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Libro N° 13973. El Taxidermista. Laso, Enrique.

 


© Libro N° 13973. El Taxidermista. Laso, Enrique.  Emancipación. Junio 21 de 2025

  

Título Original: © El Taxidermista. Enrique Laso

 

Versión Original: © El Taxidermista. Enrique Laso

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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EL TAXIDERMISTA

Enrique Laso

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Taxidermista

Enrique Laso

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                                                                            

"¿Y ha de morir contigo el mundo tuyo, la vieja vida en orden tuyo y nuevo?

 ¿Los yunques y crisoles de tu alma trabajan para el polvo y para el viento?"

Antonio Machado

 No tengo la menor idea de qué puede empujar a un joven de hoyen día a desear ser taxidermista, y lo único cierto es que yo desde la infancia había manifestado una pasión desbordada por la conservación de los cuerpos de los insectos más comunes. Me imagino que una explicación poética sería la que en cierta ocasión me expresó la persona a la que va dedicada este relato: “sencillamente somos almas destinadas a conservar la belleza de este mundo, irremediablemente condenado a la decadencia y, finalmente, a la inmundicia”. Puede ser, sin lugar a dudas, aunque mi propia interpretación antepone como motivación verdadera una curiosidad irrefrenable por conocer a fondo el interior de los cuerpos, y, más allá, la sensación un tanto infantil de inmenso poder, de dominio casi divino, que proporciona detener a voluntad el proceso de putrefacción que la naturaleza tiene reservado a todos los seres vivos.

El origen de esta vocación lo encuentro allá cuando apenas contaba cinco o seis años y me dedicaba con esforzada devoción a cazar las libélulas que alegre e inocentemente se posaban en la orilla del río en el que solía bañarme cada verano, por vacaciones. Me recuerdo con un cazamariposas artesanal, aguardando sin el menor atisbo de compasión a que uno de aquellos pobres insectos tuviera la desgracia de caer cerca de mi escaso margen de maniobra. Luego regresaba ufano con mis tesoros, tres o cuatro libélulas, y dedicaba el resto de la tarde, hasta el anochecer, a analizarlos con paciencia, a clasificarlos y, al fin, a clavarles una aguja en el tórax para fijarlos firmemente en un gran tablón de corcho blanco.

Pero no soy yo el objeto de esta narración. En realidad deseo hablar de mi mentor, maestro, preceptor o como quiera llamársele. Es ahora que nos ha dejado cuando puedo hablar de él, cuando me veo obligado a hablar de él. Podría haberlo hecho de una manera sencilla y breve, pero entonces sería absolutamente injusto con la persona que tanto me ha dado, y que ha forjado de manera definitiva mi espíritu para lo que me resta de vida. Y es preciso que tú, lector, leas estas páginas antes de conocer el verdadero motivo que me ha llevado a redactarlas, porque de otra forma podrías hacerte una idea completamente equivocada acerca del hombre más fascinante que haya conocido y que, probablemente, llegaré a conocer.

 

 

 I

 

La primera vez que llegué a su casa debía de contar yo dieciséis o diecisiete años, y él debía de rondar ya los setenta. Para mí era un verdadero honor que un hombre de su prestigio hubiera aceptado mi propuesta de hacerle una breve entrevista, con el propósito de completar un trabajo de bachillerato, que intencionadamente había centrado en la taxidermia. Le había telefoneado una semana antes, y él, escuetamente, me había citado para el siguiente sábado al mediodía, mostrando un cierto interés. Me imagino que tampoco debía de ser habitual que jovencitos le llamaran para conocer más de cerca su trabajo, y que quizá eso despertó su curiosidad.

Recuerdo que era principios de noviembre, y que pese a que la semana anterior había llovido casi todos los días aquel sábado había amanecido resplandeciente, con un sol cálido y brillante, de esos que tanto se agradecen en otoño. Tuve que coger un autobús, pues su casa se encontraba situada a unos diez kilómetros de la ciudad. Al llegar a la última parada, el conductor me indicó que debía de subir la pronunciada cuesta que llevaba al cementerio, donde arrancaban las montañas, y que la casa que buscaba era la penúltima, contando desde el camposanto. Subí el repecho andando pesadamente, tratando de escoger mis primeras palabras para causar una buena sensación, y atisbando en el interior de las viviendas unifamiliares, desperdigadas a un lado y a otro de la mal asfaltada carretera. Me extrañó no ver a nadie, y por momentos tuve la sensación de estar adentrándome en un terreno baldío, en el que los hombres habían dejado de existir. Poco a poco el desasosiego me fue invadiendo, y sólo la visión de una placa reluciente con hermosas letras grabadas hizo desaparecer mis miedos de un plumazo.

 José Vaquerizo Yepes TaxidermistaLa placa estaba firmemente soldada a una verja pintada de verde que rodeaba la casa: una construcción sólida, seguramente de unos cuarenta años de antigüedad, y cuyos gruesos muros mostraban un cierto descuido, pues la cal que debía de enlucirlos se resquebrajaba en algunas zonas, atacada por la humedad. No encontré timbre al que llamar, y así estuve un buen rato frente a la puerta enrejada hasta que descubrí que no tenía echada la llave ni puesto candado alguno. Traté de abrirla con el mayor cuidado, pero las bisagras estaban algo herrumbrosas, y la puerta no cedía más que a base de empujones hacia delante y breves tirones hacia atrás. Fue entonces cuando pude cerciorarme del precario mecanismo que habían ideado para alertar de la presencia de algún forastero: un largo cable de grueso alambre unía la cancela al extremo superior de una campanilla, que comenzaba a sonar, obligada por los bruscos movimientos que cualquiera tenía que hacer para franquear el vallado. Asustado por la estridencia del rudimentario avisador, me quedé petrificado, con tan solo un pie puesto en el interior de aquella propiedad ajena que había invadido sin permiso. No tardó en aparecer una mujer de estatura mediana, gruesa, de movimientos torpes y algo mecánicos, que un tanto fastidiada me espetó desde unas escaleras que conducían a la vivienda:

 - ¿Qué quieres? ¿No habrás venido a molestar?Tardé en responder, enmudecido por la sorpresa, y lamentándome de que la primera impresión que iba a causar fuera aquella. Estuve tentado de salir corriendo pendiente abajo, y de no regresar jamás, inventado una serie de respuestas arquetípicas para el cuestionario que debía presentar la siguiente semana, pero entonces aquella mujerona que en principio me había parecido severa y ruda me lanzó una cálida sonrisa.

- Lo había olvidado… Tú debes de ser el joven estudiante que espera don José, ¿verdad? – me dijo, suavizando notablemente el tono de su voz.

 - Si… ese soy yo – respondí, tartamudeando.

 - Pues venga, pasa, y no te quedes ahí como un pasmarote.

Seguí a la mujer, que rodeó la casa a través de un caminito de chinarro franqueado a la derecha por un muro de la vivienda y a la izquierda por un jardín un tanto salvaje, en el que crecían árboles frutales como naranjos, limoneros, nísperos y hasta una alta higuera, que dejaba su generosa sombra sobre una pequeña piscina de aguas verdosas en las que flotaban innumerables hojas secas.

 - La piscina sólo la limpiamos en verano. A mí me gustaría

 vaciarla, pero don José me dice que la prefiere así… - comentó la mujer, que se había cerciorado de mis pesquisas.Llegamos hasta el extremo final de la casa, y entonces doblamos ligeramente a la derecha, bordeándola. Me quedé asombrado, pues la parcela se abría hacia un espacio de unos mil metros cuadrados, oculto tras la vivienda, en el que distintos caminitos de chinarro se adentraban en el terreno, hasta el fondo del vallado, rodeando arbustos y altísimos pinos. Pareciera como si hubieran deseado traerse un trocito del monte que arrancaba sólo unos metros más arriba, o, por el contrario, como si la vivienda la hubieran alzado dentro de él, siendo el único elemento disonante entre la agreste naturaleza.

 - Qué bonito – manifesté, casi sin pensar.La mujer me lanzó una mirada inclasificable, como si le sorprendiera mi comentario, y siguió caminando con aquel andar mecánico, que daba la impresión se debía a la imposibilidad de poder flexionar adecuadamente las rodillas. Pude ver entonces que los árboles rodeaban una zona despejada, que había sido enlosada con baldosas de terrazo, y en cuyo centro habían ubicado una bonita fuente de mármol por la que manaba un discreto chorrito de agua. Junto a la misma se apelotonaban algunas sillas reclinables y un par de mesitas de hierro forjado. En una de aquellas sillas descansaba un hombre que, aunque sostenía un periódico frente a sus ojos, parecía dormitar. Nos detuvimos a unos cinco metros de él.

 - Don José, don José, ha venido el joven que esperaba.El hombre alzó la cabeza, cubierta por una sencilla gorra de pana color tostado, que apenas dejaba adivinar un cabello revuelto y canoso, abundante pese a su edad. Dejó muy despacio el periódico sobre una de las mesitas y me dirigió una mirada amable y llena de curiosidad. Tenía los ojos pequeños, pero de un azul tan intenso que parecían inundar el resto de su rostro, ajado y bronceado.

- ¿Eres Enrique?

 - Sí, señor – asentí, lacónico y nervioso.

 - Está bien, siéntate, por favor. Tenía ganas de conocerte – dijo, haciendo una larga pausa. Luego miró al cielo, como tratando de recordar algo -. Claro… ¿te gustaría tomar algo? Café, té, limonada…

 - No quisiera molestar – respondí, mientras tomaba asiento.

 - Oh… no es molestia ninguna. Por favor…

 - Entonces una limonada estará bien.

 - Adela, te ruego que nos prepares un buena limonada, y que nos traigas también algunas pastas.

Adela se retiró, no sin antes guiñarme un ojo, en un gesto de simpática confianza que aunque no supe interpretar si reconozco que me reconfortó.

- Es curioso, ¿verdad? – dijo don José, cuando ya Adela se había perdido en el interior de la casa.

 - Perdone, ¿qué es curioso?

 - Que te interese la taxidermia. Tenía la impresión de que ya a nadie le interesaba, y mucho menos a una persona tan joven como tú.

 - Bueno, señor, para serle sincero…

 - No, no, no… - me interrumpió, agitando sus manos en el aire -. Por favor, nada de formalismos. Llámame José a secas, lo prefiero. Yo te llamaré Enrique. Creo que será más cómodo para ambos.

José tenía una voz ligeramente cavernosa, y vocalizaba perfectamente, como si de un locutor de radio que hubiera fumado durante años se tratase. Lanzaba furtivas sonrisas, en busca de la complicidad inmediata de su interlocutor, yo en este caso.

- Está bien, José.

 - Perdona, me decías…

 - Bueno, para serte sincero – continué, sin mucha seguridad, porque el tuteo me parecía algo forzado -, no sólo me gusta, sino que además me apasiona. La verdad, no encuentro una explicación muy clara, y también es cierto que es un fervor que llevo un tanto en secreto.

 - Ya veo. Me imagino que no es sencillo ser diferente – dijo José, inclinándose levemente hacia mí.

 - No, no lo es.

José iba vestido de manera informal, con un pantalón de pinzas blanco, un jersey de lana color crema y una camisa beige de la que sólo sobresalían apenas las solapas, por encima del cuello de pico. Parecía un tenista de los años veinte, y esta vestimenta, unida a sus movimientos lentos y concisos, le concedían un aire aristocrático que pienso que él pronunciaba, por sentirse cómodo con el mismo.

 - Tranquilo. Todos somos distintos, en cierto sentido. Haz de esa diferencia tu fortaleza.Aquel hombre extraño me había subyugado en apenas unos minutos. Sentía hacia él una confusa admiración, que todavía no tenía muy claro si iba a ser pasajera o si perduraría en el tiempo.

- Puedes comenzar cuando quieras – añadió, señalando la pequeña libretita que traía conmigo, y a la que mi mano derecha se aferraba con fuerza, tanta que había marcado la espiral de alambre en mi carne.

 - ¡Claro! – exclamé, como el que despierta de un breve sueño.

José me lanzaba largas miradas, escrutadoras y penetrantes, como si a través de sus ojos azules pudiera ver más allá de los míos, y encontrar una parte de mi alma, o de mis pensamientos, en el fondo oculto de los mismos.

- Hacía muchos años que no hablaba con ningún joven. Es más, hacía también meses que no charlaba con un desconocido – manifestó, enarcando misteriosamente un ceja, y sonriendo para sus adentros, como estupefacto.

Opté por dejar la libretita sobre la mesita de hierro forjado, porque entendí que deseaba profundizar en la cita misma, antes de dar paso al cuestionario. No hacerlo hubiera podido ser interpretado como un síntoma de egoísmo puro, y me pareció mucho más cortés dilatar la introducción que ir directamente al grano. Además era sábado, y tampoco tenía ninguna prisa. En esas regresó Adela con una bandeja con dos vasos, una gran jarra de cristal con limonada, y un platillo lleno de pastas artesanas que despertaron mi apetito, cuando no la gula.

- Aquí está todo don José – dijo la mujer, de muy buen humor -. Y para ti, jovencito, he puesto un buen montón de pastas, que se te ve muy delgado.

 - Adela, te ruego que no importunes a nuestro invitado.

 - Está bien, don José, ya les dejo a solas – refunfuñó Adela, antes de regresar a la vivienda.

 - Es una buena mujer, aunque un poco mandona. Lleva conmigo más de cuarenta años, y muchas veces pienso que mi vida hubiera sido un completo desastre sin ella. Ahí donde la ves somos casi de la misma quinta, y sin embargo yo me acerco cada vez más a la imagen de un cadáver mientras a ella todavía se la ve lozana y vivaracha.

Y era bien cierto que Adela no aparentaba la edad que tenía. Como mucho se le podían echar cincuenta años largos bien llevados. Su rostro sin arrugas, tenso y algo rojizo, y aquellos ojos un poco saltones y traviesos, le concedían un aire juvenil que sólo sus andares torpes malograba.

 - Me parece muy simpática.José llenó los vasos de limonada y me tendió uno de ellos. Luego hizo un gesto con el suyo, como brindando desde la distancia, que yo correspondí de inmediato.

 - Por la belleza…Me quedé unos segundos con el vaso frente a los labios, tratando de desentrañar el sentido de aquella dedicatoria, que había pretendido ser un tanto íntima y particular, casi como una clave dicha en voz alta, y que sólo aquellos que comparten el código que la descerraja pueden entender. Finalmente, opté por darle un largo trago al vaso.

- Esta limonada está buenísima.

 - Creo que Adela prepara la mejor de todo el Mediterráneo. Y además lo hace con los limones que pueden recogerse aquí mismo.

Recordé fugazmente los árboles frutales que me habían dado la bienvenida, y cuyo penetrante aroma casi podía percibir desde la distancia, aunque algo confundido con el de la resina de los pinos y la lavanda que crecía por doquier.

- ¿Y la higuera?

 - Te ha llamado la atención, ¿eh? Un capricho. Me gustan mucho los higos, y en verano sus hojas lanzan una densa sombra sobre la piscina, lo que hace muy agradable estar en ella. Ahora ya no hay frutos, porque los pocos que quedaban los han devorado los pájaros, pero si vienes el próximo agosto nos podemos dar un festín.

Dijo todo aquello con naturalidad, pero estoy convencido de que con toda la intención. Apenas nos habíamos conocido, pero percibía que yo le estaba causando tan buena impresión como él a mí. Me sentía bien en aquel lugar, alejado de la ciudad, sin ruidos, y en compañía de un hombre que había alcanzado el súmmum en una profesión que yo adoraba. Aún así, aquella invitación que se alargaba casi diez meses en el tiempo me cogió completamente desprevenido.

 - José, ¿cómo es que hacía tanto tiempo que no hablabas con un desconocido? Y entonces, ¿por qué aceptaste mi propuesta?Él lanzó una de aquellas breves sonrisas, que apenas significaban una apertura de la comisura de los labios, pero cuya satisfacción delataban los ojillos azules, que se iluminaban con un aire de cierta suficiencia. Luego miró en derredor suyo y abrió los brazos muy despacio, con una elegancia medida y controlada, como si aquel gesto hubiera sido ensayado cientos de veces, hasta alcanzar la perfección.

- Hace muchos años que dejé de relacionarme con las personas. No es que haya sido nunca demasiado jovial, pero mi trabajo me obligaba a la extrema soledad y a las relaciones más bulliciosas por partes iguales. Siempre he preferido la primera.

 - Entonces, ¿has elegido estar solo? – inquirí, con ingenuidad.

 - Bueno, digamos que sí. Aunque también hay un algo de condena. ¡De merecida condena! Acepté que vinieras porque me apetecía hablar con alguien, y también porque intuí que realmente te apasionaba la taxidermia. Sentí curiosidad…

 Se irguió nuevamente y tomó el platillo con pastas, que me ofreció, guiñándome un ojo.- Están deliciosas – me dijo, agitando el platillo. Escogí una al azar y le di un pequeño mordisco. El sabor de la harina de pueblo, de la esencia de vainilla, de los huevos de granja y del azúcar moreno inundó mi paladar, y casi me arrebató el sentido por unos instantes. Estaba convencido ya de que no sería la última vez que estaría en aquel lugar, y que cualquier excusa sería buena para regresar.

- Son las mejores pastas que he probado en mi vida – aseveré, con total franqueza.

 - Bueno, tendrás que felicitar a Adela otra vez…

José enmudeció, como si la frase tuviera continuidad y se le hubiese marchitado en los labios, y ya jamás pudiera concluirla. Sus pupilas azules se apagaron fugazmente, y se clavaron en el tronco de uno de los pinos que teníamos más cerca. Siguió en silencio durante un buen rato, y yo respeté su mutismo, aunque incómodo con la situación.

- Perdona…, discúlpame Enrique – dijo, cuando regresó de sus ensoñaciones, mientras se frotaba las sienes con la yema de los dedos -. De vez en cuando parece como si el pasado me asaltase y quisiera tirar de mí hacia atrás. Es algo que los jóvenes todavía no podéis comprender, porque vuestro pasado es demasiado reciente.

 - Si quieres puedo volver otro día – aventuré.

 - No, no, por favor… Sólo es… La verdad, al escucharte hablar de las pastas, con esa emoción, de repente me pareció que volvía a tener tu misma edad, quince o dieciséis años, y entonces… Bueno, no me hagas mucho caso – concluyó, aunque su voz se había vuelto mustia y melancólica, y sus pupilas aún conservaban la impresión de unas imágenes reservadas sólo a su imaginación.

 - Pues sí – dije, tratando de devolver la conversación a su cauce normal -, la taxidermia me encanta, aunque lo cierto es que no tengo mucha idea. Soy una especie de autodidacta.

 El rostro de José volvió a iluminarse, y comenzó a frotarse las manos, como alguien que va a iniciar una ardua tarea.- ¡Qué tiempos aquellos! Yo también fui un autodidacta, aunque la verdad es que eso me hizo perder mucho tiempo… y arruinar un buen puñado de piezas…

 - Este oficio nuestro no se enseña en cualquier facultad – manifesté, dicharachero, y tratando de compadrear con mi interlocutor.

 - Vaya, ya te consideras todo un taxidermista. ¡Qué atrevido! – exclamó él, un tanto enojado.

No supe qué decir, y me mordí la lengua, al tiempo que apretaba los párpados para contener la vergüenza que me atenazaba. Bajé la cabeza por unos instantes, como un avestruz que intentara eludir la realidad, como si esa treta infantil impidiera que la misma siguiera existiendo.

- ¡No me hagas caso, hombre! Sólo era una broma – dijo José, mientras se carcajeaba igual que un niño travieso después de una de sus diabluras. Su risa era limpia, y quedaba flotando en el aire con un halo de pureza inocente que revelaba un alma juvenil encerrada en un cuerpo estropeado por el paso de los años.

 - Me habías asustado – repliqué, colorado como un tomate, y tratando de resarcirme de la inofensiva chufla.

 - Como compensación me ofrezco a ser tu maestro. ¿Qué me dices?

Todo estaba sucediendo a una velocidad vertiginosa, y tardé algunos segundos en responder. En realidad había planeado aquel encuentro con la intención última de recibir algunos consejos, y sin embargo parecía que mis deseos podían verse más que colmados.

- Sería un honor, José. No sé qué decir… Quizá te suponga una molestia.

 - Paparruchas. Me aburro, la verdad. Paso la mayor parte del día paseando por el monte, recordando. Ha llegado el momento de regresar al mundo real, y de aprovechar lo poco que me queda de vida mirando hacia el futuro, en lugar de quemar mis horas atrapado en un tiempo que jamás regresará. Con mi modesta colaboración, seguramente evitarás un camino tortuoso hacia la perfección, y te ahorraré por lo menos un par de años de trabajos que tirar a la basura.

 - Pero, ¿cómo podré pagarte?

 - Ven cada sábado por la mañana. Reserva un par de horas para estar con este anciano – dijo, mientras se incorporaba, para golpearme amigablemente en el hombro -. Con un rato de tu conversación me daré por satisfecho.

 

 

 II

 

Finalmente presenté un trabajo vulgar, sin apenas contenido, y con la mayoría de la información copiada de una vetusta enciclopedia de mi padre. Aún así, saqué un sobresaliente. El tema era tan singular que el profesor se sintió un poco perdido, y cualquier dato, por nimio que fuese, a él debió parecerle extraordinario y digno del mayor de los eruditos en la materia.

Pasé la semana intranquilo, deseando la llegada del sábado y temiendo una llamada de José en la que, arguyendo cualquier pretexto, anulaba el encuentro, aplazándolo para mejor momento. Afortunadamente no fue así.

Ahora me sentía como reforzado en mi pasión, que hasta ese momento no había dejado de ser para los que me rodeaban un capricho de adolescente. Iba a recibir clases de un talento, de un genio, que había expuesto piezas en los mejores museos del mundo, que había dado conferencias en Estados Unidos, Francia, Alemania o Inglaterra y que había publicado dos tratados e innumerables artículos. Y ahora era mi maestro. Me sentía dichoso por aquella deferencia que había tenido conmigo, y que seguramente para él no suponía otra cosa que un pasatiempo, pero que a mí me emparentaba con lo más laureado de la profesión que deseaba ejercer en el futuro. Era comparable a que un pianista hubiera recibido clases de Chopin, o un pintor del mismísimo Picasso. Me recuerdo ufano, casi altivo, embutido en unos aires de grandeza que nadie lograba entender mientras camina por los pasillos del instituto. El breve encuentro con José me había dado la confianza que un joven necesita en esa edad tan delicada, y había acrecentado mi entusiasmo hacia el arte de la disecación de seres vivos. Yo, que hasta entonces apenas si había invertido mi tiempo en la conservación de insectos y un par de ratoncillos, ahora iba a poder ascender de la mano de un fenómeno hacia los escalafones más altos del oficio.

El viernes no acudí a las clases vespertinas, pues los nervios me consumían de tal manera que me era preciso entretenerme dando largos paseos, leyendo o mirando escaparates en el centro de la ciudad, todo con tal de evitar unos terribles pinchazos en el estómago, similares a los que provoca la angustia del enamoramiento primerizo. Aquella noche apenas pude conciliar el sueño, y la pasé casi entera mirando las sombras que el escaso tráfico proyectaba sobre el techo de mi habitación. Casi nada tenía ya importancia, y sentía que mi vida sólo iba a cobrar sentido de sábado a sábado, un par de horas por semana, siendo el resto de la misma un excipiente anodino pero lamentablemente irrenunciable.

Volví a tomar el mismo autobús, y el chofer me reconoció al instante. El día había despertado muy diferente al de la semana anterior, pues el cielo estaba denso, encapotado, y una lluvia muy suave, casi imperceptible, humedecía los cristales del autocar, empañándolos por dentro. Me pareció romántica la visión borrosa y grisácea de la ciudad, de la que me alejaba en busca de una identidad propia, por la que debía luchar.

Subí la empinada cuesta que conducía a la casa del taxidermista muy animado, a pesar de que las viviendas a un lado y a otro de la calzada seguían desiertas, y sumidas en un acérrimo silencio, que sólo mis pasos descomponía. Tenía que parpadear con frecuencia, pues aunque la lluvia era suave, arreciaba en aquella zona, azuzada por el viento que se deslizaba desde las montañas, y golpeaba mi rostro, como un sinfín de inofensivas pero molestas piedrecillas. En lo alto de la colina, donde arrancaban los árboles, justo al lado del cementerio, una espesa niebla se había aferrado con fuerza, creando un espectáculo hermoso y cargado de misterio al mismo tiempo. Apreté el paso, temiendo que aquel manto plomizo me engullera en cualquier instante. Ya frente a la puerta enrejada, que con el tiempo se me haría tan familiar como el reflejo de mi rostro en el espejo, me limité a agitar el vallado, para de esa manera poner en funcionamiento el pobre sistema de alerta del que disponía la casa: la campanilla ligada a un alambre. No tardó en aparecer Adela desde el interior de la vivienda, cubriéndose precariamente de la lluvia mortecina con un recipiente de plástico.

 - ¡Enrique, pasa ya chiquillo, que vas a pillar una pulmonía ahí fuera! – me espetó desde las escaleras.Me reuní con Adela en lo alto de la escalinata, y le lancé una sonrisa amplia, mostrando mi indiferencia frente a las condiciones climatológicas.

 - No es para tanto, mujer. He subido la cuesta andando

tranquilamente.

 - Los jóvenes de hoy día no tenéis conciencia… - dijo, agitando el

 recipiente con una mano, mientras con la otra me empujaba hacia el

 interior de la casa.

Me recibió un amplio y oscuro vestíbulo, en cuyas paredes se apelmazaban, en sin par disputa, cabezas naturalizadas de ciervos y jabalíes, cráneos limpios y relucientes con sus cuernos y varios colmillos lujosamente enmarcados. Me quedé prendado al instante, y sentí por primera vez la talla sin igual de la persona de la que iba a recibir clases.

 - Qué impresionante… - acerté a articular apenas.

 Adela dirigió una mirada aburrida y cansina a las paredes, y luego agitó su cabeza con vigoroso desdén.

 - Pues a mí me da un poco de miedo… y de asco, si te digo la verdad. Yo me las llevaría todas al altillo.No hice caso de las palabras de la buena mujer, y seguí contemplando con detenimiento aquellas piezas sin igual, disecadas de una manera excepcional, y que parecía iban a cobrar movimiento en cualquier instante. Me llamó la atención especialmente una testa de ciervo, situada a un par de metros del suelo, pero que aparentaba mirar hacia abajo, con cierta displicencia y altanería, de modo que uno tenía la impresión de que el venado lo acechaba desde su privilegiada posición. Seguro que había sido en vida un magnífico ejemplar.

- Este animal… No sé – manifesté, subyugado por la fuerza de aquella recreación artística sin igual.

 - Hace años que no me cruzo la mirada con él. Me recuerda a un tío abuelo mío que tenía muy malas pulgas.

Seguí los andares mecánicos de Adela a través de un largo y estrecho pasillo, a cuyos lados iban surgiendo oscuras puertas de caoba cerradas a cal y canto. Al fondo se vislumbraba una luz titilante y acogedora, que parecía querer hipnotizar allende la distancia.

 - Desde noviembre y hasta febrero tenemos todo cerrado porque

así se conserva mejor el calor. Cuando venga por primavera ya verá que la casa tiene otro aspecto – apuntó la mujer, como intuyendo mis pensamientos acerca de la lugubricidad que destilaba la galería.

 - Estaré encantado de poder venir a verlo.El largo pasillo culminaba en una amplísima estancia, de más de cuarenta metros cuadrados. A la izquierda había una larga mesa rectangular de comedor, con ocho sillas a su alrededor, y una enorme alacena atestada de útiles de cocina, vajillas y cuberterías. Justo frente a nosotros teníamos una puerta doble, que deduje debía de conectar el salón con la cocina. A la derecha había una generosa chimenea, flaqueada por dos altísimas estanterías, atiborradas de libros en doble fila, según se adivinaba por algunos pequeños huecos; al lado del hogar había colocada una mesita baja, circundada por tres cómodos sillones de piel. En uno de ellos me aguardaba José.

 - Enrique, ¡qué alegría verte de nuevo! – exclamó el taxidermista.

 - ¿Quieres un chocolate reclinándose ligeramente.Me sentí un poco aturdido acostumbrado a ese tipo de trato, y muchísimo menos procediendo de una persona a la que tanto admiraba.

 Me congratuló aquella expresión sincera y espontánea de alegría, y a fe que me sentí henchido de dicha por sus sencillas palabras.

- José, en realidad es para mí un honor…

 - Enrique, ya te dije que no te esmerases con los formalismos. Pero siéntate, que hoy hace un día terrible y debes de haber cogido frío. El fuego te quitará pronto la humedad.

 bien calentito? – inquirió Adela,

 ante tantas atenciones. No estaba

 - La verdad es que no me sentaría mal – respondí, algo dicharachero.Adela lanzó una risotada al aire y se perdió tras la doble puerta, al tiempo que yo me sentaba junto a la chimenea, justo frente a José. Pronto sentí cómo el calor de las llamas invadía mi cuerpo, y una agradable sensación de placer hizo que me aferrase con fuerza inusitada a los brazos del sillón.

 - Me gustan estos días grises y melancólicos – apuntó José,

mientras removía los troncos ardientes con el atizador.

 - A mí también… Sin embargo, ahora, cuando llegaba…

 - La niebla – dijo el taxidermista, casi con un halo de misterio.

Me sorprendió que hubiera desvelado con tanto tino el motivo de mi aprensión, y creí intuir en él un especie de curiosa facilidad para la clarividencia, que seguro tenía mucho más que ver con la intuición que con algún don sobrenatural.

- Sí, sí… He tenido una extraña sensación, casi cercana al miedo… Muy rara.

 - Es comprensible. Las montañas que hay un poco más arriba atrapan las nubes y no las sueltan en horas, y allí las dejan, justo sobre el cementerio. Tu imaginación te habrá jugado una mala pasada.

 - Posiblemente – aventuré, intranquilo nuevamente al recordar el oscuro manto que se cernía sobre el camposanto, amenazando a todo aquel que estuviera a su alcance.

José me miró fijamente, y sus ojos azules, tan claros la semana anterior, se me aparecían ahora un tanto más opacos, y de una tonalidad violácea, increíble.

 - Hoy no hace el tiempo propicio, pero un día de estos podemos dar un paseo por el cementerio. Te maravillará.Al escuchar esa última palabra recordé la cabeza de ciervo de la entrada, que tanto me había impresionado. Pensé que sería una buena idea elogiar aquel hermoso trabajo.

- Me ha encantado el venado del recibidor.

 - ¿Cuál de ellos? – inquirió el taxidermista, que se había reclinado en el sillón, y observaba complacido el bailoteo de la llamas en la chimenea.

 - El más formidable, el que está situado a más altura, a la izquierda. Casi tiene vida.

José espiró silenciosamente, como alguien que acostumbrado al halago no es fácil de complacer. Aguardó en silencio, cavilando alguna contestación, hurgando en sus entrañas como si en el fondo de las mismas pudiera encontrar la frase concisa, la consigna perfecta con la que responderme.

- En realidad no está mal… Pero lo cierto es que es una pieza vulgar. La mejor de las que tengo expuestas en el vestíbulo, pero para nada una obra que merezca una atención relevante.

 - Entonces, ¿por qué ocupa un lugar tan privilegiado? – pregunté, algo ofendido por su comentario, que de alguna manera venía a denigrar mi elogio.

El taxidermista volvió a mirarme largamente, con sus ojos malvas reflejando la lumbre que calentaba confortablemente la estancia. En ellos había un gesto de acallada súplica, como si ansiara que yo fuera capaz de comprender sin que él tuviera que articular palabra alguna.

- No te enfades. Eres demasiado joven como para andar enojándote por cualquier nadería, y mucho más si proviene de este decrépito anciano – su voz sonaba herrumbrosa, gastada y vencida por los años -. Todavía es pronto, pero si persistes y sigues viniendo por aquí no tengas la menor duda de que te mostraré trabajos ante cuya visión tendrás que frotarte los ojos, porque de verdad te será imposible discernir lo exánime de lo vivaz.

Adela surgió oportunamente como de la nada, y con sus ademanes maquinales dejó dos grandes tazas de humeante chocolate sobre la mesita. Percibió el silencio que se había generado entre nosotros.

- Les dejo a solas con sus pensamientos, aunque no estaría de más que apurasen pronto el cacao, porque así calentito es como mejor sienta – profirió, casi regañándonos.

La mujer se esfumó tan rauda como había aparecido, y yo aproveché el interludio para aferrarme a uno de aquellos tazones, cuyo aroma ya hubiera bastado para alimentarme durante días. José se desentendió del suyo, y siguió atónito, las pupilas clavadas en la chimenea.

- Se refiere al altillo – tanteé, intentando mostrarme perspicaz, y tratando de recuperar el orgullo perdido con su comentario. El taxidermista se agitó en su sillón, aunque no apartó la mirada del hogar. Parecía que había acertado, y mi frase había provocado alguna clase de efecto, aunque tampoco tenía muy claro cuál. En todo caso, me sentí satisfecho por aquella pequeña victoria.

- Esta Adela no puede mantener la boca cerrada… - susurró con resignación.

 - Tampoco es culpa suya. Hizo un comentario sin maldad que yo ahora he sabido asociar – dije, un tanto petulante.

 - Sí, me refería al altillo. Pero todavía es muy pronto para que puedas subir a verlo. Tendrás que ganártelo. Será una especie de recompensa, una vez hayas alcanzado cierta destreza.

José había hablado en un tono distante, y el rictus de su rostro se había tornado extrañamente amargo. Una melancolía procedente de algún recuerdo muy remoto en el tiempo lo mantenía alejado de mí, aunque permaneciese físicamente justo a un par de metros de mi cuerpo.

 - La verdad es que espero merecer cuanto antes esa recompensa.Me encantará ver tus mejores trabajos…

 - Eres impaciente, Enrique. Un taxidermista debe de tener un

 absoluto control sobre el tiempo, tiene que aprender a dominarlo, para

 olvidarse definitivamente de que existe, para obviarlo.

 - ¿No te comprendo?

El taxidermista apartó brevemente la mirada del fuego e hizo un ademán con la cabeza, con esa elegancia que parecía innata en él, tratando de transmitirme calma y serenidad. Aguantó intencionadamente algunos segundos en silencio, segundos que se me tornaron eternos e inacabables.

- Imagina que disecara una de las piezas que has visto en la entrada en una hora…

 - No es posible…

 - Posible… Quizá sí sea posible, pero también es seguro que quedaría un adefesio, un desastre que el paso de los años terminaría por rematar. ¿Cuánto tiempo crees que me hizo falta para concluir el venado que tanto te ha seducido? – inquirió, afilando la voz. Me sentí un poco avergonzado, porque no me veía capacitado para dar una respuesta plausible a la pregunta. Por mi mente pasaron varias opciones, y finalmente opté por elegir una al azar y soltarla, aguardando la segura reprimenda.

- Tres semanas…

 - Puede ser. Enrique, lo cierto es que no lo recuerdo. Pudieron ser tres semanas, o dos, o seis… no lo sé. La medida no era el tiempo, la medida era la pieza en sí, el resultado final que yo deseaba obtener. Hay trabajos en los que sigo esmerándome después de años y años, y aún hoy sigo sin haber alcanzado el propósito que me fijé, continúo sin estar satisfecho. ¿Comprendes? El tiempo debe de quedar fuera de los parámetros de un verdadero taxidermista.

José quedó nuevamente sumido en un apacible mutismo. Yo por mi parte traté de reflexionar acerca de sus últimas palabras. Que el tiempo pasase a ser algo prescindible me parecía algo casi mágico, y de momento inalcanzable. Todo mi mundo giraba en torno al tiempo, y medía mis posibilidades futuras en minutos, horas, días o años. Planificaba el porvenir en base a un plan preestablecido en el que cada acto, suceso, logro o meta estaban perfectamente determinados.

- En ese caso, ¿cómo comprometerse con un cliente? Le decimos que nos deje su trofeo y que ya le llamaremos algún día… - apunté, un tanto sarcástico.

 - Cuando empecé a trabajar y me independicé lo que más me preocupaba era el dinero. Tenía alquilado un taller, tenía que pagar las letras del piso, tenía que comer… Era lógico que me emplease a destajo, olvidando mis sueños de artista, sacrificando piezas de las que apenas conseguía mantener una mínima porción de belleza. Al cabo de un tiempo me deprimí. Tenía un trabajo tan vulgar como cualquier otro, y despachaba con la misma indolencia que hubiera utilizado repartiendo pescado congelado en un hipermercado…

 - Pero yo también necesitaré el dinero. La taxidermia es un arte, pero a la vez tendrá que servirme de sustento.

 - Por ese motivo me he decidido a enseñarte. Quiero ahorrarte años de sufrimiento, y deseo que desde el principio puedas permitirte lujos a los que yo tardé demasiado tiempo en acceder.

 - A pesar de que el tiempo carece de importancia – manifesté, mordaz una vez más.

 - Tienes el atrevimiento estúpido de los adolescentes – replicó el taxidermista sin rencor ni malicia, simplemente constatando un hecho -. ¡Claro que el tiempo importa! ¿Acaso no ves mi cuerpo ajado y senil? – inquirió, mostrándome sus manos arrugadas y plagadas de oscuras manchas -. Sólo te he pedido que lo olvides cuando estés trabajando en una pieza, cada vez que inicies una nueva faena. Tus obras serán tu pasaporte hacia la inmortalidad, Enrique, no lo olvides nunca.

José me había dado una lección, y aunque todavía no la había aprendido si que mi mente hacia acopio con esmero de aquella sabiduría que se había ido forjando con los años. Sentí palpitar el apremio del que aún tiene muchas cosas por descubrir, con la certeza de que un mundo fascinante aguarda a la vuelta de la esquina.

 - ¿Cuándo empezarás a darme las clases? – pregunté, ansioso.

 - Ya te estoy dando clases – sentenció el taxidermista.

 

 III

 

Pasaron cinco semanas sin que nada relevante sucediera. José se estaba esmerando en hacerme comprender el verdadero significado de la palabra paciencia. Había días en los que permanecíamos en silencio durante una hora, contemplando los pajarillos que inocentemente se posaban a beber agua de la fuente que había en la espalda de la vivienda.

- Ojalá hubiera sido capaz de atrapar esos movimientos… apuntaba el taxidermista, sin apartar sus ojos de los sencillos gorriones que atrevidos se ubicaban apenas a unos centímetros de nosotros.

 - Pero eso es imposible. Nuestra misión es tratar de conseguirlo, pero nunca una pieza inanimada será igual a una con vida – repliqué, intentando ser razonable.

 - Un artista no debe de imponerse límites. Eso acabaría con su imaginación.

 - Pero también puede conducirle a la frustración.

José se incorporó, y todos los pajarillos huyeron despavoridos. Caminó despacio alrededor de la pequeña fontana. Pude apreciar su cuerpo estilizado y enjuto, sus ademanes calculadamente refinados, su cabello níveo y desmelenado que se amontonaba graciosamente sobre la nuca…

- Enrique, no seas tan cretino como para ponerte barreras tú solo. Deja que tu ingenio se erija libre de ataduras. La realidad ya se encargará de fijar un techo, pero no seas tú el que desde el principio le eche una mano en su infame cometido – me dijo, casi disgustado.

Cuando regresaba a comer a casa cada sábado mis padres me asediaban a preguntas, principalmente porque no comprendían qué narices podían hacer yo tantas horas encerrado con un anciano que no fuera mi propio abuelo.

- Me enseña taxidermia – respondía, sincero aunque fastidiado.

 - ¿Taxidermia? A ver cuándo se te va esa idea estúpida de la cabeza. No conozco a nadie normal que se dedique a ese trabajo.

 - Papá, es que no conoces a ningún taxidermista… ni normal, ni anormal ¡Ninguno! – exclamé, profundamente irritado.

 - No me hables así, ¿estamos? Sólo dime una cosa: ¿es una persona corriente, alguien como cualquiera de nuestros vecinos, ese José al que tanto adoras? – inquirió mi padre, poniéndose serio.

Me desconcertó la pregunta. Evidentemente no era alguien al uso común, y eso era algo que tenía que admitir. Mi padre, con su mejor intención, trataba de protegerme, y sobre todo intentaba encauzar mi vida hacia un sendero en el que las complicaciones fueran mínimas. Pero encontré una respuesta que aunque no lo dejó satisfecho al menos sí me sirvió para zafarme del acoso durante meses.

- Ahí está el problema, papá. Tienes que comprender que yo no deseo parecerme ni lo más mínimo a cualquiera de nuestros vecinos. Y José me está ayudando a conseguirlo.

Aquella navidad me recuerdo con atrapar la belleza que me rodeaba y arrastrarla conmigo para siempre, que al fin y al cabo es el objetivo último de cualquier taxidermista: perpetuar la perfección de la naturaleza. Aunque en esos días encontraba hermosos no sólo a los animales, sino las luces de la calle, los escaparates atiborrados de artículos para regalar, las gentes engalanadas por las aceras y hasta los coches despidiendo su mugriento vaho. José me había enseñado a observar con ojos nuevos el mundo, y cada instante trataba de desentrañar la hermosura, en ocasiones no demasiado evidente, de cada objeto, de cada gesto, de cada palabra pronunciada. Como corresponde a un adolescente, tenía la sensibilidad a flor de piel, y por lo tanto no era difícil que una vez desentrañada la belleza de cualquier hecho o cosa banal me descubriera con los ojos enrojecidos, a punto de llorar, el pecho y los labios temblando de emoción.

 los ojos alucinados intentando

- Estás progresando. Pronto estarás preparado para asumir tu primer proyecto – me decía José, intentado tranquilizarme y animarme.

 - Pero es que me da un poco de vergüenza. A veces me tengo que marchar del cine con cualquier pretexto para que mis amigos no me vean llorar, conmovido por una escena concreta. ¡Se burlarían hasta aburrirse!

 - Enrique, desgraciadamente nos enseñan desde muy pequeños a reprimir nuestros sentimientos. Ahora me toca educarte en lo contrario, porque sin sensibilidad el artista pasa a convertirse en obrero. Compadécete de tus amigos, porque se burlarían de ti por dos motivos: bien están tan reprimidos que envidian tu naturalidad o bien, en el peor de los casos, tienen ya tan poca capacidad para emocionarse que sólo lo harán frente a estímulos salvajes, y en tal caso están condenados a la apatía y a la tristeza más negra, que es aquella que tan siquiera puede reconocer su existencia.

Esos discursos no hacían otra cosa que reforzar un carácter que siempre había anidado en mi interior, pero que yo me había empecinado en mantener encerrado y sin capacidad alguna de manifestación. El taxidermista iba poco a poco ayudándome a sacarlo al exterior, porque me iba a hacer falta en mi aprendizaje. Es ahora cuando comprendo lo que pretendía, y cuando veo con claridad que pese a mi insistencia en que tomásemos ya los aparejos propios del oficio, pues ansiaba trabajar en una pieza guiado por tan insigne maestro, era absolutamente necesario perfilar primero mi alma, pues sólo así obtendría luego provecho de las clases.

Cada día que pasaba me alejaba más de la realidad que me circundaba, o quizá veía reducido mi mundo a tres o cuatro intereses muy concretos. Seguía acudiendo al instituto, pero lo hacía con desgana, sin ilusión. La voz de los profesores surgía de algún lugar distante, y me llegaba apagada, sin fuerza, y apenas suponía un estímulo, cada vez más menguante. Me descubría de cuando en cuando con los ojos fijos en la pizarra, cuyo intenso verde oscuro me devolvía la imagen de los pinos que rodeaban la fuente junto a la que cada sábado me sentaba a discurrir con José. Era muy difícil arrancarme de aquellos pensamientos, y se me hacía insoportable la idea de estar perdiendo el tiempo inoculando en mi cerebro materias y conocimientos que en nada, o en bien poco, podían ayudarme en el desarrollo de mi verdadera vocación. Aun así, y gracias a una formidable memoria, que todavía conservo, mis calificaciones casi ni se resintieron, y mis padres no pasaron del acoso al escarnio o, incluso peor, a la prohibición.

El lector comprenderá pronto el porqué de aquella desidia, si es que alguna vez ha anidado en su interior alguna pasión desbocada y sincera. Cómo olvidar la tibia mañana de enero en la que el taxidermista me enseñó con orgullo por primera vez una pieza conservada voluntariamente, con la timidez de un niño, con la misma emoción de un tenor interpretando su aria favorita.

- Enrique, creo que ya tenemos la mutua confianza suficiente como para que te muestre algo – me dijo José, que con el rostro dirigido hacia el cielo intentaba atrapar el suave calor invernal del sol en aquel día despejado.

 - Lo cierto es que yo ya te he fiado algunos secretos importantes – repliqué, anhelante de que me revelara algún detalle significativo acerca del arte de la taxidermia, del que, para mi disgusto, apenas hablábamos.

José se estiró y lentamente me tendió un pequeño libro de tapas de cuero gastadas, con letras grabadas en pan de oro. Se me quedó mirando, con una enigmática media sonrisa dibujada en su agradable rostro.

 - La belleza puede hacerse eterna en el tiempo. Sólo tenemos que echarle una mano.Leí la portada del libro:  Noches Blancas, Fiódor Dostoievski. Me sonaba vagamente aquel título, aunque obviamente no era de las mejores obras del autor. Intenté desvelar las intenciones del taxidermista, pues me costaba comprender lo que pretendía al entregarme aquella obra difícil de ubicar en el contexto de nuestra relación.

- Es una excelente edición, muy cuidada – aventuré, creyendo que la belleza a la que se refería se encontraba en el pequeño ejemplar que me había ofrecido.

 José reprimió una modesta sonrisa, y gesticuló con sus manos, indicándome que buscara en el interior del librito.

 - La edición no está mal, pero no es eso lo que quiero que veas. Lleva cuidado…Hojeé el ejemplar con delicadeza, en busca de no sabía bien qué. Quizá se trataba de una anotación, de alguna frase subrayada… no tenía la menor idea. Fue entonces cuando aproximadamente en el centro el librito cedió con facilidad, y se abrió de par en par. Allí había un diminuto capullo de rosa seco, aplastado, de un color marrón muy oscuro, apagado, aferrado fuertemente a su tallo con una sola espina. Los pétalos estaba un poco deteriorados, y un fino polvillo se acumulaba en la unión de las dos páginas, dejando constancia de lo que en otro tiempo había formado parte de la corola. La flor estaba firmemente adherida a una de las hojas, mientras que la otra guardaba una impresión púrpura de la misma, como si se tratase de un negativo.

- Ahí tienes, una verdadera obra de arte de la conservación. Sencilla y hermosa. No es mía, yo jamás me he dedicado a las plantas – apuntó el taxidermista, cuya voz se extinguía paulatinamente mientras me hablaba -. Lleva ahí casi cincuenta años, y sigue tan preciosa como cuando me la entregaron ¿Lo ves?, Enrique, lo ves…

Mis manos temblaban de emoción mientras sostenía el librito, y mi imaginación dotaba de contenido a la rosa que parecía dormir en su ataúd de palabras. Un nudo me estrangulaba la garganta, y por más que lo intentaba no lograba zafarme de él. Ninguno de los dos volvimos a hablar el resto de la mañana, y cuando me despedí de José con un gesto él no me miró, y creí adivinar en sus pupilas idas la ensoñación de un joven de apenas veinte años.

 

 

 IV

 

Cuando Adela me recibió desde las escaleras, como siempre, su rostro mostraba una honda preocupación. Era la primera vez que la veía así, pues de costumbre era una mujer alegre y optimista, con un extraño sentido del humor que a mí me resultaba especialmente agradable.

- ¿Ha sucedido algo? – le pregunté, inquieto.

 - No es nada grave, pero, verás… Te he telefoneado cuando me he dado cuenta… ¡Este hombre no tiene conciencia! – exclamó Adela, llevándose las manos al rostro con desesperación.

 - Perdona, pero no estoy entendiendo nada.

 - Claro, claro… Es que hoy, don José… Me da tanta vergüenza contártelo, ¿comprendes?

Respiré profundamente, pues la mujer estaba angustiada de verdad, y no alcanzaba a discernir lo que hablaba de lo que pasaba por su cabeza. Le tomé una de las manos para tranquilizarla.

- Ya estoy aquí, y quizá pueda servir de ayuda.

 - Enrique, don José se droga, lo hace desde hace años. Ahora mismo está drogado, y por eso no quería que vinieras. No quería que lo vieras en este estado… - me espetó, de sopetón, en un arranque de fuerza y sinceridad.

 - ¿Se droga? – inquirí, algo incrédulo y desconfiado.

 - Así es, ¡a sus años! Es un insensato, pero… ¿qué puedo hacer yo?

Traté de asimilar la información que Adela me había facilitado. Estaba absolutamente perplejo, y me costaba imaginar no sólo a un hombre de sus años drogándose sino a José en concreto: era algo completamente insólito.

- ¿Dónde se encuentra?

 - Donde siempre, tomando el sol junto a la fuente…

 - Iré a verlo – dije con determinación.

 - Espera – dijo Adela, sujetándome de un brazo -. Todavía estás a tiempo de bajar la cuesta, coger un autobús y regresar a tu casa. La semana que viene todo volverá a ser como siempre. Es muy extraño que se haya inyectado morfina esta mañana, no lo suele hacer los fines de semana, y menos desde que tú vienes a visitarlo.

Medité durante algunos segundos. En los ojos de la mujer había una callada súplica, y la esperanza de que aún hubiera una oportunidad para evitar un desastre que ella imaginaba mayúsculo. Pero me podían la curiosidad y la inconsciencia de la juventud.

 - Lo siento, Adela, pero prefiero verlo. Necesito que me explique por qué hace esta tontería – manifesté, juiciosamente.La mujer lanzó un breve lamento, mientras aflojaba sus manos de mi brazo. No quiso acompañarme, y se dejó vencer sobre la escalinata. Sus habituales movimientos mecánicos habían desaparecido, y ahora su cuerpo parecía un objeto inerte y blando, ligero y fácilmente maleable. Sentí su profunda tristeza recorriendo mis venas mientras rodeaba la casa en busca del taxidermista.

Aquella mañana los pinos filtraban el sol, esparciéndolo en brillantes haces de luz que formaban curiosos dibujos en el suelo, sobre el chinarro y las plantas. La imagen de José me surgió a la vista como la de un hombre derrotado sobre su asiento, cansado, encerrado en una imaginaria cárcel de barrotes luminosos, y vestido con el mismo conjunto con que lo conocí, aunque ese día el resplandor del pantalón blanco casi me cegaba las pupilas. La visión, en su conjunto, parecía irreal, como si sin darme cuenta hubiera traspasado las barreras de la vigilia y me hubiera sumergido en un dulce sueño. Recuerdo que era principios de marzo, en esas fechas en las que el invierno se confunde torpemente con la primavera, y aunque hacía calor de cuando en cuando un viento ligero bajaba de las montañas arrastrando un aire húmero y frío que me estremecía hasta las entrañas.

- José, ¿estás durmiendo? – pregunté, estúpidamente, mientras me sentaba a su lado. Sobre la mesita de hierro forjado había una aguja hipodérmica, un cuenco con un líquido que parecía agua, un vaso de limonada y un envase con la inscripción Astramorph®.

 - Enrique… susurró José, alzando levemente una mano. Mantenía los ojos cerrados, y aunque se notaba que trataba de moverse le resultaba muy dificultoso. Lentamente fue girando el torso hacia mí, quedando en una extraña posición ladeada sobre su asiento.

 - Sí, soy yo – repliqué con tristeza.

Guardé silencio durante algunos minutos. Me dediqué a observar con detenimiento el rostro del taxidermista, que de cuando en cuando emitía algún suave gemido, como si estuviera soñando. Mantenía la boca entreabierta, lo que permitía descubrir una dentadura bien cuidada y sana, excepcionalmente saludable a sus años. Estaba sin afeitar, y la barba de un par de días estropeaba su habitual aspecto de dandy inglés. Tenía los párpados apretados, y unas profundas arrugas señoriales partían de ellos hasta internarse en las sienes.

 - No comprendo cómo hablando conmigo mismo.José pareció despertar, y desentumeciendo los músculos, muy forzados en la posición que mantenía. Abrió un poco los ojos, pero los volvió a cerrar de golpe, como si una fuerza extraña pudiera dañarle la retina y se viera obligado a mantenerlos sellados.

 puedes hacerte esto – susurré, casi

 se removió muy despacio, como- ¿Has estado enamorado alguna vez? – me preguntó. Su voz sonaba ronca, lejana y gastada.

 - No, creo que no – respondí, perplejo.

 - Seguro que no. Si lo hubieras estado no dudarías…

 - Pero, ¿qué tiene eso que ver con que se haya drogado? – inquirí, realmente enfadado.

 - En realidad… no tiene absolutamente nada que ver. Sólo quería testar hasta qué punto puedes llegar a comprenderme. Cuando alguien comprende a otra persona es mucho más fácil que llegue a perdonarla, ¿me explico?

Hablaba pausadamente, arrastrando la lengua y vocalizando pesadamente. Su voz apenas me llegaba a los tímpanos, y se perdía en el breve trayecto de un par de metros que nos separaba, confundiéndose con el trinar de los pájaros, o con el leve sonido de las ramas agitadas por la brisa. Un sopor melancólico envolvía al taxidermista, transformándolo en un hombre gris y meditabundo.

 - José, no tengo nada que perdonarte. Sencillamente estoy

 decepcionado – dije, sabiendo que me arriesgaba a contrariarlo y perder para siempre la posibilidad de recibir sus clases.

 - ¿Qué te hizo saber que deseabas ser taxidermista?Aquella manera de cambiar de asunto sin más, casi provocadoramente, me enfurecía profundamente, pero pensaba que debía de seguir a su lado, de pasar el trance de aquella mañana, pues así podría conocerlo mejor, y, quizá, ayudarlo a separarse de la morfina.

- No sé, creo que las libélulas – respondí, desganado.

 - Libélulas… Es la palabra más bonita que existe en castellano, ¿no crees?

Me resultaba complicado entenderle. Las frases salían de sus labios en forma de murmullo suave, y tenía que esforzarme por entender qué era lo que me estaba diciendo. Él también se esmeraba para mantenerse despierto y locuaz, aunque apenas lo conseguía.

- Sí, puede ser – apunté, lacónico.

 - Es curioso, Enrique. Casi todos los taxidermistas coincidimos en nuestro amor primero hacia los insectos. Me imagino que tiene que deberse a la facilidad de acceso a los mismos, y a la irrefrenable atracción que nos producen sus hermosos colores…

 - Yo pasaba los veranos cerca de un río. Iba a bañarme en él por las mañanas, y las libélulas se posaban en la orilla a refrescarse y beber agua. Habían cientos de ellas: rojas, moradas, verdes… y mis favoritas, las azules.

Aunque seguía disgustado, la trastabillada conversación que manteníamos iba poco a poco apaciguando mi temperamento. José ahora se dejaba arrastrar por unos pensamientos que seguramente la morfina hacía libres y vaporosos, y me hablaba torpemente con la lengua y los labios anestesiados, manteniendo en todo momento firmemente cerrados los párpados, y buscando el sol con su rostro como un caracol desesperado.

- Te parecerá una idiotez, pero creo que te estoy viendo. Sí… te veo… Veo el agua brillante de la orilla del río, y los eucaliptos que crecen libres en la otra margen, y decenas de libélulas que se mueven a tu alrededor…

 - Tiene que ser la morfina – atajé, con brusca sequedad.El taxidermista hizo nuevamente la intentona de abrir los ojos, y esta vez lo consiguió en parte, y logró mantener un mínimo espacio entre los párpados, por el que supuse que apenas lograría ver nada, pero que a mí me permitía adivinar el azul intenso de su iris, que comprimía desmesuradamente sus pupilas. Comprendí entonces que era la morfina la provocadora de aquella intensa miosis, la cual le impedía despegar los párpados sin sentirse completamente cegado.

- No me juzgues tan severamente, Enrique. Es fácil contemplar los comportamientos ajenos y mostrarse estricto e inflexible, pero mucho más complicado hacer exactamente lo mismo con los propios. Para las acciones que nos conciernen siempre tenemos una explicación plausible, una sucesión de acontecimientos que justifican nuestra manera de actuar… y casi siempre estaremos en lo cierto, porque casi nadie hace nada por capricho o sin una causa que lo motive, sólo aquellos que han perdido la razón. Sólo te pido que uses la misma vara de medir que utilizas para ti conmigo…

José parecía recuperar la agudeza mental al tiempo que íbamos hablando. A sus reflexiones no les faltaban argumentos de peso, pero esa mañana yo no era fácil de manipular, y mucho menos teniendo en cuenta la radicalidad inmisericorde que se forja en la adolescencia.

- Todo lo que dices está muy bien, pero me es complicado encontrar una justificación a que te drogues. Además, no es un buen ejemplo – apunté, pensando más en mi padre que en otra cosa -. No me parece que sea algo de lo que puedas sentirte orgulloso.

El taxidermista reflexionó un par de minutos antes de replicar. Estaba ufano porque mis palabras parecían haberle herido, aunque no tanto como a mí lo había hecho el encontrarlo en aquel estado de decadencia.

- ¿Cómo voy a estar satisfecho? La morfina representa más que nada mi derrota, ¿comprendes? Esta droga – dijo, tomando con su mano derecha torpemente el envase de Astramorph® - sirve para calmar el dolor, aunque no sólo el físico, sino también el anímico. Este cuerpo fósil que ves oculta heridas que sólo la memoria contempla, y es mi cabeza la que se empeña en no cicatrizarlas. Sólo te ruego que perdones esta menudencia, este pecado senil que aunque con el paso de los años no llegues a justificar quizá si llegues a comprender.

José se mostraba tan humillado que no veía la manera de zafarme del perdón que con tanta sumisión solicitaba. Sentí relajarse en mi interior la ira, y la tristeza de Adela, que no había hecho otra cosa que acrecentarla, se fue diluyendo lentamente en la corriente palpitante de mis venas.

- Sólo espero que esto no se repita. Lo deseo de corazón, más por ti que por mí mismo – manifesté, condescendiente.

 - No puedo prometerte nada, porque no me siento dueño de mis actos. Pero sí intentaré no inyectarme droga cuando vengas a verme. Ha sido una terrible falta de respeto hacia tu persona.

 - ¿Y Adela? – pregunté, tajante.

 - Adela… Creo que ella ya está acostumbrada. Me conoce muy bien, mejor que yo mismo…

 - No subestimes sus sentimientos…

 - Y no lo hago, tenlo por seguro.

 - Con eso me doy por satisfecho, de momento – dije, dejando una puerta abierta a nuevos requerimientos. Suponía una sensación agradable el tener, siendo alumno, un fundamento que me daba una cierta ventaja o autoridad moral frente a mi instructor.

 - Ahora lo que me importa es que no huyas, que no escapes de mi vida por un pequeño desliz. Necesito darte las clases, instruirte para que llegues a ser un verdadero taxidermista. Me siento orgulloso de hacerlo, y lo hago por puro egoísmo, lo reconozco. Es para mí un placer, y quizá un último gesto que conceda a mi existencia un postrera oportunidad de gloria, enseñarte.

Me quedé sin palabras. Un calor intenso y ridículo se extendió con rapidez por todo mi cuerpo, hasta inundar finalmente mis mejillas. Sentía vergüenza y vanidad mezcladas en partes iguales y sin control. Por un instante recuerdo haber pensado que quizá la morfina, a fin de cuentas, no era una droga tan dañina ni perjudicial.

- José… - acerté a musitar.

 - Enrique, trata de ser feliz ahora, intenta hacer realidad tus sueños y no hagas nada de lo que luego puedas arrepentirte. Cuando uno llega a mi edad la infancia y la adolescencia asaltan la mente sin piedad, de forma implacable. En ocasiones me sorprendo aquí, sentado en esta misma silla y rodeado de estos mismos árboles, confundido y alterado, cuando creía encontrarme en otro lugar, muy lejano en el espacio y en el tiempo. Así de perverso y maravilloso es el cerebro humano.

Debo reconocer que aquellas reflexiones me pillaban desprevenido, y que he tardado muchos años en llegar a desentrañar parte de su significado, aunque no la totalidad. Pese a todo, las palabras del taxidermista me acompañaban hasta la noche, cuando ya en la cama cerraba los ojos para conciliar el sueño. Resonaba el eco apagado de su voz, y de alguna manera interpretaba que sus cavilaciones tenían un algo de verdad suprema, incontestable, que mi temprano entendimiento aún no llegaba a desvelar.

 

 

 V

 

José jamás volvió a repetir nunca un espectáculo como el de aquel día, aunque Adela me informaba secretamente de que seguía inyectándose morfina tres veces por semana.

- Cada vez le hace más efecto. Hay veces que se queda amodorrado durante horas, y claro, luego no hay quien lo duerma por la noche – me decía la mujer, angustiada.

Me había documentado acerca de la morfina, y curiosamente uno de sus efectos era la enorme tolerancia que generaba en los adictos a la misma. Con el tiempo, una dosis mortal para una personal normal y que jamás se la hubiera inyectado era aceptada como si tal cosa por el que estuviera enganchado a ella. Eso no hacía otra cosa más que acrecentar mi preocupación, pues imaginaba que el taxidermista iba paulatinamente incrementando las dosis que se suministraba. Pero jamás encontré la manera de abordar el asunto, y siempre tenía una excusa a mano para decirme que no era el día apropiado y que más adelante sería mejor.

El mes de abril llegó como bien indica el refrán azotando la ciudad con una plaga de lluvias sucesivas, aunque amables, que apagaban y acortaban los días, y los entristecían un poco. Apenas salía de casa, pues en esta ciudad cuatro gotas parecen un diluvio, y a todos sus habitantes nos asusta un tanto mojarnos, y por eso preferimos el refugio seco y cubierto de nuestros hogares. Aquella mañana de mediados de abril Adela me dejó a solas en la larga galería de la casa, cuyas puertas oscuras ya conocía de una vez, única, que había estado en el interior de la vivienda, allá por el mes de noviembre. El pasillo seguía sumido en la más sombría penumbra, tal y como lo recordaba.

- Espéralo aquí, pronto bajará, yo tengo que seguir haciendo la comida – me dijo la mujer, a la que ya me unía una cordial relación, con naturalidad.

 - Un momento, Adela – repliqué, precipitadamente -, no me gusta este lugar.

 Ella me dirigió una mirada atónita, aunque cargada de comprensión. Hizo un ademán de golpearme con sus dos manos estrechadas.

 - ¡No me lo puedo creer! ¿Menudo mozalbete estás hecho tú?Será sólo un minuto, ya he avisado a don José.

 - Pero, ¿por qué no hay ninguna bombilla en este pasillo?

 Cualquiera podría tener un traspié – apunté, intentando disimular mi

 miedo tras una cortina de aséptico criterio práctico.

 - Porque así lo quiere don José – respondió Adela, sarcástica,

 mientras se alejaba de mí, en dirección a la cocina.

Me quedé a solas, aterrado. Pasados unos minutos mis oídos se acostumbraron al aparente silencio, hasta que fueron lentamente agudizándose. Entonces percibí que alguien caminaba muy despacio sobre mi cabeza, de un lado a otro. Era como si buscase alguna cosa con detenimiento, conocedor de la zona pero sin recordar el lugar exacto. Más tarde pensé que en realidad no estaba escudriñando nada, sino que seguramente observaba alguna cosa con sosiego y deleitación, dando vueltas en derredor suyo. Todas aquellas pesquisas las realizaba de manera automática, como si una parte de mi mente intentase entretener el miedo irreflexivo que atenazaba a la otra con artificios de detective aficionado. De súbito, mientras mi cuerpo quedaba petrificado por el pavor, sentí cómo los pasos se alejaban, produciendo un estremecedor chasquido sobre el artesonado de madera del techo. Al cabo de unos pocos segundos apareció el taxidermista desde detrás de una de las puertas de la galería, con el rostro apagado y sombrío. Yo seguía paralizado, incapaz de articular palabra. José al verme mudó la expresión de su cara, recuperando el aspecto elegante y amable que le caracterizaba.

- ¡Enrique, qué sorpresa! Disculpa, ¿has tenido que esperar mucho? Adela me avisó de que había sonado la campanilla y que seguramente serías tú… pero estaba tan entretenido que me he despistado un poco

– dijo el taxidermista, mientras se me aproximaba con una amplia sonrisa en los labios.

 - Sí… Bueno, en realidad… - balbuceé.

 - ¿Qué te pasa? Estás temblando, y frío como un témpano de hielo – apuntó José, tomándome por los hombros y frunciendo el ceño con simulado disgusto.

 - Es que… No me gusta demasiado este pasillo.

 El taxidermista miró a un lado y a otro de la galería, como sopesando alguna cosa, y luego me volvió a lanzar una de aquellas seductoras y cálidas sonrisas que tan bien manejaba.

- Tienes razón, ahora que lo dices, resulta tétrico. La verdad es que lo mantengo así para proteger de la luz y la humedad mi biblioteca… y las cosas que tengo en el altillo.

 - Claro, está claro.

 - Si te parece hoy podríamos dar un lago paseo por el monte, nos vendrá bien a los dos salir de la casa un rato y charlar al aire libre.

 - Está lloviendo.

 - ¡Venga, hombre! Son cuatro gotas, no nos van a hacer ningún daño.

 - En fin, he traído paraguas… - dije, no muy ilusionado con la idea, aunque deseando escapar del pasillo cuanto antes.

 - Deja, deja… Te prestaré uno de mis chubasqueros, y así irás más cómodo. Además, tenemos trabajo para hacer en el monte, y necesitarás las manos libres.

Seguí a José hasta el recibidor de la vivienda, que seguía presidido por la cabeza de venado que tanto me impresionaba, y allí me extendió un impermeable. Me lo puse al momento, pero me arrepentí, pues al estarme un poco grande me daba un aspecto ridículo.

 - ¡Estoy espantoso! – exclamé, extendiendo los brazos con cierta desidia.El taxidermista me miró y trató, sin mucho éxito, de ahogar una espontánea carcajada. Luego se me acercó y me agitó levemente, tomándome por la cintura.

- Nadie va a vernos, no creo que ande ninguna jovencita suelta por el monte con este tiempo. ¿Qué clase de loco se pone a pasear con este día de perros? – inquirió, rozando el cinismo burlón.

 - Nosotros dos…

 - Iré a decirle a Adela que nos marchamos y que regresaremos en una hora más o menos. No hace falta que me acompañes, y así te evitarás el mal trago de que te vea – apuntó, guiñándome un ojo con socarronería.

Salí al exterior de la casa, y me dediqué a estudiar con más minuciosidad la fachada, en la que apenas me había fijado desde la primera vez que llegué a la misma. Las paredes habían sido enlucidas en varias ocasiones, y eso era algo evidente, pues en las zonas en las que la pintura se resquebrajaba aparecían varias capas superpuestas en diferentes tonalidades. Pese a las numerosas grietas y desconchones, los muros tenían un aspecto saludable y robusto, y esa ligera decadencia de la pintura no hacía sino conferirles un aire romántico, como el que poseen ciertas mansiones victorianas abandonadas a su suerte. A ambos lados de la entrada había dos enormes ventanales, que tenían que corresponderse con las dos primeras estancias, a las que se accederían por las primeras puertas enfrentadas de la galería que tanta animadversión me producía. Las ventanas estaban protegidas por unos enrejados verdes, del mismo color que el vallado que circundaba la pequeña finca. Seguramente había sido Adela la que había colocado en ellos algunos tiestos con geranios, claveles y otras flores típicas de la región, que soportaban bastante bien el clima. La segunda planta había sido construida con posterioridad a la primera, o al menos eso se deducía de su diferente tonalidad y disposición, algo más estrecha. No poseía ventana alguna, y tan sólo un pequeño tragaluz podía servir para permitir que el aire en el interior no se viciase. Por alguna extraña razón regresaron a mi mente los pasos de José en el altillo, y volví a estremecerme. Recordé su rostro algo lúgubre y circunspecto nada más aparecer en el pasillo, y pensé en qué diablos habría andado metido en sus extraños devaneos por el desván.

- ¡Vamos, no hay tiempo que perder, si deseas estar a tiempo para comer en tu casa! – exclamó el taxidermista con animosidad, surgiendo de la nada y dándome un susto de muerte.

 - Estaba mirando las plantas… - mentí, espontáneamente.

 - Si lo deseas Adela te puede cortar algún esqueje y así podrás plantarlo en tu habitación.

Salimos juntos al camino mal asfaltado que seguía ascendiendo desde la casa primero hasta el cementerio y luego hasta el monte. Me sorprendió el caminar ágil y ligero de José, que parecía acostumbrado a la pendiente y la remontaba con bastante suficiencia.

 - ¿Sueles pasear por el monte? – pregunté, intuyendo una

respuesta afirmativa.

 - Efectivamente, al menos un par de veces a la semana. Es el

 único ejercicio que hago, pues paso la mayor parte del tiempo sentado

 junto a la fuente, o leyendo algún libro bien arribado a la chimenea.

 Habitualmente salgo los miércoles y los domingos, pero hoy me ha

 parecido adecuado hacer una excepción.

Me fijé que el taxidermista se ayudaba de un grueso bastón de montaña muy actual, lo que confería un aspecto moderno y juvenil a su de normal aire desfasado, de principios del siglo XX. También se había hecho con una diminuta mochila, que llevaba a modo de bandolera, y que parecía estar vacía.

- ¿Y ese pequeño macuto?

 - Te has fijado… Nuestro paseo no va a ser en balde. Vamos a recoger algunas flores comestibles – manifestó José, un tanto altisonante.

Me quedé perplejo, pero no quise añadir nada, y sopesé que lo mejor era esperar a ver con qué me sorprendía, pues no recordaba haber comido flores en mi vida. De súbito sentí un extraño escalofrío, y al momento me di cuenta de que habíamos llegado a la altura del cementerio. A través de la verja de entrada pude distinguir algunas tumbas y lápidas, y más al fondo, casi imperceptibles por culpa de la niebla, los nichos.

- ¿No te gustan los cementerios? – me preguntó José, señalando el camposanto con su bastón.

 - Lo cierto es que no demasiado. Y en un día como hoy mucho menos.

 - Pues me gustaría visitarlo un día en tu compañía. Lo tengo tan cerca que casi le he perdido el respeto. Me siento junto a las tumbas y me entretengo en leer las inscripciones. Algunas de ellas son auténticos manifiestos, otras vulgares venganzas, y las más, sencillos puntos y finales a vidas anodinas.

Superado el cementerio el camino dejó de estar asfaltado y se hizo más angosto y pedregoso. Luego parecía llegar a una bifurcación, separándose en tres sendas estrechas pero fáciles de identificar. El taxidermista eligió una de ellas con seguridad, la que se hacía más empinada, la que parecía buscar la cumbre de la montaña. Tuve que seguirlo detrás, pues ya no era posible caminar parejos. Los árboles, básicamente pinos, aunque acompañados de encinas, se concentraban en aquella zona, salvaguardándonos de la suave lluvia.

- He estado pensando en las libélulas – dijo el taxidermista, girando la cabeza para poder contemplar mi andar cansino.

 - ¿Y eso?

 - No te lo dije, pero yo también comencé mi pasión por la conservación con un insecto de nombre maravilloso: las mariposas.

Lo cierto es que a mí siempre me habían fascinado las mariposas, pero nunca me había animado a cazarlas. Me parecía muy complicado conservar sus alas, o poder capturarlas sin estropearlas salvajemente.

- ¿Y las atrapabas en este monte?

 - No, imposible. Aquí las que hay son muy pequeñas, y además no abundan. Era otra época, y vivía en otro lugar. Pasé mi infancia lejos de aquí, aunque esta tierra me vio nacer, y esta tierra me verá morir…

Había pronunciado aquellas últimas palabras con cierto orgullo, pero también con una melancolía apreciable que uno de inmediato identificaba con una vaga sensación de inmediatez.

 - Para eso queda mucho – apunté, con la ingenua facilidad y distanciamiento de los jóvenes.

 José detuvo su caminar y me miró con complacencia. Se apartó la capucha del chubasquero y dirigió su rostro hacia la copa de los árboles.- No está tan lejos el día. En realidad, debo de darme prisa con tu formación. Pero tampoco hay que precipitarse – manifestó, con frialdad y sin sentimentalismo.

 - No me gusta que hables así, ni que hables de este tema.

 - ¿Te asusta la muerte?

 - No sé… - respondí, pues era un asunto que con la edad que tenía no se encontraba entre mis principales preocupaciones.

 - Qué tonterías estoy diciendo, ¿no es cierto? Sigamos, que todavía nos queda un trecho hasta llegar al lugar señalado. Caminamos unos diez minutos en absoluto silencio. La senda, que parecía al principio querer buscar la cima de la colina, en realidad la bordeaba, y daba a para a una pequeña depresión, en la que crecían arbustos y otros matorrales diversos, como el romero y la lavanda. El taxidermista se detuvo frente a una serie de rocas muy pulidas, entre cuyas grietas habían crecido de manera abundante un conjunto de arbustos de tallos largos y copiosos.

- Ya hemos llegado. Nuestro cometido de hoy es recolectar capullos de alcaparra, ¿los conoces?

 - Algo he oído hablar – repuse, sin demasiada convicción.

José me enseñó a arrancar las alcaparras con sumo cuidado, eligiendo las más pequeñas y las que estuvieran ubicadas en la parte superior del arbusto, y siempre con cuidado de no pincharme con las espinas, que aunque escasas producían un intenso dolor.

- ¿Recoger capullos de alcaparra también forma parte de mi formación? – inquirí, con algo de guasa.

 - ¡Claro que sí! Además, en poco tiempo podrás disfrutar de ellas. Ya verás lo ricas que están en ensaladas…

Aunque lo estaba pasando bien, con la espalda doblada y haciendo las veces de un campesino del medievo, me resultaba cuando menos insólita aquella experiencia. José estaba muy animado, y recogía los brotes de flor en ciernes con inusitada habilidad y rapidez. Cuando hubimos llenado el macuto se dio por satisfecho y decidió que era la hora de regresar.

 - Hemos ido más deprisa de lo que esperaba. Eres un fantástico ayudante.Me di por contento con el halago, y seguí al taxidermista, que agilizó el paso. En menos de un cuarto de hora estábamos de vuelta en la casa. Aunque había dejado de lloviznar, el cielo seguía muy encapotado, tiñendo de acero el ambiente y arrojando sobre árboles frutales que cercaban la piscina una luz mortecina y lánguida, casi más propia del atardecer que del mediodía.

 - Ahora sólo tenemos que rematar la faena. Vamos a, digámoslo

así, embalsamar estos capullos. Una vez hecho esto, los podremos degustar durante meses, sin miedo a sufrir una intoxicación – dijo José, henchido de orgullo.

Repartió las alcaparras en dos grandes tarros de cristal, que luego rellenó hasta tres cuartos con agua. Luego echó algunos puñados de sal en cada uno de ellos, y los cerró para agitarlos. Finalmente, añadió vinagre hasta casi desbordar la capacidad de los frascos, y los cerró definitivamente con fuerza, dejándolos junto al borde de la piscina.

- ¿Ahí se quedarán? – pregunté, algo intrigado.

 - Efectivamente. El sol terminará de rematar el trabajo. Les cambiaré el agua dentro de dos semanas, y así pasarán otro tanto. Luego repartiré las alcaparras en frascos más pequeños con agua, sal y vinagre, y así tendremos para disfrutarlos todo el verano – me respondió el taxidermista, con una amplia sonrisa.

 - Tengo que regresar – apunté, señalando mi reloj.

 - El día que quieras, puedes quedarte a comer. Tanto Adela como yo estaremos encantados.

Me despedí de José, y bajé la cuesta en busca del autobús que me llevaría de vuelta a casa con una extraña sensación en el cuerpo. Había algo que me rondaba la cabeza pero que no lograba identificar, como cuando uno trata de poner nombre a una cosa que ve en su mente claramente, pero para la que no encuentra el sustantivo exacto. Me sorprendió descubrir a algunas personas en la viviendas que había salpicadas a lo largo de la carretera. Era la primera vez que estaban ahí, o al menos que se dejaban ver. Por un segundo creí haber entrado en un mundo ficticio, irreal, en el que nada era tal y como mis ojos lo estaban percibiendo. El camino pareció alargarse, hacerse eterno, y el cielo se volvió más plomizo, hasta tal punto que sentía su peso sobre mi cabeza, a punto de reventar aplastada. Llegué extenuado a la parada del autobús, con el agotamiento propio de un maratoniano tras haber realizado su prueba en tiempo récord. En cinco minutos llegó el autocar y saludé al conductor, al que ya me unía cierta confianza, con el misma regocijo con el que un naufrago hubiera recibido a sus salvadores.

- Pareces cansado. Hoy seguro que te has dado un buen paseo…

 - Si te digo la verdad, me he fatigado sólo de bajar la cuesta.

 - Entonces el cansancio no es físico, sino mental.

El conductor había lanzado aquella frase de manera casual, casi como en plan de broma, y sin embargo el efecto que provocó en mí fue demoledor. El autobús iba completamente vacío, tan sólo él y yo ocupábamos sus asientos. Volví a percibir que la realidad se desdibujaba a mi alrededor, que caía por el tobogán imprevisible de la imaginación más desbocada. ¿Cómo podía estar sucediéndome todo aquello? ¿Qué diablos lo provocaba? De súbito dejé de estar en el autocar, dejé de mirar por la ventana, dejé de ver la nuca del conductor… De repente estaba en la galería de la casa del taxidermista, a oscuras, y sentía sus pasos sobre mí, en el desván, caminando con sigilo, acechando alguna pieza. Yo estaba petrificado, y me moría de miedo. Un terror mayúsculo me atenazaba, y sólo tenía un origen, una sola causa que ahora podía desvelar con precisión meridiana: José.

 

 

 VI

 

Pasé dos semanas sin regresar a casa del taxidermista. Telefoneaba y hablaba únicamente con Adela, que de alguna manera disculpaba mis desaires, aunque dándoles una explicación bien distinta a la verdadera.

- Te comprendo. Este hombre hay veces en las que se equivoca. Yo ya me he acostumbrado, pero es intolerable que un hombre de su edad… Ya te dije aquel día que era mejor que te volvieses a casa, como si nada – argumentaba la pobre mujer, mientras yo asentía en silencio al otro lado de la línea, como un cobarde.

El miedo es un fenómeno extraño, y muchas veces completamente irracional. Existe la teoría de que todo aquello que nos provoca pavor se debe a que nuestro cerebro, de un modo sabio, nos está previniendo acerca de que ese acto, cosa o persona encierra un peligro más allá de nuestro discernimiento consciente. El caso es que yo no acertaba a saber por qué había nacido en mi interior aquel temor injustificable hacia José.

Curiosamente, conforme pasaban los días lo iba echando más de menos, cada vez con una intensidad mayor. Era como si me hubieran arrancado una parte de mi alma, de mis pensamientos más ocultos y fascinantes, y ya no fuera capaz de elucubrar con cierta ambición, o tan siquiera soñar, sin la compañía del hombre que había de mostrarme los secretos más elevados del oficio que amaba. Traté infructuosamente de descubrir qué había provocado aquel sentimiento de sobrecogimiento ante su recuerdo, y finalmente opté por atribuirlo a una extraña vinculación entre el oscuro pasillo y su figura. Aunque él también había tenido algo que ver: su rostro lúgubre y sombrío, nada más girar la cabeza cuando regresaba del altillo, evidenciaba un sentimiento de ira u odio, o al menos eso había creído yo percibir.

 Fue un jueves cuando recibí la llamada desesperada de Adela, que casi me suplicaba desde el auricular:- Te ruego que vengas a verlo este sábado. Esta semana se está inyectando morfina todos los días, está muy mal. En sueños pronuncia tu nombre. Creo que se siente culpable, y que ya no le valen excusas. Prepararé una buena limonada, y me aseguraré de que se encuentra en perfectas condiciones. ¿Vendrás?

 - Iré, Adela, claro que iré – contesté, sin más remedio.

Aquella mañana de sábado de principios de mayo, que había despertado con un calor húmedo y asfixiante, más propio del mes de julio, me armé de valor y regresé a casa del taxidermista. Me recibió como si nada, como si jamás hubiera faltado a la cita de los sábados, o como si ese cierto ultraje careciera de la menor importancia. Al menos esa fue la impresión que tuve.

 - Hoy Adela ha preparado una magnífica limonada. Siempre son buenas, pero la de hoy es excepcional.José había recuperado su aire aristocrático. Llevaba un polo blanco de manga corta, rematado por unas delgadísimas líneas azul marino en el cuello. Lo combinaba con un pantalón de lino color tostado, y con unas sandalias de tiras de cuero, muy actuales. Si antaño siempre me había parecido un jugador de tenis inglés, aquel día se me antojaba como un opulento capitán de barco americano, sentado en la proa de su lujosa embarcación.

- Estos días he andado muy liado con los exámenes de final de curso. Me juego todo el año en un par de meses, y claro… - mentí, sin que nadie me hubiera solicitado explicación alguna.

 - Está claro, Enrique. Nunca te voy a reprochar nada. Pero sí que me gustaría hacerte una pregunta: ¿sigues pensando en hacerte taxidermista?

La pregunta me pilló algo desprevenido, y no supe responder de inmediato. La sangre se acumuló con velocidad en mis mejillas, y noté su calor incómodo, ese que revela a los ojos ajenos que nos encontramos metidos en un brete. Sólo circulaba una idea por mi mente: ¡claro que seguía pensando en ello, era mi pasión!

- No te quepa la menor duda – sentencié.

 - Quizá he estado un poco lento de reflejos, y te he andado aburriendo con circunloquios soporíferos. Hoy todo cambiará.

 - No te entiendo.

 - Consideraba apropiado para tu formación ir lentamente, abordar las cuestiones más filosóficas al principio para entrar en el meollo de la taxidermia y las clases prácticas al final, ¿me explico?

 - Perfectamente.

 - Pero he cometido un error. A lo mejor era un buen método hace años, pero los jóvenes de hoy en día aprendéis con rapidez, y también necesitáis de estímulos constantes. Me estaba regodeando en reflexiones que para ti, de momento, carecen de valor alguno.

 - Bueno, dicho así…

José agitó sus manos, acallándome. Antes de continuar con su discurso dio un lento trago a su vaso de limonada. El jugo de limón mezclado con agua y azúcar brilló tras el cristal, emitiendo suaves destellos que me recordaron a los que veía en la orilla del río al que iba a bañarme cuando niño. Por un breve intervalo de tiempo me sentí en profunda comunión con el hombre que trataba por todos los medios de recuperar mi atención.

- Hoy te enseñaré la biblioteca. Allí podrás consultar algunos libros interesantes, e incluso te prestaré alguno de ellos para que lo estudies en tu casa con tranquilidad. Seguro que te fascinarán.

Recordé que para acceder a la biblioteca tenía que regresar al pasillo de mis desvelos, la verdadera causa de que hubiera estado desaparecido de aquella casa durante dos semanas consecutivas.

- Fantástico – dije, aunque mi voz sonó trémula y apagada.

 - ¿Te preocupa algo? – preguntó José, mirándome fijamente con sus increíbles ojos azules.

 - No, nada – mentí.

 - Hemos puesto una luz en la galería. Es muy suave, pero al menos ya no hay que soportar esa tétrica penumbra – dijo, girando la cabeza hacia otro lado, como el que hace un chascarrillo sin importancia.

Bastante aliviado, seguí los pasos del taxidermista hacia el interior de la casa. Entramos por la cocina, que tenía una pequeña puerta que daba a la parte posterior de la vivienda. Cuando llegamos al pasillo José pulsó un interruptor y una bombilla de baja intensidad esparció una suave y agradable luz pastel.

 - Mejor así – apuntó el taxidermista, sin mirarme.

 - ¿Y los libros? ¿No se estropearán?

 - No, nada de eso. Esta es una luz muy adecuada, como la que

 tengo dentro para poder leer.Abrió una de las puertas centrales con sumo cuidado, como si fuera a hacerse cenizas en cualquier instante. Me invitó a que pasara al interior con un gesto contenido.

- En esta habitación se encuentran los libros más antiguos. Tengo algunos del siglo XVII, bastante bien conservados. En la de enfrente tengo los más actuales.

Pasé y entonces, bajo la tenue luz de una lámpara recubierta con papel vegetal, pude descubrir una amplia sala de unos veinte metros cuadrados cuyas paredes habían sido forradas hasta el techo con hermosas estanterías de gruesa caoba. De cuando en cuando había unos salientes rematados por letras de un metal que parecía oro, y que servían para identificar las obras en orden alfabético. Calculé, a bote pronto, que habría unos cuatro mil volúmenes, aunque los anaqueles estaban tan atiborrados que resultaba bastante complicado hacerse una idea aproximada. Algunos ejemplares estaban encuadernados en piel de gran calidad, con cuatro o cinco nervios en su lomo, aunque otros eran más modestos y estaban algo deteriorados.

- ¿Te gusta? – inquirió con nerviosismo infantil José.

 - Es alucinante – respondí, con igual candidez.

 - Cuando era más joven me pasaba las horas muertas en librerías de viejo de medio mundo: París, Madrid, Berlín, Roma, Boston… Tenía que viajar con frecuencia para visitar un museo o a algún cliente, o para asistir a un congreso, y siempre encontraba tiempo para ir a la caza de algún nuevo ejemplar interesante. Aquí está reunido el esfuerzo de todos esos años…

El taxidermista rebuscó entre los volúmenes y me alcanzó uno, bastante bien conservado. No había inscripciones en las tapas y sólo en el lomo había grabado en letras doradas: “Manuel du Naturaliste Préparateur”, Pierre Boitard.

- Está considerado como el primer manual de taxidermia – dijo con orgullo José -. Es de 1825, el original en francés. Échale un vistazo. Tengo otra edición en castellano, traducción de Santiago Alvarado y de la Peña, de 1833.

Estuve un rato pasando las hojas con extraña emoción. Constataba que casi doscientos años antes ya había hombres en el mundo compartiendo mi misma pasión, y era algo reconfortante. Estudié con detenimiento los curiosos y detallados grabados del libro, bastante explícitos.

- Parece mentira… - manifesté, casi en un suspiro.

 - ¿Qué?

 - Que hace dos siglos alguien escribiera acerca de la conservación de los animales y de las plantas.

 - Bueno, en realidad no lo es. Ya Herodoto hablaba de embalsamamientos hace más de dos mil años, y qué decir de los egipcios, cuyas momias son mundialmente famosas por haber resistido muy dignamente tres milenios.

En el fondo de mi ser no consideraba a los egipcios realmente como taxidermistas. Las momias, aunque fueran un ejercicio sensacional de conservación de un cadáver, nada o muy poco tenían que ver con el arte por el que yo profesaba una devoción tan extrema. Me sentía más vinculado con cualquier oso, ciervo o zorro expuesto en un museo de historia natural que con aquellos despojos de piel en los que apenas podían intuirse a un ser humano.

- Es algo sensacional – dije, devolviendo el libro a José, que a su vez lo dejó nuevamente en su estante.

 - Los libros son también obras de realizaban con materiales nobles, como conservación. Antaño se el cuero de calidad o el pergamino, capaces de resistir siglos en perfectas condiciones. Sin embargo cualquier ejemplar de los que obtienes hoy día en una librería apenas resistirá cien años antes de desintegrarse.

El taxidermista pasaba sus estilizadas manos por los lomos de los volúmenes de su biblioteca mientras hablaba. Lo hacía muy lentamente, como acariciando el torso delicado de un bello animal salvaje. Notaba en las yemas de mis dedos el tacto diferido que recorría los sentidos de José.

- ¿Todos los libros hablan de taxidermia o disecación? – inquirí.

 - En absoluto. Muchos sí, pero no la mayoría. Hay de todo: enciclopedias, poemas, novelas, cuentos, estudios diversos sobre infinidad de materias, manuales varios… Cualquier cosa que me haya interesado a lo largo de la vida.

José fijó la mirada en un punto indefinido. Sus ojos se volvieron cristalinos, casi transparentes, y permanecieron fijos, con las pupilas dilatadas enormemente. De repente, sus músculos se aflojaron y cayó desmayado, aunque no llegó a perder el sentido.

 - ¡José! – exclamé, asustado.El taxidermista lentamente fue recobrando la compostura, mientras yo lo ayudaba a incorporarse. Se llevó la mano derecha a la sien y se frotó suavemente la piel, como tratando de recuperar en esa zona con el masaje el flujo sanguíneo.

- Muchas gracias – susurró.

 - ¿Qué ha pasado?

 - No lo sé, ha sido todo tan extraño…

 - Tienes que dejar de inyectarte morfina – le espeté, con rigurosa severidad, recordando la información que Adela me facilitaba acerca del taxidermista.

 - Hoy no me he inyectado nada. Nada… - musitó, en un hálito de voz que se iba perdiendo.

 - Será mejor que salgamos a tomar el aire.

José se apoyó en mí, rodeándome con su brazo por el cuello, y así abandonamos la biblioteca y salimos al exterior. Nos sentamos junto a la piscina, y él poco a poco fue recobrando el aliento.

- No le comentes nada a Adela, no deseo asustarla. Tú tampoco debes preocuparte. Ha sido una especie de flash back, de súbito me encontraba en otro lugar, con tu misma edad, contemplando una biblioteca muy simular a la mía…

 - Me has dado un susto de muerte…

 - No ha sido nada, de verdad. Me sucede de cuando en cuando. Son recuerdos, fragmentos de mi vida que me acosan de manera imprevista, sólo eso. Aunque hoy… - susurró, y sus pupilas volvieron a dilatarse, pese a que ya estábamos en el exterior, y el sol de primavera brillaba con fuerza.

 - ¡José! – grité, intentando evitar un nuevo desvanecimiento.

El taxidermista me miró con ojos alucinados y me acarició suavemente el rostro, como lo hacía solamente mi madre. Sentí su tacto frío y un espasmo me recorrió el cuerpo.

- Tranquilo, Enrique. Es que… me siento tan débil, hay tantas cosas que podría haber hecho…

 - Voy a llamar a Adela – repuse con determinación.

 - No, te lo ruego. Márchate, pero no olvides regresar el próximo sábado. Ahora sólo quiero dormir un rato, eso es lo que necesito, descansar.

A regañadientes, lo dejé tal y como me pedía, aunque esperé primero a que se relajara, y luego fui a la cocina a advertir a Adela de que me marchaba y de que José se había quedado durmiendo junto a la piscina.

- Creo que ha sido tu visita. Ha estado muy excitado toda la mañana, quería que todo saliera bien, y sin embargo… - dijo la pobre mujer, meneando negativamente su cabeza.

 - No, no, todo ha ido bien. La próxima semana volveré a venir, te lo aseguro.

 - Muchas gracias, Enrique. Tú eres ahora el único aliciente que tiene. No quiero que te sientas obligado, ¿me comprendes?

 - Para mí es un honor venir a esta casa.

 Adela me abrazó con fuerza contra su cuerpo rollizo, que olía a flores silvestres y a agua de azahar.

 - Eres especial, y don José lo sabe. Creo que le recuerdas mucho a él mismo cuando era joven.La palabra especial tenía unas connotaciones positivas que yo en modo alguno asociaba a mi persona. Más correcto consideraba el calificativo de diferente o distinto, sin mayores matices, lo que dejaba un campo abierto a la especulación sobre qué era lo que realmente establecía las diferencias con la generalidad, y sobre si tales diferencias acabarían resultando provechosas o, por el contrario, negativas.

 - Muchas gracias, Adela, aunque me parece que no es para tanto. Hasta el sábado.Regresé pasando junto a la piscina y pude cerciorarme de que José ya dormitaba, ayudado por el calor acuciante del mediodía. Había quedado su cuerpo tendido sobre la hamaca en una postura algo grotesca, con una pierna doblada en una posición imposible y uno de los brazos atravesado sobre el pecho. Me acerqué para tratar de colocarlo en mejor posición, pues creí que era lo menos que debía hacer antes de marcharme, pero al hacerlo el taxidermista se removió en su asiento como advirtiendo mi presencia en sueños y balbuceó un nombre de mujer:

 

 

 - Elena… VII

 

Pasé aquella semana intranquilo. Una pesadilla se repetía en mi cabeza de manera constante: estaba en la galería de la casa del taxidermista y escuchaba sus pasos sobre mi cabeza, en el altillo. Increíblemente, me armaba de valor y habría la puerta del pasillo que sabía conducía al desván. La puerta daba a unas pequeñas escaleras de madera que se perdían en la planta superior, sumida en una profunda oscuridad. Las subía aterrado, pero con la determinación implacable de un detective. Sentía mis piernas temblorosas y vacilantes dudar en cada escalón, mientras mi mente forzaba con inagotable ensañamiento mi aparato locomotor para someterlo a sus designios. Cuando alcanzaba el altillo no conseguía ver nada, pues la penumbra era total, y tenía que esperar a que mis ojos se habituaran a ella. Notaba los suaves pasos de José, apenas a un par de metros de distancia de mi cuerpo. Finalmente empezaba a vislumbrar algo, ayudado por la tenue luz que la claraboya que había visto desde el exterior, analizando la fachada, filtraba sobre el desván. Justo frente a mí tenía al taxidermista, que no se había percatado de mi presencia, inclinado sobre una de sus piezas, quizá trabajando en ella. Avanzaba hacia él con el máximo sigilo posible. Sentía mis manos húmedas de sudor, sentía el palpitar desbocado de la sangre en las sienes y en el cuello. Un diminuto haz de luz permitía adivinar millares de partículas en suspensión en el aire enrarecido del altillo. Desafortunadamente, de repente tropezaba ruidosamente con algo situado en el suelo, alguna herramienta metálica, sobresaltándome. Entonces José se giraba abruptamente y yo me despertaba gritando, aterrado.

Todas las pesadillas concluían de la misma forma, siempre igual. Nunca terminaba de ver el rostro del taxidermista, ni qué era con lo que me había tropezado, ni qué otras cosas había en el desván o sobre qué pieza trabajaba él. Tardaba varias horas en recuperarme, y tenía que dar la luz para cerciorarme de que estaba en mi habitación.

 « ¿Por qué este miedo atroz? ¿Acaso sigo comportándome como un niño?», me preguntaba, pasado el susto inicial.Sentía una admiración fuera de toda duda hacia mi maestro, pero también un temor irracional para el que no encontraba ninguna explicación. Era algo rayano en lo paranormal, como si mi mente tuviera la capacidad de atisbar un apartado oscuro en el alma de José que el resto de mi sentidos eran incapaces de percibir.

Jamás comenté con nadie ni aquellas pesadillas ni mucho menos mis presentimientos acerca del taxidermista. Tampoco a mis padres. Temía que si lo hacía encontrarían el pretexto idóneo para alejarme definitivamente de él, y eso era algo más terrible aún que los malos sueños que me acuciaban. Era preferible custodiarlos en silencio, y aguardar con la esperanza de que un día, igual que habían llegado, desaparecieran.

La tarde del viernes hice novillos y la pasé en el cine viendo solo una película. Estaba inquieto por la visita del día siguiente, y a la vez ansioso por volver a estar con José, ahora que parecía decidido a pasar a la acción, a mostrarme de una vez sus secretos en el arte de la taxidermia. Por la noche me acosté tranquilo, y no soñé con nada, algo realmente extraordinario en mí. Cuando desperté todos los temores se habían esfumado y sólo deseaba llegar cuanto antes a la casa del taxidermista.

 Adela había salido a comprar algo aquella mañana y me abrió la puerta José. Estaba muy emocionado.

 - He preparado todo para nuestra primera lección práctica – me dijo, entusiasmado.Lo seguí hasta la parte posterior de la casa. Había dispuesto una mesa plegable, sobre la que había colocado una tabla de mármol para trabajar y diversos utensilios: varios bisturís, tijeras, alicates, alambres de diferente grosor, dos pares de ojos diminutos, unas limas, algodón, un martillo de goma, punzones… En el suelo había una caja abierta con más herramientas. Todo estaba perfectamente ordenado, como si la mesa de operaciones de un quirófano al aire libre se tratara. Me emocioné.

- Gracias, José, muchísimas gracias.

 - Nada, hombre, no seas chiquillo. Has sabido esperar, has tenido una paciencia infinita conmigo, y considero que ya estás preparado para comenzar de verdad con las clases. Aunque nunca debes olvidar nada de lo que te he dicho hasta ahora – manifestó, poniendo mucho énfasis en la última frase.

 - Así lo haré.

El taxidermista se quedó un rato pensativo, mirando con aire distraído hacia la mesa, como si buscara algo concreto. Luego me clavó sus penetrantes ojos azules.

- Recuerda que sólo tenemos una oportunidad para cada cosa en la vida. Nuestra existencia es larga, pero cada momento, cada instante, es único e irrepetible. Recuérdalo siempre.

Asentí, aunque no entendía nada de lo que me decía. Parecía en realidad estar hablando consigo mismo, estar recitando en voz alta una lección que le había costado setenta años aprender. Quizá deseaba con todas sus fuerzas que a mí no me sucediera exactamente lo mismo.

- Empezaremos con una pieza relativamente sencilla – dijo, mientras sacaba de una bolsa de plástico un objeto envuelto en papel de periódico -. Es de ayer, por lo que está en perfectas condiciones para iniciar su disecación – añadió, mientras retiraba el papel e iba desvelando poco a poco el cadáver de una codorniz de tamaño medio.

 - Tampoco yo quería comenzar con un oso – repliqué, con buen humor.

 - Hasta en las pequeñas cosas hay que poner todo el empeño, todo el corazón, toda la concentración posible. Esta codorniz, si hacemos nuestra labor correctamente, nos sobrevivirá, y dejará constancia de nuestro trabajo y de este día para siempre – me dijo, agitando el pajarillo entre sus manos.

El taxidermista hablaba con el tono de un catedrático de filosofía, y su dicción tenía esa mañana una corrección excepcional. Modulaba la voz con sabiduría, atrayendo mi atención y seduciéndome con los diferentes tonos. Se movía con la elegancia que le caracterizaba, pero quizá ahora con un punto de mayor distinción. Se notaba que entre sus aparejos se sentía como pez en el agua.

- Normalmente hay que trabajar bajo techo, y no a la intemperie. Tengo preparada una sala a tal efecto en la casa, pero me ha parecido más agradable hacerlo hoy aquí afuera. ¿Qué te parece? – preguntó, guiñándome con cierta complicidad un ojo.

- Sensacional – respondí, intuyendo que José sabía más acerca de mis temores de lo que en realidad decía.

 - Pues entonces dejémonos de preámbulos – concluyó, tendiéndome unos guantes de látex al tiempo que él se enfundaba otro par.

En un silencio monacal fue terminando de poner algunas herramientas sobre la mesa. Luego colocó el pajarillo sobre la tabla de mármol y le hizo una larga incisión perpendicular en el abdomen. Tras esto se detuvo, como si acabara de cometer una torpeza irremediable.

- ¡Qué estúpido! Estoy tan acostumbrado…y sin embargo.

 - ¿Qué ha pasado? – inquirí, teniendo bastante claro que me había perdido algo.

 - Hace mucho tiempo que no trabajo. En realidad, había decidido hace tiempo no volver a hacerlo… hasta que me telefoneaste. He olvidado mencionarte las fases preeliminares, que ayer yo mismo abordé. Esta codorniz no ha sido cazada, y la mataron hace veinticuatro horas rompiéndole el cuello. Aun así, siempre que recibas un ave tienes que asearla cuidadosamente, con un algodón empapado en amoníaco – tomó una torunda de algodón y la deslizó muy delicadamente por el plumaje del pajarillo -. Si hay restos de sangre debes limpiarlos a conciencia, ¡a nadie le gusta tener una pieza que en lugar de viva parezca recién abatida!

 - A mí tampoco me gustaría – dije, estremecido sólo con la idea.

 - Luego la secas, ayudándote de polvos de talco. Lo retiras rápidamente, evitando que se formen grumos, con un pincel o con una brocha de pelo fino. Entonces llega la fase crucial de tomarle las medidas a la pieza. Puedes hacerlo valiéndote de un metro, y también copiando el contorno en una hoja. Tomar algunas fotografías tampoco está de más. Tras esto envuelves el ave con papel de periódico y la metes en una bolsa de plástico, que guardas en la nevera. De esta manera dispondrás siempre de dos o tres días para iniciar el trabajo.

José volvió a inclinarse sobre la pieza. Hablaba con seguridad, pero respetando mi atención y mis ganas de aprender, como jamás en la vida lo había hecho ningún profesor que hubiera tenido. Me dejaba un espacio suficiente como para poder apreciar con comodidad sus movimientos, aunque eso le supusiera manejarse con ciertas molestias.

- Un artista debe de actuar con confianza y seguridad. Sigue los siguientes pasos que voy a dar con mucha atención. Hay que ser diligente, pues este tipo de pieles se secan y acartonan con mucha rapidez una vez han sido desolladas.

 - Entiendo – dije, embelesado.

El taxidermista aprovechó la incisión inicial para ir separando delicadamente la piel del ave del resto de su cuerpo, ayudándose de un escalpelo y de unas pequeñas tijeras oblicuas. Fue realizando pequeños cortes aquí y allá, dando ligeros tirones de la piel, dejando la espantosa visión del torso del animalito despellejado a la vista. No pude reprimir un jadeo de congoja.

- Te acostumbrarás – dijo José, mientras continuaba con la faena -. Es duro al principio, y mucho peor cuanto más grande es la pieza. Lo bueno es que no sangran, porque sus corazones han dejado de latir. Desde luego coincido contigo en que esta es la parte que menos me agrada de nuestro oficio.

Siguió separando la piel, poniendo un cuidado extraordinario, tratando en todo momento de no dañar el frágil plumaje de la codorniz. Cuando llegó al cráneo el desuello se tornó realmente desagradable, pues era costoso separar la piel de la cabeza, y había que vaciar su interior, cortar el pico, extraer los ojos… De cuando en cuando me veía obligado a apartar la vista, y aun así unas terribles nauseas doblegaban mi estómago.

- Ahora tienes que prestar mucha atención. Hay otros conservantes menos tóxicos, pero no son tan eficaces – apuntó, tomando de la caja de herramientas un botecito con una especie de cola blanquecina y acercándomelo -. Esto es jabón arsenical, y como su propio nombre indica contiene arsénico, por lo que siempre deberás manejarlo con extrema precaución. Aquí al aire libre es menos peligroso.

Observé cómo abría el envase y ayudándose con un pincel de punta fina iba extendiendo el ungüento por la cara interior de la piel del ave, insistiendo en las patas y en la cabeza.

- Este jabón es el que impide que naturaleza prosiga su curso ordinario. Sin en él en pocos días esto no sería más que un puñado de gusanos horribles, en lugar del pajarito inmortal que deseamos realizar

 – manifestó José, mientras se dedicaba con serenidad inquebrantable a ungir con el bálsamo cada centímetro de pellejo.

 - Y ese jabón, ¿dónde lo consigo?

 El taxidermista lanzó una enigmática sonrisa al aire, y me miró, poniendo los brazos en jarras.- Yo te enseñaré a crearte tu propio arsenal. En cada fórmula se oculta un gran secreto, pues cada animal, cada piel, requiere de diferentes elementos. No creas que vas a poder ir a un supermercado y pedirlos. Nuestro oficio tiene un algo de enigmático y misteriosos, y gran parte de la culpa se debe a estos preparados. La otra gran culpable ya la conoces… - concluyó, blandiendo el pincel en el aire.

 - Perdona, pero no termino de entenderte… ¿A qué te refieres? – le pregunté, bastante intrigado.

 - A la muerte, claro está. Trabajamos con cadáveres, ¿acaso no te parece lo suficientemente oscuro y siniestro? La gente nos imagina como a bichos raros, auténticamente extraños… y quizá, en el fondo, no les falte algo de razón.

Volvieron a mi mente las imágenes que me asediaban en sueños. Quizá sólo fueran eso, una representación del temor absurdo que por esta profesión tenía el común de los mortales. Un pavor atávico relacionado con el último trance que a todos nos aguarda y del que poco o nada, por no tentar a la suerte, deseamos hablar.

- Ya te dije que la muerte era un tema que a mí tampoco me gustaba.

 - Lo sé. Nosotros no trabajamos con la muerte, ¡al contrario! Nuestra misión es vencerla, burlarla con nuestro arte. Hemos de ser capaces de confundirla hasta el punto de que ella misma asuma su derrota. Por eso nunca debes de ponerte límites, porque sólo la vida debería dejarnos satisfechos con nuestra obra – dijo José, conmovido.

 - Pero es imposible devolver la vida… - apunté, con buen juicio, y entrando en una diatriba que me parecía totalmente disparatada.

 - Es imposible pintar un vaso de cristal, es imposible llegar a la Luna, es imposible ganar este partido – replicó el taxidermista, en un tono cansino y de cierta burla. Luego hizo una medida pausa de unos segundos -. O más claro y cercano: es imposible aprobar este examen, o sacar un sobresaliente… ¿Quién quieres ser?

José se quedó paralizado, apuntándome con un dedo acusador enfundado en látex. La imagen era casi cómica, aunque maldita las ganas que tenía de echarme a reír en aquel instante. Sabía que la respuesta que debía emitir entrañaba casi un posicionamiento existencial que habría de acompañarme para siempre.

- Un taxidermista…

 - Entonces no te hago falta. Cualquiera puede valerte – dijo, comenzando a recoger los utensilios y dando seguramente no sólo la clase por concluida, sino todo el curso.

 - Espera. Quiero ser algo más. Deseo ir más lejos, no aspiro a ser únicamente un taxidermista cualquiera, deseo ser un genio, un maestro en este arte. Por eso me decidí a llamarte, porque para eso necesito aprender del mejor – dije, con convicción, aunque mis palabras sonaban titubeantes.

José volvió a coger la codorniz y terminó de separar la piel por completo del resto del cuerpo. Luego se quitó los guantes de látex y me pasó un brazo por el cuello, como lo haría cualquier colega en un bar.

- Ahora tenemos que descansar un rato. Dejemos que se afiance el jabón antes de continuar – dijo, olvidando la tensión de hacía sólo unos instantes.

Nos sentamos junto a la piscina, cuyo aspecto había empeorado bastante. El agua estaba muy sucia y en su superficie flotaban insectos muertos, pétalos de flores y hojas secas, algunas de ellas putrefactas. El fondo se había tornado muy verdoso, y se adivinaban pequeñas algas que se habían desarrollado libremente y a su antojo, sin ninguna clase de impedimentos.

 - ¿Cuándo vas a limpiar la piscina? – pregunté, recordando que

Adela me había dicho en mi primera visita que así era como le gustaba a él.

 - No te gusta… - aseveró, en un susurro.

 - Hombre, tiene un aspecto lamentable.

 - Quizá si vieras una foto de ella, en la portada de una revista actual de moda, en blanco y negro, hasta te parecería hermosa, ¿no crees?

Hice un esfuerzo y traté de situar aquella imagen que José me había descrito en la mente. Cuando apenas lo logré tuve que reconocer que me produjo una extraña sensación placentera. Y sí, era realmente atractiva.

- Así dicho es cierto, pero en realidad… - dije, señalando la inmundicia que se mantenía sobre el agua.

 - ¿Has leído a Oscar Wilde?

 - Me suena ese nombre – repliqué, sin mucho interés.

 - Seguro que conoces, aunque sea de oídas, una de sus obras, en realidad su única novela: El retrato de Dorian Gray – declaró, pomposamente.

 - Sí, creo que alguna vez lo han mencionado en clases de literatura. Pero no me hagas caso, normalmente sólo nos hablan de autores españoles.

 El taxidermista agachó la cabeza, algo abatido, y lanzó un breve resoplido. Cuando volvió a levantarla había recuperado la animosidad.- En esa novela Wilde habla de un hombre muy guapo al que hacen un retrato. Resulta que a partir de ahí el hombre deja de envejecer, y en su lugar lo va haciendo el cuadro que le hicieron. Al cabo de unos años él seguía mostrando un rostro joven y hermoso, mientras que el cuadro, que mantenía oculto, revelaba la cara de una persona vilmente ajada, un adefesio deformado por el tiempo, aunque también por la maldad que anidaba en el modelo – dijo José, deformando de manera tétrica la voz, tratando de estremecerme.

 - Pero, ¿qué diantre tiene que ver esa novela con la suciedad de la piscina? – inquirí, un tanto irritado, y lamentando haberme metido en aquel jardín sin que nadie me lo pidiera.

 - Enrique, todos tenemos nuestro retrato. Unos en un cuadro, como Dorian Gray, otros en un recuerdo, en un objeto, en un trastero o… como yo… en una piscina.

No pude evitar, aunque lo intenté, pensar en el altillo. Otra vez regresaba el sonido de mis pesadillas: aquellos enigmáticos pasos sobre el artesonado. Me dije que su retrato no era la piscina, sino el desván.

 - Creo que sólo intentas asustarme, nada más.

 El taxidermista lanzó una carcajada limpia y larga, como la de un niño. Se incorporó y me dio un par de palmaditas fraternales en la espalda.- Tienes toda la razón. No hagas caso de las tonterías de este pobre viejo. Sólo sigue mis consejos en el arte de la disecación, porque para el resto de cosas en la vida no he valido absolutamente para nada

 – manifestó, con sincera tristeza.Regresamos a la mesa de trabajo. Descubrir nuevamente el cuerpo desollado me inquietó. Allí estaba, abandonado y desprotegido, diminuto, encogido, como si en nuestra ausencia hubiera sido capaz de recogerse aterido por el frío de una leve brisa traída de la montaña. Allí estaba, muerto y desnudo de verdad, añorando la piel recién perdida, que descansaba apenas a unos centímetros de distancia.

 - Es penoso ver cómo ha quedado el cuerpo de la codorniz – dije, sin pensar.José miró el pajarillo con aire distraído, como intentando comprenderme. Tomó el cuerpo y se lo llevó al interior de la vivienda. Regresó con una ligera sonrisa dibujada en el rostro.

- Ya está. Ahora debemos de preocuparnos por devolver la vida a lo que ya tan sólo era un cadáver. Comienza de verdad la función, la fase más delicada y crucial de nuestra labor de hoy.

El taxidermista comenzó a enrollar en hilo de bramante virutas de madera, hasta que consiguió una forma redondeada, de un tamaño similar, aunque algo inferior, al del torso del ave. Luego le fue atravesando diferentes alambres, de grosor variable, que entendí se correspondían con la cabeza, las patas y las alas. Dio forma a los alambres, y luego introdujo aquella especie de maniquí espartano en el interior de la piel de la codorniz.

- Enrique, ahora debemos trabajar con los alambres hasta obtener el tamaño y la posición deseadas, lo más natural posible – dijo, tendiéndome unos papeles con medidas y algunas fotografías de codornices al aire libre -. En esas anotaciones están las proporciones del animal, y ejemplos de sus congéneres vivos y en libertad. Son tu guía para montar un puzzle. Yo casi ya lo hago sin pensar.

 - Comprendo – manifesté, echando un rápido vistazo a las fotografías, y pensando que era completamente imposible que aquel pellejo tirado sobre el frío mármol pudiera llegar a parecerse lo más mínimo a las codornices retratadas.

José siguió trabajando, omitiendo el gesto de incredulidad que seguro había revelado mi rostro. Fue dando forma al pajarillo con ayuda de los alambres, rellenando el nuevo cuerpo con algodón. Iba clavando alfileres aquí y allá, y con el hilo de bramante terminaba de fijar las alas y el plumaje. Rellenó el cráneo también con algodón, y las cuencas de los ojos con arcilla, antes de ponerles los ojos artificiales. Se manejaba con una destreza increíble. Aunque se trataba de una pieza pequeña, por primera vez sentía que estaba viendo a un genio trabajando en directo, asistiendo al milagro de la creación de un artista que elaboraba su obra con la misma naturalidad con la que yo devoraba un helado.

- Ya sólo queda fijarla en una peana y esperar a que se seque. Cuando lo esté podremos retirar todos los alfileres y el hilo de bramante, y ya no habrá quién la mueva de su posición – dijo el taxidermista, que había sacado una pequeña base de madera de la caja de herramientas.

 - Tal y como lo has hecho ha parecido muy sencillo – comenté, tratando de halagarlo.

José me respondió con una breve sonrisa, y siguió a lo suyo. Apenas podía ver lo que hacía, pues estaba completamente inclinado sobre la pieza, intentando fijarla apropiadamente a la peana. Actuaba ahora con lentitud, casi parsimoniosamente. Se hizo el silencio, y sólo el suave sonido de la brisa agitando las copas de los pinos se podía escuchar. En aquella tranquilidad llegaron a mí los olores de los árboles frutales, en especial de los naranjos, que esparcían el ligero perfume de la flor de azahar. Olvidé todos los miedos, y me sentí orgulloso de estar allí, junto al hombre que admiraba y que estaba perdiendo su tiempo tratando de enseñarme el talento que atesoraba, tras años de oficio. Lo miré largamente, observando sus cabellos plateados, vencidos hacia la frente, y sus brazos estilizados y ágiles pese a la edad, que se movían como acompasados por una melodía invisible. Parecía haber olvidado su vejez, haber desterrado sus pesadillas, parecía también que la morfina no formaba parte en absoluto de su devenir cotidiano. Cuando se apartó y me dejó contemplar la codorniz una sensación electrizante recorrió mi cuerpo, desde las extremidades hasta estallarme en el cerebro: allí estaba el pajarillo, firme, estirado, con las alas pegadas a los costados, la cabeza ligeramente alzada y girada, las patitas consistentes, como si conservaran su fuerza original, y los ojos vivaces, destellantes, atenta y alerta como los de un gorrión. Pese al hilo de bramante y a los alfileres, tenía ante mí la pura imagen de un pajarillo tan despierto y espabilado como yo mismo.

- Bueno, ¿qué te parece? – peguntó el taxidermista, con sencillez, sin un mínimo asomo de vanidad.

 - José… es increíble, realmente increíble – respondí, anonadado.

 - Tampoco hace falta que exageres. Hacía mucho tiempo que no trabajaba, y eso es algo que se nota.

Me acerqué a la codorniz, y acaricié su plumaje, liviano y sedoso. Aquel ave me recordaba por qué deseaba yo ser taxidermista, qué me había empujado desde niño a desarrollar aquella pasión que prácticamente nadie, incluidos mis padres, compartía ni llegaba a entender. Noté cómo mis ojos se humedecían, y la mano con la que rozaba apenas el plumaje comenzó a temblar de manera involuntaria.

 - Gracias, muchísimas gracias, José – acerté a decir, entre reprimidos sollozos.El taxidermista se me aproximó y me alzó el rostro con la palma de su mano. Me observó igual que lo haría un compañero de andanzas de toda una vida, lo hizo como si fuera la única persona en el mundo capaz de comprender qué pasaba por mi mente en aquel instante mágico, qué emociones recorrían mis entrañas en violentas sacudidas sin control.

 - Tranquilo, Enrique. Recuerda que conmigo puedes llorar, no

hace falta que te reprimas. Recuerda también que algún día serás capaz de esto… Llegará el día que serás capaz de mucho más, estoy seguro. Y ese día yo seré el hombre más feliz del universo, allá donde quiera que esté.

 

 

 VIII

 

Con el mes de junio llegaron los exámenes y el final de curso. A priori me jugaba mucho, pues de aquellas pruebas dependía la nota final que me permitiría acceder a una u otra carrera universitaria. Aunque yo tenía muy claro en ese momento lo que deseaba ser, tampoco quería contravenir demasiado a mis padres y no me molestaba en absoluto pasar otros cuatro años estudiando una profesión de esas que se consideran normales, de las que en principio todo el mundo piensa que se puede llegar a vivir sin demasiadas alegrías pero también sin muchos agobios. Este fue el motivo de que en todo el mes sólo fuera un sábado a visitar al taxidermista.

Lo echaba de menos constantemente: sus consejos, su capacidad para animarme a cumplir mis sueños, su maestría en el arte de la disecación, las charlas interminables junto a la pequeña fuentecita… También añoraba en las tardes más calurosas y húmedas, mientras intentaba retener en mi cabeza fórmulas matemáticas o citas filosóficas, la animosidad de Adela y sus fabulosas limonadas.

José me había enseñado a disecar correctamente aves, insectos y pequeños mamíferos, como conejos, ardillas o zorros. Sus clases, eminentemente prácticas, eran de lo más entretenido, y distaban mucho de las aburridas peroratas de mis profesores de instituto. De cuando en cuando salpicaba sus explicaciones con detalles teóricos, de los que yo tomaba debida nota. Sentía que disecar un animal era casi siempre igual, y que en poco o nada diferían una codorniz de una cobaya. Pero el taxidermista siempre me espetaba, algo enojado: «Si abordas de la misma manera cada pieza fracasarás siempre. Cada una tiene sus particularidades, y mucho más cuando son de diferentes especies. Las aves y los roedores se asemejan en la mecánica, nada más. Imagina que trato de conservar una ardilla con las mismas técnicas que utilizo en una mariposa».

Todavía quedaba abordar el gran reto: un gran mamífero. Yo soñaba con el día en que aquello sucediera, aunque dificultades de gran envergadura. La primera conseguir la pieza. Además debía de estar preparado, pues semejante empresa requeriría de una sólida formación por mi parte. «El próximo entrañaba diversas

y más importante: otoño podremos intentarlo, nunca antes. Mientras tanto, tienes que seguir esforzándote».

José me dejaba de vez en cuando algún libro sobre taxidermia, o apuntes y fotografías suyas en blanco y negro, trabajando en su estudio. Me embargaba la emoción al poder descubrirlo tan joven, con los ojos llenos de vida, trabajando en piezas que yo sabía ahora descansaban en alguno de los mejores museos de historia natural del planeta. Allí estaba él, curtiendo unas pieles en ocasiones, manejándose con algún preparado en otras, o trabajando con escayola o madera el maniquí de los ejemplares más voluminosos. Se apreciaba en aquellas imágenes estáticas y carentes de color toda la magia que atesoraba, todo el arte que era capaz de transmitir a sus obras, toda la grandiosidad que un hombre enjuto y sencillo puede llegar a trasladar al resto de la humanidad. Cada una de las instantáneas parecía haber querido detener el tiempo, como si en un imposible ejercicio de disecación en dos dimensiones hubieran deseado atrapar al genio en plena ejecución de su labor creativa. Y lo habían conseguido.

En uno de los manuales que me prestó encontré una fotografía que me llamó poderosamente la atención. Allí estaba José, en una especie de descampado limitado por un muro mugriento y lleno de pintadas. Se le veía muy joven, con unos veinte años. El papel fotográfico estaba ya muy deteriorado, y el blanco y negro había ido amarilleando, quizá también ligeramente teñido por las hojas del manual. El taxidermista cogía por el talle a una preciosa joven de su misma edad y estatura. La chica tenía el pelo liso, moreno, cortado a la altura del cuello, los ojos muy grandes, oscuros, y sonreía alegremente a la cámara, feliz. Le di la vuelta a la foto y descubrí una anotación a mano: «José y Elena, verano de 1943». Pasé algunos días obsesionado con la imagen sonriente de la joven, pues recordaba que José había pronunciado aquel nombre una vez, casi entre sueños. ¿Se trataría de la misma persona? Mientras estudiaba, de cuando en cuando me surgía el rostro de Elena, en suaves tonalidades sepia.

- ¿Quién es ella? – le pregunté al taxidermista, nada más verle, aquella única mañana de junio en que pude ir a visitarle.

 José se quedó mirando la fotografía que le había devuelto, confundido y casi diría que un tanto taciturno. Sus ojos azules se oscurecieron, y un ligero temblor se apoderó de la mano con la que sostenía el retrato.

- ¿De dónde la has sacado? – inquirió, distraídamente, como si fuera imposible que hubiese llegado a mi poder.

 - Estaba entre las hojas de uno de los manuales que me dejaste – respondí, muy atento a sus reacciones -. ¿Quién es?

 - Elena… La única mujer a la que he amado, y la única también que comprendió, antes que nadie, que yo era un genio. Ella lo sabía aunque todavía mis piezas no eran más que un conjunto de pellejos sin vida, que en ocasiones terminaban siendo presa fácil de la putrefacción…

El taxidermista hablaba casi sin aliento, como si le costase trabajo respirar. No lograba apartar sus pupilas de la fotografía, como si un fantasma invisible aguardara en ella, oculto a todos salvo a su mirada. Percibí que con su dedo pulgar acariciaba sutilmente el retrato, justo en la zona ocupada por la sonriente joven.

- ¿Y qué fue de ella?

 - No lo sé. Al final se cansó de mí, de mis rarezas, supongo… Un mal día desapareció, sin más.

José estaba realmente abatido. Tenía la mirada nublada por el pasado. En una de sus manos reposaba un fragmento de su vida del que seguramente hubiera preferido no volver a tener noticias. Me arrepentí de haberle entregado la fotografía. Podía haber disimulado, hacer como que no la había visto y haberla devuelto a su acomodo en el manual. Pero la curiosidad había podido conmigo una vez más.

- Y ya no volviste a enamorarte nunca… - apunté, intentando avanzar el tiempo, y dándole una oportunidad para cambiar de tema.

 - No, ya nunca más. Comprendí que había perdido para siempre a la mujer de mis sueños, así de sencillo, y que la había perdido definitivamente por mi culpa – dijo José, guardando la fotografía en el interior de uno de los manuales -. No me quedaron ni ganas ni fuerzas para fijarme en nadie más…

 Pensé que mi maestro había tomado una decisión demasiado radical, y que seguro que si lo hubiera pretendido con ahínco hubiera sido capaz de encontrar a otra joven igual que aquella. Creí que en el abandono de Elena había encontrado la excusa perfecta para encerrarse definitivamente en si mismo.

- Era muy guapa. Quizá podrías intentar localizarla y pedirle perdón. Nunca es tarde – manifesté, con la ingenuidad que me caracterizaba.

El taxidermista me lanzó una de sus enigmáticas sonrisas. Dio unos pasos y se acercó hasta la piscina, y luego se llevó las manos a la cintura, con decisión.

- La semana que viene limpiaremos la piscina, y ya podrás bañarte. Intenta aprobar todo y así pasarás un buen verano. Verás que gusto poder darse un chapuzón tras las clases.

Me sentí ofendido. Estaba claro que no quería seguir hablando del asunto, pero consideré que había mejores formas de hacérmelo saber. Ignorar mis palabras era una desconsideración, cuando yo estaba tratando de ser cortés y de ayudarle. Mi reacción de chiquillo fue seguir insistiendo.

 - José, nunca es tarde…

 Él se giró bruscamente. Su rostro se había vuelto sombrío y parecía tremendamente enojado conmigo.

 - Ya lo intenté una vez, y fue un error, ¿me entiendes? Fue un tremendo error – dijo, tapándose el rostro con las manos.Comprendí que su ira no se dirigía hacia mi persona, sino contra él mismo. El taxidermista parecía tratar de enjugar el pasado con las palmas de sus manos, pero el recuerdo era indeleble, y permanecía tras los párpados, tras las pupilas, allá en el lugar más recóndito del cerebro. Me acerqué a él y le tomé de un brazo con suavidad.

- Discúlpame. Espero que puedas perdonarme – musité. José se irguió y comenzamos a caminar juntos en dirección a la parte posterior de la casa, nuestra particular aula. Se había recuperado y ya no había rastro de tristeza o disgusto. Su rostro volvía a brillar y se mostraba ilusionado y alegre como un niño.

- Hoy te voy a enseñar a manejar dos elementos importantísimos en nuestro oficio, pero que hay que manejar con un tremendo cuidado. Si los utilizas con sabiduría tus obras perdurarán, y se mantendrán tan hermosas como el día que las creaste.

 - ¿Y qué elementos son? – pregunté, intrigado.

 - El cianuro y el arsénico.

 

 

 IX

 

Los exámenes finalizaron y afortunadamente no sólo conseguí aprobar todas las asignaturas sino que, además, obtuve una excelente calificación media, lo que me permitía elegir con tranquilidad la carrera que se me antojase. Al terminar me sentía exhausto y deseaba descansar y pasar un verano agradable, tres meses en los que poder reflexionar con pausa acerca de mi inminente futuro. Aún así, mis padres me atosigaban constantemente, haciéndome recomendaciones acerca de qué estudios eran más oportunos, o invitándome a visitar a un buen amigo médico, abogado o arquitecto que me daría buenos consejos. Yo, sin embargo, prefería seguir acudiendo, casi en secreto, a la casa del taxidermista, y continuar con mi formación de lujo.

El mes de julio transcurrió casi en un instante. José me seguía dando lecciones, no sólo de taxidermia, sino acerca de la vida, de los sueños, y de aprovechar el tiempo que se nos ha dado al máximo. Filosofaba con la melancolía propia de aquellos que intuyen que no les queda demasiado por vivir. Yo trataba de animarle, pero él me decía que sólo mi presencia y mi afán por aprender ya le eran más que suficientes. Pese a todo sabía que una gran pesadumbre le atenazaba, y se notaba en la languidez de sus ademanes, o en el tono apagado de su voz por momentos. De cuando en cuando regresaban los episodios en los que parecía dejar este mundo, sumergiéndose en un pasado lejano y, posiblemente, quizá inventado. Cuando volvía en si me miraba extrañado y confuso, aunque finalmente me regalaba una amable sonrisa que yo recibía como una caricia.

Aquellos días apacibles lo visitaba con mayor frecuencia, y a veces de manera súbita, sin previo aviso. Cogía el autobús y me acercaba a su casa. Siempre me recibía con alegría, y en determinadas ocasiones me quedaba a comer con él y con Adela, que era una fantástica cocinera. En verano la vivienda se teñía de nuevos colores: el verde y añil de la higuera, el azul celeste del agua de la piscina, el blanco resplandeciente de la parte baja de la fachada, los rojos, amarillos y rosados de los claveles cultivados en infinitos tiestos… Solía bañarme y me tendía al sol, con los ojos cerrados, sintiendo el agradable calor del estío en los párpados y la ligera brisa de la montaña acariciando mi piel húmeda. El taxidermista me leía sentado en una butaca de lona; de vez en cuando se quedaba dormido con un libro entre las manos. Creo que fue la época más feliz de mi vida.

Uno de aquellos días, a principios de agosto, me acerqué a la casa del taxidermista sin avisar. Al llegar a la cancela enrejada la agité con fuerza, como el que pulsa un timbre. No tardó en surgir la figura de Adela desde detrás de la casa, con sus movimientos mecánicos y forzados. Me alegraba ver el rostro lozano y afable de la mujer, por la que sentía un profundo y sincero cariño.

- Enrique, ¿cómo hoy por aquí? Don José está en la ciudad. Tenían que hacerle una revisión médica. Todos los años se la realizan por estas fechas – dijo Adela, algo apurada.

Creí recordar que el fin de semana anterior algo me había dicho el taxidermista al respecto, pero no le había prestado demasiada atención. Negué con la cabeza, haciéndome un reproche en silencio.

- Entonces será mejor que me vuelva a casa – manifesté, resignado.

 - Hombre, si lo prefieres, ya que estás aquí, puedes pasar y darte un chapuzón. Luego si quieres te marchas o te quedas a esperar a don José.

Acepté de buen grado la invitación, porque no apetecía en absoluto tener que volver a bajar la prolongada cuesta tan de inmediato. Estaba acalorado y sudoroso, y era seguro que un baño no me iba a venir nada mal.

- Puedes cambiarte en el interior, la primera habitación a la derecha. Está abierta – dijo Adela, perdiéndose por un lateral de la casa, a continuar con lo que fuera que estuviera haciendo.

Entré en la vivienda un poco receloso. Hacía mucho que no pasaba dentro, y los temores que tanto me habían asediado en el pasado regresaron como si nunca hubiera conseguido en realidad zafarme de ellos. Me recibió la cabeza de venado que tanto me gustaba. Allí seguía, señorial, impertérrita, desde su atalaya ubicada a dos metros del suelo. Al llegar a la galería lo primero que hice fue pulsar el interruptor que la inundaba de una tenue luz amarillenta. No era gran cosa, la verdad, pero al menos mitigaba la lúgubre oscuridad que tanto estimulaba mi imaginación. La primera puerta a la derecha estaba efectivamente abierta. Descubrí para mi asombro que se trataba de la alcoba del taxidermista. Allí estaba su cama a medio hacer, un gran armario con las puertas abiertas en el que reposaba su ropa, una cómoda, un gran espejo que debía de medir más de un metro y medio de alto, una percha de pie y dos mesitas de noche con sendas lámparas. Todo en madera de elegante caoba. Las paredes estaban repletas de fotografía y diplomas. En las primeras nunca aparecía José, solamente sus mejores piezas, exhibidas en museos y en colecciones particulares; en los segundos se recogían reconocimientos de distinta índole, y siempre figuraba el mismo nombre inscrito con ostentosas tipografías: José Vaquerizo Yepes. Me entretuve un buen rato analizando tanto los retratos como los diplomas, fastuosamente enmarcados. Luego me puse el bañador, que llevaba en una bolsa junto con un manual que me había prestado el taxidermista hacía unos días y que como era costumbre había devorado en apenas unas horas. Decidí que, antes de meterme en la piscina, lo mejor era devolverlo a su sitio, y venciendo mis aprensiones me dirigí a la biblioteca. No tardé en reconocer el hueco que había dejado el manual, y con sumo cuidado lo devolví a su lugar. Entonces, casi de pasada, me topé con el ejemplar más preciado de todos los que poseía José: “Manuel du Naturaliste Préparateur”, de Pierre Boitard. Lo tomé entre mis manos con toda la delicadeza que me fue posible, sintiendo que tenía entre ellas una obra excepcional, tanto como cualquiera de las excepcionales piezas que el taxidermista había creado a lo largo de su vida. De súbito un papel se deslizó de entre las hojas, yendo a parar al suelo. Tardé bastante en reaccionar, pues pensé que se trataba de alguna de las páginas del libro, que se había desprendido pese al cuidado con el que estaba tratando el ejemplar. Tras recuperar el aliento, descubrí para mi agrado que se trataba de una fotografía en blanco y negro: era un retrato muy cercano del rostro de una mujer, la misma que sonreía junto a José en aquel lejano verano de 1943, Elena. Me pareció aún más hermosa, y no me extrañó en absoluto que el taxidermista se hubiera enamorado de ella. Pero, sin embargo, si en la anterior fotografía su rostro resplandecía de felicidad en este reflejaba una profunda tristeza. Aquella aflicción me contagió de una manera vertiginosa y sorprendente. Guiado por una absurda intuición giré la fotografía y me topé con lo que esperaba: unas palabras manuscritas.

«José, me marcho. Lo he intentado todo, pero ya me he dado cuenta de que nada entre nosotros es posible. Te quiero mucho, pero no deseo que me destruyas, que me arrastres en tu desaforada carrera hacia el precipicio que tanto parece sugestionarte. Eres un hombre excepcional, te ruego con toda mi alma que no malogres las virtudes que la naturaleza te ha concedido. Adiós, amor mío».

Volví a darle la vuelta al retrato y la joven me miraba estaba vez desde él con mayor intensidad, y seguramente más afligida. Aquellas palabras ocultaban una historia de amor y desencuentros que yo sabía se prolongaba hasta nuestros días. Los ojos nublados del taxidermista así lo traslucían de cuando en cuando. Pensé que la siguiente vez que estuviera con él le preguntaría al respecto, pero de inmediato deseché la idea. No era de mi incumbencia. Además, había transcurrido medio siglo y yo no era quién para avivar ahora las llamas. De cualquier modo, y seguramente guiado por un espíritu investigador recién inaugurado, decidí que era el día apropiado para internarme en el desván, protegido por la ausencia de José y por los quehaceres de Adela. Aferrado con fuerza al libro de Boitard de 1825, entre cuyas páginas había depositado nuevamente la fotografía de Elena, salí al pasillo en busca de la última puerta de la izquierda, justo antes de pasar al inmenso salón. Recordé el rostro sombrío del taxidermista la única vez que lo había visto surgir de allí y sentí un ligero desasosiego que no impidió que mis pies siguieran avanzando. Abrí la puerta muy despacio, como si alguien en la casa pudiera escucharme y recriminar mi actitud, o como si al otro lado de la puerta pudiera haber una persona durmiendo a la que, bajo ningún concepto, debía despertar. No encontré ningún interruptor en aquella estancia, y hube de conformarme con mantener la puerta abierta y que la débil luz de la galería inundara pausadamente la habitación. Cuando mis pupilas se acostumbraron a las penumbras descubrí cuatro paredes lisas, sin nada colgado de ellas, y nada más. No había ni muebles ni ninguna otra cosa, salvo una ventana doblemente clausurada por una persiana primero y por unas cortinas después. Al fondo a la derecha se abría el hueco de la escalera que conducía al altillo. Casi a tiendas llegué hasta el primer escalón. Allí la oscuridad era total, y tenía que subir casi intuyendo cada peldaño, y agitando torpemente las manos delante de mí. Ascendí muy lentamente, recordando que en mi pesadilla en un momento dado se hacía un poco de luz, gracias a la claraboya de la fachada. Aunque no estaba demasiado asustado, un ligero temblor se apoderó de mis piernas, y en más de una ocasión estuve a punto de caer rodando escaleras abajo por culpa de mi titubeante caminar. También sentía algo de ansiedad, pues de alguna forma sospechaba que estaba muy cerca de revelar algún extraño secreto del taxidermista. Me imaginaba el desván poblado de animales disecados, en un zoológico petrificado y difunto y, al mismo tiempo, inundado de vida. Quería descubrir qué piezas se había reservado para sí el genio que con tanto tino había inundado el mundo con su arte. También presagiaba que los mejores libros, y quizá sus propios apuntes, estarían allí escondidos, en el fondo de algún baúl o disimulados entre otros ejemplares de menor valía. Pero todas aquellas ilusiones y conjeturas se vieron cercenadas de golpe: al final de la escalera había una puerta cerrada con llave. Tuve que regresar con la moral rota y con una sensación de apremio estresante. Para mayor desgracia nada más alcanzar la galería me encontré con Adela, muy extrañada.

- ¿Qué hacías, Enrique? – inquirió, sin maldad ni ánimo de reproche alguno.

 - Estaba… Me he confundido, quería entrar en la biblioteca y por error me he metido en esta habitación – tartamudeé.

 - La biblioteca de libros antiguos es ésa – dijo Adela con naturalidad, señalando la puerta que yo sabía conducía a los libros y manuales más valiosos del taxidermista -, y la de los más modernos está ahí – apuntó, indicándome la puerta de enfrente.

 - Vaya… vaya despiste el mío.

 - He venido porque he pasado junto a la piscina y me ha extrañado no verte en ella. Además, como sé que no te gusta mucho el interior de la casa pues he pensado que a lo peor te había dado un pasmo – dijo la mujer, socarrona, guiñándome un ojo y dándome un empujoncito.

 - No, si ya me iba a la piscina, pero antes quería devolverle a José este manual que me prestó – repliqué, mostrando el libro de Boitard.

 - Pues entonces, si todo está bien, yo sigo con lo mío. No todos tenemos la suerte de disfrutar de unas vacaciones de tres meses – apuntó Adela, a modo de queja con un fondo de velada censura.

Esperé a que la mujer se hubiera perdido en dirección a la cocina y, en un nuevo arrebato de vesania, corrí hasta la alcoba y oculté el libro de Boitard entre mis pertenencias. Luego fui a darme un baño breve y tomé el sol unos diez minutos, el tiempo justo para que la piel se secase. Regresé nuevamente al dormitorio de José y me enfundé la ropa lo más rápidamente posible y fui a despedirme de Adela. Ella trató de convencerme para que me quedase a comer, pero yo inventé una excusa peregrina y huí como un ladronzuelo de poca monta, como un estafador de ancianas. Arrastré la vergüenza hasta mi casa, y no pude mirar a los ojos a mis padres, pasando delante de ellos como un relámpago y esbozando un saludo. Pero ya en la confortable seguridad de mi cuarto, cerrada la puerta con pestillo, me dediqué con deleite a disfrutar de los dos botines que había obtenido con mi horrendo crimen: el manual de taxidermia de Boitard en su primera edición francesa y la fotografía de Elena con sus dramáticas palabras de despedida. Analicé ambos por espacio de cinco horas, hasta que la tarde comenzó a caer y mis padres llamaron preocupados con los nudillos a mi puerta. Entonces rompí a llorar y comprendí que acababa de matar para siempre al niño inocente que hasta entonces había anidado en mí.

 

 

 X

 

El remordimiento tiene una sombra alargada y oscura que acaba tiñendo de inmundicia todo lo que toca. Jamás había imaginado, hasta entonces, cómo un acto irreflexivo y espontáneo puede apoderarse de nuestra mente y someterla a la más cruel tortura. Quizá habrá algunos que considerarán mi crimen un hecho banal, en comparación con otros delitos de mayor enjundia, pero creo que la condena interior a la que se ve sometida una persona que ha transgredido el orden moral tiene más que ver con su interpretación del acto cometido que con la valoración general que del mismo pueda hacer la sociedad. En la soledad íntima de uno mismo, de la mente subordinada al silencio, los pensamientos fluyen de forma libre e involuntaria, y es en ese momento en el que surge el verdadero yo que llevamos dentro. Mi yo verdadero me atormentaba constantemente, pero mi orgullo adolescente me impedía acabar con ese correctivo de una forma tajante. Me sentía incapaz de ir a casa del taxidermista, a pedirle disculpas y a devolverle sus pertenencias. Era preferible mantener el escarnio interno a cambio de sustentar una pueril honradez de cara a los demás, tras un manto invisible de mentiras y apariencias. Alguno incluso pensará que a este proceso se le denomina madurar, y sin embargo yo prefiero calificarlo como una especie de embrutecimiento.

Tardé tres semanas en regresar a la casa del taxidermista, después del infame episodio del libro. Cuando lo hice intenté, con bastante éxito, simular una cordial normalidad, ensayada durante días.

- Te he echado de menos – me dijo José, nada más verme. Estaba junto a la higuera, recogiendo algunos frutos.

 - He estado de viaje con mis padres – mentí, porque aunque era cierto que mis progenitores se habían escapado unos días a París yo había optado por quedarme solo en casa.

 - Espero que no hayas olvidado nada de lo que te he enseñado. Ahora es cuando vas a tener que afrontar los retos más ambiciosos – expuso el taxidermista, que hablaba sin mirarme, entretenido con su tarea recolectora.

 - Están más en mi mente que nunca. He tenido tiempo para reflexionar – apunté, tratando de resultar amable.

 José se giró y me dirigió la mirada por primera vez. Sus ojos ocultaban una palabra por decir, un pensamiento que le rondaba la cabeza pero que sujetaba con fuerza para que no abandonase los seguros confines de su mente. Me tendió con amabilidad un canastillo repleto de higos maduros.

 - Ya te comenté hace meses que en agosto estarían en su punto. Coge uno, son magníficos.Para no importunarlo, y con tal de no resultar descortés, tomé uno de los higos y me lo comí, aunque no me apetecía en absoluto. Me sentía como Blancanieves en el cuento, aunque quizá en una curiosa versión disléxica: aunque José me ofrecía un fruto él era el personaje bueno, disfrazado de anciano, y yo la bruja, embozado en el cuerpo de un adolescente con pinta de no haber roto un plato en su vida.

- Están deliciosos – dije, sinceramente, tras saborear el primer mordisco.

 - Ya te lo adelanté – susurró el taxidermista, echando a andar en dirección a la parte posterior de la vivienda, lugar en el que se hallaba nuestro particular paraninfo.

Aquella mañana abordamos asuntos como las modernas técnicas conservantes, pues aunque eran menospreciadas por José consideraba que yo tenía que conocerlas. Él se decantaba por las más tradicionales, muchas utilizadas hacía más de cien años, aunque conllevasen un cierto peligro, al hacer uso de determinados elementos de elevada toxicidad. Así el arsénico, los sulfuros y el cianuro dieron paso al bórax, las sales de cromo o los sulfatos de aluminio. Al cabo de una hora, y justo cuando ya me había relajado completamente, y mis sentidos estaban entregados íntegramente al estudio de la taxidermia, José detuvo su diatriba y me clavó los ojos.

- ¿Sabes?, hará veinte días alguien robó el manual de Boitard de mi biblioteca – me espetó, frunciendo el ceño.

 - No puede ser… - acerté a articular, desprevenido y pasmado.

 - Es terrible…

 - ¿Cómo ha podido ser? – inquirí, con un cinismo rayano en lo insultante.

 El taxidermista seguía con sus ojos fijos en los míos, y yo casi ni podía parpadear. Notaba la sangre acumulándose lentamente en mis mejillas, y el pulso acelerándose, golpeando mi cabeza en oleadas cada vez más consecutivas. Pese a todo, creo que mi imagen externa no revelaba demasiado mi culpabilidad. Hasta tal punto me había vuelto frío y calculador.

- No tengo la menor idea. Creo que fue el día que bajé a la ciudad a pasar una revisión médica rutinaria. Ese día Adela estaba sola, y quizá…

Los pensamientos se apelotonaban en mi mente, y casi era imposible ordenarlos. Después de aquella suposición tenía que reaccionar con rapidez, ser capaz de amoldarme a la situación como lo hubiera hecho alguien inocente. Lo terrible es que el cerebro que se sabe culpable jamás reacciona igual que el del inocente, y el delincuente debe de contar con la complicidad de su interlocutor, o al menos con su falta de pericia. Yo confiaba en la inexperiencia de José en el ámbito de la investigación como herramienta principal para salvarme.

- Ya… Creo que ese fue el último día que vine, justo antes de iniciar las vacaciones con mis padres. No estabas, es cierto. Me di un baño, tomé un rato el sol y luego me marché – dije, no teniendo muy claro si Adela le habría informado de mi visita.

 - ¿Y sucedió algo extraño?

 - No te entiendo – respondí, aturdido.

 - No sé, sonó la campanilla, por ejemplo. Viste que alguien entrara en la casa.

 - ¡No! Además, como te he dicho, apenas pasé una hora aquí. No estabas, pero ya que había venido y estaba sudando pues me refresqué.

 José dejó de mirarme, para mi alivio. Se recostó ligeramente en la silla, mesándose el cabello al tiempo que echaba la cabeza hacia atrás.- Entraría alguna persona. Adela desde la cocina apenas puede escuchar la campanilla, y seguro que alguien aprovechó mi ausencia para cometer el robo. Pero, es tan extraño…

 - ¿Extraño?

 - Sí. Casi nadie sabe que tengo una biblioteca, y mucho menos que poseo el manual de Boitard. Es un libro que apenas tiene valor comercial. Sin embargo, para cualquier amante del arte de la disecación es toda una joya. ¿Por qué iba a usurparme el ladrón únicamente ese ejemplar? Los hay mucho más costosos, pero… Creo que se trata de una persona de mi entorno, alguien que desea hacerme daño o que admira tanto ese libro como yo mismo.

El taxidermista siguió contemplando el cielo, de un azul casi etéreo en aquella mañana estival. Hablaba como lo hubiera podido hacer Poirot comentando los detalles de alguna indagación con su buen amigo Hastings, es decir, excluyéndome absoluta y claramente del grupo de los posibles sospechosos. Pero yo sabía que estaba ante un hombre extremadamente inteligente, y que por tanto aquella aparente cordialidad podía deberse a una calculada estrategia para desenmascararme.

- En estos casos creo que lo mejor es hacer una lista con los nombres de los posibles culpables, y luego comenzar a descartarlos uno a uno – reflexioné en voz alta.

 - Tienes razón – dijo José, incorporándose y caminando hacia donde me encontraba.

 - He leído mucho a Agatha Christie – dije, atenazado por los nervios.

El taxidermista se detuvo a mi altura y me dio un par de golpecitos en el hombro, como sopesando alguna cosa. Luego siguió caminando en dirección a la puerta trasera de la vivienda, la que daba paso a la cocina.

- Pero, ¿sabes una cosa? – inquirió, dándome la espalda.

 - No – respondí, aguardando cualquier posibilidad, y temiendo especialmente alguna de ellas.

 - Que no haré nada. Ya estoy viejo para andarme metiendo en líos. Creo que esperaré, y seguramente cualquier día el libro regresará a su estantería, igual que se fue. Así de sencillo.

Pensé que ahora sí que hablaba conmigo, que se dirigía a mí de una forma velada que él sabía yo iba a captar de inmediato. Es más, estaba completamente seguro de que esas palabras sólo tenían una intención: darme la posibilidad de devolver lo que no era mío sin necesidad de dar explicaciones o de hacer frente a escenas humillantes.

 - Pero la mayoría de las veces la vida no es tan simple – musité, en

la misma línea de crípticos mensajes.

 - Estoy muy cansado, y creo que voy a descansar un rato. Vuelve

 la semana que viene y seguimos con las clases. Creo que por hoy los

 dos ya hemos tenido suficiente – dijo, antes de desaparecer.

Los días que siguieron apenas tuve tiempo para cavilar acerca de otra cosa que no fuera mi futuro académico. Debía decantarme por una de las carreras que menos me disgustaba y formular mi inscripción en la correspondiente universidad. Cualquiera pensará que se trata de una intolerable frivolidad, pero fue el método más plausible que pasó por mi mente en aquel momento: decidí mi futuro tirando un dado al aire de seis caras. Tres carreras tenían asignados un par de números cada una: arquitectura, derecho y económicas. Esta última fue la que el azar me asignó, y yo consecuentemente me amoldé a sus designios.

- Es una decisión magnífica – me dijo mi padre, nada más hacerle partícipe de la noticia.

 - Bueno… - repliqué yo, sin mucho afán.

 - Nada, nada. Vamos a ir a celebrarlo con tu madre. Elige un buen restaurante, el que prefieras. Se nota que has reflexionado con fundamento – sentenció mi padre, lleno de orgullo.

Aún recuerdo el rostro desencantado y taciturno de José cuando le trasladé la resolución que había adoptado. A partir de ese instante el tiempo se deformó, se hizo elástico, y los segundos se alargaron hasta casi convertirse en minutos. Cualquier movimiento que se hiciera en derredor mío tenía yo la capacidad de analizarlo con pausa.

- Tienes una edad en la que cada decisión cuenta, y creo que ya eres lo suficientemente maduro como para sopesar las cosas por ti mismo, sin necesidad de ayuda externa – dijo el taxidermista, con la voz apagada y cansina.

 - No te ha gustado, ¿verdad?

 - No lo sé. Sólo el tiempo lo dirá, ¿sabes? Sinceramente, hoy sólo estoy molesto por puro egoísmo, una clase de egoísmo necio y negativo que me ha acompañado desde mis primeros días. De modo que es mejor que no me hagas demasiado caso…

Llegó septiembre y con él regresaron las lluvias y las brisas húmedas y frías de levante. Los días se acortaban y parecía como si una de aquellas tormentas de final de verano amenazase no ya a la ciudad sino concretamente a mí, a toda mi existencia futura. En lugar de disfrutar de mis últimas horas de asueto antes de asumir el reto de entrar en la universidad, me encerraba en casa y desde la ventana de mi cuarto contemplaba la agonía del estío y los primeros pasos del otoño embrionario. De cuando en cuando lloraba, incapaz de sujetar con fuerza las amarras de la barca en la que tenían que navegar mis sueños y que la marea arrastraba hacia el océano sin mí.

- No soy ejemplo para nadie, Enrique. Pero al menos puedo decir que no me dejé arrastrar, ¿sabes? Dejarse llevar por la vida es algo tan humano como respirar, hace falta ser consciente de quién es uno mismo y de qué es lo que desea para evitarlo – me dijo José, sentado sobre el borde de una tumba, una tarde encapotada de finales de septiembre.

 - Comprendo – musité yo, con cierta resignación.

 - Eso es lo que no tengo tan claro. Creo que en realidad no lo entiendes, y que quizá tardes algunos años en hacerlo. Y es una pena…

El taxidermista me llevó una mañana por fin al cementerio. Yo había tenido que vencer mis miedos, y la verdad es que una vez en el camposanto desaparecieron de súbito. Estábamos los dos solos en el pequeño cementerio de un pueblo situado a diez kilómetros de una mediana ciudad. Había llegado el otoño y nubes oscuras se apelotonaban sobre nuestras cabezas amenazando tormenta.

- Todavía estoy a tiempo de rectificar. Cuatro años no son nada, y soy muy joven. Puedo equivocarme – dije yo con suficiencia, y teniendo muy claro que José me reprochaba que iniciase los estudios de económicas, aparcando el arte de la taxidermia para más adelante.

 - Este de aquí pensaba lo mismo que tú – dijo José, golpeando con la palma de su mano el sepulcro de mármol en el que se hallaba. Yo estaba de pie, pues me parecía poco respetuoso para con los difuntos siquiera tocar las sepulturas -, quizá hasta el último suspiro. Sólo entonces comprendió.

El taxidermista hablaba con dificultad, pesadamente, y como en otras ocasiones le costaba dirigirme la mirada. El viento que se iba animando, anunciando la lluvia, agitaba su cabellera blanca.

- Necesito tener unos estudios que me den seguridad. Cuando los haya terminado podré dedicarme a lo que quiera – expuse, y casi creí reconocer la voz de mis padres en la mía propia.

 - Yo me las sé de memoria, pero te sugiero que te des una vuelta por aquí – dijo él, señalando con su dedo índice en todas direcciones – y te dediques un rato a leer con atención las lápidas. Si lo haces, descubrirás cientos de sueños rotos. Enrique, para mí sería fácil animarte con tus estudios, pero no estaría haciendo lo correcto. Eres tan joven, y tienes tantas posibilidades. He deseado reconocerme en ti con cincuenta años menos…

 - Y no lo has conseguido – sentencié, algo irritado.

 - No te enfades. Pienso que si vas postergando tus anhelos será muy difícil que llegues un día a alcanzarlos. Los sueños no esperan por nosotros, tenemos que ir en busca de ellos desde ya. Luego será tarde, y quizá te arrepientas.

Notaba cómo en mi interior iba creciendo una piedra incandescente que aglutinaba la rabia y la desazón que sentía ante mi inmediato futuro. José no hacía otra cosa que situarme frente a un espejo y mostrarme sin tapujos ni ambages mi cobardía, mi rendición y, por último, mi derrota. Yo lo estaba comenzando a odiar por ello.

- ¡Qué sueños! – exclamé, iracundo -. ¿Acaso piensas que quiero ser como tú? ¿No se te ha pasado por la cabeza que me pueda gustar estudiar economía? ¿No has pensado que a lo mejor la taxidermia es para mí sólo un hobby al que siempre le podré dedicar un rato?

 El taxidermista no me replicó. Se incorporó con lentitud y dirigió la mirada al cielo mientras se limpiaba los pantalones con las manos.- Será mejor que regresemos. Va a comenzar a llover con fuerza en cualquier instante.

 - Sí – dije, lacónico, mirando también al cielo.

Mientras caminábamos de vuelta a la vivienda sentí un profundo alivio. Quería pedir perdón a José por haberme mostrado tan taxativo y colérico, pero no veía el momento. Deseaba explicarle que no era tan sencillo decirle a mis padres que no quería estudiar ninguna carrera, ni económicas ni ninguna otra, y que lo que de verdad deseaba con todas mis fuerzas, con toda mi alma, era dedicarme a disecar animales. Jamás se lo dije.

Cuando llegamos Adela nos estaba esperando en la puerta, nerviosa y un poco enojada. Ambos entendimos que debía de llevar allí al menos media hora aguardando nuestro regreso.

 - ¡Está usted loco, don José! ¿A quién se le ocurre con este tiempo?Y su salud…

 - Te ruego Adela que no me trates como a un chiquillo – dijo el

 taxidermista, casi en un suspiro.

 - Pues en ese caso no se comporte como tal – continuó la buena

 mujer, regañándole.

Nada más entrar en la casa comenzó a llover de manera violenta. Nos refugiamos en el amplio salón, donde Adela ya había encendido la chimenea para que la estancia estuviese a una temperatura agradable.

 - Será mejor que llames a casa y avises de que te quedas a comer. No creas que te voy a dejar salir con este tiempo – me dijo la mujer.Yo me limité a asentir, mientras le lanzaba una cómplice sonrisa a José, que ya había tomado asiento junto a la lumbre. Adela se marchó a prepararnos un reparador caldo caliente antes del almuerzo.

- Tiene razón. Ni yo estoy para estos trotes ni tú puedes regresar a casa mientras dure el chaparrón.

 - ¿Qué significa eso de tú salud? Tienes la salud de un roble.

 - No es cierto. Me muero, Enrique – dijo el taxidermista con sequedad, hipnotizado por el baile de las llamas.

Tardé en asimilar aquella información, espetada de una manera tan abrupta. Me resultaba imposible aceptar que el hombre por el que sentía tan profunda admiración fuera a morirse. De un plumazo desapareció mi reciente disgusto.

- Pero… no puede ser.

 - Sí. Tengo cáncer. Me dan, como se suele decir, un año de vida, dos a lo sumo. Tienes que alejarte de mí… Sinceramente pienso que voy a empezar a ser una mala influencia.

En las palabras de José no había ni resentimiento ni autocompasión. Sencillamente había llegado a una conclusión y me trasladaba sus reflexiones sin más. Lo terrible era que lo hacía con tanta frialdad que uno en el fondo llegaba a dudar de si no estaría bromeando.

- Yo no voy a alejarme de ti – dije, tratando de sujetar el nudo que amenazaba con romperse y desatar un llanto desbocado e infantil.

 - Lo ibas a hacer de todos modos. Digamos que prefiero ser yo el que aparezca como culpable. Concédeme esa licencia – manifestó el taxidermista, en un tono que estaba a medio camino entre la súplica y el cinismo.

 Me acerqué a él y le tomé con suavidad por el brazo. Sentí su pulso cansino y apagado, y el calor de la chimenea sofocándome las mejillas.- Sabes que eso no es cierto…

 - Por favor, te ruego que no me compadezcas. Estamos hablando como dos adultos. Mira este cuerpo mío, decrépito, apenas una vaga falsificación del que antaño fui. Es justo que llegue al final de mis días, ¿no crees?

 - ¡No! – grité con todas mis fuerzas, con toda la rabia acumulada en aquella tarde aciaga, con todo el resentimiento hacia mis padres y con todo el dolor de asumir que en verdad el hombre que tenía ante mí y al que yo idolatraba iba a morirse.

Salí corriendo como un rapaz y alcancé en un instante el camino mal asfaltado. Bajé la cuesta a la velocidad de luz, sintiendo la lluvia en el rostro y las lágrimas inundándome los ojos. Quería desaparecer, fundirme con la tormenta y no tener que enfrentarme a la vida nunca más. Repetía en mi cabeza una y otra vez una sola palabra: no. No, no y no. Y era un no infinito, cuyo significado no alcanzaba sólo al hecho de la negación de la muerte, sino a casi todo lo que rodeaba mi existencia.

 

 

 Nunca más volví a ver al taxidermista. XI

 

Durante días permanecí encerrado en mi cuarto. No tenía ganas de hablar de nada ni con nadie. Mis padres estaban preocupados, aunque en el fondo creían que me estaba preparando para iniciar la universidad con un alto grado de concentración y motivación. Trataba de leer pero no conseguía mantener la atención cinco minutos seguidos. En mi cabeza se apelotonaban los pensamientos a docenas, y resultaba imposible ponerlos en orden o, lo que era peor, eliminar aquellos que me hacían más daño.

Solía quedarme mirando un corcho desgastado con el paso del tiempo, de aproximadamente un metro por sesenta centímetros, en el que tenía clavadas con alfileres veinte preciosas libélulas de color azul. Hacía años que no cazaba ninguna. Todas procedían de la época en que lo hacía, en la niñez. Había llegado a tener casi un centenar, aunque mi madre me había obligado finalmente a realizar una cruel selección que me costó un trabajo enorme. Me quedé sólo con las azules. Allí estaban, inmóviles, detenidas artificialmente en un vuelo sin destino. Seguían siendo hermosas a pesar de estar muertas. Al menos tenía la posibilidad de poder contemplarlas. Había sido capaz de vencer a la naturaleza, que las hubiera destruido para siempre, confundiéndolas de manera infame con la tierra y las plantas.

Cuando salía lo hacía para dar breves paseos, caminando pesadamente, arrastrando un dolor incierto que me lastraba y que, aunque invisible, ocupaba todo el espacio que dejaba a mis espaldas. Ansiaba controlar mi tiempo de la misma manera que había sido capaz de hacerlo con el tiempo de aquellas libélulas. De repente el mundo se desdibujaba y me veía avanzando por un largo pasillo. A un lado y a otro del mismo cientos de piezas disecadas en exposición. Eran las obras que intuía jamás iba a realizar y que llegaban en volandas para asediar mi imaginación.

 A finales del mes de octubre, ya iniciado el curso académico, recibí la llamada telefónica de Adela:- Enrique, ¿no vas a venir ya nunca?

 - ¿Por qué dices eso? – replicaba yo, con una desfachatez que aún hoy sigo sin explicarme.

 - Hace muchos días que no lo haces, y la verdad es que los dos te echamos de menos.

La mujer no deseaba que la compadeciese, e intentaba hablarme sin sentimentalismos, aunque le costaba a horrores. Yo notaba mis entrañas frías como el acero, y sólo deseaba ser amable y dejar de escuchar su voz.

- Es que ahora ando bastante liado. Acabo de empezar las clases en la universidad y me está costando – mentí.

 - Don José dice que ya no vas a volver nunca, y que es así como él lo prefiere…

Noté al otro lado de la línea un sollozo apagado, casi inaudible. De inmediato sonó un carraspeo que trataba de anular cualquier interpretación que yo pudiera hacer del anterior gimoteo.

 - Adela, te aseguro que volveremos a vernos – sentencié.

 - Aquí te estaremos esperando – replicó ella, antes de colgar.Me quedé cerca de diez minutos con el auricular en la mano, con el tono de línea cortada de fondo. Confundido con el repetitivo chirrido creí seguir escuchando el breve lamento de Adela. El acero que se había adueñado de mis tripas se fue deshaciendo lentamente, y así fueron surgiendo el miedo, la compasión y el afecto. No sabía por qué, pero estaba claro que me estaba convirtiendo en un monstruo. Asistía como un espectador a aquella transformación, como si nada pudiera hacer por evitarlo.

Dos semanas después de la llamada, en un arranque de melancolía y rabia, cogí el autobús que me dejaba junto a la cuesta que conducía a la casa del taxidermista. El conductor me reconoció de inmediato.

- ¡Cuánto tiempo sin verte por aquí! – exclamó, intentando resultar agradable.

 - He estado ocupado – le dije, sin demasiada convicción.

 - Ocupado, ocupado… Uno siempre elige en qué ocupa su tiempo – musitó el conductor, sin mayor afán, aunque a mí sus palabras me sonaron especialmente filosóficas y trascendentales. Subí la cuesta y casi creí estar ocupando el espacio pretérito de cuando lo había hecho por vez primera. Sentía mi cuerpo desplazando al cuerpo que un año antes había ascendido con cierto resquemor en dirección al cementerio y a las altas montañas. Las casas a los lados del camino mal asfaltado seguían misteriosamente vacías, sin vida, disecadas para la posteridad en callada armonía. Llegué a la puerta enrejada y sentí mis piernas temblorosas y mi respiración agitada. Pasé una hora observando, atento a cualquier detalle o movimiento. Cayó una hoja de la higuera sobre el agua de la piscina, de la que apenas podía atisbar una esquina, pues la casa me la tapaba. Me imaginé su superficie ya teñida de suciedad y soportando la decadencia que el otoño iba generando sobre ella. En ese momento pude comprender al taxidermista, y qué le impulsaba a no limpiar la piscina más que en verano. Allí podía ver la parte más oscura de su alma, aquella que todos tratamos de ocultar al resto de la humanidad. Yo, sin saberlo, había comenzado a pintar mi retrato, como Dorian Gray. En ese instante me daba perfecta cuenta de ello. No sabía dónde, pero en algún lugar estaría el cuadro en el que el paso del tiempo iría dejando huella de las porquerías que mis comportamientos iban engendrando.

Me aparté con sumo cuidado de la cancela, para evitar hacer sonar la campanilla, y regresé a la ciudad con la sensación de haber recibido mi última clase sin que al taxidermista le hubiera hecho falta pronunciar una sola palabra.

 

 

 XII

 

Hace falta ir cumpliendo años para saber hasta qué punto una persona ha dejado un poso en nuestra alma. Hace falta también, seguramente, alejarse de ella para valorarla y para encontrarla en lo más profundo y escondido de nuestro propio ser.

A lo largo de diez largos años no recibí noticias del taxidermista. Tampoco hice esfuerzo alguno por contactar con él. Al finalizar con éxito mis estudios universitarios acepté una oferta en otra ciudad, más grande, alejada casi quinientos kilómetros de la mía. De vez en cuando regresaba a casa para ver a los amigos y a la familia, aunque básicamente por navidad y en las vacaciones de verano. Me había acostumbrado a ir sepultando mi origen, en todos los sentidos, bajo toneladas y toneladas de mentiras. Había ido amoldando un pasado a mis intereses, y tanto me había esforzado en aquella tarea que incluso llegaba a confundir la ficción con la realidad.

- Nunca hemos estado en Nueva York los tres juntos… - decía mi madre, cuando yo soltaba delante de ella alguna de mis sandeces inventadas.

 - ¿No? – inquiría, sorprendido, pero recordando que a ella y a mi padre eran a los únicos que no podía engañar.

 - Te confundes. Fuimos los dos solos y tú te quedaste con la abuela. ¿Cómo no lo recuerdas? Ya eras bastante mayorcito…

Y claro que me acordaba, me acordaba de todo perfectamente. El problema es que yo deseaba que mi pasado fuera distinto y el cambio de urbe me había permitido desarrollar uno que si bien no era falso en su totalidad sí que estaba convenientemente deformado. Dentro de aquellas distorsiones voluntarias se encontraba José: jamás lo había conocido, nunca había estado en casa de un taxidermista y muchísimo menos había sentido pasión por un oficio tan estrambótico y peculiar. En el fondo no era José lo que me avergonzaba, ni tan siquiera mi pasada devoción por la disecación de animales, lo que no soportaba era asumir mi derrota, mi claudicación sin lucha ni resistencia frente a los convencionalismos que impone la sociedad. Lo que deseaba negar con toda mi alma era que había traicionado a mis sueños. El taxidermista los representaba, aunque no sólo eso, también era la personificación de que alcanzarlos es posible, de que la sociedad no es tan determinante y hay un amplio margen de acción que queda de nuestro lado. Si de verdad estamos dispuestos a luchar.

Me había convertido en un afamado economista, y ocupaba un cargo importante en una conocida entidad financiera. Además, escribía libros sobre finanzas y daba charlas y conferencias en las más prestigiosas escuelas de negocios del país. Era un hombre de provecho, ganaba mucho dinero y mis padres se sentían orgullosos, aunque también algo culpables. Y no es algo que yo infiera motu proprio, sino que en cierta ocasión mi padre había tenido la humildad de abordar el asunto.

- ¿Y no has pensado dedicarte a la taxidermia, ahora que ya estás bien posicionado, que puedes permitirte algún año sabático? – me preguntó, en un hilo de voz, casi como el que no quiere la cosa.

Yo me quedé mirándolo muy sorprendido. Jamás hubiera esperado de él aquella pregunta, y mucho menos tantos años después. Mi mano derecha comenzó a temblar, y tuve que sujetarla con fuerza con la izquierda para no delatar mi nerviosismo. Mi padre, sin embargo, tenía los ojos clavados en el suelo, y parecía apesadumbrado y triste.

- ¡Por favor, papá! Aquello eran niñerías de adolescente. Hace mucho tiempo… Fíjate, casi me había olvidado de que alguna vez había querido ser taxidermista. ¿Qué ocurrencia, verdad? – respondí, esquivo, mezquino, mentiroso, vencido…

Mi padre alzó la mirada y me observó. Tenía las pupilas contraídas, como las de José cuando se inyectaba morfina, y acuosas. Se golpeó las rodillas, como dándose ánimos.

- Siempre he querido lo mejor para ti. Te lo juro. Aunque ahora, no sé… Creo que hubo algunas cosas que no hice bien. Enrique, quiero que me perdones. Quiero que le des un abrazo a tu padre y sepas perdonarlo – musitó mi padre, encogido en su viejo sillón como un niño desvalido y torpe.

 - No digas tonterías, no tengo nada que perdonarte, ¿entiendes? Siempre has sido un magnífico padre – le dije, mientras lo abrazaba y sentía en mis brazos la cálida humedad de sus lágrimas.

Cuando empezamos a negarnos dejamos de ser niños, abandonamos nuestra esencia y nos confundimos con una jauría bastante uniforme a la que llamamos sociedad moderna. Yo era uno de sus más aventajados chacales.

De cuando en cuando visitaba algún museo de historia natural ubicado en alguna de las grandes capitales del mundo y sentía que una profunda melancolía me sobrecogía. Regresaba a mi hotel con la imagen fija de cualquiera de las piezas disecadas que había contemplado y me imaginaba a José trabajando en su casa sobre ella, al aire libre, como el día en que me había mostrado cómo preservar una pequeña codorniz. Por la noche no podía evitar soñar con sus profundos ojos azules y con su sonrisa enigmática y embaucadora. Me hablaba en sueños, pero yo no podía escuchar su voz, y tan sólo asistía impotente al movimiento sordo de sus labios.

Una tarde de finales de septiembre recibí una llamada. Era una voz amiga, aunque me costó reconocerla. Sonaba envejecida y rota por el paso de tiempo.

 - Enrique, perdona que te moleste. Tus padres me han dado este teléfono…Era Adela, resucitada de entre los restos de un naufragio inmenso denominado pasado. En la anestesiada placidez de mi nueva vida sus palabras resonaron como el estallido de un trueno, pase a que hablaba casi suspirando, casi sin fuerzas.

 - ¡Adela! – exclamé, verdaderamente contento y emocionado -. Qué gran sorpresa, hacía tanto tiempo que no hablaba contigo…

 Al otro lado de la línea no se escuchó absolutamente nada, y por un instante llegué a pensar que se había cortado la comunicación.

 - Enrique… Dijiste que vendrías… Te estuvimos esperando, tanto tiempo…Ya no era la mujer arrolladora y de modales algo rudos que había conocido. Aunque no la tenía delante, podía apreciar que los años se habían cebado con ella y que ahora tenía que ser una de esas ancianitas que se mueven con dificultad y que apenas pueden valerse por sí mismas. Me sentí groseramente culpable y ruin.

- Lo sé, y lo cierto es que no hay disculpa alguna. Lo siento, Adela, de verdad que lo siento.

 - No te atormentes. Da lo mismo, ahora ya da igual. Seguro que tendrías tus razones – dijo ella, sin un ápice de resentimiento, dirigiéndose a mí del mismo modo en que lo haría una madre, que todo lo perdona en un hijo.

 - ¿Y cómo es que me has llamado? – inquirí, dicharachero, intentando recobrar la complicidad que nos había unido una década antes.

Otra vez se abrió un silencio entre ambos. Quizá más prolongado, seguramente más incómodo y mohíno. Era un silencio que permitía conjugar en su seno millones de especulaciones.

- Tengo que entregarte algo. Tengo algo que te pertenece y estoy encargada de asegurarme de que llega hasta tus manos – musitó Adela, ahora un poco más decidida, aunque críptica.

 - No te comprendo bien – repliqué, aunque sintiendo que un abismo se configuraba bajo mis pies. Ahora estaba en el aire, a punto de caer sin remisión en un vacío que no tenía nada de físico aunque sí mucho de espiritual, un precipicio emocional que sólo podía conducir hacia el desorden de todas las cosas.

 - Enrique – susurró ella, hablándome con un infinito cariño -, don José ha muerto.

 

 

 XIII

 

La muerte es imprevisible. Es un acontecimiento que no conoce de fechas ni oportunidades, que hace oídos sordos a las peculiares circunstancias de cada uno. La muerte no espera ni hace concesiones, y tampoco se amolda al gusto particular de los seres vivos que pueblan este planeta. Aunque la muerte puede también ser citada antes de tiempo, y quizá se muestre compasiva y acceda a nuestras pretensiones. Sólo quizá.

Regresé a mi ciudad en tren, pues no deseaba agotarme conduciendo. Lo recuerdo perfectamente porque fue un viaje infinito en el que tuve tiempo de pensar en millones de cosas. Sobre todo pensé en el taxidermista, aunque también en mi propia existencia, en lo que se había convertido mi vida y en lo lejos que me encontraba de mis anhelos adolescentes. Viajé sentado junto a la ventana, con la mejilla apoyada contra el frío cristal. A una velocidad trepidante fueron pasando ante a mis ojos ciudades, pueblos y paisajes todos distintos, todos iguales. Creí reconocerme en los ojos de un niño que aguardaba a su tren en los andenes de una estación. Sí, era exactamente ese niño que me observaba con detenimiento y casi con un algo de espanto: era capaz de descubrir a través de mis pupilas que yo había asesinado mi ilusión.

Fue a recogerme mi padre, que parecía más viejo que nunca. Conforme yo había ido creciendo él parecía haberse ido encogiendo, hasta convertirse en una amable esencia del hombre que antaño fue.

- Murió de cáncer, ¿verdad? – inquirió mi padre, al que hablar de la muerte cada vez le resultaba más corriente.

 - No. Llevaba enfermo muchos años, pero no falleció por culpa del cáncer. Lo encontraron junto a la piscina. Fue una sobredosis de morfina.

 - ¿Morfina?

 - Sí, se la recetaban para aliviar el dolor – mentí, eludiendo tener que dar un sinfín de incómodas explicaciones.

 - Seguramente estaría cansado de vivir en esas condiciones. Pobre hombre… ¿Cuándo es el funeral? A tu madre y a mí nos gustaría acompañarte. Al fin y al cabo, aunque nunca llegamos a conocerlo, ese hombre formó parte de nuestras vidas durante todo un año. No queremos que estés solo.

 Me mordí el labio inferior. Dejé pasar voluntariamente unos segundos, cavilando acerca de qué era más apropiado decir.- El funeral ya se ha celebrado.

 - ¿Cómo? – mi padre me miró, muy sorprendido -. Entonces, ¿a qué has venido?

 - Me ha dejado algunas cosas en herencia – respondí, secamente.

Mi padre asintió con la cabeza. Me llevaba a casa conduciendo muy despacio, como sólo lo hacen los hombres que ya han olvidado el significado de la palabra prisa y que seguramente se dan cuenta de que malditos los años de su vida durante los que se han visto sometidos a ella.

- Vaya… Interesante. ¿Sabes qué?

 - No tengo ni idea. Mañana he quedado con la mujer que lo asistía para que me las entregue.

 - ¿Deseas que te acompañemos? – insistió mi padre, que no sabía cómo estar a mi lado, ahora que el último rescoldo de lo que había sido la lumbre de mis aspiraciones se había extinguido para siempre.

 - No, prefiero ir solo. Muchas gracias, papá.

Aquella noche no pude pegar ojo. Metido en la misma cama que me había visto crecer, rodeado de los mismos muebles, cuadros y pósters de mi adolescencia, creía haber viajado sorpresivamente en el tiempo. No era la madrugada de un miércoles en verdad, era la de un viernes de hacía diez años. A la mañana siguiente sería sábado y yo tomaría un autobús a las doce que me conduciría hasta la casa del taxidermista. Una bruma ligeramente luminosa invadió la habitación, como la niebla que se aferraba a las montañas, junto al cementerio, en los días de lluvia. Cuando amaneció yo ya no era un hombre, sino un chaval con apenas dieciséis años.

Mi padre me dejó su coche y recuerdo lo extraño que me sentí subiendo la cuesta que me era tan familiar en el interior de un vehículo. Siempre la había recorrido a pie. El tiempo la había transformado también a ella. Ahora estaba perfectamente asfaltada y lujosas y animadas urbanizaciones de adosados se prolongaban a un lado y a otro. Sólo quedaban algunos chalés independientes, vetustos y con cierto abolengo, en la zona más alta, junto al camposanto. Aparqué frente a la puerta enrejada, que seguía conservando la pintura verde, aunque se apreciaban numerosos desconchones en los que había crecido la herrumbre como una mala yerba. La fachada de la casa se había vuelto más oscura y apagada, como una fotografía que el tiempo se hubiera encargado de ir eclipsando. Para mi tristeza, no había rastro ni de la campanilla ni de la placa del taxidermista. Sólo pude esbozar una sonrisa cuando apareció Adela desde un lateral de la vivienda, tendiéndome los brazos.

 - Enrique, qué alegría volver a verte. Estás hecho todo un hombre. Han pasado tantos años…Abracé a la mujer y sentí su cuerpo anguloso y duro. Había adelgazado mucho, y se le había encorvado ligeramente el cuello. Su rostro había sido invadido por un ejército de arrugas y manchas que aunque no la afeaban sí transmitían una cierta sensación de asumida derrota.

 - Adela, ya te dije que volveríamos a vernos – dije estúpidamente.La mujer no me contestó. Hurgó pesadamente en un bolsito que llevaba colgado de un brazo y luego me entregó un sobre azul que había sacado del mismo.

- Esta es tu herencia – manifestó con una sequedad que me desconcertó. Su mirada se había vuelto de súbito dura y fría. Aunque no lo esperaba, bien pensado la suya era una actitud completamente justificable.

Tomé el sobre entre mis manos y lo rasgué con delicadeza. Dentro encontré sólo tres cosas: un talón por una apreciable suma a mi nombre firmado por el taxidermista (lo que indicaba premeditación absoluta), una carta manuscrita y una pequeña llave.

- ¿Qué significa todo esto? – inquirí, inseguro y nervioso.

 - No lo sé. No he leído la carta. A mí no me escribió nada – dijo Adela, un poco dolida -. Somos los únicos herederos, tú y yo. Todo lo demás me lo ha dejado a mí – añadió, aunque en su voz pude apreciar que eso era algo que le traía sin cuidado.

 - ¿Venderás la casa o seguirás viviendo en ella?

 - Ni lo uno ni lo otro – contestó, sin añadir ni un solo detalle más.

Extraje la llavecita del sobre y se la mostré, encogiéndome de hombros. La Adela que tenía frente a mí era apenas un reflejo deformado de la mujer que vagaba en los recuerdos de mi mente.

 - ¿Sabes qué abre esta llave?Ella volvió a recuperar durante unos breves segundos la expresión dulce con la que solía mirarme cuando yo sólo era un crío. Fue apenas un espejismo.

- Lo sé, aunque preferiría no decírtelo – replicó, con cierta reserva.

 - No te comprendo.

 - A mí me ha dejado la casa, pero no todo lo que hay en ella. Tuyos son todos los libros de su biblioteca y…

Adela se giró hacia la fachada sin terminar la frase. De espaldas a mí, con el vestido negro que cubría su cuerpo menudo, parecía una de esas viudas que se pasan el día rezando en misa, renunciando a un presente todavía aprovechable a cambio de un pasado imposible de recuperar.

 - ¿Y? – musité, en un respetuoso tono.

 La mujer volvió a encararme. Su rostro mostraba una honda preocupación y un leve resquemor.

 - Esa llave abre la puerta del altillo. Todo lo que hay en él también te lo legó.Me sentí henchido de orgullo y culpable al mismo tiempo. El hombre al que había abandonado y olvidado, después de haberle profesado una profunda admiración y haber recibido sus generosas clases, no sólo se había acordado de mí en su testamento, sino que además me había terminado donando sus más adoradas pertenencias: sus libros y sus mejores piezas. Una ansiedad casi golosa me recorrió el cuerpo.

 - Me siento muy honrado, Adela – dije, con algo de jactancia.

 - Ya no se lo podrás agradecer – apuntó ella, lanzándome un

golpe bajo para el que no estaba preparado -. Pero da lo mismo ahora. Enrique, deseo pedirte un favor. Te ruego que me hagas un favor personal – suplicó, cogiéndome las manos e inclinándose.

- ¿Qué favor? – inquirí, perplejo y un poco incómodo con la situación.

 - Tira esa llave lejos, vete al monte y lánzala desde lo alto de una montaña, y olvídate de ella para siempre.

No comprendí nada. Adela estaba casi de rodillas frente a mí, y sus ojos ya marchitos me observaban como lo hubieran hecho los de un reo condenado a muerte a su verdugo, todavía aferrado a un hilo de esperanza.

- Pero eso es imposible. Eso sería tanto como querer destruir su legado. ¿Por qué me pides que haga tal cosa?

 - Sólo te lo suplico…

 Tiré de los brazos de Adela para ayudarla a incorporarse. Sentí su cuerpo liviano, casi sin peso, ceder mansamente a mi voluntad.

 - Al menos dame un motivo sólido para hacerlo – dije, intentando resultar razonable, aunque para nada dispuesto a ceder.

 La mujer se separó de mí y comenzó a andar hacia la cancela. Lo hizo agotada y taciturna.- La casa está abierta, y así seguirá durante una semana. Tienes tiempo más que suficiente para sacar de ella lo que te pertenece. Después nunca más te volveré a dejar entrar – me espetó, antes de perderse por la cuesta, camino abajo.

 - ¡Adela! – exclamé, en un último y vago intento por razonar con ella.

Todavía algo turbado, extraje la carta del sobre que contenía el talón y la llavecita y me fui a leerla junto a la piscina. Aquel era el lugar en el que el taxidermista había encontrado voluntariamente la muerte y yo deseaba recibir sus últimas palabras en el mismo sitio que él había elegido para ir a morir.

 «Enrique, cuando leas esta carta probablemente yo ya haya alcanzado mi último objetivo y ya jamás tengamos la oportunidad de volver a hablar.Te he dejado algún dinero porque no tengo la menor idea de cómo te va en la vida, y quizá te sirva de ayuda, a lo mejor gracias a él llegues a reconsiderar qué es lo que verdaderamente importa en esta nuestra existencia finita.

Te dejo en herencia también todos mis libros y mi colección de piezas, esa que nunca llegué a mostrarte. Sé que sabrás cuidarla y valorarla como nadie. Te ruego que completes la biblioteca, me gustaría que la conservaras con todos sus ejemplares juntos, tal y como yo la tenía.

Enrique, por favor, jamás me juzgues con dureza. Me he entregado a lo largo de la vida a una pasión, a un arte que me ha superado con mucho, y gracias al cual trascenderé, más allá de los límites de este cuerpo carcomido por los años. Pero sólo quedará mi nombre. Pronto no seré más que polvo que arrastrará el viento. Adela ya está mayor y únicamente tú en el mundo podrás guardar memoria del hombre que fui, de las cosas que dije, de qué me impulsaba a vivir…

 Eres un ser excepcional, y me congratulo de haber tenido el honor de conocerte. Jamás olvides tus sueños. Nunca me olvides tampoco a mí.

 José Vaquerizo Yepes».La carta se escurrió entre mis manos pálidas y trémulas y fue a parar a la superficie del agua, que rápidamente empapó el papel y emborronó la tinta. Aquella piscina parecía querer engullir y hacer desaparecer para siempre cualquier vestigio del taxidermista: primero segando su vida y luego desdibujando sus últimas palabras. Traté de alcanzar el papel, y a punto estuve de caer al agua en el intento, pero ya se hallaba fuera de mi alcance, y se confundía con la suciedad que ya comenzaba a acumularse y que probablemente ya nadie se ocuparía de limpiar.

Guardé la pequeña llave y el talón en uno de los bolsillos de mi chaqueta y salí de la casa en busca del coche. Caminé muy despacio, sintiendo la voz del taxidermista retumbando en mi cerebro, recordándome una y otra vez que no lo echara en el olvido, ahora que ya casi nadie lo podría mantener sujeto entre la memoria difusa y caprichosa de los vivos.

 Antes de cerrar la cancela me giré para contemplar la fachada de la vivienda. La visión pronto se nubló, pues las lágrimas se empecinaban en crear una bruma obcecada y triste entre mis pupilas y el marchito frontis. Regresaría al día siguiente para volver a contemplarla, porque antes de entrar nuevamente en la casa tenía que cumplir con el deseo que había expresado el taxidermista en su postrera misiva.

 

 

 XIV

 

Allí estaba, en la biblioteca, entre los numerosos libros que el taxidermista me había legado, sosteniendo entre mis manos uno, el que faltaba para completarla: la edición original de 1825 del manual de Boitard. José siempre había sabido que yo era el que se lo había usurpado, y a pesar de todo nunca me lo había reprochado abiertamente. Deposité el tomo con suavidad en el lugar que siempre había ocupado, eché un vistazo a la que ya había pasado a ser mi colección y salí nuevamente a la galería.

Me sentía embargado por la emoción. Al fin iba a tener acceso a las mejores piezas del taxidermista, y además me pertenecían por voluntad propia y última de su creador. Tenía en mi mente sus apreciaciones acerca de los halagos que yo había dedicado a la cabeza de venado de la entrada, advirtiéndome que ni con mucho se aproximaba aquella a la pureza y grandeza de las que tenía en el desván. También recordaba que permitirme acceder al altillo era una especie de recompensa, de reconocimiento máximo que yo tenía que ganarme. En aquel instante dudaba de los méritos que me adornaban para hacerme merecedor de tal privilegio.

Accedí a la estancia que ya conocía, de la vez única que había intentado en vano visitar el altillo, y que seguía tan desolada y sombría como en el pasado. Con una lentitud parsimoniosa comencé a subir los peldaños de la escalera que conducía a la planta superior. Aferré con fuerza la pequeña llave, temiendo que se me fuera a escapar y perderse en aquel instante mágico y tan esperado. La profunda oscuridad me obligaba a ir de escalón en escalón, tanteando con la puntera de mis zapatos cada uno de ellos, hasta que finalmente me topé con la puerta. Introduje la llave torpemente en la cerradura, que cedió de una forma brusca y repentina, como impulsada por un resorte. Una bocanada de aire húmedo y viciado procedente del altillo me sacudió el rostro. Sentí el olor penetrante del alcanfor y de otros conservantes que mi olfato no logró identificar.

De repente regresaron a mi cabeza las inquietantes pesadillas que acerca de aquel lugar me habían asediado en la adolescencia. Pese a estar seguro de que me encontraba solo en la casa, creí escuchar unos pasos muy medidos sobre el artesonado. De inmediato un pavor irracional e infantil se apoderó de todo mi ser, paralizándome. Alcé lentamente los ojos, que hasta ese momento había tenido clavados en la cerradura de la puerta, y poco a poco fui acostumbrando mis pupilas a la penumbra, levemente rasgada por un haz de luz que sabía procedía del pequeño ventanuco que había visto tantas veces en la fachada. Frente a mí se abría un estrecho pasillo, en el que se confundían sombras de diferente forma y tamaño. Al principio las percibí como una amenaza y a punto estuve de darme la vuelta y salir corriendo escaleras abajo, olvidando para siempre el deseo que me había guiado hasta allí. Afortunadamente supe vencer al miedo y al instinto y paulatinamente aquellas espectacular exposición dispuestos unos sobre otros, sin armonía, dejados al azar, formando un extraño conjunto estática. Había quebrantahuesos, lobos, ardillas, un excepcional oso pardo… Recorrí el pasillo con los ojos alucinados, maravillado y abrumado ante tanta belleza. A cada una de las incontables piezas dediqué al menos un par de minutos de deleitosa contemplación: las acariciaba, escudriñaba el gesto que el taxidermista había elegido para detenerlas en el tiempo, admiraba sus miradas penetrantes y al acecho. Fascinado, casi creí desmayarme, inundados mis sentidos por una colección tan extraordinaria que seguro despertaría las envidias de cualquiera de los mejores museos del mundo de ciencias naturales. Me imaginaba a José volcado sobre ellas, dedicándoles incontables horas, desplegando su arte inigualable, la suma perfección que sólo los genios son capaces de ungir sobre sus creaciones. El pasillo doblaba hacia la izquierda, internándose en una nueva galería en la que se apelmazaban nuevas piezas. Creí perder el sentido al descubrir un magnífico ejemplar de lince ibérico que yacía postrado en actitud serena, como descansando tras una larga jornada de caza. Tenía la cabeza ladeada y parecía mirarme con languidez e indiferencia, como si su agotamiento estuviera por encima de la segura amenaza de un ser humano. Me acerqué a él y rocé su piel con respeto. Otros mamíferos singulares se disputaban el angosto espacio: jinetas, muflones, jabalíes, comadrejas, musarañas, garduñas, lirones, nutrias, zorros… Era un espectáculo increíble y maravilloso, que inundaba mis pupilas de una belleza tan extraordinaria que aún hoy siguen atrapándola, y que considero la mantendrán atrapada hasta el fin de mis días.

 sombras fueron transformándose en una de animales maravillosamente disecados,

 de fauna aparentemente águilas reales, buitres viva y salvaje, aunqueleonados, lechuzas, Al llegar al final del pasillo creí volver a escuchar nuevamente unos pasos, no muy lejos de donde me encontraba, al otro lado de la pared que conformaban los animales dispuestos unos junto a otros, desde el suelo hasta el techo. Giré hacia la derecha con el corazón batiéndome en el pecho como una pieza de motor desbocada. La nueva galería acababa justo en la zona de la fachada en la que estaba ubicada la claraboya. La luz me cegó momentáneamente la mirada, y avancé asustado con la cabeza gacha y los párpados semicerrados. A ambos lados del pasillo no había ni una sola pieza, en su lugar el taxidermista había colocado cientos de capullos de rosa secos. Al fin alcé la vista y lo que descubrí me dejó horrorizado y anonadado. Una mujer se hallaba sentada sobre una silla, con el aire distraído del que se encuentra en paz consigo mismo. Iba vestida con un magnífico vestido negro, sencillo y elegante, que resaltaba la palidez de su piel blanca y aparentemente tersa. Leía un libro, que sujetaba de manera indolente con la mano derecha. Apoyaba el mentón levemente en la izquierda, que mostraba unos dedos estilizados y cuidados, rematados por unas uñas nacaradas. Uno no sabía si leía en realidad o bien miraba al frente de soslayo, simulando un desinterés forzado y perfectamente estudiado. Tenía el pelo negro recogido atrás en una coleta infantil que se desplegaba sobre uno de sus hombros. El escote del vestido aunque discreto permitía admirar el cuello alargado, de piel fina y tensa, y los huesos de las clavículas, levemente voluptuosos. Los ojos, de un profundo color castaño, tenían la vivacidad de una hermosa joven de apenas veinte años. Un calor intenso y desasosegante fue creciendo en mis entrañas. Reconocí al instante aquel bello rostro, adormecido hasta el infinito por la muerte. Aunque el blanco y negro de las fotografías de medio siglo atrás no hacían justicia al delicado encanto de la muchacha que tenía frente a mí, sabía perfectamente de quién se trataba. Era la obra más abominable y genial que jamás había visto y que nunca llegaré a contemplar. Era la creación de un maestro sin igual y de un engendro también sin parangón. Sin duda, era el cuerpo disecado de Elena el que tenía ante mis ojos, el que llevaba allí aguardándome, anticipándose en mis pesadillas más terribles, desde hacía diez largos años.

 XV

 

Salí corriendo de la vivienda, olvidando los libros, olvidando aquellas piezas maravillosas que ya me pertenecían, tratando de olvidar que alguna vez en la vida había admirado y venerado al hombre que había sido capaz de cometer un acto tan horrendo. En mi mente una sola imagen: el rostro de Elena. En mi cabeza sólo unas palabras: la postrera e inútil súplica de la buena de Adela.

Llegué a casa de mis padres sudoroso y descompuesto. Traté en vano de ocultar mi honda preocupación y mi estado de inquietud. Aunque mis progenitores advirtieron que algo no marchaba bien no revelé la terrible causa que provocaba mi desasosiego. Pasé tres días encerrado en mi habitación, asediado por miles de escalofriantes preguntas que no obtenían respuesta: ¿Cómo era posible? ¿Había matado José a Elena, o sencillamente la había embalsamado una vez muerta esta de forma natural? ¿Por qué se habían distanciado? ¿Qué se escondía realmente tras la despedida que Elena había escrito en el reverso de la fotografía que hallé en el manual de Boitard? También me angustiaban, a mi pesar, otras cuestiones, de carácter casi técnico: ¿De qué forma había logrado el taxidermista disecar a un ser humano de una manera tan perfecta? ¿Cómo había logrado conservar la fina y delicada piel de la muchacha? ¿Qué había pretendido entregándome la llavecita?

En varias ocasiones estuve tentado de intentar contactar con Adela, de cambiar impresiones con ella y de decidir qué hacer de manera conjunta. Pero al final opté por no hacer nada. Pasaron los días y me imaginé la casa de José clausurada para siempre: sin nadie que cuidara los árboles y las flores, sin nadie que limpiase el agua de la piscina, con los libros olvidados para siempre en sus anaqueles, con las piezas disecadas marchitándose lentamente acosadas por los gusanos y los insectos, con el cuerpo de Elena descomponiéndose sin remedio. Imaginé todo el universo personal del taxidermista pudriéndose tras la frontera de un vallado de color verde, como una prolongación efímera del cementerio que descansaba a sólo unos metros de distancia. Nunca regresé a la casa, intentando escapar de la segura decadencia de aquel mundo que pronto no sería más que un bosquejo en el tiempo. Abandoné mi trabajo y retomé mi pasión por la taxidermia. La suma que José me dejó en herencia me permite vivir desahogadamente y entregarme al que ha sido mi único sueño en la vida. Lo hago de una manera pausada, sin agobios, deleitándome con cada encargo, sin prisa alguna. Lo algo de la forma en que le hubiera gustado al taxidermista. Cada vez que concluyo una pieza pienso que él me mira orgulloso desde algún lugar indeterminado.

Es ahora que Adela ha fallecido también cuando me he decidido a escribir este relato. Lo necesitaba. Han pasado sólo tres años pero he alcanzado una meritoria reputación en este arte casi olvidado y singular que pocos comprenden y que menos comparten. De cuando en cuando asisto de incógnito a alguna exposición en la que se halla alguna de mis piezas y observo a los visitantes alucinados admirándolas. Eso me reconforta, y siento que estoy haciendo algo importante. Quizá alguno de los animales que diseco pronto estará extinguido, y eso es algo terrible, pero al menos quedará mi obra para perpetuarlo en el tiempo, para que otros que lleguen después de mí lo vean y sepan que hubo una vez que existió, que tuvo vida y que inundó con su belleza este planeta.

Este relato sea seguramente mi manera de embalsamar para la posteridad a José Vaquerizo Yepes, y también una forma de expiación de sus pecados y de los míos. He conocido a muchas personas desde su muerte, pero a nadie tan excepcional y brillante. A nadie que me haya tratado tampoco con tanta generosidad y profundo respeto.

A los pocos meses de la muerte del taxidermista estuve a punto de olvidarlo todo, de regresar a la ciudad en la que me había hecho un profesional de las finanzas y volver a escalar posiciones en ese campo. A punto estuve de olvidarme a mí mismo para ser suplantado por otro creado artificialmente. Recuerdo la tarde en que todo cambió. Estaba en mi habitación atormentándome, con el rostro disecado de Elena fijo en la mente. Entonces miré el corcho en el que tenía clavadas un puñado de libélulas azules desde la infancia: lo cogí y lo lancé con rabia desde el balcón. Luego estuve casi una hora llorando. Cuando al fin me decidí a salir a tomar un poco el aire y despejarme me topé en la calle, junto al portal, con las libélulas secas, muertas, desprendidas del corcho y de sus alfileres. Sentí nauseas y un odio infinito hacia mi propia persona. De repente se levantó un ligero viento que alzó las libélulas y las arrastró hacia el cielo. Durante algunos segundos me pareció verlas volar nuevamente, alejarse hacia la libertad, hasta perderse de mi vista. En ese instante comprendí al taxidermista, en ese momento decidí que nadie debe nunca renunciar a los sueños que le empujan a seguir viviendo con ilusión. 

 

 

 

 

 

 

 

 

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