sino fuerza; la humildad por el orgullo, la satisfacción por el riesgo,
la piedad por la crueldad, el amor al prójimo («próximo») por el amor a lo
lejano, lo que los hombres vulgares creen inalcanzable. Se hundirá la cultura
europea basada en los valores caducos; la voluntad de poder se afirma frente a
la sociología y la teoría del conocimiento; la doctrina (gnóstica) del eterno
retomo frente a la metafísica y la religión. El Dios cristiano, síntesis y
culminación de todos esos valores caducos, ha muerto; resulta inútil para el
estadio superior de la humanidad. Ya dijimos que el soñador de estas
aberraciones murió loco, abrasado por su irracionalidad sistemática.
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Este final
no resulta difícil de comprender; lo que sí resulta menos creíble es que sobre
tal espejismo se fundara en pleno siglo
XX esa teología llamada de la Muerte de Dios. Una
teología abiertamente gnóstica: Zaratustra es otro nombre de Zoroastro, el gran
inspirador de Maní para la creación de la gnosis irania.
UN LIBERALISMO SOCIAL Y EQUÍVOCO: LA SOCIEDAD
FABIANA
Mientras el
gran portavoz del irracionalismo caminaba así por el despropósito
trascendental, una nueva escuela de liberalismo anglosajón daba pasos
importantes tras las correcciones liberal-sociales de John Stuart Mili y
trataba, en el último cuarto del siglo
XIX, de humanizar y racionalizar todavía más al
liberalismo. Eran los idealistas de Oxford, encabezados por Thomas Hill Green,
que deseaban ampliar la participación de todos en la sociedad, declaraban la
guerra a la miseria, impregnaban al liberalismo de sentido social y aun
religioso y postulaban que la libertad moral debe ser el fundamento del
liberalismo político; la educación, por ejemplo, habría de considerarse como
función social de primera importancia. Como indica el profesor Sabine la
revisión liberal de Green limó las aristas entre liberalismo e
intervencionismo. El Estado puede y debe intervenir en favor de la educación
pública obligatoria. Y en los campos de la sanidad, la vivienda y el trabajo.
Esta humanización del liberalismo fue aceptada también por los conservadores
que seguían fieles a Burke; el idealismo de Green, que consideraba al hombre
como un ser social, influyó en la humanización del conservadurismo y en la
configuración de un socialismo liberal que excluía la lucha de clases y se
apartaba por ello de la tradición marxista, como ya habían hecho frente al
propio Marx las Trade Unions del sindicalismo británico. El liberalismo
humanista de Green discurría aparentemente próximo al grupo juvenil que
organizó la Sociedad Fabiana en 1883; tanto la escuela neoliberal de Oxford
como los fabianos defendían independientemente sus postulados como una
derivación social del liberalismo y pueden considerarse como inspiradores del
movimiento y el partido laborista, que sustituiría al partido liberal a partir
de la segunda década del siglo XX como alternativa política al partido
conservador en el Reino Unido.
Sin embargo
conviene distinguir profundamente el liberalismo idealista y humanitario de
Green y el liberalismo social, o mejor el socialismo liberal de la Sociedad
Fabiana, que tiene un signo político mucho más izquierdista y una influencia
más o menos secreta en el siglo XX. La Sociedad Fabiana, que se presentaba como un
club intelectual pero que constituyó desde el principio una auténtica secta de
poder con objetivos de orientación y dominio mundial, ha sido estudiada por el
joven investigador Manuel Bonilla Sauras en el libro de 1991 La trama oculta
del PSOE, al que antepuse un breve prólogo; y por la Fundación Veritas,
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formada por
un grupo de antiguos alumnos de Harvard, en el libro, realmente sobrecogedor, Keynes
en Harvard, publicado en 1981 en versiones inglesa y española, ésta en el
Centro de Estudios para la Libertad, Buenos Aires 1982. Las conclusiones de
estos estudios me parecen trascendentales; además están probadas
convincentemente y aclaran alguno de los grandes misterios de la izquierda
económica, política y cultural en nuestro siglo.
La Sociedad
Fabiana fue creada por un americano nacido en Escocia, Thomas Davidson, junto
con su amigo Edward R. Pease, miembro de la Bolsa de valores de Londres. Su
primer fin fue estudiar los problemas del espiritismo y sobre todo profundizar
y propagar una ida universal de socialismo afín al marxismo que iba a alumbrar
la Segunda Internacional por medio de Engels, pero sin identificarse
orgánicamente con ella. Pronto se sumó al proyecto el sexólogo Havelock Ellis,
calificado inmediatamente de pornógrafo. Uno de los miembros propuso para la
sociedad naciente el nombre de Quinto Fabio Máximo «Cunctator», el dictador
romano que utilizaba tácticas dilatorias para desesperar al gran enemigo de
Roma hasta que llegara el momento de asestarle el golpe decisivo. Se trataba,
por tanto, de un intento de penetración en la sociedad por medio de ideas
demoledoras y configuradoras; un proyecto paralelo al que década después
organizaría Antonio Gramsci desde un impulso marxista-leninista y con el mismo
objetivo: controlar la sociedad por medio de la conquista social y política del
poder. Por testimonio interno sabemos que la Sociedad Fabiana abominó desde sus
inicios contra el capitalismo, lo que no impidió a muchos de sus miembros
aprovecharse del capitalismo para crearse fortunas personales.
Muy pronto
se incorporaron a la Sociedad Fabiana miembros importantísimos, entre ellos el
dramaturgo George Bernard Shaw y su amigo Sidney Webb, funcionario entonces del
Departamento de Colonias; uno y otro se convirtieron pronto en inspiradores
principales del fabianismo durante los siguientes cuarenta años. Webb se casó
con la multimillonaria Beatrice Potter, frustrada pretendiente de Joseph
Chamberlain, heredera del ferrocarril canadiense Grand Truck e inagotable caja
de caudales para la expansión del fabianismo, que facilitó además múltiples
conexiones con altos medios financieros del Reino Unido y Norteamérica. Los
fabianos, entre cuyos líderes figuraban varios ateos conspicuos, ejercieron una
influencia decisiva en la creación del Partido Laborista y en la orientación de
su línea de izquierdas. Se les agregaron conocidos aristócratas en Inglaterra,
como lord Bertrand Russell y lord Kimberley. Desde su consolidación los
fabianos, y la izquierda política e intelectual del laborismo que con ellos se
identificaba, sintonizaron con todas las causas de la izquierda revolucionaria
en el mundo; hospedaron y animaron a Lenin y a los bolcheviques cuando
acudieron en 1907 a la Conferencia de Londres, empeño en que se distinguió el
dirigente fabiano Ramsay MacDonald, luego primer ministro laborista; la
relación se facilitó porque Lenin había traducido ya admirativamente en
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1897 la obra
de Webb sobre la historia de las Trade Unions. La Sociedad Fabiana mantuvo un
estrecho contacto funcional con la Segunda Internacional socialista y marxista,
se relacionaron con León Trotski, promovieron la Sociedad de Naciones antes de
la Gran Guerra y luego dominaron la Organización Internacional del Trabajo y
diversos órganos de las Naciones Unidas tras la segunda guerra mundial, como la
UNESCO.
Sin embargo
la actividad más decisiva de los fabianos en la orientación de la política y la
sociedad a escala mundial fue el dominio que lograron sobre las grandes
Universidades anglosajonas (Oxford y Cambridge en Inglaterra, Harvard en los
Estados Unidos) así como en los grandes medios de comunicación. El primer
periódico del mundo, el New York Times es un diario eminentemente
fabiano, y lo mismo puede decirse de la cadena informativa por él presidida y
orientada; el Washington Post, el Excelsior de México, El País
de Madrid, Le Monde en París, The Independent en Londres, La
Repubblica en Roma. Las grandes cadenas de televisión en todo
Occidente, a partir de las cuatro de los Estados Unidos —NBC, ABC, CBS,
CNN— la BBC británica, Televisa de México, Televisión Española y sus afines en
el resto del mundo responden a la misma orientación fabiana fundamental, lo que
comporta en sus órganos de orientación fuertes improntas de medios masónicos y
vinculaciones diversas con medios judíos. Volveré en el segundo libro sobre
este resumen pero convenía adelantarlo ahora para resaltar la influencia
decisiva del fabianismo.
Apenas
creado en la Inglaterra victoriana de los años ochenta en el siglo XIX,
el movimiento fabiano saltó, con las mismas características, el Atlántico y se
implantó con fuerza expansiva irresistible en los Estados Unidos. El centro de
implantación, una auténtica cabeza de puente intelectual, fue la más importante
e influyente Universidad norteamericana, la de Harvard, donde gracias a James
Robinson existe ya un irreversible foco fabiano en 1887. Los líderes fabianos
Sidney Webb y Edward R. Pease desembarcaron en Norteamérica en 1888. Además de
Harvard otras Universidades crearon muy pronto centros fabianos de gran
actividad, como Princeton, Columbia, Barnard, las Universidades de Nueva York y
Pensilvania. Reclutas fabianos de primer orden como el gran comunicador Walter
Lippmann y el jurista judío Félix Frankfurter se agregaron al equipo del
entonces secretario de Marina, Franklin Delano Roosevelt en 1917 y luego se
convirtieron en pilares de la presidencia rooseveltiana, que adquirió un
indeleble tinte fabiano. Desde entonces los fabianos de los Estados Unidos, que
eran socialistas y socialdemócratas muy proclives, en ocasiones, al comunismo
soviético (como en el caso de sus primos ingleses) se conocieron como liberals,
término voluntariamente equívoco, porque eran socialistas e intervencionistas,
todo lo contrario del liberalismo originario y auténtico. Para entonces ya se
había convertido en pontífice máximo del fabianismo en Inglaterra, Estados
Unidos y todo Occidente, el creador de la Nueva Economía, profesor John Maynard
Keynes.
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Hasta la vigorosa reacción del auténtico
liberalismo económico en nuestros días, guiado por Hayek y von Mises, el
«liberalismo» fabiano de Keynes dominó el pensamiento económico (y buena parte
del político) a uno y otro lado del Atlántico desde la primera guerra mundial
hasta bien entrada la postguerra de la segunda. Las grandes Universidades de
Inglaterra y los Estados Unidos, las grandes Fundaciones norteamericanos (Ford,
Carnegie, Guggenheim) se han volcado durante décadas en la propagación del
keynesianismo, es decir del socialismo democrático intervencionista que se
presentaba como salvador del capitalismo cuando realmente vivía al borde de la
hostilidad contra el capitalismo. Keynes aprendió de su padre, profesor en
Cambridge, el recelo contra el liberalismo clásico y se relacionó con los
fabianos desde los 19 años. Profesor en Cambridge desde 1908 su identificación
con los fabianos fue cada día más completa, así como su oposición al concepto
de libre empresa. Se mostró desbordantemente comprensivo con los bestiales
excesos de Stalin que atribuía a la brutalidad del carácter ruso más que a la
esencia tiránica del comunismo. Cuando MacDonald accedió al cargo de primer
ministro en 1929los fabianos, con Keynes a la cabeza, coparon numerosos puestos
de la administración económica inglesa. Fusionó en 1931 su periódico The
Nation con el órgano fabiano radical izquierdista New Statesman,
fundado en 1913 por los Webb y Bernard Shaw. Acrecentó su influencia en la
orientación de la política económica norteamericana, sobre todo al sobrevenir
la gran crisis mundial de 1929. Desde entonces el partido demócrata de los
Estados Unidos, el mundo político de los liberals y sus portavoces en la
prensa —el New York Times— y en los demás medios viven postrados ante
John Maynard Keynes y sus colegas de signo fabiano, como Schumpeter y John
Kenneth Galbraith. Ninguno de ellos se ha confesado abiertamente marxista pero
gracias a ellos y a los demás fabianos el marxismo ha penetrado profundamente
en las Universidades de los Estados Unidos y de todo el mundo occidental, y se
mantiene absurdamente incluso después de la caída del Muro de Berlín en 1989.
El carácter fundamentalmente totalitario sobre el que se basa la doctrina
fabiana se ha revelado cuando dirigentes fascistas como el británico Mosley
(antiguo miembro de la Sociedad Fabiana) y el Duce italiano Mussolini han
manifestado, ya como fascistas, su adoración por Keynes. La Fundación Veritas
(Harvard. Buenos Aires, 1981) ha revelado la trama del fabianismo en el
fundamental estudio Keynes en Harvard.
Por otra
parte los liberals, sus promotores fabianos y sus entornos socialistas
se han relacionado amplia y profundamente con las diversas especies de
movimientos mundialistas que también exhiben fuertes improntas de sectores
masónicos y judíos. A estas alturas ya no cabe despreciar olímpicamente estas
relaciones como forjadas en los delirios de la extrema derecha. Atención al
peculiar principio del nuevo equilibrio mundial que emerge por todas
partes cuando pretendemos analizar de cerca las doctrinas fabianas, liberals
y mundialistas. Las doctrinas y las actuaciones.
A partir de
1905 la cultura y el gran periodismo español tienen la suerte (no demasiado
valorada hoy) de contar en el corazón intelectual de Londres con un
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observador y
partícipe de excepción, Ramiro de Maeztu, un miembro excelso de la generación
del 98 de quien Ortega diría que era el hombre más culto de España. Los quince
años de su estancia en Londres (entreverados por frecuentes visitas a España)
han sido magistralmente estudiados por el profesor Fraga Iribarne[88]. Fraga describe cómo Maeztu se relacionó con el
grupo de la revista New Age (denominación que ofrece una sospechosa
coincidencia con la secta del mismo nombre, revelada por entonces, relacionada
con algunos rincones del fabianismo y muy extendida en nuestros días) y con
todo el hervidero del liberalismo inglés y sus corrientes de corrección social,
entre las que destacaba la misma Sociedad Fabiana, descrita con tintes
demasiado idílicos por Sabine. Maeztu, que llegó a ser figura en la vida
intelectual de esos grupos ingleses, evolucionó con varios amigos ilustres,
como Hilaire Belloc, hacia posiciones organicistas y conservadoras, mientras el
matrimonio Webb y otros amigos derivaban a la izquierda, fundaban, como vimos,
la revista The New Statesman y se aproximarían, andando los años, al
comunismo soviético hacia el que mostraron una desmesurada comprensión.
Por su parte Manuel Bonilla Sauras, que ha estudiado con profundidad y
originalidad los orígenes y desarrollo del mundialismo, se refiere a la
Sociedad Fabiana y al laborismo de izquierdas que de ella emanó con fundado
recelo crítico, al detectar —según acabamos de ver— las relaciones del
fabianismo con los orígenes de lo que hoy llamamos mundialismo[89]. El mismo autor nos informa sobre la
adscripción al grupo Webb de extraños personajes como la teósofa y ocultista
Annie Besant, profetisa del nuevo gnosticismo, a quien encontraremos como
fundadora del movimiento secreto y sectario también llamado New Age al que
aludía el Papa en su reciente libro. Todas estas implicaciones nos obligan a
valorar con suma precaución las pretensiones de Sabine sobre la humanización
del liberalismo a fines del siglo
XIX y principios del XX; el esfuerzo de humanización
era en parte auténtico pero muchas veces se complicaba con interferencias de
movimientos extraños y sociedades secretas, como explica sugestivamente Bonilla
Sauras. A principios del siglo XX se estaba gestando, pero aún no aparecía con
claridad, la gran lucha de la Iglesia contra la Nueva Modernidad y la Nueva
Revolución; el socialismo marxista parecía aún una esperanza y el partido
laborista británico no se ha despojado de sus raíces marxistas expresamente
hasta las semanas en que se escriben estas líneas, poco antes de abrirse la
primavera de 1995. Todas las grandes confrontaciones del siglo XX
estaban, en su primera década, apenas planteadas.
En
resolución, la doctrina liberal, identificada cada vez más con el ideal
democrático en su aspecto político, a lo largo del siglo XIX,
y con el sistema de mercado libre o capitalismo en el plano económico, distaba
de ser en los comienzos del siglo
XX, pese a su confusión, un credo antisocial e
inhumano. De hecho, mientras en Europa el término liberal mantiene aun
hoy su significado primigenio, (doctrina contraria al intervencionismo del
Estado) en los Estados Unidos hoy liberal equivale
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a
«socialdemócrata» una vez que este término se ha despojado (no sé si del todo)
de su marxismo originario. La alianza actual de liberales y socialdemócratas en
el Reino Unido, por ejemplo, reconoce como su raíz al liberalismo humanista de
la escuela de Oxford. La crítica, muy común en medios de la Iglesia y en la
doctrina pontificia, del capitalismo y el liberalismo como doctrinas
antisociales dictadas por el egoísmo de clase dominante resulta hoy, ante la
práctica liberal y capitalista del siglo
XX en las naciones más progresivas, cuando menos
anacrónica, como han aclarado pensadores de la talla de Jean-François Revel y
Michael Novak o entre nosotros Federico Jiménez Losantos.
UN ACONTECIMIENTO TRASCENDENTAL: LA QUIEBRA DE
LA CIENCIA ABSOLUTA
Pero ni la
cultura liberal-radical a fines del siglo
XIX y comienzos del XX, ni los nuevos filósofos del
vitalismo y el irracionalismo, ni los marxistas que se estaban ya dividiendo en
revolucionarios bolcheviques y revisionistas humanistas, ni los epígonos del
positivismo y el evolucionismo dogmático al estilo de Haeckel, ni los nuevos
gnósticos arropados por la Masonería, ni por supuesto los idólatras, que eran
legión, de la Ciencia Absoluta en nombre de la cual se proferían tantos
apriorismos, ni los observadores más penetrantes que analizaban las corrientes
de la cultura con perspectiva católica, ni los renovadores neoescolásticos
advirtieron hasta ya bien entrado el siglo
XX un fenómeno cultural de primerísima magnitud,
tan importante como la creación de la ciencia moderna y el racionalismo en el
siglo XVII:
me refiero al hundimiento de la Ciencia Absoluta entre la última década del
siglo XIX
y la primera del siglo XX, el destronamiento de Newton como criterio de
certeza infalible y espejo de la filosofía moderna. Pese a la trascendencia de
este fenómeno hay todavía numerosas personas cultas, en los campos del
pensamiento, la filosofía, la literatura y del derecho, entre otros, que no lo
han captado ni menos asimilado; conviene resumir ahora sus principales
perspectivas sin las que no se puede comprender una palabra de los
planteamientos culturales profundos del siglo XX, que forman el marco para
nuestra investigación[90]. El conjunto bibliográfico que acabo de ofrecer
en la nota 90 es revelador y hubiera sido impensable antes de 1970; hoy es
sencillamente imprescindible. El último coletazo del ateísmo cosmológico, El
azar y la necesidad de Jacques Monod queda abrumado y sepultado por ese
conjunto, escrito desde la ciencia en dirección a la fe. Para que se
hayan podido escribir esos libros era necesario el hundimiento de la Ciencia
Absoluta que se enmarca históricamente, para nosotros, entre los pontificados
de León XIII y Pío X aunque ninguno de los dos Papas, como la inmensa mayoría
de los observadores de la Filosofía y de la Ciencia, lo advirtió entonces.
Así resume el
profesor Taylor las conclusiones de su capítulo La vieja Física en
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la que por
supuesto incluye a Newton:
En
conjunto (a fines del siglo
XIX) el mundo material parecía
un lugar muy lógico y comprensible, y a fines del siglo pasado se juzgaban
conocidas sus leyes básicas. Un físico famoso de aquella época aconsejaba a sus
alumnos que no se dedicaran a la Física, ya que había quedado convertida en un
simple problema de obtener las soluciones de una serie de ecuaciones conocidas;
no quedaba — decía— sino calcular la sexta cifra decimal. La historia de la
evolución de la Física nos enseña lo peligroso que resulta, en cualquier época,
hacer una afirmación como la anterior. El error fue mucho mayor por el momento
en que se produjo: en el transcurso de muy pocos años, los fundamentos de la
ciencia, que hasta entonces parecían tan firmes, habrían de quedar arrasados,
iban a desaparecer las leyes de Newton, el espacio y el tiempo e incluso la
certidumbre… Y desde luego iba a quedar desterrada la certidumbre que
expresaban las palabras indignas de aquel famoso físico. A partir de aquel
momento nada en la Física podría considerarse sacrosanto[91].
El primer
ariete contra la Ciencia Absoluta vino del descubrimiento de los rayos X en
1895 por el profesor Roentgen, que comportaba ya la caída de un dogma clásico:
la indivisibilidad del átomo. A poco el físico francés Henri Becquerel dio el
paso siguiente al descubrir la radiactividad, que implicaba la emisión de
radiaciones consistentes en partículas subatómicas cargadas y otras de
naturaleza diferente. Después, ya en 1913, el físico danés Bohr demostró que
los electrones violaban las leyes de la Física clásica en su giro estable, y en
coincidencia con las investigaciones anteriores (1900) del físico alemán Max
Planck que con su hipótesis de la emisión discontinua de energía, los quanta,
había predeterminado también la demolición de la Física clásica, tanto las
ecuaciones de Newton sobre la dinámica como las de Maxwell para interpretar el
electromagnetismo. En 1905 Albert Einstein propuso la teoría especial de la
relatividad, que terminó con los conceptos clásicos del espacio y el tiempo;
así mostró que carece de sentido hablar de movimiento absoluto y de referencias
absolutas para el movimiento de los cuerpos. Era el final de la Ciencia
Absoluta, convertida en Relativa. Por último y ya en la segunda década del
siglo XX
el físico alemán Werner Heisenberg formuló su principio de indeterminación, por
el que se descartaba la aproximación objetiva e indefinida a los fenómenos
observables y la Ciencia Exacta se convertía fatalmente en aproximación
estadística.
Desde
entonces quedaba eliminada la Ciencia Absoluta, la ciencia que se había vuelto
prepotente y orgullosa más por la interpretación de los filósofos, desde la
Ilustración al positivismo, que por las pretensiones de los propios
científicos. La filosofía o mejor, un sector de ella, que había considerado a
la ciencia como sustitutivo absoluto de la teología desde el siglo XVIII,
se quedaba sin modelo; los axiomas de Descartes, de Kant, de Hegel, de Marx y
sobre todo de los positivistas de diversos pelajes, la idolatría científica de
los enciclopedistas y los ilustrados quedaban asentados en el vacío (¡y después
del experimento de Michelson-Morley ni
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siquiera
existía el éter para llenar ese vacío!) ante una Nueva Ciencia mucho más real,
y por ello mucho más humilde. ¿Qué soluciones quedaban a los adoradores de la
Ciencia Absoluta? Solamente dos: sumergirse en el irracionalismo y su variante
el existencialismo, para pensar sobre la angustia del hombre radicalmente
desarraigado y desorientado; o retornar a la religión y a la teología,
abandonadas desde el siglo XVIII. Por eso el siglo XX es el siglo de la angustia
existencial y el siglo de un significativo despertar teológico como no se
había producido desde el siglo XVII. Claro que esta consideración fundamental no ha
calado aún del todo en la opinión pública culta, no digamos en la vulgar; ni
tampoco en las corrientes teológicas y culturales de la Iglesia católica. Pero
se trata de un vuelco real, demostrable y dramáticamente confirmado por las
explosiones nucleares a partir de 1945, por la revolución de la tecnología en
electrónica y en informática, por el salto del hombre y sus instrumentos
exploradores al sistema solar y fuera de él, por el colosal desarrollo de una
ciencia ficción que tal vez no sea más que una anticipación, como sucedió con
las novelas de Julio Verne; por los progresos que parecían inalcanzables de la
química, de la biología, de la investigación sobre el átomo, de la ingeniería
genética, de la medicina, todos ellos ya privados del orgullo fáustico y
nietzscheano que exigía para muchos la previa proclamación de la muerte de
Dios. En el siglo XX, tras el hundimiento de la Ciencia Absoluta
desde fines del XIX, ha sido la propia Ciencia real quien ha
prescindido de los anteriores dogmatismos y ha insinuado el retorno a lo divino
como única referencia absoluta de un hombre y un mundo totalmente
relativizados. Astrofísicos eminentes como Hubble, el profesor Fred Hoyle y
Robert Jastrow[92] han encontrado o reencontrado
a Dios en medio de polvo de estrellas; la hipótesis del Big Bang —la
explosión que inauguró al Mundo y al Tiempo— llevó a un Papa del siglo XX
(Pío XII) a sugerir una novísima vía hacia la existencia de Dios desde el
creacionismo de la astrofísica moderna; y la espléndida reflexión de Hawking, Historia
del tiempo, bestseller mundial en estos años, consiste, en el fondo, en una
meditación sobre la posibilidad, la incertidumbre y el vacío de Dios en medio
de los agujeros negros. Este es de hecho el marco de la Nueva Ciencia en que va
a moverse la consideración histórica de la Iglesia durante el resto del siglo XX,
campo principal de este libro. Aunque un amplio sector de la opinión pública
general de la Iglesia y de la teología aún no se haya enterado.
LA ENCÍCLICA «AETERNI PATRIS»
Desde su
perspectiva de lucha y acoso el Papa León XIII, que era un excelente observador
de la cultura contemporánea, se ocupó, recién llegado a la Santa Sede, de
revitalizar el sentido y la acción cultural de los católicos y de proponer una
alternativa general de pensamiento para los intelectuales y docentes de la
Iglesia en medio de la confusión contemporánea. No atendió, para ello, a las
corrientes y
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esfuerzos
aislados del pensamiento cristiano que, como creo haber mostrado en las páginas
anteriores, merecían ser tenidas muy en cuenta para tan alto propósito, pero
cuya benemérita proximidad al resto de la filosofía moderna les hacía
sospechosas y nada ejemplares ante la observación de Roma, adherida aún a los
anatemas del Syllabus. Preocupaba mucho al Papa la evidente ventaja de
la teología protestante en cuanto al análisis histórico y filológico de
los textos bíblicos y la sucesión de los dogmas, que pronto alcanzaría nuevas
cumbres con las obras de Alfredo Harnack Historia de la Iglesia alemana
(desde 1892), Manual de historia de los dogmas (1885-89). Para Harnack,
y desde una perspectiva historicista y racionalista, la dogmática cristiana es
una infusión del espíritu helenístico sobre la trama del Evangelio; el dogma
resulta así tributario de la Historia. La historia de los dogmas acaba para
Harnack en el siglo XVI; lo que sucede después es historia de la
teología por confesiones. El dogma es válido sólo por su mediación histórica;
lo que supone una perversión de la tradición, que para la Iglesia católica, antes
y después de la Reforma protestante, es una fuente de fe.
El 4 de
agosto de 1879 León XIII publicó una de sus grandes encíclicas, la Aeterni
Patris, «sobre la filosofía cristiana según la mente de Santo Tomás», documento
breve y claro al que siempre se atuvo para la orientación cultural de la
Iglesia[93]. Las causas de los males en la vida pública y
privada son, según el Papa, «Unos criterios erróneos sobre las cosas divinas y
humanas, emanados hace ya tiempo de ciertas escuelas filosóficas, que han
penetrado en todos los órdenes de la sociedad y han sido aceptados servilmente
por una gran mayoría». Contra esa penetración disolvente, la filosofía de Santo
Tomás de Aquino, por su racionalidad y su cabal defensa de la fe, representa la
máxima cumbre y el faro todavía vigente para el pensamiento cristiano. Pero la
escolástica, que recibió de él su máximo impulso, fue descartada y sustituida.
La multiplicidad degeneró en la duda «y desde la duda… ¡qué fácilmente se
desliza hacia el error el entendimiento huma no»! Tras este revés a Descartes,
el Papa advierte que las ciencias físicas han de ser cultivadas y apoyadas; que
no existe contradicción entre la ciencia moderna y la escolástica. Y recomienda
la sabiduría de Tomás, no las posteriores desviaciones de la Escuela.
Más aún, la auténtica filosofía cristiana está en armonía «no sólo con
la ciencia sino con las bellas artes y las artes libres». Santo Tomás es la
cumbre de la «filosofía perenne». El borrador de la encíclica se había
encargado al profesor jesuita Joseph Kleutgen.
Para
orientar a los católicos en medio de la dramática confusión de las ideas
modernas, León XIII absolutiza la filosofía de Santo Tomás, que era y es un
legado inestimable pero dentro de su contexto histórico; y difícilmente podía
responder a los problemas contemporáneos desde sus posiciones de Cristiandad
medieval en el siglo XIII. Es verdad que el Papa distinguía siempre entre
la investigación filosófico-teológica y la docencia, a la que principalmente se
refería en su documento. Pero su talante resultaba más especulativo que
positivo y la teología neotomista marginó
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bastante a
la fundamentación bíblica y sobre todo a la historia eclesiástica profunda y
más aún a la llamada teología positiva y a los contactos con la cultura moderna
entre la que había vetas muy aprovechables. Además de los nombres citados
afloraban ya a la historia del pensamiento en la época de la encíclica los del
círculo, luego heterodoxo, de Loisy, los del dominico Lagrange, fundador de la
escuela bíblica de Jerusalén y las contribuciones a la historia eclesiástica
por parte de la Universidad católica de Lovaina. Desde principios del siglo XIX
se intentaba una revitalización del tomismo que recibió un impulso enorme con
la encíclica. El cardenal de Malinas, monseñor Mercier (+1926) fundador del
Instituto filosófico de Lovaina, dio al neotomismo una apertura al pensamiento
moderno de la que surgieron el padre Sertillanges, el influyente publicista y
filósofo cristiano converso Jacques Maritain, el jesuita Billot y el también
jesuita Maréchal, que trató de verter el tomismo en moldes kantianos y diseñó el
llamado tomismo trascendental que llegaría a su apogeo (y a su gran desviación)
con Karl Rahner. El padre Billot, en cambio, profesor de la Universidad
Gregoriana, (magisterio desde 1885 a 1911) fue un neotomista puro opuesto al
evolucionismo teológico y a la dimensión histórica de la teología. Los
franciscanos siguieron la estela de Duns Escoto después de la encíclica y por
lo general los jesuitas interpretaron el tomismo según los avances de Francisco
Suárez, pero gracias a los trabajos de los padres Libetatore y Mazzella habían
contribuido al impulso neotomista de la encíclica como precursores. La
tradición augustniana, tan fecunda en la escolástica primitiva, configuró
inicialmente —fuera ya de la escolástica y sobre todo del neotomismo— al
pensamiento de Maurice Blondel, el gran filósofo católico que alcanzó gran fama
con su Lettre sus les exigences de la pensée contemporaine en matiere
d’apologétique (1896). En torno a Blondel se formó una escuela de
pensamiento católico abierto a la cultura moderna, paralela al círculo de Henri
Bergson, el evolucionista de la intuición y el impulso vital que acampó junto a
las fronteras del catolicismo. La nueva escolástica consiguió modernizar en
cierto modo el pensamiento tomasiano y fomentar el retorno al realismo crítico,
pero su posición generalmente ahistórica la confinó en un aislamiento poco
atractivo. Sin embargo todos los Papas posteriores a León XIII, así como el
Concilio Vaticano II persistieron en su recomendación de la doctrina de Santo
Tomás como valor permanente, si bien cada vez menos excluyente; el importante
documento conciliar Optatam totius, al hablar de los estudios
filosóficos en la Iglesia, ya no impone exclusivamente a Santo Tomás pero a él
se refiere cuando habla de «patrimonio filosófico perennemente válido; más o
menos, si se me perdona la irreverencia, como los socialistas modernizados de
nuestro tiempo se siguen declarando discípulos a distancia de Carlos Marx. No
así León XIII, que tomó muy en serio sus orientaciones neotomistas (las cuales,
por lo demás, persistieron en la enseñanza de los seminarios y casas religiosas
de formación hasta entrados los años cincuenta de siglo XX,
cada vez con mayor dosis de anacronismo, por lo que la ruptura posterior
resultó traumática) y, por ejemplo, en 1879 ordenó que se privase de
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su cátedra
en la Gregoriana al jesuita ecléctico Palmieri, interesante crítico del
hilemorfismo, la doctrina aristotélicotomista de la materia prima y la forma
sustancial, muy cómoda para altas aplicaciones teológicas pero insostenible
como base para la interpretación de la realidad cosmológica y psicológica en el
siglo XX.
Sin embargo
el ímpetu cultural del Papa Pecci no se agotó en la propuesta neotomista.
Además de abrir, como dijimos, el archivo del Vaticano a la investigación
histórica, apoyó la gran empresa de Ludwig Pastor para trazar la historia de
los Papas desde la Edad Media, obra magna ya iniciada en tiempos de Pío IX;
aprobó, no sin recelos, el proyecto orientalista e histórico-crítico del padre
Lagrange; creó en 1902la Comisión Bíblica, aunque más para vigilancia que para
fomento de una exegesis abierta de los libros sagrados; y en definitiva puso en
marcha, todavía sin acabar con los complejos del siglo XIX,
un nuevo impulso cultural de la Iglesia católica, con la sólida formación de
numerosos maestros relevantes de las ciencias sagradas y una mejoría, aún
insuficiente, en la enseñanza religiosa. Inició por tanto, con reticencias y
pasos atrás, el gran proceso de reconciliación entre la ciencia y la fe que
puede considerarse concluido, si tales proyectos pueden concluir alguna vez,
con el pontificado de Juan Pablo II, el Papa estudioso de la mística española y
de la filosofía centroeuropea moderna.
LEÓN XIII ANTE LA POLÍTICA
Junto a la
revitalización cultural del catolicismo el Papa León XIII abordó otros
problemas capitales de la Iglesia en el mundo, con parecida decisión y
seriedad; las relaciones de la Iglesia con la política y la toma de posición de
la Iglesia ante la cuestión social. Para analizar brevemente el primer tema
diremos primero algo sobre las orientaciones generales del Papa en el terreno
político y concretaremos después la actuación de la Santa Sede ante los
problemas políticos de algunas naciones importantes. No sin advertir que la
especialísima situación del Pontífice recluido en el Vaticano tras la que
consideraba, como su predecesor, usurpación del Estado pontificio por el reino
de Italia siguió condicionando, aunque menos virulentamente que en tiempos de Pío
IX, la orientación pontificia ante los movimientos y las ideas políticas del
tiempo.
Cuando la
Iglesia católica y la Santa Sede empezaban a levantar cabeza después de las
tormentas y los traumas del pontificado anterior, León XIII se hallaba, para
sus orientaciones políticas, ante un situación personal delicadísima y en
cierto modo contradictoria; había formado su personalidad pastoral en las ideas
del pontificado anterior pero también se había asomado al mundo moderno y
tendía naturalmente hacia una mayor tolerancia, un vez perdidos
irreparablemente los Estados pontificios, aunque nunca dejó de protestar contra
el despojo ni levantó la excomunión a la Casa
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de Sabaya.
El Papa se encontraba ante una monarquía autoritaria en plena regresión
(Austria, Rusia) una democracia en consolidación y avance (Estados Unidos,
Reino Unido) un liberalismo anticlerical y masónico (Francia, Italia) un
liberalismo moderado (España) o autoritario (Alemania) y el ya mencionado cruce
de imperialismos de diverso signo que atenazaban al mundo colonial (África, sur
y sureste de Asia) o semicolonial (Iberoamérica, que se debatía entre regímenes
inestables, de talante militarista, liberal o conservador, pero todos ellos
sometidos al imperialismo económico anglosajón). Ese mundo de tendencias
políticas variables aceptaba de grado o por fuerza al sistema capitalista e
incluso se identificaba con él, aunque daba paso cada vez más a un socialismo
en ascenso, apenas recién distinguido del anarquismo e identificado para muchos
observadores con el comunismo, la Revolución y el marxismo ateo; un socialismo
que, como acabamos de analizar, no procedía solamente de la herencia marxista
sino que apuntaba a la izquierda desde los mismos países dominados por el
capitalismo, gracias al laborismo y a la doctrina fabiana. Toda esta compleja
convivencia de corrientes políticas en medio del equilibrio impuesto por
Bismarck y el imperialismo británico se resumía ante la mirada del Papa en tres
posibilidades: la monarquía autoritaria superviviente del Antiguo Régimen, caso
de Austria; la democracia liberal y capitalista, con sus diversos matices; y el
socialismo marxista. En una encíclica publicada el mismo año de su elección, Quod
apstolici muneris (28 de diciembre de 1878) comienza el Papa a deslindar el
campo de las opciones políticas en relación con el mundo de las ideas. El
problema inmediato de la sociedad, dice, es la puesta en discusión de toda
autoridad. Las desviaciones actuales más graves son el socialismo, el comunismo
y el nihilismo. La causa remota está en las «venenosas doctrinas de las
novedades» que brotan de la Reforma protestante en el siglo XVI.
En la encíclica Diuturnum illud (29 de junio de 1881) abre sus
consideraciones sobre la democracia. Cree perniciosa la doctrina de la
soberanía popular; afirma que la forma de Estado ideal es la Monarquía
paternalista, patriarcal, como en tiempos del Sacro Imperio; pero acepta que
«en determinados casos las cabezas del poder público puedan ser elegidas
conforme a la voluntad y juicio de la multitud». Para un observador moderno
esta doctrina papal parecerá puro anacronismo. Pero si bien el Papa continuaba
sentimentalmente apegado al Antiguo régimen, vigente en los Estados pontificios
hasta ocho años antes, expresaba por vez primera la tolerancia hacia la idea
democrática y aceptaba nada menos que el concepto de voluntad general como
posiblemente legítimo. El paso era enorme; los monárquicos juanistas de España,
con don Juan a la cabeza, no lo habían dado aún en 1958, como demuestra el
libro de Luis María Anson editado en ese mismo año por la Editorial Círculo. El
paso era decisivo y se confirmó en la encíclica Inmortale Dei sobre la
constitución cristiana del Estado (11 de noviembre de 1885). Existen dos
sociedades, regidas por dos poderes: la sociedad civil y la Iglesia, que deben
relacionarse mutuamente como el cuerpo y el alma. Son el orden· espiritual y el
temporal, Dios y el César. Los católicos deben participar en la vida pública,
tanto
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municipal
como estatal; salvo alguna excepción, que naturalmente es el caso de Italia
para la que sigue vigente —en cuanto a política estatal— el Non expedit
de Pío IX, que ordenaba el retraimiento de los católicos en vista de la
usurpación del Estado pontificio. Pero la toma de posición de León XIII ante la
política en general llega a su momento más importante con la encíclica Libertas
—la primera palabra, que según costumbre da nombre al documento, estaba
escogida con clara intención— de 20 de junio de 1888, sobre la libertad y el
liberalismo. «La Iglesia, defensora más firme de la libertad» es su primera
tesis. Pero los liberales de la época «entienden por libertad lo que es una
pura y absurda licencia». El Papa acepta la libertad pero recela, e incluso
repudia al liberalismo. Identifica al liberalismo con el naturalismo y el
racionalismo de la primera Ilustración; el liberalismo que niega la autoridad
divina. Pero introduce una distinción con el liberalismo mitigado, que sí
admite a Dios pero no a la Revelación y no considera relación alguna entre la
Iglesia y el Estado. Esta separación es falsa. Hay una nueva distinción: la de
un liberalismo «de tercer grado» que acepta la religión pero sólo en la vida
privada, con separación de la Iglesia y el Estado; tampoco lo acepta el Papa,
que rechaza la libertad de cultos y sólo admite la libertad de expresión para
la verdad y el bien. Cree que los intelectuales depravados son más peligrosos
que muchos delincuentes pero acepta el derecho de la Iglesia a la libertad de
enseñanza. La Iglesia admite la tolerancia para el bien común; pero hay una
tolerancia que puede ser ilícita. La razón moral del liberalismo es la rebelión
del hombre contra Dios. Pero después de haber descrito los tres primeros grados
de liberalismo —el radical, el mitigado y el suave— León XIII da un nuevo paso
importante y define a un liberalismo de cuarto grado que no exige la separación
del Estado y la Iglesia, pero considera que la Iglesia debe amoldarse a los
tiempos. Si con eso se pide que la Iglesia asuma por el bien común una actitud
de tolerancia, el Papa acepta ese liberalismo. Si lo que se pide es
condescendencia, no. Aún más: es justo defender la libertad nacional y la
liberación de la tiranía si se hace con justicia. Dentro del marco esbozado es
lícito y recomendable el fomento y desarrollo de las libertades políticas
modernas.
El paso, aun
con reticencias un tanto anacrónicas por pasados y todavía recientes traumas,
es, sin embargo, importante. La Iglesia católica admite (no solamente tolera)
una forma de liberalismo como por ejemplo la que se daba entonces en el mundo
anglosajón o la que había proclamado en España la Restauración de 1874 aunque
el Papa no cita casos concretos; la tolerancia se impone ya sobre el veto
cerrado. Hemos visto que por entonces el liberalismo, en medio de sus
equívocos, había desarrollado doctrinas humanitarias; de las que existían ya en
varias naciones ejemplos prácticos palpables. Desde el Vaticano se ha prestado
siempre mayor atención a la evolución de Francia que a la de Inglaterra o los
Estados Unidos y León XIII parecía convencido de que la democracia y el
liberalismo se identificaban en origen con la Revolución francesa pero en todo
caso, y desde su temprana intervención orientadora en política,
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Quod
apostolici muneris (1878) había
descartado todo alzamiento contra el poder constituido (salvo caso de tiranía)
sin ofrecer otra salida que la paciencia y la oración. Así en Libertas
desaprueba la subversión católica irlandesa, aunque afirma la licitud de
«aspirar a otra constitución del Estado» sin concretar cómo. Esta norma general
del acatamiento al poder constituido será aceptada por las organizaciones
católicas de todo el mundo y alcanzará decisivo influjo en España.
El 10 de
enero de 1890 la encíclica Sapientia christiana rechaza toda
identificación de la Iglesia con un partido político, aun si está formado
mayoritariamente por católicos. Nuevamente en una alocución de 8 de octubre de
1898 el Papa Pecci acepta la democracia si ésta se inspira en la razón
iluminada por la fe y reconoce la diferencia de clases[94].
LEÓN XIII 1884: «ARRANCAR A LOS MASONES SU MÁSCARA»
El
liberalismo radical y enemigo de la Iglesia, que pese a su tolerancia para el
liberalismo de grado tercero y cuarto estuvo siempre en el punto de mira de
León XIII, se identificaba para él, teórica y prácticamente, con la Masonería
especulativa de los siglos XVIII y
XIX. Esa identificación no se formula solamente por
el Papa sino por relevantes historiadores universitarios (no sólo por
publicistas de combate) como el profesor Vicente de la Fuente a fines del siglo XIX
y el profesor Joseph Lortz en nuestros días, que nada tienen de sectarios. «El
compacto liberalismo anticlerical, aliado con una masonería extraordinariamente
fuerte» es la expresión de Lortz para describir la situación que estudiamos[95] a propósito del festival, más
cerca de lo ridículo que de lo sublime, que organizaron liberales y masones
para desagraviar a Giordano Bruno en 1889, con el fin de fastidiar al Vaticano.
«Cuando
parecía existir una lucha de la República francesa con el Vaticano (al volver
el siglo) se desarrollaba en realidad una lucha de la Masonería contra el
catolicismo por personas interpuestas», dice una fuente fiable, Alee Mellor[96]. Véase una tesis de la misma fuente: «Todo el
siglo XX,
hasta bien comenzada la guerra mundial, es en Francia sectarismo; nada alejado
por cierto del que hostigaba a la Iglesia en España». Y por supuesto en Italia,
donde la ofensiva masónica contra la Iglesia, iniciada en el siglo XVIII,
había vertebrado la lucha contra el Estado pontificio en lo temporal y contra
la Iglesia católica en lo espiritual. Estos hechos innegables, aunque los
jesuitas masómanos prefieren pasar por ellos como gato sobre ascuas, motivaron
que León XIII haya sido el Papa que más documentos ha dedicado contra la
Masonería en toda la historia de la Iglesia. Pero es que los mismos autores
serios y testigos veraces de la masonería coinciden en esta tesis; ver por
ejemplo al citado Jacques Mitterrand, cuando tras la identificación de
Masonería y liberalismo radical que ya hemos reproducido para la primera mitad
del siglo XIX,
concreta
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admirablemente
la de la segunda mitad y comienzos del siglo
XX[97]. Por lo pronto demuestra la conjunción de las
logias masónicas y la Comuna revolucionaria de París en 1871. En el manifiesto
de 5 de mayo de ese año los masones de Francia dicen: «París, a la cabeza del
progreso humano, en una crisis suprema, hace su llamada a la Masonería
Universal, a los Compañeros de todas las Corporaciones y grita: ‘A mí, los
Hijos de la Viuda’. ¡Viva la República! ¡Vivan las Comunas de Francia federadas
con las de París!». En 1903, a imitación de Voltaire, la heroína de la Comuna Louise
Michel ingresó en la Logia del Derecho humano. El masón Gambetta murió en 1882,
el año en que el masón Jules Ferry desataba su ofensiva contra la Iglesia en el
campo de la enseñanza. Pero antes, en 1877, el Gran Oriente de Francia rompió
con la Gran Logia de Inglaterra, que se mantenía fiel al deísmo de sus
fundadores, y se declaró fuera de la creencia en un Dios como Gran Arquitecto
del Universo. Es decir que por vez primera una obediencia masónica importante
se declara compatible con el ateísmo y anula el ya mortecino brillo gnóstico
del Dios lejano. Sin embargo la ruptura no ha sido total y de forma misteriosa,
que nada tiene ya que ver con la creencia común en el Dios Incognoscible, la
unidad de las obediencias masónicas — gnósticas y agnósticas— se mantiene en
todo el mundo[98]. Las pruebas, aducidas por Mitterrand, sobre la
identificación de la Masonería con la campaña anticlerical que llevó a Francia,
pese a los esfuerzos de comprensión por parte del Papa, a la tremenda ruptura
con la Iglesia durante la última década del siglo XIX y la primera del XX
son abrumadoras y coinciden, por parte masónica, con la tesis de Lortz que
acabo de citar. Los liberales-radicales y masones de Italia habían consumado en
1870 su agresión contra la Santa Sede; esta ofensiva masónica de Francia tomó
el relevo y no paró hasta conseguir la violenta separación de la Iglesia y el
Estado que Napoleón había impedido con su Concordato un siglo antes. La Iglesia
de Francia, firmemente adherida a la de Roma, aguantó esta segunda agresión
masónica del siglo XIX con entereza y espíritu de fe. El partido
radical de Francia, nacido en 1901, fue un nidal masónico pero los Hijos de la
Viuda estaban también presentes en otros. «De 1899 a 1905 —dice Mitterrand— el
Bloque gobierna Francia; republicanos y masones están en el poder»[99].
Nada tiene
de extraño que ante ese ambiente, que se venía gestando desde muchos años
antes, el Papa León XIII concentrara su defensa de la Iglesia contra la secta
masónica en su formidable encíclica de 1884, Humanum genus. En ella
reitera las condenas pontificias contra la secta, fulminadas desde 1738. La
Masonería, dice el Papa, «ha comenzado a tener tanto poder que casi parece
dueña de los Estados». Insiste en el secreto masónico, que los masones (como
hacen hoy sus portavoces jesuitas) minimizan y ridiculizan; y en el castigo de
muerte a quienes lo violan. Y adelanta este dictamen: «El último y principal de
los intentos masónicos es la destrucción radical de todo el orden civil
establecido por el cristianismo». El objetivo masónico es la secularización total:
«arrebatar a la Iglesia todo su poder e influencia». El Papa lanza a los
católicos una consigna: «Lo primero que debemos
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pensar es
arrancar a los masones su máscara». Y reitera la prohibición total de
inscribirse en la Masonería para los católicos. ¿Es que los masones y sus
acólitos piensan que León XIII era un ultramontano y procedía tan enérgica y
reiteradamente sin información? No era así, desde luego. Es cierto que desde
entonces la Iglesia y la Masonería han evolucionado, como iremos viendo a lo
largo de este libro. Pero es firme opinión del autor que la Masonería no ha
celebrado su Concilio Vaticano II y no ha variado en su estrategia fundamental
de secularización absoluta, aunque haya introducido, ante la grosería de sus
métodos anteriores, notables variaciones de táctica y de imagen. Pero como ya
he indicado León XIII acierta con lo esencial de la Masonería al denunciarla en
esta encíclica como reviviscencia del paganismo, es decir como manifestación
moderna de la gnosis. Esa es la clave que sitúa irremisiblemente a la Masonería
en el campo dominado por el poder de las tinieblas. Aunque cuente en nuestro
propio campo con una inconcebible quinta columna de católicos e incluso de
jesuitas más o menos alucinados que se empeñan en no ver lo que ven, tal vez
porque se trata de lo que llaman los masones oscuridad visible.
Con estas
consideraciones sobre orientación política general de León XIII y sus criterios
sobre la Masonería podremos comprender mejor su acción para el gobierno de la
Iglesia en varios países significativos. Y ante todo, Italia.
LEÓN XIII Y LA DEMOCRACIA CRISTIANA
Después de
la conquista de Roma y la conversión de la Ciudad Eterna en capital del Reino
de Italia, el gobierno liberal del rey Víctor Manuel 11 ofreció a la Santa
Sede, en son de paz, como sabemos, una ley de garantías para salvaguardar la
independencia del Papado, al que se reconocían algunos enclaves territoriales
además del recinto del Vaticano y un serie de compensaciones económicas. Este
esquema de «Iglesia libre en el Estado libre» que ya habían proclamado los
católicos liberales de Francia fue ignorado por Pío IX que se constituyó
prisionero en el Vaticano; y rechazado también por León XIII. El Papa Mastai se
había cerrado en banda a la participación de los católicos en la política del
Reino de Italia con su Non expedit, que León XIII mantuvo; los católicos
no debían ser electores ni elegidos en el sistema político de aquella casa real
excomulgada. Sin embargo ante la irreversibilidad de la usurpación muchos
católicos y buena parte del clero creían que el retraimiento resultaba
perjudicial para la propia Iglesia al dejar toda la política en manos de sus
enemigos. Muchos católicos, además, estaban de acuerdo con la consumación de la
unidad italiana y con la nueva capitalidad de Roma.
Así las
cosas León XIII, que fomentaba la participación de los católicos en la vida
pública dentro de sistemas liberales cada vez más democráticos, como los de
Francia y España, y aceptaba esa participación en los países anglosajones, no
podía mantener mucho tiempo, sin contradicción, la excepción italiana. Por lo
pronto permitió sin
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reservas la
intervención de los católicos italianos en la vida política local. El Estado
italiano amplió el derecho de sufragio, restringido hasta entonces de hecho al
dos por ciento de la población (como sucedía en otras partes por ejemplo en
España, gracias a esquemas censitarios) hasta un diez por ciento. Se creó en
1886 la Sociedad de la Juventud Católica italiana, germen de todos los futuros
movimientos cívicos; se extendieron los comités católicos parroquiales, cuna de
la Acción Católica; y los Círculos Universitarios católicos, vivero de
dirigentes. La acción apostólica y cívica se inclinaba cada vez más a la
participación política.
Desde 1874
funcionaba un centro de movilización de masas, la Opera dei Congressi, y el
trabajo de los católicos en la sociedad, sobre todo en el Norte que se
industrializaba rápidamente, se manifestó en la creación de bancos,
editoriales, sociedades de todo tipo y escuelas profesionales. El 1891 se fundó
el Partido Socialista Italiano, adherido a la Segunda Internacional marxista de
Engels; un partido de profesión marxista y anticlerical e incluso
antirreligiosa, lo que estimuló a los católicos del Norte a dar el salto a la
política desde sus plataformas de acción social; por ejemplo en el centro
católico de Brescia, animado por Giorgio Montini, padre del futuro Papa Pablo
VI.
León XIII
aprobaba la actividad social de los católicos italianos pero recelaba de su
vocación política fuera de los ámbitos locales. En 1898 don Rómulo Murri,
sacerdote universitario y creador de círculos para la actividad social, propuso
una Democracia Cristiana autónoma, que la Santa Sede desaprobó. Al año
siguiente la fundación en Milán de un Fascio Democrático Cristiano alarmó a
León XIII y le decidió a plantear el problema de la Democracia Cristiana en una
encíclica, es decir un documento universal: Graves de communi, (16 de
enero de 1901) que, muy significativamente, los católicos de la política
española no incluyen en su selección de documentos pontificios políticos
publicados en la BAC (en el año 1958) sino en la antología de documentos
sociales. El Papa cerraba el camino político a la Democracia Cristiana y le
ordenaba que se limitase al campo social y benéfico. Además insistía en el
carácter jerárquico de la agrupación, que debía vivir enteramente subordinada
al Papa y a los obispos[100]. Nótese que la Democracia Cristiana era
entonces la sección político-social de la Opera dei Congressi. Los jóvenes
activistas católicos no hicieron caso al Papa, quizás porque se sentían
respaldados por importantes personalidades de la Curia, como el secretario de
Estado, cardenal Rampolla, el futuro Papa monseñor Delia Chiesa y el futuro
artífice de los pactos de Letrán, Gasparri. Pero también éstos hubieron de
someterse a la decisión del Papa. El 27 de enero de 1902 en la instrucción Nessuno
ignora, firmada por el cardenal Rampolla, la Santa Sede insistía contra la
politización de la Democracia Cristiana y en la plena subordinación del grupo a
la jerarquía. Al acabar el pontificado de León XIII las espadas seguían en alto
y la Democracia Cristiana mantenía su decisión de convertirse en agrupación
política de carácter autónomo.
Este episodio me
parece revelador. Muchas veces, en nuestro tiempo, la Iglesia
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impulsa a
los católicos a lanzarse a la vida pública. Pero cuando lo hacen dentro de
instituciones o medios controlados por la Iglesia (universidades, medios de
comunicación, asociaciones oficiosas) la Iglesia les mantiene a raya y
sometidos a un duro control clerical que impide a la larga cualquier
colaboración fecunda de esos católicos si no se convierten en lo que en España
se describe con expresión cáustica, «meapilas». Muchos católicos hemos
experimentado este control clerical, y nos hemos sentido como sospechosos e
incluso como traicionados por la Iglesia al expresar libremente nuestras
opiniones críticas. El hecho de que un hortera descreído como el vicepresidente
del gobierno socialista Alfonso Guerra exigiera con éxito al secretario de la
Conferencia Episcopal en los años ochenta la eliminación del espléndido
programa «La Espuela» en la COPE, emisora de la Iglesia, o que el muy creyente,
pero no menos antidemocrático presidente del gobierno Leopoldo Calvo Sotelo
reclamase algo antes mi propia eliminación como columnista del diario católico
«YA» son pruebas palpables, en nuestra propia carne, de que los católicos
independientes debemos hacer poco caso de las invitaciones clericales a la
participación pública. E intentar esa participación en medios donde se respete
más nuestra libertad, nuestra profesionalidad e incluso nuestro sentido
católico de la vida.
LA TERCERA REPÚBLICA FRANCESA ROMPE CON LA IGLESIA
El país a
cuya evolución política prestó mayor atención León XIII fue, junto con Italia,
Francia, que después de la tremenda derrota de 1870 frente a Prusia y las
convulsiones de la Comuna de París en 1871 vivía en el régimen confuso y
masónico de la Tercera República liberal y radical, pero sometida a fuertes
tirones conservadores en favor de una restauración monárquica, deseada por una
gran mayoría de católicos aunque no cuajó por la falta de sentido político y la
intransigencia de los monárquicos legitimistas. Los republicanos identificaron
su causa con el anticlericalismo y la secularización masónica y a partir de
1877 su esfuerzo de «republicanización» se dirigió simultáneamente contra la
restauración monárquica y contra el influjo de la Iglesia en la sociedad.
Precisamente en ese año 1877 la Masonería francesa había prescindido, como
sabemos, incluso de la lejana mención de Dios y había confirmado su talante
liberal-burgués tras el dramático fracaso de sus anteriores tendencias
anarquizantes y revolucionarias en la Comuna. Todas las fuentes históricas,
incluidas las masónicas, respaldan estas identificaciones y este viraje. Pero
la Masonería republicana se encontraba ahora frente a una Iglesia socialmente
muy fuerte, completamente repuesta de las persecuciones de la Gran Revolución,
dirigida por un Episcopado y un clero muy numeroso, ilustrado y firme; a fines
del siglo los religiosos rebasaban los treinta mil de los que más de la décima
parte, 3500, pertenecían a la Compañía de Jesús cada vez más influyente. Las
religiosas, muchas de ellas adscritas a las jóvenes congregaciones francesas,
llegaban
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a las
128.000. Se habían recuperado y desbordado los efectivos religiosos anteriores
a la Gran Revolución[101].
Con el
pretexto (no enteramente exagerado) de la identificación de católicos y
monárquicos —los enemigos natos de la República— el ministro Jules Ferry, masón
reconocido, asestó el primer golpe a la Iglesia con su proyecto de 1879 por el
que se prohibía la enseñanza a los religiosos, seguido por la ritual expulsión
de los jesuitas en 1880 y por la prohibición de nuevas congregaciones decretada
en ese mismo año. Eran los tiempos del Kulturkampf en el Imperio alemán y la
lucha principal de la República contra la Iglesia católica en Francia se libró
en torno a la enseñanza y la familia; si dejamos aparte las motivaciones
políticas esa lucha no se puede interpretar más que como una agresión masónica
en regla, con objetivo supremo en la secularización total de la sociedad. La
ley del divorcio fue aprobada en 1884. El objetivo político de la campaña era
la ruptura completa entre el Estado y la Iglesia y por tanto la denuncia del
Concordato napoleónico que había permitido la restauración y el florecimiento
de la Iglesia. Por eso hay quien llama «discordato» al período entre 1884 y
1914. La torre Eiffel, símbolo del progresismo laico, se alzaba desde poco
antes frente a Notre Dame de París.
Ante el
fracaso de la restauración monárquica, que se frustró en la Asamblea por
escasísimo margen, la mayoría de los católicos franceses empezaron a creer en
la irreversibilidad del régimen republicano, que consiguió entroncar política e
históricamente con la tradición revolucionaria de 1789 gracias a una intensa
campaña de manipulación y deformación histórica difundida por los numerosos y
decididos efectivos republicanos en el profesorado de todos los niveles. Hoy
ese trabajo de manipulación ha sido superado por historiadores críticos mucho
más serios pero las huellas de la deformación persisten tenazmente dentro y
fuera de Francia, como hemos insinuado. León XIII intentó inútilmente una
política de conciliación con la República francesa desde su mismo acceso al
Pontificado. Ante las elecciones de 1885 se opuso a la creación de un partido
político específicamente católico. Al final de la década de los ochenta
apuntaba ya un movimiento de intelectuales en favor del catolicismo. Triunfaban
el escritor católico Paul Bourget y el famoso filósofo vitalista Henri Bergson,
cada vez más próximo al catolicismo. Reverdecía el sector liberal de los
católicos franceses y en 1890 el arzobispo de Argel, cardenal Lavigerie,
brindaba con los marinos de la Escuadra por la reconciliación de la República y
la Iglesia. Este movimiento de aproximación se llamó Ralliement y
afectaba también a los tenaces demócrata-cristianos de Italia respecto de la
Monarquía liberal italiana así como a los católicos españoles. También en
Francia el ralliement tomó forma y denominación de «democracia
cristiana». En su importante documento de 16 de febrero de 1892, Au milieu
des sollicitudes, León XIII respondió positivamente al llamamiento de Lavigerie
si bien no ignoraba la hostilidad de la República: «Una extensa conjuración
pretende aniquilar al cristianismo en Francia». Insiste en su idea de que los
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ciudadanos
deben obedecer a los regímenes constituidos y declara que se puede aceptar el
régimen de la República francesa aunque se combata su legislación. A partir de
1894 el asunto Dreyfus lo envenena todo; este capitán judío del Ejército
francés fue falsamente convicto de traición, depurado y condenado injustamente,
y dividió a Francia entre sus partidarios (las izquierdas) y sus enemigos (las
derechas y los católicos), La presencia católica en la Asamblea resultaba
insuficiente tras las elecciones de 1893; sólo unos treinta diputados, ante la
división de los católicos por motivos políticos. El número aumentó mucho en las
elecciones de 1898 (76 diputados) pero no conseguía imponerse al vendaval de
hostilidad contra la Iglesia desencadenado por los partidos de izquierda y la
Masonería. El nuevo diario católico, La Croix, se mostraba netamente antidreyfusard.
En 1898 se había fundado la Acción Francesa, movimiento nacionalista,
monárquico e integrista bajo la inspiración de Charles Maurras (que no era
personalmente católico) autor de una famosa Encuesta sobre la Monarquía
en 1900. Maurras se declaraba también positivista y contribuyó a la
desorientación general de la derecha y los católicos.
Waldeck-Rousseau
y su sucesor Emile Combes van a desencadenar la ofensiva final de la Tercera
República contra la Iglesia de Francia. El ralliement, atacado dentro y
fuera del catolicismo, fracasa y abre paso a la separación. Las elecciones de
abril de 1902 dan mayoría (339 diputados) al Bloque de izquierdas dentro del
cual dominan los doscientos diputados de la burguesía anticlerical y masónica.
Era el triunfo del neojacobinismo. Combes, ex seminarista, apóstata y médico,
apoyado en una prensa brutal y sectaria, vinculada a las logias, expulsa entre
1903 y 1904 a veinte mil religiosos, aplica inexorablemente el proyecto de
Waldeck-Rousseau contra las Órdenes y congregaciones, cierra en 1902 doce mil
escuelas de la Iglesia y por la ley de 1904 prohíbe totalmente la enseñanza
religiosa. Los 74 obispos de Francia firman una durísima protesta en 1902; el
gobierno responde con sanciones económicas. En 1904 se produce la ruptura de
relaciones entre la Santa Sede y la Tercera República francesa. Combes dejó el gobierno
en enero de 1905 pero su gran objetivo, la ley de separación con la cancelación
del Concordato, se promulgó en julio del mismo año. El Estado no atenderá ya al
clero. Los edificios religiosos fueron declarados propiedad del Estado. Sin
embargo esta ofensiva masónica no alcanzó, ni mucho menos, los efectos de la
persecución revolucionaria posterior a 1789. La Iglesia de Francia era mucho
más fuerte y estaba mucho más unida. Sufrió dolorosas depredaciones,
expulsiones y vejaciones pero no se registraron crímenes. Los excesos
legislativos eran tan claros y escandalosos que las leyes persecutorias se
aplicaron mitigadamente y hacia 1914 el clima interior había mejorado mucho
cuando los católicos, el clero y los obispos de Francia se incorporaron con
espíritu nacional y patriótico a la Gran Guerra. El terrible rebrote del nuevo
jacobinismo francés influyó, sin embargo, poderosamente en la exacerbación
anticlerical de sus imitadores, los liberales-progresistas de España, de
Portugal, de Iberoamérica. En España se desató una persecución jacobina contra
la Iglesia, inspirada en la francesa, desde la
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proclamación
de la segunda República en 1931 pero la furia anticlerical que la alimentaba a
distancia provenía del contagio francés visible ya en España desde fines del
siglo anterior.
En la
Monarquía plurinacional de Austria-Hungría se produjo también un brote
anticlerical entre 1868 y 1874 pero la aplicación de un jacobinismo mitigado
fue tibia y tolerante; la paz religiosa no se perturbó seriamente en el imperio
danubiano que se mantenía teóricamente como bastión de la Iglesia hasta la Gran
Guerra. Desde 1889 la apertura de León XIII en el campo político favoreció la
creación de un partido social-cristiano no bien mirado por los obispos del
Imperio que continuaban adscritos a la autocracia de Viena, como resabio del
Antiguo régimen. Floreció el asociacionismo católico y el gobierno miraba con
creciente aprensión el poco disimulado apoyo del Vaticano a los movimientos
nacionalistas que harían explosión tras la derrota de Austria-Hungría en la
guerra de 1914. Por ello el gobierno imperial de Viena se declaró enemigo
jurado del cardenal Rampolla, secretario de Estado, a quien cerró el camino del
Pontificado cuando murió el Papa León XIII.
LEÓN XIII Y LA RESTAURACIÓN ALFONSINA EN ESPAÑA
El Papa
Pecci prestó una intensa y lúcida atención a los problemas de España, donde el
episcopado, el clero, los católicos y el régimen monárquico de la Restauración
le correspondieron con gratitud y devoción incondicional. Al caer Isabel
II en la Revolución de Septiembre de 1868 se había
instaurado un régimen liberal-radical, condicionado por la Masonería y los
llamados «demócratas de cátedra» (profesores Salmerón y Castelar, entre otros)
con notable presencia e influjo de los liberales-krausistas, una secta gnóstica
con ambiciones de monopolio cultural; pese a que varios generales y políticos
de la antigua Unión Liberal, que habían traicionado a su Reina, de la que uno
de ellos fue amante, trataban de equilibrar políticamente al heterogéneo conjunto.
Pero los elementos moderados abandonaron la orientación ideológica a los
liberales radicales, adversarios de la Iglesia, e incluso permitieron que fuese
llamado a la Corona de España un príncipe de la Casa de Saboya, Amadeo I, duque
de Aosta, primer y único rey de España perteneciente a la Masonería desde el
usurpador José I Bonaparte. Muchos católicos se incorporaron entonces al campo
carlista que mantenía el ideal religioso del Antiguo Régimen y, gracias a la
juventud y el atractivo de un nuevo Pretendiente, don Carlos (VII) tuvo serias
posibilidades de vencer en la tercera guerra dinástica, desencadenada como
reacción ante el triunfo revolucionario. El Ejército, sin embargo, que como la
Marina era adicto al liberalismo, impidió la victoria carlista y luego se fue
incorporando cada vez más al proyecto de restauración borbónica que dirigía
magistralmente Antonio Cánovas del Castillo, un político liberal templado de
convicciones profundamente católicas pero no clericales. El régimen
revolucionario degeneró en una República cantonal y
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caótica
desde febrero de 1873, que trajo la desintegración nacional hasta que el
Ejército terminó con ella a mano airada al comenzar el año 1874. A fines de ese
mismo año, cuando el movimiento de opinión desencadenado y articulado por
Cánovas imponía ya la urgencia de la Restauración, el general Martínez Campos
liquidó el confuso régimen vigente con su golpe militar de Sagunto al que se
incorporaron las fuerzas armadas en bloque. Cánovas se instaló en el poder y
llamó urgentemente al príncipe Alfonso, en quien había abdicado, por imposición
del propio Cánovas, su desordenada madre Isabel II en el exilio. En un famoso
Manifiesto preparado por Cánovas el príncipe Alfonso se había declarado
español, católico y, como hombre del siglo, liberal.
Hasta 1885,
año en que murió prematuramente el joven Rey y luego durante la Regencia de su
esposa María Cristina de Austria, Cánovas dominó enteramente la vida política
española, en la que su partido liberal-conservador alternó con el
liberal-progresista de Sagasta. Cánovas había desempeñado un puesto diplomático
en Roma y suscitaba ciertos recelos en la Curia por su abierta confesión
liberal y sus simpatías hacia el reino de Italia pero León XIII confiaba
plenamente en el acendrado catolicismo del gran estadista español y decidió,
desde su ascenso al solio pontificio un par de años después de la Restauración
española, apoyar al régimen de Cánovas e impulsar a los católicos españoles a
que se sumasen a su partido. El partido de Sagasta era anticlerical por
tradición pero ya estaba desprovisto de sectarismo agudo; su actitud ante el
poder social de la Iglesia era de recelo y de freno pero no de agresividad
persecutoria ni mucho menos. El régimen de la Restauración, que se prolongó
durante la Regencia hasta 1902 y durante todo el reinado de Alfonso XIII hasta
el advenimiento de la República en 1931, fue un gran período de paz y
prosperidad para la Iglesia católica en España, con gran avance de las órdenes
y congregaciones religiosas que lograron una decisiva presencia en el campo de
la enseñanza primaria, media y profesional aunque no establecieron cabezas de
puente universitarias hasta los primeros años del siglo XX
y vivían con cierto acomplejamiento ante la Universidad y ante el mundo
intelectual. También desplegó la Iglesia tanto en sus parroquias y obras
episcopales como a través de las órdenes y congregaciones religiosas una labor
asistencial, de beneficencia y de enseñanza entre las capas medias y humildes
de la sociedad que muchos observadores de izquierdas, increíblemente, no se han
dignado comprobar ni menos estudiar pero que fue una contribución extensísima,
generosa e ingente. Importantes grupos católicos de la derecha política, como
la Unión Católica y una parte de antiguos carlistas se incorporaron al régimen
de la Restauración a través del partido de Cánovas (que no era confesional) por
expresas recomendaciones personales del Papa León XIII. El brote neojacobino de
Francia inspiró algunos ramalazos anticlericales a los liberal-progresistas
españoles que pretendían reducir el influjo social de la Iglesia sobre todo en
la enseñanza; y tanto los anarquistas como el joven partido socialista-marxista
se declaraban abierta y agresivamente anticlericales. Pero el Papa velaba por
el régimen
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canovista y
le protegió eficazmente contra los desvíos de la extrema derecha y contra las
ambiciones imperialistas de Bismarck en torno a las lejanas islas españolas del
Pacífico. También reprimió León XIII, en correspondencia directa con la reina
Regente María Cristina, las inclinaciones carlistas de muchos religiosos
españoles, sobre todo los afincados en las provincias Vascongadas y Navarra[102].
El 8 de
diciembre de 1882 León XIII, apoyado siempre con gran firmeza por el episcopado
español, dirigió a los católicos de España un importante documento, Cum
multa, en que les pidió no identificar a la religión con un determinado
partido político, como siempre aconsejaba en todas partes. El 6 de enero
de 1883 los obispos de España se solidarizaban en documento colectivo con la
Santa Sede después que una turba a sueldo hubiese pretendido arrojar al Tíber
el cadáver de Pío IX cuando se le trasladaba desde el Vaticano a San Lorenzo
Extramuros. El 8 de diciembre de 1886 los obispos de España protestan
nuevamente por los desafueros del anticlericalismo romano contra León XIII. En
1887 falla un intento de aclimatar en España la «Opera dei congressi» y en esa
misma década un importante grupo católico, dirigido por el periodista y
político Ramón Nocedal, se distancia del carlismo para crear la disidencia
integrista, que desde su órgano, El Siglo Futuro se mostraba
irreductible enemiga de todo liberalismo y se comportaba como más papista que
el Papa, quien hubo de reprenderles con caridad y energía. En 1888 los obispos
de España se adhieren a la encíclica Libertas y protestan nuevamente por
el despojo de Roma, aferrados a la tesis de que «el poder temporal es medio
convenientísimo para el libre ejercicio del ministerio»[103]. El 22 de julio de 1889 los obispos españoles
protestaron por la estatua de Giordano Bruno erigida en Roma como desafío
contra el Papado, en cuya inauguración había desfilado un cortejo tras una
bandera tragicómica: roja por la República, negra por Satán (sic) y verde por
la Masonería, que siempre ha sentido una curiosa nostalgia por los rituales de
la Iglesia, sin deslindar a veces lo ridículo de lo sublime. En ese mismo año
se notaba cada vez más la desunión de los católicos españoles por motivos políticos.
León XIII fomentaba en España el desarrollo del partido (católico)
liberal-conservador. El arzobispo de Valladolid, cardenal Cascajares, muy
relacionado con la Corte y con medios militares, asumió el proyecto de crear un
partido formalmente católico (al que el Papa miraba con recelo) pero nunca
consiguió que cuajase; los españoles han sentido siempre una extraña aversión a
los partidos confesionales, excepto en medio de la persecución desatada por la
República desde 1931.
Pese a la
paz religiosa de España los obispos españoles protestaban ante la opinión
pública cuando advertían deslices que consideraban intolerables en la
legislación. Así el 13 de enero de 1893 se quejaban de una interpretación
constitucional benévola para los protestantes y por el creciente
anticlericalismo de las cátedras. Y sobre todo por «la propaganda irreligiosa y
antiespañola de la Masonería, en cuyas logias se han elaborado todas las
insurrecciones separatistas» (del Caribe y Filipinas). No hablaban aún de los
separatismos que unas décadas después
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fomentarían
la Iglesia vasca y la Iglesia catalana contra España; nadie lo podía imaginar
entonces.
Hacia fines
del siglo XIX
los católicos españoles habían logrado una presencia importante, e incluso
dominante, en el campo de la cultura, sin excluir la Universidad, aunque no
consiguieron que cuajara, como estaba a punto de suceder en Francia, un
auténtico movimiento cultural católico. En parte porque los intelectuales
anticatólicos, herederos o epígonos de los krausistas y los demócratas de
cátedra, articularon desde los años setenta anteriores una eficaz red de
relaciones públicas (entonces se llamaba de «bombos mutuos») que pronto
reivindicaría absurdamente el monopolio de la vida cultural con ayuda de una
prensa ultraliberal adicta y sectaria. El hecho es importante porque se viene
repitiendo hasta nuestros días e incluso agravándose en los últimos tiempos
gracias a la deserción de algunos medios comunicativos presuntamente católicos
y derechistas que se han pasado culturalmente al enemigo. Pronto la llamada
generación del 98 irrumpiría en la vida cultural española con fuerza torrencial
y los católicos que formaban parte de ella (Azorín, Machado, Unamuno, Maeztu)
fueron mucho más jaleados cuando actuaban en su juventud con cierto espíritu
demoledor que cuando viraron a posiciones conservadoras. En la Unión Católica
de Pidal y en los grupos neocatólicos anteriores militaban algunos
intelectuales de primerísimo orden, algunos de los cuales se incorporaron
después al partido liberal-conservador de Cánovas, entre ellos el profesor
Marcelino Menéndez y Pelayo, un titán de las letras y de la Historia respetado
por toda la nación, ante la que descubrió el flanco deleznable de los
krausistas y revisó la ciencia, la literatura y la historia de las ideas en
España con erudición, profundidad y magisterio todavía muy válido hoy, y dentro
de un acendrado catolicismo mal comprendido en círculos integristas y tomistas,
de los que recibió inconcebibles ataques por la espalda que minaron su vida.
Acompañaban a Pidal y a Menéndez Pelayo desde la Unión Católica al partido de
Cánovas varios profesores e intelectuales insignes, como el catedrático de Madrid
Vicente de la Fuente, notable historiador de la Iglesia y de las sociedades
secretas, injustísimamente olvidado hoy. En la misma línea de fidelidad
católica se situaban el dramaturgo Tamayo, el escritor y periodista Selgas, los
humanistas Rubió y Ors, Milá y Fontanals, el inspirador de Menéndez y Pelayo,
Laverde… El creador de la derecha moderna en España, Antonio Cánovas, antiguo
liberal «puritano» es decir, centrista, era tan sincero católico como estimable
historiador, gran orador y nada clerical; García Escudero ha delimitado
cabalmente sus posiciones hacia la religión, a la que trató con todo respeto
pero con plena independencia política, dentro de las directrices de León XIII
sobre el liberalismo aceptable[104]. Dentro del
movimiento para la restauración del tomismo en España brilló el cardenal
Ceferino González O.P. muerto en 1894. Los intelectuales católicos reconocían
su prestigio y su magisterio. Enseñó un neotomismo abierto y dialogante, con
expresa aceptación de la ciencia moderna y la teología positiva, la Escritura y
la patrística, y fue un precursor de las directrices
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Nada tiene
de extraño que la encíclica Aeterni Patris suscitara una amplia adhesión
en España. Por desgracia la desviación y la intolerancia de los integristas
lastró demasiado a la intelectualidad católica que no pudo ofrecer un frente
abierto y eficaz contra la alianza cultural de los liberales radicales y los
krausistas, empeñados en reivindicar (como hacen hasta hoy sus sucesores) un
monopolio intelectual y cultural arbitrario y escorado a posiciones
anticlericales y proclives a la izquierda. Hacia el cambio de siglo los dos
campos se radicalizaron lamentablemente, Tras la catástrofe nacional de 1898,
provocada por la agresión del joven imperialismo norteamericano a la España de
ultramar, advino el gobierno liberal-conservador y católico de Francisco
Silvela (con el general Polavieja como figura militar) y se hizo notar cada vez
más el influjo del brutal anticlericalismo de Francia entre los liberales
españoles; la derecha regionalista y católica de Cataluña, que en el País Vasco
asumía herencias teocráticas, viró al separatismo tenaz (con importante colaboración
de las iglesias locales) y el liberalismo progresista se quedó casi sin más
bandera que el anticlericalismo rampante, apoyado por la continuidad del
proyecto masónico secularizador.
Contribuyó a
la exacerbación del anticlericalismo liberal el proyecto del cardenal
Cascajares sobre la creación de un partido formalmente católico y la batalla
ideológica entre católicos y liberales radicales se planteó desde la primera
década del siglo XX en el campo de la enseñanza, con el partido
socialista y la Institución Libre, de raíz krausista, empeñados también en el
logro de la secularización total. En 1901 el estreno del drama anticlerical Electra
del gran novelista Benito Pérez Galdós, que ya viraba al republicanismo,
concitó el entusiasmo anticlerical, alentado por la nueva generación cultural
dominante, la llamada del 98. Como en Francia, la ofensiva laicista en la
enseñanza se concentró en la hostilidad contra las órdenes y congregaciones religiosas,
atacadas por una prensa de izquierdas injusta y muchas veces soez; y por el
empeño del partido liberal en coartar el influjo religioso mediante la
aprobación de la llamada Ley del Candado, que al final no consiguió sus
objetivos, pese a lo cual estas agrias polémicas dejaron rescoldos de odio
contra la Iglesia que provocarían el incendio salvaje del anticlericalismo en
la República y la guerra civil. Los liberal-conservadores contrarrestaban esa
campaña y respondían, según sus mejores tradiciones, con un serio proyecto de
política social (Eduardo Dato) y con la espléndida administración de Antonio
Maura en su Gobierno Largo de 1907-1909 pero la Semana Trágica de ese mismo año
acabó con ese gran gobierno y el régimen de la Restauración entró en una sucesión
de crisis que desembocarían fatalmente en los enfrentamientos sociales,
culturales y políticos —siempre con la cuestión religiosa al fondo— que
condujeron a la dictadura militar de 1923, a la segunda República de 1931
(dominada inicialmente por los jacobinos del liberalismo) y tras la victoriosa
reacción de la derecha católica, al Frente Popular y a la guerra civil de 1936.
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La finalidad
específica de este libro nos impulsa ahora a ocuparnos de la situación de la
Iglesia católica en América durante este período; comencemos por los Estados
Unidos, donde como ya hemos dicho se había registrado durante el siglo XIX
el crecimiento más espectacular de toda la Iglesia universal, que en 1800 no
significaba casi nada en ese mundo protestante y en 1900, gracias a la
incorporación de vastísimos territorios con población católica, pertenecientes
antes a la Nueva España más Florida y a una intensa emigración desde la Europa
católica se había convertido en una fuerza religiosa decisiva dentro de la
Unión. Los obispos norteamericanos comprendieron desde el principio que el
futuro de la Iglesia católica dependía allí de la enseñanza más que en parte
alguna; y las doscientas escuelas católicas primarias de 1840 se elevaron a
casi cuatro mil en 1900. Los jesuitas promovieron, a gran altura, la enseñanza
media y superior y, gracias en buena parte a ellos, la Iglesia católica ha
contado en los Estados Unidos, desde comienzos del siglo XIX
hasta hoy, con una red universitaria que no tiene parangón en otra parte del
mundo: Notre Dame, Saint Louis, Fordham, la Catholic University of America en
Washington… Quizás por ello la ofensiva demoledora contra el catolicismo
tradicional se ha concentrado recientemente en el frente universitario, desde
antes del Concilio Vaticano II.
El vigor de
la Iglesia norteamericana y su fidelidad a Roma quedaron claros en el primer
concilio plenario, celebrado en Baltimore el año 1866. En 1882 de 32 obispos
sólo habían nacido ocho en los Estados Unidos; en 1884, 25 de 72, quince de
ellos de origen irlandés[105]. León XIII erigió en los Estados Unidos 23
diócesis. En el concilio plenario de 1884, celebrado también en Baltimore, se
debatió la actitud de la Iglesia frente a la Masonería pero León XIII, que se
opuso totalmente a la secta, como sabemos, en su encíclica Humanum genus,
dejó libertad a los obispos de Norteamérica ante un problema que allí se
plantea desde supuestos diferentes. En un importante documento, Longinqua
Oceani, el 6 de enero de 1895, León XIII impulsaba la enseñanza católica en
los Estados Unidos y pedía ayuda a los católicos para el Colegio Norteamericano
erigido en Roma por Pío IX.
El 22 de
enero de 1889 en su carta Testem benevolentiae León XIII condenaba al americanismo,
conjunto de desviaciones que reverdeció en 1897 ante la versión francesa
de la biografía de W. Elliott sobre el fundador de los paulistas Isaac Hecker
(+ 1888) en cuyo prólogo se presentaba como modelo el sistema americano de
catolicismo, con intentos de conjunción entre católicos franceses y
norteamericanos para una apertura a la Modernidad democrática de
inspiración revolucionaria. Los jesuitas y los que, como ellos, se adscribían
entonces a los medios tradicionales de la Iglesia, se opusieron al
americanismo, condenado nuevamente por León XIII en una carta de 1899 en la que
rechazaba los principales elementos de esa doctrina: la marginación de los
dogmas incomprensibles, la crítica al autoritarismo del Magisterio, la
preferencia de la acción sobre la contemplación, el rechazo a los votos
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religiosos y
otros puntos que los cardenales norteamericanos declararon no haber sido nunca
defendidos allí seriamente en medios eclesiásticos. Como vamos a ver, el
americanismo, que consistió en un brote más que una tendencia organizada,
representó una anticipación del modernismo y de rebeldías posteriores que
lamentamos hoy; y coincidió con el vigoroso y prepotente despertar de los
Estados Unidos como poder mundial consciente. Ese primer brote fue descuajado
por la vigilancia de Roma y la fidelidad de la Iglesia norteamericana, que
siguió demostrando en la práctica la plena compatibilidad de catolicismo y
democracia.
En el
complejo mundo iberoamericano al sur de Río Grande la población, de inmensa
mayoría católica, había dado un enorme salto en el siglo XIX
y rebasaba ya en 1900 los sesenta millones de habitantes, pero muy dispersos en
sus 21 millones de kilómetros cuadrados. A la dispersión se añade el
analfabetismo; en 1900 sólo el cuatro por ciento de la población sabía leer y
escribir. Para elevar el nivel, generalmente bajísimo, del clero y nutrir las
sedes episcopales Pío IX había creado en 1858 el colegio Pío Latino Americano
en Roma. Los imperialismos económicos inglés y norteamericano, sustitutorios
del imperio español paternalista, no se preocuparon por el desarrollo de
aquellas naciones sometidas durante los siglos XIX, tras la independencia, y XX
a traumas políticos permanentes, entre gobiernos conservadores partidarios de
la Iglesia y gobiernos liberales perseguidores; con frecuentísima interposición
de dictaduras militares arbitrarias. Las clases dirigentes de casi todos los
países se mostraron ineficaces, egoístas y poco dignas de su misión, con el
consiguiente abandono y retraso de una población que conservaba la fe católica
pero que se veía asediada por los estragos de la secularización liberal, los
embates de la Masonería (mucho más semejante aquí a la europea que a la
norteamericana) y, hacia finales de siglo, del espiritismo, el esfuerzo
misional de los protestantes norteamericanos y toda una proliferación de sectas
de muy diversos pelajes cuyo influjo no ha hecho más que aumentar hasta hoy.
Los intelectuales católicos, a veces de relevancia excepcional, cedieron el
terreno a la intelectualidad masónica y anticlerical por todas partes. La
inmigración, muy intensa, provino principal, aunque no exclusivamente, de
países católicos europeos, sobre todo España e Italia y fecundó positivamente
la vida económica y social de aquellas naciones.
El designio
brutalmente imperialista de los Estados Unidos sobre Iberoamérica quedó de
manifiesto, por ejemplo, en la ocupación de los inmensos territorios mexicanos
al norte del Río Grande, de Tejas a California; en la colonización casi
esclavizadora de Centroamérica por la United Fruit, descrita por testimonios
irrebatibles emanados de los altos directivos de esa empresa; la imposición
anglo-norteamericana de los ferrocarriles, las nuevas industrias, la minería y
las redes comerciales[106]. La influencia norteamericana fue sustituyendo
a la europea, incluso a la británica, a lo largo del siglo XX
y se afianzó gracias a invasiones militares y fomento de golpes de estado en
las diversas naciones dependientes, hasta que se ha hecho voz común en los
Estados Unidos considerar a las naciones de Iberoamérica
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como «el
patio trasero» de la gran potencia imperial del Norte. El conjunto de esta
estrategia quedó de manifiesto en 1889-1890 con motivo de la celebración de la
I Conferencia Interamericana en Washington por iniciativa del gobierno de los
Estados Unidos. El presidente Theodore Roosevelt, que perpetró personalmente el
intervencionismo más grosero, se atrevió a afirmar: «La absorción de América
Latina será muy difícil mientras esos países sean católicos»[107]. León XIII, para asociarse al IV Centenario del
Descubrimiento de América convocó (con algún retraso) en 1898 (año de la
catástrofe española frente a la agresión norteamericana en Ultramar) el Primer
Concilio Plenario de América Latina, celebrado en Roma del 28 de mayo al 9 de
julio de 1899 por iniciativa del arzobispo de Santiago de Chile. Nadie podía
imaginarse entonces que a finales del siglo que iba a nacer la mitad de todos
los católicos del mundo viviría en América y que la minoría hispana se iba a convertir
en la primera, por número de población, dentro de los Estados Unidos.
Asistieron
al Concilio Plenario 13 arzobispos y 40 obispos. La Iglesia de España, creadora
de la Iglesia de América, influyó notablemente en las sesiones por medio del
arzobispo y cardenal capuchino español José Vives y Tutó, de talante
tradicional y próximo al ultramontanismo. El concilio reveló tristemente la
deplorable situación de la Iglesia iberoamericana, estancada después del
proceso que el propio Concilio reconoció como «la gloria de la civilización
ibérica». El concilio adopto una actitud antiliberal, asumió una doctrina
tradicional en teología y eclesiología, reconoció con temor los avances del
positivismo y la Masonería, la ausencia de clases medias y la deserción
laicista de las clases dominantes en gran parte. Recomendó sin embargo a los
católicos que participaran en la vida pública y trataran de defender a la
Iglesia en los puestos de mando, pero sin aludir a la creación de partidos
cristianos. Sin embargo el Concilio estableció una conexión continental entre
las Iglesias nacionales que ya no se interrumpirá en el futuro y sería vital
para el catolicismo en Iberoamérica.
VITALIDAD ESPIRITUAL Y DOCTRINA SOCIAL
Como venía
sucediendo desde la derrota de la Revolución Francesa, también la época de León
XIII, al margen de los avatares políticos y los combates ideológicos, registró
notables avances en el campo de la vitalidad religiosa. El magisterio de la
Santa Sede parecía más prestigiado y respetado cada vez en todo el mundo. La
pérdida definitiva del Estado de la Iglesia repercutió favorablemente en la
espiritualización del gobierno de la Iglesia sin equívocos. León XIII creó en
todo el mundo 238 nuevas diócesis. Las Órdenes religiosas tradicionales se
expandieron y se crearon por todas partes nuevas congregaciones de acuerdo con
el tono de los tiempos; numerosos santos, canonizados después, florecieron en
esta época. Los franciscanos no cuajaron la reunificación de sus familias que
ya había intentado Pío
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IX pero sus
Ordenes Terceras, impregnando al pueblo cristiano, crecieron hasta contar con
dos millones y medio de miembros. Los benedictinos impulsaron desde la abadía
de Solesmes una espléndida renovación litúrgica y aceptaron, si no la
reunificación de sus ramas, sí la confederación. Los jesuitas, fortalecidos y
confirmados por las incesantes persecuciones del liberalismo radical y
masónico, se mantuvieron en todo momento fieles a la Santa Sede aplicando en
alguna ocasión la obediencia ciega que les había enseñado su fundador; entraron
en el siglo XX lanzados a recuperar la primacía cultural
dentro de la Iglesia y dentro del mundo docente y científico que habían
abandonado al ser suprimidos absurdamente por Clemente XIV a fines del siglo XVIII.
En 1872 una congregación general en Loyola eligió prepósito general al español
Luis Martín, al que sucedió en 1906 el alemán Francisco Javier Wernz. Las
órdenes y congregaciones se dedicaron primordialmente a la enseñanza de la
infancia y la juventud sin excluir el apostolado social que tanto recomendó
León XIII ni la atención, notabilísima y abnegada, a las clases humildes y
abandonadas de la sociedad; la visión de una Iglesia clasista que algunos han
prodigado en bloque no pasa de infundio. Los institutos religiosos se
concentraron en Roma en cuanto a sus órganos supremos y así contribuyeron a la
romanización y centralización de la Iglesia que fue una de sus características
en el siglo XIX y se acentuó en el XX.
Se registró una revitalización colosal del asociacionismo católico y de la
presencia pública de los cristianos en la sociedad, frente a la ofensiva
liberal-masónica de secularización absoluta. En 1881 se celebraba en Lille el
primero de los congresos eucarísticos bajo el lema del «reinado social de
Jesucristo». La Adoración Perpetua se creó en Roma en 1883 y pronto se extendió
a todo el mundo. León XIII consagró el mundo al corazón de Jesús en 1899 y la
devoción, fomentada por los jesuitas, se divulgó amplísimamente, como el rezo
del Rosario, que fue recomendado por el Papa en una encíclica. Los jesuitas
propagaron la obra de las congregaciones marianas que representaba una gran
convocatoria de espiritualidad y acción juvenil. Toda esta vitalidad católica
se teñía inevitablemente con colores de cruzada ante los planteamientos
agresivos del anticlericalismo liberal-radical y masónico, pero contenía vetas
muy positivas que se acreditaron como auténticas en las grandes persecuciones
del siglo XX
contra la Iglesia, como en los casos de México, España, Alemania y Ucrania. Por
supuesto que la vitalidad interna de la Iglesia es algo demasiado importante
para dejar el comentario (despectivo, además) en manos exclusivas de la
ignorancia anticlerical.
En medio de
esta renovada vitalidad de la religión bajo León XIII hay que conceder una
importancia de primer orden a sus orientaciones en materia social. Como ha
reconocido Max Weber, la Iglesia católica fue siempre doctrinalmente fiel a la
incompatibilidad evangélica entre Dios y Mamón, el ejemplo de Cristo pobre y la
riqueza divinizada; la pobreza fue, desde los orígenes de la Iglesia, una
característica del estado de perfección. Desde la Edad Media la Iglesia se
opuso vivamente a los abusos de la usura y por eso, aunque no pocos
eclesiásticos resultaron, hasta nuestros
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días,
indignos del mensaje, miró con mucho recelo a la extensión del mercantilismo y
luego a las consecuencias sociales del capitalismo. Siguiendo también ejemplos
evangélicos la Iglesia no se opuso nunca por principio y sin matices a la
riqueza cuando ésta se utilizaba de acuerdo con la caridad y la solidaridad.
Pero hubo que buscar en otra parte —en el calvinismo concretamente, según Max
Weber— la teología del capitalismo y la justificación por la riqueza y el éxito
material. El recelo subsiste hasta hoy, como ha mostrado recientemente el Papa
Juan Pablo II en su viaje de mayo de 1990 a México, donde junto a su habitual
condena del comunismo ha reiterado sus críticas a los posibles aspectos
inhumanos del capitalismo.
Debo
confesar, desde la fe católica y el respeto por la Santa Sede, que en la
llamada doctrina social de la Iglesia, conjunto de ideas y orientaciones en el
campo social propuesto primeramente por León XIII y ampliado por todos los
Papas siguientes, noto una tendencia simplificadora que presenta al liberalismo
capitalista, demasiadas veces, como una caricatura; quizás por ser eso,
liberalismo, doctrina general que, según hemos visto, la Iglesia consideró como
bestia negra, a veces con poco motivo, durante el siglo XIX.
Por ejemplo, León XIII o sus sucesores no valoraron apenas la intensa presencia
cristiana en los orígenes del movimiento obrero, de la que sí se dio cuenta
Carlos Marx, a propósito del socialismo utópico, en el mismísimo Manifiesto
Comunista; ni las raíces parcialmente cristianas del movimiento sindicalista
británico, las Trade Unions; ni la humanización, también parcial, pero tampoco
ajena a las motivaciones religiosas, del liberalismo inicial en el siglo XIX
y el liberalismo maduro a mediados de esa centuria; ni las correcciones
sociales que ha ido introduciendo en sus prácticas de gobierno el liberalismo
democrático, al que la Iglesia ha confundido casi siempre con las líneas
brutales de un laiisez faire en estado puro[108]. Tampoco voy a
negar, sin embargo, los abusos del capitalismo y los gravísimos pecados
sociales y clasistas de la industrialización, que provocaron, explicablemente,
las reivindicaciones del movimiento obrero, manipuladas luego por los
revolucionarios profesionales, desde Marx a Lenin, para desviarlo a finalidades
políticas que han provocado, hasta el hundimiento del comunismo en nuestros
días, tantas catástrofes. León XIII no fue el inventor de la doctrina moderna
social de la Iglesia sino el coordinador clarividente de muchos impulsos
sociales presentes en los movimientos citados y en algunos insignes católicos,
precursores de la sistematización leonina. Ya antes de 1848 los obispos de
Francia denunciaron las aberraciones sociales del capitalismo desmandado bajo
el reinado de Luis Felipe. El arzobispo de Maguncia Ketteler es el gran
precursor europeo de la doctrina social católica, desde sus famosos sermones de
1848. Los cardenales Manning y Gibbons adoptaron una clara línea social en
Inglaterra y en los Estados Unidos. Federico Ozanam (+1853), ya lo dijimos,
realizó en Francia sus ideas de solidaridad social en las Conferencias de San
Vicente de Paúl además de defenderlas como difundido publicista. En el campo
protestante fue Adolfo Stocker (1835-1909) el pensador social más conocido. El
asociacionismo social y político de
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los
católicos alemanes prestó, gracias a inspiraciones como la de Ketteler, intensa
atención teórica y práctica a los problemas del mundo laboral.
León XIII,
desde su experiencia belga, sintonizó apostólicamente con estos precursores y
percibió el adelantamiento de los proyectos revolucionarios, concretados en las
dos primeras Internacionales, en la preocupación y la acción social. Liberada
ya a Iglesia, desde la caída de Roma, de la obsesión política por el
mantenimiento de los Estados pontificios, el Papa Pecci concedió prioridad, en
sus instrucciones generales, a la revitalización de los estudios y la cultura
eclesiástica y católica; y al fomento de los deberes de los católicos en la
vida pública. Su grave preocupación por el problema social, muy agudizado por
el desarrollo de la Revolución industrial, se expresó desde el primer año de su
pontificado; recordemos la encíclica Quod apostolici muneris del 28 de
diciembre de 1878, en la que, al oponerse a los «Comunistas, socialistas y
nihilistas» unidos a «una inicua asociación» (la Masonería) estableció que «la
verdadera igualdad ante Dios debía buscarse en la familia y la propiedad». No
debe extrañar la insistencia de León XIII y la doctrina social de la Iglesia en
el derecho de propiedad, que socialistas y comunistas querían entonces demoler
aunque han terminado recuperándolo en vista de su fracaso; porque como los
marxistas han terminado por reconocer, tardíamente, la propiedad es la
salvaguardia de la libertad y ningún régimen que la haya negado ha sido libre.
En fin, asentadas ya las demás bases doctrinales del nuevo pontificado, León
XIII decidió escribir Sobre la situación de los obreros la más famosa de
sus encíclicas, Rerum novarum, el 15 de mayo de 1891, una vez que ya
estaban en marcha, según dijimos, importantes movimientos católicos de
signo social en Europa y América.
Se ha
motejado a esta encíclica, sacándola de su contexto real, como reaccionaria y
tardía. Con escasa razón. Para su tiempo la Rerum novarum es
audaz y progresista, y suscitó muchos recelos en medios católicos de derecha
dura. Por otra parte las críticas al comunismo y al socialismo que contiene se
refieren al comunismo y el socialismo de entonces (que se identificaban) no
suficientemente distinguidos del anarquismo terrorista, portavoces de la lucha
de clases, el ateísmo militante, el marxismo puro y duro (Marx había muerto en
1883, Engels le continuaba con igual virulencia) la aniquilación de la Iglesia
y la religión y la dictadura del proletariado, como puede verse en cualquier
programa de los partidos «socialdemócratas» recién integrados en la Segunda
Internacional marxista como el PSOE. Nunca insistiremos bastante en que León
XIII hablaba del liberalismo radical y el socialismo de su tiempo, no del
nuestro.
Pero la
primera crítica de la Rerum novarum se refiere a los excesos del
capitalismo, al que denomina con el nombre clásico de la tradición doctrinal
cristiana desde la Edad Media, la usura; la «voraz usura reiteradamente
condenada por la Iglesia» a cuya inspiración, por cierto, se dedicó toda una
serie de instituciones de crédito popular, los Montes de Piedad y las Cajas de
Ahorro, florecientes desde el
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siglo XVIII.
Insiste en la misma línea: «No sólo la contratación del trabajo sino también
las relaciones comerciales de toda índole se hallan sometidas al poder de unos
pocos, hasta el punto que un número sumamente reducido de opulentos y
adinerados ha impuesto poco menos que el yugo de la esclavitud a una
muchedumbre infinita de proletarios». La descripción del Papa es durísima y tal
vez insuficientemente matizada; pero afecta a muchos casos reales de su tiempo.
Frente a
este problema la característica esencial del socialismo según León XIII es el
objetivo de terminar con la propiedad privada y una igualdad de desmoche (que
los socialistas conservan hasta hoy como ideal y como práctica, pero que no se
aplican a ellos) que el Papa desaprueba: «No se puede igualar en la sociedad lo
alto con lo bajo». Niega también el principio marxista fundamental de la lucha
de clases porque no son naturalmente enemigas; y además de los derechos insiste
en los deberes de los obreros y los patronos. Combate la opresión de los
obreros; y encomienda al Estado (contra las normas del liberalismo puro) velar
por la aplicación de la justicia distributiva. Se declara partidario de las
sociedades obreras de socorro mutual y también de las que denomina sociedades
de obreros con lo que abría las puertas al asociacionismo católico. Insiste en
que el Estado no debe coartar la creación y funcionamiento de estas sociedades.
Estos son los puntos esenciales de la Rerum novarum que no debe
descalificarse desde perspectivas diferentes. Y que representa un enorme
acierto histórico; porque constituye el primer golpe frontal a los disparates
utópicos del comunismo y de lo que luego se llamaría «Socialismo real», que se
hundieron en 1989 con el Muro de Berlín después de haber sumido a la humanidad
en sus aberraciones y sus catástrofes. Y que hoy permanecen en el comunismo
chino, en los partidos comunistas disfrazados de Occidente y colean en los
tenaces estertores revolucionarios del liberacionismo.
La recepción
de la encíclica fue muy positiva en todo el mundo católico, donde numerosos
apóstoles sociales incrementaron sus trabajos de organización, que con
frecuencia fracasaron no por la incomprensión de la Iglesia sino por los
recelos de los Estados liberales y el reaccionarismo de las clases pudientes,
sobre todo en Iberoamérica. Maurice Rigoux enumera 1516 documentos episcopales
en todo el mundo (de ellos 96 en España) sobre problemas sociales durante los
cuarenta años siguientes a la llamada social de la Rerum novarum[109].
LAS DOS DIRECCIONES DEL SOCIALISMO
La
Asociación Internacional de los Trabajadores o Primera Internacional, creada en
Londres (1864) bajo la inspiración de Carlos Marx, los grupos anarquistas
europeos y los elementos extremos de la Masonería revolucionaria, se dividió
pronto en dos grandes agrupaciones; la libertaria, de signo anarquista,
dirigida por el ruso
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Bakunin, que
degeneró en el terrorismo contra el Estado y las instituciones de la sociedad;
y la autoritaria (menos numerosa) que seguía las directrices totalitarias de
Marx y se concretó en un conjunto de partidos socialistas revolucionarios
llamados también socialdemócratas, a quienes poco después de la muerte de Marx
agrupó el colaborador de Marx, Friedrich Engels, en la Segunda Internacional,
precursora de la actual Internacional Socialista. El PSI de Italia y sobre
todo, el SPD alemán, que era el más importante de todos, figuraba en esa
Internacional, a la que se incorporaron otros partidos del mismo signo como el
Partido Socialista Obrero Español y el partido socialdemócrata de Rusia.
Mientras la Primera Internacional, entregada al nihilismo anarquista, sembraba
el terror en toda Europa, con predilección por abatir a las testas coronadas y
a los políticos más relevantes (entre sus víctimas se cuenta la emperatriz
Sissi de Austria-Hungría y los estadistas liberales españoles Cánovas del
Castillo en el siglo XIX y Eduardo Dato en el XX)
el socialismo revolucionario fue evolucionando también en dos sentidos
divergentes: el revisionismo humanista, que se iba inclinando a la
Reforma más que a la Revolución y el marxismo duro que se incubó en los
partidos socialdemócratas de Alemania y de Rusia, con gravísimas consecuencias
para la historia de Europa y el mundo en el siglo XX.
El Partido
Obrero Socialdemócrata ruso se fundó en Minsk, marzo de 1898, a partir de
varias organizaciones locales —Petersburgo, Moscú, Kiev— por el acuerdo de
nueve delegados entre los que figuraban los del Bund o Unión General de
Trabajadores judíos de toda Rusia y Polonia, que estaba en gran parte bajo
dominio ruso. El nuevo partido era de talante marxista como los demás
integrados en la Segunda Internacional y aceptaba las dos etapas para la toma
del poder, la de cooperación con los demócratas o burgueses radicales y luego
la socialista revolucionaria. Exigía —como su homólogo el PSOE español, fundado
por Pablo Iglesias— la abolición de la propiedad, insistía en la lucha de
clases junto a la abolición de las fuerzas armadas y la supresión de la Iglesia
cristiana, y expresaba la convicción de que, ante la debilidad de la burguesía
en Rusia, que por entonces iniciaba su industrialización sin eliminar el
sistema feudal en la distribución de la tierra, la tarea revolucionaria
recaería fatalmente sobre el proletariado militante articulado por el Partido.
La evolución
del socialismo ruso tiene importancia primordial a la hora de evaluar las
configuraciones y crisis futuras del marxismo. Durante toda la etapa anterior
el protagonismo revolucionario en Rusia había recaído en los naródniks,
partidarios de la revolución campesina por métodos de nihilismo, anarquismo y
terrorismo; no se olvide que Bakunin, raptor de la Primera Internacional, era
un aristócrata revolucionario ruso. Al fin de la década de los setenta del
siglo XIX Plejánov rompió con los naródniks, se convirtió al marxismo y fundó
en el exilio suizo de 1883 el grupo «Emancipación del trabajo». Junto a Axelrod
y Vera Zasúlich luchó contra los naródniks para centrar el proyecto de
revolución social sobre un previo desarrollo capitalista, de acuerdo con la
estrategia de Marx. Proliferaron
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gracias a su
ejemplo los grupúsculos marxistas en toda Rusia; en 1895 se fundó una «Liga por
la emancipación de la clase obrera» en la que pronto se distinguió un joven
discípulo de Plejánov, Vladimir Ilich Ulianov llamado Lenin, nacido en 1870 en
Simbirsk, hijo de un funcionario subalterno, que vio ejecutar a su hermano por
haber participado en una conjura contra el zar. El sovietólogo español Ángel
Maestro ha detectado documentadamente los complejos orígenes del pensamiento y
la estrategia revolucionaria de Lenin, que no se formó exclusivamente en el
marxismo sino que dependía intensamente de la tradición autóctona
revolucionaria de Rusia en el siglo XIX[110]. Convertido al marxismo, combate Lenin a los
naródniks y por dedicarse a la propaganda revolucionaria entre los obreros
sufrió deportación en 1895 a Siberia hasta 1900. Allí profundiza en los debates
teóricos del socialismo y acuerda con Plejánov la fundación de un periódico
popular, Iskra (La Chispa) y otro teórico, Zaria (La Aurora),
asume el sobrenombre de Lenin desde 1901 y ya en el exilio ginebrino publica en
1902 su primera obra política importante, Qué hacer, sobre estrategia y
organización de la actividad revolucionaria. A la muerte de León XIII en 1903
estaba a punto de plantearse el cisma dentro del socialismo ruso con
inconmensurables consecuencias para toda la humanidad en el siglo XX;
entre la dirección radical revolucionaria de Lenin y la actitud marxista
ortodoxa, pero más moderada, de Plejánov, como en su momento veremos[111].
La segunda
dirección del socialismo, asumida precisamente por Plejánov, es la que provenía
de Marx a través de Engels y desde el partido director de la Segunda
Internacional, la socialdemocracia alemana SPD, que albergaba, como hemos
indicado, un reducto revolucionario explosivo hasta la Primera Guerra mundial
pero que en su mayoría evolucionaba antes de acabar el siglo en sentido
reformista y revisionista. Los ideólogos de esta tendencia, Kautsky y
Bernstein, habían llegado al marxismo a través del AntiDühring de
Engels, manual de marxismo para la segunda generación. Este marxismo alemán es
positivista e insiste en su entronque científico. Pero adopta el darwinismo y
las posiciones radicales de Haeckel, lo que difumina su raigambre hegeliana y
acentúa el divorcio marxista entre socialismo y cristianismo en pleno auge de
la Kulturkampf. El programa socialista de Erfurt en 1891 relegó la religión
exclusivamente a la esfera privada; Kautsky, el nuevo teórico del socialismo
marxista para el siglo XX, decretó en sus Fundamentos del cristianismo
que Jesús de Nazaret era un revolucionario y que su organización subversiva fue
la clave para el desarrollo posterior del cristianismo. El cristianismo
primitivo había sido de carácter proletario; Cristo, un rebelde. (No debe
extrañarnos que Kautsky sea considerado como un precursor para los teólogos de
la liberación, que han reeditado cordialmente su libro)[112]. La arbitrariedad de las fuentes y la exegesis
de Kautsky, destruidas por la investigación bíblica posterior, no resisten el
más leve análisis. Sin embargo a medida que el socialismo se adentraba en el
siglo XX,
su proyecto revolucionario inicial se iba diluyendo en un reformismo humanista,
sin empacho en colaborar con
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gobiernos
burgueses; según las directrices del ideólogo reformista y revisionista Eduard
Bernstein (1850-1932) que se había enfrentado a la ofensiva antisocialista de
Bismarck y propuso desde los primeros años del siglo XX
un socialismo gradual, influido por la ética neokantiana, con lo que la
Revolución quedaba relegada a la utopía y el socialismo, o mejor la
socialdemocracia, sería capaz de convivir con los partidos de la burguesía y
alternar con ellos en el poder. Cierto que Kautsky se opuso al revisionismo de
Bernstein en nombre del marxismo revolucionario, pero al triunfar el
bolchevismo en Rusia se enfrentó a él y mereció de Lenin la calificación de
revisionista, remachada por la pretensión de Kautsky sobre la moral: de la que
no eximía, (en términos kantianos) ni siquiera a la lucha revolucionaria. La
relativa aproximación del neomarxismo revisionista a la religión por obra de
Kautsky y por tolerancia de Bernstein se acentuó por el influjo del austromarxismo,
en autores como Otto Bauer y Max Adler, que juzgaron positiva desde 1901 la
realidad religiosa y trataron también de incorporar al marxismo los postulados
de la razón práctica kantiana, que incluían la necesidad de Dios. El socialismo
—ya moderado— de la Segunda Internacional iba situando representantes elegidos
democráticamente en los municipios y los parlamentos europeos y concentró sus
esfuerzos, desde principios de siglo hasta 1914, en evitar la guerra mundial
mediante la invocación a la solidaridad del proletariado contra la
confrontación de los imperialismos burgueses; el dramático fracaso de esa
ofensiva pacifista desmanteló a la Segunda Internacional y abrió paso a la
Tercera, la Internacional Comunista creada por Lenin en 1919 sobre las ruinas
de la Segunda. Sin embargo el sistema socialista-marxista para la coordinación
de los partidos nacionales, creado por Engels, no desapareció con la Gran
Guerra aunque quedó maltrecho y marginado; ya seguiremos sus oscuros avatares
hasta su resurrección en forma de Internacional Socialista después de la
Segunda Guerra Mundial.
EL TESTAMENTO DE LEÓN XIII
Sobre la
recepción de la encíclica Rerum novarum en España se han proferido
algunas interpretaciones despectivas con escaso fundamento y sobra de
anacronismo. Notabilísimos apóstoles sociales, como el jesuita Antonio Vicent
(n. 1837) y el marqués de Comillas, Claudio López Bru (1853-1925) crearon toda
una escuela de seguidores inspirados como Severino Aznar, Pedro Gerard O.P., el
jesuita Sisinio Nevares y el creador de instituciones docentes y sociales Ángel
Herrera, futuro inspirador de la derecha católica y luego cardenal de la
Iglesia. Gracias a ellos la Iglesia realizó en España, desde la creación del
primer círculo de obreros en Alcoy el año 1872 hasta el advenimiento de la
segunda República en 1931, mucha más labor social que el Estado, imbuido de
principios liberales, donde por cierto la actividad de política social más
interesante y efectiva corrió a cargo de los liberal-conservadores
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mucho más
que de los liberales-progresistas, relativamente refractarios a la acción
social. José Andrés Gallego en su estudio La política religiosa en España
1889-1911[113] Quintín Aldea y colaboradores
en su libro ya citado y Carlos Seco Serrano en su contribución al libro La
cuestión social en la Iglesia española contemporánea[114] pueden ofrecer una visión
profunda y objetiva, bastante mejor que la de D. Benavides en su aireada
obra El fracaso social del catolicismo español[115] —escrita desde una perspectiva de izquierda radical— sobre las realidades,
logros y frustraciones del catolicismo social contemporáneo, que sobre todo en
los campos de Castilla, León y Aragón ejerció desde comienzos de siglo una
acción profunda que luego resultó decisiva para la gestación de fuertes bloques
regionales de derecha católica, como se reveló en la República y la guerra
civil. Aunque también es cierto, como muestran los autores citados, que la
Iglesia no acertó a mantener plenamente su presencia entre los hombres y
mujeres desarraigados del campo a través de las grandes emigraciones
industriales de siglo XX; y que los católicos españoles, con
excepciones, no atendieron más que muy tibiamente a las llamadas clarividentes
de León XIII y de los apóstoles sociales. La crítica simultánea propuesta por
León XIII al socialismo marxista y al liberalismo capitalista insinuaba ya el
patrocinio de la Santa Sede a una vía media, ni capitalista ni comunista, hacia
el planteamiento justo y cristiano de la convivencia social. Centró su atención
la Iglesia, para ello, en las clases medias donde concitaba mayor adhesión y
trató de protegerlas a lo largo del siglo
XX. Un tratadista social belga, Charles Périn
(+1905) adelantó ya la idea de propiedad cristiana en la riqueza
moderada como objetivo de las clases medias y a lo largo del nuevo siglo la
Iglesia favoreció primero las soluciones corporativistas que insensiblemente se
acercaron al fascismo; hasta que después de la segunda guerra mundial y la
decisiva derrota del fascismo ante el capitalismo occidental y el comunismo
soviético, esa vía media se centró en la promoción de la Democracia Cristiana,
rechazada antes formalmente como vía política por León XIII y Pío X. Ya en
nuestros días, en vista de la evolución menos parcial) del socialismo
reformista hacia el abierto anticomunismo y hacia la convivencia y el respeto
(relativo) por la religión, la Iglesia tolera e incluso fomenta soluciones de
tipo socialdemócrata. Es lo que han procurado las alas izquierdas de la Democracia
Cristiana, figuras relevantes como el cardenal Ángel Herrera (al final de su
vida) y el cardenal político Vicente Enrique y Tarancón y el sector dominante
de los jesuitas desde 1965, aunque tal sector se ha inclinado todavía más a la
izquierda e incluso al marxismo. Ya profundizaremos en estos puntos; debíamos
sin embargo ahora señalarlos en origen.
Durante los
primeros años del siglo XX y de forma especial en 1902 León XIII había
dejado atrás un fecundo pontificado pero su ancianidad, lúcida hasta el fin,
renovaba sus amarguras ante la tormenta contra la Iglesia en Francia, imitada
por los liberales-radicales y por los masones de todo el mundo cristiano. A
ello se agregaban las primeras ráfagas de una nueva amenaza interior, que por
los años finales del Papa
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Pecci se
empezaba a considerar como una peligrosísima herejía, el modernismo. Por
ello León XIII decidió publicar su testamento pontificio en forma de la más
triste, pero también la más firme de sus encíclicas, Annum ingressi
(sobre la guerra de hoy contra la Iglesia) el19 de marzo de 1902. Es un
documento estremecedor este canto de cisne de un Papa que había dedicado su
vida y su misión a reconciliar a la Iglesia con la cultura y con el mundo
moderno y si bien insistía en esa actitud contemplaba cómo el mundo moderno
declaraba a la Iglesia una «guerra total». No de ahora; era la última de una
larga serie desde el Imperio romano, la sucesión de las herejías, la presión de
los bárbaros, el asalto del Islam, las intromisiones del cesarismo, las
corrupciones medievales, las deserciones de la Reforma, la ofensiva de los
filósofos ilustrados en el siglo XIX, el naturalismo y el materialismo. Para la
situación del mundo el liberalismo ofrece un mal remedio. La solución, para el
Vicario de Cristo, es el retorno al cristianismo. La Iglesia, contra lo que
dicen sus adversarios, no es enemiga de la ciencia, ni de la cultura, ni de la
libertad.
El culpable
mayor de esta guerra —dice el Papa— es la Masonería, promotora del despojo del
poder temporal de la Iglesia y gran peligro para toda la humanidad. Si por
tantas actuaciones parece admirable León XIII este toque de rebato final, en
plena coherencia con su ejecutoria, con su apertura, con su lucha, resulta
realmente dramático y grandioso. Por esa llamada final contra el gnosticismo
masónico paganizante, cuando la Nueva Modernidad —el modernismo— ya se había
infiltrado en el seno de la Iglesia, cuando estaba a punto de nacer el terrible
enemigo exterior de Dios, de la Iglesia y de Occidente, el bolchevismo de
Lenin, la Nueva Revolución.
Aquel
aristócrata y asceta del pensamiento y la preocupación pastoral murió el 20 de
julio de 1903 y su figura se agiganta ante nuestra perspectiva. En la elección
de su sucesor y ante el inmenso prestigio acumulado por León XIII para la Santa
Sede se movilizó el interés de las potencias católicas, del pueblo cristiano y
de todos los observadores mundiales mucho más que para el cónclave que le había
elegido en 1878.
LA ELECCIÓN DE UN SANTO: PÍO X
A la muerte
de León XIII el cardenal que parecía favorito del Cónclave era el secretario de
Estado monseñor Rampolla del Tindaro. Francia y España, a través de sus
cardenales, apoyaban la elección de Rampolla; por última vez las «grandes
potencias católicas» se permitían una fuerte presión oficiosa en favor de «SUS»
candidatos. Esta era una posición evidentemente anacrónica; una intromisión
política grosera que, sin embargo, fue tenida en cuenta. Austria, con su
ejecutoria de Imperio católico y defensor del Estado pontificio, se oponía
cerradamente a Rampolla por la política prorusa y antipolaca que se atribuía,
no sin razón, al cardenal-secretario, contra quien se alzaba la implacable
hostilidad de la Polonia católica y sojuzgada por
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el Imperio
ruso. Fue precisamente el arzobispo de Cracovia quien formuló en pleno Cónclave
el veto formal de Austria, ante 34 cardenales italianas y 24 no italianos. (La
Europa tradicional mantenía su poder abrumador en el más alto círculo de la
Iglesia católica, cuando ya estaba perdiendo a chorros, aunque sin enterarse,
su hegemonía universal de los últimos siglos). Los cardenales se sintieron
obligados a aceptar el veto austriaco aunque, para guardar las formas,
otorgaron en la votación siguiente un voto más a Rampolla; pero al fin
eligieron al patriarca de Venecia, cardenal Giuseppe Sarta, que quiso llamarse
Pío X «en nombre de los Papas que durante el siglo XIX
lucharon contra las sectas y los errores». Adoptó el lema Instaurare omnia
in Christo y en su inmediata instrucción, Commisum nobis, anuló
formalmente el presunto derecho de veto para la elección papal que seguían
invocando Francia y España además de Austria. La cancelación surtió efecto; el
veto se había ejercido por última vez en ese cónclave de 1903.
En contraste
con la figura aristocrática y el aire intelectual de León XIII, su sucesor era
un Papa pastor, sin gusto por las sutilezas diplomáticas, empeñado en la
profundización religiosa, autoritario e indomable, que demostró una elevada
santidad personal, reconocida por la Iglesia al beatificarle en 1951 y
canonizarle tres años después; el primer Papa oficialmente santo en la Edad
Contemporánea. Nunca había salido de su Véneto natal; mantuvo siempre una
actitud irreductible ante la usurpación del Estado pontificio por el Reino de
Italia; y un recelo, sin los matices necesarios, ante las innovaciones
doctrinales que desde el primer momento le asaltaron con la eclosión del
modernismo. Pastoralmente fue un Papa reformador y hondamente religioso;
culturalmente se encerró en una fortaleza reaccionaria y lo demostró desde los
primero momentos, en su encíclica Supremi apostolatus del 4 de octubre
de 1903 frente al «funesto ataque que ahora en todo el mundo se promueve y se
fomenta contra Dios». Así entroncaba con las visiones apocalípticas que
marcaron el final del pontificado de León XIII pero conviene calibrar la
perspectiva de aquel terrible inicio del siglo XX con la resaca del
positivismo, la pleamar del ateísmo en cultura y en pensamiento social —el
marxismo estaba ya a punto de dar el salto al poder mundial— y la ofensiva
masónica y anticlerical que rampaba en Francia, en Italia, en Iberoamérica y en
España. En esa primera comunicación, puramente defensiva, se le nota muy
preocupado e incluso abrumado al nuevo Papa que no propone, como había
intentado León XIII, soluciones concretas en el campo cultural ni tampoco supo
detectar, en el horizonte cerrado, los claros de esperanza y de sintonía
cristiana en muchos sectores de que luego hablaremos. Casi toda la culpa de esa
cerrazón debe atribuirse al equipo de colaboradores principales del Papa, en
cuyo descargo conviene también anotar la dureza de la ofensiva anticatólica,
que no es ninguna exageración aunque tampoco alcanzó el carácter universal y
exclusivo que ellos pensaban. Ahora, desde luego, es mucho mas fácil
comprenderlo que en medio de aquel combate.
Tres cardenales,
entre ellos dos españoles, fueron los consejeros de más alto nivel
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para el Papa
Sarta: José Vives y Tutó, OFMcap (+1913), miembro de la Curia desde 1884 a
quien hemos visto ya como primer inspirador del primer concilio iberoamericano;
Gaetano de Lai (+1928) prefecto de la Congregación consistorial y Rafael Merry
del Val (1865-1930) hijo de un aristócrata y diplomático español, secretario de
Estado a los 37 años, que se mantuvo en el cargo durante todo el pontificado y
tuvo como sustituto a monseñor della Chiesa (futuro Benedicto XV) que había
desempeñado la misma función en el equipo del cardenal Rampolla. Junto a los
tres cardenales el grupo papal de asesores se ampliaba a cuatro influyentes
secretarios, que acentuaban más el reaccionarismo; y todo el conjunto se
apoyaba en los jesuitas de Roma, totalmente dedicados entonces a la defensa de
la Santa Sede sin discusiones ni fisuras. Y si León XIII había tratado de
ofrecer a los católicos opciones culturales, sociales y aun políticas ante la
ofensiva de la sociedad moderna, Pío X, reafirmándose en los supuestos
doctrinales de su predecesor, prefirió concentrarse en la renovación
estrictamente religiosa que, por lo demás, era precisamente lo que los
católicos pedían a su pastor supremo.
El
pontificado de Pío X coincidió cronológicamente con la llamada «época de las
crisis» hasta el estallido de la primera guerra mundial en 1914; una sucesión
de convulsiones en todos los planos de la vida humana. Dos grandes potencias
extraeuropeas, los Estados Unidos y el Japón, entraban en el juego de la
hegemonía mundial, detentada aparentemente por el Imperio británico, en clara
pugna económica y estratégica con la Alemania postbismarckiana del Segundo
Reich. Los Balcanes eran el avispero de Europa desde el asesinato del rey
Alejandro de Serbia en 1903 hasta la ocupación austriaca de Bosnia y
Herzegovina en 1908, que enconó la inevitable hostilidad de Austria y Serbia de
la que surgiría el pretexto final para la guerra europea, tras la victoria de
Serbia (siempre respaldada por Rusia) en la guerra balcánica de 1912-1913. El
principio de las nacionalidades y su autodeterminación política, fundada en
diferencias culturales, amenazaba con reventar al imperio danubiano de Austria
y al imperio turco en Oriente Próximo, que incluía a los países árabes. El
Imperio autocrático de Rusia, gracias a estadistas clarividentes como Stolypin,
parecía ir sentando las bases para su modernización pero la revolución
bolchevique se aprestaba al asalto del poder desde el inmenso desprestigio del
zarismo en la guerra contra Japón, que acabó con la flota y el orgullo ruso en
Extremo Oriente el año 1905. El mundo colonizado por los imperialismos seguía
aparentemente dormido pero ya se notaban los primeros síntomas de un despertar que
se retrasaría, a trancas y barrancas, hasta la segunda guerra mundial. En
varios momentos del pontificado de Pío X parecía llegar ya la guerra general,
como tras el incidente franco-alemán de Agadir (Marruecos, 1911) en medio del
choque imperialista de las dos potencias en África; y lo más grave para la
Santa Sede era que los católicos de cada nación en pugna mostraban un gran
entusiasmo patriótico para seguir los ímpetus belicistas de sus gobernantes,
por ejemplo en Francia, donde el compromiso de los católicos con su gobierno
republicano había apaciguado ya la
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guerra
interior religiosa en vísperas de 1914; o en Austria donde el partido
socialcristiano y los obispos se alinearon decididamente con el veterano
emperador Francisco José. Algo semejante cabría decir de Italia donde los
católicos se sentían cada vez más italianos.
Como si
adivinase que la ciega marcha del mundo hacia la guerra general escapaba de
todo control, Pío X insistió, según decimos, en su impulso pastoral de
religiosidad y a esa luz ha de enjuiciase su pontificado. Entre 1905 y 1907
intervino públicamente doce veces en favor de la comunión frecuente, que
amplió, contra las restricciones hasta entonces vigentes, a los niños. Acometió
la primera reforma litúrgica importante desde el Concilio de Trento, gracias a
la concertación de un grupo de abadías benedictinas que sembraron ideas y
estudios para esa reforma a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX;
reformó el misal y el breviario, recomendó el canto gregoriano y la polifonía
religiosa. Renovó los seminarios, bastante decaídos y dictó nuevas normativas
para el sacerdocio. Propuso un nuevo catecismo y fundó la Acción Católica en
1905 como centro del apostolado seglar, si bien como prolongación poco autónoma
de la actividad clerical. Planteó la reforma de la Curia (que no se hacía desde
los tiempos de Sixto V) compuesta hasta entonces por casi cuarenta organismos
confusos y vinculados todavía a la estructura del poder temporal desaparecido.
Potenció a la Secretaría de Estado, revitalizó al tribunal de la Rota y en su
constitución de 1906 distribuyó a los funcionarios de la Curia en once
congregaciones, tres tribunales y cinco oficios, con inmediatas consecuencias
positivas en el gobierno de la Iglesia. Encomendó a un canonista experto,
Pietro Gasparri, la reforma del Código de Derecho canónico; el joven monseñor
Eugenio Pacelli actuó como secretario de Gasparri. Se completaba así el proceso
de centralización romana de la Iglesia católica tan visible a lo largo de todo
el siglo XIX.
En el campo de la cultura teológica Pío X confirmó las directrices tomistas de
León XIII y fundó, en colaboración con los jesuitas, el Pontificio Instituto
Bíblico en 1909, destinado a convertirse para los tiempos siguientes en foco de
investigación histórica y exegética con prestigio universal.
LA EXPLOSIÓN DEL MODERNISMO
Sin embargo
esta serie de actuaciones religiosas y positivas de Pío Décimo siguen hoy
oscurecidas (injustamente) ante las tremendas polémicas doctrinales que suscitó
la explosión del modernismo y la consiguiente reacción del integrismo, muy
apoyada por el equipo de asesores pontificios. El modernismo se llamó
así desde 1904; había surgido al volver el siglo con el nombre de Nuevo
Catolicismo y claro entronque con el liberalismo católico alumbrado por
Lamennais. Los modernistas pretendían algo muy positivo: verter la doctrina
católica en moldes de cultura moderna[116], como los
liberales católicos habían intentado en el campo de la política.
Desgraciadamente los
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deslices
modernistas y la durísima reacción de la Santa Sede les condujo a un
encastillamiento de tipo gnóstico; un alejamiento, casi inevitable, de la
Iglesia como ya había sucedido en el caso de Lamennais. Ahora le tocaba a la
Iglesia católica experimentar la crisis cultural interna que había afectado
medio siglo antes al protestantismo a impulsos de su ala liberal y de la
exegesis positivista-racionalista del Nuevo Testamento. Los avances de la
crítica bíblica fuera del catolicismo afectaron profundamente a los modernistas
para sus planteamientos. Para nosotros, en este libro, el modernismo de
principios de siglo alcanza un interés grandísimo; porque ese impulso
neoprotestante se nos aparece desde nuestra perspectiva como un claro precursor
de modas teológicas y comportamientos político-religiosos que se desataron
después de la segunda guerra mundial y en gran parte perduran hoy[117].
El iniciador
del movimiento modernista fue Alfred Loisy (1857-1940) discípulo del exegeta
bíblico Duchesne. Ante el movimiento crítico suscitado en Francia por el propio
Duchesne y el padre Lagrange, fundador de la Escuela Bíblica de Jerusalén en
1890, León XIII había expresado ya sus reservas y en la Curia romana se hablaba
de «anarquía intelectual» de algunos círculos selectos del clero francés[118]. Alfred Loisy, tan inteligente como brillante,
dotado de garra expresiva que para el clero joven de su tiempo resultaba
irresistible, quedó muy impresionado ante la traducción francesa (1902) de la
obra del exegeta racionalista alemán Harnack La esencia del cristianismo
y publicó muy poco después LÉvangile et l’Église que obtuvo una enorme
resonancia. Para Loisy la evolución histórica del cristianismo permitía
reconstruir la figura de Cristo desde una nueva perspectiva histórica, mucho
más cerca de la ortodoxia que cuanto había apuntado Harnack. Pero «Jesús
anunció la venida del Reino de Dios y lo que vino fue la Iglesia» puede que la
herejía modernista —porque en eso acabó— naciera, como tantos otros disparates,
de una frase, hay quien se muere por una frase. Loisy cree en la evolución de
los dogmas, instituciones, ritos y sacramentos; y relativiza los dogmas
concebidos como símbolos más que como realidades objetivas. Pero al introducir
así el historicismo en la doctrina católica no quería demoler a la Iglesia sino
todo lo contrario: establecer la autenticidad espiritual de su origen. León
XIII valoró bien el impacto de Loisy pero no quiso condenarle expresamente.
Después de
la elección de Pío X Loisy justificó su libro de 1902 con una breve
explicación: Autour d’un petirt livre. Su intención había sido liberar a
la historia del catolicismo de una tutela rígida y anacrónica; y reafirmar la
independencia de la crítica bíblica y la especulación teológica. Con ello Loisy
planteaba el gran problema personal que iba a afectar a muchos investigadores y
a muchos teólogos del siglo XX: combinar la necesaria libertad de pensamiento
e investigación con la obediencia al magisterio de la Iglesia como intérprete
autorizado —y, en su caso, infalible— de la fe y la ortodoxia. Las múltiples
rebeldías teológicas de nuestro tiempo arrancan de ahí.
Loisy no
reconocía límite alguno. Rechazaba varios dogmas intangibles para un
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católico: la
Inmaculada Concepción de María e incluso la propia Resurrección de Cristo, a la
que San Pablo había descrito como piedra angular de la fe cristiana. Para Loisy
el objeto de la historia primordial de la Iglesia no es la vida de Cristo
resucitado sino la fe de los discípulos que va evolucionando. El 6 de diciembre
de 1903 el Santo Oficio, en reacción fulminante, condenó las tesis y las obras
de Loisy que de momento aparentó someterse y continuó sus trabajos exegéticos.
Pero después declaró que había perdido la fe en un Dios personal y en la
divinidad de Cristo desde 1902. Desde entonces era, por tanto, un hereje, un
gnóstico.
De forma
prácticamente simultánea un jesuita irlandés, el padre Tyrrell, planteaba el
modernismo en los campos de la teología fundamental y la filosofía de la
religión. Para Tyrrell «el modernismo es un cristianismo que cree en la
posibilidad de la síntesis entre verdades religiosas y verdades de la ciencia
moderna» (Jedin). Como en el caso de Loisy, el punto de partida es más que
legítimo, si bien Tyrrell no llegó a advertir que la ciencia moderna a que él
pretendía referirse dejaba ya de ser la Ciencia Absoluta proveniente de la edad
de oro newtoniana; y como a Loisy la reacción implacable de la Santa
Sede le arrojó a un gnosticismo herético. Jorge Tyrrell (1861-1909) había
ejercido como convincente apologeta, hasta que la influencia de su amigo y
admirador el barón Friedrich van Hügel, un noble inglés de raíz germánica,
humanista católico y enciclopédico, gran popagador del modernismo en Europa, le
introdujo en la crítica bíblica y en el neokantismo. Tyrell, converso desde el
anglicanismo, ingresó en la Compañía de Jesús donde chocó con barreras de
censura y publicó sus primeros libros modernistas en 1902 y 1903 contra «la
autoridad despótica de Roma». Entonces un jesuita no podía decir tales cosas y
fue expulsado de su orden en 1906 pero no se sometió; incluso trató de crear
una «asociación de excomulgados». Desde Roma, Duchesne y Hegel extendieron por
Europa las doctrinas de su amigo Tyrrell, que como las de Loisy influyeron en
el líder de la Democracia Cristiana dentro de la Opera dei Congressi, Romano Murri,
por la confluencia de esas doctrinas con las posiciones del liberalismo
católico. Tyrrell degeneró en un inmanentismo y un simbolismo muy propios de su
nueva condición gnóstica; pero tanto su doctrina como la de Loisy sucumbieron
pronto ante la indiferencia con que se las consideró desde Alemania, que ya
entones era (y sobre todo, se sentía) clave cultural del catolicismo
contemporáneo; y ante la contraofensiva demoledora que emprendió la Santa Sede
cuando el modernismo no había afectado aún al conjunto del pueblo católico sino
solamente a círculos reducidos de sacerdotes en Inglaterra, Francia o Italia.
Cincuenta años más tarde los promotores del nuevo modernismo —la teología
política y la teología de la liberación
—
mostraron que habían aprendido bien las lecciones del fracaso modernista y
lograron un contagio mucho más eficaz y extenso.
LA REACCIÓN ROMANA: EL INTEGRISMO
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Ya dijimos que la reacción romana se había
iniciado a raíz de la publicación de las obras modernistas fundamentales, en
1903, cuando las de Loisy se perdieron en el Indice. Dos encíclicas de 1904
mantuvieron la oposición y al año siguiente el Papa ordenó varias
modificaciones de signo reaccionario en la Comisión Bíblica. Sin embargo la
contraofensiva principal tuvo lugar en el año 1907. El 3 de julio apareció el
decreto Lamentabili por el que se condenan 65 proposiciones modernistas,
como la 1ª: «La ley eclesiástica que ordena someter a censura previa las obras
que traten de la Sagrada Escritura no afecta a los escritores». O la 57: «La
Iglesia se manifiesta enemiga de los progresos en las ciencias naturales y
teológicas». El golpe mayor vino, sin embargo, en la tremenda encíclica Pascendi
de ese mismo año. «El peligro —dice Pío X— se encuentra dentro de las venas y
las entrañas de la Iglesia». Los modernistas toman como punto de partida el
agnosticismo; tesis tajante que, en el caso de Loisy no anda descaminada, a
confesión posterior de parte. «Recluyen — sigue la encíclica— a la razón humana
en el ámbito de los fenómenos… es decir, la apariencia… afirmando que la razón
no tiene derecho ni facultades para traspasar los límites de la apariencia»; es
la crítica a la dimensión neokantiana del modernismo. Como aspecto afirmativo
del modernismo, el Papa señala la inmanencia vital, que les hace confundir la
fe con el sentimiento. En el campo político los modernistas subordinan de hecho
la Iglesia al Estado. Y aplican a la vida de la Iglesia, como clave, la ley de
la evolución, al referirse a la fe y a los dogmas.
Señala Pío X
que las principales posiciones modernistas ya estaban anticipadamente
condenadas en el Syllabus y que los modernistas aplican a sus
adversarios «la conjura del silencio». Propone, para contrarrestar ese cúmulo
de errores, la depuración de las cátedras, la prohibición de libros, la
actuación de censores de oficio, la creación de una comisión de vigilancia en
cada diócesis.
Después de
la Pascendi la Iglesia católica se sentía, en frase del propio Pío X,
«en estado de sitio». La dura represión incluía abundantes palos de ciego. El 1
de septiembre de 1910 se empezó a exigir a los graduados en facultades
eclesiásticas y a los ordenandos un juramento antimodernista que comprendía un
nutrido catálogo de errores concretos. Frente al modernismo se propuso lisa y
llanamente, desde la Santa Sede, el integrismo con lo que se envenenó para toda
una generación el ámbito intelectual y teológico de la Iglesia. Se desató una
auténtica caza de brujas entre personas e instituciones; especialmente en la
escuela bíblica de Jerusalén, la facultad teológica de Friburgo y el Instituto
católico de París. La resaca del integrismo perduró hasta muy dentro del
pontificado de Pío X por ejemplo en la enseñanza filosófica y humanística de
los jesuitas, pese a que algunos de ellos habían tratado de mantener un mínimo
de racionalidad en la investigación de la filosofía y las ciencias sagradas,
por ejemplo el padre Léonce de Grandmaison, director de la revista Etudes
(+1907). Sin embargo el instrumento más contundente y reaccionario del
integrismo
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fue una
institución alentada por el Papa, el círculo de asesores y la Curia, el llamado
Sodalitium pianum fundado por monseñor Umberto Benigni, funcionario de
la Secretaría de Estado (1862-1934) una especie de instituto secular más
conocido como La Sapiniere que contaba con unos cincuenta miembros en
Europa, todos ellos bien situados en los medios de comunicación (prensa
y editoriales); todos ellos bien conectados con centros de poder político e
influencia social, en forma de sociedad secreta dedicada a la militancia más
arriscada del integrismo y el antimodernismo, sin excluir la fabricación de
rumores, denuncias y campañas de toda clase. Tanto el Papa como el cardenal
Merry del Val conocían las actividades de Benigni y le apoyaban[119] Benigni informaba diariamente
a Pío X a través del coordinador del equipo de secretarios y recibía del Papa
el encargo expreso de informes y encuestas. El Papa estaba convencido de la
absoluta necesidad que justificaba este sistema. «El error que hoy trata de
propagarse —dijo en 1911— es todavía más mortífero que el de Lutero». Y como se
verá varias décadas más tarde no decía una simple exageración.
El apogeo
del contramodernismo integrista llegó en 1912-1913. Lagrange tuvo que dejar su
centro de Jerusalén y se sometió ejemplarmente. Varias revistas católicas se
vieron obligadas a cerrar. El espléndido equipo de los Bolandistas, famoso por
sus trabajos en la depuración crítica del santoral católico con seriedad
irreprochable, se libró de milagro gracias a la clarividencia del cardenal
Mercier. La prensa católica moderada tuvo serios problemas y más de una vez
fueron apuñalados por la espalda intelectuales católicos de probada fidelidad
como Marcelino Menéndez y Pelayo en España, a quien la contraofensiva
integrista amargó y acortó la vida; y no digamos Miguel de Unamuno, un católico
profundo que todavía hoy lleva, para los epígonos del integrismo actual, el
sambenito de hereje que entonces le colgaron. Chocó contra el muro del
integrismo el interesante movimiento social de un grupo de jóvenes católicos
liberales franceses, Le Sillon, creado por Marc Sagnier (1873-1950) vigente
como tal movimiento desde 1899, cuando empezó a intervenir en política y
abrirse a católicos, protestantes y masones. El Sodalitium pianum se propuso la
demolición del Sillon sobre todo desde 1909. En agosto del año siguiente Pío X
condenó al movimiento por su coincidencia con la filosofía enciclopedista, por
predicar la autonomía respecto de las autoridades eclesiásticas y por los
contenidos modernistas de su doctrina. Mientras atacaba al Sillon el equipo
pontificio se mostraba complaciente con la Action Française de Charles
Maurras, un pensador monárquico e integrista (aunque agnóstico) que incluía
entre sus postulados el culto al Estado de versión totalitaria y la
instrumentación de lo religioso. En 1910 Pío X llamó a Maurras «buen defensor
de la Santa Sede y de la Iglesia». El Santo Oficio, mejor informado después,
preparaba en 1914 la condena de Maurras y su movimiento pero Pío X se negó a
suscribir esa condena, ya preparada, que vería la luz bajo Pío XI en 1930.
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Hacia el final del pontificado de Pío X el
modernismo, incapaz de resistir a la ofensiva integrista, se había desmoronado
casi por completo aunque alguna de sus raíces, como el neokantismo, la
autonomía de la investigación histórica y teológica, la evolución de los dogmas
y la conjunción con las presuntas libertades revolucionarias, se mantuvieron en
vida latente hasta después de la segunda guerra mundial cuando rebrotaron
violentamente en los movimientos contestatarios y concretamente en la teología
de la liberación, que tiene al modernismo como a uno de sus más claros
antecedentes. Pero mientras se derrumbaba el modernismo se hacía notar también
en la Iglesia, hacia 1913, un sana reacción contra los excesos del integrismo.
Varios cardenales con Mercier al frente, un sector avanzado de los jesuitas con
las revistas Etudes, Stimmen der Zeit y hasta la oficiosa Civiltá
Cattolica se mostraban cada vez más disconformes con el integrismo,
hasta el punto que Pío X dirigió a los jesuitas una seria admonición en 1914
por esas «desviaciones» y parece que estuvo a punto de destituir al general de
la orden, padre Wernz[120]. Pero tanto el Papa Negro como San Pío X
murieron muy poco después, casi a la vez.
El
modernismo era un intento de Nueva Modernidad en toda regla. Hasta con las
reviviscencias gnósticas de la Modernidad clásica. Pío X advirtió perfectamente
la importancia demoledora del movimiento al que consiguió ahogar aunque no
extinguir. Ya veremos con detalle cómo resucita con fuerza poderosísima, en
nuestros mismos días.
LA NUEVA CIENCIA, UN FENÓMENO SECRETO
Ya hemos
indicado al hablar de León XIII que en el período de transición que enmarca su
pontificado y el de Pío X brotaba un fenómeno trascendental, el de la Nueva
Ciencia, que durante aquella época se puede considerar también como un fenómeno
secreto; porque no caló en la opinión pública ni fue advertido en la cumbre de
la Iglesia ni en muchos círculos de la alta cultura aunque sí en algunos
ámbitos del pensamiento. Sin embargo esta eclosión de la Nueva Ciencia es tan
importante y decisiva para la consideración cultural de la religión que debemos
insistir sobre ella sin miedo a reiteraciones.
El endoso
casi absoluto del Papa Sarto a la contraofensiva integrista, provocada por el
pánico de la Santa Sede al modernismo, ahogó un posible reconocimiento de Roma
a las vetas cristianas y católicas del pensamiento moderno, que tanto pudieran
haberse aprovechado si el equipo pontificio de asesores hubiera incluido a
personas con la preparación amplia y la clarividencia suficiente para
comprender que la hostilidad inveterada de un sector de la ciencia y el
pensamiento contra la Iglesia (positivismo radical, ateísmo marxista,
gnosticismo modernista) no coincidía, ni muchísimo menos, con todo el ámbito de
la cultura en las dos primeras décadas del siglo XX. De momento ningún consejero
papal prestó atención al hecho de que
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justamente
entonces la Ciencia Absoluta se desmoronaba por todas partes en sentido nada
contrario, sino muy favorable a la compatibilidad con la fe y la religión. En
el auge del neokantismo la Santa Sede vió un peligro —cierto— de reclusión
fenomenológica y no una sana reacción —cierta también— contra el idealismo
desbocado y el positivismo; además de un retorno a los postulados de una moral
racional en indudable convergencia con la cristiana. Las llamadas «filosofías
de la vida» podían encubrir una desviación inmanentista, como sugería la Pascendi;
pero algunos pensadores rastreaban allí una seria aproximación al catolicismo,
sin que la actitud cerrada de la Santa Sede les ayudase mucho en su búsqueda.
Todo ello marcaba, en vísperas de la gran convulsión mundial de 1914, una
posible gran ocasión perdida para la fe.
El
positivismo y el marxismo eran dos filosofías del siglo XIX
—esencialmente décimonónicas, por cierto— que pretendían prolongar su vigencia
durante el siglo XX y que aparentemente lo han conseguido hasta
hoy, pese a que las conexiones de una y otra con la ciencia moderna estaban
objetivamente cortadas de raíz ante la crisis de la ciencia moderna, la ciencia
newtoniana, que se produjo al cambiar de siglo, aunque ni positivistas ni
marxistas se enterasen. Desde entonces había que buscar una nueva relación
entre la filosofía y la ciencia, como intentó lúcidamente José Ortega y Gasset
al detectar inmediatamente la importancia de la indeterminación formulada por
Werner Heisenberg en la segunda década del siglo XX. Desde los golpes de Planck
y Einstein, tras los descubrimientos y las interpretaciones de Rutherford y
Bohr en el mundo subatómico y los de Hoyle y Hubble en la astrofísica, para no
hablar de los fantásticos progresos de la bioquímica, la química orgánica, la
electrónica y la informática que han convertido al siglo XX,
desde sus inicios, en una permanente revolución científica, la filosofía se ha
aproximado cada vez más a la nueva ciencia hasta transformarse, aunque no
exclusivamente, en interpretación profunda de los hechos científicos, formulada
muchas veces por los propios teóricos de la ciencia nueva, desde Einstein a
Hawking y Penrose. Una actitud absolutista en filosofía como la de Hegel
resulta no sólo anacrónica sino impensable en el siglo XX;
la filosofía que se despega de la ciencia se pierde en el vacío de la
especulación gratuita. Y dentro de la interacción de nueva filosofía y nueva
ciencia queda ahora un lugar para la religión y la teología que parecía cegado
desde el siglo XVIII. Muchos grandes científicos son creyentes,
algunos se asoman a la religión desde sus investigaciones físicas y quienes
expresan respetuosamente sus dudas metafísicas, como es el caso de Hawking en
su Breve historia del tiempo, convierten su presunto vacío religioso en
una forma oscura de fe, en una carencia consciente e incluso angustiada
de Dios. Además de Ortega, los casos de Brentano y Zubiri muestran hasta qué
punto la mejor filosofía del siglo
XX penetra en la problemática de la nueva ciencia;
los ejemplos, desde Bergson y Blondel, podrían multiplicarse. Todos estos
grandes nombres son creyentes positivos excepto Ortega, cuyo tratamiento de la
religión descuella por su respeto tanto como
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por su
lejanía; por ejemplo cuando describió nostálgicamente a la filosofía como
«llenar el vacío de raíces que deja, al arrancarse, la fe». La Santa Sede y
muchos pensadores católicos tardaron demasiado tiempo en comprender las
perspectivas esperanzadoras que emanaban de ese nuevo talante de la ciencia
hacia la fe; creo que corresponde a Pío XII la gloria de haberlo comprendido
cabalmente. Ahora la época de Juan Pablo II cierra en cierto sentido el ciclo
abierto por León XIII para la reconciliación de la ciencia y la fe, como lo
expresó el propio Papa Wojtyla — compatriota de Copérnico— en su memorable
lección magistral de la Universidad de Madrid en 1982, bajo la efigie coherente
del cardenal Cisneros. Estas consideraciones, seguramente demasiado esquemáticas,
me parecen esenciales para la configuración del marco cultural auténtico de
siglo XX,
aunque sólo ahora, a fines del siglo, comienzan a calar algo en la opinión
pública culta, prendida aún en tantos espejismos anacrónicos.
Y no se
trata de un buen deseo, un piadoso wishful thinking. Por supuesto que
las manifestaciones culturales del hombre alienado y el poder de las tinieblas
se han esgrimido muchas veces en nuestro siglo como armas arrojadizas contra la
Iglesia y la luz de Cristo. Charles Moeller se ha esforzado con inmensa comprensión
en exponer y revelar las conexiones, abiertas u ocultas, ente la literatura del
siglo XX
y el cristianismo pero naturalmente no puede minimizar los ataques culturales
contra Dios y la religión. Hay científicos agnósticos que lamentan su
incredulidad, lo cual ya es un balbuceo de fe, pero no faltan los que afirman
estúpidamente que no encuentran a Dios entre los átomos o en el espacio
exterior. Lo que en todo caso ha cambiado es que no puede ya identificarse el
alejamiento de Dios como una exigencia científica. Claro que en el neokantismo
y en el vitalismo laten peligros y amenazas de gnosticismo; pero por arrancar
la cizaña no tenemos por qué empeñarnos en prescindir de la buena siembra. Lo
que ya ha cambiado para siempre es la identificación de ciencia y ateísmo, la
expulsión de Dios en nombre de la ciencia y la cultura. El siglo XX
marca uno de los grandes retornos de Dios a la historia humana. Es el pobre
Nietzsche quien ha muerto, no Dios.
EL SIGLO DE BRENTANO
Ya vimos
cómo desde la segunda mitad del siglo
XX aparecía en Alemania una refloración del
kantismo, el neokantismo, como reacción contra los excesos del positivismo e
incluso del idealismo hegeliano en sus dos corrientes, derecha absoluta e
izquierda marxista. Así cuajó en el siglo
XX la escuela de Marburg, con Hermann Cohen
(1842-1918) —maestro de Ortega— y Ernst Cassirer (1874-1945). El neokantismo se
extendió también por otras escuelas de pensamiento e impresionó vivamente a
algunos filósofos católicos entre los que destacan dos jesuitas, Maréchal
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y Karl
Rahner, quienes trataron sucesivamente de interpretar el realismo tomista en
categorías de trascendentalismo neokantiano. La enorme influencia de Rahner
entre la juventud intelectual de su orden (y en toda una generación de
teólogos) a partir de los años cincuenta, su carácter de fuente originaria para
la teología política de izquierdas y la teología de la liberación, de lo que
hablaremos en su momento y lugar, nos impulsa ahora a adelantar una
consideración: la ciencia de que partió el pensamiento de Kant y en la que se
apoyaban también los neokantianos (entre los que desde luego incluyo a Maréchal
y Rahner) era la Ciencia Absoluta, que estaba ya objetivamente descartada,
según hemos mostrado, cuando los dos notables pensadores jesuitas planteaban su
reconversión kantiana del tomismo (que en las historias de la Orden se conoce
como Tomismo Trascendental). No puedo menos de anticipar un firme
convencimiento: la Teología Política del discípulo principal de Rahner, J.B.
Metz y la teología de la liberación tan vinculada a ella se fundan,
filosóficamente, en un anacronismo formidable del que no fueron conscientes,
por insuficiente formación e intuición científica, ni Rahner ni por supuesto
Maréchal. Y tal vez uno y otro hubieran debido tener mucho más en cuenta que
desde una apoyatura científica mucho más sólida el neokantismo estaba ya
superado en origen por el nuevo realismo de Franz Brentano.
Este genial
pensador católico, (1831-1917) a quien ya hemos anunciado al hablar de las
aproximaciones de la cultura y la fe en el siglo XIX, parece cada vez más
imprescindible para centrar una adecuada perspectiva cultural del siglo XX.
Sacerdote católico, profesor en Viena, una tragedia íntima le apartó del
sacerdocio y la Iglesia, que faze a sus omes e los gasta, como sucedía
en el caso contemporáneo de Menéndez y Pelayo; pero mantuvo firme su fe
hasta el final. Casi todos sus escritos se publicaron póstumamente; y alguien
ha dicho que toda la mejor filosofía del siglo
XX
dimana de él. Es
una lástima que muchos católicos se lamenten por el desvío de los intelectuales
respecto de la fe y no adviertan que en cierto sentido nada exagerado el siglo XX
pude considerarse, en el campo del pensamiento profundo, como el siglo de
Brentano.
Sus obras
son poco extensas pero de calidad hondísima. Parte, naturalmente, de la
ciencia, que conoce directa y profundamente, como Dilthey, otro gran abanderado
de la filosofía actual; mientras Dilthey pretendía convertirlo todo en
historia, Brentano se situó conscientemente en una ampliada «filosofía perenne»
proveniente de Leibniz y Descartes, pero también de Tomás de Aquino y
Aristóteles. Una de sus obras capitales es Psicología desde el punto de
vista empírico, de la que se deriva toda la corriente fenomenológica, que
no expondrá siempre la clara distinción de Brentano entre el plano
trascendental y el realismo crítico que él renovó y propuso. Renovó también la
ética desde su referencia a Aristóteles. Rechazó como un extravío el
desbordamiento idealista desde Kant a Hegel. Brentano es un pensador empírico
pero no empirista, ni menos positivista. Ante su pensamiento se comprende mejor
que con cualquier explicación el significado de la filosofía perenne.
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En su tiempo y bajo el impacto positivista se
pretendía reducir la psicología a la física materialista, pretensión ridícula
para Brentano que distingue cabalmente los dos ámbitos: el acto psíquico es
intencional, es decir, apunta a un objeto, real o no pero no se identifica sin
más con ese objeto. Al describir la esencia de los fenómenos estamos ya ante un
precursor de Husserl. Brentano clasifica los fenómenos psíquicos en
representaciones, juicios y emociones. La percepción puede ser interna si se
refiere a los propios fenómenos psíquicos y externa si se refiere al mundo
exterior. En el caso de la ética Brentano supera a Kant; objetiva el mundo real
que no depende solamente de nuestra valoración y aceptación. De esta ética
objetiva de Brentano ha surgido la filosofía de los valores.
Brentano
representa el retorno a la metafísica, una vez superados los escollos del
idealismo y el positivismo. Acepta las pruebas a posteriori, como Santo
Tomás, para la existencia de Dios: la teleológica, desde una perspectiva
científica; la fundada en el movimiento hacia el Primer Móvil, de cuño
aristotélico; la psicológica, por la naturaleza del alma humana, con
resonancias que vienen de la profunda poesía intelectual de Platón en el Fedón.
Brentano es el retorno a la esencia y el apoyo en la evidencia para el pensar
filosófico.
Junto a
Brentano, Wilhelm Dilthey (1833-1911) puede considerarse como una segunda
fuente para la filosofía del siglo
XX. Pero en sentido muy diverso. Si Brentano era
el retorno a la metafísica, la revitalización del realismo crítico, el ansia de
objetivación para huir de la arbitrariedad, Dilthey (que también fue un gran
humanista, cultivador de la historia literaria y la psicología, conocedor cabal
de todo el despliegue histórico de la Humanidad desde sus orígenes hasta hoy)
introduce enérgicamente la historicidad en el pensamiento filosófico en cuyo
centro sitúa la idea de la vida. Para Dilthey la conciencia histórica impone la
superación del positivismo grosero a través de la crítica vital operada por la
razón histórica. La filosofía es la ciencia del espíritu para el análisis de lo
humano —la vida ante todo— en la historia. Profesor en varias cátedras entre
Basilea y Berlín, Dilthey no participa de la sana cura de objetividad y
realismo propuesta por Brentano para la formación del pensamiento contemporáneo
sino que incide —reincide, mejor— en el relativismo filosófico que la Nueva
Ciencia estaba descubriendo. Niega, según la tradición kantiana, la posibilidad
de un conocimiento metafísico y no desmiente su entronque hegeliano a través de
Windelband y Rickert. Pretende completar, más que superar a Kant a través de
una «crítica de la razón histórica». Introduce la separación metodológica entre
las ciencias de la Naturaleza (que se nos dan mediante una serie de conexiones
interiores) y las ciencias del Espíritu a las que accedemos de forma inmediata.
Las ciencias del espíritu tienen prioridad respecto de las ciencias de la
naturaleza y en cierto sentido las comprenden, porque éstas poseen también
carácter histórico. Sin embargo Dilthey propone una psicología que no
identifica su método con el de las ciencias naturales sino que capta al hombre
en su totalidad como entidad histórica. El objeto del análisis histórico es la
captación de la vida misma. La
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metafísica
es a la vez inevitable e imposible; los filósofos transcendentales no
utilizaron el análisis histórico, no captaron la corriente de la vida.
Considerada como hecho histórico, la filosofía se transforma en «filosofía de
la filosofía».
La tendencia
antimetafísica de Dilthey es importante para la formación del sustrato
teológico liberacionista; por su relativismo, su no superación del idealismo
—con su consiguiente carga de inmanentismo— y su vitalismo que excluye toda
necesidad de lo divino. El hombre no es un ser permanente para Dilthey sino un
despliegue vital. La vida es la razón última de todas las concepciones pero es
a la vez el fundamento no racional del mundo. Entre la vida y la historia se
establece una relación dialéctica incesante. Así la inteligencia es un proceso
que se desarrolla en la especie humana y que al adquirir la plenitud ofrece,
como aspectos de su realidad, la religión, la metafísica y lo incondicionado:
una desembocadura netamente hegeliana para todo el impulso del pensamiento de
Dilthey.
De manera
prácticamente simultánea otros filósofos del vitalismo penetraban en el siglo XX
impulsados también por el ímpetu de la teoría evolutiva darwiniana, elevada
quizás con demasiado apresuramiento a dogma intangible de la Nueva Modernidad.
Georg Simmel (1858-1918) profesor en Berlín, reflexionaba sobre la vida y sobre
el tiempo. Y en cierto sentido, aunque no exclusivo, se le considera como el
introductor del tiempo en la filosofía actual, justo cuando el tiempo físico
clásico entraba en su crisis irreversible dentro de los mundos subatómico y
astrofísico. En Francia investigaba también los misterios de la evolución y del
tiempo otro gran filósofo de la vida, Henri Bergson (1859-1941) en sus dos
obras capitales, Matiere et mémoire y L’evolution créatrice en pos del
concepto básico de élan vital captado por la intuición, mientras la
inteligencia congela y cuadricula, al enfocarle e interpretarle, el proceso de
la vida. Contrapone Bergson el tiempo «espacial» exterior al tiempo interno, el
tiempo de la vida; y establece con hondura las contraposiciones de espacio y
tiempo, materia y memoria, cuerpo y alma, pensamiento e intuición, concepción
estática y dinámica de lo real. Un elemento de irracionalidad se insinúa por
estas contraposiciones, como por toda la filosofía vitalista. Pero Bergson, en
su búsqueda de la vida, no se acercaba solamente a las intuiciones
trascendentales de Dilthey sino también a un catolicismo vital junto al que
desembocó su originalísimo pensamiento. No muy lejos un notable pensador católico
no bien comprendido por el catolicismo oficial, Maurice Blondel (1861-1949)
sorprendió al mundo filosófico europeo con su libro de 1893, L’Action,
emanado de una brillantísima tesis doctoral, en el que trata de describir la
acción, el dinamismo, como clave de la vida, ya que en ella se encuentra el
sentido y el destino de lo vital. Desde posiciones antiestáticas y abiertamente
antiescolásticas Blondel propone sin embargo que la filosofía debe «preparar y
justificar los caminos de la fe». La acción engloba al propio pensamiento; la
filosofía de la acción es la crítica de la vida. La filosofía de la acción
confluye mediante la contemplación activa en la intuición de Dios. Siempre
identificó Blondel su pensamiento con la ortodoxia católica consciente. La
filosofía lleva al hombre
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hasta la
aceptación de la vida divina. Desde la intransigencia católica (mediante la
confusión de fe y escolástica) se quiso acusar a Blondel, muy superficialmente,
de inmanencia sin advertir las raíces positivas de la inmanencia, nada
confundidas con el panteísmo, que pueden detectarse en el pensamiento y la
mística cristiana a través de la Historia. A través de la intuición profunda en
el propio espíritu, es decir la profundización en una inmanencia que no se
agota en sí misma, se puede alcanzar la transcendencia sin contradicción
alguna.
Dejamos la
descripción de otras corrientes y otros pensadores del siglo XX
—así como de la gran literatura y el arte nuevo que distingue la primera mitad
del siglo XX
— para el siguiente capítulo,
ya que si bien algunos grandes nombres actuaban ya, en algunos casos, durante
las primeras décadas del siglo, su despliegue y su influencia conocieron un
apogeo posterior. Pero debemos cerrar este epígrafe con una breve consideración
sobre el pragmatismo.
Que puede
considerarse en cierto sentido como una reacción contra los excesos del
idealismo y del propio positivismo; como un deseo de acoplar la filosofía a los
problemas humanos y sociales suscitados desde la realidad. Los pragmatistas,
que florecieron sobre todo en el ámbito norteamericano, llegaron precedidos por
los transcendentalistas Ralph Waldo Emerson (1803-1882) y Henry David Thoreau
(1817-1862) en Nueva Inglaterra, que ya habían expresado su reacción contra el
positivismo y el materialismo europeo. Pero la edad adulta del pensamiento
norteamericano se debe a los maestros del pragmatismo. Fue el primero Charles
Sanders Pierce (1839-1914) profesor de Harvard, creador del movimiento
pragmático, para quien la filosofía es una rama de la ciencia teórica; el
objeto de la filosofía es anticipar, clasificar y depurar las ideas y métodos
de la ciencia. Las concepciones intelectuales no se valoran por su claridad
(Pierce es oscurísimo) sino en función de sus consecuencias prácticas con lo
que, al menos en el ámbito de la actuación privada, el austero pensador
descalifica a una buena parte del estamento intelectual, como ha hecho Paul
Johnson, con toda razón y mucha mayor claridad, en nuestros días.
Todavía
alcanzó mayor fama internacional William James (1842-1910) también profesor de
Harvard, psicólogo, moralista y estudioso de la religión, que demostró interés
por la metafísica, interpretó los fenómenos de la psicología dentro de un flujo
de la conciencia y se mostró antiintelectualista e irracionalista en sus
concepciones. Abandonó la especulación y el culto a los sistemas para centrarse
en lo concreto, los hechos, la acción, el poder. Las teorías deben ser
solamente un instrumento para el cambio. Las ideas son verdaderas en cuanto que
sirven; verdad es lo que sale bien. James ha influido, y sigue influyendo, en
la configuración de la mentalidad norteamericana de forma incalculable. Su
irracionalismo utilitario —sin sombra de metafísica— forma parte de la american
way of thinking, hasta hoy.
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PÍO X ANTE FRANCIA, ITALIA Y ALEMANIA
Ya es hora
de volver al pensamiento y la acción de Pío X ante las realidades concretas de
su tiempo, ahora en una consideración por naciones. Pío X destiló en su
encíclica Vehementer Nos, el 11 de febrero de 1906, toda la amargura de
la ofensiva republicano-masónica contra la Iglesia en Francia, después que el
gobierno rompiera las relaciones con la Santa Sede a fines de julio de 1904 y
el Parlamento aprobase la ley de separación a fines de 1905. Ya vimos cómo tras
un período de comprensión el Papa se vio obligado a condenar a los liberales
católicos del Sillon, lo que equivalía a un repudio de la democracia por
parte de la Iglesia; aunque el rechazo provenía de que Sagnier y sus adeptos
sólo veían una posible acomodación política del catolicismo dentro de un marco
de ese carácter, con exclusión de otros esquemas[121]. Impulsos
semejantes guiaron a la Santa Sede en sus recelos contra la Democracia
Cristiana en Italia. Poco después de su elección Pío X ordenó a los jóvenes
activistas de la Opera dei Congressi que se atuvieran estrictamente a las
directrices de León XIII y no interpretasen la democracia cristiana en sentido
político sino sólo benéfico y social bajo la dependencia total de la jerarquía.
No le hicieron caso y a fines de julio de 1904 la asamblea de la Democracia
Cristiana acordó apoyar los proyectos políticos que proponía don Murrí, pese a
que la Santa Sede había disuelto poco antes la Opera dei Congressi. Persistía
el Papa al año siguiente, 1905, en la prohibición política; pero el padre Murri
se mantuvo firme y pretendió transformar la Democracia Cristiana en una liga
democrática para la reforma del Estado y de la propia Iglesia. Fue suspendido a
divinis en 1907 y excomulgado dos años después[122]. Varios
seguidores de Murri, que le consideraron modernista (como la Santa Sede)
crearon en 1911, en torno al sacerdote siciliano don Luigi Sturzo, una nueva
Liga Democrática Cristiana que pronto dio origen al Partido Popular. Ante la
marginación social y económica del Sur, el atrasado Mezzogiorno, de
donde venía don Sturzo, el sacerdote político se sentía ajeno al liberalismo,
lo cual suponía un punto a favor suyo en el Vaticano. El nuevo movimiento, que
reconocía un horizonte político al fondo, penetró seriamente en los ámbitos
culturales gracias a profesores como el de derecho Contardo Ferrini (hoy en los
altares) y el biólogo converso Agostino Gemelli OFM, fundador de la universidad
católica de Milán. La Democracia Cristiana reconoce su origen en el Partido
popular de don Sturzo y a él ha retornado después de su crisis corrupta e
implosiva en los años noventa del siglo
XX. El proyecto político-corporativo del fascismo
interfirió agresivamente con el Partido Popular en los años veinte. Los restos
de la Opera dei Congressi se refugiaron, tras someterse de nuevo a Roma, en una
vigorosa Acción Católica Italiana que en su momento —tras la derrota en la
segunda guerra mundial— nutriría los cuadros del renovado Partido Popular y de
la nueva Democracia Cristiana, el gran partido anticomunista de la postguerra.
Gracias a la
excelente formación del clero alemán en la segunda mitad del siglo XIX
apenas prendió en sus filas la fiebre modernista. Durante la paz que siguió a
los
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conflictos
del Kulturkampf hasta la primera guerra mundial no hubo serios problemas entre
la Iglesia y el Estado en el Segundo Reich. Los círculos intelectuales
católicos evolucionaron hacía un liberalismo reformista que tomaba distancias
del autoritarismo prusiano pero se mostraba compatible con el patriotismo
nacional alemán. Una gran asociación social católica, el Volksverein für das
katolischen Deutschland, templada en las luchas bismarckianas, penetraba
profundamente en la sociedad y se oponía efectivamente a las
pretensiones de la socialdemocracia marxista pero sin espíritu reaccionario; en
1914 contaba con más de ochocientos mil miembros y un poder social
considerable. De forma relacionada y paralela, pero enteramente autónoma, el
partido cristiano del Zentrum, de mayoría católica, suscitaba ciertos recelos
de Pío X por su independencia respecto de la jerarquía, pero como León XIII le
había tolerado, el Papa Sarta dejó discurrir las cosas de igual forma. Basten
estos apuntes para anticipar que los dos grandes partidos católicos europeos de
la segunda postguerra mundial, la Democracia Cristiana en Italia y la CDU
alemana, no fueron una improvisación sino una resurrección del Partito Popolare
y el Zentrum, anteriores a la primera Gran Guerra y recuperados después de los
turbiones y las ruinas del fascismo y el nacional-socialismo.
PÍO X Y ESPAÑA HASTA 1914
Insisto en
que la especial atención que presto a España (y a los Estados Unidos) lo mismo
que a Roma e Italia a lo largo de este libro, sin descuidar por ello a otros
escenarios europeos (sobre todo Rusia, Francia y Alemania) se debe a que para
el asalto y la defensa de la Roca frente a la Modernidad y la Revolución, que
es objeto principal de este libro, los grandes combates del siglo XX
no se pueden comprender en toda su amplitud y virulencia sin todo ese conjunto
de localizaciones, desde las que se va a proyectar después la lucha de la luz y
las tinieblas sobre el mundo iberoamericano. A lo largo de la sucesión de
capítulos irá comprendiendo el lector la necesidad de estos estudios de ámbito
nacional sin los que no puede entenderse el origen y la coordinación de las
líneas y fronteras de lucha que luego confluirán en América y en la Europa del
Este, sin que por ello descuidemos algunas significativas acciones de expansión
y de flanqueo en otros continente, todos los demás sin excepción porque se
trata de un conflicto ecuménico, universal.
Las
relaciones entre la Iglesia católica española, la sociedad y la política
durante el pontificado de Pío X, que coincidió con los primeros años del
reinado efectivo del joven Alfonso XIII Qurado Rey en 1902) resultaban muy poco
claras. El Rey estuvo siempre muy supeditado a su madre, la Reina ex Regente
María Cristina de Austria, que había conseguido preservar la unidad y la
dignidad del Estado y la nación después del trágico asesinato de Antonio
Cánovas del Castillo (1897) y la desastrosa guerra colonial por agresión
imperialista de los Estados Unidos, que arrebataron a la
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decadente
corona hispánica Cuba, Puerto Rico, las Filipinas y las demás islas españolas
del Pacífico. Desde la muerte de Cánovas el Estado español vivía una profunda
crisis; el sistema liberal de partidos turnantes (liberal y conservador) se
alejaba cada vez más del país real y el impacto del anticlericalismo masónico
francés hizo estragos en España al ser imitado servilmente (aunque no tan
destructivamente) por el partido liberal-progresista. Sin embargo primero
Francisco Silvela y luego Antonio Maura aparecieron al frente de los
liberal-conservadores como dignos sucesores de Cánovas y contribuyeron a la
regeneración de España después del Desastre de 1898. El gobierno largo de Maura
en 1907-1909 fue un bienio de paz, reconstrucción, sentido social y progreso
dentro de la mejor tradición moderada en España, aunque terminó abruptamente
por la hostilidad de las izquierdas (muy cargada de anticlericalismo) en la
Semana Trágica de Barcelona a fines de julio de 1909. A la caída de Maura tornó
el poder una situación liberal que se empeño en remedar las leyes
anticlericales de Francia e hizo aprobar (pero no logró cumplir) la llamada Ley
del Candado, que pretendía quebrar el influjo social y sobre todo educativo de
las órdenes y congregaciones religiosas, que era determinante. Su promotor, el
liberal José Canalejas, era sin embargo un católico practicante que procuró a
España una nueva época de serenidad y esperanza, interrumpida por su asesinato
a manos de un anarquista en 1912. Desde entonces el sistema político de la
Restauración entró en barrena, se cornplicó por la sangrienta e intermitente
guerra colonial en el protectorado de Marruecos (que se fue arrastrando hasta
su final en 1927) y caminaba inexorablemente hacia la insolidaridad política y
el enfrentamiento nacional, como un prólogo para la todavía lejana, pero cada
vez más presentida guerra civil de 1936. La Semana Trágica de Barcelona,
explosión anticlerical con quema de muchos conventos y asesinatos de religiosos
marcó un apogeo de la propaganda contra la Iglesia alimentada tenazmente por la
extrema izquierda; mientras los liberales se quedaban sin más bandera política
que el anticlericalismo y la secularización. La campaña de la izquierda contra
la Iglesia era falsa y absurda, se fundaba en mentiras flagrantes y para nada
tenía en cuenta la profunda y amplísima labor social que ejercían las órdenes y
congregaciones religiosas en la enseñanza y la asistencia social de las clases
humildes. Contra ese desbordamiento de caridad, atemperado, eso sí, con el egoísmo
y el desinterés social de las clases ricas, se abatía en las cuatro primeras
décadas del siglo XX un auténtico alud de mentiras y odios,
calumnias y vilezas, aireadas por una prensa infame y soez que contrastaba con
la objetividad y maestría de una nueva gran prensa católica cuyo abanderado fue
el gran diario El Debate, fundado por la Asociación Católica Nacional de
Propagandistas en 1911.
Los
liberal-conservadores, que nunca fueron clericales, gobernaron en sus turnos de
poder con criterios muy favorables a la Iglesia que de momento no fomentó, tras
la muerte del cardenal Cascajares, la creación de un partido político
específicamente católico porque no hacía falta alguna. Los partidos de la
derecha católica, regionalista
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y
autonomista, tanto en el País Vasco (PNV) como en Cataluña (Lliga Regionalista)
reptaban hacia el separatismo por reacción anticentralista, alentada por buena
parte de su clero. Uno y otro se habían configurado a fines de siglo
aprovechando el deshielo del carlismo y los nuevos impulsos de una cultura
autóctona basada en una lengua regional; la condición que había propuesto
Mazzini en la lucha por Italia del siglo
XIX para formular su famoso principio de las
nacionalidades, una reivindicación muy viva en el seno de los Imperios
multinacionales austrohúngaro y otomano en los tiempos que precedieron a la
Gran Guerra de 1914.
Como había
sucedido a lo largo del siglo XIX, las diversas obediencias de la Masonería
española se alineaban, durante las primeras décadas del siglo XX,
junto al liberalismo radical y anticlerical y promovían con cerrado sectarismo
la secularización absoluta, aunque el actual masonólogo jesuita Ferrer Benimeli
se empeñe en negar la evidencia[123]. Los hombres
clave de la Revolución de 1898, de Prim para abajo, eran masones; como el
propio rey Amadeo y los dirigentes de la Primera República. El directivo
masónico principal al cambiar el siglo fue Miguel Morayta, que logró en 1888,
ya en la Restauración, la unificación de obediencias en el Gran Oriente
Nacional de España, pronto surcado de nuevas fisuras y escisiones que sin
embargo mantenían la unidad fundamental con la masonería genérica europea.
Hacia 1914 la otra gran rama masónica española, la Gran Logia catalanabalear,
se había reintegrado a la unidad masónica mediante un pacto de amistad con el
Gran Oriente. Historiadores de indudable envergadura como el profesor Pabón
insisten en la importancia de la acción masónica (por ejemplo en el caso del
político liberal Segismundo Moret) y dejan entrever la distinción, en la que no
nos cansaremos de insistir, entre masonería oficial, más o menos ritual y
estrambótica, y masonería real, por cuyas conexiones circulaban los impulsos
secularizadores que constituyeron, desde la creación de la Masonería
especulativa al comenzar el siglo
XVIII, la característica principal de la que sus
adeptos llaman Orden o Arte Real. Durante el pontificado de Pío X y
concretamente en el ámbito español e iberoamericano la acción masónica se
mantuvo dentro de los mismos parámetros que durante la época de León XIII y
mereció de la Iglesia católica la misma repulsa. Es inútil encontrar en las
disquisiciones de Ferrer las causas de esa repulsa; las huellas reales de la
ofensiva masónica contra la Iglesia en la política y en la enseñanza.
Durante ese
confuso período el Episcopado español, seleccionado con el mismo rigor pastoral
que en la época de San Antonio María Claret, formaba un cuerpo ejemplar y
compacto sin una vacilación en torno al Papa, y secundaba las orientaciones
pontificias unánimemente. La colección de documentos colectivos del Episcopado
(que ya hemos citado) ofrece continuas pruebas. El 15 de enero de 1904 el
cardenal primado monseñor Sancha, en nombre de todos los obispos, protestó ante
el gobierno por las injurias vertidas contra monseñor Nozaleda, ex arzobispo de
Manila propuesto ahora para la sede de Valencia donde al fin le impusieron los
liberal-conservadores cuando llegaron al poder. El 10 de febrero de 1905 los
obispos
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protestaron
ante el Rey contra el proyecto de ley de tribunales que ofendía a la Iglesia.
El 20 de diciembre de 1906 vuelven a protestar ante la Corona contra el
proyecto liberal de ley de Asociaciones, que restringía la libertad para el
establecimiento de órdenes y congregaciones en España (ésta es la Ley del
Candado) y advierten que su cumplimiento acarrearía a los responsables el
pecado mortal y la excomunión por coartar la libertad de la Iglesia, en contra
del vigente Concordato. El 26 de noviembre de 1909 los obispos escriben al
presidente del Consejo, don Antonio Maura, ya a punto de ser expulsado del
poder, contra la proliferación de escuelas laicas después de la Semana Trágica
de Barcelona (que los obispos condenan abiertamente) en cuya trama había
figurado el anarquista y masón, fundador de la Escuela Nueva, Francisco Ferrer
Guardia por cuya ejecución, decretada legalmente en consejo de guerra, la
izquierda europea y la masonería habían desencadenado una estentórea e inicua
campaña contra el gobierno liberal-conservador que sería pronto exonerado por
Alfonso XIII. «Así como de la neutralidad escolar —decían los obispos al Rey—
se pasa al ateísmo, de éste al socialismo no hay más que un paso». El 16 de
marzo de 1910 los obispos de España expresan su solidaridad fraternal con los
perseguidos obispos de Francia, que habían enviado a España una parte
sustancial de sus religiosos en busca de refugio. En diciembre de 1910, en
plena tormenta por la ley del Candado, los obispos españoles escriben al Papa Pío
X protestando por las injurias que le había inferido el alcalde judío de Roma,
Nathan. Ya en situación liberal los obispos protestan el 14 de septiembre de
1912 ante el gobierno por la legislación sobre enseñanza; los liberales habían
montado una tenaz campaña de laicismo en la educación desde 1909, con el pleno
apoyo de los socialistas. Con motivo de la proclamación de la República
portuguesa en 1910 —de carácter liberal radical, masónico y anticlerical— los
obispos españoles manifestaron su solidaridad y su apoyo a los de Portugal,
uniéndose a ellos en la persecución. Todas estas actuaciones se inspiraban en
un intenso espíritu de cruzada religiosa y de participación de los católicos en
lo que solía llamarse «reinado social de Jesucristo» que se expresaba cada vez
más en el símbolo del Corazón de Jesús y el grito de «Viva Cristo Rey». Ante la
persecución contra la Iglesia que surcaba las naciones vecinas, la Iglesia de
España, que gozaba de mejores relaciones con los gobiernos de la nación y del
apoyo de la Corona, movilizó eficazmente a los católicos y respondió a las
amenazas con la cruzada. Ahora resulta muy cómodo y bastante rutinario tomar
peyorativamente ese espíritu de cruzada, sin parar mientes, por supuesto, en
las arbitrariedades, las agresiones y las sinrazones de la persecución. Pero la
cruzada, que era simplemente legítima defensa social, surtió efectos patentes.
La Ley del Candado, aprobada el 4 de noviembre de 1910 por los liberales en
mayoría, parecía esterilizada en origen ante su propio precepto de anularse si
en los dos años siguientes no se aprobaba una nueva ley de asociaciones. La
movilización de los católicos resultó tan intensa que esa nueva ley nunca se
aprobó por lo que las asociaciones religiosas pudieron seguir desplegando con
tranquilidad su apostolado social y docente. Cuando
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en junio de
1911 un solemne y mutitudinario Congreso Eucarístico se remató con una
manifestación superior a las cien mil personas (jamas se habían reunido tantas
en España para un acto público) con la presencia de las Reales Academias casi
en pleno, el liberal José Canalejas desistió de proseguir la campaña
secularizadora y la amenaza pasó, de momento, a la historia.
No debe
pensarse, sin embargo, que la acción de cruzada era puramente negativa. Muy al
contrario, durante el pontificado de Pío X se intensificaron los esfuerzos
positivos de la Iglesia y los católicos españoles, que siguieron con gran
aceptación las directrices espirituales del Papa Sarto, crearon nuevas
asociaciones de notoria eficacia y organizaron desde bases renovadas un
apostolado social significativo. Entre las asociaciones de seglares destacaba
la ya citada Asociación Católica Nacional de Propagandistas, creada a fines de
1909, (cuando arrancaba la gran controversia anticlerical sobre la enseñanza)
por el jesuita Angel Ayala (n. Ciudad Real 1867) y el abogado del Estado Angel
Herrera (n. Santander 1888) gracias al apoyo de un sector ilustrado de los
católicos vizcaínos, agrupados en la Junta de Vizcaya que creó José María
Urquijo, amigo del padre Ayala. (Para el autor de este libro van entrando en
esta Historia personajes que llegó a conocer personalmente en épocas
siguientes, como el padre Ayala, el futuro cardenal Herrera, la familia Maura,
mi abuelo Juan de la Cierva, Alfonso XIII y su familia, varios militares,
políticos, financieros, periodistas y profesionales; empiezo ya a contar los
episodios de la Historia no sólo por los documentos sino también por lo que he
oído de protagonistas y testigos, pronto ya empezaré a hablar de lo que he
visto). Los Propagandistas se foguearon en recorridos populares por media
España, recibieron del padre Ayala (que no era un intelectual pero sí un gran
formador de hombres y equipos, dotado de singular sentido común y adicto a la
corriente que daba ya relevante importancia a las «minorías selectas» para el
influjo en la sociedad) una formación religiosa admirable y una devoción
inquebrantable a la Santa Sede; y empezaron a prepararse de lejos para el
asalto a la política desde la creación de una gran plataforma de acción social,
en la que pronto fue pieza clave el gran diario El Debate que compraron
en ruinas y pronto convirtieron en el primer periódico de España, junto con el
monárquico ABC de Madrid, fundado poco antes en la primera década del
siglo por un sevillano liberal y emprendedor, Torcuato Luca de Tena. El ABC,
que se arrastraba en la penuria, dio el salto a la grandeza y la influencia
cuando apoyó al gobierno liberal-conservador de Maura desde la Semana Trágica
de 1909 y a partir de entonces hasta 1985, más o menos, ha sido digno de su
magnifica ejecutoria monárquica, católica y liberal, que logró mantener en
Sevilla durante la guerra civil cuando la edición de Madrid fue raptada y
violada por los rojos, enemigos de cuanto significaba el periódico. Desde 1985,
más o menos, ABC ha experimentado un confuso proceso de involución hacia
esa fase roja sobre todo en su repugnante suplemento cultural; el periódico
marcha dando tumbos, convertido en un sumidero mercantil de desorientaciones,
obsesiones
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y
contradicciones, rasgadas de vez en cuando con un relámpago que viene de sus
raíces ocultas para recordarnos que quien tuvo, retuvo. El Debate no
sobrevivió a la guerra civil; resucitó precariamente en el diario católico Ya
que más o menos en 1985 y por culpa del obispo secretario de la Conferencia
Episcopal, don Fernando Sebastián Aguilar, (que transfirió al periódico y a la
red de emisoras de la Iglesia su propia desorientación interior) perdió el
rumbo, se hundió espiritual y materialmente en la incoherencia y desapareció
tragado vergonzantemente por el corrupto sindicato socialista. Nadie podía
esperar en la segunda, tercera y cuarta décadas del siglo XX
un final tan airado para las dos espléndidas empresas de prensa madrileña y
nacional. Una trayectoria no menos errática siguió, en sus diversas etapas, La
Vanguardia, el gran diario de la burguesía catalana creado por los hermanos
Godó y hoy irreconocible, porque ni siquiera sabemos cuál es su línea. Ha
cabido mejor suerte al que en la primera década del siglo se conocía como Trust
de periódicos liberales, entre los que destacaba El Imparcial;
representaba la línea «progresista» del liberalismo, fue salvado como empresa
por el apoyo altruista de los liberal-conservadores (concretamente mi abuelo y
sus amigos) para revolverse luego contra ellos en la resaca de la Semana
Trágica. El Trust mantuvo la misma línea, reforzada por el diario oficioso del
estamento intelectual, El Sol, desde la segunda década del siglo; línea
que se diluyó en la segunda República y se hundió en la guerra civil pero
reapareció, armada de todas sus armas, en el nuevo Trust de don Jesús Polanco a
poco de morir el general Franco. De los grandes diarios españoles solamente El
País, de clara tendencia liberal-radical, «progresista», socialista y
masónica mantiene exactamente la misma línea de sus homólogos que florecían
vigorosamente en el primer tercio del siglo. Son consideraciones sobre la
prensa que nunca he visto formuladas en historia alguna; y que me parecen
fundamentales[124].
La Compañía
de Jesús había recuperado en la España de comienzos de siglo buena parte de su
relevancia apostólica y social, perdida en los traumas de la extinción a fines
del siglo XVIII
y mal restaurada durante las persecuciones liberal-radicales del siglo XIX.
En la época de Alfonso XIII la Iglesia, sus órdenes y congregaciones
disfrutaron de paz social y seguridad jurídica (salvada la amenaza de la Ley
del Candado, que naufragó en su propia ridiculez); lograban un influjo
determinante en la enseñanza primaria, media y profesional, sin excluir, ni
mucho menos, el trabajo entre las clases medias y pobres, cosa en la que no me
cansaré de insistir; y ya iniciaban (jesuitas y agustinos) una importante
presencia en la enseñanza superior gracias a centros de creciente prestigio; el
Instituto Católico de Artes e Industrias de Madrid, reputada escuela de
ingeniería y montadores; el Instituto Químico de Sarriá, el Observatorio del
Ebro, la Universidad Comercial de Deusto en Bilbao, el Real Colegio María
Cristina de los agustinos en San Lorenzo del Escorial. (Los jesuitas, sin
embargo, no intentaron la penetración en la Universidad pública hasta después
de 1939, donde fueron superados netamente por el Opus Dei). También fue
decisiva la actuación de los jesuitas en el apostolado social incluso antes de
la
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Rerum
Novarum; ahora, ya dentro del siglo XX
promotores sociales tan clarividentes como los padres Sisinio Nevares y Angel
Ayala, acompañados por otros miembros de la Compañía de Jesús y otras
congregaciones, ampliaron la red social del catolicismo, que resultó
particularmente eficaz en Castilla la Vieja, con efectos que se notarán después
incluso en el campo de la política. Las primeras semanas sociales de España
siguieron la estela de los cursos de extensión social abiertos desde 1892. El
salto de los antiguos y un tanto personalistas Círculos católicos a verdaderas
asociaciones profesionales y sindicales, basadas en la doctrina social de la
Iglesia y no en el odio de clases, era una realidad cuajada en la segunda
década del siglo XX aunque no progresó debidamente por la cerrazón
social de las clases pudientes en España. Sin embargo hay que contrarrestar la
tendencia a minusvalorar la acción social de la Iglesia española antes de la
guerra civil, como se ha pretendido sistemáticamente desde la izquierda rutinaria.
La fantástica floración de testimonios —martirios— de la guerra civil tuvo
también su campo abundantísimo entre las clases humildes, obreros, empleados y
campesinos[125] lo cual no se debió al
fanatismo ni a la casualidad sino a una fe de muchos siglos fecundada por una
actuación no por mal conocida menos importante de la Iglesia en la sociedad de
nuestro tiempo. Nombres como los ya citados, a los que cabría añadir otros
muchos como el de Claudia López Brú, marqués de Comillas, Antonio Monedero
Martín, Carlos Martín Alvarez, Severino Aznar, Maximiliano Arboleya y José
María Salaverría no pueden encontrar la glosa que merecen en este libro pero
ocupan un lugar de honor en la historia social del catolicismo español.
LA CULTURA ESPAÑOLA EN EL PRIMER TERCIO DEL SIGLO
En 1910,
cuando los Propagandistas daban sus primeros pasos en defensa de la Iglesia y
arreciaban liberales y masones en su ofensiva secularizadora, los jesuitas
lanzaban su gran revista Razón y Fe que desde entonces hasta las
vísperas de nuestro tiempo se convirtió en un foco de orientación intelectual y
cultural para los católicos. (Ahora no; desde hace unas dos décadas el foco se
ha cegado y en la revista de los jesuitas se pueden encontrar críticas al Papa
más que defensas del Papa). Pese a discrepancias y excepciones la Compañía de
Jesús era en España, durante la primera mitad del siglo XX,
un bastión de la Santa Sede, como había querido su fundador vasco, antiguo
capitán de los ejércitos de Carlos V. (Leí con pasmo hace algunos años un
artículo de Razón y Fe con título provocativo que decía, más o menos:
«San Ignacio no fue un capitán; la Compañía no es una milicia». (El capitán
Iñigo López de Loyola —¿o tampoco se llamaba así?— fundó a su Orden como «la
caballería ligera del Papa» pero a ciertos hijos suyos díscolos de hoy les
hubiera gustado presentarla como la KGB del protestantismo o algo así). Cierto
que en la España del primer tercio de este siglo los jesuitas se inclinaban
algo más de la cuenta al
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integrismo
(como hacía, por lo demás, el Vaticano) y los resabios del integrismo
perduraron en la educación interna de la Orden hasta que fueron sustituidos,
cuando se iniciaba la segunda mitad del siglo XX, por un remedio peor que la
enfermedad: los raigones del liberacionismo. Pero en su acción exterior, en su
apostolado social y docente, en sus obras múltiples los jesuitas de la primera
mitad del siglo XX formaban un cuerpo digno de su altísima
historia, en claro progreso numérico y avance de influjo social, que hacían
presagiar un futuro bien distinto del que ahora contemplamos por desgracia. Por
eso se estrellaban contra ellos libelos inmundos como el del ex jesuita Miguel
Mir, académico de la Española enemistado con los superiores, que publicó por venganza
en 1913 una repulsiva Historia interna documentada de la Compañía de Jesús
todavía más artera y deleznable que las bufonadas de Gioberti en Il
gesuita moderno y las de Vicente Blasco Ibáñez en La araña negra,
fuentes de la ofensiva permanente de los liberal-radicales contra la Iglesia
y la Compañía. Ya en el siglo XX el escritor asturiano Ramón Pérez de Ayala,
quien andando los años se arrepentiría amargamente por ello, lanzó en plena
campaña anticlerical su novelucha A.M.D.G., caricatura absurda y alevosa
de la vida en un colegio de jesuitas, con argumentaciones, actitudes y
trasfondos deshechas definitivamente en nuestros días por el eminente crítico
jesuita Victoriano Rivas Andrés[126]. Pero estas
consideraciones sobre los jesuitas en la época de Pío X me impulsan a
considerar un hecho sorprendente. Estaban aquejados entonces los ignacianos,
pese a su relevante formación y a las no menos espléndidas individualidades en
que abundaba la Orden, de un inexplicable complejo ante los grandes nombres de
la cultura literaria y universitaria. Y transmitieron a todo el campo católico
ese complejo que, si bien muy atenuado, continúa hoy.
En efecto,
las sucesivas oleadas de la cultura española contemporánea se suelen analizar
por el esquema de las generaciones; de las cuales la primera fue la de los
«demócratas de cátedra» combinados con los krausistas. La segunda sería la de
los regeneracionistas del 98 (Azorín, Antonio Machado, Maeztu, Baroja, Valle
Inclán) con sus precursores (Costa y Valera) y sus grandes epígonos Ortega y
Unamuno que encabezan ya la generación siguiente, la llamada Edad de Plata
durante el reinado de Alfonso XIII, seguidos por la generación poética del27.
Pues bien, un avasallador sistema de propaganda, bombos mutuos y relaciones
públicas que todavía se sigue apoyando en el descomunal influjo de José Ortega
y Gasset sobre la cultura española de los años veinte y treinta hace pensar a
muchos observadores, incluso hoy, que nada hay en la vida cultural española
contemporánea fuera de estas generaciones, a las que se quiere
encasillar, además, en una línea liberal-radical, anticlerical, «progresista»
republicana y muchos etcéteras que solamente existen en la imaginación de sus
promotores. Basta fijarse en la triste situación cultural de algunos órganos de
la derecha moderada de hoy, (alejados lo indecible de su ejecutoria cultural
genuina) para comprender esa aberración; la cual estimo sinceramente que se
deriva del terror cultural que indebidamente inspiraron Ortega, Marañón, y el
citado Pérez de Ayala a
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los
consejeros liberales de la Corona en 1930, cuando esos tres grandes
intelectuales desertaron de la Monarquía por razones tan poco sólidas que en
1936 viraron radicalmente en favor de la causa del general Franco.
Está por
hacer, porque los interesados y sus fans acríticos prefieren olvidarlo
(véanse las auténticas chorradas del profesor Marichal sobre Azaña y otros
personajes) la historia auténtica de los intelectuales españoles en la Edad
Contemporánea. Mientras vivió Menéndez y Pelayo, hasta 1912, la primacía
intelectual de Ortega y Unamuno carecía de posibilidades. Unamuno era, además,
un intelectual católico de primera magnitud aunque el sector integrista de la
Iglesia española se obstinara en ignorarlo. Fuera del famoso esquema
generacional figuran numerosos intelectuales católicos, casi enteramente
marginados por el sistema informativo dominado (y en parte creado) por el
propio Ortega y Gasset, quien tras el triunfo de su conferencia Vieja y
nueva política en 1914 se convirtió en el pontífice y pronto en el dictador
de la nueva intelectualidad española, aunque, incluso cuando se declaraba fuera
del catolicismo, mostró siempre un respeto exquisito hacia la religión y
vertebró su pensamiento entre vetas conservadoras, sobre todo cuando se
desengañó (como ya habían hecho Unamuno y Maeztu) de una fugaz aproximación a
las ideas del socialismo. La derecha, la Iglesia y sus órganos de información
no supieron fomentar la creación y coordinación de frentes culturales como los
que jaleaban la izquierda y el liberalismo radical. El resultado fue una
inflación exageradísima de la presunta influencia de los intelectuales en la
vida pública; una influencia mucho más negativa y restringida que lo
habitualmente proclamado, y que acabó por despeñarse en la decepción orteguiana
de la República («No es esto, no es esto») y en el aventamiento general del
frente intelectual español durante la guerra civil, sin capacidad para entrar a
fondo en la interpretación del gran conflicto.
La
investigación pendiente sobre la auténtica vida cultural española en la Edad
Contemporánea revelará muchas sorpresas; demostrará que numerosos
intelectuales, hombres y mujeres de cultura y grandes científicos y
profesionales jamás disimularon su condición de católicos; y que el predominio
de la cultura anticlerical y de izquierdas es un espejismo relativamente
barato, aunque lo acepten sin crítica quienes desprecian cuanto ignoran.
Recordemos, por ejemplo, que la tríada de grandes filósofos españoles en el
siglo XX
—Manuel García Morente, Javier Zubiri y Julián Marías— son católicos ejemplares
y, los dos primeros, sacerdotes; otra tríada incomparable, ahora de
científicos, eran igualmente católicos como Esteban Terradas, Juan de la Cierva
Codorníu y el jesuita Enrique de Rafael; y la tríada literaria formada por
Menéndez Pelayo, Gerardo Diego y José María Pemán —entre docenas de ejemplos
semejantes— resiste cualquier comparación con sus homólogos de la izquierda.
Para no hablar, en el campo de las altas ideas políticas, de otros tres grandes
católicos españoles; Antonio Cánovas del Castillo, Antonio Maura y Ramiro de
Maeztu. Cuando pergeño este epígrafe veo un artículo actual del profesor López
Garrido según el cual la derecha española ha sido ajena a la inteligencia.
Pobre
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hombre. Ni
el errático y desquiciado plumífero staliniano-felipista, Eduardo Haro Tecglen,
ha proferido jamás tontería semejante, por más que se esfuerza en ello todos
los días.
LAS AMÉRICAS DE PÍO X
Pío X
normalizó la situación de las diócesis de los Estados Unidos que, hasta su
pontificado, dependían de la Congregación de Propaganda Fide y ahora se
insertaron, gracias a su plena madurez, en el régimen ordinario de la Iglesia
católica. En las naciones de lberoamérica la suerte de la Iglesia fue muy
variable entre los diversísimos problemas políticos, económicos y culturales
del Continente, que entraba no ya en expansión sino en proceso de explosión
demográfica. México, después de la larga etapa dictatorial del porfiriato,
alumbraba ya hacia 1910 una durísima persecución contra la Iglesia a caballo de
la llamada Revolución; lo explicaremos más adelante. Colombia vivía una
situación conservadora entre 1865 y 1931; la Iglesia pudo actuar sin trabas. La
Iglesia venezolana pasó el cambio de siglo casi en estado de coma por la
persecución liberal. La cruel dictadura de Juan Vicente Gómez (1908-1935) no
acentuó la persecución pero mantuvo la opresión. Mantuvo también,
contradictoriamente, el régimen de patronato, heredado de España. La clase
dirigente era positivista, dominada por la Masonería. El régimen
liberal-radical que gobernó el Ecuador entre 1895 y 1930 siguió pautas del
anticlericalismo francés incluso la abolición del Concordato. La Constitución
de 1907 fue atea y se impuso la secularización en la enseñanza pública. En Perú
se mantenía la situación confesional del Estado hasta 1933 y la libertad de
cultos no se implantó hasta 1915. En cambio en la vecina Bolivia subió al poder
el partido liberal en 1898 y permaneció hasta 1920; con los consiguientes
ramalazos de anticlericalismo e intentos de laicización total, aunque perduraba
paradójicamente el régimen virreinal del patronato español y la Iglesia seguía
reconocida y tolerada. También se mantenía el régimen de patronato en Chile
donde la separación mutua de la Iglesia y el Estado no se decidió hasta 1925.
La República Argentina sostenía el culto católico, adoptó también el régimen
español de patronato pero admitía desde 1862 el laicismo en la escuela pública.
La caída del Imperio en Brasil, ya a fines del siglo XIX,
no acarreó problemas graves a la Iglesia, que pudo desarrollarse en libertad y
progreso, si bien muy afectaba por el persistente anticlericalismo de la clase
política liberal y por la acción de las corrientes espiritistas, las sectas
masónicas y los intentos de penetración protestante, muy intensos desde
diversos centros norteamericanos sobre toda Iberoamérica desde finales del
siglo XIX
y durante todo el siglo XX. En 1905 el obispo de Río de Janeiro fue
investido como primer cardenal de Iberoamérica. Contrastaba la fidelidad
católica de Paraguay, donde el catolicismo era religión del Estado, con los
progresos del laicismo y la secularización en Uruguay, justamente calificado
como república
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masónica durante
décadas, a partir de 1855 y casi hasta nuestros días.
Cada pequeña
nación de Centroamérica, el istmo brutalmente colonizado por el imperialismo
económico de los Estados Unidos (que provocaron a principios del siglo XX
la secesión de Panamá respecto de Colombia por motivos estratégicos
relacionados con el dominio del canal interoceánico) presentaba problemas
religioso-políticos diferentes al volver el siglo. En El Salvador amainaba la
tradicional hostilidad del régimen liberal contra la Iglesia a partir de 1907,
gracias al presidente Fernando Figueroa. En Nicaragua, nación especialmente
religiosa, el presidente José Santos Zelaya (1893-1909) oprimió más que
persiguió a la Iglesia. La Constitución hondureña de 1898 era laicista, condujo
a la exclusión de los religiosos pero no afectó más que superficialmente a una
fe popular muy viva. Costa Rica, que se distinguía por su general tolerancia,
ideó un modus vivendi entre el Estado y la Iglesia, interrumpido por
varias leyes anticlericales. Guatemala fue víctima especial de una intensa
penetración protestante. En Panamá la separación nacional de Colombia fue
seguida por la separación de la Iglesia y el Estado; pero la Constitución de
1904 reconoció que la religión católica era propia de la mayoría del pueblo.
Sin embargo según la siguiente reforma constitucional se decretó que el Estado
carecía de religión, en medio de una ofensiva liberal y masónica contra la
Iglesia.
De tan
confuso mosaico se deduce una diversidad de situaciones político-religiosas que
se agravaban ante la dramática carencia y la deficiente formación de los
sacerdotes en toda Iberoamérica, donde las órdenes y congregaciones religiosas
jugaron un papel esencial, gracias sus aportaciones misionales, en la
preservación de una fe popular muy profunda que algunos observadores trataban
ya de confundir con grosera superstición. Todavía más grave fue, en todo el
siglo XIX
y en el siglo XX hasta hoy, la responsabilidad de las clases
superiores y dirigentes en casi todas las nuevas naciones iberoamericanas; unos
grupos por lo general lamentables, egoístas, casi enteramente desprovistos de
sentido social, preocupados sólo de gozar y enriquecerse enfeudados al imperialismo
económico y político de los Estados Unidos y de Inglaterra. La aportación de
los emigrantes católicos de Europa resultó importantísima y positiva ante este
panorama desolador, del que no cabe excluir de culpas sociales y culturales a
la Iglesia católica que, si bien se preocupaba también de los pobres y los
oprimidos, parecía ante ellos más vinculada a los pudientes. Sin embargo el
catolicismo no era, al volver el siglo, un asunto del pasado sino una vivísima
raíz americana capaz de florecer en cuanto se ahondase la conciencia universal
de la Iglesia sobre los problemas del Continente donde antes de lo que muchos
pensaban iba a vivir pronto la mitad de todos los católicos del mundo. Lo malo
es que no sólo se alertó la conciencia católica ante las Américas, sino también
la conciencia estratégica de los grandes bloques y muy especialmente del bloque
marxista, que empezaba a tomar forma embrionaria con una primera fase de la
Nueva Revolución en 1905[127].
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La Nueva
Modernidad se concretaba, como acabamos de ver, en el Modernismo cuando
empezaba el siglo XX; el gran movimiento crítico y contestatario que
reventó en el seno de la Iglesia católica tras la segunda guerra mundial, en
sus diversas fases de Nueva Teología, Teología Política y Teología de la
liberación conectará también con el Modernismo y a través de éste con la
reforma protestante del siglo XVI como veremos en su momento. Pero al hablar del
siglo XIX
hemos estudiado ya la reacción de la Iglesia ante la primera Revolución
moderna, la Revolución atlántica y liberal; y también hemos anticipado que
junto al apogeo de la Revolución liberal se configuraba desde mediados del
siglo XIX
la fuente —el marxismo— de la Nueva Revolución, que se abatiría sobre la
Iglesia católica a lo largo del siglo
XX, de principio a fin. En el liberacionismo
contestatario de la segunda mitad del siglo
XX se combinarán, como estudiaremos, los dos
impulsos, el de la Nueva Modernidad y el de la Nueva Revolución, el nuevo
Modernismo y el marxismo-leninismo. Fracasado el intento de Carlos Marx y
Federico Engels para orientar en sentido marxista la Revolución liberal de
1848, el marxismo se mantuvo hasta la muerte de Marx (1883) como doctrina
teórica e incitación revolucionaria. El nuevo intento de Marx para condicionar
a la Primera Internacional en 1864 fracasó también; esa Primera Internacional,
la Asociación Internacional de los Trabajadores, se desvió en sentido
anarquista y luego sindicalista. Fue Engels, poco después de la muerte de Marx,
quien creó, como vimos, la Segunda Internacional, socialista-marxista o
socialdemócrata (que entonces era exactamente lo mismo) formada por los
diversos partidos socialistas nacionales en ella agrupados y que evolucionaron
en sentido reformista hasta la Gran Guerra de 1914. Pero uno de esos partidos,
el Partido Socialdemócrata de Rusia, no se conformó con esa evolución hacia el
reformismo burgués y alentó en su seno a un socialismo revolucionario para el
que su profeta, Lenin, reivindicó la legítima sucesión del marxismo auténtico.
Así nacerá la Nueva Revolución del siglo
XX, cuya historia tiene una importancia capital
para la historia de la Iglesia católica en nuestro tiempo.
La posición
primordial que la revolución de Rusia va a alcanzar en los siguientes capítulos
de este libro exige que prestemos una atención específica a lo que estaba
sucediendo allí al comenzar el siglo
XX, dentro de una perspectiva política y
religiosa. Asesinado en 1881 el zar Alejandro 11, que se había empeñado en
conseguir la liberación de los siervos de la gleba, le sucedió Alejandro III
(1881-1894) autocrático y reaccionario, encerrado en sus palacios y sus
anacronismos, como por desgracia hizo también su sucesor Nicolás 11, gobernante
más humano pero débil de carácter y propenso a las fantasmagorías familiares.
Durante su reinado (1894-1917) se sobrepusieron dos procesos históricos
importantes: la rusificación, que había sido el gran objetivo de todos los
zares del siglo XIX, y se hizo notar especialmente en
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Polonia,
Finlandia y el vastísimo imperio eurosiberiano, cuyo límite meridional, sobre
las vertientes del Cáucaso y las estepas del Asia Central, incluía numerosos y
diversos pueblos cristianos y musulmanes; y la modernización de la economía y
la sociedad rusa, en la que se empeñaron dos estadistas notables, los ministros
Witte y Stolypin. La hecatombe de la dogmática totalitaria comunista a fines
del siglo XX
nos obliga a considerar que el imperio de Rusia estaba en el buen camino a
fines del siglo XIX y parecía abocado a transformarse por fin en
una gran nación euroasiática moderna, como había sido el sueño de Pedro el
Grande. Sin embargo la trágica y humillante derrota en la guerra contra el
Japón en 1905 y luego contra Alemania en la guerra de 1914, la horrenda inercia
de una estructura feudal y una clase dominante nefasta y la acción implacable
del líder bolchevique Lenin sumieron al Imperio de los zares en una espantosa
regresión que se arrastró por un mar de sangre propia y ajena hasta que el
comunismo, es decir el marxismo-leninismo ha tenido que reconocer
dramáticamente el fracaso de su teoría y de su praxis ya en nuestros
días.
En la época
del ministro Witte (1849-1915) la industrialización de Rusia, muy retrasada
respecto de Europa, conoció sus primeros éxitos prometedores; el tendido del
gigantesco ferrocarril transiberiano, la apertura de los yacimientos
petrolíferos de Baku, las nuevas zonas industriales en torno a San Petersburgo.
El campo, sin embargo, seguía estancado y no solamente por culpa de la nobleza,
que llegó a vender la mitad de sus tierras a la alta burguesía que iba
surgiendo de la industrialización, pero que no aplicó a la agricultura su
espíritu empresarial. Los campesinos emigraban a los suburbios fabriles y desde
fines de siglo se producían sangrientos motines en las zonas agrarias.
El notable
desarrollo industrial de Rusia fue posible gracias al estímulo de la inversión
extranjera, mientras el marxismo revolucionario se difundía intensamente
durante las dos últimas décadas del siglo
XIX entre los círculos intelectuales. Ante la
relativa ausencia de una doctrina y una corriente liberal (derivada de la
insignificancia de la clase media) el régimen zarista aceptó a los marxistas
«legales» cuya figura capital era Peter Struve (seguido por Bulgakov y
Berdiayev) que favorecían, de acuerdo con la ortodoxia marxiana, la
consolidación del Estado burgués como plataforma para la posterior revolución
del proletariado industrial, y con pleno desprecio a la capacidad
revolucionaria de los campesinos. Los marxistas legales coincidían con el
régimen zarista en la enemistad a muerte contra los naródniks, elementos
radicales y nihilistas que poseían ya a fines de siglo una amplia tradición
de violencia revolucionaria y anárquica.
En julio y
agosto de 1903 se celebró entre Bruselas y Londres el segundo congreso del
Partido Socialdemócrata de Rusia, adherido a la Segunda Internacional y
dirigido —sin discusión hasta entonces— por Plejánov, que presidía las
reuniones. Integraban el congreso 25 organizaciones socialistas con dos votos
cada una. Desde que volvieron de su deportación a Siberia el joven Vladimir
Ilich Uianov «Lenin» y sus adeptos, denunciaban a los marxistas legales y a los
llamados «economistas» que
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de hecho
predicaban el reformismo burgués. En su primera obra teórica y revolucionaria
importante, Qué hacer, Lenin reafirmaba la idea que venía siguiendo en
la década de los noventa: atribuir al proletariado, férreamente dirigido por el
partido, la función de apoyar a la inevitable revolución burguesa mientras ésta
ofreciera garantías de eficacia; pero ante el retraso que tal proceso sufría en
Rusia por la debilidad y las insuficiencias de la burguesía, proponía
simultáneamente (Lenin fue siempre un gran maestro del doble lenguaje) la lucha
directa del partido y el proletariado contra el capitalismo burgués. Desde las
páginas de su órgano Iskra, que era además un grupo de presión dentro
del partido socialdemócrata, Lenin exigía el reconocimiento de la importancia
de la teoría y por tanto el predominio de los intelectuales en el partido; una
posición abiertamente platónica destinada a terminar en un desastre político
semejante al platónico. El Partido era, para Lenin, una élite revolucionaria
capaz de introducir la conciencia revolucionaria en la clase obrera. El Partido
era la vanguardia del proletariado. Y sin embargo, una vez asegurada la
hegemonía del Partido en el planteamiento y desencadenamiento de la Revolución,
Lenin exaltó, como ya había hecho Marx, la primacía de la praxis, es
decir, el oportunismo político más grosero, directamente fundado en la tesis
maquiavélica de que los medios vienen justificados en definitiva por el fin y
el éxito[128].
Implacable
hasta la deshumanización, consagrado totalmente a su obsesión revolucionaria,
incluso cuando meditaba en las casi nulas perspectivas que Marx había concedido
a una revolución del proletariado en Rusia, Lenin dominó, con el grupo Iskra,
el congreso socialdemócrata de 1903 frente a la organización obrera judía Bund,
muy influyente en los nuevos centros industriales. En el congreso Lenin
adelantó su tesis de que el naciente capitalismo ruso estaba ya agotado y que
por tanto había que saltarse la fase de revolución burguesa para plantear sin
dilación la dictadura del proletariado[129]. Sin embargo no
deseaba eliminar las posibilidades de apoyo revolucionario que podría aún
albergar la burguesía y por eso hizo que el congreso aprobase la reclamación de
las libertades, el sufragio universal, las mejoras sociales para obreros y
campesinos, el derrocamiento del régimen autocrático y la convocatoria de una
asamblea constituyente; éste fue de hecho el programa del Partido hasta la
victoria de la Revolución, tras la cual Lenin se saltó traidoramente todas esas
argucias democráticas. Pero en el mismo 11 congreso surgió la diferencia entre
duros (Lenin) y blandos (Martov). Lenin reclamaba la constitución de un grupo
dirigente y cerrado de revolucionarios profesionales; Martov se inclinaba a
abrir ese grupo y orientarlo al reformismo. Plejánov, de momento, se adhirió a
Lenin; Trotski, —León Bronstein— un intelectual judío de gran ascendiente
revolucionario y popular, se enfrentó a Lenin. En un primer movimiento Lenin
fue derrotado; ganaron los blandos por 28 contra 23 delegados. Pero Lenin dividió
a sus adversarios. Consiguió que el congreso rechazase las pretensiones del
Bund para representar en exclusiva al proletariado judío y el Bund se retiró
del congreso. Al final, por la retirada adicional de varios blandos, venció
Lenin en toda la línea (con Plejánov a su
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favor) y su
fracción vencedora fue denominada la mayoría (en ruso, bolcheviques).
Los perdedores, los blandos, se conocieron desde entonces como «la minoría» (mencheviques).
Cuando Lenin pretendió eliminar toda la influencia de los mencheviques,
Plejánov se le opuso y dio a los mencheviques el control de «lskra». Lenin hubo
de pasar a la defensiva.
Iskra y
Plejánov acosaron entonces a Lenin, motejado de bonapartismo (máximo anatema
para un marxista después de las diatribas de Marx contra Luis Napoleón);
rechazaron la dictadura del proletariado; compararon a Lenin con el despótico
Luis XIV entre abiertas descalificaciones como dictador, todas ellas
perfectamente merecidas. El reformista Kautsky, que se creía portavoz del
marxismo ortodoxo dentro del SPD alemán, inclinó en apoyo de los mencheviques a
la socialdemocracia alemana, la más influyente de Europa. Hasta Rosa
Luxemburgo, que representaba en Alemania una posición más radical, atacó a
Lenin, que insistía en una férrea jerarquización del partido según lo que luego
se llamó «centralismo democrático»; el marxismo-leninismo nació, pues, como
dictadura hacia fuera (la del proletariado) y dictadura hacia dentro (la
interior del partido) y así se conserva el comunismo cuando pervive en nuestros
días, mal que le pese a don Julio Anguita, seductor de derechistas incautos y
demócratas de pacotilla. Lenin, instalado en el exilio de Ginebra, creó en 1904
una central bolchevique con el título «buró de los comités de la mayoría» y
fundó un órgano de expresión contra «Iskra». El abismo creciente entre
mencheviques y bolcheviques se corrió al plano teórico; Lenin acariciaba cada
vez más el proyecto de desencadenar la revolución proletaria sin esperar al
éxito de la revolución burguesa. Los mencheviques, por su parte reclutaron a
los trabajadores más cualificados en las artes gráficas, los ferrocarriles, la
nueva siderurgia del sur; los bolcheviques agruparon a los obreros menos
especializados, los metalúrgicos y textiles de Moscú y San Petersburgo. Los
sindicatos eran, en su mayoría, mencheviques; y operaban con talante más
reformista y occidental que revolucionario.
LA PRIMERA REVOLUCIÓN RUSA EN 1905
En estas
circunstancias políticas dentro del partido socialdemócrata de Rusia estalló la
guerra ruso-japonesa de 1904/1905, que marca el principio del fin del zarismo.
El 2 de enero de 1905 la plaza fuerte rusa y base naval en Extremo Oriente,
Port Arthur, se rindió al ejército japonés, que luego, en el mes de marzo,
venció a las tropas rusas de tierra en la batalla de Mukden. Las huelgas
prerevolucionarias, intermitentes desde casi el comienzo del siglo, se hacen,
en este año desastroso, abiertamente revolucionarias. El 22 de enero treinta
mil obreros conducidos por un pope transformado en líder social tratan de
acercarse al Palacio de Invierno para presentar al zar una serie de
reivindicaciones democráticas. Las tropas abren fuego y
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un número de
muertos —entre mil y cinco mil— quedan tendidos sobre la nieve; los
revolucionarios tienen ya una bandera sangrienta que no se arriará hasta la
victoria final contra el régimen. El 27 de mayo la poderosa escuadra rusa que
acudía a Extremo Oriente cae destrozada por la flota japonesa en la batalla de
Tsushima; la guerra está perdida y los motines militares se recrudecen en
Rusia; sublevación del acorazado Potemkin el 27 de junio, motín de la
base de Cronstadt el 8 de noviembre. Los revolucionarios (al principio sin
intervención de los socialistas) crean casi espontáneamente una institución
llamada a alcanzar una importancia decisiva; el soviet o consejo obrero,
que apareció primeramente en mayo de 1905 durante una huelga textil. La
guerra con Japón, terminada mediante acuerdo de paz en septiembre por la
mediación de los Estados Unidos, con gravísima humillación de Rusia y elevación
del Japón a gran potencia, así como la revolución de obreros y marineros había
tomado completamente desprevenido al partido socialdemócrata, cuya rama
bolchevique celebró ese año un congreso en Londres al que los bolcheviques
denominaron tercero. Allí se distinguieron Bogdanov, Lunacharski, Kamenev y
Litvinov. Sin embargo la fuerza del partido (no escindido formalmente todavía)
seguía a los líderes mencheviques Plejánov, Martov, Axelrod y Trotski, que
llegó a encabezar uno de los nuevos soviets. Los bolcheviques de Londres
decidieron organizar y preparar al partido para la insurrección armada; una
conferencia simultánea de los mencheviques decidió oponerse al gobierno
provisional burgués surgido de los sucesos revolucionarios en los que, como
hemos dicho, apenas influyeron ni mencheviques ni bolcheviques, cuyos cuadros
de mando seguían en el extranjero. Lenin llegó a ir a Petersburgo en octubre de
1905, cuando la revolución ya declinaba; pero no intervino en el movimiento de
los soviets, donde los mencheviques lograban algunos progresos. A fines de 1905
se registra la primera intervención pública de un dirigente bolchevique llamado
a grandes destinos pero que hizo toda su carrera a la sombra del aparato del
partido; el exseminarista y agitador georgiano José Vissarionovich
Djughashvili, llamado Stalin.
Tras la
revolución de 1905 y la trágica derrota militar el zar Nicolás II sustituyó al
ministro Witte por el gran regeneracionista Stolypin, quien se dispuso a la
modernización económica y política de Rusia; era el camino acertado y lo
emprendió sin vacilar. Una constitución otorgada estableció un parlamento
elegido, la Duma. El primer ministro acometió seriamente la reforma agraria
mediante el estímulo del Estado a la adquisición de propiedad individual. Los
proyectos y realizaciones en industria y en obras públicas marcaban serias
posibiliades de progreso pero el gran ministro reformista cayó asesinado en el
teatro de Kiev ante la presencia de los zares el 14 de septiembre de 1911 y
desde entonces hasta la revolución de 1917 la política de Rusia marchó a la
deriva mientras lograba el dominio de la Corte el pope visionario y tiránico
Rasputín, sostenido por la emperatriz Alexia —nieta de la reina Victoria de
Inglaterra— porque el curandero conseguía aliviar con recursos mágicos la
desastrosa salud del zarevitch hemofílico; esta terrible enfermedad,
proveniente de
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la propia
reina Victoria, afectaba casi a la vez también a la familia del rey de España
Alfonso XIII a través de la reina Victoria Eugenia, nieta de la soberana
británica.
Tras la
frustrada revolución de 1905, que cerró en falso, el nuevo régimen
parlamentario funcionó desordenada y precariamente entre bandazos de
autocracia. La desigualdad social en Rusia no tenía igual en Europa, con anchas
bandas de esclavitud. Se registraron varios intentos para la reunificación de
mencheviques y bolcheviques en el seno del partido socialdemócrata. La
reunificación se logró sobre el papel en el congreso de Estocolmo (1906) con
mayoría menchevique y en el de Londres, al año siguiente, con mayoría
bolchevique, pero el proyecto no terminó de cuajar. Lenin publicó en 1909 su
alegato teórico Materialismo y empiriocriticismo (varias veces reeditado
a partir de 1973 en la transición española, con gran sorpresa de los servicios
secretos del Estado en aquella época) contra la «desviación idealista» de
Bogdanov y Lunachaski que pretendían reconciliar al socialismo y la religión en
vista de la profunda religiosidad del pueblo ruso, que para Lenin era
simplemente superstición; con ello la revolución bolchevique en ciernes cometía
uno de sus errores más gratuitos y estúpidos, reiterado en la transición
española de 1973 por los comunistas empeñados en contribuir con el libelo
leninista al intento de secularización radical que también formaba parte desde
siempre hasta hoy del programa máximo de los socialistas. (Es muy importante
esta toma de posición de Lenin contra la religión cuando preparaba al partido
para el asalto al poder y el planteamiento de la Revolución mundial: la
Revolución soviética, fundada en un marxismo esencialmente ateo, se configuraba
como enemiga de Dios y la religión; mientras que Santiago Carrillo, discípulo
confeso de Lenin, atemperaba en 1974 el sectarismo ateo con el pragmatismo
político y procuraba la alianza de un iluso sector católico). Esta
significativa obra de Lenin no es un tratado contra la religión, a la que sólo
considera marginalmente. Lo más importante del libro (aparte de su intento para
descalificar «científicamente» a sus adversarios socialdemócratas) es una consideración
(filosófica, no científica) sobre la crisis de la física moderna inducida por
el fenómeno de la radiactividad, en el que el gran físico y matemático francés
Poincaré intuía certeramente una revolución total de la Ciencia Absoluta. Lenin
no. Desde su insuficiente formación científica se atreve a descalificar a
Poincaré (y a despreciar a Einstein, nada menos) es decir, a negar en el fondo
la crisis de la física moderna refugiándose en especulaciones sobre el
materialismo dialéctico, que ya era entonces una antigualla filosófica sin
entronque científico alguno[130]. Debido a su
recelosa intuición, Lenin vislumbra que la crisis de la Ciencia Absoluta podría
ser una amenaza mortal contra el marxismo «científico»; pero prefiere aferrarse
a sus principios dogmáticos y desatendió el gravísimo problema que terminaría
con las posibilidades «científicas» del marxismo en la segunda mitad del siglo XX.
Para mí éste es el momento más bajo en la tensión teórica de Lenin. Poco antes
de ese capítulo se refiere Lenin al catolicismo al que descarta con desprecio
dogmático: «El catolicismo es, sin duda, una experiencia socialmente
organizada; pero no refleja la
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verdad
objetiva… sino la explotación de la ignorancia popular por determinadas clases
sociales». (Ibíd. p. 265). Me parece muy importante que este trabajo de Lenin,
considerado reverentemente por los comunistas españoles ¡en 1974! arremeta con
semejante grosería intelectual contra la religión católica y contra la Nueva
Ciencia de la que Lenin jamás logró sino arañar la superficie. Y éste era el
renovador del marxismo «científico», que en el mismo libro se extasía ante Marx
y Engels porque «hacían filosofía de partido».
Desde 1905 a
1912 Trotski trataba de situarse por encima de los dos bandos de bolcheviques y
mencheviques. En Praga, enero de 1912, se celebró una importante conferencia
del partido socialdemócrata ruso, teóricamente unificado; el convocante había
sido Lenin. La represión de la policía secreta zarista, la Okrana, había dejado
prácticamente fuera de combate tanto a los mencheviques como a los bolcheviques
y había provocado una nueva oleada de antisemitismo en toda Europa
(aprovechando el afloramiento de vetas antijudías en medios cristianos de
Occidente, lo que venía sucediendo a lo largo de todo el siglo XIX)
gracias a la publicación de un presunto plan judío para lograr el poder total
en el mundo; el escrito, manifiestamente apócrifo, tuvo su primera edición en
San Petersburgo en 1902; se trataba de los demasiado célebres Protocolos de
los sabios de Sión, tomados, según decía la publicación, de las actas de un
congreso sionista, y que todavía hoy se consideran como una especie de
evangelio del antisemitismo[131]. Hemos de hablar
en otra parte de este libro sobre la influencia del pueblo judío en el mundo
actual; pero basándonos en fuentes menos contaminadas; la Okrana pretendía
descalificar a los influyentes grupos judíos de Rusia que conspiraban contra el
zarismo dentro de la socialdemocracia. El caso es que la Conferencia de 1912
fue un golpe de Lenin para apoderarse del control político y revolucionario de
todo el partido. En abril del mismo año fundó Lenin el órgano de la revolución
bolchevique, Pravda, en San Petersburgo, aunque él había trasladado su
residencia de París a Cracovia. En agosto de 1912 Trotski convocó en Viena una
reunión socialdemócrata boicoteada por Lenin. Estas dos reuniones de 1912
marcan, por su fracaso, la escisión definitiva entre mencheviques y
bolcheviques.
Como había
sucedido en el antecedente de 1905, también en 1914 el estallido de la guerra
en Rusia iba a señalar el principio de una nueva, y definitiva, fase de la
Revolución. Lenin se trasladaba desde Cracovia a Suiza; Plejánov al frente de
los mencheviques se adhirió a la guerra patriótica del gobierno zarista contra
los Imperios germánicos centrales. Los delegados bolcheviques de la Duma fueron
deportados a Siberia. Aparentemente el bolchevismo había dejado de existir.
Justo cuando iba a llegar su hora.
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ESTALlA LA GRAN GUERRA Y MUERE SAN PÍO X
Estos
movimientos políticos y revolucionarios, apenas comprendidos entonces, se iban
sucediendo durante el pontificado de Pío X, que había cumplido con su deber,
sin convencer a muchos, en la defensa y la orientación espiritual de la Iglesia
en tiempos de convulsión y gravísimos peligros[132]. El fin de este
pontificado coincide en la historia del mundo con el trágico principio de la
Gran Guerra o Primera Guerra Mundial provocada, como chispa, por el asesinato
del archiduque heredero de Austria, Francisco Fernando, y su esposa el 28 de
junio de 1914 en la ciudad bosnia de Sarajevo que entonces formaba parte del
imperio danubiano. El 1 de agosto Rusia invadía la Prusia oriental sin
declaración de guerra; el 4 de agosto Alemania, el Segundo Reich, iniciaba su
ataque a Francia a través de Bélgica. El 5 de agosto el Reino Unido respondía a
la agresión alemana con la guerra junto a Francia; y al día siguiente Austria
se sumaba al bando de Alemania. El terrible conflicto se extendió a casi toda
Europa y casi todo el mundo, dada la extensión colonial de los beligerantes. El
imperialismo británico no podía convivir pacíficamente, por motivos económicos
y estratégicos, con la expansión del imperialismo alemán. Funcionó la nueva
Entente de Inglaterra y Francia, aliadas de Rusia. Los Estados Unidos aguardarían
su oportunidad para romper su aislacionismo. Italia luchó junto a los aliados
occidentales contra los imperios germánicos; el imperio turco combatió junto a
Alemania. España, en virtud de su propia debilidad, logró mantenerse neutral.
La propaganda de los beligerantes presentó la Gran Guerra, desde el bando
occidental, como un enfrentamiento de las democracias contra las autocracias de
Europa central pero los motivos fueron menos utópicos; se trataba de un choque
estratégico entre los dos grandes imperialismos europeos, del que Europa iba a
salir con su prersunta hegemonía definitivamente perdida ante el surgimiento de
las grandes potencias extraeuropeas; una de ellas, Rusia, transformada pronto
en foco agresivo para una Revolución mundial.
El estallido
múltiple de la Gran Guerra anegó en sangre y hierro a las intenciones pacíficas
del Papa Pío X, quien trató de mediar entre Austria y Serbia en vísperas del
choque y luego apoyó reservadamente la actitud vindicativa de Austria contra
Serbia después del atentado de Sarajevo, perpetrado por un activista serbio.
Pío X no supo ni pudo hacer más para evitar o reducir la espantosa
conflagración; los pueblos de Europa, aunque parezca increíble, no temían la
guerra, la anhelaban. Aún no había terminado ese mes trágico, agosto de 1914,
cuando murió San Pío X. Italia no había decidido aún entrar en la guerra por lo
que los cardenales de los países beligerantes pudieron asistir libremente al
cónclave y elegir un sucesor.
LA IGLESIA ENTRE LAS DOS GUERRAS MUNDIALES: LA
REVOLUCIÓN Y LA VICTORIA COMUNISTA, LA CRISIS Y LA VICTORIA DEMOCRÁTICA
1914-1945
LA NUEVA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS
Guerras
mundiales y período de entreguerras: éste es el ámbito histórico en que se
desarrolla el presente capítulo. Un capítulo complejísimo, sobre el que se han
escrito decenas de millares de libros, sobre el que existen, no siempre
clasificados, millones de documentos. Un capítulo polémico por esencia y
presencia, que todavía invita y casi exige tomar partido porque los
acontecimientos y las ideas que en él se enmarcan siguen en carne viva para una
gran parte de la Humanidad.
En el
período que vamos a estudiar sufrió la Humanidad la más ancha y profunda
convulsión de toda su historia y se dividió a muerte en varios conflictos en
los que se jugaba el destino y hasta la existencia física del hombre sobre la
Tierra. No pretendemos, naturalmente, trazar una historia completa de esos
treinta largos años; porque si bien las guerras mundiales fueron dos, otras
varias guerras localizadas mantuvieron el clima de confrontación durante esas
décadas que bien pudieran encuadrarse en una nueva Guerra de los Treinta Años.
Era inevitable que la Iglesia, como institución mundial, se viera
profundísimamente afectada por este espantoso conflicto de tres décadas; que en
algunas fases —revolución comunista, exacerbación del nazismo, guerras civiles
de México y Españadesencadenó contra la Iglesia persecuciones atroces,
comparables e incluso más sangrientas que las peores sufridas por ella en toda
la Historia. Una convulsión universal tan prolongada arrojó como resultado un
mundo y una Humanidad diferente, desquició los esquemas morales y culturales
por todas partes y acarreó consecuencias imprevisibles que se manifestarían,
para la siguiente etapa de la Iglesia, en forma de crisis nunca hasta entonces
experimentadas. Nuestro tratamiento de este capítulo ha de ser necesariamente
esquemático, para que no se nos desborde la copiosísima información que
contiene; pero también suficientemente completo en cuanto a las líneas
históricas esenciales, para que podamos comprender mejor las crisis
posteriores.
Esas líneas esenciales se encierran en el título del capítulo y se despliegan en las ocho secciones de que consta. Empezamos con la presentación de la Gran Guerra, la primera guerra mundial, que cambió los mapas del mundo pero no solucionó los tremendos problemas que la suscitaron. En el seno de esa Gran Guerra surgió, como consecuencia de la derrota y desintegración del Impero ruso, la Revolución comunista, la Nueva Revolución prevista y profetizada por Carlos Marx aunque de forma muy divergente con esas predicciones, que a fin de cuentas resultarían fallidas en toda la línea, pero a costa de una tragedia indecible para la Humanidad entera y muy especialmente para Europa y para Rusia. Entre la primera guerra mundial, mal cerrada en 1918 y la segunda, que reventó en 1939, se malvivió la múltiple crisis de entreguerras: avance, al parecer imparable, del comunismo, crisis universal de la democracia, del pensamiento y de la cultura; revoluciones persecutorias y guerras civiles de dos grandes naciones católicas, México y España. Afectó muy profundamente a la Iglesia un fenómeno directamente derivado de ese conjunto de crisis, que las agudizó hasta el paroxismo: el nacimiento y desarrollo —sección cuarta— del populismo antidemocrático, el fascismo y el nacionalsocialismo. Como un cruce histórico de todas esas crisis y no como un simple conflicto regional intentamos trazar en la sección quinta las líneas maestras de la guerra civil española, que no fue, ni mucho menos, un simple prólogo de la segunda guerra mundial, a la que dedicamos la sección sexta del capítulo.
No
reivindicamos la absoluta posesión de la verdad histórica pero tampoco
cederemos a las modas dominantes y a las interpretaciones históricas dictadas
por una propaganda unidireccional. Esto significa que si bien nuestro análisis
histórico se basa en fuentes de primera mano, muchas veces nuestras
conclusiones chocarán con las que exhiben alegre y acríticamente muchos
oportunistas de mentalidad excluyente, servil y totalitaria, aunque se
presentan como borrachos de democracia verbal pese a su prolongada confesión
comunista o bien, como decía sobre ellos Dionisia Ridruejo, a veces no fueron
fascistas simplemente porque no llegaron a tiempo. Pero mi principal
preocupación será exponer la verdad en que creo racionalmente, no polemizar con
los gamberros y los meapilas de la Historia.
Los dos fenómenos dominantes de todo el siglo XX son, casi con total seguridad, la deshumanización absoluta motivada por el ansia —sin frenos religiosos ni humanitarios— de poder y hegemonía universal; y las inconmensurables derivaciones teóricas y tecnológicas de la Nueva Ciencia. El afán absoluto de poder provocó las dos guerras mundiales, las guerras mal llamadas menores o localizadas, las hecatombes del totalitarismo comunista y el holocausto del totalitarismo nacionalsocialista. El siglo XX aniquiló, en la práctica, la ilusión de los ilustrados que pronosticaban para la humanidad un progreso sin límites una vez alejada de las conciencias la idea de Dios. Muy al contrario, en términos de vida y sufrimiento humanos, que son los más importantes, el siglo XX supone para la Humanidad una regresión espantosa, con sus genocidios y sus holocaustos que no fueron solamente obra de Lenin, de Stalin, de Hitler o de Mao, sino que se prolongan hasta hoy mismo en las catástrofes atómicas de la segunda guerra mundial, en guerras de exterminio como la de Vietnam —por ambas partes— o en los genocidios tribales africanos. El segundo factor dominante de nuestro siglo —el vertiginoso avance teórico y tecnológico derivado de la Revolución Científica— ha contribuido, sin duda, a la mayor mortandad bélica de la Historia pero también ha producido efectos de progreso real inmensamente beneficiosos; la revolución de las comunicaciones en todos los sentidos del término, los avances de la industrialización y la producción, el incremento insospechado de la capacidad y velocidad de información. Ese progreso científico y técnico, que nos ha conducido hasta asomarnos al espacio exterior, ha puesto en nuestras manos la posibilidad de corregir los efectos destructivos que provoca la contaminación industrial de todas clases, con grave peligro para la vida en nuestro planeta. Pero en todo caso lo indudable es que el progreso humano, aniquilado moralmente por los tirones de deshumanización, ha cambiado también nuestro mundo en sentido positivo, con mayor eficacia que en todo el conjunto de la historia humana hasta 1900. Y ha hecho posible, además, una explosión demográfica que constituye, sin duda, uno de los problemas más acuciantes del hombre sobre la Tierra.
LA GUERRA EUROPEA
La guerra
que empezó en agosto de 1914 como una venganza del Imperio austrohúngaro contra
la pequeña y agresiva Serbia se transformó muy pronto en guerra general.
Después de su repetición ampliada en 1939-45 se llamó al conflicto de 1914
«primera guerra mundial», porque lo fue; pero antes se la conocía como «guerra
europea» y más pretenciosamente como «Gran Guerra». Después de 1945 la guerra
de 1914 hubiera merecido mejor el calificativo de «pequeña guerra mundial» pero
se justifica históricamente mucho mejor la denominación de «guerra europea».
Porque si bien se libró también fuera de Europa, en el Atlántico y en Oriente
Medio (Inglaterra y los árabes contra el Imperio turco) el escenario principal
del conflicto fue Europa; las modificaciones más importantes en los mapamundis
afectaron a Europa; y como resultado de una guerra que puede considerarse
también como guerra civil europea, la hegemonía mundial de Europa, ya puesta en
entredicho desde finales del siglo
XIX y principios del XX (derrota de España ante los
Estados Unidos en 1898, derrota de Rusia ante Japón en 1905) quedó transferida
a potencias extraeuropeas, si bien las potencias de Europa que formaron en el
bando vencedor de la Gran Guerra no se enteraron del todo hasta la crisis de
Suez en 1956, cuando Washington y Moscú impusieron la humillante retirada
franco-británica de Egipto.
Dentro de
los límites que nos hemos impuesto para la síntesis en qué consiste este
capítulo me atendré al mejor estudio sobre la Gran Guerra de que disponemos en
lengua española, los capítulos XXIII a XXVIII del Manual de Historia
Universal (vol. IV) debido al profesor Vicente Palacio Atard. Para las
repercusiones de ese conflicto en España me refiero a mi Historia básica de
la España actual[1].
La Gran
Guerra abrió paso a una concepción universal de la Humanidad en lo político;
las naciones vivían hasta 1914 aisladas, encerradas en sus concepciones
egoístas, que sólo contemplaban al resto del mundo desde perspectivas
imperialistas (Inglaterra, Alemania) o aislacionistas, como los Estados Unidos
que parecían contentarse con el dominio de lo que allí se llama «hemisferio
occidental» es decir la totalidad del Continente americano, si bien sus
gobiernos se habían mostrado sensibles a las motivaciones estratégicas desde la
guerra contra España, el rapto de las islas Hawai y la compra de Alaska a los
rusos. Al vislumbrarse ya el final de la
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Gran Guerra
(gracias a la poderosa intervención americana) un Presidente idealista, Woodrow
Wilson, (muy condicionado por los fabianos de Europa y Norteamérica) impuso su
concepción mundialista que cristalizaría en la Sociedad de Naciones, primer
intento de organismo representativo mundial con carácter igualitario. Pero
hasta 1914 la Humanidad vivía según esquemas anteriores; el siglo XIX
no termina, históricamente, hasta 1914.
Como ya
hemos anticipado, la Gran Guerra se desencadenó tras una serie de fricciones
internacionales, por motivos principalmente económicos y estratégicos,
derivados de la rivalidad entre los Imperios alemán y británico; fue ante todo
un choque de imperialismos. A esta rivalidad principal se agregaban otras dos;
el odio de Francia contra Alemania por la humillante derrota francesa en la
guerra franco-prusiana de 1870, con pérdida de Alsacia y Lorena; y la duradera
confrontación entre el Imperio austriaco y el ruso por el dominio estratégico
de los Balcanes, que para Rusia significaba la ansiada salida directa al
Mediterráneo, para lo que inevitablemente chocaba también con el agonizante
Imperio turco. Una idea-fuerza tan propia del siglo XIX
como el principio de las nacionalidades minaba la convivencia dentro del
Imperio austrohúngaro (independentismo de Hungría, Checoslovaquia, los pueblos
balcánicos) y los dominios del Imperio otomano, contra el que se agitaban los
pueblos árabes sometidos.
Los inmensos
progresos de la tecnología tras siglo y medio de revolución industrial en
Occidente facilitaron la transformación del choque austro-serbio en conflicto
mundial, librado en forma de guerra total en todos los continentes, por tierra,
mar y aire, incluidas las nuevas armas submarina y aérea, una eficacia
mejoradísima de la artillería y las armas automáticas (e incluso las armas
químicas) y un rendimiento hasta entones desconocido de las comunicaciones. Era
ya la guerra total, que empezaba a afectar a las retaguardias casi tanto como a
los combatientes; y que se atizaba con una aplicación masiva de la propaganda y
la guerra psicológica.
El polvorín
balcánico comunicó casi inmediatamente al resto de Europa la explosión iniciada
por el atentado de Sarajevo. Al atacar el Imperio austriaco a Serbia, el
Imperio ruso acudió en socorro de su aliada balcánica e inició la invasión de
Prusia y Austria. El Estado Mayor alemán había preparado minuciosamente un plan
—el plan Schulten— que consistía en destruir al ejército francés en guerra
relámpago a través de Bélgica para revolverse luego contra Rusia y evitar de
este modo el combate en dos frentes principales. Inglaterra envía un aguerrido
cuerpo expedicionario a Francia, las tropas belgas resisten más de lo previsto
y los ejércitos del general von Moltke, si bien consiguen invadir el nordeste
de Francia, quedan frenados en la primera batalla del Mame durante la primera
decena de septiembre de 1914. Moltke no ha conseguido el aniquilamiento del
ejército francés que fue la clave de la victoria alemana en 1870. El general
que sustituye a von Moltke, Falkenhayn, intenta entonces envolver por separado
a los ejércitos de Francia e Inglaterra en noviembre pero también fracasa y los
grandes movimientos se convierten en una
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guerra de
desgaste desde posiciones atrincheradas hasta las grandes ofensivas alemanas de
1918. Neutralizada la guerra en Francia, el Estado Mayor alemán decide
concentrar sus mayores esfuerzos contra Rusia.
La nación y
la sociedad rusa estaban en 1914 minadas por sus insolubles problemas
interiores y desmoralizadas por la situación lamentable de la familia imperial
y de la corte. Pero el ejército imperial ruso, gran vencedor de Napoleón a
partir de 1812, disponía de efectivos humanos inagotables y aunque mal
pertrechado estaba bien armado sobre todo gracias a su legendaria artillería de
campaña. El mando ruso atacó desde el primer momento con efectivos superiores a
los de Austria —ocupada en reducir la resistencia serbia— y penetró con éxito
en las regiones polacas incorporadas a Austria; invadió también la Prusia
oriental, corazón del Imperio alemán y amenazó a su capital, Koenigsberg. Las
grandes victorias de Rusia en el verano de 1914 permitieron al mando zarista
preparar, con tropas traídas de Oriente por el Transiberiano, una gran ofensiva
desde Varsovia con objetivo nada menos que en Berlín.
Pero dos
genios de la guerra, los generales Hindenburg y Ludendorff, reorganizaron los
efectivos alemanes con eficacia fulminante y coordinaron perfectamente con el
mando imperial y real del ejército austriaco. En cuanto apunta la primavera de
1915 los ejércitos alemanes liberan la Prusia Oriental y destrozan la masa
militar más importante del ejército ruso en la batalla de los Lagos
Mansurianos. Hindenburg se revuelve hacia el sur hasta tomar Varsovia, se
apodera de Lituania y juntamente con el recuperado ejército austriaco ocupa
casi toda Polonia. Los rusos han sufrido ciento cincuenta mil muertos y casi un
millón de prisioneros. La desmoralización y los amotinamientos se suceden cada
vez con mayor frecuencia en las filas rusas derrotadas. Como en el ensayo
general de 1905, el dramático invierno de 1915 a 1916 va a significar la
incubación de un nuevo movimiento revolucionario en los frentes y en la
retaguardia rusa. Pese a ello el enorme ejército ruso no se rinde y sus jefes
tratan de estabilizar el vastísimo frente que recorre, en línea casi recta, las
antiguas fronteras de Rusia entre Riga, sobre el Báltico, y el límite de
Rumania junto al Dniester.
A fines de
octubre de 1914 Rusia había declarado la guerra a Turquía una vez que el
imperio otomano permitió a la escuadra alemana el paso por los Estrechos para
bombardear las plazas rusas del Mar Negro. La entrada de Turquía en la guerra
amenaza directamente al canal de Suez y sobre todo compromete la explotación
británica de los yacimientos petrolíferos de Oriente Medio, fuente principal de
abastecimiento para la Royal Navy[2]. En febrero de
1915 la Escuadra británica protege un gran desembarco en los Dardanelos, que no
consigue mantener una cabeza de puente abandonada casi un año después.
Inglaterra trata por todos los medios de crear un segundo frente balcánico para
aliviar la desesperada situación de Rusia pero el reino de Bulgaria se suma a
los Imperios centrales y les ayuda a la conquista de Serbia; von Mackensen toma
Belgrado el 9 de octubre.
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En 1916 los alemanes estabilizan el frente ruso
—cuya retaguardia se desintegra por momentos— y desencadenan el 25 de febrero
la hasta entonces más demoledora ofensiva artillería de la Historia contra la
plaza francesa de Verdun, llave de todo el dispositivo de la defensa aliada en
Francia. El asalto artillero se prolonga inútilmente durante todo el año
gracias a la heroica resistencia del general Pétain; y tampoco la ofensiva
inglesa en el Somme —una batalla de desgaste donde se utilizaron por vez primera
carros blindados— consigue romper el frente enemigo. Fracasa también la nueva
intentona aliada en los Balcanes apoyándose en Rumania que se ha sumado a su
causa, pero caerá aplastada por Alemania y Bulgaria. Todo el conjunto balcánico
queda dominado y pacificado por los Imperios centrales.
Finalizada
la guerra de grandes movimientos en Europa, el conflicto se replantea cada vez
más en términos de resistencia y potencia económica. Para ello Inglaterra
necesita provocar el desmoronamiento del Imperio turco y alejar así la amenaza
sobre el canal de Suez; e impedir simultáneamente la libre salida al Atlántico
de la poderosa escuadra alemana de guerra. La guerra en Oriente Medio no pudo
empezar peor para los ingleses, cuyo ejército anglo-indio fue destruido en mayo
de 1916 por los turcos bien entrenados y encuadrados por oficiales alemanes.
Pero al mes siguiente un oficial excéntrico del servicio secreto británico, el
coronel Lawrence, se identifica con los árabes de la Meca y, hermanado con el
príncipe Feisal, levanta en armas a todos los pueblos árabes oprimidos por el
imperio otomano. En el segundo semestre de 1916 y todo el año 1917 la
caballería de los árabes guiada por Feisal y Lawrence flanquea al ejército
inglés de Allenby que ataca desde Bagdad (ocupada el 11 de marzo de 1917) y
desde Egipto, a través de la franja de Gaza. El general británico entra
respetuosamente a pie y descubierto en Jerusalén el 9 de diciembre de 1917. Un
mes antes lord Balfour prometía al magnate judío Rothschild el apoyo británico
para la creación de un Hogar Nacional judío en Palestina, sin que nadie pudiera
sospechar entonces las consecuencias y las convulsiones que acarrearía para la
región, dominada entonces por una gran mayoría árabe, este colosal proyecto
histórico.
Para el
curso de la guerra económica, principal, aunque secreta batalla continua de la
Gran Guerra, el plano decisivo era, naturalmente, la guerra en el mar. El
importante imperio alemán en ultramar (en África y algunos archipiélagos del
Pacífico) estaba indefenso y cayó sin demasiadas dificultades en manos aliadas.
La escuadra alemana de superficie, apoyándose en suministros de países
neutrales, venció a una escuadra inglesa del Pacífico ante las costas de Chile
el 1 de noviembre de 1914 pero fue aniquilada en las islas Malvinas un mes
después. Desde entonces sólo algunos cruceros auxiliares alemanes hicieron la
guerra de superficie por su cuenta. Inglaterra decretó el bloqueo total del
Báltico, donde se encerraba la principal fuerza naval de Alemania, a la que
sólo quedó un recurso, pero de graves consecuencias para el bando aliado; la
guerra submarina, con la que consiguió hundir en seis meses cuatro millones de
toneladas. La escuadra alemana intentó forzar la
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salida al
mar del Norte pero los barcos ingleses le cerraron el paso en el combate naval
de Jutlandia a fines de mayo de 1916; el resultado fue incierto pero el bloqueo
se mantuvo. La guerra submarina era una amenaza gravísima, capaz de forzar el
colapso del Reino Unido pero se volvió contra Alemania porque suscitó un
movimiento imparable de solidaridad anglosajona, que es una de las constantes
más firmes y seguras de la Edad Contemporánea y que resurge en todas las crisis
económicas y políticas, como se ha demostrado en las dos guerras mundiales y
hasta en conflictos menores, como los que se derivan de la pesca en nuestros
días.
El 7 de mayo
de 1915 los submarinos alemanes hundieron al transatlántico inglés Lusitania
con 124 pasajeros de los Estados Unidos a bordo y una importante carga de material
de guerra para Inglaterra. El gobierno alemán, con las pruebas de ese
transporte bélico, se negó a ofrecer explicaciones y el presidente Woodrow
Wilson advirtió que incidentes así constituían un «casus bellli». La opinión
norteamericana, hasta entonces reticente ante la guerra ajena de Europa, dio un
vuelco irreversible. Wilson advirtió claramente que los Estados Unidos eran la
fuerza decisiva para desequilibrar el conflicto en favor de los aliados y desde
su gran discurso de 22 de enero de 1917 propuso «Una paz entre iguales» para un
orden mundial diferente. Los Imperios centrales no descartaron la oferta pero
los líderes belicistas de Inglaterra (Lloyd George) y Francia (Briand) sólo
querían la victoria. El Estado Mayor alemán, que tampoco estaba por la paz,
recrudeció la agresividad submarina y el 2 de abril de 1917 los Estados Unidos
declararon la guerra a Alemania. La gigantesca máquina industrial
norteamericana se reconvirtió para intervenir en el conflicto y el gobierno
reclutó sin dificultades un millón de hombres para romper los frentes alemanes
en Europa occidental. Aquel día los Imperios centrales tenían perdida la
guerra. La capacidad americana de construcción naval cubría de sobra las
cuantiosas pérdidas de la guerra submarina. Mejoraron los sistemas británicos
para la detección y neutralización de los temibles U-boats germánicos y
Alemania empezaba ya a perder en el verano de 1917 la guerra bajo los mares.
Sin embargo
los Imperios centrales conservaban importantes bazas militares en su favor. Las
tropas austroalemanas destrozaban al ejército italiano en la ofensiva del
Isonzo a partir del 24 de octubre de 1917 y alcanzaban la línea del Piave. De
mucho mayor importancia estratégica era la victoria final de Alemana y Austria
en el frente ruso. La derrota militar de las tropas zaristas prendió
definitivamente la revolución, a la que contribuyó el Estado Mayor alemán
enviando a Lenin desde la frontera suiza en un vagón precintado para que
encabezase el movimiento revolucionario, del que hablaremos en una sección
aparte por su inmensa trascendencia histórica. Los soviets, decididos a lograr
a cualquier precio la paz con Alemania y Austria, firmaron el armisticio de
Brest-Litovsk el 15 de diciembre de 1917, un mes después del definitivo triunfo
de la Revolución, y lo confirmaron en la paz firmada allí mismo el 3 de marzo
de 1918 cuando los ejércitos alemanes habían reanudado el avance sin dar tiempo
a que su retaguardia se desintegrara, como Lenin había procurado y esperado.
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Rusia perdía
Polonia, Ucrania y los países bálticos pero ganaba tiempo para articular su
proyecto revolucionario interior y universal. Rumania, desamparada tiene que
rendirse a los imperios centrales el 7 de mayo.
Pero la
ofensiva pacifista de mayor envergadura fue planteada por el presidente de los
Estados Unidos, profesor Woodrow Wilson, en su famosa propuesta de los Catorce
Puntos del 8 de enero de 1918, que sería ya el último año de la Gran Guerra.
Era un Nuevo Orden Mundial que desmantelaba a los imperios multinacionales de
Austria y de Turquía en nombre del principio de las nacionalidades; establecía
la libertad de los mares, la supresión de barreras económicas, la evacuación de
los países ocupados por tropas extranjeras, la independencia de Polonia con
salida al mar, el paso libre por los Dardanelos y la creación de una Sociedad
de naciones para velar por la paz mundial. Luego el propio Senado de los
Estados Unidos desautorizaría a su Presidente, pero a principios de 1918 Wilson
se presentaba como inapelable árbitro de la paz.
Con vistas a
abordar las inevitables negociaciones de paz desde posiciones firmes,
Ludendorff trata de romper el frente francés en la primavera de 1918 antes de
la llegada del ejército americano. Los aliados designaron al mariscal Foch para
el mando único pero los ejércitos alemanes alcanzaron la línea del Marne a
fines de abril, bombardearon París con su artillería de largo alcance y a
mediados de julio se jugaron el resultado de la guerra en la segunda batalla
del Marne, el gran proyecto para la conquista de Reims. Pero la reacción
militar y popular de Francia contiene al enemigo y logra la salvación de París.
A fines de julio el general Pershing con su millón de soldados de América
emprende, a las órdenes de Foch, la ofensiva de la victoria mientras los
generales alemanes se preocupan por la revolución socialista de su retaguardia
tanto como por el empuje enemigo en los frentes.
El
dispositivo general de los Imperios centrales y sus aliados se derrumba. El
ejército aliado que mantenía la cabeza de puente de Salónica avanza en flecha
sobre Bulgaria que se rinde el27 de septiembre de 1918. Turquía queda
completamente aislada y el ejército inglés de Oriente medio, con la caballería
árabe del emir Feisal y el coronel Lawrence en vanguardia, consigue su objetivo
final, la toma de Damasco, tres días después de la derrota búlgara. Turquía
firma el armisticio el 31 de octubre y queda fuera de combate. Los italianos se
sacan al fin la vergüenza de Caporetto y derrotan a los austriacos en toda la
línea del Piave a fines de octubre. Desde mediados del mes anterior Austria,
agotada, pide negociaciones de paz al margen de Alemania. Lo mismo hace el
nuevo gobierno pacifista de Alemania el 4 de octubre, presidido por Max de
Baden, que se dirige directamente al presidente Wilson. El 11 de noviembre
Alemania firma el armisticio en Rethondes. La Gran Guerra había terminado.
UNA GUERRA MUNDIAL CERRADA EN FALSO
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La Gran Guerra acabó con tres grandes imperios:
el austrohúngaro, que provenía, como Sacro Imperio Romano Germánico, de la Edad
Media; el turco, cuya creación y apogeo marcan el comienzo oriental de la Edad
Moderna; y el alemán del Norte, gestado en torno a las victorias de Prusia en
1870. Poco antes el Partido Nacional (Kuo-min-tang) derriba al milenario
imperio del Centro, China, en una revolución que proclamó la República en 1912,
inspirada por S un-Yat-sen, político formado en el estudio de Confucio, Marx,
Rousseau y Ford. De la Gran Guerra surge el nuevo imperio hegemónico mundial,
aunque retraído sobre sí mismo, los Estados Unidos, y se refuerza, pero sólo en
apariencia, el Imperio británico que ya es sólo la segunda potencia mundial.
Veíamos
cómo, ante la retirada general del ejército alemán frente a los aliados y la
amenaza fulminante de una revolución de la extrema izquierda socialista —una
revolución comunista según el modelo de Rusia y las predicciones expresas de
Carlos Marx— Max de Baden formaba gobierno en octubre de 1918 para negociar la
paz a cualquier precio. Poco antes del armisticio las clases de la Marina se
sublevan en Kiel y los espartaquistas prenden el incendio revolucionario en
varios puntos sensibles de Alemania. El emperador Guillermo 11 se ve obligado a
abdicar y se refugia en Holanda. El alto mando militar propicia la formación de
un gobierno socialista moderado pero el líder socialista Ebert no consigue
apaciguar la revuelta espartaquista que se convierte en un incendio general
desde enero de 1919. La oficialidad del Ejército estaba convencida, desde
entonces, de que la derrota alemana se produjo por la rebelión de la
retaguardia, porque las fuerzas armadas no habían sufrido ningún desastre
decisivo. No les faltaba una parte de razón; y fueron las unidades militares
reorganizadas tras el armisticio las que ahogaron en sangre la revuelta
espartaquista. Pero la predicción de Marx invirtió su sentido. La Revolución
triunfó en Rusia —pese a que Marx había decretado que allí era imposible—
gracias a que los bolcheviques se aprovecharon del desconcierto militar y
parlamentario; pero fue abortada en Alemania por el Ejército y no pudo evitar
que el nuevo parlamento de la República, elegido a comienzos de 1919, impusiera
un régimen democrático de corte burgués. Las naciones maduras para la Nueva
Revolución marxista eran, según Marx, Alemania y el Reino Unido. La realidad
desmintió la profecía. Obra de profesores idealistas, la Constitución de
Weimar, aprobada en el verano de 1919, estableció una democracia calcada, para
la elección del supremo mandatario ejecutivo, sobre la de los Estados Unidos.
Los resultados fueron, sin embargo, ligeramente distintos. Los Estados Unidos
eligieron para 1933 al presidente Franklin Delano Roosevelt; con un sistema
semejante, Alemania elevó el mismo año a la Cancillería a un «cabo bohemio» de
la Gran Guerra, Adolfo Hitler. Por supuesto que Lenin y Trotski, autores de la
más sangrienta y tiránica revolución de la Historia, eran también destacados
intelectuales.
El Imperio
austrohúngaro se desintegró antes de la firma del armisticio. El 21 de octubre
de 1918 el conde Karolyi separó a Hungría de Austria; el emperador Carlos
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VI abdicó el
13 de noviembre —un día después de que se proclamara la república en Viena— y
casi a la vez se instauraron regímenes republicanos independientes en Praga y
en Zagreb. En marzo de 1919 la decisión de un bolchevique húngaro, Bela Kun,
derribó de un golpe al gobierno liberal de Karolyi en Hungría e instauró un
régimen revolucionario que impuso su dictadura del terror rojo. Los vencedores
invaden Hungría y se hunde el régimen comunista de Bela Kun, a quien sustituye
una regencia bajo el almirante Horthy el1 de marzo de 1920.
El Imperio
turco se desintegró también como resultado de la derrota militar en los frentes
de Europa y de Oriente Medio. El nuevo sultán de Constantinopla, Mohamed VI,
encarga la represión de los desórdenes en Anatolia al prestigioso general que
había arrojado a los aliados al mar desde la cabeza de puente de Gallípoli:
Mustafá Kemal. Firmado el tratado de paz en Sévres el 10 de agosto de 1920
Kemal consigue la retirada de los invasores franceses, ingleses, griegos e
italianos mediante una hábil mezcla de negociaciones y contraofensivas, que
dirige sobre todo contra los griegos, a quienes expulsa de Asia menor en 1922.
En ese mismo año una asamblea favorable al general victorioso declara abolida
la monarquía imperial de los otomanos y Mustafá Kemal asume la dictadura
militar con régimen de partido único. Proclama la separación del poder civil y
el islámico y al frente de la República turca se dispone a emprender la
modernización del país, que ha perdido todo dominio sobre las naciones árabes y
sólo conserva en Europa la Tracia Oriental y la gran ciudad de Constantinopla.
Estos son
los movimientos principales que se producen en la resaca del armisticio y en
espera de una paz que se quería definitiva e irreversible. Tanto que los
principales representantes del bando vencedor se fijaron como objetivo
histórico acabar para siempre con la guerra como amenaza contra la Humanidad.
Tanta felicidad iba a conseguirse en la Conferencia de París, donde veintisiete
delegaciones de los aliados se reúnen a partir del 16 de enero de 1919 bajo la
presidencia del «Tigre» Clemenceau, artífice moral de la victoria francesa.
Junto al premier británico Lloyd George, Clemenceau ha de ceder la primacía
moral y política de la conversaciones al idealista presidente de los Estados
Unidos, Woodrow Wilson, cuyos Catorce Puntos forman la trama de las negociaciones
de paz. Pero la cordura equilibrada y generosa que reclamaba Wilson choca con
el espíritu de venganza y desquite que poseía a Inglaterra y a Francia, que
exigían el aniquilamiento económico de Alemania por vía de «reparaciones de
guerra». El 18 de abril de 1919 fue creada la Sociedad de Naciones cuyos
miembros originarios serían los veintisiete vencedores y los trece neutrales.
En la paz de
Versalles se impuso a la Alemania vencida un diktat humillante. Francia
ocuparía provisionalmente toda la orilla izquierda del Rin; el ejército alemán
se reduciría a unos modestos efectivos de cien mil hombres, y a la orilla
derecha del Rin se demarcaría una zona desmilitarizada de cincuenta millas. La
escuadra alemana, que se había hundido voluntariamente antes de entregarse a
Inglaterra, sólo
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podría
reconstruirse en condiciones mínimas y precarias, con cruceros inferiores a las
diez mil toneladas. Inglaterra y Francia impusieron a Alemania reparaciones
onerosas y en definitiva inviables. Polonia recuperó su soberanía, hasta
entonces perdida en los sucesivos repartos de sus vecinos; y recibió en Dantzig
(Gdansk) una salida al mar. Los delegados alemanes llegaron a París para
recoger el tratado impuesto, sobre el que no se les permitía replicar, salvo
por escrito. El diktat de Versalles, forzado ante todo por la
intransigencia de Francia (que por supuesto recuperaba Alsacia y Lorena) se
firmó el 28 de junio de 1919 en la galería de los Espejos del palacio borbónico
en que se proclamó el Imperio alemán en 1870. Alemania tuvo que ceder
importantes territorios a Francia, Bélgica, Polonia y todo su imperio colonial.
Alemania quedada solemnemente condenada como culpable única de la guerra y se
le imponían humillantes restricciones militares e indemnizaciones económicas.
Estas condiciones onerosas e imposibles exacerbaron el resentimiento de
Alemania. Los Estados Unidos negaron la ratificación del Tratado y se sumieron
en su tradicional aislamiento. Por otros tratados paralelos se consagraba el
desmantelamiento de los imperios de Austria y Turquía, pero no se daban a
Italia, vencedora al fin, las satisfacciones que reclamaba. El presidente
Wilson, fracasado, no se presentó a la reelección. Los políticos vencedores de
Francia —Clemenceau— e Inglaterra —Lloyd George— fueron derrotados en las
elecciones siguientes. La paz de Versalles y las demás concomitantes trazaron
un nuevo mapa de Europa pero no hicieron posible la época de estabilidad en que
Wilson había soñado. La primera guerra mundial cerraba en falso y a partir de
1919 no se abría una etapa de esperanza sino un incierto período de democracias
débiles, incapaces frente a la sucesión de crisis políticas, económicas y
sociales, con una nueva guerra mundial cada vez más próxima en el horizonte
amenazador. La Gran Guerra había cerrado decididamente en falso.
BENEDICTO XV, EL PAPA DE LA PAZ
No estoy
escribiendo una historia universal sino una historia de la Iglesia ante la
Modernidad y la Revolución. Dejábamos a la Iglesia orante ante el cadáver de un
Papa santo, Pío X; que legaba a su sucesor el tremendo problema de procurar la
paz en un mundo obstinado en la Gran Guerra. El conflicto mundial lo anegó
todo; el Papa, prisionero más que nunca en un Vaticano no reconocido
internacionalmente, recibía de su predecesor Pío X una Iglesia más concentrada
en su nueva espiritualidad pero también más recelosa de la ciencia y el
progreso, casi completamente alienada por su adicción al integrismo y flotando
en la incertidumbre territorial de su propia sede romana, garantizada sólo
unilateralmente por la voluntad del Reino de Italia. Ante la opinión pública
mundial, incluyendo a muchos cristianos cultos, el prestigio de la Santa Sede
había caído muy por debajo del que gozaba en los tiempos de León XIII. Pero lo
más grave es que la explosión belicista, nacionalista e imperialista de la
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Gran Guerra
—para no hablar de la Revolución rusa, que desde su propio triunfo interior en
1917 apareció como una esperanza roja de sangre para el proletariado universal—
dejaba poco espacio a los hombres y a los gobiernos para que pudieran
preocuparse de los pensamientos y los consejos de un respetable e impotente
obispo de Roma incapaz de franquear los altos muros de su recinto al otro lado
del Tíber.
Giacomo
cardenal Delia Chiesa, hombre mínimo y enteco, nacido de noble familia genovesa
en 1854, no se arredró ante una misión pontifical que desbordaba con mucho sus
fuerzas y las de la Iglesia y se dispuso a cumplir su función altísima como si
gozase del poder y la influencia de un Papa medieval. Poseía una formación y
una experiencia muy completa para el empeño. Doctor en ambos derechos por la
Universidad de Génova, estudió teología en el Colegio Capránica de Roma y
continuó su formación en la Academia de Nobles, semillero de la alta diplomacia
vaticana. El cardenal Rampolla, su protector, le llevó a España como
secretario, conocido, por su ejercicio de la caridad, como «el cura de las dos
pesetas» en el castizo barrio madrileño de los Austrias; y una moneda de dos
pesetas en 1882 daba de comer varios días a una familia. Desde 1901, siempre a
las órdenes de Rampolla, actuó como sustituto en la Secretaría de Estado de
León XIII pero nunca descuidó una intensa actividad pastoral entre los
necesitados. Mantuvo su puesto cuando el cardenal Merry del Val ascendió a
secretario de Estado bajo Pío X y cuatro años después el Papa le designó
arzobispo de Bolonia, donde desplegó un trabajo pastoral incansable y eficaz.
Recibió la púrpura pocos meses antes que la tiara.
El cónclave
abierto el último día de agosto de 1914, bajo el estallido reciente de la Gran
Guerra, se celebró con normalidad y sin presiones políticas, tajantemente
prohibídas por Pío X a raíz de su elección. Los sesenta cardenales electores
(entre los que se encontraba Mercier de la Bélgica ocupada por Alemania, que
pudo viajar con permiso de Alemania) estaban divididos entre «el círculo de los
píos», partidarios de mantener las directrices integristas de Pío X, y los
llamados «progresistas», antiguos partidarios de Rampolla que ahora
preconizaban al inteligente Gasparri. Pronto se impuso la humilde figura de
Della Chiesa, por su excelente formación, su rechazo a las exageraciones
integristas, su vida inmaculada y su acreditada experiencia diplomática. Y fue
elegido como Benedicto XV, en memoria de su predecesor en Bolonia, el gran
cardenal Lambertini del siglo XVIII. El nuevo Papa dominaba los entresijos de la
Curia, la actividad pastoral y las relaciones internacionales. No suscitaba,
además, hostilidades significativas. Rampolla, descartado en 1903, se veía
coronado en su mejor discípulo. El cual dejó traslucir inmediatamente sus dos
mayores preocupaciones. Descartó al integrismo, sin grandes gestos, apartando
de la Curia a monseñor Benigni y otros epígonos de la intransigencia; y
restauró el talante abierto de León XIII. De puertas afuera se dedicó,
consciente de su impotencia y de las enormes dificultades del empeño, a la
causa de la paz mundial. Fue el Papa de la paz; en ello radica su gran fracaso
y su indiscutible gloria. Nombró secretario de Estado, a la temprana muerte del
ex nuncio en París, Ferrata, al gran cardenal
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Gasparri,
experto canonista y conocido por sus ideas moderadas y pactistas; y apartó de
momento las demás preocupaciones para dedicarse en cuerpo y alma a frenar la
hecatombe en que degeneraba semana tras semana la Gran Guerra[3].
Dos terceras
partes de los católicos se vieron implicados en la Primera Guerra Mundial; 124
millones en el bando aliado, la mitad en el germánico. La otra tercera parte
vivió el conflicto bajo la influencia de la propaganda aliada menos España,
cuya opinión pública se dividió acerbamente entre cada bando. Desde su primer
mensaje Benedicto XV expresó su línea de conducta, de la que no se apartó un
milímetro: la Santa Sede no tomaba partido a favor ni en contra de nadie aunque
no era un secreto que el Papa favorecía la restauración nacional de Polonia.
Daba plena libertad a los católicos para que siguieran el impulso de su deber,
que casi sin excepciones les alineó a favor de sus respectivos gobiernos y
ejércitos; y procuró por todos los medios la reducción del conflicto, la
mediación para la paz y cuando vio que esto era imposible, se volcó en la ayuda
humanitaria a los prisioneros, a las víctimas de la guerra, a los desplazados.
Todo ello mediante gestiones secretas, a veces muy directas, para salvar vidas
(lo que logró el Papa en miles de casos) y paliar en lo posible la tragedia y
los sufrimientos de la guerra, sin discriminaciones de bando, religión o raza.
Era una postura nobilísima, profundamente religiosa y humanitaria, que muchas
veces fue mal comprendida por el nacionalismo y el patrioterismo de algunos
católicos y algunos clérigos e incluso algunos gobiernos que le acusaron
injustamente de parcialidad y le exigían la condena del enemigo. Pero no era el
enemigo del Papa sino el enemigo de ellos.
Benedicto XV
designó nuncio en Munich, capital de la católica Baviera — incorporada el
Imperio alemán— al joven e inteligente monseñor Eugenio Pacelli, que dedicó
esfuerzos ímprobos a proponer proyectos viables de paz. No consiguió
resultados, aunque sí la consideración de algunos gobiernos en contraste con la
frialdad de otros. Aun antes de acabar la Gran Guerra una estatua de Benedicto
XV se alzaba en la lejana Estambul; todo un símbolo de reconocimiento.
Sacerdotes y
católicos participaron en el esfuerzo de guerra dentro de sus ejércitos
nacionales; como capellanes o como soldados de filas, según los casos. Esta
actitud disipó todos los recelos contra los católicos y el clero por parte de
algunos gobiernos cuyas relaciones estaban rotas con la Santa Sede, como en el
caso de Francia o el de Italia; en cuyos gobiernos de guerra figuró, sin
oposición del Papa, algún ministro católico. El Papa no quiso formular condena
alguna por la inicua invasión alemana de Bélgica, para no salirse de su
estrictísima neutralidad y para no herir a los católicos alemanes, pero por
medio del Nuncio Pacelli se esforzó por que Alemania devolviera a Bélgica su
independencia nacional y estuvo muy cerca de lograrlo. Benedicto XV conocía
perfectamente el escasísimo juego internacional que le estaba permitido pero no
dejó escapar una sola oportunidad. Sintió vivamente la incorporación de Italia
a la guerra en 1915 pero no la condenó. Aceptó mansamente la humillación de ver
excluida a la Santa Sede de las negociaciones de paz aunque
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consiguió la
presencia de un representante personal. Procuró seriamente establecer contacto
con influyentes asociaciones judías internacionales en favor de la paz. El 1 de
agosto de 1917, al cumpliese los tres años de la guerra, dirigió un llamamiento
solemne a todos los jefes de Estado y de gobierno de los beligerantes; sabía
que su voz iba a clamar en el desierto pero la alzó sobre el fuego y las
ruinas. Sin embargo sus esfuerzos nobilísimos no resultaron baldíos. Aumentó el
número de naciones que establecieron relación diplomática con la Santa Sede,
entre ellas el Reino Unido. En 1921, como gesto de gratitud por la colaboración
de los católicos franceses a la causa de Francia, la República francesa
restableció relaciones oficiales con la Santa Sede. Al acabar la Gran Guerra
las representaciones diplomáticas en el Vaticano se habían duplicado respecto a
1914.
La ausencia
injusta del Papado en la paz de Versalles permitió a Benedicto XV proclamar,
clarividentemente, que aquél era un tratado para la guerra y no para la paz. El
opresivo peso de la guerra no coartó totalmente al Papa para sus actividades en
el gobierno de la Iglesia. Aprobó en 1917 el Código de Derecho Canónico, que
refundía claramente la legislación de la Iglesia y condenaba expresamente a la
Masonería como asociación establecida para «maquinar contra la Iglesia».
Publicó en 1919 una de sus grandes encíclicas, la Maximum illud para
fomentar la expansión misional de la Iglesia y muy especialmente al clero
indígena. En el gran movimiento de reconciliación con Francia canonizó en 1920
a Juana de Arco y al año siguiente a Margarita María de Alacoque, promotora de
la devoción al Corazón de Jesús. En 1921 se esforzó en sacudir la indiferencia
universal sobre el caos postrevolucionario de la Unión Soviética, cuyas masas
se debatían en medio de un hambre espantosa.
Encauzado el
problema de la reconciliación con la República francesa, Benedicto XV tuvo que
enfrentarse —por medio del cardenal Gasparri— con la definición política de los
católicos italianos dentro del Reino de Italia. Ya vimos cómo León XIII y Pío X
descalificaron a la Democracia Cristiana como agrupación política.
Ahora el
Papa della Chiesa aceptó al Partito Popolare creado por don Luigi Sturzo como
«partido no confesional». Había nacido al fin la Democracia Cristiana política
con un estigma de contradicción, que muchas veces he comentado inútilmente con
mis amigos de la Democracia Cristiana en España. Y es que un partido
esencialmente cristiano que es, por definición, no confesional, me ha parecido
siempre una contradicción flagrante. Don Sturzo quería significar, sin duda,
que el Partito Popolare era «no clerical»; no era una dependencia del
episcopado y el clero. «Lo cierto, sin embargo —dice Gonzalo Redondo,
observador certero— es que desde el primer momento la Secretaría de Estado
dirigió al Partido, al reservarse la determinación de lo que, en última
instancia, era política pura»[4]. Así fue
siempre. El Partito Popolare fue el partido de la Iglesia italiana, por muchos
circunloquios que se le echaren. Poco antes de que Italia celebrase las
primeras elecciones tras la guerra, Benedicto XV levantó el solemne veto de Pío
IX, el Non expedit, y por tanto daba vía libre a los católicos para
intervenir en política nacional lo que hicieron con cumplido
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éxito: 103
escaños en la Cámara. Por desgracia este prometedor brote de cristianismo
político fue ahogado muy pronto por el acuerdo de la Iglesia con el fascismo,
ya en el pontificado siguiente.
Una nueva
generación de políticos católicos, la Ligue, predominaba sobre los antiguos
católicos conservadores en las elecciones belgas del mismo año, 1919, si bien
los católicos quedaron en minoría parlamentaria. En la encíclica de 1920 Pacem
Dei munus el Papa permitía la visita al Vaticano de los príncipes católicos
aunque también rindiesen pleitesía al Reino de Italia en el Quirinal. El
Papa no condonaba con ello la «Usurpación» de 1870 pero abría la puerta a la
reconciliación con el Reino de Italia, que consumaría su sucesor. Cambiaban los
tiempos; importantes partidos católicos estaban presentes, junto a los
socialistas reformistas, en varias naciones antiguas y modernas después de la
paz de Versalles. Un veterano país católico, Irlanda, conseguía su autonomía
respecto de Inglaterra —que se reservaba el dominio de Irlanda del Norte, el
Ulster— en 1921. Y cuando todo parecía entrar en una difícil, pero firme etapa
de normalidad, los efectos disgregadores de la paz de Versalles y la creciente
amenaza de la Revolución soviética triunfadora estaban a punto de alumbrar en
1922 el surgimiento de una nueva y tremenda convulsión: el fascismo. No alcanzó
a verlo Benedicto XV, el Papa de la paz, que murió a fines de enero de ese año
tras breve e inesperada dolencia.
SECCIÓN 2: LA REVOLUCIÓN COMUNISTA
ENCUADRAMIENTO Y FUENTES DE LA REVOLUCIÓN
Como
sabemos, el ensayo general con todo para la Revolución comunista de 1917 tuvo
lugar en la Revolución de 1905, que estalló a consecuencia de la humillante
derrota del Imperio ruso en la guerra de Extremo Oriente contra Japón. La
Revolución de 1917, conocida como Revolución Soviética, se produce también a
consecuencia de una terrible derrota; la del ejército imperial ruso en la Gran
Guerra a manos de los ejércitos imperiales de Alemania y de Austria, una vez
frenada la profunda penetración inicial de los ejércitos rusos en Prusia
Oriental (contra Alemania) y en la Galitzia polaca ocupada por Austria. El
mando ruso se había adelantado, como vimos, a la acción enemiga en agosto de
1914 y estaba dispuesto a concentrar en Varsovia importantes fuerzas transportadas
de Extremo Oriente para lanzarlas en flecha con dirección a Berlín. Pero los
generales alemanes Hindenburg y Ludendorff, en combinación con el mando militar
austriaco, montaron una inteligente contraofensiva en 1915 que destrozó a los
ejércitos rusos y les persiguió hasta la primitiva frontera de Rusia, una
inmensa línea recta desde el Báltico a la cuenca del Mar Negro. Los ejércitos
de Rusia no estaban todavía aniquilados a fines de 1916
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pero sí
completamente desmoralizados. Todos los grupos liberales que se oponían al
régimen autocrático del Zar, todos los partidos y agrupaciones revolucionarias
entre las que destacaba el partido bolchevique dirigido por Lenin,
contribuyeron a erosionar y desintegrar la fe del Ejército y la moral de la
retaguardia, mientras el débil zar Nicolás 11, abrumado por la hemofilia que
amenazaba la precaria salud de su heredero adolescente, estaba harto de guerra
y de lucha política y se mostraba cada vez menos a la altura de las
circunstancias.
Hasta hace
unos años el mundo entero vivía sometido a la abrumadora propaganda de la
Revolución de Octubre, que por la diferencia de calendarios entonces vigente se
consumó en nuestro mes de noviembre de 1917. Incluso cuando aparente (y
falsamente) el líder comunista español Santiago Carrillo decía haber roto con
el comunismo soviético, se declaraba hijo de la Revolución de Octubre y
entonaba sus endechas; todavía lo hace hoy, aunque después del documentado
repaso a sus mentiras vitales e históricas que le dediqué en mi libro de 1994, Carrillo
miente, en esta misma editorial, tengo la impresión de que ya no se lo cree
ni él mismo. La Revolución de Octubre era el maná con que desde 1917 hasta 1989
se han alimentado en todo el mundo los intelectuales fanáticos del
totalitarismo rojo, y casi ninguno de ellos se ha repuesto aún de tan
prolongada indigestión. Gracias a Dios hoy podemos hablar del ciclo
desencadenado por la Revolución de Octubre de 1917 como una pesadilla histórica
cerrada, aunque como veremos en otros capítulos no faltan hoy en Rusia y en
Occidente quienes pretenden reabrir su magia letal. Pero el sistema expansivo
comunista que nació en la Revolución de Octubre de 1917 ha sido el primer
enemigo con que ha debido enfrentarse la Iglesia católica en el siglo XX
y debemos estudiarlo con toda detención. El presidente Ronald Reagan llamó a
ese sistema «El Imperio del Mal» y los jenízaros del comunismo agonizante
trataron de ridiculizarle cuando estaba diciendo esa inmensa verdad. El Papa
Juan Pablo II calificó al marxismo, savia matriz de la Revolución de Octubre,
como pecado contra el Espíritu Santo. Para una Historia como la que aquí
pretendemos articular está clarísimo que con la Revolución de Octubre de 1917
se abre en pleno siglo XX una de las más siniestras Puertas del Infierno
en toda la Historia humana.
No
pretendemos aquí el análisis completo de la Revolución comunista. Lo ha hecho
ya, incomparablemente, el historiador británico E.H. Carr en los tres tomos de La
Revolución bolchevique[5] y en los dos de El socialismo en un solo país[6].
Ha resumido
hechos y enfoques, con su habitual claridad y rigor, el profesor Palacio Atard
en la Historia Universal que hemos citado. Ha revisado datos y
perspectivas, magistralmente, Paolo Calzini[7]. Queda, como un
rojo recuerdo nostálgico, el reportaje rendido del fabiano y comunista
norteamericano John Reed Diez días que conmovieron al mundo[8]. Hago gracia al lector de cien fichas más, aunque
no quisiera omitir la certera Crónica del siglo XX
de Plaza y Janés para los detalles cronológicos; y para aducir una revisión del
bando comunista, la obra de
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Albert
Menarókov, increíblemente reciente[9]. Esta evocación
es la última publicada por la URSS antes del hundimiento del comunismo; tiene,
para nosotros, un valor de epitafio antes de que los propios rusos profanasen
la tumba de la Revolución.
Tengo
delante ese conjunto de fuentes al emprender este resumen, que no es, insisto,
un estudio monográfico sobre la Revolución soviética pero sí un hito
fundamental para una historia de la Iglesia en nuestro tiempo. El problema más
importante con que se enfrenta el historiador cuando trata de presentar los
hechos y los rasgos esenciales de la Revolución soviética es que la realidad
histórica no se ha liberado todavía de la gigantesca montaña de falsía y
propaganda que se ha acumulado sobre ella desde el mismo verano de 1917. Una
gran parte del proletariado mundial creyó desde entonces en el «paraíso
soviético» y divinizó la figura de Lenin. Luego se impuso una nueva divinidad
roja, la de Stalin, hasta que Kruschef demolió su imagen para exaltar
nuevamente a la de Lenin, cuyas estatuas se mantuvieron en pie hasta el
hundimiento del comunismo en 1989.
Apenas han
empezado ya los propios historiadores rusos a revelarnos la autopsia del mito
Lenin. Lo ha hecho, en sus terribles y valerosas denuncias, el premio Nobel
Soljenitsin, custodio del alma genuina de Rusia durante las décadas del Gulag y
la mentira institucionalizada. Lo ha concretado, inapelablemente, el general
historiador Dimitri A. Volkogonov en 1994. Los crímenes monstruosos de Stalin
no han de servir como coartada para disimular los de Lenin; Stalin no fue, en
sus aspectos más siniestros, sino la reedición corregida y ampliada del
promotor principal de la Revolución. Lenin era un intelectual auténtico; un
pensador marxista cuya doctrina, el llamado marxismo-leninismo, consiste
fundamentalmente en añadir al marxismo de Marx y Engels dos ingredientes muy
originales; la tradición revolucionaria rusa del XIX, que va del jacobinismo
extremo al impulso nihilista de los naródniks, como ha detectado
certeramente el sovietólogo español Angel Maestro[10]; y el cinismo
mas insondable que justifica por la primacía de la praxis cualquier
desviación teórica del marxismo ortodoxo que conviniera al mantenimiento del
poder absoluto, dictatorial, tiránico. Es cierto que la primacía de la praxis y
la dictadura del proletariado pertenecen también a la herencia de Marx; pero
Lenin las elevó de especie a género, de teoría a dogma implacable. Más aún, la
principal inspiración de Marx la toma Lenin, como explica Maestro, del Marx más
radical y jacobino, del revolucionario fanático más que del teórico «lúcido».
Y, añadamos nosotros, en el jacobinismo estaba incluido el odio absoluto hacia
la religión.
Lenin y sus
delirios intelectuales son responsables de haber desencadenado la más
sangrienta tragedia de la Humanidad, que aherrojó al pueblo ruso y se extendió
por todo el mundo durante más de setenta años con el impulso y el objetivo más
tiránico de la Historia; que pervive hoy en la inmensa China y en el olvidado
Sureste asiático y alienta en movimientos de «liberación» que constituyen un
peligro mortal para España —la marxista-leninista ETA— y para Iberoamérica.
Estas teorías dogmáticas de Lenin han sumido a su patria rusa, a media Europa,
media Asia y partes muy
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sensibles de
América (Cuba es el ejemplo más flagrante pero no el único) en el retraso y la
catástrofe, en el hambre, la penuria y la esclavitud, con un saldo final de
muertos que seguramente supera los sesenta millones de personas. Esta barbarie
espantosa se interpretaba, antes de 1989, como «necesidad histórica» y después
de esa fecha todo lo más como «equivocación política» por los comunistas
alucinados, ahora reconvertidos en fervientes demócratas.
El
historiador Volkogonov nos ha ofrecido el fin, desde Rusia, el auténtico
retrato de Lenin. Aferrado a su utopía lunática se movía por el odio a Rusia y
por el desprecio a sus compatriotas. Cultivó en todas sus versiones el
terrorismo de Estado, la mentira sistemática, el crimen y el secuestro.
Ordenaba fríamente ejecuciones en masa con fines pedagógicos. El odio a Rusia
se identificaba para él con el odio a Dios. Destruyó más de setenta mil
iglesias ortodoxas en la Unión Soviética. Es responsable directo de la
ejecución de al menos trece millones de personas durante la lucha
revolucionaria. Su único norte era alcanzar el poder y utilizarlo para extender
la Revolución a todo el mundo; para ello cedió a los alemanes victoriosos
enormes porciones del fenecido imperio ruso con la seguridad de cobrarse algún
día tales amputaciones, de lo que se encargaría su fanático sucesor Stalin.
Instauró el llamado por él mismo «terror rojo» tras el atentado que sufrió en
agosto de 1917[11].
LA VICTORIA BOLCHEVIQUE EN 1917
Ya hemos
visto cómo, durante su exilio en Suiza, Lenin trató de reactivar el pacifismo
de la Segunda Internacional socialista para desencadenar en los Imperios
centrales y sus aliados europeos el caos revolucionario que él preparaba
activamente para Rusia. Vimos también cómo las reacciones cívicas y militares
en Alemana, en Austria y en Hungría frustraron esos proyectos. Pero fue el
propio alto mando alemán quien, para acelerar la desintegración de la
retaguardia rusa, contribuyó al estallido de la Revolución soviética. Que se
desarrolló, como es sabido, en dos fases, según el calendario ruso; la de
febrero y la de octubre.
En febrero
de 1917 Lenin se consumía, en su exilio suizo, de ansiedad para encabezar la
revolución bolchevique en su patria. Esperaba en Zúrich la misteriosa llamada
de la Historia. Trotski había huido a América y el oscuro Stalin permanecía
deportado en Siberia. La señal para la Revolución la dio el 23 de febrero una
gran manifestación de mujeres en San Petersburgo que sólo pedía pan.
Inmediatamente se proclama la huelga general, pero ahora no será una de tantas
como se venían sucediendo desde 1905. Los soviets —consejos de obreros y
soldados, con algunas infiltraciones de socialistas mencheviques y
bolcheviques, pero que de ninguna manera se pueden considerar como órganos del
bolchevismo— canalizan la protesta popular. El 2 de marzo el Zar, apremiado por
los altos jefes del ejército, decide la abdicación y trata de salvar la
monarquía; pero el régimen está minado por su
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inoperancia
y por la corrupción de la Corte y no podrá mantenerse. La Duma, el débil y
confuso parlamento otorgado por el Zar tras la revolución de 1905, encarga la
formación de un gobierno provisional al príncipe Lvov, cuya figura principal es
Kerenski, que pronto se erigirá en árbitro de la situación política, aunque
carecía de dotes y decisión para orientar a Rusia hacia un régimen liberal
sólido. Kerenski y la mayoría de los ministros liberales del gobierno
provisional pertenecían a la Masonería, como se ha revelado hoy documentalmente[12]. No quiero decir con ello que Kerenski y la
Masonería promovieran la victoria del comunismo; pero lo cierto es que Kerenski
estaba muy vinculado a la Masonería europea y al gran capital norteamericano y
de hecho dio paso al comunismo, aunque fuera contra su voluntad de poder.
Lenin, desde Suiza, repudió la instauración de la nueva República en Rusia y
clamó contra la prosecución de la guerra que había anunciado el gobierno
provisional. Los controles gubernamentales sobre el orden público se aflojaron.
Stalin regresó de Siberia y se hizo cargo del diario bolchevique Pravda
desde el que apoyó la acción del gobierno provisional. Lenin le desautorizó
fulminantemente desde Suiza; pero Stalin censuró los comunicados de Lenin como
le vino en gana.
En vista de
que la República parlamentaria de Rusia se mostraba decidida a continuar la
guerra, el mando alemán estableció contacto con Lenin, le metió en un vagón
precintado que atravesó toda Alemania y le facilitó la llegada a San
Petersburgo, que entonces se llamaba Petrogrado. Llega a la capital de Rusia a
principios de abril y pronuncia una alocución incendiaria contra la
continuación de la guerra y en favor de una revolución total e inmediata. Pero
las Tesis de Abril, que confirman y amplían esas propuestas, son rechazadas por
la dirección del partido bolchevique (y especialmente por Stalin, dueño del
aparato) que prefieren la alianza con los mencheviques y se niegan a derribar
al gobierno provisional. Entonces Lenin apela directamente a la opinión pública
y se convierte en el líder cada vez más indiscutible de las masas y los
soviets; a partir de junio Stalin, siempre bien dotado para advertir la
dirección del viento dominante, se alinea en favor de Lenin y trabaja
eficazmente para poner al aparato del partido bolchevique a las órdenes de
Lenin. El ejército americano del general Pershing participa ya en los combates
contra Alemania en el frente francés; Lenin lo sabe y trata por todos los
medios de minar la resistencia militar de Rusia, con actitud que sólo puede
calificarse como alta traición y como pago al mando alemán del favor que le
hicieron al traerle a Rusia. A Lenin no le interesa la patria, ni la guerra;
sólo persigue la conquista del poder.
A fines de
octubre Lenin, que había huido a Finlandia para escapar de la represión
gubernamental, regresa a Petrogrado y propone nuevamente la toma del poder por
los bolcheviques. La dirección del partido se divide; Zinoviev y Kaménev se
oponen, Stalin y Trotski —que goza de un gran ascendiente entre los soviets y
los militares revolucionarios— le apoyan. El 24 de octubre, 6 de noviembre
según el calendario occidental, marca el principio del fin. Hasta entonces los
bolcheviques han aceptado el «doble poder»: el gobierno provisional respaldado
por la mayoría de la Duma; y la
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Revolución
en la calle, las fábricas y los cuarteles, cada vez más infiltrados y
controlados por los soviets, éstos a su vez por el partido bolchevique. El
primer ministro Kerenski, con pésima información sobre la realidad en el
ejército y en la sociedad, se debate en la incertidumbre y la indecisión. Pero
el poder real reside en el Soviet de Petrogrado, que se reúne en el Instituto
Smolny para el II Congreso Panruso. Lenin ha conseguido una neta mayoría
bolchevique en el Soviet, que decide la inmediata insurrección armada. Los
mencheviques y demás grupos de izquierda quedan arrinconados por la decisión de
Lenin, que gracias a Trotski puede contar con la acción de diez mil «guardias
rojos», milicias armadas del partido bolchevique, y con la complicidad de muchos
mandos militares subalternos en la guarnición de Petrogrado y la base naval.
Los guardias rojos controlan, en la tarde del 6 de noviembre, todos los puntos
vitales de la capital. A medianoche, cuando ya entra el 25 de octubre —nuestro
7 de noviembre— de 1917 Lenin se presenta en el Smolny y dicta las órdenes
finales para la Revolución. Kerenski, desmoralizado y abatido, no encuentra
concursos militares eficaces y huye en esa misma madrugada del palacio de
Invierno, sede del gobierno provisional. La Revolución ha vencido en una guerra
de posiciones más que por medio de combates sangrientos. Es la hora de los
símbolos; el crucero Aurora dispara una salva contra el Palacio de
Invierno y cuando los bolcheviques se lanzan al asalto nadie les resiste.
Kerenski se pone bajo la protección de los Estados Unidos y pasará el resto de
su vida explicando su fracaso pero sin entenderlo. Lenin, como promotor y líder
de masas; Trotski, como organizador y jefe de los guardias rojos, son los
vencedores. Stalin tratará, desde entonces, de aferrarse a las glorias ajenas.
Los
bolcheviques toman el poder sin esperar una hora. Lenin, dictador absoluto,
crea un Consejo de Comisarios del Pueblo para administrar la victoria. El nuevo
gobierno implanta el régimen marxista, decreta la nacionalización de la tierra
y la industria, impone la «dictadura del proletariado», es decir del partido,
«vanguardia del proletariado» según Lenin; es decir, la dictadura férrea y
personal de Lenin. El Imperio ruso ha cambiado de autocracia. El 8 de diciembre
los bolcheviques sufren una derrota para la Asamblea Constituyente pero
prescinden del resultado democrático, se aferran al poder y eliminan a sus
enemigos. El 22 de diciembre consiguen la firma del armisticio con los imperios
centrales; necesitan la paz a cualquier precio para consolidar su poder en
Rusia.
LA INTERNACIONAL COMUNISTA
Vladimir
Ilich Ulianov, Lenin, había dedicado muchas horas de frustración y exilio a
configurar en su mente alienada y fanática la Rusia marxista de sus
ensoñaciones, y para convertirla inmediatamente en plaza de armas de la
Revolución
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universal.
Esa ensoñación se fundaba en una doctrina falsa por los cuatro costados — el
marxismo— modificada por el propio Lenin con ingredientes de la tradición
revolucionaria y nihilista de Rusia. Ni que decir tiene que el marxismo de
Lenin, el llamado marxismo-leninismo, se basaba, como el marxismo de Marx, en
el aniquilamiento de la religión y de la misma idea de Dios, a la que
consideraba, como Marx, fabricación de las clases dominantes para aherrojar al
proletariado.
Para
realizar su utopía, Lenin sólo dispuso de algo más de cinco años. Tenía que
transformar a un extensísimo imperio muy complejo por sus diversas
nacionalidades, muy atrasado por su anacrónica contextura social, en una
sociedad comunista sin clases, sin privilegios, formada por hombres nuevos
encuadrados en un sistema económico nuevo destinado al más horrible fracaso
porque se fundaba en un conjunto de aberraciones intelectuales al margen de la
naturaleza humana. Para realizar su obsesión sólo disponía, como fundamento, de
un dogmatismo férreo y como método, de un terror absoluto. Utilizó los dos sin
reparar en absurdos ni en crímenes. La Revolución francesa de 1789, ejemplo
para Marx y para los revolucionarios marxistas de todos los tiempos, enseñó a
Lenin la necesidad del terror y el objetivo de erradicar la religión y la idea
de Dios.
El
instrumento político totalitario para la transformación revolucionaria de la
sociedad era el Partido Comunista, nombre que asumió el Partido bolchevique,
rama desgajada de la socialdemocracia a partir de 1912. Pero Lenin hubo de
enfrentarse, ante todo, a la invasión del antiguo imperio ruso y a la guerra
civil provocada por los militares del Zar que no se resignaban a la Revolución.
Ya en la primavera de 1918 los japoneses establecían una cabeza de puente
ofensiva en Siberia, los británicos abrían un frente en el Ártico, los
franceses decidieron defender a Polonia, que iba a recuperar su independencia
ancestral pero se sentía amenazada por la Revolución rusa. A fines de mayo los
ejércitos antirevolucionarios, los «blancos» acosaban a los bolcheviques por
varios frentes. Pero Alemania se derrumbó militarmente y los generales blancos
actuaban sin coordinación y sin ganarse a la opinión popular. La aparente
fuerza de la revolución espartaquista en Alemania animó a Lenin para plantear
de forma inmediata la revolución universal y en la primavera de 1919 declaró la
defunción de la Segunda Internacional socialista, incapaz de haber impedido la
Gran Guerra, y la sustituyó por la Tercera Internacional, la Internacional
Comunista o abreviadamente Comintern[13]. Para Lenin la
Comintern sería simplemente una red de partidos comunistas nacionales, creados
a partir de escisiones de los partidos socialistas y de los sindicatos
anarquistas, como una constelación revolucionaria dependiente con disciplina
absoluta de los órganos de la Revolución soviética y concretamente del Partido
Comunista de la Unión Soviética (PCUS) así denominado a partir de 1922, para
formar un partido comunista —uno solo por cada nación del mundo— era necesario
que sus dirigentes aceptasen las 21 condiciones impuestas por Lenin, los 21
puntos del marxismo-leninismo entre los que no figuraba, por supuesto, ni la
democracia ni la libertad. Los partidos comunistas
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empezaron a
funcionar a partir de 1921; el sucesor de Lenin, José Stalin, endureció todavía
más su dependencia servil y abyecta respecto del PCUS y les transformó, además,
en un instrumento ciego de la política exterior del Estado soviético.
El Ejército
Rojo, creado y mandado por León Trotski, logró liquidar la guerra civil contra
los blancos en 1921. El fenecido Imperio ruso estaba en ruinas. Casi toda la
población parecía a punto de morir de hambre y millones de personas
sucumbieron. La economía marxista-leninista había fracasado y Lenin impuso
cínicamente la llamada «Nueva Política Económica» saludada por la naciente
propaganda de la Comintern como un invento genial cuando no consistía más que
en una precaria racionalización superficial de la economía colectivista. En
1922 la salud de Lenin flaqueó. Stalin ganaba terreno inexorablemente a Trotski
para la sucesión del ídolo rojo. Lenin, en una fase lúcida de su prolongada
agonía, intentó descalificar a Stalin y alzar a Trotski al mando supremo. Pero
Stalin era dueño del aparato del PCUS y marginó a su gran rival mientras
mantenía a Lenin virtualmente secuestrado. Poco antes de su muerte en 1940
Trotski aseguró que Stalin había envenenado poco a poco a Lenin. El alucinado
promotor y jefe de la Revolución comunista murió aislado del mundo el 21 de
enero de 1924 y Stalin, el ex seminarista georgiano, se dispuso a heredar
íntegramente el poder del fundador.
LA REVOLUCIÓN COMUNISTA Y LA RELIGIÓN
El comunismo
ha sido el peor enemigo de la Iglesia —de todas las religiones— y de la
civilización occidental en el siglo
XX pero resulta muy curioso que casi todas las
historias de la Iglesia y casi todas las historias del siglo XX
apenas mencionen la tragedia y la vesania de la persecución religiosa que
desencadenó la Revolución comunista. La verdad es que sólo en la excelente
historia de la Iglesia debida al profesor Gonzalo Redondo he encontrado un
tratamiento cabal de este problema[14]. La propaganda
soviética perpetró un repugnante «estudio» de falsedades sobre este tema en
lengua española[15]. Dos teólogos de la liberación, afectos al
marxismo, han osado publicar en España, sin que la Iglesia española haya
formulado la menor observación ni crítica (con grave negligencia pastoral, que
no constituye excepción alguna) una antología muy comprensiva sobre marxismo,
leninismo y religión en la que afirman que «los aportes de Lenin a la crítica
de la religión son valiosos»[16]. El estudio más
interesante, aunque por desgracia apenas sale del marco teórico, es el de David
McLellan Marxism and Religion[17].
No necesito
volver sobre el pensamiento de Carlos Marx acerca de la religión; se trata,
como ya vimos, del ateísmo puro y duro y además despectivo. Pero Marx nunca
alcanzó el poder político y por eso no tuvo ocasión de traducir en hechos
persecutorios ese ateísmo agresivo y militante. Los seguidores de Marx en las
Internacionales Segunda y Tercera sí tuvieron esa ocasión y la aprovecharon a
fondo.
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Por ejemplo
el Partido Socialista Obrero Español, integrado en la Segunda Internacional,
participó muy activamente en la persecución religiosa de la República y la
guerra civil española de los años treinta, como veremos en este mismo capítulo;
y por supuesto la aniquilación de la vida y la idea religiosa formó parte del
programa y de la actuación de Lenin y sus continuadores en la Revolución
comunista.
Para formar
su mentalidad antireligiosa Lenin no abrevó solamente en el pensamiento de Marx
sino también, muy principalmente, en la tradición de la intelectualidad rusa
del siglo XIX,
que al hablar de religión tenía sólo delante a la Iglesia ortodoxa de Rusia,
dotada sin duda de una fe profunda pero muy tocada de gnosticismo, alejada de
toda preocupación cultural (incluso teológica) y desatenta a toda implicación
social en favor del pueblo. La Iglesia ortodoxa se identificaba virtualmente
con la autocracia zarista y por tanto era objeto del menosprecio y la
hostilidad de los intelectuales revolucionarios del XIX,
cuya opinión en asuntos religiosos estaba completamente anclada en el
enciclopedismo y el jacobinismo[18]. El creador del
partido socialdemócrata, Plejánov, era un materialista convencido con fuerte
adherencia al gnosticismo de Espinosa; y Lenin experimentó una gran influencia
de Plejánov, lo confesara o no. Ya hemos visto cómo enjuiciaba Lenin a la
Iglesia católica, expresamente, en Materialismo y empiriocriticismo. En
un trabajo de fondo publicado en 1909, a propósito de los debates en la Duma
sobre el presupuesto del Sínodo ortodoxo, Lenin interpreta muy acertadamente la
posición de Marx y de Engels frente a la religión —cualquier religión— y la
hace plenamente suya para aplicarla a un caso de política práctica. No
se trata por lo tanto de una simple disquisición teórica, aunque aún no había
alcanzado el poder:
La
socialdemocracia basa toda su concepción del mundo en el socialismo científico,
es decir en el marxismo. La base filosófica del marxismo, como declararon
repetidas veces Marx y Engels, es el materialismo dialéctico, que hizo suyas
plenamente las tradiciones históricas del materialismo del siglo XVIII
en Francia y de Feuerbach (primera mitad del siglo XIX)
en Alemania; del materialismo incondicionalmente ateo y decididamente hostil a
toda religión. Recordemos que todo el AntiDühring de Engels, que Marx
leyó en manuscrito, acusa al materialista y ateo Dühring de inconsciencia en su
materialismo y de haber dejado escapatorias a la religión y a la filosofía
religiosa. Recordemos que en su obra sobre Ludwig Feuerbach, Engels le reprocha
haber luchado contra la religión, no para aniquilarla sino para renovarla, para
crear una religión nueva, «sublime», etc. La religión es el opio del pueblo.
Esta máxima de Marx constituye la piedra angular de la concepción marxista en
la cuestión religiosa. El marxismo considera siempre que todas las religiones e
iglesias modernas, todas y cada una de las organizaciones religiosas, son
órganos de la reacción burguesa llamados a defender la explotación, a
embrutecer a la clase obrera[19].
En un artículo de 1905 dedicado íntegramente al
problema religioso, Lenin define
a la religión como uno de los tipos de
opresión espiritual que cae en todas partes
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sobre
las masas populares, aplastadas por el trabajo eterno para otros, por la
pobreza y la soledad. La impotencia de las clases explotadas en la lucha contra
los explotadores engendra inevitablemente la fe en una mejor vida de
ultratumba, del mismo modo que la impotencia de los salvajes en la lucha contra
la Naturaleza hace nacer la fe en los dioses, demonios, milagros etc. La
religión enseña resignación y paciencia en la vida terrenal a quienes trabajan
y pasan necesidades toda la vida consolándose con la esperanza de recibir la
recompensa en el cielo. Y a quienes viven del trabajo ajeno, les enseña caridad
en la vida terrenal, ofreciéndoles una absolución muy barata de su existencia
de explotadores y vendiéndoles a precios módicos pasajes al bienestar celestial.
La religión es el opio del pueblo. La religión es una especie de aguardiente
espiritual de mala calidad en el que los esclavos del capital ahogan su figura
humana, hunden sus reivindicaciones de una vida digna del hombre.
La religión,
para Lenin en 1905 —el año de la primera revolución rusa del siglo XX—
debe ser asunto privado en relación con el Estado; asunto enteramente privado y
personal. Pero no para el Partido, que debe luchar por erradicarla con todas
sus fuerzas:
Todo
socialista, habitualmente, es ateo.
Pero por motivos de estrategia no se prohíbe a los cristianos que ingresen en
el Partido. Aunque la explicación del programa del partido comprende
también, de modo necesario, las explicaciones de las verdaderas raíces
históricas y económicas de la «niebla religiosa». Nuestra propaganda incluye
obligatoriamente la propaganda del ateísmo[20].
En la ya
citada obra de 1909, Actitud del partido obrero ante la religión, se
explica esta estrategia que permite admitir a cristianos creyentes, e incluso a
sacerdotes, en las filas del partido marxista. Es un texto vital para
comprender la estrategia del marxismo-leninismo en las luchas para la
«liberación» de lberoamérica y otras partes del mundo en el resto del siglo XX,
la estrategia que la Internacional Comunista denominará «la hoz y la cruz» como
veremos, a partir de 1936-1939.
El
marxismo es materialismo. En calidad de tal es tan implacable enemigo de la
religión como el materialismo de los enciclopedistas del siglo XVIII
o el materialismo de Feuerbach. Esto es indudable. Pero el materialismo
dialéctico de Marx y Engels va más lejos que los enciclopedistas y que
Feuerbach, pues aplica la filosofía materialista a la historia y a las ciencias
sociales. Debemos luchar contra la religión. Esto es el abecé de todo el
materialismo y por tanto del marxismo. Pero el marxismo no es un materialismo
que se detenga en el abecé. El marxismo va más allá. Afirma: hay que saber
luchar contra la religión y para ello es necesario explicar, desde un punto de
vista materialista, los orígenes de la fe y de la religión entre las masas. La
lucha contra la religión no puede limitarse ni reducirse a la prédica
ideológica, abstracta; hay que vincular esa lucha a la actividad práctica
concreta del movimiento de clases, que tiende a eliminar las raíces sociales de
la religión… Se deduce que la propaganda atea de la
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socialdemocracia
debe estar subordinada a su tarea fundamental: el desarrollo de la lucha de
clases de las masas explotadas contra los explotadores.
Esta lucha
de clases, entre las circunstancias de la sociedad capitalista moderna,
llevará los obreros cristianos a la socialdemocracia y al ateísmo cien veces
mejor que la mera propaganda atea… El marxista debe ser materialista, o sea,
enemigo de la religión, no en el terreno abstracto puramente teórico, de
prédica siempre igual, sino de modo concreto, sobre la base de la lucha de
clases que se libra de hecho y que educa a las masas más que nada y mejor que
nada… Si un sacerdote viene a nuestras filas para realizar una labor política
conjunta y cumple con probidad el trabajo del Partido, sin combatir el programa
de éste, podemos admitirlo en las filas socialdemócratas[21].
Anticipemos,
ante semejante contundencia documentada, una conclusión fundamental de este
libro. Dos dogmas de la teología de la liberación —la primacía de la praxis y
la inserción de sacerdotes y cristianos en la lucha revolucionaria de clases,
tal y como proponen Gustavo Gutiérrez en su libro clave y Leonardo Boff en el
suyo, Iglesia, carisma y poder— no son más que reiteraciones teóricas y
aplicaciones concretas de la doctrina leninista para luchar contra la religión,
al menos según Lenin. Aunque tal vez los teólogos de la liberación, en sus
pretensiones de asumir las tesis básicas del marxismo-leninismo sin abrazar el
marxismo-leninismo, se crean mucho más inteligentes que el creador del
marxismo-leninismo.
Al triunfar
la Revolución soviética Lenin no solamente aplicó estas teorías contra la
religión sino que las recrudeció. Repudió enérgicamente a Hegel por la
favorable actitud de Hegel ante la religión. Estaba seguro de que la revolución
proletaria acabaría con la religión, pero insistía en tomar medidas enérgicas
para acelerar el final de toda idea y práctica religiosa. La Constitución
soviética de 1918 había aceptado, para la galería, la libertad de conciencia y
el derecho a difundir propaganda religiosa. Pero en el programa del Partido que
redactó en 1919 Lenin impuso una actitud bien diferente:
Con
respecto a la religión, la política del Partido Comunista Ruso (bolcheviques)
consiste en no contentarse con la ya decidida separación de la Iglesia y el
Estado y de la Escuela y la Iglesia. El Partido se empeña en la disolución
completa de los lazos entre las clases explotadoras y la organización de la
propaganda religiosa, así como en la emancipación real de la masa trabajadora
respecto a los prejuicios religiosos; a este fin el Partido organiza con la
mayor amplitud posible la propaganda científica, educativa y antireligiosa[22]. D. MacLellan, de quien tomo la cita anterior,
concluye: «Dada la creciente convergencia entre las estructuras del Partido y
del Estado, la distinción previamente trazada por Lenin entre la actitud del
Partido hacia la religión y la del Estado quedó fuera de uso y la persecución
activa de la religión se hizo inevitable»[23].
Lenin pasó
con toda naturalidad de los programas a los hechos. Acabamos de ver cómo la
separación de la Iglesia y el Estado fue una de las primeras medidas de la
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Revolución,
dictada el 23 de enero de 1918. Pero la Iglesia ortodoxa no se rindió sin
lucha. Convocó un concilio nacional que eligió como patriarca de Moscú al
obispo Tijon, de Vilna y trató de preparar a los fieles contra la persecución
inminente, que se desató en el mismo año 1918. Casi todos los bienes de la
Iglesia ortodoxa fueron confiscados de hecho. El arzobispo Vladimir de Kiev y
muchos sacerdotes fueron asesinados en ese mismo año. La confiscación oficial
de lo bienes de la Iglesia se promulgó al año siguiente, junto con un nuevo
cierre de iglesias y supresión de 600 conventos. La incautación se convirtió en
despojo a partir de 1922, acompañado por la condena del arzobispo de
Petrogrado, Benjamín. El patriarca Tijon acabó en la cárcel. El último bienio
de Lenin coincidió con una orgía persecutoria. Se cerraban las iglesias por
centenares, para convertirlas en graneros o museos. El gobierno quiso eliminar
el domingo declarándole laborable.
Como en los
ridículos rituales del Directorio revolucionario en Francia se crearon nuevas
festividades políticas para sustituir a las religiosas. Se intensificaba la
lucha teórica y la propaganda activa del ateísmo. La nueva Internacional
Comunista asumió la doctrina y la práctica del partido matriz. Los comunistas
se ufanaban por todas partes de que sus enemigos les llamaran «los sin Dios».
Si la Revolución trataba de combatir con esta saña a la Iglesia ortodoxa
calcúlese lo que tramaría contra la Iglesia católica, que contaba antes de la
Gran Guerra con quince millones de fieles, reducidos a millón y medio tras las
amputaciones aceptadas por Lenin para lograr la paz. El pequeño grupo de
obispos católicos estaba en la cárcel en 1923. Más iglesias fueron cerradas o
dedicadas a otros usos, la mayoría de los sacerdotes y religiosos presos o
asesinados. El Vaticano respondió con una generosa misión de ayuda entre 1922 y
1924, que salvó de la inanición a millares de hambrientos, pero el gobierno
soviético no expresó la menor gratitud ni aflojó el rigor de la persecución.
Benedicto XV creó el Pontificio Instituto oriental y una Comisión ProRusia con
la intención de restaurar de algún modo la jerarquía católica y con la heroica
colaboración de los jesuitas, pero sin resultado alguno.
Los
cristianos de la URSS tuvieron que abandonar casi del todo la práctica pública
de su religión pero una parte muy considerable de ellos, incluso entre las
nuevas generaciones a quienes se intentó arrancar la idea de Dios durante
setenta años se mostraron capaces de conservar en secreto su fe. En 1941, con
motivo de la entrada de la URSS en la segunda guerra mundial y en 1989, al
hundirse el comunismo, el mundo pudo comprobar que la Cruz había sobrevivido a
la vesania de la Hoz[24].
Queda
pendiente una cuestión espinosa. ¿Contó la Revolución soviética, enemiga mortal
del capitalismo, con una retaguardia secreta en el capitalismo? El investigador
español Manuel Bonilla Sauras en su citado libro (p. 76s) y la Fundación
Veritas en su también citado trabajo sobre el fabianismo en Europa y América lo
insinúan con aporte de indicios nada despreciables. Un sector de la gran Banca
judía en Norteamérica y los medios de comunicación infiltrados o dominados por
el
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liberalismo
socialista fabiano en el Reino Unido y los Estados Unidos han mostrado muchas
veces flagrantes proclividades hacia el bolchevismo, como el supercentro
fabiano de Harvard del que salió una cohorte de espías soviéticos. El escritor
norteamericano James Burnham, en Thweb of subversion (Nueva York, John
Day, 1954) y el documentado publicista francés de derecha Henry Coston, en su
libro sobrecogedor Les financiers qui ménent le monde (Publications
H.C., 1989, p. 126s) ofrecen pistas y auténticas pruebas en sentido positivo
sobre la cooperación de un sector de la alta finanza y la Revolución soviética.
Hemos de volver sobre el caso al final de estos libros pero debíamos plantar
aquí esta referencia, con indicación de fuentes, para apuntalar una vez más la
sospecha de que para fabianos y liberals toda aberración sectaria es
posible e incluso planificable.
SECCIÓN 3: LA CRISIS DE ENTREGUERRAS
VEINTIÚN AÑOS DE CRISIS: LA URSS Y LA COMINTERN
El período
de entreguerras (1918-1939) está marcado históricamente por la crisis. El
idealismo y el compromiso personal del presidente de los Estados Unidos,
Woodrow Wilson, parecía indicar, durante la agonía de la Gran Guerra, un camino
y una esperanza. Por eso la frustración general resultó mucho mayor. Wilson fue
desautorizado por su propio Senado y los Estados Unidos, como asustados de su
nueva posición hegemónica, se refugiaron de nuevo en el aislacionismo. La paz
de Versalles alteró dramáticamente los mapas políticos pero no solucionó los
problemas mundiales. El mundo entero, sin liderazgo y sin horizonte, quedó a la
deriva. Si los veintiún años que median entre el final de la Gran Guerra y el
comienzo de la Segunda Guerra Mundial pueden resumirse en una sola palabra, esa
palabra es crisis. Crisis universal, en todas partes; crisis múltiple, en la
economía, la sociedad, la cultura, los valores, las relaciones internacionales
y, en definitiva, la convivencia. La crisis generalizada provocó, en todo el mundo,
la incertidumbre. La Sociedad de Naciones, proyectada como asamblea mundial
para evitar una nueva Gran Guerra y como foro para encauzar los problemas que
afectaban a toda la Humanidad no pasó de actuar como un ágora cada vez más
inútil para el revanchismo y las discrepancias. El mundo de entreguerras vivió
entre dos polos de alta tensión; uno, la crisis de la economía, la política y
la sociedad occidental; otro, la nueva esperanza roja que para las clases
desposeídas y un proletariado cada vez más militante, representaba la Unión
Soviética primero bajo el mando de Lenin y luego de Stalin. Esa esperanza era
tan roja como falsa; el «paraíso soviético» era una simple fabricación de la
propaganda alentada en todo el mundo por la Internacional Comunista, la
Comintern, pero las clases obreras atenazadas por la frustración, el paro y el
hambre, creían
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ciegamente
en esa propaganda del odio. Crisis, incertidumbre y tensión creciente entre esa
crisis y la estrella roja que se alzaba en la URSS; esa fue, durante veintiún
años, la historia esencial del mundo de entreguerras.
No resulta
fácil dilucidar cuál se presento primero, la crisis económica o la crisis
política. El análisis de los datos y los hechos produce la impresión de que una
y otra faceta de la crisis se plantearon de forma simultánea y provocaron en
todo el mundo la crisis social y la crisis cultural. Ante la tormenta general,
las naciones, los gobiernos, no fueron capaces de ofrecer, ni dentro ni fuera
de le enteca Sociedad de Naciones, soluciones generales y viables. Cada
gobierno, cada nación, trató de salir de la crisis con criterios egoístas, al
grito de sálvese quien pueda. Los Estados Unidos habían dado el ejemplo con su
retorno al aislacionismo. Los países democráticos encastillaron sus economías
en la más completa insolidaridad. Los países agraviados por el resultado de la
guerra y las injusticias de la paz, obsesionados además con lo que empezó
pronto a denominarse «peligro comunista» cancelaron el sistema democrático y se
sumieron en un totalitarismo que comportaba una economía de guerra —es decir
una preparación para la guerra— que les permitió evadir la crisis
convirtiéndose ellos mismos en amenaza para la convivencia. La crisis y el
miedo al comunismo provocaron el nacimiento de los fascismos, como movimiento
generalizado incluso en el seno de las naciones democráticas. En medio de todo
este desconcierto no debe extrañarnos que las manifestaciones culturales —el
pensamiento, la filosofía, la literatura y el arte— reflejasen también la
incertidumbre angustiada. Y que el miedo degenerase en odio; como diría el
político español Manuel Azaña en 1937; el odio y el miedo generaron la guerra
civil. Azaña hablaba de España; pero su intuición admirable puede aplicarse
también a esa segunda guerra civil europea y mundial que fue la que estalló a
continuación de la española, en 1939. Como es natural, la vida de la Iglesia
católica, regida en este período por los Papas Benedicto XV, Pío XI y Pío XII,
se resintió por la crisis generalizada y participó, en el campo de las
orientaciones políticas, de la misma incertidumbre. Pero con un rasgo de
lucidez serena, que no comprendieron, ni mucho menos, todos los gobiernos
democráticos de la época; su tajante oposición y condena contra el comunismo
soviético y la Internacional comunista; su postura menos tajante, aunque siempre
recelosa y en progresión hacia el repudio de las soluciones totalitarias aunque
se enfrentasen al comunismo.
Los
regímenes políticos de Europa tras la llamada, con simplificación evidente,
«Victoria de las democracias» en la Gran Guerra, eran formalmente democráticos
y oscilaban entre el predominio conservador (Reino Unido) y el predominio de
alianzas de izquierdas, caso de Francia. En Alemania, Italia y las nuevas
naciones reconocidas en Versalles (Hungría, Checoslovaquia, Polonia) la
democracia formal aparecía, por meses, más débil y más incapaz de satisfacer
las tendencias nacionales y de encarar los problemas económicos y sociales. Lo
mismo sucedía en algunos neutrales, sobre
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todo en el
caso de España. En el Reino Unido la tradicional alternancia en el poder entre
conservadores y liberales cambió en este segundo término; los liberales se
hundieron irremisiblemente y fueron sustituidos como alternativa de poder por
los laboristas, que eran un partido socialista-reformista, es decir, fabiano,
dividido entre moderados y radicales; el problema exterior más importante que
afectó al Reino Unido fue la insurrección pacífica de la India, cuya población
hindú guiada por el Mahatma Gandhi, reclamaba por eficaces métodos de no
violencia y resistencia pasiva una autonomía claramente orientada a la
independencia del subcontinente. Algunos estadistas europeos clarividentes,
como el alemán Stresemann y el francés Aristide Briand, se esforzaron en colmar
el foso de sangre, ambiciones y odio que separaba a las dos grandes naciones y
concluyeron en octubre de 1925 el acuerdo de Locarno que no fue simplemente un
tratado de límites y no agresión sino, como se reconoció certeramente en
aquella época, todo un espíritu, «el espíritu de Locarno» que pudo marcar el
comienzo de una nueva era de paz en Europa, pero que fue arrasado hacia el
final de la década de los veinte por la crisis económica, los avances del
comunismo y las falsas soluciones del ultra-nacionalismo fascista.
Las claves
para el destino inmediato del mundo se concentraban, durante los años veinte,
en la evolución de los Estados Unidos y la Unión Soviética; seguidos por el
crecimiento del imperio japonés. Los Estados Unidos salieron de la Gran Guerra
como el gran vencedor, e iban a repetir tan para ellos feliz circunstancia en
la segunda guerra mundial. Pero ya en 1918 se habían convertido, pese a las
nostalgias británicas, en la primera potencia del mundo. Desacreditado y
arrinconado el presidente demócrata Woodrow Wilson triunfaron los republicanos
—el partido conservador de los grandes intereses y el capitalismo exacerbado—
en las elecciones presidenciales de 1920, y se mantuvieron —con los presidentes
Harding, Coolidge y Hoover— hasta las elecciones que siguieron a la gran crisis
de 1929. El signo de la época era, en los Estados Unidos, la riqueza y la
prosperidad desbordante, que desencadenó con irresponsabilidad y falta de
previsión manifiesta, una loca oleada de especulaciones bursátiles y dinero
fácil. «En 1924 la Unión norteamericana acumulaba casi el 40 por ciento de las
reservas mundiales de oro. La riqueza nacional se estimaba igual a las de
Inglaterra, Francia e Italia juntas. Los Estados Unidos, que en 1914 eran
deudores al extranjero por un total de 2000 millones (de dólares oro) habían
pasado en 1924 a ser acreedores de todo el mundo, hasta la cifra total de 18
000 millones»[25]. Está claro (desde nuestra fácil perspectiva,
porque entonces nadie lo advirtió; no existía una conciencia económica mundial
ni la ciencia económica había progresado como hoy) que al convertirse, con esas
enormes reservas, en la primera fuente de inversiones del mundo, sobre todo en
Europa, una retirada súbita de esas inversiones causaría una crisis de la
economía mundial. Es precisamente lo que sucedió en 1929.
La Unión
Soviética, dirigida férreamente por Stalin cuando logró arrinconar a Trotski
tras la muerte de Lenin en 1924, parecía inmune a cualquier crisis torpe y
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egoísta de
la economía mundial, según proclamaban sus voceros de la propaganda en la
Comintern. La URSS no engañaba a nadie: «La constitución soviética de 1924
proclamaba enfáticamente que la Unión Soviética era el comienzo de una Unión
Mundial de Repúblicas Socialistas»[26]. José Stalin, el
oscuro hombre del aparato del Partido, el dueño de los órganos represivos de la
URSS, impuso su tiranía vesánica por medio del terror y pronto se convirtió en
el mayor criminal de la Historia. Stalin necesitó tres años para afianzar su dictadura
personal que ya nadie discutió hasta su muerte en 1953. En ese año 1927 la URSS
recuperaba el nivel económico y productivo —de 1913, es decir inmediatamente
anterior a la Gran Guerra. Stalin canceló la Nueva Política Económica de Lenin
e impuso la economía totalitaria de los Planes Quinquenales. Este gran designio
se trazó con un criterio obsesivo: sobrepasar cuanto antes al poder económico
de las decadentes democracias occidentales. La carga del Plan —de todos los
Planes— recayó sobre la explotación de millones de esclavos —no eran otra cosa
los presuntos disidentes recluidos en los Gulags— y el sacrificio de millones
de obreros y campesinos de la URSS. A precio de la libertad y de la
civilización el Primer Plan inició una vasta transformación económica e
industrial de la URSS, sobre todo en infraestructura, energía e industria
pesada. El fracaso en la agricultura, aherrojada por la colectivización, fue
gravísimo (como prácticamente en toda la serie de Planes Quinquenales) pero
quedó ahogado por los clamores de la propaganda interior y exterior. Las
críticas, muy fundadas, que desató en las altas y bajas esferas del PCUS esta
fallida colectivización agraria (que se tradujo en una patente regresión)
fueron acalladas por Stalin mediante el terror absoluto, las Grandes Purgas que
jalonaron los años treinta hasta el estallido de la segunda guerra mundial. El
Segundo Plan (1932-1936) continuó el avance de la producción industrial pesada,
decretó el fomento de una pequeña industria de consumo (con elevación del nivel
de vida desde la miseria absoluta a la satisfacción de algunas necesidades
elementales) y desembocó en la Constitución soviética de 1936, que declaraba a
la URSS, con perversión absoluta del lenguaje político, como «la gran
democracia socialista». En mi reciente libro Carrillo miente[27] he detallado la trayectoria
tiránica de Stalin durante su mandato y el trágico precio en vidas y
sufrimientos humanos que acarreó al pueblo de la URSS una política económica
marcada y una represión absoluta como no se había conocido jamás en la
Historia.
Stalin
empuñó con firmeza los mandos de la Internacional Comunista, cuyos órganos
centrales confió a funcionarios incondicionales entre los que destacaron dos:
el búlgaro Dimitrov y el estratega Manuilski. Incorporó a tales órganos a
comunistas de la Europa occidental que recibieron una formación teórica y un
entrenamiento práctico de primer orden hasta identificarse con los fines y los
métodos de la Comintern, cuyas redes en todo el mundo trabajaban en estrecho
contacto con los servicios secretos del Estado soviético y las fuerzas armadas:
la Cheka, servicio represivo creado por Lenin y luego perfeccionado por Stalin
hasta conferirle, en sus diversas instituciones y denominaciones, una decisiva
y siniestra acumulación de
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poder, era,
para las actividades exteriores, el brazo ejecutor de la Internacional
Comunista. Entre esos altos funcionarios de la Internacional Comunista, a
quienes luego se confiaron importantes misiones informativas, propagandísticas
y ejecutivas fuera de la URSS, destacaron el italiano Palmiro Togliatti
«Ercoli», el ardoroso comunista francés Jacques Doriot, que luego desertó para
fundar un nutrido partido fascista en Francia, el húngaro Erno Geroe, a quien
se encomendó antes de Togliatti la tutela y orientación del malformado Partido
Comunista de España y el joven Santiago Carrillo, tránsfuga del PSOE desde
1935, que tras la derrota comunista en España fue nombrado agente de la
Comintern en América. La mejor biografía sobre un agente de la Comintern es la
de Togliatti por Giorgio Bocca[28]. En mi libro Carrillo
miente estudio el imprescindible testimonio de dos grandes agentes secretos
soviéticos, Orlov (de la OGPU, NKVD y KGB, nombres diversos para los
llamados en Moscú «Servicios» y el general Krivitsky, creador y director de los
servicios secretos militares GRU; uno y otro actuaron a fondo en España durante
la guerra civil antes de desertar a Occidente para no caer en las purgas
enloquecidas de Stalin[29]. Además del completo libro de Jane Degras. E.H.
Carr ha estudiado unos años decisivos de la Comintern en su libro Twilight
of the Comintern[30]. El libro de referencia para los servicios
secretos soviéticos es el de John Barron[31]. La guerra civil
española mostró, como en un laboratorio de Historia, la estructura y método de
coordinación de todos los servicios exteriores de la URSS, uno de los cuales
era el Partido Comunista local, dependiente hasta el servilismo más completo de
«La Casa» como los propios comunistas españoles llamaban a la central moscovita
de la acción revolucionaria exterior. Con frecuencia los delegados de la
Comintern eran a la vez delegados personales de Stalin, con línea directa al
Kremlin y plenos poderes.
Lenin había
instaurado la Internacional Comunista como red internacional para el fomento de
la subversión revolucionaria en Occidente. Para justificar su proyecto, había
elaborado una teoría por la que trasladaba la lucha de clases clásica,
propuesta por Marx, a la lucha entre potencias imperialistas y pueblos
oprimidos. Esta tesis de Lenin se convertirá, durante la segunda mitad del
siglo XX,
en otro de los postulados fundamentales de la teología marxista-leninista de la
liberación. Lenin la formuló en 1916, inmediatamente antes de su gran victoria
revolucionaria en Rusia, mediante el opúsculo El imperialismo, fase superior
del capitalismo[32]. Ya en 1920, victoriosa la Revolución en Rusia
y recién creada la Comintern, redactó un informe para la comisión de las
cuestiones nacional y colonial en el que concreta y extiende la distinción
entre opresores y oprimidos, tan típicamente marxista, a las potencias
imperialistas y los pueblos dependientes. Y se inclina a favorecer, en las
naciones dependientes, es decir las coloniales y semicoloniales, a los
movimientos revolucionarios de clase proletaria más que a los movimientos
democráticos burgueses, ya que la burguesía de los pueblos oprimidos, pese a
prestar su apoyo a los movimientos nacionales, lucha al mismo tiempo de acuerdo
con la burguesía imperialista, es decir aliado de ella, contra los movimientos
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revolucionarios
y las clases revolucionarias[33]. Por ello cree
Lenin que la fase intermedia capitalista del desarrollo puede omitirse en los
pueblos atrasados, que pueden pasar directamente del subdesarrollo al Estado
marxista de la dictadura del proletariado[34]. En estas
consignas late todo el impulso revolucionario que harán suyo, en la América de
la segunda mitad del siglo XX, los teólogos de la liberación, cuyos teóricos
insistirán en la teoría de la dependencia frente al imperialismo.
Pero cuando
Stalin asumió el poder a la muerte de Lenin se preocupaba menos que Lenin por
la expansión revolucionaria universal, que era también la gran prioridad del
defenestrado y expulsado León Trotski. Stalin se encontraba al mando de una red
de partidos comunistas dispersos por todo el mundo; nacidos a partir de 1920
por transformación de mayorías socialistas o sindicalistas (casos de Italia y
de Francia) o de minorías obreras apoyadas en intelectuales desviados y
suicidas (caso de Estados Unidos e Inglaterra) o bien de minorías exiguas
procedentes de varios extremismos proletarios (caso de España, donde el PCE
provenía de una pequeña escisión socialista en Madrid y un aporte mayor de
sindicalistas de la CNT en Sevilla). Stalin envió a todos esos partidos
dispersos una cohorte de delegados de gran personalidad y sentido implacable de
la disciplina pero con una finalidad completamente distinta de la expansión
revolucionaria mundial ideada por Lenin. Para su sucesor este objetivo utópico
podía esperar y quedaba sólo en el horizonte lejano. Para Stalin, acuciado por
los problemas internos de la URSS en la época de los Planes Quinquenales y las
grandes purgas, así como por el creciente recelo de Occidente ante el comunismo
como peligro mortal, los partidos comunistas tenían que convertirse en
instrumentos dóciles, flexibles y ciegos de la estrategia soviética; es decir
de la estrategia del partido soviético que se identificaba, naturalmente, con
la estrategia del Estado soviético. Como el fascismo alentaba ya en la Europa
de los años veinte, y al conquistar Alemania se había convertido en amenaza
directa contra la URSS, la Comintern, con su constelación de partidos
nacionales, fue transformada por Stalin en un instrumento esencial de la «lucha
contra el fascismo y la guerra» según se hartaba de repetir; y como el recurso
supremo para enfrentar de nuevo a las democracias occidentales con las
potencias ahora fascistas de Centroeuropa. Stalin estaba poseído de una
admiración trascendental por Alemania. Con la conversión de Alemania en Estado
totalitario, esa admiración se trocó en terror. Toda la política soviética de
alianzas en los años veinte y treinta —primero con Francia, luego con la propia
Alemania hitleriana en 1939— toda la acción exterior soviética, como su
intervención en la guerra civil española, se subordina a esa política de
defensa nacional e imperial de la URSS frente a las amenazas exteriores; y
cuando creyó tenerlas conjuradas mediante el pacto germano-soviético, el zar
rojo se empeño en enzarzar a las democracias contra los fascismos, es decir a
desencadenar una nueva guerra civil europea que pudiera entregar Europa,
destrozada e inerme, al imperialismo de la URSS. Esto es lo que sucedió
exactamente en la segunda guerra mundial, y en las obras que acabo de citar
existen todas las pruebas necesarias para
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corroborar
la tesis. Esto significa que la Internacional Comunista se transformó desde
1927 en un factor deletéreo de desestabilización para Occidente; que actuaba,
además, como esperanza violenta de redención para los millares de occidentales
azotados por la gran crisis económica que se desató al acabar los felices e
irresponsables años veinte.
Al término
de la Gran Guerra las naciones occidentales habían sufrido ya una leve
depresión económica que produjo en casi todas ellas serios problemas de
malestar social y de inestabilidad política, pronto aliviados por las buenas
perspectivas de paz gracias al «espíritu de Locarno» en Europa y sobre todo por
la oleada, que parecía inextinguible, de prosperidad originada en los Estados
Unidos que convirtió a la década en esos «felices años veinte». Pero los
problemas derivados de la guerra — pérdida de unos diez millones de vidas
humanas (a los que se sumaron casi otras tantas por la represión de Lenin en
Rusia) alteración traumática del sistema de mercados e inversiones, costo total
de la guerra estimado en unos 170 000 millones de dólares— se solucionaron muy
insuficiente y provisionalmente con la aportación de grandes inversiones
americanas, incremento de los impuestos, depredaciones de la ocupación, sobre
todo francesa, de zonas vitales para la industria alemana, para asegurar el
pago de las reparaciones de guerra, inflación (que en Alemania se volvió
galopante) y problemas complicadísimos de la deuda interaliada. Todos estos
factores provocaban situaciones angustiosas en las naciones deudoras, aunque a
partir de 1924 el ambiente europeo mejoró sensiblemente gracias a la
prosperidad y las grandes inversiones americanas; Alemania se puso seriamente a
trabajar y aunque se resentía aún profundamente por sus deudas de guerra el
espíritu de Locarno reanimaba las esperanzas y ni el fascismo, que ya había
prendido con éxito en Italia, ni el comunismo, durante la fase incierta entre
Lenin y Stalin, se configuraban como amenazas graves. El flujo mundial de
mercancías duplicaba en 1929 al de 1913 y las bolsas de paro, que no habían
desaparecido desde el final de la Gran Guerra, empezaban a reducirse.
La ciencia
económica estaba aún en mantillas durante los años veinte y los regímenes
democráticos europeos practicaban un liberalismo abstencionista en la economía,
que no merecía llamarse «política económica». Aun así los sectores económicos
—empresariado, finanzas, redes comerciales— procedían entonces en Europa con
relativa cautela; las naciones se habían desprendido en parte de sus reservas
de oro para reactivar la actividad industrial y comercial y algunas de ellas —
Alemania y Francia sobre todo— dependían vitalmente de la continuidad e incluso
el incremento de las grandes inversiones americanas, muchas de las cuales se
habían convenido a corto plazo y con fines especulativos. Porque en la boyante
economía norteamericana el signo de los tiempos era la especulación. La Bolsa
de Nueva York había aumentado desmesuradamente sus operaciones, en las que
participaban capas sociales hasta entonces ajenas. El juego de la Bolsa era en
1929 el deporte nacional
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para clases
altas y bajas, del que brotaban, con probabilidad razonable, fortunas
insospechadas. El dinero podía obtenerse a interés moderado y la nación estaba
presidida por un experto con bien merecida fama de eficacia como gestor y
organizador, el Presidente republicano Herbert Hoover. La producción de los
Estados Unidos sobrepasó, desbocada, a la demanda y empezaban a fallar los
pagos pero la euforia bursátil no se moderó. Las acciones valían cada vez más,
mucho más que el valor real de los activos que representaban.
A mediados
de octubre de 1929 se produce en Londres la quiebra de un famoso financiero,
que provoca la repatriación de capitales británicos y la venta nerviosa de
valores en la Bolsa de Nueva York por los avisados especuladores ingleses. En
la sesión negra del 24 de octubre las órdenes de venta de valores se amontonan
en los corrillos de la Bolsa de Nueva York, rompen todos los frenos y controles
financieros y desencadenan el pánico general. La riada no tiene fin; las
acciones van cayendo hasta perder el 75 por ciento de su valor, los bancos y
agentes que han fundado su negocio en la especulación se vienen abajo,
quiebran, cierran y en muchos casos los responsables se suicidan. El dinero,
que había corrido con tanta alegría, se agota como por ensalmo y al desaparecer
el crédito miles de industrias y casas comerciales tienen también que cerrar.
Se pierden millones de empleos en todas partes porque al repatriarse de golpe
las inversiones americanas en el extranjero la crisis de Nueva York se
reproduce en Europa, en Iberoamérica y en todo el mundo. Naciones enteras como
Uruguay y Argentina suspenden pagos. Casi todos los bancos centrales devalúan
sus monedas. Quiebran los primeros bancos de Austria y de Alemania en 1931; el
desplome durará tres años y se reproducirá, como una nueva onda sísmica, en
1931. El Banco de Inglaterra tiene que abandonar el patrón oro. La producción
se colapsa en todo el mundo industrial. Caen los precios, sobre todo los
agrícolas. El comercio internacional pierde el setenta por ciento de su valor.
Muchos propietarios agrícolas en América y en Europa se quedan sin tierras. Las
cifras de paro que se registran en 1932 son pavorosas; de dos millones de
parados en los Estados Unidos para 1929, la cifra crece en 1932 hasta casi
quince millones. Cinco millones son los parados de Alemania, ocho los del Reino
Unido, casi en todas partes el porcentaje de parados supera el veinte por
ciento y como todavía no se ha arbitrado más que un precario sistema de
subsidios y ayuda social, en todo Occidente se organizan «marchas del hambre» y
estallan gravísimos desórdenes públicos. Como la propaganda soviética, muy
eficaz ya en todo el mundo, proclamaba que la crisis era una enfermedad mortal
del capitalismo y no afectaba a la Unión Soviética lanzada entonces a su gran
proyecto de planificación, muchos obreros, pequeño-burgueses e intelectuales de
Occidente creyeron los mensajes del «paraíso» y los partidos comunistas
aumentaron sus afiliaciones. La crisis de Occidente y el comunismo; ya estaban
en plena carga de tensión los dos polos de la confrontación universal que
estallaría diez años después del reventón de la Bolsa neoyorkina.
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Occidente no buscó una salida general y
solidaria de la crisis. Todo lo contrario, cada gobierno procuró salvar
independientemente a su nación. Las grandes economías —Estados Unidos,
Inglaterra, Francia— alzaron sus barreras comerciales y trataron de salvarse
con sus propios recursos. En los demás se impusieron las soluciones autárquicas
y se agravó el resentimiento contra los vencedores de la Gran Guerra. Los
gobiernos impusieron su control sobre la actividad económica con criterios
intervencionistas que a veces se extraían de la doctrina socialdemócrata, como
en los Estados Unidos bajo la presidencia de Roosevelt, que sucedió al
desacreditado Hoover en 1933. Era la gran hora de Keynes y la economía fabiana,
que se presentaba como salvadora del capitalismo y preconizaba, contra el
liberalismo puro, la intervención dirigista de los gobiernos en la vida
económica y social. El proteccionismo y las barreras arancelarias sustituyeron
al libre cambio de los felices veinte y de la tradición liberal. Los gobiernos
favorecieron la creación de grandes grupos de monopolio industrial, en Estados
Unidos, Inglaterra y Alemania. Esta intervención creciente del Estado en la
economía se traducía políticamente en la formación de gobiernos de signo
autoritario incluso en las naciones democráticas; éste es el sentido del New
Deal, sistema intervencionista impuesto por el presidente Franklin Delano
Roosevelt en los Estados Unidos, que implantaba la intervención económica y
social del gobierno, en sentido «liberal» que en Europa se traduce como
«socialdemócrata». Inglaterra trató de salir de la crisis con un gobierno de
unión nacional de mayoría conservadora pero bajo un jefe laborista y fabiano,
Ramsay Macdonald, en 1931. En Francia la depresión se traduce en un
desprestigio creciente del parlamentarismo y una alternancia de gobiernos de
izquierda y derecha que no controlan la situación. Pero los cambios más
significativos de orientación se registraron, durante estas dos décadas de
crisis, en Italia, Alemania y el Imperio japonés, con graves repercusiones en
otras partes del mundo y un deslizamiento peligrosísimo a la economía de guerra
para salir de la crisis; y luego hacia la guerra misma como solución final para
los problemas tan deficientemente planteados en Versalles.
LA APARICIÓN Y EXTENSIÓN DEL FASCISMO
«La crisis
de la democracia alcanza hoy características universales». Esta sentencia la
pronunció en 1935 uno de los creadores del fascismo español, Ramiro Ledesma
Ramos y constituye el arranque exacto de un lúcido análisis que creaba su
propia perspectiva[35]. Lo cierto es que cuando Occidente vivía aún la
resaca de la crisis de 1929 el sistema democrático pervivía sin dudas serias en
los Estados Unidos. Inglaterra y Suiza, había naufragado ya en Italia y parecía
cada vez más desacreditado y casi desahuciado en casi todas las demás naciones;
en la propia
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Francia dos
fuertes partidos, uno comunista y otro fascista, luchaban activamente por
imponer un totalitarismo antidemocrático. Hay que tener sumo cuidado en no
aplicar las condenas contra el fascismo formuladas tras la derrota del fascismo
en 1945 a la época anterior a 1939 en que el fascismo no era, como hoy, un
insulto sino todo lo contrario, una gran esperanza para millones de europeos,
como lo era el comunismo para millones de personas en todo el mundo. Más aún,
como el primero de todos los fascismos, el de Italia, parecía funcionar más que
aceptablemente y carecía de horrores persecutorios comparables con el
totalitarismo soviético, muchos europeos no fascistas le mostraban una patente
comprensión, hasta que surgió el nacional-socialismo que provocó las
aberraciones de la guerra mundial y salvajes represiones como el Holocausto,
comparables a las soviéticas.
Se han
estudiado ya desde la ciencia histórica y de forma satisfactoria los orígenes y
el desarrollo del fascismo en Europa. La bibliografía valorada llenaría por sí
sola un ensayo voluminoso. Señalaré como obras capitales y equilibradas para el
fascismo italiano las de Renzo de Felice[36]. Para el
nacional-socialismo recomiendo las obras en que voy a apoyarme, debidas a
Ritter y a Bracher[37].
Italia había
formado entre los vencedores de la Gran Guerra pero la mayoría del pueblo
italiano llegó a sentir que se le daba trato de nación vencida. El exacerbado
nacionalismo de los italianos, con el impulso de su unidad nacional todavía
reciente, se veía frustrado en sus reivindicaciones territoriales. La «pequeña
crisis económica» de posguerra afectó a Italia como crisis grande; moneda
arrastrada, paro muy extendido, contrastes sociales. Tres partidos se
disputaban el poder bajo la Monarquía de Saboya: el socialismo moderado de
Nitti, el liberal de Giolitti y el Partido Popular, demócratacristiano, de don
Luigi Sturzo, que no alcanzó la jefatura del gobierno. Nirtti y Giolitti, se
alternaban en el disfrute de un poder que desatendía a las reivindicaciones de
la calle. En 1921 el gobierno Giolitti firmó con Yugoslavia —el Estado
multinacional balcánico salido de la Gran Guerra— el tratado de Rapallo que
obligaba a Italia al abandono de la ciudad marítima de Fiume, próxima a Trieste
y ocupada dos años antes por el poeta aventurero e iluminado Gabriel D’Anunzio.
El nacionalismo de los italianos vibró de indignación y fue capitalizado por un
ex socialista; Benito Mussolini, lanzado ya a la acción directa en el Norte
fabril, donde el gran capitalismo industrial encomendaba a los «fascios de
combate» organizados por Mussolini contrarrestar la peligrosa actividad de los
obreros comunistas, cada vez más osados y poderosos; el comunismo italiano
había surgido, como el español, de una escisión socialista.
Mussolini
era un personaje elemental, patriota y ultranacionalista, ex director del
diario socialista y ferviente anticomunista. Exageraba al colmo la
espectacularidad propia de los italianos y se dispuso a dar la batalla política
contra el débil sistema democrático desde dos posiciones muy fuertes; un
nacionalismo irredento que buscaba para Italia una proyección imperial en los
Balcanes y en Africa; y un anticomunismo decidido a impedir que Italia se
convirtiera en una república
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soviética.
Poseía además un sentido político innato, que le movía a respetar a la Iglesia
como fuerza social poderosa; y un sentido social de signo populista, pero
sincero y efectivo. Demostraba una cultura política confusa pero no
despreciable. Se declaró discípulo de Hegel, de Nietzsche y de Sorel, el
teórico de la acción directa que influyó en los movimientos sindicalistas a
principios de siglo. Hay autores que niegan su dependencia de Hegel por pura
arbitrariedad; cada uno se declara discípulo de quien desea y el fascismo es,
en efecto, una emanación hegeliana por la derecha, como el marxismo lo es por
la izquierda.
En el mes de
agosto de 1922 los obreros comunistas declararon la huelga general en el valle
del Po, máxima concentración industrial de Italia, e iniciaron la ocupación de
fábricas. Ante la pasividad del gobierno los fascios de combate a las órdenes
de Mussolini derrotaron a los comunistas, impidieron la ocupación de centros
industriales y salvaguardaron el orden público. Un gran movimiento de opinión,
harta de los cabildeos parlamentarios, se declaraba a favor de la nueva fuerza.
Con gran respaldo del capital y de la industria, Mussolini organizó el 22 de
septiembre de 1922 la Marcha sobre Roma (que se realizó en gran parte por vía
férrea) y exigió al rey de Italia, Víctor Manuel III, la entrega del poder. El
rey cedió a la fuerza de los «camisas negras» que dominaban la calle y
Mussolini formó gobierno con fascistas, populistas cristianos e independientes.
Obtuvo del Parlamento y del rey plenos poderes y convocó al año siguiente
elecciones generales que le dieron una clara mayoría absoluta.
La
colaboración de los democristianos con Mussolini duró muy poco; los ministros
«popolari» dimitieron y don Sturzo se exilió. Los cristianos de la política se
refugiaron en la Acción Católica y ejercieron desde sus centros una discreta
oposición, preparándose para mejores tiempos. Socialistas y comunistas quedaron
fuera del juego político y el principal teórico del partido comunista, Antonio
Gramsci, escribió en la cárcel fascista sus obras más importantes. Mussolini
acabó con la vigencia de los partidos políticos (sin excesivas protestas de una
opinión pública harta de ellos) y ejerció una represión selectiva, de corte
maquiavélico, que terminó con los críticos más peligrosos como el diputado
socialista Matteotti, asesinado en junio de 1924. Al comenzar 1925 el partido
fascista se convirtió en partido único, clave del «Estado Nuevo» y puente entre
el pueblo y el Estado. En enero de 1926 el Duce dictó una ley de prensa
netamente totalitaria que amordazaba a cualquier expresión pública contraria al
régimen. Disolvió los sindicatos y los sustituyó por las Corporaciones
fascistas, de talante profesional, no partidista. Diversas leyes articularon el
Estado totalitario, entre ellas la Carta del Lavoro (abril de 1927) con
prohibición de la huelga y el cierre patronal e instauración de los contratos
colectivos laborales. En diciembre de 1928 se crea el Gran Consejo Fascista,
órgano supremo del Partido y del Estado, al que se atribuía la propuesta de
miembros para el parlamento, elegidos luego por lista única. En las elecciones
de 1929 el noventa por ciento de votantes dieron su aprobación a los diputados
de la lista
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Pocas
personas, dentro y fuera de Italia, lamentaron la desaparición de una
democracia que había demostrado una y otra vez su garrulería y su ineficacia.
Después de 1945 muchas voces se alzaron en contra del régimen fascista, entre
ellas las de muchos fascistas; pero ese cambio de actitud se debió a la derrota
del fascismo en la segunda guerra mundial, no al fracaso del régimen. Las
simpatías que despertaba el fascismo en todo el mundo durante los años veinte
se extendían hasta Inglaterra y los Estados Unidos. Los comunistas y
socialistas estaban, naturalmente, en contra así como los democristianos pero
la Santa Sede puso sordina a las protestas de la Acción Católica. Italia empezó
a funcionar desde que Mussolini se consolidó en el poder. La adhesión de una
mayoría popular era evidente, así como la del gran capital, la gran industria y
una parte significativa de la Iglesia, de los intelectuales y de las fuerzas
armadas. Italia empezó a progresar.
«Mussolini
ha conseguido que los trenes lleguen a tiempo por vez primera en la historia de
Italia» era una de las frases espontáneas más repetidas, y no por la propaganda
del régimen. Grandes obras públicas como la desecación del Agro Pontino, cerca
de Roma, pendiente desde la época romana, se acometían y se terminaban.
Mejoraban radicalmente las infraestructuras y en un ambiente en que reinaba el
orden público prosperaban la grande y la pequeña industria, se expandía el
comercio y desaparecía el paro. Claro que la nueva prosperidad dependía cada
vez más peligrosamente de una economía de guerra, puesta al servicio de las
aspiraciones imperiales de Mussolini en Africa; el fascismo creaba una potente
escuadra y una aviación temible que para algunos observadores figuraba ya en
1935 entre las primeras del mundo, tanto en caza como en bombardeo. Sin embargo
Mussolini no había roto ostensiblemente con sus aliados occidentales de la Gran
Guerra, y los aliados, especialmente Inglaterra, parecían dispuestos a no hostilizar
al fascismo mientras éste no se convirtiera en una amenaza para la seguridad
europea. Cierto que Francia recelaba del aumento visible de la potencia militar
italiana en el Mediterráneo, que durante los años treinta se iba transformando
en una zona de riesgo estratégico. Pero incluso después de la agresión alemana
a Polonia y a Francia en septiembre de 1939 Inglaterra y los Estados Unidos
confiaban en mantener a la Italia fascista fuera del conflicto. De haber
escogido Mussolini una seria neutralidad el futuro de su régimen y su nación
hubiera podido resultar bien diferente.
Pero a raíz
de la victoria fascista de 1922 tras la marcha sobre Roma a Benito Mussolini le
salió un oscuro discípulo inesperado cuyo nombre era Adolfo Hitler. Este «cabo
bohemio» de la Gran Guerra nacido en Austria cerca de la frontera alemana se
convirtió a lo largo de los años veinte, en una síntesis personal de todos los
resentimientos que aquejaban a la gran nación vencida. El pueblo alemán
mantenía vivísima la humillación de Versalles, donde se le impuso una paz
injusta. Las fuerzas armadas creían firmemente que habían perdido la guerra por
la sublevación comunista de la retaguardia, sin haber sufrido una derrota
decisiva en el
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campo de
batalla y no les faltaba parte de razón. Las reparaciones de guerra eran
desmesuradas y se impusieron con saña, sobre todo por parte de Francia que para
asegurarse el cobro llegó a invadir militarmente zonas vitales para la
industria alemana. La débil República de Weimar, de impecable corte
democrático, se mostraba tan incapaz de manejar los problemas nacionales como
los gobiernos liberales de Italia hasta 1922 o los de España hasta 1923. En
1923 la moneda alemana carecía de valor; hubo gentes que empapelaron
habitaciones con enormes e inútiles billetes de un millón de marcos. Sin
embargo la normalidad monetaria y política quedaban restablecidas en 1924, año
electoral que quitó fuerza a los extremistas del nacionalismo, el socialismo y
el comunismo para otorgar el poder a una mayoría relativa del Zentrum cristiano
y otros moderados. Murió en 1925 el prudente Presidente socialista Ebert y se
celebraron elecciones presidenciales —decisivas— con dos candidatos: el
canciller católico Marx, con los votos del Zentrum, los moderados y gran parte
de los socialistas y el mariscal Hindenburg, héroe de la Gran Guerra, por quien
votaron los nacionalistas de todas clases, incluso los más exacerbados; los
militaristas y los revanchistas. Con catorce millones y medio de votos y un
estrecho margen venció Hindenburg que promovió los avances del nacionalismo
revanchista aunque hubo de gobernar con una mayoría parlamentaria moderada y
democrática.
La nueva
consulta electoral celebrada en mayo de 1929, en un clima de recuperación
económica pero de exacerbación política y revanchismo, alteró el mapa político
de Alemania. Socialistas y comunistas aumentaban su representación,
contrapesados por una significativa victoria del Partido Obrero Nacional
Socialista (abreviadamente nazis) creado por Adolfo Hitler al principio de la
década y reorganizado en 1925, tras pasar una temporada en la cárcel condenado
por su golpe político de Munich en 1923, para el que contó con algunas
complicidades militares. En la cárcel Hitler había escrito su evangelio, Mein
Kampf (Mi lucha) un alegato de extremo nacionalismo alemán que prescindía
de ambiciones coloniales pero reivindicaba un espacio vital para la Gran
Alemania (Lebensraum) a la que deberían agregarse el territorio de
Austria, los sectores alemanes de Checoslovaquia, otras bolsas de raza
germánica dispersas y el inmenso granero de Ucrania para formar un gran Estado
nacional centroeuropeo del que estuviese absolutamente excluida la raza en que
Hitler, movido por oscurísimos resentimientos personales e históricos, veía
como el máximo enemigo de su gran sueño: los judíos. El odio de Hitler a los
judíos no era un invento suyo. Todo el nacionalismo alemán del siglo XIX
había profesado un antisemitismo radical. Los pueblos de Alemania y de Austria
en pleno siglo XX, guiados por muchos políticos e intelectuales,
alentaban también un aborrecimiento irracional contra los judíos, a quienes
acusaban de dominar de forma egoísta y excluyente gran parte de la vida
profesional, la vida económica y los medios de comunicación. La influencia
judía en esos ámbitos era un hecho real; ganado por los
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judíos
durante generaciones a fuerza de trabajo y solidaridad como pueblo. Pero se
comportaban también con un sentido ejemplar de la convivencia y gentes como
Hitler, inspirados en resentimientos medievales, no veían otra solución que
eliminar a los judíos, aunque Mein Kampf no detalla los métodos para
lograr esa eliminación. Después de los acuerdos de Locarno y la recuperación
económica la República de Weimar parecía entrar en una época de normalidad, con
un Parlamento en que predominaban los moderados del socialismo y el centrismo
católicos, aunque la extrema izquierda comunista y la extrema derecha
nacionalista, guiada por Hitler, incrementaban su amenaza. Hitler estaba ya
dotado de sólida base parlamentaria y gozaba de una creciente influencia en la
calle. Hitler se inspiraba en toda la tradición cultural del nacionalismo
alemán del XIX (de Fichte a Hegel), alentó cada vez más el
resentimiento nacional de los alemanes contra las injusticias de Versalles,
ahondó su racismo con el extraño invento de una raza aria a la que él no
pertenecía ni de lejos, creó grupos de asalto para sembrar el terror callejero
y seducir a la juventud a la que una economía de marcha lenta ofrecía
perspectivas cada vez más escasas y llamó poderosamente la atención de las
resentidas fuerzas armadas, del gran capital amenazado por el comunismo y el
socialismo y de amplios sectores del funcionariado imperial que no habían sido
depurados por la República. El ejemplo de la sencillez teórica y la eficacia
práctica del fascismo le impresionaba cada vez más. Concibió un odio absoluto
contra los «plutócratas» anglosajones, a quienes atribuía, por sus conexiones
judías, todos los males de Europa. Declaraba la guerra a muerte al comunismo
soviético, como enemigo del ideal germánico y a los socialistas, como creación
del judaísmo (Existían, en efecto, socialistas judíos, así como judíos
conservadores en Alemania). Hitler era, por encima de todo, un gran
simplificador y acertó en el halago al sentimiento nacional alemán y a la
superioridad germánica en la que muchos alemanes creían desde siglos antes.
La explosión
de la Bolsa de Nueva York afectó con especial dureza a las finanzas y la
economía de Alemania. La Banca y la industria sufrieron un verdadero cataclismo
que se tradujo en un alarmante crecimiento del paro, cuando todavía yacía
Alemania bajo la presión insufrible de las reparaciones de guerra y las
limitaciones a su soberanía por parte de los aliados. Todos los grupos
extremistas —socialistas de izquierda, comunistas y nazis— se crecen ante la
crisis. En marzo de 1931 se plantea primero y luego fracasa por la presión
internacional un gran proyecto de unión aduanera con Austria que significaba
una vía de solución económica y un paso más hacia el pangermanismo que Hitler
había predicado en Mein Kampf y muchas personas de habla alemana
consideraban como una ilusión. En 1931 se suceden las crisis bancarias y el
número de parados rebasa aceleradamente los cinco millones. La estatura
política de Hitler crece; en las elecciones presidenciales de 1932 consigue
13,4 millones de votos frente a los 19,3 millones del ídolo militar Hindenburg,
a quien habían votado los socialistas y el Zentrum para frenar a Hitler. El
canciller (jefe del gobierno) Brüning, privado de apoyo parlamentario y
presidencial, hubo de
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dimitir en
favor de Franz von Papen, líder católico y amigo personal del presidente
Hindenburg. Se convocaron elecciones generales para el 31 de julio de 1932.
Se ha
discutido mucho si Adolfo Hitler, el gran totalitario, llegó al poder por vía
democrática. Una fría consideración de las cifras (aducidas exactamente por
Palacio Atard) hará ociosa la disputa. En las elecciones celebradas en junio de
1932 los nacionalsocialistas obtuvieron 13 700 000 votos, (el 34%) y 270
escaños en el Reichstag; primer partido de la Cámara pero sin lograr aún la
mayoría absoluta (305 diputados). Von Papen disuelve nuevamente el Reichstag y
en las elecciones subsiguientes no se resuelve nada aunque los nazis pierden 35
escaños. La agitación ultranacionalista crece como una tormenta, los grupos de
asalto de Hitler siembran selectivamente el terror; tanto Hindenburg como los
medíos militares como la gran banca y la industria, como el propio Zentrum
píensan cada vez más seriamente que Hitler es más peligroso fuera que dentro
del Poder. Hitler, que se siente cada vez más fuerte, rechaza una propuesta
equilibrada de Hindenburg quien se ve obligado a entregar la Cancillería al
general Schleicher como solución provisional.
De
Híndenburg para abajo todo el mundo sabía que Schleicher no era más que un
gobierno puente. El 30 de enero de 1933 Hindenburg designó canciller a Adolfo
Hitler. Hasta este mismo momento la vía de acceso de Hitler al poder había sido
casi impecablemente democrática. No en virtud de una mayoría absoluta pero sí
como jefe del partido más votado en dos elecciones seguidas, el partido con más
escaños en el Reichstag. Un partido que además sería capaz de gobernar con
apoyo parlamentario más que suficiente; Franz von Papen entraba en el gobierno
Hitler como vicecanciller y le proporcionaba muchos votos católicos y
moderados. Figuraban en el mismo gobierno el diplomático von Neurath, el
general von Blomberg como ministro del Ejército, el presidente de la primera
industria alemana, la Krupp. Sólo dos ministros nazis acompañaban a Hitler en
el gobierno: Goeríng y Frick. Hitler llegó, pues, al poder de forma
indiscutiblemente democrática. Por supuesto que con la presencia de Papen, de
Blomberg y de Hugenberg (el presidente de Krupp) Hindenburg pretendía
contrapesar a Hitler y no lo consiguió. Porque Hitler pensaba utilizar el
poder, inmediatamente, contra la democracia y convertir Alemania en un Estado
totalitario, racista y vengativo. Pero llegó al poder democráticamente, (sí se
exceptúan las coacciones de los nazis en la calle) en virtud de la Constitución
de Weimar.
Los nazis
celebraron esa misma noche del 30 de enero la conquista del poder por Hitler
con una gigantesca marcha de antorchas que pasó bajo la puerta de Brandenburgo
en Berlín. No había transcurrido un mes cuando el incendio del Reichstag sirvió
a Hitler de pretexto para procesar a Dimitrov como culpable y poner a los
comunistas fuera de la ley. Hitler disolvió el Reichstag y convocó, bajo
presión que ya era totalitaria, nuevas elecciones generales que le dieron, el 5
de marzo de 1933, mayoría de 288 diputados que unidos a los 52 del partido
nacional alemán le otorgaban la mayoría absoluta, formalmente democrática pero
moralmente discutible por las presiones electorales ejercidas por Frick desde
el Ministerio del Interior. El
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nuevo
Reichstag concedió a Hitler plenos poderes con los que echó a von Papen del
gobierno (aunque le mantuvo en el círculo del poder) y nombró ministro de
Propaganda a Josef Goebbels, un manipulador de informaciones y de conciencias
que apenas tiene rival en la historia de la comunicación, fuera de Stalin y de
algún español. Hitler fue disolviendo a todos los partidos y el 14 de julio de
1933 solo quedó en píe el partido único nacional-socialista. Los Estados
regionales reconocidos por la Constitución perdieron su autonomía y Adolfo
Hitler, aclamado como Führer, declaró el 23 de agosto de 1933 en Nürenberg el
advenimiento del Tercer Reich, que debería durar un milenio. El 12 de diciembre
del mismo año, ya en pleno delirio totalitario, un plebiscito con el 93,4% de
los votos asentó al régimen nazi y atribuyó a los candidatos del partido único
el 92 por ciento de los escaños. El Führer Canciller recibió el poder de
modificar la Constitución a su antojo y al año siguiente, a raíz de la muerte
de Hindenburg, Adolfo Hitler acumuló la jefatura del Estado a la Cancillería
del Reich.
Provisto de
plenos poderes y rodeado de colaboradores adictos e inteligentes, Hitler se
enfrentó ante todo con el caos económico en que había recaído Alemania después
de la crisis de 1929-1932. Controló rigurosamente los precios agrícolas cuyos
pagos sólo podían hacerse por extranjeros con marcos bloqueados, sólo útiles
para comprar mercancías alemanas. Solucionó radicalmente el paro con un plan
grandioso para la construcción de viviendas y autopistas (las primeras
autopistas del mundo, aún hoy en servicio) y a partir de 1934 mediante una
economía de guerra que devolvió a Alemania su rango de gran potencia militar,
una vez eliminada la ocupación extranjera y desobedecidas las restricciones
militares de Versalles; Las fuerzas amadas eran en 1936 las primeras de Europa
en aviación, artillería y carros.
Si el mundo
exterior había mirado con cierta simpatía los resultados positivos del fascismo
italiano, la resurrección y el rearme de Alemania causaron en todas partes
admiración en los posibles amigos y aprensión en vías de pánico para los
presuntos enemigos. Hitler empezó pronto la represión contra sus enemigos
políticos interiores en campos de concentración como el de Dachau y las medidas
restrictivas contra los judíos, pero la noticia de estas persecuciones no se
conocieron en el resto de Occidente hasta el fin de la segunda guerra mundial;
éste es un hecho clarísimo que conviene dejar bien sentado en este momento y
los sistemas occidentales de información, que no podían ignorar los primeros
excesos represivos, tienen su parte de culpa en ello. Se conoció, en cambio, la
implacable represión política de los nazis contra sus enemigos declarados, los
comunistas y los socialistas, pero recayó un extraño silencio sobre los demás
sectores de represión, que fue progresando gradualmente hasta la locura y la vesania.
Las
relaciones internacionales de los años treinta no registran más que una
sucesión de retiradas y cesiones ante la presión belicista de Italia, el Japón
y sobre todo de Alemania. Parece que en las Cancillerías occidentales nadie se
había tomado la molestia de leer el libro de Hitler «Mi lucha» donde detallaba
casi con precisión los
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proyectos
expansivos que luego fue realizando uno por uno en servicio de la Gran
Alemania. Una vez fracasado el proyecto pangermáníco de Unión aduanera entre
Alemania y Austria el canciller de la derecha católica Engelbert Dollfuss subió
al poder en Austria, donde cundía cada vez con más fuerza el movimiento de
unión con Alemania (Anschluss) patrocinado por un partido nazi paralelo. Las
medidas de Hitler, de Mussolini y de Dollfuss contra comunistas y socialistas,
que sufrían a principios de 1934 una represión cada vez más insufrible,
desencadenaron el «miedo rojo» en Europa —alentado por Stalin abiertamente— y
fueron la causa de sangrientas eliminaciones en Alemania y de choques armados
multitudinarios en Francia y en Austria durante el mes de febrero de 1934, que
repercutieron poderosamente, como veremos, en la radicalización revolucionaria
de los socialistas españoles. El canciller Dollfuss, católico autoritario que
pretendía crear en Austria un sistema corporativista, fue asesinado en Viena en
ese mismo año poco antes de un golpe fallido de los nazis para hacerse con el
poder en lo que Hitler llamaba «Marca Oriental». Pero Mussolini, amigo de
Dollfuss, frustró el intento con el envío de varias divisiones al Brennero,
paso fronterizo entre Italia y Austria. Su gesto fue respaldado por el jefe del
gobierno francés Pierre Laval, que firmó poco después acuerdos de seguridad
mutua entre Francia e Italia.
El
territorio del Sarre volvía por plebiscito a la patria alemana el 13 de enero
de 1935. Hitler, cada vez más envalentonado, anunció nuevas decisiones
militaristas y belicistas. En abril de 1935 se reunieron en Stresa los
ministros de Asuntos Exteriores de Italia, Inglaterra y Francia con el intento
de frenar el belicismo alemán. Los occidentales mimaban a Italia, su aliada de
la Gran Guerra y poco después, el 2 de mayo de 1935, Laval firmó con la URSS el
pacto francosoviético con el mismo fin de acordonar a Hitler. Para rebajar la
tensión europea Inglaterra concedió a Alemania el 18 de junio de 1935 la
posibilidad de reconstruir su flota de guerra, con arrinconamiento del tratado
de Versalles. Todo eran tanteos sin rumbo ante el auge y el peligro que para
Occidente estaban gestando, cada cual por su lado, la Rusia soviética y la
Alemania nazi.
Pero es que
además, en plena crisis de la democracia, el ejemplo de los colosales logros
que ya apuntaban en los regímenes totalitarios cundía por gran parte de Europa
y también por otras partes del mundo. Este es un capítulo olvidado en la
historia general del fascismo, que sin embargo no debemos menospreciar en una
visión de alcance global.
La primera
imitación de Mussolini se registró oficialmente en España. Hasta 1912 dos
grandes estadistas, Antonio Maura, conservador, y José Canalejas, liberal,
parecían a punto de conseguir la continuación de la alternativa Cánovas-Sagasta
truncada por el asesinato de Cánovas en 1897 y por la agresión imperial de los
Estados Unidos sobre Cuba y Filipinas en 1898. Pero el veto implacable de las
izquierdas contra Maura y el asesinato de Canalejas por un anarquista en 1912
sumieron a la Monarquía en un estado de desorden político y desorientación
social
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del que ya
no se repondría. El desastre militar de Annual en el protectorado de Marruecos
contra las bandas rifeñas en julio de 1921, con varios millares de muertos,
agravó hasta el paroxismo el fracaso del sistema político liberal, cuyas
instituciones se arrastraban lejos de las necesidades populares. El 13 de
septiembre de 1923 el capitán general de Cataluña, don Miguel Primo de Rivera,
exigió al Rey el poder que don Alfonso XIII, con el aplauso de casi toda la
opinión pública, le concedió inmediatamente.
Primo de
Rivera gobernó de forma personalista y carismática, apoyado primero en un
Directorio exclusivamente militar, al que sustituyó en 1925 por un «gobierno de
hombres civiles». Lo cierto es que mantuvo durante casi todo su mandato el
apoyo de la opinión popular, gobernó con criterios autoritarios y paternalistas
y resolvió uno tras otro todos los problemas angustiosos de España; acabó con
la permanente guerra de Marruecos, que había consumido la mitad del
presupuesto, liquidó fulminantemente los gravísimos brotes de desorden público,
ordenó e impulsó la economía (anticipándose a los remedios del New Deal) por
creación de eficaces infraestructuras, fomento de la industria y la exportación
y comunicó al país una beneficiosa sensación de prosperidad. En un viaje a
Italia que hizo acompañando a los Reyes quiso presentarse como un Mussolini
español y creyó serlo pero su experiencia militar y populista poco tenía que
ver con el fascismo. Cayó en 1930 por una equivocada percepción de la crisis
mundial (que repercutió relativa mente poco en España) y por la hostilidad de
varios grupos sociales (entre ellos parte del Ejército) a quienes había
agredido verbal e imprudentemente. El Rey, muy abatido por la muerte de su
madre la Reina María Cristina, se echó en brazos de los liberales que, sin el
menor espíritu creador, permitieron injustas campañas de descalificación contra
el Rey y abrieron paso a una República que no había ganado, sino perdido las
elecciones municipales de abril de 1931. Incluso para los españoles de hoy
República sigue siendo sinónimo de caos.
En algunos
países de Europa se crearon fuertes partidos fascistas, como el de Jacques
Doriot, antiguo mando de la Comintern, en Francia; o el partido
nacionalsocialista de Austria, imitador del alemán. El mariscal Pildsuski
gobernó con autoridad en Polonia a partir de 1930, como presidente o como
hombre fuerte. El régimen liberal logró sobrevivir en Checoslovaquia bajo las
presidencias de Masaryk y Benes, pero la nación creada en Versalles estaba
marcada por las apetencias pangermánicas de Hitler. El rey Alejandro de
Yugoslavia emprendió desde 1930 una transformación autoritaria del Estado
plurinacional en torno a Serbia pero fue asesinado en 1934 para dar paso al
regente Pablo quien, en nombre del rey adolescente Pedro trató de aflojar el
control autoritario pero sin renunciar a la hegemonía de Serbia. En Grecia se
pasó del autoritarismo republicano de Venizelos (que gobernaba desde 1928) a la
Monarquía autoritaria restaurada en 1935 por el rey Jorge Il con el general
Metaxas, influido por Italia. Desde 1930 el rey Carol de Rumania sustituye a su
hijo el Rey Miguel pero el autoritarismo de sus ministros no
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parece
suficiente a la Guardia de Hierro, una agrupación fascista dirigida por
Cornelio Codreanu. Durante los años treinta el ejemplo totalitario de Alemania
cunde en las nuevas dictaduras de Bulgaria y los países bálticos, Estonia,
Letanía y Lituania, El fracaso de la democracia en la República portuguesa fue
aprovechado por el hacendista Antonio de Oliveira Salazar para consolidar su
«Estado Novo» en la Constitución de 1935, que aseguró la paz interior y la
continuidad del Imperio bajo la protección de Inglaterra. El totalitarismo de
Alemania y el autoritarismo corporativista y cristiano de Austria, implantado
por el canciller Dollfuss y continuado, tras su asesinato, por el canciller
Schussnigg, (el «Estado cristiano» sin partidos) influye en la orientación
autoritaria de la vecina Hungría.
La opinión
de Ramiro Ledesma Ramos sobre el fracaso universal de la democracia no era una
frase sino toda una tesis demostrada por los hechos. La salvaje crisis
económica de los Estados Unidos repercutió sin paliativos sobre toda
Iberoamérica donde se formaron gobiernos autoritarios de signo populista no
fáciles de distinguir, por sus ideas y métodos, del fascismo. Así el general
Rafael Leónidas Trujillo tomó en 1930 el poder en Santo Domingo y el mismo año
se proclama presidente autoritario de Brasil Getulio Vargas, que diseñó un plan
complejo de reformas económicas, sociales y políticas. En la Constitución de
1934 introdujo una Cámara corporativa con participación de representantes
sindicales junto a los diputados de elección por sufragio. Pese a que se fortalecía
el poder central y presidencial, esta Constitución fue suspendida por Vargas en
1937 en favor de una organización corporativa del Estado, con «suprema
autoridad» para el Presidente y un consejo económico de carácter colegislador.
La resistencia de varios sectores a estas medidas de corte fascista no
impidieron que Vargas las pusiera en práctica. En agosto de 1930 el coronel
Sánchez Cerro sustituye por medio de un golpe de Estado al presidente del Perú,
Leguía. Poco después el general Uriburu se hace con el poder en Argentina e
inaugura una sucesión de gobiernos fuertes. Golpes autoritarios de diversas
clases se suceden en el Ecuador, en Chile, en Uruguay.
Los dos
grandes imperios de Oriente, China y Japón, entran también en esta época en la
órbita del autoritarismo y el militarismo. En las convulsiones republicanas que
marcan la desaparición del Imperio manchú se afianza en el Sur de China como
guía para el futuro, el líder carismático Sun-Yat-sen que eleva a un pariente
de su mujer, el general Chiang-Kai-Chek a jefe de la Academia Militar, vivero
para en nuevo ejército de la nueva China. Chiang cobra mucha fuerza como
salvador de la República a la muerte de Sun Yat Sen en 1925, frente a los
comunistas que parecen próximos a la conquista del poder en la gran nación
confusa y dividida. Asegurado su poder en la China del Sur, Chiang, respaldado
por el Kuomin-tang, el partido de la revolución nacional creado por Sun,
emprende la marcha militar hacia el Norte y logra entrar en Pekín el 10 de
junio de 1927. Proclama allí la dictadura del Kuo-min-tang, partido único que
se identifica con el Estado, bajo cierta inspiración del régimen soviético.
Emprende desde Pekín unos vastos planes de regeneración
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nacional,
infraestructuras, industria y educación, con la radio como principal
instrumento para consignas y comunicaciones. La depresión de 1930 golpea por
todas partes a China y los japoneses en auge ocupan el Manchu kuo en 1932;
coronan allí a Pu-Yi, el último emperador manchú de China, como títere.
Poco antes
Chiang se había convertido al cristianismo y había terminado con una intentona
secesionista en China. El Generalísimo arrinconó con éxito a las fuerzas
comunistas dirigidas por un intelectual revolucionario, Mao Tse Tung, quien
tras su legendaria «Larga Marcha se instala en la región norteña de Yenan en
1934 para recibir directamente la ayuda soviética. Pero la hostilidad más
general de la Nueva China se dirige contra el expansionismo japonés, que no se
contenta con la ocupación del Manchukuo y no disimula sus apetencias sobre la
conquista del antiguo Imperio del Centro a mediados de los años treinta.
Volveremos en este mismo libro sobre la guerra civil de China y su caída en el
régimen comunista.
Durante los
años veinte el Imperio japonés, ahogado por su población creciente, su falta de
recursos primarios y su escasa superficie territorial, muy reforzado como
potencia militar desde su gran victoria contra Rusia en 1905 y después de
combatir junto al bando aliado en la Gran Guerra, se había regido por gobiernos
liberales que desembocaron, en 1927, en el gobierno militarista de Tanaka que
preconizó la intervención armada en China y la expansión japonesa en Manchuria.
Pero los militares japoneses no se contentaron con proteger los intereses
económicos de Japón en el continente asiático sino que reclamaron abiertamente
la intervención activa. La ocupación de Manchukuo, recibída con entusiasmo por
la población japonesa, consolida la línea militarista y autoritaria en los
gobiernos. El conflicto entre militaristas y parlamentarios se va agudizando y
los partidarios de la línea dura propician varios asesinatos políticos hasta la
formación de un gobierno de unión nacional bajo la presidencia del príncipe Konoye
en 1937.
Desde dos
años antes se había reandado la expansión militar del Ejército japonés en el
norte de China, donde los japoneses fomentan la creación de reductos
secesionistas gobernados por militares chinos corruptos. En 1936 la China de
Chang Kai Chek oscila entre la amenaza comunista y la amenaza japonesa. Un
conflicto de grandes dimensiones parece a punto de estallar en Extremo Oriente.
Y es que la
mal llamada paz de entreguerras estuvo jalonada por conflictos localizados que
a veces degeneraban en guerras declaradas. Como estableció el profesor Jesús
Pabón los escabrosos caminos del mundo en crisis experimentaron sucesivos
«virajes hacia la guerra». Adolfo Hitler no disimulaba sus apetencias
expansionistas en Centroeuropa y Japón empezaba a realizar las suyas en torno a
China como acabamos de ver. El autoritarismo fascista, que era un nacionalismo
exacerbado, comportaba, en todos los casos, un proyecto de expansión
imperialista para el que habían dado ejemplo, como bien sabemos, las grandes
potencias democráticas, Inglaterra y Francia; e incluso los Estados Unidos a
partir de los años noventa del siglo
XIX. En 1935 la Italia fascista, tan bien armada,
creyó llegada la
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hora de
vengar la derrota italiana de 1896, a manos del negus etíope Menelik. Etiopía o
Abisinia era un vasto reino cristiano —copto el legendario Preste Juan— que
ocupaba el interior del Cuerno de África al sur del curso alto del Nilo y entre
los mares Rojo e Indico. Un reino primitivo más que atrasado, dividido entre
varios señores de la guerra que desde 1928 prestaban cierta obediencia al negus
Tafari, hijo del jefe militar que había vencido a los italianos en Adua y que
como Haile Selassie fue proclamado emperador en 1930. A fines de 1934 Mussolini
decidió la invasión de Etiopía por motivos de expansión y propaganda.
Inglaterra reforzó su escuadra del Mediterráneo y, como Francia, se opuso a los
proyectos de Mussolini pero ninguna de las dos potencias actuaron de forma
efectiva y se contentaron con unas sanciones inoperantes decididas por la
inútil Sociedad de Naciones. El 8 de octubre un ejército de doscientos mil
italianos emprendió la invasión desde sus bases en Eritrea a las órdenes del
mariscal Di Bono a quien pronto, ante sus graves fracasos, sustituyó Badoglio.
El peor adversario de los invasores fue una orografía imposible, con vías de
comunicación impracticables por más que las tropas etíopes, armadas de forma
elemental, lucharon con decisión y valor. El 5 de mayo de 1936 el ejército
italiano entraba en la capital, Addis Abeba y el rey Víctor Manuel III recibía
poco después el título de emperador de Etiopía. Una propaganda gloriosa
disimuló las dificultades militares de Italia y Mussolini, resentido con la
Sociedad de Naciones, se dispuso a reemprender nuevos proyectos imperiales a la
vez que organizaba muy eficazmente la colonización de Abisinia y los demás
territorios del pequeño imperio africano de Italia: Eritrea, Somalia y
Libia-Cirenaica. Una de sus reivindicaciones más sostenidas para su Nueva Roma
era el protectorado francés de Túnez, donde se había alzado la antigua Cartago.
Hitler no se quiso quedar al margen y el 7 de marzo de 1936 dio orden a su
ejército, la Wehrmacht, para que cancelase con su presencia una exigencia
onerosa de los occidentales, la desmilitarización de Renania. El espíritu de
Locarno saltaba definitivamente en pedazos y el Tercer Reich alemán se acercó
ostensiblemente al fascismo italiano y al militarismo japonés.
A lo largo
de la primera mitad del siglo XX, hasta la Segunda Guerra Mundial, el continente
y las islas de Iberoamérica yacían absurdamente olvidadas desde los Estados
Unidos —que sólo se preocupaba de su dominio imperialista y su monopolio
— y desde la vieja Europa,
que les enviaba importantes contingentes migratorios pero también se
desentendía, por sus agudos problemas propios, de aquella prolongación de su
ser y de su Historia. Iberoamérica no era un problema en la primera mitad del
siglo XX.
Volveremos sobre su historia reciente cuando empiece el problema, en la segunda
mitad del siglo. De momento nos contentaremos con anticipar que Iberoamérica
era un semillero terrible de injusticias, de marginaciones, de olvidos… y
también de fe cristiana. Allí iban a vivir ahora, en nuestros días, la mitad de
los católicos del mundo. Nadie se preocupaba por ello durante la primera mitad
del siglo
XX.
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SECCIÓN 4:
LA SOMBRA MASÓNICA Y LA GUERRA CRISTERA EN MÉXICO
LAS GUERRAS CIVILES DE MÉXICO Y ESPAÑA
En las dos
secciones anteriores hemos revisado, dentro de la crisis general de
entreguerras, los aspectos de la crisis política y económica primero; y luego
su consecuencia principal, el nacimiento y extensión del fascismo. Ese método
nos conduciría a plantear ahora otro aspecto general de la gran crisis
contemporánea: la crisis cultural en el mundo de las ideas y las expresiones,
el mundo de la ciencia, la literatura y el arte. Pero la Historia debe seguir a
la realidad, no imponer su método a la realidad viva y sucesiva. Y el hecho es
que entre los diversos conflictos violentos que sacudieron al mundo de
entreguerras hay dos, que ofrecen rasgos esenciales comunes, cuya presentación
debemos insertar en este momento, porque los dos grandes pueblos a quienes
afectaron —España y México— van a adquirir una importancia decisiva en el
conjunto de nuestro estudio; en ellos se han incubado y desarrollado fases de
primordial interés dentro de la subversión en el seno de la Iglesia, en medio
del asalto y la defensa de la Roca. La confrontación —que degeneró en guerra
civil abierta, la guerra cristera de 1926-1929—, entre el pueblo católico y la
Revolución mexicana representa el apogeo en aquella nación de la lucha más que
secular entre la Iglesia y la Masonería; la guerra civil española de 1936-1939,
justo una década después, dividió y conmocionó al mundo entero mucho más que si
se tratase de una pequeña guerra independiente y localizada. En el conflicto de
México y en el de España el comunismo soviético, con diversos aliados y
diversos tapujos, trató de conseguir dos objetivos esenciales para su
estrategia de asalto a la Roca. Nada tiene de particular que la Roca emparejase
la denuncia de uno y otro intento en la defensa que formuló el 19 de marzo de
1937 el Papa Pío XI, a cuya figura dedicamos una próxima sección de este mismo
capítulo, cuando creyó su deber ineludible pronunciarse sobre los efectos del
comunismo y el ateísmo en tres persecuciones revolucionarias: la de Rusia, la
de México y la de España. Examinaremos la importantísima encíclica con la
atención que se merece. Ahora la cito para justificar la alusión, en este
momento, a la persecución mexicana de la que habla así el Papa Ratti:
En
las regiones en las que el comunismo ha podido consolidarse y dominar —Nos
pensamos ahora con singular afecto paterno en los pueblos de Rusia y de México—
se ha esforzado con toda clase de medios por destruir (lo proclama
abiertamente) desde sus cimientos la civilización y la religión cristiana y
borrar totalmente su recuerdo en el corazón de los hombres, especialmente de la
juventud. Obispos y sacerdotes han sido desterrados, condenados a trabajos
forzados, fusilados y asesinados de modo inhumano; simples seglares, por haber
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defendido
la religión, han sido considerados como sospechosos, han sido vejados,
perseguidos, detenidos y llevados a los tribunales[38].
LA MASONERÍA EN LA INDEPENDENCIA DE MÉXICO
La
tristísima ignorancia que reina en España sobre la historia de México y la
importancia vital que México alcanza hoy en la vida de la Iglesia, ya que, por
su población y su porcentaje de fieles es una de las dos primeras naciones
católicas del mundo, y la primera de habla hispánica, me obliga a proponer unos
apuntes históricos esenciales, tanto más cuanto que desde el principio de la
ofensiva revolucionaria y liberacionista en América hasta hoy, México es el
objetivo estratégico capital contra el que se ha orientado toda la subversión
centroamericana. En 1992 incluí un extenso capítulo sobre México en la Historia
de América que publiqué en la revista Epoca; pero en mis viajes de
inmersión a México en 1988 y 1995 he reunido una copiosa colección de fuentes
contemporáneas y he recibído lecciones magistrales inolvidables, como la del
profesar Carlos Alvear en la Universidad de las Américas en Puebla y la del
profesor José Antonio Núñez Ochoa en la Universidad Anáhuac de la Ciudad de
México. Además de la bibliografía que cité en esa Historia quiero
referirme ahora a dos libros del profesor José Fuentes Mares, Génesis del
expansionismo norteamericano (México, Grijalbo, 1985) y Poinsett,
historia de una gran intriga (México, Océano, 1982); al gran éxito de
Enrique Krauze Siglo de caudillos (México, Tusquets, 1994); a dos obras
del profesor Carlos Alvear, Historia de México (México, ed. Jus, 1984) y
los ya citados Episodios de la Revolución mexicana (ibíd. 1988);
a la impresionante trilogía La Cristiada, de Jean Meyer (México,
siglo XXI,
1993) y a dos libros sobre la historia masónica de México, el del profesor Díaz
Cid (que pude consultar breve pero intensamente) y el del Gran Inspector
masónico don Ramón Martínez Zaldúa Historia de la Masonería en
Hispanoamérica (ed. reciente, s.d. s. ed.) Me han impresionado
especialmente las Memorias de don Jesús Degollado Guízar, último general
en jefe del Ejército cristero, (México, ed. Jus, 1957).
Bajo la
Corona de España, que mantuvo en México, la Nueva España, la soberanía hasta
finales del primer cuarto del siglo
XIX; México era el reino más rico, vasto, próspero
y culto de todas las Indias. La Ciudad de México era, a comienzos del siglo XIX,
una de las grandes urbes de la Tierra. La calidad ilustrada y cultural de
México asombraba a los visitantes de la Ilustración cuando comprobaban en las
instituciones culturales allí creadas por España tal altura de investigación
que sólo en el campo de los descubrimientos metalúrgicos se descubrieron allí
varios elementos (wolframio, vanadio) de lo que pronto sería el sistema
periódico, los cuales un siglo más tarde hubieran merecido automáticamente el
premio Nobel. La vida de la Iglesia católica durante el virreinato, con sus
luces y sus sombras, presenta aspectos
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admirables y
aun asombrosos en cuanto a la extensión de la fe, la hondura religiosa y el
sentido cultural.
La primera
fase de la independencia de México corrió a cargo de los curas caudillos, don
Miguel Hidalgo, criollo ilustrado y cura de Dolores y don José María Morelos,
que llevaba sangre española, india y negra. La razón de esta guerra de
Insurgencia fue la misma que en el resto de América española; el abandono en
que se sentían los españoles de América ante la posibilidad de que los
virreinatos fueran entregados a Napoleón después de la conquista de Sevilla por
los franceses en 1810, año que marca en toda América el comienzo de la
rebelión; y las reivindicaciones de los criollos contra los españoles
peninsulares que ocupaban la gran mayoría de los cargos públicos. Hidalgo
reunió bajo el estandarte de la Virgen de Guadalupe y el retrato de Fernando
VII a decenas de millares de indios, a quienes trataban inútilmente de
encuadrar algunos oficiales de milicias, criollos y mestizos. Marchó hacia la
ciudad de México en riada humana que se dedicó a toda clase de saqueos y
desmanes. Logró algunas victorias parciales pero fue destruido sin excesiva
dificultad por el pequeño ejército virreina} a las órdenes del general don
Félix Calleja, que fue recompensado con el virreinato de Nueva España. En
calidad de tal consiguió cortar la sucesión de cuatro campañas emprendidas por
el cura don José María Morelos, dotado de mucha mayor capacidad militar y
política que Hidalgo pero que al fin fue derrotado y fusilado a fines del año
1815, cuando casi todos los focos de rebelión en Hispanoamérica habían quedado
extinguidos gracias a la reacción de los realistas (entre los que figuraban
numerosos criollos y la mayoría de «Castas», indios y negros). En ese mismo año
había desembarcado en Venezuela una poderosa expedición española al mando de un
héroe de nuestra guerra de la Independencia, general Morillo, que completó la
recuperación del virreinato de Nueva Granada. El de Lima había logrado
defenderse con sus propias fuerzas, que eran mínimas; no pasaban de 25 000 los
soldados peninsulares españoles encargados de defender el Imperio americano
desde Alaska a la Tierra de Fuego. Sólo restaba el foco rebelde de Buenos Aires
que sin embargo en ese año de 1815 aún no había repudiado la soberanía y la
bandera de España.
Entre 1814 y
1820 Fernando VII reinaba en España con régimen de Monarquía absoluta, a la que
se oponían los rebeldes o patriotas liberales de Suramérica; que a las órdenes
de sus caudillos masónicos, entre los que destacaba el venezolano Simón Bolívar
y bajo la protección y cooperación de la Masonería imperial británica lograron
su conjunción en Quito el año 1819 tras asegurar el triunfo de la Independencia
en el Plata, Chile, Nueva Granada y el Perú. El primer día de enero de 1820 la
segunda gran expedición preparada por Fernando VII en Cádiz para ahogar la
fundamental rebelión de Buenos Aires quedó frustrada por el pronunciamiento
masónico de Riego, alentado también por los agentes de Inglaterra (entre ellos
Juan Alvarez Mendizábal) y el ejército español de los Andes siguió resistiendo
heroicamente durante varias campañas, pero ya sin posibilidad de victoria. La
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excepción a
este triunfo de la independencia hispano-americana fue México, donde la
aristocracia española y la alta clase criolla estaban conformes con el régimen
absoluto. Cuando éste se hundió tras el golpe de Riego en 1820 para dar paso al
Trienio liberal-radical de 1820-1823, que fue un apogeo político de la
Masonería en España, los criollos independentistas de México, con muchas
colaboraciones de españoles antiliberales y criollos hasta entonces realistas
se inclinaron cada vez más a la causa de la independencia mexicana. Las
convulsiones fernandinas contribuyeron, pues, de forma decisiva a la pérdida de
América.
Durante los
años finales del predominio realista en Nueva España varios caudillos
insurgentes trataron de proseguir, con escaso éxito, la lucha por la
independencia en el Sur, pero no consiguieron vencer al ejército virreinal que
contaba entre sus jefes más distinguidos con el criollo don Agustín de
lturbide, que ya había combatido victoriosamente contra la primera insurgencia.
En 1817 el famoso guerrillero de la Independencia española Javier Mina —Mina el
Joven— convertido al liberalismo durante su prisión y exilio en Francia, trató
inútilmente de imponerse al absolutismo de Fernando VII y se presentó en México
con ayuda financiera y militar de Inglaterra y los Estados Unidos. Penetraron
en México pero después de varias victorias Mina y sus aliados extranjeros
fueron derrotados por el ejército virreinal, que fusiló al guerrillero por la
espalda.
La
implantación del régimen constitucional de Cádiz en 1820 tras la victoria de
Riego llegaba ya tarde para convencer a los patriotas liberales de Surarmérica
y provocó, por motivos contrarios, la pérdida de la Nueva España, donde el
gobierno de Madrid ordenó promulgar las leyes liberales y anticlericales que
rigieron en la metrópoli durante el caótico trienio cuya estrella indiscutible
fue el propio Riego. La Iglesia hispano-mexicana, la aristocracia peninsular y
los criollos ilustrados se unieron en el rechazo a la nueva situación, contra
la que se urdieron varias conjuras sobre las que se impuso, en la propia
capital del virreinato, el Plan de la Profesa, así llamado porque se fraguó en
la iglesia de San Felipe Neri, antigua casa profesa de los jesuitas. Los
conspiradores se inclinaban a entregar el gobierno al general criollo don
Agustín de lturbide, muy distinguido al frente del ejército virreinal en las
luchas contra los insurgentes. Nombrado por el virrey Apodaca jefe de la
división que reducía a los insurgentes del Sur, acabó tratando con ellos y con
otros militares criollos del ejército realista. Redactó el Plan de Iguala,
impreso en la ciudad de Puebla y proclamado el 24 de febrero de 1821 con tres
objetivos o garantías: la unidad religiosa, contra las leyes anticlericales del
liberalismo peninsular; la independencia respecto de España, con ofrecimiento
de la Corona a Fernando VII o alguno de sus hermanos; y la unión de todos los
habitantes de México sin distinción de razas y procedencias. Se creaba un
Congreso Constituyente y una Junta provisional de gobierno. La triple garantía
se simbolizaba en una bandera tricolor — blanco, rojo, verde— que luego
evolucionó a la actual enseña mexicana. Gracias al Plan de las Tres Garantías
el proceso de independencia, con Iturbide como Libertador
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de México,
se desarrolló casi sin traumas. Muchos españoles se adhirieron al Pan de Iguala
por las tres garantías.
Expulsado el
virrey Apodaca por presiones masónicas, fue sustituido desde fines de julio por
el último virrey español, brigadier OïDonojú, liberal y masón, quien pronto se
puso de acuerdo con Iturbide en el Tratado de Córdoba, que suprimía el
requisito de pertenecer a casa reinante para el candidato a emperador de
México. Las tropas realistas abandonaron sin lucha la capital, en la que entró
triunfalmente el que sería pronto nuevo Emperador, Agustín de Iturbide, el 27
de septiembre de 1821. Para corroborar la normalidad con que se produjo la
transmisión de poderes baste decir que tanto Iturbide como el ya ex virrey
O’Donojú formaron parte de la Junta provisional de gobierno.
El 15 de
septiembre de 1821las demarcaciones españolas de Centroamérica se
independizaron de España; fueron las primeras San Cristóbal y Tuxtla, actuales
escenarios de la rebelión pseudozapatista de Chiapas. Al repudiar España el
tratado de Córdoba los Barbones quedaron excluidos del trono imperial mexicano
por lo que el Regimiento número 1, en medio del entusiasmo popular, proclamó
emperador a Iturbide con el nombre de Agustín I, lo que fue ratificado por el
Congreso Constituyente. Por desgracia el Primer Imperio mexicano apenas duró un
año. Los diputados mexicanos que habían vuelto de las Cortes españolas, el
agente confidencial de los Estados Unidos Joel R. Poinsett (que exigía
tempranamente la cesión de inmensos territorios al norte e incluso al sur del
Río Bravo (lo que el Emperador rechazó airadamente) y la presión de la
Masonería escocesa regida por la Gran Logia Mexicana se aliaron para derribar a
lturbide. Traicionado por sus propios generales, el Emperador, que había
disuelto el Congreso, lo restableció para enviarle su abdicación el 19 de marzo
de 1923. Acto seguido se embarcó para Europa.
INTROMISIÓN E INVASIÓN DE LOS ESTADOS UNIDOS
Los
nacientes Estados Unidos pensaron muy pronto en apoderarse, como fruta madura,
de los inmensos territorios españoles de Norteamérica incluso antes de que
fueran traspasados a la nueva soberanía mexicana. El propio Fernando VII les
entregó, en venta torpísima y corrupta, nada menos que la Florida en 1819.
Consumada la ya independencia de México el agente confidencial y luego primer
embajador de los Estados Unidos Poinsett, que ya había intrigado a fondo en el
antiguo Reino de Chile, propuso al emperador Iturbide, como sabemos, la cesión
de los territorios del Norte de México desde Texas a California. De momento no
lo consiguió por el noble rechazo de Agustín I pero el designio expansivo y
arrollador de los Estados Unidos quedaba más que claro. Como ha puesto de
manifiesto el historiador Fuentes Mares el intervencionismo imperialista de
Washington ha sido una constante onerosa de la vida política y la historia de
México desde la tercera
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década del siglo XIX a nuestros días, sin la más mínima solución de
continuidad.
A la caída
de Iturbide rigió durante año y medio los destinos de México un triunvirato de
generales denominado Supremo Poder Ejecutivo. Sin embargo el hombre fuerte de
este régimen y los que siguieron fue, por fortuna para México, uno de los
grandes estadistas de su historia, don Lucas Alamán. El primer asunto grave con
que hubo de enfrentarse el triunvirato fue la separación de las provincias de
Centroamérica que decidieron formar pequeñas naciones independientes en 1823,
aunque lo que hoy es territorio de Chiapas, vecino de Guatemala, permaneció
—hasta hoy— bajo soberanía mexicana. En la pugna entre los partidarios de una
República centralista, como fray Servando Teresa de Mier, el colaborador de
Mina, y quienes preferían una República Federal, calcada formalmente de la
Constitución norteamericana (orientados por el intrigante Poinsett) se
impusieron éstos y promulgaron la Constitución Federal el 4 de octubre de 1824,
donde, por influjo suplementario de la Constitución española de Cádiz, se
proclamó a la religión católica como única profesada y permitida por la nación,
si bien el Presidente de la República se reservaba, como había hecho la Corona
española, el derecho de conceder el pase a cualquier documento o decisión
pontificia sobre México. Desde el principio de la República el espíritu liberal
trataba no ya de separar a la Iglesia del Estado sino de someterla al Estado.
La situación económica y social de la nueva República sólo podía calificarse de
catastrófica hasta el punto que muchos pensaron reclamar el regreso del
emperador exiliado para acabar con el caos. Así lo hizo, ingenua y
valerosamente, don Agustín de Iturbide, que desembarcó sin armas y en son de
paz pero fue preso y fusilado el 19 de julio de 1824.
Ante los
ensueños de Fernando VII que pretendía la reconquista de su imperio americano
perdido con el apoyo de la Santa Alianza, una vez recuperado su poder absoluto
gracias a la intervención europea en España, el gobierno de los Estados Unidos
ideó en 1823 la Doctrina Monroe para disuadir a los europeos de cualquier
intervención armada en las Américas. Era la proclamación oficial de la tutela
norteamericana sobre todo el hemisferio occidental, donde el imperialismo
norteamericano estaba ya empeñado en desplazar al imperialismo económico y
político de Francia y de Inglaterra.
En virtud de
la Constitución federal fue elegido como primer Presidente de México el general
Guadalupe Victoria (1824-1829) que consiguió la rendición del último bastión
español en México; el fuerte insular de San Juan de Ulúa, en 1825. Joel R.
Poinsett, ya embajador de los Estados Unido en México, detentaba el auténtico
poder en la República gracias a la extensión de la Masonería yorkina por él
trasplantada, cuyas logias dependían de la misma obediencia dominante en los
Estados Unidos. Pronto experimentaron los numerosos españoles que habían
contribuido a la independencia de México que el traidor no es menester cuando
es la traición pasada; en medio de las luchas políticas internas de la
República se decretó la expulsión de todos los españoles de México el 20 de
marzo de 1829. Los
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historiadores
mexicanos se muestran de acuerdo en los aspectos negativos de tal medida, que
dejó desmantelados a los territorios y a las misiones del Norte, privó a la
República de una población numerosa y trabajadora y perjudicó a México por la
cuantiosa salida de capitales. El efecto fue igualmente negativo para la
Iglesia de México y era un secreto a voces la inspiración masónica de tal
decisión. En 1829 la Masonería yorkina fomentó y logró la elección presidencial
del general Vicente Guerrero, miembro de la rama. La presidencia del general
Bustamante (que desempeñó por dos veces la magistratura suprema) fue el primer
período de paz y progreso en la República mexicana, gracias a la eficacia de
Lucas Alamán, primer colaborador del nuevo Presidente. La Santa Sede dejo de
apoyar las pretensiones revanchistas de Fernando VII y accedió a la provisión
de sedes vacantes en México. Se agitaban en México y en Nueva Orleans, centro
logístico de la Masonería mexicana, los liberales radicales ansiosos de tomar
el poder para implantar sus reformas. Al comenzar el año 1833 se hizo cargo de
la Presidencia un militar y político singular y voluble: el general don Antonio
López de Santa Anna. Fue Presidente once veces. Había entrado como cadete en el
ejército realista en 1810; luego se adhirió a Iturbide antes de luchar contra
él. Amigo de Guerrero, le abandonó y participó en todas las luchas interiores y
exteriores de México. Se ofreció a los imperiales de Maximiliano, que le
rechazaron. Ha pasado a la Historia como el principal responsable de la pérdida
de los territorios del Norte. Murió pobre y olvidado en México en 1876.
En 1833
Santa Ana llegaba al gobierno como liberal-radical y confió a su vicepresidente
Valentín Gómez Parias el primer intento de Reforma que experimentó la
República; Reforma tiene en México una interpretación liberal y anticlerical,
de comprobada inspiración masónica. Parias era masón conspicuo, perteneciente a
una nueva obediencia, el Rito Nacional Mexicano. Pero el ideólogo principal de
la Reforma era el sacerdote apóstata José María Luis Mora, ultraliberal y
masón, empeñado en condicionar a la voluntad del gobierno los nombramientos
eclesiásticos. Varios obispos expresaron su protesta y fueron desterrados. La
primera Reforma trató de excluir a la Iglesia del campo de la educación y cerró
la Universidad Pontificia. Mora impuso al Seminario de México un texto de
teología protestante. Cundió la protesta y Santa Anna recuperó la plenitud del
poder desde el que derogó las leyes anticatólicas en 1834. El primer intento de
Reforma terminaba en derrota pero el camino de los liberales quedaba bien
marcado.
Ya vimos
cómo desde la anexión de Florida en 1819 los Estados Unidos nunca desmintieron
su propósito de apoderarse de los grandes territorios que formaban el Norte de
México. La estrategia resultaba bien sencilla; una infiltración previa de
colonos anglosajones que después se unían para reclamar la independencia de la
región, aprovechándose de la debilidad mexicana, las luchas internas y
revueltas de México y la ausencia de los residentes y misioneros españoles
expulsados indiscriminadamente, sin medir las consecuencias. Este sistema se
había aplicado en
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Florida y se
repitió con igual éxito en otros territorios, empezando por la inmensa Texas,
donde la primera concesión importante de terreno había sido entregada por la
Corona española (en concreto, las Cortes de 1813) a Richard Keene. La concesión
exigía ciertas condiciones de seguridad que nunca se cumplieron. Fernando VII
otorgó otra gran concesión a Moisés Austin en 1821, y los gobiernos mexicanos
de la Independencia la ratificaron en favor de su hijo Esteban Austin,
dirigente de la Masonería texana. En la bibliografía antes citada, y
señaladamente en la Historia de México del profesor Alvear puede
encontrar el lector confirmación de las vinculaciones históricas entre
la Masonería y la Independencia, que admite también desde sus estudios en la
biblioteca Bodleiana de Oxford don Salvador de Madariaga. El embajador
Poinsett, importador de la Masonería yorkina a México, participó activamente en
estas gestiones.
El general
mexicano Manuel Mier y Terán propuso un acertado plan estratégico para impedir
la penetración de los Estados Unidos en los territorios mexicanos del Norte
pero la precariedad política y la penuria económica lo hicieron inviable. Dos
generales norteamericanos, Samuel Houston y el futuro Presidente Andrew Jackson
aprovecharon la transformación centralista de la nación mexicana en 1835 para
proclamar la independencia de Texas como Estado soberano. Una reunión de
masones norteamericanos y mexicanos en el centro masónico de Nueva Orleans
decidió apoyar al movimiento tejano de independencia. Conocido en México
semejante propósito el gobierno encomendó la preservación del territorio al
general López de Santa Anna que dirigió una expedición de dos mil soldados más
allá de Río Bravo. Logro superar la valerosa resistencia de tejanos y
norteamericanos en el fuerte del Álamo, a la salida de San Antonio (un pequeño
choque magnificado por la propaganda y el cine de los Estados Unidos) pero el
general Jackson, ya Presidente, ordenó al general Houston que eliminase la
contraofensiva de Santa Anna. El general mexicano, de escasas dotes militares,
se dejó sorprender por Houston en el combate de San Jacinto (abril de 1836)
donde fue derrotado y hecho prisionero. Allí tuvo que firmar los
tratados de Velasco que reconocían la independencia de Texas,
anexionada nueve años después a la Unión. El mexicano masón Lorenzo de Zavala
vio premiada su traición con la vicepresidencia de la República independiente
de Texas.
El Congreso
mexicano había cambiado el régimen federalista por el centralista (provincias
en vez de Estados, restricción de poderes locales en favor del gobierno) poco
antes de la guerra tejana. En la segunda presidencia del general Bustamante
tanto España como la Santa Sede reconocieron la independencia de México. En
1838 Francia envió una expedición naval a Veracruz para reclamar
indemnizaciones por daños inferidos a sus súbditos. Para sustituir a
Bustamante, derribado por una conjura, fue de nuevo elevado a la Presidencia el
general López de Santa Anna que ejercía una extraña e injustificada fascinación
sobre sus compatriotas pese a la sucesión de desastres que jalonan su vida. El
13 de mayo de 1846 los Estados Unidos decidieron consumar sus proyectos de
expansión contra México y declararon la
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guerra a la
República centralista que se transformó de nuevo en Federal, con el inevitable
Santa Anna al frente; y el masón doctor Gómez Parias en la vicepresidencia.
Esta vez la
guerra contra México asumió abiertamente la forma de invasión, ordenada por el
presidente James Polk en varias direcciones. El objetivo consistía en
apoderarse de todo el territorio mexicano desde la frontera de Texas hasta la
costa del Pacífico en California, con el río Bravo como nueva frontera. El
ejército del general Kearney marchó sobre Nuevo México, ocupó la capital de
este Estado, Santa Fe y se lanzó sobre California en conjunción con la Marina
que se apoderó sin dificultades de Monterrey y San Francisco. Los mexicanos
consiguieron reconquistar la ciudad de Los Ángeles pero la cedieron después a
fuerzas muy superiores. Otras columnas norteamericanas avanzaron hacia el
interior de México pero el ejército del general y futuro Presidente Zacarías
Taylor, que había rebasado la ciudad de Saltillo, fue detenido por el ejército
de Santa Anna en La Angostura aunque el general mexicano ordenó
inexplicablemente la retirada, lo que dio origen a todas las sospechas.
Mientras tanto el vicepresidente masón Gómez Parias, con la Hacienda exhausta,
se dedicó a exprimir y esquilmar a la Iglesia, que había contribuido
generosamente a la financiación de la guerra.
Los Estados
Unidos decidieron entonces la invasión de México a partir de la costa
atlántica. El 9 de marzo de 1847 el general Winfield Scott se apoderó del
puerto de Veracruz, venció a Santa Anna en Cerro Gordo y marchó sobre la
capital tras la ocupación de Puebla. Las tropas mexicanas se defendieron con
bravura pero no lograron evitar la caída de la capital tras la toma por el
enemigo del castillo de Chapultepec entre cuyos ochocientos defensores
combatieron hasta la muerte varios jovencísimos cadetes, los «Niños Héroes»
entre los que sobrevivió don Miguel Miramón, futuro Presidente conservador.
Santa Anna abandonó la Ciudad de México y escapó del país. El 2 de febrero de
1848 México hubo de firmar el humillante tratado de Guadalupe Hidalgo, por el
que perdía más de la mitad de su territorio. Por desgracia unos días antes el
Ayuntamiento liberal de la ciudad de México rindió un homenaje servil al
general norteamericano vencedor a quien pidieron que «no saliera de México sin
haber destruido la influencia del clero y el ejército». Don Lucas Alamán, que
por entonces fundaba el Partido Conservador, ganó merecidamente las elecciones
a esa banda de traidores y encabezó la reacción nacional que devolvió el poder
al general Antonio López de Santa Anna, quien le nombró ministro de Relaciones
al asumir el gobierno, que duró de 1853 a 1855. Desgraciadamente don Lucas
Alamán murió poco después y el último mandato de Santa Anna, que se desenvolvió
bajo pompa monárquica e invocaciones a una Monarquía que pusiera fin a las desgracias
de México, se distinguió por un retorno (no declarado) al centralismo, por un
renovado respeto hacia la Iglesia y por una tenaz persecución contra los
liberales, entre los que destacaban don Benito Juárez y don Melchor Ocampo.
Esto avivó el descontento general, que se concretó en el Plan de Ayutla
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contra el
régimen de Santa Anna. Los conjurados, con ayuda norteamericana (que siempre
favoreció a los liberales radicales a través de conexiones masónicas)
consiguieron el derrocamiento de Santa Anna, que nuevamente abandonó la capital
y el país para dar paso a una situación liberal cuyo primer Presidente fue el
general Juan Álvarez.
EL RÉGIMEN LIBERAL-MASÓNICO Y SU DEGENERACIÓN
PORFIRISTA: EL TRÁGICO INTERMEDIO IMPERIAL
La
presidencia del general Álvarez, con la que se inauguraba en octubre de 1855 el
régimen liberal-radical en México no fue más que el trampolín del que saltaría
al primer plano político su ministro de Justicia, don Benito Juárez. Buscó y
obtuvo éste el apoyo incondicional de los Estados Unidos contra los
conservadores, ya conocidos por sus tendencias monárquicas; quienes, para
contrarrestar el auxilio de Washington a los liberales buscaron un respaldo
político-militar en Europa, por partida doble: por parte del Imperio austriaco,
al ofrecer el trono del Segundo Imperio mexicano al archiduque Maximiliano,
casado con la princesa Carlota de Bélgica y hermano del Emperador Francisco
José; pero bajo el patrocinio y con la ayuda militar de Napoleón III, titular
del Segundo Imperio francés y muy prestigiado por sus victorias en Italia. Sin
embargo los conservadores mexicanos hubieron de aproximarse también a las ideas
liberales que se imponían en Europa después de la Revolución liberal-burguesa
de 1848; Napoleón III procedía del liberalismo familiar y en definitiva debía
el trono a aquella revolución que había derribado al rey de los franceses Luis
Felipe de Orleans. La estrella ascendente de Benito Juárez tenía, además, un
claro significado de cambio racial. Hasta la caída definitiva de Santa Anna el
más alto círculo del poder en México estaba integrado por los criollos blancos;
Juárez, en cambio, era un indio puro zapoteca, de Oaxaca, «mestizo espiritual»
como le llamaría Miguel de Unamuno, por quien la alta política mexicana entra
en la era del mestizaje, de acuerdo con la tendencia de mezcla racial que se
imponía ya en el avance demográfico. Juárez ignoraba el castellano hasta los
once años, estudió luego en el seminario de Oaxaca, que abandonó para hacerse
abogado. Liberal de toda la vida fue gobernador de Oaxaca, se opuso a Santa
Anna y vivió un tiempo en los Estados Unidos, de donde regresó para unirse al
Plan de Ayutla. Miembro de la Masonería, llegó a convencerse de que la Iglesia,
como máxima enemiga del progreso y la libertad, debía ser reducida y
esterilizada. Con su mandato se inaugura casi siglo y medio de hostilidad
permanente y militante entre el Estado mexicano, liberal-masónico, y la Iglesia
católica. No comprendo cómo algunos escritores pueden trazar las líneas
maestras de la historia contemporánea mexicana descartando la clave masónica.
Consiguen eso: una historia sin clave.
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Como suele suceder en los regímenes llamados
liberales, las primeras medidas del gobierno Alvarez constituyeron flagrantes
atentados y represiones contra la libertad. Se cometieron ejecuciones
arbitrarias contra enemigos políticos de signo conservador, se privó a los
sacerdotes de sus derechos políticos y a fines de 1855 quedó aprobada la Ley
Juárez que invalidaba la obligatoriedad del fuero eclesiástico para los
sacerdotes. Cundieron las protestas incluso entre los partidarios del gobierno,
uno de los cuales, el gobernador de Guanajuato, se quejó de que el nuevo
régimen «pretendía introducir en la República una especie de protestantismo».
Harto de críticas dimitió el general Álvarez en favor del general Ignacio
Comonfort, liberal moderado que mantuvo el poder hasta 1858. Recrudeció el
control de la prensa crítica; otra medida clásica de los liberales en muchas
partes. Por motivos políticos y sin inspiración alguna de la Iglesia una
conjura conservadora se apoderó de Puebla pero el gobierno liberal acusó falsamente
de complicidad a la Iglesia, desterró al obispo, confiscó los bienes del clero
y dictó una dura ley desamortizadora que afectaba gravemente a las propiedades
de la Iglesia y las corporaciones locales, como se venía haciendo en España en
las décadas de los años treinta y los años cincuenta del siglo XIX.
Como en España la desamortización aumentó los latifundios, perjudicó a los
campesinos y enriqueció a un sector de oportunistas; las relaciones entre el
régimen liberal y la Iglesia de México se agriaban a ojos vistas. El Congreso
elaboró la Constitución liberal de 1857, a la que luego se incorporaron las
leyes desamortizadoras y anticlericales. Quedaron desautorizados
constitucionalmente los votos religiosos y suprimido el fuero eclesiástico.
Protestaron los Obispos y el Papa Pío IX, que sin embargo trató de
contemporizar para evitar la ruptura completa. Por su parte Benito Juárez,
ahora gobernador de Oaxaca, favoreció las pretensiones norteamericanas para
abrir un canal interoceánico en el istmo de Tehuantepec. Sin intervención
directa de la Iglesia grupos conservadores se alzaron contra la tiranía liberal
y dos generales jóvenes, Miguel Miramón y Luis Osollo, se apoderaron audazmente
de la Ciudad de México. El Presidente liberal, Comonfort, huyó del país y
representantes conservadores de varios Estados le sustituyeron por el general
Zuloaga. Benito Juárez, ya presidente de la Corte Suprema de Justicia, se negó
a reconocer a Zuloaga y reclamó la Presidencia de la República, con lo que se
abrió la Guerra de Reforma o de los Tres Años. Juárez atribuyó falsamente el
golpe de estado conservador al influjo del alto clero. Juárez huyó a los
Estados Unidos mientras Zuloaga abolía las leyes anticlericales. El general
Miramón se impuso militarmente contra las tropas y partidas liberales.
El embajador
de los Estados Unidos, Forsyth, exigió en 1858 al gobierno Zuloaga nuevos y
extensos territorios mexicanos pero ante la firmeza del gobierno no se consumó
esta vez el despojo. De 1858 a 1860 el general Miramón obtuvo grandes victorias
contra los juaristas, muy apoyados por los Estados Unidos. Miramón
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alcanzó la
Presidencia de la República sin haber cumplido los treinta años. En plena
guerra civil Benito Juárez promulgó sus célebres Leyes de Reforma, como
represalia contra la Iglesia a la que acusaba de promover la guerra y apoyar al
gobierno enemigo; los obispos negaron enérgicamente la acusación y protestaron
contra esas leyes que, si bien no podían aplicarse en la mayoría del
territorio, dominado por los conservadores, dictaban la nacionalización de
todos los bienes de la Iglesia. Quedaban suprimidas las órdenes religiosas de
varones, se implantaba la libertad de cultos y se pretendía crear una Iglesia
mexicana cismática. A fines de 1860 y gracias al apoyo de los Estados Unidos
Benito Juárez inclinó a su favor la guerra civil, se apoderó de la capital y
consiguió la victoria, seguida de una cruel represión. Miramón logró evadirse a
Cuba. La guerra había destrozado al país y el17 de julio de 1861 el caos
financiero forzó a la suspensión de pagos de la Deuda exterior, que afectaba a
Inglaterra en 70 millones de pesos, a Francia en 27 y a España en 10.
Aprovechando que los Estados Unidos se enzarzaban hasta 1865 en su cruenta
Guerra de Secesión las tres potencias afectadas firmaron en octubre de 1861 la
Convención de Londres para una intervención conjunta contra México. Los cuerpos
expedicionarios de cada país desembarcaron en Veracruz y establecieron una
sólida cabeza de puente entre diciembre de 1861 y enero siguiente. Los
españoles, al mando del general Prim, eran más numerosos y rebasaban los seis
mil hombres. Francia envió tres mil e Inglaterra
800. A su llegada se extendió por México un intenso
movimiento monárquico que contaba con el apoyo de Napoleón III. El general
español, miembro de la Masonería, casado con una mexicana y muy bien informado
sobre el apoyo de los Estados Unidos a Juárez, apostó por la victoria de Juárez
y decidió la retirada de sus tropas, lo que provocó en España una tormenta
política muy intensa. Convenció de lo mismo a los ingleses; pero no a los
franceses que deciden apoyar militarmente a los conservadores y monárquicos mexicanos.
Negar la influencia masónica sobre estos sucesos equivale a negarse a la
evidencia. Prim era un gran admirador de los Estados Unidos; regresó a España
por territorio norteamericano y logró que la reina Isabel II le diera la razón.
Napoleón
III, que no calibraba la potencia de Estados Unidos, se empeñó en realizar su
sueño imperial americano. El general Juan Almonte organizó con gran actividad
un partido monárquico al que se sumaron en México no sólo los conservadores
sino numerosos liberales. El cuerpo expedicionario francés se puso en marcha
hacia el interior pero fue derrotado en su ofensiva contra Puebla por el
ejército republicano del general Zaragoza, en acciones donde empezó a sonar un
nombre del futuro, el general Porfirio Díaz. Era el mes de mayo de 1862 y si
bien los franceses vencieron en Cerro del Borrego el emperador de Francia dio
el mando de la expedición al mariscal Forey, que con 22 000 franceses y 6000
mexicanos repitieron el intento sobre Puebla, que tomaron tras dura resistencia
de los republicanos. En junio de 1863 el ejército franco-mexicano entró
triunfalmente en la Ciudad de México donde proclamó en ausencia como Emperador
a Maximiliano l. Juárez tuvo
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que escapar
e instalar su capital republicana en la ciudad fronteriza de El Paso, sobre el
Río Grande, para recibir cómodamente las ayudas de Norteamérica. Sin embargo
Napoleón III, que en su política interior francesa trataba inteligentemente a
la Iglesia, ordenó a sus representantes en México que evitasen el
enfrentamiento ideológico con los liberales, a quienes habían venido
precisamente a combatir. El propio Maximiliano, que era masón, no repudió con
energía las Leyes de Reforma con lo que se alienó la voluntad de los
conservadores y de la Iglesia. El general Miramón se presentó en la capital y
ofreció su espada al mando francés que no hizo mucho caso, lo mismo que el
emperador a su llegada, sin advertir que sólo el joven militar mexicano,
auténtico rayo de la guerra, era capaz de llevarla a buen fin. Napoleón III
entregó el mando militar supremo a un jefe con escasas dotes y mala estrella,
el mariscal Bazaine.
El mando
francés constituyó en la Ciudad de México una Junta de gobierno seleccionada en
Francia, entre los mexicanos exiliados, que designó una Junta de 215 Notables
para ofrecer formalmente la Corona imperial al archiduque Maximiliano de
Austria, virrey de la Italia del Norte. La restauración imperial suscitó en
todo el país innumerables adhesiones; autores liberales reconocen que un
altísimo porcentaje de la población aceptaba el Imperio. El mariscal Bazaine,
Napoleón III y el propio Maximiliano se mostraron partidarios de la
consolidación de las leyes desamortizadoras. Firmado el instrumento de
aceptación los Emperadores mexicanos visitaron en Roma al Papa Pío IX y
desembarcaron en Veracruz el 28 de mayo de 1864. Sin embargo Juárez mantenía
viva la guerra civil desde su reducto del Norte, ayudado desde el sur por el
general Porfirio Díaz. Los Estados Unidos, pese a su guerra civil, continuaron
su ayuda militar a los republicanos e incluso amagaron con una marcha sobre la
frontera. Mientras tanto el Emperador trataba de congraciarse con su pueblo en
tan difíciles circunstancias. No acertó en la orientación del gobierno
—predominantemente liberal— ni en la dirección estratégica, mal llevada por el
mariscal Bazaine. Fracasó al negociar con el Nuncio un acuerdo en que mantenía
la línea liberal y en cambio aceptó la dignidad masónica de Protector de la
Orden. Pero en la primavera de 1865 la Unión americana derrotó definitivamente
a la Confederación y el gobierno victorioso mostró su hostilidad y su repulsa al
emperador Maximiliano y a su protector Napoleón III, que estaba próximo a
enzarzarse en su fatal guerra contra Prusia. En mayo de 1866 Napoleón III anuló
los acuerdos de Miramar y comunicó a Maximiliano su decisión de retirar
gradualmente las tropas francesas de México. La animosa emperatriz Carlota
viajó entonces a Europa para suplicar protección; nada logró de Napoleón III y
durante una audiencia con el Papa sufrió un terrible ataque de locura. Hubo de
recluirse en la corte de Bélgica donde murió a los 86 años en 1927.
Viéndose
perdido, el emperador de México decidió defender el Trono. Los republicanos de
Benito Juárez, con desbordante apoyo de Estados Unidos, emprendieron la marcha
hacia la capital con cuatro ejércitos a partir de julio de
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1866.El
general Miramón olvidó los desprecios a que le había sometido el Emperador y se
mantuvo a su lado hasta el fin. El ejército imperial se encerró en Querétaro
por lo que el general Porfirio Díaz tomó la Ciudad de México el 21 de junio de
1867; Benito Juárez llego poco después en triunfo para restablecer la
República. Miramón defendió Querétaro hasta que una conjura de traidores
entregó la plaza al enemigo. Maximiliano, con los generales Miramón y Mejía,
fueron condenados a muerte y ejecutados. La Masonería reprochó a Juárez haber
dado muerte a un compañero en la Orden y decidió borrarle, hasta hoy, de sus
libros.
Benito
Juárez, que venía ocupando la Presidencia de la República, por no haber
reconocido al régimen imperial, desde 1858, prolongó su mandato autoritario
durante más de catorce años hasta su muerte en 1872. Tras los malos ejemplos
conservadores también los liberales practicaban la autocracia y han perpetuado,
de diversas formas, la misma costumbre hasta nuestros días; el pueblo de México
no ha gozado prácticamente de un régimen democrático en toda su historia
independiente y buena parte de culpa recae por ello en la gran democracia del
Norte. Juárez no gobernó según la Constitución liberal teórica sino en virtud
de poderes excepcionales. Por supuesto que restableció y recrudeció las Leyes
de Reforma y se empeñó en acorralar y anular la acción de la Iglesia católica.
Organizó la educación con criterios positivistas y anticatólicos pero la dureza
de su régimen no contribuyó al saneamiento económico del país ni impidió la
proliferación de insurrecciones, casi todas de signo liberal. Las
características principales de su gobierno fueron el sometimiento a los Estados
Unidos, la corrupción, la arbitrariedad y el fraude. El general Porfirio Díaz
había organizado la gran conspiración de la Noria cuando murió Juárez el 18 de
julio de 1872 Le sustituyó el presidente de la Suprema Corte de Justicia,
licenciado Sebastián Lerdo de Tejada, hasta 1876.
Lerdo
amortiguó la tensión antijuarista con un decreto de amnistía y construyó el
importante ferrocarril de México a Veracruz. Reformó la Constitución para
intensificar la lucha contra la Iglesia, trató de encerrar a la Iglesia en los
templos y en cambio apoyó la difusión del protestantismo gracias a impulsos de
sectas protestantes norteamericanas. Su carácter autoritario y orgulloso
provocó un nuevo estado de malestar que desembocó en la rebelión victoriosa de
1876, dirigida por un héroe de la guerra civil, el general Porfirio Díaz.
Mediante
varios efugios legales el general Díaz se mantuvo en el poder (con un
intermedio presidencial de su compadre, el general Manuel González) durante
casi treinta años, hasta el 25 de mayo de 1911, el período que se conoce como
«porfirismo» o «porfiriato». Mestizo de Oaxaca, hijo de un hojalatero español y
madre india, su régimen equivale a una degeneración del liberalismo que
desembocó necesariamente en la Revolución Mexicana de 1910, el tracto histórico
en que todavía vive México, aunque ya presenta claros síntomas de agonía. Al
término de su primer mandato Díaz cedió aparentemente el poder al general
Manuel González «dedicado al saqueo del tesoro público» según frase de un
historiador. Luego reformó a su gusto la
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Constitución
para ser reelegido una y otra vez. Su régimen fue una dictadura de procedencia
liberal-radical, netamente oligárquica, inconcebiblemente corrupta y abierta de
piernas al más grosero imperialismo económico anglo-norteamericano. En 1895 el
91 por ciento de la población podía considerarse como clase baja subproletaria;
el 8 por ciento como débil clase media y el 1 por ciento como clase alta. En
1900, año de la cuarta reelección de Porfirio Díaz, la población de México era
de 13,6 millones de habitantes, de los que apenas dos millones no eran
analfabetos; el 97 por ciento de las familias carecían de tierra, En ese año el
capital extranjero —según Enrique Ruiz García, el aventurero español que llegó
sorprendentemente a consejero áulico de un Presidente antiespañol y pintoresco,
Luis Echevarría— controlaba 172 de los 202 establecimientos comerciales
importantes de México, Distrito Federal, y en 1911, cuando ya se había
producido bajo el porfiriato el primer impulso industrializador, dos tercios de
las inversiones industriales eran de propiedad británica o norteamericana.
Díaz, eso sí, sacrificó la libertad al orden y logró un innegable progreso
material cuyos resultados justificaba la dictadura merced a una propaganda
estruendosa y excluyente. Los intereses anglo-norteamericanos se cebaban por
supuesto en la industria, pero además en la agricultura latifundista y en el
petróleo, la gran riqueza de México en el siglo XX, del que se habían
descubierto yacimientos de suma importancia.
Los
historiadores mexicanos más equilibrados, como el profesor Carlos Alvear,
reconocen los rasgos negativos del porfiriato pero tampoco ocultan los
positivos. El progreso material se logró gracias a un mantenimiento implacable
del orden público. Todos los niveles del gobierno dependían de las
designaciones personales del Presidente, que coartó a la prensa crítica y
pretendió ahogarla con su prensa adicta y subvencionada. Se incrementaron las
inversiones, las exportaciones y las importaciones pero el predominio del
capital norteamericano, más de mil millones de dólares en 1910, llegaba casi a
la mitad de la riqueza total del país. Aumentó escandalosamente el latifundismo
y disminuyó para las clases campesinas su participación en la propiedad de la
tierra. El porfiriato careció de política social, no fomentó la creación de
sindicatos y el principal líder social, Ricardo Flores Magón, se deslizó al
anarquismo. La Iglesia fue tolerada y no perseguida; aumentó a 23 el número de
diócesis, los sacerdotes superaron los cinco mil y se restablecieron en parte
las órdenes religiosas. Se permitió en 1895 la coronación de la Virgen de
Guadalupe pero el gobierno mantuvo su talante laicista. Al comenzar el siglo XX
el régimen de Porfirio Díaz no era ya más que un prolongado anacronismo. Por
todas partes surgían voces y proyectos de autentificación política en sentido
democrático, exigencias en política social y educativa, planes para romper la
onerosa dependencia nacional respecto del imperialismo económico extranjero.
Porfirio Díaz respondía cínicamente que México estaba ya maduro para la
democracia.
En 1908 había
aparecido un semanario satírico de gran influjo, El Tercer Imperio,
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muy crítico
contra el porfiriato y dirigido por un intelectual y político con buena imagen,
Francisco Ignacio Madero, a quien un historiador mexicano me describía como «un
hacendado español» si bien pertenecía a la Masonería, practicaba el espiritismo
y, como otros líderes de la inminente Revolución Mexicana, apenas ocultaba su
dependencia de los Estados Unidos, que han jugado a todos los paños en la
historia de México. Madero fundó, para concurrir a las elecciones de 1910, un
Centro Antireelecionista. Porfirio encarceló a Madero y amañó su nueva elección
presidencial, Madero pudo huir a los Estados Unidos y desencadenó un movimiento
político con un lema degradado por el dictador: «Sufragio efectivo, no
reelección». En un manifiesto famoso, Madero prometió reformas profundas,
nacionalismo financiero y reparto de tierras. Pero casi a la vez Porfirio Díaz
celebró con un derroche de propaganda sus ochenta años, mientras el 1 por
ciento de la población poseía el 97 por ciento de la tierra y 870 hacendados
gratos al régimen dominaban el campo mexicano; el analfabetismo seguía
aprisionando al ochenta por ciento del pueblo.
Madero había
puesto en marcha la Revolución Mexicana de 1910, la primera de las que
conmovieron al siglo XX después de la de 1905 en Rusia. Fue una
confluencia integrada por tres corrientes principales. Primero el liberalismo
moderado y regeneracionista de las clases medias suscitado por Madero. Segundo
el agrarismo radical, pero que respetaba la idea de propiedad, de los pequeños
propietarios y los campesinos sin tierra que seguían a su ídolo del Sur,
Emiliano Zapata. Y tercero el radicalismo obrero, confusa mezcla de
anarcosindicalismo y —más tarde— de marxismo elemental, contenido en el
programa revolucionario de Flores Magón. La Revolución, que carecía de
coherencia entre sus corrientes, estalló en Puebla en septiembre de 1910 y
pronto cundió por toda la nación al grito de «Tierra y Libertad». Y es que las
concesiones porfiristas de caucho en el Estado de Durango a las familias
norteamericanas Rockefeller y Aldrich gracias a sustanciosos sobornos, no eran
más que el colmo de una entrega total al imperialismo económico extranjero
mientras la nación yacía en la miseria, la incultura y el abandono.
Después de
tres décadas despóticas Porfirio Díaz, acorralado por la Revolución de 1910,
renunció a la Presidencia y marchó al exilio el 21 de mayo de 1911. Madero
asumió la Presidencia y abrió una nueva época, que hoy perdura: la Revolución
Mexicana. Para este movimiento la lucha contra la Iglesia no figuraba en
programa alguno; lo fundamental era el impulso democrático y la lucha por la
tierra. Sin embargo la Revolución Mexicana cayó pronto en el ataque y la
descalificación contra la Iglesia católica. Este giro trágico, que conduciría a
una nueva guerra civil, se derivó de las directrices masónicas; no existe otra
explicación.
DE LA REVOLUCIÓN DE 1910 A LA GUERRA CRISTERA
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En medio de una gran esperanza nacional asumió
Madero la Presidencia desde fines de 1911 a 1913. Era candidato de su propio
partido y del Partido Nacional Católico, a quien sin embargo fueron
escamoteados muchos escaños en las elecciones inmediatas. Sin embargo la época
revolucionaria defraudó por completo las esperanzas populares. Al consultar las
historias más acreditadas del México contemporáneo el lector experimenta una
terrible confusión de ideologías, actos de fuerza, banderías, presiones
extranjeras y directrices políticas. El verdadero árbitro de la política
mexicana en los primeros tiempos de la Revolución fue el embajador de los
Estados Unidos Henry Lane Wilson, que logró mantener la cohesión de la
oligarquía liberal y retiró bien pronto su apoyo al presidente Madero, quien
apenas pudo esbozar sus proyectos de reforma agraria y social, más o menos
convenidos con Emiliano Zapata, el cual rompió con el nuevo Presidente. Al
amparo de la Revolución defraudada se formó una nueva oligarquía que pactó con la
antigua y la restableció en su poder social y político, bajo la protección
intervencionista del embajador norteamericano. Madero designó al general
Victoriano Huerta comandante de la Ciudad de México para reprimir la
sublevación de los oligarcas pero Huerta traicionó a Madero y firmó con los
sublevados el Pacto de la Ciudadela, concertado realmente en la embajada
norteamericana. El resultado fue el derrocamiento de Madero y el ascenso de
Huerta a la Presidencia el 19 de febrero de 1913. Pronto fue asesinado Madero,
el profeta de la Revolución, que se dividido en tres corrientes, dirigidas por
tres caudillos; los villistas, a las órdenes de Doroteo Arango, (a) Pancho
Villa, guerrillero en el Norte; los carrancistas, partidarios del general
Venustiano Carranza, protegido de los norteamericanos, cuyo apoyo principal era
el general Álvaro de Obregón, dominador de la región occidental; y los
seguidores del iluminado Emiliano Zapata, que seguía alzado en el Sur y en
Morelos. En julio de 1914 Carranza, Obregón, Villa y Zapata consiguen echar al
Presidente Huerta pero vuelven a dividirse tras la victoria, que degenera en
anarquía.
Poco a poco
logró imponerse el poder de Carranza, en nombre del cual tomó la Ciudad de
México el general Obregón en agosto de 1915. Este caudillo, al margen de su
jefe, desencadenó una violentísima persecución religiosa con expulsión de
sacerdotes, depredación de bienes eclesiásticos, cierre de colegios católicos y
violaciones de monjas. Obregón logró derrotar a Pancho Villa en 1915; y
Carranza eliminó por traición a Zapata en 1919. Promulgó la Constitución
revolucionaria de 1917, masónica y ferozmente anticlerical, que prohibía la
enseñanza religiosa y nacionalizaba los bienes eclesiásticos. El Papa Pío XI
condenó estos excesos en la encíclica Iniquis afflictisque, el18 de
noviembre de 1926. Convertido en autócrata, Carranza abrió las puertas del
Estado a la más flagrante corrupción de su historia. Tras el asesinato de
Zapata el general Álvaro de Obregón decidió volver a la política cuando
advirtió que Carranza pretendía consolidar su dictadura. Alzado en armas,
Obregón venció a los partidarios de Carranza y le obligó a huir, lo que hizo
tras robar del Tesoro público treinta millones de pesos y llevándose consigo
todo un harén.
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Pretendía
llegar a Veracruz pero hubo se internarse en la Sierra de Puebla donde uno de
sus oficiales le asesinó el 21 de mayo de 1920.
Tras un
breve interregno presidencial el general Álvaro de Obregón venció en las
elecciones por abrumadora mayoría. Casi todas las antiguas fuerzas
revolucionarias le apoyaban, más una nueva: la Confederación Regional Obrera
Mexicana, fundada en 1918, impulsora del movimiento anticlerical junto con los
liberales radicales y mezcla detonante de marxismo grosero y violencia
anarcosindicalista de cuño soreliano. Nacieron además la central obrera CGT y
el partido comunista mexicano, que confirieron un tinte de extrema izquierda al
curso de la Revolución. Todos sus enemigos tradicionales y renovados se
conjuraron contra la Iglesia, bajo la perdurable inspiración masónica, para
alentar una persecución inexplicable que se estrelló contra la fe multisecular
del pueblo mexicano.
Patrocinado
por Obregón subió a la Presidencia en 1924 el general Plutarco Elías Calles, un
demagogo reformista y prevaricador que recrudeció hasta el paroxismo desde
1926la persecución contra la Iglesia y los católicos. Los historiadores
mexicanos reconocen a Calles un eficaz impulso regeneracionista en obras
públicas e instituciones económicas, pero siguen sin explicarse la vesania
masónica con que pretendió aniquilar a la Iglesia en la nación mexicana,
incluso repitiendo el intento anterior de crear una Iglesia apóstata y
cismática. Las vejaciones contra la Iglesia, los obispos y el Delegado
Apostólico, que fue expulsado, provocaron al fin la reacción violenta de los
católicos en varios estados —Jalisco, Colima, Zacatecas, Guadalajara y
Michoacán— a impulsos de la Liga Defensora de la Libertad religiosa. Es la
rebelión armada contra la tiranía anticatólica que se conoce en la Historia
como Guerra Cristera o Cristiada, entre 1926 y 1929.
La Guerra
Cristera, absurdamente desconocida en España, es un conflicto de primordial
importancia histórica que constituye además un clarísimo precedente de la
guerra civil española. Este conflicto, ejemplo clásico de resistencia legítima
a una tiranía despiadada, según una clara tradición doctrinal de la Iglesia, no
se desencadenó en modo alguno por la provocación de los católicos sino muy al
contrario, por la persecución intolerable de Calles-Obregón contra los
católicos, con violación de las leyes más elementales de la convivencia. El
diario masónico El Universal reprodujo insistentemente varias
provocaciones gubernamentales a principios de 1926. La protesta
católica, al principio, se encauzó por vías legales, entre ellas la
presentación de dos millones de firmas; pero todas esas vías fueron cegadas con
saña y sinrazón; el gobierno respondió con nuevas e insufribles agresiones a la
libertad religiosa y a las libertades civiles. Tanto que el Episcopado mexicano
decretó, como suprema medida de protesta, el interdicto que suspendía el culto
público en todas las iglesias de la nación. Obregón y Calles habían dado
muestras inequívocas de burlar la Constitución para perpetuarse sucesivamente
en el poder. Entonces el alzamiento armado de los cristeros brotó en las
regiones mexicanas de mayor entraña católica. Nunca se había visto una guerra
popular de
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semejante
envergadura después del alzamiento de la Vendée contra los excesos de la
Revolución francesa. La respuesta gubernamental fue la esperada; decenas de
sacerdotes fueron asesinados, cundieron las profanaciones, los atentados y las
violaciones públicas por los jefes militares, que luego entregaban sus víctimas
a la soldadesca. Los rebeldes se llamaron «Cristeros» por el grito con que
llegaban a la muerte y entraban en batalla, «¡Viva Cristo Rey!». La juventud
católica femenina peleó heroicamente en las Brigadas Juana de Arco. La lucha
más enconada se libró en Jalisco y Michoacán. Varios obispos bendijeron las
armas cristeras y el Papa Juan Pablo II ha beatificado, en la fiesta de Cristo
Rey de 1992, a veintidós sacerdotes y tres miembros seglares de la Acción
Católica, víctimas del odio a la fe en los años de la guerra cristera. (Beatos
de la Acción Católica, A.C. Mexicana, 1994). En 1927 el general Obregón,
candidato de nuevo a la Presidencia, sufrió un atentado en Chapultepec, del que
salió ileso; pero el gobierno acusó falsamente al jesuita Miguel Agustín Pro,
que para nada había intervenido. El jesuita fue fusilado y también ha sido
beatificado por Juan Pablo II, con grave indignación de los masones mexicanos y
no demasiado entusiasmo por parte de los jesuitas de hoy. Al año siguiente
Obregón, presidente electo, fue asesinado efectivamente por un vengador
cristero.
En 1929
quedaba claro que ni el Ejército lograba sofocar la rebelión cristera ni los
católicos rebeldes conseguían que su gesta derribase al gobierno anticlerical.
Eliminado Obregón asumió la Presidencia una marioneta del general Calles, que
pronto se haría llamar «Jefe Máximo», don Emilio Portes Gil, quien, bajo el
patrocinio del embajador de los Estados Unidos, Dwight W. Morrow, celebró
negociaciones con varios prelados y concluyó con ellos los llamados «Arreglos»
que pusieron fin al conflicto cristero. El embajador redactó el texto que fue
traducido al castellano y firmado por ambas partes en papel sin membrete y sin
más garantías. Quedaba disuelto el Ejército cristero, llamado Guardia nacional;
el gobierno no cancelaba la legislación antireligiosa pero se comprometía a no
aplicarla y aceptaba un régimen de tolerancia. Sin embargo, tras deponer sus
armas los rebeldes, se produjeron numerosos asesinatos y represalias por lo que
tanto el Delegado Apostólico como el presidente de la República hubieron de tranquilizar
públicamente cada uno a sus partidarios. La obediencia de los cristeros, que no
habían sido vencidos, resultó casi sobrehumana; las explicaciones del
Presidente a sus compañeros masones, que hemos subrayado en el Pórtico de este
libro, demuestran de forma inequívoca la conjunción absoluta entre la
Revolución mexicana y la Masonería, auténtica impulsora de la persecución. Es
uno de los documentos más extraordinarios en la historia de México y en la
historia de la Iglesia.
En la época
de Portes Gil, bajo la supervisión de Calles, tomó forma el 4 de marzo de 1929
el Partido Nacional Revolucionario con pretensiones de monopolio político
absoluto; luego cambiaría su nombre por el de Partido Revolucionario
Institucional o PRI, que convertido en la ficción democrática más escandalosa
del mundo sigue hoy detentando el poder en México. Nació sobre la trama de los
grupos
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políticos
regionales que habían contribuido a la consolidación revolucionaria y de tres
poderosas fuerzas sociales: la Confederación Nacional Campesina (casi diez
millones de votos) la Confederación de Trabajadores de México y la
Confederación Nacional de Organismos Populares, con casi ocho millones de votos
en la actualidad. El PNR/PRI se funda desde su nacimiento en su tejido de
organización y encuadramiento social que, alimentado con fondos propios y con
las arcas del Estado, del que es parásito, le hacen merecedor, hasta hace poco,
del título con que se le distingue en México: El Invencible. Y desde su
nacimiento hasta hoy es un partido sustancialmente masónico y enemigo de la
Iglesia católica.
Después de
Portes Gil otros tres presidentes marionetas del Jefe Máximo, Plutarco Elías
Calles, se sucedieron en el poder aparente, controlado por el embajador
americano Morrow con lo cual el Coloso del Norte renovaba el régimen de
proconsulado que ya había ejercido en México durante las situaciones liberales
anteriores. En 1931 el régimen del brutal y arbitrario Calles intensificó las
medidas persecutorias contra la Iglesia católica a la que se pretendió eliminar
del alma mexicana junto con el recuerdo y las raíces de la presencia hispánica.
No pudo conseguir el régimen ni uno ni otro objetivo; las raíces profundas de
los pueblos nunca se arrancan más que superficialmente. Calles, corrompido
hasta la médula, mantenía un férreo control del partido autocrático e instaló
como presidente en 1933 a Abelardo L. Rodríguez, su socio en la pingüe
explotación de los garitos que proliferaban en la Baja California, donde los
prósperos vecinos del norte se dejaban el dinero y la vergüenza. Los gangsters
mexicanos de la época, dirigidos por su «capo» que era el propio Calles
detentaban el poder en los Estados Unidos mexicanos. Pero cuando en 1934 Calles
patrocinó para la Presidencia a quien consideraba como un hijo, el general
Lázaro Cárdenas, cometió el error de su vida; porque Cárdenas primero anuló a
Calles y luego le expulsó de México con lo que logro asumir desde la
Presidencia el dominio del PNR/PRI, que ya no han dejado nunca de empuñar los
presidentes en ejercicio. Cárdenas, sincero populista, fue el gran impulsor de
una reforma agraria efectiva. Inclinado abiertamente al marxismo y el comunismo
favoreció a la causa del Frente Popular durante la guerra civil española y
acogió luego con generosidad, que la España reconciliada debe agradecerle, a
millares de refugiados republicanos de la España vencida, quienes, fuera de
algunos arribistas y mangantes del aparato socialista exiliado (que como
algunos dignatarios mexicanos se lucraron con el tesoro del yate Vita,
cargado de despojos robados a particulares en España) recalaron en México para
sobrevivir y trabajar y contribuyeron beneficiosamente al desarrollo económico
y cultural de México. Cárdenas nacionalizó los recursos petrolíferos pero no
perdió por ello el amparo de los Estados Unidos. Insistió cada vez más inútilmente
en las medidas anticlericales, con lo que provocó la famosa encíclica de Pío XI
Divini Redemptoris en 1937 donde el Papa equiparaba las persecuciones de
signo comunista contra la Iglesia en Rusia, México y España. En 1935 Cárdenas
había otorgado plena legalidad al partido
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comunista de
México y durante su mandato el marxismo penetró profundamente en la enseñanza.
Hasta su relevo en 1940 Cárdenas era considerado en el mundo comunista, con el
absurdo beneplácito de los liberals norteamericanos, como un notable
colaborador de Stalin.
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SECCIÓN 5: LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
ESPAÑA 1936: MEDIA NACIÓN NO SE RESIGNA A MORIR
Cuando aún
no se habían extinguido los ecos, ni se había secado la sangre cristera de la
guerra civil religiosa en México estallaba en España otra guerra religiosa a
media tarde del 17 de julio de 1936. Fui testigo infantil de la guerra civil
española, he conocido a numerosos testigos que combatieron en uno y otro de sus
bandos, incluso a la máxima altura política o militar; y creo ser el autor que
más libros ha escrito sobre esa guerra, a la que pienso volver con nuevos
proyectos editoriales y de investigación. Esto significa que debo dominarme
hasta lo indecible para no sobrepasar los limites que tengo asignados a la
guerra civil española en este libro.
Para el
estudio general de la guerra civil española debo referirme, sin falsas
modestias, a dos de mis libros: Nueva historia de la guerra civil,
publicada con motivo del cincuentenario de su comienzo, como resumen y
perspectiva de los documentos y trabajos que considero más importantes entre
los millares de obras y colecciones documentales publicadas; y 1939, Agonía
y Victoria que fue premio Espejo de España en 1989, mereció (por vez
primera para un libro español) una amplia reseña en Time (con
divertidísima pataleta de los desorientados señores Tusell y Prestan) y no
solamente estudia sobre la base de siete mil documentos casi todos inéditos los
desconocidos meses finales de la guerra española sino que apunta unas líneas de
perspectiva sobre todo el conjunto histórico del conflicto[39]. En el primero de esos dos libros me refiero
también a la época de la segunda República como prólogo de la guerra civil
inevitable. Sobre el enfoque específico del problema religioso en la segunda
República y en la guerra de España la bibliografía es abrumadora pero
selecciono, ante todo, el libro que sigue siendo fundamental: el de monseñor
Antonio Montero, que desgraciadamente se ha negado, por altos y a mi modo de
ver equivocados criterios pastorales, a reeditarlo, como si la verdad histórica
pudiera oponerse a la reconciliación auténtica[40]. Son también
importantes otros estudios: el ya citado tomo X del Manual de Historia de la
Iglesia escrito por Quintín Aldea y Eduardo Cárdenas; los dos espléndidos
tomos de Gonzalo Redondo[41] el sobrecogedor análisis del
general R. Casas de la Vega El terror, Madrid 1936, publicado en 1994
por esta misma Editorial y la interesantísima Guía de la Iglesia y de la
Acción Católica española de 1943, que contiene datos y documentos
esenciales para el período 1930-1939. Es una tarea ingente extraer de
todo el conjunto documental y bibliográfico disponible los rasgos fundamentales
que encajen en los límites de este libro; pero voy a intentarlo.
En la
segunda República y en la guerra civil de los años treinta reventó una terrible
carga de odio contra la Iglesia que se venía acumulando en España a partir del
final de la guerra de la Independencia; porque antes no había existido
prácticamente
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el
anticlericalismo en España, fuera de algunos focos mínimos en algún sector de
los ilustrados del XVIII; y eso que la Ilustración española, al
contrario de la francesa, no fue en modo alguno anticlerical sino
fundamentalmente católica. El profesor Jesús Pabón se lamentaba de la falta de
estudios sobre los orígenes del anticlericalismo español lo cual es, me parece,
culpa de algunos presuntos especialistas en la historia eclesiástica del XIX
cuya aportación se ha limitado a repetir listas y biografías ramplonas de
algunos obispos. La Iglesia de España había proclamado como Cruzada contra el
impío invasor y usurpador Bonaparte la guerra de la Independencia; y el pueblo
entero la siguió sin vacilar tanto en la resistencia contra los franceses como
en la nostalgia por Fernando VII el Deseado. Planteada en las Cortes de Cádiz
desde 1810 la antítesis entre los que pronto se llamaron (como un insulto de la
parte contraria) liberales y serviles, la inmensa mayoría del clero y los
religiosos se adscribieron al bando servil con lo que dio comienzo la lucha
secular entre la Iglesia y el liberalismo radical, que en gran parte se
identificaba con la Masonería. Al dividirse los liberales, en la tercera década
del siglo XIX,
en exaltados y moderados, casi todos ellos seguían siendo de confesión personal
católica; pero los moderados eran generalmente pro clericales y los exaltados,
anticlericales. La gravísima disidencia carlista, planteada incluso antes de la
primera guerra civil en 1833, identificó a parte de la Iglesia (sobre todo en
Navarra, las provincias vascongadas, Galicia y Cataluña) con el absolutismo
carlista mientras casi todo el episcopado se mantenía fiel a la dinastía
fernandina aunque contrario al liberalismo. Las primeras agresiones y
persecuciones del liberalismo radical contra la Iglesia se registran a partir
de 1835 y precisamente por la sospecha, alentada por los liberales, de que la
Iglesia favorecía a la causa del carlismo lo cual no era cierto de forma
general.
La agresión
y la persecución anticlerical rebrotaban a lo largo del siglo XIX
cuando los liberales radicales ocupaban el poder o participaban en él; volvía
la paz religiosa durante los períodos, más prolongados, de dominio político
moderado. El Sexenio revolucionario (1868-1873) marca la etapa más larga de
anticlericalismo persecutorio pero sin llegar, salvo casos aislados, a la
agresión sangrienta contra la Iglesia. La primera Restauración entre 1875 y
1923 y la dictadura de Primo de Rivera fueron épocas de paz religiosa salvo los
encrespamientos, por imitación francesa, de principios de siglo. Continuaba sin
embargo la siembra del odio contra la Iglesia que se había iniciado, como
dijimos, a raíz de la adscripción absolutista de la Iglesia española tras la
guerra de la Independencia. La siembra del odio durante el siglo XX
depende de dos impulsos. Primero, la hostilidad jacobina y masónica de los
liberales anticlericales, a imitación de sus homólogos franceses de la Tercera
República en la última década del siglo
XIX y primera del XX; y la enemistad declarada
contra la Iglesia por parte del movimiento obrero organizado en el
anarcosindicalismo y el socialismo revolucionario, porque el comunismo español
fue insignificante hasta 1934.
Desde esos dos
impulsos se identificó injusta y absurdamente a la Iglesia
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española con
los peores aspectos del régimen monárquico, con las clases dominantes y con la
más negra reacción. Monseñor Antonio Montero nos proporciona una espeluznante
antología del odio anticlerical a partir de los cominezos del siglo XX.
Antes de proclamarse inesperadamente la segunda República en abril de 1931 los
promotores del nuevo régimen tuvieron buen cuidado de no presentarse como
hostiles a la Iglesia; tanto que entre ellos formaba parte una minoría católica
a la que pertenecían nada menos que el primer presidente de la República, don
Niceto Alcalá Zamora y el ministro de la Gobernación don Miguel Maura Gamazo.
El nuncio monseñor Tedeschini conspiró con ellos contra la Monarquía. La Santa
Sede, la Acción Católica y la Asociación Católica Nacional de Propagandistas,
con sus influyentes órganos de opinión, acataron al «poder constituido» como
entonces se decía, incluso exageradamente; el Episcopado siguió la misma pauta.
Pese a todo ello la República menospreció ese acatamiento y se presentó desde las
primeras semanas como enemiga mortal de la Iglesia contra la que esgrimió, como
dijo la propia Iglesia oficialmente, un «laicismo agresivo». El 11 de mayo,
antes de cumplirse el primer mes de la República, ardían numerosos conventos y
edificios religiosos en Madrid y otros puntos de España ante la estúpida e
inexplicable indiferencia del gobierno de la República. Eran las hogueras que
marcaban el comienzo de la persecución frente a la que los católicos de España,
como habían hecho los de México, no se resignaron. Y desde entonces, con sus
obispos al frente, respondieron a la persecución con la cruzada. Esta
interpretación me parece no sólo fundada y exacta sino esencial. Los pretextos
que esgrimió el gobierno para expulsar de España a dos obispos, el cardenal
Segura, arzobispo primado de Toledo y monseñor Múgica, obispo de Vitoria, no
resisten la menor crítica histórica; consistían en simples falsedades.
Durante el
primer bienio de la República (1931-1933) la figura capital de la política fue
don Manuel Azaña, perteneciente a una familia católica y conservadora pero
convencido liberal anticlerical de clara línea jacobina, que consideraba a la
Iglesia como un obstáculo para la modernización de España y asumió por tanto un
designio secularizador implacable, como árbitro entre las dos tendencias que ya
hemos citado: el jacobinismo de los liberales radicales y la hostilidad cerrada
de los partidos y sindicatos obreros. Este anticlericalismo se convirtió en
norma constitucional; la Constitución de 1931 incluía expresamente la supresión
de los jesuitas, que fueron expulsados de España. Directrices masónicas y odio
socialista convergieron en la legislación anticatólica del bienio Azaña,
calcada de la francesa de principios de siglo; se prohibió a las congregaciones
religiosas el ejercicio de la enseñanza y se trató por todos los medios de
arrancar de la sociedad española todo influjo de la Iglesia. La profesora Gómez
MoHeda y su equipo han fijado históricamente este designio secularizador así
como la coincidencia de Masonería y socialismo en su planteamiento y ejecución[42].
Desahuciados
los partidos políticos de la Monarquía, los católicos españoles crearon, por
directa orientación de la Iglesia, un gran partido católico, la
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Confederación
Española de Derechas Autónomas (CEDA) en 1933, que se declaró posibilista y
participó activamente en el juego político de la República. Los monárquicos se
agruparon en Renovación Española, abiertamente hostil al régimen como sus dos
anexos, el grupo intelectual Acción Española y la red conspiratoria Unión
Militar española. Se mantuvo la Lliga Regionalista en Cataluña, de la que
formaban parte los católicos autonomistas moderados; y el Partido Nacionalista
Vasco, de origen y tendencia separatista, acendradamente católico y clerical,
aliado al principio de los tradicionalistas y los católicos españoles pero que
hacia el final de la República había evolucionado estratégicamente hacia una
alianza con la izquierda de la que esperaba el reconocimiento de la autonomía
vasca. En el mismo año en que Hitler llegaba a la Cancillería del Reich, 1933,
la situación Azaña se hundía irremisiblemente y la CEDA junto con los demás
grupos de la derecha triunfó en las elecciones celebradas en noviembre de ese año,
por las que llegó al Parlamento, en las listas de la derecha, el fundador de
Falange Española, agrupación principal del fascismo español José Antonio Primo
de Rivera, a quien sin embargo separaban del fascismo mimético, según confesó
él mismo, dos rasgos importantes: su sincera confesión católica y su sentido
del humor.
La CEDA,
primer partido en votos y escaños, consiguió formar mayoría absoluta en el
Parlamento gracias a su alianza táctica con los republicanos radicales de
Alejandro Lerroux, un veterano político corrupto y anticlerical que había
evolucionado claramente hacia posiciones de centro-derecha. Esta alianza trató
de arreglar los desatinos del bieno Azaña, cortó en seco la persecución
religiosa, situó de nuevo a la Iglesia en posición de normalidad, permitió
incluso la actuación docente encubierta de los jesuitas y gobernó con relativa
eficacia en medio de las consecuencias de la crisis mundial desatada a partir
de 1929. Pero el terror experimentado por el socialismo español ante las
persecuciones sufridas por sus correligionarios en Alemania y en Austria le impulsó
a preparar un alzamiento revolucionario en regla tras identificar,
absurdamente, a José María Gil Robles con el católico gobernante de Austra
Engelbert Dollfuss. Bien es verdad que la coalición de centroderecha gobernaba
en España de 1933 a 1935 no sólo por el hundimiento de los partidos
republicanos de 1931 sino también por la abstención total en que se habían
encerrado los anarcosindicalistas, decepcionados por la República, en las
elecciones de 1933. A la impecable victoria electoral del centro-derecha
respondieras los socialistas en primer término, y luego los catalanistas de
izquierda y los demás partidos republicanos de 1931 con un gesto totalmente
antidemocrático, la Revolución de Octubre de 1934, que fue aplastada por el
gobierno en Cataluña (gracias a la actuación unida del Ejército y las fuerzas
de orden público en una sola noche) y en Asturias tras una sangrienta lucha de
quince días, que produjo casi dos millares de muertos, entre ellos numerosos
sacerdotes y religiosos asesinados por los revolucionarios. La persecución
antireligiosa de los republicanos se convertía en sangrienta.
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La Revolución de Octubre de 1934 fue un gesto
antidemocrático de la izquierda española que, como diría Salvador de Madariaga,
le privó de toda razón para protestar contra el alzamiento cívico-militar de
1936. Desde octubre de 1934 España vivió un clima de preguerra civil mientras
las izquierdas se reagrupaban para la siguiente confrontación electoral y los
anarcosindicalistas, que habían participado en el alzamiento de Octubre, se
acercaban a la unión de las izquierdas a través de la común reivindicación de
la amnistía, vivísima ante los quince mil presos encarcelados por el gobierno
tras su intervención en los sucesos revolucionarios. La alianza de las
izquierdas se concertó a partir de noviembre de 1934 entre el republicano
Manuel Azaña, perseguido equivocadamente por el gobierno de centro-derecha y el
socialista Indalecio Prieto que había conseguido escapar a Francia tras el
fracaso de la Revolución, en la cual se consagró como estrella del comunismo
español la activista del Partido Comunista de España Dolores Ibárruri, la
Pasionaria, que sacó de la inoperancia política a su partido. Aterrado ante la
posibilidad de un ataque alemán, Stalin modificó en 1934/1935 la política
agresiva de la Comintern hacia los partidos socialistas y pequeño-burgueses y
dictó en el verano de 1935 su consigna de Frente Popular, que llevaría al poder
en Francia a una coalición de izquierdas en la primavera de 1936; pero que
influyó relativamente poco en España, donde el Frente Popular ya estaba
virtualmente en marcha desde la conjunción de Azaña y Prieto a fines de 1934.
El Papa Pío
XI había protestado enérgicamente contra el anticlericalismo de la República
española en la encíclica Dilectissima nobis el 3 de junio de 1933. No se
oponía el Papa al régimen republicano de España, y atribuía la formal
persecución contra la Iglesia a «sectas subversivas de todo orden religioso y
social, como por desgracia vemos que sucede en México y en Rusia». Es decir,
señala como enemigos expresamente a la Masonería y al comunismo. El motivo de
la encíclica ha sido protestar ante todo el mundo por la ley azañista de
confesiones y congregaciones religiosas dictada poco antes en el mismo año
1933. El Papa acusa al gobierno republicano de usurpador de los bienes de la
Iglesia, de aplicar un trato inhumano a los religiosos, de injusticia en la
disolución de los jesuitas, con clara ofensa al propio Papa; y exhorta a la
unión de los católicos para defensa de la Iglesia[43]. Pierden el
tiempo quienes discuten si la carta colectiva del Episcopado español de 1937
fue una proclamación de la cruzada; esa proclamación ya la había hecho Pío XI
en su encíclica de 1933.
El Papa
señala en ese importantísimo documento que la Iglesia se había esforzado desde
los mismos comienzos de la República en colaborar con el nuevo régimen, sin
hostigarlo, y tiene toda la razón. El futuro cardenal Ángel Herrera, director
en 1931 del diario católico El Debate fue junto con el nuncio
Tedeschini, que conservó su puesto en la República, el negociador con el
gobierno por parte de la Iglesia. Los dos se esforzaron lo indecible para
evitar la ruptura. Cuando se convencieron de su fracaso ante la ley de
congregaciones de 1933 dejaron al Papa vía libre para la
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condena y la
ruptura. Un año antes, según nos enteramos muchos años después por su diario,
Manuel Azaña, jefe del gobierno y encarnación de la República, había ingresado
en la Masonería española.
Un día antes
de la encíclica de Pío XI el Episcopado español había roto también su silencio
que no quiso convertir en complicidad y lanzó un documento durísimo contra la
ley de congregaciones. Ya habían protestado en vano los obispos contra los
artículos agresivos de la Constitución a poco de promulgarse ésta en diciembre
de 1931. Ahora recrudece su protesta contra «aquel laicismo agresivo inspirador
de la Constitución». La nueva declaración colectiva enumera un terrible
catálogo de ataques a la Iglesia por parte de la República. La carta colectiva
está firmada en primer término por los cardenales Vidal y Barraquer, de
Tarragona e Ilundain, de Sevilla; y por los arzobispos y obispos representantes
de todas las provincias eclesiásticas. Junto con la encíclica del día siguiente
el documento episcopal de 1933 representa la proclamación de la cruzada contra
los excesos de la persecución. Debo insistir en que la agredida injustamente
fue la Iglesia, no la República, que se ganó a pulso la hostilidad de la Iglesia.
Y como señalaba Pío XI, el mayor absurdo es que estos ataques
jacobino-marxistas a la libertad se hicieran en nombre de la libertad de una
España cuya mayoría de habitantes, lo decía también el Papa, profesaba la
religión católica[44].
En 1935 la
obra de gobierno del centro-derecha, muy estimable en varios sectores, se vio
cada vez más entorpecida por las noticias sobre la confrontación europea del
fascismo con el socialismo, del fascismo con el comunismo soviético e
internacional, del fascismo con la democracia en regresión. Contra lo que
proclamaba el miedo desbocado de las izquierdas, el fascismo no progresaba en
España; Gil Robles y la CEDA no eran fascistas aunque las juventudes de Acción
Popular, núcleo político de la CEDA, se dejaban arrastrar más de la cuenta por
la moda fascista exterior. Pero no eran Gil Robles ni la CEDA quienes habían
ejecutado la agresión antidemocrática y revolucionaria de Octubre de 1934 sino
la izquierda socialista y la izquierda catalanista respaldadas por los partidos
republicanos de izquierda. La perturbación interior más importante de 1935 era
la sucesión de escándalos que afectaban gravemente al socio republicano de la
CEDA, el Partido Radical de Lerroux; unos escándalos que a la actual escala de
la corrupción socialista en la España de los noventa parecen de broma y de
juguete pero que entonces acarrearon nada menos que la desunión y la caída del
gobierno de centro-derecha en diciembre de 1935. En aquel momento arreció la
campaña para el Frente Popular, cuyo pacto (una verdadera acta de desacuerdos,
dijo Gil Robles) se concluyó en vísperas de la campaña electoral. Los partidos
republicanos pedían el retorno al primer bienio; los partidos obreros
proclamaban en ese programa, anticipadamente, la Revolución. Se celebraron las
últimas elecciones de la República el 16 de febrero de 1936. Varios autores
señalan esta fecha, no sin fuertes razones, como el inicio de la guerra civil.
España estaba
dividida electoralmente en dos mitades, cada una con unos cuatro
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millones y
medio de votos. Pero los caprichos de la ley electoral, que en noviembre de
1933 habían favorecido al centro-derecha, ahora favorecieron al Frente Popular,
una vez desaparecido del mapa político, por sus corrupciones, el Partido
Radical de centro. Las izquierdas no ganaron la mayoría absoluta en la primera
vuelta pero el gobierno provisional del masón Portela Valladares abandonó el
poder y dio paso a un gobierno Azaña, que manipuló las elecciones a golpe de
pucherazo y logró la mayoría absoluta de forma coactiva e irregular. Bajo la
jefatura de Azaña, cada vez más impotente, los partidos obreros, desde fuera
del gobierno, trataron de forzar con hechos la Revolución que no pudieron
cuajar en octubre de 1934. Bajo una total censura de prensa las derechas,
dirigidas por Gil Robles (derecha católica) y por José Calvo Sotelo (derecha
monárquica) enumeraban en cada sesión de Cortes los desmanes del Frente
Popular. Cundían por toda España el odio y el miedo. La persecución contra la
Iglesia, desatada en el primer bienio republicano, se recrudeció ahora con
asaltos a iglesias y crímenes contra el clero. Las izquierdas plantearon la
acción política como una venganza por su derrota de Octubre. El odio se palpaba
en la calle, en el campo, en los viajes; y el historiador que suscribe actúa ya
como testigo infantil de aquellos meses aciagos. En aquella primavera trágica
José María Gil Robles, jefe de la CEDA, que seguía siendo un gran partido en
las Cortes, acertó con la fórmula exacta para describir la situación: «Media
España no se resigna a morir».
Esto es lo
que sucedió precisamente. Ante la degradación revolucionaria del Frente Popular
un grupo de generales se constituyó en Junta, eligió como jefe para un eventual
alzamiento al general José Sanjurjo, marqués del Rif, exiliado en Portugal y
luego aceptaron como delegado y coordinador al general Emilio Mola Vidal, a
quien el gobierno había trasladado desde el mando de las fuerzas de África al
gobierno militar de Navarra. El 13 de julio de 1936 fuerzas de orden público,
dependientes directamente del gobierno, dirigidas por socialistas y algún
pistolero comunista, intentaron asesinar a Gil Robles que estaba ausente y
eliminaron vilmente de un tiro en la nuca a José Calvo Sotelo, jefe de la
oposición monárquica. Todo el mundo comprendió que era la señal irreversible
para la guerra civil, que se desencadenó a media tarde del17 de julio de 1936
en la guarnición de Melilla.
LA PERSECUCIÓN Y LA CRUZADA
La guerra
civil fue posible por la división profunda de las fuerzas armadas y las de
orden público, que contra la Revolución de Octubre de 1934 actuaron unidas y
ahora, en julio de 1936, desunidas. Sólo cuatro de los veintiún generales con
mando de división o asimilados se alzaron en armas contra el Frente Popular;
porque la guerra civil no se planteó contra la República sino contra el Frente
Popular desmandado. La mayoría de los generales y jefes se quedaron con el
gobierno. La gran mayoría de los oficiales y los suboficiales —es decir la
juventud militar y las
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capas
militares más próximas al pueblo— se sublevaron contra el Frente Popular. La
Guardia Civil y las fuerzas de Seguridad y Asalto se dividieron. En casi todos
los casos triunfó el alzamiento cuando la mayoría militar se sublevó; y
fracasó, como en Madrid, Barcelona y Valencia, cuando la mayoría militar se
opuso o se inhibió.
El gobierno
partía inicialmente con enorme ventaja. Estaba a su favor la estructura del
poder, las ciudades principales, la mayoría de la marina, de la aviación y del
armamento y efectivos de tierra, las comunicaciones centralizadas en Madrid,
las regiones más ricas, la industria y los medios de pago. La mayoría de la
población quedó en zona gubernamental. Los sublevados carecían de mando único,
de coordinación inicial, de comunicaciones, de armamento pesado y sobre todo de
dinero. Aunque historiadores que en esos puntos fundamentales proceden como
auténticos aficionados partidistas lo ignoren la diferencia principal entre
gubernamentales y rebeldes, entre rojos y nacionales como se llamaron pronto,
era sencillamente moral. Los rojos estaban profundamente divididos según las
fisuras del Frente Popular, como diría Azaña; los sindicatos anarquista y
socialista hacían la guerra por su cuenta e ignoraban al gobierno. La consigna
de la zona republicana era el «No pasarán»; la principal actividad militar, las
fortificaciones defensivas. En la zona nacional no se dudó jamás de la
victoria; y el mando prefería el avance a la defensa.
Desaparecido
en mortal accidente el general Sanjurjo, se impuso cada vez más la figura del
general Francisco Franco, que había volado desde Canarias a Tetuán para tomar
el mando del ejército de África, el conjunto más aguerrido de las fuerzas
amadas, más de veinticinco mil hombres a quienes consiguió trasladar por avión
(primera aplicación de un puente aéreo militar) y por mar a la península.
Mientras el general Mola avanzaba desde Navarra por Guipúzcoa y fijaba contra
fuerzas muy superiores los frentes de la zona norte, el general Queipo de Llano
se apoderaba de Sevilla, enlazaba con Córdoba y Granada y establecía el frente
andaluz; y el general Franco, al frente de sus tropas de Mrica, legionarios y
regulares, avanzaba desde Sevilla hacia Madrid a través de los valles del
Guadiana y el Tajo y aceptaba la elección como jefe supremo a la vez que sus
tropas liberaban a una fortaleza legendaria, el Alcázar de Toledo. Este hecho
alcanzó un enorme impacto moral en todo el mundo y demostró la indudable
superioridad moral del alzamiento sobre el Frente Popular.
Desde los
primeros momentos de la guerra civil los rebeldes (Franco se enorgullecía de
ese insulto enemigo) reconocieron al factor religioso como su principal vínculo
de unión; y en la zona republicana se desencadenó una persecución espantosa
contra la Iglesia y la religión. La guerra civil española fue, por encima de
todo, una guerra de religión, que en México se llamó guerra cristera; y en
España, cruzada. La agresión violenta contra la Iglesia comenzó en la zona
republicana durante la misma tarde del 18 de julio de 1936, con la quema de la
iglesia de San Andrés en Madrid y el asesinato de varios jóvenes de Acción
Católica que habían
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acudido a
defenderla. Varias iglesias más ardieron ese mismo día; varios sacerdotes
fueron asesinados, entre ellos los ancianos residentes en la Mutual del Clero.
Las últimas misas públicas se dijeron en Madrid el domingo 19 de julio; pero en
las primeras setenta y dos horas de la guerra civil fueron profanados más del
treinta por ciento de los edificios religiosos en Madrid y la Iglesia entró en
la clandestinidad en toda España con la excepción parcial de Guipúzcoa y
Vizcaya. La persecución adquirió muy pronto estado legal. Entre el 27 de julio
y el 12 de agosto de 1936 varios decretos declaraban a la Iglesia fuera de la
ley y decidían la ocupación de todos los edificios religiosos. El Frente
Popular declaraba la guerra a la Iglesia católica y todo el mundo se estremeció
ante el conocimiento de tantos horrores[45].
Cada nueva
investigación, a partir de la magistral de monseñor Montero, añade nuevas
facetas a la tragedia. Montero estableció la relación fundamental de víctimas
religiosas en la zona republicana: trece obispos, 4184 sacerdotes del clero
secular, 2365 religiosos y 283 religiosas[46], cifras que
definen a la persecución roja de España como una de las más violentas en toda
la historia de la Iglesia, comparable al genocidio perpetrado por los
musulmanes en su conquista del norte de África y la España cristiana, a la
Revolución francesa, las revoluciones soviética y mexicana e incluso a las
grandes persecuciones del Imperio romano; y por desgracia las cifras de Montero
deben hoy ser corregidas al alza. Además entre las ochenta mil víctimas de la
represión roja un elevadísimo porcentaje lo fueron por su condición y confesión
de católicos, y muchos de ellos cayeron al doble grito de Viva España y Viva
Cristo Rey.
Incluso
antes de conocer las primeras noticias sobre la persecución contra la Iglesia
en la zona enemiga los partidarios del Alzamiento concibieron su lucha como una
cruzada en sentido religioso. El general Franco habló ya de cruzada nada más
llegar a Marruecos desde Canarias pero inicialmente lo hizo en sentido
patriótico. Varios obispos identificaron ya en el mes de agosto de 1936 al
alzamiento nacional como una cruzada, y éste fue el nombre y el sentido que,
aceptados también por el general Franco, perduraron durante décadas en España
para referirse a la guerra civil. Por supuesto que las torpes excusas de
fuentes republicanas (e incluso del propio gobierno) para justificar la
agresión contra la Iglesia como represalia o incluso «justicia popular» contra
la cooperación activa de diversos eclesiásticos a la insurrección armada en los
primeros días del alzamiento son falsos sin excepción alguna; no se ha podido
probar un solo caso.
El 6 de
agosto de 1936 el obispo de Vitoria, monseñor Múgica y el de Pamplona, monseñor
Olaechea, publicaron un documento en que reprobaban la alianza antinatural de
los católicos nacionalistas vascos del PNV con el Frente Popular. En ese
importantísimo documento, ideado por el cardenal primado monseñor Gomá, que
estaba a salvo en la zona nacional, se contiene una importante definición del
Alzamiento:
En
el fondo del movimiento cívico-militar de nuestro país late, junto con el amor
de patria en sus varios matices, el amor tradicional de nuestra religión
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sacrosanta[47]. Movimiento cívico-militar; la expresión
militante de la «media nación que no se resigna a morir» descrita por Gil
Robles antes del estallido. Y aún quedan propagandistas alucinados que definen
a la guerra de España como una lucha del Ejército contra el Pueblo. Pobres
hombres. El 23 de agosto el obispo de Pamplona, Olaechea, invocaba ya a la
cruzada en sentido religioso, seguido el 29 de agosto por el arzobispo de
Zaragoza, monseñor Doménech:
Ha
transcurrido poco más de un mes desde que nuestro glorioso Ejército, secundado
por el pueblo español, emprendió la presente cruzada en defensa de la patria y
de la religión[48]. El 14 de septiembre de 1936 el Papa Pío XI en
Castelgandolfo, en presencia del secretario de Estado cardenal Pacelli, dirigió
una significativa alocución a quinientos peregrinos españoles en la que
abiertamente declaró su apoyo al movimiento nacional y al referirse a las
víctimas del Frente Popular calificó su muerte como «verdadero martirio»,
expresión que ha servido de fundamento histórico y doctrinal para que el Papa
Juan Pablo II, tras las lamentables vacilaciones de Juan XXIII y Pablo VI, haya
beatificado solemnemente a un número ya importante de mártires de la Cruzada.
El 30 de
septiembre de 1936, víspera de la proclamación del general Franco como jefe
supremo de la zona nacional, el obispo de Salamanca doctor Pla y Deniel firmaba
una importante pastoral con una importante tesis: Ya no se ha tratado de una
guerra civil sino de una cruzada por la religión, la patria y la civilización[49]. El cardenal Gomá se convirtió en el más
ardiente y efectivo defensor de la Cruzada ante la Iglesia de Roma y las de
todo el mundo. El 23 de noviembre de 1936 escribió el primero de sus grandes
documentos, El caso de España, que alcanzó una difusión amplísima. A
poco fue designado por la Santa Sede como representante oficioso ante el
gobierno del general Franco. En su mensaje de Navidad Pío XI volvió a expresar
su apoyo a los católicos que respaldaban en España al Alzamiento. Como ya
sabemos el Papa citó solemnemente el caso de España, junto a los de Rusia y
México, en su encíclica Divini Redemptoris el 19 de marzo de 1937. El
propio cardenal Pacelli animó al cardenal Gomá para que los obispos
supervivientes preparasen un documento conjunto, que el cardenal promovió con
tenacidad de acuerdo con Franco; Gomá redactó el borrador que fue aprobado por
Roma y luego firmado por 43 obispos y 5 vicarios capitulares. No lo firmaron
por motivos pastorales (sus diócesis estaban ocupadas al menos en parte por el
enemigo) el cardenal de Tarragona, Vidal y Barraquer, y el obispo de Vitoria,
Múgica; pero uno y otro estaban de acuerdo con el contenido de la Carta
Colectiva que apareció, dirigida a todos los obispos del mundo, el1 de julio de
1937.
La Carta
Colectiva es un documento trascendental, que inclinó definitivamente a los
católicos del mundo a favor del Movimiento nacional. Contra lo que afirman
muchos sin haberla leído, no figura en ella formalmente el término cruzada,
aunque sí su espíritu. Proclaman los obispos de España «nuestro perdón generoso
para nuestros perseguidores» en plena persecución y no a toro más que pasado
como hicieron los
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botarates de
la Asamblea Conjunta de 1971. Vuelven a designar al alzamiento como
«cívico-militar». Y le definen: «La guerra es como un plebiscito armado». La
división en dos bandos es tajante: «el espiritual, con la defensa de la patria
y de la religión; el materialista, con el comunismo, el marxismo y el
anarquismo». Repasan los horrendos datos de la persecución y declaran que sólo
la victoria de Franco puede salvar a la Iglesia de España.
Muchos años
después el Papa Pablo VI, tan reticente con el régimen de Franco, reconocía al
despedirse del embajador Antonio Garrigues el auténtico significado (e incluso
el nombre) de la Cruzada. Lo sabemos desde poco antes de publicarse este libro
gracias a la revelación del informe del embajador a Franco:
El
caso de España, dentro de ese gran proceso, revestía una particular
importancia, porque la Cruzada había constituido, en tiempos tan modernos, una
verdadera epopeya en la que el factor religioso tuvo una influencia decisiva y
predominante. Gracias a ella se salvó la vida de la Iglesia española e incluso
la vida física de miles de sacerdotes y Obispos. Conocía perfectamente y había
vivido dolorosamente los estragos que en ese orden de cosas la guerra y la
revolución habían producido en la zona no dominada por los ejércitos nacionales[50].
LOS CASOS DE CATALUÑA Y EL PAÍS VASCO
Con vista al
futuro uno de los problemas más espinosos suscitado por la guerra civil
española en su aspecto religioso es el de los católicos vascos. No así el de
los católicos catalanes, que alguien ha querido enmascarar décadas después
exagerando la abstención del cardenal Vidal y Barraquer ante la Carta Colectiva
de 1937. Los católicos catalanes, cuya adscripción política estaba en la Lliga
de Cataluña y en la CEDA, se sumaron al Alzamiento de 1936 de corazón cuando no
pudieron hacerlo personalmente por haber caído Cataluña en la zona roja.
Durante mucho tiempo las bandas anarcosindicalistas, una auténtica horda,
acorralaron al débil gobierno de la Generalidad y junto con otros elementos
afines (socialistas y comunistas) asolaron a la Iglesia catalana con una
persecución crudelísima, en la que cayeron asesinados tres Obispos; el de
Barcelona, monseñor Irurita, el de Lérida monseñor Huix y el auxiliar del
cardenal Vidal en Tarragona, monseñor Borrás. El abad de Montserrat, padre
Marcet y sus monjes huyeron del monasterio para salvarse. Sólo en Barcelona
fueron destruidas doscientas iglesias y capillas, el treinta por ciento de los
sacerdotes catalanes fueron asesinados[51]. El líder
histórico de la Lliga, Francisco Cambó, ayudó eficazmente a la causa nacional
desde el extranjero; sus colaboradores participaron con efectividad que muchos
desconocen en la propaganda exterior del Alzamiento y en el espionaje y
contraespionaje, capítulos de la guerra civil que han dejado numerosísimas
huellas documentales en el Servicio Histórico Militar. Se ha
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repetido
absurda y gratuitamente que Cataluña fue vencida en la guerra civil española;
muy al contrario Cataluña se dividió como el resto de España y ante los
disparates de separatistas, anarquistas y demás sectores del Frente Popular la
entrada de las tropas de Franco en Cataluña resultó apoteósica, como reconoció
el propio jefe de Estado mayor del ejército vencido, general Vicente Rojo en su
tremendo libro Alerta los pueblos.
El caso de
los católicos vascos fue muy diferente. Allí el partido nacionalista católico,
el separatista PNV, que había sido aliado de las derechas al principio de la
República, hizo una opción hacia el Frente Popular a fines de 1935 y la mantuvo
al estallar la guerra civil. Un sector del nacionalismo vasco apoyó a la
Cruzada pero la mayoría siguió a su líder José Antonio de Aguirre y recibió
como premio el Estatuto de autonomía una vez consolidados los frentes de la
guerra civil. La provincia de Álava se alineó desde el principio a favor de los
nacionales y la de Guipúzcoa fue conquistada relativamente pronto, en su mayor
parte, por las columnas del general Mola.
Ya hemos
visto cómo el obispo de Vitoria, monseñor Múgica, cuya diócesis comprendía
entonces las tres provincias vascongadas, había sido expulsado por la República
en 1931; y cómo dirigió en 1936 a sus diocesanos de la zona republicana una
carta abierta en la que, junto con el obispo de Pamplona, reprobaba su alianza
con el Frente Popular, y luego fue expulsado también por la Junta de Burgos y
se abstuvo de firmar la Carta colectiva. Cuando en la primavera de 1937 el
general Mola preparaba su ofensiva contra Vizcaya se produjo un intento de
negociación para conseguir la rendición del gobierno vasco y evitar mayores
tragedias en la rica provincia industrial católica pero todo fue inútil. Antes
de que el general Franco llegase al poder supremo el 1 de octubre de 1936 las
columnas de Mola habían fusilado a varios eclesiásticos nacionalistas, unos
dieciséis, lo que motivo la intercesión posterior del cardenal Gomá ante Franco
que le garantizó el cese de las ejecuciones y cumplió su palabra. En mi libro Misterios
de la Historia he reproducido las esquelas de los cincuenta y ocho
sacerdotes y religiosos fusilados por el Frente Popular entre el 24 de julio de
1936 y el 14 de junio de 1937, algunos de ellos pertenecientes al PNV[52], que gobernaba en la zona donde habían ocurrido
los fusilamientos.
Los
nacionales no fusilaron a ningún sacerdote vasco nacionalista tras la caída de
Bilbao en junio de 1937 pero las Provincias vascongadas fueron las únicas de
España en que cayeron fusilados por los nacionales algunos eclesiásticos
durante la guerra civil, con una única excepción, el sacerdote Jerónimo Alomar
Poquet, próximo a Esquerra Republicana de Cataluña, fusilado en 1937 en
Mallorca por ayudar en la huida de algunos correligionarios perseguidos (cfr
«El País» 5.5.95 p. 32). Por supuesto que la propaganda separatista ha exaltado
después esas dieciséis muertes y ha ignorado bien poco cristianamente a las
cincuenta y ocho víctimas del Frente Popular en un territorio en que los
católicos nacionalistas luchaban y gobernaban
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junto a
republicanos, marxistas y anarquistas. Sin embargo es muy cierto el hecho de
que, sin ejecuciones, muchos clérigos nacionalistas fueron perseguidos por los
vencedores de la guerra civil a raíz de la conquista completa del País vasco en
1937.
Un
importante testigo y sacerdote nacionalista vasco, don Juan de Usabiaga publicó
en 1960 un libro apasionado y parcialísimo, pero muy interesante, sobre la
represión ejercida por el bando nacional contra el clero vasco, en el que por
supuesto no dice una palabra sobre los sacerdotes fusilados allí durante el
mando del Frente Popular y el PNV[53]. Por supuesto
que eleva la anécdota a categoría y no ve más ejecuciones en la guerra civil
que las atribuidas a los vencedores. Pero, aunque de forma dispersa, nos ofrece
bastantes datos sobre las deportaciones de sacerdotes y religiosos vascos
nacionalistas durante y después de la guerra civil a varios establecimientos
religiosos de España y luego a América, concretamente a Centroamérica. Allí
estos sacerdotes deportados sufrieron duras críticas de sus compañeros,
partidarios de la cruzada; pero en el testimonio de «Iturralde» creo ver el
origen de un odio contra la España victoriosa que a través del tiempo
enlazaría, en varias órdenes religiosas (entre ellas la Compañía de Jesús), con
las inclinaciones revolucionarias del liberacionismo, a las que han contribuido
en la segunda mitad del siglo, sobre todo en Centroamérica, religiosos y
especialmente jesuitas vascos. Me parece importante anotar aquí esta raíz
histórica; no conozco el número de sacerdotes y religiosos vascos deportados
por los vencedores de la guerra civil pero recuerdo lejanos testimonios de
algunos de mis maestros que apuntaban a una elevada cantidad, unos doscientos,
tal vez la mayoría enviados a América.
Para
contrarrestar el impacto mundial de la Carta Colectiva del Episcopado, el
gobierno de la República y los políticos nacionalistas vascos que huyeron a
Cataluña tras la conquista del Norte por Franco trataron de montar una inútil
campaña de contra propaganda que nada pudo contra los hechos terribles y
probados de la persecución. Para ello crearon en Barcelona nada menos que un
falaz «Instituto católico de estudios religiosos» y una capilla vasca para uso
de los nacionalistas allí refugiados. Fue inútil; nadie se lo creyó, aunque el
tal Instituto publicó un libro contra la Carta Colectiva que no leyó nadie
dentro ni fuera de España. La persecución, con algunos leves atenuantes, se
mantuvo en la zona republicana hasta el final. La Santa Sede acabó por reconocer
oficialmente al gobierno de Franco. Salir a la calle con sotana o hábito
equivalía al suicidio y ningún sacerdote ni religioso lo hizo, aunque muchos
fomentaron la vida religiosa en régimen de catacumba. Cuando las tropas
nacionales se acercaban al Pirineo catalán y «toda Cataluña ansiaba ya a
Franco» (general Rojo) una agrupación comunista conducía hacia la frontera al
obispo de Teruel, fray Anselmo Polanco, con su vicario general y otros
prisioneros capturados en la toma de aquella ciudad por el Ejército popular a
principios de enero de 1938. Monseñor Polanco había firmado, cuando se
encontraba en libertad, la Carta Colectiva de 1937. La agrupación comunista le
fusiló el 7 de febrero de 1939 junto a su vicario y el defensor de la ciudad,
coronel Rey d’Harcourt. El Papa Juan Pablo II
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ha decidido la
beatificación de fray Anselmo y su vicario el 2 de julio de 1994[54].
EL PADRE ARRUPE EN LOS ESTADOS UNIDOS, 1936-1938
En la
revista católica de los Estados Unidos National Catholic Reporter[55] un ignorante absoluto, un tal
Tim Brennan, evocaba no hace mucho la guerra civil española a propósito de la
guerra civil de Nicaragua. «La Historia nunca se repite. En España la buena
lucha se perdió; en Nicaragua, ahora, se ganará, debe ganarse». Soltaba además
una sarta de disparates históricos sobre las ejemplares brigadas
internacionales, a las que el historiador americano David T. Cattell llamó
certeramente «una fuerza soviética en España» y luego apilaba Brennan otras
maravillas especialmente absurdas para ser divulgadas en una publicación
católica. Dos religiosos españoles, el jesuita Félix Maiza, ex misionero en
China y párroco de Hollywood, y el dominico Ángel Vizcarra, contestaron
cumplidamente al orate a vuelta de correo y le dejaron en el más completo de
los ridículos. Sin embargo otros religiosos, otros jesuitas hacían entonces
desesperadamente suya la causa de los sandinistas de Nicaragua como repetición
de la lucha del bando rojo en la España de la guerra civil. Ahora ya sabe el
lector que Tim Brennan se equivocó y que la guerra civil de Nicaragua ha
terminado con la derrota de los rojos. Pero la conexión histórica, aunque haya
salido al revés de lo que Brennan pretendía, estaba bien apuntada y me parece
muy significativa para los propósitos de este libro.
Cuando
estalló en España la guerra civil un jesuita bilbaíno de treinta años, Pedro
Arrupe y Gondra, que había estudiado brillantemente la carrera de Medicina en
Madrid, se ordenaba sacerdote en Marneffe (Bélgica) junto con otros compañeros
de su Orden expulsados de España en 1932 en virtud de la Constitución y las
leyes de Azaña. Arrupe había sido alumno predilecto del doctor Juan Negrín a
quien el biógrafo del ilustre jesuita, Pedro Miguel Lamet, un jesuita
superficial, bastante rojo y mal perdedor (aún se recuerda su pataleta cuando
fue destituido, por su sectarismo, de la dirección de Vida Nueva) hace
nada menos que «Presidente de la República en 1936»[56].
Sin embargo
el libro de Lamet ofrece datos muy interesantes y significativos sobre el padre
Arrope. La decisiva importancia que el futuro general de los jesuitas va a
adquirir en la presente historia justifica que nos detengamos un momento en sus
experiencias de los años treinta.
Pedro Arrupe
había nacido en una familia vasca profundamente católica; su padre participó en
la gran aventura editorial de La Gaceta del Norte a principios de siglo, que
inauguró la prensa católica moderna en España. Hasta entrada la República, como
sabemos, los católicos tradicionalistas y los católicos separatistas del PNV se
sentían relativamente próximos porque el separatismo fundacional del PNV no
volvió a exacerbarse hasta la aproximación del partido al Frente Popular a
fines de 1935.
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Lamet y el
propio Arrope tuvieron siempre buen cuidado de no identificar políticamente al
futuro padre general, quien poco después de su ordenación fue destinado a los
Estados Unidos para especializarse en moral médica en Washington y cursar su
última etapa de formación en la orden ignaciana, la Tercera Probación, en
Cleveland. Estuvo dos años en los Estados Unidos, de 1936 a 1938, cuando fue
destinado, tras insistentes peticiones, a la misión del Japón que marcaría su
vida y su futuro.
En el
destierro belga el padre Arrupe coincidió con otro joven jesuita de parecida
edad, el padre José María de Llanos, que participó en un grupo clandestino
dentro de su comunidad religiosa de estudiantes. «Nos dimos un título —confiesa
años después
— Nosotros (Llanos no
sabía quizás que ése era el mismo título de una famosa agrupación anarquista de
la época). Con un reglamento e ideario del todo clandestino. En estudios, tras
lo más avanzado: tras Maréchal y los heterodoxos del momento, con Heidegger a
la cabeza. No sin estupor y espanto de nuestro profesor, el padre Hellín,
discutimos todas las pruebas filosóficas de la existencia de Dios, en tanto el
existencialismo de la época nos comía. Simultáneamente se produjo nuestra
atracción por la literatura». El grupo, enteramente ilegal dentro de la orden,
conspiraba secretamente y provocó serias censuras de los superiores por su
comportamiento de secta. La inclinación al existencialismo de la mano de
Heidegger amenazaba directamente al concepto de lo sobrenatural que la teología
católica considera esencial para la formación de un sacerdote. Llanos dejó al
margen los textos habituales utilizados en la formación filosófica y teológica
de los jesuitas y se volcó en autores como Rahner, Schillebeeckx y Küng, más
otras lecturas preliberacionistas que cultivó antes y después de su ordenación
según sus propias confesiones. Los superiores estuvieron a punto de negarle esa
ordenación pero al estallar la guerra civil el padre Llanos supo del asesinato
brutal de su hermano Manuel en Madrid (que fue toreado y martirizado por los
milicianos) y le encargaron un libro admirable, Nuestra ofrenda[57] que exaltaba a los mártires
jesuitas de la provincia de Toledo a la que Llanos pertenecía.
Intelectualmente seguía apegado a sus lecturas «heterodoxas» pero vitalmente se
entregó no ya al franquismo sino al fascismo totalitario más ardoroso, en el
que permaneció hasta su conversión definitiva a otro totalitarismo, el comunista,
cuando observo en los años cincuenta que el totalitarismo anterior ya no le
servía. En el fondo Llanos fue toda su vida, además de una gran persona, un
totalitario cabal.
No conozco
las lecturas de Arrupe durante sus años de exilio y formación en Bélgica.
Tampoco nos dice su biógrafo jesuita y rojo lo que Arrupe pensaba sobre la
guerra civil española, aunque Lamet apunta sobre ella algunos dislates dignos
de Brennan e insinúa un cierto lejano paralelismo con la trayectoria del doctor
Negrín, que desde mayo de 1937 se convirtió en presidente del gobierno
entregado a los comunistas y a los soviéticos y actuó como dictador totalitario
en su zona, como ha establecido definitivamente Burnett Bolloten contra algunos
aficionados de la Historia. Pero sí poseo testimonios directos muy
sorprendentes que ahora se publican
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por primera
vez y me permiten deducir que durante su estancia en los Estados Unidos el
joven sacerdote jesuita no simpatizaba en absoluto con la causa nacional sino
que, tal vez conmocionado por la división y la tragedia de los católicos
vascos, se mostraba favorable a la causa del PNV, aliado antinatural del Frente
Popular[58].
El
testimonio proviene de uno de mis asiduos corresponsales jesuitas de los
Estados Unidos, cuyo nombre, naturalmente, debo silenciar y cuya declaración
tengo clasificada en mi archivo bajo las siglas FRSJ (Fuentes reservadas de la
Compañía de Jesús) que cito, en cada caso, con el número de archivo y la fecha
de la comunicación.
Americanos
que le conocieron aquí, 1936-1938, no se fiaban del padre Arrupe. El era un
defensor (advocate) del Frente Popular toda su vida. Nunca pude ver una
orientación religiosa en su mensaje. Su «contemplación en la acción»
significaba todo acción y nada de contemplación en la práctica; todo lo
contrario de las prioridades de Ignacio. Mi impresión es que él estaba
intentando ser alguien que no era. Por esa razón nunca pude fiarme de él. Los
padres… y… que le conocieron en 1936-1938 recibieron la misma impresión[59]. Naturalmente que un jesuita norteamericano en
1936 no estaba obligado a distinguir entre PNV y Frente Popular, aliados en el
mismo bando persecutorio durante la guerra de España, contra la España nacional
bendecida por el Papa y los obispos de España y de todo el mundo. Pero
reproduzco el testimonio con sus mismas palabras.
La misma
fuente directa me envió tres años después otro testimonio importante sobre la
actitud de los jesuitas norteamericanos en la guerra civil española.
El
tiempo de la guerra civil española fue el último en el que los jesuitas de los
Estados Unidos estuvieron unidos en torno a un mismo problema. Bajo la
dirección del padre Talbot, todos estábamos unidos tras la revista «América» en
el apoyo a José Moscardó, Queipo de Llano y Franco. Si usted quiere, le envío
el libro sobre el Alcázar de Toledo editado por «América». Es una curiosa
coincidencia, quizás contradictoria, que aquella fue la época en que el
sacerdote vasco padre Arrupe vivió en los Estados Unidos, para estudiar
teología y hacer la Tercera Probación…[60] El libro a que se refiere mi corresponsal es la traducción de Henri
Massis y Robert Brasillach, The cadets of the Alcazar, foreword of
Francis X. Talbot, S.J, Editor of «America»[61].
Hoy en
España, mañana en Nicaragua, decía cincuenta años después de acabar la guerra
civil española el pobre Tim Brennan en una publicación católica de los Estados
Unidos entregada, como tantas otras, al marxismo. No imaginaba el profeta que
pocos meses después de su comparación se le iba a caer encima el Muro de Berlín
y que una de las consecuencias de tal caída iba a ser el final de la dictadura
sandinista en Nicaragua. Pero a fines de los años treinta el futuro y alucinado
general de los jesuitas daba en Norteamérica la impresión de ser «Un partidario
del Frente Popular» y bastantes sacerdotes vascos empezaban a sembrar en
Iberoamérica y en Centroamérica las semillas del odio político del que
brotarían futuras tempestades.
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La Iglesia, la de España y la de Roma, sabían ya
con certeza quién era su verdadero enemigo —el enemigo de la Iglesia y de
España— en la primavera de 1937. Lo sabían tras una dolorosa acumulación de
datos y de testimonios; y tuvieron el acierto y el valor de proclamarlo. En la
Carta colectiva de 1937 decían los obispos:
una de las partes beligerantes iba a la
eliminación de la religión católica en
España. Y concretan el núcleo enemigo haciendo suya la
expresión de «observadores perspicaces» que definen la guerra civil como una
lucha internacional en un campo de batalla nacional: el comunismo libra
en la Península una formidable batalla de la que depende la suerte de Europa.
Y definen así a «la otra parte»: La materialista, llámese marxista,
comunista o anarquista, que quiso sustituir la vieja civilización de España,
con todos sus factores, por la nueva civilización de los soviets rusos[62].
Menos de cuatro meses antes el Papa Pío XI había
señalado también al comunismo como el enemigo fundamental de la Iglesia en la
guerra de España:
También allí donde, como en
nuestra queridísima España, el azote comunista no ha tenido aún tiempo de hacer
sentir todos los efectos de sus teorías, se ha desquitado desencadenándose con
una violencia más furibunda. No se ha contentado con derribar alguna que otra
iglesia, algún que otro convento sino que cuando le fue posible, destruyó todas
las iglesias, todos los conventos, y hasta toda huella de la religión
cristiana, por más ligada que estuviera a los más insignes monumentos del arte
y de la ciencia. El furor comunista no se ha limitado a matar obispos y
millares de sacerdotes, de religiosos y religiosas, buscando de modo especial a
aquellos y aquellas que precisamente trabajaban con mayor celo con pobres y
obreros, sino que ha hecho un número mucho mayor de víctimas entre los seglares
de toda clase y condición que diariamente, puede decirse, son asesinados en
masa por el mero hecho de ser buenos cristianos o tan sólo contrarios al
ateísmo comunista…
Y
es esto lo que por desgracia estamos viendo; por primera vez en la Historia
asistimos a una lucha fríamente calculada y cuidadosamente preparada «contra
todo lo que es divino» (2 Thes. 2,4). El comunismo es, por naturaleza,
antireligioso; y considera a la religión como «el opio del pueblo» porque los
principios religiosos que hablan de la vida de ultratumba desvían al
proletariado del esfuerzo por realizar el paraíso soviético, que es de esta
tierra[63].
Unos días
antes de que el Papa dirigiese al mundo entero estas palabras el joven
comunista Santiago Carrillo era aclamado en el Pleno ampliado de su partido,
que se celebraba en Valencia, como responsable glorioso de la terrible
represión del pasado mes de Noviembre en Madrid, donde miles de católicos, ente
ellos numerosos sacerdotes, religiosos y religiosas, como decía el Papa, habían
sido asesinados en masa por odio a la fe[64]. Varios de ellos
ya están en los altares.
En los
Estados Unidos, el joven sacerdote jesuita Pedro Arrupe conocía los datos
esenciales sobre la trayectoria de la guerra civil en España, que apasionaba,
hay de
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ellos
pruebas innumerables, a sus compañeros jesuitas de Norteamérica. Pero con
seguridad absoluta conoció la encíclica de Pío XI y la carta colectiva del
episcopado español y sabía por tanto que según la más autorizada opinión de la
Iglesia católica el marxismo y el comunismo eran los responsables principales
de la tragedia que pretendía aniquilar a la Iglesia y a la religión en España.
Sin embargo en la biografía escrita por el jesuita Lamet, que contó para ella
con los papeles del propio Arrupe, no figura una sola opinión de Arrupe sobre
la guerra civil. Lamet resume las vísperas de la guerra civil con una falsedad
que es además una tontería insigne: «Militares como Mola, Varela, Franco, en
conexión con políticos derechistas y con los gobiernos nazi-fascistas de
Alemania e Italia (s/n) habían preparado la sublevación desde marzo de 1936.
«Tras años de búsqueda interesada, los enemigos de Franco no han podido probar
conexión significativa alguna entre los gobiernos nazi-fascistas y el estallido
de la guerra civil española; léase al menos Lamet por encima el estudio de
Angel Viñas, más próximo a él que a mí, La Alemania nazi y el 18 de julio.
Pero Lamet sí deja entrever que mientras el Papa se declaraba ya en septiembre
de 1936 a favor de los «rebeldes» como hemos visto, «en la cubierta del buque
que le llevaba a América, Pedro Arrupe miraba al mar, creyendo en un Evangelio
que hablaba de la fuerza del amor y le situaba claramente a favor de los
pequeños». Evidentemente, los pequeños eran los rojos, los perseguidores de
la Iglesia que por lo visto, según Arrupe y su biógrafo, asesinaban a trece
obispos, ocho mil eclesiásticos y decenas de miles de católicos en nombre del
Evangelio. Esta insinuación de Lamet coincide con los testimonios de los
jesuitas norteamericanos que hemos citado, y que nos presentan a un Arrupe
partidario del Frente Popular ya en 1936. Reconozco que al comprobar esta
coincidencia me he sentido durante unas horas casi fulminado por la sorpresa
porque conocí y hablé un buen rato con el padre Arrupe cuando vino a España
después de su tremenda experiencia en Hiroshima. Ante este terrible antecedente
se comprende mucho mejor la elección de Arrupe en 1965 y su actuación política
como general de los jesuitas durante el período más negro en la historia de la
Compañía de Jesús. Por supuesto que un conjunto de superiores promarxistas y
liberacionistas le empujaron a la catástrofe. Pero yo había creído que Arrupe
era el arrastrado, la víctima. Ahora me inclino a pensar que era el promotor[65].
Mientras el
padre Arrupe escandalizaba a sus compañeros de orden en los Estados Unidos, un
gran periodista, Burnett Bolloten, a quien muchos años después traté con breve
intensidad, registraba minuciosamente decenas de miles de datos y testimonios
sobre la política de la zona republicana, a la que había llegado como
corresponsal de guerra. Era lo más opuesto a un reaccionario pero lo que vio y
comprobó en España le convirtió en el más formidable anticomunista del
periodismo mundial y en el autor de un libro esencial que ha ido apareciendo en
varias versiones, hasta la definitiva, ya después de su muerte. En ese libro
Bolloten demuestra, para desesperación de los historiadores comunistas que han
intentado inútilmente mordisquearle, el designio comunista y soviético para
conquistar el poder militar y político en la zona
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republicana,
es decir la confirmación plena de que los obispos de la Carta Colectiva y el
Papa Pío XI habían visto muy claro el papel del comunismo en la guerra de
España cuando hablaron al mundo en 1937[66].
SECCION 6: FIGURA, OBRA Y ORIENTACIÓN DE PÍO XI
UN PAPA DE COMPROMISO
Pío XI, el
Papa de entreguerras, fue elegido el 5 de febrero de 1922 y prolongó su
pontificado hasta las vísperas de la segunda guerra mundial en 1939. Al aceptar
la elección escogió su nombre porque había nacido en Desio, Lombardía, en el
seno de una familia de la clase media industrial del Norte, bajo Pío IX en
1857; y había dado los pasos iniciales de su alta carrera eclesiástica bajo Pío
X. Achille Ratti, estudiante brillante y eclesiástico intachable de gran
capacidad intelectual para el estudio, el tratamiento de las fuentes, la
Historia eclesiástica y las relaciones culturales, hizo sus estudios superiores
en varios centros pontificios de Roma y fue sucesivamente prefecto de la
biblioteca Ambrosiana en Milán y de la Vaticana (1914) hasta su nombramiento
como visitador apostólico en Varsovia en 1918. Fascinado por la ciencia
moderna, crearía la Pontificia Academia de Ciencias para subrayar la concordia
necesaria entre la ciencia y la fe. Nuncio ante el gobierno dictatorial del
mariscal Pildsuski, consiguió la atenuación de las persecuciones que sufría la
Iglesia católica en la zona fronteriza de Rusia y en Ucrania con lo que
adquirió una experiencia directa sobre la realidad del comunismo soviético en
tiempos de Lenin. En 1921 recibió la púrpura al ser designado arzobispo de
Milán, donde desarrolló una actividad intensísima de organización y apostolado
y conoció también de primera mano la gestación y el avance imparable del
fascismo, el nuevo sistema político respaldado por las gentes de orden y los magnates
de la industria del Norte. Tras cinco años en la archidiócesis milanesa acudió
a Roma para el cónclave de 1922, que debía elegir al sucesor de Benedicto XV.
Treinta y un cardenales italianos, entre los cincuenta y tres del Sacro
Colegio, se dividían entre el cardenal Gasparri, secretario de Estado de
Benedicto XV y considerado como candidato aperturista y el cardenal Merry del
Val, secretario de Estado de Pío X y representante del espíritu más defensivo.
Como tras muchas discusiones y votaciones la antítesis se mostraba irreductible
se propuso la candidatura de Ratti como un compromiso que acabó por imponerse.
El prefecto de la Vaticana llegaba a la sede de San Pedro con un reconocido
prestigio cultural, una evidente capacidad para las relaciones culturales y
diplomáticas pero no era un teórico alejado del mundo real, del que había
palpado problemas tan vivos como los del comunismo y el fascismo nacientes. Su
comportamiento pastoral en Milán había resultado admirable. Sus electores se
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convencieron
inmediatamente de haber acertado cuando el nuevo Papa abrió de par en par los
balcones centrales de San Pedro, cerrados desde 1870, y dio desde ellos la
bendición urbi et orbi que antes se impartía de espaldas a la nueva
Italia. Era todo un indicio de que Pío XI se proponía resolver cuanto antes la cuestión
romana. Su divisa también resultó reveladora: La paz de Cristo en el
reino de Cristo. Es decir que la Iglesia de ventanas abiertas no iba a
encerrarse en las sacristías sino que intentaría reconstruir su influencia
social como una adaptación moderna de la Cristiandad medieval, presidida por el
Vicario de Cristo para todas las grandes cuestiones de la convivencia entre los
pueblos y la moral individual y social. El gran enemigo para ese gran designio
es lo que Pío XI llamaría siempre el laicismo, es decir el materialismo
liberal obstinado en la secularización. Pero el enemigo supremo sería el
comunismo, que buscaba arrancar violenta y sangrientamente toda idea de Dios en
los países donde llegó a dominar; y en menor manera el socialismo, que aun
atenuado resultaba incompatible con el cristianismo. Todas esas directrices,
que Pío XI iba a desarrollar coherentemente en su amplio y profundo magisterio,
estaban ya claras para los observadores más penetrantes del nuevo Papa en la
misma mañana de su elección. El Papa pondría al servicio de sus ideales su
formidable capacidad de trabajo, su valor indomable y su salud de hierro,
reflejo de una energía interior inextinguible.
Nací bajo el
pontificado de Pío XI y seguramente se me nota en el entusiasmo objetivo con
que estoy presentando su aparición ante la Historia. No participan de ese
entusiasmo otros historiadores, incluso católicos, que sistemáticamente le
menosprecian, le hipercritican y le sacan de su contexto. Como historiador
católico esto me parece una aberración. Seguiré para este epígrafe otros
ejemplos muy altos y bien diferentes; el tomo X del magno Manual de historia
de la Iglesia de Hubert Jedin, el tomo 11 de la importante Historia de
la Iglesia en el mundo contemporáneo, de Gonzalo Redondo; he citado
anteriormente a una y otra obra que me parecen ejemplares; con pleno dominio de
las fuentes, sentido cabal del contexto y desde luego sin renunciar al análisis
y la crítica histórica nos ofrecen una visión de Pío XI y su tiempo bien
distinta a la distorsionada que podemos encontrar en otras obras, incluso de
autores católicos, como García de Cortázar, empeñado en juzgar a los Papas de
la primera mitad del siglo XX según criterios (casi siempre desviados,
además) de la segunda mitad o de nuestros días. El libro de Cortázar es
incitante y está muy bien escrito. Pero representa, a mi modo de ver, la misma
opción jesuítica de izquierdas que había abrazado el jesuita Lamet para su
sectaria biografía del padre Arrupe; esta opción, entre liberal y marxista de
muchos jesuitas contemporáneos les lleva, dicho sea con perdón, a proferir
auténticas jaimitadas sobre las épocas de Pío XI y Pío XII aunque luego se
extasíen acríticamente ante su icono de Juan XXIII[67]. El pecado
capital que cometen estos historiadores hipercríticos es el mismo de los
antifranquistas profesionales de Tusell a Prestan; la ucronía y el anacronismo,
la falta de sentido de los contextos, la esclavitud de someterse a la moda.
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Apoyándonos en las historias serias y en las
excelentes colecciones documentales de la BAC ya citadas, podemos trazar una
panorámica del magisterio de Pío XI, al que cabe calificar de admirable. Su
condena del laicismo, en sus dos frentes, materialista-ultraliberal y
marxista-comunista, es clarísima y está muy bien fundada, como ya hemos visto
para el caso de España; pero además no es, ni mucho menos, una reaccionaria
negación sino una exigencia de que se reconozca un lugar a la Iglesia en la
vida pública y social. La invocación a la Cristiandad medieval no significa,
como quieren los deformadores, un salto atrás en la Historia sino un
reencuentro de la Historia con Dios; las tragedias de la primera guerra
mundial, la guerra cristera, la revolución comunista en Rusia y en España
estaban dejando muy a las claras hasta dónde podía despeñarse la Humanidad por
el camino del laicismo, nombre que como he dicho es el que atribuye Pío XI a la
secularización, la lucha para arrancar a Dios y a la religión de la sociedad.
La divisa del pontificado, La paz de Cristo en el reino de Cristo, es
decir el empeño de la Iglesia en el entronque con las raíces cristianas
de la sociedad, quedó plasmada en la instauración de la fiesta de Cristo Rey
proclamada en una de las primeras grandes encíclicas de Pío XI, Quas primas
(llnov. 1925). Mucho más que las relaciones políticas importaba a Pío XI la reconstrucción
y revitalzación interior de la Iglesia, un conjunto de problemas pastorales al
que dedicó todo un cuerpo de doctrina. En la encíclica Misserentissimus
Redemptor (1928) fomentó la devoción al Corazón de Jesús, muy difundida por
los jesuitas de entonces aunque muchos de los actuales la han
abandonado. En la Mens nostra (1929) recomendó la práctica de los
ejercicios espirituales, otro de los grandes legados de San Ignacio de
Loyola a la espiritualidad cristiana. En 1931 dedicó la Ad catholici
sacerdotii al ministerio sacerdotal. Justamente conocido como «El Papa de
las misiones» proclamó con especial vigor el mensaje evangelizador de
Cristo a todo el mundo en la encíclica Rerum ecclesiae de 1926. Orientó
a los católicos sobre dos problemas que consideraba vertebrales, el de la
familia y el de la educación, en las encíclicas Casti connubii (1930) y Divini
illius magistri del año anterior. Conviene insistir en este cuerpo
doctrinal, que no se limitó a marcar directrices teóricas sino que fue
predicado y puesto en práctica por la jerarquía eclesiástica y los religiosos,
mucho más atentos entonces que ahora a la implantación de las orientaciones
pontificias. Sin embargo y dado el encrespamiento de los tiempos resulta
comprensible que entre los grandes documentos de Pío XI hayan quedado en la
memoria histórica de la humanidad las tres grandes encíclicas que se dedicaron
a los grandes problemas de la sociedad y la política en aquella época: la Qudragesimo
anno de 1931, sobe la evolución del problema social y las soluciones
corporativas; y las dos condenas contra el nacionalsocialismo y el
comunismo, que el Papa quiso hacer coincidir, significativamente, con cinco
días de diferencia, la Mit brennender Sorge de 14 de marzo y la Divini
Redemptoris, del 19 del mismo mes y año, 1937. Pero conviene que
situemos estos importantísims documentos en su contexto histórico; ya lo hemos
hecho con el último, proclamado en plena guerra civil
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PÍO XI ANTE EL FASCISMO: ACUERDOS DE LETRÁN Y
DESACUERDOS
La bendición
enviada a la Roma real, desde el balcón de San Pedro, así como la confirmación
del cardenal Gasparri, partidario de la reconciliación con el reino de Italia,
como secretario de Estado, manifestaron la voluntad de Pío XI para una rápida
solución de la cuestión romana, planteada por la ruptura de la Santa
Sede y el reino de Italia desde la caída de Roma en 1870. Benito Mussolini,
jefe del fascismo, había mostrado su disposición favorable hacia el arreglo
incluso antes de la marcha sobre Roma, cuando aún no había alcanzado el poder.
Ya al frente del gobierno y del nuevo régimen, Mussolini solucionó en un
encuentro secreto con el cardenal Gasparri la situación angustiosa del Banco de
Roma, dependiente del Vaticano y se mostró de acuerdo en designar como mediador
al jesuita Pietro Tacchi-Venturi. Es muy importante comprender la posición real
de la Santa Sede ante las circunstancias reales del momento. El fascismo era
aceptado como una solución a la amenaza comunista y al caos democrático incluso
por los ex presidentes democráticos Nitti y Giolitti en pleno Parlamento;
incluso por el último secretario general del Partito Popolare, Alcide de
Gasperi. El Vaticano consintió en la retirada gradual de don Luigi Sturzo,
fundador del Partido Popular, y muchos católicos se apuntaron con entusiasmo al
régimen fascista. La gran mayoría del Episcopado italiano así como una oleada
casi unánime de opinión pública se manifestaron en favor de los acuerdos de la
reconciliación, firmados por Mussolini y el cardenal Gasparri el 10 de febrero
de 1929 y que se ratificaron rápidamente el 7 de junio. Alcide de Gasperi
manifestó su conformidad. Los Pactos de Letrán consistían, en primer lugar, en
un Tratado entre el reino de Italia y la Santa Sede por el que se reconocían
mutuamente como Estados soberanos; el dominio papal se denominaba Estado de la
Ciudad del Vaticano y comprendía el recinto vaticano (basílica y plaza de San
Pedro, palacios apostólicos, jardines y edificios del Vaticano) más un conjunto
de edificios y terrenos situados bajo la soberanía pontificia y dotados de la
condición de extraterritorialidad, entre ellos la finca de Castelgandolfo. Pese
a su pequeña extensión la Ciudad del Vaticano era un Estado con plena
soberanía, al que pronto fueron reconociendo muchos Estados del mundo; aunque
para ciertos aspectos administrativos, como la moneda, gozaba de la cooperación
del Estado italiano. Este primer pacto comprendía también un acuerdo financiero
por vía de indemnización que el Reino de Italia concedía a la Santa Sede tras
la ocupación de sus tierras y bienes no devueltos ahora: y se cifraba en la
sustanciosa cantidad de 1750 millones de liras, que resultaron muy útiles para
el saneamiento de las maltrechas finanzas vaticanas y para la creación de un
patrimonio financiero que andando los años causaría muy serios problemas a la
Iglesia, bajo el
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pontificado
de Pablo VI. El segundo de los pactos de Letrán era un Concordato en regla,
dentro de la política general de pactos que fomento consumo interés Pío XI.
Los Pactos
de Letrán, que han mantenido su vigencia después de la caída del fascismo,
resultaron beneficiosos para ambas partes. Mussolini los interpretó, con éxito,
como un reconocimiento de la Iglesia al régimen fascista, capaz de solucionar
un grave contencioso contra el que se había estrellado la democracia. La
Iglesia zanjaba un problema enojoso y se liberaba del lastre de los Estados
Pontificios manteniendo lo esencial del «poder temporal»: la independencia
territorial que garantizaba el libre ejercicio de su misión ecuménica.
Benito
Mussolini se confesaba agnóstico pero no era un enemigo de la Iglesia. Sin
embargo la intensidad y la arbitrariedad del totalitarismo fascista fueron
suscitando, inevitablemente, graves conflictos con la Santa Sede que se iban
aproximando a una ruptura. Pío XI había transformado radicalmente el concepto
anterior de Acción Católica y quería utilizarla como instrumento para la
influencia de la Iglesia en la sociedad. La Acción Católica de Pío XI era una
amplia organización clerical, dependiente de la jerarquía pero muy activa en
sus movimientos juveniles, universitarios y sociales. Casi todos los dirigentes
del antiguo Partito Popolare se habían integrado en los cuadros de dirección de
la Acción Católica y ni querían ni seguramente podían reprimir avances cada vez
más claros hacia la acción política más o menos encubierta. Así la Acción
Católica italiana se iba configurando, inevitablemente, como una especie de
oposición al régimen fascista que trató de coartada por todos los medios en
virtud de los principios del totalitarismo. Pero la Acción Católica había sido
reconocida formalmente en el Concordato de los Pactos de Letrán y Pío XI hubo
de intervenir en su defensa cuando en 1931 el régimen fascista pretendió cortar
las actividades juveniles, universitarias y sociales de la institución.
Mussolini había llegado a disolver las organizaciones juveniles y sociales de
la A.C. el 29 de mayo de 1931 y al Papa replicó con suma dureza el 29 de junio
con la encíclica Non abbiamo bisogno, que constituyó la primera condena
formal del fascismo en alguno de sus puntos esenciales; el monopolio de la
educación, la «verdadera divinización del Estado con carácter pagano», la
contradicción del fascismo con «los derechos naturales de la familia y los
derechos sobrenaturales de la Iglesia». Mussolini aceptó una nueva
reconciliación en la que salió como claro vencedor; la Iglesia cedía demasiado
para salvar lo posible. La Acción Católica tuvo que recortar sus alas de
intervención en el movimiento juvenil y en la actividad social. Pero sus
dirigentes más duros siguieron actuando contra el régimen desde una especie de
clandestinidad larvada, dispuestos a salir a plena luz cuando el fascismo
entrase en crisis.
El segundo
conflicto se produjo en 1938, cuando ya el fascismo italiano y el nazismo
alemán habían formado, desde fines del año 1936, el llamado Eje Roma Berlín
motivado por la cooperación de Alemania e Italia con la causa de Franco en la
guerra civil española. (La cooperación e incluso el apoyo militar no
significaban en
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modo alguno,
como creen hoy algunos historiadores apresurados o reduccionistas, algo
parecido a una identificación). Los nazis exacerbaron al ala radical del
fascismo italiano en sentido racista y pretendieron transferir al derecho
matrimonial italiano las normas racistas contra el matrimonio en
que una de las partes era judía. El porcentaje de casos que se
daban en Italia era mínimo pero se trataba de una cuestión de principio y la
Santa Sede no transigió aunque no pudo impedir el resabio nazi en la legislación
matrimonial italiana. Sin embargo no cesaban las violaciones concordatarias por
parte del fascismo y a raíz de esta crisis Pío XI pensó en preparar un nuevo
documento condenatorio del fascismo italiano, que no llegó a publicar ante la
aparición de la muerte. Al tratar del corporativismo veremos cómo Pío XI no
pudo evitar la fascinación del fascismo en su orientación social; pero queda ya
muy claro que no cedió ante las imposiciones totalitarias del fascismo en los
aspectos realmente esenciales del fascismo.
PÍO XI FRENTE A HITLER
Poco después
de los Pactos de Letrán el Papa Pío XI licenció al cardenal Gasparri, artífice
de tan importantes y positivos acuerdos y nombró para sustituirle a un prelado
de la aristocracia romana, el cardenal Eugenio Pacelli, que había desempeñado
con general aplauso la Nunciatura en Múnich y Berlín y que, aunque no comulgaba
ni muchísimo menos con el nazismo se fue convenciendo a lo largo de los años
treinta de que el Reich de los Mil Años proclamado por Adolfo Hitler podía
constituir, en la práctica, una dramática realidad; su principal argumento para
esa convicción, que nunca expresó públicamente, era la entrega fanática del
pueblo alemán, que se creía el más excelso y culto de la Tierra, el Urvolk,
al ilumimado y morenusco «cabo bohemio» en cuyos rasgos no podía encontrarse la
más mínima semejanza con la raza aria como no fueran los aullidos guturales de
sus entrecortados discursos.
Hoy está
demostrado que la Santa Sede no tuvo la mas mínima intervención en la llegada
de Hitler al poder a fines de enero de 1933. Lo que sí es cierto es que el
partido fundamentalmente católico Zentrum y la conferencia episcopal
alemana de Fulda dieron luego su aprobación a la Ley de Poderes Extraordinarios
que marcaba el comienzo de la dictadura totalitaria de Hitler, porque la
inmensa mayoría del pueblo alemán, las grandes fuerzas de la finanza y la
industria y la gran mayoría de los mandos militares estaban también de acuerdo;
además porque esperaban a cambio un Concordato favorable, que en efecto fue
concedido por el nuevo régimen. Pío XI creyó en 1933 que Hitler sería un
valladar contra el comunismo soviético y la Internacional comunista pero en el
mes de agosto de ese mismo año 1933 protestó contra las primeras persecuciones
antijudías de los nazis[68]. Pío XI y Pacelli creyeron que ante la
dictadura totalitaria la Iglesia y sus poderosas asociaciones sociales
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necesitaban
cuanto antes el Concordato con el III Reich. Y en 20 de julio de 1933 el
cardenal Pacelli y el vicecanciller católico del Reich, Franz von Papen,
firmaron el Concordato en el Vaticano. Poco después el Zentrum, como los demás
partidos políticos de Alemania, aceptó su autodisolución. Las asociaciones
católicas, en virtud del Concordato, lograron sobrevivir, aunque con crecientes
problemas; el Concordato, aprobado por la gran mayoría de la Conferencia
episcopal y los católicos alemanes, fue un éxito rotundo para Hitler, que había
admitido cínicamente la supervivencia de las asociaciones católicas con la
intención de anularlas en el monopolio totalitario del Tercer Reich.
Ahora,
cuando se celebran los cincuenta años de la catástrofe alemana en la guerra
mundial, nos enteramos de que casi todos los alemanes formaban parte de la
oposición contra Hitler. La verdad histórica es bien diferente. En los años
treinta. Hitler había logrado unificar y capitalizar el orgullo ancestral de
los alemanes, sus resentimientos seculares y recientes, su sed de venganza por
la paz de Versalles y el atropello de las reparaciones de guerra, el
nacionalismo exacerbado y el antisemitismo que provenían de la Edad Moderna e
incluso en parte de la Edad Media y arrasaban la conciencia colectiva de los
alemanes desde el auge de Prusia y la derrota de Napoleón. Adolfo Hitler era un
paranoico genial con sobredosis de cualidades políticas capaces de seducir a un
pueblo tan profundo y tan inteligente hasta lanzarle a la expansión ciega de
los años treinta y la hecatombe de la segunda guerra mundial. Entre la inmensa
mayoría del pueblo alemán, o mejor del pueblo panalemán que siguió como un solo
hombre a Hiter y aceptó o al menos toleró sus estúpidas doctrinas racistas y
sus arbitrariedades totalitarias e irracionales formaban casi todos los
cristianos, católicos y protestantes, de Alemania.
Hans
Dietrich Bracher ha analizado muy documentada y equilibradamente el
comportamiento de protestantes y católicos frente al Tercer Reich. En rigor no
hubo una actitud «frente» al Reich sino con él. Los protestantes, consecuentes
con la servil doctrina luterana sobre el poder de los príncipes, no sólo
aceptaron a Hitler sino que muchos de ellos se integraron en una especie de
Iglesia alemana política, los Cristianos Alemanes, que aceptó la imposición,
por parte del régimen nazi, de un «Obispo del Reich» vicario de Hitler cuyo
único acto consecuente fue el suicidio al hundirse el Tercer Reich. Esto no
significa una ausencia absoluta de oposición en el campo protestante; una
oposición muy minoritaria pro selectísima, dirigida ideológicamente por los
grandes teólogos evangélicos Karl Barth y Dietrich Bonhoeffer y el valeroso
pastor de Dahlem, Martín Niemoller, héroe de la Gran Guerra. La Liga
provisional de Pastores, inspirada y dirigida por ellos, reunió desde 1933 a un
tercio de los clérigos protestantes de Alemania pero poquísimos entre ellos
participaron de forma efectiva en una oposición política. Bonhoeffer fue una de
las grandes excepciones.
Gracias a su
mayor cohesión interna —la jerarquía episcopal— y a la comunicación con Roma,
donde Pío XI y el cardenal Pacelli se preocupaban muy
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directa y
personalmente de la Iglesia alemana, los católicos resistieron mucho mejor el
empuje nazi y articularon una oposición mucho más eficaz. Esto no quiere decir
en modo alguno que rechazaran al Tercer Reich; todo lo contrario, la gran
mayoría de católicos y de obispos alemanes lo aceptaron, y con entusiasmo en
muchísimos casos. Roma y la Conferencia Episcopal de Fulda consintieron en la
autodisolución del partido Zentrum cuyo dirigente Kaas fue artífice importante
del Concordato de 1933, firmado por Papen, como sabemos, el más notorio de los
católicos pertenecientes a la derecha alemana y vicecanciller de Hitler. El
cardenal de Múnich monseñor Faulhaber, que se había inclinado ante los hechos
consumados, criticó desde el principio del régimen «la ideología anticristiana
y las pretensiones totalitarias del nacionalsocialismo» (Bracher). El mismo
autor, que no es un panegirista del catolicismo, reconoce: «A pesar de estas
limitaciones, el significado de la oposición católica es bastante
impresionante» y demuestra ampliamente la tesis con numerosos casos concretos,
por ejemplo: «Miles de sacerdotes y laicos fueron encarcelados o llevados a
campos de concentración». El jesuita Alfred Delp fue, junto al teólogo
protestante Bonhoeffer, un auténtico mártir —testigo— de la oposición contra el
nazismo. Hubert Jedin califica al concordato como «excelente línea defensiva» y
concluye: «El hecho de que el catolicismo alemán pudiera salir de la etapa del
Tercer Recih esencialmente mucho más intacto que casi todos los demás grandes
grupos de situación similar, es una de las consecuencias a largo plazo del
acuerdo de 20 de julio de 1933»[69].
La Iglesia
Confesional alemana, agrupación de iglesias evangélicas frente a la Iglesia
nazi de los Cristianos Alemanes, difundió en junio de 1936 un valiente
memorándum: «Se rompió aquí el silencio —dice Bracher— protestando no solo
contra el rumbo antieclesiástico sino también contra la filosofía
nacional-socialista, el antisemitismo racista y la arbitrariedad jurídica; se
criticó abiertamente el hecho de que en Alemania, que se considera un estado de
derecho, haya todavía campos de concentración… El memorándum protestaba
abiertamente contra el culto al Führer». La protesta de los evangélicos
exasperó a los nazis y alcanzó una cierta resonancia en el mundo. Pero no
alcanzó ni de lejos el impacto de la declaración pública de Pío XI al año
siguiente.
El Papa y el
secretario de Estado Pacelli estaban indignados por las continuas violaciones
del Concordato de 1933 perpetradas por Hitler y sus secuaces. Atrincherados en
el Concordato manifestaban al gobierno alemán en notas durísimas «la brutal
discrepancia» (Jedin) entre Concordato y realidad y rechazaban algunos
principios esenciales del nazismo como la absolutización del Estado. Las notas
no eran sólo de carácter diplomático y reservado; el Vaticano las hizo imprimir
en un Libro Blanco dividido en varias series entre 1934 y 1936, y comunicó esta
documentación a los obispos de Alemania. Pero algunos obispos jóvenes (von
Galen de Münster y von Preysing de Berlín) reclamaban una acción más enérgica,
con lo que se mostró de acuerdo el cardenal de Múnich, monseñor Faulhaber,
quien redactó
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un proyecto
de manifiesto pontificio que, reelaborado por Pacelli, se convirtió en la
encíclica Mit brennender Sorge (Con ardiente preocupación) de 14 de
marzo de 1937, publicada casi simultáneamente, como dijimos, a la gran condena
del comunismo en la Divini Redemptoris.
El régimen
nazi trató por todos los medios de impedir la difusión del documento pero
inútilmente; los casi doce mil púlpitos católicos de Alemania tronaron contra
el nazismo y la encíclica se imprimió repetidas veces en Alemania y alcanzó una
gran repercusión en el mundo entero. Franco y Serrano Suñer, que necesitaban
vitalmente la ayuda militar alemana en un año de iniciativa estratégica
compartida por el enemigo, impidieron la difusión de la encíclica en España y
consintieron en la intromisión de la propaganda exterior nazi a favor de esa
prohibición. El cardenal Gomá se avino a recomendar a los obispos el silencio
sobre la encíclica pero él mismo, junto con otros prelados, la publicó en los
boletines diocesanos en 1938[70]. España vivía en
1937 sus propios y gravísimos problemas entre los que no figuraba la difusión
de la ideología nazi, con la que comulgaban solamente algunos intelectuales
fascistas encargados de la propaganda del régimen de Franco, no del de Hitler.
En Alemania Hitler hablaba ya por entonces de «aniquilar» a la Iglesia católica
(Bracher); Franco, como reconocerían pronto los obispos de España en su Carta
colectiva, acababa de salvarla. Establecer ahora paralelismos ideológicos o
políticos entre los dos personajes («Franco el hitleriano» ha dicho un gran
periodista desorientado, hace poco) no sirve a estas alturas ni para ganarse el
asentimiento de la izquierda.
En la Mit
brennender Sorge Pío XI demostró haber captado ese designio final de Hitler
sobre la aniquilación del cristianismo en Alemania y tuvo el valor de
proclamarlo ante todo el mundo. Describía la persecución de la Iglesia
católica bajo el III Reich no sólo como un hecho innegable sino también como un
hecho directamente derivado de los fundamentos y objetivos políticos del
nacionalsocialismo. «Por otra parte —decía el Papa— se ha erigido en norma
ordinaria el desfigurar abiertamente los pactos, eludirlos, desvirtuarlos y
finalmente violarlos más o menos abiertamente… La experiencia de los años
transcurridos babia puesto al descubierto las maquinaciones que, ya desde el
principio, no se propusieron otro fin que una lucha hasta el aniquilamiento».
Se explicaba luego, con lujo de detalles, que esta lucha de aniquilación tenía
su raíz en el hecho de la incompatibilidad de la fe católica con los principios
de dominio nacionalsocialistas. «Si la raza o el pueblo, si el Estado o una
forma determinada del mismo, si los representantes del poder estatal u otros
elementos fundamentales de la sociedad humana tienen en el orden natural un
puesto esencial y digno de respeto, con todo, quien los arranca de esta escala
de valores terrenales elevándolos a suprema norma de todo, aun de los valores
religiosos, y, divinizándolos con culto idolátrico, pervierte y falsifica el
orden creado e impuesto por Dios, está lejos de la verdadera fe y de una
concepción de la vida
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conforme a ella»[71].
El régimen
nazi desencadenó una campaña de injurias y nuevas persecuciones contra la
Iglesia católica pero aunque amagó con la ruptura total nunca se atrevió a
realizarla. La Iglesia tampoco. Muchos critican cómodamente después de 1945 que
la Iglesia mantuviera, pese a todo, sus pactos con el régimen de Hitler. Pero
esos pactos —el Concordato defensivo de 1933— no alcanzaron el compromiso ni la
resonancia ni la permisividad del gran pacto de las democracias con Hitler y
Mussolini en Múnich al año siguiente de la encíclica papal, 1938. Tampoco clamó
la Iglesia contra las sucesivas expansiones que emprendió Hitler como
consecuencia del pacto de Múnich; el desmembramiento de Checoslovaquia y la
anexión de Austria, el Anschluss, con el que se mostraron de acuerdo la inmensa
mayoría de los católicos de Austria con sus obispos al frente. Hitler navegaba
sobre la pleamar y ya hemos visto que el propio cardenal Pacelli, redactor
final de la Mit brennender Sorge, creía seriamente durante los años
treinta en la viabilidad del Reich de los Mil Años, aunque se opusiera
frontalmente —acababa de demostrarlo en 1937— a sus principios fundamentales.
En este contexto hay que explicar la actitud reticente de la Iglesia ante la
persecución y la aniquilación de los judíos europeos por el Tercer Reich.
HITLER Y LOS JUDÍOS: LA PERSECUCIÓN
Adolfo
Hitler había señalado colectivamente a los judíos como el Enemigo Absoluto de
su ensueño pangermánico en su libelo programático Mein Kampf. Pero nueve
años después, en 1933, el ensueño se hizo realidad, con lo que la suerte de los
judíos de Alemania, y de los ámbitos europeos luego conquistados por Alemania,
estaba echada. He publicado una primera aproximación al problema del Holocausto
en mi libro El Tercer Templo[72] y tengo el propósito de volver sobre un problema que, pese a una inmensa
bibliografía, publicística y filmografía, dista, en mi opinión, de haberse
sustanciado históricamente, aunque me atengo a mis conclusiones de 1992,
basadas en los estudios más serios que pude encontrar entonces como el
clarificador Atlas histórico de Gilbert. Karl D. Bracher, en su citada obra,
expone sugestivamente el mismo problema[73]. Para el estudio
del caso en relación con la Iglesia católica, dentro del objeto de la presente
historia, he de dividirlo en dos epígrafes; la persecución, que abordo ahora; y
la aniquilación, a la que me referiré al estudiar el pontificado de Pío XII. Pero
ya desde este momento he de adelantar una adherencia importante. Muchos de los
hipercríticos de la Santa Sede en relación con el problema judío ignoran o
callan el hecho comprobable de la increíble ausencia de protestas efectivas
contra la persecución nazi de los judíos hasta terminada la segunda guerra
mundial. Ni Francia, ni Inglaterra, ni los Estados Unidos, ni siquiera los
centros y medios sionistas internacionales elevaron de forma audible su condena
contra el nazismo durante las fases de persecución y de aniquilación. Por eso
resultan
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ridículas
muchas imputaciones contra el silencio —desgraciadamente real— de la Santa Sede
o el silencio de otras personalidades, como el general Franco, de quien consta,
como he demostrado en el citado libro, que según fuentes judías de toda
solvencia salvó a más de cincuenta mil judíos del Holocausto mediante las
gestiones de sus diplomáticos y el seguro del territorio español.
En Europa
central y occidental vivían cuando Hitler subió al poder unos seis millones de
judíos, además de unos tres millones en territorio de la Unión Soviética. De
aquellos ocho millones serían unos seiscientos mil los alemanes, ciento ochenta
mil vivían en Austria, doscientos setenta mil en Francia, trescientos cuarenta
mil en Inglaterra, ciento cincuenta mil en Holanda, trescientos sesenta mil en
Checoslovaquia, casi medio millón en Hungría, tres millones y cuarto en
Polonia, la mayor concentración de judíos en Europa. Los primeros ataques
nazis, en forma de boicot contra los judíos alemanes, empezaron a raíz de la
primera legislación antisemita que data ya del mes de marzo de 1933 y
legalizaba prácticamente las purgas y las persecuciones, que sin llegar a los
excesos posteriores se cobraban ya las primeras víctimas en los primeros
atropellos. La Sociedad de Naciones condenó los primeros brotes de la
persecución antijudía en mayo de 1933 pero con escasísima resonancia y efecto.
Grandes científicos como Albert Einstein o el creador del psicoanálisis,
Sigmund Freud, figuraban entre los cien mil judíos que lograron escapar de las
furias nazis de 1933 a 1939, período en que las purgas dejaron en la calle a
cuatro mil abogados y tres mil médicos judíos en lo que ya empezaba a ser la
Gran Alemania. Las Leyes de Nürenberg, improvisadas sádicamente a mediados de
septiembre de 1935 y aprobadas después servilmente por el Reichstag privaban
virtualmente de la ciudadanía a los judíos alemanes. Al año siguiente el eminente
científico y líder del judaísmo internacional Chaim Weizmann predecía que de no
ponerse remedio a la persecución, seis millones de judíos europeos podrían ser
exterminados. Casi nadie le prestó atención en Occidente. La persecución
antijudía animó a cada vez más numerosos grupos antisemitas en casi toda
Europa, incluso en naciones democráticas como Francia. En 1938 se registraron
los primeros pogroms que coincidían con un recrudecimiento institucional de la
censura de prensa, libros y radio en Alemania. Una de las razones de la
ausencia de protestas, y del mismo silencio del Vaticano, fue que los nazis
animaban a las organizaciones judías internacionales a facilitar la emigración
de sus hermanos mediante algo parecido a un rescate que ascendió hasta octubre
de 1941 a casi diez millones de dólares; y nadie quería excitar aún más la
vesania antijudía de Hitler, cuyos efectos, por lo demás, se conocían bien poco
fuera de Alemania. Pero muchos miles de judíos que huían de Alemana y Austria
encontraban serias dificultades para establecerse en los Estados Unidos y las
autoridades británicas les cerraban también la acogida en el Hogar Judío de
Palestina ya en 1939, justo cuando la persecución iba a degenerar en genocidio.
Es cierto que la Santa Sede se enfrentó con el fascismo italiano en 1938 con
motivo de una legislación alógena y antijudía. Pero tampoco brotó en el
Vaticano la protesta
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contra las
persecuciones de que eran objeto en la Gran Alemania los que todavía eran
llamados en la liturgia de Semana Santa los pérfidos judíos.
PÍO XI Y LA SOLUCIÓN CORPORATIVA
La
confrontación intensa y simultánea de Pío XI con el comunismo y el
nacional-socialismo no debe hacernos prescindir de otros aspectos de su
pontificado que entonces alcanzaron gran resonancia. Dejo para un capítulo
próximo el impulso de este Papa al progreso de la Iglesia en las Américas para
apuntar algunas consideraciones sobre Francia e Italia.
Ya indiqué
que la entrega de los católicos franceses a la causa nacional en la Gran Guerra
terminó de atenuar la confrontación entre la Iglesia y la República que había
llegado a la violencia política en los dos pontificados anteriores. La
convivencia continuó y mejoró en el período de entreguerras, gracias a la
irrupción de una notabilísima intelectualidad católica renovada —sobre la que
diré algo en la sección siguiente— pero se agrió, dentro del campo católico, en
la controversia con la Action Française. Este movimiento político y
cultural de extrema derecha monárquica, creado por Carlos Maurras, había
sido ya condenado en los últimos tiempos de San Pío X, que sin embargo aplazó
la publicación de la repulsa. Maurras, que era personalmente agnóstico,
expresaba su respeto por la Iglesia pero pretendía instrumentalizarla para su
causa política, fundada en un naturalismo filosófico que poco tenía que ver con
el cristianismo, pero que atrajo a numerosos católicos. El 29 de diciembre de
1926, por orden de Pío XI, el Santo Oficio publicó la condena suspendida con la
consiguiente protesta de la Action Française, que sin embargo envió al Papa
siguiente, Pío XII, una carta de sumisión en 1939 y consiguió el levantamiento
de la condena. El movimiento desapareció después de la segunda guerra mundial,
porque su fundador y buena parte de sus adheridos habían colaborado con el
régimen vencido del mariscal Pétain y no quedaba de ellos sino el recuerdo de
un fervoroso anacronismo. En los demás aspectos las relaciones entre la Iglesia
y el Estado de la Tercera República se mantuvieron dentro del mutuo respeto sin
que por ello se alterasen las leyes anticatólicas de principios de siglo,
caídas ya en desuso tras la primera guerra mundial.
La
orientación positiva más importante en cuanto al orden social (e
inevitablemente político) que emanó del magisterio de Pío XI fue, sin duda, la
encíclica Quadragesimo anno de 15 de mayo de 1931. Con motivo del
indicado aniversario del famoso pronunciamiento social de León XIII en la
encíclica Rerum novarum la nueva carta pontificia señalaba el camino de
la tercera vía entre liberalismo capitalista y marxismo comunista
que los Papas han seguido desde entonces hasta hoy y que por tanto debemos
entender y exponer con la claridad que
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se merece.
Tengo la impresión de que la innegable aproximación de la Santa Sede al
fascismo italiano podría explicarse, además del buen clima que generaron los
acuerdos de Letrán, porque el fascismo era también un intento de tercera
vía; por su oposición absoluta al comunismo y por su crítica al liberalismo
capitalista para encontrar una solución populista y «corporativa» a la
problemática social. Tanto la solución concreta del fascismo italiano (más o
menos felizmente imitada por el régimen del general Franco en España con su
estructura de sindicatos verticales) como la delineación teórica del
corporativismo pontificio en esta encíclica dejaban al margen la configuración
democrática de la sociedad; más aún el sistema democrático, que como no nos
cansaremos de insistir atravesaba una hondísima crisis en los años veinte y
treinta, era ya entonces menospreciado y descalificado como «democracia
inorgánica» a la que se contraponía la «democracia orgánica» virtualmente
identificada con el corporativismo. La democracia orgánica no era precisamente
un concepto fascista; el autor que mejor la explicó y más convencidamente la
proclamó en toda Europa era un liberal de toda la vida, el ex ministro de la
segunda República y pronto profesor de Oxford don Salvador de Madariaga, en su
libro de 1935 Anarquía o jerarquía, publicado entonces (y reeditado en
España al fin de la época de Franco) por la editorial Aguilar[74].
Pío XI
resume y resalta, ante todo, el contenido y los beneficiosos efectos de la Rerum
novarum que «desborda audazmente los límites del liberalismo» para confiar
al «patrocinio del Estado» el deber de «velar por los débiles y los
necesitados»[75]. Es una lástima que los asesores de León XIII y
los de Pío XI no les hubieran informado sobre las tendencias, que ya reseñamos,
del «liberalismo social» desde el propio siglo XIX, que incorporaba ya, como
sabemos, elementos esenciales de la «tercera vía pontificia»; pero la llamada justamente
«doctrina social de la Iglesia» ha tendido siempre a describir al liberalismo y
al capitalismo como un sistema inhumano y egoísta. Pío XI, tras reclamar la
potestad de la Iglesia para impartir orientaciones en materia económica y
social (a lo que tiene pleno derecho) reconfirma el derecho de propiedad pero
apunta para él una dimensión social, entre el individualismo y el colectivismo.
Queda afirmada, pues, de nuevo la «tercera vía» aunque el Papa nunca la llama
así.
Luego
critica con dureza la pretensión capitalista de reivindicar para el capital la
totalidad del producto «dejando al trabajador apenas lo necesario para reparar
y restituir las fuerzas». Por supuesto que atribuye este exceso capitalista «a
los liberales llamados vulgarmente manchesterianos»; y sin matizar nada
sobre las correcciones humanitarias del liberalismo capitalista critica
inmediatamente después las pretensiones socialistas de recabar para el Estado
el dominio de todos los medios de producción. Queda por tanto nuevamente
abierto el hueco para la «tercera vía». Que empieza a formularse con elementos
muy certeramente expresados: la constitución de un patrimonio familiar para los
trabajadores, lo que exige previamente un salario digno y justo; y la
concepción de la empresa dentro de un contexto de bien común. La
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intervención
del Estado, que antes se ha propuesto como necesaria en favor de los humildes,
ahora se matiza, con nuevo acierto, por la conveniencia de que el Estado admita
la participación de «asociaciones inferiores» y se contente con una «función
subsidiaria», es decir supletoria de la iniciativa privada; ésta es una
constante de la doctrina moderna de la Iglesia en la ordenación social y la
enseñanza, y una doctrina muy coherente con la oposición de la Iglesia al
totalitarismo. La solución corporativa se insinúa de nuevo al evocar la
importancia de los municipios y de la coordinación entre «las profesiones» para
evitar la lucha de clases preconizada por el colectivismo marxista. «Tales
corporaciones… llegan a ser consideradas por muchos… como connaturales a la
sociedad civil». Y serán la base de la «organización sindical y corporativa» en
la que quedarán prohibídas las huelgas.
En una nueva
condena del capitalismo internacional le califica de «dictadura económica» que
monopoliza tanto la industria como las finanzas. Y tiende a condicionar e
incluso a adueñarse del poder público y a intervenir en los conflictos entre
Estados. Extiende el Papa expresamente su condena al «imperialismo económico» y
al «imperialismo internacional del dinero», un aspecto muy sugestivo de la
encíclica que casi todo el mundo pasa por alto y que resulta interesante en
nuestros días cuando tanto se habla de «nuevo orden mundial» tal vez fundado en
esas premisas.
Vuelve
después sobre el socialismo. Condena con durísimas expresiones al «bloque
violento o comunismo» como «enemigo de la santa Iglesia y de Dios». Examina
entonces al «socialismo moderado» que seduce a muchos cristianos. Pero le
condena también enérgicamente, porque en realidad no renuncia a la lucha de
clases ni a la abolición de la propiedad; y porque «el socialismo, si sigue
siendo verdadero socialismo, aun después de haber cedido a la verdad y la
justicia… es incompatible con los dogmas de la Iglesia católica, puesto que
concibe la sociedad de una manera sumamente opuesta a la verdad cristiana». Pío
XI tenía razón. El socialismo moderado de 1931 no era comunismo pero seguía
declarándose formalmente marxista. Hasta que renunciara al marxismo la condena
pontificia seguía siendo válida. La experiencia del socialismo en la República
española, que acababa de estrenarse, confirmaría de lleno las apreciaciones de
Pío XI.
El Papa
llama «desertores» a los católicos que han abrazado el socialismo. Pero recalca
la incompatibilidad: «Socialismo religioso, socialismo cristiano, son términos
contradictorios: nadie puede al mismo tiempo ser un buen católico y un
socialista verdadero».
El Papa
proponía por tanto como solución institucional entre el liberalismo capitalista
y el colectivismo comunista o socialista una tercera vía, el corporativismo. El
fascismo italiano trató de interpretar esta recomendación como una nueva
legitimación pontificia de su sistema social, que sin embargo derivaba cada vez
más al totalitarismo excluyente. El canciller católico y socialcristiano de
Austria, Engelbert Dollfuss, trató de implantar en su país el corporativismo de
la
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Quadragesimo
anno pero fracasó por los tirones destructivos y
contradictorios del socialismo marxista (ahogado por él) y el
nacionalsocialismo que acabó por adueñarse de Austria y entregarla a la
Alemania de Hitler. La derecha católica española agrupada en la CEDA conocía
bien la doctrina social de la Iglesia pero el encrespamiento político de los
años treinta le impidió ponerla en práctica. Se aproximó más al sistema de
democracia orgánica el régimen del general Franco en España, pero tampoco era
una democracia aunque trató de adaptar a España el corporativismo pontificio a
través de los estudios emprendidos por algunos jesuitas que trabajaban en este
campo desde antes de la guerra civil como el padre Azpiazu y la revista Razón
y Fe que entonces se dedicaba a divulgar la doctrina papal y no a
criticarla y atacarla. Hasta la segunda posguerra mundial no se intentó
eficazmente la implantación parcial de la doctrina de Pío XII por los partidos
católicos que ya se llamaban abiertamente, después de 1945, Democracia
Cristiana. Pero se movían en una concepción plenamente democrática, que nunca
fue la de Pío XI.
SECCIÓN 7: LA COMPLEJÍSIMA CRISIS CULTURAL DEL SIGLO
XX
LA RECONCILIACIÓN ENTRE LA CIENCIA Y LA FE
Este
capítulo sexto merecería todo un libro; todos sus epígrafes constituyen libros
embrionarios. Esta sección sobre la cultura del siglo XX
apenas puede esbozarse dentro de estas dimensiones. Vayamos, como otras veces,
a la misión imposible de apuntar lo esencial. Pensé por primera vez en estos
apuntes cuando el Papa Juan Pablo II nos dirigía a unos trescientos profesores
de Universidad su lección magistral acerca de la reconciliación de la cultura y
la fe, bajo el retrato del cardenal Cisneros, en el aula magna de la Facultad
madrileña —que no complutense— de Derecho. Algunos sentíamos, y lo comentamos,
que con esa lección se cerraba felizmente el ciclo de aproximación entre la fe
y la cultura que abrió León XIII tras las oscuridades y los equívocos que envolvieron
a la Iglesia durante los siglos XVII —el de Galileo— y XVIII —el de la Primera
Ilustración— y sobre todo en el XIX, el siglo del Dios expulsado por la Ciencia
Absoluta. Juan Pablo II representaba todo lo contrario; la apertura definitiva
de la fe a la ciencia y a la cultura.
Porque el
hecho capital de nuestro tiempo ha sido, sin duda alguna, el hundimiento de la
Ciencia Absoluta entre finales del siglo
XIX y principios del XX y su sustitución por una
Ciencia relativa, no exacta sino aproximada y estadística, no prepotente y
orgullosa sino sencilla y humilde en su propia grandeza. Ya lo hemos apuntado
al referirnos al momento en que se producía esa transformación; pero el mundo
del pensamiento y de la cultura, y mucho menos la opinión pública, no
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advirtieron
la trascendencia de ese cambio hasta después de la segunda guerra mundial y por
eso pudo arrastrarse durante muchas décadas un absurdo como el «marxismo
científico» una ridiculez como «el ateísmo exigido por la ciencia» y una resaca
positivista que seguía excluyendo a Dios en nombre de «razones» ilustradas.
Todo lo contrario. Al conseguir avances prodigiosos en lo indefinidamente
grande — la astrofísica, la exploración del espacio— y lo indefinidamente
pequeño —el descubrimiento de nuevas partículas «elementales» en medio de una
indeterminación de materia y energía, de materia y antimateria— la Ciencia
auténtica, una vez arrumbada para las magnitudes próximas la Ciencia Absoluta,
ha redescubierto nada menos que la creación del mundo, exigida por la teoría
fundamental del principio explosivo, el Big Bang; nada menos que la posibilidad
de Dios, el vacío de Dios y hasta la exigencia de Dios. Stephen Hawking
convierte su famosa Historia del Tiempo en un angustioso debate sobre el
vacío de Dios; y hasta en las escenas del Evangelio pueden rastrearse
pruebas de la presencia de Dios a través de su vacío, Creo, Señor, pero
ayuda a mi incredulidad. En otros grandes exploradores del Universo
—Hubble, Fred Hoyle, Penrose, Jastrow— puede sentirse casi físicamente la
huella y la atracción de Dios que habían experimentado Galileo, Newton y
Darwin. Los delirios ateos de los «Científicos» enciclopedistas, positivistas y
marxistas no tienen ya su sitio en los clausurados Museos del Ateísmo sino en
los desvanes de la historia científica. Una vez más recomiendo al lector el
libro del profesor Fernández Rañada Los científicos y Dios[76] donde se muestra con toda
claridad que la ciencia y la fe no son ni han sido incompatibles en la mente de
muchos grandes científicos de todos los tiempos, y muy especialmente de nuestro
tiempo.
Ahora bien,
a lo largo del siglo XX la filosofía —el pensamiento sistemático— se ha
vinculado cada vez más estrechamente a la Ciencia; e incluso para algunos
filósofos, creo que exageradamente, el único papel que le queda a la filosofía
es la interpretación de la Ciencia. La cancelación de las antiguas hostilidades
entre la ciencia y la fe liquidan también la torpe dogmática positivista de una
filosofía necesariamente excluyente de la fe. Y paradójicamente abren el camino
para que una nueva teología pueda considerarse como plenamente científica.
Fernández
Rañada explica detenidamente cómo la actitud religiosa (o antireligiosa) de los
científicos suele depender de motivos personales. Por eso me siento justificado
al confesar que si bien la fe me vino por tradición familiar, como a tantos
cristianos, la confirmación personal en la fe se derivó de una actitud
histórica; del estudio personal y apasionado, pero rigurosamente histórico, del
Nuevo Testamento en su expresión original, en la profundización de sus
contextos incluso en el ámbito geográfico —Palestina y muy especialmente
Jerusalén, Roma— a través de varios viajes, porque creo intuitivamente en la
veracidad histórica de los contactos locales, en el aprisionamiento del tiempo
en las huellas del espacio. Claro que el impulso interior e inmerecido del que
arranca la fe consciente tiene mucho que ver con esa presión de los contextos
hacia la verdad pero comprendo perfectamente que
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uno de mis
personajes históricos preferidos, Santa Elena, descubriese el lugar exacto del
Calvario y otras localizaciones de la vida de Cristo por intuición apoyada en
el testimonio vivo de dos o tres generaciones; y como se sabe, aunque algunos
afecten ignorarlo, la magistral arqueología israelí de nuestro tiempo ha ido
confirmando uno por uno los hallazgos de Santa Elena, auténtica musa de la
protohistoria cristiana. Para mí, como historiador profesional, el que Tácito,
nada menos, se refiera a Jesús como «un tal Cristo» es una contraprueba del
Evangelio tan válida como la aproximación creciente de los hallazgos de Qumrán,
a cuyas cuevas me asomé con sobrecogimiento un año antes de escribir estas
líneas a fechas no ya del siglo 11 sino del tiempo en que vivían los testigos
de Cristo que según el estúpido hiperracionalismo germánico del XIX
se habían reunido para inventarse la «mitología» evangélica. A la persona
divina, pero física y real de Cristo se puede llegar científicamente a través
de un método histórico riguroso. Lejos de toda jactancia debo confesar que yo
lo he hecho así, durante años.
LA INVASIÓN CULTURAL MARXISTA
Y EL HOMBRE NUEVO SOVIÉTICO
Todo el
siglo XX
se ha vivido en medio de una reconciliación objetiva entre la ciencia y la fe,
pero una fortísima corriente de pensamiento y cultura, apoyada en un bloque
estratégico de alcance mundial y capaz de cubrir al mundo entero con los
tentáculos de su propaganda y su formidable poder de infiltración —me refiero
al marxismo-leninismo— ha realizado durante más de setenta años esfuerzos
inauditos para arrancar a Dios de la conciencia humana y crear un «hombre
nuevo» enteramente ajeno a la huella y la idea de Dios. Este impulso cultural
del marxismo-leninismo no ha consistido en simples influjos expansivos sino en
unos planes estratégicos muy meditados y predeterminados mediante métodos muy
eficaces de captación y penetración. Ya he analizado el carácter ateo de la
doctrina de Marx y de Lenin. Y he citado la oposición de los Papas del siglo XX
—por el momento hasta Pío XI— sobre el ateísmo marxista y comunista.
La Academia
de Ciencias de la URSS, tres años antes de la caída del Muro, se ocupo
oficialmente de la figura de Cristo. Logré hacerme con esta curiosísima
cristología soviética, obra de un tal I. Kriveliov pero coordinada por el señor
Grigúliévitch, a quien ya conocía por un libro, relativamente difundido aunque
aberrante, en favor de la teología de la liberación, que en su momento citaré[77]. Se trata de una «investigación» ramplona, una
especie de rapsodia de toda la mitología anticristológica desde Arrio a la
época de Tolstoi; se pone en duda «científicamente» la existencia de Cristo, se
acude a las deformaciones de la izquierda hegeliana y el ateísmo contemporáneo,
desde Bauer a Barbusse; si alguien pretende atribuir carácter diabólico a esta
memez tendrá que referirse a algún demonio secundario en situación
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de
meritoriaje. Pero es hasta divertido que el órgano supremo de la cultura
soviética intentara la destrucción histórica de Cristo tres años antes de que
se le cayera encima el Muro. Más interesante es el libro de 1981 La religión
y la iglesia en el Estado soviético[78] que trata de convencernos sobre la admirable libertad religiosa de que
ha gozado siempre la URSS; con omisión flagrante de todas las
persecuciones y crímenes de que está jalonada la persecución soviética contra
las instituciones religiosas, atemperada, eso sí, por Stalin para lograr la
cooperación de la Iglesia ortodoxa en la «Gran Guerra Patria» de 1941.
Cuatro años
antes de la caída del Muro se publicó un documentadísimo alegato donde se
demuestra, sin género alguno de duda, el titánico esfuerzo de los dirigentes
soviéticos para crear el «hombre nuevo» anunciado por Lenin que pretendía,
según el autor, «Un hombre hormiga, hombre-perno, hombre atrofiado», es decir
el hombre completamente deshumanizado que anunció George Orwell en su
maravillosa profecía «1984»[79]. La penetración
de las estructuras del Partido Comunista en la sociedad soviética, con sus
dieciocho millones de miembros jerarquizados férreamente y dedicados a hacer
cumplir las consignas de lo alto permitió durante setenta años la agresión
contra la personalidad humana de los súbditos aunque en vísperas de la
catástrofe de 1989 los objetivos, muy avanzados, no se habían logrado del todo.
La clave del proyecto era la fabricación de un engranaje en el que cada
habitante de la URSS tuviese asignada su función. Así se logró, según Heller,
el milagro de que un país mísero llegara a convertirse en una superpotencia
capaz de dominar medio mundo y pretender el dominio del resto. El disidente
Alexandr Zinóviev utilizaba, desde su puesto en el engranaje, el lenguaje
preciso de Orwell para describir al mundo soviético; escribía treinta años
después de Orwell, pero convencido de que el sistema del Gran Hermano no
tendría fin en la URSS. Los instrumentos del PCUS para la deshumanización han
sido, según Heller, ante todo el miedo tras las hecatombes y las purgas; luego
el trabajo, la corrupción y sobre todo la educación en la escuela, en la
familia y en la mitología revolucionaria. Para ello el Partido hubo de montar,
desde el principio, un gigantesco y eficacísimo sistema de desinformación, la
KGB[80]. Los «Servicios» como se conoce todavía hoy a
esta central del terror secreto soviético y sus actuales sucedáneos, ha
ejercido en sus diversas formas a partir de la inicial Cheka un control
inflexible sobre todas las manifestaciones intelectuales y culturales de la
URSS, una tiranía sádica cuyos detalles se han podido revelar hace muy poco[81]. Providencialmente uno de los grandes
escritores de Rusia, el premio Nobel Soljenitsin, consiguió evadirse del
«archipiélago Gulag» —título de uno de sus libros-denuncia— y explicar al
mundo, durante la agonía del comunismo, la auténtica amenaza del comunismo
volcado en la destrucción del hombre y en la creación del hombre nuevo
esencialmente truncado.
Sin embargo
el totalitarismo cultural soviético no se contentaba con deshumanizar a la
población entera de la URSS y de los pueblos sometidos por la URSS después de
su victoria en la segunda guerra mundial. El PCUS montó desde
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los primeros
momentos del triunfo revolucionario, gracias a la red de la Internacional
Comunista y a los miles de tontos útiles fascinados por el paraíso soviético
una tupida red de contactos, terminales y altavoces intelectuales y culturales
en todo el mundo y señaladamente en Occidente. Este es un fenómeno que todos
conocemos pero que no se ha estudiado seriamente en toda su amplitud. Y lo más
grave, esta red, cuyos nudos humanos quedaron de momento estupefactos y
hundidos moralmente con la caída del Muro, se ha reconstruido después y pervive
entre nosotros, en todo Occidente, como un peligro gravísimo que nunca me
cansaré de denunciar. He de volver sobre este problema en los capítulos finales
de este libro, al hablar sobre la reconstrucción del marxismo y la posible
resurrección de la URSS. Pero debo apuntar ahora algunos rasgos históricos de
primordial importancia.
La
Internacional Comunista y la KGB habían logrado esa red cultural procomunista
durante los años treinta con varios centros, de los que el más importante era
París, donde trabajaba un agente de probada eficacia, Willi Muenzenberg. David
Caute ha estudiado con detenimiento la penetración comunista en el mundo
intelectual francés desde la Revolución a los años sesenta. Y analiza tres
casos muy influyentes: André Gide, André Malraux (luego emigrado al gaullismo)
y Jean-Paul Sartre, deificado por los comunistas de todo el mundo pese a sus
sospechosos contactos con los alemanes en París y los repugnantes episodios de
promiscuidad sexual colectiva que le organizaba su compañera Simone de
Beauvoir, otra heroína[82].
La Unión
Soviética contó en la Inglaterra de los años treinta con dos superagentes. El
primero, Víctor Gollancz, que no era formalmente comunista ni estaba a sueldo
de la KGB pero que actuaba, por un desviado fanatismo, como el gran coordinador
cultural prosoviético a través de su influyente actividad editorial. Miembro de
una familia judía de la alta sociedad británica, Gollancz, brillantemente
formado en Oxford y especializado en los clásicos, creó para su uso personal
una religión sincrética que cabría describir como platonismo cristiano y aunque
profesaba ardientemente el marxismo vivía como un gran capitalista gracias al
éxito de sus empresas editoriales, que se convirtieron en una plataforma para
la propaganda socialista de izquierda, comunista y soviética, sobre todo la
Nueva Biblioteca Soviética y el famoso Club del Libro de Izquierdas, eufemismo
que siempre encubría en él al comunismo puro y duro. Se volcó en la propaganda
contraria a la causa nacional en la guerra civil española y se negó indignado a
publicar los grandes libros anticomunistas de George Orwell, el Homenaje a
Cataluña, Animal Farm y sobre todo 1984 pero su indignación fue
absurdamente mayor cuando conoció después el éxito del autor a quien había
rechazado. Su editorial se convirtió en la agencia cultural del comunismo
británico y soviético hasta que rompió con la URSS en 1939. Presa de una
vanidad insondable se llevó un chasco cuando su barco tocó en las islas
Canarias y la policía de Franco no acudió a detenerle. El chasco se debió a que
nadie en las Canarias sabía quién era el gran Gollancz, ni siquiera el cónsul
británico que
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atendió a la
llamada del viajero. Sin embargo Gollancz, junto con la revista New
Statesman y el Daily Mirror fueron los artífices de la injusta
victoria electoral laborista contra Churchill en 1945[83].
El segundo
superagente soviético en el Reino Unido fue Harold «Kim» Philby, uno de los
traidores más grandes de todos los tiempos, que nos ha contado en su cínica
autobiografía su inconcebible trayectoria. Junto a otros jóvenes universitarios
de la época, Philby abrazó el comunismo por motivos inexplicables que según él
tienen que ver con un idealismo retorcido y absolutamente acrítico. Participó
como corresponsal de derechas en el bando nacional de la guerra civil española,
ingresó en el servicio secreto inglés desde el que prestó a la Unión Soviética
servicios impagables hasta que huyó a su nueva patria para evitar la captura.
Su vida es una muestra de la degradación comunista en la que se sumió, más o
menos temporalmente, una parte selecta de la joven intelectualidad británica en
la crisis de entreguerras[84]. Y una
demostración sorprendente de la eficacia reclutadora de los agentes soviéticos
en Occidente durante este período.
Italia,
sometida desde 1922 a 1945 al régimen fascista, no cuenta con intelectuales
comunistas de categoría excepto uno, cuya influencia ha sido enorme: Antonio
Gramsci. Fundador del partido comunista italiano, fue encarcelado después por
Mussolini y escribió en prisión prácticamente toda su obra. Se le llamó
justamente el Lenin italiano; su mérito principal, desde una óptica
marxista, consiste en haber trazado las directrices para la infiltración
marxista-leninista en las sociedades occidentales, por lo que los comunistas
difundieron intensamente sus escritos después de 1945 y le convirtieron en uno
de los grandes inspiradores de la teología marxista de la liberación. Ahondó la
orientación oportunista de Lenin en su filosofía de la praxis (que
consiste en que toda línea teórica debe inclinarse ante la razón suprema
que es la conquista del poder). Para Gramsci la lucha contra la Iglesia (cuya
implantación en la «sociedad civil» (término gramsciano puro) es también su
modelo) y contra la sociedad burguesa debe acometerse mediante una táctica de
infiltración profunda encomendada a los que llama Gramsci intelectuales
orgánicos; este tipo de intelectual es el creador, conservador y garante de
las ideologías de clase (burguesía, Iglesia) en la historia y a ellos debe
oponerse una generación de intelectuales orgánicos marxistas que prepare el
triunfo de la Revolución mediante una labor tenaz de subversión ideológica y
cultural. «Toda revolución —dice Gramsci en uno de sus textos capitales— ha
sido precedida por un intenso trabajo de crítica y de penetración cultural». Y
pone como ejemplo a la acción de los ilustrados previa a la Revolución francesa[85].
La
infiltración marxista-leninista en el mundo cultural de Occidente, —la
Universidad, la escuela, los medios de comunicación— según las pautas de
Gramsci, se había iniciado ya en los años treinta (por ejemplo los socialistas
marxistas españoles conquistaron desde 1931 a una parte importante de los
maestros de primaria y profesores de Instituto) pero se desencadenó de forma
masiva tras la
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segunda
guerra mundial con tal intensidad que perdura en nuestros días. Nos ocuparemos,
por tanto de este fenómeno en los capítulos correspondientes.
LOS INTELECTUALES ANTE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
La guerra
civil española dividió en dos bandos a los intelectuales españoles y a muchos
de todo el mundo. Las tensiones ideológicas que se habían gestado durante la
crisis de entreguerras —fascismo contra comunismo era la más espectacular—
reventaron en España entre contornos más claros, aunque muy distorsionados
después; porque los extranjeros que acudían a la guerra de España venían a
combatir «SU» guerra que a veces tenía que ver muy poco con la auténtica guerra
española.
La guerra
civil española no fue un prólogo homogéneo de la segunda guerra mundial. No fue
un combate entre el fascismo y el comunismo, ni mucho menos entre fascismo y
democracia; en España, ni en la zona nacional ni en la roja había demócratas,
como advirtió claramente Largo Caballero, jefe del gobierno republicano, a José
Stalin a principios del año 1937. Unos cientos de judíos vinieron a España a
luchar contra Hitler pero otros cientos de judíos, por ejemplo los de Tánger,
los de Marruecos y los de Gibraltar, ayudaron generosamente a la causa del
general Franco.
Los
intelectuales españoles se dividieron ante la guerra civil como el resto de los
españoles. Algunos, como don Salvador de Madariaga, se quedaron al margen pero
eso fue una rarísima excepción. Quienes afirman que los mejores intelectuales
españoles lucharon contra Franco se equivocan de medio a medio. En otro libro
he estudiado con nombres y apellidos el problema de los intelectuales en la
guerra civil y no volveré ahora extensamente sobre el caso[86]. Baste decir que Antonio Machado estuvo con la
República y su hermano Manuel con los rebeldes; que Alberti, Miguel Hernández y
Pablo Picasso prefirieron al Frente Popular pero José María Pemán, Pedro Sainz
Rodríguez, Manuel de Falla y Pío Baraja favorecieron al otro bando; que José
Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala huyeron (los dos
primeros) de la zona roja y los tres colaboraron con su actitud, sus escritos o
sus propios hijos en contra del Frente Popular. Federico García Lorca fue asesinado
en la zona nacional; Ramiro de Maeztu en la republicana. Miguel de Unamuno fue
destituido como Rector de Salamanca por los dos bandos en lucha.
El caso de
los intelectuales extranjeros resulta también muy revelador. Algunos grandes de
las letras mundiales del siglo vinieron a la zona republicana pero no todos
(más bien casi ninguno) salieron entusiasmados de ella. Eric Blair, más
conocido por George Orwell, estuvo a punto de perecer a manos de los comunistas
en la pequeña guerra civil de Barcelona, mayo de 1937; sus escritos posteriores
le proclaman como el anticomunista más eficaz de la posguerra mundial. André
Malraux, que entonces estaba en la órbita comunista, hizo el ridículo como
aviador en la zona roja y luego
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prefirió
apuntarse a algo tan poco comunista como el gaullismo. Arthur Koestler, agente
comunista a las órdenes de Willi Muenzenberg, estuvo en zona nacional, luego
fue capturado en la caída de Málaga, salvó la vida y abominó del comunismo y de
las purgas soviéticas (en las que pereció Muenzenberg) con su famoso libro Darkness
at noon que se tradujo en España como El cero y el infinito. Ernest
Hemingway vino también a la zona republicana como corresponsal, envió
unos despachos de prensa que leídos ahora juntos nos producen una hilaridad
irreprimible, prefería la vida lujuriosa del Hotel Florida de Madrid a la
presencia testimonial en los frentes y se le nota en su famosa novela Por
quién doblan las campanas, sobre una batalla que no presenció: y en la que
cualquier parecido con la realidad es simple coincidencia. Me parece que el
intelectual más importante de cuantos intervinieron en la guerra civil española
fue el presidente de la República Manuel Azaña, que en su Velada en
Benicarló y en sus espléndidos artículos enviados desde el exilio a la
prensa de Argentina nos ofrece un elevado y validísimo diagnóstico sobre
lo que realmente fue nuestra guerra civil.
En
Inglaterra y en Francia la guerra civil española provocó hondas divisiones
entre los intelectuales. Especialmente aguda fue la confrontación en Francia,
donde los partidarios de Franco, cuya figura más relevante era el diplomático,
poeta y dramaturgo Paul Claudel, publicaban continuos manifiestos en la revista
Occident, financiada por Francisco Cambó, contra un pequeño núcleo de
intelectuales también católicos que, por excepción entre todos los del mundo,
se mostraban críticos con la España nacional y especialmente con el endoso
total de la Iglesia a esa causa, sin que por ello respaldasen, como se ha
dicho, los crímenes contra la Iglesia que se perpetraban en la zona
republicana. Los escritores más famosos que escogieron esa posición fueron
François Mauriac, Jacques Maritain y Georges Bernanos pero insisto en que,
aunque adversarios de la cruzada, no favorecieron a los rojos y además su
actitud constituye una excepción en todo el panorama del catolicismo mundial.
La figura de Maritain es importante en la historia cultural de la Iglesia y a
él nos referiremos en el capítulo que describe el período entre el final de la
guerra mundial y el Concilio Vaticano II.
Todo esto
quiere decir que la verdadera historia de los intelectuales ante la guerra
civil española, sobre la que se han escrito muchos más disparates que sobre los
demás capítulos de los años treinta, debe ser revisada de arriba abajo, tarea
que me he propuesto realizar algún día.
EL REINO DE LA ANGUSTIA: DE LA CONVERSIÓN AL
EXISTENCIALISMO
El período
que corre entre 1914 y 1945 y que incluye las dos guerras mundiales y algunas
«pequeñas» guerras intermedias tan sangrientas como la de China, la de
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México y la
de España, es, dentro de la edad contemporánea, la época de la angustia. Diez
millones de personas perecieron en la Gran Guerra, cincuenta millones en la
segunda guerra mundial y un número de ese orden en las salvajes represiones
soviéticas de Lenin y de Stalin. Seis millones de judíos, como veremos, fueron
exterminados directa o indirectamente por Hitler y una cifra mucho mayor
enumera los deportados de sus hogares y de sus tierras, los confinados en el
archipiélago Gulag por el totalitarismo soviético. Desde las invasiones de
Gengis Kan y desde la marea islámica sobre el norte de África y la España
cristiana no se había acumulado en la Historia tanta crueldad ni tanto
sufrimiento humano. Ante semejantes hecatombes es inevitable pensar que la mano
diabólica se ha extendido sobre la primera mitad del siglo XX,
sin que su acción mortífera se haya cancelado por completo en la segunda mitad,
ni mucho menos; recordemos los casos de Vietnam y Afganistán, los desmanes del
fundamentalismo islámico y el terrorismo universal, las guerras civiles de
«liberación» en Centroamérica, los conflictos del Cáucaso. Esto significa que
el siglo XX,
y muy especialmente el período marcado por las guerras mundiales y su incierto
intermedio, es el reino de la angustia.
Para
evadirse de la angustia muchos hombres y mujeres del siglo XX
han optado por la conversión a la Iglesia católica, en busca de la seguridad de
la Roca de Pedro. En el Africa negra, gracias a una intensificada acción
misionera (a la que contribuyó clarividentemente Pío XI con el fomento de la
jerarquía episcopal indígena) se han registrado en nuestro siglo conversiones
en masa, aunque siempre tras una intensa instrucción de carácter personal
porque la conversión tiene que ser un proceso y una decisión personal. El
converso más famoso del siglo XIX había sido, sin duda, el cardenal Newman, cuyo
ejemplo ha repercutido en algunas conversiones británicas del siglo XX.
Conozco estudios muy reveladores sobre las conversiones a la Iglesia católica
en el siglo XX, que a Dios gracias forman una verdadera legión
y pienso que la hoy desacreditada apologética podría muy bien revitalizarse con
trabajos de investigación y divulgación sobre ese conjunto de grandes
conversiones, que contradicen a los impulsos, realmente tremendos, del ateísmo
militante —acabamos de verlo en el caso del comunismo— y del ateísmo personal.
Quisiera profundizar en la espléndida relación de las grandes conversiones,
pero ello requeriría tantas páginas que casi debo contentarme con un catálogo
abreviado.
El genial
novelista y crítico social Gilbert K. Chesterton y el originalísimo publicista
Malcolm Muggeridge son los conversos más famosos de Inglaterra, al menos hasta
la reciente conversión de la duquesa de Kent, primer miembro de la familia real
que vuelve a la Iglesia católica en nuestro tiempo, después de las misteriosas
circunstancias que rodearon, bajo la reina Victoria, el caso del duque de
Clarence. En Italia contamos con el colosal escritor Giovanni Papini, cuyos
escritos siguen hoy tan vivísimos como la obra universitaria, cultural y social
del franciscano Agostino Gemelli, fundador de la Universidad Católica de Milán.
La Francia del
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siglo XX
ofrece una constelación de conversos tan rutilante como la España del siglo XVI
y tan sincera; aunque a estas alturas del siglo XX no faltan historiadores
judíos que
identifican, arbitrariamente, a nuestros grandes conversos de la Edad Moderna
como simples marranos. Me refiero a estrellas del pensamiento y la
literatura como el gran inspirador de la juventud europea Charles Péguy, muerto
en la batalla del Mame; el existencialista cristiano Gabriel Marcel; el ya
citado Paul Claudel, cantor de los mártires españoles de la guerra civil; el
humanista cristiano Jacques Maritain, mentor de Pablo VI; y Henri Bergson, cuya
aproximación al catolicismo no ha sido valorada como merece por algunos
círculos integristas. España, con porcentaje mayor de católicos, ofrece menor
número de grandes conversos entre los que no cabe ignorar a la reina Victoria
Eugenia, cuya conversión sincerísima voy a describir en un próximo estudio con
datos admirables y sorprendentes; Manuel Azaña, que realmente nunca abandonó la
fe pero se reconcilió dramáticamente con la Iglesia al sentir en el exilio la
presencia de la muerte; y uno de los primeros filósofos del siglo, el profesor
Manuel García Morente, intérprete de Kant, que se convirtió a través de una
iluminación en la guerra civil y abrazó el sacerdocio para ganarse con ello el
silencio vergonzoso de no pocos intelectuales mucho menos importantes. Entre
los conversos alemanes destaca la eximia filósofa judía Edith Stein, discípula
de Husserl junto a una auténtica pléyade de escritores de primera fila. Como ve
el lector, figuran varios ilustres nombres de origen judío en esa admirable
relación; no podemos prescindir, entre ellos, del cardenal Lustiger, arzobispo
de París.
Si he
calificado, sin exageraciones, en el capítulo anterior al siglo XX
como el siglo de Brentano —católico y sacerdote— en el mundo del pensamiento,
no debe extrañarnos que, como hemos visto en el campo de la ciencia, también en
la filosofía del siglo XX una importante presencia cristiana y católica
haya acabado también con la falacia de la incompatibilidad entre la cultura y
la fe. Ya hemos señalado la relativa disolución del idealismo y el positivismo
al contacto con la Nueva Ciencia; este importante cambio de actitud se
comprueba en el pensamiento de Albert Einstein (de quien Lenin, nerviosamente y
sin enterarse apenas, escribió con indisimulable recelo) y se confirma con
nitidez en ensayos profundos como el del gran científico y notable pensador
Roger Penrose[87]. Lo que me interesa destacar no es que el
pensamiento más profundo del siglo
XX sea cristiano, sino que los cristianos y los
católicos participan con prestigio universalmente reconocido en ese
pensamiento, como en los demás campos de la ciencia, la literatura, el arte y,
en general, la cultura. Estamos a un abismo de los siglos XVIII
y XIX,
cuando se aceptaba como dogma cultural y filosófico la antítesis entre la
cultura y la fe.
Sin embargo
además del ateísmo marxista clásico (de Marx a Lenin), otros géneros de ateísmo
y gnosticismo se enfrentan en nuestro siglo a la fe, aunque la fe se haya
reconciliado con todos los campos de la cultura. La hostilidad contra Dios y
contra el mensaje cristiano proviene, según me parece, de dos focos (insisto:
aparte
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del marxismo
originario que es el adversario principal): el ateísmo que se quiere presentar
como «científico» y exigencia racional; y la degradación moral
institucionalizada como pensamiento permisivo, que también exhibe pretensiones
científicas.
El pensador
no marxista que ha proclamado con mayor tenacidad y energía el ateísmo
científico en este siglo es, sin duda, lord Bertrand Russell, quien como
sabemos fue miembro prominente de la Sociedad Fabiana. No llegó al ateísmo por
rutina o menosprecio sino después de una honda y angustiosa reflexión; por eso
tiene un lugar adecuado en un capítulo sobre la angustia. En 1986 su discípulo
Al Secker, preocupado por la «Ola de fundamentalismo religioso» que crecía en
Occidente decidió, para contrarrestarla, publicar una colección de los ensayos
más importantes de Russell contra Dios y la religión[88]. Que se abre con
estas palabras del propio Russell en la p. 17: «Estas pasiones, como fuertes
vientos, me han llevado de aquí para allá, siguiendo un rumbo caprichoso, por
encima de un hondo océano de angustia, hasta llegar al borde mismo de la
desesperación». En medio de una «terrible soledad» se refugia en el amor, en
los orígenes lógicos de la matemática, en toda una serie de causas más o menos
contradictorias y estrambóticas, para desembocar en una directa confesión
gnóstica tras la «búsqueda del conocimiento» para comprender «el poder
pitagórico por el que el número domina al flujo». En ese angustioso proceso se
ve como formando parte de un mundo diabólico —esa tesis central del
gnosticismo— desde el que declara que Dios no hace falta y que las religiones,
todas ellas, no solamente son falsas sino nocivas.
Sin la menor
intención de ridiculizar a Russell debo resumir objetivamente su trayectoria,
fiel al criterio seguido en todo este libro, cuando trato de iluminar las
doctrinas con la experiencia personal de los hombres que las formulan. Nacido
en una familia aristocrática que contribuyó desde el liberalismo radical a las
reformas de la era victoriana, los padres de Bertrand eran radicales y ateos.
No es fácil encuadrar en una vida tan agitada la publicación de sesenta y nueve
libros sobre todo lo divino y lo humano (sin excluir el método para zurrar a la
propia esposa, como apostilla irónicamente Paul Johnson). Russell, sin duda
para oponerse al ateísmo de sus padres, inició su adolescencia como creyente
pero perdió la fe al comprobar que los argumentos racionales sobre la
existencia de Dios sólo funcionaban para quien deseaba creer previamente en su
validez. (Por supuesto que, aunque fue siempre evolucionista absoluto, no
vislumbró el «principio antrópico», hoy tan aceptado en el mundo científico, de
una creación en expectativa consciente del hombre; ni mucho menos el argumento
ontológico). Adicto en principio al idealismo kantiano y hegeliano se
desprendió de ellos en favor de un realismo que luego interpretó de muy
diversas maneras. Desde esa base articuló sus teorías matemáticas, concretadas
en su obra magna, Principia mathematica, que le valió un renombre
mundial y la admiración de mentes tan preclaras como la de Einstein; gracias a
ella Russell sigue
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hoy siendo
un autor capital para la lógica matemática. Lo malo es que sobre el fundamento
de una negación —la carencia de lógica probatoria en los argumentos sobre la
existencia de Dios— se lanzo a pensar, opinar y escribir sobre todos los
aspectos de la historia, la vida, la política y la moral. Fracasó en sus
pretensiones políticas bajo aluviones de huevos podridos; se casó cuatro veces
pero tomó de las teorías de su primera esposa la dedicación al amor libre; fue
condenado y encarcelado por el gobierno cuando, llevado por sus actitudes
pacifistas, invitó a los alemanes a que desembarcaran en las costas británicas;
alabó ardorosamente a la Unión Soviética y después de visitarla declaró que
aquello no era más que un campo de concentración, lo que demuestra que no todas
sus observaciones políticas eran aberrantes. Se convirtió con tanto ardor al
antisovietismo que propuso declarar a la URSS la guerra preventiva para evitar
que construyera la bomba atómica; luego, naturalmente, se retractó. Menos mal
que durante la segunda guerra mundial se había declarado favorable a su patria
y a los aliados, por incompatibilidad con Hitler. Después creó un tribunal de
crímenes de guerra con jueces tan imparciales como la inmunda pareja
Sartre-Beauvoir. Murió en 1970, a dos años de cumplir el siglo.
El ensayo
contra Dios y contra la religión más importante entre los varios que Russell
dedicó al problema es Por qué no soy cristiano, del año 1927. El fallo
más inconcebible de Russell no es su increencia, sino que trata de demostrar
lógicamente la inexistencia de Dios y el absurdo de la religión. Un hombre que
se obstina en no comprender (y seguramente en desconocer) el argumento ontológico
y el principio entrópico, un genio reconocido de la lógica matemática no
debería acumular argumentos tan ramplones para «demostrar» un imposible. «La
idea de que las cosas deben tener un comienzo se debe realmente a la pobreza de
nuestra imaginación»[89].
Desgraciadamente
el gran matemático no tuvo tiempo para retractarse de tan apresurada tesis
cuando se impuso en el mundo científico la cada vez más confirmada hipótesis
creacionista del Big Bang. Las «pruebas» que nos ofrece Russell no rebasan la
categoría de sofismas baratos. Por ejemplo: «Si las leyes que Dios nos dio
tuvieran una razón, entonces el mismo Dios estará sometido a la ley». Es una
aplicación divertida de la teología democrática; pero resulta casi más
comprensible que la extensión russelliana del rechazo a la Razón Pura de Kant
hasta el inexplicado rechazo a la Razón Práctica (p. 75s). Parece en cambio muy
reveladora la confesión gnóstica que Russell nos presenta a continuación.
Y mucho más
lamentable la anticristología de Russell. Por lo pronto se atreve a poner en
duda la misma historicidad de Cristo (p. 79) y dictamina que «en el carácter
moral de Cristo hay un defecto muy grave: creer en el infierno». (p. 80).
Remata este epígrafe con una grosería inútil: «Buda y Sócrates están por encima
de él» (p. 82). No me extraña que proclame su identificación con los
superficiales enciclopedistas del siglo
XVIII cuando nos ofrece esta conclusión sobre la
Iglesia: «Afirmo sin ambages que la religión cristiana tal como está organizada
en sus iglesias ha sido y sigue siendo el principal enemigo del progreso moral
del mundo». (p. 83). No me preocupa
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demasiado
esta reserva de un personaje como Russell que durante su peregrina trayectoria
no acumuló precisamente los ejemplos morales para su tiempo. En fin, que toda
esta sarta de originalidades remata en la tesis de que la religión tiene al
miedo como fundamento y que «el concepto de Dios deriva de los antiguos
despotismos orientales» (p. 84s).
La Iglesia
católica demostró, desde el último tercio del siglo XIX,
que había aprendido muy bien las lecciones de su comportamiento irracional en
el caso Galileo, el gran católico y auténtico creador de la ciencia moderna que
ha merecido un clarividente homenaje por parte del Papa Juan Pablo II. La
lección bien aprendida, ya lo hemos insinuado, se refiere al comportamiento de
la Iglesia católica ante la teoría de la evolución alumbrada por Charles
Darwin, contra quien se estrellaron muy lamentablemente amplios sectores del
protestantismo en Europa y en los Estados Unidos. No faltaron, desde luego,
contradictores católicos del evolucionismo, pero no alcanzaron tanta
resonancia. Una prueba muy positiva del cambio de actitud de la Iglesia ante la
ciencia es el espléndido libro colectivo La evolución, publicado en 1976
en una editorial de la Iglesia por un conjunto de antropólogos y paleontólogos
católicos que son a la vez científicos de reconocida solvencia, incluso
internacional, y que establecen con plena libertad la compatibilidad de la fe y
la teoría evolutiva[90]. Nuevamente cabe destacar la presencia de los
católicos en un campo tan importante de la ciencia y la cultura, en el que
naturalmente también actúan los ateos; es el caso del famoso antropólogo Marvin
Harris, cuyas obras están muy difundidas en la Universidad española actual, que
prescinde por completo de un Dios espiritual y del Cristo histórico (aunque
incluye la Pascua cristiana como una especie de sublimación simbólica de los
sacrificios humanos) en su conocidas obras[91].
El segundo
foco de ateísmo «científico», ahora con resabios y raíces marxistas, si bien
heterodoxos, está instalado en el campo de la moral social y tras las
inhibiciones del siglo XIX se ha desarrollado vertiginosamente en nuestro
tiempo (gracias sobre todo al cine y la televisión, además de la literatura) en
forma de permisividad galopante. Una vez arrancado Dios de la conciencia humana
como fuente de la moral, ésta se convierte en algo difuso llamado «ética» que
resulta un término falaz, e incluso sarcástico, cuando lo utilizan
fervorosamente grupos oficialmente agnósticos como los socialistas españoles de
hoy, entre los que se ha incubado una corrupción generalizada formidable, una
degradación moral que casi no tiene parangón en la historia moderna. A mí una
moral atea me parece, o bien un torpe sucedáneo de la moral cristiana o bien
una simple contradicción in terminis.
Ya hemos
hablado en el capítulo anterior de Percy Bysshe Shelley, nacido a fines del XVIII,
uno de los grandes poetas ingleses del romanticismo. Ya conocemos su temprana
profesión de ateísmo y sus resonantes ejemplos personales de promiscuidad y
permisividad, dignos de su no menos romántico amigo lord Byron. Pero si la
generación de Shelley y Byron —con conspicuos precedentes en el mundo libertino
de los ilustrados— abrieron en Occidente la vía de la permisividad, ya
proclamada
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desde el
siglo XVIII
por escritores como Cholderlos de Lados, la autentica era de la permisividad
es, sin la menor duda, el siglo XX y su profeta del pensamiento se llama Wilhelm
Reich, el filósofo que trató de lograr la síntesis entre el marxismo y el
psicoanálisis.
Reich,
nacido en la Galitzia austriaca en 1897, nos ha ofrecido una explicación vital
y personal del fundamento de sus teorías en una serie de escritos
autobiográficos sobre su atormentada juventud, recientemente publicados[92]. Nació en una familia judía increyente, rural y
profundamente desgraciada. Inició sus primeras relaciones sexuales con las
criadas de su casa y presenció la hostilidad entre su padre y su madre, que se
convierte en amante del preceptor del joven Reich con la colaboración de su
abuela. El preceptor siguiente intenta el mismo camino y ante el estallido
celoso del padre el joven Wilhelm le revela el anterior adulterio de la madre,
que acaba suicidándose; el padre muere bien pronto y deja a la familia en la miseria.
Reich huye de aquel infierno en ruinas, combate en la Gran Guerra, que luego
describe con rasgos de tremenda sordidez y consigue avanzar en sus estudios,
que cursa en Viena, a fuerza de hambre y desvelos. Con estos antecedentes entra
en la escuela de psicoanalistas freudianos en 1919 y en 1927 ingresa en el
partido comunista. Se afana desde entonces en conciliar el marxismo con el
psicoanálisis. La clave de su proyecto consiste en incorporar la praxis de la
completa liberación sexual a la lucha por la realización total del socialismo
marxista. Para ello expone, como punto central de su pensamiento, la teoría del
orgasmo en un clima de completa permisividad sexual. Situado en la extrema
izquierda freudiana proclama que la neurosis no tiene naturaleza personal sino
sexual; la permisividad completa es el remedio liberador contra esa neurosis. Y
no se contentaba con la formación teórica; creó un conjunto de dispensarios de
higiene sexual, coordinados por una Asociación Socialista.
Mediante
esta experiencia, —dice el cabal
presentador de la obra esencial de Reich[93]— pudo
constatar cómo la dominación del capital y su corolario, el trabajo
alienado, tienen como contrapartida la represión y la angustia, la renuncia al
goce sexual, la disminución de la aptitud de vivir. Supo entonces que la
familia, con su ideología patriarcal, era el ámbito donde se pastaba el
autoritarismo, donde se engranaba al individuo reprimido en su futuro rol
pasivo, donde se reproducía la ideología de la sociedad capitalista. Y
comprendió que la moral sexual era una cobertura que justificaba la existencia
del matrimonio monogámico. Y que éste, social e ideológicamente, estaba al
servicio de una sexualidad meramente reproductora.
Reich
politizó la lucha contra la represión sexual al crear en 1931 la Asociación
para una política sexual proletaria. Pero el partido comunista se asustó de los
excesos de Reich y le expulsó de su seno en 1934. Luego trató de mantener su
combate en el psicoanálisis esotérico y afirmó haber descubierto una energía
sexual cósmica de color azul o gris azulado que se podía acumular; y se llamaba
«orgón». Emigrado a Estados Unidos donde fue encarcelado como estafador; murió
en la cárcel en 1957.
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Sin embargo
su pensamiento inspiró a dos filósofos de la Escuela de Frankfurt — Herbert
Marcuse y Erich Fromm— y a través de ellos fue asumido por la Internacional
Socialista, cuyas orientaciones para la destrucción de la familia y el fomento
del desenfreno sexual y homosexual se han puesto en práctica en España a partir
de la victoria socialista de 1982 bajo la dirección de uno de los personajes
más ridículos y nefastos de la historia española, Alfonso Guerra.
En la
segunda mitad del siglo XX la permisividad soñada por Wilhelm Reich se ha
implantado en la sociedad occidental a través del cine y la televisión. Ha
llegado a cambiar la legislación de los Estados por medio de un nuevo dogma, la
«libertad sexual». Para desentonar de este nuevo ambiente, configurado además
por una auténtica pleamar de comunicación pornográfica, el precursor libertino
Shelley hubiera tenido que transformarse en puritano.
Si los ateos
presuntamente científicos trataban de evadirse de la angustia con ingenuas
«pruebas» de la inexistencia de Dios, como Bertrand Russell, o a través de una
síntesis de marxismo y psicoanálisis que desembocaría en la general degradación
de la Humanidad, caso de Reich, la línea más alta y atractiva del pensamiento
del siglo XX brotaba de Franz Brentano mediante el más
grande de sus discípulos, Edmund Husserl y no se configuraba en modo alguno
como contraria a la religión y al catolicismo sino más bien al contrario. Es
ahora el momento de seguir esta línea, en el escabroso camino que arranca del
ateísmo «científico» del siglo XX y, bajo el horizonte de la angustia, va a
desembocar en el existencialismo. Un camino que a veces, como acabamos de ver,
parece hundirse en las arenas movedizas de un nuevo gnosticismo.
Husserl
(1859-1931), profesor en Gottingen y Friburgo, siguió a Brentano en el
conocimiento profundo de la ciencia moderna (era un matemático notable) y en la
continuación de la «filosofía perenne» modernizada por Brentano; que partía de
Aristóteles, atravesaba la mejor escolástica e integraba aspectos de Kant,
Bolzano, Leibniz y Hume. (Julián Marías). Maestro de Heidegger y de la gran
conversa Edith Stein, Husserl se acreditó como renovador de la filosofía en
1903 con sus Logische Untersuchungen y sobre todo en 1913 con sus Idee
zu einer reinen Phäinomenologie; el nombre de Husserl está ligado a la
Fenomenología. Cuando Husserl propone sus grandes obras, a principios del siglo XX,
estaban agotados el idealismo y el positivismo, sin que otra filosofía
importante les hubiera sustituido, aunque lo pretendía insuficientemente el
psicologismo inglés, empeñado en reducir el pensar filosófico a análisis
psicológico. Una de las grandes contribuciones de Husserl fue el
restablecimiento de la verdad objetiva del principio de contradicción,
liquidado por el idealismo. Al carácter escéptico y relativista del
psicologismo contrapuso Husserl «la lógica pura de los objetos ideales»
(Marías). Eso es precisamente le fenomenología: la ciencia de los objetos
ideales, la ciencia de las esencias y de las vivencias. Una vivencia (Erlebnis)
es todo acto psíquico. Las vivencias son intencionales; no se conciben sin la
referencia a un objeto. La fenomenología como estudio de las
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vivencias
es, en términos derivados de Kant, a priori y universal. Los objetos
ideales —el número tres, el círculo, el principio de contradicción— son
esencias y especies; carecen de principio de individuación, al contrario del
ser real (mesa) que está sujeto al aquí y el ahora. Los objetos ideales son intemporales
e inespaciales. Tienen validez, no ubicación.
Poseído por
el miedo a la metafísica, Husserl rehúye situar a los objetos ideales. La
significación está entre la palabra y el objeto. Husserl, cuyas referencias
kantianas son evidentes, no llega a superar sin embargo la subjetividad
«trascendental» de Kant. Y define la conciencia como una vivencia intencional.
Sin embargo Husserl no consigue superar el idealismo, lo que le lleva a la
contradicción: «Si pensamos a fondo la fenomenología, nos salimos de ella». No
es idealista porque niegue la realidad exterior sino porque la conoce solo a
través de la vivencia interior. ¿Podría describirse su filosofía como un
cartesianismo trascendental?
Siempre que
me refiero a la huella de un gran pensador aplico el principio evangélico de
conocerle por sus frutos. El principal fruto de la enseñanza de Husserl fue la
clarividencia, el heroísmo y la santidad de Edith Stein. El fruto siguiente fue
la filosofía de los valores de Max Scheler —discípulo de Brentano y de Husserl—
de cuya proximidad cristiana se ha ocupado, en una excelente tesis, nada menos
que Karol Wojtyla. La teoría de los valores nace de la teoría brentaniana del
amor justo: amo a algo porque tiene valor. (Recordemos que para los mejores
escolásticos el valor se identifica con el bien). El valor nos obliga a
estimarle y posee una polaridad positiva o negativa. Los valores son realidades
objetivas; la filosofía del valor no rehúye su fundamentación metafísica en el
Ser.
Muy influido
por Bergson, además de por Brentano y Husserl, Max Scheler (Colonia 1877-1928)
se convirtió al catolicismo al que defendió con espíritu apologético; luego se
desvió a una especie de panteísmo. Su obra maestra es la Etica que se
concibe como una crítica a la moral formalista de Kant. Más fenomenológico que
metafísico, su línea ha desembocado en el análisis existencial. Nicolai
Hartmann, en cambio, en su Philosophie der Natur, sobre la que inicié
una tesis doctoral en 1956, avanza mucho más hacia la metafísica; pero acepta
la moral de los valores según Scheler.
Karol
Wojtyla, tan interesado en la filosofía moderna centroeuropea como en la gran
mística española del XVI, ha intentado una seria aproximación a la ética
fenomenológica de Scheler en una importante tesis[94]. Esta
aproximación me parece ejemplar para quienes, desde el campo católico, intentan
acompasar sus formas de pensamiento y expresión a las del pensamiento
contemporáneo, pero sin sacrificar en ningún momento las esencias cristianas.
El futuro Papa demuestra un conocimiento notable de la filosofía germánica
moderna y acepta varios aspectos importantes de la teoría de los valores como
congruentes con una ética cristiana.
Pero de las
claves fenomenológicas y emocionales que son el punto de partida de Scheler,
Wojtyla no puede deducir «el carácter normativo de la conciencia moral ni la
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existencia
de un orden de valores objetivos cuya última apoyatura se halla en la
perfección absoluta de Dios». Es válida y ejemplar la aproximación del pensador
cristiano a la filosofía moderna, con tal de no pasarse a ella con armas y
bagajes. Tengo la impresión de que Wojtyla no cedió a esa tentación en su
comprensivo análisis de Scheler; y que, por el contrario, el gran teólogo
jesuita Karl Rahner sí que cedió a ella en su aproximación a Martín Heidegger.
Max Scheler
es un pensador muy atento al desarrollo de la Nueva Ciencia y a la evolución de
las ciencias sociales. En actitud semejante a la de Brentano, el ejemplo de su
vida equivale a la proclamación de un nuevo humanismo que requiere una tensión
y una amplitud cultural extraordinaria. Pero sigue una línea de coherencia
histórica diferente a la de Brentano; que pasa por
Platón-Agustín-Pascal-Nietzsche y Dilthey. Esa actitud humanista es semejante a
la de otro gran pensador del siglo, Max Weber.
Max Weber
(1864-1920) nacido en Erfurt, estudió y luego enseñó en grandes centros
universitarios de Alemania. Por encima de todo es un sociólogo, de clara
profesión antimarxista. Su obra más conocida e influyente es La ética
protestante y el nacimiento del capitalismo[95] que, aparecida en 1901, se ha convertido en un clásico de nuestro
tiempo, que entre nosotros debe leerse siempre junto al luminoso ensayo del
profesor Juan Velarde Fuertes El libertino y el nacimiento del capitalismo[96] que es, además, un trabajo
fundamental para comprender lo que antes se ha insinuado sobre el desarrollo de
la permisividad y sobre algunos aspectos poco comentados de la Masonería.
Con esto
llegamos ya al momento cumbre de este epígrafe, la consideración del
existencialismo como filosofía principal de la angustia y como fenómeno
intelectual más característico e interesante del período que comprende las dos
guerras mundiales del siglo XX. Otro problema que requeriría todo un libro,
aunque debemos contentarnos con un resumen.
Todo el
mundo buscaba evadirse, entre 1914 y 1945, de la espantosa angustia provocada
por la crueldad antihumana de las guerras y las entreguerras. Como la Nueva
Ciencia y las nuevas propuestas de pensamiento moderno tardaron mucho en calar
en el gran público, el mensaje que flotaba en el ambiente cuando sonaban los
primeros cañonazos de la Gran Guerra era el nihilismo de Nietzsche, que había
decretado la Muerte de Dios; después el galopar de los Cuatro Jinetes del
Apocalipsis que escuchó y difundió Vicente Blasco Ibáñez; y el mensaje
sangriento y esperanzador del nuevo Paraíso soviético que desde 1917 anunciaba,
por la proclamación de una hecatombe, la redención de la Humanidad. Sin embargo
en un mundo del que parecían desaparecer las esencias la mente profunda de
Martín Heidegger convirtió a la angustia trascendental en método para
comprender —y aferrarse— a la existencia. Ese es, me parece, el contexto y la
clave de la nueva filosofía iniciada por Heidegger que conocemos como
existencialismo. Un pensamiento que ha ejercido una influencia directa sobre la
sociedad y la teología del
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siglo
XX y que por tanto debemos fijar en este momento
con la claridad posible. Martin Heidegger nació el 26 de septiembre de 1889 y
con motivo de su
centenario, celebrado en
vísperas de la caída del Muro, se entabló una polémica terrible de alcance
mundial fundada en la adscripción —innegable aunque muy exagerada y
tergiversada— de Heidegger al nacional-socialismo en el año ominoso de 1933.
Entre los innumerables trabajos biográficos que entonces se publicaron como
armas arrojadizas el más documentado y equilibrado me parece el de Otto
Poggeler[97]. Este autor da cuenta del creciente interés que
suscita actualmente Heidegger, ya muy por encima de Hegel; en China acababan de
venderse decenas de miles de ejemplares de la obra cumbre del filósofo, El
ser y el tiempo.
Nacido en
una familia católica en una localidad de la Selva Negra, Martín Heidegger
siente la vocación religiosa e ingresa en la Compañía de Jesús, dato que nunca
he visto publicado y sobre el que me han informado algunos veteranos y muy
clarividentes jesuitas de California que le conocieron a fondo[98]. Permanece en la orden ignaciana por breve
tiempo, pero suficiente como para que su primer estudio superior importante
fueran la filosofía y la teología católicas (Poggeler). A partir de 1919
ejerció la docencia en Friburgo como ayudante de Edmund Husserl que le había
iniciado en la fenomenología. Entre las lecturas que el joven Heidegger
frecuentaba en Friburgo con un grupo de filósofos y científicos de su edad
estaban Henri Bergson y el pensador danés Soren Kierkegaard, teólogo firmemente
cristiano (luterano) y filósofo de la angustia en el siglo XIX
(1813-1855) a quien el grupo de Heidegger sacó del olvido y colocó en su
definitivo lugar como precursor de la angustia existencial. Para Heidegger el
precedente de Kierkegaard fue un jalón hacia la búsqueda de un punto de partida
filosófico enteramente nuevo. Empeñado en proseguir su búsqueda a través de la
amistad mejor que dentro de una escuela, Heidegger contrastó ideas con el
filósofo de Heidelberg Karl Jaspers y luego con el profundo teólogo protestante
Rudolf Butmann en Marburgo, junto con el que elaboró una «interpretación
existencial del mensaje cristiano» (Poggeler). Impartió en Friburgo un curso
(1929/1930) en que citó abundantemente a Max Scheler y Oswald Spengler, el
autor de La decadencia de Occidente, obra entonces amplísimamente
difundida. Para entonces ya había publicado (en 1927) el primer (y único) tomo
de su obra fundamental Sein und Zeit.
Julián
Marías y José Ferrater Mora son los autores españoles que mejor han explicado
las claves del pensamiento de Heidegger, muy oscuro y muy complicado en cuanto
a terminología. La palabra fundamental es el Dasein, traducido literalmente por
«estar-ahí» e identificado con el hombre, cuya esencia es la existencia. El ser
(Sein) ha de comprenderse desde el Dasein. Hay que romper las costras dejadas
por toda la filosofía anterior partiendo de algo más radical que el «cogito»
cartesiano, desde más hondo que el enfoque trascendental de Kant y el
fenomenológico de Husserl. El tiempo es el horizonte trascendental de la
pregunta sobre el ser. El Dasein es su propia posibilidad, que es su propio
ser. El Dasein no es un ente sino un
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existente.
El Quién del Dasein soy yo mismo, pero un ser —con, Mit— Dasein. El modo de ser
fundamental del Dasein es el Sorge (cuidado, preocupación). El Dasein es estar
en el mundo, estar caído; hay posibilidad de levantarse por la Angustia en la
que el Dasein se comprende en su nihilidad ontológica. La estructura del Dasein
es Estar-en-el-mundo; no es objeto del mundo (realismo) ni el mundo en un
sujeto (idealismo). La Angustia revela al Dasein en su flotar en la nada. «¿Por
qué hay ser y no más bien nada?» es la pregunta fundamental de la metafísica;
«no es una pregunta dirigida a explicar por qué hay algo sino más bien a hacer
comprender la nada que lo sostiene todo y en la cual sobrenada todo ente»
(Ferrater). El Dasein como preocupación permite entender su temporalidad. Ese
es el punto de inserción de la metafísica de Heidegger, que se explaya en los
problemas de la muerte y la conciencia. El sentido ontológico de la
Preocupación es la temporalidad. El Dasein se temporaliza primero como
anticipación de sí mismo; es la primacía del futuro en el Dasein. La última
pregunta de «Sein und Zeit» es si el tiempo es horizonte del ser.
Después de
«Sein und Zeit» aparece el «segundo Heidegger» pero sin perder nunca la
referencia a la obra fundamental. El segundo Heidegger es tan poético como
filosófico. El ser es un claro del bosque donde los caminos no van a ninguna
parte. El Ser es una luz alejada en el lenguaje poético creador. Un horizonte
del ser es el lenguaje poético, no científico.
Heidegger no
tiende puentes entre el pensamiento filosófico y la fe. La fe es incondicional;
el pensamiento es problemático. La fe no puede pedir respuestas a la filosofía
porque ya conoce esas respuestas por la revelación. Este doble plano, sin
camino transitable, entre la filosofía y la fe me parece insinuar una fuerte
inclinación gnóstica en el pensamiento de Heidegger. Al que, desde una posición
de racionalidad cristiana, desearía hacer dos preguntas, una sobre el tiempo,
otra sobre Dios.
Sein
und Zeit es una obra publicada en
1927. Es decir, el tiempo de Heidegger es el tiempo newtoniano en cuanto al
mundo; el tiempo augustiniano en cuanto a la experiencia existencial íntima. Me
parece que no se trata todavía del tiempo de la ueva Ciencia, el tiempo indeterminado,
el tiempo reversible, el tiempo que se pierde en las ultramacro —y las
inframicro— magnitudes de la Nueva Física. Esto me parece un posible y tal vez
inevitable desliz del tiempo heideggeriano en el anacronismo.
Y el Dios de
Heidegger, al que tal vez siguió adherido por la fe —no he visto en comentario
alguno que hubiera caído en el agnosticismo— tiene cerrados los caminos en el
bosque del Sein. El profesor Antonio Millán Puelles lo deja entrever en su
magistral ensayo sobre Heidegger[99]. Rastrea Millán
Puelles la huella de Dios en la oscilación de Heidegger entre el Dasein y la
nada. «Ante la teología de la fe, Heidegger se sitúa en una diametral oposición
a los preámbulos racionales del asentimiento del creyente. De nuevo nos
encontramos con una apelación a la experiencia, concretamente a la experiencia
de lo divino en una acepción que incluye las instancias de Dios al hombre, pero
que no recoge lo que la fe necesita para ser el
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obsequio
razonable de que habla San Pablo… La
significación de lo divino en el pensamiento de Heidegger queda ambigua y
oscura. La crítica que dirige al concepto cristiano de la creación significa,
en sustancia, que Heidegger no concibe a Dios como Creador en el sentido bíblico.
Todo lo cual se ratifica por el hecho de haber lanzado Heidegger sobre la
teología cristiana la acusación de un esencial platonismo que estriba en la
separación de Dios y el mundo. Tal reproche no puede comprenderse sino en
virtud de un fuerte coeficiente inmanentista —unido, no pocas veces, a una
exaltada mística de la Tierra— pues la idea cristiana de la trascendencia de
Dios respecto al mundo se conjuga con el concepto de una presencia divina en
todos y cada uno de los seres creados… Los más graves reparos a la filosofía
heideggeriana son los que surgen de una visión cristiana de la vida y del
mundo». Heidegger el gnóstico, he ahí el resumen.
El pensador
y filósofo jesuita John Philip Conneally, que hace poco cumplió sesenta años de
ejemplar permanencia en la orden ignaciana, ha estudiado profundamente desde su
juventud la filosofía europea del siglo
XX. De 1973 a 1978 enseñó en Los Ángeles la
filosofía de Hegel y sus continuadores.
«Con Hegel
—dice en un ensayo de 1991— surge un tipo de historicismo por el cual la
concienciación sustituye a la visión estática de la realidad con la del proceso
y el flujo, en expresión de Antonio Gramsci. Este es el error que Martín
Heidegger tomó del discípulo de Hegel, Karl Marx. Heidegger expresa al
historicismo como la dimensión esencial que convierte a la concepción marxista
de la Historia en algo superior a todas las demás. Porque ni Husserl ni, hasta
donde puedo verlo, Sartre, reconocen el carácter esencial de lo histórico en el
ser». Y toma esta cita de Platons Lehre von der Warheit, Berna, 1947, p.
87.
Vuelve
entonces el padre Conneally a la tesis central de Sein und Zeit. «A
través del influjo de tales discípulos de Hegel, el error del historicismo ha
hecho a la ética y la teología cristiana tan mudables como una camisa sucia.
Nada de orden sobrenatural o inmutable se reconoce en Jesucristo. Por el Jesús
histórico se significa el Jesús medible, reducible a meros
parámetros históricos, nos dice el especialista bíblico jesuita Ignace
de la Potterie; y esto priva a Jesús de todo significado pleno como inmutable y
creador. Una vez que Heidegger identifica el ser (el Dasein) con el cambio
histórico, es fácil detectar la tendencia antiteológica del filósofo y de los
exegetas que le siguen como el padre Raymond Brown».
El mismo
autor concreta aún más la temporalización del ser en Heidegger y sus funestas
consecuencias para la teología cristiana del siglo XX
en su ensayo, contemporáneo del anterior, Martin Heideggeri’s goal:
«Nietzsche
había proclamado el colapso del teísmo en el siglo XIX,
así como la entrada de Occidente en la Era del Nihilismo. El objetivo de
Heidegger era rescatar a Occidente del nihilismo al sobrepasar las
especulaciones metafísicas tradicionales desde el siglo III
antes de Cristo, que habían desembocado según él en ese colapso de lo divino.
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En su curso sobre la fenomenología de la
religión (invierno de 1920-21) enfoca la vida de los cristianos primitivos como
experiencia. Hablando de la Iglesia actual Heidegger dijo que la tarea de la
fenomenología consiste en liberar aquella experiencia original del aparato
metafísico en el que ha caído por la filosofía y revelar la experiencia en todo
su vigor primitivo.
Porque de
acuerdo con Heidegger la pureza de la experiencia religiosa original quedó
viciada en las siguientes épocas por los conceptos filosóficos, con los que se
identificó tal experiencia. Por ejemplo, según Heidegger la experiencia se
vició en el neoplatonismo de San Agustín. Pero Agustín realmente difiere de
Heidegger en un aspecto más importante: Agustín cree en lo sobrenatural, una
esfera de experiencia que equivocadamente —según Heidegger— postulaba una
existencia suprema como la base de todas las demás cosas. Sin embargo Heidegger
afirma que después de Agustín Dios es un objeto de visión, como cabeza de
una jerarquía de valores en los que lo invisible es superior a lo visible…
Pero esa concepción de Dios presentada por Agustín vicia, para
Heidegger, la experiencia cristiana original; Heidegger llega a semejante
conclusión a través de varios textos de San Pablo. Sin embargo su recomendación
de usar la fenomenología para rescatar al siglo XX del nihilismo fracasa cuando
arbitrariamente expulsa a Dios del pensamiento. Conscientemente ignora a Dios
en la filosofía[100]». Ruego al lector que no descarte por tediosas
o esotéricas estas consideraciones sobre Heidegger. Porque constituyen el punto
de partida de la doctrina de Rahner, el teólogo jesuita que desempeñará un
papel primordial en la desviación de su Orden y de una parte sensible de la
Iglesia católica en la segunda mitad del siglo XX, como veremos.
Al lado de
este importantísimo truncamiento en la filosofía de Heidegger, su desviación
política y totalitaria en los años treinta, tan jaleada con motivo del
centenario, ve reducida su importancia aunque no cabe desdeñada. Para evitar el
hundimiento de Alemania en el período de entreguerras el profesor Heidegger
aceptó la esperanza del nacionalsocialismo y se adhirió a los proyectos de
Hitler en 1933, al asumir el rectorado de la Universidad de Friburgo.
Proclamado a los cuatro vientos por la propaganda nazi, el compromiso de
Heidegger con Hitler fue, desgraciadamente, concreto y profundo y quedan de él
textos bochornosos, porque parecen poner uno de los pensamientos más hondos de
la Edad contemporánea al servicio de aquel tirano paranoico. Sin embargo no
cabe tampoco exagerar tan triste verdad. En páginas tan poco sospechosas como
las de «El País» el ya citado Poggeler nos confirma que Heidegger se había
desencantado por completo del nazismo en 1935. En «Soledad casi completa», como
escribió a su amigo Karl Jaspers, trabajó intensamente en sus Aportaciones a
la filosofía en las que rechazaba la teoría del racismo como «Simple
estupidez». Nietzsche le había llevado al borde del abismo totalitario pero el
desprecio al racismo no significó para Heidegger una abdicación de su rechazo a
la democracia. «Europa —escribiótodavía quiere seguir aferrándose a la
democracia y no quiere aprender que ésta sería su muerte histórica». Está claro
que el
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horror a la
dictadura comunista fue otro impulso principal que le llevó a aceptar la
dictadura de Hitler. Pero como indica certeramente Poggeler no cabe concentrar
sólo sobre Heidegger las acusaciones de haber cedido al totalitarismo en los
años treinta. «Georg Lukács —dice— se declaró inmediatamente después de la I
Guerra Mundial a favor del comunismo, en contra de las convicciones que acababa
de expresar. Ernst Bloch ensalzó durante años a Stalin. Aún en 1934 Theodor W.
Adorno celebraba ante la puesta en música de los poemas del dirigente nazi
Baldur von Schirach el realismo romántico exigido entonces por
Goebbels».
Me he
detenido en la figura de Heidegger por la tremenda influencia que ejercerá en
sucesos capitales que serán estudiados en otros capítulos. Y sobre los que
nadie habló al conmemorar el centenario del gran filósofo.
DE JEAN-PAUL SARTRE A MIGUEL DE UNAMUNO
El
existencialismo, llevado a la cumbre —aunque fuera una cumbre gnóstica— por
Martín Heidegger se despeña en su discípulo francés e ídolo comunista,
Jean-Paul Sartre. Al terminar la segunda guerra mundial la filosofía
existencial era un arcano que sólo compartían los más altos círculos
filosóficos y el grupo de jesuitas afanosos de novedades que empezaban a adorar
al más influyente discípulo de Heidegger, el jesuita Karl Rahner. La opinión
pública ni siquiera conocía en nombre de existencialismo, ni se preocupaba
lo más mínimo por las investigaciones y las desventuras de Heidegger,
Hasta que emergió en el centro del espectáculo cultural de 1945 un enano
singular, llamado Jean-Paul Sartre que asumió al existencialismo como un
banderín de enganche para la juventud y le convirtió en una moda deletérea e
irresistible.
Desde que
descubrí el fantástico libro de Paul Johnson, Intellectuals, a las pocas
semanas de su aparición en 1988 releí ávidamente mis libros de Sartre, algunos
de los cuales, como Le sursis habían vuelto medio intensos, de puro
hastío, a mis estantes y comprendí como nunca hubiera soñado la entraña del
filósofo francés. Recomiendo vivamente a mis lectores que si quieren comprender
a Sartre empiecen por un estudio detenido del capítulo 9 del libro de Johnson,
que ya cuenta con una magnífica traducción española. Como tantos intelectuales
desde Rousseau y Voltaire a José Ortega y Gasset y Bertrand Russell, Sartre
vivió poseído por el ansia de comunicación con el gran público; necesitaba la
luz de las candilejas para explicar su pensamiento. Era, por supuesto, un
filósofo, un devorador de libros —su ritmo habitual era uno por día— y no
carecía de originalidad interpretativa, aunque nunca me lo puedo imaginar como
un creador; creo que no pasó de adaptador, y su campo de adaptación era
principalmente la filosofía centroeuropea y sobre todo las obras y el
pensamiento de Martín Heidegger, el cual jamás había pensado ni escrito para la
galería sino para un grupo selectísimo de adictos, como los maestros gnósticos.
Si
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queremos
comparar a Sartre con un maestro gnóstico sólo podríamos elegir a Simón Mago.
Sartre venía
de una familia provinciana de clase media bien situada. Su padre, oficial de
marina, murió en la infancia de su hijo que luego reconstruyó una figura
arbitraria de su progenitor, a quien llego a despreciar y odiar. Adoró en
cambio a su madre que le crió entre algodones hasta casi más allá de la
adolescencia; y que le ayudo siempre, aun cuando Sartre ya gozaba de fama
universal pero se mostraba incapaz de pagar sus facturas. Al hablar de su padre
Sartre lo resume todo en una frase: «Por fortuna murió joven». Ese era Sartre
de cuerpo entero.
Sus grandes
problemas de la infancia eran la debilidad de sus ojos, que le llevaría a la
ceguera muchos años después y el terrible choque de quien se creía un joven
hermoso y descubrió en el colegio que sólo era un pequeñajo feo, cada vez más
feo. Buscó en su desorbitado afán de mujeres una compensación a su fealdad.
Gozó, gracias a su madre, de una educación excelente; el liceo Enrique IV, la
Escuela Normal Superior. Entre sus compañeros y amigos destacan el escritor
Raymond Aron, cuya presencia le abrumaba un poco, y la universitaria, escritora
y feminista Simone de Beauvoir, que fue su querida desde la juventud hasta la
muerte, a quien sedujo con tal intensidad intelectual que ella contradijo
flagrantemente su feminismo teórico para convertirse en su esclava, en su
sirvienta, en su confidente y en la suministradora principal de jovencitas
—alumnas de él, alumnas y a veces amantes de ella— que le llevaba asiduamente a
la cama. Jean-Paul y Simone habían convenido contarse fielmente las traiciones
de cada uno al otro; y cumplieron fielmente su compromiso. No conozco en toda
la historia de la literatura y el pensamiento un caso tan detonante de
abyección consentida y compartida, dicho sea en los términos vulgares en que me
muevo, aunque los discípulos de ambos jaleaban como supremo rasgo de liberación
y Modernidad tan repugnante comportamiento. Que semejante trasgo y semejante
virago fuesen durante décadas los inspiradores de la nueva juventud liberada
explica mejor que cualquier otra consideración la sentina degradada en que
vivía una parte muy sensible de la juventud occidental en la postguerra.
Al principio
Sartre se dedicó a la enseñanza. Fue profesor en Le Havre pero prodigó sus
estancias en Berlín donde estudió detenidamente la fenomenología de Husserl y
la filosofía existencial de Heidegger, quien como hemos visto, precisamente en
1933 aplicaba sus categorías trascendentales a la mayor gloria de Adolfo
Hitler. Desde entonces Sartre se convirtió en un divulgador de Heidegger a
través de la novela, el teatro y el ensayo. Aunque en la posguerra Sartre
actuaba como el escritor más jaleado por la propaganda cultural comunista,
jamás fue un auténtico marxista, jamás leyó un solo libro de Marx. No poseía
para ello la formación económica, histórica o sociológica necesaria. No he
leído todo Sartre pero sí sus obras principales y no he podido detectar en
ellas el menor signo de que se hubiera asomado a la Nueva Ciencia, ni siquiera
a la ciencia newtoniana. Antes y durante la
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guerra
mundial no se apuntó a partido alguno. Era un individualista absoluto y
anárquico, que tampoco mostró jamás la menor atracción por la democracia ni por
el liberalismo. No era un liberal sino un libertario. No se interesó por Hitler
pero tampoco le criticó. El Holocausto no suscitó su atención y le dejó frío.
Se quedó al margen de las controversias francesas sobre la guerra civil
española.
Su primera
obra importante, que pretendía ser una novela sobre la trama filosófica de
Heidegger, apareció en 1938 y la editorial le cambió el título, que figuró como
La náusea. Luego tuvo mucho éxito pero pasó desapercibída cuando
apareció. Y llegó la segunda guerra mundial, cuyos principales
vencedores fueron Stalin… y Sartre. Participó en la defensa de Francia como
encargado de la observación por globo en un regimiento de artillería; hecho
prisionero no se mostró precisamente hostil a sus captores y fue puesto en
libertad, por afección ocular, menos de un año después, en 1941. Se instaló en
París, dio clases en el Liceo Condorcet y gozó del beneplácito de los ocupantes
alemanes por su conocimiento de Heidegger y su participación en publicaciones
colaboracionistas. Pero aprendió a jugar a dos paños y se afilió a una mínima e
importante agrupación de la Resistencia donde no hizo nada; la propia
agrupación se disolvió por cansancio. «Nunca hemos sido más libres que bajo la
ocupación alemana» dijo cínicamente después. En su caso era verdad. Nunca
censurado y siempre protegido por los nazis (encantados por el culto de Sartre
a Heidegger) consiguió representar pequeños dramas y publicar algunas novelas
que le dieron a conocer al gran público, que le apreciaba por su facilidad para
el doble lenguaje. Ideológicamente se encontraba entonces próximo al anarquismo
teórico de Proudhon.
En medio de
la guerra y la ocupación empezó a ser un personaje conocido en el Barrio
Latino, en los cafés de Saint-Germain, que desde entonces fueron el marco de su
vida. Allí escribió su biblia del existencialismo, El Ser y la Nada,
junto a la cual su modelo Heidegger parece un fulgor de claridades. Ni que
decir tiene que si Heidegger sospecha a Dios con los recelos de un gnóstico,
Sartre prescinde totalmente de Dios, es un simple intérprete del Demiurgo pero
ni se molesta en confesarlo. Sartre es el ateo absoluto, que no reconoce ni el
vacío de Dios. El gran libro se publicó en plena ocupación alemana, en 1943,
poco antes de su nueva obra teatral, Las moscas. Al año siguiente, en
vísperas del desembarco en Normandía, estrenó otro drama filosófico, Huis
clos, con sus tres personajes en diálogo frente a la puerta del infierno:
«el infierno son los demás». Y el final que resume la idea del infierno
para Sartre, cuando los personajes se disponen a repetir sus tristísimos
alegatos: «Eh bien, continuons». El drama fue el primer gran éxito de Sartre;
el ensayo heideggeriano remontó fama y se vendió por centenas de millares.
Al término
de la segunda guerra mundial Sartre lograba auditorios inmensos en sus
lecciones públicas, a las que acudía el todo París y cada vez más jóvenes.
Nadie se enteraba de nada pero todo el mundo, público y crítica, aclamaba como
un genio del pensamiento y la literatura al ídolo del Barrio Latino. La
combinación de libertad
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sin límites,
angustia e incertidumbre —que se resumían en la palabra mágica,
«existencialismo»— marcaban la orientación del pensamiento europeo, justo
cuando Heidegger, el inspirador de Sartre, se veía expulsado de la enseñanza y
malvivía en la postguerra. Sartre con su corte de amigos, algunos muy
inclinados al comunismo, lanzó su revista Les temps modernes, órgano de
la nueva orientación existencial y cultural. El Santo Oficio colaboró
eficazmente con Sartre al incluir en el Índice todas sus obras en bloque. Los
medios culturales de la NKVD soviética abominaban de Sartre el libertario,
tanto como los pensadores socialistas que pronto serían conocidos como Escuela
de Frankfurt. Pero Sartre vivía por encima del bien y de mal, como rey del
Barrio Latino y dictador cultural de Francia, mientras Simone de Beauvoir le
suministraba discípulas íntimas cada vez más jóvenes, cada vez más fascinadas;
y el maestro mantenía, además, cuatro queridas fijas a la vez, a fuerza de
tabaco, alcohol y droga en cantidades alarmantes.
La red
intelectual y cultural del comunismo en Europa decidió abandonar su desprecio
por Sartre y captarle. Agradecían que el filósofo jamás hubiera condenado los
crímenes de Stalin ni los desmanes comunistas en la media Europa dominada por
Stalin. A partir de 1948 se convirtió en compañero de viaje aunque su
adscripción se fijaba más bien en la extrema izquierda que en el comunismo
ortodoxo. No asistía a los congresos comunistas pero desde 1948 colaboraba
ardientemente en las campañas comunistas de propaganda; se transformó en el
Tonto útil más relevante de Europa. Ello le hizo perder buena parte de su falso
prestigio intelectual y la presentó como un «sensacionalista de la
inteligencia». Su conjunción con el partido comunista quedó formalmente sellada
en 1952, justo cuando las atrocidades de Stalin empezaban a divulgarse; así que
Sartre puede considerarse como el último staliniano. Participó en las protestas
rituales contra la OTAN. En 1954 visitó Rusia y entonó las endechas de la
tiranía roja con tanto ardor como la Pasionaria y Santiago Carrillo. Pero se
sentía cada vez más incómodo y aprovechó la invasión de Hungría para romper con
los comunistas. Encontró pronto nuevas causas de disidencia; traicionó a
Francia al manifestarse en favor de los rebeldes argelinos, tronó contra los
Estados Unidos con motivo de la guerra de Vietnam e hizo un ridículo espantoso
al participar y animar a los estudiantes de su Barrio latino en la gran
revuelta de 1968. Apuró la copa de los despropósitos al empeñarse en suscitar
en Europa una Revolución Cultural bajo la inspiración de Mao. Decaído,
avejentado y casi ciego por sus excesos, no sabía qué hacer para conservar un
liderazgo sobre la juventud que había perdido muchos años atrás.
Sus últimos
años los vivió con los mismos excesos, mientras se incrementaba su diarrea
verbal. Cayó en la ruina más espantosa. Se refugió en el apoyo de Simone de
Beauvoir, que le acompañó hasta la muerte, el 15 de abril de 1980.
Inmediatamente se supo que había adoptado como hija a su última querida joven,
Arlette, con lo que Simone no vio un franco de los derechos de autor. Al evocar
su vida y releer sus libros principales no puedo resumir nada parecido a un
cuerpo de doctrina. Al
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divulgar el
dilema heideggeriano del Ser y la Nada la enseñanza de Sartre se convierte cada
vez más en anécdota. Vivió en la mentira y eligió la nada. En ella se hundió
desde el momento de morir.
Infinitamente
más noble es la figura del gran existencialista español, Miguel de Unamuno y
Jugo, que es considerado cada vez más como un maestro universal. Sus dos
pequeños tomos de ensayo editados en la colección Joya de Aguilar se alinean en
mi cabecera desde hace décadas. Vuelvo a ellos con frecuencia, aunque
seguramente mi relectura final de Sartre es la que acabo de comunicar en los
párrafos anteriores. Unamuno es gran testigo y gran intérprete de la historia
de España; gran explorador del alma humana, gran buscador de Dios, el más
intenso desde Job.
Gran español
de Bilbao (1864) y por tanto gran vasco, su vida y su muerte están vinculadas a
Salamanca, en cuya Universidad obtuvo la cátedra de griego en 1891, que luego
acumuló a la de filología comparada de latín y castellano. Luego fue Rector
ordinario de aquella Universidad y Rector perpetuo desde 1934, cuando ya había
sido nombrado ciudadano de honor de la República. Su independencia crítica le
hizo víctima de la dictadura de Primo de Rivera, que le desterró absurdamente a
Fuerteventura; esa isla preciosa no puede jamás verse como un destierro.
Su vida se
trenzó entre la angustia por la España decadente y la angustia por su búsqueda
de Dios. Es el lazo de unión entre el existencialismo de Kierkegaard y el de
Heidegger, aunque tomó del precursor danés el impulso para su racionalización
de la angustia. Se incorpora a la tradición paulina y augustiniana al
considerar al hombre como un ser real e integral, inmerso en la vida real que
siempre es amenazadora y traumática. Supera por todas partes al racionalismo
abstracto para concebir al «hombre de carne y hueso» de forma integral y vital.
El hombre es ansia de supervivencia y de inmortalidad; cuando se le enfoca
desde la razón abstracta sólo se le descubre como un haz de contradicciones. El
afán de inmortalidad se funda en la esperanza, contrarrestada por la angustia;
por eso la vida humana, según el más profundo ensayo de Unamuno, es un
«sentimiento trágico». La inmortalidad no es sólo del alma sino de la vida
integral, el cuerpo y el alma, según la promesa de Cristo. La propia duda
profunda es el contrapunto de la esperanza. «En principio era el Verbo» y la
realidad del Verbo se detecta a través del lenguaje humano. La idea unamuniana
del Verbo coincide dramáticamente con la idea de la teología clásica medieval
que contemplaba al Verbo como «exemplar» de todas las cosas en el momento de la
creación de las cosas. Sin embargo para Unamuno, receloso siempre de lo
racional, la línea filosófica española no consiste en las doctrinas
escolásticas sino en la serie de los místicos y en las intuiciones de la gran literatura
hispánica. El pensamiento de Unamuno no sólo debe detectarse en sus ensayos,
grandes y menores, sino también en su cada vez más revalorizada poesía:
«Méteme en tu
pecho, Padre Eterno,
escondido hogar
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de tanto bregar».
Pensador de
la angustia y la existencia, que proviene directamente de Kierkegaard, Unamuno
se encuentra entre los primeros filósofos cristianos del siglo XX.
Sus implicaciones políticas me parecen cada vez más anécdota irrelevante; se aproximó
en su juventud al socialismo para huir de él como de la peste en cuanto lo
conoció. Dios está en el horizonte próximo de sus reflexiones. Resulta
asombroso que algunos obispos le condenasen e incluso propusieran su inclusión
en el Índice. Unamuno, con su bruñido lenguaje cada vez más actual, que será
actual siempre, adquiere ante mi recuerdo casi permanente la talla de un Padre
de la Iglesia. Su personalidad es una de las más atrayentes y originales de
nuestro tiempo. Un tiempo de España y de Europa que no se puede comprender sin
él. Murió al acabar 1936, el primer año de la tragedia española, con el alma
rota por esa tragedia. Vivirá mientras exista esto que llamamos España aunque
cada vez sepamos menos lo que es.
DIOS ANTE EL ARTE Y LA LITERATURA DEL SIGLO XX
Quisiera
cerrar esta sección con un simple brochazo sobre un aspecto fundamental de la
cultura del siglo XX, el arte y la literatura, aunque por el
propósito de este libro me he centrado más en la evolución del pensamiento. Es
imposible reducir a pautas las tendencias artísticas de un siglo cuya
característica más visible ha consistido en la negación y la destrucción de las
pautas; pero cabe señalar el fracaso de las concepciones totalitarias en los
campos artísticos, donde casi sólo han producido abortos y testimonios de
frustración, compensados por los robos en masa de obras auténticamente
artísticas que perpetraron los nazis y los soviéticos y enfangados por las
espantosas destrucciones de grandes tesoros de arte que lograron los rojos
españoles. Sería fácil, como hemos intentado en otros campos de la cultura,
demostrar que la religión católica ha sido fuente y campo de inspiración para
grandes arquitectos, pintores, escultores y músicos católicos o ajenos a la
Iglesia; como Gaudí, Marc Chagall y Matisse, los músicos geniales y grandes
católicos Bruckner, Falla y Messiaen. La Iglesia católica ha hecho un esfuerzo
importante para recuperar y revitalizar su propio patrimonio arquitectónico y
plástico, su herencia musical (que ha obtenido insospechados éxitos como el del
canto gregoriano) y sus grandes manifestaciones artísticas que se han admirado
en exposiciones multitudinarias. Pero debo detenerme aquí para no hacer
interminable este ya desbordado epígrafe.
En los
epígrafes que preceden ya me he referido en muchas ocasiones a obras literarias
que contienen, además, líneas de pensamiento originales. Un tratado sobre
literatura y religión en el siglo
XX sería muy sugestivo, pero quedaría en este
libro completamente fuera de lugar. Además tenemos la suerte de que un
especialista como
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Charles
Moeller (fallecido en la primavera de 1986) haya estudiado ese problema de
forma tan exhaustiva y competente en su serie de cinco tomos sobre Literatura
del siglo XX y cristianismo, muy certeramente evocados por el jesuita
Cristóbal Sarrias en su necrológica de Moeller publicada en el diario YA
el 14 de mayo de ese año; y muy bien traducidos por Editorial Gredas.
Profesor en
Lovaina y secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Charles
Moeller —que se me hace particularmente simpático por su profunda comprensión
de Unamuno— no se dedica sistemáticamente a ceder posiciones esenciales de la
fe para cohonestarla con una literatura que muchas veces es hostil. Su método
consiste en rastrear las huellas positivas de Dios en nuestra literatura
contemporánea y en no despreciar, cuando lo detecta, el vacío y la angustia del
Dios perdido en los diversos autores. El cambio de escenario en las relaciones
de la literatura y la fe me parece muy semejante a lo ocurrido en el campo
general del pensamiento. En el siglo
XIX, ya lo hemos visto, dominaba la gran literatura
anticristiana y sobre todo anticatólica. En el siglo XX
no. Por lo pronto existen en varias literaturas nacionales autores y líneas de
expresión netamente cristiana. Sin ánimo de ofrecer listas completas
recuérdense los casos de Gilbert Chesterton, Graham Greene y Evelyn Waugh en
Inglaterra; Claudel, Bernanos, Mauriac, Maritain y Péguy en Francia; Romano
Guardini. Golo Mann, en Alemania, Guareschi, Papini, del Noce y Riccioitti en
Italia; Soljenitsin en Rusia; Menéndez Pelayo, Valle Inclán, Azorín, Ramiro de
Maeztu, el citado Unamuno, José María Pemán, Ricardo León, Miguel Delibes,
Gonzalo Torrente Ballester, Ignacio Agustí, Josep Pla, Claudio Sánchez
Albornoz, Jesús Pabón, Pedro Laín Entralgo y Juan Antonio Vallejo-Nágera en
España, Rubén Darío, Gabriela Mistral y José Vasconcelos en Iberoamérica. No afirmo
que todos los autores citados hacen literatura específicamente cristiana,
aunque la mayoría sí. Lo que quiero decir es que todos ellos son cristianos y
escriben, aunque sea muy críticamente, desde un contexto interior y una
mentalidad cristiana.
Por tanto en
el siglo XX
ser cristiano y declararse como tal no supone impedimento alguno para un
escritor, como sucedía en los siglos
XVIII y sobre todo XIX. Por supuesto que hay en el
siglo XX
numerosos ejemplos y líneas de literatura
atea, anticatólica o agnóstica. André Gide y
Jean-Paul Sartre son casos destacados en Francia; ya conocemos otros, como el
de Russell y algunos grandes escritores que provienen del cristianismo, como
James Joyce, no han ofrecido después una obra cristiana. Lo único que me
interesa resaltar es la presencia cristiana en el mundo de la literatura, como
he subrayado, y aún me quedan algunos nombres fundamentales por aducir, en el
terreno del pensamiento.
SECCIÓN 8: PÍO XII Y LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL
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Pío XI, el
Papa Ratti, había mostrado discretamente en sus últimos años sus preferencias
por que le sucediera el cardenal secretario de Estado, Eugenio Pacelli. Desde
mediados del siglo XVII ningún secretario de Estado había resultado
elegido en cónclave pero por una vez la opinión del Papa anterior, la mayoría
clara de los cardenales, el consenso de los vaticanólogos e incluso grandes
sectores de la opinión pública coincidían en la figura de Pacelli. El mundo de
1939 parecía cada vez más cerca del abismo y todos valoraban la categoría
humana y espiritual del Secretario de Estado, su formación excelente, su
capacidad de trabajo riguroso, su don de gentes y de lenguas, su experiencia
diplomática, su conocimiento de los ambientes internacionales en Europa y las
Américas, su virtud intachable y su reconocida piedad y espiritualidad. En esa
extraña serie de profecías que a veces consigue grandes aciertos se le
designaba como Pastor Angelicus, no he encontrado mejor título para
presentarle en esta Historia.
Eugenio
Pacelli había nacido en Roma el 2 de marzo de 1876, en el seno de una familia
de la nobleza de toga: su abuelo había sido ministro del Interior en el Estado
Pontificio y su padre Filippo, abogado de la Rota, había intervenido en la
codificación del Derecho Canónico. El hermano mayor de Eugenio, Francesco,
negociador en los Pactos de Letrán, tuvo cuatro hijos; uno, ex novicio con los
jesuitas, murió joven; los otros tres, Cario, Marcantonio y Giulio, conocidos
(y criticados) como «los nepotes del Papa» fueron, en efecto, protegidos de
Pacelli cuando se quedaron sin padre; y Pacelli logró para ellos del gobierno
italiano el rimbombante título de «príncipes Pacelli» pero fuera de estas
exageraciones no dieron escándalo alguno como otros famosos nepotes de la
historia pontificia. Eugenio Pacelli cursó (brillantemente) estudios
eclesiásticos y civiles y demostró desde la niñez gusto por las artes, la
música y el deporte, para compensar su constitución no muy fuerte, que fue
mejorando con la edad hasta que su figura alta y esbelta, sus ojos negros y su
total dominio de sí mismo le confirieron un porte a la vez sencillo y
majestuoso. Demostró en varias ocasiones críticas (Austria 1919, Roma 1943) un
valor personal indomable. Muy apegado a su familia consiguió permiso para vivir
con su madre hasta los 38 años y mantuvo cordiales relaciones con su única
hermana, Benina. No todo le fue fácil en su carrera; pasó, en la adolescencia,
una breve pero angustiosa crisis de fe y una crisis de vocación al enamorarse de
una hermosa campesina de la montaña donde solía pasar sus vacaciones. Nadie se
atrevió jamás a insinuar después, sobre su comportamiento personal, la menor
sospecha. Nunca mostró ambición personal ni ansia de poder, aunque una y otra
característica abundaban en los jóvenes y maduros eclesiásticos de la época, y
de otras épocas.
Al menos
hasta la llegada de ese volcán humano que es Juan Pablo II, el Papa Pacelli ha
sido seguramente el más indiscutible y prestigioso en este siglo de grandes
Papas, incluso a través de las terribles pruebas de la segunda guerra mundial.
La
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figura de
Pío XII contaba, sin embargo, con dos tenaces frentes enemigos; uno, el de los
comunistas, contra cuyo ateísmo totalitario siempre se había mostrado vigilante
y hostil; otro, el de un sector cerrado de judíos anticatólicos, que, sin
tiempo para documentarse cabalmente sobre la auténtica actuación de Pío XII
ante el Holocausto, le acusaron punto menos que de cobardía e incluso de
complicidad ante los desmanes de Hitler. Una feroz campaña contra la memoria de
Pío XII se abatió, desde estos dos frentes más o menos impúdicamente
combinados, a partir de la publicación del drama (dramón histérico, más bien)
de un autor hasta entonces desconocido, Rolf Hochhuth, El Vicario en
1963[101].
Con ese
calificativo ya he adelantado la opinión que me merece El Vicario, obra
antihistórica e indocumentada, a la que se refiere un alucinado columnista
español de segunda mano atribuyéndola, como es su costumbre, a Peter Weiss. No
para refutarla, que no es recomendable matar mosquitos a cañonazos, sino para
fundamentar históricamente el pontificado de Pío XII recomiendo el excelente
estudio de G. Amgelozzi Gariboldi Pío XII, Hitler y Mussolin[102] las memorias de la
colaboradora y confidente del Papa[103] y el, a pesar de su título, interesantísimo y positivo libro de Paul
Murphy, definitivo en cuanto al problema de Pío XII con los judíos[104]. Pero por encima de todo los nueve tomos de la
ingente obra documental encargada por la Santa Sede a un equipo relevante de
historiadores jesuitas Actes et documents du Saint Siége relatifs a la
seconde guerre mondiale[105]. No existe otro
Pontificado, que yo conozca, con mejor y más completa documentación
disponible sobre sus aspectos más controvertidos. Al elogiar este magnum
opus de la gran historiografía jesuítica en nuestro tiempo no puedo menos
de lamentar las tristes pseudocríticas que se han escrito sobre Pío XII desde
la izquierda jesuítica y antipapal, como el ya citado y apresurado libro de
Fernando Cortázar, que ha preferido ofrecernos sobre Pío XII una simple y
desmañada caricatura.
Apenas
terminados sus estudios no fue difícil al joven Pacelli, con todas sus
conexiones romano-vaticanas a su favor, ingresar como «minutante» en la
Secretaría de Estado, dentro de la Congregación para Asuntos Eclesiásticos
extraordinarios, que lleva las relaciones exteriores de la Santa Sede. Allí
hizo toda su carrera, hasta la Silla de Pedro. Era el año 1904 y pudo observar
desde primera fila la lucha de San Pío X contra el modernismo, pero no cayó en
actitudes integristas. Fue un sereno y apasionado colaborador, cada vez en
misiones y puestos de mayor importancia, de la política de paz que intentó, con
tanto sentido del deber como escaso éxito, el Papa Benedicto XV y se ganó la
confianza del cardenal secretario de Estado, Gasparri, que le propuso en 1918
como Nuncio en la capital de Baviera, Múnich.
El todavía
joven y ya muy acreditado en los ambientes romanos monseñor Pacelli llego a la
Nunciatura de Múnich con tiempo para vivir, en su propia casa, los peligros de
la revolución espartaquista, promovida por los comunistas alemanes contra el
débil gobierno republicano de Baviera. Los espartaquistas llegaron a irrumpir
en la Nunciatura y trataron de saquearla y de apoderarse del automóvil de
Pacelli, quien se
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opuso con
valiente firmeza a los asaltantes y consiguió expulsarles de la sede
diplomática. Le defendió en tan dramática escena, con riesgo de su vida,
abriendo sus brazos entre el Nuncio y los asaltantes, una hermana de la
congregación docente de la Santa Cruz, campesina bávara de pura cepa, sor
Pascualina Lehnert, que con otras religiosas acababa de entrar al servicio del
Nuncio y había quedado, desde el primer momento, fascinada por él. Sor
Pascualina, famosa por su belleza, por su espiritualidad y su energía (y menos
famosa por su cocina germánica) ya no se apartó de la vida de Pacelli hasta la
muerte del futuro Papa; le ayudó a evadirse de sus depresiones, moldeó su
carácter y sus ideales, despreció, como él, las inevitables maledicencias
romanas sobre su profunda amistad y escribió, ya anciana, unas deliciosas
memorias que ya he citado. Cuando se instaló con su breve comunidad en el
apartamento pontificio los cardenales solían besarle la mano; ella les
correspondía con deferencia pero sin dejarse avasallar por los grandes
prebostes de la Curia, hasta el punto que toda Roma comentó la sonora bofetada
que un día propinó la monja bávara al hirsuto y corpulento cardenal de Francia,
Tisserant, su gran rival en el círculo íntimo de Papa. Pero jamás hizo uso del
poder decisivo que Pacelli le confirió desde 1918; toda su vida se mantuvo en
la más total discreción y silencio. Entre los mejores amigos de la monja
figuraba el futuro cardenal de Nueva York, Spellman; entre sus más tenaces
adversarios el entonces joven monseñor de la Secretaría de Estado, Giovanni
Battista Montini.
La
experiencia directa de la revolución comunista, ahogada por la derecha
paramilitar y los regimientos alemanes que volvían de la derrota en la Gran
Guerra, marcó para siempre al Nuncio Pacelli, quien a partir de 1920 fue
destinado a la Nunciatura de Berlín. Pacelli, en estos dos altos destinos
germánicos, era considerado como un prelado alemán por los alemanes; y como el
mejor diplomático del Vaticano. Concertó los Concordatos con Baviera y con
Prusia y se identificó por completo con el Episcopado alemán, que regía a más
de cuarenta millones de católicos. Había conocido personalmente al alucinado
revolucionario nacional Adolf Hitler en Múnich y le animó, en un principio, a
luchar contra el bolchevismo. Pero cuando fracasó el golpe nacional-socialista
en esa misma ciudad en 1923 y Hitler fue amablemente encarcelado, escribió
entre rejas su delirante libro programático Mein Kampf que tuvo en el
Nuncio de Berlín uno de sus más preocupados y angustiados lectores.
Concluidos
los Pactos de Letrán, Pío XI decidió el relevo de su artífice, cardenal
Gasparri, que le había expresado su cansancio. Y al comenzar el año 1930 le
sustituyó por el Nuncio en Berlín, a quien hizo cardenal de la Iglesia. De
momento sor Pascualina se quedó en Baviera, hasta que cuando llegó el verano de
1930 recibió la grata sorpresa de que el cardenal secretario de Estado volvía
para pasar unas vacaciones en el sanatorio Stella Maris, de la
congregación de la Cruz, donde la monja había tratado una grave enfermedad del
entonces Nuncio en Baviera. Que vino en 1930 acompañado por un fornido monseñor
norteamericano, Francis Spellman, que había transformado desde varios años
atrás la anticuada oficina de prensa
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pontificia y
gozaba de excelentísimas relaciones con todo el Vaticano y los más altos medios
de la política y la finanza de su país. En las alturas romanas se le
consideraba como una especie de Rey Mago desde que decidió que uno de sus
amigos, el millonario católico Brady, regalara un suntuoso Chrysler al cardenal
Gasparri. (Quería regalar otro a Pacelli, que no aceptó). Desde aquellas
vacaciones de 1930 Pacelli, Spellman y sor Pascualina, a quien divertía
enormemente el prelado yanqui, formaron un trío inseparable llamado a grandes
destinos en la Iglesia y en el mundo[106]. Pacelli comentó
varias veces ante los dos la grave preocupación que sentía por las actividades
de Bernardino Nogara, el financiero del Papa; y Spellman presentaba un cuadro
tétrico sobre la deficitaria situación financiera de las más importantes diócesis
norteamericanas. Y más o menos insinuaba que él conocía los métodos para
solucionar tan espinosos problemas aquende y allende del océano. Para
Pascualina, sin embargo, el primer efecto de aquella súbita amistad á trois
fue la llamada de Pacelli, ya de vuelta a Roma, para que se incorporara al
Vaticano gracias a las gestiones de Spellman, a quien nadie podía negar nada en
la Urbe; acababa de conseguir de parte de sus grandes amigos de Norteamérica el
regalo de un tren privado y tres automóviles Graham Paige para Pío XI.
Como
eficacísimo Secretario de Estado en los difíciles años treinta, Eugenio Pacelli
fue el ejecutor, pero también el inspirador y el más alto colaborador de Pío XI
en medio de las tensiones, relativamente amistosas, de la Santa Sede con el
fascismo y de los problemas, mucho más grandes, que presentaban dos
personalidades monstruosas, José Stalin y Adolfo Hitler. Pascualina, al llegar
a Roma, encontró la prevista hostilidad de la Curia y para sacarla de la cocina
tuvo Spellman que incluirla en su oficina de prensa, donde muy pronto demostró
una competencia notable. Poco a poco consiguió instalarse como ayudante y luego
como secretaria personal del cardenal Pacelli, en el antedespacho de la
Secretaría de Estado, tras un encuentro casual con Pío XI con el que supo
ganarse al anciano Pontífice.
Pío XI
preparó a su cardenal secretario de Estado para más altos destinos; esto parece
claro ante la sucesión de misiones importantes que le confió en Europa y
América. Le nombró legado pontificio para un solemne triduo de la Iglesia
francesa en Lourdes en 1933. En todas partes el cardenal Pacelli causaba
gratísima impresión en el pueblo y los gobernantes, como en 1934, cuando
presidió en nombre del Papa el Congreso Eucarístico de Buenos Aires —el mismo
año en que Pío XI, de pleno acuerdo con su Secretario de Estado, encerraba en
el Índice el absurdo libro racista del ideólogo nazi Rosenberg El mito del
siglo XX—
y en noviembre de 1936 viajó Pacelli a Estados Unidos para apaciguar la cruzada
antiRoosevelt que había desencadenado el predicador fundamentalista católico
Charles Coughlin contra el Presidente, que vio en peligro su reelección.
Pacelli, acompañado por monseñor Spellman —obispo auxiliar de Boston desde
1932— y por sor Pascualina recorrió muchas ciudades de los Estados Unidos,
impuso silencio al padre Coughlin por motivos de alta política vaticana, visitó
al presidente Roosevelt —que muy pronto
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salió
reelegido— y dejó firmemente establecida una relación de amistad entre el
Vaticano y la Casa Blanca justo cuando se preparaba la condena romana contra el
nazismo y el comunismo. En aquella visita se inició el que pudiéramos llamar
«giro democrático» del cardenal Pacelli[107].
Ya conocemos
el doble rayo fulminado por Pío XI en la primavera de 1937 a través de las dos
grandes encíclicas contra el nazismo y el comunismo. El Concordato de 1933 con
Hitler había salvado muchas cosas pero no había evitado la presión irracional
del Führer y los nazis contra el clero y las organizaciones católicas de
Alemania. Pacelli, artífice de aquel Concordato, fue también colaborador
principal en la redacción de las encíclicas Mit brennender Sorge y Divini
Redemptoris. Poco después volvió a Francia como legado pontificio para las
conmemoraciones de Lisieux y en mayo de 1938 presidió, con la misma dignidad,
el congreso eucarístico de Budapest. Por entonces tuvo lugar el fastuoso viaje
de Adolf Hitler a Roma, del que la Santa Sede quedó por completo al margen.
Corrió como la pólvora por todo el mundo el comentario de Pío XI, que se retiró
muy oportunamente a Castelgandolfo: «La cruz que hoy entra en Roma (la cruz
gamada) no es la cruz de Cristo». Pacelli veía acercarse, con temor creciente,
la nueva conflagración mundial; conocía personalmente a sus grandes
protagonistas, había convivido con los pueblos que iban a ser enemigos, y los
había visitado directa y profundamente. Al comenzar el ominoso año 1939 Pío XI
se sentía agotado y muy enfermo. Preparaba sin embargo una nueva encíclica para
protestar contra las vejaciones que sufrían la Iglesia y los católicos en los
regímenes de Italia y Alemania. No tuvo tiempo de terminarla. Murió el 10 de
febrero de 1939.
El
eclesiástico más respetado y universalmente conocido de la Iglesia católica en
aquel momento era, sin duda, el cardenal secretario de Estado, Eugenio Pacelli.
Todo el conjunto de sus virtudes y cualidades espirituales, humanas y
diplomáticas pesaron de forma abrumadora en el Cónclave, donde no se registró
tensión alguna entre cardenales italianos y no italianos. Fue el cónclave más
breve de los últimos tiempos, celebrado en un solo día, 2 de marzo de 1939. A
la tercera votación quedó elegido Eugenio Pacelli que escogió el nombre de Pío
XII en honor a su predecesor. Desde el primer momento todo el mundo comprendió
que la presunta profecía sobre la sucesión de los Papas acertaba de plano; y
cuando se produjo la película del mismo título (que Pío XII llegó a contemplar
aunque no completa) muchos pensaron que Pastor Angelicus era una
descripción oficial.
LA BENDICIÓN DEL PAPA SOBRE ESPAÑA
Pío XII
nombró secretario de Estado al cardenal napolitano Luigi Maglione, que había
sido nuncio en París, y formó, a sus órdenes directas, un eficaz y fidelísimo
equipo semisecreto del que casi nadie, salvo los muy iniciados, tenía noticia.
Lo
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componían,
en primer término, sor Pascualina Lehnert, cuya ocupación oficial era la de
gobernanta del apartamento pontificio, para lo que le ayudaban algunas hermanas
de su congregación; pero que realmente actuaba como secretaria íntima y
confidente (a instancias del Papa y, con todo respeto, por iniciativa propia);
filtraba las audiencias e influía poderosamente en el Papa, sin pasar jamás de
la raya aun cuando alguna vez lo fingía. Una de sus ocupaciones era mantener a
los diversos y hermosos pájaros del Papa, entre ellos un verderón romano que se
incorporó al grupo, a quienes a veces se dejaba en libertad dentro del
apartamento. (Tisserant odiaba muy especialmente a esta pajarería y los pobres
pájaros, como si lo adivinasen, se vengaron más de una vez en sus ropas).
Contaba además el Papa con dos consejeros secretos jesuitas y alemanes: el
padre Robert Leiber, su secretario particular desde los tiempos de Múnich y el
padre Martagoni, director de la revista oficiosa de los jesuitas, La Civiltá
Cattolica, con quien despachaba la línea editorial y el contenido. Se
agregaba a los consejos del Papa monseñor Kaas, antiguo jefe del partido
Zentrum y colaborador para el concordato de 1933. Había designado además a
otros consejeros de la Compañía de Jesús; el escriturista Agustín Bea y los
padres Grundlach y Hürth; se trataba de una guardia de corps germánica y el
Papa no lo disimulaba. Mantuvo al también jesuita padre Tacchi-Venturi, como
enlace personal con Mussolini y, según fuentes tan acreditadas como Benni Lai y
sor Pascualina llamaba de vez en cuando a una religiosa española, la madre
Mercedes Anguera, superiora de la Asunción e hija de un diplomático, para
consultarle altos asuntos de la Iglesia. Ya desde la fase agónica de la segunda
guerra mundial, al morir en 1944 el cardenal Maglione, el Papa no le sustituyó;
fue, según ha dicho alguien, «el secretario de Estado de sí mismo». Dividió la
Secretaría de Estado entre el prosecretario monseñor Domenico Tardini y el
sustituto monseñor Giovanni Battista Montini; y empezaron a moverse pías
sombras extrañas por las «escaleras secretas» del palacio apostólico. Estas
«escaleras» eran reales pero además un eufemismo para significar el relativo
acceso directo de que gozaban ante el Papa algunos políticos importantes de la
Democracia Cristiana, a quienes la Iglesia, desde el triunfo del fascismo,
mantenía en reserva para una posible era democrática. Los dos más importantes
eran Alcide de Gasperi, refugiado en el Vaticano durante la guerra, y el
presidente de los universitarios católicos Giulio Andreotti.
Las grandes
y pequeñas historias de la Iglesia apenas mencionan, cuando lo hacen, una
temprana y espontánea actuación de Pío XII: su identificación con la victoria
del bando nacional en la guerra civil española, que tuvo lugar el 1 de abril de
1939. Gracias a un inequívoco radiomensaje transmitido el 16 de abril, después
de la felicitación entusiasta que el Papa había dirigido al general Franco al
conocer la noticia de la victoria; como había hecho el rey exiliado don Alfonso
XIII y su hijo don Juan de Borbón, quien por tres veces (insisto, tres veces)
había intentado participar como voluntario en el conflicto. Desde los primeros
momentos de su pontificado Pío XII utilizó la fórmula rápida e inmediata del
radiomensaje para
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expresar su
doctrina concreta acerca de algún punto importante. Esta alocución del Papa
Pacelli a la España victoriosa no suele encontrase en la colecciones de
documentación y magisterio pontificio. No es por ello menos significativa:
Con
inmenso gozo nos dirigimos a vosotros, hijos queridídimos de la católica
España, para expresaros nuestra paternal congratulación por el don de la paz y
la victoria con que Dios se ha dignado coronar el heroísmo cristiano de vuestra
fe y caridad, probándoos en tantos y tan generosos sufrimientos.
Recuerda la
alocución de Pío XI a los prófugos de España en septiembre de 1936, cuando
había interpretado el Alzamiento como la difícil tarea de defender y
restaurar los derechos de Dios y de la religión y continúa:
Los
designios de la Providencia, queridísimos hijos, se han vuelto a manifestar una
vez más sobre la heroica España. La nación elegida por Dios, principal
instrumento de evangelización del Nuevo Mundo y como baluarte inexpugnable de
la fe católica, acaba de dar a los prosélitos del ateísmo materialista de
nuestro siglo la prueba más excelsa de que por encima de todo están los valores
eternos de la Religión y del espíritu. La propaganda tenaz y los esfuerzos
constantes de los enemigos de Jesucristo parece que han querido hacer en España
un experimento supremo de las fuerzas disolventes que tienen a su disposición
repartidas por todo el mundo, y aunque es verdad que el Omnipotente no ha
permitido por ahora que lograran su intento, pero ha tolerado al menos alguno
de sus terribles efectos para que el mundo entero viera cómo la persecución
religiosa, minando las bases mismas de la justicia y la caridad, que son el
amor de Dios y el respeto de su santa ley, puede arrastrar a la sociedad
moderna a los abismos no sospechados de inicua destrucción y apasionada
discordia.
Exalta el
Papa al pueblo español que se alzó en defensa de los ideales de fe y de
civilización cristiana, y supo resistir el empuje de los que, en
realidad, no luchaban sino en provecho del ateísmo. Este es, según el Papa,
el primordial significado de vuestra victoria. Alaba después los nobilísimos
y cristianos sentimientos de que han dado pruebas inequívocas el jefe del
Estado y tantos caballeros, sus fieles colaboradores, con la legal protección
que han dispensado a los superiores intereses religiosos y sociales, conforme a
las enseñanzas de la Sede Apostólica. Y tras esta identificación con Franco
y su causa, declara con un texto evangélico el auténtico martirio de los
sacrificados: Nos, con piadoso impulso, inclinamos ante todo nuestra frente
a la santa memoria de los obispos, sacerdotes, religiosos de uno y otro sexo y
fieles de todas edades y condiciones que en tan elevado número han sellado con
su sangre la fe en Jesucristo y su amor a la religión católica: «No hay mayor
prueba de amor» (Juan, 15,1)[108].
La posición
de la Santa Sede, que contaba desde casi los primeros momentos con
representación oficiosa y luego diplomática en la España nacional, y disponía
de una información cabal sobre lo sucedido en los dos bandos de la guerra
civil, no puede ser
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más clara
desde el pronunciamiento inicial de Pío XI en septiembre de 1936 al final de
Pío XII en abril de 1939. Ya vimos cómo Pablo VI, tan aparentemente alejado de
la España nacional, pensaba prácticamente lo mismo sobre la que llamaba
cruzada. Juan Pablo II ha consagrado ya como mártires a un nutrido grupo de
españoles a quienes los dos Píos habían llamado genéricamente con ese nombre.
Puede calcularse la impresión indeleble que recibió Franco, que era un fiel
católico de toda la vida, ante este pronunciamiento público del Papa que se
difundió en todo el mundo. Andando las décadas variaron algo ciertos criterios
y por motivos políticos vinieron de Roma, durante un largo paréntesis, otros
vientos de interpretación, que fueron seguidos un tanto servilmente en España
por el voluble cardenal Tarancón y otros clérigos oportunistas de tercera fila
en lo personal y poco versados en la historia auténtica. Después las aguas de
la Historia volvieron a su cauce, el cauce de Juan Pablo II. Todo eso quedaba
todavía muy lejos en abril de 1939.
EL TRIPLE FRENTE DE PIO XII EN LA SEGUNDA GUERRA
MUNDIAL
El
radiomensaje a la España victoriosa del comunismo marcaba ya la pauta que iba a
seguir Pío XII en la primera parte de su pontificado, el período 1939-1945 que
coincide con los años de la segunda guerra mundial. Prodigaría insistentemente
sus esfuerzos por la paz, combinados con una efectiva actividad en servicio de
las víctimas de la guerra; pero no por ello descuidaría su alta función de
magisterio como Vicario de Cristo, que iba a ejercer con interpretaciones sobre
la tragedia —el caso del radiomensaje recién transcrito— y con orientaciones
sobre puntos esenciales del dogma y la doctrina católica. Paz y magisterio
serán sus dos primeros frentes. El tercer frente —abordémoslo desde el
principio, sin rebozos— era el frente del silencio, contra el que se cebaron
críticas injustas y partidistas, que jamás tuvieron en cuenta la admirable y
abnegada labor asistencial y salvífica de Pío XII, que supo realizar, en virtud
de su intensa energía espiritual, una misión imposible.
Los
esfuerzos del Papa por la paz se desplegaron cuando aún no había estallado la
guerra; el radiomensaje del 24 de agosto de 1939 es un llamamiento desesperado
por la paz. Pero ese es precisamente el día en que se conoce una terrible
sorpresa: la firma del tratado de no agresión y virtual alianza entre Alemania
y la URSS, entre Hitler y Stalin. Todo el mundo comprendió que ese pacto inicuo
entre los dos dictadores significaba el reparto de Polonia y el comienzo de la
guerra mundial.
Hoy está
demostrado históricamente que Hitler preparó cuidadosamente la provocación a
Polonia y la fulminante invasión del gran país católico. Como Inglaterra y
Francia habían ofrecido garantías formales a Polonia, está claro que Hitler fue
el agresor y el iniciador de la segunda guerra mundial. Pero se repite menos
que si la táctica agresiva corresponde a Hitler la estrategia para la agresión
fue
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elaborada
por Stalin. En mi citado libro de 1989, Agonía y victoria lo he mostrado
claramente desde que a fines de 1938, tras el indigno pacto de Múnich, Stalin
abandonó a la República española donde sus secuaces comunistas pretendieron
liquidar el conflicto con un final numantino en marzo de 1939. Al empezar ese
año Stalin estaba ya decidido a aliarse con Hitler —por quien siempre había
sentido una morbosa admiración— con el designio de enzarzar a las democracias
occidentales contra la Gran Alemania, es decir que pretendía repetir en su
favor, y quedándose de momento fuera, el choque mortal que, como guerra civil
europea, se había desarrollado en 1914. La alianza con Stalin permitió a Hitler
preparar y ejecutar victoriosamente sus campañas nórdicas y sus campañas
occidentales contra Bélgica, Holanda y Francia. Desde agosto de 1939 a junio de
1941 los comunistas europeos, que no entendían nada, actuaron como aliados de
su archienemigo Hitler. No conviene olvidarlo.
El 1 de
septiembre de 1939 la Wehrmacht invadió Polonia en guerra relámpago que terminó
con la resistencia enemiga el 27 del mismo mes en la capitulación de Varsovia.
El 6 de octubre Hitler confirmaba que los diez millones de polacos orientales
habían sido entregados al ejército soviético. En Polonia vivía la mayor
concentración de judíos de todo el mundo, cuya suerte trágica, tanto en la zona
de ocupación alemana como en la soviética, estaba echada. En virtud de una
cláusula secreta del pacto germano soviético las Repúblicas bálticas de
Estonia, Letonia y Lituania fueron también entregadas a Stalin, que consolidaba
así la primera expansión de su imperio europeo.
En
circunstancias tan trágicas Pío XII publica su primera encíclica, Summi
Pontificatus, a poco de la caída de Polonia, el 20 de octubre de 1939. Los
primeros párrafos estaban escritos antes de la guerra y señalaban los
dos males de la época: el agnosticismo religioso y moral. Pero cuando escribe
esas líneas le llega la «terrible noticia» de que pese a todos sus esfuerzos ha
estallado la guerra en Europa. El origen de esos males se remonta, para Pío
XII, a la escisión de la Cristiandad en el siglo XVI; como había dicho Pío XI,
como diría Juan Pablo II, la idea de la Cristiandad es algo muy vivo en la
memoria histórica de los grandes Papas de nuestro siglo, en el que «aparecen
señales del viejo paganismo», escribe Pío XII, en medio de una evocación de las
tinieblas que cubrieron al mundo tras la muerte de Cristo. En las primeras
semanas de la guerra tiene el valor de condenar pública y abiertamente al
totalitarismo como raíz de la insolidaridad humana; acabo de comentar que la
nueva guerra mundial fue desencadenada por los dos peores totalitarismos de la
historia contemporánea, el nazi y el comunista: la elevación del Estado o de
la comunidad social puesta en lugar del mismo Creador, como fin supremo de la
vida humana y como norma suprema del orden jurídico y moral. Protesta por
la cínica rescisión de los convenios pactados, en clara alusión al
comportamiento de Hitler contra el Concordato de 1933; y vuelve a calificar la
hora de la guerra mundial como la hora de las tinieblas. Alude a la tragedia de
la católica Polonia, que debe salir salva de la
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tormenta
presente. Insiste en que hicimos todo lo posible… para impedir el recurso a
las armas… aun temiendo que la manifestación de nuestras intenciones y nuestros
fines fuese mal interpretada[109].
La segunda
guerra mundial era, en gran medida, un conflicto entre católicos. Más de
cincuenta millones de católicos vivían bajo el «Gran Reich». Italia era
mayoritariamente católica, como Francia. El catolicismo había progresado mucho
en Inglaterra y se imponía como fuerza religiosa creciente, con pretensiones
hegemónicas dentro de la tolerancia democrática, en los Estados Unidos. Pío XII
abrazó una neutralidad total que él prefería interpretar como «imparcialidad».
Había conocido y comprendido recientemente a los Estados Unidos pero se sentía
muy identificado con Alemania (aunque a mil leguas de Hitler) y pensaba que
Alemania era un valladar inexpugnable contra el comunismo, al que, mientras
vivió, consideró como el principal enemigo de la Iglesia católica; y la guerra
civil española había demostrado las profundas razones de esa convicción, ya
asentada en la mente del Papa desde que conoció e incluso vivió personalmente
los primeros excesos de la Revolución soviética. Para no politizar sus
alusiones a la URSS preferirá ahora hablar del comunismo como «el ateísmo
materialista», Naturalmente que logró hacerse una idea muy aproximada sobre la
trayectoria auténtica de la guerra pero no atendió a las reclamaciones de la
Iglesia francesa que le exigía una condena contra Alemania, ni a las exigencias
de Hitler que le invitaba a sumarse a la «cruzada de Occidente contra el
comunismo» a parir de 1941. Eso sí, en las Actas documentales a que me he
referido existen pruebas que demuestran la clarividencia del Papa cuando los
diplomáticos aliados le querían convencer de que Rusia volvería a la democracia
tras la victoria. Tanto Pío XII como el general Franco conocían mucho mejor a
Stalin que las cancillerías aliadas y lo manifestaron donde debían hacerlo
durante los años de la guerra mundial.
La Santa
Sede consiguió de Italia una interpretación generosa de los acuerdos de Letrán
que permitió el libre acceso de misiones aliadas al Vaticano incluso después de
la entrada de Italia en la guerra. Hasta entonces Pío XII desplegó todos sus
esfuerzos para lograr la abstención de Mussolini, que reconocía la
impreparación de Italia pero, fascinado por las victorias alemanas en
Dinamarca, Noruega y el frente occidental durante la primavera de 1940 no pudo
resistir a la tentación tie subirse, con poca gallardía, al carro del ya
vencedor de Francia el 10 de junio de 1940. La situación del Papa, con la
Ciudad del Vaticano como un enclave dentro de la capital de un país
beligerante, se convirtió en delicadísima. Cuando se perfiló el peligro de un
asalto (alemán) al Vaticano e incluso un secuestro del Papa se trazaron varios
planes para encontrarle un refugio en España o en Brasil, que le hubieran
acogido de mil amores. Pero Pío XII el Romano se negó tajantemente, jamás
abandonaría el Vaticano a no ser por la violencia física. Cuando tropas
alemanas llegaron a mostrarse a la entrada de la Plaza de San Pedro con ademán
ofensivo Pío XII ordenó personalmente a la Guardia Suiza que avanzase hasta la
línea blanca de separación con las armas montadas y
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cubierta por
puestos de ametralladoras. No se trataba de ningún símbolo sino de una decidida
voluntad de resistencia, que consiguió sus objetivos; Hitler, además, no era
Napoleón, como ya había demostrado al abstenerse de invadir España entre 1940 y
1941, tras la entrevista con Franco en Hendaya, por temor a suscitar un
levantamiento guerrillero como el de 1808[110].
Durante la
primavera de 1941 los cazas británicos, que habían impedido ya desde el otoño
anterior en la «batalla de Inglaterra» la invasión alemana de las islas,
seguían montando muy eficazmente la guardia sobre el Canal y, gracias a la
decisión de Franco, Hitler renunciaba también a la invasión de España para
cerrar el Estrecho de Gibraltar. Su idea estratégica era doble: por una parte
preparaba activamente la invasión de Rusia para esa misma primavera; por otra
tomaba posiciones hacia el Mediterráneo para cerrar en Suez la otra salida del
Mare Nostrum. En abril la Wehrmacht se apoderó en guerra relámpago de
Yugoslavia y Grecia; en mayo los paracaidistas alemanes cayeron sobre la isla
de Creta y la dominaron. Nuevamente se encontraba Europa en víspera de grandes
decisiones estratégicas cuando Pío XII, el 1 de junio de 1941, dirigió al mundo
un radiomensaje sobre la actualización de la doctrina social de la Iglesia: In
solnennitá[111]. Es el más importante de sus documentos
sociales. Rememora las encíclicas de León XIII y Pío XI y, frente al comunismo
(sin nombrarlo) proclama como parte del orden natural «la propiedad privada y
el libre comercio», importante declaración en favor de la economía de mercado
que no he visto citada casi nunca. Pío XII recalcaba, naturalmente, las
enseñanzas de sus predecesores sobre la dignidad del trabajo y la dimensión
social de la propiedad. Pero nadie prestó demasiada atención a sus enseñanzas.
Porque tres semanas después del radiomensaje social los ejércitos de Hitler,
bien aprendida en la guerra de España la táctica de las «bolsas» que Franco
había utilizado en las grandes campañas de 1938 en Aragón y de 1939 en
Cataluña, invadieron los impreparados frentes de la Unión Soviética, embolsaron
a grandes masas militares desprevenidas y se plantaron muy cerca de las dos
grandes capitales, Leningrado y Moscú. Paul Murphy, un periodista de
investigación muy favorable a Pío XII y a sor Pascualina, pero a la vez muy
profesional, habló largamente con la monja bávara muchos años después de la
muerte del Papa y recoge de primera mano esta convicción; «No obstante el odio
de Pascualina contra Hitler y los nazis, había cierta ironía en sus
sentimientos; pues a la hora de elegir entre nazismo y comunismo ella estaba
plenamente con el Führer. Cuando los ejércitos hitlerianos cruzaron la frontera
rusa en junio de 1941, la monja se mostró tan jubilosa como el Papa. Ambos
unieron fuerzas en oraciones fervorosas. Desafiando incluso la opinión pública
mundial, Pío y Pascualina rezaron novenas por los nazis y rogaron la
intercesión de Dios para darles el triunfo total sobre Rusia». La misma fuente
revela que el cardenal secretario de Estado, Maglione, explicó esta actitud del
Papa al enviado especial de Roosevelt ante el Vaticano, Myron Taylor[112]. Esta posición del Papa la compartíamos
fervorosamente todos los anticomunistas del mundo, incluso muchos habitantes de
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los países
aliados que deseaban por encima de todo la aniquilación del comunismo soviético
y el final de Stalin. La propaganda aliada, sin embargo, montó una gigantesca
campaña para presentar a Stalin como «demócrata» sobre todo desde la entrada de
los Estados Unidos en la guerra después del ataque de la marina y la aviación
japonesa a la base de Pearl Harbar en las islas Hawai el 7 de diciembre del
mismo año.
La entrada
en guerra de los Estados Unidos representó el viraje trascendental del
conflicto, aunque los resultados tardaron varios meses en aparecer. 1942 será
el año que marca ese viraje; uno de los primeros observadores en advertirlo y
obrar en consecuencia fue el general Franco, que dio muestra clara y pública de
ello al recibir en la primavera de ese año al nuevo embajador de los Estados
Unidos, profesor Carlton Rayes —un comprensivo amigo de España— y acto seguido,
al facilitar sin hostigamiento alguno los preparativos del bando aliado para el
gran desembarco en el norte de África que tuvo lugar el 8 de noviembre de 1942
cuando Franco acababa de recibir una carta del presidente Roosevelt
asegurándole la no intervención de los aliados en España y sus asuntos
internos. Por entonces el grandioso y doble proyecto alemán de 1941 había
fracasado. El Afrika Korps de Rommel, tras sus espectaculares avances en Libia
y Egipto, estaba frenado en seco ante las defensas británicas de El Alamein y
los ejércitos alemanes, fracasados también ante Moscú y Leningrado, no podrían
ya evadirse de la trampa mortal que les tendieron los soviéticos en
Stalingrado, sobre el curso inferior del Valga. La colosal potencia humana,
industrial y militar de los Estados Unidos había entrado ya en pleno
rendimiento que Alemania y el Japón, y sobre todo la Italia exhausta y
desmoralizada, no podrían contrarrestar. A fines de 1942 Pío XII estaba
completamente convencido de la victoria aliada en virtud de las informaciones
de un íntimo amigo suyo y de sor Pascualina que ocupaba un puesto de
observación realmente excepcional: monseñor Spellman que iba a complicarse, con
silencioso permiso del Papa, en una insólita aventura.
LAS GRANDES ENCÍCLICAS DE PIO XII EN 1943
Fiel a su
principio de neutralidad, Pío XII no se había adherido a la Carta del Atlántico
en 1942 ni a las conclusiones de la conferencia de los aliados occidentales en
Casablanca, el14 de enero de 1943. Para Alemania la rendición de sus ejércitos
en Stalingrado el 31 de enero significaba el principio del fin, como para el
Japón la victoria norteamericana de la isla de Guadalcanal en el Pacífico. A
mediados de mayo se rendían las tropas alemanas de África y se cantaba el
inminente desembarco de los aliados en algún punto de Europa, que con toda
probabilidad sería Italia; la guerra mundial se aproximaba a Roma. En efecto,
el 11 de julio los ejércitos aliados efectuaban con éxito el desembarco en
Sicilia, con el decidido propósito de establecer desde allí un segundo frente
continental. Este desastre marcó el final de Mussolini.
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Los aliados
exhortaban por todos los medios a los italianos para que se desenganchasen de
Alemania y encontraron eco hasta en el Gran Consejo Fascista que derrocó a
Mussolini; el rey Víctor Manuel III nombró para sustituirle el 25 de julio al
mariscal Badoglio que manifestó su decisión de continuar la guerra mientras
entablaba secretamente negociaciones para la paz separada. Cinco días después
el ejército alemán penetraba en Italia y el mariscal Kesselring organizaba su
cuartel general cerca de Roma. El 8 de septiembre los aliados desembarcaron en
Salema pero iban a encontrar una inesperada resistencia por parte del ejército
alemán. La situación de Pío XII, con los alemanes a las puertas del Vaticano,
se hace crítica hasta la ocupación de Roma por los aliados el 5 de junio del
año siguiente, 1944. La propia ciudad de Roma fue bombardeada varias veces; con
especial gravedad el barrio de la basílica de San Lorenzo al que acudió el Papa
para socorrer a los afectados. Volvió al Vaticano con la sotana blanca ensangrentada.
Se debió a sus gestiones la declaración de Roma como ciudad abierta y la
salvación de la ciudad, que le confirió al término de la guerra el merecido
título de Defensor civitatis.
A la vez que
intervenía, como luego veremos, en aventuras secretas de insólita envergadura y
prestaba a los afectados por la guerra, dentro y fuera de Roma y de Italia, una
asistencia admirable, Pío XII demostró una elevada conciencia de su misión
pastoral al proclamar en año tan dramático nada menos que dos grandes
encíclicas. El 29 de junio, cuando los alemanes acababan de descubrir en el
bosque de Katyn las pruebas del genocidio de oficiales polacos perpetrado por
los soviéticos y el mundo esperaba el desembarco aliado en Italia, Pío XII
proclamaba la encíclica Mystici corporis Christi, que es la Iglesia
según las mismas palabras de Cristo explicadas por San Pablo. Cree el
Papa muy oportuno hablar de la Iglesia en tiempos de confusión, cuando muchos
vuelven «a las doctrinas, costumbres e instituciones de la antigüedad pagana» y
otros innumerables gimen bajo las calamidades de la guerra, cuando tantos hijos
de la Iglesia dirigen sus miradas hacia el Padre común, el Papa, que les
contempla «con absoluta imparcialidad para con los bandos contrarios». Quiere
el Papa aprovechar el impulso eclesial de los últimos tiempos, por ejemplo en
la Acción Católica, y denunciar además ciertos errores como el naturalismo y el
falso misticismo, que pretende borrar los límites entre Dios y los hombres. La
Iglesia es el Cuerpo místico de Cristo. Un cuerpo orgánico y jerárquico, dotado
de medios vitales que son los sacramentos, un cuerpo formado por los fieles
bautizados, cuya cabeza es el propio Cristo.
Resulta
asombroso que, en medio de circunstancias tan encrespadas y dramáticas, cuando
su propia persona y la Ciudad del Vaticano se encontraban casi en el frente de
combate y expuestas a gravísimas amenazas, Pío XII, a quien muchos describen
como fascinado exclusivamente por la alta política, defina a la Iglesia con tan
elevado sentido de espiritualidad y poco después. El 30 de septiembre del mismo
año 1943, con una Italia sacudida simultáneamente en su territorio por la
guerra mundial y la guerra civil, fije el Papa las reglas, mucho más abiertas
que antes, para los estudios
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bíblicos en
la nueva encíclica Divino afflante Spiritu, que recomienda un estudio
estrictamente científico de los textos sagrados, con preferencia según las
lenguas originales y el sentido literal dentro de los contextos filológicos e
históricos; y profundizando en la necesidad de conocer los géneros literarios
utilizados en unos escritos que son, en definitiva, obra humana aun inspirada
por Dios. La encíclica proclama, junto con el ineludible respeto al Magisterio
y a la tradición patrística, la libertad de exegesis por parte de los
investigadores. Estamos ya muy lejos de los recelos anticulturales y
reaccionarios del integrismo; ningún investigador científico serio debe
sentirse coartado con las nuevas instrucciones de la Santa Sede[113]. Pero la guerra mundial estaba a las puertas de
Roma; veamos cómo se comportaba la Santa Sede ante sus peligros.
TRES ARRIESGADAS AVENTURAS DE PÍO XII EN PLENA
GUERRA
Pío XII,
como prelado del Vaticano y diplomático de carrera, era hombre prudentísimo.
Sin embargo la segunda guerra mundial provocaba un clima de exaltación al que
hombre tan sensato no resultó inmune. En ese clima se entregó a tres aventuras
que para muchos lectores resultarán increíbles, como para mí hasta que los
testimonios y los documentos me convencieron de su veracidad. En un plano bien
diferente un príncipe tranquilo como era don Juan de Barbón, padre del actual
rey de España, dejó su cómodo retiro de Suiza para echarse al monte en una
aventura partisana durante la que estuvo a punto de caer en manos de una
patrulla alemana, como él mismo contó a don Pedro Sainz Rodríguez y éste lo
refirió en su famoso libro Un reinado en la sombra.
La primera
aventura, o más bien conjunto de ellas, porque fueron innumerables, es en parte
conocida y en parte desconocida; se refiere a las obras y actos de asistencia
emprendidas por el Papa o por diversas instituciones del Vaticano bajo su
dirección para ayudar a las víctimas de la guerra mundial, informar a los
familiares de los prisioneros y desaparecidos y salvar a numerosísimos
perseguidos entre ellos a muchísimos judíos. Estos hechos contradicen de plano
a quienes acusan a Pío XII, sin más pruebas que su encono, de silencio cómplice
ante el Holocausto.
La oficina
de información sobre desaparecidos y presos, según las pautas humanitarias de
Benedicto XV en la Gran Guerra, se instaló en la Secretaría de Estado bajo la
responsabilidad de monseñor Giovanni Battista Montini. Este mismo prelado cargó
también, por orden directa del Papa, con la responsabilidad de la «Oficina de
socorros» que actuó en silencio (éste era el silencio real del Papa), para no
despertar recelos ni suspicacias, en favor de todos los perseguidos a quienes
pudiera llegar su acción y muy especialmente los judíos, a quienes se refería
especialmente el informe de actividades del organismo correspondiente en 1939
pero
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después
nunca (aunque no por ello cesaban las ayudas sino que se incrementaban) ante
las protestas del embajador de Alemania. Hay registradas no menos de mil
intervenciones concretas, individuales y colectivas. Hasta junio de 1941 la
Santa Sede actuó en favor de los perseguidos en Alemania (entre ellos muchos
judíos) por medio de la asociación de San Rafael, con centro en Hamburgo.
Intercesiones directas y apremiantes ante Mussolini contribuyeron a que la
situación de los judíos en Italia fuese incomparablemente menos peligrosa que
en Alemania. En Rumania, Hungría y Eslovaquia la protección papal a distancia
alcanzó resultados muy importantes. Desde fuentes seguras el gran historiador
H. Jedin ha podido establecer que hacia el 80 por ciento de unas novecientas
mil personas (casi todas de raza judía) salvadas del Holocausto en los países
de influencia alemana durante la guerra mundial se debe a acciones expresas de
los católicos, alentados en muchísimos casos por la Santa Sede[114].
En otro
libro[115] he ofrecido una primera
aproximación sobre las víctimas del Holocausto, quienes en conjunto, directa o
indirectamente, pueden alcanzar la cifra de seis millones. Debe notarse sin
embargo que los judíos se refieren muy pocas veces al enorme número de judíos
cuyo sacrificio inició Stalin y completó Hitler; y no insisten lo suficiente en
que el dictador nazi eliminó también en masa, junto a los judíos, a los
integrantes de otras presuntas razas inferiores como los gitanos y a los
miembros de grupos disidentes entre ellos a innumerables católicos,
protestantes, sacerdotes y pastores además de a personas pertenecientes a
partidos políticos, sobre todo comunistas y socialistas. Según el importante
testimonio de sor Pascualina recogido por Murphy, el Papa y su confidente
conocieron las primeras noticias serias sobre el Holocausto cuando se enfriaron
sus entusiasmos por la invasión alemana de Rusia, hacia el verano de 1942. Por
sugerencia de la monja, el Papa pidió a monseñor Spellman un informe concreto
sobre las atrocidades nazis contra los judíos, que debía recabar personalmente,
con indicación de su destino, cerca del presidente Roosevelt. Al cabo de una
semana Spellman adelantó al Papa telefónicamente el informe documentado de
Roosevelt y Pío XII intensificó entonces los trabajos del Comité de Socorro,
con expresa orientación en favor de los judíos perseguidos y amenazados.
Murphy, que es muy favorable a los judíos, acumula numerosos datos y pruebas
sobe la acción personal del Papa y su consejera en favor de ese pueblo acosado
por Hitler en pleno delirio de la «solución final». Hizo que el cardenal
Maglione interviniese ante el mariscal Kesselring y encargó a su secretaria la
dirección ejecutiva del Comité. Facilitaron muchas tarjetas falsas de
identificación a judíos refugiados en Roma para albergarlos en dependencias del
Vaticano u la Iglesia. Muchos de los quince mil refugiados que lograron llegar
a Castelgandolfo eran judíos. Pascualina consiguió la colaboración secreta del
propio embajador alemán von Weizsacker que era contrario al genocidio. Pío XII
contribuyó decisivamente a pagar los rescates exigidos por las autoridades
alemanas entre la comunidad judía y colaboró con el gran rabino de Jerusalén en
el auxilio a los judíos de Rumania. Murphy aduce el
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testimonio de varios prominentes líderes judíos
del mundo que manifestaron entonces y después su gratitud a Pío XII[116].
En este
contexto de ayuda real y multitudinaria hay que situar el famoso «silencio» de
Pío XII. Que no fue cobardía sino sacrificado cálculo para no perjudicar a los
judíos ni provocar ramalazos de Hitler como el que costó la vida a muchos miles
de judíos holandeses cuando los obispos de su país protestaron valientemente
contra las primeras persecuciones nazis de 1940. Una vez más no debemos olvidar
que los países de Occidente no se distinguieron por su clamor ni menos por su
ayuda efectiva a los judíos entre 1939 y 1945. Creo tener la seguridad
histórica de que las dos personas individuales que más judíos salvaron del
Holocausto en la segunda guerra mundial fueron el Papa Pío XII y el general
Francisco Franco.
La segunda
aventura de Pío XII durante la guerra la emprendió en colaboración con su amigo
monseñor Spellman. El cual fue designado como arzobispo de Nueva York, el
puesto más importante en la Iglesia de los Estados Unidos, por Pío XII, gracias
a los consejos de sor Pascualina, en 1939, entre los primeros nombramientos de
su pontificado. Pío XII y la monja confiaban en las sólidas virtudes de su
amigo de los días de Múnich pero además conocían perfectamente la amistad del
prelado con el Presidente Roosevelt y sus excelentes relaciones con la alta
finanza y la alta sociedad de su poderoso país. El nuevo Papa se preocupaba por
las finanzas del Vaticano y por las de la propia diócesis de Nueva York, a la
que su anterior titular, el cardenal Rayes, había dejado casi en la bancarrota
gracias a su caridad verdaderamente pródiga. La competencia para cubrir el
cargo era tan encarnizada como en la lucha política; así sucede casi siempre en
la Iglesia aunque los navajeos se suelen ocultar piadosamente, entre las hopalandas,
a la curiosidad de los fieles.
Además de
aplicar inmediatamente a su inmensa archidiócesis sus acreditados talentos de
organización y comportarse siempre como un baluarte del Pontificado, Spellman
reveló sus dotes financieras con la eficaz ayuda a monseñor Di Jorio para que
transfiriera con tiempo a la custodia de la Banca de los Estados Unidos los
principales activos de la Santa Sede, que con ello apostaba, sin que entonces
se enterase nadie, por la victoria aliada en la inminente guerra mundial cuando
aún faltaban dos años para la entrada de los Estados Unidos en la guerra. El
arzobispo formó un consejo financiero diocesano con primeras figuras de la
Banca y los negocios y recurrió a un original método, basado en la insaciable
vanidad nobiliaria de los norteamericanos, que constitucionalmente no pueden
ostentar ejecutorias ni títulos de nobleza pero sí aceptar, como católicos,
distinciones pontificias; abrió una sección de la Soberana Orden de Malta, que
es de derecho pontificio, y admitió el ingreso de caballeros de Honor y
Devoción y sobre todo de Gracia Magistral, e incluso a Damas de la Orden, de
quienes contribuyesen con generosas sumas que en ocasiones rebasaron la
cantidad de doscientos mil dólares[117]. Spellman
consiguió del Vaticano algunos ostentosos títulos pontificios para sus más
excelsos benefactores y celebraba cada año solemnes capítulos de Malta en el
Waldorf Astoria, con
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rutilantes
cenas tras las que circulaban enormes bandejas de plata que debían renovarse
varias veces cuando no soportaban el peso y volumen de los donativos. Recabó
también Spellman la ayuda de los Caballeros de Colón, otra famosa asociación
católica e invirtió cuantiosas sumas en acciones tan bien seleccionadas que la
antes deficitaria archidiócesis de Nueva York llegó a recaudar anualmente más
de ciento cincuenta millones de dólares, de los que donativos muy generosos
eran llevados personalmente al Papa por el eficaz arzobispo. Nadie pudo
acusarle nunca, sin embargo, de corrupción. Edificó más de cien escuelas
católicas y contribuyó a toda clase de obras docentes, culturales y de caridad.
Por otra parte el Presidente Roosevelt nombró al arzobispo jefe de los
capellanes castrenses en las fuerzas armadas norteamericanas con grado de
general de cuatro estrellas, lo que le permitía viajar por todo el mundo en
misiones religiosas y políticas; estuvo varias veces en Roma sin preocuparse
por el ejército que rodeaba al Vaticano y contribuyó a mantener el fuerte
núcleo de opinión favorable de que siempre gozó en los Estados Unidos el
general Franco.
En 1942 el
presidente Roosevelt, comandante en jefe, convocó al arzobispo y general del
clero castrense, Francis Spellman, para encargarle una arriesgada misión. Una
gran parte de los trabajadores portuarios de los Estados Unidos eran católicos
pero entre ellos se había deslizado un selecto grupo de espías alemanes, que
informaba puntualmente a los submarinos de Hitler sobre la navegación con
destino a los puertos de Inglaterra. Roosevelt sabía que la mafia siciliana
controlaba los muelles de la costa Este y que Frank Costello, gánster y devoto
católico, controlaba a la mafia. Ante los escrúpulos de Spellman el Presidente
le encargó que recabase el permiso del Papa para tan difícil y necesaria misión
cerca de Costello. Spellman voló a Roma, convenció a sor Pascualina de que
intercediera por él y recibió por ella la respuesta; el arzobispo debería obrar
según su conciencia, el Papa no se había enterado de nada. Spellman tomó el
recado como una aprobación —es lo que era— se reunió secretamente con Costello,
que reaccionó con el patriotismo que de él se esperaba y recomendó que se
sacara de la cárcel (donde cumplía condena de treinta a cincuenta años) a su
lugarteniente Lucky Luciano, para que dirigiese la operación costera, que
alcanzó de manera perfecta un éxito fulminante. Los espías nazis fueron
eliminados de los puertos y Luciano recibió un segundo encargo; asegurar la
colaboración de la Mafia original, la de Sicilia, para el proyectado desembarco
aliado de 1943 en la isla. Así se hizo y Luciano fue «deportado» al sur de
Italia después de la guerra como premio a su colaboración en la victoria. Ya en
su patria de origen Lucky Luciano creó un gran sindicato de la droga dura, que
dirigió con su habitual maestría hasta su misterioso final en 1962[118]. Pero nadie supo nunca una palabra, hasta las
revelaciones de Murphy, sobre la «abstención activa» de Pío XII y sor
Pascualina en esta increíble aventura de la guerra mundial.
La tercera
resulta casi más increíble todavía, aunque Murphy la documenta cabalmente y
cuenta además con el respaldo de un historiador tan serio como Hubert
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Jedin[119]. «Todo lo dicho hace aún más asombrosa la
extraordinaria capacidad de riesgo del Papa» (Becker) cuando, en el invierno de
1939-1940 y en estrecho contacto con la oposición militar alemana, actuó como
intermediario para transmitir a Inglaterra las opiniones de esos militares.
También en 1944 mantuvo relaciones directas con aquel sector de la resistencia
alemana. Tal vez aquí tiene sus raíces, en la vertiente de 1943-1944 la
esperanza del Papa de que «acaso en un espacio de tiempo no demasiado largo»
también los estadistas responsables estarían dispuestos a escuchar sus
propuestas de paz contenidas en el mensaje de Navidad de 1943… No se cumplieron
esas esperanzas porque la oposición no pudo derrotar a Hitler[120]. Fue la tercera aventura secreta de Pío XII
durante
la segunda guerra mundial.
LA FASE FINAL DE LA GUERRA: VICTORIA ALIADA,
VICTORIA ROJA
El año 1944
fue ya víspera de victoria para los aliados en todos los frentes de la guerra
mundial. El Ejército Rojo avanzaba hacia el territorio del Reich bajo el signo
de la venganza. Los aliados entraban por fin en Roma el 4 de junio, dos días
antes del desembarco sangriento, pero irreversible, en las playas de Normandía
para crear un tercer frente que apuntaba, como el ruso y el italiano, hacia
Alemania. El 22 de agosto, al fallecer el cardenal secretario de Estado,
Maglione, Pío XII, que deseaba dirigir de forma personal y directa la acción de
la Iglesia en torno a la organización de la paz, no le sustituye formalmente
aunque, como dije, divide las funciones de la secretaría de Estado entre el
prosecretario, monseñor Tardini, y el secretario del Consejo para Asuntos
Extraordinarios —puesto que había desempeñado él mismo— monseñor Giovanni
Battista Montini, una criatura eclesiástica de la Democracia Cristiana que,
bajo la dirección personal del Papa, se aprestaba a controlar políticamente la
transición y desarrollo de la paz en Italia. En el quinto aniversario del
estallido de la guerra, 1 de septiembre de 1944, Pío XII dirige a todo el mundo
el radiomensaje Hoy (Oggi) en que afirma: la fidelidad al patrimonio
de la civilización cristiana y su valiente defensa contra las corrientes ateas
y anticristianas es la clave de bóveda que jamás puede ser sacrificada a ningún
beneficio transitorio, a ninguna mudable combinación. Entonces, inesperadamente
para muchos, vuelve a profundizar en la doctrina social de la Iglesia entre el
liberalismo capitalista y el comunismo colectivista. Frente al comunismo que
avanzaba victorioso por el Este reafirma que la conciencia cristiana no
puede admitir como justo un ordenamiento social que niega en absoluto o hace
prácticamente imposible o vano el derecho natural de propiedad, tanto sobre los
bienes de consumo como sobre los medios de producción.
Acto seguido el
Papa reprueba al capitalismo salvaje; no simplemente al
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capitalismo.
Leamos el texto antes de opinar: Por ello, donde, por ejemplo, el
«Capitalismo» se basa sobre tales erróneas concepciones y se arroga sobre la
propiedad un derecho ilimitado, sin subordinación alguna al bien común, la
Iglesia lo ha reprobado como contrario al derecho natural.
Lo que la
Iglesia condena no es la economía de mercado (expresamente aprobada antes por
Pío XII, como vimos) sino el capitalismo salvaje y antisocial, volcado al
incremento del poder económico, agrupado en grandes compañías que para nada
tienen en cuenta las necesidades y problemas humanos de los trabajadores.
Nos,
efectivamente, vemos la continuamente creciente masa de los trabajadores
encontrarse con frecuencia ante excesivas concentraciones de bienes económicos,
que disimulados de ordinario bajo formas anónimas, llegan a sustraerse a sus
deberes sociales y ponen al obrero poco menos que en la imposibilidad de
formarse un propiedad suya efectiva.
Vemos
la pequeña y mediana propiedad palidecer y desvigorizarse en la vida social,
corta y estrecha como es, en una lucha defensiva cada vez más dura y sin
esperanza de éxito.
Vemos,
de un lado, las ingentes riquezas dominar la economía privada y pública, y
frecuentemente incluso la actividad civil; del otro, la innumerable multitud de
aquellos que, privados de toda directa o indirecta seguridad de la propia vida,
no toman interés por los verdaderos y altos valores del espíritu, se cierran a
las aspiraciones hacia una genuina libertad, se entregan al servicio de
cualquier partido político, esclavos del primero que les ofrece como sea pan y
tranquilidad. Y la experiencia ha demostrado de qué tiranía en tales
condiciones, incluso en los tiempos presentes, es capaz la humanidad.
Se opone por
tanto el Papa al capitalismo salvaje, el que llamó Pío XI «manchesteriano» pero
también a las grandes concentraciones de capital privado, capaces de dominar al
mundo laboral e imponer la política a los Estados. Está anticipando el recelo
de la Iglesia ante el imperio de las multinacionales que se desarrollará
después de la guerra pero que ya contaba con antecedentes conspicuos, como en
el caso del petróleo y la explotación de Iberoamérica. Apunta como objetivo la
creación de patrimonios personales para los trabajadores, lo que luego se
llamará «capitalismo popular». No renuncia a la solución corporativa, pese al
fracaso histórico del fascismo, cuando se refiere a la actividad ordenadora
del Estado, de los municipios, de las instituciones profesionales. Reconoce
los esfuerzos de asistencia y socorro realizados por los aliados y las
autoridades italianas para mitigar los desastres de la guerra en Italia.
No propone
Pío XII de forma expresa la «tercera vía» que será la doctrina social de la
inminente Democracia Cristina. No examina las realidades del capitalismo
asistencial, que a partir del «New Deal» de Roosevelt había incorporado una
pauta de intervención económica y asistencia social. Marca grandes líneas pero
se queda un poco en las nubes y, por supuesto, no se opondrá a que los activos
de la Iglesia
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salvaguardados en los Estados Unidos se dediquen
pronto a la participación en grandes empresas capitalistas y multinacionales[121].
El 24 de
diciembre del mismo año 1944, cuando el final de la guerra se adivina ya
inevitablemente próximo, Pío XII dirige al mundo un gran radiomensaje de
Navidad, Benignitas el humanitas, que marca un auténtico hito en la
doctrina de la Iglesia sobre el orden político; porque proclama, por vez
primera, la plena aceptación de la democracia. Hasta entonces los Papas de los
siglos XIX
y XX
o bien se habían opuesto frontalmente a la democracia (hasta Pío IX inclusive)
o bien habían tolerado el «gobierno popular» como una especie de mal menor,
mientras expresaban claramente sus preferencias hacia sistemas más
autoritarios. Ahora la terrible realidad de la guerra mundial, con su desenlace
ya cantado, impulsa a Pío XII a la consagración del sistema democrático, tan
desacreditado hasta 1939. Porque la victoria en la guerra era una victoria
doble. Por una parte aparecía como una clarísima victoria de la democracia
occidental contra el totalitarismo fascista, cuyos crímenes y genocidios iban a
quedar al descubierto con pruebas palpables. Pero por otra parte el
totalitarismo comunista de la URSS, más inhumano todavía que el de los nazis,
participaba también en la victoria de las democracias, estaba a punto de
dominar a varias naciones esenciales de la Europa central y oriental y
amenazaba con anegar al mismo Occidente de Europa tras el avance irresistible
del Ejército Rojo. Stalin había proclamado en la Constitución soviética de 1936
a la URSS como «la gran democracia socialista» y los partidos comunistas de
Occidente —algunos tan poderosos como los de Italia y Francia— cantaban también
la dimensión democrática de la victoria de Stalin, aunque tal dimensión
constituía el mayor engaño político de todos los tiempos. Victoria democrática,
victoria comunista; ésa era la realidad esquizofrénica que iba a tomar cuerpo
en 1945 y se adivinaba ya en la Navidad anterior, cuando Pío XII dirigía su
radiomensaje.
Aleccionados
por tan amarga experiencia se oponen (los pueblos) con mayor energía al
monopolio de un poder dictatorial incontrolable e intangible y exigen un
sistema de gobierno que no sea incompatible con la libertad y la dignidad de
los ciudadanos (El Papa se
refiere a los ciudadanos de Alemania, Italia, y otros países sometidos al
totalitarismo fascista; no dice una palabra sobre el totalitarismo
rojo). Siendo ésta la
disposición de los ánimos, ¿es de extrañar que la tendencia democrática se
apodere de los pueblos y obtenga por todas partes la aprobación y el
consentimiento de quienes aspiran a colaborar con mayor eficacia en los
destinos de los individuos y de la sociedad? Cita entonces a León XIII,
presupone que una democracia puede instituirse tanto en monarquías como
en repúblicas y
reconoce que la forma
democrática de gobierno parece a muchos como un postulado natural impuesto por
la misma razón. Señala las características que deben poseer los
gobernantes democráticos, entre ellas la «incorruptibilidad», cuya violación
será luego, en Francia, en Italia y en España, el cáncer de la democracia;
reprueba una vez más el absolutismo del Estado; y presenta a la Iglesia como
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defensora de
la libertad, lo cual es cierto en su pontificado, pero por desgracia no puede
extenderse como característica común a toda la historia de la Iglesia, tan
vinculada muchas veces a la arbitrariedad, el absolutismo y el despotismo
incluso en su propio gobierno temporal. Pero lo importante es que con este
radiomensaje la Iglesia bendecía al sistema democrático que ya se imponía en
todo el mundo, con verdad como en Occidente, con enorme mentira en la URSS y
sus países aherrojados[122].
El Ejército
Rojo entraba en Varsovia el 17 de enero de 1945 tras permitir cínicamente el
aplastamiento de la rebelión polaca contra los alemanes y Stalin, el gran
demócrata, deja en claro que no iba a consentir la instalación de un gobierno
libre en Polonia. El 4 de febrero en la conferencia de Yalta Churchill y el
decadente Roosevelt, asesorado por traidores, entregan varias naciones europeas
a Stalin, que les promete instaurar en ellas regímenes democráticos. Los
aliados occidentales, para impresionar a Stalin, arrasan a mediados de febrero
la indefensa ciudad alemana de Dresde con un cuarto de millón de muertos según
fuentes alemanas. Muere Roosevelt tras el fiasco de Yalta, le sustituye Harry
Truman el 12 de abril. Benito Mussolini ha sido capturado mientras pretendía
escapar a Suiza, e inmediatamente ejecutado por los comunistas, que cuelgan los
cadáveres como cerdos boca abajo en el piazzale Loreto de Milán. El 30 de abril
Adolfo Hitler se suicida en su bunker de la Cancillería berlinesa para evitar
ser capturado por los soviéticos que ya entran en la capital alemana. El 8 de
mayo Alemania se rinde sin condiciones y al día siguiente termina la guerra en
Europa. La rendición del Japón se retrasa hasta el 2 de septiembre, tras la
explosión de dos bombas atómicas que destruyen las ciudades de Hiroshima y
Nagasaki.
Recién
terminada la guerra en Europa el Papa Pío XII recibe, con motivo de su
onomástica, a los cardenales presentes en Roma, a quienes dirige una importante
alocución. Se refiere, inevitablemente, a la paz que ya se ha impuesto en
Occidente. Evoca los doce años que convivió con el pueblo alemán. Por eso
abrigamos la esperanza de que ese pueblo pueda alzarse otra vez a nueva
dignidad y nueva vida después de haber alejado de sí el espíritu satánico
mostrado por el nacionalsocialismo y una vez que los culpables, como ya hemos
tenido ocasión de exponer otras veces, hayan expiado los delitos que han
cometido. Repasa entonces sus esfuerzos para frenar al nazismo y
recuperar la paz. Piensa que el Concordato de 1933 con el III Reich fue
conveniente para evitar mayores males. Evoca el clarinazo que supuso para todo
el mundo la encíclica Mit brennender Sorge de 1937. Enumera algunos
casos en que la Santa Sede, bajo su personal dirección, intervino contra los
horrores nazis: Nos mismo, durante la guerra, no hemos cejado, especialmente
en nuestros mensajes, de contraponer a las destructoras e inexorables
aplicaciones de la doctrina nacionalsocialista, que llegaban hasta a valerse de
los más refinados métodos científicos para torturar y suprimir personas con
frecuencia inocentes, las exigencias y las normas indefectibles de la humanidad
y de la fe
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Cita después
casos concretos, como los 2800 sacerdotes y religiosos polacos recluidos de
1940 a 1945 en el campo de Dachau, entre ellos el obispo auxiliar de Wladislava
que murió allí de tifus. En abril de 1945 quedaban solamente 816. Se supo en
1942 que estaban encerrados también en Dachau 480 ministros del culto de lengua
alemana, entre ellos 45 protestantes[123].
Se ha sabido
recientemente, gracias a un documentado artículo de uno de los grandes
historiadores jesuitas de este siglo, Robert Graham, en La Civiltá Cattolica[124] que Hitler diseñó y
experimentó un plan para extirpar el cristianismo católico y protestante
de Europa, a partir de 1940, en Warthegau, Polonia occidental. Mediante un
decreto especial las iglesias se cerraban y se reducían a sedes de asociaciones
privadas sin bien alguno propio, con prohibición de ingreso a los jóvenes. Se
clausuraron todos los conventos y se prohibieron las obras asistenciales. Para
no irritar a Hitler la Santa Sede nombraba administradores apostólicos y no
obispos en las diócesis vacantes de Polonia.
En fin, han
aparecido recientemente varios estudios de interés diverso sobre la actitud de
la Santa Sede en la guerra mundial. El profesor ltalo Garzia estudia seriamente
en Pio XII e l’Italia nella seconda guerra mondiale[125] el prudente comportamiento
del Papa respecto de Italia e Inglaterra. El profesor Cario Falconi expone con
documentación y equilibrio el contexto de la actuación del Vaticano en los
casos de Polonia y Croacia en su trabajo Il silenzio di Pío XII
publicado por Sugar, de Milán, en 1965 pero ninguna de estas investigaciones
puede compararse con las Actas y documentos de la Santa Sede ordenadas
por el equipo de historiadores jesuitas a quienes hemos hecho referencia según
el ejemplo de Jedin. Un renegado alemán, Karlheinz Deschner, que en otro libro
delirante sólo ve crímenes en la historia de la Iglesia, ha acumulado todas las
acusaciones contra la Iglesia, y especialmente contra Pío XII, con un método
que él mismo califica de diabólico, en su libro La política de los papas en
el siglo XX[126] que es un antimodelo de
objetividad histórica y un centón de desahogos infundados. Cuando se escriben
estas líneas, aparece un serio estudio de Renzo de Felice según el cual el
asesinato de Mussolini fue promovido por los británicos para evitar ciertas revelaciones
sobre anteriores connivencias de Churchill con el Duce. Todo es posible.
Con la
Historia en la mano estoy convencido de que Pío XII pasó la espantosa prueba de
la segunda guerra mundial de forma muy digna de su altísima misión. Su silencio
debe ser juzgado desde el contexto en que se produjo; cuando Hitler era el amo
de Europa y el Reich de los Mil Años no parecía utópico a millones de europeos,
incluso a muchos anglófilos. Ahora, en 1945, le esperaba un desafío no menos
peligroso, el de la postguerra, porque se trataba de un asalto no sólo exterior
sino también interior a la Roca.
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SECCIÓN 1: LA CREACIÓN DEL IMPERIO DE STALIN
VERDADERA Y FALSA VICTORIA DEMOCRÁTICA
Entre mayo y
septiembre de 1945 se consumó la derrota total y la rendición sin condiciones
del Pacto Tripartito, las potencias totalitarias de Alemania, Italia (que se
había adelantado a septiembre de 1943) y el Imperio japonés a quienes habían
abandonado ya, ante la ocupación de los aliados, los países que habían
combatido en la misma órbita. Los vencedores, tanto occidentales como
soviéticos, insistieron tanto en que habían logrado una victoria común de las
democracias que cincuenta años después, cuando se escriben estas líneas, se han
atrevido a celebrar esa victoria común con diversos actos conmemorativos en
Londres y en Moscú. Pero si bien en esos actos se ha exaltado la victoria
contra el nazismo (con asistencia incluso del actual canciller de la Alemania
entonces vencida) nadie se ha atrevido a repetir ahora, como se repitió hasta
la saciedad en 1945, que la victoria contra Hitler fue una victoria
democrática. Porque no es más que media verdad.
Para los
aliados occidentales sí que la segunda guerra mundial se saldó con una victoria
de la democracia liberal y parlamentaria, un sistema —conviene de vez en cuando
recordarlo, porque se olvida— que se asienta sobre dos pilares, la voluntad
general de convivencia y las elecciones libres para la formación de los
Parlamentos legislativos y la elección de los cargos ejecutivos. Más aún, el
baldón de la derrota completa del totalitarismo nazi-fascista y el prestigio de
la victoria total de las democracias occidentales aventó los terribles recelos
que surgieron entre la primera y la segunda guerra mundial contra el ideal y la
realidad democrática; e impusieron a todo Occidente y a los países de la franja
oriental de Pacífico, de Japón para abajo, un horizonte democrático que se hizo
inmediatamente realidad en el continente europeo (con tres décadas de retraso
en España y Portugal) o mejor dicho en las naciones europeas incluidas en la
zona de influencia anglo-norteamericana; y que se retrasó durante décadas —aunque
sin perder vigencia como modelo e ideal— en todo el resto del mundo (por
ejemplo Iberoamérica) fuera de la dependencia soviética. Pero la victoria de
1945 no fue solamente de los aliados occidentales sino también de la URSS,
regida férreamente por José Stalin bajo un régimen comunista, es decir
marxista-leninista, dotado de una irrefrenable vocación expansiva, desde que
Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, creó en 1919la Internacional Comunista; la
Comintern había desaparecido teóricamente en 1943 para engañar a los aliados
occidentales pero la expansión comunista se mantenía en forma de Movimiento
Comunista y otros eufemismos de la estrategia soviética para el dominio
universal, como ya habían adivinado algunos observadores clarividentes antes de
1945 y pronto comprobaría el mundo entero. El gran libro del profesor Gregario
R. de Yurre La estrategia del comunismo, hoy (Madrid, BAC.
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1983) aunque se concibe en un plano teórico y un
tanto abstracto, convencerá al lector sobre la tesis del dominio universal como
objetivo comunista, si a estas alturas alguien puede dudarlo. Stalin había
definido a la URSS en la Constitución soviética de 1936 como «la gran
democracia socialista» pero tal expresión no era más que el engaño político más
colosal de la historia moderna. La Unión Soviética de 1945 era un Estado
todavía más totalitario que el de Hitler, Stalin es el mayor criminal de la
Historia por delante de Hitler; la responsabilidad por haber desencadenado la
trágica segunda guerra mundial es, también lo hemos adelantado, tácticamente de
Hitler pero estratégicamente tanto de Stalin como de Hitler y por tanto la
victoria de Stalin, que además aparecía en 1945 como el gran vencedor de la
guerra mundial en Europa, no era una victoria democrática sino una victoria
totalitaria que se iba a manifestar de dos formas: mediante la implantación de
regímenes comunistas en todas las naciones europeas dominadas por el Ejército
Rojo y a través de la restaurada red de partidos comunistas en Europa y en todo
el mundo; los partidos comunistas, unidos en lo que ya no se llamaba Comintern
sino Movimiento Comunista y gobernados a distancia o en proximidad por los
servicios secretos soviéticos, la KGB (Servicios de Seguridad del Estado) y GRU
(Inteligencia militar) no eran, sobre todo hasta la muerte de Stalin en 1953,
más que peones en la estrategia del Partido Comunista de la Unión Soviética, al
que Stalin identificó, desde los años treinta hasta su muerte, con la
estrategia expansiva de la Unión Soviética. Estas ideas están hoy admitidas por
todos los historiadores de Occidente (excepto, naturalmente, los comunistas y
sus compañeros de viaje) y no merece la pena que nos detengamos en probarlo con
más detalle.
Sin embargo
los aliados occidentales, arrastrados por el tremendo esfuerzo de la guerra
común contra Hitler y seducidos por los agentes comunistas y la credulidad
suicida (o algo peor) de los liberals, parecían dispuestos a conceder
ingenuamente a Stalin una cierta credibilidad democrática; una cierta esperanza
de que, junto a la victoria de las democracias, haría que la URSS evolucionase
hacia un sistema democrático y, por supuesto, permitiría que las naciones
ocupadas por el Ejército Rojo pudieran organizarse más o menos
democráticamente. Winston Churchill y el jefe de la Francia libre, Charles de
Gaulle, jamás se tragaron semejante ingenuidad, aunque Churchill se mostró
ambiguo en algunos momentos bajos; pero el presidente Franklin Delano
Roosevelt, en fase casi terminal de su decadencia personal y política, llegó a
confiar en Stalin, sobre todo porque en momentos cruciales para el futuro, como
la Conferencia de Yalta en febrero de 1945, Roosevelt se rindió virtualmente a
Stalin gracias a los consejos de su principal asesor, Alger Hiss, que luego fue
identificado como superespía soviético.[127]
Las
conferencias decisivas de los Tres Grandes (Estados Unidos, Reino Unido y URSS)
para el reparto de Europa se celebraron en 1945. En la de Yalta (Crimea, 4 al
11 de febrero) se decidió la división de Alemania en zonas de ocupación aliada,
se dibujaron las nuevas fronteras de Polonia y Stalin se mostró conforme en
reconocer a
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todos los
pueblos el derecho a gobernarse democráticamente tras la celebración de
elecciones libres. A cambio Stalin se comprometía a entrar en guerra contra
Japón, cuando la guerra mundial estaba ya decidida. El compromiso de Stalin
para permitir regímenes democráticos se cumplió al revés; y por supuesto no lo
aplicó jamás a la URSS, donde intensificó su control totalitario. Ya conseguida
la victoria en Europa, y dos semanas antes del lanzamiento de la bomba atómica
contra Japón, se clausuraba el 2 de agosto la conferencia de Potsdam, (Berlín)
donde se acuerda el desmantelamiento de la vencida Alemania, se anexiona a la
URSS el norte de Prusia oriental con la ciudad de Koenigsberg y se ordena la
expulsión de millones de alemanes establecidos en territorios que dejaban de
ser alemanes[128]. Los datos más fiables sobre este espantoso
éxodo acordado en Potsdam concretan la cifra de expulsados de origen alemán en
6,6 millones de personas, que deben abandonar sus hogares para reinstalarse en
la zona soviética de Alemania (2 750 000) y el resto en las zonas occidentales.
Cada año se recuerda, con toda razón, el destino trágico de los seis millones
de judíos eliminados por Hitler. Jamás hay la menor alusión para los casi siete
millones de alemanes, de los que perecieron centenares de miles, expulsados por
orden de la conferencia de Potsdam.
La
preponderancia de la victoria soviética, aceptada por los aliados occidentales,
y la presión del Ejército Rojo indujeron en toda Europa el «gran miedo», la grande
peur, el Miedo Rojo de la inmediata postguerra; Roosevelt ya no
asistió a la conferencia de Potsdam; había muerto en abril y le
sustituyó el vicepresidente Harry Truman. Tampoco Churchill pudo intervenir en
la segunda parte; el «gran miedo» había aterrorizado a los electores británicos
que echaron del poder al salvador de Inglaterra en las elecciones del 5 de
julio, para entregárselo al laborista Clement Attlee, un socialista fabiano y
sectario que había expresado en la guerra civil española mediante una visita
personal su adhesión a las brigadas internacionales comunistas. A la hora de la
victoria soviética los partidos comunistas (que habían colaborado, como Stalin,
con Hitler entre agosto de 1939 y junio de 1941) renacen con fuerza que parecía
imparable en toda Europa occidental y millones de personas en todo el mundo,
especialmente en Europa, creen inminente la ocupación total de Europa por el
Ejército Rojo. Entre esos millones de personas había muchos católicos e incluso
altísimas personalidades de la Iglesia y del Vaticano; y por supuesto
innumerables sacerdotes y religiosos. En este caldo de cultivo, que mantendrá
su capacidad de seducción durante décadas, va a surgir, impulsado además desde
los servicios secretos soviéticos, el fenómeno que llamamos infiltración. El
asalto interior, de signo o connivencia marxista, a la Iglesia católica, defendida
sin embargo con tesón inquebrantable por el Papa antinazi y anticomunista Pío
XII.
LOS COMUNISTAS ASALTAN EL PODER EN EUROPA ORIENTAL
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El Ejército Rojo conquistó la Europa oriental en
1944 pero Stalin, decidido desde el principio a construir sobre esas naciones
el nuevo Imperio Soviético —el Imperio de Stalin, más allá de todo lo que
habían soñado los zares— diseñó una estrategia habilísima, muy semejante a la
de Hitler cuando creó la primera fase de la Gran Alemania entre 1938 y 1941. En
todos los casos aprovechó la presencia coactiva y abrumadora del Ejército Rojo;
ni una sola nación europea no dominada por las tropas soviéticas se entregó
voluntariamente al régimen comunista. En segundo lugar dirigió a los partidos
comunistas locales hacia la toma del poder por medios aparentemente
democráticos —como había hecho Hitler en los años veinte y hasta 1933— pero en
ningún caso pudo evitar la intervención del Ejército Rojo o al menos su
presencia opresiva en apoyo de fuerzas armadas o milicias comunistas. Y por
último el régimen que se estableció en todos los países sometidos a este
proceso de poder fue un régimen totalitario, comunista, subordinado a la URSS
de forma abyecta y disimulado con una redundancia repugnante «democracias
populares». Muchos católicos asistieron a esta inicua toma comunista del poder
con satisfacción o por lo menos con resignación, fascinados por la victoria
soviética y la utopía comunista. La reacción más característica de estos
católicos fue la expresada por el famoso antropólogo y teólogo «progresista» y
jesuita Teilhard de Chardin cuando al oír una descripción de las nuevas
naciones esclavas de Europa oriental tuvo solamente esta ocurrencia mirando al
lejano futuro: «Ah, sí, pero esas muchedumbres cósmicas». Una reacción muy
diferente a la de George Orwell en sus colosales profecías contra el
totalitarismo rojo, 1984 y Animal Farm, o la asombrosa prospectiva de
Aldous Huxley en Un mundo feliz.
El estudio
de referencia para el análisis histórico de la trama comunista del poder en la
Europa oriental de la postguerra es el dirigido por Martín McCauley, al que
sigo a continuación[129]. En el prefacio queda claro que la obsesión de
Churchill por preservar del comunismo a sólo dos naciones, Polonia y Grecia
(con fracaso en la primera, éxito en la segunda) le hizo bajar la guardia en la
defensa de las demás. Los aliados occidentales, sobre todo Roosevelt, confiaron
absurdamente en la palabra de Stalin y la presencia soviética en las Comisiones
aliadas de control para los países «liberados» en 1944/45 fue una farsa en los
ocupados por el Ejército Rojo. Lo aliados descubrieron que los soviéticos eran
mucho más fuertes militarmente de lo que ellos habían pensado y estaban
decididos a imponer su totalitarismo a cuantas naciones pudieran. Por otra
parte los Estados Unidos poseían de momento el monopolio nuclear, por lo que
Stalin decidió la toma comunista del poder en Europa oriental bajo una ficción
democrática y una infiltración gradual, no brutalmente a raíz de la ocupación
militar. Confiaba en la estupidez y el miedo de Occidente, intoxicado por la
resaca de su propaganda de guerra.
Las primeras
naciones que cayeron en poder de la URSS fueron los Estados bálticos, Estonia,
Letonia y Lituania. Liberados de la Rusia comunista fueron virtualmente
devueltos a la URSS en virtud del pacto germano-soviético de 1939 y
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ocupados
efectivamente por el Ejército Rojo durante la alianza de Stalin con Hitler, en
junio de 1940. La presión del Ejército Rojo impuso gobiernos comunistas
pseudonacionales que organizaron un ficticio movimiento de adhesión, aceptado
por el Soviet Supremo en julio del mismo año, cuando los tres Estados,
convertidos en repúblicas soviéticas, entraron a formar parte de la URSS. Lo
más curioso y cínico es que el motivo alegado por los soviéticos para la
anexión fue que en los tres Estados se notaban demasiadas simpatías en favor de
la causa aliada… y entonces Stalin estaba aliado con Hitler. Inicialmente los
comunistas ocuparon los ministerios esenciales dentro de gobiernos de tipo
Frente Popular.
El caso de
Polonia resultó especialmente traumático y paradójico. La segunda guerra
mundial había estallado precisamente para salvar a Polonia de la agresión
hitleriana y el resultado fue una Polonia mutilada en su franja oriental
anexionada a la URSS, aunque compensada con una franja occidental que había
pertenecido a Alemania, cuyas fronteras se fijaban ahora en la línea
Oder-Neisse; la parte meridional de la Prusia oriental y la ciudad de Dantzig,
que había sido el pretexto para la guerra, fueron entregadas a Polonia. Los
patriotas polacos anticomunistas habían formado unidades de combate muy
eficaces en los frentes aliados y habían reconocido a un gobierno que se creó
en el exilio de Londres. Pero la URSS no reconoció jamás a ese gobierno de
pretensiones democráticas y dirigió la política polaca desde que el Ejército
Rojo ocupó a la nación católica en el verano de 1944. Los terribles sacrificios
de Polonia durante la guerra desembocaron en la nada. La nación había sufrido
más de seis millones de muertos, entre ellos seis mil oficiales del ejército
ametrallados por los soviéticos en las fosas de Katyn, una ejecución calcada
sobre la que comunistas soviéticos y españoles habían perpetrado durante el mes
de noviembre de 1936 en las fosas de Paracuellos del Jarama, a pocos kilómetros
de la salida nordeste de Madrid. (Sabemos que los nazis asesinaron a centenares
de sacerdotes católicos polacos sólo en Dachau). Una inesperada consecuencia de
la reordenación fronteriza fue que los católicos polacos, quienes en 1921 sólo
constituían el 68 por ciento de la población, subieron ahora, en 1945, dentro
de las nuevas fronteras, al 95 por ciento, lo que sin duda alcanzó una decisiva
influencia en su combate contra el comunismo soviético bajo la guía de Pío XII
y luego de Juan Pablo II, el Papa polaco.
Las
conversaciones entre la URSS y los aliados occidentales sobre el futuro
político de Polonia terminaron en un diálogo de sordos una vez que los aliados
concedieron a la URSS que Polonia cayera en la zona de influencia comunista. El
Ejército Rojo llegaba a Polonia en 1944 teóricamente como liberador pero se
comportó como conquistador inhumano y desmanteló numerosas fábricas y elementos
industriales. La KGB soviética (denominaremos así a los Servicios de Seguridad
del Estado, cuyas siglas en 1944 eran NKGB) dominó la política interior e
incluso consiguió apoyo de los comunistas polacos, por medio de su central
satélite de seguridad, para acciones de infiltración comunista en Occidente,
como veremos.
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Los líderes
de la Resistencia polaca no comunistas fueron detenidos en marzo de 1945 y
deportados. Se formó, bajo la égida soviética, un Comité polaco de Liberación
Nacional dominado enteramente por los comunistas. Inmediatamente se nombró un
gobierno sometido a la URSS, un gobierno provisional que se llamaba de Unidad
Nacional pero que realmente era una marioneta soviética aunque Occidente miraba
a otro lado y no empezó a protestar hasta dos años después, cuando dimitió el
embajador americano en Varsovia para contribuir a la protesta antisoviética de
la opinión occidental. Se celebraron elecciones trucadas el 19 de enero de 1947
con victoria (ochenta por ciento) de un Bloque Democrático dependiente de los
comunistas. El 22 de julio de 1952 los comunistas se quitaron la careta y
convirtieron oficialmente a Polonia en una República Popular de tipo soviético,
en la que poco a poco se fue incubando un movimiento de resistencia que sería
decisivo para terminar con el comunismo y provocar el desmantelamiento de la
URSS. La Iglesia católica de Polonia fue, sin desfallecimientos, el alma
heroica de esa resistencia. Naturalmente en Polonia no brotó nada parecido a
una teología de la liberación.
Checoslovaquia,
nación un tanto artificial creada en el Tratado de Versalles, situada al sur de
Polonia y Alemania, al norte de Austria y Hungría; pertenecía más bien al
Centro de Europa que al Este. Hitler la había desmembrado en 1938 ante la
cobarde connivencia de Francia e Inglaterra, sumidas entonces en su política de
apaciguamiento a toda costa; ahora resurgía con las fronteras anteriores al
despojo alemán, aunque la URSS le había dado un grave mordisco en su región más
oriental, la Rutenia subcarpática.
Checoslovaquia
no era comunista. Los líderes de su pequeño partido comunista con su secretario
Klement Gottwald, habían pasado la guerra en Moscú y regresaron con el Ejército
Rojo pero acataron la presidencia indiscutible del prócer liberal Edvard Benes,
a quien Hitler arrojó del gobierno en 1938, quien hubo de admitir a los
comunistas en puestos importantes de su gobierno. La presión soviética (sin
intervención armada directa después del rapto de Rutenia) apoyó a los
comunistas que consiguieron un espectacular crecimiento (hasta un 38%) en las
elecciones del 26 de mayo de 1946; pero lograron la mayoría absoluta gracias a
la alianza con los socialistas de signo socialdemócrata, una conjunción que
resultó vital para el triunfo comunista en toda la Europa centro-oriental. Muy
a su pesar, Benes tuvo que aceptar a Gottwald como jefe del gobierno en julio
del mismo año.
El caso de
Checoslovaquia era entonces muy esgrimido por los comunistas de Europa
occidental para demostrar que el comunismo podía gobernar democráticamente en
un país relativamente desarrollado. Pero la ilusión no podía durar mucho bajo
Stalin. El ministro de Defensa, general Svóboda, era filocomunista y permitió
la infiltración comunista en las fuerzas armadas. La policía checa, muy
poderosa, era una fuerza completamente comunistizada, bajo un ministro
comunista del Interior. La policía secreta era una dependencia de la KGB
soviética. Hasta que la situación estuvo madura para el golpe de Estado
comunista que se produjo entre el 17
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y el 25 de
febrero de 1948, como una respuesta de la URSS al plan Marshall para la
reconstrucción de Europa, una vez que la URSS y Checoslovaquia lo hubieron
rechazado. Los comunistas organizaron un proceso revolucionario clásico, con
manifestaciones cada vez más agresivas y frecuentes muestras de terrorismo
político, apoyadas por las fuerzas de seguridad. Gottwald forzó el cese de los
ministros no comunistas que el presidente Benes, abrumado, se vio obligado a
aceptar. El 25 de febrero Gottwald y Svóboda «armaron al pueblo», es decir
entregaron armas a la milicia comunista, que había preparado cuidadosamente su
actuación. El Ejército soviético no intervino pero claramente respaldaba al
golpe, que causó una profunda conmoción en Europa y convenció incluso a muchos
comunistas occidentales (que sin embargo se tragaron el desafuero) de que un
régimen controlado por la URSS era enteramente incapaz de vivir en democracia.
El presidente Benes, destrozado por su segundo fracaso histórico, (primero ante
Hitler, ahora ante Stalin) dimitió y murió de frustración.
Hungría,
independizada del imperio danubiano de Austria después de la primera guerra
mundial, era teóricamente un reino en 1944, en la órbita de la Gran Alemania y
bajo la jefatura del regente Horthy. En 1944 la nación sufrió dos ocupaciones
extranjeras seguidas; cuando el almirante Horthy trataba de negociar la
rendición con los aliados, la Wehrmacht ocupó Hungría y los nazis húngaros de
la cruz flechada tomaron efímeramente el poder, del que les expulsó el Ejército
Rojo. La totalidad del territorio no fue conquistada hasta el 9 de abril de
1945 cuando ya se había establecido un gobierno de coalición a base de
comunistas, socialdemócratas, dos partidos de campesinos y pequeños
propietarios y personalidades independientes. El partido comunista magiar (MKP)
había dejado triste memoria por los excesos que cometió en 1919 bajo la breve
dictadura de su líder Bela Kun y contaba con escasos militantes que crecieron
como la espuma ante la presencia militar soviética, hasta rebasar el medio
millón en octubre de 1945, pese a que el Ejército Rojo había ocupado el país
con métodos especialmente brutales. Los comunistas crearon un bloque de
izquierdas en que colaboraron los socialistas. Proclamada la República, los
servicios de seguridad del Estado, bajo completo control comunista, detuvieron
a miembros prominentes de la oposición en diciembre de 1946. Los comunistas
destituyeron al presidente Ferenc Nagy que se había marchado de vacaciones a
Suiza (probablemente para escapar del país) y organizaron elecciones trucadas
en agosto de 1947. Luego absorbieron al partido socialista, continuaron su
penetración en todos los centros vitales de la vida política y administrativa y
lograron una nueva mayoría, ahora aplastante, en las elecciones del 15 de mayo
de 1949. Desde 1945 habían prohibído la creación de un partido
demócrata-cristiano y desde los primeros momentos de la ocupación habían
aprovechado a fondo la presencia coactiva del Ejército Rojo, como reconoció
después el propio líder de los comunistas húngaros, Rakosi. Poco antes de su
definitiva conquista del poder los comunistas húngaros se sintieron tan fuertes
que organizaron un proceso de cuño y método soviético contra el
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cardenal
primado de Hungría, monseñor Jószef Mindszenty, que desde los primeros
instantes de la ocupación soviética se había opuesto con apostólico valor a la
sovietización de su patria. En el proceso, que se celebró del 3 al 5 de febrero
de 1949, el cardenal apareció patéticamente destrozado, tras haberse sometido
contra su voluntad a los métodos de lavado de cerebro y otras coacciones
humillantes como las que describió Arthur Koestler en su novela-testimonio Darkness
at noon (El cero y el infinito) que alcanzó una extraordinaria difusión en
todo Occidente. Condenado a cadena perpetua es uno de los primeros grandes
mártires de la que ya se empezaba a llamar Iglesia del Silencio, aunque la
Iglesia católica no se ha comportado con él como él con la Iglesia. Sus
memorias son un documento imprescindible sobre el terror de las «democracias
populares»[130].
Rumania, la
vasta nación conquistada y romanizada por nuestro emperador Trajano, se sentía
tan enemiga de los nazis como de los soviéticos, que con la complicidad de su
alianza hitleriana se habían anexionado la Besarabia y la Bucovina del norte en
1940. El mariscal Antonescu, «conducator» de un régimen totalitario en la
órbita alemana, había tratado de sacar a Rumania de la guerra mundial mediante
una paz separada con los aliados occidentales al principio de 1944, un objetivo
que también procuró el joven rey Miguel apoyado por un grupo de políticos
democráticos. Pero los occidentales se negaron a concertar una paz separada con
Rumania, a la que incluyeron en la zona soviética de influencia y control. El
29 de agosto de 1944 el Rey Miguel, sus militares adictos, su grupo de
políticos democráticos y los mismos comunistas rumanos llevaron a buen término
un golpe de Estado que echó del poder al mariscal Antonescu y situó a Rumania
en el bando aliado, lo que fue factor importante para acelerar la derrota de Hitler.
Las zonas efectivas de influencia quedaron fijadas en el convenio
Churchill-Stalin celebrado en Moscú en octubre de 1944 y luego confirmado en
Yalta y en Potsdam; el destino de Rumania se entregaba a Stalin, que decidió
proceder gradualmente hasta la toma del poder por los comunistas, que siempre
fue su objetivo en las naciones «liberadas», es decir esclavizadas por el
Ejército Rojo. La intervención soviética en los asuntos de Rumania fue, desde
el principio, más descarada que en otros casos como el de Checoslovaquia. Para
ello contaba Stalin con una militante histórica del comunismo rumano, Ana
Pauker al frente de una vieja guardia vengativa e implacable.
Los
comunistas, cuyo número en 1944 era exiguo pero, como sucedió en los demás
países del Este europeo, creció vertiginosamente, articularon, según las
instrucciones de Stalin, su estrategia de la forma habitual; acusar a los
partidos democráticos y liberales de tendencias fascistas, formar un Frente
Popular (en este caso, patriótico) con los compañeros de viaje y por fin
asimilar o subordinar a los socialistas, que se les rindieron con escasa lucha.
En octubre de 1944 formaron el Frente Nacional Democrático, que no era ni lo
uno ni lo otro y el 4 de noviembre forzaron un gobierno procomunista. El Rey
Miguel trató de restablecer la democracia con un gobierno de técnicos y
militares pero los aliados occidentales no le apoyaron;
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seguían
convencidos de que Stalin no impondría un régimen comunista en Rumania. Stalin
envío a Rumania como árbitro de la situación a un asesino histórico, al
siniestro Vichinsky, el abyecto fiscal de los procesos y las purgas de Moscú en
los años treinta. En febrero de 1945 Rumania llegó al borde de la guerra civil
entre los militares fieles al Rey Miguel y los comunistas dirigidos por
Vichinsky, que ordenó ciertos movimientos amenazadores al Ejército Rojo y el
desarme del ejército rumano en la zona de Bucarest. Por fin los Estados Unidos
intervinieron enérgicamente ante Stalin pero Churchill, para salvar a Grecia,
se negó a colaborar en la presión. El 6 de marzo de 1945 el Rey Miguel tuvo que
anunciar un nuevo gobierno presidido por el virtual comunista Groza. En las
elecciones celebradas el 19 de noviembre de 1946, y salvajemente trucadas, el
bloque comunista venció rotundamente y se dispuso a eliminar a todos los
partidos de oposición, ya muy desmoralizados, lo que se consiguió en algunos
meses. Al Rey Miguel no le quedaba más camino que la abdicación que firmó el 30
de diciembre de 1947. Ese mismo día se proclamó la República Popular de
Rumania.
La victoria
absoluta de la estrategia comunista tuvo importantes efectos de signo
religioso. La Iglesia católica de rito griego (Uniatas) fue disuelta e
incorporada a la Iglesia ortodoxa cismática; muchos miembros de la jerarquía
uniata fueron encarcelados, así como numerosos sacerdotes católicos. El régimen
impuso las normas soviéticas para la economía y la cultura, aunque nadie podía
imaginar que ese régimen iba a desembocar en un monstruo llamado Nicolae
Ceaucescu, el gran amigo del líder comunista español Santiago Carrillo.
Finlandia
firmó la paz con la URSS y el Reino Unido el 19 de septiembre de 1944. Había
combatido heroicamente contra la URSS y luego se incorporó a la lucha de
Alemania contra Stalin. Seguramente la admiración que había despertado en todo
el mundo su defensa contra el gigante rojo la salvó, por la garantía británica,
de la ocupación soviética aunque Stalin le arrebató una de sus más queridas
regiones y estableció una importante base militar en Porkkala, a media hora de
Helsinki por carretera. Estratégicamente Finlandia se convirtió en un
protectorado soviético pero consiguió evitar que Stalin le impusiera un régimen
comunista. Más aún, junto con el Imperio del Japón, Finlandia fue el único país
vencido que mantuvo a su anterior jefe del Estado, el mariscal Mannerheim,
aunque sólo hasta febrero de 1946. Al declararse la guerra fría el pueblo
finlandés estaba de corazón con los aliados occidentales pero hubo de reconocer
una «especial dependencia» de su tremendo vecino rojo. Los comunistas
intentaron asaltar el poder en 1948 pero fracasaron. Con habilidad y firmeza
ejemplar Finlandia se salvó de la URSS y de sus propios comunistas. Vinculada
coactivamente a la URSS no fue, sin embargo, un país satélite.
Tampoco lo
fue Yugoslavia, la artificial nación salida de Versalles como un Estado
múltiple donde convivían varias razas, religiones y pueblos minados por odios
mortales cuyas raíces se hundían en los siglos, cuando el territorio balcánico
fue sangrienta frontera entre la Cristiandad y el imperio otomano bajo la
atenta mirada y
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a veces bajo
la abierta intervención de los imperios de Austria y Rusia. La Wehrmacht había
logrado un éxito fulminante en la invasión de Yugoslavia, que fue empañado por
la lucha partisana dirigida independientemente por dos líderes de gran
tenacidad; el serbio monárquico coronel Mihailovich y el croata comunista Josip
Broz, conocido por Tito, que había participado en la organización de las
brigadas internacionales durante la guerra civil española. Al producirse el
colapso de Alemania fue Tito, respaldado por el Ejército Rojo y apoyado por
Churchill, quien se hizo con el poder, abolió la monarquía y fusiló a su rival
Mihailovich en julio de 1946. Para evitar la explosiva disgregación del Estado
yugoslavo, Tito instauro una férrea dictadura comunista y desde 1945 organizó
la lucha contra la Iglesia católica acusándola de colaboración con el régimen
fascista croata de Ante Pavelic. Muchos sacerdotes católicos fueron perseguidos
y encarcelados, por lo que el arzobispo de Zagreb, monseñor Stepinac, fue procesado
y condenado el 14 de octubre de 1946 a 16 años de trabajos forzados. El Papa
Pío XII creó al prelado cardenal in pectore y decretó la excomunión contra
quienes hubieran participado en su condena.
El 28 de
junio de 1948, con enloquecida reacción de Stalin, se produce la primera
ruptura en el bloque comunista; Tito rompe con la URSS sin abandonar el
comunismo. La conmoción entre los partidos comunistas de Occidente fue
demoledora, sobre todo porque la rebelión de Tito se producía a los pocos meses
del golpe antidemocrático de Praga; pero todos ellos acataron en un nuevo colmo
de servilismo a la URSS e insultaron a Tito, que trató de encontrar una vía
nueva al socialismo por medio de una palabra mágica, la «autogestión» que
realmente no significaba nada; pero fue repetida hasta la náusea por los
«progresistas» de Occidente como un hallazgo histórico y un horizonte de
futuro. Tito se erigió también en campeón del neutralismo y ejerció mucha
influencia en los pinitos autonómicos que después de la muerte de Stalin
fingieron los comunistas de Occidente, cada vez más incompatibles con la
democracia auténtica.
Los
comunistas de Bulgaria tuvieron menos problemas que los de Yugoslavia para
aceptar el yugo soviético. Bulgaria había sido siempre un satélite de Rusia.
Una vez
asegurado el control del país los soviéticos organizaron en febrero de 1945 una
purga típicamente staliniana que acabó con la ejecución de tres antiguos
regentes, 22 ministros, 68 parlamentarios y ocho consejeros del ex rey Boris, a
quien sucedió precariamente su hijo el joven rey Simeón. Los comunistas
formaron un «Frente patriótico» dirigido por un hombre de confianza de Stalin,
el célebre Dimitrov, procesado por los nazis y luego jefe de la Internacional
Comunista. Las protestas de los aliados occidentales resultaron del todo
inútiles. El 8 de septiembre de 1948, el año del golpe de Praga, la URSS ordenó
a sus comunistas de Bulgaria la organización de un referéndum que arrojó,
naturalmente, el 92,8% de sufragios a favor de la República. El joven rey
Simeón salió para el exilio hacia España, donde es un personaje tan discreto
como respetado y querido.
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EL CASO DISPAR DE LAS DOS ALEMANIAS
He incluido
a Finlandia en el epígrafe anterior porque, si bien logró evitar la
sovietización, tampoco se incorporó plenamente al mundo libre, con el que
sintonizaba la gran mayoría de sus habitantes, y permaneció con una «especial
dependencia» respecto de la URSS. Ahora incluyo a Grecia entre las naciones
libres porque los comunistas, muy poderosos en ella, consiguieron desencadenar
una guerra civil para hacerse con el poder; pero el Ejército Rojo no acampó
dentro de sus fronteras, Grecia gozó de un especialísimo apoyo británico y
finalmente consiguió vencer a la insurrección comunista e incorporarse
plenamente al mundo libre. Al marcharse las tropas alemanas tomaron el relevo
en Grecia las británicas y el 18 de octubre de 1944 se formó el gobierno nacional
de Georges Papandreu bajo protección británica; los ingleses detuvieron el
avance sobre Atenas de las milicias comunistas de ELAS y Stalin, muy a su
pesar, tuvo que abandonar a sus súbditos comunistas de Grecia cuando comprobó
que los aliados occidentales no estaban dispuestos a tolerar la creación de un
Estado comunista en lugar tan sensible del Mediterráneo. El final definitivo de
la guerra civil en Grecia se retrasó sin embargo hasta septiembre de 1949, ya
en plena época de la guerra fría.
El caso de
Alemania resultó, por muchos conceptos, excepcional. Bajo el mando de Hitler la
Gran Alemania había sido el responsable principal y el gran enemigo de los
aliados y de los soviéticos en la segunda guerra mundial. Toda clase de sueños
de venganza eterna se abatieron sobre el extinto Tercer Reich, al que los
soviéticos querían borrar del mapa para siempre y los aliados occidentales
trataron de neutralizarlo, convertirlo en un país agrícola y en una palabra
aniquilar como potencia y posibilidad de futuro a una nación que, si bien
alucinada y fascinada por Hitler y por sus propios prejuicios nacionales más
que seculares de orgullo despectivo, de imperialismo y de antisemitismo (Hitler
no inventó esos prejuicios, se limitó a exacerbarlos hasta la locura) era uno
de los grandes pueblos de Europa y tenía necesariamente que volver a encontrar
una posición y un camino en Europa. La solución que adoptaron los aliados, y
que venía ya predeterminada desde la Conferencia de Yalta, fue aplazar el
problema de la Alemania futura mediante una partición arbitraria; los
soviéticos decidirían el destino de la Alemania Oriental mutilada por la
extensa franja entregada a Polonia más allá de la línea Oder-Neisse; los
occidentales dividirían entre sí la Alemania occidental en tres subzonas
(británica al norte, americana al oeste, francesa al este) y las cuatro
potencias participarían en la ocupación permanente de Berlín, la capital, que
hubo de ser dividida igualmente en zona soviética y triple zona occidental,
bajo soberanía teórica y conjunta de los cuatro vencedores.
Aceptada la
rendición de Alemania en mayo de 1945 los vencedores no admitieron la
continuidad del gobierno alemán y encarcelaron a sus miembros supervivientes;
el dominio absoluto de toda Alemania se atribuyó a una Comisión
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Aliada de
Control. Curiosamente la URSS se adelantó a los aliados en la creación de un
Estado alemán intervenido, pero dotado de cierta autonomía. El comunista
histórico Walter Ulbricht, staliniano acérrimo, volvió con su vieja guardia
comunista a Berlín desde Moscú a fines de abril de 1945. Muy pronto los
soviéticos permitieron la creación o restauración de partidos antinazis en
Alemania Oriental; así fueron reconocidos el Partido Comunista de Alemania
(KPD), el Partido Socialdemócrata alemán (SPD) la Unión Cristiano Demócrata CDU
(28 de junio de 1945) y el Partido Liberal democrático, en julio. Los mismos
partidos empezaron a funcionar en Berlín. El SPD reapareció como mucho más
marxista que antes de 1933 y reclamó inmediatamente una economía socialista rigurosa.
La CDU provenía evidentemente del antiguo Zentrum de predominio católico pero
ahora se presentaba como partido cristiano, dado que en la zona soviética de
Alemania dominaban los protestantes.
La jefatura
política y total de la zona oriental alemana —incluso el control estricto de
estos partidos políticos— correspondía a la Administración Militar soviética,
que desde los primeros momentos se dedicó a desmantelar todas las industrias y
servicios de Alemania Oriental que creyó convenientes para su traslado a la
URSS, incluyendo en el rapto a equipos enteros de científicos e ingenieros que
se utilizaron en la investigación nuclear y otros sectores delicados de la
industria soviética. La propiedad de las restantes empresas se arrebató a los
medios privados y se decretó una reforma agraria radical en la zona. Los
soviéticos escarmentaron de los resultados electorales en Austria, que se había
descuajado de Alemania y se había constituido como un Estado neutral bajo
control de soviéticos y occidentales. La URSS ejercía en Austria honda
influencia pero no hegemonía como en su zona alemana. En las elecciones
austriacas celebradas en noviembre de 1945 los comunistas sufrieron un desastre
a favor de los socialdemócratas. Como en la propia Hungría, y no digamos en la
zona americana de Alemania, los primeros resultados electorales fueron adversos
al comunismo, los soviéticos decidieron amalgamar por la fuerza en Alemania
oriental a los partidos comunista y socialista según el esquema de «partido
único del proletariado» decidido por Stalin desde 1934 lo que lograron en abril
de 1946 (tras innumerables coacciones, encarcelamientos y torturas de
socialistas) al crear el SED (Partido alemán de unidad socialista) junto con un
sindicato unitario, todo bajo el control total de los comunistas. En el mismo
año 1946 la CDU y el Partido liberal se fueron diluyendo en el magma político
comunista de Alemania oriental. Los aliados occidentales entraron en razón
desde principios de 1946 y suspendieron el desmantelamiento industrial de las
zonas occidentales de Alemania. Muy inteligentemente habían obligado a los
soviéticos a no imponer al restaurado Estado austriaco reparaciones de guerra.
La creciente divergencia entre los occidentales y la URSS condujo
inevitablemente a la gestación de dos Estados alemanes; la República Federal de
Alemania el 10 de mayo de 1949, dotada de una Constitución democrática, la Ley
Fundamental de Bonn; a lo que los soviéticos respondieron mediante la creación
de la República Democrática alemana el 7 de
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Los nuevos
partidos democráticos de las zonas occidentales se venían preparando desde
finales del dominio nazi y salieron a la luz en 1946. El partido
socialdemócrata SPD, que había sido el predilecto de Carlos Marx y el partido
primordial de la Segunda Internacional, de signo marxista, fundada por Engels,
resurgía de la noche hitleriana con gravísimas desorientaciones internas,
fuerte carga marxista y profundo temor por la absorción que había sufrido por
parte del partido comunista en la zona soviética. El gobierno —mejor, el
Establishment— de los Estados Unidos decidió transformarlo, como veremos en el
siguiente capítulo. Por esa incertidumbre de los socialistas el partido clave
para la nueva Alemania Occidental democrática fue la CDU, cuya rama bávara era
el partido cristiano social de Baviera, la CSU. Una publicación oficial alemana
define a la CDU y la CSU como «nuevos partidos democristianos de miembros
católicos y protestantes». Eran herederos del benemérito Zentrum y se alineaban
en el ámbito del centro-derecha populista, con marcado carácter social y
sincera independencia jerárquica de toda confesionalidad político-religiosa;
pero eran (y son) partidos formalmente cristianos, tolerantes, muy bien vistos
desde una Iglesia alemana que trataba de exaltar sus indudables méritos en la
oposición a Hitler y disimular sus no menos indudables aproximaciones al
régimen nacional-socialista. La propaganda aliada y la soviética machacaron
durante años y años a los alemanes como colectivamente responsables de las atrocidades
y las locuras de Hitler, lo cual generó en gran parte del pueblo alemán, y
especialmente entre los católicos y protestantes más conscientes, un profundo
complejo de culpabilidad que luego se desahogó en impremeditadas ayudas a los
movimientos marxistas de liberación que brotaron en América, como veremos. Pero
los alemanes de 1945 querían sinceramente un régimen democrático y para ello
encontraron una palanca providencial en la CDU/CSU, que designó presidente en
junio de 1946 a uno de los grandes políticos del siglo XX,
el católico Konrad Adenauer, nacido en Colonia en el año 1876 y que a sus
setenta lúcidos años empezaba una nueva juventud en plenitud de facultades
personales y políticas. La pérdida de Prusia Oriental y la franja oriental de
Alemania y la separación indefinida de la Alemania Oriental de mayoría
protestante incrementaron el peso social y político de los católicos en
Alemania Occidental[131]. El 1 de octubre de 1946 dictó su veredicto el
Tribunal interaliado de crímenes de guerra formado en Nurenberg de acuerdo con
la ley de los vencedores y varios jerarcas nazis, de Goering para abajo, fueron
condenados a la horca y sus cenizas aventadas para evitar futuros cultos, como
hicieron los soviéticos con el cadáver de Adolfo Hitler[132]. La República Federal de Alemania se creó, como
dijimos, en mayo de 1949 y la CDU obtuvo en las inmediatas elecciones 139
escaños seguida por los socialistas con 131 y el Partido liberal con 52. Los
comunistas consiguieron solamente el 3,7 por ciento de los votos y desde
entonces acentuaron su decadencia hasta ser formalmente excluidos de la
convivencia política. Empezaba así la era Adenauer, a quien siguieron con
voluntad de hierro los habitantes de la
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destrozada
Alemania. Algún tiempo después tuve la suerte de visitar Alemania Federal por
primera vez y bajo la apuntalada Catedral de Colonia escuché a un profesor
alemán que me guiaba unas palabras que lo explican todo y no olvidaré nunca:
«Hemos empezado por reconstruir, mucho mejor que estaban, las fábricas y las
carreteras. Ahora estamos reconstruyendo las viviendas. Toda Colonia, y toda
Alemania, trabaja varias horas extra, gratis, para el desescombro y la
reconstrucción. Nadie pide nada, nadie protesta, nadie habla del pasado».
Aquella tarde supe que Alemania volvería a ser, en menos de una generación, la
primera potencia de Europa que ha escogido, como el Japón, el trabajo y la
penetración económica como método mucho más eficaz que la guerra para rehacer
su imperio. «En estos pocos años desde la catástrofe —seguía mi amigo— los
comunistas de Alemania Oriental han conseguido algo imposible; que unos
millones de alemanes de las regiones más trabajadoras de Alemania estén ya
próximos a no saber ni querer trabajan. Mientras tanto los comunistas españoles
y sus estúpidos compañeros de viaje andaban por ahí exaltando la gran ventaja
que Alemania Oriental estaba tomando sobre la Occidental. Algunos, ya he dicho
alguna vez sus nombres, repitieron esa sandez hasta el mismo año 1989.
Pero ni a
ellos ni a otros muchos observadores menos lunáticos se les ocurrió que la
aparición —reaparición, mejor— de la CDU/CSU era un triunfo personal de Pío
XII, el Papa que conocía tan bien a Alemania y a los alemanes.
LA METAMORFOSIS DE FRANCIA
Antes de la
segunda guerra mundial Francia estaba tan profundamente dividida entre derecha
e izquierda, entre extrema derecha y extrema izquierda, que los choques
extremistas de signo contrario en París, el 6 de febrero de 1934, fueron
ampliamente interpretados, como los de Austria en aquellos momentos, como los
de España en octubre del mismo año, en clave de vísperas para sendas guerras
civiles. Luego, en 1936, Francia fue el único país de Europa, junto con España,
que fue gobernada por un sistema político de Frente Popular, el gran recurso de
Stalin «contra la guerra y el fascismo», es decir, para defensa de la URSS,
planteado en el VII Congreso de la Comintern que se celebró en julio de 1935.
Francia fue arrastrada por su Entente con el Reino Unido a la segunda guerra
mundial; era una nación desmoralizada, dividida, con duros tirones totalitarios
en un poderoso partido comunista, un socialismo dubitativo y marxista, un
Partido Popular que seguía a Jacques Doriot, hasta hace muy poco comunista y
miembro de la Comintern, luego líder de un partido fascista de masas, el más
importante fuera de Alemania e Italia. Pero sobre todo Francia era en la
primavera de 1940 una nación vencida y aplastada por la superioridad de
Alemania, que dividió al territorio francés en un núcleo interior, con capital
en Vichy y apoyo en la costa del Mediterráneo; y una gran franja
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exterior en
L invertida, desde Burdeos a Bretaña, desde Normandía a París y hasta la
frontera alemana. El régimen de Vichy se configuró como una dictadura
paternalista, en parte conservadora y en parte fascista, dirigida por el
mariscal Pétain, héroe de la Gran Guerra que se había sacrificado al asumir el
mando supremo de Francia cuando ya no quedaba esperanza alguna de resistencia
frente a Alemania. Surgió entonces un hombre providencial para la Francia
vencida, el general Charles de Gaulle, que se negó a rendirse y a colaborar con
los alemanes, huyó a Londres, creó la Francia Libre con otros rebeldes y un
creciente apoyo del Imperio colonial francés después del desembarco de los
aliados en el Norte de África en noviembre de 1942. Charles de Gaulle, ferviente
católico, poseía «una cierta idea de Francia» como reza la primera línea de sus
Memorias y una voluntad indomable que consiguió, contra viento y marea, hacer
un hueco vergonzante, luego reconocido, a Francia entre las grandes potencias
mundiales. Casi toda Francia, incluida una buena parte de la Iglesia y la
jerarquía episcopal de Francia, estaba al principio con el mariscal Pétain.
Poco a poco, al calor de las victorias aliadas y de las estupendas
escenificaciones que montaba de Gaulle casi sin compañía y sin tramoya, la
Francia libre se fue agrandando y consiguió gran número de partidarios en el
exterior y en el interior de Francia, e incluso logró la formación de grandes
unidades militares que participaron en la reconquista del norte de África (general
Leclerc) y en el gran desembarco aliado en Normandía a partir del 6 de junio de
1944. La obra genial de Charles de Gaulle, uno de los franceses más esenciales
de la Historia, se resume en una sola palabra: metamorfosis. Con la división
Leclerc apareció en la primavera de 1944 como el reconquistador de París, donde
alcanzó toda una apoteosis; consiguió, aunque no del todo, que los Tres Grandes
se ampliasen, con él, a los Cuatro; y mudó a la Francia abyectamente vencida en
una Francia gloriosamente vencedora que hasta obtuvo su zona de ocupación
militar en Alemania y un puesto primordial, con los Tres Grandes y China, en el
Consejo de Seguridad de las nacientes Naciones Unidas. Todo el mundo sabía la
desbordante carga de exageración que alentaba en esa metamorfosis; pero los
franceses necesitaban creer en esa exageración y endiosaron al grand Charles
mientras, después de la victoria, le hacían, políticamente, la vida imposible.
Pero le mantenían en la reserva de su retiro en Colombey-les-deux-Eglises,
del que saldría más de una vez para sacar a Francia del callejón cerrado que
ella misma se había forjado en Argelia y para crear una Quinta República que
subsiste hasta hoy y que ha dotado a Francia de un régimen democrático y
presidencialista, dividido casi a partes iguales entre derecha e izquierda.
Charles de Gaulle había salvado ya antes a Francia dos veces; primero del
deshonor casi absoluto que brotaba de la derrota en 1940; segundo, de una
temible amenaza comunista, dada la fuerza y la decisión del PCF, dirigido por
el staliniano Maurice Thorez, que consiguió convertir al partido rojo, en los
primeros tiempos de la postguerra, en el primer partido de Francia. El propio
Thorez reconoció que no había declarado la revolución durante la época del
«miedo rojo» porque se hubiera encendido en Francia la guerra civil y gracias
al
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apoyo americano
indudable los comunistas la hubieran perdido[133].
Ya hemos
observado cómo se organizó incluso antes de terminar del todo la guerra una
trágica depuración en todos los países vencidos. Polonia era teóricamente un
país vencedor, pero sus pérdidas humanas se aproximaron a los siete millones.
La cifra para Alemania, la supervencida, cuyas poblaciones sufrieron la
deportación y la recolocación más inhumana, además de la venganza y la
represión directa, fue muy superior. En Francia se gestó un movimiento de
Resistencia con primeros brotes en 1943 pero con actividad importante sólo a
partir del desembarco aliado en Normandía en junio de 1944. Muchas personas
participaron en la Resistencia pero su núcleo duro y represor estaba formado
por los maquisards comunistas, que se fueron agrupando en unas «Fuerzas
francesas del Interior» culpables de numerosísimos desmanes y atrocidades.
Puede hablarse en Francia, entre 1943 y 1946, de una guerra civil en la que
participaron activamente unos miles de rojos españoles refugiados allí desde
1938 y en parte regresados de campos de trabajo y campos de concentración
alemanes, donde habían perecido unos ocho mil, según las cifras que ellos
mismos han alegado. Las ejecuciones sumarias, sin garantía jurídica alguna, de
«colaboracionistas» antes de que se estableciera un gobierno de relativa
autoridad en Francia (sucesor del que de Gaulle había establecido en Argel en
1944 y presidido también por él) oscila, según las estimaciones, entre treinta
mil y ciento cinco mil, pero seguramente está más próximo a esta segunda cifra.
A comienzos de 1945 permanecían detenidas más de cien mil personas. Se crearon
tribunales de excepción cuyos jueces habían sido miembros de la Resistencia; y
otro tipo de tribunales especiales para la depuración. Los escritores y
periodistas fueron tratados con mucha mayor dureza que los industriales que
habían participado en el esfuerzo de guerra a favor de Alemania; los jueces y
magistrados servidores del régimen de Vichy apenas fueron molestados[134]. Medios católicos y conservadores franceses han
difundido recientemente una documentada y estremecedora publicación, Le
livre noir de l’épuration[135] que se abre con estas palabras del ministro comunista de justicia en tiempos
de la liberación, Marcel Willard: «En adelante el emblema de la Justicia no
será la balanza sino la metralleta». Según el exministro del Interior Adrien
Tixier la cifra de ejecuciones sumarias (es decir, arbitrarias) entre el 6 de
junio de 1944 y el mes de febrero de 1945 ascendió al límite superior antes
citado, 105 000, casi todas por obra de los comunistas, muy olvidados ya que
desde agosto del 39 a junio del 41 habían colaborado fervientemente con Hitler.
El notable y objetivo historiador Robert Aron, en su libro documentadísimo Histoire
de l’épuration[136] publica la estadística de las
penas capitales impuestas por el Alto Tribunal creado al efecto y revisadas por
el general de Gaulle en su primer período de gobierno. Sobre un total de 1594
penas de muerte de Gaulle hizo uso del derecho de gracia en favor de 998 y
permitió la ejecución de 596 personas, casi todas de calidad.
Las
ejecuciones perpetradas por los comunistas no se habían decidido con tantas
garantías. Pero un profundo silencio ha caído sobre ellas, aunque se han
recordado,
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merecidamente,
las muy numerosas ejecuciones de los alemanes y sus colaboradores franceses
contra los «resistentes» y otras personas desafectas. Basten estos datos para
concluir que la liberación de Francia se envolvió en una auténtica guerra civil
entre franceses.
Los alemanes
occidentales habían creado unos eficaces sindicatos profesionales a la vez que
los grandes partidos democráticos e independientes de ellos. Pero los
comunistas franceses se adueñaron del más importante sindicato de Francia, la
CGT y lo convirtieron en un sindicato reivindicativo de clase cuyo objetivo era
la lucha marxista revolucionaria. El PCF controlaba mediante sus ministros que
de Gaulle hubo de incluir en su gobierno de la victoria todos los sectores
esenciales de la economía nacional, cuyo pésimo funcionamiento estaba, por
ello, descontado. Presidente de Francia desde el13 de noviembre de 1945,
(aunque ya lo era virtualmente desde 1944) esperanza máxima de los moderados,
de Gaulle se sentía coartado y acosado por los partidos de izquierda, que
formaban la mayoría del gobierno reconfirmado en noviembre de 1945, en el que
sólo un gran partido de nuevo cuño, el MRP de Georges Bidault, una formación
moderada y demócrata-cristiana con profundo sentido social, se identificaba
casi plenamente con el general. En enero de 1946, bajo el creciente miedo rojo
y la presión cada vez mas insufrible de la URSS transmitida a través de los
partidos comunistas y socialistas de Europa libre, se reunían por vez primera
las Naciones Unidas en Londres (pronto se trasladaron a su sede definitiva en
Nueva York) y de Gaulle, cada vez más enemistado con los partidos que dominaban
la mayoría de la Asamblea Constituyente, un parlamento sectario, ineficaz y
gárrulo, se hartó y presentó su dimisión el 20 de enero. Le sucedió el
socialista de izquierda Félix Gouin, que colaboró con los comunistas y con los
laboristas ingleses en la opresión —no cabe llamarla de otro modo— política y
económica contra la España de Franco, que continuaba cada vez más aislada su
esfuerzo de reconstrucción. En las elecciones generales celebradas el 2 de
junio de 1946 se demuestra que Francia abomina del caos; la izquierda retrocede
y el MRP adelanta a los comunistas como primer partido de Francia. El general
de Gaulle no se resigna y clama por un régimen presidencialista que termine con
la anarquía política, pero Georges Bidault, líder del MRP, es elegido jefe del
gobierno el 25 de julio. Era el tercer líder demócrata-cristiano que
concentraba la esperanza de serenidad y reconstrucción en un gran país de
Occidente, junto a Konrad Adenauer y Alcide de Gasperi. Sin embargo Bidault,
por incómodo que se sintiera, había tenido también que gobernar con ministros
socialistas y comunistas en Francia. Aun así Maurice Thorez, que en plena época
del gran miedo había soñado con obtener democráticamente el poder en la
Asamblea francesa, empezó inevitablemente a retroceder con los primeros
ramalazos de la guerra fría. De Gaulle, los democristianos de Bidault y el
sentido nacional profundo del pueblo francés habían salvado, gracias a la
presencia y la presión de los aliados occidentales, una crisis que en algunos
momentos había parecido mortal. El brutal
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empuje hacia el
poder comunista en Europa oriental por parte de Stalin haría el resto.
PÍO XII DIRIGE A LA DEMOCRACIA CRISTIANA EN ITALIA
Estamos
viendo —casos de Alemania y de Italia— que la Democracia Cristiana (la CDU/CSU,
el MRP) fue el gran recurso de la Iglesia católica para frenar a los comunistas
en los años del Gran Miedo e incluso para imponerse a ellos. Pero en Alemania y
Francia los partidos católicos actuaban de forma autónoma respecto del
Episcopado y de Roma, aunque sintonizaban con los obispos y con el Papa; en
Italia la Democracia Cristiana alardeaba de autonomía pero con notoria
exageración; porque era el partido de la Iglesia, dirigido desde el Vaticano a
donde acudían por las «escaleras secretas», como sabemos, los líderes del
movimiento, para recibir instrucciones de monseñor Montini y del propio Pío
XII. La Democracia Cristiana, nacida como una rama política de la Opera dei
Congressi, no fue tolerada para actividades políticas por León XIII ni por
Pío X; ya lo hemos visto. El Partito Popolare de don Luigi Sturzo, que fue la
forma política de la Democracia Cristiana en los años veinte, fue sacrificado
por Pío XI a la concordia de la Santa Sede con el régimen fascista y los
principales cuadros del Partido se refugiaron en la Acción Católica desde la
que no ocultaron su oposición reticente y moderada al régimen de Mussolini. Al
llegar la guerra mundial el último secretario general del Partito Popolare,
Alcide de Gasperi, se refugió en el Vaticano donde Pío XII le protegió con un
encargo de bibliotecario. Monseñor Montini tenía en la mano los hilos para que
los líderes del Partito Popolare y los dirigentes de la Federación de Universitarios
católicos —Giulio Andreotti— saltaran a la vida pública, ya con el nombre pleno
de Democracia Cristiana, bajo el escudo de la cruz con el lema Libertas
y la misión de encuadrar a los católicos para la lucha de postguerra contra el
Partido Comunista de Italia, que contaba con un líder de primera magnitud y
acrisolada experiencia en la Comintern y en la actividad revolucionaria:
Palmiro Togliatti, alias «Ercoli», delegado de Stalin para dirigir la política
comunista en la guerra civil española, que procedente de Moscú y de acuerdo con
el general Eisenhower hizo escala en Argel para presentarse en Salerno, donde
el Rey Víctor Manuel III y el general Badoglio dirigían la lucha antifascista
en 1944 tras su rendición a los aliados en octubre de 1943. A este grupo
institucional y político se le llamó «El Reino del Sur» por oposición a la
«República de Saló», el gobierno fascista republicano que por entonces dirigía
Mussolini como satélite de los alemanes, después que el aviador Otto Skorzeny
lograse, en operación arriesgadísima, liberarle por vía aérea (sin campo de
aterrizaje y utilizando a fondo la sorpresa) de la prisión del Gran Sasso donde
le habían recluido sus nuevos enemigos políticos.
Recordemos
los momentos fundamentales que pusieron a «Italia fuera de combate», título de
un libro del gran corresponsal español Ismael Herráiz que causó
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una honda
conmoción en España. El quinto ejército de los Estados Unidos y el octavo
británico desembarcaron en Sicilia en julio de 1943 cuando ya contaban, como
hemos visto, con la eficacísima cooperación de la Mafia siciliana, alertada por
el gángster de Nueva York Lucky Luciano, aliado a su vez del arzobispo
Spellman. El Rey Víctor Manuel III había despedido a Mussolini —censurado y
traicionado por el Gran Consejo Fascista— y le había sustituido al frente del
gobierno por el mariscal Badoglio a fines del mismo mes de julio. Badoglio
disolvió al partido fascista y negoció la rendición de Italia ante los aliados,
que se firmó el 8 de septiembre del mismo año 1943; la Unión Soviética —dato
muy importante— se abstuvo de participar en esa negociación pero se dispuso a
intervenir políticamente en Italia mediante la resurrección y potenciación de
un poderoso partido comunista, a partir del exiguo, pero disciplinado partido
de cuadros que era en 1943. En el invierno de 1942-43, cuando ya se venteaba la
derrota fascista, se constituyeron clandestinamente los demás partidos: el
Partido Socialista (PSI) que dirigirá Pietro Nenni, veterano de las brigadas
internacionales en España y partidario de la unión con los comunistas; el grupo
garibaldino (liberal-radical) Giustizia e Libertá (luego Partido de
Acción) cuyas primeras figuras eran el dirigente político Parri y el espléndido
cronista y analista político Giorgio Bocea; el Partido Liberal, cuya figura
egregia era el gran pensador Benedetto Croce, ateo y anticlerical; y la
Democracia Cristiana, cuyo líder en Roma era Alcide de Gasperi y en Milán
Pietro Malvestiti; que difundieron en julio de 1943 el documento programático La
idea reconstruida de la Democracia Cristiana en que se reasumían los puntos
fundamentales del Partito Popolare, con mayor preocupación social; y
defendían la permanencia en las estructuras del sistema corporativo, aún no
demolidas. Entre los grupos católicos que confluyeron en la nueva Democracia
Cristiana destacaban los estudiantes universitarios con sus líderes Giulio
Andreotti y Aldo Moro; y el clero italiano casi en bloque, dirigido por los
numerosísimos obispos de Italia (la nación del mundo con más densidad episcopal
por kilómetro cuadrado). Un ejemplo muy significativo es el de un santo profesor
del seminario de Belluno, en los Alpes vénetos, don Albino Luciani, que
participó en la Resistencia como activista y después electorero de la DC, por
la que se le propuso un escaño en el primer Parlamento; don Albino lo rechazó
pero continuó su activismo en sentido abiertamente anticomunista y un día iba a
convertirse en el breve Papa Juan Pablo I[137]. Durante las
semanas posteriores al armisticio del 8 de septiembre todos estos partidos
antifascistas formaron, en las zonas liberadas, comités de liberación nacional
(CLN) que improvisaron un cierto poder político unitario bajo el mando militar
aliado. Les coordinaba un comité central.
Tras la
rendición del Rey y Badoglio los alemanes se apoderaron de toda la Italia del
Centro y el Norte y desarmaron al ejército italiano excepto las unidades
afines. La confusión en toda Italia era espantosa y el jefe militar alemán,
mariscal Kesselring, consiguió montar una serie de líneas de resistencia que
contuvieron el avance de los
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ejércitos
aliados gradualmente y prolongaron la presencia militar alemana en Italia mucho
más de lo esperado por sus enemigos. Este relativo estancamiento de la guerra
grande en Italia dejó a los italianos manos libres para enzarzarse, durante
veinte meses (Bocea) en una confrontación que no merece otro nombre sino el de
guerra civil, lo mismo que había sucedido en Francia después del desembarco
aliado en Normandía en junio de 1944. Una personalidad decisiva para este
período es precisamente la del líder comunista Palmiro Togliatti, que como
hemos adelantado se presentó en el Reino del Sur el 27 de marzo de 1944 y en
vez de proclamar la revolución violenta, como muchos temían, habló con el Rey y
con el mariscal Badoglio, que acampaban en Salerno y se les ofreció, así como a
los demás partidos, para cooperar en un gobierno de unidad nacional y
reconstrucción democrática. A este gesto, que fue aceptado, se le designa en la
historia italiana como «el vuelco de Salerno(la svolta d Salerno) y
condicionará toda la transición de la guerra a la paz en la confusa Italia de
1944 a 1946[138].
La República
Social Italiana o República de Saló fue, como dije, un satélite alemán pero no
un mero títere. Un importante estudio de Lutz Klinkhammer nos ofrece la mejor
descripción que conozco sobre ese régimen y sobre la guerra civil de los veinte
meses, acerca de la cual los historiadores italianos evitan facilitar cifras de
víctimas, quizá por lo terribles que resultan[139]. El historiador
alemán cree que la administración de Saló era «Caótica pero eficiente»; muestra
que los alemanes encerraron en campos de trabajo a unos 700 000 militares
italianos junto con unos 150 000 civiles. En su República fascista Mussolini
reunió a un ejército italiano de unos 245 000 hombres, a los que deben añadirse
135 000 de la policía y de la milicia fascista; parece claro que la República
Social consiguió movilizar a una parte importante de la sociedad del Norte, sin
excluir el clero.
Sin embargo
cuando a fines de 1944 se ha consolidado la Resistencia de las guerrillas
antifascistas en el Norte, la fuerza de estas agrupaciones, según Togliatti,
era de unos 120 000 «patriotas» (en gran mayoría comunistas); unos 45 000 en el
Piamonte, unos 20 000 en Lombardía, unos 40 000 en el Véneto, algunos millares
en la Liguria y la Emilia[140]. Estos efectivos
iban a librar la guerra civil indicada contra las fuerzas, muy considerables,
de la República de Saló. Los aliados ayudaban a los guerrilleros; los alemanes
a los fascistas. El balance de víctimas, que seguramente habrá de dividirse casi
por igual entre ambos bandos, oscila, según el historiador alemán a quien sigo,
en torno a las doscientas mil personas. Una cifra espantosa, superior a los
asesinatos que se produjeron en los dos bandos juntos de la guerra civil
española. Una cifra de orden parecido al que arrojaba, como recuerda el lector,
la ignorada guerra civil de la postguerra francesa.
A estas
cifras deben agregarse, según la misma fuente, los setecientos mil soldados
italianos deportados por Alemania y el medio millón de muertos en los diversos
frentes de la guerra mundial. Sobre esta tremenda sangría humana los partidos
de Salerno trataban de organizar a la vez la depuración y la reconciliación.
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El 5 de junio de 1944, el mes en que Roma fue
liberada por los aliados, el Rey Víctor Manuel III, sometido cada vez a
críticas más insufribles por su larga colaboración con Mussolini, designa
lugarteniente del Reino al príncipe heredero Humberto, atribuyéndole todas las
funciones regias. Era un paso previo a la abdicación que cada vez se presentaba
como más necesaria para salvar la Monarquía de Saboya, una idea fomentada por
los aliados que temían como a la peste una caída de Italia en manos del comunismo.
Sin embargo el sector más influyente de la Democracia Cristiana era
antimonárquico, como venganza por la opresión de Mussolini contra ellos,
consentida por el Rey; y por la vieja lucha de los Saboya y la Iglesia católica
durante el siglo XIX. La verdad es que el príncipe Humberto, un
excepcional Saboya alto esbelto y fuerte, quien hasta el momento se había
dedicado a los placeres de la vida de forma desenfrenada, asumió en tan graves
momentos su papel con gran inteligencia y decisión y consiguió atraer a la
Monarquía a buena parte de la opinión pública italiarna. Con este traspaso de
los poderes regios a su hijo, el Rey Víctor Manuel III despidió a Badoglio y
encargó el gobierno a un veterano político de la etapa prefascista, Ivanoe
Bonomi. Desde el primer gobierno Badoglio los partidos antifascistas
participaban en estos gobiernos de transición, que operaban precariamente bajo
el protectorado militar de ingleses y americanos. Cuando terminó casi a la vez
la ocupación alemana del Norte de Italia y la guerra mundial asumió el poder el
gobierno de Ferruccio Parri, del partido de Acción, al frente de una coalición
cuyos miembros ignoraban la fuerza real de electores que les respaldaba. Sin
embargo en 1945 estaba claro que la gran confrontación política de la
postguerra italiana se iba a plantear entre dos grandes partidos y dos
enérgicas personalidades; el Partido Comunista de Togliatti y la Democracia
Cristiana de Alcide de Gasperi. Cada uno de ellos con un poderoso respaldo:
para Togliatti la Unión Soviética de Stalin en el apogeo del Gran Miedo; para
de Gasperi, el Papa Pío XII y los Estados Unidos. El 4 de diciembre de 1945,
ante la dimisión de Parri, forma su primer gobierno Alcide de Gasperi, con una
coalición de dernocristianos, socialistas y comunistas. De Gasperi se mantendrá
al frente del poder hasta 1953; los partidos de su coalición, como en los
gobiernos anteriores, staban agrupados en el Comité de Liberación nacional. El
problema fundamental a que se iba a entregar el gobierno, junto a la
reconstrucción nacional y la depuración de fascistas, era doble; la
convocatoria de una Asamblea nacional constituyente de la que emanase un
parlamento democrático; y la decisión definitiva sobre el régimen monárquico o
republicano para Italia.
De Gasperi y
Togliatti. Dos grandes italianos, dos políticos italianos típicos, con la
visión y la sutileza que provenía, a lo largo de los siglos, de las
experiencias políticas de la Roma clásica. Una gran base de masas detrás de
cada uno. Un apoyo estratégico para cada uno, cuando ya iba a plantearse la
guerra fría: la expansiva URSS de Stalin, que estaba saltando a la yugular del
poder en toda Europa; los Estados Unidos, primera potencia mundial y decidida a
frenar la expansión de la URSS en el Mediterráneo central, en el corazón
espiritual de Europa. Pero además de
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enemigos
eran dos políticos moderados que sentían mutuo aprecio hasta el desbordamiento
del elogio. Era una lucha a muerte pero también todo un espectáculo. Togliatti
venía de Moscú, provisto, como nuevo evangelio revolucionario, de los Cuadernos
escritos en la cárcel de Mussolini por su amigo y cofundador del PCI Antonio
Gramsci; De Gasperi llegaba desde su refugio en la Biblioteca Vaticana,
completamente identificado con la actitud anticomunista de Pío XII, y con la
propuesta democrática hecha por el Papa en su mensaje de Navidad de 1944.
Con todo el
clero y el episcopado de Italia detrás, con la tradición intervencionista de la
Iglesia en los asuntos de Italia, que provenía más o menos desde la época de
Nerón, De Gasperi impulsó la penetración de la Democracia Cristiana en las
universidades, tras resucitar la antaño poderosa Federación de Universitarios
Católicos Italianos, (FUCI) que no pudo desmontar Mussolini; politizó
abiertamente la implantación de la Acción Católica; utilizó cada púlpito de
Italia como un altavoz de propaganda para la DC; entró inteligentemente en el
tejido rural de las cooperativas, en las agrupaciones de pequeños propietarios;
aprovechó la red bancaria católica que se había creado desde el siglo XIX
contra el monopolio liberal de la Banca; y se hizo con el apoyo de los grandes
industriales que en los años veinte se habían inclinado por Mussolini.
Contra él
Togliatti desechó públicamente la revolución violenta de tipo soviético y
adoptó la estrategia pausada —la «guerra de posiciones» de su amigo Antonio
Gramsci. Al principio con cierta sordina; luego, a partir de los años
cincuenta, a velas desplegadas. Exhibió desde el principio una tendencia al
«comunismo nacional», una cierta autonomía respecto de Stalin y el PCUS, todo
más aparente que real. Y desde el principio los cursos internos de formación
para los dirigentes comunistas se inscribieron en lo que llama Giorgio Bocea,
el mejor biógrafo de Togliatti, «operación Gramsci». Una operación compleja de
varias fases, la última de las cuales fue, ya casi en la agonía roja, lo que se
llamó eurocomunismo en los años setenta.
Entre
nosotros quien mejor ha explicado la doctrina y estrategia de Gramsci es el
investigador y escritor Angel Maestro[141], en un completo
trabajo del que podían aprender los burdos suplementos que en su ridícula
competencia de centenarios (sobre los que no suelen saber una palabra)
publicaron los diarios ABC y El País, de Madrid, al celebrar el de
Gramsci en 1991. Un siglo antes nació Antonio Gramsci en Cerdeña en una familia
burguesa luego venida a menos y caída en la miseria por condena del padre a la
cárcel. La desgracia familiar le provocó un terrible resentimiento e incluso
influyó en el deterioro de su físico; desde entonces soñó con ímpetu anarquista
en destruir aquella sociedad injusta. El joven Gramsci obtuvo una beca en la
Universidad de Turín, donde conoció a Palmiro Togliatti. Era ya Gramsci un
revolucionario profesional antes de la Revolución soviética, en 1916. Se
entusiasmó con las noticias de Rusia y participó en motines callejeros en 1917
y 1918 mientras adoptaba como modelo la figura de Lenin. Con Togliatti y Tasca
crea un nuevo órgano socialista radical, el «Ordine Nuovo» en 1919 con el fin
de trasplantar
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a Italia el
experimento soviético. La naciente Comintern se fija en Gramsci, cuya salud es
pésima pero su ánimo altísimo. La marcha sobre Roma de 1922 le sorprende en
Moscú donde debe recluirse en un sanatorio; allí conoce a Julia, una rusa de
origen escandinavo con la que llegó a casarse. Trabajó en el ejecutivo de la
Comintern que le destinó a Viena en 1924 y luego a Roma, donde había sido
elegido diputado. Pese a ello fue detenido en noviembre de 1926 y permanecería
en la cárcel hasta su muerte once años después. Allí escribe sus famosos
treinta y dos cuadernos, unos cuatro mil folios que contienen lo más importante
de su obra.
Gramsci
experimentó en su juventud un influjo determinante de Benedetto Croce, el
pensador liberal cuyo punto clave consiste en que el hombre moderno «puede y
debe vivir sin religión» (Maestro). Sin embargo para Gramsci la filosofía de
Croce es esencialmente burguesa y destinada a fundamentar la dominación de
clase. Gramsci se despegó de Croce pero nunca dejó de admirar su influencia,
que trató de conseguir para el intelectual revolucionario al que denominará
«orgánico» en cuanto está al servicio total del Partido. Para Gramsci sólo es
un intelectual el que crea, aplica y transmite la única verdad social
transformadora, el marxismo-leninismo. Esto parecerá a un observador normal una
reducción intolerable y lo es; recuerdo que un joven catedrático de Historia,
seguro del resto del Tribunal al que yo pertenecía como outsider,
afirmaba rotundamente en sus ejercicios de oposición que cualquier trabajo histórico
que no se apoyara sobre el juego marxista de infraestructura-superestructura
sería otra cosa pero no era Historia (A los pocos meses se le cayó encima el
Muro; no sé lo que explicará ahora).
Gramsci es
el Lenin de Occidente. Su doctrina trata de adaptar el marxismo-leninismo a los
países de Occidente que viven en democracia. Ya Marx había recomendado que su
doctrina no se utilizase como un dogma sino como una guía para la práctica
revolucionaria y Lenin exaltó la «primacía de la praxis» como norma primordial,
es decir el oportunismo revolucionario. Gramsci toma esa doctrina como bandera
e incluso alguno de sus intérpretes identifica a «praxis» con «marxismo» ya que
Gramsci escribía bajo vigilancia penitenciaria. Para Gramsci la toma del poder
político ha de hacerse previa infiltración profunda en la «sociedad civil»
término que toma de Hegel más que de Marx. Infiltración en las instituciones,
en las organizaciones, en los centros de la sociedad civil y por encima de todo
en el mundo de la cultura. El antimodelo para esa infiltración cultural —que
Gramsci atribuyó con precisión histórica al trabajo cultural de los
enciclopedistas de la Ilustración Francesa para desembocar en la Revolución de
1789— debe estar dirigido por el Partido a través de la red de intelectuales
orgánicos. La toma del poder cultural es la fase previa para lograr la
hegemonía de clase —otro término gramsciano clave— en la sociedad civil. Como
la cultura se adquiere por la educación y se manifiesta en la literatura y el
arte, Gramsci es el teórico de la educación marxista-leninista que pretende,
además, condicionar el conjunto de las ideas y manifestaciones culturales.
El intelectual
orgánico debe procurar la destrucción sistemática de los valores
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religiosos,
los valores morales, los valores culturales clásicos y burgueses —religión,
patria, sentido moral, familia— con lo que se anticipa como precursor no ya
sólo del marxismo-leninismo occidental sino de la obra demoledora utilizada en
España y otros países por los partidos socialistas y especialmente el PSOE. Uno
de sus objetivos primordiales es la destrucción de la Iglesia católica —cuya
fuerza social le obsesionaba— por medio de la infiltración; Angel Maestro
recuerda con razón que las páginas de Gramsci escritas en enero de 1922 parecen
una profecía de la teología de la liberación y las comunidades de base. Sus
bestias negras son Maurras y Pío X; llega incluso a postular, no menos
proféticamente, una oposición entre jesuitas e integristas, aunque nunca soñó
en la extraña especie de los jesuitas marxistas de la que nosotros estamos
disfrutando durante tantos años. Me he extendido en la presentación de la
doctrina de Gramsci, porque tanto Togliatti, como el líder comunista español
Santiago Carrillo como el prototeólogo de la liberación Gustavo Gutiérrez
figuran entre sus discípulos más ardientes y eficaces a partir de 1950. Hasta
esa fecha Togliatti, depositario de los cuadernos de Gramsci, prefirió utilizar
primordialmente el juego político puro. Sin embargo, como nota Bocea, Togliatti
publica de forma restringida (y muy manipulada) los Cuadernos de Gramsci ya en
1946, tal vez para uso interno de los dirigentes comunistas. La gran
presentación de la doctrina de Gramsci al mundo occidental, con toda la
trompetería orgánica de los intelectuales comunistas al unísono, la retrasará
hasta diez años después.
Al llegar la
primavera de 1953 el Rey Víctor Manuel III advierte que su situación se ha
vuelto insostenible y para salvar la Monarquía abdica el 9 de mayo en su hijo y
lugarteniente el príncipe Humberto quien, ante la proximidad del referéndum
sobre Monarquía y República, se lanza a una campaña admirable, lucha por su
corona y por su dinastía con un tesón y un sentido popular que asombra a sus
propios enemigos. Las izquierdas —socialistas y comunistas— estaban en bloque
por la República. La Democracia Cristiana parecía dividida pero en todo caso no
quiso jugarse por la Monarquía aspectos constitucionales que consideraba de
primera importancia. Fue una situación en cierto modo parecida a la que vivimos
los constituyentes españoles de centro-derecha (la UCD) en 1978 cuando los
socialistas nos proponían verdaderos chantajes constitucionales bajo amenaza de
rechazar la Monarquía con todas sus fuerzas. Nosotros, por preservar la
Monarquía, cedimos a los chantajes en materias tan delicadas como la plena
libertad de enseñanza, la prohibición tajante del aborto y la acentuación del
laicismo. La Democracia Cristiana de Italia prefirió en 1946 prescindir de la
Corona sin ceder a chantajes semejantes. La Historia juzgará si ellos o
nosotros tuvimos razón; en todo caso ni por un momento lo dudamos entonces.
El 2 de
junio de 1946 se celebraron en Italia, simultáneamente, el referéndum sobre la
Monarquía y las elecciones generales a una asamblea constituyente. De Gasperi
seguía presidiendo el gobierno convocante. Venció la República con más de doce
millones setecientos mil votos. La Monarquía, gracias a la contribución
histórica de la Casa de Sabaya y a la campaña del rey Humberto 11 casi alcanzó
los once
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millones. El
Rey, con secretos apoyos de los aliados, se resistía a marchar. Por fin lo hizo
el día 13; se proclamó la República y Enrico de Nicola fue elegido presidente
provisional de la Primera República italiana.
La Santa
Sede no intervino en la polémica sobre la Monarquía saboyana que la había
despojado en 1870 de los Estados Pontificios. Se volcó, por el contrario, en
respaldar a la Democracia Cristiana que venció en las elecciones con el 32% de
los votos y 207 escaños, seguida por los socialistas (21%, 115 escaños) los
comunistas (19%, 104) con sólo 17 escaños para los monárquicos. Alcide de
Gasperi preside el siguiente gobierno de coalición con su partido, los
socialistas, comunistas y republicanos, en medio de una situación económica
angustiosa. Togliatti y los comunistas sufrieron una grave decepción; habían
soñado con poco menos que la mayoría absoluta, por su contribución a la
Resistencia. Pero el pueblo italiano recodaba también los crímenes de la
Resistencia comunista y puede que los fantasmas de Mussolini y Claretta Petacci
colgados como reses en el piazzale Loreto de Milán hicieran más contra los
comunistas que las prédicas de todo el clero italiano en favor de la DC. Los
Estados Unidos quedaron contentos del resultado y se dispusieron a ayudar a de
Gasperi para la reconstrucción de Italia y la pronta eliminación de los
comunistas del gobierno. Los sucesos de la guerra fría y el apoyo de Pío XII
contribuirían eficazmente al mismo objetivo; aun así la lucha permanente entre
DC y PCI sería la clave de la Primera República, sobre todo desde que el
socialista moderado Giuseppe Saragat se escindiera, bien pronto, de los
socialistas procomunistas dirigidos por Pietro Nenni.
SECCIÓN 2: LA GUERRA FRÍA
LAS ETAPAS DE LA GUERRA FRÍA
En rigor la
llamada guerra fría consiste en la confrontación entre los antiguos aliados de
la segunda guerra mundial; los aliados occidentales, dirigidos por los Estados
Unidos contra la Unión Soviética con su bloque de países satélites del
«socialismo real», es decir del comunismo puro y duro. Guerra fría es
prácticamente sinónimo de «estrategia de bloques»; el bloque occidental (al que
se unieron el Japón y la franja de países libres en la costa oriental de Asia,
desde Corea del Sur a Singapur, Australia y Nueva Zelanda) contra el bloque
marxista-leninista, con la URSS, los satélites europeos y desde 1949la inmensa
China. Quedaban teóricamente fuera de la estrategia de bloques, pero en
realidad sometidos a los tirones de cada bloque, los llamados países del Tercer
Mundo, como casi todos los de África, los de las riberas del océano Indico y
las naciones de Iberoamérica, que los Estados Unidos consideraban, ya desde
fines del siglo XIX, como su patio trasero aunque la URSS
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alentaba sobre
ellos ambiciones contrarias.
La muerte de
Stalin en 1953 y la confesión de los crímenes del monstruo revelada por Nikita
Kruschef tres años más tarde parecían atenuar las gravísimas tensiones de la
guerra fría pero sólo en apariencia; porque los sucesores de Stalin hasta
Leónidas Breznef mantuvieron la estrategia de expansión revolucionaria e
imperial, con diversos períodos y matices. En realidad la guerra fría termina
con la plena victoria de Occidente sobre el bloque soviético en 1989, cuando la
URSS y ese bloque se desintegran, lo cual, según veremos en los capítulos
finales del segundo libro, no significa que la amenaza contra Occidente
desaparezca en 1989, cuando solo un aficionado a la Historia pudo proclamar el
final de la Historia.
La Iglesia
católica participó activa y pasivamente en la guerra fría y contribuyó de forma
decisiva a la resurrección de Europa desde 1945 y al final de la confrontación
desde 1982. Más aún, los movimientos de infiltración marxista en la Iglesia
católica, que estudiamos en este capítulo, así como la teología de la
liberación y movimientos con ella relacionados son vectores estratégicos de la
guerra fría muy directamente. Por eso nos interesa en esta sección resumir
claramente el concepto y desarrollo convencional de la guerra fría para
comprender en los capítulos siguientes esas implicaciones que se refieren
directísimamente a la Iglesia.
En realidad
la guerra fría se prefigura (como había previsto pública y expresamente el
general Francisco Franco) a raíz del término de la guerra mundial. Suelen
señalarse como su principio las fases iniciales del asalto soviético al poder
en los países ocupados de Europa oriental, entre 1944 y 1945; y la intervención
británica en Grecia para frenar al comunismo que avanzaba irresistible. Cuando
la URSS había conseguido ya los objetivos reales o virtuales para la creación
de su imperio comunista en Europa, el salvador de Inglaterra Winston Churchill,
despedido absurdamente por sus compatriotas en 1945 gracias a un acto reflejo
del Gran Miedo se tomó cumplida revancha en su famoso discurso de Fulton
(Missouri) en presencia del presidente de los Estados Unidos, Harry Truman. Sus
palabras, además de exactas, constituyen la declaración de la guerra fría:
Puede
volver la Edad de Piedra… Estén alerta, lo aseguro, esto puede producirse en
breve espacio de tiempo. De Stettin en el Báltico a Trieste en el Adriático un
telón de acero ha caído sobre el Continente… La experiencia de la guerra me ha
enseñado que «nuestros amigos» rusos lo que más admiran es la fuerza y lo que
menos respetan es la debilidad militar… Así pues es necesario que los pueblos
de lengua inglesa se unan urgentemente para desalentar las tentaciones de la
ambición y de la aventura… La amenaza de una victoria de la tiranía pesa sobre
el tejado de cada casa, sobre la cabeza de todo ser humano[142].
Churchill
había utilizado ya la expresión «telón de acero» en una carta dirigida a Truman
el 12 de marzo de 1945. El discurso de Churchill en el Winchester College ante
cuarenta mil personas estalló como una bomba en todo el mundo, convenció a
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Truman, el
hombre de Missouri y logró que desde entonces la postguerra se conociera como
guerra fría.
Las
consecuencias se hicieron notar inmediatamente. En las elecciones holandesas
del 17 de mayo siguiente vencieron los católicos. El secretario de Estado
norteamericano James F. Byrnes pronunció un discurso en Stuttgart que parecía
un eco de Fulton: exigió la unidad económica y la reintegración plena de
Alemania en el concierto de las naciones pacíficas, echó en cara a la URSS las
crecientes trabas que imponía en Europa a la circulación de las personas, las
ideas y los bienes. Respaldados por la URSS los comunistas indochinos a quienes
dirige un líder de primer orden, Ho Chi Minh, intentan hacerse con el poder en
Hanoi y fracasan contra el ejército francés; pero inmediatamente crean un
ejército popular a las órdenes de un estratega colosal, el general Vo Nguyen
Giap. Había empezado la guerra de Indochina, uno de los conflictos más
característicos de la guerra fría.
Se habla
casi siempre de guerra fría política pero Occidente la planteó desde el
principio, muy acertadamente, en el terreno económico. El 1 de marzo de 1947
entra en funciones el Fondo Monetario Internacional, creado en los acuerdos de
Brenon Woods en 1944, mediante los que se constituía un fondo en oro y divisas
aportados por los Estados miembros para asegurar la cooperación monetaria
internacional y financiar el desarrollo de las naciones menos favorecidas. En
Fondo Monetario ha sido una empresa de los fabianos y los liberals, como
muestran las fuentes que hemos aducido anteriormente para describir al
fabianismo. El FMI, con su institución paralela, el Banco Internacional de
Recuperación y Desarrollo o Banco Mundial, tardó bastantes años en funcionar de
acuerdo con sus fines; que consistían sobre todo «en el carácter de revisión
regular y profunda de toda la gama de medidas económicas de los países
miembros». (M.G. de Vries). El FMI fue creado bajo la inspiración del gran
economista de la época y gran promotor del Estado de Bienestar, el superfabiano
John Maynard Keynes, que sobre todo en sus desahogos privados mostraba
profundos recelos contra el capitalismo, aunque públicamente trataba de
presentarse como un defensor del capitalismo. Tanto el FMI como el BM se
constituyeron y desarrollaron como un poderoso medio de control financiero
internacional principalmente en manos de los Estados Unidos (sector liberal)
como potencia hegemónica de Occidente. La URSS había firmado los acuerdos de
1944 pero no los ratificó y quedó fuera del Fondo[143]. Esta guerra
fría en el campo económico adquirirá una importancia enorme como concreción de
la lucha entre el capitalismo liberal del bienestar y el comunismo dogmático.
Unos días
después del inicio real del FMI el presidente Truman, de acuerdo con el
discurso de Churchill, reacciona ante la gestación del imperio soviético en
Europa y para atender a las demandas de socorro lanzadas por los gobiernos de
Grecia y de Turquía propone la llamada doctrina Truman que marcará la
estrategia político-económica de la guerra fría, que consiste en contener la
expansión del comunismo mediante una generosa ayuda económica y militar a los
países amenazados. De ello
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va a
encargarse el nuevo secretario de Estado, general Marshall, que acertó de lleno
en la ayuda a la Europa libre pero abandonó sin pensarlo bien a la China
nacionalista de Chiang Kai Chek; la siguió apoyando pero sin la menor fe en sus
posibilidades frente al empuje de los comunistas chinos y soviéticos. Así se
llegó al año 1947, en que la guerra fría se desencadena en toda su plenitud. La
Conferencia de los Cuatro celebrada en Moscú el 24 de abril para convenir el
destino de Alemania termina en fracaso completo; los negociadores soviéticos
rompen con los occidentales, quienes por su parte no disimulan ya su
reprobación a las presiones comunistas para tomar o afianzar su poder en Europa
oriental. En vista de la situación, los comunistas son excluidos de los
gobiernos occidentales en que participaban, Francia e Italia. Acto seguido, el
5 de junio, los Estados Unidos proponen el plan Marshall como gran palanca para
la reconstrucción de Europa. La URSS y sus satélites lo rechazan; el Plan
contribuirá decisivamente al desarrollo y el progreso europeo, aunque España,
que no había intervenido en la guerra mundial, queda absurdamente fuera de él.
Pero no del todo; los Estados Unidos forzaron a Inglaterra para que aceptase
una nueva política de los aliados hacia España, considerada por el Pentágono
como un bastión del anticomunismo. En ese año don Juan de Borbón, tan mal
aconsejado como siempre, publica, con escasa resonancia, su segundo manifiesto,
mucho más antifranquista que el de 1945; justo cuando los Estados Unidos habían
decidido aceptar indefinidamente al régimen de Franco para evitar una guerra
civil en España. Algunos historiadores juanistas todavía no se han enterado.
Don Juan, pretendiente al trono de España, perdió ese día el trono.
El impulso
descolonizador que se originó con fuerza imparable por los grandes movimientos
y convulsiones de la segunda guerra mundial cobra un vigor extraordinario
mediante la independencia de la India y el Pakistán el 15 de julio de 1947;
está naciendo el Tercer Mundo. La URSS contraataca al Plan Marshall con la
creación de la Komiform, mucho más que un simple órgano informativo; se trata
de una reencarnación de la Comintern con aparente respeto por la «autonomía» de
los partidos comunistas nacionales, por la que Stalin no sentía ni demostraba
el menor respeto. La creación del Estado de Israel tuvo lugar a las cero horas
del 15 de mayo de 1948. Los ejércitos árabes se arrojaron sobre los dispersos
territorios de Israel, que resistió de manera asombrosa a una guerra desigual
hasta lograr la primera de sus grandes victorias. Desde entonces un nuevo
factor histórico de importancia decisiva tomaba cuerpo en el conflictivo Medio
Oriente.
La creciente
hostilidad entre los dos bloques alcanza uno de sus tractos culminantes con el
golpe comunista de Paga (febrero de 1948, como sabemos) y el bloqueo de Berlín
decretado alevosamente por los soviéticos el 25 de junio. Pero al día siguiente
el mando militar norteamericano salva a la ciudad con el comienzo del puente
aéreo a través del triple corredor permitido para el tránsito aliado. Este
alarde de la organización y la decisión norteamericana dura hasta mayo de 1949,
en que los soviéticos deben aceptar el fracaso de su chantaje. En el mismo año
48, como
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sabemos
también, el bloque soviético se estremece con su primera fisura, la rebelión de
Tito en Yugoslavia. Pero si la URSS pierde alguna batalla, continúa con tesón
dogmático su guerra fría contra Occidente. A comienzos de 1949 crea el falso
Mercado Común comunista, el COMECON, que instituye la tiranía económica de la
URSS sobre sus países sometidos y se saldará con un fracaso estrepitoso porque
no se construyó racionalmente sino como réplica estratégica al plan Marshall.
Este es el año en que a la creación de la República Federal de Alemania
responde la URSS con la República Democrática Alemana, a la que desea presentar
como estrella del progreso económico y social del comunismo; lo malo es que
muchos compañeros de viaje entre la intelectualidad occidental se lo llegan a
creer sin molestarse en analizar la información falsa que distribuye la
propaganda soviética. En abril de este año 1949 se firma la Alianza Atlántica y
se crea su sistema de defensa estratégica, la Organización del Tratado del
Atlántico Norte u OTAN, convertida desde el primer momento en blanco de las
invectivas soviéticas y de los terminales soviéticos en el mundo occidental de
la cultura y la información. Pero el año 1949 vendrá marcado por una tragedia
incalculable: la victoria final de los comunistas chinos, a las órdenes de Mao
Tse Tung, contra el corrupto Kuomintang de Chiang Kai chek, cuyos restos han de
refugiarse en la isla de Taiwan sin abandonar nunca el sueño de la reconquista.
Para colmo la URSS hace explotar, gracias al trabajo secreto de sus espías en
Norteamérica, su primera bomba atómica que le permite establecer el equilibrio
del terror. La conmoción en todo el mundo es tremenda.
El 25 de
junio de 1950 la invasión comunista de Corea del Norte sobre la del Sur inicia
un nuevo conflicto clásico de la guerra fría: la guerra de Corea, con masiva
intervención posterior del ejército comunista chino. Se renovó el Gran Miedo de
la postguerra y muchas gentes creyeron llegada la hora de la tercera guerra
mundial, con poder nuclear en uno y otro bando. No fue así; se llegó a un final
en tablas y el horizonte parecía aclararse para Occidente cuando en 1952 fue
elegido Presidente de los Estados Unidos el general Dwight D. Eisenhower y en
1953 murió de muerte espantosa el dictador soviético José Stalin.
LA GUERRA FRÍA DESPUES DE STALIN
Stalin había
muerto a principios de marzo de 1953. Pero quienes pensaron en una atenuación
de la guerra fría quedaron decepcionados bien pronto. Algo más de tres meses
después se produjo una sublevación de trabajadores en Berlín y otros puntos de
la República Democrática alemana. Una huelga revolucionaria en el paraíso
soviético era un acontecimiento insólito, precedido además por la fuga a la
otra Alemania de más de 160 000 alemanes orientales desde principios del año.
Los sublevados pusieron en libertad a prisioneros políticos y confraternizaron
con la multitud hasta la llegada de los carros de combate soviéticos que
aplastaron la rebelión. Las
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autoridades
detuvieron a veinticinco mil culpables. La comparación entre las dos Alemanias
se hacía cada vez más hiriente pero los confusos sucesores de Stalin
reaccionaron ante la sublevación alemana con técnica staliniana pura. Y no
renunciaron a la expansión revolucionaria de la URSS. El 26 de abril de 1954 el
general comunista Giap sumergía tras una heroica defensa a la guarnición
francesa aislada en Dien Bien Fu; una derrota que marcaba el final de la guerra
de Indochina para Francia, donde tomarían el relevo los Estados Unidos de
acuerdo con la doctrina Truman de la contención. Pero la misma Francia que se
iba a retirar de Indochina sufre en lo más vivo una nueva guerra
revolucionaria: la de los independentistas argelinos, alentados por el bloque
soviético, a partir del 1 de noviembre de 1954. El nuevo liderazgo de la URSS
se clarifica el 8 de febrero de 1955, en manos de Bulganin y Kruschef. A las
pocas semanas se celebra la conferencia de líderes del Tercer Mundo en Bandung
(18-26 de abril). Un vastísimo campo para la expansión chino-soviética de pleno
acuerdo con la doctrina de Lenin sobre la lucha de clases a escala mundial,
para «liberar» a las naciones oprimidas por el imperialismo de Occidente
unciéndolas al imperialismo marxista-leninista. Afianzado en el poder supremo
de la URSS el orondo Nikita Kruschef sorprende al mundo entero, y todavía más a
los correligionarios comunistas, cuando aprovecha el XX Congreso del PCUS para
denunciar las aberraciones y los crímenes de Stalin, el dios rojo que hasta el
momento habían venerado los comunistas de todo el mundo. Nada tiene de extraño
que la Polonia sometida al comunismo creyese en la desestalinización por lo que
sus obreros se alzaron en Poznan contra la tiranía comunista el 28 de junio
siguiente al
XX Congreso; pero la represión del Ejército Rojo
reprodujo los excesos de lo sucedido en Alemania. Sin embargo la prueba más
concluyente sobre la continuidad de la guerra fría se dio ese mismo año; cuando
Francia e Inglaterra, creyendo aún que seguían siendo grandes potencias,
invadieron Egipto en combinación con una ofensiva relámpago de Israel, con el
fin de derribar al líder del nuevo Egipto y del Tercer Mundo, Gamal Abdel
Nasser. Pronto saldrían todos de su error. Los Estados Unidos y la URSS
actuaron coordinadamente y ordenaron a franceses, ingleses y judíos que
cortaran en seco su ofensiva. Desde aquel momento no hubo más que dos
superpotencias en el mundo; y una de ellas, la URSS, aprovechó arteramente la
aventura de los occidentales en Suez para invadir con sus fuerzas acorazadas a
una Hungría que había osado derribar a su dictadura staliniana en nombre de una
confusa libertad inscrita entre el comunismo moderado y la ilusión democrática.
Nuevamente los carros soviéticos se encargaron de aplastar a los rebeldes y
reimplantar el comunismo ortodoxo. Las naciones de Occidente desatendieron las
llamadas de socorro que les enviaron los húngaros y no se movieron. El espíritu
de Yalta seguía rigiendo los destinos de Europa.
Pero Europa
occidental, cada vez más recuperada económicamente, se consolidaba
institucionalmente con la firma, el 25 de marzo de 1957, del Tratado de Roma
que significaba bastante más que la creación de un Mercado Común
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infinitamente
más libre y eficaz que el pacto de vasallaje soviético llamado COMECON. En la
URSS Nikita Kruschef elimina a su «grupo antipartido» según la acrisolada
terminología y táctica de su maestro Stalin y reafirma su dictadura absoluta
mientras va fracasando lamentablemente en todos sus esfuerzos de reforma y
desarrollo económico, aunque estos fracasos se ocultan cuidadosamente a
Occidente gracias a la faramalla del primer satélite artificial lanzado el 5 de
septiembre del mismo año. Por fin el 27 de marzo de 1958 Nikita Kruschef
concentra en su persona todos los poderes del Estado y del Partido. Poco
después fallecía el Papa Pío XII.
SECCIÓN 3: LA PÉRDIDA DE CHINA
DE LA LARGA MARCHA A LA REPÚBLICA POPULAR
La pérdida
de China desde las manos del corrupto régimen de Chiang Kai chek a las del
comunista Mao Tes tung no es un simple episodio de la guerra fría sino un
cataclismo cuyas consecuencias trágicas perviven hoy y han afectado
profundamente a la Iglesia católica implantada, con más calidad que número de
adeptos, en aquel inmenso país de Asia. Entre la nutrida bibliografía que voy a
utilizar para esta sección recomiendo dos libros de especial interés. Primero
el estudio —único— del profesor James T. Myers Enemies without guns[144] que es una documentadísima
historia sobre la persecución comunista contra la Iglesia católica en China; el
segundo, China, otra perestroika[145], nace de un
inteligente y penetrante jurista y observador español, Alberto Bailarín
Marcial.
Caído el
milenario Imperio del Centro en 1911, el creador del partido reformista y
nacionalista Kuo min tang, doctor Sun Yat sen, artífice de la República de
China, tuvo que enfrentarse en cruenta guerra civil con los señores de la
guerra en medio de la anarquía y el caos que llegaba a su apogeo en 1919,
cuando un joven bibliotecario ayudante de la Universidad de Pekin, el
desconocido Mao Tse tung entraba ya en contacto con los agentes de la Comintern
y fundaba en 1921, con otros intelectuales, el Partido Comunista de China, a
quien Lenin ordenó firmar una alianza táctica con los nacionalistas del Kuo min
tang. Era la primera aplicación expresa de lo que se llamaría en los años
treinta «frente unido», en este caso contra los señores de la guerra que dominaban
el Norte de China. En el inmediato intercambio de consejeros soviéticos y
políticos nacionalistas chinos llegó a Moscú para recibir la formación política
adecuada el joven oficial y ayudante del doctor Sun, llamado Chiang Kai chek,
que se hizo muy amigo de Trotski. A su regreso fue nombrado jefe de la Academia
militar (cerca de Cantón) donde intimó con un joven asesor político comunista,
Chu En lai. Cuando se preparaba la campaña militar contra el Norte rebelde,
Chiang Kai chek dio un golpe de Estado en Cantón para eliminar la
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influencia
comunista que minaba al Ejército pero los consejeros soviéticos se tragaron la
afrenta y lograron una precaria reconciliación con Chiang. Ya era Stalin el amo
de la URSS y, lo mismo que Lenin, consideraba a la inmensa China como un
objetivo esencial de la Internacional Comunista. Convertido ya en figura
nacional, Chiang Kai chek emprendió la gran expedición contra los señores de la
guerra en el Norte y los fue reduciendo uno por uno. Conquistó Nankin en marzo
de 1927, completó su victoria poco después con la toma de Shangai y se revolvió
contra los enemigos políticos que le acechaban desde el Partido, a cuya ala
izquierda depuró sin contemplaciones. La derecha de China, las grandes
fortunas, los terratenientes y los dueños de la industria se alinearon a sus
órdenes. Ordenó una matanza de líderes comunistas en Shangai y marchó sobre
Pekin, entonces en manos comunistas; su entrada en la capital histórica de
China fue la apoteosis de un paseo militar. Chiang Kai chek se convirtió en el
sucesor indiscutido de Sun Yat sen y en el amo del Kuo min tang y del Ejército.
Es difícil
para un observador occidental comprender el sutil juego de ideología, intereses
y poder que forman la trama de la contradictoria relación entre Chiang Kai chek
y los comunistas chinos. Cuando en 1927 éstos se convencieron de que el joven
general victorioso era un enemigo de clase organizaron una insurrección contra
el Kuo min tang en agosto, fecha que desde entonces consideran como la
fundacional del Ejército Rojo de China. El golpe fue reprimido con eficacia por
las tropas de Chiang y el Ejército Rojo, entre cuyos organizadores estaba Mao
Tse tung, tuvo que retirarse hacia el sur de China, donde fracasó al provocar
una insurrección en Cantón. El Ejército Rojo volvió a retirarse al interior,
convertido en una tropa nómada que después de varios contratiempos consiguió
unirse en abril de 1928 con otro ejército reclutado entre los campesinos de su
provincia por Mao Tse tung, que rehusó seguir las directrices estratégicas de
lucha revolucionaria en las ciudades y dirigió a sus tropas del interior para una
lucha de guerrillas apoyada en los campesinos oprimidos; así nacía el maoísmo
con orientación absolutamente divergente del marxismo y el leninismo que sin
embargo profesaba. El Ejército Rojo se rehízo en el Kiangsi (al nordeste de
Cantón) pero Chiang no pudo atacarle porque seguía enzarzado en la lucha del
Norte contra los señores de la guerra residuales. Por fin en 1930 Chiang Kai
chek trató de aniquilar al Ejército Rojo pero Mao y Chu En lai rehuyeron
constantemente el enfrentamiento, disolvían sus unidades y las rehacían a
retaguardia del enemigo, que era muy superior, pero sufría permanentemente la
hostilidad de los campesinos adoctrinados por la eficaz propaganda comunista.
Chiang fracasó en sus dos «campañas de exterminio» contra el Ejército Rojo, en
1930 y 1931; Mao contaba ya con trescientos mil hombres. En la campaña de 1931
los comunistas alcanzaron una importante victoria militar y Chiang hubo de
frenar la contraofensiva al saber que los japoneses habían invadido la
Manchuria, al norte de China, donde establecieron el Estado satélite del
Manchukuo. Chiang contemporizó con los japoneses mientras
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Mao y Chu
les declaraban solemnemente la guerra, sin la menor posibilidad de trabar
contacto con el invasor. Chiang volvió a fracasar en su cuarta «campaña de
exterminio» en 1932 pero, de acuerdo con asesores militares enviados luego por
Hitler, decidió cercar al Ejército Rojo y ahogarle poco a poco.
Esta táctica
dio resultado en la quinta campaña de Chiang contra el Ejército Rojo, que se
había reducido a cien mil hombres. Mao no dominaba aún la dirección del partido
comunista ni tampoco era el jefe absoluto del Ejército Rojo pero su prestigio
político y militar era ya muy grande cuando los comunistas decidieron romper el
cerco y emprender la legendaria Larga Marcha hacia el Norte, en octubre de
1934. El Ejército Rojo empezaba una sinuosa marcha a través de diez mil
kilómetros, por territorios donde campaban los señores de la guerra, primero
hacia el Oeste, luego hacia el Norte, sin atacar a las ciudades, viviendo sobre
los campos, perseguidos por Chiang. El comportamiento del Ejército Rojo con los
campesinos y los propietarios de alimentos fue ejemplar. A veces marchaban más
de cien kilómetros al día.
En junio de
1935 las tropas de Mao enlazaron con otro ejército comunista que se había
formado en el oeste de China. Mao impuso su criterio de que avanzasen todos
juntos hacia el norte, a través del inhóspito Tibet oriental, porque deseaba
entrar cuanto antes en contacto ofensivo con los japoneses. A mediados de
septiembre de 1935 las diferencias entre Mao y Chu se agriaron y decidieron
dividir fuerzas y separarse. Al frente del Primer Cuerpo del Ejército Rojo Mao
siguió el avance hacia el norte, irrumpió en la provincia de Kansu y derrotó a
las fuerzas nacionalistas que al fin trataron de cerrarle el paso. El 20 de
octubre de 1935 se reunía con el Cuerpo de ejército de Kao en el Shensi del
Norte. Era el final de la Larga Marcha.
Con la
llegada de un nuevo contingente del interior en 1936 el Ejército Rojo contaba
con ochenta mil hombres; los seguidores de Mao, diezmados en el terrible
camino, sólo eran treinta mil. Establecieron su cuartel general en Yenan,
protegida por cadenas montañosas. Chiang Kai chek trató de organizar una nueva
campaña de exterminio, ahora dirigida contra el bastión comunista de Yenan.
Pero la invasión japonesa de China en el verano de 1937 forzó una tregua entre
nacionalistas y comunistas chinos.
El 7 de
julio de ese año se cruzaron disparos junto al puente Marco Polo al oeste de
Pekín entre soldados japoneses del barrio de las legaciones y un destacamento
chino. Poco antes el líder comunista Chu En lai había liberado a Chiang de la
detención a que le sometió uno de sus subordinados, a cambio de lo cual Chiang
pactó con los comunistas chinos para enfrentarse al ejército del Japón. Sin
previa declaración de guerra los japoneses tomaron Pekin y doblegaron las
defensas chinas de Sbangai en noviembre, para marchar luego sobre Nankin, que
fue tomada el 13 de diciembre. En 1938 los avances japoneses lograron grandes
victorias como la toma de Cantón. Sin embargo Chiang decidió resistir desde su
nueva capital, Chugnking mientras los japoneses cometían toda suerte de
desmanes en su zona ocupada, a lo que Chiang y sobre todo los comunistas
respondieron con una extensa guerra de
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guerrillas
que sirvió a los comunistas para ganarse muchas simpatías de los campesinos.
Porque la fuerza guerrillera principal estaba formada por los comunistas de
Yenan que crearon una estructura de poder en las «zonas liberadas». Estos
éxitos despertaron la envidia de Chiang, cuyas tropas estaban casi a la
defensiva cuando no hostilizaban arteramente a los comunistas. En 1944 el
ejército de Mao superaba de nuevo los 300 000 hombres y al final de la guerra
mundial en 1945 la gran mayoría de los pueblos en la zona ocupada por los
japoneses estaba en manos de los comunistas. La URSS invadió la Manchuria
japonesa en los últimos días de la guerra mundial. A fines de 1945 los
comunistas chinos, con el apoyo inmediato de los soviéticos, estaban decididos
a enfrentarse con los nacionalistas. El general Marshall, enviado a China como
mediador entre comunistas y nacionalistas, estaba convencido al principio de la
enorme superioridad militar de Chiang contra Mao; un ejército cuatro veces
mayor, una aviación poderosa mientras los comunistas carecían de ella. En 1946
la guerra civil de nacionalistas y comunistas estalló por el dominio de
Manchuria y pronto prendió, gracias a la siembra guerrillera de Mao, en toda
China.
Los
comunistas se adueñaron de los campos y de las comunicaciones en el norte de
China. Los nacionalistas lograron la conquista de Yenan, la capital comunista
de la guerra pero los comunistas les acorralaron en las ciudades de Manchuria.
La guerra civil iba a decidirse por el factor moral; frente al irreprochable
comportamiento del Ejército Rojo las tropas de Chiang se distinguían por su
opresión y por su corrupción. Al comenzar 1948 Lin Piao, segundo de Mao, lanzó
su ofensiva final contra los nacionalistas en Manchuria. A partir de entones el
Ejército Rojo, que había minado la retaguardia enemiga con sus infiltraciones,
empezó a tomar ciudades importantes y llevó la guerra al centro de China. A
fines de octubre Lin Piao destrozó al ejército de socorro enviado por Chiang a
la capital cercada de Manchuria, Mukden, y la rindió inmediatamente.
Cuatrocientos mil nacionalistas cayeron prisioneros en Manchuria; cuatrocientos
mil comunistas se pusieron desde allí en marcha hacia el sur y atravesaron la
Gran Muralla. En noviembre seiscientos mil comunistas vencieron a un número
equivalente de nacionalistas en la gran batalla de Huan Hai, una de las más
decisivas de la historia universal. El Ejército Rojo había vencido por clara
superioridad militar y sobre todo moral. Era el principio del fin. Pekín y
Tientsin cayeron en enero de 1949. El Ejército Rojo cruzó el Yang tse y
conquistó Nankin en abril y Shangai en mayo. Las divisiones de Chiang
desertaban en masa, lo mismo que sus comandantes locales. El 1 de octubre de 1949
Mao Tse tung proclamó la República Popular de China en Pekín. Al año siguiente
el Ejército Rojo ensanchó su victoria con la invasión y ocupación de la
altiplanicie del Tibet. El bloque comunista —la URSS y sus satélites, China y
los suyos— se configuraba como una nueva amenaza para el mundo. Muchos
occidentales, muchos países del Tercer Mundo, muchos cristianos —entre ellos
dos futuros Papas— creyeron que se iniciaba un nuevo milenio rojo irreversible.
Otro Papa, el de entonces, Pío XII, se dispuso a
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luchar
contra la pleamar comunista; no hasta la muerte sino hasta la victoria. Aunque
no sería él quien la lograra. El bloque comunista albergaba la misma decisión
de combate; y para entonces pretendía penetrar en las defensas de Occidente y
de la Iglesia —desde 1944— mediante la estrategia de persecución y de
infiltración[146].
MAO TSE TUNG BUSCA LA ANIQUILACIÓN DE LA IGLESIA
CATÓLICA
Gracias al
profesor James T. Myers, que se apoya en documentos y testimonios irrefutables,
conocemos hoy con todo detalle la terrible persecución de la República Popular
china contra la Iglesia católica bajo la dictadura de Mao Tse tung. Una
persecución que coincide casi cronológicamente con las que sufrió la Iglesia
durante el vasto proceso de toma del poder por los comunistas y la URSS en los
países sometidos de la Europa Oriental.
La Iglesia
católica había entrado en China en el siglo
XVI, gracias a la Compañía de Jesús que envió a
Extremo Oriente, con el apoyo de Portugal, nada menos que a San Francisco
Javier. Tras una estancia en las colonias portuguesas del Índico, Javier se
lanzó a la evangelización del Japón donde obtuvo éxitos notables pero en Japón
advirtió la veneración y complejo de inferioridad cultural que los japoneses
sentían hacia China, el Imperio del Centro, y cuando a ella se dirigía murió en
una isla del litoral. Le siguió a fines del siglo XVI un ilustrado equipo misionero
de jesuitas dirigidos por el padre Mateo Ricci que se ganó el respeto universal
de la Corte y la clase dirigente del Imperio. En los siglos XVII
y XVIII
los jesuitas franceses, siempre tentados por el poder, llegaron a desempeñar
importantes puestos de gobierno en tiempos de la dinastía manchú.
En 1947,
cuando los comunistas iniciaron la persecución contra la Iglesia en las zonas
que dominaban, el censo católico comprendía 3 274 740 fieles que ejercían, pese
a su escaso porcentaje en una China de 500 millones de habitantes, una
influencia social muy considerable. Comprendía la Iglesia china 20
arzobispados, 85 diócesis y 39 prefecturas apostólicas. De los 5788 sacerdotes
católicos 2968 eran chinos. De los 7463 religiosos, 5112 chinos. Los
establecimientos católicos de enseñanza llegaban a 12 739 antes de la guerra
contra el Japón y la guerra civil; se habían reducido a la tercera parte
después de la guerra pero contaban aún con más de trescientos mil alumnos entre
los que se lograban muchas conversiones. Existían tres magníficas universidades
católicas en Shangai, Pekin y Fu Jei. La Iglesia dirigía 210 hospitales, que en
1948 atendieron a más de ochenta mil pacientes. El número de edificios
católicos existentes en China en 1949 superaba a los de la Iglesia en Estados
Unidos[147].
La
persecución abierta, aunque de momento localizada, empezó en 1947, dos años
antes de la toma comunista del poder en toda China, cuando tropas comunistas
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destruyeron
la espléndida abadía cisterciense de Yang Ji Pin, ochenta millas al noroeste de
Pekin; secuestraron, vejaron y asesinaron a los monjes, algunos de los cuales
murieron como auténticos mártires. Mao se había hartado de proclamar la plena
libertad religiosa en la Nueva China pero su concepto de esa libertad se
parecía mucho a la de Stalin cuando afirmaba lo mismo. El espíritu supremo de
la República Popular China, nacida como sabemos el 1 de octubre de 1949, era
«el pensamiento de Marx, Lenin y Mao». Ese pensamiento tenía como punto central
y fundamental el ateísmo y la consiguiente decisión de erradicar toda religión;
Mao se ensañó especialmente con la católica, por la obediencia de sus fieles a
una «autoridad extranjera», el Papa de Roma. Al principio, sin olvidar excesos
como el que se ha indicado, Mao conoció a todas las fuerzas sociales de China
según la táctica staliniana del «Frente Unido» para la lucha contra el
imperialismo extranjero y la liberación de la patria. Poco antes de su victoria
definitiva en 1949 proclamó la «Dictadura democrática del pueblo», una
contradicción in terminis que realmente significaba la dictadura del
partido comunista y pronto su propia dictadura personal. La primera ofensiva
contra la Iglesia consistió en una infiltración comunista en todos los centros
católicos de enseñanza, que terminaron por caer bajo el completo control
comunista, una vez que, por ejemplo en las Universidades, los comunistas
fomentaran la indisciplina y la anarquía. Las propiedades de los establecimientos
y misiones católicas fueron gradualmente confiscados. Pero en 1950, con el
estallido de la guerra de Corea en la que pronto intervinieron fuerzas
militares chinas, la persecución religiosa se recrudeció. Se promulgó una ley
del matrimonio que atentaba directamente a la familia tradicional china, que
contenía elementos muy coincidentes con las normas católicas. La ley de reforma
agraria equivalía a una confiscación de muchas propiedades eclesiásticas, y su
objetivo final era la colectivización de la tierra. De 1950 a 1952 fueron
expulsados casi todos los misioneros extranjeros, y a la cabeza de ellos el
Internuncio de S.S. monseñor Antonio Riberi, tras sufrir un arresto
domiciliario. En ese mismo año un numeroso grupo de líderes protestantes acordaron
con el primer ministro Chu En lai participar en el programa de las «Tres
autonomías» para las iglesias: autonomía para la administración, para la
financiación y para la propagación de la fe. Los católicos no participaron en
esta propuesta que en realidad entregaba como contrapartida el control político
de las iglesias al poder del Estado comunista. El régimen creó un departamento
de asuntos religiosos en 1951 y trató de conseguir una seria infiltración en
las filas católicas. La primera brecha se había abierto en el Manifiesto de
Independencia y Reforma publicado por un sacerdote católico en 1950 que
proclamaba la independencia de todo imperialismo y que fue suscrito por muchos
católicos chinos y bastantes sacerdotes. Era la siembra de la Iglesia Patriótica,
el cisma provocado con éxito por los comunistas contra la autoridad pontificia
sobre los católicos de China.
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El siguiente recurso de que se valieron los
comunistas contra los católicos fue la campaña «Contra los
antirrevolucionarios» desencadenada en 1951. Esta campaña permitía las
ejecuciones en masa, de las que en 1951 y sólo en una provincia se registraron
28 000, entre ellos muchos católicos. En la campaña persecutoria de 1951 fueron
detenidos diecinueve obispos católicos chinos y extranjeros junto a tres mil
sacerdotes. Para entonces ya habían sufrido expulsión un millar de misioneros,
incluidas numerosas monjas. Tres jesuitas franceses fueron detenidos bajo
falsas acusaciones de espionaje. Siguió aumentando la lista de mártires pero
también la de sacerdotes y fieles que se adherían a la Iglesia Patriótica. En
1954 los comunistas tomaron por asalto, incluso físicamente, la diócesis de
Shangai, la más próspera de toda China. La presión persecutoria no cejaba. En
1954 de los más de cinco mil misioneros católicos extranjeros que vivían en
China en 1949 sólo quedaban 267, de los cuales 71 en la cárcel. En diciembre de
ese año sólo quedaban 61, de ellos 21 en la cárcel. El Papa Pío XII se vio
obligado a intervenir ese mismo año con una encíclica dirigida al pueblo chino,
en que hacía expresamente compatibles la fe católica plena y al patriotismo
nacional, aunque censuraba a la Iglesia patriótica amargamente, cuyos
promotores replicaron al Papa con dureza. En ese mismo año 1954 se habían
producido detenciones en masa contra los sacerdotes chinos que rechazaban
sumarse a la Iglesia gubernamental.
En 1956 y
1957 Mao desencadenó la «Campaña de las Cien Flores» para animar engañosamente
al debate público sobre cualquier cuestión, pero cuando los intelectuales
ingenuos levantaron la voz pronto cayeron bajo la guadaña de la «campaña
antiderechista» con la que Mao preparaba su «Gran Salto adelante» de 1958. Las
Cien Flores se habían convertido en un aluvión de críticas al maoísmo, que
cortó esas flores con decenas de miles de ejecuciones; se trata de una de las
trampas más criminales de la Historia. Quiso hacerlas olvidar con el Gran Salto
Adelante, un gigantesco esfuerzo para fabricar acero en hornos domésticos y
reagrupar a los campesinos en enormes comunas. La catástrofe fue
indescriptible. El acero producido en los corrales no servía ni para chatarra y
todos los demás proyectos naufragaron en la incultura y la ignorancia de la
población; las consecuencias del Gran Salto no se han remediado todavía.
En medio de
estas alucinaciones el propio primer ministro Chu En lai se decidió a relanzar
la Iglesia patriótica de China. Aunque muchos prelados y fieles se mantuvieron
firmes y leales a Roma esta vez los comunistas cuajaron el cisma que pretendían
desde 1949; la Iglesia patriótica contó con varios obispos desertores,
numerosos sacerdotes y miles de fieles. Los obispos cismáticos desatendieron el
aviso de excomunión que les vino de Roma y ordenaron a otros obispos y muchos
sacerdotes. Algunos obispos y sacerdotes habían desertado después de años de
prisión y tortura; y si bien criticaron acerbamente al Papa declararon muchas
veces que seguían en comunión con el Papa. Restaba aún a la Iglesia de China
(incluida la
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Patriótica)
la espantosa e irracional prueba que se conoce como Revolución Cultural de los
Guardias Rojos, diez años eternos a partir de 1966. Pero he preferido referirme
a la persecución de la Iglesia en China hasta el fin del pontificado de Pío
XII. Ya veremos en su momento que cuando se inició la era reformista de Deng
Xiaoping la Iglesia católica no había sido aniquilada en China a pesar de sus
terribles heridas. Como en el caso de México, como en el caso de España, los
católicos de China habían preservado en gran número su fe, y se dispusieron a
seguir luchando por la libertad. No fue éste el menor de los fracasos de ese
repugnante e infrahumano fracasado que se llamó Mao Tse tung.
SECCIÓN 4: LA INFILTRACIÓN EN OCCIDENTE: EL
MOVIMIENTO PAX
LA DENUNCIA DEL CARDENAL WYSZYNSKI
El coronel
José Ignacio San Martín fue nombrado en 1969 jefe del Servicio Central de
Documentación de la Presidencia del Gobierno español (SECED) un organismo para
la seguridad del Estado que tras varias evoluciones se ha transformado en lo
que hoy es el CESIO. Al referirse a los primeros años cincuenta el coronel
recuerda, en sus Memorias, un dato interesante:
Entre
tantas contradicciones que creaban fisuras y disgregaciones se había formado un
buen caldo de cultivo para que la subversión política se introdujera en el
ámbito religioso, utilizando muchos temas religiosos como medio de una acción
demoledora. No era nada nuevo. Diecisiete años antes se me habían proporcionado
en París documentos del máximo interés en los que figuraban las consignas de
los partidos comunistas para penetrar en los medios religiosos, recomendando
incluso la ordenación sacerdotal, para lograr extender su influencia sobre la
sociedad[148]. Estos proyectos de infiltración fueron
conocidos por San Martín, pues, en 1952, el año anterior al que señala como
principio de la agitación subversiva en la Iglesia española. Sin embargo el
programa para la infiltración comunista en las sociedades occidentales —según
la estrategia de Gramsci que hemos explicado— tiene su origen en la consigna
sobre «la hoz y la cruz» dada por uno de los líderes de la Comintern,
Manuilski, al nuevo agente de la Comintern, el joven Santiago Carrillo tras la
derrota comunista en la guerra civil española, en 1939[149]; durante la
segunda guerra mundial se produjeron muchas aproximaciones (sobre todo en
campos de concentración) entre cristianos y comunistas y la consigna de 1939 se
convirtió, al terminar la guerra mundial, en plan de infiltración elaborado por
el PCUS y la KGB desde una plataforma satélite del catolicismo polaco: así
nacía el movimiento cristiano-comunista llamado PAX.
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Al terminar la segunda guerra mundial un
movimiento católico «progresista», es decir, cada vez más claramente comunista,
difunde sus actividades «culturales», es decir políticas y proselitistas, en
Polonia (presentándose siempre como movimiento católico) y de allí, por la
acción personal de su fundador, el conde Boleslaw Piasecki, se extiende a
Francia y a Bélgica, prepara activamente el seguimiento y la cobertura
informativa del Concilio Vaticano 11 mediante una institución creada al efecto,
el IDOC (esta es la grafía que utiliza el boletín de la institución, de la que
hablaremos más tarde) y salta también el Atlántico donde, bajo la forma de «Pax
Christi» y de IDOC establece centros activistas en México, los Estados Unidos y
muchos puntos de Iberoamérica. Hasta 1963 la prensa «progresista» europea,
sobre todo la francesa, obsesionada desde 1945, como veremos, con el entonces
famosísimo «diálogo entre cristianos y marxistas» jalea constantemente a PAX y
a Piasecki, que siguen extendiendo su red mundial. Pero llega la primavera de
1964 y revienta uno de los grandes escándalos de la Iglesia en este siglo. La
revista francesa Permanences[150] publica una
carta, hasta entonces reservada, de la Secretaría de Estado del Vaticano al
Nuncio en París en la que se incluye un informe detallado del cardenal primado
de Polonia, monseñor Wyszynski, sobre el movimiento PAX y su fundador-director.
Los obispos y superiores religiosos de Francia reciben la carta pero la
mantienen en secreto hasta que alguien la filtra, con el informe Wyszynski, en
1964. La revista Itinéraires comprueba a fondo las fuentes, se asegura
de la autenticidad y publica íntegramente los dos documentos poco
después. Era el apogeo de Juan XXIII y del Concilio; la conmoción en el mundo
católico y en el mundo estratégico fue terrible y la prensa «progresista», es
decir cristiano-marxista de Francia levantó un clamor «Ostentóreo» (ese precioso
neologismo que ha popularizado la radio satírica) hasta que, por fas o por
nefas, hubo de tascar el freno. Me dicen que se publicó una edición española
del dossier Itinéraires en la Editorial Afrodisio Aguado pero la Iglesia
española de entonces, asombrada en el Concilio, vivía las dulzuras
oposicionistas de la era Riberi-Benelli (que describiré en el correspondiente
capítulo) y alguien debió de comprar de golpe la edición íntegra (como dicen
que solía hacer don Juan March con los libros que le molestaban y se ha dicho
también sobre mis libros sobre jesuitas y teología de la liberación en los años
ochenta) y el dossier no se difundió en España. Creo que por primera vez se
publica íntegramente en castellano, con referencia de fuentes, en este libro[151]. Luego matizaré esta exclusiva.
CARTA DEL NUNCIO
DE SU SANTIDAD EN FRANCIA 6JUNIO 1963
El
Secretariado del Episcopado ha recibído de Monseñor el Nuncio apostólico la
carta siguiente:
«El Cardenal
secretario de Estado me ruega poner en conocimiento del Episcopado y de los
Superiores Mayores de los religiosos residentes en Francia la nota adjunta
sobre la actividad del movimiento PAX.
A este propósito
el Cardenal Wyszynski, autor de este informe, ha resumido así su
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1.— PAX no
es una organización con fin cultural, sino únicamente un medio de propaganda
disfrazado para denigrar la actividad de la Iglesia en Polonia mediante la
difusión de informaciones falsas.
2.— Este
movimiento recibe órdenes y directrices del partido comunista, de la policía
secreta y de la oficina para los asuntos del culto.
3.— Como
recompensa por su sumisión, PAX se beneficia de ciertas actividades y apoyos,
por ejemplo en sus publicaciones y en sus empresas comerciales.
En
consecuencia el secretariado del Episcopado hace llegar de buen grado a
nuestros señores los Obispos y a los Superiores Mayores de los religiosos
residentes en Francia el documento adjunto».
INFORME DEL CARDENAL WYSZYNSKI A LA SECRETARIA
DE ESTADO Desde hace algún tiempo, pero
sobre todo desde el principio del Concilio, la
agrupación PAX se presenta
como «movimiento de los católicos progres» sobre todo en Francia, difundiendo
noticias falsas o equívocas que perjudican a la Iglesia.
PAX se
aprovecha de la ignorancia de ciertos medios católicos occidentales sobre lo
que se ha venido a llamar «la experiencia polaca de la coexistencia» pero
también del silencio forzoso de los obispos, sacerdotes y seglares polacos que
se niegan a toda información sobre la realidad polaca, sabiendo que, a su
regreso, todas sus palabras serán cribadas por el aparato policial y que la
menor imprudencia por su parte provocaría duras represalias.
En estas
condiciones, que favorecen la proliferación de opiniones erróneas, con grave
perjuicio para la Iglesia de Polonia, se impone una posición vigilante.
1.— PAX se
presenta en el extranjero como un «movimiento» de los católicos progresistas
polacos. De ello se deriva la tentación de asimilarle a esos movimientos
progresistas occidentales que, bajo regímenes democráticos, profesan con toda
libertad sus opiniones y sus simpatías por las tendencias de la izquierda
política en sus países respectivos.
En realidad
PAX no es un «movimiento» sino un órgano del aparato policial articulado
estrictamente, que depende directamente del Ministerio del Interior y ejecuta
con obsesión ciega las directrices de la policía secreta, la UB[152]. Este hecho no se ignora en Polonia, pero se
sabe que es peligroso hablar de ello. Una sola vez, al abrigo del «deshielo» de
octubre de 1956, comunistas y católicos estuvieron de acuerdo en denunciar y
estigmatizar abiertamente el carácter y las actividades de esta agencia secreta
de la UB, de obediencia staliniana. Fue un desahogo de resentimientos
largamente reprimidos a propósito de los agentes dobles notorios y temidos,
cuyo papel repugnaba no sólo a los católicos sino también a los comunistas honrados.
Subrayemos que en esa época la prensa comunista se comportó con especial
ferocidad contra PAX. Se llegó hasta sacar a la luz pública, en una revista
económica, sus balances para demostrar los favores muy particulares de los que
se
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beneficiaba
cerca del régimen, entre otros la exención de todo impuesto sobre las rentas,
las concesiones lucrativas y el monopolio en ciertas zonas de la producción
(publicaciones religiosas, arte sacro) que la habían convertido en un verdadero
trust capitalista dentro de un régimen comunista.
La libertad
de expresión debida al «deshielo» de 1956 fue pronto yugulada, pero el pueblo
polaco se había valido de ella para aprovisionarse de verdades de las que se le
había privado durante mucho tiempo y después nunca ha podido PAX aspirar a la
menor influencia efectiva sobre las masas obreras y campesinas, de las que se
ha aislado.
Su razón de
ser dentro del tablero político del P.C. se reduce pues a su eficacia en el
extranjero, donde su colaboración se ha revelado como preciosa. Sobre todo
Francia se ha confiado de forma muy particular a los servicios de PAX,
sostenidos discretamente por los medios diplomáticos polacos.
2.— Para
comprender mejor las actividades de PAX conviene remontarse a sus orígenes. Su
fundador, el señor Piasecki, condenado a muerte por los soviets por intervenir
en la Resistencia, salvó la vida al precio de un compromiso formal para coartar
y esclavizar a la Iglesia en beneficio de la revolución comunista.
Desde el
principio PAX ha tenido el carácter de una agencia secreta de estricta
obediencia. Todos sus miembros son funcionarios retribuidos (las formas de
estas prestaciones varían) obligados a ejecutar planes precisos y a rendir
cuenta de ellos. Las órdenes emanan de la oficina central del P.C. El señor
Piasecki depende directamente de la Oficina de Seguridad (UB) y de la Oficina
de Cultos que dispone actualmente en Polonia de un poder absoluto y de hecho
totalitario para todo lo que concierne a la Iglesia católica[153]. El papel del Sr. Piasecki no ha sido siempre
fácil. Ha debido y debe maniobrar entre los escollos del «Partido» y del
«Antipartido». Caído en desgracia tras el deshielo de 1956, ha podido
restablecer poco a poco su posición gracias a los apreciables servicios que ha
prestado en el extranjero, sobre todo en Francia.
En Polonia
PAX está completamente alejada de las masas campesinas y obreras, más libres
para manifestar su desconfianza y más independientes. Los intelectuales, sobre
todo los escritores, son evidentemente más vulnerables dado que PAX posee una
editorial próspera que paga bien. En un país donde, según confesión del
gobierno, los salarios alcanzan raramente el nivel de mínimos, la tentación de
colaborar con PAX es evidentemente grande y el rechazo de toda colaboración
supone una fuerza de ánimo poco común. Escritores de categoría se han dejado
embridar por ventajas materiales. Nadie ignora en Polonia que esta influencia
relativa de PAX sobre ciertos intelectuales es función de esas ventajas
materiales y que si se la priva de sus rentas quedaría desprovista de la única
fuerza de atracción de que dispone en Polonia.
Por encima
de esa turba famélica de aprovechados a pesar suyo y de traficantes de
progresismo actúa el círculo restringido de los «iniciados» que constituye una
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casta
cerrada e impermeable, ligada por compromisos, es decir por juramentos
estrictos y severos. El señor Piasecki es el jefe incontestable de PAX, a todos
los niveles.
El señor
Piasecki ha dado su medida a raíz de la publicación, en 1955, (en el peor
momento del terror staliniano y durante el internamiento del cardenal Wyszynski
y otros obispos polacos) de su libro titulado «El problema esencial» que
después fue condenado por el Santo Oficio. Esta condena ha obligado al señor
Piasecki a revisar sus posiciones. Los católicos de Occidente han hecho mucho
caso a su sumisión sin sospechar que él tenía su razón de ser sobre el tablero
del P.C., como «sometido» para quedar no FUERA sino DENTRO de la Iglesia.
Independientemente del mérito que pudiera alcanzar la retirada de su libro y la
nueva orientación de su revista, no olvidemos que, una vez desenmascarada, PAX
no tenía otra salida. Es un dato significativo que después, y hasta una fecha
reciente, PAX se ha preocupado mucho por la ortodoxia de sus publicaciones.
4.— En
realidad sólo la táctica ha cambiado, no el plan estratégico[154].
Después de algunos meses PAX se dispuso a reanimar y difundir las ideas-fuerza
de «Problemas esenciales».
Notemos que
los años de reclusión del cardenal Wyszynski marcan el apogeo de poder del
señor Piasecki. En esta época, a las órdenes de sus grandes patrocinadores, PAX
absorbió a TODAS las publicaciones católicas hasta entonces independientes. La
destalinización marcó su eclipse y le dejó en la reserva. Hasta que
recientemente la estrella del señor Piasecki recupera su fulgor, gracias a la
misión que se le ha confiado en relación con el Concilio ecuménico.
5.— Antes de
precisar el carácter de esa misión recordemos brevemente los principios que no
han cesado de orientar las actividades del Sr. Piasecki que se ajustan siempre,
sin fisuras, al plan del partido comunista[155]. «Para acabar
con la religión —dijo Lenin— es más importante introducir la lucha de clases en
el seno de la Iglesia que atacar la religión de frente». Se trata pues de
actuar disolviendo; de formar focos de disensión entre los fieles, pero sobre
todo en los medios eclesiásticos y religiosos. Escindir a los obispos en dos
bloques: los «integristas» y los «progresistas». Alzar a los sacerdotes bajo
mil pretextos contra los obispos. Cavar una sutil base entre las masas mediante
distinciones ingeniosas entre «reaccionarios» y «progresistas». Jamás atacar a
la Iglesia de frente, sino «por su bien»; por sus «estructuras avejentadas» y
los «abusos que la desfiguran». Con hábil labor de zapa, formar en los medios
eclesiásticos nudos de insatisfechos para atraerles poco a poco «al clima
fecundo de la lucha de clases». Lenta «adaptación» y paciencia para la
infiltración de contenidos nuevos en las ideas tradicionales. La ambivalencia
de ciertos términos que tienen un sentido muy diferente en Francia y en Polonia
(«progresismo» e «integrismo»; actitud «abierta» y «cerrada»; democracia,
socialismo etc), contribuye a crear equívocos. En suma, no se trata de
«liquidar» a la Iglesia sino de ponerla en trance de embridamiento al servicio
de la revolución
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«Nos
esforzamos en facilitar un proceso histórico inevitable que obligue a la
Iglesia universal a revisar sus posiciones» escribe el señor Piasecki en un
editorial del 25.11.1955. Al mismo tiempo el señor Piasecki se esfuerza en
explotar las ideas mesiánicas que halagan el amor propio nacional; «¿No estaría
llamada Polonia por la Providencia a servir como MODELO DE COEXISTENCIA entre
la Iglesia católica y el Estado comunista?».
«Evidentemente
—escribe— para que Polonia pueda servir de modelo, hace falta que con la mayor
rapidez el catolicismo polaco se transforme en progresista y colabore cada vez
más activamente a la construcción económica del socialismo. Este es el deber
cotidiano de nuestro movimiento progresista» (Pentecostés 1956).
6.— Para
lograr estos fines es absolutamente necesario que «católicos inteligentes,
sacerdotes y seglares, encuentren el valor necesario y los argumentos para
convencer a los obispos y para mantenerles en una justa evaluación de la
realidad temporal político-social».
Esta
tentativa de PAX fracasó y entonces «en otoño de 1953 fue necesario hacer un
nuevo esfuerzo, muy serio, para asegurar un desarrollo normal de las relaciones
entre la Iglesia y el Estado… mediante la decisión del gobierno de prohibir
toda actividad al cardenal Wyszynski» («Problemas esenciales», p. 184-5). Esta
«decisión» parecía abrir ante el señor Piasecki un campo ilimitado de acción.
Alentado por su éxito, el señor Piasecki tomó entonces ABIERTAMENTE el lado del
gobierno contra los obispos prisioneros. Sus declaraciones, de una brutal
franqueza, le desenmascararon ante el pueblo. Durante los años de reclusión del
cardenal Wyszynski el señor Piasecki, seguro de sí mismo y de sus grandes
patrones, no escondía su juego. Cínicamente no reconocía a la Iglesia más que
«UD papel funcional» en el campo socialista, a quien correspondía «la función
productora, verificable en la Historia» (ibíd).
La
liberación del cardenal en el otoño de 1956 fue para el señor Piasecki un grave
fracaso personal. El resentimiento que le produjo explica el encarnizamiento
que despliega en sus campañas de denigración, de insinuaciones, hasta de
calumnias contra el cardenal Wyszynski más que contra cualquier otro obispo
polaco. Esta campaña, ineficaz en Polonia, no deja de lograr cierta influencia
sobre los extranjeros que ignoran los datos del problema. He aquí, a título de
ejemplo, algunas claves de acusación, sardónicamente difundidas por los
servicios del señor Piasecki:
«Los obispos
polacos son grandes señores de estilo feudal, anegados en los bienes de la
tierra y situados a distancia de los sacerdotes y los fieles».
«Los
seglares están oprimidos por los obispos que les privan de toda iniciativa en
un sistema de clericalismo obsoleto».
El hecho es
que en Polonia ningún obispo tiene cuenta en un banco porque sería
inmediatamente confiscada. La caricatura de «grandes señores» esconde una gran
pobreza auténtica que en Polonia nadie desea ostentar (sobre todo ante los
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extranjeros)
y que consiste en vivir al día, de recursos otorgados por la Providencia, sin
preocupación por el mañana. Pero hay más. Los obispos polacos se aferran
celosamente a su pobreza, porque les acerca a las masas. Cuando, con motivo del
«deshielo» de 1956 el gobierno del señor Gomulka propuso al Episcopado polaco
la restitución de los bienes confiscados a la Iglesia, la asamblea plenaria de
los obispos el14 de diciembre de ese año tomó por unanimidad la decisión de
declinar el ofrecimiento «para seguir junto al corazón de las masas». Un obispo
polaco pasa su vida en visitas pastorales y se siente en casa y en familia
entre los campesinos y los obreros. Este fenómeno social se desconoce en los
países cuyas masas están descristianizadas.
En cuanto a
los «seglares» cada obispo, cada párroco, tiene su «consejo» diocesano y
parroquial que presta servicios impagables en forma de auténtica trinchera
contra las medidas represivas de la oficina de cultos. Cuando estas medidas se
aplican pese a esa resistencia, esos seglares protestan en silencio con su
presencia que se cifra en millones. ¿Qué obispo no ha visto afluir a su misa,
tras un golpe sufrido la víspera, masas de hombres silenciosos, jóvenes y
viejos, con el aire grave y decidido? Estos seglares, privados de los medios de
apostolado conocidos en los países occidentales, representan por su calidad y
por su número una fuerza que atemoriza al régimen y que explica, al menos en
parte, la situación excepcional de la Iglesia en Polonia bajo el gobierno
comunista. Subrayemos que ningún miembro de PAX ha formado parte ni puede
hacerlo de los consejos diocesanos y parroquiales. Los extranjeros que PAX toma
a su cargo y orienta ignoran evidentemente la situación real del laicado
polaco.
7.— Con
ocasión del Concilio el señor Piasecki fue encargado de una nueva misión que
hizo recuperar importancia a su prestigio político y a sus finanzas. CIEN
millones de zlotys como crédito anual en vez de cincuenta. CIEN distritos como
campo de acción en vez de treinta: ése es el precio, pagado por adelantado, por
el que se vincula la participación activa del Sr. Piasecki para la explotación
del Concilio a favor del «campo socialista». Es un hecho significativo que sean
los comunistas polacos, animados por el activismo del señor Piasecki (a quien
consideran como un agente doble notorio) quienes informan y ponen en guardia a
los obispos polacos. «Queremos una lucha ideológica, leal —dicen— no un sistema
de opresión que se sirve del aparato policíaco y de medidas administrativas
para lograr sus fines». Notemos que agrupaciones de ateos polacos invitan a
veces a los obispos a debates abiertos sobre cuestiones que les apasionan y que
rehúsan discutir con PAX porque no se fían de ella.
8.— No
queda, pues, más que el extranjero como campo de acción válido para PAX. No
habiendo logrado escindir la cohesión del Episcopado polaco, PAX se esfuerza
ahora en oponerte a Juan XXIII, proclamado como «Papa de la coexistencia» así
como al episcopado francés, «abierto» y «progresista». Esta tesis, machacada
sin desmayos desde hace algún tiempo, toma de pronto, tras el comienzo
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de 1963,
amplitud y resonancias particulares. El tono de la prensa de PAX se vuelve cada
vez más virulento y agresivo. La encíclica «Pacem in terris» ha sido recibída
estruendosamente y «con profunda satisfacción» como «la consagración oficial» y
«la coronación de los esfuerzos» desplegados desde tanto tiempo antes por el
señor Piasecki y su grupo:
«El jefe de
la Iglesia da la razón a quienes están empeñados en una ideología de
coexistencia pacífica y de colaboración con personas que profesan otras
ideologías, lo que constituye precisamente el programa de nuestra izquierda
política» (Siowo Powscechne, 2.5.63). Según PAX gracias al Papa Juan XXIII «la
era tridentina» de la historia de la Iglesia parece disolverse definitivamente
en una época nueva que comienza; «más abierta y más tolerante, inclinada al
compromiso». Es decir que «la línea de Juan XXIII invita al Episcopado polaco a
revisar sus posiciones fenecidas y tributarias del integrismo de Pío XII». La
prensa de PAX insinúa que el cardenal Wyszynski y los obispos polacos están
abochornados por esta toma de posición «revolucionaria» del Papa y que con la
ayuda «de medios conservadores» del Vaticano hacen todo lo posible para
minimizar el alcance de esta «encíclica histórica».
9.— No hay
que decir que la óptica de PAX rechaza ver en la PACEM IN TERRIS lo que
contraría a sus posiciones ideológicas, y que la negativa de la censura a
publicar la traducción polaca de MATER ET MAGISTRA se ha pasado en silencio.
Por el contrario el deber de los obispos polacos que discrepaban, según PAX, de
esa gran carta de la coexistencia que constituye la PACEM IN TERRIS se detalla
minuciosamente:
«El
fundamento de la normalización tan esperada en las relaciones entre la Iglesia
y el Estado implica el reconocimiento oficial por parte del Episcopado polaco
de la estabilidad del régimen socialista, con todo lo que ello implica». (Slowo
Powszechne 25.4.63). Esta declaración del Sr. Jankowski, redactor jefe de esa
publicación —el diario de PAX— no deja duda alguna sobre las condiciones
impuestas por el régimen de Varsovia para la «normalización tan esperada» en
las relaciones de la Iglesia y el Estado. Se trata en suma de la aplicación
íntegra del famoso principio «política ante todo» mediante la esclavización
total de la Iglesia en beneficio de la revolución comunista. Para que no quede
duda alguna sobre este punto, el señor Jankowski insiste:
«La
experiencia que resulta del reencuentro de la izquierda católica con el mundo
socialista consiste sobre todo en la constatación de la necesidad intelectual
de enriquecer el contenido del socialismo por los cristianos aliados al Partido
de la clase obrera» (ibíd).
El señor
Jankowski da a los obispos polacos instrucciones en este sentido:
«Habiendo
reconocido oficialmente el Papa la primacía del principio de la coexistencia
pacífica», el Episcopado polaco debería sacar las consecuencias pertinentes
«conformes a las necesidades de Polonia y publicar una declaración
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especial que
sería el punto de partida para la normalización de las relaciones entre la
Iglesia y el Estado» (ibíd). Dicho de otra manera, esa «normalización»
no puede darse sin un compromiso formal de la Iglesia polaca al servicio de un
partido político determinado. Más aún, los representantes de PAX se sienten
«impulsados a pasar a la acción en virtud del mandamiento del Papa Juan XXIII».
Por consiguiente, la prensa de PAX prodiga a los obispos polacos consejos, es
decir amenazas apenas disimuladas, que evocan de forma hiriente la campaña
psicológica de la época staliniana. Por eso las protestas del cardenal
Wyszynski y del Episcopado polaco contra la intrusión del Estado en la
enseñanza religiosa recluida en el interior de los templos ha chocado con la reprobación
formal de PAX. En un editorial de «Slowo Powszechne» con fecha de 11.4.63
titulado «Responsabilidad por una perspectiva» leemos lo que sigue:
«La
coexistencia pacífica no se favorece por la transferencia de contradicciones
filosóficas evidentes en el campo político. Hay que constatar con profunda
preocupación que por desgracia algunos sermones del Primado de Polonia no están
exentos de tales tendencias. Así el cardenal juzgó oportuno retornar, en un
sermón a los Institutos, a la cuestión REGULADA Y EN PLENO FUNCIONAMIENTO de la
enseñanza religiosa fuera de las escuelas, y de una forma que, por desgracia,
no favorece la solución de problemas difíciles y complicados dentro de las
relaciones entre la Iglesia y el Estado».
Pues bien,
tres semanas antes de ese editorial una carta pastoral del Episcopado polaco
con fecha 21.3.63 había dado a los fieles un aviso sobre esta cuestión
aparentemente «regulada y en pleno funcionamiento»:
a) Desde comienzos de 1963 no han cesado de
multiplicarse los decretos sobre la enseñanza religiosa.
b) La Oficina de cultos prohíbe enseñar el
catecismo a los sacerdotes que pertenecen a institutos religiosos, aun si son
curas o vicarios encargados de parroquias, a las religiosas y a muchos
catequistas seglares.
c) Se prohíbe la enseñanza religiosa en los
domicilios privados, en las salas parroquiales, en las capillas e incluso en
determinadas iglesias.
d) Inspectores de la enseñanza pública exigen a los
párrocos informes detallados sobre la enseñanza religiosa que tiene lugar en
sus iglesias y multiplican las visitas de inspección.
e) Los párrocos que se niegan a esos informes son
castigados con fuertes multas hasta diez mil zlotys o más. Los que no pueden
pagar esas sumas exorbitantes son amenazados, retenidos y frecuentemente
metidos en la cárcel.
f) Se usan todos los medios de intimidación, por
ejemplo amenazas, para impedir que los niños acudan al catecismo. Los padres
que rechazan someterse son víctimas de graves sanciones. Ciertos grupos
sociales (funcionarios, agentes de UB etc) reciben una prohibición formal de
enviar a sus hijos al catecismo, bajo pena de expulsión.
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g) Todos los años las colonias de vacaciones
agrupan millares de niños a quienes se estorba bajo mil pretextos ir a misa el
domingo. En algunos casos se les mantiene recluidos detrás de cercas de alambre
mientras se celebran las misas parroquiales.
h) Ningún sacerdote a ningún precio tiene derecho
de acceso al recinto de las colonias o de los campos de vacaciones.
i) Los niños que consiguen escapar para ir a misa
el domingo son castigados. j) Los jóvenes que salen de excursión con un
sacerdote son seguidos por la policía, frecuentemente con helicópteros, para
comprobar si al abrigo del bosque o de la montaña participan en la misa.
Sorprendidos «in fraganti» los estudiantes se ven muchas veces privados de
proseguir sus estudios.
Todas estas
molestias y vejaciones están en contradicción frontal no solamente con la
Constitución de Polonia popular y con el acuerdo de 1950 sino también con las
leyes y cartas internacionales que garantizan la libertad de conciencia y la
enseñanza religiosa, oficialmente reconocidas por el gobierno polaco.
Alertados
por la Oficina de cultos, los agentes de la policía secreta vigilan a todos los
párrocos de Polonia para prohibir la lectura desde el púlpito de esta carta
pastoral que compromete al régimen. Ante la resistencia, pasan a las amenazas:
«¡Ateneos a graves consecuencias! «Pero monseñor Choromski, secretario del
Episcopado polaco, responde: «¡Nada puede ser peor de lo que es!».
10.— La
actitud de PAX a la luz de los hechos detallados por la carta pastoral del
Episcopado polaco es elocuente. Lejos de solidarizarse con las protestas de los
obispos ante una situación angustiosa que provoca una justa indignación a todo
hombre honrado, aun increyente, PAX proclama «regulada y en pleno
funcionamiento» la cuestión, abierta más que nunca, de la enseñanza religiosa
en Polonia. Obrando así obedece al Partido en detrimento de la Iglesia.
Nadie ignora
en Polonia semejante táctica. Se sabe de antemano que todas las consignas del
partido comunista, publicadas por la prensa oficial, se aceptarán y ejecutarán
por PAX. No sucede lo mismo en el extranjero, sobre todo en Francia, donde la
propaganda de PAX no cesa de intensificarse, utilizando hábilmente las
simpatías y tendencias de los medios progresistas franceses, para beneficiarse
de su apoyo.
El mayor
secreto se guarda en todo lo que concierne la dependencia directa de PAX
respecto de los servicios de la policía secreta en Polonia. Por el contrario
los agentes de PAX en el extranjero, encargados de operar en Francia, hacen
gran hincapié en la «persecución» de que son víctimas por parte del Episcopado
polaco retrógrado e integrista. Las mayores invectivas se dirigen contra el
cardenal Wyszynski.
11.— Al
disponer de fondos considerables PAX activa desde hace tiempo sus contactos y
su propaganda, difundiendo en francés una «Revista de prensa católica en
Polonia» que sirve a los fines de la organización. PAX facilita igualmente el
viaje a Polonia de católicos franceses, sacerdotes y seglares, a los que toma a
su cargo y que
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regresan a
Francia con una visión parcial y unilateral, es decir, errónea, de la realidad
polaca. Los sacerdotes franceses pilotados por PAX encuentran en Polonia a
«sacerdotes patriotas». Los obispos polacos se niegan a verles, por temor a
indiscreciones. Vuelven a Francia para difundir, a veces por la radio como el
Padre Molin (el cual luego desmintió todo contacto con PAX, nota del doc),
noticias de Polonia que tal vez correspondan a su buena fe, pero no a la
verdad. En Francia los agentes de PAX están en permanente contacto con ciertos
centros de católicos progresistas que toman su defensa cuando les creen
amenazados. En el fondo PAX ha llegado a implantar en ciertos medios católicos
franceses la convicción de que sufre persecución por parte del cardenal
Wyszynski y el episcopado polaco en virtud de las tendencias progresistas de la
entidad. Esta actitud se manifestó de forma espectacular al aparecer en «La
Croix» una serie de artículos sobre la situación de la Iglesia en Polonia, en
febrero de 1962. El R.P. Wenger, redactor jefe de «La Croix» fue inmediatamente
fustigado por sacerdotes y seglares que desmentían violentamente el contenido
de esos artículos, fundándose en sus viajes o excursiones a Polonia. La mayor
parte de estos contradictores eran amigos de PAX, del entorno de «Informations
catholiques internationales». Informado de que el cardenal Wyszynski reconocía
la exactitud de los hechos revelados en los artículos de «La Croix» y sin
atreverse a atacarle de frente, el señor De Broucker, redactor en jefe de
I.C.I., descubrió su pensamiento en una de sus «cartas a los amigos de I.C.I».
distribuidas a los iniciados, donde hizo entender que el cardenal debería
rendir cuentas, con motivo del Concilio, a los cardenales de la Iglesia romana.
«Sus jueces y sus pares». Cuando los artículos de «La Croix» estaban a punto de
aparecer en forma de libro el censor eclesiástico de París hizo saber al autor
«que no podía rechazar el imprimatur al no haber encontrado en el texto error
doctrinal alguno, pero que esperaba que el autor tuviese el valor de suprimir
el capítulo sobre PAX. Una vez publicado este libro (Pierre Lenert, «La Iglesia
católica en Polonia») sufrió una campaña encarnizada por parte de PAX y de sus
amigos franceses. Curiosamente, en su boletín, PAX expresa su asombro por la
concesión del imprimatur a esa obra. Ningún hecho se ha desmentido. PAX
reconoce que el libro de Lenert se difundió durante la primera sesión del
Concilio, pero olvida decir que los obispos polacos, consultados sobre ese
punto, fueron unánimes en reconocer la exactitud de los hechos relatados. Está
claro que PAX teme verse desenmascarada en Francia. En ello le va su propia
existencia. Reconocida por los católicos de Occidente como simple agencia de
una red policial encargada de coartar y anegar a la Iglesia perdería toda
credibilidad en los medios católicos y por este hecho perdería su razón de ser
ante quienes la dirigen.
«No son los
comunistas a quienes tememos» dice un obispo polaco. «Quienes nos llenan de
angustia son los FALSOS HERMANOS».
El lector
que conozca ahora por vez primera la realidad del movimiento PAX quedará sin
duda tan asombrado como el autor una vez que comprobó la autenticidad de los
documentos que se han transcrito, y sobre la que no cabe duda alguna. Si
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alguien
tomaba a broma las acusaciones de infiltración comunista para la demolición de
la Iglesia aquí tiene una prueba irrefutable, cuyo origen se remonta a los años
cuarenta. Por otra parte queda de manifiesto el heroísmo de la Iglesia de
Polonia, que resistió el embate rojo en condiciones dificilísimas, invadida e
infiltrada por el comunismo prepotente. Esta victoria interior de los años
cuarenta y cincuenta — debida en gran parte a la ya legendaria figura del
cardenal Wyszynski— prefigura y explica la victoria definitiva de la Iglesia y
Occidente contra el comunismo en 1989, gracias a la superioridad del sistema
económico libre y a la clarividencia y el valor sobrehumano de otros dos
grandes polacos, Lech Walesa y Karol Wojtyla. Pero hemos de completar este
dramático relato con la polémica que suscitó el célebre informe.
LA POLÉMICA SOBRE EL DESENMASCARAMIENTO DE PAX
Las
revelaciones sobre el escándalo PAX desencadenaron en Francia un escándalo
formidable cuyos efectos acabaron por confirmar el tremendo informe del Primado
polaco. En la misma fuente de donde hemos tomado el informe se reseñan
detalladamente los puntos fundamentales de la controversia. La revista ultra
progresista Informations catholiques internationales tardó mucho tiempo
en responder a las gravísimas acusaciones que se le dirigían en el informe y lo
hizo de forma balbuciente y contradictoria; alguien le recordó públicamente que
en 1961 «Informations» había denunciado a PAX. Quedó en claro que la famosa
revista se había fundado en 1953 por el padre Boisselot, director de «Les
éditions du Cerf» con el nombre de «L’Actualité réligieuse» y cambió su nombre
en 1955 por la oposición del episcopado al tratamiento dado por la publicación
al asunto de los sacerdotes obreros. (Tanto Cerf como ICI son de «inspiración
dominicana»; el progresismo aberrante ya estaba instalado en un sector de la
Orden de Santo Domingo, así terminan los tomistas exagerados). Desde el cambio
de nombre en 1955 el director de ICI fue Georges Houdin, desprovisto de toda
formación teológica «fuera del catecismo y el Credo», según declaró al hacerse
cargo de la revista. Desde luego se le nota.
Houdin trató
de desvincularse todo lo posible de la organización PAX; el informe Wyszynski
había dado en la diana. El director adjunto de ICI no consiguió tomar la
palabra en un acto religioso que fue interrumpido por una violenta
manifestación de católicos disconformes. Houdin, seguido por algunos obispos de
Francia, se refugió en la falsedad de que PAX era un movimientó progresista que
sólo actuaba en Polonia, no, como decía el informe, un movimiento comunista
destinado a influir en Occidente, en vista de que en Polonia nadie le hacía
caso. Mientras tanto otras publicaciones francesas reprodujeron íntegramente el
informe Wyszynski y los «progresistas» franceses iban quedando cada vez más en
evidencia. El propio Houdin
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tuvo que
declarar públicamente en Lyon que PAX era un organismo comunista de la policía
polaca. Por fin el 15 de junio de 1964 ICI publicó, con algunos errores, lo
esencial del informe Wyszynski, reconociendo su autenticidad. ICI se vio
obligada a admitir la expansión de PAX en Francia, cosa que hasta ese momento
había negado insistentemente; así como el intento de actuar en el ambiente del
Concilio por parte de PAX. Por fin el 1 de julio del mismo año Jean Madiran
publicaba en La nation française nuevas revelaciones que completaron el
desenmascaramiento de PAX.
Resulta que
Boleslaw Piasecki no dependía solamente de los servicios polacos de seguridad
sino de la propia KGB soviética, de forma directa. Piasecki era «una criatura
del general soviético lvan Serov, de la NKVD (nombre anterior del KGB) llegado
a Polonia en 1944. En esa época Piasecki, como dice el informe Wyszynski,
estaba preso de los servicios soviéticos y condenado a muerte. Antes de la
guerra dirigía un movimiento juvenil llamado «Falange» inspirado en el
antisemitismo nazi y en el fascismo italiano. Tras la invasión alemana fue
detenido por la Gestapo y luego liberado; entró en la Resistencia anticomunista
y por eso acabó preso y condenado por la NKVD. Los soviéticos reclutaban
frecuentemente a sus agentes entre quienes conocían a la Gestapo activa o
pasivamente; Piasecki estaba en los dos casos. El plan de infiltración
demoledora en la Iglesia fue trazado precisamente por el general lvan
Aleksandrovich Serov, cuyo éxito en la operación PAX le valió seguramente el
ascenso a jefe de la KGB y luego del GRU, la inteligencia militar soviética, de
lo que nos informa el puntual libro de Barran y el más detallado de
Villemarest, que nos describe a Serov como el ojo de Stalin en la NKVD desde
1934 y luego como director de represiones en masa y especialmente de la matanza
de oficiales polacos en Katyn[156]. Cuando aún no
se le había desenmascarado, Piasecki trató todo lo posible a los obispos de
Polonia según instrucciones de Serov; grababa las conversaciones que fueron
utilizadas, por ejemplo, en el proceso contra monseñor Kaczmark, obispo de
Kiece, en 1953. Por su protesta contra este proceso el gobierno destituyó al
cardenal Wyszynski y le mantuvo preso hasta 1956. Piasecki viajó a París en
1954. Como espía soviético registró muchas conversaciones con dirigentes
católicos de Francia. Recogió mucha información, que luego utilizaba para
chantajes y coacciones.
La
conclusión del espléndido dossier de Itinéraires logrará sin duda el
pleno acuerdo del lector: El asunto PAX no es otra cosa que una tentativa —que
llegó muy lejos— para la implantación de los servicios de espionaje soviéticos
en la Iglesia católica. Ello permite detectar a los sectores católicos que son
especialmente vulnerables a semejantes intentos.
Sin embargo
no es esto lo peor. Lo más grave es que el relanzamiento de PAX al acercarse el
Concilio Vaticano 11 se combinó con una metamorfosis del «movimiento
progresista», es decir de la central polaco-soviética para la infiltración en
la Iglesia: mientras PAX proseguía y ampliaba sus actividades, generó una red
mucho más peligrosa, la llamada IDOC, que intensificaba la obra demoledora de
PAX y debe
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considerarse,
desde nuestra perspectiva, como uno de los antecedentes esenciales de otro gran
movimiento de la estrategia comunista internacional: la llamada Teología de la
Liberación y agrupaciones conexas.
DE PAX A PAX CHRISTI: EL PACIFISMO CRISTIANO
PROSOVIÉTICO
El informe
del cardenal Wyszynski, comunicado por la Secretaría de Estado del Vaticano en
1963 y publicado, previa filtración a la prensa, el año siguiente, supuso un
golpe mortal a las actividades de PAX fuera de Polonia. Pero no del todo. Hasta
la caída del Muro la estrategia soviética ha patrocinado intensamente los
movimientos pacifistas en Occidente; no existía, por supuesto, movimiento
pacifista alguno en la URSS y sus satélites. En 1967 el Papa Pablo VI creó el
Consejo pontificio «Iustitia et Pax»[157] que hoy preside un conocido «progresista», el cardenal Rotger Etchegaray
y en cuyas comisiones nacionales suelen figurar notorios prelados y seglares
muy escorados a la izquierda. La conexión entre la KGB y los movimientos
pacifistas de Occidente es tan clara que apenas es necesario probarla. Hasta la
caída del Muro ejercía un activismo desbordante en España el llamado Movimiento
Comunista, centro máximo de la propaganda pacifista, interpretada como
contraria al imperialismo americano, naturalmente; ni una palabra, ni un cartel
contra el imperialismo soviético. Pues bien, el Movimiento Comunista no ha
podido explicar nunca la procedencia de los cuantiosos fondos que necesitó para
inundar casi todas las paredes de España con carteles (muchas veces agresivos y
soeces) al servicio de la «pax soviética». Los sectores más radicales del PSOE
y las Juventudes Socialistas fueron pacifistas profesionales hasta que su líder
decidió, contra toda su trayectoria anterior, patrocinar el ingreso de España
en la OTAN. Entre los promotores y participantes en el V Congreso de teología
(liberacionista) celebrado en Madrid en septiembre de 1984 figuraban el
movimiento Cristianos por la Paz, Justicia y Paz, comunistas y ex comunistas,
el padre putativo de la teología de la liberación Gustavo Gutiérrez, los
socialistas Ignacio Sotelo, Manuel Reyes Mate y Pablo Castellano, conocidísimos
teólogos, el padre Díez Alegría con el canónigo González Ruiz y el presidente y
fundador del grupúsculo democristiano PDP, profesor Osear Alzaga, a quien
alguien había dado vela en ese entierro. El pacifismo liberacionista había
ofrecido ya un congreso en 1983, con mayoría absoluta de comunistas,
socialistas radicales, Cristianos por el Socialismo y partidarios de la
teología de la liberación. Durante el quinquenio que precedió a la caída del
Muro la estrategia soviética se dedicaba, como hemos comprobado después, a
fomentar los movimientos y los alardes pacifistas contra la defensa de
Occidente, la OTAN y contra los Estados Unidos que ya preparaban las órbitas
para la «Iniciativa de Defensa Estratégica» caricaturizada por la propaganda
soviética y pacifista como «guerra de las galaxias».
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Los
pacifistas cristianos se unieron ridículamente a esa campaña y por eso el Muro
les cayó también encima a ellos en 1989. Una lectura atenta a los números de la
felizmente desaparecida revista roja claretiana Misión Abierta de 1983 a
1986, que constituyen una antología del disparate pacifista, sería hoy muy útil
y sobre todo muy divertida.
Entre la
línea prosoviética de PAX para la infiltración en Occidente a través de la
escisión de la Iglesia y las actividades del movimiento católico PAX CHRISTI,
revitalizado en los años setenta y ochenta, no veo solución alguna de
continuidad. El 28 de Octubre de 1982 el intrépido jesuita de Los Ángeles Juan
Felipe Conneally, uno de los observadores y analistas mejor informados del
mundo sobre los movimientos de «liberación» y sus orígenes, en el contexto de
la estrategia soviética y gramsciana, dirigía una carta abierta al cardenal
Silvio Oddi, prefecto de la Sagrada Congregación del Clero. Le recordaba la
denuncia Wyszynski contra el movimiento PAX y endosaba la reciente condena del
cardenal Alfonso López Trujillo, el obispo franciscano fray Boaventura Kloppenburg
y treinta y tres obispos del CELAM (Consejo Episcopal Latino Americano) contra
el informe emitido por el obispo marxista y liberacionista italiano de Ivrea,
cerca de Turín, monseñor Luigi Betazzi, presidente internacional de «Pax
Christi» acerca de Nicaragua; un informe absolutamente favorable a los
marxistas-leninistas del sandinismo. El informe Betazzi fue publicado tras una
visita a Centroamérica por una comisión de Pax Christi Internacional y
recomendaba abiertamente el apoyo de la Iglesia católica a los movimientos
marxistas de liberación. El obispo Betazzi, según la carta del padre Conneally
al cardenal Oddi, fue durante muchos años corresponsal y representante en
Italia del movimiento originario PAX; queda clara la conexión de este movimiento
con PAX CHRISTI[158]. Betazzi estaba relacionado con el obispo
Thomas Gumbleton, quien proclamó en el centro claretiano de Los Ángeles el 6 de
noviembre de 1981 la necesidad de rendirse ante las pretensiones del bloque
soviético en caso de conflicto[159]. El obispo
Gumbleton era presidente de Pax Christi para los Estados Unidos, donde se ha
mostrado muy activo un hombre de PAX en Norteamérica, el publicista Gary
MacEoin, con el que vamos a encontrarnos inmediatamente. El National
Catalice Reportar de 30 de octubre de 1981 informaba sobre el crecimiento
del movimiento Pax Christi en Norteamérica. En menos de tres años el número
de miembros se había duplicado hasta unos cinco mil. Cinco años antes el número
de obispos militantes era sólo de tres; ahora ya se contaban cuarenta y seis.
La sombra de Piasecki había fructificado en la retaguardia del gran enemigo.
Por lo que hace al obispo Betazzi ahora, cuando se escriben estas líneas se
acaba de descolgar con una ardorosa defensa del aborto. No se le puede negar
una gran coherencia[160].
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LA RED DE PAX PARA LA
INFILTRACIÓN EN OCCIDENTE: EL IDOC
Hemos visto
en el informe Wyszynski que cuando la KGB y su sucursal polaca comprobaron que
el movimiento PAX no lograba uno solo de sus objetivos en Polonia se le
encomendaron dos misiones en el exterior: infiltrarse en medios católicos de
Occidente (empezando por Francia) e influir todo lo posible, mediante
informaciones sesgadas y contextos múltiples, en la orientación del Concilio
Vaticano
II. Pax cumplió esta doble misión a través de la red
IDOC con la que formó en toda América la trama para el brote de la teología de
la liberación; y en Europa toda una estructura de retaguardia dedicada al
fomento de la subversión cristiano-marxista en América. La agrupación
Cristianos por el Socialismo y las Comunidades de base, frentes íntimamente
relacionados con la teología de la liberación, son elementos comunes de la
misma estrategia en Europa y en América, que después saltaron a los demás
continentes. Tomo la información sobre el IDOC de fuentes muy contrastadas. En
primer lugar la espléndida investigación Planificación comunista para España
(que contiene datos y fuentes sobre otras partes) debida a un grupo
universitario relacionado con el cardenal primado don Marcelo González Martín y
cuya figura principal es una relevante historiadora de investigación. María
Luisa Rodríguez Aisa[161]. Segundo, el documentado informe El IDOC,
¿una jerarquía paralela?[162] Y tercero el
informe Catholic Educators and Marxist Ideology. An Unholy Alliance, que
ha obtenido una enorme resonancia en los medios católicos de Estados Unidos[163]. He recurrido además a otras fuentes publicadas
o reservadas cuyos datos he confirmado cuidadosamente: entre ellas el gran
trabajo de Alejandro Gutiérrez Balboa Redes internacionales de teólogos
contestatarios. La Inteligencia soviética en los antecedentes de la teología de
la liberación[164]. La reconstrucción que propongo queda
probada mediante la coordinación de esas fuentes. Que se logra por la
interconexión entre los protagonistas y con la presencia común de unas siglas
mágicas cuya reiteración está evidentemente pretendida: DOC.
Cronológicamente
debemos arrancar, según la información de «Summa» del año 1955, en el que se
celebró la primera Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (CELAM)
en Río de Janeiro, «en ella se plantea que la Iglesia en América Latina padece
de problemas muy similares». Ante esto el Papa Pío XII hace un llamado a la
Iglesia Universal para atender a la Iglesia de Latinoamérica, llegando a
exclamar: «todo lo que se le dé, ella lo devolverá con creces para bien de la
Iglesia Universal». (Summa).
Para el
autor de este interesante informe se producen dos respuestas al llamamiento de
Pío XII; dos respuestas que, por desgracia, resultan muy desviadas de los
objetivos del Papa. En primer lugar, y ese mismo año, «surge la Fundación de
Estudios de Investigación Económica y Socio-religiosa (FERES) con sede en la
Universidad de Lovaina, que de inmediato se da al estudio de la sociología
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latinoamericana.
En 1960 surgirá una sucursal latinoamericana de FERES en Bogotá, que tendrá al
frente al sacerdote colombiano Camilo Torres Restrepo, que había estudiado en
Lovaina, donde conoció al «padre» de la teología de la liberación, el peruano
Gustavo Gutiérrez Merino, y que posteriormente se involucraría en la guerrilla
colombiana, resultando muerto en combate el15 de febrero de 1966, en la
localidad de Patio Cemento, provincia colombiana de Santander». El activista
principal del centro de Lovaina en Iberoamérica es el sacerdote belga Joseph
Comblin, (n. 1923) doctor en Teología por Lovaina y profesor de esa
Universidad, que pasó a Iberoamérica en 1958 y ejerció la docencia mientras
sembraba ellíberacionismo en Brasil, Santiago de Chile y el Instituto Pastoral
Latinoamericano de Quito, de donde volvió a Brasil, y tras su expulsión en
1972, a Chile. Comblin es uno de los teólogos de la liberación más tenaces y
viajeros[165].
Otra
respuesta (desviada) al llamamiento de Pío XII —sigue el informe Summa— «vino
de parte de los jesuitas. La Universidad de Fordham en Nueva York, de esos
Padres, funda un Centro de Preparación de Misiones, con la idea de capacitar a
los futuros misioneros que irían a América Latina ante una realidad de miseria
y de ignorancia, ya que previamente los misioneros realizaban un trabajo
empírico y ahora se trataba de darle un sentido mucho más «científico». El
primer director ejecutivo del Centro fue el ex monseñor Iván Illich
Regenstreif, personaje nefasto con el que vale la pena detenernos un poco»
(Summa, p. 4).
Iván Illich
es uno de los activistas primordiales de la Teología de la Liberación y un
claro nexo entre el movimiento PAX, el IDOC y sus sucursales americanas. Nacido
en 1926 en la ciudad croata de Split fue enviado a los 14 años a un seminario
alemán; cursa luego en Roma estudios diplomáticos y es destinado a Puerto Rico
como asesor del Episcopado y vicerrector de la Universidad Católica en el
bienio 1956-1957. Por sus desviaciones ideológicas se enfrenta con los obispos
de Puerto Rico que llegan a excomulgarle durante unos meses. Pasa a Panamá
donde pronto es también expulsado y entonces los jesuitas de Fordham le
encargan la dirección de su centro de preparación misionera. En él crea el Center
of Intercultural Formation (CIF) que traslada en 1960 a Cuernavaca,
Morelos, en México, con el nombre de Centro Intercultural de Documentación
(CIDOC), primera de las instituciones de la serie DOC. Protegido contra viento
y marea por el original obispo marxista de Cuernavaca, monseñor Sergio Méndez
Arceo, compra el Hotel Chulavista y convierte al CIDOC en un centro de
activismo «progresista», contestatario y preliberacionista, por el que pasan en
cursos diversos, entre 1960 y 1967, unas siete mil personas, sacerdotes,
religiosos y religiosas, e incluso varios obispos sobre todo del Brasil. «Tales
cursos, que duraban cuatro meses —prosigue el informe Summa— tenían como
objetivo «desyanquizar» a los misioneros norteamericanos y demás participantes,
haciéndoles un buen lavado de cerebro y presentándoles la realidad norteamericana
desde una perspectiva esencialmente marxista. En el lapso del curso había
conferencias, discusiones, cursos de idiomas que ocupaban la mayor parte del
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día,
acabando la jornada normalmente a las dos de la mañana. Abundaban las sesiones
de historia y de «sensibilización intercultural» en que se creaba para los
asistentes un deliberado clima de furia y remordimiento y al final terminaban
por culparse de todos los males que aquejan a los latinoamericanos. Iván Illich
aseguraba que la Iglesia es «el negocio de Dios y el supermercado del Señor».
Ante el cúmulo de informes y denuncias sobre la actividad de Illich el cardenal
Franjo Seper, prefecto de la congregación para la Doctrina de la Fe, impuso su
expulsión en 1969, pero el daño ya estaba más que hecho.
El jueves 22
de junio de 1995 bajábamos hacia el riente valle de Cuernavaca, reino de la
primavera perenne, para encontrar a las sombras destructoras y grotescas del
excéntrico Obispo don Sergio Méndez Arco y sus dos ángeles negros, monseñor
Iván Illich y el tristemente famoso padre Lemercier. No me explico cómo este
trío siniestro pudo unir sus nombres y sus fechorías, durante tantos años. Nos
detuvimos unos momentos ante la preciosa fachada renacentista del
castillo-palacio donde pasó Hernán Cortés los mejores momentos de su vida y
seguimos a pie hasta el conjunto catedralicio, reformado por don Sergio con
unos plastrones indigenistas sobre la fachada de la iglesuela que se alza a la
entrada, aunque no consiguió destruir su interior barroco como hizo al desnudar
su catedral hasta darle la apariencia de un fría iglesia protestante. La
diócesis ha cumplido hace poco un siglo; la catedral desmantelada por don
Sergio era una antigua iglesia de la Compañía de Jesús, que al arrancarle
retablos y altares laterales dejó al descubierto unos preciosos frescos,
trazados con técnica escurialense, sobre los mártires del Japón, con los que
Méndez Arcea no se atrevió. A mediodía habíamos asistido a la misa de
pontifical y órdenes menores que presidió el actual Obispo de Cuernavaca,
monseñor Luis Reynoso Cervantes, que ha restaurado esa gran diócesis minada por
Arceo. Monseñor Reynoso es un canonista insigne, artífice de la reciente e
histórica reconciliación de la Iglesia y el Estado en México. Dijo una homilía
admirable, interrumpida varias veces por el clamor de los dos mil fieles que le
escuchábamos en la Misa del Sagrado Corazón. «¡No hay más que una Iglesia, la
de Cristo, el Pueblo de Dios, que nadie debe confundir con esa falsa Iglesia
popular!». Acababa de inaugurar un bellísimo seminario repleto de vocaciones y
describió en la homilía lo que debía ser el estudio y la investigación
científica para sus sacerdotes. Al acabar la misa nos acercamos y le pedimos
que nos considerase miembros de su diócesis. «Ningún obispo de España — le
dijimos— es capaz de hablar como usted habla». Y eso que aún no sabíamos la
respuesta que había dado —y publicado— al vicelíder de los revolucionarios
pseudozapatistas de Chiapas, el fantoche embozado «Marcos» cuando le invitó a
la Convención Nacional Democrática: «No asistiré a eso que no es ni convención,
ni nacional ni democrática».
Nos recibió
a las cinco de la tarde en su despacho, el despacho de Sergio Méndez Arcea
entre 1952 y 1983. Nos habló de él con firmeza y caridad. Don Sergio había
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sido padre
espiritual en el Seminario Conciliar de México; excelente sacerdote, integrista
y exageradamente estricto. Allí estaba su sombra y sus fotos con el Papa Pío
XII y con el entonces seminarista Reynoso, del Colegio Pío Latino Americano.
Cuando se casó con la diócesis de Cuernavaca —como solía decir— era tan
estricto que anunció la suspensión a divinis contra cualquier sacerdote que
llevase en su coche a una mujer, aunque fuera su madre. El Obispo buscaba
libros y papeles en su biblioteca. Mercedes se levantó para ayudarle y
descubrió en un anaquel mi libro de 1993 Los años mentidos, muy
subrayado en el capítulo del pobre jesuita Ellacuría. Se rompió el hielo.
Lo que sigue
combina las opiniones del actual Obispo con mi dossier sobre Cuernavaca;
monseñor Reynoso hablaba de su antecesor con caridad exquisita. Llegaron Iván
Illich y el dominico Lemercier y lavaron el cerebro al bueno de don Sergio, que
luego, en el Concilio, abogó por el reconocimiento de la Masonería y la
aplicación del psicoanálisis a toda la Iglesia, según el ejemplo de Lemercier
en el convento de Cuernavaca, al que logró convertir en un antro freudiano. Don
Sergio se moría por la publicidad y el protagonismo morboso. Don Sergio se
convirtió fervorosamente al marxismo-leninismo y permitió que el CIDOC formase
a los futuros apóstoles de Iberoamérica como emisarios de una Iglesia paralela
que no necesitaba ni jerarquía ni clero. En varios artículos de «Excelsior» y
otros medios mexicanos, desde 1967, se acumulan las herejías patrocinadas por
Méndez Arcea y las airadas protestas de los católicos. Cuando el original
obispo anunciaba una visita pastoral, párrocos y fieles le prohibían muchas
veces la entrada en el pueblo; luego abandonó su actividad pastoral y se dedicó
a viajar por todo el mundo como propagandista rojo, pero en hoteles de cinco
estrellas, la opción por los pobres. Aquello tenía que acabar como el rosario
de la aurora. Lemercier, a sus cincuenta y tantos años, se enamoró de una
jovenzuela y pidió a don Sergio que le casase con ella (Excelsior junio
1968). Méndez Arcea se definió como «zapatista», nada menos, y en 1969
la Santa Sede sometió a Illich, antes de expusarle, a un interrogatorio en que
se le preguntaban cosas horrendas, de las que trató inútilmente de zafarse (Ibíd.
2 y 3 feb. 1969).
Méndez Arcea
enloquecía con la mención de los pobres; pero nada hacía para ayudarles a salir
de la pobreza. Le sucedió en Cuenavaca monseñor Posadas, el futuro cardenal
asesinado, a quien hicieron la vida imposile los sacerdotes de don Sergio e
Illich. Cuando Méndez Areco cumplió los 75 años fue cesado en cuestión de
minutos (como le sucedió, recordé yo, al cardenal Trancón; a los dos les dio un
soponcio). Se dedicó a dar conferencias marxistoides por Cuba, Nicaragua y los
reductos de cristianismo marxista. Murió en 1993. Ivan Illich vive, con un
terrible cáncer en la cabeza. Le llaman a dar conferencias sobre sociología. El
actual Obispo, que controló desde el primer momento a los «sergistas» con
firmeza y comprensión, ve a Illich de vez en cuando; el antiguo sembrador de
herejías y odios está ya de vuelta de todo, reconciliado con la Iglesia. Las
sombras de la aberración y del cisma se han
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desvanecido
en la idílica Cuernavaca, que tiene hoy la suerte de regirse por uno de los
grandes Obispos de América. Casi no queda ni el recuerdo de la insufrible
pesadilla, que demuestra de paso que la crisis de la Compañía de Jesús había ya
roto aguas en los años cincuenta.
Cuando el
movimiento PAX iba a ser desenmascarado por el informe Wyszynski en vísperas
del Concilio (que se abrió en diciembre de 1962, aunque el desenmascaramiento
no se hizo público hasta el año siguiente) PAX continuó, como hemos visto, sus
actividades en Occidente mediante nuevas formas pero centró su principal
objetivo en influir sobre el Concilio y condicionarlo. Esto no debe extrañarnos
si anticipamos un hecho increíble, que documentaremos en el capítulo próximo;
el pacto vaticano-soviético para excluir del Concilio cualquier condena e
incluso cualquier crítica al comunismo; la máxima victoria de Kruschef contra
Juan XXIII y Pablo VI. Ruego al lector que congele su asombro hasta el capítulo
próximo, donde sin duda quedará completamente convencido; también a mí me costó
convencerme hasta que comprobé la evidencia documentada. La actuación de PAX
sobre el Concilio, denunciada ya en el informe Wyszynski, se ejerció por estas
vías:
a) «Mediante contactos a alto nivel, tanto
personales (padres conciliares, teólogos etc), como con organismos dirigidos a
la captación de personas y creación de centros que continuaran la labor de PAX;
una vez desenmascarado este movimiento — incluso por la revista ICI— tenía que
pasar necesariamente a segundo plano».
b) «Por medio de la creación de una célula en la
oficina de Prensa del Vaticano II instalada en Viale Vaticano 54. El montaje y
funcionamiento de este centro operativo se debe al periodista polaco conde
Krasicki, corresponsal de la agencia A.R., portavoz oficial del gobierno y del
partido comunista polaco (y por tanto de PAX). Krasicki, hombre de gran
capacidad intelectual y habilidad política, se trasladó unos tres años antes a
Roma. Allí montó una «central operativa» involuntariamente acogida por la Sala
de Prensa del Concilio Vaticano II. Se rodeó de miembros o simpatizantes de PAX
(el periodista Zbigniew Czaukowski y Nicolás Rodostowski, otro aristócrata
vendido al marxismo) y otros de Znak. Explorando su situación en la sala de
Prensa, se ha permitido el lujo de explicar a todos los ingenuos periodistas,
incluso italianos, pendientes de sus labios, que el comunismo se ha hecho
bueno. Tanto es así que en Polonia los católicos se han hecho comunistas. Y en
caso de duda el conde Krasicki estaba dispuesto a pedir confirmación de la
verdad a algunos de sus acólitos, miembros de PAX. Ya no estaban W. Jankowski,
redactor jefe del diario de Piasecki y su vice, J. Stefanowicz, que fueron los
primeros que en el pasado mes de mayo establecieron el contacto entre PAX, el
movimiento genialmente ideado por Stalin y el tal vez un poco menos genial P.
Balducci y su grupo florentino Testimonianze[166]».
c) La célula de PAX en la Sala de Prensa trabajaba
en íntima conexión —es decir, estaba integrada— con el Centro de Coordinación
de Comunicaciones Conciliares
(CCC)
sobre el que el informe Summa proporciona datos
y conexiones de mucho
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«Durante el
desarrollo del Concilio se formó el Centro de Coordinación de Comunicaciones
Conciliares para la prensa (CCC) que era coordinado por cuatro personas, una de
las cuales era dirigente del Movimiento Cristiano en México, José Álvarez
Icaza, que posteriormente sería fundador del Partido mexicano de los
Trabajadores, miembro del partido mexicano Socialista y actualmente del PRD.
Esta oficina fue la principal responsable de la labor de desinformación en el
Concilio y la autora de la calificación a los padres conciliares de
«reaccionarios» o «progresistas» según estuviesen a favor o en contra de las
actividades y planteamientos de la corriente contestataria. Al finalizar el
Vaticano II, CCC se une al centro de información que había creado los obispos holandeses
(grupo de los más contestatarios dentro del Concilio) y que habían denominado
DOC. Con esta fusión se crea el IDOC, Centro Internacional de Información y
Documentación de la Iglesia Conciliar, que será toda una organización
internacional que coordine todos los grupos nacionales de activistas,
progresistas y «reformadores». IDOC garantizará la publicación simultánea de
las noticias favorables a sus fines en todo el mundo, derramará un continuo
caudal de escritos doctrinales al margen del Magisterio oficial de la Iglesia y
por funcionar desde un centro situado en Roma dará un matiz católico a la
totalidad de su empresa. Hay que resaltar el hecho de que IDOC está muy
vinculada y recibe dinero del movimiento PAX de Boleslaw Piasecki, que tiene
estrechos vínculos con una serie de revistas en todo el mundo que le permiten
tejer una eficaz red de propaganda en influencia… todo lo anterior sirvió de
caldo de cultivo para la gestación de la teología de la liberación en diversos
países[167]».
La creación
el DOC y del CCC así como su fusión en el IDOC y su dependencia de PAX están
plenamente confirmados, en términos muy parecidos, en el informe español Planificación
comunista… que estamos citando y que por su detallada documentación alcanza
una notable credibilidad. Acerca de la eficacia de la oficina holandesa DOC
facilita un importante testimonio del canónigo contestatario español José María
González Ruiz, miembro por cierto del IDOC: «El material ofrecido por el DOC
fue amplísimamente utilizado por los padres conciliares, hasta penetrar —a
veces casi intacto— en las últimas redacciones de los textos más significativos
del Concilio. El DOC cumplió su función principal durante el Concilio,
aportando una buena parte de si mismo a las conclusiones de la magna asamblea[168]».
Los propios
órganos del IDOC se han encargado de definirlo: «IDOC es un grupo internacional
cuyo cuartel general se encuentra en Roma y una creciente red de ramificaciones
que abarcan el mundo entero… En realidad —añade por su cuenta el informe
español— la misión del IDOC consiste en llevar adelante la línea de PAX para el
postconcilio, difundiendo los «nuevos contenidos» a escala universal:
l.—
Constituyendo una potentísima red de difusión de ideas por medio de
Editoriales, Prensa, Radio, grupos de trabajo, etc.
2.— Creando,
potenciando, coordinando movimientos de presión contestatarios
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del clero y
fieles, especialmente por medio de Comunidades de Base[169].
3.—
Erigiéndose en una «Jerarquía paralela», en órgano supremo de orientación de
los fieles, suplantando al Magisterio de la Iglesia por la prensa y los medios
de comunicación manipulados.
4.— Mediatizar y
aglutinar a gentes del pensamiento.
5.— Realizar
campañas mundiales para promocionar su ideología, prestigiar a sus adeptos y
anular a sus oponentes.
Como puede
ver el sin duda atónito lector el Sodalitium pianum de San Pío X, tan
encarnizadamente fustigado por los «progresistas» era un guiñol para niños en
comparación con esta formidable red del IDOC que explica muchas cosas del
Concilio y del postconcilio. Muchas cosas: inundación de libros en seminarios y
casas religiosas, exaltación de teólogos mediocres como genios de Patmos,
divinización del pobre Juan XXIII y abominación de Pío XII…
El 27 de agosto
de 1972la Santa Sede desautorizó al IDOC:
«Ciudad del
Vaticano, 27. La Santa Sede ha desautorizado al IDOC por sus actividades
relacionadas con el Sínodo de Obispos. Es un centro de documentación instalado
en Roma, que comenzó siendo de documentación eclesial de ambigua orientación y
que de un tiempo a esta parte se ha convertido en un organismo de presión e
indiferencia hacia la Iglesia. Su principal actividad es la de obtener, por
medios no siempre legítimos, documentos reservados y secretos de la Santa Sede
o de las Conferencias Episcopales y ponerlos, por un alto precio, a disposición
de los periódicos. Está también especializado en campañas de propaganda en el
interior de la Iglesia contra las orientaciones del Papa y ciertas decisiones
del Concilio[170]».
Según los
propios documentos reservados del IDOC (de los que el autor posee una amplia
colección) el Comité internacional que le rige está integrado por 120
especialistas de 20 países. Casi todos son teólogos y religiosos o sacerdotes.
Según J. Abreu Vale, miembro del comité internacional del IDOC en 1967, el
presidente era el dominico Van Kets; el secretario general Leo Altig von
Gnesau, que al facilitarse estos datos realizaba una larga incursión por las
Américas, para organizar centros del IDOC en México, Brasil, Colombia, Chile y
Uruguay; ya estaban en funcionamiento los centros de Estados Unidos, España,
Holanda, Francia e Irlanda. El secretario técnico era el activista
norteamericano Gary MacEoin, que ha relatado las experiencias fundacionales del
IDOC en unas descarnadas Memorias donde revela que se encargó personalmente de
fundar la sede norteamericana del IDOC en 1967 y unos años después tradujo y
publicó en Estados Unidos el libro contestatario del jesuita español José María
Díez Alegría Yo creo en la esperanza.
El centro norteamericano del IDOC (IDOCNA) en combinación con medios izquierdistas de la Compañía de Jesús ha actuado como una auténtica plataforma para la teología de la liberación[171]. En sus memorias, Gary MacEoin reconoce el activismo mundial de la red IDOC, en la que actuó como «general manager»; se jacta de haber apoyado desde el principio a la teología de la liberación y relata un viaje esperpéntico con un grupo del IDOC en 1968, a Moscú, Praga, Budapest y Varsovia, que resume de pleno acuerdo con el jesuita mexicano Enrique Maza: «Nosotros los católicos hemos sido los agresores. Cuando estemos dispuestos a hacer la paz con los comunistas, ellos harán la paz con nosotros». Clarividencia se llama esta figura[172]. Como muestras de las conexiones entre el IDOC y PAX el informe Planificación cita la cooperación en la revista inglesa Slant, representada en el Comité Internacional del IDOC por Neil Middleton; y el testimonio de Terry Eagleton en la conferencia de Edimburgo (26-11-1966) sobre las estrechas relaciones de la revista y PAX. Las conexiones de la revista francesa ICI con PAX fueron objeto de denuncia pública en el informe Wyszynski, como sabemos; ICI ostentó la primera representación del IDOC en Francia. En Polonia la representación del IDOC la llevaba el círculo «Zatak» que es una virtual emanación de PAX[173].
En el
informe, ya citado, de J. Abreu Vale, miembro del Comité del IDOC, que
revelamos por vez primera en este libro, figuran los nombres de los miembros
del Comité Internacional «para el desarrollo de la información y documentación
religiosa», es decir del IDOC. Entre los alemanes aparece el jesuita Seibel, de
la revista Stimmen der Zeit. Entre los ingleses el entonces jesuita
Peter Hebblethwaite, ya famoso publicista y vaticanólogo que abandonó la Orden.
Entre los franceses el jesuita Roquette, de la revista Etudes. Entre los
italianos el jesuita Tucci, de La Civiltá Cattolica, revista oficiosa
del Vaticano. Entre los argentinos el jesuita J. Luzzi. Los dos chilenos
son jesuitas: Juan Ochagavia de Mensaje y el teólogo de la liberación
Renato Poblete. El sacerdote Gustavo Gutiérrez es el único miembro peruano del
Comité Internacional, cuatro años antes de que apareciera su resonante libro
primordial sobre la teología de la liberación. La nómina de los miembros
españoles es más numerosa: el ex ministro de Franco «converso» a la democracia
por monseñor Benelli, profesor Ruiz-Giménez, fundador de Cuadernos para el
Diálogo, la revista cristiano-marxista que se encargaba de la difusión del
IDOC; el entonces reverendo padre Arias, de Pueblo; el inevitable
canónigo José María González Ruiz; el no menos inevitable químico Enrique Miret
Magdalena; monseñor Jesús Iribarren, del diario Ya; el Rvdo. Dr. Ducastella; y
otros miembros más, que están hoy muy de vuelta de aquellas veleidades y
desempeñan tan altas misiones en la Iglesia —los dos son grandes Obispos— que
prefiero no revelar su nombre. Entre estos miembros españoles del IDOC no
aparece, de momento, jesuita alguno, aunque sí en otras naciones. Y eso que la
crisis de la Compañía española ya rampaba en el subsuelo de la Iglesia y muy
pronto iba a reventar[174].
Como habrá podido comprobar el lector, muchos personajes que han aparecido y volverán en este libro se juntan en las listas del IDOC, del falso progresismo católico, de los jesuitas y otros religiosos de izquierda y de la teología de la liberación apenas naciente. Es un primer indicio —que en los capítulos siguientes hemos de corroborar una y otra vez— de que todos esos nombres y sus organizaciones son, ante el análisis histórico, frentes diversos, pero interconectados y a veces superpuestos, de un gran movimiento contestatario en el seno de la Iglesia, pero vinculado a la estrategia comunista impulsada por el programa católico-comunista PAX y difundido a través del IDOC. Sólo pueden negarlo, e incluso dudarlo, quienes tienen ojos para ver y no ven o no quieren ver, o ven demasiado. Por lo demás el movimiento y la organización IDOC han sobrevivido, inasequibles al desaliento, hasta nuestros días; tengo delante los boletines de 1985-1988 que conservan el mismo espíritu cristiano-marxista que en los buenos tiempos del diálogo. Como en el caso de ciertos teólogos «progresistas» y liberacionistas la caída del Muro no parece haber terminado con el IDOC aunque sus publicaciones parecen, desde entonces, boletines para zombis.
FIN PRIMERA PARTE

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