© Libro N° 13976. La Máquina
Ce, Modelo Número Uno. Dneprov,
Anatoli. Emancipación. Junio 28 de
2025
Título Original: © La Máquina Ce, Modelo Número Uno.
Anatoli Dneprov
Versión Original: © La Máquina Ce, Modelo Número Uno. Anatoli Dneprov
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
https://xn--sueosdeprospectiva-p0b.blogspot.com/2016/05/la-maquina-ce-modelo-n-1-anatoly-dneprov.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un
medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los
contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la
circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría
corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son
estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los
autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
https://i.pinimg.com/736x/83/5e/e0/835ee0e485056420fe6d3cd038e5bf7b.jpg
Portada E.O. de Imagen:
https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhx0_RL3ocf3skMkMB_-k7H9inrW6NogwW12QzEH18RJEvNIOw8Kp8pmebprkk5MPGXQqME6FhCL2dTa1V04mp568YbutmNg_p6FMlKMjdN6ZrVw_03acD6GLHF0iba3pRAY_04EaGtWTgP/s1600/Captura.JPG
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA MÁQUINA CE, MODELO
NÚMERO UNO
Anatoli Dneprov
La Máquina
Ce, Modelo Número Uno
Anatoli Dneprov
La discusión
versaba sobre las ilimitadas posibilidades de la técnica moderna. Habíamos
empezado con las neveras y los automóviles, para pasar gradualmente a los
televisores, los aviones a reacción y los cohetes teledirigidos. Cada uno de
los presentes hablaba como si fuera un eminente especialista en la materia,
pese a que el nivel del diálogo no superaba la altura de los suplementos
dominicales de los periódicos.
Como es natural, no
podíamos olvidar la cibernética. Hablábamos de esta nueva ciencia casi a media
voz, tímida y secretamente, del mismo modo que lo hacíamos cincuenta años atrás
con el hipnotismo o cien años atrás con el espiritismo. Sin embargo, el hecho
de que la cibernética existiera y las máquinas cibernéticas fueran ya una
realidad hacía que los interlocutores se mostraran un tanto acalorados.
—Nosotros las hemos
construido, nosotros —susurraba con entusiasmo el hombre rubio y alto con la
raída camisa azul. Adelantó las manos, separando sus gruesos dedos—. Mirad,
todos mis dedos están cubiertos de manchas rojas. Es el estaño. Desde la mañana
hasta la noche no hago otra cosa más que soldar esas malditas máquinas: hilos,
válvulas... Vistas por dentro parecen una tienda de radios. Y pensar que todo
eso funciona. ¡La técnica! Son capaces de derribar aeroplanos y adivinar con
quién vas a casarte...
—Pero eso ya es
viejo, amigo. Esos trastos llevan mucho tiempo con nosotros —afirmó con voz
ronca el vagabundo calvo y tétrico, agitando absurdamente las manos sobre su
sucio impermeable—. No sólo predicen con quién vas a casarte, sino que nombran
a los gobernantes. El año cincuenta y dos, un monstruo electrónico llamado
«Univac» eligió al gobernador del Estado de Nevada. Eso significa algo más que
elegir esposa; eso significa ponerse por encima de nosotros.
—¿Es cierto como
dicen que la policía tiene una máquina que señala dónde y cuándo va a darse un
golpe? Dicen que cuando los muchachos acuden a hacer un trabajo, siempre se
encuentran con alguien que los está esperando —dijo un tipo sospechoso con
gafas negras, riéndose a carcajadas.
—Es cierto. Existe.
Tanto los tribunales como la policía están equipados con ese tipo de máquinas.
Son algo increíble. La máquina te hace unas cuantas preguntas estúpidas, y tú
sólo tienes que contestar «sí» o «no». Y sólo el diablo sabe dónde tienes que
colocar el «sí» y dónde el «no», porque la máquina te pregunta cosas como: «¿Te
gustaría visitar la Luna?», o «Cuando eras niño, ¿te mordían los perros?»
Después de contestar al azar casi un centenar de esos «síes» y «noes», la
máquina dice: «Pónganle las esposas: le esperan diez años de trabajos
forzados.» Y ya está. Será nuestra ruina.
El vagabundo calvo
mostró una actitud hosca.
—Muy pronto todas
esas máquinas ocuparán nuestro lugar. Vivirán por nosotros. Beberán cerveza.
Irán al cine. Lo harán todo ellas solas...
—Son máquinas
inteligentes. Geniales. Restablecerán el orden y el bienestar sobre la Tierra.
El caos desaparecerá, florecerán los negocios... —declamó con voz inspirada el
borracho intelectual, que destacaba de la masa de vagabundos a causa del frac
que llevaba, conservado nadie sabía cómo.
—¿Qué has dicho?
¿Que desaparecerá el caos y florecerán los negocios? —El gamberro gordinflón,
con su fisonomía enteramente cubierta de rojo pelo, habló apasionadamente—. No
te vayas a creer que somos todos unos chiquillos. Muchacho, entiendes tanto de
electrónica como yo de castrar ratones. Esto es algo que no sucederá nunca, no
te hagas ilusiones al respecto.
—¿Y quién eres tú,
si puede saberse? ¿Claud Shennon o Norbert Wiener? —preguntó sarcástico el
intelectual.
—Ni Wiener ni
Claud. La electrónica la tengo yo aquí —y se frotó expresivamente el cuello
empapado de sudor con la palma de la mano.
—Le han puesto una
multa por no haber pagado el impuesto de la radio —se burló el tipo de gafas
oscuras.
—O le han metido
dos meses a la sombra por vender válvulas electrónicas fundidas.
—Os equivocáis,
caballeros. Por si queréis saberlo, conozco demasiado bien a todas esas
malditas máquinas electrónicas. Demasiado bien, podéis creerlo...
—Hey, se diría que
has estado metido en algún asunto sucio —intervino el borracho calvo.
—Peor —musitó
lúgubremente el propietario de la cara enrojecida, acercándose al grupo—. Me
llamo Rob Day. Quizás hayáis oído alguna vez este nombre. Incluso salí una vez
en el cine.
—No, nunca lo he
oído —dijo el intelectual.
—No importa. Ahora
ya no me fío ni en sueños de las máquinas electrónicas. —Y Rob Day dio un sorbo
descorazonado a su whisky.
—Cuéntanos cómo ha
sido —se interesó el tipo de las gafas oscuras. Y todos nos quedamos mirándolo.
—Existe en nuestro
bendito país una empresa industrial que hace publicidad de máquinas
electrónicas para uso particular. Se trata, por así decirlo, de máquinas
caseras, cuya misión es hacemos menos pesada la vida. En un domingo lleno de
sol, puedes leer en el periódico: «Querido señor, si precisa usted de la
compañía de un buen interlocutor, si se halla solo y necesita una compañera, y
si le sirve un buen consejo para enderezar sus tambaleantes negocios,
escríbanos. Crooks Hermanos y su personal de expertos ingenieros le ofrecen sus
servicios. Díganos sus necesidades, y nosotros le proporcionaremos una máquina
electrónica pensante, capaz de llenar cualquier hueco de su vida privada. A
buen precio, segura y con garantía. Esperamos su pedido. Con nuestra mayor
atención, Crooks Hermanos y Compañía.»
Cuando leí este
anuncio yo tenía algo de dinero, el suficiente como para que un joven soltero
pudiese llevar una existencia decorosa. Y entonces me puse a reflexionar. La
máquina electrónica te elige la esposa. La máquina elige al gobernador. La
máquina atrapa a los ladrones. La máquina escribe guiones cinematográficos.
Todos hablan de lo mismo: esto lo ha hecho la máquina electrónica, aquello ha
sido posible gracias a la máquina electrónica, esto sólo lo podrá hacer la
máquina electrónica. En resumen, la máquina electrónica es algo parecido a la
lámpara de Aladino en Las mil y una noches. Bajo la sugestión de estas ideas,
decidí dirigirme a Crooks Hermanos a fin de encargarles algo para mi uso
particular. Mis necesidades eran limitadas y muy simples: una máquina
electrónica que pudiera darme consejos en operaciones financieras. Quería
hacerme rico: punto. ¿Qué os parece? Un mes más tarde, un camión se detuvo
frente a mi casa en la Calle 95, llevando una enorme caja que contenía algo
parecido a un piano vertical. Entraron dos tipos.
—¿El señor Rob Day?
—preguntaron.
—Sí, yo mismo.
—Por favor, ¿dónde
le dejamos esto?
Acompañé a los dos
hombres al interior, y acomodamos la máquina.
—¿Cuánto cuesta?
—pregunté.
—Diez mil dólares.
—¿Están locos?
—exclamé.
—No, señor. Ése es
su precio. Pero no tiene que pagarlo ahora. Le cobraremos solamente cuando se
haya convencido de que la máquina funciona a su plena satisfacción.
—¡Ah! Entonces
pueden dejarla... Enséñenme cómo funciona.
—Es muy simple,
señor. Además de los correspondientes esquemas analíticos, la máquina va
provista de cuatro radiorreceptores y un televisor. Esos aparatos escucharán
todas las transmisiones durante las veinticuatro horas del día. Cada nuevo día
deberá introducir usted, por esa ranura alargada que ve debajo de la consola,
tres periódicos como mínimo. La máquina le prestará asesoramiento financiero
sobre la base de un delicado análisis de todas las informaciones de la
situación económica y política del país.
—Muy bien. ¿Y las
operaciones financieras? —pregunté.
—Durante una semana
la máquina analizará toda la información. Luego podrá ponerse usted a trabajar.
Observe este teclado con números. Sólo tiene cinco hileras. La de más a la
izquierda corresponde a las centenas de miles de dólares, la siguiente a las decenas,
y así sucesivamente. Supongamos que desea usted invertir cinco mil dólares.
Pulsa este número en el teclado y aprieta con el pie el pedal. Por la ranura de
la derecha le saldrá una tira de papel con el consejo impreso sobre cómo
emplear la suma indicada para obtener el beneficio máximo.
—Como pueden ver,
nada más sencillo. Los muchachos montaron y probaron la máquina CE, modelo
número Uno, la enchufaron, y se fueron.
—¿Y qué es eso de
CE? —preguntó alguien.
—Quiere decir
Consejero Electrónico. Confieso que esperé con impaciencia a que terminara la
semana. Cada día le introducía tres periódicos, escuchaba maravillado el ruido
que hacía el papel en su interior, observaba luego cómo los periódicos salían
despedidos por la parte de atrás, hechos un revoltijo. El monstruo se los leía
de arriba a abajo. De su interior brotaba un murmullo como el de una colmena.
Por fin llegó el
día anhelado. Mi consejero había asimilado ya todos los informes necesarios. Me
acerqué al teclado, pensando qué podía hacer. Como no soy tan estúpido como
para invertir de golpe una fuerte suma, marqué tímidamente «Un dólar», apoyé el
pie sobre el pedal...
No tuve tiempo de
reaccionar: de la ranura lateral salía ya una lengua de papel donde había
escrita la siguiente frase: «A las siete de la tarde, en la esquina de la Calle
95 con la Calle 31, en el local del Bar Universo, invite a cerveza a Jack
Linder.»
Así lo hice, pese a
mi desconcierto. No sabía quién era ese Jack Linder. Pero apenas entré en el
bar, no hice más que oír hablar de él: «Jack Linder es un tipo con suerte.»
«Jack Linder es todo corazón.» «Jack Linder tiene un corazón de oro.» Un minuto
después me enteraba del motivo de toda aquella adulación: Jack Linder había
heredado una fuerte suma de dinero de un lejano pariente australiano. Estaba de
pie apoyado contra el mostrador, con una sonrisa satisfecha en los labios. Me
acerqué a él y le dije:
—Señor, permítame
invitarle a una jarra de cerveza.
Y sin esperar
contestación, le puse delante una jarra de cerveza de un dólar.
La reacción de Jack
Linder fue pasmosa. Me abrazó, me besó en ambas mejillas, y metiéndome un
billete de cinco dólares en el bolsillo declaró, con toda seriedad:
—Por fin he
encontrado entre toda esta pandilla de friegaplatos a un hombre de bien. Toma,
hermano, toma esto, no hagas cumplidos. Te los doy por tu buen corazón.
Dejé el Bar
Universo con los ojos llenos de lágrimas de emoción, muy complacido por la
inteligencia de aquel monstruo, la máquina CE, modelo número Uno.
Después de esta
primera operación, mi fe en la máquina creció notablemente. La siguiente vez
marqué «Diez dólares». La máquina me aconsejó que comprara cinco paraguas y que
fuese a un usurero, cuya dirección me dio. Aquellos paraguas me fueron
arrancados de las manos por la mujer del usurero, que me pagó veinte dólares
por ellos: en el terrado de su apartamento habían estallado las conducciones de
agua, y el municipio se había negado a repararlas porque los inquilinos no
habían pagado el alquiler.
Transformé luego
ciento cincuenta dólares en cuatrocientos de la siguiente manera: La máquina me
ordenó que fuese a la Estación Central y que me tumbase sobre las vías delante
del rápido con destino a Chicago. Estuve dudando un buen rato antes de decidirme
a dar ese paso. Finalmente, fui y me tumbé. No es una sensación muy agradable
ver delante de ti la enorme masa de la locomotora eléctrica. Se oyeron dos
toques de campana, el tren dio la señal, pero yo seguí tendido. Un agente vino
corriendo.
—¡Levántate,
vagabundo! ¿Qué haces aquí?
Yo seguí inmóvil,
mientras mi corazón palpitaba como si quisiera saltar de mi pecho. Empezaron a
tirar de mí, pero me resistí. Me dieron patadas, mientras yo me agarraba con
las manos a los raíles.
—¡Sacad fuera de la
vía a este cretino! —gritó el maquinista—. ¡Por su culpa el tren lleva ya un
retraso de cinco minutos!
Muchas personas se
me echaron encima a la vez y me llevaron en vilo hasta la comisaría de la
estación. El enjuto guardia de servicio me puso una multa de exactamente ciento
cincuenta dólares.
—Vaya —pensé—. Ésa
es exactamente la inversión que me ha aconsejado la máquina CE, modelo número
Uno.
Salí de la
comisaría como un perro apaleado, y de pronto me vi rodeado por una enorme masa
de gente.
—¡Es él, es él!
—gritaban—. ¡Llevémosle en triunfo!
—¿Pero por qué?
—pregunté—. ¿Qué he hecho?
—¿Y lo preguntas?
¡De no ser por ti, todos estaríamos muertos!
—¿Pero de qué se
trata?
—El tren de Chicago
ha retrasado su marcha.. A la salida de la estación, las vías habían sido
arrancadas. Cinco minutos antes... ¡Viva nuestro salvador!
Entonces comprendí
lo ocurrido y dije:
—Señoras y señores,
los vivas están muy bien, pero me han multado con ciento cincuenta dólares...
Inmediatamente
todos los que estaban a mi alrededor empezaron a meterme dinero en los
bolsillos. Cuando volví a casa, lo conté: eran exactamente cuatrocientos
dólares, ni uno más, ni uno menos. Acaricié tiernamente los cálidos costados de
mi máquina CE, modelo número Uno, y con un trapo suave le quité el polvo. Luego
marqué «Cuatrocientos dólares» y apreté el pedal. El consejo fue el siguiente:
«Ponte de inmediato un traje nuevo, vete al puente de Brooklyn, y salta al río
Hudson entre el quinto y el sexto pilón.»
Después de lo que
había pasado en la Estación central yo ya no temía nada. Por la tarde encontré
una tienda de trajes confeccionados en la Quinta Avenida, y compré allí el más
elegante que tenían. Me vestí como para una boda y me dirigí al puente de Brooklyn.
Al inclinarme sobre el parapeto y mirar hacia la oscuridad por donde corrían
las sucias aguas del Hudson sentí un escalofrío. Aquello era mucho más
temerario que tumbarse sobre unos raíles. Pero seguía teniendo una confianza
ilimitada en mi máquina, por lo que, cerrando los ojos, me tiré.
Entonces ocurrió
algo inverosímil. A través de los párpados semicerrados me vi inundado por una
brillante luz. De pronto todo se incendió a mi alrededor y, poco después, caía
sobre algo blando y elástico, daba una voltereta en el aire, volvía a caer, y quedaba
como suspendido en el vacío. Abrí los ojos y descubrí que había sido, atrapado
por una densa red tendida entre los pilones del puente. Desde la parte inferior
una batería de potentes reflectores iluminaba toda la escena, a su lado se
divisaban algunas figuras humanas. Finalmente, alguien gritó por un altavoz:
—¡Muy bien!
¡Espléndido! ¡Suba aquí!
Me arrastraron
hacia arriba y empezaron a felicitarme. Luego apareció un tipo que me entregó
un fajo de billetes.
—Tenga —dijo—.
Dentro de ocho días vaya a ver en el cine Homúnculus la película en la que
aparece usted como suicida. Aquí tiene mil quinientos dólares. Después del
estreno se le entregarán otros quinientos.
Durante una semana
entera asistí a todas las proyecciones del cine Homúnculus para verme en mi
papel de suicida. Pero nunca vi los otros quinientos dólares. Me dijeron que me
había admirado a mí mismo en las sesiones exactamente por valor de esa suma.
Algún tiempo más
tarde vinieron a visitarme los representantes de la firma Crooks Hermanos, y
les pagué gustoso el precio de mi máquina electrónica. En lo sucesivo se
transformó, por decirlo así, en una parte de mí, en alma y cuerpo.
La siguiente
operación que realicé por consejo de la máquina electrónica fue mi matrimonio
con una vieja dama de Park Avenue. El matrimonio me costó mil dólares. Cinco
días más tarde la dama murió, dejándome un cheque de cinco mil dólares. Invertí
esa suma en un viejo rancho medio derruido. Por el cobré del gobierno, una
semana más tarde, quince mil dólares: en aquel terreno estaba proyectado
construir la sección quinta de un campo de tiro atómico. Con aquella cantidad
compré a un canadiense cangrejos del océano Pacífico, que revendí
inmediatamente por treinta mil al restaurante del Ritz: por un verdadero
milagro, mis cangrejos eran los únicos entre todas las partidas existentes en
el mercado que poseían un grado de infección radiactiva inferior al tolerado
por la ley.
Tras todas estas
afortunadas operaciones, decidí hacerme millonario de una vez por todas. Un
día, tras rezar abundantemente, marqué en el teclado de mi consejera una cifra
con cuatro ceros, que representaba todo mi capital en aquellos momentos. Luego
apreté el pedal.
Jamás olvidaré
aquella tarde.
La cinta no podía
salir, ignoro el motivo. Por fin asomó una esquinita, que volvió a desaparecer
casi de inmediato. En el interior de la máquina se oyó un estruendoso zumbido.
Finalmente, cuando ya estaba a punto de perder la paciencia, salió la cinta con
el consejo, que recordaré mientras viva: «Quema en la chimenea todo el dinero
que tengas.»
Me rasqué la cabeza
durante mucho rato, pensando en si debía seguir o no el consejo de la máquina.
Pero tenía una fe ciega en ella. Tras reflexionar largamente, até con un cordel
todos mis dólares, encendí la chimenea, y arrojé el dinero al fuego. Sentado
allí delante, mirando cómo mi dinero se convertía en cenizas, aguardé,
agradablemente turbado, a que se produjera el próximo milagro de la serie. Un
milagro que ni siquiera podía imaginar, aunque mi inteligente máquina lo
supiera ya todo, tras el cuidadoso análisis de la coyuntura política y
económica.
El dinero se quemó
tranquilamente. Removí las cenizas con un palo, pero el milagro no se produjo.
Ya vendrá, ya vendrá, seguro, pensé mientras caminaba agitado de un lado para
otro de la habitación, frotándome nervioso las manos.
Pasó una hora,
luego dos, y el milagro no se producía. Finalmente me detuve perplejo ante el
teclado. Dije:
—¿Y bien? —No
obtuve respuesta—. Despierta. ¡Devuélveme mi dinero! La máquina seguía
manteniendo un silencio sospechoso. En realidad, no sabía hablar. Entonces
perdí completamente la cabeza y marqué en el teclado la misma suma que ya no
poseía. Cuando apreté el pedal, ocurrió algo extremadamente desagradable. La
lengua de papel surgió completamente cubierta de ceros. Ceros ininterrumpidos,
sin una palabra entre medio que tuviera sentido. Irritado, empecé a golpear la
máquina con el puño, luego lo hice con los pies, pero no se detenía, únicamente
salían ceros. Esto me sumió en un estado de furor tal que tomé la reja de
fundición que sirve de guardafuego para las chimeneas y empecé a golpear
fuertemente con ella al consejero electrónico. Volaron astillas, la cinta se
detuvo, y la máquina se apagó de golpe. Y yo seguí golpeando desesperado hasta
que, sobre el pavimento, no quedó más que un montón de chatarra, astillas de
cristal y una masa informe de cableado eléctrico.
Me derrumbé sobre
el diván y, con la cabeza entre las manos, grité como una pantera herida,
maldiciendo a todo y a todos, empezando por las válvulas de radio y terminando
por los consejeros electrónicos creados a partir de ellas. Durante este ataque
de delirio lancé una ojeada a los restos de mi máquina, y advertí entre ellos
un trozo de cinta lleno de letras. Cuando leí lo que había impreso en él y que
aquel monstruo electrónico no me había querido decir creí enloquecer.
«Véndeme, añade la
suma que consigas a todo lo que posees, y compra en Crooks Hermanos y Compañía
la máquina CE perfeccionada, modelo número Dos», decía la cinta de papel.
—¿Y por qué dices
que la máquina no te lo quiso decir? —preguntó a Rob el borracho calvo, que
mientras escuchaba el increíble relato parecía haber recuperado la sobriedad—.
Es posible que, simplemente, se hubiera estropeado.
—La verdad, y que
el diablo la lleve, es que no quiso. Me aconsejó adrede que quemase el dinero
para que no pudiera venderla. Pero no tuvo en cuenta mi carácter. Los
periódicos no escriben de esas cosas.
—Es extraño
—observó el intelectual del frac—. Se diría que lo que pasaba era que no quería
separarse de ti.
—Exactamente. Me
había tomado afecto. En los últimos tiempos, cuando la fortuna me era tan
particularmente favorable, le había hecho la corte como si de una novia se
tratara. La tapaba con una funda de seda. Cada día le quitaba el polvo. Compré
incluso algunas macetas con palmas y las puse a su alrededor para que se
sintiera a gusto. En vez de tres periódicos leía diez. Y miren el resultado.
Como consecuencia de la nueva coyuntura económica, yo debería haberla vendido y
adquirido en su lugar la nueva CE perfeccionada modelo número Dos. Pero la muy
canalla, con su despiadado egoísmo, me engañó.
—Ése es el siglo en
que vivimos —sentenció el muchacho de la camisa azul—. Uno ya no se puede fiar
ni de las máquinas electrónicas...
Entre profundos
suspiros empezamos a marchamos, cada uno por su lado. Rob Day fue el último en
hacerlo.
FIN
Edición digital:
Maricarmen.
Revisión: Sadrac.

No hay comentarios:
Publicar un comentario