© Libro N° 13975. Los
Caballeros Templarios. Dumas,
Alexandre. Emancipación. Junio 21
de 2025
Título Original: © Los Caballeros Templarios. Alexandre
Dumas
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Alexandre Dumas
Los
Caballeros Templarios
Alexandre Dumas
ALEXANDRE DUMAS
LOS CABALLEROS TEMPLARIOS
EL MUNDO y LA
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S. A.
C/ Pradillo, 42
28002 Madrid
Los caballeros
templarios
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Los caballeros
templarios: Bibliotex, S.L.
Murat: Antonio
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LOS CABALLEROS TEMPLARIOS
CAPÍTULO I
Continuando por la
calle de Rivoli en París, antes de llegar a los bulevares, se halla un enor¬me
edificio situado en la esquina formada por la unión de esta calle con la de la
Corderie. Se trata del palacio de los caballeros templarios, en el que habitaba
el jefe o Gran Maestre de aquella célebre orden que, desde la cima de su
riqueza y poderío, estaba destinado a legar a la historia inolvidables
recuerdos para la posteri-dad, con el ejemplo que su precipitada ruina ofreció
acerca de la inestabilidad de la grande¬za humana.
La génesis de la
milicia del Temple se fecha en la época en que Godofredo de Bouillon fue a
plantar el estandarte de la cruz sobre los mu¬ros de Jerusalén. Sus nueve
fundadores, al frente de los cuales figuraban Hugo de Payens y Geofredo de
Saint-Omer, después de conquistar la Ciudad Santa, pronunciaron el solemne
jura¬mento de defenderla de los ataques de los tur¬cos, y defender a los
numerosos peregrinos que entrasen a visitarla. Aparte de los tres votos
re¬ligiosos ante el patriarca de Jerusalén, incorpo¬raron otro en virtud del
cual se obligaron a combatir contra los infieles. La cruz de esta or¬den
militar era de tela roja, como la de los cru¬zados franceses, y su estandarte,
denominado Baucens o Baucan, estaba partido en negro y blanco.
El afán de estos
misericordiosos caballeros atrajo a un buen número de imitadores, y al observar
el rey Balduino II que otros muchos soldados cristianos ingresaban en la nueva
or¬den, le entregó para su sede, en el año 1118, un edificio aledaño al Temple.
De aquí la denomi¬nación con que fueron conocidos en lo sucesi¬vo: frailes de
la milicia del Temple, caballeros del Temple y templarios. El concilio de
Troyes, en 1128, tras admitir la nueva orden, formuló sus estatutos,
disponiendo que el hábito o el uniforme de los caballeros se compusiera de una
capa blanca con una cruz roja en el hombro. Más tarde, la comunidad se extendió
pronta¬mente por los diversos países de la cristiandad, y con el tiempo obtuvo
sedes en Francia, Inglate¬rra, Alemania, España, Portugal, Suecia, Dina¬marca,
Polonia, Cerdeña, Sicilia, Chipre, Constantinopla y otros lugares.
No obstante, París
fue la sede principal de los templarios. El primer indicio conocido de su
presencia en aquella ciudad es la memoria de un capítulo de la orden celebrado
allí en el año 1147, en el cual se presentaron ciento trein¬ta caballeros. Es
posible que a partir de ese mo¬mento los templarios se congregasen en un
edi¬ficio conocido más tarde con la designación de Viejo Temple, que tenían
próximo a la plaza de San Gervasio, y una torre perteneciente al mismo que
limitaba en el siglo anterior con el coro de la iglesia de
Saint-Jean-en-Greve.1 Con todo, los nuevos religiosos se asentaron en la Villa
Nueva del Temple, como era conocida, an¬tes del año 1182.
La orden de la
milicia del Temple mantuvo durante largos años su honor y notoriedad con
constantes hazañas heroicas. El gran deber que se habían encomendado y que
constituía el propósito principal de su institución, a saber, la defensa de los
santos lugares contra los paga¬nos, al menos pudieron desempeñarlo con un valor
y una devoción ejemplares. Durante la di¬latada e inestable contienda entre la
cruz y la media luna, que ocupa la historia de los siglos XII y XIII,
contemplamos a los templarios mez¬clados con los más valerosos donde quiera que
se esconda el peligro; y en Jerusalén, en Chipre, en Tolemaida, allí donde
bullía el centro del conflicto, vertían su generosa sangre, bien en la brecha,
bien en el campo de batalla. «Sencilla¬mente vestidos y cubiertos de polvo
—dice el elocuente san Bernardo en una de aquellas arengas con que tan
intensamente fomentó la segunda cruzada—, presentan un semblante quemado por
los rayos del sol, y sus miradas son arrogantes y severas: al aproximarse el
momento de la lucha, envuelven de fe su ánima y de hierro su cuerpo; sus armas
son sus únicas galas, y las emplean con valentía en los mayo¬res peligros, sin
temer el número ni la fuerza de los infieles: tienen puesta toda su fe en el
Dios de los ejércitos, y al batallar por su causa bus¬can una victoria segura,
o una santa y digna muerte. ¡Oh, bienaventurada forma de vivir, gracias a la
cual se espera sin miedo la muerte, anhelándola con alegría y aceptándola con
la certeza de la salvación eterna!»
Continuó
animándoles este auténtico espíri¬tu castrense mientras constituyeron una
comu¬nidad, y a pesar del poder y los bienes que ob¬tuvieron, nunca olvidaron
que eran soldados de la fe, ni trataron de desligarse de los servicios y
riesgos a que por su condición estaban desti¬nados.
En relación con los
hábitos generales de los templarios, es de suponer que no siempre fue¬ron tan
irreprochables como exigían las obliga¬ciones a las que se habían consagrado y
los vo¬tos que habían pronunciado como defensores de la fe. El período en que
prosperaron, a pe¬sar de su espíritu de entusiasmo religioso, se des¬tacó más
por cualquier otro concepto que por la probidad de costumbres; de modo que
incluso la mezcla de la devoción con la inmoralidad en un mismo individuo no
era un hecho excepcio¬nal, y parecía que la una servía para encubrir a la otra.
Las mismas cruzadas abrían el cauce para que la corriente del desenfreno
anegara Europa, con las malas costumbres que los guerreros de aquellas
incursiones llevaban consigo a su país al regresar de sus desenfrenadas
con¬tiendas, así como con la suspensión de la nor¬malidad en la apacible
industria y con el movi¬miento universal de la sociedad, causadas con
anterioridad por la emigración de tantos aventu¬reros a países lejanos. Parece
que los templarios no dejaron de contagiarse entre esta predomi¬nante
relajación, al mismo tiempo que gastaban sus vidas en la hosca profesión de las
armas, ol¬vidaban a menudo que eran frailes, y estaban muy predispuestos a
seguir el comportamiento que observaban en los demás soldados. También es
posible que cuando estaban en las inmensas y magníficas residencias que poseían
en Francia y en otros lugares, redujesen la severidad de la disciplina
tomándose muchas libertades a las que ni siquiera hacían referencia sus normas,
como han hecho otras comunidades religiosas, sin con¬tar con causa tan buena
que alegar en sus pasados servicios y penalidades, o en las tentaciones a que
su forma de vida les había expuesto. En de¬finitiva, sus enormes riquezas, el
poder que éstas les otorgaban y los cuantiosos placeres que con ellas podían
conseguir, motivaron que la soberbia y el desenfreno fuesen las marcas
características de la orden; y bajo este juicio, seguro que no care¬cía de base
el cargo de inmoralidad y corrupción que contra ellos se alegó.
Pero también es muy
cierto que nunca se ha demostrado el menor indicio de irreligiosidad y
depravación de que se les acusaba, cuando so¬lamente se buscaba y se anhelaba
la total desarticulación de la orden. En una obra apareci¬da hace años en
Francia por M. Raynouard, en la que se estudiaba el tema con mucho detalle y
ecuanimidad, con una enorme cantidad de do¬cumentos inéditos que aún no se
habían utili¬zado para dilucidarlo, se ha probado notoria¬mente que hasta el
instante en que se decidió acabar con ellos, la conducta de los templarios no
había dado lugar a las calumnias de que fue¬ron víctimas y que continuaron
manchando la memoria de los desafortunados caballeros, aunque no se intuía más
que la verdad de algu¬nas de ellas.
Pese a que
numerosos escritores, desde la disolución de la orden, han dado fundamento a
juicios adversos acerca de la actitud de sus miembros, no hay ninguna señal de
parecida acusación en las obras publicadas antes de aquel suceso. Muy al
contrario, no sólo se hi¬cieron merecedores los caballeros templarios de las
repetidas recomendaciones de los más radicales detractores de otros religiosos,
sino que además vemos ensalzados con las mejores palabras su gallardía, su
piedad y su caritativa generosidad, pocos años antes de su abolición, por los
mismos que después se transformarían en sus implacables destructores.
Seguramen¬te de todo esto no se colige ninguna demostra¬ción de su inocencia,
pero al menos deja es¬tablecida su reputación sin tacha y evidencia que las
impresiones adversas que han sosteni¬do respecto a ellos algunas autoridades en
los tiempos modernos, nacen de las mismas pruebas que se presentaron para
justificar la condena de la orden y no poseen otra base en que apoyar-se; de
todos modos, la naturaleza y el auténtico valor de tales pruebas por fortuna no
admiten mucha polémica.
Felipe IV de
Francia, llamado el Hermoso, era uno de los varones más decididos y
autori¬tarios que jamás ocuparon el trono de aquel o de cualquier otro país.
Había recibido la coro¬na en 1285 por muerte de su padre Felipe III, a los
diecisiete años de edad; y desde el mo¬mento en que se vio investido de la
autoridad real, pareció resuelto a impedir que experimen¬tase la más mínima
limitación en sus manos. Las guerras que había emprendido, aunque la mayor
parte fueron victoriosas, le colocaron en grandes dificultades económicas de
las que no podían salvarle los expedientes habituales de aquella época. Por
tanto, urgía hallar recursos, y Felipe no era hombre que dudase ante los
me¬dios de que debía valerse para alcanzar sus fi¬nes. Fue entonces cuando,
tras incrementar el valor de la moneda mientras la nación pudo asumirlo, medida
que se solía emplear en tales circunstancias, se fijó en las ricas propiedades
de los templarios y decidió satisfacer sus nece¬sidades con la desgracia de
esta famosa comu¬nidad.
Las principales
herramientas de que se valió Felipe para cumplir sus propósitos fueron sus dos
ministros Enguerrando de Marigni y Gui¬llermo de Nogaret, hombres afines a sus
intere¬ses y de carácter parecido al suyo. Otro de sus aliados fue el papa
Clemente V, que gracias a la influencia de Felipe el Hermoso, había prospe¬rado
del arzobispado de Burdeos a la silla de San Pedro y era una de sus hechuras no
sólo por gratitud y por las acostumbradas simpatías entre protector y
protegido, sino también, de acuerdo con algunos historiadores, por los la¬zos
de una conveniencia positiva. Poco después de su llegada a la silla papal,
Clemente V dio una prueba irrefutable a la cristiandad de su consideración para
con el rey de Francia cru¬zando los Alpes e instalando su corte en Aviñón, es
decir, en los dominios de aquel monarca.
CAPÍTULO II
El viernes 13 de
octubre de 1307, el Gran Maestre y todos los caballeros templarios que se
hallaban en su residencia de París fueron de¬tenidos por orden del rey Felipe,
mientras al mismo tiempo se trataba de igual forma a to¬dos los miembros de la
orden en el resto de Francia. Se les pusieron grilletes de inmediato. El rey se
apropió el castillo del Temple y se di¬vulgó un panfleto que denunciaba a
aquellos desdichados como a unos monstruos malévo¬los, cuyas acciones, e
incluso sus palabras, eran suficientes para corromper la tierra y contami¬nar
el aire; seguidamente se instó al vulgo a reunirse en el jardín real para oír
los detalles de los increíbles crímenes que habían cometi¬do los frailes del
Temple. Habiendo, pues, acu¬dido un gran número de personas de todas las
parroquias de la capital, hicieron uso de la pa¬labra varias personas
designadas para tal pro¬pósito, y en el estilo oratorio más apropiado para
exacerbar los sentimientos, pregonaron las acusaciones que se habían formulado
con-tra la piadosa orden.
Según atestiguan
numerosas autoridades, los denunciantes de los templarios, en primer lugar,
fueron dos miembros de su misma co¬munidad que habían sido castigados por el
Gran Maestre a cadena perpetua, como castigo a su continuo desenfreno. Debe
tenerse en cuenta que después fallecieron miserablemen¬te, siendo ahorcado uno
de ellos. Como premio al servicio que en ese momento habían presta¬do acusando
a sus hermanos, fueron puestos en libertad. A sus declaraciones se añadieron en
seguida las de otros testigos, y vamos a ver de qué modo se consiguieron. Las
imputaciones merecen una aclaración, siquiera concisa, ya que competen al
género más sutil para aprove¬char la credulidad de aquellos tiempos e insul¬tar
el raciocinio de quienes lo tenemos.
Se tomaba como
cierto que la ceremonia de iniciación comprendía una miscelánea de
irre¬ligiosidad y perversión en que toda la asamblea practicaba los desmanes
más grotescos de una y otra, adoctrinando concienzudamente en ellas al
aspirante. Cualquiera que haya sido el li¬bertinaje de los caballeros
templarios, es total-mente improbable que en ninguna ocasión se consintiera
semejante comportamiento en las juntas generales de la orden, y mucho menos
cuando tenía lugar la recepción de nuevos as¬pirantes en su seno; pero M.
Raynouard señala por vez primera un hecho que todavía hace más injusto lo
irracional y lo inverosímil de la acusación. Se ha comprobado que los
tem¬plarios, no solamente en Francia, sino en otros países, estaban bien
informados de la conspira¬ción que se estaba urdiendo contra su comunidad,
mucho tiempo antes de someterlos a pre¬sidio. Una carta del papa Clemente, de
fecha 22 de agosto de 1307 (unos dos meses antes de aquel acontecimiento),
atestigua que el Gran Maestre y otros caballeros de la orden, cono¬ciendo que
se les había denunciado, acudieron a él, no una, sino repetidas veces,
demandando que se llevase a cabo una investigación sobre las cuestiones de las
que se les acusaba. Esta urgencia, esta angustia por enfrentarse a las imputaciones
que se les achacaban, argumenta en favor de su inocencia; por lo menos pode¬mos
asegurar que si hasta entonces mancilla¬ron sus reuniones con prácticas
criminales, de¬bieron abandonarlas en cuanto conocieron la peligrosa posición
en que se hallaban. No obs¬tante, respecto a las pruebas, resulta que mu¬chos
de los testigos que declararon haber visto los hipotéticos hechos monstruosos
de la or¬den, habían ingresado en ella, según ellos mis¬mos afirmaron, muy
pocos meses, muy pocas semanas, muy pocos días antes del encarcela¬miento
colectivo. Los individuos que realizaron tales declaraciones eran miembros que
con ellas compraban su vida y su libertad, mientras que sus hermanos, que
afirmaban la falsedad de las acusaciones, eran torturados, sometidos a prisión
y atados a un poste. Al parecer, su de¬claración, harto dudosa por las
circunstancias, era totalmente rebatida por su misma esencial inverosimilitud.
Pero, ciertamente,
¿qué podemos pensar de las fábulas urdidas en aquella circunstancia, salvo que
se habían inventado para sorprender la fácil credulidad de unos tiempos de
ignoran¬cia, cuando observamos el enredado tejido de sucesos espantosos,
ridículos e inviables que forman su esencia? Si hubiésemos de creer tan
extravagantes embustes, era tan impetuoso el celo anticristiano de los
caballeros que en cuan¬to habían aceptado en la orden a un nuevo her¬mano, le
obligaban a renegar del Salvador y a pisotear el crucifijo. Además, su abyecta
su¬perstición había llegado a tal extremo que en sus asambleas generales solían
adorar a una cabeza de madera con una gran barba. Su im¬piedad parece haber
sido la más osada, la más desordenada y la más irreconciliable, bien con sus
propios intereses, bien con los sentimientos y costumbres naturales de su
vocación, bien por fin con sus otras depravaciones y desatinos, como para
sugerir que con ella ocasionaban toda clase de ultrajes a la fe católica.
Añádase a esto que algunos testigos afirmaron también que el diablo solía
aparecer en las reuniones de la orden, en forma de gato, el cual hablaba con
los templarios mientras ellos hacían una genu¬flexión y le idolatraban. Seguro
que esta patra¬ña no fue la que se admitió con menos facilidad. En una palabra,
las imputaciones alegadas contra los templarios a nada se asemejan tanto en su
naturaleza general como a las acusacio¬nes dirigidas a la multitud de
desgraciados que en nuestro país y en varios otros se castigó a la hoguera por
los crímenes de brujería y encan¬tamiento. Igual parecido ofrece la forma con
que en ambos casos se conseguía la evidencia o convicción de los cargos
imputados.
Después de su
encarcelamiento, se aplicó en todas partes la tortura a los caballeros, para
obligarles a confesar los crímenes que se les imputaban. Los que habían sido
encarcelados en París fueron entregados al piadoso inquisi¬dor Imbert, confesor
de Felipe el Hermoso, que según las apariencias era persona no demasia¬do
remisa en el cumplimiento de los deberes de su cargo. La brutalidad de los
tormentos que él y sus ayudantes aplicaron a sus víctimas, pro¬vocó el
fallecimiento en sus manos de treinta y seis de ellas. Otros desdichados,
incapaces de soportar tan crueles tormentos, confesaron todo lo que sus
verdugos quisieron, entre los cuales se contaba el mismo Gran Maestre, Jacobo
Molé (Molay), hijo de una noble familia de Borgoña que, aceptado en la orden
del Tem¬ple el año 1265, se había destacado en las gue¬rras contra los
infieles, y durante su ausencia en ultramar, había sido elegido jefe de la
orden por unanimidad, en 1298. Molé confesó que había negado al Redentor y
pisoteado una vez el símbolo de la cruz.
Sin embargo, muchos
de ellos, que así hu¬bieron de doblegarse a la debilidad de la natu¬raleza,
pronto se arrepintieron de la traición a la orden y a la verdad, con la cual se
habían li¬brado de la tortura y, decretando su propia con¬dena, se desdijeron de
las confesiones que sólo les había arrancado la intensidad del tormento. Nadie
lamentó con más amargura su apocamiento que el Gran Maestre. Pasaremos por alto
las interminables ignominias y afrentas que durante unos dos años se ejercieron
en dis-tintas localidades del reino contra los desventu¬rados caballeros que
habían sobrevivido al pri¬mer estrago de los torturadores, y que durante el
mismo período estuvieron cargados de cadenas en sus calabozos, mientras el rey
recibía sus rentas. Por último, el 7 de agosto de 1309 se reunió en París el
tribunal que se había nombrado para juzgarles, y el 26 de noviembre, llevado a
este tribunal, el Gran Maestre declaró su intención de seguir en su defensa, y
añadió:
—Sin embargo, no se
me oculta la dificultad de la empresa que emprendo, toda vez que me hallo reo
en manos del papa y del rey, y sin la menor cantidad con que costear los gastos
in¬dispensables de semejante pleito.
Al día siguiente se
hizo asistir a Tousard de Gisi, otro de los caballeros que había confesado la
verdad de las acusaciones formuladas contra la milicia del Temple.
—¿Pensáis defender
a la orden? —preguntaron los jueces.
—Sí, señorías
—contestó Gisi—; la imputación que se nos ha atribuido de negar a Jesucristo,
de pisar su cruz y de realizar depravadas obscenidades en nuestras reuniones, y
todas las demás acusaciones que se nos atribuyen, son completamente falsas. Si
yo mismo y otros caballeros nos hemos confesado ante el obispo de París o quien
quiera que sea, hemos faltado a la verdad, hemos claudicado ante el temor, el
peligro, la violencia. Eramos torturados por Hexian de Beziers, por el prior de
Montfaucon y por el fraile Guillermo Robert, los tres opo¬nentes nuestros.
Muchos de los prisioneros acordaron entre sí hacer estas confesiones para
escapar de una muerte cierta, pues treinta y seis caballeros habían sucumbido a
la tortura en París, sin tener en cuenta el gran número de ellos que habían
muerto en otras ciudades. Por lo que a mí concierne, estoy dispuesto a
defen¬der a la orden, en mi nombre y en el de todos los que hagan causa común
conmigo, si se me permite satisfacer los gastos necesarios con los bienes a la
comunidad.
En seguida pidió la
asistencia del abogado que nombró, y puso en la mesa una lista de in¬dividuos
que consideraba contrarios a él y a sus hermanos, y por tanto no aptos para
juzgarles o para ser oídos contra ellos.
Aquella lista no
contenía más que cuatro o cinco nombres, al frente de los cuales estaban los de
los dos frailes que habían dirigido sus angustias en la tortura, y de cuya dura
insensi¬bilidad en aquella ocasión las víctimas habían conservado un vivo recuerdo.
—¿Os aplicaron el
tormento? —pregunto el presidente.
—Sí —respondió
Gisi—, tres meses antes de la confesión que realicé al obispo. Me ataron las
manos detrás de la espalda, con tanta fuer¬za y tirantez, que la sangre casi me
estaba ma¬nando por entre las uñas; y en este estado per¬manecí una hora en la
celda.
En una de las
siguientes asambleas del tri¬bunal, otro caballero, Bernardo de Vado, dijo:
—Fui tan atrozmente
torturado, y se alargó tanto la tortura del fuego, que se consumió la carne de
las plantas de los pies, y se dislocaron estos dos huesos que os muestro.
El número de los
caballeros que se presenta¬ron para expresar sus deseos de defender a la orden
llegó pronto a novecientos; pero única¬mente se escogieron setenta y cinco para
llevar a cabo dicha obligación. El 11 de abril de 1310 se empezó pues a
encausar formalmente el su¬mario, que con motivo de una serie de
aplaza¬mientos, se alargó hasta la tarde del domingo 11 de mayo, habiéndose
escuchado la declara¬ción de catorce testigos este día. Entre tanto, el rey
parecía haber llegado a la conclusión de que semejante pleito no ofrecía la
mejor mane¬ra de asegurar el éxito de sus planes. Aquella noche, el hermano del
canciller Marigny, recién designado para la silla arzobispal de Sens, cur¬só
órdenes para proceder al encarcelamiento de cincuenta y cuatro de los
caballeros encar¬gados de defender la orden, integrantes todos de los que en un
principio habían reconocido los cargos que se les imputaban y después se habían
desdicho de sus confesiones. Bajo esta excusa el arzobispo les declaró herejes
reinci-dentes, y les condenó a la hoguera.
El veredicto
dictaminado contra ellos se eje¬cutó al día siguiente: los desdichados
caballeros fueron quemados en un campo detrás de la abadía de San Antonio.
Después de haber llegado al lugar del calvario, se les ofreció la vida y la
libertad con tal que ratificasen su primera declaración; pero aunque acosados
por las vi¬vísimas súplicas de sus parientes y amigos; aunque ardían ante sus
ojos las antorchas que habían de prender la hoguera de su suplicio, ninguno de
ellos tuvo la flaqueza de comprar por segunda vez el alargamiento de sus días,
o de intentar librarse de las torturas corporales, con la falsedad y la propia
degradación. Los desdichados fallecieron invocando a Dios y a los santos,
cantando himnos y proclamando su inocencia en su último aliento, en medio de
las abrasadoras llamas. Hasta los espectadores ob-sesionados como estaban
contra ellos, al obser¬var sus sufrimientos y su noble perseverancia, no
pudieron menos de expresar su admiración y simpatía, entre los murmullos de
indignación que contra sus ejecutores se alzaron.
Este espantoso
ejemplo surtió en gran medi¬da el efecto que esperaban los enemigos de los
templarios.
Cuarenta y cuatro
caballeros retiraron in¬mediatamente su alegato de inocencia, y tanto ellos
como todos los demás que admitieron los crímenes que se les atribuían, a título
de arre¬pentidos y reconciliados, fueron puestos en libertad y en repetidas
ocasiones recompen¬sados. Mientras tanto, en los otros puntos del reino se
reprodujeron los mismos métodos que se habían seguido en París respecto a los
llama-dos herejes reincidentes, y falleció un enorme número de ellos en
distintas poblaciones, sentenciados también a la cruel muerte que ha¬bían
padecido las víctimas del arzobispo de Sens. Los mismos hombres de las
comisiones que conocían su causa, parecían aterrorizados con lo que observaban,
y el 21 de mayo poster¬garon sus asambleas para el 3 de noviembre. Reunidos en
este día, y hecha la habitual adver-tencia de que podían hacer acto de
presencia todos los que deseasen defender a la orden, nadie compareció. Sin
embargo, continuaron reci¬biendo los testimonios de algunos testigos has¬ta el
26 de mayo de 1311.
Muchos de los
caballeros que eran llevados ante las comisiones, todavía tenían el arrojo de
perseverar en sus proclamaciones de inocen¬cia; pero como quiera que ya no
vivían los miembros más valerosos de la orden, inmola¬dos por la venganza de
sus adversarios, mien¬tras que por otra parte no se permitía, sin duda por
miedo, que prestasen sus testimonios los caballeros más resueltos que aún
gemían en las celdas, no es de extrañar que el mayor número de personas
interrogadas realizasen unas de-claraciones favorables a las intenciones de los
que manejaban la instrucción del pleito, asegu¬rando a la vez su propia
salvación. El número total de testigos sumó doscientos treinta y uno, ciento
cincuenta de los cuales eran caballeros que confesaron en todo o en parte los
crímenes atribuidos a la milicia del Temple. No es arries¬gado convenir, no
obstante, que los anales judi¬ciales no recuerdan nada más funesto que estos
testimonios. Los testigos expresan una lucha interior entre el miedo y la mala
conciencia que les están abrumando, lo que se aprecia en las claras
contradicciones y otras señales de turba¬ción, repugnancia y pánico de
desatinar en sus forzados embustes, que con independencia de la irracionalidad
de sus aseveraciones, son so-bradamente suficientes para desposeerles de todo
atisbo de verosimilitud.
CAPITULO III
Pese a toda aquella
matanza, aún no estaba formalmente decidido el destino de los templa¬rios. Para
ello se creyó conveniente convocar un concilio general de la iglesia, que en
efecto se reunió el 13 de octubre de 1311, en Viena del Delfinado, precisamente
cuatro años después del arresto general de los caballeros. Los pro¬cesos que se
llevaron a cabo fueron sumamen¬te extraordinarios. Habiéndose ordenado que
comparecieran todos los que querían defender a la orden inculpada, se
presentaron nueve ca¬balleros ante los prelados reunidos, declarando que eran
representantes de unos mil quinientos a dos mil hermanos suyos que, huidos en
la época del primer ataque contra su comunidad, habían llevado una vida errante
desde entones, como prófugos por las montañas y las cerca¬nías de Lyon, y
estaban decididos a defender la causa común contra todos sus enemigos y
de¬tractores. Ellos se ofrecían para esta finalidad, decían, bajo la garantía
de la fe pública y del permiso especial otorgado por el Sumo Pontífi¬ce y proclamado
por toda la cristiandad. Estos valerosos caballeros se habían arrojado a la
cueva del león. En cuanto declararon su comisión, fueron encarcelados por orden
del papa Clemente, y cargados de cadenas. El mismo pontífice consigna el hecho
en una carta de fe¬cha 11 de noviembre, enviada a un aliado del rey Felipe y
copiada por Raynouard de su origi¬nal latino.
Este hecho de cruel
alevosía enardeció la in¬dignación general del concilio, y muchos de los
prelados expresaron sin tapujos ni rodeos lo que sentían. Habiéndose preguntado
si era ne¬cesario o no escuchar a los inculpados en su propia defensa (extraña
cuestión por cierto para debatirse en cualquier circunstancia, y en especial
después de las diligencias practicadas en el presente caso), todos los de
Francia, me¬nos los arzobispos de Reims, de Sens y de Ruán, y todos los de
España, Alemania, Dina-marca, Inglaterra, Escocia e Irlanda, votaron
afirmativamente. Con este motivo, Clemente declaró incontinenti finalizada la
sesión y apla¬zado el concilio para el 3 de abril de 1312.
Mientras tanto, a
primeros de febrero, el mismo Felipe se presentó de imprevisto en Vie¬na,
acompañado de sus tres hijos, de su herma¬no y de una numerosa comitiva.
Después el Papa reunió a los cardenales junto con algunos prelados de su
confianza, en consejo secreto, y de su propia potestad abolió la orden.
Expeditada en el día convocado la segunda sesión del concilio, se vio sentado a
la derecha del Papa al rey de Francia, rodeado de su hermano, de sus hijos y de
un imponente séquito de militares. El día 2 del mes siguiente, con la honorable
presencia de Felipe, el Papa leyó llanamente a la asamblea el decreto en cuya
virtud había de¬clarado disuelta la orden de los templarios. Los santos padres
la escucharon en silencio, sin que ninguno juzgara conveniente declarar su
desacuerdo o beneplácito
Ya no faltaba pues
más que la escena final de esta larga tragedia. A 18 de marzo de 1314, el Gran
Maestre y otros tres jefes de la orden que anteriormente habían prestado su
confe¬sión, fueron sacados de sus celdas, en las que habían sollozado por
espacio de más de seis años, y colocados sobre un alto entarimado si¬tuado
delante del pórtico de Nuestra Señora, en uno de cuyos lados estaba sentado el
arzo¬bispo de Sens y otros eclesiásticos con carácter de magistrados, mientras
el gentío lo ocupaba todo alrededor. No se siguió ninguna forma de sumario,
sino que se hizo comprender a los ca¬balleros que como consecuencia del
arrepen¬timiento que habían declarado al aceptar su culpabilidad, solamente
estaban condenados a reclusión perpetua. Al escuchar esta sentencia, el Gran
Maestre, llamando a todos los asisten¬tes para que escuchasen sus palabras,
dijo en voz alta las siguientes:
—Justo es que en
estos últimos instantes de mi existencia revele la verdad. Confieso por lo
tanto, ante Dios y ante los hombres, que, para mi eterna deshonra, he cometido
en efecto los mayores crímenes, pero únicamente cuando reconocí y confesé
aquellos que una maldad muy oscura ha imputado a nuestra orden: afirmo, como la
verdad me obliga a constatar, que la orden es inocente. Si alguna vez declaré
lo opuesto, lo hice únicamente para finalizar los horribles estragos del
suplicio y para conseguir la indulgencia de mis torturadores. Conozco el
castigo que me espera por las palabras que es¬toy diciendo; pero el horrible
espectáculo que se me ha presentado con el destino de muchos de mis hermanos,
no me llevará de nuevo a confirmar mi primera falsedad con otra; la vida que se
me ofrece con tan nefasta condición, la dejaré sin sentimiento.
La turbación con
que los asistentes escucha¬ron esta disertación salió de los labios del
po¬pulacho transformada en un murmullo de aceptación.
Uno de los tres
cofrades del Gran Maestre, Guido, jefe de los templarios en Normandía y hermano
del conde de Auvernia, manifestó rá¬pidamente su beneplácito a todo lo dicho
por Jacobo Mole. Los dos valerosos caballeros no tardaron en conocer de seguro
el fin que les aguardaba. Convocado desde luego el conse¬jo del rey, ambos
fueron sentenciados a la ho¬guera; y aquella misma tarde fueron quemados
juntos, a fuego lento, en la parte más meri¬dional de las dos pequeñas islas
del Sena que en aquel momento se situaban al este de la is¬la de la Cité, pero
que después fueron unidas con ella.
Guido y Molé
padecieron su terrible suplicio con heroica resistencia, y en su última
exhala¬ción proclamaron una vez más la inocencia de la orden. El espectáculo
exacerbó en grado extraordinario la compasión y admiración del pueblo; y
escritores contemporáneos cuentan que durante la noche acudieron muchas
perso¬nas al sitio donde habían fallecido los dos már¬tires, con objeto de
recoger sus cenizas y guar¬darlas como veneradas reliquias.
Tal es la
deplorable historia de la abolición de esta famosa milicia religiosa, cuyos
dirigen¬tes por tanto tiempo habían sido muy semejantes a los príncipes de la
tierra. La orden de los tem¬plarios se disolvió al mismo tiempo en la ma¬yor
parte de los países de Europa; pero en nin¬guno se aplicaron a los caballeros
tan terribles castigos como en Francia. Aunque despojados de sus riquezas, en
ningún otro país fueron sentenciados a muerte, ni perseguidos siquiera; y en
algunos países, como en Inglaterra, se les proporcionó a casi todos asilo en
los monaste¬rios, después de ser expulsados de sus propias residencias.
En Francia, así que
fue abolida la orden, el monarca y el pontífice tomaron posesión de sus casas y
otras propiedades; y aunque el pala¬cio del Gran Maestre, con sus muebles y
otros objetos de la propiedad incautada, fueron des¬pués cedidos a los hospitalarios
de San Juan de Jerusalén, conocidos generalmente con el nom¬bre de caballeros
de Malta, se acredita que es¬tos últimos abonaron el valor total de sus nue¬vas
adquisiciones.
Los principales
autores de la tragedia de los templarios no sobrevivieron mucho a sus víctimas.
Clemente murió de súbito seis semanas después de la ejecución del Gran Maestre,
y Fe¬lipe falleció como consecuencia de una caída de su caballo antes de finalizar
el año. Bajo el influjo de una superstición no del todo infun¬dada, se tuvo por
artículo de fe, entre la pobla¬ción, el que Molé, mientras se quemaba en el
poste, había convocado a sus dos poderosos perseguidores ante el tribunal de
Dios dentro de los breves plazos que les habían restado de vida.
Pero el destino más
extraordinario y mereci¬do fue el que tuvo el ministro Marigny, princi¬pal
consejero e instrumento de su monarca en aquellos abominables procedimientos.
Privado por la muerte de su real amo y señor de la sal¬vaguardia que le había
permitido desafiar el rencor de sus oponentes, el exvalido quedó atrapado en
las redes de una poderosa alianza, a la cabeza de la cual figuraba el conde de
Valois, tío del nuevo rey, Luis X; siendo destituido de su cargo en la corte y
condenado a prisión con muchos de sus amigos y conocidos. La cár¬cel en que
fueron recluidos él y sus compañe¬ros era el Temple. Después de permanecer allí
por algún tiempo encadenados, se les torturó para obligarles a confesar los
crímenes que se les imputaban. Pero las acusaciones que la mal¬dad de sus
adversarios estaba creando para perjudicar a Marigny, eran ciertamente tan
fal¬sas como las que él y su señor habían creado para exterminar a los
templarios; y aunque pa¬decieron terribles tormentos, no pudo arrancarse de
ninguno de ellos la confesión exigida. El desdichado Marigny fue aún vigilado
de cer¬ca, cargado de grilletes y manillas, y custodiado con mucho esmero. Por
último, fue objeto de una nueva imputación, la más grave de todas en aquella
época. Se le acusó de brujo, y de como tal se había esforzado para lograr la
res¬pectiva muerte del monarca y de otras persona¬lidades renombradas,
moldeando sus imágenes con cera y atravesándolas con agujas. ¡Con qué amargo
remordimiento debió Marigny de re-cordar la activa parte que había emprendido
en el escarnio de los templarios, cuando vio arries¬gada su propia vida bajo el
peso de unas incul¬paciones tan parecidas a las que le habían ser¬vido para
causar la tragedia de la orden! En virtud de esta ridícula acusación fue en
efecto condenado al patíbulo, y Marigny padeció su castigo en Montfaucon, cuya
horca se había le¬vantado antes por mandato suyo. ¡Quién le ha¬bía de contar
que un día había de fallecer en ella, cuando se estaba construyendo!
«No deja de
sorprender —dicen las Memo¬rias que consultamos del año 1836— que la or¬den de
los templarios, aún expropiada de sus riquezas, no se encuentra desaparecida en
Francia, sino que todavía existe en París refor¬mada en una comunidad que ha
llegado a nuestros días por una continuidad no inte¬rrumpida desde la gran
persecución de que he¬mos tratado. Esta comunidad, que aún guarda el nombre de
orden de los caballeros del Tem¬ple, es propietaria de diversos documentos que
pertenecieron a la comunidad en los tiempos de su abolición, y en especial un
volumen griego manuscrito, con tipo de letra del siglo XII, el cual contiene,
entre otros muchos datos precio¬sos, la memoria original de la creación de la
or¬den y la tabla de oro o la lista de los Grandes Maestres. Parece que esta
dignidad nunca ha estado vacía desde los tiempos de Jacobo Molé, el cual la
cedió antes de su muerte a Juan Mar¬cos Larmenius de Jerusalén, quien la cedió
igualmente en 1334 a Francisco Teobaldo o Ti-baldo de Alejandría, por una epístola
escrita en latín que todavía permanece en los archivos de la comunidad. En 1340
la recibió Amoldo de Bracque de manos de una familia muy distin¬guida de
Francia; y de este último ha pasado a los tiempos modernos por una
ininterrumpida línea de sucesores, todos franceses, y muchos de ellos de alta
alcurnia. En 1825 era Gran Maes¬tre el doctor Bernardo Raimundo Fabré-Palaprat.
Entre las reliquias que la comunidad po¬see, figuran la espada de Jacobo Molé y
algunos pedazos de huesos calcinados, envueltos en un Viejo pañuelo de hilo, y
que, según se comen¬ta, se recogieron de entre las cenizas de la ho¬guera que
devoró el cuerpo de aquel desdicha¬do jefe.»
Éstas son las
noticias más veraces que sobre la infortunada orden del Temple podemos mos¬trar
a nuestros lectores.
Cuando la avaricia
se apodera del ánima de los potentados codiciosos, y el infundio halla eco
entre la plebe ignorante, la crueldad supera la justicia y la inocencia.
Seguramente, Clemen¬te V no se hubiera ensañado contra los templa¬rios de no
existir un rey como Felipe el Hermo¬so; pero también hay que tener en cuenta
que sin este monarca Clemente no hubiera empu–ado las llaves de San Pedro.
Condenemos el trágico final de esta orden, mas respetemos los altos e
imprevisibles avatares de la Providencia.
FIN

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