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Libro N° 13977. Papeles Póstumos Del Club Pickwick. Dickens, Charles.

 


© Libro N° 13977. Papeles Póstumos Del Club Pickwick. Dickens, Charles.  Emancipación. Junio 28 de 2025

  

Título Original: © Posthumous Papers of the Pickwick Club

 

Versión Original: © Papeles Póstumos Del Club Pickwick. Charles Dickens

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.com/download.php?t=2&d=emZOcWlIeGgv&ti=Los+papeles+p%C3%B3stumos+del+club+Pickwick

 

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Portada E.O. de Imagen:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

      

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PAPELES PÓSTUMOS DEL CLUB PICKWICK

Charles Dickens

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Papeles Póstumos Del Club Pickwick

Charles Dickens

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                                                                            

Los papeles póstumos del Club Pickwick de Charles Dickens, constituye uno de los grandes hitos de la literatura universal. Se trata de la primera novela del autor, quien empezó a publicar la obra, por entregas, en 1836, cuando tan solo contaba veinticuatro años. Las aventuras de Samuel Pickwick y Sam Weller se convirtieron en un éxito arrollador y supusieron la metamorfosis de un joven periodista mal pagado en el gran novelista del siglo XIX inglés, cuando despuntaban las primeras luces de la era victoriana. Los inolvidables miembros del absurdo Club Pickwick protagonizan aquí, según la generosa tradición de Cervantes, una infinita sucesión de aventuras disparatadas, cómicas, tristes, transidas siempre de una amabilidad quizá nunca igualada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Charles Dickens

 

Los papeles póstumos del club Pickwick

 

ePUB v1.3

 

edkalrio 15.02.12

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Título original: Posthumous Papers of the Pickwick Club

 

Charles Dickens, 1837

 

Traducción: M. Ortega y Gasset

 

Editor original: edkalrio (v1.0 a v1.2)

 

Segundo editor: Polifemo7 (v1.3)

 

ePub base v2.0

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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1. Los pickwickianos

 

 

El primer rayo de luz que hiere la penumbra y convierte en claridad ofuscante las tinieblas que parecían envolver los primeros tiempos de la vida pública del inmortal Pickwick surge de la lectura de la siguiente introducción a las Actas del Club Pickwick, que el editor de estos papeles se complace altamente en mostrar a sus lectores como una prueba de la cuidadosa atención, infatigable perseverancia y pulcra exégesis con que ha llevado a cabo su investigación entre la profusión de documentos que le han sido confiados:

 

«12 de mayo de 1827.—Presidencia de José Smiggers, Esq., V.P.P, M.C.P. Se toman por unanimidad los siguientes acuerdos:

 

Que esta Asociación ha oído leer con sentimientos de complacencia inequívoca y de la más entusiasta aprobación la Memoria presentada por Samuel Pickwick, P.G., M.C.P., titulada Especulaciones acerca del origen de los pantanos de Hampstead, con algunas observaciones sobre la Teoría de los murciélagos, y que esta Asociación expresa por ella a dicho Samuel Pickwick, Esq., P.G., M.C.P, su más ferviente gratitud.

 

 

Que al mismo tiempo que esta Asociación se declara hondamente convencida de las ventajas que para el progreso de la ciencia representa tanto el trabajo mencionado como las incansables investigaciones de Samuel Pickwick, no puede menos de abrigar el vivo presentimiento de los inestimables beneficios que si el referido docto señor ensanchara el campo de sus estudios, dilatase la zona de sus viajes y extendiera el horizonte de sus observaciones se seguirían para el desarrollo de la cultura y la difusión de la enseñanza.

 

 

Que, con la mira arriba expresada, esta Asociación ha tomado seriamente en consideración la propuesta formulada por el antedicho Samuel Pickwick, PG., M.C.P, y otros tres pickwickianos, cuyos nombres luego se reseñan, para constituir una nueva rama de la Unión Pickwickiana, bajo el título de Sociedad Correspondiente del Club Pickwick.

 

 

Que esta propuesta ha sido sancionada y aprobada por la Asociación.

 

 

Que la Sociedad Correspondiente del Club Pickwick ha quedado, por tanto, constituida, y que Samuel Pickwick, Esq., P.G., M.C.P; Tracy Tupman, Esq., M.C.P.; Augusto Snodgrass, Esq., M.C.P., y Nathaniel Winkle, Esq., M.C.P., han sido nombrados y reconocidos como miembros de la misma, y que han sido requeridos para que de tiempo en tiempo comuniquen al Club Pickwick,

 

 

 

 

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establecido en Londres, memorias auténticas de sus viajes e investigaciones, de sus observaciones acerca de tipos y costumbres y del conjunto de sus aventuras, así como todas las narraciones y notas a que diese lugar el espectáculo de la vida local individual y colectiva.

 

Que esta Asociación sienta de muy buen grado el principio de que cada miembro de la Sociedad Correspondiente sufrague sus propios viajes, y que no ve inconveniente alguno en que los miembros de la indicada Sociedad prolonguen sus estudios todo el tiempo que les plazca, dentro de dichas condiciones.

 

 

Que los miembros de la Sociedad Correspondiente deben darse por enterados de que su propuesta de costear por sí mismos todos los gastos de correo y transporte de paquetes ha sido objeto de deliberación por parte de la Asociación; que esta Asociación considera semejante propuesta digna de los preclaros entendimientos de que dimana y que hace constar su perfecta conformidad».

 

 

Un observador —cualquiera añade el secretario, a cuyas anotaciones debemos la referencia que sigue—, un observador casual, no hubiera advertido nada de extraordinario en la desnuda cabeza y circulares antiparras que se volvieron intencionadamente hacia su rostro (el del secretario) mientras leía los acuerdos transcritos; mas, para aquellos que supieran que la gigantesca mentalidad de Pickwick palpitaba detrás de los cristales, era el espectáculo bien interesante. Allí se sentaba el hombre que había recorrido hasta su origen los pantanos de Hampstead y conmovido al mundo científico con su Teoría de los murciélagos, hombre tan inmóvil y encalmado como las aguas de uno de aquéllos en un día de helada, o como un solitario individuo de los de esta familia en el retiro interno de un cántaro de barro. Pero ¡cuánto más interesante se ofrecía el espectáculo cuando, al unánime grito de «¡Pickwick!», proferido por sus secuaces, animándose y lleno de vida, subió aquel grande hombre al sillón de Windsor, en que anteriormente se hallara sentado, y dirigió la palabra al Club que él mismo había fundado! ¡Qué escena tan sugestiva y digna de estudio para un artista!: el elocuente Pickwick, con una mano graciosamente escondida tras el faldón de su levita y agitando la otra en el aire para acentuar su brillante perorata; su erguido cuerpo ponía de manifiesto sus tirantes y polainas, prendas que si vestidas por un hombre vulgar hubieran pasado inadvertidas, usadas por Pickwick —si se admite la expresión— inspiraban veneración y respeto espontáneos; rodeado este hombre por aquellos que voluntariamente habían compartido con él los riesgos de sus viajes, y que estaban destinados a participar de las glorias de sus descubrimientos: a su derecha sentábase Mr. Tracy Tupman, el quisquilloso Tupman, que a la sabiduría y experiencia de la edad madura añadía el entusiasmo y el ardor de un mozo en la más interesante y

 

 

 

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dispensable de las humanas flaquezas: el amor. Los años y el mucho comer habían desarrollado aquella figura, un tiempo romántica. El negro chaleco de seda se había ensanchado más y más; pulgada a pulgada, la cadena del reloj había desaparecido del horizonte visible de Tupman, y gradualmente la abundante papada iba colgando cada vez más de los bordes de la corbata; mas el espíritu de Tupman no cambió jamás: la admiración por el bello sexo era su pasión dominante. A la izquierda del gran caudillo se sentaba el poeta Snodgrass, y no lejos, el deportivo Winkle: el primero, poéticamente envuelto en una chaqueta azul con cuello de piel de perro, y luciendo el último una verde y nueva pelliza de caza, corbatín escocés y ceñido pantalón.

 

La alocución de Mr. Pickwick en esta ocasión, así como el debate que siguió, figuran en las Actas del Club. Ambos acusan una estrecha afinidad con las discusiones mantenidas en otras ilustres corporaciones, y, como no está de más señalar las coincidencias que se observan en las normas seguidas por los grandes hombres, vamos a trasladar a estas páginas la reseña.

 

Mr. Pickwick observó —dice el secretario— que la fama es un anhelo del corazón humano. La fama poética constituía un afán para el corazón de su amigo Snodgrass; la fama de las conquistas era igualmente ambicionada por su querido amigo Tupman y el deseo de ganar la celebridad por los deportes en tierra, aire y agua anidaba hondamente en el pecho de su amigo Winkle. Él mismo —Mr. Pickwick— no negaba sentirse influido por las humanas pasiones, por las afecciones humanas (Rumores.), tal vez por las humanas flaquezas (Voces: No, no.); pero él aseguraba que si alguna vez el ardor de la vanidad brotaba en su pecho, el deseo del bien del humano linaje se sobreponía y ahogaba aquélla. Si la alabanza de los hombres era su trapecio de equilibrio, la filantropía era su clave de seguridad. (Vehementes aclamaciones.) Él había experimentado cierto orgullo —paladinamente lo reconocía, y entregaba esta confesión al ludibrio de sus enemigos—, él había sentido alguna vanidad al lanzar al mundo su Teoría de los murciélagos, podría o no merecer la celebridad. (Una voz: «Sí que la merece». Fuertes rumores.) Aceptaba la afirmación del honorable pickwickiano cuya voz acababa de oír: merecía la celebridad; mas si la fama de aquel tratado hubiera de extenderse hasta los últimos confines del mundo conocido, el orgullo despertado por la paternidad de tal producción nunca podría compararse con el halago que sentía al mirar a su alrededor en este momento, el más glorioso de su vida. (Aplausos.) Él era un hombre humilde. (No, no.) Por ahora sólo podía afirmar que se le había elegido para una misión honrosísima y no exenta de riesgos. Los viajes se realizaban en malas condiciones y las cabezas de los mayorales parecían bastante inseguras. Que mirasen si no hacia fuera y contemplasen las escenas que se producían a su alrededor: los coches de postas volcaban por todas partes; los caballos cojeaban; los barcos daban la vuelta y las calderas reventaban.

 

 

 

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(Aprobación. Una voz: «¡No! ¡No!». Rumores.) A ver, ese honorable pickwickiano que ha gritado «No» con tanta energía, que avance y lo niegue, si puede. (¡Bravo!) ¿Quién ha sido ese que ha gritado: «No»? (Aclamaciones entusiastas.) Se trataba acaso de algún fatuo o de algún desengañado, no llegaría a decir de algún baratero (Bravos ensordecedores.), que, celoso de los elogios, tal vez inmerecidos, que se habían dedicado a sus (las de Mr. Pickwick) investigaciones y aplastado por las críticas amontonadas sobre sus propios y débiles intentos de rivalidad, tomaba ahora este modo vil y calumnioso de...

 

Mr. Blotton (de Aldgate) se levantó. ¿Aludía a él el honorable pickwickiano? (Voces de «Orden», «Señor presidente», «Sí», «No», «Continuad», «Fuera», etc.)

 

Mr. Pickwick no estimaba procedente dejarse dominar por el clamoreo. Él había aludido al honorable caballero.

 

Mr. Blotton, en tal caso, sólo decía que rechazaba la injuriosa y falsa acusación del honorable caballero con profundo desprecio. (Grandes rumores.) El honorable caballero era un embaucador. (Terrible confusión y fuertes voces de «Señor presidente» y «Orden».)

 

Mr. Snodgrass se levanta. Se coloca de pie en la silla. (Expectación.) Él desea saber si este lamentable incidente entre dos miembros del Club debe tolerarse que continúe. (Siseos.)

 

El presidente estaba seguro de que el honorable pickwickiano habría de retirar la frase que acababa de pronunciar.

 

Mr. Blotton, dentro del mayor respeto hacia la Presidencia, estaba seguro de no retirarla.

 

El Presidente consideraba deber suyo preguntar al honorable caballero si aquella frase que se le había escapado había sido empleada en su acepción corriente.

 

Mr. Blotton no vaciló en decir que no; que él había empleado aquella palabra en su sentido pickwickiano. (Siseos.) Él no tenía más remedio que declarar que personalmente abrigaba el mayor respeto y la más alta estima por el honorable caballero. Él le había considerado como un embaucador desde un punto de vista puramente pickwickiano. (Siseos.)

 

Mr. Pickwick se sentía sumamente agradecido por la noble, sencilla y franca explicación de su honorable amigo. Y solicitaba al punto que sus propias observaciones fuesen interpretadas según la construcción pickwickiana. (Rumores.)

 

Aquí termina la relación, e indudablemente también el debate, después de llegar a un acuerdo tan claro y satisfactorio. No tenemos referencia oficial de los hechos cuya narración hallará el lector en el siguiente capítulo; pero han sido cuidadosamente tomados de cartas y de otras fuentes auténticas tan evidentemente genuinas, que justifican la narración circunstanciada.

 

 

 

 

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2.      Primeros días de viaje, primeras aventuras nocturnas y sus consecuencias

 

Ese puntual cumplidor de todo trabajo, el sol, acababa de levantarse y de alumbrar la mañana del 30 de mayo de 1827 cuando Samuel Pickwick, surgiendo de sus sueños cual otro sol, abría la ventana de su cuarto y contemplaba al mundo que debajo de él se extendía. Goswell Street hallábase a sus pies; Goswell Street tendíase a su derecha, y hasta donde la vista alcanzar podía veíase a la izquierda Goswell Street, y la acera opuesta de Goswell Street mirábase enfrente. «Tales –pensaba Mr. Pickwick— son las limitadas ideas de aquellos filósofos que satisfechos con el examen de las cosas que tienen ante sí no descubren las verdades que más allá se esconden. Así, podía yo contentarme con mirar simplemente Goswell Street sin preocuparme en penetrar las ocultas regiones que a la calle circundan.» Y después de producir Mr. Pickwick esta hermosa reflexión, embutióse en su traje, y sus trajes en el portamantas. Los grandes hombres rara vez se distinguen por la escrupulosidad de su indumento; así, pues, la operación de rasurarse, vestirse y sorber el café pronto estuvo concluida, y una hora después, Mr. Pickwick, con su portamantas en la mano, su anteojo en el bolsillo de su amplio gabán y el libro de notas en el del chaleco, dispuesto a recibir cualquier descubrimiento digno de registrarse, llegaba a la cochera de San Martín el Grande.

 

—¡Cochero! –exclamó Pickwick.

 

—Aquí está, sir –articuló un extraño ejemplar de la raza humana, con cazadora de tela de saco y mandil de lo mismo, que con una etiqueta y un número de latón en el cuello parecía catalogado en alguna colección de rarezas. Era el mozo de limpieza–. Aquí está, sir. ¡Vamos, el primero!

 

Y hallado el cochero número 1 en la taberna donde había fumado su primera pipa, Mr. Pickwick y su portamantas fueron introducidos en el vehículo.

—¡A Golden Cross! –ordenó Mr. Pickwick.

 

—¡Nada, ni para un trago, Tomás! –exclamó malhumorado el cochero, dirigiéndose a su amigo el mozo, al arrancar el coche.

 

—¿Qué tiempo tiene ese caballo, amigo? –preguntó Mr. Pickwick, frotándose la nariz con el chelín que había sacado para pagar el recorrido.

 

—Cuarenta y dos –replicó el cochero mirándole de través.

 

—¡Cómo! –exclamó Mr. Pickwick llevando su mano al cuaderno de apuntes.

 

El cochero reiteró su afirmación primera. Mr. Pickwick miró fijamente a la cara del cochero; pero en vista de que los rasgos de ésta permanecieron inmutables, se decidió a consignar el hecho.

 

—¿Y cuánto tiempo le tiene usted trabajando cada vez? —inquirió Mr. Pickwick, para ampliar la información. –Dos o tres semanas –contestó el cochero.

 

 

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—¡Semanas! —dijo asombrado Mr. Pickwick... y de nuevo salió el cuaderno de apuntes.

 

—Su casa está en Pentonwill, pero rara vez le llevamos allí, por lo flojo que está –observó el cochero con frialdad.

 

—¡Por lo flojo que está! —repitió vacilante Mr. Pickwick.

 

—En cuanto se desengancha se cae —prosiguió el cochero—; pero cuando está enganchado le tenemos bien tieso y le llevamos tan corto, que no es fácil que se caiga; y hemos puesto un par de ruedas tan anchas y hermosas, que en cuanto él se mueve echan tras él y no tiene más remedio que correr... no puede por menos.

 

Mr. Pickwick consignó en su cuaderno todas las palabras de esta información con propósito de comunicarlas al Club, como ejemplo singular de la tenacidad vital de los caballos bajo las más difíciles circunstancias. Apenas había terminado su anotación cuando llegaban a Golden Cross. Saltó el cochero y salió Mr. Pickwick del coche. Mr. Tupman, Mr. Snodgrass y Mr. Winkle, que se hallaban esperando impacientes la llegada de su ilustre jefe, le rodearon, dándole la bienvenida.

 

—Aquí tiene usted su servicio –dijo Mr. Pickwick, mostrando el chelín al cochero.

 

¡Cuál no sería el asombro de los doctos caballeros cuando aquel ente incomprensible arrojó la moneda al suelo y expresó con ademanes inequívocos su deseo de que se le permitiera luchar con Mr. Pickwick por la cantidad que se le adeudaba!

 

—Usted está loco –dijo Mr. Snodgrass.

 

—O borracho –añadió Mr. Winkle.

 

—O las dos cosas –resumió Mr. Tupman.

 

—¡Vamos, vamos! –gritó el cochero, haciendo ademán de combatir a puñetazos, marcando los movimientos como un péndulo–. ¡Vamos... con los cuatro!

 

—¡Aquí hay jarana! –gritaron media docena de cazurros—. Manos a la obra, Sam.

 

Y, vociferando alegremente, se agregaron al grupo.

 

—¿Qué es ello, Sam? —preguntó un caballerete con mangas de percal negro. —¿Cómo que qué es ello? –replicó el cochero–. ¿Para qué quería mi número? —Yo no quería su número –contestó Mr. Pickwick sin salir de su estupefacción. —Entonces, ¿para qué lo ha tomado usted? –le interrogó el cochero. —¡Pero si no lo he tomado! –gritó indignado Mr. Pickwick.

 

—¿Querréis creer –continuó el cochero, dirigiéndose al público–, querréis creer que un investigador va en un coche y no sólo apunta el número del cochero sino cada palabra que dice?

 

Un rayo de luz brilló en la mente de Mr. Pickwick: se trataba del cuaderno de notas.

 

 

 

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—¿Pero hizo eso? –preguntó otro cochero.

 

—Claro que lo hizo –replicó el primero–. Y luego, a prevención de que yo le atacara, tiene tres testigos para declarar contra mí. Pero le voy a dar, aunque me cueste seis meses. ¡Vamos!

 

Y el cochero arrojó su sombrero al suelo, con notorio menosprecio de la prenda, arrancó los lentes a Mr. Pickwick y siguió el ataque con un puñetazo en la nariz a Mr. Pickwick, otro en un ojo a Mr. Snodgrass y, por variar, un tercero, en el vientre, a Mr. Tupman; luego empezó a maniobrar bailando en el arroyo; volvió a la acera y, por fin, extrajo del pecho de Mr. Winkle el poco aire que le quedaba; todo en media docena de segundos.

 

—¿Dónde habrá un policía? –preguntó Mr. Snodgrass.

 

—Ponedlos bajo las mangas –sugirió un vehemente panadero.

 

—¡Tendréis que sentir por esto! –amenazó Mr. Pickwick.

 

—¡Soplones! –gritó la concurrencia.

 

—¡Vamos! –gritó el cochero, que no había cesado en todo el tiempo de agitar sus puños.

 

El público allí reunido, que hasta entonces había permanecido como mero espectador de la escena, al enterarse de que los pickwickianos eran confidentes del fisco comenzó a encarecer rápidamente la conveniencia de apoyar la proposición del ardoroso panadero; y no hay que decir los actos de agresión personal que se hubieran cometido a no ser porque la trifulca quedó repentinamente interrumpida por la llegada de un nuevo personaje.

 

—¿Qué juerga es ésta? —preguntó un joven más bien alto, con verde cazadora, que emergió de improviso ante la cochera.

 

—¡Soplones! –gritó de nuevo la concurrencia.

 

—¡No somos tal cosa! —rugió Mr. Pickwick en un tono que hubiera llevado la convicción a cualquier circunstante desapasionado.

 

—¿No lo son ustedes... no lo son? –dijo el muchacho, dirigiéndose a Mr. Pickwick y abriéndose paso entre la multitud por el infalible sistema de separar a codazos a los elementos componentes de ella.

 

El docto caballero explicó en breves y apresuradas palabras la realidad del caso. —Vengan, pues —dijo el de la verde cazadora, cargando casi a viva fuerza con

 

Mr. Pickwick y charlando sin cesar—. Ea, número novecientos veinticuatro, recoja su servicio y márchese... Respetables señores... le conozco bien... imprudencias... Sir, ¿y sus amigos? ... Un error, ya se ve... no preocuparse... cosas que ocurren... hasta en las mejores familias... no hay que hablar de morir... un contratiempo... levantadlo... ponga eso en su pipa... el aroma... ¡maldita canalla!

 

Y con esta larga ristra de entrecortadas frases, pronunciadas con extraordinaria volubilidad, el extraño personaje se encaminó hacia la sala de espera de viajeros,

 

 

 

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seguido de cerca por Mr. Pickwick y sus discípulos.

 

—¡Mozo! —gritó el raro personaje, tirando de la campanilla con tremenda violencia—, ponga copas... aguardiente y agua, caliente y fuerte, y dulce, y mucho...

 

¿El ojo magullado, sir? ¡Mozo!, bistec crudo para el ojo del caballero...; nada como el bistec crudo para las erosiones, sir; el frío de un farol, muy bueno; pero un farol, no es posible... ¡Hay que ver pasarse media hora en la calle y pegar el ojo contra la columna del farol!... ¡Eh, muy bien! ¡Ah, ah!

 

Y el desconocido, sin tomar resuello, se echó de un trago como media pinta del líquido espumante y se repantigó en la silla tranquilamente, como si nada hubiera pasado.

 

En tanto que sus tres compañeros se ocupaban en expresar su gratitud al nuevo amigo, Mr. Pickwick examinaba el indumento y catadura de aquél.

 

Era de una estatura mediana; mas lo escurrido de su cuerpo y la largura de sus piernas dábanle apariencias de una altura mayor. La verde cazadora debía de haber sido una prenda elegante por los días en que se usaban largos faldones; mas era evidente que había servido a un hombre más bajo que el desconocido, pues las deterioradas y sucias mangas no llegaban a cubrirle las muñecas. Hallábase estrechamente abotonada hasta la barbilla, con riesgo inminente de estallar por la espalda, y un viejo trapo sin la menor forma de corbata rodeábale el cuello. Los raquíticos y negros pantalones mostraban aquí y allá ese reluciente brillo que pregona un uso prolongado, y ceñíanse estrechamente sobre un par de remendados y manchadísimos zapatos, como proponiéndose ocultar un par de medias blancas e impulcras que, no obstante, se veían perfectamente. Sus largos y negros cabellos se escapaban en ondas negligentes a cada lado del viejo sombrero de alas vueltas, y entre los bordes de los guantes y las bocamangas percibíanse las muñecas. Su rostro era enjuto y hosco, y un aire indescriptible de aviesa impudencia, junto con el de un perfecto dominio de sí mismo, envolvían al individuo.

 

Tal era el personaje que Mr. Pickwick contemplaba a través de sus anteojos (dichosamente recuperados), y al que, luego que sus amigos se hubieron cansado de hacerlo, comenzó a significar en términos selectos su agradecimiento por el reciente auxilio.

 

—De nada —dijo el desconocido, atajando rápido el cumplimiento—; basta... nada más; buen mozo ese cochero... bien manejaba sus cinco; pero yo que su amigo el de la chaqueta verde... que me ahorquen... si no le aplasto la cabeza... no dice ni pío... también al panadero... de fijo.

 

Esta incoherente arenga fue interrumpida por la entrada del cochero de Rochester, anunciando que iba a partir el Comodoro.

 

—¡El Comodoro! —dijo el intruso saltando de su asiento—. Mi coche... plaza tomada... una de exterior... dejo que paguen ustedes el aguardiente y el agua... no

 

 

 

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hay cambio para uno de cinco... mala moneda... la más baja de Brummagem... no puede ser... no... ¿eh?

 

Y sacudió su cabeza maliciosamente.

 

Mientras que esto sucedía, Mr. Pickwick y sus tres compañeros habían resuelto hacer en Rochester su primera escala, y después de participar al nuevo amigo que se dirigían ellos a la misma ciudad, convinieron en tomar los asientos de la trasera del coche, donde podrían viajar juntos.

 

—¡Arriba! —dijo el intruso, ayudando a Mr. Pickwick a subir al techo con tanta precipitación, que se vio materialmente comprometida la grave compostura del caballero. —¿Tiene equipaje, sir? —preguntó el cochero.

 

—¿Quién? ¿Yo? Paquete de papel marrón, nada más; el resto va por el agua... cajas de madera, clavadas... grandes como casas... pesadas, pesadas, terriblemente pesadas —replicó el intruso, mientras procuraba meterse en el bolsillo todo lo que podía de aquel paquete marrón que, por la traza, no debía contener más que una camisa y un pañuelo.

 

»¡Las cabezas, las cabezas... cuidado con las cabezas! —gritó el locuaz desconocido cuando atravesaban el medio punto que formaba la entrada del patio de carruajes por aquellos días—. Mal paso... peligrosa construcción... Hace días... cinco niños... madre... señora alta, comiendo sándwichs... olvidó el arco... ¡zas!... golpe...

 

Niños miran alrededor... madre sin cabeza... sándwich en la mano... no había boca en que meterlo... Cabeza de una familia desaparecida... ¡Atroz, atroz! ¿Mira hacia Whitehall, sir?... Bello paraje... pequeña ventana... la cabeza de alguno se fue... ¿eh, sir?... no tuvo precaución bastante... ¿eh, sir?

 

—Estoy rumiando —dijo Mr. Pickwick— la extraña mudanza de las cosas humanas.

 

—¡Ah!, ya veo... un día se entra en palacio por la puerta, y al siguiente se sale por la ventana. ¿Filósofo, sir?

 

—Observador de la naturaleza humana, sir —dijo Mr. Pickwick.

 

—¡Ah, yo también! Muchos lo son cuando tienen poco que hacer y menos que ganar. ¿Poeta, sir?

 

—Mi amigo Mr. Snodgrass posee una fuerte vena poética —dijo Mr. Pickwick. —Y yo —contestó el desconocido—. Poema épico... diez mil versos... revolución

 

de julio... compuesto sobre el terreno... Marte de día, Apolo por la noche... cuelgo el hierro y pulso la lira.

 

—¿Estuvo usted presente en aquella gloriosa escena? —dijo Mr. Snodgrass. —¡Presente! Ya lo creo; disparé el mosquete; disparaba con intención; me metía

 

en la taberna... lo anotaba... vuelta a pegar... se me ocurría otra idea... a la taberna de nuevo... tinta y pluma... vuelta otra vez... pegar y tajar... hermosos tiempos. ¿Sportsman, sir? —dijo, volviéndose súbitamente a Mr. Winkle.

 

 

 

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—Algo —respondió el caballero.

 

—Hermosa ocupación, sir, hermosa... ¿Perros, sir? —Ahora, precisamente, no —contestó Mr. Winkle.

 

—¡Ah! Usted debía tener perros... hermosos animales... sagaces criaturas... Un perro mío, una vez... Pointer... sorprendente instinto... salí de caza un día... nos metimos en un vedado... silbé... parado el perro... silbé otra vez... Ponto... nada, sin moverse... como una piedra... le llamé: Ponto, Ponto; no se movió... petrificado...

 

mirando a un cartel... miré hacia arriba, vi una inscripción... «El guarda tiene orden de matar a todos los perros que encuentre dentro del coto» ... no quería pasar... maravilloso perro... valioso perro aquel... mucho.

 

—Singular caso —dijo Mr. Pickwick—. ¿Me permite usted que lo anote? —Desde luego, sir, desde luego... cien anécdotas más del mismo animal...

Hermosa muchacha, sir (a Mr. Tracy Tupman, que había dedicado varias miradas antipickwickianas a una joven que pasaba por el camino).

 

—Mucho —asintió Mr. Tupman.

 

—Las inglesas no son tan guapas como las españolas... magníficas criaturas...

 

cabellos de azabache... ojos negros... formas adorables... dulces criaturas, preciosas.

 

—¿Ha estado usted en España, sir? —preguntó Mr. Tracy Tupman.

 

—Allí he vivido... siglos.

 

—¿Muchas conquistas, sir? —inquirió Mr. Tupman.

 

—¡Conquistas! Miles... D. Bolaro Fizzgig-Grande... hija única... doña Cristina...

 

espléndida hembra... me amaba hasta el delirio... padre celoso... enérgica muchacha... apuesto inglés... Doña Cristina, desesperada... ácido prúsico... sonda de estómago en mi portamantas... operación terminada... D. Bolaro en éxtasis... consiente en nuestra unión... junta las manos y se deshace en lágrimas... cuento romántico... mucho.

 

—¿Está ahora en Inglaterra la señora, sir? —interrogó Mr. Tupman, a quien la descripción de aquellos encantos había producido enorme impresión.

—Muerta, sir... muerta —respondió el intruso, llevándose al ojo derecho el exiguo resto de un viejo y sucio pañuelo—. No se pudo extraer la sonda... constitución endeble... pereció.

 

—¿Y su padre? —preguntó el poético Snodgrass.

 

—Remordimiento y pena —replicó el intruso—. Repentina desaparición... comidilla de la ciudad... busca por todas partes... sin éxito... la fuente pública de una gran plaza cesa de correr... pasan semanas... sin correr... los obreros la limpian... brota el agua... suegro descubierto... la cabeza contra el caño principal, con una declaración en su bota derecha... lo sacaron, y la fuente volvió a correr lo mismo que antes.

 

—¿Me permite usted que anote este romántico suceso, sir? —dijo Mr. Snodgrass hondamente afectado.

 

—Claro, sir, claro... cincuenta más, si usted quiere oírlos... vida extraña la mía...

 

 

 

 

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curiosa historia... no extraordinaria, pero singular.

 

De este modo, con un vaso de cerveza de cuando en cuando, como paréntesis, durante los cambios de tiro, continuó el intruso hasta que llegaron al puente de Rochester, en cuya sazón los cuadernos de notas de Mr. Pickwick y Mr. Snodgrass se hallaban completamente llenos con los rasgos notables de sus aventuras.

 

—¡Magníficas ruinas! —dijo Mr. Augusto Snodgrass con todo el fervor poético que le caracterizaba, cuando se hizo a la vista el hermoso y viejo castillo.

 

—¡Qué objeto de estudio para un arqueólogo! —fueron las palabras que salieron de boca de Mr. Pickwick al tiempo que enfilaba su anteojo.

 

—¡Ah! Hermoso sitio —dijo el intruso—; gloriosa mole... imponentes muros... vacilantes arcos... oscuros rincones... Escaleras derruidas... antigua catedral... olor de tierra... pies de peregrinos que desgastaron los peldaños... puertecillas sajonas... confesonarios como taquillas de teatro... raras costumbres las de aquellos monjes...

 

abates y limosneros, y toda suerte de antiguos tipos, de anchas caras rojas y de deformes narices, cada día más chatas... coletos de ante... sarcófagos... hermosos lugares... rancias leyendas... historias extrañas... admirable.

 

Y el desconocido continuó su monólogo hasta que llegaron a la posada de El Toro, en la calle Alta, donde paró el coche.

 

—¿Se queda usted aquí, sir? —preguntó Mr. Nathaniel Winkle.

 

—Aquí... yo no ... pero ustedes debieran... buena casa... magníficas camas... yo voy a la casa de Wright, de al lado; cara... muy cara... media corona sólo por mirar al criado... le llevan a usted más por comer en casa de un amigo que por hacerlo en la fonda... gente rara... mucho.

 

Mr. Winkle se volvió hacia Mr. Pickwick y le dirigió por lo bajo unas palabras; un murmullo pasó de Mr. Pickwick a Mr. Snodgrass, de Mr. Snodgrass a Mr. Tupman, y entre los tres se cruzaron gestos de asentimiento. Mr. Pickwick dijo al intruso:

 

—Nos dispensaría usted un importantísimo servicio, sir —dijo—, si permitiese que le ofreciéramos una pálida señal de nuestra gratitud suplicándole el favor de acompañarnos a comer.

 

—Gran placer... No presumo de definidor; pero las aves con setas... suculentas. ¿A qué hora?

 

—Vamos a ver —replicó Mr. Pickwick, consultando su reloj—; van a dar las tres. ¿Diremos a las cinco?

 

—Me conviene —dijo el desconocido—, a las cinco en punto... hasta entonces...

 

pasadlo bien.

 

Y levantando unas pulgadas de su cabeza el plegado sombrero y volviendo a colocárselo al desgaire hacia un lado, el intruso, dejando asomar por su bolsillo la mitad del paquete de papel de estraza, cruzó el patio rápidamente y torció por la calle Alta.

 

 

 

 

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—Sin duda ha viajado por muchas comarcas, y es un perspicaz observador de hombres y cosas —apuntó Mr. Pickwick.

 

—Me gustaría conocer su poema —dijo Mr. Snodgrass.

 

—Quisiera conocer el pasado de ese perro —dijo Mr. Winkle.

 

Mr. Tupman nada dijo; pero pensó en doña Cristina, en la sonda de estómago y en la fuente, y sus ojos se llenaron de lágrimas.

 

Después de elegir un gabinete, inspeccionar los dormitorios y mandar que les preparasen la comida, los excursionistas salieron a curiosear la ciudad y sus cercanías.

 

Al leer escrupulosamente las notas de Mr. Pickwick acerca de las cuatro ciudades, Stroub, Rochester, Chatham y Brompton, no encontramos que las impresiones recibidas difieran materialmente de las de otros viajeros que visitaron los mismos lugares. La descripción general se resume fácilmente así:

 

«Las principales producciones de estas ciudades —dice Mr. Pickwick— parecen ser soldados, marineros, judíos, yeso, gambas, carabineros y cargadores del muelle. Los objetos que se ven expuestos a la venta en las calles son, por lo general, enseres marinos, galletas, manzanas, arenques y ostras. Las calles ofrecen un aspecto de vida y animación, debido especialmente a la jovialidad de los militares. Es verdaderamente delicioso para un temperamento filantrópico contemplar a estos hombres de cortesana apostura andar de acá para allá, vacilantes, bajo la influencia de un exceso de alegría natural sobreexcitada por el alcohol; más aún si recordamos el barato e inocente solaz que proporcionan a los chiquillos del pueblo, que por doquier les siguen gesticulando alegremente. Nada —añade Mr. Pickwick— puede compararse al buen humor que demuestran. El día anterior a mi llegada, uno de ellos había sido terriblemente insultado en una taberna. La muchacha del mostrador habíase negado resueltamente a servirle más licor; y como respuesta, él, simplemente por juego, había sacado su bayoneta y herido a la moza en un hombro. Y, sin embargo, este simpático muchacho fue el primero en acudir a la taberna a la mañana siguiente, manifestando su resolución de pasar por alto la cuestión y olvidar lo ocurrido.

 

»El consumo de tabaco en aquellas ciudades —prosigue Mr. Pickwick— debe de ser considerable. Y el olor que invade las calles ha de ser extraordinariamente agradable para los muy fumadores. Un viajero somero observador podría señalar la suciedad como rasgo dominante; mas para aquellos que en ella ven un síntoma de tráfico y de prosperidad comercial, hácese verdaderamente grato».

 

En punto de las cinco llegó el intruso, y poco después empezó la comida. Habíase despojado del envoltorio de papel de estraza, mas no había introducido modificación alguna en su atavío, y se mostraba, si era posible, más locuaz que nunca. —¿Qué es esto? —preguntó al descubrir el mozo una de las fuentes.

 

 

 

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—Lenguados, sir.

 

—Lenguados... ¡ah!... magnífico pescado; todos vienen de Londres... Los empresarios de mensajerías organizan banquetes políticos... carros de lenguados... docenas de cestas... gente lista. Un vaso de vino, sir.

 

—Con mucho gusto —dijo Mr. Pickwick.

 

Y el desconocido brindó, haciéndolo después con Mr. Snodgrass, con Mr. Tupman, con Mr. Winkle y luego con todos a la vez, y poniendo en la ceremonia la misma rapidez que en su charla.

 

—¡Qué escándalo en la escalera, mozo! —dijo el desconocido—. Figuras que pasan... carpinteros que bajan... lámparas, vasos, arpas. ¿Qué van a hacer ahí?

 

—Baile, sir —respondió el camarero.

 

—Reunión pública, ¿eh?

 

—No, sir; reunión, no, sir. Baile de caridad, sir.

 

—¿Hay muchas mujeres guapas en esta ciudad, sir? —inquirió Mr. Tupman con gran interés.

 

—Espléndidas... maravillosas. Kent, sir... todo el mundo sabe lo que es Kent...

 

manzanas, cerezas, lúpulo y mujeres. Un vaso de vino, sir.

 

—Con mucho gusto —replicó Mr. Tupman.

 

El desconocido llenó un vaso y lo apuró.

 

—Me gustaría mucho asistir —dijo Mr. Tupman, insistiendo en lo del baile—, mucho.

 

—Hay billetes en secretaría, sir —terció el camarero—; media guinea cada uno,

 

sir.

 

De nuevo expresó Mr. Tupman su ardiente deseo de concurrir a la fiesta; mas no encontrando acogida en la sombría mirada de Mr. Snodgrass ni en el abstraído continente de Mr. Pickwick, se dedicó afanosamente al Porto y a los postres, que acababan de ser traídos a la mesa. Retiróse el camarero, y los comensales se entregaron al disfrute de ese par de horas que siguen a una comida.

 

—Perdón, sir —dijo el desconocido—; botella pagada... que corra... camina el sol... para el ojal... rubíes sobre las uñas.

 

Y vació el vaso que dos minutos antes llenara, y escancióse otro, con el ademán de un hombre ducho en la materia.

 

Fue trasegado el vino y pedida nueva provisión. El desconocido hablaba y escuchaban los pickwickianos. Mr. Tupman sentíase a cada instante más inclinado al baile. En el rostro de Mr. Pickwick resplandecía una expresión de universal filantropía, y tanto Mr. Winkle como Mr. Snodgrass se quedaron profundamente dormidos.

 

—Ya empiezan arriba —dijo el intruso—; oiga usted el jaleo... templan los violines... ahora el arpa... ya van.

 

 

 

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Los ruidos diversos que venían por la escalera anunciaban el comienzo del primer rigodón.

 

—Cómo me gustaría ir —volvió a decir Mr. Tupman.

 

—A mí también —dijo el desconocido—; dichoso equipaje... qué pesado de barco... nada con que ir... qué molesto, ¿verdad?

 

Mas la benevolencia para todo el mundo era el rasgo característico de la teoría pickwickiana, y ninguno tan celoso en la observancia de esta práctica como Mr. Tracy Tupman. En las actas de la Sociedad registrábanse numerosos casos de haber enviado este excelente hombre menesterosos a las casas de otros miembros en demanda de ropas o de auxilio pecuniario.

 

—Sería muy grato para mí prestar a usted un traje para este objeto —dijo Mr.

 

Tracy Tupman—; pero usted es más bien flaco, y yo soy...

 

—Más bien gordo... Baco viejo... sin pámpanos... desmontado del tonel y con calzones, ¿eh?... no muy destilado, pero muy molido... ¡Ja, ja! Deme el vino.

 

Que Mr. Tupman se sintiese indignado por el tono perentorio que el intruso empleara para pedirle el vino que tan velozmente despachaba, o que reputase escandaloso el que un significado miembro del Club Pickwick fuese ignominiosamente comparado con un Baco desmontado, no ha podido aún comprobarse. Le alargó el vino, tosió un par de veces y miró al intruso con severa intensidad por espacio de varios segundos; mas como éste mostrárase perfectamente sereno y tranquilo bajo la escrutadora mirada, pacificóse Mr. Tupman y volvió al asunto del baile.

 

—Iba a observar, sir —dijo—, que si mi traje es demasiado ancho, uno de mi amigo Mr. Winkle le vendría a usted perfectamente.

 

El desconocido midió con la mirada a Mr. Winkle, y su fisonomía brilló de satisfacción al decir:

 

—Exacto.

 

Mr. Tupman miró a su alrededor. El vino que había ejercido su influjo somnífero sobre Mr. Snodgrass y Mr. Winkle, había arrobado los sentidos a Mr. Pickwick. Éste había atravesado las varias etapas que anteceden al letargo producido por la comida y experimentado sus consecuencias. Había sufrido las transiciones ordinarias que llevan del exceso de jovialidad a la tristeza profunda, y de la tristeza profunda al exceso de jovialidad. Lo mismo que un farol de gas de la calle cuando hay aire en la cañería, había mostrado un extraño fulgor momentáneo; luego había descendido hasta hacerse casi imperceptible; al cabo de un breve intervalo renació para alumbrar un momento; tembló luego inseguro, con luz vacilante, y, por fin, se extinguió en absoluto. Su cabeza pendía sobre el pecho, y un perpetuo ronquido, sincopado a las veces, era el único signo exterior que daba de su presencia el grande hombre.

 

La tentación de asistir al baile y de recoger sus primeras impresiones acerca de la

 

 

 

 

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belleza de las mujeres de Kent dominaba poderosamente a Mr. Tupman, y era igualmente grande su deseo de hacerse acompañar por el intruso. Mr. Tupman desconocía tanto la localidad como sus naturales, mientras que el desconocido parecía tan familiarizado con ambas cosas, que se diría haber vivido allí desde su infancia. Mr. Winkle dormía, y tenía Mr. Tupman experiencia bastante en tales materias para abrigar la seguridad de que tan pronto como aquél despertase, según el orden natural, rodaría pesadamente hasta el lecho. Hallábase perplejo.

 

—Llene el vaso y páseme el vino —dijo el infatigable viajero.

 

Hizo Mr. Tupman lo que se le pedía, y al estímulo decisivo del último vaso se afirmó su determinación.

 

—El dormitorio de Winkle está dentro del mío —dijo Mr. Tupman—; si yo ahora le despertara, podría darle a entender lo que necesito; pero sé que tiene un traje en un saco de alfombra, y si usted llevara al baile ese traje y se lo quitara al volver, podría yo colocarlo en su sitio sin molestarle para nada.

 

—Admirable —dijo el desconocido—; famoso plan... maldita situación... catorce chaquetas en el equipaje y tener que llevar el traje de otro... es encantador... verdaderamente.

 

—Tenemos que tomar los billetes —dijo Mr. Tupman.

 

—No merece la pena de hacer pedazos una guinea —dijo el desconocido—; sorteemos quién ha de pagar de los dos... yo cantaré; usted primero... mujer... mujer... hechicera mujer.

 

Y cayó la moneda mostrando el dragón (que por cortesía se dijera mujer).

 

Llamó Mr. Tupman, compró los billetes y pidió las luces. Un cuarto de hora después hallábase el intruso vestido de pies a cabeza con el traje de Mr. Nathaniel Winkle.

 

—Es un nuevo frac —dijo Mr. Tupman, mientras que el extranjero mirábase complacido en un espejo de viaje—; el primero que se ha hecho con los botones de nuestro Club.

 

Y llamaba la atención del compañero hacia el gran botón dorado, en cuyo centro campeaba un busto de Mr. Pickwick con las letras «P.C.» una a cada lado.

 

—«PC.» —dijo el intruso—; rara enseña... se parece al viejo; y «P.C.»... este «P.C.» significa propia cazadora, ¿eh?

 

Mr. Tupman, con indignación creciente y gran prestancia, descifró la esotérica divisa.

 

—Algo corto el chaleco, ¿no? —dijo el desconocido, retorciéndose para echar una ojeada sobre los bruñidos botones del chaleco, que sólo le alcanzaba hasta la mitad de la espalda—. Parece el traje de un cartero mayor... curiosos trajes aquellos... hechos por contrata... sin medida... misteriosas complacencias de la Providencia...

 

Todos los bajos gastan largos fraques... los altos, cortos.

 

 

 

 

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Entre tanto, el nuevo amigo de Mr. Tupman se ajustaba su traje o, mejor dicho, el traje de Mr. Winkle, y, acompañado de Mr. Tupman, subía la escalera que conducía al salón de baile.

 

—¿Qué nombres digo, sir? —preguntó el portero.

 

Ya se disponía Mr. Tupman a pronunciar sus propios títulos, cuando le atajó el extranjero.

 

—Nada de nombres —y murmuró al oído de Mr. Tupman—: Los nombres no resultan... no son conocidos... magníficos nombres en sí; grandiosos... incomparables para una selecta concurrencia, pero no hacen impresión en las reuniones públicas...

 

incógnito, esto es... Caballeros de Londres... distinguidos forasteros... una cosa así. Abrióse la puerta, y Mr. Tracy Tupman y el desconocido penetraron en el salón. Era una larga estancia, guarnecida de bancos tapizados de rojo y alumbrada por

 

bujías sostenidas por candeleros de cristal. Los músicos se hallaban cuidadosamente confinados en una elevada tarima, y varios rigodones se estaban bailando por tres o cuatro grupos de parejas. En la sala inmediata había dos mesitas de naipes, y dos pares de viejas señoras, acompañadas del mismo número de obesos caballeros, se entretenían en el whist.

 

Concluida la danza, empezaron las parejas a pasear; Mr. Tupman y su compañero, estacionados en un rincón, dedicáronse a observar la concurrencia.

 

—Espere usted un minuto —dijo el desconocido—; verá usted qué gracioso... los grandes gorros no han venido aún... extraño lugar; los grados superiores de la Marina no se tratan con los inferiores... los marinos inferiores no se mezclan con la clase media... la clase media no se codea con el comercio... el delegado del Gobierno no habla con nadie.

 

—¿Quién es ese muchachito de rubio cabello y ojos enrojecidos que viste de fantasía? —inquirió Mr. Tupman.

 

—¡Chist!, por favor... ojos encarnados... traje fantasía... muchachito... cuidado...

 

uno del 97.°... el honorable Wilmot Snipe... gran familia... Snipe.

 

—Sir Thomas Clubber, señora Clubber, señoritas Clubber —anunció el portero con voz estentórea.

 

Honda sensación se produjo en la sala al entrar un caballero alto con frac azul y relucientes botones, una gruesa señora vestida de satén azul y dos señoritas de igual vitola, ataviadas a la moda con vestidos del mismo color.

 

—El gobernador... jefe de distrito... gran hombre... hombre extraordinario — murmuraba el desconocido a Mr. Tupman, mientras que el comité organizador acompañaba a sir Thomas Clubber y a su familia hasta el fondo de la sala.

 

El honorable Wilmot Snipe y otros distinguidos caballeros se apresuraron a rendir su homenaje a las señoritas Clubber, y sir Thomas Clubber, enhiesto y altivo, engallado sobre su negra gola, contemplaba majestuosamente a la reunión.

 

 

 

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—Mr. Smithie, señora Smithie y señoritas Smithie —fueron anunciados luego.

 

—¿Qué es Mr. Smithie? —preguntó Mr. Tracy Tupman.

 

—Representa algo en la comarca —replicó el desconocido.

 

Mr. Smithie se inclinó cortés ante sir Thomas Clubber, que aceptó el saludo con notoria condescendencia. La señora Clubber, a través de sus lentes, dirigió una mirada telescópica a la Smithie y familia, y la de Smithie atalayó a su vez a una de tantas cuyo esposo no pertenecía a la Marina.

 

—Coronel Bulder, señora Bulder y señorita Bulder —fueron anunciados posteriormente.

 

—Jefe de la guarnición —dijo el desconocido, en respuesta a la mirada interrogante de Mr. Tupman.

 

Miss Bulder fue calurosamente acogida por la de Clubber; el saludo que se cruzó entre la señora del coronel Bulder y la de Clubber fue afectuoso sobre toda ponderación; el coronel Bulder y sir Thomas Clubber cambiaron sus tabaqueras y se mostraron como un par de Alejandros Selkirks: reyes de todos los que veían.

 

Mientras que la aristocracia de la localidad, los Bulder, los Clubber, los Snipe, defendían su alta dignidad congregados en un extremo del salón, los otros sectores de la sociedad imitaban su ejemplo en diversas regiones del mismo. Los oficiales del 97.°, de menos aristocrática significación, departían con las familias de los más modestos funcionarios de la Marina. Las esposas de los procuradores y la del vinatero ostentaban la representación de un grado social distinto (la mujer del dueño del café visitaba a los Bulder), y la señora Tomlinson, la esposa del jefe de Correos, presidía con aquiescencia unánime el grupo del comercio.

 

Uno de los personajes más populares, en su círculo propio, era un hombrecito gordo, cuyo desnudo cráneo mostraba un cerco de negros cabellos y una extensa calva en el centro: era el doctor Slammer; médico del 97.° El doctor cambiaba su rapé con todo el mundo, con todos charlaba, reía, bailaba, bromeaba, jugaba al whist, lo hacía todo y hallábase en todas partes. A las muy variadas y numerosas manifestaciones de su actividad, el pequeño doctor añadía una, que era la más importante de todas: la de no cesar de prodigar atenciones a la vieja viudita, cuyo lujoso atavío y profuso tocado pregonaban la más deseable añadidura para una renta mezquina.

 

Los ojos de Mr. Tupman y de su compañero habían permanecido fijos algún tiempo sobre el doctor y la viuda, cuando rompió el silencio el intruso:

 

—Montones de dinero... anciana mujer... pomposo doctor... no es mala idea...

 

buen asunto —fueron las frases ininteligibles que salieron de sus labios.

 

Mr. Tupman se le quedó mirando con curiosidad.

 

—Voy a bailar con la viuda —dijo el desconocido.

 

—¿Quién es ella? —preguntó Mr. Tupman.

 

 

 

 

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—No sé... no la he visto en mi vida... voy a desbancar al doctor... allá voy.

 

Y el desconocido cruzó la sala incontinente y, apoyado sobre una consola, comenzó a lanzar miradas de admiración respetuosa y melancólica sobre la oronda faz de la viejecita. Mr. Tupman le contemplaba con mudo asombro. El intruso progresaba rápidamente; el mediquillo bailaba con otra señora; la viuda dejó caer su abanico, recogiólo el intruso y se lo presentó... una sonrisa... una inclinación... una cortesía... unas cuantas palabras de conversación. Marchó el intruso con osado ademán hacia el otro extremo de la sala y volvió acompañado del maestro de ceremonias; una breve pantomima a guisa de presentación, y el intruso y la señora de Budger ocuparon su puesto en el rigodón.

 

La sorpresa de Mr. Tupman ante la sumaria maniobra, por grande que fuera, no pudo compararse con la estupefacción del doctor. La juventud del intruso lisonjeaba a la viuda. Las atenciones del doctor eran desdeñadas por la viuda, y la indignación del doctor, completamente inadvertida para el imperturbable rival. El doctor Slammer estaba como paralizado. ¡Él, el doctor Slammer, del 97.°, ser suplantado en un momento por un hombre a quien nadie había visto antes y a quien nadie conocía ahora! ¡Slammer..., el doctor Slammer, del 97.°, rechazado! ¡Imposible! ¡No podía ser! Sí, pero era; allí estaban ellos. ¡Cómo! ¡Presentando a su amigo! ¿Podía dar crédito a sus ojos? Miró de nuevo y tuvo que aceptar la realidad penosa y admitir la veracidad de sus ópticas facultades; la señora Budger estaba bailando con Mr. Tracy Tupman; el hecho era inequívoco. Allí, delante de él, estaba la viuda danzando con vigor inusitado; Mr. Tracy Tupman, con andares saltarinos y expresión de la mayor solemnidad, bailaba (como los buenos) ni más ni menos que si el rigodón, lejos de ser cosa para tomarla a risa, constituyese un acto fundamental y serio que requiriese inflexible resolución.

 

Con paciencia y en silencio tuvo el doctor que soportar todo esto, así como el obsequio del vino, los cuidados pertinentes de traer y llevar vasos, el ofrecimiento de bizcochos y las demás coqueterías que hubieron de seguirse; mas pocos segundos después de haber desaparecido el intruso para acompañar a la señora Budger hasta su carruaje, abandonó vivamente la estancia, denotando en su rostro su efervescente indignación, que hasta entonces tuviera embotellada, por una copiosa transpiración pasional.

 

Volvió el intruso y se le aproximó Mr. Tupman; le habló en voz baja y rió. El pequeño doctor ansiaba la vida del intruso. Éste se hallaba radiante. Había triunfado.

 

—¡Sir! —díjole el doctor con voz lúgubre, sacando una tarjeta y llamándole hacia un rincón del pasillo—, mi nombre es Slammer, doctor Slammer, sir.. 97.° regimiento... cuartel de Chatham... mi tarjeta, sir, mi tarjeta.

 

Hubiera dicho más, pero le ahogaba la indignación.

 

—¡Ah! —replicó el intruso fríamente—. Slammer... muy obligado... exquisita

 

 

 

 

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atención... no estoy enfermo ahora, Slammer... pero cuando lo esté... le llamaré. —Usted... es un impostor, sir —exclamó el furioso doctor—; un zascandil... un

 

cobarde... un embustero... un... un... pero ¿es que nada le hará a usted darme su tarjeta, sir?

 

—¡Oh!, ya veo —dijo el desconocido mirándole de lado—; el vino es aquí demasiado fuerte... conserje liberal... enloquecedor... mucho... mejor la limonada... habitación caldeada... hombre de edad... sufre las consecuencias por la mañana...

 

cruel... cruel.

 

Y dio uno o dos pasos.

 

—¿Para usted en esta casa, sir? —preguntó el indignado hombrecillo—. Usted es el que está borracho, sir; tendrá usted noticias mías por la mañana, sir. Ya le encontraré, sir, ya le encontraré.

 

—Lo mejor es que me busque usted en casa —replicó el desconocido inconmovible.

 

El doctor Slammer revelaba indescriptible ferocidad al tiempo que se calaba el sombrero con indignado ademán. El intruso y Mr. Tupman subieron al dormitorio del último piso para restituir las prestadas plumas del inconsciente Winkle.

 

Éste se hallaba profundamente dormido; la restitución se llevó a efecto en seguida. El desconocido mostrábase por demás jocoso, y Mr. Tracy Tupman, exaltado por el vino, los licores, las luces y las señoras, juzgaba el asunto como una deliciosa broma. Se marchó su nuevo amigo, y después de tropezar con alguna ligera dificultad para encontrar el hueco del gorro de dormir que se destina al acomodo de la cabeza y de dejar caer la palmatoria en su lucha para ponérselo, Mr. Tracy Tupman, al cabo de una serie de complicadas evoluciones, pudo llegar a meterse en el lecho, cayendo a poco en profundo reposo.

 

Apenas habían acabado de dar las siete de la mañana siguiente cuando la sutil mentalidad de Mr. Pickwick volvió del estado de inconsciencia en que el sueño le sumiera, por un fuerte golpe dado en la puerta de su cuarto.

 

—¿Quién es? —dijo Mr. Pickwick, incorporándose en el lecho.

 

—El camarero, sir. —¿Qué desea usted?

 

—Permítame, sir: ¿puede usted decirme cuál de los caballeros que le acompañan lleva frac azul con botones dorados y en ellos la marca «P.C.»?

 

«Esto es que se lo han llevado para cepillar —pensó Mr. Pickwick—, y el hombre ha olvidado a quién pertenece... »

 

—Mr. Winkle —exclamó—, la antepenúltima habitación a la derecha.

 

—Gracias, sir —dijo el camarero, y se marchó.

 

—¿Qué hay? —gritó Mr. Tupman al oír en su puerta un golpe que le sacó de su letárgico olvido.

 

—¿Puedo hablar a Mr. Winkle, sir? —replicó el camarero desde fuera.

 

 

 

 

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—¡Winkle... Winkle! —exclamó Mr. Tupman, llamando a la habitación de dentro.

 

—¡Qué! —replicó una voz desmayada que salía de entre las sábanas.

 

—Le buscan a usted... uno, aquí, a la puerta.

 

Y, extenuado por el esfuerzo que le costara articular tantas palabras, Mr. Tracy Tupman se volvió del otro lado y durmióse otra vez.

 

—¡Me buscan! —dijo Mr. Winkle, saltando apresuradamente del lecho y vistiéndose a la ligera—. ¡Me buscan, tan lejos de la ciudad!... ¿Quién demonios puede buscarme?

 

—Un caballero, en el café, sir —contestó el camarero al abrir la puerta Mr. Winkle y afrontarse con él—; un caballero dice que apenas le molestará un segundo, sir, pero que no admite excusa.

 

—¡Qué extraño! —dijo Mr. Winkle—. En seguida bajo.

 

Envolvióse apresuradamente en una manta de viaje, después de vestir el batín, y bajó las escaleras. Una vieja y un par de camareros hacían la limpieza del café, y un oficial con la guerrera desabrochada hallábase mirando por la ventana. Se volvió al entrar Mr. Winkle y le hizo una fría inclinación de cabeza. Después de despedir a los criados, cerró la puerta cuidadosamente y dijo:

 

–¿Mr. Winkle, supongo? –Mi nombre es Winkle, sir.

 

–No le sorprenderá, sir, que le haga saber que vengo a visitarle esta mañana por encargo de mi amigo el doctor Slammer, del 97.°

 

–Doctor Slammer –dijo Mr. Winkle.

 

–Doctor Slammer. Me ha encargado que exprese a usted su opinión de que su conducta en la pasada noche fue de tal naturaleza, que no hay caballero que la sufra, y —añadió– que ningún caballero puede hacer sufrir a otro.

 

El asombro de Mr. Winkle era demasiado real y patente para que escapara a la observación del enviado del doctor Slammer; no obstante, prosiguió:

–Mi amigo el doctor Slammer me pidió que dijera a usted, además, que está firmemente persuadido de que usted estuvo borracho durante una parte de la velada, y que posiblemente no tuvo conciencia de la gravedad del insulto de que es responsable. Me comisionó para decir que si tal estado lo alegara usted como una excusa de su conducta, él se allanaría a aceptar una explicación escrita de puño y letra de usted y dictada por mí.

 

—¡Una explicación escrita! –repitió Mr. Winkle en el tono más enfático y sorprendido.

 

–De modo que ya sabe usted la disyuntiva –replicó fríamente el visitante.

 

—¿Le ha sido a usted confiado este encargo a mi nombre? –inquirió Mr. Winkle, cuyo intelecto se hallaba desesperadamente confundido por esta insólita conversación.

 

–Yo no me hallaba presente —replicó el visitante—; y como consecuencia de la

 

 

 

 

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resuelta negativa de usted a dar su tarjeta al doctor Slammer, este caballero me ha suplicado que identifique al propietario de un traje verdaderamente singular... un frac de color azul fuerte con un botón dorado, en el que aparece un busto y las letras «P.C.».

 

Mr. Winkle se sintió vacilante al escuchar con asombro describir su propio traje tan minuciosamente. El amigo del doctor Slammer prosiguió:

 

–De las averiguaciones que acabo de hacer en secretaría he sacado la convicción de que el dueño del frac en cuestión llegó aquí ayer tarde con tres caballeros. Inmediatamente he mandado preguntar al que parece ser jefe del grupo, y él en seguida le ha señalado a usted.

 

Si la torre más alta del castillo de Rochester se hubiera desgajado repentinamente de sus cimientos y situándose frente a la ventana del café, la sorpresa de Mr. Winkle hubiera sido insignificante comparada con la profunda estupefacción que le causaron estas palabras. Su primera impresión fue la de que el traje le había sido robado.

 

—¿Quiere usted esperar un momento? –dijo.

 

–Desde luego –contestó el importuno visitante.

 

Mr. Winkle subió a escape, y con mano temblorosa abrió el saco. Allí estaba el traje en su lugar habitual, mas un detenido examen evidenciaba señales de haber sido usado la noche anterior.

 

–Es indudable –dijo Mr. Winkle, dejando caer la prenda de sus manos. Bebí mucho después de cenar, y tengo un vago recuerdo de haber andado por las calles y haber fumado después un cigarro. El hecho es que yo estaba muy borracho... por fuerza cambié de traje... fui a alguna parte... e insulté a alguien..., no cabe duda, y este recado es la terrible consecuencia.

 

Diciendo lo cual, Mr. Winkle volvió sobre sus pasos en dirección al café con la lúgubre y espantosa resolución de aceptar el reto del belicoso doctor Slammer y de arrostrar las graves consecuencias que pudieran seguirse.

 

Varias fueron las consideraciones que le impulsaron a esta determinación: la primera, su reputación en el Club. Siempre habíasele mirado como una autoridad en cuestiones de deportes y gimnasia defensiva—inofensiva; y si en esta primera ocasión que se le ofrecía de hacerlo patente retrocedía ante la prueba, bajo la mirada de su jefe, su nombre y significación habíanse perdido para siempre. Recordaba además haber oído muchas veces a los no iniciados en tales materias que, por un convenio tácito entre los padrinos, las pistolas rara vez cargábanse con bala; y luego reflexionó que si él confiaba a Mr. Snodgrass el encargo de apadrinarle y le pintaba en tonos patéticos el riesgo, este caballero habría seguramente de comunicar la noticia a Mr. Pickwick, el cual sin perder momento la transmitiría a las autoridades locales, con objeto de impedir la muerte o el deterioro de uno de sus secuaces.

 

Tales fueron sus pensamientos cuando volvió al café y participó su intención de

 

 

 

 

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aceptar el reto del doctor.

 

—¿Tendría usted la bondad de dirigirme a algún amigo, para fijar la hora y el lugar del encuentro? —dijo el oficial.

 

—No hace falta —replicó Mr. Winkle—; indíquelos usted, y yo me procuraré después la asistencia de un amigo.

 

—Diremos... ¿al anochecer? —sugirió el oficial en tono indiferente.

 

—Muy bien —respondió Mr. Winkle, sintiendo en su corazón que estaba muy mal.

 

—¿Conoce usted el fuerte Pitt?

 

—Sí, lo vi ayer.

 

—Si quiere usted tomarse la molestia de dirigirse dando la vuelta por el campo que bordea el foso, tomar la senda de la izquierda al llegar al ángulo de la fortaleza y esperar allí hasta verme, yo guiaré a ustedes a un lugar escondido, donde el asunto puede quedar zanjado sin temor de interrupción.

 

«¡Temor de interrupción!», pensó Mr. Winkle.

 

—Todo convenido, ¿eh? —dijo el oficial.

 

—No se me ocurre nada más —replicó Mr. Winkle—. Buenos días.

 

—Buenos días.

 

El oficial salió silbando un aire alegre.

 

El desayuno de aquella mañana fue triste y penoso. Mr. Tupman no estuvo en condiciones de levantarse después de la gran disipación de la pasada noche; Mr. Snodgrass parecía sufrir una depresión poética de espíritu, y hasta Mr. Pickwick manifestaba una desacostumbrada inclinación al silencio y a la soda. Mr. Winkle espiaba afanosamente su oportunidad: no se hizo esperar mucho. Mr. Snodgrass le propuso visitar el castillo, y siendo Mr. Winkle el único miembro de la partida dispuesto a pasear, saldrían juntos.

 

—Snodgrass —dijo Mr. Winkle al salir a la calle—, Snodgrass, mi querido compañero: ¿puedo confiar en su reserva?

 

Y decía esto con la ardiente esperanza de no poder hacerlo.

 

—Sin duda —replicó Mr. Snodgrass—. Se lo juro a usted.

 

—No, no —le atajó Mr. Winkle, aterrado ante la idea de que su compañero se comprometiese inconscientemente a no hacer la delación—; no jure, no jure; no hace falta.

 

Mr. Snodgrass dejó caer la mano, que en actitud patética levantara hacia el cielo, apelando a su testimonio, y adoptó una postura atenta.

 

—Necesito su concurso, amigo querido, en una cuestión de honor —dijo Mr.

 

Winkle.

 

—Lo tiene usted —replicó Mr. Snodgrass estrechando la mano de su amigo. —Con un médico... el doctor Slammer, del 97.° —dijo Mr. Winkle, afanándose

 

 

 

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por tratar el asunto del modo más solemne posible—. Una cuestión con un oficial, apadrinado por otro oficial, a la caída de la tarde, en un solitario paraje de los alrededores del fuerte Pitt.

 

—Le acompañaré a usted —dijo Mr. Snodgrass.

 

Estaba sorprendido, pero en modo alguno asustado. Es maravillosa la serenidad que demuestran en tales casos todos, menos los protagonistas. Mr. Winkle había olvidado esta consideración. Había juzgado por las suyas las sensaciones de su camarada.

 

—Las consecuencias pueden ser espantosas —dijo Mr. Winkle.

 

—Espero que no —dijo Mr. Snodgrass.

 

—El doctor, según creo, es un gran tirador —dijo Mr. Winkle.

 

—Casi todos estos militares lo son —observó impasible Mr. Snodgrass—; pero también lo es usted, ¿no?

 

Mr. Winkle respondió afirmativamente; mas, advirtiendo que no había logrado alarmar suficientemente a su compañero, cambió de táctica.

 

—Snodgrass —dijo con voz trémula por la emoción—: si caigo, en un paquete que pondré en sus manos encontrará usted una carta para mi ... para mi padre.

 

También fracasó este ataque. Mr. Snodgrass se afectó; pero ofreció aceptar la entrega de la carta, ni más ni menos que si fuera el cartero.

 

—Si caigo —dijo Mr. Winkle—, o si cae el doctor, usted, amigo querido, será acusado como encubridor del hecho. Voy a condenar a mi amigo a deportación..., ¡tal vez perpetua!

 

Mr. Snodgrass se sobresaltó un poco al oír esto, mas su heroísmo era incontrastable.

 

—En cuestiones de amistad —exclamó fervorosamente—, yo desafío todos los riesgos.

 

Cuánto maldecía Mr. Winkle en su interior la amistosa devoción de su compañero, mientras que marchaban el uno al lado del otro absortos en sus propias meditaciones. La mañana transcurría; él se desesperaba.

 

—Snodgrass —dijo, parándose de repente—: le suplico que no haga público este asunto..., que no dé parte de él a las autoridades locales..., que no requiera el concurso de la policía para detenerme a mí o al doctor Slammer, del 97.° regimiento, acuartelado ahora en Chatham, con objeto de evitar el duelo...; le suplico que no.

 

Mr. Snodgrass tomó las manos de su amigo, replicándole con entusiasmo:

 

—Por nada del mundo.

 

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Mr. Winkle al convencerse de que nada podía esperar de los temores de su amigo, y la sensación de que se hallaba destinado a servir de blanco se apoderó de él con fuerza terrible.

 

Después de explicar detalladamente a Mr. Snodgrass las circunstancias del caso, y

 

 

 

 

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de alquilar una caja de pistolas de desafío, con la provisión suficiente de pólvora, balas y pistones, en casa de un armero de Rochester, volvieron los dos amigos a la fonda: Mr. Winkle, para rumiar la próxima lucha; Mr. Snodgrass, con objeto de preparar las armas de guerra y ponerlas en condiciones de uso inmediato.

 

En la tarde, brumosa y lúgubre, salieron de nuevo para cumplir el azaroso cometido. Mr. Winkle se embozaba en una enorme capa para esquivar toda observación, y Mr. Snodgrass ocultaba bajo la suya los instrumentos de destrucción.

 

—¿Lo lleva usted todo? —dijo Mr. Winkle con agitación. —Todo —replicó Mr. Snodgrass—; abundancia de municiones para caso de que falle alguno de los tiros. Hay en la caja un cuarto de libra de pólvora, y en mi bolsillo traigo dos periódicos para las cargas.

 

Eran estas señales de amistad de tal naturaleza que nadie hubiera podido razonablemente dejar de agradecerlas. Se supone que la gratitud de Mr. Winkle era sobradamente poderosa para manifestarse al exterior; así que, sin decir nada, continuó su marcha..., más bien despacio.

 

—Tenemos un tiempo excelente —dijo Mr. Snodgrass al escalar la empalizada y saltar un seto—; el sol está cayendo precisamente.

 

Mr. Winkle miró al astro declinante y meditó con pesadumbre en la probabilidad de su «propia caída» antes de poco.

 

—Allí está el oficial —exclamó Mr. Winkle a los pocos minutos de marcha.

 

—¿Dónde? —dijo Mr. Snodgrass.

 

—Allí ...; el caballero de la capa azul.

 

Mr. Snodgrass miró en la dirección que marcaba el índice de su amigo, y vio una figura embozada, como se le había descrito. El oficial dio muestras de haberlos reconocido, llamándoles tímidamente con la mano, y los dos amigos le siguieron a corta distancia cuando echó a andar.

 

La tarde se hacía más lúgubre a cada instante, y una brisa melancólica susurraba en los desiertos campos, como si un lejano gigante silbara llamando a su perro. La tristeza de la escena comunicaba un tinte sombrío a las sensaciones de Mr. Winkle. Se estremeció al trasponer el ángulo de las trincheras...; aquello parecía una tumba colosal.

 

El oficial abandonó de pronto la senda y, después de trepar por una empalizada y escalar un seto, penetró en un paraje escondido. Dos caballeros en él esperaban: era el uno un hombrecito gordo, de negros cabellos, y el otro, un imponente personaje que vestía guarnecida levita y que se hallaba sentado con ecuanimidad perfecta en una silla de campaña.

 

—El otro y un cirujano, supongo —dijo Mr. Snodgrass—. Tome usted una gota de aguardiente.

 

Mr. Winkle tomó la botella que su amigo sacara y se propinó un buen trago del

 

 

 

 

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líquido hilarante.

 

—Mi amigo, sir, Mr. Snodgrass —dijo Mr. Winkle cuando el oficial se les acercó. El amigo del doctor Slammer se inclinó y mostró una caja similar a la que llevaba

 

Mr. Snodgrass.

 

—Yo creo que no tenemos más que decir, sir —observó fríamente al abrir la caja —; se ha rehusado toda explicación.

 

—Nada, sir —dijo Mr. Snodgrass, que empezó a sentirse inquieto.

 

—¿Quiere usted venir? —dijo el oficial.

 

—Sí, señor —replicó Mr. Snodgrass.

 

Se midió el terreno y quedaron ultimados los preparativos.

 

—Creo que encontrará usted éstas mejores que las suyas —dijo el otro padrino sacando sus pistolas—. Usted me ha visto cargarlas. ¿Tiene algo que objetar para que sean utilizadas?

 

—Nada absolutamente —replicó Mr. Snodgrass.

 

Aquel ofrecimiento le proporcionaba una gran tranquilidad, porque sus nociones en materia de cargar pistolas eran un tanto vagas e inciertas.

 

—Tenemos que colocar a nuestros hombres —observó el oficial con la misma indiferencia que si los protagonistas fueran peones de ajedrez y los padrinos los jugadores.

 

—Eso es —replicó Mr. Snodgrass, que hubiera aceptado cualquier proposición a causa de su ignorancia en el asunto. Dirigióse el oficial hacia el doctor Slammer, y Mr. Snodgrass se acercó a Mr. Winkle.

 

—Todo está dispuesto —dijo, entregándole la pistola—. Deme usted su capa.

 

—¿Ha cogido usted el paquete, mi amigo querido? —dijo el pobre Winkle.

 

—Todo está corriente —dijo Mr. Snodgrass—. Firme, y a no marrarle.

 

Pensó Mr. Winkle que esta advertencia se parecía mucho a la que los transeúntes suelen hacer a los chiquillos que se pegan en la calle; por ejemplo, «anda y puédele»: admirable consejo si se conocieran los medios de llevarlo a efecto. Despojóse de su capa, sin embargo, en silencio... empleando un buen rato en desembozarse... y tomó la pistola. Retiráronse los padrinos, les imitó el caballero de la silla de campaña y se aproximaron los adversarios.

 

Siempre fue notoria la humanidad de Mr. Winkle. Podía conjeturarse que su repugnancia a herir intencionalmente a un prójimo fue la causa de que cerrara los ojos al llegar al terreno fatal, así como que esta circunstancia de llevar cerrados los ojos le impidió observar la extraordinaria e indescriptible manera con que se manifestaba el doctor Slammer. Este caballero hizo un movimiento de sorpresa, miró, retrocedió, se frotó los ojos, miró otra vez y, finalmente, gritó:

 

—¡Alto, alto!

 

»¿Qué es esto? —dijo el doctor Slammer, mientras que su amigo y Mr. Snodgrass

 

 

 

 

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corrían hacia él—. Ése no es el hombre.

 

—¡No es el hombre! —dijo el padrino del doctor Slammer.

 

—¡No es el hombre! —dijo Mr. Snodgrass.

 

—¡No es el hombre! —dijo el otro caballero, con la silla en la mano.

 

—Sin duda que no lo es —replicó el pequeño doctor—. Ésa no es la persona que me insultó anoche.

 

—¡Es extraordinario! —exclamó el oficial.

 

—Mucho —dijo el caballero de la silla—. Lo único que hay que determinar es si este caballero, estando ya en terreno, deberá ser considerado, en honor a la formalidad, como el individuo que insultó a nuestro amigo el doctor Slammer ayer noche; si es realmente este individuo o no.

 

Y después de sugerir esta consideración con aire pausado y misterioso, el hombre de la silla tomó una amplia porción de rapé y miró profundamente a su alrededor con el ademán de una autoridad en tales materias.

 

Ya Mr. Winkle había abierto sus ojos y también sus orejas, cuando oyó a su adversario anunciar la cesación de las hostilidades; y percatándose, por lo que éste había dicho después, de que sin duda ninguna había habido error, comenzó a prever el aumento que inevitablemente habría de adquirir su reputación, de ocultar el verdadero motivo que le había impulsado a acudir al terreno; avanzó, pues, con desenvoltura y dijo:

 

—Yo no soy la persona. Lo sé.

 

—Esto, entonces —dijo el hombre de la silla—, es una afrenta al doctor Slammer y una razón suficiente para que las cosas se resuelvan inmediatamente.

 

—Tranquilícese, Payne —dijo el padrino del doctor—. ¿Por qué no me ha comunicado el hecho esta mañana, sir? —Claro... claro —dijo el hombre de la silla, indignado.

 

—Le suplico que se tranquilice, Payne —dijo el doctor—. ¿Tendré que repetir mi pregunta, sir?

 

—Porque, sir —replicó Mr. Winkle, que había tenido sobrado tiempo para meditar su respuesta—, usted me habló de un borracho, de una persona sin caballerosidad que llevaba un frac que he tenido el honor, no sólo de llevar, sino de haber inventado... el proyecto de uniforme, sir, del Club Pickwick de Londres. Por el honor de este uniforme me he sentido obligado a aceptar, sin hacer indagación alguna, el reto que usted me dirigió.

 

—Mi querido señor —dijo el risueño doctorcito, adelantándose con la mano extendida—, rindo el debido homenaje a su caballerosidad. Permítame que le diga, sir, que admiro altamente su conducta y que siento en extremo haberle causado la molestia de esta cita sin finalidad alguna.

 

—Le suplico que no se ocupe de eso, sir —dijo Mr. Winkle. —Para mí será un

 

 

 

 

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orgullo la amistad de usted, sir —dijo el pequeño doctor.

 

—Me proporcionará el mayor placer su conocimiento, sir —replicó Mr. Winkle. Con lo cual, el doctor y Mr. Winkle se estrecharon las manos; luego, Mr. Winkle

 

y el teniente Tappleton (el padrino del doctor); después, Mr. Winkle y el hombre de la silla, y, finalmente, Mr. Winkle y Mr. Snodgrass... presa el último de la mayor admiración hacia la noble conducta de su heroico amigo.

 

—Creo que podemos volvernos —dijo el teniente Tappleton.

 

—Ciertamente —añadió el doctor.

 

—A menos —interrumpió el hombre de la silla—, a menos de que Mr. Winkle se haya sentido agraviado por el reto, en cuyo caso yo creo que tiene derecho a una satisfacción.

 

Mr. Winkle, con gran magnanimidad, se declaró ya completamente satisfecho. —O posiblemente —dijo el hombre de la silla—, el padrino de este caballero

 

puede haber visto afrenta para él en alguna de las observaciones que hice yo en los primeros momentos de esta reunión; si es así, yo me complacería en darle una satisfacción inmediata.

 

Mr. Snodgrass se apresuró a mostrarse agradecidísimo al hermoso ofrecimiento del caballero que así hablaba; ofrecimiento que se sentía movido a declinar por la absoluta aprobación que le merecía todo el desarrollo del asunto. Los dos padrinos cerraron las cajas, y los concurrentes abandonaron el terreno en estado de mayor animación del que llevaban cuando a él se habían dirigido.

 

—¿Va usted a permanecer aquí mucho tiempo? —preguntó el doctor Slammer a Mr. Winkle, mientras caminaban juntos amigablemente.

 

—Creo que nos marcharemos pasado mañana —fue la respuesta.

 

—Confío en que tendré el gusto de ver por mi morada a usted y a su amigo, con objeto de pasar una velada agradable después de esta desdichada equivocación —dijo el pequeño doctor—. ¿Tiene usted algún compromiso para esta noche?

 

—Tenemos aquí algunos amigos —replicó Mr. Winkle—, y no me gustaría dejarlos esta noche. Tal vez usted y su amigo podrían ir a buscarnos a El Toro.

—Con mucho gusto —dijo el pequeño doctor—. ¿Sería demasiado tarde las diez para que pasáramos juntos media hora?

 

—¡Oh, no, querido! —dijo Mr. Winkle—. Será para mí una dicha presentar a usted a mis amigos Mr. Pickwick y Mr. Tupman.

 

—Me dará con ello un gran placer —replicó el doctor Slammer, sin sospechar quién fuera Mr. Tupman.

 

—¿Irán ustedes, seguramente? —dijo Mr. Snodgrass. —¡Oh, sin duda!

 

En esto llegaron a la carretera. Cruzáronse despedidas cordiales y el grupo se dividió. El doctor Slammer y sus amigos se dirigieron al cuartel, y Mr. Winkle, acompañado por su amigo Mr. Snodgrass, volvió a su fonda.

 

 

 

 

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3.      Una nueva amistad. El cuento del vagabundo. Una interrupción y un encuentro molesto

 

Mr. Pickwick había concebido algunas inquietudes a consecuencia de la desacostumbrada ausencia de sus dos amigos, cuya misteriosa conducta durante toda la mañana había contribuido a fomentar. Fue grande, por tanto, el placer con que se levantó para recibirles cuando aquéllos entraron; y no fue menor el interés que puso en informarse de lo ocurrido, para que así le hubieran privado de su compañía. En respuesta a sus preguntas acerca de este extremo, ya se disponía Mr. Snodgrass a hacerle puntual historia de las circunstancias que acaban de reseñarse, cuando se detuvo bruscamente al observar que allí se hallaban no sólo Mr. Tupman y su compañero de diligencia del día anterior, sino otro desconocido de parecida y singular apariencia. Era un hombre enteco, cuya demacrada faz y hundidos ojos ocasionaban más profunda impresión de la que propiamente ofrecieran por su naturaleza, por los negros cabellos que le colgaban en desordenados mechones hasta la mitad de la cara. Eran sus ojos penetrantes y de un brillo sobrenatural; levantados y prominentes sus pómulos. Su mandíbula era tan larga y enjuta, que cualquier observador hubiérale juzgado que circunstancialmente tiraba adrede de la carne de su cara por una contracción de sus músculos, a no ser porque su boca semiabierta y la inmovilidad de su semblante denotaran ser aquélla su apariencia habitual. Llevaba alrededor de su cuello una bufanda verde, cuyos anchos cabos colgábanle sobre el pecho, haciendo frecuentes apariciones por los carcomidos ojales de su chaleco. Su atavío exterior era una larga levita negra, y debajo llevaba anchos pantalones de tosco paño y amplias botas que caminaban velozmente a la ruina.

 

Hacia este mal encarado personaje dirigía sus ojos Mr. Winkle, y hacia él extendió su mano Mr. Pickwick al decir:

 

–Un amigo de nuestro amigo. Hemos descubierto esta mañana que nuestro amigo estaba en relación con el teatro de esta ciudad, si bien no desea que esto se conozca, y este caballero pertenece a la misma profesión. Iba a favorecernos con una anécdota relacionada con esa vida cuando ustedes entraron.

 

–Montones de anécdotas –dijo el desconocido de frac verde del día anterior, adelantándose a Mr. Winkle y hablando en tono quedo y confidencial.

–Buena pieza... se aprovecha del negocio... no es actor... hombre extraño... toda suerte de miserias... Jemmi el nefasto le llamamos los del oficio.

Mr. Winkle y Mr. Snodgrass acogieron amablemente al que con elegancia se designaba por Jemmi el nefasto, y pidiendo aguardiente y agua, como habían hecho los demás, sentáronse a la mesa.

 

–Ahora, sir –dijo Mr. Pickwick–, ¿nos hará usted el obsequio de contarnos lo que nos había prometido?

 

 

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El melancólico individuo sacó de su bolsillo un rollo impulcro de papel y, volviéndose hacia Mr. Snodgrass, que acababa de sacar su libro de notas, dijo con voz hueca, que cohonestaba perfectamente con su apariencia externa:

 

—¿Es usted el poeta?

 

–Yo ... yo hago algo en ese terreno –replicó Mr. Snodgrass, algo sorprendido por lo inesperado de la pregunta.

 

—¡Ah! La poesía es para la vida lo que las luces y la música para la escena... despojemos a la primera de sus falaces bellezas y a la segunda de sus ilusiones, y ¿qué es lo que queda de real en una y en otra que merezca la pena?

 

–Es verdad, sir –replicó Mr. Snodgrass.

 

–Estar delante de las candilejas –prosiguió el hombre lúgubre— es lo mismo que sentarse ante una gran corte y admirar los sedosos atavíos de la gaya multitud... estar detrás de ella no es más que ser la plebe que fabrica esos bellos ropajes; plebe ignorada, desatendida, abandonada al naufragio y a morir de hambre o a vivir según plazca a la fortuna.

 

–Ciertamente –dijo Mr. Snodgrass, porque los hundidos ojos del hombre nefasto pesaban sobre él y consideraba necesario decir alguna cosa.

 

–Vamos, Jemmi –dijo el viajero español—, como Susana la de negros ojos... sin interrupción... venga... con animación.

 

—¿Quiere usted otro vaso antes de empezar, sir? –dijo Mr. Pickwick.

 

El hombre nefasto aceptó la invitación, y mezclando en el vaso el agua y el aguardiente, bebió pausadamente la mitad de su contenido, desenrolló el papel y, en parte leyendo y hablando en parte, relató el siguiente episodio, que encontramos reseñado en las Actas del Club como «El cuento del vagabundo».

 

EL CUENTO DEL VAGABUNDO

 

–Nada hay de maravilloso en lo que voy a relatar –dijo el hombre nefasto—; ni siquiera hay en ello nada de extraordinario. La pobreza y los padecimientos son harto comunes en muchas situaciones de la vida para que merezcan señalarse más que las demás vicisitudes de la naturaleza humana. Si he coleccionado estas breves notas, débese a que el protagonista de ellas me fue bien conocido durante muchos años y seguí paso a paso el proceso descendente de su vida hasta que llegó al plano de miseria del que no se levantó jamás.

 

»El hombre de quien hablo era un mimo de baja estofa y, como muchos otros de su clase, un borracho habitual.

 

»En mejores tiempos, antes de que la disipación le debilitase y le destrozaran las enfermedades, había disfrutado un buen salario, que, de haber sido él cuidadoso y prudente, podía haber seguido gozando por algunos años..., no muchos, porque estos hombres mueren pronto, o, por administrar con despilfarro las energías de su cuerpo, pierden prematuramente las facultades físicas, base exclusiva de su sustento. Su vicio

 

 

 

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dominante le poseyó con fuerza tal, que resultaba imposible utilizarle en aquellas situaciones en que sus servicios podían haber sido convenientes para el teatro. La taberna ejercía sobre él una fascinación irresistible. El abandono, las dolencias y la pobreza desesperada habrían de ser su lote seguro, así como la muerte, si perseveraba en aquel camino; mas perseveró, y es fácil de adivinar el resultado. No pudo contratarse, y necesitaba el pan.

 

»Todos aquellos que están algo familiarizados con asuntos de teatro conocen bien la casta de desharrapados y míseros entes oprimidos por la pobreza que dependen del escenario de una gran empresa...; no son, por lo general, actores contratados, sino gentes del cuerpo de baile, comparsas, tontos y figurantes de este jaez, de los que se echa mano mientras que se pone una pantomima o una obra oriental, y a los que se despide hasta que el estreno de una obra de gran espectáculo exige otra vez sus servicios. Tal era el género de vida que el hombre se vio precisado a abrazar, y desempeñando el oficio de acomodador por las noches en tal o cual teatrucho reunía unos cuantos chelines más, que le permitían complacer sus antiguas inclinaciones. Mas no tardó en faltarle hasta este recurso; sus irregularidades fueron demasiado frecuentes para ser compatibles con este medio de ganar la mísera pitanza, y pronto se vio conducido a las fronteras del hambre, con la que luchaba apelando de cuando en cuando al préstamo de algún viejo camarada o sirviendo circunstancialmente en teatros de inferior categoría; pero en cuanto ganaba algo, se lo gastaba, entregándose a sus viejas flaquezas.

 

»Por este tiempo, y después de haber vivido el hombre durante un año, no se sabe cómo, tuve yo un contrato en uno de los teatros de la ribera de Surrey, y allí le encontré, después de haberle perdido de vista algún tiempo; porque yo había estado trabajando en provincias, mientras que él merodeaba por las callejuelas y avenidas de Londres.

 

»Ya en traje de calle abandonaba yo el teatro y cruzaba el escenario, cuando me dieron en el hombro un golpecito. Nunca olvidaré el repulsivo espectáculo que encontraron mis ojos al volverme. Él estaba dispuesto para la pantomima, con el absurdo indumento que corresponde al clown. Los espectros de la Danza de la Muerte, las más espantosas formas que el pintor más hábil pudiera dibujar o imaginar, no ofrecieran apariencia más espeluznante. Su cuerpo seco y sus encogidas piernas (su deformidad aumentaba los pliegues del traje fantástico), sus ojos vidriosos, contrastaban terriblemente con la espesa capa de blanco que por su faz se extendía; la cabeza, grotescamente exornada; el temblor de la parálisis; sus largas manos huesudas, blanqueadas con yeso..., todo contribuía a darle una apariencia extraña y repulsiva, de la que no sería fácil dar idea, y que aún hoy me estremezco al recordar. Era su voz cavernosa y trémula cuando me llamó aparte y con palabras entrecortadas me hizo la relación de la interminable serie de dolencias y privaciones

 

 

 

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sufridas, y terminó, como de costumbre, por una apremiante demanda de una cantidad insignificante de dinero. Puse en su mano unos pocos chelines, y al volverme para salir oí la estrepitosa carcajada que ocasionaron sus primeros volatines.

 

»Unas cuantas noches después me entregó un chico un sucio papelucho con unos garabatos de lápiz, en los que este hombre me daba noticia de hallarse gravemente enfermo y me rogaba que, después de la función, fuera a verle a su casa, situada en una calle, de cuyo nombre no me acuerdo ahora, no muy alejada del teatro. Prometí complacerle tan pronto como saliera, y a poco de bajarse la cortina me encaminé a cumplir mi triste misión.

 

»Era tarde, porque yo había trabajado en la última pieza y, por ser noche de beneficio, los actos se habían prolongado excesivamente. Era una noche oscura y fría, en la que reinaba un viento helado que lanzaba con fuerza las gotas de lluvia contra las ventanas y fachadas de las casas. En las estrechas y solitarias calles se habían formado charcos, y casi todos los escasos faroles de aceite se habían apagado por la violencia del viento; por lo cual se hacía el caminar no sólo incómodo, sino dificilísimo. Por fortuna, tomé la ruta cierta y logré, después de una pequeña vacilación, dar con la casa que se me había indicado...: una carbonera, en cuya parte superior había un pequeño camaranchón y en su fondo yacía el objeto de mis pesquisas.

 

»Una mujer de mísero aspecto, que era la esposa, salió a mi encuentro a la escalera y me dijo que él acababa de caer en una especie de delirio. Me introdujo suavemente y colocó una silla para mí junto a la cabecera de la cama. El enfermo estaba echado con la cabeza hacia la pared, pero no se percató de mi presencia, y tuve ocasión de examinar el lugar donde me encontraba.

 

»Yacía en un viejo camastro que se desmontaba por el día; los jirones de una vieja cortina trataban de proteger la cabecera contra el viento, que, no obstante, penetraba en aquella estancia inhospitalaria a través de las rendijas de la puerta y soplaba a cada instante en todas direcciones. En una hornilla portátil veíase un fuego mortecino; en un viejo velador de mármol había algunos frascos de medicinas, un espejo roto y otros varios enseres domésticos. Un niño dormía en un lecho provisional que reposaba en el suelo, y a su lado, en una silla, se sentó la mujer. Había un par de alacenas con platos, tazas y salseras, y debajo de ellas veíase un par de zapatos de teatro y un par de floretes; con todo esto y con un pequeño montón de andrajos que habían sido cuidadosamente apartados hacia los rincones del cuarto se completaba el menaje de la vivienda.

 

»Tuve tiempo de observar estos nimios detalles y de fijarme en la respiración fatigosa y febriles sobresaltos del enfermo antes de que advirtiera mi presencia. En uno de los innumerables intentos que hacía para buscar un sitio en que reclinar su

 

 

 

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cabeza sacó una mano del lecho, que cayó en la mía. Se incorporó sorprendido y me miró con avidez a la cara.

 

»–Mr. Hutley, Juan –dijo su esposa–; Mr. Hutley, al que has llamado esta noche, ya sabes.

 

»—¡Ah! –dijo el inválido, pasándose la mano por la frente—. Hutley... Hutley...

 

quiero verte.

 

»Pareció esforzarse en recoger por unos segundos sus pensamientos y, agarrándome nerviosamente por la muñeca, dijo:

 

»–No me abandones... no me abandones, amigo. Va a asesinarme. Sé que va a asesinarme.

 

»—¿Hace tiempo que está así? –dije, dirigiéndome a la esposa, que lloraba. »–Desde anoche –replicó ella—. Juan, Juan, ¿no me conoces?

 

»–No la dejes que se acerque a mí –dijo el hombre, estremeciéndose al verla inclinarse hacia él—. Sácala fuera; no puedo sufrir que esté a mi lado.

 

»La miró espantado, produciendo un gesto de terror, y luego murmuró en mi oído:

 

»–La pego, Juanillo; la pegué ayer tarde y otras muchas veces. La he matado de hambre a ella y al chico; y ahora que me encuentro débil e indefenso, Juanillo, me va a asesinar; sé que ha de hacerlo. Si le hubieras visto llorar como yo la he visto, también lo temerías tú. Llévatela fuera.

 

»Abandonó la mano mía, y con las fuerzas agotadas se hundió en la almohada. Yo sabía perfectamente lo que todo esto significaba. Si por un instante hubiera abrigado la menor duda, la contemplación de la demacrada y pálida faz de aquella mujer me hubiera dado explicación suficiente del caso.

 

»–Lo mejor es que no permanezca usted a su lado –dije a la pobre mujer—. La presencia de usted puede hacerle daño; tal vez se calme si no la ve.

»Se apartó de la vista del hombre. Él abrió sus ojos al cabo de algunos segundos y miró ávidamente a su alrededor. »

 

—¿Se ha marchado? –preguntó afanosamente.

 

»–Sí... sí —le dije—; no le hará a usted ningún mal.

 

»–Le diré a usted, Juanito –me dijo el hombre en voz baja—, lo que en ella me hace daño. Hay algo en sus ojos que despierta en mi corazón un espanto tan horroroso, que me vuelvo loco. Durante toda la noche pasada sus grandes ojos inquisidores y su pálido rostro estuvieron frente a los míos; allí donde yo me volvía, volvíanse ellos; y cuando quiera que yo despertaba de mi sueño, aquí, junto a mi cama, la veía mirarme.

 

»Me atrajo hacia sí y me dijo en tono de murmullo, que denotaba profunda alarma:

 

»–Juanito, por fuerza tiene que ser una malvada..., ¡una infame! ¡Chist! Sé que lo

 

 

 

 

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es. Porque de haber sido una mujer, hace mucho tiempo que hubiera muerto. Ninguna mujer podría haber sufrido lo que ella.

 

»Me sobrecogí al pensar en la interminable serie de crueldades y desdenes que tenían que haber ocurrido para producir en tal hombre tal impresión. No pude replicarle, porque, ¿quién podría proporcionar esperanza o consuelo a aquel ser hambriento que ante mí se hallaba?

 

»Más de dos horas permanecí allí sentado, y durante aquel tiempo no cesó de moverse inquieto, murmurando exclamaciones de impaciencia o de dolor, tendiendo sus brazos en tregua a un lado y a otro, y volviéndose constantemente para mirar en toda dirección.

 

»Por fin cayó en ese estado de parcial inconsciencia en el que la mente vagaba jadeante de escena a escena y de lugar en lugar, desprovista del gobernalle de la razón, mas sin llegar a perder la sensación actual de un padecer indescriptible. Advirtiendo que tal era el caso por lo incoherente de sus desvaríos y comprendiendo que, según las probabilidades, no había de aumentar la fiebre por el momento, me separé de él, prometiendo a su mujer volver a la noche siguiente y aun pasar allí la velada, si era necesario.

 

»Cumplí mi ofrecimiento. Las últimas veinticuatro horas le habían producido una horrible alteración. Los ojos, aunque hundidos y cansados, brillaban de un modo espantoso. Los labios estaban resecos y agrietados por algunas partes; la piel, enjuta y tirante, mostraba un lustre ardoroso, y había en la cara del hombre un aire casi extraterreno, que revelaba más que nada los estragos de la dolencia. La fiebre estaba en su apogeo.

 

»Ocupé el mismo asiento que la noche anterior, y allí permanecí horas y horas escuchando ruidos capaces de conmover profundamente a la más embotada de las humanas criaturas: los terribles estertores de un moribundo. Por lo que había oído acerca de la opinión del médico, no había esperanza. Yo estaba sentado junto a un lecho de muerte. Veía yo las extenuadas piernas, que unas horas antes se retorcieran para solaz y regodeo de una alborotada galería, contraídas por la tortura de una fiebre abrasadora, y creía oír la risa desgarrada del clown, entreverada con los apagados murmullos del agonizante.

 

»Es siempre conmovedor observar cómo trabaja en la remembranza de las ocupaciones y quehaceres de la salud el cuerpo exangüe de un ser que yace ante nosotros; mas cuando esas ocupaciones son de una índole rudamente dispar de cuanto pueda referirse a ideas de tumba y postrimerías, la impresión se hace infinitamente penosa y opresora. El teatro y la taberna eran los temas constantes de los desvaríos de aquel desgraciado. Llegaba la noche, pensaba él, y tenía que tomar parte en la función; era tarde, y era preciso que saliera de casa sin perder instante. ¿Por qué se le retenía y se le impedía salir? Iba a perder el sueldo...; tenía que salir. ¡Nada, que no le

 

 

 

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dejaban! Escondía el rostro en sus manos ardorosas y lamentaba con débil acento su propia debilidad y la crueldad de sus perseguidores. Luego de una breve pausa empezó a balbucir unas rimas, las últimas que había aprendido. Se incorporó en el lecho, sacó sus piernas escuálidas y adoptó diversas posturas grotescas...; estaba trabajando... estaba en escena. Al cabo de un minuto de silencio murmuró el estribillo de una canción chocarrera. Llegaba a la antigua morada. ¡Qué caliente encontraba la estancia! Había estado enfermo, muy enfermo; pero ya se sentía bien y feliz. ¡Llenad mi copa! ¿Quién era el que apartaba el vaso de sus labios? Era el mismo que antes le persiguiera. Cayó en su almohada y gruñó. Después de un corto período de inhibición comenzó a vagar por una serie de lúgubres aposentos techados por bajas arcadas; tan bajas, que le era preciso arrastrarse a gatas para seguir su marcha. Era estrecho y oscuro el camino, y por todos lados hallaba obstáculos que le impedían avanzar. Había insectos también, cosas asquerosas reptantes con ojos que le seguían; seres que llenaban el aire y que brillaban horriblemente en las espesas tinieblas del lugar. Los muros y el techo, cuajados de reptiles, parecían vivos. La bóveda alcanzaba enormes proporciones...; por doquier agitábanse formas espantosas, y entre ellas se abrían paso caras conocidas, desfiguradas horriblemente por siniestras gesticulaciones; torturaban su cuerpo con hierros candentes y ataban su cabeza con cuerdas, que apretaban hasta hacerle saltar la sangre; él defendía fieramente su vida.

 

»Al final de uno de estos paroxismos, cuando a duras penas había yo conseguido reducirle al lecho, cayó en lo que parecía un profundo sopor. Rendido yo por la vigilancia y el esfuerzo desplegado, había cerrado mis ojos por algunos minutos, cuando sentí un zarpazo en el hombro.

 

»Desperté instantáneamente. Habíase incorporado hasta quedar sentado en la cama...; un horrible cambio se advertía en su rostro; mas había recobrado la conciencia porque era evidente que me conocía. El niño, al que desde algún tiempo antes inquietaban los arrebatos de su padre, saltó de su camita y se abalanzó hacia él gimiendo espantado...; la madre le tomó en brazos a toda prisa, temerosa de que el moribundo le hiciera daño por la violencia de su insensata disposición; pero aterrada por la alteración que veía en los rasgos del marido, quedó suspensa junto al lecho. Agarró el moribundo mi hombro convulsivamente, y golpeando su pecho con la otra mano, hizo un desesperado esfuerzo para hablar. Mas fue vano el intento. Extendió el brazo hacia ellos y tentó otro brusco movimiento. Hubo un ronco gemido en su garganta... un relámpago en sus ojos... un rugido ahogado aún... y cayó... ¡muerto!

 

Hubiéranos complacido altamente poder registrar la opinión formada por Mr. Pickwick sobre la anécdota precedente. Y hubiéramos logrado ofrecerla a nuestros lectores, a no ser por una malhadada ocurrencia.

 

Dejaba Mr. Pickwick sobre la mesa el vaso que había conservado en su mano durante las últimas frases de la narración, y disponíase a hablar –pues el libro de

 

 

 

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notas de Mr. Snodgrass nos permite afirmar que en aquel instante abría la boca—, cuando entró el criado diciendo:

 

—Unos caballeros, sir.

 

Apuntamos la conjetura de que Mr. Pickwick se preparaba a emitir algunos comentarios que hubieran incendiado el mundo, ya que no el Támesis, al ser interrumpido de esta suerte, porque miró severamente al criado y a su alrededor, como inquiriendo noticias acerca de los recién llegados.

 

—¡Oh! –dijo Mr. Winkle levantándose—. Serán amigos míos...; hágales pasar. Simpáticos señores –prosiguió Mr. Winkle cuando hubo salido el criado—; oficiales del 97º, a quienes conocí esta mañana de un modo bien extraño. Les agradarán mucho a ustedes.

 

Recobró Mr. Pickwick su ecuanimidad. Volvió el criado e introdujo en la estancia a tres caballeros.

 

—El teniente Tappleton –dijo Mr. Winkle—. Teniente Tappleton, Mr. Pickwick... Doctor Payne, míster Pickwick... Mr. Snodgrass, usted ya le ha visto antes... Mi amigo Mr. Tupman, doctor Payne... Doctor Slammer, Mr. Pickwick... Mr. Tupman, doctor Slam...

 

Calló de repente Mr. Winkle, al notar una brusca demudación en los rostros de Mr. Tupman y del doctor.

 

—A este señor le he visto antes de ahora –dijo el doctor con énfasis marcado.

 

—¡Ah! —dijo Mr. Winkle.

 

—Y.. y a ese sujeto también, si no estoy equivocado –dijo el doctor, dirigiendo una mirada escrutadora al desconocido de la chaqueta verde—. Me parece haber hecho a ese sujeto una apremiante invitación la pasada noche, invitación que ha juzgado oportuno declinar.

 

Diciendo lo cual, el doctor miró al intruso con ceño magnánimo y empezó a murmurar al oído de su amigo el teniente Tappleton.

 

—No puede ser –dijo el teniente al fin del secreto coloquio.

 

—Pues es –replicó el doctor Slammer.

 

—No tiene usted más remedio que darle un puñetazo aquí mismo –murmuró con solemnidad el propietario de la silla de campo.

 

—Calma, Payne –terció el teniente—. ¿Me permite usted que le pregunte, sir? – dijo, dirigiéndose a Mr. Pickwick, al que había picado considerablemente aquel juego verdaderamente impolítico—. ¿Me permitirá usted que le pregunte si este sujeto pertenece a la partida de usted?

 

—No, sir —respondió Mr. Pickwick—; es un compañero de hospedaje nuestro. —¿Es miembro del Club de usted, o estoy yo equivocado? –dijo el teniente en

 

tono inquisitivo.

 

—Desde luego, no –replicó Mr. Pickwick.

 

 

 

 

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—¿Y no lleva nunca el botón de su Club? –dijo el teniente.

 

—¡No, nunca! –repuso atónito Mr. Pickwick.

 

El teniente Tappleton se volvió hacia su amigo el doctor Slammer con un encogimiento de hombros apenas perceptible y en cierto modo indicador de duda acerca de la exactitud de los recuerdos de éste. El pequeño doctor le miró encolerizado, pero perplejo, mientras que Payne contemplaba con gesto feroz el rostro maravillado del inconsciente Pickwick.

 

—Sir —dijo el doctor, dirigiéndose bruscamente a Mr. Tupman en un tono que hizo estremecerse al caballero tan violentamente como si se le hubiera clavado un alfiler en el magro de la pantorrilla—, ¡usted estuvo anoche en el baile de aquí!

 

Mr. Tupman insinuó un gesto afirmativo, sin dejar de mirar muy fijamente a Mr.

 

Pickwick.

 

—Este sujeto estuvo en su compañía –dijo el doctor, señalando al desconocido, que seguía impertérrito.

 

Mr. Tupman asintió.

 

—Ahora, sir –dijo el doctor al intruso—, yo le pregunto una vez más, en presencia de estos caballeros, si tiene usted a bien darme su tarjeta y ser tratado como un caballero, o si, por el contrario, va usted a obligarme a castigarle personalmente aquí mismo.

 

—¡Alto, sir! —dijo Mr. Pickwick—. Yo no puedo consentir que esto siga adelante sin algunas explicaciones. Tupman, puntualice las circunstancias.

 

Mr. Tupman, conjurado de este modo solemne, relató el caso en pocas palabras: aludió ligeramente al préstamo de la chaqueta; se extendió ampliamente en lo de que aquello se había hecho «después de comer»; mostróse arrepentido por su parte, y dejó que el intruso se sincerase como pudiera.

 

Tal iba a hacer, a lo que parecía, cuando el teniente Tappleton, que le había estado mirando con gran curiosidad, dijo con inmenso desdén:

 

—¿No le he visto yo a usted en el teatro, sir? —Ciertamente –replicó el imperturbable desconocido.

 

—Es un cómico ambulante –dijo el teniente con aire despreciativo, volviéndose al doctor Slammer—. Trabaja en la función que los oficiales del 52.° dan mañana por la noche en el teatro de Rochester. No puede usted llevar adelante este asunto, Slammer... ¡imposible!

 

—No puede ser –dijo dignamente Payne.

 

—Lamento haber traído a ustedes a esta situación tan enojosa –dijo el teniente Tappleton, dirigiéndose a Mr. Pickwick—. Permítanme decirles que la manera mejor de evitar en lo sucesivo tales escenas será seleccionar mejor sus compañías. Buenas noches, sir.

 

Y el teniente abandonó la estancia.

 

 

 

 

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—Y permítame a mí decir, sir –dijo el irascible doctor Payne—, que yo, en el caso de Tappleton, o en el de Slammer, le hubiera arrancado a usted la nariz y se la hubiera arrancado a todos los señores que están en su compañía. De fijo, sir, a todos. Me llamo Payne, sir... el doctor Payne, del 43.° Buenas noches, sir.

 

Terminada la arenga, y después de haber pronunciado las tres últimas palabras en tono agudo, siguió a su amigo majestuosamente, saliendo acto seguido el doctor Slammer, que, sin decir palabra, se contentó con aplastar con una mirada a la concurrencia.

 

Rabia creciente y honda extrañeza se despertaron en el noble pecho de Mr. Pickwick, casi hasta el punto de hacer estallar su chaleco, durante la proclamación del mencionado reto. Quedó estupefacto en su sitio mirando en éxtasis. Al cerrarse la puerta volvió en sí. Se abalanzó con furioso ademán y ojos de fuego. Ya estaba su mano sobre el picaporte; un momento más, y hubiera caído sobre la garganta del doctor Payne, del 43.°, de no haber atrapado Mr. Snodgrass por el faldón a su venerado jefe y obligándole a retroceder.

 

—Contenedle –gritó Mr. Snodgrass–, Winkle, Tupman...; no puede arriesgar su preciosa vida en una causa como ésta.

 

—Dejadme –dijo Pickwick.

 

—Sujetadle fuerte –exclamó Mr. Snodgrass.

 

Y gracias al esfuerzo de todos, fue Mr. Pickwick constreñido a sentarse en una butaca.

 

—Dejadle libre –dijo el desconocido de la chaqueta verde—. Aguardiente y agua... bravo anciano... valor exuberante... tome esto... ¡ah!... cosa soberbia.

Y después de haber comprobado la virtud de la bebida que había sido preparada por el hombre nefasto, aplicó el desconocido el vaso a la boca de Mr. Pickwick. El contenido desapareció inmediatamente.

 

Siguió una breve pausa; el agua y el aguardiente hicieron su efecto; la bondadosa fisonomía de Mr. Pickwick recobró en seguida su expresión habitual.

 

–No son dignos de que usted se ocupe de ellos –dijo el hombre nefasto.

 

–Tiene usted razón, sir; no lo son –replicó Mr. Pickwick—. Me avergüenza el haberme acalorado de esta manera. Acerque su silla a la mesa, sir.

El hombre nefasto se apresuró a complacerle; agrupáronse alrededor de la mesa, y una vez más reinó la armonía. Cierta irritabilidad mal contenida parecía esconderse en el pecho de Mr. Winkle, probablemente ocasionada por la temporal sustracción de su chaqueta..., aunque no es lícito suponer que tan nimia circunstancia puede despertar ni un leve movimiento de ira en el pecho de un pickwickiano. Con sólo esta excepción, el buen humor quedó restablecido, y acabó la velada con la misma cordialidad con que había empezado.

 

 

 

 

 

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4.      Día de campo y vivaqueo. Nuevas amistades. Una invitación al campo

 

Muchos autores abrigan no sólo una ligera, sino una verdaderamente condenable resistencia a reconocer los manantiales en que aprontan muchas de sus valiosas informaciones. No somos nosotros de esta opinión. Nosotros nos proponemos tan sólo desempeñar con rectitud absoluta nuestras funciones editoriales; y cualquiera que pudiera ser en otras circunstancias nuestra ambición por reclamar la paternidad de estas aventuras, el respeto a la verdad nos veda recabar otro mérito que el que corresponde a una ordenación juiciosa y a la narración imparcial. Los Papeles de Pickwick son como el Origen del Nuevo Río, y así podemos nosotros compararnos a la Compañía del Nuevo Río. La labor ajena ha acumulado ante nosotros un inmenso reservorio de hechos notables. Nosotros no hacemos más que difundirlos y comunicarlos en estilo llano, por medio de estos fascículos, al público sediento de conocer la historia pickwickiana.

 

Según este criterio, y procediendo resueltamente de acuerdo con nuestra determinación de declarar nuestra gratitud hacia las autoridades que hemos consultado, decimos francamente que debemos al libro de memorias de Mr. Snodgrass todos los datos reseñados en este capítulo y en el siguiente; datos que, una vez descargada nuestra conciencia, pasamos a detallar sin más comentarios.

 

Todos los habitantes de Rochester, así como los de las ciudades vecinas, se levantaron temprano al día siguiente en estado de la mayor excitación y algazara. En el campamento iban a tener lugar unas grandes maniobras. En ellas iban a tomar parte media docena de regimientos, los cuales habían de ser inspeccionados por la mirada de águila del comandante en jefe; habíanse levantado fortificaciones provisionales; iba a ser tomada la ciudadela e iba a hacerse estallar una mina.

 

Mr. Pickwick, según habrán podido colegir nuestros lectores por el breve extracto que hemos transcrito de su descripción de Chatham, era un admirador entusiasta del ejército. Nada más deleitoso para él, nada que mejor armonizase con la afición peculiar de cada uno de sus compañeros, que un espectáculo de esta naturaleza. Pronto estuvieron de pie, en consecuencia, y pronto se dirigieron al teatro de la acción, hacia el que marchaban en todas direcciones nutridos grupos de curiosos.

 

Todas las apariencias en el campamento denunciaban que la próxima ceremonia había de tener importancia y grandeza inusitadas. Varios centinelas hallábanse apostados con objeto de reservar el terreno que las tropas habían de ocupar; en las baterías veíanse criados que estaban guardando el sitio para las señoras; los sargentos corrían de acá para allá con los libros de registro, encuadernados en pergamino, debajo del brazo; el coronel Bulder, de gran uniforme y a caballo, galopaba primero de un punto a otro; luego revolvía su caballo entre la multitud, le hacía caracolear y

 

 

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dar corvetas, y entre tanto gritaba del modo más alarmante con voz estentórea, mostrando su rostro encendido, sin causa ni motivo que lo justificase. Los oficiales corrían en todas direcciones; comunicaban primero con el coronel Bulder, transmitían después las órdenes a los sargentos, y, por fin, desaparecían en grupo; y hasta los soldados asomaban por sus charolados cuellos, mirando con aire de solemnidad misteriosa que pregonaba de sobra lo excepcional del acto.

 

Mr. Pickwick y sus tres amigos, situados en la primera fila de la plebe, esperaban pacientemente el comienzo de los ejercicios. La multitud crecía por momentos, y los esfuerzos que tenían que hacer para conservar las posiciones que habían ganado bastaron para vincular su atención durante las dos horas que así transcurrieron. De pronto se dejó sentir un brusco empujón de atrás, que lanzó a Mr. Pickwick varias yardas hacia delante, con una presteza y agilidad notoriamente incompatibles con la habitual gravedad de su continente; inmediatamente después se dio la orden de «¡atrás!», y las culatas de los mosquetes, ora caían sobre los pies de Mr. Pickwick, ora amenazaban con aplastarle el pecho para garantir el cumplimiento de las órdenes. En esto, cierto ineducado caballero, después de empujar hacia un lado y de estrujar a Mr. Snodgrass hasta el límite resistible de la humana estructura, le preguntó que «hasta dónde se había propuesto empujarle»; y al expresar Mr. Winkle la honda indignación que le producía presenciar semejante atropello, un sujeto que a su espalda estaba le encasquetó el sombrero hasta los ojos y le pidió por favor que se metiera la cabeza en el bolsillo. Estas y otras cuchufletas parecidas, unidas a la inexplicable ausencia de Mr. Tupman (que había desaparecido de pronto y no se le veía por ninguna parte), hacían la situación de nuestros amigos más bien inquieta y desapacible que grata o deseable.

 

Al cabo de un rato cruzó por la multitud ese vago rumor compuesto de muchas voces que suele anunciar la llegada de lo que se estaba esperando. Todas las miradas se volvieron hacia el fuerte. Transcurrieron unos momentos de ansiosa expectación; viéronse aparecer las banderas flotando alegremente en el aire; relumbraron las armas bajo el sol, y columna tras columna se vertieron por la llanura. Hicieron alto las tropas en formación perfecta; corrió por las líneas la voz de mando; un chasquido general de los mosquetes acompañó a la presentación de armas, y el comandante en jefe, escoltado por el coronel Bulder y numerosos oficiales, aparecieron en el frente. Todas las bandas militares rompieron a tocar; los caballos, puestos de manos, reculaban y volteaban sus colas en todas direcciones; ladraban los perros, vociferaba la muchedumbre, y sólo se veía a uno y otro lado, hasta donde la vista alcanzaba, una larga perspectiva de rojas guerreras y blancos pantalones, completamente inmóviles.

 

Tan ocupado había estado Mr. Pickwick en caer de acá para allá y en desenredarse de las patas de los caballos, haciendo verdaderos milagros, que no tuvo ocasión de observar la escena que ante él se descubría hasta que pudo colocarse en la postura que

 

 

 

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acabamos de describir. No bien le fue posible asegurarse sobre sus piernas, su deleite y complacencia no tuvieron límites.

 

—¿Puede haber algo más hermoso ni más agradable? —preguntó a Mr. Winkle. —Nada —respondió este caballero, que durante el cuarto de hora precedente

 

había tenido a un hombrecillo sobre sus pies.

 

—Es un espectáculo verdaderamente noble y brillante —dijo Mr. Snodgrass, en cuyo pecho comenzaba a encenderse la llama de la poesía— este de ver a los bravos defensores de la patria dispuestos en brillante atavío ante los pacíficos ciudadanos; sus rostros centellean, no con belicosa fiereza, sino con civilizada jovialidad; sus ojos fulgen, no con el rudo fuego de rapiña o venganza, sino con suave luz de inteligencia y humanidad.

 

Mr. Pickwick compartió plenamente la intención de esta loa, aunque no pudo aprobarla en sus términos exactos, porque la suave luz de la inteligencia brillaba de un modo bastante débil en los ojos de los guerreros, y porque a la voz de «de frente», dada por los jefes, todos los espectadores vieron dirigirse hacia ellos varios miles de pares de telescopios, que les contemplaban osadamente y que estaban totalmente desprovistos de expresión.

 

—Estamos ahora en una situación admirable —dijo Mr. Pickwick, mirando a su alrededor.

 

La multitud se había ido apartando de ellos gradualmente y habían quedado casi aislados.

 

—Admirable —repitieron a una voz Mr. Snodgrass y Mr. Winkle.

 

—¿Qué van a hacer ahora? —preguntó Mr. Pickwick, ajustándose los anteojos. —Yo... yo... me parece... —dijo Mr. Winkle, cambiando de color—; me parece

 

que van a hacer fuego.

 

—¡Qué barbaridad! —se apresuró a decir Mr. Pickwick.

 

—Que sí... que me parece que sí —insistió Mr. Winkle un tanto alarmado.

 

—¡Imposible! —replicó Mr. Pickwick.

 

No había acabado de pronunciar esta palabra Mr. Pickwick, cuando la media docena de regimientos, enrasando sus mosquetes según un plano único, cual si todos apuntaran a un solo objeto y este objeto fuera el grupo de pickwickianos, rompió en la más espantosa y tremenda descarga que ha hecho vacilar jamás la tierra en su centro o a cierto anciano en el suyo.

 

En esta embarazosa situación, expuesto al fuego despiadado de balas sin plomo y agobiado por los movimientos de las tropas, un nuevo cuerpo de las cuales comenzaba a atacar por el lado opuesto, fue cuando Mr. Pickwick desplegó aquella perfecta sangre fría y aquel dominio de sí mismo que son atributos indispensables de las grandes mentalidades. Agarró a Mr. Winkle por el brazo, y colocándose entre éste y Mr. Snodgrass, les indujo a percatarse de que, aparte el peligro que corrían de

 

 

 

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ensordecer por el ruido, había un riesgo inmediato de ser cogidos por el fuego. —Porque... porque... supongamos que uno de estos hombres tuviese, por

equivocación, el plomo en su bala... —argüía Mr. Winkle, pálido ante la hipótesis que él mismo formulaba—. Ahora mismo he oído silbar algo en el aire... tan agudo... junto a mi oreja...

 

—Lo que debíamos hacer era echarnos de bruces, ¿no es verdad? —dijo Mr.

 

Snodgrass.

 

—No, no ... ;ya pasó —dijo Mr. Pickwick.

 

Temblarían sus labios, palidecerían sus mejillas, pero no dejó escapar este hombre inmortal ni una sola manifestación de intranquilidad o de pavor.

 

Estaba en lo cierto Mr. Pickwick: el fuego cesó; pero apenas si tuvo tiempo para congratularse de la exactitud de su apreciación, cuando se hizo visible en toda la línea un rápido movimiento: el eco ronco de la voz de mando corrió a lo largo de ella, y antes de que ninguno de los tres caballeros pudiera adivinar el designio de la nueva maniobra, la masa de los seis regimientos, con bayoneta calada, cargó a paso redoblado hacia el preciso lugar en que los tres amigos se hallaban estacionados.

 

El hombre es un ser mortal, y hay un límite al que no puede llegar el valor humano. Mr. Pickwick miró un momento a través de sus anteojos hacia la masa asaltante; volvió grupas francamente, y... no diremos que huyera: primero, porque se trata de una noble expresión, y segundo, porque la figura de Mr. Pickwick no se adapta en modo alguno a este género de retirada...; se quitó de en medio tan deprisa como sus piernas podían llevarle; tan deprisa, que no pudo darse cuenta de lo ridículo de su situación, de un modo exacto, hasta más tarde.

 

La otra masa de tropas, cuya amenaza inquietara unos segundos antes a Mr. Pickwick, aprestábase a repeler el supuesto ataque de los asaltantes de la ciudadela; el resultado fue que Mr. Pickwick y sus dos compañeros se encontraron súbitamente encerrados entre dos líneas de gran longitud, avanzando la una a paso rápido, y esperando firme la otra el choque en actitud hostil.

 

—¡Eh, eh! —gritaron los oficiales de la columna asaltante.

 

—¡Echarse fuera! —les advirtieron los de la tropa estacionada.

 

—Pero ¿dónde vamos a ir? —clamaron los pickwickianos azoradísimos.

 

—¡Eh, eh, eh! —fue la única respuesta.

 

Hubo un momento de intensa confusión, pesado rumor de pasos, un violento choque, una risa contenida; los seis regimientos se hallaban a quinientas yardas, y las suelas de Mr. Pickwick mostráronse al aire.

 

Mr. Snodgrass y Mr. Winkle ejercitaron con notable habilidad una involuntaria voltereta, y cuando el último se sentaba en el suelo para contener con un pañuelo de seda amarilla la corriente de la vida que manaba de su nariz, la primera cosa que vio fue a su maestro, que, a cierta distancia, corría tras de su propio sombrero, el cual

 

 

 

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revoloteaba jugueteando allá en la lejanía.

 

Pocos momentos hay en la vida de un hombre en los que experimente más grotesco desconsuelo o en los que halle menos piadosa conmiseración que cuando persigue su propio sombrero. No poca sangre fría y un grado excepcional de prudencia se requieren para capturar un sombrero. Si se precipita, salta sobre él; si sigue táctica opuesta, se expone a perderlo para siempre. Lo mejor es conservar la serenidad frente al objeto perseguido; ser cauto y perspicaz; esperar hábilmente la oportunidad; marchar, acercarse poco a poco; hacer un rápido avance; atraparlo por el casquete y calárselo firmemente en la cabeza, y sonreír jovialmente al mismo tiempo, como si el protagonista juzgara el caso tan jocosamente como pudiera hacerlo otro cualquiera.

 

Corría un vientecillo sutil y juguetón, y el sombrero de Mr. Pickwick rodaba grácilmente a su impulso. Soplaba el viento, Mr. Pickwick resoplaba, y el sombrero rodaba, y rodaba alegremente como golfín en mar brava; y hubiera seguido rodando hasta salir del alcance de Mr. Pickwick si su carrera no se hubiera interrumpido providencialmente cuando ya se hallaba el caballero a punto de resignarse a su destino.

 

Extenuado Mr. Pickwick, como decimos, y a punto ya de abandonar la caza, fue a dar el sombrero violentamente contra la rueda de un coche que en línea con otros seis permanecía en el sitio hacia donde se habían dirigido los pasos de Mr. Pickwick. Advertido Mr. Pickwick de esta ventaja, saltó vivamente hacia delante, agarró la prenda, se la plantó en la cabeza y se paró a tomar resuello. No pasó ni medio minuto sin que oyera pronunciar su nombre por una voz que al punto reconoció ser la de Mr. Tupman, y alzando la vista, descubrió un espectáculo que le llenó de sorpresa y alegría.

 

En una abierta carretela, cuyos caballos habían sido desenganchados con objeto de que aquél pudiera acomodarse entre la muchedumbre, veíase a un obeso caballero de alguna edad, de levita azul y botones brillantes, calzón de terciopelo y botas altas; dos señoritas envueltas en chales y plumas; un joven que parecía enamorar a una de las señoritas envueltas en chales y plumas; una señora de incierta edad, tía probablemente de las antedichas, y a Mr. Tupman, que se mostraba tan confiado y a sus anchas como si hubiera pertenecido a aquella familia desde su más tierna infancia. Atada a la trasera de la carretela había una cesta de grandes dimensiones: una de esas cestas que despiertan en todo espíritu observador ideas relacionadas con fiambres de ave, lenguas y botellas de vino; y sobre ella sentábase un gordo y rubicundo mozalbete, en estado de somnolencia, y al que ningún observador podría mirar un solo instante sin considerarle como el encargado de distribuir el contenido de la mencionada cesta, llegado que fuera el momento de consumir las vituallas.

 

Sólo había echado Mr. Pickwick una fugaz ojeada sobre estos interesantes

 

 

 

 

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objetos, cuando fue de nuevo requerido por su fiel discípulo.

 

—Pickwick, Pickwick —dijo Mr. Tupman—: suba. Dese prisa.

 

—Vamos, sir. Tenga la bondad de subir —dijo el señor gordo—. ¡José! Maldito chico, ya se ha dormido otra vez... José, baja el estribo.

 

El rollizo muchacho descendió pausadamente de la caja, bajó el estribo y abrió la portezuela del coche con ademán de invitación. En aquel momento llegaron Mr. Snodgrass y Mr. Winkle.

 

—Hay sitio para todos —dijo el señor gordo—. Dos dentro y uno fuera. José, haz sitio para uno de estos caballeros en la trasera. Ahora, sir, venga usted.

 

Y el gordo caballero tendió su brazo y alzó a Mr. Pickwick primero, y luego a Mr. Snodgrass, a viva fuerza, hasta colocarlos en el coche. Montó Mr. Winkle en la trasera, se encaramó el muchachote a la misma percha, y se quedó dormido instantáneamente.

 

—Bien, señores —dijo el señor gordo—. Mucho me alegro de ver a ustedes. Yo conozco a ustedes perfectamente, aunque ustedes no pueden acordarse de mí. He pasado en su Club algunas noches el último invierno...; descubrí aquí esta mañana a mi amigo Mr. Tupman, y me puse muy contento de verle. Bien, sir, ¿cómo está usted? A lo que parece está usted admirablemente.

 

Mr. Pickwick agradeció el cumplimiento y estrechó cordialmente la mano del señor gordo de las botas altas.

 

—Bueno; y usted, ¿cómo va, sir? —dijo el señor gordo dirigiéndose paternalmente a Mr. Snodgrass—. Magníficamente, ¿verdad? Bien, muy bien; perfectamente..., perfectamente. Y usted, ¿cómo está? —a Mr. Winkle—. Bueno; encantado de saber que se hallan bien. Mis hijas, caballeros..., son mis joyas; ésta es mi hermana, Miss Wardle. Es soltera, y, sin embargo, no parece una señorita, ¿eh?

 

Y el obeso caballero metió jocosamente el codo en las costillas de Mr. Pickwick y se echó a reír con toda su alma.

 

—Lord... ¡hermano! —dijo Miss Wardle con sonrisa suplicante.

 

—Cierto, cierto —dijo el obeso señor—; no hay quien pueda negarlo. Con permiso, señores; éste es mi amigo Mr. Trundle. De modo que ya se conocen todos; cómodos y contentos veamos lo que va a pasar. Ésta es la cosa.

 

Diciendo esto, el gordo caballero se caló los anteojos, sacó los suyos Mr. Pickwick, y ya todos de pie en el coche, apoyándose cada uno en el hombro del otro, contemplaron los movimientos de las tropas.

 

Lleváronse a cabo sorprendentes evoluciones; cada fila de soldados disparaba por encima de las cabezas de la precedente, desapareciendo en seguida; una nueva línea disparaba a su vez en la misma forma, dejando el campo también; se formaron cuadros con los oficiales en el centro; veíase a los soldados bajar por las trincheras con escaleras de mano y subir por otras valiéndose de igual medio; demolíanse las

 

 

 

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barricadas de mimbre y efectuábanse todos estos movimientos con la mayor elegancia y limpieza. Luego se atacaban los cañones con materiales que parecían estropajos colosales, y se hacían tan aparatosos preparativos para cargarlos y era tan espantoso el ruido de las descargas, que el aire se llenaba con el griterío de las señoras. Las de Wardle se asustaron de tal manera, que Mr. Trundle se vio obligado a sostener a una de ellas, mientras que Mr. Snodgrass soportaba a la otra; y la hermana de Mr. Wardle sufrió tal acceso de nervios por aquella alarma, que Mr. Tupman consideró absolutamente necesario rodearle el talle con su brazo para mantenerla de pie. Todos se hallaban excitados, salvo el chico gordo, que dormía tan dulcemente como si el estampido del cañón fuera su arrullo habitual.

 

—¡José, José! —dijo el gordo caballero cuando, ya tomada la ciudadela, se sentaban a comer sitiados y sitiadores—. Dichosa criatura, ya se ha dormido otra vez. Tenga la bondad de pellizcarle, sir.... en la pierna, se lo ruego; si no es así, no se despierta...; gracias. Desata la cesta, José.

 

El chico gordo, que había despertado, en efecto, gracias a la presión que cierta porción de su pierna sufriera entre el índice y el pulgar de Mr. Winkle, deslizóse nuevamente de la trasera del coche y empezó a desocupar la cesta con más presteza de la que hubiera sido de esperar, dada su inercia anterior.

 

—Tenemos que sentarnos muy apretados —dijo el señor gordo.

 

Después de unas cuantas bromas por haberse chafado las mangas de las señoras y entre fuertes sonrojos de las mismas ante ciertas maliciosas proposiciones para que se sentaran en las rodillas de los caballeros, todos los de la partida tomaron asiento en el coche... Entonces el señor gordo fue pasando las cosas que le entregaba el muchacho, que había subido al coche con este objeto.

 

—Ahora, José, los cuchillos y los tenedores.

 

Distribuyéronse cuchillos y tenedores, y sentados en el interior las señoras y los caballeros, y en la trasera Mr. Winkle, todos se hallaron provistos de tan necesarios utensilios.

 

—Los platos, José, los platos.

 

El mismo proceso en la distribución de la loza.

 

—Ahora los pollos, José. Maldito chico, ya se ha dormido otra vez. ¡José, José! —Varios golpes administrados en la cabeza del joven con un bastón le despertaron con alguna dificultad de su letargo—. Trae los comestibles.

 

Algo hubo en el eco de esta última palabra que despertó al untuoso muchacho. Saltó el mozo, y sus pesados ojos, que brillaban tras de sus montuosas mejillas, claváronse horriblemente sobre las viandas al tiempo que las sacaba de la cesta.

 

—Vamos, date prisa —dijo Mr. Wardle, pues el muchacho se cernía muy cariñosamente sobre un capón, del cual parecía no poder separarse.

 

Suspiró profundamente, y lanzando una ardiente mirada sobre el apetitoso volátil,

 

 

 

 

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se lo entregó a su amo, bastante mal de su grado.

 

—Perfectamente... pon cuidado. Ahora, la lengua... el pastel de pichón. Ten cuenta de la ternera y del jamón... ocúpate de las langostas... saca el escabeche... dame las especias.

 

Tales fueron las órdenes que salieron de labios de Mr. Wardle, mientras iba sacando los comestibles descritos, y al mismo tiempo repartía los platos, colocándolos en las manos y en las rodillas de todos, en número incalculable.

 

—¿No es esto admirable? —dijo el alegre personaje al comenzar la labor destructora.

 

—¡Admirable! —asintió Mr. Winkle, que a la sazón trinchaba un pollo sobre el asiento.

 

—¿Un vaso de vino?

 

—Con muchísimo gusto.

 

—Mejor será que se quede con una botella ahí, ¿no es verdad?

 

—Es usted muy amable.

 

—¡José!

 

—Mande, sir —esta vez no estaba dormido, porque acababa de apoderarse de una empanada de ternera.

 

—Una botella de vino para el señor de la trasera. Encantado de verle, sir.

 

—Gracias, chico.

 

Mr. Winkle apuró su vaso y puso la botella en el asiento junto a sí.

 

—¿Quiere usted hacerme el honor, sir? —dijo Mr. Trundle a Mr. Winkle.

 

—Con mucho gusto —respondió Mr. Winkle a Mr. Trundle. Y ambos señores bebieron, después de lo cual hubo una ronda general, incluyendo a las señoras.

 

—Cómo coquetea mi Emilia con ese señor (el intruso) —dijo la solterona a su hermano Mr. Wardle, con verdadera envidia de solterona.

 

—¡Oh, no sé! —dijo el jovial anciano—; me parece eso muy natural... nada me extraña. ¿Quiere usted vino, Mr. Pickwick?

 

Mr. Pickwick, que había practicado hondas investigaciones en el interior del pastel de pichón, aceptó sin vacilar.

 

—Emilia querida —dijo la solterona con aire protector—, no hables tan alto, rica. —¡Por Dios, tía!

 

—La tía y el viejo gordito me parece que no necesitan a nadie —murmuró Isabela Wardle a su hermana Emilia.

 

Ambas muchachas rieron de muy buena gana, y la vieja trató de aparecer risueña, pero no pudo conseguirlo. —¡Tienen un humor estas chicas! —dijo Miss Wardle a Mr. Tupman, como si el buen humor de las criaturas fuese contrabando y licencia excesiva o crimen poseerlo sin autorización.

 

—Sí que lo tienen —replicó Mr. Tupman, sin saber a punto fijo el género de

 

 

 

 

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respuesta que de él se esperaba—. Es encantador.

 

—¡Hum! —dijo Miss Wardle en tono de duda.

 

—¿Me permite usted? —dijo Mr. Tupman con la mayor dulzura, acariciando la encantadora muñeca de Raquel y exhibiendo alegremente la botella—. ¿Me permite usted?

 

—¡Oh, sir!

 

Mr. Tupman la miró conmovido y Raquel insinuó el temor de que hubiera más cañonazos, en cuyo caso, como era consiguiente, habría de necesitar nuevamente apoyo.

 

—¿Le parecen a usted guapas mis sobrinas? —murmuró a Mr. Tupman la entrañable tía.

 

—Tal vez, si no estuviera aquí su tía —replicó el decidido pickwickiano con mirada de pasión.

 

—¡Oh!, embustero...; pero, en realidad, si tuvieran el cutis un poco mejor, ¿no es verdad que serían unas chicas muy bonitas... con luz artificial?

 

—Sí; me parece que sí —dijo Mr. Tupman con aire de indiferencia.

 

—Burlón... Ya sé lo que iba usted a decir.

 

—¿Qué? —preguntó Mr. Tupman, al que precisamente nada se le había ocurrido. —Iba usted a decir que Isabela está algo encogida... ¡Yo sé que ustedes..., los hombres, son tan observadores! Pues sí que lo es; no se puede negar; y realmente, si hay algo que afea a las mujeres es el encogimiento. Yo suelo decirle que cuando

 

tenga unos años más va a resultar tremenda. Es usted un burlón.

 

Mr. Tupman no tenía nada que objetar a una reputación ganada con tan poco esfuerzo, por lo cual no hizo más que mirar con gesto de inteligencia y sonreír misteriosamente.

 

—¡Qué risa tan sarcástica! —dijo la admirada Raquel—. Confieso que me asusta usted.

 

—¡Asustarse de mí!

 

—¡Oh!, no puede usted disimularme nada...; sé muy bien lo que esa sonrisa significa.

 

—¿Cómo? —dijo Mr. Tupman, que no tenía la menor noción de nada.

 

—Usted quiere decir —dijo la amable tía, apagando aún más la voz—, usted quiere decir que no encuentra tan mal el encogimiento de Isabela como el descoco de Emilia. ¡Porque es descarada! No puede usted figurarse lo que me apena algunas veces. Crea usted que me paso llorando horas enteras...; mi querido hermano es tan bueno y tan confiado, que nada ve; si lo viera, estoy segura de que se le traspasaría el alma. Yo quisiera creer que es sólo en los modales...; confío en que así sea —aquí la entrañable tía lanzó un hondo suspiro y movió su cabeza con desaliento.

 

—No tengo duda de que la tía está hablando de nosotras —murmuró Emilia

 

 

 

 

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Wardle a su hermana—. Estoy segura... ¡Tiene un aire tan malicioso!

 

—¿Ah, sí? —replicó Isabela—. ¡Hum, querida tía!

 

—¿Qué, rica?

 

—Tengo miedo de que cojas un catarro, tía. Toma un pañuelo de seda para taparte la cabeza...; debías ocuparte de ti un poco más... ¡No olvides la edad que tienes!

 

Si el castigo del Talión había sido merecido, no puede negarse que hubiera sido difícil hallar mejor venganza. Fácil sería de adivinar la réplica en que hubiera prorrumpido la indignada tía de no haber cambiado inconscientemente la conversación Mr. Wardle, llamando enérgicamente a José.

 

—Maldito chico —dijo el viejo—; ya se ha dormido otra vez.

 

—Caso curioso el de ese muchacho —dijo Mr. Pickwick—. ¿Siempre duerme así?

 

—¿Que si duerme? —respondió el viejo—. No cesa de dormir. Va a los recados dormido, y ronca mientras sirve la mesa.

 

—¡Qué cosa más particular! —dijo Mr. Pickwick.

 

—Sí que es raro —replicó el viejo—. Estoy orgulloso de este chico...; por nada del mundo me desprendería de él ...; es un fenómeno de la naturaleza. Vamos, José, José: llévate todo esto y abre otra botella..., ¿oyes?

 

Despertó el obeso mancebo, abrió sus ojos, tragó el bocado de torta que había empezado a masticar al dormirse y obedeció sin demora las órdenes de su amo..., dirigiendo lánguidas miradas glotonas hacia los restos del festín, mientras recogía los platos y los depositaba en la cesta. Salió la nueva botella y fue rápidamente consumida; se ató la cesta en su lugar primitivo...; montó nuevamente el muchacho en la trasera...; requiriéronse otra vez anteojos y gemelos, y reanudaron las tropas sus evoluciones. Hubo truenos de cañones y aspavientos de señoras..., y por fin reventó una mina, con general regocijo...; no bien dispersáronse los humos, militares y curiosos se dispersaron también.

 

—Que no se le olvide —dijo el viejo al estrechar la mano de Mr. Pickwick al terminar un coloquio celebrado a intervalos durante los ejercicios— que mañana les esperamos a todos. —Sin duda —replicó Mr. Pickwick.

 

—¿Tiene usted ya las señas?

 

—Manor Farm, Dingley Dell —dijo Mr. Pickwick consultando su cuaderno. —Eso es —dijo el viejo—, y no les he de dejar en una semana; ya pueden ustedes

 

estar seguros de que han de ver todo cuanto hay digno de visitarse. Si han venido ustedes a observar la vida del campo, vengan a mí y yo les enseñaré toda la que quieran. José...; dichoso chico, ya se durmió. Ayuda a Tom a enganchar.

 

Engancháronse los caballos...; subió el cochero al pescante...; montó el chico a su lado...; cambiáronse despedidas, y partió el coche. Al volverse los pickwickianos para echarle una última ojeada, vertía el sol poniente sus arreboles sobre las caras de sus

 

 

 

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amigos y bañaba la faz del gordo mancebo. Caída la cabeza sobre el pecho, dormitaba de nuevo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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5.      Capítulo breve, en el que se cuenta, entre otras cosas, el viaje en coche de Mr. Pickwick, el paseo a caballo de Mr. Winkle y el modo que tuvieron de realizarlos

 

Esplendoroso y admirable estaba el cielo, embalsamado el aire, y era encantadora la apariencia de cuantos objetos poblaban el panorama que descubría Mr. Pickwick, apoyado en el pretil del puente de Rochester, mientras se acercaba la hora del almuerzo. El espectáculo era, en efecto, capaz de maravillar a un temperamento mucho menos impresionable que el de aquel que ahora lo presenciaba.

 

A la izquierda tendíase la ruinosa muralla, derruida en muchos puntos, pero enhiesta en algunos otros, dominando en grandes moles la estrecha ribera. Grandes matas de algas que colgaban entre las melladas rocas temblaban al más leve soplo del aire, y la verde hiedra guarnecía melancólicamente los bordes de las negras y ruinosas almenas. Levantábase detrás el viejo castillo, con sus desmanteladas torres y sus espesas paredes a punto de desgajarse, mas dándonos fe orgullosamente de su fuerza y poder, como cuando siete siglos atrás tronaba con el fragor de las armas o resonaba con el eco de fiestas y rebatos. De otro lado, las lomas de Medway, cubiertas de prados y sembradura, con su molino de viento aquí y allá, o con su iglesia lejana, extendíanse más allá del alcance de la vista, ofreciendo un rico y variado paisaje, embellecido aún por las sombras cambiantes que lo atravesaban dulcemente, cuando las nubes tibias y vagas cruzaban bajo el sol de la mañana. El río, reflejando el claro azul del cielo, resplandecía y chispeaba corriendo silencioso; los remos de los pescadores hundíanse en el agua con líquido y blando sonido, mientras que las pintorescas barcazas resbalaban pausadamente corriente abajo.

 

Mr. Pickwick despertó del agradable sueño en que cayera a favor de aquel espectáculo al oír un profundo suspiro y al sentir un golpe en el hombro. Volvióse y halló a su lado al hombre nefasto.

 

—¿Contemplando el panorama? —preguntó el hombre nefasto.

 

—Sí —respondió Mr. Pickwick.

 

—¿Y encantado de haberse levantado tan temprano?

 

Mr. Pickwick asintió con la cabeza.

 

—¡Ah! Es preciso levantarse temprano para ver en todo su esplendor al sol, porque rara vez brilla todo el día. La mañana del día se parece mucho a la mañana de la vida.

 

—Dice usted bien, sir —dijo Mr. Pickwick.

 

—Se dice con frecuencia —continuó el hombre nefasto—: «La mañana es demasiado hermosa para que dure». Bien podía esto aplicarse a cada día de la existencia. ¡Dios mío, cuánto daría yo por recobrar la niñez o por olvidar aquellos días!

 

 

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—¿Ha sufrido usted muchas contrariedades, sir? —dijo Mr. Pickwick compasivamente.

 

—Ya lo creo —se apresuró a contestar el hombre nefasto—. He sufrido más de lo que pudieran creer los que me ven. Calló un instante y dijo luego súbitamente:

 

—¿Le chocaría a usted que en una mañana como ésta el ahogarse fuese la dicha y la paz?

 

—¡Por Dios! —replicó Mr. Pickwick, separándose un poco del pretil, ante la sospecha de que el hombre nefasto, por vía de experimento, intentase arrojarle, mal de su grado.

 

—Yo he pensado en esto muchas veces —dijo el hombre nefasto sin reparar en el movimiento—. El agua fría y en calma parece murmurar en mi oído una invitación de sosiego y reposo. Un salto, un chapuzón, una breve lucha: cosa de un instante; poco a poco se levanta una ola graciosa, ciérranse las aguas sobre su cabeza de usted, y el mundo ha cerrado para siempre sus penas y desventuras.

 

Los ojos hundidos del hombre nefasto centellearon al hablar; mas se desvaneció en seguida su momentánea exaltación, y recobró la calma, diciendo:

 

—Bien ...; ya hemos hablado de eso bastante. Quiero que nos ocupemos de otra cosa. Usted me hizo leer aquel escrito anteanoche, y me escuchó atentamente mientras lo hacía.

 

—Sí —replicó Mr. Pickwick—, y crea usted que yo pensaba...

 

—No le pedí su opinión —dijo el hombre nefasto, interrumpiéndole— ni necesito ninguna. Usted viaja por gusto y para instruirse. Suponga que yo le enseño un curioso manuscrito...; es decir, curioso no por inverosímil ni raro, sino curioso como una página de la vida real. ¿Lo pondría usted en conocimiento de ese Club, del que tantas veces le he oído hablar?

 

—Sin duda —replicó Mr. Pickwick—, si usted lo desea; y se insertará en las Memorias.

 

—Usted lo tendrá —replicó el hombre nefasto—. Las señas.

 

Y Mr. Pickwick le comunicó el itinerario aproximado que habrían de seguir, el cual fue cuidadosamente anotado por el hombre nefasto en un grasiento cuaderno. Después, rehusando la insistente invitación que para almorzar le hiciera Mr. Pickwick, quedó éste en la fonda y se marchó el otro despacio.

 

Halló Mr. Pickwick que sus tres compañeros se habían levantado y que le esperaban para dar principio al almuerzo, que estaba ya dispuesto en ostentosa exhibición.

 

Sentáronse a comer, y el jamón cocido, los huevos, el café, el té y otras varias cosas empezaron a desaparecer con una rapidez que a la vez testimoniaba la excelencia de los comestibles y el apetito de sus consumidores.

 

—Ahora hacia Manor Farm —dijo Mr. Pickwick—. ¿Cómo vamos a ir?

 

 

 

 

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—Lo mejor sería consultar al camarero —dijo Mr. Tupman.

 

Y el camarero fue requerido en consecuencia.

 

—Dingley Dell, caballeros... quince millas... camino de travesía... ¿Silla de posta,

 

sir?

 

—La silla no admite más que dos —dijo Mr. Pickwick.

 

—Es verdad, sir..; perdón, sir... Hay un buen coche de cuatro ruedas, sir...; dos asientos detrás... uno en el frente para el que guía...; ¡oh!, perdón, sí, sir... sólo caben tres.

 

—¿Qué hacer? —dijo Mr. Snodgrass.

 

—Tal vez a uno de estos caballeros le gustaría ir a caballo, sir —sugirió el camarero mirando a Mr. Winkle—; magníficos caballos de silla, sir.

 

—Eso es —dijo Mr. Pickwick—. Winkle, ¿quiere usted ir a caballo?

 

Mr. Winkle abrigaba hondos presentimientos en lo más escondido de su corazón en lo referente a sus habilidades ecuestres; mas como por nada del mundo consentía que se pusieran en duda, replicó al punto con gran resolución:

 

—Desde luego. Es lo que más me gusta.

 

Mr. Winkle había echado su suerte; no había otro remedio.

 

—Téngalos dispuestos para las once —dijo Mr. Pickwick.

 

—Muy bien, sir —replicó el camarero.

 

Retiróse el mozo; concluyó el almuerzo, y los viajeros subieron a sus respectivos dormitorios, para preparar la ropa que habían de llevar a la expedición.

 

Mr. Pickwick había terminado sus arreglos, y por encima de los visillos de la ventana del café estaba mirando a los transeúntes, cuando entró el camarero y anunció que el coche esperaba; anuncio que confirmaba la aparición del coche, al hacerse visible en seguida tras de los mencionados visillos.

 

Era un curioso cochecillo verde de cuatro ruedas, con un asiento bajo atrás para dos personas que parecía un barril de vino, y un elevado pescante en la delantera con un solo asiento, tirado por un inmenso caballo alazán que mostraba una respetable armazón de huesos. Un lacayo estaba cerca del coche sosteniendo por la brida otro caballo descomunal..., pariente cercano, por las apariencias, del animal que estaba enganchado, preparado para Mr. Winkle.

 

—¡Dios mío! —dijo Mr. Pickwick al salir a la calle, mientras que se acomodaban las ropas en el coche—. ¡Dios mío!, ¿quién va a guiar? No había pensado en eso.

 

—¡Oh!, usted, por supuesto —dijo Mr. Tupman.

 

—Claro está —dijo Mr. Snodgrass.

 

—¡Yo! —exclamó Mr. Pickwick.

 

—No hay que temer nada, sir —terció el lacayo—. Yo le garantizo que es manso, sir; un niño de pecho podría guiarle.

 

—¿No se espanta? —indagó Mr. Pickwick.

 

 

 

 

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—¿Espantarse, sir?... No se asustaría aunque viera por delante una manada de monos con los rabos ardiendo.

 

La última garantía era incuestionable. Mr. Tupman y Mr. Snodgrass montaron en el barril; Mr. Pickwick subió a su pescante y colocó sus pies en una repisa cubierta de paño que se hallaba dispuesta al efecto.

 

—Ahora, lustroso Guillermo —dijo el lacayo a su segundo—, entrega las riendas al señor.

 

Lo de lustroso Guillermo era un apodo debido probablemente al brillante cabello y a la tez aceitosa del lacayo. Puso éste las riendas en la diestra mano de Mr. Pickwick, mientras que su principal ponía el látigo en la derecha.

 

—¡Sooo! —gritó Mr. Pickwick al ver que el enorme cuadrúpedo mostraba una tenaz inclinación a recular y a colarse por la ventana del café.

 

—¡Sooo! —exclamaron a coro desde el barril Mr. Tupman y Mr. Snodgrass.

 

—Es que juega un poco, caballeros —dijo el primer lacayo, animándoles—.

 

Sujétale, Guillermo.

 

El segundo lacayo refrenó los ímpetus del animal, y el primero ayudó a montar a Mr. Winkle.

 

—Por el otro lado, sir, si tiene la bondad.

 

—Que me peguen si no iba a montarse al revés —murmuró un postillón, haciendo gestos al regocijado camarero.

 

Instruido de esta manera Mr. Winkle, trepó a su silla con la misma dificultad que hubiera experimentado para tomar la borda de un acorazado de primera.

—¿Está todo listo ya? —preguntó Mr. Pickwick con la íntima convicción de que todo estaba mal.

 

—Todo —replicó desfallecido Mr. Winkle.

 

—En marcha —gritó el lacayo—. Sujétele, sir.

 

Y en marcha se pusieron la silla y el caballo, con Mr. Pickwick encima de la una y Mr. Winkle en los lomos del otro, con gran deleite y regodeo de toda la servidumbre de la posada.

 

—¿Por qué marcha hacia un lado? —dijo Mr. Snodgrass desde el barril a Mr.

 

Winkle desde la silla.

 

—No puedo adivinarlo —replicó Mr. Winkle.

 

Su caballo remontaba la calle de un modo misterioso..., un poco de costado, volviendo a un lado la cabeza y a otro la cola.

 

Mr. Pickwick no tenía oportunidad para observar este ni otros detalles, porque sus facultades todas concentrábanse en el gobierno del animal enganchado, que desplegaba varias mañas, las cuales, si resultaban interesantes para un espectador, no eran en modo alguno divertidas para cualquiera que tras el caballo se sentase. Además de engallar constantemente la cabeza de una manera inquietante y

 

 

 

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desagradable, y de tirar de las riendas de un modo que hacía difícil a Mr. Pickwick conservarlas en la mano, mostraba una rara propensión a arrojarse súbitamente a cada paso hacia la cuneta del camino, a pararse luego y a echar a correr, por espacio de algunos minutos, a una velocidad imposible de contener.

 

—¿Qué es lo que se propone con eso? —dijo Mr. Snodgrass a la vigésima vez que el caballo ejecutaba esta maniobra.

 

—No lo sé —replicó Mr. Tupman—; parece como si se espantara.

 

Iba a replicar Mr. Snodgrass, cuando fue interrumpido por un grito de Mr.

 

Pickwick.

 

—¡Soo! —gritó el caballero—. Se me ha caído el látigo.

 

—Winkle —dijo Mr. Snodgrass al ver acercarse a éste trotando en el desmesurado caballo, con el sombrero encasquetado hasta las orejas y zarandeándose como si estuviera dividido en pedazos por la violencia del ejercicio—, coja el látigo, que es muy manso.

 

Mr. Winkle tiró de las bridas hasta ponerse negro, y logrando al fin parar al caballo, se apeó, entregó el látigo a Mr. Pickwick y, empuñando las riendas, se preparó a montar de nuevo.

 

Ahora, si el desmesurado jamelgo, por la natural alegría de su condición, deseaba proporcionar un inocente recreo a Mr. Winkle, o si se le ocurrió que tal vez fuera para él más agradable hacer la jornada sin jinete, son puntos respecto a los cuales no podemos decidir en suma. Cualesquiera que fuesen los móviles del animal, es lo cierto que tan pronto como tocó las riendas Mr. Winkle, se deslizó el caballo, pasando la cabeza por debajo de ellas, y retrocedió cuanto permitía su longitud.

 

—Pobrecito —dijo Mr. Winkle calmándole—, pobrecito...; buen caballito.

 

El «pobrecito» estaba a prueba de adulaciones: cuanto más intentaba acercársele Mr. Winkle, más se apartaba él hacia atrás, y a pesar de todas las caricias y de todos los intentos de persuasión, durante diez minutos no se vio más que dar vueltas y vueltas a ambos, y al fin de los diez minutos aún estaban a la misma distancia que al principio del escarceo...; contratiempo desagradable en cualquier circunstancia, pero más en un camino solitario, donde era imposible encontrar ayuda.

 

—¿Qué voy a hacer? —exclamó Mr. Winkle al ver que el juego se prolongaba demasiado—. ¿Qué voy a hacer? No puedo montar.

 

—Lo mejor es que le lleve usted de la brida hasta que lleguemos a una barrera — indicó Mr. Pickwick desde el coche.

 

—¡Pero es que no quiere venir! —gritó Mr. Winkle—. Venga para contenerle. Mr. Pickwick era la cortesía personificada: dejó las riendas sobre el caballo y,

 

bajando de su asiento, condujo el coche hasta la cuneta, por recelar que alguien viniera por el camino, y marchó hacia atrás para socorrer a su atribulado compañero, dejando a Mr. Tupman y a Mr. Snodgrass en el vehículo.

 

 

 

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No bien se fijó el caballo en que hacia él venía Mr. Pickwick con el látigo en la mano, sustituyó el movimiento rotatorio, a que se había dedicado previamente, por uno retrógrado de tal naturaleza que Mr. Winkle, que aún sujetaba las bridas por el extremo, se vio forzado a adoptar una marcha bastante más rápida que la de un paseo, en dirección opuesta a la que trajeran. Corrió Mr. Pickwick en su ayuda; pero cuanto más corría éste hacia adelante, más aprisa corría el caballo hacia atrás. Hubo gran ruido de cascos y no poca polvareda; al fin, Mr. Winkle, cuyos brazos tirantes se hallaban a punto de salirse de sus goznes, se decidió a abandonar su presa. Se paró el caballo, miró, sacudió su cabeza, volvió grupas y, en pacífico trote, marchó hacia Rochester, dejando a Mr. Winkle y a Mr. Pickwick mirándose uno a otro con desmayados semblantes. Un estrépito de ruedas que se oyó a poca distancia atrajo su atención. Ambos miraron hacia el punto de donde el ruido venía.

 

—¡Dios mío! —exclamó Mr. Pickwick con acento de agonía—. ¡El otro caballo, que se va!

 

Era verdad. El animal, que tenía las riendas sueltas sobre sus lomos, se soliviantó con el ruido. Fácil es de adivinar lo que ocurrió. Partió con el coche de cuatro ruedas, en el que estaban Mr. Tupman y Mr. Snodgrass. La confusión fue breve. Mr. Tupman se arrojó a la cuneta; siguió su ejemplo Mr. Snodgrass; el caballo arrastró el coche hasta chocar contra un puentecillo de madera, las ruedas separadas de la caja y el barril del pescante; por fin se paró el caballo tranquilamente a contemplar el estrago que había hecho.

 

El primer cuidado de los dos desmontados amigos fue el de levantar de su lecho adventicio a sus infortunados compañeros; maniobra que les proporcionó la indescriptible satisfacción de saber que no habían sufrido herida alguna, aparte de unos cuantos jirones en sus trajes y de varios rasguños que se hicieron con las zarzas. Lo que tenían que hacer en seguida era desenjaezar al caballo. Acabada esta complicada operación, echaron a andar tranquilamente los expedicionarios, llevando entre ellos el caballo y abandonando el coche a su destino.

 

A una hora de camino hallaron los viajeros una venta, ante cuya fachada veíanse dos álamos, una anilla para sujetar caballerías y una enseña postal junto a la puerta; uno o dos almiares, un corralillo en uno de los flancos y un par de cobertizos de podrido maderamen agrupábanse allí en extraña confusión; en el jardín, un hombre pelirrojo ocupábase en cavar; Mr. Pickwick le interpeló enérgicamente:

 

—¡Hola! Venga acá.

 

El hombre pelirrojo se irguió, y con la mano sobre los ojos contempló larga y serenamente a Mr. Pickwick y a sus compañeros.

 

—¡Venga acá! —repitió Mr. Pickwick.

 

—¡Hola! —respondió el hombre pelirrojo.

 

—¿Cuánto hay de aquí a Dingley Dell?

 

 

 

 

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—Siete millas largas.

 

—¿Es buen camino?

 

—No, no es bueno.

 

Después de esta breve respuesta, y satisfecho, a lo que parecía, luego de un nuevo escrutinio, el hombre pelirrojo reanudó su trabajo.

 

—Queremos dejar aquí este caballo —replicó Mr. Pickwick—; supongo que podremos hacerlo, ¿no es eso?

 

—¿Queremos dejar aquí este caballo? —repitió el hombre pelirrojo contemplando su azada.

 

—Eso es —replicó Mr. Pickwick, avanzando hasta la empalizada con el caballo de la diestra.

 

—¡Señora ama! —gritó el pelirrojo saliendo del jardín y mirando al caballo atentamente—. ¡Señora ama!

 

Una alta y huesuda mujer —derecha como un huso—, envuelta en tosco gabán gris de mangas cortas, acudió a la llamada.

 

—Buena mujer, ¿podemos dejar aquí este caballo? —dijo adelantándose Mr.

 

Tupman y expresándose en sus formas más seductoras.

 

La mujer miró fijamente a los excursionistas, mientras que el hombre pelirrojo le decía al oído unas palabras.

 

—No —replicó la mujer después de breve meditación—, tengo miedo. —¡Miedo! —exclamó Mr. Pickwick—. ¿De qué tiene miedo esta mujer? —Tuvimos un contratiempo la última vez —dijo la mujer, metiéndose en la casa

 

—; no tengo nada que decirles.

 

—Es lo más extraordinario que he visto en mi vida —dijo estupefacto Mr.

 

Pickwick.

 

—Yo creo —murmuró Mr. Winkle, al acercársele sus amigos— que piensan que hemos adquirido este caballo de un modo ilegal.

 

—¿Cómo? —exclamó Mr. Pickwick en un acceso de indignación.

 

Mr. Winkle repitió su conjetura modestamente.

 

—¡Oiga, amigo! —dijo airado Mr. Pickwick—. ¿Es que piensa usted que hemos robado el caballo?

 

—Estoy seguro —replicó el hombre pelirrojo, mostrando un gesto que cruzó su rostro de oreja a oreja.

 

Y diciendo esto se volvió hacia la casa y entró dando un portazo.

 

—Esto es un sueño —dijo Mr. Pickwick—, un horrible sueño. La pesadilla de un hombre que marcha todo el día al lado de un caballo espantoso en el que no puede montar.

 

Los mustios pickwickianos se volvieron cabizbajos, y caminaron de nuevo siguiendo al descomunal caballo que le: había producido aquel disgusto sin tregua.

 

 

 

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Ya estaba avanzada la tarde cuando los cuatro amigos y su cuadrúpedo acompañante entraron en el carril que conduce a Manor Farm; y no obstante hallarse tan cerca del punto de destino, el placer que en otras circunstancias hubieran experimentado se mermaba y ensombrecía al reflexionar en lo extraño de su aspecto y en lo absurdo de su situación. Roto; los trajes, arañadas las caras, empolvadas las botas, fatigados los semblantes, y, sobre todo, el caballo. ¡Oh!, cómo maldecía Mr. Pickwick al caballo: de cuando en cuando miraba al animal con odio y con intenciones de venganza; más de una vez calculó lo que podría costarle cortarle el cuello; y en aquel momento, la tentación de descuartizarle o de abandonarle en cualquier parte invadía su mente con fuerzas decuplicadas. Despertó de sus meditaciones por la súbita aparición de dos personajes en una de las revueltas del carril Eran Mr. Wardle y su fiel ayuda de cámara, el chico gordo

 

—¿Cómo? ¿Dónde han estado ustedes? —dijo el hospitalario anciano—. Les estoy esperando todo el día. Parecer ustedes cansados. ¿Qué es eso? ¡Arañazos! No hay heridas supongo... ¿eh? Bien; me alegro mucho. ¿Han tenido ustedes que apearse? No importa. Son accidentes ordinarios en estos sitios. José... ¿Ya se ha dormido otra vez?... José, coge este caballo y llévalo a la cuadra.

 

El chico gordo le seguía con el animal perezosamente; y el viejo, lamentando con sus huéspedes en términos afectuosos aquellas aventuras del día, que tuvieron a bien relatarle, los condujo a la cocina.

 

—Tienen ustedes que arreglarse —dijo el viejo—, y en seguida les presentaré en el salón. Emma, tráete el aguardiente de guindas; tú, Juana, aguja e hilo; agua y toallas, María. Vamos, chicas, deprisa.

 

Tres o cuatro chicas vivarachas dispersáronse velozmente en demanda de los diversos objetos que se habían pedido, mientras que un par de mozos de anchas cabezas y redondas caras se levantaron del asiento que ocupaban al lado de la chimenea (pues, aunque era una noche de mayo, parecían apegados al fuego cual si estuvieran en Navidad) y entraron en un oscuro camaranchón, del que sacaron una botella de bencina y como media docena de cepillos.

 

—¡Pronto! —dijo el viejo de nuevo.

 

Mas no era precisa la admonición, porque una de las muchachas escanció el aguardiente de guindas, trajo otra las toallas, y uno de los mozos, apoderándose de una pierna de Mr. Pickwick, con riesgo inminente de hacerlo vacilar, le cepilló las botas hasta hacerle enrojecer los callos, mientras que el otro cepillaba con fuerza el traje de Mr. Winkle, dedicándose durante la operación a ese canturreo característico de los mozos de cuadra cuando se emplean en frotar un caballo.

 

Concluido que hubo sus abluciones, Mr. Snodgrass echó una ojeada por la estancia, situándose de espaldas al fuego y paladeando su aguardiente con plena satisfacción. Según él la describe, era un ancho cuadrilongo, ensolado de ladrillos

 

 

 

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rojos y provisto de una gran chimenea; guarnecían el techo jamones, codillos y ristras de cebollas. Las paredes estaban decoradas con látigos de caza, dos o tres arneses, una silla de montar y un viejo y herrumbroso trabuco, bajo el que se veía la imponente advertencia de «Cargado»..., inscripción que de ello daba testimonio desde hacía un siglo lo menos. Un viejo reloj de pesas, de solemne y acompasada marcha, hacía oír su grave tictac en uno de los rincones, y un reloj de plata de la misma edad colgaba de uno de los numerosos ganchos que exornaban las paredes.

 

—¿Estamos? —preguntó el viejo, luego que sus huéspedes se hubieron lavado, arreglado, cepillado y confortado con el aguardiente.

 

—Estamos —replicó Mr. Pickwick.

 

—Vamos, pues.

 

Y la comitiva, después de atravesar varios pasadizos oscuros y luego de agregarse a ella Mr. Tupman, que se había quedado atrás para darle un beso a Emma, por el cual le había ella recompensado con varios empujones y arañazos, llegó a la puerta del salón.

 

—Bienvenidos —dijo el hospitalario anfitrión abriendo la puerta y pasando delante para anunciarles—, caballeros; bienvenidos a Manor Farm.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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6.      Una velada del antiguo estilo. Los versos del cura. Historia de la vuelta del presidiario

 

Los visitantes que se hallaban reunidos en el viejo salón levantáronse para recibir a Mr. Pickwick y a sus compañeros, que entraban; y durante la ceremonia de la presentación, que se cumplió con las debidas formalidades, tuvo Mr. Pickwick ocasión de observar el aspecto y reflexionar sobre los caracteres y temperamentos de las personas que le rodeaban; costumbre que gustaba de seguir, cual otros muchos grandes hombres.

 

Una vieja dama, cubierta de una gran cofia y vestida con bata de seda deteriorada —nada menos que la madre de Mr. Wardle—, ocupaba el puesto de honor a la derecha de la chimenea. En la estancia veíanse señales evidentes de la educación que recibiera cuando joven y de sus aficiones actuales, pues adornaban los muros antiguos dibujos al cañamazo, bordados paisajes y rojas asas de teteras cubiertas de seda, de gusto más reciente.

 

La tía, las dos muchachas y Mr. Wardle rivalizaban en los cuidados y atenciones de que colmaban a la vieja dama, agrupándose alrededor de su sillón, sosteniéndole una la trompeta del oído, dándole otra una naranja y acercándole el pebetero una tercera, mientras que la cuarta se ocupaba en mullir y ahuecar las almohadas en que se apoyaba. En el lado opuesto sentábase un calvo anciano de jovial y benévola faz, que era el cura de Dingley Dell; junto a él se sentaba su esposa, una gruesa y frescota anciana que ofrecía el aspecto propio de una mujer de singular habilidad, no sólo en el arte y secretos de confeccionar cordiales y tisanas caseros en provecho de los demás, sino también en el de gustarlos y consumirlos ella misma. En otro rincón conversaba un pequeño caballero de hirsutos cabellos y rostro de manzana con un obeso caballero; dos o tres señores más y dos o tres viejas damas permanecían en sus sillas tiesos e inmóviles, contemplando fijamente a Mr. Pickwick y a sus compañeros de viaje.

 

—Madre, Mr. Pickwick —dijo Mr. Wardle alzando la voz todo lo que pudo.

 

—¡Ah! —dijo la vieja señora moviendo la cabeza—. No puedo oírte.

 

—¡Mr. Pickwick, abuela! —gritaron a coro las dos muchachas.

 

—¡Ah! —exclamó la vieja—. Bien; no haga caso. No hay que ocuparse de una vieja como yo.

 

—Aseguro a usted, señora —dijo Mr. Pickwick tomando la mano de la vieja y hablando tan alto que el esfuerzo teñía de rojo su bondadoso semblante—, aseguro a usted, señora, que nada me agrada tanto como el ver a una señora de su edad presidiendo una familia tan buena, encontrándose con un aspecto tan sano y juvenil.

 

—¡Ah! —dijo la vieja dama, después de breve pausa—. Todo eso debe de ser muy bonito, pero no le oigo.

 

 

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—Más vale dejar por ahora a la abuela —dijo Isabela Wardle por lo bajo—; ya le hablará a usted en seguida.

 

Mr. Pickwick expresó con la cabeza su inclinación a soportar las flaquezas de la edad, y entró en conversación general con los otros individuos de la concurrencia.

 

—Encantadora situación —dijo Mr. Pickwick.

 

—¡Encantadora! —exclamaron, haciendo el eco, Snodgrass, Winkle y Tupman.

 

—Sí que lo es —dijo Mr. Wardle.

 

—No hay una posesión mejor en todo Kent, sir —dijo el señor de hirsutos cabellos y rostro de manzana—, no la hay, sir...; yo estoy seguro de que no la hay.

 

Y el señor de los hirsutos cabellos miró triunfante a su alrededor cual si existiera algún obstinado contradictor del que hubiera obtenido victoria.

 

—No hay mejor posesión en todo Kent —dijo después de una pausa el hombre de hirsuta cabellera.

 

—Salvo la de Mullins Meadow —dijo otro con profundo desprecio.

 

—¡Ah!, la de Meadow —repitió el señor gordo.

 

—No es mala tierra ésa —dijo otro señor, gordo también.

 

—Es buena, ciertamente —dijo un tercer gordo.

 

—Todo el mundo lo sabe —dijo el corpulento huésped.

 

El hombre de la hirsuta cabellera miró a su alrededor con aire interrogante; mas viéndose en minoría, adoptó un gesto compasivo y no dijo una palabra más.

 

—¿Qué es lo que están diciendo? —preguntó la anciana a una de sus nietas, de modo que todos la oyeron; pues, como la mayoría de los sordos, no creía posible que otras personas oyesen lo que ella decía.

 

—Sobre tierras, abuela.

 

—Pero, ¿qué sobre las tierras...? Nada importante, ¿verdad?

 

—No, no; Mr. Miller estaba diciendo que nuestra finca es mejor que los prados de Mullins.

 

—Pero, ¿cómo puede él saber eso? —preguntó indignada la vieja—. Miller es un mequetrefe presuntuoso, y dile que lo digo yo.

 

Y la anciana señora, sin percatarse de que había hablado en tono más elevado que el de un murmullo, se incorporó y clavó sus ojos como estiletes en el protervo de hirsutos cabellos.

 

—Vamos, vamos —dijo el jocundo anfitrión, deseoso de cambiar de conversación —. ¿Qué tal le parecería a usted un whist, Mr. Pickwick?

 

—Me gusta como nada; mas por mí no forme usted la partida; de ninguna manera.

 

—¡Oh!, yo le aseguro que mi madre es muy aficionada al whist; ¿verdad, madre? La vieja dama, que tratándose de este asunto era mucho menos sorda que respecto

 

de otro cualquiera, respondió afirmativamente.

 

 

 

 

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—¡José! —dijo el viejo caballero—. Maldito... ¡Oh!, aquí está. Saca las mesas de naipes.

 

El aletargado joven logró colocar las dos mesas sin necesidad de que le despertaran nuevamente; dispuso una para la Papisa Juana y la otra para el whist. Los jugadores de whist eran Mr. Pickwick con la vieja dama, Mr. Miller y el señor gordo. Alrededor de la otra mesa se agrupaba el resto de la concurrencia.

 

El whist se desarrolló con toda la gravedad de procedimiento y sosiego de talante que requiere la tarea que se llama whist; solemne acto al cual, en opinión nuestra, se ha dado con ignominiosa irreverencia el nombre de juego. La otra gran mesa estaba, en cambio, tan llena de alegría y bullicio, que interrumpían las contemplaciones de Mr. Miller, quien, no hallándose tan atento como debiera, dedicóse a cometer varios crímenes y desafueros, excitando la ira del señor gordo tanto como el buen humor de la vieja señora.

 

—¡Ea! —dijo triunfante el criminal Miller, levantando una carta al acabar una de las manos—. Nadie lo hubiera jugado mejor; me enorgullezco de ello...; no era posible haber hecho un tanto más.

 

—Miller debiera haber matado el diamante, ¿verdad? —dijo la vieja señora.

 

Mr. Pickwick aprobó con la cabeza.

 

—Pero, ¿es que debía yo haberlo hecho? —dijo el desafortunado jugador, mirando a su compañero con aire de duda.

 

—Debía usted haberlo hecho, sir —dijo el señor gordo con voz terrible.

 

—Lo siento mucho —dijo Miller cabizbajo.

 

—A buena hora —gruñó el señor gordo.

 

—Dos pajes nos hacen ocho —dijo Mr. Pickwick. Se jugó la mano siguiente.

 

—¿Puede usted hacer uno? —preguntó la vieja.

 

—Sí —replicó Mr. Pickwick—. Doble, simple y el rob.

 

—Vaya una suerte —dijo Mr. Miller.

 

—Nunca vi cartas iguales —dijo el señor gordo.

 

Se hizo un silencio solemne: Mr. Pickwick, jovial; seria, la vieja; cauto, el señor gordo, y temeroso, Mr. Miller.

 

—Otra pareja —dijo la vieja señora, triunfante, registrando la jugada por medio de una moneda de medio chelín y otra muy asendereada de medio penique bajo el candelero.

 

—Un par, sir —dijo Mr. Pickwick.

 

—Quedo enterado, sir —replicó el gordo caballero.

 

Jugóse después otra mano con resultado igual, en la que se cogió en un renuncio al infeliz Miller; lo que bastó para que el señor gordo se pusiera en un estado de gran indignación, que duró hasta el fin del juego; luego se retiró a un rincón, y allí permaneció callado durante una hora y veintisiete minutos, al fin de cuyo período

 

 

 

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surgió de su retiro y ofreció un polvo de rapé a Mr. Pickwick, con el ademán de un hombre que ha logrado acomodar su espíritu al perdón cristiano de las injurias recibidas. Las facultades auditivas de la vieja mejoraban progresivamente, y el desdichado Miller se encontraba tan fuera de su elemento como golfín en garita.

 

Entre tanto, el juego de la otra mesa proseguía alegremente. Isabela Wardle y Mr. Trundle iban de compañeros, así como Emilia Wardle con Mr. Snodgrass; y hasta Mr. Tupman y la tía establecieron una sociedad de tantos y de mutuas finezas. El viejo Mr. Wardle se hallaba en el más alto grado de júbilo; se mostraba tan bromista en el modo de conducir la reunión, y las viejas señoras desplegaban tanta agudeza en lo relativo a sus ganancias, que reinaba en la mesa un bullicio perpetuo de dicharachos y carcajadas. Una de las ancianas se quedaba siempre con media docena de cartas en la mano, por las que tenía que pagar. Esto promovía continuas risas a su alrededor; risas que subían de tono cuando la señora adoptaba un ceño adusto al pagar; con esto se ruborizaba gradualmente la faz de la anciana, hasta que rompía a reír más fuerte que los demás. En una ocasión, la tía solterona logró hacer «matrimonio»; volvieron a reír las muchachas, y se preparaba la vieja a demostrar su enojo, cuando, al sentir que Mr. Tupman le apretaba la mano por debajo de la mesa, se le subió el pavo y miró a los demás satisfecha, pensando que, en realidad, el matrimonio no estaba tan lejos de ella como alguien suponía; con lo cual rieron todos nuevamente, y más que nadie Mr. Wardle, que gozaba con los chistes aún más que los jóvenes. Mr. Snodgrass no hacía otra cosa que murmurar frases poéticas al oído de su compañera, actitud que sugirió a uno de los contertulios la idea de disertar festivamente acerca de los compañeros en el juego y de los compañeros en la vida haciendo algunas observaciones sobre el caso, entreveradas de guiños y ademanes que produjeron gran regocijo en la concurrencia y muy especialmente en la esposa del referido señor. Mr. Winkle salió con varias cuchufletas, que, si son corrientes en la ciudad, no lo son en modo alguno en el campo; pero al reírlas todos de buena gana y al decirle que eran graciosísimas, se elevó Mr. Winkle hasta las cumbres del honor y de la gloria. El buen párroco miraba complacido, porque las caras dichosas que rodeaban la mesa le hacían sentirse a él feliz también; y aunque la alegría era más que bulliciosa, provenía del corazón y no de los labios; la cual es, a fin de cuentas, la más lícita alegría.

 

Caía la tarde plácidamente, mientras que se ventilaban estos sencillos recreos. Cuando la sustanciosa aunque frugal cena se hubo consumido y la concurrencia se congregó alrededor del fuego, pensó Mr. Pickwick que en su vida se había sentido más dichoso ni más dispuesto nunca a dejarse poseer de la alegría, por lo cual resolvió gozar plenamente de aquellos momentos.

 

—Muy bien —dijo el hospitalario anfitrión, que se sentaba satisfecho junto al sillón de la vieja, una de cuyas manos oprimía—; esto es lo que a mí me gusta... Los momentos más felices de mi vida han transcurrido junto a este hogar, y le tengo tanto

 

 

 

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cariño, que le hago encender todas las tardes, aun en este tiempo en que el calor, cada vez mayor, le hace casi innecesario. Porque mi pobre viejecita acostumbraba sentarse aquí a la chimenea, en esta silla, cuando era muchacha; ¿no es cierto, madre?

 

Esa lágrima furtiva que asoma a los ojos cuando sobreviene el recuerdo de tiempos pasados y se ofrece súbitamente el panorama feliz de muchos años atrás resbaló por la faz de la vieja señora, mientras movía la cabeza con sonrisa melancólica.

 

—Perdone usted, Mr. Pickwick, que hable acerca de este lugar tradicional — continuó el anfitrión después de una breve pausa—, pero me es muy caro y no hay otro para mí ...; las viejas casas y los campos me parecen amigos pudientes; tal me ocurre con la pequeña iglesia cubierta de yedra..., sobre la cual, por cierto, nuestro excelente amigo compuso un hermoso canto a poco de vivir entre nosotros. Mr. Snodgrass: ¿tiene usted algo en su vaso?

 

—Mucho, gracias —replicó el caballero, cuya poética curiosidad habíase excitado grandemente por las últimas frases de su interlocutor—. Perdóneme, pero usted hablaba del canto a la yedra.

 

—Acerca de esto tiene usted que preguntarle a nuestro amigo —dijo el anfitrión con gesto malicioso, señalando con un movimiento de cabeza al párroco.

 

—No necesito decir que me gustaría oír esa poesía, sir —dijo Mr. Snodgrass. —¿Sí? —replicó el cura—. Pues es muy sencillo el complacerle; la única

 

atenuante que puedo alegar por haberla perpetrado es que la compuse en mi juventud.

 

Tal y como es, sin embargo, van ustedes a oírla, si lo desean.

 

No hay que decir que estas palabras fueron acogidas con un murmullo de curiosidad; el anciano empezó a recitar la poesía en cuestión después de algunos apuntes que le hizo su esposa.

 

—Yo la llamo —dijo—:

 

LA VERDE YEDRA

 

¡Qué gentil es la verde yedra

 

que cubre los viejos sillares!

 

Sobre sus manteles de piedra

 

tiene los más ricos manjares.

 

Caerá el muro desmoronado,

 

y en el polvo de su cimiento

 

encontrará, ya sazonado,

 

su secular grato alimento.

 

Agarrándose a la piedra

 

donde no se ve la

 

Vida, extraña planta es la yedra.

 

Sube rápida, aunque sin alas.

 

 

 

 

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Tiene un hogar viejo y seguro.

 

Apretadas cuelga sus galas

 

de su amigo el gran roble oscuro.

 

Por el suelo arrastra insidiosa

 

sus hojas, que con alegría

 

se entretejen sobre las losas

 

que albergan a la Muerte fría.

 

Olfateando la piedra

 

bajo la que está la Muerte,

 

es rara planta la yedra.

 

Hombres y razas han huido;

 

sus obras son ya polvo vano;

 

mas la yedra nunca ha perdido

 

su verdor bravío y lozano.

 

Ella, en sus largas soledades,

 

se irá del pasado nutriendo.

 

Lo más firme de las edades

 

en su pan se va convirtiendo.

 

Acariciando la piedra

 

por donde el Tiempo ha pasado,

 

singular planta es la yedra.

 

Mientras que el anciano repetía los versos para que Mr. Snodgrass los copiase, contemplaba Mr. Pickwick con expresión de gran interés las líneas de su rostro. Luego que hubo terminado el anciano de dictar, y después de haber guardado en el bolsillo Mr. Snodgrass su cuaderno de apuntes, dijo Mr. Pickwick:

 

—Va usted a perdonarme, sir, que le haga una observación, siendo tan reciente nuestra amistad; pero una persona como usted tiene por fuerza que haber presenciado, en el curso de su experiencia como ministro evangélico, muchas escenas e incidentes dignos de contarse.

 

—Algunos he presenciado, ciertamente —replicó el anciano—; pero todos los incidentes y todos los rasgos que yo he visto han sido de naturaleza humilde, porque mi esfera de acción es muy limitada.

 

—Me parece que escribió usted unas notas acerca de Juan Edmunds, ¿no es verdad? —preguntó Mr. Wardle, que se hallaba animado del deseo de que su amigo se diera a conocer, para admiración y ejemplo de sus nuevos visitantes.

 

El anciano movió su cabeza afirmativamente y se disponía a cambiar la conversación, cuando le dijo Mr. Pickwick:

 

—Perdóneme, sir; pero yo quisiera saber quién fue ese Juan Edmunds.

 

—Eso era precisamente lo que yo iba a preguntar —dijo Mr. Snodgrass

 

 

 

 

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afanosamente.

 

—Ya le han cazado a usted —dijo el jovial anfitrión—. Tarde o temprano tenía usted que satisfacer la curiosidad de estos caballeros; lo mejor es que aproveche la oportunidad y lo haga ahora mismo.

 

El anciano sonrió benévolamente al tiempo que adelantaba su silla; los demás colocaron las suyas más juntas aún, especialmente Mr. Tupman y la tía solterona, que tal vez se sentían algo tardos de oído; la anciana señora ajustó mejor su trompetilla, y después que Mr. Miller (que había estado durmiendo durante la declamación de los versos) despertó de su sopor, gracias a un pellizco de advertencia que le administró por debajo de la mesa su ex compañero, el solemne señor gordo, el anciano, sin más preámbulos, comenzó el siguiente cuento, que nos hemos tomado la libertad de titular

 

LA VUELTA DEL PRESIDIARIO

 

—Cuando me establecí en este pueblo —dijo el anciano—, hace ahora precisamente veinte años, la persona de mayor notoriedad entre mis feligreses era un hombre llamado Edmunds, que tenía arrendada una pequeña granja de estas cercanías. Era perezoso, de corazón díscolo, mal hombre, vago y de costumbres disolutas, cruel y de condición feroz. Aparte de los gandules y desatentados vagabundos con los que flaneaba por los campos a todas horas o se embrutecía en la taberna, no tenía un solo amigo; nadie se preocupaba de hablar a un hombre a quien todos temían; todos detestaban y evitaban cruzarse con Edmunds.

 

»Tenía este hombre una mujer y un hijo que cuando yo vine aquí no era mayor de doce años. No es posible que nadie se forme concepto exacto de los agudos sufrimientos de aquella mujer, de la bondadosa y resignada manera con que los sobrellevaba y del cuidado y solicitud que desplegaba constantemente sobre el chico. Que Dios me perdone la sospecha si es algo impía, pero yo creo firmemente que aquel hombre, durante muchos años, sólo se propuso destrozar el corazón de su mujer; mas ella todo lo sufría por el amor de su hijo y aun por el del padre, aunque parezca extraño; porque si bien éste tratábala con ruda crueldad, hubo un tiempo en que la amó; y el recuerdo de lo que aquel hombre había sido para ella despertaba en su corazón sentimientos de resignación y de humildad bajo el padecer, que ninguna humana criatura, excepto las mujeres, sabe abrigar.

 

»Eran pobres —no podía ser otra cosa, dadas las andanzas de aquel hombre—; mas los incansables y tenaces esfuerzos de la mujer, a toda hora del día y de la noche, les tenían al abrigo de toda inmediata necesidad. Aquellos esfuerzos fueron mal pagados. Las gentes que pasaban por su casa por la noche y a altas horas de la madrugada contaban que habían oído gritos y sollozos de una mujer abatida y ruido de bofetadas; y más de una vez, después de medianoche, llamaba el chico suavemente a la puerta de un vecino, adonde se le enviaba para librarle de la furia de su borracho y desnaturalizado padre.

 

 

 

 

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»Durante este tiempo no dejaba de acudir a la iglesia aquella mujer, que no podía ocultar por completo las señales del trato violento y salvaje que se le daba. Todos los domingos, mañana y tarde, ocupaba el mismo lugar con el niño a su lado; y aunque vestían ambos pobremente —más pobremente que otros muchos vecinos que se hallaban en peor situación—, siempre se les veía decentes y limpios. Todo el mundo tenía un gesto amistoso y una palabra de afecto para la pobre señora Edmunds; y algunas veces, cuando se paraba a conversar brevemente con algún vecino, después del oficio, en la pequeña alameda que conduce al atrio de la iglesia, o cuando se escondía para contemplar con ternura y orgullo de madre a su hijo, sano y fuerte, mientras que éste jugaba con sus compañeros, el ajado rostro de aquella mujer iluminábase con expresión de honda gratitud y aparecía, si no alegre y feliz, por lo menos tranquila y contenta.

 

»Pasaron cinco o seis años; el chico era ya un robusto y garrido mozo. El tiempo, que había fortalecido la endeble complexión del muchacho y dado a sus miembros la energía varonil, había encorvado el cuerpo de su madre y debilitado su andar; mas el brazo que hubiera debido servirle de apoyo ya no se cruzaba con el suyo; el rostro que debiera haberla alegrado no la miraba ya. Ella seguía ocupando su sitio de siempre, pero a su lado había otro vacante. La Biblia se guardaba con el mismo cuidado de antes; los pasajes se encontraban registrados y doblados como antaño, pero nadie los leía con ella; las lágrimas caían pesadamente sobre el libro y le borraban las palabras. Los vecinos mostrábanse tan cariñosos como antes; pero ella rehuía sus saludos bajando los ojos. Ya no se escondía tras de los álamos...; ya no se forjaba ilusiones dichosas. La desolada mujer se bajaba el sombrero a los ojos y se marchaba aprisa.

 

»No será preciso que les diga que aquel muchacho, que al mirar hacia los días de su niñez hasta donde pudiera llegar su memoria y al llevar sus recuerdos hasta aquellos tiempos nada podía advertir que no tuviera asociación estrecha con una larga serie de privaciones voluntarias sufridas por su madre por razón del amor que le profesaba: malos tratos, insultos, violencias padecidas exclusivamente por él; no tendré que decir que este muchacho, con imperdonable indiferencia hacia el destrozado corazón maternal, con malvado y tenaz olvido de todo cuanto ella había hecho y padecido por él, se había unido a unos hombres depravados y perdidos y había emprendido una carrera insensata, que debía traerle a él la muerte y a su madre la vergüenza. ¡Oh mísera humanidad! Ya se lo habrán figurado ustedes mucho antes de decirlo yo.

 

»La medida de los infortunios y desdichas de aquella infeliz mujer iba a colmarse. En aquellas cercanías se habían cometido numerosos delitos; por no haber sido descubiertos los culpables, crecía su audacia de día en día. Un robo que reveló tremenda osadía dio motivo a una persistente indagatoria y a una busca afanosa con

 

 

 

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la que ellos no habían contado. Recayeron las sospechas sobre Edmunds y tres de sus compañeros. Fue capturado... encarcelado... juzgado... condenado a muerte.

 

»Aún resuena en mi oído el eco de aquel alarido furioso y penetrante que conmovió a la Sala de la Audiencia al pronunciarse la solemne sentencia. Aquel grito llevó el terror al corazón del reo, aquel corazón que no habían podido despertar ni el proceso, ni la condena, ni la proximidad de la muerte misma. Sus labios, que habían permanecido cerrados con ceñuda y rebelde malicia, temblaron y se abrieron a su pesar; tornóse pálido su rostro, y un frío sudor empezó a brotar de sus poros; estremeciéronse los recios miembros del felón y vaciló en el banquillo.

 

»En los primeros transportes de angustia, aquella madre doliente se arrojó a mis plantas de rodillas y suplicó fervorosamente al Todopoderoso, que la había auxiliado en todas sus tribulaciones, que la llevase de este mundo de infortunio y miserias a cambio de la vida de su único hijo. Siguió una explosión de pena y una convulsión tan violenta, que no he vuelto a presenciarla igual. Comprendí que su corazón acababa de romperse, mas no dejaron escapar sus labios ni un murmullo de queja.

 

»Era un triste y penoso espectáculo ver a aquella mujer día tras día en el patio de la cárcel empleándose fervorosamente, por medio de la persuasión afectiva, en ablandar el duro corazón de aquel hijo rebelde. Mas fue en vano. Él permaneció callado, obstinado e inconmovible. Ni aun la inesperada conmutación de su pena por la de deportación durante catorce años logró suavizar por un instante la terca frialdad de su conducta.

 

»Al cabo, aquella fortaleza de espíritu ante el dolor, que durante tanto tiempo la había sostenido, fue impotente para contrarrestar la debilidad del cuerpo y las dolencias. Cayó enferma. Aún pudo arrastrar su organismo vacilante y salir del lecho para visitar una vez a su hijo; mas sus fuerzas la abandonaron, y cayó al suelo extenuada.

 

»Todavía resistieron a otra prueba la indiferencia y ruda frialdad de aquel muchacho, no obstante hacerle llegar el golpe casi a los linderos de la demencia. Llegó un día en que no vio a su madre; otro pasó, y tampoco vino a verle; llegó la tercera tarde, y no la vio tampoco. Al día siguiente iba el muchacho a separarse de ella, tal vez para siempre. ¡Oh, cómo invadieron su mente aquellos pensamientos de los primeros días de su vida, que habían permanecido largo tiempo olvidados, al recorrer impaciente el estrecho patio —cual si la premura de su andar pudiera apresurar la llegada de lo que esperaba—, y cuán amargamente le acometió la sensación de soledad y desamparo al oír la triste verdad! Su madre, el único ser allegado que había conocido, estaba enferma... tal vez moribunda... a una milla del lugar en que él se encontraba; unos pocos minutos hubiéranle bastado para volar a su lado de haberse visto libre de aquella cadena. Se abalanzó a la reja y asió sus barras con energía desesperada; luego se arrojó contra la pared con el vano intento de

 

 

 

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abrirse paso a través de la piedra; mas el firme edificio parecía mofarse de sus débiles esfuerzos; juntó sus manos con desaliento y lloró como un niño.

 

»Recibí de la madre el perdón y la bendición para su hijo prisionero; llevé al lecho de la enferma el solemne arrepentimiento y la ferviente súplica de perdón formulados por el hijo. Escuché con piadosa compasión los planes que fraguaba el muchacho arrepentido para confortar y socorrer a su madre no bien volviera; mas bien sabía yo que muchos meses antes de que él llegara al punto de destino ya habría la madre dejado este mundo.

 

»Se lo llevaron por la noche. Algunas semanas después el alma de aquella pobre mujer emprendió su vuelo, confío y creo solemnemente que al lugar de la felicidad y del reposo eternos. Celebré las exequias sobre los restos de la infortunada. Yace su cuerpo en el patio de nuestra iglesia. No hay ninguna lápida sobre su tumba. El hombre conoció sus dolores, y Dios, sus virtudes.

 

»Antes de la partida del penado habíase convenido en que éste escribiera a su madre tan pronto como le fuera concedido el permiso, dirigiéndome la carta a mí. El padre había resuelto no volver a verle desde el momento de su captura, y érale, por tanto, indiferente el saber si vivía o no el hijo. Pasaron muchos años sin que hubiera de él noticia alguna, y cuando ya había transcurrido más de la mitad del tiempo de su condena, no habiendo recibido yo carta alguna, supuse que había muerto, y casi llegué a darlo por seguro.

 

»Sin embargo, Edmunds había sido internado a gran distancia desde que llegara al campamento, y a esto puede atribuirse el hecho de que, no obstante haberme escrito y enviado varias cartas, ninguna llegara a mis manos. En el mismo punto permaneció durante los catorce años. Al expirar el plazo de su condena, obedeciendo firmemente a su antigua resolución y a la promesa que a su madre hiciera, volvió a Inglaterra, venciendo dificultades innumerables, y a pie llegó a su pueblo natal.

 

»En una hermosa tarde de un domingo de agosto Edmunds puso sus plantas en el pueblo que dejara diecisiete años antes lleno de vergüenza y de dolor. Por el camino más corto se encaminó al cementerio de la iglesia. El corazón del desgraciado se ahogaba al trasponer el pórtico. Los altos álamos, a través de cuyas ramas dejaba caer el sol poniente sus rayos sobre algunos puntos de la sombría senda, despertáronle el recuerdo de los lejanos días. Veíase a sí mismo como estaba entonces, cogido de la mano de su madre y marchando tranquilamente a la iglesia. Recordaba cómo acostumbraba mirar su pálido rostro y cómo se llenaban sus propios ojos de lágrimas cuando la madre contemplaba el suyo...; lágrimas que sentía el muchacho caer sobre su frente, calientes, cuando la madre se inclinaba para besarle, y cómo se echaba él a llorar, aunque poco adivinaba entonces la amargura de aquellas lágrimas. Recordaba cuántas veces había bajado alegremente por aquellas sendas con otros chicos, sus compañeros de juegos, mirando hacia atrás una y otra vez para recoger la sonrisa de

 

 

 

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su madre o escuchar su amada voz; en aquel momento parecía descorrerse un velo en su memoria, y sobreveníanle mil palabras de afecto no correspondidas, advertencias desdeñadas, promesas incumplidas, hasta que su corazón desfalleció y no pudo soportar la remembranza.

 

»Entró en la iglesia. Acababa el oficio de la tarde y se dispersaban los feligreses, permaneciendo la iglesia aún abierta. Sus pasos resonaban en el bajo recinto con un eco misterioso; casi sentía miedo al hallarse solo, tan callado y en sosiego encontrábase el lugar. Miró a su alrededor. Nada había cambiado. La nave parecíale más pequeña que antes; pero allí veía los antiguos monumentos que había contemplado mil veces con admiración de niño; allí estaba el pequeño púlpito con su deteriorado cojín; allí el comulgatorio en que tantas veces repitiera los Mandamientos, que había reverenciado como niño y olvidado como hombre. Se acercó al antiguo sitio que con su madre ocupara; ahora lo veía frío y desolado. El almohadón había desaparecido y la Biblia no estaba allí. Tal vez su madre ocupaba ahora un lugar más humilde; tal vez, por hallarse enferma, no pudiera ir sola a la iglesia. No osaba pensar en lo que le espantaba. Una sensación de frío corrió por su ser y tembló violentamente al volverse para salir.

 

»Cuando llegó al atrio vio entrar a un anciano. Edmunds retrocedió estremecido al reconocerle; durante mucho tiempo habíale visto excavar las fosas en el camposanto. ¿Qué diría aquel hombre al ver al condenado?

 

»El anciano levantó sus ojos para contemplar al extranjero, le dio las buenas noches y siguió su camino. Le había olvidado. Empezó a pasear monte abajo y entró en el pueblo. El tiempo estaba suave y las gentes se hallaban sentadas en las puertas o paseaban por sus pequeños jardines, gozando el descanso de sus trabajos en la serenidad de la noche. Muchas miradas volvíanse hacia él, mientras dirigía tímidas ojeadas a uno y otro lado recelando que alguno le conociese y rehuyera encontrarle. En casi todas las casas veía caras extrañas; en algunas adivinaba los rostros estropeados de compañeros de escuela —el niño que él dejó, rodeado por una tropa de alegres pequeñuelos—; veía en otras casas, sentados a la puerta en un sillón, débiles y enfermos ancianos que recordaba haber visto como sanos y pujantes trabajadores; pero todos le habían olvidado y pasaba como un desconocido.

 

»La luz postrera y suave del sol poniente había caído sobre la tierra, arrojando un espléndido arrebol sobre las amarillas espigas y alargando las sombras de los árboles del camposanto, cuando se encontró ante su antigua casa, el hogar de su infancia, hacia el que su corazón había concebido intensísimo afecto durante los largos e interminables años de angustia y cautiverio. La cerca parecíale baja, aunque recordaba haberle parecido altísima pared en otro tiempo. Miró al antiguo jardín; en él veía más hierbas y flores más alegres que en su tiempo; pero allí estaban aún los viejos árboles, aquellos árboles bajo los cuales tendiérase mil veces, cansado de

 

 

 

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jugar, al sol, dejándose invadir por el dulce sueño de la niñez dichosa. Oyó voces dentro de la casa. Escuchó, mas resonaron en sus oídos como extrañas; no las conoció. Eran alegres, además, y él sabía que su pobre anciana madre no podía estar alegre hallándose él lejos. Abrióse la puerta, y un grupo de pequeñas criaturas salió saltando y promoviendo ruidosa algarabía. El padre, con un niño en brazos, apareció en la puerta, y todos se agruparon alrededor, tocando palmas con sus tiernas manecitas e intentando arrastrarle para que jugara con ellos. El condenado pensó en las muchas veces que él había huido de la vista de su padre en aquel mismo lugar. Recordaba cuántas veces había escondido su temblorosa cabeza bajo las sábanas, oyendo la voz dura, el bárbaro golpear de aquel hombre y los lamentos de su madre; y aunque el condenado sollozaba con el alma llena de congoja, al alejarse de aquel lugar sentía crisparse sus puños y apretarse sus dientes con furioso y ahogado rencor.

 

»Tal era el retorno que columbrara al fin de una larga perspectiva de años y por el que había sufrido y padecido tanto. Ni una cara de bienvenida, ni una mirada de perdón, ni una casa que le recibiera, ni una mano que le fuera tendida..., y esto en su pueblo natal. ¿Qué significaba, comparada con esto, su soledad en las espesas selvas, donde no se veía alma viviente?

 

»Él recordaba que en las tierras distantes donde había pasado sus años de infamia y cautiverio siempre había pensado en su pueblo tal y como estaba cuando él lo dejó, no como había de encontrarlo a su vuelta. La triste realidad hirió sin piedad su corazón, y su espíritu desfalleció. No tuvo valor para indagar ni para presentarse a la única persona que probablemente habría de recibirle con afecto y compasión. Comenzó a pasear despacio, y dejando el camino como un culpable fugitivo, se dirigió a un prado que recordaba bien y, cubriéndose la cara con las manos, se tendió sobre la hierba.

 

»No había observado que en un ribazo que se hallaba junto a él estaba un anciano sentado. El ruido que produjo la grosera ropa de este hombre al moverse, con propósito de mirar al recién llegado, hizo que Edmunds se fijara; levantó la cabeza para verle mejor.

 

»El hombre se acomodó en su asiento. Su cuerpo estaba muy encorvado y arrugada y amarillenta su faz. El indumento del desconocido denunciaba su condición de obrero; parecía ser muy viejo; mas advertíase que esta decrepitud provenía de los excesos y de las dolencias más que del peso de los años. Miraba el hombre al recién llegado, y aunque sus ojos aparecieron al principio torpes y mates, no tardaron en brillar con una rara expresión de alarma, luego de detenerse un pequeño espacio para contemplar a Edmunds; a poco parecieron saltársele de las órbitas al anciano. Edmunds se alzó poco a poco sobre sus rodillas y contemplaba cada vez con más afán el rostro del anciano. Ambos miráronse en silencio.

 

»El anciano estaba pálido como un espectro. Temblaba y se estremecía de pies a

 

 

 

 

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cabeza. Edmunds se puso de pie. Retrocedió el anciano dos pasos; Edmunds avanzó.

 

»—Permítame que oiga su voz —dijo el penado con voz dura y descompuesta.

 

»—¡Atrás! —gritó el anciano con un terrible juramento.

 

»El penado se le acercó aún más.

 

»—¡Atrás! —insistió el anciano.

 

»Ciego de terror, levantó su cayada y dio a Edmunds un fuerte garrotazo en plena cara.

 

»—¡Padre... diablo! —murmuró el penado entre dientes.

 

»Se arrojó bruscamente hacia adelante y asió al anciano por el cuello...; pero era su padre, y sus brazos cayeron inertes.

 

»El anciano dejó escapar un fuerte alarido, que corrió por los campos solitarios como el aullido de un espíritu maligno. Tornóse negro su rostro; brotaron coágulos de sangre de su nariz y de su boca, que al caer el anciano tiñeron la hierba de un rojo negruzco. Se le había roto una arteria. Había muerto antes de que su hijo pudiera levantarlo.

 

»—En ese rincón del camposanto —dijo el anciano pastor, después de un breve silencio—, en ese rincón del camposanto de que he hablado antes, yace enterrado un hombre al que tuve empleado por espacio de tres años después de este suceso; estaba sinceramente arrepentido, humillado, y practicaba la penitencia como pocos. En vida de este hombre nadie más que yo supo quién era ni de dónde vino: era Juan Edmunds, el presidiario.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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7.      Cómo Mr. Winkle, en vez de tirar al pichón y matar al grajo, tiró al grajo e hirió al pichón; cómo el Club de cricket de Dingley Dell jugó contra el de Muggleton, y cómo los de Muggleton comieron a expensas de los de

 

Dingley Dell, con otros asuntos divertidos e instructivos

 

 

Las fatigosas aventuras del día o la adormecedora influencia del cuento del pastor evangélico obraron con tal fuerza sobre la tendencia letárgica de Mr. Pickwick, que no habían pasado cinco minutos desde que se le condujera a su confortable dormitorio cuando cayó en un profundo sueño, libre de pesadillas, del que sólo despertó cuando el sol de la mañana irrumpió en la estancia con sus brillantes destellos de reproche. Pero Mr. Pickwick no era perezoso y saltó cual fogoso guerrero de su tienda... cama.

 

—Delicioso, delicioso país —murmuró entusiasmado el caballero al tiempo que abría la enrejada ventana—. ¿Cómo puede vivirse viendo todos los días ladrillos y tejas, habiendo gozado una vez de un panorama como éste? ¿Quién puede continuar su existencia allí donde no hay otras vacas que las que rematan las chimeneas, ni nada que trascienda a flores, ni otro césped que el heno almacenado? ¿Quién puede sufrir y arrastrar una vida en tal lugar? ¿Quién, pregunto yo, podrá soportarlo?

 

Y después de interrogar a su soledad, como otras grandes mentalidades hicieron, asomó su cabeza Mr. Pickwick por la ventana y miró a su alrededor.

El dulce y agradable olor de las berzas subía hasta la ventana; los mil perfumes del jardincillo que al pie se hacía embalsamaban el aire circundante; el verde profundo de los prados brillaba con el rocío de la mañana, que fulgía en cada hoja mecida por la brisa gentil; los pájaros cantaban como si cada gota chispeante fuera para ellos fuente de inspiración. Mr. Pickwick cayó en un éxtasis delicioso y encantador.

 

—¡Hola! —fue la voz que le trajo a la realidad.

 

Miró hacia adelante, pero a nadie vio; vagaron sus ojos hacia la izquierda, avizorando la perspectiva; miró al cielo, pero allí no se le llamaba; entonces hizo lo que cualquier mortal hubiera hecho desde luego; miró al jardín y vio a Mr. Wardle.

 

—¿Cómo está usted? —dijo el jovial anfitrión resoplando satisfecho—. Hermosa mañana, ¿eh? Me alegro de verle tan temprano levantado. Baje aprisa y salga, que aquí le espero.

 

Mr. Pickwick no se hizo repetir la invitación. Diez minutos le bastaron para terminar su aseo, y al cabo de este tiempo estuvo al lado del viejo.

 

—¡Hola! —dijo Mr. Pickwick a su vez; mas al ver que su compañero tenía una escopeta en el brazo y que había otra sobre la hierba, añadió—: ¿Qué va a ser esto?

 

 

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—¡ Ah! Su amigo de usted y yo —replicó el huésped— vamos a tirar a los grajos antes de almorzar. Es muy buen tirador, ¿verdad?

 

—Le he oído decir que es admirable —replicó Mr. Pickwick—, pero no le he visto atinar en nada.

 

—Bien —dijo el huésped—; deseo que venga. ¡José..., José!

 

El chico gordo, que bajo la influencia excitante de la mañana parecía sólo estar medio dormido, salió de la casa.

 

—Sube, llama al caballero y dile que en el grajal nos encontrará a Mr. Pickwick y a mí. Enséñale el camino, ¿oyes?

 

Partió el muchacho a cumplir la orden, y el huésped, cargando con las dos escopetas como un segundo Robinsón Crusoe, salió con su amigo del jardín.

—Éste es el sitio —dijo el viejo, parándose en una arboleda después de algunos minutos de marcha.

 

Holgaba toda indicación de guía, porque el incesante graznar de los inconscientes grajos marcaba de sobra su paradero.

 

El viejo dejó en el suelo una de las escopetas y cargó la otra.

 

—Aquí están —dijo Mr. Pickwick.

 

En esto aparecieron las formas de Mr. Tupman, Mr. Snodgrass y Mr. Winkle. El chico gordo, ignorando a cuál de los caballeros debía llamar, había tenido la rara sagacidad de llamarlos a todos, ante la posibilidad de una equivocación.

 

—Vamos —exclamó el viejo dirigiéndose a Mr. Winkle—, una mano tan certera como la de usted debía haber estado presta hace tiempo, aun tratándose de empresa tan modesta.

 

Mr. Winkle respondió con una sonrisa forzada y tomó la escopeta marcando una expresión en su semblante que hubiera sido apropiada a un grajo metafísico, inquietado por el presentimiento de una muerte violenta. Aquel gesto tal vez fuera de distinción, pero a la legua trascendía a preocupación.

 

A una señal del viejo, dos desharrapados muchachos que habían sido conducidos a aquel lugar bajo la dirección de Lambert comenzaron a trepar a los árboles.

 

—¿Para qué son esos chicos? —preguntó Mr. Pickwick al punto.

 

Parecía alarmado ante la sospecha de que la mezquindad de los jornales agrícolas, respecto de los cuales había oído hablar mucho, pudiera haber impulsado a aquellos muchachos a ganar un sustento precario y azaroso sirviendo de blanco para tiradores inexpertos.

 

—Es sólo para levantar la caza —replicó sonriendo Mr. Wardle.

 

—¿Para qué? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—Vaya en lenguaje neto: para espantar a los grajos.

 

—¡Oh! ¿Nada más?

 

—¿Está usted satisfecho?

 

 

 

 

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—Completamente.

 

—Muy bien. ¿Empiezo yo?

 

—Si usted quiere —dijo Mr. Winkle, encantado de tener algún respiro.

 

—Póngase a un lado, pues. Vamos con él.

 

Jaleó el chico y sacudió una rama, en la que había un nido. Media docena de pequeños grajos, en animada conversación, se lanzó al aire a ver lo que pasaba. El viejo disparó por vía de respuesta. Cayó un pájaro y se escaparon los demás.

 

—Recógelo, José —dijo el viejo.

 

Avanzó el muchacho con la faz sonriente.

 

Vagas visiones de empanadas de grajo flotaron en su imaginación. Sonrió al retirarse con el pájaro...; era una suculenta pieza.

 

—Ahora, Mr. Winkle —dijo el huésped cargando de nuevo su escopeta—.

 

Dispare.

 

Mr. Winkle se adelantó y se echó la escopeta a la cara. Mr. Pickwick y sus amigos se retiraron instintivamente para ponerse al abrigo de la torrencial lluvia de grajos que seguramente habían de caer a la devastadora descarga de su amigo. Hubo un silencio solemne... un grito... batir de alas... un débil chasquido.

 

—¡Vamos! —dijo el viejo.

 

—¿No sale? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—Falló —dijo Mr. Winkle, que estaba muy pálido, a causa, sin duda, de aquella contrariedad.

 

—Es extraño —dijo el viejo, tomando la escopeta—. Nunca ha fallado ninguna.

 

Pero no veo por ninguna parte la cápsula.

 

—¡Dios mío! —dijo Mr. Winkle—. Confieso que he olvidado cargarla.

 

Fue subsanada la ligera omisión. Retiróse de nuevo Mr. Pickwick. Mr. Winkle avanzó con aire resuelto y decidido, y Mr. Tupman miraba, escondiéndose detrás de un árbol. Gritó el muchacho; volaron cuatro pájaros. Mr. Winkle hizo fuego. Oyóse un grito como de un ser (no precisamente un grajo) que experimenta un dolor corporal. Mr. Tupman había salvado la vida de innumerables pájaros inofensivos recibiendo en su brazo derecho una parte de la descarga.

 

Sería imposible describir la confusión que se produjo. Imposible contar cómo Mr. Pickwick, en los primeros transportes de emoción, llamó a Mr. Winkle «miserable»; cómo Mr. Tupman yacía postrado en el suelo; cómo Mr. Winkle se arrodillaba a su lado, lleno de terror; cómo Mr. Tupman invocaba distraídamente un nombre de mujer; cómo abrió primero un ojo, luego el otro, y cómo cayó hacia atrás cerrando los dos... Sería tan difícil describir esto al detalle como lo sería pintar el alivio gradual del infortunado, el vendaje de su brazo con pañuelos y la lenta conducción del herido a la casa, sostenido por sus alarmados amigos.

 

Acercábanse a la casa. Las señoras, junto a la verja del jardín, esperaban su

 

 

 

 

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llegada para el almuerzo. Apareció la tía, sonrió y les hizo señas de que vinieran más aprisa. Era evidente que no tenía idea del desastre. ¡Pobre criatura! Muchas veces es una dicha la ignorancia.

 

Ya estaban más cerca.

 

—¡Cómo!, ¿qué es lo que le ha ocurrido al viejecito? —dijo Isabela Wardle.

 

La solterona no dio importancia a aquella frase, porque la juzgó aplicada a Mr. Pickwick. A sus ojos, era un muchacho Tracy Tupman; ella veía los años de éste a través de un cristal de disminución.

 

—No asustaros —dijo el viejo huésped, temeroso de alarmar a sus hijas.

 

La breve comitiva se había apelotonado de tal manera alrededor de Mr. Tupman, que las señoras no podían enterarse de la naturaleza del accidente ocurrido.

 

—No asustaros —dijo el huésped.

 

—Pero, ¿qué ha ocurrido? —gritaron las señoras.

 

—Que Mr. Tupman ha tenido un leve percance; nada más.

 

La solterona lanzó un grito penetrante, prorrumpió en una risa histérica y cayó de espaldas en brazos de sus sobrinas.

 

—Echadle un poco de agua fría —dijo el viejo.

 

—No, no —murmuró la tía—; ya estoy mejor. Bela, Emilita... ¡un médico! ¿Está herido? ¿Está muerto?... Está... ¡ah!

 

En este momento la solterona cayó en su desmayo número dos, con su carcajada histérica entreverada de gritos.

 

—Cálmese —dijo Mr. Tupman, conmovido hasta el llanto por aquella demostración de simpatía hacia sus dolores—. Querida, querida señora, cálmese.

 

—¡Es su voz! —exclamó la solterona.

 

Y acto seguido comenzaron a manifestarse en ella inequívocos síntomas del desmayo número tres.

 

—No se altere, se lo suplico, querida señora —dijo Mr. Tupman tranquilizándola

 

—. Estoy un poco herido, muy poco, se lo aseguro.

 

—Pero, ¿no está usted muerto? —interrogó la histérica señora—. ¡Oh, dígame

 

que no está muerto!

 

—No seas tonta, Raquel —terció Mr. Wardle con un aire de enojo y una viveza que no se compadecían con el poético matiz de la escena—. ¿Para qué diablo quieres que te diga si no está muerto?

 

—No, no, no lo estoy —dijo Mr. Tupman—. No necesito otro cuidado que el de usted; permítame apoyarme en su brazo. Y añadió murmurando:

 

—¡Oh, Miss Raquel!

 

La atribulada señora se adelantó y le ofreció su brazo. Entraron para almorzar. Mr. Tracy Tupman posó sus labios dulcemente en la mano de la señora y se hundió en el sofá

 

 

 

 

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—¿Está usted débil? —preguntó alarmada Raquel.

 

—No —dijo Mr. Tupman—. No es nada. Me repondré en seguida.

 

Después cerró los ojos.

 

—Duerme —murmuró la solterona. (Los órganos visuales del caballero habían permanecido cerrados veinte segundos.)— Querido... querido Mr. Tupman.

 

Mr. Tupman se irguió.

 

—¡Oh, dígame eso otra vez! —exclamó. La señora se sobresaltó.

 

—¿No lo ha oído usted? —dijo con voz muy queda.

 

—¡Oh, sí, lo he oído! —replicó Mr. Tupman—. Pero repítamelo. Si desea usted verme mejorar, repítamelo.

 

—¡Chist! —dijo la señora—. Mi hermano.

 

Mr. Tracy Tupman recobró su posición primitiva, y Mr. Wardle entró en la estancia acompañado de un cirujano. Se reconoció el brazo, fue curada la herida, y diagnosticóse de leve; confortado así el ánimo de la concurrencia, procedieron a calmar su apetito con semblantes otra vez risueños. Sólo Mr. Pickwick permanecía silencioso y reservado. Su rostro denotaba incertidumbre y desconfianza. Había vacilado su fe en Mr. Winkle... había vacilado grandemente... a causa del suceso de la mañana.

 

—¿Juega usted al cricket? —preguntó Mr. Wardle a este último.

 

En otra ocasión cualquiera Mr. Winkle hubiera contestado afirmativamente; mas comprendiendo ahora la inseguridad de su situación, replicó modestamente:

 

—¡No!

 

—¿Y usted, sir? —preguntó a Mr. Snodgrass.

 

—Lo jugué en tiempos —replicó el huésped—; pero ya no lo juego. Soy del Club de aquí, pero no juego.

 

—Hoy se juega el gran partido, según creo —dijo Mr. Pickwick.

 

—Exactamente —replicó el huésped—. Supongo que le agradará verlo.

 

—Yo, sir —replicó Mr. Pickwick—, siempre disfruto presenciando todos los deportes que pueden llevarse a cabo sin riesgo y en los que el esfuerzo de los inhábiles no pone en peligro la vida humana.

 

Mr. Pickwick calló y miró severamente a Mr. Winkle, que quedó anonadado ante la escrutadora mirada del maestro. El gran hombre dejó de mirarle al cabo de algunos minutos, y añadió:

 

—¿Será lícito que dejemos a nuestro herido al cuidado de las damas? —No puede usted dejarme en mejores manos —dijo Mr. Tupman. —Indudablemente —dijo Mr. Snodgrass.

 

Se convino, en consecuencia, que Mr. Tupman quedaría a cargo de las señoras y que el resto de los invitados, guiados por Mr. Wardle, se encaminarían al lugar en que debía celebrarse aquel torneo de destreza que había sacudido la pereza de todo

 

 

 

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Muggleton e inoculado a Dingley Dell la fiebre del entusiasmo.

 

Mientras recorrían por sombríos carriles y misteriosas sendas una distancia de dos millas, iban conversando sobre motivos de aquel panorama deleitoso que les rodeaba; pero Mr. Pickwick ya comenzaba a lamentar haber emprendido aquella expedición, cuando se halló, sin darse cuenta, en la calle principal de la villa de Muggleton.

 

Todo aquel cuyo temperamento abrigue aficiones topográficas sabe perfectamente que Muggleton es una villa con Ayuntamiento, alcalde, burgueses y ciudadanos; y cualquiera que se haya fijado en las mociones del alcalde a los ciudadanos, de los ciudadanos al alcalde, de ambos al Ayuntamiento, o de los tres al Parlamento, sabrá que Muggleton es una villa antigua y leal, en la que se combina el celo hacia los principios cristianos con un ferviente apego a los derechos mercantiles; pudiendo ofrecerse como plena demostración de ellos que el alcalde, el Ayuntamiento y otros muchos habitantes han presentado en diversas ocasiones no menos de mil cuatrocientas veinte solicitudes contra la prolongación de la esclavitud en el extranjero, y un número parecido contra la intervención en el trabajo nacional; sesenta y ocho en favor de la venta de prebendas de la Iglesia, y ochenta y seis en pro de la abolición del comercio callejero en domingo.

 

Mr. Pickwick, situado en la principal calle de esta ilustre ciudad, miraba con curiosidad no exenta de interés a los objetos circundantes. Había un espacio amplio para el mercado, y en el centro de la plaza una gran posada con una muestra, en la que campeaba un objeto que, si es común en el Arte, no es frecuente hallarlo en la Naturaleza; a saber: un león azul, con tres patas en el aire, balanceándose sobre el extremo de la garra media del pie cuarto. En lo que descubría la vista había una oficina de seguros contra incendios, un comercio de granos, otro de tejidos, una talabartería, una destilería, tiendas de comestibles y una zapatería; este último almacén dedicábase también a la difusión de sombreros, gorras, trajes, paraguas de algodón y otros útiles. Había una casa de ladrillo rojo que tenía ante su fachada un rellano ensolado, casa que podría decirse pertenecer a un procurador; y había además otra casa roja con cristales venecianos y ancha placa de bronce, en la que se leía la muestra de un cirujano. Un grupo de chiquillos dirigíase al campo del cricket, y dos o tres comerciantes, situados a las puertas de sus tiendas, miraban como patentizando su deseo de seguir el mismo camino, lo que hubieran podido hacer, según todas las apariencias, sin perder gran cosa de venta. Mr. Pickwick, después de pararse para hacer estas observaciones, que pensaba anotar en tiempo oportuno, se apresuró a unirse a sus amigos, que habían doblado la esquina de la calle y divisaban ya el campo de batalla.

 

Los palos estaban ya enhiestos, y había un par de pabellones dispuestos para el descanso y refresco de los bandos contendientes. Aún no había comenzado el juego. Los de Dingley Dell y los muggletonianos entreteníanse jugando majestuosamente

 

 

 

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con la pelota del cricket, y otros varios caballeros, vestidos en la misma guisa, con sombrero de paja, chaquetas de franela y pantalones blancos, atavío que les asemejaba bastante a albañiles aficionados, paseaban junto a las tiendas, una de las cuales era el punto hacia donde Mr. Wardle conducía a sus amigos.

 

Varias docenas de «¿cómo está usted?» acogieron la llegada del viejo, y un levantamiento general de sombreros, con inclinación hacia adelante de las chaquetas de franela, siguieron a la presentación que hizo Mr. Wardle de sus invitados como amigos de Londres que anhelaban presenciar el partido del día, que, sin duda, habría de satisfacerles grandemente.

 

—Debían ustedes entrar en la tienda, creo, sir —dijo un obeso caballero, cuyo cuerpo y piernas parecían un enorme rollo de franela sostenido por un par de almohadones inflados.

 

—Estarán ustedes mucho mejor, sir —encareció otro gordo caballero que se parecía mucho al mencionado rollo de franela.

 

—Son ustedes muy amables —dijo Mr. Pickwick.

 

—Por aquí —dijo el que primero había hablado—: aquí es donde se marcan los tantos, y es el mejor sitio del campo.

 

Y tomando la delantera el jugador, les condujo a la tienda.

 

—Juego admirable... elegante deporte... bello ejercicio.

 

Éstas fueron las palabras que cayeron en los oídos de Mr. Pickwick al entrar en la tienda, y el primer objeto que descubrió fue al amigo de Rochester de la chaqueta verde, llevando la batuta, con gran regocijo y admiración de una selecta concurrencia, formada por lo más escogido de Muggleton. Su indumento había mejorado ligeramente, y llevaba botas; pero era inconfundible.

 

El intruso reconoció a sus amigos inmediatamente; levantándose en seguida y tomando la mano de Mr. Pickwick, le arrastró hacia un asiento con su habitual impetuosidad, charlando al mismo tiempo, como si todos los preparativos lleváranse a cabo bajo su especial tutela y dirección.

 

—Por aquí... por aquí... divertidísimo... ríos de cerveza... cabezas de cerdo...

 

lonjas de ternera... de buey... mostaza... a carros... gran día... siéntese... a sus anchas...

 

encantado de verle.

 

Sentóse Mr. Pickwick como se le había mandado, y tanto él como Mr. Winkle siguieron las indicaciones que les hiciera el misterioso amigo.

 

Mr. Wardle miraba todo esto con aire de muda sorpresa.

 

—Mr. Wardle..., un amigo mío —dijo Mr. Pickwick.

 

—¡Amigo de ustedes!... ¿Cómo está usted, querido... amigo de mi amigo?...

 

Venga esa mano, sir.

 

Y el intruso agarró la mano de Mr. Wardle con todo el fervor de una larga y estrecha intimidad, y retrocediendo luego dos pasos, como para tomar una impresión

 

 

 

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completa de su figura y faz, volvió a coger sus manos con más cordialidad que antes, si era posible.

 

—Bien; y ¿cómo ha venido usted aquí? —dijo Mr. Pickwick con una sonrisa en la que se debatían la benevolencia y la sorpresa.

 

—Vine —replicó el intruso—; paré en la Corona... Corona de Muggleton... encontré unos amigos... chaquetas de franela... pantalones blancos... emparedados de anchoas... riñones del diablo... magníficos camaradas.

 

Mr. Pickwick se hallaba bastante versado en el sistema taquigráfico del intruso para deducir de esta incoherente y rápida información que el hombre había trabado conocimiento con los muggletonianos, a los cuales había llevado, por medio de un proceso característico en él, a aquel grado de camaradería necesario para ser invitado a todo. Satisfecha de esta manera su curiosidad, calóse los lentes y se preparó a ver el partido, que a la sazón comenzaba.

 

Los muggletonianos tenían la salida; y el interés subió de punto en el momento en que Mr. Dunpkins y Mr. Podder, dos de los más renombrados miembros de aquel distinguido Club, se dirigieron raqueta en mano a las respectivas metas. Mr. Luffey, el más preclaro timbre de Dingley Dell, había de lanzar la pelota contra el temible Dunpkins, y Mr. Struggles era el designado para desempeñar análogo papel cerca del hasta entonces invicto Podder. Algunos jugadores se pusieron a «vigilar» en diversos puntos del campo, y la postura que adoptaban consistía en colocarse las manos apoyadas en las rodillas, encorvando el cuerpo mucho, como disponiéndose a instruir a un aprendiz que se ensayara en el salto de rana. Todo jugador neto hace lo mismo, y, en efecto, según se dice, es imposible vigilar bien en otra posición.

 

Los árbitros colocáronse detrás de las puertas; los contadores aprestáronse a marcar los tantos; se produjo un silencio profundo. Mr. Luffey se situó a algunos pasos tras de la puerta en que se hallaba el extático Podder y mantuvo la pelota al nivel de su ojo derecho por algunos segundos. Dunpkins esperó la llegada del proyectil confiadamente y con los ojos fijos en los movimientos de Luffey.

 

—¡Juego! —gritó de pronto el tirador.

 

La pelota partió de su mano recta y vertiginosa hacia el palo central de la puerta. Dunpkins permanecía alerta, fue a dar la pelota en el extremo de su raqueta, y saltó reflejada, pasando sobre las cabezas de los vigilantes, que se encorvaron lo suficiente para dejarla pasar.

 

—Siga... siga... otra... Ya, tírela... al aire con ella... otra... no... sí... no... ¡tírela! Tales fueron las exclamaciones que siguieron al lanzamiento, y al final de la

 

tirada alcanzó Muggleton dos tantos. No se quedaba atrás Podder en conquistar laureles para sí y para engalanar a Muggleton. Interceptaba las pelotas dudosas, desdeñaba las malas; recogía las buenas y las lanzaba a todos los puntos del campo. Los vigilantes estaban acalorados y cansados; los tiradores se cambiaban y tiraban

 

 

 

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hasta dolerles los brazos; Dumpkins y Podder continuaban triunfando. Un caballero de alguna edad trató de cortar el paso a una pelota, y ésta pasó por entre sus piernas y resbaló por entre sus dedos. Un señor flaco intentó cogerla; pero le dio en la nariz, y saltó vivamente con renovada violencia, mientras que el flaco señor se retorcía de dolor con los ojos llenos de agua. Cuando la pelota alcanzaba la puerta, allí estaba Dunpkins antes que ella. En una palabra, cuando Dunpkins fue reemplazado y abandonó Podder su puesto, ya tenía Muggleton cincuenta y cuatro, mientras que la tabla de Dingley Dell estaba tan blanca como las caras de los jugadores. La ventaja era excesiva para que pudiera contrarrestarse. En vano el diligente Luffey y el entusiasta Struggles pusieron a contribución toda su experiencia y destreza para recuperar el terreno perdido por Dingley Dell; de nada sirvió; y ya en la primera parte del juego se entregó Dingley Dell, reconociendo la superioridad de Muggleton.

 

El intruso, entre tanto, no había dejado de comer, beber y charlar. A cada jugada brillante expresaba su aprobación al jugador en tono de protección y condescendencia, lo que congratulaba altamente al grupo afín; mientras que a cada intento frustrado de recoger la pelota y a cada fracaso en el empeño de pararla, manifestaba su personal descontento, diciendo: «¡Ah!... estúpido... vaya dedos de manteca... torpe», y así sucesivamente; exclamaciones que parecían conquistarle a su alrededor la opinión de juez indiscutible en el arte y secretos del noble juego del cricket.

 

—Gran juego... bien jugado... algunas tiradas admirables —dijo el intruso al invadir el pabellón los dos bandos, una vez que hubo terminado el juego.

 

—¿Lo ha jugado usted alguna vez, sir? —le preguntó Mr. Wardle, al que divertía en alto grado la locuacidad del intruso.

 

—¡Jugarlo! Ya lo creo... miles de veces... no aquí... en las Indias del Oeste... cosa interesante... sofocante trabajo...

 

—En tales climas debe de ser una tarea angustiosa —observó Mr. Pickwick. —¡Calor!... al rojo... abrasador, aniquilante. Jugué un partido una vez... una sola

 

puerta... mi amigo el coronel... sir Thomas Blazo... que iba a ganar todas las tiradas...

 

Ganó el saque... primeros tantos... siete de la mañana... seis indígenas vigilaban... calor intenso... los indígenas caen desmayados... se los llevan... otros seis vienen... se desmayan también... Blazo tiraba... sostenido por dos indígenas... no pudo tirarme el palo... se desmayó también... desaparece el coronel... yo no quería entregarme...

 

Quanko Samba... el último que quedaba... Sol fuerte... la raqueta ardiendo... la pelota abrasada... quinientas setenta tiradas... extenuado... Quanko reúne las fuerzas que le quedaban... me tira la puerta... tomé un baño y me fui a comer.

 

—¿Y qué fue de ése, cómo se llama, sir? —preguntó un anciano.

 

—¿Blazo?

 

—No, el otro.

 

 

 

 

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—¿Quanko Samba?

 

—Sí, sir.

 

—Pobre Quanko... no se repuso... me venció... quedó él vencido... murió, sí.

 

En este momento el intruso sepultó su rostro en un vaso de cerveza, no podemos decir si para ocultar su emoción o para beberse el contenido. Sólo podemos asegurar que se quedó parado súbitamente, dio un largo y profundo suspiro y empezó a mirar intrigadísimo a dos de los principales miembros del Club de Dingley Dell que se aproximaron a Mr. Pickwick para decirle:

 

—Vamos a celebrar una modesta comida en El León Azul; esperamos que nos acompañen usted y sus amigos.

 

—Desde luego —dijo Mr. Wardle—, entre nuestros amigos incluimos a Mr. ...

 

Y miró hacia el intruso.

 

—Jingle —dijo el versátil caballero, atrapando la coyuntura—. Jingle... Alfredo Jingle, Esq., de ninguna parte.

 

—Será para mí un placer —dijo Mr. Pickwick.

 

—Para mí también —dijo Mr. Alfredo Jingle dando uno de sus brazos a Mr. Pickwick y otro a Mr. Wardle, en tanto que murmuraba confidencialmente al oído del primero:

 

—Magnífica comida... fiambre, pero admirable... me asomé al comedor esta mañana... aves y empanadas, y toda clase de cosas; buenos chicos estos... muy amables.

 

No habiendo preliminares que cumplir, la concurrencia dirigióse a la ciudad caminando en grupos de dos y de tres; y un cuarto de hora después sentábanse en el gran salón de la posada de El León Azul, de Muggleton. Mr. Dunpkins presidía y Mr. Luffey actuaba de vicepresidente.

 

Hubo gran algazara y ruido de tenedores, cuchillos y platos; tres camareros de gordas cabezas iban de acá para allá. Rápidamente desaparecieron las sustanciosas viandas que había en la mesa, a todas y a cada una de las cuales se dedicó Mr. Jingle con la eficacia de media docena de comedores. Cuando todos se hallaban hartos, quitáronse los manteles, las botellas y las copas, y se sirvieron los postres. Los camareros dejaron el campo, o, en otras palabras, se fueron a dar cuenta de los restos de los comestibles y bebidas que habían podido afanar.

 

En medio del alboroto producido por el buen humor y la alegría de las conversaciones, un hombrecito, que resoplaba y que mostraba un aire de decir «a mí no me diga nada» o «yo le demostraré a usted lo contrario», y que se estaba muy quieto, miraba de cuando en cuando a su alrededor cuando la conversación languidecía, contemplaba a los demás como si quisiera decir algo importante y tosía de cuando en cuando con indescriptible solemnidad. Al fin, aprovechando un relativo silencio, dijo el hombrecito con voz fuerte:

 

 

 

 

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—¡Mr. Luffey!

 

Todo el mundo se calló, y el caballero aludido replicó:

 

—¡Sir!

 

—Yo quisiera decir algunas palabras, sir, si usted suplicara a estos caballeros que llenaran sus copas.

 

Mr. Jingle dirigió una protectora advertencia en súplica de silencio.

 

—Callad, callad —respondieron, en consecuencia, todos los demás.

 

Y una vez llenos los vasos, el vicepresidente, adoptando un ademán de discreción profundamente atenta, dijo:

 

—Mr. Staple.

 

—Sir —dijo el hombrecito levantándose—, voy a dirigirme a usted para decir lo que me propongo, en vez de hacerlo nuestro digno presidente, porque nuestro digno presidente es en alguna manera, mejor dicho en gran manera... el motivo de lo que tengo que decir o, mejor dicho, de lo que he de...

 

—Hacer público —sugirió Mr. Jingle.

 

—Eso es, hacer público —dijo el hombrecito—. Doy las gracias a mi digno amigo, si así me permite llamarle... (Cuatro voces: «Silencio», e indudablemente una de Mr. Jingle.) por la indicación. Sir, yo soy un ciudadano de Dingley Dell. (Aclamaciones.) No puedo aspirar al honor de contarme entre los naturales de Muggleton, ni puedo, sir, tengo que declararlo francamente, ambicionar semejante gloria; y voy a decir por qué, sir... (¡Chist!); no he de regatear a Muggleton cuantos honores y preeminencias le corresponden ampliamente...; son tantas y tan notorias, que no necesito reseñarlas. Mas, sir, si recordamos que Muggleton ha visto nacer a Dunpkins y a Podder, no olvidemos que Dingley Dell puede ufanarse de Luffey y de Struggles. (Aclamaciones ensordecedoras.) No se me atribuya el propósito de deslucir los méritos de los primeros. Sir: envidio la honda satisfacción que experimentan en estos instantes. (Aclamaciones.) Todos los que me escuchan conocen indudablemente la respuesta dada por un individuo que..., empleando un giro corriente..., vivía en un tonel, al emperador Alejandro: «Si no fuese Diógenes — decía—, quisiera ser Alejandro». Yo puedo bien suponer que estos caballeros digan: «Si yo no fuese Dumpkins, quisiera ser Luffey», «Si yo no fuese Podder, quisiera ser Struggles». (Entusiasmo.) Pero, ¡ah, ciudadanos de Muggleton!, ¿es que sólo en el cricket muestran su valer nuestros conciudadanos? ¿Es que no habéis oído hablar de Dunpkins como del prototipo de la resolución? (Grandes aplausos.) ¿Es que al luchar por vuestras libertades y derechos y por vuestros privilegios no habéis atravesado instantes de flaqueza y desaliento? Y cuando habéis caído en estas depresiones de ánimo, ¿no ha bastado el nombre de Dunpkins para que en vuestro pecho arda nuevamente el extinguido fuego?; ¿y no se ha reanimado con una palabra de este hombre, tan poderoso y fulgurante cual si nunca se hubiera

 

 

 

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apagado? (Grandes aclamaciones.) Caballeros, yo os pido que se circunde a los nombres juntos de Dunpkins y Podder con una aureola de fervoroso entusiasmo.

 

Calló el hombrecito y empezó en la concurrencia un gran vocerío y golpear de mesas, que con breves intervalos duraron hasta el fin de la tarde. Hubo otros brindis. Mr. Luffey Mr. Struggles, Mr. Pickwick y Mr. Jingle fueron a su vez objeto de indescriptibles alabanzas, y cada uno de ellos agradeció elocuentemente semejante honor.

 

No obstante el entusiasmo que nos inspira la noble causa que servimos, hubiéramos experimentado una sensación de orgullo inefable y la grata certeza de haber alcanzado el mérito de la inmortalidad, que no podemos ahora abrogarnos, si pudiésemos mostrar a nuestros lectores aunque no fuera más que una idea sucinta de los discursos pronunciados. Mr. Snodgrass tomó, como de costumbre, gran cantidad de notas, que hubiérannos suministrado indudablemente valiosas y útiles informaciones; pero la arrebatadora elocuencia de las palabras o la excitante influencia del vino hicieron temblar de tal suerte la mano de este caballero, que tanto la escritura como el sentido resultaron casi ininteligibles. Gracias a pacientes investigaciones hemos podido trazar algunos caracteres en los que aparece cierta semejanza con los nombres de los oradores; y aún podemos descubrir la vaga silueta de una canción (tal vez cantada por Mr. Jingle), en la que aparecen a cortos intervalos las palabras «jugada», «chispeante», «rubí», «brillante» y «vino». También nos parece distinguir al fin de las notas una vaga referencia a «asados», y, por fin, percíbense las palabras «frío» y «sin»; mas como cualquier hipótesis que nosotros formulásemos habría de reposar en livianas conjeturas, no queremos entregarnos a las fantasías que pudieran sugerir.

 

Volveremos a Mr. Tupman, y sólo añadiremos que unos minutos antes de medianoche se oyó a los conspicuos de Dingley Dell, así como a los de Muggleton, cantar con bríos y fuerte entonación el patético y hermoso aire nacional que dice:

 

—No entraremos en casa hasta el día,

 

—no entraremos en casa hasta el día,

 

—no entraremos en casa hasta el día,

 

—hasta que apunte la aurora.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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8.      En el que se demuestra de un modo concluyente que no es una vía férrea el camino del verdadero amor

 

La pacífica y tranquila estancia en Dingley Dell, la amable compañía de tantos seres pertenecientes al bello sexo y la solicitud y el cuidado con que todos ellos se condujeron con él contribuyeron a que brotaran y se desarrollasen aquellos delicados sentimientos que la Naturaleza había infiltrado profundamente en el pecho de Mr. Tupman y que parecían inclinados a concentrarse en un adorable objeto. Las señoritas eran encantadoras, avasalladoras sus maneras e inmejorables sus cualidades morales; pero había una dignidad en el continente, un aire de «mírame y no me toques» en el andar y una majestad en la mirada de la solterona, impropia de sus años, que la hacían destacarse de cuantas hasta entonces había contemplado Mr. Tupman. Que había algo de afinidad en sus naturalezas, algo de consustancial en sus almas, una misteriosa simpatía en sus corazones, se evidenciaba claramente. El nombre de ella fue el primero que dejaron escapar los labios de Mr. Tupman al caer herido sobre la hierba, y la histérica carcajada de la dama lo primero que sonó en los oídos del caballero al ser transportado a la casa. Pero aquella alarma, ¿tenía su origen en un exceso de amable y femenina sensibilidad que se hubiera levantado de modo irreprimible en el pecho de la dama en cualquier otro caso, o se había despertado a favor de algún sentimiento cálido y apasionado cuya causa única fuera el caballero? Éstas eran las dudas quo torturaban su cerebro mientras descansaba tendido en el sofá; tales eran las dudas que estaba resuelto a despejar do una vez para siempre.

 

Caía la tarde. Isabela y Emilita habían salido a pasear con Mr. Trundle; la sorda anciana dormía en su sillón; los ronquidos del chico gordo llegaban desde la cocina, dejando oír un son bajo y monótono; las vivarachas doncellas se holgaban a la puerta, disfrutando de la plácida noche al mismo tiempo que insinuaban flirteos incipientes con ciertos mozos afectos a la granja; y allí estaba la interesante pareja abandonada de todos, sin cuidarse de nadie y sólo pensando en sí mismos; allí estaban sentados, como un par de guantes, de gamuza cuidadosamente doblados..., estrechamente ligados el uno al otro.

 

—He olvidado mis flores —dijo la solterona.

 

—Riéguelas ahora —dijo Mr. Tupman con persuasivo acento.

 

—Va usted a enfriarse con el aire de la noche —arguyó la solterona afectuosamente.

 

—No, no —dijo Mr. Tupman levantándose—; me hará bien. Permítame que le acompañe.

 

La señora se detuvo un momento para ajustar el cabestrillo que sostenía el brazo del caballero, y, tomando su brazo derecho, le condujo al jardín.

 

Al extremo de éste había un cenador cuajado de madreselvas, jazmines y plantas

 

 

 

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trepadoras; era uno de esos dulces retiros que los hombres disponen con objeto de que se acomoden las arañas.

 

La solterona se proveyó de una regadera que había en un rincón, y se disponía a salir del cenador. Detúvola Mr. Tupman y la hizo sentar junto a sí.

 

—¡Miss Wardle! —dijo el caballero.

 

La dama empezó a temblar, y algunos guijarros que habíanse colado en la amplia regadera empezaron a chocar, produciendo un ruido parecido al del sonajero de un niño.

 

—¡Miss Wardle —dijo Mr. Tupman—, es usted un ángel!

 

—¡Mr. Tupman! —exclamó Raquel tiñéndose de un rojo tan vivo como el de la regadera.

 

—Lo sé demasiado —dijo el elocuente pickwickiano.

 

—A todas las mujeres nos llaman ángeles —murmuró la señora bromeando.

 

—Entonces, ¿qué puede usted ser o a qué puedo compararla? —replicó Mr. Tupman—. ¿Dónde está la mujer que pueda parecerse a usted? ¿Dónde que no sea aquí podría yo encontrar tan raro conjunto de bondad y belleza? ¿Dónde podría yo buscar...? ¡Oh!

 

Calló Mr. Tupman y apretó la mano que empuñaba el asa de la feliz regadera.

 

La dama volvió la cabeza.

 

—¡Los hombres son tan embusteros! —murmuró dulcemente.

 

—Lo son, lo son —exclamó Mr. Tupman—, pero no todos. Uno hay, por lo menos, que no varía jamás...; hay un ser que se daría por muy contento dedicando a la felicidad de usted su existencia entera..., que sólo vive en sus ojos..., que sólo respira con su sonrisa..., que sólo soportaría por usted la pesada carga de la vida.

 

—¿Y podría hallarse a un ser semejante? —dijo la dama.

 

—Puede encontrarse —atajó con fuego Mr. Tupman—. Está encontrado. Está aquí, Miss Wardle.

 

Y antes de que la dama se diera cuenta de la intención estaba Mr. Tupman arrodillado a sus pies.

 

—Levántese, Mr. Tupman —dijo Raquel.

 

—¡Jamás! —respondió el caballero enérgicamente—. ¡Oh, Raquel!

 

Tomó Mr. Tupman la mano inerte de la señora, y cayó al suelo la regadera al oprimir el caballero aquélla con sus labios.

 

—¡Oh, Raquel, diga que me ama!

 

—Mr. Tupman —dijo la solterona moviendo la cabeza maliciosamente—, me faltan las palabras; pero... no me es usted completamente indiferente.

 

No bien oyó Mr. Tupman esta declaración, se entregó a todas las expansiones que su entusiasmo le sugería, y que, según hemos oído decir (pues nosotros no estamos muy versados en tales asuntos), son naturales en tales circunstancias. Irguióse el

 

 

 

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caballero y, rodeando con su brazo el cuello de la dama, estampó en sus labios numerosos besos, que después de una resistencia y de una lucha, que eran obligadas, recibió ella con tan perfecta aquiescencia, que no sabemos cuántos más le hubiera regalado Mr. Tupman de no haber la señora experimentado un ligero sobresalto y exclamado en tono de espanto:

 

—¡Mr. Tupman, se nos mira!... ¡Estamos descubiertos!

 

Mr. Tupman miró a su alrededor. Allí estaba el chico gordo completamente inmóvil contemplando el cenador con sus grandes ojos redondos, sin que el más experto fisonomista pudiera advertir en su rostro ni el asombro, ni la curiosidad, ni ninguna otra de las sensaciones que agitan el pecho humano. Mr. Tupman miró al chico gordo, y el chico gordo miró a Mr. Tupman; y cuanto más observaba Mr. Tupman la patente inexpresión de la cara del muchacho, más se convencía de que ni sabía ni había oído nada de lo ocurrido. Tranquilizado con estas impresiones, dijo con gran aplomo:

 

—¿Qué busca usted aquí, sir?

 

—La cena está dispuesta, sir —se le respondió sin vacilar.

 

—¿Acaba usted de llegar, sir? —le interrogó Mr. Tupman con mirada penetrante.

 

—En este momento —replicó el chico gordo.

 

Mr. Tupman le miró nuevamente con severidad; mas no se dibujó un guiño en sus ojos ni un gesto en su faz.

 

Tomó Mr. Tupman el brazo de la dama y se dirigieron a la casa, seguidos del chico gordo.

 

—No se ha enterado de nada —murmuró el caballero.

 

—De nada —dijo la solterona.

 

Detrás de la pareja oyóse un sonido comparable al de una carcajada mal contenida. Mr. Tupman se volvió rápidamente. No, no podía haber sido el muchacho; no se advertía en su rostro signo de burla ni de ningún otro sentimiento.

 

—Debe de haber estado profundamente dormido —murmuró Mr. Tupman.

 

—Es indudable —replicó la solterona.

 

Ambos rieron de muy buena gana.

 

Pero se equivocaba Mr. Tupman: el chico gordo, por una vez, no se había dormido. Estaba despierto, para hacerse cargo de lo que había pasado.

Transcurrió la cena sin que se hiciera el menor intento de una conversación general. La anciana estaba acostada; Isabela Wardle se dedicaba exclusivamente a Mr. Trundle; las atenciones de la solterona se reservaban para Mr. Tupman, y los pensamientos de Emilita parecían complacerse en algún objeto distante... tal vez girasen en torno del ausente Mr. Snodgrass.

 

Dio el reloj las once, las doce, la una, y los caballeros no acababan de llegar. En todas las caras pintábase la consternación. ¿Se habrían extraviado o les habrían

 

 

 

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robado? ¿Debería enviarse con linternas a varios hombres en todas las direcciones que podrían seguir para el regreso, o estarían...? ¡Ah!, allí estaban ya. ¿Qué sería lo que les había hecho retrasarse? ¡Oían además una voz extraña! ¿A quién podría pertenecer? Precipitáronse a la cocina, donde los excursionistas estaban confortándose, y al punto obtuvieron una explicación más que suficiente de las circunstancias verdaderas del caso.

 

Mr. Pickwick, con sus manos en los bolsillos y con su sombrero completamente caído sobre el ojo derecho, apoyábase en un banco, balanceando su cabeza y emitiendo una serie ininterrumpida de las más melifluas y bondadosas sonrisas, sin que ni remotamente fuera ostensible la causa que las producía. Mr. Wardle, con el rostro encendido, oprimía la mano de un caballero desconocido, murmurándole las seguridades de una amistad eterna; Mr. Winkle, sostenido a duras penas contra el reloj de pared, dedicábase a amenazar con desfallecido acento al primero de la familia que se atreviese a sugerir la conveniencia de retirarse a descansar, y Mr. Snodgrass se había desplomado sobre una silla y mostraba en su rostro expresivo la más desdichada y mísera tristeza que puede concebir la mente humana.

 

—¿Ha ocurrido algo? —preguntaron las tres señoras.

 

—No ha ocurrido nada —replicó Mr. Pickwick—. Nosotros... nosotros estamos...

 

perfectamente. Digo, Wardle, estamos perfectamente, ¿no es verdad?

 

—Eso creo yo —replicó el cordial huésped—. Queridas mías, aquí está mi amigo Mr. Jingle... amigo de Mr. Pickwick. Mr. Jingle, venga usted.

 

—¿Le ha ocurrido algo a Mr. Snodgrass, sir? —inquirió Emilita, anhelante.

 

—No le ha ocurrido nada, señora —replicó el intruso—. Comida de cricket... partido glorioso... canciones admirables... viejo Porto... tinto... muy bien... vino, señora... vino...

 

—No ha sido el vino —murmuró Mr. Snodgrass con voz desmayada—; ha sido el salmón.—(En tales casos todo tiene la culpa menos el vino.)

 

—¿No sería mejor que se fueran a la cama? —insinuó Emma—. Dos de los muchachos subirán con los caballeros.

 

—Yo no me voy a la cama —dijo Mr. Winkle resueltamente.

 

—No habrá muchacho que me lleve a mí —declaró Mr. Pickwick con gran firmeza, y continuó sonriendo como antes.

 

—¡Hurra! —exclamó Mr. Winkle desfallecido.

 

—¡Hurra! —contestó Mr. Pickwick quitándose el sombrero, tirándolo al suelo y arrojando violentamente sus lentes en medio de la cocina...

 

Ante este rasgo festivo se echó a reír con toda su alma.

 

—Que nos den... otra... botella —exclamó Mr. Winkle, empezando en tono alto y terminando en otro débil.

 

Inclinó hacia el pecho su cabeza, y musitando su invencible resolución de no irse

 

 

 

 

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a la cama, manifestando una contrariedad sanguinaria por no haber «concluido con el viejo Tupman» por la mañana, se quedó dormido. En tal estado fue transportado a su habitación por dos jóvenes gigantescos y bajo la personal vigilancia del chico gordo, a cuyo cuidado y protección confió Mr. Snodgrass poco después su persona. Mr. Pickwick aceptó el brazo que le tendiera Mr. Tupman y desapareció tranquilamente, sonriendo más que nunca. Mr. Wardle, después de despedirse de toda su familia tan entrañablemente como si estuviera a punto de ser ejecutado, otorgó a Mr. Trundle el honor de conducirle escaleras arriba, y se retiró con el vano empeño de aparecer solemne y grave.

 

—¡Qué escena tan grotesca! —dijo la solterona.

 

—¡Muy... desagradable! —añadieron las dos muchachas.

 

—¡Terrible..., terrible! —dijo Jingle con rostro severo, no obstante llevar a sus compañeros más de botella y media de ventaja—. ¡Horrendo espectáculo!

—¡Qué hombre tan encantador! —murmuró la solterona a Mr. Tupman.

 

—¡Y guapo! —opinó Emilia Wardle.

 

—¡Oh, ya lo creo! —observó la solterona.

 

Mr. Tupman recordó a la viuda de Rochester y experimentó una gran turbación. La conversación que sostuviera media hora antes no había sido bastante para calmar su ánimo inquieto. Era el nuevo visitante sumamente dicharachero, y el número de sus anécdotas sólo comparable a su inagotable galantería. Notó Mr. Tupman que la popularidad de Jingle aumentaba, en tanto que la suya propia iba quedando en la sombra. Así que su risa era forzada y fingido su buen humor; y cuando al fin ocultó entre las sábanas sus sienes dolientes, pensó con horrible complacencia en la satisfacción que le produciría tener la cabeza de Jingle entre el colchón de plumas y la armadura de la cama.

 

El infatigable intruso se levantó temprano a la mañana siguiente, y aunque sus compañeros continuaban en el lecho, fatigados por la disipación de la noche precedente, se empleó con verdadero éxito en promover la hilaridad en la mesa durante el almuerzo. Tan afortunados fueron sus rasgos, que hasta la sorda vieja se empeñó en que se le repitieran por la trompetilla una o dos de las más graciosas cuchufletas del intruso, y hasta llegó a decir a la solterona que Jingle era un muchacho muy picaruelo; apreciación que compartían con ella todas las presentes.

 

Acostumbraba la vieja solazarse un rato en el cenador en las mañanas hermosas del verano, en aquel mismo cenador en que ya se nos ha mostrado Mr. Tupman. El paseo se llevaba a efecto con arreglo al siguiente ritual: primero el chico gordo tomaba de una percha que había junto a la habitación de la anciana una negra cofia de satén, un chal de algodón y un grueso bastón con un puño muy grande; la anciana, después de ponerse la cofia y el chal con todo detenimiento, apoyándose en el bastón con una mano y en el hombro del muchacho con la otra, caminaba despacio hacia el

 

 

 

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cenador, donde el chico la dejaba gozar durante media hora del fresco de la mañana, volviendo por ella al cabo de este tiempo para restituirla a la casa.

 

Era la anciana muy metódica y muy aficionada a la regularidad; y habiéndose efectuado esta ceremonia durante tres veranos sucesivos sin la más pequeña modificación, recibió aquella mañana gran sorpresa al ver que el muchacho, en vez de dejarla en el cenador, sólo se apartó unos cuantos pasos y volvió hacia ella con aire de malicia y profundo sigilo.

 

Era medrosa la anciana, como casi todas las viejas, y su impresión primera fue la de que el rollizo muchacho se proponía ocasionarle algún daño con el intento de apoderarse de sus monedas. Sintió anhelos de gritar pidiendo socorro, mas la edad y los achaques habíanla privado largo tiempo hacía el poder de gritar; atisbó, sin embargo, los movimientos del muchacho con intenso terror, que no disminuyó, ni mucho menos, al acercársele el mozo y gritarle al oído, en un tono de agitación que a ella le parecía de amenaza:

 

—¡Mi ama!

 

En aquel momento acertó Mr. Jingle, que paseaba por el jardín, a pasar junto al cenador. Oyó el grito de «mi ama», y se paró para ver si pescaba más. Tres razones tenía para proceder de esa suerte. En primer lugar, sentía la curiosidad de todo el que está ocioso; en segundo, no conocía el escrúpulo, y en tercero y último, se hallaba oculto tras unos arbustos en flor. Allí se estacionó, disponiéndose a escuchar.

 

—¡Mi ama! —gritó el muchacho.

 

—Vamos a ver, José —dijo temblando la vieja—. Yo he sido buena para ti, José. Siempre se te ha tratado cariñosamente. Nunca has tenido mucho que hacer, y se te ha dado de comer bastante bien.

 

Estas últimas palabras constituían una eficaz invocación a los más tiernos sentimientos del muchacho. Pareció conmoverse al replicar con énfasis:

—Ya sé que tengo bastante.

 

—Pues entonces, ¿qué es lo que deseas ahora? —dijo la anciana, cobrando ánimos.

 

—Quiero hacer que usted se estremezca —replicó el muchacho.

 

Esto pareció a la vieja una muestra de gratitud reveladora de una gran sed de sangre; y como la vieja no acertaba a descubrir los medios que habían de conducirle a este resultado, tornaron sus primeros temores.

 

—¿Qué dirá usted que vi anoche en este mismo cenador? —preguntó el muchacho.

 

—¡Dios mío!, ¿qué? —exclamó la anciana, alarmada por la solemne actitud del corpulento muchacho.

 

—Ese señor..., el del brazo herido..., una de besos y abrazos...

 

—¿A quién, José? No será a ninguna de las criadas, supongo.

 

 

 

 

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—Peor que eso —murmuró el chico al oído de la señora.

 

—¿A ninguna de mis nietas?

 

—Peor que eso.

 

—¡Peor que eso, José! —dijo la anciana, que consideraba esto como el límite de las atrocidades humanas—. ¿Quién fue, José? Quiero saberlo.

 

El muchacho miró con precaución a su alrededor y, acabada su observación, gritó al oído de la vieja:

 

—Miss Raquel.

 

—¡Qué! —dijo la anciana, estremecida—. Habla más alto.

 

—¡Miss Raquel! —bramó el muchacho.

 

—¡Mi hija!

 

La serie de gestos con que el muchacho manifestó su asentimiento dieron a su fisonomía y a sus carnosas mejillas el aspecto de un plato de natillas.

—¿Y ella se aguantó? —exclamó la anciana. Un guiño recorrió la faz del muchacho al decir: —Yo la vi a ella darle un beso.

 

Si Mr. Jingle hubiera podido desde su escondite observar la expresión que adoptó la cara de la anciana al conocer esta relación, no hay que dudar de que una repentina carcajada hubiera traicionado su proximidad al cenador. Escuchó atentamente; oyó retazos de frases iracundas, tales como «¡sin mi permiso!»..., «¡a su edad!»..., «¡pobre de mí!»..., «¡podía haber esperado a que yo me muriera!», y otras por este orden; luego oyó el ruido de las pisadas del muchacho en la grava al retirarse, dejando allí a la anciana.

 

Aunque parezca extraña la coincidencia, no dejaba de ser un hecho que a los cinco minutos de llegar Mr. Jingle a la granja de Manor, la noche antes, había formado el íntimo propósito de poner sitio inmediatamente al corazón de la tía. Había observado que su trasteo no era en modo alguno desagradable al bello objeto de su táctica, y sospechaba fundadamente que ella asumía la más deseable de todas las cualidades al poseer una regular fortuna. La imperiosa necesidad de batir a su rival en cualquier forma se le impuso rápidamente, y resolvió sin dilación tomar sus medidas para poner por obra su designio. Nos dice Fielding que el hombre es fuego y la mujer estopa, y que el Príncipe de las Tinieblas sopla. Sabía Mr. Jingle que los jóvenes son para las solteronas lo que la llama para la pólvora, y resolvió, sin pérdida de tiempo, ensayar el efecto de una explosión.

 

Absorto en estas reflexiones, se deslizó de su escondite y, ocultándose entre los arbustos, se acercó a la casa. La fortuna parecía decidida a favorecer sus planes. Mr. Tupman y los demás señores salían por la verja del jardín; y las señoritas, según él sabía, habían salido solas poco después de almorzar. La costa estaba despejada.

 

La puerta del gabinete se hallaba entreabierta. El intruso se asomó furtivamente.

 

 

 

 

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La solterona trabajaba en una labor de aguja. Él tosió; ella le miró sonriendo. La timidez no anidaba en el temperamento de Alfredo Jingle. Llevándose un dedo a los labios misteriosamente, entró y cerró la puerta.

 

—Miss Wardle —dijo Mr. Jingle con afectada agitación—: perdone la indiscreción... reciente amistad... no hay tiempo para andar con fórmulas... todo descubierto.

 

—¡Sir! —dijo la solterona, asombrada por la inesperada aparición y un tanto incierta respecto a la situación mental de Mr. Jingle.

 

—¡Chist! —dijo Mr. Jingle con imperativo murmullo—. Chico gordo... cara de pastel... ojos redondos... ¡Granuja! Movió su cabeza con ademán intencionado, y tembló la solterona, alarmada.

 

—¿Supongo que alude usted a José, sir? —dijo la señora, esforzándose por aparecer serena.

 

—Sí, señora... Maldito José... perro traidor, José... se lo contó a la vieja... vieja furiosa... rabiosa... cenador... Tupman... besos y abrazos... toda clase de cosas... ¿eh, señora..., eh?

 

—Mr. Jingle —dijo la solterona—: ¡si es que ha venido usted a insultarme...! —No... de ninguna manera —replicó el tenaz Mr. Jingle—, oí el cuento... vine

 

para avisarla del peligro... ofrecer mis servicios... prevenir el escándalo. Nada de insultarla... me voy.

 

Y se volvió como para ejecutar lo que había dicho.

 

—¿Qué hacer? —dijo la pobre solterona, deshaciéndose en lágrimas—. Mi hermano se pondrá furioso.

 

—Claro que se pondrá indignado —dijo Mr. Jingle después de una pausa.

 

—¡Oh, Mr. Jingle! ¿Qué deberé decir? —exclamó la solterona en otro acceso de desesperación.

 

—Decir que lo ha soñado —replicó Mr. Jingle con aplomo.

 

Un rayo de esperanza penetró en la mente de la solterona al oír este consejo. Lo percibió Mr. Jingle y aprovechó la ventaja.

 

—¡Bah, bah!... Nada más fácil... chico impostor... mujer adorable... chico gordo apaleado... usted creída... se acabó el asunto... todo arreglado.

 

No sabemos si las probabilidades que entreveía de eludir las consecuencias de aquel malhadado descubrimiento o el oírse llamar «mujer adorable» suavizaron la ira de la solterona. Ruborizóse ligeramente y concedió a Mr. Jingle una mirada de gratitud.

 

Suspiró profundamente el insinuante caballero; fijó sus ojos en la faz de la solterona, y desvió su mirada después de marcar un desplante melodramático.

—Parece que está usted triste, Mr. Jingle —dijo la dama en tono compasivo—. ¿Me permitirá usted que le agradezca su amable intervención y que le pregunte la

 

 

 

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causa de su retirada?

 

—¡Ah! —exclamó Mr. Jingle con otro ademán patético—. ¡Retirada! Fuga de mi ventura, y el amor de usted empleado en un hombre insensible a su dicha, y que en estos momentos persigue el cariño de la sobrina de una mujer que... pero no, es amigo mío y no he de denunciar sus trapisondas. Miss Wardle: adiós.

 

Acabado este discurso, el más congruente que en su vida pronunciara, llevó Mr. Jingle a sus ojos los restos de un pañuelo, del que ya se hizo referencia, y se dirigió hacia la puerta.

 

—Quédese, Mr. Jingle —exclamó la solterona con enérgico acento—. Ha aludido usted a Mr. Tupman ...; explíquese.

 

—¡Nunca! —respondió Jingle con un aire de teatro que denunciaba al profesional —. ¡Nunca!

 

Y fingiendo la contrariedad que habría de producirle la continuación del interrogatorio, acercó una silla a la de la solterona y se sentó.

 

—Mr. Jingle —dijo la dama—, yo le ruego, le suplico, que si hay algún misterio relacionado con Mr. Tupman me lo revele al punto.

 

—Esto de... —dijo Mr. Jingle, clavando su mirada en la solterona—; esto de ver...

 

mujer adorable... sacrificada a la despiadada y sórdida avaricia...

 

Pareció vacilar unos segundos, como debatiéndose entre emociones contradictorias, y dijo luego con voz apagada y profunda:

 

—Tupman sólo busca su dinero.

 

—¡Miserable! —rugió indignada la solterona. (Mr. Jingle había despejado la incógnita. ¡Ella tenía dinero!)

 

—Más aún —prosiguió Jingle—: ama a otra.

 

—¡A otra! —exclamó la solterona anonadada—. ¿A quién?

 

—Bajita... ojos negros... sobrina Emilia.

 

Reinó un breve silencio.

 

Desde este momento, si había en el mundo algún ser que inspirase a la tía un sentimiento de celos mortal y hondamente arraigado, era precisamente su sobrina Emilia.

 

Tiñéronse de rojo la cara y el cuello de la solterona; movió la cabeza en silencio con gesto de inefable desprecio, y mordiéndose los labios y logrando al cabo dominarse, dijo:

 

—No puede ser. No lo creo.

 

—Obsérvelos usted —dijo Jingle.

 

—Sí que lo haré —dijo la dama.

 

—Fíjese en las miradas.

 

—Así he de hacerlo.

 

—En las palabras que le dice al oído.

 

 

 

 

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—Sí.

 

—Verá usted cómo se sienta a su lado en la mesa.

 

—Ya lo veré.

 

—Verá usted cómo la colma de atenciones.

 

—Ya me fijaré.

 

—Y luego la dejará a usted plantada.

 

—¡Plantada! —repitió indignada la solterona—. ¡Plantarme a mí!... ¡Se atreverá!...

 

Y tembló de rabia y de dolor.

 

—¿Quiere usted convencerse? —dijo Jingle.

 

—Lo quiero.

 

—¿Se mantendrá usted serena?

 

—Sí.

 

—¿No le perdonará usted luego?

 

—¡Jamás!

 

—¿Aceptaría usted luego el cariño de algún otro?

 

—Sí.

 

—Pues todo se realizará.

 

Cayó de rodillas Mr. Jingle; permaneció en tal postura cinco minutos, y cuando se levantó era el novio de la solterona, a condición de que la traición de Mr. Tupman se pusiera de manifiesto claramente.

 

Todas las pruebas se hallaban en poder de Mr. Alfredo Jingle, y aquel mismo día, durante la comida, se hicieron patentes. La solterona no podía dar crédito a sus ojos. Mr. Tracy Tupman se colocó al lado de Emilia y no cesó de mirarla, de murmurar en su oído y de sonreír, poniéndose en rivalidad con Mr. Snodgrass. Ni una palabra, ni una mirada, ni un gesto hubo para su adorada de la noche precedente.

 

«¡Maldito chico! —pensó Mr. Wardle—. Debe de ser un cuento lo que le ha contado a mi madre. ¡Maldito chico! Se conoce que estaba dormido. Todo ha sido pura fantasía.»

 

«¡Traidor! —pensó la solterona—. No me ha engañado Mr. Jingle. ¡Ah, cuánto odio al malvado! »

 

La conversación que vamos a transcribir servirá a los lectores para explicarse la profunda alteración en la conducta externa de Mr. Tupman.

 

Era de noche; la escena se desarrollaba en el jardín. Dos personas paseaban por una de las sendas laterales; era la una baja y obesa, alta y delgada la otra. Eran Mr. Tupman y Mr. Jingle. La persona voluminosa comenzó el diálogo.

 

—¿Qué tal lo he hecho? —preguntó.

 

—Espléndido... admirable... no lo hubiera yo hecho mejor... mañana tiene usted que repetir el papel... todas las noches hasta nuevo aviso.

 

 

 

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—¿Lo desea aún Raquel?

 

—Por supuesto... no le agrada... pero hay que hacerlo... marcada sospecha...

 

aterrada de su hermano... dice que no hay otro medio... sólo cuando pasen unos días...

 

cuando los viejos estén confiados... será la corona de su felicidad.

 

—¿Quiere algo de mí?

 

—Amor... amor inmenso... entrañable afecto... cariño inalterable. ¿Quiere que le diga algo de su parte?

 

—Amigo querido —replicó el confiado Mr. Tupman, apretando fervorosamente la mano de su amigo—, llévele mi amor... dígale lo que me cuesta disimular... dígale mil cosas dulces; pero no se olvide decirle lo sensible que ha sido para mí el hacer lo que por conducto de usted me ha ordenado. Dígale que aplaudo su sagacidad y que admiro su discreción.

 

—Así lo haré. ¿Nada más?

 

—Nada; añádale que ansío, como no puede figurarse, que llegue el momento en que pueda llamarla mía y en que sea innecesario el disimulo.

 

—Sin duda, sin duda. ¿Nada más?

 

—¡Oh, amigo querido! —dijo el pobre Mr. Tupman, estrechando de nuevo la mano de su compañero—. Reciba mi gratitud por su desinteresada amabilidad y perdóneme el haber pensado una vez siquiera en la injusticia de suponer que usted se atravesaba en mi camino. Amigo querido, ¿cuándo podré pagarle?

 

—No hable usted de eso —replicó Mr. Jingle.

 

Mas se detuvo al punto, como obedeciendo a un recuerdo súbito, y dijo:

 

—A propósito: ¿podría usted dejarme diez libras? Un asunto particular... Se lo pagaré dentro de tres días.

 

—Me parece que sí —replicó Mr. Tupman, rebosando cordialidad—. ¿Dice usted que tres días?

 

—Sólo tres días... todo arreglado entonces... ya no tendrá más dificultades.

 

Mr. Tupman fue contando las monedas en la mano de su compañero, el cual se las iba metiendo en el bolsillo una a una; y cuando ya se dirigían hacia la casa:

 

—Sea usted cauto —dijo Mr. Jingle—; ni una mirada.

 

—Ni un guiño —dijo Mr. Tupman.

 

—Ni una sílaba.

 

—Ni una palabra en secreto.

 

—Todas sus atenciones, a su sobrina... cierta dureza para la tía... único medio de despistar a los viejos.

 

—Tendré cuidado —dijo Mr. Tupman en alta voz.

 

—Y yo también —se dijo a sí mismo Mr. Jingle.

 

Y con esto entraron en la casa.

 

La escena de la tarde se repitió por la noche y en las tres tardes y noches

 

 

 

 

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siguientes. Al cuarto día recobró el humor Mr. Wardle al cerciorarse de que no había motivo para culpar a Mr. Tupman. Estaba contento Mr. Tupman por haberle dicho Mr. Jingle que el asunto haría crisis en breve plazo. Estaba contento Mr. Pickwick, porque rara vez estaba de otra manera. No así Mr. Snodgrass, que había concebido celos de Mr. Tupman. Sentíase alegre la anciana porque había ganado al whist También lo estaban Mr. Jingle y Miss Wardle, por razones de importancia para esta accidentada historia y que se narrarán en otro capítulo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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9. Un descubrimiento y una cacería

 

 

La cena estaba dispuesta; colocadas las sillas alrededor de la mesa, y en el aparador, botellas, copas y vasos. Todo anunciaba la llegada del momento de mayor confraternidad del día.

 

—¿Dónde está Raquel? —dijo Mr. Wardle.

 

—¡Eso! ¿Y Jingle? —añadió Mr. Pickwick.

 

—Vaya —dijo el huésped—; no sé cómo no lo echamos de menos antes, pues hace ya dos horas que no oigo su voz. Emilia querida, tira de la campanilla.

 

Sonó la campanilla y apareció el chico gordo.

 

—¿Dónde está Miss Raquel?

 

No sabía nada.

 

—¿Dónde está Mr. Jingle? Tampoco lo sabía.

 

Todos se miraron sorprendidos. Era tarde..., más de las once. Mr. Tupman sonrió para su capote. Debían vagar por alguna parte, charlando acerca de él. ¡Ja, ja!; graciosa broma.

 

—Bueno, no nos preocupemos —dijo Mr. Wardle después de breve pausa—; seguramente que no tardarán en presentarse. Nunca espero a nadie para comer.

 

—Magnífica costumbre —dijo Mr. Pickwick—, admirable.

 

—Hagan el favor de sentarse —dijo el huésped.

 

—Desde luego —dijo Mr. Pickwick, y se sentó.

 

Había en la mesa un trozo fresco de fiambre de vaca del que se sirvió Mr. Pickwick porción abundante. Llevábase ya el tenedor a los labios y disponíase a abrir la boca para recibir el bocado, cuando se levantó en la cocina un gran alboroto de voces. Quedóse parado y dejó el tenedor. Paróse también Mr. Wardle y abandonó maquinalmente el trinchante, que quedó clavado en el fiambre. Miró a Mr. Pickwick, y éste se le quedó mirando.

 

Fuertes pisadas se oyeron en la galería; abrióse de pronto la puerta del comedor, y el criado mismo que limpiara las botas de Mr. Pickwick en la tarde de su llegada penetró en la estancia atropelladamente, seguido del chico gordo y de todos los criados.

 

—¿Qué diablos significa esto? —exclamó el amo de la casa.

 

—¿Se ha prendido fuego a la chimenea de la cocina, Emma? —preguntó la anciana.

 

—¡Por Dios, abuela, no! —gritaron las dos señoritas. —¿Qué es lo que pasa? —interrogó enérgicamente el señor. Tomó resuello el criado, y dijo en tono desmayado: —¡Se han ido, señor!... ¡Se han escapado, sir!

 

En este momento se vio a Mr. Tupman dejar caer su tenedor y ponerse muy

 

 

 

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pálido.

 

—¿Quién se ha ido? —dijo Mr. Wardle enojado.

 

—Mr. Jingle y Miss Raquel, en un coche de El León Azul, de Muggleton. Yo estaba allí, pero no pude detenerlos, y he venido corriendo a decírselo.

 

—¡Yo he pagado sus gastos! —dijo Mr. Tupman, irguiéndose furioso—. ¡Se ha llevado diez libras mías!... ¡detenedle!... ¡me ha estafado!... ¡no lo he de tolerar!... ¡haré justicia, Pickwick!... ¡No quiero sufrirlo!

 

Y a vuelta de unas cuantas exclamaciones incoherentes de este jaez, el desdichado caballero empezó a recorrer la estancia ciego de coraje.

 

—¡Dios nos asista! ¿Qué hacer? —dijo Mr. Pickwick al observar las descompuestas gesticulaciones, sobrecogido de espanto—. ¡Va a volverse loco! ¿Qué vamos a hacer?

 

—¡Hacer! —contestó el robusto huésped, haciéndose eco solamente de la última palabra de la frase—. ¡Enganchar el tílburi! Voy a alquilar un coche en El León Azul y a seguirles sin perder momento. ¿Dónde? —exclamó, en tanto que salía el criado para cumplir sus órdenes—. ¿Dónde está ese canalla de José?

 

—Aquí estoy, pero no soy un canalla —replicó una voz: era la del chico gordo. —Déjeme acercarme a él, Pickwick —gritó Mr. Wardle, intentando arrojarse

 

sobre el insultado joven—. ¡Le ha sobornado ese granuja de Jingle para despistarme contándome esa patraña de mi hermana con mi amigo Tupman! (Mr. Tupman se desplomó sobre una silla.) ¡Déjemele a mí!

 

—No le suelten ustedes —gritaron las mujeres, sobre cuyos clamores se dejaban oír los lamentos del chico gordo.

 

—No me detengan —rugió el anciano—. Mr. Winkle, quite las manos. Déjeme, Mr. Pickwick.

 

Era un bello espectáculo el contemplar en aquellos momentos de tumulto y confusión el continente plácido y filosófico de Mr. Pickwick, si bien aparecía algo sofocado por los esfuerzos que hacía para mantener sus brazos firmemente ceñidos alrededor del ancho tórax del corpulento huésped, para refrenar el ímpetu agresivo de su ciego furor, mientras que el chico gordo era arañado, zamarreado y empujado hacia fuera por todas las mujeres. No bien soltó su presa Mr. Pickwick, entró un criado anunciando hallarse el tílburi dispuesto.

 

—¡No le dejen ir solo! —suplicaron las mujeres—. ¡Es capaz de matar a alguien! —Yo iré con él —dijo Mr. Pickwick.

 

—Es usted un hombre excelente, Pickwick —dijo el huésped, estrechando su mano—. ¡Emma, trae a Mr. Pickwick un chal para abrigarse el cuello..., pronto! Cuidad de vuestra abuela. Se ha desmayado. ¿Qué, estamos listos?

 

Después de envolverse a toda prisa en el chal la boca y la barbilla, de ponerse el sombrero y de echarse el gabán sobre los hombros, contestó afirmativamente a la

 

 

 

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pregunta del huésped Mr. Pickwick.

 

Saltaron al tílburi.

 

—Dale de firme, Tomás —gritó el anciano.

 

Y partió el coche carril abajo, bailando de lo lindo al entrar y al salir en las rodadas de los carros y chocando casi contra los setos de ambos lados, con riesgo de hacerse pedazos a cada momento.

 

—¿Qué ventaja nos llevan? —preguntó Mr. Wardle en el momento de detenerse a la puerta de El León Azul, en cuyas cercanías se había reunido una pequeña concurrencia, a pesar de lo avanzado de la hora.

 

—Menos de tres cuartos de hora —le contestaron.

 

—En seguida, ¡un coche de cuatro caballos, a escape! Luego desengancharéis el tílburi.

 

—¡Ea, muchachos —exclamó el posadero—; el coche! Daos prisa... ligeros.

 

Y entraron, sin perder momento, mozos y posadero. Brillaban las linternas al correr los mozos de acá para allá; chocaban los cascos de los caballos contra el pavimento desigual del patio; crujió el carruaje al salir de la cochera; todo era bulla y confusión.

 

—¡Vamos!... ¿Va a estar el coche hoy? —gritó Mr. Wardle.

 

—Ya viene por el patio —respondió el posadero.

 

Salió el coche... salieron los caballos... saltaron los muchachos sobre ellos, y montaron los viajeros.

 

—Ten en cuenta que hemos de hacer en media hora el trayecto de siete millas — ordenó Mr. Wardle.

 

—Pues adelante.

 

Picaron espuelas los postillones, fustigaron a los caballos, gritaron los mozos, y partieron con furiosa velocidad.

 

«Preciosa situación —pensó Mr. Pickwick en cuanto le fue posible reflexionar—. Preciosa situación para el presidente del Club Pickwick. Un coche mojado... caballos desconocidos... quince millas por hora y ¡a las doce de la noche!»

 

Durante las primeras tres o cuatro millas de camino no se cruzó una sola palabra entre los dos caballeros, por estar demasiado absorbidos en sus propias reflexiones para entretenerse en comentarios. Luego de haber recorrido buen espacio y regularizada la marcha de los caballos, ya enardecidos, se sintió Mr. Pickwick demasiado animado por la agitación de la marcha para guardar silencio por más tiempo.

 

—Estamos seguros de cogerles —dijo Mr. Pickwick.

 

—Así lo espero —contestó el compañero de viaje.

 

—Hermosa noche —dijo Mr. Pickwick, mirando a la luna, que brillaba espléndida.

 

 

 

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—Tanto peor —replicó Mr. Wardle—, porque han tenido la ventaja de la luna para tomarnos la delantera, y vamos a perderlos.

 

—Pues ha de ser muy desagradable caminar tan de prisa en la oscuridad — insinuó Mr. Pickwick.

 

—Ya lo creo —asintió su amigo con indiferencia.

 

El fugaz optimismo de Mr. Pickwick decayó considerablemente al reflexionar en los inconvenientes y peligros de una expedición en que se había comprometido de modo tan impensado.

 

La voz del postillón delantero sacóle de sus meditaciones.

 

—¡Ía!, ¡ía!, ¡ía!... —gritaba el postillón de guía.

 

—¡Ía!, ¡ía!, ¡ía!... —repetía el segundo.

 

—¡Ía!, ¡ía!, ¡ía!... —coreaba el viejo Wardle, con más energía aún, sacando por la ventanilla del coche la cabeza y la mitad del cuerpo.

 

—¡Ía!, ¡ía!, ¡ía!... —gritó Mr. Pickwick, tomando el estribillo, aunque no tenía la menor idea de la finalidad de semejante griterío.

 

Y en medio del alboroto que entre los cuatro producían se detuvo el coche.

 

—¿Qué pasa? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—Que hemos llegado a una barrera —respondió el viejo Wardle—. Aquí podemos saber algo de los fugitivos.

 

Al cabo de unos cuantos minutos, empleados en golpear la puerta y en vociferar, salió de la casilla un viejo en mangas de camisa.

 

—¿Cuánto tiempo hace que ha pasado por aquí un coche de posta? —preguntó Mr. Wardle.

 

—¿Cuánto tiempo?

 

—¡Sí!

 

—Psch, no lo sé fijamente. Puede que no haga mucho, aunque tal vez... puede que haga ya un buen rato. Quizá... a eso de las dos.

 

—¿No ha pasado más que un coche?

 

—¡Ah!, sí; un coche.

 

—Pero ¿cuánto tiempo hará? —preguntó Mr. Pickwick, interponiéndose—. ¿Hará una hora?

 

—¡Ah!, sí; pudiera ser —replicó el hombre.

 

—¿O dos? —dijo, terciando, el postillón desde su caballo.

 

—Pues... no diría que no —replicó el viejo con ademán de duda.

 

—Arread, muchachos —exclamó impaciente Mr. Wardle—; no gastemos más tiempo con este viejo idiota.

 

—¡Idiota! —gruñó el viejo, parado en medio de la barrera entreabierta, contemplando el coche, que se iba perdiendo en la distancia—. No tan idiota; ha perdido usted diez minutos aquí sin llegar a saber lo que deseaba. Lo que es, si todos

 

 

 

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los que veáis por el camino se ganan tan bien como yo la guinea que le han dado, vais a coger a los otros para San Miguel, viejo rechoncho.

 

Y haciendo otro gesto despectivo, cerró el viejo la barrera, entró en la casa y echó el cerrojo a la puerta.

 

Sin tregua de ninguna clase prosiguió su marcha el carruaje hasta el fin del trayecto. Como había predicho Wardle, la luna empezó a declinar rápidamente. Anchas franjas de pesadas y oscuras nubes, que iban extendiéndose por el cielo desde algún tiempo antes, formaban ya una negra masa en el cenit, y gruesas gotas de lluvia, que azotaban de cuando en cuando los cristales del coche, parecían avisar a los viajeros la proximidad de la tempestad. El viento, que llevaban en contra, barría con furiosas ráfagas el estrecho camino y zumbaba lúgubremente al rozar los árboles que bordeaban la carretera. Mr. Pickwick se embutió más en su gabán, arrinconóse más cómodamente y cayó en un sueño saludable, del que no despertó hasta que, habiendo parado el vehículo, oyó la campanilla del posadero y un fuerte grito de «¡caballos en seguida!». Mas sufrieron un nuevo retraso. Los mozos dormían tan profundamente, que se empleó cinco minutos en despertar a cada uno. El posadero, o no se sabía quién, había perdido la llave de la cuadra, y, a pesar de haberse encontrado, dos de los mozos, que aún estaban medio dormidos, equivocaron las guarniciones y equivocaron los caballos, por lo cual fue necesario repetir la operación de enganchar. De haber estado solo Mr. Pickwick, aquella serie de obstáculos hubiéranle bastado para abandonar la persecución; pero el anciano Wardle no reparaba en tan poco, y esparcía en derredor suyo tan ardoroso afán, sacudiendo a éste, empujando al otro, preparando un tirante y enganchando una cadena, que el coche estuvo presto en mucho menos tiempo de lo que se hubiera creído, dadas las dificultades que se concitaron.

 

Prosiguieron el viaje, y no era, ciertamente, consoladora la perspectiva que se les ofrecía. El próximo cambio de tiro se hallaba a quince millas; era oscura la noche, fuerte el viento, y caía la lluvia a torrentes. No era fácil correr mucho frente a tantos obstáculos unidos; era ya la una, y se empleó dos horas en llegar al fin del trayecto. Algo hallaron, sin embargo, que robusteció sus esperanzas y levantó sus ánimos decaídos.

 

—¿Cuándo ha llegado esta silla? —gritó el viejo Wardle, saltando de su coche y señalando a otra cubierta de lodo, húmeda aún, que había en el patio.

—No hace un cuarto de hora, sir —contestó el posadero, a quien iba dirigida la pregunta.

 

—¿Señora y caballero? —inquirió Mr. Wardle, jadeante de impaciencia.

 

—Sí, sir.

 

—¿Señor alto... gabán... piernas largas... flaco?

 

—Sí, sir.

 

—¿Señora de edad... cara flaca... casi demacrada..., eh?

 

 

 

 

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—Sí, sir.

 

—Cielo santo, es la pareja, Pickwick —exclamó el anciano.

 

—Debían haber llegado antes —dijo el posadero—, pero se les rompió un tirante. —¡Es la suya! —dijo Mr. Wardle—. ¡Es la suya! ¡Un coche de cuatro caballos al instante! Aún podemos cogerles antes de llegar al próximo cambio. ¡Una guinea a

 

cada uno... vivos... aprisa... muchachos!

 

Y mientras de esta suerte animaba a los mozos, corría el anciano de un lado a otro del patio, llevando por doquier el escándalo, en un estado de excitación del que hubo de contagiarse Mr. Pickwick, y bajo la influencia del cual este caballero llegó a enredarse entre las guarniciones y a meterse entre los caballos y las ruedas de los coches, creyendo firmemente que procediendo así apresuraría los preparativos necesarios para la continuación del viaje.

 

—¡Partamos... partamos! —gritó el viejo Wardle saltando al coche, levantando el estribo y cerrando la portezuela tras de sí—. ¡Adelante! ¡Aprisa!

Y antes de que Mr. Pickwick se percatara de lo que pasaba, se sintió introducido por la otra puerta, a favor de un tirón de Mr. Wardle y de un empujón del posadero, y de nuevo se pusieron en marcha.

 

—¡Ah!, bien nos movemos ahora —dijo el anciano con alegría.

 

Y así era, en efecto, y de ello podía dar testimonio Mr. Pickwick, por sus repetidos choques contra las paredes del coche o contra el cuerpo de su compañero.

 

—¡Sosténgase firme! —dijo el robusto Mr. Wardle, al ver que la cabeza de Mr.

 

Pickwick se dirigía contra su voluminoso abdomen.

 

—En mi vida he experimentado tanto ajetreo —dijo Mr. Pickwick.

 

—No se preocupe —replicó su compañero—, ya falta poco. Firme, firme.

 

Mr. Pickwick se afirmó tanto como pudo en su rincón; el coche rodaba más veloz que nunca.

 

Tres millas habían recorrido así cuando Mr. Wardle, que por espacio de dos o tres minutos había estado mirando por la ventanilla, metió la cabeza en el coche súbitamente, con la cara mojada, y exclamó con enorme ansiedad:

 

—¡Aquí están!

 

Asomó Mr. Pickwick la cabeza, y, en efecto, a poca distancia de ellos veíase un coche de cuatro caballos corriendo a todo galope.

 

—Vamos, vamos —gritó fieramente el anciano—. ¡Dos guineas a cada uno, muchachos!... ¡No dejadles ganar terreno... alcanzadles... alcanzadles!

 

Los caballos del coche delantero redoblaron la velocidad de su carrera, y los de Mr. Wardle galoparon furiosamente a la zaga.

 

—¡Veo su cabeza! —exclamó el anciano encolerizado—. ¡Veo su cabeza! —Yo también —dijo Mr. Pickwick—; es él.

 

No se equivocaba Mr. Pickwick. El rostro de Mr. Jingle, completamente

 

 

 

 

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enmascarado por el lodo que arrojaban las ruedas, distinguíase perfectamente tras de la ventanilla de su coche; y el movimiento de su brazo, que se tendía velozmente hacia los postillones, denotaba que les animaba para que acelerasen la marcha.

 

El momento era interesantísimo. Campos, árboles y setos parecían alejarse tras de ellos con velocidad de huracán; tan rápida era la marcha que los coches llevaban. El coche de nuestros viajeros llegó a ponerse al lado del otro. Dominando el alboroto de las ruedas, oíase claramente la voz de Jingle azuzando a los postillones. El anciano Wardle bufaba de rabia y de impaciencia. Rugía a cada instante, llamándole granuja y villano; apretaba el puño y lo adelantaba hacia el objeto de su indignación; pero Mr. Jingle sólo respondía con una sonrisa desdeñosa, y replicó a sus amenazas con una exclamación de triunfo, al tiempo que sus caballos, obedeciendo a las enérgicas excitaciones de látigo y espuela, rompían al más ligero galope y dejaban atrás a sus perseguidores.

 

Acababa Mr. Pickwick de meter la cabeza en el coche y de seguir su ejemplo Mr. Wardle, extenuado por los gritos, cuando una tremenda sacudida les lanzó contra el frente del vehículo. Sintióse un tremendo vaivén, un crujido estrepitoso, y se escapó una de las ruedas, pasando el coche sobre ella.

 

Al cabo de unos segundos de sorpresa y confusión, durante los cuales sólo pudo oírse las pisadas de los caballos y el ruido de los cristales rotos, notó Mr. Pickwick que le sacaban violentamente de entre las ruinas del coche, y tan pronto como pudo ponerse de pie y librar su cabeza de los faldones de su inmenso abrigo, que le impedían materialmente valerse de sus anteojos, logró darse cuenta del tremendo desastre.

 

El viejo Wardle, sin sombrero y con sus ropas destrozadas, estaba a su lado, y a los pies de ambos hallábanse desparramados los restos del carruaje. Los postillones, que habían conseguido cortar los tirantes, desfigurados por el lodo y maltrechos por la larga caminata a caballo, permanecían junto a los caballos. A cien yardas de distancia estaba el otro coche, que había parado al oír el estrépito. Los postillones, con gestos que descomponían sus fisonomías, observaban el siniestro montados a caballo, y Mr. Jingle, desde la ventanilla de su coche, contemplaba la catástrofe con visible satisfacción. Rompía el día, y a la luz lívida del amanecer veíase perfectamente la curiosa escena.

 

—¿Qué —gritó el desvergonzado Jingle—, no hay ningún herido...? El anciano...

 

pesos enormes... peligroso trabajo.

 

—¡Es usted un canalla! —bramó Mr. Wardle.

 

—¡Ja, ja! —replicó Jingle.

 

Y con guiño malicioso y un ademán con el pulgar hacia el interior del coche, añadió:

 

—Señores... ella está muy bien... les saluda... suplica no se molesten... afectos a

 

 

 

 

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Tuppy.. ¿Quieren subir a la trasera?... Arread, muchachos.

 

Adoptaron los postillones sus posturas de marcha y partió el coche, mientras que Mr. Jingle agitaba burlonamente un blanco pañuelo en la ventanilla del coche.

 

Ninguno de los incidentes ocurridos, ni siquiera el vuelco, habían perturbado la calma y ecuanimidad de Mr. Pickwick. Mas la villanía de pedir dinero prestado a su fiel amigo y de pronunciar luego su nombre en la abreviatura de «Tuppy» eran hechos que llegaban a colmar su aguante. Se hizo anhelosa su respiración y enrojeció su faz hasta los mismos lentes, al decir pausada y sentenciosamente:

 

—Si encuentro alguna vez a ese hombre, yo...

 

—Sí, sí —interrumpió Mr. Wardle—; todo eso está muy bien; pero mientras quedamos aquí hablando, toman en Londres la licencia y se casan.

 

Calló Mr. Pickwick, embotelló su venganza y la taponó con un corcho. —¿Cuánto hay de aquí al próximo cambio? —preguntó Mr. Wardle a uno de los

 

postillones.

 

—Seis millas; ¿verdad, Tomás?

 

—Quizá más.

 

—Quizá más de seis millas, sir.

 

—No hay más remedio —dijo Mr. Wardle—; tenemos que andarlas, Pickwick.

 

—No hay más remedio —replicó este gran hombre.

 

Y echando por delante a uno de los postillones a caballo, para mandar preparar nuevo coche y caballos, y dejando al otro al cuidado del carruaje destrozado, Mr. Pickwick y Mr. Wardle emprendieron vigorosamente la caminata, arrollándose las bufandas y calándose sus sombreros para guarnecerse en lo posible del diluvio, que tras breve tregua empezaba a caer torrencialmente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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10.    En el que se aclaran todas las dudas, si alguna existiera, acerca del desinterés de Mr. Jingle

 

Hay en Londres algunas viejas posadas que fueron un tiempo cuarteles generales de célebres diligencias por los días en que dichos carruajes efectuaban sus jornadas según normas mucho más graves y solemnes que aquellas por que se rigen en la actualidad; pero tan venidas a menos, que son ahora no mucho más que paradores y centros consignatarios para los carromatos de la campiña. En vano buscaría el lector estas antiguas hosterías entre las de La Cruz de Oro, La Vaca o El Toro, que alzan sus pomposas enseñas en las remozadas calles de Londres. Al querer apearse en cualquiera de esos viejos mesones, tendría que dirigir sus pasos hacia los barrios más ignotos de la ciudad, y en tal o cual apartado rincón podría hallar alguna que aún se mantiene con sombría audacia entre las modernas construcciones que la rodean.

 

En el Borough, especialmente, quedan aún como media docena de esas viejas posadas que conservan intactos sus rasgos exteriores y que han logrado escapar tanto al rabioso prurito del ornato público como a las asechanzas de la privada especulación. Grandes, extrañas, destartaladas son estas mansiones arcaicas, llenas de galerías, escaleras y pasadizos, bastante extensas y bastante antiguas para suministrar materiales para mil historias de fantasmas, suponiendo que la fatalidad nos pusiera en el trance lamentable de tener que inventar alguna y que el mundo durase hasta agotar las innumerables leyendas veraces relacionadas con el Puente de Londres y con la adyacente barriada de la ribera de Surrey.

 

En el patio de una de estas posadas —nada menos que en la de El Ciervo Blanco

 

— ocupábase un hombre en quitar con un cepillo las cazcarrias de un par de botas, en la mañana siguiente al día en que se desarrollaron los sucesos narrados en el último capítulo. Vestía un tosco chaleco rayado, con negras mangas de burdo tejido y botones de azulado vidrio, corto pantalón de paño pardo y polainas de paño también. Arrollado a su cuello tenía un pañuelo de color rojo subido, anudado al desgaire, y un viejo sombrero blanco caído hacia un lado de su cabeza. Tenía ante sí dos filas de botas; formaban en una las limpias, y las sucias en otra; y al colocar en la primera un nuevo par, descansaba en su faena y contemplaba el resultado con visible satisfacción.

 

No se advertía en el patio el bullicio y movimiento característicos de una gran posada. Tres o cuatro carros, en los que se amontonaban géneros de diversas clases bajo el amplio toldo, cuya altura no era menor que la de un segundo piso de una casa de dimensiones corrientes, estaban situados bajo un extenso cobertizo que se extendía de un extremo a otro del patio; otro carromato veíase a la intemperie: parecía dispuesto a emprender su jornada aquella misma mañana. Una doble fila de dormitorios, que se abrían a otras tantas galerías de viejas y oscuras balaustradas,

 

 

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corrían a ambos lados del gran patio, y una doble serie de campanillas, correspondientes a los dormitorios, resguardadas de la lluvia por un tejadillo, colgaban de la pared del pasadizo que conducía al bar y al café. Dos o tres tílburis y otras tantas sillas de posta reposaban en varios sitios con las varas en alto, y el grave y macizo paso de un caballo de cargao el arrastrar de una cadena hacia el confín del patio anunciaba a todo aquel a quien pudiera importar hallarse la cuadra en aquella dirección. Con decir que unos cuantos muchachos de blusa dormían a pierna suelta sobre los montones que formaban los pesados aparejos, sacos de lana y otros bultos que yacían desparramados sobre la paja, hemos completado la descripción del patio de la posada El Ciervo Blanco, de la High Street, en el Borough.

 

Un fuerte campanillazo fue seguido de la aparición de una elegante camarera en la galería de los dormitorios. Después de llamar la muchacha a una de las puertas y de recibir una orden desde dentro, se asomó a la balaustrada.

 

—¡Sam!

 

—¡Hola! —replicó el hombre del sombrero blanco. —El número veintidós pide sus botas.

 

—Pregunte al número veintidós si las desea ahora mismo o si quiere esperar hasta que se las lleven —fue la respuesta que se le dio.

 

—Vamos, no sea usted flojo, Sam —dijo la muchacha en tono cariñoso—; el señor quiere sus botas ahora mismo.

 

—Bueno; es usted una linda muchachita para un cuerpo de coro —dijo el limpiabotas—. Mire estas botas... once pares, y un zapato del número seis, que tiene una pierna de palo. Al del par número once hay que llamarle a las ocho y media, y al del zapato, a las nueve. ¿Quién es ese número veintidós para que haya que saltar a los demás? No, no; turno riguroso, como decía Jacobo Kaetch al ahorcar a un hombre: «Lamento hacerle esperar, sir; estoy con usted en seguida».

 

Y diciendo esto, el del sombrero blanco comenzó a limpiar una bota con gran asiduidad.

 

Se oyó otro campanillazo, y la vieja posadera de El Ciervo Blanco apareció en la opuesta galería.

 

—Sam —gritó la posadera—. ¿Dónde está ese holgazán, perezoso...? Pero Sam... ¡Ah!, ¿está usted ahí? ¿Por qué no contestaba usted?

 

—No hubiera estado bien contestar antes de que usted llamase —replicó Sam con ceñudo gesto.

 

—Limpie en seguida los zapatos del diecisiete y llévelos al gabinete reservado del primer piso.

 

Echó al montón la posadera un par de zapatos y desapareció.

 

—Número cinco —dijo Sam cogiendo los zapatos y apuntando en las suelas el número con un trozo de yeso—. Zapatos de señora y gabinete reservado. Me parece

 

 

 

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que ésa no ha venido en carro.

 

—Vino esta mañana temprano —dijo la muchacha, que aún permanecía inclinada sobre la barandilla— con un caballero, en un coche, y él es el que pide sus botas, y lo que debía usted hacer era limpiarlas; ahí está la cosa.

 

—¿Por qué no me lo ha dicho usted antes? —replicó Sam, indignado, tomando del montón las mencionadas botas—. Yo pensaba que sería uno de estos señores de tres peniques. ¡Gabinete reservado... y una señora además! Pues si es un caballero, lo menos que puede valer es un chelín por día, y los recados aparte.

 

Estimulado por esta reflexión, empezó Mr. Samuel a cepillar con tanto afán, que en pocos minutos botas y zapatos, con un pulimento tan brillante que hubiera causado envidia a los manes del simpático Mr. Warren (porque en El Ciervo Blanco se usaba la pasta Day Martin), llegaban a la puerta del cinco.

 

—Adelante —dijo una voz de hombre en respuesta a la llamada de Sam.

 

Marcó Sam su más fina cortesía y hallóse en la presencia de una señora y un caballero que estaban almorzando. Después de depositar con profunda oficiosidad una bota al lado de cada pie del caballero y un zapato al lado de cada uno de los de la señora, retiróse hacia la puerta.

 

—Botas —dijo el caballero.

 

—Sir —dijo Sam cerrando la puerta y posando una mano en el picaporte. —¿Sabe usted... cómo se llama... Doctor's Commons? —Sí, sir.

 

—¿Dónde está?

 

—Plaza de la Iglesia de San Pablo, sir; arco bajo en el paso de los coches; librería a un lado, un hotel en el otro y dos ujieres en medio para las licencias.

—¿Licencias de matrimonio? —dijo el caballero.

 

—Licencias de matrimonios —replicó Sam—. Dos mozos de mandil blanco... se llevan la mano al sombrero al entrar usted... ¿Licencia, sir, licencia? Gentuza, tanto ellos como sus amos, sir...; lo mismo que los procuradores de la Audiencia; palabra.

 

—¿Y qué es lo que hacen? —preguntó el caballero.

 

—¡Lo que hacen! ¡Se apoderan de usted, sir! Y no es esto lo peor. Le meten en la cabeza a los viejos lo que ellos ni siquiera soñaban. Mi padre, sir, era cochero. Era viudo y bastante gordo para atreverse a cualquier cosa... descomunalmente gordo. Muere su mujer y le deja cuatrocientas libras. Pues allá que se va a los Doctor's Commons a buscar un hombre de leyes para sacar el parné... muy elegante... botas altas... flor en el ojal... sombrero de ala ancha... bufanda gris... todo un caballero. Pasa el arco pensando en cómo debía invertir el dinero... viene el ujier; le saluda...

 

«¿Licencia, sir, licencia?» «¿Qué es eso?», dice mi padre. «Licencia, sir», dice el ujier. «¿Qué licencia?», dice mi padre. «Licencia de matrimonio», dice el ujier. «Vaya una cosa», dice mi padre; «nunca he pensado en eso». «Usted necesita una, sir», dice

 

 

 

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el ujier. Mi padre se detiene y piensa un momento. «No», dice, «quia; soy ya viejo, y además demasiado gordo». «Eso no importa nada, sir», dice el ujier. «¿Cree usted que no?», dice mi padre. «Ni lo más mínimo», dice el ujier; «el lunes casamos a un caballero doble que usted.» «¡Ah!, ¿sí?», dice mi padre. «Ya lo creo», dice el ujier; «si es usted un nene a su lado...; por aquí, sir..., por aquí.» Y mi padre le sigue como va un mono domesticado detrás del organillo hasta un pequeño despacho interior donde hay un individuo sentado entre papeles sucios y cajas de lata, haciendo que hacemos. «Tenga la bondad de sentarse mientras que le hago el affidávit, sir», dice el procurador. «Gracias, sir», dice mi padre, y se sienta y empieza a mirar a todas partes con la boca abierta y a fijarse en los nombres que hay en las cajas. «¿Cuál es su nombre, sir?», dice el procurador. «Antonio Weller», dice mi padre. «¿Parroquia?», dice el procurador. «Belle Savage», dice mi padre, porque acostumbraba parar en ese sitio y no sabía nada de parroquias. «¿Y cuál es el nombre de la señora?», dice el procurador. Mi padre se quedó de una pieza. «¿Yo qué sé?», dice. «¡No lo sabe! », dice el procurador. «Sé lo mismo que usted», dice mi padre. «¿No puede ponerse el nombre después?» «¡Imposible!», dice el procurador. «Muy bien», dice mi padre, después de meditar un momento; «ponga usted señora Clarke.» «¿Qué, Clarke?», dice el procurador, mojando la pluma en el tintero. «Susana Clarke, Marquesa de Granbi, de Dorking», dice mi padre; «estoy seguro de que me aceptará si se lo propongo...; nunca le dije nada, pero me aceptará, lo sé». Se extendió la licencia y ella le aceptó; y es más: aún le tiene en su poder, y aún no he visto ni una de las cuatrocientas libras; mala suerte. Perdóneme, sir —dijo Sam al concluir—; pero cuando hablo de estos abusos me dejo ir lo mismo que una carretilla con el eje engrasado.

 

Dicho lo cual, y después de callarse un momento, por si se le necesitaba para algo más, abandonó Sam la estancia.

 

—Las nueve y media... tiempo justo... salgo en seguida —dijo el caballero, al que no será necesario presentar como a Mr. Jingle.

 

—El tiempo ¿para qué...? —dijo la solterona con aire de coquetería.

 

—La licencia, ángel querido... avisar a la iglesia... llamarla mía mañana —dijo Mr. Jingle estrujando la mano de la solterona.

 

—¡La licencia! —dijo Raquel ruborizándose.

 

—La licencia —replicó Mr. Jingle—.

 

—A escape, en posta, por la licencia;

 

—a escape, a escape, ya estoy aquí.

 

—¡Cómo corre usted! —dijo Raquel.

 

—Correr... nada es eso para lo que correrán las horas, los días, las semanas, los meses, los años, cuando estemos unidos... correr... volarán, relámpagos... como el agua... vapor... cien caballos... como nada.

 

 

 

 

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—¿No podríamos... no podríamos casarnos antes de mañana por la mañana? — preguntó Raquel.

 

—Imposible... no puede ser... aviso a la iglesia... dejar hoy la licencia... ceremonia mañana.

 

—Me aterra el que mi hermano llegara a descubrirnos —dijo Raquel.

 

—Descubrirnos... tonta... reventados con el vuelco... precaución extremada... tomamos el coche... vinimos al Borough... último sitio en que ha de buscarnos... ¡ah, ah!... Magnífica idea.

 

—No se retrase mucho —dijo con ternura la solterona mientras que Mr. Jingle se calaba el pellizcado sombrero.

 

—¡Retrasarme!... ¡Dulce tormento!...

 

Y acercándose Mr. Jingle a la solterona con ademán juguetón, imprimió en sus labios un casto beso y salió del gabinete bailoteando.

 

—¡Hombre adorado! —dijo la dama al cerrarse la puerta.

 

—¡Vieja tarasca! —dijo Mr. Jingle marchando aprisa por la galería.

 

Es amargo recapacitar sobre la perfidia de la humana condición, y, por tanto, renunciamos a acompañar a Mr. Jingle en las meditaciones que ocupaban su mente mientras que se dirigía a Doctor's Commons. Sólo diremos que, después de salvar las celadas de los dragones de blanco mandil que custodian la puerta de aquella región encantada, llegó al despacho del vicario general, y que luego de haber obtenido un pergamino altamente lisonjero del arzobispo de Canterbury para sus fieles y amados Alfredo Jingle y Raquel Wardle, prometidos, depositó cuidadosamente el místico documento en su bolsillo, y hacia el Borough enderezó sus pasos, triunfante.

 

Aún caminaba Jingle hacia El Ciervo Blanco cuando dos fornidos personajes y un tercero bastante flaco entraban en el patio y buscaban a su alrededor en demanda de una persona autorizada a quien dirigir algunas preguntas. Mr. Samuel Weller hallábase a la sazón barnizando un par de botas pertenecientes a cierto labrador que en aquellos momentos reparaba sus fuerzas con un ligero almuerzo, consistente en dos o tres libras de fiambre de vaca y uno o dos grandes vasos de cerveza, después de terminar sus fatigosas tareas en el mercado del Borough, y hacia él dirigióse sin vacilar el caballero flaco.

 

—Oiga usted, amigo —dijo el caballero flaco.

 

«Tú debes de ser uno de esos que buscan las consultas gratuitas —pensó Sam—; de lo contrario, no me querrías tanto, así, de pronto. »

 

Pero sólo dijo: —

 

¿Qué desea, sir?

 

—Amigo —dijo el flaco caballero con amistoso carraspeó—: ¿tiene usted aquí muchos huéspedes, verdad? Muy atareado, ¿eh?

 

Sam echó una ojeada al preguntón. Era un hombrecito enjuto, de apretada faz y

 

 

 

 

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de pequeños ojos negros e infatigables, que no cesaban de guiñar y parpadear a uno y otro lado de su curiosa naricilla, como si dedicáranse a un perpetuo juego de escondite con esta parte de la cara. Vestía de negro de arriba abajo; usaba botas tan relucientes como sus ojos, bajo corbatín y limpia camisa de rizada pechera. De su bolsillo pendían una cadena de reloj, de oro, y un guardapelo. Llevaba negros guantes de gamuza en sus manos, pero no calzados, y metía, al hablar, sus puños bajo los faldones de su levita, afectando el continente de un hombre habituado al interrogatorio capcioso.

 

—Muy ocupado, ¿eh? —dijo el hombrecito.

 

—¡Ah, muy bien, sir! —replicó Sam—; ni quebramos ni hacemos gran fortuna. Comemos nuestro carnero cocido sin alcaparras, y no nos ocupamos de los rábanos cuando se nos da la vaca.

 

—¡Ah, vamos! —dijo el hombrecito—. ¿Es usted socarrón, verdad?

 

—Mi hermano el mayor padecía esa enfermedad —dijo Sam—; tal vez se me haya pegado... como yo dormía con él...

 

—Es curiosa esta vieja casa de usted —dijo el hombrecito mirando en derredor. —Si hubiera usted avisado que iba a venir, la hubiéramos arreglado —replicó el

 

imperturbable Sam.

 

El hombrecillo pareció azorarse ante aquellas evasivas respuestas, y celebróse un conciliábulo entre él y los dos señores gordos. Al terminar la consulta, el hombrecito tomó un polvo de rapé de una caja oval de plata, y ya se disponía a reanudar la conversación, cuando uno de los otros dos caballeros, que, además de tener una cara bondadosa, poseía anteojos y unas polainas negras, terció en el diálogo.

 

—La cuestión es —dijo el bondadoso caballero— que aquí mi amigo — señalando al otro señor gordo— le daría media guinea si usted quisiera contestar a una o dos...

 

—Bien, señor mío... mi querido señor —dijo el hombrecito—; permítame, mi querido señor; la primera regla que hay que observar en estos casos es que, si se pone un asunto en manos de un profesional, no se debe intervenir en el proceso del negocio; usted tiene que confiar por completo en mí. En realidad, Mr... —volviéndose al otro señor gordo—, he olvidado el nombre de su amigo.

 

—Pickwick —dijo Mr. Wardle, porque no era otro aquel risueño personaje. —¡Ah! Pickwick... Mr. Pickwick, señor mío, perdóneme usted... Sería para mí

 

una dicha recibir cualquier indicación privada de usted, como amicus curiae; pero debe usted hacerse cargo de la inconveniencia de terciar en mi gestión con un argumento tan ad captandum como el de ofrecer media guinea. Créame, señor mío, créame.

 

Y el hombrecito tomó un polvo argumentativo y adoptó una actitud de profunda gravedad.

 

 

 

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—Mi deseo, sir —dijo Mr. Pickwick—, es terminar cuanto antes este enojoso asunto.

 

—Perfectamente... perfectamente —dijo el hombrecito.

 

—Con cuyo objeto —prosiguió Mr. Pickwick— he empleado el argumento que mi experiencia me ha enseñado ser el que tiene más probabilidades de eficacia en todos los casos.

 

—¡Ah, ah! —dijo el hombrecito—. Muy bien, muy bien; pero debiera usted habérmelo participado a mí. Señor mío, yo no puedo creer que usted ignora la ilimitada confianza que debe ponerse en un profesional. Y de citar alguna autoridad a este respecto, querido señor, permítame remitirle al bien conocido caso de Barnwell y ...

 

—No hay que hacer caso de Jorge Barnwell —interrumpió Sam, que había permanecido como curioso oyente durante el breve coloquio—; todo el mundo está harto de saber cuál fue su caso; aunque tengan ustedes presente que, según mi opinión, la muchacha merecía cien veces más que él figurar en aquel precioso cuadro. Sin embargo, no se trata aquí de nada de eso. Usted desea que yo tome media guinea. Muy bien; reconocido. No se me ocurre cosa mejor que decir. —Mr. Pickwick sonrió

 

—. Ahora lo que importa saber es qué diablo me quieren ustedes a mí, como dijo aquél al ver al fantasma.

 

—Nosotros deseamos saber... —dijo Mr. Wardle. —Permítame, señor... mi querido señor —se atravesó diciendo el diligente hombrecito.

 

Encogióse de hombros Mr. Wardle y se quedó callado.

 

—Nosotros necesitamos saber —dijo solemnemente el hombrecito—, y se lo preguntamos a usted para no despertar recelos ahí dentro, necesitamos saber a quién tiene usted ahora en su casa.

 

—¿Que a quién tenemos en casa? —dijo Sam, en cuya imaginación los huéspedes se hallaban representados por aquella prenda del indumento que caía bajo su particular cuidado y tutela—. Hay una pata de palo en el número seis; un par de hessianas en el trece; aquí tengo éstas de vueltas de cuero del cuarto interior del bar, y cinco más de botas altas en el café.

 

—¿Nada más? —dijo el hombrecito.

 

—Espere un poco —replicó Sam de pronto, haciendo memoria—. Sí; hay un par de Wellington bastante usadas y unos zapatos de señora del número cinco.

 

—¿Qué clase de zapatos? —se apresuró a preguntar Wardle, que había permanecido algún tiempo maravillado ante la singular catalogación de los huéspedes.

 

—Hechura de aldea —replicó Sam. —¿Sin nombre de zapatero? —Pardo. —¿De dónde?

 

 

 

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—Muggleton.

 

—¡Son ellos! —exclamó Wardle—. ¡Gracias a Dios, los hemos encontrado!

 

—¡Chist! —dijo Sam—. El de las Wellington se ha ido a Doctor's Commons.

 

—No —dijo el hombrecito.

 

—Sí, por una licencia.

 

—Llegamos a tiempo —exclamó Wardle—. Enséñenos la habitación; no hay que perder momento.

 

—Permítame, sir.. permítame —dijo el hombrecito—; cautela.

 

Extrajo de su bolsillo una bolsita de seda roja y miró fijamente a Sam, sacando un soberano.

 

Sam frunció expresivamente el ceño.

 

—Enséñenos la habitación en seguida, sin anunciarnos —dijo el hombrecito—, y es suya.

 

Arrojó Sam a un rincón las botas de vueltas de cuero y les guió por un oscuro pasillo que conducía a una gran escalera. Paróse al final de un segundo pasillo, y levantó su mano.

 

—Aquí es —murmuró el procurador, depositando la moneda en la mano del guía. Avanzó el mozo algunos pasos, seguido de los dos amigos y de su consejero

 

legal. Se detuvo al llegar a una puerta.

 

—¿Es ésta la habitación? —murmuró el hombrecito.

 

Sam asintió.

 

Abrió la puerta el viejo Wardle y entraron los tres en la estancia, al mismo tiempo que Mr. Jingle, que acababa de llegar, exhibía la licencia ante la dama.

Dejó escapar un fuerte chillido la solterona y, desplomándose sobre una silla, cubrió su rostro con las manos. Plegó Mr. Jingle la licencia y la metió en su bolsillo.

 

—¡Es usted... es usted un gran bribón! —exclamó Wardle, jadeante de ira. —Señor mío, mi querido señor —dijo el hombrecito, poniendo en la mesa su

 

sombrero—. Considere... dispense. Difamación; demanda por injurias. Cálmese, mi querido señor; se lo suplico.

 

—¿Cómo ha osado usted arrebatar a mi hermana de mi casa? —dijo el anciano. —Eso... eso... muy bien —dijo el hombrecito—; eso es lo que debe usted

 

preguntar. ¿Cómo ha osado usted, sir... eh, sir?

 

—Pero, ¿quién demonios es usted? —preguntó Mr. Jingle con aire tan resuelto, que el hombrecito no pudo menos de retroceder uno o dos pasos.

 

—¿Quién es él, so granuja? —terció Wardle—. Es mi procurador, Mr. Perker, de Gray's Inn. Perker: quiero perseguir a ese individuo... procesarle... arruinarle. Y usted —prosiguió Mr. Wardle, encarándose de pronto con su hermana—, usted, Raquel, a su edad, cuando ya debía saber bien lo que hace, ¿qué es lo que se propone escapándose con un vagabundo, deshonrando a su familia y labrando su propia

 

 

 

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desdicha? Póngase el sombrero, y vuelva. Avise un coche inmediatamente y traiga la cuenta de esta señora, ¿oye usted?

 

—Perfectamente, sir —replicó Sam, acudiendo al violento campanillazo de Wardle con una celeridad que hubiera parecido milagrosa a todo el que no supiera que durante toda la escena había permanecido mirando por el ojo de la llave.

 

—Póngase el sombrero —repitió Wardle.

 

—No haga semejante cosa —dijo Jingle—. Váyase de la habitación, sir... nada que hacer aquí... la señora es libre de proceder como quiera... más de veintiuno.

 

—¡Más de veintiuno! —declaró Wardle desdeñosamente—. ¡Más de cuarenta y uno!

 

—¡No es verdad! —dijo la solterona, cuya indignación se sobrepuso al propósito de desmayarse.

 

—Sí que lo es —replicó Wardle—; tiene cincuenta, si tiene una hora.

 

En este momento lanzó un grito tremendo la solterona y quedó sin sentido. —Un vaso de agua —dijo el humanitario Mr. Pickwick, llamando a la posadera. —¡Un vaso de agua! —dijo el indignado Wardle—. Traiga un cubo y écheselo

 

encima, que le hará bien, y se lo merece.

 

—¡Qué bárbaro! —exclamó la bondadosa posadera—. ¡Pobre señora!

 

Y al tiempo que pronunciaba frases como «vamos, señora... beba un poquito de esto... le sentará bien... no se deje llevar... pobre mía», etc., etc., la posadera, asistida por una camarera, procedió a asperjar con vinagre la frente, sacudir las manos y aflojar el corsé de la dama, además de administrarle otros reconstituyentes que las mujeres compasivas suelen aplicar a las señoras que se empeñan en dejarse poseer del histerismo.

 

—Espera el coche, sir —dijo Sam, apareciendo en la puerta.

 

—Vamos —exclamó Wardle—. Voy a llevármela abajo.

 

Ante esta proposición, tornó el histerismo con renovada violencia.

 

Preparábase la posadera a formular una violenta protesta contra semejante proceder, y había ya iniciado una indignada pregunta, diciendo que si se consideraba Mr. Wardle como el señor de todo lo creado, cuando se interpuso Mr. Jingle.

 

—Botas —dijo—, tráeme un guardia.

 

—Espere, espere —dijo el pequeño Mr. Perker—. Medite, sir, medite.

 

—No medito —replicó Jingle—. Ella es dueña de sus actos... A ver quién se atreve a llevársela... a menos de que ella lo desee.

 

—No quiero que me lleven —murmuró la solterona—. No quiero.

 

Y entonces le volvió el ataque.

 

—Mi querido señor —dijo el hombrecito en voz baja, llamando aparte a Mr. Wardle y a Mr. Pickwick—. Mi querido señor, estamos en una situación muy comprometida. Es un caso grave... mucho; no he visto otro más grave; porque

 

 

 

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realmente, señor mío, no tenemos autoridad para intervenir en los actos de esta señora. Ya le advertía antes, mi querido señor, que lo único que podía hacerse era proponer una transacción.

 

Siguió un corto silencio.

 

—¿Qué clase de transacción aconseja usted? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—Señor mío, la posición de nuestro amigo es muy delicada... mucho. Tenemos que avenirnos a su sacrificio pecuniario.

 

—Me avengo a todo antes que aceptar esta desdicha y permitir que ella, trastornada como está, se haga desgraciada para toda la vida —dijo Wardle.

 

—Creo que puede arreglarse —dijo el expeditivo hombrecito—. Mr. Jingle:

 

¿quiere usted pasar con nosotros un momento a la habitación inmediata?

 

Accedió Mr. Jingle, y dirigióse el cuarteto a un gabinete vacío.

 

—Ahora, sir —dijo el hombrecito, cerrando cuidadosamente la puerta—, no hay medio de zanjar este asunto... por aquí, sir, un momento... en esta ventana, sir, donde podamos estar solos... ahí, sir, ahí, haga el favor de sentarse, sir. Y ahora, sir, de usted para mí, sabemos perfectamente, mi querido señor, que usted se ha escapado con esta señora por su dinero. No se enfade, sir, no se enfade; lo que yo digo queda entre nosotros. Ambos somos hombres de mundo y sabemos muy bien que estos amigos no lo son, ¿eh?

 

La faz de Mr. Jingle empezó a serenarse, y algo parecido a un guiño de inteligencia dibujóse un instante en su ojo izquierdo.

 

—Muy bien, muy bien —dijo el hombrecito observando el efecto que había logrado—. El hecho es que, aparte de unos cientos, la señora tiene poco o nada hasta la muerte de su madre..., robusta anciana, mi querido señor. —Anciana —dijo Mr. Jingle conciso, pero con énfasis.

 

—Eso es —dijo el procurador, dejando escapar ligera tosecilla—. Tiene usted razón, sir, es muy vieja. Pero ella proviene de una antigua familia, sir; antigua en todas las acepciones de la palabra. El fundador de esta familia vino a Kent cuando Julio César invadió la Britania..., desde entonces sólo un individuo de esta familia ha vivido menos de ochenta y cinco años, y eso por haber sido decapitado por uno de los Enriques. La anciana no tiene ahora más que setenta y tres, mi querido señor.

 

Calló el hombrecito y tomó un polvo de rapé.

 

—Bien —exclamó Mr. Jingle.

 

—Bien, mi querido señor... ¿no toma usted rapé?... ¡Ah!, cuánto mejor...

 

dispendiosa costumbre... bien, señor mío, es usted un joven, un hombre de mundo...

 

capaz de hacer fortuna, si dispone de capital, ¿eh?

 

—Bien —volvió a decir Mr. Jingle.

 

—¿Me comprende usted?

 

—No por completo.

 

 

 

 

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—¿No cree usted... yo le pregunto a usted, no cree usted... que cincuenta libras y la libertad valen más que Miss Wardle y la expectativa?

 

—No... ¡ni el doble! —dijo Mr. Jingle levantándose.

 

—Vaya, vaya, vaya, señor mío —arguyó el pequeño procurador, asiéndole por un botón—. Hermosa suma... un hombre como usted puede triplicarla en nada de tiempo... puede hacerse mucho con cincuenta libras, mi querido amigo.

 

—Más puede hacerse con ciento cincuenta —replicó Mr. Jingle con gran desenvoltura.

 

—Bueno, señor mío, no nos entretengamos en esas minucias —continuó el hombrecito—; pongamos... pongamos... setenta.

 

—No basta —dijo Mr. Jingle.

 

—No se vaya, querido... haga el favor de no precipitarse —dijo el hombrecito—.

 

Ochenta, ¡ea!; voy a extenderle un cheque ahora mismo.

 

—No basta —dijo Mr. Jingle.

 

—Bien, querido, bien —dijo el hombrecito deteniéndole aún—; dígame, entonces, cuánto.

 

—Asunto costoso —dijo Mr. Jingle—. Dinero desembolsado... coche de posta, nueve libras; licencia, tres... ya son doce... indemnización, ciento... ciento doce... deshonor... y pérdida de la dama.

 

—Sí, querido, sí —dijo el hombrecito dirigiéndole una mirada de inteligencia—; no hay que ocuparse de los dos últimos extremos. Total, ciento doce... pongamos ciento... vamos.

 

—Veinte —dijo Mr. Jingle.

 

—Vamos, vamos; voy a extenderle un cheque —dijo el hombrecito.

 

Y con este propósito se sentó a la mesa.

 

—Lo extenderemos a pagar pasado mañana —dijo el hombrecito mirando a Mr.

 

Wardle—, y entre tanto podemos llevarnos a la señora.

 

Mr. Wardle asintió, moviendo la cabeza con aire de enojo.

 

—Ciento —dijo el hombrecito.

 

—Ciento veinte —dijo Mr. Jingle.

 

—Por Dios, querido —le reconvino el hombrecito.

 

—Déselo —intervino Mr. Wardle—, y que se marche.

 

Fue extendido el cheque por el hombrecito y embolsado por Mr. Jingle.

 

—¡Ahora váyase de esta casa al instante! —dijo Wardle con brusco ademán.

 

—¡Querido, por Dios! —suplicó el hombrecito.

 

—Y tenga bien presente que nada me hubiera inducido a esta transacción... ni siquiera la respetabilidad de mi familia... si no supiera que en el momento en que reciba el dinero se irá usted al diablo más de prisa que sin él.

 

—¡Por Dios, querido! —volvió a suplicarle el hombrecito.

 

 

 

 

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—Quieto, Perker —dijo Wardle—. Márchese, sir.

 

—En seguida —dijo el imperturbable Jingle—. Adiós, adiós, Pickwick. Cualquier espectador imparcial que hubiese contemplado el rostro del hombre

 

ilustre cuyo nombre constituye el rasgo principal del título de esta obra, durante la última parte de esta conversación, se habría extrañado probablemente de que el fuego de la indignación que en sus ojos ardía no llegara a fundir los cristales de sus lentes: tan majestuosa era su cólera. Dilatáronse las ventanas de su nariz y se crisparon sus puños al oír la despedida del villano. Mas se reprimió de nuevo... y no le hizo polvo.

 

—Aquí —prosiguió el incorregible traidor, arrojando la licencia a los pies de Mr.

 

Pickwick—, cambiar el nombre... llevar a la señora... para Tuppy.

 

Aunque Mr. Pickwick era un filósofo, los filósofos no son, después de todo, más que hombres. El dardo le había alcanzado y había perforado su filosofía envolvente hasta llegar al mismo corazón. Presa de un rabioso frenesí, arrojó el tintero inconscientemente y su cuerpo siguió al proyectil. Pero Mr. Jingle había desaparecido, y Mr. Pickwick cayó en los brazos de Sam.

 

—¡Hola! —dijo el excéntrico criado—. Los muebles son baratos en su tierra, sir. Un tintero de movimiento, en la pared ha puesto el signo de usted, respetable anciano. Téngase, sir. ¿A qué conduce lanzarse tras de un hombre que ha hecho su fortuna y que a estas horas está ya en el otro extremo del Borough?

 

El espíritu de Mr. Pickwick, como el de todos los hombres verdaderamente grandes, se rindió a la evidencia. Era en el razonar pronto y seguro, y bastóle un momento de reflexión para reconocer la improcedencia de su cólera. Ésta fue dominada no bien concebida. Detúvose para tomar aliento, y dirigió una mirada de benignidad hacia los amigos que le rodeaban.

 

¿Hemos de repetir las lamentaciones que dejó escapar Miss Wardle al verse abandonada por el infiel Jingle? ¿Hemos de extractar la magistral descripción hecha por Mr. Pickwick de la conmovedora escena? Ante nuestros ojos se halla el libro de notas, borrado a trechos por las lágrimas de su humanitaria simpatía; una palabra, y pasa a manos del impresor. Pero, ¡no, tengámonos! No queremos herir la sensibilidad del público con tan dolorosa narración.

 

Despacio y tristemente volvieron al otro día en carruaje a Muggleton los dos amigos y la abandonada señora. Las sombras oscuras y melancólicas de la noche estival cerraban el horizonte cuando los viajeros llegaban a Dingley Dell y trasponían la entrada de Manor Farm.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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11.    En el que se contienen otra excursión y un descubrimiento arqueológico. Regístrasela determinación de Mr. Pickwick de asistir a una elección, y figura por fin

 

un manuscrito del viejo pastor

 

 

Una noche de sedante reposo en el profundo silencio de Dingley Dell y una hora de paseo a la siguiente mañana, respirando el aire embalsamado y fresco, repusieron a Mr. Pickwick de su fatiga corporal y espiritual perturbación. El ilustre personaje había permanecido separado dos días enteros de sus amigos y secuaces, y no es difícil concebir el placer y la alegría con que se adelantó a saludar a Mr. Winkle y a Mr. Snodgrass cuando encontró a estos dos caballeros al regresar de su matinal paseo. Fue mutuo el contento; porque, ¿quién hubiera podido contemplar el rostro resplandeciente de Mr. Pickwick sin experimentar aquella sensación? Sin embargo, una nube parecía hallarse suspendida sobre sus compañeros, y habiéndola percibido el gran hombre, no acertaba a explicársela. Un aire de misterio, alarmante por lo insólito, envolvía a sus dos amigos.

 

—¿Y cómo —dijo Mr. Pickwick, estrechando las manos de sus amigos y cambiando con ellos fervorosas salutaciones de bienvenida—, cómo está Tupman?

 

Mr. Winkle, a quien directamente se dirigió la pregunta, no contestó. Volvió la cabeza y pareció absorberse en melancólicas reflexiones.

 

—Snodgrass —dijo Mr. Pickwick, impaciente—, ¿cómo está nuestro amigo?

 

¿Está enfermo?

 

—No —replicó Mr. Snodgrass; y en su párpado sentimental tembló una lágrima, como tiembla una gota de lluvia en el quicio de una ventana—. No, no está enfermo.

 

Quedó perplejo Mr. Pickwick y miró a sus amigos alternativamente.

 

—¡Winkle, Snodgrass! —dijo Mr. Pickwick—. ¿Qué significa esto? ¿Dónde está nuestro amigo? ¿Qué ha ocurrido? Hablad... les suplico, les ruego... más aún: se lo mando, hablen.

 

En el ademán de Mr. Pickwick había una solemnidad y una dignidad irresistibles.

 

—Se ha ido —dijo Mr. Snodgrass.

 

—¡Se ha ido! —exclamó Mr. Pickwick—. ¡Se ha ido!

 

—Se ha ido —repitió Mr. Snodgrass.

 

—¿Adónde? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—Sólo podemos deducirlo de esta carta —replicó Mr. Snodgrass, sacando un papel de su bolsillo y poniéndolo en manos de su amigo—. Cuando ayer mañana se recibió la carta de Mr. Wardle participando que llegaría con su hermana por la noche, la melancolía que en nuestro amigo habíamos observado durante todo el día anterior aumentó de modo manifiesto. Poco después desapareció; no se le vio en todo el día, y

 

 

 

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por la noche, un criado de La Corona, de Muggleton, trajo esta carta. La había dejado nuestro amigo por la mañana, con la orden estricta de no entregarla hasta la noche.

 

Mr. Pickwick abrió la epístola. Era de puño y letra de su amigo, y su contenido era el siguiente:

 

«Mi querido Pickwick:

 

»Usted, amigo querido, está fuera del alcance de muchas flaquezas y debilidades humanas, de las que no pueden triunfar las gentes mediocres. No sabe usted lo que es verse abandonado en un soplo por un ser adorable y fascinador, y ser víctima de las arteras maquinaciones de un villano que esconde la astucia bajo la máscara de la amistad. No puede usted comprenderlo.

 

»Las cartas que se me dirijan a La Botella de Cuero, en Cobham, Kent, me serán entregadas... suponiendo que aún exista. Huyo de la vista de ese mundo que se me ha hecho odioso. Si al fin llegara a desaparecer definitivamente, compadézcame...

 

perdóneme... La vida, mi querido Pickwick, me resulta insoportable. El espíritu que arde en nuestro interior soporta el fardo que contiene la pesada carga de cuidados y tribulaciones mundanales; y cuando este espíritu flaquea en nosotros, es la carga demasiado pesada para que pueda sufrirse. Sucumbimos a ella. Diga a Raquel... ¡Ah, ese nombre...!

 

»Tracy Tupman».

 

—Tenemos que partir inmediatamente —dijo Mr. Pickwick, doblando la carta—. No estaría bien quedarnos aquí, por ningún concepto, después de lo que ha ocurrido; y estamos ahora obligados a volar en busca de nuestro amigo.

 

Y diciendo esto se encaminó a la casa.

 

En seguida dio a conocer su resolución. Fueron apremiantes las súplicas que se le hicieron de quedarse, mas fue inflexible Mr. Pickwick. Ciertos asuntos, dijo, requerían su presencia.

 

El viejo clérigo hallábase presente.

 

—Pero, ¿es que se va usted? —dijo, llamando aparte a Mr. Pickwick—. Pues aquí —añadió— tiene usted un pequeño manuscrito que yo esperaba haber tenido el placer de leerle. Lo encontré a la muerte de un amigo mío... un médico del manicomio del condado... entre otros varios papeles, que podía destruir o conservar, según juzgase conveniente. Me resisto a creer en la autenticidad del manuscrito, si bien no es de mano de mi amigo. Sin embargo, ya sea relación genuina de un loco o fantasía soñadora de algún ser infeliz, lo que creo más probable, léalo y juzgue por sí mismo.

 

Tomó Mr. Pickwick el manuscrito y despidióse del bondadoso anciano con sinceras muestras de afecto y estimación.

 

No era fácil tarea despedirse de los habitantes de Manor Farm, de los que había recibido tantas pruebas de cortesía y de hospitalidad. Besó Mr. Pickwick a las señoritas, íbamos a decir como si fueran sus hijas; pero es casi seguro que en tal caso

 

 

 

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hubiera puesto más ardor en la despedida, y no sería pertinente la comparación; abrazó a la anciana con efusión filial, y acarició las mejillas de las criadas de la manera más patriarcal, al tiempo que depositaba en las manos de cada una demostraciones más sustanciosas de su agradecimiento. Aún fueron más prolongadas y tiernas las señales de afecto cambiadas con el viejo huésped y Trundle; y sólo después de haberle llamado varias veces Mr. Snodgrass, que salió al fin de un oscuro pasillo seguido de cerca por Emilia, cuyos brillantes ojos denotaban melancolía extraordinaria, pudieron los tres amigos arrancarse de la cariñosa familia. Muchas veces volvieron la vista hacia la granja, mientras se alejaban poco a poco; y muchos besos echó a volar Mr. Snodgrass, mostrando reconocer algo como un pañuelo de señora que se agitaba en una de las ventanas del piso alto, hasta que una revuelta del camino les ocultó la casa.

 

En Muggleton se proporcionaron un coche para Rochester. Cuando llegaban a esta ciudad, la violencia de su amargura había remitido lo bastante para dejarles almorzar con excelente apetito; y después de adquirir noticias acerca del itinerario que debían seguir, ya por la tarde, se dirigieron paseando a Cobham.

 

Fue un delicioso paseo, porque corría una hermosa tarde de junio y marchaban los tres amigos atravesando un frondoso y umbrío bosque, oreado por ligera brisa, que agitaba el espeso follaje, y dejábase oír el alegre canto de los pájaros que saltaban sobre los floridos pimpollos. El musgo y la yedra trepaban a los árboles en tupidos racimos, y el blando césped tendíase en el suelo semejando un tapiz de seda. Salieron los caminantes a un amplio parque, hacia cuyo centro había un antiguo castillo, en el que campeaba el atildado y pintoresco estilo del tiempo de Isabel. Largas hileras de macizos robles y de álamos corpulentos bordeaban el parque; nutridos rebaños pastaban en la fresca hierba, y de vez en cuando veíase huir a las espantadas liebres con la presteza de las sombras fugitivas que proyectaban las nubes sobre el paisaje selváceo, como fugaces hálitos del verano.

 

—Si vinieran —dijo Mr. Pickwick mirando a su alrededor—, si vinieran a este paraje todos aquellos a quienes aqueja la misma tribulación que a nuestro amigo, creo que no tardaría en volver a ellos el amor a este mundo.

 

—Creo lo mismo —dijo Mr. Winkle.

 

—Y en realidad —añadió Mr. Pickwick, cuando media hora después llegaron al pueblo—, en realidad, es uno de los más lindos y agradables lugares que puede elegir un misántropo.

 

Tanto Mr. Winkle como Mr. Snodgrass manifestaron compartir esta opinión, y habiéndoseles indicado La Botella de Cuero, que era una confortable y aseada cervecería del pueblo, entraron los viajeros y preguntaron al punto por un caballero llamado Tupman.

 

—Lleva a estos señores al salón, Tomás —dijo la dueña.

 

 

 

 

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Un robusto mozo de aspecto campesino abrió una puerta situada al fondo del pasillo, y penetraron los tres amigos en una larga estancia de techo bajo, amueblada con gran número de sillas de formas fantásticas con altos respaldos de cuero y exornada con gran variedad de antiguos retratos y de groseros cromos, antiguos también. En el extremo opuesto de la estancia había una mesa cubierta por blanco mantel, en la que se veía un asado de ave, tocino, cerveza, etcétera; y a esta mesa estaba sentado Mr. Tupman con el continente más dispar que puede concebirse del de un hombre que se ha despedido del mundo.

 

Al entrar sus amigos, dejó el caballero el cuchillo y el tenedor, y con gesto doloroso se adelantó a saludarles.

 

—No esperaba verles por aquí —dijo estrechando la mano de Mr. Pickwick—.

 

Son ustedes muy cariñosos.

 

—¡Ah! —dijo Mr. Pickwick sentándose y enjugando el sudor producido en su frente por el ejercicio—. Acabe de comer y venga conmigo. Deseo hablarle a solas.

 

Hizo Mr. Tupman lo que se le indicaba, y después de refrescarse Mr. Pickwick con un copioso trago de cerveza, esperó a que su amigo terminara. La comida fue despachada rápidamente, y salieron juntos los dos caballeros.

 

Durante media hora viose las siluetas de ambos personajes pasear de un extremo a otro por la placeta de la iglesia, mientras que Mr. Pickwick dedicábase a combatir la resolución de su compañero. Inútil sería repetir sus argumentos, porque, ¿qué otro lenguaje que no fuera el del gran maestro podría infundirles tanta fuerza y tanta energía? Poco nos importa que fuese el hallarse Mr. Tupman harto de su ostracismo, o la elocuencia de su amigo, lo que sobre él influyera; el caso es que hubo de rendirse.

 

Mr. Tupman no abrigaba preferencia alguna respecto al lugar en que había de extinguir el resto mísero de sus días; y puesto que su amigo estimaba en tanto su compañía, deseaba compartir sus aventuras.

 

Mr. Pickwick sonrió; se estrecharon las manos y fueron a reunirse con sus compañeros.

 

Fue en este preciso momento cuando realizó Mr. Pickwick el descubrimiento inmortal que ha sido orgullo y motivo de jactancia para sus amigos, así como la envidia de todos los arqueólogos nacionales y extranjeros. Habían pasado la puerta de su posada y caminaban hacia la salida del pueblo, cuando quisieron reconocer el lugar en que se encontraban. Al volver la cabeza Mr. Pickwick fue a dar su mirada en una piedra rota y pequeña que se hallaba parcialmente enterrada junto a la fachada de una casucha.

 

Se detuvo repentinamente.

 

—Esto es muy raro —dijo Mr. Pickwick.

 

—¿Qué es raro? —inquirió Mr. Tupman mirando ávidamente a todos los objetos

 

 

 

 

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cercanos, menos al objeto en cuestión—. ¡Dios me valga! ¿Qué ocurre?

 

La última exclamación obedeció al asombro irreprimible que le ocasionó ver a Mr. Pickwick, poseído por el entusiasmo de su descubrimiento, caer de rodillas ante el pedrusco y empezar a quitarle el polvo con el pañuelo. —Aquí hay una inscripción —dijo Mr. Pickwick.

 

—¿Es posible? —dijo Mr. Tupman.

 

—La veo claramente —prosiguió Mr. Pickwick, frotando con toda su fuerza y mirando a través de sus lentes. »Distingo claramente una cruz, una B y luego una T. Esto es importante —continuó Mr. Pickwick levantándose—. Ésta es alguna antigua inscripción que existe desde mucho antes que las casas de este lugar. No hay que perderla.

 

Llamó a la puerta de la casita. Abrió un campesino.

 

—¿Usted sabe cómo ha venido esta piedra a parar aquí, amigo? —preguntó bondadosamente Mr. Pickwick.

 

—No, sir; no lo sé —replicó el hombre con amabilidad—. Estaba aquí mucho antes de que yo naciera y de que naciera ninguno de nosotros.

 

Mr. Pickwick miró a su compañero, triunfante.

 

—Usted... usted... me parece que no tendrá interés por esto —dijo Mr. Pickwick, temblando de ansiedad—. ¿Piensa usted venderlo?

 

—¡Ah!, pero, ¿quién iba a comprarlo? —preguntó el hombre con gesto que tal vez denotase astucia.

 

—Yo le daré a usted ahora mismo diez chelines por ella —dijo Mr. Pickwick—, si usted la arranca para mí.

 

Puede imaginarse fácilmente el asombro que causaría en el pueblo el ver que, después de arrancarse la piedra con una azada, la tomó Mr. Pickwick y, a costa de grandes esfuerzos, la llevó a la posada por su propia mano y, después de lavarla escrupulosamente, la depositó sobre una mesa.

 

No conoció limites la alegría de los pickwickianos cuando su asiduidad, su paciencia y el trabajo empleados en lavar y frotar la piedra se vieron coronados por el éxito. La piedra era desigual y estaba resquebrajada y las letras irregularmente dispuestas; pero era bien perceptible y fácil de descifrar el siguiente fragmento:

 

 

FGSDG

 

BILST

 

UM

 

PSHI

 

S.M.

 

ARK

 

Los ojos de Mr. Pickwick chispeaban de entusiasmo al sentarse y examinar con

 

 

 

 

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afán el tesoro que había descubierto. Acababa de alcanzar uno de los más altos objetivos de su ambición. En una comarca famosa por la abundancia de restos de las antiguas edades; en un pueblo en el que aún existían algunos recuerdos de un pasado remoto, él... él, el presidente del Club Pickwick... había descubierto una rara y curiosa inscripción de indiscutible antigüedad, que escapara por completo a la observación de los muchos sabios que le habían precedido. Apenas podía dar crédito a sus sentidos.

 

—Esto... esto —dijo— me decide. Mañana volveremos a la ciudad.

 

—¡Mañana! —exclamaron admirados los discípulos.

 

—Mañana —dijo Mr. Pickwick—. Este tesoro tiene que ser depositado en seguida donde pueda investigarse e interpretarse debidamente. Pero aún tengo otra razón. Dentro de unos días tendrán lugar unas elecciones en la villa de Eatanswill, en la que Mr. Perker, un caballero a quien acabo de conocer, patrocina a uno de los candidatos. Tenemos que presenciar y estudiar minuciosamente una escena que debe interesar a todo inglés.

 

—Iremos —respondieron a coro tres voces.

 

Miró a su alrededor Mr. Pickwick. La fervorosa adhesión de sus discípulos encendió en su espíritu una llama de entusiasmo. Era el maestro y se daba cuenta de su posición.

 

—Celebremos el feliz encuentro con unas copas —dijo. Esta proposición fue, como la otra, acogida con unánime aplauso. Luego de encerrar la importante piedra en una pequeña caja, comprada a la posadera, sentóse en una butaca Mr. Pickwick a la cabecera de la mesa. La tarde se empleó en amenos y gozosos comentarios.

 

Eran más de las once, hora avanzada para el pequeño pueblo de Cobham, cuando Mr. Pickwick se retiraba al dormitorio que se le había preparado. Abrió de par en par la enrejada ventana y, colocando la luz sobre la mesa, se perdió en meditaciones acerca de los atropellados sucesos de los dos días anteriores.

 

La hora y el lugar favorecían de consuno el ejercicio reflexivo; Mr. Pickwick despertó de sus divagaciones al oír las doce tañer en el reloj de la iglesia. La primera campanada sonó en su oído de un modo solemne, mas al cesar los toques le pareció insoportable la quietud: le hacía el efecto de haber perdido un compañero. Estaba excitado y nervioso; desnudóse rápidamente y, después de colocar la luz en la chimenea, se metió en la cama.

 

Todo el mundo ha experimentado ese estado mental desagradable en el que la sensación del cansancio físico lucha en vano contra el insomnio. Tal era la situación de Mr. Pickwick en aquel momento: volvióse primero hacia un lado, luego a otro, y cerró los ojos por algún tiempo, como para atraer el sueño. De nada le sirvió. El excesivo ejercicio que había hecho, o el calor, o el aguardiente y el agua que había bebido, o el extrañar la cama, cualquiera que fuese la causa, el caso era que sus pensamientos tornábanse inquietos hacia los horrendos cromos que viera en el salón y

 

 

 

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hacia las historias que con tal motivo habíanse relatado en el curso de la velada. Después de dar vueltas durante media hora llegó a la desagradable conclusión de que era inútil conciliar el sueño; levantóse, pues, y se vistió a medias. Cualquier cosa, pensaba, era mejor que permanecer allí imaginando toda clase de horrores. Miró hacia la ventana; estaba muy oscuro. Comenzó a pasear por la estancia; se sentía muy solo.

 

Varias veces había recorrido la distancia entre la ventana y la puerta, cuando vino a su memoria por vez primera el manuscrito del cura. No fue mala ocurrencia. Si no llegaba a interesarle, podría traerle el sueño. Sacó el manuscrito del bolsillo de su levita y, acercando a la cama una pequeña mesa, despabiló la luz, calóse los lentes y se dispuso para la lectura. Era una letra extraña, y había en el papel muchas manchas y borrones. Empezó por sorprenderle el título, y no pudo menos de dirigir a su alrededor una mirada inquieta. Reflexionando en lo absurdo de tales sensaciones, arregló la luz de nuevo y leyó lo siguiente:

 

EL MANUSCRITO DE UN LOCO

 

¡Sí, de un loco! ¡Cómo hubiera conmovido mi corazón esa palabra hace muchos años! ¡Cómo hubiera hecho renacer aquel terror que algunas veces me acometía, haciendo correr por mis venas la sangre palpitante, hasta que el helado rocío del espanto brotaba en anchas gotas sobre mi piel y chocaban mis rodillas temblando de horror! Ahora me gusta, sin embargo. Es una hermosa palabra. Decidme qué ceño iracundo de monarca fue más temido que el destello de la mirada de un loco..., qué cuerda o qué hacha aprehendieron tan fatalmente como la presa de un loco. ¡Oh, oh! ¡Qué gran cosa es ser un loco; ser contemplado a través de férreas barras como un fiero león...; hacer crujir los dientes y aullar la noche entera entre el alegre canto de la pesada cadena...; rodar y arrastrarse entre la paja, en el arrobamiento de tan brava música! ¡Bienhaya el manicomio! ¡Oh, admirable mansión!

 

»Recuerdo los días en que me horrorizaba el ser loco; los días en que, al despertar de mi sueño, caía de rodillas y rezaba para que mi raza se librara de semejante maldición; cuando huía veloz ante el espectáculo de la alegría o de la dicha a consumir largas horas en algún retiro solitario, observando el progreso de la fiebre que había de devorar mi cerebro. Yo sabía que la locura estaba dentro de mi sangre y en la médula de mis huesos; que había pasado una generación sin que fuera invadido ninguno de la peste, y yo era el primero en quien ella debía revivir. Sabía que así había de ser, que así había sido y que así sería en lo sucesivo; y cuando yo me apartaba en algún oscuro rincón de una habitación llena de gente y veía a los hombres murmurar, señalarme y volver hacia mí sus ojos, sabía que estaban hablando del sentenciado, y yo me evadía para aturdirme de nuevo en mi triste soledad.

 

»Esto hice durante varios años; largos, largos años fueron aquéllos. Las noches son aquí largas... muy largas; pero no son nada comparadas con las noches sin

 

 

 

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descanso y pobladas de espantosos sueños que yo pasaba en aquellos tiempos. Frío me da el recordarlas. Amplias formas negras de rostros sigilosos y burlescos se guarnecían en los rincones de mi cuarto, e inclinábanse sobre mi lecho por la noche, tentándome a la locura. En quedos murmullos decíanme que el suelo de la vieja casa en que mi abuelo había muerto estaba impregnado con su propia sangre, vertida por su propia mano en los accesos de locura furiosa. Yo me tapaba los oídos con los dedos; pero ellos gritaban dentro de mi cabeza, hasta que la habitación se llenaba con sus ecos, que durante la generación anterior a la suya había dormitado la locura, pero que su abuelo había vivido años enteros con sus manos sujetas al suelo para evitar que él mismo se hiciera pedazos. Yo sabía que me decían la verdad; lo sabía perfectamente. Lo había averiguado años hacía, aunque todos habían procurado ocultármelo. ¡Ah, ah!; era yo bastante sagaz, por muy loco que me juzgaran.

 

»Al cabo vino sobre mí, y yo me pregunto cómo había podido temerla tanto. Ya podía lanzarme al mundo y reír y gritar entre todos. Yo sabía que estaba loco, pero ninguno lo sospechaba aún. ¡Cómo me retorcía de placer al pensar en la fina burla que les jugaba después de los murmullos y disimuladas alusiones con que a mí se referían, cuando, estando aún cuerdo, temían que algún día enloqueciera! ¡Y cómo me reía de alegría cuando estaba solo y pensaba en la habilidad con que guardaba mi secreto y en lo pronto que mis cariñosos amigos hubieran huido de mí de haber sabido la verdad! Podía haber gritado con entusiasmo cuando comía con algunos bulliciosos compañeros, pensando cuán pálidos se hubieran tornado y con qué presteza hubieran escapado si hubieran sabido que el querido camarada que junto a ellos se sentaba y que se ocupaba de afilar el rutilante cuchillo era un loco con todo el poder y toda la voluntad necesarios para hundírselo en el corazón. ¡Oh, qué alegre vida!

 

»Llegué a la riqueza; la fortuna cayó sobre mí a raudales, y yo me aturdía en los placeres, que para mí se multiplicaban y ganaban en intensidad por la consciencia de mi bien guardado secreto. Heredé una fortuna. La ley..., el ojo de águila de la ley, había sido engañado, y se había concedido miles y miles a un demente sin la menor discusión. ¿Dónde estaba la sagacidad y la agudeza de los cuerdos? ¿Dónde la pericia de los juristas, siempre afanosos por descubrir la rendija?

 

»¡Ya tenía yo dinero! ¡Cómo se me adulaba! ¡Gasté con prodigalidad! ¡Cómo se me ensalzaba! ¡Cómo aquellos tres orgullosos y despóticos hermanos se humillaban ante mí! El mismo anciano padre... ¡qué deferencia..., qué respeto..., qué ferviente amistad...! ¡Me adoraba! El viejo tenía una hija, y una hermana el joven; los tres eran pobres. ¡Yo era rico! Y cuando me casé con la muchacha vi dibujarse en las caras de sus parientes necesitados una sonrisa de triunfo, al pensar en su bien meditado proyecto y en su rico botín. Todo esto me hacía sonreír. ¡Sonreír! Reír estrepitosamente, arrancarme los cabellos y rodar por el suelo con aullidos de alegría.

 

 

 

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¡Ignoraban que la habían casado con un loco!

 

»Pero, vamos a ver: de haberlo sabido, ¿hubieran dejado de casarla? ¡La felicidad de una hermana a cambio del oro de su marido! ¡La más liviana pluma que yo soplo en el aire, comparada con la alegre cadena que adorna mi cuerpo!

 

»Mas, con toda mi astucia, se me engañó en una cosa. De no haber estado loco (pues aunque los locos somos sutiles en alto grado, nos vemos sorprendidos a veces), hubiera sabido que la muchacha mejor habría preferido ser encerrada rígida y fría en austero féretro de plomo que ser la esposa envidiada, moradora de mi casa rica y espléndida. Yo hubiera debido saber que su corazón pertenecía al muchacho de ojos negros cuyo nombre le oí murmurar durante su turbulento sueño, y que ella me había sido sacrificada para aliviar la pobreza del anciano y de los altaneros hermanos.

 

»No recuerdo ya formas ni rostros, pero sé que la muchacha era hermosa. Sé que lo era, porque cuando despierto sobresaltado en las claras noches de luna y todo calla en derredor mío, veo de pie, tranquila e inmóvil, en un rincón de mi celda, una ingrávida y delgada figura de largos cabellos negros que se desbordan por su espalda, agitándose a favor de un viento ultraterreno, y unos ojos que me miran fijamente, sin cerrarse ni pestañear. ¡Chist!, la sangre se me hiela en el corazón al escribirlo...; esa forma es la suya; su cara está muy pálida, y sus ojos, vidriosos; pero los conozco perfectamente. Esta figura no se mueve jamás, no frunce su entrecejo ni mueve sus labios como otros espectros que me visitan; pero me espanta más que los espíritus que hace años me tentaron; viene de la tumba y sellada por la muerte.

 

»Durante poco más de un año vi yo a este rostro palidecer; durante un año vi las lágrimas resbalar por sus lívidas mejillas, mas no descubría la causa. Al cabo la encontré; no podía ocultárseme por mucho tiempo. Ella nunca me había amado. Nunca pensó tal cosa. Desdeñaba mi riqueza y odiaba el esplendor en que vivía; esto nunca lo hubiera creído. Ella amaba a otro. En esto no había yo pensado jamás. Sobreviniéronme extrañas sensaciones, y ciertos pensamientos, imbuidos en mi mente por un poder secreto, ponían mi cerebro en vertiginosa revolución. No le odiaba a ella, aunque aborrecía al muchacho por quien ella suspiraba. La compadecía... la compadecía por la mísera vida a que la habían condenado sus malvados y egoístas parientes. Yo sabía que no había de vivir largo tiempo; mas el pensamiento de que antes de morir pudiera dar la vida a alguna desdichada criatura predestinada a transmitir a su vástago la locura me decidió por completo. Resolví matarla.

 

»Pensé en el veneno por espacio de muchas semanas; luego, en ahogarla, y, por fin, en el fuego. Era un hermoso espectáculo el que había de ofrecer la gran casa en llamas y la esposa del loco volando convertida en cenizas. Pensar en la broma deliciosa de una amplia indemnización y de algún hombre honrado colgando por un delito que no ha cometido, y ¡todo esto tramado por la astucia de un loco! Pensé en

 

 

 

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esto muchas veces, mas desistí al cabo. ¡Oh, qué placer tan grande el de afilar día tras día la navaja de afeitar, sintiendo el delgado corte y pensando en la bocanada que podría hacer brotar un golpe de su fino y brillante filo!

 

»Por fin, el antiguo espíritu que tanto me había visitado murmuró en mi oído que la hora era llegada, y puso en mi mano la navaja abierta. La empuñé con firmeza; suavemente me incorporé en el lecho, y me incliné sobre mi esposa dormida. Su cara estaba oculta por sus manos. Las retiré con cuidado y cayeron indolentes sobre el seno. Había llorado, porque la huella de sus lágrimas aún humedecía sus mejillas. Su rostro acusaba placidez y calma, y aún al mirarla yo iluminaba sus pálidos rasgos una tranquila sonrisa. Posé mi mano dulcemente en su hombro. Se estremeció...; no era más que un sueño fugaz. De nuevo me incliné hacia delante. Dejó escapar un grito y se despertó.

 

»Sólo un movimiento de mi mano hubiera bastado para que no volviera a gritar. Pero me hice atrás, sobrecogido. Sus ojos se fijaron en los míos. Yo no sé cómo fue; pero me intimidaron, me llenaron de espanto y me aniquilaron. Se levantó del lecho sin dejar de mirarme fijamente. Yo temblaba; la navaja estaba en mi mano, pero yo no podía hacer movimiento alguno. Ella se dirigió hacia la puerta. Al llegar cerca de ella se volvió, y retiró sus ojos de mi cara. El hechizo estaba roto. Salté hacia ella y la agarré por el brazo. Gritando sin tregua, cayó al suelo.

 

»En aquel momento podía yo haberla matado sin que ella hiciera resistencia; mas la casa estaba en alarma. Oí pisadas en la escalera. Coloqué la navaja en su cajón, abrí la puerta y llamé en altas voces pidiendo socorro.

 

»Vinieron, la levantaron del suelo y colocáronla en el lecho. Allí permaneció varias horas privada de sentido; y cuando tornaron la vida, el habla y la vista, había perdido la razón, y prorrumpió en salvajes y furiosos arrebatos.

 

»Se hizo venir a los médicos... grandes hombres que llegaron a mi puerta en confortables carruajes con hermosos caballos y fastuosos lacayos. Los doctores permanecieron algunas semanas junto a su lecho. Tuvieron una gran junta y celebraron su consulta con voces quedas y solemnes en otra habitación. Uno de ellos, el más competente y afamado de todos, me llamó aparte, y, diciéndome que me pusiera en lo peor, me participó..., ¡a mí, al loco!, que mi mujer estaba loca. Situado junto a mí, al lado de una ventana abierta, fijaba en mi cara sus ojos y posaba una mano en mi brazo. Con un esfuerzo podía yo haberle arrojado a la calle. Singular ejercicio hubiera sido aquél; pero mediaba mi secreto y le dejé marchar; algunos días después se me dijo que tenía que someterla a cierta vigilancia: debía proporcionarle un guardián. ¡Yo! Me fui al campo, donde nadie pudiera oírme, y empecé a reír hasta llenar el aire con el eco de mis carcajadas.

 

»Murió al día siguiente. El anciano la siguió a la tumba, y los orgullosos hermanos vertieron una lágrima sobre el cadáver de aquella cuyos sufrimientos

 

 

 

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miraran en vida con gesto de hierro. Todo esto era pasto admirable para mi secreta alegría; yo reía tras del blanco pañuelo que escondía mi cara, al volver a casa, hasta que las lágrimas asomaron a mis ojos.

 

»Aunque yo había salido adelante con mi empeño, pues la había matado, estaba inquieto y desasosegado, y presentía que antes de poco había de descubrirse. Érame difícil esconder la salvaje alegría que en mí hervía, y que, al quedarme solo en casa, me impulsaba a saltar, a palmotear, a dar piruetas y a berrear de modo altisonante. Al salir a la calle y contemplar a la multitud apresurada, o al oír la música en el teatro y ver bailar a la gente, sentía yo tal regodeo, que poco me faltaba para lanzarme entre ellos y hacerles pedazos miembro a miembro, y aullaba de alegría. Pero apretaba mis dientes y pateaba con rabia, y me hundía en las manos las agudas uñas. Me reprimía, y nadie sabía aún que yo era un loco.

 

»Recuerdo (por cierto que es una de las últimas cosas que puedo recordar, porque ya empezaban a mezclarse realidades y desvaríos, y teniendo tanto que hacer, y hallándome aquí siempre atropellado, me falta el tiempo para discernir unas de otros, dada la confusión que los envuelve) cómo al fin revelé mi secreto. ¡Ah, ah!, aún me parece ver sus miradas de espanto y sentir la facilidad con que de mí los arrojaba, hundiéndoles en las caras mis puños crispados y huyendo veloz como el viento y dejándoles tras de mí deshechos en gritos y alaridos. La fuerza de un gigante viene a mí cuando pienso en ello. Ved cómo esta barra de hierro se dobla a mi torsión furiosa. Fácil me sería quebrarla como una simple varilla; pero sólo se ven por aquí largas galerías con puertas innúmeras, e ignoro si me sería posible acertar con el camino; y aunque pudiera hacerlo, bien sé que hay abajo verjas de hierro fuertemente atrancadas. Ya saben que yo soy un loco notable, y están orgullosos de tenerme aquí para enseñarme.

 

»Dejadme un momento... sí, yo había salido. Estaba muy avanzada la noche cuando entraba en casa, donde encontré al más altivo de los tres altivos hermanos esperándome... para un asunto urgente, dijo; lo recuerdo bien. Yo odiaba a aquel hombre con toda la aversión de un loco. Muchas, muchísimas veces habían mis dedos ansiado hacerle trizas. Dijéronme que estaba allí. Subí jadeante la escalera. Tenía que darme un recado. Yo despedí a los criados. Era tarde, y nos habíamos quedado solos...

 

por primera vez.

 

»Al principio procuré ocultarle mis ojos, porque yo sabía lo que él ignoraba — glorioso conocimiento—: que la luz de la demencia fulgía en ellos resplandeciente. Varios minutos permanecimos sentados en silencio. Al cabo habló. Mi reciente disipación y la extraña conducta por mí seguida, hallándose tan próximo el fallecimiento de mi esposa, constituían un ultraje para su memoria. Recordando ahora muchos detalles que antes pasaran inadvertidos para él, deducía que no la había tratado bien. Deseaba saber si acertaba al pensar que yo me proponía lanzar un

 

 

 

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reproche sobre su memoria y un baldón sobre su familia. El uniforme que vestía le obligaba a pedirme aquella explicación.

 

»Este hombre desempeñaba en el ejército un cargo, comprado con mi dinero y con la desdicha de su hermana. Éste era el hombre que había dirigido el complot para engañarme y apoderarse de mi fortuna. Éste era el hombre que había sido el principal instrumento empleado para forzar a su hermana a casarse conmigo, no obstante saber que su corazón pertenecía a aquel romántico muchacho. ¡Por el uniforme! ¡La librea de su degradación! Retiré mis ojos de aquel hombre... no pude remediarlo... pero no dije palabra.

 

»Percibí el cambio súbito que sufrió bajo la mirada mía. Era un hombre audaz; pero perdió el color y se hizo atrás con la silla. Acerqué la mía a la suya, y al reír yo —estaba yo muy alegre entonces—, le vi estremecerse. Noté que en mí se alzaba la locura. Él me tenía miedo.

 

»—¿Quiso usted mucho a su hermana mientras vivió —dije—, mucho?

 

»Miró a su alrededor con inquietud y le vi asir con la mano el respaldo de su silla; pero nada dijo.

 

»—¡Miserable! —le dije—. Ya le había yo desenmascarado; había descubierto sus planes infernales; yo sé que su corazón se había fijado en otro, antes de que usted la indujera a casarse conmigo. Lo sé ... lo sé.

 

»Irguióse de pronto, enarboló su silla y me intimó a retroceder, porque yo tuve buen cuidado de mantenerme cerca de él mientras hablaba.

 

»Rugí, más que hablé, porque sentí en mis venas el tumulto furioso de la ira, y el viejo espíritu murmuraba en mi oído y me impulsaba a despedazarle el corazón.

 

»—¡Maldito! —dije, levantándome y arrojándome sobre él—. Yo la maté. Soy un loco. Muere. ¡Sangre, sangre, la quiero!

 

»De un empujón desvié la silla, que aterrado esgrimía, y me agarré a él, y rodamos ambos dando un golpe terrible.

 

»Fue una hermosa lucha, porque él era fornido y corpulento y defendía su vida, mientras que yo era un loco lleno de fuerza y sediento por deshacerle. Yo sabía que mi fuerza era irresistible, y tenía razón. También tenía razón esta vez, aunque era un loco. Sus esfuerzos empezaron a ceder. Yo estaba arrodillado sobre su pecho y apretaba con fuerza entre mis manos su musculosa garganta. Su rostro se tiñó de púrpura, sus ojos parecían saltársele de la cabeza, y con torpe lengua parecía burlarse de mí. Le apreté con más vigor.

 

»De pronto abrióse la puerta con gran ruido y entró atropelladamente una turba, gritándose unos a otros para precaverse del loco.

 

»Mi secreto estaba descubierto, y sólo me quedaba luchar por la libertad. Logré ponerme de pie antes de que ninguno me tocara; me arrojé entre los asaltantes, y mi fuerte brazo me abrió camino, cual si mi mano empuñara un hacha que fuera

 

 

 

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tajándolos a mi paso. Gané la puerta, salté la escalinata y me encontré en la calle. »Corría afanoso en línea recta, y nadie osó pararme. Oí pisadas a mi espalda y

 

redoblé mi velocidad. El ruido fue debilitándose en la distancia, y al cabo de un rato cesó en absoluto; yo saltaba arroyos y pantanos, setos y tapias, lanzando salvajes alaridos, que vertían en mi oído los extraños seres que me rodeaban, y los gritos llenaban el aire. Yo iba en brazos de los demonios que cabalgaban en el viento, a cuyo paso descendían colinas y barreras. El torbellino que me rodeaba acabó por hacerme perder la cabeza, y al fin caí desprendido de aquellos brazos, chocando pesadamente contra la tierra. Cuando desperté me encontré aquí, en esta oscura celda, donde rara vez entra la luz del sol y donde la luna penetra apenas en rayos que sólo sirven para mostrarme las sombras que me rodean y la figura muda en su viejo rincón. Cuando me despierto en la cama oigo extraños quejidos y gritos procedentes de lugares remotos. No sé lo que son; pero ni provienen de esta pálida forma ni logran conmoverme. Desde las primeras sombras de la noche hasta las claridades de la mañana allí permanece inmóvil, escuchando la música de mi férrea cadena y contemplando mis sacudidas en el lecho de paja.

 

La última parte del manuscrito no es de la misma mano:

 

«El desgraciado cuyos arrebatos se cuentan arriba fue un triste ejemplo de los funestos resultados producidos por la errónea dirección de las energías juveniles, tanto como por los excesos prolongados más allá de toda posible redención. La inmoderada francachela, la disipación y el desenfreno de los días primeros de la juventud trajeron por consecuencia el delirio y la fiebre. Los primeros efectos de esta última fueron la extraña obsesión, fundada en una teoría médica, bien conocida y tan enérgicamente propugnada por algunos, como por otros combatida, de que existía en la familia una locura hereditaria. Esto produjo una avasalladora melancolía, que degeneró con el tiempo en morbosa predisposición y terminó en locura furiosa. Hay razones para colegir que los sucesos reseñados, si bien aparecen violentados en la descripción por su trastornada fantasía, ocurrieron en la realidad. Sólo causa extrañeza a todos los que conocieron la viciosa iniciación del desgraciado que sus pasiones, libres del freno racional, no le condujeran a más terribles hazañas».

 

La vela de Mr. Pickwick expiraba en el candelero al concluir la lectura del manuscrito del viejo clérigo; y cuando la luz se apagó súbitamente, sin el aviso previo de la oscilación, aumentó la excitación del caballero. Después de quitarse apresuradamente las prendas que habíase puesto al dejar su inquieto lecho y de dirigir a su alrededor una mirada de espanto, metióse de nuevo entre las sábanas y se quedó al punto profundamente dormido.

 

Resplandecía el sol y brillaba intensamente cuando se despertó a hora avanzada de la siguiente mañana. La angustia que le oprimiera durante la pasada noche habíase disipado con las oscuras sombras que envolvían el paisaje, y sus pensamientos y

 

 

 

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emociones eran tan risueños y ligeros como la mañana misma. Después de un sustancioso almuerzo, marcharon los cuatro caballeros paseando hacia Gravesend, seguidos de un hombre que porteaba la piedra encerrada en su caja. A la una aproximadamente llegaron a la ciudad (el equipaje había sido enviado directamente a la City desde Rochester), y habiendo tenido la suerte de encontrar asiento en el exterior de un coche, llegaron a Londres aquella misma tarde sanos y contentos.

 

Los tres o cuatro días siguientes empleáronse en los preparativos necesarios para su viaje a la villa de Eatanswill Como el relato de esta importante empresa requiere capítulo aparte, dedicaremos las pocas líneas que quedan del presente a narrar de modo sucinto la historia del descubrimiento arqueológico.

 

De las Memorias del Club despréndese que Mr. Pickwick dio lectura, en junta general celebrada en la noche siguiente al regreso, de un trabajo acerca del descubrimiento, entrando en una ingeniosa y erudita variedad de disquisiciones sobre el significado de la inscripción. Parece también que un diestro artista hizo del curioso objeto un fiel diseño, que fue grabado en piedra y presentado a la Real Sociedad de Anticuarios y a otras sabias corporaciones; que se suscitaron recelos y suspicacias sin número con motivo de animadas controversias que se escribieron sobre el asunto, y que Mr. Pickwick escribió un panfleto de noventa y seis páginas en diminutos caracteres, en el que se contenían veintisiete maneras distintas de leer la inscripción; que tres viejos caballeros mermaron a sus primogénitos en sus testamentos en un chelín por cabeza por atreverse a poner en duda la antigüedad del pedrusco, y que cierto entusiasta se quitó de en medio prematuramente, desesperado ante la imposibilidad de sondear su significado; que Mr. Pickwick, por haber hecho el descubrimiento, fue elegido miembro honorario de diecisiete sociedades, entre nacionales y extranjeras; que ninguna de las diecisiete logró descifrar el rótulo, pero que las diecisiete convinieron en que era algo extraordinario.

 

Mr. Blotton —cuyo nombre será condenado a eterno desprecio por los cultivadores de lo sublime y misterioso—, Mr. Blotton, decimos, con la incredulidad y el prurito sofístico propios de las vulgares mentalidades, osó presentar una interpretación tan denigrante como ridícula. Mr. Blotton, con el propósito de empañar el nombre inmortal de Pickwick, emprendió un viaje a Cobham, y a su vuelta participó sarcásticamente, en un discurso pronunciado en el Club, que había visto al hombre que vendiera la piedra; que este hombre opinaba que la piedra era antigua, pero que negaba rotundamente la antigüedad de la inscripción, al mismo tiempo que aseguraba haberla esculpido por sí mismo toscamente, habiendo grabado unas letras con objeto de escribir ni más ni menos que estas palabras: BILL STUMPS, HIS MARK, y que Mr. Stumps, por hallarse poco familiarizado con la escritura y habituado a guiarse por el sonido de las palabras más que por las reglas de ortografía, había omitido la L final de su nombre de pila.

 

 

 

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El Club Pickwick (como era de esperar de tan luminosa institución) recibió esta afirmación con el desprecio que merecía, expulsó al presuntuoso y atrabiliario Blotton y votó un par de gafas de oro para Mr. Pickwick, como señal de su aprobación y confianza; deferencia que fue correspondida por Mr. Pickwick haciéndose retratar al óleo y colgando el cuadro en el salón del Club.

 

No por ser expulsado Mr. Blotton se dio por vencido. También escribió un panfleto dirigido a las diecisiete cultas sociedades nacionales y extranjeras, repitiendo la interpretación que él había dado e insinuando más que a medias su opinión de que las diecisiete cultas sociedades eran otras tantas «bromistas». Despertada la santa indignación en las diecisiete cultas sociedades nacionales y extranjeras, salieron a la luz nuevos panfletos; las cultas sociedades extranjeras se comunicaron con las cultas sociedades nacionales; las cultas sociedades nacionales tradujeron al inglés los panfletos; las cultas sociedades extranjeras, a varias lenguas los panfletos de las cultas sociedades nacionales, y de este modo se inició la famosa discusión llamada «controversia Pickwick».

 

Mas este villano intento de injuriar a Mr. Pickwick cayó sobre la propia cabeza del autor de la calumnia. Las diecisiete cultas sociedades acordaron por unanimidad declarar al presuntuoso Blotton ignorante entrometido, y comenzaron de nuevo a ver la luz más opúsculos que nunca. Y hoy sigue la piedra siendo monumento ilegible de la grandeza de Mr. Pickwick y trofeo imperecedero de la pequeñez de sus enemigos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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12.    En el que se describe un importantísimo acto de Mr. Pickwick tanto para su vida como para su historia

 

Las habitaciones de Mr. Pickwick en Goswell Street, aunque dentro de la modestia, eran no sólo de grato y confortable aspecto, sino especialmente apropiadas para servir de residencia a un hombre de su talento y capacidad de observación. Su despacho daba a la fachada en el primer piso, y su dormitorio, a la del segundo; así es que, ya se hallara sentado en su bufete, ya de pie frente al espejo de su tocador, érale posible observar la humana naturaleza bajo las numerosas fases que afecta en aquella más popular que populosa barriada. Su patrona, la señora Bardell —viuda y única testamentaria de un difunto oficial de Aduanas—, era una bondadosa mujer de maneras diligentes y grata apariencia, con una congénita aptitud culinaria que el estudio y una larga práctica habían convertido en talento exquisito. No había en la casa ni criados, ni chiquillos, ni pajarracos. Los únicos seres que además habitaban la casa eran un robusto señor y un mozalbete: huésped el primero y fruto el segundo de la señora Bardell. El gordo caballero entraba siempre en la casa a las diez en punto de la noche, a cuya hora comprimíase invariablemente en un lecho enano francés de una habitación interior, y en cuanto a los deportes y gimnásticos ejercicios del pequeño Bardell, limitaban su zona a las aceras y vecinos arroyuelos. La limpieza y la quietud reinaban en la casa, y era en ella ley la voluntad de Mr. Pickwick.

 

Para los que conocen estos detalles consuetudinarios de la vivienda, así como la admirable regularidad mental de Mr. Pickwick, hubiera sido motivo de extrañeza y misterio inusitados el aspecto y conducta del mismo durante la mañana precedente a la fijada para el viaje a Eatanswill. Recorría su cuarto de un extremo a otro con paso apresurado; asomábase a la ventana cada tres minutos; consultaba su reloj con gran frecuencia, y mostraba otras señales de impaciencia desacostumbradas en él. Era indudable que algo importante se avecinaba; mas lo que ello fuera, ni la propia señora Bardell pudo descubrirlo.

 

—Señora Bardell —dijo Mr. Pickwick cuando esta señora estaba a punto de rematar la limpieza del cuarto.

 

—Sir —dijo la señora Bardell.

 

—Hace mucho tiempo que salió su chico.

 

—Es que está muy lejos el Borough —disculpó la señora Bardell.

 

—¡Ah! —dijo Mr. Pickwick—, es verdad.

 

Volvió a guardar silencio Mr. Pickwick y prosiguió su limpieza la señora Bardell.

 

—Señora Bardell —dijo Mr. Pickwick al cabo de unos minutos.

 

—Sir —volvió a decir la señora Bardell.

 

—¿Cree usted que cuesta mucho más tener a dos personas que a una?

 

—¡Ah, Mr. Pickwick! —dijo la señora Bardell, ruborizándose hasta el mismo

 

 

 

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borde de su gorro al adivinar algo así como un guiño matrimonial en los ojos de su huésped.

 

—Bien; pero ¿qué? —inquirió Mr. Pickwick.

 

—Eso depende —dijo la señora Bardell, acercando el plumero al mismo codo de Mr. Pickwick, que tenía apoyado en la mesa—; eso depende mucho de la persona, ¿sabe usted,

 

Mr. Pickwick?, y de que sea una persona económica y cuidadosa.

 

—Es cierto —dijo Mr. Pickwick—; pero la persona que yo tengo a la vista —y miró con gran fijeza a la señora Bardell creo que tiene esas condiciones; posee, además, un gran conocimiento del mundo y mucha agudeza, lo cual puede serme muy útil.

 

—Ya —dijo la señora Bardell, ruborizándose de nuevo hasta el gorro.

 

—Eso es —dijo Mr. Pickwick con tono enérgico, como era su costumbre siempre que hablaba de un asunto que le interesaba—, eso es; y para que usted lo sepa, señora Bardell, he tomado ya mi resolución.

 

—¿Es posible, sir? —exclamó la señora Bardell.

 

—Le parecerá extraño —dijo el bondadoso Mr. Pickwick, mirando risueño a su patrona— que no le haya consultado sobre este asunto ni le haya hablado de él nunca hasta después de haber mandado salir a su hijo esta mañana, ¿eh?

 

La señora Bardell sólo pudo replicar con una mirada. Mucho tiempo hacía que adoraba a distancia a Mr. Pickwick, y ahora, en un instante, veíase elevada al pináculo de sus ilusiones, en el que nunca se había atrevido a soñar. Mr. Pickwick iba a proponerle... un plan deliberado.... mandar al chico al Borough para quitarle de en medio... ¡Qué precavido..., qué delicado!

 

—Bueno —dijo Mr. Pickwick—. ¿Qué piensa usted?

 

—¡Oh, Mr. Pickwick! —dijo la señora Bardell temblando de emoción—. Es usted muy amable, sir.

 

—¿Le quitará a usted muchos quehaceres, verdad? —dijo Mr. Pickwick.

 

—¡Oh!, nunca me han preocupado los quehaceres, sir —replicó la señora Bardell —; y por supuesto, por agradar a usted, yo afrontaría más trabajo aún. ¡Es usted tan amable, Mr. Pickwick, por haber compadecido mi soledad!

 

—¡Ah!, es verdad —dijo Mr. Pickwick—; nunca había pensado en eso. Cuando esté en la ciudad, siempre tendrá usted quien la acompañe. Ya lo verá usted.

 

—Yo estoy segura de que había de ser muy feliz —dijo la señora Bardell.

 

—Y su chico... —dijo Mr. Pickwick.

 

—¡Hijo mío! —interrumpió la señora Bardell con un suspiro maternal. —También él tendrá un compañero —prosiguió Mr. Pickwick—, un buen

 

compañero, que le enseñará más trucos en una semana que los que el chico pudiera aprender en un año.

 

 

 

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Mr. Pickwick sonrió plácidamente.

 

—¡Oh, querido mío! —dijo la señora Bardell. Mr. Pickwick se sorprendió.

 

—¡Oh, querido mío, dulce, bueno y agradable! —dijo la señora Bardell.

 

Y sin más preámbulos se levantó de la silla y echó sus brazos al cuello de Mr.

 

Pickwick, con una catarata de lágrimas y un coro de suspiros.

 

—¡Dios me valga! —gritó asombrado Mr. Pickwick—. ¡Señora Bardell, amiga mía... querida, qué situación... tenga en cuenta... señora Bardell, por Dios... si alguien viniera!

 

—¡Oh!, que vengan —exclamó frenética la señora Bardell—; nunca le dejaré...

 

querido, alma mía.

 

Y al decir esto la señora Bardell afianzó más su presa.

 

—Tenga compasión de mí —dijo Mr. Pickwick luchando violentamente—.

 

Alguien sube por la escalera. No, no, buena mujer; no.

 

Mas fueron inútiles todas las súplicas y reconvenciones, porque la señora Bardell se había desvanecido en los brazos de Mr. Pickwick, y antes que éste pudiera depositarla en una silla entró el pequeño Bardell acompañado de Mr. Tupman, Mr. Winkle y Mr. Snodgrass.

 

Mr. Pickwick quedó mudo y suspenso. Allí estaba con su preciosa carga, mirando espantado a sus amigos, sin mostrar intención alguna de percatarse de su llegada ni de explicarse. Ellos le contemplaban atónitos, y el pequeño Bardell miraba a todos a su vez.

 

Era tan absorbente el asombro de los pickwickianos y tan intensa la perplejidad de Mr. Pickwick, que todos hubieran conservado sus posiciones relativas, hasta que la señora hubiera vuelto a la vida, a no ser por una hermosísima y conmovedora manifestación de amor filial llevada a cabo por el chico. Vestido con traje de rayado terciopelo, salpicado de botones de bronce de gran tamaño, quedóse primero en la puerta estupefacto y vacilante; mas poco a poco invadió su rudimentario caletre la idea de que su madre debía haber sufrido algún daño; y diputando como agresor a Mr. Pickwick, lanzó un grito, una especie de aullido extrahumano, y, adelantándose resueltamente, asaltó la espalda y las piernas del inmortal caballero, descargando sobre ellas puñetazos y pellizcos tan fuertes como se lo permitían sus fuerzas en la violencia de su excitación.

 

—¡Quitadme de encima a este granuja! —dijo con acento de agonía Mr. Pickwick —. ¡Está loco!

 

—Pero, ¿qué es lo que ocurre? —dijeron asombrados los pickwickianos.

 

—No sé —replicó Mr. Pickwick desdeñosamente—. Llevaos al muchacho. —Mr. Winkle condujo al interesante muchacho, no sin lucha, al otro extremo de la estancia

 

—. Ahora, ayudadme a bajar a esta mujer.

 

—¡Oh! Ya estoy mejor —dijo la señora Bardell con acento desfallecido.

 

 

 

 

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—Permítame que le ayude a bajar —dijo, siempre galante, Mr. Tupman. —Gracias, sir, gracias —exclamó la señora Bardell en medio de su histérico

trastorno.

 

Y acompañada de su entrañable hijo fue trasladada al piso inferior.

 

—No puedo concebir —dijo Mr. Pickwick cuando volvieron sus amigos—, no puedo concebir lo que le ha pasado a esta mujer. No había hecho más que anunciarle mi intención de tomar un criado, cuando cayó en el terrible paroxismo en que la han encontrado ustedes. Es muy chocante.

 

—Mucho —dijeron sus tres amigos.

 

—¡Ponerme en una situación tan embarazosa! —prosiguió Mr. Pickwick. —Mucho —fue la respuesta de sus discípulos, que dejaron escapar una ligera

tosecilla y se miraron unos a otros maliciosamente.

 

No escapó a Mr. Pickwick esta actitud. Percatábase de la incredulidad de sus amigos. Evidentemente, sospechaban de él.

 

—Hay un hombre en el pasillo —dijo Mr. Tupman.

 

—Es el hombre de quien les he hablado —dijo Mr. Pickwick—. Envié por él al Borough esta mañana. Tenga la bondad de decirle que suba, Snodgrass.

Cumplió la orden Mr. Snodgrass, y acto seguido se presentó Mr. Samuel Weller.

 

—¡Oh!... ¿Se acuerda usted de mí? —dijo Mr. Pickwick.

 

—Creo que sí —replicó Samuel con gesto protector—. Buen zafarrancho; pero era mucha gente para usted, ¿verdad? Uno o dos pellizcos y ya está, ¿eh?

 

—No se preocupe de eso ahora —dijo Mr. Pickwick—; tengo que hablar de otra cosa con usted. Siéntese.

 

—Gracias, sir —dijo Sam.

 

Y se sentó sin necesidad de nuevas instancias, después de depositar en el suelo, junto a la puerta, su viejo sombrero blanco.

 

—No tiene muy buena vista —dijo Sam—, pero es admirable para llevarlo puesto; y antes de que se le cayera el ala era una hermosa teja. Sin embargo, sin el ala es más ligero, lo cual es una ventaja, y por los agujeros entra el aire, que es otra...; yo le llamo la pelusa de ventilación.

 

Después de verter estas observaciones, sonrió jovialmente Mr. Weller a los pickwickianos.

 

—Ahora, con respecto al asunto para el cual le he llamado, con el permiso de estos caballeros... —dijo Mr. Pickwick.

 

—Ése es el toque, sir —interrumpió Sam—; échelo usted, como dijo el padre a su chico, que se había tragado un penique.

 

—En primer lugar, necesitamos saber —dijo Mr. Pickwick—, si tiene usted algún motivo para estar descontento de su actual situación.

 

—Antes de responder a esa pregunta, caballero —replicó Mr. Weller—, me

 

 

 

 

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gustaría saber, en primer lugar, si usted va a proporcionarme otra mejor.

 

Un destello de plácida benevolencia cruzó por la faz de Mr. Pickwick al decir:

 

—Estoy casi resuelto a tomarle a mi servicio.

 

—¿Está usted? —dijo Sam.

 

Mr. Pickwick asintió con la cabeza.

 

—¿Salario? —preguntó Sam.

 

—Doce libras anuales —respondió Mr. Pickwick.

 

—¿Vestimenta?

 

—Dos trajes.

 

—¿Trabajo?

 

—Servirme y viajar conmigo y con estos caballeros.

 

—Bajo el alquila —dijo Sam con énfasis—. Me alquilo a un caballero y me avengo a sus condiciones.

 

—¿Acepta usted la situación? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—Desde luego —replicó Sam—, si los trajes me vienen tanto como me gusta la plaza.

 

—Supongo que podrá usted traer informes —dijo Mr. Pickwick.

 

—Sobre eso, sir, pregunte a la posadera de El Ciervo Blanco —replicó Sam. —¿Puede usted venir esta noche?

 

—Ahora mismo podría meterme en mi traje si estuviera aquí —dijo Sam con gran alegría.

 

—Venga esta noche a las ocho —dijo Mr. Pickwick—, y si los informes son satisfactorios, estarán los trajes.

 

Con la sola excepción de cierta indiscreta complacencia, de la que fuera asimismo culpable una camarera, el historial del comportamiento de Mr. Weller era tan irreprochable, que Mr. Pickwick encontró justificado cerrar el compromiso aquella noche. Con la energía y presteza que caracterizaban no sólo los actos públicos, sino las acciones privadas de este hombre extraordinario, se apresuró a llevar a su nuevo criado a uno de esos profusos emporios donde se venden trajes de caballero nuevos y de segunda mano y donde se omiten las incómodas formalidades de la toma de medidas; y antes de que cerrara la noche ya estaba Mr. Weller en posesión de una chaqueta gris con botones, en los que figuraban las letras «P C.»; un sombrero negro con su cocarda, y un rojo chaleco rayado, cortos pantalones, polainas y otros varios adminículos demasiado numerosos para ser detallados.

 

—Bueno —dijo el recién transformado individuo al tomar su asiento en la baca del coche de Eatanswill a la mañana siguiente—, yo no sé si vengo a ser un lacayo, o un botones, o un montero, o un tratante en granos. Parezco un compuesto de todos ellos. Pero me da lo mismo; hay cambio de aires, mucho que ver, poco que hacer; y todo esto viene de perilla a mi padecimiento; así, pues, sólo tengo que decir que vivan

 

 

 

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los Pickwicks.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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13.    Algunas notas acerca de Eatanswill; del estado de los partidos en la ciudad, y de la elección de un miembro

 

para representar en el Parlamento a esta antigua, leal y patriótica villa

 

Reconocemos paladinamente que hasta el momento de sumergirnos en los voluminosos papeles del Club Pickwick nunca habíamos oído hablar de Eatanswill; con la misma sinceridad declaramos haber buscado en vano pruebas de la existencia actual de esta ciudad. Haciendo honor a la profunda confianza que merecen las notas y afirmaciones de Mr. Pickwick, y desviándonos del presuntuoso conato de oponer nuestros recuerdos a las afirmaciones del grande hombre, hemos consultado cuantas autoridades pudimos encontrar relacionadas con el caso. Hemos buscado escrupulosamente en los registros electorales, sin encontrar las elecciones de Eatanswill; hemos examinado minuciosamente todos los rincones del mapa de bolsillo del Condado, publicado en beneficio de la sociedad por nuestros distinguidos editores, y nuestra investigación no ha alcanzado resultado mejor. Nos sentimos, por tanto, inclinados a creer que Mr. Pickwick, animado, como siempre, del noble propósito de no ofender a nadie, y obedeciendo a aquellos delicados sentimientos que en él todos reconocen de modo eminente, ha sustituido adrede por uno ficticio el verdadero nombre del lugar en que hiciera sus observaciones. Nos confirmamos en esta creencia por una trivial circunstancia, aparentemente nimia; pero que, mirada desde este punto de vista, merece un comentario. En el libro de notas de Mr. Pickwick podemos tomar un indicio de que las plazas para él y para sus discípulos fueron apuntadas para el coche de Norwich; mas este indicio fue después desfigurado, como denotando el propósito de ocultar hasta la dirección en que la villa se encontraba. No nos detendremos, por tanto, a investigar las conjeturas, y proseguiremos con la historia, satisfechos de los materiales que tenemos a nuestro alcance.

 

Parece que los naturales de Eatanswill, lo mismo que los de otras muchas ciudades pequeñas, considerábanse a sí mismos altamente importantes, y que cada uno de los habitantes de Eatanswill, consciente de la significación que su actitud entrañaba, sentíase impulsado a unirse en alma y cuerpo a uno de los dos grandes partidos que dividían la ciudad: los azules y los amarillos. Los azules no perdían oportunidad de mostrar su enemiga a los amarillos, así como tampoco los amarillos perdían oportunidad de marcar su oposición a los azules; y era la consecuencia que, cuando quiera que los amarillos y los azules se encontraban en algún sitio público, en el Ayuntamiento, en la feria o en el mercado, no tardaban en promoverse disputas y cruzarse entre ellos gruesas palabras. Con tales disensiones sería ocioso decir que

 

 

 

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todo en Eatanswill se hacía cuestión de partido. Si los amarillos proponían renovar la cubierta del mercado, ya estaban los azules provocando asambleas públicas para denunciar el proyecto; si proponían los azules la erección de una bomba adicional en la calle Alta, los amarillos levantábanse como un solo hombre y se manifestaban contra aquella enormidad. Había tiendas azules y tiendas amarillas, posadas azules y posadas amarillas; hasta en la iglesia misma había nave azul y nave amarilla.

 

Claro está que cada uno de estos poderosos partidos había de tener indispensablemente un órgano representativo, y, por consiguiente, había en la ciudad dos periódicos: La Gaceta de Eatanswill y El Independiente de Eatanswill; el primero propugnaba las ideas azules, y marchaba el segundo resueltamente según los derroteros amarillos. Eran magníficos periódicos. ¡Qué artículos de fondo, qué ataques tan enconados! «Nuestro indigno colega La Gaceta», «ese desdichado y cobarde periódico El Independiente», «ese falso e injurioso papelucho El Independiente», «ese vil y calumnioso libelo La Gaceta»; estas y otras pullas por el estilo aparecían profusamente en las columnas de cada uno, en todos los números, y despertaban en el pecho de los ciudadanos las más intensas emociones de indignación y de contento.

 

Mr. Pickwick, con sus habituales sagacidad y previsión, había elegido para su visita a la ciudad un momento especialmente oportuno. No se conoció jamás una contienda semejante. El honorable Samuel Slumkey, de Slumkey Hall, era el candidato azul, y Horacio Fizkin, Esq. de Fizkin Lodge, cerca de Eatanswill, había sido elegido por sus amigos para defender los intereses amarillos. La Gaceta avisaba a los electores de Eatanswill que los ojos no sólo de Inglaterra, sino de todo el mundo civilizado, estaban fijos en ellos; y El Independiente demandaba imperiosamente si los habitantes de Eatanswill eran aún los grandes ciudadanos de siempre, o bajos y serviles instrumentos, que ni merecían el nombre de ingleses ni los bienes de la libertad. Nunca habían agitado a la ciudad tan profundas conmociones.

 

Caía la tarde cuando Mr. Pickwick y sus compañeros, acompañados de Sam, descendieron de la baca del coche de Eatanswill. Grandes banderines de seda azul campeaban en las ventanas de la posada de Las Armas de la Ciudad, y en todas las vidrieras veíanse pasquines que en gigantescos caracteres anunciaban que el comité del honorable Samuel Slumkey allí se hallaba constituido en sesión. Una muchedumbre de ociosos se hallaba estacionada en la carretera, mirando a un hombre que en el balcón enronquecía hablando para sí, a lo que parecía, con el rostro enrojecido, en favor de Mr. Slumkey; mas la fuerza y la consistencia de sus argumentos resultaban casi vencidos por el constante batir de cuatro grandes tamboriles, que el comité de Mr. Fizkin había colocado en la esquina de la misma calle. Detrás del fogoso orador había un vivaracho hombrecito, que se quitaba el sombrero de cuando en cuando y excitaba los clamores de la plebe, que respondía con

 

 

 

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el mayor entusiasmo, y como el orador proseguía su arenga con la cara más roja cada vez, parecía que la multitud respondía a su propósito lo mismo que si todos lo hubieran oído.

 

No bien bajaron del coche los pickwickianos, viéronse rodeados por una parte de la masa ciudadana, que prorrumpió en tres aclamaciones ensordecedoras, las cuales, coreadas por la totalidad (porque no es necesario en modo alguno que una muchedumbre conozca la finalidad de sus aclamaciones), se convirtió en un tremendo mugido de triunfo, que suspendió hasta el discurso del hombre del balcón.

 

—¡Hurra! —gritó la masa, por último.

 

—Otro viva —chilló el hombrecito del balcón.

 

Y de nuevo gritó la multitud, cual si fueran sus pulmones de hierro fundido guarnecido con nervios de acero.

 

—¡Siempre Slumkey! —rugió la multitud.

 

—¡Siempre Slumkey! —coreó Mr. Pickwick quitándose el sombrero.

 

—¡Nunca Fizkin! —gritó la multitud.

 

—¡Nunca! —respondió Mr. Pickwick.

 

—¡Hurra!

 

Vino después otro espantoso rugido, semejante al que produce toda una casa de fieras cuando el elefante toca la campana para el fiambre.

—¿Quién es Slumkey? —murmuró Mr. Tupman.

 

—No lo sé —replicó en el mismo tono Mr. Pickwick—. ¡Chist! No pregunte. En estos casos lo mejor es hacer lo que hace la multitud.

 

—Pero, ¿y si hubiese dos multitudes? —sugirió Mr. Snodgrass.

 

—Pues se grita lo que grite la mayor —replicó Mr. Pickwick.

 

Cien volúmenes no podrían decir más.

 

Entraron en la casa, haciéndoles paso la multitud que vociferaba escandalosamente. Lo primero que tenían que hacer era procurarse habitaciones para la noche.

 

—¿Podemos tener camas aquí? —preguntó Mr. Pickwick, llamando al camarero. —No lo sé, sir —replicó el hombre—; temo que esté llena la casa, sir...;

 

preguntaré, sir.

 

Partió con este objeto y volvió a poco, para preguntar si los caballeros eran azules.

 

Como ni Mr. Pickwick ni sus compañeros tenían interés por ninguno de los candidatos, se hacía bien difícil dar una respuesta. En este dilema se acordó Mr. Pickwick de su nuevo amigo Mr. Perker.

 

—¿Conoce usted a un caballero llamado Perker? —pregunto Mr. Pickwick.

 

—Ya lo creo, sir: el agente del honorable Mr. Samuel Slumkey.

 

—Es azul, creo.

 

 

 

 

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—¡Oh, sí!

 

—Pues entonces nosotros somos azules —dijo Mr. Pickwick.

 

Pero advirtiendo que el hombre parecía desconfiar de aquella declaración acomodaticia, le dio su tarjeta y le pidió que se la presentara a Mr. Perker, si por casualidad se hallaba en la casa. Retiróse el camarero, y reapareciendo casi inmediatamente con la súplica de que Mr. Pickwick le siguiera, le condujo a un salón del primer piso, donde estaba Mr. Perker sentado junto a una larga mesa cubierta de libros y papeles.

 

—¡Ah..., ah, querido! —dijo el hombrecito, adelantándose. Encantado de verle,

 

querido. Tenga la bondad de sentarse. Veo que ha llevado usted a efecto su intención.

 

¿Ha venido usted a ver una elección... eh?

 

Mr. Pickwick replicó afirmativamente.

 

—Lucha reñida, querido —dijo el hombrecito.

 

—Me alegro de saberlo —dijo Mr. Pickwick frotándose las manos—. Me gusta ver encenderse el patriotismo allí donde se le requiere... ¿De modo que es una lucha enconada?

 

—¡Oh, sí! —dijo el hombrecito—, muchísimo. Hemos abierto todas las tabernas del pueblo, y sólo hemos dejado las cervecerías a nuestro adversario...; golpe de política magistral ¿verdad, querido?

 

Sonrió el hombrecito placentero y tomó un polvo de rapé.

 

—¿Y cuál es el resultado probable? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—Dudoso, querido; dudoso por ahora —replicó el hombrecito—. La gente de Fizkin tiene encerrados treinta y tres votantes en la cochera de El Ciervo Blanco.

 

—¡En la cochera! —dijo Mr. Pickwick, sorprendido por este segundo golpe de política.

 

—Los tienen encerrados hasta que los necesiten —prosiguió el hombrecito—. El objeto es, sabe usted, impedir que nos apoderemos de ellos; y aunque pudiéramos, de nada nos serviría, porque los tienen muy borrachos. Gran muñidor es el agente de Fizkin... hombre listo.

 

Mr. Pickwick le miraba sin decir nada.

 

—Pero tenemos gran confianza, sin embargo —dijo Mr. Perker, bajando la voz hasta quedar en murmullo—. Anoche tuvimos aquí un té ... cuarenta y cinco mujeres, querido... y a cada una le dimos al salir un quitasol verde.

 

—¡Un quitasol! —dijo Mr. Pickwick.

 

—Así, querido, así. Cuarenta y cinco quitasoles verdes, a siete chelines y medio cada uno. A todas las mujeres les gustan los trapos...; es extraordinario el efecto de estos quitasoles. Esto nos atrae a sus maridos y a la mitad de sus hermanos; hunde las medias, los paños y todas estas bambollas. Idea mía, querido. Llueva, granice o haga sol, no anda usted cuatro pasos por la calle sin ver media docena de quitasoles.

 

 

 

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El hombrecito se entregó a una alegría convulsiva, que sólo se aplacó por la llegada de un tercer personaje.

 

Era éste un hombre alto y delgado, de terrosa frente amenazada de calvicie, y en su faz mezclábase la solemnidad con un aire de profundidad insondable. Vestía pardo sobretodo, chaleco negro y pantalón castaño. De su chaleco pendían los lentes, y llevaba en su cabeza un sombrero de baja copa y anchas alas. El recién venido fue presentado a Mr. Pickwick como Mr. Pott, el editor de La Gaceta de Eatanswill. Después de unas cuantas frases preliminares, dirigióse Mr. Pott a Mr. Pickwick y dijo con solemnidad:

 

—Esta lucha debe interesar mucho en la metrópoli, ¿verdad, sir?

 

—Creo que sí —dijo Mr. Pickwick.

 

—A lo cual creo tener razón para suponer —dijo Mr. Pott, mirando hacia Mr. Perker en demanda de corroboración—, a lo cual tengo razón para suponer que ha contribuido en alguna manera mi artículo del sábado.

 

—Es indudable —dijo el hombrecito.

 

—La prensa es una máquina poderosa, sir —dijo Mr. Pott.

 

Mr. Pickwick asintió plenamente a esta opinión.

 

—Pero estoy seguro, sir —dijo Mr. Pott—, de no haber abusado nunca del enorme poder de que dispongo. Estoy seguro, sir, de no haber emplazado el noble instrumento que tengo en mis manos contra el sagrado fuero de la vida privada ni contra el quebradizo tesoro de la reputación individual... Creo, sir, haber empleado mis energías... en empresas..., por humildes que sean, como sé que lo son..., encaminadas a defender los principios de... que... son...

 

Como el editor de La Gaceta de Eatanswill pareciese vacilar en este punto, Mr.

 

Pickwick acudió en su ayuda, y dijo:

 

—Desde luego.

 

—¡Y qué —dijo Mr. Pott—, permítame que le pregunte, como a hombre imparcial, cuál es el estado de la opinión pública en Londres por lo que se refiere a mi polémica con El Independiente?

 

—Extraordinariamente excitada, sin duda —terció Mr. Perker con gesto malicioso, tal vez casual.

 

—La polémica —dijo Mr. Pott— seguirá mientras yo tenga fuerza y salud y el poco talento de que estoy dotado. De esta lucha, sir, aunque pueda trastornar el espíritu público, excitar sus sentimientos y hacerles incapaces para el cumplimiento de sus deberes diarios; de esta lucha, sir, nunca desertaré hasta que siente mi planta sobre El Independiente de Eatanswill. Deseo que el público de Londres y el de esta comarca sepan, sir, que pueden confiar en mí... que nunca he de abandonarle, que estoy resuelto a permanecer en la vanguardia, sir, hasta lo último.

 

—Su conducta es nobilísima, sir —dijo Mr. Pickwick estrechando la mano del

 

 

 

 

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magnánimo Pott.

 

—Por lo que veo, sir, es usted un hombre de sentido y de talento —dijo Mr. Pott, ahogándose casi en la vehemencia de su patriótica declaración—. Encantado, sir, de conocer a un hombre como usted.

 

—Y yo —dijo Mr. Pickwick— me siento honradísimo por esa opinión. Va usted a permitirme, sir, que le presente a mis compañeros de viaje, los otros miembros correspondientes del Club que tengo el orgullo de haber fundado.

 

—Será para mí un placer —dijo Mr. Pott.

 

Retiróse Mr. Pickwick, y volviendo a poco con sus amigos, los presentó en debida forma al editor de La Gaceta de Eatanswill.

 

—Ahora, mi querido Pott —dijo el pequeño Mr. Perker—, la cuestión es lo que hayamos de hacer con nuestros amigos.

 

—Podemos alojarnos en esta casa, supongo —dijo Mr. Pickwick. —No hay ni una cama libre, mi querido señor... ni una cama. —Gran contrariedad —dijo Mr. Pickwick —Grandísima —dijeron sus compañeros.

 

—Tengo una idea —dijo Mr. Pott—, que estimo debe aceptarse. Hay dos camas en El Pavo, y me atrevo a decir, con permiso de la señora Pott, que tendrá mucho gusto en alojar a Mr. Pickwick y a alguno de sus amigos, si los otros dos caballeros y el criado no tienen inconveniente en alojarse en El Pavo...

 

Después de repetidas instancias por parte de Mr. Pott y de otras tantas negativas por la de Mr. Pickwick, alegando no querer incomodar o perturbar a la amable esposa del primero, se convino en que era el único arreglo factible. Llevóse a efecto, y después de comer juntos en Las Armas de la Ciudad, separáronse los amigos, dirigiéndose Mr. Tupman y Mr. Snodgrass a El Pavo, y Mr. Pickwick, con Mr. Winkle, a la mansión de Mr. Pott, quedando previamente citados para la mañana siguiente en Las Armas de la Ciudad, con objeto de formar en la procesión del honorable Samuel Slumkey hasta el lugar de la proclamación.

 

El círculo íntimo de Mr. Pott reducíase a su persona y a la de su esposa. Todos los hombres a quienes ha levantado el poder de su genio al glorioso nivel de las eminencias mundiales abrigan, por lo común, alguna pequeña debilidad, que se hace más patente por el contraste que presenta con su modo de ser. Si Mr. Pott tenía una debilidad, tal vez pudiera ser la de acatar con demasiada sumisión el tiránico y en cierto modo desdeñoso mangoneo de su esposa. Cierto que no nos sentimos autorizados a hacer afirmación alguna sobre este punto, porque en la ocasión presente la señora Pott recibió a los dos caballeros con sus más finas y cautivadoras maneras.

 

—Querida —dijo Mr. Pott—: Mr. Pickwick... Mr. Pickwick, de Londres.

 

La señora Pott recibió el paternal apretón de manos de Mr. Pickwick con dulzura encantadora, y Mr. Winkle, que aún no había sido presentado, saludó y se inclinó,

 

 

 

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permaneciendo inadvertido en un oscuro rincón.

 

—Pott, querido —dijo la señora Pott.

 

—Vida mía —dijo Mr. Pott.

 

—Haz el favor de presentar al otro caballero.

 

—Pido a usted mil perdones —dijo Mr. Pott—. Permítame, la señora Pott, Mr...

 

—Winkle —dijo Mr. Pickwick.

 

—Winkle —repitió Mr. Pott, y se completó la ceremonia de la presentación. —Debemos a usted muchas explicaciones, señora —dijo Mr. Pickwick—, por

 

haber venido a perturbar su casa sin aviso alguno.

 

—Le suplico que no se ocupe de eso, sir —replicó la femenina Pott con vivacidad

 

—. Es para mí un gran placer, se lo aseguro, ver caras nuevas, viviendo como vivo día tras día y semana tras semana en este lugar de tedio y sin ver a nadie.

—¡A nadie, querida mía! —exclamó Mr. Pott frunciendo el ceño. —A nadie más que a ti —devolvió la señora Pott con aspereza.

 

—Ha de saber usted, Mr. Pickwick —dijo el huésped, como explicando la lamentación de su esposa—, que estamos privados en cierto modo de muchos goces y placeres de los que podríamos participar en otras circunstancias. Mi situación pública como editor de La Gaceta de Eatanswill, la significación de este periódico en la comarca; mi constante inmersión en el vórtice de la política...

 

—Pott, querido mío —le interrumpió la señora Pott. —Vida mía —dijo el editor.

 

—Yo desearía, querido, que te molestases en buscar algún otro tema de conversación que pudiera interesar racionalmente a estos caballeros.

 

—Pero, amor mío —dijo Mr. Pott con gran humildad—, Mr. Pickwick se interesa mucho en ello.

 

—Mejor para él, si puede —dijo con énfasis la señora Pott—, yo estoy harta de tus políticas y de tus luchas con El Independiente y de esas tonterías. Me asombra, Pott, que hagas tal exhibición de esos absurdos.

 

—Pero, querida mía —dijo Mr. Pott.

 

—Nada, tonterías, no hables —dijo la señora Pott—. ¿Juega usted al écarté, sir? —Será para mí un encanto aprender bajo su dirección —replicó Mr. Winkle. —Bien; entonces acerque esta mesita a la ventana para no oír nada de esa

 

prosaica política.

 

—Juana —dijo Mr. Pott a la criada, que trajo las luces—: baja a la oficina y súbeme la colección de La Gaceta de mil ochocientos veintiocho. Voy a leérsela a usted —añadió el editor dirigiéndose a Mr. Pickwick—, voy a leerle a usted algunos de los artículos de fondo que escribí por ese tiempo con motivo del proyecto amarillo de poner un nuevo guarda en la barrera. Me parece que le va a divertir a usted.

 

—Tendría mucho gusto en oírlo —dijo Mr. Pickwick.

 

 

 

 

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Llegó la colección y sentóse el editor al lado de Mr. Pickwick.

 

En vano hemos escudriñado las hojas del libro de notas de Mr. Pickwick con la esperanza de hallar algún extracto de estas hermosas composiciones. Tenemos muchas razones para creer que Mr. Pickwick quedó cautivado por la frescura y el vigor del estilo; y, en efecto, Mr. Winkle apunta el hecho de que los ojos del grande hombre permanecieron cerrados, denotando intenso placer, mientras duró la lectura.

 

El anuncio de la cena puso fin al écarté y a la recapitulación de las bellezas de La Gaceta de Eatanswill. La señora Pott estaba animadísima y del mejor humor. Mr. Winkle había conquistado mucho terreno en el buen concepto de la señora, y ésta no vaciló en hacerle saber, confidencialmente, que era Mr. Pickwick un «anciano adorable». Esta frase representa una expresión familiar, que pocos admiradores del grande hombre hubiéranse atrevido a formular. No hemos vacilado en registrarla, por constituir al mismo tiempo una prueba convincente de la estimación que se granjeaba en todas las clases sociales y de la facilidad con que se abría camino para llegar al corazón de todo el mundo.

 

Ya estaba muy avanzada la noche —tiempo hacía que Mr. Tupman y Mr. Snodgrass se habían quedado dormidos en sus recónditas habitaciones de El Pavo— cuando los dos amigos se retiraron a descansar. Pronto embotó el sueño los sentidos exteriores de Mr. Winkle, pero habíanse excitado sus facultades y despertándose en él gran admiración; y aunque muchas horas de sueño le habían aislado por completo de los objetos terrenales, el rostro y la agradable figura de la señora Pott presentábanse una y otra vez a su divagante fantasía.

 

El ruido y el jaleo que vinieron con la mañana fueron suficientes para alejar de la mente más visionaria y romántica cualquier impresión que no tuviese conexión directa con la elección inmediata. El redoble de los tambores, el sonido de cuernos y trompetas, el clamoreo de los hombres y el pisar de los caballos retumbaron por las calles desde los primeros albores del día, y las frecuentes peleas entre los chiquillos de uno y otro bando animaban los preparativos y les daban pintoresca variante.

 

—Bien, Sam —dijo Mr. Pickwick al ver aparecer en su dormitorio a su criado cuando ya terminaba de vestirse—; ¿mucha animación hoy, supongo?

—Regular, sir —replicó Mr. Weller—; nuestra gente se ha reunido en Las Armas de la Ciudad y están ya roncos de gritar.

 

—¡Ah! —dijo Mr. Pickwick—. ¿Demuestran adhesión a su partido, Sam? —Nunca vi igual devoción en mi vida, sir. —¿Enérgicos, eh? —dijo Mr. Pickwick.

 

—Extraordinariamente —replicó Sam—; no he visto jamás comer y beber como ellos. No sé cómo no temen reventar.

 

—Ésa es la cortesía mal entendida de la gente de aquí —dijo Mr. Pickwick.

 

—Muy probablemente —replicó Sam, lacónico.

 

 

 

 

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—Hermosos, frescos, entusiastas muchachos parecen —dijo Mr. Pickwick mirando por la ventana.

 

—Muy frescos —replicó Sam—; yo y los dos camareros de El Pavo hemos estado regando a los electores que allí cenaron anoche.

 

—¡Regando a los electores! —exclamó Mr. Pickwick.

 

—Sí —dijo el criado—; cada uno se durmió donde fue a caer. Esta mañana fuimos arrastrándoles uno a uno hasta ponerlos debajo de la manga, y ya están medio en condiciones. El comité nos ha pagado por esa tarea a un chelín por cabeza.

 

—¡Qué cosas más extrañas! —exclamó estupefacto Mr. Pickwick.

 

—Pero, hombre de Dios, sir —dijo Sam—, ¿dónde le han bautizado a usted tan a medias?... Eso no es nada, nada.

 

—¿Nada? —dijo Mr. Pickwick.

 

—Absolutamente nada, sir —replicó el criado—. La noche anterior al día de la última elección de aquí el partido contrario sobornó al repostero de Las Armas de la Ciudad para que compusiera el aguardiente de catorce electores que paraban en la casa.

 

—¿Qué entiendes tú por componer el aguardiente? —preguntó Mr. Pickwick. —Pues echarle láudano —replicó Sam—. Con lo cual los mandaron a dormir

 

hasta doce horas después de terminada la elección. Como experimento, se llevó a uno de los hombres que estaba completamente dormido en una camilla; pero no sirvió, no le contaron el voto; así que se lo volvieron a traer y le dejaron otra vez en la cama.

 

—Extrañas prácticas —dijo Mr. Pickwick para sí y dirigiéndose a Sam.

 

—Pero no tan raras como una que le ocurrió a mi padre aquí mismo en tiempo de elección, sir —replicó Sam.

 

—¿Qué fue eso? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—Pues que una vez vino aquí con un coche —dijo Sam—. Llegó la elección y se le alquiló por uno de los partidos para traer votantes de Londres. Cuando la noche anterior iba a marchar, el comité del otro bando le mandó buscar secretamente, siguió al mensajero... un gran salón... muchos caballeros... montones de papeles, plumas, tinta y todas esas cosas. «¡Ah!, Mr. Weller», dijo el presidente, «me alegro de verle, sir. ¿Cómo está usted?» «Muy bien, gracias, sir», dijo mi padre. «Espero que estará usted bien nutrido.» «Admirablemente; gracias, sir», dice el caballero. «Siéntese, Mr. Weller; haga el favor de sentarse.» Se sienta mi padre, y se ponen a mirarse los dos fijamente. «¿No se acuerda usted de mí?», dice el caballero. «No, señor», dice mi padre. «¡Oh, yo le conozco a usted», dice el caballero, «conozco a usted desde que era muchacho». «Bien; pues no me acuerdo de usted», dice mi padre. «Es muy extraño», dice el caballero. «Mucho», dice mi padre. «Debe usted tener mala memoria, Mr. Weller», dice el caballero. «Sí, es bastante mala», dice mi padre. «Así lo creo», dice el caballero. Entonces le echaron un vaso de vino y empezaron a

 

 

 

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hablarle de sus viajes, le siguieron el humor, y por fin el caballero le enseñó un billete de veinte libras. «Es muy mal camino el de Londres acá», dice el caballero. «Por todas partes hay malos caminos», dice mi padre. «Sobre todo por el canal, según creo», dice el caballero. «Paso endiablado», dice mi padre. «Bueno, Mr. Weller», dice el caballero. «Usted es un gran cochero y hace lo que quiere con sus caballos; lo sabemos bien. Aquí le queremos a usted mucho, Mr. Weller; de modo que si usted tuviera un accidente al traer a esos votantes y los volcara usted en el canal sin que se hicieran daño, esto para usted.» «Caballero, es usted muy amable», dice mi padre, «y voy a beberme a su salud otro vaso de vino», lo cual hizo, se guardó el dinero y se marchó después de saludar. ¿Querrá usted creer, sir —prosiguió Sam mirando a su maestro con indescriptible descaro—, que el mismo día en que trajo a los votantes volcó el coche en ese mismo sitio y cayeron todos al canal?

 

—¿Y salieron luego? —inquirió Mr. Pickwick ansiosamente.

 

—Creo —replicó Sam tranquilamente— que pereció un anciano; sé que se encontró su sombrero, pero no estoy seguro de que su cabeza estuviera dentro. Pero lo que me choca es la extraordinaria y maravillosa coincidencia de que, después de lo que había dicho aquel caballero, volcara el coche de mi padre en aquel sitio aquel día.

 

—Es, indudablemente, una rara casualidad —dijo Mr. Pickwick—. Pero cepíllame el sombrero, porque Mr. Winkle me llama para el almuerzo.

 

Con estas palabras bajó Mr. Pickwick al comedor, donde halló el almuerzo dispuesto y a la familia reunida. Despachóse aprisa la comida; los sombreros de los caballeros fueron adornados con una enorme cocarda azul, aderezada por las delicadas manos de la señora Pott. Mr. Winkle acompañó a la señora para instalarla en el tejado de una casa situada junto a las tribunas. Mr. Pickwick y Mr. Pott se dirigieron a Las Armas de la Ciudad, por una de cuyas ventanas veíase a un miembro del comité de Mr. Slumkey arengando a seis muchachos y a una chica, a los cuales ensalzaba a cada paso con el dictado imponente de «ciudadanos de Eatanswill», lo que promovía entre ellos tremendas aclamaciones.

 

El patio de la cochera manifestaba síntomas inequívocos de la gloria y la fuerza de los azules de Eatanswill. Veíase un regular ejército de banderas azules, unas con un asta y otras con dos, exhibiendo adecuadas divisas en caracteres dorados de cuatro pies de alto y de un grueso proporcionado. Había una numerosa banda de trompetas, bombardinos y tambores colocados de a cuatro en fondo, ganándose el dinero a maravilla, especialmente los tambores, que mostraban gran desarrollo muscular. Había retenes de policías con bastones azules, veinte representantes del comité con bufandas azules y una mediana masa de votantes con azules cocardas. Había electores a caballo y electores a pie. Un carruaje abierto de cuatro caballos estaba preparado para el honorable Samuel Slumkey y cuatro coches en tronco para sus amigos y corifeos; ondeaban las banderas, tocaba la banda, juraban los policías, vociferaban los

 

 

 

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veinte hombres del comité, rugía la multitud, piafaban los caballos, sudaban los postillones, y todo y todos, aquí y acullá, se agitaban en servicio, y para honor, gloria y renombre del honorable Samuel Slumkey, de Slumkey Hall, uno de los candidatos señalados para representar a la villa de Eatanswill en la Cámara de los Comunes, del Parlamento del Reino Unido.

 

Atronadoras y prolongadas eran las aclamaciones y majestuoso el ondear de una de las banderas azules, en la que se leía: «Libertad de Imprenta», cuando la terrosa frente de Mr. Pott se hizo visible a la multitud en una de las ventanas. Fue inenarrable el entusiasmo que se produjo cuando el honorable Samuel Slumkey, con botas altas y corbata azul, se adelantó y estrechó la mano de Pott, dando a la multitud por medio de gestos expresivos testimonio dramático de su gratitud imperecedera a La Gaceta de Eatanswill.

 

—¿Está todo listo? —dijo a Mr. Perker el honorable Samuel Slumkey.

 

—Absolutamente todo, sir —fue— la respuesta del hombrecillo.

—¿Nada se ha olvidado, supongo? —dijo el honorable Samuel Slumkey.

 

—Nada ha quedado por hacer, sir, nada. A la puerta de la calle hay veinte hombres perfectamente lavados para que usted les estreche las manos, y seis niños en brazos para que usted les acaricie las cabecitas y pregunte por su edad; fijese bien en los niños, sir...; estas cosas son siempre de gran efecto.

 

—Tendré cuidado —dijo el honorable Samuel Slumkey.

 

—Y tal vez, mi querido señor —dijo el precavido hombrecito—, tal vez, si usted pudiera, no quiero decir que sea indispensable; pero si usted pudiera besar a alguno de ellos, produciría en las masas una gran impresión.

 

—¿No sería del mismo efecto que lo hiciesen el proclamador o el segundo? — dijo el honorable Samuel Slumkey.

 

—Temo que no —replicó el agente—; si lo hiciera usted mismo, sir, me parece que le haría a usted muy popular.

 

—Muy bien —dijo el honorable Samuel Slumkey con aire resignado—; entonces hay que hacerlo.

 

—Ordenad la procesión —gritaron los veinte del comité. En medio de las aclamaciones de la agolpada muchedumbre, colocáronse en debida forma los policías, los hombres del comité, los votantes, los jinetes y los carruajes. Cada uno de los coches de dos caballos contenía a todos cuantos en ellos cabían de pie. En el de Mr. Perker iban Mr. Pickwick, Mr. Tupman, Mr. Snodgrass y una media docena de miembros del comité.

 

Hubo un momento de solemne expectación para esperar a que se incorporara a la procesión, subiendo a su coche, el honorable Samuel Slumkey. De pronto se produjo en la multitud un nutrido griterío.

 

—Ya sale —dijo el pequeño Mr. Perker, excitadísimo; tanto más cuanto que la

 

 

 

 

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posición de los ocupantes del coche no les permitía observar lo que ocurría por delante.

 

Se oyó otro viva mucho más alto.

 

—Ha estrechado las manos a los hombres —gritó el pequeño Perker.

 

Otra aclamación mucho más vehemente.

 

—Ha acariciado a los niños en la cabeza —dijo Mr. Perker temblando de ansiedad.

 

Rasgó el aire en aplauso estrepitoso.

 

—¡Ha besado a uno de ellos! —exclamó, deleitado, el hombrecito.

 

Se oyó otro rumor.

 

—Ha besado a otro —gritó entusiasmado el agente. Un tercer aplauso.

 

—¡Está besándolos a todos! —gritó fuera de sí el hombrecito.

 

Y entre los vítores ensordecedores de la multitud, la procesión se puso en movimiento.

 

Cómo o por qué medios resultaron mezcladas ambas procesiones, y cómo se deshizo la confusión producida, no sabríamos explicarlo. El sombrero de Mr. Pickwick cayó sobre sus ojos, narices y boca al golpe de un asta de bandera amarilla. El mismo Mr. Pickwick se describe rodeado de una muchedumbre de rostros airados y feroces en cuanto pudo darse cuenta de la escena. Una gran nube de polvo y una densa masa de combatientes. Según dice, un poder oculto le arrojó del carruaje y le forzó a empeñarse en un encuentro personal; mas no sabe decir con quién, cómo ni por qué. Luego se sintió arrastrado por los que venían de atrás hacia una escalera de madera, y al ponerse el sombrero debidamente, se encontró rodeado de sus amigos, a la izquierda de las tribunas. La zona derecha de las mismas estaba reservada para el partido amarillo, y el centro para el alcalde y sus ayudantes; uno de los cuales, el obeso pregonero de Eatanswill, tañía una enorme campana en demanda de silencio, mientras que Mr. Horacio Fizkin y el honorable Samuel Slumkey, con las manos sobre sus corazones, saludaban con suprema afabilidad al proceloso mar de cabezas que inundaba la plaza. En esto se levantó una verdadera tempestad de vítores, aullidos y gritos que hubieran desafiado a un temblor de tierra.

 

—Allí está Winkle —dijo Mr. Tupman tirando a su amigo de la manga. —¿Dónde? —dijo Mr. Pickwick poniéndose los lentes, que por fortuna había

guardado hasta entonces en el bolsillo.

 

—Allí —dijo Mr. Tupman—, en lo alto de aquella casa.

 

Y allí, en perfecta seguridad, sobre el alero del tejado, estaban Mr. Winkle y la señora Pott, cómodamente sentados en un par de butacas, agitando sus pañuelos como señal de haberle reconocido; cuya atención devolvió Mr. Pickwick besándose la mano en obsequio de la señora.

 

Aún no había comenzado la ceremonia, y como una muchedumbre inactiva

 

 

 

 

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siempre está dispuesta a la chacota, bastó esta inocente manifestación para despertar su instinto burlesco.

 

—¡Eh, pícaro viejo! —gritó una voz—: ¿mirando a las chicas, verdad? —¡Eh, venerable pecador! —gritó otro.

 

—¡Se pone los lentes para mirar a una mujer casada! —dijo un tercero.

 

—Ya veo cómo le hace un guiño con el ojo, picarillo —exclamó un cuarto.

 

—Mire por su esposa, Pott —dijo el quinto.

 

Y se produjo una carcajada general.

 

Todas estas burlas y cuchufletas fueron acompañadas de maliciosas comparaciones, entre las cuales figuró la de Mr. Pickwick con un carnero viejo y otras humoradas de este jaez; y como estas burlescas insinuaciones daban pábulo a que se pusiese en tela de juicio el honor de una dama irreprochable, subió de punto la indignación de Mr. Pickwick; mas como en aquel instante se ordenó el silencio, contentóse con asestar a la multitud una mirada de piedad hacia sus descarriados instintos, que a su vez fue contestada con otro golpe de risa descarada.

 

—¡Silencio! —gritaron los ayudantes del alcalde.

 

—Whiffin, manda callar —dijo el alcalde con el aire pomposo que convenía a su preeminente situación.

 

Obedeciendo a esta orden, ejecutó el pregonero otro solo de campana, mientras que un chusco gritaba: «¡Muffin!», lo que produjo otra carcajada general.

 

—Caballeros —dijo el alcalde, levantando cuanto pudo el tono de su voz—, caballeros. Hermanos electores de la villa de Eatanswill. Nos hemos congregado hoy con objeto de elegir un representante en lugar del difunto...

 

Aquí el alcalde fue interrumpido por uno de la multitud. —¡Bravo por el alcalde! —dejó oír la voz—, y que no abandone nunca el negocio de clavos y cacerolas que le ha hecho rico.

 

Esta alusión a las tareas profesionales del orador fue recibida por una tempestad de regocijo, que, con el acompañamiento de la campana, ahogó el resto del discurso, salvo la frase final, en la que daba gracias a la concurrencia por la atención con que le habían escuchado; expresión de gratitud que provocó otra explosión de hilaridad que duró un cuarto de hora.

 

Después, un alto y delgado caballero, de apretado corbatín blanco, al que la muchedumbre aconsejó repetidas veces «enviar un muchacho a su casa para preguntar si se había dejado la voz debajo de la almohada», propuso que se nombrara una persona digna y adecuada para representarles en el Parlamento, y cuando dijo que debía ser designado Horacio Fizkin, esquire, de Fizkin Lodge, cerca de Eatanswill, aplaudieron los fizkinistas, y los slumkeístas aullaron con tanta pertinacia y en tan elevado tono, que tanto el orador como el adjunto podían haber emitido canciones festivas en vez de hablar, sin que nadie se diera cuenta de ello.

 

 

 

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Después de gozar los amigos de Horacio Fizkin, esquire, de esta prioridad, un hombrecito colérico, de encendido rostro, se adelantó a proponer a otra persona digna y adecuada para representar en el Parlamento a los electores de Eatanswill; y hubiera seguido adelante el enrojecido caballero, si no se hubiera dejado dominar por la cólera al percatarse de los jocosos movimientos del público. Luego de verter unas cuantas frases de retórica elocuencia, el arrebatado caballero empezó a señalar a aquellos de los concurrentes que le interrumpían y a provocar a ciertos individuos de las tribunas, con lo cual se promovió un alboroto que le obligó a expresar sus ideas y sentimientos por medio de la mímica, dejando a poco el sitial para el adjunto, el cual pronunció un discurso escrito que duró media hora, y que no era posible interrumpir por haber sido enviado a La Gaceta de Eatanswill, en cuyas columnas se hallaba ya impreso.

 

Entonces Horacio Fizkin, esquire, de Fizkin Lodge, cerca de Eatanswill, se presentó con objeto de dirigir la palabra a sus electores. Mas no bien empezó, la banda alquilada por el honorable Samuel Slumkey empezó a tocar con tal afán, que no podía compararse con el que desplegara en la mañana. Como respuesta, los amarillos comenzaron a golpear las cabezas y espaldas de los azules, con lo cual los azules trataron de desembarazarse de sus incómodos compañeros los amarillos, siguiéndose una escena de lucha y empujones, a la que no podemos nosotros hacer más justicia que la que hizo el alcalde, que dio severas órdenes a doce alguaciles para que prendieran a los revoltosos, cuyo número ascendía a doscientos cincuenta. A todo esto, Horacio Fizkin, esquire, de Fizkin Lodge, y sus amigos montaron en cólera, hasta que el mencionado Horacio Fizkin, esquire, de Fizkin Lodge, preguntó a su contrincante, el honorable Samuel Slumkey, de Slumkey Hall, si la banda tocaba con su consentimiento; pregunta que el honorable Samuel Slumkey rehusó contestar, descargando Horacio Fizkin, esquire, de Fizkin Lodge, un puñetazo en el rostro del honorable Samuel Slumkey, de Slumkey Hall, por lo cual el honorable Samuel Slumkey, ensangrentado, retó a un duelo a muerte a Horacio Fizkin, esquire. Ante esta violación de todas las reglas y precedentes, mandó el alcalde ejecutar otra fantasía de campana, y ordenó comparecer ante su presencia a Horacio Fizkin, esquire, de Fizkin Lodge, y al honorable Samuel Slumkey, de Slumkey Hall, obligándoles a hacer las paces. A esta terrible conminación, los partidarios de ambos candidatos intervinieron, y al cabo de tres cuartos de hora de luchar uno contra otro, Horacio Fizkin, esquire, saludó al honorable Samuel Slumkey, de Slumkey Hall; el honorable Samuel Slumkey saludó a Horacio Fizkin, esquire; calló la banda, se aquietó la multitud y empezó a hablar Horacio Fizkin, esquire.

 

Los discursos de los dos candidatos, no obstante diferir en otros respectos, rindieron caluroso tributo al mérito y valía de los electores de Eatanswill. Ambos manifestaron su opinión de que no existía en la tierra casta de hombres más

 

 

 

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concienzudos e independientes, más inteligentes, de mayor civismo, más nobles ni más desinteresados que aquellos que habían prometido votarle a él, cada uno de los oradores dejó traslucir su sospecha de que los electores del otro bando padecían ciertas enfermedades y hábitos de pulcritud dudosa que les incapacitaban para el cumplimiento de los deberes que habían de cumplir; Fizkin manifestóse dispuesto a conceder todo aquello que se le pidiese; Slumkey se mostró decidido a no hacer nada. Ambos declararon que el comercio, la industria, la prosperidad de Eatanswill habrían de interesarles más que cualquier otro objeto en el mundo, y cada uno se atrevió a expresar su franca certidumbre de que había de ser elegido.

 

En seguida se procedió a una elección de manos levantadas; el alcalde se pronunció en favor del honorable Samuel Slumkey, de Slumkey Hall. Horacio Fizkin, esquire, de Fizkin Lodge, exigió un escrutinio, y se acordó proceder a la votación. Luego se propuso un voto de gracias al alcalde por el acierto con que había ocupado la silla, y el alcalde, lamentando no haber tenido una silla en que haber demostrado su acierto (pues había permanecido de pie durante toda la ceremonia), devolvió las gracias. Organizáronse nuevamente las procesiones, rodaron lentamente los carruajes entre la multitud, y la gente gritó y vociferó, mientras seguían los coches, según su capricho y gusto.

 

Mientras duró el escrutinio fue presa la ciudad de intensas fiebres y agitación. Todo se realizó de la manera más grata y liberal. Los artículos de beber vendiéronse baratísimos en todas las tabernas; recorrían las calles numerosas parihuelas para la conducción de los votantes a quienes pudiera acometer el vértigo, epidemia que cundió de modo alarmante entre los electores durante la contienda, y bajo cuya influencia caían al suelo en estado de la más profunda insensibilidad. Un pequeño grupo de electores quedóse sin votar aquel día. Componíase de individuos calculadores y reflexivos, a quienes no habían logrado convencer los argumentos de ninguno de los partidos, no obstante haber celebrado con ellos numerosas conferencias. Una hora antes de cerrar el escrutinio impetró Mr. Perker el honor de una entrevista privada con aquellos inteligentes y nobles patriotas. Se le concedió la entrevista. Sus argumentos fueron breves, pero satisfactorios. Los individuos fueron a la urna como un solo hombre, y cuando volvieron, también volvía triunfante el honorable Samuel Slumkey, de Slumkey Hall.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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14.    Que comprende una breve descripción de la concurrencia de El Pavo y un cuento contado por un

 

viajante

 

 

Es grato desviarse de la contemplación de las luchas y tumultos de la vida política para entregarse al plácido reposo de la privada. Aunque el interés de Mr. Pickwick no se inclinase grandemente a ninguno de los bandos, había sido suficientemente enardecido por el entusiasmo de Mr. Pott, para emplear toda su atención y todo su tiempo en los sucesos que se han señalado en el último capítulo y que se han tomado del propio libro de notas de Mr. Pickwick. Mas si éste anduvo ocupado de esta manera, no permaneció ocioso Mr. Winkle, cuyo tiempo se deslizó en gratos paseos y breves excursiones con la señora Pott, la cual no perdonaba oportunidad de buscar alivio al tedio y monotonía, de los que se quejaba constantemente.

 

Mientras que los últimos señores permanecieran vinculados en la casa del editor, Mr. Tupman y Mr. Snodgrass camparon por sus respetos. Poco o nada interesados en los asuntos públicos, procuraron engañar el tiempo con las diversiones que podían disfrutar en El Pavo, que se reducían a un billar en el primer piso y a un juego de bolos en el corral. Fueron iniciados en la ciencia y secretos de estos dos recreos, mucho más abstrusos, por cierto, de lo que se cree generalmente, por Mr. Weller, que poseía un conocimiento perfecto de tales pasatiempos. De este modo, a pesar de hallarse privados casi por completo de la grata sociedad de Mr. Pickwick, lograron pasarlo bien y evitar que las horas transcurriesen con lentitud excesiva.

 

Pero era por la noche cuando El Pavo ofrecía atracciones tales que permitían a los dos amigos rehusar hasta las invitaciones del talentudo aunque prosaico Pott. Era por la noche cuando el salón de El Pavo albergaba un círculo social, cuyas maneras y caracteres observaba con delicia Mr. Tupman, cuyos hechos y dichos gustaba de anotar Mr. Snodgrass. Todo el mundo conoce lo que son estos ambientes de café. En El Pavo no difería gran cosa de la generalidad de esta clase de gente. Era una amplia y desnuda habitación, cuyo menaje debía de haber sido más lucido en otros tiempos, con una gran mesa en el centro y buen número de pequeños veladores en los rincones; abundante provisión de sillas de variadas formas, y una vieja alfombra turca, cuyas dimensiones guardaban con las de la estancia la misma proporción que un pañuelo de señora con el suelo de una garita. Guarnecían las paredes uno o dos grandes mapas, y varios abrigos raídos con sendas gorras complicadas colgaban en el rincón de una larga fila de perchas. Sobre el tablero de la chimenea yacía un tintero de madera, que contenía un portaplumas, y a su lado un trozo de oblea, una guía, una historia del Condado, sin cubierta, y los restos mortales de una trucha en féretro cristalino. La atmósfera estaba enrarecida por el olor del tabaco, cuyos humos habían comunicado un tono pardo a la estancia toda, y más especialmente a las polvorientas

 

 

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cortinas rojas que velaban las ventanas. En la alacena se guardaba una variada mezcolanza de artículos, entre los que mencionaremos una oscura salsa de pescado, dos o tres látigos, unas cuantas mantas de viaje, una regular cantidad de cuchillos y tenedores y un tarro de mostaza.

 

En esta habitación se sentaron Mr. Tupman y Mr. Snodgrass la noche de la elección a fumar y a beber con otros eventuales huéspedes de la posada.

 

—Bueno, señores —dijo un corpulento y rollizo personaje de unos cuarenta años que tenía un solo ojo: un ojo negro y brillante, que guiñaba con pícara expresión de zumba y buen humor—, nobles señores, propongo un brindis a la salud de la concurrencia; y para mi capote, brindo por María. ¿Eh, María?

 

—Vaya usted a paseo, mala persona —dijo la camarera, no muy disgustada por el cumplimiento, sin embargo.

 

—No se vaya, María —dijo el hombre del ojo negro.

 

—Déjeme en paz, impertinente —dijo la mujer.

 

—No se preocupe —dijo el tuerto, llamando a la muchacha, que salía de la estancia—. Yo la seguiré pronto, María. No se entristezca, querida.

 

Se empeñó en la tarea nada fácil de hacer guiños a toda la concurrencia con su ojo único, lo que produjo entusiasmo y placer grandes a un anciano personaje de cara sucia y pipa de espuma.

 

—Son graciosas las mujeres —dijo el hombre de cara sucia, después de una pausa.

 

—¡Ah!, sin duda ninguna —dijo un hombre de faz rojiza que estaba detrás de un cigarro.

 

A este breve escarceo filosófico siguió otra pausa.

 

—¡Hay cosas más singulares en el mundo! Sépalo usted —dijo el hombre del ojo negro, mientras llenaba con parsimonia una gran pipa holandesa de enorme cazoleta.

 

—¿Es usted casado? —preguntó el hombre de la cara sucia.

 

—No puedo decir que lo sea.

 

—Yo creía que no.

 

Aquí el hombre de la cara sucia cayó en un espasmo de hilaridad ante su propia respuesta, en que le acompañó un hombre de voz suave y plácido rostro, que se dedicaba a estar conforme con todo el mundo.

—Las mujeres, después de todo, caballeros —dijo el entusiasta Snodgrass—, son la meta y el confort de nuestra existencia.

 

—Sí que lo son —dijo el caballero plácido.

 

—Cuando están de buen humor —observó el de la cara sucia.

 

—Verdad que sí —dijo el hombre plácido.

 

—Protesto de esa opinión —dijo Mr. Snodgrass, cuyos pensamientos tornaban rápidamente a Emilia Wardle—; la rechazo con desdén, con indignación. Dígaseme

 

 

 

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qué hombre dice algo contra la mujer, como tal mujer, y le diré en su cara que no es un hombre

 

Y      Mr. Snodgrass se quitó el cigarro de la boca y dio un violento golpe en la mesa con el puño cerrado.

 

—He ahí un argumento de buena ley —dijo el hombre plácido.

 

—Que denota una tendencia que yo no comparto —interrumpió el hombre de la cara sucia.

 

—Y también hay mucho de verdad en lo que usted observa —dijo el hombre plácido.

 

—A vuestra salud, sir —dijo el viajante tuerto, dirigiendo a Mr. Snodgrass un gesto de aprobación.

 

Mr. Snodgrass agradeció la fineza

 

—Siempre me agrada oír una buena razón —prosiguió el viajante—, una razón aguda como ésta; es muy edificante; pero ese pequeño alegato a favor de las mujeres trae a mi memoria una historia que me contó un viejo tío mío, historia cuyo recuerdo me impulsó a decir que había pocas cosas tan raras como una mujer, a veces.

 

—Me gustaría oír esa historia —dijo el de la cara roja y el cigarro.

 

—¿Le gustaría a usted? —fue la única réplica del viajanteque continuó fumando con gran avidez.

 

—A mí también —dijo Mr. Tupman, terciando por primera vez. No perdonaba ocasión de enriquecer el arsenal de sus experiencias.

 

—¿Le gustaría a usted? Bien; entonces, la contaré. Aunque no. Sé que no lo van ustedes a creer —dijo el hombre del ojo insidioso, mostrando en su órgano visual más picardía que nunca.

 

—Si dice usted que es verdad, claro que lo creeré —dijo Mr. Tupman.

 

—Bien; en ese supuesto, la contaré —replicó el viajante—. ¿Ha oído usted hablar de la gran casa comercial de Wilson y Slum? Pero no importa que la haya usted oído nombrar o no, porque realizó sus negocios hace mucho tiempo. Hace ochenta años que ocurrió el caso a un viajante de esta entidad; pero era amigo de mi tío, y mi tío me contó a mí la historia. Es extraño el título, pero él acostumbraba llamarla

 

LA HISTORIA DEL VIAJANTE

 

»y solía contarla, poco más o menos, como sigue:

 

»En una tarde de invierno, a eso de las cinco, cuando empezaba a oscurecer, podía haberse visto a un hombre en un cabriolé arreando a su fatigado caballo por la carretera que atraviesa la llanura de Marlborough en dirección a Bristol. Digo que podía habérsele visto, y hubiéralo sido, si cualquiera que no estuviese ciego hubiera acertado a pasar por allí; pero era tan malo el tiempo, tan lluviosa y fría la tarde, que sólo el agua estaba fuera de su casa, y el viajero iba dando tumbos por medio de la carretera, que se encontraba solitaria y bastante medrosa. Si algún viajante de hoy

 

 

 

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pudiese haber echado una ojeada sobre el pequeño y maltrecho cabriolé, de blanca caja y encarnadas ruedas, y de la quimérica, endiablada y corredora yegua baya, que parecía haber sido consecuencia del cruzamiento de un caballo de carnicero con una yegua del correo, al punto hubiera sabido que el viajero no podía ser otro que Tomás Smart, de la gran casa de Wilson y Slum, de Cateatom Street, de la City. Mas como no había viajante que lo viera, nadie supo nada acerca del hecho, y Tomás Smart, con su blanco cabriolé de encarnadas ruedas y su quimérica yegua corredora, seguía su camino guardando el secreto para sí, y nadie se enteró de nada.

 

»Pocos lugares existen tan desagradables en este aborrecible mundo como la llanura de Marlborough cuando el viento sopla impetuoso; y si a éste se añadiera una negra noche de invierno, una carretera embarrizada y el azote de una lluvia persistente cayendo sobre ustedes, no dejarían de apreciar la fuerza de esta observación.

 

»Soplaba el viento; mas no camino arriba o abajo, cosa que ya es bastante desagradable, sino a través de él, impulsando a la lluvia oblicuamente, como esas líneas de las planas de escritura escolares con que se pretende habituar a los muchachos a la inclinación conveniente. Un momento pareció amainar, y el viajero empezó a abrigar la engañosa creencia de que, fatigada por su afán furioso, hubiérase tumbado a descansar, cuando, ¡oh cielos!, oyóla de nuevo rugir y silbar a lo lejos, trasponer con violencia las cimas de los montes y barrer la llanura, cobrando fuerza y zumbando a medida que se acercaba, hasta envolver en dura ráfaga al caballo y al hombre, metiéndoles en las orejas la lluvia y penetrándoles hasta los huesos su aliento húmedo y frío; pasó sobre ellos y prosiguió su inquieto viaje, rugiendo estrepitosamente, como ridiculizando la flaqueza de aquellos dos seres y saboreando el triunfo de su fuerza y poderío.

 

»La yegua caminaba chapoteando sobre el lodo con las orejas gachas; de cuando en cuando sacudía su cabeza, como para expresar su contrariedad ante aquella incorrecta conducta de los elementos, mas conservando la presteza del paso, hasta que una ráfaga más furiosa que ninguna de las que hasta entonces le habían atacado la hizo detenerse de repente y clavar en el suelo las cuatro patas para evitar que el viento la arrebatara. Y no fue poca fortuna que tal hiciera, porque, de haberse dejado arrastrar por el vendaval, era tan ligera la quimérica yegua, tan ligero el cabriolé y tan liviana la carga que representaba Tomás Smart, que fatalmente hubieran rodado juntos hasta los confines de la tierra o hasta que el viento hubiera caído, con lo cual no hay que decir que ni la quimérica yegua, ni el blanco cabriolé de encarnadas ruedas, ni el propio Tomás Smart hubieran vuelto a servir para nada.

 

»—¡Malditos correajes y malditos bigotes! —dice Tomás Smart (Tomás mostraba a veces una desagradable tendencia a proferir juramentos) —. ¡Malditas correas y malditos bigotes! Esto es delicioso; sigue soplando.

 

 

 

 

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»Me preguntaréis por qué Tomás Smart, no obstante haber recibido lindamente el viento y la lluvia, expresaba su deseo de que el azote se reprodujera. No sabré contestaros; sólo sé que Tomás Smart dijo eso, o por lo menos me dijo mi tío que lo había dicho, que es lo mismo.

 

»—Sopla, sopla —dice Tomás Smart.

 

»Y relinchó la yegua, como si quisiera unirse a este deseo. »—Grita, buena amiga —dijo Tomás, tocando con su látigo el cuello de la yegua baya—. No hay que apresurarse en una noche como ésta. En la primera casa que encontremos nos paramos; así es que cuanto más deprisa vayas, más pronto acabamos. ¡Soooo, buena moza, poco a poco!

 

»Fuese que la quimérica yegua conociese suficientemente la voz de Tomás para hacerse cargo de sus propósitos, o que encontrase más frío en el reposo que corriendo, es cosa que no podemos decidir. Mas podemos decir que no bien calló Tomás, levantó la yegua sus orejas y se arrancó a una velocidad que hizo crujir el blanco cabriolé hasta el punto de hacer temer que se le salieran las ruedas y huyeran por los prados de Marlborough; y el mismo Tomás, a pesar de ser buen cochero, no pudo pararla ni moderar su carrera, hasta que ella, voluntariamente, se detuvo junto a una venta situada a la derecha del camino, a cosa de un cuarto de milla de los prados.

 

»Tomás dirigió una mirada curiosa hacia la parte superior del edificio, en tanto que dejaba las riendas y colocaba el látigo en su sitio. Era un viejo y extraño caserón, construido de ripia, con vigas cruzadas, con ventanas de volados dinteles, y una pequeña puerta con oscuro porche y sólo un par de altos peldaños, que daban acceso al interior, en vez de la media docena de bajos escalones que para este fin se emplean en la moderna construcción. Pero no dejaba de ser un lugar agradable, porque se veía en la ventana del bar una luz clara y viva que arrojaba sobre el camino fuerte destello, llegando a iluminar el seto del lado opuesto, y se veía además un fulgor rojizo y oscilante en otra ventana, que después de percibirse un momento débilmente, resplandecía a poco a través de las pardas cortinas, lo que denunciaba que allí ardía un fuego reparador. Después de hacer estas pequeñas indagaciones con su mirada de viajero experimentado, bajó Tomás del coche con toda la agilidad que le permitían sus miembros entumecidos, y entró en la casa.

 

»No habían pasado cinco minutos cuando ya se hallaba Tomás aposentado en la habitación que daba frente al bar (precisamente aquella en que presumiera que ardía el fuego), ante una grata y chirriante lumbre, formada por un montón de carbones y ramaje bastante para componer una media docena de frondosos arbustos, apilada hasta la mitad de la chimenea, crujiendo con un sonido que bastara por sí mismo para atemperar el corazón de cualquier hombre razonable. Era esto muy grato; pero no era todo, porque una elegante y pizpireta muchacha de ojos brillantes y lindo pie estaba poniendo sobre la mesa un blanco y limpio mantel; y al sentarse Tomás con

 

 

 

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sus pies llenos de barro sobre la galería del hogar y con su espalda contra la puerta que estaba abierta, vio un delicioso espécimen del bar reflejado en el espejo de la chimenea, en el que se veían varias filas de botellas verdes con doradas etiquetas, frascos de aperitivos, quesos y jamones cocidos, y lonjas de vaca, almacenados en la alacena en la más tentadora exhibición. Verdad que todo esto era bien grato; pero no era esto sólo, porque en el bar, tomando el té, sentada en el más elegante velador, junto al más brillante fuego, había una vivaracha viuda de unos cuarenta y ocho años, de rostro tan prometedor como el bar, que debía de ser la posadera y la tirana indiscutible de aquellos agradables dominios. Sólo había un pero que poner a la belleza del cuadro, y era un hombre alto, muy alto, con parda chaqueta y botones brillantes, negros bigotes y ondulados cabellos negros, que estaba sentado al lado de la viuda y que sin gran penetración podía colegirse que se hallaba muy en camino de persuadirla a dejar de ser viuda y a conferirle el privilegio de permanecer sentado en aquel bar por el resto de su vida terrena.

 

»Tomás Smart no abrigaba una condición irritable ni envidiosa; pero es el caso que el hombre alto, de parda chaqueta y brillantes botones, levantó el pequeño fermento que de aquellas cualidades tuviera y le hizo sentir una indignación extremada; sobre todo cuando de cuando en cuando veía desde su sitio, por el espejo, cruzarse cariñosas familiaridades entre el hombre alto y la viuda; lo que indicaba de sobra que el hombre se hallaba tan elevado como en estatura en el favor de la dama. Era Tomás grande aficionado al ponche caliente (me atreveré a decir que era aficionadísimo al ponche caliente), y después de cerciorarse de que la quimérica yegua tenía alimento bastante y cómodo lecho, y de comer de todos aquellos manjares que la viuda le preparó con sus propias manos, mandó que se le trajera un jarro de ponche para probar. Pero si en algún detalle del arte doméstico sobresalía la viuda, era precisamente en éste del ponche; y de tal manera plugo al gusto de Tomás Smart el primer jarro, que mandó traer el segundo sin tardanza. El ponche caliente, caballeros, es una cosa deliciosa (deliciosa en cualquier circunstancia); pero en aquel recinto confortable, ante el fuego chispeante, mientras que sopla fuera el viento hasta conmover el maderamen de la vieja casona, lo encontró Tomás Smart incomparablemente delicioso. Pidió otro jarro, luego otro, no sé si pediría otro después; pero es el hecho que cuanto más bebía del ponche caliente, más se preocupaba del hombre alto.

 

»—¡Qué impudencia! —se dijo a sí mismo Tomás—. ¿Qué negocio tiene en este delicioso bar? ¡Un tipo tan feo, además! Si la viuda tuviese algo de gusto, elegiría seguramente algún mozo mejor que ése.

 

»Entonces la mirada de Tomás empezó a vagar del espejo de la chimenea al vaso que había en la mesa; y al sentirse cada vez más apasionado, vació el cuarto jarro de ponche y pidió el quinto.

 

 

 

 

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»Tomás Smart, caballeros, siempre había sentido inclinación a ocuparse en servicio del público. Hacía mucho tiempo que ambicionaba verse detrás del mostrador de un bar de su propiedad, con su levita verde, sus cordones arrollados a las rodillas y sus botas con vueltas de cordobán. Pensaba que había de presidir a las mil maravillas los banquetes y que no tendría rival animando con su charla el establecimiento, así como que estaba en condiciones como nadie para servir de ejemplo a sus parroquianos en el despacho de bebidas. Todas estas fantasías cruzaban por su mente mientras bebía su ponche junto al fuego chirriante, y experimentaba justa y lógica indignación ante el hecho de que el hombre largo se encontrara tan a punto de adueñarse de aquella excelente casa, mientras que él, Tomás Smart, se hallaba tan lejos de lograrlo como siempre. Así es que, después de deliberar durante los dos últimos jarros acerca de si tendría o no perfecto derecho a buscar camorra con el hombre largo por haber osado conquistar las gracias de la vivaracha viuda, llegó Tomás Smart a la conclusión satisfactoria de que era él un hombre maltratado y perseguido y que lo mejor que podía hacer era irse a la cama.

 

»Guiado por la linda muchachita, subió por una ancha y vieja escalera. La muchacha tapaba con su mano la luz de la palmatoria con objeto de protegerla de las corrientes de aire, que, en un edificio viejo y destartalado como aquél, amenazaban por todas partes; mas fue inútil la precaución, porque sopló el viento, proporcionando a los enemigos de Tomás el pretexto para afirmar que fue él, y no el viento, quien apagó la vela, y que, al intentar reanimar la llama soplando, había besado a la muchacha. Sea lo que fuere, se trajo otra luz y se condujo a Tomás, a través de una complicada agrupación de aposentos y de un laberinto de pasillos, hasta la habitación que se había preparado para recibirle, llegados a la cual, le dio las buenas noches la muchacha y le dejó solo.

 

»Era una amplia estancia de gruesas contraventanas, en la que había una gran cama que pudiera haber servido para todo un pensionado, sin contar un par de cómodas de roble que hubieran bastado para guardar el bagaje de un pequeño ejército; pero lo que más intrigó la imaginación de Tomás fue una extraña y desconcertante silla de alto respaldo, tallada de modo fantástico, con rameado cojín y con los extremos inferiores de las patas cuidadosamente vendados de tela roja, cual si tuviera gota en los pies. De otra silla cualquiera hubiera pensado Tomás que era una silla más o menos rara, pero allí hubiera terminado el asunto; mas había en esta silla algo verdaderamente notable, que él no podría decir en qué consistía; pero tan especial y que se distinguía tanto de todos los demás muebles que en su vida viera, que pareció fascinarle. Se sentó ante el fuego y contempló la vieja silla por espacio de media hora.

 

—Que el diablo se lleve a la silla —decía.

 

»Era una estantigua tan rara, que no podía quitar los ojos de ella.

 

 

 

 

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»—Bien —dijo Tomás, desnudándose poco a poco, sin dejar de mirar a la silla que ostentaba junto al lecho su misteriosa catadura—; no vi en mi vida nada igual. Es muy extraño —decía Tomás, a quien el ponche caliente había tornado filósofo.

 

»Sacudió Tomás su cabeza con aire de profunda sabiduría, y otra vez miró a la silla. Mas como nada podía hacer, se metió en la cama, se tapó hasta las narices y se quedó dormido.

 

»A la media hora despertó Tomás sobresaltado de una confusa pesadilla, en la que se mezclaba el hombre largo con los jarros de ponche, y el primer objeto que se ofreció a su inquieta fantasía fue la silla extraña. »—No quiero mirarla más —se dijo Tomás.

 

»Cerró sus párpados e intentó convencerse a sí mismo de que iba a dormirse. Pero fue en vano: sólo sillas extrañas danzaban ante sus ojos, levantando sus patas, saltando unas sobre otras y ejecutando todo género de contradanzas grotescas.

 

»—Prefiero ver una silla de verdad a dos o tres sillerías fingidas —dijo Tomás sacando la cabeza fuera del embozo. »Allí estaba la silla bien visible a la luz del fuego y tan provocativa como siempre.

 

»Clavó Tomás sus ojos en la silla, y de repente se operó en ella un cambio extraordinario. El tallado del respaldo fue adquiriendo poco a poco los lineamientos y la expresión de un rostro humano, arrugado y viejo; el cojín de damasco convirtióse en un antiguo chaleco alfombrado; las molduras de las patas se transformaron en un par de pies calzados con rojas zapatillas de pana, y la vetusta silla tomó el aspecto de un viejo muy feo del siglo anterior, con los brazos en jarras. Tomás se sentó en la cama y se frotó los ojos para disipar la alucinación. Nada. La silla era un viejo feo; más aún: estaba haciéndole guiños a Tomás Smart.

 

»Tomás era por naturaleza flemático, un ente descuidado y tranquilo, y se había metido en el cuerpo cinco jarros de ponche caliente; así es que, si bien había sentido al principio un leve sobresalto, empezó a indignarse al ver que el viejo le guiñaba y le sonreía con aire descarado. Al cabo decidióse a no aguantar aquello, y como observase que la vieja cara le guiñaba con pertinacia, dijo Tomás en tono airado:

 

»—¿Para qué demonio me está usted haciendo guiños?

 

»—Porque me agrada, Tomás Smart —dijo la silla, o el viejo caballero, como queráis llamarle.

 

»Cesaron los guiños, sin embargo, al hablar Tomás, y empezó a hacer gestos lo mismo que un mono veterano.

 

»—¿Cómo sabe usted mi nombre, viejo cascanueces? —preguntó Tomás Smart bastante amostazado, aunque se empeñaba en no perder la continencia.

»—Vamos, vamos, Tomás —dijo el viejo caballero—; ése no es modo de hablar a una sólida caoba española. Vaya, no me trataría usted con menos respeto si estuviese simplemente chapeada.

 

 

 

 

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»Y al decir esto, el viejo miró a Tomás con tanta decisión, que éste empezó a asustarse.

 

»—Yo no he pensado en tratarle con desconsideración, sir —dijo Tomás en tono mucho más humilde del que empleara al principio.

 

»—Bien, bien —dijo el anciano—; puede ser... puede ser. Tomás...

 

»—Sir..

 

»—Conozco todo lo que a usted se refiere, Tomás; absolutamente todo. Usted es muy pobre, Tomás.

 

»—Sí que lo soy —dijo Tomás Smart—. Pero, ¿cómo sabe usted eso?

 

»—A usted no le importa —dijo el viejo—. Es usted demasiado aficionado al ponche, Tomás.

 

»Ya iba Tomás Smart a protestar, asegurando no haber tomado una gota desde que naciera; pero al encontrarse su mirada con la del viejo, advirtió en ella tanta malicia, que se ruborizó Tomás y guardó silencio.

 

»—Tomás —dijo el viejo—: la viuda es una hermosa mujer... extraordinariamente hermosa... ¿eh, Tomás?

 

»Aquí el viejo dio un giro a su mirada, levantó una de sus escuálidas piernas y se mostró tan grotescamente enamorado, que se incomodó Tomás por la liviandad de su actitud... ¡a una edad tan avanzada!

 

»—Yo soy su guardián —dijo el viejo. »

 

—¿Si? —preguntó Tomás Smart.

 

»—Conocí a su madre, Tomás —dijo el viejo—, y a su abuela. Me quería mucho... me hizo este chaleco, Tomás.

 

»—¿Ah, sí? —dijo Tomás Smart.

 

»—Y estas chinelas —continuó el viejo, levantando una de las patas—; pero no lo digas, Tomás. No quiero que se sepa que ella me quiso tanto. Esto podría ocasionar disgustos en la familia.

 

»Al decir esto, el malicioso viejo tomó un aire tan impertinente que, según declaró después Tomás Smart, se hubiera sentado en él sin remordimiento alguno.

 

»—En mi tiempo fui el favorito de las mujeres, Tomás —dijo el grotesco viejo calavera—; cientos de mujeres hermosas sentáronse en mi regazo durante largas horas. ¿Qué piensa usted de esto, so pícaro?

 

»Disponíase el viejo a relatar alguna otra hazaña de su mocedad, cuando le acometió un crujido tan violento que no pudo continuar.

 

»—Es lo que usted se merece, viejo verde —pensó Tomás Smart, pero nada dijo. »—¡Ah! —dijo el viejo—, esto me molesta mucho ahora. Voy siendo viejo, Tomás, y he perdido casi todos mis palitroques. He sufrido, además, una operación...

 

una pequeña pieza que me pusieron en la espalda... y fue una dura prueba, Tomás.

 

»—Me lo figuro, sir —dijo Tomás Smart.

 

 

 

 

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»—Sin embargo —dijo el viejo caballero—, no es esto lo que importa. ¡Tomás! Yo quiero que usted se case con la viuda.

 

»—¿Yo, sir? —dijo Tomás.

 

»—Usted —dijo el viejo caballero.

 

»—Benditas sean sus venerables canas —dijo Tomás (pues aún tenía unas cuantas crines)—; benditas sean sus reverendas canas; ella no me querría a mí.

 

»Y Tomás suspiró involuntariamente, pensando en el bar.

 

»—¿Que no le querría? —dijo el viejo con firmeza.

 

»—No, no —dijo Tomás—; hay alguien de por medio. Un hombre alto... un hombre altísimo... de negros bigotes.

 

»—Tomás —dijo el viejo caballero—, ella nunca le aceptará.

 

»—¿No? —dijo Tomás—. Si usted estuviera en el bar, anciano caballero, ya diría usted otra cosa.

 

»—¡Bah, bah! —dijo el viejo—. Estoy enterado de todo.

 

»—¿De qué? —dijo Tomás.

 

»—De los besos tras de la puerta y todas esas cosas, Tomás —dijo el viejo.

 

»Y lanzó otra mirada impúdica, que hizo indignarse a Tomás, porque, caballeros, oír a un anciano, que debía conducirse de otra manera, hablar de estas cosas, es muy desagradable... es de lo más desagradable.

 

»—Yo sé todas esas cosas, Tomás —dijo el viejo caballero—. Lo he visto hacer muchas veces en mi tiempo Tomás, por muchas personas que no quisiera mencionar; pero nunca pasaba la cosa de ahí, después de todo.

 

»—Debe usted de haber visto cosas muy singulares —dijo Tomás con mirada curiosa.

 

»—Bien puede usted decirlo —replicó el viejo, haciendo un guiño complicadísimo—. Soy el último superviviente de mi familia, Tomás —dijo el viejo suspirando con melancolía.

 

»—¿Fue muy dilatada? —preguntó Tomás Smart.

 

»—Fuimos doce, Tomás —dijo el viejo—; hermosos, de erguido respaldo; los mejores mozos del mundo. Nada de estos modernos abortos... todos con brazos y con un pulimento que, aunque no está bien que yo lo diga, le hubiera a usted encantado.

 

»—¿Y qué ha sido de los demás, sir? —preguntó Tomás Smart.

 

»El viejo se llevó el codo a los ojos y repuso:

 

»—Fenecidos, Tomás, fenecidos. Hicimos un rudo servicio, Tomás, y no todos disfrutaron de mi constitución. Les atacó el reuma por brazos y piernas, y fueron a las cocinas y a otros hospitales; y uno de ellos, después de un uso prolongado y duro, perdió la razón: se hizo tan quebradizo, que no tuvo más remedio que quemarse. Triste cosa, Tomás.

 

»—¡Espantosa! —dijo Tomás Smart.

 

 

 

 

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»Hizo pausa el viejo por espacio de algunos minutos, en los que debió de luchar contra sus emociones y sentimientos, y dijo al cabo:

 

»—Pero, Tomás, veo que estoy divagando. Este hombre largo, Tomás, es un aventurero sin vergüenza. En el momento que se casase con la viuda, todo lo vendería y escaparía. ¿Cuál sería la consecuencia? Pues que ella quedaría abandonada, sumida en la ruina, y yo moriría de un enfriamiento en el almacén de cualquier prendero.

 

»—Sí, pero...

 

»—No me interrumpa —dijo el viejo caballero—. De usted, Tomás, tengo una opinión diferente, porque sé muy bien que una vez que usted se estableciera en una taberna, nunca la abandonaría mientras quedara en las anaquelerías algo que beber.

 

»—Le agradezco a usted mucho la buena opinión que tiene de mí —dijo Tomás Smart.

 

»—Por tanto —continuó el viejo en tono dictatorial—, usted debe casarse con ella, y él, no.

 

»—Pero, ¿cómo impedir lo último? —dijo con avidez Tomás Smart. »—Sin más que esta revelación —replicó el viejo—: que él está ya casado. »—¿Y cómo habría yo de probarlo? —dijo Tomás Smart, saltando casi del lecho. »Destacó el viejo uno de sus brazos y, señalando a una de las cómodas de roble,

 

volvió a colocarlo en su posición natural.

 

»—No sabe él —dijo el viejo— que en el bolsillo derecho de unos pantalones que hay en esa cómoda tiene una carta en la que se le suplica y encarece que vuelva con su esposa y con sus seis, fíjese, Tomás, seis niños, todos de muy corta edad.

 

»Al pronunciar el viejo estas solemnes palabras, empezaron a desvanecerse los rasgos de su faz y a esfumarse en la sombra sus líneas todas. Un velo empezó a caer sobre los ojos de Tomás Smart. El anciano pareció reabsorberse gradualmente en la silla; el chaleco de damasco transformóse en un cojín, y convirtiéronse las rojas zapatillas en simples fundas encarnadas. El fuego se extinguió por completo, y Tomás Smart cayó en su almohada profundamente dormido.

 

»A la mañana despertó Tomás del letárgico sopor que le invadiera en el momento de desaparecer el anciano. Sentóse Tomás en la cama, y por algunos minutos pretendió, en vano, rememorar los sucesos de la noche. Súbitamente vinieron a su imaginación. Miró a la silla: era un mueble caprichoso y fantástico, sin duda; pero hubiera sido necesaria una imaginación mucho más viva y chispeante que la de Tomás para descubrir alguna semejanza entre ella y un anciano.

 

»—¿Cómo va, viejo amigo? —dijo Tomás.

 

»Con la luz del día cobró arrestos, como les ocurre a muchos hombres.

 

»La silla permaneció inmóvil y sin decir palabra.

 

»—¡Dichosa mañana! —dijo Tomás.

 

»Nada. La silla no entraba en conversación.

 

 

 

 

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»—¿A cuál de las cómodas señaló usted? Eso me lo puede usted decir —dijo Tomás.

 

»La silla, caballeros, no dijo ni jota.

 

»—Poco trabajo cuesta abrirlas —dijo Tomás, dejando la cama con este propósito.

 

»Dirigióse a una de las cómodas. La llave estaba en la cerradura, diole la vuelta y abrió. Allí había un par de pantalones. Metió su mano en el bolsillo y sacó la misma carta que había descrito el anciano.

 

»—¡Qué cosa más extraordinaria! —dijo Tomás Smart, mirando primero a la silla, luego a la cómoda, después a la carta, y por fin, de nuevo, a la silla—. Muy extraño.

 

»Pero como nada hallaba en ninguno de estos objetos que aminorase la extrañeza, juzgó que podía muy bien vestirse y arreglar en seguida el negocio del hombre largo, para despejar su situación. Tomás curioseó al cruzar las habitaciones con la experta mirada de todo un posadero, pensando en que no era imposible que él asumiera antes de poco la propiedad de ellas y de cuanto encerraban. El hombre largo estaba de pie en el confortable bar, con sus manos cruzadas a la espalda, como en su propia casa. Miró distraídamente a Tomás. Un observador cualquiera tal vez supusiese que lo hacía solamente para enseñar su blanca dentadura; pero Tomás Smart pensó que la idea del triunfo pasó por el lugar de la mente del hombre alto en que hubiera estado su conciencia, de haber tenido alguna. Tomás se echó a reír en su propia cara y llamó a la ventera.

 

»—Buenos días, señora —dijo Tomás Smart, cerrando la puerta y el gabinetito después de entrar la viuda.

 

»—Buenos días, sir —dijo la viuda—. ¿Qué quiere usted para el desayuno, sir? »Tomás recapacitaba en el modo de iniciar el asunto, así es que no respondió. »—Hay un jamón riquísimo —dijo la viuda— y un hermoso fiambre de pollo

 

mechado. ¿Quiere que se lo sirvan, sir?

 

»Estas palabras sacaron a Tomás de su ensimismamiento. Su admiración hacia la viuda creció al oírla hablar. ¡Inteligente criatura! ¡Suculenta proveedora!

 

»—¿Quién es ese caballero del bar, señora? —preguntó Tomás.

 

»—Se llama Jinkins, sir —dijo la viuda ruborizándose ligeramente.

 

»—Es un hombre muy alto —dijo Tomás.

 

»—Es un hombre muy hermoso, sir —replicó la viuda—, y un caballero muy simpático.

 

»—¡Ah! —dijo Tomás.

 

»—¿Desea usted algo más, sir? —preguntó la viuda bastante intrigada por la actitud de Tomás.

 

»—Sí —dijo Tomás—. Señora mía, ¿tiene usted la bondad de sentarse un

 

 

 

 

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momento?

 

»Miróle la viuda asombrada; pero se sentó, y también lo hizo Tomás, colocándose a su lado. Yo no sé lo que ocurrió, caballeros; en realidad, decía mi tío que Tomás Smart le había dicho que no podía decir cómo había sido; pero el caso fue que la palma de la mano de Tomás se posó en el revés de la de la viuda, conservando esta posición mientras hablaba.

 

»—Mi querida señora —dijo Tomás Smart (él siempre había cultivado con fortuna los modales amistosos)—, mi querida señora: usted merece un marido inmejorable; lo merece usted, sin duda.

 

»—¡Por Dios, sir! —dijo la viuda, presa de gran confusión; la iniciación del diálogo lo justificaba, por lo insólito y sorprendente, y lo abonaba el hecho de no haber visto a aquel hombre en su vida—. ¡Por Dios, sir!

 

»—Desprecio la lisonja, mi querida señora —dijo Tomás Smart—. Usted merece un marido admirable, y quienquiera que sea, ha de ser un hombre muy feliz.

 

»Según decía Tomás, sus ojos vagaban inconscientemente de la cara de la viuda a los objetos que le rodeaban.

 

»Miróle la viuda más intrigada que nunca, e hizo ademán de levantarse. Tomás oprimió su mano suavemente, como para detenerla, y ella permaneció en su sitio. Las viudas, caballeros, no son, por lo común, muy tímidas, como mi tío solía decir.

 

»—No sé cómo agradecerle, sir, el buen concepto en que me tiene —dijo medio sonriendo la vivaracha posadera—; y si me caso otra vez...

 

»—Si —dijo Tomás, mirándola maliciosamente con el rabillo izquierdo de su ojo derecho—, si se casa otra vez...

 

»—Bueno —dijo la viuda, riendo esta vez francamente—. Cuando me case espero tener un marido tan bueno como el que usted me pinta.

 

»—Jinkins, por ejemplo —dijo Tomás.

 

»—¡Por Dios, sir! —exclamó la viuda.

 

»—¡Oh!, no me diga usted nada —dijo Tomás—; le conozco.

 

»—Estoy segura de que nadie que le conozca sabe nada malo de él —dijo la viuda, reprimiéndose ante el aire misterioso con que hablaba Tomás.

 

»—¡Hum! —murmuró Tomás Smart.

 

»La viuda empezó a pensar en que llegaba la hora de las lágrimas, por lo cual sacó su pañuelo y preguntó si era que Tomás quería insultarle; si creía él propio de un caballero difamar a otro a sus espaldas; porque si tenía algo que decir, ¿por qué no se lo decía al caballero cara a cara en vez de aterrar a una pobre mujer débil?; y así sucesivamente.

 

»—Se lo voy a decir a él inmediatamente —dijo Tomás—; sólo quería que usted lo oyera antes.

 

»—¿Qué es ello? —preguntó la viuda, mirando con fijeza a Tomás.

 

 

 

 

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»—Se va usted a quedar estupefacta —dijo Tomás, llevándose la mano al bolsillo. »—Si es que no tiene dinero —dijo la viuda—, ya lo sé, y no tiene usted que

 

molestarse en decírmelo.

 

»—¡Bah!, qué tontería; eso no es nada —dijo Tomás Smart—. Yo no tengo dinero tampoco. No es eso.

 

»—¡Oh!, pero, ¿qué puede ser? —exclamó la pobre viuda.

 

»—No se asuste —dijo Tomás Smart. Sacó la carta con parsimonia y la desdobló —. ¿No va usted a gritar? —dijo Tomás con aire dubitativo.

 

»—No, no —replicó la viuda— déjeme que la vea.

 

»—¿No se desmayará usted ni hará ninguna de esas simplezas? —dijo Tomás.

 

»—No, no —respondió la viuda en seguida.

 

»—Y no eche a correr para decírselo —dijo Tomás—, porque eso ya lo haré yo por usted; más vale que usted no se moleste.

 

»—Bien, bien —dijo la viuda—; déjeme verla.

 

»—Inmediatamente —replicó Tomás Smart.

 

»Y con estas palabras puso la carta en manos de la viuda.

 

»Caballeros: he oído decir a mi tío que, según Tomás Smart, las lamentaciones de la viuda al conocer la verdad hubieran atravesado un corazón de piedra. Cierto que el corazón de Tomás era tierno, pero se conmovió profundamente. La viuda empezó a moverse de acá para allá, y cruzó sus manos anonadada.

 

»—¡Oh, qué decepción y qué villanía de hombre! —dijo la viuda. »—Espantosa, mi querida señora; pero serénese usted —dijo Tomás Smart. »—¡Oh!, no puedo serenarme —gritó la viuda—. ¡Nunca podré hallar otro a

 

quien ame tanto!

 

»—¡Oh, sí; le encontrará usted, alma mía! —dijo Tomás Smart, dejando asomar a sus ojos grandes lagrimones, en señal de compasión hacia la infortunada viuda.

 

»Tomás Smart, en la efusión de su piedad, había rodeado con su brazo el talle de la viuda; y ésta, poseída de indignación, había oprimido la mano de Tomás. La viuda miró a Tomás y le sonrió con los labios. Tomás miró a la viuda y sonrió a través de sus lagrimones.

 

»No he podido dilucidar, caballeros, si Tomás besó o no besó a la viuda en aquel momento. Solía decirme mi tío que no; mas yo tengo mis dudas sobre ello. Pero, de ustedes para mí, caballeros, yo pienso que la besó.

 

»De todos modos, el caso fue que Tomás echó al hombre alto de un puntapié media hora después; que se casó con la viuda al mes siguiente; que acostumbraba caminar por la comarca con el blanco cabriolé de encarnadas ruedas y la quimérica yegua corredora, hasta que dejó el negocio, muchos años después; que se trasladó a Francia con su esposa, y que entonces se echó abajo el viejo caserón.

 

—¿Me permitirá usted preguntarle —dijo el curioso anciano— qué fue de la

 

 

 

 

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silla?

 

—¡Ah! —replicó el tuerto viajante—. Se la oyó crujir mucho en el día de la boda; pero Tomás Smart no pudo decir con seguridad si fue de gusto o de enfermedad corporal. Se inclinaba a pensar lo último, porque el mueble no volvió a usar de la palabra.

 

—¿Y todos han creído la historia? —dijo el de la cara sucia, volviendo a llenar su pipa.

 

—Todos menos los enemigos de Tomás —replicó el viajante—. Algunos dijeron que Tomás la había inventado de cabo a rabo; otros, que estaba borracho y se la figuró, y que cogió los otros pantalones por equivocación antes de acostarse. Pero ninguno sabía lo que decía.

 

—¿Dijo Tomás que era todo verdad?

 

—Todo.

 

—¿Y su tío?

 

—De pe a pa.

 

—Deben de haber sido bien notables los dos —dijo el de la cara sucia. —Sí que lo fueron —replicó el viajante—; ¡notabilísimos!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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15.    En el que se hace un fiel retrato de dos distinguidos personajes: una descripción exacta de un almuerzo público en su casa y finca, cuyo almuerzo público da

 

ocasión a que se renueve una antigua amistad y se inicie otro capítulo

 

La conciencia de Mr. Pickwick le argüía un tanto por el reciente abandono de sus amigos en El Pavo, y ya se disponía a marchar en su busca, en la tercera mañana posterior a la elección, cuando su fiel paje puso en sus manos una tarjeta en la que se leía la siguiente inscripción:

 

MRS. LEO HUNTER

 

La Caverna, Eatanswill

 

—Espera un personaje —dijo Sam en tono epigramático.

 

—¿Pregunta por mí el personaje? —inquirió Mr. Pickwick.

 

—Le busca a usted exclusivamente, y a nadie más, como dijo el secretario particular del Diablo cuando fue a buscar al doctor Fausto.

 

—¿Es él un caballero? —dijo Mr. Pickwick.

 

—Si no lo es, es una magnífica imitación —replicó Mr. Weller.

 

—Pero esta tarjeta es de una señora —dijo Mr. Pickwick.

 

—Sin embargo, me la ha dado un caballero —replicó Sam—, y espera en la sala...

 

Dijo que esperaría todo el día con tal de verle.

 

Al oír Mr. Pickwick esta determinación, bajó a la sala, donde se hallaba sentado un caballero de grave talante, que, al verle, dijo con profundo respeto:

—Mr. Pickwick, ¿supongo...?

 

—El mismo.

 

—Permítame el honor de tomar su mano. Permítame, sir, estrechársela —dijo el grave caballero.

 

—Desde luego —dijo Mr. Pickwick.

 

Estrechó el desconocido la mano que se le tendía y prosiguió:

 

—Ha llegado a nuestros oídos la fama de usted, sir. El ruido de su discusión arqueológica ha llegado a oídos de la señora Leo Hunter.... mi esposa, sir; yo soy Mr. Leo Hunter.

 

Detúvose el desconocido como si esperara que Mr. Pickwick se sobrecogiera ante la revelación; mas observando que permanecía en calma, continuó:

 

—Mi esposa, sir, la señora Leo Hunter, se enorgullece de contar entre sus amigos a todos los que se han hecho célebres por sus obras y su talento. Permítame, sir, colocar en lugar preeminente de la lista el nombre de Mr. Pickwick y el de sus compañeros del Club que toma su nombre de usted.

 

 

 

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—Me complacerá en extremo contraer la amistad de tal señora, sir —replicó Mr.

 

Pickwick.

 

—La contraerá usted, sir —dijo el hombre grave—. Mañana por la mañana, sir, damos un almuerzo público, una féte champétre a muchos de los que se han hecho célebres por sus obras y su talento. Conceda a la señora Leo Hunter la alegría de ver a ustedes en La Caverna.

 

—Con mucho gusto —replicó Mr. Pickwick.

 

—La señora Leo Hunter celebra muchos de estos almuerzos, sir —continuó el nuevo amigo—, fiestas de razón, sir, y efusiones de alma, según los ha llamado alguien que escribió un soneto a la señora Leo Hunter en sus almuerzos, con gran originalidad.

 

—¿Era ése célebre por sus obras y por su talento? —preguntó Mr. Pickwick. —Lo era, sir —replicó el hombre grave—; todos los amigos de la señora Leo

 

Hunter lo son; su ambición se cifra, sir, en no tener otra clase de amigos.

 

—Es una ambición nobilísima —dijo Mr. Pickwick.

 

—Cuando yo dé cuenta a la señora Leo Hunter de que tal observación ha salido de sus labios, sir, se sentirá orgullosa —dijo el hombre grave—. Hay un caballero entre los que le acompañan que ha producido algunos hermosos poemitas, según creo, sir.

 

—Mi amigo Snodgrass tiene un gran sentido poético —replicó Mr. Pickwick. —También la señora Leo Hunter. Está loca por la poesía, sir. La adora; puedo

 

decir que su alma entera y su pensamiento viven en ella y son sus hermanos. Ha producido algunos trozos deliciosos, sir. Tiene usted que conocer su Oda a la rana expirante, sir.

 

—Me parece que no —dijo Mr. Pickwick.

 

—Me choca mucho, sir —dijo Mr. Leo Hunter—. Produjo enorme sensación. Llevaba por firma una L y ocho estrellas y apareció por primera vez en una revista femenina. Empezaba:

 

—¡Cómo podría mirarte

 

—sobre tu vientre agobiada

 

—sin que la pena en mis ojos

 

—furtivamente temblara...!

 

—¡Cómo verte palpitante

 

—sobre ese tronco por cama,

 

—sin que un sollozo del pecho

 

—se escape, expirante rana...!

 

—Dicen que tus enemigos

 

—en forma de chicos andan

 

—con griterío salvaje

 

 

 

 

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—dándote en los charcos caza.

 

—¡Soberbio! —dijo Mr. Pickwick.

 

—Hermoso —dijo Mr. Leo Hunter—; es tan sencilla...

 

—Mucho —dijo Mr. Pickwick.

 

—La estrofa siguiente es aún más conmovedora. ¿Quiere usted que se la diga? —Se lo suplico —dijo Mr. Pickwick.

 

—Dice así —dijo el hombre grave, más grave aún:

 

—¡Y con feroz alegría,

 

—sin que tu dolor te valga,

 

—con un perro te persiguen,

 

—pobre, moribunda rana!

 

—Admirablemente dicho —dijo Mr. Pickwick.

 

—Es una filigrana, sir —dijo Mr. Leo Hunter—; pero ya se la oirá usted a la señora Leo Hunter. Sólo ella la declama como se merece. Ella la dirá, disfrazada, sir, mañana por la mañana.

 

—¡Disfrazada!

 

—De Minerva. Pero había olvidado... es un almuerzo de trajes.

 

—¡Ay, Dios mío! —dijo Mr. Pickwick, mirándose a sí mismo—. No me será posible...

 

—¡Sí le será, sir, sí le será! —exclamó Mr. Leo Hunter—. Salomón Lucas, el judío de la calle Alta, tiene miles de disfraces. Considere, sir, cuántos personajes puede usted elegir. Platón, Zenón, Epicuro, Pitágoras... Todos fundadores de clubes.

 

—Ya lo sé —dijo Mr. Pickwick—; pero como no puedo competir con esos grandes personajes, tengo que renunciar a la presunción de usar sus vestiduras.

 

El hombre grave meditó profundamente unos segundos, y luego dijo:

 

—Pensándolo bien, sir, no sé si tal vez causaría mayor placer a la señora Leo Hunter que sus invitados vieran a un personaje tan célebre como usted en su indumento habitual mejor que en uno fingido. Yo me aventuro a prometerle que será una excepción, sir...; sí, me atreveré a hacerlo, contando con la autorización de la señora Leo Hunter.

 

—En ese caso —dijo Mr. Pickwick—, tendré mucho gusto en asistir.

 

—Pero estoy dilapidando su tiempo, sir —dijo el hombre grave, recapacitando súbitamente—. Sé el valor que para usted tiene. No quiero entretenerle. Entonces, puedo decir a la señora Leo Hunter que puede esperar confiadamente a usted y a sus distinguidos amigos. Buenos días, sir; estoy orgulloso de haber visto a tan eminente personaje... No se mueva, sir; no me diga nada.

 

Y sin dar lugar a que Mr. Pickwick le opusiera objeción o negativa, salió gravemente Mr. Leo Hunter.

 

Tomó Mr. Pickwick su sombrero y dirigióse a El Pavo, adonde, antes que él,

 

 

 

 

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había llevado Mr. Winkle la noticia del baile de trajes.

 

—La señora Pott va —fueron las primeras palabras con que éste saludó a su maestro.

 

—¿Va? —dijo Mr. Pickwick.

 

—De Apolo —replicó Mr. Winkle—. Sólo que Pott se opone a la túnica.

 

—Tiene razón. Tiene mucha razón —dijo Mr. Pickwick con énfasis.

 

—Sí ...; por lo cual ella piensa llevar una bata de satén blanco con lentejuelas de oro.

 

—Pues nadie va a saber de qué va vestida, ¿verdad? —indicó Mr. Snodgrass.

 

—Ya lo creo que lo sabrán —replicó indignado Mr. Winkle—. Ya verán la lira.

 

—Es verdad; me olvidaba de eso —dijo Mr. Snodgrass.

 

—Yo iré de bandido —interrumpió Mr. Tupman.

 

—¡Cómo! —dijo Mr. Pickwick con ademán de sorpresa.

 

—De bandido —repitió Mr. Tupman dulcemente.

 

—No querrá usted decir —dijo Mr. Pickwick, mirando a su amigo con solemne dureza—, no querrá usted decir, Mr. Tupman, que intenta ponerse una chaqueta verde con faldones de dos pulgadas.

 

—Tal es mi proyecto, sir —repitió Mr. Tupman con empeño—. ¿Y por qué no,

 

sir?

 

—Porque, sir... —dijo Mr. Pickwick grandemente enojado—. Porque es usted demasiado viejo, sir.

 

—¡Demasiado viejo! —exclamó Mr. Tupman.

 

—Y por si aún cupiera otra objeción —continuó Mr. Pickwick—, es usted demasiado gordo.

 

—Sir —dijo Mr. Tupman, a cuyo semblante asomaba un rojo arrebol—, eso es un insulto.

 

—Sí —replicó Mr. Pickwick en el mismo tono—; pero no es tan grave el insulto como el de aparecer en presencia mía en chaqueta verde con faldones de dos pulgadas.

 

—Sir —dijo Mr. Tupman—, es usted un insolente.

 

—¡Sir —dijo Mr. Pickwick—, usted es otro!

 

Mr. Tupman avanzó dos pasos y contempló airado a Mr. Pickwick. Éste devolvió la mirada concentrada en los focos de sus lentes, y exhaló un atrevido reto. Mr. Snodgrass y Mr. Winkle les miraban petrificados al contemplar escena tal entre tales hombres.

 

—Sir —dijo Mr. Tupman, tras breve pausa, en voz de bajo profundo—, me ha llamado usted viejo.

 

—Sí —dijo Mr. Pickwick.

 

—Y gordo.

 

 

 

 

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—Me reitero en mis palabras.

 

—E insolente.

 

—¡Lo es usted!

 

Siguió un espantoso silencio.

 

—Mi adhesión a su persona, sir —dijo Mr. Tupman hablando con él, trémulo de emoción, y remangándose los brazos entre tanto—, es grande... muy grande... pero de esa persona tengo que tomar venganza inmediata.

 

—¡Vamos, sir! —replicó Mr. Pickwick.

 

Estimulado por la naturaleza excitante del diálogo, el heroico caballero cayó en una actitud de absoluta parálisis, que interpretaron los dos espectadores como deliberada postura de defensa.

 

—¡Ea! —exclamó Mr. Snodgrass, recobrando al punto el habla de que le despojara la estupefacción experimentada y arrojándose entre los dos con riesgo inminente de recibir en cada sien un puñetazo—. ¡Qué es eso! ¡Mr. Pickwick, con los ojos del mundo entero fijos en usted! ¡Mr. Tupman! ¡Usted, que con nosotros participa del brillo de su nombre inmortal! ¡Qué vergüenza, caballeros, qué vergüenza!

 

El rictus pasajero de la ira que contrajera el claro rostro de Mr. Pickwick fue disipándose gradualmente ante las palabras de su amigo, como los trazos de un lápiz de plombagina bajo la influencia del caucho de la India. El semblante de Mr. Pickwick había recobrado su benigna expresión habitual antes de que Mr. Snodgrass concluyera su admonición.

 

—Me he precipitado —dijo Mr. Pickwick—, me he precipitado mucho. Tupman, venga esa mano.

 

Disipáronse las oscuras sombras que envolvían el rostro de Mr. Tupman al estrechar calurosamente la mano de su amigo.

 

—Yo también me he precipitado —dijo.

 

—No, no —interrumpió Mr. Pickwick—; la culpa ha sido mía. ¿Llevará usted la chaqueta de terciopelo verde?

 

—No, no —replicó Mr. Tupman.

 

—Por complacerme, la llevará —insistió Mr. Pickwick.

 

—Bueno, bueno, la llevaré —replicó Mr. Tupman.

 

Convínose, por tanto, que Mr. Tupman, Mr. Winkle y Mr. Snodgrass irían disfrazados. De esta manera, impulsado Mr. Pickwick por el calor de sus buenos sentimientos, otorgó su autorización para un extremo que repugnaba a su propio criterio. Una muestra más patente de su amigable carácter no pudiera haberse concebido, aun cuando los sucesos reseñados en las anteriores páginas hubiesen sido una pura ficción.

 

Mr. Leo Hunter no había exagerado los recursos de Mr. Salomón Lucas. Era

 

 

 

 

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extenso su guardarropa —muy extenso—; tal vez no respondiese de modo estricto a las normas clásicas, ni brillase por su novedad, ni contuviese un solo vestido que obedeciese a la moda de ninguna época, pero todo se, hallaba más o menos guarnecido de lentejuelas, y ¿qué puede haber más lindo que las lentejuelas? Podrá objetarse que no son adecuadas a la luz del día, pero nadie negará que brillarían grandemente con la luz artificial; y es indudable que si la gente se empeña en dar bailes de trajes a la luz del día y no presentan los atavíos tan hermoso aspecto como por la noche, sólo es imputable la culpa a aquellos que dan los bailes de trajes y en modo alguno a las lentejuelas. Tal era el concluyente argumento de Mr. Salomón Lucas; argumento que, influyendo sobre Mr. Tupman, Mr. Snodgrass y Mr. Winkle, les decidió a aceptar las vestiduras que el gusto y la experiencia del comerciante les señaló como apropiadas a la ocasión.

 

Se alquiló un carruaje en Las Armas de la Ciudad para los pickwickianos, y en el mismo sitio se preparó un cabriolé para conducir a Mr. Pott y a su señora a la finca de la señora Leo Hunter; finca que Mr. Pott, en prueba de reconocimiento por haber recibido invitación, ya había vaticinado en La Gaceta de Eatanswill «había de ser escenario de encantadores y deliciosos episodios —ofuscante resplandor de talento y belleza, espléndido y pródigo ejemplo de hospitalidad—, y, sobre todo, de un brillo inusitado, tamizado por el más exquisito gusto; y un lujo armónico de recatados tonos, en comparación de cuya fiesta el fausto legendario de Las mil y una noches resultaría empañado y de matices tan oscuros y mezquinos como debía hallarse el pensamiento de la vil e inhumana criatura que pretendía deslustrar con el veneno de su envidia los suntuosos preparativos llevados a cabo por la virtuosa y distinguida señora a quien se ofrecía aquel humilde tributo de admiración». Esta última frase era un rasgo de emponzoñado sarcasmo contra El Independiente, que, como consecuencia de no haber sido invitado, dedicárase durante cuatro números al mísero empeño de deslucir la fiesta, utilizando sus más gruesos tipos y escribiendo los adjetivos todos con letras mayúsculas.

 

Vino la mañana: fue un grato espectáculo contemplar a Mr. Tupman en completo atavío de bandolero, con una cazadora ceñidísima que sentaba sobre su espalda y hombros lo mismo que un acerico; la parte superior de sus piernas, embutidas en cortos calzones de terciopelo, y envueltas las pantorrillas en los complicados vendajes a que son muy aficionados todos los bandidos. Era delicioso ver su abierto e ingenuo semblante, con sus mostachos enhiestos y ennegrecidos con corcho quemado, asomado a un cuello de camisa bien abierto, y observar el sombrero de color de azúcar tostada, adornado con cintas de todos colores, que se veía precisado a llevar sobre sus rodillas, ya que no podía existir techado carruaje que admitiese semejante artefacto sobre la cabeza de un hombre. Igualmente humorístico y agradable era el aspecto de Mr. Snodgrass, con levita y pechera de satén azul,

 

 

 

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pantalones de seda, calzas de lo mismo y griego yelmo en su cabeza, el cual, como todo el mundo sabe (y si no, allí estaba Mr. Lucas para asegurarlo), fue el indumento auténtico usado por todos los trovadores desde sus primeros tiempos hasta que desaparecieron del haz de la tierra. Todo esto era encantador, pero era nada comparado con el entusiasmo y vocerío de la plebe cuando partió el coche siguiendo al cabriolé de Mr. Pott, que partió a su vez de la puerta de Mr. Pott, la cual se abrió para dar salida al gran Pott disfrazado de justicia ruso, con su tremendo látigo en su mano, emblema significativo del severo e incontrastable poder de La Gaceta de Eatanswill y de los tremendos latigazos que habría de descargar sobre sus ofensores.

 

—¡Bravo! —gritaron Mr. Tupman y Mr. Snodgrass al contemplar la ambulante alegoría.

 

—¡Bravo! —dejó oír Mr. Pickwick desde el pasillo.

 

—¡Viva... viva Pott! —clamó la multitud.

 

En medio de estos vítores sonreía Mr. Pott con plácida y cortés dignidad, que denotaba la conciencia de su poder y del modo de ejercerlo, mientras subía al cabriolé.

 

A poco salió de la casa la señora Pott, que se hubiera asemejado mucho a Apolo de no haber vestido una bata: iba del brazo de Mr. Winkle, el cual, con su chaqueta de rojo pálido, no pudiera tomarse sino como un sportsman, a no ser por la semejanza que presentaba con un correo oficial. Por último, salió Mr. Pickwick, a quien aplaudieron los chiquillos más estrepitosamente que a nadie, tal vez por estimar que sus pantalones y polainas ofrecían alguna remembranza de las edades remotas. Ambos vehículos dirigiéronse a la finca de la señora Leo Hunter. Mr. Weller, que asistía en calidad de paje, ocupaba la trasera del coche que conducía a su amo.

 

Todos los hombres, mujeres, muchachos, chicas y chiquillos que se apelmazaban para contemplar a los invitados en sus fantásticos trajes gritaron con delicia y éxtasis cuando Mr. Pickwick, llevando al bandido cogido de un brazo y al trovador del otro, cruzó la entrada solemnemente. Nunca se había producido escándalo igual de gritos y voces como el que se oyó al pretender Mr. Tupman colocar sobre su cabeza el sombrero de azúcar tostada, para entrar en el jardín en la debida guisa.

 

Los preparativos excedían a toda ponderación; cumplían de modo absoluto los anuncios proféticos de Pott en relación con Las mil y una noches, y oponían contradicción enérgica a las malignas insinuaciones del reptil El Independiente. La finca, que ocupaba un acre y cuarto, se hallaba llena de gente. Nunca se viera congregación tan brillante de belleza, elegancia y literatura. Allí estaba la señorita que «hacía» la poesía en La Gaceta de Eatanswill, vestida de sultana, dando su brazo al joven que «hacía» también la revista del departamento y que presentaba un fidelísimo atavío de mariscal de campo si se exceptúan las botas. Discurrían por doquier genios de esta categoría, con cuya sociedad podían honrarse bastante todas

 

 

 

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las personas razonables. Pero había además media docena de leones de Londres — autores, verdaderos autores, que habían escrito libros enteros y dádolos a la estampa luego—, y aquí podríais verles paseando, lo mismo que hombres vulgares, sonriendo y charlando, charlando acerca de las mayores tonterías, con la caritativa intención, sin duda, de hacerse inteligibles al común de las gentes que les rodeaban. Había además una banda de música compuesta de individuos que llevaban gorros de papel de estraza; cuatro cantores con trajes de su país y bastante sucios por cierto. Y ante todo y sobre todo, allí estaba la señora Leo Hunter disfrazada de Minerva, recibiendo a la concurrencia y rebosando de alegría y orgullo ante el hecho de haber logrado reunir tan relevantes individualidades.

 

—Mr. Pickwick, señora —dijo un criado al acercarse este caballero a la diosa presidenta con el sombrero en la mano y con el bandido cogido de uno de sus brazos y el trovador del otro.

 

—¡Qué! ¡Dónde! —exclamó la señora Leo Hunter irguiéndose y afectando un rapto de sorpresa.

 

—Aquí —dijo Mr. Pickwick.

 

—¿Es posible que tenga yo la alegría de contemplar al propio Mr. Pickwick? — exclamó la señora Leo Hunter.

 

—El mismo, señora —replicó Mr. Pickwick, haciendo una profunda reverencia

 

—. Permítame que presente a mis amigos... Mr. Tupman... Mr. Winkle... Mr. Snodgrass... a la autora de Oda a la rana expirante.

 

Muy pocos, sólo aquellos que lo hayan intentado alguna vez, conocen la suprema dificultad que entraña marcar una reverencia cuando se viste una chaqueta estrecha de verde terciopelo y un alto sombrero coronado de plumas o pechero azul de satén, o se llevan las piernas aprisionadas en ceñidas vendas, o en botas altas que no se han hecho a la medida del que las usa y que se le han colocado sin parar mientes en las dimensiones relativas de la prenda y del sujeto. No se vieron jamás contorsiones como las que sufrió la persona de Mr. Tupman al esforzarse en aparecer desembarazado y airoso, ni caprichosas posturas comparables a las que mostraron sus disfrazados amigos.

 

—Mr. Pickwick —dijo la señora Leo Hunter—, tiene usted que prometerme no moverse de mi lado en todo el día. Hay aquí miles de personas a las que quiero presentarle.

 

—Es usted muy amable, señora —dijo Mr. Pickwick.

 

—En primer lugar, aquí están mis pequeñas; casi las había olvidado —dijo Minerva, señalando con negligencia a una pareja de señoritas bastante desarrolladas, de las cuales una podría tener veinte años y uno o dos más la otra, y que vestían trajes muy juveniles, no se sabe si para que pareciesen más jóvenes o para hacer más joven a su mamá.

 

 

 

 

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Acerca de esto nada nos indica Mr. Pickwick.

 

—Son muy lindas —dijo Mr. Pickwick cuando se alejaban los pimpollos después de la presentación.

 

—Se parecen mucho a su mamá, sir —opinó majestuosamente Mr. Pott.

 

—¡Oh, pícaro! —exclamó la señora Leo Hunter, golpeando jocosamente el brazo del editor con su abanico. (¡Minerva con abanico!)

 

—Vaya, mi querida señora Hunter —dijo Mr. Pott, que solía practicar la adulación en La Caverna—, bien sabe usted que cuando figuró su retrato el año pasado en la Exposición de la Academia Real todo el mundo preguntó si era usted o su hija menor; porque estaban ustedes tan parecidas que no había modo de distinguirlas.

 

—Bien; si así fue, no necesitamos que usted lo repita delante de extraños —dijo la señora Leo Hunter, obsequiando con otro golpecito amistoso al león durmiente de La Gaceta de Eatanswill.

 

—Conde, conde —gritó la señora Leo Hunter a un bigotudo individuo de uniforme extranjero que por allí pasaba.

 

—¡Ah! ¿Me llama usted? —dijo el conde volviéndose.

 

—Quiero presentar a dos ilustres personalidades —dijo la señora Leo Hunter—. Mr. Pickwick, tengo el gusto de presentarle al conde Smorltork —y murmuró apresuradamente a Mr. Pickwick—, el famoso extranjero... reúne materiales para su gran obra sobre Inglaterra... ¡ejem...! el conde Smorltork, Mr. Pickwick.

 

Mr. Pickwick saludó al conde con la reverencia que merece un grande hombre, y el conde sacó un paquete de papeletas.

 

—¿Cómo dice usted, señora Hunter? —preguntó el conde, sonriendo graciosamente a la encantadora señora Leo Hunter—. Pig Vig o Big Vig, dice usted... abogado... ¿eh? Ya... eso es. Big Vig.

 

Y se disponía el conde a anotar a Mr. Pickwick en sus tarjetas como a un caballero de levita larga que derivaba su nombre de la profesión a que pertenecía, cuando la señora Leo Hunter intervino.

 

—No, no, conde —dijo la señora—, Pickwick.

 

—¡Ah, ah, sí! —replicó el conde—. Peek, nombre de pila; Weeks, apellido. Bien, muy bien. Peek Weeks. ¿Cómo está usted, Weeks?

 

—Perfectamente, gracias —replicó Mr. Pickwick con su habitual afabilidad—. ¿Lleva usted mucho tiempo en Inglaterra?

 

—Mucho... mucho tiempo... quince días... más. —¿Hace mucho que está usted en esta comarca? —Una semana.

 

—Tendrá usted mucho trabajo —dijo sonriendo Mr. Pickwick— para reunir en ese tiempo tantos materiales como necesita.

 

 

 

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—¡Bah! Todos están ya coleccionados —dijo el conde.

 

—¿Es posible? —dijo Mr. Pickwick.

 

—Aquí están —dijo el conde, dándose en la frente una significativa palmada—. Un libro grande en casa... lleno de notas... Música, pintura, ciencias, poesía, política, de todo.

 

—La palabra política, sir —dijo Mr. Pickwick—, entraña en sí un difícil estudio de considerable extensión.

 

—¡Ah! —dijo el conde, sacando de nuevo las tarjetas—. Muy bien... hermosas palabras para encabezar un capítulo. Capítulo cuarenta y siete. Política. La palabra política sobrecoge por sí misma...

 

Y pasó la observación a las tarjetas del conde Smorltork con todas las mutilaciones y adiciones sugeridas, tanto por la exuberante inventiva del conde, como por su imperfecto conocimiento del idioma.

 

—Conde —dijo la señora Leo Hunter.

 

—Señora Hunter —replicó el conde.

 

—Éste es Mr. Snodgrass, amigo de Mr. Pickwick y poeta.

 

—¡Alto! —exclamó el conde, sacando sus tarjetas una vez más—. Poesía... capítulo, amigos literatos... nombre, Snodgrass, muy bien. Presentado a Snodgrass, gran poeta, amigo de Mr. Peek Weeks... por la señora Leo Hunter, que escribió otro delicado poema... ¿llamado...? ¿Rana...? La rana transpirante... Muy bien, muy bien.

 

Y el conde guardó sus tarjetas entre reverencias y señales de gratitud, alejándose satisfecho por las valiosas adiciones que había llevado a su arsenal de informaciones.

 

—Hombre maravilloso, este conde Smorltork —dijo la señora Leo Hunter.

 

—Excelente filósofo —dijo Mr. Pott.

 

—Talento claro, poderosa mentalidad —añadió Mr. Snodgrass.

 

Un grupo de invitados entonó las alabanzas del conde Smorltork, moviéronse las cabezas con discreto ademán y exclamaron unánimemente: «Mucho».

 

Habiendo cundido el entusiasmo despertado por el conde Smorltork, hubiérase prolongado el canto de sus alabanzas hasta el fin de la fiesta, si los cuatro cantores colocados en fila, frente a un pequeño manzano, en pintoresco grupo, no hubieran empezado a dejar oír sus cantos nacionales, que no parecían de ejecución difícil, ya que todo su secreto consistía en que tres de ellos gruñeran mientras graznaba el cuarto. Había terminado la interesante cantata, entre los estrepitosos aplausos de la concurrencia, cuando un muchacho se adelantó y procedió a enredarse entre los palos y travesaños de una silla, a saltar sobre ella, a pasar por debajo, y a ejecutar con ella toda suerte de maniobras, menos la de sentarse; hizo luego una corbata con sus piernas y la arrolló a su cuello como para demostrar la facilidad con que puede un ser humano remedar a un magnífico sapo, todo lo cual encantó y satisfizo a los espectadores. Después de esto oyóse la voz de la señora Pott, que con desmayada

 

 

 

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entonación ejecutaba algo que interpretó la cortesía como una canción sumamente clásica y apropiada al personaje; porque Apolo fue compositor, y los compositores rara vez cantan su propia música, y mucho menos la de otro. Siguió a esto la declamación que la señora Hunter hizo de su famosa Oda a una rana expirante, que se coreó una vez y que se hubiera coreado aún otra si la mayoría de los invitados, que pensaba ya era tiempo de tomar alguna cosa de comer, no hubiese hecho constar que era incorrecto abusar de la complacencia de la señora Leo Hunter. Y aunque la señora Leo Hunter aseguró hallarse dispuesta a recitar la oda otra vez, sus cariñosos y considerados amigos no quisieron oírla de ninguna manera, y abierto que fue el salón para la pitanza, todos los que ya se habían colocado delante de la puerta irrumpieron con toda presteza, teniendo en cuenta que la táctica de la señora Leo Hunter consistía en invitar a ciento y preparar comestibles para cincuenta, o, en otras palabras: dar sólo de comer a los leones más notables y dejar que los otros animales de menor cuantía se las gobernaran como pudieran.

 

—¿Dónde está Mr. Pott? —dijo la señora Leo Hunter al sentarse, rodeada de los susodichos leones.

 

—Aquí estoy —contestó el editor desde el más lejano extremo de la estancia, después de haber perdido toda esperanza de alimento, a menos que la dueña de la casa hiciera algo por él.

 

—¿No se acerca usted?

 

—¡Oh, no se ocupe de él! —dijo la señora Pott con voz suplicante—. Se toma usted demasiadas molestias, señora Hunter. Estás ahí muy bien, ¿verdad, querido?

 

—Ciertamente..., amor mío —replicó el infeliz Pott, con forzada sonrisa.

 

¡Ah, el látigo! Aquel nervioso brazo, que con tal energía le empuñara en asuntos públicos, paralizóse bajo la imperiosa mirada de la señora Pott.

 

La señora Leo Hunter miraba a su alrededor triunfante. El conde Smorltork ocupábase ávidamente en anotar el contenido de las fuentes; Mr. Tupman obsequiaba con ensalada de langosta a varias leonas con una gracia que no había sido igualada por ningún bandido; Mr. Snodgrass, después de lograr desprenderse del joven que recortaba los libros para La Gaceta de Eatanswill, empeñábase en apasionado discreteo con la señorita que hacía la poesía, y Mr. Pickwick hacíase agradable por doquier. Nada parecía requerir que se completase el selecto círculo formado, cuando Mr. Leo Hunter, cuya ocupación en estas ocasiones consistía en permanecer junto a las puertas y charlar con las gentes de menor importancia, exclamó de repente:

 

—Querida, aquí está Mr. Carlos Fitz—Marshall.

 

—¡Oh, querido —dijo la señora Leo Hunter—, con cuánta ansia le esperaba! Hagan el favor de hacer paso a Mr. Fitz—Marshall. Diga a Mr. Fitz—Marshall que se acerque en seguida para que le riña por haber venido tan tarde.

 

—Voy en seguida, mi querida señora —gritó una voz—, en cuanto pueda... gente

 

 

 

 

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agolpada... sala llena... paso difícil. Mr. Pickwick dejó caer su cuchillo y su tenedor. Miró a través de la mesa a Mr. Tupman, que había dejado caer también su cuchillo y su tenedor y que miraba asombrado, como si fuera a hundirse en la tierra de un momento a otro.

 

—¡Ah! —gritó la voz cuyo propietario se abría paso entre los veinticinco turcos, oficiales, caballeros, Carlos segundos, que le separaban de la mesa—. Buen planchado... patente Baker... ni una arruga en mi levita con estas apreturas. No ha sido mala idea... rara ocurrencia haberla hecho planchar sobre mí... molesta operación.

 

Con estas desgarradas frases acercóse a la mesa un joven disfrazado de oficial de marina, y se presentó, ante los pickwickianos estupefactos, la figura y rasgos de Mr. Alfredo Jingle.

 

No bien tomara el recién llegado la mano que le tendiera la señora Leo Hunter, cuando se encontraron sus ojos con los indignados globos cristalinos de Mr. Pickwick.

 

—¡Ah! —dijo Jingle—. Se me olvidó... postillón sin órdenes... voy a darlas en seguida... vuelvo al instante.

 

—El criado y Mr. Hunter lo harán inmediatamente, Fitz—Marshall —dijo la señora Leo Hunter.

 

—No, no... yo lo haré... no tardo... de vuelta a escape —replicó Jingle.

 

Con estas palabras desapareció entre la multitud.

 

—¿Querría usted decirme, señora —dijo, excitadísimo, Mr. Pickwick, levantándose de su asiento—, quién es este joven y dónde reside?

 

—Es un hombre de fortuna, Mr. Pickwick —dijo la señora Leo Hunter—, a quien deseo presentarle. El conde quedará encantado de él.

 

—Sí, sí —dijo Mr. Pickwick apresuradamente—. Su residencia...

 

—Ahora está en la fonda de El Ángel en Bury.

 

—¿En Bury?

 

—En Bury St. Edmunds, a pocas millas de aquí. Pero, querido Mr. Pickwick, no va usted a dejarnos ya; creo, Mr. Pickwick, que no se marchará usted tan pronto.

 

Pero mucho antes de que la señora Leo Hunter acabara de pronunciar estas palabras se había zambullido Mr. Pickwick en la muchedumbre y llegaba al jardín, donde poco después se le unió Mr. Tupman, que había seguido a su amigo inmediatamente.

 

—Inútil —dijo Mr. Tupman—. Se ha ido.

 

—Ya lo sé —dijo Mr. Pickwick—; pero yo voy a seguirle.

 

—¿Seguirle? ¿Adónde? —preguntó Mr. Tupman.

 

—A El Ángel de Bury —replicó Mr. Pickwick hablando atropelladamente—. ¿Cómo sabremos a quién está engañando allí? Ya ha engañado una vez a un hombre

 

 

 

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digno, y fuimos nosotros la causa inocente. No lo hará otra vez, de poder yo impedirlo; quiero desenmascararle. ¿Dónde está mi criado?

 

—Aquí está, sir —dijo Mr. Weller, emergiendo de un rincón escondido donde se hallaba departiendo con una botella de Madeira que había sustraído dos horas antes de la mesa del almuerzo—. Aquí está su criado, sir, orgulloso del título, como decía el esqueleto vivo cuando se le enseñaba al público.

 

—Sígueme a escape —dijo Mr. Pickwick—. Tupman, voy a Bury; allí irá usted a buscarme cuando escriba. Hasta entonces, ¡adiós!

 

Fueron inútiles las súplicas. El ánimo de Mr. Pickwick se había puesto en actividad, y su resolución estaba formada. Volvió Mr. Tupman a la fiesta, y al cabo de una hora habíanse desvanecido todos los recuerdos de Mr. Alfredo Jingle o de Mr. Carlos Fitz—Marshall, después de un delicioso rigodón y una botella de champaña. En aquellos momentos, Mr. Pickwick y Sam Weller, encaramados en la imperial de un coche de postas, iban reduciendo a cada minuto la distancia que les separaba de la hermosa y antigua ciudad de Bury St. Edmunds.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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16.    Demasiado lleno de aventuras para ser descritas sumariamente

 

No hay mes en el año en que la Naturaleza ofrezca tan hermosa apariencia como el mes de agosto. Muchas bellezas tiene la primavera, y mayo es un mes grato y florido, pero los encantos de esta época del año adquieren cierto realce por contraste con la estación invernal. No disfruta agosto de tales ventajas. Viene cuando ya sólo recordamos claros cielos, verdes campos y flores de aroma delicioso —cuando el recuerdo de la nieve, del hielo y de los ábregos se ha alejado de nuestra mente tanto como de la tierra—, y, sin embargo, ¡qué tiempo tan agradable! Arboledas y sembrados palpitan con el aliento del trabajo; los árboles, cargados con los espesos racimos de sus frutos que de sus ramas penden, se acercan a besar el suelo; apilada la mies en graciosos montones u ondulando a favor de la brisa ligera que la acaricia, cual si presintiera la hoz implacable, pone en el paisaje una nota de oro. Una dulce y enervante blandura parece cernirse por toda la tierra; el influjo pacificador de la estación repercute en los mismos carromatos, cuyo lento caminar a través de los campos, pasada la recolección, sólo es perceptible a la vista, pues no hiere el oído con ruido alguno.

 

Al seguir el coche su rápida carrera por los campos y arboledas que bordean la carretera, los grupos de mujeres y niños que amontonan los frutos en las cestas o recogen las espigas desperdigadas interrumpen un momento su trabajo y, protegiendo sus tostados rostros con manos más tostadas aún, contemplan a los viajeros con ojos curiosos, mientras que tal cual robusto chicuelo, demasiado pequeño para el trabajo, pero demasiado travieso para quedar solo en casa, salta sobre el borde de la cesta en que ha sido depositado por razón de seguridad y patalea y grita con delicia. Suspende el labriego su tarea, y cruzando los brazos mira al vehículo que pasa rodando; los rudos caballos de los carros dirigen una mirada perezosa al lucido tronco del coche, como diciéndole, en el modo llano que puede hacerlo una mirada de caballo: «Todo esto es muy bonito para verlo; pero caminar despacio por el campo reposado es mejor que ese ardoroso trabajo por la carretera polvorienta».

 

Volviendo la vista atrás, al llegar a un recodo del camino, se ve cómo reanudan su faena las mujeres y los chicos; inclínase a la tierra de nuevo el campesino; prosiguen su lento caminar los caballos de los carromatos, y todo se pone otra vez en movimiento.

 

No fue insensible la ordenada mentalidad de Mr. Pickwick al influjo de una escena semejante... Poseído de la resolución que adoptara de descubrir el verdadero modo de ser del atrabiliario Jingle, cualquiera que fuese el lugar en que pudiera desarrollar sus falaces designios, había permanecido taciturno y estático al principio, recapacitando acerca de los medios de lograr su propósito. Mas poco a poco fue su

 

 

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atención interesándose en los objetos que le rodeaban, y acabó por disfrutar de aquel paseo en coche, cual si hubiéralo emprendido por los más agradables motivos del mundo.

 

—Hermosa perspectiva, Sam —dijo Mr. Pickwick.

 

—Abajo todas las chimeneas —replicó Mr. Weller, llevándose la mano al sombrero.

 

—Me parece que en tu vida habrás visto otra cosa que chimeneas, ladrillos y mortero, ¿verdad, Sam? —dijo sonriendo Mr. Pickwick.

 

—No siempre fui limpiabotas, sir —dijo Mr. Weller moviendo la cabeza—; fui un tiempo ayudante de carretero.

 

—¿Cuándo fue eso? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—Cuando me sacaron al mundo para saltar por sus dificultades y contrariedades —replicó Sam—. Primero fui mozo de carretero, luego de un ordinario, criado de posada después, y, por fin, limpiabotas. Ahora soy criado de un caballero, y un día de éstos puede que sea yo un caballero con una pipa en la boca y cenador en el fondo de mi jardín. ¡Quién sabe! No me sorprendería nada.

 

—Eres un filósofo, Sam —dijo Mr. Pickwick.

 

—Es de familia, creo, sir —replicó Mr. Weller—. Mi padre tuvo ribetes de ello. Cuando le zurra mi madrastra se pone a silbar. Si ella, en un momento de coraje, le rompe una pipa, sale él y se compra otra. Si ella empieza a gritar y le da un ataque de histerismo, él fuma a placer hasta que ella vuelve. ¿No es esto filosofía, sir?

 

—Por lo menos es un fiel remedo de ella —replicó sonriendo Mr. Pickwick—.

 

Debe de haberte servido de gran ayuda en el curso de tu azarosa vida, Sam.

 

—¡Ayuda, sir! —exclamó Sam—. Bien puede usted decirlo. Desde que dejé al carretero hasta entrar con el ordinario, pasé quince días en una vivienda bastante desmantelada.

 

—¿Vivienda desmantelada? —dijo Mr. Pickwick.

 

—Sí... los arcos secos del puente de Waterloo. Magnífico dormitorio... a diez minutos de las oficinas públicas...; si algún reparo se le puede poner, es el de estar algo azotado por el viento. Algunas cosas curiosas vi por allí.

 

—Me lo figuro —dijo Mr. Pickwick con aire de gran interés.

 

—Cosas, sir —prosiguió Mr. Weller—, que hubieran traspasado su buen corazón. No se ven por allí vagabundos de profesión; éstos conocen sitios mejores. Los mendigos principiantes, hombres y mujeres, suelen tener allí sus cuarteles; mas, por lo general, sólo los descamisados, hambrientos y hampones son los que se arrastran por aquellos solitarios y oscuros rincones... desdichadas gentes que no pueden aspirar a la cuerda de dos peniques.

 

—Pero, Sam, ¿qué es la cuerda de dos peniques? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—La cuerda de dos peniques, sir —repuso Sam—, es precisamente las casas de

 

 

 

 

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refugio, donde cuesta la cama dos peniques por noche.

 

—¿Y por qué llaman cuerda a la cama? —dijo Mr. Pickwick.

 

—Bendita candidez, sir; no es eso —replicó Sam—. Cuando los caballeros y las señoras que tienen esas fondas empezaron su negocio hacían las camas en el suelo; pero esto no resultaba productivo, porque, en vez de contentarse los huéspedes con un sueño modesto de dos peniques, se quedaban allí hasta mediodía. Por eso han puesto luego dos cuerdas separadas unos seis pies y a tres del suelo que va por debajo. Sobre ellas colocan las camas, que son jergones de saco.

 

—Bueno, ¿y qué? —dijo Mr. Pickwick.

 

—Pues que la cosa es muy sencilla —dijo Mr. Weller—. Todos los días, a las seis de la mañana, sueltan las cuerdas por uno de los extremos y caen todos los huéspedes, y el resultado es que, habiéndoseles despertado de esta manera, se levantan tranquilamente y se marchan. Perdone, sir —dijo Sam poniendo punto a su elocuente perorata—. Ahí está Bury St. Edmunds.

 

Comenzaba a rodar el coche por las bien apisonadas calles de una hermosa y pequeña ciudad de limpia y próspera apariencia, y detúvose a poco ante una gran posada que había en una espaciosa calle, dando casi frente a la antigua abadía.

 

—¡Y éste —dijo Mr. Pickwick, levantando la cabeza— es El Ángel! Aquí nos apeamos, Sam. Pero hay que ir con cautela. Pide una habitación y no digas mi nombre. Ya me entiendes.

 

—Perfectamente, sir —replicó Mr. Weller, con un guiño de inteligencia.

 

Y después de extraer el portamantas de Mr. Pickwick de la bolsa, en la cual fuera apresuradamente colocado al montar en el coche en Eatanswill, desapareció Mr. Weller para cumplir la comisión. Quedó inmediatamente comprometida la habitación, y en ella fue introducido sin dilación Mr. Pickwick.

 

—Ahora, Sam —dijo Mr. Pickwick—, lo primero que hay que hacer es...

 

—Pedir la comida, sir —le interrumpió Mr. Weller—. Es muy tarde, sir.

 

—¡Ah!, es verdad —dijo Mr. Pickwick consultando su reloj—; tienes razón, Sam. —Y si me permite decir mi opinión, sir —añadió Mr. Weller—, yo me tomaría después una buena noche de descanso y no empezaría hasta mañana las pesquisas sobre ese truhán. No hay nada tan reparador como un sueño, sir, como dijo la criada

 

después de propinarse una huevera de láudano.

 

—Me parece que tienes razón, Sam —dijo Mr. Pickwick—. Mas necesito cerciorarme primero de que está en la casa y de que no se ha ido.

 

—Eso déjemelo a mí, sir —dijo Sam—. Voy a pedir para usted una comidita buena; mientras la preparan haré algunas indagaciones; en cinco minutos, sir, puedo sacar al limpiabotas todos los secretos que guarde.

 

—Hazlo así —dijo Mr. Pickwick, y retiróse al punto Mr. Weller.

 

Antes de media hora estaba sentado Mr. Pickwick despachando una cena muy

 

 

 

 

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aceptable, y a los tres cuartos volvió Mr. Weller con la noticia de que Mr. Carlos Fitz —Marshall había mandado que se le reservase una habitación hasta nuevo aviso. Iba a pasar la noche en una casa de la vecindad, y había ordenado al limpiabotas esperarle hasta su vuelta y llevado consigo a su criado.

 

—Ahora, sir —arguyó Mr. Weller cuando acabó su relación—, si yo consigo tener una conversación con ese criado por la mañana, me dirá todo lo que se refiere a su amo.

 

—¿Cómo sabes eso? —le objetó Mr. Pickwick.

 

—Dios le bendiga, sir. Esto lo hacen siempre los criados —replicó Mr. Weller.

 

—¡Ah!, lo había olvidado —dijo Mr. Pickwick—. Bien.

 

—Entonces puede usted disponer lo que mejor haya de hacerse, sir, y procederemos en consecuencia.

 

Como parecía que era éste el mejor arreglo que hacerse podía, quedó así convenido. Mr. Weller, con el permiso de su amo, se retiró para pasar la noche según le viniera en gana, y poco después el voto unánime de la concurrencia le eligió presidente de la cantina, honroso puesto que desempeñó tan a satisfacción del público, que hasta el mismo dormitorio de Mr. Pickwick llegó el rumor de las carcajadas, mermando en tres horas lo menos el tiempo de su descanso.

 

A la mañana siguiente, muy temprano, ocupábase Mr. Weller en disipar los febriles resabios de la accidentada noche, por medio de una ducha de medio penique (pues había convencido a un muchacho adscrito a las cuadras para que por ese estipendio regara con la bomba su cabeza y su cara, hasta volver a su ser natural), cuando se fijó en un joven de castaña librea que estaba sentado en un banco del patio, leyendo, a lo que parecía, un libro de salmos, con aire de profunda abstracción; pero que de cuando en cuando dirigía una curiosa mirada al individuo que se hallaba debajo de la bomba, como si le interesara aquella maniobra.

 

«¡Éste es un punto curioso!», pensó Mr. Weller la primera vez que tropezaron sus ojos con la mirada del desconocido de castaña levita.

 

Era éste un muchacho de ancha, aplastada y desagradable fisonomía: ojos hundidos y desmesurada cabeza, de la que pendía un mechón de negros cabellos lacios.

 

«¡Usted es un bicho raro!», pensó Mr. Weller, y continuó su lavatorio sin volver a ocuparse de aquel hombre.

 

Éste, no obstante, continuaba mirando alternativamente al libro de salmos y a Sam, cual si deseara entrar en coloquio. Y Sam, a la primera oportunidad, dijo, con ademán familiar:

 

—¿Cómo está usted, buen amigo?

 

—Encantado de poder decir que estoy muy bien, sir —dijo el hombre, hablando con premeditación y cerrando el libro—. Supongo que usted estará lo mismo, sir.

 

 

 

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—Vaya; si no me sintiera lo mismo que una botella de aguardiente ambulante, no estaría tan flojo esta mañana. ¿Para usted en esta casa, buen hombre?

 

El hombre de castaña levita replicó afirmativamente.

 

—¿Cómo es que no fue usted de los nuestros anoche? —preguntó Sam, frotándose la cara con la toalla—. Usted parece un punto animado... y tan vivo y alegre como trucha en cesta —añadió Mr. Weller por lo bajo.

 

—Anoche estuve fuera con mi amo —replicó el desconocido.

 

—¿Cómo se llama él? —preguntó Mr. Weller, ruborizándose por súbita excitación, combinada con la fricción de la toalla.

 

—Fitz—Marshall —dijo el hombre castaño.

 

—Venga esa mano —dijo Mr. Weller adelantándose—. Me gustaría tratar a usted.

 

Me agrada su aspecto, amigo.

 

—¿Sí? Pues es muy extraño —dijo el hombre castaño con gran sencillez—. Usted me agrada tanto, que yo deseaba hablarle desde el primer momento que le vi bajo la bomba.

 

—¡Ah!, ¿sí?

 

—Palabra. ¿No es esto curioso?

 

—Muy singular —dijo Sam, congratulándose en su fuero interno de la suavidad del desconocido—. ¿Cómo se llama usted, mi patriarca?

 

—Job.

 

—Es un buen nombre...; el único, que yo sepa, que no tiene remoquete. ¿Cuál es el apellido?

 

—Trotter —dijo el desconocido—. ¿Cuál es el de usted?

 

Recordó Sam el prudente consejo de su amo, y replicó:

 

—Mi nombre es Walker; el de mi amo es Wilkins. ¿Quiere usted tomar una gota de algo, Mr. Trotter?

 

Aceptó Mr. Trotter la grata proposición, y guardando su libro en el bolsillo, acompañó a Mr. Weller a la cantina, donde pronto se las hubieron con una hilarante mistura formada mezclando en un vaso extraño cierta proporción de ginebra holandesa británica con la fragante esencia del clavo.

 

—¿Y qué tal destino ha cogido usted? —preguntó Sam, llenando por segunda vez la copa de su compañero.

 

—Malo —dijo Job, chasqueando sus labios—, muy malo.

 

—¿Es posible? —dijo Sam.

 

—Tan posible. Peor aún: mi amo va a casarse.

 

—¡Ca!

 

—Sí; y peor aún, porque va a escaparse con una riquísima heredera que está en un colegio.

 

—¡Qué fiera! —dijo Sam, llenando otra vez la copa de su compañero—. ¿Es que

 

 

 

 

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hay un colegio de internado en esta ciudad?

 

Aunque la pregunta se hizo en el tono de mayor indiferencia, Mr. Job Trotter dio a entender por medio de gestos que se percataba del extremado interés que su nuevo amigo cifraba en la respuesta. Vació su copa, miró a su compañero con misterio, guiñó sus ojuelos y, por último, empezó a mover sus brazos como si estuviera empuñando la manivela y dando vueltas a una bomba imaginaria, haciendo ver que Mr. Samuel Weller se proponía sacarle algo con la bomba.

 

—No, no —dijo al fin Mr. Trotter—; eso no puede decírsele a todo el mundo. Es un secreto... un gran secreto, Mr. Walker. . Y diciendo esto, el hombre castaño colocó su copa boca abajo para advertir a su compañero que ya nada había en la vasija que pudiera aplacar su sed. Observó Sam la señal, y haciéndose cargo de la delicada forma de aquella advertencia, mandó llenar de nuevo el vaso de estaño, con lo que chispearon de alegría los ojos del hombre castaño.

 

—¿De modo que es un secreto? —dijo Sam.

 

—Lo sospecho —dijo el hombre castaño, saboreando el licor con cara risueña.

 

—Su amo debe de ser muy rico —dijo Sam.

 

Sonrió Mr. Trotter, y sosteniendo su vaso con la mano izquierda, diose con la derecha cuatro golpes sucesivos en el bolsillo de su levita, dando expresión gráfica de que su amo podía haber hecho lo mismo sin que a nadie alarmara el sonido de las monedas.

 

—¡Ah! —dijo Sam—. ¿Ahí está el juego, eh?

 

El hombre castaño movió la cabeza de modo significativo.

 

—Bien. ¿Y no cree usted, querido colega —le objetó Mr. Weller—, que si deja que su amo se lleve a esa señorita es usted un consumado granuja?

 

—Lo sé —dijo Job Trotter, mostrando a su compañero su rostro lleno de contrición, y suspirando ligeramente—. Lo sé, y eso es lo que me tortura el cerebro. Pero, ¿qué le voy a hacer?

 

—¿Qué le va a hacer? —dijo Sam—. Contárselo a la señora y abandonar a su amo.

 

—Pero, ¿quién iba a creerlo? —replicó Job Trotter—. La señorita es considerada como el prototipo de la discreción y de la inocencia. Ella lo negaría y mi amo también. ¿Quién había de creerme? Yo perdería mi puesto y me acarrearía un proceso por conspiración o cosa parecida; eso es todo lo que yo conseguiría.

 

—Tiene usted razón en eso —dijo Sam, recapacitando—; es verdad.

 

—Si yo conociera a algún caballero respetable que se encargara del asunto — prosiguió Mr. Trotter— podía tener alguna esperanza de evitar el rapto; pero ésa es la dificultad, Mr. Walker, ésa es. No conozco a ningún caballero en este pueblo, y, aunque lo conociera, me apuesto diez contra uno a que no creería mi cuento.

 

—Sígueme —dijo Sam, levantándose de repente y agarrando el brazo del hombre

 

 

 

 

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castaño—. Mi amo es la persona que usted necesita.

 

Y después de una débil resistencia por parte de Job Trotter, condujo Sam a su nuevo amigo al cuarto de Mr. Pickwick, a quien se lo presentó al mismo tiempo que le hacía un breve resumen del precedente diálogo.

 

—Siento mucho traicionar a mi amo, sir —dijo Job Trotter, llevándose a los ojos un pañuelo rojo de seis pulgadas en cuadro.

 

—Ese dolor le honra a usted —replicó Mr. Pickwick—; pero ése es su deber, sin embargo.

 

—Ya sé que es mi deber, sir —replicó Job, emocionadísimo—. Todos debiéramos cumplir nuestros deberes, sir, y yo me esfuerzo humildemente por cumplir con el mío, sir; pero es muy fuerte traicionar a un amo, sir, cuyos trajes se lleva y cuyo pan se come, aunque sea un bribón, sir.

 

—Es usted un buen muchacho —dijo Mr. Pickwick, muy conmovido—, un hombre honrado.

 

—Vaya, vaya —interrumpió Sam, bastante impaciente ante las lágrimas de Mr.

 

Trotter—; basta de riego. Eso no sirve para nada.

 

—Sam —dijo Mr. Pickwick, reconviniéndole—. Me contraría el poco respeto que te merece la amargura de este hombre.

 

—Esos sentimientos me parecen muy bien —replicó Mr. Weller—; pero por lo mismo que son tan hermosas esas lágrimas, es una lástima que se pierdan, y más valiera que las guardara en su pecho que no dejarlas evaporarse al aire, cuando no aprovechan para nada. Ni sirven para dar cuerda a un reloj ni para mover una máquina de vapor. La primera vez que vaya usted de tertulia, joven amigo, llene su pipa con esta observación y, por de pronto, guarde en su bolsillo ese pingajo encarnado. No hay para qué agitarlo en el aire, como si bailara usted en la cuerda floja.

 

—Tiene razón mi criado —dijo Mr. Pickwick para dar a Trotter satisfacción—, aunque su expresión sea a veces pedestre y algo incomprensible.

 

—Tiene mucha razón, sir —dijo Mr. Trotter—, y procuraré contenerme. —Perfectamente —dijo Mr. Pickwick—; vamos a ver: ¿dónde está ese colegio? —Es un gran edificio, antiguo, de ladrillo, que está a la salida de la ciudad —

 

replicó Job Trotter.

 

—¿Y cuándo —dijo Mr. Pickwick—, cuándo va a llevarse a cabo ese villano proyecto... cuándo va a verificarse ese rapto?

 

—Esta noche, sir —replicó Job.

 

—¡Esta noche! —exclamó Mr. Pickwick.

 

—Esta misma noche —replicó Job Troter—. Eso es lo que tanto me inquieta. —Hay que tomar medidas inmediatas —dijo Mr. Pickwick—. Voy al instante a

 

ver a la señora que dirige el establecimiento.

 

 

 

 

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—Dispénseme, sir —dijo Job—, pero esa gestión no sería eficaz.

 

—¿Por qué no? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—Mi amo, sir, es un hombre muy ladino.

 

—Ya lo sé —dijo Mr. Pickwick.

 

—Y se ha metido de tal manera en el corazón de esa señora —prosiguió Job—, que no creería nada que se dijese en contra de él, aunque fuese usted a contárselo arrastrando las rodillas y se lo jurase; tanto más cuanto que no podría usted llevarle otra prueba que la palabra de un criado, del cual ella pensaría (porque ya se lo habría dicho mi amo) que lo decía yo en venganza por haberme despedido a causa de cualquier falta.

 

—¿Qué hacer entonces? —dijo Mr. Pickwick.

 

—Nada más que atraparle en el momento del rapto; sólo esto convencería a la señora, sir —repuso Job.

 

—Todas esas viejas gatas se lanzan de cabeza contra los guardacantones — intercaló Sam.

 

—Pero temo que sea difícil eso de cogerle en el acto mismo de la fuga —dijo Mr.

 

Pickwick.

 

—No sé, sir —dijo Mr. Trotter, reflexionando unos momentos—. Creo que podría hacerse fácilmente.

 

—¿Cómo? —respondió Mr. Pickwick.

 

—Mi amo y yo —replicó Trotter—, que contamos con las dos camareras, nos esconderemos en la cocina a las diez. Cuando ya todas duerman, saldremos nosotros de la cocina y la señorita de su dormitorio. Una silla de posta debe esperar, y salimos a escape.

 

—Entonces, ¿qué? —dijo Mr. Pickwick.

 

—Pues bien, sir, yo pienso que si usted esperase solo en el extremo del jardín...

 

—¡Solo! —dijo Mr. Pickwick—. ¿Por qué solo?

 

—Yo juzgaría muy natural —replicó Job— que no agradase a la vieja se hiciese tan enojoso descubrimiento delante de otras personas que no fuesen las estrictamente necesarias. Luego, la misma señorita, sir... considere usted su estado de ánimo.

 

—Tiene usted muchísima razón —dijo Mr. Pickwick—. Esa consideración evidencia la delicadeza de sus sentimientos.

 

—Bueno, pues yo estaba pensando que si usted esperara solo a la espalda del jardín y yo le colocara a usted en la puerta que sale al mismo, y que se halla al fin del pasillo, en punto de las once y media, estaría usted bien apostado para ayudarme a frustrar los proyectos de ese mal hombre por quien he sido engañado.

 

Y Mr. Trotter suspiró profundamente.

 

—No se acongoje usted por eso —dijo Mr. Pickwick—. Si él tuviera sólo un grano de la nobleza de alma de usted, a pesar de su humilde situación, aún podría

 

 

 

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fundar en él cierta esperanza.

 

Inclinóse Mr. Trotter y, a despecho de las reconvenciones de Mr. Weller, otra vez asomaron a sus ojos las lágrimas.

 

—No he visto criatura semejante —dijo Sam—. Cualquiera diría que tiene en su cabeza un grifo siempre abierto.

 

—Sam —dijo Mr. Pickwick, con gran severidad—, cállate.

 

—Muy bien, sir —replicó Mr. Weller.

 

—No me gusta ese plan —dijo Mr. Pickwick, después de madura reflexión—. Pero, ¿no podría yo comunicarme con los amigos de esa señorita?

—No, porque se encuentran a unas cien millas de aquí, sir —respondió Mr.

 

Trotter.

 

—Sí que es una dificultad —dijo aparte Mr. Weller.

 

—Entonces, al jardín —continuó Mr. Pickwick—. ¿Y cómo voy a entrar en él? —La tapia es muy baja, y su criado puede sostenerle una pierna para que suba. —¡Mi criado sostenerme la pierna! —repitió maquinalmente Mr. Pickwick—.

 

¿Está usted seguro de hallarse junto a esa puerta de que me habla?

 

—No tiene pérdida, sir; es la única que se abre al jardín. Llame usted cuando oiga el reloj, y yo la abriré inmediatamente.

 

—No me gusta el plan —dijo Mr. Pickwick—; pero como no veo otro y la vida toda de esa señorita se halla en un momento crítico, lo seguiré. Allí estaré.

De este modo los buenos sentimientos de Mr. Pickwick le embarcaban en una aventura que de muy buen grado hubiera eludido.

 

—¿Cómo se llama la casa? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—Westgate House, sir. Al salir de la ciudad, tuerce usted un poco a la derecha; es un edificio aislado, que está a poca distancia de la carretera y que tiene el nombre grabado en una placa de bronce.

 

—La conozco —dijo Mr. Pickwick—. La vi ya cuando estuve aquí la primera vez. Cuente usted conmigo.

 

Inclinóse de nuevo Mr. Trotter e iba a marcharse, cuando Mr. Pickwick introdujo una guinea en su mano.

 

—Es usted un buen muchacho —dijo Mr. Pickwick—, y admiro la limpieza de su corazón. No me lo agradezca. Que no se le olvide... a las once en punto.

—No hay que temer que se me olvide, sir —replicó Job Trotter.

 

Y con estas palabras abandonó la estancia, seguido de Sam.

 

—Vaya —dijo el último—, no es mal recurso ese del lloriqueo. En esas condiciones era yo capaz de llorar como gárgola en lluvia. ¿Cómo se las arregla usted?

 

—Me sale del corazón, Mr. Walker —replicó Job con solemnidad—. Buenos días,

 

sir.

 

 

 

 

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«Es usted bien blando, amigo... De todos modos se lo hubiéramos sacado del cuerpo», pensaba Mr. Weller al alejarse Job.

 

No podemos conjeturar la naturaleza de los pensamientos que ocupaban la mente de Mr. Trotter, porque nada sabemos acerca de ellos.

 

Transcurrió el día, sobrevino la noche, y poco antes de las diez llegó Sam Weller diciendo que Mr. Jingle y Job habían salido juntos, que su equipaje estaba preparado y que habían pedido una silla de posta. El complot iba a ejecutarse, según predijera Mr. Trotter.

 

Dieron las diez y llegaba la hora de que Mr. Pickwick marchase a cumplir su delicada comisión. Rehusó el abrigo, que Sam le presentara, cuidadoso, para hallarse en condiciones de escalar el muro con desembarazo, y salió, seguido de su criado.

 

Había luna, pero se ocultaba entre nubes. La noche estaba hermosa y serena, pero extraordinariamente oscura. Campos, setos, caminos, casas y árboles se hallaban envueltos en sombra espesa. La atmósfera estaba cálida y sofocante; los relámpagos del estío palpitaban con débil resplandor en el confín del horizonte, poniendo en la densa negrura que todo lo cubría la única variante que advertirse pudiera; nada se oía, como no fuera el remoto ladrido de algún perro vigilante.

 

Dieron con la casa. Leyeron la placa, siguieron la tapia y detuviéronse al llegar a la parte del muro que les separaba del extremo posterior del jardín.

 

—Tú te vuelves a la fonda, Sam, en cuanto me hayas ayudado a subir —dijo Mr.

 

Pickwick.

 

—Muy bien, sir.

 

—Y allí te sientas hasta que yo vuelva.

 

—Así lo haré, sir.

 

—Cógeme la pierna, y cuando yo diga «arriba», me empujas suavemente.

 

—Perfectamente, sir.

 

Sentados estos preliminares, afianzóse Mr. Pickwick al borde de la tapia y dio la voz de «arriba», que fue literalmente obedecida. Mas fuera que la agilidad de su cuerpo emulase a la de su pensamiento, o que el concepto que Mr. Weller tenía acerca de los empujones suaves difiriese del de Mr. Pickwick, en el sentido de alguna mayor rudeza, el caso fue que, por efecto de la ayuda de Mr. Weller, el inmortal caballero traspuso la tapia y se fue al otro lado, cayendo cuan largo era, aplastando dos matas de frambuesa y un rosal.

 

—¿No se habrá usted herido, sir? —dijo Sam en alto murmullo, no bien se recobró de la sorpresa consiguiente a la misteriosa desaparición de su amo.

—Yo no me he herido, Sam —respondió Mr. Pickwick del otro lado de la tapia—; el que sí creo que me ha herido has sido tú.

 

—Yo creo que no, sir —dijo Sam.

 

—No te inquietes —dijo Mr. Pickwick, levantándose—; nada más que unos

 

 

 

 

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cuantos arañazos. Vete, que nos van a oír.

 

—Adiós, sir —dijo Sam.

 

—Adiós.

 

Partió Sam con paso furtivo, dejando a Mr. Pickwick solo en el jardín.

 

De tiempo en tiempo veíanse luces por diversas ventanas o se movían en las escaleras, por lo que se colegía que las moradoras de la casa retirábanse a descansar. Como no había Mr. Pickwick de acercarse a la puerta hasta la hora convenida, se acurrucó en un rincón del muro, en espera del momento oportuno.

 

Era aquélla una situación que hubiera hecho vacilar el ánimo de muchos hombres. Pero Mr. Pickwick no experimentó vacilación ni inquietud alguna. Sabía que su intención era buena, y confiaba plenamente en el levantado espíritu de Job. El momento era penoso, ciertamente, por no decir aterrador; mas para un hombre reflexivo siempre se ofrece el recurso de la meditación. Habíase empeñado, pues, Mr. Pickwick en absorbente meditación, cuando le despertó la campana de la próxima iglesia, que daba la hora... las once y media.

 

«Éste es el momento», pensó Mr. Pickwick, poniéndose de pie con gran precaución.

 

Miró hacia la casa. Las luces habían desaparecido y estaban cerradas las contraventanas; todos dormían, sin duda. Acercóse de puntillas a la puerta, y dio un golpe cauteloso; dos o tres minutos pasaron sin que obtuviera respuesta; dio otro golpe un poco más fuerte, y otro luego más ruidoso aún.

 

Por fin dejóse oír en la escalera ruido de pasos, y a poco brilló por el ojo de la llave la luz de una vela. Hubo gran faena de correr cerrojos y desenganchar cadenas, y abrióse la puerta pausadamente.

 

Mas la puerta se abría hacia fuera, y a medida que giraba iba retirándose ante ella Mr. Pickwick. ¡Qué asombro no sería el suyo cuando, al hacerse un poco atrás, por precaución, vio que la persona que la abría era... no Job Trotter, sino una criada que llevaba en la mano una palmatoria! Mr. Pickwick escondió la cabeza con la misma precipitación que despliega el admirable comediante Punch cuando se tira al suelo al ver llegar al de la caja de música.

 

—Debe de haber sido el gato, Sarah —dijo la muchacha, dirigiéndose a alguien del interior de la casa—. Micho, micho, micho. Toma, toma.

 

Mas como no acudiese al llamamiento animal ninguno, la muchacha cerró la puerta lentamente y la atrancó, dejando a Mr. Pickwick pegado a la pared.

«Es curioso —pensó Mr. Pickwick—. Contra su costumbre, aún están velando. Es una maldita casualidad que hayan escogido esta noche para eso.»

Y diciendo esto, retiróse Mr. Pickwick sigilosamente al rincón en que antes se mantuviera oculto, con intención de dejar pasar el tiempo suficiente para repetir la señal en condiciones de mayor seguridad.

 

 

 

 

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No habían pasado cinco minutos cuando se produjo un vivo relámpago seguido del estampido de un trueno que rodó en el espacio con eco aterrador..., viose luego otro fugaz destello más brillante que el anterior, y oyóse en seguida un segundo trueno más estrepitoso que el primero; a poco empezó a caer una lluvia furiosa que todo lo barría.

 

De sobra sabía Mr. Pickwick que un árbol es peligroso vecino en trance de tormenta. Y tenía un árbol a su derecha, un árbol a su izquierda, otro ante sí y cuatro a su espalda. Si allí permanecía, arriesgábase a ser víctima de un grave accidente; si se situaba a la descubierta en el centro del jardín, podía ser denunciado a la policía; una o dos veces intentó saltar la tapia; mas como no disponía de otras piernas que las suyas, no obtuvo otro resultado que producirse unos cuantos desagradables arañazos en las rodillas y espinillas y romper a sudar copiosamente.

 

—¡Qué situación más espantosa! —dijo Mr. Pickwick, enjugándose el rostro después de aquellos ejercicios.

 

Miró hacia la casa: todo estaba oscuro. Debían de haberse ido a la cama.

 

Intentaría de nuevo hacer la señal.

 

Atravesó de puntillas la húmeda grava y dio un golpe en la puerta. Suspendió su aliento y escuchó por el ojo de la cerradura. No obtuvo respuesta; aquello era muy extraño. Otro golpe. Escuchó de nuevo. Oyó dentro un bajo cuchicheo, y luego gritó una voz:

 

—¿Quién es?

 

«No es Job —pensó Mr. Pickwick arrimándose de nuevo a la pared a toda prisa —. Es una mujer.»

 

No había hecho más que llegar a esta conclusión, cuando se abrió una ventana del piso alto, y tres o cuatro voces de mujer repitieron el interrogante «¿Quién es?».

 

No osó Mr. Pickwick mover siquiera un dedo. Estaba fuera de duda que todo el establecimiento se hallaba de pie. Fue habituándose a la idea de permanecer donde estaba hasta que la alarma se apaciguase, y por un esfuerzo sobrehumano escalar después la tapia o perecer en la demanda.

 

Como ocurría con todas las determinaciones de Mr. Pickwick, era ésta la que mejor cuadraba a las circunstancias; mas, por desdicha, se basaba en el principio de que la puerta no se abriese otra vez. Cuál no sería su contrariedad cuando oyó descorrerse la cadena y el cerrojo y vio que la puerta se abría pausadamente cada vez más. Retiróse paso a paso a su rincón; pero, hiciera lo que hiciera, la interposición de su propia persona impedía que la puerta se abriese por completo.

 

—¿Quién está ahí? —gritó un coro de numerosas y agudas voces desde la escalera; coro formado por la directora del establecimiento, tres profesoras, cinco criadas y treinta educandas, todas a medio vestir y mostrando en sus cabezas un bosque de tirabuzones.

 

 

 

 

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No hay para qué decir que Mr. Pickwick no dijo quién estaba allí; y en seguida el coro cambió su estribillo por este otro: «¡Dios mío, qué miedo!».

 

—Cocinera —dijo la abadesa, que tuvo buen cuidado de quedarse en lo alto de la escalera y en la extrema retaguardia del grupo—. Cocinera, ¿por qué no mira usted un poco por el jardín?

 

—Perdone, señora, no me gusta —respondió la cocinera.

 

—¡Señor, qué estúpida es esta cocinera! —dijeron las treinta educandas. —Cocinera —dijo la abadesa en tono de gran dignidad—, haga el favor de no

contestarme. Insisto en que mire usted por el jardín inmediatamente.

 

En esto, la cocinera empezó a llorar, y la camarera dijo que aquello era una «vergüenza»; prueba de compañerismo que le costó un mes de sueldo por juicio sumarísimo.

 

—¿Oye usted, cocinera? —dijo la abadesa, dando un pisotón de impaciencia.

 

—¿No ha oído usted a su ama, cocinera? —dijeron las tres profesoras.

 

—¡Qué atrevida es esa cocinera! —dijeron las treinta educandas.

 

Apremiada de esta suerte la infortunada cocinera, avanzó uno o dos pasos, y sosteniendo su palmatoria de manera que le impedía en absoluto mirar, declaró que allí no había nada y que debía de haber sido el viento. Iba a cerrarse la puerta, en consecuencia, cuando una curiosa educanda, que había estado mirando por las rendijas de la puerta, lanzó un espantoso alarido, que hizo retroceder a la cocinera, a la camarera y a las más arrojadas instantáneamente.

 

—¿Qué le pasa a Miss Smithers? —dijo la abadesa, en tanto que la susodicha Miss Smithers caía con un patatús como de cuatro señoritas de fuerza.

 

—¡Dios mío, querida Miss Smithers! —dijeron las otras veintinueve educandas.

 

—¡Oh, un hombre... un hombre... detrás de la puerta! —gritó Miss Smithers.

 

No bien oyó la abadesa este grito alarmante, se retiró a su propio dormitorio y se encerró con dos vueltas de llave, quitándose de en medio bonitamente. Las educandas, las profesoras y las criadas se internaron atropelladamente por la escalera, y nunca podrían describirse los gritos, desmayos y el zafarrancho que se armó. En medio de aquel tumulto emergió de su escondite Mr. Pickwick y se presentó ante ellas.

 

—Señoras, queridas señoras —dijo Mr. Pickwick.

 

—¡Oh, nos dice queridas! —gritó la profesora más vieja y fea—. ¡Oh, qué malvado!

 

—Señoras —rugió Mr. Pickwick, desesperado por lo comprometido de su situación—. Óiganme. No soy un ladrón. Necesito a la directora de la casa.

 

—¡Oh, qué monstruo tan feroz! Viene por Miss Tomkins. Se produjo un alboroto general.

 

—¡Que toque alguien la campana de alarma! —gritaron una docena de voces.

 

 

 

 

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—No... no —suplicó Mr. Pickwick—. Mírenme. ¡No tengo el aspecto de un ladrón! Queridas señoras, átenme de pies y manos o enciérrenme si gustan en un armario. Pero óiganme lo que tengo que decir... sólo pido que me oigan.

 

—¿Cómo ha entrado usted en nuestro jardín? —preguntó asustadísima la camarera.

 

—Llame a la señora de la casa y se lo diré todo... todo —dijo Mr. Pickwick, llegando al límite de su resistencia pulmonar—. Llámenla; pero tranquilícense y llámenla, y todo lo oirán ustedes.

 

No sabríamos decir si fue la catadura de Mr. Pickwick, o el modo que tuvo de conducirse, o la viva tentación irresistible para todo cerebro femenino de oír la revelación de un misterio inquietante, lo que se impuso a la fracción más razonable del establecimiento (que no pasaría de cuatro mujeres). Esta fracción propuso, para demostrar la sinceridad de Mr. Pickwick, que se le sujetara inmediatamente; y habiéndose allanado el caballero a celebrar una conferencia con Miss Tomkins desde el interior de un ropero en que las mediopensionistas colgaban sus sombreros y cestas de merienda, entró voluntariamente en él y fue cuidadosamente encerrado. Esto devolvió la tranquilidad a las otras, y requerida Miss Tomkins para que bajase, empezó la conferencia.

 

—¿Qué hacía usted en mi jardín, hombre? —dijo Miss Tomkins con desmayada voz.

 

—He venido a avisarle de que una de sus educandas iba a escaparse esta noche — respondió Mr. Pickwick desde el interior del ropero.

 

—¡Escaparse! —exclamaron Miss Tomkins, las tres profesoras y las cinco sirvientas—. ¿Con quién?

 

—Con su amigo, Mr. Carlos Fitz—Marshall.

 

—¡Mi amigo! No conozco a tal persona.

 

—Bueno; Mr. Jingle, entonces.

 

—No he oído ese nombre en mi vida.

 

—Entonces he sido engañado y burlado. He sido víctima de una añagaza... una baja y rastrera añagaza. Si no me cree usted, mi querida señora, envíe a alguien a El Ángel. Envíe a El Ángel por el criado de Mr. Pickwick, se lo suplico.

 

—Debe de ser de calidad... Tiene un criado... —dijo Miss Tomkins a la secretaria. —Mi opinión es, Miss Tomkins —dijo la secretaria—, que es su criado el que le

 

tiene a él. Yo creo que es un loco, Miss Tomkins, y el otro será su guardián.

 

—Me parece que tiene usted razón, Miss Gwynn —respondió Miss Tomkins—.

 

Que vayan a El Ángel dos criadas y que queden aquí las otras para defendernos.

 

Despachóse a El Ángel dos de las criadas en demanda de Mr. Samuel Weller y las tres restantes quedáronse detrás de Miss Tomkins, con las tres profesoras y las treinta educandas. Mr. Pickwick sentóse en el ropero bajo un verdadero bosque de cestas y

 

 

 

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aguardó el regreso de las mensajeras con toda la filosofía y la fortaleza que pudo reunir.

 

Hora y media transcurrió hasta que volvieron, y cuando llegaron, Mr. Pickwick reconoció, además de la voz de Mr. Samuel Weller, otras dos voces, cuyo tono sonó familiarmente en su oído, mas sin que pudiera recordar a quiénes pertenecían.

 

Siguió un breve diálogo. Abrióse la puerta, salió del ropero Mr. Pickwick, y hallóse en presencia de todo el pensionado de Westgate House, de Mr. Samuel Weller y del... viejo Wardle y su presunto yerno, Mr. Trundle.

 

—Amigo querido —dijo Mr. Pickwick, adelantándose y estrechando la mano de Mr. Wardle—, mi querido amigo, por favor, en nombre del cielo, explique a estas señoras la infortunada y espantosa situación en que se me ha colocado. Ya la sabrá usted por mi criado; diga usted por lo que más quiera, amigo querido, que ni soy un ladrón ni un loco.

 

—Ya lo he dicho, mi querido amigo. Eso ya lo he dicho —replicó Mr. Wardle, estrechando la mano derecha de su amigo, mientras que Mr. Trundle estrechaba la izquierda.

 

—Y a quien lo diga o lo haya dicho —terció Mr. Weller poniéndose en primer término— dígale que eso no es verdad, y que, lejos de eso, es todo lo contrario. Y si hay aquí algunos hombres que lo hayan dicho, será para mí una gran fortuna darles a todos una prueba convincente de su error en esta misma habitación, si esa respetable señora tiene la bondad de retirarse y hacerles venir uno a uno.

 

Después de lanzar este reto con aire alegre, Mr. Weller dio un golpe en la palma de una de sus manos con el puño cerrado de la otra e hizo un guiño jovial a Miss Tomkins, cuyo horror ante aquella hipótesis de que pudiera haber algún hombre en el recinto de la Pensión para Señoritas de Westgate House fue indescriptible.

 

La explicación de Mr. Pickwick, que ya se había dado hasta cierto punto, acabó pronto. Pero ni en todo el trayecto de regreso, que hizo con sus amigos, ni después que se hubo sentado ante un fuego reparador para la cena, que tanto necesitaba, pudo sacársele un solo comentario. Parecía maravillado e intrigadísimo. Una vez, una sola vez, volvióse a Mr. Wardle, y dijo:

 

—¿Cómo es que ha venido usted aquí?

 

—En primer lugar, Trundle y yo hemos venido a cazar —replicó Wardle—.

 

Llegamos anoche, y nos sorprendió oír a su criado que estaba usted aquí también.

 

—Mucho me alegro —dijo el viejo, palmoteando en la espalda de Mr. Pickwick

 

—. Mucho me alegro. Tendremos una gratísima reunión y proporcionaremos a Winkle una revancha... ¿eh, amiguito?

 

No respondió Mr. Pickwick; ni siquiera preguntó por sus amigos de Dingley Dell, y en seguida se retiró a descansar, después de haber dicho a Sam que fuera a llevarse la luz cuando él llamara.

 

 

 

 

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Sonó la campanilla y presentóse Mr. Weller.

 

—Sam —dijo Mr. Pickwick, asomando la cabeza entre las sábanas.

 

—Sir —dijo Mr. Weller.

 

Guardó silencio Mr. Pickwick, y Mr. Weller despabiló la luz.

 

—Sam —dijo Mr. Pickwick, como haciendo un esfuerzo desesperado.

 

—Sir —dijo una vez más Mr. Weller.

 

—¿Dónde está ese Trotter?

 

—¿Job, sir?

 

—Sí.

 

—Marchó, sir.

 

—Con su amo, ¿supongo?

 

—Con su amo o con su amigo, o lo que sea; se ha ido con él.

 

—Jingle sospechaba mi intención y te mandó ese mozo con esa historia, me figuro —dijo Mr. Pickwick, sofocado.

 

—Justo, sir —replicó Mr. Weller.

 

—¿Todo era falso, por supuesto?

 

—Todo, sir —replicó Mr. Weller—. Regular faena, sir. Hábil trampa.

 

—Me parece que no ha de escapársenos tan fácilmente en otra ocasión, Sam — dijo Mr. Pickwick.

 

—Creo que no, sir.

 

—Donde yo me encuentre otra vez a ese Jingle, sea donde sea —dijo Mr. Pickwick, incorporándose y dando en la almohada un tremendo puñetazo—, he de castigarle personalmente a más de desenmascararle como merece. Lo he de hacer, o dejaré de llamarme Pickwick.

 

—Y en cuanto yo me eche a la cara a ese melancólico pelinegro —dijo Sam— dejo de llamarme Weller si no le saco el agua a los ojos de verdad por una vez en su vida. Buenas noches, sir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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17.    En el que se demuestra cómo a veces un ataque de reuma puede ser un estimulante del genio inventor

 

Aunque la complexión de Mr. Pickwick se hallaba en condiciones de resistir una fuerte proporción de trabajo y fatiga, no estaba preparada para la combinada serie de asechanzas que tuvo que aguantar la noche memorable que queda reseñada en el capítulo anterior. El proceso de lavatorio al aire de la noche y la ulterior secadura en el ropero es tan peligroso como singular. Mr. Pickwick quedó postrado por un ataque de reuma.

 

Mas, si las energías físicas del grande hombre habían sido de esta suerte mermadas, su fuerza mental conservaba su vigor prístino. Era elástico su espíritu; pronto recobró su buen humor. Hasta la contumelia recibida con motivo de la última aventura se había disipado en su mente, y así, podía unirse a Mr. Wardle en las carcajadas francas en que hacía prorrumpir al último cualquier alusión al nefasto suceso, sin experimentar azoramiento ni enojo. Todo lo contrario. Durante los dos primeros días de cama no se separó de él Sam un momento. Al otro, pidió Mr. Pickwick tintero y pluma y permaneció escribiendo el día entero. No bien estuvo en condiciones de sentarse en el lecho, envió a su criado con un mensaje para Mr. Wardle y Mr. Trundle diciéndoles que si querían ir a beber con él aquella tarde les quedaría obligadísimo. Fue aceptada la invitación con gran complacencia, y cuando ya se hallaban sentados ante las copas de vino, Mr. Pickwick, entre vivos rubores, produjo el siguiente cuentecito, que había sido editado por él mismo, durante su enfermedad, valiéndose de las notas tomadas de la narración auténtica de Mr. Weller.

 

EL ESCRIBIENTE PARROQUIAL

 

Un cuento de verdadero amor

 

Una vez allá en tiempos, en un pueblecito de la campiña situado a considerable distancia de Londres, había un hombrecito llamado Nathaniel Pipkin, que actuaba de escribiente en la parroquia del pueblecito, que habitaba una casita de la calle Alta, a unos diez minutos de la capillita, y al que se encontraba todos los días, de nueve de la mañana a cuatro de la tarde, dedicado a la enseñanza de unos cuantos pequeñuelos. Nathaniel Pipkin era un ser candoroso, bonachón e inofensivo, de nariz respingona, algo patizambo, un tanto bisojo y de andar sincopado. Repartía su tiempo entre la iglesia y la escuela, y creía firmemente que no existía sobre la faz de la tierra hombre más listo que el cura, más imponente aposento que la sacristía, ni escuela mejor regida que la suya. Una vez, sólo una vez en su vida, había visto Nathaniel Pipkin un obispo, un obispo de verdad, con sus brazos revestidos de mangas pluviales y con peluca. Habíale visto andar y oídole hablar en una confirmación, y de tal modo se sintió anonadado Nathaniel Pipkin en aquella ocasión, por la reverencia y la veneración al posarse en su cabeza la mano del mencionado obispo, que hubo de caer

 

 

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desvanecido y tuvo que salir de la iglesia en brazos del guardián.

 

»Fue un gran acontecimiento, una era tremenda en la vida de Nathaniel Pipkin, la única que llegara a rizar la tersa corriente de su tranquila existencia, cuando, acertando una hermosa tarde, en un impulso de su abstraída mente, a levantar los ojos de la pizarra en que planteaba cierto hondo problema de suma de complejos para someterlo a la resolución de un rapaz, los prendió en el rostro encantador de María Lobbs, la hija única del viejo Lobbs, el gran talabartero de la comarca. Cierto que los ojos de Mr. Pipkin habíanse posado en el lindo rostro de María Lobbs muchas veces con anterioridad en la iglesia y en alguna otra parte; pero los ojos de María Lobbs nunca se habían mostrado tan brillantes, las mejillas de María Lobbs nunca habíanse ofrecido tan rosadas como en aquella ocasión particular. No es de extrañar, pues, que Nathaniel Pipkin fuese incapaz de apartar sus ojos del semblante de Miss Lobbs, ni que Miss Lobbs, al notarse contemplada por un joven, retirase su cabeza de la ventana a que estaba asomada, cerrase el postigo e hiciera descender el visillo; no es de extrañar que Nathaniel Pipkin cayera sobre el pequeño rapaz que poco antes delinquiera y se hartase de darle coscorrones y puntapiés. Todo esto era muy natural, y no hay en ello nada que extrañar pueda.

 

»Es motivo de extrañeza, empero, que un ser de la oscura condición de Mr. Nathaniel Pipkin, de su nervioso temperamento y verdaderamente exigua renta, hubiera osado aspirar a la mano y corazón de la única hija del iracundo viejo Lobbs —del viejo Lobbs, el gran guarnicionero, que hubiera podido comprar de una plumada el pueblo entero sin experimentar el menor quebranto—, del viejo Lobbs, que, como todo el mundo sabía, tenía el dinero a montones depositado en el Banco de la ciudad inmediata; del viejo Lobbs, del que se decía poseer cuantiosos e inagotables tesoros amontonados en la pequeña caja de hierro de enorme llave que reposaba sobre la chimenea de la sala; del viejo Lobbs, de quien se contaba que en los días de fiesta guarnecía su mesa con tetera, jarra de leche y azucarero de plata, de los cuales solía decir, con orgullo y jactancia de su corazón, que pasarían a propiedad de su hija cuando ella encontrara un hombre de su gusto. Fue, lo repito, causa de profundo asombro e intensa maravilla que Nathaniel Pipkin hubiera tenido la temeridad de extraviar sus ojos en aquella dirección. Pero el amor es ciego... y Nathaniel padecía de estrabismo... y tal vez ambas circunstancias reunidas le impidiesen ver el asunto en su verdadera luz.

 

»Claro es que si el viejo Lobbs hubiera concebido la más remota idea del estado afectivo de Nathaniel Pipkin habría descuajado de sus cimientos la escuela, arrebatado a su maestro de la superficie de la tierra, o cometido cualquier otro estropicio o desaguisado de violencia y ferocidad análogas; porque era un viejo terrible el tal Lobbs cuando sentía herido su orgullo o sublevada su sangre. ¡Voto a tal! Tales sartas de juramentos rodaban y se amontonaban en el camino, siempre que

 

 

 

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vituperaba la holgazanería del aprendiz huesudo de piernas flacas, que Nathaniel Pipkin se hubiera conmovido en sus zapatos con horror y el cabello de los discípulos puéstose de punta con espanto.

 

»Sigamos. Día tras día, al terminar la clase y marcharse los alumnos, sentábase Nathaniel Pipkin a la ventana, y mientras fingía leer un libro, lanzaba por el camino miradas laterales en demanda de los brillantes ojos de María Lobbs; mas no se sentó allí muchos días sin que aparecieran los brillantes ojos en una ventana del piso alto, profundamente absorbidos aparentemente en la lectura también. Esto fue delicioso y gratísimo al corazón de Nathaniel Pipkin. Era algo para permanecer sentado allí horas y horas y mirar hacia el lindo rostro cuando los ojos de éste miraban al libro; mas cuando María Lobbs empezó a levantar sus ojos del libro y a lanzar sus destellos en dirección de Nathaniel Pipkin, la admiración y complacencia de éste no reconocieron límites. Por fin, cierto día en que supo que estaba fuera el viejo Lobbs, Nathaniel Pipkin tuvo el arrojo temerario de besarse la mano para María Lobbs; y María Lobbs, en vez de cerrar los postigos y bajar los visillos, besó la suya, y sonrió. Por lo cual, Nathaniel Pipkin resolvió, pasara lo que pasara, descubrir sin dilación alguna el estado de sus sentimientos.

 

»Nunca acariciaron la tierra pies más lindos, genio más risueño, rostro de más graciosos hoyuelos, ni más delicada figura que los de María Lobbs, la hija del guarnicionero. Había un travieso mohín en sus ojos chispeantes, que hubiera penetrado en pechos menos asequibles que el de Nathaniel Pipkin; y había en su alegre risa un eco tan juguetón, que el más severo misántropo por fuerza hubiera sonreído al escucharlo. Hasta el mismo viejo Lobbs, en el paroxismo de su ferocidad, no podía resistir el hechizo de su linda hija; y cuando ella y su prima Kate —una ladina, burlona y encantadora personita— ponían sitio al viejo, como, a decir verdad, lo hacían con frecuencia, nada podía él rehusarles, aunque le pidiesen una parte de los cuantiosos e inagotables tesoros que yacían al abrigo de la luz en la caja de hierro.

 

»El corazón de Nathaniel Pipkin latió con violencia cuando vio a esta seductora parejita a unos cientos de yardas de él, en una tarde de verano, en el mismo campo por el que muchas veces vagara hasta la noche engolfado en ponderar la belleza de María Lobbs. Mas no obstante haber pensado entonces con qué presteza correría hacia María Lobbs para contarle su pasión, si llegaba a encontrarla, ahora que tan inesperadamente la veía ante sí, sentía que toda la sangre de su cuerpo subía a su rostro, con notorio detrimento de sus piernas, las cuales, despojadas de su porción habitual, temblaban intensamente. Cuando ellas se paraban para tomar una flor, o para escuchar el canto de un pájaro, Nathaniel Pipkin parábase también y afectaba hallarse sumido en la meditación, como lo estaba en realidad; porque pensaba en qué demonio habría de hacer cuando ellas se volvieran, como inevitablemente tenía que ocurrir, y las encontrara frente a frente. Pero si le sobrecogía dirigirse a ellas, no

 

 

 

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podía perderlas de vista; así, cuando ellas se apresuraban, se apresuraba él; cuando ellas moderaban su paso, él moderaba el suyo, y cuando ellas se paraban, parábase él; y hubiérase prolongado este proceso hasta sorprenderles la oscuridad, si Kate no hubiera mirado hacia atrás aviesamente, invitando a acercarse a Nathaniel. Había en el ademán de Kate algo irresistible, y Nathaniel Pipkin obedeció la indicación y a vuelta de tremendos sonrojos por su parte y de ruidosas carcajadas por la de la taimada primita, Nathaniel Pipkin cayó de rodillas sobre el húmedo césped y declaró su resolución de permanecer allí indefinidamente, a menos de que se le permitiera levantarse como novio admitido de María Lobbs. Con esto, la alegre carcajada de María Lobbs rasgó el aire encalmado del atardecer —sin perturbarlo en apariencia, tan dulce era el sonido— y la taimada primita rió más fuerte que antes, y Nathaniel Pipkin se ruborizó más que nunca. Por fin, al verse María Lobbs más vehementemente solicitada por el enamorado hombrecito, volvió su cabeza y suplicó a su prima, murmurando, que dijese, y en fin de cuentas Kate dijo, que aquélla se sentía muy honrada por la demanda de Mr. Pipkin; que su mano y su corazón estaban a disposición de su padre, pero que nadie podía ser indiferente a los méritos de Mr. Pipkin. Como todo esto se dijo con mucha gravedad, y como Nathaniel Pipkin volvió hacia la casa con María Lobbs y luchó por un beso al separarse, se metió en la cama feliz y soñó toda la noche con ablandar al viejo Lobbs para que abriera la caja y le permitiera casarse con María.

 

»Al día siguiente, Nathaniel Pipkin vio salir al viejo Lobbs en su vieja jaca gris, y después de muchas señas aparatosas que le hizo desde la ventana la taimada primita, el objeto y significado de las cuales no pudo comprender en modo alguno, el huesudo aprendiz de las piernas flacas vino a decirle que el amo no vendría en toda la noche y que las señoritas esperaban a Mr. Pipkin para tomar el té a las seis en punto. Cómo se dieron las lecciones aquel día, ni Nathaniel Pipkin ni sus discípulos podrían decirlo mejor que vosotros; pero, bien o mal, se dieron, y luego que los muchachos se hubieron marchado, Nathaniel Pipkin dedicóse hasta las seis a vestirse a su gusto. Y no es que tuviera que detenerse largamente para seleccionar las prendas que había de llevar, pues se trataba de un extremo en que no había elección posible; mas la tarea en que hubo de empeñarse para sacar el mayor partido de su reducido vestuario y disponer su traje de la mejor manera fue bastante ardua y laboriosa.

 

»Fue grata y simpática la pequeña reunión que se hallaba integrada por María Lobbs y su prima Kate, amén de tres o cuatro alegres y vivarachas jóvenes de sonrosadas mejillas. Nathaniel Pipkin tuvo ocasión de comprobar por sus ojos el hecho de que los rumores que corrían acerca de los tesoros del viejo Lobbs no eran hiperbólicos. Allí aparecieron la tetera, la jarrita de leche y el azucarero de plata, las cucharillas de lo mismo para menear el té, tazas de china auténtica para beberlo y platos de la misma sustancia en los que se apilaban pastas y tostadas. El único detalle

 

 

 

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nefasto que allí se advertía era cierto primo de María Lobbs, hermano de Kate, al que María Lobbs llamaba Enrique, y que parecía acaparar a María Lobbs en una esquina de la mesa. Siempre resulta edificante y agradable el espectáculo de las afecciones familiares; mas se lleva a las veces demasiado lejos, y no dejaba de pensar Nathaniel Pipkin que María Lobbs debía de ser muy entrañable para sus parientes si a todos favorecía tanto como a este primo en particular. Después del té propuso la taimada primita jugar a la gallina ciega, y las cosas se combinaron de manera que siempre le tocaba a Nathaniel Pipkin quedarse de gallina, y no posaba una sola vez la mano en el primito que no estuviera cierto de encontrar en sus cercanías a María Lobbs. Y aunque la taimada primita y las otras chicas le pellizcaban, le tiraban del cabello, ponían sillas en su camino y le hacían objeto de toda suerte de diabluras, ni por casualidad se le acercaba María Lobbs. Una vez... una vez... hubiera jurado Nathaniel Pipkin haber oído el chasquido de un beso, seguido de una tímida reconvención de María Lobbs y de una risa a duras penas contenida por las demás muchachas. Todo esto era muy particular... muy particular, y no es fácil saber lo que hubiera hecho o dejado de hacer, por tanto, Nathaniel Pipkin, si sus pensamientos no se hubieran visto súbitamente orientados según nuevo derrotero.

 

»La circunstancia que orientó sus pensamientos según nuevo derrotero fue un fuerte golpe dado en la puerta de la calle, y la persona que había dado aquel golpe en la puerta de la calle no era otra que el propio viejo Lobbs, que, habiendo regresado inesperadamente, estaba martilleando la puerta como un carpintero de ataúdes, porque quería cenar. No bien fue comunicada la alarmante noticia por el huesudo aprendiz de las piernas flacas, precipitáronse las chicas por las escaleras hacia el dormitorio de María Lobbs, mientras que el primo y Nathaniel Pipkin eran introducidos en sendos roperos del gabinete, a falta de otro escondite mejor; y en cuanto María Lobbs y su taimada primita les hubieron colocado en lugar seguro y pusieron las cosas en orden, abrieron la puerta al viejo Lobbs, que no cesaba de golpear.

 

»Y acaeció por desdicha que el viejo Lobbs, por sentirse hambriento, estaba monstruosamente rabioso. Nathaniel Pipkin pudo oírle gruñir cual viejo mastín enfermo de la garganta, y cuando quiera que el infortunado aprendiz de las piernas flacas entraba en la estancia, comenzaba a maldecirle el viejo Lobbs con feroz y sarracena contumacia, sin otra finalidad ni objeto, a lo que parecía, que los de desahogar su pecho con la descarga de unos cuantos juramentos inocuos. Por fin, se le puso la cena en la mesa, después de calentarla, lo que hizo mejorar hasta cierto punto el humor del viejo, y luego de despacharla en menos que se dice, besó a su hija y pidió le trajeran su pipa.

 

»Si la Naturaleza había colocado las rodillas de Nathaniel Pipkin en bastante apretada yuxtaposición, al oír pedir su pipa al viejo Lobbs empezaron a chocar entre

 

 

 

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sí como si fueran a reducirse a polvo; porque yacente sobre dos ganchos en el mismo ropero en que él se hallaba estaba la gran pipa de castaño y cazoleta de plata que viera todas las tardes en la boca del viejo Lobbs por espacio de cinco años. Las dos muchachas subieron por la pipa, y bajaron por la pipa, y buscaron por todas partes, menos en aquella en que sabían que estaba la pipa, y entre tanto el viejo Lobbs tronaba de la manera más espantosa. Por último pensó en el ropero, y hacia él se dirigió. Era inútil que un hombrecito como Nathaniel Pipkin tirase de la puerta hacia dentro si un mozo de la fuerza del viejo Lobbs tiraba hacia fuera. Dio el viejo Lobbs un tirón y abrióla de par en par, descubriendo a Nathaniel Pipkin de pie, derecho como una flecha y temblando de pies a cabeza. ¡Cielo santo, qué mirada tan imponente lanzó el viejo Lobbs al extraerle por el cuello y suspenderle en el aire al extremo de sus brazos tensos!

 

»—¿Qué es lo que busca usted aquí? —dijo el viejo Lobbs con voz terrible. »Nathaniel Pipkin no pudo articular respuesta, por lo cual el viejo Lobbs le

zarandeó durante dos o tres minutos, como para ayudarle a ordenar sus ideas. »—¿Qué busca usted aquí? —rugió Lobbs—. Supongo que habrá usted venido

 

por mi hija, ¿eh?

 

»El viejo Lobbs dijo esto por pura zumba, pues no concebía que toda la humana presunción hubiera llevado tan lejos a Nathaniel Pipkin. Cuál no sería su indignación al oír a este pobre hombre replicar:

 

»—Así es, Mr. Lobbs. He venido por su hija. La amo, Mr. Lobbs.

 

»—¡Cómo, so mocoso, garabato, bellaco miserable! —vomitó el viejo Lobbs, paralizado por la atroz confesión—. ¿Qué quiere usted decir? ¡Dígamelo en mi cara! ¡Maldito! ¡Le voy a estrangular!

 

»Es más que probable que el viejo Lobbs hubiera llevado a efecto su amenaza, en el colmo de su rabia, de no haber sido detenido su brazo por una inesperada aparición, a saber, la del primo, que, surgiendo de su armario, dirigióse al viejo Lobbs y dijo:

 

»—No puedo permitir que esta criatura inofensiva, sir, a quien se ha hecho venir por una broma de muchachas, acepte por nobleza la responsabilidad de una culpa (si es que hay culpa) de la que yo soy reo y estoy dispuesto a confesar. Yo amo a su hija, sir, y he venido aquí por verla.

 

»El viejo Lobbs abrió sus ojos con asombro al oír esto, pero no los abrió tanto como Nathaniel Pipkin.

 

»—¿Usted? —dijo Lobbs, recobrando al cabo el aliento para hablar.

 

»—Yo.

 

»—Ya le he prohibido hace tiempo la entrada en esta casa.

 

»—Así es, y en otro caso, no hubiera venido esta noche clandestinamente. »Siento verme precisado a consignarlo, mas presumo que el viejo Lobbs hubiera

 

 

 

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golpeado al primo, si su linda hija, con sus brillantes ojos arrasados de lágrimas, no hubiera detenido su brazo.

 

»—No le detengas, María —dijo el joven—; si quiere pegarme, déjale. Yo no he de tocarle uno solo de sus grises cabellos por todas las riquezas del mundo.

 

»Bajó el viejo los ojos ante el tácito reproche y halló los de su hija. He apuntado ya una o dos veces que eran éstos unos ojos muy brillantes, y no por verse ahora llenos de lágrimas desmerecía su irresistible encanto. Volvió la cabeza el viejo Lobbs, cual si tratara de evitar su efecto persuasivo, cuando quiso la suerte que encontrara los de la taimada primita que, vacilando entre temblar por su hermano o reírse de Nathaniel Pipkin, presentaba un semblante de expresión tan hechicera, con un dejo de melancolía, al que no hubiera podido mirar ningún hombre, joven ni viejo. Tomó zalamera con su brazo el del viejo Lobbs y murmuró algo en su oído: qué no le diría, que el viejo Lobbs no pudo reprimir una sonrisa, al mismo tiempo que resbalaba por su faz una lágrima furtiva.

 

»Cinco minutos después se hizo bajar del dormitorio a las muchachas con festivo y afectado sigilo, y mientras la joven pareja se gozaba en su plena felicidad, el viejo Lobbs descolgaba su pipa y fumaba, y se dio la circunstancia de que aquella pipa fuera la más sedante y deliciosa que se había fumado.

 

»Nathaniel Pipkin estimó conveniente guardar su secreto, gracias a lo cual fue poco a poco granjeándose el favor del viejo Lobbs, que con el tiempo le enseñó a fumar; y andando los días vióseles tomar la costumbre de sentarse en el jardín en las tardes hermosas a fumar y a beber en gran escala. Pronto debió hallar lenitivo a su apasionada inclinación, pues encontramos su nombre en el registro parroquial como testigo en el casamiento de María Lobbs con su primo; y también se deja entender, por referencia de otros documentos, que en la noche de la boda fue confinado en la cárcel del pueblo, por haber cometido, en pleno estado de embriaguez, algunos excesos en las calles, en todos los cuales parece haber sido acompañado y secundado por el aprendiz huesudo de las piernas flacas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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18.    En el que se patentiza concisamente, primero, el poder del histerismo, y segundo, la fuerza de las

 

circunstancias

 

 

Los pickwickianos permanecieron en Eatanswill durante los dos días siguientes al banquete de la señora Hunter, aguardando con ansia las noticias de su venerado maestro; Mr. Tupman y Mr. Snodgrass otra vez quedaron abandonados a sus propios recursos de distracción; en cuanto a Mr. Winkle, defiriendo a una irresistible invitación, prolongó su residencia en casa de Mr. Pott y consagró sus horas a la compañía de la amable esposa de éste. Profundamente engolfado en absorbentes especulaciones, inspiradas en el bien público, así como en el prurito de destruir a El Independiente, no acostumbraba el grande hombre a descender del pináculo mental en que vivía al humilde nivel de los espíritus mediocres. En esta ocasión, sin embargo, por deferencia especialísima a uno de los secuaces de Mr. Pickwick, se ablandó, se allanó a bajar de su pedestal y accedió a caminar por el suelo, adaptando benévolamente sus normas discursivas a las capacidades comprensivas del rebaño y afectando por fuerza, ya que no en su interior, ser uno de tantos.

 

Siendo tal la conducta seguida por esta célebre personalidad respecto de Mr. Winkle, fácilmente se imaginará la sorpresa que se dibujó en el semblante de este caballero cuando hallándose solo, sentado en la estancia destinada al desayuno, abrióse precipitadamente la puerta, cerróse con la misma presura, después de dar entrada a Mr. Pott, y, cuadrándose éste majestuosamente y separando con desdén la mano que se le tendía, apretó sus dientes como para acuciar el filo de lo que pensaba decir, y exclamó con acento cortante:

 

—¡Serpiente!

 

—¡Sir! —exclamó Mr. Winkle, saltando de su silla.

 

—Serpiente, sir —repitió Mr. Pott, levantando la voz y apagándola al punto—; he dicho serpiente, sir... interprételo como guste.

 

Si a las dos de la madrugada os habéis separado de un hombre en más perfecta cordialidad, y al encontrarle de nuevo a las nueve y media os acoge como a una serpiente, no será fuera de razón sospechar que algo de enojosa índole ha ocurrido en el interregno. Así pensaba Mr. Winkle. Devolvió a Mr. Pott su mirada de hielo, y atendiendo a la indicación de este caballero, procedió a interpretar lo de la serpiente. Mas como fuera vano su hermenéutico empeño, al cabo de unos minutos de profundo silencio, dijo:

 

—¡Serpiente, sir! ¡Serpiente, Mr. Pott! ¿Qué quiere usted decir, sir...? Se trata de una broma.

 

—¡Broma, sir! —exclamó Pott, con un movimiento de su mano, vivamente expresivo de su deseo de arrojar la tetera de Britania a la cabeza de su huésped—.

 

 

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Broma, sir..., pero no, no he de perder la calma, permaneceré tranquilo, sir.

 

Y en prueba de su pacífico designio, tiróse Mr. Pott sobre una silla y mascó su rabia.

 

—Pero, querido —aventuró Mr. Winkle.

 

—¡Querido! —replicó Pott—. ¿Cómo se atreve usted a decirme querido, sir?

 

¿Cómo se atreve a mirarme a la cara y llamarme así?

 

—Está bien, sir, si vamos a eso —respondió Mr. Winkle—: ¿Cómo se atreve usted a mirarme a la cara y llamarme serpiente?

 

—Porque lo es usted —replicó Mr. Pott.

 

—Pruébelo, sir —dijo Mr. Winkle—, pruébelo.

 

Un gesto de rencor cruzó por la faz del editor, mientras que sacaba de su bolsillo El Independiente de aquella mañana, y señalando con el dedo uno de sus párrafos, lo arrojó a través de la mesa a Mr. Winkle.

 

Tomó el periódico el caballero y leyó lo que sigue: «Nuestro oscuro y rastrero colega, en cierto comentario de mal gusto, inspirado en la última elección verificada en esta ciudad, ha osado violar el sagrado de la vida privada refiriéndose de modo inequívoco a los asuntos personales de nuestro último candidato... ¡ah!, y, a pesar de su ignominiosa derrota, añadiremos que nuestro futuro representante, Mr. Fizkin. ¿Qué es lo que trata de insinuar nuestro cobarde colega? ¿Qué diría ese rufianesco ente si, dejando nosotros a un lado, como él lo hace, las exigencias del social decoro, levantásemos la cortina que por suerte suya defiende su vida privada del ridículo, por no decir de la general execración? ¿Qué, si puntualizáramos y comentásemos circunstancias y hechos que son notorios y conocidos de todos menos de nuestro cegato colega? ¿Qué diría si diésemos a la imprenta la siguiente humorada, que llega a nuestras manos mientras escribimos el presente artículo y que se debe a la invención de un ingenioso paisano y corresponsal nuestro?

 

VERSOS A UNA CAFETERA DE COBRE ¡Si hubieras, Pott, sabido cuán perjuro su amor iba a tornarse cuando hacían

 

del Himeneo las campanas Tinkle...!

 

Hubieras hecho entonces, de seguro,

 

lo que otros te decían

 

y se la hubieras regalado a W...».

 

—Bueno —dijo Mr. Pott solemnemente—. ¿Qué es lo que rima con tinkle, miserable?

 

—¿Qué rima con tinkle? —dijo la señora Pott, cuya súbita entrada impidió la respuesta—. ¿Qué es lo que rima con tinkle? Pues está bien claro que es Winkle.

 

Y al decir esto, la señora Pott sonrió dulcemente al atribulado pickwickiano y le tendió la mano. Hubiérala tomado el consternado joven, en medio de su azoramiento,

 

 

 

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de no haberse interpuesto el indignado Pott.

 

—¡Atrás, hombre... atrás! —dijo el editor—. ¡Tomar su mano en mi propia cara! —¡Mr. Pott! —dijo asombrada la dama.

 

—Desdichada mujer, mira esto —exclamó el marido—. Mire aquí, señora: «... versos a una cafetera de cobre». La cafetera de cobre soy yo, señora. La perjura es usted, señora.

 

Hirviendo de cólera e iniciándose en todo su ser algo parecido a un temblor, ante la expresión que adoptaba el rostro de su esposa, tiró a sus pies el último número de El Independiente de Eatanswill.

 

—¡Y qué, sir! —dijo atónita la esposa, inclinándose para recoger el periódico—. ¡Y qué, sir!

 

Mr. Pott temblaba bajo la mirada desdeñosa de su mujer. Había hecho un esfuerzo desesperado para embotellar entereza; pero la entereza se disipaba.

Cuando se lee esta frase «¡Y qué, sir! », nada terrible parece entrañar; pero el tono de la voz en que fue pronunciada y la mirada que hubo de acompañarla denotaban tan claramente un designio de venganza sobre la cabeza de Mr. Pott, que produjo un efecto decisivo. El más obtuso observador hubiera sorprendido en su conturbado rostro el vivísimo anhelo de ceder sus botas Wellington en favor de cualquiera que se atreviese a permanecer sobre ellas de pie en aquel momento.

 

Leyó el párrafo la señora Pott, lanzó un terrible alarido y cayó cuan larga era sobre la alfombra delantera de la chimenea, sollozando y golpeando el suelo con los tacones de sus zapatos de una manera que no permitía dudar en aquella ocasión de la autenticidad de sus emociones.

 

—Querida —dijo Mr. Pott hecho una pieza—, yo no he dicho que creyera eso; yo ... yo...

 

Pero la voz del infortunado caballero se ahogó entre los gritos de su consorte.

 

—Señora Pott, permítame suplicarle, mi querida señora, que se serene —dijo Mr.

 

Winkle.

 

Pero los gritos y el golpeteo se sucedían más fuertes y rápidos que nunca. —Querida mía —dijo Mr. Pott—, lo siento en el alma. Si no cuidas de tu propia

 

salud, cuídate de la mía, querida. La multitud va a estacionarse ante nuestra casa. Pero cuanto más apremiantes eran las súplicas de Mr. Pott, más vehementes eran

 

los gritos que producía su esposa.

 

Por fortuna, adscrita al servicio de la señora Pott y como guardia de corps figuraba una señorita cuya misión aparente consistía en presidir el tocado y aderezo de la señora, pero que ofrecía pruebas de su laboriosidad en varios extremos, y en ninguno tanto como en el de excitar y animar a su señora en toda inclinación o anhelo que se opusiese a los deseos del infeliz Pott. Los gritos llegaron a oídos de la señorita y la trajeron a la habitación con una presteza que amenazaba perturbar el orden

 

 

 

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exquisito de su toca y sus cabellos.

 

—¡Oh, querida, señora querida! —exclamó el guardia de corps arrodillándose presa de intensa alarma junto a la yacente señora Pott—. ¡Oh, querida señora! ¿Qué es lo que ocurre?

 

—Tu amo... tu brutal amo —murmuró la paciente.

 

Indudablemente, Pott se debilitaba por momentos.

 

—Es una vergüenza —dijo en tono de reproche el guardia de corps—. ¡Sé que ha de acabar por matarla, señora! ¡Pobrecita!

 

Pott se achicaba cada vez más. El adversario arreciaba en el ataque.

 

—¡Oh, no me abandones... no me abandones, Goodwin! —murmuró la señora Pott, agarrándose a la muñeca de la susodicha Goodwin, en un acceso de histerismo —. Tú eres la única persona que me quiere, Goodwin.

 

Ante esta conmovedora apelación, Goodwin planteó por sí misma una pequeña tragedia doméstica y empezó a derramar copiosas lágrimas.

 

—Nunca, señora, nunca —dijo Goodwin—. ¡Oh, sir, debiera usted tener más cuidado... debiera usted! No sabe usted el daño que hace a la señora; algún día lo sentirá usted... siempre he creído lo mismo.

 

El desdichado Pott miraba tímidamente; pero nada decía.

 

—Goodwin —dijo con voz débil la señora Pott.

 

—Señora —dijo Goodwin.

 

—Si tú supieras cuánto he amado yo a ese hombre...

 

—No se aflija recordando esas cosas, señora —dijo el guardia de corps.

 

Pott miraba espantado. Llegaba el momento de acabar de una vez.

 

—Y ahora —sollozaba la señora Pott—, después de todo, verse tratada así, ser insultada y vilipendiada en presencia de un tercero, y éste casi un extraño. ¡Pero no he de sufrirlo! Goodwin —prosiguió la señora Pott levantándose en brazos de Goodwin—, mi hermano, el teniente, intervendrá. Nos separaremos, Goodwin.

 

—Se lo merecería, señora —dijo Goodwin.

 

Cualesquiera que fuesen las ideas que semejante amenaza despertaba en Pott, se abstuvo de darles salida, y contentóse con decir humildemente:

 

—Pero, querida, ¿quieres escucharme?

 

Un nuevo torrente de sollozos fue toda la respuesta de la señora Pott; al tiempo que se acentuaba su histerismo, preguntaba por qué había nacido y demandaba otras informaciones de parecida naturaleza.

 

—Querida —le reconvenía Mr. Pott—, no te entregues a esos excesos de sensibilidad. Nunca he creído que ese párrafo tuviera fundamento, querida...

imposible. Pero me indignó, querida... me sentí ultrajado por los de El Independiente por haberse atrevido a insertarlo; eso es todo.

 

Mr. Pott dirigió una mirada suplicante a la causa inocente del disgusto, como

 

 

 

 

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rogándole que no se hablara más de la serpiente.

 

—¿Y qué pasos piensa usted dar para obtener la reparación? —preguntó Winkle, cobrando energía al ver que la iba perdiendo Pott.

 

—¡Oh, Goodwin —observó la señora Pott—, se propone darle un latigazo al editor de El Independiente...! ¿Es que piensa eso, Goodwin?

 

—¡Chist, chist, señora; esté tranquila! —replicó el guardia de corps—. Lo hará, sin duda, si usted lo desea, señora.

 

—Desde luego, sir —dijo Pott, observando que su esposa mostraba síntomas de sufrir un nuevo ataque—. Claro que lo haré.

 

—¿Cuándo, Goodwin... cuándo? —dijo la señora Pott dudando aún de entregarse o no al patatús.

 

—Inmediatamente —dijo Pott—; antes de que llegue la noche.

 

—Oh, Goodwin —continuó la señora Pott—, es el único medio de cortar el escándalo y de rehabilitarme ante el mundo.

 

—Claro está, señora —replicó Goodwin—. Ningún hombre que sea un hombre dejaría de hacerlo.

 

Como aún no se hubiera disipado la amenaza de un nuevo acceso de histerismo, insistió Mr. Pott una vez más en que lo haría; mas pesaba tanto sobre el ánimo de la señora Pott la idea tan sólo de una sospecha, que aún estuvo media docena de veces al borde de una recaída, y hubiera indudablemente traspasado este límite de no haber sido por los esfuerzos infatigables de la solícita Goodwin, unidos a las repetidas demandas de perdón formuladas por el derrotado Pott; y sólo cuando el infeliz se rindió al pánico y fue abatido hasta su nivel habitual, se repuso la señora Pott y dio principio el almuerzo.

 

—No consentirá usted que la miserable procacidad de ese periódico abrevie su estancia entre nosotros, Mr. Winkle —dijo la señora Pott, sonriendo dulcemente a través de las huellas de sus lágrimas.

 

—Espero que no —dijo Mr. Pott, poseído, mientras hablaba, del deseo de que su huésped se ahogase con el trozo de tostada que en aquel momento acercaba a sus labios y diese de esta suerte su estancia por terminada—. Espero que no.

 

—Es usted muy amable —dijo Mr. Winkle—; pero se ha recibido una carta de Mr. Pickwick, según se me hace saber en una esquela de Mr. Tupman que me entregaron esta mañana en el dormitorio, en la que nos avisa para que nos unamos a él en Bury hoy mismo; por lo cual partiremos en el coche de las doce.

 

—¿Pero volverá usted? —dijo la señora Pott.

 

—¡Oh, por supuesto! —replicó Mr. Winkle.

 

—¿Está usted seguro? —dijo la señora Pott, dirigiendo a su huésped una mirada furtiva.

 

—Segurísimo —respondió Mr. Winkle.

 

 

 

 

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Transcurrió en silencio el almuerzo, porque cada uno de los comensales se hallaba absorbido en sus particulares preocupaciones. La señora Pott lamentaba la pérdida del galán; Mr. Pott, su precipitada resolución de fustigar a El Independiente; Mr. Winkle, el haberse colocado inocentemente en tan embarazosa situación. Se acercaba el mediodía, y después de muchos adioses y promesas se quitó de en medio.

 

«Si alguna vez vuelve, le enveneno», pensó Mr. Pott al entrar en el antedespacho de la oficina en que preparaba la caja de los truenos.

 

«Si alguna vez volviera» —pensaba Mr. Winkle, mientras caminaba hacia El Pavo—, «y otra vez me complicara con esta gente, el que merecería que le diesen un latigazo sería yo.»

 

Ya estaban sus amigos dispuestos, el coche, casi, y al cabo de media hora emprendían su viaje por el mismo camino que tan recientemente recorrieran Mr. Pickwick y Sam, y como acerca del trayecto ya hemos dicho algo, no nos creemos obligados a extractar la hermosa descripción poética de Mr. Snodgrass.

 

Mr. Weller se hallaba a la puerta de El Ángel esperándoles y por él fueron conducidos al cuarto de Mr. Pickwick, donde, con no poca sorpresa de Mr. Winkle y Mr. Snodgrass, y no menor confusión de Mr. Tupman, se encontraron con el viejo Wardle y con Trundle.

 

—¿Qué tal? —dijo el viejo, estrechando la mano de Mr. Tupman—. No se preocupe de lo pasado, ni se ponga triste por ello; ya no tiene remedio, amigo. Por el bien de ella, hubiera yo deseado que fuera para usted; por el de usted, me alegro de que no lo haya sido. Un muchacho como usted se consuela en seguida, ¿eh?

 

Con esta observación consoladora, palmoteó Wardle en la espalda de Mr. Tupman y rió jovialmente.

 

—Bien, ¿y cómo están ustedes, mis bravos muchachos? —dijo el viejo caballero, estrechando al mismo tiempo las manos de Mr. Winkle y Mr. Snodgrass—. Estaba diciendo a Mr. Pickwick que para Navidad contamos con todos ustedes... Tenemos una boda... una verdadera boda esta vez.

 

—¡Una boda! —exclamó Mr. Snodgrass, poniéndose pálido.

 

—Sí, una boda. Pero no se asuste —dijo el alegre viejo—; no es más que la de Trundle y Bella.

 

—¡Ah, no es más que eso! —dijo Mr. Snodgrass, aliviado de la penosa duda que oprimiera su pecho—. Enhorabuena, sir. ¿Cómo sigue José?

 

—Muy bien —replicó el anciano—. Dormido, como siempre.

 

—¿Y su madre, y el cura, y todos?

 

—Perfectamente.

 

—¡Dónde —dijo Mr. Tupman haciendo un esfuerzo—, dónde está... ella, sir? Y volvió su cabeza a otro lado cubriéndose los ojos con la mano.

 

—¡Ella! —dijo el anciano con un movimiento de cabeza significativo—. ¿Quiere

 

 

 

 

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usted decir mi hermana soltera, eh?

 

Mr. Tupman indicó con un ademán que su pregunta se refería a la desgraciada Raquel.

 

—¡Oh, se ha ido! —dijo el anciano—. Está viviendo con unos parientes, muy lejos. No podía sufrir el ver a las chicas, y la dejé marchar. ¡Pero vamos! Aquí está la comida; después del viaje deben ustedes de tener hambre. Yo la tengo aun sin viaje; caigamos sobre ella.

 

Se hizo a la comida cumplida justicia; y cuando después de haberla despachado aún permanecían sentados alrededor de la mesa, Mr. Pickwick, ante el horror y la indignación de sus amigos, relató la aventura pasada y el éxito alcanzado por los bajos artificios del diabólico Jingle.

 

—Y el ataque de reuma que atrapé en el jardín —dijo Mr. Pickwick para remate

 

— me tiene impedido ahora.

 

—Yo también he tenido algo de aventura —dijo Mr. Winkle, sonriendo.

 

Y, obedeciendo al ruego de Mr. Pickwick, relató el maligno libelo de El Independiente de Eatanswill y el enojo consiguiente de su amigo el editor.

 

Oscurecióse durante el relato el rostro de Mr. Pickwick. Advirtiéronlo sus amigos, y al acabar Mr. Winkle, guardaron profundo silencio. Mr. Pickwick dio en la mesa un golpe con el puño cerrado, y habló así:

 

—¿No es verdaderamente raro —dijo Mr. Pickwick— este fatalismo por el que no podemos entrar en la casa de una persona sin ocasionarle algún disgusto? ¿Habrá que atribuir a indiscreción o, lo que es peor aún, a la maldad (¡que tenga yo que decir esto!) de mis amigos el que cualquiera que sea el techo bajo el que se alberguen, trastornen la paz y la felicidad de una dama inocente? ¿No es, digo yo...?

 

Hubiera seguido Mr. Pickwick pronunciándose aún durante algún tiempo, de no haber entrado Sam con una misiva que interrumpió el elocuente discurso. Pasó Mr. Pickwick el pañuelo por su frente, quitóse los anteojos, los limpió y volvió a ponérselos; y habiendo recobrado su voz su habitual suavidad, dijo:

 

—¿Qué es eso, Sam?

 

—Vengo del correo, y encontré esta carta que llegó hace dos días —replicó Mr.

 

Weller—. Está cerrada con una oblea, y la dirección es de letra redondilla.

 

—No conozco esta letra —dijo Mr. Pickwick, abriendo la carta—. ¡Dios de bondad! ¿Qué es esto? Tiene que ser una burla; esto no puede ser.

 

—¿Qué es ello? —preguntaron todos.

 

—¿No ha muerto nadie? —dijo Wardle, alarmado por el horror que mostraba el semblante de Mr. Pickwick.

 

Mr. Pickwick no respondió; pero echando la carta en la mesa y suplicando a Mr. Tupman que la leyera en alta voz, cayó en su silla con asombro y estupefacción verdaderamente alarmantes.

 

 

 

 

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Mr. Tupman, con voz temblorosa, leyó la carta, que a continuación copiamos:

 

«Freeman's Court, Cornhill, 28 de agosto de 1830.

 

Bardell contra Pickwick

 

Sir:

 

»Habiendo sido encargado por la señora Marta Bardell de entablar una demanda contra usted por ruptura de promesa de matrimonio, por la cual estipula la demandante mil quinientas libras por daños y perjuicios, debemos informar a usted de haberse expedido una citación para usted con dicho motivo por la Audiencia, y le rogamos nos participe a vuelta de correo el nombre de su procurador en Londres que haya de representarle en este asunto.

 

»De usted, sir, sus humildes servidores,

 

»Dodson y Fogg

 

»Mr. Samuel Pickwick».

 

Fue tan solemne el mudo asombro con que todos se miraron y miraron a Mr.

 

Pickwick, que nadie se atrevía a romper el silencio. Al fin habló Mr. Tupman.

 

—Dodson y Fogg —repitió maquinalmente.

 

—Bardell contra Pickwick —dijo Mr. Snodgrass, musitando.

 

—La paz y la felicidad de las cándidas doncellas —murmuró Mr. Winkle distraídamente.

 

—Es una estafa —dijo Mr. Pickwick, recobrando al cabo la facultad de hablar—; una infame conjura tramada por esos dos rapaces procuradores Dodson y Fogg. La señora Bardell no lo hubiera hecho nunca... ella no tiene corazón para hacerlo... ella no tiene motivo para hacerlo. Ridículo... ridículo.

 

—Respecto de su corazón —dijo Wardle, sonriendo—, no hay mejor juez que usted. No quiero desanimarle, pero estoy seguro de que, por lo que se refiere a sus motivos y derechos, Dodson y Fogg son mejores jueces que cualquiera de nosotros.

 

—Es un vil recurso para sacar dinero —dijo Mr. Pickwick.

 

—Seguramente —dijo Wardle, dejando oír una tos seca.

 

—¿Quién ha podido oírme jamás dirigirme a ella de manera que no sea la propia de un huésped que habla con su patrona? —prosiguió Mr. Pickwick con gran vehemencia ¿Quién me ha visto jamás con ella? Ni siquiera estos amigos... —Salvo en una ocasión —dijo Mr. Tupman. Mr. Pickwick se demudó.

 

—¡Ah! —dijo Mr. Wardle—. Bien, eso es importante. Pero no ocurrió nada sospechoso, ¿verdad?

 

Mr. Tupman contempló a su jefe tímidamente.

 

—No hubo nada sospechoso —dijo—; pero yo no sé cómo fue, recuerde... ella ciertamente se apoyaba en sus brazos.

 

—¡Dios mío! —exclamó Mr. Pickwick cuando se le impuso de modo fatal el recuerdo de la escena en cuestión—. ¡Qué ejemplo más triste de la fuerza de las

 

 

 

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circunstancias! Así estaba ella... así estaba ella.

 

—Y nuestro amigo estaba mitigando su angustia —dijo Mr. Winkle con algo de malicia.

 

—Esto hacía yo —dijo Mr. Pickwick—. No he de negarlo. Así estaba yo.

 

—¡Ah! —dijo Wardle—, para ser un caso en que no hay nada sospechoso parece verdaderamente extraño... ¿eh, Pickwick? ¡Ah, perro astuto... perro astuto!

 

Y se echó a reír hasta hacer retemblar los vasos.

 

—¡Qué concitación de apariencias tan espantosa! —exclamó Mr. Pickwick, apoyando el mentón en sus manos—. Winkle... Tupman... perdónenme por las observaciones que les hice antes. Todos somos víctimas de las circunstancias, y yo la más castigada.

 

Después de esta explicación sepultó Mr. Pickwick la cara entre las manos y reflexionó; entre tanto Mr. Wardle distribuyó entre los demás elementos de la concurrencia una regular serie de guiños y gestos.

 

—Todo se explicará, sin embargo —dijo Mr. Pickwick, levantando la cabeza y golpeando la mesa—. ¡Veré a esos Dodson y Fogg! Mañana me voy a Londres.

 

—Mañana, no —dijo Wardle—; aún está usted cojo.

 

—Bueno, pues al otro día.

 

—Al otro día es primero de septiembre, y está usted comprometido para venir con nosotros a la finca de sir Geoffrey Manning y acompañarnos a comer aunque no tome usted parte en la cacería.

 

—Bueno, entonces, al otro día —dijo Mr. Pickwick—; el jueves Sam.

 

—Sir —replicó Mr. Weller.

 

—Toma dos asientos para Londres, para el jueves por la mañana, para ti y para

 

mí.

 

—Muy bien, sir.

 

Salió Mr. Weller y se encaminó pausadamente al recado con las manos en los bolsillos y mirando al suelo.

 

—Vaya una pieza, mi emperador —dijo Mr. Weller, marchando tranquilamente por la calle—. Cuidado con pensar en esa señora Bardell... ¡Con un chico, además! ¡Siempre pasa lo mismo con estos viejos, que parecen tan avisados! ¡No lo hubiera creído de él, sin embargo... no lo hubiera creído!

 

Moralizando de esta suerte, Mr. Samuel Weller enderezó sus pasos hacia la administración.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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19. Un día agradable, que acaba desagradablemente

 

 

Los pájaros, que, afortunadamente para el solaz Y la tranquilidad de sus ánimos, permanecían dichosamente ajenos a los preparativos que se hacían con objeto de sembrar entre ellos el espanto, saludaron al primer día de septiembre como a uno de los más deleitosos que vieran en la estación. Algunos polluelos de perdiz gozábanse brincando por el rastrojo con la aturdida jactancia de la juventud y las veteranas contemplaban aquella descuidada ligereza con su gran ojo circular, y, con el aire desdeñoso de pájaro sabio y experimentado, soleábanse al aire fresco de la mañana, respirando felices la vida, igualmente ignorantes de su condena, sin presentir que pocas horas después habían de yacer inertes sobre el suelo. Pero no nos dejemos llevar de la vena: prosigamos.

 

Diremos en estilo llano que la mañana era hermosa, tan hermosa, que os hubiera costado trabajo creer que habían transcurrido los cortos meses de un estío inglés. Campos, setos, árboles, montes y boscajes ofrecían a la vista los variados matices del verde follaje; apenas si había caído una hoja; apenas si se mezclaba alguna mancha amarillenta con los tonos del verano, anunciando la llegada del otoño. El cielo estaba despejado, lucía el sol brillante y cálido; los cantos de los pájaros y el zumbido de miríadas de insectos estivales llenaban el aire, y los jardines de la quinta, cuajados de flores de los más bellos tonos, centelleaban bajo el rocío como joyas resplandecientes. Todo exhibía la marca del verano, y ni uno solo de sus bellos colores se había marchitado.

 

Tal era la mañana en que un carruaje abierto conduciendo a tres pickwickianos (Mr. Snodgrass había preferido quedarse en casa), Mr. Wardle y Mr. Trundle, con Sam Weller en la trasera, deteníase frente a la verja de la carretera, ante la que se hallaban un corpulento y huesudo guarda y un mozo con medias botas y piernas con vendas de cuero; llevaba cada uno un morral de regulares dimensiones y les acompañaban sendas traíllas de podencos.

 

—No creo —murmuró Mr. Winkle a Wardle, mientras bajaban el estribo del coche— que se figuren que vamos a matar caza bastante para llenar esos morrales.

 

—¡Llenarlos! —exclamó el viejo Wardle—. ¡Hombre de Dios, claro que sí! Usted llenará uno y yo el otro; y cuando ya no quepa más en ellos, los bolsillos de nuestras cazadoras podrán contener otro tanto.

 

Apeóse Mr. Winkle sin replicar a esta observación; mas pensó íntimamente que si la partida hubiera de permanecer al raso hasta que él hubiese llenado uno de los morrales, tenían muchas probabilidades de pescar un resfriado.

—Hola, Juno..., eh, joven; abajo, Daph, abajo —dijo Wardle acariciando a los perros—. ¿Sir Geoffrey aún en Escocia, por supuesto, Martín?

 

El corpulento guarda respondió afirmativamente y miró con sorpresa a Mr.

 

 

 

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Winkle, que llevaba su escopeta como si deseara que el bolsillo de la cazadora le ahorrase la molestia de disparar el gatillo, y a Mr. Tupman, que llevaba la suya como si estuviera asustado de ella, sin que hubiera razón alguna para dudar de que realmente lo estuviera.

 

—Mis amigos no están aún habituados a estas cosas, Martín —dijo Wardle, percibiendo la mirada—. Vive y aprenderás, ya se sabe. Con el tiempo serán buenos tiradores. Mas pido perdón a Mr. Winkle; él tiene alguna práctica.

 

Mr. Winkle sonrió débilmente por encima de su bufanda azul, agradeciendo la fineza, y se enredó de modo tan incomprensible con su escopeta, en la confusión de su propia modestia, que de haber estado cargada se habría disparado sobre él mismo en aquel momento, matándole.

 

—No debe usted llevar el arma de ese modo cuando esté cargada, sir —dijo el corpulento guarda con aire de reprensión—; de lo contrario, apuesto a que hace fiambre de alguno de nosotros.

 

Amonestado de esta suerte, Mr. Winkle cambió apresuradamente la posición del arma, y al hacerlo se las arregló de manera que puso el cañón en íntimo contacto con la cabeza de Mr. Weller.

 

—¡Eh! —dijo Sam, recogiendo su sombrero, que había caído por aquella maniobra, y frotándose una sien—. Eh, sir; si sigue usted así, llenará uno de los morrales, y algo más, de un solo disparo.

 

Al oír esto, el mozo de las vendas de cuero se echó a reír con toda su alma y miró a otro lado para disimular, con lo que Mr. Winkle frunció el ceño majestuosamente.

 

—¿Dónde dijo usted al chico que había de encontrarnos con la merienda, Martín? —preguntó Mr. Wardle.

 

—Al pie del cerro del Árbol, a las doce, sir.

 

—¿Eso no es ya de sir Geoffrey?

 

—No, sir; pero está pegando. Es la finca del capitán Boldwig; pero allí nadie nos molestará y hay una hermosa pradera.

 

—Muy bien —dijo el viejo Wardle—. Entonces, cuanto antes mejor. ¿A las doce se unirá usted a nosotros, eh, Pickwick? Mr. Pickwick deseaba vivamente presenciar la batida, tanto más cuanto que abrigaba cierta inquietud respecto de la vida y miembros de Mr. Winkle. Además, en una mañana tan deleitosa, era verdaderamente mortificante volverse y dejar que sólo sus amigos gozasen. Así es que hubo de replicar con aire indeciso:

 

—Por supuesto.

 

—¿Este caballero no tira, sir? —preguntó el guarda.

 

—No —replicó Wardle—; y además está cojo.

 

—Me gustaría muchísimo ir —dijo Mr. Pickwick—, mucho.

 

Siguió una breve pausa de conmiseración.

 

 

 

 

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—Al otro lado de la cerca hay una carretilla —dijo el muchacho—. Si el criado de este caballero quiere ir con ella por la senda, podría seguirnos a poca distancia, y al llegar a las cercas nosotros podríamos levantarla.

 

—Eso es —dijo Mr. Weller, que era parte interesada, por desear ardientemente ver la cacería—. Eso es. Bien dicho, Smallcheek; yo la sacaré en seguida.

 

Pero surgió una dificultad. El alto guarda protestó resueltamente contra la introducción en una partida de caza de un caballero echado sobre una carretilla, como una grave violación de todas las reglas y cánones establecidos.

 

Fue una gran objeción, pero no invencible. Después de mimar al guarda, de haberle untado la mano y luego que se hubo desahogado sobre la cabeza del ocurrente joven que había sugerido el empleo de la máquina, fue colocado en ella Mr. Pickwick y se pusieron en movimiento: Wardle y el alto guarda guiando, y Mr. Pickwick en la carretilla, empujada por Sam, iban a retaguardia.

 

—¡Alto, Sam! —dijo Mr. Pickwick al llegar a la mitad del primer trozo.

 

—¿Qué hay? —dijo Wardle.

 

—No consentiré dar un paso más en esta carretilla —dijo Mr. Pickwick resueltamente— como no lleve Winkle la escopeta de otra manera.

 

—¿Cómo he de llevarla? —dijo el desconsolado Winkle.

 

—Llévela con la boca del cañón hacia el suelo —replicó Mr. Pickwick.

 

—Es tan poco airoso en cacería... —objetó Winkle.

 

—No me importa que sea airoso o no —replicó Mr. Pickwick—; no estoy dispuesto a que me peguen un tiro en una carretilla por respeto a las apariencias.

 

—Estoy viendo que el señor le va a meter a alguno la carga en el cuerpo antes de poco —gritó el guarda.

 

—Bien, bien... no me importa —dijo el pobre Winkle invirtiendo el arma—; sea.

 

—Bien lo vale la tranquilidad —dijo Mr. Weller. Y siguieron adelante.

 

—¡Alto! —dijo Mr. Pickwick, pocas yardas más allá.

 

—¿Qué ocurre ahora? —dijo Wardle.

 

—Esa escopeta de Tupman no va tampoco bien: estoy seguro de que no va bien —dijo Mr. Pickwick.

 

—¿Eh? ¡Cómo! ¿No va bien? —dijo Mr. Tupman, alarmado.

 

—Tal como la lleva usted, no —dijo Mr. Pickwick—. Siento hacer estas observaciones, pero yo no sigo si no lleva usted la escopeta como Winkle.

 

—Creo que debe usted hacerlo, sir —dijo el alto guarda—; si no, lo mismo puede ir el tiro a usted que a otro cualquiera.

 

Mr. Tupman colocó el arma en la posición requerida con la más cumplida presteza, y de nuevo se pusieron en camino, marchando los dos aficionados con las armas invertidas, lo mismo que soldados en funeral regio.

 

Los perros se pararon en seco, y los cazadores se pararon también después de

 

 

 

 

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avanzar un paso sigilosamente.

 

—¿Qué les pasa a los perros en las patas? —murmuró Mr. Winkle—. ¡Qué posición tan rara han tomado!

 

—¡Chist, por Dios! —replicó Wardle por lo bajo—. ¿No ve usted que están haciendo la muestra?

 

—¡Haciendo una muestra! —dijo Mr. Winkle, mirando a su alrededor como si tratase de descubrir en el paisaje alguna belleza sobre la que los sagaces animales quisieran llamar la atención—. ¡Haciendo una muestra! ¿Qué es lo que quieren mostrar?

 

—Abra usted los ojos —dijo Wardle, sin fijarse en la pregunta, por la excitación del momento—. ¡A ellos!

 

Prodújose un fuerte ruido de alas, que hizo retroceder a Mr. Winkle como si le hubieran tirado a él mismo. ¡Pum, pum!, tiraron dos escopetas; corrió el humo rápidamente por el campo, y desapareció rizándose en el aire.

 

—¿Dónde están? —dijo Mr. Winkle, denotando la más fuerte excitación y volviéndose hacia todos lados—. ¿Dónde están? Dígame hacia dónde tiro. ¿Dónde están..., dónde están?

 

—¿Dónde están? —dijo Wardle, recogiendo un manojo de pájaros que los perros habían dejado a sus pies—. Pues aquí están.

 

—No, no; yo digo los otros —dijo el maravillado Winkle.

 

—Lo que es ahora, bastante lejos —replicó Wardle, cargando de nuevo su escopeta con indiferencia.

 

—Me parece que antes de cinco minutos vamos a levantar otro bando —dijo el alto guarda—. Si el señor empieza ahora a tirar, tal vez salga del cañón la carga para cuando los pájaros levanten el vuelo.

 

—¡Ja, ja, ja! —dejó escapar Mr. Weller.

 

—Sam —dijo Mr. Pickwick, compadeciendo a sus azorados y confusos amigos.

 

—Sir.

 

—No te rías.

 

—Descuide, sir.

 

Y por vía de satisfacción hacia los pobres cazadores, ocultó Mr. Weller tras de la carretilla las contorsiones de su rostro, para exclusivo regocijo del muchacho de las vendas de cuero, que rompió a su vez en una estrepitosa carcajada y que recibió el correctivo sumarísimo de un bofetón del alto guarda, que a su vez necesitaba un pretexto para disimular su propio regodeo, volviéndose hacia otro lado.

 

—¡Bravo, amigo! —dijo Wardle a Mr. Tupman—. Usted ha disparado ahora, sea como sea.

 

—¡Oh, sí! —replicó Mr. Tupman, con orgulloso continente—. Le di gusto al dedo.

 

 

 

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—Bien hecho; usted atinará ahora, si afina la vista. ¿Es muy fácil, verdad?

 

—Sí, es muy fácil —dijo Mr. Tupman—. Pero qué daño hace en el hombro. A poco me tira de espaldas. Yo no tenía idea de que estas escopetillas daban tan fuerte culatazo.

 

—¡Ah! —dijo sonriendo el viejo—; ya se acostumbrará usted con el tiempo. Ahora... alerta... ¿Marcha bien la carretilla?

 

—Perfectamente, sir —replicó Mr. Weller.

 

—Adelante, pues.

 

—Agárrese, sir —dijo Sam, levantando la carretilla.

 

—¡Ale, ale! —replicó Mr. Pickwick.

 

Y reanudaron la marcha con toda la presteza requerida.

 

—Quédese atrás con la carretilla —gritó Wardle, luego que se hizo pasar el vehículo al otro lado de la cerca, y ya colocado nuevamente en su sitio Mr. Pickwick.

 

—Bien, sir —respondió Mr. Weller.

 

—Winkle —dijo el viejo—, sígame ahora, y no se retrase esta vez.

 

—Descuide —dijo Winkle—. ¿Están ya de muestra?

 

—No, no; todavía, no. Ahora, poco a poco.

 

Siguieron andando despacio, y despacio hubieran avanzado si Mr. Winkle, a consecuencia de una complicada maniobra ejecutada con su escopeta, no hubiera disparado sin querer, en el más crítico instante, cuando tenía el cañón precisamente sobre la cabeza del chico y apuntando exactamente al mismo sitio en que habría estado la del alto guarda, de ocupar el lugar del mozo.

 

—Caramba, ¿pero a qué viene ahora eso? —dijo Wardle, en tanto que los pájaros volaban ilesos.

 

—En mi vida he visto una escopeta como ésta —replicó el pobre Winkle, mirando al disparador, como si esto de algo sirviera—. Se dispara cuando le da la gana.

 

—¡Cuando le da la gana! —repitió Mr. Wardle, con acento de reprimido enojo—.

 

Ojalá le diera la gana de matar algo.

 

—Ya matará dentro de poco, sir —observó el guarda en tono quedo y profético. —¿Qué quiere usted decir con eso, sir? —inquirió Mr. Winkle amostazado. —No se preocupe, no se preocupe, sir —replicó el alto guarda—; yo no tengo

 

familia, sir, y a la madre de este chico ya le dará alguna cosa importante sir Geoffrey por haber muerto su hijo en la finca. Cargue, cargue otra vez, sir.

 

—Que le quiten la escopeta —gritó desde la carretilla Mr. Pickwick, poseído del más hondo terror, ante la insinuación profética del guarda—. Que le quiten la escopeta, ¿oyen?

 

Ninguno se decidió a obedecer la orden, y después de lanzar Mr. Winkle sobre Mr. Pickwick una mirada rencorosa, cargó de nuevo su escopeta y siguió a los demás.

 

 

 

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Ateniéndonos al autorizado testimonio de Mr. Pickwick, hemos de dejar sentado que los procedimientos de Mr. Tupman denotaban mucha mayor prudencia y más cautela que los seguidos por Mr. Winkle. Pero esto en nada merma la gran autoridad del último en materias cinegéticas, ya que, según hace observar con admirable perspicacia Mr. Pickwick, viene ocurriendo desde tiempo inmemorial que los más grandes y sagaces filósofos, aun hallándose asistidos de todas las claridades de la ciencia en cuestiones de teoría, se han visto en la imposibilidad de llevarlas a la práctica.

 

El sistema de Mr. Tupman, como la mayoría de nuestros más sublimes descubrimientos, era de una sencillez extremada. Con la rapidez y penetración características de todo hombre de genio, se había hecho cargo desde el primer momento de que los dos puntos más importantes que precisaba resolver eran: primero, disparar sin herirse a sí mismo, y segundo, hacerlo sin peligro de los acompañantes. De manera que, una vez solventada la dificultad fundamental de disparar, lo que había que hacer era cerrar bien los ojos y hacer fuego al aire.

 

Procediendo Mr. Tupman de esta suerte, una de las veces, al abrir los ojos, vio una hermosa perdiz en el momento de caer herida al suelo. Disponíase a felicitar a Mr. Wardle por su constante acierto, cuando este mismo caballero se le acercó y le estrechó la mano calurosamente.

 

—Tupman —dijo el viejo—, ¿ha elegido usted ese pájaro?

 

—No —dijo Mr. Tupman—, no.

 

—Sí —dijo Wardle—, le he visto a usted hacerlo... vi cómo la escogía usted... me fijé en que levantó usted la escopeta expresamente para ella, y he de añadir que no lo hubiera hecho mejor el tirador más consumado. Es usted veterano en esto; más de lo que yo pensaba, Tupman; no es la primera vez.

 

Fue inútil que afirmara Mr. Tupman, sonriendo, no haberlo hecho nunca. La misma sonrisa fue interpretada como prueba evidente de lo contrario, y desde aquel momento quedó consolidada su reputación. No era la única reputación que se conquista a tan poca costa, ni estas venturosas circunstancias se concitan solamente en las cacerías de perdices.

 

Entre tanto Mr. Winkle disparaba, flameaba y lanzaba humo por doquier sin obtener ningún resultado material digno de registrarse; a veces lanzaba la carga al aire, y otras la enviaba tan a ras del suelo, que ponía en situación sumamente precaria las vidas de los dos perros. En cuanto a originalidad en sus normas de caza, era curioso y variadísimo; como ejemplo de puntería, tal vez, en definitiva, constituyera un fracaso. Es un axioma establecido el de que «cada bala tiene su blanco». Mas si se aplica en todas sus partes al arte de la caza, es indudable que las de Mr. Winkle se veían privadas de sus derechos reconocidos y se perdían en el aire yendo a parar a cualquier sitio.

 

 

 

 

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—Bien —dijo Mr. Wardle, marchando al lado de la carretilla y enjugando los chorros de sudor que le brotaban de su faz risueña—. ¿Día sofocante, verdad?

—Así es, en efecto —replicó Mr. Pickwick—. El sol calienta horriblemente hasta a mí mismo. No sé cómo pueden ustedes soportarlo.

 

—¡Bah! —dijo el viejo caballero—, calor agradable. Pero son más de las doce. ¿Ve usted aquel verde montecillo?

 

—Perfectamente.

 

—¡Aquél es el sitio en que vamos a comer!; ¡y, por Júpiter, que allí está el muchacho con la cesta, puntual como un reloj!

 

—Allí está —dijo Mr. Pickwick, resplandeciendo de alegría—. Buen chico. Le voy a dar un chelín en seguida. Sam, vamos allá.

 

—Agárrese, sir —dijo Mr. Weller, animado con la esperanza del refrigerio—. Paso, joven de las correas. Si en algo estimas mi preciosa vida, no me hagas volcar, como decía el caballero al cochero que le conducía a Tyburn.

 

Y apresurando su marcha hasta convertirla en carrera, condujo Mr. Weller a su amo rápidamente al verde montecillo, le depositó con destreza junto a la cesta y procedió a vaciarla con la mayor diligencia.

 

—Empanada de ternera —se dijo a sí mismo Mr. Weller, mientras disponía sobre la hierba los comestibles—. Es una gran cosa la empanada de ternera cuando se conoce la señora que lo ha hecho y se está seguro de que no es de gato; aunque después de todo nada importa cuando se parecen tanto a las de ternera que ni el mismo que las hace nota luego la diferencia.

 

—¿No la nota, Sam? —dijo Mr. Pickwick.

 

—No, sir —respondió Sam, llevándose la mano al sombrero—. Yo viví en la misma casa que uno de estos salchicheros, sir, y era un hombre notable... Un mozo listo... Hacía empanadas de todo lo que podía. «¿Cuántos gatos tiene usted, Mr. Brooks?», le dije, cuando ya me hice íntimo de él. «¡Ah!», dijo, «tengo muchos». «A usted deben gustarle mucho los gatos», le dije. «No sólo a mí», me dijo, «pero su época es el invierno». «¿No es ahora tiempo de ellos?», dije. «No», dijo; «cuando viene la fruta, nada de gatos». «¿Cómo? ¿Qué dice usted?», le dije yo. «¿Que qué digo?», dijo él. «Que yo no les hago el juego a los carniceros para mantener elevado el precio de la carne. Mr. Weller», dijo, apretando mi mano muy fuerte y hablándome por lo bajo, «no se lo diga usted a nadie; pero todo consiste en el condimento. Todo se hace con esos nobles animales», me dijo señalando a un gatillo, «y yo hago con ellos vaca, riñones o ternera, según lo que pide el público. Y más aún», dijo: «¡Yo puedo hacer ternera de vaca, o vaca de riñones y carnero con cualquiera de esas cosas a los tres minutos de pedírmelos, según el mercado y los cambios del gusto!».

 

—Debía de ser un joven de recursos ese mozo, Sam —dijo Mr. Pickwick con un ligero estremecimiento.

 

 

 

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—Sí que lo era, sir —dijo Mr. Weller, prosiguiendo su tarea de desocupar la cesta —; y las empanadas eran magníficas. Lengua; esto es muy bueno, siempre que no sea de mujer. Pan... jamón; parece pintado... Fiambre de vaca en lonjas, muy bien. ¿Qué hay en esas dos bombonas de barro, joven alfeñique?

 

—En una, cerveza —dijo el muchacho, sacando de su mochila dos canecos atados por una correa—, y en la otra, ponche frío.

 

—He aquí una comida bien dispuesta —dijo Mr. Weller, echando una ojeada de satisfacción sobre los manjares preparados—. Ahora, caballeros, a ellos, como dijo el inglés al francés cuando calaron las bayonetas.

 

No fue precisa la segunda llamada para que los excursionistas hicieran a la comida cumplida justicia, ni tampoco se hicieron rogar mucho Mr. Weller, el corpulento guarda y el muchacho para sentarse en la hierba, no lejos de los cazadores, y dar buena cuenta de la considerable porción de viandas que se les entregó. Un roble secular proporcionaba al grupo gratísima sombra, y una hermosa perspectiva de siembras y prados, interrumpida de trecho en trecho por setos verdeantes y exornada de bosques, tendíase ante ellos.

 

—Esto es delicioso, deliciosísimo —dijo Mr. Pickwick, cuyo expresivo semblante empezaba a despellejarse por la solanera.

 

—Lo es, lo es, querido amigo —replicó Wardle—. Vamos, una copita de ponche. —Con mucho gusto —dijo Mr. Pickwick, cuya faz mostró después de beberlo

 

una satisfacción que abonaba la sinceridad de su respuesta.

 

—Bueno —dijo Mr. Pickwick, chasqueando sus labios—, muy bueno; voy a tomar otra. Fresco, muy fresco. Ea, señores —prosiguió Mr. Pickwick, sin soltar el caneco—, vaya un brindis. Por nuestros amigos de Dingley Dell.

 

Efectuóse la libación entre aclamaciones atronadoras.

 

—Voy a decir a ustedes lo que pienso hacer para recobrar mis facultades de tirador —dijo Mr. Winkle, que estaba comiendo pan y jamón con un cuchillo—. Voy a colocar en lo alto de un palo una perdiz de trapo y practicar sobre ella, empezando por cortas distancias y aumentando gradualmente. Me parece que es un admirable sistema.

 

—Yo sé de un caballero, sir —dijo Mr. Weller—, que hizo eso mismo, y empezó colocándose a dos varas; pero no lo pudo repetir, porque al primer tiro desapareció el pájaro sin que nadie viera una sola pluma después.

 

—Sam —dijo Mr. Pickwick.

 

—Sir —respondió Mr. Weller.

 

—Haz el favor de reservar tus anécdotas para cuando se te pidan.

 

—Descuide, sir.

 

Entonces Mr. Weller guiñó el ojo que no estaba oculto por el caneco de cerveza que en aquel momento se llevaba a los labios, con tan exquisito humorismo, que los

 

 

 

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dos chicos cayeron víctimas de tremendas convulsiones, y hasta el guarda se dignó sonreír.

 

—No hay que dudar de que es un ponche riquísimo —dijo Mr. Pickwick, mirando ávidamente hacia el caneco—, y el día es extremadamente caluroso... Tupman, amigo querido, ¿una copa de ponche?

 

—Encantado —replicó Mr. Tupman.

 

Después de esta copa, tomó otra Mr. Pickwick, con el exclusivo objeto de cerciorarse de si había en el ponche alguna cáscara de naranja, cosa que le desagradaba en extremo; y viendo que no la había, bebió otra copa a la salud del amigo ausente, sintiéndose luego imperiosamente obligado a proponer otra en honor del confeccionador incógnito del ponche.

 

Aquella interminable serie de copas produjo considerable efecto en Mr. Pickwick: su rostro centelleaba con las más luminosas sonrisas, jugaba la eutrapelia entre sus labios y parpadeaba en sus ojos la más franca alegría. Gradualmente dominado por la influencia del líquido excitante, reforzada por el calor, acometió a Mr. Pickwick el deseo vivísimo de recordar un canto que oyera en su infancia, y como fracasara en su intento, acudió para estimular su memoria a las copas de ponche, que por las apariencias dieron resultado contrario; porque no solamente hicieron imposible el recuerdo de las palabras del canto, sino que empezó a olvidar la articulación de las palabras y, por último, después de levantarse sobre sus piernas para dirigir a la concurrencia un discurso elocuente, se desplomó en la carretilla y se quedó dormido inmediatamente.

 

Arreglada la cesta y haciéndose cargo de la imposibilidad de despertar a Mr. Pickwick de su sopor, discutióse largamente acerca de si procedería que Mr. Weller transportase a su amo de nuevo o dejarle donde estaba hasta el regreso general. Decidióse esto último, y como la batida no había de exceder de una hora y solicitaba ávidamente Mr. Weller tomar parte en ella, resolvióse dejar a Mr. Pickwick dormido en la carretilla para recogerle a la vuelta. Así, pues, partieron, dejando a Mr. Pickwick roncar a placer bajo las sombras.

 

No hay que dudar que Mr. Pickwick hubiera continuado roncando bajo la sombra hasta el retorno de sus amigos o, a falta de esto, hasta que las negruras de la noche hubieran invadido el paisaje, siempre que al caballero se le hubiese dejado en paz. Pero no se le dejó en paz, y éste fue el contratiempo.

 

El capitán Boldwig era un cascarrabias con bufanda negra ajustada y sobretodo azul, que cuando se dignaba recorrer su propiedad se hacía acompañar de un grueso bastón con puño de bronce, de un jardinero mayor y de un subjardinero, ambos de mísero aspecto, a los cuales (claro es que no al bastón) daba sus órdenes el capitán Boldwig con la debida altanería y ferocidad: porque la cuñada del capitán Boldwig se había casado con un marqués, y la casa del capitán era una quinta, un feudo la

 

 

 

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propiedad y todo era aristocrático, poderoso y grande.

 

Aún no llevaba Mr. Pickwick media hora de sueño cuando el pequeño capitán Boldwig sobrevino escoltado por los dos jardineros, zancajeando con toda la presteza que su importancia y estatura le concedían; y al llegar al roble paróse el capitán Boldwig y lanzó un prolongado resoplido; contempló el panorama, como si el panorama le debiera honda gratitud por haberle honrado con su atención, hirió el suelo con su bastón y llamó al jardinero jefe:

 

—Hunt —dijo el capitán Boldwig.

 

—Mande, sir —dijo el jardinero.

 

—Que den un paso de rulo a esto mañana por la mañana... ¿Oye, Hunt? —Mande, sir.

 

—Y cuide de tenerme todo esto en orden... ¿lo oye usted, Hunt?

 

—Sí, sir.

 

—Y recuérdeme que hay que traer un cartel para los transgresores, para los furtivos y para toda esa ralea, con objeto de que no entre aquí esa gentuza. ¿Lo oye usted, Hunt, lo oye usted?

 

—No lo olvidaré, sir.

 

—Dispense, sir —dijo el otro, adelantándose, con la mano en el sombrero.

 

—¿Qué, Wilkins, qué quiere usted? —dijo el capitán Boldwig.

 

—Dispense, sir...; pero me parece que hoy ha habido gente aquí.

 

—¡Ah! —dijo el capitán, mirando fieramente a su alrededor.

 

—¿Sí? sir... me parece que han estado aquí comiendo, sir.

 

—¡Qué audacia han tenido! —dijo el capitán Boldwig advirtiendo las migajas y los restos que había esparcidos sobre la hierba—. ¡Aquí acaban de engullir su bazofia! ¡Me gustaría tener aquí a los vagabundos! —continuó el capitán empuñando el grueso bastón—. Me gustaría tener aquí a los vagabundos —acabó el capitán, colérico.

 

—Dispense, sir —dijo Wilkins—, pero...

 

—¿Pero qué? ¿Eh? —bramó el capitán.

 

Y siguiendo la dirección de la mirada tímida de Wilkins, toparon sus ojos con la carretilla de Mr. Pickwick.

 

—¿Quién es usted, granuja? —dijo el capitán, administrando varios bastonazos a Mr. Pickwick—. ¿Cómo te llamas?

 

—Ponche frío —murmuró Mr. Pickwick, volviendo a dormirse en seguida.

 

—¿Cómo? —preguntó el capitán Boldwig. No hubo respuesta.

 

—¿Cómo dijo que se llamaba? —interrogó el capitán.

 

—Creo que Ponche, sir —respondió Wilkins.

 

—Eso es una insolencia, una abominable insolencia —dijo el capitán Boldwig—. Ahora se hace el dormido —añadió el capitán, ciego de ira—. Está borracho; es un

 

 

 

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aldeano borracho. Llévatelo, Wilkins, llévatelo en seguida en la carretilla.

 

—Pero, ¿adónde he de llevarlo? —preguntó Wilkins, con gran timidez.

 

—Llévatelo al diablo —replicó el capitán Boldwig.

 

—Muy bien, sir —dijo Wilkins.

 

—Aguarda —dijo el capitán.

 

Wilkins se detuvo.

 

—Llévatelo —dijo el capitán—, llévatelo al Pound, y ya veremos si se llama Ponche cuando vuelva en sí. Ése no juega conmigo. Llévatelo.

 

Acarreado fue Mr. Pickwick, en cumplimiento de este imperioso mandato, y sofocado de indignación continuó su paseo el gran capitán Boldwig.

 

Fue indescriptible el asombro de los cazadores cuando al volver se encontraron con que había desaparecido Mr. Pickwick y que se había llevado con él la carretilla.

 

Era lo más inexplicable y misterioso que podría concebirse. El que un hombre cojo hubiera logrado sostenerse sobre sus piernas, sin saber cómo, era ya bastante extraordinario; pero que se hubiera ido con la carretilla, por vía de pasatiempo, resultaba verdaderamente milagroso. Buscaron por todos los rincones y escondrijos, colectiva y separadamente; gritaron, silbaron, rieron, llamaron; pero todo fue en vano. Mr. Pickwick no aparecía. Después de algunas horas de infructuosas pesquisas, llegaron a la desesperada conclusión de que no tenían más remedio que volverse a casa sin Mr. Pickwick.

 

Entre tanto Mr. Pickwick era acarreado al Pound y allí depositado en seguridad, profundamente dormido en la carretilla, con inenarrable regocijo y satisfacción, no sólo de la chiquillería del pueblo, sino de las tres cuartas partes de la población, que habíase agolpado en espera del despertar del caballero. Y si el solo hecho de verle en la carretilla había excitado tan intenso alborozo, cuánto no se redoblaría el entusiasmo cuando, después de producir unos cuantos gritos inarticulados de «¡Sam!», se incorporó en la carretilla y contempló con estupefacción inefable las caras que le rodeaban.

 

Una general aclamación fue la señal de que se había despertado, y su maquinal interrogación «¿qué pasa?» ocasionó otra más ruidosa, si cabe, que la primera.

 

—¡Vaya una juerga! —rugió el populacho.

 

—¿Dónde estoy? —exclamó Mr. Pickwick.

 

—En el Pound —replicó la canalla.

 

—¿Cómo vine aquí? ¿Qué hacía yo? ¿De dónde me han traído? —¡Boldwig! ¡El capitán Boldwig! —fue la única respuesta que obtuvo. —Déjenme salir —gritó Mr. Pickwick—. ¿Dónde está mi criado? ¿Dónde están

 

mis amigos?

 

—No tiene usted amigos aquí. ¡Hurra!

 

Entonces vino sobre él un nabo, luego una patata y por fin un huevo, entre otras

 

 

 

 

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suaves manifestaciones de la jocosa disposición de la fiera multicéfala.

 

Cuánto hubiera durado esta escena y cuánto hubiera sufrido Mr. Pickwick no es para dicho, si un carruaje, que velozmente se acercaba, no se hubiese detenido en aquel punto, apeándose de él el viejo Wardle y Sam; el primero de los cuales en mucho menos tiempo del que se necesita para escribirlo, y casi para leerlo, se hizo paso hasta llegar a Mr. Pickwick y le llevó al vehículo, mientras que el último daba por terminado el tercero y postrer asalto de los que constituyeron el singular combate trabado con el guardia municipal.

 

—¡A la justicia con ellos! —gritó una docena de voces.

 

—A escape —dijo Mr. Weller, saltando al pescante—. Mis saludos... los saludos de Mr. Weller... a la justicia, y dígale que le he hecho unas cuantas caricias al guardia, y que si pone uno nuevo para mañana, volveré también a acariciarle. Arrea, amigo.

 

—Voy a dar órdenes para entablar una demanda por detención arbitraria contra este capitán Boldwig, en cuanto llegue a Londres —dijo Mr. Pickwick al salir del pueblo el carruaje.

 

—Es que, según parece, nos habíamos metido en vedado —dijo Wardle.

 

—No importa —dijo Mr. Pickwick—, entablaré la demanda.

 

—No, no lo hará usted —dijo Wardle.

 

—Sí que lo haré.

 

Mas como se dibujase un gesto festivo en la cara de Wardle, reprimióse Mr.

 

Pickwick y dijo:

 

—¿Por qué no?

 

—Porque —dijo el viejo Wardle, tratando de ahogar una carcajada—, porque podrían volverse contra alguno de nosotros y decir que había bebido demasiado ponche frío.

 

Fuera el que fuera el efecto producido, se dejó ver una sonrisa en la cara de Mr. Pickwick; la sonrisa aumentó hasta convertirse en risa; la risa en carcajada, y ésta se hizo general. Para no perder el buen humor, hicieron alto al llegar a la primera venta que encontraron en la carretera y pidieron para todos aguardiente y agua y una copa de algo más fuerte para Mr. Samuel Weller.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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20.    En el que se demuestra que Dodson y Fogg eran hombres de negocios, y sus pasantes, hombres de placer; y se describe la entrañable entrevista celebrada entre Mr.

 

Weller y su padre, al que no había visto hacía largo tiempo; se muestran los selectos entendimientos que se reunían en La Urraca y se anuncia el admirable capítulo

 

siguiente

 

 

En el piso bajo de una inmunda casa situada en el confín de Freemads Court, Cornhill, se hallaban sentados los cuatro pasantes de los señores Dodson y Fogg, procuradores de Su Majestad en el Banco del Rey y Pleitos Generales de Westminster y del Supremo Tribunal de la Cancillería: los mencionados pasantes, en el curso de sus tareas diarias, recibían los bienhechores rayos del sol y la luz del cielo poco más o menos que como un hombre que se hallara colocado en el fondo de un pozo bastante profundo, sin la ventaja de ver las estrellas por el día, que este último disfruta.

 

El despacho de los pasantes de los señores Dodson y Fogg era una oscura y húmeda estancia dividida por un alto tabique de manera que ocultaba a los pasantes de las miradas del vulgo: un par de sillas viejas de madera, un reloj de sonoro tictac, un almanaque, un paragüero, un perchero y unas cuantas estanterías, en las que se hallaban depositados varios paquetes de papeles sucios, viejas cajas de madera con etiquetas de papel y varios deteriorados tinteros de diversas formas y tamaños. Había una puerta de cristales, que se abría al pasillo que al patio conducía, y al otro lado de esa puerta apareció Mr. Pickwick, seguido de Sam Weller, en la mañana siguiente a la ocurrencia que queda fielmente relatada en el último capítulo.

 

—Pase usted. ¿Es que no puede entrar? —dejó oír una voz del otro lado del tabique divisor, en respuesta al discreto golpe dado en la puerta por Mr. Pickwick.

 

Éste y Sam Weller entraron en el despacho.

 

—¿Están Mr. Dodson y Mr. Fogg, sir? —preguntó amablemente Mr. Pickwick, adelantándose, sombrero en mano, hacia el tabique.

 

—Mr. Dodson no está, y Mr. Fogg se halla ocupado —respondió la voz.

 

Y al propio tiempo, la cabeza cuya era la voz surgió por encima de la división con una pluma detrás de la oreja, y dirigió una mirada a Mr. Pickwick.

Era una rala cabeza, cuyos exiguos restos capilares partíanse en una raya escrupulosamente abierta hacia un lado y estaban aplastados con pomada, retorciéndose en dos rabos semicirculares, que orlaban una achatada faz, exornada por dos pequeños ojuelos y guarnecida de un cuello sucio y de una maltrecha corbata negra.

 

 

 

 

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—Mr. Dodson no está en casa, y Mr. Fogg se halla ocupado —dijo el hombre a quien la voz pertenecía.

 

—¿Cuándo volverá Mr. Dodson, sir? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—No puedo decirle.

 

—¿Tardará mucho en desocuparse Mr. Fogg?

 

—No lo sé.

 

En esto, procedió el hombre a arreglar su pluma con gran prolijidad, mientras que otro pasante, que a la sazón mezclaba polvos de Seidlitz por debajo de la tapadera de su pupitre, sonreía asintiendo.

 

—Estoy por esperar—dijo Mr. Pickwick.

 

No obtuvo respuesta; por lo cual Mr. Pickwick se sentó sin que nadie se lo dijera y se puso a escuchar el ruidoso tictac del reloj y el murmullo de la conversación de los pasantes.

 

—¿Fue un juerga, verdad? —dijo uno de ellos, que vestía levita castaña con botones de latón, entintados pantalones y botas de cuero tosco, al final de una inaudita reseña de sus aventuras de la pasada noche.

 

—Magnífica... —dijo el hombre de los polvos de Seidlitz.

 

—Presidió Tomás Commins —dijo el hombre de la levita castaña—. Eran las cuatro y media cuando llegué a Somers Town, y estaba tan atrozmente borracho, que no encontraba medio de meter la llave en la cerradura, y tuve que llamar a la vieja. No quiero pensar lo que diría el viejo Fogg si lo supiera. Me hubiera dado el hatillo, creo... ¿eh?

 

Los pasantes rieron a coro esta festiva observación.

 

—No ha sido menuda la que ha tenido Fogg aquí esta mañana —dijo el hombre de la levita castaña— mientras que Jacobo estaba arriba sacando los papeles y vosotros dos habíais ido al Timbre. Estaba aquí Fogg abriendo las cartas, cuando vino ese muchacho de la demanda contra Camberwell, ya sabéis... ¿Cómo se llama?

 

—Ramsey —dijo el pasante que se había dirigido a Mr. Pickwick.

 

—Sí, Ramsey... ese gran parroquiano de mísero aspecto. «¿Qué hay, sir?», dice el viejo Fogg, mirándole fijamente, ya sabéis cómo las gasta. «Bien, sir, ¿viene usted a liquidar?» «Sí, a eso vengo, sir», dijo Ramsey, llevándose la mano al bolsillo y sacando el dinero; «cinco libras y media la deuda, y las costas tres libras con cinco: aquí está todo sir», y suspiraba como una fragua al sacar el dinero, que traía envuelto en un pedazo de papel secante. Miró el viejo Fogg primero al dinero y después a él, y en seguida sacó esa tosecilla peculiar, por la que comprendí que tramaba algo. «¿No sabe usted que se ha registrado una declaración que aumenta las costas?», dijo Fogg. «¿Cómo es eso, sir?», dijo Ramsey, quedándose de una pieza. «Hasta anoche no expiró el plazo, sir.» «No importa», dijo Fogg, «mi pasante ha ido ahora mismo a registrarla. Mr. Wicks, ¿no acaba de ir Mr. Jackson a registrar esa declaración del

 

 

 

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asunto Bullman y Ramsey?» Claro está que yo dije que sí, y Fogg tosió otra vez y se quedó mirando a Ramsey. «¡Dios mío!», dijo Ramsey. «Después de haberme vuelto loco para arañar ese dinero, no sirve para nada.» «Para nada», dijo Fogg, con frialdad; «lo que debe usted hacer es volver a arañar algún dinero más y traerlo oportunamente.» «No puedo, ¡por Dios!», dijo Ramsey golpeando el pupitre con el puño. «Nada de bravatas, sir», dijo Fogg, simulando enfadarse. «Si no digo nada, sir», dijo Ramsey. «Sí», dijo Fogg; «salga usted, sir, salga de este despacho, y vuelva, sir, cuando aprenda a conducirse bien». Ramsey trató de decir algo, pero no le dejó Fogg, por lo cual se metió el dinero en el bolsillo y salió renqueando. Apenas se cerró la puerta, se volvió hacia mí Fogg con una dulce sonrisa en su cara, y sacó la declaración del bolsillo de su levita. «Wicks», dijo Fogg, «tome un coche y vaya en seguida al Temple para que registren esto. Las costas están garantizadas, por ser un hombre acomodado, de familia numerosa, que tiene un salario de veinticinco chelines semanales, y si nos trae un pagaré de un procurador, como tendrá que hacerlo al cabo, estoy seguro de que sus patronos lo pagarán; así es que podemos sacarle lo que queramos, Mr. Wicks, y es una acción cristiana, Mr. Wicks; porque con la familia que tiene y los cortos ingresos de que dispone no está de más que le demos una lección por haber contraído una deuda, ¿verdad, Mr. Wicks?»; y sonreía tan candorosamente al marcharse, que era un encanto verle. «Es un hombre de negocios admirable», dijo Wicks, revelando la más profunda admiración. «¿Verdad que es admirable?»

 

Los otros tres suscribieron esta opinión con toda su alma, y la anécdota promovió regocijo inmenso.

 

—Qué hombre tan encantador, sir —murmuró Mr. Weller a su amo—; qué bien maneja la farsa, sir.

 

Asintió con la cabeza Mr. Pickwick y tosió para llamar la atención del joven que estaba detrás del tabique, el cual, después de haber permanecido atento al coloquio de los pasantes, se dignó volver a ocuparse del visitante.

 

—¿Estará ya libre Fogg? —dijo Jackson.

 

—Voy a ver —dijo Wicks, apeándose negligentemente de su taburete—. ¿A quién anuncio a Mr. Fogg?

 

—Pickwick —replicó el ilustre protagonista de estas memorias.

 

Subió con el recado Mr. Jackson y volvió en seguida diciendo que Mr. Fogg recibiría a Mr. Pickwick dentro de cinco minutos; después de lo cual se acomodó de nuevo en su pupitre.

 

—¿Cuál era su nombre? —murmuró Wicks.

 

—Pickwick —replicó Jackson—: es el demandado del asunto Bardell y Pickwick. De pronto se oyó un arrastre de pies, mezclado con el ruido de carcajadas

 

reprimidas, por detrás del tabique.

 

—Le están tomando el pelo, sir —murmuró Mr. Weller.

 

 

 

 

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—¿Tomándome el pelo, Sam? —replicó Mr. Pickwick—. ¿Qué es eso de tomarme el pelo?

 

Mr. Weller se limitó a responder señalando hacia atrás con el pulgar, y levantando la cabeza Mr. Pickwick, sorprendió el hecho divertido de que los cuatro pasantes, con sus caras llenas de regocijo y con sus cabezas asomadas por encima del tabique, dedicábanse a curiosear la figura y aspecto del presunto malabarista de femeninos corazones y perturbador de la felicidad de las mujeres. Al levantar la suya Mr. Pickwick, desapareció repentinamente la fila de cabezas y se oyó inmediatamente un furioso ruido de plumas que garabateaban el papel.

 

Un súbito campanillazo hizo a Mr. Jackson encaminarse al despacho de Fogg, de donde volvió para decir que éste esperaba a Mr. Pickwick si quería subir a su despacho.

 

Subió Mr. Pickwick, en consecuencia, dejando abajo a Sam Weller. En la puerta del despacho aparecían rotuladas en caracteres legibles las imponentes palabras: «Mr. Fogg»; y después de llamar y de recibir licencia para entrar, introdujo Jackson a Mr. Pickwick.

 

—¿Está Mr. Dodson? —preguntó Mr. Fogg.

 

—Acaba de llegar, sir —replicó Jackson.

 

—Dígale que suba.

 

—Voy, sir.

 

Retiróse Jackson.

 

—Tome asiento, sir —dijo Fogg—. Allí está el escrito, sir; mi socio vendrá en seguida, y hablaremos del asunto, sir.

 

Mr. Pickwick tomó asiento y un periódico; pero, en vez de leer, empezó a mirar por encima de éste y echó una ojeada al hombre de negocios, que era un viejo con la cara salpicada de granos, de aspecto de vegetariano, y que vestía levita negra, pantalón de oscura mezclilla y cortas polainas negras; un ser que parecía formar parte del pupitre en que escribía y compartir el pensar y sentir de este artefacto.

 

Al cabo de unos minutos de silencio, Mr. Dodson, que era un hombre gordo, grasiento, de severo continente y voz dominante, entró en la habitación y dio principio el diálogo.

 

—Éste es Mr. Pickwick —dijo Mr. Fogg.

 

—¡Ah! ¿Es usted el demandado en el asunto Bardell-Pickwick? —dijo Dodson.

 

—Yo soy—respondió Mr. Pickwick.

 

—Bien, sir —dijo Dodson—. ¿Y qué es lo que usted propone?

 

—¡Eso es! —dijo Fogg, metiéndose las manos en los bolsillos de su pantalón y retrepándose en su silla—. ¿Qué es lo que usted propone, Mr. Pickwick?

 

—¡Chist, Fogg! —dijo Dodson—. Déjeme oír a Mr. Pickwick.

 

—He venido, señores —dijo Mr. Pickwick, mirando plácidamente a los dos

 

 

 

 

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socios—, he venido, señores, a manifestar la sorpresa que me ha producido recibir su carta del otro día y a inquirir qué fundamentos tiene la demanda.

 

—Los fundamentos...

 

Era todo lo que se había permitido exponer Fogg cuando fue atajado por Dodson.

 

—Mr. Fogg —dijo Dodson—, voy a hablar.

 

—Dispense, Mr. Dodson —dijo Fogg.

 

—En cuanto a los fundamentos de la demanda, sir —prosiguió Dodson con aire de gran elevación moral—, consulte usted a su propia conciencia y a sus personales sentimientos. Nosotros, sir, nosotros nos guiamos exclusivamente por la afirmación de nuestro cliente. Esa afirmación, sir, puede ser cierta, o puede ser falsa; puede ser fidedigna, o puede no ser fidedigna; mas, si es cierta y si es fidedigna, no vacilo en decir, sir, que los fundamentos de nuestra demanda, sir, son fuertes e inconmovibles. Usted puede ser un infeliz, sir, o puede ser un hombre astuto; pero si se me requiriera como jurado sobre mi palabra, para emitir una opinión acerca de su conducta, sir, no vacilo en afirmar que no abrigaría acerca de ella más que una sola opinión.

 

Aquí se irguió Mr. Dodson, adoptando el continente de un hombre cuya virtud se siente ultrajada, y miró a Fogg, el cual metió aún más sus manos en los bolsillos, y moviendo su cabeza con aire de prudencia, dijo en tono de la más ferviente aprobación:

 

—Indudablemente.

 

—Bien, sir —dijo Mr. Pickwick, mostrando en su semblante la más viva contrariedad—, me permitirá usted que le asegure que yo soy el más inocente de los hombres por lo que a este asunto se refiere.

 

—No diré que no lo sea, sir —replicó Dodson—; confío en que puede usted serlo, sir. Si es usted en realidad inocente de lo que se le imputa, es usted el hombre más infortunado que en mi opinión pueda existir. ¿Qué le parece a usted, Mr. Fogg?

 

—Yo creo precisamente lo mismo que usted —replicó Fogg con sonrisa de incredulidad.

 

—El escrito, sir, que inicia la demanda —prosiguió Dodson— fue presentado en regla. Mr. Fogg, ¿dónde está el libro de registros?

 

—Aquí está —dijo Mr. Fogg, sacando un voluminoso libro con cubierta de pergamino.

 

—Aquí está la entrada —continuó Dodson—. «Middlesex, por orden de Marta Bardell, viuda, contra Samuel Pickwick. Indemnización, 1.500 libras. Apoderados de la demandante: Dodson y Fogg. Agosto, 28,1830.» Todo en regla, sir.

 

Tosió Dodson y miró a Fogg, que dijo: «Todo en regla». Luego ambos se quedaron mirando a Mr. Pickwick.

 

—¿Creo entender, por lo tanto —dijo Mr. Pickwick—, que tienen ustedes la intención de seguir la acción?

 

 

 

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—¿Cree entender, sir? Puede usted estar seguro —replicó Dodson, sonriendo todo cuanto se lo permitía su solemnidad.

 

—¿Y que la indemnización se ha fijado en mil quinientas libras? —dijo Mr.

 

Pickwick.

 

—A lo cual puede usted añadir la certeza de que, si hubiéramos podido influir sobre nuestro cliente, la indemnización se hubiera triplicado, sir —dijo Dodson.

 

—Y me parece haber oído decir a la señora Bardell —dijo Fogg, fijando sus ojos en Dodson— que no se contentaría con un penique menos.

 

—¡Ah!, indudablemente —replicó Dodson con gran severidad; pues debe advertirse que, hallándose el asunto muy al principio, no hubiera convenido en modo alguno facilitar que Mr. Pickwick llegara a una transacción, aunque estuviese dispuesto a ello—. En vista de que usted ni siquiera ofrece sus condiciones, sir —dijo Dodson, desplegando un pergamino que tenía en la mano derecha y entregando afectuosamente a Mr. Pickwick con la izquierda una copia del mismo—, creo favorecerle poniendo en sus manos una copia de este escrito, sir. Éste es el original, sir.

 

—Muy bien, señores, muy bien —dijo Mr. Pickwick, levantándose y montando en cólera al propio tiempo—: se entenderá con ustedes mi procurador, señores.

 

—Será para nosotros una dicha —dijo Fogg, frotándose las manos.

 

—Muy grande —dijo Dodson, abriendo la puerta.

 

—Y antes de marcharme, señores —dijo excitadísimo Mr. Pickwick, girando sobre sí mismo—, permítanme decirles que de todos estos miserables y canallescos procedimientos...

 

—Alto, sir, alto —interrumpió Dodson con gran compostura—. Mr. Jackson, Mr.

 

Wicks...

 

—Sir —dijeron los dos pasantes, asomándose por el fondo de la escalera.

 

—No quiero más sino que oigan lo que dice este caballero —replicó Dodson—. Siga, sir, se lo suplico... ¿Miserables y canallescos procedimientos ha dicho usted, creo?

 

—Sí —dijo Mr. Pickwick, indignándose progresivamente—. Dije, sir, que entre todos los miserables y canallescos procedimientos que hasta ahora se han seguido, es éste el peor. Lo repito, sir.

 

—¿Oye usted esto, Mr. Wicks? —dijo Dodson.

 

—¿No olvidará usted esas frases, Mr. Jackson? —dijo Fogg.

 

—Y aun puede que quiera usted llamarnos estafadores, sir —dijo Dodson—.

 

Dígalo, sir, si es que lo desea; dígalo, sir.

 

—Lo digo —dijo Mr. Pickwick—: son ustedes unos estafadores. —Muy bien —dijo Dodson—. ¿Oyen ustedes desde abajo, Mr. Wicks? —Sí, sir —dijo Wicks.

 

 

 

 

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—Lo mejor era que subiera usted uno o dos escalones, si es que no lo oye bien — exclamó Mr. Fogg—. Prosiga, sir, prosiga. Ya puede usted llamarnos ladrones, sir. O quién sabe si desearía pegar a uno de nosotros. Hágalo, sir... si así lo desea; no haremos la más pequeña resistencia. Hágalo, sir.

 

Colocóse provocativamente al alcance del puño crispado de Mr. Pickwick, y es indudable que hubiera este caballero complacido su anhelo vivísimo de no haber intervenido Sam, que, al oír la disputa, salió del despacho, subió las escaleras y detuvo el brazo de su amo.

 

—Salta usted en seguida —dijo Mr. Weller—. Es muy bonito el juego de raquetas y volantes, menos cuando es usted el volante y las raquetas dos abogados, porque entonces se hace demasiado irritante para ser divertido. Vamos, sir, si quiere usted desahogarse abofeteando a alguno, salga al patio y deme a mí un puñetazo; pero eso es demasiado caro para hacerlo aquí.

 

Y sin más ceremonias hizo Mr. Weller bajar a su amo las escaleras, cruzar el patio, y después de situarle ya en seguridad en Cornhill, le siguió, dispuesto a ir con él adonde quisiera llevarle.

 

Mr. Pickwick empezó a pasear distraídamente, cruzó por detrás de la Mansion House y enderezó sus pasos por Cheapside. Sam empezaba a preguntarse adónde se dirigían, cuando su amo se volvió, y dijo:

 

—Sam, voy en seguida a buscar a Mr. Perker.

 

—Ahí es precisamente adonde debía usted haber ido anoche, sir —repuso Mr.

 

Weller.

 

—Eso creo, Sam —replicó Mr. Pickwick.

 

—Ya lo sé yo —dijo Mr. Weller.

 

—Bien, bien, Sam —replicó Mr. Pickwick—, en seguida vamos; pero como me encuentro bastante sofocado, me gustaría primero tomar una copa de aguardiente con agua, Sam. ¿Dónde podré tomarla, Sam?

 

Era tan ilimitado y notable el conocimiento que tenía de Londres Mr. Weller, que replicó sin vacilar lo más mínimo:

 

—La segunda manzana a mano derecha... la penúltima casa de esta misma acera... siéntese junto a la mesa que hay al lado de la primera chimenea, porque ésa no tiene pata en medio, como las otras, lo que es muy molesto.

 

Mr. Pickwick ejecutó ciegamente las indicaciones de su criado, y ordenando a Sam que le siguiera entró en la taberna señalada, donde en un periquete le pusieron delante el aguardiente y el agua; en tanto que Mr. Weller, sentado a respetuosa distancia, aunque en la misma mesa de su amo, se las hubo con una pinta de cerveza.

 

Era el establecimiento de aspecto ordinario y tosco y veíase aparentemente favorecido por una parroquia de cocheros de punto; pues varios caballeros, que por su catadura debían de pertenecer a esta culta profesión, estaban bebiendo y fumando en

 

 

 

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diferentes mesas. Había entre ellos uno rubicundo y obeso, ya de alguna edad, sentado junto a una de las mesas opuestas, que atrajo la atención de Mr. Pickwick. Hallábase el hombre gordo fumando con gran avidez, pero entre cada media docena de bocanadas quitábase la pipa de la boca y miraba primero a Mr. Weller y luego a Mr. Pickwick. En seguida ocultaba en el vaso toda la parte de su rostro que en él cabía y nuevamente miraba a Sam y a Mr. Pickwick. Otra media docena de bocanadas con aire de honda meditación y otra mirada. Por último, el hombre gordo, levantando las piernas y apoyándose contra la pared, empezó a fumar incesantemente y a contemplar a los recién llegados a través del humo, como si hubiera tomado la resolución de mirarles hasta hartarse.

 

Las primeras evoluciones del hombre gordo habían escapado a la observación de Mr. Weller; mas como viese que los ojos de Mr. Pickwick se dirigían de cuando en cuando hacia aquel hombre, empezó a mirarle también, poniéndose la mano sobre los ojos, cual si quisiera reconocerle y se propusiera cerciorarse de su identidad. Pronto se disiparon sus dudas, porque el hombre gordo, después de producir con su pipa una espesa nube, dejó oír una ronca voz, que parecía un raro esfuerzo de ventriloquía, y que salía de la enorme bufanda que abrigaba su pecho y garganta, articulando estas palabras:

 

—¡Eh, Sammy!

 

—¿Qué es eso, Sam? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—Calle, no lo hubiera creído, sir —replicó Mr. Weller, con ojos de asombro—.

 

Es el viejo.

 

—¿El viejo? —dijo Mr. Pickwick—. ¿Qué viejo?

 

—Mi padre, sir —replicó Mr. Weller—. ¿Cómo va, viejo? Con una hermosa explosión de afecto filial preparó Mr. Weller las sillas de al lado para el hombre gordo, que se adelantaba a saludarle con la pipa en la boca y el vaso en la mano.

 

—¿Qué hay, Sammy? —dijo el padre—. Hace más de un año que no te veo. —Así es, viejo perdulario —replicó el hijo—. ¿Cómo está la madrastra?

 

—Te diré, Sammy —dijo Mr. Weller padre con gran solemnidad de ademanes—; no ha existido una mujer más encantadora, como viuda, que ésta con la que me he casado por segunda vez...; era una criatura amabilísima, Sam; lo que te puedo decir de ella es que era una viuda tan agradable, que ha sido una gran lástima que haya cambiado de estado. No sirve para esposa, Sammy.

 

—¿No, eh? —preguntó Mr. Weller hijo.

 

Y el anciano Weller movió su cabeza, replicando con un profundo suspiro.

 

—Me he precipitado, Sammy, me he precipitado. Toma ejemplo de tu padre, hijo mío, y ándate con cuidado con las viudas, sobre todo si han tenido establecimiento de bebidas, Sam.

 

Y después de pronunciar Mr. Weller padre este consejo paternal, en tono patético,

 

 

 

 

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encebó su pipa con el tabaco que llevaba en una caja de estaño, y sacudiendo las cenizas de la anterior provisión, empezó a fumar furiosamente.

—Dispense, sir —dijo, cambiando de conversación y dirigiéndose a Mr. Pickwick después de una breve pausa—; no se ofenderá, supongo, sir. ¡Me figuro que no habrá usted agarrado ninguna viuda, sir!

 

—Yo no —replicó Mr. Pickwick, riéndose.

 

Y en tanto que reía Mr. Pickwick, Mr. Sam Weller informó a su padre por lo bajo acerca de las relaciones que le ligaban a aquel caballero.

 

—Dispense, sir —dijo Mr. Weller padre, quitándose el sombrero—: espero que no habrá faltado en nada Sammy.

 

—Absolutamente en nada —dijo Mr. Pickwick.

 

—Encantado de oírle, sir —replicó el anciano—. Me costó muchos quebraderos de cabeza su educación, sir: dejarle correr por las calles cuando era pequeño y campar por sus respetos. Es el único medio de lograr que un chico se despabile, sir.

 

—Tal vez sea algo peligroso, creo yo —dijo Mr. Pickwick, con una sonrisa.

 

—Y no del todo seguro —añadió Mr. Weller—; el otro día me la dieron bien.

 

—¡Cómo! —dijo su padre.

 

—De verdad —dijo Sam.

 

Y procedió a contarle del modo más breve posible cómo se había dejado engañar por las estratagemas de Job Trotter. Escuchó Mr. Weller padre con la más profunda atención el relato, y dijo al acabar:

 

—¿No era uno de esos mozos delgado y alto, con pelos largos y con el habla muy atropellada?

 

Aunque no estuviera Mr. Pickwick muy seguro de la identidad de la referencia, dijo que sí a la ventura.

 

—¿No era el otro un muchacho de cabello negro, y no llevaba librea castaña, y no tenía una cabezota muy ancha?

 

—Sí, sir, él es —dijeron Mr. Pickwick y Sam, llenos de ansiedad.

 

—Entonces ya sé dónde están —dijo Mr. Weller—: los dos están en Ipswich perfectamente.

 

—¡Cómo! —dijo Mr. Pickwick.

 

—Sin duda —dijo Mr. Weller—, y les diré cómo lo he sabido. Yo llevo un coche de Ipswich de cuando en cuando sustituyendo a un amigo mío. Lo llevé precisamente el día siguiente de la noche en que usted cogió el reuma, y en El Negro de Chelmsford..., que era el sitio adonde ellos se habían dirigido, les tomé para Ipswich, donde el criado ese de la librea castaña me dijo que se quedarían por mucho tiempo.

 

—Voy a seguirle —dijo Mr. Pickwick—; después de todo, nos da lo mismo ver Ipswich que cualquier otra población. Voy a seguirle.

 

—¿Está usted seguro de que eran ellos, mi amo? —preguntó Mr. Weller hijo.

 

 

 

 

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—Completamente, Sammy, completamente —respondió su padre—; porque su aspecto es muy raro, además de que me extrañó la familiaridad que había entre amo y criado; y hay más, pues cuando se sentaron frente a frente en el coche les oí reírse y celebrar cómo se la habían dado al viejo soplón.

 

—¿Al viejo qué? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—Viejo soplón, sir; con lo cual no dudo que se referían a usted, sir.

 

No hay nada positivamente infamante u ofensivo en el apelativo de «soplón»; pero no es en modo alguno una designación halagüeña ni respetuosa. Habiéndose amontonado en el recuerdo de Mr. Pickwick, desde el momento en que empezara a hablar Mr. Weller, todos los ultrajes que había recibido de Jingle, sólo faltaba una pluma para hacer caer la balanza, y esta pluma fue la palabra «soplón».

 

—Le seguiré —dijo Mr. Pickwick, dando en la mesa un resuelto puñetazo.

 

—Yo tengo que bajar a Ipswich pasado mañana, sir —dijo el anciano Weller—, partiendo de El Toro de Whitechapel, y si usted piensa ir, podría hacerlo conmigo.

 

—Así lo haremos —dijo Mr. Pickwick—. Eso es; escribiré a Bury diciendo que vayan a buscarme a Ipswich. Iremos con usted. Pero no tenga prisa, Mr. Weller. ¿No quiere usted tomar algo?

 

—Es usted muy bueno, sir —replicó Mr. Weller, deteniéndose bruscamente—. Tal vez no estaría mal una copita de aguardiente a la salud de usted y por la suerte de Sammy, sir.

 

—Ya lo creo que no —replicó Mr. Pickwick—. ¡Eh, una copa de aguardiente aquí!

 

Sirvióse el aguardiente; y después de haberse mesado el cabello Mr. Weller, mirando a Mr. Pickwick, y de hacer con la cabeza a Sam un signo de inteligencia, vertió en su enorme garganta el contenido de la copa cual si hubiera sido el de un dedal.

 

—Bien, padre —dijo Sam—; cuidado, viejo, a ver si le repite su antiguo achaque de gota.

 

—Ya he encontrado para ella una cura magnífica, Sammy —dijo Mr. Weller, poniendo la copa en la mesa.

 

—¿Un remedio magnífico para la gota? —dijo Mr. Pickwick, sacando apresuradamente el cuaderno de notas—. ¿Cuál es?

 

—La gota, sir —replicó Mr. Weller—, la gota es un padecimiento que proviene del exceso de comodidad. Si alguna vez le atacara la gota, sir, cásese en seguida con una viuda que posea una voz bien fuerte y que sepa hacer uso de ella, y no volverá usted a sufrir de gota. Es una receta admirable, sir; yo la tomo con gran constancia, y puedo garantizar que aleja todas las enfermedades que se producen por la demasiada alegría.

 

Después de revelar este precioso secreto, apuró Mr. Weller otra copa, produjo un

 

 

 

 

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laborioso guiño, suspiró profundamente y se retiró con pausado andar.

 

—¿Qué piensas de lo que dice tu padre, Sam? —preguntó Mr. Pickwick, sonriendo.

 

—¡Qué pienso, sir! —replicó Mr. Weller—. Pues que es una víctima del matrimonio, como dijo el capellán de cámara de Barba Azul, al enterrarle, con lágrimas de compasión.

 

Sin haber obtenido respuesta este oportuno comentario, después de pagar Mr. Pickwick el consumo reanudó su paseo hacia Gray's Inn. Daban las ocho cuando llegó a las misteriosas arboledas del mencionado lugar, y la continuada serie de caballeros llenos de barro y de manchados sombreros blancos y raídos trajes que se derramaba hacia las diversas avenidas que de allí parten diole a entender que la mayoría de las oficinas se habían cerrado ya por aquel día.

 

Subiendo dos empinados tramos de inmundas escaleras, convencióse de que sus vaticinios eran exactos. La puerta exterior de la oficina de Mr. Perker estaba cerrada, y el mortal silencio que siguió a la repetida llamada de Mr. Weller demostró que los oficiales habían interrumpido sus tareas.

 

—Es una broma, Sam —dijo Mr. Pickwick—; pero no me importaría perder una hora con tal de verle; sé muy bien que no podría pegar los ojos en toda la noche si no tuviera la tranquilidad de haber confiado este asunto a un profesional.

 

—Aquí parece que viene una mujer, sir —replicó Mr. Weller—; tal vez ella sepa dónde podemos encontrar a alguno. Hola, buena señora, ¿dónde está la gente de Mr. Perker?

 

—La gente de Mr. Perker —dijo una flacucha y mísera vieja que en aquel momento se paraba a tomar resuello después de subir la escalera—, la gente de Mr. Perker se ha ido, y voy a limpiar ahora la oficina.

 

—¿Es usted la criada de Mr. Perker? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—Soy la lavandera de Mr. Perker —replicó la vieja.

 

—¡Ah! —dijo Mr. Pickwick medio aparte a Sam—. Es curioso, Sam, que en estas casas llamen lavanderas a las viejas. ¿Por qué será esto?

 

—Será porque tienen una repugnancia mortal a lavar cualquier cosa, me figuro, sir —replicó Mr. Weller.

 

—Nada me extrañaría —dijo Mr. Pickwick, contemplando a la vieja, cuya apariencia, así como el aspecto de la oficina, que ella acababa de abrir, denotaban una arraigada resistencia al empleo del agua y del jabón—. ¿Sabe usted dónde podría encontrara Mr. Perker, buena mujer?

 

—No, no lo sé —replicó la vieja, con aire gruñón—; está fuera.

 

—Es una desdicha —dijo Mr. Pickwick—. ¿Dónde está su pasante, sabe usted? —Sí, sé dónde está; pero no le agradaría que yo se lo dijese a usted —replicó la

 

lavandera.

 

 

 

 

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—Tengo con él un asunto muy importante —dijo Mr. Pickwick.

 

—¿No sería lo mismo por la mañana? —dijo la mujer.

 

—No sería lo mismo —replicó Mr. Pickwick.

 

—Bien —dijo la vieja—; si es algo muy importante, yo se lo diré a usted, pues creo que no habrá mal ninguno en ello. Si va usted ahora mismo a La Urraca y el Tronco y pregunta al del mostrador por Mr. Lowten, se lo enseñará, y ése es el pasante de Mr. Perker.

 

Con esta indicación y habiéndose informado poco después de que la hostería en cuestión estaba situada en una plazoleta, con la doble ventaja de hallarse en la vecindad del Clare Markert y casi a la espalda de New Inn, Mr. Pickwick y Sam bajaron la indecente escalera y se dirigieron en busca de La Urraca y el Tronco.

 

Esta favorecida taberna, templo de las nocturnas orgías de Mr. Lowten y sus compañeros, era lo que las gentes de baja estofa dirían un figón. Que el tabernero era un hombre metalizado probábalo sobradamente el hecho de haber subarrendado un chiscón que había debajo de una de las ventanas de la cantina, y que tanto por su forma como por su tamaño se asemejaba a una litera, a un zapatero remendón; y que era un ser de inclinaciones filantrópicas se evidenciaba por la protección que otorgaba a un pastelero, el cual, sin temor a las interrupciones del paso, vendía sus delicadas mercancías en la misma puerta de entrada. En las ventanas bajas, que se hallaban guarnecidas de cortinajes de color de azafrán, colgaban dos o tres cartelones impresos en los que se daba noticia de cierta sidra del Devonshire y de cierto aguardiente de Dantzig, mientras que en un gran cartón negro advertíase en letras blancas al público ilustrado que en las bodegas del establecimiento se encerraban 500.000 barriles de cerveza doble, llevando a la mente una impresión de incertidumbre, no del todo desagradable, acerca del emplazamiento que en los antros misteriosos de la tierra pudiera ocupar esta inmensa caverna. Si añadimos que la deteriorada muestra exterior exhibía la figura medio borrada de una urraca que miraba intencionadamente a un retorcido manchón pardo, que los vecinos habían aprendido a interpretar desde su infancia como un «tronco», hemos dicho todo lo pertinente al exterior del edificio.

 

Al acercarse Mr. Pickwick al mostrador, una mujer de avanzada edad surgió por detrás de un biombo y se puso delante del caballero.

 

—¿Está aquí Mr. Lowten, señora? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—Sí que está, sir —replicó la hostelera—. Oye, Carlitos, enseña a este caballero dónde está Mr. Lowten.

 

—El señor no puede ir en este momento —dijo un tosco mozalbete, escanciador, de faz roja— porque Mr. Lowten está cantando una canción cómica y le interrumpiría. En seguida acabará, sir.

 

No había acabado de hablar el rubicundo mozalbete, cuando un golpeteo unánime

 

 

 

 

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de mesas y el choque de las copas anunció que el canto había terminado, y Mr. Pickwick, dejando a Sam solazarse en la cantina, se hizo conducir a la presencia de Mr. Lowten.

 

Al oír el anuncio de que «un caballero desea hablarle, sir», un joven de rostro abotagado, que rebosaba de la silla que había a la cabecera de la mesa, miró con cierta extrañeza hacia donde la voz venía; extrañeza que no hubo de disminuir al encontrarse sus ojos con un individuo al que nunca había visto.

 

—Dispense, sir —dijo Mr. Pickwick—, y siento molestar a los otros señores, pero vengo con un asunto muy importante, y si me permite usted que le hable unos minutos en ese rincón, le quedaré muy agradecido.

 

Levantóse el abotagado joven, y acercando una silla a la que Mr. Pickwick ocupaba en un rincón de la estancia, se puso a escuchar atentamente la relación.

 

—¡Ah! —dijo el joven al concluir Mr. Pickwick—. Dodson y Fogg... gran práctica la suya... hombres de negocios, Dodson y Fogg, sir.

 

Admitió Mr. Pickwick lo de la gran práctica de Dodson y Fogg, y Lowten prosiguió:

 

—Perker está fuera y además no vendrá antes de fin de semana; pero si usted quiere sostener la demanda y me deja la copia, yo puedo hacer todo lo necesario hasta que él vuelva.

 

—A eso he venido precisamente —dijo Mr. Pickwick, entregándole el documento

 

—. Si ocurriera algo de particular, puede usted escribirme a la lista de Ipswich. —Perfectamente —replicó el pasante de Mr. Perker.

 

Y al ver que los ojos de Mr. Pickwick se dirigían curiosamente hacia la mesa, añadió:

 

—¿Quiere usted quedarse con nosotros un rato? Tenemos esta noche gran concurrencia: aquí está Samkin y el primer pasante de Green, Smithers y la cancillería de Price, y Pinkin y Thomas... canta admirablemente..., y Jacobo Bamder y otros muchos. ¿Llega usted del campo, supongo? ¿Quiere usted sentarse con nosotros?

 

No pudo Mr. Pickwick resistir esta ocasión tentadora que se le presentaba de estudiar la naturaleza humana. Se dejó conducir a la mesa, y después de haber sido presentado a la concurrencia, se sentó en una silla próxima a la del presidente y pidió una copa de su bebida favorita.

 

Prodújose un silencio completamente opuesto a lo que esperaba Mr. Pickwick. —¿No encuentra usted esto desagradable, verdad, sir? —dijo el vecino de la

 

derecha: un señor con camisa rayada y botones de mosaico, que tenía un cigarro en la boca.

 

—Nada de eso —replicó Mr. Pickwick—, me gusta mucho, aunque yo no soy fumador.

 

 

 

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—Yo sentiría mucho decir que no lo era —interrumpió otro de enfrente—. El tabaco es para mí la casa y la mesa.

 

Miró al que hablaba Mr. Pickwick y pensó que si además de eso fuera también el lavabo, no le viniera mal.

 

Otra vez se hizo el silencio. Mr. Pickwick era un extraño, y su llegada había sido para la asamblea un jarro de agua fría.

 

—Mr. Grundy va a obsequiar a la concurrencia con una canción —dijo el presidente.

 

—No —dijo Mr. Grundy.

 

—¿Por qué no? —dijo el presidente.

 

—Porque no puedo.

 

—Diga usted mejor que es porque no quiere —replicó el presidente.

 

—Bueno, pues porque no quiero —respondió Mr. Grundy. La resuelta negativa de Mr. Grundy a complacer a la compañía ocasionó un nuevo silencio.

—¿No hay nadie que quiera animar esto? —dijo el presidente, con desaliento. —¿Y por qué no nos alegra usted, señor presidente? —dijo un joven bigotudo y

 

estrábico con abierto cuello sucio, desde la cabecera de la mesa.

 

—Silencio, silencio —dijo el fumador de la pedrería de mosaico.

 

—Pues porque no sé más que una canción, y la he cantado ya, y cuesta una buena ronda de copas cantar dos veces lo mismo en una noche.

 

La excusa estaba justificadísima y se hizo de nuevo el silencio.

 

—He estado esta tarde, caballeros —dijo Mr. Pickwick, pretendiendo plantear un tema que todos habrían de entrar a discutir—, he estado esta tarde en un sitio en el que hace años no había estado y del que apenas conozco nada; me refiero, caballeros, a Gray's Inn. Estas antiguas casas de vecindad son rincones curiosos en una ciudad tan grande como Londres.

 

—¡Por Júpiter! —dijo por lo bajo el presidente a Mr. Pickwick—. Ha atinado usted con una cosa que por lo menos a uno de nosotros le va a hacer hablar por los codos. Va usted a sacar de sus casillas a Jacobo Bamder; no se le ha oído nunca hablar de otra cosa que de las mansiones y ha vivido en ellas solo, hasta volverse medio loco.

 

La persona aludida por Lowten era un hombrecito amarillento, cargado de hombros, cuya fisonomía, a causa del hábito de permanecer inclinado hacia delante mientras estaba callado, no había aún podido ver Mr. Pickwick. Maravillóse, pues, cuando el citado personaje levantó su arrugada faz para mirarle y fijó en él sus ojos grises, de que aquellas singulares facciones pudieran haber escapado a su atención un instante siquiera. Había en la cara de aquel hombre una mueca de perpetua sonrisa; apoyaba la barbilla en una larga y descarnada mano de uñas desmesuradas, y al torcer su cabeza a un lado y mirar de modo penetrante a través de sus tupidas pestañas

 

 

 

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grises, asumía su semblante una ruda expresión de astucia que le hacía verdaderamente repulsivo.

 

Tal era el tipo que se lanzó en aquel momento, prorrumpiendo en animado torrente de palabras. Mas como este capítulo se va haciendo largo y sea este viejo un personaje digno de atención, ha de constituir una deferencia para él y una ventaja para nosotros dejarle hablar por sí mismo en otro capítulo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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21.    En el cual se engolfa el viejo en su tema favorito y relata la historia de un raro cliente

 

—¡Ah! —dijo el anciano, cuyo tipo y maneras se han descrito brevemente en el último capítulo—. ¡Ah! ¿Quién habla por ahí de las covachas?

 

—Yo, sir —respondió Mr. Pickwick—, que estaba diciendo lo curiosos que son tales lugares.

 

—¡Usted! —dijo el anciano despectivamente—. ¿Qué sabe usted de los tiempos en que los muchachos se encerraban en esas estancias solitarias y leían y leían hora tras hora, noche tras noche, hasta que su razón empezaba a divagar a consecuencia del trabajo nocturno, hasta que se agotaban sus fuerzas mentales, hasta que llegaba la mañana, que no les traía refrigerio ni salud, y se aniquilaban en el sacrificio inhumano que hacían de sus energías juveniles a los áridos libros? Y acercándonos a más recientes épocas, a tiempos muy distintos de aquéllos, ¿qué sabe usted de la consunción progresiva, de la rápida depauperación ocasionada por la fiebre, como resultado de una vida de francachela y disipación que han sufrido muchos hombres en esos mismos recintos? ¿Cuántos no fueron los que solicitaron en vano la gracia de los curiales y que al salir de las oficinas de los magistrados, con el corazón desfallecido, buscaron el reposo en el Támesis, o asilo en la cárcel? No son ésas comunes mansiones. Si las tablas de los frisos se hallaran dotadas de memoria y de palabra y pudieran destacarse de los muros y contar su horroroso cuento... ¡La novela de la vida, sir, la novela de la vida! Aunque parezcan viviendas comunes, yo le aseguro a usted que son viejos lugares bien extraños, y que oiría mejor cualquier leyenda espeluznante que la historia verdadera de esas antiguas residencias.

 

Advertíase algo tan insólito en la brusca energía del viejo y en el tema esbozado, que Mr. Pickwick no pudo aprestar comentario en respuesta; y el viejo, refrenando su impetuosidad y reasumiendo la expresión habitual que le abandonara durante el exabrupto precedente, dijo:

 

—Mírelas ahora bajo otro prisma: bajo su aspecto más corriente y menos romántico. ¡Qué lugares de tortura lenta constituyen! Piense usted en el hombre indigente que ha consumido todos sus recursos y mendigado y hostigado a sus amigos para seguir una profesión que jamás habría de proporcionarle un pedazo de pan. La paciencia..., la esperanza..., el desaliento..., el temor..., la miseria..., la pobreza..., el fracaso de sus ilusiones; y como fin de su carrera..., el suicidio o la embriaguez desarrapada y asquerosa. ¿No digo bien?

 

Y el viejo se frotaba las manos y miraba complacido a su alrededor por haber logrado presentar desde un punto de vista nuevo su tema favorito.

 

Mr. Pickwick miraba al anciano con gran curiosidad, mientras que el resto de la concurrencia sonreía y guardaba silencio.

 

 

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—Hablar de esas universidades alemanas —dijo el viejecito—. ¡Puah, puah! Hay bastantes novelas en casa sin necesidad de andar media milla para buscarlas; pero la gente no piensa en ello nunca.

 

—Yo nunca pensé en los episodios relativos a eso, ciertamente —dijo sonriendo Mr. Pickwick.

 

—Ya lo creo que no —dijo el viejecito—, claro que no. Es lo que me decía un amigo mío: «¿Qué hay de particular en esas viviendas?. «Extraños lugares, le dije yo. «Nada de eso, dijo él. «Solitarios, dije yo. «Tampoco, dijo él. Y murió cierta mañana de apoplejía en el momento de abrir su puerta. Cayó de cabeza sobre el buzón, y allí quedó por espacio de ocho meses. Todo el mundo creía que había salido de la ciudad.

 

—¿Y cómo se le encontró al fin? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—Los administradores decidieron echar abajo la puerta, pues llevaba dos años sin pagar el alquiler. Así lo hicieron. Forzaron la cerradura, y en los brazos del portero, que abría la puerta, cayó un empolvado esqueleto con casaca azul y cortos pantalones negros con bajos de seda. Curioso, bastante curioso, ¿verdad?

 

El viejecito inclinó su cabeza y se frotó las manos con satisfacción inefable. —Conozco otro caso —dijo el viejecito, luego que terminaron sus ademanes de

 

contento—. Ocurrió en la casa Clifford. Era un inquilino de una buhardilla... Mal genio; se encerró en su dormitorio y tomó una dosis de arsénico. Creyó el mayordomo que había desaparecido; abrió la puerta y puso nueva cédula de alquiler; vino otro, tomó el cuarto, lo amuebló y allí se fue a vivir. No sabía lo que le pasaba, pero no podía dormir, por estar siempre inquieto y fatigado. «Es raro, dijo. «Utilizaré como dormitorio la otra habitación, y ésta para despacho. Hizo el cambio, y durmió muy bien aquella noche; pero advirtió de pronto que no podía leer por las tardes: se ponía nervioso y agitado, siempre estaba despabilando las luces y sobresaltado. «No puedo estar tranquilo, dijo al venir una noche del teatro y disponiéndose a beber un vaso de grog frío, de espaldas a la pared, con objeto de evitarse la preocupación de tener alguien detrás, «no puedo estar tranquilo. Y en esto se detuvieron sus ojos en una pequeña alacena que siempre había estado cerrada, y un estremecimiento cruzó todo su cuerpo. «Ya he experimentado antes esta rara sensación, dijo; «no puedo dejar de pensar que en esa alacena hay algo siniestro. Hizo un gran esfuerzo, se armó de valor, golpeó la cerradura con el hurgón, abrió la puerta, y allí, de pie, y tieso en el rincón, estaba el último inquilino con una botellita firmemente agarrada en su mano y con su cara... ¡bueno!

 

Al acabar el viejo contempló con sonrisa de pícaro deleite los rostros atentos de los maravillados oyentes.

 

—¡Qué cosas tan raras nos cuenta usted, sir! —dijo Mr. Pickwick, atalayando con ayuda de sus lentes el semblante del viejo.

 

—¡Raras! —replicó el viejecito—. ¡Qué tontería! Usted lo juzga raro porque no

 

 

 

 

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sabe nada de esto. Es divertido, pero nada singular.

 

—¡Divertido! —exclamó Mr. Pickwick a su pesar.

 

—Sí, divertido, ¿no? —replicó el viejecito con diabólico gesto.

 

Y sin esperar respuesta, prosiguió:

 

—Conocí a otro... esperen ustedes... hará unos cuarenta años... que alquiló un departamento viejo, húmedo, putrefacto, en una de las más antiguas mansiones, que había permanecido cerrado y deshabitado unos dos años. Corrían muchas historias de viejas acerca de aquel lugar, y hay que reconocer, en efecto, que no era muy alegre; pero siendo él pobre y la vivienda barata eran razones suficientes para él aunque aquélla hubiera sido diez veces peor. Habíase visto precisado a quedarse con algunos muebles que estaban empotrados en la pared, y entre otros con una grande estantería para papeles, con anchas puertas de cristal, veladas en el interior por verdes cortinas: un artefacto bien inútil para él, que no tenía papeles que guardar; y en cuanto a sus vestidos, los llevaba encima, lo que no constituía gran trabajo para él, ciertamente. Bueno, pues hizo llevar todo su ajuar... para lo que ni siquiera necesitó un viaje de angarillas... y lo esparció por la estancia, procurando que cuatro sillas hicieran el efecto de una docena. Estaba sentado una noche ante el fuego, bebiendo el primer vaso de dos galones de whisky que había pedido a crédito, y recapacitaba en si alguna vez los pagaría, y, caso de hacerlo, cuántos años había de tardar, cuando toparon sus ojos con las cristaleras del viejo armario de madera. «¡Ah!, dijo. «Si no me hubiera visto obligado a tomar este horripilante armatoste a la tasación del viejo prendero, podría haber empleado el dinero en alguna cosa más confortable. Y le diré a usted en qué, viejo amigo, dijo dirigiéndose en voz alta al armario, a falta de otro interlocutor: «si no fuera más lo que me cuesta hacer astillas su viejo esqueleto que lo que éstas habrían de valerme, hubiera hecho fuego de usted en un periquete. No había hecho más que pronunciar estas palabras, cuando un ruido semejante a un débil gruñido pareció dejarse oír en el interior del mueble. Sobresaltóse al principio; mas reflexionando que tal ruido procediera del joven inquilino del departamento inmediato, que tal vez hubiera comido fuera de casa, apoyó su pie en la galería del hogar y levantó el hurgón para atizar el fuego. En aquel momento se repitió el sonido, y abriéndose lentamente la vidriera, descubrió una pálida y extenuada figura en sucio y raído atavío, erecta en el interior del armario. Era alta y delgada la figura y el rostro denotaba preocupación y ansiedad; mas había algo en el tono del cutis y tal flacura y ultraterrena apariencia en el conjunto, que no podía atribuirse a ningún ser de este mundo. «¿Quién es usted?, dijo el nuevo inquilino, poniéndose lívido, enarbolando el hurgón, no obstante, y refiriéndolo con preciso designio al rostro de la figura. «¿Quién es usted? «No me tire ese hurgón, respondió la aparición; «si usted lo arrojara con perfecta puntería, pasaría a través de mí sin resistencia e iría a estrellarse contra el respaldo de madera. Yo soy un espíritu. «Bien, ¿pero quiere decirme qué se

 

 

 

 

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le ofrece aquí?, preguntó desfallecido el inquilino. «En esta habitación, replicó la aparición, «se consumó mi ruina mundanal, y mis hijos y yo nos vimos reducidos a la mendicidad. En este armario fueron depositados los papeles que un largo proceso fue acumulando durante años y años. En esta habitación, después de haber muerto yo de dolor, a causa del fracaso de mis esperanzas, dos viles arpías se distribuyeron la riqueza por la que yo había luchado durante toda mi existencia miserable, y de cuya fortuna, al fin, ni un solo penique quedó para mis infelices descendientes. Logré ahuyentarles de aquí por el terror, y desde entonces aquí me guarezco por las noches, únicas horas en que puedo tornar al mundo, y me sumerjo en las escenas de mi prolongada miseria. Este recinto es mío. Déjemelo. «Si usted insiste en hacer aquí su aparición, dijo el inquilino, que ya había tenido tiempo de recobrar su presencia de ánimo durante la prosaica relación del espectro, «le daré a usted posesión con el mayor gusto, mas desearía que usted me permitiese hacerle una pregunta. «Diga, dijo la aparición con sequedad. «Vaya, dijo el inquilino, «no dirijo la observación a usted exclusivamente, por ser igualmente aplicable a todos los espectros que he oído hablar; pero se me antoja inexplicable el que, siendo a ustedes posible visitar los más hermosos lugares de la tierra, porque supongo que el espacio para ustedes no existe, hayan de volver precisamente a los lugares en los que más padecieron. «¡Caramba!, pues es verdad; nunca había pensado en eso, dijo el espectro. «Ya ve, sir, prosiguió el inquilino, «que ésta es una estancia muy incómoda. Por el aspecto de ese armario, me inclino a creer que no está completamente limpio de chinches, y yo pienso que usted podría encontrar residencia mucho más confortable; esto sin contar con que el clima de Londres es sumamente desagradable. «Tiene usted razón, dijo el espectro con gran cortesía; «hasta ahora no se me había ocurrido; voy a cambiar de aires inmediatamente. Y, en efecto, empezó a desvanecerse con las últimas palabras; sus piernas habían desaparecido completamente. «Y si usted, sir, dijo el inquilino, tratando de alcanzarle en su fuga, «si usted tuviera la bondad de indicar a las otras señoras y caballeros que ahora se dedican a frecuentar las viejas casas abandonadas, que en cualquier otra parte hallarían más grata estancia proporcionaría usted un gran beneficio a la sociedad. «Así lo haré, replicó el espectro; «por fuerza somos obtusos, muy obtusos; no puedo explicarme cómo hemos sido tan estúpidos. Con estas palabras desapareció el espíritu, y lo que es más notable —añadió el viejo, mirando con malicia a los de la mesa—, jamás volvió a presentarse.

 

—Eso no está mal, suponiendo que sea verdad —dijo el de la pedrería de mosaico, encendiendo un nuevo cigarro.

 

—Suponiendo —exclamó el anciano, con una mirada de soberano desprecio—. Pues estoy viendo —añadió dirigiéndose a Lowten— que tampoco va a ser cierta la historia del cliente extraño que conocimos cuando estábamos en el bufete del procurador... lo estoy viendo.

 

 

 

 

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—No puedo decir nada absolutamente acerca de eso porque nunca he oído esa historia —arguyó el propietario de los gemelos de mosaico.

 

—Desearía que usted la contara, sir —dijo Mr. Pickwick.

 

—Anda, cuéntala —dijo Lowten—; sólo yo la he oído y casi la he olvidado. Paseó el anciano sus ojos por la mesa con más terrible ironía que nunca, como

 

saboreando triunfante la atención que se pintaba en todos los rostros. Luego, pasándose la mano por la barba y mirando al techo para traer a su memoria todos los detalles, empezó del modo siguiente:

 

HISTORIA DEL CLIENTE RARO

 

—Poco importa —dijo el anciano— dónde o cómo llegó a mi noticia esta breve historia. Si hubiera de relatarla por el orden en que la supe, tendría que comenzar por la mitad, y al llegar al final, volver de nuevo al principio. Bastará que les diga que yo fui testigo de algunos episodios de ella. En cuanto a lo demás, me consta que ha ocurrido realmente y aún viven algunas personas que lo recordarán de sobra.

 

En la calle Alta del Borough, cerca de la iglesia de San Jorge, y al mismo lado, se levanta, como muchos saben, la más reducida de nuestras prisiones de insolventes, la de Marshalsea. Si en sus últimos tiempos fue algo distinta de aquel pozo de inmundicias de más remotas épocas, aun después de mejorar de condición no ofrecía el más pequeño atractivo para los atrabiliarios ni consuelo para los imprevisores. No disponía el delincuente para tomar el aire y estirar los miembros de un patio menos amplio, en Newgate, que el deudor insolvente en la prisión de Marshalsea.

 

Ignoro si será mi fantasía, o tal vez la imposibilidad de separar el viejo edificio de los recuerdos que a él se asocian, pero es el caso que yo no puedo ver esta parte de Londres. Es amplia la calle, espaciosas las tiendas, el ruido de los coches, las pisadas del incesante arroyo de gentes... todo el inquieto fragor del tráfico resuena en ellas de la mañana a la noche, pero las calles circundantes son mezquinas y estrechas; la pobreza y el hampa se aglomeran en las populosas avenidas; la indigencia y la desgracia se pintan en el frente de la angosta prisión; un velo de horror y melancolía parece, al menos a mis ojos, envolver la escena e impregnarlo todo con su tinte lívido y siniestro.

 

Muchos ojos que ha largo tiempo duermen en la tumba han mirado esta mansión con bastante ligereza al cruzar por primera vez la puerta de la vieja prisión de Marshalsea: porque la desesperación rara vez sobreviene a la primera asechanza del infortunio. El hombre confía en los amigos a los que aún no ha probado; recuerda los muchos ofrecimientos de ayuda que se le hicieran liberalmente por sus optimistas camaradas en los tiempos en que no se los necesitaba; abriga esperanza... la esperanza de la inocencia feliz... y aunque se abate al recibir el primer golpe, renace en su pecho y en él florece por breve espacio hasta que muere ante la evidencia del desaliento y el abandono. ¡Qué pronto se hundían en la cabeza estos mismos ojos que

 

 

 

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fulguraban en rostros consumidos por el hambre y demacrados por la reclusión en aquellos días en los que no era tropo del discurso decir que los deudores se pudrían en la prisión, sin esperanza de redención ni perspectiva de libertad! La atrocidad ya no existe en toda su realidad espantosa; pero queda de ella lo bastante para originar episodios que hacen sangrar el corazón.

 

Hace veinte años desgastábase el piso con los pasos de una madre y un niño, quienes día tras día, al apuntar la mañana, presentábanse a la puerta de la prisión; muchas veces, después de una noche de dolor sin tregua y de ansiosas cavilaciones, llegaban con una hora de anticipación, y entonces la madre, volviendo tristemente sobre sus pasos, llevaba al chico al puente viejo, y levantándole en sus brazos para mostrarle el espejo de las aguas, que reflejaba el sol de la mañana, y el atropellado ir y venir de los preparativos para los trabajos y placeres del día que en el río se advertían a aquella hora temprana, esforzábase por interesar sus pensamientos en los objetos que delante de él había. Mas poco tardaba en bajar al niño, y ocultando su rostro en su chal, daba suelta a las lágrimas que la cegaban; porque nada exterior interesante o distraído lograba animar la cara flaca y enfermiza del infante. Los recuerdos del niño eran muy escasos, pero todos del mismo género: todos se relacionaban con la pobreza y la desdicha de sus padres. Horas y horas había permanecido sentado en las rodillas de su madre, contemplando con simpatía infantil las lágrimas que resbalaban por la faz de la mujer, y al cabo deslizábase suavemente hacia algún oscuro rincón, en el que se dormía entre sollozos. Las negras realidades del mundo con casi todas las más duras privaciones —hambre y sed, frío y penuria—, habían venido a casa con él desde los primeros albores de su razón; y aunque en él se advirtiera la forma externa de la niñez, esa jocosa alegría del corazón, la alocada risa y los ojos chispeantes faltaban por completo.

 

El padre y la madre veían esto y se miraban poseídos de pensamientos de agonía que no osaban expresar en palabras. El hombre robusto y saludable, que hubiera resistido todas las fatigas del esfuerzo activo, se iba consumiendo en el estrecho confinamiento y en el ambiente malsano de la hacinada prisión. La ingrávida y delicada mujer rendíase progresivamente al efecto combinado de los padecimientos físicos y morales. El corazón tierno del niño se iba destrozando.

 

Vino el invierno, y con él largas semanas de frío y lluvia incesantes. Se había mudado la pobre muchacha a una mísera vivienda que estaba situada junto a la prisión de su marido; y aunque el cambio se hubiera hecho necesario a causa de su indigencia progresiva, sentíase ahora más feliz, por hallarse más cerca de él. Durante dos meses ella y su pequeño compañero vieron abrirse la puerta como siempre. Cierto día dejó ella de venir por primera vez. Otra mañana vino sola. El niño había muerto.

 

Mal sabían aquellos que comentaban fríamente la pérdida sufrida por el pobre hombre —juzgándola como término del padecer para el que dejaba el mundo, y como

 

 

 

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alivio venturoso para los recursos del superviviente—, mal sabían, digo, el dolor espantoso de la pérdida. Una mirada silenciosa de interés y afecto cuando todos los demás ojos se apartan indiferentes —la seguridad de poseer la simpatía y el cariño de un ser cuando todos nos abandonan— es un sostén, un apoyo, un consuelo para el que se ve sumido en la aflicción, que no se compra con riquezas ni se alcanza con el poder. El niño sentábase horas enteras a los pies de sus padres con sus manecitas abandonadas entre las de ellos y con su fina cara desmayada hacia ellos levantada. Ellos habían visto cómo se les iba aquel ser día tras día; y aunque su breve existencia había sido triste, y aunque había partido hacia la paz y el descanso que no gozara en el mundo, con ser niño, ellos eran sus padres, y su pérdida les hirió en lo más hondo del alma.

 

Bien veían todos los que contemplaban la faz desfallecida de la madre que no habría de tardar la muerte en poner fin a su jornada de prueba y adversidad. Los compañeros de prisión de su marido rehuían mezclarse en sus penas, y dejaron para él solo la pequeña estancia que él ocupara al principio con otros dos prisioneros. Ella la compartió con él; y pasando los días sin pena y sin esperanza, se apagaba su vida poco a poco.

 

Una tarde se desmayó en los brazos de su marido y tuvo éste que acercarla a la abierta ventana para reanimarla con el aire; la luz de la luna cayó de lleno sobre su rostro, haciendo ver al marido la alteración profunda de sus rasgos, lo que le hizo vacilar bajo su carga, como un niño sin fuerzas.

 

—Déjame sentar, Jorge —dijo ella con voz débil.

 

Hízolo así él, y sentándose a su lado, se cubrió la cara con las manos y rompió a llorar.

 

—Es horrible dejarte, Jorge —dijo ella—; pero es la voluntad de Dios y tienes que sufrirlo por mi amor. ¡Oh! ¡Cuántas gracias le doy por haberse llevado al niño! Es feliz y está en el cielo. ¡Qué hubiera hecho aquí sin su madre!

 

—¡No morirás, María, no morirás! —dijo el marido, irguiéndose.

 

Empezó a pasearse apresuradamente de acá para allá, golpeándose la cabeza con los puños crispados; luego, sentándose al lado de ella y sosteniéndola en los brazos, añadió con más tranquilidad:

 

—Levántate, mujer querida. Levántate, te lo suplico. Quiero que vivas.

 

—Ya no, Jorge, ya no —dijo la moribunda—. Deja que me lleve junto a mi hijo; mas prométeme que si algún día sales de esta espantosa cárcel y llegas a ser rico, has de hacerme trasladar a un cementerio aldeano, lejos, muy lejos de aquí... donde podamos descansar en paz. Querido Jorge, prométeme que lo harás.

 

—Lo haré, lo haré —dijo el hombre, arrojándose apasionadamente de rodillas—. ¡Háblame, María, una palabra aún, una mirada... nada más que una!

Calló el hombre, porque el brazo que estrechara su cuello se puso rígido y pesado.

 

 

 

 

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Un profundo suspiro se escapó de la exhausta forma que ante sí tenía; moviéronse los labios y tembló una sonrisa en su cara; pero los labios palidecieron y la sonrisa se apagó convirtiéndose en rígida mueca de espectro. Estaba solo en el mundo.

 

Aquella noche, en el silencio y desolación de su miserable estancia, se arrodilló el desgraciado junto al cuerpo inanimado de su esposa y puso a Dios por testigo para asegurar que desde aquel momento habría de emplearse en vengar la muerte de ella y del niño; que desde entonces hasta el último instante de su vida emplearía sus energías todas en aquel objeto único; que su venganza había de ser terrible; que su odio había de ser incansable y eterno, y que había de perseguir su objeto a través del mundo entero.

 

La honda desesperación y la pasión sobrehumana habían producido en su fisonomía tan fiero estrago en una noche, que sus compañeros de infortunio retrocedieron espantados al verle pasar. Sus ojos estaban inyectados y apenas se abrían; una lividez mortal cubría su semblante, y su cuerpo se inclinaba como vencido por la edad. La violencia de su dolor le había hecho morderse el labio inferior hasta traspasarlo casi, y la sangre que de la herida brotaba corría por su barba y manchaba su camisa y pañuelo. Ni una lágrima, ni una frase de queja dejó escapar; pero la mirada inquieta y la prisa descompuesta con que recorría el patio denotaban la fiebre en que ardía.

 

El cuerpo de su esposa tenía que ser sacado de la prisión sin demora. Recibió la noticia con perfecta calma y la consideró natural. Casi todos los habitantes de la prisión se habían congregado para presenciar la salida del cadáver; hiciéronse atrás a uno y otro lado cuando el viudo apareció; éste avanzó rápidamente y se paró, aislado, en el espacio despejado del portal, de donde se había retirado la multitud por instinto de delicadeza. El basto féretro fue transportado pausadamente a hombros. Un silencio mortal se impuso a la concurrencia, sólo interrumpido por las ruidosas lamentaciones de las mujeres y por las pisadas lúgubres de los enterradores. Éstos llegaron al lugar en que se hallaba el doliente marido, e hicieron alto. Tendió éste su mano sobre el féretro, y asiendo maquinalmente el paño que lo cubría, les hizo señal de que prosiguieran. Los vigilantes de la prisión se descubrieron al paso, y un momento después la puerta de la cárcel se cerró. Miró el hombre distraídamente a la concurrencia, y cayó al suelo pesadamente.

 

Aunque se le vio día y noche por espacio de muchas semanas entregado a los más violentos arrebatos de la fiebre, no le abandonaron un momento la consciencia de su desgracia ni el recuerdo del voto que hiciera. Cambiaban las escenas ante sus ojos, sucedíanse los lugares y se atropellaban los acontecimientos en el vértigo de su delirio; mas todos ellos relacionábanse en alguna manera con el objetivo primordial de su pensamiento. Navegaba sobre un mar sin orillas, que cubría un cielo rojo, y sus encrespadas aguas agitábanse furiosas, inflándose y arremolinándose por doquier.

 

 

 

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Otro barco les precedía luchando empeñadamente contra la borrasca; agitábase sobre los palos el velamen hecho jirones y la cubierta rebosaba de criaturas, a las que el vaivén lanzaba hacia las bordas, sobre las que rompían olas enormes, que arrastraban al mar espumoso a muchos seres. Pero ellos avanzaban cruzando la masa rugiente de las aguas con una fuerza y una presteza a las que nada podía oponerse; y embistiendo al barco delantero por una de las bandas, le destruyó bajo su quilla. Del enorme torbellino que produjo el naufragio levantóse un desgarrador lamento, tan agudo y penetrante —el grito de muerte de cien criaturas que se ahogan, confundido en un fiero alarido—, que resonó por encima del grito de guerra de los elementos, y retumbó, pareciendo rasgar el aire, el cielo y el océano. Mas, ¡qué era aquello..., aquella cabeza gris que se advertía en la superficie del agua, mirando con gesto de agonía, y que gritaba pidiendo socorro con el aliento sofocado por las olas! Una simple mirada bastó para que nuestro hombre se arrojara del barco y se acercara hacia aquello, nadando con brazadas vigorosas. Lo alcanzó. Llegó a su lado. Eran sus rasgos; viole llegar el viejo y trató de evitar la presa de su garra; pero le asió con firmeza y le arrastró aguas abajo. Abajo, abajo iba con él: ya estaban a cincuenta brazas de la superficie; cada vez se defendía la presa con más debilidad, hasta que cesó la resistencia. Estaba muerto; le había matado, y había cumplido su juramento.

 

Ahora cruzaba las arenas abrasadas de un desierto infinito, descalzo y solitario. La arena le hería y le cegaba. Sus granos finísimos penetraban los poros de su piel y le irritaban hasta la vesania. Masas gigantescas de tierra, arrastradas por el viento y brillantes al sol deslumbrador, levantábanse a lo lejos como pilares del fuego viviente. Los huesos de los hombres que habían perecido en aquella espantosa consunción yacían a sus pies desparramados; una luz trágica todo lo bañaba alrededor; en lo que la vista alcanzaba sólo se veían objetos tremebundos. Pugnando por dejar salir de su pecho un grito de terror, con la lengua pegada al paladar, emprendió insensata carrera. Impulsado por una fuerza sobrenatural hendió las arenas, hasta que, postrado por la fatiga y la sed, cayó exánime en tierra. ¿Qué grata frescura le hizo volver a la vida, qué sonido refrigerante aquel? ¡Agua! Era un manantial, cuya clara y fresca vena corría a sus pies. Bebió afanosamente, y estirando sus miembros doloridos al borde del arroyo, cayó en sopor delicioso. Despertóle el ruido de unos pasos que se acercaban. Un viejo se adelantaba vacilante para calmar su sed abrasadora. ¡Otra vez era él! Ciñó con sus brazos el cuerpo del viejo y lo tiró al suelo. Luchó el vencido y bramó pidiendo agua. ¡Una sola gota de agua para salvar su vida! Pero el hombre sujetábale con firmeza y contemplaba su agonía con mirada afanosa; cuando la cabeza inanimada del viejo cayó sobre su pecho, apartó de sí el cadáver con los pies.

 

Cuando la fiebre remitió y volvió a la razón, despertó para encontrarse rico y libre; para saber que el padre que le habría dejado morir en la cárcel —que había

 

 

 

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dejado morir a aquellos que eran para él más queridos que su propia existencia de angustia y dolor del corazón, que no cura la medicina— había sido encontrado muerto en su lecho. Había tenido corazón para permitir que su hijo fuera un mendigo; pero, confiado en su energía tanto como en su riqueza, había demorado su testamento, y ahora estaría en el otro mundo rechinando los dientes al pensar en la riqueza que su indolencia le dejaba. Despertó para eso y despertó para más aún: para recordar la finalidad de su vida y para recordar que su enemigo era el padre de su misma esposa, el hombre que le había llevado a la prisión y el que cuando su hija, con el pequeño en brazos, se arrojó a sus plantas pidiendo amparo, les había cerrado su puerta con desprecio. ¡Oh, cuánto maldecía la debilidad que le impedía hallarse firme y activo para consumar su proyectada venganza!

 

Hizo que le sacaran del escenario de su desgracia y miseria, trasladándose a una tranquila residencia de la costa, no con la esperanza de recobrar la paz del ánimo, ni la felicidad, ya que ambas habían huido para siempre, sino para restaurar sus energías postradas y meditar en su acariciado proyecto. Y allí algún espíritu maligno le ofreció la ocasión para su primera y más horrible venganza.

 

Corría el verano, y, poseído de sus lúgubres preocupaciones, dejó su solitaria vivienda cierta tarde y comenzó a vagar por una estrecha senda que serpeaba por la falda de los cerros, dirigiéndose a un apartado y agreste lugar que había interesado a su fantasía en uno de sus paseos anteriores; y sentándose sobre una roca desprendida y sepultando su cara entre sus manos, allí permanecía horas y horas, hasta que cerraba la noche y las sombras prolongadas de las colinas envolvían en su negrura los objetos que le rodeaban.

 

Hallábase allí sentado una plácida tarde, en su posición habitual, y levantaba de cuando en cuando su cabeza para contemplar el vuelo de tal cual gaviota fugitiva o para recorrer con sus ojos la senda roja que, partiendo del centro del océano, parecía conducir hasta el confín en que el sol se ponía, cuando la profunda quietud del lugar sintióse perturbada por un grito de socorro; quedóse escuchando, con la duda de haber oído bien, cuando oyó repetirse el grito con mayor vehemencia, e irguiéndose rápidamente, se dirigió hacia la parte de que el grito procedía.

 

El hecho se reveló por sí mismo al mundo: unas cuantas prendas de vestir yacían dispersas en la playa; aún se veía sobre las ondas a cierta distancia de la orilla una cabeza humana, y un viejo, con las manos cruzadas, corría de un lado para otro implorando, desolado, socorro. El inválido, cuyas fuerzas se habían ya restablecido suficientemente, despojóse de su chaqueta y avanzó rápidamente hacia el mar, con intención de zambullirse para arrastrar el hombre hasta la orilla.

 

—¡Pronto, sir, en nombre del cielo! ¡Socorro, socorro, sir, por amor de Dios! ¡Es mi hijo, sir, mi único hijo! —dijo el viejo, corriendo afanosamente a su encuentro—. ¡Mi único hijo, sir, y está pereciendo ante los ojos de su padre!

 

 

 

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A la primera palabra que el viejo pronunció detúvose en su carrera el desconocido, y, cruzándose de brazos, se quedó completamente inmóvil.

 

—¡Gran Dios! —exclamó el viejo, recordando—. ¡Heyling!

 

Sonrió el desconocido y guardó silencio.

 

—¡Heyling! —dijo el viejo fuera de sí—. ¡Mi hijo, Heyling, mi hijo querido, mira, mira!

 

Jadeante, el angustiado padre señaló el lugar en que el joven luchaba por la vida. —¡Ay! —dijo el viejo—. Aún grita. Aún está vivo. ¡Heyling, sálvale, sálvale! Sonrió de nuevo el desconocido y permaneció inmóvil como una estatua.

 

—Fui injusto contigo —gritó el viejo, cayendo de rodillas y juntando sus manos implorantes—. ¡Véngate; toma mi vida; arrójame al agua, y si la naturaleza humana puede reprimir todo impulso de lucha, moriré sin agitar pies ni manos! ¡Hazlo, Heyling, hazlo; pero salva a mi hijo! ¡Es tan joven, Heyling, tan joven para morir!

 

—Oye —dijo el desconocido apretando con rabia la muñeca del viejo—: quiero vida por vida, y aquí hay una. Mi hijo murió ante los ojos de su padre, con una agonía mucho más penosa que la que ese joven detentador de la dote de su hermana está sufriendo mientras hablo. Usted reía... reía en la misma cara de su hija, donde la muerte había ya puesto su mano... de nuestros sufrimientos. ¿Qué piensa usted de aquello ahora? ¡Mire allá!

 

Al decir esto, señaló al mar el desconocido. Un débil lamento se oyó expirar en la superficie: el último esfuerzo desesperado del moribundo agitó por unos segundos las rizadas ondas, y el agujero por donde bajara a su tumba prematura se borró en las aguas.

 

Tres años habían pasado cuando un caballero se apeó de un coche particular a la puerta de un procurador de Londres, bien conocido entonces como hombre poco escrupuloso en sus asuntos profesionales, y pidió una entrevista privada para un asunto de importancia. Aunque el cliente no había aún traspuesto la primavera de la vida, era su rostro pálido, huraño y macilento, y no precisaba la aguda perspicacia de un hombre de negocios para cerciorarse con una sola ojeada de que las enfermedades o los padecimientos morales habían influido más en la alteración de su aspecto que hubiéralo hecho simplemente la mano del tiempo en un período dos veces más largo que la edad del cliente.

 

—Deseo que emprenda usted un asunto por mi cuenta —dijo el desconocido. Inclinóse cortésmente el procurador y miró hacia un amplio legajo que el

 

caballero llevaba en su mano. Advirtió la mirada el visitante y prosiguió:

 

—No es un asunto vulgar —dijo—, y no han llegado a mis manos estos papeles sin que me hayan costado mucho dinero y mucho trabajo.

 

Dirigió el procurador una mirada más curiosa aún sobre el legajo, y, desatando el visitante la cuerda que lo sujetaba, descubrió una gran cantidad de pagarés con copias

 

 

 

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de diligencias y otros documentos.

 

—Con la garantía de estos papeles —dijo el cliente— la persona cuyo nombre aparece ha tomado, como usted verá, grandes cantidades de dinero durante algunos años. Convínose tácitamente entre él y la persona en cuyas manos obraban primero estos documentos —de la cual yo los he ido adquiriendo poco a poco, por tres o cuatro veces su valor, hasta hacerme con todos ellos— que esos préstamos habrían de renovarse de cuando en cuando hasta expirar un plazo prefijado. Pero este convenio no figura en ninguna parte. El prestatario ha sufrido últimamente grandes pérdidas, y estas obligaciones, al caer sobre él de una vez, le aniquilarían.

 

—El total es de muchos miles de libras —dijo el procurador, mirando los papeles por encima.

 

—Así es —dijo el cliente.

 

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó el hombre de negocios.

 

—¡A hacer! —replicó el cliente con súbita vehemencia—. Accionar todos los resortes de la ley, todos los recursos y trampas que pueda fraguar el ingenio y ejecutar la desaprensión; los medios lícitos y los rastreros; el peso de la ley estricta, sobrecargado con las argucias de los más sutiles picapleitos. Quiero hacerle morir de muerte cruel y prolongada. Arruinarle, confiscar y vender sus tierras y bienes, arrojarle de su hogar, arrastrarle a la mendicidad en los últimos años de su vida y que muera en una cárcel.

 

—Pero las costas, señor mío, las costas de todo esto... —arguyó el procurador luego que se hubo recobrado de su momentánea sorpresa—. Si el demandante fuese un indigente, ¿quién ha de pagar las costas, sir?

 

—Dígame una suma —dijo el desconocido, cuya mano temblaba de tal manera por la excitación, que apenas podía sostener la pluma que al hablar enristraba—; una suma, y ya es de usted... No se asuste de decírmela, hombre. No me parecerá nada caro si usted cumple mi objeto.

 

Indicó el procurador una suma considerable, al azar, en concepto de anticipo necesario para asegurarse contra la posibilidad de una pérdida, más bien con la mira de averiguar hasta dónde se hallaría dispuesto a llegar el cliente que porque juzgara posible que se allanase a satisfacer la demanda. Suscribió un cheque el desconocido por el importe de la cantidad fijada, y se marchó.

 

Hízose honor al convenio, y persuadido el procurador de que podía confiar por completo en su extraño cliente, emprendió su tarea afanosamente. Por espacio de más de dos años viose a Mr. Heyling sentado días enteros en el despacho, examinando los papeles que iban acumulándose y leyendo una y otra vez, con ojos resplandecientes de alegría, las cartas de reconvención, los ruegos de moratorias, la pintura de la inminente ruina que cada vez amenazaba más fatalmente a la parte contraria al amontonarse diligencia sobre diligencia y proceso sobre proceso. A todas las

 

 

 

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instancias que se le dirigían en súplica de una breve prórroga contestaba de la misma manera: que había que pagar. Tierras, casas, enseres, todo fue confiscado sucesivamente en las numerosas ejecuciones decretadas; y hubiera sido el viejo reducido a prisión de no haber huido burlando la vigilancia de la policía.

 

Lejos de saciarse la implacable odiosidad de Heyling por los éxitos progresivos de su persecución, aumentó y centuplicóse con la ruina infligida. Al enterarse de la fuga del anciano fue indescriptible su furia. Rechinaron sus dientes de rabia, se arrancó los cabellos y denostó con hórridas imprecaciones a los encargados de la custodia del viejo. Sólo a fuerza de asegurarle el descubrimiento del fugitivo pudo recobrar una calma relativa. Envióse agentes en todas direcciones en su busca; pusiéronse en juego cuantas estratagemas pudieron fraguarse para descubrir su guarida; mas fue todo en vano. Pasó medio año sin que pudiera hallarse al fugitivo.

 

Por fin, una noche, a deshora, Heyling, de quien nada se supiera desde muchas semanas antes, apareció en el domicilio particular del procurador y le dio aviso de que un caballero deseaba verle al instante. Antes de que el procurador, que ya había reconocido su voz desde lo alto de la escalera, pudiera decir al criado que le hiciera pasar, habíase lanzado escaleras arriba y entraba en el despacho pálido y jadeante. Cerrando la puerta para que nadie escuchara, sentóse en una silla y dijo con voz queda:

 

—¡Chist! Al fin le encontré.

 

—¡Cómo! —dijo el procurador—. Muy bien, querido señor, muy bien.

 

—Está escondido en una vivienda mísera de Camden Town —dijo Heyling—. Casi ha sido conveniente haberle perdido de vista, porque así ha permanecido solo todo este tiempo en la más abyecta miseria, y está pobre... muy pobre.

 

—Muy bien —dijo el procurador—. ¿Tendrá usted mañana, Por supuesto, la orden de arresto?

 

—Sí —replicó Heyling—. ¡Pero no! No. Pasado mañana. Le sorprenderá a usted este deseo mío de aplazamiento —añadió con sonrisa siniestra—; es que se me había olvidado. Ese día es un aniversario en su vida: esperemos hasta entonces.

 

—Muy bien —dijo el procurador—. ¿Quiere usted escribir sus instrucciones para el alguacil?

 

—No; hágale reunirse conmigo aquí a las ocho de la noche, y yo le acompañaré. Reuniéronse a la hora fijada, y, alquilando un coche de punto, ordenaron al

 

cochero detenerse en el rincón del camino viejo de San Pancrás, en el que se halla la fábrica. Cuando se apearon del coche era ya noche cerrada, y siguiendo el paredón que da frente al hospital de veterinaria penetraron en una callejuela que se llama, o se llamaba entonces, calle del Pequeño Colegio y que no sé cómo estará hoy, mas sí que por aquellos días era un lugar desamparado y rodeado casi exclusivamente de campo y desmontes.

 

 

 

 

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Encasquetándose hasta las orejas la gorra de viaje que llevaba, y embozándose en la capa completamente, detúvose Heyling en la casa de aquella calle que ofrecía más miserable apariencia y llamó discretamente a la puerta. Una mujer abrió en seguida, marcando un saludo que indicaba haberle reconocido, y después de decir Heyling al oficial que se quedara abajo, subió sin hacer ruido la escalera y, abriendo una puerta que había enfrente, entró súbitamente en la estancia.

 

El objeto de sus pesquisas y de su animosidad insaciable, que era ahora un decrépito anciano, hallábase sentado ante una mesa desmantelada, sobre la que había una palmatoria. Estremecióse el viejo al entrar el desconocido y enderezóse con dificultad sobre los pies.

 

—¿Y ahora qué, ahora qué? —dijo el anciano—. ¿Qué nueva desgracia es ésta?

 

¿Qué busca usted aquí?

 

—Decirle una palabra —replicó Heyling.

 

Y al decir esto se sentó al otro extremo de la mesa, y despojándose de su capa y su gorra, diose a conocer como cual era.

 

El anciano perdió el habla en el mismo instante. Desplomóse sobre su silla, y juntando sus manos miró a la aparición con una expresión en la que se mezclaban el odio y el espanto.

 

—Hoy hace seis años —dijo Heyling— que reclamé la vida que usted me debía a cambio de la de mi niño. Junto al cuerpo inanimado de su hija juré vivir una vida de venganza. Desde entonces no he desfallecido un momento en mi propósito; mas si alguna vez me hubiera dejado vencer por la flaqueza, hubiera bastado pensar en aquel gesto de dolor sin queja con el que la vi morir, o en el rostro hambriento de nuestro inocente niño, para seguir mi empeño con nuevas energías. Mi primer acto de revancha bien lo recordará usted; ahora viene el último.

 

Tembló el anciano, y sus manos cayeron inertes a uno y otro lado.

 

—Mañana salgo de Inglaterra —dijo Heyling después de una breve pausa—. Esta noche voy a hacerle entrar en esa muerte en vida a que usted me condenó: en una prisión sin esperanza.

 

Levantó los ojos para contemplar la faz del anciano, guardó silencio, alzó la luz para ver mejor aquella cara, la dejó suavemente sobre la mesa y abandonó la estancia.

 

—Vaya usted a ver al anciano —dijo a la mujer al abrir la puerta, e indicó al agente que le siguiera—. Creo que está enfermo.

 

La mujer cerró la puerta, subió aprisa la escalera, y le encontró sin vida.

 

Bajo una losa sencilla, en uno de los más apacibles y retirados cementerios de Kent, en el que se mezclan las flores silvestres con la hierba, y cuyo paisaje de tonos suaves que le rodea forma el más hermoso rincón en el vergel de Inglaterra, yacen los huesos de la madre y de su tierno niño. Mas no les acompañan las cenizas del padre; ni desde aquella noche volvió a tener el procurador la más insignificante noticia de la

 

 

 

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historia postrera de su extraño cliente.

 

Concluyó su historia el viejo, acercóse a una percha que había en un rincón y, descolgando su sombrero y su abrigo, se los puso con gran parsimonia, y sin decir palabra se marchó pausadamente. Como el caballero de los botones de mosaico se había quedado dormido y casi todos los circunstantes ocupábanse ávidamente en la tarea pintoresca de engrasar su grog, levantóse Mr. Pickwick sin que nadie lo advirtiera y, después de pagar su cuenta y la de Mr. Weller, salió atravesando en compañía de éste el portal de La Urraca y el Tronco.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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22.    Mr. Pickwick se dirige a Ipswich, y se. compromete en una aventura con una señora de edad madura, de

 

amarillos rizadores

 

 

—¿Es ése el equipaje de tu amo, Sammy? —preguntó Mr. Weller a su entrañable hijo al entrar éste en el patio de la posada de El Toro, de Whitechapel, con un saco de viaje y un pequeño portamantas.

 

—En otra cosa acertarás menos, viejo amigo —replicó Mr. Weller hijo, despojándose de su carga en el patio y sentándose en ella luego—. El amo vendrá en seguida.

 

—¿Estará cobrando energías, supongo? —dijo el padre.

 

—Está tomando una energía de ocho peniques —respondió el hijo—. ¿Cómo está la madrastra esta mañana?

 

—Rarilla, Sammy, rarilla —replicó el viejo Mr. Weller con grave talante—. Parece que se está haciendo algo metodista en estos últimos tiempos, Sam, y se ha puesto extraordinariamente piadosa. Es demasiado buena para mí, Sammy. Creo que no me la merezco.

 

—¡Ah! —dijo Samuel—, ésa es mucha abnegación de su parte.

 

—Mucha —replicó su padre suspirando—. Ha dado en inventar un procedimiento para regenerar a las personas como si volvieran a nacer, Sammy; creo que le llama el nuevo nacimiento. Me gustaría mucho ver prácticamente ese sistema, Sammy. Sería para mí un encanto ver nacer otra vez a tu madrastra. ¡Cuánto gozaría yo en ponerle ama!

 

»¿Qué creerás que hicieron las mujeres el otro día? —prosiguió Mr. Weller, después de un breve silencio, durante el cual llevóse repetidamente a la nariz con malicia el dedo índice—. ¿Qué creerás que hicieron el otro día, Sam?

 

—No sé —replicó Sammy—. ¿Qué?

 

—Fueron y mandaron preparar un gran té para un punto que llaman ellas su pastor —dijo Mr. Weller—. Estaba yo mirando la muestra de nuestra casa, cuando advertí en ella un pequeño cartel que decía: «Papeletas a media corona. Todos los pedidos al Comité. Secretaria, señora Weller»; y al entrar en casa me encontré sentado al Comité en la sala: catorce mujeres; quisiera que las hubieras oído, Sammy. Allí estaban tomando acuerdos y votando recursos y toda clase de cosas. Bueno, entre que tu madrastra se empeñó y la curiosidad que yo sentía por ver aquel juego, me decidí a suscribirme a la papeleta; la cita era a las seis de la tarde del viernes. Me vestí lo más elegante que pude y me encaminé con la vieja entrando en el piso primero de una casa en que estaba servido el té para treinta personas; allí había un montón de mujeres cuchicheando, que me miraron como si en su vida hubieran visto a un hombre gordo de cincuenta y ocho años. Empezó a oírse un gran alboroto abajo,

 

 

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y un mozo alticón y flacucho, de nariz roja y blanco pañuelo, entró precipitadamente y gritó: «Aquí viene el pastor a visitar a su fiel rebaño»; y entró un gordo joven vestido de negro, de cara pálida, sonriendo hacia todos lados como un muñeco de reloj. ¡Qué aires los de aquel mozo, Sammy! «El beso de paz», dice el pastor; y besó a todas las mujeres, y cuando acabó, empezó la rueda el de la nariz roja. Yo estaba pensando si sería conveniente empezar por mi parte; pues junto a mí se sentaba una señora muy aceptable, cuando trajeron el té y vino tu madrastra, que había estado abajo cociéndolo. Cayeron sobre él como fieras. ¡Qué himno tan precioso y sonoro, Sammy, se oía mientras tomaban el té; qué gracia para comer y beber! Me hubiera gustado que vieras al pastor enredado con el jamón y los pasteles. Nunca he visto comer y beber como lo hacía aquel mozo. Pues al de la nariz roja no te gustaría a ti cebarle por contrata, aunque no era nada comparado con el pastor. Al acabar el té entonaron otro himno, y luego empezó el pastor a predicar; y lo hizo muy bien, si se mira cómo tendría el buche de pasteles. De pronto se levantó y gritó: «¿Dónde está el pecador, dónde está el miserable pecador?». Con esto, todas las mujeres me miraron a mí y empezaron a gemir como si se estuvieran muriendo. Aquello me pareció bastante raro, pero no dije palabra. Se levanta otra vez y, encarándose conmigo, dice: «¿Dónde está el pecador, dónde está el miserable pecador?», y todas las mujeres empezaron a gemir nuevamente diez veces más fuerte que antes. Yo me puse furioso con esto y, avanzando un paso, dije: «Amigo mío, ¿esa observación se refiere a mí?». Y en lugar de pedirme perdón, como lo hubiera hecho cualquier caballero, se me puso más insolente aún, y me llamó vaso, Sammy..., vaso de maldad... y toda clase de cosas. Se me alborotó la sangre, y primero le di dos o tres para él, y luego dos o tres más para que se los pasara al hombre de la nariz roja, y me marché. Quisiera que hubieras oído cómo chillaban las mujeres al sacar al pastor de debajo de la mesa... ¡Hola! Aquí está el amo, con toda su grandeza.

 

Mientras decía esto Mr. Weller, apeábase de un coche Mr. Pickwick y entraba en el patio.

 

—Hermosa mañana, sir —dijo Mr. Weller padre.

 

—Magnífica en verdad —replicó Mr. Pickwick.

 

—Magnífica en verdad —repitió un caballero pelirrojo con nariz y antiparras inquisidoras que se había desencajonado de un coche al mismo tiempo que Mr. Pickwick—. ¿Va usted a Ipswich, sir?

 

—Sí —replicó Mr. Pickwick.

 

—Coincidencia extraordinaria. Yo también.

 

Mr. Pickwick hizo una inclinación.

 

—¿Va usted en el exterior? —dijo el pelirrojo.

 

Mr. Pickwick hizo otra inclinación.

 

—¡Gran Dios, qué cosa más notable...! Yo voy fuera también —dijo el caballero

 

 

 

 

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pelirrojo—; vamos juntos.

 

Y el pelirrojo caballero, que era un personaje de solemne apariencia, afilada nariz y hablar misterioso y que mostraba una tendencia como de pájaro a imprimir a su cabeza una sacudida cada vez que decía algo, sonrió cual si hubiera hecho uno de los más raros descubrimientos que caben en el patrimonio de la humana perspicacia.

 

—Encantado con su compañía, sir —dijo Mr. Pickwick.

 

—¡Ah! —dijo el nuevo personaje—. ¿Es gran cosa para ambos, verdad? La compañía, sabe usted..., la compañía es... es... es una cosa muy distinta de la soledad..., ¿verdad?

 

—Eso no hay quien lo niegue —dijo Mr. Weller, terciando en la conversación con afable sonrisa—. Eso es lo que se llama una proposición evidente por sí misma, como decía el carnicero a la criada cuando ésta le fue contando que él no era un caballero.

 

—¡Ah! —dijo el pelirrojo caballero, examinando a Mr. Weller de pies a cabeza, con las cejas enarcadas—. ¿Amigo de usted, sir?

 

—Amigo, precisamente, no —replicó Mr. Pickwick por lo bajo—. Cierto que es mi criado, pero yo le permito muchas libertades; porque, de usted para mí, me agrada su originalidad y estoy algo orgulloso de él.

 

—¡Ah! —dijo el caballero pelirrojo—. Eso, ¿sabe usted?, es cuestión de gusto. Yo no soy aficionado a nada original; no me gusta; no veo la necesidad de ello. ¿Cómo se llama usted, sir?

 

—He aquí mi tarjeta, sir —replicó Mr. Pickwick, a quien hizo mucha gracia lo súbito de la pregunta y el singular estilo del desconocido.

 

—¡Ah! —dijo el caballero pelirrojo, guardando la tarjeta en su cuaderno— . Pickwick; muy bien. Me gusta conocer los nombres, porque esto ahorra muchas molestias. Ésta es mi tarjeta, sir: Magnus, ahí lo ve usted... mi apellido es Magnus. Me parece que es bonito, ¿verdad, sir?

 

—Muy bonito, en efecto —dijo Mr. Pickwick, sin poder reprimir una sonrisa. —Sí que lo es —prosiguió Mr. Magnus—. Y delante de él hay un bonito nombre,

 

como usted verá. Permítame, sir... Si pone usted la tarjeta un poco oblicua, así, caerá la luz sobre las letras. Ahí... Pedro Magnus... Suena bien, creo, sir.

—Muy bien —dijo Mr. Pickwick.

 

—Las iniciales ofrecen una curiosa circunstancia —dijo Mr. Magnus—. Fíjese usted bien... P M.... Post meridiano. En las esquelas para los íntimos me firmo a veces «Tarde». Esto divierte mucho a mis amigos, Mr. Pickwick.

 

—Ya lo creo que les divertirá —dijo Mr. Pickwick, envidiando lo fácilmente que se divertían los amigos de Mr. Magnus.

 

—Vamos, caballeros —dijo el jefe de la cochera—; el coche está listo; cuando ustedes quieran.

 

—¿Está ya colocado todo mi equipaje? —preguntó Mr. Magnus.

 

 

 

 

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—Todo, sir.

 

—¿Está el saco rojo?

 

—Todo, sir.

 

—¿Y el saco de correos?

 

—En la bolsa delantera, sir.

 

—¿Y el envoltorio pardo?

 

—Debajo del asiento, sir.

 

—¿Y la sombrerera de cuero?

 

—Están todos, sir.

 

—¿Quiere usted subir? —dijo Mr. Pickwick.

 

—Dispénseme —replicó Mr. Magnus, de pie sobre la rueda—. Dispénseme, Mr. Pickwick. No me decido a montar en esta incertidumbre. El modo en que se expresa este hombre casi me da la seguridad de que no está dentro esa sombrerera de cuero.

 

Como no bastaran las rotundas afirmaciones del mozo de la cochera, no hubo más remedio que extraer la sombrerera de cuero del fondo de la caja del coche para convencerle de que se hallaba el objeto perfectamente cargado. Mas después de haberse asegurado de tal extremo, concibió el vivo presentimiento de que el saco rojo habíase extraviado; luego, de que había sido robado el cabás de correa y, por fin, de que el envoltorio de papel de estraza estaba desatado.

 

Cuando al cabo comprobó con sus propios ojos lo infundado de todas y cada una de sus sospechas, se resolvió a trepar al techo del carruaje, notándose tranquilo y feliz por haber disipado de su mente toda preocupación.

 

—Es usted bastante nervioso, ¿verdad, sir? —observó Mr. Weller padre, mirando de soslayo al nuevo amigo, que en aquel momento subía a ocupar su puesto.

 

—Sí; me inquietan bastante estas pequeñeces —dijo el desconocido—; pero ya estoy tranquilo... completamente tranquilo.

 

—Bueno, más vale así —dijo Mr. Weller, y luego—: Sammy, ayuda a subir a tu amo. La otra pierna, sir; eso es; dénos ahora la mano, sir. ¡Arriba! Algo menos pesaba usted cuando era muchacho, sir.

 

—Ya lo creo, Mr. Weller —dijo Mr. Pickwick, acomodándose a su lado en el pescante, falto de resuello y con aire placentero.

 

—Salta, Sammy —dijo Mr. Weller—; ahora, arrea, Guillermo. Cuidado con el arco de la puerta, caballeros. «Las cabezas», como dice el pastelero. Así, Guillermo. Suéltalos.

 

Y partió el coche remontando Whitechapel, entre la admiración de los habitantes de la densa y populosa barriada.

 

—No es una ciudad muy bonita —dijo Sam, llevándose la mano al sombrero, como hacía siempre que entraba en coloquio con su amo.

 

—No, ciertamente, Sam —replicó Mr. Pickwick, contemplando la concurrida e

 

 

 

 

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inmunda calle que a la sazón cruzaban.

 

—Y es cosa bien extraña, sir —dijo Sam—, que cuanto más pobre es un lugar, más parece atraer a las ostras. Mire aquí, sir, a cada media docena de casas hay un puesto de ostras. Hacen ringla en la calle. Que me condene si no pienso que, al verse pobre un hombre, se lanza fuera de su casa y se pone a comer ostras como un desesperado.

 

—Ni más ni menos —dijo Mr. Weller padre—, y eso mismo hace con el salmón escabechado.

 

—He aquí dos hechos notables que nunca se me habían presentado —dijo Mr.

 

Pickwick—. En cuanto paremos tengo que anotarlos.

 

En esto trasponían la barrera de Mile End; en el más profundo silencio recorrieron tres o cuatro millas, y al cabo, volviéndose hacia Mr. Pickwick, dijo de pronto Mr. Weller:

 

—Es bien particular la vida de estos picapuertas, sir.

 

—¿De estos qué...? —dijo Mr. Pickwick.

 

—De estos picapuertas.

 

—¿Qué entiende usted por picapuertas?

 

—El viejo quiere decir los guardabarreras, sir —aclaró Mr. Samuel Weller. —¡Ah! —dijo Mr. Pickwick—. Ya comprendo. Sí; es un vida muy curiosa, muy

 

desagradable.

 

—Todos ellos son gentes que han sufrido alguna contrariedad en su vida —dijo Mr. Weller padre.

 

—¿Cómo? —dijo Mr. Pickwick.

 

—Sí; por eso se retiran del mundo y se meten en las barreras, en parte con objeto de hacer vida solitaria y en parte con el fin de vengarse de la humanidad a fuerza de cobrarles consumos.

 

—¡Caramba! —dijo Mr. Pickwick—. No lo sabía.

 

—Pues no tiene duda —dijo Mr. Weller—. Si fueran caballeros, se les llamaría misántropos; pero como no lo son, no se les llama sino consumeros.

Y con esta conversación, que atesoraba el inestimable encanto de ser a un tiempo instructiva y regocijante, supo engañar Mr. Weller el tedio del viaje durante casi todo el día. No faltaron temas de conversación, pues cuando decaía la locuacidad de Mr. Weller venía a reemplazarle con ventaja el afán que mostraba Mr. Magnus por conocer con pelos y señales la historia personal de sus compañeros de viaje y la ansiedad tumultuosa que manifestaba en todas las paradas por la seguridad y estado de los dos sacos, la sombrerera de cuero y el envoltorio de papel de estraza.

 

En la calle principal de Ipswich, a mano derecha, y a poco de atravesar la explanada del Ayuntamiento, radica una posada conocida en aquellos alrededores por el apelativo de El Gran Caballo Blanco, y que llama la atención por una figura

 

 

 

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esculpida en piedra que representa un animal rampante de cola enhiesta y crines flotantes que ofrece remota semejanza con un caballo de carga y que se alza sobre la puerta de entrada. El Gran Caballo Blanco era famoso en la comarca, como pudiera serlo un toro de concurso, un nabo histórico o un verraco ciclópeo por sus colosales dimensiones. No es fácil hallar en parte alguna tan intrincado laberinto de galerías desmanteladas, aglomeración comparable de hediondos y oscuros aposentos, ni tan gran número de mezquinas guaridas para comer y dormir como las que se encerraban entre las paredes de El Gran Caballo Blanco de Ipswich.

 

A la puerta de esta destartalada hostería deteníase el coche de Londres todas las noches a la misma hora, y de este mismo coche de Londres fue del que se apearon Mr. Pickwick, Sam Weller y Mr. Pedro Magnus, precisamente en la noche a que nos referimos en este capítulo.

 

—¿Para usted aquí, sir? —preguntó Mr. Pedro Magnus luego que se hubo depositado en la galería el saco de correas, el rojo, el paquete de papel pardo y la sombrerera de cuero ¿Para usted aquí, sir?

 

—Sí —dijo Mr. Pickwick.

 

—¡Dios del cielo! —dijo Mr. Magnus—. Nada me ha maravillado como estas coincidencias extraordinarias. También me hospedo yo aquí. Supongo que cenaremos juntos.

 

—Encantado —dijo Mr. Pickwick—. No sé fijamente si habrá aquí algún amigo mío o no. ¿Mozo, hay algún caballero aquí llamado Mr. Tupman?

 

Un corpulento mozo, que ostentaba una servilleta de quince días y en sus piernas medias contemporáneas de aquélla, abandonó pausadamente su ocupación de contemplar la calle al oír el interrogante de Mr. Pickwick, y luego de inspeccionar minuciosamente el aspecto del caballero, desde la copa del sombrero hasta el extremo inferior de las polainas, replicó con énfasis:

 

—¡No!

 

—¿No? ¿No hay ninguno que se llame Snodgrass? —preguntó Mr. Pickwick. —¡No!

 

—¿Ni Winkle?

 

—¡No!

 

—Mis amigos no han llegado hoy, sir —dijo Mr. Pickwick.

 

—Cenaremos, pues, solos. Indíquenos un gabinete privado, mozo.

 

Al oír esta demanda, dignóse el corpulento mozo ordenar al limpiabotas que entrara el equipaje de los viajeros, y conduciéndoles por un largo y oscuro pasillo, les introdujo en una amplia y desguarnecida estancia, con desvencijada y sucia chimenea, en la que una débil lumbre se afanaba en vano por animarse, pero que se extinguía rápidamente al influjo desalentador del lugar. Al cabo de una hora, sirvióse a los viajeros una mezquina ración de pescado y una lonja de carne, despachadas las

 

 

 

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cuales, Mr. Pickwick y Mr. Pedro Magnus acercaron sus sillas al fuego, y luego de mandar traer una botella del peor y más caro oporto, en beneficio de la casa, bebieron agua y aguardiente para atender al suyo propio.

 

Mr. Pedro Magnus era comunicativo por naturaleza, y el agua y el aguardiente operaron la maravilla de sacar a relucir los más escondidos secretos de su alma.

 

Después de producir varias referencias acerca de sí mismo, de su familia, de sus parientes, amigos y relaciones, de sus bromas, negocios y hermanos (todos los parlanchines se complacen grandemente en mencionar a sus hermanos), contempló Mr. Pedro Magnus a Mr. Pickwick por algunos minutos a través de sus lentes azules, y dijo con aire de modestia:

 

—¿Y qué piensa usted..., qué piensa usted, Mr. Pickwick..., qué me trae aquí? —Le aseguro —dijo Mr. Pickwick— que no puedo adivinarlo: negocios tal vez. —Acierta usted en parte —replicó Mr. Pedro Magnus—; pero yerra en parte al

 

mismo tiempo.

 

—Pues —dijo Mr. Pickwick— me entrego a su albedrío, y puede decírmelo o no, según tenga por conveniente, porque no he de adivinarlo aunque me pase la noche intentándolo.

 

—Vaya, pues... ¡je, je! —dijo Mr. Pedro Magnus, sonriendo tímidamente—. ¿Qué pensaría usted, Mr. Pickwick, si yo hubiera venido aquí para hacer una declaración? ¡Je, je!

 

—¿Qué pensaría? Pues que saldrá usted airoso, casi seguramente —replicó Mr.

 

Pickwick con una de sus sonrisas más joviales.

 

—¡Ah! —dijo Mr. Magnus—. ¿Pero lo cree usted así, Mr. Pickwick? ¿Lo cree usted, realmente?

 

—Ciertamente —dijo Mr. Pickwick.

 

—No; usted se chancea.

 

—Nada de eso.

 

—Bien; pues entonces —dijo Mr. Magnus—, para confiarle un secretillo, le diré que yo también lo creo así. No me arredra el decirle, Mr. Pickwick, aunque soy por naturaleza celoso... terriblemente celoso, que la dama se halla en esta casa.

 

Quitóse los lentes Mr. Magnus para hacer unos cuantos guiños y se los encajó nuevamente.

 

—Por eso se escapaba usted de aquí tantas veces antes de cenar —dijo Mr.

 

Pickwick, enarcando las cejas.

 

—¡Chist...! Acierta usted... Era por eso; mas no para cometer la imprudencia de verla, ¡por supuesto!

 

—¿No?

 

—No; no sería conveniente, ¿sabe usted?, así, acabado de llegar. Espero a mañana, sir; así tendré dobles probabilidades de éxito. Mr. Pickwick, sir, hay un traje

 

 

 

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en ese saco y un sombrero en esa caja que son inapreciables por el efecto que han de producir.

 

—¡Ah!, ¿sí? —exclamó Mr. Pickwick.

 

—Sí; ya habrá notado usted la inquietud en que me ha tenido todo el día. No creo que puedan comprarse por dinero un traje y un sombrero semejantes, Mr. Pickwick.

 

Felicitó Mr. Pickwick por su adquisición al venturoso propietario de aquellas prendas irresistibles, mientras que Mr. Pedro Magnus permaneció algunos momentos en muda contemplación.

 

—Es una hermosa mujer —dijo Mr. Magnus.

 

—Sí, ¿eh? —dijo Mr. Pickwick.

 

—Mucho —dijo Mr. Magnus—, mucho. Vive a veinte millas de aquí, Mr. Pickwick. He sabido que había de permanecer aquí esta noche y toda la mañana de mañana, y he venido para pescar la oportunidad. Yo creo que una fonda es buen sitio para declararse a una mujer que está sola, Mr. Pickwick. Pienso que hallándose de viaje ha de percibir menos su soledad que en su casa. ¿Qué opina usted, Mr. Pickwick?

 

—Creo que es muy probable —replicó el caballero.

 

—Dispénseme, Mr. Pickwick —dijo Mr. Pedro Magnus—; Pero soy algo curioso de mío: ¿a qué puede usted haber venido?

 

—Para un asunto mucho menos grato —replicó Mr. Pickwick poniéndose encarnado al recordarlo—. He venido aquí a denunciar la impostura y falsedad de un ser en cuyo honor y veracidad confié ciegamente.

 

—¡Santo Dios! —dijo Mr. Pedro Magnus—. Sí que es desapacible. Se trata de una dama, supongo, ¿eh? ¡Ah! ¡Pérfida, Mr. Pickwick, pérfida! Bueno, Mr. Pickwick, no quiero por nada del mundo excitar su dolor. Penosos asuntos, sir, muy penosos. No se cohiba por mí, Mr. Pickwick, de explayar sus angustias. Yo sé bien lo que es ser burlado por una mujer, sir; he sufrido yo eso tres o cuatro veces.

 

—Mucho le agradezco su conmiseración por lo que usted supone ser afección de melancolía —dijo Mr. Pickwick, dando cuerda a su reloj y dejándolo sobre la mesa —; pero...

 

—No, no —dijo Mr. Pedro Magnus—; no me diga nada: es un asunto enojoso. Ya comprendo, ya comprendo. ¿Qué hora es, Mr. Pickwick?

 

—Más de las doce.

 

—¡Caramba! Ya es hora de irse a la cama. Hice mal en sentarme aquí. Mañana voy a estar pálido, Mr. Pickwick.

 

Ante la sola presunción de semejante calamidad Mr. Magnus tiró de la campanilla en demanda de la camarera, y una vez transportados a su dormitorio el saco de correas, el saco rojo, la sombrerera y el envoltorio pardo, encaminóse, provisto de un barnizado candelero rojo, hacia uno de los extremos de la casa, en tanto que Mr.

 

 

 

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Pickwick, con otro candelero barnizado, era conducido hacia el opuesto lado, cruzando al paso por un dédalo de tortuosos pasadizos.

 

—Éste es su cuarto, sir —dijo la camarera.

 

—Muy bien —replicó Mr. Pickwick, mirando a su alrededor.

 

Era una habitación bastante capaz, con una chimenea encendida y dos camas; su apariencia, en suma, era más confortable de lo que Mr. Pickwick pudiera esperar, dado el concepto que se había formado acerca del alojamiento en El Gran Caballo Blanco.

 

—¿Por supuesto que no duerme nadie en la otra cama?

 

—¡Oh, no, sir!

 

—Muy bien. Diga a mi criado que mañana a las ocho y media me suba agua caliente y que esta noche no le necesito.

 

—Bien, sir.

 

Y después de dar las buenas noches a Mr. Pickwick, retiróse la camarera, dejándole solo.

 

Sentóse Mr. Pickwick en una silla ante el fuego y se perdió en una serie de perezosas meditaciones. Pensó primero en sus amigos, y se preguntó cuándo vendrían a reunirse con él; en seguida asaltó su mente el recuerdo de Marta Bardell, pasando su imaginación, por asociación natural, a la inmunda oficina de Dodson y Fogg. De Dodson y Fogg se escapó por la tangente al mismo centro y médula de la historia del cliente raro, y tornó luego a El Gran Caballo Blanco de Ipswich, conservando bastante clarividencia para convencerse de que estaba quedándose dormido. Levantóse, en consecuencia, y empezaba a desnudarse, cuando recordó que había dejado su reloj en la mesa del gabinete del piso bajo.

 

Era este reloj un objeto predilecto de Mr. Pickwick, por haberlo llevado en su chaleco durante muchos más años de los que tendríamos derecho a consignar ahora. Jamás había concebido su mente la posibilidad de meterse en la cama sin sentir el suave tictac bajo su almohada, o en la relojera, sobre su cabeza. Y como era algo tarde y no podía llamar a hora tan avanzada de la noche, deslizóse en la casaca de que acababa de despojarse y, tomando el barnizado candelero, bajó despacio la escalera.

 

Cuantas más escaleras bajaba, más parecía tener que bajar; al llegar Mr. Pickwick a cierto angosto pasillo, empezaba ya a felicitarse de haber pisado la planta baja, cuando apareció ante sus ojos atónitos otro tramo de escaleras. Por fin hallóse en un patio empedrado que recordaba haber visto al entrar en la posada. Cruzó pasillos y pasillos en su afanosa exploración; asomóse a una y otra estancia, y cuando, ya desesperado, se hallaba a punto de dar por terminada su pesquisa, abrió la puerta del mismo gabinete en que había consumido la velada y vio sobre la mesa su extraviada prenda. Tomó el reloj triunfante Mr. Pickwick y volvió sobre sus pasos hacia el dormitorio. Si en su marcha descendente habíanle asaltado dificultades e

 

 

 

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incertidumbres, su viaje de retorno se le hacía infinitamente más complicado. Filas de puertas guarnecidas de botas de todas formas, hechuras y y tamaños aparecían en varias direcciones. Más de una docena de veces levantó suavemente el picaporte de algún dormitorio, cuya puerta creía reconocer como la suya, y otras tantas oyó alguna voz malhumorada que decía desde dentro: «¿Quién demonios anda ahí?», o «¿Qué busca usted aquí? », que le hizo deslizarse de puntillas, con celeridad sorprendente. Ya estaba en los linderos de la desesperación, cuando; llamó su atención una puerta abierta; asomóse al punto. Al fin era aquélla: allí estaban las dos camas, cuya posición recordaba perfectamente, y el fuego vivo aún. La vela, va bastante corta cuando se la dieron, habíase consumido en las corrientes de aire y se deshizo en la palmatoria en el momento de cerrar la puerta.

 

—No importa —dijo Mr. Pickwick—; puedo desnudarme con el resplandor de la chimenea.

 

Las camas estaban colocadas una a cada lado de la puerta y en el espacio comprendido entre ellas y la pared había un estrecho callejón que terminaba en una tosca silla, así dispuesta para que la persona pudiera subir o bajar de la cama por aquel lado, si el caballero o la dama juzgábanlo necesario. Después de correr Mr. Pickwick las cortinas de la cama sentóse en la tosca silla y procedió a despojarse con toda cachaza de sus botas y polainas. Quitóse y doblo la levita, el chaleco y la corbata, y desdoblando lentamente su emborlado gorro de dormir, ajustóselo firmemente en la cabeza atando por debajo de su barba las cintas de que siempre tenía provista esta prenda. En aquel momento sobrevino a pensamiento lo absurdo de su reciente confusión. Repantingado en la silla, rió Mr. Pickwick de tan buena gana, que cualquier hombre normal hubiérase regocijado al ver las sonrisas, que dilataban sus bondadosos rasgos, temblar retozonas bajo el gorro de dormir.

 

—Está bueno esto —se dijo a sí mismo Mr. Pickwick, riendo hasta casi hacer saltar las cintas del gorro—, está bueno esto de haberme perdido y haber andado todas las escaleras. Chusco, muy chusco.

 

Sonrió en esto Mr. Pickwick con más gana aún que antes, y se disponía a continuar desnudándose con el mejor humor del mundo, cuando vino a interrumpirle algo inesperado: nada menos que la entrada en el cuarto de una persona con una palmatoria, que, cerrando la puerta tras de sí, dirigióse al tocador y dejó en él la luz.

 

La sonrisa que jugueteaba por el rostro de Mr. Pickwick trocóse al instante en una mueca de estupefacción y maravilla. La persona, quienquiera que fuese, habíase introducido tan repentinamente y con tal sigilo, que no le había dejado tiempo para gritar u oponerse a la entrada. ¿Quién podría ser? ¿Un ladrón? Tal vez un ente avieso que le habría visto subirlas escaleras con un magnífico reloj en la mano. ¿Qué debería hacer?

 

Para que Mr. Pickwick lograra echar una ojeada sobre el misterioso visitante, sin

 

 

 

 

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riesgo de ser descubierto, no tenía otro medio que deslizarse a la cama y asomarse furtivamente entre las cortinas del lado opuesto. Manteniendo las cortinas cuidadosamente cerradas con las manos, de modo que sólo podía vérsele la cara y el gorro, y calándose los lentes, hizo coraje y miró hacia fuera.

 

A Punto estuvo de desmayarse, vencido por el horror y el anonadamiento. De pie, frente al espejo, veíase a una dama de mediana edad, con amarillos rizadores de papel, ocupada en la faena de atusar lo que las señoras llaman los «abuelos», Aunque allí hubiera entrado por distracción, era obvio que se proponía pasar allí la noche, porque había traído consigo una lamparilla con pantalla, que colocara por precaución, digna de alabanza, contra el fuego, dentro de un aguamanil, en el suelo, desde donde lanzaba sus destellos como un faro gigantesco sobre una pequeñísima extensión de agua.

 

«¡Dios me valga!», pensó Mr. Pickwick, «qué cosa más espantosa!».

 

—¡Ejem! —dejó oír la señora.

 

Y la cabeza de Mr. Pickwick se ocultó con automática presteza.

 

«Jamás me ocurrió nada tan horrible», pensó el pobre Mr. Pickwick, cuyo frío sudor brotaba en gotas sobre el gorro. «Nunca. Esto es horroroso.»

 

Era imposible resistir el deseo apremiante de ver lo que iba a pasar, y, en consecuencia, sacó de nuevo la cabeza Mr. Pickwick. El porvenir se ofrecía más alarmante aún. La madura señora había terminado el arreglo de su cabellera y, después de cubrirla con una cofia nocturna de muselina de rizados bordes, estábase contemplando el fuego con aire pensativo.

 

«Esto se está poniendo grave», razonó para sí Mr. Pickwick. «No puedo consentir que las cosas vayan por este camino. Por el confiado abandono que se ve en esta señora, considero indudable que me he equivocado de habitación. Si llamo, esta mujer va a alarmar la casa; pero si me quedo quieto, las consecuencias pueden ser peores aún.»

 

No habrá que decir que Mr. Pickwick era uno de los seres más honestos y delicados del mundo. La sola idea de mostrarse ante una señora con el gorro de dormir le sobrecogía; mas las condenadas cintas del mismo se habían hecho un nudo y érale imposible librarse de ellas. La advertencia era imprescindible. Sólo había un modo de hacerla. Ocultóse entre las cortinas, y dijo muy alto:

 

—i Eh, eh!

 

El sobresalto de la dama ante el ruido inesperado se evidenció, porque dejó caer la pantalla de la lámpara nocturna; mas debió persuadirse de que aquello había sido una simple alucinación de su fantasía, porque, al aventurarse Mr. Pickwick a asomar la cabeza, creyéndola desmayada y petrificada por el terror, la vio contemplando el fuego, pensativa, como antes.

 

«Es una mujer extraordinaria», pensó Mr. Pickwick, ocultándose de nuevo. «¡Eh,

 

 

 

 

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eh!»

 

Estas últimas voces, que tanto se parecían a aquellas, según nos refiere la leyenda, de que se valía el gigante Blunderbore para comunicar sus órdenes, fueron demasiado perceptibles para que pudiera tomárselas por meras falacias de la imaginación.

 

—¡Cielos! —dijo la dama—. ¿Qué es esto?

 

—Es... es... nada más que un caballero, señora —dijo Mr. Pickwick, desde el interior.

 

—¡Un caballero! —dijo la señora, gritando aterrada.

 

«Llegó el momento», pensó Mr. Pickwick.

 

—¡Un desconocido! —exclamó frenéticamente la dama.

 

Un instante más, y la casa se ponía en conmoción. Los vestidos dejaron oír su roce sonoro al acercarse la señora a la puerta.

 

—¡Señora! —dijo Mr. Pickwick, asomando la cabeza, a punto ya de desesperarse

 

—. ¡Señora!

 

Y aunque ningún propósito preconcebido impulsara a Mr. Pickwick a sacar la

 

cabeza en aquel momento, no dejó de producir al instante un feliz resultado. La señora, según hemos dicho ya, estaba junto a la puerta. Hubiérala ya cruzado sin duda alguna, para ganar la escalera, si la aparición súbita del gorro de Mr. Pickwick no la hubiese hecho retroceder hasta el rincón extremo del cuarto, donde se quedó mirando estupefacta a Mr. Pickwick, mientras que Mr. Pickwick contemplábala estupefacto también.

 

—¡Miserable! —dijo la señora, tapándose el rostro con las manos—. ¿Qué busca usted aquí?

 

—Nada, señora, nada —dijo, afanoso, Mr. Pickwick.

 

—¿Nada? —dijo la señora mirándole con altanería.

 

—Nada, señora, por mi honor —dijo Mr. Pickwick, sacudiendo su cabeza con tanta energía que hizo danzar de nuevo la borla del gorro—. Me anonada, señora, la vergüenza que me produce dirigirme a una dama hallándome en gorro de dormir —la señora se arrancó el suyo a toda prisa—, pero no me lo puedo quitar —y en prueba de su aserto diose un fuerte tirón del gorro Mr. Pickwick—. No dudo, señora, que me he equivocado de habitación. No llevaba aquí ni cinco minutos cuando usted entró.

 

—Suponiendo que sea cierta esa historia inverosímil —dijo la dama, suspirando agitada—, tiene usted que abandonar el cuarto al instante.

 

—Lo haré, señora, con el mayor gusto —replicó Mr. Pickwick.

 

—Al instante, sir —dijo la dama.

 

—Sin duda, señora —se apresuró a decirle Mr. Pickwick—. Sin duda, señora. Yo..., yo ..., deploro, señora —dijo Mr. Pickwick, mostrándose a los pies de la cama —, haber sido la causa inocente de esta alarma y conmoción; lo deploro profundamente, señora.

 

 

 

 

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La señora le señaló la puerta. Una de las más preeminentes cualidades de Mr. Pickwick se puso gallardamente de manifiesto en tan críticas circunstancias, pues no obstante haberse calado el sombrero sobre el gorro en la guisa de los antiguos corchetes y de llevar en la mano sus botas y polainas y bajo el brazo la levita y el chaleco, no podía abandonarse su innata galantería.

 

—Lo siento con toda mi alma, señora —dijo Mr. Pickwick, haciendo una profunda reverencia.

 

—Si es así, sir, saldrá usted sin demora de la estancia —dijo la dama. —Inmediatamente, señora; al instante, señora —dijo Mr. Pickwick, abriendo la

puerta y dejando caer las dos botas con estrépito.

 

»Confío, señora —prosiguió Mr. Pickwick, recogiendo sus botas y volviéndose al punto para hacer otra reverencia—; confío, señora, en que mi conducta irreprochable y la devoción que su sexo me inspira podrán disculpar lo ocurrido en cierto modo.

 

Pero antes de que terminase Mr. Pickwick la frase habíale empujado la señora al pasillo, cerrando la puerta y echando el cerrojo.

 

Aunque tuviese Mr. Pickwick motivos para felicitarse por haber escapado tan suavemente de su embarazosa situación pasada, no era muy envidiable la que a la sazón corría. Veíase solo en un pasillo, a medio vestir, en casa extraña y en plena noche; no era probable que en la más absoluta oscuridad pudiera encontrar el camino de su habitación, no habiéndole sido posible descubrirlo con auxilio de luz; y si en sus pesquisas infructuosas llegaba a producir el más leve ruido, no parecía difícil recibiera un tiro y aun que fuera asesinado por cualquier viajero que se hallara despierto. No le quedaba otro recurso que permanecer allí hasta que viniera el día. Así, pues, avanzando algunos pasos a lo largo del pasillo y sufriendo no poco sobresalto por haber tropezado al hacerlo con varios pares de botas, acurrucóse en un pequeño hueco que la pared hacía y se dispuso a esperar la mañana con todo el estoicismo de que era capaz. Mas no le condenaba el destino a sufrir esta prueba de paciencia, porque no llevaba mucho tiempo en su nuevo escondite cuando vio, con horror indescriptible, aparecer a un hombre con una luz por el extremo del pasillo. Su espanto trocóse pronto, sin embargo, en alegría al reconocer a su fiel servidor. Era, en efecto, aquel hombre Mr. Samuel Weller, que, después de haber permanecido hasta tan tarde de charla con el limpiabotas, que tenía que esperar el correo, se retiraba a descansar.

 

—Sam —dijo Mr. Pickwick apareciendo de repente—, ¿dónde está mi cuarto? Mr. Weller contempló a su amo con la más acentuada sorpresa, y sólo después

 

que le repitiera por tres veces sucesivas la pregunta giró en redondo y le guió hacia la estancia que con tanto afán buscaba.

 

—Sam —dijo Mr. Pickwick al meterse en la cama—, he sufrido esta noche la más rara equivocación que he oído en mi vida.

 

 

 

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—No me extrañaría, sir —repitió secamente Mr. Weller.

 

—Pero estoy resuelto, Sam —dijo Mr. Pickwick—, aunque tuviera que pasar en esta casa seis meses, a no aventurarme a andar solo por ella otra vez.

—Ésa es la resolución más prudente que podría usted tomar, sir —replicó Mr. Weller—. Necesita usted que haya quien mire por usted cuando su juicio se marcha de visita.

 

—¿Qué quieres decir con eso, Sam? —dijo Mr. Pickwick.

 

Incorporóse en la cama y extendió la mano, como si fuera a decir algo más; pero, reprimiéndose bruscamente, se volvió del otro lado y dio a su criado las buenas noches.

 

—Buenas noches, sir —replicó Mr. Weller.

 

Detúvose al salir al pasillo..., movió la cabeza.., siguió andando..., paróse otra vez..., apagó la luz..., sacudió de nuevo la cabeza, y, por fin, encaminóse a su cuarto lentamente, sumido en las más profundas meditaciones.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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23.    En el cual Mr. Samuel Weller comienza a dedicar sus energías al duelo de revancha contra Mr. Trotter

 

En una pequeña estancia, próxima a la cuadra, a la hora temprana de la mañana que se iniciara por la aventura de Mr. Pickwick con la dama cuarentona de los rizadores amarillos, hallábase sentado Mr. Weller padre y ocupado en los preparativos de su viaje a Londres. La actitud en que se ofrecía en aquel momento era notoriamente adecuada para que se le hiciera un retrato.

 

Tal vez en pasadas épocas de su carrera podría haber lucido Mr. Weller una silueta de rasgos uniformes y precisos. Pero su rostro habíase ensanchado bajo la influencia de la buena vida y de su genuina tendencia a la resignación; sus líneas carnosas y pronunciadas tanto se habían excedido de sus límites prístinos, que, a menos de contemplar su faz de lleno, habíase difícil percibir otra cosa que la punta de una rubicunda nariz. El mentón había adquirido, por la misma causa, esa forma imponente y grave que suele describirse anteponiendo la palabra «sota» al vocablo significativo de tan expresivo rasgo; su tez ostentaba esa abigarrada combinación de colores que sólo puede advertirse en personas de su profesión y en el rosbif cuando se sirve por debajo del punto. Tenía una bufanda carmesí de viaje arrollada a su cuello, que se adaptaba con tan imperceptible gradación a la sotabarba, que era difícil distinguir los pliegues de la una de los de la otra. Montaba sobre la bufanda un largo chaleco de anchas listas rojas y cubría a éste una casaca verde de holgados faldones, exornada con grandes botones de latón, de los cuales los dos que guarnecían el chaleco se hallaban tan distanciados, que nadie había podido verlos a la vez. Su cabello, negro, liso y corto, apenas sobresalía de las grandes alas de su sombrero de aplastada copa. Llevaba sus piernas aprisionadas en calzones encordelados y medias botas revueltas, y una cadena de reloj de cobre rematada por una leontina y una llave del mismo metal pendía libre de su voluminoso abdomen.

 

Hemos dicho que Mr. Weller se ocupaba en preparar su viaje a Londres, y, en efecto, se hallaba tomando un tentempié. Sobre la mesa que ante sí tenía había un jarro de cerveza, una lonja de vaca fiambre y un pan de respetables dimensiones, a cada uno de los cuales supo atender Mr. Weller alternativamente y sin la menor parcialidad. Acababa de cortar una rebanada de pan, cuando el ruido de los pasos de alguno que entraba le hizo levantar la cabeza, y vio a su hijo.

 

—Buenos días, Sammy —dijo el padre.

 

El hijo acercóse al jarro de cerveza y, después de un movimiento de cabeza, echó un trago prolongado por toda respuesta.

 

—Sorbes bastante bien, Sammy —dijo Mr. Weller, mirando hacia el interior del jarro, luego que su primogénito lo dejó sobre la mesa medio vacío—. Hubieras hecho la gran ostra si hubieras nacido en ese reino.

 

 

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—Sí; apuesto cualquier cosa a que me hubiera dado la gran vida —replicó Sam, cayendo furiosamente sobre el fiambre.

 

—Siento mucho, Sammy —dijo Mr. Weller padre, agitando la cerveza y describiendo pequeños círculos con el jarro, disponiéndose a beber—, siento mucho haber sabido por ti mismo que te has dejado sopapear por el castaño. Hasta trece días estuve en la creencia de que las palabras Weller y sopapeo no podían andar juntas nunca, Sammy.

 

—Exceptuando el caso de una viuda, por supuesto —dijo Sam.

 

—Las viudas, Sammy —replicó Mr. Weller, demudándose ligeramente—, las viudas quiebran todas las reglas. He oído calcular el número de mujeres normales que harían falta para hacerse contigo tan pronto como una sola viuda. Creo que son veinticinco; pero aún creo que hagan falta más.

 

—¡Ah, sí, ya lo creo! —dijo Sam.

 

—Además —prosiguió Mr. Weller, sin fijarse en la interrupción— es una cosa muy distinta. Ya sabes, Sammy, lo que dijo aquel abogado que defendió a uno que pegaba a su mujer con el hurgón siempre que se ponía a medios pelos: «Después de todo, señor, no se trata más que de una inocente debilidad». Eso digo yo de las viudas, Sammy, y eso dirás tú cuando tengas mi edad.

 

—Yo me las hubiera arreglado mejor —dijo Sam.

 

—¡Me las hubiera arreglado mejor! —repitió Mr. Weller, dando en la mesa un puñetazo—. ¡Arreglado mejor! Yo sé de un mozalbete que no ha tenido la mitad ni la cuarta parte siquiera de tu educación, que no ha dormido en los mercados ni siquiera seis meses y que se hubiera sonrojado de caer de esa manera; sonrojado, Sammy.

 

En la vehemencia despertada por esta reflexión desconsoladora, tiró de la campanilla Mr. Weller y pidió otro jarro de cerveza.

 

—Bien; no hay para qué hablar de esto ahora —dijo Sam—. Ya está hecho y no tiene remedio, lo cual es un consuelo, como suelen decir en Turquía cuando por error le cortan la cabeza a un inocente. Estoy convencido, mi señor, de que en cuanto me eche a la cara a ese Trotter va a ver lo que es bueno.

 

—Así lo espero, Sammy —replicó Mr. Weller—. Ésta es tu ocasión, Sammy, y ya puedes darte prisa para lavar el baldón que ha caído sobre el nombre de la familia.

 

Para festejar tal discurso bebió Mr. Weller de un trago dos tercios por lo menos del nuevo jarro y lo pasó a su hijo para que despachara el resto, lo que llevó a cabo instantáneamente.

 

—Y ahora, Sammy —dijo Mr. Weller, consultando el reloj de dos esferas que colgaba del extremo de la cadena de cobre—, ya es hora de que suba a la oficina para tomar la hoja de ruta y ver cargar el coche; porque los coches, Sammy, como los cañones, requieren mucho cuidado para ser cargados antes de dispararse.

 

Sonrió Mr. Weller hijo con aire filial a esta paternal humorada del oficio. Su

 

 

 

 

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venerado padre siguió diciendo en tono solemne:

 

—Voy a separarme de ti, Samivel, hijo mío, y no sé cuándo te veré otra vez; tu madrastra puede aniquilarme; pueden suceder mil cosas antes de que recibas noticias del famoso Mr. Weller de la «Bell Savage». El nombre de la familia descansa en ti, Samivel, y yo espero que procederás como es tu deber. En cuanto a los demás detalles de la vida, sé que puedo confiar en ti como en mí mismo. Así, pues, sólo me resta hacerte una ligera advertencia. Si por acaso llegas a los cincuenta y se te ocurre casarte con alguien, sea quien sea, enciérrate al instante en tu habitación, si es que tienes alguna, y envenénate. Ahorcarse es demasiado vulgar, así que nada de eso. Envenénate, Samivel, hijo mío, y ya verás cómo quedas contento.

 

Con estas conmovedoras palabras miró fijamente Mr. Weller a su hijo, y girando pausadamente sobre los talones desapareció de su vista.

 

Con el meditabundo talante que estas palabras le hicieron adoptar salió Mr. Weller de El Gran Caballo Blanco luego que su padre se hubo marchado, y enderezando sus pasos hacia la iglesia de San Clemente, trató de disipar su melancolía dejándose ir por sus vetustos aledaños. Algún tiempo hacía que rondaba por allí, cuando se halló en un lugar apartado: una especie de patio de severa apariencia, que advirtió no tenía otra salida que aquella por la que él había entrado. Disponíase a volver sobre sus pasos, cuando se sintió clavado al suelo por una súbita aparición, aparición cuyo aspecto y figura vamos a describir.

 

Absorto en sus divagaciones, estábase contemplando Mr. Weller los viejos edificios de ladrillo, echando miradas distraídas sobre cierta lozana criada que ora levantaba un visillo, ora abría de par en par la ventana de un dormitorio, cuando la puerta verde de un jardín situado en el fondo del patio abrióse de pronto, dando salida a un hombre que la cerró cuidadosamente tras de sí y se dirigió apresuradamente hacia el sitio en que estaba Mr. Weller.

 

Ahora bien; si esto se considera meramente como un hecho aislado y exento de circunstancias accesorias, no había en ello nada de extraordinario; porque en todas partes del mundo hay hombres que salen de jardines, que cierran las verjas tras ellos y que emprenden marcha apresurada sin que llamen la atención de nadie. Es, pues, evidente que debía de haber algo en el hombre, en su persona o en su aire, o en ambos, para que atrajera la curiosidad de Mr. Weller: Si habíalo o no, el lector habrá de resolverlo cuando se haya descrito fielmente la actuación del individuo en cuestión.

 

Al cerrar el hombre tras sí la verja verde, marchó, como ya hemos dicho dos veces, con paso apresurado hacia la salida del patio; mas no bien advirtió a Mr. Weller, vaciló, paróse un momento, cual si dudara qué partido tomar. Como había cerrado la puerta verde y no había otra salida que la de enfrente, no tardó en comprender que para pasar era preciso que se quitase de en medio Mr. Weller.

 

 

 

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Reanudó, no obstante, su rápida marcha, mirando resuelto hacia adelante. Lo más raro del caso es que el hombre contraía su rostro, que dibujaba las más espantosas y extrañas muecas del mundo. Nunca viéronse las líneas naturales desfiguradas por artificio escultórico tan original como el que aquel hombre impuso en un momento a su fisonomía.

 

«Bien», se dijo Mr. Weller al ver acercarse a aquel hombre. «Es particular. Juraría que es él».

 

Iba el hombre acercándose, y cuanto más avanzaba más espantosas eran las contorsiones de su rostro.

 

—Respondería de ese pelo y de esa levita castaña —dijo Mr. Weller—; pero lo que es esa cara, no he visto otra igual en mi vida.

 

Al decir esto Mr. Weller, tomaron las facciones del hombre un mohín extraterreno verdaderamente repulsivo. No tuvo más remedio que pasar junto a Mr. Weller, cuya escrutadora mirada logró descubrir bajo las desconcertantes torsiones de aquella faz algo demasiado parecido a los ojuelos de Mr. Job Trotter, para creerse víctima de un error.

 

—¡Hola, sir! —exclamó Sam, furioso.

 

El hombre se paró.

 

—¡Hola! —repitió Sam con mayor vehemencia aún.

 

El hombre de cara repulsiva miró con gran sorpresa a un extremo del patio, a todas las ventanas de las casas circundantes... a todas partes menos hacia Sam Weller, y daba un paso hacia delante, cuando le detuvo otra nueva llamada.

 

—¡Eh, sir! —dijo Sam por tercera vez.

 

Ahora no había error posible respecto a la procedencia de la voz, y el hombre no tuvo más remedio que dirigir su mirada francamente al rostro de Sam Weller.

 

—Eso no viene a cuento, Job Trotter —dijo Sam—. ¡Vaya! Nada de tonterías. No es usted tan bonito que pueda permitirse ocultar ninguna de sus buenas partes. Haga el favor de traer sus ojos del cogote a su sitio si no quiere que yo se los saque de la cabeza. ¿Oye usted?

 

Comprendiendo que Mr. Weller estaba dispuesto a proceder según anunciaban sus palabras, hizo Mr. Trotter recobrar a su cara la expresión natural, y marcando un ademán de alegría, exclamó:

 

—¿Qué es lo que veo? ¡Mr. Walker!

 

—¡Ah! —replicó Sam—. ¿Se alegra usted mucho de verme, verdad? —¡Alegrarme! —exclamó Job Trotter—. ¡Oh, Mr. Walker, si usted supiera cuánto

 

he buscado esta entrevista! Es demasiado, Mr. Walker: no puedo más, no puedo.

 

Y con estas palabras rompió Mr. Trotter en un respetable flujo de lágrimas, y echando sus brazos a Mr. Weller, le abrazó estrechamente en un espasmo de alegría.

 

—¡Fuera! —gritó Sam, indignado por semejantes extremos, pugnando por zafarse

 

 

 

 

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de la aprehensión del entusiasta amigo—. ¡Fuera digo! ¿Para qué viene a llorarme encima, regadera mecánica?

 

—Porque estoy contentísimo de verle —replicó Mr. Trotter, soltando poco a poco a Mr. Weller en cuanto vio que empezaban a desvanecerse los síntomas belicosos—. ¡Oh, Mr. Walker, es demasiado!

 

—¡Demasiado! —repitió Sam—. Eso creo yo: que es demasiado. ¿Y ahora qué es lo que tiene usted que decirme, eh?

 

Mr. Trotter no respondió, porque el diminuto pañuelo rojo funcionaba a toda máquina.

 

—¿Qué es lo que piensa usted decirme, antes de que yo le quite la cabeza? — repitió Mr. Weller en tono amenazador.

 

—¡Cómo! —dijo Mr. Trotter con gesto de resignada sorpresa. —¿Qué es lo que va usted a decirme?

 

—¿Yo, Mr. Walker?

 

—No me llame Mr. Walker; ni nombre es Weller. Lo sabe usted perfectamente. ¿Qué es lo que va usted a decirme?

 

—Por Dios, Mr. Walker... digo, Mr. Weller... muchas cosas si quiere usted venir conmigo a alguna parte en que podamos charlar a gusto. ¡Si usted supiera lo que yo le he buscado, Mr. Weller...!

 

—¿Mucho, verdad? —dijo Sam, secamente.

 

—Mucho, mucho, sir —replicó Mr. Trotter sin que se moviera un solo rasgo de su cara—. Pero vengan esas manos, Mr. Weller.

 

Contempló Sam a su compañero por espacio de unos segundos, y de pronto, como obedeciendo a un súbito impulso, accedió a lo que se le pedía.

 

—¿Cómo —dijo Job Trotter cuando ya salían juntos—, cómo está su querido amo? ¡Oh, es un hombre dignísimo, Mr. Weller! ¿Espero que no cogería un catarro aquella noche terrible, sir?

 

Cruzó por los ojos de Mr. Trotter al decir esto un relámpago fugacísimo de profunda malicia, que produjo un estremecimiento en el puño crispado de Mr. Weller, infundiéndole el deseo ardiente de hacérselo sentir al otro en las costillas. Contúvose, sin embargo, Mr. Weller, y respondió que su amo estaba perfectamente.

 

—Me alegro mucho —replicó Mr. Trotter—. ¿Está aquí? —¿Está el de usted? —preguntó Sam, por toda respuesta.

 

—Sí, está aquí, y lamento tener que decirle que está peor que nunca.

 

—¡Ah ...! —dijo Sam.

 

—¡Sí, imposible, tremendo!

 

—¿En un pensionado?

 

—No, no en un colegio —replicó Job Trotter, con el mismo gesto malicioso que antes impresionara a Sam—. No en un colegio.

 

 

 

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—¿En la casa de la puerta verde? —dijo Sam, mirando de cerca a su compañero. —No, no; allí, no —replicó Job con una precipitación desacostumbrada en él—;

 

allí, no.

 

—¿Qué hacía usted allí? —preguntó Sam, con perspicaz mirada—. ¿Se encontró usted sin saber cómo del otro lado de la puerta?

 

—Vaya, Mr. Weller —replicó Job—, no me importa comunicarle mis secretillos, porque, como usted sabe, nos tomamos gran apego cuando nos vimos por primera vez. ¿No recuerda usted lo agradablemente que lo pasamos aquella mañana?

 

—Sí —dijo Sam, impaciente—. Recuerdo. Bueno.

 

—Bueno —respondió Job, hablando con gran precisión y en el grave tono de un hombre que comunica un importante secreto—; en esa casa de la puerta verde, Mr. Weller, se albergan muchas buenas criadas.

 

—Así lo creo por lo que he visto —interpuso Sam.

 

—Sí —prosiguió Mr. Trotter—, y una de ellas es una cocinera que ha ahorrado

 

algún dinero, Mr. Weller, y desea, si puede establecerse, abrir una tiendecita en cosa

 

de cerería.

 

—¿Sí?

 

—Sí, Mr. Weller. Pues bien, sir, la vi en una capilla a la que yo voy. Hay en esta ciudad, Mr. Weller, una capillita muy aseada, donde cantan la colección número cuatro de himnos que llevo generalmente conmigo en un librito que tal vez haya usted visto en mis manos; y entré en intimidad con ella, Mr. Weller, y de aquí nació una amistad entre nosotros, y puedo aventurarme a decir, Mr. Weller, que voy a ser el cerero.

 

—¡Ah, y hará usted un cerero muy complaciente! —replicó Sam, mirando a Job con aire de intenso disgusto.

 

—La gran ventaja de esto, Mr. Weller —continuó Job, cuyos ojos se llenaban de lágrimas al hablar—, será permitirme abandonar este desdichado empleo, al lado de ese mal hombre, y dedicarme a una vida mejor y más honrada; mucho más en armonía con la educación que se me había dado, Mr. Weller.

 

—Por fuerza tiene usted que haber recibido una educación exquisita —dijo Sam.

 

—¡Oh, mucho, Mr. Weller, mucho! —replicó Job.

 

Ante la remembranza de la pureza de sus días juveniles, Mr. Trotter sacó el pañuelo rojo y lloró copiosamente.

 

—Debe usted de haber sido un chico verdaderamente encantador para ir con usted a la escuela —dijo Sam.

 

—¡Sí que lo fui, sir! —replicó Job, lanzando un profundo suspiro—. Yo era el ídolo del lugar.

 

—¡Ah! —dijo Sam—, no me extraña. Debe usted de haber sido un gran consuelo para su bondadosa madre.

 

 

 

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Al oír estas palabras, Mr. Job Trotter se introdujo una punta del pañuelo encarnado en cada uno de sus ojos y empezó a llorar a lágrima viva.

 

—¿Qué le pasa a este hombre? —dijo Sam, indignado—. Los caños de Chelsea no son nada para usted. ¿Por qué se está usted liquidando ahora? ¿Por la conciencia de su villanía?

 

—No puedo acallar mis emociones, Mr. Weller —dijo Job después de una breve pausa—. ¡Pensar que mi amo pudo sospechar la conversación que tuve con el de usted, que me arrebató en una silla de posta, y que, después de convencer a la tierna doncella para que dijera que no le conocía, y de sobornar a la directora del colegio para que hiciera lo mismo, abandonó a aquélla en busca de otro negocio mejor! ¡Oh! ¡Mr. Weller, me hace estremecer!

 

—Fue eso lo que ocurrió, ¿verdad? —dijo Mr. Weller.

 

—Así fue, sin duda —replicó Job.

 

—Bien —dijo Sam cuando ya iban acercándose al hotel—. Yo quiero charlar un poco con usted, Job; así es que, si no tiene usted compromiso especial, me gustaría ver a usted en El Gran Caballo Blanco esta noche hacia las ocho.

 

—No faltaré —dijo Job.

 

—Mejor será —replicó Sam con una mirada muy significativa—; en otro caso podrá ser que fuera a preguntar por usted hacia dentro de la puerta verde, y esto podría contrariarle.

 

—Le buscaré, seguramente —dijo Mr. Trotter.

 

Y estrechando con el mayor fervor la mano de Sam, se marchó.

 

—Ten cuidado, Job Trotter, ten mucho cuidado —dijo San, mirándole alejarse—, porque si no, esta vez vas a tener bastante conmigo. A fe que sí.

 

Después de este soliloquio, y luego que se hubo perdido de vista Job, dirigióse Mr. Weller lo más pronto posible a! dormitorio de su amo.

 

—Todo marcha, sir —dijo Sam.

 

—¿Qué es lo que marcha, Sam? —pregunto Mr. Pickwick.

 

—Les he descubierto, sir —dijo Sam.

 

—¿Descubierto a quién?

 

—A aquel famoso caballerete y al mocito melancólico del cabello negro. —¡Imposible, Sam! —dijo Mr. Pickwick con gran vehemencia—. ¿Dónde están,

 

Sam, dónde están?

 

—¡Chist! —replicó Mr. Weller.

 

Y mientras ayudaba a vestirse a Mr. Pickwick, detalló el plan de ataque que se proponía desarrollar.

 

—¿Pero cuándo se va a hacer eso, Sam?

 

—Todo se hará oportunamente, sir —replicó Sam.

 

Si se hizo oportunamente o no, podrá verse por lo que sigue.

 

 

 

 

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24.    En el que, por concebir celos Mr. Pedro Magnus e inquietudes la dama, caen los pickwickianos en las garras

 

de la ley

 

 

Cuando bajó Mr. Pickwick al gabinete en que pasara la velada en compañía de Mr. Pedro Magnus, encontró a éste vistosamente ataviado con todo lo que contenían los dos sacos, la sombrerera de cuero y el pardo envoltorio, y paseándose por la estancia en estado de la mayor agitación.

 

—Buenos días, sir —dijo Mr. Pedro Magnus—. ¿Qué le parece a usted?

 

—De gran efecto, realmente —replicó Mr. Pickwick, examinando con sonrisa bondadosa el tocado de Mr. Pedro Magnus.

 

—Me parece que sí —dijo Mr. Magnus—. Mr. Pickwick, acabo de enviarle mi tarjeta.

 

—¿Sí? —dijo Mr. Pickwick.

 

—Y el criado me ha traído recado de que ella me recibirá a las once... a las once, sir. No falta más que un cuarto de hora.

 

—Poco tiempo falta —dijo Mr. Pickwick.

 

—Poco —replicó Mr. Magnus—, demasiado poco para estar tranquilo... ¿verdad, Mr. Pickwick?

 

—En estos casos lo es todo la confianza del éxito —observó Mr. Pickwick.

 

—Así lo creo, sir —dijo Mr. Pedro Magnus—. Tengo gran confianza, sir. Realmente, no veo por qué, Mr. Pickwick, ha de abrigarse temor en estos casos. ¿Qué es, después de todo, sir? Nada que suponga vergüenza; cuestión de mutua conveniencia, y nada más. De un lado, el marido, y la esposa del otro. Éste es mi juicio sobre el asunto, Mr. Pickwick.

 

—Es una actitud verdaderamente filosófica —replicó Mr. Pickwick—. Pero el almuerzo aguarda, Mr. Magnus. Vamos.

 

Sentáronse a almorzar; mas era evidente que Mr. Magnus, a despecho de su jactanciosa pretensión de calma, sufría intensa nervosidad, de la cual eran los síntomas principales la inapetencia, una endiablaba propensión a tirar cuanto había en la mesa, los vanos y fúnebres intentos de zumba y una irresistible tendencia a mirar al reloj a cada instante.

 

—¡Je... je... je! —balbució Mr. Magnus, afectando un optimismo que en vano disimulaba la inquietud que le poseía—. Sólo faltan dos minutos, Mr. Pickwick. ¿Estoy pálido, sir?

 

—No mucho —respondió Mr. Pickwick.

 

Transcurrió un breve silencio.

 

—Dispénseme, Mr. Pickwick: ¿ha hecho usted en su tiempo algo así? —dijo Mr.

 

Magnus.

 

 

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—¿Una declaración amorosa, quiere usted decir? —dijo Mr. Pickwick.

 

—Sí.

 

—¡Nunca —dijo Mr. Pickwick, con gran energía—, nunca!

 

—¿Entonces no tendrá usted idea de cómo debe empezarse? —dijo Mr. Magnus. —¡Psh...! —dijo Mr. Pickwick—. Alguna vez he pensado en esas cosas; pero

 

como nunca las he experimentado, sentiría mucho que usted se guiara por mí.

 

—Le agradecería mucho que me hiciera alguna indicación, sir —dijo Mr. Magnus, echando otra mirada al reloj, cuya manecilla señalaba casi cinco minutos más de la hora.

 

—Bien, sir —dijo Mr. Pickwick, con la grave solemnidad que el grande hombre sabía adoptar cuando quería fijar sus ideas de modo indeleble—: empezaría, sir, por dedicar un homenaje a la belleza y preciosas dotes de la dama, y de ahí me desviaría para ocuparme de mi humilde persona.

 

—Muy bien —dijo Mr. Magnus.

 

—Humilde para ella sólo, se entiende, sir —prosiguió Mr. Pickwick—. Para mostrarle que yo no estaba huérfano de todo mérito, recapitularía mi vida pasada y expondría mi condición presente. Insinuaría, por ejemplo, que para cualquiera otra podría yo constituir una proporción codiciable. Me explayaría luego en la pintura efusiva de mi amor y en lo acendrado de mi devoción. Tal vez intentara entonces apoderarme de su mano.

 

—Sí, ya —dijo Mr. Magnus—; ése es un detalle de gran importancia.

 

—Acto seguido, sir —continuó Mr. Pickwick, cobrando entusiasmo a medida que el tema se le ofrecía cada vez más brillante y tentador—, acto seguido formularía la sencilla y escueta pregunta: «¿Me quiere usted?». Creo no equivocarme al afirmar que en tal momento ella volvería su rostro a otro lado.

 

—¿Cree usted con seguridad eso? —dijo Mr. Magnus—. Porque si no lo hiciera en el momento oportuno sería desconcertante.

 

—Creo que sí —dijo Mr. Pickwick—. Ya en esto le oprimiría la mano... y creo..., creo, Mr. Magnus, que después de hacer esto, en el caso de que no me rechazara, retiraría suavemente el pañuelo que, por mi experiencia de la naturaleza humana, presumo que la dama se habría llevado a los ojos, y le robaría un beso respetuoso. Creo que la besaría, Mr. Magnus; y ya en este punto, sospecho que, si la dama hubiera de aceptarme, murmuraría en mi oído una palabra tímida de consentimiento.

 

Levantóse Mr. Magnus; contempló en silencio por breves momentos el rostro inteligente de Mr. Pickwick, y como el reloj señalara diez minutos más de la hora, le estrechó !a mano con efusión y salió precipitadamente.

 

Dio Mr. Pickwick varias vueltas por la estancia, y, siguiendo el minutero su ejemplo en cierto modo, llegaba a apuntar la media cuando la puerta se abrió bruscamente. Volvióse para recibir a Mr. Pedro Magnus y halló en su lugar la cara

 

 

 

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risueña de Mr. Tupman, el plácido semblante de Mr. Winkle y los inteligentes rasgos de Mr. Snodgrass. Saludábales Mr. Pickwick, cuando entró Mr. Pedro Magnus.

 

—Amigos míos, el señor de quien les hablaba..., Mr. Magnus —dijo Mr.

 

Pickwick.

 

—Servidor de ustedes, caballeros —dijo Mr. Magnus, presa de ostensible excitación—. Mr. Pickwick, permítame una palabra, sir

 

Al decir esto, introdujo Mr. Magnus el índice en el ojal de la levita de Mr.

 

Pickwick y, llevándole aparte, exclamó:

 

—Felicíteme, Mr. Pickwick; seguí su consejo al pie de la letra.

 

—¿Y resultó acertado, sir? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—Lo fue, sir. No pudo resultar mejor —replicó Mr. Magnus—. Es mía, Mr.

 

Pickwick.

 

—Pues le felicito con todo mi corazón —replicó Mr. Pickwick, estrechando calurosamente la mano de su nuevo amigo.

 

—Tiene usted que verla, sir —dijo Mr. Magnus—; por aquí, si hace al favor.

 

Dispénsenme, señores, un instante.

 

Con esta precipitación sacó Mr. Pedro Magnus del gabinete a Mr. Pickwick.

 

Paróse frente a la puerta inmediata del pasillo y dio un golpe suave en ella.

 

—Adelante —dijo una voz femenina.

 

Y entraron.

 

—Miss Witherfield —dijo Mr. Magnus—. Permítame que le presente a mi amigo Mr. Pickwick. Mr. Pickwick, tengo el gusto de presentar a usted a Miss Witherfield.

 

Hallábase la dama en el fondo de la estancia. Al hacer la reverencia, Mr. Pickwick sacó sus lentes del bolsillo de su chaleco y se los puso. No bien hizo esto, dejó escapar una exclamación de inusitada sorpresa, retrocediendo algunos pasos, en tanto que la dama, sofocando un grito, se tapó el rostro con las manos y se desplomó en una silla. Quedó inmóvil Mr. Pedro Magnus mirando a uno y a otra, denotando su semblante la mayor estupefacción y horror profundo. Todo esto era verdaderamente extraño; pero es el caso que en cuanto se puso los lentes Mr. Pickwick reconoció en la futura señora Magnus a la dama en cuya estancia habíase introducido tan aturdidamente la noche anterior; y tan pronto como los lentes de Mr. Pickwick hubiéronse montado en su nariz, la señora identificó la faz que viera circundada por todos los horrores de un gorro de dormir. Gritó la dama y sobrecogióse Mr. Pickwick.

 

—¡Mr. Pickwick! —exclamó Mr. Magnus, sin salir de su asombro—. ¿Qué significa esto, sir? ¿Qué es lo que esto significa, sir? —añadió Mr. Magnus en tono amenazador y más elevado.

 

—Sir —dijo Mr. Pickwick algo indignado por la brusca transición con que Mr. Pedro Magnus había empezado a conjugar en el modo imperativo—, renuncio a contestar a esa pregunta.

 

 

 

 

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—¿Renuncia usted, sir? —dijo Mr. Magnus.

 

—Renuncio, sir —replicó Mr. Pickwick—. No puedo allanarme a decir palabra que comprometa a esta señora o que despierte en su pecho impresiones enojosas, sin su permiso y consentimiento.

 

—Miss Witherfield —dijo Mr. Pedro Magnus—, ¿conoce usted a este señor? —¡Conocerle! —repitió la dama, titubeando.

 

—Sí, conocerle, señora; digo si le conoce —repitió Mr. Magnus, furioso.

 

—Le he visto —contestó la dama.

 

—¿Dónde? —preguntó Mr. Magnus—. ¿Dónde?

 

—Eso —dijo la dama, levantándose y afrontándole audaz—, eso no he de revelarlo por nada del mundo.

 

—Ya lo comprendo, señora —dijo Mr. Pickwick—, y respeto su delicadeza; jamás se sabrá por mí, créame.

 

—A fe mía, señora —dijo Mr. Magnus—, que, teniendo en cuenta mi situación respecto de usted, toma usted este asunto con bastante tranquilidad... ¡con bastante calma, señora!

 

—¡Cruel, Mr. Magnus! —dijo la dama.

 

Y empezó a llorar copiosamente.

 

—Diríjame a mí sus reproches, sir —interrumpióle Mr. Pickwick—; de merecerlo alguien, sólo yo merezco vituperio.

 

—¡Ah! ¿Sólo usted, verdad? —dijo Mr. Magnus—. Ya veo claro, sir. ¿Renuncia usted a su propósito, no es eso?

 

—¡A mi propósito! —dijo Mr. Pickwick.

 

—¡A su propósito, sir! ¡Oh, no me mire, sir! —dijo Mr. Magnus—. Recuerdo sus palabras de anoche, sir. Vino usted aquí para descubrir la impostura y falsedad de un individuo en cuyo honor y veracidad había usted confiado ciegamente... ¿eh?

 

Aquí dejó escapar un resoplido Mr. Pedro Magnus, y quitándose los lentes azules, quizá por diputarlos inútiles en este acceso de celos, imprimió a sus ojuelos un movimiento circular, verdaderamente espantoso.

 

—¿Eh? —dijo Mr. Magnus, y secundó el resoplido con redoblada vehemencia—.

 

Pero usted me responderá.

 

—¿Responder de qué? —dijo Mr. Pickwick.

 

—¡A usted qué le importa! —repitió Mr. Magnus, midiendo la estancia con paso apretado—. ¡A usted qué le importa!

 

Algo muy significativo debe de encerrar esta frase de «a usted qué le importa», porque no recordamos haber presenciado una cuestión en la calle, en el teatro, en un café o en cualquiera otra parte, en que no haya figurado como respuesta obligada para todas las demandas agresivas. «¿Es que se tiene usted por caballero?» «¡A usted qué le importa!» «¿He dicho algo a la señorita?» «¡A usted qué le importa!» «¿Es que

 

 

 

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quiere usted que le rompa la cabeza contra la pared» «¡A usted qué le importa!» Y debe observarse también que parece entrañar cierta secreta burla este universal «a usted qué le importa», porque despierta en el pecho de quien escucha mayor indignación que la más grave injuria.

 

No queremos decir que esta frase trivial promoviese en el ánimo de Mr. Pickwick la indignación que hubiera provocado fatalmente en un ente vulgar. Sólo consignaremos el hecho de que Mr. Pickwick abrió la puerta, y gritó incontinente:

 

—¡Tupman, venga acá!

 

Mr. Tupman se presentó al momento, con asombrado talante.

 

—Tupman —dijo Mr. Pickwick—, un secreto de índole delicada, concerniente a esa señora, ha ocasionado una discusión que acaba de suscitarse entre este caballero y yo. Al asegurarle yo que no tiene relación alguna con él ni con sus proyectos, requiero a usted solamente, para que se entere de que, si aún continúa sosteniéndolo, es que manifiesta una duda sobre mi veracidad que he de considerar como un insulto gravísimo.

 

Al decir esto Mr. Pickwick, envolvió a Mr. Pedro Magnus en una mirada que era toda una enciclopedia.

 

La gallarda y honrada actitud de Mr. Pickwick, unida a aquella fuerza y energía de expresión que le distinguía, hubiera sido bastante para llevar la convicción a cualquier ánimo razonable; mas, por desdicha, el espíritu de Mr. Pedro Magnus se hallaba en aquel momento totalmente desquiciado. Así, pues, en vez de rendirse a las explicaciones de Mr. Pickwick, como debiera haber hecho, comenzó a dejarse poseer de una ira furiosa y violenta, a ponerse rojo y a hablar de lo que debía concederse a sus propios sentimientos, acentuando su peroración con paseos agitados y mesándose e! cabello; pasatiempos en los que de cuando en cuando se introducía la variante de manotear frente al rostro filantrópico de Mr. Pickwick.

 

Consciente, por su parte, Mr. Pickwick de su inocencia y rectitud, y amargado por haber involucrado tan malhadadamente a la dama en aquella enojosa cuestión, no se sentía tan en calma como fuera su deseo. Y fue la consecuencia que subieron de tono las palabras y las voces y que Mr. Magnus acabó por decir a Mr. Pickwick que ya recibiría sus noticias; a lo que respondió Mr. Pickwick, con laudable cortesía, que cuanto antes mejor, con lo cual la dama abandonó la estancia, aterrada, y, llevándose Mr. Tupman a Mr. Pickwick, dejaron a Mr. Pedro Magnus con sus propias meditaciones.

 

De haber vivido la dama en el comercio y trato del mundo o de haberse asimilado las costumbres y maneras de los que dictan las leyes e imponen la moda, hubiera sabido que este género de ferocidades son la cosa más inofensiva que existe. Mas habiendo pasado en pueblo la mayor parte de su vida y sin haber leído la reseña de los debates parlamentarios, encontrábase poco familiarizada con estos refinamientos

 

 

 

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de las esferas civilizadas. Por eso, en cuanto llegó a su cuarto se encerró en él y comenzó a recapacitar en la escena que acababa de presenciar; invadieron su fantasía los cuadros más terroríficos de destrucción y matanza, y ya veía en uno, de tamaño natural, traído entre cuatro, a Mr. Pedro Magnus con el lado izquierdo artísticamente acribillado de balas. Cuanto más meditaba la señora, más crecía su terror. Por fin decidióse a visitar al magistrado principal de la ciudad para solicitar de él que se apoderase sin demora de las personas de Mr. Pickwick y Mr. Tupman.

 

Muchas fueron las razones que impulsaron a la dama a tomar esta resolución, y fue la principal que ello había de suministrar una prueba de su afecto a Mr. Pedro Magnus y del anhelo que sentía por su seguridad. De sobra conocía el natural celoso de Mr. Pedro Magnus para aventurar la más remota alusión a la causa verdadera de la agitación que sufriera al verse frente a frente con Mr. Pickwick, y fiaba en su influjo y poder de persuasión respecto del hombrecito para apaciguar su celoso arrebato, siempre que se hiciera desaparecer a Mr. Pickwick y no hubiera ocasión para un nuevo encuentro. Con estas reflexiones, atavióse la dama con su sombrero y chal y se encaminó resueltamente a la morada del magistrado.

 

Jorge Nupkins, esquire, presidente de la Audiencia de la ciudad, era un personaje tan importante, que el más diligente andarín no podría topar otro semejante entre la salida y la puesta del sol del día 21 de junio, no obstante ser este día, según los almanaques, el más largo y, por ende, el más favorable para llevar a cabo las pesquisas. Estaba aquella mañana Mr. Nupkins extraordinariamente irritado y frenético por haberse producido una sublevación en la ciudad: todos los estudiantes habíanse concitado en aquel largo día escolar para romper los cristales de la tienda de un frutero de su aversión particular; habían abucheado al alguacil y apedreado al guardia: un anciano con botas altas que había sido en el lapso de medio siglo policía, hombre y muchacho. Mr. Nupkins gesticulaba majestuosamente sentado en su sillón, hirviendo de rabia, cuando se le anunció una señora para asunto urgente y privado. Miró Mr. Nupkins con aire de terrible sosiego y ordenó que se hiciera entrar a la dama; orden que, cual los mandatos de los emperadores, magistrados y demás potestades terrenas, fue inmediatamente obedecida. Miss Witherfield, denotando intensa agitación, fue introducida en consecuencia.

 

—¡Muzzle! —dijo el magistrado.

 

Muzzle era un reducido ujier, más largo de torso que de piernas.

 

—¡Muzzle!

 

—A la orden de usía.

 

—Trae una silla y márchate.

 

—Voy, señor.

 

—Señora, ¿quiere usted explicar su asunto? —dijo el magistrado.

 

—Es de índole sumamente enojosa, sir —dijo Miss Witherfield.

 

 

 

 

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—Lo supongo, señora —dijo el magistrado—. Serénese usted, señora.

 

Mr. Nupkins adoptó un continente benigno.

 

—Dígame cuál es el asunto legal que la trae, señora.

 

Por fin, el magistrado se sobrepuso al hombre y recobró su talante severo.

 

—Es muy desconsolador para mí, sir, tener que decirlo —dijo Miss Witherfield —; pero temo que aquí va a verificarse un duelo.

 

—¿Aquí, señora? —dijo el magistrado—. ¿Dónde, señora?

 

—En Ipswich.

 

—¿En Ipswich, señora? ¡Un duelo en Ipswich! —dijo el magistrado, horrorizado ante la revelación—. Imposible, señora. Nada de eso puede registrarse en esta ciudad, estoy convencido. Por Dios, señora, ¿no está usted enterada de la actividad de la justicia local? ¿No ha oído usted acaso que el último día de mayo invadí con seis policías especiales una pista de lucha y a riesgo de ser víctima de las enconadas iras de la multitud suspendí el pugilato entre la «Bola», de Middlesex, y la «Bantama», de Suffolk? ¡Un duelo en Ipswich, señora! No creo... no puedo creer —dijo el magistrado— que haya dos hombres bastante audaces para intentar ese quebranto de la paz de la ciudad.

 

—Desgraciadamente, mis noticias son bien ciertas —dijo la señora—; yo presencié la reyerta.

 

—Es lo más extraordinario —dijo son asombro el magistrado—. ¡Muzzle! —A la orden de usía.

 

—¡Que venga Mr. Jinks en seguida! Al instante.

 

—Voy, sir.

 

Retiróse Muzzle y entró en el despacho un escribiente pálido, de nariz afilada, mediana edad y derrotado ropaje.

 

—Mr. Jinks —dijo el magistrado—. Mr. Jinks.

 

—Sir —dijo Mr. Jinks.

 

—Esta señora, Mr. Jinks, ha venido a participarme que se ha concertado un duelo en la ciudad.

 

Ignorando Mr. Jinks qué actitud mostrar, produjo una sonrisa de subordinado. —¿De qué se ríe usted, Mr. Jinks? —dijo el magistrado. Mr. Jinks recobró al

 

momento la seriedad.

 

—Mr. Jinks —dijo el magistrado—, es usted un imbécil.

 

Mr. Jinks miró humildemente al grande hombre y mordió el cabo de su portaplumas.

 

—Es posible que vea usted algo muy cómico en la información de esta señora; pero lo que puedo decirle, Mr. Jinks, es que tiene usted muy pocos motivos para reír —dijo el magistrado.

 

Suspiró el hambriento Jinks cual si se diera cuenta sobradamente de los pocos

 

 

 

 

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motivos que tenía para sentirse alegre, y como se le ordenara tomar los informes de la señora, sentóse torpemente en una silla y se dispuso a escribir.

—Ese Pickwick es el principal, a lo que entiendo —dijo el magistrado, luego de acabarse la denuncia.

 

—Él es —dijo la dama.

 

—Y el otro perturbador... ¿cómo se llama, Mr. Jinks?

 

—Tupman, sir.

 

—Tupman es el segundo.

 

—Sí.

 

—¿Y dice usted, señora, que el otro contrincante se ha ocultado?

 

—Sí —replicó Miss Witherfield, con una suave tosecilla.

 

—Muy bien —dijo el magistrado—. Ésos son dos matachines de Londres que han venido a destruir la población de Su Majestad pensando que a esta distancia de la capital se ablanda o paraliza e! brazo de !a ley. Se !es hará escarmentar. Extienda usted los mandamientos, Mr. Jinks. ¡Muzzle!

 

—Mande usía.

 

—¿Está abajo Grummer?

 

—Sí, sir.

 

—Dígale que suba.

 

Partió el complaciente Muzzle y tornó presto, acompañado del anciano de las botas altas que se hacía notar principalmente por su nariz de alcohólico, ronca voz, paletó de tabaco y mirada errabunda.

 

—¡Grummer! —dijo el magistrado.

 

—Sir.

 

—¿Está la ciudad tranquila ahora?

 

—Completamente, sir —replicó Grummer—. La excitación popular ha remitido bastante por haberse desparramado los chicos en el cricket.

 

—Sólo medidas de rigor pueden aplicarse en estos tiempos, Grummer —dijo el magistrado con acento de firmeza—. Si se menosprecia la autoridad de los agentes del rey, será preciso publicar la ley de tumultos. Si el Poder civil no es bastante para defender estas ventanas, Grummer, el militar tendrá que defender al Poder civil y a las ventanas. Creo que ésta es una máxima constitucional, Mr. Jinks, ¿no es así?

 

—Ciertamente, sir —dijo Jinks.

 

—Muy bien —dijo el magistrado, firmando los mandamientos—. Grummer hará comparecer a estos sujetos ante mí esta misma tarde. Los hallará usted en El Gran Caballo Blanco. ¿Recuerda usted el caso de la «Bola», de Middlesex, y la «Bantama», de Suffolk, Grummer?

 

Mr. Grummer, echando hacia atrás su cabeza, encareció que nunca lo olvidaría, cosa muy probable, ya que se le recordaba todos los días.

 

 

 

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—Pues esto es aún más anticonstitucional —dijo el magistrado—; esto constituye una alteración más grave del orden y una conculcación más flagrante de la prerrogativa de Su Majestad. Creo que el duelo es una de !as más indiscutibles prerrogativas de Su Majestad, ¿eh, Mr. Jinks?

 

—Taxativamente consignada en la Carta Magna, sir —dijo Jinks.

 

—Una de las más brillantes joyas de la corona británica, arrancada a Su Majestad por los barones; ¿no es eso, Jinks? —dijo el magistrado.

 

—Eso es, sir —replicó Jinks.

 

—Muy bien —dijo el magistrado, irguiéndose solemne—. Pues no ha de ser violada en esta parte de su dominio. Grummer, tome auxiliares y ejecute cuanto antes estos mandamientos. ¡Muzzle!

 

—Mande, sir. —Acompañe a la señora.

 

Retiróse Miss Witherfield profundamente admirada de la cultura y celo del magistrado; Mr. Nupkins se retiró a almorzar; Mr. Jinks se retiró dentro de sí mismo, único retiro de que disponía, además del camastro que había en el cuartucho que ocupaba por el día la familia de la patrona, y Mr. Grummer se retiró con el propósito de lavar, con el desempeño de su nueva comisión, la afrenta que había recibido aquella mañana en unión del otro representante de Su Majestad: el alguacil.

 

Mientras que todos estos contundentes y enérgicos preparativos enderezados a la conservación del orden cerníanse sobre ellos, Mr. Pickwick y sus amigos, ajenos a los graves acontecimientos que se avecinaban, estaban almorzando tranquilamente, bastante parleros y joviales por cierto. Comenzaba Mr. Pickwick en aquel momento a relatar su aventura de la noche precedente, con gran regocijo de sus discípulos, especialmente de Mr. Tupman, cuando se abrió la puerta y viose asomar un rostro inquisitorial. Los ojos de aquel rostro inquisitorial dirigiéronse de modo insistente hacia Mr. Pickwick, y debieron quedar satisfechos de su indagatoria, porque el cuerpo a que pertenecía el rostro inquisitorial fue poco a poco introduciéndose en la estancia y presentó la figura de un anciano con botas altas. Para no prolongar la impaciencia del lector, diremos que los ojos no eran otros que los errabundos de Mr. Grummer, y que el cuerpo era el propio cuerpo de la mencionada persona.

 

La actuación de Mr. Grummer fue original, dentro de las normas profesionales. Fue su primer acto cerrar la puerta por dentro; el segundo, pasarse cuidadosamente el pañuelo por cabeza y rostro; el tercero, dejar el sombrero con el pañuelo dentro sobre la silla más cercana, y el cuarto, sacar del bolsillo de su paletó una corta cachiporra rematada por una corona de bronce, con la que señaló a Mr. Pickwick con ademán patibulario y grave.

 

Mr. Snodgrass fue el primero que rompió el azorante silencio. Miró con firmeza a

 

Mr. Grummer por algunos segundos, y dijo con énfasis:

 

—Ésta es una habitación privada, sir. Una habitación privada.

 

 

 

 

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Movió la cabeza Mr. Grummer, y respondió:

 

—Para Su Majestad no hay habitaciones privadas una vez que se ha traspuesto la puerta de la calle. Es la Ley. Hay quien sostiene que la casa de un inglés es un castillo. Eso es una cuchufleta.

 

Los pickwickianos se miraron atónitos.

 

—¿Quién es Mr. Tupman? —preguntó Mr. Grummer.

 

Por intuición habíase percatado de quién era Mr. Pickwick; le había conocido en seguida.

 

—Yo soy Tupman —dijo éste.

 

—Pues yo soy la Ley —dijo Mr. Grummer.

 

—¿Cómo? —dijo Mr. Tupman.

 

—La Ley —repitió Mr. Grummer—, la Ley, el Poder civil y ejecutivo: ésos son mis títulos, ésa es mi autoridad. Tupman y Pickwick, por alteración del orden de nuestro desacatado Señor el Rey... con arreglo a los estatutos y previos los requisitos... todo en regla. Pickwick, queda usted detenido. Tupman, igualmente.

 

—¿Qué significa esta insolencia? —dijo Mr. Tupman, levantándose—. ¡Salga usted de la estancia!

 

—Atención —exclamó Grummer, retrocediendo más que a paso hacia la puerta, y entreabriéndola—: ¡Dubbley!

 

—¿Qué hay? —respondió desde el pasillo una voz de bajo.

 

—Venga en seguida, Dubbley.

 

A esta voz de mando, un hombre de rostro vil, de seis pies de alto y de un volumen proporcionado, deslizóse a duras penas por la estrecha abertura y penetró en la estancia, rojo por el laborioso proceso de su entrada.

 

—¿Están ahí los demás números, Dubbley? —preguntó Mr. Grummer. Mr. Dubbley, que era hombre de pocas palabras, asintió con el ademán. —Llame a la división que está a sus órdenes, Dubbley —dijo Mr. Grummer. Cumplió lo mandado Mr. Dubbley e irrumpieron en la habitación doce hombres

 

con sus mazas coronadas. Guardó Mr. Grummer la suya y miró a Mr. Dubbley; guardó a su vez su cachiporra Mr. Dubbley y miró a su división; guardaron los hombres sus estacas y se quedaron mirando a los señores Tupman y Pickwick.

 

Mr. Pickwick y sus secuaces levantáronse a una.

 

—¿Qué significa este allanamiento de nuestra morada? —dijo Mr. Pickwick.

 

—¿Quién se atreve a detenerme a mí? —dijo Mr. Tupman.

 

—Pero, ¿qué es lo que quieren ustedes, so granujas? —dijo Mr. Snodgrass.

 

Mr. Winkle no dijo nada; mas fijó sus ojos en Mr. Grummer, y clavó en él una mirada tal, que, de haber tenido éste alguna sensibilidad, le hubiera perforado el cerebro. Pero no le produjo el menor efecto.

 

Al percatarse los agentes de que Mr. Pickwick y sus amigos estaban dispuestos a

 

 

 

 

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rebelarse contra la autoridad de la ley, se arremangaron con ademán significativo los brazos, cual si se propusieran derribarles primero y levantarlos después, por mera formalidad profesional, de la que no había que hablar siquiera. Pero esta mímica demostración no pasó inadvertida para Mr. Pickwick. Conferenció aparte con Mr. Tupman y declaróse dispuesto a marchar al juzgado, pero no sin rogar a los presentes que tomaran nota de que en cuanto se hallara en libertad habría de reclamar contra esta monstruosa conculcación de sus fueros de inglés; a lo cual los presentes rieron de la mejor gana, con excepción de Mr. Grummer, que parecía considerar que el menor desacato al derecho divino de los magistrados constituía blasfemia intolerable.

 

Pero cuando, ya resignado Mr. Pickwick a doblegarse ante las leyes de su país, retirábanse defraudados y malcontentos los camareros, lacayos, camareras y postillones que esperaban el espectáculo de una deliciosa trifulca de la obstinada actitud del caballero, suscitóse una dificultad que no podía haberse previsto. Aunque abrigando Mr. Pickwick la más profunda veneración hacia las autoridades, oponíase resueltamente a mostrarse públicamente rodeado de guardias y alguaciles, como un delincuente vulgar. Mr. Grummer, en vista de !a inquietud pública que reinaba (pues era media fiesta y los chicos aún no se habían metido en sus casas), se opuso con igual empeño a marchar por su lado con los guardias y se negó a aceptar la palabra que le ofreciera Mr. Pickwick de encaminarse derechamente al juzgado. Mr. Tupman y Mr. Pickwick, además, rehusaban sufragar los gastos de un coche, único medio de transporte digno de que podía echarse mano. Agrióse la disputa y se prolongó largamente la controversia. Pero en el momento en que la justicia se disponía a vencer la oposición que hacía Mr. Pickwick para dirigirse al juzgado por el sumario procedimiento de llevarlo a la fuerza, alguien recordó que había en el patio de !a posada una vieja litera que fuera construida para cierto propietario gotoso y que era tan capaz para Mr. Pickwick y Mr. Tupman como cualquier otro carruaje. Alquilóse la silla, que fue traída a! vestíbulo; embutiéronse en ella Mr. Pickwick y Mr. Tupman, y bajaron las cortinillas; no tardó en hallarse un par de conductores, y salió la procesión en el mayor orden. Los guardias rodeaban el vehículo; Mr. Grummer y Mr. Dubbley pusiéronse al frente con aire de triunfadores; detrás marchaban del brazo Mr. Snodgrass y Mr. Winkle, y los desarrapados de Ipswich cubrían la retaguardia.

 

Aun cuando poco se alcanzase a los comerciantes de la localidad de la naturaleza del delito, no podían menos de sentirse halagados y edificados por aquel espectáculo. Allí contemplaban el brazo de la ley gravitando con la fuerza de veinte batidores de oro sobre dos criminales de la misma metrópoli; toda aquella máquina estaba dirigida por su propio magistrado y accionada por sus propios guardias; y ambos culpables, gracias al esfuerzo del conjunto, hallábanse confinados en el estrecho recinto de una litera. Muchas fueron las frases de admiración y aplauso que recibió Mr. Grummer al caminar maza en ristre al frente de la cabalgata; prolongadas y atronadoras fueron las

 

 

 

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admiraciones de la chusma, y entre unánimes testimonios del público asenso, avanzaba la procesión con parsimonia y majestad.

 

Vestido Mr. Weller con su casaca mañanera y horteriles manguitos, regresaba un tanto mohíno de practicar una desafortunada inspección sobre la casa de la puerta verde, cuando, al levantar sus ojos del suelo, vio venir calle abajo una muchedumbre que rodeaba un artefacto muy semejante a una silla de manos. Deseoso de apartar sus pensamientos del recuerdo de su frustrada empresa, hízose a un lado para ver pasar la multitud; y, observando que chillaban y vociferaban con gran satisfacción y regocijo, empezó él mismo, con objeto de animarse, a chillar con toda su fuerza.

 

Pasó ante él Mr. Grummer, pasó Mr. Dubbley y pasó la litera y la escolta de guardias, y Sam hacíase aún eco de la algazara de la plebe y agitaba su sombrero en el aire, cual si se hallara poseído de la más desenfrenada alegría (sin saber todavía de qué se trataba), cuando quedó suspenso ante la aparición inesperada de Mr. Winkle y Mr. Snodgrass.

 

—¿Qué juerga es ésta, señores? —gritó Sam—. ¿Qué es lo que han metido tan de mañana en esa relojera?

 

Respondieron ambos; pero sus palabras se ahogaron en el tumulto.

 

—¿Quién? —gritó Sam de nuevo.

 

De nuevo contestaron a una, y aunque no oyera tampoco las palabras, comprendió Sam, por el movimiento de los labios, que habían articulado la mágica palabra «Pickwick».

 

Era bastante. Un minuto después había Sam atravesado la multitud, parado a los conductores y encarádose con el orondo Grummer.

 

—¡Eh, buen viejo! —dijo Sam—. ¿A quién ha metido usted en esa litera? —¡Atrás! —dijo Mr. Grummer, cuya dignidad, como la de muchos otros

 

hombres, había crecido prodigiosamente con aquel soplo de popularidad.

 

—Déle un golpe si no se quita —dijo Mr. Dubbley.

 

—Le agradezco mucho, buen viejo —replicó Sam—, que haya tenido en cuenta mi conveniencia y aún agradezco más a ese otro caballero, que parece que se ha escapado de la caravana de un gigante, su magnífica idea; pero si le fuera a usted lo mismo, preferiría que contestara a mi pregunta. ¿Qué tal, sir?

 

Esta frase última fue dirigida con aire protector a Mr. Pickwick, que en aquel momento sacaba la cabeza por la ventanilla.

 

—¡Ah! —dijo Sam—. Está muy bien, sobre todo la corona, que talmente parece de verdad.

 

—¡Atrás! —dijo el ofendido Grummer.

 

Y para reforzar la orden metió con una mano en la misma corbata de Sam el broncíneo emblema de la realeza y le asió con la otra por el cuello; cumplida atención a que Sam correspondió derribándole de un puñetazo, después de brindarle la fineza

 

 

 

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de derribar a uno de los portadores para que aquél cayera encima.

 

No sabríamos decir si obedeció a un fugaz acceso de vesania, debido al escozor de la afrenta, o tuvo por causa predisponente la bravura desplegada por Mr. Weller; pero es lo cierto que tan pronto como Mr. Winkle vio caer a Mr. Grummer, agredió terriblemente a un chico que a su lado estaba; en esto, Mr. Snodgrass, con nobleza genuinamente cristiana y para evitar que nadie pudiera cogerle desprevenido, anunció en tono mayor su designio de comenzar por su parte, y procedió a despojarse de su levita con toda mesura. Fue inmediatamente cercado y prendido; y ha de decirse, en estricta justicia, que ni él ni Mr. Winkle hicieron el menor esfuerzo para escapar ni para auxiliar a Mr. Weller, el cual, después de luchar a brazo partido, fue arrollado por el número y hecho prisionero. Reorganizóse la procesión, ocuparon sus puestos los conductores y prosiguió la marcha.

 

La indignación de Mr. Pickwick durante toda esta remoción no tuvo límites. Pudo ver cómo los guardias caían patas arriba a manos de Sam y cómo aquéllos huían en todas direcciones; mas no le fue posible ver otra cosa, porque no se abrían las portezuelas de la litera ni era fácil levantar las cortinillas. Por fin, ayudado de Mr. Tupman, logró levantar el techo, y subiéndose en el asiento y sosteniéndose en pie a duras penas y apoyándose con la mano en el hombro de su compañero, procedió Mr. Pickwick a arengar a la muchedumbre, encareciendo el trato injustificado que se le daba y haciendo constar públicamente que su criado había sido agredido en primer lugar. De esta manera llegaron al juzgado: los conductores trotando, dejándose llevar los prisioneros, perorando Mr. Pickwick y vociferando la multitud.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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25.    En el que se pone de manifiesto, entre otras cosas gratas, la majestuosa imparcialidad de Mr. Nupkins;

 

cómo Mr. Weller devolvió a Mr. Trotter su volante con la misma fuerza con que le fuera arrojado, y otros varios pormenores que se hallarán en su lugar correspondiente

 

Era violentísima la indignación que demostraba Mr. Weller al ser conducido al Juzgado; menudearon sus alusiones a la figura y conducta de Mr. Grummer, y resplandeció la arrogancia y el valor en la manera que tenía de retar a los seis caballeros que le rodeaban, retos que le servían para desahogar en cierto modo su disgusto. Mr. Snodgrass y Mr. Winkle oían con resignado acatamiento el torrente de elocuencia que su maestro vertía desde la litera; torrente que no podía atajar Mr. Tupman a pesar de sus afanosos intentos por cerrar el techo de la misma. Mas no tardó en calmarse la rabia de Mr. Weller, tornándose en curiosidad, al ver que la procesión se internaba en el mismo patio en que hallara al fugitivo Mr. Trotter, y aun llegó a convertirse esta curiosidad en regocijado asombro cuando el solemne Mr. Grummer, mandando parar a los conductores, avanzó con portentoso y digno paso hacia la misma puerta verde por que viera salir a Job Trotter y dio un fuerte tirón de la campanilla, cuyo llamador colgaba por fuera. Acudió a la llamada una linda criadita, que después de juntar sus manos, alarmada por la rebelde apariencia de los prisioneros y el patético lenguaje de Mr. Pickwick, requirió a Muzzle. Abrió éste una hoja de la puerta cochera para dar entrada a la litera, a los detenidos y a los guardias, y dio con ella en las narices del populacho, que, irritado por esta exclusión y ansioso por saber lo que hubiera de pasar, desfogó sus iras golpeando en la puerta y dando campanillazos por espacio de una hora o dos. Todos alternaron en este divertido ejercicio, salvo tres o cuatro afortunados, que, habiendo descubierto una rendija en la puerta, por la que nada se veía, miraban con la misma perseverancia infatigable con que la gente se complace en aplastarse la nariz contra el escaparate de la botica siempre que un borracho atropellado por un carro es sometido al examen quirúrgico en el interior de la misma.

 

Al pie de una breve escalinata que conducía a la puerta de la casa, y a la que daba guarda por ambos lados un áloe americano plantado en una tina de madera verde, fue depositada la litera. Mr. Pickwick y sus amigos entraron en el vestíbulo, y previo aviso de Mr. Muzzle y luego que Mr. Nupkins dio la orden, fueron introducidos a la venerable presencia de ese prestigioso funcionario.

 

La escena era emocionante y bien calculada para infundir el terror en el espíritu de los culpables tanto como para hacerles formarse una idea exacta de la severa majestad de la ley. Frente a una voluminosa estantería, sentado en un gran sillón,

 

 

 

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detrás de una gran mesa y ante un gran libro, hallábase Mr. Nupkins, que parecía abultar más que todo eso, con ser de buen tamaño. Guarnecían la mesa montones de papeles, y por detrás de ellos aparecían la cabeza y los hombros de Mr. Jinks, que se ocupaba activamente en buscar alguna cosa.

 

Luego de haber entrado la comitiva, cerró la puerta cuidadosamente Mr. Muzzle y colocóse tras del sillón de su amo para esperar sus órdenes. Echóse hacia atrás Mr. Nupkins con enfática solemnidad y avizoró las caras de sus involuntarios visitantes.

 

—Grummer, ¿quién es ese sujeto? —dijo Mr. Nupkins, señalando a Mr. Pickwick, el cual, en calidad de verbo de sus amigos, permanecía de pie, sombrero en mano, e inclinado con el mayor respeto y cortesía.

 

—Éste es Pickwick, sir —dijo Grummer.

 

—Vaya, quítese de ahí, viejo apagaluces —interrumpió Mr. Weller, colocándose en primera línea—. Perdón, sir, pero este oficial de usted de las botazas nunca se ganaría la vida como maestro de ceremonias. Éste, sir —continuó Mr. Weller, empujando hacia un lado a Grummer y dirigiéndose al magistrado con risueña familiaridad—, éste es Mr. Pickwick, esquire; éste es Mr. Tupman, ése es Mr. Snodgrass, y aquel que está al otro lado, Mr. Winkle... todos agradabilísimos caballeros, sir, con cuya amistad se honrará usted. Así es que cuanto más pronto mande usted a la rueda a esos dependientes por un mes o dos, más pronto llegaremos a entendernos. Primero, el negocio, el placer, después, como dijo el rey Ricardo III cuando apuñaló al otro rey en la Torre, antes de machacar a los chiquillos.

 

Al acabar este discurso, Mr. Weller cepilló su sombrero con el codo e hizo un gesto amistoso a Jinks, que le había estado escuchando con indescriptible estupefacción.

 

—¿Quién es este hombre, Grummer? —dijo el magistrado.

 

—Un sujeto imposible, sir —replicó Grummer—. Ha intentado libertar a los prisioneros y agredió a los guardias; por eso le hemos detenido y conducido aquí.

 

—Ha hecho usted bien —replicó el magistrado—. Es sin duda un rufián incorregible.

 

—Es mi criado, sir —dijo Mr. Pickwick, indignado.

 

—¡Oh, es su criado!, ¿verdad? —dijo Mr. Nupkins—. Se trata de una conjura para frustrar los fines de la justicia y asesinar a sus agentes. Criado de Pickwick. Ponga eso, Mr. Jinks.

 

Mr. Jinks lo anotó.

 

—¿Cómo se llama usted, amiguito? —tronó Mr. Nupkins.

 

—Weller —replicó Sam.

 

—Magnífico nombre para el santoral de Newgate —dijo Mr. Nupkins.

 

Esto era un chiste, por lo cual Jinks, Grummer, Dubbley, todos los guardias y Muzzle sufrieron un ataque de risa que les duró cinco minutos.

 

 

 

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—Apunte su nombre, Mr. Jinks —dijo el magistrado.

 

—Dos eles, buen amigo —dijo Sam.

 

Entonces un desdichado guardia soltó la risa otra vez, por lo cual el magistrado le amenazó con castigarle inmediatamente. Es peligroso reír las gracias del hombre malquisto.

 

—¿Dónde vive usted? —dijo el magistrado.

 

—Donde puedo —replicó Sam.

 

—Escriba eso, Mr. Jinks —dijo el magistrado, que iba montando en cólera.

 

—Subráyelo —dijo Sam.

 

—Es un vagabundo, Mr. Jinks —dijo el magistrado—. Es un vagabundo, según su propia declaración; ¿no es eso, Mr. Jinks?

 

—Es cierto, sir.

 

—Pues queda usted detenido... arrestado por esa razón —dijo Mr. Nupkins. —No he visto país de justicia más imparcial —dijo Sam—. Ningún magistrado

 

cuando anda por ahí se detiene la mitad de las veces que detiene a otros.

 

Al oír esta cuchufleta se echó a reír otro guardia, y quiso recobrar la solemnidad por una transición tan brusca que le pescó el magistrado.

 

—Grummer —dijo Mr. Nupkins, poniéndose rojo de ira—, ¿cómo ha elegido usted para guardia a un hombre tan inepto y poco recomendable? ¿Cómo se ha atrevido usted?

 

—Lo lamento mucho, sir —balbució Grummer.

 

—¡Lo lamento mucho! —dijo furioso el magistrado—. Se arrepentirá usted de esta negligencia en el servicio, Mr. Grummer; merece usted ejemplar reconvención. Quítele la maza a ese hombre. Está borracho. Está usted borracho.

 

—No estoy borracho, sir —dijo el hombre.

 

—¡Está usted borracho! —insistió el magistrado—. ¿Cómo osa decir que no está borracho, habiendo dicho yo que lo está? ¿No es esto embriaguez, Grummer?

 

—Terrible, sir —replicó Grummer, que experimentaba una vaga impresión de oler por alguna parte algo parecido a ron.

 

—Ya sabía yo que lo estaba —dijo Mr. Nupkins—. Comprendí que estaba borracho desde que entró en el despacho por la excitación de su mirada. ¿No observa usted sus ojos, Mr. Jinks?

 

—Es cierto, sir.

 

—No he bebido una gota de alcohol en toda la mañana —dijo el pobre hombre, que era un ser morigerado, si los hay.

 

—¿Cómo se atreve usted a decirme una falsedad? —dijo Mr. Nupkins—. ¿Verdad que ahora demuestra estar borracho, Mr. Jinks?

 

—Ciertamente, sir —replicó Jinks.

 

—Mr. Jinks —dijo el magistrado—, ordeno su detención por desacato. Extienda

 

 

 

 

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el auto, Mr. Jinks.

 

Y hubiera sido inexorablemente procesado a no ser porque Jinks, que era el consejero del magistrado (por haber recibido aprendizaje legal en el despacho de un procurador rural por espacio de tres años), murmuró en su oído que aquello no podía ser, y el magistrado pronunció en consecuencia un discurso y dijo que por conmiseración hacia la familia del agente no haría más que reconvenirle y dejarle cesante.

 

No hay que decir que el agente fue maltratado nuevamente de palabra durante un cuarto de hora, que abandonó el servicio y que Grummer, Dubbley, Muzzle y los demás guardias dejaron oír un murmullo de admiración por !a magnanimidad de Mr. Nupkins.

 

—Ahora, Mr. Jinks —dijo el magistrado—, tome juramento a Grummer.

 

Tomóse juramento a Grummer inmediatamente; mas como divagaba un tanto y la comida de Mr. Nupkins estaba presta, Mr. Nupkins abrevió el procedimiento, dirigiendo a Grummer unas cuantas preguntas capciosas que Grummer contestó lo más afirmativamente que pudo. Terminó el atestado sin tropiezo ni protesta. Probáronse sus agresiones a Mr. Weller, una amenaza a Mr. Winkle y un empellón a Mr. Snodgrass. Cuando todo se halló concluso a placer del magistrado, el magistrado y Mr. Jinks conferenciaron por lo bajo.

 

Acabado el conciliábulo al cabo de diez minutos, retiróse Mr. Jinks hacia el extremo de la mesa y, produciendo el magistrado una tos preparatoria, irguióse en el sillón e iba a dar comienzo a su discurso, cuando le interrumpió Mr. Pickwick.

 

—Perdóneme, sir, que le interrumpa —dijo Mr. Pickwick—; pero antes de que usted proceda a hablar y actuar por lo que pueda sugerirle lo consignado en esa declaración que acaba de hacerse, yo tengo que invocar el derecho a que se me oiga, por lo que se refiere a mí personalmente.

 

—Silencio, sir —dijo el magistrado en tono perentorio.

 

—Necesito hacerle saber, sir.... —dijo Mr. Pickwick.

 

—Silencio, sir —le atajó el magistrado—, u ordenaré a un agente que le haga salir.

 

—Puede usted ordenar a sus agentes lo que le plazca, sir —dijo Mr. Pickwick—; y por las señales de subordinación que en ellos he visto, no dudo han de ejecutar lo que usted ordene; pero no tengo más remedio que invocar mi derecho a ser oído hasta que se me haga salir a la fuerza.

 

—Pickwick, ¿y el principio? —exclamó Mr. Weller con voz perceptible.

 

—Calla, Sam —dijo Mr. Pickwick.

 

—Mudo como un tambor con un boquete, sir —dijo Sam.

 

Miró Mr. Nupkins a Mr. Pickwick al oír tan insólita temeridad. Disponíase a formular alguna respuesta airada, cuando Mr. Jinks le tiró de la manga y murmuró

 

 

 

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algo en su oído.

 

Replicó a esto el magistrado con una frase que apenas se oyó, y repitióse el cuchicheo. Indudablemente, Jinks le estaba reconviniendo.

 

Defiriendo al fin el magistrado, aunque de muy mala gana, a oír lo que hubiera de decírsele, volvióse a Mr. Pickwick, y le dijo en tono tajante:

 

—¿Qué quiere usted decir?

 

—Primero —dijo Mr. Pickwick, lanzando a través de sus lentes una mirada que sobrecogió al propio Nupkins—, quiero saber, primero, para qué se nos ha traído a mí y a mi amigo.

 

—¿Tengo que decírselo? —murmuró a Jinks el magistrado.

 

—Creo que sería lo mejor, sir —murmuró Jinks al magistrado.

 

—Se me ha denunciado en forma —dijo el magistrado— que se sabe que va usted a batirse en duelo y que el otro, Tupman, es su padrino. Por tanto... ¿eh, Jinks?

 

—Perfectamente, sir.

 

—Por tanto, condeno a ustedes dos... ¿creo que es así, Jinks?

 

—Perfectamente, sir.

 

—A..., a..., ¿a qué, Mr. Jinks? —preguntó de mal talante el magistrado.

 

—A buscar fianza, sir.

 

—Eso es. Por tanto, condeno a ustedes dos..., como iba diciendo cuando me interrumpió mi secretario..., a buscar fianza.

 

—Fianzas suficientes —murmuró Mr. Jinks.

 

—Exigiré buenas fianzas —dijo el magistrado.

 

—Vecinos del pueblo —murmuró Jinks.

 

—Han de ser vecinos del pueblo —dijo el magistrado.

 

—De cincuenta libras cada una —murmuró Jinks—, y de propietarios, por supuesto.

 

—Exigiré dos fianzas de cincuenta libras cada uno —dijo el magistrado en tono digno y levantado—, y de propietarios, por supuesto.

 

—Pero, Dios mío, sir —dijo Mr. Pickwick, que, como Mr. Tupman, estaba asombrado y frenético—, si somos forasteros. No conozco aquí a ningún propietario, como tampoco tengo intención de batirme en duelo con nadie.

 

—Sí, sí, ya —replicó el magistrado—. Sí, sí, ¿verdad, Jinks?

 

—Ciertamente, sir.

 

—¿Tiene usted algo más que decir? —preguntó el magistrado.

 

Mucho más tenía que decir Mr. Pickwick, y hubiéralo dicho sin duda, tanto para su mal como para contrariedad del magistrado, de no haberle tirado de la manga en el momento mismo en que cesó de hablar Mr. Weller, con quien se empeñó en conversación tan absorbente que pasó inadvertida para él la pregunta del magistrado. No era Mr. Nupkins hombre que repitiera una pregunta de este género, por lo cual,

 

 

 

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luego de dejar oír la tos premonitoria, procedió a dictar sentencia en medio del silencio admirativo de los agentes.

 

Se impuso a Weller dos libras de multa por la primera agresión y tres por la segunda. Se impuso a Mr. Winkle dos libras de multa, y otra a Mr. Snodgrass, más el requerimiento para que se comprometieran a mantenerse en paz con todos los súbditos de Su Majestad y especialmente con su lictor Daniel Grummer. En cuando a Pickwick y Tupman, ya les había condenado a presentar fianza.

 

No bien terminó el magistrado, Mr. Pickwick, con la sonrisa en su ya plácido rostro, se adelantó y dijo:

 

—Dispénseme el señor juez; pero le suplico me conceda unos minutos de conversación privada para un asunto de la mayor importancia para él.

 

—¿Qué? —dijo el magistrado.

 

Mr. Pickwick repitió la súplica.

 

—¡Vaya un ruego extraño! —dijo e! magistrado—. ¿Una entrevista particular? —Una entrevista privada —repitió Mr. Pickwick, con firmeza—; ahora que,

 

como una parte de la información que he de comunicarle procede de mi criado, quisiera que éste se hallara presente.

 

El magistrado miró a Mr. Jinks, Mr. Jinks miró al magistrado; miráronse unos a otros los agentes, asombrados. Mr. Nupkins se puso pálido. ¿Acaso el Weller, en un instante de remordimiento, proponíase descubrir alguna conspiración tramada para asesinarle? Era una sospecha horrible. Él era un hombre público, y aumentó su palidez recordando a Julio César y a Mr. Perceval.

 

Miró de nuevo el magistrado a Mr. Pickwick y requirió a Mr. Jinks.

 

—¿Qué piensa usted de esta petición? —murmuró Mr. Nupkins.

 

Mr. Jinks, que no sabía qué pensar y que temía cometer alguna torpeza, sonrió débilmente después de componer un gesto ambiguo, y hundiendo las comisuras de sus labios empezó a mover la cabeza de un lado a otro.

 

—Mr. Jinks —dijo el magistrado, gravemente—, es usted un asno.

 

Sonrió Mr. Jinks ante la insinuación, aunque más tímidamente que la vez precedente, y retiróse a su sitio poco a poco. Mr. Nupkins consultó consigo mismo por unos segundos. Luego se levantó del sillón, e indicando a Mr. Pickwick y a Sam que le siguieran, les condujo a un saloncito que comunicaba con la sala de audiencias. Procurando que Mr. Pickwick se situara hacia el extremo más lejano de la estancia y con la mano apoyada en la puerta a medio cerrar, con objeto de asegurar una inmediata escapatoria en cuanto advirtiera el más leve síntoma de hostilidad, díjose preparado a escuchar lo que quisiera decírsele, fuese lo que fuese.

 

—En seguida revelaré el punto esencial, sir —dijo Mr. Pickwick—; afecta por igual a su persona y a su crédito. Tengo razones para creer, sir, que alberga usted en su casa a un gran impostor.

 

 

 

 

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—Dos —interrumpió Sam—. El de la librea castaña puede a todo el mundo en lágrimas y en villanía.

 

—Sam —dijo Mr. Pickwick—, si he de hacerme entender de este caballero es preciso que reserves tus opiniones.

 

—Lo siento mucho, sir —replicó Mr. Weller—: pero cuando pienso en ese dichoso Job, no puedo menos de abrir la concha una o dos pulgadas.

 

—En una palabra, sir —dijo Mr. Pickwick—: mi criado sospecha acertadamente que cierto capitán Fitz-Marshall frecuenta esta casa. Porque —añadió Mr. Pickwick, advirtiendo que Mr. Nupkins estaba a punto de interrumpir con indignación—, porque, de ser así, yo sé que ese sujeto es un...

 

—¡Chist, chist! —dijo Mr. Nupkins, cerrando la puerta ¿Sabe usted que es un... qué, sir?

 

—Un aventurero sin principios... un individuo sin honor... un hombre que explota la sociedad y que juega con los cándidos, sir; los engaña de un modo absurdo, estúpido, miserable —dijo excitado Mr. Pickwick.

 

—Dios mío —dijo Mr. Nupkins, enrojeciendo y cambiando instantáneamente de actitud—. Por Dios, Mr....

 

—Pickwick —dijo Sam.

 

—Pickwick —dijo el magistrado—. Por Dios, Mr. Pickwick... Tome asiento... ¿Es posible esto? ¿Capitán Fitz-Marshall?

 

—No le llame capitán —dijo Sam—, ni Fitz-Marshall tampoco: no es ni lo uno ni lo otro. Es un cómico de la legua y su nombre es Jingle; y si hubiera por ahí un lobo con librea castaña, ése sería Job Trotter.

 

—Es verdad, sir —dijo Mr. Pickwick, respondiendo a la mirada de asombro del magistrado—; mi único propósito en esta ciudad es desenmascarar a la persona de quien estamos hablando.

 

Procedió Mr. Pickwick a verter en el oído aterrado de Mr. Nupkins un relato sumario de las atrocidades de Mr. Jingle. Contóle cómo le había conocido; cómo se había fugado con Miss Wardle; cómo había abandonado bonitamente a la dama a cambio de una indemnización pecuniaria; cómo a él mismo le había hecho entrar con engaño en un colegio de señoritas a media noche, y cómo él (Mr. Pickwick) consideraba un deber denunciar su verdadero nombre y rango.

 

A medida que avanzaba la narración, toda la sangre caldeada que había en el cuerpo de Mr. Nupkins agolpábase tumultuosamente en sus orejas. Había conocido al capitán en unas carreras de las cercanías. Halagadas con su larga lista de amistades aristocráticas, sus dilatados viajes y su proceder cortesano, Miss Nupkins y la señora Nupkins habían exhibido al capitán Fitz-Marshall, y ponderado al capitán Fitz-Marshall, y lucido al capitán Fitz-Marshall ante los ojos envidiosos de sus amistades más selectas, hasta el punto de que sus íntimas amigas, la señora Porkandham y Miss

 

 

 

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Porkandham y Mr. Sidney Porkandham empezaban a sentir unos celos desesperados. ¡Y oír ahora, después de todo esto, que no era más que un aventurero indigente, un vagabundo tramposo, y, si no un estafador, algo tan parecido, que se hacía difícil percibir la diferencia! ¡Qué iban a decir los Porkandham! ¡Qué triunfo para Mr. Sidney Porkandham cuando se enterase de que sus solicitudes habían sido rechazadas en beneficio de semejante rival! ¡Cómo podría él, Nupkins, afrontar la mirada del viejo Porkandham en el próximo consejo! ¡Y qué arma para el partido antagonista si la historia se extendía!

 

—Pero, después de todo —dijo Mr. Nupkins, animándose un momento al cabo de una pausa dilatada—; después de todo, eso no es más que una cosa que usted dice. El capitán Fitz-Marshall es un hombre atrayente por sus maneras y que ha de tener muchos enemigos. ¿Qué prueba tiene usted de la verdad de tales aseveraciones?

 

—Póngale frente a mí —dijo Mr. Pickwick—; no pido ni requiero otra cosa.

 

Póngale frente a mí y frente a mis amigos, no necesitará usted ninguna otra prueba.

 

—Vaya —dijo Mr. Nupkins—, eso sería muy fácil de hacer, porque él vendría esta noche, y así podría evitarse que la cosa se hiciera pública, eso... eso, por el mismo muchacho. Yo... a mí... me gustaría consultar con la señora Nupkins sobre la conveniencia de este paso, en primer lugar. De todos modos, Mr. Pickwick, antes de hacer nada tenemos que zanjar esta cuestión legal. Tenga la bondad de pasar a la habitación contigua.

 

Trasladáronse a la estancia inmediata.

 

—¡Grummer! —dijo el magistrado con voz de mal agüero.

 

—Sir —respondió Grummer, con sonrisa de favorito.

 

—Vamos, vamos, sir —dijo el magistrado con severidad—, no me venga ahora con esas andróminas. No vienen al caso, y puedo asegurarle que tiene usted muy pocos motivos para reírse. ¿Fue estrictamente cierta la relación que me hizo usted antes? Váyase con cuidado, sir.

 

—Sir —balbució Grummer—, yo...

 

—¡Ah! Parece usted confuso, ¿verdad? —dijo el magistrado—. Mr. Jinks, ¿no advierte usted esta confusión?

 

—Ciertamente, sir —replicó Jinks.

 

—Pues ahora —dijo el magistrado—, va usted a repetir su deposición, Grummer, y de nuevo le advierto que ande con cuidado. Mr. Jinks, tome usted nota de sus palabras.

 

El infortunado Grummer procedió a rehacer su denuncia; pero entre el modo que tuvo de copiarla Mr. Jinks, la interpretación caprichosa del magistrado, su natural tendencia a la divagación y su confusión extremada, se las arregló de manera que en cosa de tres minutos viose enredado en tal cúmulo de contradicciones, que Mr. Nupkins declaró al punto que no lo creía. En consecuencia, sobreseyéronse las multas

 

 

 

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y Mr. Jinks encontró en menos que se dice un par de fianzas. Y luego de darse por conclusos todos estos solemnes trámites, Mr. Grummer fue ignominiosamente arrojado: triste ejemplo de !a inestabilidad de las grandezas humanas y de! carácter precario de las privanzas de los grandes hombres.

 

Era la señora Nupkins una majestuosa hembra con turbante de gasa y peluca castaña. Miss Nupkins poseía toda la altanería de su mamá, sin turbante, y todo su mal carácter, sin peluca; y cuando quiera que el empleo de estas dos adorables cualidades envolvían a la madre y a la hija en algún problema enojoso, cual ocurría con frecuencia, coincidían ambas en descargar el vituperio sobre los hombros de Mr. Nupkins. Por tanto, cuando Mr. Nupkins fue a buscar a la señora Nupkins y le dio cuenta de los informes que le comunicara Mr. Pickwick, recordó la señora Nupkins súbitamente que ella siempre había esperado algo parecido; que ella siempre había dicho que aquello tenía que ocurrir; que su opinión jamás se tenía en cuenta; que ella no sabía por quién la tomaba Mr. Nupkins, y así sucesivamente.

 

—¡Qué horror! —dijo Miss Nupkins, haciendo asomar a la fuerza una lágrima de reducidas proporciones a cada uno de sus ojos—. ¡Qué horror, ser burlada de esa manera!

 

—¡Ah! Pues debes dar gracias a tu papá, querida —dijo la señora Nupkins—. ¡Cuánto no habré yo pedido y suplicado a este hombre que hiciera averiguaciones acerca de la familia del capitán! ¡Cuánto no le habré instado y apremiado para que diera un paso decisivo! Nadie lo creerá..., nadie.

 

—Pero, querida —dijo Mr. Nupkins.

 

—¡No me hables, torpe, no me hables! —dijo la señora Nupkins.

 

—Amor mío —dijo Mr. Nupkins—, pues tú bien querías al capitán Fitz-Marshall. No has dejado de invitarle, querida, ni has perdido oportunidad de presentarle en todas partes.

 

—¿No te lo decía yo, Enriqueta? —exclamó la señora Nupkins, dirigiéndose a su hija con aire de mujer gravemente ultrajada—. ¿No te decía yo que tu papá me cargaría todo esto? ¿No te lo decía yo?

 

La señora Nupkins suspiró.

 

—¡Oh, papá! —exclamó Miss Nupkins en tono de reconvención, y rompió en sollozos.

 

—Es ya demasiado que, después de haber atraído sobre nosotros toda esta desdicha y todo este ridículo, aún se burle de mí atribuyéndome la culpa —observó la señora Nupkins.

 

—¡Cómo vamos a presentarnos en sociedad! —dijo Miss Nupkins.

 

—¡Qué haremos cuando veamos a los Porkandham! —gritó la señora Nupkins.

 

—¡O a los Friggs! —añadió Miss Nupkins.

 

—¡Y a los Slummtowken! —continuó la señora Nupkins—. Pero ¿qué se le da a

 

 

 

 

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tu padre de todo esto? ¿A él qué le importa?

 

Ante esta consideración, rompió a llorar con deliberada angustia la señora Nupkins, siguiendo su ejemplo Miss Nupkins.

 

Las lágrimas de la señora Nupkins siguieron brotando en abundancia hasta que transcurrió el tiempo que ella juzgó suficiente para madurar el asunto, resolviendo en su fuero interno que lo mejor era rogar a Mr. Pickwick y a sus amigos que se quedaran hasta que llegase el capitán, concediendo así a Mr. Pickwick la oportunidad que buscaba. Si resultaba que éste había hablado con verdad, se pondría a aquél en la calle sin que nadie se enterase y se explicaría su desaparición a los Porkandham diciendo que, por influencia que tenía su familia en la Corte, había sido destinado al Gobierno general de Sierra Leona o Punta Sangur o de cualquier otro de esos puntos saludables cuyo clima agrada tanto a los europeos, que una vez allí no hay quien los haga venir.

 

Cuando la señora Nupkins enjugó sus lágrimas enjugó las suyas Miss Nupkins y se congratuló míster Nupkins de zanjar el asunto de acuerdo con la proposición de la señora Nupkins. Así, pues, luego de lavarse Mr. Pickwick y sus amigos y de borrar todas las señales de la última trifulca, fueron presentados a las señoras, y poco después se sentaron a comer. En cuando a Mr. Weller, a quien el magistrado, con su peculiar sagacidad, había diputado por uno de los seres más notables que conocía, fue consignado al cuidado y guarda de Mr. Muzzle, al que se encargó especialmente que le acompañara al piso bajo y que se le tratara lo mejor posible.

 

—¿Qué tal, amigo? —decía Muzzle al bajar con Mr. Weller a la cocina.

 

—¡Bah! No ha sufrido mi organismo cambio importante desde que le vi tan tieso tras el sillón de su amo, en el despacho, hace poco —replicó Sam.

 

—Tiene usted que perdonarme por no haberle hecho caso antes —dijo Mr. Muzzle—. Ya ve usted, el amo no nos había presentado. ¡Hay que ver el cariño que le ha entrado por usted!

 

—¡Ah —dijo Sam—, qué buen chico es!

 

—¿Verdad que sí? —replicó Mr. Muzzle.

 

—Un gran burlón —dijo Sam.

 

—¡Y cómo habla! —dijo Mr. Muzzle—. Cómo le rebosan las palabras, ¿verdad? —Maravilloso —repuso Sam—; es un chorro. Salen tan de prisa, que se dan

 

golpes unas a otras y se ahogan; y luego, nada, ¿verdad?

 

—Ése es el gran mérito de su oratoria —añadió Muzzle—. Cuidado con el último escalón, Mr. Weller. ¿Quiere usted lavarse las manos, sir, antes de ir con las señoras? Aquí hay una jofaina con agua, sir, y una toalla limpia detrás de la puerta.

 

—¡Ah!, no me vendrá mal un fregoteo —replicó Mr. Weller, untando jabón amarillo en la toalla y frotándose hasta que brillaba su cara—. ¿Cuántas señoras hay allí?

 

 

 

 

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—En nuestra cocina, sólo dos —dijo Mr. Muzzle—: la cocinera y la doncella. Tenemos un chico para la limpieza y además una muchacha; pero ellos comen en el lavadero.

 

—¡Ah!, ¿comen en el lavadero, eh? —dijo Mr. Weller.

 

—Sí —replicó Mr. Muzzle—; intentamos, cuando llegaron, que comieran en nuestra mesa; pero no les pudimos resistir. Las maneras de la muchacha son horriblemente ordinarias, y el chico sopla tanto cuando está comiendo que no podíamos estar en la mesa con él.

 

—¡Vaya una marsopa! —dijo Mr. Weller.

 

—¡Oh!, terrible —añadió Mr. Muzzle—; esto es lo malo del servicio de los campesinos, Mr. Weller: cuando jóvenes, son muy salvajes. Por aquí, sir, si gusta, por aquí.

 

Guiando Mr. Muzzle con la más exquisita cortesía a Mr. Weller, le condujo a la cocina.

 

—María —dijo Mr. Muzzle a la linda doncella—, éste es Mr. Weller, un señor que el amo nos ha enviado para que le tratemos lo mejor que podamos.

—Y su amo de ustedes es buen conocedor y me ha enviado al mejor lugar —dijo Mr. Weller, dirigiendo a María una mirada de admiración—. Si fuera yo el amo de esta casa, siempre me encontraría a mi gusto donde María estuviera.

 

—Por Dios, Mr. Weller —dijo María, ruborizándose.

 

—Bueno, y a mí, ¿nada? —exclamó la cocinera.

 

—Perdóneme, cocinera, la había olvidado —dijo Mr. Muzzle—. Mr. Weller, permítame que le presente.

 

—¿Qué tal, señora? —dijo Mr. Weller—. Encantado de conocerla, y espero que nuestra amistad sea duradera, como dijo el otro al billete de cinco libras.

Cuando hubo terminado esta ceremonia de presentación, la cocinera y María se retiraron a la antecocina, donde permanecieron diez minutos cuchicheando; luego volvieron alegres y excitadas para sentarse a comer.

 

Las maneras desenvueltas de Mr. Weller y el encanto de su conversación ejercieron tan irresistible influencia sobre sus nuevos amigos, que antes de mediada la refacción ya se encontraban en un pie de intimidad perfecta y en posesión de todos los pormenores relativos a la villanía de Job Trotter.

 

—Yo nunca he podido soportar a ese Job —dijo María.

 

—Y ha hecho usted muy bien, querida —replicó Mr. Weller.

 

—¿Por qué? —preguntó María.

 

—Porque !a fealdad y la granujería nunca deben llegar a familiarizarse con la belleza y la virtud —replicó Mr. Weller—. ¿Verdad que no, Mr. Muzzle?

—De ninguna manera —repuso éste.

 

Sonrió María y dijo que la cocinera no parecía haber pensado así, por lo cual se

 

 

 

 

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echó a reír, protestando.

 

—¡Ay!, yo no tengo vaso —dijo María.

 

—Beba conmigo, querida —dijo Mr. Weller—. Ponga usted sus labios en ese jarro, y así podré besarla por delegación.

 

—¡Desvergonzado, Mr. Weller! —dijo María.

 

—¿Por qué, querida?

 

—Por hablar así.

 

—¡Qué tontería!, no hay daño para nadie. Es lo más natural, ¿verdad cocinera? —No me venga con impertinencias —replicó la cocinera, encantada.

 

De nuevo comenzaron a reír la cocinera y María; y entre la cerveza, el fiambre y las risotadas, llevaron a la doncella a un verdadero paroxismo, a una crisis alarmante, que sólo remitió por unos cuantos golpecitos en la espalda y otras atenciones análogas que le administró Mr. Samuel Weller con la mayor delicadeza.

 

Cuando reinaba la mayor alegría y la más perfecta jovialidad comunicativa, oyóse un gran campanillazo en la puerta verde; campanillazo al que acudió inmediatamente el caballero que comía en el lavadero. Las atenciones de Mr. Weller para con la linda doncellita llegaban al colmo; Mr. Muzzle no descansaba en su tarea de hacer los honores de la mesa, y la cocinera, cesando de reír, acercaba en aquel momento a sus labios un bocado enorme, cuando se abrió la puerta de la cocina y entró Mr. Job Trotter.

 

Hemos dicho que entró Mr. Job Trotter: mas en la expresión no resplandece nuestro habitual y escrupuloso respeto a la realidad. La puerta se abrió y Mr. Trotter apareció. Hubiera entrado, y estaba a punto de hacerlo, cuando, al ver a Mr. Weller, retrocedió maquinalmente uno o dos pasos y permaneció contemplando la escena inesperada que a su vista se ofrecía, suspenso de asombro y terror.

 

—¡Aquí está! —dijo Sam, levantándose con aire retozón—. Hombre, en este momento hablábamos de usted. ¿Cómo está usted? ¿Dónde ha estado usted? Entre.

 

Posando su mano en la solapa de la librea castaña del sumiso Job, fue arrastrando a éste al interior de la cocina; y cerrando la puerta, entregó la llave a Mr. Muzzle, quien la guardó con toda parsimonia en su bolsillo.

 

—¡Vaya un juego! —exclamó Sam—. ¡Mire usted que tener ahora mi amo el gusto de encontrarse arriba con el de usted y yo la alegría de ver a usted aquí abajo...! ¿Qué tal le va a usted y cómo va ese negocio de la cerería? Bien, bien, encantado de verle. ¡Qué cara de hombre feliz tiene usted! Da gusto verle, ¿verdad, Mr. Muzzle?

 

—Ya lo creo —dijo Mr. Muzzle.

 

—¡Qué contento está! —dijo Sam.

 

—¡Y qué buen humor tiene! —dijo Muzzle.

 

—Y la alegría de vernos le ha puesto tan orondo —dijo Sam—. Siéntese, siéntese. Mr. Trotter hubo de allanarse a que se le sentara en una silla junto al fogón, y

 

 

 

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desde allí paseó su mirada de Mr. Weller a Mr. Muzzle, sin decir palabra.

 

—Bueno, ahora —dijo Sam— me gustaría preguntarle, delante de estas señoras y por pura curiosidad, si se considera usted o no el más correcto y delicado caballero que lleva pañuelo rojo y la colección número cuatro de salmos.

 

—Y si es que puede casarse con un cocinera —dijo ésta, indignada—. ¡El granuja!

 

—Y si va a dejar sus malas costumbres para seguir el buen camino de la cerería —dijo la doncella.

 

—Pues ahora voy a decirle, joven —terció Muzzle, sintiéndose aludido por las dos últimas frases—, que esta señora —señalando a la cocinera— es mi compañera y que, al permitirse usted hablar de una cerería con ella, me ofende en uno de los puntos más delicados en que pueden ofenderse los hombres. ¿Me comprende usted, sir?

 

En este momento, Muzzle, que tenía en mucho su elocuencia, en la que procuraba imitar a su amo, hizo una pausa, como esperando la réplica.

 

Pero Mr. Trotter no replicó, por lo cual Mr. Muzzle prosiguió con acento solemne: —Es muy probable, sir, que no se le necesite a usted arriba en algunos minutos, porque mi amo está en este instante preparando el té al suyo, sir; y, por tanto, va usted

 

a disponer de un rato para charlar a solas conmigo. ¿Me comprende usted, sir? Detúvose otra vez Mr. Muzzle para dar lugar a la respuesta, pero de nuevo se vio

 

defraudado por Mr. Trotter.

 

—Está bien. Entonces —dijo Mr. Muzzle—, con gran sentimiento mío tendré que explicarme delante de las señoras y que me sirva de disculpa la urgencia del caso. La antecocina está libre, sir. Si quiere usted pasar allí, sir, Mr. Weller lo dispensará y podremos darnos mutuas satisfacciones hasta que oigamos la campanilla. ¡Sígame, sir!

 

Al pronunciar estas palabras, Mr. Muzzle dio unos pasos hacia la puerta, y, para ganar tiempo, empezaba a quitarse la chaqueta al tiempo que caminaba.

Tan pronto como oyó la cocinera las palabras concluyentes del fatal reto y vio a Mr. Muzzle dispuesto a llevarlo a cabo, dejó escapar un grito agudo y penetrante, y arrojándose sobre Mr. Job Trotter, que en aquel momento se levantaba de la silla, arañó y abofeteó su achatado rostro con la energía peculiar de las mujeres excitadas, y, llevando sus crispadas manos a la negra y abundosa cabellera de Trotter, le arrancó cabello bastante para formar cinco o seis anillos de duelo de los de mayor tamaño.

 

Una vez realizada la hazaña con todo el ardor que el amor a Mr. Muzzle le inspiraba, retrocedió vacilante y, como era una mujer de susceptible temperamento y sumamente impresionable, cayó junto a la alacena, desmayada.

 

En aquel momento sonó la campanilla.

 

—Esto es para usted, Job Trotter —dijo Sam.

 

 

 

 

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Y antes de que Mr. Trotter pudiera emitir su opinión o protesta, sin darle tiempo siquiera para que se enjugase la sangre de las heridas que le produjera la insensible mujer, tomándole Sam de un brazo y Mr. Muzzle del otro, tirando el uno y empujando el otro, obligáronle a subir la escalera y le introdujeron en la sala.

 

El cuadro era extraordinariamente patético: Alfredo Jingle, esquire, alias capitán Fitz-Marshall, hallábase de pie junto a la puerta, con el sombrero en la mano y una sonrisa en la faz, inmovilizado por lo violento y enojoso de su situación. Frente a él erguíase Mr. Pickwick, que, por las señales, debía de estar inculcándole alguna lección de moral elevada, porque tenía una mano bajo el faldón de su levita mientras que extendía la otra en el aire, como era en él costumbre siempre que lanzaba algún apóstrofe intencionado y lapidario. Poco más allá veíase a Mr. Tupman, con el semblante arrebatado de indignación, sujeto por los otros dos amigos, y en el fondo de la estancia permanecían Mr. Nupkins, la señora Nupkins y Miss Nupkins, sombríos, altivos y ferozmente ultrajados.

 

—¿Qué es lo que me impide —decía Mr. Nupkins, con toda la dignidad de su magistratura, en el momento de entrar Job—, qué me impide prender a estos hombres por ladrones e impostores? Es una benignidad inexplicable.

 

—Orgullo, anciano, orgullo —replicó Jingle, ya dueño de sí mismo—. Nada serviría... Nada... capitán atrapado, ¿eh? ¡Ja, ja! Muy bien... Marido para la hija...

 

suculento bocado... la gente enterada... por nada del mundo... sería estúpido. —¡Miserable! —dijo la señora Nupkins—. Despreciamos sus rastreras

insinuaciones.

 

—Siempre le detesté —añadió Enriqueta.

 

—¡Ah!, yo lo creo —dijo Jingle—. El pollo altiricón... Antiguo pretendiente... Sidney Porkandham... rico... guapo mozo... no tan rico como el capitán, por supuesto... desahuciado... fuera... al capitán, todo... ninguno como el capitán... a las chicas, de calle... todas locas, ¿eh, Job?

 

Mr. Jingle se echó a reír con toda su alma, y Job, frotándose las manos, dejó oír el primer sonido desde que entrara en la casa, un quedo gruñido de satisfacción, que pareció denotar que gozaba tanto con su risa que no quería dejarla escapar en forma de ruido.

 

—Mr. Nupkins —dijo la señora—: no es ésta conversación para que la oigan los criados. Manda que echen a estos canallas.

 

—Es verdad, querida —dijo Mr. Nupkins—. ¡Muzzle!

 

—Mande, sir.

 

—Abre la puerta.

 

—En seguida, sir.

 

—¡Salga de la casa! —dijo Mr. Nupkins, tendiendo su mano con majestuoso ademán.

 

 

 

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Sonrió Jingle, y marchó hacia la puerta.

 

—¡Alto! —dijo Mr. Pickwick.

 

Jingle se detuvo.

 

—Yo no podía haber tomado —dijo Mr. Pickwick— una venganza mucho más dura por el trato que he recibido de usted y de su hipócrita amigo.

 

Job Trotter se inclinó cortésmente y se llevó la mano al corazón.

 

—Digo —prosiguió Mr. Pickwick, montando gradualmente en cólera— que podía haber tomado venganza más dura; pero me contento con desenmascararle, lo cual estimo deber mío para con la sociedad. Es una lenidad, sir, que espero habrá de recordar siempre.

 

Al llegar a este punto del período, Job Trotter, con ridícula gravedad, se puso la mano en la oreja, como si deseara no perder una sílaba.

 

—Y sólo he de añadir, sir —dijo Mr. Pickwick, ya francamente rabioso—, que le tengo a usted por un granuja y por un ... rufián... y... y como al peor de los hombres que he conocido, si no es ese pazguato y santurrón vagabundo de la librea castaña.

 

—¡Ja, ja! —replicó Jingle—. Gran persona, Pickwick... corazón hermoso... viejo carcamal... no se indigne... no es buena cosa... algún día nos veremos... reprímase... y ahora, Job... ¡trota!

 

Con estas palabras, calóse Mr. Jingle el sombrero a su antigua guisa y salió apresuradamente. Job Trotter quedóse parado un instante, miró a su alrededor, sonrió, y con una zumbona cortesía a Mr. Pickwick, y dirigiendo a Mr. Weller un guiño, cuya atrevida malicia sería imposible describir, siguió los pasos de su venturoso señor.

 

—Sam —dijo Mr. Pickwick, al ver que salía también Mr. Weller.

 

—Sir.

 

—Quédate.

 

Mr. Weller pareció vacilar.

 

—¿Es que no me deja sacudir un poco ahí fuera a ese Job? —dijo Mr. Weller.

 

—Claro que no —replicó Mr. Pickwick.

 

—¿No puedo siquiera echarle de un puntapié, sir? —insistió Mr. Weller.

 

—De ninguna manera —respondió su amo.

 

Por primera vez desde que entrara al servicio del caballero pareció Mr. Weller contrariado y triste. Mas no tardó en alegrársele la cara, porque el avieso Mr. Muzzle, que había permanecido oculto detrás de la puerta de la calle, saltó de repente con oportunidad y destreza suficientes para hacer rodar por la escalinata a Mr. Jingle y a su criado, que fueron a caer en los tinancos de los áloes americanos que a los lados estaban.

 

—Cumplido mi deber, sir —dijo Mr. Pickwick a Mr. Nupkins—, mis amigos y yo vamos a despedirnos de ustedes. Al darle gracias por la hospitalidad que nos ha dispensado, permítame que le asegure en nombre de todos que no la hubiéramos

 

 

 

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aceptado, ni hubiéramos consentido en zafarnos de esta manera del compromiso, de no habernos impelido a ello el poderoso instinto de nuestro deber. Mañana regresamos a Londres. El secreto descansa en nosotros.

 

Habiendo formulado de esta suerte su protesta contra el atropello de la mañana, hizo Mr. Pickwick una profunda reverencia a las damas y, a pesar de las instancias de la familia, abandonó la sala en unión de sus amigos. —Coge tu sombrero, Sam —dijo Mr. Pickwick.

 

—Está abajo, sir —dijo Sam, y corrió a buscarlo.

 

En la cocina no había nadie más que la linda doncellita, y como Sam había perdido su sombrero, tenía que buscarlo, y la linda doncella tenía que alumbrar al mozo, tuvieron que registrar por todas partes para dar con el sombrero. La linda doncellita, en su afán de hallarlo, se arrodilló y revolvió todo lo que había en un rincón junto a la puerta. Era un rincón endiablado. No era posible llegar a él sin cerrar la puerta.

 

—Aquí está —dijo la linda doncella—. Aquí está. ¿No es éste?

 

—Permítame que lo vea —dijo Sam.

 

La linda doncellita había dejado en el suelo la palmatoria, y como la luz que daba era muy tenue, no tuvo Sam más remedio que arrodillarse para cerciorarse de si el sombrero estaba allí o no. Era aquél un rincón sumamente angosto, y por eso, de lo que sólo era culpable el que la casa hiciera, Sam y la linda doncellita tenían que hallarse muy juntitos.

 

—Sí, ése es —dijo Sam—. ¡Adiós!

 

—¡Adiós! —contestó la linda doncellita.

 

—¡Adiós! —repitió Sam.

 

Y al decirlo dejó caer el sombrero que con tanto afán buscara.

 

—¡Qué torpe es usted! —dijo la linda doncellita—. Va a perderlo otra vez si no tiene cuidado.

 

Y para evitar un nuevo extravío, ella misma se lo puso a Sam.

 

Si la linda doncellita apareció más linda aún al avanzar su rostro al de Sam, o si fue una simple ocurrencia, originada por el hecho de hallarse tan cerca uno de otro, no ha sido posible decidirlo hasta el día; lo que sí es seguro es que Sam la besó.

 

—¿No lo habrá hecho usted aposta? —dijo ruborizándose la linda doncellita.

 

—No —dijo Sam—, pero ahora lo haré. Y la besó otra vez.

 

—¡Sam! —dijo Mr. Pickwick, llamándole desde arriba.

 

—Voy, sir —respondió Sam, precipitándose escaleras arriba.

 

—¡Cómo has tardado! —dijo Mr. Pickwick.

 

—Había una cosa detrás de la puerta que no nos dejaba abrirla, sir—replicó Sam.

 

Y éste fue el primer episodio del primer amor de Sam.

 

 

 

 

 

 

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26.    Que contiene una breve noticia del desarrollo de la demanda de Bardell contra Pickwick

 

Cumplido el primordial objeto y fin esencial de su viaje, una vez desenmascarado Jingle, revolvió Mr. Pickwick regresar a Londres sin demora, con el propósito de enterarse de los incidentes promovidos en contra suya por Dodson y Fogg durante el interregno. Poniendo por obra su resolución con la energía y el empeño propios de su temperamento, montó en la trasera del coche que partió de Ipswich en la mañana que sucedió a los acontecimientos que se han detallado por lo largo en los dos capítulos precedentes, y, acompañado de sus tres amigos y de Mr. Samuel Weller, llegó a la metrópoli aquella misma tarde sano y salvo.

 

Entonces separáronse los amigos, aunque no por mucho tiempo. Los señores Tupman, Winkle y Snodgrass se dirigieron a sus domicilios respectivos, con objeto de hacer los preparativos necesarios para su proyectada excursión a Dingley Dell. Mr. Pickwick y Sam entraron en su actual vivienda, que se hallaba en un agradable y antiguo barrio, a saber: la Posada de Jorge y el Buitre, en George Yard de Lombard Street.

 

Mr. Pickwick, después de haber cenado y apurado su segundo vaso de oporto, cubrió su cabeza con un pañuelo de seda, puso los pies en la galería de la chimenea, y se acomodaba en una confortable butaca cuando le sacó de sus plácidas meditaciones la entrada de Mr. Weller con el saco de alfombra.

 

—Sam —dijo Mr. Pickwick.

 

—Sir —contestó Mr. Weller.

 

—Estaba pensando, Sam —dijo Mr. Pickwick—, que, como he dejado muchas cosas en casa de la señora Bardell, en Goswell Street, es preciso arreglarlas, para sacarlas de allí antes de marcharnos.

 

—Muy bien, sir —replicó Mr. Weller.

 

—Podía mandarlas por el momento a casa de Mr. Tupman, Sam —continuó Mr.

 

Pickwick—; pero antes de sacarlas es necesario verlas y formar un paquete con ellas.

 

Yo quisiera, Sam, que fueses a Gosweil Street y lo arreglases todo.

 

—¿Es seguida, sir? —preguntó Mr. Weller.

 

—En seguida —replicó Mr. Pickwick—. Espera, Sam —añadió Mr. Pickwick, sacando su portamonedas—. Hay que pagar algo del alquiler. El trimestre no vence hasta Navidad, pero puedes pagarlo, y así se acaba todo. Con avisar un mes antes, basta. Aquí está el aviso. Lo entregas, y dices a la señora Bardell que puede poner la cédula.

 

—Muy bien, sir —respondió Mr. Weller—. ¿Algo más, sir?

 

—Nada más, Sam.

 

Mr. Weller se dirigió lentamente a la puerta, como esperando algo más; abrióla

 

 

 

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despacio, salió despacio y la fue cerrando despacio, hasta dejar una rendija de dos pulgadas, cuando le llamó Mr. Pickwick.

 

—Sam.

 

—Sir —dijo Mr. Weller, volviendo rápidamente y cerrando la puerta tras de sí. —Yo no he de ver mal, Sam, que procures enterarte de la disposición en que la

 

señora Bardell se halla respecto de mí, y si es que se propone realmente llevar hasta el fin ese descabellado proceso. Quiero decir que, si tú lo deseas, yo no he de oponerme a que lo hagas —dijo Mr. Pickwick.

 

Hizo Sam un gesto de inteligencia y abandonó la estancia. Cubrió de nuevo su cabeza Mr. Pickwick con el pañuelo de seda y se dispuso a echar un sueñecillo. Mr. Weller partió rápidamente para llevar a cabo su comisión.

 

Eran cerca de las nueve cuando llegaba a Goswell Street. Un par de velas ardían en la reducida antesala y un par de sombreros de señora reflejábanse en los cristales de la ventana. La señora Bardell tenía visita.

 

Llamó a la puerta Mr. Weller y, al cabo de un rato bastante largo —que empleó el de fuera en silbar una cancioncilla y el de dentro en persuadir a una vela rebelde para que se encendiera—, oyóse el ruido de unas botas sobre la alfombra y presentóse el pequeño Bardell.

 

—¡Hola, joven ciudadano! —dijo Sam—. ¿Cómo está la madre? —Bastante bien —replicó el pequeño Bardell—; y yo también lo estoy. —Bueno, me alegro —dijo Sam—. Dile que necesito hablarle. ¿Quieres, pequeño

 

fenómeno?

 

Así conjurado, el pequeño Bardell colocó la rebelde palmatoria en un escalón y fue a dar su recado. Los dos sombreros que se reflejaban en el cristal de la ventana pertenecían a dos de las más íntimas amigas de la señora Bardell, que habían venido a tomar una taza de té y una frugal merienda, compuesta de patatas y queso tostado. El queso calentábase deliciosamente al fuego en una cacerola danesa; las patatas cocíanse en una pequeña vasija de estaño, y la señora Bardell y su dos amigas regalábanse con una grata conversación, en la que salían a relucir todos sus amigos y conocidos, cuando volvió el pequeño Bardell de la antesala y comunicó el mensaje de Mr. Samuel Weller.

 

—¡El criado de Mr. Pickwick! —dijo la señora Bardell, palideciendo.

 

—¿Es posible? —dijo la señora Cluppins.

 

—¡Caramba!, en verdad que no lo hubiera creído de no haber estado aquí —dijo la señora Sanders.

 

Era la señora Cluppins una mujercita vivaracha y diligente; la señora Sanders, en cambio, era una corpulenta y obesa señora, de faz carnosa; ambas constituían la visita.

 

La señora Bardell consideró oportuno demostrar agitación, y como ninguna de las

 

 

 

 

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tres sabía a punto fijo en aquellas circunstancias qué clase de actitud debiera adoptarse frente al criado de Mr. Pickwick, por verse privadas en aquel momento del consejo de Dodson y Fogg, quedaron suspensas y perplejas. En aquel estado de incertidumbre, lo primero que había que hacer, indudablemente, era reñir al muchacho por haberse encontrado con Mr. Weller a la puerta. Su madre le zurraba, y él chillaba melodiosamente.

 

—¡No hagas ruido, necia criatura! —dijo la señora Bardell.

 

—Claro está; no comprometas a tu pobre madre —dijo la señora Sanders.

 

—Ya tiene la pobre bastante para atormentarse. Tomasito —dijo la señora Cluppins con afectuosa conmiseración.

 

—¡Ah, desgraciada, pobre cordera! —dijo la señora Sanders.

 

En medio de todas estas reflexiones morales, el pequeño Bardell berreaba cada vez más.

 

—¿Y qué es lo que debemos hacer? —dijo la señora Bardell a la señora Cluppins. —Yo creo que debe usted verle —replicó la señora Cluppins—; pero de ninguna

 

manera sin un testigo.

 

—A mí me parece que será más legal dos testigos —dijo la señora Sanders, que, lo mismo que la otra amiga, reventaba de curiosidad.

 

—Lo mejor será que entre aquí —dijo la señora Bardell.

 

—Eso es —repuso la señora Cluppins, atrapando la idea a! vuelo—. Entre, joven, y haga el favor de cerrar la puerta de la calle.

 

Mr. Weller siguió inmediatamente la indicación, y presentándose en la sala explicó su asunto a la señora Bardell de esta manera:

 

—Siento mucho producir alguna molestia, señora, como dijo el ladrón a la vieja cuando la echó al fuego; pero, como mi amo acaba de llegar y está a punto de partir otra vez, no ha podido evitarse, ya ve usted.

 

—Claro está; el joven no puede ser responsable de las culpas de su amo —dijo la señora Cluppins, favorablemente impresionada por la actitud y las palabras de Mr. Weller.

 

—Claro que no —corroboró la señora Sanders, que, por las codiciosas miradas que dirigía a la cacerola de estaño, debía de hallarse absorbida en hacer cálculos mentales encaminados a averiguar hasta dónde llegarían las patatas en el caso de que se invitase a merendar a Mr. Weller.

 

—Pues he venido exclusivamente para lo que voy a decir —dijo Sam—; primero, a dar el recado de mi amo; segundo, a pagar el alquiler... eso es; tercero, a decir que se haga un paquete con todas sus cosas y que se lo entreguen al que venga por ellas; cuarto, que puede usted alquilar el cuarto en cuanto quiera... Eso es todo.

 

—Sea lo que sea lo ocurrido —dijo la señora Bardell—, siempre he dicho y diré siempre que, salvo en una cosa, se ha conducido Mr. Pickwick en todo como un

 

 

 

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perfecto caballero. Su dinero fue siempre de ley, siempre.

 

Al decir esto, llevóse el pañuelo a los ojos la señora Bardell y salió de la sala en busca del recibo.

 

Sabía Sam de sobra que lo único que tenía que hacer era permanecer a la expectativa, ya que todo habían de hablarlo las señoras; quedóse, pues, callado, mirando ora al puchero, ora al queso tostado, ora a la pared y al techo.

 

—¡Pobrecilla! —dijo la señora Cluppins.

 

—¡Ah, qué pena de criatura! —repuso la señora Sanders.

 

Sam guardó silencio. Veíalas venir al asunto.

 

—Es que no puedo contenerme —dijo la señora Cluppins— cuando pienso en tal perjurio. No quisiera decir nada que le incomodase, joven, pero su amo de usted es un viejo bruto y me gustaría que estuviera delante para decírselo.

 

—Yo también lo quisiera —dijo Sam.

 

—Es que no se puede sufrir eso de verla ir de un lado a otro, como alelada, sin gusto para nada si no es cuando vienen sus amigas, por caridad, a pasar un rato con ella para distraerla.

 

—¡Es terrible! —dijo la señora Sanders.

 

—¡Y su amo de usted, joven, un hombre de dinero, que jamás podría resentirse por el gasto que una esposa supone —continuó la señora Cluppins, con versátil locuacidad—, no puede disculpar su conducta...! ¿Por qué no se casa con ella?

 

—¡Ah! —dijo Sam—. Ahí está la cosa precisamente... Eso es lo que hay que preguntar.

 

—Lo que hay que preguntar —repuso la señora Cluppins—, y ella se lo preguntaría si tuviera mi decisión. Pero ahí está la ley para defendernos a las pobres mujeres, míseras criaturas. ¿Qué harían de nosotras si no? Y eso es lo que verá su amo, bien a su pesar, antes de seis meses.

 

Detúvose la señora Cluppins después de hacer esta reflexión y sonrió a la señora Sanders, que, a su vez, le devolvió la sonrisa.

 

—En fin; el proceso se está ventilando, y ya veremos —pensaba Mr. Weller, en el momento en que entraba con el recibo la señora Bardell.

 

—Aquí está el recibo, Mr. Weller —dijo la señora Bardell—, y aquí está la vuelta; pero supongo que tomará usted una copita para quitarse el frío, aunque no sea más que en atención a nuestra antigua amistad, Mr. Weller.

 

Comprendiendo Sam la ventaja que esto le daba, aceptó sin vacilar. Entonces la señora Bardell sacó de una pequeña alacena una botella negra y una copa de vino; pero de tal manera embargaba sus facultades la profunda aflicción que la poseía, que, después de llenar la copa de Mr. Weller, sacó tres copas más y las llenó igualmente.

 

—¡Por Dios, señora Bardell —dijo la Cluppins—, fíjese en lo que ha hecho y en qué estado se halla usted!

 

 

 

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—Tiene gracia la cosa —exclamó la Sanders.

 

—¡Ay, qué cabeza la mía! —dijo la señora Bardell, con ligera sonrisa. Haciéndose Sam cargo de todo esto, dijo al punto que no podía beber antes de la

 

comida, a menos de que con él bebiese una dama. Rióse no poco a cuenta de esto y, para seguirle el humor, tomó la Sanders un sorbito de su copa. Apuntó Sam su deseo de que aquello se generalizase, y todas bebieron sendos sorbos de sus copas respectivas. Entonces la Cluppins propuso un brindis por el «éxito de Bardell contra Pickwick». Apuraron los demás sus vasos en honor de este nobilísimo anhelo, y no tardaron en sentirse extraordinariamente locuaces.

 

—Supongo a usted enterado de lo que se está ventilando, Mr. Weller —dijo la señora Bardell.

 

—Algo he oído de ello —replicó Sam.

 

—Es violento y desagradable verse traída y llevada de esa manera por la gente — dijo la señora Bardell—; pero veo bien claro que no hay otro remedio, y me dicen mis procuradores Dodson y Fogg que no ofrece duda nuestro triunfo. No sé qué haría si así no ocurriese.

 

La sola idea de que pudiera fracasar en su demanda la señora Bardell afectó a la señora Sanders tan profundamente que se vio en la necesidad de llenar de nuevo y apurar su copa a toda prisa, pues comprendía, según dijo después, que hubiera sucumbido a la impresión de no haber tenido presencia de ánimo para administrarse aquel remedio.

 

—¿Y hacia cuándo se espera que eso se vea? —preguntó Sam.

 

—Para febrero o marzo —respondió la Bardell.

 

—¿Cuántos testigos declararán en ello? —inquirió la Cluppins.

 

—¡Ah!, es verdad —repuso la Sanders.

 

—Y Dodson y Fogg se pondrían furiosos si la acción fracasara, ¿verdad? — añadió la Cluppins—. Porque ellos la siguen a todo riesgo.

 

—¡Ah, claro está! —asintió la Sanders.

 

—Pero la ganará la demandante —prosiguió la Cluppins.

 

—Así lo espero —dijo la señora Bardell.

 

—¡Oh!, en cuanto a eso, no hay que dudarlo —opinó la Sanders.

 

—Bien —dijo Sam, levantando su copa y volviendo a dejarla sobre la mesa—, lo único que puedo decir es que deseo que usted lo gane.

 

—Gracias, Mr. Weller —dijo la Bardell con vehemencia.

 

—En cuanto a Dodson y Fogg, como llevan el asunto a sus expensas —continuó Mr. Weller—, según hacen otros muchos generosos hombres de su profesión y que cogen a las gentes por las orejas sin exigirles nada, y envían a sus pasantes a buscar rencillas entre sus vecinos y conocidos para arreglarlas por medio de la ley, sólo digo que les deseo toda la recompensa que yo les daría.

 

 

 

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—¡Ah, yo deseo que tengan la recompensa que todo corazón bueno y generoso les concedería! —dijo, agradecida, la Bardell.

 

—Así sea —replicó Sam—, y que de salud y provecho les sirva. Tengan ustedes muy buenas noches, señoras.

 

Con gran alivio y consuelo de la señora Sanders, dejóse partir a Sam, sin que la señora de la casa le hiciera la menor indicación respecto de las patatas y el queso tostado, a los cuales las señoras, asistidas de la juvenil cooperación del pequeño Bardell, rindieron al momento amplia justicia, desapareciendo !os manjares ante la denodada acometida.

 

Tornó Mr. Weller a Jorge y el Buitre y relató puntualmente a su amo cuanto había podido pescar en su visita a la señora Bardell acerca de los sutiles procedimientos de Dodson y Fogg. La entrevista que al día siguiente celebróse con Mr. Perker no hizo sino confirmar las presunciones de Mr. Weller. Mr. Pickwick dedicóse afanosamente a preparar su visita a Dingley Dell para Navidad, con la tranquilizadora perspectiva de que tres meses más tarde había de verse en la Audiencia un proceso incoado contra él por ruptura de promesa de matrimonio, en cuya acción asistían a la querellante no sólo las ventajas de la fatalidad de las circunstancias, sino las que se derivaban de la fina sagacidad desplegada por Dodson y Fogg.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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27.    Samuel Weller hace una peregrinación a Dorking para ver a su madrastra

 

Como aún quedasen dos días para la fecha fijada por los pickwickianos para el viaje de Dingley Dell, Mr. Weller se sentó en un cuarto trastero de Jorge y el Buitre, una vez despachado su temprano almuerzo, con objeto de meditar en el mejor empleo que podía hacer de su tiempo. Era un día extraordinariamente hermoso, y no hacía ni diez minutos que daba vueltas en su magín al asunto, cuando se sintió invadido por una emoción filial y entrañable. Ocurriósele de modo tan súbito e imperioso que tenía que ir a ver a su padre y cumplimentar a su madrastra, que se halló poseído de honda extrañeza ante su negligencia por no haber pensado antes en esta obligación moral. Deseoso de subsanar cuanto antes su pasado abandono, subió inmediatamente a ver a Mr. Pickwick para solicitar licencia y poner por obra tan laudable propósito.

 

—Ya lo creo, Sam, ya lo creo —dijo Mr. Pickwick, con los ojos resplandecientes de alegría ante aquella manifestación del sentimiento filial de su criado—; desde luego, Sam.

 

Mr. Weller hizo una reverencia de gratitud.

 

—Me complace mucho ver que tienes tan alto sentido de tus deberes de hijo, Sam —dijo Mr. Pickwick.

 

—Siempre lo tuve, sir —replicó Mr. Weller.

 

—Es una idea feliz, Sam —dijo Mr. Pickwick con gesto de aprobación. —Mucho, sir —replicó Mr. Weller—; siempre que he necesitado algo de mi padre

 

se lo he pedido en forma humilde y respetuosa. Si no me lo daba, lo tomaba, por temor de que el no tenerlo me llevase a hacer algo malo. Le he ahorrado un sinfín de molestias de esa manera, sir.

 

—No es eso precisamente lo que quiero decir, Sam —dijo Mr. Pickwick, moviendo la cabeza con ligera sonrisa.

 

—Siempre buenos sentimientos; las mejores intenciones, como dijo el otro cuando abandonó a su esposa por no ser ésta feliz a su lado —repuso Mr. Weller.

 

—Debes ir, Sam —dijo Mr. Pickwick.

 

—Gracias, sir —replicó Mr. Weller.

 

Y después de hacer su más rendida inclinación y de vestir su mejor ropa, plantóse Sam en lo alto del coche de Arundel y se encaminó a Dorking.

 

El Marqués de Granby, en tiempos de la señora Weller, era un verdadero modelo entre las mejores ventas, bastante amplia para llenar sus fines y bastante reducida para ser confortable. En el lado opuesto de la carretera había una ancha muestra fijada en un poste elevado, que representaba la cabeza y los hombros de un caballero de semblante apoplético, con roja casaca de vueltas azules y una mancha del mismo color sobre el tricornio, a guisa de cielo. Sobre ella campeaban un par de banderas;

 

 

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por debajo del último botón del redingote veíase un par de cañones, y ofrecía en conjunto una semejanza indudable con el marqués de Granby, de gloriosa memoria.

 

El escaparate de la taberna presentaba una selecta colección de geranios y una fila bien empolvada de frascos de alcohol. Los abiertos postigos del establecimiento ostentaban una gran variedad de doradas inscripciones, que proclamaban la bondad de las camas y la pureza de los vinos, y el distinguido grupo de labriegos y postillones que discurrían por las cuadras pregonaba anticipadamente la excelente calidad de la cerveza y del alcohol que dentro se vendía. Quedóse parado Sam Weller, al apearse del coche, observando todas estas sumarias indicaciones de un próspero negocio con ojos de viajero experimentado, e inmediatamente después entró, altamente complacido de todo cuanto iba viendo.

 

—¿Qué hay? —dijo una voz aguda de mujer en el instante de asomar Sam la cabeza por la puerta—. ¿Qué desea usted, joven?

 

Miró Sam en la dirección que la voz indicaba. La voz venía de una gruesa mujer de apariencia saludable, que se hallaba sentada en la taberna junto al fuego, atizando la llama para hacer hervir la tetera. No estaba sola, porque al otro lado del hogar, sentado en una silla de elevado respaldo, había un hombre de raído traje negro, cuyas espaldas eran casi tan amplias y enhiestas como las de la silla, que atrajo desde el primer momento la más viva atención de Sam.

 

Era un tipo petulante, de nariz roja, de largo y fino rostro y ojos de reptil, ojos penetrantes, pero malos sin duda alguna. Gastaba pantalones cortos y medias de algodón negro, que, como el resto de su indumento, aparecían bastante deteriorados. Su aspecto era tieso y almidonado; no así su corbata blanca, cuyos jirones terminales pendían de un modo grotesco sobre su chaleco, abotonado hasta el mentón. Un par de guantes de castor viejos y muy usados, un sombrero de anchas alas y una caduca sombrilla verde, cuyas varillas asomaban por el extremo, como si quisieran suplir la falta de puño, yacían en una silla, tan cuidadosa y ordenadamente dispuestos, que denotaban que el hombre de nariz roja, quienquiera que fuese, no tenía prisa por marcharse.

 

Para hacer justicia al hombre de nariz roja, debe decirse que no hubiera procedido discretamente si tal intención abrigase, porque, a juzgar por las apariencias, hubiera sido preciso que contase con un circulo de amistades mucho más aceptable para que lógicamente debiera presumir encontrarse mejor en cualquiera otra parte. Resplandecía el fuego con destellos brillantes a favor del soplillo, y la tetera cantaba alegremente bajo la influencia de ambos. Sobre la mesa veíase dispuesto el servicio de té; una fuente de tostadas de manteca calentábase dulcemente ante el fuego, y el hombre de nariz roja empleábase afanosamente en convertir una gran rebanada de pan en el susodicho grato comestible valiéndose de un largo tridente. Al lado del hombre había un vaso lleno de un brebaje humeante, compuesto de agua y ron de

 

 

 

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piña, en el que nadaba una raja de limón. A cada momento deteníase el hombre de nariz roja para acercar a sus ojos la rebanada de pan, con objeto de ver cómo iba, sorbía unas gotas del caliente líquido y sonreía a la obesa señora, que continuaba atizando el fuego.

 

Hallábase Sam tan absorto por la contemplación de esta grata escena, que no advirtió la primera llamada de la gruesa mujer. Sólo cuando se le repitió en tono más apremiante pudo darse cuenta de la inconveniencia de su actitud.

 

—¿Está el amo? —inquirió Sam, en respuesta a la llamada.

 

—No, no está —replicó la señora Weller, porque la mujer gorda no era otra que la heredera y única testamentaria del difunto Mr. Clarke—; no, no está, y no le espero.

 

—¿Está hoy de viaje? —dijo Sam.

 

—Puede ser que sí o puede ser que no —replicó la señora Weller, untando de manteca la rebanada que acababa de tostar el de la nariz roja—. No lo sé, y es más, no me importa. Eche una bendición, Mr. Stiggins.

 

Hizo lo que se le indicaba el hombre de nariz roja, y acto seguido se dedicó a la tostada con feroz voracidad.

 

El aspecto del hombre de nariz roja había inducido a Sam desde el primer momento más que a sospechar que fuera el pastor de quien su estimable progenitor le había hablado. Desde el momento en que le vio comer desvaneciéronse todas sus dudas, y se convenció al punto de que si había de hacer mansión en la casa, tenía que apresurarse a hacerse bienquisto. Empezó, en consecuencia, su campaña apoyando su brazo sobre la media puerta de la tienda, descorriendo el cerrojo e introduciéndose como quien no hace nada.

 

—Madrastra —dijo Sam—, ¿qué tal está usted?

 

—¡Cómo, si es Weller! —dijo la señora Weller, dirigiendo sus ojos al rostro de Sam, con gesto de escasa complacencia.

 

—Algo de eso —dijo el imperturbable Sam—; y espero que este reverendo señor me dispensará que le diga que desearía ser el Weller que usted se merece, madrastra.

 

Fue éste un cumplimiento de dos filos, pues implicaba que la señora Weller era la más agradable de las mujeres y que Mr. Stiggins tenía apariencia clerical. Produjo la frase un efecto visible y rápido, y subrayó Sam la ventaja conquistada besando a su madrastra.

 

—¡Quite usted de ahí! —dijo la señora Weller, dándole un empujón.

 

—Parece mentira, joven —dijo el señor de la nariz roja.

 

—No hay ofensa, sir, no hay ofensa —replicó Sam—; sin embargo, tiene usted razón: no es la manera adecuada cuando las madrastras son jóvenes y guapas, ¿verdad, sir?

 

—Todo eso es vanidad —dijo Mr. Stiggins.

 

—Eso es —dijo la señora Weller, poniéndose derecho el gorro.

 

 

 

 

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Pensó Sam lo mismo, pero se calló.

 

El coadjutor no pareció alegrarse mucho de la llegada de Sam, y cuando remitió la efervescencia del saludo, la misma señora Weller adoptó una actitud que parecía indicar que no le hubiera disgustado mucho dejar de recibir aquella visita. Sin embargo, allí estaba, y como no hubiera sido correcto despedirle, sentáronse los tres a tomar el té.

 

—¿Y cómo está padre? —dijo Sam.

 

Al oír esta pregunta, levantó sus manos la señora Weller y sus ojos al cielo, cual si se tratase de un asunto demasiado doloroso.

 

Mr. Stiggins dejó oír un gruñido.

 

—¿Qué le pasa a este caballero? —preguntó Sam.

 

—Es que le contraría mucho la conducta de tu padre —replicó la señora Weller.

 

—¡Ah!, ¿sí? —dijo Sam.

 

—Y con mucha razón —añadió gravemente la señora Weller.

 

Mr. Stiggins tomó otra rebanada de pan y gruñó con más fuerza.

 

—En un espantoso réprobo —dijo la señora Weller.

 

—¡Un hombre maldito! —exclamó Mr. Stiggins.

 

Tomó un gran bocado semicircular de la tostada y gruñó de nuevo.

 

Sintióse Sam fuertemente inclinado a dar al reverendo Mr. Stiggins algo que le sirviera de motivo para gruñir, pero reprimió su impulso y preguntó solamente:

 

—¿Qué es lo que hace el viejo ahora?

 

—¡Qué hace! —dijo la señora Weller—. ¡Oh!, es un hombre empedernido. Noche tras noche, este excelente hombre, no se enoje, Mr. Stiggins, yo quiero decir que usted es un excelente hombre, viene a sentarse aquí horas y horas sin que produzca el menor efecto sobre él.

 

—¡Caramba!, es raro —dijo Sam—. A mí me hubiera producido mucho efecto de haber estado en su lugar; estoy seguro.

 

—El hecho es, mi joven amigo —dijo solemnemente Mr. Stiggins—, que tiene un temperamento incorregible. ¡Oh, mi joven amigo! ¿Quién, que no fuera él, podría haber resistido a la persuasión de dieciséis de nuestras mejores hermanas sin ceder a sus exhortaciones para formar parte de nuestra noble sociedad, cuyo fin es proveer a los niños de las Indias occidentales de chalecos de franela y de pañuelos morales?

 

—¿Qué es un pañuelo moral? —dijo Sam—. Nunca he visto esos artículos de vestir.

 

—Aquellos en que se combinan la instrucción con el pasatiempo, mi joven amigo —replicó Mr. Stiggins—; en que se mezclan cuentos instructivos y grabados en madera.

 

—¡Ah!, ya sé —dijo Sam—; como los que están colgados en las tiendas de telas con peticiones de mendigos y todas esas cosas.

 

 

 

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Empezó Mr. Stiggins una tercera tostada y asintió con la cabeza.

 

—¿Y no quiso dejarse persuadir por las señoras? —dijo Sam.

 

—Se sentaba y fumaba su pipa, y decía que los negritos eran... ¿Qué decía que eran los negritos? —dijo la señora Weller.

 

—Pequeños timos —replicó Mr. Stiggins, profundamente disgustado.

 

—Dijo que los negritos eran pequeños timos —repitió la señora Weller.

 

Y los dos empezaron a gemir por la terrible conducta del viejo.

 

Muchas otras iniquidades de análoga naturaleza pudieran haberse traído a cuento de no haber terminado la merienda ni el té llegado a un grado extremo de enrarecimiento; y como Sam no parecía dar señales de ausentarse, Mr. Stiggins recordó súbitamente que tenía una cita con el párroco y se despidió.

 

Apenas levantado el servicio del té y luego de haberse apagado y barrido el hogar, el coche de Londres depositó a Mr. Weller a la puerta; sus piernas le introdujeron en el bar y sus ojos le mostraron a su hijo.

 

—¡Cómo, Sammy! —exclamó el padre.

 

—¡Hola, viejo Nobs! —dijo el hijo.

 

Y se estrecharon las manos cordialmente.

 

—Encantado de verte, Sammy —dijo el viejo Weller—; pero es un misterio para mí cómo te las has apañado con tu madrastra. Sólo te pido que me des la receta; nada más.

 

—¡Chist! —dijo Sam—, que está en casa, amigo.

 

—Pero no está dentro escuchando —replicó Mr. Weller—; siempre se baja a murmurar un par de horas después del té, de modo que podemos remojarnos un poco, Sammy.

 

Y diciendo esto, Mr. Weller compuso dos vasos de aguardiente con agua y sacó un par de pipas. Padre e hijo sentáronse frente a frente: Sam, a un lado del hogar, en la silla de alto respaldo, y Mr. Weller al otro lado, en una cómoda butaca de paja; dedicáronse a regalarse con la debida compostura.

 

—¿Ha estado aquí alguien, Sammy? —preguntó secamente Mr. Weller, después de un largo silencio.

 

Sam asintió expresivamente con la cabeza.

 

—¿El mozo de la nariz roja? —interrumpió Mr. Weller.

 

Sam asintió nuevamente.

 

—Es un hombre muy afectuoso, Sammy —dijo Mr. Weller, fumando ávidamente.

 

—Así parece —observó Sam.

 

—Gran calculador —dijo Mr. Weller.

 

—¿Sí? —dijo Sam.

 

—Pide prestado el lunes dieciocho peniques, y viene el martes por un chelín, para completar media corona; viene el viernes por otra media corona, para convertirla en

 

 

 

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cinco chelines, y así va doblando hasta que hace en menos que se dice un billete de cinco libras, como esa suma de los libros de aritmética de los clavos y la herradura, Sammy.

 

Dio a entender Sam con un gesto que recordaba el problema que a su padre se refería.

 

—¿De modo que no se suscribe usted a los chalecos de franela? —dijo Sam, al cabo de otro intervalo empleado en fumar.

 

—Claro que no —replicó Mr. Weller—. ¿Para qué les sirven los chalecos de franela a los negritos de la India? Pero te diré lo que es, Sammy —dijo Mr. Weller, bajando la voz e inclinándose hacia el hogar—; ya les haría yo hermosos chalecos a algunos de la casa.

 

Después de decir esto, Mr. Weller recobró pausadamente su actitud primitiva y guiñó un ojo a su primogénito, con gran prosopopeya.

 

—Parece un poco raro eso de mandar pañuelos a gentes que no saben usarlos — observó Sam.

 

—Siempre están tramando alguna majadería por el estilo, Sammy—replicó su padre—. Estaba yo paseando por la carretera el último domingo, y ¿a quién dirías que

 

vi      a la puerta de la capilla, con una bandeja azul en la mano? Pues a tu madrastra. Creo que en la bandeja habría como un par de soberanos en piezas menudas, en monedas de medio penique; y, cuando la gente salía, hacía saltar los peniques en la bandeja, de tal manera que pocas bandejas lo resistirían. ¿Para qué crees que era todo esto?

 

—¿Para preparar algún otro té, tal vez? —dijo Sam.

 

—Nada de eso —replicó el padre—. Para el agua del pastor, Sammy. —¿El agua del pastor? —dijo Sam.

 

—Eso mismo —replicó Mr. Weller—. Debía tres plazos, y el pastor no pagaba; quizá fuera esto porque a él no le servía el agua para nada, ya que bebe poco de eso; él sabe unas cuantas triquiñuelas como ésa. Pero como no pagaba, le cortaron el agua. Se fue el pastor a la capilla y empezó a decir que era un santo perseguido, que esperaba y pedía que se ablandara el corazón del fontanero y que éste se avendría a razones, mas pensando en su interior que tendría ya reservado un sitio en lugar poco grato. Entonces las mujeres convocaron la asamblea, entonaron un himno, eligieron a tu madrastra como presidenta, y al siguiente domingo reunieron una colección de monedas, que entregaron al pastor. Y si no tuvo bastante con ellas, Sammy, para estar en paz toda la vida con la compañía del agua, Sammy —dijo Mr. Weller, concluyendo —, yo soy un danés, tú eres otro y nada más.

 

Mr. Weller fumó algunos minutos en silencio y prosiguió:

 

—Lo peor de estos pastores es, hijo mío, que imperceptiblemente vuelven el juicio de todas las muchachas de por aquí. Las pobres inocentes piensan que todo eso

 

 

 

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está bien, y no conocen cosa mejor; pero son víctimas de un engaño, Samivel.

 

—Eso creo yo —dijo Sam.

 

—Ni más ni menos —dijo Mr. Weller, moviendo gravemente la cabeza—; y lo que más me indigna, Samivel, es verles gastar todo su tiempo en la tarea de hacer trajes para los cobreños, que no los necesitan, sin ocuparse de los cristianos blancos, a quienes tanta falta les hacen. Si me valiera, Samivel, pondría algunos de esos pastores holgazanes detrás de unas carretillas y les haría correr todo el día arriba y abajo sobre una plancha de madera de catorce pulgadas de ancho. Esto les curaría mejor que nada de su estupidez.

 

Después de prescribir Mr. Weller esta suave receta con gran énfasis, recalcándola con profusa variedad de guiños y contorsiones, vació de un trago su vaso y sacudió la ceniza de su pipa con ingenua dignidad.

 

Ocupábase en esta operación, cuando se oyó en el pasillo una voz penetrante y aguda.

 

—Aquí está tu querida pariente, Sammy —dijo Mr. Weller.

 

Y la señora Weller entró en la estancia apresuradamente.

 

—¡Oh, ya has vuelto! —dijo la señora Weller.

 

—Sí, querida mía —replicó Mr. Weller, llenando de nuevo su pipa.

 

—¿No ha vuelto Mr. Stiggins? —dijo la señora Weller.

 

—No, querida, no ha vuelto —replicó Mr. Weller, encendiendo la pipa por el ingenioso procedimiento de coger con las tenazas y mantener sobre el perol un ascua de fuego—; y es más, querida, procuraré sobrevivir al dolor de que no vuelva más.

 

—¡Puah, miserable! —dijo la señora Weller.

 

—Gracias, amor mío —dijo Mr. Weller.

 

—Vamos, vamos, padre —dijo Sam—; nada de ternezas delante de extraños.

 

Aquí viene el reverendo.

 

A este anuncio, la señora Weller enjugó a toda prisa las lágrimas, que empezara a hacer brotar a viva fuerza, y Mr. Weller arrastró cazurramente su silla hacia el rincón del hogar.

 

Fácilmente se logró que Mr. Stiggins aceptase otro vaso del caliente brebaje de ron de piña, luego otro, y hasta un tercero, y que tomase un bocado para disponerse a comenzar de nuevo. Sentóse al mismo lado que Mr. Weller padre, y cada vez que éste podía eludir la mirada de su esposa descubría a su hijo los ocultos sentimientos de su pecho, agitando el puño en el aire sobre la cabeza del coadjutor, todo lo cual proporcionaba a su hijo indescriptible satisfacción y delicia, tanto más cuando que Mr. Stiggins seguía bebiendo tranquilamente la caliente pócima, sin percatarse de lo que pasaba.

 

Casi toda la conversación corrió a cargo de la señora Weller y del reverendo Mr. Stiggins. Los principales temas que se tocaron fueron las virtudes del pastor, la

 

 

 

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edificante condición de su rebaño y los graves crímenes y extravíos de todos los que no formaban parte de él. Todas estas disertaciones eran interrumpidas de cuando en cuando por las referencias entrecortadas que hacía Mr. Weller a cierto personaje llamado Walker, y otros comentarios de este jaez.

 

Por fin, Mr. Stiggins, mostrando indudables síntomas de haber consumido mucho más ron del que buenamente le cabía, tomó su sombrero y se despidió.

En seguida fue conducido Sam a su dormitorio por su padre. El respetable anciano se retorcía las manos con vehemencia y parecía dispuesto a comunicar a su hijo algunas observaciones; pero al ver acercarse a la señora Weller, pareció abandonar su propósito y se despidió de su hijo súbitamente.

 

Levantóse Sam temprano al día siguiente y, después de participar de un frugal desayuno, se dispuso a regresar a Londres. En el momento en que ponía el pie fuera de la casa, se encontró con su padre.

 

—¿Te vas, Sammy? —preguntó Mr. Weller.

 

—Ahora mismo —replicó Sam.

 

—Me gustaría que empaquetaras a ese Stiggins y te lo llevases —dijo Mr. Weller. —¡Me avergüenzo por usted! —dijo Sam, en tono de reproche—. ¿Cómo le deja

 

usted que enseñe su nariz roja en El Marqués de Granby?

 

Mr. Weller padre fijó en su hijo una ansiosa mirada y replicó:

 

—Porque estoy casado, Samivel, porque estoy casado. Cuando tú estés casado comprenderás una porción de cosas que ahora no entiendes y si merece o no la pena de afanarse tanto para aprender tan poco; como dijo aquel chico cuando llegó al final del alfabeto, es cuestión de gustos. Yo más bien creo que no lo merece.

 

—Bien —dijo Sam—. Adiós.

 

—Adiós, adiós, Sammy —replicó su padre.

 

—Sólo he de decirle —dijo Sam, deteniéndose súbitamente— que si yo fuera el amo de El Marqués de Granby y ese dichoso Stiggins viniera a beber en mi bar, yo...

 

—¿Qué? —interrumpió Mr. Weller con gran ansiedad—. ¿Qué?

 

—Envenenaría su ron —dijo Sam.

 

—¡Ca! —dijo Mr. Weller, estrechando jovialmente la mano de su hijo—. ¿Lo harías realmente, lo harías tú?

 

—Sí —dijo Sam—. Al principio no le apretaría mucho. Le zambulliría en la tina y pondría la tapa, y si veía que era insensible a esta delicadeza, emplearía el otro modo de persuasión.

 

Dirigió el viejo Weller a su hijo un mirada de inefable admiración y, después de estrecharle la mano, se alejó pausadamente, resolviendo en su fantasía las numerosas ocurrencias que le despertara el consejo filial.

 

Miró Sam hacia atrás hasta doblar el recodo de la carretera, y emprendió su regreso a Londres. Fuese meditando primero en las probables consecuencias de su

 

 

 

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consejo y en la probabilidad o improbabilidad de que su padre lo adoptase. Alejó de su mente poco después estos pensamientos, a favor de la reflexión consoladora de que el tiempo lo diría, y ésta es la reflexión que nosotros desearíamos sugerir al lector.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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28.    Capítulo de Pascuas risueñas, que contiene el relato de una boda y el de otros solaces que, con ser a su modo tan edificantes como el matrimonio, no se practican tan

 

religiosamente en estos tiempos degenerados

 

 

Diligentes como abejas, si no livianos cual hadas, reuniéronse los pickwickianos en la misma mañana del día veintidós de diciembre del año de gracia en que fueron emprendidas y acabadas las aventuras que fielmente se van relatando. Acercábanse las Navidades con toda su candorosa y rústica honradez. Llegaba la temporada de la hospitalidad, del regocijo y de la cordialidad espontánea. El año caduco, cual viejo filósofo, congrega a sus amigos y dispónese a partir tranquilo entre el estruendo y la francachela. Llegaban los días alegres y juguetones, y alegres y juguetones sentíanse cuatro, por lo menos, de los corazones que celebraban su advenimiento.

 

Y muchos son, en efecto, los corazones a que traen las Navidades una breve temporada de felicidad y esparcimiento. ¡Cuántas son las familias cuyos miembros hállanse dispersos y repartidos por la anchura de la tierra, empeñados en las luchas sin tregua de la vida, que se reúnen y encuentran de nuevo en ese feliz estado de jovialidad y camaradería, que es tan puro manantial de delicias impolutas; período dichoso, tan incompatible con los cuidados y dolores del mundo, que las creencias religiosas de las naciones más civilizadas, como las tradiciones primitivas de las más salvajes y atrasadas, lo cuentan entre las primeras alegrías de una existencia futura, bendecida por la dicha perenne! ¡Cuántas viejas reminiscencias y cuántas simpatías dormidas no vienen a despertar los días de Pascua!

 

Escribimos estas palabras cuando nos hallamos alejados del lugar en que año tras año encontramos en ese día un alegre y bullicioso círculo. Muchos de los corazones que tan gozosamente palpitaban entonces han cesado de latir; muchas de las miradas que brillaban entonces se han apagado ya; las manos que estrechábamos están ya frías; los ojos que buscábamos con afán esconden su brillo en la tumba, y, sin embargo, la vieja casona, la estancia, las voces alegres y sonrientes caras, los dichos; las risas, las más triviales y nimias circunstancias relacionadas con aquellas felices veladas se agolpan en nuestra mente, al brotar cualquier recuerdo de la época, cual si la última reunión se hubiese celebrado ayer mismo. ¡Felices Navidades, que pueden devolvernos los dichosos engaños de los días de la infancia, que recuerdan al viejo los placeres de su juventud, que son capaces de transportar al marino y al caminante a su propio hogar y a la quietud de su morada!

 

Mas henos aquí tan absortos en las excelencias de las santas Navidades, que tenemos a Mr. Pickwick y a sus amigos esperando al frío del exterior del coche de Muggleton, en el que acaban de acomodarse, bien empaquetados en sus grandes

 

 

 

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abrigos y bufandas. Los portamantas y los sacos de alfombra se han colocado fuera, y Mr. Weller y el mozo se esfuerzan por introducir en la bolsa delantera un enorme bacalao, mucho más grande que aquélla —que se halla cuidadosamente empaquetado en una larga cesta y cubierto de una tongada de paja— y que se ha dejado para lo último con objeto de que pueda reposar seguro sobre la media docena de barriles de ostras, propiedad de Mr. Pickwick, que han sido dispuestos con todo cuidado en el fondo del receptáculo. El interés que se hace patente en el rostro de Mr. Pickwick es intensísimo al observar cómo Mr. Weller y el mozo se afanan por embutir el bacalao en la bolsa, primero metiéndolo de cabeza, luego por la cola, después al contrario, del otro lado, al revés, de canto y a lo largo, llevando a cabo interminables manipulaciones, a que el implacable bacalao resiste contumaz, hasta que el mozo acierta, por casualidad, a introducirlo en el medio de la cesta, que desaparece al punto en la bolsa, y con la cesta, la cabeza y los hombros del mismo postillón, que, por no haber calculado tan brusco alivio en la resistencia pasiva del bacalao, experimenta un choque inesperado, con regocijo indescriptible de todos los mozos y circunstantes. Mr. Pickwick, al ver esto, sonríe de buena gana, y, sacando un chelín del bolsillo de su chaleco, dice al mozo, en cuanto éste logra extraerse a sí mismo de la bolsa, que beba a su salud un vaso de aguardiente con agua, a lo cual sonríe también el mozo y le acompañan los señores Snodgrass, Tupman y Winkle. El mozo y Mr. Weller se ausentan durante cinco minutos, sin duda con objeto de propinarse el aguardiente, porque al volver esparcen a su alrededor un fuerte olor al citado líquido; sube al pescante el mayoral, monta en la trasera Mr. Weller, rodean sus piernas los pickwickianos con sus abrigos y se embozan hasta las narices, levantan los mozos las mantas de las caballerías, lanza el cochero el grito de «¡Listos!», y parten.

 

Después de cruzar algunas calles, saltando sobre los cantos, desembocan en la anchura de la campiña. Chocan las ruedas contra el suelo, endurecido por la helada, y, sacudida la inercia de los caballos al restallar el látigo, se lanzan por el camino, cual si la carga que arrastran, compuesta de coche, pasajeros, bacalao, barriles de ostras y todo, fuera una pluma que llevaran en zaga. Descendieron por una suave pendiente y alcanzaron el llano, compacto y seco como un sólido bloque de mármol, de dos millas de longitud. Restalló de nuevo el látigo y partieron a un vivo galope; los caballos sacudían sus cabezas y hacían resonar los arneses, cual si quisieran dar muestra de la alegría que les proporcionaba la rapidez de su marcha; el cochero, en tanto, tomando en una mano riendas y látigo, el sombrero con la otra y colocándolo sobre las rodillas, sacó el pañuelo y se enjugó la frente, tal vez porque tuviera el hábito de hacerlo así, tal vez también porque quisiera demostrar a los pasajeros la soltura y facilidad con que se guían cuatro caballos cuando se atesora la práctica que él tiene. Luego de hacer esto al descuido (de otro modo el efecto hubiera sido contraproducente), se metió el pañuelo en el bolsillo, calóse el sombrero, se ajustó los

 

 

 

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guantes, dobló sus brazos, hizo de nuevo restallar el látigo y prosiguieron los corceles su veloz carrera con más alegría que antes.

 

Unas cuantas casas, desparramadas a uno y otro lado de la carretera, anuncian la proximidad de una ciudad o de un pueblo. Las notas alegres de la corneta del postillón vibran en el claro y frío aire y despiertan al viejo caballero del interior, el cual, bajando el cristal de la ventanilla hasta la mitad, se asoma, echa una breve ojeada y, subiendo de nuevo el cristal, informa a sus compañeros de que va a cambiarse de tiro inmediatamente; con esto, despiértanse los otros viajeros del interior y resuelven aplazar su próximo sueñecillo hasta después de la parada. De nuevo resuena la aguda corneta y despierta a la esposa y a los chicos del aldeano, que curiosean desde la puerta y contemplan al coche hasta que dobla el recodo del camino, volviendo en seguida al fuego, en el que echan otro leño para cuando el padre torne a la casa, en tanto que el mismo padre, a dos millas de allí, cambia un saludo amistoso con el mayoral y se vuelve para mirar largamente el vehículo, que se aleja rodando.

 

La corneta deja oír un aire juguetón al correr el coche por las mal empedradas calles de una aldea. Deshaciendo el cochero el nudo de las riendas, se prepara a abandonarlas en el momento de parar. Mr. Pickwick emerge del cuello de su gabán y mira a su alrededor con gran curiosidad; al observar esto, participa el cochero a Mr. Pickwick el nombre del pueblo y le cuenta que el día anterior había sido de mercado, detalles ambos que Mr. Pickwick transmite a sus compañeros de viaje, con lo cual emergen de sus cuellos también y miran a su derredor. Mr. Winkle, que ocupa uno de los asientos extremos y que lleva una de sus piernas colgando al aire, está a punto de caer a la calle al torcer el coche por la esquina de la quesería y doblar la entrada de la plaza del Mercado, y antes de que Mr. Snodgrass, que ocupa el asiento inmediato, se haya recobrado de la alarma, penetran en el patio de la posada, donde ya les aguardan los caballos abrigados con las mantas. Abandona las riendas el cochero, se apea del pescante y proceden igualmente los pasajeros del exterior, con la sola excepción de aquellos que desconfían de su destreza para montar de nuevo; éstos se quedan donde están y golpean sus pies contra el fondo del coche para calentarse, sin dejar de mirar con ojos envidiosos y narices enrojecidas el vivo fuego que arde en el bar y los ramos de acebo con rojas bayas que campean en la ventana.

 

En esto, el postillón entrega en el almacén de granos el paquete de papel de estraza que ha sacado de la pequeña bolsa que cuelga de sus hombros al cabo de una correa; vigila el acomodo de los caballos; deposita en el suelo la silla de montar que ha traído de Londres en el techo del carruaje, y asiste a la conferencia que se celebra entre el cochero y el ventero acerca de la yegua torda que se hirió en una mano el último martes; el postillón y Mr. Weller se sientan en la trasera; el cochero se acomoda en el pescante, y el viejo caballero del interior, que ha tenido la ventanilla

 

 

 

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abierta durante todo este tiempo, tan sólo dos pulgadas, la cierra de nuevo; se despoja de sus mantas a los caballos, y todo se halla dispuesto para la partida, excepto los dos señores gordos, por los que el cochero pregunta con cierta impaciencia. Entonces el cochero, el postillón, Sam Weller, Mr. Winkle, Mr. Snodgrass, los mozos todos y los curiosos, que son más en número que todos los demás juntos, gritan a los caballeros que faltan con toda la fuerza de sus pulmones. Desde el patio se deja oír una respuesta, y Mr. Pickwick y Mr. Tupman vienen corriendo, jadeantes, porque han estado tomando sendos vasos de cerveza, y los dedos de Mr. Pickwick se hallan tan agarrotados, que ha necesitado cinco minutos para buscar el medio chelín con que había de pagar. Produce el cochero el aviso de «¡Vamos, caballeros!», que repite el postillón; el señor viejo del interior juzga verdaderamente abusivo eso de que la gente se apee cuando sabe que no hay tiempo para ello; Mr. Pickwick aprieta de un lado; Mr. Tupman, de otro; Mr. Winkle grita: «¡Ya estamos!», y parten inmediatamente. Arróllanse las bufandas, ajústanse los cuellos, acaba el empedrado, las casas desaparecen, y de nuevo se lanzan por la carretera, sintiendo en sus rostros el soplo del aire fresco y la alegría en sus corazones.

 

Así caminaban Mr. Pickwick y sus amigos en el Telégrafo de Muggleton, con rumbo a Dingley Dell. A las tres de aquella tarde todos pisaban, sanos y salvos, risueños y animosos, tiesos y sedientos, los escalones de El León Azul, después de haber almacenado durante el camino aguardiente y cerveza bastantes para desafiar la helada que envolvía a la tierra en sus rígidos flecos y tejía su bella red por encima de árboles y setos. Ocupábase Mr. Pickwick en contar los barriles de ostras y en vigilar el desencajonamiento del bacalao, cuando sintió que le tiraban suavemente del cuello del abrigo. Miró a su alrededor y descubrió que el individuo que así procuraba llamar su atención no era otro que el paje favorito de Mr. Wardle, mejor conocido de los lectores de esta deshilvanada historia por el inequívoco apelativo del chico gordo.

 

—¡Hola! —dijo Mr. Pickwick.

 

—¡Hola! —dijo el chico gordo.

 

Y al decir esto paseó su mirada del bacalao a los barriles de ostras y se dibujó en su rostro un gesto de alegría. Estaba más gordo que nunca.

 

—Bueno, hombre; parece que tienes buen color, joven amigo —dijo Mr.

 

Pickwick.

 

—He estado durmiendo junto al fuego de la cantina —replicó el chico gordo, que se había calentado hasta tomar el color de un tubo nuevo de chimenea, en el transcurso de una hora de sueño—. El amo me ha mandado con el carro para llevar sus equipajes a la casa. Ha enviado algunos caballos de silla, pero cree que con el frío que hace preferirán ir andando.

 

—Sí, sí —dijo Mr. Pickwick en seguida, recordando el viaje que hicieran casi por el mismo camino en otra ocasión—. Sí, vamos mejora pie. ¡Sam!

 

 

 

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—Sir —respondió Mr. Weller.

 

—Ayuda al criado de Mr. Wardle a colocar los bultos en el carro, y vete con él.

 

Nosotros echaremos a andar en seguida.

 

Luego de dar esta orden y de arreglar sus cuentas con el cochero, empezaron a caminar Mr. Pickwick y sus amigos a buen paso por una senda que se abría a campo traviesa, dejando a Mr. Weller y al chico gordo frente a frente por primera vez. Sam miró al chico gordo con gran asombro, mas sin decir palabra, y empezó a colocar los bultos en el carro, mientras que el chico gordo permanecía inmóvil, como si pensara en lo interesante que resultaba ver trabajar solo a Mr. Weller.

 

—¡Listo! —dijo Sam, colocando el último saco—. ¡Todo está listo! —Sí —dijo el chico gordo con acento de satisfacción—; todo está listo.

 

—¡Bien, rollizo joven —dijo Sam— es usted un buen ejemplar para mozo de concurso!

 

—Gracias —dijo el chico gordo.

 

—No tiene usted en la mollera nada que le preocupe, ¿verdad? —preguntó Sam.

 

—Que yo sepa, no —replicó el chico gordo.

 

—Pues al verle, habría yo pensado si estaría usted meditando en algún cariño mal pagado por una muchacha —dijo Sam.

 

El chico gordo negó con la cabeza.

 

—Bien —dijo Sam—; me alegro de saberlo. ¿Bebe usted bastante?

 

—Me gusta más comer —repuso el chico.

 

—¡Ah! —dijo Sam—, debiera haberlo supuesto; pero lo que quiero decir es que si desearía usted beber algo para calentarse, aunque me figuro que usted nunca tendrá frío con toda esa cubierta elástica.

 

—A veces —replicó el chico—; y me gusta un trago de algo cuando es bueno. —¡Ah!, ¿sí? —dijo Sam—. ¡Entonces, venga por aquí!

 

No tardaron en llegar a la cantina de El León Azul, y el chico gordo se echó al coleto sin pestañear un vaso de aguardiente; rasgo que le hizo adelantar considerablemente en la buena opinión de Mr. Weller. Después de hacer éste otro tanto, montaron en el carro.

 

—¿Sabe usted guiar? —dijo el chico gordo.

 

—Creo que sí —replicó Sam.

 

—Entonces —dijo el chico gordo, poniendo las riendas en manos del otro y señalando una callejuela—, todo derecho; no tiene pérdida.

 

Con estas palabras, tendióse el chico gordo cariñosamente junto al bacalao y, colocando bajo su cabeza un barril de ostras, a guisa de almohada, se quedó dormido instantáneamente.

 

—Está bien —dijo Sam—. De los muchachos frescos que he visto en mi vida, este joven es el que se lleva la palma. ¡Vamos, despierta, joven hidrópico!

 

 

 

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Mas como el joven hidrópico no mostrara síntomas de volver a la vida, sentóse Sam Weller en la delantera del carro y, animando con las riendas al viejo caballo, partieron hacia Manor Farm.

 

Entre tanto, Mr. Pickwick y sus amigos, cuya sangre circulaba activamente con la marcha, proseguían alegres su ruta. Las sendas estaban endurecidas; la hierba se hallaba cubierta de escarcha; el aire azotaba los rostros con soplo frío y seco, y la proximidad del crepúsculo gris (color de pizarra debiera decirse, en tiempo de hielo) hacíales mirar con gozo anticipado el confortable refugio que les aguardaba en la casa de su hospitalario anfitrión. Era una de esas tardes que parecen invitar a los ancianos que se hallan solos en el campo a quitarse los abrigos y a jugar ligera y alegremente a la rana, y creemos firmemente que, de haberlo propuesto Mr. Tupman en aquel momento, hubiera aceptado Mr. Pickwick con el mayor gusto.

 

Mas no habiéndosele ocurrido a Mr. Tupman semejante idea, continuaron su marcha los amigos en alegre conversación. Al llegar al cruce de la senda con otro camino oyeron el ruido de numerosas voces, y antes de que pudieran adivinar a quiénes pertenecían se hallaron rodeados por la comitiva que había salido a esperarles, y de lo cual se enteraron los pickwickianos por un «¡Hurra!» atronador que dejó escapar el viejo Wardle, cuando aquéllos se hallaron a la vista.

 

Primero vieron al propio Wardle, más jovial que nunca; después a Bella, con su fiel Trundle, y por fin apareció Emilia con otras diez o doce muchachas que habían venido a la boda, que debía celebrarse el día siguiente, y que se hallaban tan felices y excitadas como suelen encontrarse todas las muchachas en ocasión de tanta trascendencia, y allí estaban todas correteando por campos y veredas con su loca y bulliciosa algazara.

 

La ceremonia de presentación, dadas las circunstancias que concurrían, llevóse a cabo rápidamente, o más bien diremos que la presentación de los recién llegados realizóse inmediatamente sin ceremonia alguna. A los dos minutos bromeaba ya Mr. Pickwick con las señoritas, que no querían de ninguna manera saltar la cerca mientras él mirara, o que, hallándose favorecidas con lindos pies y excepcionales tobillos, preferían quedarse de pie sobre la misma por espacio de cinco minutos, declarando que les asustaba mucho el descender. En todas estas cosas se condujo Mr. Pickwick con una desenvoltura y sencillez que no parecía sino que las conocía de toda su vida. Es digno de notarse también que Mr. Snodgrass ofreció a Emilia una asistencia mucho más solícita de lo que exigía el peligro de la cerca (que no tenía más que tres pies de alta, además de haber dos piedras a modo de escalones). Entre tanto, una señorita de ojos negros y que ostentaba un precioso par de botas con vueltas de piel gritaba de lo lindo al ofrecerle Mr. Winkle ayuda para saltar.

 

Todo esto era extraordinariamente grato. Y cuando fueron salvados definitivamente los obstáculos de las cercas y se hallaron todos en campo abierto,

 

 

 

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informó el viejo Wardle a Mr. Pickwick de cómo todos habían acudido como una sola persona a inspeccionar la instalación y arreglo de la casa que la joven pareja había de ocupar después de las fiestas de Navidad; al oír estas palabras, Bella y Trundle se sonrojaron, como el chico gordo después de dormitar al fuego de la cantina. La señorita de los ojos negros y de las botas con vueltas de piel murmuró algo al oído de Emilia y miró entonces con ceño malicioso a Mr. Snodgrass; a esto le respondió Emilia que era una chiquilla que no pensaba más que disparates, no obstante lo cual se puso como la grana, y Mr. Snodgrass, que era vergonzoso, como suelen ser los grandes genios, sintió que el rubor le subía hasta el pelo y concibió el íntimo y fervoroso anhelo de que la mencionada señorita, con sus ojos negros, ceño malicioso y botas de vueltas de piel, fuera cómodamente transportada a los confines del condado adyacente.

 

Si la recepción había sido entusiasta y ferviente en el exterior de la casa, no fue menos calurosa y efusiva la que obtuvieron a! llegar a la granja. La servidumbre manifestó el inmenso júbilo que le producía el ver a Mr. Pickwick. Emma concedió a Mr. Tupman una mirada de inteligencia entre seria y desenvuelta, pero encantadora, que bastó para que la estatua de Bonaparte abriera sus brazos en el pasillo y la estrechara entre ellos.

 

La vieja dama estaba sentada en su sitio habitual, presidiendo el gabinete, pero se hallaba enojada y, por tanto, más sorda que de costumbre. Nunca salía sola y, cual otras muchas viejas de sus circunstancias, consideraba un acto de traición doméstica el que cualquier otro se tomase la libertad de hacer lo que ella no podía. Así, pues, la bendita señora sentábase erguida y tiesa en un gran sillón y aparecía profundamente enfadada, lo cual, en fin de cuentas, armonizaba con la ternura del conjunto.

 

—Madre —dijo Wardle—: Mr. Pickwick. ¿Se acuerda usted de él?

 

—No te ocupes —repuso la vieja con gran dignidad—. No incomodes a Mr.

 

Pickwick por un vejestorio como yo. Nadie me hace caso, y es muy natural.

 

La vieja movió la cabeza y empezó a planchar su vestido de seda de color de salvado con sus manos temblonas.

 

—Vamos, vamos, señora —dijo Mr. Pickwick—; no puedo permitir que rechace así a un amigo antiguo como yo. He venido expresamente a charlar con usted largo y tendido y para jugar un roby, y quiero, además, que enseñemos a los muchachos, antes de que pasan dos días, cómo se baila un minué.

 

La vieja depuso inmediatamente su enojo, mas no quería dejar traslucir la mudanza, por lo cual dijo solamente:

 

—¡Ah, no le oigo nada!

 

—¡Por Dios, madre! —dijo Wardle—. ¡Vaya, vaya no se enfade; es muy buena ella! Acuérdese de Bella. ¡Vamos, tiene usted que darle ánimos; pobre muchacha!

 

La buena señora debió oír esto, porque temblaron sus labios con aquellas palabras

 

 

 

 

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de su hijo. Pero la edad impone ciertas flaquezas al temperamento, y aún no había recobrado el humor. Alisó de nuevo su vestido de seda de color de salvado y, volviéndose a Mr. Pickwick, dijo:

 

—¡Ah, Mr. Pickwick: la gente joven era muy distinta en mi mocedad!

 

—Sin duda, señora —dijo Mr. Pickwick—; y ésa es la razón por la cual me atraen tanto los pocos que conservan algunos rasgos de !os antiguos usos.

Y diciendo esto, Mr. Pickwick atrajo dulcemente a Bella, e imprimiendo un beso en su frente le suplicó que se sentara en el pequeño escabel que servía de apoyo a los pies de su abuela. Fuera que la expresión del rostro de la muchacha al levantar su mirada hacia la vieja dama despertara en ella alguna reminiscencia de otros tiempos, que la afectuosa condición de Mr. Pickwick la conmoviera o cualquier otra cosa, fue el caso que se dejó vencer por la ternura; se echó al cuello de su nieta, y el enfadillo se evaporó en un raudal de lágrimas silenciosas.

 

Fue agradabilísima la velada de aquella noche. Tranquilas y solemnes fueron las manos de roby que jugaron de compañeros Mr. Pickwick y la vieja; bulliciosa hasta el extremo la alegría que reinó en torno de la mesa. Mucho después de retirarse las señoras, el vino añejo caliente, bien sazonado con aguardiente y especias, corrió en rondas numerosas; fue saludable el dormir y gratos los sueños que siguieron. Y es digno de registrarse el hecho de que todos los de Mr. Snodgrass relacionáronse constantemente con Emilia Wardle, así como que la figura que campeaba en todas las visiones de Mr. Winkle era una señorita de ojos negros, ceño malicioso y con un par de lindas botas con vueltas de piel.

 

Despertóse temprano Mr. Pickwick a la mañana siguiente, con un rumor de voces y de pisadas que hubieran bastado a sacar al chico gordo de sus profundos sopores. Sentóse en el lecho Mr. Pickwick, y escuchó. Las criadas y las señoritas invitadas corrían sin cesar de un lado a otro, y fueron tan múltiples !as demandas de agua caliente, tan repetidas las llamadas en que se pedía aguja e hilo, y tan numerosas las súplicas jadeantes de «¡Venga a atarme esto! ¡Gracias!», que Mr. Pickwick comenzó a imaginar en su inocencia que debía de haber ocurrido algo espantoso; cuando el sueño le dejó apercibirse más claramente de las cosas, recordó la boda. Y siendo la ocasión de tan alta importancia, se vistió con especial cuidado y bajó a tomar el desayuno.

 

Todas las criadas, de uniforme de muselina roja y con lazos blancos en sus cofias, corrían por la casa en un estado de agitación imposible de describir. La anciana señora vestía un traje de brocado que no había visto la luz en veinte años, si se exceptúan los maliciosos rayos furtivos que habrían penetrado por los resquicios de la caja en que permaneciera guardado todo ese tiempo. Mr. Trundle aparecía muy peripuesto y animoso, si bien un tanto inquieto. El bondadoso anfitrión pretendía mostrarse indiferente y alegre, mas fracasaba notoriamente en su propósito. Todas las

 

 

 

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muchachas se hallaban adornadas de lágrimas y muselina blanca, salvo dos o tres que se vieron favorecidas con el honor de contemplar en las habitaciones superiores a la novia y a sus azafatas. Todos los pickwickianos lucían resplandecientes atavíos, y en la pradera que había frente a la casa dominaba un terrible escándalo, ocasionado por todos los hombres, chicos y deudos afectos a la granja, cada uno de los cuales ostentaba en el ojal su lazo blanco, gritando a pleno pulmón, siendo incitados y estimulados a ello por Mr. Samuel Weller, que ya había logrado hacerse popular y que se encontraba tan a sus anchas cual si hubiera nacido en aquel paraje.

 

Una boda es siempre motivo obligado de chistes y donaires, aunque en el fondo no se trate de un asunto que se preste a la broma —hablamos exclusivamente de la ceremonia, bien entendido que no queremos insinuar la más tímida ironía por lo que se refiere a la vida del matrimonio—. Con el placer y la alegría del momento vienen a confundirse la impresión dolorosa de abandonar el hogar, las lágrimas con que se separan padres e hijos, el sentimiento de dejar a los amigos más queridos y cariñosos de la época más feliz de la humana existencia, para buscar las preocupaciones y contrariedades entre otras personas que aún están por experimentarse y por conocer, emociones naturales que no queremos describir por no echar sobre este capítulo un velo de tristeza y que en modo alguno osaríamos ridiculizar.

 

Permítasenos decir sumariamente que la ceremonia se consumó bajo el ministerio del viejo clérigo en la iglesia parroquial de Dingley Dell, y que el nombre de Mr. Pickwick figura en el registro que aún se conserva en aquella sacristía; que la señorita de los ojos negros estampó su nombre con mano insegura y trémula; que la firma de Emilia, así como las de las otras damas de honor, es punto menos que ilegible; que todo se llevó a cabo con distinción suprema; que la mayoría de las muchachas juzgó la cosa mucho menos temible de lo que presumieran, y que, no obstante haber participado a Mr. Winkle la propietaria de los ojos negros y del ceño malicioso que ella jamás había de someterse a nada tan espantoso, tenemos las mejores razones para pensar que se equivocó de medio a medio. Añadiremos que Mr. Pickwick fue el primero en felicitar a la novia y que, al hacerlo, echó a su cuello un valioso reloj de oro con su cadena como no lo habían visto ojos mortales, se si exceptúan los del joyero. Repicó la vieja campana tan alegremente como pudo, y todos volvieron para el almuerzo.

 

—¿Dónde van los pastelillos, joven opiófago? —dijo Mr. Weller al chico gordo, ayudándole a disponer los manjares que no habían podido colocarse la noche anterior.

 

El chico gordo señaló el lugar que debían ocupar los pastelillos.

 

—Muy bien —dijo Sam—; pondremos en ellos un ramito de Navidad. La fuente, al otro lado. Así; ahora ya estamos arreglados, como dijo el padre después de cortarle a su hijo la cabeza para curarle de su estrabismo.

 

Luego de hacer Mr. Weller esta comparación, retrocedió unos pasos para ver el

 

 

 

 

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efecto y vigiló los preparativos con la mayor satisfacción.

 

—Wardle —dijo Mr. Pickwick, no bien se hubieron sentado—: un vaso de vino en honor de! suceso venturoso.

 

—Encantado, amigo mío —dijo Mr. Wardle—. José... ¡Maldito chico; ya se ha dormido!

 

—No, sir —replicó el chico gordo, surgiendo de un rincón donde, cual el santo patrono de los chicos gordos, el inmortal Horner, había estado devorando un pastel de Navidad, aunque no con la tranquilidad y parsimonia que caracterizaba todos los actos del mancebo.

 

—Llena el vaso de Mr. Pickwick.

 

—En seguida, sir.

 

El chico gordo llenó el vaso de Mr. Pickwick y se situó detrás de la silla de su amo, desde donde contemplaba la faena de cuchillos y tenedores en el progresivo trasiego de tajadas desde los platos a las bocas de los comensales, con una especie de sombría y melancólica alegría, que era conmovedora.

 

—¡Dios le bendiga, mi buen amigo! —dijo Mr. Pickwick.

 

—Lo mismo le digo, querido —replicó Wardle.

 

Y entre ambos se cruzaron votos efusivos.

 

—Señora Wardle —dijo Mr. Pickwick—: nosotros los viejos tenemos que brindar en honor del fausto acontecimiento.

 

La vieja dama se hallaba ya en el apogeo de su magnificencia, porque presidía la mesa con su traje de brocado, teniendo a su derecha a la recién casada y a la izquierda a Mr. Pickwick, disponiéndose a hacer los platos. Mr. Pickwick no había hablado en voz muy alta, pero ella le entendió al punto y bebió un vaso de vino a la salud y felicidad del caballero; después, la digna señora rompió en una minuciosa y detallada relación de su propia boda, disertando acerca de la moda de los tacones altos, relatando algunas particularidades concernientes a la vida y aventuras de la hermosa señora Tollimglower, ya difunta. La anciana reía con toda su alma, y también reían las muchachas, preguntándose entre ellas de qué diablos hablaba la abuela. Al oír aquellas risas, reía con más afán la vieja y decía que aquéllas eran unas historias notabilísimas; con esto se acentuaba e! regocijo de las otras y el humor de la vieja llegaba a su colmo. Partióse e! gran pastel, y fue pasando alrededor de la mesa; las muchachas apartaban algunos trozos, con objeto de ponerlos bajos sus almohadas y soñar con sus futuros esposos, con lo cual se produjo un rubor general y la alegría consiguiente.

 

—Mr. Miller —dijo Mr. Pickwick a su antiguo amigo, el de la cabeza de manzana —, ¿una copita?

 

—Con gran placer, Mr. Pickwick —replicó solemnemente el de la cabeza de manzana.

 

 

 

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—¿Puedo entrar yo? —dijo el bondadoso pastor.

 

—¿Y yo? —dijo su esposa.

 

—¿Y yo, y yo? —dijeron dos parientes pobres que se hallaban al extremo de la mesa, que habían comido y bebido terriblemente y que se reían de cualquier cosa.

 

Mr. Pickwick manifestaba su agrado a cada nueva solicitud, y sus ojos resplandecían de bondad y de gozo.

 

—Señoras y señores —exclamó Mr. Pickwick, levantándose súbitamente. —Silencio, silencio —gritó Mr. Weller, en el paroxismo de su entusiasmo. —Llame a todos los criados —se apresuró a decir Mr. Wardle, en previsión de

 

que Mr. Weller recibiera una admonición pública de su amo—. Que se dé a cada uno un vaso de vino, para que tomen parte en el brindis. Adelante, Pickwick.

 

En medio del silencio de la concurrencia, entre el murmullo de las criadas y la embarazosa actitud expectante de los hombres, prosiguió Mr. Pickwick.

 

—Señoras y señores... es decir, no: amigos míos, queridos amigos míos, si es que las señoras me conceden tan preciosa licencia.

 

En este momento fue interrumpido Mr. Pickwick por una salva atronadora de las señoras, secundadas por los caballeros, durante la cual se oyó a la propietaria de los ojos negros asegurar que besaría de buena gana al querido Mr. Pickwick. A esto arguyó galantemente Mr. Winkle, preguntándole si no podría hacerlo con él por delegación, contestando la señorita de los ojos negros con un «¡Vaya usted a paseo!», orden rotunda a la que hubo de acompañar una mirada que decía con toda la elocuencia que puede entrañar una mirada: «Haga usted la prueba».

 

—Mis queridos amigos —continuó Mr. Pickwick—: voy a proponer un brindis a la salud de los novios. Dios los bendiga. (Aclamaciones y lágrimas.) Mi joven amigo Trundle es, en opinión mía, un excelente muchacho, y su esposa es, según me consta, una delicada y adorable criatura, sobradamente apta para llevar a otras esferas la dicha que por espacio de veinte años ha sabido difundir a su alrededor en la casa de su padre. —En este punto rompió el chico gordo en jipíos estentóreos, por lo cual hubo de sacarle de la estancia Mr. Weller, agarrándole por el cuello—. Yo quisiera — prosiguió Mr. Pickwick—, yo quisiera ser bastante joven para poder ser esposo de sus hermanas (Aprobación); mas en la imposibilidad de aspirar a esto, soy, por fortuna, bastante viejo para poder llamarme su padre, y así, nadie osará atribuirme ocultos designios al oírme decir que admiro, estimo y amo a las dos. (Aclamaciones y sollozos.) El padre de la novia, nuestro buen amigo aquí presente, es un hombre nobilísimo y me enorgullezco con su amistad. (Aplausos estrepitosos.) Es un hombre cortés, excelente, de gran temple moral, de corazón hermoso y hospitalario en grado sumo. (Aclamaciones entusiastas de los parientes pobres a cada adjetivo, y a cuenta de los dos últimos con especialidad.) Que su hija disfrute todas las venturas que él pueda desearle, y que él reciba de la contemplación de la felicidad de su hija todo el

 

 

 

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contento y toda la paz de ánimo que también merece, es, a no dudarlo, nuestro deseo unánime. ¡Bebamos, pues, a su salud, y hagamos votos por su larga vida colmada de bienes!

 

Acabó Mr. Pickwick, entre una tempestad de aplausos, y una vez más fueron puestos a prueba los pulmones de los menestrales, bajo las órdenes de Mr. Weller. Mr. Wardle brindó por Mr. Pickwick, y Mr. Pickwick por la anciana señora. Mr. Snodgrass brindó por Mr. Wardle; Mr. Wardle, por Mr. Snodgrass. Uno de los parientes menesterosos brindó por Mr. Tupman y el otro brindó por Mr. Winkle. Todo fue júbilo y felicidad hasta que la misteriosa desaparición de los dos parientes pobres por debajo de la mesa hizo comprender a la concurrencia que ya era tiempo de dar por terminada la fiesta.

 

Reuniéronse otra vez para cenar, después de dar los hombres un paseo de veinticinco millas, siguiendo el consejo de Mr. Wardle, para disipar los vapores del vino y del almuerzo. Los parientes pobres habían permanecido en el lecho todo el día con el designio de lograr ese objetivo; mas habiendo fracasado en su propósito, quedáronse donde estaban. Mr. Weller mantuvo la hilaridad del elemento doméstico, y el chico gordo repartió su tiempo en porciones, empleadas alternativamente en comer y dormir.

 

Fue la comida tan cordial y agradable como el almuerzo y casi tan bulliciosa, pero sin lágrimas. A los postres hubo algunos brindis más. Vino luego el té y el café, y por fin, el baile.

 

La mejor sala de Manor Farm era una hermosa y larga habitación artesonada con alta chimenea, por la que hubiera podido pasar un coche de los de nuevo modelo con ruedas y todo. En el fondo de la estancia, sentados bajo un templete de ramaje de acebo y siemprevivas, hallábanse los dos mejores violines y la única arpa de Muggleton. En todos los rincones y ménsulas descansaban macizos candelabros argentinos de cuatro brazos. Levantóse la alfombra, brillaron las luces, avivóse el fuego que en el hogar chisporroteaba y llenaron la estancia los gritos de alegría y las risas francas y ruidosas. Si algunos de los antiguos feudales ingleses transformados en brujas después de su muerte hubieran buscado punto para celebrar su aquelarre, no hubieran elegido otro lugar.

 

Si algo hubiera podido añadirse al interés de la deliciosa escena, hubiera sido el hecho insólito de ver aparecer a Mr. Pickwick sin polainas por primera vez en su vida, según lo podían recordar sus más íntimos amigos.

 

—¿Es que va usted a bailar? —dijo Wardle.

 

—Ya lo creo —respondió Mr. Pickwick—. ¿No me ve usted vestido para ello? Mr. Pickwick exhibió sus medias de seda moteadas y sus escarpines,

graciosamente atados.

 

—¡Usted con medias de seda! —exclamó Mr. Tupman con aire de zumba.

 

 

 

 

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—¿Y por qué no, sir, por qué no? —dijo Mr. Pickwick, encarándose con él. —¡Oh!, claro es que no hay razón para que usted no pueda llevarlas —contestó

 

Mr. Tupman.

 

—Me lo figuro, sir, me lo figuro —dijo Mr. Pickwick con vehemencia.

 

Iba Mr. Tupman a insinuar una sonrisa; mas viendo que el asunto era serio, adoptó un grave continente y dijo que eran muy bonitas las medias.

 

—Me parece que sí —dijo Mr. Pickwick, clavando la mirada en su amigo—. Yo creo que no verá usted nada extraordinario en las medias, como tales medias, sir.

 

—Ciertamente que no. ¡Oh!, ciertamente que no —replicó Mr. Tupman. Dirigióse a otro lado, y el semblante de Mr. Pickwick recobró su habitual

 

placidez.

 

—Ya estamos preparados, creo —dijo Mr. Pickwick, que figuraba en la cabeza del baile, en unión de la anciana, y que ya había iniciado varias salidas en falso, en su afán excesivo de comenzar.

 

—Empiecen ya —dijo Wardle—. ¡Ya!

 

Sonaron los violines y la única arpa, y avanzaba Mr. Pickwick con las manos cruzadas, cuando se oyó una palmada general y un grito de «¡Alto, alto!».

 

—¿Qué pasa? —dijo Mr. Pickwick, que sólo se había detenido por haber callado los violines y el arpa y que no hubiera obedecido a ningún otro poder de la tierra, aunque hubiera ardido la casa.

 

—¿Dónde está Arabella Allen? —gritaron varias voces.

 

—¿Y Winkle? —añadió Mr. Tupman.

 

—¡Aquí estamos! —exclamó el caballero aludido, surgiendo de un rincón con su linda compañera.

 

En aquel momento hubiera sido difícil decidir quién se hallaba más ruborizado, si él o la señorita de los ojos negros.

 

—¡Qué cosa más rara, Winkle —dijo Mr. Pickwick en tono de reproche—, que no haya podido usted ocupar su puesto antes!

 

—No tiene nada de raro —dijo Mr. Winkle.

 

—Bien —dijo Mr. Pickwick, con una sonrisa expresiva, dirigiendo sus ojos a Arabella—; es verdad: no me parece nada extraordinario.

 

Pero no era ocasión de discutir el asunto, porque los violines y el arpa empezaban a tocar con verdadero denuedo. Lanzóse Mr. Pickwick, con las manos cruzadas, desde el centro al fondo de la estancia, y luego hasta la chimenea, volviendo de nuevo a la puerta, empujando a todo el mundo, golpeando el suelo con el pie; toma nueva pareja, parte otra vez, repite la figura, otra patada para marcar el tiempo, otra pareja, otra y otra... ¡Nunca se viera contradanza igual! Por fin, al terminarse el baile, luego de haber sido reemplazada la anciana por otras catorce señoras y de haberse retirado fatigadas, luego de haber sido sustituida la esposa del pastor, el caballero, no obstante

 

 

 

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ser innecesario el movimiento, seguía marcando el paso sin moverse de su sitio, llevando el compás de la música; a todo esto, no cesaba de sonreír a su compañera con aire de contento inefable.

 

Mucho antes de que Mr. Pickwick se cansara de bailar, la nueva pareja había abandonado la escena. No obstante, verificóse en el piso de arriba una alegre cena, seguida de una prolongada tertulia; y al despertarse Mr. Pickwick, a la mañana siguiente, bastante tarde, recordaba confusamente haber invitado confidencial y formalmente a cuarenta y cinco personas a comer con él en Jorge y el Buitre la primera vez que fuesen a Londres, lo cual consideró Mr. Pickwick indicación segura de haber hecho algo más que bailar durante la noche precedente.

 

—¿De manera que ustedes tienen esta noche juegos en la cocina? —preguntó Sam a Emma.

 

—Sí, Mr. Weller —respondió Emma—; siempre los tenemos la víspera de Navidad. El amo no querría nunca prescindir de ellos.

 

—Su amo no quiere prescindir de nada, querida —dijo Mr. Weller—; no he visto nunca un hombre tan bueno ni un caballero tan cabal.

 

—¡Sí que lo es! —dijo el chico gordo, terciando en la conversación—. ¡Como que no ceba buenos cerdos!

 

El chico gordo dirigió a Mr. Weller un gesto netamente caníbal, al pensar en las patas asadas y en la salsa.

 

—¡Ah! ¿Ya se ha despertado al fin, eh? —dijo Sam.

 

El chico gordo asintió.

 

—Debo decirle, joven boa constrictor —dijo Mr. Weller con acento expresivo—, que, si no duerme usted un poco menos y no hace un poco más de ejercicio, cuando llegue a ser hombre se va usted a ver como se veía el viejo que llevaba un rabo de cerdo.

 

—¿Pues qué le pasaba? —preguntó el chico gordo con voz desfallecida.

 

—Se lo voy a decir a usted —replicó Mr. Weller—. Era uno de los más anchos

 

modelos que se han fabricado; un hombre tan gordo, que en cuarenta y cinco años no

 

pudo echar a sus zapatos una sola ojeada.

 

—¡Qué atrocidad! —exclamó Emma.

 

—Ni una sola ojeada, querida —dijo Mr. Weller—; tanto, que si le hubiera usted puesto sobre la mesa dos piernas como las suyas no las hubiera reconocido. Iba siempre a su oficina con una cadena colgando de un pie y cuarto de larga y con un reloj de oro en su faltriquera que valía yo no sé cuánto, pero todo lo que puede valer un reloj; un reloj enorme, pesado, tan desproporcionado en su tamaño para reloj como era el dueño para hombre, y con una esfera a la medida. «No debía usted llevar ese reloj», decían sus amigos al viejo. «Se lo van a robar.» «¿Sí», decía él. «Sin duda», decían ellos. «¡Ca!», decía él. «Quisiera ver al ladrón que me quitara el reloj, porque

 

 

 

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yo maldito si puedo sacarlo de agarrado que está, pues cuando quiero saber la hora tengo que mirar en las panaderías.» Se reía con toda su alma y se paseaba con su empolvada cabeza y su coleta de rabo de cerdo por el Strand, con la cadena colgando cada vez más larga y el gran reloj que casi hacía reventar su bolsillo. No hubo en todo Londres un ratero que no diera un tirón de la cadena; pero la cadena nunca se rompía y el reloj no salía, por lo cual, cansados de tirar de un viejo tan pesado, renunciaron, y el hombre se iba a su casa riendo hasta hacer vibrar su rabo de cerdo como el péndulo de un reloj danés. Al fin, cierto día en que el viejo paseaba, vio a un ratero, que de vista conocía, acercársele del brazo de un chiquillo con una cabeza enorme. «Empieza el juego», se dijo el viejo a sí mismo. «Van a dar otro atraco que no les va a resultar.» Entonces continuó su marcha con rostro placentero, cuando de pronto el chiquillo, soltándose del brazo del ratero, se lanzó de cabeza contra la barriga del viejo, obligándole a doblarse por el dolor. «¡Asesino!», dijo el viejo. «Perfectamente, sir», le dijo el ratero al oído. Y cuando se enderezó de nuevo había desaparecido el reloj y la cadena, y, lo que fue peor, se estropearon las digestiones del viejo para toda su vida. Así es que aplíquese el cuento, amigo, y procure no engordar demasiado.

 

Al terminar Mr. Weller su moral relato, que afectó en gran manera al chico gordo, encamináronse los tres a la gran cocina, en la que ya se hallaba congregada la familia, según era costumbre observada todos !os años en víspera de Navidad por los antepasados de Wardle desde tiempo inmemorial.

 

El viejo Wardle acababa de colgar del centro del techo de la cocina, por sus propias manos, una enorme rama de muérdago, y esta misma rama de muérdago dio origen al instante a una escena de regocijada confusión y divertidas escaramuzas. En medio del barullo, Mr. Pickwick, haciendo honor a su proverbial galantería, que en nada hubiera desmerecido de la que fuera propia de un descendiente de la misma señora Tollinglower, tomó la mano de la anciana y, llevándola debajo del místico ramaje, la besó con toda cortesía y delicadeza. La anciana se allanó a este acto de cortesanía tradicional con toda la dignidad que requería tan importante y seria liturgia; pero las señoritas, que no se hallaban imbuidas por la misma supersticiosa veneración de la antigua costumbre, o que juzgaban que el valor de un beso debe hallarse realzado por el trabajo que cuesta obtenerlo, gritaban, se debatían, escapábanse hacia los rincones, amenazaban, protestaban y hacían cuanto se les ocurría, salvo el abandonar la estancia, hasta que, cuando ya se disponían a renunciar a la cosa algunos de los menos arriscados caballeros, consideraron aquéllas que era inútil resistirse más y graciosamente se sometieron a la ceremonia del beso. Mr. Winkle besó a la señorita de los ojos negros; Mr. Snodgrass besó a Emilia, y Mr. Weller, poco ducho en la conducta que debía seguirse bajo el muérdago, besó a Emma y a las otras criadas conforme pudo echarles mano. Los parientes pobres besaban a todo el mundo, sin exceptuar a las señoritas invitadas de aspecto menos

 

 

 

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agradable, las cuales, en su inadvertencia, empezaron a pasar bajo el muérdago, sin saber a lo que se exponían. Wardle, de espaldas al fuego, contemplaba la escena con la mayor complacencia, y el chico gordo encontró ocasión de apoderarse, para su personal beneficio, y devoró sin perder momento, un riquísimo pastelillo que estaba preparado para alguna otra persona.

 

Amainó el griterío, y las caras resplandecían de gozo; hallábanse revueltos bucles y cabelleras, y Mr. Pickwick, después de besar a la anciana, como ya se ha dicho, permanecía de pie bajo el muérdago, mirando con rostro placentero todo cuanto pasaba a su alrededor, cuando la señorita de los ojos negros, después de breve y secreto conciliábulo con las otras, avanzó resuelta, y rodeando con su brazo el cuello de Mr. Pickwick, besóle con ternura en la izquierda mejilla, y antes de que Mr. Pickwick se percatara de lo que ocurría, viose rodeado completamente y besado por todas ellas.

 

Resultaba sumamente grato ver a Mr. Pickwick en el centro del grupo, solicitado por aquí, atraído por allá, besado en la mejilla, en la nariz y hasta en los lentes, y era encantador oír las explosiones de risa que por todas partes saltaban; pero hízose aún más delicioso ver a poco a Mr. Pickwick actuando de gallina ciega, con los ojos vendados por un pañuelo de seda, tropezando contra las paredes, metiéndose por los rincones y haciendo todos los misteriosos ademanes propios del caso, complaciéndose altamente en el juego, hasta que atrapó a uno de los parientes pobres. Luego había que verle sortear al que le reemplazó, con una agilidad y una viveza que promovieron la admiración y el aplauso de todos los circunstantes. Los parientes pobres atrapaban a aquellos de los que pensaban había de gustarles, y cuando el interés del juego decayó, se perseguían unos a otros. Cuando todos se hubieron cansado de la gallina ciega, jugóse al dragón y luego de haberse chamuscado algunos dedos y de haber desaparecido las uvas, sentáronse alrededor de la enorme fogarata que hacían los troncos candentes a despachar una sustanciosa cena y el contenido de un perol, poco más pequeño del que se emplea en los lavaderos, en el que se cocían numerosas manzanas, produciendo un borboteo tentador y un delicioso golpe de vista; tan delicioso que no había quien se le resistiera.

 

—Esto —dijo Mr. Pickwick, mirando a su alrededor—, esto es verdaderamente encantador.

 

—Es nuestra costumbre invariable —replicó Mr. Wardle—. Todos vienen a sentarse con nosotros la víspera de Navidad, como los ve usted ahora, criados y todo, y así aguardamos hasta que dan las doce, para recibir la Navidad, engañando el tiempo con juegos de prendas y viejas historias. Trundle, hijo mío, atiza el fuego.

 

Al remover los troncos encendidos, volaron las chispas en brillantes miríadas. El rojo vivo de la llama produjo un hermoso resplandor, que invadió los más lejanos rincones de la estancia y proyectó sobre todos los rostros sus alegres tonalidades.

 

 

 

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—¡Ea! —dijo Wardle—. ¡Una canción, un villancico! A falta de otro mejor, yo cantaré uno.

 

—¡Bravo! —dijo Mr. Pickwick.

 

—¡A beber! —gritó Wardle—. Aún pasarán dos horas hasta que pueda usted ver el fondo del perol a través del hermoso color del líquido; venga una ronda, y a cantar.

 

Diciendo esto, el alegre anciano comenzó con voz franca y llena su canto, sin más demora.

 

CANTO AL INVIERNO

 

No quiero a la Primavera.

 

Ella fabrica las flores

 

para luego aniquilarlas,

 

de sus lluvias al azote,

 

y dárselas a los vientos

 

antes de que el día asome.

 

Hada inconstante y versátil,

 

ni a sí misma se conoce,

 

ni ve las contrarias sendas

 

que su voluntad recorre.

 

Sonreirá ante vosotros

 

y después, con gesto torpe,

 

marchitará de repente

 

vuestra amada flor más joven.

 

Váyase el sol del Estío,

 

que no he de buscarle nunca.

 

Si, tras de la nube negra,

 

su rostro abrasado oculta,

 

me río de él, y su aspecto,

 

por sombrío, no me asusta.

 

Él, hirviéndolo en la fiebre,

 

hace del amor locura,

 

y el amor muy violento,

 

como, para su mal,

 

muchas almas lo experimentaron,

 

pronto se muere o se esfuma.

 

La luna, modesta y suave,

 

que la vendimia preside,

 

tiene, para mí, fulgores

 

más seguros y apacibles

 

que la impúdica y redonda

 

 

 

 

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que en la canícula ríe.

 

Mas viendo caer del árbol

 

las hojas, que han de dormirse

 

a sus plantas, para siempre,

 

me pongo, en verdad, muy triste.

 

No me parecéis tan bellos,

 

aires del Otoño, grises,

 

para que mi alma a vosotros

 

su predilección os brinde.

 

Yo lanzo al aire mi canto

 

al llegar la hermosa Pascua,

 

cariñosa y atrevida,

 

alborotadora y franca.

 

Bebo mi copa y, con toda

 

la fuerza de mi garganta,

 

doy tres vivas a la vieja

 

Pascua, que viene a mi casa.

 

Hagámosla entrar con júbilo,

 

que su corazón aguarda risueño.

 

Y no dejaremos que nos abandone

 

hasta que sobre el mantel no quede

 

ni un sorbo ni una vianda.

 

Después..., nos separaremos

 

como buenos camaradas.

 

En su honrado y franco orgullo

 

no quiere disimular

 

ni una de sus cicatrices

 

hechas por el temporal.

 

No son tristes, porque hay muchas

 

iguales sobre la faz

 

de los bravos marineros.

 

A ellas mis canciones van

 

por millares, a la anciana

 

que llega esta noche,

 

a la reina de las estaciones,

 

que nos viene a visitar.

 

La canción fue ruidosamente aplaudida, porque los amigos y la dependencia constituían nutrido auditorio, y los parientes pobres, especialmente, no salían de su éxtasis. Alimentóse el fuego nuevamente y de nuevo circuló el perol.

 

 

 

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—¡Cómo nieva! —dijo uno de los criados en voz baja.

 

—¿Nieva? —dijo Wardle.

 

—Noche atrozmente fría, sir —repuso el hombre—; y se ha levantado un viento que arremolina la nieve en los campos, haciendo blancos torbellinos.

 

—¿Qué dice Jaime? —preguntó la anciana—. ¿Es que ocurre algo?

 

—No, madre, no —respondió Wardle—; dice que hay montones de nieve y un viento helado. Ya lo suponía yo, porque se le oye zumbar por la chimenea.

—¡Ah! —dijo la anciana—. Ese mismo viento hacía y una nevada igual hace muchos años, me acuerdo... cinco años antes, precisamente, de que muriera tu pobre padre. Era también víspera de Navidad, y recuerdo que fue esa noche cuando nos contó la historia de los duendes que se llevaron al viejo Gabriel Grub.

 

—¿La historia de qué? —inquirió Mr. Pickwick.

 

—¡Oh! Nada, nada —replicó Wardle—. Se trata de un viejo sepulturero que las gentes de por aquí suponen que fue arrebatado por unos duendes.

 

—¡Suponen! —exclamó la anciana—. ¿Es que hay alguno que se atreva a negarlo? ¡Suponen! ¿Es que no oíste desde que eras niño que había sido arrebatado por los duendes, y no sabes que lo fue?

 

—Muy bien, madre; lo fue, si tú quieres —dijo Wardle, sonriendo—. Pues nada, Mr. Pickwick: que se lo llevaron los duendes, y eso es todo.

 

—No, no —dijo Mr. Pickwick—, no es eso todo, porque yo quiero saber cómo y por qué y todo lo que hay sobre el asunto.

 

Sonrió Wardle al ver cómo todas las cabezas adoptaban una actitud de aguda curiosidad, y llenando el perol con mano pródiga, bebió a la salud de Mr. Pickwick y empezó como sigue. Pero, ¡oh desmedido afán editorial, en qué capítulo tan largo nos hemos metido! Hemos olvidado por completo todas las restricciones inherentes a las medidas de los capítulos. ¡Lo mejor será dejar que el duende inicie gallardamente uno nuevo! Señoras y señores: ¡plaza a los duendes, y nada de contemplaciones con ellos!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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29.    Historia de los duendes que arrebataron a un sepulturero

 

En una antigua ciudad abacial de estas cercanías, hace mucho tiempo, tanto que la historia debe de ser cierta, porque nuestros abuelos la creyeron a pies juntillas, actuaba de enterrador y sepulturero en el cementerio un tal Gabriel Grub. De que un hombre sea sepulturero y de que se halle rodeado constantemente por los emblemas de la muerte no se sigue fatalmente que haya de ser una criatura de condición lúgubre y melancólica; los que se encargan de conducirnos a la última morada son las gentes más alegres del mundo, y en cierta ocasión tuve el honor de trabar intimidad con un mudo, que en su vida privada, fuera de su profesión, era el ser más festivo y cómico; que chapurraba una anacreóntica sin un desliz de su memoria, y que apuraba un buen vaso de ponche sin pararse a tomar resuello. Mas, no obstante estos precedentes contradictorios, Gabriel Grub era un hombre perverso, adusto, quisquilloso, lúgubre y solitario, que no se hallaba bien sino consigo mismo y con una cantimplora que guardaba en el amplio bolsillo de su chaleco. Miraba las caras alegres que al paso veía con gesto tan atravesado y malicioso, que era difícil cruzarse con él sin presentir algún mal suceso.

 

»Poco antes de anochecer, una víspera de Navidad se echó al hombro Gabriel Grub su pala, encendió su linterna y encaminóse hacia el viejo cementerio; tenía que acabar de abrir una fosa para la siguiente mañana, y, sintiéndose muy decaído, juzgó que tal vez contribuyera a reanimarle meterse en trabajo al punto. Al pasar por la antigua calle vio fulgurar las alegres candelas a través de las viejas puertaventanas y oyó las risas bulliciosas y el vivo griterío de los que estaban reunidos alrededor de los hogares; atisbó los ruidosos preparativos para el holgorio del siguiente día y olfateó los variados aromas propios de las circunstancias que se expandían por las ventanas de las cocinas en vaporosas nubes. Todo esto era hiel y acíbar para el corazón de Gabriel Grub, y cuando los grupos de chiquillos lanzados de sus casas pululaban por el camino y se topaban, antes de llamar en la puerta opuesta, con otra media docena de rapaces de rizadas cabecitas, que con ellos se mezclaban, subiendo en tropel las escaleras para emplear la tarde en sus juegos de Nochebuena, Gabriel Grub sonreía lúgubremente y oprimía con firme crispación el mástil de su pala, al tiempo que pensaba en el sarampión, la escarlatina, la difteria y la tos convulsa, y en muchos otros manantiales de consuelo.

 

»En tal situación de ánimo siguió su camino Gabriel Grub, contestando con bruscos gruñidos a los risueños saludos de los vecinos que hallaba al paso, hasta que penetró en la oscura callejuela que conducía al camposanto. Gabriel se complacía anticipadamente con la idea de llegar al oscuro callejón, que se le hacía un paraje deliciosamente lóbrego y macabro y por el cual no gustaban aventurarse los vecinos,

 

 

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como no fuera en pleno día y cuando el sol brillaba esplendoroso. No fue poco, pues, lo que hubo de contrariarle oír a un rapaz cantar a voz en cuello una alegre canción de Pascua en aquel temido santuario, al que se llamaba e! "callejón del Sepulcro" desde los tiempos de la antigua abadía y de los monjes tonsurados. Al avanzar Gabriel y acercarse la voz, advirtió que procedía de un chiquillo que marchaba aprisa para incorporarse a uno de los grupos que discurrían por la calle Vieja, y que, tanto para ahuyentar el miedo de la soledad como para ponerse a tono con las circunstancias, había roto a cantar con toda la energía de sus pulmones. Aguardó Gabriel el paso del chico y, apostándose en una rinconada, le golpeó en la cabeza repetidas veces con la linterna para enseñarle a modular su voz. Cuando el muchacho escapaba con las manos en la cabeza, entonando otro canto muy diferente, se regodeó Gabriel Grub y entró en el cementerio, cerrando la puerta tras de sí.

 

»Quitóse el sombrero, puso en el suelo su linterna y, metiéndose en la inacabada fosa, trabajó en ella cosa de una hora con gran ahínco. Mas la tierra estaba endurecida por la helada; costaba trabajo romperla y arrojarla con la pala; y aunque había luna, como era muy nueva, derramaba poca luz sobre la fosa, que caía en la sombra proyectada por la iglesia. En cualquier otro momento estos obstáculos hubieran hecho a Gabriel Grub refunfuñar y entristecerse; pero era tal el contento que le había producido interrumpir la canción del pequeñuelo, que no se cuidó del escaso progreso de su labor y miró al fondo de la fosa con sombría complacencia al dar por terminado su trabajo. Mientras recogía sus instrumentos, murmuraba:

 

Buenas posadas, muy buenas, cuando es !a vida acabada, un par de varas de tierra, una piedra por almohada y otra de escabel; jugosa y suculenta pitanza

 

con que, ávidos, los gusanos gustan llenarse !a panza; hierba exuberante arriba y húmeda arcilla por manto. Buenas posadas son estas que nos brinda e! camposanto.

 

»—Ja, ja! —rió Gabriel Grub, sentándose sobre la losa de una tumba, que era su lugar de reposo favorito, y sacando su cantimplora—. Sarcófago de Pascua. Una caja de Pascua.

 

»—i Ja, ja, ja! —repitió una voz que sonó junto a él.

 

»Quedó Gabriel suspenso por el miedo en el momento de acercar a sus labios la cantimplora, y miró a su alrededor. La base de la más vieja tumba que allí había no estaba más inmóvil que el cementerio al claror de la pálida luna. La helada escarcha brillaba sobre las tumbas y chispeaba como sartas de gemas entre las esculpidas lápidas de la vieja iglesia. La nieve, endurecida y rígida, cubría el suelo y extendía sobre los montones de tierra tan pulido y blanco cendal que no parecía sino que los cadáveres yacían cubiertos solamente por sus mortajas. Ni el más leve rumor rompía la calma profunda del solemne escenario. Tan frío y tranquilo se hallaba todo, que

 

 

 

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hasta el ruido parecía haberse helado.

 

»—Fue el eco —dijo Gabriel Grub, acercando de nuevo a sus labios la botella.

 

»—No fue el eco —dijo una voz profunda.

 

»Estremecióse Gabriel y quedó clavado en su sitio por la sorpresa y el terror al posar sus ojos en una figura que hizo congelarse su sangre.

 

»Sentada sobre una tumba enhiesta que al lado tenía, había una figura extraña y sobrenatural que Gabriel juzgó al punto no ser de este mundo. Sus largas y fantásticas piernas, que podían llegar al suelo, estaban encogidas y cruzadas en elegante y caprichosa postura; sus nervudos brazos veíanse desnudos, y sus manos descansaban en sus rodillas. Envolvía su cuerpo breve un ceñido ropaje, exornado de menudo acuchillado; una corta esclavina caía por su espalda; el cuello, recortado en curiosos picos, servía al duende bufanda y corbata, y sus zapatos se prolongaban formando revueltas puntas. Llevaba en la cabeza un amplio sombrero abarquillado, con una sola pluma. El sombrero se hallaba cubierto de blanca escarcha, y el fantasma parecía llevar doscientos o trescientos años cómodamente sentado en la tumba. Hallábase completamente inmóvil; tenía la lengua fuera, como haciendo una mueca burlesca, y contemplaba a Gabriel Grub con un gesto que sólo puede adoptar un aparecido.

 

»—No fue el eco —dijo el aparecido.

 

»Gabriel Grub estaba paralizado y no pudo replicar.

 

»—¿Qué hace usted aquí, en víspera de Navidad? —dijo el aparecido, con severidad.

 

»—Vine a abrir una fosa, sir —balbució Gabriel Grub.

 

»—¿Qué hombre puede vagar entre las tumbas en una noche como ésta? — exclamó el aparecido.

 

»—¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! —gritó furiosamente un coro de voces que parecía llenar el cementerio.

 

»Gabriel miró a su alrededor con espanto, pero nada vio.

 

»—¿Qué lleva en esa botella? —preguntó el aparecido.

 

»—Ginebra, sir —respondió el enterrador, temblando más que nunca, porque la había comprado a unos matuteros y recelaba que el preguntón formase parte del fisco entre los duendes.

 

»—¿Quién bebe ginebra a solas y en un cementerio en una noche como ésta? — dijo el fantasma.

 

»—¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! —contestó de nuevo el coro.

 

»Sonrió el aparecido maliciosamente al aterrado sepulturero, y levantando la voz exclamó:

 

»—¿Y quién será entonces nuestra hermosa y obligada presa?

 

»A esta pregunta respondió el eco misterioso en un tono que resonó como las voces de un coro nutridísimo que cantase acompañado por el más poderoso resoplido

 

 

 

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del viejo órgano de la iglesia; un tono que pareció envolver los oídos del enterrador con un viento furioso y apagarse en la distancia, pero el estribillo de la réplica era siempre el mismo: "¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub!".

 

»El aparecido hizo una mueca más pronunciada que las anteriores, y dijo:

 

»—Gabriel, ¿qué dices a eso?

 

»El enterrador se detuvo para tomar resuello.

 

»—¿Qué piensas de esto, Gabriel? —dijo el aparecido, volteando sus pies en el aire a uno y otro lado de la tumba y contemplando las puntas curvas de sus zapatos con la misma complacencia que si estuviera ante sus ojos el más elegante modelo Wellington de Bond Street.

 

»—Que es... que es muy curioso, sir —replicó el sepulturero, muerto de miedo—; muy curioso y muy bonito; pero voy a terminar mi trabajo, si le parece, sir.

 

»—¡Trabajo! —dijo el fantasma—. ¿Qué trabajo?

 

» —La fosa, sir; abrirla fosa —balbució el sepulturero.

 

»—¿La fosa, eh? —dijo el aparecido—. ¿Quién se ocupa en abrir fosas y halla placer en ello cuando todos los hombres están llenos de alegría?

 

»De nuevo respondieron las voces misteriosas:

 

»—¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub!

 

»—Presumo que mis amigos te necesitan, Gabriel —dijo el duende, hundiendo la lengua más que nunca en el carrillo, y era una lengua verdaderamente asombrosa—. Presumo que mis amigos te necesitan, Gabriel —repitió el aparecido.

 

»—¡Por favor, sir —replicó aterrado el sepulturero—: no puede ser, no me conocen, sir; yo creo que esos señores no me han visto nunca, sir!

 

»—¡Oh, sí! —replicó el aparecido—. Conocemos al hombre de cara fosca y ceño maligno que venía esta noche por la calle dirigiendo a los chiquillos miradas funestas y acariciando su fúnebre pala. Conocemos al hombre que golpeó al chico, con envidioso coraje, porque estaba el chico alegre y él no podía estarlo. Le conocemos, le conocemos.

 

Entonces soltó el aparecido una horrible carcajada, que el eco devolvió centuplicada. Levantando sus piernas en el aire, apoyó la cabeza, o más bien el vértice del abarquillado sombrero, sobre la estrecha cornisa de la tumba y dio un salto mortal con agilidad extraordinaria, cayendo a los pies del enterrador, plantándose ante él en la postura que adoptan para trabajar generalmente los sastres.

 

»—Siento... siento tener que dejarle, sir —dijo el enterrador, haciendo un esfuerzo supremo para levantarse.

 

»—¡Dejarnos! —dijo el aparecido—. ¿Dejarnos, Gabriel Grub? ¡Ja, ja, ja! Mientras reía el duende, vio el enterrador por un momento iluminarse el exterior

 

de la iglesia cual si todo el edificio estuviera ardiendo; apagóse el fulgor; dejó oír el órgano un aire alegre, y un golpe de duendes de la misma calaña que el primero

 

 

 

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irrumpió en el cementerio y empezó a jugar a la rana entre las tumbas, sin detenerse para tomar aliento, saltando uno tras otro por los más altos sarcófagos con maravillosa destreza. El primer duende era un saltarín asombroso, y ninguno de los otros podía comparársele. En medio del terror que embargaba al sepulturero, no podía dejar de observar que, mientras los amigos de aquél se contentaban con saltar sobre las tumbas de mediana altura, el primero elegía los panteones familiares, con verjas y todo, saltando sobre ellos con la misma agilidad que si fueran guardacantones.

 

»Por fin llegó el juego a su momento culminante: tocaba el órgano más deprisa cada vez y los duendes saltaban cada vez con más celeridad; giraban sobre sí mismos, daban volteretas por el suelo y pirueteaban sobre las tumbas, saltando como pelotas. La cabeza del enterrador parecía ser arrastrada por la vorágine que contemplaba, y sus piernas vacilaban, mientras que los fantasmas volaban ante sus ojos. En esto, el monarca de los duendes se arrojó hacia él bruscamente, le cogió por el cuello y se hundió con él en la tierra.

 

»Cuando Gabriel Grub pudo cobrar el aliento, que la rapidez del descenso le había paralizado, encontróse en lo que parecía ser una gran caverna, poblada de duendes feos y mal encarados; en el centro del recinto, sobre elevado sitial, estaba su amigo del cementerio, y junto a él, Gabriel Grub, completamente inmóvil.

 

»—¡Qué noche tan fría! —dijo el monarca de los duendes—. Muy fría. ¡Un vaso de algo caliente, en seguida!

 

»A! darse esta orden, media docena de oficiosos duendes, en cuyos rostros campeaba una perpetua sonrisa, desaparecieron apresuradamente, volviendo a poco con una ponchera de fuego líquido, que presentaron al rey.

 

»—¡Ajá! —exclamó el fantasma, por cuyos carrillos y garganta transparentes veíase pasar la llama—. ¡Esto atempera de verdad! Traed un vaso de lo mismo para Mr. Grub.

 

»Fue inútil que el infortunado enterrador encareciese que él no tenía costumbre de tomar nada caliente por la noche; mientras le sujetaba uno de los duendes, vertía el otro en su boca el líquido candente; reventaba de risa la concurrencia al verle toser y ahogarse, y secaron las lágrimas que fluían de sus ojos en abundancia después de tragar la ardiente bebida.

 

»—Y ahora —dijo el rey, metiendo con fantástico ademán por los ojos del enterrador el pico de su abarquillado sombrero y produciéndole, como es de suponer, el más vivo dolor—, enseñad al hombre perverso y lúgubre unos cuantos cuadros de nuestro gran almacén.

 

»No bien dijo esto el duende, desvanecióse poco a poco una espesa nube que oscurecía el fondo remoto de la caverna, dejando ver en lontananza, a lo que parecía, un reducido aposento escasamente amueblado, pero limpio y cuidado. Un rebaño de pequeñuelos veíanse alrededor de un animado fuego, colgándose de las sayas de su

 

 

 

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madre y correteando en torno de su silla. De cuando en cuando se levantaba la madre y descorría la cortina de la ventana, cual si esperase algo; en la mesa hallábase preparada una frugal comida, y junto al fuego estaba dispuesto un sillón. Oyóse un golpe en la puerta; abrió la madre, y los chicos se arremolinaron en derredor de ella y tocaron palmas de alegría al entrar su padre. Éste venía fatigado y mojado, y sacudió la nieve de sus ropas al acercársele los chicos, que se apoderaron de su capa, sombrero, bastón y guantes, con los cuales salieron de la estancia con diligente celo. Cuando luego se sentó el padre a cenar junto al fuego, encaramáronse en sus rodillas los pequeñuelos, sentóse la madre a su lado, y todo denotaba felicidad y bienestar.

 

»De modo imperceptible cambió el espectáculo. La escena se había trocado en una estrecha habitación, donde el más pequeño y hermoso de los niños yacía moribundo; las rosas habíanse evaporado de sus mejillas, y la luz de sus ojos; y aunque el enterrador le miraba con un interés jamás sentido, murió. Sus tiernos hermanos rodeaban su camita y tomaban su mano finísima, ya fría y abandonada a su peso de muerte; alejábanse de aquel contacto y miraban con ansia su rostro infantil, y aunque el hermoso niño parecía dormir en calma, sosegado y tranquilo, veían que estaba muerto y sabían que era un ángel que les miraba y bendecía desde un cielo luminoso y feliz.

 

»De nuevo pasó la nube por el cuadro y cambió el asunto. El padre y la madre presentábanse ahora ancianos y desvalidos, y el número de los que les rodeaban habíase reducido a más de la mitad; pero el contento y la alegría se dibujaban en todas las fisonomías y resplandecían en todas las miradas. Congregábanse alrededor del fuego y contaban y oían relatar viejas historias de los pasados días. Tranquila y sosegadamente descendió el padre a la tumba, y poco después le seguía al lugar del refrigerio la abnegada partícipe de todos sus cuidados y amarguras. Los escasos supervivientes se arrodillaban junto a la tumba y regaban con sus lágrimas la fresca hierba que la cubría; levantábanse luego y se alejaban de aquel lugar, dulce y tristemente, pero sin gritos de amargura ni desesperadas lamentaciones, porque sabían que habían de encontrarse en lo futuro, y otra vez incorporábanse al mundo de los afanes, recobrando la alegría y el contento. Extendióse la nube sobre el cuadro y lo ocultó a la vista del sepulturero.

 

»—¿Qué te parece eso? —dijo el duende, volviendo su ancha faz hacia Gabriel Grub.

 

»Murmuró Gabriel algo así como que era muy lindo, y se pintó en su cara la vergüenza al dirigirle el duende sus ojos llenos de ira.

 

»—¡Eres un miserable! —dijo el duende, entono de profundo desprecio. »Parecía querer decir algo más, pero la indignación ahogó su voz y levantando

 

una de sus piernas, que eran extraordinariamente plegables, y volteándola un momento sobre su cabeza para asegurar la puntería, administró a Gabriel Grub un

 

 

 

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buen puntapié, inmediatamente después de lo cual todos los duendes de escalera abajo se agruparon en derredor del mísero sepulturero y le golpearon sin piedad, siguiendo la costumbre inveterada de los cortesanos de la tierra, que pegan a quien pega la realeza y ensalzan a quien la realeza ensalza.

 

»—¡Enseñadle algo más! —dijo el rey de los duendes.

 

»A estas palabras aclaróse la nube, descubriendo un rico y exuberante paisaje, parecido al que hoy se ve a cosa de media milla de la vieja ciudad abacial. El sol brillaba en el azul y claro cielo; fulgía el agua bajo sus rayos, y los árboles parecían más verdes y más alegres las flores bajo su bienhechora influencia. Corría el agua en ondas rizadas con plácido murmullo; los árboles susurraban a favor de la brisa ligera que rozaba sus hojas; cantaban los pájaros sobre los pimpollos, y la alondra trinaba en lo alto, saludando a la mañana. Sí, era la mañana, la espléndida y embalsamada mañana estival; las hojas más diminutas, la más tenue brizna de hierba, palpitaban con el instinto de la vida; la hormiga se arrastraba en su afanosa labor cotidiana; revoloteaba la mariposa y se oreaba a los rayos del sol; miríadas de insectos extendían sus diáfanos élitros y gozaban la borrachera de su dichosa y fugaz existencia. Caminaba el hombre exaltado por el espectáculo, y todo era brillo y esplendor.

 

»—¡Eres un miserable! —dijo el rey de los duendes, en tono más despectivo aún que anteriormente.

 

»Y el rey de !os duendes volteó su pierna nuevamente, y nuevamente la dejó caer sobre los hombros del enterrador, y los duendes pajes imitaron nuevamente el ejemplo de su soberano.

 

»Muchas otras veces fue y vino la nube, enseñando muchas lecciones a Gabriel Grub, el cual, aunque se resentía de los hombros por las frecuentes caricias de los pies del duende, observaba todo con un interés nunca decreciente. Vio que los hombres que trabajaban rudamente y ganaban su escaso sustento con sus vidas laboriosas se sentían alegres y felices, y que aun para los más ignorantes era la dulce faz de la Naturaleza un manantial perenne de contento y deleite. Veía que aquellos que habían sido amamantados y educados delicadamente sonreían ante las privaciones y se hacían superiores a los padecimientos que hubieran aniquilado a otros que se habían desarrollado en ambientes más rudos, porque llevaban dentro de sí los elementos de la felicidad y de la paz. Vio que las mujeres, las más tiernas y frágiles criaturas de Dios, se sobreponían generalmente a la amargura, al dolor y a la adversidad, y vio que ello consistía en que abrigaban en sus corazones un manantial inextinguible de afecto y ternura. Vio, sobre todo, que los hombres como él gruñían ante el optimismo y la alegría de los otros: eran hierbas malignas que crecían sobre la tierra; y poniendo en parangón todo el bien del mundo contra el mal, llegó a la conclusión de que era, después de todo, un mundo muy decente y respetable. No bien

 

 

 

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acabó de formarse este concepto, la nube que había hecho desvanecerse el último cuadro pareció envolver sus sentidos y arrullarle hasta dejarle dormido. Uno tras otro desaparecieron de su vista los duendes, y al perder de vista al último se quedó dormido.

 

»Despertó Gabriel Grub al romper el día y encontróse tendido sobre la tumba plana, junto a la cantimplora vacía y con el abrigo, la pala y la linterna, cubiertos de blanco por la escarcha nocturna, desparramados por el suelo. La piedra que primero había sustentado a! duende alzábase enhiesta frente a Gabriel, y no muy lejos hallábase la fosa en que por la noche trabajara. Al principio dudó de la realidad de sus aventuras; pero el dolor agudo que sintió en sus hombros al tratar de levantarse convencióle de que los puntapiés de los duendes no habían sido ideales, sino ciertos. Vaciló un tanto otra vez al no percibir en la nieve las huellas de los duendes que jugaran a la rana sobre las tumbas, mas comprendió inmediatamente lo natural del fenómeno recordando que, al ser espíritus, no habían de dejar tras de sí impresiones palpables. Púsose de pie Gabriel Grub con no poca dificultad, por el dolor que sentía en la espalda, y, sacudiendo la nieve de su gabán, se volvió a la ciudad.

 

»Pero era otro hombre, y no podía hacerse a la idea de volver a un lugar en el que había de recelarse de su arrepentimiento y desconfiarse de su enmienda. Vaciló unos momentos y tomó otro rumbo, vagando a la ventura, con propósito de buscar el sustento en cualquier otra parte.

 

»       La linterna, la pala y la cantimplora encontráronse aquel día en el camposanto. Muchas fueron las conjeturas que se hicieron acerca de la suerte del enterrador en los primeros momentos, pero en seguida se dio por seguro que había sido arrebatado por los duendes, y no faltó testigo fidedigno que le había visto cruzando los aires a lomos de un alazán tuerto, con ancas de león y cola de oso. Acabó por aceptarse ciegamente esta versión, y el nuevo enterrador enseñaba a los curiosos, por una modesta propina, un gran trozo de la giraldilla de la iglesia, que había sido desprendido por el mencionado caballo en su aérea fuga y recogido por él mismo en el camposanto uno o dos años después.

 

»Desgraciadamente, aquellas historias viéronse un tanto desautorizadas por la inesperada reaparición del propio Gabriel Grub, sobrevenida diez años después en forma de un anciano reumático, andrajoso y alegre. Contó su historia al párroco y también al alcalde, y con el tiempo empezó a ser aceptada como asunto de cuento y tradición, en cuya forma ha llegado hasta nuestros días. Los que habían prestado crédito a la conseja de la veleta, después de haber colocado su fe en base tan liviana, renunciaron a desprenderse otra vez de aquella teologal facultad y miraban con gesto avisado y se encogían de hombros y se llevaban el dedo a las sienes, murmurando algo así como que Gabriel Grub se había bebido toda la ginebra y caído sobre la tumba vencido por el sueño, y pretendieron explicar lo que él suponía haber

 

 

 

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presenciado en la caverna de los duendes, diciendo que el enterrador había visto el mundo y tornádose más discreto y prudente. Pero esta opinión, que nunca llegó a popularizarse, fue poco a poco perdiendo crédito y, sea lo que fuere, como Gabriel Grub se vio aquejado del reuma hasta el fin de sus días, esta historia tiene al menos una moraleja, y es: que si un hombre se vuelve huraño y da en beber en la soledad, en tiempo de Pascua, puede prepararse a pasarlo mal, aunque el alcohol no sea tan bueno ni tenga tantos grados como los espíritus que vio Gabriel Grub en la caverna de los duendes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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30.    Cómo adquirieron y cultivaron los pickwickianos la amistad de dos simpáticos jóvenes, pertenecientes a una de las profesiones liberales; cómo se ejercitaron sobre el

 

hielo y cómo acabó su primera visita

 

 

—Hola, Sam —dijo Mr. Pickwick, al entrar en su dormitorio su afortunado servidor, con el agua caliente, en la mañana del día de Navidad—. ¿Hiela aún?

—El agua en la palangana es un témpano, sir —respondió Sam.

 

—Tiempo duro, Sam —observó Mr. Pickwick.

 

—Tiempo hermoso para los que están bien abrigados, como se decía el oso polar mientras se ejercitaba patinando —replicó Mr. Weller.

 

—Bajaré dentro de un cuarto de hora, Sam —dijo Mr. Pickwick, desatándose el gorro de dormir.

 

—Muy bien, sir —replicó Sam—. Abajo hay un par de sierrahuesos.

 

—¿Un par de qué? —exclamó Mr. Pickwick, sentándose en el lecho.

 

—Un par de sierrahuesos —repitió Sam.

 

—¿Y qué es un sierrahuesos? —inquirió Mr. Pickwick, sin saber aún si se trataba de un ser animado o de algún comestible.

 

—¡Cómo! ¿No sabe usted lo que es un sierrahuesos? —preguntó Mr. Weller—.

 

Yo creía que todo el mundo sabía que un sierrahuesos es un cirujano.

 

—¡Ah, un cirujano! —dijo Mr. Pickwick, sonriendo.

 

—Eso es, sir —replicó Sam—. Pero esos que hay abajo no son todavía cirujanos maduros; están en camino nada más.

 

—En otras palabras: que son estudiantes de Medicina, ¿verdad? —dijo Mr.

 

Pickwick.

 

Sam Weller asintió con la cabeza.

 

—Me alegro —dijo Mr. Pickwick, arrojando con viveza su gorro de dormir sobre la colcha—; buena gente; muy buena gente; tienen el juicio madurado por la observación y la reflexión; gustos refinados por el estudio y la lectura. Me alegro mucho.

 

—Están fumando unos puros junto al fuego —dijo Sam.

 

—¡Ah! —exclamó Mr. Pickwick, frotándose las manos, rebosando de sentimientos corteses, humanitarios y de animal espiritualidad—. Precisamente lo que a mí me gusta.

 

—Y uno de ellos —dijo Sam, sin parar mientes en la interrupción de su amo—, uno de ellos ha puesto sus piernas sobre la mesa y está bebiendo aguardiente puro, mientras que el otro, el de los lentes, tiene un barril de ostras entre las rodillas, las abre a todo vapor, se las come lo mismo y arroja las conchas al joven gordo, que está

 

 

 

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sentado en el rincón de la chimenea, completamente dormido. —Excentricidades de carácter, Sam —dijo Mr. Pickwick—. Puedes retirarte. Retiróse Sam, y Mr. Pickwick, al cabo de un cuarto de hora, bajó a desayunarse. —¡Al fin llegó! —dijo Mr. Wardle—. Pickwick: éste es el hermano de Miss

 

Allen, Mr. Benjamín Allen. Le llamamos nosotros Ben, y usted puede hacerlo si quiere. Este caballero es su íntimo amigo, Mr...

 

—Mr. Bob Sawyer —interrumpió Mr. Benjamín Allen, con lo cual, Mr. Bob Sawyer y Mr. Benjamín Allen rieron a coro.

 

Mr. Pickwick saludó a Bob Sawyer y Bob Sawyer saludó a Mr. Pickwick. Bob y su íntimo amigo se aplicaron en seguida, con la mayor asiduidad, a !os manjares que tenían delante.

 

Mr. Benjamín Allen era un tosco y corpulento mozo, de pelo negro, cortado al rape, y de rostro pálido un tanto alargado. Se hallaba embellecido por unos lentes y llevaba una corbata blanca. Por debajo de su gabán, de dos filas de botones, que tenía abrochado hasta la barbilla, aparecían en su número habitual unas piernas de color de pimienta, que terminaban en un par de botas bastante poco limpias. Aunque su chaqueta era corta de mangas, no descubría el menor vestigio de puños de camisa, y, no obstante convenir a su fisonomía el aditamento de un cuello, no se hallaba favorecido con el más ligero síntoma de esta prenda. Presentaba un conjunto bastante curtido y despedía un olor penetrante a tabaco barato.

 

Mr. Sawyer, que vestía una grosera chaqueta azul, que, sin ser gabán ni sobretodo, participaba de la naturaleza y cualidades de ambos, daba la impresión de ese desaliño elegante y continente agresivo propio de los señoritos que fuman en la calle por el día, vociferan y escandalizan por la noche, llaman a los camareros por sus nombres de pila y hacen otras muchas cosas igualmente pintorescas. Llevaban un pantalón de sarga y basto chaleco; para la calle usaba un grueso bastón de puño descomunal. Desdeñaba los guantes y, en definitiva, hacía pensar en un disipado Robinsón Crusoe.

 

Tales eran las dos personalidades a quienes fue presentado Mr. Pickwick en el momento de sentarse a tomar el desayuno en la mañana de Navidad.

 

—Espléndida mañana, señores —dijo Mr. Pickwick.

 

Mr. Bob Sawyer asintió desdeñosamente a esta observación y pidió a Mr.

 

Benjamín Allen la mostaza.

 

—¿Vienen ustedes hoy de muy lejos, señores? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—León Azul, de Muggleton —respondió lacónicamente Mr. Allen.

 

—Debían ustedes haberse unido a nosotros anoche —dijo Mr. Pickwick.

 

—Es verdad —replicó Bob Sawyer—; pero era el aguardiente demasiado bueno para dejarlo tan pronto. ¿Verdad, Ben?

 

—Ya lo creo —dijo Mr. Benjamín Allen—; y los cigarros no eran malos, ni tampoco las chuletas de cerdo. ¿Verdad, Bob?

 

 

 

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—Desde luego que no —dijo Bob.

 

Los dos amigos reanudaron su ataque contra los comestibles con más denuedo que antes, cual si el recuerdo de la cena de la noche anterior hubiese comunicado a la comida un nuevo atractivo.

 

—Masca de firme, Bob —dijo Mr. Allen a su compañero, dándole ánimos.

 

—Eso hago —respondió Bob Sawyer.

 

Y la verdad es que lo hacía como lo decía.

 

—Nada como la disección para abrir el apetito —dijo Mr. Bob Sawyer, mirando alrededor de la mesa.

 

Mr. Pickwick sintió un ligero estremecimiento.

 

—Por cierto, Bob —dijo Mr. Allen—, ¿acabaste con aquella pierna?

 

—Casi, casi —respondió Sawyer, sirviéndose medio pollo—. Es demasiado musculosa para ser de un niño.

 

—¿Sí? —preguntó Mr. Allen negligentemente.

 

—Mucho —dijo Bob Sawyer con la boca llena.

 

—Me he inscrito en la escuela para un brazo. Estamos alistándonos para un cadáver, y la lista está completa casi; pero no podemos pescar ninguno que quiera una cabeza. Yo quisiera que la tomaras tú.

 

—No —replicó Bob Sawyer—; no puedo permitirme esos lujos.

 

—¡Qué tontería! —dijo Allen.

 

—No puedo —repuso Bob Sawyer—. Una sesera, no digo; pero con una cabeza entera no me atrevo.

 

—¡Chist!, caballeros: hagan el favor —dijo Mr. Pickwick—, que oigo ya a las señoras.

 

Al decir esto Mr. Pickwick, las señoras, galantemente escoltadas por los señores Snodgrass, Tupman y Winkle, regresaban de un paseo matinal.

 

—¡Ben! —dijo Arabella, más sorprendida que complacida, al ver a su hermano.

 

—Vine para llevarte mañana —replicó Benjamín.

 

Mr. Winkle palideció.

 

—¿No has visto a Bob Sawyer, Arabella? —preguntó Mr. Allen, reconviniéndola. Arabella tendió graciosamente la mano, reconociendo a Bob Sawyer. Un escalofrío  de  odio  conmovió  a  Mr.  Winkle,  al  ver  a  Bob  Sawyer  apretar

 

ostensiblemente la mano que se le entregaba.

 

—¡Oye, Ben! —dijo Arabella, ruborizándose—. ¿Te han... te han presentado a Mr. Winkle?

 

—Aún no; pero celebraré conocerle, Arabella —respondió su hermano, gravemente.

 

Mr. Allen saludó ceñudamente a Mr. Winkle, mientras que Mr. Winkle y Mr. Bob Sawyer se miraban a hurtadillas con mutuo recelo.

 

 

 

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La llegada de los dos nuevos visitantes, que cohibió a Mr. Winkle y a la señorita con botas de vueltas de piel, hubiera seguramente interrumpido la hilaridad de la concurrencia si la jovialidad de Mr. Pickwick y el humor excelente del anfitrión no se hubieran puesto a prueba en beneficio del placer general. Mr. Winkle fue ganando poco a poco la estimación de Mr. Benjamín Allen, y hasta entabló una conversación admirable con Mr. Bob Sawyer, el cual, caldeado con el aguardiente y la charla, alcanzó el grado máximo de su alegre facundia y relató con gran amenidad una interesante anécdota acerca de la ablación de un tumor de la cabeza de cierto caballero, que ilustró gráficamente valiéndose de un cuchillo de ostras y de un trozo de pan, con gran complacencia de los circunstantes. Después dirigiéronse todos a !a iglesia, donde se quedó dormido Mr. Benjamín Allen, en tanto que Mr. Bob Sawyer apartaba sus pensamientos de los asuntos mundanales por el sistema ingenioso de grabar sobre un banco su nombre en letras de cuatro pulgadas.

 

—Ahora —dijo Wardle, después de un sustancioso refrigerio, con el agradable aditamento de cerveza y guindas en aguardiente, a los que se hizo amplia justicia—, ¿qué dicen ustedes de una horita en el hielo? Tenemos tiempo de sobra.

 

—¡Excelente! —dijo Mr. Benjamín Allen.

 

—¡Magnífico! —exclamó Mr. Bob Sawyer.

 

—¿Usted patina, por supuesto, Winkle? —dijo Wardle.

 

—Sí; ya lo creo —replicó Mr. Winkle—. Estoy... estoy un poco desentrenado. —¡Oh, patine, Mr. Winkle! —dijo Arabella—. ¡Me gusta tanto verlo...! —¡Oh, es tan bonito! —dijo otra señorita.

 

Una tercera señorita dijo que era elegante, y una cuarta expresó su opinión de que recordaba el patinador la airosa marcha del cisne.

 

—Yo lo haría de muy buena gana —dijo Mr. Winkle, poniéndose encarnado—; pero no tengo patines.

 

El obstáculo fue salvado al punto. Trundle tenía un par, y el chico gordo participó que abajo había media docena, todo lo cual contribuyó a que Mr. Winkle manifestara extremada alegría y experimentara extremada inquietud.

 

Guió el viejo Wardle a sus amigos hacia una preciosa superficie de hielo, y luego que Mr. Weller y el chico gordo hubieron barrido la nieve caída durante la noche, ajustóse los patines Mr. Bob Sawyer con una destreza que maravilló a Mr. Winkle y empezó a describir círculos sobre su pierna izquierda, a dibujar figuras en ocho y a trazar sobre el hielo, sin detenerse a respirar, muchas otras graciosas figuras, con gran regocijo de Mr. Pickwick, Mr. Tupman y de las señoras, satisfacción que llegó a su colmo cuando el viejo Wardle y Benjamín Allen, acompañados del mencionado Bob Sawyer, ejecutaron ciertas evoluciones complicadas, que denominaron «el aspa».

 

A todo esto, Mr. Winkle, con la cara y las manos azuladas por el frío, había introducido a viva fuerza un pequeño tornillo en las suelas de sus zapatos y puéstose

 

 

 

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los patines al revés y atádoselos con las correas formando un enredijo inextricable, con la ayuda de Mr. Snodgrass, que sabía de patines poco más o menos lo que un indio. Por fin, gracias a la intervención de Mr. Weller, pudieron ajustarse los dichosos patines y ponerse de pie Mr. Winkle.

 

—Ya está, sir —dijo Sam, animándole—; adelante, y enséñeles cómo se patina. —¡Espera, Sam, espera! —dijo Mr. Winkle, temblando violentamente y

 

agarrándose a los brazos de Sam con la prisa desesperada de un hombre que se ahoga —. ¡Qué resbaladizo está, Sam!

 

—Cosa nada rara en el hielo, sir —replicó Mr. Weller—. ¡Derecho, sir!

 

Esta última observación de Mr. Weller obedeció al frenético deseo que manifestó en aquel momento Mr. Winkle de echar los pies al aire y apoyar en el hielo el occipucio.

 

—Estos... estos patines son muy malos, ¿verdad, Sam? —dijo Mr. Winkle, vacilando.

 

—Me parece que el que es malo es el que los lleva, sir —replicó Sam.

 

—Vamos, Winkle —gritó Mr. Pickwick, completamente ignorante de lo que sucedía—. Vamos, que las señoras están impacientes.

 

—Sí, sí —repuso Mr. Winkle con sonrisa mortal—. Allá voy.

 

—En seguida va —dijo Sam, tratando de desasirse de él—. Ahora, sir, adelante. —Espera un poco, Sam —murmuró Mr. Winkle, agarrándose a Mr. Weller del

 

modo más entrañable y apasionado—. Ahora me acuerdo de que tengo en casa dos chaquetas que no me hacen falta, Sam. Son para ti, Sam.

 

—Gracias, sir —contestó Mr. Weller.

 

—No te ocupes de quitarte el sombrero —se apresuró a decir Mr. Winkle—. No tienes que quitarte el sombrero por eso. Pensaba haberte dado esta mañana cinco chelines para una caja de mazapán, Sam. Te los daré esta tarde, Sam.

 

—Es usted muy bueno, sir —replicó Mr. Weller.

 

—Sujétame bien al principio, Sam, ¿quieres? —dijo Mr. Winkle—. Eso es...

 

Perfectamente. En seguida podré soltarme, Sam; pero no muy de prisa.

 

Encorvado Mr. Winkle hacia delante, con el cuerpo doblado, empezaba a caminar por el hielo, sostenido por Mr. Weller, haciendo una figura muy curiosa y muy poco semejante a la de un cisne, cuando Mr. Pickwick, con la mayor inocencia del mundo, llamó desde la orilla opuesta.

 

—Sam.

 

—Sir.

 

—Ven acá, que te necesito.

 

—Déjeme ir, sir —dijo Sam—. ¿No oye usted que el amo me llama? Déjeme, sir. Con un violento esfuerzo, se desprendió Mr. Weller de la presa del agonizante pickwickiano, dando un fuerte empujón, al hacerlo, al desdichado Mr. Winkle. Con

 

 

 

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una precisión inexplicable, aun en el caso del patinador más diestro y consumado, el infortunado caballero dirigióse como una flecha al mismo centro del aspa, en el preciso instante en que Mr. Bob Sawyer ejecutaba una filigrana de belleza insuperable. Chocó furiosamente contra él Mr. Winkle, y ambos cayeron, dándose un batacazo ruidoso y formidable. Corrió al sitio Mr. Pickwick. Bob Sawyer se puso de pie inmediatamente; pero Mr. Winkle era demasiado prudente para hacer semejante cosa con los patines puestos. Quedó sentado en el suelo, haciendo esfuerzos espasmódicos para sonreír; pero la angustia campeaba en todos los rasgos de su fisonomía.

 

—¿Está usted herido? —preguntó con gran ansiedad Benjamín Allen.

 

—No mucho —respondió Mr. Winkle, frotándose la espalda con toda su fuerza.

 

—Permítame usted que le sangre —propuso Mr. Benjamín con gran empeño.

 

—No, gracias —le atajó Mr. Winkle, sin perder momento.

 

—Pues creo que le convendría a usted —dijo Allen.

 

—Gracias —replicó Mr. Winkle—; yo creo que no.

 

—¿Qué opina usted, Mr. Pickwick? —preguntó Bob Sawyer.

 

Mr. Pickwick estaba fuera de sí. Llamó a Mr. Weller y le dijo con voz severísima:

 

—¡Quítale los patines!

 

—Pero si no he hecho más que empezar —arguyó Mr. Winkle.

 

—¡Quítale los patines! —repitió con firmeza Mr. Pickwick.

 

La orden no admitía réplica. Mr. Winkle se allanó a que Mr. Weller la cumpliera en silencio.

 

—Levántale —dijo Mr. Pickwick.

 

Sam le ayudó a levantarse.

 

Apartóse un poco Mr. Pickwick de la concurrencia y llamando a su amigo clavó en él una mirada inquisitorial y le dijo en voz baja, pero en tono perceptible y solemne, estas palabras lapidarias:

 

—Es usted un fullero, sir.

 

—¿Un qué? —dijo Mr. Winkle, sorprendido.

 

—Un fullero, sir. Si usted lo quiere más claro, un impostor, sir.

 

Y diciendo esto, giró sobre sus talones Mr. Pickwick y se incorporó al grupo. Mientras que Mr. Pickwick se desahogaba en la forma expresada, Mr. Weller y el

 

chico gordo habían logrado formar un resbaladero, sobre el cual se ejercitaban de modo brillante y magistral. Sam Weller, especialmente, exhibía esa manera pintoresca de resbalar que vulgarmente se denomina «llamar a la puerta del remendón», figura que se remata deslizándose por el hielo sobre una sola pierna y dando en el suelo un golpe de cuando en cuando. Era muy largo el resbaladero y había en aquel juego dinámico algo que a Mr. Pickwick, que se hallaba aterido por el reposo, le tentaba sobremanera.

 

 

 

 

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—Parece eso muy divertido y confortante, ¿verdad? —preguntó éste a Mr. Wardle, que estaba jadeante por el fatigoso esfuerzo que había hecho conservando sus piernas en compás y dibujando sobre el hielo una serie de complicados jeroglíficos.

 

—¡Ah, ya lo creo! —respondió Mr. Wardle—. ¿No patina usted así? —De pequeño lo hacía en los canalillos —replicó Mr. Pickwick. —Pues inténtelo usted —dijo Wardle.

 

—¡Ay, sí, Mr. Pickwick! —gritaron las señoras.

 

—Yo les proporcionaría esa diversión con mucho gusto —repuso Mr. Pickwick —, pero hace treinta años que no pruebo.

 

—¡Vaya, vaya, qué tontería! —exclamó Mr. Wardle, quitándose los patines con la impetuosidad que caracterizaba todas sus resoluciones—. ¡Ea!; yo le acompaño; vamos.

 

Y se lanzó el jovial anciano por el resbaladero con una velocidad que en nada desmerecía de la de Mr. Weller y que eclipsaba las hazañas del chico gordo.

 

Mr. Pickwick se tomó una pausa; meditó; se quitó los guantes, metiéndolos debajo del sombrero; insinuó dos o tres salidas; se aturulló, como de costumbre; tomó al fin carrera y empezó a deslizarse lenta y gravemente por el resbaladero, con los pies separados yarda y media, entre las regocijadas aclamaciones de los espectadores.

 

—No deje enfriarse el puchero, sir —dijo Sam.

 

Y se precipitó nuevamente Wardle, siguióle Mr. Pickwick, y luego Sam, Mr. Winkle, Mr. Bob Sawyer, el chico gordo y Mr. Snodgrass, pisándose casi los talones y corriendo el uno en pos del otro con un afán que no parecía sino que las esperanzas que vislumbraba cada cual en el porvenir de su vida dependían de aquella presteza.

 

Resultaba del más vivo interés observar la manera que tenía Mr. Pickwick de desempeñar su papel en la ceremonia; la angustia con que miraba al que iba en su zaga, que amenazaba darle alcance a cada paso, con riesgo inminente de atropellarle; verle cómo descansaba del penoso esfuerzo realizado en la carrera y pasear majestuosamente su mirada por la pista, volviéndose hacia el punto de partida. Era encantadora la angelical sonrisa que alegraba su rostro al terminar cada carrera, y graciosísimo el afán con que volvía a ocupar su puesto y se lanzaba en pos del que le precedía, corriendo por el hielo con sus negras polainas y con los ojos rebosantes de gozo. Y cuando le tiraban al suelo (cosa que ocurría a cada tres vueltas), hacíase singularmente pintoresco verle recoger su sombrero, sus guantes y su pañuelo, con plácida cara, y recuperar su puesto en la fila con un ardor y un entusiasmo que nunca desfallecían.

 

Cuando el juego era más interesante, más veloz la carrera y más estrepitosas las risotadas, oyóse un fuerte chasquido. Prodújose una precipitada huida hacia la orilla, un chillido de las señoras y un grito estentóreo de Mr. Tupman. Desapareció una extensa masa de hielo, por cuyo hueco burbujeaba el agua, y pudo verse flotando el

 

 

 

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sombrero, los guantes y el pañuelo de Mr. Pickwick; y esto era todo lo que se veía de Mr. Pickwick.

 

La angustia y el anonadamiento se dibujaron en todos los semblantes. Palidecieron los hombres y se desmayaron las señoras. Mr. Snodgrass y Mr. Winkle, con las manos cogidas, miraban aterrados el lugar por donde su maestro habíase hundido, en tanto que Mr. Tupman, con el designio de prestar el más pronto socorro y anhelando al mismo tiempo dar a cuantas personas se hallaran al alcance de sus voces una noticia exacta de la catástrofe, echó a correr por los campos gritando «¡Fuego!» con toda la potencia de su pecho.

 

En el momento en que Mr. Wardle y Sam Weller se aproximaban al agujero con paso cauteloso y Mr. Benjamín Allen celebraba una consulta de urgencia con Bob Sawyer acerca de la conveniencia de sangrar a todos, para no desperdiciar la ocasión de hacer una experiencia profesional, una cabeza y unos hombros surgieron del agua, presentándose al fin a la vista de todos los rasgos fisonómicos y los lentes de Mr. Pickwick.

 

—¡Manténgase fuera un instante, sólo un instante! —gritó afanosamente Snodgrass.

 

—Sí, por Dios... ¡Hágalo por mí! —rugió Mr. Winkle, afectadísimo.

 

Mas el conjuro era innecesario, pues en el caso de no habérsele ocurrido a Mr. Pickwick mantenerse firme por complacer a otro, no es difícil suponer que hubiera pensado en hacerlo por complacerse a sí mismo. —¿Toca usted fondo, amigo? —dijo Wardle.

 

—Sí, ya lo creo —respondió Mr. Pickwick, librando del agua su cabeza y su rostro y recobrando su aliento—. Caí de espaldas. Al pronto no pude hacer pie.

El fango que empapaba lo que hasta entonces podía verse de la chaqueta de Mr. Pickwick corroboraba la afirmación, y desvanecidos los temores de los circunstantes al recordar de pronto el chico gordo que la profundidad no excedía de cinco pies en ningún punto de la charca, realizáronse verdaderos prodigios de valor para sacarle. Al cabo de unos cuantos chapuzones, chasquidos y manoteos, fue sacado Mr. Pickwick de su incómoda postura y puesto una vez más en tierra firme.

 

—¡Oh, se va a morir de frío! —dijo Emilia.

 

—¡Pobre viejecín! —dijo Arabella—. Déjeme que le abrigue con mi chal, Mr.

 

Pickwick.

 

—Eso es lo mejor que pueden ustedes hacer —dijo Mr. Wardle—; y una vez bien abrigado, váyase a la casa todo lo de prisa que pueda y métase en la cama.

 

Una docena de chales se ofrecieron al instante. Eligiéronse tres o cuatro de los más tupidos y, envuelto en ellos, Mr. Pickwick partió, acompañado de Mr. Weller, ofreciéndose el singular fenómeno de un anciano sin sombrero, hecho una sopa y con los brazos pegados al cuerpo, marchando sin objetivo aparente a una velocidad de

 

 

 

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seis millas inglesas por hora.

 

Pero Mr. Pickwick no se cuidaba de las apariencias en tan extremo caso y, acicateado por Mr. Weller, mantuvo aquella vertiginosa marcha hasta llegar a la puerta de Manor Farm, donde Mr. Tupman había llegado cinco minutos antes y alarmado a la vieja señora, hasta ocasionarle una fuerte palpitación, por haberle sugerido la idea incuestionable de que estaba ardiendo la chimenea, calamidad que siempre se le ocurría a la vieja cuando alguien mostraba la más insignificante inquietud.

 

No paró Mr. Pickwick hasta verse dulcemente acomodado en el lecho. Sam Weller encendió en la chimenea un fuego vivísimo y le subió la comida. Trájosele en seguida una taza de ponche y celebróse su salvación con grande algazara. Como el viejo Wardle no consintiera que se levantase, hízose de la cama estrado y presidió Mr. Pickwick. Corrió una segunda y una tercera ronda de ponche, y al despertar Mr. Pickwick al día siguiente, no advirtió en sí el más leve síntoma de reuma; lo que prueba, según observó muy acertadamente Mr. Bob Sawyer, que no hay nada como el ponche para tales casos, y que si alguna vez falla el ponche caliente como remedio preventivo, débese tan sólo a que el paciente incurre en el error vulgarísimo de no tomar bastante.

 

Deshízose al día siguiente la agradable reunión. Las desbandadas, que tienen su importancia en la época de estudiantes, tiénenla mucho más en períodos ulteriores de la vida. La muerte, el egoísmo y las mudanzas de fortuna disuelven todos los días muchas felices agrupaciones y las dispersan por el ancho del mundo; los chicos y las chicas no vuelven más. No queremos decir que tal fuese el caso en las actuales circunstancias; sólo pretendemos informar a los lectores de que los diferentes elementos de la partida restituyéronse a sus distintos hogares; que Mr. Pickwick y sus amigos tomaron asiento una vez más en la imperial del coche de Muggleton y que Arabella Allen marchó a su lugar de destino, cualquiera que éste fuese —estamos seguros de que lo sabía Mr. Winkle, pero nosotros hemos de confesar que no—, bajo el cuidado y guarda de su hermano Benjamín y del íntimo y particular amigo de éste, Mr. Bob Sawyer.

 

Pero antes de separarse, Mr. Bob Sawyer y Mr. Benjamín Allen llamaron aparte y con misterio a Mr. Pickwick, y metiendo Mr. Bob Sawyer su índice entre dos costillas de Mr. Pickwick y desplegando su nativa socarronería y su conocimiento anatómico del humano esqueleto, le preguntaron a un tiempo:

 

—Oiga, amigo, ¿dónde se posa usted?

 

Mr. Pickwick replicó que, por el momento, se posaba en Jorge y el Buitre.

 

—Yo quisiera que fuera usted a visitarme —dijo Bob Sawyer.

 

—Nada sería tan de mi agrado —replicó Mr. Pickwick.

 

—Ésa es mi casa —dijo Mr. Bob Sawyer, sacando una tarjeta—. Lant Street,

 

 

 

 

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Borough; está cerca de la de Guy y muy a la mano para mí. Poco después de la iglesia de San Jorge... dobla usted High Street, a la derecha.

 

—Daré con ella —dijo Mr. Pickwick.

 

—Vaya del jueves en quince días y lleve a los otros muchachos —dijo Mr. Bob Sawyer—; esa noche irán varios compañeros míos.

 

Expresó Mr. Pickwick el placer que habría de producirle reunirse con sus compañeros de profesión, y después de decirle Mr. Bob Sawyer que lo pasarían muy bien y que su amigo Ben sería de la partida, estrecháronse las manos y se separaron.

 

No se nos escapa que en este lugar sería muy del caso que se nos preguntara si Mr. Winkle murmuró algo, durante esta breve conversación, al oído de Arabella Allen y qué fue lo que le dijo, y, además, si Mr. Snodgrass habló aparte con Emilia Wardle y qué fue lo que hablaron. A esto hemos de contestar que, cualquiera que fuese lo que ellos dijeran a las señoras, nada comunicaron a Mr. Pickwick ni a Mr. Tupman durante las veintiocho millas; que suspiraron con frecuencia; que rehusaron la cerveza y el aguardiente, y que no les abandonó en todo el camino la melancolía. Si nuestras perspicaces lectoras pueden inferir de estos hechos alguna conjetura satisfactoria, les suplicamos que no se priven de hacerlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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31.    Dedicado por completo ala Ley y a sus preeminentes y cultas autoridades

 

Esporádicamente repartidos en varios agujeros y rincones del Temple existen ciertos recintos oscuros y sucios, en los cuales y fuera de los cuales puede verse, por las mañanas en tiempo de vacaciones y por la tarde en los días laborales, siempre de prisa y con legajos bajo el brazo y rebosándoles de los bolsillos, una continuada serie de escribientes curiales. Hay varias categorías de escribientes curiales. Hay el escribiente distinguido, que, habiendo pagado pensión, aspira a la procuraduría, tiene cuenta con el sastre, recibe invitaciones de sociedad, trata una familia en Gower Street y otra en Tavistock Street; que sale de la ciudad, en vacaciones, para ver a su padre; que posee innumerables caballos y que es, en suma, el escribiente aristócrata. Hay el escribiente asalariado, interno o externo, según los casos, que dedica la mayor parte de sus treinta chelines semanales al embellecimiento y regalo de su persona; concurre a mitad de precio al teatro Adelphi tres veces por semana, por lo menos; solázase después majestuosamente en las sidrerías, y constituye una caricatura grotesca de la moda imperante seis meses atrás. Hay el amanuense entrado en años, con larga prole, al que se ve siempre derrotado y borracho casi siempre. Y hay, por último, los mozos de despacho, que visten su primer traje; que sienten un desdén de buen tono hacia los pequeños escolares en los días de escuela; que se fusionan, al retirarse a casa por la noche, para obsequiarse con salchichón y cerveza, y que se perecen por lo que ellos llaman «la vida». Hay numerosas variedades del género, demasiado numerosas para describirlas, pero que no por serlo dejan de verse a ciertas horas pululando activamente entre los mencionados lugares.

 

Estas recónditas guaridas son las oficinas públicas de la profesión legal, donde se pergeñan los escritos, se firman los juicios, se llenan las declaraciones y se ponen en movimiento otros ingeniosos mecanismos, para tormento y opresión de los súbditos de Su Majestad y para beneficio y emolumento de los profesionales de la Ley. Son en su mayor parte cuchitriles inmundos y bajos de techo, en los que múltiples rollos de pergamino, que llevan allí un siglo sudando en secreto, despiden un aroma agradable, que se mezcla por el día con el tufo a pobre y por la noche con las varias emanaciones de abrigos húmedos, paraguas corrompidos y velas de sebo asqueroso.

 

Diez o quince días después de regresar a Londres Mr. Pickwick y sus amigos, cierta tarde, a las siete y media, entró apresuradamente en uno de estos despachos un individuo, con gabán pardo y botones de cobre, cuyos largos cabellos estaban escrupulosamente retorcidos alrededor del borde del sombrero y cuyos manchados pantalones se hallaban tan prietamente atados a sus botas Bluccher, que las rodillas amenazaban escaparse a cada momento de su cárcel. Sacó del bolsillo de su chaqueta un largo y estrecho trozo de pergamino, en el que el empleado oficiante estampó un

 

 

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sello ilegible en tinta negra. Sacó en seguida cuatro hojas de papel de análogas dimensiones, cada una de las cuales contenía una copia de lo que rezaba el pergamino, con blancos para los nombres, y, después de llenar los blancos, metióse en el bolsillo los cinco documentos y salió de estampía.

 

El hombre del abrigo pardo que llevaba en su bolsillo los cabalísticos documentos no era otro que nuestro antiguo amigo Mr. Jackson, de la casa Dodson y Fogg, de Freeman's Court, Cornhill. Pero, en vez de volver a la oficina de donde había venido, enderezó sus pasos a Sun Court, y, entrando sin vacilar en Jorge y el Buitre, preguntó si estaba allí un tal Mr. Pickwick.

 

—Tomás: avisa al criado de Mr. Pickwick —dijo la cantinera de Jorge y el Buitre. —No se moleste —dijo Mr. Jackson—; vengo para negocios. Lléveme a la

 

habitación de Mr. Pickwick, y yo entraré.

 

—¿A quién anuncio? —preguntó el camarero.

 

—Jackson —respondió el pasante.

 

Subió el camarero para anunciarle; pero Mr. Jackson le ahorró el trabajo siguiéndole inmediatamente y colándose en el cuarto antes de que pudiera aquél articular palabra.

 

Aquel día había invitado Mr. Pickwick a comer a sus amigos; estaban sentados junto al fuego, bebiendo su vino, cuando se presentó Mr. Jackson, como ya hemos dicho.

 

—¿Cómo está usted, sir? —dijo Mr. Jackson, saludando a Mr. Pickwick.

 

Saludó éste y miró un tanto sorprendido, porque la fisonomía de Mr. Jackson no figuraba entre sus recuerdos.

 

—Vengo de parte de Dodson y Fogg —dijo Mr. Jackson en tono aclaratorio.

 

Levantóse Mr. Pickwick al oír este nombre.

 

—Entiéndase usted con mi procurador, sir; Mr. Perker, de Gray's Inn —dijo—.

 

Camarero: acompañe a este señor.

 

—Dispense usted, Mr. Pickwick —dijo Jackson, dejando en el suelo su sombrero con ademán deliberado y sacando el pergamino del bolsillo—. Se trata de una diligencia personal, por agente o escribano; ya sabe usted que en estos casos, Mr. Pickwick... toda precaución es necesaria en las formalidades legales.

 

Clavó Mr. Jackson sus ojos en el pergamino y, apoyando sus manos en la mesa y mirando a los circunstantes con sonrisa insinuante y persuasiva, dijo:

—Vaya, señores: no vale la pena gastar saliva para una cosa tan sencilla como ésta. ¿Quién de estos señores se llama Snodgrass?

 

Al oír esta indagatoria, hizo Mr. Snodgrass un movimiento de sorpresa, tan espontáneo y palpable, que no fue necesaria la respuesta.

 

—¡Ah; lo suponía! —dijo Mr. Jackson, más afable que antes—. Tengo que ocasionarle una pequeña molestia, sir.

 

 

 

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—¡A mí! —exclamó Mr. Snodgrass.

 

—Es una simple citación en el asunto Bardell-Pickwick, a requerimiento de la demandante —dijo Mr. Jackson, destacando uno de los pliegos y sacando un chelín del bolsillo de su chaleco—. Se verá en sesión de su turno; esperamos que el catorce de febrero; hemos pedido jurado especial; ahí, sin embargo, tiene fecha diez.

 

Diciendo esto, Mr. Jackson presentó el pergamino a Mr. Snodgrass y deslizó en su mano el papel y el chelín. Observaba este proceso Mr. Tupman con mudo asombro, cuando, volviéndose hacia él, Mr. Jackson dijo:

 

—Creo no equivocarme si digo que es usted Mr. Tupman, ¿verdad?

 

Miró Mr. Tupman a Mr. Pickwick; mas no advirtiendo en los dilatados ojos de éste gesto alguno que le indujera a ocultar su nombre, contestó:

 

—Sí, yo soy Tupman.

 

—Y ese otro caballero es Mr. Winkle, me parece —dijo Jackson.

 

Balbució Mr. Winkle una respuesta afirmativa, y ambos caballeros recibieron incontinente un papel y un chelín de la mano expeditiva de Mr. Jackson.

 

—Ahora, señores, sentiría molestarles —dijo Jackson—; pero busco aún a otro señor, y aquí tengo el nombre de Mr. Weller, Mr. Pickwick.

 

—Camarero: diga a mi criado que venga —dijo Mr. Pickwick.

 

Salió el camarero, bastante intrigado, y Mr. Pickwick indicó un asiento a Mr.

 

Jackson.

 

Siguió un embarazoso silencio, que rompió al fin el inocente demandado. —Estoy viendo, sir —dijo Mr. Pickwick, indignándose a medida que hablaba—;

 

estoy viendo, sir, que lo que se proponen sus jefes es acusarme con el testimonio de mis propios amigos.

 

Posó Mr. Jackson repetidas veces su dedo índice en la parte izquierda de su nariz, con objeto de dar a entender que no estaba allí para revelar los secretos de ratonera, y respondió jocosamente:

 

—No sé; no puedo decir.

 

—¿Para qué, si no —prosiguió Mr. Pickwick— se les ha extendido estas citaciones?

 

—Está bien, Mr. Pickwick —replicó Jackson, moviendo la cabeza ligeramente—. Pero a nada conduce. A nadie se perjudica con intentarlo; pero de mí va a sacar muy poco.

 

De nuevo sonrió Mr. Jackson a los circunstantes, y aplicando a la punta de la nariz su izquierdo pulgar, hizo ademán de accionar con su mano derecha un molino de café imaginario, ejecutando con ello una graciosa pantomima (muy en boga en aquella época, si bien hoy, por desdicha, casi preterida) a la que se llama familiarmente «hacer el molino».

 

—No, no, Mr. Pickwick —dijo Mr. Jackson, para concluir—; la gente de Perker

 

 

 

 

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adivinará seguramente lo que nosotros nos proponemos con esas citaciones. Y si no lo adivinan, ya lo sabrán cuando llegue la vista.

 

Dirigió Mr. Pickwick una mirada de pronunciado enojo a su inoportuno visitante, y hubiera disparado algún tremendo anatema sobre las cabezas de los señores Dodson y Fogg de no ser interrumpido por Sam, que entraba en aquel instante.

 

—¿Samuel Weller? —dijo Mr. Jackson, interrogando.

 

—Una de las mayores verdades que ha dicho usted hace muchos años —replicó Sam, con irreprochable compostura.

 

—Aquí hay una citación para usted, Mr. Weller —dijo Jackson.

 

—¿Qué es eso en inglés? —preguntó Sam.

 

—Éste es el original —dijo Jackson, eludiendo la respuesta.

 

—¿Cuál? —dijo Sam.

 

—Éste —replicó Jackson, sacudiendo el pergamino.

 

—¡Ah! ¿Es ése el original? —dijo Sam—. Bien; me alegro mucho de haber visto el original, porque es una cosa verdaderamente agradable y que le tranquiliza a uno mucho.

 

—Y aquí está el chelín —dijo Jackson—. Es de parte de Dodson y Fogg.

 

—Y es muy de agradecer que Dodson y Fogg, que tan poco me conocen, se vengan con ese regalo —dijo Sam—. Es una alta deferencia, sir, y les honra mucho eso de recompensar el mérito dondequiera que lo encuentren. Y además resulta conmovedor para uno.

 

Al decir esto, Mr. Weller frotóse ligeramente su párpado derecho con la manga de la chaqueta, como hacen los actores cuando marcan un latiguillo patético.

 

Pareció desconcertarse un tanto Mr. Jackson con las maneras de Sam; pero una vez entregadas las citaciones, no teniendo nada que añadir, hizo ademán de ponerse uno de los guantes, que habitualmente llevaba en la mano por respeto a las apariencias, y marchó a la oficina para dar cuenta de su gestión.

 

Poco durmió aquella noche Mr. Pickwick; su memoria había recibido una desagradable impresión con el pleito Bardell. Desayunóse temprano a la mañana siguiente y, acompañado de Sam, dirigióse a Gray's Inn Square.

 

—¡Sam! —dijo Mr. Pickwick, mirando a todas partes, al llegar al fin de Cheapside.

 

—¡Sir! —dijo Sam, acercándose a su amo.

 

—¿Por dónde?

 

—Newgate Street arriba.

 

En vez de cambiar de dirección en seguida, Mr. Pickwick quedóse mirando a Sam distraídamente algunos segundos, y dejó escapar un profundo suspiro.

—¿Qué le pasa, sir? —preguntó Sam.

 

—La vista, Sam —dijo Mr. Pickwick—, se espera para el catorce del mes que

 

 

 

 

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viene.

 

—¡Notable coincidencia, sir! —replicó Sam.

 

—¿Por qué notable, Sam? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—Es el día de San Valentín, sir —respondió Sam—. Gran día para juzgar una ruptura de promesa matrimonial.

 

La sonrisa de Mr. Weller no despertó el menor signo de alegría en el rostro de su amo. Cambió de rumbo bruscamente Mr. Pickwick, y siguió andando en silencio.

 

Así anduvieron un buen trecho; Mr. Pickwick trotaba delante, sumergido en profundas meditaciones, y seguíale Sam, con una cara que denotaba el más envidiable desdén a todo y a todos, cuando el último, que siempre estaba deseando comunicar a su amo todas cuantas noticias poseía, apresuró el paso hasta colocarse junto a Mr. Pickwick, y señalándole una casa por la que pasaban, dijo:

 

—Magnífica salchichería, sir.

 

—Sí, así parece —dijo Mr. Pickwick.

 

—Famosa fábrica de embutidos —dijo Sam.

 

—¿Sí? —dijo Mr. Pickwick.

 

—¡Sí! —reiteró Sam, algo indignado—; es decir, lo era. No se entera usted de las cosas. Aquí es donde desapareció misteriosamente un honrado comerciante hace cuatro años.

 

—¿No querrás decir que fue asesinado, Sam? —dijo Mr. Pickwick, mirando con curiosidad a su alrededor.

 

—No, sir —replicó Mr. Weller—. ¡Ojalá! Mucho peor que eso. Era el dueño de esa tienda y el inventor de una máquina de vapor para hacer salchichas sin fin, y esa máquina se hubiera tragado un adoquín y lo hubiera hecho salchicha como si fuera un niño de pecho. Estaba muy orgulloso de su máquina, con razón, y cuando ella trabajaba a toda marcha, se metía en el cuarto a mirarla, hasta que lloraba de alegría. Hubiera sido un hombre muy feliz, con su máquina y dos chiquillos que tenía por añadidura, a no ser por su mujer, que era una madrastra inaguantable. Siempre estaba ella molestándole y martirizándole los oídos con sus voces, hasta que él no pudo sufrirla más. «Voy a decirte una cosa, querida», le dijo un día: «si sigues con esa murga, por mi salud que me voy a América, y no te digo más». «Tú eres un calzonazos», dijo ella, «y me alegraré que reciban ese regalo los americanos». Estuvo mortificándole media hora, y luego se metió en la trastienda y empezó a berrear, diciendo que aquel hombre iba a ser su muerte, y le dio un ataque que le duró tres horas largas, uno de esos ataques que consistían en chillar y patalear. Pues al día siguiente echó de menos al marido. No se había llevado nada, ni siquiera el abrigo, por lo cual no habría que pensar que se hubiera ido a América. No volvió al día siguiente, ni tampoco a la otra mañana. La mujer puso anuncios diciendo que si volvía le perdonaría todo (cosa muy meritoria, porque el hombre no había hecho

 

 

 

 

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nada); se dragaron los canales, y durante dos meses todos los cadáveres que salían a flote se llevaban invariablemente a la salchichería. Pero ninguno coincidía con sus señas. Diósele ya por desaparecido para siempre, y la mujer se encargó del negocio. Un sábado por la noche llegó a la tienda un viejecito flaco, bramando de rabia, y dijo: «¿Es usted la señora de esta tienda?». «Sí, yo soy», dijo ella. «Bien, señora», dijo él: «en primer lugar, tengo que decirte que ni mi familia ni yo queremos que se nos ahorque por nada del mundo, y además, señora», dijo, «me permitirá que le diga que, puesto que usted no emplea carne de la mejor clase para fabricar su salchicha, creo que debiera usted elegir la vaca mejor que los botones». «¡Los botones, sir!», dijo ella. «Los botones, señora», dijo el viejecito, deshaciendo un paquete de papel y presentando a la dueña veinte o treinta pedazos de botones. «Magníficos ingredientes para las salchichas son los botones, señora». «Son los botones de mi marido», dijo la viuda, desmayándose. «¡Cómo!», gritó el viejecllo, poniéndose pálido. «¡Ahora me lo explico todo», dijo la viuda: «en un ataque de locura se ha convertido en salchicha!» —Y así fue, sir —dijo Mr. Weller, mirando con fijeza al horrorizado semblante de Mr. Pickwick—. También puede ser que la máquina le cogiera; pero, fuere lo que fuere, el caso es que el viejecito, que durante toda su vida tuvo debilidad por las salchichas, salió de la tienda como alma que lleva el diablo, y no se oyó hablar más de él.

 

El relato de este suceso emocionante, acaecido en la intimidad del hogar, duró hasta que el amo y el criado llegaron a la oficina de Mr. Perker. Lowten, con la puerta entreabierta, hablaba con un hombre de mísero aspecto, desarrapado, con botas sin talones y guantes sin dedos. Las privaciones y los sufrimientos, casi la desesperación, pintábanse en su rostro escuálido y depauperado por los sinsabores; se avergonzaba de su pobreza, porque se retiró al fondo oscuro del portal al llegar Mr. Pickwick.

 

—Es mucha contrariedad —dijo el desconocido, suspirando.

 

—Mucha —dijo Lowten, garabateando su nombre en el quicio de la puerta con la pluma y borrándolo luego con las barbas de la misma—. ¿Quiere usted dejar algún recado para él? —

 

¿Cuándo cree usted que vuelva? —preguntó el desconocido.

 

—No tengo seguridad ninguna —replicó Lowten, haciendo una seña a Mr.

 

Pickwick, aprovechando el momento en que el desconocido miraba al suelo.

 

—Entonces, ¿cree usted que sería inútil que le esperara? —dijo el desconocido, mirando afanosamente hacia el interior de la oficina.

 

—¡Ah!, completamente —replicó el pasante, situándose más al centro de la puerta—. Seguramente que no viene en esta semana, y sería una casualidad que volviera en la siguiente; porque cuando Perker sale de la ciudad nunca tiene prisa por volver.

 

—¡Está fuera! —dijo Mr. Pickwick—. ¡Dios mío, qué mala suerte!

 

 

 

 

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—No se marche, Mr. Pickwick —dijo Lowten—; he recibido una carta para usted.

 

Pareció vacilar el desconocido; miró nuevamente al suelo, y el pasante hizo un guiño intencionado a Mr. Pickwick, como si quisiera indicarle que iba a ocurrir algo divertido, aunque Mr. Pickwick no podía adivinar en qué pudiera consistir.

 

—Pase, Mr. Pickwick —dijo Lowten—. ¿Quiere usted dejar algún recado, Mr. Watty, o va usted a volver?

 

—Dígale usted que tenga la bondad de indicarle lo que haya hecho en mi asunto —dijo el hombre—. ¡Por Dios, no me eche en olvido, Mr. Lowten!

 

—No, no, no lo olvidaré —replicó el pasante—. Entre usted, Mr. Pickwick. Buenos días, Mr. Watty; hermoso día para pasear, ¿verdad?

 

Viendo que el desconocido no se decidía a marcharse, indicó a Sam Weller que siguiera a su amo, y cerró la puerta en las narices del hombre.

 

—¡No he visto en toda mi vida un concursado tan inaguantable como éste! —dijo Lowten, tirando la pluma con aire de enfado—. No hace ni cuatro años que está su asunto en Chancery, y el diablo me lleve si no viene a machacarme dos veces por semana. Pase por aquí, Mr. Pickwick. Perker está, y sé que desea verle. Hace un frío atroz —añadió malhumorado— para estarse a la puerta perdiendo el tiempo con esa ralea de vagabundos.

 

Después de atizar un fuego muy grande con un hurgón muy pequeño, acompañó el pasante a Mr. Pickwick al despacho particular de su principal, y le anunció.

 

—¡Ah, mi querido señor! —dijo el pequeño Perker, alzándose de su sillón—. Bien, mi querido señor, ¿qué hay de nuevo en su asunto? ¿Hay algo más de nuestros amigos de Freeman's Court? No se han dormido, ya lo sé. ¡Ah!, son unos chicos muy listos; muy listos, realmente.

 

Acabó el hombrecito y tomó con prosopopeya un polvo de rapé, en homenaje a la listeza de los señores Dodson y Fogg.

 

—Son unos grandísimos bribones —dijo Mr. Pickwick.

 

—Vaya, vaya —dijo el hombrecito—; eso es cuestión de gustos, ya lo sabe usted, y no hemos de discutir por palabra más o menos; porque claro es que no puede esperarse que usted juzgue esos asuntos con criterio profesional. Bueno, hemos hecho todo lo necesario. He comprometido al gran Snubbin.

 

—¿Es bueno ése? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—¡Bueno! —replicó Perker—. ¡Por Dios!, mi querido señor: Snubbin está en la cumbre de su profesión. Tiene tres veces más asuntos que cualquiera otro... Se le llama para toda clase de litigios. No hay que hacer esto público, pero nosotros decimos... nosotros, los profesionales... Snubbin tiene cogida a la Audiencia por la nariz.

 

Tomó el hombrecito otro polvo al hacer este comentario y movió la cabeza,

 

 

 

 

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mirando a Mr. Pickwick con aire de misterio.

 

—Han citado a mis tres amigos —dijo Mr. Pickwick.

 

—¡Ah, claro está que lo han hecho! —repuso Perker—. Son testigos de importancia; vieron a usted en aquella delicada situación.

 

—Pero ella se desmayó porque quiso —dijo míster Pickwick—. Se echó en mis brazos materialmente.

 

—Es posible, mi querido señor —replicó Perker—; muy probable y muy natural. Nada más lógico, mi querido señor, nada. ¿Pero quién puede probar eso?

 

—También han citado a mi criado —dijo Mr. Pickwick, abandonando el otro camino, en vista de lo que le desorientaba la objeción hecha por Mr. Perker.

—¿Sam? —dijo Perker.

 

Mr. Pickwick replicó afirmativamente.

 

—Por supuesto, mi querido señor, por supuesto. Ya sabía yo que habían de hacerlo. Hace un mes que yo se lo hubiera dicho a usted. Pero debo advertirle, mi querido señor, que si quiere usted ocuparse de sus asuntos por sí mismo después de haberlos confiado a su procurador, tendrá usted que atenerse a las consecuencias.

 

Irguióse entonces Mr. Perker con gran dignidad y sacudió de la pechera de su camisa algunos restos de tabaco.

 

—¿Y qué es lo que quieren que pruebe él? —preguntó Mr. Pickwick, al cabo de dos o tres minutos de silencio.

 

—Que le envió usted a la demandante para ofrecerle alguna transacción, sospecho —replicó Perker—. Pero no importa, sin embargo; creo yo que ningún tribunal podría sacar mucho de él.

 

—Eso me parece a mí —dijo Mr. Pickwick, sonriendo, a despecho de lo que le enojaba la idea de ver aparecer a Sam como testigo—. ¿Qué táctica vamos a seguir?

 

—No tenemos más que una, mi querido señor —replicó Perker—; interrogar por nuestra parte a los testigos, confiar en la elocuencia de Snubbin, levantar una polvareda para cegar al juez y entendérnoslas con el jurado.

 

—¿Y si el veredicto me es contrario? —dijo Mr. Pickwick.

 

Sonrió Mr. Perker, absorbió una buena dosis de rapé, atizó el fuego, se encogió de hombros y guardó un silencio expresivo.

 

—¿Quiere usted decir que, en ese caso, tendré que pagar la indemnización? — dijo Mr. Pickwick, que había recogido la telegráfica respuesta con bastante severidad.

 

Dio Perker al fuego otro toque, absolutamente innecesario, y dijo:

 

—Eso temo.

 

—Pues entonces, desde ahora le anuncio mi resolución inquebrantable de no pagar ninguna clase de indemnización —dijo Mr. Pickwick, con énfasis—. Ninguna, Perker. Ni una libra, ni un penique de mi dinero han de ir a parar a los bolsillos de Dodson y Fogg. Ésta es mi determinación irrevocable y deliberada.

 

 

 

 

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Mr. Pickwick dio en la mesa un fuerte puñetazo, para confirmar lo inapelable de su resolución.

 

—Muy bien, mi querido señor, muy bien —dijo Perker—. Usted sabrá lo que hace, por supuesto.

 

—Naturalmente —se apresuró a decir Mr. Pickwick—. ¿Dónde vive el doctor Snubbin?

 

—En Lincoln's Inn Old Square —replicó Perker.

 

—Porque yo quisiera verle —dijo Mr. Pickwick.

 

—¡Ver al doctor Snubbin, mi querido señor! —repuso Perker, con profunda estupefacción—. ¡Bah, bah!, mi querido señor, imposible. ¡Ver al doctor Snubbin! ¡Pero qué inocente es usted, mi querido señor! Jamás se oyó tal cosa, sin abonar previamente la consulta y señalar la hora para ella. Eso no puede ser, sir; no puede ser.

 

Pero Mr. Pickwick no sólo creía que podía hacerse, sino que había de hacerse, y el resultado fue que, cinco minutos después de habérsele asegurado que la cosa era imposible, dirigíase, acompañado de su procurador, al despacho oficial del gran doctor Snubbin.

 

Era una alfombrada estancia de medianas dimensiones, con una mesa bufete situada junto a la chimenea; el paño que cubría la mesa había perdido tiempo hacía el matiz prístino de su verde y, transformádose paulatinamente en gris, a favor del tiempo y de los días, salvo en aquellos puntos en que su color natural había sido borrado por las manchas de tinta. Yacían sobre la mesa numerosos legajos atados con balduque, y detrás de ella sentábase un viejo pasante, cuya relamida apariencia y gran cadena de reloj sugerían decisivas indicaciones acerca de la extensa y lucrativa clientela del doctor Snubbin.

 

—¿Está el doctor en su despacho, Mr. Mallard? —preguntó Perker, ofreciendo su tabaquera con irreprochable cortesía.

 

—Sí, está —se le respondió—; pero está muy ocupado. Mire usted aquí: ni un solo informe evacuado aún de todos estos asuntos, y todos están pagados por adelantado.

 

Sonrió el pasante al decir esto y absorbió el tabaco, haciendo un gesto en el que parecían combinarse el gusto por el tabaco y el apego a los honorarios.

—Parece que hay clientela —dijo Perker.

 

—Sí —dijo el pasante del abogado, sacando su tabaquera y ofreciéndola con la mayor cordialidad—, y lo gracioso es que, como no hay ninguna mortal, si no soy yo, que pueda leer lo que escribe el doctor, no tienen más remedio que esperar los informes, una vez evacuados, a que yo los copie. ¡Ja, ja, ja!

 

—Lo cual resulta muy conveniente para quien yo me sé, además del doctor, y sirve para sacarles algo más a los clientes —dijo Perker.

 

 

 

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—¡Ja, ja, ja! —rió de nuevo el pasante, al oír esto.

 

Mas no fue una sonrisa franca, sino un callado regodeo íntimo, que disgustó a Mr. Pickwick considerablemente. Que un hombre sufra un derrame interno de sangre es muy peligroso para él; pero cuando se ríe para sus adentros, mala cosa para los demás.

 

—¿No me ha hecho usted aún esa cuentecilla de honorarios que le debo? —dijo Perker.

 

—No, no la he hecho —respondió el pasante.

 

—Pues desearía que la hiciera —dijo Perker—. En cuanto la tenga, le enviaré un cheque. Pero ya comprendo que tiene usted bastante con embolsar el dinero para ocuparse de los deudores, ¿eh? ¡Ja, ja, ja!

 

Esta salida pareció halagar extraordinariamente al pasante, y otra vez se obsequió con una risilla interior.

 

—Pero, Mr. Mallard, mi querido amigo —dijo Perker, recobrando de pronto su gravedad y atrayendo hacia un rincón al gran hombre, por la solapa de la casaca—, tiene usted que convencer al doctor para que nos reciba a mi cliente y a mí.

 

—Vamos, vamos —dijo el pasante—; qué cosas tiene usted. ¡Ver al doctor! Vamos, eso es absurdo.

 

No obstante lo absurdo de la propuesta, consintió el pasante en ser arrastrado hasta donde Mr. Pickwick no pudiera oírles, y, después de una breve conversación mantenida en quedo murmullo, dirigióse sin hacer ruido hacia un oscuro pasillo y desapareció, entrando en el sagrado del luminar jurídico, de donde volvió a poco de puntillas diciendo a Mr. Perker y a Mr. Pickwick haber logrado que, violando todas las costumbres y leyes establecidas, les admitiera el doctor al punto.

 

El doctor Snubbin era un hombre con cara de linterna y enjuto semblante, de unos cuarenta y cinco años o «que podría tener cincuenta», como dicen las novelas. Tenía esa mirada incierta y apagada que suele verse en aquellas personas que se han dedicado años enteros a la cansada y laboriosa tarea del estudio y que hubiera bastado, sin el aditamento de los lentes que pendían de una cinta negra que rodeaba su cuello, para advertir a los extraños de que era sumamente miope. Su cabello era fino y débil, lo que podría atribuirse en parte a no haber empleado mucho tiempo en su cuidado y, en parte también, al uso de la peluca forense, que colgaba junto al sillón. Los restos del empolvado del cabello que se advertían en el cuello de su casaca y la mal lavada y peor hecha corbata blanca que envolvía su garganta denotaban que no había encontrado ocasión desde la última vista para cambiar su tocado, aunque, en realidad, el desaliño del resto de su indumento autorizaba a inferir que su apariencia personal no hubiera ganado gran cosa en el caso de haber tenido para ello vagar bastante. Libros profesionales, montones de papeles y cartas abiertas yacían revueltos sobre la mesa sin acusar el menor intento de orden o arreglo. El menaje de la estancia

 

 

 

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era antiguo y mezquino; las puertas de las librerías se pudrían en sus goznes; de la alfombra desprendíase el polvo en pequeñas nubes a cada pisada; los visillos estaban amarillentos por el tiempo y la falta de limpieza; todo en la estancia mostraba de un modo claro e inequívoco que el doctor Snubbin estaba demasiado ocupado en sus asuntos profesionales para cuidarse o parar mientes en los detalles de su personal acomodo.

 

Cuando sus clientes entraron, estaba el doctor escribiendo; saludó distraídamente a Mr. Pickwick, al serle presentado por su procurador, y, haciéndole sentar, dejó la pluma cuidadosamente en el tintero, cruzó sus piernas y esperó a que se le dirigiera la palabra.

 

—Mr. Pickwick es el demandado en el asunto Bardell-Pickwick, doctor Snubbin —dijo Perker.

 

—¿Estoy encargado de eso? —dijo el doctor.

 

—Está usted, sir —repuso Perker.

 

Movió el doctor la cabeza y aguardó que se le dijera algo más.

 

—Mr. Pickwick tenía empeño en verle, doctor Snubbin —dijo Perker—, para asegurarle, antes de que usted entre en el asunto, que niega rotundamente que exista el menor motivo o fundamento para la querella que se le sigue y que no entraría en la Audiencia si no abrigara la convicción plena de que obraba en derecho oponiéndose a la pretensión de la demandante. Creo que expreso fielmente sus ideas. ¿No es así, mi querido señor? —dijo el hombrecito, volviéndose a Mr. Pickwick.

 

—Perfectamente —replicó éste.

 

Desmontó sus lentes el doctor Snubbin, púsolos a la altura de sus ojos y, después de mirar a Mr. Pickwick unos segundos con gran curiosidad, dirigióse a Mr. Perker y dijo, sonriendo ligeramente:

 

—¿Es claro el caso de Mr. Pickwick?

 

El procurador se encogió de hombros.

 

—¿Van ustedes a llamar testigos?

 

—No.

 

Pronuncióse algo más la sonrisa en el rostro del doctor, balanceó su pierna con mayor violencia y, retrepándose en su sillón, tosió con aire dubitativo.

Estos signos con que se manifestaban los presentimientos del doctor en relación con el asunto, no obstante haber sido muy someros, no se le escaparon a Mr. Pickwick; calóse los lentes, a través de los cuales había observado atentamente todas aquellas señales de las impresiones que el abogado había permitido salir al exterior, y dijo con gran energía y a despecho de todos los guiños y gestos de advertencia que le dirigiera Mr. Perker:

 

—Mi deseo de verle con este propósito debe parecer, no lo dudo, a una persona que tanto sabe de estos asuntos, como usted, una cosa muy extraordinaria.

 

 

 

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Intentó el doctor mirar al fuego con aire de gravedad, pero volvió a su rostro la sonrisa.

 

—Las personalidades de su profesión, sir —continuó Mr. Pickwick—, ven el aspecto peor de la naturaleza humana. Todas sus contiendas, todos sus rencores y perversas inclinaciones se descubren ante ustedes. Usted sabe, por la experiencia que tiene del jurado (y conste que no va esto en desdoro de usted ni de ellos), cuánto hay que conceder al latiguillo; y usted podría atribuir a otros el deseo de emplear, con fines inconfesables de lucro o de fraude, los mismos resortes que ustedes, con perfecta honradez y nobleza de propósito y con el laudable empeño de favorecer lo más posible a su cliente, manejan con tan perfecto conocimiento de su alcance y eficacia. Yo creo realmente que a esta circunstancia debe atribuirse el prejuicio vulgar, pero general al mismo tiempo, de que ustedes, como colectividad, son suspicaces, desconfiados y cautos en demasía. Consciente como estoy, sir, de la desventaja que para mí entraña el hecho de formular esta declaración ante usted y en estas circunstancias, no me arredra llevarlo a cabo, porque deseo que usted se penetre bien, como ha dicho mi amigo Mr. Perker, de que soy inocente de la falsedad que se me imputa, y aunque reconozco el inestimable valor de su actuación, sir, he de añadir que, a menos de que usted abrigue esa creencia sincera, me privaré de la asistencia de sus talentos, mejor que aprovecharme de la ventaja de ellos.

 

Mucho antes de concluirse esta pieza oratoria, harto prolija para Mr. Pickwick, habíase entregado el doctor a la abstracción más profunda. Al cabo de algunos minutos, sin embargo, durante los cuales requirió nuevamente su pluma, pareció darse cuenta otra vez de la presencia de sus clientes y, levantando su mirada del papel, dijo con aire un tanto soñoliento:

 

—¿Quién está conmigo en este asunto?

 

—Mr. Phunky, doctor Snubbin —respondió el procurador.

 

—Phunky, Phunky —dijo el doctor—. Nunca he oído ese nombre. Debe de ser muy joven.

 

—Sí, es un muchacho —repuso el procurador—. Precisamente informó el otro día. Espere usted... No hace ocho años que ejerce.

 

—¡Ah!, no sabía —dijo el doctor, en ese tono de conmiseración que emplean las gentes para hablar a un niño desvalido—. Mr. Mallard, mande buscar a Mr....

 

—Phunky... Holborn Court, Gray's Inn —informó Perker(Holborn Court está ahora en South Square). Mr. Phunky, y dígale que le agradecería que se pasase por aquí un momento.

 

Partió Mallard para ejecutar la orden, y el doctor Snubbin permaneció abstraído hasta que entró el propio Phunky.

 

No obstante ser abogado incipiente, era un hombre hecho y derecho. Manifestaba un temperamento nervioso y una penosa vacilación en la emisión de la palabra; mas

 

 

 

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no parecía ser un defecto congénito, sino que debía provenir de la idea que tenía de su inferioridad, ya como resultado de la falta de medios, de protección o de audacia. Se mostraba sumiso al doctor y profundamente cortés hacia el procurador.

 

—No he tenido el gusto de ver a usted nunca —dijo el doctor Snubbin, con altiva deferencia.

 

Inclinóse Mr. Phunky. Él había tenido el placer de ver al doctor y de envidiarle también, con toda la envidia de un pobre hombre, por espacio de cuatro años.

 

—Creo que vamos juntos en este caso —dijo el doctor.

 

De haber sido Mr. Phunky un hombre rico, hubiera enviado al instante por su procurador para que se lo recordase; de haber sido hombre avisado, hubiérase llevado el índice a la frente y esforzádose por rememorar si entre la multitud de sus asuntos se hallaba o no aquél; pero como no era rico ni avisado, al menos en este sentido, se ruborizó y se inclinó afirmativamente.

 

—¿Ha leído usted los papeles, Mr. Phunky? —preguntó el doctor.

 

Aquí Mr. Phunky debiera otra vez haber patentizado su olvido de los antecedentes del caso; pero como había leído todos los documentos que se habían cruzado en todo el procedimiento y no había pensado otra cosa, así en vigilia como en sueño, durante los dos meses que llevaba en calidad de adjunto del doctor Snubbin, se puso aún más encarnado y se inclinó de nuevo.

 

—Éste es Mr. Pickwick —dijo el doctor, señalando con la pluma en la dirección del aludido.

 

Saludó Mr. Phunky a Mr. Pickwick con una reverencia, inspirada en la consideración que siempre merece el primer cliente, y otra vez se inclinó hacia su maestro.

 

—Tal vez desee usted llamar aparte a Mr. Pickwick —dijo el doctor— y... y oír lo que Mr. Pickwick desee comunicarle. Celebraremos una consulta, por supuesto.

 

Con esta indicación de que ya se le había entretenido bastante, el doctor Snubbin, que había paulatinamente ido cayendo en nueva abstracción, calóse los lentes por un instante, hizo una inclinación general y se zambulló profundamente en el caso que tenía delante, que se derivaba de un interminable proceso incoado sobre el hecho de que un individuo, fallecido cosa de un siglo antes, había interceptado un paso que conducía de un lugar del que nadie había venido a otro al que nadie había necesitado ir.

 

Mr. Phunky no consintió en pasar por una puerta hasta después de que lo hubieran hecho Mr. Pickwick y su procurador, por lo cual hubo de emplearse algún tiempo en salir a la plaza, y, ya en ella, empezaron a pasear arriba y abajo y celebraron una larga conferencia, de la que resultó que era muy difícil predecir el sentido del veredicto; que nadie podía anticipar el rumbo que pudiera tomar la acción; que era gran suerte el haber birlado a la otra parte al doctor Snubbin, con otras reflexiones dubitativas y

 

 

 

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consoladoras que son de cajón en tales negocios.

 

Mr. Weller fue despertado por su amo del dulce sueño que disfrutara durante una hora y, despidiéndose de Lowten, volvieron a la City.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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32.    En el que se describe, mejor que en un periódico de sociedad, una reunión de solteros, ofrecida por Mr. Bob

 

Sawyer en su casa del Borough

 

 

Reina una tranquilidad en las inmediaciones de Lant Street, del Borough, que derrama por el alma una dulce melancolía. En la calle hay siempre muchas casas desalquiladas; es, además, una calle transversal de enervante monotonía. Una casa en Lant Street no podrá considerarse residencia de primera categoría, en sentido estricto, pero es, sin embargo, un lugar deseable. Si un hombre quiere aislarse del mundo, huir del alcance de toda tentación, para situarse fuera de todo aliciente que le induzca a asomarse a la ventana, no tiene más que irse a Lant Street.

 

En este feliz retiro forman colonia unas cuantas planchadoras, una gavilla de encuadernadores, uno o dos agentes del tribunal de Deudas, varios hosteleros, empleados en los Docks, un puñado de modistas y una pléyade de oficiales de sastrería. La mayoría de los moradores encaminan sus energías ora al alquiler de cuartos amueblados, ora a la afanosa y confortante labor de calandrias. Los rasgos principales de la vida tranquila de la calle son: vidrieras verdes, cédulas de alquiler, placas de latón y tiradores de campanilla; los más corrientes ejemplares de la fauna son: el chico de taberna, el pastelero ambulante y el vendedor de patatas cocidas. La población, en general, es nómada; desaparece a media tarde y por la noche. Los tributos de Su Majestad rara vez se recaudan en este valle de bienaventuranza; los inquilinatos son precarios, y el agua se corta con gran frecuencia.

 

Mr. Bob Sawyer embellecía uno de los flancos de la chimenea, en su habitación del primer piso, a primera hora de la tarde en que había sido invitado Mr. Pickwick, y Mr. Ben Allen adornaba el otro. Los preparativos de recepción parecían haberse rematado. Los paraguas del pasillo yacían en montón en el rincón exterior, junto a la puerta del gabinete; el gorro y el chal de la criada habían desaparecido de la barandilla de la escalera; sólo había un par de zuecos en la esterilla de la puerta y una capuchina de cocina con largo pabilo ardía alegremente sobre el alféizar de la ventana de la escalera. Mr. Bob Sawyer había comprado por sí mismo los licores en una bodega de High Street y regresado a casa delante del portador, para alejar la posibilidad de que fueran entregados en otra parte. El ponche estaba preparado en una vasija de cobre, en el dormitorio; una mesita, cubierta de verde tapete, había sido traída de la sala para jugar a las cartas, y los vasos de la casa, en unión de aquellos que se habían pedido prestados en la taberna para aquella ocasión, descansaban sobre una bandeja que se hallaba depositada en el suelo, al otro lado de la puerta.

 

A pesar de haberse llevado a cabo satisfactoriamente estos arreglos, una nube sombría parecía envolver el rostro de Mr. Bob Sawyer al sentarse junto a la chimenea. También se advertía un gesto de la misma naturaleza en el rostro de Mr.

 

 

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Ben Allen, cuya mirada caía persistente sobre los carbones, y adquirió su voz una modulación melancólica al decir, después de un largo silencio:

 

—Pues, señor, es mucha contrariedad esto de que se le haya ocurrido ponerse agria precisamente en esta ocasión; podía haber esperado hasta mañana.

 

—Es su mala intención, es su mala intención —repuso Mr. Bob Sawyer con vehemencia—. Ella dice que, si puedo dar una reunión, por fuerza debo hallarme en condiciones de pagar su «maldita cuentecilla».

 

—¿Cuánto le debes? —preguntó Mr. Ben Allen.

 

Una cuenta suele ser la más extraordinaria locomotora que ha producido el ingenio humano. Sería capaz de seguir corriendo toda la vida, sin pararse jamás por su propia voluntad.

 

—Sólo un trimestre y pico —replicó Mr. Bob Sawyer.

 

Tosió Ben Allen con desesperanza, y dirigió una mirada escrutadora entre las dos barras superiores del hogar.

 

—Será una cosa del demonio que se le meta entre ceja y ceja limpiar cuando estos amigos estén aquí —dijo por fin Mr. Ben Allen.

 

—Horrible —repuso Bob Sawyer—, horrible.

 

Oyóse un golpe quedo en la puerta. Mr. Bob Sawyer miró con gesto expresivo a su amigo y mandó entrar a quien llamaba, y una sucia muchacha, en chancletas, con medias negras de algodón, que pudiera haber pasado por la hija abandonada de un barrendero jubilado reducido a la miseria, metió la cabeza y dijo:

 

—Haga el favor, Mr. Sawyer; la señora Raddle tiene que hablarle.

 

Antes de que pudiera responder Mr. Bob Sawyer, desapareció la chica bruscamente, haciendo un movimiento rápido, como si alguien, por detrás, le hubiera dado un tirón; no bien se produjo este misterioso mutis, oyóse en la puerta otro golpe, un golpe intencionado y ligero, que pareció decir: «Aquí estoy, y voy a entrar».

 

Miró Mr. Bob Sawyer a su amigo con gesto de horrible presentimiento, y exclamó:

 

—¡Adelante!

 

No fue necesaria la autorización, porque antes de que Mr. Bob Sawyer la hubiera pronunciado, irrumpió en la estancia una decidida mujercita, temblando de ira y pálida de rabia.

 

—Vamos a ver, Mr. Sawyer —dijo la arriscada mujercita, tratando de aparecer sosegada—. Si usted tuviera la bondad de liquidarme esa cuentecilla, se lo agradecería, porque esta misma tarde tengo que pagar el recibo de la casa y el dueño está abajo esperando.

 

Empezó a frotarse las manos la mujercita y quedóse mirando con firmeza a la pared por encima de la cabeza de Mr. Bob Sawyer.

 

—Siento muchísimo ponerla en un aprieto, señora Raddle —dijo Bob Sawyer,

 

 

 

 

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amablemente—, pero...

 

—¡Oh!, no es ningún aprieto —replicó la mujercita con sonrisa maliciosa—. No lo necesitaba hasta hoy, y como ha de ir a parar directamente al dueño de la casa, lo mismo era que se lo diera usted. Usted me lo ha prometido esta tarde, Mr. Sawyer, y todo caballero que ha vivido aquí ha mantenido su palabra, como lo hace, por supuesto, todo el que se llama caballero.

 

Irguió su cabeza la señora Raddle, mordióse los labios, se frotó las manos y miró a la pared más resuelta que nunca. Era evidente, como observó más tarde Mr. Sawyer, en estilo alegórico oriental, que aquella mujer «estaba haciendo vapor».

 

—Lo deploro muchísimo, señora Raddle —dijo Bob Sawyer con toda la humildad posible—, pero es el caso que hoy he venido desconsolado de la City.

 

Singular paraje ese de la City. Cuántos y cuántos seres sufren allí engaños. —Bien, Mr. Sawyer —dijo la señora Raddle, quedándose firmemente plantada

 

sobre una purpúrea coliflor de la alfombra Kidderminster—, ¿y qué tengo yo que ver con eso?

 

—Tengo... tengo la seguridad, señora Raddle —dijo Mr. Sawyer, saltando sobre esta última objeción—, de que antes de mediados de la semana entrante nos pondremos al corriente, y ya seguiremos bien en lo sucesivo.

 

Esto era precisamente lo que buscaba la señora Raddle. Había irrumpido en el cuarto del infeliz Bob Sawyer tan decidida a ponerse furiosa, que el pago la hubiera contrariado más que otra cosa. Venía admirablemente preparada para entregarse a una expansión de ese género, porque había cambiado en la cocina ciertos cumplimientos predisponentes con Mr. Raddle.

 

—¿Pero es que usted se cree, Mr. Sawyer —dijo la señora Raddle, levantando el gallo para que llegara a oídos de los vecinos—, usted se cree que voy yo a permitir que ocupe mis habitaciones un día y otro día un sujeto que no se preocupa jamás de pagar la renta, ni siquiera lo que hace falta para la manteca, el azúcar y la leche que traen a la puerta? ¿Cree usted que una mujer trabajadora y hacendosa, que lleva veinte años en esta calle (diez años en la calle y nueve y pico en la misma casa), no tiene otra cosa que hacer que matarse a trabajar por unos cuantos perezosos que se pasan la vida fumando, bebiendo y flaneando, cuando debían afanarse por buscar cualquier cosa que les ayudara a pagar sus cuentas? Usted...

 

—Señora de mi alma... —terció Mr. Benjamín Allen con acento pacificador. —Haga usted el favor de guardarse sus observaciones, sir, se lo suplico —dijo la

 

señora Raddle, deteniendo bruscamente el torrente oratorio y dirigiéndose al tercero en discordia, con intencionada pausa y solemnidad—. No sé, sir, qué derecho pueda usted tener para dirigirme la palabra; no creo que le haya alquilado a usted este departamento, sir.

 

—No, desde luego que no —dijo Mr. Benjamín Allen.

 

 

 

 

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—Muy bien, sir —respondió la señora Raddle con artificiosa cortesía—. Entonces, sir, lo mejor será que se limite usted a romper brazos y piernas a las pobres gentes del hospital y a ocuparse sólo de sus propios asuntos, sir, pues de lo contrario, ya habrá quien le obligue a hacerlo, sir.

 

—Pero es que es usted una mujer que no se aviene a razones —le reconvino Mr.

 

Benjamín Allen.

 

—Dispense usted, joven —dijo la señora Raddle, hirviendo de ira—. ¿Tendría usted la bondad de repetirme eso, sir?

 

—Yo no le he dicho a usted eso como calificativo individual, señora —repuso Mr.

 

Benjamín Allen, algo inquieto por lo que a él se refería.

 

—Dispense usted, joven —preguntó la señora Raddle, en tono más alto e imperativo—. ¿Qué es lo que me ha dicho usted? ¿Es que se ha referido a mí con esa observación, sir?

 

—¡Pero, por Dios, señora! —dijo Mr. Benjamín Allen.

 

—¿Me ha aplicado usted a mí ese calificativo, pregunto yo, sir? —le atajó la señora Raddle, llena de ira, abriendo la puerta de par en par.

 

—Bueno, pues sí —replicó Mr. Benjamín Allen.

 

—Ya lo creo que sí —dijo la señora Raddle, retrocediendo paulatinamente hacia la puerta y alzando la voz cuanto podía, en consideración a Mr. Raddle, que se hallaba en la cocina—. ¡Ya lo creo que lo ha hecho usted! Todo el mundo sabe que puede insultárseme impunemente en mi propia casa, mientras que mi marido duerme abajo y me hace el mismo caso que a un perro callejero. Debiera avergonzarse —y aquí sollozaba la señora Raddle— de consentir que su mujer sea tratada de esta manera por unos carniceros y martirizadores de cuerpos vivos, que deshonran la casa —otro suspiro—, y de dejarla expuesta a todo género de ultrajes. ¡Hombre débil, miserable y timorato, que no se atreve a subir y encararse con los rufianes; que se asusta; que no es hombre para venir!

 

Calló la señora Raddle para escuchar si la repetición del apóstrofe había logrado conmover a su cara mitad; mas viendo que nada había conseguido, se decidió a bajar, sollozando incesantemente. Oyéronse dos fuertes golpes en la puerta de la calle; rompió entonces la señora en un ataque de llanto histérico, acompañado de lamentos desconsolados, que hubo de prolongarse hasta que la llamada fue seis veces repetida. En un acceso inatajable de ficticia angustia, tiró al suelo todos los paraguas y desapareció hacia el interior, cerrando la puerta tras de sí con gran estrépito.

 

—¿Vive aquí Mr. Sawyer? —dijo Mr. Pickwick, al abrirse la puerta.

 

—Sí —dijo la chica—; piso primero. Es la puerta de enfrente, conforme se llega al fin de la escalera.

 

Después de indicar esta dirección, la criada, que había sido traída entre los aborígenes de Southwark, desapareció por la escalera de la cocina, con la luz en la

 

 

 

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mano, convencida de haber hecho cuanto podía exigirse de ella en aquellas circunstancias.

 

Mr. Snodgrass entró el último; aseguró la puerta, después de varios intentos frustrados, echando la cadena, y subieron los amigos, dando tumbos, hasta que fueron recibidos por Mr. Bob Sawyer, que no se había atrevido a bajar, recelando cualquier tropiezo con la señora Raddle.

 

—¿Cómo está usted? —dijo el descorazonado estudiante—. Encantado de verle. ¡Cuidado con los vasos!

 

La advertencia se dirigió a Mr. Pickwick, que había plantado su sombrero en la bandeja.

 

—¡Vaya por Dios! —dijo Mr. Pickwick—. Perdóneme.

 

—No se preocupe, no se preocupe —dijo Bob Sawyer—. Estoy algo estrecho aquí, pero usted pasará esto por alto, teniendo en cuenta que viene a visitar a un soltero. Pasen. A este señor ya le conocen.

 

Estrecháronse las manos Mr. Pickwick y Mr. Ben Allen, haciéndolo después con éste los otros amigos. Apenas acomodados en sus asientos, se oyeron otros dos golpes en la puerta.

 

—Debe de ser Jacobo Hopkins —dijo Mr. Bob Sawyer—. ¡Chissst! Sí, él es.

 

Sube, Jacobo, sube.

 

Oyéronse en la escalera fuertes pisadas y presentóse a poco Jacobo Hopkins. Llevaba negro chaleco de terciopelo con botones tonantes y centelleantes y una camisa de rayas azules con blanco cuello postizo.

 

—Te has retrasado, Jacobo —dijo Mr. Benjamín Allen.

 

—Me han detenido en el hospital de San Bartolomé —replicó Hopkins. —¿Alguna novedad?

 

—No, nada de particular. Un buen accidente que han llevado a la Casa de Socorro.

 

—¿Qué ha sido, sir? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—Nada: un hombre que se ha caído de un cuarto piso; pero es un buen caso, un caso muy bueno.

 

—¿Quiere usted decir que el paciente está en camino de franca curación? — preguntó Mr. Pickwick.

 

—No —replicó distraídamente Hopkins—. No, creo que no. Mañana habrá una magnífica operación; gran espectáculo, si la hace Slasher.

 

—¿Considera usted buen operador a Mr. Slasher? —dijo Mr. Pickwick.

 

—El mejor —repuso Hopkins—. La semana pasada le quitó una pierna a un chico; el chico, mientras, se comió cinco manzanas y un pastel borracho de Ginebra; a los cinco minutos de terminarse la operación empezó a decir el chico que no quería estar allí para que se divirtieran con él, y preguntó a su madre que a ver cuándo iban a

 

 

 

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empezar.

 

—¿Es posible? —dijo asombrado Mr. Pickwick.

 

—¡Bah! Eso no es nada, nada —dijo Jacobo Hopkins—, ¿verdad, Bob? —Absolutamente nada —respondió Mr. Bob Sawyer.

—Precisamente, Bob —dijo Hopkins, con un guiño imperceptible, al ver el rostro intrigado de Mr. Pickwick—, la otra noche tuvimos un caso muy curioso. Trajeron a un chico que se había tragado un collar.

 

—¿Que se había tragado qué, sir? —interrumpió Mr. Pickwick.

 

—Un collar —replicó Jacobo Hopkins—. Pero no de una vez, ya comprenderá usted; eso sería demasiado. No se lo tragaría usted como el chico, ¿eh, Mr. Pickwick? ¡Ja, ja, ja!

 

Mostróse Hopkins altamente satisfecho de su propia humorada, y prosiguió:

 

—No; fue como sigue: Los padres del chico eran unas pobres gentes que vivían en una casa de vecindad. La hermana mayor del chico compró un collar, un collar corriente, de grandes cuentas negras de madera. El chico, muy aficionado a los juguetes, pescó el collar, lo escondió, jugó con él, rompió el cordón y se tragó una cuenta. Encontró el chico aquello muy divertido, y al día siguiente se tragó otra cuenta.

 

—¡Qué atrocidad! —dijo Mr. Pickwick—. ¡Qué horror! Dispense, sir. Siga.

 

—Al otro día se tragó el chico dos cuentas; al día siguiente se administró otras tres, y así sucesivamente; en una semana acabó con el collar: veinticinco cuentas en total. La hermana, que era una muchacha muy trabajadora y que rara vez se permitía un lujo, se hartó de llorar por la pérdida del collar; buscóle por todas partes, pero no necesito decir que no lo encontró. Unos cuantos días después estaba la familia comiendo... pierna de carnero, por cierto, con patatas, y el chico, que no tenía hambre, jugaba por la habitación, cuando se oyó de pronto un ruido infernal, así como una pequeña granizada. «No hagas eso, hijo mío», dijo el padre. «Si no hago nada», contestó el chico. «Bueno, pues no lo hagas otra vez», dijo el padre. Después de un corto silencio empezó el ruido, más fuerte que antes. «Si no me haces caso, hijo mío», dijo el padre, «te voy a meter en la cama en menos que se dice». Hizo el chico un movimiento, para mostrarse obediente, y se oyó un estrépito inaudito. «¡Demonio de chico!», dijo el padre. «¡Vaya un sitio donde ha ido a darle el garrotillo!», «No tengo nada, padre», dijo el chico, rompiendo a llorar; «es el collar; me lo he tragado, padre». Tomó el padre al chico y se lo llevó al hospital; las cuentas sonaban en el estómago del muchacho con el movimiento, y la gente miraba por todos lados buscando el origen de aquel ruido extraño. Y en el hospital está —dijo Jacobo Hopkins—, y hace un ruido tal cada vez que se mueve, que no ha habido más remedio que envolverle en el capote de un sereno para que no despierte a los enfermos.

 

 

 

 

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—Es lo más extraordinario que he oído en mi vida —dijo Mr. Pickwick, dando un golpe en la mesa.

 

—¡Oh!, eso no es nada —dijo Jacobo Hopkins—, ¿verdad, Bob?

 

—Claro que no —replicó Mr. Bob Sawyer.

 

—En nuestra profesión ocurren cosas muy extrañas; créalo usted, sir —dijo Hopkins.

 

—Ya me lo figuro —replicó Mr. Pickwick.

 

Otra llamada en la puerta anunció a un joven de ancha faz, con peluca negra, que traía consigo a un muchacho escorbútico, enfundado en estrecha casaca. Llegó después un caballero que llevaba una camisa blasonada con rojas áncoras, y venía con él un pálido mozalbete, con una pesada cadena. Con la llegada de un atildado personaje de nítida camisola y botas de paño completóse la partida. Trájose rodando la mesita de tapete verde; corrió la primera ronda de ponche, servida en blanca jarra; y las tres horas siguientes invirtiéronse en el juego de veintiuna, a seis peniques la docena de fichas, juego que fue interrumpido una sola vez por una ligera discusión entre el joven escorbútico y el de las rojas anclas, en el curso de la cual manifestó el joven escorbútico el ardiente deseo de arrancar la nariz al que ostentaba los emblemas de la esperanza, a lo que hubo de replicar el mencionado individuo su resuelta decisión de no aguantar pullas ni desmanes de palabra del irascible caballero de semblante escorbútico ni de cualquier otro ser que se hallara favorecido con el adorno capital.

 

Una vez sacado el plato y ajustada a satisfacción de todos la cuenta de pérdidas y ganancias, pidió la cena Mr. Bob Sawyer y se apiñaron por los rincones mientras aquélla se disponía.

 

Mas no fue la tarea de prepararla tan sencilla como pudiera imaginarse. En primer lugar, hubo que despertar a la chica, que se había quedado dormida con el rostro pegado a la mesa de la cocina; esto costó no poco tiempo; pero, aun después de lograr que oyera la campanilla, transcurrió otro cuarto de hora, que se empleó en infructuosos esfuerzos para infundirle un débil y remoto destello de razón. El hombre a quien se encargaran las ostras no había sido advertido de que las abriera. Sabido es la dificultad que supone abrir una ostra con un cuchillo de mesa y tenedor de dos dientes, por lo cual fue un extremo bastante laborioso. El asado no estaba muy a punto, y el jamón, que era del alemán de la esquina, no era gran cosa tampoco. Hubo, sin embargo, bastante cerveza en la garrafa de estaño, y no quedó mal el queso, que era muy fuerte. El ágape no fue en conjunto ni mejor ni peor que cualquiera otro de la misma clase.

 

Después de la cena colocóse en la mesa otra jarra de ponche, con un paquete de cigarros y un par de botellas de licor. Luego se produjo un silencio embarazoso, y este silencio embarazoso debióse a una ocurrencia frecuente en tales lugares, pero

 

 

 

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enojosa no obstante.

 

Fue el hecho que la chica estaba lavando las copas. La casa sólo poseía cuatro, y no hemos de apuntar esta circunstancia como relacionada con ninguna restricción de la señora Raddle, porque no ha habido jamás una casa de huéspedes que no ande escasa de copas. Las de la patrona eran de fino vidrio y pequeñas, y aquellas que se habían aprontado en la taberna eran grandes, hidrópicas y toscas, sustentadas por enormes y gotosas peanas. Esto hubiera bastado a imponer a la concurrencia respeto a la verdadera situación de los asuntos; pero la muchacha, que allí hacía a todo, había eliminado toda posibilidad de error acerca de la cuestión con el sistema de llevarse a la fuerza la copa de cada uno, mucho antes de que acabara su cerveza, y de decir en tono bastante alto, a despecho de todos los guiños e interrupciones de Mr. Bob Sawyer, que hacía aquello para bajarlas y lavarlas enseguida.

 

Pero mal viento ha de ser el que no sopla bien para alguno. El atildado caballero de botas de paño, que intentara, sin éxito, hacer un chiste durante todo el tiempo que duró el juego, atisbó su oportunidad y quiso aprovecharla. En el momento en que los vasos desaparecieron, empezó una larga historia, en la que un elevado personaje, cuyo nombre había olvidado, hace una oportuna y aguda réplica a otra personalidad eminente que nunca había él sabido quién era. Se extendió prolijamente en diversas circunstancias, remotamente adjetivas a la anécdota en cuestión, y acabó por decir que le era imposible recordar en aquel momento en qué consistía la anécdota, aunque estaba harto de contarla desde hacía diez años, con gran aplauso de todos.

 

—¡Vaya por Dios! —dijo el hombre atildado de botas de paño—. Es bien raro lo que me ocurre.

 

—Siento que lo haya usted olvidado —dijo Mr. Bob Sawyer, mirando hacia la puerta con inquietud, porque le parecía oír el tintineo de las copas—; lo siento mucho.

 

—Yo también —respondió el hombre atildado—, porque sé que hubiera resultado muy amena; pero no importa; estoy seguro de recordarla antes de media hora.

 

Al llegar a este punto el hombre atildado, volvieron los vasos, y Mr. Bob Sawyer, que permaneciera absorto en su preocupación mientras que el otro hablara, dijo que le gustaría mucho oír el final de ella, porque, en opinión suya, era sin disputa la historia más curiosa que oído había.

 

La vista de las copas restauró en cierto modo la ecuanimidad de Bob Sawyer, de la que no había disfrutado desde su conferencia con la patrona. Resplandeció su fisonomía y empezó a manifestarse plenamente risueño.

 

—Ahora, Isabelita —dijo Mr. Bob Sawyer con gran suavidad y dispersando al mismo tiempo la tumultuosa muchedumbre que había colocado la chica en el centro de la mesa—, ahora, Isabelita, el agua caliente; viva; anda, hijita.

 

—El agua caliente no puede ser —replicó Isabelita.

 

 

 

 

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—¡No puede ser! —exclamó Mr. Bob Sawyer.

 

—No —dijo la chica con un movimiento de cabeza que encarecía la negativa mejor que el discurso más prolijo—. La señora Raddle dijo que no la había para usted.

 

La sorpresa que en todos los rostros hubo de pintarse comunicó nuevo aliento al anfitrión.

 

—Trae el agua caliente ahora mismo... ¡Ahora mismo! —dijo Mr. Bob Sawyer con desesperada severidad.

 

—No; no puedo —dijo la chica—. La señora Raddle barrió el fuego de la cocina antes de irse a la cama y encerró el perol.

 

—¡Oh!, no importa; no importa. No se incomode usted por una futesa —dijo Mr. Pickwick, percibiendo el conflicto de sensaciones que se debatían en Bob Sawyer, según manifestaba su rostro—. Puede hacerse con agua fría muy bien.

 

—Admirablemente —dijo Mr. Benjamín Allen.

 

—Mi patrona padece ligeros desarreglos mentales —observó Bob Sawyer con sonrisa mortal—, y me parece que voy a tener que mudarme.

 

—No, eso no —dijo Ben Allen.

 

—Me lo temo —dijo Bob con firmeza heroica—. Le pagaré lo que le debo y mañana mismo me despido.

 

¡Pobre muchacho! ¡Ojalá pudiera!

 

Los mortecinos intentos que hizo Mr. Bob Sawyer para reanimarse después de este último golpe difundieron por la concurrencia una influencia enervante, y la mayoría, con objeto de levantar sus espíritus, dedicóse con ardor al aguardiente, patentizándose los primeros efectos por una renovación de hostilidades entre el joven escorbútico y el de las anclas. Ambos beligerantes desahogaron por algún tiempo sus sentimientos de mutuo desprecio, en una variedad de gestos y gruñidos, hasta que el joven escorbútico estimó necesario manifestarse de modo más explícito, iniciándose la siguiente clara explicación:

 

—Sawyer —dijo el joven escorbútico con voz fuerte.

 

—¿Qué hay, Noddy? —respondió Mr. Bob Sawyer.

 

—Sentiría muchísimo, Sawyer —dijo Mr. Noddy—, promover una cuestión enojosa en la mesa de un amigo, y mucho más en la de usted, Sawyer; pero no tengo más remedio que aprovechar esta ocasión para participar a Mr. Gunter que no es un caballero.

 

—Y yo sentiría mucho, Sawyer, producir un trastorno en la calle en que usted reside —dijo Mr. Gunter—; pero estoy viendo que no voy a tener más remedio que alarmar a la vecindad arrojando por la ventana a la persona que acaba de hablar.

 

—¿Qué quiere usted decir con eso, sir? —preguntó Mr. Noddy.

 

—Lo que digo, sir —replicó Mr. Gunter.

 

 

 

 

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—Me gustaría verlo, sir —dijo Mr. Noddy.

 

—Pues va usted a verlo antes de medio minuto, sir —replicó Mr. Gunter.

 

—Le agradecería que me honrara usted con su tarjeta, sir —dijo Mr. Noddy.

 

—No haré tal, sir —replicó Mr. Gunter.

 

—¿Por qué no, sir? —inquirió Mr. Noddy.

 

—Porque va usted a exhibirla, poniéndola sobre la chimenea de su cuarto, y a engañar a sus visitantes con la falsa creencia de que ha recibido usted la visita de un caballero, sir —repuso Mr. Gunter.

 

—Sir: mañana se verá con usted un amigo mío —dijo Mr. Noddy.

 

—Sir: muy agradecido por ese aviso de precaución; pero daré a mis criados orden de que encierren perfectamente las cucharas —replicó Mr. Gunter.

Al llegar a este punto, interpusiéronse los demás invitados y reconvinieron a ambas partes, haciéndoles ver lo incorrecto de su conducta; pero Mr. Noddy insistió, exigiendo quedara establecido que su padre era tan respetable como el padre de Mr. Gunter; a lo cual replicó Mr. Gunter que su padre era tan honorable como el de Mr. Noddy, y que el hijo de su padre era tan buena persona como Mr. Noddy en cualquier día de la semana. Como estas reclamaciones parecían iniciar una reanudación de la disputa, terciaron de nuevo los circunstantes, y, al cabo de una interminable charla y de instancias repetidas, fuese apaciguando Mr. Noddy paulatinamente, llegando a declarar que había siempre abrigado una afectuosa inclinación hacia Mr. Gunter. A esto repuso Mr. Gunter que tenía a Mr. Noddy en más que a su propio hermano, al oír lo cual levantóse magnánimo éste y tendió su mano a Mr. Gunter. Estrechóla Mr. Gunter con fervor entrañable, y todo el mundo afirmó que la cuestión se había desarrollado de una manera que honraba altamente a las dos partes.

 

—Ahora —dijo Jacobo Hopkins—, para ponernos a tono otra vez, Bob, no estaría mal una canción.

 

Y Hopkins, estimulado por atronadores aplausos, zambullóse al punto en «Dios bendiga al rey», que cantó a toda voz, con música de «Golfo de Vizcaya» y «Quería una rana». El estribillo era la esencia del canto y, como cada uno lo cantó como pudo, el efecto fue verdaderamente notable.

 

Al acabar la primera estrofa del coro, levantó su mano Mr. Pickwick, en actitud de escuchar, y dijo, tan pronto como se hizo el silencio:

 

—¡Chissst! Un momento. Creo haber oído llamar desde arriba.

 

Siguió un profundo silencio, y viose palidecer a Mr. Bob Sawyer.

 

—Me parece oírlo ahora —dijo Mr. Pickwick—. Hagan el favor de abrir la puerta.

 

No bien se abrió la puerta, desvaneciéronse todas las dudas.

 

—¡Mr. Sawyer! ¡Mr. Sawyer! —gritaba alguien desde el piso alto.

 

—Es mi patrona —dijo Bob Sawyer, mirando alrededor con gran desconsuelo—.

 

 

 

 

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Sí: la señora Raddle.

 

—¿Qué significa esto, Mr. Sawyer? —respondió la voz con gran viveza—. ¿No es bastante estafarle a una el alquiler y el dinero prestado y ser ofendida e insultada por esos amigos suyos, que tienen la avilantez de llamarse hombres, para que ponga usted la casa en revolución y forme usted un escándalo que va a hacer venir a los bomberos?... ¡Eche usted a esos canallas!

 

—No sé cómo no les da a ustedes vergüenza —dijo Mr. Raddle, cuya voz parecía salir a lo lejos de entre las sábanas.

 

—¡Avergonzarse! —dijo la señora Raddle—. ¿Por qué no bajas tú y los echas a puntapiés?

 

—Lo haría si yo fuese una docena de hombres, querida —dijo Mr. Raddle con acento pacificador—; pero me llevan ventaja en el número, querida.

—¡Ah, qué cobardón! —replicó la señora Raddle con soberano desprecio—. ¿Pero es que va usted a echar a esos malditos o no, Mr. Sawyer?

—Ya se van, señora Raddle, ya se van —dijo el pobre Bob—. Creo que debieran ustedes marcharse —dijo a sus amigos Mr. Bob Sawyer—. Ya me parecía a mí que hacían ustedes demasiado ruido.

 

—Es una lástima —dijo el joven peripuesto—. Precisamente cuando empezaba esto a animarse.

 

En la memoria del joven atildado comenzaba a alborear el recuerdo de la olvidada historia.

 

—¡Esto no se puede sufrir! —dijo el joven atildado, mirando a su alrededor—. ¡No se puede aguantar!

 

—¡No se puede tolerar! —corroboró Jacobo Hopkins—. Vamos con la otra estrofa, Bob. ¡Sigamos!

 

—No, no, Jacobo —interrumpió Bob Sawyer—. Es una hermosa canción, pero creo que lo mejor será no meterse con esa estrofa. Son muy bárbaros los de esta casa.

 

—¿Quieres que suba yo y me las entienda con la patrona —propuso Hopkins—, o que empiece a dar matraca con la campanilla, o que salga a meter bulla a la escalera?

 

—Te agradezco mucho tu amistad y tu buena disposición, Hopkins —dijo el desgraciado Bob Sawyer—; pero pienso que lo mejor, para evitar otra discusión, es que nos separemos en seguida.

 

—¡Ea, Mr. Sawyer! —gritó la voz aguda de la señora Raddle—. ¿Se van ya esos granujas?

 

—Ya se van. Están cogiendo sus sombreros, señora Raddle —dijo Bob—. Se van en seguida.

 

—¡Se van! —dijo la señora Raddle, asomando su gorro de dormir por la barandilla de la escalera, al tiempo que salía del gabinete Mr. Pickwick seguido de Mr. Tupman—. ¡Se van! ¿Para qué han venido?

 

 

 

 

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—¡Señora, por Dios! —la reconvino Mr. Pickwick, mirando hacia arriba. —¡Fuera, maldito viejo! —exclamó la señora Raddle, quitándose a toda prisa el

 

gorro de dormir—. ¡Puede ser su abuelo, granuja! Es usted peor que ellos.

 

En vano trató Mr. Pickwick de patentizar su inocencia. Bajó apresuradamente a la calle, adonde le siguieron Mr. Tupman, Mr. Winkle y Mr. Snodgrass. Mr. Ben Allen, a quien había el alcohol sumido en depresión profunda, les acompañó hasta el puente de Londres, y durante el trayecto confió a Mr. Winkle, como persona apropiada para depositar el secreto, que estaba resuelto a degollar a cualquiera que aspirase al amor de su hermana Arabella, como no fuera Mr. Bob Sawyer. Habiendo manifestado su determinación de cumplir con toda firmeza este penoso deber fraternal, rompió a llorar, se echó el sombrero a los ojos y, volviendo como pudo, llamó con redoblado golpeteo a la puerta del mercado del Borough, y alternando esta acción con algunos sueños descabezados sobre la escalinata, pasó hasta el amanecer, firmemente persuadido de que vivía allí y de que había perdido la llave.

 

Dispersada la reunión, en obediencia a la apremiante súplica de la señora Raddle, quedó solo Mr. Bob Sawyer, meditando en los probables acontecimientos de la siguiente mañana y en los placeres de la noche pasada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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33.    En el cual Mr. Weller emite algunas ideas de crítica literaria y, con asistencia de su hijo Samuel, liquida un pequeño plazo de la cuenta que tiene pendiente con el

 

reverendo de la nariz roja

 

 

La mañana del trece de febrero, que era la del día anterior al que estaba señalado para la vista del proceso Bardell, según saben los lectores de esta auténtica narración tan bien como nosotros, fue de grandes quehaceres para Samuel Weller, que no cesó de pasearse entre Jorge y el Buitre y la casa de Mr. Perker, entre nueve de la mañana y dos de la tarde, ambas horas inclusive. No es que hubiera nada que hacer, pues la consulta había ya tenido efecto y la conducta a seguir estaba sobradamente convenida y fijada; pero hallándose Mr. Pickwick poseído de grande excitación, no paraba de enviar a su procurador breves esquelas, que rezaban simplemente: «Querido Perker: ¿marcha todo bien?», a lo cual respondía Mr. Perker invariablemente: «Querido Pickwick: todo lo bien posible». Y el hecho era, según hemos señalado ya, que nada podía marchar ni bien ni mal hasta que se constituyera la sala a la mañana siguiente.

 

Mas las gentes que de grado o por fuerza tienen que ver con la ley por vez primera es natural que experimenten ansiedad y excitación; y Sam, concediendo la debida indulgencia a las flaquezas de la naturaleza humana, obedeció todos los mandatos de su amo con aquel buen humor imperturbable y aquella mesurada compostura que constituían una de sus más notorias y amables características.

 

Después de regalarse Sam con un ligero y agradable almuerzo, esperaba junto al mostrador de la taberna que se le sirviera el vaso de caliente mixtura que Mr. Pickwick le había aconsejado para remojar las idas y venidas de aquella mañana, cuando un mozalbete de unos tres pies de alto, con gorra felpuda y llamativo sobretodo, cuyo talante y disposición denotaban la ambición laudable de alcanzar en su tiempo la estatura de un gastador, entró en el pasillo de Jorge y el Buitre, miró escaleras arriba, a lo largo de la galería y en el bar, como si buscara a alguien a quien transmitir un recado. Concibiendo la cantinera la sospecha de que ese recado pudiera referirse a las cucharillas que había en las mesas del establecimiento, salió al encuentro del muchacho, diciendo:

 

—¿Qué se le ofrece, joven?

 

—¿Hay por aquí alguno llamado Sam? —preguntó el joven con voz atiplada.

 

—¿De qué apellido? —dijo Sam Weller, mirando a su alrededor.

 

—¡Yo qué sé! —replicó vivamente el caballerete que había debajo de la felpuda gorra.

 

—Es usted un chico muy agudo —dijo Mr. Weller—, pero no le conviene enseñar mucho el filo no sea que se lo vayan a aplastar. ¿Qué es eso de venir a un hotel y

 

 

 

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preguntar por Sam, con esas formas de indio salvaje? —Me lo ha dicho un señor viejo —replicó el muchacho. —¿Qué viejo? —inquirió Sam con desdén profundo.

 

—El mayoral del coche de Ipswich, que vive en nuestra casa —añadió el muchacho—. Me dijo ayer mañana que viniera esta tarde a Jorge y el Buitre y preguntara por Sam.

 

—Es mi padre, amiga —dijo Mr. Weller, dirigiéndose con aire aclaratorio a la muchacha del bar—, y claro que apenas si sabe mi apellido. Bueno, joven coliflor, ¿qué hay?

 

—Pues que vaya usted a verle a casa —dijo el chico—, a eso de las seis, porque quiere verle... Oso Azul, mercado Leadenhall. ¿Digo que va usted a ir?

—Puede usted aventurar esa afirmación, sir —contestó Sam.

 

Y con estos poderes partió el mozalbete, despertando todos los ecos del patio del Jorge con varias imitaciones correctísimas del silbato de un cochero, producidas en tono fuerte y voluminoso.

 

Una vez obtenido el permiso de Mr. Pickwick, que, excitado e inquieto como estaba, no deseaba otra cosa sino que le dejaran solo, partió Mr. Weller mucho antes de la hora señalada y, como dispusiera de mucho tiempo, dirigióse paseando hasta la Mansion House, donde se paró a contemplar con actitud tranquila y filosófica los numerosos cocheros de punto que se congregan en las inmediaciones de esta plaza estratégica, con gran terror y azoramiento de las viejas que pueblan aquellos reinos. Después de vagar cosa de media hora empezó a caminar Mr. Weller en dirección contraria, enderezando sus pasos hacia el mercado Leadenhall, atravesando gran número de plazoletas y callejuelas. Como tenía tiempo por delante y se paraba a mirar cuantos objetos divisaba, no es de extrañar que Mr. Weller se detuviera ante el escaparate de una papelería; lo que sí pudiera extrañar, sin posterior aclaración, es que, no bien recorrieron sus ojos algunos cuadros que allí estaban expuestos para la venta, hiciera un movimiento brusco de sorpresa, diera un fuerte pisotón y exclamara con energía:

 

—Si no es por esto, cuando hubiera querido recordar, ya hubiera sido tarde.

 

El cuadro en que los ojos de Sam Weller se fijaron especialmente era una representación en colores vivos de un par de corazones humanos, traspasados por una flecha, cociéndose ante un animado fuego, en tanto que una pareja de caníbales, macho y hembra, en atavío moderno, vestido el caballero de casaca azul y pantalones blancos, y la dama con abrigo rojo y quitasol del mismo color, se aproximaban a la vianda con ojos hambrientos, subiendo una senda sinuosa que hasta ella conducía. Un desahogado joven, cuyo único indumento consistía en un par de alas, vigilaba el guiso; a lo lejos dibujábase el campanario de la iglesia de la plaza Langahn, y el conjunto formaba una valentina, de las cuales, según testificaba un rótulo que se veía

 

 

 

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en el escaparate, había dentro gran surtido, que el dueño de la tienda se complacía en ofrecer a sus conciudadanos al módico precio de dieciocho peniques cada una.

 

—¡Se me hubiera pasado; se me hubiera pasado, seguramente! —dijo Sammy.

 

Y diciendo esto entró en la tienda y pidió un pliego del mejor papel de cartas, con filo dorado, y una pluma bien fina, que no pudiera hendirse sobre el papel. Servidos que fueron esos artículos, dirigióse ya a buen paso al mercado de Leadenhall. Mirando a todos lados, advirtió una muestra en la que el artista había delineado algo que se asemejaba remotamente a un cerúleo elefante, con nariz aguileña en lugar de trompa. Deduciendo sin vacilar que aquél era el Oso Azul, entró en la casa y preguntó por su padre.

 

—No vendrá en tres cuartos de hora lo menos —dijo la muchacha que vigilaba el arreglo doméstico del Oso Azul.

 

Una vez dispuestos en el pequeño saloncito el vaso de aguardiente con agua y el tintero, y luego de haber aplastado la muchacha los carbones de la chimenea, para impedir que ardiera, y de llevarse el hurgón, con objeto de que nadie pudiera atizar el fuego sin el pleno asenso del Oso Azul, sentóse Sam Weller sobre un cajón cerca de la estufa y sacó el pliego de cartas con dorado borde y la pluma. Inspeccionando luego escrupulosamente la pluma, para cerciorarse de que no tenía pelos, y sacudiendo la mesa en previsión de que hubiera migajas debajo del papel, remangóse la chaqueta, apoyó los codos en la mesa y se dispuso a escribir.

 

Para las señoras y los caballeros que no tienen entre sus hábitos el de ejercitarse en el arte pendolístico, escribir una carta no es tarea llana. Consideran necesario en tales casos reclinar la cabeza sobre el brazo izquierdo, para situar sus ojos casi al nivel del papel, mirando de soslayo las letras que van construyendo, mientras que describen con la lengua formas imaginarias, representativas de aquellos caracteres. Como estas actitudes, a pesar de su incuestionable utilidad para la composición original, retardan en cierto modo el progreso de la escritura, Sam llevaba ya su hora y media trazando palabras en caracteres diminutos, borrando con el dedo meñique las letras inconvenientes y reemplazándolas por otras nuevas, lo que exigía retocarlas con frecuencia para hacerlas discernibles a través de los borrones, cuando le sorprendió la puerta que se abría para dar entrada a su padre.

 

—¡Hola, Sammy! —dijo el padre.

 

—¡Hola, querido Azul de Prusia! —respondió el hijo, dejando la pluma—. ¿Qué dice de mi madrastra el último parte?

 

—La señora Weller ha pasado bien la noche, pero se encuentra esta mañana horriblemente mala y desagradable. Firmado, bajo juramento, T. Weller, esquire. Es el último, Sammy —replicó Mr. Weller, despojándose de la bufanda.

 

—¿No está mejor? —inquirió Sam.

 

—Todos los síntomas agravados —respondió Mr. Weller, moviendo la cabeza—.

 

 

 

 

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Pero, ¿qué es eso? ¿Qué estás haciendo? ¿Adquiriendo conocimientos a fuerza de trabajos, Sammy?

 

—Ya terminé —dijo Sam, con cierto azoramiento—. Estuve escribiendo.

 

—Ya lo veo —replicó Mr. Weller—. Pero no será para alguna muchacha, supongo, Sammy.

 

—¡Bah!, pues sí. ¿Para qué lo voy a negar? —contestó Sam—. Es una valentina.

 

—¡Cómo! —exclamó Mr. Weller, sobresaltado por la palabra.

 

—Una valentina —repitió Sam.

 

—Samivel, Samivel —dijo Mr. Weller, con acento de reproche—. No pude figurarme que hicieras tal cosa. Después del ejemplo que has tenido con la incorregible propensión de tu padre; después de todo lo que yo te he predicado sobre este asunto; después de haber visto y de haber estado con tu madrastra, lo que yo consideré una lección imposible de olvidar en la vida, no pude figurarme que hicieras tal cosa, Sammy; no pude figurármelo.

 

Pero estos reflexivos consejos eran demasiado para la resistencia del viejo.

 

Acercó, pues, a sus labios el vaso de Sam y apuró su contenido.

 

—¿Pero qué le pasa ahora? —dijo Sam.

 

—Nada, hombre —respondió Mr. Weller—; será para mí una prueba mortal a mi edad, pero soy bastante duro, lo cual es un consuelo, como decía el viejo pavo al ver que el dueño de la granja temía verse obligado a matarle para el mercado de Londres.

 

—¿Qué prueba? —preguntó Sam.

 

—Verte casado, Sammy... Verte víctima de un engaño y pensar todavía, en tu inocencia, que es una gran cosa —replicó Mr. Weller—. Es una prueba muy dura para el corazón de un padre, Sammy.

 

—¡Qué tontería! —dijo Sam—. Si no me voy a casar; no se atormente por eso; ya sé yo que es buen juez en esas cosas. Arregle su pipa, que voy a leer la carta. ¡Ea!

 

No sabremos decir si fue la perspectiva de la pipa o la reflexión consoladora de que perseguía a la familia el fatalismo matrimonial y que, por tanto, no era posible impedirlo lo que tranquilizó el espíritu de Mr. Weller y sirvió de lenitivo a su dolor. Nos inclinamos a creer que este resultado fue debido a la combinación de ambas influencias, porque repetía la segunda por lo bajo al mismo tiempo que tiraba de la campanilla en demanda de la primera. Despojóse entonces del abrigo, y encendiendo la pipa y colocándose de espaldas al fuego, de manera que pudiera recibirlo de lleno, y reclinándose sobre la estufa, volvióse hacia Sam y, con semblante plácido, gracias al influjo enervante del tabaco, le dijo que «hiciera fuego».

 

Dejó Sam su pluma en el tintero, apercibida para cualquier enmienda, y empezó con énfasis bastante teatral:

 

—«Adorable...»

 

—¡Alto! —exclamó Mr. Weller, tirando de la campanilla—. Un doble de lo de

 

 

 

 

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siempre.

 

—Muy bien, sir —contestó la muchacha, que, con increíble celeridad, se presentó, se ausentó, volvió y desapareció.

 

—Parece que conocen aquí sus costumbres —observó Sam.

 

—Sí —repuso el padre—. Ya estuve por aquí en mis tiempos. Adelante, Sammy.

 

—«Adorable criatura» —repitió Sam.

 

—¿No está en verso, verdad? —interrumpió su padre.

 

—No, no —replicó Sam.

 

—Me alegro —dijo Mr. Weller—. La poesía es antinatural. Nadie habla en verso, como no sea el pregón de las contribuciones, el del betún Warren, el del aceite Rowland, o cualquier otro de esa gentuza... No te rebajes nunca a hablar en verso. Empieza otra vez, Sammy.

 

Continuó su pipa Mr. Weller, con solemne ademán de crítico, y Sam reanudó su lectura de este modo:

 

—«Adorable criatura: me siento atormentado...»

 

—Eso no está bien —dijo Mr. Weller, quitándose la pipa de la boca.

 

—No, no es «atormentado» —observó Sam, levantando la carta para que le diera la luz—. Es «avergonzado»; hay un borrón aquí... «me siento avergonzado...».

 

—Muy bien —dijo Mr. Weller—; sigue.

 

—«Me siento avergonzado y completamente cir...» Ya no me acuerdo qué palabra es ésta —dijo Sam, rascándose la cabeza con la pluma, esforzándose inútilmente por recordar.

 

—¿Por qué no miras bien? —preguntó Mr. Weller.

 

—Ya miro —replicó Sam—, pero es que aquí hay otro borrón. Aquí se ve una c, una i y una r.

 

—Será «circulando» —sugirió Mr. Weller.

 

—No, no es eso —dijo Sam—. «Circunscrito.» Eso es.

 

—No es tan bonito como circundado, Sammy —dijo gravemente Mr. Weller.

 

—¿Cree usted? —replicó Sam.

 

—Pero es una palabra más dulce —dijo Mr. Weller, después de reflexionar unos instantes—. Sigue, Sammy.

 

—«Me siento avergonzado y completamente circunscrito por el deseo de escribirla, porque es usted una linda muchacha, sin duda ninguna.»

 

—Es una hermosa expresión —dijo el viejo Weller, quitándose la pipa de la boca para dar salida al comentario.

 

—Sí, me parece que no está mal —asintió Sam, gratamente halagado.

 

—Lo que más me gusta de ese estilo es que no hay nada de eso de llamar cosas raras... Nada de Venus... Porque, ¿a qué viene decir que una muchacha es Venus o es un ángel, Sammy?

 

 

 

 

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—¡Ah, claro! —aprobó Sam.

 

—Lo mismo se podría llamar hipógrifo, licornio o cualquiera de esos nombres fabulosos —añadió Mr. Weller.

 

—Claro, claro —repuso Sam.

 

—Arrea, Sammy—dijo Mr. Weller.

 

Obedeció Sam el mandato y prosiguió, en tanto que su padre fumaba con un aire de complacencia y discreción verdaderamente edificantes.

 

—«Antes de conocer a usted, pensaba que todas las mujeres eran iguales...» —Y lo son —observó paternalmente el viejo Weller.

 

—«Pero ahora», continuó Sam, «ahora comprendo lo calabaza que he sido, porque no hay ninguna como usted, pues me gusta usted más que ninguna.» Me parece que esto había que ponerlo más claro —dijo Sam, levantando la cabeza.

 

Asintió Mr. Weller y prosiguió Sam:

 

—«Por eso aprovecho la licencia del día, María querida, como dijo el caballero que estaba en la inopia al salir de un domingo, para decirle que la primera y única vez que la he visto, su imagen se grabó en mi corazón mucho más pronto y con más vivos colores que pudiera hacerlo jamás la máquina de sacar perfiles (de la que usted habrá oído hablar, querida María), que saca un retrato, pone el cristal y el marco, con una argolla en lo alto para colgarlo, en dos minutos y pico.»

 

—Temo que eso se meta en lo poético, Sammy —dijo Mr. Weller, con acento dubitativo.

 

—No, no se mete —replicó Sam, leyendo apresuradamente, para salvar el pasaje discutible.

 

—«Acépteme, querida María, por su enamorado, y piense en lo que digo. Y con esto termino, María querida.» Nada más —dijo Sam.

 

—Eso parece que acaba muy de sopetón —dijo Mr. Weller.

 

—Nada de eso —dijo Sam—. A ella le gustaría que hubiera algo más, y éste es el gran secreto para escribir las cartas.

 

—Bien —dijo Mr. Weller—: eso tiene alguna miga; y lamento que tu madrastra no inspire su conversación en tan sabio principio. ¿No vas a firmarla?

 

—Ahí está la dificultad —dijo Sam—: que no sé cómo firmarla.

 

—Firma Weller —dijo el viejo poseedor de este nombre.

 

—No puede ser —dijo Sam—. Nunca se firma una valentina con el nombre de uno.

 

—Firma «Pickwick», entonces —dijo Mr. Weller—. Es muy buen nombre y muy fácil de deletrear.

 

—Magnífico —dijo Sam—. Podría acabar con un verso; ¿que le parece a usted? —No me gusta, Sam —opinó Mr. Weller—. No he conocido un solo cochero

 

respetable que escriba versos, como no sea aquel que hizo una copia fiel de unos

 

 

 

 

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versos la noche antes de que le ahorcaran por robo en despoblado; y además era de Camberwell, de manera que no puede servir de regla.

 

Mas no era fácil disuadir a Sam de la idea poética que se le había ocurrido; así, pues, firmó la carta:

 

«Su enfermo de amor,

 

Pickwick».

 

Luego de plegarla de modo intrincadísimo, escribió con letra apretada y torcida en una esquina: «Para María, doncella, en casa de Mr. Nupkins, juez de Ipswich, Suffolk», y se la metió en el bolsillo, cerrada y preparada para el correo. Luego de zanjado este importante negocio, el viejo Weller procedió a plantear aquel que le moviera a llamar a su hijo.

 

—La primera cuestión se refiere a tu amo, Sammy —dijo Mr. Weller—. Mañana se verá su proceso, ¿verdad?

 

—La vista está encima —contestó Sam.

 

—Bien —dijo Mr. Weller—. Ahora yo supongo que él necesitará algunos testigos para que den fe de sus costumbres o quizá para probar una coartada. He dado muchas vueltas a este negocio en mi cabeza, y creo que puede estar tranquilo, Sammy. He buscado algunos amigos que son capaces de hacer cualquier cosa por él; pero yo opino que debe dejarse eso de las costumbres y que debe insistir en la coartada. Nada como una coartada, Sammy; nada.

 

Adoptó Mr. Weller una profunda solemnidad al emitir este dictamen legal, y sepultando su nariz en el vaso dirigió por encima del mismo varios guiños a su intrigado hijo.

 

—¿Pero qué es lo que quiere usted decir? —dijo Sam—. No se figurará usted que va a verse el proceso en el Antiguo Bailío.

 

—Eso no tiene nada que ver con lo que yo digo, Sammy —replicó Mr. Weller—. Cualquiera que sea el sitio en que haya de verse, hijo mío, la coartada es lo único para sacarle. A Tomás Wildspark, el sanguinario, le sacamos con una coartada, cuando las mejores pelucas decían que no había forma de salvarle. Y mi opinión, Sammy, es que si tu amo no prueba la coartada, le van a zarandear de firme; ni más ni menos.

 

Como el viejo Weller abrigaba la firme convicción de que el Antiguo Bailío era el supremo tribunal de la nación y de que sus normas y estatutos regulaban el procedimiento en todos los demás, desdeñó a rajatabla todos los argumentos y razones de su hijo, encaminados a demostrar que la coartada era inadmisible, y aseguró con vehemencia irrefragable que Mr. Pickwick sería condenado. Persuadido Sam de que era completamente inútil prolongar la discusión, cambió de tema e inquirió el segundo punto acerca del que su respetable progenitor deseaba consultarle.

 

—Es un detalle de política doméstica, Sammy —dijo Mr. Weller—. Ese Stiggins...

 

 

 

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—¿El de la nariz roja? —preguntó Sam.

 

—El mismo —respondió Mr. Weller.

 

»Ese de la nariz roja, Sammy, visita a tu madrastra con una constancia y una amabilidad que no tienen ejemplo. Se hace tan amigo de la familia, Sammy, que cuando no está junto a nosotros no se encuentra a gusto, como no sea recordándonos.

 

—Y yo que usted le daría a ése aguarrás y cera, para que se acordase diez años — interrumpió Sam.

 

—Aguarda un poco —dijo Mr. Weller—. Iba a decirte que ese punto siempre llega a casa con una botella aplastada, como de pinta y media, y la llena de ron antes de marcharse.

 

—¿Y la vaciará antes de volver, me figuro? —dijo Sam.

 

—¡Limpia! —repuso Mr. Weller—. No deja en ella más que el corcho y el olor; puedes estar seguro, Sammy. Bueno: pues esa gente, hijo mío, tiene esta noche la reunión mensual de la Sección Brick Lane de la Gran Asociación Ebenezer para la Templanza. Tu madrastra pensaba ir, Sammy, pero le ha cogido el reuma, y no puede, y yo, Sammy, tengo las dos papeletas que le han enviado.

 

Participó este secreto Mr. Weller con inmenso regocijo, y empezó a guiñar acto seguido con tal pertinacia, que Sam comenzó a sospechar que le hubiese atacado el tic doloroso en el párpado derecho.

 

—Bueno, ¿y qué? —dijo el joven.

 

—Pues que tú y yo —continuó el padre, mirando a su alrededor con gran cautela

 

— vamos a ir a la hora en punto. El delegado del pastor no irá, Sammy; el delegado del pastor no irá hasta más tarde.

 

Y al llegar este momento, fue acometido Mr. Weller de un espasmo de alegría, que degeneró en una sofocación peligrosa en un hombre de edad avanzada.

 

—Caramba, no he visto en mi vida un mascarón como éste —exclamó Sam, mientras frotaba la espalda del anciano, con una fuerza capaz de hacer brotar el fuego de aquélla—. ¿De qué se ríe, corpulencia?

 

—¡Chissst, Sammy! —dijo Mr. Weller, escrutando los alrededores con más precaución que antes y hablando por lo bajo—. Dos amigos míos que trabajan en el camino de Oxford y que son buenos para cualquier cosa se han dedicado a seguir al delegado del pastor, Sammy; y cuando venga a la junta de Ebenezer (lo que hará seguramente, porque ellos han de dejarle en la puerta y subirle a puñados si es preciso), se encontrará tan metido en ron como si estuviera en el Marqués de Granby, que no es poco.

 

Y de nuevo rompió Mr. Weller en una risa convulsiva, y otra vez cayó en el estado de sofocación que era su natural consecuencia.

 

Nada podía haber coincidido mejor con las intenciones de Sam Weller que este proyecto de poner en evidencia las inclinaciones y cualidades del hombre de nariz

 

 

 

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roja; y como se acercase la hora de la reunión, dirigiéronse padre e hijo a Brick Lane, sin que Sam se olvidara, por supuesto, de depositar su carta en un buzón que halló al paso.

 

La asamblea mensual de la Sección Brick Lane de la Gran Asociación Ebenezer para la Templanza celebrábase en una vasta estancia, ventilada y agradable, situada al extremo de una escalera de mano bien asegurada. Era el presidente el probo Mr. Antonio Humm, antiguo bombero, maestro de escuela en la actualidad y a veces predicador callejero, y el secretario era Mr. Jonás Mudge, dueño de una cerería, dechado de entusiasmo y desinterés, que vendía té a los socios. Antes de comenzar el acto, sentáronse las señoras en unos bancos y permanecieron bebiendo té mientras lo tuvieron por conveniente. Una gran caja de madera estaba colocada ostentosamente sobre el verde tapete de la mesa social, tras de la cual se hallaba el secretario prodigando graciosas sonrisas de reconocimiento cada vez que engrosaba la vena de cobre que en la caja se ocultaba.

 

En esta ocasión las mujeres bebieron té en cantidad alarmante, con gran horror del viejo Weller, el cual, desdeñando todas las señas significativas de Sam, miraba a todas partes con mal disimulado asombro.

 

—Sammy —murmuró Mr. Weller—: si alguna de éstas no necesita mañana que le den unos golpes, dejo de ser tu padre; me apuesto cualquier cosa. Porque lo que es esta vieja que está a mi lado se va a ahogar en té.

 

—Estáte quieto, si puedes —murmuró Sam.

 

—Sam —dijo Mr. Weller por lo bajo, un momento después, denotando profunda agitación—: acuérdate de lo que te digo, hijo mío. Si ese secretario sigue así cinco minutos más, se va a hinchar de tostadas y de agua.

 

—Bueno, déjale, si es su gusto —replicó Sam—; eso a ti no te importa nada. —Es que si esto dura mucho, Sammy —dijo Mr. Weller, siempre en voz baja—,

 

me veré en la obligación, como persona humanitaria, de levantarme y dar un toque de atención. En el antepenúltimo banco hay una muchacha que se ha bebido nueve tazas y media, y se está hinchando a ojos vistas.

 

No hay para qué dudar de que Mr. Weller hubiera llevado a cabo sus filantrópicas intenciones si el estrépito que produjeron las tazas al ser abandonadas sobre los platillos no hubiera anunciado, por fortuna, el fin de esta primera formalidad del té. Levantado el servicio, fue transportada la mesa de tapete verde al centro de la estancia, e inició la ceremonia de la tarde un enfático hombrecito, calvo y con pantalones cortos de paño pardo, que, irrumpiendo bruscamente por la escalera, a riesgo inminente de romperse las dos piernecillas embutidas en los cortos pantalones, dijo:

 

—Señoras y señores: voy a poner en la presidencia a nuestro excelente hermano Mr. Antonio Humm.

 

 

 

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Agitaron las señoras una selecta colección de pañuelos al oír esta proposición, y el impetuoso hombrecillo colocó literalmente a Mr. Humm en el sillón, tomándole por los hombros y metiéndole en el artefacto de caoba que representara en tiempos este artículo de menaje. Renovóse la ondulación de pañuelos, y Mr. Humm, que era un atildado señor, de pálido rostro, perennemente sudoroso, saludó humildemente, con gran admiración de las hembras, y ocupó su asiento de modo ceremonioso. Suplicóse el silencio por el hombrecito de pantalones cortos; y Mr. Humm se levantó y dijo que, con licencia de sus hermanos y hermanas de la Sección Brick Lane, allí presentes, iba a darse lectura por el secretario del parte del Comité de la Sección Brick Lane, proposición que fue acogida con una nueva demostración de pañuelos.

 

El secretario, después de estornudar expresivamente y de toser, lo cual conmueve a toda asamblea, siempre que va a realizarse algún acto, y de haberse cerciorado de que estaba en regla, leyó el siguiente documento:

 

Parte del Comité de la Sección de Brick Lane de la Gran Asociación Ebenezer de

 

Templaza:

 

Nuestro Comité ha proseguido durante el mes pasado su labor meritoria, y tiene el placer inefable de comunicar los siguientes nuevos casos de adhesión a la Templanza:

 

H. Walker, sastre, esposa y dos niños. Cuando se hallaba en mejor situación, confiesa haber tenido el hábito constante de beber cerveza; dice que no está seguro de si era dos veces por semana lo que gustó durante veinte años de "nariz de perro", bebida que nuestro Comité ha llegado a averiguar se compone de cerveza caliente, azúcar, ginebra y nuez moscada. (Se oye un gruñido y decir "¡Así es!", a una vieja.) Ahora se halla de más y sin dinero; no puede decir si fue la cerveza (Aprobación.) o la pérdida de su mano derecha lo que le ha traído a su actual situación, mas juzga probable que, de no haber bebido más que agua en su vida, sus compañeros de trabajo nunca le hubieran herido con una aguja mohosa, ocasionándole tal accidente. (Tremendos aplausos.) Sólo puede beber agua fresca y nunca tiene sed. (Grandes aplausos.)

 

 

Isabel Martín, viuda, con un hijo y un ojo. Trabaja de mandadera y lavandera por el día; nunca tuvo más que un ojo, pero sabe que su madre bebió de firme, y no le extrañaría que ésa fuera la causa de su defecto. (Atronadores aplausos.) Considera que, de haberse abstenido la última de los licores, tal vez pudiera ella tener ahora sus dos ojos. (Tremendos aplausos.) Acostumbraba pedir en cada casa dieciocho peniques, una pinta de cerveza y un vaso de aguardiente; mas desde que pertenece a la Sección Brick Lane pide siempre tres chelines y medio. (Esta circunstancia interesante fue recibida con una ovación ensordecedora.)

 

 

 

 

 

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Enrique Beller, jefe de comedor durante muchos años en varias sociedades, bebía habitualmente gran cantidad de vino extranjero; puede que alguna vez se llevara a su casa una o dos botellas, no lo sabe a ciencia cierta, pero sí sabe que se bebía el contenido. Se siente decaído y melancólico, febril con frecuencia y tiene una sed constante; cree que se debe esto al vino que acostumbraba beber. (Aplausos.) Se encuentra sin trabajo ahora, y ni por casualidad bebe una gota de vino extranjero. (Palmas estrepitosas.)

 

 

Tomás Buston, ex proveedor de cordilla para los gatos de la casa del alcalde, de los jefes de policía y de varios miembros del Consejo General. (El nombre de este señor despierta expectación profunda.) Tiene una pierna de palo; considera excesivamente costoso llevar una pierna de palo para andar sobre las piedras; se servía de piernas de palo de segunda mano y bebe un vaso de agua y ginebra caliente todas las noches, algunas veces dos. (Suspiros profundos.) Observa que las piernas de palo de segunda mano se rajan y pudren rápidamente; está firmemente persuadido de que la constitución de esas piernas se halla minada por la ginebra. (Prolongada ovación.) Ahora compra piernas de palo nuevas y bebe sólo agua y té muy claro. Las piernas nuevas duran el doble que las otras y atribuye esto solamente a sus hábitos de templanza. (Ovación triunfal.)

 

 

Antonio Humm propone que la asamblea se obsequie con un cántico. Con el fin de proporcionar un regocijo moral y racional, el hermano Mordlin ha adaptado los hermosos versos de «¿Quién no conoce al gallardo barquero?» a la música del centésimo salmo, e invita a todos a que canten con él. (Grandes aplausos.) Aprovecha la oportunidad para expresar la firme convicción que abrigaba de que el difunto Mr. Dibdin, reconociendo los horrores de sus primeros años, había escrito aquel canto para encarecer las ventajas de la abstinencia. Era un canto a la templanza. (Trombas de aplausos.) La pulcritud del atavío del joven, su destreza como remero y el envidiable estado mental, que le permitía, según las bellas palabras del poeta,deslizarse, sin pensar en nada, concitábanse para demostrar que aquel hombre no bebía más que agua. (Aplausos.) ¡Oh, qué virtuosa alegría le embarga! (Aplausos arrebatadores.) ¿Y cuál es la recompensa del mancebo? Mediten en esto los jóvenes presentes:

 

Las muchachas acuden en tropel a la barca.

 

(Entusiasmo loco, que comparten las damas.) ¡Qué ejemplo tan brillante! Las doncellas se agolpan en torno del joven barquero y le estimulan a seguir la mansa corriente de la templanza. ¿Mas sólo las doncellas de clase humilde eran las que le mimaban, consolaban y alentaban? ¡No!

 

Él era el barquero preferido de las bellas damas.

 

(Inmensa ovación.) El sexo débil, como un solo hombre (pidió indulgencia),

 

 

 

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como una sola mujer, se entusiasma con el joven barquero y desvíase con disgusto del bebedor. (Aplausos.) Los hermanos de la Sección Brick Lane eran los barqueros. (Aplausos y risas.) Aquella sala era su barca; el auditorio, las doncellas, y él, Antonio Humm, aunque indigno, era «primer remero». (Ovación delirante.)

 

—¿Qué entiendes por sexo débil, Sammy? —preguntó Mr. Weller por lo bajo.

 

—Las mujeres —dijo Sam en el mismo tono.

 

—Y dices bien, Sammy —repuso Mr. Weller—: débil debe de ser el sexo, bien débil, cuando se deja sopapear por un individuo como él.

 

Algunos otros comentarios del indignado viejo fueron interrumpidos bruscamente por el anuncio del cántico, que Mr. Antonio Humm recitó, pareado por pareado, con el fin de que se enterasen aquellos que desconocían la leyenda. Aún continuaba el canto, cuando desapareció el hombrecito de los pantalones cortos, que volvió a los pocos momentos de acabarse el canto y murmuró a Mr. Antonio Humm algunas palabras, con gesto de gran solemnidad.

 

—Amigos míos —dijo Mr. Humm, levantando la mano en ademán deprecatorio, para que guardaran silencio ciertas señoras gordas que ocupaban la segunda fila—; amigos míos: un delegado de la Sección Dorking, de nuestra sociedad, el hermano Stiggins, espera abajo.

 

De nuevo salieron a relucir los pañuelos, y con más vivas demostraciones que antes, porque Mr. Stiggins era popularísimo entre el elemento femenino de Brick Lane.

 

—Creo que puede entrar —dijo Mr. Humm, mirando sonriente a su alrededor—.

 

Hermano Tadger, hágale subir, para que nos dirija la palabra.

 

El hombrecito de cortos pantalones, que respondía al nombre de hermano Tadger, se precipitó por la escalera, y se le oyó poco después subir a tropezones con el reverendo Mr. Stiggins.

 

—Ya está aquí, Sammy —murmuró Mr. Weller con el rostro enrojecido por la risa contenida.

 

—No me diga nada —replicó Sam—, porque voy a estallar. Está junto a la puerta.

 

Le oigo dar cabezadas contra la pared y las maderas.

 

Al decir esto Sam Weller, abrióse la puerta de par en par y apareció el hermano Tadger, seguido inmediatamente del reverendo Mr. Stiggins, al entrar el cual se produjo una tempestad de aplausos, de pataleo y un entusiasta florecimiento de pañuelos, a cuyas demostraciones de júbilo no correspondió el hermano Stiggins con otra manifestación de reconocimiento que la de pasear una mirada furiosa y una sonrisa estúpida al ver el pabilo de la luz que había en la mesa, en tanto que agitaba su cuerpo a un lado y a otro de modo inseguro y vacilante.

 

—¿Está usted indispuesto, hermano Stiggins? —murmuró Mr. Antonio Humm. —Estoy perfectamente, sir —replicó Mr. Stiggins con tono en el que se mezclaba

 

 

 

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la ferocidad con una marcada torpeza de dicción—; estoy perfectamente, sir. —¡Ah!, muy bien —repuso Mr. Antonio Humm, retrocediendo unos pasos. —Creo que ningún hombre de los que hay aquí se habrá atrevido a decir que no

 

estoy bueno —dijo Mr. Stiggins.

 

—Ciertamente que no —dijo Mr. Humm.

 

—Más vale que no, sir; más vale que no —dijo Mr. Stiggins. En aquel momento guardaba la concurrencia silencio absoluto y esperaba con ansiedad la prosecución de la sesión.

 

—¿Va usted a hablar, hermano? —dijo Mr. Humm, invitándole con una sonrisa.

 

—No, sir —contestó Mr. Stiggins—; no, sir, no voy a hablar, sir.

 

Miráronse unos a otros con ojos espantados, y un murmullo de asombro corrió por la estancia.

 

—Mi opinión es, sir —dijo Mr. Stiggins, desabrochándose la levita y hablando muy fuerte—, mi opinión es, sir, que esta asamblea está beoda, sir. ¡Hermano Tadger, sir! —dijo Mr. Stiggins montando bruscamente en cólera y volviéndose con rapidez hacia el hombrecito de cortos pantalones—. ¡Usted está beodo, sir!

 

Y diciendo esto, Mr. Stiggins, tanto con el propósito laudable de fomentar la sobriedad de la asamblea como con el de expulsar a toda persona inconveniente, descargó en la punta de la nariz del hermano Tadger tan certero puñetazo, que el hombrecito de los pantalones cortos desapareció como el relámpago. El hermano Tadger cayó de cabeza por las escaleras.

 

Prorrumpieron las señoras en un horrendo alarido, y, apelotonándose en derredor de sus hermanos favoritos, extendieron sus brazos en torno de ellos para defenderlos contra el peligro. Fue ésta una prueba de afecto que estuvo a punto de costar cara a Humm, quien, por ser sumamente popular, a poco se ahoga entre la muchedumbre de admiradoras que se colgaron de su cuello, llenándole de caricias. La mayor parte de las luces se apagaron, y por todas partes reinó la confusión y el estrépito.

 

—Vamos, Sammy —dijo Mr. Weller, quitándose la pelliza con aire deliberado—:

 

vete en seguida a buscar un sereno.

 

—¿Y qué vas tú a hacer mientras? —preguntó Sam.

 

—No te preocupes de mí, Sammy—repuso el viejo—; yo voy a ocuparme en arreglar una pequeña cuenta con ese Stiggins.

 

Y antes de que Sam tuviera ocasión de impedirlo, ya estaba su heroico padre en un remoto extremo de la sala, y atacaba al reverendo Mr. Stiggins con destreza sin igual.

 

—¡Vamos, vamos! —dijo Sam.

 

—¡Vamos! —gritó Mr. Weller.

 

Y sin más preparación propinó al reverendo Mr. Stiggins un golpe en la cabeza y empezó a danzar a su alrededor lo mismo que un corcho, lo que no era poco digno de

 

 

 

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maravilla en un hombre de su edad.

 

Convencido Sam de la inutilidad de sus consejos, encasquetóse el sombrero, se echó al brazo el abrigo de su padre y rodeando al viejo por la cintura le arrastró por la escalera a la calle, sin soltar su presa ni permitirle detenerse hasta llegar a la inmediata esquina. Desde allí pudieron oír los gritos del populacho, que presenciaba el traslado del reverendo Mr. Stiggins a los seguros aposentos en que había de pasar la noche, y pudieron oír el ruido con que se dispersaban en todas direcciones los miembros de la Sección Brick Lane de la Gran Asociación Ebenezer de Templanza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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34.    Enteramente dedicado a la reseña completa del juicio memorable celebrado con motivo del proceso de Bardell-

 

Pickwick

 

 

—Yo me pregunto qué es lo que habrá almorzado el presidente del jurado, quienquiera que sea —dijo Mr. Snodgrass, deseoso de promover conversación, en la azarosa mañana del catorce de febrero.

 

—¡Ah! —dijo Perker—. Supongo que habrá sido bueno.

 

—¿Porqué? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—Es de suma importancia; muy importante, mi querido señor —repuso Perker—. Un buen presidente de jurado, satisfecho y bien almorzado, es lo mejor que puede desearse. Un jurado descontento o hambriento, mi querido señor, siempre se inclina al querellante.

 

—¡Dios nos asista! —dijo Mr. Pickwick, palideciendo— ¿Por qué hacen eso? —Psch, no lo sé —replicó el hombrecito con indiferencia—; supongo que será

 

porque ahorra tiempo. Cuando se acerca la hora de la comida, saca el reloj el presidente, una vez que se han retirado a deliberar, y dice: «Bueno, señores, son las cinco menos diez, lo advierto. Yo como a las cinco, señores». «Yo también», dicen todos los demás, con excepción de dos, que deben de haber comido a las tres y que parecen más dispuestos a resistir. Sonríe el presidente y se mete el reloj en el bolsillo. «Bien, señores, ¿qué hacemos: demandante o demandado? Yo pienso, por lo que a mí se refiere, señores (digo que pienso, pero no quiero que esto influya en ustedes), pienso a favor del demandante.» Con esto, otros dos o tres señores puede asegurarse que dicen pensar de la misma manera, y así lo declaran; y entonces se establece entre todos la más confortable unanimidad. ¡Las nueve y diez! —dijo el hombrecito, consultando su reloj—. Ya debíamos haber salido, mi querido señor. Ruptura de promesa matrimonial... la sala está llena generalmente en estos casos. Si no pide usted un coche, mi querido señor, creo que llegaremos tarde.

 

Llamó inmediatamente Mr. Pickwick, y no bien llegó el coche, embutiéronse en él los cuatro pickwickianos y Mr. Perker y encamináronse a Guildhall. Sam Weller, Mr. Lowten y la bolsa azul seguían en otro carruaje.

 

—Lowten —dijo Perker, al llegar al vestíbulo de la Audiencia—: ponga a los amigos de Mr. Pickwick en la tribuna de los estudiantes. Mr. Pickwick, mejor será que se siente a mi lado. Por aquí, mi querido señor, por aquí.

 

Tirando de la manga de la chaqueta de Mr. Pickwick, le condujo el hombrecito al banco que se hallaba bajo los pupitres del Consejo Real, dispuesto en beneficio de los procuradores, que desde este lugar pueden cuchichear al Consejo en caso necesario y comunicarle las aclaraciones que puedan demandar las circunstancias en el curso del juicio. Los ocupantes de este banco permanecen invisibles para la mayoría de los

 

 

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espectadores, pues se sientan a un nivel mucho más bajo que el que corresponde a los abogados, cuyos asientos ocupan una elevada plataforma. Ni que decir tiene que se hallan de espaldas a éstos y frente por frente del juez.

 

—Ésa es la tribuna de los testigos, ¿verdad? —dijo Mr. Pickwick, señalando a una especie de púlpito de balaustrada de bronce que había a la derecha.

—Ésa es la tribuna de los testigos, mi querido señor —respondió Perker, exhumando un montón de papeles de la bolsa azul que Lowten acababa de depositar a sus pies.

 

—Y ahí —dijo Mr. Pickwick, señalando a un par de bancos que había también a la derecha, detrás de una balaustrada—, ahí es donde se sienta el jurado, ¿no es eso?

 

—Ahí mismo, mi querido señor —replicó Perker, golpeando la tapa de su tabaquera.

 

Mr. Pickwick paseó una mirada por la sala, presa de honda agitación. En la galería había ya buen golpe de espectadores; en la tribuna de letrados, una gran exposición de pelucas, bajo las que se veía esa grata y extensa variedad de narices y mostachos que tanto contribuye a la celebridad del foro inglés. Aquellos que podían exhibir un legajo lo acariciaban de manera ostensible, y de cuando en cuando se rascaban la nariz con él, con objeto de hacer patente la acción para excitar la admiración de los espectadores. Otros, que no disponían de legajo para enseñarlo, mostraban bajo su brazo hermosos volúmenes en octavo, de rojo tejuelo y con pasta que semejaba el exterior de las tortas demasiado cocidas y que se conoce en lenguaje técnico con el nombre de «ternera legal». Algunos otros, que ni tenían legajo ni volumen que mostrar, metíanse las manos en los bolsillos y miraban con gesto docto. Otros se agitaban infatigablemente de acá para allá, con avidez y afán diligentes, encantados con despertar por doquier la admiración y el asombro de los no iniciados. El conjunto, con gran maravilla de Mr. Pickwick, dividíase en pequeños grupos, que charlaban y discutían acerca de las noticias del día con la mayor indiferencia, casi casi lo mismo que si no se hallara a punto de empezar un juicio importante.

 

Una inclinación de Mr. Phunky, al entrar en la sala y tomar asiento detrás del que estaba dispuesto para el Consejo Real, atrajo la atención de Mr. Pickwick, y no había devuelto el saludo aún cuando apareció el doctor Snubbin, seguido de Mr. Mallard, que casi tapaba al doctor con una inmensa bolsa encarnada, que colocó sobre la mesa, retirándose luego de estrechar la mano a Mr. Perker. Entraron luego dos o tres doctores más, y entre ellos uno de obesa contextura y roja faz, que saludó amistosamente al doctor Snubbin y dijo que hacía una hermosa mañana.

 

—¿Quién es ese de cara roja que ha dicho que hace una mañana hermosa al saludar a nuestro abogado? —murmuró Mr. Pickwick.

 

—El doctor Buzfuz —repuso Perker—. Es de la otra parte. Ese señor que hay detrás de él es Mr. Skimpin, su adjunto.

 

 

 

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A punto estaba Mr. Pickwick de preguntar, lleno de odio implacable ante la despiadada villanía del hombre, cómo el doctor Buzfuz, que era abogado de la parte contraria, había osado decir al doctor Snubbin, que era su propio abogado, que hacía una hermosa mañana, cuando fue interrumpido por un movimiento que hicieron al levantarse los abogados, y una gran exclamación de «¡Silencio!» de los oficiales de la Sala. Mirando a su alrededor, observó que aquello era debido ala entrada del juez.

 

El justicia Stareleigh, que ocupaba la presidencia en ausencia del primer justicia, que se hallaba indispuesto, era un hombre extraordinariamente corto y tan gordo que parecía exclusivamente constituido por una cara y un chaleco. Movíase sobre dos piernecillas algo torcidas, y después de saludar con gravedad al estrado de los abogados, que correspondieron con la misma gravedad, metió las piernas bajo la mesa, puso en la misma el tricornio, y, luego de hacer esto, todo lo que de él podía verse eran dos curiosos ojuelos, una ancha faz enrojecida y algo parecido a una enorme y cómica peluca.

 

No bien tomó asiento el juez, proclamó el silencio el oficial de Sala, en tono autoritario, después de lo cual proclamó el silencio en la galería otro bedel, en forma un tanto airada, y poco después proclamaron el silencio tres o cuatro ujieres, con voz de indignada reconvención. A poco, un caballero vestido de negro, que ocupaba el estrado inferior al juez, empezó a llamar a los jurados, y al cabo de unas cuantas vacilaciones y murmullos llegó a descubrirse que sólo se hallaban presentes diez de los miembros del Jurado especial. Un comerciante de comestibles y un boticario fueron requeridos inmediatamente.

 

—Respondan cuando se les llame, señores, que va a tomárseles juramento —dijo el caballero de negro—. Richard Upwitch.

 

—Presente —dijo el tendero.

 

—Tomás Groffin.

 

—Presente —dijo el boticario.

 

—Tomen el libro, señores. ¿Juran ustedes enjuiciar con arreglo a su conciencia? —Dispénseme la Sala —dijo el boticario, que era un larguirucho hombrecillo, de

 

rostro amarillento—, pero solicito de la Sala que me excuse de la asistencia.

 

—¿Con qué motivo, sir? —dijo el justicia Stareleigh.

 

—No tengo ayudante, señor —dijo el boticario.

 

—Yo no puedo evitar eso, sir —replicó el justicia Stareleigh—. Haber contratado uno.

 

—No me es posible, señor —repuso el boticario.

 

—Pues debía usted haberlo procurado, sir —dijo el juez, poniéndose encarnado, porque el temperamento del justicia Stareleigh era fácilmente irritable y no admitía contradicción.

 

—Ya comprendo que debía, si me fuera tan bien como merecía; pero no es así,

 

 

 

 

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señor —replicó el boticario.

 

—Que juren esos señores —dijo el juez, en tono apremiante.

 

No había hecho el oficial más que decir: «¿Jura usted enjuiciar con arreglo a su conciencia?», cuando de nuevo fue interrumpido por el boticario.

—¿Va a tomárseme juramento, señor? —dijo el boticario.

 

—Desde luego, sir —replicó el tétrico juez.

 

—Muy bien, señor —replicó el boticario con resignado acento—. Entonces, antes de que termine esta vista se cometerá un asesinato; no digo más. Tómeseme juramento, si usted quiere, sir.

 

Y se tomó juramento al boticario, antes de que el juez pudiera decir una sola palabra.

 

—Sólo quería advertir, señor —dijo el boticario, sentándose con gran deliberación—, que no he dejado en la botica más que un chico que tengo para hacer recados. Es un buen muchacho, señor, pero no sabe una palabra de drogas, y sé perfectamente que abriga la convicción de que sal de Epson significa ácido oxálico, y jarabe de ipecacuana, láudano. Nada más, señor.

 

Y diciendo esto, el larguirucho boticario se colocó en actitud confortable, y adoptando un continente placentero, pareció disponerse a aguardar los acontecimientos.

 

Miraba Mr. Pickwick al boticario, con la interna sensación del horror más profundo, cuando se hizo ostensible una ligera conmoción en la Sala, e inmediatamente después la señora Bardell, sostenida por la señora Cluppins, era introducida y colocada, en estado del mayor abatimiento, en el otro extremo del banco que ocupaba Mr. Pickwick. Un paraguas de tamaño más que mediano era transportado por Mr. Dodson, y un par de zuecos por Mr. Fogg, cada uno de los cuales traía preparada para el caso una expresión humilde y melancólica. Entonces apareció la señora Sanders, llevando de la mano al pequeño Bardell. A la vista de su hijo, sobresaltóse la señora Bardell; mas, recobrándose inmediatamente, empezó a besarle con frenesí, cayendo en seguida en un estado de imbecilidad histérica y preguntando además que dónde se encontraba. En respuesta a esto, la señora Cluppins y la señora Sanders volvieron sus caras a otro lado, rompiendo a llorar, en tanto que los señores Dodson y Fogg suplicaban a la demandante que se reportara en lo posible. Frotóse los ojos enérgicamente el doctor Buzfuz con un gran pañuelo blanco y dirigió al jurado una mirada intencionada, mientras que el juez, visiblemente afectado, así como algunos otros circunstantes, procuraban, tosiendo, disimular su emoción.

 

—Está esto muy preparado —respondió Perker a Mr. Pickwick—. Son chicos listos esos Dodson y Fogg. Preparan admirablemente los efectos, mi querido señor.

 

Mientras decía esto Perker, empezaba la señora Bardell a recobrarse lentamente, y

 

 

 

 

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la señora Cluppins, después de abrochar cuidadosamente al pequeño Bardell, procurando que los botones entraran en sus ojales propios, colocó al chico frente a su madre de modo que pudiera verle toda la Sala, estratégica posición en la cual no podía menos de despertar la compasión y la simpatía del juez y del jurado. Mas no se hizo esto sin gran resistencia y afluencia de lágrimas por parte del caballerete, que abrigaba la íntima convicción de que situarle a la vista del juez no era sino preludio evidente de recibir una orden de ejecución inmediata o, por lo menos, de deportación, más allá de los mares, por el resto de sus días.

 

—Bardell contra Pickwick —exclamó el caballero de negro, abriendo la vista, que ocupaba el primer lugar entre las del día.

 

—Yo vengo por el demandante, señor —dijo el doctor Buzfuz.

 

—¿Quién está con usted, compañero Buzfuz? —dijo el juez.

 

Saludó Mr. Skimpin para declarar que era él.

 

—Yo comparezco por el procesado, señor —dijo el doctor Snubbin.

 

—¿Quién hay con usted, compañero Snubbin? —inquirió el juez.

 

—Mr. Phunky, señor —respondió el doctor Snubbin.

 

—El doctor Buzfuz y Mr. Skimpin, por el demandante —dijo el juez, anotando los nombres en su cuaderno y leyendo al mismo tiempo—; por el procesado, el doctor Snubbin y Mr. Monkey.

 

—Dispense, señor: Phunky.

 

—¡Ah, muy bien! —dijo el juez—. Nunca tuve el gusto de oír el nombre de este señor.

 

Inclinóse a esto Mr. Phunky y sonrió; sonrió y saludó el juez a su vez, y ruborizándose Mr. Phunky hasta el blanco de los ojos, pretendió comportarse como si nadie fijara en él su atención, cosa que ningún hombre ha logrado hacer todavía ni lo logrará probablemente.

 

—Adelante —dijo el juez.

 

De nuevo impusieron silencio los ujieres, y procedió Mr. Skimpin a abrir la causa; y la causa parecía tener muy poco dentro, luego que fue abierta, porque Mr. Skimpin guardó para sí todos los pormenores que conocía y sentóse al cabo de tres minutos, dejando al jurado en el mismo estado de ignorancia que tenía antes de la lectura.

 

Levantóse entonces el doctor Buzfuz con toda la grave majestad que exigía el procedimiento y, después de comunicar algo por lo bajo a Dodson y de conferenciar sumariamente con Fogg, se arregló la toga sobre los hombros, encasquetóse la peluca y se dirigió al jurado.

 

El doctor Buzfuz empezó diciendo que nunca, en el curso de su experiencia profesional, nunca, desde el primer momento en que se dedicara al estudio y a la práctica de la Ley, habíasele ofrecido un caso tan hondamente conmovedor ni que entrañara para él responsabilidad tan grave y aplastante; responsabilidad, decía, que

 

 

 

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jamás hubiera aceptado de no alentarle y fortalecerle la convicción firmísima, que alcanzaba el grado de positiva certeza, de que la causa de la verdad y de la justicia o, en otros términos, de que la causa de su ultrajado y oprimido cliente había de prevalecer en las altas mentalidades de los doce hombres que se sentaban en aquella tribuna que ante él se levantaba.

 

Los abogados suelen empezar de esta suerte, con objeto de bienquistarse con el Jurado, haciéndole pensar que se halla compuesto de hombres agudos y extraordinariamente sagaces. Prodújose un efecto inmediato: varios jurados empezaron a tomar voluminosas notas con afanosa diligencia.

 

—Habéis oído de labios de mi docto amigo, señores —continuó el doctor Buzfuz, bien consciente de que el jurado no había podido enterarse de nada de labios del aludido amigo—; habéis oído de labios de mi docto amigo, señores, que se trata de un proceso incoado con motivo de una ruptura de promesa matrimonial, cuya indemnización se ha estipulado en mil quinientas libras. Pero no habéis oído de labios de mi docto amigo, porque no era esto de la competencia de mi docto amigo, cuáles son los hechos y circunstancias del caso. Estos hechos y esas circunstancias, señores, vais a oírlos detallados por mí y probados por la intachable dama que se halla ante vosotros en esa tribuna.

 

Aquí, el doctor Buzfuz, acentuando con énfasis tremendo la palabra tribuna, golpeó su mesa ruidosamente y miró a Dodson y Fogg, que asentían, maravillados, al doctor y miraban con aire de reto al procesado.

 

—El demandante, señores —prosiguió el doctor Buzfuz con voz suave y melancólica—, el demandante es una viuda; sí, señores, una viuda. El difunto Mr. Bardell, después de gozar durante muchos años la confianza y la estima de su Soberano, como custodio de las rentas de la Corona, deslizóse sigilosamente de este mundo para buscar en otra parte la paz y el reposo que una aduana nunca puede proporcionar.

 

Al hacer esta patética descripción del fallecimiento de Mr. Bardell, a quien habían tirado a la cabeza un vaso en una taberna, el ilustrado doctor dejó oír su voz conmovida y prosiguió con acento emocionado:

 

—Poco antes de morir había estampado su imagen en un tierno niño. Con este tierno niño, único que tuviera de su difunto compañero, apartóse del mundo la señora Bardell; confinóse en el retiro y la tranquilidad de Goswell Street y allí puso en el frente de la ventana de la sala principal un rótulo con esta inscripción: «Habitaciones amuebladas para señor soltero. Razón, aquí».

 

Detúvose entonces el doctor, en tanto que varios miembros del Jurado tomaban nota del documento.

 

—¿No tiene fecha, sir? —preguntó un jurado.

 

—No hay fecha, señores —respondió el doctor Buzfuz—; mas se me ha dicho

 

 

 

 

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que fue colocada la cédula en la ventana de la demandante hace precisamente tres años. Llamo la atención del jurado sobre la redacción de este documento: «¡Habitaciones amuebladas para señor soltero!». Las opiniones de la señora Bardell en relación con el sexo contrario dimanaban de una prolongada contemplación de las inestimables cualidades de su difunto esposo. No abrigaba temor, desconfianza ni sospecha. «Mr. Bardell», decía la viuda, «Mr. Bardell fue un hombre de honor. Mr. Bardell fue un hombre de palabra. Mr. Bardell no engañó jamás. Mr. Bardell fue un tiempo soltero. Pues a un soltero acudo en demanda de protección, de amparo, de ayuda, de consuelo; en un soltero veré siempre algo que me recuerde lo que fue Mr. Bardell cuando supo adueñarse de mi ternura virgen; a un soltero debo alquilar mi casa». Inspirada en tan hermoso y conmovedor impulso (el más noble de todos los impulsos de nuestra defectuosa naturaleza, señores), enjugó sus lágrimas la atribulada y solitaria viuda, amuebló su primer piso, estrechó a su inocente niño contra su pecho maternal y puso el anuncio en la ventana de su gabinete. ¿Permaneció allí el anuncio mucho tiempo? No. La serpiente espiaba; tendíase la trampa; socavábase la mina; la zapa y el pico laboraban de consuno. No llevaba tres días el anuncio en la ventana (ni tres días, señores) cuando un ser, sostenido por dos piernas y que asumía todas las apariencias exteriores de una criatura humana, y no de un monstruo, llamó a la puerta de la señora Bardell. Inquirió, tomó el piso, y de él se posesionó aquel mismo día. Este hombre era Pickwick; Pickwick, el demandado.

 

El doctor Buzfuz, que se había producido acaloradamente, tenía el rostro enrojecido. Se detuvo para tomar aliento. El silencio despertó al justicia Stareleigh, que escribió inmediatamente algo con una pluma que no tenía tinta y miró en derredor con aire de gran profundidad, para dar al jurado la impresión de que, si cerraba los ojos, hacíalo con objeto de meditar con mayor sutileza. El doctor Buzfuz prosiguió:

 

—Poco he de decir, señores, acerca de este hombre, pues el tema ofrece atractivo escaso; y ni yo, señores, ni vosotros somos capaces de gozarnos en la contemplación de la perversidad repulsiva, de la villanía convertida en hábito.

 

En este momento, Mr. Pickwick, que llevaba un rato conteniendo su rabia, hizo un brusco movimiento, como si hubiera asaltado su mente el vago anhelo de agredir al doctor Buzfuz en la presencia augusta de la Justicia. Hízole reprimirse un gesto de Mr. Perker, y siguió escuchando al docto letrado con mirada de indignación, que contrastaba con los semblantes arrobados de la señora Cluppins y de la señora Sanders.

 

—Digo villanía, señores —dijo el doctor Buzfuz, volviéndose hacia Mr. Pickwick y dirigiéndose a él—, y al decir villanía permítaseme advertir al procesado Pickwick, ya que se encuentra en la Audiencia, según se me ha dicho, que hubiera sido más decoroso, más discreto, más juicioso y de mejor gusto que se hubiera quedado a la

 

 

 

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puerta. Permítaseme decirle, señores, que no ha de hacer mella en vosotros cualquier gesto de reprobación o disconformidad que tenga a bien producir en esta Sala; que vosotros sabéis el valor y el aprecio que habéis de otorgarle, y permítaseme decirle, además, como el señor ha de decírselo, que un letrado no puede ser intimidado, retado ni cohibido en el desempeño de los deberes que tiene para su cliente, y que cualquier intento que pretenda de lo uno, de lo otro, de lo primero o de lo último caerá sobre la cabeza del insolente, así sea demandante o demandado, llámese Pickwick, Noakes, Stoakes, Stiles, Brown o Thompson.

 

La breve digresión con que el orador se desviaba del tema capital tenía, por supuesto, el exclusivo objeto de que todas las miradas se concentraran en Mr. Pickwick. Parcialmente recobrado el doctor Buzfuz del estado de moral exaltación a que se había entregado, prosiguió:

 

—He de haceros saber, señores, que por espacio de dos años residió Pickwick constantemente, sin interrupción ni intermisión, en casa de la señora Bardell. He de haceros saber que la señora Bardell, durante todo ese tiempo, le sirvió, atendió a sus comodidades, aderezó sus comidas, apuntaba la ropa blanca cuando iba a la lavandera, la repasaba, ventilaba y disponía para su uso luego que a casa la traían; gozaba, en suma, de su plena y absoluta confianza. He de deciros que en muchas ocasiones dio el demandado medio penique al pequeño y hasta seis peniques algunas veces; y he de probaros, por un testimonio que mi preclaro amigo no podrá debilitar ni controvertir, que en cierta ocasión dio el demandante una palmadita cariñosa en la cabeza del niño, y, después de preguntarle si había ganado últimamente muchas canicas (que son, a lo que entiendo, trozos de un mármol especial, muy apreciados por la chiquillería de esta ciudad), dejó escapar esta frase significativa: «Si tuvieras otro padre, ¿cómo te gustaría que fuera?». Os probaré, señores, que hará cosa de un año empezó Pickwick a ausentarse de casa por largas temporadas, como si abrigara el propósito de romper con mi cliente paulatinamente; mas también he de probaros que, o su resolución no estaba por ese tiempo suficientemente madurada, o que triunfaban en él los buenos sentimientos, si es que los tiene, o que los encantos y atenciones de mi cliente prevalecían contra sus inhumanos designios; he de probaros que, al regresar de cierto viaje, propuso formalmente el matrimonio a la señora Barden, si bien tomando previamente la precaución de que no hubiera testigos del solemne pacto; y me hallo en condiciones de probaros también, valiéndome del testimonio de sus propios amigos (testimonio que han de deponer mal de su grado por cierto), que una mañana sorprendiéronle teniendo en sus brazos a la demandante y consolando su agitación por medio de caricias y tiernas súplicas.

 

Las palabras del ilustre doctor produjeron visible efecto en el auditorio. Sacando dos papeles de su cartera, prosiguió:

 

—Y ahora, señores, sólo una palabra: Dos cartas se han cruzado entre ambas

 

 

 

 

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partes, cartas que se ha demostrado ser de puño y letra del demandado y que son más elocuentes de lo que pudieran serlo cien volúmenes. Esas cartas descubren además el carácter del hombre. No son francas, ardorosas ni elocuentes; no respiran el lenguaje del amor y de la ternura. Son solapadas, astutas; contienen frases de sentido oculto; mas, por fortuna, son más concluyentes que si se hallaran concebidas en lenguaje fervoroso y en el estilo más lleno de poéticas figuras. Son cartas que han de ser revisadas con mirada cautelosa y sagaz; cartas que fueron escritas indudablemente por Pickwick con el designio de extraviar y engañar a las personas en cuyas manos pudieran caer. Dejadme que lea la primera: «Garraway, a las doce. Querida señora Bardell: Chuletas y salsa de tomate. Su afectísimo, Pickwick». ¿Qué significa esto, señores? ¡Chuletas y salsa de tomate! ¡Su afectísimo Pickwick! ¡Chuletas, cielo santo, y salsa de tomate! Señores, ¿es que la sensibilidad y el derecho a la aventura de una mujer inocente y confiada pueden ser burlados de esta suerte por este género de arteras maquinaciones? La otra no tiene fecha, lo cual es ya bastante sospechoso: «Querida señora Bardell: No llegaré hasta mañana. Coche retrasado», y luego sigue esta significativa frase: «No se preocupe usted del calentador». ¡El calentador! ¿Quién, señores, habría de preocuparse por un calentador? ¿Cuándo viose la paz de ánimo de un hombre o de una mujer perturbada o inquietada por un calentador, que no es en sí más que un utilísimo e inofensivo artefacto del menaje doméstico? ¿Qué puede significar esta recomendación de que la señora Bardell no se incomodase por el calentador, que no es sino un recipiente para contener las brasas, como no fuera una frase que entrañara alguna promesa o consoladora palabra, perteneciente a una clave de correspondencia previamente concertada, habilidosamente imaginada por Pickwick, con miras a una deserción premeditada y que no podría explicar? ¿Y a qué viene esta alusión al coche retrasado? No puede ser, a mi entender, sino una frase que se refiere al mismo Pickwick, el cual ha sido indudablemente durante todo el tiempo que comprende este asunto un coche retrasado y despacioso, mas cuya presteza se verá inesperadamente acelerada y cuyas ruedas, señores, verá pronto a su costa bien engrasadas por vosotros.

 

Hizo una pausa el doctor Buzfuz en este punto, para observar si el jurado sonreía ante este rasgo humorístico; mas como advirtiera que ninguno paró mientes en él, salvo el tendero, cuya sensibilidad acerca del asunto se hallaba despertada por haber sometido a esa operación aquella misma mañana a un carro, consideró el ilustre doctor discreto dar una nueva pincelada lúgubre antes de concluir:

 

—Pero ya es bastante, señores —dijo el doctor Buzfuz—; es difícil sonreír cuando un corazón padece; no es posible bromear cuando se conmueven nuestras más hondas inclinaciones. Las esperanzas y perspectivas de mi cliente se han venido al suelo, y no es mera figura decir que lo mismo le ha ocurrido a su industria. La cédula de alquiler no está en la ventana... pero no hay inquilino. Pasan por allí una vez y otra

 

 

 

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caballeros solteros, dignos de aceptarse... pero no se les invita a entrar. Todo es silencio y melancolía en la casa; hasta la voz del niño se ha apagado; sus juegos infantiles quedan relegados al olvido, porque su madre llora. Sus canicas permanecen menospreciadas; ha olvidado el niño las voces familiares del juego; las divertidas partidas de pares y nones. Mas Pickwick, señores, Pickwick, el inhumano destructor de este oasis doméstico en el desierto de Goswell Street; Pickwick, que ha cegado el manantial y reducido a cenizas el verde césped; Pickwick, que comparece hoy ante vosotros con su salsa de tomate y su calentador; Pickwick aún levanta con desenfado su cabeza y contempla sin un suspiro de remordimiento el estrago que ha producido. La indemnización, señores, una fuerte indemnización, es el único castigo que podéis imponerle; la única recompensa que podéis ofrecer a mi cliente. Y para esa indemnización apela ella a las luminosas, altas, concienzudas, rectas, desapasionadas y compasivas mentalidades del jurado que componen sus conciudadanos.

 

Con esta hermosa invocación, sentóse el doctor Buzfuz y despertó el justicia Stareleigh.

 

—Que llamen a Isabel Cluppins —dijo el doctor Buzfuz, levantándose un minuto después, con renovado brío.

 

El ujier más cercano llamó a Isabel Tuppins; otro, que se hallaba a alguna distancia, requirió a Isabel Jupkins, y un tercero se precipitó casi hasta King Street y gritó hasta enronquecer llamando a Isabel Muffins.

 

Entre tanto, la señora Cluppins, con la ayuda conjunta de la señora Bardell, la Sanders, Mr. Dodson y Mr. Fogg, era izada a la tribuna de testigos, y cuando ya se hallaba en seguridad, encaramada en el peldaño superior, veíase a la señora Bardell en el inferior, con el pañuelo y los zuecos en una mano y con una botella de un cuarto de pinta de capacidad, que contenía sales olorosas, en la otra, preparada para cualquier contingencia. La señora Sanders, cuyos ojos estaban intensamente fijos en la cara del juez, acercóse con el inmenso paraguas, y oprimía la empuñadura del mismo de tal manera, que parecía hallarse dispuesta a esgrimirlo en la primera ocasión.

 

—Señora Cluppins —dijo el doctor Buzfuz—: haga el favor de reportarse, señora. No hay que decir que en cuanto se dirigió esta súplica a la señora Cluppins empezó a suspirar con gran violencia y a manifestar síntomas alarmantes de un inminente desmayo o, como ella dijo después, de ser vencida por sus internos

 

sentimientos.

 

—¿Recuerda usted, señora Cluppins —dijo el doctor Buzfuz, después de dirigirle algunas preguntas sin importancia—, recuerda usted haber estado en casa de la señora Bardell en cierta mañana del pasado julio, cuando ésta se hallaba limpiando la habitación de Pickwick?

 

—Sí, señor jurado, lo recuerdo —replicó la señora Cluppins.

 

 

 

 

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—¿El despacho de Mr. Pickwick estaba en el centro del primer piso, creo? —Sí, allí estaba, sir —replicó la señora Cluppins.

 

—¿Y qué hacía usted en aquel cuarto, señora? —preguntó el segundo juez. —Señor y jurado —dijo la señora Cluppins con gran agitación—: no quiero

 

engañarles.

 

—Hará usted bien, señora —dijo el segundo juez.

 

—Estaba allí —continuó la señora Cluppins— sin que lo supiera la señora Bardell; había salido de casa, señores, con una cestita, a comprar tres libras de riñones, que me costaron dos peniques y medio cada una, cuando vi a la señora Bardell por la puerta de la calle, que se hallaba abierta a medias.

 

—¿Que se hallaba cómo? —exclamó el segundo juez.

 

—Entreabierta, señor —dijo el doctor Snubbin.

 

—Ha dicho entreabierta —dijo el segundo juez con mirada de malicia.

 

—Lo mismo da, señor —dijo el doctor Snubbin.

 

Miró el segundo juez con aire dubitativo, y dijo que tomaba nota de ello.

 

Entonces, la señora Cluppins prosiguió:

 

—Entré, señores, precisamente a darle los buenos días, y, subiendo alegremente la escalera, entré en la habitación inmediata a la que ella estaba. Entonces, señores, oí ruido de voces en el despacho, y...

 

—¿Y se puso usted a escuchar, según creo, señora Cluppins? —dijo el doctor Buzfuz.

 

—Dispense, sir —repuso la señora Cluppins con ademán majestuoso—; me hubiera repugnado esa acción. Las voces eran bastante altas, sir, y era forzoso oírlas.

 

—Bien, señora Cluppins; no se puso usted a escuchar, pero oyó las voces. ¿Y era una de esas voces la de Pickwick?

 

—Sí era, sir.

 

Y luego de afirmar de una manera categórica la señora Cluppins que Mr. Pickwick hablaba con la señora Bardell, fue repitiendo poco a poco y a costa de muchas preguntas la conversación que ya conocen nuestros lectores.

 

Miró el jurado con aire suspicaz, sonrió el doctor Buzfuz y se sentó. Era su actitud verdaderamente espantosa cuando el doctor Snubbin declaró que no pensaba interrogar a la testigo, porque Mr. Pickwick deseaba hacer constar que la versión que diera la señora era absolutamente correcta.

 

Roto el hielo, la señora Cluppins aprovechó aquella oportunidad favorable para entrar en una breve disertación acerca de sus asuntos domésticos; procedió inmediatamente a participar a la Sala que ella era madre de ocho niños en la actualidad y que abrigaba la esperanza de presentar a Mr. Cluppins el noveno dentro de unos seis meses. Ante manifestaciones tan interesantes, el segundo juez interrumpió lleno de ira, y el efecto de esta interrupción fue que la digna señora y la

 

 

 

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señora Sanders fueron políticamente sacadas de la Sala, escoltadas de Mr. Jackson, sin demora alguna.

 

—¡Nathaniel Winkle! —dijo Mr. Skimpin.

 

—¡Presente! —respondió una voz débil.

 

Mr. Winkle subió a la tribuna de testigos y, después de prestar riguroso juramento, saludó al juez con gran deferencia.

 

—No se dirija a mí, sir —dijo el juez bruscamente, contestando al saludo—; diríjase al jurado.

 

Obedeció el mandato Mr. Winkle y miró hacia el lugar en que juzgaba pudiera hallarse el jurado, pues no veía, en el estado de confusión mental que le embargaba, nada en absoluto.

 

Fue interrogado Mr. Winkle por Mr. Skimpin, quien, siendo un hombre de cuarenta y tres años que prometía mucho, deseaba ansiosamente confundir a un testigo que notoriamente se inclinaba en favor de la parte contraria.

 

—Ahora, sir —dijo Mr. Skimpin—, tenga la bondad de dar a conocer al señor y al jurado cuál es su nombre.

 

Y Mr. Skimpin inclinó su cabeza a un lado, haciendo ademán de escuchar atentamente, mirando al jurado entre tanto, como si esperase que la afición natural de Mr. Winkle al perjurio habría de inducirle a dar un nombre supuesto.

 

—Winkle —respondió el testigo.

 

—¿Cuál es su nombre de pila, sir? —inquirió airadamente el segundo juez.

 

—Nathaniel, sir.

 

—Daniel... ¿algún otro nombre?

 

—Nathaniel, sir, quiero decir...

 

—¿Nathaniel Daniel o Daniel Nathaniel?

 

—No, señor, nada más que Nathaniel; nada de Daniel.

 

—¿Pues para qué me ha dicho usted Daniel, sir? —preguntó el juez.

 

—Yo no lo he dicho, señor —replicó Mr. Winkle.

 

—Lo ha dicho —replicó el juez, con severo entrecejo—. ¿Cómo hubiera yo apuntado Daniel si usted no me lo hubiera dicho, sir?

 

Este argumento era realmente incontrovertible.

 

—Mr. Winkle, señor, es algo desmemoriado —interrumpió Mr. Skimpin, mirando de nuevo al Jurado—. Yo encontraré medios de refrescarle la memoria antes de que acabe el interrogatorio.

 

—Tenga usted cuidado con lo que hace, sir —dijo el pequeño juez, mirando al testigo de modo siniestro.

 

Inclinóse el pobre Mr. Winkle, esforzándose por simular una tranquilidad y un aplomo que, en el estado de confusión en que se hallaba, le daban un aire de raterillo desconcertado.

 

 

 

 

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—Ahora, Mr. Winkle —dijo Mr. Skimpin—, póngame atención, si me hace el favor, sir, y permítame que le recomiende, en su propio beneficio, que no olvide la advertencia que le ha hecho el señor de que tenga cuidado. Creo que es usted amigo íntimo de Pickwick, el demandado, ¿no es así?

 

—Conozco a Mr. Pickwick, según creo, desde hace...

 

—Perdone, Mr. Winkle; no eluda la respuesta. ¿Es usted o no amigo íntimo del demandado?

 

—Iba a decir que...

 

—¿Quiere usted o no quiere responder a mi pregunta, sir? —Si no responde usted a la pregunta, será usted procesado, sir —interrumpió el pequeño juez, mirando por encima de su cuaderno de notas.

 

—Vamos, sir —dijo Mr. Skimpin—: tenga la bondad de decir sí o no.

 

—Sí, lo soy—replicó Mr. Winkle.

 

—Lo es usted. ¿Y por qué no lo dijo desde un principio, sir? ¿Conoce usted por ventura también a la demandante, Mr. Winkle?

 

—No la conozco; la he visto.

 

—¡Ah! ¿No la conoce, pero la ha visto? Entonces, tenga la bondad de decir a los señores y al jurado qué es lo que eso significa, Mr. Winkle.

 

—Quiero decir que no tengo amistad con ella, pero que la he visto cuando he ido a visitar a Mr. Pickwick en Goswell Street.

 

—¿Cuántas veces la ha visto usted, sir?

 

—¿Cuántas veces?

 

—Sí, Mr. Winkle, ¿cuántas veces? Repetiré la pregunta una docena de veces, si usted lo quiere, sir.

 

Y el ilustre señor, con firme ceño, se puso las manos en las caderas y sonrió maliciosamente al jurado.

 

Con motivo de esta pregunta suscitóse la edificante controversia que es habitual en tales circunstancias. En primer lugar, Mr. Winkle dijo que le era completamente imposible asegurar cuántas veces había visto a la señora Bardell. En seguida se le preguntó si la habría visto veinte veces, a lo cual replicó: «Ciertamente, más de eso». Entonces se le preguntó si la habría visto cien veces; si podría jurar haberla visto más de cincuenta veces; si podría afirmar que la hubiera visto veinticinco veces por lo menos, y así sucesivamente, llegándose al fin a la conclusión satisfactoria de que debía tener cuidado y recapacitara en lo que decía. Una vez reducido el testigo por estos medios al requerido extremo de excitación nerviosa y de vacilaciones, continuó el interrogatorio como sigue:

 

—¿Recuerda Mr. Winkle haber visitado al demandado Pickwick en casa de la demandante, en Goswell Street, cierta mañana del mes de julio pasado?

—Sí, lo recuerdo.

 

 

 

 

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—¿Iba usted acompañado en aquella ocasión por un amigo llamado Tupman y otro llamado Snodgrass?

 

—Sí.

 

—¿Están ellos aquí?

 

—Sí, están —replicó Mr. Winkle, mirando ávidamente hacia el lugar en que se hallaban sus amigos.

 

—Haga el favor de prestarme atención, Mr. Winkle, y no ocuparse de sus amigos —dijo Mr. Skimpin, dirigiendo al Jurado otra expresiva mirada—. Ellos contarán sus historias sin necesidad de consultar previamente con usted, si es que esa consulta no ha tenido ya efecto —otra mirada al Jurado—. Ahora, sir, diga al señor y al jurado lo que usted vio al entrar en la habitación del demandado esa mañana. Vamos, rompa usted, sir; tarde o temprano hemos de saberlo.

 

—El demandado, Mr. Pickwick, sostenía en sus brazos a la demandante y la abrazaba por la cintura —replicó Mr. Winkle con la natural vacilación—, y la demandante parecía estar desvanecida.

 

—¿Oyó usted decir algo al demandado?

 

—Le oí decir a la señora Bardell que era muy buena y rogarle que se tranquilizara, porque debía considerar la situación en que se hallaban si alguna persona venía, o cosa por el estilo.

 

—Ahora, Mr. Winkle, sólo he de preguntarle una cosa, y le suplico que tenga en cuenta la advertencia de su señoría. ¿Es usted capaz de jurar que Pickwick, el demandado, no dijo en aquella ocasión: «Mi querida señora Bardell: es usted muy buena; tranquilícese, porque ya llegará la situación», o cosa por el estilo?

 

—Yo... yo no le entendí eso, en realidad —dijo Mr. Winkle, estupefacto ante aquella ingeniosa tergiversación de las pocas palabras que había dicho—; yo estaba en la escalera y no podía oír distintamente; mi impresión es...

 

—Los señores del Jurado no necesitan conocer sus impresiones, Mr. Winkle, que, por otra parte, presumo han de ser de escasa utilidad para las personas rectas y honradas —interrumpió Mr. Skimpin—. Estaba usted en la escalera y no podía oír distintamente; ¿mas no querrá usted jurar que Pickwick no empleó la expresión que acabo de indicar? ¿Debo entender eso?

 

—No, no quiero jurarlo —replicó Mr. Winkle. Y Mr. Skimpin se sentó con aire triunfador.

 

El caso de Mr. Pickwick no llevaba derrotero tan favorable hasta este momento para que le fuera posible resistir el peso de una sospecha. Pero como tal vez se hallara en lo posible proyectar sobre él una luz que permitiera contemplarlo bajo mejores auspicios, levantóse Mr. Phunky con objeto de ver si podía sacar algún partido del contrainterrogatorio de Mr. Winkle. Si sacó o no sacó algo importante de éste, se verá inmediatamente.

 

 

 

 

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—Creo, Mr. Winkle —dijo Mr. Phunky—, que Mr. Pickwick no es un muchacho.

 

—¡Oh, no! —replicó Mr. Winkle—. Es bastante viejo para poder ser mi padre.

 

—Ha dicho usted a mi ilustre amigo que conoce hace mucho tiempo a Mr. Pickwick. ¿Tiene usted alguna razón para suponer o creer que pensara contraer matrimonio?

 

—¡Oh!, no; desde luego que no —replicó Mr. Winkle, con tan marcado afán, que hubiera hecho bien Mr. Phunky en hacerle descender de la tribuna lo más pronto posible.

 

Sostienen los juristas que hay dos clases de testigos perjudiciales: el que declara a regañadientes y el que lo hace con empeño excesivo. Mr. Winkle asumía fatalmente estas dos predisposiciones.

 

—Voy a ir más lejos, Mr. Winkle —continuó Mr. Phunky con modales amables y complacientes—. ¿Vio usted alguna vez, en las inclinaciones y en la conducta de Mr. Pickwick en relación con el sexo contrario, algo que le indujera a presumir que proyectase contraer un matrimonio tardío?

 

—¡Oh!, no; desde luego que no —replicó Mr. Winkle.

 

—¿Se condujo siempre entre las damas como un hombre que, habiendo alcanzado una edad bastante avanzada, se contenta con sus propias ocupaciones y esparcimientos y las trata como un padre pudiera tratar a sus hijas?

 

—Así es, indudablemente —replicó Mr. Winkle, hablando con todo su corazón—.

 

Eso es ... eso es.

 

—¿No advirtió usted nunca, en su proceder para con la señora Bardell o para con cualquiera otra mujer, nada que le hiciera concebir sospechas? —dijo Mr. Phunky, disponiéndose a sentarse, en vista de las señas que le hacía el doctor Snubbin.

 

—No... no —repuso Mr. Winkle—; como no sea cierto episodio insignificante que, desde luego, podría explicarse fácilmente.

 

Si el desafortunado Mr. Phunky se hubiera sentado cuando el doctor Snubbin inició sus guiños, o si el doctor Buzfuz hubiera interrumpido este irregular contrainterrogatorio desde el principio (lo cual se guardó muy bien de hacer, advirtiendo la ansiedad de Mr. Winkle y conociendo de sobra que había de tomar un camino favorable para él), no hubiera tenido lugar esta desdichada intervención. En el momento en que dejaba escapar Mr. Winkle aquellas palabras, cuando ya se sentaba Mr. Phunky y el doctor Snubbin decía al primero, con notoria prisa, que abandonara la tribuna, cosa que ya empezaba a hacer Mr. Winkle, hízole detenerse el doctor Buzfuz.

 

—¡Espere, Mr. Winkle, espere! —dijo el doctor Buzfuz—. Ruego a su señoría se sirva preguntarle qué sospechoso episodio es ese a que se refiere este señor y del que es protagonista ese anciano que puede ser su padre.

 

—Ya oye usted lo que dice el ilustre letrado, sir —observó el juez, volviéndose

 

 

 

 

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hacia el mísero y angustiado Mr. Winkle—. Describa las circunstancias a que se refiere usted.

 

—Señor —dijo Mr. Winkle, templando su emoción—, yo... me parece mejor que no...

 

—Tal vez tenga razón —dijo el pequeño juez—; pero es preciso que usted lo haga.

 

En medio del más profundo silencio, balbució Mr. Winkle el sospechoso e insignificante episodio en el cual Mr. Pickwick hubo de hallarse a media noche en el dormitorio de una dama, episodio que trajo por consecuencia, a lo que él creía, la ruptura del proyectado matrimonio de la señora en cuestión, así como la necesidad en que se habían visto todos de comparecer ante la presencia de Jorge Nupkins, esquire, magistrado y juez de paz de la ciudad de Ipswich.

 

—Baje usted de la tribuna, sir —dijo el doctor Snubbin.

 

Abandonó la tribuna Mr. Winkle y encaminóse con delirante presteza a Jorge y el Buitre, donde, horas después, le descubrió un camarero, gimiendo triste y lúgubremente, con la cabeza sepultada bajo los almohadones de un sofá. Tracy Tupman y Augusto Snodgrass fueron severamente llamados a la tribuna de testigos; ambos corroboraron el testimonio de su infeliz amigo y ambos fueron impulsados a los linderos de la desesperación por la excesiva capciosidad del interrogatorio.

 

Susana Sanders fue llamada luego, interrogada por el doctor Buzfuz y contrainterrogada por el doctor Snubbin. Siempre había dicho y creído que Pickwick se casaría con la señora Bardell. Sabía que el compromiso entre la señora Bardell y Pickwick era la comidilla de la vecindad desde el desmayo de julio; habíalo oído decir a la señora Mudbery, la chamarilera, y a la señora Bunkin, la planchadora; pero no veía en la Sala ni a la señora Mudbery ni a la señora Bunkin. Había oído a Pickwick preguntar al pequeño cómo le gustaría fuese su nuevo padre. No sabía que por aquel tiempo la señora Bardell frecuentase la amistad del panadero; pero sí sabía que el panadero era entonces soltero y se hallaba casado en la actualidad. No podría jurar que la señora Bardell no estuviera muy enamorada del panadero; mas pensaba que el panadero no estaba muy enamorado de la señora Bardell, toda vez que se había casado con otra. Sospechaba que la señora Bardell se había desmayado en la mañana de autos a causa de haberle pedido Mr. Pickwick que fijara el día. Podía decir de ella (de la testigo) que hubo de quedarse petrificada y desfallecida al pedirle Mr. Sanders que fijara el día; y creía que toda mujer que se considere una señora tenía que hacer lo mismo en análogas circunstancias. Había oído la pregunta de Pickwick acerca de las canicas, pero daba su palabra de no hallarse familiarizada con estos objetos del juego infantil.

 

Interroga la Sala: Mientras duraron sus amores con Mr. Sanders, había recibido cartas de amor, como otras señoritas. En el curso de su correspondencia con Mr.

 

 

 

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Sanders habíala éste llamado «patita», pero nunca «chuletas», ni mucho menos «salsa de tomate». Mr. Sanders había tenido mucha afición a los patos. Tal vez si le hubieran gustado también las chuletas y la salsa de tomate pudiera haberle dedicado aquellas afectuosas denominaciones.

 

Con más solemnidad que nunca, si era esto posible, levantóse el doctor Buzfuz y dijo con voz enérgica:

 

—Llámese a Samuel Weller.

 

Casi era inútil llamar a Samuel Weller, porque el propio Samuel Weller subió vivamente a la tribuna no bien oyó pronunciar su nombre; y colocando su sombrero en el suelo y apoyando sus brazos en la barandilla, echó una mirada de pájaro sobre los estrados y una ojeada de inteligencia al banco, con regocijado y animoso continente.

 

—¿Cómo se llama usted, sir? —preguntó el juez.

 

—Sam Weller, señor —respondió el testigo.

 

—¿Lo escribe usted con una «V» o con una «W»? —inquirió el juez.

 

—Eso va en gustos y en el capricho del que lo escribe —replicó Sam—. Yo no he tenido ocasión de escribirlo dos veces en mi vida, pero lo hago con una «V».

 

En este punto se oyó exclamar a una voz de la galería: —Perfectamente, Samivel, perfectamente. Apunte usted una «V», señor. —¿Quién es ese que osa levantar su voz en la Sala? —dijo el pequeño juez,

 

levantando la mirada—. Ujier.

 

—Mande, señor.

 

—Traiga inmediatamente a esa persona.

 

—En seguida, señor.

 

Mas como el ujier no encontró a la persona, no pudo traerla, y después de una gran conmoción ocasionada por el público al levantarse para ver al culpable, sentáronse todos. Volvióse el pequeño juez hacia el testigo, tan pronto como le dejó hablar la indignación, y dijo:

 

—¿Sabe usted quién era, sir?

 

—Me inclino a creer que era mi padre, señor —repuso Sam.

 

—¿Le ve usted ahora? —dijo el juez.

 

—No, no le veo, señor —replicó Sam, dirigiendo su mirada a la linterna que colgaba del techo de la sala.

 

—Si le hubiera usted señalado, le hubiera hecho prender inmediatamente —dijo el juez.

 

Inclinóse Sam con reconocimiento, y volvióse con rostro extraordinariamente placentero hacia el doctor Buzfuz.

 

—Vamos, Mr. Weller.

 

—Diga, sir—replicó Sam.

 

 

 

 

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—Creo que se halla usted al servicio de Mr. Pickwick, el demandado en este proceso. Tenga la bondad de hablar, Mr. Weller.

 

—Hablaré —repuso Sam—. Estoy al servicio de ese señor, que es muy buen servicio.

 

—¿Poco quehacer y mucha ganancia, supongo? —dijo el doctor Buzfuz, en tono festivo.

 

—¡Oh!, sí, bastante ganancia, sir, como dijo el soldado a quien mandaron dar trescientos cincuenta latigazos —replicó Sam.

 

—No tiene usted que contarnos lo que dijo el soldado ni ninguna otra persona, sir —interrumpió el juez—; eso no viene al caso.

 

—Muy bien, señor—replicó Sam.

 

—¿Recuerda usted algo de lo ocurrido en la primera mañana en que comenzó su servicio al demandado, Mr. Weller? —dijo el doctor Buzfuz.

 

—Sí que lo recuerdo, sir —respondió Sam.

 

—Tenga la bondad de decirlo al jurado.

 

—Que se me proporcionó aquella mañana un traje en bastante buen uso, señores del jurado —dijo Sam—, lo cual era para mí una cosa extraordinaria en aquellos días.

 

Prodújose con esto una risa general, y el pequeño juez, mirando airadamente por encima de su pupitre, dijo:

 

—Tenga usted cuidado, sir.

 

—Eso fue lo que me dijo entonces Mr. Pickwick, señor—replicó Sam—; y tuve mucho cuidado con el traje; mucho cuidado, señor.

 

Por espacio de dos minutos miró a Sam el juez con gran severidad; mas como los rasgos de Sam denotaran la más perfecta serenidad, el juez no dijo nada e invitó a continuar al doctor Buzfuz.

 

—¿Pretenderá usted decirme, Mr. Weller —dijo el doctor Buzfuz, cruzándose de brazos enfáticamente y volviéndose hacia el jurado, como si quisiera dar a entender la seguridad que abrigaba de confundir al testigo—, pretenderá usted decirme, Mr. Weller, que no vio usted nada del desmayo de la demandante en los brazos del demandado, según ha oído usted relatar a los testigos?

 

—Desde luego que no —replicó Sam—. Yo me quedé en el pasillo hasta que me llamaron, y entonces ya no estaba allí la vieja.

 

—Óigame, Mr. Weller —dijo el doctor Buzfuz, sumergiendo una gran pluma en el tintero con objeto de atemorizar a Sam con aquella demostración que hacía de tomar nota de su respuesta—. ¿Estaba usted en el pasillo, y, sin embargo, no vio usted nada de lo que pasó? ¿Tenía usted dos ojos, por ventura, Mr. Weller?

 

—Sí, tenía un par de ojos —contestó Sam—, y ahí está la cosa. Si hubiera tenido un par de microscopios, de esos que aumentan las cosas dos millones de veces, tal

 

 

 

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vez pudiera haber visto lo que pasaba a través de unas escaleras y de una gruesa puerta: pero como sólo tenía dos ojos, ya comprenderá usted que mi vista era limitada.

 

Al oír esta respuesta, que fue pronunciada sin la más ligera señal de irritación y con toda ecuanimidad, rompieron a reír los espectadores, sonrió el pequeño juez y pareció alterarse bastante el doctor Buzfuz. Después de una breve consulta con Dodson y Fogg, dirigióse nuevamente a Sam el doctor y dijo, haciendo penosos esfuerzos por ocultar la impresión vejatoria que le dominaba:

 

—Ahora, Mr. Weller, voy a hacerle una pregunta acerca de otro extremo. —Como usted quiera, sir —repuso Sam con acento risueño. —¿Recuerda usted

 

haber ido a casa de la señora Bardell cierta noche del pasado noviembre? —Sí, perfectamente.

 

—¡Ah! ¿Recuerda usted eso, Mr. Weller? —dijo el doctor Buzfuz, cobrando aliento—. Ya suponía yo que al fin sacaríamos algo.

 

—También me lo figuraba yo, sir —replicó Sam.

 

Y otra vez se echaron a reír los espectadores.

 

—Bien; supongo que iría usted a hablar un poquito acerca de este proceso... ¿eh, Mr. Weller? —dijo el doctor Buzfuz, mirando al jurado con picardía.

 

—Fui a pagar la renta, pero hablamos un poco del proceso —replicó Sam. —¡Ah! ¿Hablaron ustedes acerca del proceso? —dijo el doctor Buzfuz,

resplandeciente de alegría ante la esperanza de llegar a algún descubrimiento importante—. Vamos a ver, ¿y qué es lo que se habló del proceso? ¿Tendría usted la bondad de decírmelo, Mr. Weller?

 

—Con el mayor placer, sir —respondió Sam—. Después de unas cuantas observaciones de las dos virtuosas señoras que acaban de ser interrogadas, empezaron las damas a mostrarse extraordinariamente admiradas de la honorable conducta de los señores Dodson y Fogg, esos dos señores que están sentados al lado de usted.

 

No hay para qué decir que estas palabras llevaron la atención general hacia Dodson y Fogg, los cuales adoptaron el aire más virtuoso posible.

 

—Los procuradores de la demandante —dijo el doctor Buzfuz—. ¡Está bien! Hablaron con gran elogio de la honorable conducta de los señores Dodson y Fogg, los procuradores de la demandante, ¿verdad?

 

—Sí —dijo Sam—. Dijeron ellas que era una gran generosidad el haberse hecho cargo de un asunto sin ganar nada con él, como no fuera lo que pudieran sacar de Mr. Pickwick.

 

Esta inesperada réplica produjo en el público una nueva explosión de risa, y Dodson y Fogg, poniéndose rojos como la grana, inclináronse hacia el doctor Buzfuz y le dijeron apresuradamente algo por lo bajo.

 

 

 

 

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—Tienen ustedes razón —dijo el doctor Buzfuz en voz alta, con mal disimulada inquietud—. Es completamente inútil, señor, intentar sacar ninguna declaración de la impenetrable estupidez de este testigo. No molestaré a la Sala haciéndole más preguntas. Puede bajar, sir.

 

—¿Quiere preguntarme algún otro señor? —inquirió Sam, cogiendo su sombrero y mirando en derredor intencionadamente.

 

—Yo, no, Mr. Weller; gracias —dijo riendo el doctor Snubbin.

 

—Puede usted bajar, sir —dijo el doctor Buzfuz, haciendo con la mano un ademán impaciente.

 

Descendió Sam, en consecuencia, después de haber hecho a los señores Dodson y Fogg todo el daño posible y de haber dicho lo menos posible acerca de Mr. Pickwick, que era precisamente lo que se había propuesto.

 

—No tengo la menor objeción que hacer, señor —dijo el doctor Snubbin—, si se suprime el interrogatorio de otro testigo, que Mr. Pickwick ha recusado, y que es un caballero de situación independiente y extraordinariamente desahogada.

 

—Muy bien —dijo el doctor Buzfuz, guardando las dos cartas que se habían leído —. Por mí, he terminado, señor.

 

El doctor Snubbin enderezó al jurado su informe de defensa, consistente en una larga y enfática peroración, en la que dedicó elogios sin tasa a la persona y condición moral de Mr. Pickwick; mas como nuestros lectores tienen motivos para juzgar de los méritos y cualidades de este caballero mejor que el doctor Snubbin, no nos creemos obligados a reseñar por extenso las observaciones del ilustre jurisconsulto. Pretendió demostrar que las cartas que habíanse exhibido todas se referían a la comida o a los preparativos que debían hacerse en las habitaciones al regresar Mr. Pickwick de alguna excursión. Bastará añadir, en términos generales, que hizo cuanto pudo en favor de Mr. Pickwick, y el que hace cuanto puede, según la infalible autoridad del viejo proverbio, no está obligado a más.

 

El justicia Stareleigh hizo el resumen en la forma establecida y consagrada. Leyó al jurado cuantas notas pudo descifrar al correr del discurso, y se extendió en superficiales comentarios acerca del conjunto de la declaración. Si tenía razón la señora Bardell, era perfectamente claro que no la tenía Mr. Pickwick; y si juzgaban fidedigna la declaración de la señora Cluppins, debían prestarle crédito; y si no la juzgaban así, no deberían prestárselo. Si estaban convencidos de que había habido ruptura de una promesa matrimonial, debían otorgar a la demandante el derecho a la indemnización que estimasen proporcionada; y si, por otra parte, abrigaban la convicción de que nunca existió promesa de matrimonio, no debían condenar al demandado a ninguna clase de indemnización. Retiróse el jurado de la Sala para deliberar acerca de la materia y retiróse el juez a sus habitaciones privadas para reponer sus fuerzas con una chuleta de cordero y una copa de Jerez.

 

 

 

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Transcurrió un azaroso cuarto de hora, volvió el Jurado, se avisó al juez. Calóse los lentes Mr. Pickwick, y miró al presidente con rostro agitado y corazón palpitante.

 

—Señores —dijo el caballero de negro—, ¿han redactado ustedes su veredicto? —Sí, señor —respondió el presidente.

 

—¿Es favorable a la demandante, señores, o al demandado?

 

—A la demandante.

 

—¿Con qué indemnización, señores?

 

—Setecientas cincuenta libras.

 

Quitóse los lentes Mr. Pickwick, enjugó los cristales escrupulosamente, plegó la armadura, los metió en la caja e introdujo ésta en su bolsillo; calzóse los guantes, con pulcra distinción, en tanto que miraba al presidente del jurado, siguiendo después maquinalmente a Mr. Perker y a la bolsa azul fuera de la Sala.

 

Detuviéronse un momento en una habitación lateral, mientras que Mr. Perker pagaba los derechos de Audiencia, y allí uniéronse a Mr. Pickwick sus amigos. Allí también se encontraron con los señores Dodson y Fogg, que se frotaban las manos con muestras inequívocas de una gran satisfacción.

 

—Está bien, señores —dijo Mr. Pickwick.

 

—Bien, sir—dijo Dodson.

 

—Perfectamente, sir —dijo Fogg para sí y para su asociado.

 

—¿Piensan ustedes que van a sacar las costas, señores? —dijo Mr. Pickwick. Fogg dijo que lo consideraba más que probable. Sonrió Dodson, y dijo que lo

 

intentarían.

 

—Pueden ustedes intentar y reintentar todo lo que quieran, señores Dodson y Fogg —dijo Mr. Pickwick con gran vehemencia—, pero no me sacarán ustedes ni un solo penique, aunque tenga que acabar mis días en una prisión de insolventes.

 

—¡Ja, ja! —rió Dodson—. Ya lo pensará usted mejor antes del próximo ejercicio, Mr. Pickwick.

 

—¡Ji, ji, ji! Ya veremos eso, Mr. Pickwick —gruñó Fogg.

 

Mudo de indignación, dejóse conducir Mr. Pickwick hasta la calle por el procurador y sus amigos, y allí montaron en un coche que habíase buscado al objeto por el siempre vigilante Sam Weller.

 

Levantaba Sam el estribo y disponíase a saltar al pescante, cuando sintió que le tocaban en el hombro suavemente; volvióse, y se encontró con su padre. El rostro del anciano denotaba una expresión dolorosa; movió la cabeza gravemente, y dijo con acento de reconvención.

 

—Ya sabía yo en lo que acabaría con ese modo de llevar el asunto. ¡Oh, Sammy, Sammy!, ¿por qué no se hizo lo de la coartada?

 

 

 

 

 

 

 

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35.    En el cual piensa Mr. Pickwick que lo que debe hacer es irse a Bath, y procede en consecuencia

 

—¿Pero es cosa decidida, mi querido señor —decía el pequeño Perker, que se hallaba en la habitación de Mr. Pickwick a la mañana siguiente a la vista—; pero es cosa decidida... hablando ahora seriamente y dejando aparte la indignación... que no piensa usted pagar las costas ni la indemnización?

 

—Ni medio penique —dijo con firmeza Mr. Pickwick—; ni medio penique. —¡Hurra por los principios!, como dijo el prestamista que no quería renovar el

pagaré —observó Mr. Weller, que quitaba a la sazón los cacharros del almuerzo. —Sam —dijo Mr. Pickwick—: ten la bondad de marcharte. —En seguida, sir —

 

replicó Mr. Weller.

 

Y obedeciendo la tímida indicación de Mr. Pickwick, retiróse Sam.

 

—No, Perker —dijo Mr. Pickwick con serio talante—; mis amigos se han empeñado en disuadirme de esa determinación, pero no lo han conseguido. Viviré como hasta aquí hasta que la parte contraria logre hacerse con la orden de ejecución contra mí; y si son bastante infames para servirse de ella y me llevan a prisión, me rendiré animosamente y con el corazón satisfecho. ¿Cuándo pueden hacer eso?

 

—Pueden obtener la orden de ejecución, mi querido señor, por el importe de la indemnización y de las costas, en el próximo ejercicio —repuso Perker—; de aquí a dos meses, mi querido señor.

 

—Muy bien —dijo Mr. Pickwick—. Hasta entonces, amigo, no me hable usted más del asunto. Y ahora —continuó Mr. Pickwick, mirando a sus amigos con alegre sonrisa y con un brillo en la mirada que no podían oscurecer ni ocultar los anteojos —, lo único que hay que resolver es adónde vamos ahora.

 

Mr. Tupman y Mr. Snodgrass estaban demasiado afectados por el heroísmo de su amigo para hallarse en condiciones de articular respuesta. Mr. Winkle aún no se había recobrado por completo del sinsabor ocasionado por su malhadada declaración, por lo cual no podía hacer observación alguna; así es que Mr. Pickwick esperó en vano la respuesta.

 

—Bien —dijo Mr. Pickwick—; si me dejan la elección del punto, yo digo que Bath. Creo que ninguno de nosotros ha estado allí.

 

Ninguno había estado, en efecto, y como la propuesta fue calurosamente secundada por Perker, que juzgaba probable que un pequeño cambio en la vida de Mr. Pickwick, con la alegría consiguiente, podría tal vez inclinarle a pensar mejor acerca de su determinación y peor acerca de la prisión de insolventes, quedó aceptada por unanimidad. Despachóse a Sam al instante a El Caballo Blanco para tomar cinco asientos en el coche de las siete y media de la mañana siguiente.

 

Quedaban precisamente dos plazas libres en el interior y tres en la imperial, por lo

 

 

 

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cual decidió Sam Weller tomarlas; y después de cambiar algunos cumplimientos con el empleado de la administración acerca de cierta media corona de estaño que le devolvieran entre las monedas del cambio, volvió a Jorge y el Buitre, donde se enredó hasta la hora de acostarse en acomodar los trajes y la ropa blanca en el menor espacio posible, y puso en actividad sus habilidades mecánicas desplegando una serie de ingeniosos artificios para cerrar unas maletas que no tenían bisagras ni cerraduras.

 

La mañana siguiente resultó bien poco propicia para un viaje, pues era lluviosa y fría. Los caballos de las paradas, así como los que atravesaban la ciudad, producían un vaho tan espeso, que hacíanse invisibles los pasajeros. Los vendedores de periódicos estaban chorreando y olían a cieno; la lluvia caía a torrentes de los sombreros de los vendedores de naranjas, y al meter éstos sus cabezas por las ventanillas del coche volcaban sobre los viajeros una refrescante catarata. Los judíos guardaban desesperados sus navajas de cincuenta hojas; los vendedores de cuadernos empaquetaban su mercancía. Las cadenas y los tridentes bajaban de precio; las cajas de lápices y las esponjas estaban por los suelos.

 

Dejando a Sam Weller que rescatara el equipaje de los siete u ocho mozos que con furia salvaje arrojáranse a él en el momento de detenerse el coche, y sabiendo que aún tardarían veinte minutos en partir, Mr. Pickwick y sus amigos se refugiaron en la sala de descanso, último recurso de la humana tribulación.

 

La sala de viajeros de El Caballo Blanco no hay que decir que era bastante incómoda, que si no, no sería sala de viajeros. Tratábase de una habitación lateral, de la que parecía haberse apoderado un pretencioso fogón de cocina, provisto de un rebelde hurgón, de una pala y de unas tenazas. Hallábase dividida en compartimentos, para que los viajeros pudieran acomodarse aisladamente, y provista de un reloj de pared, un espejo y un camarero animado, utensilio este último que se veía confinado en un estrecho canal, situado en un rincón de la estancia, donde daba cima a la tarea de fregar los vasos.

 

Ocupaba a la sazón uno de los compartimentos un hombre de severa mirada, de unos cuarenta y cinco años, cuya lustrosa y calva frente terminaba lateral y posteriormente en un cerco abundante de negros cabellos y cuyo rostro ostentaba dos grandes mostachos, negros también. Llevaba parda casaca, abotonada hasta arriba, y en la silla de al lado yacían un inmenso gabán y un capote. Al entrar Mr. Pickwick, levantó el mencionado caballero sus ojos de la mesa en que almorzaba y le dirigió una mirada altanera y enérgica, llena de dignidad; y luego de contemplar a su sabor, con escrutador empeño, a Mr. Pickwick y a sus acompañantes, inició un tarareo que parecía querer manifestar que abrigaba la suspicacia de que alguien se proponía ganarle la mano, pero que eso no podía ser.

 

—Camarero —dijo el caballero de los mostachos.

 

—¿Sir? —respondió un hombre de cara sucia, que llevaba una toalla en el mismo

 

 

 

 

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estado, surgiendo del canal.

 

—Otra tostada.

 

—En seguida, sir.

 

—Con manteca, fíjese bien —dijo el caballero, en tono autoritario.

 

—Al momento, sir —replicó el camarero.

 

Reanudó su tarareo el caballero de los mostachos y, en espera de la tostada, acercóse al fuego, cruzó sus manos sobre los faldones de su casaca y se entregó a la meditación.

 

—No se dónde parará el coche de Bath —dijo Mr. Pickwick, dulcemente, a Mr.

 

Winkle.

 

—¡Hum!... ¿qué es eso? —dijo el extraño caballero.

 

—Hacía una observación a mi amigo, sir —respondió Mr. Pickwick, siempre dispuesto a entrar en conversación—. Le preguntaba que dónde pararía el coche al llegar a Bath. Tal vez pudiera usted informarme.

 

—¿Va usted a Bath? —dijo el desconocido.

 

—Sí, sir —respondió Mr. Pickwick.

 

—¿Y esos otros señores?

 

—También van —dijo Mr. Pickwick.

 

—¿Pero no en el interior, supongo?... Me he fastidiado si van ustedes dentro — dijo el desconocido.

 

—No todos —dijo Mr. Pickwick.

 

—¡No, todos, no! —repuso enfáticamente el desconocido—. Yo he tomado dos asientos. Si pretenden que vayan seis apiñados en ese cajón infernal, en que sólo caben cuatro, tomaré una posta y haré una reclamación. Yo he pagado mi viaje. Eso no lo tolero. Ya le dije al empleado, al tomar los billetes, que no lo aguantaba, porque sé que se ha hecho ya otras veces. Sé que lo hacen todos los días; pero a mí no me lo han hecho nunca ni me lo harán. Los que me conocen lo saben bien. ¡Pues no faltaba más!

 

Tiró violentamente de la campanilla el irascible caballero y dijo al camarero que como no le trajera inmediatamente la tostada podía prepararse.

—Señor mío —dijo Mr. Pickwick—, permítame que le observe que su excitación está completamente injustificada. Yo sólo he tomado dos asientos de interior.

 

—Me alegro de saberlo —dijo el rabioso caballero—. Retiro mis palabras. Doy a usted mis satisfacciones. Aquí está mi tarjeta. Démonos a conocer.

 

—Con mucho gusto, sir —replicó Mr. Pickwick—. Vamos a ser compañeros de viaje, y espero que ambos lo pasaremos agradablemente.

 

—Así lo espero, sir —dijo el altivo caballero—. Estoy seguro de ello. Me agrada su aspecto de usted. Me agradan los demás. Señores, denme sus manos y sus nombres. Hagámonos amigos.

 

 

 

 

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Ni que decir tiene que a esta graciosa invitación siguió un cambio de saludos amicales. El altivo caballero procedió a comunicar inmediatamente a los amigos, en el mismo estilo, compuesto de frases cortadas, abruptas, inquietas, que su nombre era Dowler; que se dirigía a Bath, en viaje de placer; que había pertenecido al ejército; que en la actualidad se dedicaba a negocios, como particular; que vivía de sus rentas, y que la persona a que se destinaba el otro asiento que había tomado era nada menos que la señora DowIer, su esposa.

 

—Es una mujer hermosa —dijo DowIer—. Me siento orgulloso de ella, y con razón.

 

—Tendré el gusto de juzgar por mí mismo —dijo Mr. Pickwick con una sonrisa. —Ya lo creo —replicó DowIer—. Ella le conocerá a usted. Le estimará. Le hice

 

el amor de una manera muy singular. La conquisté gracias a un voto audaz. Fue de esta manera: La vi, la amé, la solicité, me rechazó. «¿Ama usted a otro?» «Respete mi pudor.» «¿Le conozco?» «Le conoce usted.» «Muy bien; si está aquí, le desuello vivo.»

 

—¡Qué atrocidad! —exclamó involuntariamente Mr. Pickwick.

 

—¿Desolló usted al caballero, sir? —preguntó Mr. Winkle, poniéndole muy pálido.

 

—Le puse una esquela. Le dije que se trataba de una cuestión muy desagradable, y realmente lo era.

 

—Sin duda ninguna —interrumpió Mr. Winkle.

 

—Le dije que había empeñado mi palabra de caballero de desollarle. Mi honor se hallaba en entredicho. No podía elegir. Como oficial al servicio de Su Majestad, estaba obligado a desollarle. Lo sentía mucho, pero no había más remedio. Él se convenció. Se hizo cargo de que las exigencias del servicio son imperiosas. Huyó. Me casé con ella. Aquí está el coche. Ésa es su cabeza.

 

Al acabar Mr. DowIer, señaló a un coche que acababa de llegar, por cuya abierta ventana asomaba, debajo de un sombrero azul, un lindo rostro, que buscaba con afán entre la muchedumbre que allí se hallaba estacionada: probablemente buscaba al hombre audaz. Pagó su consumo Mr. DowIer y se precipitó con su gorra de viaje, su gabán y su capa. Mr. Pickwick y sus amigos se apresuraron a requerir sus asientos.

 

Mr. Tupman y Mr. Snodgrass se habían sentado en la trasera del coche; Mr. Winkle tenía asiento en el interior, y Mr. Pickwick se disponía a ocupar su sitio, cuando Sam Weller se acercó a su amo y le pidió licencia por lo bajo para decirle algo, con aire de profundo misterio.

 

—¿Qué, Sam —dijo Mr. Pickwick—, qué hay? —Algo que corre por ahí, sir —respondió Sam. —¿Qué es? —inquirió Mr. Pickwick.

 

—Pues hay, sir —repuso Sam—, que mucho me temo que el propietario de este

 

 

 

 

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coche quiera jugarle una mala pasada.

 

—¿Cómo es eso, Sam? —dijo Mr. Pickwick—. ¿No están los nombres en la hoja de ruta?

 

—Los nombres no sólo están en la hoja de ruta, sir —replicó Sam—, sino que están pintados en la puerta del coche.

 

Y al decir esto, señaló Sam al punto de la portezuela del coche en que figura generalmente el nombre del propietario, y allí, sin que pudiera haber lugar a dudas, en letras doradas de gran tamaño, veíase el nombre mágico de Pickwick.

 

—¿Cómo es esto? —exclamó Mr. Pickwick, asombrado de aquella coincidencia

 

—. ¡Qué cosa tan extraordinaria!

 

—Sí, pero no es eso todo —dijo Sam, llamando nuevamente la atención de su

 

amo hacia la portezuela del carruaje—; no contento con escribir «Pickwick», pone delante «Moisés», lo cual es añadir la injuria al agravio, como dijo el loro cuando vio que no sólo le sacaban de su país natal, sino que le obligaban además a hablar inglés.

 

—Es muy extraño, Sam —dijo Mr. Pickwick—; pero si nos quedamos aquí hablando, vamos a perder nuestros asientos.

 

—¿Qué, no hay nada que hacer en vista de esto, sir? —exclamó Sam, estupefacto ante la indiferencia con que Mr. Pickwick parecía disponerse a embutirse en el coche.

 

—¡Hacer! —dijo Mr. Pickwick—. ¿Hacer qué?

 

—¿Es que no hay que darle a alguno algún latigazo por tomarse esa libertad, sir? —dijo Mr. Weller, que esperaba, al menos, se le comisionase para retar al guarda y al cochero a un encuentro singular en aquel mismo instante.

 

—Claro que no —replicó Mr. Pickwick con decisión—; de ninguna manera. Sube a tu sitio inmediatamente.

 

«Temo», se dijo Sam para sus adentros, «que le ocurra al amo algo raro, pues si no, no hubiera tomado la cosa con tanta tranquilidad. No me extrañaría que ese proceso le hubiera trastornado el juicio, porque le encuentro mal, muy mal».

 

Movió Mr. Weller gravemente la cabeza, y es digno de notarse, para encarecer la importancia que dio a la cosa, que no habló una sola palabra hasta que traspuso el coche la barrera de Kensington, lo cual representaba para él una meditación y un silencio tan largos, que puede considerarse el hecho insólito y sin precedente.

 

Nada de particular ocurrió durante el viaje. Mr. Dowler relató un sinnúmero de anécdotas, en todas las cuales campeaban sus proezas personales y las dificultades con que había luchado, apelando de cuando en cuando al testimonio corroborante de la señora Dowler, que terciaba invariablemente, a guisa de apéndice, recordando algún hecho o circunstancia olvidados por Mr. Dowler, o tal vez omitido por razones de modestia, porque todas las adiciones concurrían a demostrar que Mr. Dowler era un ser mucho más maravilloso de lo que él mismo daba a entender. Mr. Pickwick y Mr. Winkle escuchaban admirados y conversaban a intervalos con la señora Dowler,

 

 

 

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que era una simpática y fascinadora mujer. Tanto, que entre las narraciones de Mr. Dowler, los encantos de la señora Dowler, el buen humor de Mr. Pickwick y el buen escuchar de Mr. Winkle, reinó en el interior la más grata camaradería durante todo el camino. Los viajeros del exterior hicieron lo que hacen todos los viajeros del exterior. Mostráronse alegres y locuaces al principio de cada trayecto, soñolientos y decaídos hacia la mitad y extraordinariamente animosos y despiertos al acercarse el fin. Había un joven, con una capa impermeable, que se pasó el día fumando cigarros, y había otro joven, envuelto en una parodia de gabán, que encendió una infinidad y, sintiéndose indudablemente molesto a la segunda chupada, los tiraba cuando juzgaba que nadie le veía. Había en el pescante otro joven que manifestaba un gran afán por adquirir conocimientos de ganadería, y un viejo, en el asiento de atrás, que demostraba hallarse familiarizado con los asuntos agrícolas. Hubo un pasar incesante de hombres de blusa y chaquetas blancas, que fueron invitados por el mayoral a subir y que conocían a todos los caballos y postillones del camino y a los que no eran del camino. Hubo una comida que hubiera sido barata, a media corona por boca, de haber habido bocas capaces de despacharla en el tiempo asignado. Y a las siete de la tarde, Mr. Pickwick y sus amigos y Mr. Dowler y su esposa retiráronse a sus estancias respectivas del hotel El Ciervo Blanco, que da frente al gran Balneario de Bath, donde los sirvientes podían haberse confundido con los chicos de Westminster si la conducta irreprochable de los primeros no hiciera imposible la confusión.

 

Apenas terminara el almuerzo a la mañana siguiente, cuando un camarero entró con una tarjeta de Mr. Dowler, en la que solicitaba licencia para presentar a un amigo suyo. Inmediatamente después de ser entregada la tarjeta, entró Mr. Dowler en compañía de su amigo.

 

Era el amigo un joven encantador, de poco más de cincuenta años, vestido con casaca azul de botones resplandecientes, negros pantalones y un par de botas finísimas, extraordinariamente charoladas. Un monóculo con cerco de oro colgaba de su cuello por medio de una ancha y corta cinta negra; una tabaquera de oro jugaba con elegancia en su mano izquierda; innumerables sortijas brillaban en sus dedos, y un gran diamante, en un alfiler de oro, centelleaba en la pechera de su camisa. Tenía un reloj de oro y una cadena de oro, de la que pendían enormes guardapelos de oro, y llevaba un bastón de ébano con pesada empuñadura de oro. Su camisa era blanquísima, finísima y planchadísima; su peluca, de las más abundosas, negrísima y rizadísima. Su tabaco era de príncipe y su perfume bouquet du roi. Sus rasgos se contraían en una sonrisa perenne, y guardaban sus dientes un orden tan perfecto, que era difícil a distancia distinguir los postizos de los propios.

 

—Mr. Pickwick —dijo Mr. Dowler—: mi amigo, Angelo Cyrus Bantam, esquire, maestro de ceremonias de Bantam; Mr. Pickwick. Ya se conocen ustedes.

 

—Sea usted bien venido a Bath, sir. Es verdaderamente una adquisición. Bien

 

 

 

 

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venido a Bath, sir. Hace mucho, mucho tiempo que Mr. Pickwick no toma las aguas. Se me figura un siglo, Mr. Pickwick. ¡Notable!

 

Tales fueron las frases con que Angelo Cyrus Bantam, esquire, maestro de ceremonias, estrechó la mano de Mr. Pickwick. Retúvola entre tanto, haciendo una serie de encogimientos de hombros y de inclinaciones, como si realmente le fuera imposible hacerse a la idea de abandonarla.

 

—Hace mucho tiempo que no tomo las aguas, ciertamente —replicó Mr.

 

Pickwick—, porque, que yo sepa, no las he tomado nunca.

 

—¡Nunca en Bath, Mr. Pickwick! —exclamó el gran maestro, dejando caerla mano, aniquilado por la estupefacción—. ¡Nunca en Bath! ¡Je, je! Mr. Pickwick, es usted muy bromista. No está mal; no está mal. Bueno, bueno. ¡Je, je, je! ¡Notable!

 

—Aunque me avergüence, tengo que decir que hablo completamente en serio — repuso Mr. Pickwick—. No he estado aquí nunca.

 

—¡Ah! ya veo —exclamó el gran maestro, manifestando gran contento—; sí, sí... bueno, bueno... mejor que mejor. Usted es el señor de quien hemos oído hablar. Sí; le conocemos a usted, Mr. Pickwick, le conocemos.

 

«Las noticias del proceso, en esos malditos periódicos», pensó Mr. Pickwick. «Ya se han enterado de todo».

 

—Usted es el señor que reside en Clapham Green —continuó Bantam—, que se quedó baldado por haber cometido la imprudencia de coger frío después de beber vino de Oporto; que no podía moverse por los dolores agudos que sufría, y al que se llevó el agua del Baño del Rey embotellada a ciento tres grados. Se le mandaba en un carro hasta su dormitorio de la ciudad, donde se bañó, estornudó y se puso bueno en un solo día. ¡Muy notable!

 

Agradeció Mr. Pickwick la fineza que implicaba aquella suposición, mas tuvo la abnegación de rechazarla, y aprovechándose de una pausa del maestro de ceremonias, pidió licencia para presentar a sus amigos Mr. Tupman, Mr. Winkle y Mr. Snodgrass, presentación que honró grandemente al maestro de ceremonias y le colmó de placer.

 

—Bantam —dijo Mr. Dowler—: Mr. Pickwick y sus amigos son forasteros. Tienen que inscribir sus nombres. ¿Dónde está el libro?

 

—El registro de los visitantes distinguidos de Bath estará en la sala de baños mañana a las dos —replicó el maestro de ceremonias—. ¿Quiere usted acompañar a nuestros amigos al espléndido edificio y proporcionarme el honor de registrar sus autógrafos?

 

—Así lo haré —respondió Dowler—. Es una visita larga. Ya es hora de marcharse. Volveré dentro de una hora. Vamos.

 

—Esta noche hay baile —dijo el maestro de ceremonias, tomando de nuevo la mano de Mr. Pickwick al levantarse—. Las noches de baile, en Bath, son horas arrancadas del Paraíso; se hacen encantadoras por la música, la belleza, la elegancia,

 

 

 

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la distinción, la etiqueta y... y... sobre todo, por la ausencia de mercachifles, que son completamente incompatibles con el Paraíso y que se amalgaman todos en Guildhall cada quince días, lo que es verdaderamente notable. ¡Adiós, adiós!

 

Y asegurando, mientras bajaba las escaleras, hallarse satisfecho, encantado y halagadísimo, Angelo Cyrus Bantam, esquire, maestro de ceremonias, subió a un elegante carruaje que le esperaba a la puerta y se alejó.

 

A la hora señalada, Mr. Pickwick y sus amigos, escoltados por Dowler, encamináronse a la sala de reunión e inscribieron sus nombres en el libro. Fue un ejemplo de amabilísima deferencia que confundió y llenó de gratitud a Angelo Bantam. Las papeletas de admisión para la fiesta de la noche debían ser extendidas para todos, y como aún no estaban preparadas, decidió Mr. Pickwick, a despecho de todas las protestas de Angelo Bantam, enviar a Sam a recogerlas, a las cuatro de la tarde, a casa del maestro de ceremonias, que se hallaba en la plaza de la Reina. Luego de dar un corto paseo por la ciudad y de llegar a la conclusión unánime de que Park Street se parecía mucho a esas calles empinadísimas que en sueños suelen verse y por las cuales se hace imposible subir, volvieron a El Ciervo Blanco y despacharon a Sam con la comisión a que su amo se había comprometido.

 

Calóse el sombrero Sam Weller con gracioso desgaire y, metiendo sus manos en los bolsillos de su chaleco, encaminóse decidido a la plaza de la Reina, silbando, en tanto que caminaba, los aires populares en boga, arreglados según nuevas modulaciones para el noble instrumento bucal o tubular. Al llegar frente al número de la plaza de la Reina que se le había indicado, cesó de silbar y dio un golpe discreto en la puerta, al que acudió instantáneamente un lacayo, de cabeza empolvada y gran librea, que tenía una estatura bastante aventajada.

 

—¿Vive aquí Mr. Bantam, buen viejo? —preguntó Sam WeIler, nada intimidado por la llamarada esplendorosa que se ofreció a su vista en la persona del lacayo empolvado de gran librea.

 

—Por qué, joven? —preguntó con altanería el lacayo de cabeza empolvada.

 

—Porque, si es así, tiene usted que entrar esta tarjeta y decir que espera Mr.

 

Weller —dijo Sam.

 

Y diciendo esto, se coló en el portal con gran desembarazo y se sentó.

 

El lacayo de empolvada cabeza dio un fuerte portazo y frunció altivamente el ceño, portazo y fruncimiento que pasaron inadvertidos para Sam, que contemplaba atentamente, con señales inequívocas de crítico satisfecho, un inmenso paraguas de caoba.

 

La acogida que mereciera la tarjeta por parte del amo debió predisponer en favor de Sam al lacayo de empolvada cabeza, porque al volver, después de entregarla, sonrióle amistosamente y le dijo que se le daría en seguida la contestación.

 

—Muy bien —dijo Sam—. Diga al viejo que no vaya a sudar por apresurarse.

 

 

 

 

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Que no se dé prisa, seis pies. Yo he comido ya.

 

—Temprano come usted, sir —dijo el lacayo de empolvada cabeza.

 

—Así llego mejor a la cena —replicó Sam.

 

—¿Hace tiempo que está usted en Bath, sir? —preguntó el empolvado lacayo—.

 

No he tenido el gusto de verle nunca.

 

—Aún no he causado aquí gran sensación —repuso Sam—, porque yo y los otros elegantes hemos llegado anoche.

 

—Hermosa ciudad, sir —dijo el empolvado lacayo.

 

—Así parece —observó Sam.

 

—Agradable sociedad, sir —observó el empolvado lacayo—. Hay criadas muy agradables, sir.

 

—Ya lo suponía yo —replicó Sam—. Gentes afables, llanas, de esas que no se ocupan de nadie.

 

—¡Oh!, así es, sir —dijo el empolvado lacayo, tomando como una fineza la observación de Sam—; así es. ¿No lo gasta usted, sir? —preguntó el alto lacayo, sacando una tabaquera que tenía una cabeza de zorra en una esquina.

 

—Sin estornudar, no —replicó Sam.

 

—Caramba, pues así es difícil, sir, lo confieso —dijo el lacayo.

 

—Esto hay que hacerlo poco a poco, sir. El café es lo mejor. Yo he usado el café mucho tiempo. Se parece mucho al rapé, sir.

 

Un fuerte campanillazo impuso al empolvado lacayo la ignominiosa obligación de meterse en el bolsillo la tabaquera y echar a correr con humilde semblante al «estudio» de Mr. Bantam. ¡Que, por cierto, no ha habido hombre de los que jamás leen ni escriben que no tenga algún pequeño aposento retirado al que llama estudio!

 

—Aquí está la contestación, sir —dijo el empolvado lacayo—. Temo que la encuentre usted demasiado voluminosa.

 

—No se preocupe —dijo Sam, tomando una carta encerrada en pequeñísimo sobre—. De esa manera, el ser más débil puede cargar con ella.

—Espero que volveremos a vernos, sir —dijo el empolvado lacayo, frotándose las manos y acompañando a Sam hasta la puerta.

 

—Es usted muy amable, sir —replicó Sam—. Ahora, no se imponga usted muchas fatigas; sería una lástima en una persona tan amable. Considere usted que se debe a la sociedad, y no debe permitir que le agobie un trabajo excesivo. Por sus amigos, consérvese usted lo mejor que pueda; piense en la pérdida que para ellos sería.

 

Y con estas frases patéticas se alejó Sam Weller.

 

—Es un joven muy original —dijo el empolvado lacayo, viendo alejarse a Mr. Weller y haciendo un gesto que parecía significar que no se trataba de un hombre que se dejara mangonear.

 

 

 

 

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Sam no dijo absolutamente nada. Guiñó un ojo, movió la cabeza, sonrió, volvió a guiñar y, adoptando la actitud de aquel que está dispuesto a echarlo todo a broma, emprendió alegremente su camino.

 

Veinte minutos antes de las ocho de la noche, Angelo Cyrus Bantam, esquire, el maestro de ceremonias, apeábase de su carruaje a la puerta del casino con la misma peluca, los mismos dientes, el mismo monóculo, el mismo reloj con los guardapelos, las mismas sortijas, el mismo alfiler y el mismo bastón. La única diferencia apreciable en su indumento y tocado podría ser que llevaba una casaca de azul más vivo, camisola de seda blanca, negros pantalones ajustados, medias negras, escarpines del mismo color; que ostentaba un magnífico chaleco blanco y que difundía, si cabe, un perfume más penetrante.

 

Ataviado de esta guisa, el maestro de ceremonias, cumpliendo rigurosamente los deberes de su importante cargo, situóse a la entrada de los salones para recibir a la concurrencia.

 

Como Bath rebosaba de gente, la concurrencia y las monedas de seis peniques del té entraban a raudales. En la sala de baile, en el gran salón de juego, en la sala octogonal de juego y en las escaleras y galerías se oía un murmullo constante de voces y el ruido de muchas pisadas. Rozaban las sedas, ondeaban las plumas, fulgían las luces y resplandecían las joyas. Percibíase una música, no la del rigodón, porque éste aún no había empezado, pero sí la música de unos pasitos suaves y delicados, entreverados de risas claras y alegres, dulce y queda, pero agradabilísima de oír cuando la produce la voz de una mujer, lo mismo en Bath que en otra parte cualquiera. Por todas partes brillaban miradas reveladoras de placentera expectación y veíase por doquier deslizarse entre la muchedumbre formas exquisitas y graciosas que, no bien se perdían, eran reemplazadas por otras igualmente lindas y hechiceras.

 

En la sala del té y merodeando alrededor de las mesas de juego veíase una nutrida pléyade de viejas y raras señoras y de decrépitos caballeros, que discutían los pequeños escándalos del día con una fruición y un gusto que denunciaban a las claras la intensidad del gozo que sacaban de semejante ocupación. Mezclábanse entre estos grupos tres o cuatro mamás casamenteras que, simulando hallarse absorbidas en la conversación, no dejaban de lanzar, de tiempo en tiempo, ávidas ojeadas de soslayo sobre sus hijas, quienes, recordando la orden maternal de sacar de su juventud todo el partido posible, ya habían comenzado esos primeros flirteos que consisten en extraviar sus chales, ponerse los guantes, dejar las tazas sobre la mesa, y así sucesivamente; nonadas aparentes que rinden, no obstante, efectos maravillosos cuando son guiadas por manos expertas y adiestradas.

 

Hacia las puertas y en los rincones extremos de la sala pululaban nutridas falanges de pollos insustanciales, que desplegaban una variada gama de dandismo y estolidez. Con su aire atolondrado y presuntuoso, eran objeto de la burlona

 

 

 

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contemplación de los discretos y se creían el blanco de la general admiración, ilusión pueril que liberalmente se tolera por las gentes serias.

 

Y, por último, sentadas en los bancos de atrás, en los cuales habían tomado sus posiciones para la velada, había diversas solteronas que, habiendo ya perdido su oportunidad, no bailaban por no tener pareja y no tomaban parte en los juegos de cartas por miedo a que se les considerase como solteras irredimibles. En esta situación, se permitían criticar a todo el mundo, sin pararse a reflexionar en ellas mismas. Y podían criticar a todo el mundo, porque todo el mundo estaba allí. Era una escena en que se mezclaban la alegría, el brillo y la ostentación; una escena de ricos vestidos, hermosos espejos, guirnaldas y bujías; y por todas partes, corriendo de un lado a otro, con muda suavidad, distribuyendo obsequiosas reverencias, saludando familiarmente a aquél y sonriendo complacido a todos, veíase la atildada y elegante persona de Angelo Cyrus Bantam, esquire, el maestro de ceremonias.

 

—Deténgase en la sala del té. Dé usted los seis peniques. Le darán a usted agua caliente, que es a lo que aquí llaman té. Bébalo —dijo Mr. Dowler en voz alta, dirigiéndose a Mr. Pickwick, que avanzaba, al frente de sus amigos, llevando del brazo a la señora Dowler.

 

Dio una vuelta Mr. Pickwick por la sala del té y, no bien le echó la vista encima, Mr. Bantam se abrió camino entre la multitud y le recibió extasiado de placer.

 

—Mi querido señor, me siento honradísimo. Es una honra para Bath. Señora Dowler, usted embellece los salones. Felicito a usted por sus plumas. ¡Notable!

 

—¿Hay alguien aquí? —inquirió Dowler con acento suspicaz.

 

—¡Alguien! La elite de Bath, Mr. Pickwick. ¿Ve usted aquella señora con turbante de gasas?

 

—¿La vieja gorda? —preguntó Mr. Pickwick inocentemente.

 

—¡Chist!, mi querido señor... en Bath nadie es gordo ni viejo. Ésa es la ilustre señora Snuphanuph.

 

—¿Es ella? —dijo Mr. Pickwick.

 

—Nada menos que ella, se lo aseguro a usted —dijo el maestro de ceremonias—. ¡Chist! Acérquese un poco más, Mr. Pickwick. ¿Ve usted aquel joven elegantísimo que viene hacia acá?

 

—¿Ese de cabellos largos y de frente pequeñísima? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—El mismo: el joven más rico de Bath en la actualidad. El joven lord Mutanhed.

 

—¿Es posible? —dijo Mr. Pickwick.

 

—Sí; oirá usted su voz inmediatamente, Mr. Pickwick. Viene a hablarme. El que le acompaña, de chaleco rojo y bigote negro, es el honorable Mr. Crushton, su íntimo amigo. ¿Qué tal, milord?

 

—Mucho calor, Bantam —dijo su señoría.

 

—Sí, hace mucho calor, milord —contestó el maestro de ceremonias.

 

 

 

 

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—Sofocante —asintió el honorable Mr. Crushton.

 

—¿Ha visto usted, Bantam, el coche correo de su señoría? —preguntó el honorable Mr. Crushton, después de una breve pausa, durante la cual el joven lord Mutanhed había intentado fascinar con su mirada a Mr. Pickwick y reflexionado Mr. Crushton acerca del tema que más podría agradar a su señoría.

 

—No, por cierto —replicó el maestro de ceremonias—. ¡Un coche correo! ¡Qué idea tan excelente! ¡Notable!

 

—¡Oh, cielos! —dijo su señoría—. Yo creí que todo el mundo había visto el nuevo coche correo. Es la cosa más linda y graciosa que ha rodado jamás. Pintado de rojo, con los guardabarros de color café con leche.

 

—Con un buzón para las cartas y todo —dijo el honorable Mr. Crushton.

 

—Y un pequeño asiento en la delantera, con una barandilla de hierro, para el conductor —añadió su señoría—. Fui en él la otra mañana a Bristol. Llevaba yo gabán rojo y venían dos criados a caballo guardando una distancia de un cuarto de milla. Y pueden creerme que la gente salía de sus casas e intentaban parar los caballos creyendo que era el correo. ¡Magnífico, magnífico!

 

Rió su señoría con todas sus ganas la anécdota, como hicieron, por supuesto, los que la escucharon. Dando luego su brazo al obsequioso Mr. Crushton, alejóse lord Mutanhed.

 

—Es un joven encantador su señoría —dijo el maestro de ceremonias.

 

—Ciertamente —asintió secamente Mr. Pickwick.

 

Comenzado el baile, efectuadas las necesarias presentaciones y dispuestos todos los arreglos preliminares, unióse Angelo Bantam a Mr. Pickwick y le condujo al salón de juego. No bien entraron en el salón, vieron a la ilustre señora Snuphanuph y a otras dos damas igualmente ancianas y con aspecto de jugadoras que rondaban en torno de una mesa desocupada; y al ver a Mr. Pickwick en compañía de Angelo Bantam, cambiaron mutuas miradas de inteligencia conviniendo en que aquél era precisamente la persona que necesitaban para hacer la partida.

 

—Mi querido Bantam —dijo la ilustre señora Snuphanuph con acento zalamero —, búsquenos algún buen compañero para la mesa, usted que es tan complaciente.

 

Como acertase Mr. Pickwick a mirar hacia otro lado en aquel momento, la ilustre señora le señaló con la cabeza y frunció el ceño de modo significativo.

—Mi amigo Mr. Pickwick, señora, se honraría muchísimo, estoy seguro, completamente seguro —dijo el maestro de ceremonias, recogiendo la seña—. Mr. Pickwick, la señora Snuphanuph... la señora del coronel Wugsby.. Miss Bolo.

 

Saludó Mr. Pickwick a cada una de las señoras, y viendo imposible la escapatoria, se rindió a la fatalidad. Pusiéronse a jugar Mr. Pickwick y Miss Bolo contra la señora Snuphanuph y la coronela Wugsby.

 

Al llegar a la segunda mano, y en el momento en que se volvía la muestra,

 

 

 

 

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entraron apresuradamente en la sala dos señoritas, que se situaron una a cada lado de la coronela Wugsby, donde aguardaban con paciencia que acabara aquel juego.

 

—Juana —dijo la coronela Wugsby, volviéndose hacia las muchachas—, ¿qué hay?

 

—He venido a preguntarte, mamá, si puedo bailar con Mr. Crawley —murmuró la más linda y joven de las dos.

 

—Vamos, vamos, Juana, ¿pero cómo se te ocurren esas cosas? —replicó indignada la mamá—. ¿No has oído decir cien veces que su padre tiene una renta vitalicia de ochocientas libras? No me avergüences. De ninguna manera.

 

—Mamá —murmuró la otra, que era mucho más vieja que su hermana, además de insípida y retocada—. Lord Mutanhed me ha sido presentado. Yo he dicho que me parecía que no estaba comprometida, mamá.

 

—Tú eres un encanto, amor mío —replicó la coronela Wugsby, acariciando con el abanico las mejillas de su hija—, y en ti se puede confiar. Es inmensamente rico, querida. ¡Dios te bendiga!

 

Diciendo esto, la coronela Wugsby besó con ternura a su hija mayor y, dirigiendo a la otra una mirada de reconvención, distribuyó las cartas.

 

¡Pobre Mr. Pickwick! En su vida había jugado con tres mujeres tan ladinas ni avisadas en el manejo de los naipes. Eran tan vivas y agudas, que el pobre hombre estaba asustado. Si jugaba una carta inconveniente, Miss Bolo tomaba el aspecto de una panoplia guarnecida de dagas. Si se detenía a meditar en la que echar debía, la señora Snuphanuph echábase hacia atrás en la silla y sonreía a la coronela con una mezcla de impaciencia y compasión, a la cual correspondía la coronela Wugsby encogiéndose de hombros y carraspeando, como si se preguntara que hasta cuándo iba a estar pensándolo. Luego, al acabar cada pase, preguntaba Miss Bolo, con lúgubre semblante y lanzando un suspiro de reproche, por qué Mr. Pickwick no había contestado con el diamante, o rendido el basto, o atacado con la espada, o matado el corazón, o atravesado el rey, o machacado el honor; y, en respuesta a tan graves cargos, Mr. Pickwick se hallaba en la imposibilidad de justificarse por haber olvidado de pronto todo lo relativo al juego; además, la gente se agrupaba alrededor de la mesa, con lo que se excitaban los nervios de Mr. Pickwick. La conversación que reinaba en torno y la que mantenían Angelo Bantam y las dos Miss Matinters que, siendo solteras y bastante raras, halagaban al maestro de ceremonias, en la esperanza de que les proporcionara alguna pareja que anduviera suelta, contribuían a distraerle. Todas estas cosas, combinadas con los ruidos y las interrupciones de las idas y venidas constantes, hacían que Mr. Pickwick jugara de un modo desastroso; por si algo faltaba, las cartas se le daban pésimamente, y cuando, diez minutos después de las doce, dieron por terminada la partida, levantóse de la mesa Miss Bolo agitadísima y se marchó a su casa inmediatamente, anegada en lágrimas, en una silla de mano.

 

 

 

 

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Acompañado de sus amigos, todos y cada uno de los cuales aseguraban haber pasado la noche más deliciosa de su vida, dirigióse Mr. Pickwick a El Ciervo Blanco y, luego de calmar su excitación con algo caliente, se metió en la cama y se durmió instantáneamente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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36.    Cuyos rasgos característicos los constituyen una versión auténtica de la leyenda del príncipe Bladud y una

 

extraordinaria calamidad sobrevenida a Mr. Winkle

 

 

Siendo el designio de Mr. Pickwick permanecer en Bath dos meses por lo menos, juzgó conveniente tomar una casa para sí y para sus amigos, y como se le ofreciese una en condiciones ventajosas en Royal Crescent, de amplitud sobrada, Mr. Dowler y su esposa se prestaron a ayudarle, reservándose un dormitorio y un gabinete. Aceptada al punto la proposición, a los tres días todos se hallaban instalados en la nueva vivienda, comenzando acto seguido Mr. Pickwick a tomar las aguas con la mayor asiduidad. Las tomaba de un modo sistemático: bebía un cuarto de pinta antes del almuerzo, y se daba un paseo cuesta arriba; tomaba otro tanto después del almuerzo, y se daba un paseo cuesta abajo; y a cada nueva toma declaraba Mr. Pickwick, en forma enfática y solemne, que se encontraba mucho mejor, lo cual producía a sus amigos intensa alegría, si bien ignoraban cuál fuera la dolencia que aquejara a su maestro.

 

La sala de aguas era un espacioso recinto, exornado de pilares corintios, con un estrado para la música, un reloj Tompion, una estatua de Nash y una inscripción en letras de oro, a la que todos deben prestar atención por constituir una apelación a la caridad. Hay un gran bar con una pila de mármol, de la que el encargado toma el agua, sirviéndola en vasos de tinte amarillento, y resulta verdaderamente grato y edificante observar la constancia y la seriedad con que tragan el agua los concurrentes. Hay también una sala de baños, en la que se bañan parte de los agüistas, y una banda de música toca después, para amenizar la salida del baño. Hay otra sala de bebida, a la cual son conducidos los señores y señoras impedidos, sobre ruedas, en tan sorprendente variedad de sillas y carritos, que aquel atrevido que se decidiera a entrar y que tuviera cabales sus remos corría inminente riesgo de salir sin ellos. Existe un tercer departamento, al que concurren las gentes tranquilas, por ser menos ruidoso que los otros. Obsérvase un continuo pasear con muletas o sin ellas, con bastón o sin él, y un gran rumor de conversaciones jocosas y alegres.

 

Todas las mañanas, los agüistas puntuales, entre los cuales se contaba Mr. Pickwick, encontrábanse en la sala de bebida, tomaban su cuarto de pinta y daban su paseo obligado. En el paseo de la tarde, lord Mutanhed, el honorable Mr. Crushton, la ilustre señora Snuphanuph, la coronela Wugsby, todas las personas de calidad y todos los agüistas de la mañana reuníanse en gran asamblea. Luego paseaban a pie o en coche o eran conducidos en sillas de mano, volviendo a encontrarse. Después, dirigíanse los caballeros a las salas de lectura, donde encontraban elementos fraccionarios de la masa. Luego retirábanse a sus casas. En las noches de teatro no era extraño que se encontraran en el teatro; si era noche de reunión, veíanse en el casino,

 

 

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y si no había ni lo uno ni lo otro, no se encontraban hasta el día siguiente. Agradable rutina, que tiene cierto dejo de monotonía.

 

Después de emplear el día en esta forma, estaba Mr. Pickwick sentado en su habitación, haciendo anotaciones en su diario, después de haberse retirado a descansar sus amigos, cuando fue interrumpido en su tarea por un golpe suave dado a la puerta.

 

—Dispense, sir —dijo la señora Craddock, la patrona, asomándose—. ¿Necesita usted algo, sir?

 

—Nada, señora —respondió Mr. Pickwick.

 

—Mi hija se ha ido a la cama, sir —dijo la señora Craddock—; Mr. Dowler es tan bueno, que ha dicho que esperará a la señora Dowler, que vendrá tarde; de modo que yo pensaba, Mr. Pickwick, que si usted no necesita nada podía irme a acostar.

 

—Desde luego, señora —replicó Mr. Pickwick.

 

—Pues muy buenas noches, sir —dijo la señora Craddock. —Muy buenas noches, señora.

 

Cerró la puerta la señora Craddock y prosiguió su trabajo Mr. Pickwick.

 

A la media hora ya había concluido sus anotaciones. Apretó Mr. Pickwick cuidadosamente la última página contra el secante, cerró el libro, limpió su pluma con el extremo inferior de la parte posterior del faldón de su casaca y abrió el cajón del tintero para guardarlo escrupulosamente. En el cajón del tintero veíanse dos hojas de apretada y primorosa escritura, dobladas en forma tal, que se hacía bien visible el título, escrito en magnífica redondilla. Comprendiendo que no se trataba de un documento privado, que debía referirse a Bath y que era muy corto, desplegó las hojas Mr. Pickwick, encendió la bujía, que podía durar muy bien hasta el fin de la lectura, y, acercando su silla a la chimenea, leyó lo que sigue:

 

LEYENDA AUTÉNTICA DEL PRÍNCIPE BLADUD

 

»Hará cosa de doscientos años que en uno de los baños públicos de esta ciudad apareció una inscripción que honraba la memoria de su poderoso fundador, el renombrado príncipe Bladud. Esa inscripción se ha borrado ya.

 

»Muchas centurias antes de ese tiempo corría de boca en boca, de generación en generación, una vieja leyenda, según la cual el ilustre príncipe, viéndose atacado por la lepra a su regreso de Atenas, adonde se dirigiera con propósito de adquirir una abundante cosecha de conocimientos, apartóse de la corte de su real padre y se fue a vivir en una humilde sociedad de pastores y de cerdos. Entre los que constituían la piara (dice la leyenda), había un puerco de faz solemne y grave, hacia el cual se sintió inclinado el príncipe (que también era discreto y prudente); un puerco muy dado a la meditación y de irreprochable conducta; era un animal superior a sus compañeros, cuyo gruñido era temible y cuya mordedura era espantosa. El joven príncipe suspiraba hondamente al observar el rostro del majestuoso cerdo; pensaba en su real

 

 

 

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padre, y sus ojos se inundaban de lágrimas.

 

»El sagaz paquidermo gustaba de bañarse en el cieno rico y aguanoso; mas no en el verano, como hacen los cerdos vulgares de la actualidad, para refrescarse, y como se hacía en aquellas remotas edades (lo que constituye una prueba de que la luz de la civilización alboreaba ya, aunque débilmente), sino en los días crudos del invierno. Su piel era tan reluciente y tan limpio estaba su semblante, que resolvió el príncipe ensayar las cualidades depurativas del agua de que su amigo se servía. Llevó a cabo el intento. Por debajo del nuevo fango hizo pasar las venas calientes de Bath. Se bañó, y resultó curado. Volvió apresuradamente a la corte de su padre para ofrecerle sus respetos y, regresando a poco, fundó esta ciudad y sus famosos baños.

 

»Buscó al cerdo con todo el afán de una amistad antigua, pero, ¡ay!, que las aguas habíanle acarreado la muerte. ¡Había cometido la imprudencia de tomar un baño a una temperatura excesiva, y el filósofo había fenecido! La misma suerte hubo de correr su sucesor Plinio, quien, como es sabido, fue víctima de su sed de conocimientos.

 

ȃsta era la leyenda. Oid ahora la verdadera historia.

 

»Hace muchos siglos floreció brillantemente el famoso y renombrado Lud Hudibras, rey de Britania. Fue un monarca poderoso. Temblaba la tierra cuando él andaba, de gordo que era. Sus súbditos se soleaban con el resplandor de su fisonomía: tan roja y luminosa se ofrecía. Era rey pulgada por pulgada. Y bien de pulgadas tenía, pues, aunque no era alto, poseía un respetable contorno, y las pulgadas que faltábanle de altura eran compensadas por el desarrollo de su circunferencia. Si algún monarca degenerado de los tiempos modernos pudiera en alguna manera parangonarse con él, yo diría que era el venerable rey Cole, el ilustre potentado.

 

»Este buen rey tuvo una reina que ocho años antes le diera un hijo, al que llamó Bladud. Fue enviado a un seminario preparatorio que había en los dominios de su padre, hasta que, diez años más tarde, fue consignado, bajo la custodia de un ayo fiel, a una escuela de ampliación de Atenas. Y como nada había que añadir al precio de la estancia por quedarse allí durante las vacaciones, ni había que dar aviso anticipado para la salida de un alumno, allí permaneció por espacio de ocho años, al cabo de los cuales el rey, su padre, mandó al lord chambelán para pagar la cuenta y traer al hijo. El lord chambelán fue recibido con aclamaciones, luego de cumplida esta misión difícil, y se le otorgó inmediatamente una pensión vitalicia.

 

»Cuando el rey Lud vio a su hijo el príncipe y advirtió lo buen mozo que era, percatóse al punto de lo conveniente que sería casarle sin demora, para que sus hijos perpetuasen la raza gloriosa de Lud por los siglos de los siglos. Con este designio, envió una embajada especial, compuesta de gran número de nobles que, no teniendo gran cosa que hacer, aceptaban con gusto aquel empleo lucrativo, a un rey vecino, y pidió en matrimonio para su hijo a la hermosa hija de aquél; pero advirtiendo al

 

 

 

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mismo tiempo el rey que anhelaba guardar las mejores relaciones con su hermano y amigo; pero que si no se arreglaba aquel matrimonio habría de verse en la triste necesidad de invadir sus dominios y sacar los ojos del soberano. A esto, el otro rey (que era el más débil de los dos) replicó que agradecía profundamente a su amigo y hermano aquella bondad magnánima y que su hija se hallaba dispuesta al matrimonio, cuando quiera que el príncipe Bladud gustase de ir a buscarla.

 

»No bien llegó a Britania esta respuesta, ardió la nación en júbilo y contento. Oíase por todas partes ruido de fiestas, así como el caer de las monedas con que el pueblo nutría las cajas del tesoro real para sufragar los gastos de la venturosa ceremonia. Fue en esta ocasión en la que el rey Lud, sentado en lo alto de su trono, hallándose rodeado de su Consejo pleno, levantóse, movido de la emoción que le embargaba, y ordenó al lord justicia que se sacaran los más ricos vinos y que compareciera la corte de ministriles, acto de magnánima deferencia que la ignorancia de los historiadores atribuyó al rey Cole en aquellos celebrados versos en los que Su Majestad se representa

 

pidiendo su pipa y su copa

 

y llamando a sus violinistas,

 

lo cual constituye una injusticia notoria para el rey Lud, así como una exaltación injustificada de las virtudes del rey Cole.

 

»Pero, en medio de la fiesta y el regocijo, alguien había que no gustaba los vinos chispeantes que a raudales corrían y que no bailaba cuando tañían los ministriles. Este alguien no era otro que el príncipe Bladud, por cuya dicha se congregaba el pueblo en aquel momento y abría sus gargantas al mismo tiempo que sus bolsas. Y era el hecho que, olvidando el príncipe el derecho que asistía al ministro de Negocios Extranjeros de enamorarse por él, contraviniendo todos los precedentes de la diplomacia y la política, habíase enamorado sin contar con nadie y comprometídose con la hermosa hija de un noble ateniense.

 

»He aquí un ejemplo elocuente de una de las innumerables ventajas que reportan la civilización y el refinamiento. De haber vivido el príncipe en otra edad más avanzada, podría haberse casado sin vacilar con la elegida de su padre y emprendido en seguida la tarea de desembarazarse de la carga que sobre él pesaba. Podría haberse empleado en destrozar el corazón de su esposa por una larga serie de ultrajes y desdenes; y, en el caso de que el instinto del sexo y el orgullo herido, al cabo de tantas ofensas, hubiérala impulsado a sublevarse contra los malos tratos recibidos, podría él haberle quitado la vida, librándose de ella con poco trabajo. Mas ninguno de estos medios vino a la mente del príncipe Bladud. Así, pues, solicitó una audiencia privada y decidió hablar a su padre.

 

»Mas la soberanía es una antigua prerrogativa real que no alcanza a las pasiones de los monarcas. Invadió al rey una espantosa rabia; arrojó al techo la corona y la

 

 

 

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recogió de nuevo —porque los reyes en aquel entonces tenían las coronas en sus cabezas y no en la Torre; pateó el suelo; golpeóse la frente; se preguntó cómo era posible que así se rebelara contra él quien era carne de su carne y sangre de su sangre, y llamando por último a sus guardias mandó que al punto se encerrara al príncipe en un destartalado torreón, procedimiento empleado de antiguo por los reyes con sus hijos cuando sus inclinaciones matrimoniales no acertaban a coincidir con las que convenía a sus reales progenitores.

 

»Cuando el príncipe Bladud llevaba ya un año encerrado en el inhospitalario torreón, sin otra perspectiva ante sus ojos que un muro de piedra ni otra esperanza en su alma que una prolongada reclusión, empezó, como es natural, a rumiar un plan de evasión que, luego de madurado por espacio de algunos meses, llegó a realizarse en consecuencia, dejando en el corazón de su carcelero el cuchillo que usaba para sus comidas, temiendo que el pobre hombre (que era su padre de familia) fuera culpado de complicidad en su fuga y castigado por ello al caer en la ira del rey furibundo.

 

»El monarca se puso frenético ante la pérdida de su hijo. No sabía en quién desfogar su dolor y su rabia, hasta que, acordándose del lord chambelán que había traído a su hijo, le quitó a un tiempo la pensión y la cabeza.

 

»Entre tanto, el joven príncipe vagaba disfrazado por los dominios de su padre, confortado y alentado en todas sus penalidades por el dulce recuerdo de la doncella ateniense que era causa inocente de sus largas desventuras. Detúvose cierto día a descansar en una aldea, y viendo por todas partes danzar alegremente sobre los prados y las caras risueñas que iban de un lado a otro, se aventuró a preguntar a uno que cerca de él estaba la causa de aquel regocijo.

 

»—¿Pero no sabe usted, extranjero —se le respondió—, la reciente proclamación de nuestro gracioso rey?

 

»—¡Cómo proclamación! ¿Qué proclamación? —repuso el príncipe, que, habiendo viajado por extraviados caminos, nada sabía de los asuntos públicos.

»—Pues muy sencillo —replicó el aldeano—: que la extranjera con quien nuestro príncipe quería casarse se ha casado con un noble de su país, y el rey hace público el hecho y ordena que se celebren fiestas públicas, porque ahora, por supuesto, el príncipe Bladud volverá y se casará con la elegida de su padre, que, según dicen, es tan hermosa como el sol de mediodía. Que usted lo pase bien, sir. ¡Dios guarde al rey!

 

»No quiso el príncipe oír más. Huyó de aquel lugar y se internó en lo más espeso y retirado de la vecina selva. Vagó día y noche bajo el sol ardiente y a la luz de la pálida luna; sufrió el calor seco del mediodía y el húmedo relente de la noche; vio el fulgor lívido del amanecer y el rojizo destello mortecino del crepúsculo de la tarde. Tan indiferente se hallaba respecto del paso del tiempo y de cuantas cosas veía que, siendo su intención dirigirse a Atenas, dio en el lugar que hoy ocupa Bath.

 

»La ciudad de Bath no existía entonces. No había vestigio de humana vivienda ni

 

 

 

 

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la menor manifestación que pudiera decirse de la vida del hombre; pero era la misma noble campiña, la misma llanura que circunda el monte, el mismo canal bellísimo que serpea furtivo, la misma cadena de lejanas montañas, que, como los sinsabores de la vida, contempladas a distancia y veladas por la neblina matinal, pierden su cruda aspereza y se ofrecen blandas y suaves. Conmovido por la delicada belleza del paisaje, sentóse el príncipe sobre la hierba y bañó sus hinchados pies en sus lágrimas.

 

»—¡Oh —dijo el infeliz príncipe, enclavijando sus manos y levantando al cielo sus ojos llenos de tristeza—, que no acabe aquí mi triste peregrinación! ¿Por qué estas lágrimas bienhechoras con que lloro mi perdida esperanza y mi amor desdeñado no han de fluir tranquilas eternamente?

 

»El deseo fue atendido. Era un tiempo en que se hallaban los bosques poblados de hadas, que acostumbraban acudir a las palabras de invocación de los mortales con una prontitud un tanto inconveniente en ciertos casos. Abrióse el suelo bajo los pies del príncipe, hundióse éste en el abismo, cerróse sobre su cabeza, y sólo quedaron sus lágrimas brotando de la tierra, que desde entonces siguen manando de modo perenne.

 

»Debe añadirse que desde aquel día son muchos los señores y las damas que, desengañados en sus anhelos de matrimonio, así como muchos jóvenes que ansían contraerlo cuanto antes, acuden a Bath todos los años para beber las aguas que les confortan y vigorizan. Nada mejor puede decirse para enalterer la virtud de las lágrimas del príncipe Bladud ni para corroborar la veracidad de esta leyenda.

 

Varias veces había bostezado Mr. Pickwick antes de llegar al fin del breve manuscrito. Plególo cuidadosamente y lo depositó de nuevo en el cajón del tintero. Luego, con semblante fatigado, encendió la bujía del dormitorio y subió la escalera.

 

Detúvose un momento en la puerta de Mr. Dowler, según era su costumbre, y llamó para darle las buenas noches.

 

—¡Ah! —dijo Dowler—. ¿Se va usted a la cama? Ojalá pudiera yo hacer lo mismo. Mala noche. Hace mucho viento, ¿verdad?

 

—Mucho —dijo Mr. Pickwick—. Buenas noches.

 

—Buenas noches.

 

Siguió Mr. Pickwick hacia su dormitorio y volvió a sentarse Mr. Dowler delante del fuego, cumpliendo su promesa, harto ligeramente empeñada, de esperar el retorno de su esposa.

 

Pocas cosas hay más molestas que esperar a alguien, sobre todo si ese alguien está en alguna fiesta. No puede dejarse de pensar lo rápidamente que pasará para la persona esperada el tiempo que tan lento transcurre para nosotros. Y cuanto más se piensa en esto, más se aleja la esperanza de que llegue pronto. El tictac del reloj se acentúa considerablemente cuando se espera en la soledad, y parece notarse el efecto de tener envuelto el cuerpo en una tela de araña. Primero se siente un ligero picor en la rodilla derecha, sensación que se traslada a poco a la rodilla izquierda; si

 

 

 

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cambiamos de posición, experimentamos la misma impresión en los brazos, y luego de intentar un sinnúmero de posturas, se inicia el picor en la nariz, que empezamos a frotarnos como si fuéramos a arrancárnosla, lo que haríamos si en nuestro poder estuviera. Los ojos se convierten en órganos incómodos, y el pabilo de las bujías crece pulgada y media mientras que nos ocupamos en arreglar la otra. Estas y otras muchas molestias nerviosas hacen una larga espera, y más aún si se piensa que alguien se ha ido a la cama, una cosa que no tiene nada de grata ni de divertida.

 

Tal era la opinión de Mr. Dowler al sentarse junto a la chimenea y experimentar una legítima indignación hacia las gentes inhumanas de la reunión que le obligaban a permanecer levantado. Y no contribuía a mejorar su humor la reflexión de haber creído por la tarde sentir comienzos de jaqueca, que tal fue el pretexto alegado para quedarse en casa. Por fin, después de varias cabezadas y de inclinarse sin querer hacia las barras del hogar y de retroceder a tiempo de evitar que le quedaran marcadas en su fisonomía, fue Mr. Dowler acariciando la idea de tenderse en la cama, con propósito, claro está, de no dormir.

 

—Tengo un sueño muy pesado —dijo Mr. Dowler, echándose en la cama—. Tengo que estar despierto. Creo que desde aquí puedo oír la llamada. Sí. Creo que sí. Oigo al sereno. Ahora pasa. Pero ahora se oye menos. Casi nada. Dobla la esquina. ¡Ah!

 

Al llegar a este punto, Mr. Dowler dobló a su vez la esquina que por largo tiempo le hiciera vacilar, y se quedó profundamente dormido.

 

Al dar las tres, desembocaba en la plazoleta una silla de manos, en cuyo interior iba la señora Dowler, transportada por un hombre rechoncho y bajito y por otro flaco y larguirucho, que se veían y se deseaban para mantenerse derechos, cuanto más para mantener derecha la litera. Pero en aquel sitio, en la plaza, que el viento barría como si fuera a arrancar las piedras del pavimento, era su tarea mucho más difícil. Sintieron gran alivio cuando pudieron dejar en el suelo la litera y dar una buena mano de aldabonazos en la puerta de la casa.

 

Esperaron algún tiempo, pero nadie respondía.

 

—Se conoce que los criados están en brazos de Morfeo —dijo el pequeño conductor, calentándose las manos en la antorcha que llevaba el lacayo.

—Me gustaría darles un zamarreón para despertarles —observó el larguirucho. —Haga usted el favor de llamar otra vez —gritó desde la litera la señora Dowler

 

—. Llame dos o tres veces.

 

Anhelando el rechoncho conductor acabar el servicio lo más pronto posible, plantóse en el último escalón y llamó cinco o seis veces, dando en cada llamada ocho o diez golpes redoblados. Entre tanto, el larguirucho salía al medio del camino y miraba a las ventanas para ver si descubría alguna luz.

 

Nadie acudió. Todo permanecía oscuro y silencioso.

 

 

 

 

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—¡Dios mío! —dijo la señora Dowler—. Tiene usted que hacer el favor de llamar otra vez.

 

—¿No hay campanilla ahí, señora? —dijo el rechoncho.

 

—Sí que la hay—interrumpió el lacayo—; hace mucho tiempo que estoy tocando. —No hay más que el tirador —dijo la señora Dowler—; el alambre está roto. —Me gustaría que fueran las cabezas de los criados —gruñó el larguirucho. —Siento molestarle, pero hay que llamar otra vez —dijo la señora Dowler con

 

amabilidad.

 

Llamó varias veces el conductor rechoncho, sin obtener el menor resultado. Reemplazóle, gruñendo de impaciencia, el larguirucho, y empezó a llamar de una manera continua, dando aldabonazos de modo que parecía un cartero loco.

 

Por fin, Mr. Winkle empezó a soñar que estaba en el Club y que, por manifestarse los miembros sumamente levantiscos, veíase obligado el presidente a imponer orden a fuerza de golpes en la mesa. Soñó luego vagamente en una sala de subastas en la que no había postores y en la que el subastador estaba comprándolo todo, y empezó a pensar, por último, en que tal vez estuviera alguien llamando a la puerta. Para cerciorarse, sin embargo, permaneció en el lecho, sin moverse, algunos minutos, escuchando, y luego de haber contado treinta y tantos golpes quedó satisfecho de la observación y convencido de hallarse bien despierto.

 

—¡Pum, pum, pum..., purrumpún!... —seguía llamando el larguirucho.

 

Saltó del lecho Mr. Winkle, intrigado con lo que pudiera ocurrir, y, calzándose apresuradamente las medias y las pantuflas, envolvióse en su bata, encendió la bujía con el fuego de la chimenea y bajó la escalera.

 

—Al fin parece que viene alguien, señora —dijo el hombre rechoncho.

 

—Me gustaría ir detrás de él con un pincho —murmuró el larguirucho.

 

—¿Quién es? —gritó Mr. Winkle, desechando la cadena.

 

—No se pare a hacer preguntas, cabeza de hierro —respondió el larguirucho, malhumorado, sin dudar de que se trataba de un criado—; abra la puerta ya.

 

—Vamos, centinela avispado, párpados de madera —añadió el otro, apremiándole.

 

No bien despierto aún, Mr. Winkle obedeció maquinalmente la orden, abrió un poco la puerta y asomó la cabeza. Lo primero que vio fue el rojo fulgor de la antorcha del lacayo. Sobresaltado por la idea súbita de que estaba ardiendo la casa, abrió la puerta de par en par y, levantando la bujía, miró alarmado hacia delante, sin saber a ciencia cierta si lo que veía era una litera o una bomba de incendios. Sobrevino en aquel momento una violenta ráfaga de viento; apagóse la luz, sintióse Mr. Winkle irresistiblemente empujado hacia los escalones, y se cerró la puerta con ruidoso portazo.

 

—Buena la has hecho, muchacho —dijo el hombre rechoncho.

 

 

 

 

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Al percibir Mr. Winkle un rostro femenino en la ventanilla de la litera, volvióse rápidamente, aplicóse al llamador con todas sus fuerzas y conminó al conductor para que se llevara la silla inmediatamente.

 

—¡Llévesela, llévesela! —gritaba Winkle—. ¡Me parece que sale alguien de una casa! ¡Déjeme entrar en la litera! ¡Escóndame! ¡Haga usted algo por mí!

A todo esto, el pobre tiritaba de frío, y cada vez que sacaba la mano para llamar, amenazaba el viento arrebatarle su bata con una furia verdaderamente desagradable.

 

—¡Ya baja la gente por Crescent! ¡Vienen señoras! ¡Tápeme con cualquier cosa! ¡Póngase delante de mí! —rugía Mr. Winkle.

 

Pero el conductor, que no podía tenerse de risa, mal podía atenderle, y las señoras se acercaban cada vez más.

 

Mr. Winkle dio un aldabonazo desesperado; las damas venían ya por la casa de al lado. Arrojó la apagada bujía, que mantuviera todo este tiempo levantada sobre su cabeza, y se introdujo bonitamente en la litera de la señora Dowler.

 

La señora Craddock oyó al cabo la trapatiesta de voces y golpazos y, luego de cubrir su cabeza con algo más elegante que la cofia de noche, precipitóse al salón central para cerciorarse de que se trataba de los que regresaban de la fiesta. Levantó la contraventana en el preciso instante en que Mr. Winkle se colaba en la litera, y no bien se hizo cargo de lo que abajo estaba pasando, dejó escapar un agudo y lastimero alarido e imploró de Mr. Dowler que se levantara al instante, porque su esposa estaba a punto de escaparse con otro caballero.

 

Saltó de la cama Mr. Dowler con el ímpetu de una pelota de goma y, dirigiéndose atropelladamente a una de las habitaciones que daban a la calle, llegó a una de las ventanas en el momento en que Mr. Pickwick abría la otra, y lo primero que vio fue a Mr. Winkle introduciéndose en la litera.

 

—¡Sereno —gritó furioso Mr. Dowler—, deténgale..., sujétele..., agárrele bien..., enciérrele hasta que yo baje! ¡Le voy a degollar..., dadme un cuchillo..., de oreja a oreja, señora Craddock!

 

Y, desasiéndose el indignado marido de la patrona y de Mr. Pickwick, pescó un cuchillo del comedor y se lanzó a la calle.

 

Mas no le esperó Mr. Winkle. En cuanto oyó la terrible amenaza del bravo Mr. Dowler, salió de la litera casi tan rápidamente como había entrado y, tirando al camino las zapatillas, puso pies en polvorosa y dio la vuelta al Crescent, sañudamente perseguido por Mr. Dowler y el sereno. Pero llevábales buena delantera, y hallando la puerta abierta al llegar corriendo a la casa, metióse en ella, cerró la puerta en las mismas narices de Mr. Dowler, subió a su dormitorio, echó la llave a la puerta, amontonó detrás de ella el palanganero, una estantería y una mesa y se apresuró a empaquetar las ropas estrictamente necesarias para huir con las primeras claridades de la mañana.

 

 

 

 

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Plantóse Dowler a la puerta del cuarto y declaró por el ojo de la cerradura su inapelable resolución de cortarle el cuello al día siguiente, y después de oírse en la sala un confuso vocerío, en el cual podía distinguirse la voz de Mr. Pickwick invitando a la conciliación, dispersáronse los moradores hacia sus dormitorios respectivos y reinó de nuevo el silencio.

 

Es probable que surja la pregunta encaminada a averiguar dónde pudiera hallarse a todo esto Mr. Weller. En el capítulo siguiente diremos dónde se encontraba.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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37.    Explicación satisfactoria de la ausencia de Mr. Weller y descripción de una soirée a que fue invitado. También

 

se relata cómo le confió Mr. Pickwick una misión privada sumamente delicada e importante

 

—Mr. Weller —dijo la señora Craddock la mañana del azarosísimo día—, aquí hay una carta para usted.

 

—Cosa rara —dijo Sam—; algo debe haber ocurrido, porque no recuerdo que haya nadie entre mis conocimientos capaz de escribirme una carta.

 

—Puede ser que haya sucedido algo importante —observó la señora Craddock. —Tiene que ser muy importante para que me escriba una carta un amigo mío —

 

replicó Sam, moviendo la cabeza con aire de duda—; por lo menos, algún terremoto, como dijo el muchacho al sufrir un ataque de epilepsia. Del padre no puede ser —dijo Sam, mirando la dirección—. Siempre escribe en letras de imprenta, porque aprendió en el libro de facturas de la administración. Lo que me intriga es de dónde podrá venir esta carta.

 

Al decir esto, Sam hizo lo que hace la mayor parte de la gente cuando ignoran la persona que a ellos se dirige por carta o esquela: miró el sello, observó luego el sobre por el derecho, después por el revés; lo puso luego de canto, y se fijó por último en el sobrescrito; como último recurso, se le ocurrió que convendría ver el contenido para despejar la incógnita.

 

—Está escrita en papel de canto dorado —dijo Sam, desplegando la esquela— y sellada en cera con la guarda de la llave. Vamos a verla.

 

Y, con grave continente, leyó Mr. Weller poco a poco lo que sigue:

 

—«Un selecto círculo, compuesto por los criados de Bath, presenta sus respetos a Mr. Weller y le suplica el honor de su compañía esta noche, en la soirée íntima, que consistirá en una pierna de carnero cocida con los adornos de costumbre. La soirée estará dispuesta en la mesa a las nueve y media en punto».

 

Esta esquela iba incluida en una nota que rezaba de esta suerte:

 

«Mr. Juan Smauker, la persona que tuvo el gusto de conocer a Mr. Weller en la casa de su común amigo Mr. Bantam hace unos días, suplica a Mr. Weller acepte la adjunta invitación. Si Mr. Weller fuera a buscar a Mr. Juan Smauker a las nueve en punto, Mr. Juan Smauker tendría el honor de presentar a Mr. Weller.—Firmado: Juan Smauker.»

 

El sobre estaba dirigido a Mr. Weller, esquire (sin nombre), en casa de Mr. Pickwick, y en la esquina derecha leíanse las palabras «tírese de la campanilla», como advertencia al portador de la misiva.

 

—Está bien —dijo Sam—. Esto es verdaderamente extraordinario. Nunca oí que

 

 

 

 

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se llamara soirée a una pierna de carnero cocida. ¿Cómo le llamarían si se tratara de una pierna asada?

 

Mas, sin detenerse a meditar acerca de este punto, dirigióse Sam en busca de Mr. Pickwick y le pidió el permiso para la noche, permiso que le fue inmediatamente concedido. Con esta licencia, y con la llave de la puerta de la casa, salió Sam Weller un poco antes de la hora señalada y encaminóse descuidado y tranquilamente hacia la plaza de la Reina, teniendo la satisfacción, no bien llegó a ella, de ver a Mr. Juan Smauker, que apoyaba su empolvada cabeza contra un farol qué había cerca de la casa, fumando un cigarro que se hallaba al extremo de un tubo de ámbar.

 

—¿Cómo está usted, Mr. Weller? —dijo Mr. Juan Smauker, quitándose graciosamente el sombrero con una mano, mientras agitaba la otra en ademán deferente—. ¿Qué tal, sir?

 

—Vaya, no llevo mala convalecencia —replicó Sam—. Y usted, ¿cómo se encuentra, mi querido camarada?

 

—Así así nada más —dijo Mr. Juan Smauker.

 

—¡Ah!, se conoce que ha trabajado usted mucho —observó Sam—. Ya me lo temía yo. Pues eso no puede ser; no puede usted abandonarse a su temperamento diligente.

 

—No es tanto eso, Mr. Weller —respondió Mr. Juan Smauker—, como el vino malo; yo creo que es que hago una vida algo disipada.

 

—¡Oh! ¿Es eso? —dijo Sam—. Pues es mala enfermedad.

 

—Sí, pero ya ve usted: las tentaciones, Mr. Weller —observó Mr. Juan Smauker.

 

—¡Ah, lo comprendo! —dijo Sam.

 

—Envuelto en el torbellino de la sociedad, ya comprende usted, Mr. Weller—dijo suspirando Mr. Juan Smauker.

 

—¡Es terrible, verdaderamente! —repuso Sam.

 

—Es lo que pasa siempre —dijo Mr. Juan Smauker—; si la suerte le lleva a uno a intervenir en la vida pública y a ocupar una posición pública, es uno víctima de las tentaciones de que se hallan libres otras gentes.

 

—Eso es precisamente lo que dijo mi tío cuando puso la taberna —observó Sam —; y tenía mucha razón el viejo, porque se murió, a fuerza de beber, poco después de establecerla.

 

Mr. Juan Smauker contempló indignado a su amigo al verse parangonado con el difunto en cuestión; mas, como el rostro de Sam denotaba la más perfecta calma, lo pensó mejor y adoptó un gesto afable.

 

—Creo que debemos echar a andar —dijo Mr. Smauker, consultando un reloj de cobre que moraba en el fondo de un enorme bolsillo y que salía a la superficie a favor de un cordón negro, con una llave de cobre al extremo.

 

—Más vale —replicó Sam—, porque, si no, se les va a pasar la soirée y se va a

 

 

 

 

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estropear.

 

—¿Ha bebido usted las aguas, Mr. Weller? —inquirió su compañero, en tanto que caminaban hacia High Street.

 

—Una vez —replicó Sam.

 

—¿Y qué le parecen a usted, sir?

 

—Me parecen bastante desagradables —repuso Sam.

 

—¡Ah! —dijo Mr. Juan Smauker—. ¿Le disgusta a usted el gusto ferruginoso? —Yo no entiendo mucho de eso —dijo Sam—. Yo lo que les noto es un olor muy

 

fuerte a hoja de lata.

 

—Eso es lo ferruginoso, Mr. Weller —observó Mr. Juan Smauker desdeñosamente.

 

—Bueno, pues si es eso, es una palabra bastante poco apropiada —dijo Sam—. Puede que sea así, pero yo estoy muy poco versado en cuestiones de química, así es que no puedo decir.

 

Y en aquel momento, con gran horror de Mr. Juan Smauker, empezó a silbar Sam Weller.

 

—Dispense, Mr. Weller —dijo Mr. Juan Smauker, terriblemente contrariado por aquel ruido tan poco señoril—, ¿quiere usted tomar mi brazo?

—Muchas gracias; es usted muy amable, pero no quiero privarle a usted de él — replicó Sam—. Yo tengo la costumbre de meterme las manos en los bolsillos, si le es a usted lo mismo.

 

Y diciendo esto, Sam siguió la acción a la palabra y volvió a silbar más fuerte que antes.

 

—Por aquí —dijo su nuevo amigo, que pareció tranquilizarse al desembocar en una callejuela—; en seguida llegamos.

 

—¿En seguida? —dijo Sam, que no se inmutó lo más mínimo al ver que se aproximaban al círculo de los sirvientes distinguidos de Bath.

 

—Sí —dijo Mr. Juan Smauker—. No tenga usted cuidado, Mr. Weller.

 

—No tengo ninguno —dijo Sam.

 

—Verá usted hermosos uniformes, Mr. Weller —prosiguió Mr. Juan Smauker—, y puede que encuentre usted a algunos de ellos un tanto altaneros al principio, pero en seguida le tratarían con llaneza.

 

—Es una gran amabilidad por su parte —replicó Sam.

 

—Claro está —continuó Mr. Juan Smauker con aire de sublime protección—, claro está que, como usted es forastero, tal vez se pongan un poco pesados al principio.

 

—¿Pero no serán muy crueles? —preguntó. Sam.

 

—No, no —contestó Mr. Juan Smauker, sacando la cabeza de zorra y tomando un polvo con ademán distinguido—. Hay algunos guasones entre nosotros, y

 

 

 

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probablemente saltarán con alguna broma; pero no se ocupe usted de ellos, no se ocupe usted de ellos.

 

—Procuraré tenerme derecho contra esa avalancha de talento —replicó Sam. —Eso es —dijo Mr. Juan Smauker, levantando a un tiempo la cabeza de zorra y

 

la suya propia—; yo le ayudaré a usted. Llegaban entonces a una pequeña verdulería, en la que entró Mr. Juan Smauker, seguido de Sam, que, en cuanto se vio detrás de su amigo, se entregó a los más aparatosos y extraños gestos y a otras diversas manifestaciones de hallarse en un estado envidiable de alegría y regocijo.

 

Cruzaron la tienda, y dejando su sombrero en las escaleras del pequeño pasillo que había en la parte de atrás, entraron en un pequeño gabinete, donde se descubrió a los ojos de Mr. Weller el magnífico esplendor de la escena.

 

En el centro de la estancia habían puesto dos mesas juntas, cubiertas con tres o cuatro manteles, que se hallaban en muy diferentes grados de limpieza y que estaban dispuestos de manera que pareciesen de una sola pieza. Sobre los manteles yacían cuchillos y tenedores para seis u ocho comensales. Algunos de los mangos de los cuchillos eran verdes, rojos los otros y amarillos no pocos, y como los tenedores eran negros, la combinación de colores era sorprendente. Calentábanse ante el fuego seis u ocho platos y ante ellos se calentaban también los comensales. El jefe y la persona más importante de todos parecía ser un obeso personaje, que vestía librea carmesí de largos faldones, rojos pantalones y un sombrero con su cocarda, que estaba de espaldas al fuego y que debía de haber entrado poco antes, porque, además de que aún conservaba en su cabeza el decorado sombrero, empuñaba ese largo bastón que los caballeros de su profesión suelen levantar oblicuamente sobre los techos de los carruajes.

 

—Smauker, amigo mío, venga esa aleta —dijo el caballero de la escarapela. Enganchó Mr. Smauker la primera falange del dedo meñique de su mano derecha

 

en el del caballero de la escarapela y dijo que se alegraba extraordinariamente de verle tan bueno.

 

—Sí, todo el mundo me dice que tengo un aspecto rozagante —dijo el hombre de la escarapela—, y es maravilloso. Durante los últimos quince días he tenido que seguir a mi vieja dos horas diarias; y si el contemplar constantemente cómo se recoge ese infernal vestido café con leche no basta para hacerle a uno desgraciado por toda la vida, que me quiten la mitad de mi salario.

 

Rió a esto grandemente la selecta asamblea, y un caballero de chaleco amarillo, ribeteado al estilo de los cocheros, murmuró a uno que se hallaba a su lado, que tenía pantalón bombacho de color verde, que Tuckle estaba de vena aquella noche.

 

—Por supuesto que —dijo Mr. Tuckle—, Smauker amigo, usted...

 

El resto de la frase fue dicho por lo bajo al oído de Mr. Juan Smauker.

 

—¡Oh, vaya por Dios, lo había olvidado! —dijo Mr. Juan Smauker—. Señores,

 

 

 

 

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mi amigo Mr. Weller.

 

—Lamento muchísimo privarle a usted del fuego, Weller —dijo Mr. Tuckle, moviendo la cabeza familiarmente—. Supongo que no tendrá usted frío, Weller.

—De ninguna manera, señor Llamas —replicó Sam—. Tendría que ser un verdadero carámbano el que sintiera frío estando frente a usted. Se ahorraría carbón si le pusieran a usted en la parrilla de una taberna, seguramente.

 

Como esta respuesta parecía entrañar una alusión personal a la librea carmesí de Mr. Tuckle, adoptó éste por algunos segundos una actitud majestuosa; pero, alejándose poco a poco de la chimenea, mostró una forzada sonrisa y dijo que no estaba mal aquello.

 

—Muy agradecido por su elogio, sir —replicó Sam—. Nos entenderemos poco a poco, creo yo. Aún espero que se me ocurra algo mejor.

 

La conversación fue interrumpida en este punto por la llegada de un caballero ataviado con una casaca de peluche color naranja, acompañado de otro conspicuo que llevaba una morada y unas medias de marca mayor. Luego que la concurrencia saludó a los recién llegados, propuso Mr. Tuckle que se pidiera la comida, proposición que fue acogida unánimemente.

 

El frutero y su mujer colocaron sobre la mesa una pierna del carnero, humeante, con salsa de alcaparras, adornada con nabos y patatas. Ocupó la presidencia Mr. Tuckle y se sentó enfrente el caballero de peluche naranja. Calzóse el frutero un par de guantes, para manejar los platos, y se situó detrás de la silla de Mr. Tuckle.

 

—Enrique —dijo Mr. Tuckle en tono despótico.

 

—Sir —dijo el frutero.

 

—¿Se ha puesto usted los guantes?

 

—Sí, sir.

 

—Entonces, levante usted la tapadera.

 

—En seguida, sir.

 

Ejecutó el frutero lo que se le decía, con aire de gran humildad, y puso amablemente en manos de Mr. Tuckle el trinchante; pero en aquel momento se le ocurrió bostezar.

 

—¿Qué significa eso, sir? —dijo Mr. Tuckle con aspereza.

 

—Perdone, sir —replicó consternado el frutero—; no lo hice a propósito, sir; anoche me acosté muy tarde, sir.

 

—¿Sabe usted lo que estoy pensando, Enrique? —dijo Mr. Tuckle con aire amostazado—. Pues que es usted un animal.

 

—Espero, señores —dijo Enrique—, que no serán ustedes muy severos conmigo, señores. Estoy muy agradecido a ustedes, por su protección y por las recomendaciones que de mí hacen allí donde se necesita un servicio temporal. Espero, señores, que quedarán satisfechos.

 

 

 

 

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—Pues se equivoca usted, sir —dijo Mr. Tuckle—. Ni muchísimo menos. —Tenemos a usted por el más irrespetuoso de los granujas —dijo el caballero de

 

peluche anaranjado.

 

—Y por un vil ladrón —añadió el de los verdes pantalones.

 

—Y por un galopín desaprensivo —observó el de traje morado.

 

Inclinóse humildemente el frutero mientras que sobre él llovían estos suaves epítetos, inspirados en la más baja tiranía, y, cuando todos hubieron hecho ostentación de su superioridad, procedió Mr. Tuckle a trinchar la pierna y a servir a los comensales.

 

No había hecho más que iniciarse este importante acto de la velada, cuando se abrió la puerta bruscamente, dando paso a un caballero con traje azul claro y botones de plomo.

 

—Contra las reglas establecidas —dijo Mr. Tuckle—. Demasiado tarde, demasiado tarde.

 

—No, no; no ha sido culpa mía —dijo el caballero de azul—. Apelo a la concurrencia. Un asunto galante; una cita en el teatro.

 

—¡Hola! —dijo el caballero de peluche anaranjado.

 

—Sí, eso ha sido, palabra de honor —dijo el caballero de azul—. Prometí ir a buscar a la más pequeña de nuestras hijas a las diez y media, y como es una chica tan guapa, no he tenido corazón para faltarle. No quiero ofender a los presentes, sir, pero un cotillón no es cosa que se pueda desdeñar.

 

—Empiezo a creer que hay ahí alguna cosa —dijo Tuckle, en tanto que el recién venido ocupaba un asiento contiguo al de Sam—. He notado una o dos veces que ella se apoya más de la cuenta en el hombro de usted al subir o bajar del carruaje.

 

—¡Oh!, sí, sí, Tuckle, pero no hablemos de eso —dijo el hombre de azul—. No sería correcto. Puede que yo haya dicho a uno o dos amigos que es una criatura divina y que ha rechazado uno o dos partidos sin causa justificada; pero... no, no, no, nada, Tuckle... Además, delante de extraños... no estaría bien. ¡Delicadeza, querido amigo, delicadeza!

 

Y sacando su pañuelo el hombre de azul y ajustándose las bocamangas de su librea movió la cabeza y frunció el entrecejo, como si quisiera significar que podría decir mucho más, pero que se reprimía por consideraciones de delicadeza.

 

El hombre de azul, que era de aspecto desenfadado, petulante, y que manifestaba ser un lacayo extraordinariamente avisado y de aire fanfarrón, había atraído desde el primer momento la atención de Mr. Weller; mas no bien empezó a producirse en esta forma, sintióse Sam más inclinado que nunca a cultivar su amistad. Metióse, pues, en la conversación, con su habitual y característica independencia.

 

—A la salud de usted —dijo Sam—. Me gusta mucho su conversación. Es sumamente agradable.

 

 

 

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Sonrió al oír esto el hombre de azul, cual si se tratara de un cumplimiento que estaba acostumbrado a recibir. Miró complacido a Sam, al mismo tiempo, y dijo que tenían que ser buenos amigos, porque, sin adulación de ninguna clase, demostraba Sam ser un buen muchacho, cuyas maneras y temperamento coincidían con sus gustos.

 

—Es usted muy bueno, sir —dijo Sam—. Es usted un chico de suerte.

 

—¿Qué quiere usted decir? —preguntó el caballero de azul.

 

—Me refiero a esa señorita —repuso Sam—. Ella se hace cargo de lo que usted vale. Bien claro se ve.

 

Guiñó un ojo Mr. Weller y movió la cabeza a un lado y a otro, en forma que halagaba grandemente la personal vanidad del caballero de azul.

 

—Me está usted pareciendo un joven bastante malicioso, Mr. Weller —dijo el de azul.

 

—No, no —dijo Sam—. Eso se queda para usted. Es una cosa que le importa a usted mucho más que a mí, como decía aquel que estaba dentro de las tapias del jardín a otro que se hallaba fuera en el momento en que venía por la calle un toro desmandado.

 

—Bien, bien, Mr. Weller —dijo el caballero de azul—; no niego que se haya fijado en mis maneras y en mi tipo, Mr. Weller.

 

—Era natural, me parece, que no le pasara inadvertido eso —dijo Sam.

 

—¿Tiene usted entre manos algún asuntillo de ese género, sir? —preguntó el favorecido caballero de azul, sacando un mondadientes del bolsillo del chaleco.

 

—De esa clase, precisamente, no —dijo Sam—. En mi casa no hay hijas, pues en tal caso ya le hubiera yo puesto los puntos a alguna de ellas. Por supuesto que yo no haría nada como no fuera, por lo menos, la hija de un marqués. Pudiera ocurrir que me decidiera por una muchacha muy rica, aunque no tuviera título, si ella se enamoraba perdidamente de mí. Otra cosa, no.

 

—Claro que no, Mr. Weller —dijo el caballero de azul—; no podemos hacernos de menos. Y nosotros comprendemos, Mr. Weller... nosotros, que somos hombres de mundo... que un uniforme bonito, tarde o temprano, siempre hace su efecto con las mujeres. De usted para mí: es lo único por lo que merece la pena de entrar en esta clase de servicio.

 

—Conforme —dijo Sam—. Eso es indudable.

 

Concluido de esta suerte el confidencial diálogo, distribuyéronse los vasos, y cada uno de los comensales pidió lo que más le agradaba, antes de que se cerrase la cantina. El caballero de azul y el anaranjado, que eran los más exquisitos de la concurrencia, pidieron grog frío, mientras que los otros parecían apetecer mejor la ginebra y el agua azucarada. Sam llamó «miserable villano» al frutero y pidió un gran vaso de ponche, detalles que parecieron enaltecerle grandemente en la opinión de los

 

 

 

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conspicuos.

 

—Señores —dijo el hombre de azul con las maneras del más consumado dandismo—, propongo un brindis por las damas; vamos.

 

—¡Eso, eso! —exclamó Sam—. Por nuestras amitas.

 

Prodújose un elevado vocerío en demanda de orden, y Mr. Juan Smauker, como miembro de la reunión que había presentado a Mr. Weller, hubo de advertirle que la palabra que había empleado era algo antiparlamentaria.

 

—¿Qué palabra? —inquirió Sam.

 

—Amitas, sir —replicó Mr. Juan Smauker con gesto avisado—. Nosotros no admitimos esas distinciones aquí.

 

—¡Ah, muy bien! —dijo Sam—. Entonces, enmendaré la frase y les llamaré dulces criaturas, si me lo permite el señor de Llamas.

 

Alguna duda se produjo en la mente del caballero de los pantalones verdes acerca de si sería o no legal llamar así al presidente; más como la concurrencia parecía no cuidarse mucho de esta circunstancia, la objeción no llegó a suscitarse. Dio un resoplido el hombre de la cocarda y permaneció algún tiempo mirando a Sam, mas consideró prudente no decir nada, por miedo a tener que sentirlo.

 

Después de una breve pausa, un caballero de bordada casaca, que le llegaba a los tobillos, y cuyo chaleco, igualmente bordado, le llegaba hasta la mitad de las piernas, agitó enérgicamente la ginebra de su vaso, y, levantándose con un esfuerzo violento, dijo que deseaba hacer algunas observaciones a la asamblea. Y considerando el del sombrero decorado que había de agradar a la concurrencia escuchar lo que aquél tuviera que decir, accedió gustoso a lo solicitado.

 

—Me siento grandemente cohibido, señores, al empezar —dijo el hombre de larga casaca—, por tener la desgracia de ser cochero y de no figurar sino como miembro honorario en esta agradable soirée, pero me veo obligado, señores, aunque me hallo como gallina en corral ajeno, si es admitida la frase, a dar a conocer una circunstancia aflictiva que ha llegado a mi noticia y que ha ocurrido en la esfera de acción de mi látigo, puede decirse. Señores, nuestro amigo Mr. Whiffers —todas las miradas se vuelven hacia el individuo anaranjado—, nuestro amigo Whiffers ha dimitido.

 

Prodújose un asombro general en el auditorio. Miráronse unos a otros, y volvieron después sus ojos hacia el cochero que les dirigía la palabra.

 

—No me extraña que les sorprenda, señores —dijo el cochero—. No me atrevería a poner de manifiesto las causas que han producido esta irreparable pérdida en el servicio; pero suplico a Mr. Whiffers que las haga públicas, para ejemplo y mejoramiento de los amigos que le admiran.

 

Calurosamente aprobada la insinuación, procedió Mr. Whiffers a rendir sus explicaciones. Dijo que él hubiera deseado ciertamente continuar en el puesto que

 

 

 

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acababa de dimitir. El uniforme era verdaderamente bello y costoso; las mujeres de la familia eran sumamente agradables, y las obligaciones inherentes a su cargo, en honor a la verdad, nada penosas. El principal servicio que le estaba asignado consistía en mirar por la ventana del vestíbulo, hora tras hora, en compañía de otro caballero, que también había dimitido. Hubiera deseado no verse compelido a participar a la concurrencia el desagradable y enojoso detalle que iba a revelar; pero como se le había pedido una explicación, no tenía más remedio que declarar paladina y explícitamente que se le había obligado a comer carne fiambre.

 

Es difícil expresar el disgusto que esta declaración despertó en los pechos de los que componían el auditorio. Varias voces gritaron: «¡Qué vergüenza!», y oyéronse gruñidos y siseos por espacio de un cuarto de hora.

 

Añadió entonces Mr. Whiffers que tal vez hubiera contribuido a hacer posible el ultraje el natural paciente del orador y su predisposición acomodaticia. Recordaba distintamente haber consentido en tomar manteca salada; y había, además, en cierta ocasión en que hubo enfermos en la casa, olvidado su dignidad hasta el punto de transportar al segundo piso un cubo de carbón. Confiaba en que la franca confesión de sus culpas no había de rebajarle en el buen concepto de sus amigos, y esperaba que la rapidez con que había protestado contra aquella afrenta inhumana le rehabilitaría, en caso contrario, en la opinión general.

 

El discurso de Mr. Whiffers fue acogido con demostraciones clamorosas de admiración, y se bebió de modo entusiasta a la salud del mártir. El mártir expresó su agradecimiento, y brindó por el nuevo amigo Mr. Weller, un caballero al que apenas conocía, pero que, por ser amigo de Mr. Juan Smauker, se recomendaba sobradamente a cualquier sociedad formada por caballeros. A este respecto, pensaba haber propuesto un brindis solemne en honor de Mr. Weller, en el caso de que sus amigos estuvieran bebiendo vino; mas, como bebían licores, por el gusto de variar, y como podría resultar, en cierto modo, inconveniente apurar una copa a cada brindis, propuso que se sobreentendiera el mencionado agasajo.

 

Al concluir esta peroración, todos echaron un trago en honor de Sam, y Sam, después de haber apurado en honor de sí mismo dos vasos de ponche, dio las gracias en un cumplido e impecable discurso.

 

—Agradezco con toda mi alma, mis buenos amigos —dijo Sam, dejando en la mesa el vaso de ponche con la mayor desenvoltura—, los cumplimientos que se me han dedicado, cumplimientos que me anonadan por venir de donde vienen. Mucho he oído en elogio de ustedes, como colectividad, más tengo que decir que nunca pensé que esta colectividad estuviera compuesta de hombres tan finos y distinguidos. Abrigo la esperanza de que os cuidaréis de vuestra dignidad y no habréis de comprometerla jamás, pues es cosa muy agradable de contemplar cuando se va de paseo, y siempre me ha gustado mirarla y me ha encantado contemplarla desde que

 

 

 

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era yo como la mitad del bastón de mi muy respetable amigo Llamas, aquí presente. En cuanto a la víctima de la tiranía, nuestro amarillo compañero, sólo diré que espero obtenga un acomodo tan bueno como merece, en cuyo caso estoy seguro de que no volverá a ser humillado con ninguna soirée fría.

 

Sentóse Sam con sonrisa placentera y, luego de recibir por su discurso una calurosa ovación, disolvióse la partida.

 

—¡Cómo! ¿No pensará usted marcharse ya, buen amigo? —dijo Sam Weller a su amigo Mr. Juan Smauker.

 

—No tengo más remedio —dijo Mr. Smauker—; se lo he prometido a Bantam. —¡Ah! muy bien —dijo Sam—; eso es otra cosa. Tal vez dimitiera él si usted le

 

faltara. ¿No se irá usted, verdad, Llamas? —Sí que me voy —dijo el de la escarapela.

 

—Parece mentira que se vaya, dejándose aquí más de medio vaso de ponche — dijo Sam—. ¡Qué tontería! Siéntese otra vez.

 

No resistió Mr. Tuckle a esta invitación. Dejó a un lado el sombrero y el bastón, que ya tenía en la mano, y dijo que estaba dispuesto a beberse otro vaso para celebrar su buena amistad.

 

Como el caballero de azul intentara marcharse, como Mr. Tuckle, también se le obligó a quedarse. Cuando ya estaba a punto de acabarse el ponche, ordenó Sam al frutero que trajera ostras, y el efecto de ambas cosas fue tan maravilloso, que Mr. Tuckle, revestido de sus atributos, que eran el sombrero y el bastón, bailó la danza de la rana, entre las conchas de las ostras que había en la mesa, en tanto que el caballero de azul le acompañaba con un ingenioso instrumento musical, formado por un peine y un rizador. No bien salió al aire, Mr. Tuckle sintióse acometido del repentino deseo de tirarse al suelo, y considerando Sam que sería una lástima contrariarle, le dejó que hiciera su gusto. Como el tricornio podría sufrir deterioro, de permanecer donde estaba, decidió Sam aplastarlo sobre la cabeza del caballero de azul, y colocando en su mano el gran bastón y apoyando su cuerpo contra la puerta de su casa, tiró de la campanilla y se encaminó tranquilamente a su domicilio.

 

Mucho más temprano que de costumbre se levantó a la mañana siguiente Mr.

 

Pickwick y, ya vestido y acicalado, bajó la escalera y llamó.

 

—Sam —dijo Mr. Pickwick, en cuanto Sam acudió a su llamada—, cierra la puerta.

 

Mr. Weller obedeció.

 

—Esta noche pasada ha ocurrido aquí un suceso lamentable —dijo Mr. Pickwick

 

—. Como consecuencia del cual teme Mr. Winkle alguna violencia de Mr. Dowler. —Eso me ha dicho abajo la patrona, sir —repuso Sam.

 

—Y siento muchísimo tener que decir, Sam —continuó Mr. Pickwick con cierto

 

embarazo—, que, por miedo de esa violencia, ha huido Mr. Winkle.

 

 

 

 

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—¡Huido! —dijo Sam.

 

—Abandonó la casa temprano, sin decirme una sola palabra —replicó Mr.

 

Pickwick—. Y no sabemos adónde ha ido.

 

—Pues debía haberse quedado, para darle una paliza —observó Sam, despreciativamente—. No hace falta mucho para zurrarle a ese Dowler, sir.

 

—Tienes razón, Sam —dijo Mr. Pickwick—; yo también tengo mis dudas acerca de su bravura y resolución. Pero, sea como sea, el caso es que Mr. Winkle se ha marchado. Es preciso encontrarle, Sam. Encontrarle y traérmelo.

 

—Pero figúrese usted que no quiere volver, sir —dijo Sam.

 

—No hay más remedio que hacerlo, Sam —insistió Mr. Pickwick.

 

—¿Y quién va a hacerlo, sir? —preguntó Sam, sonriendo.

 

—Tú —replicó Mr. Pickwick.

 

—Está bien, sir.

 

Con estas palabras abandonó Sam la estancia, oyéndose a poco cerrar la puerta de la calle. A las dos horas volvió, con el aire indiferente y descuidado del que acaba de cumplir la comisión más natural y corriente, y participó a Mr. Pickwick que un individuo cuyas señas coincidían exactamente con las de Mr. Winkle había salido aquella mañana para Bristol en el coche del Hotel Real.

 

—Sam —dijo Mr. Pickwick, estrechando su mano—, eres un muchacho admirable. Eres un hombre inapreciable. Tienes que ir en su busca, Sam.

 

—Perfectamente, sir —respondió Sam.

 

—En cuanto le descubras, me escribes, sin perder un momento, Sam —dijo Mr. Pickwick—. Si intenta escapar de ti, le tiras al suelo o le encierras. Tienes toda mi autoridad, Sam.

 

—Lo tendré muy en cuenta, sir —replicó Sam.

 

—Le dirás —dijo Mr. Pickwick— que estoy enfadadísimo, altamente disgustado y justamente indignado por la insólita determinación que se le ha ocurrido tomar.

 

—Así se lo diré, sir —replicó Sam.

 

—Le dirás —continuó Mr. Pickwick— que si no vuelve contigo aquí, volverá conmigo, porque iré yo a buscarle.

 

—No dejaré de decírselo, sir —repuso Sam.

 

—¿Crees tú que podrás dar con él, Sam? —dijo Mr. Pickwick, mirándole con ansiedad.

 

—¡Oh, le encontraré, esté donde esté! —afirmó Sam con gran seguridad.

 

—Muy bien —dijo Mr. Pickwick—. Pues cuanto antes, mejor.

 

Luego de comunicarle estas instrucciones, puso Mr. Pickwick una suma en la mano de su fiel criado, y le ordenó partir para Bristol en busca del fugitivo.

Metió Sam unas cuantas prendas en un saco de alfombra y se dispuso a marchar. Detúvose, sin embargo, al llegar al fondo del pasillo, y volviendo suavemente sobre

 

 

 

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sus pasos, asomó la cabeza por la puerta del salón.

 

—Sir —dijo Sam.

 

—¿Qué hay? —respondió Mr. Pickwick.

 

—¿Habré entendido bien sus instrucciones, sir? —inquirió Sam.

 

—Creo que sí —contestó Mr. Pickwick.

 

—¿Puedo interpretar al pie de la letra eso de tirarle al suelo, sir? —preguntó Sam. —Completamente —replicó Mr. Pickwick—. En absoluto. Procede como estimes

 

necesario.

 

Hizo Sam un ademán de inteligencia y, retrotrayendo su cabeza, emprendió su peregrinación con el corazón animoso y tranquilo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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38.    De cómo al salir Mr. Winkle de la sartén, se arrojó dulce y confortablemente al fuego

 

El asendereado caballero que fuera causa infortunada y fatal del inaudito escándalo y de la perturbación que hubo de difundir la alarma entre los habitantes de Royal Crescent, según se ha descrito más arriba, después de pasar la noche sumido en la ansiedad y en la confusión, abandonó la casa en que aún dormitaban sus amigos y partió con rumbo desconocido. Nunca serán bastante apreciados ni encomiados con el debido calor los edificantes y nobles móviles que le impulsaron a dar este paso. «Si este Dowler», razonaba Mr. Winkle para sus adentros, «llega a poner por obra, como ha de hacerlo sin duda, sus amenazas de violencia contra mí, me vería en la precisión de llevarle al terreno. Pero tiene una esposa, una esposa que le ama y que no tiene otro amparo que el suyo. ¡Cielo santo! ¡Si yo le matara, en la ceguedad de mi cólera, qué remordimientos no serían los míos!». Esta triste reflexión influyó tan decisivamente en el ánimo del humanitario joven, que sus rodillas entrechocaron convulsivamente y dibujáronse en su rostro los síntomas alarmantes de una honda emoción interna. Impelido por estas consideraciones, cargó con su saco de viaje y, deslizándose furtivamente por la escalera, cerró con todo el silencio posible la odiosa puerta de la casa y se lanzó a la calle. Enderezó sus pasos al Hotel Real, donde halló un coche que estaba a punto de partir para Bristol y, recapacitando en que Bristol respondía a sus propósitos tan bien como otro lugar cualquiera, montó en el pescante y alcanzó el término de su jornada tan pronto como puede permitirlo un tronco de caballos que hacen el viaje dos veces al día sin ser reemplazados.

 

Alojóse en El Arbusto, y aplazando el escribir a Mr. Pickwick hasta que hubiera probabilidades de que la ira de Mr. Dowler se disipara en cierto grado, salió a la calle para ver la ciudad, que le chocó, por encontrarla un poco más sucia que todas las que viera hasta entonces. Después de curiosear por los muelles del puerto y de visitar la catedral preguntó el camino de Clifton, encaminándose a este punto luego que se le indicó la dirección. Mas como las aceras de Bristol no son precisamente las más desahogadas ni limpias de la tierra, así como tampoco son sus calles las más rectas ni menos intrincadas, llegó a desconcertarse entre el sinnúmero de revueltas y encrucijadas, viéndose precisado a buscar una tienda de mediano aspecto donde pudiera inquirir nuevas indicaciones.

 

Fue a dar su mirada en un establecimiento de portada recién pintada, que habíase convertido poco antes en algo intermedio entre una tienda y una casa particular, y el farol rojo que colgaba sobre la puerta no hubiera permitido tomarla desde luego como la residencia de un médico, si la palabra «Clínica» no se hallara inscrita en letras de oro sobre la ventana que en otro tiempo correspondiera al salón principal. Juzgando el lugar apropiado para solicitar las indicaciones que deseaba, entró en la tiendecilla

 

 

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Mr. Winkle, donde pudo ver gran número de frascos y una serie de cajones rotulados con letras doradas. Como no viera a nadie en la tienda, hizo sonar repetidas veces en el mostrador una pieza de media corona, para llamar la atención de quien pudiera haber en la trastienda, aposento que se le antojaba constituir el más íntimo y característico sancta sanctorum del establecimiento, por haber observado otra vez la palabra «Clínica» en la puerta, pintada esta vez con letras blancas, por huir, sin duda, de la monotonía.

 

A la primera llamada cesó bruscamente un ruido que parecían hacer dos personas batiéndose con los férreos utensilios de la chimenea; a la segunda, un joven de aspecto estudioso, con verdes antiparras y con un inmenso libraco en su mano, deslizóse suavemente en la tienda y llegándose al mostrador preguntó qué deseaba el visitante.

 

—Siento molestarle, sir —dijo Mr. Winkle—, pero si tuviera usted la bondad de indicarme...

 

—¡Ja, ja, ja! —mugió el estudioso joven, arrojando al aire el libro y recogiéndolo de nuevo, con gran destreza, en el momento en que amenazaba convertir en añicos los frascos del mostrador—. ¡Vaya una sorpresa!

 

Y así era, en efecto, porque Mr. Winkle experimentó tan extraordinario asombro ante la conducta del joven médico, que retrocedió maquinalmente hacia la puerta y manifestó una gran inquietud al ver la extraña recepción que se le hacía.

 

—¿Qué, no me conoce usted? —dijo el joven médico.

 

Mr. Winkle murmuró que no tenía ese gusto.

 

—Hombre, entonces —dijo el joven médico—, aún me quedan esperanzas; aún puedo aspirar a la mitad de las viejas de Bristol, si es que tengo un poco de suerte. ¡A paseo, viejo mamotreto!

 

Con esta abjuración, que iba dirigida al infolio, arrojó el volumen con maravillosa agilidad al otro extremo de la tienda, y quitándose las verdes antiparras produjo talmente el gesto peculiar de Roberto Sawyer, esquire, antiguo alumno en el Hospital Guy del Borough, con residencia privada en Lant Street.

 

—¿No querrá usted decir que no venía en mi busca? —dijo Mr. Bob Sawyer, estrechando calurosamente la mano de Mr. Winkle.

 

—Mi palabra que no —respondió Mr. Winkle devolviendo el saludo.

 

—Me extraña que no viera usted el nombre —dijo Bob Sawyer, llamando la atención de su amigo hacia la puerta exterior, en la que figuraba en letras blancas «Sawyer, antes Nockemorf».

 

—Pues no lo he visto —replicó Mr. Winkle.

 

—¡Por Dios! Si yo hubiera sabido quién era, me hubiera apresurado a salir para estrecharle en mis brazos —dijo Bob Sawyer—; mas, por mi vida, que creí que era usted el de las contribuciones.

 

 

 

 

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—No —dijo Mr. Winkle.

 

—Pues lo creí, realmente —respondió Bob Sawyer—, y ya iba a decir que no estaba en casa, pero que, si deseaba usted dejarme un recado, yo me lo transmitiría; porque ése no me conoce, como tampoco los del alumbrado y las aceras. Yo creo que el del culto y clero se figura quién soy, y me consta que el del agua lo sabe, porque le saqué una muela a poco de llegar aquí. ¡Pero pase, pase!

 

Charlando de esta suerte, condujo Bob Sawyer a Mr. Winkle a la trastienda, donde se entretenía en abrir pequeñas cavernas circulares en el tapete de la chimenea, con un hurgón al rojo, nada menos que Mr. Benjamín Allen.

 

—¡Bueno! —dijo Mr. Winkle—. Es un placer que no esperaba. ¡Qué lugar tan agradable tiene usted aquí!

 

—No está mal, no está mal —replicó Bob Sawyer—. Terminé poco después de aquella deliciosa fiesta, y mis amigos me ayudaron a implantar este negocio. Así es que me puse un traje negro y unas gafas y vine aquí, procurando adoptar el aspecto más solemne posible.

 

—Y debe usted tener aquí un negocio muy apañadito, ¿verdad? —dijo Mr.

 

Winkle con gesto avisado.

 

—Mucho —replicó Bob Sawyer—. Tan apañadito que, al cabo de unos cuantos años, podría usted meter todas las ganancias en una copa de vino y cubrirla con una hoja de grosella.

 

—¡No es posible! —dijo Mr. Winkle—. Solamente el almacén...

 

—Pamemas, querido amigo —dijo Bob Sawyer—; la mitad de los cajones están vacíos y la otra mitad son de mentirijillas.

 

—¡Cómo! —dijo Mr. Winkle.

 

—¡Palabra de honor! —repuso Bob Sawyer, saliendo a la tienda y probando la veracidad de su aserto dando unos cuantos tirones a los dorados boliches de los cajones figurados—. Apenas si hay en la tienda, en realidad, más que las sanguijuelas, y ésas son de segunda mano.

 

—¡Nunca lo hubiera creído! —exclamó Mr. Winkle, estupefacto.

 

—Me lo figuro —replicó Bob Sawyer—, porque entonces, ¿de qué servirían las apariencias? Pero vamos a ver, ¿qué quiere usted tomar? ¿Quiere usted hacer lo que nosotros? Perfectamente. Ben, mi buen compañero, vete al aparador y saca el digestivo patentado.

 

Sonrió Mr. Benjamín Allen, mostrándose propicio, y sacó de la alacena una botella negra, que estaba mediada de aguardiente.

 

—¿No tomará usted agua, por supuesto? —dijo Bob Sawyer.

 

—Gracias —replicó Mr. Winkle—. Es un poco temprano. Prefiero mezclar, si usted no se opone.

 

—De ninguna manera; allá usted con su conciencia —replicó Bob Sawyer,

 

 

 

 

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propinándose entre tanto un vaso de licor, que bebió con gran complacencia—. ¡Ben, saca el puchero!

 

Mr. Benjamín Allen sacó del mismo escondite un pequeño puchero de bronce, del que dijo Bob Sawyer que le enorgullecía en gran manera porque estaba muy en carácter. Luego de hervir el agua en la profesional vasija, después de un rato largo y de varias adiciones de carbón, que hubo de extraer Mr. Bob Sawyer de un cajón practicable, rotulado «Agua de soda», adulteró Mr. Winkle su aguardiente, y empezaba a generalizarse la conversación, cuando vino a interrumpirla la entrada en la tienda de un muchacho con raída librea y sombrero galoneado, que llevaba una cesta bajo el brazo, y al que recibió Mr. Bob Sawyer diciéndole:

 

—Tomás: ven acá, vagabundo.

 

El muchacho se presentó al punto.

 

—¡Se conoce que te has detenido en todas las esquinas de Bristol, holgazán! — dijo Mr. Bob Sawyer.

 

—No, sir —replicó el muchacho.

 

—¡Más vale así! —dijo Mr. Bob Sawyer, con aire amenazador—. ¿Te figuras tú que va alguien a confiar en un profesional cuyo sirviente juega a las canicas en el arroyo o tira el volante en la carretera? ¿Es que no sientes tu profesión, so gandul? ¿Has dejado todas las medicinas?

 

—Sí, sir.

 

—¿Los polvos para el niño, en la casa grande de la familia nueva, y las píldoras para tomar cuatro veces al día, en la del viejo gruñón de la pierna gotosa?

 

—Sí, sir.

 

—Entonces, cierra la puerta y vigila la tienda.

 

—Vamos —dijo Mr. Winkle, no bien se retiró el muchacho—, las cosas parece que no van tan mal como usted quería hacerme creer. Por lo visto, se mandan algunas medicinas.

 

Asomóse a la tienda Mr. Bob Sawyer, para cerciorarse de que no podía oírle ningún extraño, y, acercándose a Mr. Winkle, dijo por lo bajo:

 

—Las deja todas equivocadas.

 

Mr. Winkle manifestó una gran sorpresa, y Bob Sawyer y su amigo se echaron a reír.

 

—¿No lo comprende usted? —dijo Bob—. El chico va a una casa, tira de la campanilla, toma un paquete de medicinas que no tiene dirección, se lo entrega al criado y se marcha. El criado lo lleva al comedor; lo abre el amo, y lee el rótulo: «Poción para tomarla al acostarse... píldoras como siempre... loción corriente... los polvos... casa Sawyer, antes Nockemorf. Prescripciones facultativas cuidadosamente preparadas». Se lo enseña a su mujer...; lee ella la etiqueta, pasa a manos de los criados...; leen ellos la etiqueta. Al día siguiente llama el chico: Lo siente mucho...,

 

 

 

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ha sido una equivocación suya..., un pedido inmenso..., un sinnúmero de paquetes a entregar... Mr. Bob Sawyer presenta sus excusas.... antes Nockemorf. El nombre se

 

abre camino, y éste es el sistema, amigo, en cosas de Medicina. Tenga usted presente, mi buen amigo, que esto vale más que todos los anuncios del mundo. Tenemos una botella de cuatro onzas que ha estado ya en la mitad de las casas de Bristol y que aún no se ha concluido.

 

—Claro, ya lo veo —observó Mr. Winkle—. ¡Qué sistema tan admirable! —¡Oh!, Ben y yo hemos descubierto una docena de recursos parecidos —repuso

 

Bob Sawyer con muy buen humor—. El farolero tiene dieciocho peniques por semana por tirar diez veces de la campanilla cada vez que pasa; y el chico se lanza dentro de la iglesia momentos antes de los salmos, cuando la gente no tiene otra cosa que hacer sino mirar a su alrededor, y me llama con semblante inquieto y desolado. «¡Dios mío», dice todo el mundo, «alguien se ha puesto malo de repente! Vienen a buscar a Sawyer, antes Nockemorf. ¡Qué clientela tiene ese muchacho!».

 

Al acabar esta revelación de algunos misterios de la Medicina, Mr. Bob Sawyer y su amigo Ben Allen retrepáronse en sus respectivas sillas y se echaron a reír estrepitosamente. Luego de haber disfrutado a su sabor de este regocijo, derivó la conversación hacia el punto que más interesaba a Mr. Winkle.

 

Creemos haber dicho en alguna parte que Mr. Benjamín Allen muestra una marcada tendencia a ponerse sentimental después del aguardiente. No es singular el caso, como podemos testificar, por haber observado algunos pacientes que se sienten aquejados de igual dolencia. En este crítico período de su existencia padecía Mr. Benjamín Allen tal vez esa predisposición al sentimentalismo más acentuada que nunca. Y la causa de su enfermedad era ésta: llevaba cerca de tres semanas al lado de Bob Sawyer; Mr. Bob Sawyer no se distinguía por su templanza, ni podía envanecerse Mr. Benjamín Allen de poseer una cabeza muy segura. Y la consecuencia de todo esto era que, durante el tiempo mencionado, Mr. Benjamín Allen había estado oscilando entre la embriaguez parcial y la embriaguez absoluta y completa.

 

—Mi querido amigo —dijo Mr. Ben Allen, aprovechando la ausencia momentánea de Mr. Bob Sawyer, que había acudido al mostrador para entregar algunas de las mencionadas sanguijuelas de segunda mano—, mi querido amigo, soy muy desgraciado.

 

Expresó Mr. Winkle su sentimiento ante aquellas palabras, y trató de averiguar si podría hacer algo para aliviar las penas del dolorido estudiante.

 

—Nada, amigo, nada —dijo Ben—. ¿Se acuerda usted de Arabella, Winkle? ¿Mi hermana Arabella... una muchachita, Winkle, de ojos negros... cuando estuvimos en casa de Wardle? No sé si usted se fijaría en ella; una linda muchacha, Winkle. Tal vez mis facciones puedan ayudarle a recordarla.

 

 

 

 

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Mr. Winkle no necesitaba absolutamente nada para representarse a la encantadora Arabella; y no era poca fortuna que así ocurriera, porque los rasgos de su hermano Benjamín hubieran constituido un excitante bien poco activo para su memoria. Contestó, con toda la calma que pudo, que recordaba perfectamente a la señorita y que deseaba sinceramente que gozara de buena salud.

 

—Nuestro amigo Bob es un muchacho encantador, Winkle —fue la única respuesta de Mr. Ben Allen.

 

—Mucho —dijo Mr. Winkle, acogiendo con escasa complacencia esta estrecha conexión de los dos nombres.

 

—Yo destinaba el uno al otro; habían sido engendrados el uno para el otro; había venido al mundo el uno para el otro; había nacido el uno para el otro, Winkle —dijo Mr. Ben Allen, dejando su vaso con énfasis—. Hay una indudable predestinación, mi querido amigo: sólo se llevan cinco años, y los dos nacieron en agosto.

 

Era demasiada el ansia con que aguardaba Mr. Winkle el desarrollo de la conversación para que se hallase en condiciones de demostrar su asombro ante la extraordinaria coincidencia, por muy maravillosa que fuera. Mr. Ben Allen, después de derramar una o dos lágrimas, procedió a declarar que, no obstante la estima, el respeto y la veneración que su amigo le inspiraba, Arabella había manifestado una evidente y decidida antipatía hacia la persona de Mr. Bob Sawyer.

 

—Y yo pienso —dijo Mr. Ben Allen, resumiendo—, yo pienso que ella tiene otro amor.

 

—¿Tiene usted alguna idea de quién pueda ser el objeto de esa inclinación? — preguntó Mr. Winkle, trepidante de ansiedad.

 

Apoderóse Mr. Ben Allen del hurgón, agitólo en el aire en ademán agresivo, descargó un tremendo golpe sobre un cráneo imaginario y acabó por decir, en forma harto expresiva, que lo único que deseaba era enterarse de ello; nada más.

 

—Ya le diría yo lo que pensaba de él —dijo Mr. Ben Allen.

 

Y blandió de nuevo el hurgón con más ardor que antes.

 

Todas estas confidencias venían, por supuesto, a mitigar las inquietudes de Mr. Winkle, el cual, después de permanecer silencioso por espacio de algunos minutos, formó el propósito de averiguar el paradero de Miss Allen, en Kent.

 

—No, no —dijo Mr. Allen, abandonando el hurgón y adoptando un gesto reflexivo—; no me parece apropiada la casa de Wardle para una muchacha juiciosa; y puesto que soy yo su natural protector y custodio, muertos mis padres, la he traído para aquí a pasar unos meses en casa de una anciana tía, que es un sitio bastante recogido y poco ameno. Confío en que se curará. Pero si no es así, me la llevaré a viajar un poco de tiempo, y veremos lo que pasa.

 

—¿Y reside en Bristol la tía? —balbució Mr. Winkle.

 

—No, no; en Bristol, no —replicó Mr. Ben Allen, levantando el pulgar hacia atrás

 

 

 

 

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por encima de su hombro derecho—. Por ahí; por allá abajo. Pero, chitón, que viene Bob. Ni una palabra, amigo, ni una palabra.

 

Por breve que fuera esta conversación, bastó para despertar una ansiedad tremenda en el ánimo de Mr. Winkle. El presunto amor anterior de la muchacha le llenaba el corazón de incertidumbre. ¿Sería él, por ventura, el objeto de ese cariño? ¿Habría ella desdeñado por él al vivaracho y arriscado Bob Sawyer, o existía otro rival favorecido? Resolvió, pues, entrevistarse con ella a toda costa. Pero he aquí que le salía al paso una dificultad insuperable: porque aquella frase aclaratoria de «Por ahí; por allá abajo», de Mr. Ben Allen, no era posible adivinar si indicaba tres millas, treinta o trescientas.

 

Mas no tuvo ocasión para entregarse a sus amorosos pensamientos, porque la llegada de Bob Sawyer sólo precedió unos segundos a la de una empanada, traída de la panadería, de la que se le invitó a participar. Luego de ponerse el mantel por la mujer de un carretero, que oficiaba de ama de gobierno de Mr. Bob Sawyer, y de pedir prestado un cuchillo y un tenedor a la madre del chico de librea gris, pues el menaje de Mr. Sawyer dejaba aún bastante que desear, sentáronse a la mesa; la cerveza se sirvió, según frase de Mr. Sawyer, en su estaño nativo.

 

Después de comer, mandó Mr. Bob Sawyer que se le trajera el mortero más capaz de la tienda y vertió en él un brebaje humeante, compuesto de ron y de ponche; agitó y mezcló los ingredientes con una mano de almirez de marcado estilo farmacéutico. Siendo célibe Mr. Bob Sawyer, no había en la casa más que un vaso, que se destinó a Mr. Winkle, como deferencia al visitante; Mr. Ben Allen se proveyó de un embudo tapado con un corcho, y se contentó Bob Sawyer con una de esas copas de anchos bordes, grabada con gran variedad de cifras cabalísticas, en las que los químicos gradúan los componentes líquidos para las recetas. Terminados estos arreglos preliminares, consumióse el ponche, cuyas excelencias fueron al punto proclamadas, y luego de pactarse que Bob Sawyer y Ben Allen podían beberse dos copas por cada una que apurase Mr. Winkle, continuó el ágape, con gran satisfacción y en la mejor camaradería.

 

No hubo canciones, por juzgarlas Mr. Bob Sawyer impropias de su condición profesional; mas para resarcirse de esta privación charlóse de lo lindo y se rió de tan buena gana, que debía oírseles desde el extremo de la calle. Esta conversación aligeró el paso de las horas y ocasionó no poca excitación al chico de Mr. Bob Sawyer, el cual, en vez de emplear la tarde en su ocupación habitual, que consistía en escribir su nombre en el mostrador para borrarlo en seguida, asomó la cabeza por el cristal de la puerta, y allí permaneció mirando y escuchando.

 

Poco tardó en convertirse en furiosa la alegría de Mr. Bob Sawyer; Mr. Ben Allen cayó a poco en su habitual sentimentalismo, y aún no se había consumido el ponche por completo cuando el chico, entrando rápidamente, anunció que acababa de llegar

 

 

 

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una mujer joven para decir que fuera inmediatamente Sawyer, antes Nockemorf, a una casa cercana. Con esto se disolvió la partida. Enterado Mr. Bob Sawyer del recado, al cabo de unas veinte repeticiones, envolvióse la cabeza en un paño mojado, con objeto de serenarse, y luego de conseguirlo, hasta cierto punto, calóse sus verdes antiparras y salió. Rechazando cuantas súplicas se le hicieron para que se quedase hasta que volviera y juzgando imposible entablar con Mr. Ben Allen conversación normal acerca de la materia que tanto le interesaba, como de cualquiera otra, pidió la venia Mr. Winkle y se volvió a El Arbusto.

 

La ansiedad que embargaba su mente y las atropelladas meditaciones que hubo de suscitar Arabella impidieron que la parte de mortero de ponche que le había correspondido le causara el efecto que sin duda ninguna hubiérale producido en otras circunstancias. Así, pues, luego de tomar una copa de aguardiente y soda en la cantina, penetró en el café, más desanimado que esperanzado por las ocurrencias de la tarde.

 

Sentado frente a la chimenea y de espaldas a él había un hombre de aventajada estatura, envuelto en un gran abrigo. Era éste la única persona que en la estancia hallara. Era una tarde fría para la estación, y con objeto de que pudiera disfrutar del fuego el recién llegado, se hizo a un lado con la silla. ¡Cuál no sería la sorpresa de Mr. Winkle cuando descubrió la figura y los rasgos del vengativo y sanguinario Dowler!

 

El primer impulso de Mr. Winkle fue dar un violento campanillazo, asiendo el llamador más próximo; pero éste acertaba, por desgracia, a encontrarse inmediatamente detrás de la cabeza de Mr. Dowler. Ya había dado un paso hacia el boliche, cuando se detuvo bruscamente. Entonces se volvió rápido Mr. Dowler.

 

—Mr. Winkle, sir, cálmese; no me pegue; no lo consiento. ¡Una bofetada, jamás! —dijo Mr. Dowler, mirando a Mr. Winkle con mucha mayor humildad de la que pudiera hacer esperar su fiereza.

 

—¿Una bofetada, sir? —balbució Mr. Winkle.

 

—Una bofetada, sir —replicó Dowler—. Cálmese. Siéntese. óigame.

 

—Sir—dijo Mr. Winkle, temblando de pies a cabeza—, antes de consentir en sentarme a su lado o frente a usted, sin que se halle presente un criado, necesito la garantía de alguna explicación. Usted profirió anoche una amenaza contra mí, sir, una terrible amenaza, sir.

 

Palideció Mr. Winkle al decir esto y paró en seco.

 

—Es cierto —dijo Dowler, cuyo semblante aparecía tan lívido como el de Mr. Winkle—. Las circunstancias eran sospechosas. Ya se me ha explicado. Respeto su bravura. La razón está de su parte. Tiene usted la conciencia de la inculpabilidad. Aquí está mi mano. Estréchela usted.

 

—Realmente, sir —dijo Mr. Winkle, vacilando al entregar su mano y recelando

 

 

 

 

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casi que se le pidiera con el designio de obtener una ventaja—, realmente, sir, yo...

 

—Sé lo que usted quiere decir —le atajó Dowler—. Se siente usted ofendido.

 

Muy natural. Yo también lo estaba. Me equivoqué. Perdóneme. Seamos amigos.

 

Con esto, obligó Dowler a que tomara su mano Mr. Winkle, y, sacudiéndola con la mayor vehemencia, declaró que era un hombre de probado temple y que tenía de él mejor opinión que nunca.

 

—Ahora —dijo Dowler—, siéntese. Cuéntelo todo. ¿Cómo ha dado usted conmigo? ¿Cuándo salió usted en mi busca? Sea usted franco. Dígamelo.

 

—Ha sido completamente casual —replicó Mr. Winkle, un tanto perplejo ante el inesperado y curioso derrotero que tomaba la entrevista—; completamente.

 

—Encantado —dijo Dowler—. Yo me desperté esta mañana. Había olvidado mi amenaza. Me eche a reír al recordar lo ocurrido. Me sentía animado de los mejores sentimientos. Así lo dije.

 

—¿A quién? —inquirió Mr. Winkle.

 

—A la señora Dowler. «Hiciste un juramento», dijo ella. «Es verdad», dije yo. «Fue un juramento inapelable», dijo ella. «Lo fue», dije yo. «Le daré explicaciones. ¿Dónde está?»

 

—¿Quién? —preguntó Mr. Winkle.

 

—Usted —replicó Dowler—. Bajé la escalera. No se le encontraba por ninguna parte. Pickwick parecía sombrío. Movía su cabeza de un lado a otro. Dijo que esperaba no se llegase a la violencia. Lo comprendí todo. Usted se sintió ofendido. Usted había salido en busca de un amigo. Tal vez por pistolas. «Gran temple», dije yo. «Le admiro.»

 

Tosió Mr. Winkle, y como empezara a comprender que pisaba terreno firme, adoptó un continente orgulloso.

 

—Dejé una esquela para usted —continuó Dowler—. Decía yo que lo lamentaba. Era verdad. Asuntos perentorios me reclamaban aquí. Usted no había recibido satisfacción. Usted me siguió. Exigía una explicación verbal. Tenía derecho. Ya pasó todo. Mi negocio ha terminado. Vuelvo mañana. Véngase conmigo.

 

En tanto que Dowler desarrollaba su explicación, iba el rostro de Mr. Winkle cobrando dignidad y prestancia. El misterioso comienzo de su conversación quedaba suficientemente aclarado; en una palabra: que el jactancioso y temible personaje era uno de los cobardes más redomados, que, habiendo interpretado la ausencia de Mr. Winkle guiándose por sus propios temores, había seguido la misma táctica y puéstose en salvo hasta que la excitación hubiera pasado.

 

Como la verdadera naturaleza del caso se descubría con toda claridad a los ojos de Mr. Winkle, adoptó un gesto terrible y dijo que se consideraba satisfecho; pero al mismo tiempo se cuidó de decirlo en un tono tal, que Mr. Dowler no pudo menos de inferir que en caso contrario hubiera ocurrido seguramente algo espantoso y trágico.

 

 

 

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Mr. Dowler mostróse impresionado por la noble magnanimidad de Mr. Winkle, y ambos beligerantes se dieron las buenas noches con interminables protestas de eterna amistad.

 

Serían las doce y media cuando Mr. Winkle, sumergido haría unos veinte minutos en las delicias de su primer sueño, despertó bruscamente a consecuencia de un fuerte golpe dado en la puerta de su dormitorio, que hubo de repetirse con redoblada energía, hasta que le hizo saltar de la cama y preguntar quién era y qué pasaba.

 

—Dispense, sir; aquí hay un joven que dice que tiene que verle inmediatamente —respondió la voz de la camarera.

 

—¡Un joven! —exclamó Mr. Winkle.

 

—No se equivoca, sir —replicó otra voz por el ojo de la cerradura—; y si a ese interesante joven no se le franquea la entrada inmediatamente, será muy posible que entren sus piernas antes que su cara.

 

Dio el joven un suave puntapié a uno de los tableros inferiores de la puerta, al pronunciar esta frase, como para subrayar la intimación.

 

—¿Eres tú, Sam? —preguntó Mr. Winkle levantándose.

 

—Es completamente imposible identificar a ningún caballero de un modo seguro sin verle, sir —replicó la voz con acento dogmático.

 

Sin que a Mr. Winkle le cupiera la menor duda acerca de quién pudiera ser el joven, abrió la puerta; no bien lo hiciera, colóse precipitadamente Mr. Samuel Weller y, cerrando la puerta por dentro, depositó intencionadamente la llave en el bolsillo de su chaleco y quedóse mirando a Mr. Winkle.

 

—Es usted un joven muy ocurrente, sir —dijo Mr. Weller.

 

—¿Qué significa esto, Sam? —preguntó indignado Mr. Winkle—. Fuera, sir, al instante. ¿Qué significa esto, sir?

 

—¿Que qué significa? —respondió Sam—. Vamos, sir, qué bueno está eso, como dijo la señorita reconviniendo al repostero por haberle vendido una empanada de cerdo que no tenía dentro más que gordo. ¿Que qué significa? Hombre, no está mal; no está mal.

 

—Abra la puerta y salga inmediatamente, sir —dijo Mr. Winkle.

 

—Saldré de la habitación, sir, en el preciso instante en que usted salga — respondió Sam, hablando con forzado aplomo y sentándose con gran serenidad—. Si no tengo más remedio que llevármelo a usted a rastras, claro está que tendré que salir un poquito antes que usted; pero me hará usted el favor de no obligarme a esa medida extrema; y al decir esto me acuerdo de lo que le decía el señor a un caracol rebelde, al que, no pudiendo hacer salir de su concha por medio de alfilerazos, temía verse en la necesidad de aplastarlo entre la hoja y el quicio de la puerta.

 

Al concluir esta relación, cuya latitud parecía desacostumbrada en Mr. Weller, apoyó éste sus manos en las rodillas y miró al rostro de Mr. Winkle con una

 

 

 

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expresión fisonómica que indicaba bien a las claras no hallarse dispuesto a tolerar que se jugara con él.

 

—Vaya un buen amigo que es usted, sir —prosiguió Mr. Weller en tono de reproche—; envolver a nuestro querido amo en toda clase de trapisondas, cuando se trata de un hombre que todo lo hace con arreglo a principios. Es usted mucho peor que Dodson, sir, y en cuanto a Fogg, me parece un ángel al lado de usted.

 

Acompañó Mr. Weller estas frases con una enfática palmada en sus rodillas; cruzóse de brazos con aire contrariado y se repantingó en la silla, adoptando la actitud del que espera un informe de defensa.

 

—Mi buen amigo —dijo Mr. Winkle extendiendo su mano, en tanto que sus dientes tiritaban por haber permanecido con el solo abrigo del atavío nocturno durante toda la fraterna de Mr. Weller—, mi buen amigo, respeto tu adhesión a mi excelente amigo y lamento con toda mi alma haber contribuido a aumentar sus preocupaciones. ¡Eso es, Sam!

 

—Bien —dijo Sam, sin abandonar su gesto regañón, pero estrechando al mismo tiempo respetuosamente la mano que se le tendía—, bien, así debe ser, y me alegro mucho de verle en esa disposición, porque, en lo que yo pueda, no he de consentir que nadie se la juegue de puño, ya lo sabe usted.

 

—Está bien, Sam —dijo Mr. Winkle—. Perfectamente. Ahora, vete a la cama, Sam, y mañana hablaremos más despacio.

 

—Lo siento mucho —dijo Sam—, pero no puedo irme a la cama.

 

—¿Cómo que no puedes irte a la cama? —replicó Mr. Winkle.

 

—No —dijo Sam, moviendo la cabeza—; no puede ser.

 

—¿No querrás decir que tenemos que regresar esta noche, Sam? —arguyó Mr.

 

Winkle con cierto asombro.

 

—No, a menos que usted lo deseara —replicó Sam—; pero yo no puedo salir de esta habitación; las órdenes del amo son terminantes

 

—¡Qué tontería, Sam! —dijo Mr. Winkle—. Yo tengo que permanecer aquí dos o tres días; y es más, Sam, tú tienes que quedarte también para ayudarme a lograr una entrevista con una señorita... Miss Allen, Sam; ya te acordarás de ella... una señorita a quien es preciso que vea antes de salir de Bristol.

 

Como respuesta a estas proposiciones, sacudió Sam la cabeza con gran firmeza y replicó en tono inapelable:

 

—No puede ser.

 

Al cabo de una copiosa argumentación, acumulada por Mr. Winkle, y luego de relatar la entrevista celebrada con Dowler, empezó Sam a vacilar, llegándose, por último, a un acuerdo, cuyas principales condiciones eran las siguientes:

 

Que Sam se retiraría, dejando a Mr. Winkle en posesión de su dormitorio, a condición de que se le permitiera cerrar y llevarse la llave, con el compromiso de que,

 

 

 

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en caso de fuego, de alarma o de otra cualquiera contingencia de peligro, la puerta fuera franqueada. Que se escribiría una carta a Mr. Pickwick, por la mañana temprano, por conducto de Mr. Dowler, pidiendo se autorizase a Sam y a Mr. Winkle para quedarse en Bristol, en vista del objeto señalado, y pidiendo se enviara la respuesta en el primer coche. Si la respuesta era favorable, ambos permanecerían en la ciudad, regresando a Bath inmediatamente en caso contrario. Y, por último, que Mr. Winkle se comprometía a no escaparse por la ventana, ni por la chimenea, ni por ningún otro conducto subrepticio, durante la noche. Ultimadas las estipulaciones, cerró Sam la puerta y se marchó.

 

No bien llegó a las escaleras, paróse de repente y sacó la llave de su bolsillo. —Se me ha olvidado lo de tirarle al suelo —dijo Sam, haciendo ademán de volver

 

—. El amo dijo que se hiciera de una manera explícita. ¡Pero, vaya una estupidez! No importa —dijo Sam, regocijado por la súbita ocurrencia—: eso puede hacerse mañana perfectamente.

 

Tranquilizado con esta reflexión, introdujo nuevamente Mr. Weller la llave en su bolsillo, y bajando el resto de la escalera sin que le asaltaran nuevos resquemores de conciencia, quedó profundamente dormido, lo mismo que los demás inquilinos de la casa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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39.    En el cual procede Mr. Weller a ejecutar una misión de amor que se le confía y cuyo éxito verá el que leyere

 

Durante todo el día siguiente mantúvose Sam sin perder de vista a Mr. Winkle, completamente resuelto a no dejarle de la mano un solo instante, mientras no recibiera instrucciones concretas del alto manantial. Por muy desagradable que se le hiciera a Mr. Winkle la estrecha vigilancia de Sam, juzgó preferible allanarse a exponerse, por un acto de oposición violenta, a ser conducido a la fuerza, que era el propósito de Mr. Weller, según le insinuara con energía inapelable. Y no puede dudarse de que Sam se hubiera apresurado a calmar sus escrúpulos, llevándose a Bath a Mr. Winkle atado de pies y manos, de no haber Mr. Pickwick, prestando atención diligente a la carta que Dowler se encargara de entregar, evitado tan sumario y extremo procedimiento. En una palabra: que a las ocho de la noche se presentó Mr. Pickwick en el café de El Arbusto y dijo a Sam, con cara sonriente, lo cual hubo de tranquilizarle, que había procedido admirablemente y que era ya innecesario prolongar la guardia.

 

—He creído mejor venir yo mismo —dijo Mr. Pickwick, dirigiéndose a Mr. Winkle, en tanto que Sam le despojaba de su gran abrigo y de su bufanda de viaje— para cerciorarme, antes de dar mi consentimiento para que Sam intervenga en el asunto, de que son completamente serios y formales los sentimientos de usted en relación con esa señorita.

 

—¡Serios; salen de mi corazón... de mi alma! —respondió Mr. Winkle con gran energía.

 

—No olvide usted, Winkle —dijo Mr. Pickwick con ojos centelleantes—, que la conocimos en casa de nuestro excelente y hospitalario amigo. Sería una villanía corresponder ligera y desconsideradamente a las tiernas deferencias de esa señorita. No lo consentiré, sir, no lo consentiré.

 

—No tengo semejante intención —exclamó Mr. Winkle calurosamente—. He meditado largamente el asunto, y estoy convencido de que mi felicidad depende de ella.

 

—Eso es lo que se llama atarse en el mismo paquete, sir —interrumpió Mr.

 

Weller con sonrisa placentera.

 

Acogió Mr. Winkle con cierta severidad la interrupción, y Mr. Pickwick, con acento de enojo, suplicó a su criado que no se chanceara de uno de los más hermosos sentimientos de nuestra naturaleza; a lo cual replicó Sam que no volvería a hacerlo, pero que eran tantos los humanos sentimientos, que no le era fácil saber cuáles eran los más hermosos.

 

Relató entonces Mr. Winkle la conversación que había mantenido con Mr. Ben Allen acerca de Arabella; declaró que era su propósito lograr una entrevista con ella y

 

 

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descubrirle formalmente su pasión; y dijo que estaba convencido, en vista de ciertas vagas insinuaciones del susodicho Ben, de que, cualquiera que fuera el sitio en que actualmente se hallara recluida su hermana, debía caer hacia el Arenal.

 

Con tan incierta guía, convínose que al día siguiente emprendiera Mr. Weller un recorrido de exploración; resolvióse al mismo tiempo que Mr. Pickwick y Mr. Winkle, que confiaban muy poco en sus facultades descubridoras, se quedarían en la ciudad, y que se dejarían caer en casa de Mr. Bob Sawyer aquel mismo día para ver de indagar algo acerca del paradero de la señorita.

 

A la mañana siguiente partió, en consecuencia, Mr. Weller, con objeto de llevar a cabo sus pesquisas, nada cohibido por la desconsoladora perspectiva que se le ofrecía. Empezó a recorrer una calle y otra —íbamos a decir calle arriba y calle abajo, sin darnos cuenta de que todo Clifton es una pura cuesta—, sin hallar nada ni nadie que pudiera arrojar alguna luz sobre el asunto que tenía entre manos. Celebró numerosos coloquios con los mozos que paseaban caballos y con nodrizas que paseaban niños; mas no pudo sacar de unos ni de otras el menor indicio que guardara relación con el objetivo de su habilísima indagatoria. Había en muchas casas muchas señoritas, la mayoría de las cuales estaban, al decir de criados y criadas, perdidamente enamoradas de alguno o dispuestas a enamorarse en cuanto se ofreciera la menor oportunidad. Pero como ninguna de ellas se llamaba Arabella Allen, todos estos informes dejaban a Sam en el mismo estado de ignorancia que al principio.

 

Al llegar al Arenal, tuvo Sam que luchar contra un fuerte vendaval, y se preguntó repetidas veces si sería preciso siempre sostenerse el sombrero con las dos manos en esta parte de la comarca. Llegó en esto a una sombría plazoleta, rodeada de pequeños hoteles de tranquila y recatada apariencia. A la puerta de una cuadra, y en el fondo de un largo callejón sin salida, un muchacho, en mangas de camisa, estaba haraganeando, aunque persuadido, en apariencia, de que hacía algo, con una pala y una carretilla. No está de más observar en este punto que hemos visto pocos mozos que, cuando se hallan ociosos a la puerta de una cuadra, dejen de ser víctimas de una ilusión semejante.

 

Juzgando Sam que lo mismo podía dirigirse a este mozo que a otro cualquiera y sintiéndose impulsado a ello por hallarse fatigado y descubrir una gran piedra frente a la carretilla, anduvo el callejón y, sentándose en la piedra, entabló conversación con la fácil desenvoltura que le era peculiar.

 

—Buenos días, compadre —dijo Sam.

 

—Querrá usted decir buenas tardes —replicó el mozo, dirigiendo a Sam una mirada hostil.

 

—Tiene usted razón, compadre —dijo Sam—; quiero decir buenas tardes. ¿Cómo está usted?

 

—Pues ni mejor ni peor por ver a usted —repuso el adusto mancebo.

 

 

 

 

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—Hombre, me extraña mucho eso —dijo Sam—, porque parece usted tan extraordinariamente alegre y tan juguetón que, al verle, se le regocija a uno el corazón.

 

El adusto mozo pareció acentuar su malhumor con esto, mas sin hacer mella en Sam, que preguntó acto seguido, con ansioso semblante, si no era Walker el nombre de su amo.

 

—No, no es —dijo el mozo.

 

—¿Ni Brown, tampoco? —dijo Sam.

 

—Tampoco.

 

—¿Ni Wilson?

 

—No, ninguno de ésos —resumió el mancebo.

 

—Bien —repuso Sam—; entonces estoy equivocado y, contra lo que yo creía, no tiene su amo el honor de conocerme. Pero no se quede usted aquí por hacerme la visita —dijo Sam, viendo que el mozo hacía rodar hacia dentro la carretilla y se disponía a cerrar la puerta—. Nada de cumplimientos, compadre; se los dispenso todos.

 

—Por menos de una corona le quito a usted la cabeza —dijo el hosco mancebo, bajando la corredera de una de las hojas de la puerta.

 

—Me parece eso demasiado barato —repuso Sam—. Valdría, por lo menos, todos los jornales de usted hasta el fin de sus días, y aún sería bastante módico. Presente usted mis respetos a los señores. Dígales que no me esperen a cenar y que no prescindan de nada en consideración a mí, porque ya habrá llovido antes de que yo entre en la casa.

 

Como respuesta, el mozo, que ya se iba amostazando, expresó en palabras ininteligibles su deseo de inferir a Sam algún daño personal; mas desapareció sin poner por obra semejante anhelo, cerrando la puerta tras de sí de golpe y desentendiéndose de la afectuosa súplica que le hiciera Sam para que le dejara un mechón de su cabello.

 

Continuó Sam descansando en la ancha piedra, meditando en lo que debiera hacer y dando vueltas en su mente al proyecto de llamar a todas las casas de cinco millas a la redonda de Bristol, calculando a ciento cincuenta diarias, en su afán de descubrir a Miss Arabella por este procedimiento, cuando un incidente fortuito puso en su camino lo que no hubiera podido hallar aunque hubiera permanecido doce meses sentado en la piedra.

 

Abríanse al mismo callejón en que él se hallaba sentado tres o cuatro verjas de jardines pertenecientes a otras tantas casas que, a pesar de estar separadas, se hallaban en vecindad estrecha por los jardines. Como eran éstos largos, espaciosos y hallábanse provistos de frondoso arbolado, las casas no sólo se hallaban algo distantes del callejón, sino que la mayor parte de ellas se ocultaba de la vista por el

 

 

 

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follaje. Permanecía Sam sentado, con los ojos fijos en un montón de tierra que yacía junto a la puerta contigua a aquella por la que el mozo había desaparecido, preocupado con las dificultades de su empresa, cuando se abrió la verja, dando paso a una criada que salía para sacudir unas alfombras de cama.

 

Tan absorto en sus pensamientos estaba Sam, que se hubiera limitado probablemente a darse cuenta de la presencia de la muchacha y tan sólo a levantar la cabeza y observar que tenía una linda figura, si sus hábitos de galantería no le hubiesen llevado a considerar que no tenía la muchacha quien le ayudara en su faena y que las alfombras parecían harto pesadas para las fuerzas de la criada. Mr. Weller era galante de suyo, y no bien percibió esta circunstancia, levantóse con presteza de la ancha piedra y se dirigió hacia la muchacha.

 

—Querida —dijo Sam, avanzando con ademán respetuoso—, va usted a estropear ese precioso cuerpecito más de la cuenta si se empeña en sacudir sola las alfombras. Déjeme que la ayude.

 

La joven, que afectaba ladinamente no haberse hecho cargo de la presencia del caballero, volvióse al oír a Sam, sin duda, como dijo después, para declinar el ofrecimiento, por venir de un extraño, y, en vez de hablar, retrocedió sobresaltada y dejó escapar un tímido chillido. No fue menor el asombro de Sam cuando en el rostro de la guapa doncella percibió los ojos de su enamorada, la hermosa sirvienta del Dr. Dupkins.

 

—¡Cómo, querida María! —dijo Sam.

 

—¡Dios mío, Mr. Weller —dijo María—, vaya un susto que me ha dado usted! No hubo de responder Sam verbalmente a esta reconvención, ni nos atrevemos a

 

precisar la clase de respuesta que diera. Sólo podremos decir que, luego de una breve pausa, dijo María: «¡Por Dios, estése usted quieto, Mr. Weller!», y que su sombrero había caído momentos antes, síntomas ambos que nos inducen a sospechar que debió cruzarse entre las dos partes uno o más besos.

 

—¿Cómo ha venido usted aquí? —dijo María, reanudando la conversación así interrumpida.

 

—Pues claro es que he venido por usted, encanto mío —repuso Mr. Weller, dejando que por una vez triunfara su pasión de su veracidad.

 

—¿Y cómo ha sabido usted que estaba yo aquí? —preguntó María—. ¿Quién puede haberle dicho que cambié de casa en Ipswich y que después nos vinimos aquí? ¿Quién puede habérselo dicho, Mr. Weller?

 

—¡Ah, amiguita! —dijo Sam con gesto malicioso—. Ahí está el toque. ¿Quién podrá habérmelo dicho?

 

—¿No habrá sido Mr. Muzzle? —preguntó María.

 

—No, ca —replicó Sam, moviendo la cabeza con solemnidad—, no ha sido él.

 

—Tiene que haber sido la cocinera —dijo María.

 

 

 

 

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—Naturalmente que ha sido ella —dijo Sam.

 

—¡Está bien, no he visto cosa igual! —exclamó María.

 

—Ni yo tampoco —dijo Sam, poniéndose extremadamente tierno—, María querida, me han encomendado un asunto muy urgente. Aquí está uno de los amigos de mi amo... Mr. Winkle; tiene usted que acordarse de él.

 

—¿El de la chaqueta verde? —dijo María—. ¡Ah!, sí, me acuerdo.

 

—Bueno —dijo Sam—, pues está en un estado de enamoramiento horroroso, trastornado, enloquecido.

 

—¡Qué atrocidad! —interrumpió María.

 

—Sí —dijo Sam—, pero eso no importaría si pudiéramos dar con la señorita.

 

Y entonces Sam, entre largas digresiones acerca de las gracias personales de María y de las indescriptibles torturas que había experimentado desde la última vez que la viera, hizo un relato fidelísimo del estado actual de Mr. Winkle.

 

—¡Qué cosa tan rara! —dijo María.

 

—Sí que es bien rara —dijo Sam—; es una cosa nunca vista. Y aquí me tiene usted, correteando como el judío errante, un personaje andarín del que habrá usted oído hablar, querida María, que desafiaba al tiempo y que no dormía jamás, buscando a esta Miss Arabella Allen.

 

—¿Miss qué? —dijo María, denotando un gran asombro.

 

—Miss Arabella Allen —dijo Sam.

 

—¡Cielo santo! —dijo María, señalando hacia la puerta del jardín por donde había entrado el adusto mancebo—. Pero si ésa es su casa; hace seis semanas que vive ahí. Su doncella, que es también la de la señora, me lo contó todo, desde el lavadero, una mañana, antes de que se levantasen los señores.

 

—¡Cómo! ¿Es la puerta de al lado de la de usted? —dijo Sam.

 

—La misma —replicó María.

 

Fue tan intensa la sorpresa que experimentó Mr. Weller al recibir esta información, que se vio en la imprescindible necesidad de apoyarse en su hermosa informadora, y hubieron de cruzarse entre ellos varias ternezas antes de que Sam pudiera recobrarse y volver a su asunto.

 

—Bien —dijo Sam, al cabo—; si esto no acaba como las riñas de gallos, nada acabará, como dijo el lord mayor cuando su secretario de estado propuso, al terminar de comer, un brindis por su señora. ¡La casa de al lado! Pues tengo una carta, que estoy todo el día trabajando por entregarla.

 

—¡Ah! —dijo María—, pero no puede usted entregarla ahora, porque ella no pasea por el jardín más que al anochecer y muy poco tiempo; nunca sale sin la vieja.

 

Meditó Sam unos momentos y se decidió al fin por el siguiente plan de operaciones: que volvería al oscurecer, a la hora en que Arabella daba su paseo invariablemente, y que, dándole entrada María en el jardín de su casa, procuraría él

 

 

 

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encaramarse en la tapia, resguardándose tras el ramaje de un frondoso peral; que entregaría su carta y trataría de preparar una entrevista de la muchacha con Mr. Winkle para la tarde siguiente a la misma hora. Planeada esta operación con gran diligencia, ayudó a María en la faena, largamente diferida, de sacudir las alfombras.

 

No es tarea tan inocente como parece esta de sacudir las alfombras, pues si no ofrece gran cosa de particular el sacudirlas, el proceso de doblarlas tiene su intríngulis. Mientras dura el sacudido y se hallan separadas las dos partes por la longitud de una alfombra, la faena constituye el más inocente pasatiempo que puede imaginarse; mas cuando empieza el doblado y a menguar gradualmente la distancia, reduciéndose a la mitad de la longitud de la alfombra, luego a la cuarta parte, a la octava, a la dieciseisava y luego a la treintaidosava, si la extensión de la alfombra es algo considerable, resulta un tanto peligrosa. No sabemos a ciencia cierta cuántas alfombras fueron dobladas en este caso; pero sí nos atrevemos a asegurar que Sam dio a la linda doncella tantos besos como alfombras había.

 

Obsequióse Sam moderadamente en la próxima taberna hasta que, llegado el anochecer, se encaminó de nuevo al callejón sin salida. Entrando en el jardín, guiado por María, y luego de recibir innumerables recomendaciones de ésta, concernientes a la seguridad de sus miembros, trepó Sam al peral, en espera de la salida de Arabella.

 

Tanto hubo de aguardar este acontecimiento, que empezaba a desconfiar de que llegara a sobrevenir, cuando oyó sobre la grava unos pasos menudos y vio a los pocos momentos a Arabella, que paseaba por el jardín con aire pensativo. En cuanto la muchacha se acercó al árbol, Sam, con objeto de insinuar su presencia, produjo varios ruidos diabólicos, semejantes a los que podría hacer una persona de edad madura que se hallara aquejada de una combinación de asma, garrotillo y tosferina desde su más tierna infancia.

 

Al oír esto, la señorita dirigió una mirada inquieta hacia el lugar de que provenían aquellos sonidos espantosos, y como su alarma no disminuyera, ni mucho menos, al percibir a un hombre entre las ramas, no hay que dudar de que hubiera huido y alarmado la casa de no haberse visto privada de todo movimiento y obligada a sentarse en un banco rústico que a la mano tenía.

 

—Se va a marchar —se decía Sam, presa de extraordinaria ansiedad—. Es mucha cosa esta manía que tienen las mujeres de desmayarse, precisamente cuando no tienen para qué hacerlo. Aquí, señorita, Miss Sierrahuesos. Señora Winkle, no se vaya.

 

No sabremos decir, ni nos importa, si fue el nombre mágico de Mr. Winkle, la frescura del aire libre o un vago recuerdo de la voz de Mr. Weller lo que hubo de reanimar a Arabella. Levantó la cabeza y preguntó con languidez:

 

—¿Qué es eso? ¿Qué quiere usted?

 

—¡Chissst! —dijo Sam, montándose en la tapia y acurrucándose cuanto pudo—.

 

Soy yo, Miss, soy yo.

 

 

 

 

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—¡El criado de Mr. Pickwick! —dijo Arabella, jadeante de sorpresa.

 

—El mismo —replicó Sam—. Está aquí Mr. Winkle, desesperado, Miss.

 

—¡Ah! —dijo Arabella, acercándose a la tapia.

 

—Sí —dijo Sam—. Anoche creímos vernos obligados a ponerle la camisa de fuerza; no ha hecho más que delirar todo el día, y dice que si no puede verla a usted antes de la noche de mañana algo muy desagradable tendrá que ocurrirle, si no se ahoga.

 

—¡Oh, no, no, Mr. Weller! —dijo Arabella, cruzando las manos.

 

—Eso dice, Miss —replicó Sam—. Él es hombre de palabra, y para mí que lo hace, Miss. Creo que le ha hablado algo de usted el sierrahuesos de los lentes.

 

—¡Mi hermano! —dijo Arabella, reconociendo difícilmente al aludido en la descripción de Sam.

 

—Yo no estoy seguro de si es su hermano, Miss —repuso Sam—. ¿Es el más sucio de los dos?

 

—Sí, sí, Mr. Weller —respondió Arabella—. ¡Vamos, dese prisa; por favor! —Bien, Miss —dijo Sam—. Le ha oído hablar de usted y opina mi amo que, si no

 

le ve usted en seguida, el sierrahuesos de que hemos hablado va a recibir en su cabeza mucho más plomo del que conviene para que pueda conservarse en espíritu de vino.

 

—¡Oh! ¿Qué puedo yo hacer para evitar esa espantosa lucha? —exclamó Arabella.

 

—Creo que la causa de todo es la sospecha de que usted tiene ya un amor — replicó Sam—. Lo mejor es que usted le vea, Miss.

 

—Pero ¿cómo, dónde? —gritó Arabella—. Yo no me atrevo a salir sola de la casa. ¡Mi hermano es tan violento, tan poco razonable! Comprendo que le extrañará a usted que le hable de esta manera, Mr. Weller, pero soy muy desgraciada...

 

Y la pobre Arabella empezó a llorar con tanta amargura, que Sam sintió dentro de sí el ballestazo caballeresco.

 

—Es posible que le parezca a usted extraño hablarme de estos asuntos, Miss — dijo Sam con vehemencia—; pero lo que puedo decir es que no sólo estoy dispuesto, sino que deseo con toda mi alma hacer lo que haya que hacer para que se le arreglen los asuntos; y si hay que tirar a alguno de los sierrahuesos por la ventana, aquí estoy yo.

 

Al decir esto Sam, se estiró los puños, con riesgo inminente de caerse de la tapia, para encarecer su anhelo de poner manos a la obra.

 

Por mucho que halagaran a Arabella estas protestas de amistad y protección, declinó resueltamente, pensando con harta ligereza, a juicio de Sam, aprovecharse de ellas. Negóse la señorita con gran energía por algún tiempo a conceder a Mr. Winkle la entrevista que Sam solicitaba tan patéticamente; mas como el coloquio se viera amenazado de interrupción por la llegada intempestiva de una tercera persona, dio a

 

 

 

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entender a Sam la señorita, entre innumerables promesas de gratitud, que tal vez pudiera salir al jardín al día siguiente, una hora más tarde. Comprendió Sam perfectamente lo que indicaba Arabella, y luego de recibir de ésta una sonrisa dulcísima, partió Mr. Weller poseído de una gran admiración hacia los encantos morales y físicos de la muchacha.

 

Descendió Sam de la tapia sin haber sufrido daño alguno, y, sin olvidarse de conceder algunos momentos a los asuntos propios que tenía en aquel mismo lugar, regresó lo más de prisa que pudo a El Arbusto, donde su prolongada ausencia había dado pábulo a no pocos comentarios y a cierta alarma.

 

—Tenemos que ir con cuidado —dijo Mr. Pickwick, después de escuchar atentamente el relato de Sam—; no por nosotros, sino por la señorita; tenemos que ir con gran cautela.

 

—¡Tenemos!—dijo Mr. Winkle con cierto énfasis.

 

El fugaz gesto de indignación que cruzó por el rostro de Mr. Pickwick al oír esta reticencia fundióse en su bondadosa expresión característica, y replicó:

—¡Tenemos,sir! Porque yo acompañaré a ustedes.

 

—¡Usted! —dijo Mr. Winkle.

 

—Yo —replicó dulcemente Mr. Pickwick—.Al conceder a usted la entrevista, esta señorita ha dado un paso que, si es natural y explicable, no deja de ser imprudente. Si yo, que soy amigo de ambos y bastante viejo para poder ser considerado como el padre de los dos, me hallo presente, nunca osará levantarse contra ella la voz de la calumnia.

 

Los ojos de Mr. Pickwick resplandecieron de lícito orgullo ante su delicada previsión. Mr. Winkle se sintió conmovido por este rasgo de caballerosidad hacia la joven protegida de su amigo, y tomó su mano, lleno de reconocimiento, casi de veneración.

 

—Tiene usted que ir —dijo Mr. Winkle.

 

—Iré —dijo Mr. Pickwick—. Sam, prepárame el abrigo y la bufanda y haz que venga un coche mañana por la tarde, con la anticipación necesaria para que lleguemos oportunamente.

 

Llevóse la mano al sombrero Mr. Weller, en señal de obediencia solícita, y marchó a ejecutar los preparativos necesarios para la expedición.

 

El coche estuvo dispuesto a la hora señalada, y luego de instalar Mr. Weller cuidadosamente a Mr. Pickwick y a Mr. Winkle en el interior, ocupó su asiento en el pescante, junto al cochero. Apeáronse, según estaba convenido, a un cuarto de milla del lugar de la cita, y encargando al cochero que les esperase allí, recorrieron a pie el camino que les faltaba.

 

En este momento se hallaban de la importante empresa, cuando Mr. Pickwick, a vuelta de muchas sonrisas y de otras manifestaciones de contento, sacó de uno de los

 

 

 

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bolsillos de su chaqueta una linterna sorda, de que se había provisto para el caso, y cuyos primores mecánicos procedió a explicar a Mr. Winkle en tanto que caminaban, con no pequeña sorpresa de los escasos transeúntes que hallaban al paso.

 

—Mejor me hubiera ido en mi última expedición nocturna al jardín si hubiera tenido algo como esto, ¿eh, Sam? —dijo Mr. Pickwick, mirando sonriente a su criado, que le seguía inmediatamente.

 

—Esas cosas son muy bonitas cuando se manejan oportunamente, sir —replicó Mr. Weller—; pero cuando a usted no le conviene que le vean, me parece que es mucho más útil apagada que encendida.

 

Pareció rendirse Mr. Pickwick a la observación de Sam, porque metió la linterna en su bolsillo y continuaron en silencio.

 

—Por aquí, sir —dijo Sam—. Permítame que guíe. Éste es el callejón, sir. Embocaron el callejón, que estaba bastante sombrío. Sacó Mr. Pickwick la

linterna dos o tres veces al tiempo que avanzaba y proyectó una brillante estela de claridad delante de él, de un pie de diámetro o cosa así. Era muy bonito el espectáculo, más parecía aumentar la oscuridad de los objetos circundantes.

 

Llegaron por fin a la gran piedra. Entonces encargó Sam a su amo y a Mr. Winkle que se sentaran mientras que él practicaba un reconocimiento y se cercioraba de si estaba o no María esperándoles.

 

Al cabo de una ausencia de cinco o diez minutos volvió Sam diciendo que la verja estaba abierta y todo tranquilo. Siguiéronle con paso furtivo Mr. Pickwick y Mr. Winkle y pronto se hallaron en el jardín. Todos creyéronse en el caso de decir «¡Chisssst!» gran número de veces, y luego ninguno parecía tener noción clara de lo que debía hacerse acto seguido.

 

—¿Está en el jardín Miss Allen, María? —preguntó Mr. Winkle, presa de gran agitación.

 

—No lo sé, sir —replicó la linda doncella—. Lo mejor será, sir, que Mr. Pickwick tenga la bondad de ver si viene alguien por el callejón, mientras que yo vigilo el otro extremo del jardín. Pero, gran Dios, ¿qué es eso?

 

—Esa dichosa linterna nos va a matar —exclamó Sam, impaciente—. Tenga cuidado con lo que hace, sir; ahora manda usted la luz derecha a la ventana del salón. —¡Vaya por Dios! —dijo Mr. Pickwick, cambiando de postura apresuradamente

 

—. No era ése mi propósito.

 

—Ahora es a la casa de al lado, sir —le reconvino Sam.

 

—¡Caramba! —exclamó Mr. Pickwick, revolviéndose de nuevo.

 

—Ahora es a la cuadra, y van a creer que hay fuego en ella —dijo Sam—.

 

Ciérrela, sir, si puede.

 

—¡Es la linterna más extraña que he visto en mi vida! —exclamó Mr. Pickwick, grandemente maravillado de los efectos que producía sin la menor intención—. No vi

 

 

 

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jamás un reflector tan poderoso.

 

—Me parece que va a ser demasiado poderoso para nosotros si sigue usted alumbrando de esa manera, sir —replicó Sam, en tanto que Mr. Pickwick lograba cerrar la linterna, al cabo de varios intentos frustrados—. Se oyen los pasos de la señorita. Ahora, Mr. Winkle; sir, arriba.

 

—¡Alto, alto! —dijo Mr. Pickwick—. Es preciso que le hable yo primero.

 

Ayúdame, Sam.

 

—Vaya con cuidado, sir —dijo Sam, apoyando su cabeza en la pared y disponiendo su espalda en guisa de plataforma—. Suba usted encima de este florero, sir. Ahora, vamos arriba.

 

—Tengo miedo de hacerte daño, Sam —dijo Mr. Pickwick.

 

—No se preocupe de mí, sir —replicó Sam—. Deme una mano, Mr. Winkle, sir.

 

¡Firme, firme! Éste es el momento más interesante.

 

Al tiempo que hablaba Sam, Mr. Pickwick, haciendo esfuerzos casi sobrehumanos en un hombre de sus años y de su peso, logró encaramarse en la espalda de Sam, y levantándose éste poco a poco y agarrándose aquél con toda su fuerza al borde de la tapia, en tanto que Mr. Winkle le sujetaba las piernas, consiguieron que los anteojos de Mr. Pickwick rebasaran un poco el nivel de la tapia.

 

—Querida mía —dijo Mr. Pickwick, mirando por encima de la tapia y percibiendo a Arabella al otro lado—, no se asuste, querida, que soy yo.

 

—¡Oh, por Dios, váyase, Mr. Pickwick! —dijo Arabella—. Dígales que se vayan. Estoy asustadísima, querido, querido Mr. Pickwick; no esté usted ahí. Se va usted a caer y se va a matar.

 

—No se alarme usted, querida —dijo Mr. Pickwick para tranquilizarla—. No hay el menor motivo de temor, se lo aseguro. Manténte firme, Sam —dijo Mr. Pickwick, mirando hacia abajo.

 

—Perfectamente, sir —replicó Mr. Weller—. No se detenga más que lo necesario, sir. Pesa usted lo suyo.

 

—Un momento nada más, Sam —replicó Mr. Pickwick—. Sólo quería, querida, que usted supiera que yo no hubiera consentido que mi amigo viera a usted de este modo clandestino si la situación en que usted se halla no nos impidiera elegir otra forma; y en previsión de que lo inconveniente de este paso pudiera acarrearle algún disgusto, hija mía, ha de ser una satisfacción para usted saber que estoy yo aquí. Nada más, querida.

 

—Es verdad, Mr. Pickwick; estoy muy agradecida a usted por su cortesía y delicadeza —replicó Arabella, enjugando sus lágrimas con el pañuelo.

 

Mucho más hubiera dicho, seguramente, de no haber desaparecido como por escotillón en aquel momento la cabeza de Mr. Pickwick, a consecuencia de un falso movimiento del hombro de Sam, que hubo de producir la caída de su amo. Pero se

 

 

 

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puso de pie instantáneamente, y diciendo a Mr. Winkle que se diera prisa para dar por terminada la entrevista, fuese al callejón a vigilar, con el ardor y el denuedo de un joven. Mr. Winkle, impulsado por lo azaroso y crítico de las circunstancias, escaló la tapia en un momento, luego de ordenar a Sam que tuviese cuidado de su amo.

 

—Tendré cuidado, sir —replicó Sam—. Corre de mi cuenta.

 

—¿Dónde está? ¿Qué está haciendo, Sam? —preguntó Mr. Winkle.

 

—¡Benditas sean sus polainas! —contestó Sam, mirando hacia la puerta del jardín

 

—. Está de guardia en el callejón, con esa linterna sorda, como el amigo Guy Fawkes. No he visto en mis días una criatura más graciosa. ¡Qué me ahorquen si no puede decirse que ha nacido su corazón veinticinco años después que su cuerpo, por lo menos!

 

No esperó Mr. Winkle a escuchar el encomio de su amigo. Ya estaba del otro lado de la tapia, a los pies de Arabella, y encarecía en aquel momento la sinceridad de su pasión, con una elocuencia digna del propio Mr. Pickwick.

Mientras ocurrían estas cosas al aire libre, un anciano que asumía grandes méritos científicos hallábase sentado en su estudio, dos o tres casas más allá, escribiendo un tratado filosófico y humedeciendo de cuando en cuando el gaznate y su tarea con un vaso de vino tinto que a su lado había en una botella de venerable aspecto. En los duros afanes de la composición dirigía el anciano sus ojos a la alfombra, al techo o a la pared, y cuando ni la alfombra, ni el techo, ni la pared le prestaban la inspiración anhelada, miraba por la ventana.

 

En una de aquellas pausas de su inventiva, el hombre de ciencia contemplaba abstraído las espesas sombras del exterior, cuando se vio sorprendido por una claridad brillantísima que surcaba el aire a poca distancia del suelo y que se desvaneció casi instantáneamente. Al cabo de un breve lapso de tiempo repitióse el fenómeno, no una o dos veces, sino varias; por fin, dejando su pluma el hombre de ciencia, empezó a meditar acerca de las causas que podrían dar origen a tales apariencias.

 

Manifestábase la claridad demasiado a ras del suelo para ser un meteoro; no eran luciérnagas, por su demasiada altura; no eran fuegos fatuos; no eran moscas fosforescentes; no eran fuegos artificiales. ¿Qué podría ser aquello? Tratábase de algún extraordinario, maravilloso fenómeno de la Naturaleza, nunca visto por filósofo alguno; algo cuyo descubrimiento le estaba reservado y que habría de inmortalizar su nombre al reseñarlo en beneficio de la posteridad. Halagado por esta idea, tomó de nuevo su pluma el hombre de ciencia y trasladó al papel varias notas relativas al singular fenómeno, con la fecha, el día, la hora, el minuto y el preciso segundo en que se hiciera visible, datos todos que habían de servir para un voluminoso tratado de gran investigación y profunda doctrina, destinado a asombrar a todos los sabios atmosféricos que pudieran alentar en todos los ámbitos del globo civilizado.

 

 

 

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Recostóse en su sillón y quedó sumido en la contemplación de su futura grandeza. La misteriosa luz aparecía más viva que antes, danzaba de un extremo a otro del callejón, cruzábalo de lado a lado y movíase en una órbita excéntrica como la de los cometas.

 

Pero el hombre de ciencia era soltero. No disponía de una esposa a quien llamar y sorprender, por lo cual tiró de la campanilla en demanda de su criado.

—Pruffle —dijo el hombre de ciencia—. Hay algo extraordinario en el aire esta noche. ¿Lo ha visto usted? —continuó el hombre de ciencia, señalando a la ventana por donde nuevamente dejábase ver la claridad.

 

—Sí, si lo he visto, sir.

 

—¿Qué piensas de eso, Pruffle?

 

—¿Que qué pienso, sir?

 

—Sí. Tú te has criado en la comarca. ¿Cuál crees tú que pueda ser la causa de esas luces?

 

El hombre de ciencia, sonriendo, dio por anticipado la respuesta, afirmando que no podía descubrirse la causa de aquel fenómeno. Pruffle meditó.

—Yo diría que son ladrones, sir —acabó por decir Pruffle.

 

—Tú eres un estúpido y puedes marcharte ahora mismo —dijo el hombre de ciencia.

 

—Gracias, sir —dijo Pruffle, y se retiró.

 

Pero el hombre de ciencia no podía allanarse a la idea de que se perdiera en el mundo el ingenioso tratado que proyectaba, como había de ocurrir forzosamente de no ahogarse al nacer la hipótesis del ingenioso Mr. Pruffle. Calóse, pues, el sombrero, y bajó apresuradamente al jardín, resuelto a investigar la materia hasta el fondo.

 

Pero he aquí que, poco antes de salir al jardín el hombre de ciencia, había echado a correr Mr. Pickwick por el callejón para dar la señal de falsa alarma, presumiendo que alguien venía, ladeando de cuando en cuando la linterna, con objeto de evitar la cuneta. No bien dio la señal de alarma, saltó la tapia Mr. Winkle y corrió a la casa Arabella; cerróse la puerta del jardín, y los tres aventureros salían callejón arriba más que a paso, cuando vino a sorprenderles el hombre de ciencia, que abría la verja de su jardín.

 

—Agárrese bien —murmuró Sam, que iba, por supuesto, en la vanguardia—.

 

Alumbre usted un segundo, sir.

 

Hizo Mr. Pickwick lo que se le decía y al ver Sam asomar cautelosamente la cabeza de un hombre a media vara de la suya, descargó sobre aquélla un respetable puñetazo, que la hizo chocar contra la verja, produciendo un ruido sordo. Hecho esto, con gran rapidez y destreza, echóse Mr. Weller a cuestas a Mr. Pickwick y siguió a Mr. Winkle por el callejón, con una presteza tal, que era sorprendente, si se tiene en cuenta la carga que transportaba.

 

 

 

 

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—¿Ha recobrado usted ya el resuello, sir? —preguntó Sam al llegar al extremo de la callejuela.

 

—Completamente; ya, completamente —respondió Mr. Pickwick.

 

—Entonces, vamos, sir —dijo Sam, poniendo a su amo en el suelo otra vez—. Póngase entre los dos, sir. No es más que media milla. Figúrese que va a ganar una copa, sir. Aprisa.

 

Así estimulado, Mr. Pickwick sacó de sus piernas el mejor partido posible. Debe advertirse confidencialmente que no ha habido un par de negras polainas que haya marchado mejor que las de Mr. Pickwick en esta ocasión memorable. El coche esperaba, los caballos descansados, bueno el camino y diligente el cochero. Los expedicionarios llegaron a El Arbusto sanos y salvos, antes de que Mr. Pickwick alcanzara su normalidad respiratoria.

 

—Adentro en seguida, sir —dijo Sam, ayudando a bajar a su amo—. No se quede parado en la calle un segundo después del ejercicio que ha hecho. Dispense, sir — continuó Sam, llevándose la mano al sombrero, al apearse Mr. Winkle—. Supongo que no habría otro amor anterior, ¿eh, sir?

 

Estrechó Mr. Winkle la mano de su humilde amigo y le dijo por lo bajo:

 

—La cosa va perfectamente; admirablemente.

 

Diose Sam en la nariz tres o cuatro papirotazos, como indicando que estaba al cabo de la calle; sonrió, guiñó un ojo y procedió a levantar el estribo del coche, con semblante de satisfacción inequívoca.

 

En cuanto al hombre de ciencia, no hay que decir que demostró en un tratado magistral que aquella luz maravillosa era un fenómeno eléctrico, y llegó a probarlo de un modo concluyente, relatando cómo al asomar su cabeza por la verja del jardín había visto bailar ante sus ojos un vivo relámpago y cómo había recibido una sacudida que le había dejado aturdido un cuarto de hora. Esta demostración deleitó en extremo a todas las sociedades científicas y valió al anciano el ser considerado desde entonces como un luminar de la ciencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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40.    En el cual se ve entrar a Mr. Pickwick en una escena interesante del gran drama de la vida

 

El resto de los días destinados por Mr. Pickwick para su estancia en Bath transcurrió sin ningún incidente notable. Comenzaba el período de la Trinidad, y al finalizar su primera semana regresaron a Londres Mr. Pickwick y sus amigos, y el primero de estos caballeros, acompañado, por supuesto, de Sam, dirigiéndose, sin perder momento, a su antigua residencia de Jorge y el Buitre.

 

A la tercera mañana después de su llegada, en el preciso instante en que todos los relojes de la ciudad daban las nueve individualmente y colectivamente las novecientas noventa y nueve, tomaba Sam el aire tranquilamente en el patio de Jorge, cuando allí se detuvo un raro vehículo, del que saltó con gran agilidad, luego de dejar las riendas en las manos de un obeso personaje que le acompañaba, un raro caballero, que tanto parecía hecho para el vehículo como el vehículo para él.

 

El vehículo no era precisamente un tílburi ni tampoco un faetón; no era lo que se llama una victoria, ni una carretela, ni un cabriolé, y, sin embargo, participaba de los caracteres de cada uno de estos artefactos rodantes. Estaba pintado de amarillo vivo, y en sus llantas y ruedas tenía estrechas listas negras. El conductor se sentaba, según el estilo ortodoxo, sobre cojines que sobresalían dos pies de la barandilla. El caballo era un ejemplar de tinte bayo y de aspecto bastante bueno, pero manifestaba un aire de perro de lucha que armonizaba con el amo y con el vehículo.

 

El amo era un hombre de unos cuarenta años, con negros cabellos y mostachos cuidadosamente peinados. Vestía en forma ostentosa, luciendo multitud de artículos de joyería, todos los cuales eran tres veces mayores que los que se usan comúnmente, y se cubría con un gabán peludo. En el momento de apearse metió su mano izquierda en el bolsillo del gabán, mientras que sacaba con la derecha un brillante y abigarrado pañuelo de seda, con el que sacudió una o dos motas de polvo que percibió en sus botas, después de lo cual, conservándolo en su mano, se dirigió resuelto al patio de la fonda.

 

No había escapado a la atención de Sam, mientras desmontaba este personaje, un desharrapado sujeto de abrigo pardo, cuyos botones estaban incompletos, que rondaba por el lado opuesto de la calle, que la atravesó y que permaneció estacionado no lejos de la puerta. Concibiendo más que una sospecha acerca de la finalidad de la visita del caballero, precedióle Sam y, volviéndose de pronto, se plantó en el centro de la puerta.

 

—¡Eh, buen amigo! —dijo el hombre del gabán peludo en tono imperioso, tratando al mismo tiempo de empujarlo para abrirse paso.

 

—¿Qué hay, sir, qué se ofrece? —replicó Sam, devolviéndole el empujón con interés compuesto.

 

 

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—Vamos, no es por ahí, amigo; a mí no me venga con eso —dijo el propietario del gabán peludo, levantando la voz y poniéndose blanco—. ¡Aquí, Smouch!

 

—Vamos a ver, ¿qué ocurre por aquí? —gruñó el hombre de gabán pardo, que había ido colándose en el patio durante el breve diálogo.

 

—Nada, una insolencia de este joven —dijo el principal, dando a Sam otro empujón.

 

—Vaya, basta de juego —protestó Smouch, dándole otro más fuerte.

 

Este último empujón surtió el efecto previsto por el experimentado Mr. Smouch; porque en tanto que Sam, ansioso por devolver el cumplimiento, se ocupaba en moler el cuerpo de este caballero contra el quicio de la puerta, deslizábase el principal y entraba en el bar, adonde hubo de seguirle Sam luego de cambiar con Mr. Smouch unos cuantos epítetos pertinentes.

 

—Buenos días, querida —dijo el principal, dirigiéndose a la joven que había en el bar, con desenvoltura de presidiario suelto y con gentileza de Nueva Gales del Sur—. ¿Cuál es la habitación de Mr. Pickwick, querida?

 

—Enséñele el camino —dijo la muchacha al camarero, sin dignarse conceder una mirada en respuesta al exquisito personaje.

 

Condujo el camarero por las escaleras al caballero de gabán peludo, en cuya zaga iba Sam. Éste, durante el ascenso, se permitió varias gesticulaciones reveladoras de desprecio y no pocos ademanes de reto, con regocijo indescriptible de los criados y demás circunstantes. Mr. Smouch, al que aquejaba una tos profunda, quedóse abajo, expectorando en el pasillo.

 

Mr. Pickwick estaba profundamente dormido en su lecho cuando entró el mañanero visitante, seguido de Sam. El ruido que hicieron al entrar le despertó.

—El agua para afeitarme, Sam —dijo Mr. Pickwick desde el interior de las cortinas.

 

—Aféitese en seguida, Mr. Pickwick —dijo el visitante levantando una de las colgaduras de la cabecera—. Tengo un mandamiento de ejecución contra usted, a consecuencia del asunto Bardell. Aquí está la orden: «Audiencia general». Mi tarjeta. Supongo que vendrá usted a mi casa.

 

Dando a Mr. Pickwick una amistosa palmada en la espalda, el auxiliar del jerife, que no era otro el visitante, arrojó la tarjeta sobre la colcha y sacó un mondadientes de oro del bolsillo de su chaleco.

 

—Namby es el nombre —dijo el delegado del jerife, mientras que Mr. Pickwick sacaba sus lentes de debajo de la almohada y se los ponía con objeto de leer la tarjeta

 

—. Namby, Bell Alley, Coleman Street.

 

Sam Weller, que había permanecido contemplando hasta aquel momento el

 

reluciente sombrero de Mr. Namby, intervino.

 

—¿Es usted cuáquero? —dijo Sam.

 

 

 

 

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—Ya le diré a usted quién soy antes de que nos separemos —replicó indignado el oficial—. Ya le enseñaré a usted a conducirse, buen amigo, uno de estos hermosos días.

 

—Gracias —dijo Sam—. Lo mismo haré yo con usted. ¡Fuera ese sombrero!

 

Y en esto Mr. Weller, con la mayor destreza, arrojó el sombrero de Mr. Namby al otro extremo de la estancia, con violencia tal, que a punto estuvo de obligarle a tragarse el aurífero mondadientes.

 

—Fíjese en esto, Mr. Pickwick —dijo el desconcertado oficial, tomando resuello

 

—. He sido agredido en el cumplimiento de mi deber por su criado en su habitación. Me encuentro en un riesgo personal. Apelo al testimonio de usted.

—Nada de testimonios, sir —interrumpió Sam—. Cierre los ojos bien, sir. Le arrojaría por la ventana si no temiera que no pudiera ir bastante lejos por la marquesina.

 

—Sam —dijo Mr. Pickwick con voz airada, observando que su criado hacía todo género de demostraciones hostiles—, como digas una palabra más o te metas con este señor, te despido inmediatamente.

 

—¡Pero, sir! —dijo Sam.

 

—Ten la lengua —le atajó Mr. Pickwick—. Recoge el sombrero.

 

Pero Sam se negó rotundamente a esto, y luego de ser severamente reprendido por su amo, el oficial, que tenía mucha prisa, accedió a recogerlo por sí mismo, pronunciando numerosas amenazas contra Sam, que éste hubo de recibir con perfecta compostura, sin que esto le impidiera manifestar que si Mr. Namby volvía a ponerse el sombrero, él se lo arrojaría al otro extremo del barrio. Considerando Mr. Namby el perjuicio que habría de irrogársele de someterse a este proceso, renunció a hacer la prueba y llamó acto seguido a Smouch. Habiendo informado a éste de que había realizado la captura y de que tenía que esperar al prisionero hasta que acabara de vestirse, despidióse Namby con jactanciosa desenvoltura y se marchó. Requiriendo Smouch a Mr. Pickwick, en tono malhumorado, que se apresurase cuanto pudiera porque apremiaba el tiempo, acercó una silla a la puerta y se sentó hasta que éste acabara. Sam fue encargado de avisar un coche, y en él se trasladó el triunvirato a Coleman Street. No poca fortuna fue la brevedad del trayecto, porque Mr. Smouch, además de no hallarse dotado de una conversación muy agradable, era sin duda un compañero poco apetecible en un espacio reducido, a consecuencia de la desgracia física a que hemos aludido en alguna parte.

 

Doblando el coche una estrecha y oscura callejuela, detúvose ante una casa cuyas ventanas se hallaban todas enrejadas y cuya puerta ostentaba el nombre y el título de «Namby, oficial del jerife de Londres». Franqueada que fue la cancela por un caballero que pudiera haber sido tomado por un hermano gemelo de Mr. Smouch en desgracia, y que se hallaba provisto de una gran llave, fue introducido Mr. Pickwick

 

 

 

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en el «café».

 

El café era un salón cuyos rasgos principales consistían en un suelo de tierra y un pronunciado olor a tabaco. Saludó Mr. Pickwick a las trece personas que se hallaban sentadas en el momento de entrar, y despachando a Sam en busca de Perker, retiróse a un oscuro rincón y empezó desde allí a mirar con curiosidad a sus nuevos compañeros.

 

Era uno de ellos un muchacho de diecinueve o veinte años, el cual, no obstante lo temprano de la hora, pues no eran las diez, estaba bebiendo ginebra y fumando un cigarro, distracciones que, a juzgar por su faz arrebolada, parecían haber sido su ocupación constante en los últimos dos o tres años. Al otro lado de la estancia, entretenido en atizar el fuego con la puntera de su bota derecha, veíase un tosco joven de unos treinta años, de rostro achatado y voz ronca, que debía de poseer ese conocimiento del mundo y esa cautivadora libertad de maneras que sólo se adquieren en las tabernas y en los billares de baja estofa.

 

El tercer personaje era un hombre de edad madura, con vieja casaca negra, que estaba pálido y distraído y que recorría incesantemente la estancia, parándose de cuando en cuando para mirar con gran ansiedad por la ventana, como si esperara a alguien, reanudando acto seguido su paseo.

 

—Debía usted de aceptar el préstamo de mi navaja de afeitar esta mañana, Mr.

 

Ayresleigh —dijo el hombre que atizaba el fuego, guiñando un ojo al más joven.

 

—Gracias, no, no he de necesitarla; espero estar fuera antes de una hora —replicó el otro apresuradamente.

 

Marchando en seguida hacia la ventana y volviendo en seguida defraudado, suspiró profundamente y abandonó la estancia, con lo cual reventaron de risa los otros dos.

 

—Bien; no he visto cosa más divertida —dijo el que ofreciera la navaja, cuyo nombre parecía ser Price—. ¡Nunca!

 

Confirmó Mr. Price el aserto con una interjección y se echó a reír de nuevo, en lo cual hubo de acompañarle el otro, que parecía considerarle el hombre más vivo del mundo.

 

—¿Querrá usted creer —dijo Price, dirigiéndose a Mr. Pickwick— que ese chico hizo ayer una semana que está aquí y no se ha afeitado ni una sola vez, porque está tan cierto siempre de salir antes de una hora, que lo aplaza para cuando se encuentre en su casa?

 

—¡Pobre hombre! —dijo Mr. Pickwick—. ¿Es que tiene tantas probabilidades de salir?

 

—¡Qué probabilidades ni qué niño muerto! —replicó Price—. No tiene ni sombra de esperanza. No daría yo ni esto por su libertad, en diez años lo menos.

 

Con esto, produjo Mr. Price un ademán despectivo y tiró de la campanilla.

 

 

 

 

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—Deme un pliego de papel, Crookey —dijo Mr. Price al criado, que por su traje y general aspecto parecía algo intermedio entre un tendero de comestibles quebrado y un cochero insolvente—, y un vaso de agua y aguardiente, Crookey. ¿Has oído? Voy a escribir a mi padre, y necesito un estimulante para hallarme en condiciones de conmover al bueno del viejo.

 

Al terminar este festivo discurso, el muchacho no hay para qué decir que se sintió atacado de una convulsión de risa.

 

—Está bien —dijo Mr. Price—. No hay que achicarse. Todo es broma, ¿verdad? —¡Magnífico! —dijo el imberbe mancebo.

 

—Usted tiene bastante espíritu, ya se ve —dijo Price—. Usted ha visto ya mucho.

 

—¡Ya lo creo que he visto! —replicó el muchacho.

 

Había visto la vida a través de las churretosas vidrieras de una taberna.

 

Bastante disgustado Mr. Pickwick, tanto por este diálogo como por el aspecto y maneras de los dos seres a cuya compañía se le había llevado, iba a preguntar si no podría acomodársele en un gabinete privado, cuando entraron dos o tres individuos de grata apariencia, al ver a los cuales arrojó el mancebo su cigarro a la chimenea y, diciendo por lo bajo a Mr. Price que venían para arreglar las cosas, se unió a ellos, acercándose a una mesa que había en el extremo del salón.

 

Parecía, sin embargo, que las cosas no llevaban camino de arreglarse tan presto como el joven anunciara, porque hubo de seguirse una larga conversación de la que no tuvo Mr. Pickwick más remedio que oír ciertos fragmentos airados, en los que se hablaba de conducta disoluta y de perdones repetidos. Por último, percibiéronse distintamente ciertas alusiones, formuladas por el más viejo, a Whitecross, al oír las cuales, el mancebo, no obstante sus anteriores tonos fanfarrones y su espíritu y su decantado conocimiento de la vida, reclinó la cabeza en la mesa y gimió amargamente.

 

Grandemente satisfecho con esta repentina caída del valor del muchacho y la consiguiente moderación y humildad de su tono, tiró de la campanilla Mr. Pickwick y fue conducido a un gabinete privado, que tenía una alfombra, una mesa, sillas, un aparador, un sofá y que se hallaba adornado de un espejo y de varios grabados antiguos. Allí disfrutó la ventaja de oír tocar el piano a la señora Namby, mientras se preparaba el almuerzo, que llegó al mismo tiempo que Mr. Perker.

 

—¡Ajá!, mi querido señor —dijo el hombrecito—. Encerrado al cabo, ¿eh? Vamos, vamos; no lo lamento, porque ahora se convencerá usted de lo absurdo de su conducta. He anotado el importe de las costas y la indemnización, y lo mejor será liquidar para no perder tiempo. Supongo que habrá vuelto Namby. ¿Qué dice usted, mi querido señor? ¿Extiendo el cheque, o quiere usted hacerlo?

 

Frotóse las manos el hombrecito con afectada alegría al decir esto; pero, al mirar el semblante de Mr. Pickwick, no pudo menos de volverse con gesto desconsolado

 

 

 

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hacia Sam Weller.

 

—Perker —dijo Mr. Pickwick—, no me hable más de eso, se lo suplico. No veo la ventaja de estar aquí, por lo cual dormiré esta noche en la prisión.

 

—No puede usted ir a Whitecross Street, mi querido señor —dijo Perker—. ¡Imposible! Hay sesenta camas en cada dormitorio, y las rejas están cerradas dieciséis horas todos los días.

 

—Prefiero ir, si es posible, a otra prisión —dijo Mr. Pickwick—. Si no, allí me las arreglaré como pueda.

 

—Puede usted ir a la de Fleet Street, mi querido señor, si es que se empeña usted en encerrarse en alguna parte —dijo Perker.

 

—Así lo haré —dijo Mr. Pickwick—. Iré allí en cuanto haya terminado de almorzar.

 

—Poco a poco, mi querido señor; no merece la pena de apresurarse tanto para entrar en un lugar del que la mayor parte de los hombres desea salir cuanto antes — dijo el humanitario procurador—. Necesitamos proveernos de un habeas corpus. En las cámaras no habrá ningún juez hasta las cuatro de la tarde. No tiene usted más remedio que esperar hasta entonces.

 

—Muy bien —dijo Mr. Pickwick con inagotable paciencia—. Entonces, podemos tomar aquí una chuleta a eso de las dos. Ocúpate de eso, Sam, y encarga que sean puntuales.

 

Sin perder Mr. Pickwick su firmeza, a despecho de todas las reconvenciones y argumentos de Perker, aparecieron las chuletas y desaparecieron, como era de esperar. Fue luego introducido en otro coche de punto, que se dirigió a Chancery Lane, después de esperar cosa de media hora a Mr. Namby, que, habiendo sido invitado a una comida elegante, no pudo lograrse que viniera hasta entonces.

 

En la Cámara de doctores había dos jueces de servicio, uno del Banco del Rey y otro de la Audiencia general, y debían de tener muchos asuntos pendientes de despacho, a juzgar por el número de pasantes que por allí andaban afanosos con sus paquetes de legajos. Cuando llegaron al medio punto que forma la entrada de la Cámara, Perker se detuvo unos momentos a parlamentar con el cochero, a causa del servicio y del cambio, y Mr. Pickwick, apartándose a un lado para evitar la muchedumbre que entraba y salía, miró a su alrededor con cierta curiosidad.

 

Los que en mayor grado atraían su atención eran tres o cuatro individuos mal trajeados y de humilde aspecto, que saludaban a muchos de los procuradores que cruzaban y que parecían tener que ventilar algún asunto cuya naturaleza no podía adivinar Mr. Pickwick. Eran unos hombres de apariencia sumamente curiosa. Uno de ellos era un hombre flaco y algo cojo, con raído traje negro y blanco pañuelo arrollado al cuello; otro era un personaje bastante obeso, vestido de análoga guisa, con una bufanda de color rojo oscuro, y el tercero era un ser pequeño y grotesco, con

 

 

 

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vitola de borracho y el rostro salpicado de verrugas. Merodeaban por allí con las manos cruzadas en la espalda y hablándose por lo bajo, de cuando en cuando, con ávidos semblantes. Con frecuencia se acercaban a alguno de los caballeros que llegaban presurosos y les murmuraban algo al oído. Mr. Pickwick recordaba haberles visto a la puerta cuando en sus paseos acertaba a pasar por allí, y sentía curiosidad extrema por averiguar a qué rama de la profesión pertenecían aquellos entes desharrapados que con tanto empeño parecían ofrecerse.

 

A punto estaba de formular la pregunta a Namby, que se hallaba a su lado, atareado en la faena de ajustar en su dedo meñique un descomunal anillo de oro, cuando Perker apareció azorado y, advirtiéndoles que el tiempo se echaba encima, les hizo penetrar en la Cámara.

 

Al echar a andar Mr. Pickwick, se le acercó el cojo y, llevándose servilmente la mano al sombrero, sacó una tarjeta escrita, que Mr. Pickwick, por temor de herir, si rehusaba, los sentimientos del hombre, aceptó cortésmente y depositó en el bolsillo de su chaleco.

 

—Vamos —dijo Perker, volviéndose, en el momento de entrar en las oficinas, para cerciorarse de que le seguían sus amigos—. Adentro, mi querido señor. ¿Qué desea usted?

 

Esta pregunta iba dirigida al cojo, quien, sin que Mr. Pickwick se percatara, habíase unido a la partida. Como respuesta, volvió el cojo a llevarse la mano al sombrero, con indescriptible cortesanía, y se dirigió hacia Mr. Pickwick.

 

—No, no —dijo sonriendo Perker—; no le necesitamos, mi querido amigo; no le necesitamos.

 

—Perdone, sir —dijo el cojo—. Este señor ha tomado mi tarjeta. Espero que habrá de utilizarme, sir. El señor me ha hecho una seña. Apelo a lo que diga el mismo señor. ¿Me ha hecho usted seña, sir?

 

—¡Bah, bah, qué tontería! ¿Ha hecho usted señas a alguien, Pickwick? Un error, un error —dijo Perker.

 

—Este caballero me dio su tarjeta —replicó Mr. Pickwick sacándola del bolsillo de su chaleco—. Yo la recogí, accediendo a sus deseos, y porque, en efecto, sentía curiosidad por leerla cuando estuviera desocupado. Yo...

 

El pequeño procurador prorrumpió en una estrepitosa carcajada, y devolviendo la tarjeta al cojo, diciéndole que se trataba de una equivocación, dijo por lo bajo a Mr. Pickwick, cuando el hombre se hubo retirado cariacontecido, que era un fiador alquilón.

 

—¿Un qué? —exclamó Mr. Pickwick.

 

—Un fiador alquilón —replicó Perker.

 

—¡Alquilón!

 

—Sí, mi querido señor... hay aquí lo menos media docena. Le atestiguan a usted

 

 

 

 

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lo que le dé la gana por sólo media corona. Curiosa industria, ¿verdad? —dijo Perker, regalándose con un polvo de rapé.

 

—¡Cómo! ¿Quiere decir que esos hombres se ganan la vida como perjuros ante los jueces del Reino, al precio de media corona por delito? —exclamó Mr. Pickwick, estupefacto ante la revelación.

 

—Hombre, yo no sé si serán perjuros, mi querido señor —replicó el hombrecito

 

—. Ésa es una palabra muy dura, mi querido señor, una palabra durísima. Se trata de una ficción legal, mi querido señor, y nada más.

 

Diciendo lo cual, se encogió de hombros el procurador, sonrió, tomó un segundo polvo y encaminóse al despacho del auxiliar del juez.

 

Era este despacho un aposento notoriamente sucio, bajo de techo y de viejo y deteriorado revestimiento mural, y tan lóbrego que, aun siendo pleno día en el exterior, ardían sobre los pupitres grandes velas de sebo. En uno de los extremos veíase la puerta que conducía al despacho del juez, y en sus inmediaciones congregábase una muchedumbre de procuradores y auxiliares, que iban siendo llamados por el orden en que se hallaban apilados sus asuntos respectivos. Cada vez que abríase la puerta para dejar salir un grupo abalanzábase violentamente hacia la entrada el que le seguía, y como, además de los innumerables diálogos que se cruzaban entre las personas que esperaban ver al juez, producíanse no pocas discusiones entre los que acababan de salir, reinaba todo el barullo y el ruido que pueda concebirse en un recinto de tan breves dimensiones.

 

Y no eran las conversaciones de aquellos caballeros los únicos ruidos que al oído llegaban. De pie sobre un cajón que se hallaba detrás de un mostrador situado en el fondo del antedespacho, había un escribiente con gafas que estaba «tomando los affidávits» que en grandes manojos eran llevados de tiempo en tiempo por otro escribiente a la firma del juez. Había un gran número de procuradores a quienes tomar juramento, y, dada la imposibilidad moral de tomárselo en conjunto, la pugna de aquellos caballeros por aproximarse al escribiente de las gafas recordaba la que se produce entre la multitud por ganar la puerta principal de un teatro cuando Su Graciosa Majestad se digna honrarlo con su presencia. Otro funcionario ponía a prueba de cuando en cuando sus pulmones, proclamando los nombres de los que estaban jurados, con objeto de entregarles sus affidávits, ya firmados por el juez, lo que daba origen a no pocos empujones; y todas estas cosas, produciéndose simultáneamente, ocasionaban todo el alboroto que pueda desear la persona más activa y diligente. Había, empero, otra laya de personajes, compuesta por los que aguardaban con objeto de hacerse presentes en las conferencias que sus jefes habían solicitado y que era potestativo atender o no en los procuradores de la parte contraria. La actuación de éstos consistía en gritar de tiempo en tiempo el nombre del procurador contrario, para cerciorarse de que no se encontraba allí sin conocimiento

 

 

 

 

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de ellos.

 

Por ejemplo, apoyado contra la pared, junto al asiento que ocupaba Mr. Pickwick, había un muchacho de catorce años, con voz de tenor; a su lado había un pasante, con voz de bajo.

 

Llegó un escribiente a escape con un paquete de papeles y comenzó a mirar a su alrededor.

 

—Sniggle y Blink —gritó el tenor.

 

—Porkin y Snob —gruñó el bajo.

 

—Stumpy y Deacon —dijo el recién llegado.

 

Nadie respondió; el primero que llegó después fue invocado por los tres anteriores, procediendo él a su vez a pregonar otra firma; otro requirió a poco en alta voz a quien buscaba, y así sucesivamente.

 

A todo esto, el de las gafas no daba paz a la mano extendiendo affidávits; el juramento se administraba maquinalmente, sin pararse en detalles de puntuación y, por lo general, en estos términos:

 

«Tome el libro con la mano derecha éste es su nombre y su letra usted jura que el contenido de este su affidávit es verdadero si es así Dios se lo premie un chelín tiene usted que cambiar porque yo no tengo.»

 

—Bien, Sam —dijo Mr. Pickwick—; yo creo que ya habrán tomado el habeas corpus.

 

—Sí —dijo Sam—, y me gustaría que se trajeran el habeas esqueletus. Tiene poca gracia que le hagan a uno esperar aquí. En el tiempo que llevamos, ya tendría yo media docena de habeas esqueletus preparados, empaquetados y todo.

 

No sabríamos decir qué clase de artefacto voluminoso y difícil de manejar pensaba Sam que era un habeas corpus. En aquel momento salió Perker y llamó aparte a Mr. Pickwick.

 

Cumplidos los requisitos legales, el cuerpo de Samuel Pickwick fue en seguida confiado a la custodia de un alguacil, para ser conducido por éste a la prisión de Fleet Street, donde debía quedar detenido hasta haber pagado o satisfecho el importe de la indemnización y las costas del proceso Bardell.

 

—Y eso —dijo sonriendo Mr. Pickwick— va para largo. Sam, vete por un coche.

 

Perker, mi querido amigo, adiós.

 

—Yo iré con usted y le dejaré instalado allí —dijo Perker.

 

—En realidad —repuso Mr. Pickwick—, preferiría ir acompañado solamente de Sam. Tan pronto como me encuentre instalado, le escribiré diciéndoselo y citándole. Hasta entonces, adiós.

 

Diciendo esto, Mr. Pickwick subió al coche que acababa de llegar, seguido del alguacil. Acomodado Sam en el pescante, partió el vehículo.

 

—¡Qué hombre tan extraordinario! —dijo Perker mientras se calzaba los guantes.

 

 

 

 

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—Vaya un concursado que haría, sir —observó Mr. Lowten, que no estaba lejos

 

—. ¡Cómo les quemaría la sangre a los acreedores! Hubiera sido capaz de desafiarles en cuanto ellos le hablaran de procesarle.

 

No pareció muy halagado el procurador con esta apreciación profesional del carácter de Mr. Pickwick, porque se alejó al punto sin dignarse contestar.

 

Recorrió el coche toda Fleet Street como cualquier coche de punto. Los caballos «iban mejor», al decir del cochero, cuando tenían algo delante (¡qué paso no habrían de llevar de hallar el camino libre! ), por lo cual hizo que el vehículo marchara a la zaga de un carro; cuando el carro paraba, paraba el coche, y cuando el carro se ponía en camino, reanudaba el coche su marcha. Mr. Pickwick se sentaba frente al alguacil, y el alguacil, sentado, con el sombrero entre las rodillas, silbaba un aire popular y miraba por la ventanilla.

 

Pero el tiempo opera verdaderas maravillas. Con la ayuda poderosa de un anciano, hasta un coche de punto es capaz de tragarse media milla de camino. Detuviéronse al fin, y Mr. Pickwick se apeó ante la puerta de Fleet.

 

Mirando hacia atrás el alguacil para cerciorarse de que le seguía su detenido, precedió a Mr. Pickwick; doblando a la izquierda, a poco de entrar, llegaron, después de trasponer una puerta que hallaron abierta, a un vestíbulo, en cuyo fondo había una puerta de hierro que daba frente a la primera que cruzaran y que estaba guardada por un obeso portero que tenía la llave en la mano. Esta puerta daba acceso al interior de la prisión.

 

Allí se detuvieron, mientras el alguacil entregaba su documentación, y allí se le dijo a Mr. Pickwick que había de permanecer hasta cumplirse la ceremonia denominada por los iniciados «del retrato».

 

—¡Retratarme! —dijo Mr. Pickwick.

 

—Tomarle la fisonomía, sir —replicó el obeso carcelero— Somos aquí magníficos retratistas. Lo hacemos en un periquete, y siempre resulta exacto. Entre, sir, y siéntese cómodamente.

 

Sentóse Mr. Pickwick, defiriendo la invitación que se le hacía, y Mr. Weller, que se había situado detrás de la silla que ocupaba su amo, le dijo por lo bajo que lo del retrato era una manera como otra cualquiera de someterse a la inspección de los vigilantes para que éstos pudieran distinguir a los prisioneros de los extraños a la casa.

 

—Bien, Sam —dijo Mr. Pickwick—; pues que vengan los artistas. Esto es estar en medio de la calle.

 

—Me parece que no han de tardar mucho en hacerlo —replicó Sam—. Un reloj de pesas, sir.

 

—Ya lo veo —observó Mr. Pickwick.

 

—Y una jaula de pájaro, sir —dijo Sam—: Es una prisión dentro de otra prisión,

 

 

 

 

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¿verdad, sir?

 

Mientras Mr. Weller se ocupaba de producir esta observación filosófica; diose cuenta Mr. Pickwick de que había comenzado la ceremonia del retrato. Relevado de la puerta el gordo carcelero, sentóse y empezó a mirarle detenidamente, en tanto que un hombre larguirucho, que ocupaba el puesto del gordo, con las manos cruzadas bajo los faldones de la casaca, plantábase frente a Mr. Pickwick y le contemplaba largamente. Un tercero, de faz adusta, cuyo té debía haberse interrumpido inoportunamente, porque conservaba en la mano un resto de tostada, estacionóse junto a Mr. Pickwick y, apoyando sus manos en las caderas, inspeccionólo escrutadoramente. Otros dos acercáronse al grupo y estudiaron cuidadosamente los rasgos fisonómicos del caballero. Mr. Pickwick sintióse bastante molesto durante la operación y pareció agitarse inquieto en su silla; pero se guardó de formular la más leve protesta mientras se celebraba la ceremonia, sin dirigir siquiera la palabra a Sam, que reclinado en el respaldo de la silla y meditando en la situación de su amo, no dejaba de pensar en la satisfacción que habría de proporcionarle lanzarse en brusco asalto sobre los carceleros allí congregados, de haber sido su anhelo compatible con la ley.

 

Concluido al cabo el retrato, participóse a Mr. Pickwick que podía ingresar en la prisión.

 

—¿Dónde voy a dormir esta noche? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—Pues lo que es esta noche no sé decirle —replicó el obeso clavero—. Mañana se le emparejará con alguno y estará usted cómodo. La primera noche se pasa mal generalmente; pero mañana todo se arreglará.

 

Después de alguna discusión, se supo que uno de los vigilantes disponía de una cama para alquilar, que podría servir a Mr. Pickwick para aquella noche. Éste se prestó gustoso a alquilarla.

 

—Si quiere usted venir conmigo, se la enseñaré —dijo el hombre—. No es muy ancha que digamos, pero se puede dormir en ella. Por aquí, sir.

 

Traspusieron la verja del vestíbulo y bajaron un corto tramo de escalera. Giró la llave después de pasar ellos, y Mr. Pickwick encontróse por primera vez en su vida entre los muros de una prisión por deudas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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41.    Lo que observó Mr. Pickwick al ingresar en la prisión de Fleet; los prisioneros que vio allí, y cómo pasó la noche

 

Mr. Tomás Roker, que era el que había acompañado a Mr. Pickwick al ingresar en la prisión, volvió hacia la derecha, al llegar al fin del corto tramo de escaleras, y condujo al prisionero, después de atravesar una verja que estaba abierta y de subir otra corta escalera, a una estrecha y larga galería, sucia y baja de techo, ensolada con piedras y pobremente iluminada por una serie de distanciadas claraboyas.

 

—Ésta —dijo el carcelero, metiéndose las manos en los bolsillos y mirando con indiferencia a Mr. Pickwick—, ésta es la escalera del departamento central.

—¡Oh! —repuso Mr. Pickwick, al ver una oscura y húmeda escalera, que parecía dar acceso a una serie de sombrías cuevas subterráneas—. Y aquéllas serán, supongo yo, las pequeñas celdas donde los prisioneros guardan sus escasas provisiones de carbón. Son bien poco gratos lugares para tener que andar por ellos, pero muy convenientes, sin embargo.

 

—Sí, ya lo creo que son convenientes —replicó el vigilante—, si se tiene en cuenta que en ellas viven muchos tan ricamente. Es lo que se llama la Feria.

—¡No querrá usted decir, amigo mío —dijo Mr. Pickwick—, que esos mezquinos cuchitriles sirven de albergue a seres humanos!

 

—¿Que no? —replicó Mr. Roker con enojado talante—. ¿Por qué no habrían de servir?

 

—¡De viviendas! ¡Vivir ahí! —exclamó Mr. Pickwick.

 

—¡Vivir ahí, sí, y también morir ahí con mucha frecuencia! —repuso Mr. Roker

 

—. ¿Y qué tiene de extraño? ¿Quién ha de decir nada en contra? Vivir ahí, sí, y es un magnífico sitio para vivir.

 

Advirtiendo que Roker se volvió un tanto amostazado al decir esto, además de musitar unas cuantas interjecciones, relativas a sus propios ojos, miembros y sangre circulante, no consideró prudente Mr. Pickwick dar mayor extensión a su comentario. A poco comenzó Mr. Roker a subir otra escalera, tan sucia como la que les había conducido al lugar que diera origen a la discusión, seguido inmediatamente de Mr. Pickwick y de Sam.

 

—Aquélla —dijo Mr. Roker, deteniéndose jadeante no bien llegaron a otra galería de dimensiones análogas a la de abajo— es la escalera del café; la que está inmediatamente encima de nosotros es la tercera, y luego viene la superior; y la habitación en que va usted a dormir esta noche es lo que se llama sala del guarda, y se va por aquí... Vamos.

 

Dicho esto con respiración anhelosa, subió Mr. Roker otra escalera, seguido siempre de Mr. Pickwick y de Sam Weller.

 

Estas escaleras recibían la luz de diversas ventanas, situadas a poca distancia del

 

 

 

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suelo y que dejaban ver un patio empedrado, cerrado por altas paredes de ladrillo, con erizado caballete de hierro. Este patio era, al decir de Mr. Roker, el patio de juego, y, según el mismo vigilante, había en aquella parte de la prisión, que correspondía a Farringdon Street, otro patio más pequeño, denominado «el patio de las pinturas» por el hecho de haber ostentado sus muros las figuras de varios barcos de guerra navegando a toda vela, y otras obras de arte, ejecutadas en tiempos pretéritos por algún dibujante prisionero en sus horas de ocio.

Una vez comunicado este interesante detalle, más con propósito de desahogar su pecho dando salida a una noticia importante que con el designio expreso de ilustrar a Mr. Pickwick, llegado el guía a otra galería penetró en un estrecho pasillo, abrió una puerta y ofrecióse a la vista un aposento de aspecto nada grato, que contenía ocho o nueve camas de hierro.

 

—Ésta —dijo Mr. Roker, abriendo la puerta y mirando triunfante a Mr. Pickwick —, ésta es la habitación.

 

Tan ligera satisfacción denotó, sin embargo, el rostro de Mr. Pickwick ante la apariencia de su aposento, que Mr. Roker, deseoso de descubrir una sensación recíproca, miró a Samuel Weller, que hasta entonces habíase limitado a observar con silenciosa dignidad.

 

—Ése es un dormitorio, joven —observó Mr. Roker.

 

—Ya lo veo —replicó Sam, volviendo la cabeza rápidamente.

 

—¿No pensaría usted encontrar una habitación como ésta en el hotel Farringdon? —dijo Mr. Roker con sonrisa complacida.

 

A esto replicó Mr. Weller con un imperceptible y natural guiño, que podía significar o que lo había pensado, o que no lo había pensado, o que nunca se le había ocurrido meditar acerca de semejante cosa, según conviniera a la imaginación del que observara el gesto. Hecho el gesto y luego de abrir el ojo, Mr. Weller procedió a inquirir cuál era el lecho que Mr. Roker describiera de modo tan optimista.

 

—Ése es —replicó Mr. Roker, señalando a una herrumbrosa cama que en el rincón había—. Esa cama le hace a uno dormir, quiera o no.

 

—Yo creería —dijo Sam, examinando el mueble en cuestión con ostensible disgusto—, yo creería que las adormideras no son nada en comparación con ella.

 

—Nada —dijo Mr. Roker.

 

—Y supongo —dijo Sam, mirando de soslayo a su amo, como si pretendiera descubrir en él síntomas de cambiar de resolución, en vista de lo que iba viendo—, supongo que los otros caballeros que duermen aquí serán caballeros.

 

—Nada más que caballeros —dijo Mr. Roker—. Uno de ellos se zampa sus doce pintas de cerveza diarias y no para de fumar ni en las comidas.

 

—Debe de ser una buena espada —dijo Sam.

 

—El número uno —replicó Mr. Roker.

 

 

 

 

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Sin dejarse intimidar por todos estos detalles que iba conociendo, declaró Mr. Pickwick, sonriendo, su determinación de ensayar el poder narcotizante de la cama por aquella noche, y Mr. Roker, después de comunicarle que podía entregarse al descanso a la hora que tuviese por conveniente, sin precisar advertencia previa ni formalidad de ninguna clase, retiróse, dejando a Mr. Pickwick y a Sam de pie en la galería.

 

Anochecía; es decir: se encendieron unos cuantos mecheros de gas en aquel lugar, siempre oscuro, por cortesía a la noche, que sobrevenía en el exterior. Como hacía algún calor, los inquilinos de las numerosas celdas que se abrían a uno y otro lado de la galería tenían las puertas abiertas. Mr. Pickwick asomaba la nariz al pasar, lleno de curiosidad e interés. Aquí, tres o cuatro haraganes, difícilmente visibles entre la humareda del tabaco, mantenían ruidosa y desordenada conversación sobre los vasos de cerveza a medio apurar o jugaban con grasientas barajas. En la estancia contigua, tal solitario recluso inclinábase, a la luz tenue de una vela de sebo, sobre un rimero de manchadas y carcomidas cuartillas, amarillas y destruidas por el tiempo, escribiendo por centésima vez el relato interminable de sus desventuras, con destino a algún magnate, cuyos ojos nunca habrían de leerlo y cuyo corazón jamás habría de conmoverse. En otra celda veíase a un hombre, con su esposa y abundante prole, aderezando una especie de cama sobre el suelo o sobre unas sillas, para que allí pasaran la noche los pequeños. Y en una cuarta, en una quinta, una sexta y una séptima, el barullo, la cerveza, los naipes y el humo del tabaco manifestábanse en confusión incesante.

 

En las mismas galerías, y más aún en las escaleras, pululaban numerosos individuos, que allí venían, unos por estar sus habitaciones vacías y solitarias; otros, porque sus celdas estaban llenas y calurosas; la mayoría, por sentirse desasosegados y no poseer el secreto de saber qué hacer de sí mismos. Muchas castas de seres veíanse por allí: desde el artesano, con su tosco vestido de paño, hasta el distinguido pródigo, envuelto en su batín mañanero, que, como era del caso, mostraba por los codos la ropa interior. Pero en todos advertíase el mismo aire despreocupado, la algarabía fanfarrona de pájaros insolentes, la inquietud alocada del hampa vagabunda, imposible de describir en palabras, pero fácil de experimentar en cuanto se quiera con sólo entrar en la más cercana prisión de insolventes y pararse a contemplar el primer grupo de reclusos que se vea, con el interés desplegado por Mr. Pickwick.

 

—Me sorprende ver —dijo Mr. Pickwick, apoyándose en la barandilla de la escalera—, me sorprende ver, Sam, que esta prisión por deudas no me parece un castigo.

 

—¿Cree usted, sir? —preguntó Mr. Weller.

 

—¿No ves cómo bebe y fuma y grita esa gente? —repuso Mr. Pickwick—. Es imposible que les preocupe estar donde están.

 

 

 

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—¡Ah, ahí está la cosa precisamente! —replicó Sam—. A ésos no les preocupa nada; para ellos no es más que una fiesta... cerveza y patatas asadas. Los otros son los que se encuentran aquí abatidos. Siempre están tristes y no pueden sorber cerveza ni jugar a las cartas. Ésos son los que pagarían si pudieran y que tienen el corazón deshecho en este encierro. Verá usted, sir: para que los que se pasan la vida holgazaneando por las tabernas, esto no les resulta un castigo, y para los otros, que trabajan siempre que pueden, esto es una pena durísima. Es muy desigual, como dice mi padre cuando el ponche no está hecho de mitad y mitad. Es desigual, y ahí está lo malo.

 

—Me parece que tienes razón, Sam —dijo Mr. Pickwick, después de reflexionar unos momentos—; tienes mucha razón.

 

—De cuando en cuando se ve por aquí a alguno que no se encuentra a disgusto — dijo Sam, recapacitando—; pero no sé de ninguno, como no fuera un pequeñaco, de cara sucia, y eso por la fuerza de la costumbre.

 

—¿Y quién fue ése? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—Eso es lo que nadie pudo averiguar —respondió Sam.

 

—¿Pero qué fue lo que hizo?

 

—Pues hizo lo que otros mejor conocidos hicieron en su tiempo —replicó Sam —: hacerle una apuesta a la policía y ganársela.

 

—¿Eso quiere decir que contrajo deudas? —dijo Mr. Pickwick.

 

—Justamente, sir —replicó Sam—; y con el tiempo acabó por venir aquí. No era mucho: una ejecución por nueve libras, quintuplicadas por las costas, a pesar de lo cual se pasó aquí veinte años. Si algunas arrugas le salieron en la cara, se las borró la suciedad, porque su cara sucia y la chaqueta parda eran las mismas al cabo de los veinte años. Era un hombrecito inofensivo y pacífico, que andaba siempre buscando a alguien para charlar o para jugar, sin que ganara nunca, hasta que los vigilantes le tomaron cariño y todas las noches iba a entretenerse con ellos, contando historias. Una noche estaba, como de costumbre, paseando con un antiguo amigo que se hallaba de guardia, cuando se le ocurrió decir de repente: «No he visto el mercado que hay aquí cerca, Bill», el mercado de Fleet se celebraba entonces, «no he visto el mercado, Bill, hace diecisiete años». «Ya lo comprendo», dijo el vigilante, fumando su pipa. «Me gustaría verlo siquiera un minuto, Bill», dijo. «Ya lo supongo», dijo el vigilante, fumando con aire distraído y afectando no darse por enterado de lo que el otro quería decirle. «Bill», dijo el hombrecito, más súbitamente que antes, «me ha venido esa idea. Déjeme usted que eche un vistazo por las calles antes de morir; y, si no me da una apoplejía, estoy de vuelta en cinco minutos». «¿Y qué sería de mí si le diera a usted la apoplejía?», dijo el vigilante. «Vaya, hombre», dijo el hombrecito, «cualquiera que me encontrase me traería a casa, porque tengo en el bolsillo mi tarjeta, Bill: número veinte, escalera del café». Y era verdad, porque cuando deseaba

 

 

 

 

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trabar conocimiento con algún recién llegado siempre sacaba una pequeña y deteriorada cartulina, en la que se leían esas palabras; y ésa era la razón por la que siempre se le llamaba número veinte. Quedóse mirando fijamente el vigilante, y le dijo al cabo, en tono solemne: «Veinte, confío en usted; sé que no ha de poner en un compromiso a su viejo amigo». «No, hombre; creo tener aquí dentro algo bueno», dijo el hombrecito, y al decir esto señaló expresivamente hacia su chaleco, y de cada uno de sus ojos brotó una lágrima, cosa extraordinaria, porque no se sabía que el agua hubiera tocado nunca su rostro. Estrechó la mano del vigilante, salió de la prisión...

 

—¿Y no volvió? —dijo Mr. Pickwick.

 

—Por una vez se ha colado usted —replicó Mr. Weller—, porque volvió dos minutos antes de la hora fijada, lleno de rabia y diciendo que a poco le atropella un coche; que él no estaba acostumbrado a aquello, y que estaba decidido a escribir al lord mayor. Lograron calmarle, y se pasó cinco años sin que se le ocurriera asomarse a la puerta.

 

—¿Murió al cabo de esos cinco años, verdad? —dijo Mr. Pickwick.

 

—No murió, sir —replicó Sam—. Le entró curiosidad por salir y probar la cerveza de una taberna que acababa de establecerse por allí y que tenía un salón tan bonito que se empeñó en visitarlo todas las noches, lo cual estuvo haciendo por mucho tiempo, volviendo siempre un cuarto de hora antes de cerrarse la prisión, con lo que marchaba a las mil maravillas. Por fin, fue tanto el gusto que le tomó, que empezó a olvidarse de la hora de volver, a no preocuparse por ello y a regresar cada vez más tarde, hasta que una noche, estaba su amigo cerrando, habiendo ya dado vuelta a la llave, cuando acertó allegar. «Aguarda un poco, Bill», dijo. «¿Cómo no ha vuelto a casa aún, veinte?», dijo el vigilante. «Yo creí que estaba dentro hacía rato.» «No estaba», dijo el hombrecito, sonriendo. «Pues entonces, verás lo que te voy a hacer, mi amigo», dijo el vigilante, abriendo la puerta con pausa malhumorada. «Me parece que hace tiempo se junta usted con malas compañías, lo cual me disgusta mucho. Por hoy no quiero hacer nada», dijo; «pero si no se limita usted a frecuentar buenas tertulias y no vuelve a tiempo, tan seguro como estoy aquí que le niego la entrada para siempre». Acometió al hombrecito un violento temblor, y no volvió a salir de la prisión en su vida.

 

Al acabar Sam este relato, volvió a bajar las escaleras lentamente Mr. Pickwick. Luego de dar unos cuantos paseos, con aire pensativo, por la sala de pinturas, que por hallarse a oscuras estaba desierta, participó a Mr. Weller que le parecía buena hora para que se retirara hasta el día siguiente, diciéndole que buscara una cama en que dormir en el más cercano dormitorio público y que volviera temprano al día siguiente, con objeto de preparar el traslado de las ropas de su amo desde Jorge y el Buitre. Aprestóse a obedecer Sam Weller con toda la solicitud que le era habitual, mas no sin mostrar fuerte resistencia. Llegó hasta significar el deseo de pasar la

 

 

 

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noche tendido en el suelo; pero convencido de la obstinación con que Mr. Pickwick se hacía el sordo a sus indicaciones, acabó por retirarse.

 

No hay para qué ocultar el hecho de que Mr. Pickwick se sintiera abatido y preocupado, no por falta de compañía, pues la prisión se hallaba repleta de gente, y una botella de vino hubiérale bastado para comprar la más franca amistad de unos cuantos conspicuos, sin precisar la ceremonia de presentación; mas veíase solo en medio de aquella grosera muchedumbre, y experimentaba el decaimiento espiritual y la angustia que eran consecuencias naturales de reflexionar que estaba allí enjaulado sin esperanza de liberación. En cuanto a la idea de conquistar la libertad sucumbiendo a las argucias sutiles de Dodson y Fogg, ni por un momento sobrevino a su mente.

 

En tal estado de ánimo, encaminóse a la galería del café y comenzó a pasear lentamente. El lugar estaba inmundo, y el olor del humo del tabaco era sofocante. Oíase un perpetuo batir de puertas, ocasionado por la gente que entraba y salía, y el ruido de voces y pisadas resonaba constantemente a lo largo de las galerías. Una joven, con un niño en sus brazos que apenas si balbuceaba de endeblez y miseria, paseaba arriba y abajo, conversando con su marido, que no disponía de otro sitio para verla. Al pasar junto a Mr. Pickwick, oyó éste sollozar a la joven; y en una ocasión entregóse la muchacha a tan hondo espasmo de amargura, que no tuvo más remedio que apoyarse en la pared, mientras que el hombre tomaba el niño en sus brazos y trataba de calmarla.

 

Era esto demasiado para el dolorido corazón de Mr. Pickwick, que se fue a acostar más que aprisa.

 

Aunque la sala de guardias no ofrecía comodidad alguna, ya que en punto a decorado y mobiliario encontrábase cien veces peor que cualquier enfermería de una cárcel provinciana, tenía en aquel momento la ventaja de estar desocupada. Sentóse Mr. Pickwick a los pies de su camita de hierro y empezó a preguntarse cuánto podrían sacar al año los guardias de aquella estancia inmunda. Luego de deducir por cálculos matemáticos que aquella mansión podría equiparar su renta anual a la de una callejuela de los suburbios de Londres, empezó a reflexionar en cuál sería la tentación que podría haber inducido a una desdichada mosca que trepaba por sus pantalones a introducirse en una oscura prisión, cuando podía elegir entre tantos lugares ventilados, meditación que hubo de conducirle a la irrebatible conclusión de que el insecto estaba completamente loco.

 

Después de resolver este punto, empezó a darse cuenta de que el sueño le invadía. Sacó del bolsillo su gorro de dormir, que había tenido la precaución de tomar aquella mañana, y desnudándose perezosamente metióse en la cama y se quedó dormido.

 

—¡Bravo! Ahora sobre las puntas... salta y trenza... ¡duro con ello, Céfiro! Que me machaquen si no es la ópera tu centro. ¡Arriba! ¡Hurra!

 

Estas  exclamaciones,  pronunciadas  en  tono  jaranero  y  acompañadas  de

 

 

 

 

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estrepitosas carcajadas, despertaron a Mr. Pickwick de uno de esos profundos sopores que, sin durar en realidad más de media hora, antójanse al durmiente haberse prolongado tres o cuatro semanas.

 

No bien cesó la voz prodújose en la estancia trepidación tan violenta que las ventanas temblaron en sus quicios y las camas se conmovieron. Levantóse Mr. Pickwick y quedó estático por algunos minutos, mudo de asombro ante la escena que descubrían sus ojos.

 

En el suelo veíase a un hombre con cazadora de largos faldones, estrechos pantalones de terciopelo y medias grises de algodón, que ejecutaba con una cornamusa un aire popular y que bailaba con un ademán grotesco y una ligereza que, contrastados con el aspecto de su traje, resultaban indescriptiblemente absurdos. Otro individuo, evidentemente beodo, que debía de haber sido introducido en la cama por sus compañeros, estaba sentado entre las sábanas, entonando a duras penas una canción festiva, con acento extremadamente sentimental; y un tercero, sentado en otra de las camas, aplaudía a ambos ejecutantes con aire de perfecto conocedor y animándoles con el fervoroso entusiasmo que sacara de su sueño a Mr. Pickwick.

 

Era el jaleador un tipo admirable, de esa clase de gentes que nunca pueden observarse en la plenitud de su ser sino en estos lugares; no es difícil hallarles, si bien más imperfectamente, en las cuadras y en las tabernas; pero nunca alcanzan su florecimiento más que en estas cálidas estufas que parecen hallarse dispuestas por la ley al solo objeto de darles a conocer.

 

Era un hombre alto, de semblante aceitunado, largos cabellos y enmarañados bigotes, que venían a juntarse por debajo del mentón. No llevaba bufanda, pues había estado jugando todo el día a la pelota, y su abierta camisa mostraba el lujo de su interior musculoso. Llevaba en la cabeza uno de esos casquetes franceses de dieciocho peniques, con una borla juguetona, que armonizaba perfectamente con el tosco paño de su cazadora. Sus piernas, que, siendo muy largas, adolecían de honda debilidad, ostentaban unos pantalones de mezclilla de Oxford, confeccionados, al parecer, para acentuar la simetría de sus miembros. Como no estaban bien ceñidos ni debidamente abotonados, caían en desgraciados pliegues sobre un par de zapatos escotados, para enseñar un par de asquerosas medias blancas. Había en el conjunto una tonalidad de canallesca jactancia y de granujería desvergonzada que valía una mina de oro.

 

Ésta fue la primera figura que advirtió la atención de Mr. Pickwick; hizo un guiño a Céfiro y le suplicó con gravedad burlona que no despertara al caballero.

 

—¡Vaya con el bendito señor! —dijo Céfiro, mirando en derredor y afectando extremada sorpresa—. El señor está despierto. ¡Eh, Shakespeare! ¿Cómo está usted, sir? ¿Cómo están María y Sarah, sir? ¿Y su vieja, sir? ¿Tendrá usted la bondad de incluirle mis respetos en el primer paquete que usted mande, sir, y decir que se los

 

 

 

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hubiera enviado antes si no hubiera temido que se hicieran pedazos en el carro, sir? —No le des la lata al caballero con ordinarios cumplidos, cuando estás viendo

 

que lo que desea es beber algo —dijo el de los mostachos con acento jocoso—. ¿Por qué no preguntas al señor qué es lo que quiere tomar?

 

—¡Vaya por Dios, se me había pasado! —replicó el otro— ¿Qué desea usted tomar, sir? ¿Quiere usted oporto, sir, o jerez, sir? Yo le recomiendo la cerveza, sir. ¿O tal vez le gusta el jugo de Malta crudo, sir? Concédame usted la felicidad de colgar su gorro de dormir, sir.

 

Diciendo esto, arrancó el charlatán el citado adminículo de la cabeza de Mr. Pickwick y lo encasquetó en un abrir y cerrar de ojos en la cabeza del borracho, el cual, firmemente convencido de que se hallaba deleitando a una numerosa asamblea, continuo atormentando los oídos de los circunstantes con las modulaciones melancólicas de la canción festiva.

 

Despojar a un hombre violentamente de su gorro de dormir y ajustarlo en la sucia cabeza de un desconocido, no obstante el aticismo de la maniobra, entra incuestionablemente en la categoría de las bromas pesadas. Mirado el asunto precisamente bajo este prisma por Mr. Pickwick, saltó vigorosamente de su lecho, sin la más ligera advertencia previa, y descargó tan soberbio puñetazo sobre el pecho de Céfiro, que hubo de privarle de una considerable porción del imprescindible elemento que en ocasiones desígnase con ese mismo nombre, y, recuperando su gorro de dormir, plantóse denodado en actitud de defensa.

 

—¡Ahora —dijo Mr. Pickwick, sofocado, tanto por la ira como por el desgaste de energía sufrido—, vengan acá los dos... los dos!

 

Formulada esta liberal invitación, imprimió a sus puños cerrados un movimiento rotatorio, con objeto de intimidar a sus adversarios con una ostentación de técnica.

 

La inesperada galantería de Mr. Pickwick o la aparatosa movición realizada para lanzarse del lecho y caer en masa sobre el de la cornamusa impresionaron a sus contrincantes. De que se conmovieron, no cabe duda alguna, porque en vez de aprestarse al asesinato, como era la creencia de Mr. Pickwick, quedaron suspensos; miráronse unos instantes, y acabaron por romper a reír con todas sus ganas.

 

—Bien; es usted un ventajista, y eso me le hace simpático —dijo Céfiro—. Ahora, vuélvase a la cama, que si no va usted a coger un reuma. Supongo que no me guardará rencor, ¿verdad? —dijo el hombre, tendiendo una manaza del tamaño de una de esas masas digitadas que cuelgan como emblema de las guanterías.

 

—Desde luego que no —dijo Mr. Pickwick con apresuramiento, ya que, pasada la excitación, comenzaba a sentir frío en las piernas.

 

—Dispénseme el honor —dijo el de los mostachos, ofreciendo su diestra y aspirando la h

 

—Con mucho gusto, sir —dijo Mr. Pickwick.

 

 

 

 

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Y luego de estrecharse las manos solemnemente, se metió de nuevo en la cama.

 

—Mi nombre es Smangle, sir —dijo el de los mostachos.

 

—¡Ah!... —exclamó Mr. Pickwick.

 

—El mío es Mivins —dijo el de las medias.

 

—Encantado, sir —dijo Mr. Pickwick.

 

—¡Ejem! —carraspeó Mr. Smangle.

 

—¿Decía usted algo? —dijo Mr. Pickwick.

 

—No, nada, sir —respondió Mr. Smangle.

 

—Me había parecido, sir —repuso Mr. Pickwick.

 

La situación, como se ve, tomaba un cariz armónico y placentero; mas, para que acabara de establecerse la cordialidad, aseguró Mr. Smangle a Mr. Pickwick que le merecían un elevado respeto los sentimientos de un caballero, noble inclinación que le honraba tanto más cuanto que no era discreto suponer que en modo alguno los entendiera.

 

—¿Va usted a pasar por la Audiencia, sir? —inquirió Mr. Smangle.

 

—¿Por dónde? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—Por la Audiencia de Portugal Street... El tribunal de liquidación... Ya me entiende usted.

 

—¡Oh, no; yo, no! —respondió Mr. Pickwick.

 

—¿Es que sale usted, entonces? —insinuó Mivins.

 

—No lo espero —replicó Mr. Pickwick—. Me niego a pagar indemnización, y por eso estoy aquí.

 

—¡Ah, ya! —dijo Mr. Smangle—. El papel ha sido mi ruina.

 

—¿Es usted papelero, tal vez, sir? —dijo inocentemente Mr. Pickwick. —¡Papelero! No, hombre, no. ¡Cualquier día! No tan bajo. Nada de comercio. Al

 

decir papel, me refiero a los pagarés.

 

—¡Oh! ¿Emplea usted la palabra en ese sentido? Ya comprendo —dijo Mr.

 

Pickwick.

 

—¡Pero, qué caramba! Un caballero siempre está expuesto a reveses de fortuna —dijo Smangle—. ¿Y qué? Ya estoy en la prisión Fleet. Bueno. ¿Qué tenemos con eso? No estoy peor que antes.

 

—Ni mucho menos —replicó Mivins.

 

Y tenía razón, porque, lejos de hallarse peor, Mr. Smangle había prosperado, ya que, con objeto de prepararse para entrar en aquel lugar, había entrado gratuitamente en posesión de ciertos artículos de joyería que con anterioridad fueron a parar a una casa de empeño.

 

—Bien; pero vamos a ver —dijo Mr. Smangle—: esto está muy seco. Mojemos la boca con una gota de jerez caliente; el último que haya venido lo compra; Mivins irá a buscarlo, y yo ayudaré a beberlo. He aquí una equitativa y caballerosa distribución

 

 

 

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del trabajo. ¡Maldita sea!

 

Por no suscitar nueva discusión, aceptó Mr. Pickwick, contento, la propuesta, y consignó el dinero a Mr. Mivins, el cual, viendo que eran cerca de las once, dirigióse a toda prisa al café para cumplir el encargo.

 

—Oiga —murmuró Smangle en cuanto su amigo abandonó la estancia—, ¿qué le ha dado usted?

 

—Medio soberano —dijo Mr. Pickwick.

 

—Ése es un perro del demonio —dijo Mr. Smangle—; un guasón. No he visto otro igual; pero...

 

Y se detuvo bruscamente Mr. Smangle, moviendo la cabeza con aire dubitativo.

 

—¿No insinuará usted la probabilidad de que se quede con el dinero? —dijo Mr.

 

Pickwick.

 

—¡Oh, no; no digo eso! Digo que es un muchacho caballeroso y travieso —dijo Mr. Smangle—. Pero me parece que no estaría mal que alguien bajara para vigilar si no metía el pico por casualidad en la jarra o cometía alguna equivocación, perdiendo el dinero al subir la escalera. Oiga, sir, baje usted y vigile a ese caballero, ¿quiere usted?

 

Esta súplica iba dirigida a un hombrecito de aspecto nervioso y tímido, cuya apariencia denotaba gran pobreza y que había permanecido acurrucado en su lecho todo ese tiempo, sobrecogido, al parecer, por la novedad de su situación.

 

—¿Sabe usted dónde está el café? —dijo Smangle—. Baje usted y diga a ese señor que ha ido para ayudarle a traer la jarra. O... espere. Le diré a usted... Le diré a usted lo que vamos a hacer —dijo Smangle con gran viveza.

 

—¿Qué? —dijo Mr. Pickwick.

 

—Mandarle decir que se traiga la vuelta en cigarros. ¡Admirable idea! Corra y dígale eso. ¿Oye usted? No se perderán —continuó Smangle, volviéndose hacia Mr. Pickwick—. Yo me los fumaré.

 

Tan ingeniosa fue esta maniobra, y ejecutada con tan irreprochable compostura y serenidad, que no quiso entorpecerla Mr. Pickwick, aunque en su mano hubiera estado el hacerlo. Volvió a poco Mr. Mivins con el jerez, que Mr. Smangle escanció en dos jícaras desconchadas, y considerando que, por lo que a él se refería, no debe un caballero pararse en minucias en tales circunstancias, declaró que no llegaba su orgullo hasta el punto de impedirle beber de la jarra.

 

Y para demostrar su sinceridad, se propinó ante la concurrencia un trago, en el que consumió la mitad casi de la jarra. Promovida, gracias a estos medios excelentes, la mejor inteligencia entre los circunstantes, procedió Mr. Smangle a divertir a sus oyentes con la relación de varias aventuras románticas, en las que se había visto envuelto en ciertas ocasiones, detallando diversas anécdotas interesantes relativas a un caballo de carreras y a una magnífica israelita, ambos bellísimos y envidiados por

 

 

 

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la nobleza y la crema de aquellos reinos.

 

Mucho antes de que terminaran estos elegantes extractos de la biografía del caballero habíase metido en la cama Mr. Mivins y había comenzado a roncar para toda la noche, dejando al tímido recluso y a Mr. Pickwick entregados al dominio de Mr. Smangle.

 

Mas no llegaron los edificantes pasajes relatados a conmover a estos dos caballeros tanto como hubiera ocurrido en otras circunstancias. Mr. Pickwick llevaba un rato dormitando, cuando percibió confusamente algo así como si el borracho hubiera de nuevo prorrumpido en la canción festiva y recibido de Mr. Smangle, por medio del jarro del agua, una tímida advertencia de que no estaba para músicas el auditorio. Durmióse otra vez Mr. Pickwick con la noción vaga de que Mr. Smangle estaba aún empeñado en la narración de una larga historia, cuyo fondo parecía consistir en haber despachado en cierta ocasión al mismo tiempo una cuenta y un caballero.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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42.    En el que se da cuenta, lo mismo que en el anterior, de que, como reza el viejo proverbio, la adversidad procura

 

al hombre extraños compañeros de cuarto. Contiene asimismo el extraordinario y sorprendente anuncio que hizo Mr. Pickwick a Mr. Samuel Weller

 

Cuando abrió los ojos Mr. Pickwick a la mañana siguiente, el primer objeto en que éstos fueron a dar fue Samuel Weller, que se hallaba sentado en un negro y reducido portamantas, mirando atentamente la sólida figura del impetuoso Mr. Smangle, en tanto que Mr. Smangle, ya casi vestido, estaba sentado en su lecho, empeñado en el vano y loco intento de hacer bajar los ojos a Mr. Weller. Decimos vano y loco intento, porque Sam, luego de echar una comprensiva ojeada sobre el gorro, los pies, la cabeza, la cara, las piernas y los bigotes de Mr. Smangle, seguía mirándole fijamente, con síntomas de viva satisfacción, mas concediendo a la actitud de Mr. Smangle la misma importancia que si fuera una estatua de madera del propio Guy Fawkes.

 

—Bueno; ¿me reconoce usted ya? —dijo Mr. Smangle, frunciendo el ceño.

 

—Juraría haberle visto en alguna parte, sir —replicó Sam con acento risueño.

 

—No se insolente con un caballero, sir—dijo Mr. Smangle.

 

—Por nada del mundo —replicó Sam—. Si quiere usted indicármelo cuando se despierte, me conduciré con él como en la más elegante sobremesa.

Como esta observación marcara una tendencia remota a significar que Mr.

 

Smangle no era un caballero, montó éste en cólera.

 

—¡Mivins! —dijo Mr. Smangle en tono airado. —¿Qué hay que hacer? —replicó éste desde su cama. —¿Quién demonio es este mozo?

 

—Chico —dijo Mr. Mivins, mirando perezosamente desde debajo de las sábanas —, iba yo a preguntárselo. ¿Tiene aquí algún negocio?

 

—No —replicó Mr. Smangle.

 

—Entonces tírale por la escalera y dile que no se le ocurra volver hasta que yo me levante y pueda darle una patada —añadió Mr. Mivins.

 

Con esta pronta resolución, zambullóse de nuevo en el sueño el excelente caballero.

 

Como la conversación presentara síntomas inequívocos de bordear el terreno personal, juzgó oportuno terciar Mr. Pickwick.

 

—Sam —dijo Mr. Pickwick.

 

—Sir —respondió Mr. Weller.

 

—¿Hay alguna novedad desde anoche?

 

 

 

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—Nada de particular, sir —respondió Sam, contemplando los mostachos de Mr. Smangle—. El último efecto de una atmósfera enrarecida y confinada parece haber favorecido el desarrollo de una semilla de naturaleza sanguinaria y alarmante; pero con esta excepción, todo está bastante tranquilo.

 

—Voy a levantarme —dijo Mr. Pickwick—; dame ropa limpia.

 

Cualesquiera que hubieran sido las intenciones hostiles de Mr. Smangle, pronto evolucionó su pensamiento, solicitado por la operación de deshacer el portamantas. El contenido de éste pareció imponerle al punto la más favorable opinión, no sólo de Mr. Pickwick, sino también de Sam, el cual, según dijo Mr. Smangle en voz bastante alta para que llegara a oídos de aquel excéntrico personaje, no bien se le ofreció oportunidad, era un hombre original y muy de su gusto. En cuanto a Mr. Pickwick, la afección que le inspiraba no tenía límites.

 

—¿Puedo ayudarles en algo, mi querido señor? —dijo Smangle.

 

—En nada, que yo sepa; muchas gracias —replicó Mr. Pickwick.

 

—¿No hay ropa que dar a la lavandera? Conozco una magnífica lavandera de aquí cerca, que viene por mis prendas dos veces a la semana, y, ¡qué casualidad!... ¡qué feliz coincidencia!... hoy le toca venir. ¿Quieren que meta alguna de esas cosas con las mías? Nada de molestia. No hablemos de eso. Si un caballero que se encuentra en una situación apurada no puede molestarse un poco para ayudar a otro que se encuentra en circunstancias análogas, ¿qué es la naturaleza humana?

 

Hablando de esta suerte, Mr. Smangle inclinábase hacia el portamantas cuanto podía, dirigiéndole miradas de la más ferviente y desinteresada amistad.

 

—¿No quiere usted dar nada a cepillar, querido amigo, al hombre que está ahí fuera? —continuó Smangle.

 

—Absolutamente nada, hermoso —contestó Sam, apoderándose de la respuesta

 

—. Tal vez si uno de nosotros se pusiera a cepillar sin molestar al hombre, sería más agradable para todos, como dijo el maestro a aquel chico que se oponía a que le azotara el mayordomo.

 

—¿Y no hay nada que pueda yo enviar en mi caja a la lavandera? —dijo Mr. Smangle, mirando alternadamente a Sam y a Mr. Pickwick con aire desconsolado.

 

—Absolutamente nada, sir —repitió Sam—. Tengo miedo de que la caja reviente sólo con usted.

 

Fue acompañada esta respuesta de una mirada tan expresiva a aquella porción especial de la ropa de Mr. Smangle por cuya apariencia viene a juzgarse, en general, de la pericia de la lavandera, que hubo éste de girar sobre sus talones y abandonar por el momento todo proyecto relacionado con la bolsa y guardarropa de Mr. Pickwick. Retiróse, cabizbajo, al patio, donde se obsequió con el sano y frugal desayuno de los cigarros adquiridos en la noche precedente.

 

Mr. Mivins, que no era fumador y cuya cuenta de artículos comestibles subía ya

 

 

 

 

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hasta las tejas y aun doblado el caballete, permaneció en el lecho, y según frase propia, «se desayunó con sueño».

 

Después de desayunar en un reducido aposento, anejo a la cantina, que ostentaba el título imponente de gabinete, recinto cuyo temporal ocupante, sin más que un leve sobreprecio, disfrutaba la inefable ventaja de escuchar la conversación de la cantina, luego de despachar con algunas comisiones a Mr. Weller, encaminóse Mr. Pickwick a la portería con objeto de consultar a Mr. Roker acerca de su futura instalación.

 

—¿Instalación, eh? —dijo Mr. Roker, consultando un gran libro—. Hay sitio de sobra, Mr. Pickwick. Su cédula estará en el veintisiete, en el tercero.

 

—¡Oh! —dijo Mr. Pickwick—. ¿Mi qué decía usted?

 

—Su cédula de compañía —replicó Mr. Roker—. ¿No lo comprende usted? —Aún no —contestó sonriendo Mr. Pickwick.

 

—Hombre —dijo Mr. Roker—, pues es tan claro como Salisbury: tendrá usted su cédula de compañía en el veintisiete del tercero, y el que esté en esa habitación será un compañero.

 

—¿Hay muchos allí? —preguntó Mr. Pickwick con aire de duda.

 

—Tres —respondió Mr. Roker. Mr. Pickwick tosió.

 

—Uno de ellos es un párroco —dijo Mr. Roker, llenando los blancos de un papel mientras hablaba—; el otro es un carnicero.

 

—¿Eh? —exclamó Mr. Pickwick.

 

—Un carnicero —repitió Mr. Roker, dando con su pluma un golpe en el pupitre con objeto de curarla de su resistencia a marcar el trazo—. ¡Vaya un punto corrido que era! ¿Te acuerdas de Tomás Martru, Neddy? —dijo Roker, dirigiéndose a otro compañero que se ocupaba de rascar el barro de sus zapatos con un cortaplumas de veinticinco hojas.

 

—Ya lo creo —replicó el interpelado con gran énfasis.

 

—¡Dios me conserve la vista! —dijo Mr. Roker, moviendo pausadamente la cabeza y mirando distraídamente a través de las enrejadas ventanas, como recordando con ternura alguna escena de su pasada juventud—. Parece que fue ayer cuando le dio la paliza al cargador de carbón en Fox—underthe—Hill, junto al muelle. Aún me parece que le estoy viendo venir por el Strand, entre dos guardias, un poco apabullado por los golpes, con un parche de color pardo en la ceja derecha y con aquel precioso perrillo detrás, que luego se comió al chico. ¿Qué bromas gasta el tiempo, verdad, Neddy?

 

La persona a quien estas palabras iban dirigidas, que parecía de condición taciturna y reservada, limitóse a repetir la observación como un eco; y, sacudiendo Mr. Roker el poético y melancólico matiz que traicioneramente había tomado su pensamiento, descendió a la realidad de la vida y de nuevo requirió su pluma.

 

—¿Sabe usted quién es el otro de los que están allí? —preguntó Mr. Pickwick,

 

 

 

 

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nada complacido con la descripción que acababa de oír de sus futuros asociados. —¿Quién es ese Simpson, Neddy? —dijo Mr. Roker, volviéndose hacia su

 

compañero.

 

—¿Qué Simpson? —dijo Neddy.

 

—Hombre, ese del veintisiete del tercero, que es donde se ha destinado a este señor.

 

—¡Ah, es ése! —replicó Neddy—. ¡Pues no es nada! Fue entrenador de caballos; ahora es un petardista.

 

—¡Ah!, ya lo suponía —repuso Mr. Roker, cerrando el libro y poniendo el papelucho en manos de Mr. Pickwick—. Ésa es la cédula, sir.

 

Algo desconcertado por este modo sumario con que se disponía de su persona, tornó a la prisión Mr. Pickwick, recapacitando en lo que hacer debía. Convencido, sin embargo, de que sería prudente, antes de dar ningún paso, ver y hablar a los tres caballeros con quienes estaba destinado a convivir, encaminóse como pudo a la tercera nave.

 

Luego de vagar algún tiempo por la galería, esforzándose por descifrar entre las tinieblas los números de las diversas puertas, acabó por dirigirse a un muchacho que acertaba a encontrarse allí ocupado en su tarea matinal de bruñir los cachivaches de estaño.

 

—¿Cuál es el veintisiete, amigo? —dijo Mr. Pickwick.

 

—Cinco puertas más allá —respondió el criado—. Hay en la puerta un hombre ahorcado, que está fumando una pipa, pintado con yeso.

 

Guiado por estas indicaciones, siguió Mr. Pickwick pausadamente la galería hasta que encontró el retrato de un caballero como acaba de describirse, sobre cuyo rostro llamó, golpeando con el nudillo de su índice, suavemente primero, con más fuerza después. Luego de repetir varias veces esta operación, sin resultado, aventuróse a abrir la puerta y asomarse.

 

Sólo había una persona en la estancia, y estaba inclinada sobre el alféizar de la ventana todo lo más hacia fuera que podía, sin perder la estabilidad, esforzándose, con gran perseverancia, por escupir en el sombrero de su amigo que en el patio se hallaba. Como ni el hablar, ni el toser, ni el estornudar, ni el llamar, ni ningún otro modo de hacerse notar lograron que aquella persona advirtiese la presencia del visitante, Mr. Pickwick, luego de pensar un momento, acercóse a la ventana y dio un suave tirón de la chaqueta del individuo. Retrotrajo éste vivamente su cabeza y sus hombros y, mirando escrutadoramente a Mr. Pickwick, preguntó en tono gruñón que qué (y profirió una palabra que empezaba con c) se le ofrecía.

 

—Creo —dijo Mr. Pickwick, consultando su boleta—, creo que éste es el veintisiete del tercero.

 

—¿Y qué? —replicó el interpelado.

 

 

 

 

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—He venido aquí porque me han dado este cacho de papel —repuso Mr.

 

Pickwick.

 

—A verlo —dijo el caballero. Mr. Pickwick se lo entregó.

 

—Pues bien podía Roker haberle mandado a otra parte —dijo Mr. Simpson (porque no era otro que el petardista), al cabo de un silencio enojoso.

Del mismo modo pensó Mr. Pickwick; pero en aquellas circunstancias consideró discreto guardar silencio.

 

Roznó Mr. Simpson unos momentos, y, asomándose luego a la ventana, produjo un fuerte silbido y pronunció a toda voz varias veces una palabra. Mr. Pickwick no logró distinguir cuál fuera ella; mas infirió que debía de tratarse de algún apodo con que se distinguía a Mr. Martin, porque unos cuantos que abajo se hallaban procedieron inmediatamente a gritar: «¡El carnicero!», imitando el tono con que esta utilísima casta social se anuncia diariamente por las mañanas ante las rejas de los sótanos.

 

Lo que ocurrió después vino a confirmar lo acertado de las presunciones de Mr. Pickwick, porque, al cabo de unos segundos, un hombre, harto apaisado para sus años, ataviado con la blusa azul profesional y con botas altas de suela circular, entró en la estancia, jadeante, seguido de otro con negra y deteriorada cazadora y gorro de piel. Este último, que sujetaba su chaqueta cerrada hasta la barbilla, alternando botones con alfileres, ostentaba una faz grosera y enrojecida y parecía un cura borracho, lo que era en realidad.

 

Habiendo leído estos caballeros sucesivamente la cédula de Mr. Pickwick, opinó uno de ellos que aquello era una burla, y manifestó otro su convicción de que aquello era intolerable. Después de demostrar sus sentimientos de tan explícita manera, miraron a Mr. Pickwick y se miraron unos a otros en medio de un silencio embarazoso.

 

—Nos ha reventado, ahora que teníamos las camas tan cómodamente dispuestas —dijo el clérigo, mirando los tres colchones, que estaban arrollados y envueltos en una manta y que ocupaban durante el día un rincón del cuarto en guisa de lavabo, sobre el que se veía una palangana desportillada y un platillo para el jabón de loza amarilla con una flor azul—; nos ha reventado.

 

Abundó en esta opinión Mr. Martin, aunque expresándose en términos más enérgicos; después de dar salida Mr. Simpson a unos cuantos adjetivos sonoros y desusados en sociedad, sin sustantivo alguno que les diera escolta, remangóse la chaqueta y empezó a lavar las verduras para la comida.

 

Mientras se ventilaban estas cuestiones, había Mr. Pickwick inspeccionado la estancia, que estaba verdaderamente asquerosa y que era hedionda a más no poder. No se veían en ella vestigios de alfombra, cortinas ni visillos, ni siquiera un departamento reservado. Cierto que eran escasos los objetos que pudieran hacerlo

 

 

 

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necesario; pero, aunque pocos en número y reducidos en tamaño, no faltaban restos de pan, cortezas de queso, toallas sucias, piltrafas de carne, cacharros medio rotos, fuelles sin cánula, prendas de vestir, tostadores sin mango, cosas todas ellas que constituyen un espectáculo poco estético cuando se hallan desparramadas por el suelo de una habitación pequeña, que es vivienda y dormitorio de tres hombres ociosos.

 

—Creo que la cosa puede arreglarse —dijo el carnicero después de un silencio prolongado—. ¿Cuánto quiere usted por irse a otro sitio?

 

—Dispense, sir —objetó Mr. Pickwick—. ¿Qué quiere usted decir? No le comprendo.

 

—Que por cuánto accedería usted a acomodarse en otra parte —dijo el carnicero

 

—. Por lo general son dos y medio; ¿quiere usted tres?

 

—... Y una ruedecita —sugirió el clérigo.

 

—Bien, vaya por la ruedecita; no es más que dos peniques por barba—dijo Mr.

 

Martín.

 

—¿Qué le parece a usted? Le daremos a usted tres y medio semanales por dejarnos. ¡Vamos!

 

—Y mandarnos traer un galón de cerveza —canturreó Mr. Simpson—. ¡Eso es!

 

—Para bebérnoslo ya mismo —dijo el cura—. ¡Manos a la obra!

 

—En realidad, estoy tan poco penetrado de las costumbres de la casa —replicó Mr. Pickwick—, que no entiendo a usted una palabra. ¿Es que puedo instalarme en otra parte? Yo creía que no.

 

Al oír semejante revelación, adoptó Mr. Martín un gesto de extraordinaria sorpresa, mirando a sus dos amigos, y acto seguido señalaron los tres con sus pulgares hacia sus hombros izquierdos. Este ademán, que se expresa con palabras mediante la frase concisa de «A la izquierda», cuando se ejecuta por varias señoras o por varios caballeros que se hallan habituados a marcarlo al unísono, resulta de un efecto gracioso y elegante y entraña un liviano y festivo sarcasmo.

 

—¡Puede usted! —repitió Mr. Martín con sonrisa compasiva.

 

—Caramba, si yo tuviera esa idea tan incompleta de la vida, me comería el sombrero con hebilla y todo —observó el clerizonte.

 

—Y yo —añadió el esportivo con solemnidad.

 

Después de este iniciador preámbulo, los tres inquilinos del cuarto revelaron a Mr. Pickwick, en suave cuchicheo, que en la prisión de Fleet significaba el dinero lo mismo que fuera; que el dinero le proporcionaría al momento cuanto se le antojase, y que si no le importaba gastárselo y sólo anhelaba disponer de una habitación para sí, podía posesionarse de una amueblada y provista de cabo a rabo en menos de media hora.

 

Y con esto separáronse las partes contratantes, mutuamente satisfechas: Mr. Pickwick para volver a la portería, y los tres compañeros encamináronse a la cantina

 

 

 

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para gastarse allí los cinco chelines que el clérigo, con admirable precisión, había pedido prestados al primero con el mencionado objeto.

 

—¡Ya lo sabía yo! —dijo Mr. Roker, regodeándose cuando Mr. Pickwick le dio a conocer el motivo de su retorno—. ¿No lo decía yo, Neddy?

 

El filosófico propietario del cortaplumas universal asintió con un gruñido.

 

—¡Yo sabía que deseaba usted una habitación solitaria, claro, hombre! —dijo Mr. Roker—. Vamos a ver: necesitará usted algunos muebles. ¿Me los alquilará usted a mí, como es lógico, verdad? Esto es lo corriente. —Con mucho gusto —replicó Mr. Pickwick.

 

—Mire usted: hay una magnífica habitación en la crujía del café que pertenece a un prisionero de Chancery —dijo Mr. Roker—. Puede usted quedarse con ella por una libra semanal. Creo que no le parecerá mucho eso.

 

—Nada —dijo Mr. Pickwick.

 

—Pues venga usted conmigo —dijo Mr. Roker, tomando su sombrero con gran viveza—. Eso se arregla en cinco minutos. ¡Pero, señor! ¿Por qué no me ha dicho usted desde el principio que quería las cosas bien?

 

La cuestión se solventó en seguida, según había predicho el vigilante. El prisionero de la Chancery llevaba allí tiempo bastante para haber perdido amigos, fortuna, hogar y felicidad y adquirido el derecho a disfrutar de una habitación para él solo. Mas como, sin embargo, solía faltarle el pan, escuchó con ansiedad la proposición que de alquilarle el cuarto le hizo Mr. Pickwick, y manifestóse al punto dispuesto a cederle la posesión indivisa y absoluta de la estancia al tanto semanal de veinte chelines, por el cual se comprometía además a desalojar a la persona o personas que allí pudieran llegar consignadas.

 

En tanto que ultimaban el pacto, examinóle Mr. Pickwick con dolorosa curiosidad. Era un hombre alto, flaco, de aspecto cadavérico, envuelto en amplia casaca vieja y con los pies en chancletas; tenía hundidas las mejillas y febril la mirada. Sus labios estaban exangües y afilados sus huesos. ¡Pobre hombre!: los férreos dientes de la reclusión y de la indigencia habíanle ido esquilmando durante aquellos veinte años.

 

—¿Y dónde va usted a vivir entre tanto? —dijo Mr. Pickwick al tiempo que depositaba el importe adelantado de la primera semana sobre la insegura mesa.

 

Tomó el desgraciado el dinero con mano temblorosa, y respondió que no lo sabía; ya vería y buscaría adónde trasladar su cama.

 

—Temo, sir —dijo Mr. Pickwick, poniéndole compasivamente la mano en el brazo—, temo que vaya usted a vivir a algún lugar ruidoso atestado de gente. Por tanto, le suplico que considere esta habitación como propia siempre que desee tranquilidad, así como cuando vengan a verle sus amigos.

 

—¡Amigos! —interrumpió el hombre con voz que resonó lúgubremente en su

 

 

 

 

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pecho—. Si estuviera muerto en la mina más profunda, encerrado en el ataúd con la tapa soldada, pudriéndome en el foso inmundo por donde se arrastra el cieno, bajo los cimientos de esta prisión, no podría estar más olvidado ni abandonado de lo que aquí me hallo. Soy un muerto; muerto para la sociedad, sin la conmiseración que acompaña a aquellos cuyas almas han pasado al juicio de Dios. ¡Venir a verme mis amigos! ¡Dios mío! En este lugar he descendido desde la flor de la juventud a la decrepitud, y no habrá siquiera quien, levantando su mano sobre el lecho en que yazca mi cadáver, diga: «Al fin le ha cabido la dicha de partir».

 

La emoción, que prestara a su semblante un destello de vida mientras hablaba, desvanecióse con su última palabra, y, cruzando de pronto sus escuálidas manos, salió de la estancia.

 

—Se anima un poquillo —dijo sonriendo Mr. Roker—. Son como los elefantes.

 

Se hacen sensibles de cuando en cuando y se ponen furiosos.

 

Formulada esta profundamente compasiva observación, dedicóse Mr. Roker a los arreglos con tanta expedición, que en un santiamén proveyóse a la estancia de una alfombra, seis sillas, una mesa, una cama—sofá, una tetera y de otros menudos utensilios alquilados por la razonable cantidad de veintisiete chelines y medio semanales.

 

—Bueno; ¿quiere usted algo más? —preguntó Mr. Roker, mirando satisfecho a su alrededor y sonando alegremente en su puño cerrado el primer plazo.

 

—Hombre, sí —dijo Mr. Pickwick, que hablaba entre dientes poco hacía—. ¿Hay aquí alguien que haga recados y esas cosas?

 

—¿Para fuera quiere usted decir? —preguntó Mr. Roker.

 

—Sí; digo que si hay quien vaya fuera que no sea prisionero.

 

—Sí que hay —dijo Mr. Roker—. Hay un pobre diablo, amigo de uno que está en el departamento de pobres, que se vuelve loco cuando le ocupan en algo así. Hace dos meses que se dedica a ganarse así la vida. ¿Le mando venir?

 

—Hágame el favor —dijo Mr. Pickwick—. Y si no, espere. ¿Dice usted el departamento de pobres? Pues me gustaría verlo. Iré yo mismo a buscarle.

 

El departamento de pobres en una prisión de insolventes, según previene la denominación, es aquel en que se halla recluida la más abyecta y mísera casta de los deudores. El recluso que se consigna al sector de los pobres ni paga pensión ni tanto de dormitorio. Satisface al entrar y al salir unos reducidísimos derechos y adquiere opción a una mezquina ración de alimento; con objeto de subvenir a la cual, unas pocas personas caritativas consignan en sus testamentos legados insignificantes. Muchos de nuestros lectores recordarán seguramente que hasta hace pocos años veíase junto a la pared de la prisión de Fleet una jaula de hierro, dentro de la cual había un hombre de hambrienta catadura que sacudía de tiempo en tiempo un cepillo con algunas monedas, en tanto que exclamaba con plañidero acento: «Acuérdese de

 

 

 

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los pobres deudores; acuérdese de los pobres deudores». La colecta de este cepillo, cuando había alguna, distribuíase entre los deudores pobres, y cuando uno salía de la jaula, otro pobre recluso reemplazábale en tan denigrante ocupación.

 

Aunque abolida la costumbre y desaparecida la jaula cuestatoria, perdura la miserable y triste condición de aquellos seres. Ya no les consentimos implorar a las puertas de la prisión la compasión y caridad de los transeúntes; pero aún no hemos borrado de nuestro código, tal vez para edificación y ejemplo de las edades venideras, esa ley justa y saludable que prescribe alimentar y vestir al felón desaprensivo y dejar morir de hambre y de frío a los deudores indigentes. No se trata de una ficción. No pasaría una semana sin que en todas nuestras prisiones por deudas sucumbieran fatalmente algunos de esos hombres, al cabo de las espantosas agonías de la necesidad, si no fuesen aliviadas y socorridas por sus compañeros de cárcel.

 

Revolviendo estas ideas en su magín, mientras subía la estrecha escalera a cuyo pie le dejara Roker, sintióse invadido Mr. Pickwick gradualmente por la más viva indignación; y era tanta la excitación ocasionada por estas reflexiones, que ya se había colado en la habitación que iba buscando, sin recordar el lugar en que se hallaba ni el objeto de su visita.

 

La apariencia general del recinto hízole al punto recobrarse; mas no bien cayó su mirada sobre un individuo que meditaba tristemente junto al mezquino fuego, dejó caer su sombrero y quedó paralizado y suspenso de asombro.

 

Sí; envuelto en andrajos y sin chaqueta, exhibiendo una camisa de percal amarillenta y hecha jirones, con el cabello sobre los ojos, desfigurado el rostro por los sufrimientos y aniquilado por el hambre, allí estaba Mr. Alfredo Jingle, con la cabeza sostenida por la mano, fijos los ojos en el fuego y ofreciendo todas las características de la postración y de la miseria.

 

Junto a él, apoyado contra la pared, con semblante distraído, había un robusto campesino, que a la sazón sacudía con un carcomido látigo de caza la alta bota que exornaba su derecho pie, y cuya izquierda extremidad aún calzaba una vieja zapatilla, ya que se vestía por descansadas etapas. Los caballos, los perros y el vino, todo ello revuelto, habíanle traído allí. La bota solitaria ostentaba una herrumbrosa espuela, que hacía chascar en el aire en tanto que azotaba su bota y musitaba las voces con que enardecen a los caballos los profesionales. En aquel momento debía de tomar parte en alguna reñida carrera imaginaria. ¡Pobre hombre! El más vertiginoso de sus corceles nunca le había arrastrado en tan veloz carrera como ésta, cuya meta estaba en la cárcel de Fleet.

 

En el lado opuesto de la estancia había un viejo sentado en un cajón de madera, con los ojos clavados en el suelo y con su faz desencajada por la más profunda y negra desesperación. Una niña, su nietecita, colgábase de él y procuraba atraer su atención con infantiles zalamerías; pero el anciano ni oía ni veía. Aquella voz, que

 

 

 

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fuera para él música, y aquellos ojos, que fueran su luz, caían sobre sus sentidos embotados. Sus miembros temblaban de fiebre y la parálisis habíase apoderado de su mente.

 

Veíase en la habitación a dos o tres hombres más, que charlaban en animado grupo. Una encorvada y adusta mujer, esposa de uno de los prisioneros, regaba con gran solicitud el desmedrado tallo de una planta marchita, que bien se veía no había de dar una hoja más; emblema, tal vez cierto, de la misión que aquélla venía a cumplir.

 

Tales fueron los objetos que ofreciéronse a la contemplación de Mr. Pickwick al tender en derredor su mirada sorprendida. El ruido de alguien que entraba atropelladamente fijó su atención. Volvióse hacia la puerta y toparon sus ojos con el recién llegado, en el cual reconoció, no obstante su desaliño y suciedad, los rasgos personales de Mr. Job Trotter.

 

—¡Mr. Pickwick! —exclamó en voz alta Job.

 

—¿Eh? —dijo Jingle, saltando de su asiento—. Mr. ... ¡Ah!, sí... sitio extraño...

 

rara cosa... merecido...

 

Metió Mr. Jingle sus manos en aquel lugar de sus pantalones que en otro tiempo correspondiera a los bolsillos e, inclinando la barbilla sobre el pecho, acurrucóse en la silla.

 

Conmovióse profundamente Mr. Pickwick ante la mísera apariencia de aquellos dos hombres. La ansiosa e involuntaria mirada que lanzó Mr. Jingle sobre el trozo de cordero crudo que Job había traído consigo decía mucho más acerca de la deplorable situación en que se hallaban que dos horas de explicación verbal.

 

—Desearía hablarle a solas. ¿Quiere usted salir un instante?

 

—Ya lo creo —dijo Mr. Jingle, levantándose diligente—. No se puede ir muy lejos... no hay miedo de pasarse... parque cerrado... lindo paisaje... romántico, pero no muy extenso... abierto al público... la familia siempre está fuera... la portera no se distrae.

 

—Se ha olvidado usted de ponerse la chaqueta —dijo Mr. Pickwick, saliendo a la escalera con Mr. Jingle y cerrando la puerta del cuarto.

 

—¿Eh? —dijo Jingle—. Colgada... pariente querido... tío Tomás... no se pudo por menos... hay que comer... Exigencias de la naturaleza...

 

—¿Qué quiere usted decir?

 

—Que se fue, mi querido amigo... la última chaqueta... no se pudo evitar... quince días con un par de botas. Sombrilla de seda... puño de marfil... una semana... palabra... pregúntele a Job... él lo sabe bien.

 

—¡Que se ha pasado tres semanas viviendo de un par de botas y una sombrilla de seda con puño de marfil! —exclamó Mr. Pickwick, que sólo recordaba haber oído cosas semejantes en los naufragios o en los relatos de la policía.

 

 

 

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—Exacto —dijo Jingle, moviendo la cabeza—. Casa de empeños... ahí están las papeletas... ínfimas sumas... nada... ¡Todos canallas!

 

—¡Ah —exclamó Mr. Pickwick, tranquilizado por la explicación—, ya lo entiendo! ¿Que ha empeñado usted su vestuario?

 

—Todo absolutamente... también lo de Job... volaron las camisas... no importa...

 

ahora lavandera. Dentro de poco, nada... a la cama... el hambre... la muerte... Indagatoria... montón de huesos... pobre prisionero... ni lo necesario... silencio... los jurados... proveedores... se apaña bien... muerte natural... partida defunción... funeral de pobres... bien ganado... se acabó... abajo el telón.

 

Llevó a cabo Jingle esta sumaria exposición singularísima de sus esperanzas en la vida con su volubilidad habitual y con varias contorsiones del rostro en guisa de sonrisas. Comprendió Mr. Pickwick fácilmente que su alocado vivir había llevado su merecido, y mirándole fijamente, mas no con severidad, observó que sus ojos estaban humedecidos por las lágrimas.

 

—Buen amigo —dijo Jingle, estrechándole la mano y volviendo su rostro a otro lado—. Perro ingrato... llorar de niños... no puedo evitarlo... fiebre... debilidad... padecimiento... hambre. Merecidísimo... pero muy doloroso.

 

Imposibilitado de prolongar la falaz apariencia de despreocupación y vencido también por el esfuerzo desplegado a tal objeto, sentóse en los escalones el desdichado vagabundo, y, cubriéndose la faz con las manos, rompió a llorar como un chiquillo.

 

—Vamos, vamos —dijo Mr. Pickwick lleno de emoción—, veremos lo que puede hacerse cuando me haya enterado de todo. Job, ¿dónde está ese muchacho?

 

—Aquí, sir —respondió Job, presentándose en la escalera. Si le describimos en una ocasión con los ojos hundidos, en su actual situación miserable parecía que todos sus rasgos habíanse desvanecido definitivamente.

 

—Aquí, sir —exclamó Job.

 

—Vamos, sir —dijo Mr. Pickwick, esforzándose por mantener la severidad del tono, pero mostrando cuatro lagrimones que resbalaban sobre su chaleco—. Tome, sir.

 

¿Tome qué? Dados los antecedentes, esta frase sólo podía referirse a una bofetada. Teniendo en cuenta lo que es el mundo, debiera haber sido un soberbio puñetazo, porque Mr. Pickwick había sido engañado, estafado y ultrajado por el ente miserable que ahora estaba bajo su poder. ¿Diremos la verdad? Lo que había de tomar era algo salido del bolsillo del chaleco de Mr. Pickwick, que tintineó al caer en la mano de Job, acto que hubo de hacer brotar una chispa en la mirada y una congoja en el corazón de nuestro excelente amigo al alejarse rápido.

 

Ya de vuelta Sam, cuando Mr. Pickwick llegó a su cuarto, inspeccionaba los arreglos que se habían hecho para la comodidad de su amo y miraba en torno con una

 

 

 

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especie de maliciosa complacencia, que era por extremo pintoresca. Resuelto a no conformarse con que su amo permaneciera allí, parecía Mr. Weller considerar como un alto deber moral suyo no mostrarse satisfecho de nada que se hiciera, dijera, sugiriera o propusiera.

 

—Oye, Sam —dijo Mr. Pickwick.

 

—Sir —respondió Mr. Weller.

 

—¿Ha quedado bastante bien, verdad, Sam?

 

—Bastante bien, sir —respondió Sam, mirando en derredor con escéptico continente.

 

—¿Has visto a Mr. Tupman y a nuestros otros amigos?

 

—Sí, los he visto, sir, y vendrán mañana; por cierto que se extrañaron mucho al saber que no debían venir hoy —replicó Sam.

 

—¿Has traído las cosas que necesito?

 

Mr. Weller dio la respuesta señalando a varios envoltorios que había depositado con el mayor cuidado posible en un rincón de la estancia.

 

—Muy bien, Sam —dijo Mr. Pickwick, al cabo de una breve vacilación—; escúchame lo que voy a decirte, Sam.

 

—Escucho, sir —repuso Mr. Weller—; fuego, sir.

 

—He comprendido desde el primer momento, Sam —dijo Mr. Pickwick con gran solemnidad—, que no es éste lugar adecuado para traer a un joven.

—Ni a un viejo tampoco, sir —observó Mr. Weller.

 

—Tienes mucha razón, Sam —dijo Mr. Pickwick—; pero los viejos vienen aquí por imprudencia o locura, y los jóvenes tal vez vienen aquí traídos por el egoísmo de aquellos a quienes sirven. Lo más discreto para esos jóvenes, desde todos los puntos de vista, es que no permanezcan aquí, ¿me entiendes, Sam?

 

—Pues no, sir; no lo entiendo —replicó Mr. Weller con acento cazurro.

 

—Pues haz lo posible, Sam —dijo Mr. Pickwick.

 

—Bien, sir —repuso Sam después de una corta pausa—; me parece que lo adivino, y puesto que lo adivino, mi opinión es que eso que dice usted es un poco duro, como decía el mayoral del correo cuando le volcó el coche la borrasca de nieve.

 

—Ya veo que me comprendes, Sam —dijo Mr. Pickwick—. Aparte de mi deseo de que no estés ocioso en un lugar como éste durante los años venideros, me hago cargo de que es monstruosamente absurdo que un deudor de Fleet esté servido por un criado. Sam, es preciso que me dejes por algún tiempo.

 

—¡Oh, por algún tiempo! ¿Eh, sir? —repuso Mr. Weller con cierto sarcasmo. —Sí, por el tiempo que haya de permanecer aquí —dijo Mr. Pickwick—. El

 

salario te seguirá corriendo. Uno cualquiera de mis tres amigos se alegrará mucho de tomarte, aunque no sea más que por respeto a mi persona. Y si alguna vez saliera yo de aquí, Sam —añadió Mr. Pickwick con alegría ostensible—, si saliera, te doy mi

 

 

 

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palabra de que volverás a mi servicio inmediatamente.

 

—Pues ahora voy a decirle a usted una cosa, sir —dijo Mr. Weller con voz grave y solemne—, y es que eso no será; así que no me hable usted más de ello.

 

—Te lo digo en serio, y estoy resuelto, Sam —dijo Mr. Pickwick.

 

—¿Lo está usted, sir? —preguntó Mr. Weller con firmeza— Muy bien, sir.

 

También yo.

 

Y diciendo esto, calóse el sombrero Mr. Weller con gran decisión y salió del cuarto bruscamente.

 

—¡Sam! —gritó Mr. Pickwick, llamándole—. ¡Sam! ¡Ven aquí en seguida!

 

Pero el eco de los pasos del fugitivo habíase extinguido en la galería. Sam Weller se había marchado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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43.    En el que se relata cómo Samuel Weller se crea una situación difícil

 

En un salón destartalado, mal alumbrado y peor ventilado, que se halla en Portugal Street, de Lincoln’s Inn Fields, toman asiento durante casi todo el año uno, dos, tres o cuatro empelucados caballeros, según los casos, apoyando sus brazos en pequeños pupitres, construidos según la usanza de los jueces del Reino, un tanto deslustrados por el ludir incesante. Un estrado para los doctores levántase a la derecha; vese a la izquierda el banquillo de los insolventes, y un plano inclinado, guarnecido de rostros singularmente sucios, cierra el frente del recinto. Aquellos caballeros son los comisarios de la Audiencia de Insolventes, y la Audiencia de Insolventes es el nombre de la sala en que toman asiento.

 

Es, y ha sido desde tiempo inmemorial, el peculiar destino de esta Audiencia el de ser considerada, por general plebiscito de todos los hampones de Londres, como su punto de reunión y lugar de refugio cotidiano. Hállase atestado siempre. Los vapores de la cerveza y del alcohol ascienden perpetuamente al techo, y, condensados por el calor, caen por las paredes como lluvia. Hay en esta sala, en un instante cualquiera, más ropa vieja que la que se ofrece a la venta en el curso de un año en Houndsditch; más cutis sin lavar y más barbas cazcarriosas que las que pueden adecentar las bombas y las barberías de Tyburn y Whitechapel desde la aurora hasta el ocaso.

 

No vaya a creerse que alguno de estos concurrentes tiene allí ni sombra de asunto que ventilar, ni la conexión más remota con el lugar a que acude con asiduidad tan perseverante. De ser así, no habría de qué extrañarse y desaparecería lo singular y raro del fenómeno. Algunos duermen durante casi todo el tiempo que allí permanecen; otros llevan comestibles envueltos en pañuelos o escapándoseles de sus raídos bolsillos, y engullen y escuchan con el mismo afán; pero ni uno solo se ha sabido jamás que tenga el más ligero interés personal con el caso que allí se debate. Pase lo que pase, allí permanecen sentados desde el principio hasta el fin. En tiempo lluvioso entran hechos una sopa, y entonces las emanaciones de la sala recuerdan las de una charca infecta y cenagosa.

 

Un visitante accidental podría tomar aquella mansión por un templo consagrado al Genio de la Penuria. No se ve allí mensajero ni ujier cuyo traje venga a su medida, ni se percibe en todo el establecimiento un solo individuo de aspecto saludable y grato, si se exceptúa el pequeño, canoso y aceitunado alguacil, y aun este mismo, como la guinda enfermiza conservada en aguardiente, parece haberse desecado, mostrándose en un estado del que no le es dable envanecerse. Las mismas pelucas de los abogados hállanse mal empolvadas y caen lacios los bucles, perdida su crespa rigidez.

 

Mas los procuradores que se sientan en derredor de la gran mesa situada bajo el

 

 

 

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estrado de los comisarios son, después de todo, los que constituyen la mayor curiosidad. El bagaje profesional de los más opulentos consiste en un saco azul y en un chico, que pertenece por lo general al credo judío. No tienen auxiliares fijos, ya que sus negocios legales se ventilan en las tabernas o en los patios de las cárceles, adonde acuden en manadas y reclutan sus parroquianos lo mismo que los cocheros de los ómnibus. Son de aspecto tiznado y grasiento, y si algún vicio ha de imputárseles sería acaso la embriaguez y la charlatanería. Sus residencias vienen a caer generalmente en la zona comprendida en el círculo de una milla de radio cuyo centro es el Campo de San Jorge. Su apariencia no les abona y sus maneras son sumamente peculiares.

 

Mr. Salomón Pell, uno de los individuos pertenecientes a la docta actividad, era un pálido y linfático personaje, bastante gordo, que vestía un sobretodo tan pronto verde como pardo, con aterciopelado cuello de análogo matiz camaleónico; era angosta su frente, ancha su faz, abombada su cabeza, amén de tener la nariz torcida, cual si la Naturaleza, indignada con las propensiones que él advirtiera desde la cuna, hubiérale administrado un airado papirotazo definitivo. Mas, siendo asmático y corto de cuello, respiraba habitualmente por la citada facción, de modo que lo que desmerecía en estética lo ganaba en utilidad.

 

—Estoy seguro de sacarle adelante —dijo Mr. Pell.

 

—Lo está usted? —replicó la persona a quien se encarecía esta seguridad. —Completamente seguro —replicó Pell—; pero si se hubiese valido de un

cualquiera de la clase, no respondería yo de las consecuencias.

 

—¡Ah! —dijo el otro, abriendo una boca de a cuarta.

 

—No, desde luego que no —dijo Mr. Pell.

 

Y estiró el hocico, frunció el ceño y movió la cabeza misteriosamente.

 

Digamos que el lugar en que este diálogo tenía efecto era la taberna frontera de la Audiencia de Insolventes, y el otro interlocutor no era sino el viejo Mr. Weller, que allí había ido con el propósito de confortar y reanimar a un amigo cuya instancia de descargo debía verse aquel día y con cuyo procurador estaba en aquel momento consultando.

 

—¿Y dónde está Jorge? —inquirió el viejo.

 

Señaló Mr. Pell con la cabeza en dirección al gabinete interior, al que se dirigió en seguida Mr. Weller, y en el que fue acogido de la manera más calurosa y halagüeña por media docena de cofrades, que así evidenciaron la complacencia que su llegada les producía. El insolvente, que había llegado a la difícil situación actual por haber contraído una morbosa e imprudente pasión especulativa relacionada con la industria de los cambios de tiro, parecía encontrarse a las mil maravillas y mitigaba su excitación con gambas y cerveza.

 

El saludo que se cruzó entre Mr. Weller y sus amigos ajustóse estrictamente al

 

 

 

 

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estilo masónico de la clase, y consistió en una inversión del puño derecho con simultánea exhibición del meñique en el aire. Conocimos a dos famosos cocheros (ya se han muerto los pobres) que eran gemelos y entre los cuales existía un afecto entrañable y fervoroso. Cruzáronse día por día por espacio de veinticuatro años en el camino de Dover sin que cambiaran otra cosa que este saludo, y, sin embargo, al morir uno de ellos cayó el otro en profunda melancolía y le siguió poco después.

 

—Bien, Jorge —dijo el anciano Mr. Weller, despojándose de su pelliza y sentándose con su acostumbrada gravedad— ¿Cómo va eso? ¿Gente en la trasera y lleno el interior?

 

—Perfectamente, amigo —replicó el interfecto.

 

—¿Vendió la yegua torda? —preguntó ansiosamente Mr. Weller.

 

Jorge asintió con la cabeza.

 

—Bueno, perfectamente —dijo Mr. Weller—. ¿El coche en seguridad también? —En completa seguridad —replicó Jorge, retorciendo las cabezas de media

 

docena de gambas y engulléndoselas sin pestañear.

 

—Muy bien, muy bien —dijo Mr. Weller—. No olvide el torno cuando va cuesta abajo. ¿Está en regla la hoja de ruta?

 

—La cédula, sir —dijo Pell, adivinando el sentido de lo que decía Mr. Weller—, la cédula está tan clara y satisfactoria como pueda desearse.

 

Movió la cabeza Mr. Weller para manifestar la íntima aprobación del procedimiento, y, volviéndose hacia Mr. Pell, dijo, señalando a su amigo Jorge:

—¿Cuándo le quita usted el toldo?

 

—Hombre —replicó Mr. Pell—, está el tercero en la vista y creo que le llegará el turno dentro de media hora. Dije a mi pasante que viniera a avisarnos oportunamente.

 

Examinó Mr. Weller al procurador de pies a cabeza con admiración, y dijo enfáticamente:

 

—¿Y qué va usted a tomar, sir?

 

—Hombre, realmente —replicó Mr. Pell— es usted muy... Mi palabra, que yo no tengo costumbre... Es tan temprano, que lo que es, ahora yo estoy casi... Bueno, puede usted traerme tres peniques de ron, amiga.

 

La damisela oficiante, que se había anticipado a la demanda, depositó la copa espirituosa delante de Pell y se retiró.

 

—¡Señores —dijo Mr. Pell, dirigiendo una mirada circular—, por el buen suceso de nuestro amigo! No soy jactancioso, señores; no es ésa una de mis debilidades; mas no puedo por menos de decir que si su amigo no hubiera tenido la fortuna de caer en mis manos... pero no digo lo que iba a decir. Señores, a la salud de ustedes.

 

Apurada la copa en un abrir y cerrar de ojos, chascó sus labios Mr. Pell y miró satisfecho a la asamblea de cocheros, que indudablemente le miraban como a una deidad.

 

 

 

 

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—Vamos a ver —dijo el prestigioso jurista—. ¿Qué estaba diciendo, señores? —Me parece que estaba usted dando a entender que no tendría reparo en tomarse

 

otro igual, sir —dijo Mr. Weller con festiva gravedad.

 

—¡Ja, ja! —dijo riendo Mr. Pell—. No está mal, no está mal. Pero un profesional, a esta hora de la mañana, sería un poco... Bueno, yo no sé... En fin, si se empeña...

 

Produjo Mr. Pell un solemne y digno carraspeo, por considerar que respondía a la actitud que debía tomar en vista del desenfrenado regocijo que en el auditorio advertía.

 

—El difunto lord canciller, señores, me quería mucho —dijo Mr. Pell.

 

—Lo cual le honraba verdaderamente —interrumpió Mr. Weller.

 

—Silencio, silencio —demandó, asintiendo, el cliente de Mr. Pell.

 

—Nada más natural.

 

—¡Ah, ya lo creo! —dijo un cochero de faz enrojecida, que no había dicho nada hasta entonces y que parecía imposible que volviera a decir más—. ¿Y por qué no?

 

Un murmullo de aprobación cundió entre los circunstantes.

 

—Recuerdo, señores —Mr. Pell—, haber comido con él en una ocasión; estábamos los dos solos, pero todo resplandecía como si se hubiera esperado a veinte comensales... El gran sello estaba a la derecha del canciller, en una estantería, y un hombre con coleto y armadura dirigía la ceremonia con la espada desenvainada y medias de seda... lo cual es costumbre allí día y noche. De pronto dijo el canciller: «Pell, no es lisonja falsa, Pell. Es usted un hombre de talento; es usted capaz de sacar a quien quiera en la Audiencia de Insolventes, Pell, y el país puede estar satisfecho de usted». Tales fueron sus palabras. «Lord», dije yo, «usted me confunde». «Pell», dijo, «estoy convencido de ello, ¡voto a tal!».

 

—¿Dijo eso? —preguntó Mr. Weller.

 

—Así lo dijo —confirmó Pell.

 

—Bien; entonces —dijo Mr. Weller— yo digo que el Parlamento podía haberle destituido; y si se hubiera tratado de un pobre hombre, ya lo hubiera hecho.

 

—Pero, mi querido amigo —arguyó Mr. Pell—, fue en confianza.

 

—¿En qué? —dijo Mr. Weller.

 

—En confianza.

 

—¡Oh, muy bien! —replicó Mr. Weller después de reflexionar un momento—. Si juró en confianza, es otra cosa.

 

—Claro que fue así —dijo Mr. Pell—. La diferencia es bien patente, ya comprende usted.

 

—Cambia la cosa por completo —dijo Mr. Weller—. Adelante, sir.

 

—No, no sigo adelante, sir —dijo Mr. Pell en tono quedo y serio—. Me ha hecho usted recapacitar, sir, en que aquello fue una conversación privada... privada y confidencial, señores. Señores, yo me debo a mi profesión. Podrá ocurrir que ocupe

 

 

 

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en ella un puesto brillante y prestigioso... y podrá ocurrir que no. Eso, allá el público. Yo no digo nada. Se han hecho en este recinto comentarios injuriosos para la reputación del noble amigo. Dispénsenme, señores, he cometido una imprudencia. Ahora me hago cargo de que no he procedido correctamente al mencionar este asunto sin su anuencia. Gracias, sir, gracias.

 

Y luego de producirse en esta forma, Mr. Pell se metió las manos en los bolsillos y, mirando en derredor con solemne apostura, sonó tres peniques con ademán resuelto.

 

Apenas formada esta virtuosa resolución, entraron en la estancia atropelladamente el chico y el saco azul, que eran inseparables compañeros, y dijeron —por lo menos dijo el muchacho, porque el saco azul no tomó parte en la comunicación— que había llegado el momento. No bien se enteraron los de la partida, cruzaron la calle rápidamente y comenzaron a luchar para introducirse en la Audiencia, ceremonia previa que puede calcularse que exige por lo general de veinte a treinta minutos.

 

Mr. Weller, que era muy corpulento, introdújose en la multitud con la ilusoria esperanza de conquistar un lugar conveniente. Pero el éxito no acompañó a sus designios, porque, habiéndose olvidado de quitarse el sombrero, fuele encasquetado hasta los ojos por un ser invisible sobre cuyos pies había gravitado con peso considerable. A lo que parece, este individuo no tardó en manifestar la contrariedad que le producía aquella impetuosidad del anciano, porque, musitando una vaga exclamación de sorpresa, arrastró al viejo al vestíbulo, y después de una lucha violenta descubrió su cabeza y su faz.

 

—¡Samivel! —exclamó Mr. Weller en cuanto pudo contemplar a su extractor.

 

Sam movió la cabeza.

 

—Eres un muchachito bien afectuoso y cumplidor de tu deber, ¿no es verdad? — dijo Mr. Weller—, pues vienes a ponerle el sombrero a tu padre, ya a sus años.

 

—¿Qué sabía yo quién era? —respondió el hijo—. ¿Cree usted que podía reconocerle por el peso de sus pies?

 

—Bueno, tienes razón, Sammy —replicó Mr. Weller, desarmado al punto—. Pero, ¿qué es lo que haces aquí? Tu amo nada puede sacar de aquí, Sammy. No volverán sobre ese veredicto, no volverán, Sammy.

 

Y Mr. Weller movió la cabeza con legal solemnidad.

 

—¡Qué manías tiene usted! —exclamó Sam—. Siempre hablando de veredictos y de coartadas. ¿Quién ha dicho nada de veredictos?

 

Guardó silencio Mr. Weller; pero sacudió la cabeza una vez más con aire de docta suficiencia.

 

—Deje ya de zarandear esa chaqueta si no quiere que le salten las costuras —dijo Sam impaciente—, y sea razonable. Anoche estuve en El marqués de Granby después de marcharse usted.

 

 

 

 

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—¿Viste a la marquesa de Granby, Sam? —preguntó Mr. Weller suspirando.

 

—Sí —replicó Sam.

 

—¿Cómo encontraste a la vieja?

 

—Bastante rara —dijo Sam—; yo creo que se está perjudicando demasiado con el ron de manzanas y con esas otras medicinas de la misma clase.

—¿Es posible, Sammy? —dijo el padre con notorio afán.

 

—Sí —replicó el hijo.

 

Tomó Mr. Weller la mano de su hijo, la apretó y la abandonó. Había en su rostro una expresión que, lejos de dejar traslucir alarma o desconsuelo, parecía denotar una vaga y dulce esperanza. Un gesto de resignación, más bien de alegría, cruzó por su faz, al tiempo que dijo:

 

—No las tengo todas conmigo, Sam. ¡Sentiría sufrir al cabo una desilusión; pero creo, hijo mío, creo que el pastor tiene algo en el hígado!

 

—¿Se le nota algo? —inquirió Sam.

 

—Está tremendamente pálido —replicó el padre—, salvo la nariz, que está más encarnada que nunca. Parece que ha perdido algo el apetito; pero bebe de un modo que asusta.

 

Ciertos pensamientos afines al ron debieron invadir la mente de Mr. Weller en el momento de decir esto, porque se manifestó pensativo y melancólico; mas no tardó en recobrarse, según vino a testimoniar el alfabeto de guiños a que solía entregarse cuando se sentía contento y satisfecho.

 

—Bien; ahora —dijo Sam— voy a mi negocio. Ponga el oído y no diga nada hasta que haya terminado.

 

Con este breve prefacio relató Sam tan sumariamente como pudo la última conversación memorable que había tenido con Mr. Pickwick.

 

—¡Estar allí solo, pobre hombre —exclamó el viejo Weller—, sin nadie que se interese por él! Eso no puede ser, Samivel, no puede ser.

 

—Claro que no —asintió Sam—; eso ya lo sabía yo antes de venir.

 

—¡Hombre, por Dios, se lo van a comer vivo, Sammy! —exclamó Mr. Weller.

 

Sam prestó asentimiento con un ademán.

 

—Entra ahí muy prieto, Sammy—dijo Mr. Weller metafóricamente—, y si sale, va a salir tan rubio, que no le van a conocer sus amigos más íntimos. Ni un pichón asado, Sammy. Sam Weller aprobó de nuevo con la cabeza.

 

—Eso no debe ser, Samivel —dijo gravemente Mr. Weller.

 

—No puede ser —dijo Sam.

 

—Desde luego que no —dijo Mr. Weller.

 

—Ahora —dijo Sam— ha sido usted un profeta muy agudo; ni más ni menos que el rojo Nixon como le pintan en los libros de seis peniques.

 

—¿Quién era ése, Sammy? —preguntó Mr. Weller.

 

 

 

 

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—No importa quién fuera —respondió Sam—; no era cochero, y eso basta para usted.

 

—Es que yo he conocido a un palafrenero de ese nombre —dijo musitando Mr.

 

Weller.

 

—Pues no era él —dijo Sam—. Este que yo digo fue un profeta.

 

—¿Qué es un profeta? —preguntó Mr. Weller, mirando seriamente a su hijo.

 

—Hombre, uno que dice lo que va a pasar —replicó Sam.

 

—Me gustaría haberle conocido, Sammy —dijo Mr. Weller—. Tal vez pudiera habernos dado alguna luz sobre eso del hígado de que antes hablábamos. Sin embargo, si ya se ha muerto y no le ha traspasado el negocio a otro, no hay más que hablar. Adelante, Sammy —dijo Mr. Weller suspirando.

 

—Bien —dijo Sam—; decía que ha sido usted un profeta al predecir lo que le va a ocurrir a mi amo si se le deja solo. ¿No ve usted la manera de velar por él?

 

—No, no la veo, Sam —dijo Mr. Weller con semblante reflexivo.

 

—¿No ve ningún camino? —preguntó Sam.

 

—Ninguno —dijo Mr. Weller—, a menos que...

 

Y un destello de comprensión iluminó su semblante. Apagó la voz, y, aplicando su boca al oído de su vástago, dijo murmurando:

 

—A menos de que pudiera sacársele en un colchón liado, sin que se enteraran los porteros, Sammy; o vistiéndole de vieja, con un gran manto.

 

Sam Weller escuchó ambas sugestiones con soberano desdén y repitió su pregunta.

 

—No —dijo el viejo—; si él no quiere que tú estés allí, no veo manera. No hay salida, Sammy, no hay salida.

 

—Bien; entonces verá usted lo que se me ha ocurrido —dijo Sam—: voy a molestarle a usted pidiéndole un préstamo de veinticinco libras.

 

—¿Y para qué? —preguntó Mr. Weller.

 

—No se preocupe —replicó Sam—. Figúrese usted que me pide esas libras dentro de cinco minutos; figúrese usted que yo no se las quiero pagar, y ya está armada. ¿Y se atreverá usted a mandar prender a su propio hijo por ese dinero y enviarle a la cárcel de Fleet? ¿Se atreverá usted, perverso vagabundo?

 

Como consecuencia del apóstrofe, cambiaron padre e hijo un código completo de muecas y gesticulaciones telegráficas, después del cual el viejo Mr. Weller se sentó en un escalón de piedra y rompió a reír hasta ponérsele la faz amoratada.

 

—¡Vaya un viejo mascarón! —exclamó Sam, indignado por el tiempo que estaba perdiéndose—. ¿Para qué se sienta ahí y para qué se está poniendo la cara como el manillero de un llamador de puerta habiendo tanto que hacer? ¿Dónde está el dinero?

 

—En la bolsa, Sam, en la bolsa —replicó Mr. Weller, componiendo los rasgos de su fisonomía—. Tenme el sombrero, Sammy.

 

 

 

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Aliviado Mr. Weller del embarazoso artefacto, imprimió a su cuerpo un brusco movimiento lateral, y mediante una diestra contorsión logró introducir su mano derecha en un inmenso bolsillo, del cual, a vuelta de no pocas manipulaciones laboriosas, extrajo un cuaderno en octavo mayor, que tenía arrollada una enorme correa. De este cuaderno sacó un par de trallas, tres o cuatro hebillas, un saquito de muestras de granos y, por último, un pequeño rollo de sucios billetes de Banco, del que separó la cantidad requerida, que entregó a Sam acto seguido.

 

—Y ahora, Sammy —dijo el viejo, una vez que fueron nuevamente empaquetadas las trallas, las hebillas y el saco de muestras y luego de haber depositado el cuaderno en el fondo del bolsillo mencionado—, ahora, Sammy, sé yo de un señor que hay aquí que nos arreglará el asunto en menos que se dice... un corderillo de la ley, Sammy, que como las ranas, tiene los sesos desparramados por todo el cuerpo y le llegan hasta la punta de los dedos; un amigo del lord canciller, Sammy, a quien con decirle lo que hace falta basta para que te encierre por toda la vida.

 

—Bueno —dijo Sam—; no se trata de eso.

 

—¿No se trata de qué? —preguntó Mr. Weller.

 

—Hombre, nada de procedimientos anticonstitucionales —protestó Sam—. Los carga con el cuerpo, después del movimiento continuo, son las cosas más maravillosas que se han inventado. Lo he leído en los periódicos muchas veces.

 

—¿Pero qué tiene eso que ver con lo nuestro? —preguntó Mr. Weller.

 

—Pues que yo quiero —dijo Sam— proteger esa invención y entrar por ese sistema. Ni una palabra a la Cancillería; no me gusta ese medio. Puede no ser muy seguro para cuando se trate de salir.

 

Defiriendo a las convicciones de su hijo acerca de este punto, requirió Mr. Weller inmediatamente al erudito Salomón Pell y le participó su deseo de extender al instante un escrito por la suma de veinticinco libras y las costas del proceso, para ejecutar sin demora a su hijo Samuel Weller y apoderarse de su cuerpo a responder de la deuda, a más de los derechos adelantados para Salomón Pell.

 

El procurador estaba loco de contento, porque el cochero industrioso había sido absuelto libremente. Aprobó Mr. Pell encomiásticamente la adhesión de Sam hacia su amo; declaró que aquello le recordaba muy vivamente los sentimientos de afecto y devoción que él abrigara para con su amigo el canciller, y acto seguido condujo a Mr. Weller al Temple para jurar el affidávit de la deuda, que el chico, con la ayuda del saco azul, había extendido sobre el terreno.

 

Entre tanto Sam, habiendo sido ceremoniosamente presentado al cochero absuelto y a sus amigos como el retoño de Mr. Weller, de Belle Savage, fue acogido con marcada complacencia e invitado a regalarse con ellos para celebrar las circunstancias, invitación que Sam no vaciló en aceptar.

 

El regocijo entre los caballeros de esta clase es por lo general de un carácter grave

 

 

 

 

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y pacífico; pero el caso presente constituía una fiesta especial, en gracia a la cual subió algo de tono la expansión. Después de unos cuantos brindis, algo tumultuosos, en honor del comisario jefe y de Mr. Salomón Pell, que habían desplegado aquel día tan notables habilidades, un individuo con la cara picada de viruelas y de bufanda azul propuso que cantara alguien. Era de rigor que si el señor de las viruelas abogaba por el canto, se encargase él de ejecutarlo; pero el virolento declinó la proposición de una manera descompuesta y un tanto ofensiva. Con lo cual bastó para que, como suele ocurrir en tales casos, se promoviese un violento coloquio.

 

—Señores —dijo el cochero—, antes que romper la armonía de esta deliciosa reunión, merecía la pena de que Mr. Samuel Weller honrase a la concurrencia.

 

—En realidad, señores —dijo Sam—, no tengo costumbre de cantar sin acompañamiento; pero debe hacerse cualquier cosa por llevar una vida tranquila, como dijo el hombre en el momento en que se posesionaba del faro.

 

Inmediatamente después de este preludio prorrumpió Sam Weller en la siguiente primitiva y hermosa leyenda, que, por considerarla poco conocida, nos tomamos la libertad de transcribir. Creemos deber llamar la atención acerca del monosílabo con que terminan el segundo y cuarto versos, que no sólo proporciona al cantor un compás de espera para tomar aliento, sino que contribuye grandemente al encanto del metro.

 

ROMANCE

 

—Por el soto de Hounlow,

 

raudo como un proyectil... iii...

 

iba en su intrépida jaca

 

el intrépido Turpín... iii...

 

Al obispo, en su carroza,

 

desde lejos vio venir,

 

y, galopando hasta el coche,

 

en él metió la nariz.

 

Viole llegar el obispo,

 

y, asustado, dijo así:

 

«Como los huevos son huevos,

 

éste es el bravo Turpín».

 

CORO

 

Viole llegar el obispo

 

«Te has de comer lo que has dicho

 

con plomo», dijo Turpín.

 

Y, disparando en su boca,

 

tragar le hizo el proyectil.

 

No gustó mucho al cochero

 

 

 

 

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de aquella broma el cariz,

 

y arreando a los caballos

 

quiso a todo escape huir.

 

Mas dos balas en la espalda

 

le metió el bravo Turpín,

 

y de que no se escapase

 

consiguióle persuadir.

 

CORO

 

(Con sarcasmo.)

 

Mas dos balas...

 

—Yo sostengo que ese canto ofende al uniforme personalmente —dijo el virolento, interrumpiendo bruscamente la canción—. Que se me diga el nombre de ese cochero.

 

—No lo sabe nadie —replicó Sam—. No llevaba la tarjeta en su bolsillo. —Protesto de que se mezcle la política —dijo el de la cara picada—. Yo afirmo

 

que en esta asamblea es ésa una canción política, o, lo que es lo mismo, que no tiene una palabra de verdad. Yo aseguro que ese cochero no huyó, sino que lo cazaron como a un faisán; y que no oiga yo que nadie me contradice.

 

Como el hombre de cara picada se expresaba con gran energía y resolución y como la división de opiniones que reinaba acerca del asunto amenazaba renovar el altercado, fue oportunísima la llegada de Mr. Weller y de Mr. Pell.

 

—Corriente, Sammy—dijo Mr. Weller.

 

—El oficial estará aquí a las cuatro —dijo Mr. Pell—. ¿Supongo que no se nos escapará usted en tanto, eh? ¡Ja, ja!

 

—Tal vez mi cruel papá se ablande antes —replicó Sam con un gesto risueño.

 

—Yo no —dijo el anciano Weller.

 

—Sí, hombre —dijo Sam.

 

—De ninguna manera, por nada del mundo —replicó el inexorable acreedor.

 

—Pagaré a plazos de seis peniques mensuales —dijo Sam.

 

—No lo admitiré —dijo Mr. Weller.

 

—¡Ja, ja, ja! ¡Muy bien, muy bien —dijo Mr. Salomón Pell, en tanto que extendía su cuentecilla de costas—, divertido incidente! Benjamín, copia eso.

Y sonrió nuevamente Mr. Pell, mientras enteraba a Mr. Weller del importe total. —Gracias, gracias —dijo el profesional, tomando uno de los grasientos billetes

 

que sacó Mr. Weller del cuaderno—. Tres diez y una diez hacen cinco. Muchas gracias, Mr. Weller. Su hijo de usted es un joven verdaderamente meritorio, sir. Es un rasgo encantador en un joven —añadió Mr. Pell sonriendo amablemente en derredor, al tiempo que se abrochaba el dinero.

 

—¡Es buena pieza! —dijo el anciano Mr. Weller con un gesto de complacencia—.

 

 

 

 

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¡Un hijo prodigioso!

 

—Pródigo, hijo pródigo, sir —sugirió dulcemente Mr. Pell.

 

—No se moleste, sir —dijo con dignidad Mr. Weller—. Yo sé ya la hora que es, sir. Cuando no lo sepa se lo preguntaré a usted, sir.

 

Cuando llegó el agente habíase hecho Sam tan popular, que los señores congregados resolvieron acompañarle en masa a la prisión. Salieron, pues, el demandante y el demandado del brazo; al frente, el oficial, y ocho corpulentos aurigas a la retaguardia. En el café de la Posada del Doctor hizo alto la comitiva para tomar un refrigerio, y, completados los requisitos legales, reanudó la procesión su marcha.

 

Alguna conmoción hubo de producirse en Fleet Street como consecuencia de la humorada de los ocho cocheros, que persistían en marchar de a cuatro en fondo. Fue también necesario dejar atrás al de la cara picada peleándose con uno del Orden público, luego de convenirse en que volverían sus amigos a buscarle. Sólo estos pequeños incidentes sobrevinieron en el camino. Cuando llegaron a la puerta de Fleet, los de la cabalgata, tomándole la vez al demandante, produjeron tres horrísonas aclamaciones en honor del demandado y luego de estrecharse las manos, se separaron.

 

Entregado Sam a la guardia de Fleet con las formalidades de rúbrica, ante la más intensa extrañeza de Roker y con emoción evidente hasta del flemático Neddy, penetró en la prisión, dirigióse al cuarto de su amo y llamó a la puerta.

 

—Adelante —dijo Mr. Pickwick.

 

Entró Sam, quitóse el sombrero y sonrió.

 

—¡Ah, Sam, mi buen amigo! —dijo Mr. Pickwick, evidentemente satisfecho al ver de nuevo a su criado—. No fue mi intención herir ayer tus sentimientos, mi fiel compañero. Deja el sombrero, Sam, y permíteme que te explique un poco más lo que quise decirte.

 

—Ahora no; ¿para qué, sir? —le objetó Sam.

 

—Sí, hombre —dijo Mr. Pickwick—. ¿Pero por qué no quieres?

 

—Mejor luego, sir —repuso Sam.

 

—¿Por qué? —inquirió Mr. Pickwick.

 

—Porque... —dijo Sam vacilando.

 

—¿Por qué razón? —preguntó Mr. Pickwick, alarmado ante la actitud de su criado—. Explícate, Sam.

 

—Porque —continuó Sam—, porque tengo que ventilar un asunto.

 

—¿Qué asunto? —preguntó Mr. Pickwick, sorprendido por la confusión de Sam.

 

—Nada de particular, sir —replicó Sam.

 

—Pues si no es nada de particular —dijo Mr. Pickwick sonriendo—, dímelo primero.

 

 

 

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—Me parece mejor ir a eso ahora mismo —dijo Sam titubeando aún.

 

Miróle atónito Mr. Pickwick, pero no dijo nada.

 

—La cosa es... —dijo Sam, deteniéndose bruscamente.

 

—¡Vamos! —dijo Mr. Pickwick—. Explícate, Sam.

 

—Pues la cosa es... —dijo Sam, haciendo un esfuerzo desesperado—. Tal vez fuera mejor buscarme una cama antes de hacer nada.

 

—¡Una cama! —exclamó asombrado Mr. Pickwick.

 

—Sí, una cama, sir —replicó Sam—. Estoy prisionero. Fui arrestado esta tarde por deudas.

 

—¡Arrestado por deudas! —exclamó Mr. Pickwick, desplomándose en su silla. —Sí, por deudas, sir —replicó Sam—. Y el hombre que me ha hecho arrestar no

 

me dejará salir hasta que usted se marche.

 

—¡Dios mío! —gritó Mr. Pickwick—. ¿Qué es esto?

 

—Lo que digo, sir —repuso Sam—. Y si cuarenta años tuvieran que pasar, seguiría yo prisionero, y muy contento; había de ser en Newgate y me daría lo mismo. ¡En este caso, el asesino está fuera, y ya lo sabe usted todo!

 

Con estas palabras, que hubo de repetir con violento énfasis, arrojó Sam Weller su sombrero al suelo, presa de una excitación en él desacostumbrada, y, cruzándose de brazos, quedóse mirando fijamente a su amo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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44.    Trata de diversos menudos incidentes ocurridos en la cárcel de Fleet y de la misteriosa conducta de Mr.

 

Winkle; refiere, además, cómo obtuvo, al fin, su libertad el pobre recluso de Chancery

 

Estaba Mr. Pickwick harto conmovido por la calurosa prueba de afecto de Sam para que le fuera dable manifestarse airado o descontento por la precipitación con que aquél se había confinado voluntariamente en una prisión por deudas, por tiempo indefinido. El único punto que persistía en aclarar era el nombre del acreedor de Sam; pero en esto no cedía Mr. Weller.

 

—No hay para qué, sir —dijo Sam una y otra vez—. Es un hombre atrabiliario, rencoroso, despótico y vengativo, con un corazón tan duro que no hay quien se lo ablande, como dijo el virtuoso clérigo al anciano hidrópico moribundo cuando éste le participó que, después de todo, le parecía mejor dejar su fortuna a su esposa que emplearla en construir una iglesia.

 

—Pero considera, Sam —reconvínole Mr. Pickwick— que la suma es tan pequeña, que es muy fácil de satisfacer, y una vez decidido a conservarte a mi servicio, debieras recapacitar en cuánto más útil habrías de serme si pudieras salir a la calle.

 

—Mucho se lo agradezco, sir —replicó gravemente Mr. Weller—; pero más vale que no.

 

—¿Que no qué, Sam?

 

—Hombre, que más vale no tener que pedir el favor al malvado enemigo. —Pero no es favor pedirle que tome el dinero, Sam —argumentó Mr. Pickwick. —Dispénseme, sir —repuso Sam—; sería un gran favor pagarle, y no lo merece;

 

ahí está la cosa, sir.

 

Frotóse Mr. Pickwick las narices con aire contrariado y Mr. Weller juzgó pertinente cambiar el tema del diálogo.

 

—Yo he tomado mi resolución por principio, sir —observó Sam—, y usted toma la suya con el mismo fundamento, y esto me recuerda lo de aquel hombre que se mató por principio, como usted habrá oído decir por supuesto, sir

 

Guardó silencio Mr. Weller, luego de decir esto, y dirigió a su maestro una jocosa mirada con el rabillo del ojo.

 

—Nada de «por supuesto», Sam —dijo Mr. Pickwick, derritiéndose gradualmente en una sonrisa, a despecho de la contrariedad que habíale producido la obstinación de Sam—. La fama del caballero en cuestión no ha llegado a mis oídos.

 

—¿No, sir? —exclamó Mr. Weller—.Me deja usted turulato, sir; pues era un escribiente de un Ministerio, sir.

 

 

 

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—¡Ah!, ¿sí? —dijo Mr. Pickwick.

 

—Sí, lo era, sir —continuó Mr. Weller—, y un caballero muy agradable... uno de esos metódicos y pulcros que meten sus pies en chanclos de hebillas resplandecientes cuando llueve y que no tienen otro amigo entrañable que un peto de piel de liebre; ahorraba su dinero por principio; se mudaba de camisa todos los días por principio; no hablaba jamás con sus parientes por principio y por temor a que le pidiesen dinero, y era, en suma, una persona de carácter agradable. Rapábase por principio cada quince días, y se vestía con arreglo al principio económico de hacerse tres trajes al año, devolviendo los usados. Como era tan metódico, comía todos los días en el mismo sitio, donde le costaba veintiún peniques, y no desperdiciaba ni uno, como decía el dueño de la fonda, cayéndosele las lágrimas; como no fuera lo que suponía el modo que tenía de atizar el fuego en invierno, que equivalía a una pérdida de cuatro y medio diarios; esto sin contar lo desagradable que resultaba el ver cómo lo hacía. ¡Qué grande era también tratándose de la prensa! «El Post, cuando lo deje ese caballero», decía todos los días al entrar. «Búscame el Times, Tomás; dame el Morning Herald cuando esté libre; no se te olvide pedir el Chronicle, y tráeme en seguida el Tizer.» Luego se quedaba con los ojos fijos en un reloj y salía escapado un cuarto de minuto antes de que el chico entrase con los periódicos de la noche, los que leía con tal interés y perseverancia, que atacaba a los nervios de los demás parroquianos, especialmente de un viejo de muy malas pulgas, al que vigilaba muy de cerca el camarero en tales casos por miedo a que cometiese alguna violencia con el trinchante. Bien, sir, allí se estaba tres horas ocupando el mejor sitio, y nunca hacía nada después de comer, sino dormir, marchándose luego a un café de las cercanías, donde tomaba una taza de café y cuatro bizcochos, después de lo cual se volvía a Kensington y se acostaba. Una noche se puso muy malo; mandó por el médico; vino el médico en un cochecito verde, que tenía el estribo al estilo de Robinson Crusoe, porque lo bajaba cuando él salía y lo subía al entrar, para que no tuviera que apearse el cochero y no se enterara el público de que aquél no tenía pantalones que emparejaran con la librea. «¿Qué le ocurre?», dijo el doctor. «Estoy muy malo», dijo el paciente. «¿Qué ha comido usted?», dice el doctor. «Carne asada», dijo el paciente. «¿Qué es lo último que usted ha devorado?», dijo el doctor. «Bizcochos», dice el paciente. «¡Pues ahí está!», dice el doctor. «Voy a mandarle a usted en seguida una caja de píldoras, y no tome más eso», dijo. «¿Qué no tome más qué?», dice el paciente. «¿Píldoras?» «No, bizcotelas», dice el doctor. «¿Por qué?», dice el paciente, incorporándose en la cama. «Por espacio de quince años me he tomado cuatro bizcotelas todas las noches por principio.» «Bueno; pues entonces deja usted de tomarlas por principio», dice el doctor. «Las bizcotelas son sanas, sir», dice el paciente. «Las bizcotelas no son sanas, sir», dice el doctor, bastante amostazado. «Pero son tan baratas...», dice el paciente apagando un poco la voz, «y llenan tanto el

 

 

 

 

 

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estómago para ese precio...». «A cualquier precio serían caras para usted; caras, aunque le pagaran a usted por comerlas», dijo el doctor. «¡Cuatro bizcotelas por noche», dice, «le arreglaban el negocio en seis meses!». Miróle con atención el paciente y, después de darle vueltas a la cosa en el magín, dice: «¿Está usted seguro de eso, sir?». «Apuesto mi reputación profesional», dice el doctor. «¿Cuántas bizcotelas de una sentada cree usted que me matarían?», dice el paciente. «No lo sé», dice el doctor. «¿Cree usted que bastaría con las que entran en media corona?», dice el paciente. «Creo que sí», dice el doctor. «¿Tres chelines cree usted que bastarían?», dice el paciente. «Seguramente», dice el doctor. «Muy bien», dice el paciente; «buenas noches». A la mañana siguiente se levantó, encendió el fuego, mandó traer tres chelines de bizcotelas, las tostó, se las comió y se levantó la tapa de los sesos.

 

—¿Y por qué hizo eso? —preguntó bruscamente Mr. Pickwick, grandemente impresionado por el trágico fin del cuento.

 

—¿Por qué lo hizo, sir? —repitió Sam—. ¡Pues para que quedara en pie su gran principio de que eran sanas las bizcotelas y para demostrar que él no cambiaba de costumbres por nada ni por nadie!

 

Con estos artificios de su amena conversación logró atajar Mr. Weller las preguntas de su amo en la primera noche de su residencia en Fleet. Viendo que eran inútiles todas sus reconvenciones, rindióse al cabo Mr. Pickwick, aunque a regañadientes, a que tomara alojamiento, por un tanto semanal, en el cuarto de un zapatero remendón, que disfrutaba de un zaquizamí en una de las galerías superiores. A este humilde departamento llevó Mr. Weller un colchón y un catre, que alquiló a Mr. Roker, y cuando se acostó por la noche encontrábase tan a gusto cual si hubiérase criado en la pensión y como si toda su familia hubiese vegetado allí desde tres generaciones atrás.

 

—¿Fuma usted siempre después de acostarse, viejo gallo? —preguntó Mr. Weller a su patrón cuando se hubieron entregado al descanso.

 

—Sí, joven cochinchino —replicó el zapatero.

 

—¿Me permite usted que le pregunte por qué se hace usted la cama debajo de esa mesa? —dijo Sam.

 

—Porque estaba acostumbrado cuando vine aquí a dormir bajo un baldaquino y las patas de la mesa me hacen ese efecto bastante bien —respondió el zapatero.

 

—Es usted un carácter, sir —dijo Sam.

 

—Nunca he tenido nada de eso —repuso el zapatero moviendo la cabeza—, y si usted necesita alguno bueno, me parece que va a serle difícil proveerse de él en esta oficina.

 

Mientras se desarrollaba este breve diálogo, Mr. Weller hallábase tendido en su colchón en uno de los extremos de la estancia, y en el otro el zapatero acostado en el suyo; la habitación estaba iluminada por la luz de una bujía mortecina y por la pipa

 

 

 

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del zapatero, que fulgía debajo de la mesa como un ascua. La conversación, aunque breve, bastó para que Mr. Weller se granjeara el favor de su patrón, e incorporándose aquél sobre el codo observó al zapatero con mayor detenimiento que antes.

 

Era un hombre pálido, como todos los zapateros, y de barba hirsuta y crespa como la de todos los zapateros. Su rostro constituía un raro ejemplar fisonómico: torvo y de aspecto bondadoso a un tiempo, exornado de un par de ojos que debían de haber ofrecido en tiempos una expresión alegre, porque aún chispeaban. Aunque por los años no pasaba de los sesenta, sabe Dios lo envejecido que se hallaría por la reclusión, tanto, que era difícil sorprender en él un gesto de satisfacción o de alegría. Era pequeño, y como estaba acurrucado en la cama, parecía su longitud la de un hombre sin piernas. Tenía en su boca una gran pipa roja y fumaba y miraba a la luz denotando

 

—¿Hace mucho que está usted aquí? —preguntó Sam, rompiendo una larga pausa.

 

—Doce años —respondió el zapatero, mordiendo el extremo de su pipa.

 

—¿Por orgullo? —inquirió Sam.

 

El zapatero movió la cabeza.

 

—Entonces —dijo Sam con cierta severidad—, ¿por qué se empeña usted en consumir su preciosa vida en esta inmensa fábrica? ¿Por qué no da su brazo a torcer y dice en Chancery que deplora usted haber ofendido a la Sala y que no volverá a hacerlo más?

 

Trasladó su pipa el remendón hacia un extremo de sus labios, sonrió y llevóla de nuevo a su primitivo emplazamiento sin decir una palabra.

 

—¿Por qué no lo hace usted? —dijo Sam, acentuando el tono perentorio de su pregunta.

 

—¡Ah —dijo el remendón—, usted no entiende de estas cosas! ¿Qué piensa usted que me ha arruinado, vamos a ver?

 

—Pues —dijo Sam, despabilando la bujía— supongo que habrá empezado usted por meterse en deudas, ¿no?

 

—Jamás he debido un penique —dijo el zapatero—; discurra usted.

 

—Hombre, tal vez —dijo Sam— se dedicó usted a comprar casa, lo que en inglés correcto se llama estar loco; o a construir, lo que en términos médicos significa caso desesperado.

 

Movió la cabeza el zapatero y dijo:

 

—Piense usted más.

 

—¿No habrá usted pleiteado, me figuro? —dijo Sam, con aire de sospecha.

 

—En mi vida —replicó el zapatero—. El hecho es que yo me he arruinado por haber recibido un dinero en herencia.

 

—Vamos, vamos —dijo Sam—, no es posible. ¡Qué más quisiera yo sino que

 

 

 

 

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algún rico enemigo se empeñara en destrozarme por ese camino! No se lo impediría yo.

 

—¡Oh, ya sabía yo que no había usted de creerlo! —dijo el zapatero, fumando tranquilamente su pipa—. Lo mismo haría yo en el caso de usted; pero es cierto, a pesar de todo.

 

—¿Cómo fue? —preguntó Sam, medio inclinado ya a dar crédito al hecho, en vista de la mirada que el remendón le dirigió.

 

—Pues fue así —replicó el zapatero—: un anciano, para el que yo trabajé allá en un pueblo, con una pariente del cual me casé (ya murió, Dios la bendiga, ¡y gracias le sean dadas por ello!), se sintió enfermo, y se fue.

 

—¿Adónde? —inquirió Sam, que empezaba a dormirse, fatigado por los numerosos acontecimientos del día.

 

—¿Yo que sé dónde se fue? —dijo el zapatero con voz gangosa, saboreando su pipa deliciosamente—. ¡Que se murió!

 

—¡Ah, ya! —dijo Sam—. ¿Y qué más?

 

—Bueno —dijo el zapatero—; pues dejó al morir cinco mil libras.

 

—Fue una gran acción la suya —dijo Sam.

 

—Uno de cuyos miles —prosiguió el zapatero— me dejó a mí por haberme casado con su parienta.

 

—Muy bien —murmuró Sam.

 

—Y como el viejo estaba rodeado de un gran número de sobrinas y sobrinos, que no cesaban de discutir y de pelearse por la fortuna, me nombró su albacea y me encomendó la tarea de repartirla en fideicomiso, para hacer la distribución según rezaba el testamento.

 

—¿Qué quiere usted decir con eso de fideicomiso? —preguntó Sam, despierto a medias—. Si no está el dinero contante, ¿para qué sirve eso?

 

—Es un término legal —dijo el zapatero— que indica confianza.

 

—No la veo —dijo Sam, moviendo la cabeza negativamente—. Representa bien poca confianza. Sin embargo, siga usted.

 

—Bien —dijo el zapatero—; cuando iba yo a sacar una certificación del testamento, las sobrinas y los sobrinos, que estaban desesperados por no coger todo el dinero, presentaron contra mí un caveat.

 

—¿Qué es eso? —preguntó Sam.

 

—Un instrumento legal que equivale a decir «eso no sirve» —replicó el zapatero.

 

—Ya comprendo —dijo Sam—; una especie de cuñado de «carga con el cuerpo».

 

Está bien.

 

—Mas —continuó el zapatero— viendo que no podían ponerse de acuerdo y que, por consiguiente, no llegaban a unirse para denunciar el testamento, retiraron el caveat, y yo pagué todos los legados. No bien hice esto, uno de los sobrinos entabló

 

 

 

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una demanda para anular el testamento. Viose el asunto unos meses después, ante un viejo sordo, en un cuarto trastero de una casa que hay cerca de la plaza de San Pablo, y después de que los cuatro magistrados se dedicaron durante cuatro días a zaherirse unos a otros, tomóse el presidente una semana para deliberar y para leer el apuntamiento, que tenía seis volúmenes. Por fin, sentenció que, como el testador no tenía bien la cabeza, tenía yo que devolver todo el dinero, a más de pagar las costas. Apelé; sustancióse el pleito a presencia de tres o cuatro señores soñolientos que habían ya oído la cuestión en la otra sala, donde no eran sino abogados, consistiendo la única diferencia en que aquí se les llamaba doctores y en el otro sitio delegados, que no sé si usted entenderá esto; el caso es que muy escrupulosamente confirmaron el fallo del viejo mencionado. Después pasó el asunto a la Chancery, y ahí estamos todavía, y ahí estaremos siempre. Mis abogados se han quedado ya con todas mis libras y por el total de la fortuna, como ellos dicen, y las costas; estoy aquí en prenda de diez mil, y aquí permaneceré hasta que me muera, remendando zapatos. Algunos señores han hablado de llevar la cosa al Parlamento, y creo que lo hubieran hecho; pero no teniendo tiempo de venir a verme, ni yo facultad para ir a ellos, acabaron por cansarse de mis largas cartas y abandonaron el asunto. Y éste es el evangelio, sin palabra de más ni de menos, como saben aquí muy bien más de cincuenta.

 

Hizo pausa el zapatero con objeto de observar el efecto que en Sam producía la historia; pero advirtiendo que éste se había quedado dormido, sacudió las cenizas de su pipa, suspiró, púsola en el suelo, cubrióse hasta la cabeza y se durmió también.

 

Estaba Mr. Pickwick sentado a la mesa a la mañana siguiente desayunándose (Sam ocupábase a la sazón en limpiar los zapatos de su amo y en charolar las negras polainas en el cuarto del zapatero), cuando oyó llamar a la puerta, apareciendo, sin darle tiempo a decir «¡Adelante!», una cabeza peluda y un gorro de terciopelo de algodón, prendas que no le fue difícil reconocer como pertenecientes a Mr. Smangle.

 

—¿Cómo está usted? —dijo el notable personaje, acompañando a la pregunta con doscientas inclinaciones de cabeza—. Oiga... ¿espera usted alguien esta mañana? Tres hombres... bien elegantes los condenados... han estado preguntando por usted abajo y llamando a todas las puertas de la galería; por lo cual han sido bien sopapeados por los colegiales que han tenido que molestarse en abrirles.

 

—¡Caramba! ¡Qué torpeza de muchachos! —dijo Mr. Pickwick levantándose—.

 

Sí; no tengo duda de que son unos amigos que esperaba que hubieran venido ayer.

 

—¡Amigos de usted! —exclamó Smangle, captando la mano de Mr. Pickwick—. No diga usted más. Amigos míos son desde este instante, y amigos también de Mivins. ¡Bravo muchacho este Mivins! Es el demonio, ¿eh? —dijo Smangle calurosamente.

 

—Conozco tan poco a ese caballero —dijo vacilando Mr. Pickwick—, que yo... —Ya lo comprendo —le atajó Smangle, agarrando por el hombro a Mr. Pickwick

 

 

 

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—. Ya le conocerá usted mejor. Le encantará a usted. Ese hombre, sir —dijo Smangle con solemne continente—, tiene una fuerza cómica que haría honor al teatro de Drury Lane.

 

—¿Sí, eh? —dijo Mr. Pickwick.

 

—¡Ah, ya lo creo! —replicó Smangle—. Tiene usted que oírle hacer los cuatro gatos en la carretilla... cuatro gatos diferentes, sir, se lo aseguro. ¡Es un chico listísimo! No puede usted dejar de sentir simpatía hacia él en cuanto conozca todos sus rasgos. No tiene más que una falta... esa pequeña flaqueza de que hablé a usted.

 

Sacudió Mr. Smangle la cabeza con aire confidencial y, dándose cuenta Mr. Pickwick de que no tenía más remedio que decir algo, dijo «¡Ah!», y dirigió a la puerta una mirada impaciente.

 

—¡Ah! —repitió Mr. Smangle, dejando escapar un prolongado suspiro—. Es un hombre delicioso, sir. No conozco otro compañero mejor, pero no tiene más que ese inconveniente. Si ahora mismo se le apareciera el espectro de su abuelo, le haría firmar el acepto de un préstamo en papel timbrado.

—¡Qué atrocidad! —exclamó Mr. Pickwick.

 

—¡Sí —añadió Mr. Smangle—, y si estuviera en su poder evocarle otra vez a los dos meses y tres días, le haría renovar el pagaré!

 

—Son rasgos verdaderamente notables —dijo Mr. Pickwick—; pero temo que mientras nos entretenemos aquí charlando estén mis amigos inquietos por no encontrarme.

 

—Yo les indicaré el camino —dijo Smangle, dirigiéndose hacia la puerta—. Buenos días; no le molestaré mientras estén aquí. Por cierto que...

 

Paróse de repente Smangle al pronunciar estas tres últimas palabras; cerró la puerta, que había abierto, y, acercándose suavemente a Mr. Pickwick por detrás, se puso de puntillas y dijo en murmullo imperceptible:

 

—¿Tendría usted inconveniente en prestarme media corona hasta el fin de la próxima semana?

 

A duras penas logró Mr. Pickwick contener la sonrisa; mas, conservando su gravedad, sacó la moneda y la depositó en la palma de la mano de Mr. Smangle. Entre guiños y gesticulaciones y encareciendo el más profundo misterio desapareció Smangle para ir en busca de los tres forasteros, con quienes tornó a poco; y después de toser tres veces y de hacer otros tantos signos con la cabeza, para dar a entender a Mr. Pickwick que no se olvidaría de pagarle, estrechó efusivamente las manos de todos y se marchó por fin.

 

—¡Queridos amigos míos! —dijo Mr. Pickwick, estrechando sucesivamente las manos de Mr. Tupman, Mr. Winkle y Mr. Snodgrass, que no eran otros los visitantes —. ¡Encantado de verles!

 

El triunvirato manifestóse hondamente conmovido. Mr. Tupman movió la cabeza

 

 

 

 

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con gesto dolorido; sacó el pañuelo Mr. Snodgrass con inequívocas señales de ternura, y retiróse a la ventana Mr. Winkle, sollozando ostensiblemente.

 

—Buenos días, señores —dijo Sam, entrando con los zapatos y las polainas—. Fuera melancolías, como dijo el chico cuando se le murió la maestra. Sean bien venidos al colegio, señores.

 

—Este atolondrado muchacho —dijo Mr. Pickwick, dando unas palmadas en la cabeza de Sam, que estaba arrodillado abrochando a su amo las polainas—, este atolondrado muchacho se ha hecho arrestar para quedarse a mi lado.

 

—¡Cómo! —exclamaron los tres amigos.

 

—Sí, señores —dijo Sam—; estoy... estése quieto, sir, si quiere... estoy prisionero, señores. Confinado, como dijo la señora.

 

—¡Prisionero! —exclamó Mr. Winkle con vehemencia extremada.

 

—¡Así es, sir! —respondió Sam levantando la cabeza—. ¿Qué tenemos con eso,

 

sir?

 

—Yo esperaba, Sam, que... nada, nada —dijo Mr. Winkle atropelladamente. Manifestóse Mr. Winkle en forma tan brusca y descompuesta, que Mr. Pickwick

 

miró a sus amigos instintivamente en demanda de una explicación.

 

—No sabemos nada—dijo Mr. Tupman, contestando al mudo interrogante en altavoz—. Lleva dos días muy intranquilo y conduciéndose de una manera desacostumbrada en él. Sospechamos que le ocurre algo; pero él lo niega rotundamente.

 

—No, no —dijo Mr. Winkle, ruborizándose bajo la mirada de Mr. Pickwick—, no hay nada. Le aseguro a usted, querido, que no hay nada. Tengo que ausentarme por algún tiempo para asuntos particulares, y yo esperaba que usted autorizase a Sam para que me acompañara.

 

Miróle Mr. Pickwick más asombrado que antes.

 

—Yo creo —balbució Mr. Winkle— que Sam no se hubiera negado; pero, claro está que encontrándose prisionero es imposible. Así, pues, partiré solo.

Al decir esto Mr. Winkle, advirtió Mr. Pickwick, con alguna extrañeza, que los dedos de Sam temblaban sobre las polainas, como si se sintiera inquieto o sobresaltado. Miró Sam hacia Mr. Winkle también en el momento en que éste acabó de hablar, y por muy fugaz que fuera la mirada que cruzaron, parecieron entenderse mutuamente a las mil maravillas.

 

—¿No sabes tú nada de esto, Sam? —dijo de pronto Mr. Pickwick.

 

—No, no sé nada, sir —replicó Mr. Weller, empezando a abotonar con extraordinaria solicitud.

 

—¿Estás seguro, Sam? —dijo Mr. Pickwick.

 

—Sir —respondió Mr. Weller—, de lo que estoy seguro es de no haber oído nada de eso hasta este momento. Y si algo creyera adivinar —añadió Sam, mirando a Mr.

 

 

 

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Winkle—, no creo tener derecho a decir nada, por miedo a equivocarme.

 

—No me considero autorizado a profundizar más en los asuntos privados de un amigo, por íntimo que sea —dijo Mr. Pickwick después de una breve pausa—; por el momento, sólo he de decir que no entiendo una palabra de ello. Eso es. Ya hemos hablado bastante de esta cuestión.

 

Dicho esto, llevó Mr. Pickwick la conversación hacia otros temas, y Mr. Winkle pareció ir recobrando gradualmente la serenidad, aunque estuviera aún muy distante de la tranquilidad completa. Tanto era lo que tenían que decirse, que se les pasó la mañana en un vuelo; y cuando a las tres dispuso Mr. Weller sobre la mesita de comer una pierna de carnero asada y una enorme empanada de carne, con varios otros manjares vegetales y los correspondientes vasos de cerveza, todo lo cual estaba sobre las sillas, en la cama—sofá o donde se podía, aprestáronse todos a hacer justicia a los comestibles, no obstante haber sido aderezada y comprada la carne y confeccionada y cocida la empanada en la inmediata cocina de la prisión.

 

A los manjares y a la cerveza sucedieron una o dos botellas de buen vino, en demanda del cual había Mr. Pickwick despachado un propio al café de El Cuerno, en Doctor's Commons. En realidad la botella, o las dos botellas, pudieran decirse las seis botellas, porque acabaron de consumirse, así como el té, cuando la campana de la prisión comenzó a tañer, avisando que había llegado el momento de que se retirasen los visitantes.

 

Si la conducta de Mr. Winkle había sido inexplicable por la mañana, resultó completamente solemne y esotérica, bajo la influencia de sus íntimos sentimientos, así como por efecto de su participación en las seis botellas, en el momento de despedirse de su amigo. Hízose el remolón hasta que hubieron desaparecido Mr. Tupman y Mr. Snodgrass. Entonces estrechó fervorosamente la mano de Mr. Pickwick, con una expresión en la que se combinaban la más profunda y enérgica resolución con la quintaesencia de la melancolía.

 

—¡Buenas noches, amigo querido! —dijo Mr. Winkle por lo bajo.

 

—¡Que Dios le bendiga, mi querido compañero! —repuso el entrañable Mr.

 

Pickwick, devolviendo el apretón de manos de su amigo.

 

—¡Vamos! —gritó Mr. Tupman desde la galería.

 

—Sí, al momento —replicó Mr. Winkle—. ¡Buenas noches!

 

—Buenas noches —dijo Mr. Pickwick.

 

Aún hubo otras buenas noches, y otras, y otras, y hasta media docena antes de que Mr. Winkle abandonara la mano de su amigo. A todo esto, mirábale fijamente, con expresión rarísima.

 

—¿Ocurre algo? —dijo Mr. Pickwick, cuyo brazo estaba martirizado por la incesante sacudida.

 

—Nada —dijo Mr. Winkle.

 

 

 

 

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—Entonces, buenas noches —dijo Mr. Pickwick, tratando de libertar su mano. —Amigo mío, mi bienhechor, mi excelente compañero —murmuró Mr. Winkle,

 

asiendo la muñeca de su maestro—: no me juzgue con ligereza; no me juzgue con precipitación si oye que, lanzado a determinaciones extremas en vista de obstáculos desesperados...

 

—Vamos —dijo Mr. Tupman, reapareciendo a la puerta— ¿Viene usted, o es que nos van a encerrar aquí?

 

—Sí, sí, voy en seguida —replicó Mr. Winkle.

 

Y haciendo un esfuerzo violento se desprendió de su mano y salió.

 

Contemplaba Mr. Pickwick con aire intrigado el pasillo por donde se alejaban sus amigos, cuando vio aparecer a Sam Weller en la escalera, acercarse a Mr. Winkle y murmurar algo en su oído.

 

—Desde luego, esté usted seguro —dijo en alta voz Mr. Winkle.

 

—Gracias, sir. ¿No me olvidará, sir? —dijo Sam.

 

—Claro que no —replicó Mr. Winkle.

 

—Buena suerte, sir —dijo Sam, llevándose la mano al sombrero—. Me hubiera gustado acompañarle, sir; pero el amo es lo primero.

 

—Le enaltece mucho eso de quedarse aquí —dijo Mr. Winkle.

 

Y dicho esto, desapareció escaleras abajo.

 

—Es extraordinario —dijo Mr. Pickwick, entrando de nuevo en su habitación y sentándose a la mesa en actitud meditabunda—. ¿Qué es lo que puede ir a hacer ese muchacho?

 

Llevaba un rato rumiando este asunto, cuando oyó la voz del portero Roker, que pedía autorización para entrar.

 

—Ya lo creo —dijo Mr. Pickwick.

 

—Le traigo una almohada más blanda, sir —dijo Roker—, en vez de la provisional que tuvo usted anoche.

 

—Gracias —dijo Mr. Pickwick—. ¿Quiere usted una copa de vino?

 

—Es usted muy amable, sir —repuso Mr. Roker, aceptando la copa que se le ofrecía—. Por usted, sir.

 

—Gracias —dijo Mr. Pickwick.

 

—Tengo el sentimiento de decirle que su patrón está muy mal esta noche, sir — dijo Roker, dejando el vaso e inspeccionando el forro de su sombrero, como para ponérselo otra vez.

 

—¡Cómo! ¡El prisionero de Chancery! —exclamó Mr. Pickwick.

 

—No será ya por mucho tiempo el prisionero de Chancery, sir —replicó Roker, dando la vuelta al sombrero hasta poner a la derecha, conforme se mira hacia dentro, la marca del fabricante.

 

—Me deja usted frío —dijo Mr. Pickwick—. ¿Qué quiere usted decir?

 

 

 

 

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—Hace mucho tiempo que se está consumiendo —dijo Mr. Roker—, y esta noche le ha dado un ahogo. Dijo el médico hace seis meses que como no fuera el cambio de aire nada podía salvarle.

 

—¡Cielo santo! —exclamó Mr. Pickwick—. ¡Este hombre está siendo asesinado lentamente por la ley desde hace seis meses!

 

—No sé —repuso el portero, sopesando el sombrero, que tenía sujeto por las alas

 

—. Supongo que le hubiera pasado lo mismo en cualquiera otra parte. Fue a la enfermería esta mañana; el doctor dice que hay que levantarle las fuerzas todo lo posible, y el guarda le ha mandado vino y pan de su casa. No es culpa del guarda, ya comprende usted, sir.

 

—Claro que no —se apresuró a replicar Mr. Pickwick.

 

—Temo, sin embargo —dijo Roker, moviendo la cabeza—, que todo sea inútil. He apostado con Neddy seis contra uno acerca de esto; pero no quiere aceptarlo, y hace muy bien. Gracias, sir. Buenas noches, sir.

 

—Espere —dijo Mr. Pickwick con visible afán—. ¿Dónde está la enfermería? —Precisamente encima de donde usted duerme, sir —contestó Roker—. Yo le

 

enseñaré si quiere venir.

 

Descolgó Mr. Pickwick su sombrero sin decir palabra y siguió a Roker. Condújole el portero en silencio, y levantando suavemente el picaporte de una

 

habitación invitó a entrar a Mr. Pickwick. Era un aposento espacioso, desmantelado y triste, en el que había varias camas de hierro: en una de ellas veíase la sombra yacente de un hombre desvanecido, pálido y espectral. Su respiración era difícil, y cada vez que el aire entraba o salía percibíase un penoso gemido. A la cabecera del lecho sentábase un viejecito con mandil de zapatero, que, con ayuda de unas gafas de cerco de cuerno, leía en alta voz pasajes de la Biblia. Era el afortunado legatario.

 

El enfermo apoyó su mano en el brazo de su acompañante y le invitó a interrumpir la lectura. El viejo cerró el libro y lo depositó en el lecho.

 

—Abra la ventana —dijo el paciente.

 

Hízolo el viejo así. El estrépito de coches y carromatos, el rumor de los gritos de hombres y chicos, el trepidar de las ruedas, el zumbido afanoso de toda una muchedumbre animada por el instinto de la vida y del trabajo fundidos en sordo murmullo flotaban en el interior de la mísera estancia. Sobre el ruidoso eco que entraba de la calle destacábase a las veces una insolente carcajada; un retazo de canción jocosa saltaba de la multitud, hería el oído por un instante y perdíase a poco en el confuso escándalo de voces y pisadas: eran los rompientes del proceloso mar de la vida en su incesante ir y venir. ¡Si tales ecos despiertan sensaciones de melancolía en un indiferente, qué impresión no habrán de causar en aquel que contempla un lecho de muerte!

 

—No hay aire aquí —dijo el enfermo con acento débil—. El lugar lo enrarece.

 

 

 

 

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Era fresco y saludable el que yo respiraba al entrar aquí, hace años; pero se hace tibio y pesado al penetrar entre estas paredes. No puedo respirarlo.

 

—Juntos lo hemos respirado bastante tiempo —dijo el viejo—. Vamos, vamos. Siguió un corto silencio, durante el cual se aproximaron a la cama los dos

 

espectadores. El enfermo tomó una mano de su viejo compañero de prisión y, estrechándola efusivamente entre las suyas, la retuvo en un apretón prolongado.

 

—Espero —balbució al cabo de un rato, con acento tan desmayado que los visitantes tuvieron que acercar el oído para recoger los débiles sonidos que dejaban salir los labios del paciente—, espero que mi Juez Misericordioso me tendrá en cuenta el duro castigo que he sufrido en la tierra. ¡Veinte años, amigo mío, veinte años en esta odiosa tumba! Mi corazón se destrozó cuando murió mi niño, y ni siquiera pude besarle en su cajita. Mi soledad desde entonces, en medio de este ruido y de esta barahúnda, ha sido espantosa. ¡Que Dios me perdone! Él ha visto mi muerte lenta y solitaria.

 

Cruzó sus manos y, murmurando entre dientes algo que no pudo oírse, cayó en un sueño profundo, sueño no más al principio, porque le vieron sonreír.

 

Cambiáronse algunas palabras entre los circunstantes, y acercándose el portero a la almohada, retrocedió bruscamente.

 

—¡Ya alcanzó su libertad! —dijo el hombre.

 

Y así era, en efecto. Pero como su vida se había parecido tanto a la muerte, no pudieron distinguir cuándo pasó de una a otra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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45.    En el que se describe una conmovedora entrevista que tuvo Mr. Samuel Weller con su familia. Mr. Pickwick da

 

la vuelta al mundo diminuto en que habita y resuelve

 

mezclarse en él lo menos posible en lo futuro

 

 

Unas cuantas mañanas después de su encarcelamiento, después de haber arreglado Mr. Samuel Weller con todo celo la habitación de su amo y de verle sentado confortablemente entre sus libros y papeles, retiróse con propósito de emplear una o dos horas en aquello que le viniera en gana. Era una mañana hermosa y pensó Sam que una pinta de cerveza gustada al aire libre podría amenizarle un cuarto de hora, lo mismo que cualquier otro pasatiempo con que pudiera regalarse.

 

Formulada esta conclusión, encaminóse a la cantina. Después de adquirir la cerveza y de proveerse además del periódico de cuatro días atrás, dirigióse al patio del juego de bolos y, sentándose en un banco, procedió a solazarse apacible y metódicamente.

 

Empezó por refrescarse el gaznate con un trago de cerveza, y enderezando su mirada hacia una ventana, dedicó una platónica ojeada a una muchachita que pelaba patatas enfrente. Desplegó el periódico y lo dobló de modo que quedara visible la sección de política; y como esta operación es un tanto difícil y embarazosa cuando reina el viento, tomó otro sorbo de cerveza, luego de haberla llevado a feliz término.

 

Leyó un par de líneas del diario, y se detuvo de pronto para mirar a una pareja de jugadores que terminaba un partido, concluido el cual gritó Sam: «¡Muy bien!», manifestando su aprobación, y paseó la mirada por los espectadores con objeto de cerciorarse de si la opinión de éstos coincidía con la suya propia. Todo esto imponía la necesidad de mirar también hacia la ventana, y como la muchacha aún se encontrara allí, era obligada la fineza de un nuevo guiño, así como el beber a su salud, acompañando el acto de un nuevo ademán, propinándose un segundo trago de cerveza; y después de mirar con terrible ceño a un chiquillo que se había percatado de la amable demostración referida, abriendo los ojos desmesuradamente, cruzó las piernas y, sujetando el periódico con las dos manos, empezó a leer con gran atención.

 

Aún no había logrado la abstracción requerida, cuando le pareció oír su nombre, pronunciado hacia una puerta lejana. No era ilusión, porque el nombre pasó de boca en boca, y a los pocos segundos tronó el aire con el nombre de ¡Weller!

 

—¡Presente! —gritó Sam con voz estentórea—. ¿Qué se ofrece? ¿Quién le busca?

 

¿Es que ha venido alguien a decir que está ardiendo su quinta?

 

—Le buscan en la portería —dijo uno que estaba a su lado.

 

—Encárguese usted del periódico y del vaso de cerveza, buen amigo —dijo Sam —. Vuelvo en seguida. ¡A buen seguro que si alguien me llamara para comparecer

 

 

 

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ante el Tribunal no haría más ruido!

 

Acompañando estas palabras de una suave palmada en la cabeza del joven mencionado, que, inconsciente de la vecindad de la persona requerida, estaba gritando «¡Weller!» con toda su alma, atravesó Sam el patio apresuradamente y subió a la portería. En ella, el primer objeto que toparon sus ojos fue su amado padre, que estaba sentado en el fondo de una escalera, con el sombrero en la mano, gritando «¡Weller!» con su voz más poderosa y a intervalos de medio minuto.

 

—¿Qué está usted ahí vociferando —dijo Sam impetuosamente, en el momento en que el viejo acababa de proferir el ruidoso vocativo— y sofocándose de tal manera que parece usted un soplador de vidrio a punto de estallar? ¿Qué ocurre?

 

—¡Ajá! —contestó el anciano—. Empezaba a temer que hubieras hecho una escapada a Regency Park, Sammy.

 

.

 

—Vaya —dijo Sam—, no hay que burlarse de una víctima de la avaricia, y salga usted ya de esa escalera. ¿Para qué se ha sentado ahí? Yo no vivo por ese lado.

 

—Te traigo un buen entretenimiento, Sammy —dijo, levantándose, el anciano Weller.

 

—Espere un momento —dijo Sam—; está usted manchado de blanco por detrás. —Es verdad, Sammy; límpialo —dijo Mr. Weller mientras su hijo le quitaba el

 

polvo—. ¿No estaría mal, ni sería impropio del lugar, el que se pasease uno por aquí con la ropa encalada, eh, Sammy?

 

Como Mr. Weller empezara a ofrecer en este punto síntomas inequívocos de un inminente ataque de regocijo, apresuróse Sam a atajarle.

 

—Tranquilícese, haga el favor —dijo Sam—; en la vida se ha visto una caricatura igual. ¿Qué es lo que le hace a usted reventar ahora?

 

—Sammy —dijo Mr. Weller, enjugando su frente—, estoy viendo que un día de éstos me va a dar una apoplejía de tanto reír, hijo mío.

 

—Bueno. Pues entonces, ¿para qué lo hace? —dijo Sam—. Vamos a ver, ¿qué es lo que tiene usted que decirme?

 

—¿Quién dirás que ha venido conmigo, Samivel? —dijo Mr. Weller, haciéndose un poco atrás, poniendo los labios en punta y enarcando las cejas.

—¿Pell? —dijo Sam.

 

Movió la cabeza negativamente Mr. Weller, y su mejilla escarlata se infló en una carcajada que pugnaba por encontrar salida.

 

—¿El de la cara pintada, quizás? —sugirió Sam.

 

De nuevo negó Mr. Weller con la cabeza.

 

—Entonces, ¿quién? —preguntó Sam.

 

—Tu madrastra —dijo Mr. Weller.

 

Y no fue poca fortuna el que lo dijera, pues de otra suerte hubieran reventado sus

 

 

 

 

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carrillos a consecuencia de la anormal distensión.

 

—Tu madrastra, Sammy —dijo Mr. Weller—, y el de la nariz roja, hijo mío, y el de la nariz roja. ¡Ju, ju, ju!

 

Y diciendo esto, Mr. Weller cayó en una risa convulsiva, en tanto que Sam le miraba con un gesto de asombro, que iba gradualmente invadiendo su fisonomía.

 

—Han venido a hablar contigo seriamente, Samivel —dijo Mr. Weller, secándose los ojos—. Que no se te escape nada acerca del desnaturalizado acreedor, Sammy.

 

—¿Y por qué no han de saber quién es? —inquirió Sam.

 

—Ni una palabra de eso —replicó su padre.

 

—¿Dónde están? —dijo Sam, correspondiendo largamente a todos los aspavientos del anciano.

 

—En la sala de espera —continuó Mr. Weller—. Cualquiera pesca al de la nariz roja sino donde haya bebida; no es fácil, Samivel, no. Hicimos esta mañana un delicioso viaje en el coche desde El Marqués, Sammy —dijo Mr. Weller cuando se halló en condiciones de emitir sonidos articulados—. Conduje al viejo carcamal en ese carrucho que pertenecía al primer poseedor de tu madrastra, en el que se había colocado un sillón para el pastor; y te aseguro —dijo Mr. Weller con gesto de profundo desdén—, te aseguro que si no le han traído una escalera portátil para que suba, no le han traído nada.

 

—¿Es posible? —dijo Sam.

 

—Y tan posible, Sammy —replicó su padre—; y me hubiera gustado que le vieras agarrarse para subir, como si tuviera miedo de caer al suelo desde una altura de seis pies y hacerse añicos. Al fin se metió, y salimos, y me parece, digo que me parece, Samivel, que no ha tenido mal ajetreo al doblar las esquinas.

 

—Claro. ¿No le habrá hecho tropezar con unos cuantos guardacantones? —dijo Sam.

 

—No diría yo —replicó Mr. Weller en una verdadera orgía de guiños—, no diría yo que no hubiéramos cogido uno o dos, Sammy; ha estado a punto de volar del sillón todo el camino.

 

Empezó el anciano en este momento a mover la cabeza de lado a lado y a notarse en él un regocijado gruñido interno, acompañado de una violenta inflación del rostro, síntomas que no dejaron de alarmar a su hijo.

 

—No te asustes, Sammy, no te asustes —dijo el anciano cuando, al cabo de sobrehumanos esfuerzos y de varios pisotones convulsivos, recobró el uso de la palabra—. Es que intento habituarme a una risa tranquila, Sammy.

 

—Pues si es así —dijo Sam—, mejor es que no lo intente. Se va usted a encontrar con un resultado peligroso.

 

—¿No te gusta, Sammy? —preguntó el viejo.

 

—Absolutamente nada —replicó Sam.

 

 

 

 

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—Bien —dijo Mr. Weller, por cuyas mejillas resbalaban algunas lágrimas todavía —; hubiera sido para mí una gran ventaja el haberlo conseguido, y hubiera servido para ahorrar muchas palabras algunas veces entre tu madrastra y yo; pero voy viendo que tienes razón, Sammy; es fácil por ahí llegar a la apoplejía. Muy fácil, Samivel.

 

Hablando de esta suerte llegaron a la portería, en la cual entró Sam inmediatamente, no sin haberse detenido un instante para mirar por encima del hombro, con gesto ladino y sonriente, a su respetable progenitor, que aún vibraba detrás.

 

—Madrastra —dijo Sam, saludando cortésmente a la dama—, muy agradecido a usted por esta visita. Pastor, ¿cómo está usted?

 

—¡Oh Samuel! —dijo la señora Weller—. Esto es espantoso.

 

—Nada de eso, mamá —replicó Sam—. ¿Verdad, pastor?

 

Alzó sus manos Mr. Stiggins y levantó sus ojos al cielo, hasta vérsele solamente el blanco, o, mejor dicho, el amarillo; pero no respondió.

 

—¿Es que tiene este caballero alguna enfermedad dolorosa? —dijo Sam, mirando a su madrastra en demanda de una explicación.

 

—El buen señor se duele de verte aquí, Samuel —replicó la señora Weller. —¡Oh! ¿Es eso? —dijo Sam—. Yo pensaba, al ver esas cosas que hace, que tal

 

vez se hubiera olvidado de tomar pimienta con el último pepino que ha comido. Siéntese, sir; no cobramos más por sentarse, como observó el rey cuando quiso volar a sus ministros.

 

—Joven —dijo solamente Mr. Stiggins—, me temo que no le va a suavizar esta reclusión.

 

—Dispense, sir —replicó Sam—. ¿Qué tenía usted la bondad de observar? —Decía, joven, que su temperamento no va a suavizarse por este castigo —dijo

 

Mr. Stiggins con voz fuerte.

 

—Sir —repuso Sam—, es usted muy amable al decir eso. Yo comprendo que mi temperamento no es suave, sir. Muy agradecido por su buena opinión, sir.

 

Al llegar a este punto la conversación, un ruido que se parecía mucho a una carcajada oyóse venir de la silla en que estaba sentado Mr. Weller. Entonces la señora Weller, haciéndose cargo rápidamente de las circunstancias, consideró deber indeclinable empezar a dejarse atacar por el histerismo.

 

—¡Weller! —dijo la señora (el anciano estaba sentado en un rincón)—. ¡Weller! Ven acá.

 

—Muchas gracias, querida —respondió Mr. Weller—, pero me encuentro muy bien aquí.

 

Al oír esto, rompió a llorar la señora Weller.

 

—¿Qué le pasa, mamá? —dijo Sam.

 

—¡Oh Samuel! —replicó la señora Weller—. Tu padre me hace desgraciadísima.

 

 

 

 

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¿Es que no hay manera de hacerle bueno?

 

—¿Oye usted eso? —dijo Sam—. La señora desea saber si hay algo que pueda hacerle bien.

 

—Muy reconocido a la señora Weller por su afectuoso interés, Sammy —repuso el anciano—. Yo creo que una pipa me haría un gran beneficio. ¿Puede arreglarse, Sammy?

 

Vertió algunas lágrimas más la señora Weller y gruñó Mr. Stiggins.

 

—¡Hola! Este pobre señor se ha puesto malo otra vez —dijo Sam, mirando alrededor—. ¿Dónde siente usted el dolor ahora, sir?

 

—En el mismo sitio, joven —repuso Mr. Stiggins—, en el mismo sitio.

 

—¿Dónde es, sir? —preguntó Sam con afectada inocencia.

 

—En el pecho, joven —replicó Mr. Stiggins, apoyando el paraguas en su chaleco. Impotente la señora Weller para reprimir sus sentimientos, suspiró ruidosamente y proclamó su convicción de que el de la nariz roja era un santo. Mr. Weller se aventuró a insinuar por lo bajo que debía de ser el representante de las dos parroquias de San

 

Simón Fuera y San Correntón Dentro.

 

—Me parece, mamá —dijo Sam—, que este caballero que tiene la cara torcida siente algo de sed a causa del triste espectáculo que aquí contempla. ¿No es eso, mamá?

 

La digna señora miró hacia Mr. Stiggins, solicitando una respuesta, y el caballero, dando vueltas a los ojos y apretándose el pecho con la mano derecha, ejecutó una mímica significativa de tragar, para dar a entender que se hallaba sediento.

 

—A mí se me figura, Samuel, que el sufrimiento le ha producido eso —dijo la señora Weller con acento compasivo.

 

—¿Cuál es su bebida habitual, sir? —preguntó Sam.

 

—¡Oh mi joven amigo! —repuso Mr. Stiggins—. ¡Todas las bebidas no son sino vanidades!

 

—Verdaderamente, verdaderamente —dijo la señora Weller, murmurando un gruñido y asintiendo con la cabeza.

 

—Bien —dijo Sam—. Así será, sir. ¿Pero cuál es su vanidad predilecta? ¿Cuál es la vanidad cuya esencia le gusta más, sir?

 

—¡Oh mi joven amigo! —replicó Mr. Stiggins—. A todas las desprecio por igual. Pero si hubiera alguna —añadió Mr. Stiggins— que me resultara menos odiosa que las demás, es el licor llamado ron, caliente, mi joven amigo, con tres terrones de azúcar en el vaso.

 

—Lo siento mucho, sir —dijo Sam—; pero en este establecimiento no se vende esa vanidad especial.

 

—¡Oh, qué corazón tan duro el de esos hombres pervertidos! —exclamó Mr. Stiggins—. ¡Oh, cuán malvados y crueles son esos inhumanos perseguidores!

 

 

 

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Al decir estas palabras, de nuevo levantó sus ojos Mr. Stiggins y golpeóse el pecho con el paraguas. Y para hacer justicia al reverendo señor, no sobra decir que su indignación parecía sincera y en modo alguno afectada.

 

Después de comentar la señora Weller y el de la nariz roja este inhumano proceder en términos enérgicos y de haber emitido santas y piadosas execraciones contra los que así proceden, pidió el último una botella de oporto caliente con un poco de agua, especias y azúcar, como bebida estomacal y de sabor menos vanidoso que cualquier otra composición. Diose orden para que se preparase el brebaje, y en tanto que se preparaba, el de la nariz roja y la señora Weller miraron al anciano en actitud de gruñona reconvención.

 

—Bien, Sammy —dijo Mr. Weller—; supongo que te habrá confortado el espíritu esta bienhechora visita. Es una conversación muy alegre y muy educadora. ¿Verdad, Sammy?

 

—Es usted un réprobo —replicó Sam—, y hágame el favor de no dirigirme más esas importunas observaciones.

 

Lejos de enmendarse el anciano con esta réplica, entregóse una vez más a sus aparatosas gesticulaciones, contumacia que hubo de forzar a la señora y a Mr. Stiggins a cerrar los ojos y a agitarse inquietos en sus sillas, manifestando intensa perturbación. Al observar esto, Mr. Weller produjo varios otros actos de pantomima, en los que se advertía el deseo de apretar y retorcer las narices del mencionado Stiggins, operación que parecía constituir para el anciano un desahogo necesario. Poco faltó para que Mr. Stiggins se apercibiera de estos ademanes, porque el pastor, conmovido por la llegada del ponche, acertó a poner su cabeza casi en inmediato contacto con el puño cerrado de Mr. Weller, que describía en el aire caprichosas trayectorias a dos pulgadas del de la nariz roja.

 

—¿Por qué se empeña usted en alcanzar el vaso de ese modo salvaje? —dijo Sam con oportuna presteza—. ¿No ve usted que a poco le da un golpe a ese caballero?

 

—No era ésa mi intención, Sammy —dijo Mr. Weller, un tanto desconcertado por el inesperado derrotero del incidente.

 

—Pruebe el tratamiento interno, sir —dijo Sam, viendo que el pastor se frotaba la cabeza con gesto doloroso—. ¿Qué le parece a usted de eso en calidad de vanidad caliente, sir?

 

Aunque no respondió verbalmente Mr. Stiggins, fue bien expresivo su ademán. Gustó el contenido del vaso que Sam puso en su mano, depositó su paraguas en el suelo y tomó otro sorbo; acaricióse suavemente el estómago dos o tres veces, apuró el vaso de una vez, chascó sus labios satisfecho y tendió el vaso en demanda de nueva provisión.

 

No se quedó atrás la señora Weller en la tarea de hacer honor a la bebida. Empezó la buena señora asegurando que no le era posible tomar ni una gota; luego tomó una

 

 

 

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gotita; luego, una gota más grande; luego, muchas gotas, y siendo su temperamento extraordinariamente susceptible a los líquidos fuertes, vertió una lágrima por cada gota de ponche, y así continuó liquidando sus sentimientos hasta llegar a la más patética de las tristezas.

 

El viejo Weller observó estos síntomas con manifestaciones de profundo desagrado; y cuando, después de haber consumido una segunda porción de la bebida, empezó Mr. Stiggins a suspirar desconsoladamente, evidenció claramente la desaprobación que le merecía todo aquello por medio de varios susurros incoherentes, entre los que hubo de oírse varias veces, en tono de ira, la palabra «farsa».

 

—Te diré, Samivel, hijo mío —murmuró el viejo al oído de su vástago, al cabo de una larga y atenta contemplación de su señora y de Mr. Stiggins—, que me parece que tu madrastra y el de la nariz roja tienen algo roto dentro.

 

—¿Qué quiere usted decir? —dijo Sam.

 

—Quiero decir, Sammy —replicó el anciano—, que lo que beben parece que no les alimenta; todo se les vuelve agua caliente y se les sale por los ojos. Indudablemente, Sammy, se trata de una enfermedad constitucional.

 

Expuso Mr. Weller esta opinión científica entreverada con gestos corroborantes, que, interpretados por la señora Weller como vejatorios para ella, para Mr. Stiggins, o para los dos, amenazaron agravar extraordinariamente la triste situación de la señora. Poniéndose de pie Mr. Stiggins a costa de complicados esfuerzos, procedió a obsequiar al concurso con un discurso edificante, especialmente enderezado a Mr. Samuel, al que hubo de conjurar en términos conmovedores a que meditara en la sima de iniquidad en que estaba a punto de arrojarse, a que refrenara todo sentimiento hipócrita y orgulloso y a que siguiera escrupulosamente su propio ejemplo, el de Stiggins, con lo cual podía estar seguro de llegar, tarde o temprano, al resultado consolador de ser, como él, un hombre de condición irreprochable y elevada, en tanto que todos sus amigos y conocidos podían considerarse irremisiblemente perdidos. Lo cual, decía, no podía menos de proporcionar la más honda satisfacción.

 

Conjuróle, además, a huir sobre todo del vicio de la embriaguez, hábito condenable que le asemejaba al cerdo, y de aquellas venenosas y nocivas drogas que al ser mascadas disipan la memoria. Al llegar a este punto de su discurso, comenzó a manifestarse el de la nariz roja por demás incoherente y a tambalearse inseguro en el calor de su elocuencia, viéndose obligado a agarrarse al respaldo de una silla para conservar su verticalidad.

 

No se cuidó Mr. Stiggins de poner en guardia a sus oyentes contra aquellos falsos profetas y pérfidos detractores de la religión, que, sin sentido bastante para propagar las doctrinas fundamentales ni corazón para abrigar sus esenciales principios, resultan más peligrosos para la sociedad que los ordinarios criminales; contra aquellos que,

 

 

 

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imponiéndose, como ocurre fatalmente, a los débiles y a los indoctos, proyectan el desdén sobre lo que debe ser más sagrado y mancillan en cierto modo el prestigio de las grandes colectividades integradas por individuos de sanas costumbres que pertenecen a sectas excelentes y que profesan respetables credos. Mas como hubo de permanecer largo tiempo apoyado en el respaldo de la silla, con un ojo cerrado y guiñando con el otro, es presumible que pensara todo esto, aunque lo guardara para sí.

 

Mientras duró la peroración no cesó la señora Weller de llorar y suspirar al fin de cada párrafo. Entre tanto, sentado Sam, con las piernas cruzadas y con los brazos apoyados en el respaldo de la silla, miraba al predicador en actitud de suave mansedumbre, cambiando de cuando en cuando miradas de inteligencia con el anciano, que, deleitándose al principio, se durmió hacia la mitad.

 

—¡Bravo! ¡Muy bonito! —dijo Sam cuando, al dar por terminado su discurso, el de la nariz roja se ponía los guantes, sacando los dedos por los agujeros terminales—. ¡Muy bonito!

 

—Espero que esto te haga bien, Samuel —dijo solemnemente la señora Weller.

 

—Así lo creo, mamá —replicó Sam.

 

—¡Ojalá pudiera servir de algo a tu padre! —dijo la señora Weller.

 

—Gracias, querida —dijo el anciano Mr. Weller—. ¿Cómo te encuentras tú después del sermón, amor mío?

 

—¡Hereje! —exclamó la señora Weller.

 

—¡Hombre sin luces! —dijo el reverendo Mr. Stiggins.

 

—Pues si no tuviera más luz que ese rayo de luna que nos ha dado usted, mi respetable señor —dijo el viejo Mr. Weller—, me parece que me vería precisado a viajar de noche todo el camino. Señora Weller: si el carcamal sigue en esta faena, no se va a poder tener de pie cuando volvamos, y a lo mejor va a arrojar su sillón sobre cualquier seto, con el pastor dentro, por supuesto.

 

Ante esta perspectiva, consternado, el reverendo Mr. Stiggins requirió su sombrero y su paraguas y propuso salir inmediatamente, a lo que accedió la señora Weller. Acompañóles Sam hasta la puerta exterior y les hizo una cortés despedida.

 

—¡Abur, Samivel! —dijo el anciano.

 

—¿Qué es eso de abur? —preguntó Sam.

 

—Pues que adiós —dijo el anciano.

 

—¡Ah! ¿Era eso lo que quería usted decir? —dijo Sam—. ¡Adiós!

 

—Sammy —murmuró Mr. Weller, mirando con cautela en derredor—, mis saludos a tu amo, y dile que si piensa de otra manera en este asunto, no deje de comunicármelo. Yo y el ebanista hemos discurrido un plan para sacarle. ¡Un piano, Samivel, un piano! —dijo Mr. Weller, golpeando suavemente el pecho de su hijo con el revés de la mano y haciéndose un poco atrás.

 

 

 

 

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—¿Qué quiere usted decir? —dijo Sam.

 

—Un piano fuerte, Samivel —repuso Mr. Weller, adoptando un tono más misterioso aún—; puede tomar en alquiler uno para no tocarlo, Sammy.

 

—¿Y qué objeto tendría eso? —dijo Sam.

 

—Pues mandar a mi amigo el ebanista que venga a llevárselo otra vez —replicó Mr. Weller—. ¿Estás ya al cabo?

 

—No —respondió Sam.

 

—No tiene dentro maquinaria —murmuró su padre—. Puede él caber cómodamente en la caja, con sombrero y zapatos, y respirar por las patas, que son huecas. Tomar un pasaje para América. El Gobierno americano no le echará mientras le quede dinero que gastar, Sammy. Que tu amo se quede allí hasta que haya muerto la señora Bardell, o hasta que Dodson y Fogg sean ahorcados, lo cual es más probable que ocurra primero, y luego puede volver a escribir un libro sobre los americanos, con lo que sacará para gastos y más aún si lo explota bien.

 

Luego de formular Mr. Weller esta sumaria exposición de su plan con voz queda y vehemente, como si temiera debilitar el efecto de la tremenda revelación prolongando el diálogo, hizo el saludo de los cocheros y desapareció.

 

Apenas recobró Sam la naturalidad de su semblante, profundamente trastornada por la secreta comunicación de su respetable progenitor, oyó que le llamaba Mr. Pickwick.

 

—Sam —dijo Mr. Pickwick.

 

—Sir —respondió Mr. Weller.

 

—Voy a dar una vuelta por la prisión y quiero que me acompañes. Hacia nosotros veo venir a un prisionero conocido, Sam —dijo sonriendo Mr. Pickwick.

 

—¿Quién es, sir? —preguntó Mr. Weller—. ¿El peludo o el interesante cautivo de las medias?

 

—Ninguno de los dos —replicó Mr. Pickwick—. Es un antiguo amigo tuyo, Sam.

 

—¿Mío, sir? —exclamó Mr. Weller.

 

—Apuesto a que te acuerdas muy bien de ese señor, Sam —repuso Mr. Pickwick —, porque si no, revelarías ser más olvidadizo respecto de tus antiguos conocimientos de lo que yo me figuraba. ¡Chisst!, ni una palabra, Sam; ni una sílaba. Aquí está.

 

Al decir esto Mr. Pickwick, llegaba Jingle. Parecía menos miserable que antes, pues vestía un traje en mediano uso, que, gracias a Mr. Pickwick, había rescatado de la prendería. Llevaba además camisa limpia y se había cortado el pelo. Estaba pálido y flaco, sin embargo, y al acercarse pausadamente, apoyado en un bastón, era fácil percatarse de que sufría profundamente de enfermedad y de hambre y que su debilidad era extremada. Quitóse el sombrero para saludar a Mr. Pickwick y sintióse humillado y abatido a la vista de Sam Weller.

 

 

 

 

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Pisándole los talones venía Mr. Job Trotter, en el catálogo de cuyos vicios no figuraban en modo alguno la infidelidad ni el desafecto hacia su compañero. Mostrábase aún derrotado y escuálido; pero su rostro no aparecía tan demacrado como la primera vez que le viera Mr. Pickwick unos días antes. Al descubrirse ante nuestro bondadoso amigo, murmuró unas cuantas frases cortadas de gratitud y musitó algo en que se traslucía su reconocimiento por haberle librado de morir de inanición.

 

—Bien, bien —dijo Mr. Pickwick, atajándole impaciente—; váyase con Sam. —Tengo que hablar con usted, Mr. Jingle. ¿Puede usted andar sin la ayuda de su

 

brazo?

 

—Desde luego, sir... perfectamente... no muy de prisa... flaquean las piernas... se va la cabeza... todo da vueltas... sensación de temblor de tierra.

 

—Pues deme su brazo —dijo Mr. Pickwick.

 

—No, no —replicó Jingle—, no quiero... más vale que no.

 

—¡Qué tontería! —dijo Mr. Pickwick—. Apóyese en mí, yo lo deseo, sir.

 

Viendo que se hallaba agitado y confuso y que no sabía qué hacer, resolvió Mr. Pickwick su incertidumbre tomando el brazo del inválido y obligándole a marchar, sin hablar más del asunto.

 

Durante todo este tiempo el rostro de Mr. Samuel Weller no cesó de manifestar el más profundo asombro que pueda concebirse. Después de mirar en silencio a Job y a Jingle, murmuró las palabras: «¡Pues, señor, quién iba a figurárselo!». Después de repetir la frase un buen número de veces, pareció verse privado del habla, y una vez más empezó a pasear sus ojos del uno al otro, mudo de extrañeza y maravilla.

 

—¡Vamos a ver, Sam! —dijo Mr. Pickwick, volviendo la cabeza.

 

—Voy, sir —replicó Mr. Weller, siguiendo maquinalmente a éste, pero sin quitar los ojos de Mr. Job Trotter, que a su lado marchaba en silencio.

 

Mantuvo Job sus ojos fijos en el suelo por algún tiempo. Sam, sin perder de vista a Job, avanzó entre la multitud, atropellando a los pequeños y tropezando en todos los escalones y barandillas, sin darse cuenta de ello hasta que Job, mirándole furtivamente, dijo:

 

—¿Qué tal está usted, Mr. Weller?

 

—¡Es él! —exclamó Sam.

 

Y una vez establecida de un modo inequívoco la identidad de Job, diose un golpe en la pierna, y dejó escapar sus sensaciones por medio de un agudo y prolongado silbido.

 

—Han cambiado las cosas para mí, sir —dijo Job.

 

—Ya lo veo —exclamó Mr. Weller, examinando el destrozado indumento de su compañero, sin disimular la estupefacción que sentía—. Esto ha sido cambiar para ir a peor, Mr. Trotter, como dijo aquel a quien le dieron dos chelines y medio en piezas falsas a cambio de media corona verdadera.

 

 

 

 

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—Así es —replicó Job, moviendo la cabeza—. Ahora no es fingido, Mr. Weller. Las lágrimas —añadió Job con fugaz gesto malicioso—, las lágrimas no son las únicas pruebas de la desgracia, ni tampoco las mejores.

 

—Claro que no lo son —replicó Sam con ademán comprensivo.

 

—Hay que guardárselas, Mr. Weller —dijo Job.

 

—Eso creo yo —dijo Sam—. Algunos parece que las tienen siempre a la mano y las ocultan cuando les viene en gana.

 

—Sí —replicó Job—; pero esas cosas no se fingen tan fácilmente, Mr. Weller, y suponen un esfuerzo bastante penoso. Al decir esto, señaló a sus hundidas mejillas, y, remangándose la chaqueta, descubrió un brazo cuyo hueso parecía había de romperse sólo con tocarlo; tan afilado y quebradizo se mostraba bajo su tenue envolvente de carne.

 

—¿Pero qué es lo que ha hecho usted consigo? —dijo Sam, haciéndose atrás.

 

—Nada —replicó Job.

 

—¡Nada! —repitió Sam.

 

—Hace muchas semanas que no hago nada —dijo Job—, y de comer y de beber digo lo mismo, poco más o menos. Dirigió Sam una mirada atenta y comprensiva al escuálido rostro y desmedrada persona de Mr. Trotter. Al fin, tomándole por un brazo, le arrastró tras de sí con gran violencia.

 

—¿Dónde va usted, Mr. Weller? —dijo Job, tratando en vano de luchar contra la enérgica presa de su antiguo enemigo.

 

—¡Vamos —dijo Sam—, vamos!

 

Sin dignarse dar explicaciones, continuó hasta llegar a la cantina, donde pidió un vaso de cerveza, que le fue servido inmediatamente.

 

—Ahora —dijo Sam— beba eso sin dejar gota, y luego ponga el vaso boca abajo, para que yo me convenza de que ha tomado la medicina.

 

—¡Pero, mi querido Mr. Weller! —protestó Job.

 

—¡Arriba con ello! —dijo Sam en tono apremiante.

 

Así, conminado Mr. Trotter, acercó el vaso a sus labios y, siguiendo imperceptible gradación, lo levantó en el aire. Detúvose una vez, sólo una vez, para tomar resuello, mas sin levantar la cara del vaso, que momentos después mostró invertido, tendiendo el brazo en toda su longitud. Sólo cayeron al suelo unos copos de espuma, que se desprendieron lentamente del borde en perezoso descenso.

 

—¡Bien! —dijo Sam—. ¿Cómo se encuentra usted después de eso?

 

—Mejor, sir. Me parece que estoy mejor —respondió Job. —Ya se ve que lo está usted —dijo Sam con aire convencido—. Es lo mismo que meter gas en el globo. Ha engordado usted a ojos vistas por efecto de la bebida. ¿Qué tendría usted que oponer a otro del mismo porte?

 

—No me atrevo, se lo agradezco mucho, sir —replicó Job—, pero no me atrevo.

 

 

 

 

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—Bien. ¿Entonces qué diría usted de algo comestible? —inquirió Sam. —Gracias a su dignísimo amo, sir —dijo Mr. Trotter—, tenemos media pierna de

 

carnero cocida para las tres menos cuarto, con patatas debajo para que no se pegue.

 

—¡Cómo! ¿Es que les ha socorrido a ustedes? —preguntó Sam con énfasis.

 

—Sí, sir —replicó Job—. Más aún, Mr. Weller: como mi amo está enfermo, nos ha proporcionado una habitación: estábamos en una zahurda, y la ha pagado, sir, y viene a vernos por la noche sin que nadie se entere. Mr. Weller —dijo Job, mostrando, por una vez, lágrimas sinceras en sus ojos—, yo serviría a ese señor hasta que me cayera muerto a sus pies.

 

—¡Eh, amigo! —dijo Sam—. ¡Mucho ojo, amigo mío! ¡De eso, ni hablar! Job Trotter le miró confuso.

 

—Digo que ni hablar, joven —repitió Sam con firmeza—. Nadie le sirve más que yo. Y ya que estamos en eso, le comunicaré además otro secreto —dijo Sam mientras pagaba la cerveza—. No he oído jamás, fíjese, ni leído en los libros, ni visto en cuadros, que haya existido un ángel con pantalones y polainas, ni con lentes, que yo recuerde, aunque no niego que haya podido haberlo; pero no se olvide de esto, Job Trotter, y tenga usted presente que, a pesar de todo, es un verdadero ángel, y el que diga otra cosa, que se me ponga delante.

 

Proclamado este reto, guardóse el cambio Mr. Weller en el bolsillo, y entre gestos y ademanes confirmatorios encaminóse en busca del personaje aludido.

Encontraron a Mr. Pickwick en compañía de Jingle, empeñados en animada conversación, y tan absortos en ella, que no se dignaban dirigir ni una mirada hacia los grupos que había en el patio de juegos: eran unos grupos abigarrados y dignos de examen, aunque no fuera más que por curiosidad.

 

—Bien —dijo Mr. Pickwick en el momento en que se acercaban Sam y su compañero—; a ver cómo se fortalece, y no deje de pensar en ello entre tanto. Cuando se sienta mejor y en condiciones, expóngame usted el caso, y ya lo discutiré con usted después de meditar sobre ello. Ahora váyase al cuarto. Está usted cansado y no le conviene permanecer mucho tiempo aquí fuera.

 

Mr. Alfredo Jingle, sin el menor chispazo de su antigua facundia, sin el menor síntoma siquiera de aquella lúgubre alegría que adoptara al toparse con Mr. Pickwick por primera vez en su actual estado de miseria, inclinóse en silencio e indicando a Job que le siguiera, alejóse fatigosa y pausadamente.

 

—Curiosa escena, ¿verdad, Sam? —dijo Mr. Pickwick, mirando, risueño, en torno.

 

—Mucho, sir —replicó Sam—. Las maravillas no se acaban nunca —añadió Sam, hablando para sí—. ¡Mucho me equivocaré si ese Jingle no tiene algo que ver con las bombas!

 

El área formada por el muro en la parte de Fleet, en que se hallaba Mr. Pickwick,

 

 

 

 

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era bastante amplia para constituir un buen patio de juego; en uno de los lados alzábase la pared propiamente dicha, y se cerraba al otro por aquella porción del establecimiento que miraba, o, mejor dicho, que hubiera mirado, a no ser por la pared, hacia la catedral de San Pablo. Paseando o sentados, en todas las actitudes posibles de ociosidad e indiferencia, veíase un gran número de insolventes, la mayor parte de los cuales esperaban en la prisión el día de comparecencia ante el Tribunal; mientras que otros, habiendo sido remitidos nuevamente, consumían su plazo de reclusión como Dios les daba a entender. Unos mostrábanse desharrapados, elegantes otros, sucios muchos y limpios poquísimos; pero todos vagaban y pasaban el tiempo tan indiferentes y ociosos como animales de granja.

 

Asomados a las ventanas que daban a este paseo había gran número de personas, de las cuales conversaban algunas con sus conocidos de abajo, jugaban otras a la pelota con los que se la arrojaban desde fuera, y miraban otras a los jugadores o contemplaban a los chicos que comentaban a gritos el juego.

 

Mujeres desaliñadas y en chancletas pasaban una vez y otra hacia la cocina, que estaba en un rincón del patio; los niños chillaban, se peleaban y jugaban en otro; el chocar de los bolos y las exclamaciones de los jugadores mezclábanse constantemente con aquellos y con otros mil ruidos; el tumulto y el escándalo reinaban por doquier, excepto en un mísero cuchitril que se hallaba no muy lejos, donde yacía inmóvil y rígido el cuerpo del prisionero de la Chancery, que había muerto la noche anterior, en espera del ficticio requisito judicial. ¡El cuerpo!, he aquí el término legal con que se designa la masa afanosa y turbulenta de cuidados y ansiedades, afectos, esperanzas y dolores que integran el ser humano. La ley tenía su cuerpo, y allí estaba envuelto en fúnebre ropaje, como espantoso testigo de su tierna compasión.

 

—¿Le gustaría a usted ver la tienda de los pitos, sir? —preguntó Job Trotter.

 

—¿Qué es eso? —preguntó Mr. Pickwick a su vez.

 

—Una tienda silbante, sir —se apresuró a explicar Mr. Weller.

 

—¿Y eso qué es, Sam? ¿Una tienda de pájaros? —interrogó nuevamente Mr.

 

Pickwick.

 

—¡Ca!, no, señor. ¡Qué inocencia! —replicó Job—. Una tienda de silbatos, sir, es donde se venden bebidas alcohólicas. Y explicó Job, en pocas palabras, que, estando prohibido a todo el mundo introducir bebidas espirituosas en la prisión de insolventes bajo gravísimas penalidades, y siendo tales artículos altamente apreciados por las señoras y los caballeros allí confinados, habíasele ocurrido a cierto vigilante especulador, animado de lucrativos propósitos, ponerse en connivencia con dos o tres reclusos, que se encargaban de almacenar y vender al menudeo el género favorito de la ginebra, en provecho y beneficio exclusivos de aquél.

 

—Y este sistema, sabe usted, se ha ido implantando poco a poco en todas las

 

 

 

 

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prisiones por deudas —dijo Mr. Trotter.

 

—Y eso tiene la gran ventaja —dijo Sam— de que los vigilantes se cuidan muy bien de echar mano a todos menos a aquellos a quienes tienen encargados del negocio; es decir, a los que intentan el fraude, y luego los elogian los periódicos por el celo de sus funciones de custodia, y se matan dos pájaros de un tiro, porque retraen a los demás de ese comercio, al mismo tiempo que levantan su reputación.

 

—Exacto, Mr. Weller —observó Job.

 

—Bien; pero esas habitaciones me figuro que se registrarán para cerciorarse de si hay en ellas bebidas alcohólicas —dijo Mr. Pickwick.

 

—Claro que sí —replicó Sam—; pero los vigilantes lo saben de antemano, y les dan el soplo a los silbantes, y cuando quiere usted descubrir la provisión de alcohol, ya puede usted silbarle.

 

En esto llamó Job a una puerta, que abrió un individuo de enmarañada cabellera; echó el cerrojo, luego de entrar los visitantes, y sonrió; correspondieron Job y Sam con análoga manifestación, y presumiendo Mr. Pickwick que aquello fuera de ritual, permaneció sonriendo hasta el fin de la visita.

 

Pareció complacer altamente al de la enmarañada cabellera el mudo anuncio de lo que deseaban sus visitantes, y sacando una botella plana, que tendría de cabida un par de cuartillos, de debajo de la cama, escanció tres vasos de ginebra, que Job Trotter y Sam despacharon con modales del más genuino trabajador.

 

—¿Algo más? —dijo el caballero silbante.

 

—Nada más —respondió Job Trotter.

 

Pagó Mr. Pickwick, abrióse la puerta y salieron los bebedores; el de la cabeza enmarañada cambió un gesto amistoso con Mr. Roker, que pasaba de largo en aquel momento.

 

Desde allí empezó Mr. Pickwick a vagar por las interminables galerías y a subir y bajar escaleras, dando una vez más vuelta al establecimiento.

 

En la generalidad de los pobladores de la prisión reproducíanse constantemente los Mivins, los Smangle, el clérigo, el petardista y el carnicero. La miseria, la confusión y el ruido prestaban a cada rincón sus matices característicos, así en los recintos distinguidos como en las más infestas guaridas. El tedio y el desorden palpitaban en el ámbito integral; las gentes agitábanse inquietas en fugaces tropeles, como las sombras de un sueño proceloso.

 

—Basta ya —dijo Mr. Pickwick, dejándose caer pesadamente sobre una silla en su reducido aposento—. Me duele la cabeza de ver estas escenas, y también el corazón. En lo sucesivo, permaneceré recluido en mi cuarto.

 

Y a la verdad, fue Mr. Pickwick consecuente con su resolución. Por espacio de tres meses mantúvose encerrado durante el día; sólo al llegar la noche salía recatadamente a tomar el aire, cuando la mayor parte de sus compañeros de prisión

 

 

 

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estaban acostados o se solazaban en sus habitaciones. La salud de nuestro amigo empezaba a resentirse de aquel estrecho confinamiento; pero ni las súplicas persistentes de Perker y de sus amigos ni los repetidísimos consejos y reconvenciones de Samuel Weller lograron disuadirle ni un ápice de su inflexible decisión.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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46.    En el que se relata un acto de delicadeza sin dejo alguno de humorismo, planeado y llevado a cabo por los

 

señores Dodson y Fogg

 

 

Cierto día de la última semana del mes de julio un cabriolé, cuyo número ignoramos, viose remontar a buen paso Goswell Street; tres personas apiñábanse en su interior, además del cochero, que se sentaba en un sitio peculiar; sobre la capota colgaban dos chales, pertenecientes a dos señoras chiquitinas de quimérico aspecto que sentábanse bajo el mencionado artefacto; entre ellas comprimíase estrechamente, hasta el punto de amenazar a cada instante ser lanzado al exterior, un caballero obeso, de modales contenidos, el cual, no bien se arriesgaba a formular una observación, era bruscamente rebatido por una de las quiméricas señoras mencionadas. En aquel momento, las dos quiméricas señoras y el obeso señor dedicábanse a dar al cochero señas contradictorias, enderezadas al único fin de que se detuviera en la puerta de la señora Bardell; puerta que el obeso caballero, en abierta contradicción con las quiméricas señoras, afirmaba ser verde, y no amarilla.

 

—Pare en la casa de la puerta verde, cochero —dijo el pesado caballero.

 

—¡Oh  incorregible  criatura!  —exclamó  una  de  las  quiméricas  señoras—.

 

Llévenos a la casa de puerta amarilla, cochero.

 

En esto, el cochero, que al hacer un violento esfuerzo para detener el carruaje en la casa de la puerta verde había levantado tanto el caballo que casi le había hecho gravitar sobre la delantera del cabriolé, dejó que el caballo fijara en el terreno nuevamente sus manos y se detuvo.

 

—Bueno. ¿Dónde tengo que parar? —preguntó el cochero—. A ver si se entienden ustedes. Lo único que yo pregunto es dónde he de parar.

 

Reprodújose la controversia con nueva violencia; y como el caballo se viera molestado por una mosca que rondaba en torno de su nariz, el cochero dedicó caritativamente su vagar a fustigarle la cabeza, según el principio de la revulsión.

 

—¡Por mayoría de votos! —dijo al cabo una de las quiméricas damas—. ¡La casa de puerta amarilla, cochero!

 

Pero antes de que el cabriolé se hubiera puesto en marcha, con la requerida magnificencia, hacia la casa de la puerta amarilla, «haciendo», como decía triunfante una de las quiméricas señoras, «más ruido que si se tratara de una carroza propia», y después de apearse el cochero para ayudar a descender a las señoras, la menuda y redonda cabeza de Tomás Bardell viose asomar por una ventana de la casa de puerta verde, unos cuantos números más arriba.

 

—¡Nos hemos fastidiado! —dijo la quimérica dama, lanzando una mirada anonadante al obeso caballero.

 

—Querida mía, no tengo yo la culpa —dijo el caballero.

 

 

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—No me digas nada, estúpido —replicó la señora—. La casa de puerta verde, cochero. ¡Oh! ¡Si ha habido mujer atropellada por un rufián que se enorgullezca y deleite en martirizar a su esposa siempre que se tercia delante de extraños, yo soy esa mujer!

 

—No sé cómo no le da a usted vergüenza, Raddle —dijo la otra mujercita, que no era sino la señora Cluppins.

 

—¿Pero qué es lo que he hecho yo? —preguntó Mr. Raddle.

 

—¡No me hables, bruto, porque me vas a hacer olvidar mis convicciones y te voy a pegar! —dijo la señora Raddle.

 

Mientras se desarrollaba este diálogo, el cochero, tomando al caballo de la brida, conducía ignominiosamente el carruaje a la casa de la puerta verde, que ya había abierto el pequeño Bardell. ¡Aquello era un modo humillante y mezquino de llegar a la casa de un amigo! No subir en veloz carrera con todo el fuego y el coraje del animal; no saltar el cochero del pescante; no llamar a la puerta con estrépito; no abrir la capota en el último momento, por temor de que molestase el frío a las señoras que iban dentro, en tanto que les presentaba los chales, como si dispusieran de un cochero particular. Todo el brillante aparato habíase venido al suelo; aquello resultaba más vulgar que venir a pie.

 

—¡Hola, Tomasito! —dijo la señora Cluppins—. ¿Cómo está tu pobre madre? —¡Oh, está muy bien! —replicó el pequeño Bardell—. Está en la sala ya

 

preparada. Yo también estoy preparado.

 

Y el pequeño Bardell, con las manos metidas en los bolsillos, empezó a dar saltos sobre el último escalón de la entrada.

 

—¿Viene alguien más, Tomasito? —dijo la señora Cluppins, componiendo su pelerina.

 

—La señora Sanders viene —respondió Tomasito—. Yo también voy.

 

—¡Dichoso niño! —dijo la señora Cluppins—. No piensa más que en sí mismo.

 

Oye, Tomasito, querido.

 

—¿Qué? —dijo el pequeño Bardell.

 

—¿Quién más viene, hermoso? —dijo la señora Cluppins con acento insinuante. —Viene la señora Rogers —replicó el pequeño Bardell, abriendo los ojos

 

desmesuradamente al participar esta nueva.

 

—¿Cómo? ¡La señora que ha tomado las habitaciones! —exclamó la señora Cluppins.

 

Introdujo sus manos el pequeño Bardell más profundamente en sus bolsillos y movió la cabeza más de treinta veces, para confirmar que se trataba, en efecto, de la inquilina.

 

—¡Dios mío! —dijo la señora Cluppins—. ¡Sí es una verdadera fiesta!

 

—¡Ah!, si usted supiera lo que hay en el aparador bien podría asegurarlo —

 

 

 

 

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repuso el pequeño Bardell.

 

—¿Qué hay allí, Tomasito? —dijo la señora Cluppins mimosamente—. Me lo vas a decir, Tomasito, estoy segura.

 

—No, no quiero —replicó el pequeño Bardell, sacudiendo su cabeza y aplicándose a sus acrobatismos en el último escalón.

 

—¡Maldito chico! —musitó la señora Cluppins—. ¡Qué niño tan insolente! Vamos, Tomasito, cuéntaselo a tu querida Cluppins.

 

—Mi madre me ha prohibido decirlo —insistió el pequeño Bardell—. Yo lo disfrutaré.

 

Y halagado por esta perspectiva, dedicóse nuevamente la precoz criatura, con renovado empeño, a su infantil pasatiempo deportivo.

 

El mencionado interrogatorio de un niño de corta edad verificábase al mismo tiempo que el señor y la señora Raddle y el cochero mantenían un violento altercado, que tenía por causa el importe del servicio; altercado que se resolvió a favor del cochero y del que salió la señora Raddle agitada y vacilante.

 

—¡Mari Ana! ¿Qué pasa? —dijo la señora Cluppins.

 

—Una cosa que me ha producido un trastorno horrible, Isabelita —respondió la señora Raddle—. Raddle no es un hombre; todo lo echa sobre mí.

Esto no era justo en realidad, porque el infortunado Mr. Raddle había sido recusado desde el comienzo de la disputa y perentoriamente constreñido a no despegar sus labios. Mas no tuvo ocasión de defenderse, porque la señora Raddle empezó a manifestar síntomas inequívocos de desmayarse, lo cual, habiendo sido observado desde la ventana de la sala por la señora Bardell, la Sanders, la inquilina y la criada de la inquilina, salieron precipitadamente y la llevaron al interior de la casa, a todo esto sin dejar de charlar ni de producir exclamaciones de piedad y conmiseración, como si aquella señora fuese una de las más desdichadas de la tierra. Transportada al salón, fue depositada en el sofá, y la señora del primer piso, corriendo a toda prisa al primer piso, volvió con un frasco de sales, y agarrando por el cuello a la señora Bardell se lo aplicó a la nariz con femenil piedad, hasta que la señora doliente, entre aspavientos y contorsiones, tuvo a bien declarar que se encontraba mejor.

 

—¡Pobrecita! —dijo la señora Rogers—. Comprendo demasiado bien su angustia.

 

—¡Ah, pobre señora! Yo también —dijo la Sanders.

 

Y a continuación todas las señoras la compadecieron al unísono. Dijeron que sabían lo que le pasaba y la compadecieron desde el fondo de sus corazones. Hasta la criadita de la inquilina, que no tenía más de trece años ni de tres pies de alta, se atrevió a murmurar su simpatía.

 

—¿Pero qué es lo que ha pasado? —dijo la señora Bardell.

 

—¿Qué ha sucedido para que se ponga de esa manera? —preguntó la señora

 

 

 

 

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Rogers.

 

—Una sofocación tremenda —replicó la Raddle en tono de reproche.

 

—La cosa ha sido —dijo el infeliz marido adelantándose— que, al apearnos a la puerta, ha surgido una discusión con el cochero del cabriolé...

 

Un horrísono alarido de su esposa, al oír esta palabra, ahogó todo conato de explicación.

 

—Lo mejor sería que nos dejase usted con ella, Raddle —dijo la señora Cluppins —; mientras esté usted aquí no se tranquiliza.

 

Como todas las damas abundaron en la misma opinión, fue conminado Mr. Raddle a salir de la estancia, con orden de airearse un rato en el patio posterior. Allí permaneció cosa de un cuarto de hora, hasta que vino a anunciarle con grave semblante la señora Bardell que podía entrar ya, pero que se mirase mucho en el modo de tratar a su esposa. Ya sabía ella, por supuesto, que no había de conducirse en forma inconveniente; pero la resistencia de Mari Ana dejaba mucho que desear, y de no andar con cuidado se exponía a perderla cuando menos lo esperase, lo cual podría acarrearle un espantoso remordimiento, y así sucesivamente. Oyó todo esto Mr. Raddle con profunda sumisión, y entró de nuevo en la sala como un cordero.

 

—¡Por cierto, señora Rogers —dijo la Bardell—, que ahora caigo en que no le he presentado a nadie! Mr. Raddle, señora: la señora Cluppins; la señora Raddle.

 

—... Hermana de la señora Cluppins —sugirió la Sanders.

 

—¡Ah, muy bien! —dijo la Rogers con distinción suma, pues siendo la inquilina y corriendo el servicio a cargo de su criada, pensó que mejor cuadraba a su posición una amabilidad de buen tono que un aire de íntima llaneza—. ¡Ah, muy bien!

 

Sonrió dulcemente la señora Raddle, inclinóse Mr. Raddle y aseguró la Cluppins «hallarse encantada de trabar conocimiento con una señora de la que había oído tantas alabanzas», cumplido que recibió la aludida señora con exquisita deferencia.

 

—Vamos, Mr. Raddle —dijo la Bardell—, no dudo que se sentirá usted muy honrado al ser usted y Tomasito los únicos caballeros que han de escoltar a tantas damas en la excursión a los Españoles de Hampstead. ¿Verdad que debe estar orgulloso, señora Rogers?

 

—¡Ah, ya lo creo! —replicó la señora Rogers, después de lo cual se apresuraron todas las demás señoras a contestar—: ¡Ah, ya lo creo!

 

—Ya se ve que me halaga, señora —dijo Mr. Raddle, frotándose las manos y manifestando una ligera tendencia a sentirse alegre—. Y a la verdad, recuerdo haber dicho, cuando veníamos en el cabriolé...

 

Al oír repetirse esta palabra, que despertaba tan penosos recuerdos, llevóse el pañuelo a los ojos la señora Raddle y dejó escapar un sofocado lamento. Miró a Mr. Raddle ceñudamente la señora Bardell, como intimándole para que se abstuviera de seguir hablando, e indicó por un ademán a la criada de la señora Rogers que sacara el

 

 

 

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vino.

 

Ésta fue la señal para que salieran a la luz los escondidos tesoros de la alacena, consistentes en varios platos de naranjas y bizcochos, una botella de tostado oporto añejo de una con nueve y otra de un renombrado jerez de las Indias del Este de catorce peniques, todo lo cual se mostraba en honor de la inquilina con general satisfacción. Después de experimentar la señora Cluppins un principio de consternación, por manifestar Tomasito el propósito de referir el interrogatorio a que se le sometiera a cuenta del aparador, que constituía la actualidad del instante — propósito que dichosamente hubo de morir en capullo por haberse atragantado el chico con media copa del tostado, comprometiendo su vida por algunos momentos—, salieron los excursionistas en demanda del coche de Hampstead. Pronto dieron en él, y a las dos horas llegaban sanos y salvos al merendero de los Españoles, donde en poco estuvo que no sufriera una recaída la buena señora de Raddle, a causa de la primera iniciativa de éste. No fue otra la iniciativa que la de pedir té para siete, siendo así que, como las señoras opinaban a una, podía Tomasito haber tomado el té en la taza de cualquiera, o en la de todos, si era necesario, a hurtadillas del camarero, lo que hubiera ahorrado un té y al chico le hubiera sabido lo mismo.

 

Pero no hubo manera de componerlo. Vino la bandeja del té con siete tazas, siete platillos y el pan y la manteca correspondientes. Por unanimidad se concedió la presidencia a la señora Bardell, y situándose a su derecha la Rogers y a su izquierda la de Raddle, comenzó la merienda, con regocijo y general buen humor.

 

—¡Qué delicioso es el campo! —suspiró la Rogers—. Casi me gustaría vivir en él siempre.

 

—¡Oh!, no le agradaría a usted, señora —repuso la Bardell con viveza, pues no convenía a sus intereses de patrona fomentar semejantes aficiones—. No le agradaría a usted, señora.

 

—¡Bah! A mí me parece que es usted demasiado querida y estimada en la ciudad para contentarse con el campo —dijo la pequeña Cluppins.

 

—No diré que no, señora; no diré que no —suspiró la inquilina del primer piso. —Para aquellos que viven solitarios, sin nadie a quien atender ni quien de ellos se

 

cuide; para aquellos que han sufrido un desengaño o cosa por el estilo —observó Mr. Raddle, animándose un poco y mirando en derredor—, es muy bueno el campo. El campo para las almas heridas, dicen.

 

Cualquier cosa que pudiera habérsele ocurrido al desventurado hubiera sido preferible. No habrá que decir que la señora Bardell rompió a llorar y suplicó que se la llevaran de la mesa al instante, con lo cual empezó a gemir desconsoladamente su entrañable vástago.

 

—¿Se concibe, señora —exclamó la señora Raddle, volviéndose bruscamente hacia la Rogers—, que pueda haberse casado una mujer con un ser tan inhumano que

 

 

 

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se pasa el día martirizando los sentimientos de una mujer de esta manera? —Querida mía —arguyó Mr. Raddle—, yo no he hablado con ninguna intención. —¡Con ninguna intención! —replicó la señora Raddle, profundamente

 

despreciativa—. Márchate. No puedo resistirte, bruto.

 

—No te sofoques, Mari Ana —terció la señora Cluppins—. Debías tener más cuidado contigo misma, y no lo haces. Usted, Raddle, váyase; ya ve usted a la pobre, se va a poner peor.

 

—Lo mejor será que tome usted el té solo, sir —dijo la señora Rogers, aplicándole de nuevo el frasquito de sales.

 

La señora Sanders, que, según su costumbre, estaba ocupadísima con el pan y la manteca, emitió idéntico parecer, y Mr. Raddle se retiró tranquilamente.

 

Luego vino la faena de colocar al pequeño Bardell en los brazos de su madre, faena harto laboriosa, dado el tamaño de la criatura, y durante la cual plantó sus botas en la bandeja, ocasionando cierta confusión en tazas y platillos; pero este género de desvanecimientos, que son contagiosos en las señoras, rara vez duran largo tiempo; así, pues, luego de haber recibido el chico suficiente número de besos y de haber lloriqueado un poco la madre, recobró la calma, puso al niño en el suelo, mostró su extrañeza por haberse atolondrado de aquella manera y tomó otro poco de té.

 

En este momento oyóse el ruido de un coche, y dirigiendo sus ojos las señoras hacia el sitio por donde venía, vieron pararse el carruaje ante la verja del jardín.

 

—¡Ahí viene gente! —dijo la señora Sanders.

 

—Es un caballero —advirtió la señora Raddle.

 

—¡Calle, si es Mr. Jackson, el pasante de Dodson y Fogg! —exclamó la señora Bardell—. ¡Gran Dios! ¡No será que Mr. Pickwick haya pagado la indemnización!

 

—¡O que promete casarse! —dijo la señora Cluppins.

 

—¡Caramba, qué despacio viene! —observó la señora Rogers—. ¿Por qué no se dará prisa?

 

Mientras pronunciaba la señora estas palabras, venía Mr. Jackson del coche, a cuyo pie se había detenido unos momentos para hacer algunas indicaciones a un individuo desharrapado de pantalones negros que había surgido del vehículo con un garrote de fresno en la mano. Encaminóse el pasante hacia el lugar en que se sentaban las señoras, atusándose el cabello que rebosaba de su sombrero.

 

—¿Ocurre algo? ¿Ha pasado algo, Mr. Jackson? —dijo con avidez la señora Bardell.

 

—Nada de particular, señora —replicó Mr. Jackson—. ¿Qué tal, señoras? Tengo que pedirles mil perdones por entrometerme... pero la ley, señoras... la ley.

 

Con estas explicaciones, formuladas con rostro sonriente, saludó maliciosamente

 

Mr. Jackson y atusó de nuevo su cabello. La señora Rogers dijo por lo bajo a la

 

Raddle que, en realidad, era un joven muy elegante.

 

 

 

 

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—He estado en Goswell Street —continuó Jackson—; y como me dijo la servidumbre que estaba usted aquí, he tomado un coche y he venido. Mi gente la necesita en seguida, señora Bardell.

 

—¡Dios mío! —exclamó la señora, sobresaltada ante la brusca nueva.

 

—Sí —dijo Jackson, mordiéndose los labios—. Se trata de un asunto muy importante y urgente, que no puede demorarse de ninguna manera. Así me lo ha dicho con mucho empeño Dodson y también Fogg. He conservado el coche para volver con usted.

 

—¡Qué cosa tan rara! —exclamó la Bardell.

 

Convinieron las señoras en que aquello era muy raro; pero abundaron en la opinión de que debía de tratarse de algo importante, pues de otro modo Dodson y Fogg no hubieran enviado por ella, y manifestaron además que, por tratarse de un negocio urgente, no tenía ella más remedio que acudir sin dilación al llamamiento de Dodson y Fogg.

 

Algo lisonjeó el orgullo de la señora Bardell el que aquellos juristas necesitaran de ella de modo tan apremiante, y se sintió no poco halagada en su importancia, teniendo en cuenta lo que aquello la enaltecía a los ojos de su inquilina del primer piso. Hizo unos cuantos remilgos, fingió vacilación y contrariedad y llegó al fin a la conclusión de que juzgaba imprescindible acudir.

 

—¿Pero no va usted a tomar algo después del paseo, Mr. Jackson? —dijo solícita la señora Bardell.

 

—No hay mucho tiempo que perder —respondió Jackson—, y tengo aquí un amigo —continuó mirando hacia el hombre de garrote de fresno.

 

—¡Oh!, diga usted a su amigo que venga, sir —dijo la señora Bardell—. Dígale que tenga la bondad de venir, sir.

 

—No, gracias; es mejor que no —dijo Mr. Jackson un poco azorado—. No está muy acostumbrado a tratar señoras y le resultaría violento. Si quiere usted decir al camarero que le lleve algo, no tardará en bebérselo... ¡Haga usted la prueba y verá!

 

Los dedos de Mr. Jackson vagaban jocosamente en torno de su nariz al decir esto, tratando de significar con aquel ademán que hablaba irónicamente.

—Isaac —dijo Jackson cuando ya estuvo la señora Bardell dispuesta a subir al coche, mirando al hombre del garrote, que fumaba un cigarro en el pescante.

 

—¿Qué hay?

 

—Ésta es la señora Bardell.

 

—¡Oh, la conozco hace mucho tiempo! —dijo el del garrote.

 

Subió la señora Bardell al coche, siguióla Mr. Jackson y partieron. La señora Bardell no dejaba de pensar en lo que había dicho el amigo de Mr. Jackson. Son listos estos hombres de ley. ¡Válgame Dios, cómo conocen a la gente!

 

—¿Es una cuestión muy enojosa esa de las costas, verdad? —dijo Jackson cuando

 

 

 

 

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ya la Cluppins y la Sanders se hubieron quedado dormidas—. La cuenta de sus costas, quiero decir.

 

—No se puede usted figurar lo que siento que no las cobren —repuso la señora Bardell—. Pero si ustedes los profesionales hacen estas cosas por especulación, es lógico que pierdan alguna vez.

 

—¿Usted les dio un cognovit por el importe de sus costas, después de la vista, según creo? —dijo Jackson.

 

—Sí. Una cuestión de fórmula —replicó la señora Bardell.

 

—Desde luego —asintió Jackson con sequedad—. Una simple cuestión de forma, y nada más.

 

A la mitad del camino se durmió la señora Bardell. Despertóse al cabo de un rato, cuando paró el coche.

 

—¡Cómo! —dijo la señora—. ¿Estamos en la Audiencia de Freeman?

 

—No vamos tan lejos —contestó Jackson—. Tenga usted la bondad de apearse. La señora Bardell, aún medio dormida, accedió inmediatamente. Era un curioso

 

paraje: una pared interminable, con una verja en el centro y un mechero de gas ardiendo en el interior.

 

—¡Ahora, señoras —dijo el hombre del garrote, mirando hacia dentro del coche y sacudiendo a la señora Sanders para despertarla—, vamos!

 

Después de despertar a su amiga, se apeó la señora Sanders. La señora Bardell, apoyándose en el brazo de Jackson y llevando de la mano a Tomasito, había cruzado el pórtico. Las demás la siguieron.

 

La estancia en que penetraron tenía un aspecto más extraño aún que el vestíbulo. ¡Cuántos hombres había allí! ¡Y cómo miraban!

 

—¿Qué sitio es éste? —preguntó deteniéndose la señora Bardell.

 

—Es uno de nuestros establecimientos públicos —replicó Jackson, haciéndola entrar a escape por una puerta y mirando en torno para cerciorarse de que las demás mujeres venían también—. ¡Mucho Ojo, Isaac!

 

—Sanos y salvos —replicó el hombre del garrote.

 

Cerróse la puerta tras ellos y bajaron un corto tramo de escaleras.

 

—Ya estamos aquí. ¡Perfectamente, señora Bardell! —dijo Jackson, mirando satisfecho a su alrededor.

 

—¿Qué quiere usted decir? —dijo la señora Bardell, con el corazón palpitante. —Le diré a usted —replicó Jackson, llamándola aparte—. No se asuste, señora

 

Bardell. No ha existido jamás persona más delicada que Dodson, señora, ni hombre más humanitario que Fogg. Era su deber, atendiendo a la marcha del negocio, tomar a usted como rehén de las costas; pero deseaban muy sinceramente hacerla sufrir lo menos posible. ¡Debe ser un gran consuelo para usted el considerar la forma en que se han hecho las cosas! Esto es Fleet, señora. Buenas noches, señora Bardell. ¡Buenas

 

 

 

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noches, Tomasito!

 

En el momento en que Jackson salía a escape en unión del hombre del garrote, otro individuo, con una llave en la mano, que había permanecido mirándoles durante el breve diálogo, condujo a la asombrada señora a un segundo tramo de escaleras que daban acceso a una galería. La señora Bardell gritó violentamente; gimió Tomasito; encogióse en sí misma la señora Cluppins, y salió a buen paso la señora Sanders. Porque allí estaba el ofendido Mr. Pickwick, tomando su nocturna ración de aire, y a su lado veía a Samuel Weller, el cual no bien percibió a la señora Bardell, se quitó el sombrero con burlona cortesía, en tanto que su amo, indignado, volvía la espalda a la señora.

 

—No moleste a la mujer —dijo el vigilante a Weller—; acaba de entrar. —¡Prisionera! —dijo Sam, calándose el sombrero a toda prisa—. ¿Quién es el

demandante? ¿Por qué? Hable usted, amigo.

 

—Dodson y Fogg —respondió el hombre—; ejecución sobre cognovit por costas. —¿Eh? ¡Job! ¡Job! —gritó Sam, precipitándose a la galería—. Corra en busca de Perker, Job. Lo necesito inmediatamente. Me parece que la cosa se pone bien. Puede

 

dar juego. ¡Hurra! ¿Dónde está el amo?

 

Pero nadie respondió a su llamamiento, porque Job había partido como alma que lleva el diablo no bien recibió su comisión, y la señora Bardell se había desmayado, vencida por una sincera angustia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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47.    En el que se habla principalmente de negocios y de la fugaz victoria de Dodson y Fogg. Mr. Winkle reaparece en circunstancias extraordinarias. La bondad de Mr.

 

Pickwick triunfa de su obstinación

 

 

Sin moderar su velocidad lo más mínimo, subió Job Trotter toda Holborn; unas veces iba por el arroyo; otras, por la acera; en algunos momentos marchó por la cuneta, según variaban las circunstancias y según las dificultades que ofrecían los hombres, las mujeres, los niños y los coches que transitaban por las diferentes zonas de la vía; indiferente a todos los obstáculos, no se detuvo un instante hasta llegar a la verja de Gray's Inn. No obstante la presteza derrochada, la verja habíase cerrado media hora antes de su llegada, y cuando le fue posible descubrir a la lavandera de Mr. Perker, que vivía con una hija casada, la cual había concedido su mano a un camarero que ocupaba una habitación en una calle cercana a una cervecería situada a la espalda del callejón de Gray's Inn, sólo faltaba un cuarto de hora para que se cerrase la prisión. Mr. Lowten aún tenía que ser exhumado del fondo de La Urraca, y aún no había acabado de lograrlo Job y de comunicarle el mensaje de Sam Weller, cuando dieron las diez.

 

—Hombre —dijo Lowten—, es muy tarde ya. No puede usted entrar esta noche; ha tomado usted la llave de la calle, mi amigo.

 

—No se preocupe de mí —repuso Job—. Yo duermo en cualquier sitio. ¿Pero no será mejor ver esta noche a Mr. Perker, para que mañana estuviera allí a primera hora?

 

—Mire usted —respondió Lowten, después de meditar un instante—: si se tratase de otra persona cualquiera, no le gustaría a Mr. Perker que fuera yo a su casa; pero como es Mr. Pickwick, creo que puedo atreverme a tomar un coche y dirigirme a la oficina.

 

Tomando este partido, requirió su sombrero Mr. Lowten y, suplicando a la concurrencia que nombrara a otro para que le sustituyera en la presidencia durante su ausencia temporal, encaminóse al punto más próximo. Llamó al cochero cuya apariencia estimó más aceptable y le dijo que parase en Montague Place, Russell Square.

 

Mr. Perker había tenido convite aquel día, según testimoniaban las luces que se advertían en las ventanas del salón, los sones de un gran piano perfeccionado y los de una voz perfeccionable que salía del gabinete, a más de un fuerte olor a carne asada que invadía la escalera y el vestíbulo. Era que un par de agentes de provincia habían coincidido en venir a la ciudad y se había dispuesto una pequeña fiesta en su obsequio. La concurrencia componíanla, además de Mr. Snicks, secretario de la

 

 

 

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oficina de Seguros, Mr. Prosee, el eminente consejero; tres procuradores; un comisario de quiebras; un abogado del Temple; un diligente jovencito de ojos diminutos, discípulo del anterior, que había escrito un ameno tratado sobre la ley de Sucesiones, con profusión de notas marginales y de citas, y otros varios eminentes y distinguidos personajes. Destacóse Mr. Perker de esta agradable sociedad al anunciársele, por lo bajo, la llegada de su pasante, y, dirigiéndose al comedor, halló a Mr. Lowten y a Job Trotter envueltos en las sombras y tinieblas que sobre ellos proyectaba la luz de una vela de cocina que el caballero que se avenía a desempeñar funciones de ordenanza, con pantalones de terciopelo, por un reducido estipendio, había colocado sobre la mesa, influido por el vivo menosprecio que le inspiraba el pasante y todo cuanto con la oficina se relacionaba.

 

—¡Hola, Lowten! —dijo el pequeño Mr. Perker, cerrando la puerta—. ¿Qué hay?

 

¿Ha venido alguna carta importante en el paquete?

 

—No, sir —respondió Lowten—. Es un enviado de Mr. Pickwick, sir.

 

—De Mr. Pickwick, ¿eh? —dijo el hombrecito, volviéndose rápidamente hacia Job—. Bien. ¿Qué es ello...

 

—Dodson y Fogg han hecho arrestar a la señora Bardell por las costas, sir —dijo Job.

 

—¿Es posible? —exclamó Perker, metiéndose las manos en los bolsillos y apoyándose en el aparador.

 

—Sí —repuso Job—. Parece que le cogieron un cognovit por el importe de ellas, inmediatamente después de la vista.

 

—¡Anda, morena! —dijo Perker, sacándose las manos de los bolsillos y golpeándose la palma de la mano izquierda con los nudillos de la derecha—. ¡Son los tíos más listos que he topado en mi vida!

 

—Los profesionales más hábiles que he conocido, sir —observó Lowten.

 

—¡Hábiles! —repitió Perker—. No hay manera de pillarles.

 

—Es verdad, sir, no la hay —replicó Lowten.

 

Y jefe y pasante miráronse maravillados por espacio de algunos segundos, con semblantes estupefactos, cual si se tratase de uno de los más ingeniosos y bellos descubrimientos debidos al humano intelecto. Cuando se hubieron recobrado en cierto modo del pasmo, desembuchó Job Trotter el resto de su comisión. Perker movió la cabeza pensativo y sacó el reloj.

 

—A las diez en punto allí estaré —dijo el hombrecito—. Sam tiene razón. Dígaselo. ¿Quiere usted un vaso de vino, Lowten?

 

—No, gracias, sir.

 

—Querrá usted decir que sí —dijo el hombrecito, volviéndose hacia el aparador por la jarra y los vasos.

 

Como Lowten quería decir que sí, no hizo manifestación alguna acerca del

 

 

 

 

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asunto, y limitóse a preguntar a Job, en perceptible murmullo, si el retrato de Perker que colgaba del testero opuesto a la chimenea no era de un parecido admirable; a lo cual replicó Job, por supuesto, que pensaba lo mismo. Escanciado el vino, bebió Lowten a la salud de la señora Perker y de los niños, y Job en honor de Perker. No considerando el de los pantalones de peluche comprendida entre sus obligaciones la de acompañar a los que salían de la oficina, estimó procedente no acudir al campanillazo, y salieron los visitantes por sí solos. Volvió el procurador a la sala; a La Urraca, el pasante, y encaminóse Job al mercado de Covent Garden, para pasar la noche en una cesta de verduras.

 

En punto de la hora señalada llamaba el risueño procurador, a la mañana siguiente, en la puerta de Mr. Pickwick, que se abrió, con gran alegría, por Sam Weller.

 

—Mr. Perker, sir —dijo Sam, anunciando al visitante a Mr. Pickwick, que estaba sentado junto a la ventana en actitud pensativa—. Me alegro muchísimo de que la casualidad le haya hecho venir, sir. Precisamente creo que el amo tiene que decirle algo, sir.

 

Dirigió Perker a Sam una mirada de inteligencia, reveladora de darse por enterado de que no debía decir que había sido llamado, e indicándole que se aproximase murmuró algunas palabras en su oído.

 

—¿Pero es posible, sir? —dijo Sam, retrocediendo bruscamente, lleno de sorpresa.

 

Perker sonrió, asintiendo.

 

Miró Samuel Weller al procuradorcito; luego, a Mr. Pickwick, al techo, a Perker otra vez; sonrió, rió francamente y, por último, tomando su sombrero, que yacía sobre la alfombra, desapareció sin decir palabra.

 

—¿Qué significa esto? —preguntó Mr. Pickwick, mirando con asombro a Perker

 

—. ¿Qué es lo que le ha puesto a Sam en ese estado?

 

—¡Oh, nada, nada! —respondió Perker—. Vamos, mi querido señor, acerque su

 

silla a la mesa. Tengo una porción de cosas que decirle.

 

—¿Qué papeles son ésos? —inquirió Mr. Pickwick, fijándose en el legajo, atado con balduque, que depositaba en la mesa el hombrecito.

 

—Los papeles del proceso Bardell—Pickwick —contestó Perker, deshaciendo el nudo con los dientes.

 

Mr. Pickwick hizo rechinar su silla contra el suelo, y, dejándose caer en ella, cruzó sus manos y adoptó un severo continente, si la severidad cabía en Mr. Pickwick, mirando a su jurídico amigo.

 

—¿No le agrada oír el nombre de la causa? —dijo el hombrecito en plena tarea de deshacer el nudo.

 

—No, no me agrada —replicó Mr. Pickwick.

 

 

 

 

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—Lo siento —continuó Perker—, porque va a ser el tema de nuestra conversación.

 

—Yo desearía que ese tema no volviera a mentarse jamás entre nosotros, Perker —le atajó Mr. Pickwick.

 

—¡Bah, bah, mi querido señor! —dijo el hombrecito, desatando el legajo y mirando afanosamente a Mr. Pickwick con el rabillo del ojo—. Pues hay que mentarlo. No he venido más que a eso. Vamos a ver: ¿está usted dispuesto a oír lo que tengo que decirle, mi querido señor? No hay prisa; si no lo está usted, esperaré. Aquí tengo un periódico de la mañana. Hasta cuando usted quiera. ¡Ajajá!

 

Y diciendo esto, cruzó las piernas el hombrecito e hizo ademán de ponerse a leer con toda atención.

 

—Bien, bien —dijo Mr. Pickwick suspirando, pero fundiendo su severidad en una sonrisa—. Diga usted lo que tiene que decirme; será la vieja historia, me la figuro.

 

—Con una diferencia, mi querido señor, con una diferencia —repuso Perker, plegando el periódico con gran parsimonia y metiéndoselo en el bolsillo—. La señora Bardell, la demandante en la querella, se halla entre estos muros, sir.

 

—Ya lo sé —fue la respuesta de Mr. Pickwick.

 

—Perfectamente —repuso Perker—. Y también sabe usted, supongo, cómo ha venido aquí; quiero decir en qué calidad y a instancia de quién.

 

—Sí, al menos he oído lo que me ha contado Sam sobre el asunto —dijo Mr.

 

Pickwick con afectada indiferencia.

 

—La versión de Sam —replicó Perker— me atrevo a decir que es perfectamente correcta. Bien. Pues ahora, mi querido señor, lo primero que tengo que preguntarle es si esa mujer va a quedarse aquí.

 

—¡Quedarse aquí! —repitió Mr. Pickwick.

 

—Quedarse aquí, mi querido señor —insistió Perker, retrepándose en la silla y mirando con fijeza a su cliente.

 

—¿Cómo me pregunta usted a mí eso? —dijo Mr. Pickwick—. Eso es cosa de Dodson y Fogg; bien lo sabe usted.

 

—Yo no sé nada de eso —repuso con firmeza Perker—. Ésa no es incumbencia de Dodson y Fogg; usted conoce a esos caballeros, mi querido señor, tan bien como yo. Es asunto que concierne única y exclusivamente a usted.

 

—¡A mí! —exclamó Mr. Pickwick, levantándose nerviosamente de la silla y volviendo a sentarse inmediatamente.

 

Dio el hombrecito un golpe en el borde de su tabaquera, la abrió, tomó un buen pellizco, cerróla de nuevo y repitió las palabras «A usted».

 

—Lo que yo digo, mi querido señor —continuó el hombrecito, que parecía cobrar seguridad en sí mismo a medida que tomaba rapé—, lo que yo digo es que su inmediata liberación o su reclusión perpetua dependen de usted, y de nadie más que

 

 

 

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de usted. Óigame, mi querido señor, si quiere, y no se excite de esa manera, porque eso le hará sudar, y no le conviene en modo alguno. Lo que yo digo —continuó Perker, adscribiendo a cada uno de sus dedos una afirmación, a medida que las iba produciendo—, lo que yo digo es que nadie sino usted puede rescatarla de este tugurio de infamia, y que usted sólo puede hacer esto pagando las costas, tanto las de usted como las de la demandante, poniendo ese dinero en las manos de los dos granujas de Freeman. Pero cálmese, mi querido señor.

 

Mr. Pickwick, cuyo rostro había experimentado los más notables y profundos cambios de expresión durante esta perorata, y que se hallaba indudablemente a punto de reventar de indignación, moderó su rabia en la forma que pudo. Perker reforzó su argumentación con otro pellizco de rapé y prosiguió:

 

—He visto a la mujer esta mañana. Pagando las costas puede usted obtener una renuncia plena de su indemnización, y, además, lo que estimo constituye para usted, mi querido señor, la finalidad más importante, una afirmación espontánea y libre, firmada por ella, en forma de una carta a mí, de que este negocio fue desde el primer momento tramado, fomentado y llevado a cabo por Dodson y Fogg; de que ella lamenta profundamente haber sido el instrumento de que se han valido para ofender e injuriar a usted, y de que ella me suplica interceda con usted e implore su perdón.

 

—Si yo pago sus costas —dijo indignado Mr. Pickwick—. ¡Vaya un documento valioso!

 

—No hay si que valga, mi querido señor —dijo, triunfante, Perker—. Aquí está la carta de que hablo. Llegó a mi oficina a las nueve de la mañana, antes de que yo pusiera el pie en este establecimiento o tuviese comunicación alguna con la señora Bardell, mi palabra de honor.

 

Tomando la carta de entre los documentos que había en el legajo, exhibióla el procurador a Mr. Pickwick, y durante dos minutos consecutivos estuvo tomando tabaco sin pestañear.

 

—¿Eso es todo lo que tiene usted que decirme? —preguntó dulcemente Mr.

 

Pickwick.

 

—No todo —replicó Perker—. No me atrevo a asegurar en este momento si el texto del cognovit, si la forma en que se ha llevado esta parte del proceso ni si las pruebas que podamos obtener acerca del detalle del procedimiento serían suficientes para fundamentar una querella por conspiración. Presumo que no, mi querido señor, son demasiado listos para eso. Creo, sí, que los hechos, en conjunto, han de proporcionar elementos para rehabilitar a usted en el concepto de todas las personas razonables. Y ahora, mi querido señor, voy a hacerle una consideración. Estas ciento cincuenta libras, o las que sean, hablando en números redondos, no son nada para usted. Contra usted se ha pronunciado un jurado. Bueno. Su veredicto es injusto; pero ellos lo estimaron correcto, y es desfavorable a usted. A usted se le presenta una

 

 

 

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oportunidad, facilísima, para colocarse en una posición mucho más airosa de lo que podría lograr permaneciendo aquí; lo cual se atribuiría por aquellos que no le conocen a malicia rencorosa, a perversidad o a brutal testarudez; a otra cosa, no, mi querido señor, créame. ¿Puede usted vacilar en aprovechar una ocasión que ha de restituirle a sus amigos y habituales ocupaciones, al disfrute de su salud y a las expansiones naturales, cuando puede libertar a su fiel y adicto criado, quien, de otra suerte, se vería condenado a prisión hasta el fin de los días de usted, y, sobre todo, cuando le proporciona a usted el medio de tomar una venganza magnánima, que es, a no dudarlo, mi querido señor, su deseo sincero, sacando a esta mujer de un ambiente de miseria y desorden, en el que no se haría entrar a ningún hombre, si estuviera en mi voluntad, pero que tratándose de una mujer, resulta mucho más bárbaro y espantoso? Ahora yo le pregunto, mi querido señor, no sólo como su consejero legal, sino como amigo verdadero: ¿Quiere usted desperdiciar la ocasión de alcanzar todos estos fines y de hacer todos estos bienes por la mezquina consideración de que unas cuantas libras vayan a parar a los bolsillos de un par de canallas, a quienes no rinde provecho alguno, puesto que, si más ganan, más se afanan por ganar, y que, satisfaciendo su desmedida codicia, puede ocurrir que, guiados por su ciego afán de lucro, acaben por caer en una trampa, alcanzando un fin desastroso? Hago a usted estas reflexiones, mi querido señor, torpes y desaliñadas, pero en las que le invito a meditar. Piense en ellas todo el tiempo que le plazca. Yo espero aquí tranquilamente su respuesta.

 

—¡Caramba, caramba! —exclamó Mr. Pickwick, a quien había logrado conmover la invocación de su amigo—. ¡Qué ruido hay en esa puerta! ¿Quién es?

 

—Soy yo, sir —replicó Sam Weller, asomando la cabeza.

 

—No puedo hablar contigo ahora, Sam —dijo Mr. Pickwick—. En este momento estoy ocupado, Sam.

 

—Dispénseme, sir —repuso Mr. Weller—; pero hay aquí una señora, sir, que dice tener que revelarle algo muy importante.

 

—No puedo recibir a ninguna señora —replicó Mr. Pickwick, cuya mente se hallaba invadida por enojosas visiones de la señora Bardell.

 

—No estoy yo muy seguro de eso, sir —insistió Mr. Weller, sacudiendo la cabeza

 

—. Si usted supiera quién está aquí, sir, me parece que cambiaría de parecer, como se dijo a sí mismo el milano con alegre risa al oír cantar al petirrojo que volaba a su alrededor.

 

—¿Quién es? —inquirió Mr. Pickwick.

 

—¿Quiere usted verla, sir? —preguntó Mr. Weller, sujetando la puerta con la mano, como si al otro lado de ella se escondiese algún animal curioso.

—Claro que quiero —dijo Mr. Pickwick, consultando a Mr. Perker.

 

—Bien. ¡Entonces, a empezar! —gritó Sam—. Suene la trompeta, levantad la cortina y que entren los dos conspiradores. Diciendo esto Sam Weller, abrió la puerta

 

 

 

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del todo, y precipitóse en la estancia Mr. Nathaniel Winkle, llevando de la mano a la misma señorita que en Dingley Dell llevaba las botas con vueltas de piel, y que ahora, animada por los rubores y la confusión, con su vestido de seda lila, elegante sombrero y lujoso lazo de terciopelo, aparecía más linda que nunca.

 

—¡Miss Arabella Allen! —exclamó Mr. Pickwick, levantándose de la silla.

 

—No —replicó Mr. Winkle, cayendo de hinojos—, señora Winkle. ¡Perdón, mi querido amigo, perdón!

 

Apenas si se atrevió Mr. Pickwick a dar crédito a sus sentidos, y tal vez no lo hiciera a no ser por el testimonio corroborante que le ofrecían el rostro sonriente de Perker y la presencia corporal de Sam y de la guapa doncellita, que parecían contemplar los sucesos con la más viva satisfacción.

 

—¡Oh, Mr. Pickwick! —dijo Arabella en voz baja, como sobrecogida por el silencio—. ¿Perdonará usted mi imprudencia?

 

No concedió Mr. Pickwick respuesta verbal a esta apelación; pero, quitándose los lentes a toda prisa y tomando las manos de la joven, las besó gran número de veces —tal vez muchas más de las necesarias—, y conservando luego entre las suyas una de las de la joven, dijo a Mr. Winkle que era un audaz ladronzuelo y le suplicó que se levantara. Mr. Winkle, que había permanecido unos segundos acariciándose la nariz con el ala del sombrero, en actitud penitente, accedió al cabo, después de lo cual le dio Mr. Pickwick varios espaldarazos y cambió un cordial apretón de manos con Perker, quien, para no quedarse atrás en los cumplimientos propios de la ocasión, saludó a la novia y a la linda doncellita, y luego de estrechar cordialmente la mano de Mr. Winkle, remató sus demostraciones de júbilo administrándose una dosis de rapé capaz de hacer estornudar toda la vida a media docena de hombres de narices normalmente construidas.

 

—Vaya, querida niña —dijo Mr. Pickwick—, ¿cómo ha sido esto? ¡Vamos a ver! Siéntese y cuéntemelo todo.

 

—¡Qué bien está!, ¿verdad, Perker? —añadió Mr. Pickwick, contemplando el rostro de Arabella con el mismo orgullo que si se hubiera tratado de su propia hija.

 

—Deliciosa, mi querido señor —replicó el hombrecito—. Si yo no fuera casado, no vacilaría en envidiarle, granuja.

 

Y diciendo esto, el diminuto procurador dio un golpe en el pecho de Mr. Winkle, quien al punto se lo devolvió. Después se echaron a reír los dos con todas sus ganas, aunque no con tantas como Samuel Weller, el cual había calmado sus emociones besando a la linda doncellita guareciéndose tras la puerta de la alacena.

 

—Nunca se lo agradeceré bastante, Sam —dijo Arabella con la más dulce sonrisa imaginable—. No podré olvidar jamás sus trabajos en el jardín de Clifton.

 

—No diga usted eso, señora —replicó Sam—. No hice más que ayudar a la Naturaleza, señora, como dijo el médico a la madre del chico después de matarle de

 

 

 

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una sangría.

 

—María querida, siéntate —dijo Mr. Pickwick, cortando bruscamente estos cumplimientos—. Y ahora decidme: ¿cuánto tiempo hace que se han casado?

Miró Arabella tímidamente a su amo y señor y respondió:

 

—Tres días solamente.

 

—Nada más que tres días, ¿eh? —dijo Mr. Pickwick—. Pues entonces, ¿qué es lo que han hecho en estos tres meses?

 

—¡Ah, eso es! —interrumpió Perker—. ¡Vamos! Justificación del abandono. Ya ven ustedes que lo que le asombra a Mr. Pickwick es que no lo hayan hecho hace varios meses.

 

—Pues ha consistido —repuso Mr. Winkle, mirando a su ruborizada esposa— en que tardé mucho tiempo en lograr convencer a Bella, y después de convencerla, tuvimos que esperar la oportunidad. María tenía que despedirse con un mes de anticipación de la casa de al lado, y no podíamos hacer nada sin su ayuda.

 

—A fe mía —exclamó Mr. Pickwick, que ya se había puesto los lentes y que paseaba su mirada de Arabella a Winkle y de Winkle a Arabella, con todo el alborozo que pueden infundir en un semblante la bondad y la ternura—, a fe mía que ha llevado usted las cosas con prudencia y método. ¿Y está enterado su hermano de todo esto, querida?

 

—¡Ah, no, no! —repuso Arabella, cambiando de color—. Querido Mr. Pickwick, él debe saberlo por usted solamente, sólo de sus labios. Es tan violento, tan maniático, y se ha interesado tanto..., tanto, por su amigo Mr. Sawyer —añadió Arabella, mirando al suelo—, que temo consecuencias espantosas.

 

—¡Ah!, ciertamente —dijo gravemente Perker—. Este asunto tiene usted que ventilárselo, mi querido señor. Esos muchachos han de respetar a usted más que a otro cualquiera, y han de escucharle lo que a nadie consentirían. No tiene usted más remedio que evitar el posible disgusto.

 

Y tomando el hombrecito una previsora dedada de rapé, sacudió su cabeza en ademán dubitativo.

 

—Pero usted olvida, amor mío —dijo Mr. Pickwick dulcemente—, que yo soy un prisionero.

 

—No, no, amigo querido —replicó Arabella—. No lo he olvidado un solo instante. No he dejado nunca de pensar en los sinsabores que habrá usted pasado en este lugar miserable y grosero. Pero siempre esperé que lo que no hiciera usted por sí mismo no dejaría de llevarlo a cabo mirando a nuestra felicidad. Si mi hermano llega a saber esto, en primer término, por usted, estoy segura de que podremos reconciliarnos. Es mi única familia en el mundo. Mr. Pickwick; y si usted no intercede por mí, creo que le pierdo. He procedido mal, muy mal, yo lo comprendo.

 

Y al llegar a este punto escondió la cara en el pañuelo la pobre Arabella y lloró

 

 

 

 

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amargamente.

 

Estas lágrimas conmovieron bastante la sensibilidad de Mr. Pickwick; pero al ver cómo Mr. Winkle enjugaba los ojos de su esposa y la mimaba y tranquilizaba con las más dulces inflexiones de su más dulce voz, experimentó extraordinaria inquietud y denotó la más visible indecisión, que se evidenciaba por las nerviosas frotaciones a que sometió a sus anteojos, su nariz, sus pantalones, su cabeza y sus polainas.

 

Aprovechando la ventaja de estos síntomas de perplejidad, Mr. Perker —a quien parecía haber visitado aquella mañana el joven matrimonio— arguyó con legal táctica y sutil marrullería que Mr. Winkle padre ignoraba el importante paso dado por su hijo; que las futuras esperanzas del referido hijo cifrábanse exclusivamente en que el mencionado Mr. Winkle padre continuara mirándole con la ternura y el afecto de siempre, cosa que era improbable si se le conservaba por largo tiempo en el secreto de este gran acontecimiento; que si Mr. Pickwick se dirigía a Bristol en busca de Mr. Allen, debía, con igual razón, dirigirse a Birmingham para avistarse con Mr. Winkle padre; finalmente, que Mr. Winkle padre tenía derecho y justo título para considerar, en cierto modo, a Mr. Pickwick como guardián y consejero de su hijo, y que, en consecuencia, incumbía a este señor, y le correspondía en calidad de tal, la misión de dar cuenta al susodicho Winkle padre, personal y verbalmente, de todas las circunstancias relativas al caso, así como de la parte que él mismo había tenido en el convenio.

 

Mr. Tupman y Mr. Snodgrass llegaron con la mayor oportunidad en aquel momento del debate, y como fuera necesario ponerles al tanto de lo ocurrido, con todos los pros y los contras, volvieron a formularse todos los argumentos, en cuya exposición arguyó cada cual según su estilo propio y peculiar amplitud. Por fin, Mr. Pickwick, hábilmente discutido y disuadido, hasta el punto de hacerle salirse de todas sus resoluciones, y en riesgo inminente de salirse de quicio, estrechó a Arabella en sus brazos, y, declarando que era una adorable criatura y que sin saber por qué la había amado desde el primer momento, dijo que no hallaba en su propio corazón motivo para atravesarse en el camino de la dicha de aquellos jóvenes y que podían hacer de él lo que quisieran.

 

El primer acto de Sam Weller, al oír esta concesión, fue despachar a Job Trotter en busca del ilustre Mr. Pell, con autorización para que entregase al portador la redención legalizada que su prudente padre había tenido la previsión de depositar en manos del docto caballero para el caso de que fuera requerida en cualquier momento y circunstancia. La segunda determinación que tomó fue invertir su entera disponibilidad de numerario en la adquisición de veinticinco galones de cerveza, que distribuyó por sí mismo en el patio a cuantos tuvieron a bien participar de ella; gritó luego diversos ¡hurras! en diversas regiones del establecimiento, hasta quedarse afónico, y, por último, se restituyó tranquilamente a su habitual y filosófica

 

 

 

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compostura.

 

A las tres de aquella tarde echó una última ojeada Mr. Pickwick a su pequeña estancia, y salió como pudo por entre la muchedumbre de deudores, que ávidamente se agolpaban en torno para estrecharle la mano, hasta alcanzar la escalera de la portería. Volvióse allí para mirar en derredor, e ilumináronse sus ojos con resplandor vivísimo. Entre la multitud de escuálidos y depauperados rostros, ni uno solo descubríase en que no alentasen el efecto y la simpatía hacia él.

 

—¡Perker! —dijo Mr. Pickwick, llamando a un joven para que se le acercara—.

 

Éste es Mr. Jingle, de quien ya le he hablado.

 

—Muy bien, mi querido señor —replicó Perker, mirando al joven con fijeza—. Mañana me avistaré con usted... Espero que en lo sucesivo sólo vivirá para agradecer profundamente lo que he de comunicarle, sir.

 

Inclinóse respetuosamente Jingle. Viósele temblar al estrechar la mano de Mr.

 

Pickwick, y se retiró.

 

—A Job ya le conoce, creo —dijo Mr. Pickwick, mostrándoselo.

 

—Conozco a este pícaro —repuso Perker, con gesto risueño—. Cuide a su amigo y haga por verme mañana a la una. ¿Lo oye usted? ¿Hay algo más?

—Nada —respondió Mr. Pickwick—. ¿Has entregado el paquetito que te di para tu antiguo patrón, Sam?

 

—Se lo he entregado, sir —replicó Sam—. Se echó a llorar, sir, y dijo que era usted muy generoso y caritativo y que sólo deseaba que le inoculase usted una consunción galopante, porque se ha muerto el amigo con quien ha vivido aquí tanto tiempo y no podrá encontrar otro como él.

 

—¡Pobre hombre, pobre hombre! —dijo Mr. Pickwick—. Amigos míos, que Dios les bendiga.

 

Al pronunciar Mr. Pickwick este adiós, rompió la muchedumbre en una ruidosa aclamación. Muchos se esforzaban por abrirse paso para estrecharle de nuevo la mano, cuando, cogiéndose del brazo de Perker, abandonaba rápidamente la cárcel, bastante más triste y apenado que al entrar. ¡Cuántos desventurados, ay, no dejaba a su espalda!

 

Dichosa y grata fue aquella tarde para algunos, al menos, de los huéspedes de Jorge y el Buitre, y bien contentos y animosos sintiéronse dos de los corazones que salieron a la mañana siguiente de aquella puerta hospitalaria. Los poseedores de ellos eran Mr. Pickwick y Sam Weller, el primero de los cuales fue cómodamente instalado en una posta, en cuyo reducido asiento posterior montó el segundo con gran agilidad.

 

—¡Sir! —gritó Mr. Weller a su amo.

 

—¿Qué hay, Sam? —respondió Mr. Pickwick, sacando la cabeza por la ventanilla.

 

—Ojalá que estos caballos se hubieran pasado tres meses largos en Fleet.

 

 

 

 

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—¿Por qué, Sam? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—Caramba, sir —exclamó Mr. Weller, frotándose las manos—. Porque ¡qué bien correrían ahora!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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48.    En el que se relata cómo Mr. Pickwick intentó, con la ayuda de Sam Weller, ablandar el corazón de Mr.

 

Benjamín Allen y aplacar la cólera de Mr. BobSawyer

 

 

Mr. Ben Allen y Mr. Bob Sawyer, sentados en el reducido gabinete quirúrgico contiguo a la rebotica, discutiendo mano a mano un salpicón de vaca y sus esperanzas para el futuro, llevaron la conversación hacia el negocio tomado en traspaso por el mencionado Bob y hacia las probabilidades que, de lograr una situación independiente, podría ofrecerle la honrosa profesión que había abrazado.

 

—... Las cuales, en mi concepto —observó Mr. Bob Sawyer, reanudando el tema del diálogo—, las cuales, en mi concepto, Ben, son un tanto dudosas.

—¿Qué es lo dudoso? —inquirió Mr. Ben Allen, al tiempo que aguzaba su intelecto con un trago de cerveza—. ¿Qué es lo dudoso?

 

—Hombre, las probabilidades —respondió Mr. Bob Sawyer.

 

—¡Ah, no me acordaba! —dijo Ben Allen—. La cerveza me ha refrescado la memoria... Sí, son dudosas.

 

—Es maravilloso lo que me protege esta gente pobre —dijo Bob Sawyer con acento reflexivo—. Me llaman a cualquier hora de la noche; toman las medicinas en una cantidad inconcebible; se plantan los vejigatorios y las sanguijuelas con una perseverancia digna de mejor causa; multiplican sus familias de una manera espeluznante. ¡Y seis pagarés de ésos, que vencen el mismo día, Ben, todos confiados a mi cuidado!

 

—¿Es muy halagüeño, verdad? —dijo Mr. Ben Allen, levantando el plato en demanda de una nueva ración de salpicón.

 

—¡Oh!, muchísimo —replicó Bob—; pero lo sería mucho más la confianza de unos cuantos enfermos que pudieran desprenderse de unos chelines. El negocio se describía admirablemente en el anuncio, Ben. Es una clientela, una extensa clientela... y nada más.

 

—Bob —dijo Mr. Ben Allen, dejando cuchillo y tenedor y clavando los ojos en la cara de su amigo—, Bob, te voy a decir una cosa.

 

—¿Qué es ello? —preguntó Mr. Bob Sawyer.

 

—Es preciso que te hagas cuanto antes con las mil libras de Arabella.

 

—Tres por ciento consolidado, que ahora están a su nombre en el libro Mayor del Banco de Inglaterra —añadió Bob Sawyer en estilo legal.

 

—Exactamente —dijo Ben—. Ella ha de entrar en posesión de ellas a su mayor edad o al casarse. Le falta un año para la mayor edad, y si tú te dieras maña, te casarías con ella antes de un mes.

 

—Es una criatura encantadora y deliciosa —observó Mr. Sawyer a guisa de réplica—, y no tiene más que un defecto, que yo sepa. Ocurre, por desgracia, que

 

 

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carece de gusto... No gusta de mí.

 

—Lo que yo pienso es que no sabe lo que le gusta —dijo Mr. Ben Allen desdeñosamente.

 

—Puede ser —arguyó Mr. Bob Sawyer—. Pero mi opinión es que sabe lo que no le gusta, y eso es lo más grave del caso.

 

—Quisiera —dijo Mr. Ben Allen, apretando los dientes y expresándose más como furioso guerrero que se alimenta con carne cruda de lobo, que desmenuza con sus dedos, que como pacífico caballero, que come salpicón de vaca con tenedor y cuchillo—, quisiera saber si algún granuja ha intentado apoderarse de su cariño. Creo que le asesinaba, Bob.

 

—Yo le metería una bala si me lo encontrara —dijo Mr. Sawyer, interrumpiendo un interminable trago de cerveza y mirando fieramente por encima del vaso—. Y si con eso no le despachaba, le mataba al extraérsela.

 

Contempló Mr. Benjamín Allen, abstraído, a su amigo, por espacio de algunos minutos, en silencio, y luego dijo:

 

—¿No se lo has propuesto nunca, so pánfilo?

 

—No, porque vi que no hubiera adelantado nada —replicó Mr. Bob Sawyer. —Pues has de hacerlo antes de veinticuatro horas —repuso Ben con desesperada

 

calma—. Te aceptará, o veremos lo que pasa. Haré valer mi autoridad.

 

—Bien —dijo Mr. Bob Sawyer—.Allá veremos.

 

—Allá veremos, amigo —replicó Mr. Ben Allen con dureza. Calló unos momentos, y añadió con voz entrecortada por la emoción:

 

—Tú la amas desde niña, amigo mío. La amas desde que estabais juntos en la escuela, y ya entonces se mostraba esquiva y desdeñaba tus tiernas afecciones. ¿Recuerdas con cuánto afán le suplicaste que aceptara dos pastas de anís y una dulce manzana, cuidadosamente envuelta en un cartucho formado con la hoja de un cuaderno?

 

—Sí que lo recuerdo —replicó Bob Sawyer.

 

—¿Lo despreció, verdad? —dijo Ben Allen.

 

—Sí —repuso Bob—. Me dijo que había yo tenido guardada tanto tiempo la manzana en el bolsillo de mi pantalón, que estaba atroz de caliente.

 

—Me acuerdo —dijo Mr. Allen con desconsuelo—. Y entonces nos la comimos entre los dos a mordiscos alternativos.

 

Manifestó Bob Sawyer, por un fruncimiento melancólico, acordarse de la aludida circunstancia, y ambos amigos quedáronse absortos unos momentos en sus propias meditaciones.

 

Mientras se cruzaban estas observaciones entre Mr. Bob Sawyer y Mr. Benjamín Allen, y mientras el chico de librea gris, intrigado por la desacostumbrada prolongación de la comida, lanzaba ansiosas miradas de cuando en cuando hacia la

 

 

 

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puerta de cristales, embargado por internos presentimientos relacionados con la porción de salpicón que podría quedar para su consumo individual, rodaba pausadamente por las calles de Bristol un coche particular, pintado de verde melancólico, tirado por un macilento alazán y guiado por un hombre de rostro malhumorado, con las piernas revestidas en guisa de lacayo y el cuerpo al estilo de cochero. Tales apariencias son comunes en muchos vehículos pertenecientes a viejas señoras de costumbres económicas; y en este vehículo iba sentada una anciana, que era la dueña y propietaria del carruaje.

 

—¡Martin! —dijo la vieja, llamando al adusto cochero por la ventanilla del frente.

 

—¿Mande? —dijo el adusto cochero, saludando a la anciana.

 

—A casa de Mr. Sawyer —dijo la vieja.

 

—Allí voy —dijo el hombre.

 

La señora movió la cabeza en señal de la satisfacción que le producía la previsión con que aquel hombre se anticipaba a sus deseos, y, dando el cochero un suave fustazo al jamelgo, dirigiéronse todos a casa de Mr. Bob Sawyer.

 

—¡Martin! —dijo la vieja dama al pararse el coche a la puerta de Mr. Bob Sawyer, antes Nockemorf.

 

—¿Mande? —dijo Martin.

 

—Di al chico que salga y tenga cuidado del caballo.

 

—Yo mismo lo cuidaré —dijo Martin, dejando el látigo en el techo del carruaje. —Eso no lo permito de ninguna manera —dijo la anciana— Su testimonio ha de

 

ser muy importante, y es preciso que entre usted en la casa conmigo. No puede usted moverse de mi lado en toda la entrevista. ¿Oye usted?

 

—Oigo —replicó Martin.

 

—Bien. ¿Por qué se queda usted parado?

 

—Por nada —replicó Martin.

 

Y diciendo esto el adusto cochero, apeóse parsimoniosamente de la rueda sobre la cual estaba de puntillas, y después de llamar al chico de librea gris abrió la portezuela, bajó el estribo, e introduciendo una mano envuelta en oscuro guante de gamuza, extrajo a la anciana con la misma indiferencia que si se hubiera tratado de un paquete de ropa.

 

—¡Dios mío! —exclamó la anciana—. Estoy tan agitada, ahora que he llegado, Martin, que no hago más que temblar.

 

Tosió Mr. Martin, tapándose la boca con el oscuro guante de gamuza, sin hacer manifestación alguna; así es que la vieja, tratando de calmarse, subió apresuradamente la escalera de Mr. Bob Sawyer, seguida de Mr. Martin. No bien entró la vieja en la tienda, Mr. Benjamín Allen y Mr. Bob Sawyer, que habían escondido los licores y el agua y esparcido nauseabundas drogas para disimular el olor del tabaco, salieron a su encuentro, transportados de gozo y solicitud.

 

 

 

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—¡Mi querida tía! —exclamó Mr. Ben Allen—. ¡Qué buena es usted al ocuparse de nosotros! Mr. Sawyer, tía; mi amigo Mr. Bob Sawyer, de quien te he hablado, refiriéndome... ya sabes, tía.

 

Y entonces Mr. Ben Allen, que no se hallaba en aquel momento muy fresco que digamos, añadió la palabra «Arabella» en tono que, pretendiendo ser quedo murmullo, resultó tan perceptible y distinto, que nadie pudiera haber dejado de oírlo, ni aun proponiéndoselo.

 

—Mi querido Benjamín —dijo la vieja, luchando con la sofocación y temblando de pies a cabeza—. No te alarmes, querido; pero me parece que convendría que hablase un momento a solas con Mr. Sawyer. Sólo un momento.

 

—Bob —dijo Mr. Ben Allen—, ¿quieres entrar con mi tía en la clínica?

 

—Ya lo creo —respondió Bob en la más profesional de las voces—. Pase por aquí, mi querida señora. No se asuste, señora. Lograremos aliviarla en muy poco tiempo, no lo dudo, señora. Aquí, mi querida señora. ¡Vamos a ver!

 

Y llevando Mr. Bob Sawyer de la mano a la vieja hasta una silla, cerró la puerta, acercó una silla a la señora y aguardó que se le detallaran los síntomas de alguna dolencia, en la que adivinaba una larga serie de provechos y ventajas.

 

Lo primero que hizo la anciana fue mover la cabeza muchas veces y empezar a llorar.

 

—Nerviosa —dijo Bob Sawyer en tono complacido—. Agua de alcanfor tres veces al día y poción calmante a la noche.

 

—No sé cómo empezar, Mr. Sawyer —dijo la anciana—. Tan penoso y desconsolador es.

 

—No tiene usted que empezar, señora —repuso Mr. Bob Sawyer—. Yo puedo anticiparle lo que quiere decirme. Flaquea la cabeza.

 

—Mucho me temo que sea el corazón —dijo la anciana, dejando escapar un leve gruñido.

 

—Por ahí no tenemos el menor peligro, señora —replicó Bob Sawyer—. La causa primaria radica en el estómago.

 

—¡Mr. Sawyer! —exclamó la anciana, inquieta.

 

—No hay la menor duda, señora —insistió Bob, adoptando un doctísimo continente—. Una medicación oportuna, mi querida señora, lo hubiera evitado todo.

 

—¡Mr. Sawyer! —dijo la anciana, más agitada que antes— Esta conducta acusa una gran impertinencia, tratándose de una persona que se halla en mi situación, sir, o proviene de no estar usted enterado del objeto de mi visita. Si hubiera consistido en la virtud de la medicina o si hubiera cabido alguna previsión para evitar lo ocurrido, seguramente que no hubiera vacilado en emplearlas. Mejor será que hable en seguida con mi sobrino —dijo la vieja, retorciendo indignada su bolso y poniéndose de pie.

 

—Un momento, señora —dijo Bob Sawyer—; temo no haberla entendido. ¿De

 

 

 

 

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qué se trata, señora?

 

—Mi sobrina, Mr. Sawyer —dijo la anciana—, la hermana de su amigo.

 

—Sí, señor —dijo Bob, lleno de impaciencia, porque la vieja señora, no obstante su extremada agitación, hablaba con la más tantálica parsimonia, como suelen hacer las viejas—. Sí, señora.

 

—Abandonó mi casa, Mr. Sawyer, hace tres días, so pretexto de visitar a mi hermana, otra tía suya, que regenta un gran colegio que hay al pie de la tercera piedra miliaria, junto a un enorme abeto y que tiene una verja de roble —dijo la anciana, deteniéndose en este punto para enjugarse los ojos.

 

—¡Oh, que el diablo se lleve el abeto, señora! —dijo Bob, olvidando completamente su dignidad profesional, embargado por la ansiedad—. Explíquese un poco más de prisa; dé usted un poco más de vapor, señora, tenga la bondad.

 

—Esta mañana —dijo la anciana lentamente—, esta mañana, ella... —Volvió, señora, supongo —dijo Bob, cobrando ánimo—. ¿Ha vuelto? —No, no ha vuelto; ha escrito —replicó la anciana. —¿Y qué dice? —inquirió afanosamente Bob.

 

—Dice, Mr. Sawyer —repuso la anciana—, y para esto es para lo que necesito preparar a Benjamín poco a poco, dice que se ha... tengo la carta en mi bolsillo, Mr. Sawyer; pero mis gafas están en el coche, y sería hacerle perder el tiempo intentar, sin ellas, señalarle el pasaje; dice en resumen, Mr. Sawyer, que se ha casado.

 

—¡Cómo! —dijo, o, mejor dicho, gimió, Mr. Bob Sawyer.

 

—Casada —repitió la vieja.

 

No pudo oír más Mr. Bob Sawyer; saliendo de estampía de la clínica, gritó con voz estentórea:

 

—¡Ben, amigo mío, se ha fugado!

 

Mr. Ben Allen, que dormitaba tras el mostrador con la cabeza más baja que las rodillas, no bien oyó la terrible nueva, precipitóse sobre Mr. Martin, y asiendo con su mano la corbata del taciturno criado, mostróse decidido a estrangularle en el acto, y con la prontitud de la desesperación, empezó a poner por obra su intento con extraordinario vigor y quirúrgica destreza.

 

Mr. Martin, que era hombre de pocas palabras y que no poseía el don de la persuasión ni el de la elocuencia, sometióse a esta operación con apacible y risueño semblante por algunos segundos; pero advirtiendo que la manipulación amenazaba privarle de la facultad de reclamar el salario, la comida y otras muchas cosas para lo que le restaba de vida, musitó una inarticulada protesta y tendió de un puñetazo a Mr. Benjamín Allen. Como las manos de éste estaban enredadas en su corbata, no tuvo más remedio el cochero que caer también. Allí empezaban a luchar, cuando se abrió la puerta y aumentó la concurrencia por la llegada de dos inesperados visitantes, a saber: Mr. Pickwick y Mr. Samuel Weller.

 

 

 

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La impresión primera de Mr. Weller fue la de que Mr. Martin había sido contratado por la entidad Sawyer, antes Nockemorf, para tomar medicinas fuertes; para sufrir ataques y actuar como sujeto de experimentación; para tragar veneno de cuando en cuando, como objeto de probar la eficacia de nuevos antídotos, o para hacer progresar la ciencia médica y satisfacer el ardiente espíritu de investigación que alentaba en el pecho de los dos jóvenes profesores. Así, pues, sin preocuparse de intervenir, permaneció Sam tranquilo y mirando lo que pasaba, cual si se hallara hondamente interesado en el resultado del experimento que a la sazón se verificaba. No hizo lo mismo Mr. Pickwick, quien se arrojó al punto entre los asombrados combatientes, con su acostumbrada energía, y requirió a los demás circunstantes para que se interpusieran.

 

Esto despertó a Mr. Bob Sawyer, que había quedado completamente paralizado por el frenesí de su compañero. Con su asistencia, levantó Mr. Pickwick a Ben Allen, y hallándose solo en el suelo Mr. Martin, levantóse y miró a su alrededor.

 

—Mr. Allen —dijo Mr. Pickwick—, ¿qué es lo que ocurre, sir?

 

—¡Lo que a usted no le importa, sir! —replicó Mr. Allen con altanera jactancia. —¿Qué pasa? —preguntó Mr. Pickwick, dirigiéndose a Bob Sawyer—. ¿Es que

 

está enfermo?

 

Antes de que replicara Bob, tomó Mr. Ben Allen la mano de Mr. Pickwick y murmuró con acento doliente:

 

—¡Mi hermana, señor mío, mi hermana!

 

—¡Ah, se trata de eso! —dijo Mr. Pickwick—. Eso me parece que lo arreglaremos fácilmente. Su hermana se encuentra perfectamente y en seguridad, y yo he venido, amigo, para...

 

—Lamento muchísimo tener que interrumpir tan grata sesión, como dijo el rey cuando disolvió el Parlamento —terció Mr. Weller, que llevaba un rato asomando la cabeza por la mampara de cristales—; pero hay aquí otra experiencia que hacer. Aquí hay una venerable anciana tendida en la alfombra y esperando la disección, embalsamamiento o cualquier invento científico que la resucite.

 

—Se me había olvidado —exclamó Mr. Ben Allen—. Es mi tía.

 

—¡Vaya por Dios! —dijo Mr. Pickwick—. ¡Pobre señora! Con cuidado, Sam, con cuidado.

 

—Extraña situación para una persona de la familia —observó Sam Weller, levantando a la tía y poniéndola en una silla—. Ahora, segundo sierrahuesos, sácate los volátiles.

 

Esta última frase iba enderezada al chico gris, que, habiendo dejado el coche al cuidado de un guardia, había entrado con objeto de enterarse de la causa de aquel estrépito. Entre el chico de gris, Mr. Bob Sawyer y Mr. Benjamín Allen —que después de asustar a su tía hasta hacerla desmayarse manifestaba un vivo anhelo de

 

 

 

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volverla a la vida—, lograron que la anciana recobrase el uso de sus facultades. Entonces Mr. Ben Allen, volviendo hacia Mr. Pickwick su rostro cariacontecido, preguntóle qué era lo que iba a decir cuando fuera interrumpido de manera tan alarmante.

 

—Aquí no hay más que amigos, supongo —dijo Mr. Pickwick, aclarando la voz con un carraspeo y mirando hacia el hombre lacónico de adusta faz que guiaba el coche de macilento jamelgo.

 

Esto advirtió a Mr. Bob Sawyer de que el chico de gris estaba mirando con ojos dilatados y escuchando con ávidas orejas. Suspendido por el cuello de la chaqueta el químico incipiente y lanzado por la puerta, aseguró Bob Sawyer a Mr. Pickwick que podía hablar sin reserva alguna.

 

—Su hermana, señor mío —dijo Mr. Pickwick, volviéndose a Benjamín Allen—, está en Londres buena y dichosa.

 

—Su felicidad no es mi objetivo, sir —dijo Mr. Benjamín Allen, haciendo un molinete en el aire con la mano.

 

—Su marido es un objetivo para mí, sir —dijo Bob Sawyer—. ¡Será para mí un objetivo, sir, a veinte pasos, y haré de él un magnífico blanco, sir... un ente rastrero y rufianesco!

 

Estas palabras, que constituían un delicado y magnánimo reto, tuvieron un efecto, que hubo de debilitarse considerablemente por venir luego Mr. Bob Sawyer a formular ciertas observaciones generales, concernientes a cabezas aplastadas y a ojos extraídos, que resultaron en comparación meros lugares comunes.

 

—Espere, sir —dijo Mr. Pickwick—.Antes de aplicar estos epítetos al caballero en cuestión, considere imparcialmente la magnitud de su culpa, y recuerde, sobre todo, que es amigo mío.

 

—¡Cómo! —dijo Mr. Bob Sawyer.

 

—¡Su nombre! —gritó Ben Allen—.¡Su nombre!

 

—Mr. Nathaniel Winkle —dijo Mr. Pickwick.

 

Mr. Benjamín Allen aplastó de intento sus anteojos con el tacón de su bota, y luego de recoger los fragmentos y de guardarlos en tres bolsillos distintos, cruzóse de brazos, mordióse los labios y miró en actitud amenazadora la apacible fisonomía de Mr. Pickwick.

 

—¿Entonces ha sido usted, ha sido usted, sir, el que ha alentado y realizado esa unión? —inquirió al cabo Mr. Benjamín Allen.

 

—Y el criado de este señor, me parece —interrumpió la anciana—, es quien ha estado rondando por mi casa y quien ha intentado enredar a mis criados en una conspiración contra su ama. ¡Martin!

 

—Mande —dijo el ceñudo sirviente adelantándose.

 

—¿Es éste el joven a quien me dijo usted esta mañana haber visto en el callejón?

 

 

 

 

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Mr. Martin, que, como está dicho, era hombre de pocas palabras, miró a Sam Weller, meneó la cabeza y gruñó: «¡Ése es!». Mr. Weller, que no era orgulloso, produjo una sonrisa amistosa al enfrontar sus ojos con los del ceñudo criado, y declaró en términos corteses que ya le conocía de antes.

 

—¡Y éste es el hombre fiel —exclamó Mr. Ben Allen—, a quien he estado a punto de estrangular! Mr. Pickwick, ¿cómo se ha atrevido usted a consentir que este pollo se dedique a sonsacar a mi hermana? Exijo a usted que explique este asunto, sir.

 

—¡Que lo explique, sir! —gritó enérgicamente Bob Sawyer.

 

—Es una conspiración —dijo Ben Allen.

 

—Un complot en toda regla —añadió Mr. Bob Sawyer.

 

—Una miserable impostura —observó la anciana.

 

—Nada más que una intromisión —arguyó Martin.

 

—Hagan el favor de oírme —suplico Mr. Pickwick, en tanto que Mr. Ben Allen se desplomaba en la silla en que sentaban a los que tenían que sangrar y sacaba el pañuelo—. No he prestado otra ayuda en esta cuestión, fuera de la de hallarme presente en una entrevista de los jóvenes, que no pude impedir, y en la que mi presencia comprendí que habría de quitar todo matiz de incorrección, que de otra manera hubiera tenido. Ésta es toda la intervención que he tenido en el asunto, y no sospechaba que se proyectara el matrimonio tan pronto, aunque, tengan ustedes la seguridad —añadió Mr. Pickwick, deteniéndose bruscamente—, tengan la seguridad de que no lo hubiera impedido de haber sabido que era ése su designio.

 

—¿Oyen ustedes esto, lo oyen todos? —dijo Mr. Benjamín Allen.

 

—Que lo oigan —dijo dulcemente Mr. Pickwick, mirando en torno, y añadió con el semblante cada vez más animado—: Oigan esto también. Oigan también que yo afirmo que no tenía usted derecho a intentar forzar las inclinaciones de su hermana, como lo hizo, y que debiera usted haber procurado, con ternura y paciencia, reemplazar a otros seres que ella nunca conoció. En cuanto a mi amigo, tengo que decir que, por lo que se refiere a su posición, es, por lo menos, igual a la de usted, si no mucho más desahogada, y que, a menos de que yo oiga discutir esta cuestión con la templanza y moderación debidas, me niego en absoluto a escuchar una palabra más.

 

—Yo deseo hacer unas pocas observaciones accesorias a lo que ha dicho el honorable caballero —dijo Mr. Weller, avanzando—, que es lo siguiente: un individuo de la concurrencia me ha llamado pollo.

 

—Esto no tiene nada que ver con el asunto, Sam —interrumpió Mr. Pickwick—.

 

Haz el favor de callarte la boca.

 

—No voy a decir nada, sir —replicó Sam—, más que esto. Tal vez piense este señor que había una inclinación anterior; pero no había nada de eso, porque dijo la señorita desde el principio que no podía soportarle. Nadie le ha traicionado, y lo

 

 

 

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mismo hubiera sido aunque la señorita no hubiera conocido a Mr. Winkle. Esto es lo que yo quería decir, sir, y creo que servirá para tranquilizar a ese señor.

Una breve pausa siguió a esta aclaración consoladora de Mr. Weller. Luego, levantándose de la silla, Mr. Ben Allen aseguró que no volvería a ver más a Arabella; y mientras tanto, Mr. Bob Sawyer, a pesar de las lisonjeras seguridades de Sam; juró tomar venganza terrible del afortunado marido. Mas precisamente cuando ya estaban las cosas en esta tesitura y amenazaban continuar así, halló Mr. Pickwick una poderosa aliada en la vieja señora, la cual, hondamente impresionada por la defensa que hiciera Mr. Pickwick de la causa de su sobrina, aventuróse a dirigir a Mr. Benjamín Allen unas cuantas reflexiones conciliadoras, entre las que figuraban la de que, después de todo, tal vez era una suerte que no hubiera ocurrido algo peor; que cuanto menos se dijera, más pronto se arreglarían las cosas, y que, en su opinión, lo ocurrido, al fin y al cabo, no le parecía tan mal; que a lo hecho pecho, y que a lo que no puede curarse, no hay más remedio que aguantarse, con otras varias sentencias de análogo sentido. A todas ellas replicó Mr. Benjamín Allen que no quería faltar al respeto a su tía ni a ninguno de los presentes; pero que, si les era lo mismo y le consentían hacer su gusto, él prefería regalarse con el placer de odiar a su hermana hasta la muerte y después de ésta.

 

Por fin, luego de haberse anunciado más de cincuenta veces esta determinación, levantándose la anciana y adoptando un majestuoso continente, dijo que deseaba saber qué es lo que le había hecho para que no se le guardara el respeto debido a sus años y a su condición, y que ya en este terreno preveía verse obligada a rogar y a suplicar a su sobrino, a quien recordaba veinticinco años antes de nacer y a quien ella había conocido personalmente cuando no tenía un solo diente en la boca. Algo añadió referente a haberse encontrado junto a él la primera vez que se cortó el pelo, y en otras muchas ocasiones y ceremonias de su niñez, circunstancias todas que le otorgaban derecho a su afecto, obediencia y ternura imperecederos.

 

Mientras la buena señora conjuraba de esta suerte a Mr. Ben Allen, Bob Sawyer y Mr. Pickwick mantenían íntimo coloquio en la otra habitación, donde se vio a Mr. Sawyer acercar sus labios repetidas veces a la boca de una botella negra, por influencia de la cual fueron adquiriendo gradualmente sus rasgos una expresión alegre y jovial. Saliendo al cabo de la estancia botella en mano y declarando que sentía mucho tener que decir que se había ofuscado, propuso un brindis por la felicidad del señor y de la señora Winkle, cuya aventura, lejos de envidiar, sería el primero en anhelar. Al oír esto, Mr. Ben Allen se levantó bruscamente, y, apoderándose de la botella, bebió con tanto afán, que, por efecto del licor, que era bastante fuerte, se puso tan negro como la botella misma. Finalmente, circuló la botella hasta consumirse, y hubo luego tanto apretón de manos y tantos mutuos cumplimientos, que hasta el acerado rostro de Mr. Martin se dignó aparecer sonriente.

 

 

 

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—Y ahora —dijo Bob Sawyer, frotándose las manos—, ahora vamos a tener la gran noche.

 

—Lo siento mucho —dijo Mr. Pickwick—; pero tengo que volver a la fonda. De poco tiempo a esta parte me encuentro algo débil, y el viaje me ha fatigado sobremanera.

 

—¿Tomará usted té siquiera, Mr. Pickwick? —dijo la vieja con dulzura irresistible.

 

—Gracias; prefiero no tomarlo —replicó Mr. Pickwick.

 

La verdad era que la ostensible y creciente admiración de la vieja constituía el principal motivo para la retirada de Mr. Pickwick. Pensaba en la señora Bardell, y cada mirada que la vieja le dirigía hacíale romper a sudar.

 

Como no hubiera modo de convencer a Mr. Pickwick de que se quedara, concertóse al punto, a instancia del propio señor, que Mr. Benjamín Allen le acompañaría en su viaje a la ciudad en que se hallaba Mr. Winkle padre, y que el coche estaría dispuesto para las nueve de la siguiente mañana. Despidióse entonces Mr. Pickwick, y seguido de Mr. Samuel Weller se encaminó a El Arbusto. No está de más observar que el rostro de Mr. Martin se convulsionó horriblemente al estrechar las manos de Sam y que produjo simultáneamente una sonrisa y una interjección, síntomas que, a juicio de los que conocían la manera de ser del primero, permitían asegurar que le complacía altamente el trato de Mr. Weller y que solicitaba el honor de su amistad para lo sucesivo.

 

—¿Tengo que pedir un gabinete privado, sir? —preguntó Sam, cuando llegaban a El Arbusto.

 

—No, Sam —respondió Mr. Pickwick—.Puesto que he comido en el café y voy a acostarme pronto, no merece la pena. Entérate de quién hay en la sala de viajeros, Sam.

 

Partió Mr. Weller a cumplir la orden, y volvió en seguida, diciendo que había un solo caballero con un solo ojo, y que él y el patrón estaban bebiéndose mano a mano un bol de sangría.

 

—Voy a pasar un rato con ellos —dijo Mr. Pickwick.

 

—No es mal parroquiano el tuerto —observó Mr. Weller, acompañando a su amo

 

—. Está dando matraca al patrón y divirtiéndose con él de tal manera, que ya no sabe el hombre si está sobre los pies o sobre la coronilla.

 

El individuo a quien se refería este comentario estaba sentado en el fondo de la sala en el momento de entrar Mr. Pickwick, y fumaba su gran pipa danesa, fijando maliciosamente su ojo único en la redonda faz del posadero, un jocundo y risueño vejete, a quien debía de acabar de contar alguna historia maravillosa, a juzgar por las diversas exclamaciones de «¡Es increíble!», «¡No he oído nada igual!», «¡Parece imposible!», y otras frases reveladoras de estupefacción, que brotaron espontáneas de

 

 

 

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sus labios al corresponder a la insistente mirada del tuerto.

 

—Servidor de usted, sir —dijo el tuerto a Mr. Pickwick—. Hermosa noche, sir. —Muy hermosa, en efecto —respondió Mr. Pickwick, mientras le servía el

 

camarero el jarro de brandy y el agua caliente.

 

En tanto que Mr. Pickwick mezclaba su agua y su brandy, no cesaba el tuerto de asestarle ojeadas curiosas, diciendo al cabo:

 

—Me parece que yo a usted le conozco de antes.

 

—Pues yo no me acuerdo de usted —replicó Mr. Pickwick.

 

—Es claro —dijo el tuerto—. Usted no me conoce a mí; pero yo conozco a dos amigos de usted, que paraban en El Pavo Eatanswill cuando la elección.

—¡Ah, ya caigo! —exclamó Mr. Pickwick.

 

—Sí —repuso el tuerto—. Les conté un caso ocurrido a un amigo mío llamado Tomás Smart. Tal vez haya oído usted hablar de él.

 

—Muchas veces —contestó, sonriendo, Mr. Pickwick—. ¿Era tío de usted, verdad?

 

—No, no; amigo de mi tío solamente —replicó el tuerto.

 

—Ese tío de usted fue un hombre maravilloso, no obstante —observó el posadero, moviendo la cabeza.

 

—Hombre, sí que lo era; bien puede decirse que lo era —respondió el tuerto—. Y podría contarles, señores, una historia e ese mismo tío que les habría de asombrar.

 

—¿Sí? —dijo Mr. Pickwick—. Pues cuéntenosla.

 

Escancióse el tuerto viajante del bol un vaso de sangría se lo bebió; tomó una larga bocanada de su pipa danesa, y diciendo a Sam Weller, que permanecía indeciso junto a la puerta, que no tenía para qué retirarse, a menos de que así lo deseara, porque la historia no era secreta, clavó su ojo en el posadero y comenzó en la forma que se transcribe en el capítulo siguiente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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49. Que contiene la historia del tío del viajante

 

 

—Mi tío —dijo el viajante— era uno de los más alegres, simpáticos y vivos personajes que han existido. ¡Ojalá que le hubieran ustedes conocido, señores! Aunque, pensándolo bien, señores, más vale no desear que le hubieran conocido, porque de haber sido así, según el curso natural de las cosas, estarían ustedes al presente, si no muertos, tan cerca de ello, que se verían reducidos a una existencia casera y solitaria, lo que me hubiera privado del inestimable placer de dirigirles la palabra en este momento. Señores, me gustaría que sus padres y madres hubieran conocido a mi tío. Hubiéranle estimado extraordinariamente, especialmente sus respetables madres, no tengo duda. Si algunas de sus numerosas virtudes predominaban sobre las muchas que adornaban su manera de ser, diría yo que fueron su arte en darle el punto al ponche y su canción de sobremesa. Dispénsenme que insista en estas melancólicas añoranzas del apreciable difunto; pero no se ve todos los días de la semana a un hombre como mi tío.

 

»He considerado siempre como rasgo notabilísimo del carácter de mi tío, señores, el que fue amigo íntimo y compañero de Tomás Smart, de la gran casa Wilson y Slum, de Cateaton Street en la City. Mi tío trabajaba para la Tiggin y Welps; mas por mucho tiempo siguió casi el mismo itinerario de Tomás, y en la primera noche que se encontraron, mi tío se prendió de Tomás y Tomás se prendió de mi tío. A la media hora de conocerse apostaron un sombrero nuevo sobre quién confeccionaría el mejor cuartillo de ponche y había de bebérselo más de prisa. Mi tío fue declarado triunfante en la confección; pero Tomás Smart le zurró en la bebida en cosa de media cucharada de café. Tomaron otros sendos cuartillos a su mutua salud, y al acabar esta libación quedó su amistad soldada para siempre. Hay un fatalismo en estas cosas, señores; no hay que ponerlo en duda.

 

»En cuestión de figura, mi tío era de una estatura menos que mediana; era un sí es no es obeso, y tal vez ostentara su fisonomía cierto matiz rojizo pronunciado. Tenía el rostro más jovial que puede verse, señores; algo semejante a Punch, con nariz y mentón más hermosos aún; sus ojos no hacían más que parpadear y chispear de buen humor, y una sonrisa —no una de estas sonrisas inexpresivas, sino alegre, cordial, sincera— bailaba perpetuamente en su semblante. Una vez volcó en un tílburi, y fue a dar con la cabeza contra un guardacantón. Allí quedó privado de sentido, con la cara cortada por un canto de grava que se hallaba apilada en el camino, y en tal estado, que, según la expresión gráfica de mi tío, si su madre hubiera revivido no le reconociera. Ciertamente que cuando pienso en el asunto, señores, bien creo que no hubiera podido, porque la buena señora había muerto cuando mi tío tenía dos años y siete meses, y me parece muy probable que, aun sin la cortadura de la grava, ya hubieran bastado sus medias botas para desconcertar un tanto a su madre; esto sin

 

 

 

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contar con su alegre y rubicunda faz. Allí quedó, pues, y he oído referir a mi tío muchas veces que, según dijo luego el hombre que le levantó, se lo había encontrado sonriente como si hubiera caído por broma, y que, después de sangrarle, los primeros destellos de vida que manifestó consistieron en dar un salto en la cama, romper a reír, besar a la muchacha que tenía la jofaina y pedir una chuleta de carnero y nueces aliñadas. Era muy aficionado a las nueces, señores. Decía que tomadas en vinagre le hacían menospreciar la cerveza.

»El gran viaje anual de mi tío coincidía con la caída de la hoja, en cuya época recogía notas y pedidos en el Norte; iba de Londres a Edimburgo, de Edimburgo a Glasgow, de Glasgow otra vez a Edimburgo, y de allí a Londres, embarcado. Han de saber ustedes que su segundo viaje a Edimburgo era de puro placer. Acostumbraba pasarse allí una semana, con el objeto exclusivo de ver a sus antiguos amigos, y almorzando con uno, comiendo con otro, merendando con un tercero y cenando con otro se le pasaba una buena semana. Yo no sé si alguno de ustedes, señores, habrá disfrutado la sustanciosa hospitalidad de un almuerzo escocés; si habrá luego saboreado en la comida el barril de ostras, con su buena docena de botellas de cerveza y el frasco o los dos frascos de whisky por contera. Si así lo han hecho, convendrán conmigo en que se necesita una cabeza bastante firme para atreverse luego con la merienda y con la cena.

 

»Pero Dios les bendiga los corazones y las cejas; todo esto no era nada para mi tío. Estaba tan admirablemente ponderado, que todo eso era para él juego de niños. Le he oído decir que se las tenía tiesas con la gente de Dundee un día y otro, y que se iba a su casa luego sin vacilar en el paso; y tengan ustedes presente que las gentes de Dundee son las que tienen la cabeza y el ponche más fuertes que pueden hallarse entre los dos polos de la tierra. He oído hablar de uno de Glasgow y otro de Dundee que se estuvieron bebiendo, por apuesta, quince horas de una sentada. Ambos se sofocaron un poco, según parece, al mismo tiempo; pero, con esa pequeña excepción, señores, no les sentó mal, ni mucho menos.

 

»Una noche, la anterior al día en que tenía determinado embarcarse para Londres, cenó mi tío en la casa de un antiguo amigo suyo —un bailío Mac, algo más y cuatro sílabas después—, que habitaba en la parte vieja de Edimburgo. Asistieron la esposa del bailío, las tres hijas del bailío, el hijo mayor del bailío y tres o cuatro gordos personajes de frondosas cejas, finos escoceses de pura cepa, a quienes había invitado el bailío para obsequiar a mi tío y para animarla comida. Fue una gloriosa cena. Hubo salmón escabechado, pescadas de Finnan, una cabeza de cordero y una empanada — celebrado plato escocés, señores, del que mi tío acostumbraba decir que le parecía, al venir a la mesa, algo así como un estómago de Cupido—, y muchas otras cosas más, cuyos nombres he olvidado, pero que eran muy buenas, sin embargo. Las muchachas eran lindas y simpáticas; la esposa del bailío, uno de los seres más agradables del

 

 

 

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mundo, y mi tío estuvo de vena durante todo el tiempo. Como consecuencia de todo esto, las señoritas se desternillaron, la señora rió a mandíbula batiente y el bailío y los otros señores no cesaron de resoplar durante la comida, hasta el punto de ponérseles las caras como tomates. No puedo decir cuántos fueron los vasos de whisky que se bebió cada uno de sobremesa; lo que sí sé es que, hacia la una de la madrugada, el hijo mayor del bailío perdió el conocimiento al intentar decir el primer verso de "Guillermo coció un celemín de cebada"; y como éste fuera, desde hacía media hora, el único hombre que permanecía visible sobre la caoba, ocurriósele a mi tío que ya iba siendo hora de marcharse; tanto más cuanto que se había empezado a beber a las siete, con objeto de retirarse a una hora prudente. Mas, considerando que tal vez no sería correcto retirarse en aquel momento, asumió mi tío la presidencia, compuso otro vaso de ponche, levantóse para brindar a su propia salud, y dirigióse a sí mismo un delicado y amable discurso, bebiendo con gran entusiasmo. Pero nadie se despertó, por lo cual mi tío bebió otro sorbo —puro esta vez, para que la bebida estuviera a tono con él—, y, calándose violentamente el sombrero, salió a la calle.

 

»Era una noche borrascosa y terrible aquella en que mi tío cerró la puerta del bailío, y ajustándose bien el sombrero para evitar que el viento se lo llevase, se metió las manos en los bolsillos y, mirando a lo alto, examinó el estado atmosférico. Amontonábanse las nubes sobre la luna en carrera vertiginosa, oscureciéndola a ratos completamente, permitiéndole brillar esplendorosa en otros y derramar su luz sobre los objetos circundantes; volvían a cubrirla a poco con velocidad mayor, envolviéndolo todo en tinieblas. "Realmente, esto no viene a cuento", dijo mi tío, dirigiéndose a la atmósfera, como si se sintiera ofendido personalmente. "Esto no me conviene para mi viaje; no puede tolerarse", dijo mi tío con gran viveza. Después de repetir esto no pocas veces, volvió a coger el ritmo de su paso con alguna dificultad, por haberle ofuscado en cierto modo aquella prolongada contemplación del cielo, y partió alegremente.

 

»La casa del bailío estaba en Canongate, y mi tío se dirigía al otro extremo de Leith Walk, lo que representaba más de una milla de camino. A uno y otro lado de él disparábanse contra el cielo altas y desmedradas casas vacilantes, cuyas fachadas ostentaban la pátina del tiempo y cuyas ventanas parecían haber compartido el destino de los ojos humanos por lo sombrías y hundidas. Seis, siete, ocho pisos tenían estas casas, que se superponían como en los edificios de naipes de los niños. Todas arrojaban sus negras sombras sobre el piso desigual del camino, oscureciendo más a la noche misma. Unos cuantos faroles de aceite veíanse espaciados, pero sólo servían para señalar la inmunda entrada de algún estrecho callejón o para marcar por dónde comunicaba una escalera común con los pisos superiores por medio de intrincados pasadizos.

 

»Mirando a todas estas cosas con el aire de un hombre que las había visto

 

 

 

 

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demasiado para juzgarlas dignas de atención en aquel momento, caminaba mi tío por medio de la calle, con los pulgares en los bolsillos de su chaleco, entregándose de cuando en cuando a repetidos conatos de canciones, entonadas con tanta gana y ánimos, que las gentes pacíficas despertaban sobresaltadas de su primer sueño y permanecían temblando en sus lechos hasta que se perdía el eco en la distancia; y, tranquilizadas por juzgar que se trataba de algún borracho que seguía vacilante el camino de su casa, tapábanse hasta la boca y volvían a dormirse.

 

»Me extiendo en describir a mi tío caminando por medio de la calle con los pulgares metidos en los bolsillos del chaleco, señores, porque, como él solía decir, y con sobrada razón, esta historia no tiene nada de extraordinaria, como no sea que ustedes se hayan hecho cargo desde el principio de que no hay en ella el menor detalle maravilloso o romántico.

 

»Mi tío, señores, marchaba con los pulgares en los bolsillos del chaleco, haciéndose dueño del centro de la calle y cantando, ora un verso de un canto amoroso, ora el comienzo de una tonadilla báquica, y cuando se cansaba de uno y otra, silbando melodiosamente, hasta que llegó al puente del Norte, que une la nueva y la vieja Edimburgo. Allí se detuvo un minuto a contemplar los extraños e irregulares grupos que formaban las luces, encaramadas las unas sobre las otras y titilando en lontananza, tan altas, que parecían estrellas, fulgurando desde los muros del castillo por un lado y desde Calton Hill por el otro, cual si iluminasen verdaderos castillos aéreos, mientras que la antigua ciudad pintoresca dormía profundamente allá abajo envuelta en sombras tétricas, con su palacio e iglesia de Holyrood, guardado día y noche, como solía decir un amigo de mi tío, por la Silla de Arturo, que dominaba, hosca y tenebrosa, como un genio ceñudo, la vieja ciudad que tan largamente contemplara. Digo, señores, que mi tío se detuvo allí un minuto para mirar en derredor, y dirigiendo una cortesía al temporal, que había cedido un poco, aunque la luna estaba a punto de hundirse, reanudó su marcha tan majestuosa como antes, siguiendo con gran dignidad por medio de la calle y mirando por doquier como si anhelara encontrarse con alguien que quisiera disputarle su posesión. Pero como nadie hubiera para discutir el punto, siguió su camino con los pulgares en los bolsillos del chaleco, lo mismo que un cordero.

 

»Al llegar mi tío al final de Leith Walk tuvo que cruzar un extenso solar, que le separaba de una calle corta que tenía que seguir para dirigirse a su morada. En este vasto solar había en aquel tiempo un recinto que pertenecía a un carpintero de carretería, que tenía contrato con la Casa de Correos para comprar los coches inutilizados; y siendo mi tío muy aficionado a los carruajes viejos, jóvenes o de edad madura, ocurriósele al punto desviarse de su camino con el solo objeto de curiosear entre las tablas de la empalizada aquellos viejos correos, media docena de los cuales recordaba luego haber visto arrinconados y en estado del mayor abandono y

 

 

 

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desmantelamiento. Mi tío era un hombre muy entusiasta, bastante enfático, señores, y convencido de que no podía observar bien por entre las tablas, escaló la valla, y, sentándose tranquilamente sobre un viejo eje, se puso a contemplar los coches correos con toda gravedad.

 

»Había una docena de ellos, o tal vez más —mi tío nunca estuvo cierto en este punto, y como era hombre de escrupulosa veracidad en achaque de números, no gustaba decir cuántos había—; pero allí estaban apelotonados, en la mayor desolación. Las puertas habían sido arrancadas de sus goznes; los paños de los asientos, destrozados: sólo un jirón colgaba aquí y allá de un herrumbroso clavo; las lámparas habían volado; las lanzas habíanse evaporado; los herrajes estaban mohosos; la pintura no se veía ya; silbaba el viento a través de las desnudas armazones, y la lluvia, depositada en los techos, caía gota a gota en el interior con ruido sordo y melancólico. Allí estaban los desmedrados esqueletos de los difuntos correos, y en aquel solitario paraje, en aquella hora de la noche, aparecían lúgubres y ateridos.

 

»Mi tío descansaba con la cabeza apoyada en sus manos y pensaba en las gentes afanosas que años antes fueran dando tumbos en los viejos coches que ahora se veían tan cambiados y silenciosos; pensaba en la multitud de seres a quienes alguno de aquellos desvencijados armadores había llevado una y otra noche, durante muchos años y en todo tiempo, la noticia esperada con ansia, y el envío anhelado, la garantía prometida de salud y seguridad, el anuncio repentino de la enfermedad y de la muerte. El mercader, el amante, la esposa, la viuda, la madre, el estudiante, hasta los niños que pululaban a la puerta, al oír la llamada del cartero, ¡con cuánto afán no esperaban la llegada del viejo coche! ¡Y dónde estarían ya todos!

 

»Señores: mi tío solía decir que él pensaba todo esto; pero yo más bien sospecho que lo aprendió después en algún libro, porque él aseguraba que había caído en una especie de sopor, a poco de sentarse sobre el eje y de contemplar los abandonados carruajes, y que fue despertado bruscamente por el agudo tañido de una esquila de iglesia al dar las dos. Ahora bien; mi tío nunca fue un pensador de gran viveza, y de haber imaginado todas aquellas cosas, yo estoy seguro de que hubiera necesitado para ello hasta las dos y media por lo menos. Lo que sí creo firmemente, señores, es que mi tío cayó en una especie de sopor sin haber pensado en nada de esto.

 

»Sea lo que quiera, el caso es que la esquila de la iglesia dio las dos. Mi tío se despertó, se restregó los ojos y se puso de pie, desconcertado.

 

»A poco de dar las dos en el reloj, aquel lugar tranquilo y desierto tornóse en escenario de vida y animación. Las portezuelas de los coches giraban sobre sus goznes; los paños de los asientos habían sido renovados; los herrajes parecían nuevos; la pintura estaba restaurada; lucían todas las linternas; los almohadones y las hopalandas estaban en las cajas de los coches; los mozos guardaban los paquetes en

 

 

 

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las bolsas; los empleados iban depositando las valijas; regaban los palafreneros las ruedas nuevas; otros mozos ocupábanse en fijar las lanzas en los coches; llegaban pasajeros; cargábanse los portamantas y enganchábanse caballos. Era evidente, en una palabra, que todos los coches estaban a punto de partir. Mi tío, señores, abrió los ojos de tal manera, que hasta el último momento de su vida decía maravillarse de cómo había podido volver a cerrarlos después.

 

»—¡Ea! —dijo una voz, al tiempo que sintió mi tío en el hombro la presión de una mano—. Está usted apuntado para el interior. Entre usted ya.

 

»—¿Apuntado yo? —dijo mi tío, mirando a todos lados.

 

»—Sí, efectivamente.

 

»Mi tío no pudo decir palabra de asombrado que estaba. Lo más raro del caso era que, a pesar de la muchedumbre que allí se juntaba y de que no cesaban de llegar caras nuevas, no podía decirse de dónde venían. Parecían brotar mágicamente del suelo o del aire y desaparecer de igual manera. Cuando un mozo había depositado el equipaje en un coche y recibía su propina, giraba sobre sus talones y se desvanecía, y antes de que mi tío empezara a preguntarse por dónde se había marchado, otra media docena de ellos salían, sin saber por dónde, y caminaban en todas direcciones bajo el peso de bultos, tan grandes, que no se concebía cómo no les aplastaban. Además, los pasajeros mostraban un extrañísimo ropaje. Llevaban casacas de anchos faldones, con grandes bocamangas y sin cuello, y pelucas, señores, grandes pelucas con coleto. Mi tío no comprendía nada de esto.

 

»—Vaya, ¿no entra usted? —dijo la persona que se había dirigido a él antes. »Llevaba el uniforme del Correo, con peluca y enormes bocamangas, con su

 

casaca, una linterna en una mano y un enorme arcabuz en la otra.

 

»—¿Va usted a montar, Jacobo Martin? —dijo el guarda, acercando la a linterna ala cara de mi tío.

 

»—¡Hola! —dijo mi tío, haciéndose atrás—. Eso es muy familiar.

 

»       —Así está en la hoja de ruta —replicó el guarda. »—¿No hay allí un "míster" delante? —dijo mi tío.

 

»Porque aquello de que un guarda que no le conocía le llamara Jacobo Martin a

 

secas era una licencia que la Oficina de Correos no hubiera sancionado seguramente.

 

»—No, no lo hay —repuso el guarda con indiferencia.

 

»—¿Está pagado el billete? —preguntó mi tío.

 

»—Claro que sí —contestó el guarda.

 

»—¡Ah!, ¿sí? —dijo mi tío—. ¡Entonces voy! ¿Qué coche es?

 

»—Éste —dijo el guarda, señalando a un coche del antiguo estilo de los que llevaban el correo de Edimburgo a Londres, que tenía el estribo preparado y abierta la portezuela—. ¡Espere! Aquí hay otros pasajeros. Déjeles entrar primero.

 

»Al decir esto el guarda, apareció frente a mi tío, de repente, un joven de

 

 

 

 

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empolvada cabeza y casaca azul con ribetes plateados, de grandes faldones, guarnecida de bocací. Tiggin y Welps estaban tan impuestos en la moda del percal con dibujos y del paño de los chalecos, señores, que mi tío conoció los géneros al punto. Llevaba el joven pantalones ajustados a media pierna, bandas arrolladas sobre las medias de seda y zapatos con hebillas; llevaba manguitos en las muñecas, sombrero de tres picos y una larga espada. Los vuelos del chaleco le llegaban a las caderas, y los extremos de la corbata, hasta la cintura. Apoyado gravemente contra la portezuela del coche, quitóse el sombrero y lo agitó en el aire, haciendo un ademán con el dedo meñique, como ciertas personas amaneradas al tomar una taza de té. Cuadróse en seguida y marcó una profunda reverencia tendiendo la mano izquierda. Mi tío ya iba a adelantarse y estrechársela cordialmente, cuando se percató de que aquellas atenciones no iban dirigidas a él, sino a una señorita que apareció en aquel momento al pie de la escalera, vestida de terciopelo verde a la antigua moda, con talle bajo y coselete. No llevaba sombrero, señores, y la cabeza se hallaba envuelta en un manto de seda negra. Miró a su alrededor un instante antes de subir al coche, y dejó ver un rostro tan hermoso, que mi tío decía no haber visto nunca otro igual, ni aun pintado. Entró en el coche la señorita, recogiéndose el vestido con una mano; y, como decía mi tío, acompañándose de una interjección rotunda, siempre que contaba la historia, no hubiera creído posible que existieran piernas y pies tan perfectos si no los hubiera visto con sus propios ojos.

 

»Pero sólo con la mirada de refilón que pudo dirigir a la hermosa faz observó mi tío que la señorita echaba sobre él una mirada implorante, y que parecía aterrada y triste. Observó también que el joven de la peluca empolvada, no obstante su alarde de galantería, que había sido correctísimo, apretaba fuertemente la muñeca de la señora al entrar y la seguía inmediatamente. Un personaje de aspecto detestable, con peluca castaña y traje de color ciruela, que llevaba una gran espada y botas altas, viajaba con ellos; y cuando se sentó al lado de la joven, que se acurrucó en un rincón al aproximarse éste, confirmó mi tío su impresión primera de que había allí algún misterio, o, según se decía a sí mismo, de que había allí algo que no le sonaba bien. Es asombroso lo rápidamente que concibió el propósito de auxiliar a la señorita, si llegaba el caso.

 

»—¡Muerte y rayos! —exclamó el joven, empuñando el espadín, al entrar mi tío en el coche.

 

»—¡Sangre y truenos! —rugió el otro señor.

 

»Y al decir esto desenvainó su espada y se arrancó hacia mi tío, sin otros preliminares. Mi tío no llevaba arma ninguna; pero, con gran destreza, agarró el tricornio del adversario, y recibiendo la punta de su espada en el copete, apretóla fuertemente y la sujetó.

 

»—¡Pínchale por detrás! —gritó el feo a su compañero, en tanto que pugnaba por

 

 

 

 

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recobrar su espada.

 

»—Más vale que no lo haga —gritó mi tío, destacando el tacón de uno de sus zapatos en forma amenazadora—. Le voy a sacar los sesos, si tiene algunos, o a romperle el cráneo, si lo tiene.

 

»Desplegando toda su fuerza en este momento, arrancó mi tío la espada de manos del hombre feo y la arrojó bonitamente por la ventanilla del coche. Al ver esto empezó el joven a vociferar "¡Rayos y muerte!" otra vez, y llevó su mano al pomo de su espada con aire de fiereza, pero no la sacó. Y no la sacó, señores, tal vez, según decía mi tío sonriendo, por temor de alarmar a la señora.

 

»—Ahora, señores —dijo mi tío, volviendo a sentarse con gran aplomo—, no hay para qué hablar de muerte, con o sin rayos, en presencia de una dama, y me parece que ya hemos tenido bastante sangre y bastantes truenos para un viaje. De modo que, si les parece, ocuparemos nuestros asientos como viajeros pacíficos. ¡Eh, guarda, recoja usted el trinchante de ese señor!

 

»Tan pronto como dijo mi tío estas palabras apareció el guarda a la ventanilla del coche con la espada en la mano. Alzó su linterna y miró escrutadoramente a mi tío, entregándole el arma. Entonces advirtió mi tío, con gran sorpresa, una inmensa multitud de guardas del correo, que pululaban junto a la ventanilla y que todos fijaban sus ojos curiosamente en él. En su vida había visto un mar como aquel de caras blancas, cuerpos rojos y miradas intrigadas.

 

»—Ésta es la cosa más extraña que he topado en mi existencia —pensó mi tío—.

 

Permítame, sir, que le devuelva su sombrero.

 

»Recibió el feo en silencio su sombrero de tres picos; contempló con curiosidad el agujero que se le había hecho, y se lo plantó, por último, sobre la peluca con una solemnidad que hubo de desmerecer un tanto por habérsele escapado un violento estornudo que le hizo vacilar.

 

»—¡Listos! —gritó el guarda de la linterna, ocupando su asiento en la trasera. »Partieron. Asomóse mi tío a la ventanilla al salir al coche del patio y observó

 

que los otros correos, con sus cocheros, guardas, caballos y pasajeros, estaban dando vueltas, en círculos concéntricos, a un trotecillo de cinco millas por hora. Mi tío, señores, se indignó. En su calidad de comerciante, opinaba que no era lícito jugar de aquella manera con las valijas, y resolvió presentar un memorial a la Oficina Central de Correos acerca de este asunto no bien llegase a Londres.

 

»Por entonces, sin embargo, sus pensamientos giraban en torno de la señorita que se sentaba en el extremo opuesto del vehículo, con la cara cuidadosamente envuelta en su capuz; el de la casaca azul celeste se hallaba enfrente de ella; el del traje ciruela, a su lado, y ambos la avizoraban afanosamente. Si se le ocurría a la señorita sacudir los pliegues de su velo, oía mi tío al hombre feo golpear la empuñadura de su espada, y por la respiración del otro —pues había tanta oscuridad que no podía verle

 

 

 

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la cara— deducía que la miraba de tal manera, que no parecía sino que iba a comérsela de un bocado. Esto sobresaltó a mi tío, hasta el punto de decidirse a llegar hasta el fin pasara lo que pasara. Sentía una gran admiración por los ojos brillantes, por las caras dulces y por las piernas y los pies pequeñitos y lindos; era, en una palabra, aficionadísimo al bello sexo. Es de familia, señores; yo también lo soy.

 

»Muchos fueron los recursos que hubo de emplear mi tío para atraer la atención de la señora o para entablar conversación con los misteriosos caballeros. Mas fue vano el resultado de todos ellos; los caballeros no querían charlar y la dama no se atrevía. Mi tío asomaba de cuando en cuando la cabeza por la ventanilla y gritaba preguntando por qué no iban más de prisa. Pero vociferó hasta enronquecer y nadie le hizo el menor caso. Arrellanóse en su asiento y dedicóse a regalar su pensamiento con la hermosa faz, las lindas piernas y los brevísimos pies. Esto le sirvió de mucho, porque le ayudó a pasar el tiempo y le impidió recapacitar en la finalidad de su empresa y en los motivos que le habían llevado a tan rara situación. No es que estas cosas le hubieran preocupado mucho: era un hombre libérrimo, emprendedor, despreocupado y que se paraba poco a meditar en las consecuencias de sus actos.

 

»En esto se detuvo el coche.

 

»—¡Hola! —dijo mi tío—. ¡Cómo sopla el viento ahora!

 

»—Hagan el favor de apearse aquí —dijo el guarda, bajando el estribo.

 

»—¿Aquí? —gritó mi tío.

 

»       —Aquí —respondió el guarda.

 

»       —No haré tal —dijo mi tío.

 

»—Muy bien; pues entonces quédese donde está —dijo el guarda.

 

»—Eso pienso hacer —dijo mi tío.

 

»—Perfectamente —dijo el guarda.

 

»Escucharon con gran atención este coloquio los demás pasajeros, y comprendiendo que mi tío estaba dispuesto a no apearse, el joven acompañante de la señora pasó difícilmente junto a él y tendió la mano a la joven. En aquel momento examinaba el feo el agujero de su tricornio. Al pasar la joven rozando a mi tío, dejó caer en las manos de éste uno de sus guantes, y murmuró suavemente, acercando tanto sus labios a la cara de mi tío, que sintió éste darle en la nariz el cálido aliento de la señorita, la palabra "¡Defiéndame!". Entonces, señores, saltó mi tío del coche con tal violencia, que le hizo bambolearse sobre sus ballestas.

 

»—¡Oh! ¿Lo ha pensado usted mejor? —dijo el guarda al ver a mi tío en el suelo. »Miró mi tío al guarda por unos segundos, pensando si no sería mejor apoderarse del arcabuz, dispararlo en la misma cara del hombre del espadón, golpear al otro acompañante con la culata y arrebatar a la dama, ocultándose en la nube de humo. Mas, pensándolo mejor, abandonó este proyecto, por considerarlo excesivamente melodramático, y siguió a los dos hombres misteriosos, que, llevando en medio a la

 

 

 

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dama, entraban en un viejo caserón que daba frente al edificio en que paraba el coche.

 

Penetraron en el portal, y les siguió mi tío.

 

»De cuantos edificios desolados y ruinosos viera mi tío, era éste uno de los más. Por la traza debió de haber sido fonda en tiempos; pero faltaba la techumbre en algunos sitios y las escaleras eran empinadísimas y estaban desvencijadas. Había en la estancia principal una enorme chimenea, cuya campana se hallaba ennegrecida por el humo; pero no había lumbre. El polvo ceniciento de las maderas quemadas aún se advertía en el hogar; pero ahora estaba frío, y por doquier reinaban la sombra y la lobreguez.

 

»—¡Bien! —dijo mi tío, mirando a sus alrededores—. Esto de que un correo de seis millas y media la hora se detenga por tiempo indefinido en una zahurda como ésta me parece un abuso. Esto hay que contarlo. Me dirigiré a los periódicos.

 

»Dijo esto mi tío en alta voz y en forma ostensible, con objeto de ver si podía meter en conversación a los acompañantes. Pero ninguno de los dos le hizo caso, y siguieron murmurando entre sí, después de mirarle con hostilidad. La señora estaba en el fondo de la estancia, y una vez aventuróse a hacerle una seña con la mano, como solicitando la ayuda de mi tío.

 

»Por fin avanzaron un poco los acompañantes y empezó la conversación en tonos vivos.

 

»—Por lo visto no sabe usted que ésta es una habitación privada, amigo —dijo el de ropaje celeste.

 

»—No, no lo sé, amigo —respondió mi tío—. Lo que me parece es que si ésta es una habitación privada y especialmente dispuesta, habrá que ver la sala del público.

 

»Y diciendo esto, sentóse mi tío en una silla de alto respaldo y examinó a su interlocutor, tomándole medida con tanta exactitud, que Tiggin y Welps podrían haberle confeccionado un traje de percal sin que hubiera diferido una sola pulgada.

 

»—Salga de aquí —dijeron los dos hombres, echando mano a sus espadas.

 

»—¿Cómo? —dijo mi tío, fingiendo no haber comprendido.

 

»—Salga de aquí o dese por muerto —dijo el feo del espadón, desenvainándolo y haciendo un molinete en el aire.

 

»—¡Duro con él! —gritó el caballero celeste, sacando también su espada y retrocediendo dos o tres yardas—. ¡Duro con él!

 

»La dama lanzó un agudísimo chillido.

 

»Mi tío siempre se había distinguido por su audacia y presencia de ánimo. Mientras que permaneciera, al parecer, indiferente acerca de lo que iba a pasar, había estado mirando furtivamente en torno con objeto de descubrir algún utensilio o arma de defensa; y en el momento en que los otros sacaron sus espadas, advirtió en un rincón de la chimenea un viejo espadín con empuñadura revestida de mimbre y herrumbrosa vaina. De un salto se apoderó mi tío del arma, la desenvainó, blandióla

 

 

 

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gallardamente sobre su cabeza, y encareciendo a la dama que se hiciera a un lado, arrojó la silla al hombre celeste, la vaina al del traje ciruela y, aprovechando la confusión, cayó sobre ambos a mansalva.

 

»Hay un vieja historia, señores, que nada desmerece por ser auténtica, referente a cierto caballero holandés, al que, habiéndosele preguntado si podría tocar el violín, respondió que seguramente podría, pero que no lo sabía de cierto, porque nunca lo había intentado. Esto puede ser aplicable a mi tío y a su defensa. Jamás había tenido una espada en su mano, como no fuera una vez en que representó el Ricardo III en un teatro particular, en cuya ocasión convino con Richmond en que sería herido por la espalda en vez de celebrar el duelo en la escena. Pero allí estaba, tirándose estocadas y tajos con dos consumados espadachines: atacaba y volvía a la guardia, lanzábase a fondo, amagaba fintas y paraba con la mayor bravura y destreza, aunque hasta aquel momento no hubiera tenido la menor noción de esta ciencia. Esto viene a demostrar cuán cierta es la vieja sentencia de que un hombre nunca sabe de lo que es capaz hasta que lo intenta.

 

»Era espantoso el ruido del combate; los adversarios juraban como lanceros, y sus espadas producían al encontrarse el mismo estrépito que si todos los cuchillos y aceros del mercado de Newport chocaran entre sí al mismo tiempo. En lo más empeñado de la lucha, la señora, probablemente con objeto de animar a mi tío, descubrióse por completo el rostro y mostró a la luz tan fascinadora belleza, que mi tío hubiera sido capaz de batirse con quince hombres, con tal de ganar una sonrisa y morir. Había hecho maravillas hasta entonces; mas desde aquel momento empezó a disparar tajos y estocadas como un gigante furioso.

 

»Al volverse en aquel momento el caballero celeste y ver a la joven con la cara descubierta, profirió una exclamación de rabia y celos, y, dirigiendo el arma hacia el hermoso pecho de la joven, le apuntó al corazón, lo cual hizo a mi tío lanzar un grito de terror tal, que hizo retemblar el edificio. Desvióse ágilmente la señorita, y, arrebatando la espada de la mano del joven, antes de que pudiera recobrar su aplomo le empujó contra la pared y, hundiéndosela hasta el pomo, le dejó clavado.

 

»Fue un ejemplo fecundo. Mi tío, con un grito de triunfo y con fuerza irresistible, obligó a su adversario a retirarse en la misma dirección, y dirigiendo el viejo espadín al propio centro de una roja flor que formaba parte del rameado del chaleco, le dejó ensartado junto a su amigo. Allí quedaron los dos, señores, agitando sus brazos y piernas, con esfuerzos de agonía, como esos muñecos de juguete que se mueven tirándoles de un hilo. Decía luego mi tío que era éste uno de los medios más seguros que conocía para deshacerse de un enemigo; pero el procedimiento era recusable desde el punto de vista económico, toda vez que exigía el gasto de una espada por cada individuo despachado.

 

»—¡Al coche, al coche! —gritó la dama abalanzándose a mi tío y echándole al

 

 

 

 

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cuello sus hermosos brazos—. ¡Aún podemos salvarnos!

 

»—¡Cómo que aún podemos! —exclamó mi tío—. Pero, querida mía, ¿es que todavía queda alguno a quien matar?

 

»Sintióse mi tío bastante contrariado, porque consideraba que un breve rato de amoroso palique hubiera sido muy agradable después de la matanza, aunque no fuera más que por variar de tema.

 

»—No tenemos un instante que perder —dijo la señorita— Ése —añadió, señalando al joven de traje celeste— es el hijo único del poderoso marqués de Filletoville.

 

»—¿Sí? Pues entonces, querida mía, presumo que no va a llevar jamás el título — dijo mi tío, contemplando con la mayor indiferencia al joven que estaba clavado en la pared como un saltamontes—. Ha suprimido usted el mayorazgo, amor mío.

 

»—He sido arrebatada de mi casa y de los míos por esos dos villanos —dijo la señorita, sofocada por la indignación— Ese malvado se hubiera casado conmigo a la fuerza dentro de una hora.

 

»—¡Maldito sinvergüenza! —dijo mi tío, lanzando una mirada despreciativa al moribundo heredero de Filletoville.

 

»—Como habrá usted podido adivinar por lo que ha visto —continuó la señorita —, todo estaba preparado para asesinarme si llamaba yo a alguien en mi auxilio. Si los cómplices nos encuentran aquí, estamos perdidos. Dentro de dos minutos sería ya tarde. ¡Al coche!

 

»Diciendo esto, y aniquilada por las emociones y por el esfuerzo desplegado para ensartar al joven marqués de Filletoville, cayó la señorita en los brazos de mi tío. Levantóla mi tío en sus brazos y la condujo a la puerta de la casa. Allí estaba el coche, con cuatro caballos de luengas colas y flotantes crines ya enganchados; mas no había cochero, ni guarda, ni siquiera palafrenero que tuviera cuenta de los caballos.

 

»No creo, señores, ofender la memoria de mi tío si consigno mi opinión de que, no obstante ser soltero, había tenido en sus brazos a alguna dama antes de aquella ocasión; llegaré hasta decir que, creo, tenía la costumbre de besar a las chicas de las posadas, y sé de buena tinta que en dos o tres ocasiones se le ha visto estrechar de modo ostensible a una patrona. Apunto este comentario para encarecer la calidad de la hermosa señorita que tan profundamente logró conmoverle. Decía muchas veces que al sentir desbordarse en su brazo los cetrinos y largos cabellos de la doncella, y al ver clavarse en los suyos aquellos hermosos y negros ojos en el momento de volver a la vida, experimentó tan extraña conmoción nerviosa, que le temblaron las piernas. ¿Pero quién podría contemplar sin sentirse desconcertado un par de ojos suaves y acariciadores? Lo que es yo, no, señores. A mí me sobrecoge el mirar ciertos ojos que yo me sé, créanme ustedes...

 

 

 

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»—¿No me abandonará usted nunca? —murmuró la señorita.

 

»—¡Nunca! —dijo mi tío.

 

»Y lo decía con toda su alma.

 

»—¡Mi querido libertador! —exclamó la joven—. ¡Mi adorado, mi generoso y valiente salvador!

 

»—No diga eso —replicó mi tío atajándole.

 

»—¿Por qué? —objetó la dama.

 

»—Porque su boca se ofrece tan deliciosa cuando usted habla —repuso mi tío—, que temo cometer la brutalidad de besarla.

 

»Levantó la joven su mano como para impedir que lo hiciera, y dijo..., bueno, no dijo nada...; no hizo más que sonreír.

 

»Si ustedes contemplan los labios más deliciosos del mundo y los ven abrirse en dulce y traviesa sonrisa...; si se hallan ustedes muy cerca de ellos y nadie por allí..., no es posible que discurran ustedes manera mejor de testimoniar la admiración que les inspira la gracia de su línea y su color que la de besarlos al punto. Eso hizo mi tío, y yo se lo alabo.

 

»—¡Oiga! —gritó la señorita, sobresaltada—. ¡Ruido de coches y caballos! »—Es verdad —dijo mi tío, poniéndose a escuchar.

 

»Tenía un oído finísimo para las ruedas y las herraduras de los caballos; mas tantos parecían ser los carruajes y los caballos que hacia ellos venían a lo lejos, que se hacía imposible adivinar su número. El estrépito correspondía, por lo menos, a cincuenta coches tirados por seis pura sangre cada uno.

 

»—¡Nos persiguen! —gritó la señorita, juntando sus manos—. ¡Nos persiguen! No tengo otra esperanza que usted.

 

»Tal fue el terror que se pintó en su bello rostro, que mi tío adoptó al punto su resolución. Depositó en el coche la preciosa carga, dijo a la señorita que no se asustara, imprimió otro beso en sus labios y, advirtiéndole que subiera la ventanilla para resguardarse del frío exterior, subió al pescante.

 

»—Un momento, querido mío —dijo la señorita.

 

»—¿Qué ocurre? —contestó mi tío desde su asiento.

 

»—Tengo que decirle una cosa —dijo la señorita—; sólo una cosa; sólo una, queridísimo mío.

 

»—¿Es preciso que baje? —preguntó mi tío.

 

»Guardó silencio la señorita, pero volvió a sonreír. ¡Y qué sonrisa, señores! Eclipsó a la anterior. Mi tío se apeó en menos que se dice.

 

»—¿Qué es ello, querida mía? —dijo mi tío, contemplándola en la ventanilla. »Asomóse la señorita en aquel momento, y mi tío la encontró aún más hermosa

 

que antes. Y nada tiene esto de particular, porque ahora la veía, señores, desde más cerca.

 

 

 

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»—¿Qué es ello, querida? —repitió mi tío.

 

»—¿No amará usted más a ninguna otra? ¿Se casará usted con alguna que no sea yo? —dijo la señorita.

 

»Juró mi tío rotundamente que no se casaría con ninguna que no fuera ella, y la doncella metió la cabeza en el coche Y levantó la ventanilla. Saltó mi tío de nuevo al pescante, ajustó las riendas, tomó el látigo, que estaba en el techo, hízole restallar y allá fueron los cuatro caballos negros, de luengas colas y crines flotantes, arrastrando la vieja diligencia a razón de quince millas inglesas por hora. Ja!... ¡Cómo arrancaron!

 

»Pero iba aumentando el ruido a retaguardia. Cuanto más corría el coche, más se acercaban los perseguidores: hombres, caballos, perros, rivalizaban en el afán de darles alcance. Era espantosa la batahola; pero sobre ella destacábase la voz de la señorita, que gritaba a mi tío: "¡Más de prisa! ¡Más de prisa!".

 

»Cruzaron vertiginosamente las sombrías arboledas, como plumas que impulsa el huracán. Casas, iglesias, barreras, setos, todo lo dejaban atrás, con una velocidad y un estrépito que recordaban el mugido de las aguas que rompen bruscamente el dique. Mas seguía acercándose la avalancha perseguidora, y oyendo mi tío el grito desesperado de la señorita: "¡Más de prisa! ¡Más de prisa!".

 

»Agitó mi tío con ardor redoblado riendas y látigo, y volaron los caballos, hasta cubrirse de blanca espuma. Y aún crecía el ruido a la zaga, y aún gritaba la joven: "¡Más de prisa! ¡Más de prisa!". Dio mi tío un fuerte pisotón en el fondo del coche, excitado por lo crítico del momento, y... se encontró con que amanecía y que estaba en el taller del carpintero, sentado en el cupé de un vetusto correo de Edimburgo, tiritando de humedad y de frío y golpeando el suelo con los pies para calentárselos. Apeóse en seguida, y buscó ávidamente a la señorita en el interior. ¡Oh desilusión! El carruaje no tenía portezuela ni asientos: era un informe armatoste.

 

»Por supuesto que mi tío sabía muy bien que allí había algún misterio y que todo había pasado tal y como él lo refería. Siempre fiel al juramento prestado a la hermosa señorita, rehusó, en honor de ella, varias patronas aceptables, y murió, al fin, soltero. Siempre decía lo extraordinario que había sido aquello de enterarse, por el solo hecho de saltar una valla, de que los espectros de los coches, caballos, guardas, cocheros y pasajeros tenían la costumbre de viajar por las noches con toda regularidad. Solía decir que se consideraba el único ser viviente que había sido tomado como pasajero en una de estas excursiones. Y creo que tenía razón, señores; por lo menos, yo no sé de ningún otro.»

 

—Me gustaría saber qué es lo que estos fantasmas de correos llevan en sus valijas —dijo el patrón, que había escuchado la historia entera con atención profunda.

 

—Hombre, pues las cartas muertas —respondió el viajante.

 

—Toma, claro está —repuso el patrón—. No había caído en ello.

 

 

 

 

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50.    Cómo Mr. Pickwick se apresuró a cumplir su cometido y cómo se le ofreció desde el principio el

 

refuerzo de un auxiliar inesperado

 

 

Dispuestos los caballos a las nueve menos cuarto en punto de la mañana siguiente, y una vez que Mr. Pickwick y Sam Weller ocuparon sus asientos respectivos, dentro el uno y fuera el otro, ordenóse al postillón detenerse, en primer término, en casa de Mr. Bob Sawyer, con objeto de recoger allí a Mr. Benjamín Allen.

 

No fue escasa la sorpresa ni flojo el asombro que experimentó Mr. Pickwick cuando, al detenerse el carruaje ante la puerta del farol rojo y con la muestra de «Sawyer, antes Nockemorf» y asomar la cabeza por la ventanilla, vio al chico de uniforme gris ocuparse afanosamente en la tarea de cerrar las maderas del establecimiento, faena que, por lo impropio de la hora temprana y de las costumbres inherentes a un negocio público, sugiriéronle al punto dos hipótesis diversas: que algún buen amigo y cliente de Mr. Bob Sawyer había muerto, o que el propio Mr. Bob Sawyer habíase declarado en quiebra.

 

—¿Qué ocurre? —dijo al muchacho Mr. Pickwick.

 

—No ocurre nada, sir —respondió el chico, abriendo la boca hasta las orejas. —¡Bien, bien! —dijo Mr. Bob Sawyer, saliendo a la puerta de improviso con un

 

pequeño saco de cuero viejo y sucio en una mano y con un tosco gabán y una bufanda en la otra—. Allá voy, buen amigo.

 

—¡Usted! —exclamó Mr. Pickwick.

 

—Sí —replicó Bob Sawyer—, y vamos a hacer la gran expedición. ¡Venga, Sam, coloque esto!

 

Y con esta sumaria advertencia a Mr. Weller lanzó Mr. Bob Sawyer el saquito, que Sam se apresuró a acomodar debajo del asiento, no sin mostrarse grandemente admirado de lo que pasaba. Hecho esto, Mr. Bob Sawyer, asistido del chico, se introdujo laboriosamente en el tosco gabán, que le estaba bastante pequeño, y, acercándose al coche, metió la cabeza por la ventanilla y se echó a reír estrepitosamente.

 

—¿Qué sorpresa, verdad? —gritó Bob, enjugándose las lágrimas con una de las bocamangas del tosco gabán.

 

—Mi querido señor —dijo Mr. Pickwick con cierto embarazo—, no tenía idea de que iba usted a acompañarnos.

 

—No, pues ésa es la cosa —replicó Bob, asiendo a Mr. Pickwick por la solapa de la chaqueta—. Eso es lo chusco.

 

—¡Ah! ¿Eso es lo chusco? —dijo Mr. Pickwick.

 

—Claro —repuso Bob—. Ahí está el quid de la cuestión, eso es; y dejar que el negocio se cuide de sí mismo, ya que parece dispuesto a no cuidarse de mí.

 

 

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Con esta explicación del fenómeno del cierre, señaló Mr. Bob Sawyer a la tienda y se entregó a un éxtasis de regocijo.

 

—¡Pero hombre, por Dios, no será usted tan loco que deje a sus clientes sin asistencia! —le reconvino Mr. Pickwick con mucha seriedad.

 

—¿Por qué no? —objetó Bob en guisa de respuesta—. Así economizo: para que usted lo sepa, ninguno de ellos me paga jamás. Además —continuó Bob en murmullo confidencial—, les conviene muchísimo, porque, hallándome ahora exhausto de drogas y siéndome imposible por el momento hacerme de ellas a crédito, me vería obligado a dar calomelanos a diestro y siniestro, lo cual puede que le sentara mal a alguno. De modo que todos ganamos con ello.

 

Había en esta réplica una filosofía y una fuerza de razonamiento tales, que no se sintió Mr. Pickwick con preparación bastante para rebatirla. Guardó silencio un momento, y añadió con menos firmeza que antes:

 

—Pero en este coche sólo caben dos, y ya estoy comprometido con Mr. Allen. —Usted no se ocupe de mí —replicó Bob—. Ya lo tengo yo arreglado: Sam y yo

 

compartiremos la trasera. Mire, este papelito es para pegarlo en la puerta: «Sawyer, antes Nockemorf. Preguntar a la señora Cripps, aquí al lado». La señora Cripps es la madre del chico. «Mr. Sawyer lo siente muchísimo», dice la señora Cripps, «no ha podido evitarlo... Le mandaron llamar esta mañana temprano para una consulta con el primer cirujano de la comarca... no podían prescindir de él... a cualquier precio...

 

tremenda operación». La cosa es —dijo Bob en conclusión— que me conviene por todos los conceptos. Y si esto se cuenta en los periódicos locales, me hago hombre. ¡Aquí está Ben! ¡Ea, Ben, arriba!

 

Con estas apremiantes palabras empujó Bob de un lado al postillón, hizo entrar en el coche a su amigo, cerró la portezuela, subió al estribo, plantó el anuncio en la puerta de su casa, echó la llave, la guardó en el bolsillo, saltó a la trasera, dio la voz de partir y todo esto lo llevó a cabo con rapidez tan extraordinaria, que antes de que Mr. Pickwick tuviera tiempo de recapacitar en si procedía o no que les acompañara Mr. Bob Sawyer ya iban rodando con Mr. Bob Sawyer como parte integrante y fardo imprescindible de la impedimenta.

 

Mientras cruzaron las calles de Bristol, el jocundo Bob conservó su gravedad y sus antiparras profesionales, permitiéndose tan sólo algunos dicharachos para exclusivo solaz y pasatiempo de Mr. Samuel Weller. Pero no bien salieron al campo abierto, despojóse a un tiempo de sus verdes antiparras y de su gravedad profesionales, y se entregó a una gran variedad de manifestaciones festivas, con objeto de llamar la atención de los caminantes que al paso encontraban y con el designio de hacer del coche y de sus ocupantes, blancos de la más viva curiosidad. Entre estas manifestaciones podrían señalarse como las más notables una escandalosa imitación de la corneta de llaves y la ostentosa tremolación de un pañuelo rojo atado

 

 

 

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al extremo de un bastón, cuya enseña hacía de cuando en cuando ondear en el aire con aspavientos y gesticulaciones de altanería y provocación.

 

—Me extraña —dijo Mr. Pickwick, deteniéndose en mitad de la más sosegada conversación referente a las innumerables prendas de Mr. Pickwick y de la hermana de Mr. Ben Allen—, me extraña que todo el que pasa se nos queda mirando de una manera rarísima.

 

—Será la forma elegante del coche —replicó Ben Allen con cierto orgullo—. No están acostumbrados a ver estas cosas todos los días.

 

—Es posible —repuso Mr. Pickwick—. Tal vez sea eso. Puede ser.

 

No es difícil que Mr. Pickwick hubiera aceptado esa explicación, de no haber acertado en aquel momento a mirar por la ventanilla y observar que la actitud de los caminantes denotaba todo menos admiración respetuosa, y que parecían cambiarse telegráficas señales entre ellos y alguna persona que iba en el exterior del vehículo, concibiendo al punto la sospecha de que tales demostraciones podrían tener alguna relación, no del todo remota, con las aficiones humorísticas de Mr. Bob Sawyer.

 

—¿Supongo —dijo Mr. Pickwick— que nuestro volátil amigo no estará cometiendo desatinos desde la trasera?

 

—¡Oh, no querido! —replicó Ben Allen—. Como no esté un poco excitado, es el ser más tranquilo del mundo.

 

En aquel momento, una prolongada imitación de la corneta de llaves atronó los oídos de todos, oyéndose en seguida varios gritos y exclamaciones, que procedían de la garganta y pulmones del ser más tranquilo del mundo, o, en más claros términos del propio Mr. Bob Sawyer.

 

Cambiaron una mirada de inteligencia Mr. Pickwick y Mr. Ben Allen, y, quitándose el sombrero Mr. Pickwick y asomándose a la ventanilla hasta echar fuera casi todo el chaleco, logró al fin descubrir a su chistoso amigo.

 

Mr. Bob Sawyer estaba sentado, no en la trasera, sino en el techo del carruaje, despatarrado a su placer, con el sombrero de Mr. Samuel Weller de lado, con un enorme emparedado en una mano y una respetable cantimplora en la otra, aplicándose a ambas cosas con verdadero ahínco y divirtiendo la monótona tarea con frecuentes berridos y cambiando animadas chocarrerías con todos los que hallaban al paso. La roja bandera campeaba enhiesta, cuidadosamente atada a la barra del coche, y Mr. Samuel Weller, engalanado con el sombrero de Mr. Bob Sawyer, sentado en el centro, despachaba un par de emparedados de carne con risueño semblante, cuya expresión denotaba la absoluta y perfecta aprobación que le merecía cuanto estaba ocurriendo.

 

Esto era ya bastante para irritar a un caballero del comedimiento de Mr. Pickwick; pero lo grave del caso cifrábase en que en aquel preciso momento venía a cruzarse con ellos una diligencia atestada de gente dentro y fuera, cuyo asombro tomaba

 

 

 

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formas palpables. Las congratulaciones de una familia irlandesa mendicante que seguía al coche pidiendo sin cesar resultaban un tanto escandalosas, sobre todo las del cabeza de la tribu, que parecía considerar todo aquel aparato ambulante como formando parte de alguna charanga política o de cualquier otra procesión triunfal.

 

—¡Mr. Sawyer! —gritó Mr. Pickwick con gran excitación—. ¡Por Dios, Mr. Sawyer!

 

—¡Hola! —respondió el aludido, mirando desde arriba con la mayor tranquilidad.

 

—¿Está usted loco, sir? —le preguntó Mr. Pickwick.

 

—Nada de eso —replicó Bob —; alegre solamente

 

—¡Alegre, sir! —exclamó Mr. Pickwick—. Baje usted ese escandaloso pañuelo rojo, haga el favor. Se lo suplico, sir. Bájalo, Sam.

 

Antes de que Sam pudiera intervenir, arrió graciosamente su bandera Mr. Bob Sawyer, y, luego de guardársela en el bolsillo, saludó cortésmente a Mr. Pickwick, limpió la boca de la cantimplora y se la aplicó a la suya, dándole a entender, sin necesidad de gastar palabras, que aquel trago iba por su dicha y prosperidad. Hecho esto, tapó cuidadosamente la botella, y, mirando beatíficamente a Mr. Pickwick, tomó un gran bocado del comestible y sonrió.

 

—Vamos —dijo Mr. Pickwick, cuya ira momentánea no pudo resistir el imperturbable aplomo de Bob—, haga el favor de no hacer más disparates.

 

—No, no —replicó Bob, cambiando otra vez su sombrero con Mr. Weller—; no era ése mi propósito. Me animó tanto la carrera, que no pude contenerme.

—Fíjese en el efecto que hace —le observó Mr. Pickwick—, y cuide un poco más de las apariencias.

 

—¡Oh sí! —dijo Bob—. No es propio de las circunstancias, ni mucho menos. Se acabó, mi dueño y señor.

 

Satisfecho con la promesa, volvió a meter la cabeza en el coche Mr. Pickwick, y levantó la vidriera; mas no bien reanudara la conversación interrumpida por Mr. Bob Sawyer, sobresaltóse al ver aparecer un objeto negro de forma oblonga junto a la ventanilla, y golpeándola repetidamente, como si se impacientara por ser admitido.

 

—¿Qué es esto? —exclamó Mr. Pickwick.

 

—Parece una cantimplora —observó Ben Allen, examinando el objeto en cuestión con interés a través de sus lentes—; yo creo que es de Bob.

 

La impresión no podía ser más exacta, porque, habiendo atado Mr. Bob Sawyer la cantimplora al extremo del bastón, golpeaba la ventanilla con ella con intención de que sus amigos del interior participaran del contenido en la mejor armonía.

 

—¿Qué debemos hacer? —dijo Mr. Pickwick, mirando la botella—. Esto es más disparatado aún que lo anterior.

 

—A mí me parece que lo mejor será cogerla —replicó Mr. Ben Allen—. Le estaría muy merecido que la cogiéramos y nos quedáramos con ella, ¿no es verdad?

 

 

 

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—Ciertamente —dijo Mr. Pickwick—. ¿La cojo?

 

—Creo que es el mejor partido que podemos tomar —repuso B en.

 

Como este parecer coincidiera perfectamente con el suyo propio, bajó suavemente Mr. Pickwick la vidriera y desató la botella del bastón, después de lo cual subió de nuevo la vidriera, y se oyó reír con toda su alma a Mr. Bob Sawyer.

 

—¡Qué gracioso es el bribón! —dijo Mr. Pickwick, mirando a su compañero, con la botella en la mano.

 

—Sí que lo es —dijo Mr. Allen.

 

—No hay manera de enfadarse con él —añadió Mr. Pickwick.

 

—Claro que no —asintió Benjamín Allen.

 

Durante este intercambio de opiniones, Mr. Pickwick descorchó distraídamente la botella.

 

—¿Qué es? —preguntó al descuido Ben Allen.

 

—No lo sé —replicó Mr. Pickwick con igual negligencia—. Parece que huele a ponche.

 

—¡Ah!, ¿sí? —repuso Ben.

 

—Me parece —repitió Mr. Pickwick, precaviéndose contra toda posibilidad de decir una inexactitud—; ahora, que no lo puedo asegurar sin probarlo.

—Pues pruébelo usted —dijo Ben—, y así sabremos lo que es.

 

—¿Cree usted? —replicó Mr. Pickwick—. Bien; si tiene usted curiosidad por saberlo, yo no me opongo.

 

Propicio siempre a sacrificar sus opiniones a los deseos de su amigo, echó Mr.

 

Pickwick un buen trago.

 

—¿Qué es? —preguntó Ben Allen, interrumpiéndole con cierta impaciencia. —Es curioso —dijo Mr. Pickwick, relamiéndose los labios—; hasta ahora no

caigo. ¡Oh sí! —dijo Mr. Pickwick después de un segundo trago—.Es ponche.

 

Mr. Ben Allen miró a Mr. Pickwick; Mr. Pickwick miró a Mr. Ben Allen, y sonrió Mr. Ben Allen; pero no Mr. Pickwick.

 

—Bien se lo merecía —dijo el último con cierta severidad—; se merecía que nos lo bebiésemos, sin dejar gota.

 

—Eso mismo se me había ocurrido a mí —dijo Ben Allen. —¿Verdad que sí? —repuso Mr. Pickwick—. ¡Entonces, a su salud!

 

Con estas palabras tiró el excelente caballero un buen viaje a la botella, y se la pasó a Ben Allen, que no se quedó atrás. Dirigiéronse mutuas sonrisas, y el ponche fue gradual y alegremente consumido.

 

—Después de todo —dijo Mr. Pickwick—, sus cosas son muy divertidas; realmente, entretenidísimas.

 

—Bien puede usted decirlo —repuso Mr. Ben Allen.

 

Y en prueba de que Mr. Bob Sawyer era el ser más ocurrente del mundo, procedió

 

 

 

 

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a contar prolija y detalladamente a Mr. Pickwick cómo en cierta ocasión el exceso de bebida produjo a Bob una fiebre de tal naturaleza, que no hubo más remedio que afeitarle la cabeza; narración que aún no había terminado cuando se detuvo el coche en el Soto de la Campana de Berkeley para mudar el tiro.

 

—¡Señores! Comeremos aquí, ¿verdad? —dijo Bob, inclinándose sobre la ventanilla.

 

—¡Comer! —dijo Mr. Pickwick—. ¡Pero hombre, si no hemos andado más que diecinueve millas, y nos faltan veintiocho y media todavía!...

 

—Precisamente por esa razón debiéramos tomar algo que nos confortase para la fatiga de la jornada —arguyó Mr. Bob Sawyer.

 

—¿Pero cómo vamos a hacer la comida a las once y media de la. mañana? — replicó Mr. Pickwick, consultando el reloj.

 

—Claro está, señor —repuso Bob—; lo que se impone es almorzar. ¡Eh, buen hombre: almuerzo para tres inmediatamente, y que no enganchen hasta dentro de un cuarto de hora! Diga que nos saquen todo lo que tengan de fiambres a la mesa, alguna que otra botella de cerveza y el mejor madeira que haya.

 

Dadas estas órdenes con señorial desenvoltura, entró en la casa Mr. Bob Sawyer apresuradamente, con objeto de vigilar los preparativos, volviendo a los cinco minutos para decir que estaba todo perfectamente.

 

La calidad del almuerzo justificaba cumplidamente los elogios de Bob, y tanto éste como Mr. Ben Allen y Mr. Pickwick le rindieron grandes honores. Ante el combinado ataque de los tres, pronto sucumbieron la botella de cerveza y la de madeira. Y cuando, enganchados los caballos, ocuparon de nuevo sus asientos, llena la cantimplora del mejor sustitutivo del ponche que pudo proveerse en tan corto tiempo, resonó la corneta y ondeó el banderín rojo, sin la más ligera protesta por parte de Mr. Pickwick.

 

En el Salto de la Lanza de Tewkesbury hicieron alto para comer. Entonces volvieron a correr la cerveza, el madeira y algún oporto de añadidura, y por cuarta vez se llenó la cantimplora. Bajo la influencia de aquellos estimulantes combinados, permanecieron dormidos Mr. Pickwick y Mr. Ben Allen durante las treinta millas, en tanto que Bob y Mr. Weller cantaban a dúo en la trasera.

 

Era ya completamente de noche cuando Mr. Pickwick se halló bastante despierto para mirar por la ventanilla. Las casitas, salpicadas a uno y otro lado del camino; el sombrío matiz de todos los objetos que se descubrían; la brumosa atmósfera; las sendas rojizas y cenicientas; el rojo fulgor de los hornos, lejanos aún; las densas humaredas que despedían las piramidales y elevadas chimeneas, que todo lo ennegrecían en torno; el resplandor de las luces distantes; los enormes carromatos, que seguían fatigosamente el camino, abarrotados de lingotes de hierro o de otros pesados materiales..., todo anunciaba la proximidad de la industriosa Birmingham.

 

 

 

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A medida que penetraban en las angostas callejuelas acentuábanse los síntomas visuales y acústicos del trajín laborioso: las calles veíanse llenas de obreros; de todas las casas salía el sordo zumbido de la faena; los amplios ventanales le los talleres derramaban sus haces luminosos, y el giro de as ruedas y el trepidar de las máquinas hacían retemblar las paredes; las llamas, cuyo tenue resplandor percibiérase desde unas millas antes, veíanse ahora brillar voraces en las fábricas de la ciudad; el golpear de los martillos, los resoplidos del vapor y el pesado machacar de las férreas piezas oíanse por doquier en rudo concertante.

 

El postillón llevó el coche a escape por las anchurosas calles y pasó por delante de las hermosas e iluminadas tiendas que unen los arrabales de la ciudad con el antiguo Hotel Real antes de que Mr. Pickwick tuviera tiempo de recapacitar en la delicada y difícil misión que allí le llevaba.

 

La delicada naturaleza de su comisión y la dificultad de llevarla a cabo no disminuían en manera alguna con la espontánea compañía de Mr. Bob Sawyer. A decir verdad, Mr. Pickwick comprendía que la presencia del ocurrente amigo en aquella ocasión, aunque grata y apetecible, constituía un honor que muy de su gusto hubiera declinado; en una palabra: que hubiera dado una respetable suma con tal de que Mr. Bob Sawyer se trasladara sin demora a cualquier sitio que estuviera a más de cincuenta millas de distancia.

 

Mr. Pickwick nunca había mantenido trato personal con Mr. Winkle padre, si bien había comunicado con él por carta dos o tres veces para darle respuesta satisfactoria a otras tantas consultas del primero referentes al modo de ser y al comportamiento de su hijo, y ocasionábale no poca nerviosidad el pensar que visitarle por vez primera en compañía de Bob Sawyer y Ben Allen, que estaban un tanto beodos, no era la forma más adecuada que emplear podía para inclinar al anciano en su favor.

 

—Sin embargo —decía Mr. Pickwick, tratando de cobrar seguridad—, haré cuanto esté de mi parte. He de verle esta misma noche, porque así lo he prometido. Si se empeñan en acompañarme, abreviaré la entrevista todo lo posible, y espero que, aunque no sea más que por su propio decoro, no cometerán ninguna inconveniencia.

 

Cuando se tranquilizaba con estas reflexiones, deteníase el coche a la puerta del Hotel Real. Despierto a medias Ben Allen de un estupendo sueño y una vez sacado, asido del cuello, por Mr. Samuel Weller, logró apearse Mr. Pickwick. Fueron introducidos en un confortable aposento, y, sin perder momento, interrogó al camarero Mr. Pickwick acerca de la morada de Mr. Winkle.

 

—Aquí cerca, sir —dijo el camarero—, a menos de quinientas yardas. Mr. Winkle es delegado del muelle del canal, sir. Su casa particular no está de aquí ni... ¡ca!... ni a quinientas yardas.

 

Entonces apagó el camarero una vela e hizo ademán de encenderla otra vez, con el solo objeto de dar tiempo a que Mr. Pickwick preguntara más, si así lo deseaba.

 

 

 

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—¿Va a tomar algo ahora, sir? —dijo el camarero, encendiendo, al fin, la bujía, desesperado por el silencio de Mr. Pickwick—. ¿Té o café, sir? ¿Algo de comer?

 

—Ahora, nada.

 

—Muy bien, sir. ¿Desea que se le prepare la cena, sir?

 

—Por ahora, no.

 

—Muy bien, sir.

 

Dirigióse lentamente hacia la puerta y, deteniéndose bruscamente, volvióse y dijo con suavidad:

 

—¿Quiere que envíe a la camarera, sir?

 

—Como a usted le parezca —replicó Mr. Pickwick.

 

—A su gusto, sir.

 

—Y traiga un poco de soda —dijo Bob Sawyer.

 

—¿Soda, sir? Sí, sir.

 

Aliviado el peso que agobiaba su mente por haber conseguido al fin que se le pidiera alguna cosa, desvanecióse imperceptiblemente el camarero. Los camareros nunca andan ni corren. Tienen un poder especial y misterioso de esfumarse de las habitaciones que no poseen los demás mortales.

 

Habiendo aparecido ciertos leves síntomas de vitalidad en Mr. Ben Allen, gracias a la soda, pudo conseguirse de él que se lavara y que se dejara cepillar por Sam. Después de reparar Mr. Pickwick y Bob Sawyer el desorden producido por el viaje en su indumento, encamináronse los tres del brazo a casa de Mr. Winkle. Bob Sawyer impregnaba la atmósfera, al andar, con el olor del tabaco.

 

A cosa de un cuarto de milla, en bien urbanizada y tranquila calle, alzábase una vetusta casa de rojo ladrillo con una escalinata de tres peldaños a la entrada y una placa de bronce, en la que se leía, inscritas en gruesos caracteres romanos, las palabras «Mr. Winkle». Eran muy blancos los escalones, muy rojos los ladrillos de la fachada y muy limpio y perfilado el edificio, y a él llegaron Mr. Pickwick, Mr. Benjamín Allen y Mr. Bob Sawyer al sonar las campanadas de las diez.

 

Acudió a la llamada una elegante doncella, que se sorprendió al ver a los visitantes.

 

—¿Está en casa Mr. Winkle, querida? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—En este momento va a cenar, sir —respondió la muchacha.

 

—Tenga la bondad de pasarle esta tarjeta —repuso Mr. Pickwick—. Dígale que siento molestarle a una hora tan avanzada; pero que deseo vivamente verle esta misma noche, y acabo de llegar.

 

Miró la doncella tímidamente a Mr. Bob Sawyer, que manifestaba, por medio de una serie de gestos de maravilla, la admiración que le merecían sus encantos personales, y, echando una ojeada a los sombreros y gabanes que estaban colgados en la antesala, llamó a otra muchacha para que tuviera cuidado de la puerta mientras ella

 

 

 

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subía. Mas pronto fue relevado el centinela, pues a los pocos momentos volvió la primera y, pidiendo perdón a los caballeros por haberles dejado a la intemperie, les introdujo en un alfombrado salón, mitad despacho, mitad tocador, cuyos principales elementos de ornato y mobiliario consistían en un pupitre, un lavamanos, un espejo de afeitarse, un calzador, un abrochador, un elevado taburete, cuatro sillas, una mesa y un viejo reloj con cuerda para ocho días. Sobre la chimenea veíase, empotrada en la pared, una caja de caudales, y un par de estanterías llenas de libros, un almanaque y varios rimeros de empolvados papeles decoraban los muros.

 

—Siento mucho haberles dejado a la puerta, sir —dijo la muchacha, encendiendo un quinqué y dirigiéndose a Mr. Pickwick con solícita sonrisa—; pero yo no les conocía, y son tantos los rateros que vienen sólo para ver a qué pueden echar mano, que realmente...

 

—No  tiene  que  darme  ninguna  explicación,  querida  —dijo,  risueño,  Mr.

 

Pickwick.

 

—Ni la más pequeña, amor mío —dijo Bob Sawyer, extendiendo sus brazos con ademán juguetón y saltando a uno y otro lado, con objeto de impedir que la muchacha saliera de la estancia.

 

No debió complacerse mucho la doncella con estas maniobras, porque se apresuró a expresar su opinión de que Mr. Bob Sawyer era un «tío antipático», y como éste persistiera en sus apremiantes galanterías, le plantó en la faz sus cinco dedos y escapó del salón entre exclamaciones de aversión y desprecio.

 

Privado de la compañía de la bonita joven, dedicóse Mr. Bob Sawyer a entretenerse metiendo las narices en el pupitre, curioseando los cajones de la mesa, simulando forzar la cerradura de la caja, poniendo el almanaque al revés, probándose las botas de Mr. Winkle padre sobre las suyas y haciendo diversas otras experiencias humorísticas con el mobiliario, todo lo cual producía indescriptible horror y crueles agonías a Mr. Pickwick, al par que regocijaba a Mr. Bob Sawyer.

 

Abrióse al fin la puerta y penetró en la estancia a paso menudo, con la tarjeta de Mr. Pickwick en una mano y una palmatoria en la otra, un viejecito con traje de color tabaco y con una cabeza y una cara que eran trasuntos de las pertenecientes a Mr. Winkle hijo, con la sola diferencia de la calva.

 

—Mr. Pickwick, sir: ¿cómo está usted? —dijo el viejo Winkle, dejando la palmatoria y tendiendo su mano—. Supongo que bien, sir. Encantado de verle. Siéntese, Mr. Pickwick, se lo suplico. Este señor...

 

—Mi amigo Mr. Sawyer —se apresuró a decir Mr. Pickwick—, un amigo de su hijo.

 

—¡Ah! —dijo Mr. Winkle padre, mirando a Bob con gesto de alguna desconfianza—. Supongo que estará usted bien, sir.

 

—Derecho como unas trébedes, sir —replicó Bob Sawyer.

 

 

 

 

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—Este otro caballero —exclamó Mr. Pickwick— es, como usted verá cuando haya leído la carta que se me ha confiado, un pariente muy cercano, o, mejor dicho, un amigo íntimo de su hijo de usted. Su nombre es Allen.

 

—¿Ese caballero? —preguntó Mr. Winkle, señalando con la tarjeta hacia Ben Allen, que se había quedado dormido en una posición tal, que sólo se le veía la espina dorsal y el cuello de la chaqueta.

 

Ya iba Mr. Pickwick a replicar y a pronunciar el nombre de Mr. Benjamín Allen, detallando por extenso las honrosas distinciones que poseía, cuando el inquieto Mr. Bob Sawyer, con objeto de infundir a su amigo el sentido de la situación en que se hallaba, le propinó un tremendo pellizco en la parte carnosa de su brazo, que le hizo dar un salto y un alarido. Percatándose repentinamente de que se hallaba en presencia de un extraño, adelantóse Mr. Ben Allen y, estrechando afectuosamente con ambas manos las de Mr. Winkle por espacio de cinco minutos, murmuró, en frases entrecortadas e indescifrables, el gran placer que experimentaba al verle y una solícita pregunta encaminada a averiguar si se encontraba dispuesto a tomar algo después de su paseo, o si prefería esperar la hora de cenar; hecho lo cual, se sentó y miró vagamente en torno con aire de estatua, cual si no tuviese la más remota idea del sitio en que se hallaba, como, a la verdad, no la tenía.

 

Todo esto azoraba extraordinariamente a Mr. Pickwick, tanto más cuanto que Mr. Winkle padre mostrábase palpablemente asombrado ante la excéntrica, por no decir insólita, conducta de los dos compañeros del gran hombre. Con objeto de plantear la cuestión lo más pronto posible, sacó una carta de su bolsillo y, presentándosela a Mr. Winkle padre, dijo:

 

—Esta carta, sir, es de su hijo. Verá usted, por su contenido, que de la acogida paternal y favorable que usted le conceda dependen su futura dicha y bienestar. ¿Querría usted hacerse acreedor a mi gratitud leyéndola con toda calma y serenidad, discutiendo luego el asunto conmigo en el único tono en que debe ser discutido? De la importancia que la decisión de usted tiene para su hijo, así como de la intensa ansiedad que éste abriga, puede usted juzgar por la visita que le hago, sin aviso previo, a hora tan avanzada —añadió Mr. Pickwick, dirigiendo su mirada hacia sus dos acompañantes— y en circunstancias tan desfavorables.

 

Terminado este preludio, puso Mr. Pickwick cuatro carillas de apretada escritura en papel superfino, que contenían un complicado tejido de exculpaciones en las manos del asombrado Mr. Winkle padre. Sentándose luego en su silla, avizoró sus gestos y ademanes, ansioso, ciertamente, pero con la frente levantada, cual corresponde a un caballero que se halla convencido de que su intervención no necesita paliativos ni excusas.

 

El viejo delegado de Aduanas dio varias vueltas a la carta; miróla de frente, del revés y de canto; examinó microscópicamente el robusto infante que en el sello

 

 

 

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campeaba; alzó sus ojos hacia Mr. Pickwick, y, sentándose a su vez en el alto taburete y acercando la lámpara, rompió el sello, desplegó la epístola y, aproximándola a la luz, se dispuso a leer.

 

En este preciso momento, Mr. Bob Sawyer, cuyo ingenio dormitara desde hacía varios minutos, apoyó las manos en las rodillas y puso una cara que remedaba bastante bien los retratos del difunto Mr. Grimaldi, vestido de payaso. Mas aconteció que Mr. Winkle padre, en vez de enfrascarse profundamente en la lectura de la carta, como presumía Mr. Bob Sawyer, miró por encima de ella al propio Mr. Bob Sawyer, y conjeturando, acertadamente, que la mencionada faz habíase compuesto con propósito de ridiculizarle y de hacer chacota de su propia persona, fijó en Bob sus ojos con severidad tan expresiva, que los lineamentos del difunto Mr. Grimaldi fundiéronse gradualmente en un bellísimo gesto de confusa humildad.

 

—¿Decía usted, sir? —preguntó Mr. Winkle padre, después de un silencio de mal agüero.

 

—No, sir —replicó Bob, sin el menor gesto de histrionismo, como no fuera la extremada rubicundez de sus mejillas.

 

—¿Está usted seguro de que no? —dijo Mr. Winkle padre.

 

—¡Oh, querido! Sí, sir, completamente —replicó Bob.

 

—Me parecía, sir —repuso el anciano con indignado énfasis—. ¿No me miraba usted, sir?

 

—¡Oh no, sir, nada de eso! —contestó Bob con exagerada urbanidad.

 

—Me alegro de saberlo, sir —dijo Mr. Winkle padre.

 

Luego de mirar ceñudamente al abatido Bob con gran magnificencia acercó de nuevo el anciano la carta a la luz y empezó a leer con toda seriedad.

Mr. Pickwick contemplábale ávidamente mientras trasladaba sus ojos de la última línea de la primera cara a la primera de la segunda, de la última de la segunda a la primera de la tercera, de la última de la tercera a la primera de la cuarta; pero ni la más leve alteración de su semblante proporcionó una clave que permitiera adivinar las emociones que recibiera con el anuncio del matrimonio de su hijo, el cual anuncio, según sabía Mr. Pickwick, figuraba en las seis primeras líneas.

 

Leyó hasta el fin la carta; plególa de nuevo con toda la precisión y escrupulosidad de un hombre de negocios, y en el momento que Mr. Pickwick esperaba una gran explosión sentimental, mojó la pluma en el tintero, y dijo, con la misma tranquilidad que si se tratara de una simple transacción mercantil:

 

—¿Cuáles son las señas de Nathaniel, Mr. Pickwick? —Por ahora, Jorge y el Buitre —respondió éste. —Jorge y el Buitre. ¿Dónde está eso? —Glorieta de Jorge, Lombard Street.

 

—¿En la City?

 

 

 

 

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—Sí.

 

Escribió el anciano metódicamente la dirección en el respaldo de la carta, y, guardándosela en el pupitre y echándole la llave, dijo, apeándose del taburete y metiéndose el llavero en el bolsillo:

 

—Creo que no hay nada más que nos detenga, Mr. Pickwick.

 

—¿Nada más, sir? —observó el efusivo personaje, desconcertado por la indicación—. ¡Nada más! ¿Y no tiene usted ninguna opinión que formular acerca de este repentino evento en la vida de nuestro joven amigo? ¿Ninguna seguridad que transmitirle por mediación mía acerca de la persistencia de su afecto y protección? ¿Nada que decir que le anime y conforte a él, ni a la acongojada señorita que en él cifra su apoyo y consuelo? Piénselo, mi querido señor.

 

—Lo pensaré —replicó el anciano—. No tengo ahora nada que decir. Soy un hombre de negocios, Mr. Pickwick. Nunca acometo un negocio atropelladamente, y por lo que veo en éste, no me gusta nada el cariz que presenta. Mil libras no me parece mucho Mr. Pickwick.

 

—Tiene usted razón, sir —interrumpió Ben Allen, que acababa de despertarse lo bastante para darse cuenta de la facilidad con que había gastado sus mil libras—. Es usted un hombre inteligente. Bob es un chico muy listo.

 

—Me satisface muchísimo el ver que me hace usted justicia, sir —dijo Mr. Winkle padre, mirando despectivamente a Ben Allen, que movía la cabeza con ademán profundo y solemne—. El caso es, Mr. Pickwick, que cuando yo otorgué a mi hijo licencia para vagar por ahí un año, con objeto de que viera algo acerca de los hombres y sus costumbres, lo cual ha llevado a cabo bajo la dirección de usted, para que no entrase en la vida como un párvulo que se deja engañar por cualquiera, nunca me comprometí a eso. Él lo sabe muy bien; así es que si yo le desatiendo en este punto, no tiene derecho a sorprenderse. Él recibirá mis noticias, Mr. Pickwick. Buenas noches, sir. Margarita, abre la puerta.

 

Durante todo este tiempo había estado Bob Sawyer apremiando a Mr. Ben Allen para que dijera algo a derechas. En consecuencia, Ben reventó, al cabo, sin el más ligero preliminar, en un breve, aunque patético, discurso.

 

—¡Sir —dijo Mr. Ben Allen, atalayando al anciano con ojos lánguidos y agitando su brazo derecho con vehemencia—, no sé... no sé cómo no le da a usted vergüenza!

 

—Como hermano de la señora, es usted, por supuesto, un excelente juez —repuso Mr. Winkle padre—. Bueno, se acabó. Le suplico que no insista, Mr. Pickwick. ¡Buenas noches, señores!

 

Diciendo estas palabras, tomó el anciano la palmatoria, y, abriendo la puerta, indicó la salida con toda cortesía.

 

—Ya lamentará usted esto, sir —dijo Mr. Pickwick, apretando los dientes para reprimir su cólera, porque comprendía el efecto que ello habría de producir a su joven

 

 

 

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amigo.

 

—Por ahora tengo una opinión distinta —replicó tranquilamente Mr. Winkle padre—. Una vez más, señores, les deseo buenas noches.

 

Echó a andar Mr. Pickwick y salió a la calle con paso airado. Mr. Bob Sawyer, anonadado por la decisión inapelable del anciano, se condujo de la misma manera. Mr. Ben Allen rodó por la escalinata inmediatamente después de su sombrero. Los tres viajeros metiéronse en la cama silenciosos y sin cenar, y Mr. Pickwick pensó antes de dormirse que, de haber sabido que Mr. Winkle padre era tan hombre de negocios, nunca se le hubiera ocurrido probablemente encargarse de tal comisión.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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51.    En el cual Mr. Pickwick se encuentra con un antiguo conocido, a cuya afortunada circunstancia debe

 

principalmente el lector un interesante episodio que aquí se relata, concerniente a dos hombres públicos de gran influencia

 

La mañana en que abrió los ojos Mr. Pickwick, al dar las ocho, no se ofrecía propicia a levantar su espíritu ni a mitigar la depresión ocasionada por la inesperada resultante de su embajada. El cielo estaba sombrío y lóbrego. El aire, húmedo, agitábase en ráfagas violentas; las calles estaban encharcadas y llenas de lodo. El humo gravitaba perezosamente sobre las bocas de las chimeneas, cual si le faltara aliento para ascender, y la lluvia caía pausadamente y de mala gana, como si le faltara el ánimo para descender. Un gallo de pelea, privado de su habitual vivacidad, balanceábase melancólicamente sobre una pata en un rincón de la cuadra; un burro, dormitando cabizbajo al abrigo de la techumbre mezquina de un pequeño cobertizo, según se deducía de su desconsolado y meditabundo semblante, debía estar acariciando la idea del suicidio. En la calle no se veían más que paraguas, ni se oía otra cosa que el chocar de los zuecos y el salpicar de las gotas de lluvia.

 

Apenas si se interrumpió el desayuno con diálogos brevísimos; hasta Mr. Bob Sawyer sufría la influencia del tiempo Y las consecuencias de la excitación del día precedente. Según su expresión propia, estaba aplastado. Así estaba Mr. Ben Allen. Así estaba Mr. Pickwick.

 

En prolongada espera de que el tiempo aclarase, leyóse y releyóse el periódico de Londres correspondiente a la noche anterior con la avidez y la curiosidad que sólo se manifiestan en los casos de extremado aburrimiento; cada pulgada de la alfombra fue recorrida con análoga perseverancia; miróse a través de las ventanas con la asiduidad inherente a un deber forzoso; iniciáronse numerosas conversaciones, que al punto se abandonaban; por fin, al mediodía, sin el menor anuncio de un cambio favorable, tiró de la campanilla resueltamente Mr. Pickwick y mandó preparar el coche.

 

Aunque los caminos estaban embarrados y la lluvia caía con más fuerza que antes, y aunque el agua y el lodo salpicaban a cada momento, entrando por las ventanillas del coche de tal manera que caminaban igualmente molestos los de dentro y los de fuera, algo había en el movimiento y en la sensación de actividad que significaba un cambio tan favorable respecto de la permanencia en un recinto lóbrego, mirando la lluvia monótona, que sólo en el hecho de partir reconocieron una indiscutible ventaja, y se preguntaron cómo era posible que lo hubieran demorado tanto tiempo.

 

Cuando se detuvieron en Coventry para cambiar el tiro, el vaho de los caballos

 

 

 

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ascendía en nubes tan densas, que ocultaron al palafrenero, cuya voz oíase, sin embargo, entre la nebulosa, declarando que estaba seguro de obtener en la inmediata distribución de recompensas de la Sociedad Humanitaria una primera medalla de oro por quitarle el sombrero al postillón, de cuyas alas caía tanta agua, que afirmaba el hombre invisible hubiéranle ahogado a no ser por su presencia de ánimo arrancándole el sombrero a toda prisa y enjugando la cara del náufrago con un puñado de paja.

 

—Esto es muy divertido —dijo Bob Sawyer, levantándose el cuello de la chaqueta y tapándose la boca con la bufanda para contener los vapores de un vaso de aguardiente que acababa de beberse.

 

—Mucho —respondió Sam con indiferencia.

 

—Parece que no le da usted ninguna importancia —observó Bob.

 

—Hombre, no sé qué iba a sacar de dársela —replicó Sam.

 

—Ésa es una razón irrebatible —dijo Bob.

 

—Sí, sir —repuso Mr. Weller—.Sea lo que sea, está perfectamente, como dijo el joven aristócrata dulcemente al enterarse de que le habían incluido en una lista de pensiones porque el abuelo de la esposa de un tío de su madre había, en cierta ocasión, encendido la pipa del rey con un trozo de yesca.

 

—No está mal eso, Sam —dijo Mr. Bob Sawyer con aire de aprobación.

 

—Eso es precisamente lo que decía todos los días el joven aristócrata —replicó Mr. Weller.

 

—¿Le han llamado a usted —preguntó Sam, mirando al cochero, después de una breve pausa y apagando la voz hasta convertirla en misterioso murmullo—; le han llamado a usted, cuando fue aprendiz de sierrahuesos, para visitar a un postillón?

 

—No me acuerdo de que me hayan llamado —respondió Mr. Bob Sawyer. —¿No vio usted nunca un postillón en ese hospital en que usted rondaba, como se

 

dice de los fantasmas? —preguntó Sam.

 

—No —replicó Bob Sawyer—. Me parece que no.

 

—¿No vio nunca un cementerio donde hubiera una tumba de postillón, ni vio ningún postillón muerto? —preguntó Sam, prosiguiendo su catecismo.

 

—No —contestó Bob—. No lo vi jamás.

 

—¡No! —repuso Sam triunfante—. Ni lo verá usted; y hay otra cosa que nadie puede ver, y es un burro muerto. No hay quien haya visto un burro muerto, como no fuera el caballero de negros pantalones de seda, amigo de la joven que tenía una cabra; y cuenta que ése era un burro francés así es que, probablemente, no se trataba tampoco de un tipo normal.

 

—Bueno. ¿Pero qué tiene eso que ver con los postillones? —preguntó Bob Sawyer.

 

—Pues tiene que ver —replicó Sam—. Sin llegar a afirmar, como hacen muchas personas, que los postillones y los burros son inmortales, lo que yo digo es que, en

 

 

 

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cuanto se sienten torpes y fatigados del trabajo, se marchan juntos: un postillón para cada tronco de burros; nadie sabe adónde van a parar; pero es muy probable que vayan a solazarse a algún otro mundo, porque no hay ser humano que haya visto burro ni postillón que lo pasen bien en éste.

 

Explayándose en esta docta y notable teoría y citando curiosas estadísticas y numerosos hechos en su apoyo, engañó el tiempo Sam Weller hasta llegar a Dunchurch, donde se proveyeron de un postillón seco y tomaron caballos de refresco; la parada inmediata la hicieron en Coventry, y la segunda en Towcester. Al final de cada trayecto llovía más furiosamente que al principio.

 

—Oiga —protestó Bob Sawyer, acercando la cabeza a la ventanilla al detenerse el coche a la puerta de La Cabeza del Moro, en Towcester—, esto no puede ser.

 

—¡Dios mío! —dijo Mr. Pickwick, que acababa de despertarse de un sueñecillo

 

—. Creo que se ha mojado usted.

 

—¡Ah!, ¿cree usted? —respondió Bob—. Sí, un poco. Desagradablemente

 

empapado.

 

Debía de estar Bob bien empapado, porque la lluvia corría por su cuello, por sus mangas, por sus faldones y rodillas, y brillaba todo él con la mojadura de tal manera, que su ropa podría haberse confundido con un traje de lienzo embreado.

 

—Estoy algo húmedo —dijo Bob, sacudiéndose y despidiendo en derredor un chaparrón, como un perro de Terranova recién salido del agua.

 

—Yo creo que es imposible continuar esta noche —dijo Ben.

 

—Claro está, sir —observó Sam Weller, terciando en la conferencia—; es una crueldad pedir a los animales que sigan de esta forma. Aquí hay camas, sir —dijo Sam a su amo—; todo está limpio y confortable. En media hora se puede preparar una buena comidita, sir... un par de gallinas, sir, y chuletas de vaca, judías francesas, tarta y aseo. Lo mejor que podía usted hacer era quedarse aquí, si se me permite dar el consejo. Tómelo usted, sir, como dijo el doctor.

 

El posadero de La Cabeza del Moro presentóse oportunamente para confirmar las indicaciones de Mr. Weller relativas a las comodidades del establecimiento, y para reforzar sus instancias con gran variedad de funestas conjeturas referentes al estado de los caminos, a la incertidumbre de hallar caballos en el próximo cambio, a la mortal certeza de que llovería toda la noche y a la seguridad de que había de aclarar a la mañana, con otras frases de solicitud familiares a los posaderos.

 

—Bien —dijo Mr. Pickwick—; pero es preciso que envíe una carta a Londres por cualquier medio, de manera que sea entregada a primera hora de la mañana, pues si no, tendría que seguir a todo evento.

 

El posadero sonrió encantado.

 

—Nada es más fácil para el señor que meter una carta en una hoja de papel de estraza y enviarla por el correo o por la diligencia nocturna de Birmingham. Y si el

 

 

 

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señor tiene gran afán de que llegue a su destino lo más pronto posible, podría escribir en el respaldo: «Entréguese inmediatamente», lo que será ejecutado, sin duda, o «Páguese al portador media corona de propina en el instante de la entrega», lo cual da todavía más seguridad.

 

—Muy bien —dijo Mr. Pickwick—; entonces nos quedaremos aquí.

 

—¡Lleva luces al Sol, Juan; enciende el fuego: los señores están mojados! —gritó el posadero—. Por aquí, señores. No se preocupen ustedes del postillón, sir. Yo se lo enviaré a ustedes cuando le llamen, sir. Pronto, Juan, las velas.

 

Trajéronse las velas. Atizóse el fuego, al que hubo de añadirse un nuevo leño. A los diez minutos ya estaba un camarero poniendo el mantel para la comida. Bajáronse las cortinas, ardía el fuego vivamente y todo estaba a punto —cual siempre ocurre en todas las posadas inglesas decentes—, como si los viajeros hubieran sido esperados, y ultimados los preparativos con varios días de anticipación.

 

Sentóse a la mesa Mr. Pickwick y escribió sin perder momento una esquela a Mr. Winkle, participándole meramente que se hallaba detenido por el temporal; pero que llegaría a Londres al día siguiente, hasta cuyo momento difería toda relación acerca de su embajada. Empaquetóse convenientemente la esquela y la llevó a la cantina Mr. Samuel Weller.

 

Entregó Sam la carta a la posadera y volvía ya para despojar de las botas a su amo, después de secarse un poco al fuego de la cocina, cuándo, dirigiendo casualmente la mirada hacia una habitación cuya puerta estaba entreabierta, quedóse sorprendido al ver a un caballero de cabeza jara sentado junto a una mesa, en la que había un gran montón de periódicos, que estaban leyendo el fondo de uno de ellos con un aplomo desdeñoso, que daba a su nariz y a todos los demás rasgos de su fisonomía una expresión majestuosa de altivo desprecio.

 

—¡Calle! —dijo Sam—. ¡Juraría conocer esa cabeza y esa cara; también el monóculo y la teja de grandes alas! Ha sido en Eatanswill, o yo soy romano.

Sintióse acometido Sam al punto de un violento golpe de tos, con objeto de llamar la atención del caballero. Sorprendido éste por el ruido, levantó la cabeza y el monóculo, y descubriéronse los profundos rasgos de Mr. Pott, de La Gaceta de Eatanswill.

 

—Perdóneme, sir —dijo Sam, avanzando y saludando—. Mi amo está aquí, Mr.

 

Pott.

 

—¡Chist, chist! —gritó Pott, haciendo entrar a Sam y cerrando la puerta con aire misterioso de suspicacia y temor.

 

—¿Qué ocurre, sir? —preguntó Sam, mirando intrigado en derredor.

 

—No murmure siquiera mi nombre —replicó Pott—; ésta es una vecindad «amarilla». Si esta irritable población supiera que estoy aquí, me haría pedazos.

 

—¡Cómo! ¿Es posible, sir? —dijo Sam.

 

 

 

 

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—Sería yo víctima de su furor —repuso Pott—. Vamos a ver, joven, dónde está su amo.

 

—Se queda aquí esta noche para continuar a la ciudad con dos amigos —replicó Sam.

 

—¿Es uno de ellos Mr. Winkle? —preguntó Pott con ligero fruncimiento del entrecejo.

 

—No, sir. Mr. Winkle está ahora en la ciudad —contestó Sam—. Se ha casado.

 

—¡Casado! —exclamó Pott con vehemencia terrible.

 

Guardó silencio, sonrió tristemente y añadió por lo bajo, en tono vengativo:

 

—¡Se lo merece!

 

Después de dar salida a esta cruel efervescencia de enconada malicia y de triunfo salvaje sobre el enemigo caído, preguntó Mr. Pott si los amigos de Mr. Pickwick eran «azules». Luego de recibir una respuesta satisfactoria de Sam, que sabía de este asunto lo mismo que Pott, consintió en acompañarle al cuarto de Mr. Pickwick, donde le esperaba una cordial acogida. Convinieron en juntar las comidas.

 

—¿Y cómo van las cosas en Eatanswill? —preguntó Mr. Pickwick al sentarse Pott junto al fuego yluego que todos se hubieron quitado las botas y calzado zapatillas secas—. ¿Vive aún El Independiente?

 

—El Independiente,sir —replicó Pott—, aún arrastra su existencia miserable y solapada: odiado y menospreciado hasta por aquellos pocos que conocen su desdichada existencia; ahogado por la inmundicia que tan profusamente desparrama; cegado y ensordecido por las emanaciones de su propio cieno. El obsceno periódico, inconsciente, por fortuna, de su degradada situación, se hunde cada vez más en el fango traicionero, y mientras cree hallar base firme en las clases inferiores de la sociedad, cada vez asciende más la masa cenagosa que no tardará en tragárselo.

 

Pronunciadas estas frases —que constituían una parte de su artículo de la última

 

semana— con énfasis vehemente, detúvose el editor para cobrar aliento, y miró

 

majestuosamente a Bob Sawyer.

 

—Usted es joven —dijo Pott.

 

Mr. Bob Sawyer asintió.

 

—Y usted también, sir —dijo Pott a Mr. Ben Allen.

 

Ben aceptó el suave calificativo.

 

—¿Y están ustedes imbuidos en esos principios azules, que he prometido defender mientras viva a los habitantes de estos reinos? —inquirió Pott.

—Hombre, yo no estoy enterado de eso —respondió Bob Sawyer—. Yo soy...

 

—No «amarillo», Mr. Pickwick —interrumpió Pott, haciendo atrás la silla—. ¿Su amigo no es «amarillo», sir?

 

—No, no —repuso Bob—; yo soy al presente algo así como una manta de viaje:

 

una combinación de toda clase de colores.

 

 

 

 

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—Un pastelero —dijo Pott solemnemente—, un pastelero. Me gustaría darle a conocer una serie de ocho artículos, sir, que han aparecido en La Gaceta de Eatanswill. Creo poder asegurar que no tardaría usted mucho en formar sus opiniones sobre una sólida base «azul», sir.

 

—Apostaría cualquier cosa a que me volvería azul mucho antes de acabar esa lectura —respondió Bob.

 

Miró Mr. Pott con desconfianza a Bob Sawyer por algunos segundos, y, volviéndose hacia Mr. Pickwick, dijo:

 

—¿Ha visto usted los artículos literarios que han aparecido de cuando en cuando en La Gaceta de Eatanswill durante los tres últimos meses y que han producido tan general... puedo decir tan universal interés y admiración?

 

—Hombre —replicó Mr. Pickwick con cierto embarazo—, el caso es que he estado tan ocupado en otras cosas, que, en realidad no he tenido ocasión de leerlos.

 

—Pues debía usted haberlo hecho, sir—dijo Pott con severo continente.

 

—Los leeré—dijo Mr. Pickwick.

 

—Aparecieron en forma de una copiosa revista acerca de una obra de metafísica china, sir —dijo Pott.

 

—¿Escritos por usted, supongo? —observó Mr. Pickwick.

 

—Por mi crítico, sir —repuso Pott con dignidad.

 

—Será un tema bien abstruso —dijo Mr. Pickwick. —Mucho, sir —respondió Pott, adoptando un gesto sumamente docto—. Se ha cebado para ello, si se me permite la expresión técnica. He leído, a este objeto, por indicación mía, en la Enciclopedia Británica.

 

—¡Ah! —dijo Mr. Pickwick—. No sabía yo que esa obra notable contenía referencias acerca de la metafísica china.

 

—Leyó, sir—continuó Pott, apoyando su mano en la rodilla de Mr. Pickwick y mirando en torno con sonrisa de intelectual superioridad—, leyó para la metafísica en la letra «M», y para la China en la letra «C», y combinó los elementos que sacó de una y de otra.

 

La fisonomía de Mr. Pott asumió tanta grandeza al recordar el esfuerzo investigador desplegado en la erudita producción, que transcurrieron algunos minutos antes de que Mr. Pickwick osara reanudar la conversación; por fin, los rasgos del editor fueron recobrando paulatinamente su expresión habitual de moral supremacía, y el primero se aventuró a proseguir el diálogo, preguntando:

 

—¿Sería indiscreto preguntarle acerca del objeto que le ha traído tan lejos de su casa?

 

—El objeto que palpita y alienta en toda mi titánica labor, sir —replicó Pott con plácida sonrisa—, el bien de mi país.

 

—Creí que se trataba de algún negocio público —observó Mr. Pickwick.

 

 

 

 

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—Sí, sir—continuó Pott—, eso es.

 

Inclinándose entonces hacia Mr. Pickwick, murmuró en tono de bajo profundo: —Mañana por la noche tendrá lugar en Birmingham un baile amarillo. —¡Dios nos asista! —exclamó Mr. Pickwick. —Sí, sir, y una cena después —añadió Pott.

 

—¡Es posible! —dijo asombrado Mr. Pickwick.

 

Pott asintió con portentoso ademán.

 

Y aunque Mr. Pickwick fingiera gran estupefacción ante la extraña nueva, se hallaba tan poco versado en política local, que no podía formarse una noción exacta de la importancia que entrañaba aquella infame conspiración, observando lo cual, Mr. Pott, sacando el último número de La Gaceta de Eatanswill, que de ella se ocupaba, dio lectura al párrafo siguiente:

 

UNA AMARILLADA A CENCERROS TAPADOS

 

«Un reptil colega ha vomitado recientemente su negra ponzoña con el vano y desesperado empeño de oscurecer el claro nombre de nuestro distinguido y excelente representante: el honorable Mr. Slumkey—de ese Slumkey, a quien nosotros, mucho antes de que alcanzara su actual posición elevada y nobilísima, habíamos predicho que llegaría a ser, como es ahora, la honra más brillante de su pueblo y su más legítimo blasón: esforzado paladín e inmarcesible gloria—. Nuestro reptil colega ha intentado hacer chacota con motivo de un soberbio cestillo de carbón, preciosamente esmaltado, que ha sido ofrecido al grande hombre por sus entusiastas correligionarios, y en la compra del cual insinúa el miserable anónimo que el honorable Mr. Slumkey ha contribuido, por mediación de un amigo confidencial de su carnicero, con más de las tres cuartas partes de la cantidad suscrita. ¿Cómo no se alcanza a tal ente rastrero que, aun suponiendo la exactitud de semejante hecho, sólo consigue que aparezca el honorable Mr. Slumkey bajo una luz más fúlgida y radiante? ¿No comprende el obtuso comentarista que este magnánimo y conmovedor anhelo de favorecer la consecución de los deseos de sus correligionarios no ha de hacer sino ligarle más entrañablemente a las almas y a los corazones de aquellos de sus conciudadanos que no se hayan rebajado aún hasta la categoría del cerdo, o, en otras palabras, que no han descendido aún hasta el íntimo nivel de nuestro colega? ¡Pero tal es la malvada astucia de la hipocresía amarilla! Y no son éstas sus únicas argucias. Hay traición además. Nosotros afirmamos, ya que nos hemos propuesto descubrir sus manejos, y colocándonos bajo el amparo de nuestra policía ciudadana, nosotros afirmamos valientemente que en estos momentos se prepara en secreto un baile "amarillo", que ha de celebrarse en una ciudad "amarilla", en el centro y en el verdadero núcleo de una población "amarilla", que ha de ser dirigido por un maestro de ceremonias "amarillo", en el que han de tomar parte cuatro miembros ultraamarillos del Parlamento, y cuyas invitaciones consisten en papeletas amarillas.

 

 

 

 

 

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¿Es que se estremece indignado nuestro adverso colega? Pues retuérzase en malvada impotencia, en tanto que escribimos las palabras: "Nosotros estaremos allí".»

 

—Ni más ni menos, sir—dijo Pott, doblando el periódico, casi extenuado por la lectura—. ¡Ésa es la situación!

 

En aquel momento entraron el posadero y el criado con la comida, con lo cual Mr. Pott llevó sus dedos a los labios, dando a entender que su vida estaba en las manos de Mr. Pickwick y que confiaba en su sigilo. Mr. Bob Sawyer y Mr. Benjamín Allen, que habíanse quedado dormidos de modo irreverente durante la lectura del artículo de La Gaceta de Eatanswill y la discusión subsiguiente, despertáronse al solo murmullo de la palabra mágica «comida». Y pusiéronse a comer con un gran apetito, servido por un estómago admirable, con magnífica salud y con un camarero para los tres.

 

En el curso de la comida y de la sobremesa correspondiente, Mr. Pott, descendiendo por unos minutos a los asuntos domésticos, participó a Mr. Pickwick que, por no probar a su señora el aire de Eatanswill, había ésta emprendido un viaje por diferentes balnearios de moda, con objeto de recobrar la salud y el ánimo quebrantados. Con esto encubría el hecho de que la señora Pott, cumpliendo sus reiteradas amenazas de separación, y en virtud de una transacción negociada por su hermano el teniente y refrendada por Mr. Pott, habíase ido a vivir con el fiel guardia de Corps, contando con la mitad de la renta y los beneficios anuales procedentes de la venta y publicidad de La Gaceta de Eatanswill.

 

En tanto que Mr. Pott se explayaba sobre este y otros asuntos, entreverando la conversación con diversos extractos de sus propias lucubraciones, un malhumorado viajero llamaba desde la ventanilla de una diligencia que se había detenido en la posada para entregar varios paquetes, exigiendo se le dijera si, en el caso de hacer alto para pasar la noche, podía contar con una cama.

 

—Seguramente, sir—respondió el posadero.

 

—¿Puedo? —preguntó el viajero, que parecía de natural suspicaz y desconfiado.

 

—Sin duda, sir—replicó el posadero.

 

—Bueno —dijo el viajero—. Cochero, yo me quedo aquí. ¡Guardia, mi saco! Después de despedirse con maneras un tanto bruscas de los demás pasajeros,

 

apeóse del coche. Era un hombre bajo, de hirsuta cabellera cortada en guisa de puercoespín o de cepillo, que se mantenía erecta y firme sobre la cabeza; su aspecto era pomposo y amenazador; sus modales, apremiantes; sus ojos, penetrantes e inquietos, y su conjunto daba la sensación de una gran confianza en sí mismo y de una inconmensurable y consciente superioridad sobre las demás gentes.

 

Fue introducido el viajero en la habitación que primeramente ocupara el patriótico Mr. Pott. El camarero observó con mudo asombro la singular coincidencia de que, no bien se encendieron las luces, sacó el viajero un periódico que en el sombrero llevaba y empezó a leerlo con la misma expresión de airado desdén que una hora antes

 

 

 

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advirtiera con profunda extrañeza en los rasgos majestuosos de Pott. También se fijó el criado en que mientras el desprecio de Mr. Pott habíase despertado por un periódico titulado El Independiente de Eatanswill, el colérico desdén del recién llegado suscitábase por un periódico cuyo título era La Gaceta de Eatanswill.

 

—Que venga el posadero —dijo el recién llegado.

 

—En seguida, sir—respondió el camarero.

 

Avisado el posadero, presentóse al punto.

 

—¿Es usted el posadero? —preguntó el nuevo huésped.

 

—Sí, sir—contestó el posadero.

 

—¿No me conoce usted? —interrogó el caballero.

 

—No tengo el gusto, sir—repuso el posadero.

 

—Me llamo Slurk —dijo el caballero.

 

El posadero hizo una ligera inclinación de cabeza.

 

—¡Slurk, sir! —repitió el caballero altivamente—. ¿No me conoce usted, hombre?

 

jRascóse la cabeza el posadero, miró al techo, miró al viajero y sonrió ligeramente.

 

—¿No me conoce usted, hombre? —repitió el viajero en tono adusto.

 

Hizo el posadero un gran esfuerzo y replicó al fin:

 

—Bien, sir; no le conozco.

 

—¡Gran Dios! —dijo el viajero, descargando sobre la mesa el puño cerrado—. ¡Esta es la popularidad!

 

Avanzó el posadero dos pasos hacia la puerta, y, clavando en él sus ojos el viajero, prosiguió:

 

—Ésta —dijo el viajero—, ésta es la gratitud con que se pagan tantos años de trabajo y estudio en beneficio de las masas. Me apeo del coche empapado y fatigado; no hay una muchedumbre entusiasta que se agolpe para saludar a su campeón. Las campanas permanecen silenciosas. El nombre no halla eco en sus dormidos pechos. Es demasiado —dijo indignado Mr. Slurk, recorriendo la estancia a grandes pasos—. No hace falta más para hacer hervir la tinta en la pluma de un hombre e inducirle a abandonar la causa para siempre.

 

—¿Decía usted aguardiente y agua, sir? —dijo el posadero, aventurando la indicación.

 

—Ron —dijo Mr. Slurk, volviéndose fieramente hacia él—. ¿Hay lumbre en alguna parte?

 

—Podemos encenderla en seguida, sir —dijo el posadero.

 

—Que no dará calor bastante hasta que sea la hora de acostarse —objetó Mr. Slurk—. ¿Hay alguien en la cocina?

 

Ni un alma. Ardía un hermoso fuego. Todos se habían ido y la puerta de la casa se

 

 

 

 

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había cerrado ya.

 

—Beberé mi ron —dijo Mr. Slurk— junto al fuego de la cocina.

 

Y recogiendo su sombrero y el periódico, echó a andar solemnemente detrás del posadero hacia el humilde lugar, y, acomodándose en un banco junto al fuego, recobró su desdeñoso talante y empezó a leer y a beber con silenciosa dignidad.

 

El espíritu de la discordia, que debía de rondar por La Cabeza del Moro en aquella ocasión, al pasear su mirada, por mera curiosidad ociosa, por aquellos rincones, acertó a sorprender a Slurk cómodamente sentado al fuego de la cocina y a Pott, un tanto animado por el vino, en otro aposento; esto bastó para que el malicioso diablejo, descendiendo con rapidez inconcebible sobre este último aposento, colárase al punto en la cabeza de Mr. Bob Sawyer y con demoníaca perfidia le sugiriera las siguientes palabras:

 

—Se nos ha apagado el fuego. Después de la lluvia se nos ha echado encima un frío atroz, ¿verdad?

 

—Así es, en efecto —replicó, tiritando, Mr. Pickwick.

 

—No creo que estaría mal echar un cigarro en la cocina. ¿Qué les parece? —dijo Bob Sawyer, aún influido por el mencionado diablejo.

 

—Pues que sería verdaderamente agradable —respondió Mr. Pickwick—. ¿Qué piensa usted de esto, Mr. Pott?

 

Asintió inmediatamente Mr. Pott, y los cuatro viajeros, con sus vasos en las manos, trasladáronse a la cocina en procesión, que encabezaba Sam Weller para enseñarles el camino.

 

Aún estaba leyendo el recién llegado en la cocina; levantó su mirada y se estremeció. Mr. Pott se estremeció.

 

—¿Qué pasa? —murmuró Mr. Pickwick.

 

—¡Hombre, ese reptil! —contestó Pott.

 

—¿Qué reptil? —dijo Mr. Pickwick, mirando a su alrededor, con miedo de pisar una cucaracha gigantesca o alguna araña hidrópica.

 

—Ese reptil —murmuró Pott, cogiendo del brazo a Mr. Pickwick y señalando al viajero—. ¡Ese reptil de Slurk, el de El Independiente!

 

—Lo mejor será que nos vayamos —murmuró Mr. Pickwick. —Jamás, sir —respondió Pott, envalentonado por la bebida—. ¡Nunca!

 

Diciendo esto, Mr. Pott ocupó un banco del lado opuesto, y tomando uno de los numerosos periódicos que llevaba empezó a leer frente a su enemigo.

 

No hay que decir que Mr. Pott leía El Independiente y que Mr. Slurk leía La Gaceta, ni que cada uno de los dos manifestaba el desprecio que le merecían los artículos del otro por medio de amargas sonrisas y resoplidos sarcásticos; empezando así, llegaron a expresar sus opiniones en frases tales como «absurdo», «canallesco», «barbaridad», «ridículo», «pérfido», «asqueroso», «repugnante», «inmundo»,

 

 

 

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«cloaca», y otras observaciones críticas de este jaez.

 

Tanto Mr. Bob Sawyer como Mr. Ben Allen habían presenciado estos síntomas de odio y rivalidad con un placer que añadía singular encanto al que les producían los cigarros, que chupaban con vigor extraordinario. En cuanto el tiroteo fraseológico empezó a remitir, el malicioso Mr. Bob Sawyer, dirigiéndose con gran amabilidad a Slurk, dijo:

 

—¿Me permite usted que lea ese periódico, sir, luego que haya acabado con él? —Me parece que va usted a encontrar muy poco que le compense la molestia de

 

leer esta despreciable cosa, sir —respondió Slurk, lanzando a Pott una satánica ojeada.

 

—Puede usted leer éste ahora mismo —dijo Pott, alzando la cabeza, pálido de rabia y tartamudeando por la misma causa—. ¡Ja, ja! Se distraerá usted con las audacias de este tío.

 

Las palabras «cosa» y «tío» fueron pronunciadas con énfasis terrorífico, y las caras de ambos editores empezaron a fulminar rayos de desafío.

 

—Las sandeces de este miserable son asquerosamente desagradables —dijo Pott, simulando dirigirse a Bob Sawyer y mirando de reojo a Slurk.

 

Echóse a reír Slurk con mucha gana y, doblando el periódico como para descubrir una nueva columna, dijo que aquellas imbecilidades le divertían realmente.

 

—¡Cuánto desatino dice este tío sinvergüenza! —dijo Pott, pasando del rojo sombra al escarlata.

 

—¿Ha leído usted alguna vez las atrocidades de este hombre, sir? —preguntó Slurk a Bob Sawyer.

 

—Nunca —respondió Bob—. ¿Es muy malo?

 

—¡Oh, grosero, grosero! —repuso Slurk.

 

—¡Qué atrocidad! ¡Pero hombre, esto es tremendo! —exclamó Pott en esta coyuntura, fingiendo aún hallarse absorbido en la lectura.

 

—Si quiere usted echar una ojeada a unas cuantas frases maliciosas, insulsas, falsas, traidoras y desordenadas... —dijo Slurk, entregando el periódico a Bob—, tal vez se ría un poco con el estilo gramatical de ese charlatán.

 

—¿Qué ha dicho usted, sir? —preguntó Mr. Pott, alzando los ojos y temblando de

 

ira.

 

—¿A usted qué le importa? —respondió Slurk.

 

—Charlatán sin gramática. ¿Era eso, sir?—dijo Pott.

 

—Sí, sir, eso era —replicó Slurk—. Y majadero azul, sir, si le parece mejor. ¡ja,

 

ja!

 

Sin dignarse Mr. Pott contestar al festivo insulto, dobló con toda parsimonia el ejemplar de El Independiente, lo aplastó cuidadosamente, lo colocó bajo su bota, lo pisoteó con gran ceremonia y lo arrojó al fuego.

 

 

 

 

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—Ahí está, sir—dijo Pott, retirándose del fuego—, y eso es lo que haría con la víbora que lo produce, si, afortunadamente para él, no me lo vedaran las leyes de mi país.

 

—¡Lo que haría, sir! —grito Slurk, levantándose—. ¡Pues esas leyes no serían invocadas por él, sir, en caso tal! ¡Lo que haría, sir!

 

—¡A ver! ¡A ver! —dijo Bob Sawyer.

 

—Esto es divertidísimo —observó Mr. Ben Allen.

 

—¡Lo que haría, sir! —repitió Slurk, levantando la voz.

 

Lanzó Mr. Pott una mirada de desprecio que hubiera dejado seca a un ancla.

 

—¡Hágalo, sir! —insistió Slurk en tono más elevado aún.

 

—No quiero, sir—repuso Pott.

 

—¡Oh! ¿No quiere, no quiere, sir? —dijo Mr. Slurk con retintín burlón—. ¡Ya oyen ustedes, señores: no quiere! No es que tenga miedo, ¡oh no!, es que no quiere. ¡Ja, ja!

 

—Considero a usted, sir —dijo Mr. Pott excitado por este sarcasmo—, miro a usted como a una víbora. Tengo a usted, sir, por un hombre que se ha colocado más allá de los linderos de la sociedad por lo audaz, abominable y desdichado de su conducta pública. Considero a usted, sir, personal y políticamente, sir, como la más envenenada y perversa de las víboras.

 

No esperó el indignado independiente el fin de esta calificación personal, y cogiendo su saco de alfombra, que aún estaba repleto de menudencias, blandiólo en el aire al volverse Pott, y, dejándolo caer sobre su cabeza, luego de describir un amplio círculo, fue a darle con el ángulo del bulto, en cuyo interior había un gran cepillo de cabeza, oyéndose en la cocina un fuerte testarazo y cayendo al suelo el agredido.

 

—¡Señores! —gritó Mr. Pickwick, mientras Pott se levantaba y se apoderaba de la badila—. ¡Señores! ¡Repórtense, por Dios... socorro... Sam... aquí... hagan el favor, señores...! ¡Que los separe alguien!

 

Con estas incoherentes exclamaciones precipitóse Mr. Pickwick entre los enconados combatientes a tiempo de recibir un golpe de saco por un lado y un badilazo por el otro. No podríamos decir si fue que los representantes de la opinión pública de Eatanswill estaban cegados por el odio, o si —por ser agudos razonadores

 

— comprendían la ventaja de mantener a un tercero entre los dos, que se llevara todos los golpes. Lo cierto es que no prestaron la menor atención a Mr. Pickwick y que, prosiguiendo su duelo con incontrastable ardor, continuaron esgrimiendo el saco y la badila de una manera espantosa. Es evidente que hubiera sufrido Mr. Pickwick no poco daño, a consecuencia de su humanitaria intervención, si Mr. Weller, atraído por los gritos de su amo, no hubiera entrado en aquel momento y, cogiendo un talego de harina, no hubiera suspendido la contienda echándolo sobre la cabeza y hombros del forzudo Pott y sujetándole enérgicamente por los brazos.

 

 

 

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—¡Quitadle el saco a ese otro loco! —dijo Sam a Ben Allen y a Bob Sawyer, que no habían hecho más que dar vueltas en torno del grupo con sendas lancetas en sus manos, dispuestos a sangrar al primero que se desmayara—. Suelte eso, criatura, si no quiere que le ahogue ahí dentro.

 

Atemorizado por estas amenazas y con la lengua fuera, consintióse desarmar el independiente, y, arrebatando Mr. Weller la paleta de manos de Pott, le soltó bajo garantía.

 

—Váyanse los dos a la cama sin chistar —dijo Sam—, o les meto en el saco y les dejo que luchen, atándolo con una cuerda, como lo haría con otra media docena si se dedican a esos juegos. Y usted, sir, haga el favor de venir por aquí.

 

Dirigiéndose a su amo, cogióle Sam por un brazo y le hizo salir, mientras que los rivales editores eran conducidos a sus camas por el posadero bajo la vigilancia de Mr. Bob Sawyer y de Mr. Benjamín Allen, no sin que los adversarios rezongaran en el camino sanguinarias amenazas y se emplazaran vagamente para luchar al siguiente día. Mas, pensándolo detenidamente, recapacitaron en que podrían hacerlo mejor por medio de la imprenta, y así, reanudaron en seguida sus mortales hostilidades, y de nuevo conmovieron a todo Eatanswill con sus bravas audacias... de papel.

 

Quitáronse de en medio en distintos coches al amanecer del día siguiente, antes de que dieran señales de vida los otros viajeros. Y, habiendo aclarado el tiempo, los compañeros de carruaje caminaron de nuevo de cara a Londres.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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52.    Que comprende una seria mudanza en la familia de Weller y la prematura caída del rubicundo naso Mr.

 

Stiggins

 

 

Considerando que, en atención a la delicadeza, debía abstenerse de presentar a Bob Sawyer y a Ben Allen al joven matrimonio hasta tanto que estuvieran convenientemente preparados para esperarles, y deseando ahorrar todas las emociones posibles a Arabella, propuso Mr. Pickwick que él y Sam se apeasen poco antes de llegar a Jorge y el Buitre y que los dos jóvenes se alojaran por el momento en cualquiera otra parte. Aviniéronse a esto fácilmente, y la indicación fue atendida al punto: Mr. Ben Allen y Mr. Bob Sawyer fueron a buscar acomodo en una retirada taberna situada en los más remotos confines del Borough, tras de cuya puerta aparecieron en otro tiempo sus nombres con frecuencia a la cabeza de una larga y compleja serie de cálculos marcados con tiza.

 

—¡Dios querido, Mr. Weller! —dijo la linda doncellita al ver entrar a Sam. —¡Ojalá fuera yo querido, adorada mía! —replicó Sam, quedándose un poco

atrás para evitar que les oyera su amo—. ¡Qué criatura tan rica es usted, María! —¡Por Dios, Mr. Weller; qué tonterías está usted diciendo! —dijo María—. ¡Oh,

 

nada, nada, Mr. Weller!

 

—¿Nada de qué, querida mía? —dijo Sam.

 

—Nada de eso —replicó la linda doncellita—. ¡Por Dios, váyase! Reconviniéndole de esta suerte, empujó a Sam la linda doncellita contra la pared,

 

quejándose de que le hubiera desencajado el sombrero y desordenado la cabellera. —Y oiga, además, lo que tengo que decirle —añadió María—: hay una carta que

 

le está esperando hace cuatro días; no hacía ni media hora que usted se había marchado cuando llegó, y en el sobre pone «urgente».

 

—¿Dónde está, amor mío?—preguntó Sam.

 

—Yo la guardé por consideración a usted. Si no, se pierde seguramente— respondió María—. Aquí está, tómela. No se lo merece usted...

Dicho esto, y al cabo de unas cuantas monerías, recelos y seguridades acerca del cuidado con que la había conservado, sacó la muchacha la carta, que llevaba oculta bajo el más lindo canesú de muselina, y se la entregó a Sam, que besó la misiva con devota galantería.

 

—¡Bendito sea Dios! —dijo la doncella, arreglándose el corpiño y fingiéndose inocente—. ¡Qué amor le ha entrado por ella de pronto!

 

Sólo respondió a esto Mr. Weller con un guiño de indescriptible significación, y, sentándose junto a María al pie de una ventana, abrió la carta y echó una ojeada por su texto.

 

—¡Caramba! —exclamó Sam—. ¡Qué es esto!

 

 

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—No será nada grave, ¿verdad! —dijo María, mirando por encima del hombro de Sam.

 

—¡Benditos sean esos ojos! —dijo Sam, levantando los suyos.

 

—No se ocupe de mis ojos; lo que tiene que hacer es leer la carta —dijo la linda doncellita.

 

Y al decir esto hizo un movimiento con los ojos tan bello y picaresco, que era imposible resistir.

 

Reparó Sam las fuerzas con un beso y leyó lo siguiente:

 

«MARQUES GRAN

 

Por Dorken.

 

Miércoles.

 

»Mi querido Sammie:

 

»Siento mucho tener el gusto de ser el portador de malas noticias tu madrastra cojió un catarro a consecuencia de quedarse imprudentemente sentada mucho tiempo en la hierba mojada por la Ilubia ollendo á un pastor que no pudo marcharse hasta muy de noche por que se había llenado de aguardiente y de agua y no pudo pararse hasta estar un poco fresco y pasaron muchas horas para eso el médico dice que si ella hubiera tomado la bebida caliente después en lugar de antes puede que no le hubiera pasado nada se le engrasaron las ruedas en seguida y se hizo todo lo que pudo inventarse para hacerla marchar tu padre tubo esperanzas de que ubiera dado la vuelta como siempre pero estaba ya cerca del recodo tomó mal el camino y rodó cuesta abajo con una belocidad que no puedes figurártela a pesar de que la droga se le puso inmediatamente por el médico no sirvió de nada porque pagó la última puerta veinte minutos antes de las seis de ayer tarde abiendo echo el viaje en mucho menos tiempo que el ordinario quizás debido en parte a llebar poco equipaje en el camino tu padre dice que si quieres venir a berme Sammy será un gran favor porque estoy muy solo Samivel o b quiere que se escriba así lo cual que yo sé que no está bien y como ay tantas cosas que arreglar está seguro de que tu amo no se opondrá Samy porque le conozco vien así que le manda sus afectos con los cuales van los mios y soy Samivel infernalmente tuyo.

 

Antonio Veller

 

—¡Qué carta tan incomprensible! —dijo Sam—. ¡Quién sabe lo que quiere decir! No está escrita por mi padre, salvo la firma, en letras de imprenta; ésa es suya.

 

—Puede que le haya pedido a alguien que se la escriba y la haya firmado él luego —dijo la linda doncellita.

 

—Aguarde un minuto—dijo Sam, pasando la vista otra vez por la carta y parándose aquí y allí para reflexionar—. Ha acertado usted. El que la ha escrito estaba contando todo lo referente a la desgracia, y se conoce que mi padre se puso a mirar lo que escribía y lo ha echado todo a perder metiendo su remo. Eso es lo que ha

 

 

 

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pasado. Tiene usted razón, María, querida mía.

 

Satisfecho acerca de este punto, leyó Sam la carta una vez más, y, pareciendo formarse una idea clara de su contenido, al fin exclamó con aire pensativo, doblando la epístola:

 

—¡De manera que se murió la pobre mujer! Lo siento. No era mala, y si la hubiera dejado sola ese pastor... Lo siento mucho.

 

Pronunció Mr. Weller estas palabras con tan serio talante, que la linda doncellita bajó los ojos y se puso muy triste.

 

—Pero, en fin—dijo Sam, guardando la carta en su bolsillo, suspirando ligeramente—, tenía que ser... y fue, como dijo la vieja cuando se casó con el lacayo. No se puede evitar, ¿verdad, María?

 

Movió la cabeza María y suspiró también.

 

—Tengo que ver al emperador para pedirle licencia —dijo Sam.

 

María suspiró otra vez. ¡Era tan conmovedora la carta!...

 

—¡Adiós! —dijo Sam.

 

—¡Adiós! —respondió la linda doncellita, volviendo a otro lado la cabeza.

 

—Bueno, nos daremos las manos, ¿no? —dijo Sam.

 

Tendió la linda doncellita una de sus manos, que no por pertenecer a una criada dejaba de ser muy pequeñita, y se levantó para salir.

 

—No tardaré en volver—dijo Sam.

 

—Siempre anda usted por ahí —dijo María, haciendo oscilar ligeramente su cabeza—. No bien ha venido, Mr. Weller, ya se va otra vez.

 

Atrajo Mr. Weller más hacia sí a la doméstica belleza, y empeñóse en un cuchicheo que no hiciera más que empezar cuando la muchacha miró a su alrededor y le entregó de nuevo sus ojos. Al separarse, no tuvo ella más remedio que marchar a su cuarto, para arreglarse el sombrero y los rizos antes de presentarse a su ama; y al alejarse con propósito de cumplir esta ceremonia preparatoria, dedicó a Sam innumerables sonrisas, asomándose por el pasamanos de la escalera.

 

—No estaré fuera más que uno o dos días a lo más, sir—dijo Sam al comunicar a Mr. Pickwick la nueva de la desgracia de su padre.

 

—Todo lo que sea necesario, Sam —replicó Mí. Pickwick—. Tienes plena autorización mía.

 

Inclinóse Sam.

 

—Dirás a tu padre, Sam, que si puedo serle útil en algo en su actual situación, estoy dispuesto a prestarle toda la ayuda que me sea posible —dijo Mr. Pickwick.

 

—Gracias, sir—repuso Sam—. Así se lo diré, sir.

 

Y al cabo de varias frases de interés y afectos mutuos separáronse amo y criado. Eran las siete en punto cuando Samuel Weller, apeándose de la diligencia que

 

pasa por Dorking, encontrábase a unos pocos cientos de yardas de El Marqués de

 

 

 

 

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Granby. Era un anochecer triste y frío. La estrecha calle aparecía lúgubre y tétrica y el caobeño semblante del noble y galante marqués parecía asumir una expresión más triste y melancólica que de costumbre y rechinaba fúnebremente mecido por el viento. Estaban echados los visillos y entornadas las contraventanas; ni uno se veía de los que constituían habitualmente el grupo que junto a la puerta pululaba; el lugar estaba silencioso y desolado.

 

Como no viera a nadie a quien interrogar acerca de las cuestiones preliminares, entró Sam sin hacer ruido, miró a su alrededor y no tardó en reconocer a su padre a lo lejos.

 

El viudo se hallaba sentado junto a una mesa redonda en la pequeña trastienda de la taberna, fumando una pipa y con los ojos inmóviles, fijos en la lumbre. El funeral habíase verificado indudablemente aquel día, porque en su sombrero, que aún conservaba en la cabeza, veíase una cinta de yarda y media que caía negligentemente sobre el respaldo de la silla. Mr. Weller se hallaba en una actitud de abstracción contemplativa. No obstante haberle llamado Sam varias veces por su nombre, continuó fumando, con la faz inmóvil y tranquila, y sólo despertó de su ensimismamiento al recibir una palmada de su hijo en el hombro.

 

—Sammy—dijo Mr. Weller—, bien venido seas.

 

—Le he llamado media docena de veces —dijo Sam, colgando su sombrero en la percha—; pero usted no me oyó.

 

—No, Sammy—replicó Mr. Weller sin dejar de mirar al fuego con aire pensativo

 

—. Estaba recordando, Sammy.

 

—¿Recordando qué? —preguntó Sam, acercando al hogar su silla. —Estaba recordando, Sammy—replicó el viejo Weller—, cosas de ella.

 

Sacudió entonces su cabeza Mr. Weller, dirigiendo sus ojos hacia el cementerio de Dorking, dando así muda explicación de sus palabras relativas a la difunta señora Weller.

 

—Estaba pensando, Sammy —dijo Mr. Weller, mirando a su hijo con gran fijeza por encima de su pipa, cual si quisiera darle a entender que, aunque la declaración se le antojase extraordinaria e increíble, hacíala serenamente y en perfecta conciencia—. Estaba pensando, Sammy, que, después de todo, siento mucho que se haya marchado.

 

—Bien, y así debe ser —replicó Sam.

 

Asintió Mr. Weller, y, clavando de nuevo sus ojos en el fuego, envolvióse en una nube de humo y quedó profundamente ensimismado.

 

—Es que me dijo unas cosas muy sentidas —dijo Mr. Weller, disipando el humo con la mano, después de un largo silencio.

 

—¿Qué observaciones? —preguntó Sam.

 

—Las que me hizo cuando se puso mala—replicó el viejo.

 

—¿Cuáles fueron?

 

 

 

 

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—Pues algo parecido a esto: «Weller», dijo, «comprendo que no he hecho por ti lo que debía haber hecho; eres un hombre muy bondadoso, y yo debía haber dado más felicidad a tu hogar. Ahora empiezo a ver, dijo, «demasiado tarde, que, si una mujer casada quiere ser religiosa, ha de empezar por cumplir los deberes de su casa y hacer a los suyos alegres y felices. Y si va a la iglesia, o a la capilla, o adonde sea, a ciertas horas, ha de tener mucho cuidado de no convertir esto en excusa de su pereza o de su regalo. Yo he hecho esto», dijo «y he gastado mi tiempo y mi dinero en aquellos que procedían aún peor que yo; pero yo espero que, cuando me vaya, Weller, pensarás en mí como yo era antes de conocer a esa gente y como yo era realmente por mi natural». «Susana», dije yo, «yo estaba muy tierno con esto, Samivel; no te lo negaré, hijo mío». «Susana», dije yo, «tú has sido para mí una buena esposa, a pesar de todo; no tienes que decirme nada; tranquilízate, querida, y ya vivirás para ver aún cómo le aplasto la cabeza a este Stiggins». Sonrió al oír esto, Samivel —dijo el viejo, ahogando un suspiro en la pipa—; pero murió al fin.

 

—Bien —dijo Sam, aventurándose a ofrecer un pequeño consuelo, después de tres o cuatro minutos que empleó el viejo en mover la cabeza pausadamente de un lado a otro y en fumar solemnemente—, bien, padre; todos hemos de pasar por eso un día u otro.

 

—Así es, Sammy—dijo el anciano Mr. Weller.

 

—Hay una providencia en todo ello—dijo Sam.

 

—Ya lo creo que la hay—replicó su padre con grave ademán de aprobación—. ¿Qué seria de los empresarios sin ella, Sammy?

 

Perdido en el inmenso campo de conjeturas que abriera esta reflexión, abandonó el anciano Weller su pipa en la mesa y atizó el fuego con gesto meditabundo.

 

Mientras el viejo permanecía absorto, una vivaracha y enlutada cocinera, a la que desde hacía rato oíase trastear por la taberna, deslizóse en la estancia y, dirigiendo a Sam innumerables gestos amistosos, fue a colocarse silenciosamente tras el respaldo de la silla del padre y dio a conocer su presencia por una ligera tosecilla; tosecilla que, por pasar inadvertida, fue seguida de otra más fuerte.

 

—¡Hola! —dijo el anciano Weller, mirando en derredor, dejando el hurgón y retirando su silla apresuradamente—.¿Qué se le ocurre ahora?

 

—Tome una taza de té, alma de Dios —replicó, zalamera, la vivaracha hembra. —No quiero —replicó Mr. Weller, un tanto enojado—. Quisiera verla... —pero se

 

contuvo Mr. Weller a tiempo y añadió por lo bajo—: En otra ocasión.

 

—¡Oh, pobre, pobre! ¡Cómo se cambia con la adversidad! —dijo la señora, mirando al techo.

 

—Eso y el doctor es lo único que ha de hacerme cambiar —musitó Mr. Weller. —En verdad que no he visto hombre de más malas pulgas —dijo la vivaracha

 

hembra.

 

 

 

 

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—No le importe. Todo es por mi bien, que es la reflexión con que se consolaba el estudiantillo siempre que le pegaban —repuso el anciano.

 

Movió la cabeza la vivaracha mujer con aire compasivo, y, apelando a Sam, le dijo que si no convenía con ella en que su padre debía hacer un esfuerzo por animarse y no entregarse a tan honda tribulación.

 

—Ya ve usted, Mr. Samuel —dijo la vivaracha mujer—, que, como le decía ayer, va a encontrarse muy solo, y no puede esperar otra cosa; por eso no tiene más remedio que hacer de tripas corazón. Aquí todos le compadecemos por su desgracia y estamos dispuestos a hacerlo todo por él; y después de todo, no hay situación en la vida, Mr. Samuel, que no tenga arreglo. Eso es lo que me dijo a mí una persona de mucho seso cuando murió mi marido.

 

Tapándose la boca con la mano, tosió de nuevo la mujer y miró con ternura al anciano Mr. Weller.

 

—Como no necesito para nada en este momento la conversación de usted, señora, ¿tiene usted la bondad de retirarse? —dijo Mr. Weller con voz firme y grave.

 

—Bien, Mr. Weller —dijo la vivaracha mujer—. Bien sabe Dios que sólo le digo a usted esto por afecto.

 

—Seguramente, señora—replicó Mr. Weller—. Samivel: acompaña a esta señora a la puerta y ciérrala en cuanto haya salido.

 

No desoyó esta indicación la vivaracha mujer, porque dejó la estancia al punto y dio un portazo al salir; después de lo cual, desplomándose Mr. Weller padre sobre la silla, sudando copiosamente, dijo:

 

—Sammy: si me quedo aquí nada más que una semana... sólo una semana, hijo mío... esa mujer se casa conmigo a la fuerza antes de que pase la semana.

 

—¡Cómo! ¿Tanto le quiere? —preguntó Sam.

 

—¡Querer! —replicó su padre—. No me la puedo quitar de encima... Si yo estuviera encerrado en una caja de hierro sistema Brahmín, ella sería capaz de dar con el medio de llegar hasta mí, Sammy.

 

—¡Qué suerte es saber hacerse desear tanto! —observó Sam, sonriendo.

 

—No me enorgullece lo más mínimo, Sammy —replicó Mr. Weller, atizando el fuego con vehemencia—. Es una situación horrible. Es una cosa que me echa ahora de mi casa y de mi hogar. Aún alentaba tu pobre madrastra cuando una vieja me mandó un tarro de mermelada; otra, un tarro de gelatina, y otra me trajo un gran jarro de manzanilla.

 

Detúvose Mr. Weller con aire de intenso disgusto y, mirando en torno, añadió por lo bajo:

 

—Todas eran viudas, Sammy, todas menos la de la manzanilla, que es una señorita soltera de cincuenta y tres.

 

Sonrió Sam cómicamente por toda respuesta, y, habiendo logrado el viejo romper

 

 

 

 

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un terrón de hulla tenacísimo con afanoso y maligno semblante, cual si hubiere sido aquél la cabeza de una de las viudas mencionadas, dijo:

 

—En una palabra, Sammy: yo sé que no estoy seguro más que en el pescante. —¿Cómo puede usted estar allí más seguro que en ninguna otra parte? —

 

interrumpió Sam.

 

—Porque un cochero es un ser privilegiado —replicó Mr. Weller, mirando a su hijo con fijeza—; porque un cochero puede hacer lo que ningún otro hombre sin que de él se sospeche; porque un cochero puede manifestarse en los términos más amistosos con ochenta mil mujeres sin que nadie se figure que intenta casarse con ninguna de ellas. ¿Y de qué otro hombre puede decirse lo mismo, Sammy?

 

—Hay mucha verdad en eso —dijo Sam.

 

—Si tu amo hubiera sido cochero —argumentó Mr. Weller—, ¿crees tú que ningún jurado se hubiera atrevido a condenarle, aunque las cosas hubieran llegado al extremo? No se hubieran atrevido a hacerlo.

 

—¿Por qué no? —dijo Sam, algo disconforme.

 

—¡Cómo por qué no! —repitió Mr. Weller—. Porque hubieran tenido que proceder contra su conciencia. Un cochero normal es una especie de eslabón entre el celibato y el matrimonio, y todo hombre discreto lo sabe.

 

—¡Cómo! ¿Quiere usted decir que son los favoritos y que nadie intenta abusar de ellos? —dijo Sam.

 

El padre movió la cabeza.

 

—Cómo se las arreglan para que así suceda —continuó Weller padre— no te lo puedo decir. En qué puede consistir que los mayorales posean esa seducción y sean estimados... adorados mejor dicho... por todas las jóvenes de los pueblos por donde pasan, no lo sé. Sólo sé que así es. Es una ley de la Naturaleza... un dispensario, como solía decir tu pobre madrastra.

 

—Una dispensa—dijo Sam, corrigiendo al anciano.

 

—Muy bien, Samivel; una dispensa, una concesión, si te parece mejor— respondió Mr. Weller—. Yo le llamo un dispensario, y eso es lo que está escrito en todos los sitios en que se dan medicinas gratuitas, llevando uno la botella. Eso es.

 

Diciendo esto, volvió a llenar y a encender su pipa Mr. Weller, y, adoptando una vez más un continente meditabundo, prosiguió así:

 

—De manera, hijo mío, que, como no veo la ventaja de quedarme aquí, arriesgándome a casarme quiera o no, y como al mismo tiempo no deseo tampoco alejarme de los interesantes individuos que componen la sociedad, he tomado la determinación de llevar La Seguridad y entrar otra vez en la Belle Savage, que es mi elemento, Sammy.

 

—¿Qué va a ser del negocio? —preguntó Sammy.

 

—El negocio, Samivel—replicó el viejo—, o sea la tienda, la clientela, los

 

 

 

 

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géneros y los muebles, serán vendidos por contrato privado; y el dinero, doscientas libras, cumpliendo un deseo de tu madrastra, que me comunicó poco antes de morir, será invertido, a tu nombre, en ... ¿cómo llamas tú a esas cosas?

 

—¿Qué cosas? —preguntó Sam.

 

—Esas cosas que están siempre subiendo y bajando en la City.

 

—¿Ómnibus? —sugirió Sam.

 

—No, hombre —replicó Mr. Weller—. Esas cosas que están siempre fluctuando y que se relacionan de alguna manera con la Deuda nacional, con los bonos y todas esas cosas.

 

—¡Ah!, los fondos públicos—dijo Sam.

 

—¡Eso! —asintió Mr. Weller—. Los fondos. Doscientas libras serán impuestas, Samivel, a tu nombre, en fondos públicos. Cuatro y medio por ciento consolidado, Sammy.

 

—Ha sido muy buena la vieja acordándose de mí —dijo Sam—, y se lo agradezco muchísimo.

 

—El resto se impondrá a mi nombre —continuó Mr. Weller—, y cuando yo cambie de ruta irá a parar a ti; así, que ten cuidado de no gastártelo de una vez, hijo mío, y procura que ninguna viuda le eche el ojo a tu fortuna, porque de lo contrario estás perdido.

 

Formulado este consejo, continuó Mr. Weller su pipa con rostro sereno, pues estas revelaciones parecieron tranquilizar su ánimo considerablemente.

—Llaman a la puerta —dijo Sam.

 

—Deja que llamen —replicó su padre con dignidad.

 

Procedió Sam de acuerdo con esta orden. Oyóse otro golpe, otro después y una larga serie de llamadas luego. Entonces preguntó Sam por qué no se admitía al que llamaba.

 

—¡Chisst! —murmuró Mr. Weller con aire receloso—. Haz como que no lo oyes, Sammy, no vaya a ser una de las viudas.

 

Como no se hiciera el menor caso de las llamadas, el invisible visitante, después de un breve lapso, se aventuró a abrir la puerta y a asomarse. No fue una cabeza femenina la que se dejó ver por la abertura, sino los luengos cabellos y roja faz de Mr. Stiggins. A Mr. Weller se le cayó la pipa de las manos.

 

Abrió el reverendo la puerta, por grados casi imperceptibles, hasta que el espacio abierto fue bastante para que pasara su robusto cuerpo, deslizóse en la estancia y cerró tras de sí con gran cuidado y suavidad. Volviéndose hacia Sam, y levantando las manos y los ojos en señal del inefable dolor que le producía la calamidad familiar, arrastró la silla de alto respaldo hacia su rincón habitual, al lado del fuego, y, sentándose en el borde, sacó un pañuelo marrón y empezó a limpiar sus lentes.

 

Mientras esto ocurría, el viejo Mr. Weller estaba repantigado en su silla, con los

 

 

 

 

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ojos desmesuradamente abiertos, con las manos apoyadas en las rodillas y manifestando en su semblante el más intenso asombro. Sam sentábase frente a él en silencio absoluto, esperando con avidez el desarrollo de la escena.

 

Mantuvo Mr. Stiggins el pañuelo marrón sobre sus ojos por espacio de algunos minutos, gimiendo discretamente, hasta que, logrando dominar sus sentimientos, haciendo un esfuerzo sobrehumano, se guardó el pañuelo en el bolsillo y se lo abrochó. Después atizó el fuego, frotóse luego las manos y quedóse mirando a Sam.

 

—¡Oh mi joven amigo! —dijo Mr. Stiggins, rompiendo el silencio, con voz queda

 

—. ¡Qué aflicción tan profunda!

 

Sam asintió ligeramente.

 

—¡Hasta para este impío! —añadió Mr. Stiggins—. ¡Como que hace sangrar a un

 

corazón de barro!

 

Algo oyó Sam murmurar a Mr. Weller que parecía referirse a hacer sangrar una nariz de barro; pero no le oyó Mr. Stiggins.

 

—¿Sabe usted, joven —díjole por lo bajo Mr. Stiggins, acercando su silla a la de Sam—, si ha dejado algo para Emmanuel?

 

—¿Quién es? —preguntó Sam.

 

—La capilla —replicó Mr. Stiggins—. Nuestra capilla, nuestro rebaño, Mr.

 

Samuel.

 

—No ha dejado nada al rebaño, ni al pastor, ni a los animales —dijo Sam con energía—, ni a los perros tampoco.

 

Mr. Stiggins miró a Sam con desconsuelo; dirigió sus ojos al anciano, que estaba sentado, al parecer dormido, y, acercando más la silla, dijo.

 

—¿Y a mí nada, Mr. Samuel?

 

Sam movió la cabeza negativamente.

 

—Yo creo que debe de haber algo —dijo Stiggins, palideciendo todo lo que él podía—. Considere, Mr. Samuel, ¡ni un pequeño recuerdo!

 

—Ni siquiera una cosa que tenga el valor de ese paraguas viejo que usted lleva — respondió Sam.

 

—¿Y no me habrá recomendado quizá —dijo vacilante Mr. Stiggins después de meditar profundamente unos momentos—, no me habrá recomendado quizá al cuidado del impío, Samuel?

 

—Es muy probable, por lo que le he oído decir —repuso Sam—; precisamente ahora mismo hablaba de usted.

 

—¡Ah!, ¿sí? —exclamó radiante Mr. Stiggins—. ¡Ah, eso es que ha cambiado! Podíamos vivir ahora juntos muy bien, Mr. Samuel, ¿verdad? Yo cuidaría de su propiedad en ausencia de usted... cuidaría perfectamente, ya ve usted.

 

Dejando escapar un profundo suspiro, Mr. Stiggins calló, aguardando respuesta. Meneó Sam la cabeza y el viejo Mr. Weller produjo un ruido extraño, que, sin ser

 

 

 

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gemido, ni gruñido, ni resoplido, ni aullido, participaba, a la verdad, de esas cuatro formas.

 

Envalentonado Mr. Stiggins por este ruido, que interpretó como signo de remordimiento o de contricción, miró en torno, frotóse las manos, lloró, sonrió, lloró otra vez, y, atravesando suavemente la estancia hacia una alacena que le era familiar y que estaba en un rincón, sacó un vaso y con gran parsimonia echó en él cuatro terrones de azúcar; hecho esto, miró de nuevo en derredor y suspiró tristemente; dirigióse luego silenciosamente a la taberna y volvió a poco con el vaso mediado de ron de manzana; acercóse al puchero, que hervía alegremente en el hogar, hizo la mezcla con el agua, agitó la bebida, la probó, se sentó y, administrándose un gran trago de ron y agua, detúvose para tomar aliento.

 

El anciano Weller, que aún seguía haciendo diversos y vanos intentos por aparecer dormido, no dijo palabra mientras se llevaban a cabo todos estos pormenores; mas al detenerse Stiggins para tomar resuello, abalanzóse a él, y arrancando el vaso de su mano arrojóle a la cara el resto de la bebida y a la rejilla del hogar el vaso. Asiendo después al reverendo enérgicamente por el cuello, empezó a darle furiosos puntapiés, acompañando cada aplicación de las punteras de sus botas a la persona de Mr. Stiggins de varios anatemas incoherentes y violentos relativos a los miembros, a los ojos y a otros diversos detalles de la humanidad del pastor.

 

—Sammy —dijo Mr. Weller—, asegúrame bien el sombrero.

 

Ajustó Sam cuidadosamente el sombrero de larga cinta sobre la cabeza de su padre, y reanudando el anciano su agresiva faena con más agilidad que antes, hizo pasar a Mr. Stiggins, a fuerza de puntapiés, de la trastienda a la taberna; de ésta, al pasillo, a la puerta y, por fin, a la calle, propinándole los puntapiés durante todo el trayecto y redoblando su vehemencia, más que moderándola, cada vez que levantaba una de sus botas.

 

Era un bello y regocijado espectáculo el ver retorcerse al de la nariz roja bajo la presa de Mr. Weller y verle temblar con angustia a medida que los puntapiés se sucedían rápidamente; pero aún era más curioso observar a Mr. Weller, después de la fatigosa refriega, sumergir la cabeza de Mr. Stiggins en el abrevadero caballar, que estaba lleno de agua, y sujetarle hasta verle a punto de ahogarse.

 

—¡Así! —dijo Mr. Weller, acumulando toda su energía en un complicado puntapié, cuando, al fin, permitió a Mr. Stiggins retirar su cabeza del agua—. ¡Tráigame acá a esos pastores haraganes, y yo les haré papilla y les ahogaré después! Sammy, ayúdame a entrar, y lléname un vasito de aguardiente. No puedo respirar, hijo mío.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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53.    Comprende la salida definitiva de Mr. Jingle y de Job Trotter, con la narración de una mañana atareadísima en Gray's Inn Square, terminando con una doble llamada a

 

la puerta de Mr. Perker

 

 

Cuando Arabella, después de una discreta y gradual preparación y al cabo de asegurarle repetidas veces que no había el menor motivo para desanimarse, fue al fin informada por Mr. Pickwick del adverso resultado de su visita a Birmingham, rompió a llorar y, sollozando ruidosamente, comenzó a lamentarse en términos conmovedores de ser la causa infeliz de una desavenencia entre padre e hijo.

 

—Querida niña —dijo cariñosamente Mr. Pickwick—, no es culpa de usted. Era imposible prever que el viejo estuviese tan enérgicamente predispuesto en contra del matrimonio de su hijo. Estoy seguro —añadió Mr. Pickwick, contemplando su lindo rostro— de que no tiene la menor idea del placer de que a sí mismo se priva.

 

—¡Oh mi querido Mr. Pickwick! —dijo Arabella—. ¿Qué vamos a hacer si continúa enojado con nosotros?

 

—Hija, esperar con paciencia, querida mía, hasta que lo piense mejor —replicó alegremente Mr. Pickwick.

 

—Pero, querido Mr. Pickwick, ¿qué va a ser de Nathaniel si su padre le retira su ayuda? —arguyó Arabella.

 

—En ese caso, amor mío —repuso Mr. Pickwick—, me atrevo a profetizar que ya se podrá encontrar algún otro amigo que no rehúse ayudarle a dar sus primeros pasos en el mundo.

 

No estaba tan desfigurado el sentido de esta respuesta de Mr. Pickwick para que Arabella dejara de comprenderlo. Así, pues, echándole los brazos al cuello y besándole con ternura, sollozó más fuerte que antes.

 

—Vamos, vamos —dijo Mr. Pickwick, tomando su mano—, esperemos unos días más y veremos si escribe o si hace algo en vista de la comunicación de su marido de usted. Si no, yo tengo ya pensados media docena de proyectos, cualquiera de los cuales ha de hacerla feliz en seguida. ¡Eso es, querida, eso es!

 

Con estas palabras, oprimió suavemente Mr. Pickwick la mano de Arabella y le suplicó que se enjugara los ojos para no angustiar a su marido. Y Arabella, que era uno de los seres más buenos del mundo, guardó su pañuelo en el bolsillo, y al llegar Mr. Winkle mostró todo el fulgor espléndido de aquellos ojos chispeantes y reidores que desde el primer momento le cautivaron.

 

«Es una situación muy crítica la de esos muchachos», pensaba Mr. Pickwick mientras se vestía a la mañana siguiente. «Voy a ver a Perker para consultarle sobre el caso.»

 

 

 

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Como Mr. Pickwick sentía, además, vivo deseo de trasladarse a Gray's Inn Square para arreglar sus cuentas, sin más dilación, con el bondadoso procurador, desayunóse apresuradamente, y puso por obra su intento con tal presteza, que no habían dado las diez cuando llegaba a Gray's Inn.

 

Aún faltaban diez minutos para esa hora cuando subía la escalera que daba acceso a las habitaciones de Perker. Los escribientes no habían llegado todavía, y nuestro amigo engañó el tiempo mirando por la ventana de la escalera.

 

La luz risueña de una hermosa mañana de octubre prestaba cierto brillo a los viejos caserones, algunas de cuyas empolvadas ventanas parecían casi alegres a los reflejos del sol. Los escribientes iban entrando a toda prisa en el patio por ambas puertas y, mirando al gran reloj, aceleraban o moderaban su andar, según las horas a que empezaban nominalmente sus oficinas; los de las nueve y media redoblaban el paso, mientras que los de las diez adoptaban una marcha de la más aristocrática lentitud. Dio el reloj las diez, y los escribientes empezaron a llover más de prisa que nunca, viéndose a cada uno sudar más copiosamente que el que le precediera. El ruido de abrir y cerrar puertas resonaba por doquier; en todas las ventanas aparecían a cada momento mágicamente sus cabezas; los ordenanzas ocupaban sus puestos; la desharrapada lavandera corría de un lado a otro; el cartero iba de casa en casa, y todo el enjambre legal comenzaba a agitarse.

 

—Madruga usted, Mr. Pickwick—dijo una voz a su espalda.

 

—¡Ah, Mr. Lowten! —replicó Mr. Pickwick, mirando alrededor y reconociendo a su antiguo amigo.

 

—Vaya un calorcito, ¿verdad? —dijo Lowten, sacando del bolsillo una llave Bramah, con un pequeño fiador para sacar el polvo.

 

—Ya lo demuestra usted —respondió Mr. Pickwick, sonriendo al escribiente, que estaba como un tomate.

 

—Vengo muy acalorado, es verdad —replicó Lowten—. No hace ni media hora que atravesé el Polígono; pero como estoy aquí antes que él, todo va bien.

 

Tranquilizado con esta reflexión, extrajo Mr. Lowten el fiador de la llave, y luego de abrir la puerta introdujo de nuevo el fiador, guardóse su Bramah y cogió las cartas que el cartero había echado en el buzón. Acto seguido introdujo en el despacho a Mr. Pickwick. Entonces despojóse de su chaqueta en un abrir y cerrar de ojos, vistió una raída casaca que sacó de un pupitre, colgó su sombrero, sacó unas cuantas hojas de papeles de estraza y secantes en hiladas alternas y, colocándose una pluma detrás de la oreja, frotóse las manos con aire de gran satisfacción.

 

—Ahí tiene usted, Mr. Pickwick —dijo—, ya estoy completo. Me he puesto mi chaqueta de trabajo, me he quitado la de calle, y que venga cuando quiera. ¿No tiene usted por ahí un poco de tabaco?

 

—No, no tengo—respondió Mr. Pickwick.

 

 

 

 

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—Lo siento —dijo Lowten—. Pero no importa. Voy a llamar en seguida para que traigan una botella de soda. ¿No se me notan algo encendidos los ojos, Mr. Pickwick?

 

Examinó el apelado individuo desde alguna distancia los ojos de Lowten, y manifestó su opinión de que nada extraño se echaba de ver en aquellos rasgos.

 

—Me alegro —dijo Lowten—. Anoche lo pasamos bastante bien en El Tronco, y estoy algo trastornado. Perker se ha ocupado algo del asunto de usted.

 

—¿De qué asunto? —preguntó Mr. Pickwick—. ¿Las costas de la señora Bardell? —No, no me refiero a ése —replicó Mr. Lowten—. Sobre lo de ese parroquiano por el que hemos pagado diez chelines por libra, según orden de usted, para rescatar

 

el pagaré y sacarle de Fleet, ya sabe... y mandarle a Demerara.

 

—¡Ah, Mr. Jingle! —dijo en seguida Mr. Pickwick—. Sí. ¿Qué hay de eso? —Pues que está arreglado —dijo Lowten, recortando su pluma—. El agente de

 

Liverpool dice que está muy obligado a usted por varios motivos y que se complacería en tomarle por su recomendación.

 

—Está bien—dijo Mr. Pickwick—. Me alegro de saberlo.

 

—Pero oiga usted —continuó Lowten, raspando el revés de la pluma, antes de darle otro corte—: ¡qué blanducho es el otro!

 

—¿Cuál otro?

 

—Hombre, el criado, o amigo, o lo que sea; ya sabe usted: Trotter.

 

—¿Sí? —dijo, sonriendo, Mr. Pickwick—. Pues yo siempre pensé lo contrario. —Claro; yo también, a poco de haberle visto —replicó Lowten—. Eso enseña

 

cuán fácilmente puede uno engañarse. ¿Y qué piensa usted de esto de mandarle a Demerara?

 

—¡Cómo! ¿Y dejar lo que aquí se le ofrece? —exclamó Mr. Pickwick. —Despreciar como si fuera una porquería el ofrecimiento que le ha hecho Perker

 

de dieciocho chelines semanales y un aumento si se porta bien —repuso Lowten—. Pero dijo que tenía que irse con el otro; convenció a Perker de que escribiera otra vez, y se le ha conseguido algo en la misma casa, no tan bueno, ni mucho menos, dice Perker, como lo que pudiera obtener un ex presidiario en Nueva Gales del Sur si compareciese ante el Tribunal con ropa nueva.

 

—¡Qué locura! —dijo Mr. Pickwick con ojos centelleantes—. ¡Qué locura! —¡Oh!, es peor que un loco: es una perfidia ruin —replicó Lowten, tajando su

pluma con aire despreciativo—. Dice que es el único amigo que ha tenido y que les une un gran afecto. La amistad es una gran cosa en sí; nosotros nos tratamos de una manera muy amigable y muy grata en El Tronco, por ejemplo, cuando estamos bebiendo nuestro ponche y pagando cada cual lo suyo; pero nada de perjudicarse por otro, ¡nada! Nadie debe tener más que dos afectos: el primero para el número uno, y el segundo para las señoras. Esto es lo que yo pienso... ¡ja, ja!

 

Remató Mr. Lowten el párrafo con una estrepitosa risa, mitad alegre, mitad

 

 

 

 

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burlesca, que hubo de interrumpirse prematuramente por el ruido de los pasos de Perker en la escalera, al oír los cuales encorvóse el escribiente sobre el taburete con la más admirable agilidad y se puso a escribir con gran afán.

 

Caluroso y efusivo fue el saludo que hubo de cruzarse entre Mr. Pickwick y su consejero; pero aún no se había acomodado por completo el cliente en el sillón del procurador, cuando se oyó llamar a la puerta y preguntar si estaba allí Mr. Perker.

 

—¡Caramba! —dijo Perker—. Ése es uno de sus vagabundos... el propio Jingle, mi querido señor. ¿Quiere usted verle?

 

—¿Qué le parece a usted? —preguntó vacilando Mr. Pickwick.

 

—Sí, me parece lo mejor. ¡Eh, sir, quien sea: pase!

 

Atendiendo esta llana invitación, entraron Jingle y Job en la estancia, y al ver a Mr. Pickwick quedáronse algo cortados.

 

—Bien —dijo Perker—. ¿No conocen ustedes a este señor?

 

—De sobra —replicó Mr. Jingle adelantándose—. Mr. Pickwick... obligadísimo...

 

salvador de mi vida... me ha hecho hombre... no se arrepentirá, sir.

 

—Me gusta oírle decir eso —dijo Mr. Pickwick—. A lo que parece, está usted mucho mejor.

 

—Gracias a usted, sir... cambio radical... la cárcel de Su Majestad... poco saludable... —dijo Jingle, meneando la cabeza.

 

Estaba pulcra y decentemente vestido, así como Job, que permanecía detrás de él contemplando a Mr. Pickwick con aire imperturbable.

 

—¿Cuándo se van a Liverpool? —preguntó Mr. Pickwick aparte a Perker.

 

—Esta tarde, sir, a las siete —dijo Job, dando un paso adelante.

 

—En el coche de la City, sir.

 

—¿Han tomado ustedes los asientos?

 

—Sí, sir —replicó Job.

 

—¿Está usted completamente decidido a marchar?

 

—Lo estoy, sir—replicó Job.

 

—En cuanto a la ropa que necesitaba Jingle —dijo Perker, dirigiéndose en alta voz a Mr. Pickwick—, me he permitido hacer un arreglo, deduciendo una pequeña suma de su sueldo trimestral, con lo que al cabo de un año, y siempre que me haga el envío con regularidad, podrá cubrirse el gasto. Desapruebo por completo el que usted haga nada más por él, mi querido señor, como no se haga acreedor a ello por su trabajo y buena conducta.

 

—Ciertamente —interrumpió Jingle con gran seguridad—. Clara inteligencia...

 

hombre de mundo... muy natural... perfectamente.

 

—Por el acuerdo con su acreedor, desempeño de sus ropas, liberación y gastos de pasaje —continuó Perker, sin parar mientes en la observación de Jingle—, ha perdido usted ya más de cincuenta libras.

 

 

 

 

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—Perdido, no —se apresuró a decir Jingle—. Se pagará todo... tenaz para los negocios... reembolsaré... hasta el último penique. La fiebre amarilla, pudiera ser... fuerza mayor... si no...

 

Detúvose en esto Mr. Jingle, y golpeando con violencia el casquete de su sombrero, se pasó la mano por los ojos y se sentó.

 

—Quiere decir—dijo Job, avanzando unos pasos más— que si no se le lleva la fiebre, devolverá el dinero. Si vive, lo hará, Mr. Pickwick. Lo doy por hecho. Sé que lo hará, sir —dijo Job con energía—. Me atrevería a jurarlo.

 

—Bien, bien —dijo Mr. Pickwick, que llevaba un rato haciendo a Perker una larga serie de gestos, con objeto de interrumpir la enumeración de los beneficios dispensados; señas que el pequeño procurador se obstinó en desatender—, procure usted no jugar más partidos dudosos de cricket, Mr. Jingle, y no reanudar su amistad con sir Tomás Blazo, y no dudo que se conservará usted bien.

 

Sonrió Mr. Jingle esta salida; pero manifestóse un tanto confuso, por lo cual Mr.

 

Pickwick cambió el tema, diciendo:

 

—¿No sabría usted, por casualidad, qué ha sido de aquel otro amigo de usted...

 

tan humilde, a quien vimos en Rochester? —¿Jemmy el nefasto? —preguntó Jingle. —Sí.

 

Jingle movió la cabeza.

 

—Un truhán de primera... punto original, gran trapisondista... hermano de Job. —¡Hermano de Job! —exclamó Mr. Pickwick—. Sí; ahora que le miro de cerca

 

descubro el parecido.

 

—Siempre se nos ha tenido por gemelos, sir —dijo Job, mirando de soslayo, con malicia—; sólo que yo fui siempre más serio, mucho más serio que él. Emigró a América, sir, porque le buscaban aquí demasiado para estar tranquilo, y desde entonces no ha vuelto a saberse de él.

 

—Pues ésa debe de ser la explicación de que yo no haya recibido aquella «página o novela de la vida real» que me prometió una mañana en que parecía meditar el suicidio en el puente de Rochester —dijo, sonriendo, Mr. Pickwick—. ¡No necesitaré preguntar si aquella lúgubre actitud constante suya era natural o fingida!

 

—Él podía fingir todo lo que quiera, sir —dijo Job—. Puede usted darse por contento con haberse librado de él tan fácilmente. Hablando con sinceridad, hubiera sido para usted una amistad más peligrosa aún que la...

 

Job miró a Jingle titubeando, y por fin añadió:

 

—Que la... que la mía.

 

—Vaya una familia recomendable, Mr. Trotter —dijo Perker, señalando a una carta que acababa de escribir en aquel momento.

 

—Sí, sir—replicó Job—. Mucho.

 

 

 

 

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—Bien —dijo, riendo, el hombrecito—. Pues me parece que va usted a desmentir la casta. Entregue esta carta al agente cuando llegue a Liverpool y permítanme que les aconseje, señores, que no ejerciten sus mañas en las Indias del Oeste. Si desaprovechan ustedes esta ocasión, merecen que se les ahorque, pues no otra cosa creo que hicieran con ustedes. Y ahora, lo mejor que pueden hacer es dejarme solo con Mr. Pickwick, porque tenemos que hablar de varias cosas y el tiempo es precioso.

 

Diciendo esto Perker, miró hacia la puerta con deseo manifiesto de que se abreviase la despedida todo lo posible.

 

Y no pudo ser más breve por parte de Mr. Jingle. Agradeció al pequeño procurador en unas cuantas atropelladas palabras la amabilidad y la rapidez con que le había prestado su asistencia, y volviéndose hacia su bienhechor, permaneció unos segundos indeciso acerca de lo que debiera decir o hacer. Pero Job Trotter disipó su perplejidad, pues inclinándose humilde y lleno de gratitud ante Mr. Pickwick, cogió a su amigo por el brazo suavemente y se lo llevó.

 

—Magnífica pareja —dijo Perker no bien se cerró la puerta detrás de ellos. —Bien puede ocurrir que lo sea —replicó Mr. Pickwick—. ¿Qué piensa usted?

 

¿Habrá alguna probabilidad de enmienda definitiva?

 

Encogióse de hombros Perker en señal de duda; pero advirtiendo la contrariedad y desconsuelo de Mr. Pickwick, respondió:

 

—Claro que hay probabilidades. No desconfío de que se corrijan. Ahora están indudablemente arrepentidos; pero no olvidemos que está en ellos muy reciente el recuerdo de lo que han sufrido. ¿Qué ocurrirá cuando ese recuerdo se disipe? Es un enigma que ni usted ni yo podemos resolver. Mas sea lo que fuere, mi querido señor —añadió Perker, apoyando la mano en el hombro de Mr. Pickwick—, siempre será meritoria la acción de usted. Si esa clase de beneficencia tan cauta y precavida, que rara vez se ejerce por miedo a salir chasqueado con detrimento del amor propio, es verdadera caridad o hipocresía mundana, decídanlo otras cabezas más avisadas que la mía. Pero si esos dos mozos cometen mañana un robo, mi juicio sobre la acción de usted sería igualmente enaltecedor.

 

Con estas palabras, que fueron pronunciadas con énfasis mucho más caluroso de lo que es corriente entre las gentes de ley, acercó Perker su silla al pupitre y se puso a escuchar la relación que le hizo Mr. Pickwick acerca de la testarudez del viejo Winkle.

 

—Déle usted una semana—dijo Perker, moviendo su cabeza en ademán profético.

 

—¿Cree usted que cambiará de parecer? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—Creo que sí —repuso Perker—. Si no, podremos ensayar la labor persuasiva de la señora, y eso es lo que hubiera empezado por hacer cualquiera otro que no fuera usted.

 

Tomaba Mr. Perker un polvo de rapé entre contracciones grotescas de su rostro,

 

 

 

 

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con las que quería realzar el poder de persuasión que atesoran las señoras, cuando se oyó en el despacho de al lado el murmullo de una pregunta y una respuesta, y llamó Lowten a la puerta.

 

—¡Adelante! —gritó el hombrecito.

 

Entró el escribiente y cerró la puerta con gran misterio.

 

—¿Qué hay? —preguntó Perker.

 

—Le buscan a usted, sir.

 

—¿Quién me busca?

 

Miró Lowten a Mr. Pickwick y tosió.

 

—¿Quién me busca? ¿No puede usted decírmelo, Mr. Lowten?

 

—Ya lo creo, sir —replicó Lowten—. Está ahí Dodson, y Fogg viene con él. —¡Dios nos asista! —dijo el hombrecito, consultando su reloj—. Les cité aquí a

 

las once y media para ultimar el asunto de usted, Pickwick. Les di un documento de compromiso, sobre el cual me enviaron ellos la renuncia; es muy violento, mi querido señor. ¿Qué va usted a hacer? ¿Quiere usted pasar a la habitación inmediata?

 

Como la habitación inmediata no fuera otra que aquella en que estaban los señores Dodson y Fogg, respondió Mr. Pickwick que él se quedaría donde estaba; tanto más cuanto que los señores Dodson y Fogg habrían de ser los que se avergonzaran de mirarle a la cara, en vez de ser él el que tuviera que avergonzarse. Esto lo dijo, encareciendo de Mr. Perker que lo tuviera muy en cuenta, con semblante airado e inequívocas señales de indignación.

 

—Muy bien, mi querido señor, muy bien —replicó Perker—; lo único que he de decirle es que si usted espera que Dodson o Fogg manifiesten al ver a usted el menor síntoma de vergüenza o confusión, es usted el hombre más iluso que me he topado en mi vida. Hágales pasar, Mr. Lowten.

 

Desapareció Mr. Lowten marcando un gesto significativo y volvió inmediatamente para introducir a la firma en el orden debido: Dodson primero y Fogg después.

 

—¿Han visto ustedes a Mr. Pickwick, verdad? —dijo Perker a Dodson, señalando con su pluma hacia donde estaba sentado el aludido.

 

—¿Cómo está usted, Mr. Pickwick? —dijo Dodson con voz clara.

 

—Calle —gritó Fogg—, ¿cómo está, Mr. Pickwick? ¿Está usted bien? Yo creía conocer la cara —dijo Fogg, tomando una silla y mirando en torno con una sonrisa.

 

Inclinó Mr. Pickwick la cabeza muy ligeramente en respuesta a estas salutaciones, y viendo que Fogg sacaba un legajo del bolsillo de su chaqueta, levantóse y fue hacia la ventana.

 

—No tiene por qué molestarse Mr. Pickwick, Mr. Perker —dijo Fogg, desatando el balduque que sujetaba el legajo y sonriendo de nuevo con más dulzura que antes.

 

—Mr. Pickwick está muy familiarizado con estos procedimientos. No hay

 

 

 

 

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secretos entre nosotros, creo yo. ¡Je, je, je!

 

—No muchos, me parece a mí —dijo Dodson—. ¡Ja, ja, ja!

 

Rieron a coro ambos socios, con la alegría y el optimismo con que hacerlo suelen los que van a recibir dinero.

 

—Haremos pagar a Mr. Pickwick por presenciar el espectáculo —dijo Fogg con marcado y natural humorismo, al desplegar sus papeles—. El importe de las costas es mil treinta y tres, seis, cuatro, Mr. Perker.

 

Hubo un prolongado cotejo de papeles y pase de hojas por parte de Fogg y de Perker, después de esta estipulación de beneficios y pérdidas. Entre tanto, dijo Dodson afablemente a Mr. Pickwick:

 

—Encuentro a usted algo menos grueso que la última vez que tuve el gusto de verle, Mr. Pickwick.

 

—Es posible, sir —repuso Mr. Pickwick, que no había cesado de asestarles coléricas miradas, sin producir el menor efecto en ninguno de los dos ladinos profesionales—. Claro que no lo estoy tanto, sir. En estos últimos tiempos he sido perseguido y molestado por unos canallas, sir.

 

Tosió Perker violentamente y preguntó a Mr. Pickwick si no deseaba entretenerse leyendo el periódico de la mañana, a cuya pregunta opuso Mr. Pickwick la más resuelta negativa.

 

—Verdaderamente —dijo Dodson— que bien lo han molestado en Fleet; hay allí gentes muy particulares. ¿Hacia dónde caían las habitaciones de usted, Mr. Pickwick?

 

—Mi única habitación —replicó el ultrajadísimo caballero estaba en la galería del café.

 

—¡Ah! —dijo Dodson—. Tengo entendido que es una parte muy agradable del establecimiento.

 

—Mucho —respondió secamente Mr. Pickwick.

 

La frialdad que envolvían todas estas frases tenía que ejercer en tales circunstancias y en una persona de irritable temperamento una influencia más bien exasperante. Mr. Pickwick logró refrenar su cólera a costa de esfuerzos titánicos; pero una vez que extendió Perker un cheque por el importe total y luego que Fogg lo guardó en un pequeño cuaderno, mientras bailaba en su risueña fisonomía una triunfal sonrisa, de que hubo de contagiarse el severo rostro de Dodson, sintió el primero que se le encendían las mejillas por la indignación.

 

—Y ahora, Mr. Dodson —dijo Fogg, guardándose el cuaderno y sacando los guantes—, estoy a sus órdenes.

 

—Muy bien —dijo, levantándose, Dodson—; yo estoy listo.

 

—Encantado —dijo Fogg, enternecido por el cheque— de haber tenido el gusto de conocer a Mr. Pickwick. Espero que no pensará ahora tan mal de nosotros, Mr. Pickwick, como la primera vez que tuvimos el placer de verle.

 

 

 

 

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—Así lo creo —dijo Dodson con el tono altivo de la virtud calumniada—. Confío en que ya nos conoce mejor Mr. Pickwick; cualquiera que sea su opinión acerca de los de nuestra profesión, le aseguro, sir, que no abrigamos mala voluntad ni rencor vengativo hacia usted por las manifestaciones que tuvo a bien formular en nuestro despacho de Freeman's Court, Cornhill, en la ocasión a que mi socio acaba de aludir.

 

—¡Oh, no, no; yo no! —dijo Fogg con acento de perdón.

 

—Nuestra conducta, sir —dijo Dodson—, se explica por sí misma, y se justifica, en mi opinión, en todos los casos. Llevamos algunos años en la profesión, Mr. Pickwick, y nos hemos visto honrados con la confianza de muchos y muy buenos clientes. Buenos días, sir.

 

—Buenos días, Mr. Pickwick—dijo Fogg.

 

Y diciendo esto se colocó el paraguas bajo el brazo, se quitó el guante de la mano derecha, ofreciósela por vía de reconciliación al indignado caballero, viendo lo cual éste cruzó sus manos bajo los faldones de su levita y miró al procurador con gesto de estupefacción desdeñosa.

 

—¡Lowten! —gritó Perker en aquel momento—. Abra la puerta.

 

—Espere un instante —dijo Mr. Pickwick—, Perker, voy a hablar.

 

—Mi querido señor: deje las cosas donde están —dijo el pequeño procurador, que había permanecido en estado de nerviosa inquietud durante toda la entrevista—. ¡Mr. Pickwick, se lo suplico!

 

—¡A mí no se me atropella, sir! —apresuróse a replicar Mr. Pickwick—. Mr.

 

Dodson, usted acaba de hacerme unas observaciones.

 

Volvióse Dodson, inclinó servilmente su cabeza y sonrió.

 

—Algunas observaciones —repitió Mr. Pickwick, casi jadeante—; y su socio me ha tendido su mano, y los dos se han manifestado con un tono de perdón y magnanimidad que entraña una desvergüenza, que aun en usted me ha sorprendido.

 

—¡Cómo, sir! —exclamó Dodson.

 

—¡Cómo, sir! —reiteró Fogg.

 

—¿No saben ustedes que he sido víctima de sus estratagemas y celadas? — continuó Mr. Pickwick—. ¿No saben ustedes que soy yo la persona a quien ustedes han aprisionado y robado? ¿No saben que fueron ustedes los procuradores del demandante en el proceso Bardell—Pickwick?

 

—Sí, sir, lo sabemos —contestó Dodson.

 

—Claro que lo sabemos, sir —repuso Fogg, acariciándose el bolsillo... tal vez por casualidad.

 

—Veo con satisfacción que lo recuerdan ustedes —dijo Mr. Pickwick, intentando el sarcasmo por primera vez en su vida y fracasando de la manera más completa—. Aunque hace mucho tiempo que ansío decirles con toda claridad cuál es mi opinión acerca de ustedes, hubiera dejado escapar esta oportunidad, defiriendo a los deseos de

 

 

 

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mi amigo Perker, de no haber sido por la actitud intolerable que han adoptado ustedes y por su insolente familiaridad. ¡Digo insolente familiaridad, sir! —dijo Mr. Pickwick, dirigiéndose a Fogg con un gesto tan airado y frenético, que hizo a éste retroceder hacia la puerta con gran presteza.

 

—Cuidado, sir —dijo Dodson, quien, a pesar de ser el más corpulento de todos, habíase atrincherado prudentemente detrás de Fogg y hablaba por encima de la cabeza de éste con la faz lívida—. Déjese pegar, Mr. Fogg; no se defienda por ningún concepto.

 

—No, no, no he de contestarle —dijo Fogg, retrocediendo a medida que hablaba, con alivio notorio de la inquietud de su socio, que iba por este medio acercándose cada vez más al despacho contiguo.

 

—Son ustedes —continuó Mr. Pickwick, reanudando el hilo de su discurso—, son ustedes un buen par de miserables granujas y leguleyos salteadores.

 

—Bien —interrumpió Perker—. ¿Es eso todo?

 

—En eso se condensa todo —replicó Mr. Pickwick—: son unos miserables granujas y salteadores leguleyos.

 

—¡Bueno! —dijo Perker en el tono más conciliador—. Mis queridos señores, ya ha dicho lo que tenía que decir. Ahora hagan el favor de marcharse; Lowten: ¿está abierta la puerta?

 

Mr. Lowten, riéndose a lo lejos, contestó afirmativamente.

 

—Bien, bien... buenos días... buenos días... hagan el favor, mis queridos señores... ¡Mr. Lowten, la puerta! —gritó el hombrecito, empujando a Dodson y Fogg, que no ofrecían la menor resistencia, hacia fuera de la oficina—. Por aquí, mis queridos señores... no prolonguen esto... ¡Por Dios... Mr. Lowten!... La puerta, sir... ¿Por qué no me hace caso?

 

—Si hay justicia en Inglaterra, sir —dijo Dodson, mirando a Mr. Pickwick en tanto que se ponía el sombrero—, tendrá usted que pagarnos esto.

 

—Son ustedes un par de miserables...

 

—No olvide, sir, que lo pagará usted bien caro —dijo Fogg.

 

—... Granujas, ladrones, picapleitos —continuó Mr. Pickwick, sin hacer el menor caso de las amenazas que se le dirigían—. ¡Ladrones! —gritó Mr. Pickwick, corriendo a la escalera cuando ya bajaban los procuradores—. ¡Ladrones! —rugió Mr. Pickwick, desasiéndose de Lowten y Perker y sacando la cabeza por la ventana de la escalera.

 

Cuando Mr. Pickwick se apartó de la ventana, mostrábase su rostro sonriente y plácido, y mientras volvía tranquilamente al despacho, declaró haberse quitado un gran peso de encima y sentirse completamente sereno y feliz.

 

Guardó silencio Perker hasta que, habiendo vaciado su tabaquera y enviado a Lowten para que de nuevo la llenase, sintióse acometido de un ataque de risa que le

 

 

 

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duró cinco minutos, al cabo de los cuales dijo que comprendía que debía haberse indignado, pero que no podía pensar aún seriamente en aquel asunto...; que ya se indignaría cuando le llegara el turno.

 

—Bueno; ahora —dijo Mr. Pickwick— permítame liquidar con usted.

 

—¿Del mismo modo que con los otros? —preguntó Perker, echándose a reír de nuevo.

 

—Precisamente lo mismo, no —repuso Mr. Pickwick, sacando su cartera y estrechando efusivamente la mano del hombrecito—; se trata solamente de una liquidación pecuniaria. Debo a usted muchas pruebas de bondad, que nunca podré pagarle, y que no quiero pagarle, porque prefiero continuar con esa obligación.

 

Después de este preámbulo, zambulléronse en una complicada serie de cuentas y justificantes, que, detallados puntualmente por Perker, fueron al punto saldados por Mr. Pickwick entre protestas de estima y amistad.

 

No bien llegaron al término de esta operación cuando se oyó en la puerta un violento golpe; no se trataba de una doble llamada de las corrientes, sino de una constante e ininterrumpida sucesión de fuertes golpes distintos, como si el llamador estuviese animado de movimiento continuo o como si la persona que llamaba hubiera olvidado la manera de abandonar su tarea.

 

—¡Qué es eso! —exclamó Perker, sobresaltado.

 

—Me parece que es que llaman a la puerta —dijo Mr. Pickwick, como si cupiera alguna duda acerca del hecho.

 

El de fuera formuló una réplica infinitamente más enérgica que si se hubiera servido de la palabra, porque continuó golpeando con fuerza y estrépito sorprendentes sin un punto de tregua.

 

—¡Caramba! —dijo Perker, tirando de la campanilla—. Vamos a alarmar a la casa. ¿No oye usted llamar, Mr. Lowten?

 

—Voy a contestar en seguida, sir —replicó el escribiente.

 

El que llamaba pareció oír la respuesta y demostró que le era completamente imposible esperar por más tiempo: produjo un escándalo horroroso.

 

—Es espantoso —dijo Mr. Pickwick, tapándose los oídos.

 

—Dese prisa, Mr. Lowten —gritó Perker—; nos van a echar la puerta abajo.

 

Mr. Lowten, que estaba lavándose las manos en un oscuro cuartito, corrió hacia la puerta, y levantando el picaporte, descubrió el cuadro que se describe en el capítulo siguiente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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54.    Contiene algunos detalles relativos a los aldabonazos y a otros asuntos, entre los cuales figuran ciertas

 

interesantes revelaciones concernientes a Mr. Snodgrass y a una señorita que no son ajenas a esta historia

 

El objeto que hubo de ofrecerse a los ojos del asombrado escribiente era un muchacho extraordinariamente gordo, con traje de lacayo, que se hallaba de pie sobre la estera, con los ojos cerrados como si estuviera durmiendo. Nunca había visto el escribiente un muchacho tan rollizo, ni siquiera en las caravanas trashumantes; y unida esta gordura desmesurada a la placidez y reposo de su actitud, que guardaba tan remota conexión con lo que debía esperarse racionalmente del causante de aquel estrépito, quedóse Lowten maravillado.

 

—¿Qué se ofrece?—preguntó el escribiente.

 

No contestó palabra el extraordinario mozalbete; pero inclinó la cabeza, y la imaginación del pasante le hizo oír un débil ronquido.

 

—¿De dónde viene usted? —preguntó el escribiente.

 

El muchacho no hizo el menor movimiento. Respiró pesadamente, mas sin alterar lo más mínimo su quietud perfecta.

 

El escribiente repitió tres veces la pregunta, y como no obtuviera respuesta, disponíase a cerrar la puerta, cuando el muchacho abrió de repente los ojos, parpadeó varias veces, estornudó y levantó la mano en ademán de seguir llamando. Mas hallando la puerta abierta, miró asombrado entorno, y al fin toparon sus ojos con la cara de Mr. Lowten.

 

—¿Para qué demonio llama usted de esa manera? —preguntó enfadado el escribiente.

 

—¿De qué manera? —dijo el muchacho en voz queda y dormilona.

 

—Hombre, como no llamarían cuarenta cocheros—replicó el pasante.

 

—Pues porque me dijo el amo que no dejara de llamar hasta que abrieran la puerta, por miedo a que yo me durmiera —dijo el muchacho.

 

—Bien —dijo el escribiente—. ¿Qué recado trae? —Está él abajo —contestó el muchacho. —¿Quién?

 

—El amo. Quiere saber si está usted en casa.

 

En aquel momento acertó Mr. Lowten a mirar por la ventana, y viendo en un carruaje abierto a un risueño anciano, que miraba hacia arriba con impaciencia, aventuróse a llamarle, con lo cual bastó para que el anciano saltara del coche inmediatamente.

 

—¿Ese que está en el carruaje es su amo, supongo? —dijo Lowten.

 

 

 

 

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El muchacho asintió.

 

Hízose inútil toda indagación posterior por la aparición del viejo Wardle, quien, subiendo a escape las escaleras y reconociendo a Lowten, entró al punto en el despacho de Mr. Perker.

 

—¡Pickwick! —dijo el viejo—. ¡Venga esa mano, muchacho! ¿Cómo es que no hemos sabido hasta anteayer que se ha dejado usted coger en la trampa? ¿Y cómo ha consentido usted eso, Perker?

 

—No pude evitarlo, mi querido señor —replicó Perker con una sonrisa y un polvo de tabaco—; ya sabe usted lo terco que es.

 

—Ya lo creo, ya lo creo —replicó el anciano—. Pero contentísimo de verle, sin embargo. Ya me cuidaré de no perderle de vista en mucho tiempo.

 

Diciendo esto estrechó Wardle una vez más la mano de Mr. Pickwick, y luego de hacer lo mismo con Perker, acomodóse en un sillón, con la faz radiante de sonrisas y bienestar.

 

—Bien —dijo Wardle—. Traigo muchas cositas... Un pellizco de rapé, Perker, amigo mío... Vaya unos tiempos que corren, ¿eh?

 

—¿Qué quiere usted decir?—inquirió Mr. Pickwick.

 

—¡Que qué quiero decir! —replicó Wardle—. Pues que me parece que las muchachas se están volviendo locas. Que eso no es ninguna novedad, dirá usted. Tal vez; pero es cierto, sin embargo.

 

—¿No habrá usted elegido Londres entre todas las ciudades del mundo para venir a decirnos eso, verdad? —insinuó Perker.

 

—No; para eso sólo, no —replicó Wardle—, aunque eso es la causa principal de mi venida. ¿Cómo está Arabella?

 

—Muy bien —replicó Mr. Pickwick—, y le producirá gran alegría el ver a usted, seguramente.

 

—¡La coquetuela morenucha de ojos negros! —replicó Wardle—. Tuve mis grandes proyectos de casarme con ella, allá en días de locura; pero me alegro, me alegro mucho.

 

—¿Cómo lo supieron ustedes? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—¡Ah!, la noticia llegó a mis hijas, por supuesto —replicó Wardle—. Escribió Arabella anteayer diciendo que había sido raptada y se habla casado sin el consentimiento del padre de su marido, y que había usted ido a solicitarlo cuando su negativa no podía ya impedir el matrimonio, y todo lo demás. Yo juzgué oportuna la ocasión para dar a mis chicas algunos consejos. Les dije que era una cosa espantosa esto de que los muchachos se casaran sin el consentimiento de sus padres, etc., etc.; pero, ¡ah, amigos míos!, no logré producirles la menor impresión. Consideraban una cosa mucho más espantosa el que las bodas se verificasen sin damas de honor; así es que resultó lo mismo que si hubiera predicado a José.

 

 

 

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El anciano se detuvo para reír, y, habiéndolo hecho a satisfacción, prosiguió inmediatamente:

 

—Pero no es esto lo mejor, según parece. Esto no ha sido más que la mitad de la serie de amoríos y conspiraciones que se han desarrollado. Durante los últimos seis meses hemos estado paseándonos sobre un terreno lleno de minas, que al fin han reventado.

 

—¿Pero qué significa eso? —exclamó Mr. Pickwick, palideciendo—. ¿No habrá algún otro matrimonio secreto, me figuro?

 

—No, no —replicó el anciano Wardle—; no se ha llegado a eso, no.

 

—¿De qué se trata entonces? —preguntó Mr. Pickwick—. ¿Tengo yo algo que ver en ello?

 

—¿Debo contestar a esa pregunta, Perker? —dijo Wardle. —Siempre que no se condene usted al hacerlo, mi querido señor. —Bueno, pues entonces, sí; tiene usted que ver... —dijo Wardle. —¡Cómo! —preguntó intrigadísimo Mr. Pickwick—. ¿En qué forma?

 

—Hombre —repuso Wardle—: es usted un chico tan violento, que casi me da miedo decírselo; mas si Perker se sienta entre los dos para evitar cualquier desaguisado, me arriesgaré.

 

Habiendo cerrado la puerta y tomado coraje mediante una nueva aplicación de la tabaquera de Perker, procedió el anciano a formular su gran revelación en estas palabras:

 

—El caso es que mi hija Bella... Bella, la que se casó con Trundle, ya sabe usted...

 

—Sí, sí, ya lo sabemos —dijo, impaciente, Mr. Pickwick.

 

—No me asuste así al empezar. Mi hija Bella, luego que Emilia se fue a la cama con dolor de cabeza, después de leerme la carta de Arabella, se sentó junto a mí la otra noche, y empezó a charlar sobre este negocio matrimonial. «Bien, papá», dijo. «¿Qué piensa usted de eso?» «Pues, querida», dije, «supongo que resultará muy bien; espero que hagan su felicidad». Yo contesté así porque estaba sentado junto al fuego bebiendo mi ponche distraídamente, y sabía que, soltando de cuando en cuando cualquier frase vaga, bastaría para que mi hija continuase charlando. Mis dos hijas son retratos vivos de su querida madre, y a medida que voy siendo viejo me gusta cada día más tenerlas sentadas a mi lado, pues sus voces y sus miradas me retrotraen al período más dichoso de mi vida y me hacen por el momento tan joven como entonces, aunque claro está que no tan feliz. «Es verdaderamente un matrimonio de amor, papá», dijo Bella después de una breve pausa. «Sí, querida», dije yo; «pero esos matrimonios no siempre resultan los más venturosos».

 

—¡Yo protesto contra eso, téngalo usted en cuenta! —interrumpió fogosamente Mr. Pickwick.

 

—Muy bien —respondió Wardle—. Proteste contra todo lo que le dé la gana

 

 

 

 

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cuando le toque hablar, pero no me interrumpa.

 

—Pues dispénseme usted —dijo Mr. Pickwick.

 

—Dispensado —replicó Wardle—. «Siento muchísimo oírte esa opinión contra los matrimonios de amor, papá», dijo Bella, ruborizándose un poco. «Habré sido injusto; no debiera haber dicho eso, hija mía», dije, acariciándole la mejilla con toda la suavidad que puede esperarse de un hombre tan tosco como yo, «porque tal ha sido el caso de tu madre, y también el tuyo». «No es eso lo que quiero decir, papá», dijo Bella. «El caso es, papá, que yo quería hablarte de Emilia.»

 

Mr. Pickwick se sobresaltó.

 

—¿Qué le pasa? —preguntó Wardle, interrumpiendo su narración.

 

—Nada —replicó Mr. Pickwick—. Haga el favor de continuar.

 

—Jamás pude hilvanar una historia completa —dijo Wardle bruscamente—; pero como ha de salir más pronto o más tarde, siempre ha de ahorrarnos tiempo que salga de una vez. La cosa, en resumidas cuentas, es que Bella se armó al final de valor para decirme que Emilia era muy desgraciada; que ella y su amigo Snodgrass habían mantenido correspondencia y comunicación desde la última Pascua; que ella había formado, después de meditarlo mucho, la resolución de escaparse con él, siguiendo el laudable ejemplo de su amiga y compañera de colegio. Pero que, sintiendo algunos resquemores de conciencia, por reconocer que yo siempre me había mostrado cariñoso para con los dos, habían pensado, en primer lugar, guardarme la consideración de preguntarme si me opondría yo a que se casaran en la forma usual y corriente. Así, pues, Mr. Pickwick, si le es a usted posible reducir sus ojos a su abertura natural y decirme lo que cree que debo hacer, se lo agradeceré bastante.

 

El lúgubre tono con que el bondadoso anciano pronunció esta última frase no estaba completamente injustificado, porque el rostro de Mr. Pickwick había adoptado una expresión de sorpresa y de perplejidad verdaderamente curiosas.

 

—¡Snodgrass! ¡Desde la última Pascua! —fueron las primeras palabras entrecortadas que salieron de labios del confuso y asombrado caballero.

 

—Desde la última Pascua —replicó Wardle—. Es muy sencillo, y bien malos anteojos hemos de haber tenido para no descubrirlo antes.

 

—No lo entiendo —dijo Mr. Pickwick, sin dejar de meditar—; realmente no puedo entenderlo.

 

—Pues es muy fácil de entender —replicó el colérico anciano—. Si usted hubiera sido más joven, haría mucho tiempo que estaría en el secreto; y además —añadió Wardle después de un momento de vacilación— la verdad es que, ignorando yo esto, había apremiado a Emilia cuatro o cinco meses atrás para que aceptase (si podía, que yo jamás habría de intentar forzar las inclinaciones de una muchacha) las solicitudes de un joven de nuestras cercanías. No tengo duda de que, procediendo como suelen proceder las muchachas, con objeto de cobrar ánimos ella misma y con el de avivar el

 

 

 

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ardor de Mr. Snodgrass, ella se ha representado este asunto con matices exagerados, y así han llegado ambos a la conclusión de que eran un par de infortunados terriblemente perseguidos y que no tenían otra solución que el matrimonio clandestino o el picón. Ahora lo que falta saber es qué debe hacerse.

 

—¿Qué es lo que ha hecho usted?—preguntó Mr. Pickwick.

 

—¡Yo!

 

—Quiero decir que qué hizo usted cuando su hija casada le dijo eso.

 

—¡Oh!, hice una porción de tonterías, por supuesto —repuso Wardle.

 

—Eso es —interrumpió Perker, que durante este diálogo no había cesado de ocuparse en someter a diversas torsiones la cadena de su reloj, de frotarse airadamente la nariz y de manifestar otros varios síntomas de impaciencia—. Eso es muy natural. ¿Pero cómo?

 

—Me puse hecho una fiera, y asusté a mi madre hasta el punto de producirle un ataque —dijo Wardle.

 

—Eso era natural —observó Perker—. ¿Y qué más?

 

—No cesé de rabiar y de reñir en todo el día siguiente, produciendo un enorme trastorno —repuso el anciano—. Cansado al fin de mortificarme y de entristecer a los demás, tomé un coche en Muggleton y, enganchando a él mis caballos, vine a la ciudad con pretexto de traer a Emilia para ver a Arabella.

 

—¿Entonces está con usted Miss Wardle?—dijo Mr. Pickwick.

 

—Nada de eso —contestó Wardle—; no ha dejado de llorar amargamente, a no ser un rato anoche entre el té y la cena, en que se puso con gran aparato a escribir una carta, de la que yo fingí no enterarme.

 

—¿De modo que solicita usted mi consejo en este asunto? —dijo Perker, paseando su mirada de la muda faz de Mr. Pickwick al ávido semblante de Wardle y administrándose repetidas dosis de su estimulante favorito.

 

—Claro está —dijo Wardle a Mr. Pickwick.

 

—Naturalmente —replicó éste.

 

—Bien. Pues entonces—dijo Perker, empujando su silla hacia atrás— mi consejo es que se vayan los dos a paseo juntos, a pie o en coche, o en cualquier otro medio, y que arreglen el asunto entre ustedes, porque me tiene ya harto; y si en la primera ocasión que los vea no lo han ultimado, ya les diré yo lo que hace al caso.

 

—Muy satisfactorio —dijo Wardle, que no sabía si sonreír o enfadarse.

 

—¡Bah, bah!, mi querido señor —repuso Perker—: conozco a ustedes mucho mejor que ustedes mismos. Eso ya lo tienen ustedes decidido in mente.

Y al decir esto el hombrecito hundió su tabaquera en el pecho de Mr. Pickwick primero, y después en el chaleco de Mr. Wardle, con lo cual echáronse a reír los tres, y especialmente los dos últimos señores, que se estrecharon efusivamente las manos sin motivo inmediato que lo justificara.

 

 

 

 

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—Usted comerá hoy conmigo —dijo Wardle a Perker al despedirles éste.

 

—No puedo prometerlo, mi querido señor, no lo prometo —replicó Perker—. De todos modos, a la tarde veremos.

 

—Pues a las cinco le esperamos —dijo Wardle—. ¡José!...

 

Y habiendo despertado, al fin, José, partieron los dos amigos en el coche de Wardle, en el que, por elemental humanidad, había un asiento posterior para el chico gordo, quien, de haber tenido que ir de pie, según la manera ordinaria de los lacayos, habríase caído y matado al primer sueñecillo.

 

Dirigiéronse a Jorge y el Buitre, donde se enteraron de que Arabella y su criada habían pedido un coche de punto no bien recibieron una breve esquela de Emilia anunciándoles su llegada a la ciudad, y trasladádose al Adelphi. Como Wardle tenía que solventar algunos asuntos en la City, enviaron al carruaje y al chico gordo al hotel con recado de que Mr. Pickwick y él volverían a las cinco para comer.

 

Con este mensaje volvió el muchacho, dormitando en su percha y saltando sobre las piedras con la misma placidez que si descansara en un colchón de muelles. Por milagro extraordinario despertó espontáneamente al detenerse el coche, y dándose una buena sacudida para poner en actividad sus facultades, subió la escalera para cumplir su mandado.

 

Ahora, si la sacudida había trastornado todas las facultades del muchacho en vez de disponerlas según su orden natural, o si le sugirió tal cantidad de nuevas ideas que hiciéronle dar al olvido las ceremonias ordinarias, o, lo que es muy posible, si resultó ineficaz para impedir que se quedara dormido al subir la escalera, es lo cierto que entró en el salón sin llamar a la puerta previamente, y que se encontró con un caballero que estrechaba el talle de una señorita, sentado amorosamente con ella en un sofá, mientras que Arabella y su linda doméstica simulaban mirar a la calle por una ventana situada en el fondo de la estancia. A la vista de este singular fenómeno, el chico gordo profirió una interjección, chillaron las señoras y juró el caballero simultáneamente.

 

—¡Miserable! ¿Qué busca usted aquí? —dijo el caballero, que no necesitamos decir que era Mr. Snodgrass.

 

El chico gordo, grandemente aterrado, respondió solamente:

 

—¡Señoritas!

 

—¿Qué me quieres? —preguntó Emilia, volviendo la cabeza—.¡Estúpido! —El amo y Mr. Pickwick vienen a comer a las cinco —replicó el chico gordo. —¡Fuera de aquí! —dijo Mr. Snodgrass, dirigiendo una mirada centelleante al

 

asustado mancebo.

 

—No, no, no —añadió Emilita en seguida—. Bella querida, aconséjame.

 

En esto, Emilita y Mr. Snodgrass y Arabella y María agrupáronse en un rincón y se pusieron a cuchichear afanosamente por espacio de algunos minutos, durante los

 

 

 

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cuales dormitó el chico gordo.

 

—José —dijo al fin Arabella, mirando en torno con la más hechicera sonrisa—. ¿Cómo te va, José?

 

—José —dijo Emilia—, eres un buen muchacho; ya me acordaré de ti, José. —José —dijo Mr. Snodgrass, acercándose al asombrado mozo y tomándole la

 

mano—, no te había conocido. ¡Toma cinco chelines, José!

 

—Yo te prometo cinco, José —dijo Arabella—, por nuestra antigua amistad.

 

Y otra cautivadora sonrisa fue dispensada al corpulento inoportuno.

 

Hallándose dotado el chico gordo de un defectuoso sentido de percepción, pareció confuso al principio al observar este repentino cambio en su favor, y miró en torno suyo un tanto alarmado. Por fin comenzó su ancha faz a iniciar una sonrisa de dimensiones proporcionadas, y metiéndose entonces media corona en cada uno de sus bolsillos acompañadas de manos y muñecas, rompió a reír estrepitosamente por primera vez en su vida.

 

—Ya nos ha entendido, por lo que veo —dijo Arabella.

 

—Lo mejor es que coma algo en seguida—observó Emilia.

 

Casi se echó a reír otra vez el chico gordo al oír esta proposición. María, después de otro ligero cuchicheo, destacóse del grupo y dijo:

 

—Hoy comeré con usted, sir, si usted no se opone.

 

—Por aquí —dijo el chico gordo ávidamente—. ¡Hay una empanada de carne magnífica!

 

Dichas estas palabras, bajó la escalera el chico gordo; su linda compañera le seguía, cautivando a todos los camareros y haciendo rabiar a todas las camareras al dirigirse al comedor.

 

Allí estaba la empanada de carne de la que el joven hablara tan ardorosamente y allí había además fiambre, un plato de patatas y un vaso de cerveza.

 

—Siéntese —dijo el chico gordo—. ¡Oh, qué rico! ¡Qué hambre tengo!

 

Luego de encomiar en una especie de rapto cinco o seis veces el dichoso espectáculo que sus ojos descubrían, ocupó el mozo la cabecera de la mesa, y se sentó María enfrente.

 

—¿Quiere usted un poco de esto? —dijo el chico gordo, hundiendo en la empanada el cuchillo y el tenedor hasta los respectivos mangos.

 

—Un poco, si me hace el favor—replicó María.

 

Sirvió a María el chico gordo un poco; sirvióse él un mucho, y ya se disponía a comer, cuando abandonó bruscamente su cuchillo y su tenedor, echóse hacia adelante y, apoyando sus manos, provistas de tenedor y cuchillo, en sus rodillas, dijo pausadamente:

 

—Pero oiga: ¡qué bonita es usted!

 

Dijo esto con tanta admiración, que no podía menos de ser lisonjero; mas

 

 

 

 

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percibíase tanto canibalismo en los ojos del joven, que no parecía sino que la fineza tenía un doble sentido.

 

—¡Por Dios, José! —dijo María, fingiendo ruborizarse—. ¿Qué dice usted? Recobrando poco apoco el chico gordo su posición primera, replicó con un hondo

 

suspiro, y quedando pensativo unos momentos, bebió un buen trago de cerveza.

 

Hecho esto, suspiró de nuevo y se aplicó denodadamente a la empanada.

 

—¡Qué mona es la señorita Emilia! —dijo María al cabo de un largo silencio.

 

El chico gordo acababa de dar fin a la empanada en aquel momento. Fijó sus ojos en María y replicó:

 

—Conozco otra más mona.

 

—¡Ah!, ¿sí?—dijo María.

 

—¡Sí, ya lo creo! —replicó el chico gordo con insólita vivacidad.

 

—¿Cuál es su nombre? —preguntó María.

 

—¿Cuál es el de usted?

 

—María.

 

—Pues ése es —dijo el chico gordo—. Ésa es usted.

 

Sonrió el muchacho para subrayar el piropo, y puso sus ojos de manera que parecía entre bizco y tuerto, por lo cual hay razones para creer que intentó hacer un guiño.

 

—No me diga usted esas cosas—dijo María—. Usted no sabe lo que dice. —¿Que no? —replicó el chico gordo—. ¡Pues lo digo! —Bien.

 

—¿Va usted a venir aquí con frecuencia?

 

—No —repuso María, moviendo la cabeza—; me voy esta noche. ¿Por qué? —¡Oh! —dijo el chico gordo con acento de gran emoción ¡Cuánto disfrutaríamos

 

colas comidas si usted viniera!

 

—Podría venir algunas veces a verle a usted —dijo María, planchando el mantel con afectada cortedad—, si usted me hiciera un favor.

 

Miró el chico gordo al plato de empanada y al fiambre, como si pensara que el favor pudiera relacionarse en alguna manera con la comida; sacó luego una de las monedas y la contempló nerviosamente.

 

—¿No me entiende usted? —dijo María, mirándole maliciosamente a la gordísima cara.

 

Miró él de nuevo a la media corona y dijo con voz débil: —No.

 

—Las señoras desean que usted no diga nada al viejo sobre el señorito que ha estado arriba, y yo también lo deseo.

 

—¿Es eso todo? —dijo el chico gordo, guardándose otra vez la moneda y viendo el cielo abierto—. Claro que no lo voy a decir.

 

—Ya ve usted —dijo María—, Mr. Snodgrass está muy enamorado de la señorita

 

 

 

 

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Emilia; la señorita Emilia está muy enamorada de él; y si usted contara lo que ha visto, el viejo se los llevaría a ustedes muy lejos, donde no podrían ver a nadie.

 

—No, no, no lo diré —dijo el chico gordo rotundamente.

 

—Es usted muy bueno —dijo María—. Ya es hora de que me suba para ayudar a vestirse a mi señora.

 

—No se vaya usted aún —suplicó el chico gordo.

 

—No tengo más remedio —replicó María—. ¡Adiós, pues!

 

El chico gordo, con el ademán juguetón de un elefante, extendió sus brazos para arrebatar un beso a la muchacha; mas como no exigía gran agilidad librarse de la presa logró escapar su bella tirana antes de que el mozo cerrara el compás de sus brazos. El apático mancebo se comió una libra de fiambres con gesto sentimental y se quedó dormido.

 

Era tanto lo que tenían que decirse arriba y tantos los planes de escapatoria y matrimonio que precisaba concertar en caso de que el viejo Wardle persistiera en su cruel actitud, que sólo faltaba media hora para la comida cuando Mr. Snodgrass dio el último adiós. Las señoras se fueron a toda prisa a vestirse al cuarto de Emilia, y tomando el galán su sombrero, salió del salón. No había llegado a la puerta de fuera cuando oyó hablar alto a Mr. Wardle, y mirando por la barandilla, le vio, seguido de otro caballero, subir la escalera. Como no conocía la distribución de la casa, Mr. Snodgrass, presa de gran confusión, volvió a entrar más que a escape en la sala que acababa de dejar, y pasando de allí a un cuarto interior —el dormitorio de Mr. Wardle —, cerró la puerta suavemente en el mismo momento en que las personas que había entrevisto penetraban en la sala. Eran Mr. Wardle, Mr. Pickwick, Mr. Nathaniel Winkle y Mr. Benjamín Allen, a quienes fácilmente reconoció por sus voces.

 

«Me alegro de haber tenido la presencia de ánimo necesaria para evitar que me vean», pensó Mr. Snodgrass, sonriendo y marchando de puntillas hacia otra puerta que estaba junto a la cama. «Ésta se abre al mismo pasillo y puedo salir con toda tranquilidad.»

 

Sólo había un obstáculo para que pudiera salir con toda tranquilidad: que la puerta estaba cerrada y que no tenía llave.

 

—Vamos a ver: tráiganos hoy alguno de sus mejores vinos —dijo el viejo Wardle, frotándoselas manos.

 

—Tendrá usted uno de los más exquisitos, sir—respondió el camarero.

 

—Que avisen a las señoras que hemos llegado.

 

—Sí, sir.

 

Mr. Snodgrass deseaba fervorosa y ardientemente que las señoras se enteraran de que él estaba allí. Una vez se aventuró a decir, muy por lo bajo, «¡Camarero!», por el ojo de la cerradura; mas, temiendo la posibilidad de que acudiera en su socorro un camarero poco conveniente, se abstuvo de hacerlo otra vez, y vino a su mente la gran

 

 

 

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semejanza que existía entre su propia situación y la en que se había visto cierto caballero recientemente en un hotel vecino —la relación de cuyos contratiempos había aparecido en la sección de «Policía» de un periódico de la mañana—. Sentóse sobre un portamantas y comenzó a temblar violentamente.

 

—A Perker no tendremos que esperarle —dijo Wardle, consultando su reloj—; siempre es puntual. Si ha de venir, llegará a tiempo; y si no, es inútil esperarle. ¡Ah, Arabella!

 

—¡Mi hermana! —exclamó Mr. Benjamín Allen, estrechándola en un romántico abrazo.

 

—¡Oh querido Ben! ¡Cómo hueles a tabaco! —dijo Arabella, conmovida por esta prueba de afecto.

 

—¿Sí? —dijo Mr. Benjamín Allen—. ¿Huelo, Bella? Sí; es posible.

 

Y tan posible que era. Como que acababa de abandonar una reunión de doce estudiantes de Medicina, todos fumadores, celebrada en un pequeño gabinete con un gran fuego.

 

—¡Estoy encantado de verte, mi querida Arabella! —dijo Mr. Ben Allen.

 

—Vaya —dijo Arabella, inclinándose hacia adelante para besar a su hermano—, no me aprietes más, querido Ben, que me deshaces.

 

En este momento de la reconciliación entregóse Mr. Ben Allen a la emotiva influencia de los cigarros y de la cerveza y miró a los circunstantes con los lentes húmedos.

 

—¿Y para mí no hay nada? —gritó Wardle, abriendo los brazos.

 

—Mucho —exclamó Arabella, recibiendo las efusivas caricias y felicitaciones del anciano—. ¡Tiene usted un corazón de piedra: es un insensible, un monstruo cruel!

 

—Y usted es una pequeña rebelde —replicó Wardle en el mismo tono—, y temo verme precisado a prohibirle la entrada en casa. Las criaturas que, como usted, se casan contra viento y marea de todo el mundo, no debían andar sueltas por la sociedad. ¡Pero vamos allá! —añadió el anciano con voz fuerte—. Aquí está la comida; usted se sentará a mi lado. ¡José! ¡Caramba, el maldito chico está despierto!

 

Con extraordinaria contrariedad de su amo, el chico gordo hallábase realmente en un estado de pronunciada vigilia. Tenía los ojos tan abiertos, que no parecía sino que habían de quedarse así para siempre. Había en su continente, además, una viveza que era verdaderamente insólita: cada vez que sus ojos se encontraban con los de Emilia o Arabella, se ponía a hacer visajes y a sonreír. En una ocasión, Wardle habría jurado verle hacer un guiño.

 

Estas singularidades en la conducta del chico gordo tenían su origen en el concepto que acababa de adquirir de su propia importancia y de la dignidad que había cobrado al entrar en la confianza de las señoritas; y los gestos, las sonrisas y los guiños eran otras tantas manifestaciones con las que encarecía la seguridad que

 

 

 

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podían tener de su fidelidad. Mas como estas señales eran más apropiadas para despertar sospechas que para desvanecerlas y resultaban un tanto aparatosas, eran contestadas de cuando en cuando por un gesto o un movimiento de cabeza de Arabella, que, interpretado por el chico gordo como advertencias para que se mantuviera en guardia, no vacilaba en devolver, gesticulando, sonriendo y guiñando con redoblada frecuencia.

 

—José —dijo Mr. Wardle, después de una infructuosa busca en todos sus bolsillos—: ¿está mi tabaquera en el sofá?

 

—No, sir —replicó el chico gordo.

 

—¡Ah!, ya me acuerdo: la dejé en el tocador esta mañana —dijo Wardle—. Vete al cuarto de al lado y búscala.

 

Dirigióse el chico gordo a la habitación contigua, y al cabo de un minuto de ausencia volvió con la tabaquera y con el más pálido semblante que se vio jamás en un chico gordo.

 

—¡Pero qué le pasa al chico! —exclamó Wardle.

 

—A mí no me pasa nada —replicó José con nerviosidad.

 

—¿Es que has visto algún espíritu? —le preguntó el anciano.

 

—¿O tomado alguno?—añadió Ben Allen.

 

—Creo que tiene usted razón —murmuró Wardle desde el otro extremo de la mesa—. Está borracho, sin duda.

 

Ben Allen replicó que pensaba lo mismo; y como este señor había visto bastantes casos de la enfermedad en cuestión, confirmóse Wardle en la sospecha que rondaba su mente hacía media hora, y llegó a la conclusión de que el chico gordo estaba completamente beodo.

 

—Obsérvele usted un poco —murmuró Wardle—. En seguida nos enteraremos de si lo está o no.

 

El infortunado mancebo sólo había cambiado unas cuantas palabras con Mr. Snodgrass; éste, después de rogarle que llamase aparte a algún amigo para que le auxiliara, habíale empujado para que saliese con la tabaquera, recelando que una ausencia prolongada fuera motivo de que llegaran a descubrirle. Recapacitó un poco el muchacho, y con semblante alarmadísimo abandonó la estancia para correr en busca de María.

 

Pero María había ido a vestir a su señora, y el chico gordo volvió de nuevo más alarmado que antes.

 

Wardle y Mr. Ben Allen cambiaron varias miradas.

 

—¡José! —dijo Wardle.

 

—Mande, sir.

 

—¿Para qué has salido?

 

El chico gordo miró con aire desesperado a todos los que había en la mesa y

 

 

 

 

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balbució que no lo sabía.

 

—¡Ah! —dijo Wardle—. ¿No lo sabes, eh? Lleva este queso a Mr. Pickwick.

 

Mr. Pickwick, que se hallaba en vena y en el más completo bienestar, habíase manifestado amenísimo durante toda la comida y mantenía en aquel momento viva conversación con Emilia y Mr. Winkle; en el énfasis de su peroración inclinaba la cabeza cortésmente, accionaba suavemente con la mano izquierda y se deshacía en plácidas sonrisas. Tomó un pedazo de queso, e iba a volverse para reanudar la conversación, cuando, encorvándose el chico gordo hasta poner su cabeza a nivel con la de Mr. Pickwick, le hizo una seña con el pulgar por encima del hombro y puso la más horrible y repulsiva cara que haya podido verse en una pantomima de Navidad.

 

—¡Por Dios! —dijo Mr. Pickwick sobresaltado—. Qué cosa más... ¿eh? Detúvose bruscamente al ver que el muchacho se enderezaba y se quedaba o

 

fingía quedarse completamente dormido.

 

—¿Qué pasa?—preguntó Wardle.

 

—¡Qué raro es este muchacho! —replicó Pickwick, mirando inquieto al chico—.

 

Será una figuración; pero juraría que no está en sus cabales.

 

—¡Oh, Mr. Pickwick, no diga eso! —gritaron a la vez Emilia y Arabella.

 

—No estoy seguro, claro está —dijo Mr. Pickwick en medio del más profundo silencio y percibiendo en torno miradas inquietas—; pero el ademán que le acabo de ver es verdaderamente alarmante. ¡Oh! —exclamó Mr. Pickwick, dando un brusco salto y dejando escapar un tímido grito—. Perdónenme, señoras, pero en este momento me ha metido en la pierna un instrumento agudo. Indudablemente no está en su juicio.

 

—¡Está borracho! —rugió colérico el viejo Wardle—. ¡Tirad de la campanilla! ¡Que vengan los camareros! Está borracho.

 

—No lo estoy—dijo el chico gordo, cayendo de rodillas al tiempo que su amo le agarraba por el cuello de la chaqueta—. No estoy borracho.

 

—Entonces estás loco, que es peor. ¡Que vengan los camareros! —dijo el anciano.

 

—No estoy loco; estoy triste —repuso el chico gordo, empezando a llorar.

 

—Entonces, ¿para qué demonios metes instrumentos agudos en la pierna de Mr.

 

Pickwick? —preguntó airado Wardle.

 

—Porque no quería mirarme—replicó el muchacho—. Tenía que hablarle. —¿Qué tenías que decirle?—preguntaron a la vez media docena de voces. Suspiró el chico gordo, miró hacia la puerta del dormitorio, suspiró otra vez y se

 

enjugó dos lágrimas con los nudillos de sus índices.

 

—¿Qué era lo que tenías que decir? —preguntó Wardle, zamarreándole.

 

—¡Alto! —dijo Mr. Pickwick—. Permítame, ¿qué es lo que deseaba comunicarme, pobre muchacho?

 

 

 

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—Quería hablar con usted por lo bajo —replicó el chico gordo.

 

—Eso es que quieres arrancarle la oreja de un mordisco, seguramente —dijo Wardle—. No se acerque a él; está rabioso; llamad, y que se lo lleven.

 

En el preciso instante en que Mr. Winkle agarraba el cordón de la campanilla, fue interrumpido en su acción por una exclamación general de asombro; el cautivo amante, con la faz arrebatada por la confusión, salió bruscamente del dormitorio e hizo un saludo general a la concurrencia.

 

—¡Cómo! —gritó Wardle, soltando al chico gordo y retrocediendo vacilante—. ¿Qué es esto?

 

—Que he estado escondido en el cuarto de al lado, sir, desde que usted volvió — explicó Mr. Snodgrass.

 

—Emilia, hija mía —dijo Wardle con tono de reproche—: detesto la bajeza y el engaño; esto no tiene justificación y es incorrecto en alto grado. No merezco esto de ti, Emilia, no lo merezco.

 

—Papá querido —dijo Emilia—: Arabella sabe... todo el mundo sabe aquí... José sabe... que yo no he tenido parte en esa ocultación. ¡Augusto, por amor de Dios, explícalo!

 

Mr. Snodgrass, que sólo esperaba una ocasión para hacerse oír, relató al punto cómo había llegado a tan desagradable situación; cómo el temor de suscitar disensiones íntimas habíale impulsado a evitar que al entrar le viera Mr. Wardle; cómo hablase propuesto tan sólo salir por otra puerta, y cómo, por hallarla cerrada, hablase visto obligado a permanecer allí contra su voluntad. Era muy penosa, en efecto, la situación en que se habla colocado; pero no lo lamentaba, ya que le ofrecía oportunidad para declarar, delante de sus comunes amigos, que amaba profunda y sinceramente a la hija de Mr. Wardle; que se enorgullecía de poder asegurar que era correspondido, y que, aunque se interpusiesen entre ellos miles de millas, o las aguas de todos los océanos, nunca podría olvidar aquellos felices días en que por primera vez... y así sucesivamente.

 

Luego de producirse Mr. Snodgrass de esta manera, saludó de nuevo, quedóse mirando a la copa de su sombrero y dirigióse a la puerta.

 

—¡Espere! —gritó Wardle—. Porque en el nombre de todo lo que es... —Inflamable —sugirió dulcemente Mr. Pickwick, que ya veía venir algo peor. —Bueno... que es inflamable—dijo Wardle, aceptando el sinónimo—. ¿No pudo

 

usted decirme todo esto en primer término?

 

—O confiármelo a mí... —añadió Mr. Pickwick.

 

—Vaya, vaya —dijo Arabella, tomando la defensa—. ¿A qué viene preguntar ahora todo eso, cuando usted había puesto sus codiciosas miras en un yerno más rico y cuando es usted además tan duro e irascible, que todo el mundo le teme menos yo? Estréchele la mano y mande que le den algo de comer, en nombre del cielo, porque,

 

 

 

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según parece, no se puede tener de hambre. Y usted pida su vino a escape, porque no ha de estar tratable hasta que se haya tomado dos botellas por lo menos.

 

Tiró a Arabella de la oreja el digno anciano, la besó sin el menor escrúpulo, besó también a su hija con gran ternura y estrechó calurosamente la mano de Mr. Snodgrass.

 

—Después de todo, hay un punto en el que tiene razón absoluta —dijo con alegría el anciano—. Que traigan el vino.

 

Llegó el vino en el momento en que Perker subía la escalera. Comió Mr. Snodgrass en una mesa de al lado, y en cuanto acabó, acercó a Emilia su silla, sin la más leve oposición por parte del anciano.

 

La velada fue agradabilísima. El pequeño Perker estuvo maravilloso. Contó varias historias cómicas y cantó una canción seria, que resultó tan divertida como las anécdotas. Arabella estuvo encantadora, jovialísimo Mr. Wardle, conciliador Mr. Pickwick, escandaloso Mr. Ben Allen, callados los amantes, Mr. Winkle muy charlatán, y todos contentísimos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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55.    Mr. Salomón Pell, asistido por un selecto Comité de cocheros, arregla los asuntos del viejo Mr. Weller

 

Samivel —dijo Mr. Weller a su hijo después del funeral—, lo he encontrado, Sammy. Ya suponía yo que estaba aquí.

 

—¿Que estaba ahí qué? —preguntó Sam.

 

—El testamento de tu madrastra, Sammy —replicó Mr. Weller—. En virtud del cual es preciso dar los pasos, como te dije anoche, para lo de los fondos.

—¿Pero es que no se lo había dicho ella?—inquirió Sam.

 

—Ni una palabra, Sammy —replicó Mr. Weller—. Nosotros estábamos ajustando nuestras pequeñas diferencias, y yo me ocupaba de levantar su espíritu y sostenerla, por lo cual se me olvidó preguntar nada sobre ello. No sé realmente si lo hubiera hecho de haberme acordado —exclamó Mr. Weller—, porque siempre es violento, Sammy, eso de manifestar ansia por la propiedad de uno cuando se le asiste en una enfermedad. Es lo mismo que si se ayuda a subir a un pasajero que se ha caído de un coche y se le mete la mano en el bolsillo mientras se le pregunta suspirando que cómo se encuentra, Sammy.

 

Con estas gráficas alegorías de sus intenciones agarró Mr. Weller su cuaderno de bolsillo y sacó una hoja sucia de papel de cartas, en la que se veían escritos varios caracteres acumulados en notable confusión.

 

—Éste es el documento, Sammy —dijo Mr. Weller—. Lo encontré en la teterita negra en la tabla de arriba de la alacena de la tienda. Ella acostumbraba a guardar allí los billetes; antes de casarnos, Samivel, la vi muchas veces levantar la tapadera para pagar una cuenta. La pobre podía haber llenado de testamentos todas las teteras de la casa sin el menor inconveniente, porque tomaba muy poco té, salvo en las noches de templanza, en las que echaba los cimientos de té, para que sobre ellos se levantaran los espíritus.

 

—¿Y qué es lo que dice? —preguntó Sam.

 

—Pues lo que ya te conté, hijo mío —contestó su padre—: «Doscientas libras en bonos para mi hijastro Samivel, y el resto de mi propiedad, sin distinción alguna, a mi esposo Mr. Antonio Weller, a quien nombro mi único ejecutor».

 

—¿Es eso todo?—dijo Sam.

 

—Todo —replicó Mr. Weller—. Y como me parece que está completamente en regla para ti y para mí, que somos las partes interesadas, podemos echar al fuego este papelucho.

 

—¿Pero qué va usted a hacer? ¿Está usted loco? —dijo Sam, apoderándose del papel cuando ya su padre, con la mayor naturalidad, atizaba el fuego, dispuesto a que siguiera la acción a la palabra—. Pues vaya un ejecutor que es usted.

 

—¿Por qué no? —preguntó Mr. Weller, mirando severamente alrededor con el

 

 

 

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hurgón en la mano.

 

—¡Porque no! —exclamó Sam—. Porque tiene que ser probado, y legalizado y jurado, y hay que llenar todas las formalidades.

 

—¿Es posible? —dijo Mr. Weller, soltando el hurgón.

 

Guardó Sam cuidadosamente el testamento en el bolsillo, no sin dar a entender con una mirada que era posible aquello, y muy serio además.

 

—Entonces te diré una cosa —dijo Mr. Weller al cabo de una breve meditación —; éste es un caso para el amigo confidencial del canciller. Pell tiene que meter baza en esto, Sammy. Es el hombre a propósito para todas las dificultades legales. Tenemos que llevar este asunto a la Sala de Insolventes, Samivel.

 

—¡No he visto en mi vida viejo más testarudo que usted! —exclamó Sam irritado

 

—. Con sus viejos bailíos, y Salas de Insolventes, y coartadas, y todas esas monsergas a retortero siempre. Más valía que se vistiera con traje de calle y viniera a la ciudad para arreglar este negocio, que no estarse aquí predicando sobre todas esas cosas de que no entiende una palabra.

 

—Muy bien, Sammy —replicó Mr. Weller—. Yo apruebo todo lo que sirva para resolver este asunto cuanto antes, Sammy. Pero ten en cuenta, hijo mío, que nadie más que Pell... nadie más que Pell, como consejero legal.

 

—Y ningún otro ha de ser —replicó Sam—. ¿Viene o no?

 

—Aguarda un minuto, Sammy —replicó Mr. Weller, que, después de atarse la bufanda con el auxilio de un reducido espejo que colgaba en la ventana, desplegaba en aquel momento los mayores esfuerzos para penetrar en sus ropas externas—. Aguarda un minuto, Sammy: cuando seas tan viejo como tu padre, no entrarás en el chaleco tan fácilmente como ahora, hijo mío.

—Pues si no puedo entrar más cómodamente, maldito si he de usarlo —repuso el hijo.

 

—Eso lo dices ahora —dijo Mr. Weller con la gravedad propia de sus años—; pero ya verás cómo te haces más sabio cuando te pongas más gordo. La gordura y la sabiduría, Sammy, crecen siempre juntas.

 

Formulada que fue por Mr. Weller esta infalible máxima, como resultado de muchos años de observación y experiencia personales, logró, por una diestra contorsión de su cuerpo, que cumpliera su cometido el último botón de su chaqueta. Deteniéndose un momento para tomar resuello, cepilló su sombrero con el codo, y dijo que ya estaba preparado.

 

—Como cuatro cabezas valen más que dos, Sammy —dijo Mr. Weller, cuando ya iban en el carricoche por la carretera de Londres—, y como estos bienes suelen ser muy golosos para las gentes de ley, vamos a tomar un par de amigos para que estén a la mira, por si acaso notan algo irregular; dos de ellos son los que viste aquel día en Fleet. Son los mejores jueces —agregó Mr. Weller a media voz—, los mejores para

 

 

 

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juzgar sobre un caballo, que puedes haber conocido.

 

—¿Y también sobre un curial? —preguntó Sam.

 

—El hombre que es capaz de formar juicio exacto acerca de un animal puede formar juicio exacto sobre todo —replicó su padre, tan dogmáticamente, que Sam ni siquiera intentó discutir la afirmación.

 

De acuerdo con esta notable resolución, fueron requeridos los servicios del de la cara pintada y otros dos gordos cocheros, seleccionados por Mr. Weller, tal vez mirando a la sabiduría, que garantizaban cumplidamente sus volúmenes; y, contando ya con su ayuda, encamináronse todos a una taberna de Portugal Street, desde donde se despachó un mensajero a la Sala de Insolventes, que no estaba lejos, requiriendo la inmediata comparecencia de Mr. Salomón Pell.

 

Por fortuna, el mensajero halló a Mr. Salomón Pell en el patio de la Audiencia, regalándose con una merienda de fiambre, consistente en una torta de Abernethi y un chorizo, pues los negocios escaseaban un tanto. No bien se le comunicó al oído el recado, metióse en el bolsillo los comestibles, entre varios documentos profesionales, y acudió a la llamada con tanta diligencia, que llegó a la taberna antes de que el mensajero saliera de la Audiencia.

 

—Señores —dijo Mr. Pell, saludando—, a las órdenes de todos. No lo digo por adularles, señores; pero no hay otros cinco hombres en el mundo por los que hubiera yo abandonado la Audiencia hoy.

 

—Muy ocupado, ¿eh? —dijo Sam.

 

—¡Ocupado! —respondió Pell—. Estoy cosido a ella, como decía mi difunto amigo el lord canciller, señores, cuando salía de oír las interpelaciones en la Cámara de los Lores. ¡Pobre hombre! Se fatigaba en seguida; aquellas interpelaciones le anonadaban. Muchas veces he pensado después que fueron ellas las que le mataron.

 

Cabeceó varias veces Mr. Pell y guardó silencio; y el anciano Mr. Weller, llamando la atención a su vecino para que se fijara en las magníficas relaciones del procurador, preguntó si aquellos quehaceres habrían producido alguna enfermedad crónica a su noble amigo.

 

—Yo creo que siempre se resintió de ellas —replicó Pell—: nunca se repuso, en opinión mía. «Pell», solía decirme muchas veces, «es un misterio para mí cómo puede usted resistir tantas cosas como lleva en la cabeza». «Pues mire usted», solía contestarle yo, «en realidad no lo sé». «Pell», añadía suspirando y mirándome con un poquillo de envidia... envidia amistosa, ya comprenden ustedes, señores, simplemente amistosa; nunca pensé otra cosa de ella, «Pell, es usted un asombro, un verdadero asombro». ¡Ah!, les hubiera gustado mucho si le hubieran conocido, señores. Tráigame tres peniques de ron, querida.

 

Esta última frase fue dirigida a la camarera en tono de dolor contenido. Suspiró luego Mr. Pell, se miró los zapatos, miró al techo, y, llegado que fue el ron, se lo

 

 

 

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bebió inmediatamente.

 

—Sin embargo —dijo Pell, arrimando la silla a la mesa—, un profesional no tiene derecho a entretenerse en recordar sus amistades privadas cuando se requieren sus servicios. Por cierto, señores, que desde que les vi aquí hemos tenido que llorar un triste suceso.

 

Sacó Mr. Pell un pañuelo al llegar a la palabra llorar; pero no hizo con él más que enjugarse unas cuantas gotas de ron que humedecían su labio superior.

 

—Lo vi en El Avisador, Mr. Weller —continuó Pell—. ¡Pero hay que ver, nada más que cincuenta y dos! ¡Caramba!... ¡Qué atrocidad!

 

Estas melancólicas reflexiones fueron dirigidas al hombre de la cara pintada, cuyos ojos habíanse cruzado casualmente con los de Mr. Pell. El hombre de la cara pintada, cuyas aptitudes de percepción eran un tanto nebulosas, se agitó inquieto en su asiento, y opinó que, en realidad, no era posible explicarse cómo había ocurrido, observación que, por envolver una sutil afirmación, difícil de discutir, no fue rebatida por nadie.

 

—Yo he oído decir que fue una mujer hermosísima, Mr. Weller —dijo Pell en tono compasivo.

 

—Sí, sí lo fue—replicó el anciano Weller, no muy conforme con este modo de discutir el asunto, mas sin dejar de recapacitar en que el procurador, por su larga intimidad con el lord canciller, debía de hallarse familiarizado con todo lo referente a la urbanidad—. Era una hermosa mujer, sir, cuando la conocí. Entonces, sir, era viuda.

 

—Hombre, es curioso —dijo Pell, mirando en torno con dolorida sonrisa—; la señora Pell era viuda.

 

—Es extraordinario —dijo el de la cara pintada.

 

—Sí, es una rara coincidencia—dijo Pell.

 

—Nada de eso —observó malhumorado Mr. Weller—. Se casan más viudas que solteras.

 

—Muy bien, muy bien —dijo Pell—; tiene usted razón, Mr. Weller: la señora Pell era elegante y perfecta; sus maneras eran universalmente admiradas en la vecindad. Yo me enorgullecía viéndola bailar, con aquella serena dignidad y aquella naturalidad que había en sus movimientos. Su continente era la misma sencillez... ¡Ah, bien, bien! Permítame una pregunta, Mr. Samuel —continuó el procurador con voz queda —: ¿era alta su madrastra?

 

—No mucho —replicó Sam.

 

—La señora Pell tenía una gran estatura —dijo Pell—. Era una espléndida mujer, de noble talle, y con una nariz, señores, que parecía hecha para mandar, de majestuosa que era. Me quería mucho... mucho... y con muy buenas relaciones también. El hermano de su madre tuvo una quiebra de ochocientas libras como

 

 

 

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copista legal.

 

—Bien —dijo Mr. Weller, que se había manifestado algo molesto durante la discusión—. Vamos al asunto.

 

Esta palabra sonó como una música a Mr. Pell. Hacía rato que rondaba por su mente la duda de si tenía que ventilarse algún negocio, o si habíasele invitado solamente para tomar una copa de aguardiente y agua o de ponche, o para hacerle cualquier otro obsequio profesional, y ahora que se le despejaba la incógnita, sin haber mostrado, por su parte, la menor avidez, sus ojos resplandecían de gozo. Dejó el sombrero sobre la mesa y dijo:

 

—¿Cuál es el asunto que se me... hum?... ¿Va a comparecer ante la Audiencia alguno de estos caballeros? Necesitamos un arresto, un arresto amistoso; ya comprenden ustedes. ¿Aquí no hay más que amigos, supongo?

 

—Dame el documento, Sammy —dijo Mr. Weller, recibiendo el testamento de manos de su hijo, al que la entrevista parecía divertir extraordinariamente—. Lo que necesitamos, sir, es una probatura de esto.

 

—Prueba, mi querido señor, prueba—dijo Pell.

 

—Bien, sir —replicó atufado Mr. Weller—. Probatura y prueba son poco más o menos lo mismo; si no entiende usted lo que quiero decir, sir, ya encontraré quien lo entienda.

 

—No he querido ofenderle, Mr. Weller —dijo Pell humildemente—. Por lo que veo, es usted el ejecutor —añadió, echando una ojeada sobre el papel.

 

—Lo soy, sir —respondió Mr. Weller.

 

—Estos otros señores supongo que serán los legatarios, ¿verdad? —inquirió Pell con una sonrisa de felicitación.

 

—Halagatorio no es más que para Sammy —replicó Mr. Weller—. Esos otros caballeros son amigos míos, que han venido precisamente para ver si las cosas van bien; una especie de árbitros.

 

—¡Ah! —dijo Pell—. Muy bien. No tengo que hacer la menor objeción. Necesitaré cosa como de cinco libras para empezar. iJa,ja,ja!

 

Habiendo decidido el Comité que podía hacerse el anticipo de cinco libras, entregó Mr. Weller esta cantidad, después de lo cual celebróse un conciliábulo sin finalidad alguna, en el curso del cual demostró Mr. Pell, con la más perfecta conformidad de los árbitros, que de no habérsele encomendado a él el manejo del negocio las cosas hubieran tenido mala solución, por razones poco manifiestas, mas suficientes sin duda alguna. Resuelto este punto, confortóse Mr. Pell con tres chuletas y con bebidas de alcohol y de malta a costa de la herencia; y con esto dirigiéronse todos a Doctor's Commons.

 

Al día siguiente hízose otra visita a Doctor's Commons, durante la cual hubo de darles bastante que hacer un palafrenero que iba de testigo, y que, hallándose

 

 

 

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completamente embriagado, negóse obstinadamente a jurar como no fuera en votos absolutamente profanos, con gran escándalo del procurador y del delegado. En la semana siguiente visitóse otras varias veces Doctor's Commons, y también el Negociado de últimas Voluntades. Hubo que redactar contratos para el traspaso de arriendo y negocio, con la correspondiente ratificación; hubo de hacer inventarios; celebráronse almuerzos y comidas e hiciéronse otras muchas cosas de provecho; y fueron tantos los papeles acumulados, que Mr. Salomón Pell, el muchacho y el saco azul engordaron de tal manera, que nadie los hubiera tomado por el mismo hombre, muchacho y saco que vagaran por Portugal Street unos cuantos días antes.

 

Ultimados estos graves asuntos, fijóse el día para la venta y transferencia de los títulos, para lo cual tuvieron que entrevistarse con Wilkins Flasher, esquire, agente de Bolsa que vivía cerca del Banco y que había sido recomendado por Mr. Salomón Pell.

 

Fue un motivo de fiesta, y los elementos que en ella tomaron parte se ataviaron de manera adecuada. Las botas de Mr. Weller estaban recién limpiadas y su traje denunciaba cuidado especialísimo. El de la cara pintada llevaba en el ojal una dalia de tamaño natural con varias hojas, y las chaquetas de sus dos amigos veíanse adornadas con ramos de laurel y otras plantas perennes. Los tres ostentaban sus mejores trajes de fiesta; es decir, que estaban abrochados hasta la barbilla y que llevaban cuantas prendas podían resistir, lo cual responde y ha respondido siempre al concepto que de la indumentaria solemne ha dominado entre los cocheros de punto desde que fueron inventados.

 

Mr. Pell esperaba en el punto habitual de cita a la hora señalada, y hasta el mismo Pell llevaba un par de guantes y una camisa limpia rozada por el cuello y los puños a consecuencia de los frecuentes lavados.

 

—Las dos menos cuarto —dijo Pell, mirando al reloj de la taberna—. Si vamos a casa de Mr. Flasher a las dos y cuarto, me parece que es la mejor hora.

 

—¿Qué tendrían ustedes que decir de un trago de cerveza, señores? —insinuó el de la cara pintada.

 

—Y un poquito de carne fiambre —dijo el segundo cochero.

 

—Y unas ostras—añadió el tercero, que era un individuo de ronca voz, sostenido por gruesas piernas.

 

—¡Vaya, vaya! —dijo Pell—. Para festejar a Mr. Weller al entrar en posesión de su propiedad, ¿eh? ¡Ja, ja!

 

—Completamente de acuerdo, señores —contestó Mr. Weller—. Sammy, tira de la campanilla.

 

Obedeció Sam, y traídos que fueron rápidamente la cerveza, el fiambre y las ostras, hízose al almuerzo amplia justicia. En un empeño en el que todos habían tomado parte tan activa seria injusto establecer distinciones; mas si alguno de ellos patentizó facultades y empuje mayores, fue el cochero de voz ronca, que se tomó con

 

 

 

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las ostras una pinta de vinagre sin denotar la más leve alteración.

 

—Mr. Pell, sir —dijo el anciano Mr. Weller, agitando el agua y el aguardiente de uno de los vasos que habían sido colocados ante los comensales, luego de retiradas las conchas de las ostras—; Mr. Pell, sir, era mi intención haber brindado por los títulos en esta ocasión; pero Samivel me ha dicho por lo bajo...

 

En esto, Mr. Samuel Weller, que se había tomado sus ostras en silencio y con tranquilas sonrisas, gritó «¡Vamos a ver!» en voz muy alta.

 

—...Me ha dicho por lo bajo —continuo su padre— que sería mejor dedicar el licor a desear a usted éxitos y prosperidad y a darle gracias por la manera que ha tenido de llevar este negocio. A su salud, sir.

 

—¡Alto! —interrumpió el de la cara pintada con repentina energía—. ¡Pongan atención, señores!

 

Y diciendo esto, el de la cara pintada se levantó, como había hecho el otro. Paseó su mirada por la concurrencia; levantó pausadamente su mano, a cuyo ademán todos, incluso él, hicieron una larga inspiración y levantaron las copas a sus labios. Inmediatamente después bajó de nuevo su mano el de la cara pintada, y todos los vasos quedaron vacíos sobre la mesa. Es imposible describir el hondo efecto producido por la conmovedora ceremonia, que resultó digna, solemne, impresionante y verdaderamente grandiosa.

 

—Bien, señores —dijo Mr. Pell—: todo lo que yo puedo decir es que tales pruebas de confianza no pueden menos de lisonjear a un profesional. Nada quiero decir que trascienda a vanagloria, señores, pero me alegro mucho, por ustedes, de que hayan venido a mí. Eso es todo. De haberse dirigido a cualquier currinche de la profesión, tengo la convicción firme y les aseguro a ustedes que lo hubieran pasado mal antes de llegar este momento. Hubiera deseado que viviera mi noble amigo para haberme visto desenvolverme en este caso. No lo digo por orgullo; mas presumo...

 

Sin embargo, señores, no quiero importunarles con estas cosas. A mí se me encuentra aquí generalmente, señores; pero si no estoy aquí o en las inmediaciones, he aquí mis señas. Hallarán ustedes mis honorarios muy razonables y módicos; no hay ninguno que atienda a sus clientes como yo, y me parece que de mi profesión conozco un poco. Si tienen ustedes ocasión de recomendarme a alguno de sus amigos, señores, he de quedarles muy agradecido, como ellos habrán de quedarles a ustedes, no bien me conozcan. A su salud, señores.

 

Al terminar Mr. Salomón Pell esta exposición de sus sentimientos, entregó tres tarjetas escritas a los amigos de Mr. Weller, y mirando de nuevo al reloj, expresó su opinión de que era tiempo de partir. Ante esta advertencia, pagó la cuenta Mr. Weller, y levantándose el ejecutor, el legatario, el procurador y los árbitros, encamináronse hacia la City.

 

El despacho de Mr. Wilkins Flasher, esquire, del Stock Exchange, estaba en un

 

 

 

 

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primer piso de una plazoleta situada a la espalda del Banco de Inglaterra; la casa de Wilkins Flasher, esquire, hallábase en Brixton, Surrey; el caballo y la carretela de Wilkins Flasher, esquire, estaban en una elegante cochera próxima; el lacayo de Wilkins Flasher, esquire, había tenido que ir a West End a entregar un dinero; el escribiente de Wilkins Flasher, esquire, se había ido a comer; así es que el propio Wilkins Flasher, esquire, tuvo que gritar «¡Adelante!» cuando Mr. Pell y sus acompañantes llamaron a la puerta de su oficina.

 

—Buenos días, sir —dijo Pell, saludando amablemente—. Deseamos hacer una pequeña transferencia, si hace usted el favor.

 

—¡Oh, adelante; tengan la bondad! —dijo Mr. Flasher—. Siéntense un minuto; estoy con ustedes en seguida.

 

—Gracias, sir —dijo Pell—; no hay prisa. Siéntese, Mr. Weller.

 

Tomó una silla Mr. Weller; tomó Sam un cajón; tomaron lo que pudieron los árbitros, y pusiéronse a contemplar el almanaque y uno o dos periódicos que estaban pegados a la pared con el mismo asombro y reverencia que si se tratara de las más hermosas obras clásicas.

 

—Bien; le apuesto a usted media docena de botellas. ¡Vamos! —dijo Wilkins Flasher, esquire, reanudando la conversación que, momentáneamente, interrumpiera la entrada de Mr. Pell.

 

Esta frase iba dirigida a un elegante joven que llevaba el sombrero inclinado sobre el diestro mostacho y que holgaba en el pupitre matando moscas con una regla. Wilkins Flasher, esquire, columpiábase en el taburete, que hacía oscilar sobre dos patas, entreteniéndose en herir una caja de obleas con un cortaplumas, que hacía caer de cuando en cuando con gran destreza en el propio centro de una pequeña oblea roja. Los dos caballeros mostraban holgados chalecos, grandes cuellos vueltos, pequeñas botas, enormes tumbagas, diminutos relojes y gruesas cadenas, simétricos pantalones y perfumados pañuelos.

 

—Yo no apuesto nunca media docena —dijo el otro caballero—: apuesto una docena.

 

—¡Convenido, Simmery, convenido! —dijo Wilkins Flasher, esquire.

 

—P. P., por supuesto—observó el otro.

 

—Por supuesto —replicó Wilkins Flasher, esquire.

 

Wilkins Flasher, esquire, consignó el acuerdo en un librito con un lápiz de caja de oro, apuntándolo el otro en otro librito con otro lápiz de oro.

 

—Me han dado esta mañana una noticia acerca de Boffer —observó Mr. Simmery

 

—. ¡Pobre diablo; ha sido desahuciado!

 

—Le apuesto a usted diez guineas contra cinco a que se degüella —dijo Wilkins

 

Flasher, esquire.

 

—Van —replicó Mr. Simmery.

 

 

 

 

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—¡Espere! Me retracto —dijo Wilkins Flasher, esquire, con aire pensativo—. Tal vez se ahorque.

 

—Muy bien —repuso Mr. Simmery, sacando otra vez el lápiz de oro—. Acepto esa forma. Digamos que se quita de en medio.

 

—Concretando: que se suicida —dijo Wilkins Flasher, esquire.

 

—Eso es —replicó Mr. Simmery, apuntándolo—. «Flasher... diez guineas contra cinco; Boffer se mata.» ¿Qué plazo diremos?

 

—¿Quince días...? —sugirió Mr. Wilkins Flasher, esquire.

 

—¡No, caramba! —repuso Mr. Simmery, deteniéndose un instante para aplastar una mosca con la regla—. Pongamos una semana.

 

—Partamos la diferencia —dijo Wilkins Flasher, esquire—. Diremos diez días.

 

—Bien; diez días—aceptó Mr. Simmery.

 

Consignóse en los cuadernitos que si Boffer no se mataba en el término de diez días, Wilkins Flasher, esquire, habría de pagar a Francisco Simmery, esquire, la suma de diez guineas; y que si Boffer se mataba dentro de ese plazo, Francisco Simmery, esquire, tendría que pagar a Wilkins Flasher, esquire, cinco guineas.

 

—Siento mucho que haya quebrado —dijo Wilkins Flasher, esquire—. Daba magníficas comidas.

 

—Tenía un oporto riquísimo —observó Mr. Simmery—. Mañana vamos a mandar a nuestro despensero a recoger algo de ese sesenta y cuatro.

 

—Es usted el demonio —dijo Wilkins Flasher, esquire—. El mío va también.

 

Cinco guineas a que mi hombre le gana la mano al de usted.

 

—Van.

 

Anotóse ese compromiso con el lápiz de oro en los cuadernitos, y habiendo ya matado Mr. Simmery en aquel momento todas las moscas y aceptado todas las apuestas, encaminóse a la Bolsa con objeto de ver lo que pasaba.

 

Entonces Wilkins Flasher, esquire, se dignó recibir las instrucciones de Mr. Salomón Pell, y luego de llenar unos impresos, suplicó a sus visitantes que le acompañaran al Banco. Hiciéronlo así éstos. Mr. Weller y sus tres amigos no cesaban de mirar en torno con asombro inenarrable, en tanto que Sam contemplábalo todo con una indiferencia imperturbable.

 

Después de cruzar un patio lleno de ruido y de gente y de pasar por delante de un par de porteros que parecían vestidos obedeciendo al solo designio de emular a una bomba de incendios que había en un rincón, llegaron a la oficina en que había de formalizarse su negocio, y en la que Pell y Mr. Flasher les dejaron unos momentos mientras que ellos subían al Negociado de Testamentos.

 

—¿Qué departamento es éste? —murmuró el de la cara pintada al anciano Mr.

 

Weller.

 

—La Oficina de Consolidado —replicó en voz queda el ejecutor.

 

 

 

 

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—¿Qué es lo que hacen esos señores detrás de las ventanillas? —preguntó el cochero de voz ronca.

 

—Consolidados, supongo —replicó Mr. Weller—. ¿No son consolidados reducidos, Samivel?

 

—¡Hombre, me figuro que no pensará usted que los consolidados reducidos son hombres de carne y hueso! —arguyó Sam con cierto desdén.

 

—¿Y cómo he de saberlo yo? —respondió Mr. Weller—. Yo creí que se parecían mucho a eso. ¿Qué son entonces?

 

—Escribientes —replicó Sam.

 

—¿Y por qué están comiendo todos emparedados de jamón? —inquirió su padre. —Porque están cumpliendo con su deber, supongo —replicó Sam—; es una parte

 

del régimen. ¡Eso es lo que hacen durante todo el día!

 

Sin que Mr. Weller y sus amigos tuvieran apenas un momento para reflexionar acerca de esta regulación singularísima del sistema monetario del país uniéronseles Pell y Wilkins Flasher, esquire, que lo llevaron a una ventanilla sobre la cual había una redonda placa negra con una gran «W».

 

—¿Para qué es eso, sir? —preguntó Mr. Weller, llamando la atención de Pell sobre la placa en cuestión.

 

—La primera letra del nombre del difunto —repuso Pell.

 

Oigan ustedes—dijo Mr. Weller, volviéndose hacia los árbitros—: yo creo que no está bien. Nuestra letra es la «V»... esto no está bien.

 

Los árbitros manifestaron al punto su opinión decidida de que el asunto no podía conducirse en estricta legalidad con la letra «W», y según todas las probabilidades, hubiérase paralizado todo un día por lo menos, de no haber sido por la rápida y a primera vista desleal intervención de Sam, que, cogiendo a su padre por el faldón de la chaqueta, le arrastró a la ventanilla y allí le hizo permanecer hasta que hubo estampado su firma en un par de documentos; empeño que, dada la costumbre que Mr. Weller tenía de firmar con caracteres de imprenta, fue un trabajo tan largo y penoso, que el escribiente actuante peló y comió tres manzanas de Ribston durante la operación.

 

Como el anciano Mr. Weller insistiera en vender sin demora sus valores, trasladáronse desde el Banco a la puerta del Stock Exchange, donde permanecieron hasta que volvió Wilkins Flasher, esquire, después de corta ausencia, con un cheque sobre Smith Tayn y Smith por la cantidad de quinientas treinta libras, que era la suma en que venían a convertirse a la cotización del día los ahorros de la señora Weller. Transferidas que fueron a nombre de Sam las doscientas libras y pagada la comisión de Wilkins Flasher, esquire, dejó éste caer el dinero con indiferencia en el bolsillo de su chaqueta y regresó perezosamente a su oficina.

 

Mr. Weller obstinóse en los primeros momentos en hacer efectivo el cheque,

 

 

 

 

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transformándolo en soberanos; mas como le hicieron observar los árbitros que procediendo así había de serle preciso gastar algún dinero en un saco para llevárselos a casa, consintió en recibir la cantidad en billetes de cinco libras.

 

—Mi hijo —dijo Mr. Weller al salir del Banco—, mi hijo y yo tenemos que hacer esta tarde, y desearía arreglar las cosas de una vez; así es que vámonos a cualquier parte donde podamos liquidar las cuentas.

 

No les fue difícil hallar un tranquilo recinto donde se examinaron las cuentas. La de Mr. Pell fue tasada por Sam y algunas partidas fueron desautorizadas por los árbitros; mas, no obstante declarar Mr. Pell con solemnes aseveraciones que le trataban con excesiva dureza, resultaron sus honorarios muy superiores a los que hasta entonces había percibido en el curso de su vida profesional, y a expensas de los cuales comió, durmió y se lavó por espacio de seis meses.

 

Luego de mojarse un poco el gaznate, los árbitros despidiéronse y se alejaron, por tener que salir con sus coches de la ciudad aquella noche misma. Comprendiendo Salomón Pell que no había más probabilidades de comer ni de beber, se despidió amistosamente, dejando solos a Sam y a su padre.

 

—¡Perfectamente! —dijo Mr. Weller, guardando su cartera en un bolsillo lateral

 

—. Con lo del traspaso y las demás cosas tenemos aquí mil ciento ochenta libras. Ahora, Samivel, hijo mío, vuelve los caballos hacia Jorge y el Buitre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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56.    Importante conferencia celebrada entre Mr. Pickwick y Samuel Weller, con asistencia de su padre. Llega

 

inesperadamente un anciano con traje color de tabaco

 

 

Estaba Mr. Pickwick sentado y solitario, meditando en una porción de cosas y pensando en cómo habría de componérselas para atender a las necesidades de la joven pareja, cuya precaria situación preocupábale constantemente, cuando entró María apresuradamente en la habitación y, acercándose a la mesa, dijo con cierta precipitación:

 

—Abajo está Samuel, y dice que si puede usted ver a su padre.

 

—Desde luego —contestó Mr. Pickwick.

 

—Gracias, sir —dijo María, dirigiéndose a la puerta de nuevo.

 

—¿Hace mucho que está ahí Sam? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—¡Oh, no, sir! —replicó María con viveza—. Acaba de llegar. Dice que no va a pedirle a usted más permisos.

 

Es posible que María se percatara de haber formulado esta advertencia con más calor del que parecía necesario, y no es difícil que observara la benévola sonrisa con que la miró Mr. Pickwick al acabar de hablar. De lo que no hay duda es de que bajó la cabeza y empezó a examinar la punta de su elegante delantal con más atención de la que requerían las circunstancias.

 

—Dígales que pueden venir en seguida —dijo Mr. Pickwick.

 

Tranquilizada María en apariencia, partió a escape con el recado.

 

Dio Mr. Pickwick dos o tres vueltas por la estancia, y frotándose la barbilla con la mano izquierda, pareció quedar absorto en hondos pensamientos.

—Bien, bien —dijo al cabo Mr. Pickwick en tono dulce y melancólico—, es la mejor manera de recompensarle su adhesión y fidelidad. Lo haremos así, en nombre del cielo. Es destino de los viajeros solitarios que aquellos que les rodean se creen nuevos y diferentes afectos y les abandonen. No tengo derecho a esperar que conmigo se proceda de otra manera. No, no —añadió Mr. Pickwick, reanimándose en cierto grado—; sería ingratitud y egoísmo. Yo debo considerar me feliz al encontrar una oportunidad de ayudarle. Y me siento feliz. Ya lo creo que me siento feliz.

 

Tan ensimismado estaba Mr. Pickwick con estas reflexiones, que tuvo que repetirse tres o cuatro veces un golpe dado en la puerta para que él lo oyera. Sentándose en seguida, y adoptando su grato aspecto habitual, otorgó la licencia que se le pedía, y entró Sam Weller seguido de su padre.

 

—Mucho me alegro de verte otra vez, Sam —dijo Mr. Pickwick—. ¿Cómo va, Mr. Weller?

 

—Tan fuerte; gracias, sir —replicó el viudo—. Usted parece hallarse bien, sir.

 

—Completamente; gracias—repuso Mr. Pickwick.

 

 

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—Pues yo quería tener una pequeña conversación con usted, sir —dijo Mr. Weller

 

—. Si pudiera darme unos cinco minutos, sir.

 

—Ya lo creo—replicó Mr. Pickwick—. Sam: ponle una silla a tu padre. —Gracias, Samivel, aquí la tengo —dijo Mr. Weller, en tanto que acercaba una

 

silla—. Magnifico día hemos tenido, sir —añadió el viejo, poniendo el sombrero en el suelo al tiempo que se sentaba.

 

—Admirable realmente —replicó Mr. Pickwick—. Muy propio de la estación. —El más propio que he visto nunca, sir—repuso Mr. Weller. Aquí el anciano se

 

vio acometido de un violento golpe de tos, terminado el cual comenzó a gesticular y a hacer guiños, entre suplicantes y amenazadores, a su hijo, todos los cuales se abstuvo resueltamente de observar Sam Weller.

 

Advirtiendo Mr. Pickwick el azoramiento del viejo, simuló hallarse ocupado en cortar las hojas de un libro que a su lado tenía, y aguardó pacientemente que descubriera Mr. Weller el objeto de su visita.

 

—No he visto en mi vida un chico más inútil que tú, Samivel —dijo Mr. Weller, mirando indignado a su hijo—; no lo he visto en mis días.

 

—¿Pues qué hace, Mr. Weller? —preguntó Mr. Pickwick.

 

—Que no quiere empezar, sir —repuso Mr. Weller—. Sabe perfectamente que tengo gran dificultad para explicarme cuando tengo algo importante que decir, y, sin embargo, se queda tan tranquilo viéndome aquí hacerle a usted perder su tiempo y divirtiéndose de verme, en vez de ayudarme, aunque fuera con una sílaba. Ésa no es una conducta filial, Samivel —dijo Mr. Weller, enjugándose la frente—, ni mucho menos.

 

—Dijo usted que hablaría—replicó Sam—. ¿Cómo había yo de saber que iba usted a hacerse un lío desde el principio?

 

—Debías haber visto que yo no podía arrancar —contestó su padre—, que estoy mal colocado en la carretera, que voy reculando, que me veo apurado, y, sin embargo, no me echas una mano para ayudarme. Eso es una vergüenza, Samivel.

 

—La cosa es —dijo Sam, haciendo una ligera inclinación— que el padre ha cogido su dinero.

 

—Muy bien, Samivel, muy bien —dijo Mr. Weller, moviendo la cabeza con aire satisfecho—; no quise reñirte, Sammy. Muy bien, así se debe empezar. Vamos al asunto. Muy bien, Samivel.

 

Movió su cabeza Mr. Weller gran número de veces en el paroxismo de su complacencia, y aguardó en actitud expectante que Sam reanudara su peroración.

 

—Puedes sentarte, Sam —dijo Mr. Pickwick, comprendiendo que la entrevista llevaba trazas de durar más de lo que al principio supusiera.

 

Inclinóse Sam de nuevo y se sentó; mientras su padre miraba a todos lados, continuó:

 

 

 

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—El padre, sir, ha cogido quinientas treinta libras.

 

—Consolidados reducidos—interrumpió Mr. Weller padre por lo bajo.

 

—No tiene nada que ver que sean consolidados reducidos o que no lo sean —dijo Sam—; la cantidad es quinientas treinta libras, ¿no es verdad?

 

—Exactamente, Samivel —replicó Mr. Weller.

 

—A cuya suma ha añadido por la casa y el negocio...

 

—Arriendo, clientela, géneros y muebles —intercaló Mr. Weller.

 

—... Lo que hace—continuó Sam— en total mil ciento ochenta libras.

 

—¡Ah!, ¿sí? —dijo Mr. Pickwick—. Me alegro mucho de eso. Felicito a usted, Mr. Weller, por haberlo hecho tan bien.

 

—Espere un poco —dijo Mr. Weller, alzando la mano en ademán suplicante—.

 

Adelante, Sam.

 

—Este dinero —dijo Sam con cierta vacilación— desea él ponerlo en alguna parte donde sepa que está seguro; yo también lo deseo mucho; si se queda con ello se lo va a prestar a cualquiera, o lo va a invertir en caballos, o va a perder el cuaderno, o va a hacer la momia egipcia en una u otra parte.

 

—Muy bien, Samivel —observó Mr. Weller, con la misma complacencia que hubiera sentido de haber hecho Sam los mayores elogios de su tacto y previsión—. Muy bien.

 

—Por cuyas razones—continuó Sam, agarrando nerviosamente el ala de su sombrero—, por cuyas razones lo ha sacado hoy, y viene conmigo a decir, en resumidas cuentas a ofrecer, o en otras palabras...

 

—... A decir —dijo el anciano Weller impaciente— que esto a mí no me sirve para nada; voy a tomar un coche, y no tengo dónde guardarlo, a menos de que pague al guarda para que tenga cuidado de él, o lo ponga en una de las bolsas del coche, lo que sería una tentación para los pasajeros. Si usted se encargara de ello, yo se lo agradecería mucho. Tal vez —dijo Mr. Weller, acercándose a Mr. Pickwick y murmurándole al oído—, tal vez sirviera, hasta cierto punto, para los gastos de aquella condena. Lo que le digo es que usted se lo guarde hasta que yo se lo pida otra vez.

 

Diciendo esto, puso Mr. Weller la cartera en manos de Mr. Pickwick, cogió el sombrero y salió de la estancia con una celeridad incomprensible en tan corpulento personaje.

 

—¡Deténle, Sam! —exclamó impetuosamente Mr. Pickwick—. ¡Atájale, hazle volver al instante! ¡Mr. Weller... oiga... vuelva en seguida!

 

Advirtiendo Sam que no era posible desobedecer las órdenes de su amo, agarrando a su padre por el brazo cuando ya bajaba la escalera, arrastróle, haciéndole volver a viva fuerza.

 

—Mi buen amigo —dijo Mr. Pickwick, tomando la mano del viejo—: su honrada

 

 

 

 

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confianza me anonada.

 

—No hay motivo para decir eso, sir —replicó obstinadamente Mr. Weller.

 

—Le aseguro a usted, mi buen amigo, que tengo más dinero del que pueda nunca necesitar; mucho más de lo que puede gastar en su vida un hombre de mi edad —dijo Mr. Pickwick.

 

—No hay hombre que sepa lo que puede gastar hasta que hace la prueba — observó Mr. Weller.

 

—Es posible —dijo Mr. Pickwick—; pero como no tengo intención de meterme en esos experimentos, no es probable que me haga falta. Le suplico a usted que se quede con esto, Mr. Weller.

 

—Muy bien —dijo Mr. Weller con aire de contrariedad—. Fíjate en lo que digo, Sammy. ¡Con este dinero voy a hacer alguna barbaridad, algo disparatado!

 

—Más vale que no lo haga —replicó Sam.

 

Reflexionó Mr. Weller unos momentos y, abrochándose la chaqueta con gran parsimonia, dijo:

 

—Voy a colocarme en una barrera.

 

—¡Cómo! —exclamó Sam.

 

—En una barrera —repitió Mr. Weller, apretando los dientes—; voy a colocarme en una barrera. Despídete de tu padre, Samivel. Voy a consumir en una barrera el resto de mis días.

 

Tan espantosa era la amenaza, y tan resuelto mostrábase Mr. Weller a ponerla por obra, y tan mortificado parecía por la repulsa de Mr. Pickwick, que, después de reflexionar unos momentos, dijo éste:

 

—Bien, bien, Mr. Weller; guardaré el dinero. Tal vez pueda emplearlo mejor que usted.

 

—Pues ahí está la cosa —dijo radiante Mr. Weller—; claro que puede usted, sir —Pues no hablemos más—dijo Mr. Pickwick, guardando la cartera en su bufete

 

—. Obligadísimo a usted, mi buen amigo. Ahora siéntese. Necesito pedirle una opinión.

 

El íntimo regocijo ocasionado por el éxito de su visita, que había convulsionado, no sólo el rostro, sino los brazos, las piernas y el cuerpo todo de Mr. Weller, durante la operación de guardar en el bufete su cuaderno, vino a ser reemplazado por la más digna gravedad al escuchar las últimas palabras.

—Sal fuera un momento, Sam. ¿Quieres hacerme el favor? —dijo Mr. Pickwick. Sam se retiró inmediatamente.

 

Mr. Weller adoptó un aire de asombro y discreción extraordinarios al comenzar Mr. Pickwick, diciendo:

 

—¿Usted no es un adepto del matrimonio, me parece, Mr. Weller?

 

Movió la cabeza Mr. Weller. Manifestóse absolutamente incapaz de articular

 

 

 

 

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palabra; el vago presentimiento de alguna taimada viuda triunfante en sus designios sobre Mr. Pickwick vino a interceptarle el habla.

 

—¿No ha visto usted a una muchacha abajo cuando usted entraba con su hijo? — preguntó Mr. Pickwick.

 

—Sí, vi a una jovencita —replicó lacónicamente Mr. Weller.

 

—Vamos a ver. ¿Y qué piensa usted de ella? Sinceramente, Mr. Weller, ¿qué ha pensado usted de ella?

 

—Pues pienso que está muy gordita y muy bien hecha —dijo Mr. Weller con aire de crítica.

 

—Lo está —dijo Mr. Pickwick—, lo está. ¿Y qué piensa usted de su modo de ser, por lo que de ella ha visto?

 

—Muy agradable —repuso Mr. Weller—, muy grato y confortable.

 

No era fácil de descubrir el verdadero sentido que adscribía Mr. Weller al último adjetivo; mas como por el tono en que hubo de decirlo debía lógicamente colegirse que se trataba de una expresión favorable, quedó tan satisfecho Mr. Pickwick como si lo hubiera comprendido de un modo claro y preciso.

 

—Me intereso mucho por ella, Mr. Weller —dijo Mr. Pickwick.

 

Mr. Weller tosió.

 

—Quiero decir que deseo hacerle todo el bien que pueda —prosiguió Mr. Pickwick—; anhelo su bienestar y prosperidad. ¿Usted me entiende?

 

—Con toda claridad—replicó Mr. Weller, a pesar de no haber entendido nada.

 

—Esa joven —dijo Mr. Pickwick— está enamorada de su hijo.

 

—¡De Samivel Weller! —exclamó el padre.

 

—Sí —dijo Mr. Pickwick.

 

—Es natural —dijo Mr. Weller después de una breve reflexión—, natural, pero algo alarmante. Sammy tiene que andar con ojo.

 

—¿Cómo dice usted?—preguntó Mr. Pickwick.

 

—Que debe andar con ojo y no decirle a ella una palabra —respondió Mr. Weller

 

—. Mucho ojo, para que no se le vaya a escapar, inocentemente, alguna cosa que pueda acarrear una condena por ruptura de promesa. Nunca se está seguro con ellas, Mr. Pickwick; una vez que se les ha puesto un hombre entre ceja y ceja, no se sabe cómo zafarse de ellas, y en lo que se piensa, ya le han atrapado a uno. Así me casé yo la primera vez, sir, y Sammy fue la consecuencia de la maniobra.

 

—La verdad es que no me da usted ánimos para concluir de decirle lo que quiero —observó Mr. Pickwick—; pero hay que acabar. No se trata sólo de que esa muchacha está enamorada de su hijo, Mr. Weller, sino de que su hijo de usted está enamorado de ella.

 

—Bien —dijo Mr. Weller—. ¡Bonita cosa es ésa para que la oiga un padre! —Les he observado en varias ocasiones —dijo Mr. Pickwick, sin pararse a

 

 

 

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comentar la última observación de Mr. Weller— y no abrigo ninguna duda sobre ello. En el caso de que yo deseara establecerles de un modo conveniente como marido y mujer, a base de algún pequeño negocio o empleo que les diera para vivir decorosamente, ¿qué pensaría usted de ello, Mr. Weller?

 

Al principio escuchó Mr. Weller la participación con el rostro duro y adusto con que escuchaba cualquier proposición relacionada con el matrimonio de cualquier persona que le interesara; pero como Mr. Pickwick discutió el punto con él e hizo resaltar el hecho de que María no era viuda, fue poco a poco aviniéndose a razones. Mr. Pickwick tenía una gran influencia sobre él, y el viejo habíase impresionado grandemente por la figura de María, a la que había dedicado, digámoslo francamente, unos cuantos guiños nada paternales. Al cabo dijo que él no pensaba oponerse a las inclinaciones de Mr. Pickwick y que se consideraba feliz rindiéndose a su parecer, oyendo lo cual Mr. Pickwick le tomó alegremente la palabra e hizo entrar de nuevo a Sam.

 

—Sam —dijo Mr. Pickwick carraspeando—, tu padre y yo hemos hablado un poco de ti.

 

—De ti, Samivel —dijo Mr. Weller con voz solemne y protectora.

 

—No estoy tan ciego, Sam, para no haber visto hace mucho tiempo que sientes por la doncella de la señora Winkle algo más que amistad —dijo Mr. Pickwick.

 

—¿Oyes esto, Samivel, oyes esto, Samivel? —dijo Mr. Weller en el mismo tono judicial de antes.

 

—Creo que sí —dijo Sam, dirigiéndose a su amo—. Me parece que no hay ningún mal en que un joven se fije en una muchacha que es innegablemente bonita y buena.

 

—Ciertamente que no —dijo Mr. Pickwick.

 

—De ninguna manera —asintió Mr. Weller con aire afable, aunque doctoral. —Lejos de pensar que hay mal en ello —prosiguió Mr. Pickwick—, yo deseo

 

fomentar y ayudar esos propósitos. Con este objeto he hablado un poco con tu padre, y viendo que tu padre es de mi opinión...

 

—Siempre que la señora no sea viuda —interrumpió Mr. Weller en tono aclaratorio.

 

—No siendo viuda... —dijo, sonriendo, Mr. Pickwick—, quiero librarte de la sujeción que tu estado actual te impone y mostrar el concepto que me merece tu fidelidad y tus muchas excelentes cualidades, facilitándote que te cases en seguida con la muchacha y que puedas ganar el sustento para ti y tu familia. Tendré orgullo, Sam —dijo Mr. Pickwick, cuya voz, temblorosa unos momentos, había recobrado su firmeza habitual—, tendré orgullo y me consideraré feliz por tomar a mi cuidado el porvenir de tu vida.

 

Reinó un breve silencio, y al cabo dijo Sam con voz tierna, pero entera:

 

 

 

 

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—Agradezco a usted con toda mi alma todas sus bondades, sir; pero no puede ser.

 

—¡Cómo que no puede ser! —exclamó, asombrado, Mr. Pickwick.

 

—¡Samivel! —dijo Mr. Weller con dignidad.

 

—Digo que no puede ser —repitió Sam, elevando el diapasón—, porque, ¿qué sería de usted, sir?

 

—Hijo mío —repuso Mr. Pickwick—: los recientes cambios que han sobrevenido entre mis amigos han de alterar en lo futuro mi modo de vivir completamente; además, voy siendo viejo, y necesito reposo y quietud. Mis correrías, Sam, han terminado.

 

—¿Qué sé yo, sir? —arguyó Sam—. ¡Eso lo piensa usted ahora! Pero supongamos que cambia usted de idea, lo cual no es nada difícil, porque tiene usted un alma de veinticinco años, ¿qué sería de usted sin mí? No puede ser, sir, no puede ser.

 

—Muy bien, Samivel; tienes mucha razón —dijo, animándole, Mr. Weller. —Digo esto después de meditar largamente, Sam, y seguro de cumplir mi palabra

 

—dijo Mr. Pickwick, moviendo la cabeza—. No son para mí las nuevas escenas; mis correrías han tocado a su fin.

 

—Muy bien —repuso Sam—. Entonces ésa es la mejor razón para que tenga usted alguien a su lado que le entienda, que le anime y que atienda a sus comodidades. Si es que usted quiere otro más fino y pulido, tómelo en buen hora; pero, con salario o sin salario, con aviso o sin aviso, alimentado o sin alimentar, en casa o fuera de la casa, Sam Weller, al que usted tomó en la vieja posada del Borough, se queda con usted, suceda lo que suceda. ¡Y aunque todo y todos se opongan, no podrán evitarlo!

 

Al terminar esta declaración, formulada por Sam bastante conmovido, levantóse de la silla el viejo Mr. Weller, y olvidando toda consideración de tiempo, lugar y conveniencia, agitó el sombrero en el aire y dio tres vehementes vivas.

 

—Hijo mío —dijo Mr. Pickwick luego que se hubo sentado Mr. Weller, anonadado por su propio entusiasmo—, tú no tienes más remedio que pensar en la muchacha.

 

—Ya pienso en la muchacha, sir —dijo Sam—. En la muchacha he pensado ya. He hablado con ella, le he contado mi situación; ella está dispuesta a esperarme, y creo que lo hará. Si no lo hiciera, no sería la muchacha que yo creí, y bien pronto la dejaría. Usted ya me conoce, sir. Estoy resuelto, y nada puede hacerme cambiar.

 

¿Quién podría combatir esta resolución? Mr. Pickwick desde luego que no. La desinteresada ternura de este humilde camarada despertaba en su pecho más orgullo y gratitud que diez mil protestas amistosas de los más grandes hombres de la tierra.

 

Mientras se ventilaba esta conversación en la estancia de Mr. Pickwick, un viejecito con traje color de tabaco, seguido de un mozo que llevaba un pequeño

 

 

 

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portamantas, presentóse en el vestíbulo, y luego de pedir una cama para pasar la noche, preguntó al camarero si hospedábase allí cierta señora Winkle, a cuya pregunta no hay que decir que respondió el camarero afirmativamente.

 

—¿Está sola? —preguntó el viejecito.

 

—Creo que lo está, sir —replicó el camarero—. Puedo llamar a su doncella, sir, si usted...

 

—No, no la necesito —dijo con prontitud el viejecillo—. Indíqueme su habitación sin anunciarme.

 

—¿Cómo, sir? —preguntó el camarero.

 

—¿Es usted sordo? —inquirió el viejecito.

 

—No, sir.

 

—Entonces escuche si quiere. ¿Me oye usted ahora?

 

—Sí, sir.

 

—Está bien. Indíqueme la habitación de la señora Winkle sin anunciarme.

 

Al pronunciar este mandato el viejecito deslizó una moneda de cinco chelines en la mano del camarero y le miró con firmeza.

 

—La verdad, señor —dijo el camarero—, yo no sé, sir, si...

 

—iAh!, ya veo que lo hará usted —dijo el viejecito—. Lo mejor será que lo haga inmediatamente. Así no perderemos el tiempo.

 

Advirtióse en el viejecito tanto aplomo y decisión, que el camarero se metió en el bolsillo los cinco chelines y condujo al anciano al piso de arriba sin decir palabra.

 

—¿Es ésta la habitación? —dijo el caballero—. Puede usted retirarse.

 

Obedeció el camarero, no sin preguntarse a sí mismo quién pudiera ser el recién llegado y qué es lo que venía buscando. El viejecito, después de esperar que desapareciera el camarero, llamó ala puerta.

 

—¡Adelante! —dijo Arabella.

 

—iHum!, por de pronto la voz es muy dulce —murmuró el viejecito—; pero no importa.

 

Diciendo esto abrió la puerta y entró. Arabella, que estaba sentada haciendo labor, levantóse al ver que era un extraño, algo confusa, mas sin perder en manera alguna su gracia habitual.

 

—Tenga la bondad de no levantarse, señora —dijo el desconocido, entrando y cerrando la puerta—. ¿La señora Winkle, presumo?

 

Arabella hizo una inclinación de cabeza.

 

—¿La señora de Nathaniel Winkle, que se casó con el hijo del anciano de Birmingham? —dijo el desconocido, contemplando a Arabella con visible curiosidad.

 

Inclinó de nuevo Arabella la cabeza y miró inquieta en torno, dudando si llamar o no en demanda de socorro.

 

—Está usted asustada, bien lo veo, señora —dijo el anciano.

 

 

 

 

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—Confieso que algo —replicó Arabella, cada vez más intrigada.

 

—Me sentaré, si usted me lo permite, señora —dijo el desconocido.

 

Tomó una silla, y sacando un estuche de su bolsillo, extrajo con toda pausa unos anteojos y los montó en su nariz.

 

—¿No me conoce usted, señora? —dijo, mirando con tanta fijeza a Arabella, que empezó ésta a sentirse alarmada.

 

—No, sir—replicó ella tímidamente.

 

—No —dijo el caballero, balanceando su pierna izquierda—. ¿Y por qué había de conocerme? Sin embargo, señora, conoce usted mi nombre.

 

—¿Sí? —dijo Arabella, temblando sin saber por qué—. ¿Me permite que le pregunte cuál es?

 

—En seguida, señora, en seguida —dijo el desconocido, sin retirar sus ojos del rostro de la dama—. ¿Se ha casado usted hace poco, señora?

 

—Sí —replicó Arabella en tono apenas perceptible, dejando su labor y sintiéndose grandemente agitada al notar que un pensamiento, que poco antes se insinuara en su mente, imponíasele ahora con mayor imperio.

 

—¿Sin haber aconsejado a su marido la conveniencia de consultar previamente a su padre, de quien depende, según creo?

 

Arabella se llevó el pañuelo a los ojos.

 

—¿Sin tratar siquiera de averiguar, por cualquier medio indirecto, cuál pudiera ser la opinión del anciano sobre un punto que por razón natural tanto debía interesarle? —dijo el desconocido.

 

—No puedo negarlo, sir—dijo Arabella.

 

—¿Y sin poseer fortuna propia suficiente con que proporcionar a su marido una ayuda permanente a cambio de las ventajas materiales que usted sabía podría él haber obtenido de haberse casado a gusto de su padre? —dijo el anciano—. Esto es lo que se llama entre los muchachos y muchachas amor desinteresado, hasta que tienen muchachos y muchachas y llegan a ver las cosas bajo una luz más cierta y diferente.

 

Las lágrimas comenzaron a fluir rápidamente de los ojos de Arabella, en tanto que imploraba desfallecida, alegando su juventud e inexperiencia, que sólo el amor habíala inducido a dar aquel paso y que casi desde su infancia habíase visto privada del consejo y guía de sus padres.

 

—Mal hecho —dijo el anciano en tono más dulce—, muy mal hecho. Fue locura, romanticismo y nada mercantil.

 

—Culpa mía, sólo culpa mía, sir —replicó, llorando, la pobre Arabella.

 

—Tonta —dijo el anciano—. ¿Cómo ha de haber tenido usted la culpa de que él se enamorase? Aunque, en rigor —dijo el anciano, mirando a Arabella con cierta picardía—, sí fue culpa de usted. Él no pudo evitarlo.

 

Esta solapada lisonja, la manera extraña con que el viejo hubo de formularla, o el

 

 

 

 

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énfasis vacilante —mucho más amable del que al principio empleara—, o las tres cosas juntas, hicieron sonreír a Arabella a través de sus lágrimas.

 

—¿Dónde está su marido? —preguntó el anciano de pronto, reprimiendo una sonrisa que pugnaba por asomar a su rostro.

 

—Le estoy esperando siempre, sir —dijo Arabella—. Le convencí esta mañana para que se diera un paseo. Está muy abatido y triste por no saber nada de su padre.

 

—Está abatido, ¿verdad? —dijo el anciano—. ¡Se lo merece!

 

—Lo que siento es que sufre por causa mía —dijo Arabella—; y al ver esto también sufro yo mucho. Yo sola he sido la que le he traído a esta situación.

—No sufra usted por él, querida —dijo el anciano—. Se lo merece bien. Me alegro... me alegro mucho por lo que a él se refiere.

 

Aún no había pronunciado el viejo estas palabras cuando se oyeron por la escalera unos pasos, que tanto él como Arabella reconocieron al momento. Palideció el hombrecito, y haciendo un gran esfuerzo por conservar la serenidad, levantóse al entrar Mr. Winkle.

 

—¡Padre! —gritó Mr. Winkle, retrocediendo lleno de asombro.

 

—Sí, sir—replicó el viejecito—. Bien, sir. ¿Qué es lo que tiene usted que decirme?

 

Mr. Winkle permaneció silencioso.

 

—¿Estará usted avergonzado de sí mismo, supongo, sir? —dijo el anciano.

 

Mr. Winkle persistió en su silencio.

 

—¿Está usted avergonzado, sir, o no? —preguntó el anciano.

 

—No, sir —replicó Mr. Winkle, cogiéndose del brazo de Arabella— No estoy avergonzado de mí ni tampoco de mi mujer.

 

—¡Hay que ver! —gritó irónicamente el anciano.

 

—Siento mucho haber hecho una cosa que ha hecho menguar su afecto hacia mí, sir —dijo Mr. Winkle—; pero digo al mismo tiempo que no hay razón alguna para que me avergüence de haber tomado a esta señora para esposa mía ni para que usted se avergüence de tenerla por hija.

 

—Dame tu mano, Nat —dijo el anciano con voz balbuciente—. Dame un beso, amor mío. Después de todo, es usted una nuera encantadora.

 

A los pocos minutos marchó Mr. Winkle en busca de Mr. Pickwick, y volviendo con él, se lo presentó a su padre, estrechándose las manos ambos caballeros por espacio de cinco minutos.

 

—Mr. Pickwick: doy a usted las gracias más cordiales por todas las bondades que ha dispensado a mi hijo —dijo el anciano Mr. Winkle con llana vehemencia—. Soy un hombre algo atropellado, y la última vez que le vi me sentí contrariado y sorprendido. Ahora he juzgado ya por mí mismo, y estoy más que satisfecho. ¿Quiere más explicaciones, Mr. Pickwick?

 

 

 

 

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—Ninguna —replicó éste—. Acaba usted de hacer lo único que me faltaba para completar mi felicidad.

 

Con este motivo estrecháronse de nuevo las manos por espacio de otros cinco minutos, deshaciéndose en frases amables, que añadían a tal condición el mérito de ser sinceras.

 

Al volver Sam de dejar solícito a su padre en la Belle Savage, encontróse en el patio al chico gordo, que acababa de llegar con una esquela de Emilia Wardle.

 

—Oiga —dijo José, con desusada locuacidad—, qué muchacha tan bonita es María, ¿verdad? ¡Si viera usted cuánto la quiero yo!

 

Abstúvose Mr. Weller de darle verbal respuesta, y contemplando al chico gordo un momento, estupefacto ante aquella presunción, le lanzó hacia un rincón, agarrándole por el cuello, y le despidió, dándole un puntapié inofensivo, aunque ceremonioso. Acto seguido entró en la casa silbando.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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57.    En el que el Club Pickwick se disuelve finalmente y el relato llega a buen fin, para satisfacción de todos

 

Durante la semana que siguió a la feliz llegada de Mr. Winkle, de Birmingham, Mr. Pickwick y Sam Weller ausentáronse del hotel todos los días, sin regresar a él más que a las horas de comer, y mostraban en su semblante un aire de misterio y de importancia ajeno por completo a sus caracteres. Era evidente que se preparaban grave y memorables acontecimientos; mas todos perdíanse en conjeturas acerca de la causa de tan raro proceder. Algunos, entre los cuales se contaba Mr. Tupman, inclinábanse a sospechar que Mr. Pickwick acariciaba un proyecto de matrimonio, pero las señoras rechazaban enérgicamente esta hipótesis. Creían otros que tal vez preparase alguna expedición lejana, para la que hacía los aprestos preliminares. Pero también esto había sido rotundamente desmentido por el mismo Sam, quien, acosado a preguntas por María, aseguró firmemente que no se trataba de emprender nuevos viajes. Al fin, cuando los cerebros de todos hubiéronse atormentado con ociosas figuraciones durante seis días completos, decidióse por unanimidad invitar a Mr. Pickwick a que explicara su conducta y declarase de un modo terminante los motivos que así le retraían de la sociedad de unos amigos que tanto le admiraban.

 

Con este propósito, Mr. Wardle invitó a todo el círculo a comer en el Adelphi Hotel, y cuando las botellas hubieron dado dos veces la vuelta a la mesa planteó la cuestión en estos términos:

 

—Estamos todos impacientes —dijo el anciano señor— por saber en qué habremos podido ofenderle para que nos abandone así, consagrando su tiempo a esos solitarios paseos.

 

—¿Sí? ¡Qué cosa más singular! —respondió Mr. Pickwick—. Precisamente tenía yo la intención de darles hoy mismo una completa explicación. Así, pues, si queréis servirme otro vaso de vino quedará satisfecha vuestra curiosidad.

 

Las botellas pasaron de mano en mano con ligereza desacostumbrada, y Mr.

 

Pickwick, mirando con alegre sonrisa a sus numerosos amigos, continuó:

 

—Todos los cambios que han sobrevenido entre nosotros, quiero decir el matrimonio que se ha efectuado y el que debe efectuarse, con los trastornos que acarrean, han hecho necesario que piense seriamente, antes que nada, en mis planes para el porvenir. He determinado retirarme a los alrededores de Londres, a un lugar bonito y tranquilo. He visto una casa que exactamente responde a mi deseo; la he comprado y amoblado. Está completamente dispuesta para recibirme, y cuento instalarme en ella en seguida, esperando que aún pueda vivir para pasar muchos años felices en este apacible retiro, alegrado durante el resto de mis días por la sociedad de mis amigos y seguido a mi muerte de sus tiernos recuerdos.

 

Aquí Mr. Pickwick se detuvo, dejándose oír alrededor de la mesa un leve

 

 

 

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murmullo.

 

—La casa que he comprado —prosiguió Mr. Pickwick— está en Dulwich y situada en uno de los parajes más agradables de los arrabales de Londres; tiene un gran jardín, está arreglada muy confortablemente y tal vez no le falte elegancia; pero sobre esto ya juzgaréis vosotros. Sam me acompañará allí. He tomado, siguiendo la recomendación de Perker, un ama de llaves, una anciana señora, y los criados que ella ha estimado necesarios. Me propongo consagrar ese pequeño retiro con una ceremonia que tengo mucho interés en que allí se celebre. Deseo, si mi amigo Wardle no se opone, que la boda de su hija se efectúe en esta nueva morada el día en que yo tome posesión de ella. La felicidad de los jóvenes —prosiguió Mr. Pickwick, un poco emocionado— ha sido siempre el placer más grande de mi vida; mi corazón se regocijará cuando sea testigo, bajo mi propio techo, de la felicidad de mis más caros amigos.

 

Mr. Pickwick se detuvo en este punto; se percibían los sollozos de Arabella y Emilia.

 

—Me he puesto en comunicación verbal y por escrito con el Club —prosiguió Mr. Pickwick—, dándole a conocer mi propósito. Durante nuestra larga ausencia se han producido en él disensiones internas, y mi retirada, unida a otras diversas circunstancias, ha ocasionado su disolución. El Club Pickwick ya no existe. Por muy frívolo que mi afán de novedades haya podido parecer a ciertas gentes —continuó Mr. Pickwick con voz más grave—, jamás sentiré haber dedicado cerca de dos años a estudiar las diferentes variedades y matices del carácter humano. Dedicado casi toda mi vida a los negocios y a la persecución de la fortuna, han surgido ante mí numerosas escenas, de las que no tenía idea alguna, que espero hayan desarrollado mi inteligencia y perfeccionado mi espíritu. Si poco bien he podido hacer, confío que haya sido menor el daño por mí ocasionado. Tengo, pues, la esperanza de que, al declinar mi vida, todas mis aventuras no serán otra cosa que un manantial de recuerdos consoladores y agradables. ¡Dios os bendiga a todos!

 

Al terminar estas palabras, Mr. Pickwick llenó y bebió una copa con mano temblorosa. Sus ojos se humedecieron cuando sus amigos, levantándose simultáneamente, brindaron por él desde el fondo de sus corazones.

 

Pocas cosas había que arreglar para llevar a cabo el matrimonio de Mr. Snodgrass. Como no tenía padres y fuera en su menor edad pupilo de Mr. Pickwick, éste conocía perfectamente el estado de su fortuna. Las cuentas que rindió a Mr. Wardle le satisficieron completamente; bien es verdad que cualquier cuenta hubiérale satisfecho de igual manera, pues el buen anciano rebosaba de bondad y alegría. Habiendo otorgado a Emilia una buena dote, quedó fijada la fecha del casamiento para dentro de cuatro días. La premura con que hubieron de llevarse a cabo todos los preparativos hizo perder la cabeza a tres modistas y a un sastre.

 

 

 

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Al día siguiente Mr. Wardle hizo enganchar caballos de posta a su carruaje y partió para Dingley Dell en busca de su madre, para traerla a la ciudad. Se desvaneció al pronto la vieja; mas, recobrándose en seguida, ordenó empaquetar al instante su vestido de brocado y se puso a contar algunas circunstancias semejantes sobrevenidas en el matrimonio de la hija mayor de la difunta lady Tollimglower, cuyo relato duró tres horas y se quedó a la mitad. Precisaba informar a la señora Trundle de los preparativos extraordinarios que se estaban haciendo en Londres; y como su estado de salud era a la sazón bastante delicado, fuele comunicada la noticia por Mr. Trundle de modo que no le causara una gran impresión. Mas no le afectó demasiado, pues acto seguido escribió a Muggleton para encargar un nuevo sombrero y un vestido de raso negro, y declaró además su propósito de asistir a la ceremonia. Al oír esto Mr. Trundle envió inmediatamente por el doctor, quien dictaminó que la señora Trundle debía de saber mejor que nadie cómo se encontraba; a esto la señora Trundle contestó diciendo que se sentía con fuerza bastante para ir a Londres, y que estaba decidida a ir. Ahora bien, el doctor, que era un hábil y prudente doctor y que sabía tanto lo que a él le convenía como lo que convenía a los demás, fue de opinión de que si la señora Trundle se quedaba en casa, habría de perjudicarle la contrariedad más que el viaje a la ciudad, y que, por tanto, era preferible dejarla marchar. Partió la dama, en consecuencia, y el doctor tuvo la atención de enviarle una docena de medicamentos para que los fuese tomando por el camino.

 

Además de todos estos pormenores, Mr. Wardle había sido encargado de escribir dos misivas para dos señoritas que debían figurar en la ceremonia como damas de honor, las cuales, al saber esta importante noticia, se desesperaron, por no estar «a la moda» sus vestidos en ocasión tan señalada y no haber tiempo para encargarse otros, circunstancia que parecía agradar más que otra cosa a los dignos papás de ambas señoritas.

 

Modificáronse, sin embargo, los anticuados vestidos; confeccionáronse precipitadamente nuevos sombreros, y las dos señoritas mostráronse tan lindas como fuera de esperar. Como, por otra parte, lloraron el día de la ceremonia cuando las circunstancias lo pidieron y se conmovieron oportunamente, granjeáronse la admiración de todos los convidados.

 

Es cosa que no podríamos decir cómo se las arreglaron para llegar a Londres los dos parientes pobres; si fueron a pie o montados en la trasera de los carruajes; si apelaron a las carretas o si mutuamente se llevaron a cuestas por turno. Lo cierto es que aún llegaron antes que Mr. Wardle y que fueron los primeros en llamar a la puerta de Mr. Pickwick el día de la boda, de punta en blanco y con risueños semblantes.

 

Fueron recibidos cordialmente, pues la pobreza y la riqueza merecían de Mr. Pickwick idéntica acogida. Los nuevos criados eran todo celo y prontitud; Sam se hallaba en un estado indescriptible de buen humor y exaltación y María estaba

 

 

 

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deslumbradora de belleza y de lindas cintas. El novio, que residía en casa de Mr. Pickwick desde dos o tres días antes, salió galantemente para reunirse con la novia en la iglesia de Dulwich, acompañado por Mr. Pickwick, Ben Allen, Sawyer y Mr. Tupman. Sam iba en el exterior del carruaje, llevando en el ojal un clavel blanco, regalo de su prometida, y vestido con una nueva y flamante librea, inventada expresamente para la ocasión. Esta alegre comitiva se unió a los Wardle y a los Winkle, a la novia y a las damas de honor y a los Trundle, y acabada la ceremonia rodaron todos los carruajes, de vuelta en demanda del almuerzo, hacia la casa de Mr. Pickwick, donde ya les esperaba el pequeño Perker.

 

Allí se desvanecieron las ligeras nubes de melancolía acumuladas por la solemnidad de la ceremonia. Todos los rostros brillaban con la más pura alegría y no se oían más que plácemes y felicitaciones. ¡Era tan bello todo!

 

Por delante, el césped; el jardín, detrás; el diminuto invernadero, el comedor, la sala, las alcobas, el salón de fumar y, sobre todo, el gabinete de trabajo, con sus cuadros, sus butacas, sus vitrinas llenas de curiosidades, sus extravagantes mesas, sus innumerables libros y sus alegres ventanas abiertas sobre un lindo prado y descubriendo un bello paisaje, moteado aquí y allá de pequeñas casas medio ocultas entre los árboles; en fin, las cortinas y las alfombras, las sillas y los sofás, todo era tan hermoso, tan sólido, tan limpio y de un gusto tan exquisito, al decir de todos, que realmente no era posible decidir entre tantas cosas cuál debiera admirarse más.

 

En medio de todo esto veíase de pie a Mr. Pickwick con su fisonomía iluminada de sonrisas, las cuales no hubiera podido resistir ningún corazón de hombre, mujer o niño. Parecía el más feliz de todos; estrechaba una y otra vez las manos de las mismas personas, y cuando no estaban las suyas ocupadas de esta suerte, se las frotaba con placer, volviéndose en todas direcciones a cada nuevo gesto de admiración o curiosidad y encantando a todo el mundo con su aire bondadoso y alegre.

 

Se anuncia el almuerzo. Mr. Pickwick conduce hasta la cabecera de una larga mesa a la vieja señora —tan locuaz como de ordinario sobre el asunto de lady Tollimglower—; Wardle se coloca en el frente opuesto; los amigos se van distribuyendo a su albedrío por una y otra bandas, y Sam ocupa su sitio detrás de la silla de su amo. Acalláronse risas y dicharachos.

 

Dada la bendición, Mr. Pickwick se detiene un momento, mira a su alrededor, y al hacerlo deslízanse por sus mejillas unas lágrimas que denotan la plenitud de su júbilo.

 

Despidámonos de nuestro viejo amigo en uno de esos momentos de pura felicidad, que, buscándolos bien, siempre habremos de hallar para que vengan a alegrar nuestro vivir transitorio. Cruzan la tierra sombras espesas, mas también sirven, por contraste, para reforzar sus claridades. Ciertos hombres, al igual de los búhos y murciélagos, ven mejor en las tinieblas que a la luz; nosotros, que no disponemos de ese poder visual, nos complacemos en detener nuestra postrer mirada

 

 

 

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sobre los compañeros imaginarios de muchas horas de soledad en un momento en que el fugaz destello del mundo les ilumina de lleno.

 

Es fatal para la mayoría de los hombres que viven en el mundo, y aun de aquellos que no rebasan la primavera de su vida, crearse amigos sinceros y perderlos en el curso normal de la existencia. Es el destino de todos los autores y cronistas crearse amigos fantásticos y perderlos en el curso del arte. Pero no es esto todo su infortunio, sino que además están obligados a dar de ellos cumplida noticia. Cumpliendo esta costumbre, mala indudablemente, añadiremos aquí una sucinta nota biográfica acerca de la sociedad congregada en casa de Mr. Pickwick. Los esposos Winkle, vueltos por completo a la gracia de Mr. Winkle padre, instaláronse poco después en una casa construida de nueva planta a menos de una milla de la de Mr. Pickwick. Actuando Mr. Winkle como corresponsal de su padre en la ciudad, cambió su antiguo indumento por el traje habitual de los ingleses, y en lo sucesivo conservó el aspecto de un cristiano civilizado.

 

Mr. Snodgrass y su mujer se establecieron en Dingley Dell, donde compraron y cultivaron una pequeña granja, que les daba más entretenimiento que provecho. A Mr. Snodgrass, que aún se mostraba a veces distraído y melancólico, repútasele hoy por un gran poeta entre sus amigos y conocidos, aunque no sabemos que haya escrito nada que venga a fomentar esta fama. Muchos personajes célebres existen en la literatura, en la filosofía y en otras varias artes que gozan de una alta reputación de semejante manera.

 

Cuando Mr. Pickwick estuvo instalado y sus amigos se hubieron casado, Mr. Tupman se domicilió en Richmond, donde reside desde entonces. Durante los meses de verano se pasea constantemente por la terraza con aire ostentoso y jovial, gracias al cual se ha atraído la admiración de las numerosas solteronas de la vecindad. No ha vuelto a hacer proposiciones de matrimonio.

 

Mr. Bob Sawyer y Mr. Ben Allen, después de haber quebrado, pasaron juntos a Bengala como cirujanos de la Compañía de Indias. Después de pasar ambos la fiebre amarilla hasta catorce veces, han resuelto ensayar un poco de abstinencia, y gozan desde entonces de buena salud.

 

La señora Bardell alquila sus habitaciones a varios caballeros solteros y comunicativos con excelente provecho; pero no entabla más procesos por violación de promesa de matrimonio. Sus procuradores, Mr. Dodson y Mr. Fogg, siguen todavía con sus negocios, en los que realizan ganancias pingües, considerándose como los más astutos entre los de su oficio.

 

Sam Weller, fiel a su palabra, permaneció dos años sin casarse; pero al cabo de este tiempo, muerta la vieja ama de llaves de Mr. Pickwick, fue promovida María a esta dignidad por su amo, con la condición de casarse con Sam, lo que fue aceptado sin chistar. Tenemos motivos para suponer no haber sido estéril la unión, pues se ha

 

 

 

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visto repetidas veces a dos rollizos bebés en la puerta falsa del jardín.

 

Mr. Weller padre guió el carruaje durante un año; pero, atacado de la gota, viose obligado a retirarse. El contenido de su cartera había sido tan acertadamente invertido por Mr. Pickwick, que pudo vivir con toda independencia en una excelente posada de las cercanías de Shooter's Hill, donde se le reverencia como a un oráculo; ufánase grandemente de su intimidad con Mr. Pickwick y perdura en su aversión desenfrenada hacia las viudas.

 

Mr. Pickwick continúa viviendo en su nueva casa y emplea sus ratos de ocio, ya en poner en orden las memorias que regaló después al secretario del un tiempo famoso Club, ya oyendo leer en alta voz a Sam Weller, cuyos agudos comentarios nunca dejan de divertirle. Al principio molestáronle un tanto los numerosos ruegos que le hicieran Mr. Snodgrass, Mr. Winkle y Mr. Trundle para que apadrinara a sus vástagos; pero se ha habituado ya y llena sus funciones con la mayor naturalidad del mundo. No ha tenido ocasión de lamentar haber colmado de bondades a Jingle, pues tanto éste como Job Trotter han llegado a ser con el tiempo dos respetables miembros de la sociedad, aunque siempre han rehusado firmemente volver al escenario de sus antiguas tentaciones y querencias. Mr. Pickwick se encuentra ya algo caduco; pero conserva su habitual jovialidad de espíritu y puede vérsele frecuentemente contemplando los cuadros de la galería Dulwich o paseando en los días buenos por aquella grata vecindad.

 

Conócenle todas las pobres gentes de los alrededores, quienes no dejan nunca de descubrirse respetuosamente cuando pasa. Los niños le idolatran, como le adoran los vecinos todos. Asiste todos los años a una gran fiesta familiar en casa de Mr. Wardle, y tanto en esta ocasión como en las demás, acompáñale su fiel Sam, pues existe entre amo y criado un afecto entrañable y recíproco, que sólo habrá de extinguirse con la muerte.

 

 

 

 

 

 

 

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