© Libro N° 13974. Murat. Dumas,
Alejandro. Emancipación. Junio 21
de 2025
Título Original: © Murat. Alejandro Dumas
Versión Original: © Murat. Alejandro Dumas
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Miranda
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Alejandro Dumas
Murat
Alejandro Dumas
El 18 de junio de
1815, en el preciso instante en que se decidía en Waterloo el destino de
Eu¬ropa, un hombre disfrazado de mendigo mar¬chaba en silencio de Tolón a
Marsella. Cuando llegó al desfiladero de Ollioulles, se detuvo en un pequeño
altozano que le permitía divisar el amplio paisaje que se extendía a sus pies.
Ya por¬que hubiera llegado al final de su viaje, ya porque quisiera disfrutar
durante un tiempo de la mag¬nífica vista, una postal que se prolongaba hasta el
horizonte meridional antes de adentrarse por el áspero y oscuro desfiladero,
aquel hom¬bre fue a sentarse en el talud de la hondonada que bordeaba la
carretera principal. Estaba de espaldas a las montañas que forman el
anfitea-tro que se eleva al norte de la ciudad. Desde allí, podía divisarse una
rica llanura de exube¬rante vegetación, un lugar donde, como en un invernadero,
crecen árboles y plantas descono¬cidos en el resto de Francia. Más allá de
aquella llanura iluminada por los últimos rayos del sol, se extendía un mar
tranquilo y liso como el hie¬lo. Por la superficie del agua, se deslizaba un
solitario bricbarca de guerra que, aprovechan¬do la brisa fresca, llevaba
desplegado todo el velamen. Impulsado por éste, navegaba rápida¬mente hacia el
mar de Italia. El mendigo lo si¬guió con una mirada ávida, hasta que
desapa¬reció entre la punta del cabo de Gien y la primera isla del archipiélago
de las Hyéres. Después, una vez que perdió de vista la blanca aparición, lanzó
un profundo suspiro, apoyó la frente entre sus manos, y se quedó inmóvil y
absorto en sus pensamientos, hasta que un rui¬do de cascos de caballos le hizo
estremecerse. Inmediatamente, levantó la cabeza, sacudió sus largos cabellos
negros, como queriendo ahu¬yentar los amargos pensamientos que le afli¬gían, y,
fijando la mirada en la entrada del des¬filadero de donde venía el ruido, vio
salir a dos jinetes, a los que sin duda reconoció. Se levantó con rapidez, dejó
caer el bastón que llevaba en la mano, cruzó los brazos y se giró hacia ellos.
Los recién llegados se detuvieron en cuanto lo vieron. El que marchaba delante
descendió del caballo, echó la brida en manos de su camarada y, quitándose el
sombrero, aunque estuviera aún a más de cincuenta pasos del hombre ves¬tido con
harapos, se dirigió a él respetuosa¬mente. El mendigo dejó que se le acercara
con un aire de dignidad sombría, sin hacer un solo movimiento, y, cuando ya lo
tuvo a muy corta distancia, dijo:
—¡Y bien, señor
mariscal! ¿Habéis tenido noticias?
—Sí, sire
—respondió tristemente el interpe¬lado.
—¿Cuáles son?
—Unas que hubiera
preferido que se las co¬municara cualquier otra persona a Su Majes¬tad...
—¡De modo que el
emperador rechaza mis servicios! ¿Se olvida de las victorias de Abukir, Eylau y
Moscova?
—No, sire; pero se
acuerda del tratado de Nápoles, de la toma de Reggio y de la declara¬ción de
guerra al virrey de Italia.
El mendigo se
golpeó la frente.
—Sí, sí, es posible
que crea que merezco esos reproches; pero, en todo caso, me parece que tendría
que recordar que en mí había dos hombres: el soldado que convirtió en su
herma¬no y el hermano que convirtió en rey... Es ver¬dad que, como hermano, he
cometido faltas contra él, y muy graves; pero como rey, ju¬ro que no podía
actuar de otra manera... Te¬nía que escoger entre el sable y la corona, entre
un regimiento y el pueblo... Mirad, Brune, vos no sabéis qué fue lo que
ocurrió. Había una flo¬ta inglesa cuya artillería disparaba contra el puerto y
una población napolitana que gritaba en las calles. Si hubiera estado solo,
habría pa¬sado con un barco por en medio de la flota, con mi sable a través de
la multitud; pero tenía una mujer e hijos. Y, sin embargo, vacilé. La idea de
que se uniera a mi apellido el epíteto de traidor y de tránsfuga me hizo verter
más lágrimas que lo que me hubiera costado nunca perder el tro¬no o, quizá, más
que la muerte de mis seres más queridos... En fin, no quiere saber nada de mí,
¿no es así?... ¿Me rechaza como general, como capitán y como soldado? Así pues,
¿qué es lo que me queda por hacer?
—Sire, es preciso
que Su Majestad salga en seguida de Francia.
—¿Y si no
obedeciera?
—En ese caso, mis
órdenes son deteneros y entregaros a un consejo de guerra...
—Algo que tú no
harías, ¿verdad, mi viejo camarada?
—Es lo que haría,
rogando a Dios que me hi¬ciera morir súbitamente, en el momento en que pusiera
una mano sobre vos.
—Éste es el Brune
que yo conozco. ¡Vos ha¬béis podido manteneros bravo y leal! No os ha dado un
reino. No ha ceñido vuestra frente con ese círculo de fuego que llaman corona y
vuelve loco a cualquiera. Y no os ha colocado entre vuestra conciencia y vuestra
familia. De modo que tengo que salir de Francia y empezar de nuevo una vida
errante. Y tengo que decir adiós a Tolón, que me trae tantos recuerdos. Mirad,
Brune —continuó Murat, apoyándose en el brazo del mariscal—, ¿no hay aquí pinos
tan hermosos como los de la villa Pamphile, palmeras parecidas a las de El
Cairo y monta–as como una cadena del Tirol? Observad a la izquierda el cabo de
Gien. Si descartamos el Vesubio, ¿no es algo así como Castellamare y Sorrento?
Y Saint-Mandrier, que cierra el golfo allá a lo lejos, ¿no se parece a mi
Capri, roca que Lamargue tan bien supo escamotear al im¬bécil de Hudson Lowe?
¡Ah, Dios mío! ¡Y pen¬sar que tengo que dejar todo esto! Decidme, Brune, ¿no
hay modo alguno de que pueda quedarme en este pedazo de tierra francesa?
—Sire, ¡me hacéis
sufrir mucho! —respon¬dió el mariscal.
—Es verdad. No
hablemos más de eso. ¿Qué noticias hay?
—El emperador ha
salido de París para unir¬se al ejército. Ahora mismo, deben de estar
combatiendo...
—¡Tienen que
combatir ahora, ahora que no estoy allí! ¡Oh! ¡Creo, sin embargo, que hubiera
podido ser muy útil en un día de batalla! ¡Cuánto me habría gustado cargar
contra los miserables prusianos y los infames ingleses! Brune, dadme un
pasaporte. Partiré a galope tendido, llegaré donde esté el ejército, me daré a
conocer a cualquier coronel y le diré: «Dadme vuestro regimiento. Cargaré con
él. Si, por la noche, el em¬perador no me ha tendido la mano, ¡os doy mi
palabra de honor de que me pegaré un tiro en la cabeza!». Haced lo que os pido,
Brune, y os lo agradeceré eternamente, terminen como ter¬minen las cosas.
—No puedo, sire...
—Está bien, no
hablemos más.
—¿Va a abandonar
Francia Su Majestad?
—No lo sé. En todo
caso, ateneos a las órde¬nes, mariscal, y si volvéis a encontrarme, orde¬nad mi
detención. ¡Ésa es también una manera de hacer algo por mí! Mi vida se ha
convertido en un pesado fardo. Estaré agradecido a quien me libre de ella...
Adiós, Brune.
Y le tendió la mano
al mariscal. Éste quiso besársela, pero Murat abrió los brazos y los dos viejos
camaradas se abrazaron un instante, con el pecho repleto de suspiros y los ojos
llenos de lágrimas. Al fin, se separaron. Brune montó a caballo de nuevo y
Murat recogió su bastón. Los dos hombres se alejaron por su lado: uno para
morir asesinado en Aviñón y el otro para ser fusilado en Pizzo.
En ese momento, al
igual que Ricardo III, Napoleón cambiaba en Waterloo su corona por un caballo.
Tras la entrevista
que acabamos de relatar, el ex rey de Nápoles se retiró a casa de su sobrino,
que se llamaba Bonafoux y era capitán de fra¬gata. Aquel retiro sólo fue
provisional, ya que el parentesco entre ambos podría despertar las sospechas de
la autoridad. Por consiguiente, Bonafoux procuró encontrarle un asilo más
discreto a su tío. Para ello, escogió a un aboga¬do amigo suyo, cuya inflexible
probidad cono¬cía, y aquella misma noche se presentó en su casa. Después de
hablar de cosas intranscen¬dentes, le preguntó si no tenía una casa de campo
cerca del mar y, ante su respuesta afir¬mativa, le propuso comer juntos al día
siguien¬te. Como cabría pensar, la propuesta fue acep¬tada sin vacilación.
Bonafoux llegó a la
hora convenida a Bonette, que así se llamaba la casa de campo donde vivían la
mujer y la hija del señor Marouin. És¬te, por su parte, ejercía la abogacía en
Tolón, lo que le obligaba a vivir en dicha ciudad. Después de las primeras frases
de cumplido, Bonafoux se acercó a la ventana indicándole a Marouin que le
siguiera:
— Creía que vuestra
casa de campo estaba situada más cerca del mar.
— Estamos apenas a
diez minutos de ca¬mino.
— Pero no se ve.
— Lo que impide ver
el mar es esta colina.
— ¿Queréis que
demos un paseo por la costa, mientras llega la hora de comer?
— De acuerdo.
Vuestro caballo todavía está ensillado. Voy a aparejar el mío y vuelvo a
buscaros.
Marouin salió.
Bonafoux permaneció delante de la ventana, absorto en sus pensamientos. Por lo
demás, las dueñas de la casa estaban distraídas con los preparativos de la
comida y no se percataron, o no quisieron percatarse, de su preocupación.
Marouin volvió al cabo de cinco minutos. Todo estaba listo. El abogado y su
huésped montaron a caballo y se dirigieron rápidamente hacia el mar. Cuando
llegaron a la playa, el capitán aminoró el paso de su montura y, mientras
bordeaba la orilla durante cerca de media hora, pareció concentrar toda la
atención en la situación de la costa. Marouin le seguía sin hacerle ninguna
pregunta sobre dicho examen, algo que resultaba lógico en un oficial de marina.
Por último, tras una hora de marcha, los dos jinetes regresaron a la casa de
campo. Marouin quiso desensillar los caballos, pero Bonafoux se opuso, diciendo
que estaba obligado a volver a Tolón inmediatamente después de comer. En
efecto, en cuanto tomaron el café, el capitán se levantó y se despidió de sus
anfitriones. Marouin, que debía resolver varios asuntos en la ciudad, montó
también a caballo. Los dos amigos cogieron juntos el camino de Tolón.
Al cabo de diez
minutos de marcha, Bonafoux se aproximó a su compañero de viaje y, apoyando la
mano sobre su muslo, le dijo:
—Marouin, tengo
algo grave que deciros, un secreto importante que confiaros.
—Decid, capitán. Ya
sabéis que después de los confesores, no hay nadie más discreto que los
notarios y que, después éstos, seguimos los abogados.
—Sabréis que no he
venido a vuestra casa de campo sólo por gusto de dar un paseo. Me preo¬cupa una
cuestión más importante, una res¬ponsabilidad más seria. Os he elegido a vos de
entre todos mis amigos pensando que me apre¬ciáis lo bastante como para hacerme
un gran favor.
—Habéis hecho bien,
capitán.
—Vayamos directa y
rápidamente al grano, como ha de hacerse entre hombres que se apre¬cian y que
se tienen mutua confianza. Mi tío, el rey Joaquín, está proscrito. Se ha
escondido en mi casa, pero no puede quedarse allí, porque es la primera que
registrarán. Vuestra casa de campo está aislada y, por consiguiente, es la más
indicada para que le sirva de retiro. Es preciso que la pongáis a nuestra
disposición, hasta el momento en que los acontecimientos le permitan al rey tomar cualquier
determina¬ción.
—Podéis contar con
ello —dijo Marouin.
—Está bien. Mi tío
irá a dormir allí esta no¬che.
—Pero, dadme tiempo
al menos para hacer¬la digna del huésped real que voy a tener el ho¬nor de
acoger.
—Mi buen Marouin,
eso sería un trabajo inútil y nos impondríais un retraso funesto. El rey
Joaquín ha perdido la costumbre de los pa¬lacios y de los cortesanos. Hoy se
llena de ale¬gría cuando encuentra una cabaña y un amigo. Además, como estaba
seguro de antemano de vuestra respuesta, ya se lo he dicho. Ya cuenta con
dormir en vuestra casa esta noche. Si aho¬ra pretendiera cambiar su
determinación en cualquier aspecto, tomaría como una negativa lo que no sería
más que un aplazamiento y vos perderíais todo el mérito de vuestra hermosa y
buena acción. Así que, asunto concluido. Esta noche, a las diez, en el
Champ-de-Mars.
Dicho esto, el
capitán lanzó su caballo al ga¬lope y desapareció. Marouin volvió la brida al
suyo y regresó a su casa de campo, para dar las órdenes necesarias y recibir a
un extraño cuyo nombre no dijo.
A las diez de la
noche, tal como habían con¬venido, Marouin estaba en el Champ-de-Mars, ocupado,
a la sazón, por la artillería de campaña del mariscal Brune. Todavía no había
llegado nadie. Se paseaba por entre los furgones cuan¬do el centinela de turno se
le acercó y le preguntó que qué hacía. La respuesta era bastante difícil. No se
acostumbra a pasear por gusto, a las diez de la noche, por el recinto de un
parque de artillería. De modo que solicitó hablar con el jefe del puesto. El
oficial se adelantó. Marouin se dio a conocer como abogado adjunto al al¬calde
de la ciudad de Tolón, y le dijo que había citado a alguien en el
Champ-de-Mars, igno¬rando que eso estuviera prohibido, y que espe¬raba a dicha
persona. Ante esa explicación, el oficial le autorizó a quedarse y volvió a su
pues¬to. Por su parte, el centinela, como fiel cumpli¬dor de la disciplina
militar, continuó su paseo acompasado, sin volver a preocuparse por la
presencia de un extraño.
Unos minutos
después, apareció por el lado de Lices un grupo de varias personas. El cielo
era magnífico, la luna brillaba. Marouin reco¬noció a Bonafoux y se acercó a
él. Inmediata¬mente, el capitán le estrechó la mano, le condu¬jo hasta el rey
y, dirigiéndose sucesivamente a uno y a otro, dijo:
—Sire, éste es el
amigo de quien os he habla¬do. —Después, volviéndose hacia Marouin, con¬tinuó—:
He aquí al rey de Nápoles, proscrito y fugitivo, que os confío. No menciono la
posibi¬lidad de que recupere la corona algún día. Ello supondría quitaros el mérito
de vuestra her¬mosa acción... Ahora, servidle de guía, nosotros os seguiremos
de lejos. En marcha.
El rey y el abogado
se pusieron rápidamente en camino. Murat iba vestido para la ocasión con una
levita azul, mitad militar y mitad civil, abotonada hasta el cuello. Llevaba
pantalón blanco y botas con espuelas. Tenía los cabellos largos, un gran bigote
y gruesas patillas que le llegaban al cuello. Durante el camino, interro¬gó a
su anfitrión acerca de la situación de la casa de campo donde iba a vivir y
sobre la posi¬bilidad que tendría de ganar el mar en caso de alarma. Hacia la
medianoche, el rey y Marouin llegaron a Bonette. El séquito real, que se
com¬ponía de unas treinta personas, se reunió con ellos al cabo de diez
minutos. Después de to¬mar unos refrescos, aquella reducida tropa, úl¬tima
corte del rey destronado, se retiró para dispersarse por la ciudad y sus
alrededores, y Murat se quedó solo con las mujeres, conser¬vando únicamente un
ayuda de cámara llama¬do Leblanc.
Murat permaneció
aproximadamente un mes en aquel encierro, ocupando todas las jor¬nadas en
responder a los periódicos que le acu¬saban de traición contra el emperador.
Esa acusación era su preocupación, su obsesión, su espectro. Día y noche,
intentaba librarse de ella buscando una justificación para actuar tal y como lo
hizo, en aquella situación difícil en la que se encontraba. Durante ese tiempo,
se pro¬pagó la desastrosa noticia de la derrota de Waterloo. El emperador que
le acababa de proscri¬bir también quedaba proscrito y esperaba en Rochefort,
igual que Murat en Tolón, la deci¬sión que sus enemigos iban a tomar contra él.
Todavía hoy sigue sin saberse a qué voz interior cedió Napoleón cuando,
rechazando los consejos del general Lallemand y la oferta del capi¬tán Baudin,
prefirió Inglaterra en vez de Améri¬ca, y se fue, como un moderno Prometeo, a
re-cluirse en la isla de Santa Helena. Nosotros sí que hablaremos sobre la
circunstancia gratui¬ta que condujo a Murat a los fosos de Pizzo y, después, dejaremos
que los fatalistas saquen la moraleja filosófica que más les guste de esta
ex¬traña historia. En lo que se refiere a nosotros, sólo podemos responder de
la exactitud de los hechos que ya hemos relatado y de los que apa¬rezcan más
adelante, como meros analistas.
El rey Luis XVIII
había ocupado el trono, así que Murat ya no podía albergar la más mínima
esperanza de permanecer en Francia; tenía que partir. Su sobrino Bonafoux fletó
un bricbarca para América con el nombre de Rocca Romana. Todo el séquito se
instaló a bordo y se empezó por transportar los objetos más preciosos que el
proscrito había podido salvar del naufragio de su realeza. Ante todo, una bolsa
de oro que pesaba unos cuarenta y cinco kilogramos; una cazoleta de espada en
la que figuraban los re¬tratos del rey, la reina y sus hijos, y las actas del
estado civil de su familia, encuadernadas en terciopelo y estampadas con sus
armas. En cuan¬to a Murat, llevaba puesto un cinturón en el que, entre algunos
papeles importantes, guar¬daba una veintena de diamantes desmontados que él
mismo valoraba en cuatro millones.
Una vez dispuestos
todos los preparativos para la salida, se convino que, al día siguiente, 1 de
agosto, a las cinco de la mañana, la lancha del bricbarca iría a buscar al rey
a una pequeña ensenada a diez minutos de la casa de campo donde vivía. El rey dedicó
la noche a trazar con Marouin un itinerario que le permitiera llegar hasta la
reina que, según creo, estaba por en¬tonces en Austria. La ruta quedó terminada
en el momento de partir y, al cruzar el umbral de aquella casa hospitalaria
donde había encon¬trado refugio, se la entregó a su anfitrión, con un volumen
de Voltaire, editado en estereotipia y fácil de transportar. El rey había
escrito abajo del cuento de Micromegas:
Tranquilízate, mi
querida Carolina. Aunque muy desgraciado, soy libre.
Parto sin saber
adonde voy; pero, vaya donde vaya, mi corazón será tuyo y de mis hijos.
J. M.
Diez minutos
después, Murat y su anfitrión aguardaban la llegada del bote que debía
con¬ducir al fugitivo hasta el barco, en la playa de Bonette.
Esperaron hasta el
mediodía, sin que apare¬ciera nadie. Sin embargo, veían en el horizonte el
bricbarca salvador que, por no haber podido echar el ancla a causa de la
profundidad del mar, daba bordadas a riesgo de alertar, con tal maniobra, a los
centinelas de la costa. A medio¬día, el rey, muerto de fatiga y requemado por
el sol, estaba recostado en la playa, cuando llegó un criado con algunos
refrescos que la señora Marouin, inquieta, había enviado a su marido por si
acaso. El rey bebió un vaso de aguamiel, comió una naranja y se irguió un
instante, para mirar si en la inmensidad del mar no vendría a buscarle la barca
que esperaba. El mar esta¬ba desierto y el bricbarca solitario se curvaba
graciosamente en el horizonte, impaciente por partir como un caballo que espera
a su dueño. El rey lanzó un suspiro y volvió a tumbarse en la arena. El criado
volvió a Bonette con la orden de enviar a la playa al hermano del señor
Marouin. Éste llegó un cuarto de hora después y, casi inmediatamente, se marchó
a caballo a toda velocidad hacia Tolón, con objeto de averi¬guar por Bonafoux
la causa que impedía que la barca recogiera al rey. Al llegar a la casa del
ca¬pitán, ésta estaba invadida por los soldados, quienes hacían un registro,
con el objetivo de encontrar a Murat. Al fin, en medio del tumul¬to, el
mensajero llegó hasta la persona que bus¬caba y así se enteró de que el bote
había salido en el momento acordado y que tenía que haber¬se perdido en las
calas de Saint-Louis y Sainte-Marguerite. Efectivamente, eso fue lo que
ocurrió. A las cinco, Marouin comunicó estas noticias a su hermano y al rey.
Eran malas noti¬cias. El rey ya no tenía ánimos para defender su vida, ni
siquiera huyendo. Estaba en uno de esos momentos de postración que, a veces, se
apoderan incluso del hombre más fuerte. Era incapaz de emitir ninguna opinión a
favor de su protección y dejaba a Marouin todas las de¬cisiones. En aquel
momento, regresaba al puerto un marinero que cantaba. Marouin le hizo señas de
que se acercara y el otro obedeció.
Marouin empezó por
comprarle todo el pes¬cado que llevaba consigo. Después, una vez que le pagó
con varias piezas de moneda, hizo bri¬llar el oro ante sus ojos y le ofreció
tres luises si aceptaba conducir un pasajero al bricbarca que se veía enfrente
de la Croix-des-Signaux. El pescador aceptó. Este golpe de suerte le devol¬vió
todas las fuerzas a Murat en un instante. Se levantó, abrazó a Marouin y le
recordó que fue¬ra a buscar a su mujer y le entregara el volu¬men de Voltaire.
Después, se metió en la barca y se alejó inmediatamente.
Cuando ya estaba a
cierta distancia de la costa, el rey detuvo al remero y le hizo señas a Marouin
de que había olvidado algo. En efecto, en la playa descansaba un maletín en el
que Murat había guardado un magnífico par de pis¬tolas engastadas en plata dorada,
que la reina le había regalado y que, para él, tenían un valor inestimable.
Apenas tuvo a su anfitrión al alcance de su voz, le indicó el motivo de su
regre¬so. Aquél cogió el maletín de inmediato y, sin esperar a que Murat
llegara a tierra, se lo lanzó desde la playa hasta la barca. Al caer, el
maletín se abrió y dejó escapar una de las pistolas. El pescador sólo echó un
vistazo al arma real, pero le bastó para darse cuenta de lo valiosa que era, y
eso le infundió sospechas. No dejó de remar, sin embargo, en dirección a la
embarca¬ción. Marouin, al ver cómo se alejaba, dejó a su hermano en la orilla
y, saludando por última vez al rey, regresó a la casa, para calmar la
in¬quietud de su mujer y dedicar algunas horas a un descanso que necesitaba de
verdad.
Dos horas después,
lo despertó un registro domiciliario. Esta vez, era su casa la que se veía
invadida por la gendarmería. Buscaron por to¬dos los rincones sin encontrar ni
rastro del rey. Su hermano volvió justo en el momento en que el registro era
más encarnizado. Marouin lo miró sonriendo, porque creía al rey a salvo. Sin
embargo, por la expresión del recién llegado, se dio cuenta de que había
ocurrido una nueva desgracia. En el primer momento de descanso que le dieron
sus visitantes, se acercó a su her¬mano y le dijo:
—¡Bien! Supongo que
el rey está a bordo.
—El rey está a
cincuenta pasos de aquí, es¬condido en el chamizo.
—¿Por qué ha
vuelto?
—El pescador puso
la excusa del mal tiempo y se negó a llevarlo al bricbarca.
—¡Qué miserable!
Los gendarmes
volvieron.
La noche
transcurrió por entero en registros infructuosos de la casa y de sus
dependencias. Los que buscaban al rey pasaron varias veces cerca de él, y Murat
pudo escuchar sus amena¬zas e imprecaciones. Al final, se retiraron me¬dia hora
antes del amanecer. Marouin esperó a que se alejaran y, en cuanto los perdió de
vista, corrió hasta el lugar donde debía de estar el rey. Lo encontró acostado
en un hueco, con una pistola en cada mano. El desafortunado no había podido
vencer la fatiga y dormía. Dudó un instante en si tenía que devolverlo a esta
vida errante y atormentada; pero no se podía perder ni un minuto. Lo despertó.
Inmediatamente, se
dirigieron a la costa. So¬bre el mar se extendía una bruma matinal que impedía
ver a doscientos pasos de distancia, por lo que se vieron obligados a esperar.
Por úl¬timo, los primeros rayos del sol empezaron a aspirar aquel vaho nocturno,
una neblina que se deshizo dispersándose sobre el mar, igual que las nubes se
difuminan en el cielo. La mira¬da ávida del rey se posaba en todos aquellos
húmedos valles, los cuales se abrían delante de él sin que llegara a distinguir
nada. Esperaba que detrás de aquella cortina móvil, terminaría viendo el
bricbarca salvador. El horizonte se fue aclarando poco a poco. Por la
superficie del mar, corrieron ligeros jirones de bruma, pareci¬dos al humo,
durante cierto tiempo y, en cada uno de ellos, el rey creía ver las velas
blancas de su barco. El último jirón desapareció lenta¬mente y el mar apareció
en toda su inmensi¬dad. El paisaje estaba desierto. El bricbarca no se había
atrevido a esperar más tiempo y había partido durante la noche.
—Vamos —dijo el
rey, volviéndose hacia su anfitrión—, la suerte está echada. Iré a Cór¬cega.
Aquel mismo día, el
mariscal Brune fue ase¬sinado en Aviñón.
Murat permaneció
escondido en casa de Marouin hasta el día 22 de agosto. Ya no era Napoleón
quien le amenazaba, sino Luis XVIII quien le había proscrito. Ya no había lugar
para la lealtad militar de Brune, quien, con lágrimas en los ojos, fue a
comunicarle las órdenes que había recibido, y sí para la ingratitud odiosa del
señor de Riviére, quien ponía precio1 a la cabeza de alguien que había salvado
la suya2 . El señor de Riviére había escrito al ex rey de Nápoles para que se
pusiera a merced de la buena fe y humanidad del rey de Francia; pero esa vaga
invitación no le había parecido garan¬tía suficiente al proscrito, sobre todo
por parte de un hombre que acababa de dejar que de¬gollaran, casi delante de
él, a un mariscal de Francia portador de un salvoconducto firmado por su propia
mano. Murat conocía la carnice¬ría de los mamelucos en Marsella y el asesinato
de Brune en Aviñón. El comisario de policía de Tolón3 le había advertido la
víspera que se ha¬bía dictado una orden en regla para arrestarlo. Así pues, ya
no había ningún motivo para per¬manecer más tiempo en Francia. Córcega, con sus
ciudades hospitalarias, sus montañas ami¬gas y sus bosques impenetrables,
estaba apenas a cincuenta leguas. Había que ir a Córcega y es¬perar en sus
ciudades, montañas y bosques lo que los reyes decidieran sobre la suerte de la
persona a quien durante siete años habían lla¬mado su hermano.
A las diez de la
noche, el rey bajó a la playa. El barco que debía recogerlo aún no había
llegado a la cita; pero esta vez no temía en absoluto que no se presentara. La
ensenada había sido reconoci¬da durante el día por tres amigos fieles en las
ho¬ras de infortunio: Blancard, Langlade y Donadieu. Los tres eran oficiales de
marina, hombres inteligentes y valerosos, y dispuestos a jugarse la vida para
llevar a Murat hasta Córcega, algo que efectivamente demostraron para cumplir
su pro¬mesa. Así pues, Murat no se inquietó al ver la playa desierta. Por el
contrario, aquel retraso le daba unos instantes de consuelo filial. En aquel
pedazo de tierra, en aquella lengua de arena, el desafortunado proscrito se
aferraba todavía a la madre Francia, sabiendo que, una vez pusiera los pies en
el barco que se lo llevaría, la separación habría de ser larga o eterna.
Embargado por
aquellos pensamientos, súbitamente se sobresaltó y lanzó un suspiro. En la
oscuridad transparente de la noche meridio¬nal, acababa de divisar una vela
que, como un fantasma, se deslizaba sobre las olas. En segui¬da se escuchó el
canto de un marinero. Murat reconoció la señal convenida y respondió
in¬flamando el cebo de una pistola, tras lo cual la barca se dirigió hacia
tierra. Sin embargo, como ésta tenía casi un metro de calado, se vio obligada a
detenerse a doce pasos de la playa. Inmediatamente después, dos hombres se
arro¬jaron al mar y ganaron la orilla; el tercero per¬maneció envuelto en su
manta y recostado cerca del timón.
—¡Bien, mis
valientes amigos! —dijo el rey, adelantándose a Blancard y Langlade, hasta que
sintió una ola mojar sus pies—. Ha llegado el momento, ¿no es así? Tenemos
viento favora¬ble y el mar está en calma. Hay que partir.
—Sí —respondió
Langlade—, sí, sire. Hay que partir, pero quizá sería más prudente retra¬sar la
salida hasta mañana.
—¿Por qué?
—preguntó el rey.
Langlade calló y,
volviéndose hacia ponien¬te, levantó la mano y, de acuerdo con la cos¬tumbre de
los marinos, silbó para llamar al viento.
—Es inútil —dijo
Donadieu, que se había quedado en la barca—. Ahí llegan las primeras bocanadas
y pronto habrá muchas más... Ten cuidado, Langlade, ten cuidado. A veces,
cuan¬do se llama al viento, viene la tempestad.
Murat se
sobresaltó, porque parecía que aquel aviso, que se elevaba desde el mar, se lo
daba el espíritu de las aguas, pero la impresión fue momentánea y se recuperó
en un instante.
—Mucho mejor
—dijo—, cuanto más viento tengamos, más rápido iremos.
—Sí —respondió
Langlade—. Sólo Dios sabe dónde nos llevará si continúa soplando así.
—No salgáis esta
noche, sire —dijo Blan¬card, sumándose a la opinión de sus dos camaradas.
—Pero, ¿por qué?
—¿No veis esa línea
negra? Pues bien, ape¬nas se veía cuando se estaba poniendo el sol; ahora,
cubre una parte del horizonte. Dentro de una hora, no se verá ninguna estrella
en el cielo.
—¿Tenéis miedo?
—dijo Murat.
—¿Miedo? —respondió
Langlade—. ¿De qué? ¿De la tormenta? —y alzó los hombros—. Es más o menos como
si le preguntara a Su Majestad si tenéis miedo de una bala de ca¬ñón... Lo que
decimos es por vos, sire. Mas, ¿qué queréis que haga una tormenta a unos lo¬bos
de mar como nosotros?
—¡Vámonos pues!
—declaró Murat, lanzan¬do un suspiro—. Adiós, Marouin... Sólo Dios os podrá
recompensar lo que habéis hecho por mí. Señores, estoy a su disposición.
Tras esas palabras,
los dos marinos cogieron al rey, cada uno por un muslo, y levantándolo a
hombros, entraron de inmediato en el mar. En un instante, estuvo a bordo.
Langlade y Blancard subieron detrás de él. Donadieu se quedó al timón, mientras
los otros dos oficiales se encargaron de la maniobra y empezaron la tarea
desplegando las velas. Enseguida, como un ca¬ballo que siente las espuelas, la
pequeña barca pareció animarse. Los marinos echaron un vis¬tazo despreocupado a
tierra y Murat, sintiendo que se alejaba, se volvió hacia su anfitrión y le
gritó por última vez:
—Tenéis el
itinerario hasta Trieste... ¡No ol¬vidéis a mi mujer!... ¡Adiós! ¡Adiós!...
—Dios os guarde,
sire —murmuró Marouin. Todavía durante un tiempo, gracias a la vela que se
dibujaba en la sombra, Marouin pudo seguir con la mirada a la barca, que se
ale¬jaba rápidamente. Finalmente, ésta desapareció. Marouin permaneció cierto
tiempo en la orilla, aunque ya no viera y oyera nada. Entonces, llegó hasta él
un grito debilitado por la distancia: era el último adiós de Murat a Francia.
Cuando, en aquel
mismo lugar donde se ha¬bían producido los hechos, Marouin me contó una noche
los detalles que acabo de relatar, los tenía tan presentes en su memoria, a
pesar de los veinte años transcurridos desde que se pro¬dujeron, que recordaba
incluso los más míni¬mos detalles de aquel embarque nocturno. Se¬gún me
aseguró, en aquel momento, tuvo un presentimiento funesto que le impedía
mar¬charse de la playa. Varias veces, estuvo tenta¬do de llamar al rey; pero,
de un modo parecido al de un hombre que sueña, abría la boca sin poder emitir
sonido alguno. Temía parecer in¬sensato. Hasta la una de la noche, es decir,
dos horas y media después de la marcha de la bar¬ca, no se decidió a volver a
su casa, con una tristeza mortal en el corazón.
En cuanto a los
aventurados navegantes, en¬filaron la ancha rodada marina que lleva des¬de
Tolón hasta Bastia. Al principio, este hecho le pareció al rey que desmentía la
predicción de los marinos. El viento, en vez de aumentar, cayó poco a poco. Dos
horas después de la par¬tida, la barca se balanceaba sin avanzar ni
re¬troceder, sobre unas olas que se iban aplanando minuto a minuto. Murat
miraba tristemente cómo se extendía el surco fosforescente que la pequeña
embarcación dejaba tras ella, en aquel mar al que se sentía encadenado. Se
había armado de valor contra la tempestad, pero no contra la calma. Sin ni
siquiera interrogar a sus camaradas de viaje, cuya inquietud no sabía
interpretar, se acostó en el fondo de la embarcación, se envolvió en su manta y,
cerrando los ojos como si durmiera, se abandonó a la vorágine de sus
pensamientos, unas ideas tumultuosas y agitadas al contrario que el mar. Los
dos marinos, creyéndole dormido, se reunieron seguida con el piloto y, sentados
cerca del timón, celebraron consejo.
—Os habéis
equivocado, Langlade —dijo Donadieu—, al coger una barca de este tamaño. Sin
puente, no podremos resistir la tempestad, y sin remos no podremos avanzar con
el en calma.
—¡Por Dios! No
tenía elección. Me vi obligado a coger lo que encontré, y, si no hubiera sido
la época de la almadraba,4 ni siquiera habría encontrado este bote, salvo que
hubiera ido a buscarlo al puerto. Había tanta vigilancia que habría entrado,
desde luego, pero es muy probable que no hubiera salido.
—¿Es, al menos,
sólida? —preguntó Blancard.
—¡Pardiez! Ya sabes
cómo son las planchas y los clavos que llevan diez años mojados en agua salada.
En ocasiones ordinarias, no servirían ni para ir de Marsella al castillo de If.
En una circunstancia como la nuestra, se puede dar la vuelta al mundo en una
cascara de nuez.
—¡Silencio!
—exclamó Donadieu.
Los marinos
aguzaron el oído. Les llegó un estruendo lejano, aunque tan débil que para
distinguirlo hacía falta el oído experto de un hijo del mar.
—Sí, sí —confirmó
Langlade—. Es un aviso para que quienes tienen piernas o alas vuelvan al nido
del que no deberían haber salido.
—¿Estamos lejos de
las islas? —preguntó Donadieu con viveza.
—A una hora, más o
menos.
—Poned rumbo a
ellas.
—¿Para qué? —dijo
Murat, irguiéndose.
—Para descansar,
sire, si podemos...
—No —concluyó
Murat—. Sólo quiero bajar a tierra en Córcega. No quiero volver a salir de
Francia. Además, el mar está tranquilo y hay viento otra vez...
—¡Arriad las velas!
—gritó Donadieu.
Inmediatamente,
Langlade y Blancard reali¬zaron la maniobra. La vela se deslizó a lo largo del
mástil y cayó en el fondo de la embarcación.
—¿Qué hacéis?
—gritó Murat—. ¿Olvidáis que soy el rey y que soy yo quien da las ór¬denes?
—Sire —dijo
Donadieu—, aquí hay un rey más poderoso que vos y es Dios. Hay una voz que tapa
la vuestra y es la de la tempestad... De¬jadnos que os salvemos, Majestad y, si
ello es posible, no exijáis nada más...
En aquel mismo
momento, un relámpago recorrió el horizonte y se oyó otro trueno, más cercano
que el primero. Una espuma ligera su¬bió a la superficie del agua y la barca se
estremeció como un ser animado. Murat compren¬dió entonces que se acercaba el
peligro. Se levantó sonriendo, se echó hacia atrás el som¬brero, sacudió sus
largos cabellos y aspiró la tormenta, como si se tratara de humo. El solda¬do
estaba listo para combatir.
—Sire —dijo
Donadieu—, habéis visto muchas batallas; pero quizá no hayáis visto nunca
ninguna tempestad. Si tenéis curiosidad por este espectáculo, tomad el mástil y
mirad, porque se nos prepara una buena.
—¿Qué es lo que
tengo que hacer? —preguntó Murat—. ¿No puedo ayudar en algo?
—No, no por el
momento, sire. Más tarde os necesitaremos en la bomba.
Durante dicho
diálogo, la tormenta había ganado terreno y llegaba sobre los viajeros como un
caballo de carreras, resoplando viento y fuego por los ollares, relinchando
truenos y haciendo volar la espuma de las olas bajo sus pies. Donadieu agarró
con fuerza el timón. La barca cedió, como si comprendiera la necesidad de
obedecer rápidamente y presentó la popa contra el viento. Entonces, pasó la
borrasca, dejando atrás el mar tembloroso. Parecía como si todo volviera a
estar en reposo. Pero la tempestad recuperaba el aliento.
—¿Nos hemos librado
de esta ráfaga? —pre¬guntó Murat.
—No, Majestad
—contestó Donadieu—. Esto es
sólo la vanguardia. Pronto, llegará el cuerpo de ejército.
—¿Y no hacemos
ninguna clase de prepara¬tivos para recibirlo? —volvió a preguntar el rey.
—¿De qué tipo?
—dijo Donadieu—. Ya no te¬nemos ni un centímetro de tela donde el viento pueda
morder. Mientras la barca no haga aguas, flotaremos como un tapón de corcho.
¡Sujetaos bien, sire!...
En efecto, una
segunda borrasca, acompa¬ñada de lluvia y relámpagos, se acercaba más rápida
que la primera. Donadieu intentó repe¬tir la misma maniobra; pero no pudo virar
con la suficiente rapidez para que el viento no en¬volviera la barca. El mástil
se curvó como una caña y una ola inundó el bote.
—¡A la bomba!
—gritó Donadieu—. Sire, ahora es el momento de ayudarnos...
Blancard, Langlade
y Murat cogieron sus sombreros y empezaron a achicar el agua de la barca. Tres
horas duró la espantosa situación de los cuatro hombres. El viento aflojó al
ama¬necer; sin embargo, el mar siguió agitado y tor¬mentoso. Empezó a dejarse notar
la necesidad de comer. El agua había mojado todas las pro¬visiones y sólo el
vino se había preservado de su contacto. El rey cogió una botella y bebió unos
cuantos sorbos. Después, se la pasó a sus camaradas, quienes bebieron a su vez.
La nece¬sidad había suprimido la etiqueta. Por casuali¬dad, Langlade tenía unas
tabletas de chocolate y se las ofreció al rey. Murat las dividió en cua¬tro
partes iguales y obligó a sus camaradas a comer. Una vez terminada la colación,
enfilaron hacia Córcega; pero la barca había sufrido tanto que no tenía ninguna
posibilidad de llegar a Bastia.
Transcurrió el día
entero, sin que los viajeros pudieran hacer más de diez leguas. Navegaban con
la pequeña vela de foque, sin atreverse a izar la vela grande. El viento era
tan variable que perdían todo el tiempo luchando contra sus caprichos. Por la
noche, se abrió una vía de agua. Ésta penetraba a través de las planchas
desencajadas. Juntando los pañuelos de la tripulación, se pudo taponar la
barca. La noche, que descendió triste y sombría, los rodeó con su oscuridad por
segunda vez. Murat se durmió, reventado por la fatiga. Blancard y Lan¬glade se
colocaron cerca de Donadieu. Los tres hombres, que parecían insensibles al
sueño y a la fatiga, velaron su sueño.
La noche fue
aparentemente bastante tranquila; sin embargo, de vez en cuando, resonaban unos
chasquidos sordos. Entonces, los tres marinos se miraban con una expresión
extraña y, después, dirigían la mirada hacia al rey, quien dormía envuelto en
su manta, en el fondo de la embarcación, tan profundamente como si descansara
en la arena de Egipto o en la nieve de Rusia. De vez en cuando, uno de ellos se
levantaba, se iba al otro extremo de la barca silbando entre dientes la melodía
de una canción provenzal y, después, tras consultar al cielo, a las olas y a la
barca, volvía junto a sus camaradas y se sentaba murmurando: «Es imposible. A
menos que haya un milagro, nunca lle¬garemos». La noche transcurrió entre esas
al¬ternativas. Al amanecer, avistaron una embar¬cación.
—¡Una vela! ¡Una
vela! —exclamó Donadieu.
Aquel grito
despertó al rey. En efecto, apare¬ció un pequeño bricbarca mercante procedente
de Córcega en ruta hacia Tolón. Donadieu puso rumbo a esa dirección. Blancard
izó las velas hasta el punto de fatigar la barca y Langlade corrió a proa,
poniendo el capote del rey en lo alto de una especie de arpón. En seguida, los
viajeros se dieron cuenta de que los habían vis¬to; el bricbarca maniobró con
objeto de acer¬carse a ellos. Al cabo de diez minutos, estuvie¬ron a unos
cincuenta pasos de distancia. El capitán apareció en la proa. Entonces, el rey
lo llamó ofreciéndole una fuerte recompensa, si aceptaba recibirlo a bordo con
sus tres camaradas y llevarlos a Córcega. El capitán escu¬chó la proposición.
Inmediatamente, volvién¬dose hacia su tripulación, dio a media voz una orden
que Donadieu no pudo escuchar, pero que probablemente reconoció por el gesto,
porque en seguida ordenó maniobrar a Langla¬de y a Blancard, con objeto de
alejarse de la embarcación. Ambos obedecieron con la pron¬titud pasiva de los
marinos, pero el rey golpeó el suelo con el pie.
—¿Qué hacéis,
Donadieu? ¿Qué hacéis? —ex¬clamó—. ¿No veis que se acerca a nosotros?
—Sí, por mi alma,
ya lo veo... Obedeced, Langlade. Alerta, Blancard. Sí, en efecto, se acercan a
nosotros y quizá me haya dado cuen¬ta demasiado tarde. Está bien, está bien.
Aho¬ra, me toca a mí.
Donadieu se echó
entonces sobre el timón y le imprimió un movimiento tan súbito y violento que
la barca, obligada a cambiar inmediatamente de dirección, pareció encabritarse
contra él, co¬mo haría un caballo contra el freno. Finalmente, obedeció. Una
ola enorme, levantada por el gi¬gante que se le aproximaba, la empujó como una
hoja. El bricbarca pasó a poca distancia de su popa.
—¡Ah! ¡Traidor!
—exclamó el rey que, sólo entonces, empezó a darse cuenta de la inten¬ción del
capitán.
Al mismo tiempo,
Murat sacó una pistola del cinto y gritó: «¡Al abordaje, al abordaje!».
Intentaba disparar contra el bricbarca, pero la pólvora estaba mojada y no se
encendió. El rey estaba furioso y no dejaba de gritar: «¡Al abor¬daje, al
abordaje!».
—Sí, sí. ¡Qué
miserable! O, mejor dicho, qué imbécil —dijo Donadieu—. Nos ha tomado por
bandidos y ha querido hundirnos, como si lo necesitáramos para eso.
En efecto, bastaba
echar un vistazo a la bar¬ca, para darse cuenta de que empezaba a hacer aguas.
El intento de salvación realizado por Donadieu la había dañado espantosamente y
el agua entraba por varias rendijas entre las plan¬chas. Hubo que ponerse a achicar
el agua con los sombreros. Ese trabajo duró unas diez horas. Al fin, Donadieu
lanzó por segunda vez el grito salvador: «¡Una vela! ¡Una vela!»...
El rey y sus dos
camaradas dejaron el trabajo inmediatamente. De nuevo, izaron las velas,
pu¬sieron rumbo a la embarcación que se acercaba y dejaron de ocuparse del agua
que, a falta de obstáculo, entraba rápidamente.
Ahora, todo era
cuestión de tiempo, de mi¬nutos, de segundos, de nada más. Se trataba de llegar
a la embarcación antes de hundirse. Por su parte, la embarcación pareció
comprender la situación desesperada de quienes le implora¬ban socorro y acudió
a gran velocidad. Langlade fue el primero en reconocer que era un falu¬cho del
gobierno, un barco de correo que hacía el servicio entre Tolón y Bastia.
Langlade era amigo del capitán. Lo llamó por su nombre con la potente voz de la
agonía y fue escuchado. Ya era hora. Seguía entrando agua. El rey y sus
ca¬maradas ya estaban con agua en las rodillas. El bote gemía como un moribundo
en los esterto¬res de la agonía. Ya no avanzaba, giraba sobre sí mismo. En ese
momento, cayeron en la barca dos o tres cabos arrojados desde el falucho. El
rey cogió uno, se lanzó y se agarró a la esca¬la de cuerda: estaba salvado.
Blancard y Lan¬glade hicieron lo mismo casi enseguida. Do¬nadieu se quedó el
último, como era su deber y, en el momento en que puso el pie en la escala de bordo,
sintió cómo la barca que abandonaba se hundía bajo el otro pie. Se volvió con
la tran¬quilidad de un marino, vio cómo el abismo abría sus enormes fauces
debajo de él y, de pronto, la barca giró y desapareció, devorada por el mar.
Cinco segundos más, y aquellos cuatro hombres, que ahora estaban a salvo, se
habrían perdido para siempre...5
Apenas Murat llegó
al puente, cuando un hombre fue a arrojarse a sus pies. Era un mameluco que
tiempo atrás había traído de Egipto y que se casó después en Castellamare. Unos
asuntos comerciales le habían llevado a Marsella y se había escapado por milagro
de la matanza de sus hermanos. A pesar del disfraz que su antiguo jefe llevaba
puesto y de las fatigas que acababa de pasar, el mameluco lo reconoció. Sus
exclamaciones de alegría impidieron que el rey pudiera seguir guardando su
personalidad de incógnito. Fue entonces cuando el senador Casabianca, el
capitán Oletta, un so¬brino del príncipe Baciocchi y un ordenador pagos llamado
Boerco, que también huían de las matanzas del Midi y se encontraban en la
embarcación, le saludaron con el título de majestad y le improvisaron una
pequeña corte. El tránsito fue brusco y provocó un cambio rápido. Ya no era
Murat el proscrito, sino Joaquín I, Rey de Nápoles. La tierra del exilio
desapareció con la barca hundida. En su lugar, aparecieron en el horizonte
Nápoles y su magnífico golfo, como un maravilloso espejismo. Durante aque¬llos
días de embriaguez que siguieron a las ho¬ras de agonía tomó cuerpo, sin duda,
la primera idea de la fatal expedición de Calabria. Sin em¬bargo, el rey, que
ignoraba aún cuál sería la aco¬gida que le esperaba en Córcega, adoptó el
nom¬bre de conde de Campo Melle y, como tal, tomó tierra en Bastia el día 25 de
agosto. Pero la pre¬caución fue inútil. Tres días después de su llega¬da, ya
nadie ignoraba su presencia en la ciudad. Inmediatamente, se organizaron
manifestacio¬nes, se escucharon gritos de «¡Viva Joaquín!» y el rey, temeroso
de turbar la tranquilidad públi¬ca, salió de la ciudad acompañado por sus tres
camaradas y el mameluco, aquella misma noche. Dos horas después, entraba en
Viscovato y llama¬ba a la puerta del general Franchescetti, quien estuvo a su
servicio durante todo su reinado y quien, después de salir de Nápoles al mismo
tiempo que el rey, regresó a Córcega, donde resi¬día con su esposa, en la casa
de su suegro Colona Cicaldi. Estaba cenando cuando fueron a decirle que un
extranjero quería hablar con él. Salió y encontró a Murat envuelto en un capote
militar, con la cabeza cubierta por un gorro de marino, la barba larga y
vestido con pantalones, polainas y botas de soldado. El general se detuvo
sorpren¬dido. Murat le miró fijamente con sus grandes ojos negros y, cruzando
los brazos, le dijo:
—Franchescetti,
¿tenéis sitio en la mesa para vuestro general que está hambriento? ¿Te¬néis un
rincón para darle asilo a vuestro rey que está proscrito?...
Al reconocer a
Joaquín, Franchescetti lanzó un grito de sorpresa y, sin poder responderle,
cayó a sus pies, besándole la mano. A partir de este momento, la casa del
general estuvo a dis¬posición de Murat.
En cuanto se
extendió por los alrededores la noticia de la llegada del rey, empezaron a
acudir a Viscovato oficiales de todas las graduaciones, veteranos que habían
combatido a sus órdenes y cazadores corsos, quienes le rendían culto por su
carácter aventurero. En pocos días, la casa del general se transformó en un
palacio, el pue¬blo en una residencia real y la isla en un reino. Sobre las
intenciones de Murat se difundieron extraños rumores, los cuales se afianzaron
debi¬do a la reunión de un ejército de novecientos hombres. Fue entonces cuando
Blancard, Langlade y Donadieu se despidieron de él. Murat quiso retenerlos;
pero ellos sólo habían querido salvar al proscrito y no la suerte del rey.
Ya hemos dicho que
Murat encontró a bordo del barco correo de Bastia a uno de sus anti¬guos
mamelucos llamado Othello y que éste le había seguido hasta Viscovato. El ex
rey de Nápoles decidió convertir a aquel hombre en agente secreto suyo. Puesto
que sus relaciones familiares le llamaban naturalmente a Castellamare, le
ordenó que volviera y le entregó una serie de cartas para las personas con las
que podía contar, en razón de su fidelidad. Othello partió, llegó felizmente a
casa de su suegro y creyó poder decírselo todo. Sin embargo, éste se asustó y
avisó a la policía. Por la noche, registraron la casa de Othello e incautaron
su co¬rrespondencia.
Al día siguiente,
todas las personas a quienes estaban dirigidas las cartas fueron detenidas y
recibieron la orden de contestar a Murat, como si siguieran libres. Debían
indicarle Salerno como el lugar más adecuado para un desem¬barco. De las siete,
cinco cometieron la cobardía de obedecer; las otras dos, que eran una pare¬ja
de hermanos españoles, se negaron en redon¬do y fueron recluidos en un
calabozo.
En cualquier caso,
Murat salió de Viscovato el 17 de septiembre seguido de una escolta for¬mada
por el general Franchescetti, junto con va¬rios oficiales corsos. Se encaminó
hacia Ajaccio por Cotone, las montañas de Serra, Bosco, Venaco, Vivaro, las
gargantas del bosque de Vezanovo y Bogognone. En todas partes fue aclamado como
rey y en las puertas de las ciudades recibió varias diputaciones, que le
acogieron saludán¬dolo con el título de majestad. Por último, el 23 de
septiembre llegó a Ajaccio. Toda la población le esperaba fuera de las
murallas. Su entrada en la ciudad fue triunfal. Le llevaron hasta la
resi¬dencia que los oficiales de intendencia habían elegido previamente.
Aquello hubiera bastado para trastornar a un hombre menos impresiona¬ble que Murat.
Éste, por su parte, estaba como ebrio. Al entrar en la residencia, le tendió la
mano a Franchescetti:
—Ya veis, le dijo,
si me reciben de esta forma los corsos, qué harán por mí los napolitanos.
Fue la primera vez
que aludió a sus proyectos futuros y, aquel mismo día, ordenó que se iniciaran
los preparativos para su marcha.
Se reunieron diez
pequeños faluchos. Un maltés llamado Barbara, antiguo capitán de fra¬gata de la
marina napolitana, fue nombrado co¬mandante en jefe de la expedición. Se
enrolaron doscientos cincuenta hombres, listos para partir a la primera señal.
Murat sólo esperaba las car¬tas de Othello. Éstas llegaron el 28 por la
maña¬na. Murat invitó a todos sus oficiales a una gran comida y ordenó que se
diera paga y ración do¬ble a sus hombres.
El rey estaba en
los postres cuando le anun¬ciaron la llegada del señor De Maceroni, un en¬viado
de las potencias extranjeras que traía a Murat la respuesta que éste esperó en
Tolón du¬rante mucho tiempo. Murat se levantó de la mesa y fue a una habitación
próxima. Macero¬ni se presentó como encargado de una misión oficial y le
entregó al rey el ultimátum del em¬perador de Austria. Estaba redactado en los
si¬guientes términos:
El señor Maceroni
está autorizado por la presente a advertir al rey Joaquín que su ma¬jestad el
emperador de Austria le concederá asilo en sus estados bajo las condiciones
si¬guientes:
1. El rey adoptará
un nombre privado. Puesto que la reina ha adoptado el de Lipano, se propone al
rey que utilice el mismo nombre.
2. Se le permitirá
al rey fijar su residencia en una ciudad de su elección en Bohemia, Moravia o
la Alta Austria. También podrá re¬sidir en el campo sin ningún obstáculo, en
esas mismas provincias.
3. El rey
compromete su palabra de ho¬nor ante S. M. I. y R. a que nunca abando¬nará los
estados austríacos sin el consenti¬miento expreso del emperador y a que vivirá
como un particular distinguido, aunque so¬metido a las leyes en vigor en los
estados austríacos.
4. En fe de lo cual
y para que se le dé el uso que proceda, el abajo firmante ha recibi¬do la orden
del emperador de suscribir la presente declaración.
Otorgado en París,
el 1 de septiembre de 1815. Firmado: el príncipe de METTERNICH.
Murat sonrió al
terminar su lectura e indicó a Maceroni que le siguiera. Entonces, le condu¬jo
a la terraza de la casa que dominaba la ciu¬dad y que, a su vez, presidía su
estandarte, el cual ondeaba como en un castillo real. Desde allí se podía ver
toda Ajaccio, alegre e ilumina¬da, el puerto donde se balanceaba la pequeña
flotilla y las calles repletas de gente, como en un día de fiesta. En cuanto la
multitud vio a Murat, prorrumpió en gritos: «¡Viva Joaquín! ¡Viva el hermano de
Napoleón! ¡Viva el rey de Nápoles!». Murat saludó y los gritos se redobla¬ron.
La banda de música de la guarnición hizo sonar los acordes nacionales. Maceroni
no conseguía dar crédito a lo que veía y oía. El rey dis¬frutó de su sorpresa y
después le invitó a des¬cender al salón. Allí estaba reunido su Estado Mayor en
uniforme de gala. Aquello parecía Casería o Capodimonte. Tras un instante de
va¬cilación, Maceroni se acercó a Murat:
—Sire —dijo—, ¿qué
respuesta debo darle a su majestad el emperador de Austria?
—Señor —respondió
Murat, con aquella dignidad altanera que tan bien le iba a su her¬mosa figura—,
usted le contará a mi hermano Francisco lo que ha visto y oído; y añadirá que
esta misma noche salgo para reconquistar mi reino de Nápoles.
Las cartas que
decidieron a Murat a salir de Córcega se las había llevado un calabrés llama¬do
Luidgi. Éste se presentó ante el rey como en¬viado del árabe Othello, quien,
como ya hemos dicho, estuvo encarcelado en las prisiones de Nápoles por la
misma causa que las personas destinatarias de los despachos de que fue
porta¬dor. Aquellas cartas, escritas por el ministro de la policía de Nápoles,
indicaban a Joaquín el puerto de la ciudad de Salerno como el lugar más
apropiado para el desembarco. El rey Fer¬nando, precisamente, había estacionado
en aquel punto unos tres mil hombres de las tropas aus¬tríacas, por no fiarse
de los soldados napoli¬tanos, quienes conservaban un rico y brillante recuerdo
de Murat. De modo que la flotilla se di¬rigió hacia el golfo de Salerno. Cuando
llegó a la altura de la isla de Capri, la flota fue sorprendi¬da por una
violenta tempestad, lo que la desvió hasta Paola, un pequeño puerto situado a
diez leguas de Cosenza. Por dicho motivo, las embar¬caciones pasaron la noche
del 5 al 6 de octubre en una especie de rada de la orilla que no mere¬cía el
nombre de ensenada. El rey, para evitar que pudieran avistarlos la guardia
costera y los scorridori6 sicilianos, ordenó apagar las hogue¬ras y dar
bordadas hasta el amanecer. Hacia la una de la mañana, se levantó un viento
terral tan violento que la expedición tuvo que dirigirse ha¬cia alta mar. A las
6 horas, cuando amanecía, la embarcación en la que iba el rey se quedó
ais¬lada. Durante la mañana, la nave se unió al fa¬lucho del capitán Cicconi y
los dos barcos fon¬dearon a las cuatro de la tarde a la altura de Santo-Lucido.
Por la noche, el rey ordenó al jefe de batallón Ottaviani que descendiera a
tierra, para informarse de la situación, y Luidgi se ofre¬ció a acompañarle.
Murat aceptó sus buenos oficios; así que, Ottaviani y su guía fueron a tie¬rra,
mientras que, por el contrario, Cicconi y su falucho volvieron a mar abierto,
con la misión de ir a buscar al resto de la flota.
Hacia las once de
la noche, el oficial de guardia del barco real distinguió en medio de las olas
a un hombre que nadaba hacia el navío. En cuanto estuvo al alcance de la voz,
le llamó. El nadador se dio a conocer de inmedia¬to. Era Luidgi. Le fue enviada
la chalupa y su¬bió a bordo. Entonces, contó que el jefe de ba¬tallón Ottaviani
había sido detenido y que él había podido escapar de quienes le perseguían
arrojándose al mar. El primer impulso de Mu¬rat fue ir en ayuda de Ottaviani,
pero Luidgi le hizo comprender al rey lo peligroso e inútil de dicha tentativa.
Joaquín, no obstante, perma¬neció agitado y vacilante hasta las dos de la
mañana. Por último, dio la orden de ganar alta mar. Durante la maniobra que se
realizó a tal efecto, un marinero cayó al mar y desapareció antes de que
hubiera tiempo de socorrerle. De¬cididamente, los presagios eran siniestros.
El día 7 por la
mañana se avistaron dos em¬barcaciones. El rey ordenó que se adoptaran
inmediatamente medidas de defensa, pero Bar¬bara las reconoció como el falucho
de Cicconi y la balancela de Courrand, que se habían agrupado y navegaban
juntos. Se izaron las señales y los dos capitanes se unieron al almirante.
Mientras se
deliberaba sobre el rumbo a se¬guir, un bote abordó la embarcación de Murat. En
él iban el capitán Pernice y un teniente a sus órdenes. Venían a solicitarle al
rey permiso para quedarse a bordo, pues no querían conti¬nuar en el barco de
Courrand, al que conside¬raban un traidor. Murat envió a buscarlo y, a pesar de
sus protestas de fidelidad, lo hizo des¬cender con cincuenta hombres a una
chalupa y ordenó amarrar ésta a su embarcación. Rápi¬damente, se ejecutó la
orden y la pequeña es¬cuadra siguió su ruta bordeando las costas de Calabria,
sin perderlas de vista. A las diez de la noche, en el momento en que se
encontraban a la altura del golfo de Sainte-Euphémie, el capitán Courrand cortó
la cuerda que le llevaba a remolque y, a golpes de remo, se alejó de la
flo-tilla. Murat, que se había acostado vestido en su cama, fue informado del
hecho. En seguida se lanzó al puente y todavía llegó a tiempo de ver la chalupa
huir en dirección a Córcega, pe¬netrar en la oscuridad y desaparecer.
Permane¬ció inmóvil, sin muestras de cólera y sin dar gritos. Únicamente lanzó
un suspiro e inclinó la cabeza sobre el pecho. Del árbol encantado de sus
esperanzas acababa de caer una nueva hoja.
El general
Franchescetti aprovechó aquel momento de desánimo para aconsejarle que no
desembarcara en Calabria y que se dirigiera di¬rectamente a Trieste, con objeto
de reclamar de Austria el asilo que le había ofrecido. El rey es¬taba en uno de
esos momentos de calma extre¬ma y mortal abatimiento, instantes en los que el
corazón se queda encogido. Al principio, se negó, pero terminó por aceptar. En
ese momen¬to, el general se dio cuenta de que un tripulan¬te, tumbado en los
rollos de cuerda, estaba lo suficientemente cerca como para enterarse de todo
lo que decía. Se interrumpió y Murat lo señaló con el dedo. Se levantó, fue a
ver al hombre y reconoció a Luidgi. Reventado de fa¬tiga, se había dormido en
el puente. Su sueño profundo tranquilizó al rey, quien, por lo de¬más, confiaba
plenamente en él. En consecuen¬cia, reanudó la conversación que había sido
in¬terrumpida un instante. Se acordó que, sin decir nada de los nuevos
proyectos aprobados, franquearían el estrecho de Messina, doblarían el cabo
Spartivento y entrarían en el Adriático. A continuación, el rey y el general
descendie¬ron al entrepuente.
Al día siguiente, 8
de octubre, cuando se en¬contraban a la altura de Pizzo, Joaquín, inte¬rrogado
por Barbara sobre lo que tenía que hacer, dio orden de poner rumbo a Messina.
Barbara respondió que estaba dispuesto a obe¬decer, pero que necesitaba agua y
víveres. En consecuencia, se ofreció a pasar al falucho de Cicconi e ir con él
a tierra, en busca de provi¬siones. El rey aceptó. Barbara le pidió enton¬ces
los pasaportes que había recibido de las potencias aliadas con objeto, según
dijo, de no ser inquietado por las autoridades locales. Aquellos documentos
eran demasiado impor¬tantes como para que Murat aceptara entre¬garlos. De todas
formas, también es posible que el rey empezara a sospechar. En cualquier caso,
se negó. Barbara insistió y Murat le orde¬nó ir a tierra sin los papeles.
Barbara se negó en redondo y el rey, acostumbrado a ser obede¬cido, levantó el
látigo sobre el maltés. En aquel mismo momento, cambió de opinión y ordenó a
los soldados que prepararan las armas y a los oficiales que se pusieran el
uniforme de gala. Él mismo les dio ejemplo. El desembarco esta¬ba decidido y
Pizzo sería el golfo Juan del nuevo Napoleón. Así pues, las embarcaciones se
dirigieron a tierra. El rey descendió a una chalupa con veintiocho soldados y
tres criados, entre los cuales iba Luidgi. Una vez cerca de la playa, el
general Franchescetti hizo un movi¬miento para tomar tierra, pero Murat lo
de¬tuvo.
—Me corresponde ser
el primero en descen¬der —dijo, y se lanzó a la orilla.
Iba vestido con
uniforme de general, con pantalón blanco, botas de montar, correa en la iban
dos pistolas y un sombrero bordado de oro, con divisa sujeta por una trencilla
forma¬da por catorce brillantes. En los brazos llevaba el estandarte en torno
al cual pensaba agru¬par a sus partidarios. En el reloj de Pizzo, so¬naron las
campanadas que daban las diez de la mañana.
Murat se dirigió en
seguida a la ciudad, ape¬nas a unos cien pasos, y anduvo por un camino
pavimentado, con anchas losas dispuestas en escalera. Era domingo y la misa iba
a empezar. Cuando llegó, toda la población estaba reunida en la plaza. Nadie le
reconoció y todos miraban sorprendidos aquel brillante Estado Mayor. Lue¬go,
vio entre los campesinos a un antiguo sar¬gento que había servido en su guardia
en Nápoles. Se dirigió directamente a él y, poniéndole la mano en el hombro, le
dijo:
—Tavella, ¿no me
reconoces? —Al no ser con¬testado, continuó—: Soy Joaquín Murat. Soy tu rey. Te
corresponde el honor de ser el primero en gritar «¡Viva Joaquín!».
Inmediatamente, el
séquito de Murat estalló en aclamaciones, pero el calabrés permaneció en
silencio. Ninguno de sus camaradas repitió la voz cuya señal había dado el
mismo rey. Por el contrario, entre la multitud empezó a correr un sordo rumor.
Murat comprendió ese temblor tempestuoso:
—¡Bien! —le dijo a
Tavella—si no quieres gritar «¡Viva Joaquín!», ve al menos a buscar¬me un
caballo y de sargento que eras, te con¬vertiré en capitán.
Tavella se alejó
sin responder, pero en lugar de cumplir la orden que había recibido, se fue a
su casa y ya no volvió a aparecer. Durante ese tiempo, la multitud se apiñó sin
que se produ¬jera ninguna señal amistosa que Murat pudiera interpretar como la
muestra de simpatía que esperaba. Sintió que, si no tomaba una resolu¬ción
rápida, estaba perdido.
—¡A Monteleone!
—exclamó lanzándose el primero hacia el camino que llevaba a dicha ciudad.
—¡A Monteleone!
—repitieron sus oficiales y soldados, que le siguieron.
La multitud, que se
mantenía en silencio, les abrió paso.
Apenas salió de la
plaza, se produjo una viva agitación. Un hombre llamado Georges Pellegrino
salió de su casa armado con un fusil y atravesó la plaza corriendo y gritando:
«¡A las armas!». Sabía que el capitán Trenta Capelli, que mandaba la
gendarmería de Cosenza, esta¬ba en aquel momento en Pizzo y que iba a
ad¬vertirle. El llamamiento a las armas tuvo más eco en la multitud que el de
«Viva Joaquín». Todos los calabreses tenían fusil y cada uno fue en busca del
suyo. Cuando Trenta Capelli y Pellegrino volvieron a la plaza, encontraron
cerca de doscientos hombres armados. Inmediata¬mente se pusieron al frente de
ellos y se lanza¬ron en persecución del rey. Lo alcanzaron a unos diez minutos
de camino de la plaza, justo en el lugar donde hoy está el puente. Al verlos
llegar, Murat se detuvo y les esperó.
Trenta Capelli, con
el sable en la mano, se adelantó hasta el rey y éste habló:
—Señor, ¿queréis
cambiar los galones de ca¬pitán por los de general? Gritad «¡Viva Joa¬quín!» y
seguidme con estos bravos nombres a Monteleone.
—Sire —respondió
Trenta Capelli—, todos somos fieles súbditos del rey Fernando y veni¬mos a
combatir contra vos, no a acompañaros. De modo que abandonad vuestras armas si
queréis evitar el derramamiento de sangre.
Murat miró al
capitán de gendarmería con una expresión imposible de describir. Después, sin
dignarse a responderle, le hizo una señal con la mano para que se alejara,
mientras lle¬vaba la otra a la culata de una de sus pistolas. Georges
Pellegrino vio el movimiento.
—¡Cuerpo a tierra,
capitán! ¡Cuerpo a tierra! —gritó.
El capitán
obedeció, e, inmediatamente, una bala pasó silbando por encima de su cabeza y
fue a rozar los cabellos de Murat.
—¡Fuego! —ordenó
Franchescetti.
—¡Armas a tierra!
—gritó Murat. Acto seguido, Murat sacudió el pañuelo con la mano derecha y dio
un paso para acercarse a los campesinos. En aquel preciso momento, se produjo
una descarga general. Un oficial y dos o tres soldados cayeron. En una circunstancia
así, cuando se empieza a derramar sangre, ya no hay vuelta atrás. Murat conocía
esta fatal verdad y, por eso, tomó una decisión rápida y contundente. Delante
tenía quinientos hom¬bres armados; detrás, un precipicio de nueve metros de
altura. Se lanzó de la roca cortada a pico donde estaba, cayó en la arena y se
levantó sin resultar herido. El general Franchescetti y su ayuda de campo
Campana hicieron el mis¬mo salto con igual fortuna, y los tres descendie¬ron
rápidamente hacia el mar, a través de un bosquecillo que se extiende hasta cien
pasos de la orilla y que les ocultó un instante de la vista de sus enemigos. A
la salida del bosque, les lle¬gó una nueva descarga. Las balas silbaban
alre¬dedor, pero no alcanzaron a ninguno de ellos, y los tres fugitivos
siguieron corriendo hacia la playa.
Fue entonces cuando
el rey se dio cuenta de que ya no estaba el bote que le había llevado a tierra.
Los tres barcos que componían su flo¬tilla, en vez de haberse quedado para
proteger el desembarco, ganaban alta mar y se alejaban con las velas desplegadas.
El maltés Barba¬ra se llevaba no sólo la fortuna de Murat, sino también su
esperanza, su salvación y su vida. No era posible creer en una traición así. De
modo que el rey tomó el abandono como una simple maniobra y, viendo una barca
de pes¬cadores varada en la orilla con las redes extendidas, gritó a sus dos
camaradas: «¡La barca, al mar!».
Entonces, los tres
empezaron a empujarla con la energía de la desesperación y con las fuerzas que
da la agonía para ponerla a flote. Nadie se había atrevido a franquear la roca
para perseguirlos y sus enemigos, obligados a dar un rodeo, les dejaban unos instantes
de li¬bertad. Pronto se empezaron a oír gritos. Georges Pellegrino y Trenta
Capelli, seguidos por toda la población de Pizzo, desembocaron a unos ciento
cincuenta pasos del lugar donde Murat, Franchescetti y Campana hacían
es¬fuerzos agotadores para conseguir deslizar la barca sobre la arena. Los
gritos fueron segui¬dos inmediatamente por una descarga general. Campana cayó:
una bala acababa de atravesar¬le el pecho. Pero la barca ya estaba en el agua.
El general Franchescetti se lanzó dentro. Murat quiso seguirle, pero no se dio
cuenta de que las espuelas de sus botas de montar estaban enre¬dadas con las
mallas de la red de pesca. La bar¬ca, cediendo al impulso que le había dado, se
le escapó de las manos, y el rey cayó con los pies en la playa y la cara en el
mar. La población se le echó encima antes de que tuviera tiempo de levantarse.
En un instante, le arrancaron los galones, el estandarte y el uniforme, y la
multi¬tud le hubiera hecho pedazos si Georges Pelle¬grino y Trenta Capelli no
se hubieran hecho cargo de su protección, cogiéndole cada uno de un brazo para
defenderlo del populacho. Así, atravesó como prisionero la plaza que una hora
antes había pisado como rey. Sus conductores le llevaron al castillo, le
encerraron en la pri¬sión común, cerraron la puerta y el rey se en¬contró en
medio de ladrones y asesinos, quie¬nes, al no saber quién era, lo tomaron por
un camarada de crímenes y lo recibieron con in¬sultos y abucheos.
Un cuarto de hora
después, se abrió la puer¬ta del calabozo y entró el comandante Mattei, quien
encontró a Murat de pie, con los brazos cruzados, la frente alta y postura de
soberbia. De aquel hombre medio desnudo, con el cuer¬po manchado de barro y
sangre, emanaba una expresión indefinible de grandeza. Se inclinó ante él.
—Comandante —le
dijo Murat, reconocien¬do su grado por los galones—, ¡mirad en torno vuestro y
decidme si ésta es una prisión para encerrar a un rey!
Entonces se produjo
algo extraño. Aquellos criminales que, creyendo a Murat cómplice suyo, le
habían recibido con gritos y risas, se curvaron ante la majestad real que no
habían respetado ni Pellegrini ni Trenta Capelli y se re¬tiraron en silencio al
rincón más profundo del calabozo. La desgracia acababa de consagrar de nuevo a
Murat.
El comandante
Mattei murmuró una excusa e invitó a Murat a seguirle hasta una habita¬ción que
mandó prepararle; pero, antes de salir, Murat buscó en los bolsillos, sacó un
puñado de oro y, dejándolo caer como una lluvia en me¬dio de la mazmorra, les
dijo a los prisioneros:
—Coged, que no se
diga que habéis recibido la visita de un rey que, por muy cautivo y des¬tronado
que esté, no se ha mostrado generoso con vosotros.
—¡Viva Joaquín!
—gritaron los prisioneros.
Murat sonrió con
amargura. ¡Antes de que ahora resonaran en una prisión, aquellas mis¬mas
palabras, repetidas por un número pareci¬do de gargantas hacía una hora en la
plaza pú¬blica, le hacían rey de Nápoles! Los resultados más importantes los
producen, a veces, causas tan mínimas que se podría creer que Dios y Sa¬tanás
se juegan la vida y la muerte de los hom¬bres a los dados y abandonan al azar
el auge y la caída de los imperios.
Murat siguió al
comandante Mattei, quien le condujo a una pequeña habitación destinada al
conserje, y que éste cedió al rey. Iba a retirar¬se cuando Murat lo llamó:
—Señor comandante,
deseo tomar un baño perfumado.
—Sire, eso es
difícil.
—Ahí van cincuenta
ducados; que compren toda el agua de colonia que encuentren. ¡Ah! y que me
envíen los sastres.
—Aquí será
imposible encontrar hombres capaces de hacer algo que no sean vestidos del
país.
—Que vayan a
Monteleone y me traigan to¬dos los que se puedan juntar.
El comandante se
inclinó y salió.
Murat estaba en el
baño cuando le anuncia¬ron la visita del caballero Alcala general del príncipe
del Infantado y gobernador de la ciu¬dad, quien le mandaba traer mantas de
da¬masco, sábanas y sillones. Murat se sintió con¬movido por ese gesto y
recuperó de nuevo la serenidad.
Aquel mismo día, a
las dos, llegó de Saint-Tropez el general Nunziante con tres mil hom¬bres. A
Murat le agradó ver a un antiguo cono¬cido; pero, tras las primeras frases, el
rey se dio cuenta que tenía delante a un juez, cuya pre¬sencia tenía por objetivo
no hacerle una simple visita, sino un interrogatorio en toda regla. Mu¬rat se
contentó con responder que iba de Cór¬cega a Trieste, provisto de un pasaporte
del em¬perador de Austria, pero que la tempestad y la falta de víveres le
habían obligado a detenerse en Pizzo. A todas las demás preguntas, Murat opuso
un obstinado silencio. Por último, cansa¬do de su insistencia, le dijo:
—General, ¿podéis
prestarme ropas para que pueda salir del baño?
El general
comprendió que no podía espe¬rar nada más, así que saludó al rey y salió. Diez
minutos después, Murat recibió un uniforme completo. Se lo puso inmediatamente,
pidió plu¬ma y tinta, y escribió al general en jefe de las tro¬pas austríacas
en Nápoles, al embajador de In¬glaterra y a su mujer para informarles de su
detención en Pizzo. Una vez terminados los des¬pachos, se levantó, recorrió
agitado la habitación durante un tiempo y, por último, sintiendo necesi¬dad de
aire, abrió la ventana. La vista se extendía hasta la misma playa donde lo
habían apresado.
Dos hombres hacían
un agujero en la arena al pie del pequeño reducto redondo. Murat los miraba
trabajar maquinalmente. Cuando los dos hombres terminaron, entraron en una casa
cer¬cana y salieron en seguida llevando en brazos un cadáver. El rey ordenó sus
recuerdos y le pa¬reció que en medio de aquella escena horrible había visto
caer a alguien cerca de él; pero no sabía quién. El cadáver estaba
completamente desnudo, pero, por sus largos cabellos y la ju¬ventud de su
cuerpo, el rey reconoció a Campa¬na: era el ayuda de campo que más quiso de
cuantos tuvo. Aquella escena, vista a la hora del crepúsculo, vista desde la
ventana de una pri¬sión, aquella inhumación en soledad, en aque¬lla playa, en
la arena, conmovieron a Murat mucho más que sus propias desgracias. A sus ojos
asomaron gruesas lágrimas, que resbala¬ron en silencio por su rostro de león.
En ese momento, entró el general Nunziante, quien le sorprendió con los brazos
tendidos y la cara bañada en lágrimas. Murat oyó ruido, se volvió y al ver el
asombro del viejo soldado dijo:
—Sí, general, estoy
llorando. Estoy llorando por ese muchacho de veinticuatro años que su familia
me había confiado y cuya muerte he causado. Estoy llorando por ese futuro
vasto, rico y brillante que acaba de extinguirse en una fosa ignorada en tierra
enemiga y en una ori¬lla hostil. ¡Oh, Campana! ¡Campana! ¡Si algún día vuelvo a
subir al trono, te haré construir una tumba real!
El general había
mandado preparar una comida en la habitación contigua a la que servía de
prisión al rey. Murat le siguió. Luego, se sen¬tó a la mesa, pero no pudo
comer. El espectácu¬lo que acababa de contemplar le había roto el corazón y,
sin embargo, aquel hombre había re¬corrido sin pestañear los campos de batalla
de Abukir, Eylau y Moskova.
Después de la
comida, Murat entró en su ha¬bitación, le entregó al general Nunziante las
di¬versas cartas que había escrito y le rogó que le dejara solo. El general
salió.
Murat dio varias
vueltas por la habitación andando a grandes pasos y se detenía de en vez en
cuando ante la ventana, aunque sin abrirla. Finalmente, pareció superar una
repugnancia profunda: puso la mano en la falleba y tiró de la ventana hacia sí.
La noche estaba tranquila y se distinguía toda la playa. Buscó con la mirada el
lugar donde estaba enterrado Campana: se lo indicaron dos perros que escarbaban
la tumba. El rey cerró violentamente la ventana y se echó vestido en la cama.
Temiendo que achacaran su agitación a un temor personal, se desnudó, se acostó
y se durmió, o pareció dormir, toda la noche.
El día 9, por la
mañana, llegaron los sastres que Murat había solicitado. Les pidió muchos
trajes, poniendo empeño, con su habitual fan¬tasía, en explicarles cómo los
quería. Estaba ocupado en ello cuando entró el general Nun¬ziante. Éste escuchó
con tristeza las órdenes que el rey estaba dando. Acababa de recibir los
despachos telegráficos que ordenaban al general hacer juzgar por una comisión
militar al rey de Nápoles, como enemigo público. Pero en¬contró al rey tan
confiado, tan tranquilo y casi tan contento, que no tuvo el valor de
anunciar¬le la noticia de su procesamiento. De hecho, lle¬gó incluso a retrasar
la formación del tribunal militar, hasta que recibió un despacho por es¬crito.
Éste llegó el día 12, por la noche y estaba redactado en los siguientes
términos:
Nápoles, 9 de
octubre de 1815.
Fernando, por la
gracia de Dios, etc., he¬mos decretado y decretamos lo que sigue:
Art. 1. El general
Murat será conducido frente a un tribunal militar, cuyos miembros serán
designados por nuestro ministro de la guerra.
Art. 2. Sólo se
concederá media hora al condenado para recibir los socorros de la re¬ligión.
Firmado: Fernando.
Un decreto del
ministro contenía los nom¬bres de los miembros del tribunal. Eran: Giuseppe
Fasculo, ayudante, comandante en jefe de Estado Mayor, presidente; Raffaello
Scalfaro, jefe de la legión de la Calabria inferior; Latereo Natati, teniente
coronel de la marina real; Gennaro Lanzetta, teniente coronel del cuerpo de
in¬genieros militares; W. T., capitán de artillería; Francois de Vengé, capitán
de artillería; Fran¬cesco Martellari, teniente de artillería; Frances¬co Froio,
teniente del Tercer regimiento; Giovanni della Camera, fiscal del tribunal de
lo criminal de la Calabria inferior; y Francesco Papavassi, secretario del
tribunal.
El tribunal se
reunió durante la noche. El 13 de octubre, a las seis de la mañana, el capitán
Stratti entró en la prisión del rey. Éste dormía profundamente. Stratti se
dispuso a salir; pero, al volverse hacia la puerta, tropezó con una si¬lla. El
ruido despertó a Murat.
—¿Qué queréis de
mí, capitán? —preguntó el rey.
Stratti quiso
hablar, pero le falló la voz.
—¡Ah! ¡Ah! —exclamó
Murat—, parece como si ya hubieseis recibido noticias de Nápoles...
—Sí, sire —murmuró
Stratti.
—¿Qué contienen?
—preguntó Murat.
—Vuestro
procesamiento, sire.
—¿Y quién dictará
sentencia, por favor? ¿Habrá pares para juzgarme? Si se me conside¬ra como un
rey, hay que convocar un tribunal de reyes. Si se me considera como mariscal de
Francia, me hace falta un tribunal de marisca¬les. Y si se me considera como general,
y es lo menos que se puede hacer, me hace falta un ju¬rado de generales.
—Sire, habéis sido
declarado enemigo pú¬blico y, como tal, estáis sometido a un tribunal militar.
Es la misma ley que vos habéis aplica¬do contra los rebeldes.
—Esa ley fue hecha
para bandidos y no para cabezas coronadas, señor —contestó desdeño¬samente
Murat—. Estoy listo, que me asesinen, está bien. No creía al rey Fernando capaz
de una acción así.
—Sire, ¿no queréis
conocer la lista de vues¬tros jueces?
—Sí, claro que sí,
señor, sí por cierto. Debe de ser algo curioso. Leed, os escucho.
El capitán Stratti
leyó los nombres que he¬mos mencionado. Murat los escuchó con una sonrisa
desdeñosa.
—¡Ah! —continuó,
cuando el capitán hubo terminado—, parece que se han tomado todas las
precauciones.
—¿Cómo, sire?
—Sí, ¿no sabéis que
todos esos hombres, ex¬cepto el relator Francesco Froio, me deben su
graduación? Es posible que tengan miedo de ser acusados de agradecimiento y, a
falta de un voto quizá, la sentencia será unánime.
—Sire, ¿y si os
presentáis delante del tribu¬nal y os encargáis de vuestra propia defensa?
—Silencio, señor,
silencio —dijo Murat—. Para que yo reconozca a los jueces que me han designado,
habría que romper muchas páginas de la historia. Ese tribunal es incompetente y
me daría vergüenza comparecer ante él. Ya sé que no puedo salvar la vida, así
que dejadme, al menos, salvar la dignidad real.
En aquel momento,
el teniente Francesco Froio entró para interrogar al prisionero. Le preguntó su
nombre, edad y patria. Ante esas preguntas, Murat se levantó con una expresión
de terrible dignidad:
—Soy Joaquín
Napoleón, rey de las Dos Sicilias, y os ordeno que salgáis.
El relator
obedeció.
Entonces, Murat se
puso un pantalón sola¬mente y le preguntó a Stratti si podía despe¬dirse de su
mujer y de sus hijos. Éste, incapaz de hablar, le respondió con un gesto
afirmativo. En seguida, Joaquín se sentó a una mesa y es¬cribió esta carta:7
Querida Carolina de
mi corazón,
Ha llegado la hora.
Voy a morir en el peor de los suplicios. Dentro de una hora, ya no tendrás
esposo, y nuestros hijos ya no tendrán padre; acordaos de mí y nunca olvidéis
mi recuerdo.
Muero inocente, y
me quitan la vida con un juicio injusto.
Adiós, Aquiles mío;
adiós, Leticia mía; adiós, Luciano mío; adiós, Luisa mía.
Mostraos dignos de
mí; os dejo en una tie¬rra y un reino llenos de enemigos míos; mos¬traos
superiores a la adversidad y acordaos de no ser más de lo que sois, pensando en
lo que habéis sido.
Adiós; yo os
bendigo. Nunca reneguéis de mi recuerdo. Recordad que el dolor mayor que siento
en mi suplicio es el de morir lejos de mis hijos y lejos de mi mujer, y el de
no tener un amigo que cierre mis ojos.
Adiós, Carolina
mía; adiós, hijos míos; re¬cibid mi bendición paternal, mis lágrimas tiernas y
mis últimos besos.
Adiós, adiós; no
olvidéis nunca a vuestro desgraciado padre.
Pizzo, 15 de
octubre de 1815.
JOAQUÍN MURAT
Entonces, cortó un
rizo de sus cabellos y lo puso dentro de la carta. En ese momento, entró
Nunziante. Murat se acercó a él y le tendió la mano:
—General, vos sois
padre y sois esposo. Al¬gún día sabréis lo que es dejar mujer e hijos. Juradme
que esta carta será entregada.
—Por mis galones
—dijo el general, secán¬dose los ojos.
—Vamos, vamos,
valor, general —dijo Mu¬rat—, somos soldados, sabemos lo que es la muerte.
Solicito una sola gracia: ¿verdad que me dejaréis ordenar abrir fuego?
El general hizo
señas con la cabeza de que se le concedía ese favor. En ese momento, entró el
relator con la sentencia del rey en las manos. Murat adivinó de qué se trataba:
—Leed, señor —le
dijo fríamente—, os es¬cucho.
El relator
obedeció. Murat no se había equivocado. La pena de muerte se había decidido por
unanimidad menos un voto.
Cuando se dio
término a la lectura, el rey se volvió hacia Nunziante:
—General, creedme
si os digo que en mi es¬píritu separo el instrumento que me golpea de la mano
que lo dirige. Nunca habría creído que el rey Fernando me hiciera fusilar como
a un perro: ¡no le espanta tal infamia! Pues bien, no hablemos más. He recusado
a mis jueces, no a mis verdugos. ¿Qué hora designáis para la eje¬cución?
—Fijadla vos mismo
—dijo el general.
Murat sacó del
bolsillo un reloj en el que es¬taba grabado el retrato de su mujer. El azar
quiso que estuviera colocado de tal manera que lo que se llevó a los ojos fue
el retrato y no la es¬fera. Lo miró con ternura:
—Ved, mi general
—dijo, mostrándoselo a Nunziante—, es el retrato de la reina; vos la co¬nocéis;
¿verdad que se le parece mucho?
El general volvió
la cabeza. Murat lanzó un suspiro y volvió a poner el reloj en el bolsillo.
—¡Bien!, sire —dijo
el relator—. ¿Qué hora fijáis?
—¡Ah, claro! —dijo
Murat sonriendo—; al ver el retrato de Carolina, olvidé por qué había sacado el
reloj.
Entonces miró el
reloj de nuevo, pero esta vez por el lado de la esfera:
—¡Bien! Será a las
cuatro, si estáis de acuer¬do. Ahora son más de las tres. Lo que os pido son
cincuenta minutos; ¿es demasiado, señor?
El relator se
inclinó y salió. El general quiso seguirle.
—¿Ya no os volveré
a ver, Nunziante? —pre¬guntó Murat.
—Mis órdenes me
obligan a asistir a vuestra muerte, sire; pero no tendré fuerzas.
—Está bien,
general, está bien; os dispen¬so de estar allí en el último momento; pero deseo
despedirme de vos de nuevo y abra¬zaros.
—Me encontraré en
vuestro recorrido, sire.
—Gracias. Ahora,
dejadme solo.
—Sire, aquí al lado
hay dos sacerdotes.
Murat hizo una
señal de impaciencia.
—¿Queréis
recibirlos? —continuó el general.
—Sí, hacedles
entrar.
El general salió.
Un instante después, apare¬cieron en el umbral de la puerta dos sacerdo¬tes:
uno se llamaba don Francesco Pellegrino y era el tío del causante de la muerte
del rey; el otro era don Antonio Masdea.
—¿Qué vienen a
hacer aquí? —dijo Murat.
—Preguntaos si
queréis morir como un cris¬tiano.
—Moriré como un
soldado. Dejadme.
Don Francesco
Pellegrino se retiró. Sin duda, se encontraba incómodo delante de Joaquín. En
cuanto a Antonio Masdea, permaneció en el umbral de la puerta.
—¿No me habéis
entendido? —dijo el rey.
—Sí, claro que sí
—respondió el anciano—; pero permitidme, sire, no creer que vuestra de¬cisión
sea definitiva. No es la primera vez que os veo y os imploro. Ya he tenido
ocasión de pe¬diros una gracia.
—¿Cuál?
—Cuando Su Majestad
vino a Pizzo en 1810, os pedí veinticinco mil francos para terminar nuestra
iglesia. Su Majestad me envió cuarenta mil.
—Porque preveía que
sería enterrado en ella —respondió Murat, sonriendo.
—¡Pues bien!, sire,
prefiero creer que no re¬chazaréis mi segunda súplica, como no recha¬zasteis la
primera. Sire, os lo pido de rodillas.
—El anciano cayó a
los pies de Murat—. ¡Morid como un cristiano!
—¿Tanto os gustaría
eso? —preguntó el rey.
—Sire, daría los
pocos días de vida que me quedan por conseguir de Dios que su espíritu os
visite en vuestra última hora.
—¡Pues bien!
—exclamó Murat—, escu¬chad mi confesión: me acuso de que, siendo niño,
desobedecía a mis padres; desde que soy hombre, no he tenido nada más que
repro-charme.
—Sire, ¿me daríais
una declaración de que morís en el seno de la religión cristiana?
—Sin duda —contestó
Murat.
Y tomó una pluma y
escribió:
Yo, Joaquín Murat,
muero como cristia¬no, creyendo en la Santa Iglesia Católica, Apostólica y
Romana.
Y firmó.
—Ahora, padre
—continuó el rey—, si tenéis que pedirme una tercera gracia, apresuraos, porque
dentro de media hora, ya no habrá tiempo.
En ese momento, el
reloj del castillo dio las campanadas de las tres y media.
El sacerdote hizo
el gesto de que todo había terminado.
—Dejadme solo —dijo
Murat.
El anciano salió.
Durante unos
minutos, Murat se paseó dan¬do grandes pasos por la habitación. Después, se
sentó en la cama y mantuvo la cabeza entre las manos. Durante el cuarto de hora
que estuvo así, absorto en sus pensamientos, sin duda pasó revista a su vida
entera, desde el albergue del que había salido hasta el palacio donde ha¬bía
llegado. Sin duda, su carrera aventurera se desplegó igual que un sueño dorado,
igual que un brillante engaño, igual que un cuento de Las mil y una noches.
Había brillado durante una tempestad como un arco iris y, también como un arco
iris, se perdían sus dos extremos en las nubes de su nacimiento y su muerte.
Por últi¬mo, salió de su contemplación interior y levan¬tó la frente, pálida
pero tranquila. Entonces, se acercó a un espejo y se alisó los cabellos: su
ex¬traño carácter no le abandonaba. Novio de la muerte, se acicalaba para ella.
Sonaron las cuatro.
El mismo Murat fue
a abrir la puerta.
El general
Nunziante le esperaba.
—Gracias, general
—dijo Murat—, habéis cumplido vuestra palabra. Abrazadme y retiraos si así lo
deseáis.
El general se echó
en los brazos del rey llo¬rando y sin poder pronunciar ni una sola pa¬labra.
—Vamos, ánimo —dijo
Murat—, ya veis que estoy tranquilo.
Era esa
tranquilidad lo que rompía el ánimo del general. Se lanzó fuera del corredor y
salió del castillo corriendo como un insensato.
Luego, el rey
marchó hacia el patio. Todo estaba listo para la ejecución. Nueve hombres y un
cabo estaban dispuestos en línea cerca de la puerta de la sala del consejo.
Delante de ellos, había un muro de tres metros y medio de altura. Tres pasos
delante de ese muro, ha¬bía un estrado de un solo peldaño. Murat fue a
colocarse sobre esa escalera, lo que le permitía dominar desde la altura de
casi treinta cen¬tímetros a los soldados encargados de su eje¬cución. Cuando
llegó allí, sacó el reloj, besó el retrato de su mujer y, con la mirada fija en
él, mandó que cargaran las armas. A la palabra fuego, de los nueve hombres,
sólo cinco dispa¬raron. Murat permaneció de pie. Los soldados no se habían
atrevido, por vergüenza, a dispa¬rar a su rey y habían apuntado encima de su
cabeza.
Quizá fue en ese
momento cuando resplan¬deció de la manera más magnífica la principal cualidad
de Murat: su valor de león. Ni un solo rasgo de su cara se alteró, ni un solo
músculo de su cuerpo se relajó. Únicamente, mirando a los soldados con una
expresión de amargo re¬conocimiento les dijo a los soldados:
—Gracias, amigos
míos; pero, como tarde o temprano, os veréis obligados a apuntar certe¬ramente,
no prolonguéis mi agonía. Todo lo que os pido es que apuntéis al corazón y
preser¬véis mi cara. Empecemos de nuevo.
Y con la misma voz,
con la misma calma, con el mismo aspecto, repitió las palabras mortales una
detrás de otra, sin lentitud, sin precipita¬ción, como si ordenara una simple
maniobra. Esta vez, fue más afortunado que la primera y, a la palabra fuego,
cayó atravesado por ocho ba¬las, sin hacer un solo movimiento, sin lanzar un
suspiro, sin soltar el reloj que llevaba cogido en la mano izquierda.8
Los soldados
recogieron el cadáver, lo tum¬baron en la cama donde había estado sentado diez
minutos antes y el capitán puso un guar¬dia en la puerta.
Por la noche, se
presentó un hombre para entrar en la cámara mortuoria. El centinela le negó la
entrada; pero el otro pidió hablar con el comandante del castillo. Conducido
ante su presencia, le mostró una orden. El comandan¬te la leyó con una sorpresa
teñida de disgusto. Una vez terminada la lectura, le condujo hasta la puerta a
la que le habían prohibido el acceso.
—Dejen pasar al
señor Luidgi —dijo el co¬mandante al centinela.
El centinela
presentó armas a su superior y Luidgi entró.
Apenas habían
transcurrido diez minutos cuando salió llevando en las manos un pañuelo
ensangrentado. En el pañuelo había un objeto que el centinela no pudo
identificar.
Una hora después,
un carpintero trajo el ataúd que debía contener los restos del rey. El operario
entró en la habitación. Casi en segui¬da llamó al centinela con un indecible
tono de espanto. El soldado entreabrió la puerta para mirar lo que había podido
causar el terror de aquel hombre. El carpintero le mostró con el dedo un
cadáver sin cabeza.
Cuando murió el rey
Fernando, se encontró en un armario secreto de su dormitorio aquella cabeza
conservada en espíritu de vino.9
Ocho días después
de la ejecución en Pizzo, todos tenían ya su recompensa: Trenta Capelli había
ascendido a coronel, el general Nunziante era marqués y Luidgi había muerto
envenenado.
FIN

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