© Libro N° 13973. El Taxidermista. Laso, Enrique. Emancipación. Junio 21 de 2025
Título Original: © El Taxidermista. Enrique Laso
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Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Enrique Laso
El
Taxidermista
Enrique Laso
"¿Y ha de
morir contigo el mundo tuyo, la vieja vida en orden tuyo y nuevo?
¿Los yunques y crisoles de tu alma trabajan
para el polvo y para el viento?"
Antonio Machado
No tengo la menor idea de qué puede empujar a
un joven de hoyen día a desear ser taxidermista, y lo único cierto es que yo
desde la infancia había manifestado una pasión desbordada por la conservación
de los cuerpos de los insectos más comunes. Me imagino que una explicación
poética sería la que en cierta ocasión me expresó la persona a la que va
dedicada este relato: “sencillamente somos almas destinadas a conservar la
belleza de este mundo, irremediablemente condenado a la decadencia y,
finalmente, a la inmundicia”. Puede ser, sin lugar a dudas, aunque mi propia
interpretación antepone como motivación verdadera una curiosidad irrefrenable
por conocer a fondo el interior de los cuerpos, y, más allá, la sensación un
tanto infantil de inmenso poder, de dominio casi divino, que proporciona
detener a voluntad el proceso de putrefacción que la naturaleza tiene reservado
a todos los seres vivos.
El origen de esta
vocación lo encuentro allá cuando apenas contaba cinco o seis años y me
dedicaba con esforzada devoción a cazar las libélulas que alegre e
inocentemente se posaban en la orilla del río en el que solía bañarme cada
verano, por vacaciones. Me recuerdo con un cazamariposas artesanal, aguardando
sin el menor atisbo de compasión a que uno de aquellos pobres insectos tuviera
la desgracia de caer cerca de mi escaso margen de maniobra. Luego regresaba
ufano con mis tesoros, tres o cuatro libélulas, y dedicaba el resto de la
tarde, hasta el anochecer, a analizarlos con paciencia, a clasificarlos y, al
fin, a clavarles una aguja en el tórax para fijarlos firmemente en un gran
tablón de corcho blanco.
Pero no soy yo el
objeto de esta narración. En realidad deseo hablar de mi mentor, maestro,
preceptor o como quiera llamársele. Es ahora que nos ha dejado cuando puedo
hablar de él, cuando me veo obligado a hablar de él. Podría haberlo hecho de
una manera sencilla y breve, pero entonces sería absolutamente injusto con la
persona que tanto me ha dado, y que ha forjado de manera definitiva mi espíritu
para lo que me resta de vida. Y es preciso que tú, lector, leas estas páginas
antes de conocer el verdadero motivo que me ha llevado a redactarlas, porque de
otra forma podrías hacerte una idea completamente equivocada acerca del hombre
más fascinante que haya conocido y que, probablemente, llegaré a conocer.
I
La primera vez que
llegué a su casa debía de contar yo dieciséis o diecisiete años, y él debía de
rondar ya los setenta. Para mí era un verdadero honor que un hombre de su
prestigio hubiera aceptado mi propuesta de hacerle una breve entrevista, con el
propósito de completar un trabajo de bachillerato, que intencionadamente había
centrado en la taxidermia. Le había telefoneado una semana antes, y él,
escuetamente, me había citado para el siguiente sábado al mediodía, mostrando
un cierto interés. Me imagino que tampoco debía de ser habitual que jovencitos
le llamaran para conocer más de cerca su trabajo, y que quizá eso despertó su
curiosidad.
Recuerdo que era
principios de noviembre, y que pese a que la semana anterior había llovido casi
todos los días aquel sábado había amanecido resplandeciente, con un sol cálido
y brillante, de esos que tanto se agradecen en otoño. Tuve que coger un autobús,
pues su casa se encontraba situada a unos diez kilómetros de la ciudad. Al
llegar a la última parada, el conductor me indicó que debía de subir la
pronunciada cuesta que llevaba al cementerio, donde arrancaban las montañas, y
que la casa que buscaba era la penúltima, contando desde el camposanto. Subí el
repecho andando pesadamente, tratando de escoger mis primeras palabras para
causar una buena sensación, y atisbando en el interior de las viviendas
unifamiliares, desperdigadas a un lado y a otro de la mal asfaltada carretera.
Me extrañó no ver a nadie, y por momentos tuve la sensación de estar
adentrándome en un terreno baldío, en el que los hombres habían dejado de
existir. Poco a poco el desasosiego me fue invadiendo, y sólo la visión de una
placa reluciente con hermosas letras grabadas hizo desaparecer mis miedos de un
plumazo.
José Vaquerizo Yepes TaxidermistaLa placa
estaba firmemente soldada a una verja pintada de verde que rodeaba la casa: una
construcción sólida, seguramente de unos cuarenta años de antigüedad, y cuyos
gruesos muros mostraban un cierto descuido, pues la cal que debía de enlucirlos
se resquebrajaba en algunas zonas, atacada por la humedad. No encontré timbre
al que llamar, y así estuve un buen rato frente a la puerta enrejada hasta que
descubrí que no tenía echada la llave ni puesto candado alguno. Traté de abrirla
con el mayor cuidado, pero las bisagras estaban algo herrumbrosas, y la puerta
no cedía más que a base de empujones hacia delante y breves tirones hacia
atrás. Fue entonces cuando pude cerciorarme del precario mecanismo que habían
ideado para alertar de la presencia de algún forastero: un largo cable de
grueso alambre unía la cancela al extremo superior de una campanilla, que
comenzaba a sonar, obligada por los bruscos movimientos que cualquiera tenía
que hacer para franquear el vallado. Asustado por la estridencia del
rudimentario avisador, me quedé petrificado, con tan solo un pie puesto en el
interior de aquella propiedad ajena que había invadido sin permiso. No tardó en
aparecer una mujer de estatura mediana, gruesa, de movimientos torpes y algo
mecánicos, que un tanto fastidiada me espetó desde unas escaleras que conducían
a la vivienda:
- ¿Qué quieres? ¿No habrás venido a
molestar?Tardé en responder, enmudecido por la sorpresa, y lamentándome de que
la primera impresión que iba a causar fuera aquella. Estuve tentado de salir
corriendo pendiente abajo, y de no regresar jamás, inventado una serie de
respuestas arquetípicas para el cuestionario que debía presentar la siguiente
semana, pero entonces aquella mujerona que en principio me había parecido
severa y ruda me lanzó una cálida sonrisa.
- Lo había
olvidado… Tú debes de ser el joven estudiante que espera don José, ¿verdad? –
me dijo, suavizando notablemente el tono de su voz.
- Si… ese soy yo – respondí, tartamudeando.
- Pues venga, pasa, y no te quedes ahí como un
pasmarote.
Seguí a la mujer,
que rodeó la casa a través de un caminito de chinarro franqueado a la derecha
por un muro de la vivienda y a la izquierda por un jardín un tanto salvaje, en
el que crecían árboles frutales como naranjos, limoneros, nísperos y hasta una alta
higuera, que dejaba su generosa sombra sobre una pequeña piscina de aguas
verdosas en las que flotaban innumerables hojas secas.
- La piscina sólo la limpiamos en verano. A mí
me gustaría
vaciarla, pero don José me dice que la
prefiere así… - comentó la mujer, que se había cerciorado de mis
pesquisas.Llegamos hasta el extremo final de la casa, y entonces doblamos
ligeramente a la derecha, bordeándola. Me quedé asombrado, pues la parcela se
abría hacia un espacio de unos mil metros cuadrados, oculto tras la vivienda,
en el que distintos caminitos de chinarro se adentraban en el terreno, hasta el
fondo del vallado, rodeando arbustos y altísimos pinos. Pareciera como si
hubieran deseado traerse un trocito del monte que arrancaba sólo unos metros
más arriba, o, por el contrario, como si la vivienda la hubieran alzado dentro
de él, siendo el único elemento disonante entre la agreste naturaleza.
- Qué bonito – manifesté, casi sin pensar.La
mujer me lanzó una mirada inclasificable, como si le sorprendiera mi
comentario, y siguió caminando con aquel andar mecánico, que daba la impresión
se debía a la imposibilidad de poder flexionar adecuadamente las rodillas. Pude
ver entonces que los árboles rodeaban una zona despejada, que había sido
enlosada con baldosas de terrazo, y en cuyo centro habían ubicado una bonita
fuente de mármol por la que manaba un discreto chorrito de agua. Junto a la
misma se apelotonaban algunas sillas reclinables y un par de mesitas de hierro
forjado. En una de aquellas sillas descansaba un hombre que, aunque sostenía un
periódico frente a sus ojos, parecía dormitar. Nos detuvimos a unos cinco
metros de él.
- Don José, don José, ha venido el joven que
esperaba.El hombre alzó la cabeza, cubierta por una sencilla gorra de pana
color tostado, que apenas dejaba adivinar un cabello revuelto y canoso,
abundante pese a su edad. Dejó muy despacio el periódico sobre una de las
mesitas y me dirigió una mirada amable y llena de curiosidad. Tenía los ojos
pequeños, pero de un azul tan intenso que parecían inundar el resto de su
rostro, ajado y bronceado.
- ¿Eres Enrique?
- Sí, señor – asentí, lacónico y nervioso.
- Está bien, siéntate, por favor. Tenía ganas
de conocerte – dijo, haciendo una larga pausa. Luego miró al cielo, como
tratando de recordar algo -. Claro… ¿te gustaría tomar algo? Café, té,
limonada…
- No quisiera molestar – respondí, mientras
tomaba asiento.
- Oh… no es molestia ninguna. Por favor…
- Entonces una limonada estará bien.
- Adela, te ruego que nos prepares un buena
limonada, y que nos traigas también algunas pastas.
Adela se retiró, no
sin antes guiñarme un ojo, en un gesto de simpática confianza que aunque no
supe interpretar si reconozco que me reconfortó.
- Es curioso,
¿verdad? – dijo don José, cuando ya Adela se había perdido en el interior de la
casa.
- Perdone, ¿qué es curioso?
- Que te interese la taxidermia. Tenía la
impresión de que ya a nadie le interesaba, y mucho menos a una persona tan
joven como tú.
- Bueno, señor, para serle sincero…
- No, no, no… - me interrumpió, agitando sus
manos en el aire -. Por favor, nada de formalismos. Llámame José a secas, lo
prefiero. Yo te llamaré Enrique. Creo que será más cómodo para ambos.
José tenía una voz
ligeramente cavernosa, y vocalizaba perfectamente, como si de un locutor de
radio que hubiera fumado durante años se tratase. Lanzaba furtivas sonrisas, en
busca de la complicidad inmediata de su interlocutor, yo en este caso.
- Está bien, José.
- Perdona, me decías…
- Bueno, para serte sincero – continué, sin
mucha seguridad, porque el tuteo me parecía algo forzado -, no sólo me gusta,
sino que además me apasiona. La verdad, no encuentro una explicación muy clara,
y también es cierto que es un fervor que llevo un tanto en secreto.
- Ya veo. Me imagino que no es sencillo ser
diferente – dijo José, inclinándose levemente hacia mí.
- No, no lo es.
José iba vestido de
manera informal, con un pantalón de pinzas blanco, un jersey de lana color
crema y una camisa beige de la que sólo sobresalían apenas las solapas, por
encima del cuello de pico. Parecía un tenista de los años veinte, y esta
vestimenta, unida a sus movimientos lentos y concisos, le concedían un aire
aristocrático que pienso que él pronunciaba, por sentirse cómodo con el mismo.
- Tranquilo. Todos somos distintos, en cierto
sentido. Haz de esa diferencia tu fortaleza.Aquel hombre extraño me había
subyugado en apenas unos minutos. Sentía hacia él una confusa admiración, que
todavía no tenía muy claro si iba a ser pasajera o si perduraría en el tiempo.
- Puedes comenzar
cuando quieras – añadió, señalando la pequeña libretita que traía conmigo, y a
la que mi mano derecha se aferraba con fuerza, tanta que había marcado la
espiral de alambre en mi carne.
- ¡Claro! – exclamé, como el que despierta de
un breve sueño.
José me lanzaba
largas miradas, escrutadoras y penetrantes, como si a través de sus ojos azules
pudiera ver más allá de los míos, y encontrar una parte de mi alma, o de mis
pensamientos, en el fondo oculto de los mismos.
- Hacía muchos años
que no hablaba con ningún joven. Es más, hacía también meses que no charlaba
con un desconocido – manifestó, enarcando misteriosamente un ceja, y sonriendo
para sus adentros, como estupefacto.
Opté por dejar la
libretita sobre la mesita de hierro forjado, porque entendí que deseaba
profundizar en la cita misma, antes de dar paso al cuestionario. No hacerlo
hubiera podido ser interpretado como un síntoma de egoísmo puro, y me pareció
mucho más cortés dilatar la introducción que ir directamente al grano. Además
era sábado, y tampoco tenía ninguna prisa. En esas regresó Adela con una
bandeja con dos vasos, una gran jarra de cristal con limonada, y un platillo
lleno de pastas artesanas que despertaron mi apetito, cuando no la gula.
- Aquí está todo
don José – dijo la mujer, de muy buen humor -. Y para ti, jovencito, he puesto
un buen montón de pastas, que se te ve muy delgado.
- Adela, te ruego que no importunes a nuestro
invitado.
- Está bien, don José, ya les dejo a solas –
refunfuñó Adela, antes de regresar a la vivienda.
- Es una buena mujer, aunque un poco mandona.
Lleva conmigo más de cuarenta años, y muchas veces pienso que mi vida hubiera
sido un completo desastre sin ella. Ahí donde la ves somos casi de la misma
quinta, y sin embargo yo me acerco cada vez más a la imagen de un cadáver
mientras a ella todavía se la ve lozana y vivaracha.
Y era bien cierto
que Adela no aparentaba la edad que tenía. Como mucho se le podían echar
cincuenta años largos bien llevados. Su rostro sin arrugas, tenso y algo
rojizo, y aquellos ojos un poco saltones y traviesos, le concedían un aire
juvenil que sólo sus andares torpes malograba.
- Me parece muy simpática.José llenó los vasos
de limonada y me tendió uno de ellos. Luego hizo un gesto con el suyo, como
brindando desde la distancia, que yo correspondí de inmediato.
- Por la belleza…Me quedé unos segundos con el
vaso frente a los labios, tratando de desentrañar el sentido de aquella
dedicatoria, que había pretendido ser un tanto íntima y particular, casi como
una clave dicha en voz alta, y que sólo aquellos que comparten el código que la
descerraja pueden entender. Finalmente, opté por darle un largo trago al vaso.
- Esta limonada
está buenísima.
- Creo que Adela prepara la mejor de todo el
Mediterráneo. Y además lo hace con los limones que pueden recogerse aquí mismo.
Recordé fugazmente
los árboles frutales que me habían dado la bienvenida, y cuyo penetrante aroma
casi podía percibir desde la distancia, aunque algo confundido con el de la
resina de los pinos y la lavanda que crecía por doquier.
- ¿Y la higuera?
- Te ha llamado la atención, ¿eh? Un capricho.
Me gustan mucho los higos, y en verano sus hojas lanzan una densa sombra sobre
la piscina, lo que hace muy agradable estar en ella. Ahora ya no hay frutos,
porque los pocos que quedaban los han devorado los pájaros, pero si vienes el
próximo agosto nos podemos dar un festín.
Dijo todo aquello
con naturalidad, pero estoy convencido de que con toda la intención. Apenas nos
habíamos conocido, pero percibía que yo le estaba causando tan buena impresión
como él a mí. Me sentía bien en aquel lugar, alejado de la ciudad, sin ruidos,
y en compañía de un hombre que había alcanzado el súmmum en una profesión que
yo adoraba. Aún así, aquella invitación que se alargaba casi diez meses en el
tiempo me cogió completamente desprevenido.
- José, ¿cómo es que hacía tanto tiempo que no
hablabas con un desconocido? Y entonces, ¿por qué aceptaste mi propuesta?Él
lanzó una de aquellas breves sonrisas, que apenas significaban una apertura de
la comisura de los labios, pero cuya satisfacción delataban los ojillos azules,
que se iluminaban con un aire de cierta suficiencia. Luego miró en derredor
suyo y abrió los brazos muy despacio, con una elegancia medida y controlada,
como si aquel gesto hubiera sido ensayado cientos de veces, hasta alcanzar la
perfección.
- Hace muchos años
que dejé de relacionarme con las personas. No es que haya sido nunca demasiado
jovial, pero mi trabajo me obligaba a la extrema soledad y a las relaciones más
bulliciosas por partes iguales. Siempre he preferido la primera.
- Entonces, ¿has elegido estar solo? –
inquirí, con ingenuidad.
- Bueno, digamos que sí. Aunque también hay un
algo de condena. ¡De merecida condena! Acepté que vinieras porque me apetecía
hablar con alguien, y también porque intuí que realmente te apasionaba la
taxidermia. Sentí curiosidad…
Se irguió nuevamente y tomó el platillo con
pastas, que me ofreció, guiñándome un ojo.- Están deliciosas – me dijo,
agitando el platillo. Escogí una al azar y le di un pequeño mordisco. El sabor
de la harina de pueblo, de la esencia de vainilla, de los huevos de granja y
del azúcar moreno inundó mi paladar, y casi me arrebató el sentido por unos
instantes. Estaba convencido ya de que no sería la última vez que estaría en
aquel lugar, y que cualquier excusa sería buena para regresar.
- Son las mejores
pastas que he probado en mi vida – aseveré, con total franqueza.
- Bueno, tendrás que felicitar a Adela otra
vez…
José enmudeció,
como si la frase tuviera continuidad y se le hubiese marchitado en los labios,
y ya jamás pudiera concluirla. Sus pupilas azules se apagaron fugazmente, y se
clavaron en el tronco de uno de los pinos que teníamos más cerca. Siguió en
silencio durante un buen rato, y yo respeté su mutismo, aunque incómodo con la
situación.
- Perdona…,
discúlpame Enrique – dijo, cuando regresó de sus ensoñaciones, mientras se
frotaba las sienes con la yema de los dedos -. De vez en cuando parece como si
el pasado me asaltase y quisiera tirar de mí hacia atrás. Es algo que los
jóvenes todavía no podéis comprender, porque vuestro pasado es demasiado
reciente.
- Si quieres puedo volver otro día – aventuré.
- No, no, por favor… Sólo es… La verdad, al
escucharte hablar de las pastas, con esa emoción, de repente me pareció que
volvía a tener tu misma edad, quince o dieciséis años, y entonces… Bueno, no me
hagas mucho caso – concluyó, aunque su voz se había vuelto mustia y
melancólica, y sus pupilas aún conservaban la impresión de unas imágenes
reservadas sólo a su imaginación.
- Pues sí – dije, tratando de devolver la
conversación a su cauce normal -, la taxidermia me encanta, aunque lo cierto es
que no tengo mucha idea. Soy una especie de autodidacta.
El rostro de José volvió a iluminarse, y
comenzó a frotarse las manos, como alguien que va a iniciar una ardua tarea.-
¡Qué tiempos aquellos! Yo también fui un autodidacta, aunque la verdad es que
eso me hizo perder mucho tiempo… y arruinar un buen puñado de piezas…
- Este oficio nuestro no se enseña en
cualquier facultad – manifesté, dicharachero, y tratando de compadrear con mi
interlocutor.
- Vaya, ya te consideras todo un taxidermista.
¡Qué atrevido! – exclamó él, un tanto enojado.
No supe qué decir,
y me mordí la lengua, al tiempo que apretaba los párpados para contener la
vergüenza que me atenazaba. Bajé la cabeza por unos instantes, como un avestruz
que intentara eludir la realidad, como si esa treta infantil impidiera que la
misma siguiera existiendo.
- ¡No me hagas
caso, hombre! Sólo era una broma – dijo José, mientras se carcajeaba igual que
un niño travieso después de una de sus diabluras. Su risa era limpia, y quedaba
flotando en el aire con un halo de pureza inocente que revelaba un alma juvenil
encerrada en un cuerpo estropeado por el paso de los años.
- Me habías asustado – repliqué, colorado como
un tomate, y tratando de resarcirme de la inofensiva chufla.
- Como compensación me ofrezco a ser tu
maestro. ¿Qué me dices?
Todo estaba
sucediendo a una velocidad vertiginosa, y tardé algunos segundos en responder.
En realidad había planeado aquel encuentro con la intención última de recibir
algunos consejos, y sin embargo parecía que mis deseos podían verse más que
colmados.
- Sería un honor,
José. No sé qué decir… Quizá te suponga una molestia.
- Paparruchas. Me aburro, la verdad. Paso la
mayor parte del día paseando por el monte, recordando. Ha llegado el momento de
regresar al mundo real, y de aprovechar lo poco que me queda de vida mirando
hacia el futuro, en lugar de quemar mis horas atrapado en un tiempo que jamás
regresará. Con mi modesta colaboración, seguramente evitarás un camino tortuoso
hacia la perfección, y te ahorraré por lo menos un par de años de trabajos que
tirar a la basura.
- Pero, ¿cómo podré pagarte?
- Ven cada sábado por la mañana. Reserva un
par de horas para estar con este anciano – dijo, mientras se incorporaba, para
golpearme amigablemente en el hombro -. Con un rato de tu conversación me daré
por satisfecho.
II
Finalmente presenté
un trabajo vulgar, sin apenas contenido, y con la mayoría de la información
copiada de una vetusta enciclopedia de mi padre. Aún así, saqué un
sobresaliente. El tema era tan singular que el profesor se sintió un poco
perdido, y cualquier dato, por nimio que fuese, a él debió parecerle
extraordinario y digno del mayor de los eruditos en la materia.
Pasé la semana
intranquilo, deseando la llegada del sábado y temiendo una llamada de José en
la que, arguyendo cualquier pretexto, anulaba el encuentro, aplazándolo para
mejor momento. Afortunadamente no fue así.
Ahora me sentía
como reforzado en mi pasión, que hasta ese momento no había dejado de ser para
los que me rodeaban un capricho de adolescente. Iba a recibir clases de un
talento, de un genio, que había expuesto piezas en los mejores museos del
mundo, que había dado conferencias en Estados Unidos, Francia, Alemania o
Inglaterra y que había publicado dos tratados e innumerables artículos. Y ahora
era mi maestro. Me sentía dichoso por aquella deferencia que había tenido
conmigo, y que seguramente para él no suponía otra cosa que un pasatiempo, pero
que a mí me emparentaba con lo más laureado de la profesión que deseaba ejercer
en el futuro. Era comparable a que un pianista hubiera recibido clases de
Chopin, o un pintor del mismísimo Picasso. Me recuerdo ufano, casi altivo,
embutido en unos aires de grandeza que nadie lograba entender mientras camina
por los pasillos del instituto. El breve encuentro con José me había dado la
confianza que un joven necesita en esa edad tan delicada, y había acrecentado
mi entusiasmo hacia el arte de la disecación de seres vivos. Yo, que hasta
entonces apenas si había invertido mi tiempo en la conservación de insectos y
un par de ratoncillos, ahora iba a poder ascender de la mano de un fenómeno
hacia los escalafones más altos del oficio.
El viernes no acudí
a las clases vespertinas, pues los nervios me consumían de tal manera que me
era preciso entretenerme dando largos paseos, leyendo o mirando escaparates en
el centro de la ciudad, todo con tal de evitar unos terribles pinchazos en el estómago,
similares a los que provoca la angustia del enamoramiento primerizo. Aquella
noche apenas pude conciliar el sueño, y la pasé casi entera mirando las sombras
que el escaso tráfico proyectaba sobre el techo de mi habitación. Casi nada
tenía ya importancia, y sentía que mi vida sólo iba a cobrar sentido de sábado
a sábado, un par de horas por semana, siendo el resto de la misma un excipiente
anodino pero lamentablemente irrenunciable.
Volví a tomar el
mismo autobús, y el chofer me reconoció al instante. El día había despertado
muy diferente al de la semana anterior, pues el cielo estaba denso, encapotado,
y una lluvia muy suave, casi imperceptible, humedecía los cristales del
autocar, empañándolos por dentro. Me pareció romántica la visión borrosa y
grisácea de la ciudad, de la que me alejaba en busca de una identidad propia,
por la que debía luchar.
Subí la empinada
cuesta que conducía a la casa del taxidermista muy animado, a pesar de que las
viviendas a un lado y a otro de la calzada seguían desiertas, y sumidas en un
acérrimo silencio, que sólo mis pasos descomponía. Tenía que parpadear con
frecuencia, pues aunque la lluvia era suave, arreciaba en aquella zona, azuzada
por el viento que se deslizaba desde las montañas, y golpeaba mi rostro, como
un sinfín de inofensivas pero molestas piedrecillas. En lo alto de la colina,
donde arrancaban los árboles, justo al lado del cementerio, una espesa niebla
se había aferrado con fuerza, creando un espectáculo hermoso y cargado de
misterio al mismo tiempo. Apreté el paso, temiendo que aquel manto plomizo me
engullera en cualquier instante. Ya frente a la puerta enrejada, que con el
tiempo se me haría tan familiar como el reflejo de mi rostro en el espejo, me
limité a agitar el vallado, para de esa manera poner en funcionamiento el pobre
sistema de alerta del que disponía la casa: la campanilla ligada a un alambre.
No tardó en aparecer Adela desde el interior de la vivienda, cubriéndose
precariamente de la lluvia mortecina con un recipiente de plástico.
- ¡Enrique, pasa ya chiquillo, que vas a
pillar una pulmonía ahí fuera! – me espetó desde las escaleras.Me reuní con
Adela en lo alto de la escalinata, y le lancé una sonrisa amplia, mostrando mi
indiferencia frente a las condiciones climatológicas.
- No es para tanto, mujer. He subido la cuesta
andando
tranquilamente.
- Los jóvenes de hoy día no tenéis conciencia…
- dijo, agitando el
recipiente con una mano, mientras con la otra
me empujaba hacia el
interior de la casa.
Me recibió un
amplio y oscuro vestíbulo, en cuyas paredes se apelmazaban, en sin par disputa,
cabezas naturalizadas de ciervos y jabalíes, cráneos limpios y relucientes con
sus cuernos y varios colmillos lujosamente enmarcados. Me quedé prendado al
instante, y sentí por primera vez la talla sin igual de la persona de la que
iba a recibir clases.
- Qué impresionante… - acerté a articular
apenas.
Adela dirigió una mirada aburrida y cansina a
las paredes, y luego agitó su cabeza con vigoroso desdén.
- Pues a mí me da un poco de miedo… y de asco,
si te digo la verdad. Yo me las llevaría todas al altillo.No hice caso de las
palabras de la buena mujer, y seguí contemplando con detenimiento aquellas
piezas sin igual, disecadas de una manera excepcional, y que parecía iban a
cobrar movimiento en cualquier instante. Me llamó la atención especialmente una
testa de ciervo, situada a un par de metros del suelo, pero que aparentaba
mirar hacia abajo, con cierta displicencia y altanería, de modo que uno tenía
la impresión de que el venado lo acechaba desde su privilegiada posición.
Seguro que había sido en vida un magnífico ejemplar.
- Este animal… No
sé – manifesté, subyugado por la fuerza de aquella recreación artística sin
igual.
- Hace años que no me cruzo la mirada con él.
Me recuerda a un tío abuelo mío que tenía muy malas pulgas.
Seguí los andares
mecánicos de Adela a través de un largo y estrecho pasillo, a cuyos lados iban
surgiendo oscuras puertas de caoba cerradas a cal y canto. Al fondo se
vislumbraba una luz titilante y acogedora, que parecía querer hipnotizar
allende la distancia.
- Desde noviembre y hasta febrero tenemos todo
cerrado porque
así se conserva
mejor el calor. Cuando venga por primavera ya verá que la casa tiene otro
aspecto – apuntó la mujer, como intuyendo mis pensamientos acerca de la
lugubricidad que destilaba la galería.
- Estaré encantado de poder venir a verlo.El
largo pasillo culminaba en una amplísima estancia, de más de cuarenta metros
cuadrados. A la izquierda había una larga mesa rectangular de comedor, con ocho
sillas a su alrededor, y una enorme alacena atestada de útiles de cocina,
vajillas y cuberterías. Justo frente a nosotros teníamos una puerta doble, que
deduje debía de conectar el salón con la cocina. A la derecha había una
generosa chimenea, flaqueada por dos altísimas estanterías, atiborradas de
libros en doble fila, según se adivinaba por algunos pequeños huecos; al lado
del hogar había colocada una mesita baja, circundada por tres cómodos sillones
de piel. En uno de ellos me aguardaba José.
- Enrique, ¡qué alegría verte de nuevo! –
exclamó el taxidermista.
- ¿Quieres un chocolate reclinándose
ligeramente.Me sentí un poco aturdido acostumbrado a ese tipo de trato, y
muchísimo menos procediendo de una persona a la que tanto admiraba.
Me congratuló aquella expresión sincera y
espontánea de alegría, y a fe que me sentí henchido de dicha por sus sencillas
palabras.
- José, en realidad
es para mí un honor…
- Enrique, ya te dije que no te esmerases con
los formalismos. Pero siéntate, que hoy hace un día terrible y debes de haber
cogido frío. El fuego te quitará pronto la humedad.
bien calentito? – inquirió Adela,
ante tantas atenciones. No estaba
- La verdad es que no me sentaría mal –
respondí, algo dicharachero.Adela lanzó una risotada al aire y se perdió tras
la doble puerta, al tiempo que yo me sentaba junto a la chimenea, justo frente
a José. Pronto sentí cómo el calor de las llamas invadía mi cuerpo, y una
agradable sensación de placer hizo que me aferrase con fuerza inusitada a los
brazos del sillón.
- Me gustan estos días grises y melancólicos –
apuntó José,
mientras removía
los troncos ardientes con el atizador.
- A mí también… Sin embargo, ahora, cuando
llegaba…
- La niebla – dijo el taxidermista, casi con
un halo de misterio.
Me sorprendió que
hubiera desvelado con tanto tino el motivo de mi aprensión, y creí intuir en él
un especie de curiosa facilidad para la clarividencia, que seguro tenía mucho
más que ver con la intuición que con algún don sobrenatural.
- Sí, sí… He tenido
una extraña sensación, casi cercana al miedo… Muy rara.
- Es comprensible. Las montañas que hay un
poco más arriba atrapan las nubes y no las sueltan en horas, y allí las dejan,
justo sobre el cementerio. Tu imaginación te habrá jugado una mala pasada.
- Posiblemente – aventuré, intranquilo
nuevamente al recordar el oscuro manto que se cernía sobre el camposanto,
amenazando a todo aquel que estuviera a su alcance.
José me miró
fijamente, y sus ojos azules, tan claros la semana anterior, se me aparecían
ahora un tanto más opacos, y de una tonalidad violácea, increíble.
- Hoy no hace el tiempo propicio, pero un día
de estos podemos dar un paseo por el cementerio. Te maravillará.Al escuchar esa
última palabra recordé la cabeza de ciervo de la entrada, que tanto me había
impresionado. Pensé que sería una buena idea elogiar aquel hermoso trabajo.
- Me ha encantado
el venado del recibidor.
- ¿Cuál de ellos? – inquirió el taxidermista,
que se había reclinado en el sillón, y observaba complacido el bailoteo de la
llamas en la chimenea.
- El más formidable, el que está situado a más
altura, a la izquierda. Casi tiene vida.
José espiró
silenciosamente, como alguien que acostumbrado al halago no es fácil de
complacer. Aguardó en silencio, cavilando alguna contestación, hurgando en sus
entrañas como si en el fondo de las mismas pudiera encontrar la frase concisa,
la consigna perfecta con la que responderme.
- En realidad no
está mal… Pero lo cierto es que es una pieza vulgar. La mejor de las que tengo
expuestas en el vestíbulo, pero para nada una obra que merezca una atención
relevante.
- Entonces, ¿por qué ocupa un lugar tan
privilegiado? – pregunté, algo ofendido por su comentario, que de alguna manera
venía a denigrar mi elogio.
El taxidermista
volvió a mirarme largamente, con sus ojos malvas reflejando la lumbre que
calentaba confortablemente la estancia. En ellos había un gesto de acallada
súplica, como si ansiara que yo fuera capaz de comprender sin que él tuviera
que articular palabra alguna.
- No te enfades.
Eres demasiado joven como para andar enojándote por cualquier nadería, y mucho
más si proviene de este decrépito anciano – su voz sonaba herrumbrosa, gastada
y vencida por los años -. Todavía es pronto, pero si persistes y sigues viniendo
por aquí no tengas la menor duda de que te mostraré trabajos ante cuya visión
tendrás que frotarte los ojos, porque de verdad te será imposible discernir lo
exánime de lo vivaz.
Adela surgió
oportunamente como de la nada, y con sus ademanes maquinales dejó dos grandes
tazas de humeante chocolate sobre la mesita. Percibió el silencio que se había
generado entre nosotros.
- Les dejo a solas
con sus pensamientos, aunque no estaría de más que apurasen pronto el cacao,
porque así calentito es como mejor sienta – profirió, casi regañándonos.
La mujer se esfumó
tan rauda como había aparecido, y yo aproveché el interludio para aferrarme a
uno de aquellos tazones, cuyo aroma ya hubiera bastado para alimentarme durante
días. José se desentendió del suyo, y siguió atónito, las pupilas clavadas en
la chimenea.
- Se refiere al
altillo – tanteé, intentando mostrarme perspicaz, y tratando de recuperar el
orgullo perdido con su comentario. El taxidermista se agitó en su sillón,
aunque no apartó la mirada del hogar. Parecía que había acertado, y mi frase
había provocado alguna clase de efecto, aunque tampoco tenía muy claro cuál. En
todo caso, me sentí satisfecho por aquella pequeña victoria.
- Esta Adela no
puede mantener la boca cerrada… - susurró con resignación.
- Tampoco es culpa suya. Hizo un comentario
sin maldad que yo ahora he sabido asociar – dije, un tanto petulante.
- Sí, me refería al altillo. Pero todavía es
muy pronto para que puedas subir a verlo. Tendrás que ganártelo. Será una
especie de recompensa, una vez hayas alcanzado cierta destreza.
José había hablado
en un tono distante, y el rictus de su rostro se había tornado extrañamente
amargo. Una melancolía procedente de algún recuerdo muy remoto en el tiempo lo
mantenía alejado de mí, aunque permaneciese físicamente justo a un par de
metros de mi cuerpo.
- La verdad es que espero merecer cuanto antes
esa recompensa.Me encantará ver tus mejores trabajos…
- Eres impaciente, Enrique. Un taxidermista
debe de tener un
absoluto control sobre el tiempo, tiene que
aprender a dominarlo, para
olvidarse definitivamente de que existe, para
obviarlo.
- ¿No te comprendo?
El taxidermista
apartó brevemente la mirada del fuego e hizo un ademán con la cabeza, con esa
elegancia que parecía innata en él, tratando de transmitirme calma y serenidad.
Aguantó intencionadamente algunos segundos en silencio, segundos que se me
tornaron eternos e inacabables.
- Imagina que
disecara una de las piezas que has visto en la entrada en una hora…
- No es posible…
- Posible… Quizá sí sea posible, pero también
es seguro que quedaría un adefesio, un desastre que el paso de los años
terminaría por rematar. ¿Cuánto tiempo crees que me hizo falta para concluir el
venado que tanto te ha seducido? – inquirió, afilando la voz. Me sentí un poco
avergonzado, porque no me veía capacitado para dar una respuesta plausible a la
pregunta. Por mi mente pasaron varias opciones, y finalmente opté por elegir
una al azar y soltarla, aguardando la segura reprimenda.
- Tres semanas…
- Puede ser. Enrique, lo cierto es que no lo
recuerdo. Pudieron ser tres semanas, o dos, o seis… no lo sé. La medida no era
el tiempo, la medida era la pieza en sí, el resultado final que yo deseaba
obtener. Hay trabajos en los que sigo esmerándome después de años y años, y aún
hoy sigo sin haber alcanzado el propósito que me fijé, continúo sin estar
satisfecho. ¿Comprendes? El tiempo debe de quedar fuera de los parámetros de un
verdadero taxidermista.
José quedó
nuevamente sumido en un apacible mutismo. Yo por mi parte traté de reflexionar
acerca de sus últimas palabras. Que el tiempo pasase a ser algo prescindible me
parecía algo casi mágico, y de momento inalcanzable. Todo mi mundo giraba en
torno al tiempo, y medía mis posibilidades futuras en minutos, horas, días o
años. Planificaba el porvenir en base a un plan preestablecido en el que cada
acto, suceso, logro o meta estaban perfectamente determinados.
- En ese caso,
¿cómo comprometerse con un cliente? Le decimos que nos deje su trofeo y que ya
le llamaremos algún día… - apunté, un tanto sarcástico.
- Cuando empecé a trabajar y me independicé lo
que más me preocupaba era el dinero. Tenía alquilado un taller, tenía que pagar
las letras del piso, tenía que comer… Era lógico que me emplease a destajo,
olvidando mis sueños de artista, sacrificando piezas de las que apenas
conseguía mantener una mínima porción de belleza. Al cabo de un tiempo me
deprimí. Tenía un trabajo tan vulgar como cualquier otro, y despachaba con la
misma indolencia que hubiera utilizado repartiendo pescado congelado en un
hipermercado…
- Pero yo también necesitaré el dinero. La
taxidermia es un arte, pero a la vez tendrá que servirme de sustento.
- Por ese motivo me he decidido a enseñarte.
Quiero ahorrarte años de sufrimiento, y deseo que desde el principio puedas
permitirte lujos a los que yo tardé demasiado tiempo en acceder.
- A pesar de que el tiempo carece de
importancia – manifesté, mordaz una vez más.
- Tienes el atrevimiento estúpido de los
adolescentes – replicó el taxidermista sin rencor ni malicia, simplemente
constatando un hecho -. ¡Claro que el tiempo importa! ¿Acaso no ves mi cuerpo
ajado y senil? – inquirió, mostrándome sus manos arrugadas y plagadas de
oscuras manchas -. Sólo te he pedido que lo olvides cuando estés trabajando en
una pieza, cada vez que inicies una nueva faena. Tus obras serán tu pasaporte
hacia la inmortalidad, Enrique, no lo olvides nunca.
José me había dado
una lección, y aunque todavía no la había aprendido si que mi mente hacia
acopio con esmero de aquella sabiduría que se había ido forjando con los años.
Sentí palpitar el apremio del que aún tiene muchas cosas por descubrir, con la
certeza de que un mundo fascinante aguarda a la vuelta de la esquina.
- ¿Cuándo empezarás a darme las clases? –
pregunté, ansioso.
- Ya te estoy dando clases – sentenció el
taxidermista.
III
Pasaron cinco
semanas sin que nada relevante sucediera. José se estaba esmerando en hacerme
comprender el verdadero significado de la palabra paciencia. Había días en los
que permanecíamos en silencio durante una hora, contemplando los pajarillos que
inocentemente se posaban a beber agua de la fuente que había en la espalda de
la vivienda.
- Ojalá hubiera
sido capaz de atrapar esos movimientos… apuntaba el taxidermista, sin apartar
sus ojos de los sencillos gorriones que atrevidos se ubicaban apenas a unos
centímetros de nosotros.
- Pero eso es imposible. Nuestra misión es
tratar de conseguirlo, pero nunca una pieza inanimada será igual a una con vida
– repliqué, intentando ser razonable.
- Un artista no debe de imponerse límites. Eso
acabaría con su imaginación.
- Pero también puede conducirle a la
frustración.
José se incorporó,
y todos los pajarillos huyeron despavoridos. Caminó despacio alrededor de la
pequeña fontana. Pude apreciar su cuerpo estilizado y enjuto, sus ademanes
calculadamente refinados, su cabello níveo y desmelenado que se amontonaba
graciosamente sobre la nuca…
- Enrique, no seas
tan cretino como para ponerte barreras tú solo. Deja que tu ingenio se erija
libre de ataduras. La realidad ya se encargará de fijar un techo, pero no seas
tú el que desde el principio le eche una mano en su infame cometido – me dijo, casi
disgustado.
Cuando regresaba a
comer a casa cada sábado mis padres me asediaban a preguntas, principalmente
porque no comprendían qué narices podían hacer yo tantas horas encerrado con un
anciano que no fuera mi propio abuelo.
- Me enseña
taxidermia – respondía, sincero aunque fastidiado.
- ¿Taxidermia? A ver cuándo se te va esa idea
estúpida de la cabeza. No conozco a nadie normal que se dedique a ese trabajo.
- Papá, es que no conoces a ningún
taxidermista… ni normal, ni anormal ¡Ninguno! – exclamé, profundamente
irritado.
- No me hables así, ¿estamos? Sólo dime una
cosa: ¿es una persona corriente, alguien como cualquiera de nuestros vecinos,
ese José al que tanto adoras? – inquirió mi padre, poniéndose serio.
Me desconcertó la
pregunta. Evidentemente no era alguien al uso común, y eso era algo que tenía
que admitir. Mi padre, con su mejor intención, trataba de protegerme, y sobre
todo intentaba encauzar mi vida hacia un sendero en el que las complicaciones
fueran mínimas. Pero encontré una respuesta que aunque no lo dejó satisfecho al
menos sí me sirvió para zafarme del acoso durante meses.
- Ahí está el
problema, papá. Tienes que comprender que yo no deseo parecerme ni lo más
mínimo a cualquiera de nuestros vecinos. Y José me está ayudando a conseguirlo.
Aquella navidad me
recuerdo con atrapar la belleza que me rodeaba y arrastrarla conmigo para
siempre, que al fin y al cabo es el objetivo último de cualquier taxidermista:
perpetuar la perfección de la naturaleza. Aunque en esos días encontraba
hermosos no sólo a los animales, sino las luces de la calle, los escaparates
atiborrados de artículos para regalar, las gentes engalanadas por las aceras y
hasta los coches despidiendo su mugriento vaho. José me había enseñado a
observar con ojos nuevos el mundo, y cada instante trataba de desentrañar la
hermosura, en ocasiones no demasiado evidente, de cada objeto, de cada gesto,
de cada palabra pronunciada. Como corresponde a un adolescente, tenía la
sensibilidad a flor de piel, y por lo tanto no era difícil que una vez
desentrañada la belleza de cualquier hecho o cosa banal me descubriera con los
ojos enrojecidos, a punto de llorar, el pecho y los labios temblando de
emoción.
los ojos alucinados intentando
- Estás
progresando. Pronto estarás preparado para asumir tu primer proyecto – me decía
José, intentado tranquilizarme y animarme.
- Pero es que me da un poco de vergüenza. A
veces me tengo que marchar del cine con cualquier pretexto para que mis amigos
no me vean llorar, conmovido por una escena concreta. ¡Se burlarían hasta
aburrirse!
- Enrique, desgraciadamente nos enseñan desde
muy pequeños a reprimir nuestros sentimientos. Ahora me toca educarte en lo
contrario, porque sin sensibilidad el artista pasa a convertirse en obrero.
Compadécete de tus amigos, porque se burlarían de ti por dos motivos: bien
están tan reprimidos que envidian tu naturalidad o bien, en el peor de los
casos, tienen ya tan poca capacidad para emocionarse que sólo lo harán frente a
estímulos salvajes, y en tal caso están condenados a la apatía y a la tristeza
más negra, que es aquella que tan siquiera puede reconocer su existencia.
Esos discursos no
hacían otra cosa que reforzar un carácter que siempre había anidado en mi
interior, pero que yo me había empecinado en mantener encerrado y sin capacidad
alguna de manifestación. El taxidermista iba poco a poco ayudándome a sacarlo
al exterior, porque me iba a hacer falta en mi aprendizaje. Es ahora cuando
comprendo lo que pretendía, y cuando veo con claridad que pese a mi insistencia
en que tomásemos ya los aparejos propios del oficio, pues ansiaba trabajar en
una pieza guiado por tan insigne maestro, era absolutamente necesario perfilar
primero mi alma, pues sólo así obtendría luego provecho de las clases.
Cada día que pasaba
me alejaba más de la realidad que me circundaba, o quizá veía reducido mi mundo
a tres o cuatro intereses muy concretos. Seguía acudiendo al instituto, pero lo
hacía con desgana, sin ilusión. La voz de los profesores surgía de algún lugar
distante, y me llegaba apagada, sin fuerza, y apenas suponía un estímulo, cada
vez más menguante. Me descubría de cuando en cuando con los ojos fijos en la
pizarra, cuyo intenso verde oscuro me devolvía la imagen de los pinos que
rodeaban la fuente junto a la que cada sábado me sentaba a discurrir con José.
Era muy difícil arrancarme de aquellos pensamientos, y se me hacía insoportable
la idea de estar perdiendo el tiempo inoculando en mi cerebro materias y
conocimientos que en nada, o en bien poco, podían ayudarme en el desarrollo de
mi verdadera vocación. Aun así, y gracias a una formidable memoria, que todavía
conservo, mis calificaciones casi ni se resintieron, y mis padres no pasaron
del acoso al escarnio o, incluso peor, a la prohibición.
El lector
comprenderá pronto el porqué de aquella desidia, si es que alguna vez ha
anidado en su interior alguna pasión desbocada y sincera. Cómo olvidar la tibia
mañana de enero en la que el taxidermista me enseñó con orgullo por primera vez
una pieza conservada voluntariamente, con la timidez de un niño, con la misma
emoción de un tenor interpretando su aria favorita.
- Enrique, creo que
ya tenemos la mutua confianza suficiente como para que te muestre algo – me
dijo José, que con el rostro dirigido hacia el cielo intentaba atrapar el suave
calor invernal del sol en aquel día despejado.
- Lo cierto es que yo ya te he fiado algunos
secretos importantes – repliqué, anhelante de que me revelara algún detalle
significativo acerca del arte de la taxidermia, del que, para mi disgusto,
apenas hablábamos.
José se estiró y
lentamente me tendió un pequeño libro de tapas de cuero gastadas, con letras
grabadas en pan de oro. Se me quedó mirando, con una enigmática media sonrisa
dibujada en su agradable rostro.
- La belleza puede hacerse eterna en el
tiempo. Sólo tenemos que echarle una mano.Leí la portada del libro: Noches Blancas, Fiódor Dostoievski. Me sonaba
vagamente aquel título, aunque obviamente no era de las mejores obras del
autor. Intenté desvelar las intenciones del taxidermista, pues me costaba
comprender lo que pretendía al entregarme aquella obra difícil de ubicar en el
contexto de nuestra relación.
- Es una excelente
edición, muy cuidada – aventuré, creyendo que la belleza a la que se refería se
encontraba en el pequeño ejemplar que me había ofrecido.
José reprimió una modesta sonrisa, y gesticuló
con sus manos, indicándome que buscara en el interior del librito.
- La edición no está mal, pero no es eso lo
que quiero que veas. Lleva cuidado…Hojeé el ejemplar con delicadeza, en busca
de no sabía bien qué. Quizá se trataba de una anotación, de alguna frase
subrayada… no tenía la menor idea. Fue entonces cuando aproximadamente en el
centro el librito cedió con facilidad, y se abrió de par en par. Allí había un
diminuto capullo de rosa seco, aplastado, de un color marrón muy oscuro,
apagado, aferrado fuertemente a su tallo con una sola espina. Los pétalos
estaba un poco deteriorados, y un fino polvillo se acumulaba en la unión de las
dos páginas, dejando constancia de lo que en otro tiempo había formado parte de
la corola. La flor estaba firmemente adherida a una de las hojas, mientras que
la otra guardaba una impresión púrpura de la misma, como si se tratase de un
negativo.
- Ahí tienes, una
verdadera obra de arte de la conservación. Sencilla y hermosa. No es mía, yo
jamás me he dedicado a las plantas – apuntó el taxidermista, cuya voz se
extinguía paulatinamente mientras me hablaba -. Lleva ahí casi cincuenta años,
y sigue tan preciosa como cuando me la entregaron ¿Lo ves?, Enrique, lo ves…
Mis manos temblaban
de emoción mientras sostenía el librito, y mi imaginación dotaba de contenido a
la rosa que parecía dormir en su ataúd de palabras. Un nudo me estrangulaba la
garganta, y por más que lo intentaba no lograba zafarme de él. Ninguno de los
dos volvimos a hablar el resto de la mañana, y cuando me despedí de José con un
gesto él no me miró, y creí adivinar en sus pupilas idas la ensoñación de un
joven de apenas veinte años.
IV
Cuando Adela me
recibió desde las escaleras, como siempre, su rostro mostraba una honda
preocupación. Era la primera vez que la veía así, pues de costumbre era una
mujer alegre y optimista, con un extraño sentido del humor que a mí me
resultaba especialmente agradable.
- ¿Ha sucedido
algo? – le pregunté, inquieto.
- No es nada grave, pero, verás… Te he
telefoneado cuando me he dado cuenta… ¡Este hombre no tiene conciencia! –
exclamó Adela, llevándose las manos al rostro con desesperación.
- Perdona, pero no estoy entendiendo nada.
- Claro, claro… Es que hoy, don José… Me da
tanta vergüenza contártelo, ¿comprendes?
Respiré
profundamente, pues la mujer estaba angustiada de verdad, y no alcanzaba a
discernir lo que hablaba de lo que pasaba por su cabeza. Le tomé una de las
manos para tranquilizarla.
- Ya estoy aquí, y
quizá pueda servir de ayuda.
- Enrique, don José se droga, lo hace desde
hace años. Ahora mismo está drogado, y por eso no quería que vinieras. No
quería que lo vieras en este estado… - me espetó, de sopetón, en un arranque de
fuerza y sinceridad.
- ¿Se droga? – inquirí, algo incrédulo y
desconfiado.
- Así es, ¡a sus años! Es un insensato, pero…
¿qué puedo hacer yo?
Traté de asimilar
la información que Adela me había facilitado. Estaba absolutamente perplejo, y
me costaba imaginar no sólo a un hombre de sus años drogándose sino a José en
concreto: era algo completamente insólito.
- ¿Dónde se
encuentra?
- Donde siempre, tomando el sol junto a la
fuente…
- Iré a verlo – dije con determinación.
- Espera – dijo Adela, sujetándome de un brazo
-. Todavía estás a tiempo de bajar la cuesta, coger un autobús y regresar a tu
casa. La semana que viene todo volverá a ser como siempre. Es muy extraño que
se haya inyectado morfina esta mañana, no lo suele hacer los fines de semana, y
menos desde que tú vienes a visitarlo.
Medité durante
algunos segundos. En los ojos de la mujer había una callada súplica, y la
esperanza de que aún hubiera una oportunidad para evitar un desastre que ella
imaginaba mayúsculo. Pero me podían la curiosidad y la inconsciencia de la
juventud.
- Lo siento, Adela, pero prefiero verlo.
Necesito que me explique por qué hace esta tontería – manifesté,
juiciosamente.La mujer lanzó un breve lamento, mientras aflojaba sus manos de
mi brazo. No quiso acompañarme, y se dejó vencer sobre la escalinata. Sus
habituales movimientos mecánicos habían desaparecido, y ahora su cuerpo parecía
un objeto inerte y blando, ligero y fácilmente maleable. Sentí su profunda
tristeza recorriendo mis venas mientras rodeaba la casa en busca del
taxidermista.
Aquella mañana los
pinos filtraban el sol, esparciéndolo en brillantes haces de luz que formaban
curiosos dibujos en el suelo, sobre el chinarro y las plantas. La imagen de
José me surgió a la vista como la de un hombre derrotado sobre su asiento,
cansado, encerrado en una imaginaria cárcel de barrotes luminosos, y vestido
con el mismo conjunto con que lo conocí, aunque ese día el resplandor del
pantalón blanco casi me cegaba las pupilas. La visión, en su conjunto, parecía
irreal, como si sin darme cuenta hubiera traspasado las barreras de la vigilia
y me hubiera sumergido en un dulce sueño. Recuerdo que era principios de marzo,
en esas fechas en las que el invierno se confunde torpemente con la primavera,
y aunque hacía calor de cuando en cuando un viento ligero bajaba de las
montañas arrastrando un aire húmero y frío que me estremecía hasta las
entrañas.
- José, ¿estás
durmiendo? – pregunté, estúpidamente, mientras me sentaba a su lado. Sobre la
mesita de hierro forjado había una aguja hipodérmica, un cuenco con un líquido
que parecía agua, un vaso de limonada y un envase con la inscripción
Astramorph®.
- Enrique… susurró José, alzando levemente una
mano. Mantenía los ojos cerrados, y aunque se notaba que trataba de moverse le
resultaba muy dificultoso. Lentamente fue girando el torso hacia mí, quedando
en una extraña posición ladeada sobre su asiento.
- Sí, soy yo – repliqué con tristeza.
Guardé silencio
durante algunos minutos. Me dediqué a observar con detenimiento el rostro del
taxidermista, que de cuando en cuando emitía algún suave gemido, como si
estuviera soñando. Mantenía la boca entreabierta, lo que permitía descubrir una
dentadura bien cuidada y sana, excepcionalmente saludable a sus años. Estaba
sin afeitar, y la barba de un par de días estropeaba su habitual aspecto de
dandy inglés. Tenía los párpados apretados, y unas profundas arrugas señoriales
partían de ellos hasta internarse en las sienes.
- No comprendo cómo hablando conmigo
mismo.José pareció despertar, y desentumeciendo los músculos, muy forzados en
la posición que mantenía. Abrió un poco los ojos, pero los volvió a cerrar de
golpe, como si una fuerza extraña pudiera dañarle la retina y se viera obligado
a mantenerlos sellados.
puedes hacerte esto – susurré, casi
se removió muy despacio, como- ¿Has estado
enamorado alguna vez? – me preguntó. Su voz sonaba ronca, lejana y gastada.
- No, creo que no – respondí, perplejo.
- Seguro que no. Si lo hubieras estado no
dudarías…
- Pero, ¿qué tiene eso que ver con que se haya
drogado? – inquirí, realmente enfadado.
- En realidad… no tiene absolutamente nada que
ver. Sólo quería testar hasta qué punto puedes llegar a comprenderme. Cuando
alguien comprende a otra persona es mucho más fácil que llegue a perdonarla,
¿me explico?
Hablaba
pausadamente, arrastrando la lengua y vocalizando pesadamente. Su voz apenas me
llegaba a los tímpanos, y se perdía en el breve trayecto de un par de metros
que nos separaba, confundiéndose con el trinar de los pájaros, o con el leve
sonido de las ramas agitadas por la brisa. Un sopor melancólico envolvía al
taxidermista, transformándolo en un hombre gris y meditabundo.
- José, no tengo nada que perdonarte.
Sencillamente estoy
decepcionado – dije, sabiendo que me
arriesgaba a contrariarlo y perder para siempre la posibilidad de recibir sus
clases.
- ¿Qué te hizo saber que deseabas ser
taxidermista?Aquella manera de cambiar de asunto sin más, casi
provocadoramente, me enfurecía profundamente, pero pensaba que debía de seguir
a su lado, de pasar el trance de aquella mañana, pues así podría conocerlo
mejor, y, quizá, ayudarlo a separarse de la morfina.
- No sé, creo que
las libélulas – respondí, desganado.
- Libélulas… Es la palabra más bonita que
existe en castellano, ¿no crees?
Me resultaba
complicado entenderle. Las frases salían de sus labios en forma de murmullo
suave, y tenía que esforzarme por entender qué era lo que me estaba diciendo.
Él también se esmeraba para mantenerse despierto y locuaz, aunque apenas lo
conseguía.
- Sí, puede ser –
apunté, lacónico.
- Es curioso, Enrique. Casi todos los
taxidermistas coincidimos en nuestro amor primero hacia los insectos. Me
imagino que tiene que deberse a la facilidad de acceso a los mismos, y a la
irrefrenable atracción que nos producen sus hermosos colores…
- Yo pasaba los veranos cerca de un río. Iba a
bañarme en él por las mañanas, y las libélulas se posaban en la orilla a
refrescarse y beber agua. Habían cientos de ellas: rojas, moradas, verdes… y
mis favoritas, las azules.
Aunque seguía
disgustado, la trastabillada conversación que manteníamos iba poco a poco
apaciguando mi temperamento. José ahora se dejaba arrastrar por unos
pensamientos que seguramente la morfina hacía libres y vaporosos, y me hablaba
torpemente con la lengua y los labios anestesiados, manteniendo en todo momento
firmemente cerrados los párpados, y buscando el sol con su rostro como un
caracol desesperado.
- Te parecerá una
idiotez, pero creo que te estoy viendo. Sí… te veo… Veo el agua brillante de la
orilla del río, y los eucaliptos que crecen libres en la otra margen, y decenas
de libélulas que se mueven a tu alrededor…
- Tiene que ser la morfina – atajé, con brusca
sequedad.El taxidermista hizo nuevamente la intentona de abrir los ojos, y esta
vez lo consiguió en parte, y logró mantener un mínimo espacio entre los
párpados, por el que supuse que apenas lograría ver nada, pero que a mí me
permitía adivinar el azul intenso de su iris, que comprimía desmesuradamente
sus pupilas. Comprendí entonces que era la morfina la provocadora de aquella
intensa miosis, la cual le impedía despegar los párpados sin sentirse
completamente cegado.
- No me juzgues tan
severamente, Enrique. Es fácil contemplar los comportamientos ajenos y
mostrarse estricto e inflexible, pero mucho más complicado hacer exactamente lo
mismo con los propios. Para las acciones que nos conciernen siempre tenemos una
explicación plausible, una sucesión de acontecimientos que justifican nuestra
manera de actuar… y casi siempre estaremos en lo cierto, porque casi nadie hace
nada por capricho o sin una causa que lo motive, sólo aquellos que han perdido
la razón. Sólo te pido que uses la misma vara de medir que utilizas para ti
conmigo…
José parecía
recuperar la agudeza mental al tiempo que íbamos hablando. A sus reflexiones no
les faltaban argumentos de peso, pero esa mañana yo no era fácil de manipular,
y mucho menos teniendo en cuenta la radicalidad inmisericorde que se forja en
la adolescencia.
- Todo lo que dices
está muy bien, pero me es complicado encontrar una justificación a que te
drogues. Además, no es un buen ejemplo – apunté, pensando más en mi padre que
en otra cosa -. No me parece que sea algo de lo que puedas sentirte orgulloso.
El taxidermista
reflexionó un par de minutos antes de replicar. Estaba ufano porque mis
palabras parecían haberle herido, aunque no tanto como a mí lo había hecho el
encontrarlo en aquel estado de decadencia.
- ¿Cómo voy a estar
satisfecho? La morfina representa más que nada mi derrota, ¿comprendes? Esta
droga – dijo, tomando con su mano derecha torpemente el envase de Astramorph® -
sirve para calmar el dolor, aunque no sólo el físico, sino también el anímico.
Este cuerpo fósil que ves oculta heridas que sólo la memoria contempla, y es mi
cabeza la que se empeña en no cicatrizarlas. Sólo te ruego que perdones esta
menudencia, este pecado senil que aunque con el paso de los años no llegues a
justificar quizá si llegues a comprender.
José se mostraba
tan humillado que no veía la manera de zafarme del perdón que con tanta
sumisión solicitaba. Sentí relajarse en mi interior la ira, y la tristeza de
Adela, que no había hecho otra cosa que acrecentarla, se fue diluyendo
lentamente en la corriente palpitante de mis venas.
- Sólo espero que
esto no se repita. Lo deseo de corazón, más por ti que por mí mismo –
manifesté, condescendiente.
- No puedo prometerte nada, porque no me
siento dueño de mis actos. Pero sí intentaré no inyectarme droga cuando vengas
a verme. Ha sido una terrible falta de respeto hacia tu persona.
- ¿Y Adela? – pregunté, tajante.
- Adela… Creo que ella ya está acostumbrada.
Me conoce muy bien, mejor que yo mismo…
- No subestimes sus sentimientos…
- Y no lo hago, tenlo por seguro.
- Con eso me doy por satisfecho, de momento –
dije, dejando una puerta abierta a nuevos requerimientos. Suponía una sensación
agradable el tener, siendo alumno, un fundamento que me daba una cierta ventaja
o autoridad moral frente a mi instructor.
- Ahora lo que me importa es que no huyas, que
no escapes de mi vida por un pequeño desliz. Necesito darte las clases,
instruirte para que llegues a ser un verdadero taxidermista. Me siento
orgulloso de hacerlo, y lo hago por puro egoísmo, lo reconozco. Es para mí un
placer, y quizá un último gesto que conceda a mi existencia un postrera
oportunidad de gloria, enseñarte.
Me quedé sin
palabras. Un calor intenso y ridículo se extendió con rapidez por todo mi
cuerpo, hasta inundar finalmente mis mejillas. Sentía vergüenza y vanidad
mezcladas en partes iguales y sin control. Por un instante recuerdo haber
pensado que quizá la morfina, a fin de cuentas, no era una droga tan dañina ni
perjudicial.
- José… - acerté a
musitar.
- Enrique, trata de ser feliz ahora, intenta
hacer realidad tus sueños y no hagas nada de lo que luego puedas arrepentirte.
Cuando uno llega a mi edad la infancia y la adolescencia asaltan la mente sin
piedad, de forma implacable. En ocasiones me sorprendo aquí, sentado en esta
misma silla y rodeado de estos mismos árboles, confundido y alterado, cuando
creía encontrarme en otro lugar, muy lejano en el espacio y en el tiempo. Así
de perverso y maravilloso es el cerebro humano.
Debo reconocer que
aquellas reflexiones me pillaban desprevenido, y que he tardado muchos años en
llegar a desentrañar parte de su significado, aunque no la totalidad. Pese a
todo, las palabras del taxidermista me acompañaban hasta la noche, cuando ya en
la cama cerraba los ojos para conciliar el sueño. Resonaba el eco apagado de su
voz, y de alguna manera interpretaba que sus cavilaciones tenían un algo de
verdad suprema, incontestable, que mi temprano entendimiento aún no llegaba a
desvelar.
V
José jamás volvió a
repetir nunca un espectáculo como el de aquel día, aunque Adela me informaba
secretamente de que seguía inyectándose morfina tres veces por semana.
- Cada vez le hace
más efecto. Hay veces que se queda amodorrado durante horas, y claro, luego no
hay quien lo duerma por la noche – me decía la mujer, angustiada.
Me había
documentado acerca de la morfina, y curiosamente uno de sus efectos era la
enorme tolerancia que generaba en los adictos a la misma. Con el tiempo, una
dosis mortal para una personal normal y que jamás se la hubiera inyectado era
aceptada como si tal cosa por el que estuviera enganchado a ella. Eso no hacía
otra cosa más que acrecentar mi preocupación, pues imaginaba que el
taxidermista iba paulatinamente incrementando las dosis que se suministraba.
Pero jamás encontré la manera de abordar el asunto, y siempre tenía una excusa
a mano para decirme que no era el día apropiado y que más adelante sería mejor.
El mes de abril
llegó como bien indica el refrán azotando la ciudad con una plaga de lluvias
sucesivas, aunque amables, que apagaban y acortaban los días, y los
entristecían un poco. Apenas salía de casa, pues en esta ciudad cuatro gotas
parecen un diluvio, y a todos sus habitantes nos asusta un tanto mojarnos, y
por eso preferimos el refugio seco y cubierto de nuestros hogares. Aquella
mañana de mediados de abril Adela me dejó a solas en la larga galería de la
casa, cuyas puertas oscuras ya conocía de una vez, única, que había estado en
el interior de la vivienda, allá por el mes de noviembre. El pasillo seguía
sumido en la más sombría penumbra, tal y como lo recordaba.
- Espéralo aquí,
pronto bajará, yo tengo que seguir haciendo la comida – me dijo la mujer, a la
que ya me unía una cordial relación, con naturalidad.
- Un momento, Adela – repliqué,
precipitadamente -, no me gusta este lugar.
Ella me dirigió una mirada atónita, aunque
cargada de comprensión. Hizo un ademán de golpearme con sus dos manos
estrechadas.
- ¡No me lo puedo creer! ¿Menudo mozalbete
estás hecho tú?Será sólo un minuto, ya he avisado a don José.
- Pero, ¿por qué no hay ninguna bombilla en
este pasillo?
Cualquiera podría tener un traspié – apunté,
intentando disimular mi
miedo tras una cortina de aséptico criterio
práctico.
- Porque así lo quiere don José – respondió
Adela, sarcástica,
mientras se alejaba de mí, en dirección a la
cocina.
Me quedé a solas,
aterrado. Pasados unos minutos mis oídos se acostumbraron al aparente silencio,
hasta que fueron lentamente agudizándose. Entonces percibí que alguien caminaba
muy despacio sobre mi cabeza, de un lado a otro. Era como si buscase alguna cosa
con detenimiento, conocedor de la zona pero sin recordar el lugar exacto. Más
tarde pensé que en realidad no estaba escudriñando nada, sino que seguramente
observaba alguna cosa con sosiego y deleitación, dando vueltas en derredor
suyo. Todas aquellas pesquisas las realizaba de manera automática, como si una
parte de mi mente intentase entretener el miedo irreflexivo que atenazaba a la
otra con artificios de detective aficionado. De súbito, mientras mi cuerpo
quedaba petrificado por el pavor, sentí cómo los pasos se alejaban, produciendo
un estremecedor chasquido sobre el artesonado de madera del techo. Al cabo de
unos pocos segundos apareció el taxidermista desde detrás de una de las puertas
de la galería, con el rostro apagado y sombrío. Yo seguía paralizado, incapaz
de articular palabra. José al verme mudó la expresión de su cara, recuperando
el aspecto elegante y amable que le caracterizaba.
- ¡Enrique, qué
sorpresa! Disculpa, ¿has tenido que esperar mucho? Adela me avisó de que había
sonado la campanilla y que seguramente serías tú… pero estaba tan entretenido
que me he despistado un poco
– dijo el
taxidermista, mientras se me aproximaba con una amplia sonrisa en los labios.
- Sí… Bueno, en realidad… - balbuceé.
- ¿Qué te pasa? Estás temblando, y frío como
un témpano de hielo – apuntó José, tomándome por los hombros y frunciendo el
ceño con simulado disgusto.
- Es que… No me gusta demasiado este pasillo.
El taxidermista miró a un lado y a otro de la
galería, como sopesando alguna cosa, y luego me volvió a lanzar una de aquellas
seductoras y cálidas sonrisas que tan bien manejaba.
- Tienes razón,
ahora que lo dices, resulta tétrico. La verdad es que lo mantengo así para
proteger de la luz y la humedad mi biblioteca… y las cosas que tengo en el
altillo.
- Claro, está claro.
- Si te parece hoy podríamos dar un lago paseo
por el monte, nos vendrá bien a los dos salir de la casa un rato y charlar al
aire libre.
- Está lloviendo.
- ¡Venga, hombre! Son cuatro gotas, no nos van
a hacer ningún daño.
- En fin, he traído paraguas… - dije, no muy
ilusionado con la idea, aunque deseando escapar del pasillo cuanto antes.
- Deja, deja… Te prestaré uno de mis
chubasqueros, y así irás más cómodo. Además, tenemos trabajo para hacer en el
monte, y necesitarás las manos libres.
Seguí a José hasta
el recibidor de la vivienda, que seguía presidido por la cabeza de venado que
tanto me impresionaba, y allí me extendió un impermeable. Me lo puse al
momento, pero me arrepentí, pues al estarme un poco grande me daba un aspecto
ridículo.
- ¡Estoy espantoso! – exclamé, extendiendo los
brazos con cierta desidia.El taxidermista me miró y trató, sin mucho éxito, de
ahogar una espontánea carcajada. Luego se me acercó y me agitó levemente,
tomándome por la cintura.
- Nadie va a
vernos, no creo que ande ninguna jovencita suelta por el monte con este tiempo.
¿Qué clase de loco se pone a pasear con este día de perros? – inquirió, rozando
el cinismo burlón.
- Nosotros dos…
- Iré a decirle a Adela que nos marchamos y
que regresaremos en una hora más o menos. No hace falta que me acompañes, y así
te evitarás el mal trago de que te vea – apuntó, guiñándome un ojo con
socarronería.
Salí al exterior de
la casa, y me dediqué a estudiar con más minuciosidad la fachada, en la que
apenas me había fijado desde la primera vez que llegué a la misma. Las paredes
habían sido enlucidas en varias ocasiones, y eso era algo evidente, pues en las
zonas en las que la pintura se resquebrajaba aparecían varias capas
superpuestas en diferentes tonalidades. Pese a las numerosas grietas y
desconchones, los muros tenían un aspecto saludable y robusto, y esa ligera
decadencia de la pintura no hacía sino conferirles un aire romántico, como el
que poseen ciertas mansiones victorianas abandonadas a su suerte. A ambos lados
de la entrada había dos enormes ventanales, que tenían que corresponderse con
las dos primeras estancias, a las que se accederían por las primeras puertas
enfrentadas de la galería que tanta animadversión me producía. Las ventanas
estaban protegidas por unos enrejados verdes, del mismo color que el vallado
que circundaba la pequeña finca. Seguramente había sido Adela la que había
colocado en ellos algunos tiestos con geranios, claveles y otras flores típicas
de la región, que soportaban bastante bien el clima. La segunda planta había
sido construida con posterioridad a la primera, o al menos eso se deducía de su
diferente tonalidad y disposición, algo más estrecha. No poseía ventana alguna,
y tan sólo un pequeño tragaluz podía servir para permitir que el aire en el
interior no se viciase. Por alguna extraña razón regresaron a mi mente los
pasos de José en el altillo, y volví a estremecerme. Recordé su rostro algo
lúgubre y circunspecto nada más aparecer en el pasillo, y pensé en qué diablos
habría andado metido en sus extraños devaneos por el desván.
- ¡Vamos, no hay
tiempo que perder, si deseas estar a tiempo para comer en tu casa! – exclamó el
taxidermista con animosidad, surgiendo de la nada y dándome un susto de muerte.
- Estaba mirando las plantas… - mentí,
espontáneamente.
- Si lo deseas Adela te puede cortar algún
esqueje y así podrás plantarlo en tu habitación.
Salimos juntos al
camino mal asfaltado que seguía ascendiendo desde la casa primero hasta el
cementerio y luego hasta el monte. Me sorprendió el caminar ágil y ligero de
José, que parecía acostumbrado a la pendiente y la remontaba con bastante
suficiencia.
- ¿Sueles pasear por el monte? – pregunté,
intuyendo una
respuesta
afirmativa.
- Efectivamente, al menos un par de veces a la
semana. Es el
único ejercicio que hago, pues paso la mayor
parte del tiempo sentado
junto a la fuente, o leyendo algún libro bien
arribado a la chimenea.
Habitualmente salgo los miércoles y los
domingos, pero hoy me ha
parecido adecuado hacer una excepción.
Me fijé que el
taxidermista se ayudaba de un grueso bastón de montaña muy actual, lo que
confería un aspecto moderno y juvenil a su de normal aire desfasado, de
principios del siglo XX. También se había hecho con una diminuta mochila, que
llevaba a modo de bandolera, y que parecía estar vacía.
- ¿Y ese pequeño
macuto?
- Te has fijado… Nuestro paseo no va a ser en
balde. Vamos a recoger algunas flores comestibles – manifestó José, un tanto
altisonante.
Me quedé perplejo,
pero no quise añadir nada, y sopesé que lo mejor era esperar a ver con qué me
sorprendía, pues no recordaba haber comido flores en mi vida. De súbito sentí
un extraño escalofrío, y al momento me di cuenta de que habíamos llegado a la altura
del cementerio. A través de la verja de entrada pude distinguir algunas tumbas
y lápidas, y más al fondo, casi imperceptibles por culpa de la niebla, los
nichos.
- ¿No te gustan los
cementerios? – me preguntó José, señalando el camposanto con su bastón.
- Lo cierto es que no demasiado. Y en un día
como hoy mucho menos.
- Pues me gustaría visitarlo un día en tu
compañía. Lo tengo tan cerca que casi le he perdido el respeto. Me siento junto
a las tumbas y me entretengo en leer las inscripciones. Algunas de ellas son
auténticos manifiestos, otras vulgares venganzas, y las más, sencillos puntos y
finales a vidas anodinas.
Superado el
cementerio el camino dejó de estar asfaltado y se hizo más angosto y pedregoso.
Luego parecía llegar a una bifurcación, separándose en tres sendas estrechas
pero fáciles de identificar. El taxidermista eligió una de ellas con seguridad,
la que se hacía más empinada, la que parecía buscar la cumbre de la montaña.
Tuve que seguirlo detrás, pues ya no era posible caminar parejos. Los árboles,
básicamente pinos, aunque acompañados de encinas, se concentraban en aquella
zona, salvaguardándonos de la suave lluvia.
- He estado
pensando en las libélulas – dijo el taxidermista, girando la cabeza para poder
contemplar mi andar cansino.
- ¿Y eso?
- No te lo dije, pero yo también comencé mi
pasión por la conservación con un insecto de nombre maravilloso: las mariposas.
Lo cierto es que a
mí siempre me habían fascinado las mariposas, pero nunca me había animado a
cazarlas. Me parecía muy complicado conservar sus alas, o poder capturarlas sin
estropearlas salvajemente.
- ¿Y las atrapabas
en este monte?
- No, imposible. Aquí las que hay son muy
pequeñas, y además no abundan. Era otra época, y vivía en otro lugar. Pasé mi
infancia lejos de aquí, aunque esta tierra me vio nacer, y esta tierra me verá
morir…
Había pronunciado
aquellas últimas palabras con cierto orgullo, pero también con una melancolía
apreciable que uno de inmediato identificaba con una vaga sensación de
inmediatez.
- Para eso queda mucho – apunté, con la
ingenua facilidad y distanciamiento de los jóvenes.
José detuvo su caminar y me miró con
complacencia. Se apartó la capucha del chubasquero y dirigió su rostro hacia la
copa de los árboles.- No está tan lejos el día. En realidad, debo de darme
prisa con tu formación. Pero tampoco hay que precipitarse – manifestó, con
frialdad y sin sentimentalismo.
- No me gusta que hables así, ni que hables de
este tema.
- ¿Te asusta la muerte?
- No sé… - respondí, pues era un asunto que
con la edad que tenía no se encontraba entre mis principales preocupaciones.
- Qué tonterías estoy diciendo, ¿no es cierto?
Sigamos, que todavía nos queda un trecho hasta llegar al lugar señalado.
Caminamos unos diez minutos en absoluto silencio. La senda, que parecía al
principio querer buscar la cima de la colina, en realidad la bordeaba, y daba a
para a una pequeña depresión, en la que crecían arbustos y otros matorrales
diversos, como el romero y la lavanda. El taxidermista se detuvo frente a una
serie de rocas muy pulidas, entre cuyas grietas habían crecido de manera
abundante un conjunto de arbustos de tallos largos y copiosos.
- Ya hemos llegado.
Nuestro cometido de hoy es recolectar capullos de alcaparra, ¿los conoces?
- Algo he oído hablar – repuse, sin demasiada
convicción.
José me enseñó a
arrancar las alcaparras con sumo cuidado, eligiendo las más pequeñas y las que
estuvieran ubicadas en la parte superior del arbusto, y siempre con cuidado de
no pincharme con las espinas, que aunque escasas producían un intenso dolor.
- ¿Recoger capullos
de alcaparra también forma parte de mi formación? – inquirí, con algo de guasa.
- ¡Claro que sí! Además, en poco tiempo podrás
disfrutar de ellas. Ya verás lo ricas que están en ensaladas…
Aunque lo estaba
pasando bien, con la espalda doblada y haciendo las veces de un campesino del
medievo, me resultaba cuando menos insólita aquella experiencia. José estaba
muy animado, y recogía los brotes de flor en ciernes con inusitada habilidad y
rapidez. Cuando hubimos llenado el macuto se dio por satisfecho y decidió que
era la hora de regresar.
- Hemos ido más deprisa de lo que esperaba.
Eres un fantástico ayudante.Me di por contento con el halago, y seguí al
taxidermista, que agilizó el paso. En menos de un cuarto de hora estábamos de
vuelta en la casa. Aunque había dejado de lloviznar, el cielo seguía muy
encapotado, tiñendo de acero el ambiente y arrojando sobre árboles frutales que
cercaban la piscina una luz mortecina y lánguida, casi más propia del atardecer
que del mediodía.
- Ahora sólo tenemos que rematar la faena.
Vamos a, digámoslo
así, embalsamar
estos capullos. Una vez hecho esto, los podremos degustar durante meses, sin
miedo a sufrir una intoxicación – dijo José, henchido de orgullo.
Repartió las
alcaparras en dos grandes tarros de cristal, que luego rellenó hasta tres
cuartos con agua. Luego echó algunos puñados de sal en cada uno de ellos, y los
cerró para agitarlos. Finalmente, añadió vinagre hasta casi desbordar la
capacidad de los frascos, y los cerró definitivamente con fuerza, dejándolos
junto al borde de la piscina.
- ¿Ahí se quedarán?
– pregunté, algo intrigado.
- Efectivamente. El sol terminará de rematar
el trabajo. Les cambiaré el agua dentro de dos semanas, y así pasarán otro
tanto. Luego repartiré las alcaparras en frascos más pequeños con agua, sal y
vinagre, y así tendremos para disfrutarlos todo el verano – me respondió el
taxidermista, con una amplia sonrisa.
- Tengo que regresar – apunté, señalando mi
reloj.
- El día que quieras, puedes quedarte a comer.
Tanto Adela como yo estaremos encantados.
Me despedí de José,
y bajé la cuesta en busca del autobús que me llevaría de vuelta a casa con una
extraña sensación en el cuerpo. Había algo que me rondaba la cabeza pero que no
lograba identificar, como cuando uno trata de poner nombre a una cosa que ve en
su mente claramente, pero para la que no encuentra el sustantivo exacto. Me
sorprendió descubrir a algunas personas en la viviendas que había salpicadas a
lo largo de la carretera. Era la primera vez que estaban ahí, o al menos que se
dejaban ver. Por un segundo creí haber entrado en un mundo ficticio, irreal, en
el que nada era tal y como mis ojos lo estaban percibiendo. El camino pareció
alargarse, hacerse eterno, y el cielo se volvió más plomizo, hasta tal punto
que sentía su peso sobre mi cabeza, a punto de reventar aplastada. Llegué
extenuado a la parada del autobús, con el agotamiento propio de un maratoniano
tras haber realizado su prueba en tiempo récord. En cinco minutos llegó el
autocar y saludé al conductor, al que ya me unía cierta confianza, con el misma
regocijo con el que un naufrago hubiera recibido a sus salvadores.
- Pareces cansado.
Hoy seguro que te has dado un buen paseo…
- Si te digo la verdad, me he fatigado sólo de
bajar la cuesta.
- Entonces el cansancio no es físico, sino
mental.
El conductor había
lanzado aquella frase de manera casual, casi como en plan de broma, y sin
embargo el efecto que provocó en mí fue demoledor. El autobús iba completamente
vacío, tan sólo él y yo ocupábamos sus asientos. Volví a percibir que la
realidad se desdibujaba a mi alrededor, que caía por el tobogán imprevisible de
la imaginación más desbocada. ¿Cómo podía estar sucediéndome todo aquello? ¿Qué
diablos lo provocaba? De súbito dejé de estar en el autocar, dejé de mirar por
la ventana, dejé de ver la nuca del conductor… De repente estaba en la galería
de la casa del taxidermista, a oscuras, y sentía sus pasos sobre mí, en el
desván, caminando con sigilo, acechando alguna pieza. Yo estaba petrificado, y
me moría de miedo. Un terror mayúsculo me atenazaba, y sólo tenía un origen,
una sola causa que ahora podía desvelar con precisión meridiana: José.
VI
Pasé dos semanas
sin regresar a casa del taxidermista. Telefoneaba y hablaba únicamente con
Adela, que de alguna manera disculpaba mis desaires, aunque dándoles una
explicación bien distinta a la verdadera.
- Te comprendo.
Este hombre hay veces en las que se equivoca. Yo ya me he acostumbrado, pero es
intolerable que un hombre de su edad… Ya te dije aquel día que era mejor que te
volvieses a casa, como si nada – argumentaba la pobre mujer, mientras yo asentía
en silencio al otro lado de la línea, como un cobarde.
El miedo es un
fenómeno extraño, y muchas veces completamente irracional. Existe la teoría de
que todo aquello que nos provoca pavor se debe a que nuestro cerebro, de un
modo sabio, nos está previniendo acerca de que ese acto, cosa o persona
encierra un peligro más allá de nuestro discernimiento consciente. El caso es
que yo no acertaba a saber por qué había nacido en mi interior aquel temor
injustificable hacia José.
Curiosamente,
conforme pasaban los días lo iba echando más de menos, cada vez con una
intensidad mayor. Era como si me hubieran arrancado una parte de mi alma, de
mis pensamientos más ocultos y fascinantes, y ya no fuera capaz de elucubrar
con cierta ambición, o tan siquiera soñar, sin la compañía del hombre que había
de mostrarme los secretos más elevados del oficio que amaba. Traté
infructuosamente de descubrir qué había provocado aquel sentimiento de
sobrecogimiento ante su recuerdo, y finalmente opté por atribuirlo a una
extraña vinculación entre el oscuro pasillo y su figura. Aunque él también
había tenido algo que ver: su rostro lúgubre y sombrío, nada más girar la
cabeza cuando regresaba del altillo, evidenciaba un sentimiento de ira u odio,
o al menos eso había creído yo percibir.
Fue un jueves cuando recibí la llamada
desesperada de Adela, que casi me suplicaba desde el auricular:- Te ruego que
vengas a verlo este sábado. Esta semana se está inyectando morfina todos los
días, está muy mal. En sueños pronuncia tu nombre. Creo que se siente culpable,
y que ya no le valen excusas. Prepararé una buena limonada, y me aseguraré de
que se encuentra en perfectas condiciones. ¿Vendrás?
- Iré, Adela, claro que iré – contesté, sin
más remedio.
Aquella mañana de
sábado de principios de mayo, que había despertado con un calor húmedo y
asfixiante, más propio del mes de julio, me armé de valor y regresé a casa del
taxidermista. Me recibió como si nada, como si jamás hubiera faltado a la cita
de los sábados, o como si ese cierto ultraje careciera de la menor importancia.
Al menos esa fue la impresión que tuve.
- Hoy Adela ha preparado una magnífica
limonada. Siempre son buenas, pero la de hoy es excepcional.José había
recuperado su aire aristocrático. Llevaba un polo blanco de manga corta,
rematado por unas delgadísimas líneas azul marino en el cuello. Lo combinaba
con un pantalón de lino color tostado, y con unas sandalias de tiras de cuero,
muy actuales. Si antaño siempre me había parecido un jugador de tenis inglés,
aquel día se me antojaba como un opulento capitán de barco americano, sentado
en la proa de su lujosa embarcación.
- Estos días he
andado muy liado con los exámenes de final de curso. Me juego todo el año en un
par de meses, y claro… - mentí, sin que nadie me hubiera solicitado explicación
alguna.
- Está claro, Enrique. Nunca te voy a
reprochar nada. Pero sí que me gustaría hacerte una pregunta: ¿sigues pensando
en hacerte taxidermista?
La pregunta me
pilló algo desprevenido, y no supe responder de inmediato. La sangre se acumuló
con velocidad en mis mejillas, y noté su calor incómodo, ese que revela a los
ojos ajenos que nos encontramos metidos en un brete. Sólo circulaba una idea
por mi mente: ¡claro que seguía pensando en ello, era mi pasión!
- No te quepa la
menor duda – sentencié.
- Quizá he estado un poco lento de reflejos, y
te he andado aburriendo con circunloquios soporíferos. Hoy todo cambiará.
- No te entiendo.
- Consideraba apropiado para tu formación ir
lentamente, abordar las cuestiones más filosóficas al principio para entrar en
el meollo de la taxidermia y las clases prácticas al final, ¿me explico?
- Perfectamente.
- Pero he cometido un error. A lo mejor era un
buen método hace años, pero los jóvenes de hoy en día aprendéis con rapidez, y
también necesitáis de estímulos constantes. Me estaba regodeando en reflexiones
que para ti, de momento, carecen de valor alguno.
- Bueno, dicho así…
José agitó sus
manos, acallándome. Antes de continuar con su discurso dio un lento trago a su
vaso de limonada. El jugo de limón mezclado con agua y azúcar brilló tras el
cristal, emitiendo suaves destellos que me recordaron a los que veía en la
orilla del río al que iba a bañarme cuando niño. Por un breve intervalo de
tiempo me sentí en profunda comunión con el hombre que trataba por todos los
medios de recuperar mi atención.
- Hoy te enseñaré
la biblioteca. Allí podrás consultar algunos libros interesantes, e incluso te
prestaré alguno de ellos para que lo estudies en tu casa con tranquilidad.
Seguro que te fascinarán.
Recordé que para
acceder a la biblioteca tenía que regresar al pasillo de mis desvelos, la
verdadera causa de que hubiera estado desaparecido de aquella casa durante dos
semanas consecutivas.
- Fantástico –
dije, aunque mi voz sonó trémula y apagada.
- ¿Te preocupa algo? – preguntó José,
mirándome fijamente con sus increíbles ojos azules.
- No, nada – mentí.
- Hemos puesto una luz en la galería. Es muy
suave, pero al menos ya no hay que soportar esa tétrica penumbra – dijo,
girando la cabeza hacia otro lado, como el que hace un chascarrillo sin
importancia.
Bastante aliviado,
seguí los pasos del taxidermista hacia el interior de la casa. Entramos por la
cocina, que tenía una pequeña puerta que daba a la parte posterior de la
vivienda. Cuando llegamos al pasillo José pulsó un interruptor y una bombilla
de baja intensidad esparció una suave y agradable luz pastel.
- Mejor así – apuntó el taxidermista, sin
mirarme.
- ¿Y los libros? ¿No se estropearán?
- No, nada de eso. Esta es una luz muy
adecuada, como la que
tengo dentro para poder leer.Abrió una de las
puertas centrales con sumo cuidado, como si fuera a hacerse cenizas en
cualquier instante. Me invitó a que pasara al interior con un gesto contenido.
- En esta
habitación se encuentran los libros más antiguos. Tengo algunos del siglo XVII,
bastante bien conservados. En la de enfrente tengo los más actuales.
Pasé y entonces,
bajo la tenue luz de una lámpara recubierta con papel vegetal, pude descubrir
una amplia sala de unos veinte metros cuadrados cuyas paredes habían sido
forradas hasta el techo con hermosas estanterías de gruesa caoba. De cuando en
cuando había unos salientes rematados por letras de un metal que parecía oro, y
que servían para identificar las obras en orden alfabético. Calculé, a bote
pronto, que habría unos cuatro mil volúmenes, aunque los anaqueles estaban tan
atiborrados que resultaba bastante complicado hacerse una idea aproximada.
Algunos ejemplares estaban encuadernados en piel de gran calidad, con cuatro o
cinco nervios en su lomo, aunque otros eran más modestos y estaban algo
deteriorados.
- ¿Te gusta? –
inquirió con nerviosismo infantil José.
- Es alucinante – respondí, con igual
candidez.
- Cuando era más joven me pasaba las horas
muertas en librerías de viejo de medio mundo: París, Madrid, Berlín, Roma,
Boston… Tenía que viajar con frecuencia para visitar un museo o a algún
cliente, o para asistir a un congreso, y siempre encontraba tiempo para ir a la
caza de algún nuevo ejemplar interesante. Aquí está reunido el esfuerzo de
todos esos años…
El taxidermista
rebuscó entre los volúmenes y me alcanzó uno, bastante bien conservado. No
había inscripciones en las tapas y sólo en el lomo había grabado en letras
doradas: “Manuel du Naturaliste Préparateur”, Pierre Boitard.
- Está considerado
como el primer manual de taxidermia – dijo con orgullo José -. Es de 1825, el
original en francés. Échale un vistazo. Tengo otra edición en castellano,
traducción de Santiago Alvarado y de la Peña, de 1833.
Estuve un rato
pasando las hojas con extraña emoción. Constataba que casi doscientos años
antes ya había hombres en el mundo compartiendo mi misma pasión, y era algo
reconfortante. Estudié con detenimiento los curiosos y detallados grabados del
libro, bastante explícitos.
- Parece mentira… -
manifesté, casi en un suspiro.
- ¿Qué?
- Que hace dos siglos alguien escribiera
acerca de la conservación de los animales y de las plantas.
- Bueno, en realidad no lo es. Ya Herodoto
hablaba de embalsamamientos hace más de dos mil años, y qué decir de los
egipcios, cuyas momias son mundialmente famosas por haber resistido muy
dignamente tres milenios.
En el fondo de mi
ser no consideraba a los egipcios realmente como taxidermistas. Las momias,
aunque fueran un ejercicio sensacional de conservación de un cadáver, nada o
muy poco tenían que ver con el arte por el que yo profesaba una devoción tan
extrema. Me sentía más vinculado con cualquier oso, ciervo o zorro expuesto en
un museo de historia natural que con aquellos despojos de piel en los que
apenas podían intuirse a un ser humano.
- Es algo
sensacional – dije, devolviendo el libro a José, que a su vez lo dejó
nuevamente en su estante.
- Los libros son también obras de realizaban
con materiales nobles, como conservación. Antaño se el cuero de calidad o el
pergamino, capaces de resistir siglos en perfectas condiciones. Sin embargo
cualquier ejemplar de los que obtienes hoy día en una librería apenas resistirá
cien años antes de desintegrarse.
El taxidermista
pasaba sus estilizadas manos por los lomos de los volúmenes de su biblioteca
mientras hablaba. Lo hacía muy lentamente, como acariciando el torso delicado
de un bello animal salvaje. Notaba en las yemas de mis dedos el tacto diferido
que recorría los sentidos de José.
- ¿Todos los libros
hablan de taxidermia o disecación? – inquirí.
- En absoluto. Muchos sí, pero no la mayoría.
Hay de todo: enciclopedias, poemas, novelas, cuentos, estudios diversos sobre
infinidad de materias, manuales varios… Cualquier cosa que me haya interesado a
lo largo de la vida.
José fijó la mirada
en un punto indefinido. Sus ojos se volvieron cristalinos, casi transparentes,
y permanecieron fijos, con las pupilas dilatadas enormemente. De repente, sus
músculos se aflojaron y cayó desmayado, aunque no llegó a perder el sentido.
- ¡José! – exclamé, asustado.El taxidermista
lentamente fue recobrando la compostura, mientras yo lo ayudaba a incorporarse.
Se llevó la mano derecha a la sien y se frotó suavemente la piel, como tratando
de recuperar en esa zona con el masaje el flujo sanguíneo.
- Muchas gracias –
susurró.
- ¿Qué ha pasado?
- No lo sé, ha sido todo tan extraño…
- Tienes que dejar de inyectarte morfina – le
espeté, con rigurosa severidad, recordando la información que Adela me
facilitaba acerca del taxidermista.
- Hoy no me he inyectado nada. Nada… - musitó,
en un hálito de voz que se iba perdiendo.
- Será mejor que salgamos a tomar el aire.
José se apoyó en
mí, rodeándome con su brazo por el cuello, y así abandonamos la biblioteca y
salimos al exterior. Nos sentamos junto a la piscina, y él poco a poco fue
recobrando el aliento.
- No le comentes
nada a Adela, no deseo asustarla. Tú tampoco debes preocuparte. Ha sido una
especie de flash back, de súbito me encontraba en otro lugar, con tu misma
edad, contemplando una biblioteca muy simular a la mía…
- Me has dado un susto de muerte…
- No ha sido nada, de verdad. Me sucede de
cuando en cuando. Son recuerdos, fragmentos de mi vida que me acosan de manera
imprevista, sólo eso. Aunque hoy… - susurró, y sus pupilas volvieron a
dilatarse, pese a que ya estábamos en el exterior, y el sol de primavera
brillaba con fuerza.
- ¡José! – grité, intentando evitar un nuevo
desvanecimiento.
El taxidermista me
miró con ojos alucinados y me acarició suavemente el rostro, como lo hacía
solamente mi madre. Sentí su tacto frío y un espasmo me recorrió el cuerpo.
- Tranquilo,
Enrique. Es que… me siento tan débil, hay tantas cosas que podría haber hecho…
- Voy a llamar a Adela – repuse con
determinación.
- No, te lo ruego. Márchate, pero no olvides
regresar el próximo sábado. Ahora sólo quiero dormir un rato, eso es lo que
necesito, descansar.
A regañadientes, lo
dejé tal y como me pedía, aunque esperé primero a que se relajara, y luego fui
a la cocina a advertir a Adela de que me marchaba y de que José se había
quedado durmiendo junto a la piscina.
- Creo que ha sido
tu visita. Ha estado muy excitado toda la mañana, quería que todo saliera bien,
y sin embargo… - dijo la pobre mujer, meneando negativamente su cabeza.
- No, no, todo ha ido bien. La próxima semana
volveré a venir, te lo aseguro.
- Muchas gracias, Enrique. Tú eres ahora el
único aliciente que tiene. No quiero que te sientas obligado, ¿me comprendes?
- Para mí es un honor venir a esta casa.
Adela me abrazó con fuerza contra su cuerpo
rollizo, que olía a flores silvestres y a agua de azahar.
- Eres especial, y don José lo sabe. Creo que
le recuerdas mucho a él mismo cuando era joven.La palabra especial tenía unas
connotaciones positivas que yo en modo alguno asociaba a mi persona. Más
correcto consideraba el calificativo de diferente o distinto, sin mayores
matices, lo que dejaba un campo abierto a la especulación sobre qué era lo que
realmente establecía las diferencias con la generalidad, y sobre si tales
diferencias acabarían resultando provechosas o, por el contrario, negativas.
- Muchas gracias, Adela, aunque me parece que
no es para tanto. Hasta el sábado.Regresé pasando junto a la piscina y pude
cerciorarme de que José ya dormitaba, ayudado por el calor acuciante del
mediodía. Había quedado su cuerpo tendido sobre la hamaca en una postura algo
grotesca, con una pierna doblada en una posición imposible y uno de los brazos
atravesado sobre el pecho. Me acerqué para tratar de colocarlo en mejor
posición, pues creí que era lo menos que debía hacer antes de marcharme, pero
al hacerlo el taxidermista se removió en su asiento como advirtiendo mi
presencia en sueños y balbuceó un nombre de mujer:
- Elena… VII
Pasé aquella semana
intranquilo. Una pesadilla se repetía en mi cabeza de manera constante: estaba
en la galería de la casa del taxidermista y escuchaba sus pasos sobre mi
cabeza, en el altillo. Increíblemente, me armaba de valor y habría la puerta
del pasillo que sabía conducía al desván. La puerta daba a unas pequeñas
escaleras de madera que se perdían en la planta superior, sumida en una
profunda oscuridad. Las subía aterrado, pero con la determinación implacable de
un detective. Sentía mis piernas temblorosas y vacilantes dudar en cada
escalón, mientras mi mente forzaba con inagotable ensañamiento mi aparato
locomotor para someterlo a sus designios. Cuando alcanzaba el altillo no
conseguía ver nada, pues la penumbra era total, y tenía que esperar a que mis
ojos se habituaran a ella. Notaba los suaves pasos de José, apenas a un par de
metros de distancia de mi cuerpo. Finalmente empezaba a vislumbrar algo,
ayudado por la tenue luz que la claraboya que había visto desde el exterior,
analizando la fachada, filtraba sobre el desván. Justo frente a mí tenía al
taxidermista, que no se había percatado de mi presencia, inclinado sobre una de
sus piezas, quizá trabajando en ella. Avanzaba hacia él con el máximo sigilo
posible. Sentía mis manos húmedas de sudor, sentía el palpitar desbocado de la
sangre en las sienes y en el cuello. Un diminuto haz de luz permitía adivinar
millares de partículas en suspensión en el aire enrarecido del altillo.
Desafortunadamente, de repente tropezaba ruidosamente con algo situado en el
suelo, alguna herramienta metálica, sobresaltándome. Entonces José se giraba
abruptamente y yo me despertaba gritando, aterrado.
Todas las
pesadillas concluían de la misma forma, siempre igual. Nunca terminaba de ver
el rostro del taxidermista, ni qué era con lo que me había tropezado, ni qué
otras cosas había en el desván o sobre qué pieza trabajaba él. Tardaba varias
horas en recuperarme, y tenía que dar la luz para cerciorarme de que estaba en
mi habitación.
« ¿Por qué este miedo atroz? ¿Acaso sigo
comportándome como un niño?», me preguntaba, pasado el susto inicial.Sentía una
admiración fuera de toda duda hacia mi maestro, pero también un temor
irracional para el que no encontraba ninguna explicación. Era algo rayano en lo
paranormal, como si mi mente tuviera la capacidad de atisbar un apartado oscuro
en el alma de José que el resto de mi sentidos eran incapaces de percibir.
Jamás comenté con
nadie ni aquellas pesadillas ni mucho menos mis presentimientos acerca del
taxidermista. Tampoco a mis padres. Temía que si lo hacía encontrarían el
pretexto idóneo para alejarme definitivamente de él, y eso era algo más
terrible aún que los malos sueños que me acuciaban. Era preferible custodiarlos
en silencio, y aguardar con la esperanza de que un día, igual que habían
llegado, desaparecieran.
La tarde del
viernes hice novillos y la pasé en el cine viendo solo una película. Estaba
inquieto por la visita del día siguiente, y a la vez ansioso por volver a estar
con José, ahora que parecía decidido a pasar a la acción, a mostrarme de una
vez sus secretos en el arte de la taxidermia. Por la noche me acosté tranquilo,
y no soñé con nada, algo realmente extraordinario en mí. Cuando desperté todos
los temores se habían esfumado y sólo deseaba llegar cuanto antes a la casa del
taxidermista.
Adela había salido a comprar algo aquella
mañana y me abrió la puerta José. Estaba muy emocionado.
- He preparado todo para nuestra primera
lección práctica – me dijo, entusiasmado.Lo seguí hasta la parte posterior de
la casa. Había dispuesto una mesa plegable, sobre la que había colocado una
tabla de mármol para trabajar y diversos utensilios: varios bisturís, tijeras,
alicates, alambres de diferente grosor, dos pares de ojos diminutos, unas
limas, algodón, un martillo de goma, punzones… En el suelo había una caja
abierta con más herramientas. Todo estaba perfectamente ordenado, como si la
mesa de operaciones de un quirófano al aire libre se tratara. Me emocioné.
- Gracias, José,
muchísimas gracias.
- Nada, hombre, no seas chiquillo. Has sabido
esperar, has tenido una paciencia infinita conmigo, y considero que ya estás
preparado para comenzar de verdad con las clases. Aunque nunca debes olvidar
nada de lo que te he dicho hasta ahora – manifestó, poniendo mucho énfasis en
la última frase.
- Así lo haré.
El taxidermista se
quedó un rato pensativo, mirando con aire distraído hacia la mesa, como si
buscara algo concreto. Luego me clavó sus penetrantes ojos azules.
- Recuerda que sólo
tenemos una oportunidad para cada cosa en la vida. Nuestra existencia es larga,
pero cada momento, cada instante, es único e irrepetible. Recuérdalo siempre.
Asentí, aunque no
entendía nada de lo que me decía. Parecía en realidad estar hablando consigo
mismo, estar recitando en voz alta una lección que le había costado setenta
años aprender. Quizá deseaba con todas sus fuerzas que a mí no me sucediera
exactamente lo mismo.
- Empezaremos con
una pieza relativamente sencilla – dijo, mientras sacaba de una bolsa de
plástico un objeto envuelto en papel de periódico -. Es de ayer, por lo que
está en perfectas condiciones para iniciar su disecación – añadió, mientras
retiraba el papel e iba desvelando poco a poco el cadáver de una codorniz de
tamaño medio.
- Tampoco yo quería comenzar con un oso –
repliqué, con buen humor.
- Hasta en las pequeñas cosas hay que poner
todo el empeño, todo el corazón, toda la concentración posible. Esta codorniz,
si hacemos nuestra labor correctamente, nos sobrevivirá, y dejará constancia de
nuestro trabajo y de este día para siempre – me dijo, agitando el pajarillo
entre sus manos.
El taxidermista
hablaba con el tono de un catedrático de filosofía, y su dicción tenía esa
mañana una corrección excepcional. Modulaba la voz con sabiduría, atrayendo mi
atención y seduciéndome con los diferentes tonos. Se movía con la elegancia que
le caracterizaba, pero quizá ahora con un punto de mayor distinción. Se notaba
que entre sus aparejos se sentía como pez en el agua.
- Normalmente hay
que trabajar bajo techo, y no a la intemperie. Tengo preparada una sala a tal
efecto en la casa, pero me ha parecido más agradable hacerlo hoy aquí afuera.
¿Qué te parece? – preguntó, guiñándome con cierta complicidad un ojo.
- Sensacional –
respondí, intuyendo que José sabía más acerca de mis temores de lo que en
realidad decía.
- Pues entonces dejémonos de preámbulos –
concluyó, tendiéndome unos guantes de látex al tiempo que él se enfundaba otro
par.
En un silencio
monacal fue terminando de poner algunas herramientas sobre la mesa. Luego
colocó el pajarillo sobre la tabla de mármol y le hizo una larga incisión
perpendicular en el abdomen. Tras esto se detuvo, como si acabara de cometer
una torpeza irremediable.
- ¡Qué estúpido!
Estoy tan acostumbrado…y sin embargo.
- ¿Qué ha pasado? – inquirí, teniendo bastante
claro que me había perdido algo.
- Hace mucho tiempo que no trabajo. En
realidad, había decidido hace tiempo no volver a hacerlo… hasta que me
telefoneaste. He olvidado mencionarte las fases preeliminares, que ayer yo
mismo abordé. Esta codorniz no ha sido cazada, y la mataron hace veinticuatro
horas rompiéndole el cuello. Aun así, siempre que recibas un ave tienes que
asearla cuidadosamente, con un algodón empapado en amoníaco – tomó una torunda
de algodón y la deslizó muy delicadamente por el plumaje del pajarillo -. Si
hay restos de sangre debes limpiarlos a conciencia, ¡a nadie le gusta tener una
pieza que en lugar de viva parezca recién abatida!
- A mí tampoco me gustaría – dije, estremecido
sólo con la idea.
- Luego la secas, ayudándote de polvos de
talco. Lo retiras rápidamente, evitando que se formen grumos, con un pincel o
con una brocha de pelo fino. Entonces llega la fase crucial de tomarle las
medidas a la pieza. Puedes hacerlo valiéndote de un metro, y también copiando
el contorno en una hoja. Tomar algunas fotografías tampoco está de más. Tras
esto envuelves el ave con papel de periódico y la metes en una bolsa de
plástico, que guardas en la nevera. De esta manera dispondrás siempre de dos o
tres días para iniciar el trabajo.
José volvió a
inclinarse sobre la pieza. Hablaba con seguridad, pero respetando mi atención y
mis ganas de aprender, como jamás en la vida lo había hecho ningún profesor que
hubiera tenido. Me dejaba un espacio suficiente como para poder apreciar con
comodidad sus movimientos, aunque eso le supusiera manejarse con ciertas
molestias.
- Un artista debe
de actuar con confianza y seguridad. Sigue los siguientes pasos que voy a dar
con mucha atención. Hay que ser diligente, pues este tipo de pieles se secan y
acartonan con mucha rapidez una vez han sido desolladas.
- Entiendo – dije, embelesado.
El taxidermista
aprovechó la incisión inicial para ir separando delicadamente la piel del ave
del resto de su cuerpo, ayudándose de un escalpelo y de unas pequeñas tijeras
oblicuas. Fue realizando pequeños cortes aquí y allá, dando ligeros tirones de
la piel, dejando la espantosa visión del torso del animalito despellejado a la
vista. No pude reprimir un jadeo de congoja.
- Te acostumbrarás
– dijo José, mientras continuaba con la faena -. Es duro al principio, y mucho
peor cuanto más grande es la pieza. Lo bueno es que no sangran, porque sus
corazones han dejado de latir. Desde luego coincido contigo en que esta es la
parte que menos me agrada de nuestro oficio.
Siguió separando la
piel, poniendo un cuidado extraordinario, tratando en todo momento de no dañar
el frágil plumaje de la codorniz. Cuando llegó al cráneo el desuello se tornó
realmente desagradable, pues era costoso separar la piel de la cabeza, y había
que vaciar su interior, cortar el pico, extraer los ojos… De cuando en cuando
me veía obligado a apartar la vista, y aun así unas terribles nauseas
doblegaban mi estómago.
- Ahora tienes que
prestar mucha atención. Hay otros conservantes menos tóxicos, pero no son tan
eficaces – apuntó, tomando de la caja de herramientas un botecito con una
especie de cola blanquecina y acercándomelo -. Esto es jabón arsenical, y como
su propio nombre indica contiene arsénico, por lo que siempre deberás manejarlo
con extrema precaución. Aquí al aire libre es menos peligroso.
Observé cómo abría
el envase y ayudándose con un pincel de punta fina iba extendiendo el ungüento
por la cara interior de la piel del ave, insistiendo en las patas y en la
cabeza.
- Este jabón es el
que impide que naturaleza prosiga su curso ordinario. Sin en él en pocos días
esto no sería más que un puñado de gusanos horribles, en lugar del pajarito
inmortal que deseamos realizar
– manifestó José, mientras se dedicaba con
serenidad inquebrantable a ungir con el bálsamo cada centímetro de pellejo.
- Y ese jabón, ¿dónde lo consigo?
El taxidermista lanzó una enigmática sonrisa
al aire, y me miró, poniendo los brazos en jarras.- Yo te enseñaré a crearte tu
propio arsenal. En cada fórmula se oculta un gran secreto, pues cada animal,
cada piel, requiere de diferentes elementos. No creas que vas a poder ir a un
supermercado y pedirlos. Nuestro oficio tiene un algo de enigmático y
misteriosos, y gran parte de la culpa se debe a estos preparados. La otra gran
culpable ya la conoces… - concluyó, blandiendo el pincel en el aire.
- Perdona, pero no termino de entenderte… ¿A
qué te refieres? – le pregunté, bastante intrigado.
- A la muerte, claro está. Trabajamos con
cadáveres, ¿acaso no te parece lo suficientemente oscuro y siniestro? La gente
nos imagina como a bichos raros, auténticamente extraños… y quizá, en el fondo,
no les falte algo de razón.
Volvieron a mi
mente las imágenes que me asediaban en sueños. Quizá sólo fueran eso, una
representación del temor absurdo que por esta profesión tenía el común de los
mortales. Un pavor atávico relacionado con el último trance que a todos nos
aguarda y del que poco o nada, por no tentar a la suerte, deseamos hablar.
- Ya te dije que la
muerte era un tema que a mí tampoco me gustaba.
- Lo sé. Nosotros no trabajamos con la muerte,
¡al contrario! Nuestra misión es vencerla, burlarla con nuestro arte. Hemos de
ser capaces de confundirla hasta el punto de que ella misma asuma su derrota.
Por eso nunca debes de ponerte límites, porque sólo la vida debería dejarnos
satisfechos con nuestra obra – dijo José, conmovido.
- Pero es imposible devolver la vida… -
apunté, con buen juicio, y entrando en una diatriba que me parecía totalmente
disparatada.
- Es imposible pintar un vaso de cristal, es
imposible llegar a la Luna, es imposible ganar este partido – replicó el
taxidermista, en un tono cansino y de cierta burla. Luego hizo una medida pausa
de unos segundos -. O más claro y cercano: es imposible aprobar este examen, o
sacar un sobresaliente… ¿Quién quieres ser?
José se quedó
paralizado, apuntándome con un dedo acusador enfundado en látex. La imagen era
casi cómica, aunque maldita las ganas que tenía de echarme a reír en aquel
instante. Sabía que la respuesta que debía emitir entrañaba casi un
posicionamiento existencial que habría de acompañarme para siempre.
- Un taxidermista…
- Entonces no te hago falta. Cualquiera puede
valerte – dijo, comenzando a recoger los utensilios y dando seguramente no sólo
la clase por concluida, sino todo el curso.
- Espera. Quiero ser algo más. Deseo ir más
lejos, no aspiro a ser únicamente un taxidermista cualquiera, deseo ser un
genio, un maestro en este arte. Por eso me decidí a llamarte, porque para eso
necesito aprender del mejor – dije, con convicción, aunque mis palabras sonaban
titubeantes.
José volvió a coger
la codorniz y terminó de separar la piel por completo del resto del cuerpo.
Luego se quitó los guantes de látex y me pasó un brazo por el cuello, como lo
haría cualquier colega en un bar.
- Ahora tenemos que
descansar un rato. Dejemos que se afiance el jabón antes de continuar – dijo,
olvidando la tensión de hacía sólo unos instantes.
Nos sentamos junto
a la piscina, cuyo aspecto había empeorado bastante. El agua estaba muy sucia y
en su superficie flotaban insectos muertos, pétalos de flores y hojas secas,
algunas de ellas putrefactas. El fondo se había tornado muy verdoso, y se adivinaban
pequeñas algas que se habían desarrollado libremente y a su antojo, sin ninguna
clase de impedimentos.
- ¿Cuándo vas a limpiar la piscina? –
pregunté, recordando que
Adela me había
dicho en mi primera visita que así era como le gustaba a él.
- No te gusta… - aseveró, en un susurro.
- Hombre, tiene un aspecto lamentable.
- Quizá si vieras una foto de ella, en la
portada de una revista actual de moda, en blanco y negro, hasta te parecería
hermosa, ¿no crees?
Hice un esfuerzo y
traté de situar aquella imagen que José me había descrito en la mente. Cuando
apenas lo logré tuve que reconocer que me produjo una extraña sensación
placentera. Y sí, era realmente atractiva.
- Así dicho es
cierto, pero en realidad… - dije, señalando la inmundicia que se mantenía sobre
el agua.
- ¿Has leído a Oscar Wilde?
- Me suena ese nombre – repliqué, sin mucho
interés.
- Seguro que conoces, aunque sea de oídas, una
de sus obras, en realidad su única novela: El retrato de Dorian Gray – declaró,
pomposamente.
- Sí, creo que alguna vez lo han mencionado en
clases de literatura. Pero no me hagas caso, normalmente sólo nos hablan de
autores españoles.
El taxidermista agachó la cabeza, algo
abatido, y lanzó un breve resoplido. Cuando volvió a levantarla había
recuperado la animosidad.- En esa novela Wilde habla de un hombre muy guapo al
que hacen un retrato. Resulta que a partir de ahí el hombre deja de envejecer,
y en su lugar lo va haciendo el cuadro que le hicieron. Al cabo de unos años él
seguía mostrando un rostro joven y hermoso, mientras que el cuadro, que
mantenía oculto, revelaba la cara de una persona vilmente ajada, un adefesio
deformado por el tiempo, aunque también por la maldad que anidaba en el modelo
– dijo José, deformando de manera tétrica la voz, tratando de estremecerme.
- Pero, ¿qué diantre tiene que ver esa novela
con la suciedad de la piscina? – inquirí, un tanto irritado, y lamentando
haberme metido en aquel jardín sin que nadie me lo pidiera.
- Enrique, todos tenemos nuestro retrato. Unos
en un cuadro, como Dorian Gray, otros en un recuerdo, en un objeto, en un
trastero o… como yo… en una piscina.
No pude evitar,
aunque lo intenté, pensar en el altillo. Otra vez regresaba el sonido de mis
pesadillas: aquellos enigmáticos pasos sobre el artesonado. Me dije que su
retrato no era la piscina, sino el desván.
- Creo que sólo intentas asustarme, nada más.
El taxidermista lanzó una carcajada limpia y
larga, como la de un niño. Se incorporó y me dio un par de palmaditas
fraternales en la espalda.- Tienes toda la razón. No hagas caso de las
tonterías de este pobre viejo. Sólo sigue mis consejos en el arte de la
disecación, porque para el resto de cosas en la vida no he valido absolutamente
para nada
– manifestó, con sincera tristeza.Regresamos a
la mesa de trabajo. Descubrir nuevamente el cuerpo desollado me inquietó. Allí
estaba, abandonado y desprotegido, diminuto, encogido, como si en nuestra
ausencia hubiera sido capaz de recogerse aterido por el frío de una leve brisa
traída de la montaña. Allí estaba, muerto y desnudo de verdad, añorando la piel
recién perdida, que descansaba apenas a unos centímetros de distancia.
- Es penoso ver cómo ha quedado el cuerpo de
la codorniz – dije, sin pensar.José miró el pajarillo con aire distraído, como
intentando comprenderme. Tomó el cuerpo y se lo llevó al interior de la
vivienda. Regresó con una ligera sonrisa dibujada en el rostro.
- Ya está. Ahora
debemos de preocuparnos por devolver la vida a lo que ya tan sólo era un
cadáver. Comienza de verdad la función, la fase más delicada y crucial de
nuestra labor de hoy.
El taxidermista
comenzó a enrollar en hilo de bramante virutas de madera, hasta que consiguió
una forma redondeada, de un tamaño similar, aunque algo inferior, al del torso
del ave. Luego le fue atravesando diferentes alambres, de grosor variable, que
entendí se correspondían con la cabeza, las patas y las alas. Dio forma a los
alambres, y luego introdujo aquella especie de maniquí espartano en el interior
de la piel de la codorniz.
- Enrique, ahora
debemos trabajar con los alambres hasta obtener el tamaño y la posición
deseadas, lo más natural posible – dijo, tendiéndome unos papeles con medidas y
algunas fotografías de codornices al aire libre -. En esas anotaciones están
las proporciones del animal, y ejemplos de sus congéneres vivos y en libertad.
Son tu guía para montar un puzzle. Yo casi ya lo hago sin pensar.
- Comprendo – manifesté, echando un rápido
vistazo a las fotografías, y pensando que era completamente imposible que aquel
pellejo tirado sobre el frío mármol pudiera llegar a parecerse lo más mínimo a
las codornices retratadas.
José siguió
trabajando, omitiendo el gesto de incredulidad que seguro había revelado mi
rostro. Fue dando forma al pajarillo con ayuda de los alambres, rellenando el
nuevo cuerpo con algodón. Iba clavando alfileres aquí y allá, y con el hilo de
bramante terminaba de fijar las alas y el plumaje. Rellenó el cráneo también
con algodón, y las cuencas de los ojos con arcilla, antes de ponerles los ojos
artificiales. Se manejaba con una destreza increíble. Aunque se trataba de una
pieza pequeña, por primera vez sentía que estaba viendo a un genio trabajando
en directo, asistiendo al milagro de la creación de un artista que elaboraba su
obra con la misma naturalidad con la que yo devoraba un helado.
- Ya sólo queda
fijarla en una peana y esperar a que se seque. Cuando lo esté podremos retirar
todos los alfileres y el hilo de bramante, y ya no habrá quién la mueva de su
posición – dijo el taxidermista, que había sacado una pequeña base de madera de
la caja de herramientas.
- Tal y como lo has hecho ha parecido muy
sencillo – comenté, tratando de halagarlo.
José me respondió
con una breve sonrisa, y siguió a lo suyo. Apenas podía ver lo que hacía, pues
estaba completamente inclinado sobre la pieza, intentando fijarla
apropiadamente a la peana. Actuaba ahora con lentitud, casi parsimoniosamente.
Se hizo el silencio, y sólo el suave sonido de la brisa agitando las copas de
los pinos se podía escuchar. En aquella tranquilidad llegaron a mí los olores
de los árboles frutales, en especial de los naranjos, que esparcían el ligero
perfume de la flor de azahar. Olvidé todos los miedos, y me sentí orgulloso de
estar allí, junto al hombre que admiraba y que estaba perdiendo su tiempo
tratando de enseñarme el talento que atesoraba, tras años de oficio. Lo miré
largamente, observando sus cabellos plateados, vencidos hacia la frente, y sus
brazos estilizados y ágiles pese a la edad, que se movían como acompasados por
una melodía invisible. Parecía haber olvidado su vejez, haber desterrado sus
pesadillas, parecía también que la morfina no formaba parte en absoluto de su devenir
cotidiano. Cuando se apartó y me dejó contemplar la codorniz una sensación
electrizante recorrió mi cuerpo, desde las extremidades hasta estallarme en el
cerebro: allí estaba el pajarillo, firme, estirado, con las alas pegadas a los
costados, la cabeza ligeramente alzada y girada, las patitas consistentes, como
si conservaran su fuerza original, y los ojos vivaces, destellantes, atenta y
alerta como los de un gorrión. Pese al hilo de bramante y a los alfileres,
tenía ante mí la pura imagen de un pajarillo tan despierto y espabilado como yo
mismo.
- Bueno, ¿qué te
parece? – peguntó el taxidermista, con sencillez, sin un mínimo asomo de
vanidad.
- José… es increíble, realmente increíble –
respondí, anonadado.
- Tampoco hace falta que exageres. Hacía mucho
tiempo que no trabajaba, y eso es algo que se nota.
Me acerqué a la
codorniz, y acaricié su plumaje, liviano y sedoso. Aquel ave me recordaba por
qué deseaba yo ser taxidermista, qué me había empujado desde niño a desarrollar
aquella pasión que prácticamente nadie, incluidos mis padres, compartía ni
llegaba a entender. Noté cómo mis ojos se humedecían, y la mano con la que
rozaba apenas el plumaje comenzó a temblar de manera involuntaria.
- Gracias, muchísimas gracias, José – acerté a
decir, entre reprimidos sollozos.El taxidermista se me aproximó y me alzó el
rostro con la palma de su mano. Me observó igual que lo haría un compañero de
andanzas de toda una vida, lo hizo como si fuera la única persona en el mundo
capaz de comprender qué pasaba por mi mente en aquel instante mágico, qué
emociones recorrían mis entrañas en violentas sacudidas sin control.
- Tranquilo, Enrique. Recuerda que conmigo
puedes llorar, no
hace falta que te
reprimas. Recuerda también que algún día serás capaz de esto… Llegará el día
que serás capaz de mucho más, estoy seguro. Y ese día yo seré el hombre más
feliz del universo, allá donde quiera que esté.
VIII
Con el mes de junio
llegaron los exámenes y el final de curso. A priori me jugaba mucho, pues de
aquellas pruebas dependía la nota final que me permitiría acceder a una u otra
carrera universitaria. Aunque yo tenía muy claro en ese momento lo que deseaba
ser, tampoco quería contravenir demasiado a mis padres y no me molestaba en
absoluto pasar otros cuatro años estudiando una profesión de esas que se
consideran normales, de las que en principio todo el mundo piensa que se puede
llegar a vivir sin demasiadas alegrías pero también sin muchos agobios. Este
fue el motivo de que en todo el mes sólo fuera un sábado a visitar al
taxidermista.
Lo echaba de menos
constantemente: sus consejos, su capacidad para animarme a cumplir mis sueños,
su maestría en el arte de la disecación, las charlas interminables junto a la
pequeña fuentecita… También añoraba en las tardes más calurosas y húmedas, mientras
intentaba retener en mi cabeza fórmulas matemáticas o citas filosóficas, la
animosidad de Adela y sus fabulosas limonadas.
José me había
enseñado a disecar correctamente aves, insectos y pequeños mamíferos, como
conejos, ardillas o zorros. Sus clases, eminentemente prácticas, eran de lo más
entretenido, y distaban mucho de las aburridas peroratas de mis profesores de
instituto. De cuando en cuando salpicaba sus explicaciones con detalles
teóricos, de los que yo tomaba debida nota. Sentía que disecar un animal era
casi siempre igual, y que en poco o nada diferían una codorniz de una cobaya.
Pero el taxidermista siempre me espetaba, algo enojado: «Si abordas de la misma
manera cada pieza fracasarás siempre. Cada una tiene sus particularidades, y
mucho más cuando son de diferentes especies. Las aves y los roedores se
asemejan en la mecánica, nada más. Imagina que trato de conservar una ardilla
con las mismas técnicas que utilizo en una mariposa».
Todavía quedaba
abordar el gran reto: un gran mamífero. Yo soñaba con el día en que aquello
sucediera, aunque dificultades de gran envergadura. La primera conseguir la
pieza. Además debía de estar preparado, pues semejante empresa requeriría de
una sólida formación por mi parte. «El próximo entrañaba diversas
y más importante:
otoño podremos intentarlo, nunca antes. Mientras tanto, tienes que seguir
esforzándote».
José me dejaba de
vez en cuando algún libro sobre taxidermia, o apuntes y fotografías suyas en
blanco y negro, trabajando en su estudio. Me embargaba la emoción al poder
descubrirlo tan joven, con los ojos llenos de vida, trabajando en piezas que yo
sabía ahora descansaban en alguno de los mejores museos de historia natural del
planeta. Allí estaba él, curtiendo unas pieles en ocasiones, manejándose con
algún preparado en otras, o trabajando con escayola o madera el maniquí de los
ejemplares más voluminosos. Se apreciaba en aquellas imágenes estáticas y
carentes de color toda la magia que atesoraba, todo el arte que era capaz de
transmitir a sus obras, toda la grandiosidad que un hombre enjuto y sencillo
puede llegar a trasladar al resto de la humanidad. Cada una de las instantáneas
parecía haber querido detener el tiempo, como si en un imposible ejercicio de
disecación en dos dimensiones hubieran deseado atrapar al genio en plena
ejecución de su labor creativa. Y lo habían conseguido.
En uno de los
manuales que me prestó encontré una fotografía que me llamó poderosamente la
atención. Allí estaba José, en una especie de descampado limitado por un muro
mugriento y lleno de pintadas. Se le veía muy joven, con unos veinte años. El
papel fotográfico estaba ya muy deteriorado, y el blanco y negro había ido
amarilleando, quizá también ligeramente teñido por las hojas del manual. El
taxidermista cogía por el talle a una preciosa joven de su misma edad y
estatura. La chica tenía el pelo liso, moreno, cortado a la altura del cuello,
los ojos muy grandes, oscuros, y sonreía alegremente a la cámara, feliz. Le di
la vuelta a la foto y descubrí una anotación a mano: «José y Elena, verano de
1943». Pasé algunos días obsesionado con la imagen sonriente de la joven, pues
recordaba que José había pronunciado aquel nombre una vez, casi entre sueños.
¿Se trataría de la misma persona? Mientras estudiaba, de cuando en cuando me
surgía el rostro de Elena, en suaves tonalidades sepia.
- ¿Quién es ella? –
le pregunté al taxidermista, nada más verle, aquella única mañana de junio en
que pude ir a visitarle.
José se quedó mirando la fotografía que le
había devuelto, confundido y casi diría que un tanto taciturno. Sus ojos azules
se oscurecieron, y un ligero temblor se apoderó de la mano con la que sostenía
el retrato.
- ¿De dónde la has
sacado? – inquirió, distraídamente, como si fuera imposible que hubiese llegado
a mi poder.
- Estaba entre las hojas de uno de los
manuales que me dejaste – respondí, muy atento a sus reacciones -. ¿Quién es?
- Elena… La única mujer a la que he amado, y
la única también que comprendió, antes que nadie, que yo era un genio. Ella lo
sabía aunque todavía mis piezas no eran más que un conjunto de pellejos sin
vida, que en ocasiones terminaban siendo presa fácil de la putrefacción…
El taxidermista
hablaba casi sin aliento, como si le costase trabajo respirar. No lograba
apartar sus pupilas de la fotografía, como si un fantasma invisible aguardara
en ella, oculto a todos salvo a su mirada. Percibí que con su dedo pulgar
acariciaba sutilmente el retrato, justo en la zona ocupada por la sonriente
joven.
- ¿Y qué fue de
ella?
- No lo sé. Al final se cansó de mí, de mis
rarezas, supongo… Un mal día desapareció, sin más.
José estaba
realmente abatido. Tenía la mirada nublada por el pasado. En una de sus manos
reposaba un fragmento de su vida del que seguramente hubiera preferido no
volver a tener noticias. Me arrepentí de haberle entregado la fotografía. Podía
haber disimulado, hacer como que no la había visto y haberla devuelto a su
acomodo en el manual. Pero la curiosidad había podido conmigo una vez más.
- Y ya no volviste
a enamorarte nunca… - apunté, intentando avanzar el tiempo, y dándole una
oportunidad para cambiar de tema.
- No, ya nunca más. Comprendí que había
perdido para siempre a la mujer de mis sueños, así de sencillo, y que la había
perdido definitivamente por mi culpa – dijo José, guardando la fotografía en el
interior de uno de los manuales -. No me quedaron ni ganas ni fuerzas para
fijarme en nadie más…
Pensé que mi maestro había tomado una decisión
demasiado radical, y que seguro que si lo hubiera pretendido con ahínco hubiera
sido capaz de encontrar a otra joven igual que aquella. Creí que en el abandono
de Elena había encontrado la excusa perfecta para encerrarse definitivamente en
si mismo.
- Era muy guapa.
Quizá podrías intentar localizarla y pedirle perdón. Nunca es tarde –
manifesté, con la ingenuidad que me caracterizaba.
El taxidermista me
lanzó una de sus enigmáticas sonrisas. Dio unos pasos y se acercó hasta la
piscina, y luego se llevó las manos a la cintura, con decisión.
- La semana que
viene limpiaremos la piscina, y ya podrás bañarte. Intenta aprobar todo y así
pasarás un buen verano. Verás que gusto poder darse un chapuzón tras las
clases.
Me sentí ofendido.
Estaba claro que no quería seguir hablando del asunto, pero consideré que había
mejores formas de hacérmelo saber. Ignorar mis palabras era una
desconsideración, cuando yo estaba tratando de ser cortés y de ayudarle. Mi
reacción de chiquillo fue seguir insistiendo.
- José, nunca es tarde…
Él se giró bruscamente. Su rostro se había
vuelto sombrío y parecía tremendamente enojado conmigo.
- Ya lo intenté una vez, y fue un error, ¿me
entiendes? Fue un tremendo error – dijo, tapándose el rostro con las
manos.Comprendí que su ira no se dirigía hacia mi persona, sino contra él
mismo. El taxidermista parecía tratar de enjugar el pasado con las palmas de
sus manos, pero el recuerdo era indeleble, y permanecía tras los párpados, tras
las pupilas, allá en el lugar más recóndito del cerebro. Me acerqué a él y le
tomé de un brazo con suavidad.
- Discúlpame.
Espero que puedas perdonarme – musité. José se irguió y comenzamos a caminar
juntos en dirección a la parte posterior de la casa, nuestra particular aula.
Se había recuperado y ya no había rastro de tristeza o disgusto. Su rostro
volvía a brillar y se mostraba ilusionado y alegre como un niño.
- Hoy te voy a
enseñar a manejar dos elementos importantísimos en nuestro oficio, pero que hay
que manejar con un tremendo cuidado. Si los utilizas con sabiduría tus obras
perdurarán, y se mantendrán tan hermosas como el día que las creaste.
- ¿Y qué elementos son? – pregunté, intrigado.
- El cianuro y el arsénico.
IX
Los exámenes
finalizaron y afortunadamente no sólo conseguí aprobar todas las asignaturas
sino que, además, obtuve una excelente calificación media, lo que me permitía
elegir con tranquilidad la carrera que se me antojase. Al terminar me sentía
exhausto y deseaba descansar y pasar un verano agradable, tres meses en los que
poder reflexionar con pausa acerca de mi inminente futuro. Aún así, mis padres
me atosigaban constantemente, haciéndome recomendaciones acerca de qué estudios
eran más oportunos, o invitándome a visitar a un buen amigo médico, abogado o
arquitecto que me daría buenos consejos. Yo, sin embargo, prefería seguir
acudiendo, casi en secreto, a la casa del taxidermista, y continuar con mi
formación de lujo.
El mes de julio
transcurrió casi en un instante. José me seguía dando lecciones, no sólo de
taxidermia, sino acerca de la vida, de los sueños, y de aprovechar el tiempo
que se nos ha dado al máximo. Filosofaba con la melancolía propia de aquellos
que intuyen que no les queda demasiado por vivir. Yo trataba de animarle, pero
él me decía que sólo mi presencia y mi afán por aprender ya le eran más que
suficientes. Pese a todo sabía que una gran pesadumbre le atenazaba, y se
notaba en la languidez de sus ademanes, o en el tono apagado de su voz por
momentos. De cuando en cuando regresaban los episodios en los que parecía dejar
este mundo, sumergiéndose en un pasado lejano y, posiblemente, quizá inventado.
Cuando volvía en si me miraba extrañado y confuso, aunque finalmente me
regalaba una amable sonrisa que yo recibía como una caricia.
Aquellos días
apacibles lo visitaba con mayor frecuencia, y a veces de manera súbita, sin
previo aviso. Cogía el autobús y me acercaba a su casa. Siempre me recibía con
alegría, y en determinadas ocasiones me quedaba a comer con él y con Adela, que
era una fantástica cocinera. En verano la vivienda se teñía de nuevos colores:
el verde y añil de la higuera, el azul celeste del agua de la piscina, el
blanco resplandeciente de la parte baja de la fachada, los rojos, amarillos y
rosados de los claveles cultivados en infinitos tiestos… Solía bañarme y me
tendía al sol, con los ojos cerrados, sintiendo el agradable calor del estío en
los párpados y la ligera brisa de la montaña acariciando mi piel húmeda. El
taxidermista me leía sentado en una butaca de lona; de vez en cuando se quedaba
dormido con un libro entre las manos. Creo que fue la época más feliz de mi
vida.
Uno de aquellos
días, a principios de agosto, me acerqué a la casa del taxidermista sin avisar.
Al llegar a la cancela enrejada la agité con fuerza, como el que pulsa un
timbre. No tardó en surgir la figura de Adela desde detrás de la casa, con sus
movimientos mecánicos y forzados. Me alegraba ver el rostro lozano y afable de
la mujer, por la que sentía un profundo y sincero cariño.
- Enrique, ¿cómo
hoy por aquí? Don José está en la ciudad. Tenían que hacerle una revisión
médica. Todos los años se la realizan por estas fechas – dijo Adela, algo
apurada.
Creí recordar que
el fin de semana anterior algo me había dicho el taxidermista al respecto, pero
no le había prestado demasiada atención. Negué con la cabeza, haciéndome un
reproche en silencio.
- Entonces será
mejor que me vuelva a casa – manifesté, resignado.
- Hombre, si lo prefieres, ya que estás aquí,
puedes pasar y darte un chapuzón. Luego si quieres te marchas o te quedas a
esperar a don José.
Acepté de buen
grado la invitación, porque no apetecía en absoluto tener que volver a bajar la
prolongada cuesta tan de inmediato. Estaba acalorado y sudoroso, y era seguro
que un baño no me iba a venir nada mal.
- Puedes cambiarte
en el interior, la primera habitación a la derecha. Está abierta – dijo Adela,
perdiéndose por un lateral de la casa, a continuar con lo que fuera que
estuviera haciendo.
Entré en la
vivienda un poco receloso. Hacía mucho que no pasaba dentro, y los temores que
tanto me habían asediado en el pasado regresaron como si nunca hubiera
conseguido en realidad zafarme de ellos. Me recibió la cabeza de venado que
tanto me gustaba. Allí seguía, señorial, impertérrita, desde su atalaya ubicada
a dos metros del suelo. Al llegar a la galería lo primero que hice fue pulsar
el interruptor que la inundaba de una tenue luz amarillenta. No era gran cosa,
la verdad, pero al menos mitigaba la lúgubre oscuridad que tanto estimulaba mi
imaginación. La primera puerta a la derecha estaba efectivamente abierta.
Descubrí para mi asombro que se trataba de la alcoba del taxidermista. Allí
estaba su cama a medio hacer, un gran armario con las puertas abiertas en el
que reposaba su ropa, una cómoda, un gran espejo que debía de medir más de un
metro y medio de alto, una percha de pie y dos mesitas de noche con sendas
lámparas. Todo en madera de elegante caoba. Las paredes estaban repletas de
fotografía y diplomas. En las primeras nunca aparecía José, solamente sus
mejores piezas, exhibidas en museos y en colecciones particulares; en los
segundos se recogían reconocimientos de distinta índole, y siempre figuraba el
mismo nombre inscrito con ostentosas tipografías: José Vaquerizo Yepes. Me
entretuve un buen rato analizando tanto los retratos como los diplomas,
fastuosamente enmarcados. Luego me puse el bañador, que llevaba en una bolsa
junto con un manual que me había prestado el taxidermista hacía unos días y que
como era costumbre había devorado en apenas unas horas. Decidí que, antes de
meterme en la piscina, lo mejor era devolverlo a su sitio, y venciendo mis
aprensiones me dirigí a la biblioteca. No tardé en reconocer el hueco que había
dejado el manual, y con sumo cuidado lo devolví a su lugar. Entonces, casi de
pasada, me topé con el ejemplar más preciado de todos los que poseía José:
“Manuel du Naturaliste Préparateur”, de Pierre Boitard. Lo tomé entre mis manos
con toda la delicadeza que me fue posible, sintiendo que tenía entre ellas una
obra excepcional, tanto como cualquiera de las excepcionales piezas que el
taxidermista había creado a lo largo de su vida. De súbito un papel se deslizó
de entre las hojas, yendo a parar al suelo. Tardé bastante en reaccionar, pues
pensé que se trataba de alguna de las páginas del libro, que se había
desprendido pese al cuidado con el que estaba tratando el ejemplar. Tras
recuperar el aliento, descubrí para mi agrado que se trataba de una fotografía
en blanco y negro: era un retrato muy cercano del rostro de una mujer, la misma
que sonreía junto a José en aquel lejano verano de 1943, Elena. Me pareció aún
más hermosa, y no me extrañó en absoluto que el taxidermista se hubiera
enamorado de ella. Pero, sin embargo, si en la anterior fotografía su rostro
resplandecía de felicidad en este reflejaba una profunda tristeza. Aquella
aflicción me contagió de una manera vertiginosa y sorprendente. Guiado por una
absurda intuición giré la fotografía y me topé con lo que esperaba: unas
palabras manuscritas.
«José, me marcho.
Lo he intentado todo, pero ya me he dado cuenta de que nada entre nosotros es
posible. Te quiero mucho, pero no deseo que me destruyas, que me arrastres en
tu desaforada carrera hacia el precipicio que tanto parece sugestionarte. Eres
un hombre excepcional, te ruego con toda mi alma que no malogres las virtudes
que la naturaleza te ha concedido. Adiós, amor mío».
Volví a darle la
vuelta al retrato y la joven me miraba estaba vez desde él con mayor
intensidad, y seguramente más afligida. Aquellas palabras ocultaban una
historia de amor y desencuentros que yo sabía se prolongaba hasta nuestros
días. Los ojos nublados del taxidermista así lo traslucían de cuando en cuando.
Pensé que la siguiente vez que estuviera con él le preguntaría al respecto,
pero de inmediato deseché la idea. No era de mi incumbencia. Además, había
transcurrido medio siglo y yo no era quién para avivar ahora las llamas. De
cualquier modo, y seguramente guiado por un espíritu investigador recién
inaugurado, decidí que era el día apropiado para internarme en el desván,
protegido por la ausencia de José y por los quehaceres de Adela. Aferrado con fuerza
al libro de Boitard de 1825, entre cuyas páginas había depositado nuevamente la
fotografía de Elena, salí al pasillo en busca de la última puerta de la
izquierda, justo antes de pasar al inmenso salón. Recordé el rostro sombrío del
taxidermista la única vez que lo había visto surgir de allí y sentí un ligero
desasosiego que no impidió que mis pies siguieran avanzando. Abrí la puerta muy
despacio, como si alguien en la casa pudiera escucharme y recriminar mi
actitud, o como si al otro lado de la puerta pudiera haber una persona
durmiendo a la que, bajo ningún concepto, debía despertar. No encontré ningún
interruptor en aquella estancia, y hube de conformarme con mantener la puerta
abierta y que la débil luz de la galería inundara pausadamente la habitación.
Cuando mis pupilas se acostumbraron a las penumbras descubrí cuatro paredes
lisas, sin nada colgado de ellas, y nada más. No había ni muebles ni ninguna
otra cosa, salvo una ventana doblemente clausurada por una persiana primero y
por unas cortinas después. Al fondo a la derecha se abría el hueco de la
escalera que conducía al altillo. Casi a tiendas llegué hasta el primer
escalón. Allí la oscuridad era total, y tenía que subir casi intuyendo cada
peldaño, y agitando torpemente las manos delante de mí. Ascendí muy lentamente,
recordando que en mi pesadilla en un momento dado se hacía un poco de luz,
gracias a la claraboya de la fachada. Aunque no estaba demasiado asustado, un
ligero temblor se apoderó de mis piernas, y en más de una ocasión estuve a punto
de caer rodando escaleras abajo por culpa de mi titubeante caminar. También
sentía algo de ansiedad, pues de alguna forma sospechaba que estaba muy cerca
de revelar algún extraño secreto del taxidermista. Me imaginaba el desván
poblado de animales disecados, en un zoológico petrificado y difunto y, al
mismo tiempo, inundado de vida. Quería descubrir qué piezas se había reservado
para sí el genio que con tanto tino había inundado el mundo con su arte.
También presagiaba que los mejores libros, y quizá sus propios apuntes,
estarían allí escondidos, en el fondo de algún baúl o disimulados entre otros
ejemplares de menor valía. Pero todas aquellas ilusiones y conjeturas se vieron
cercenadas de golpe: al final de la escalera había una puerta cerrada con llave.
Tuve que regresar con la moral rota y con una sensación de apremio estresante.
Para mayor desgracia nada más alcanzar la galería me encontré con Adela, muy
extrañada.
- ¿Qué hacías,
Enrique? – inquirió, sin maldad ni ánimo de reproche alguno.
- Estaba… Me he confundido, quería entrar en
la biblioteca y por error me he metido en esta habitación – tartamudeé.
- La biblioteca de libros antiguos es ésa –
dijo Adela con naturalidad, señalando la puerta que yo sabía conducía a los
libros y manuales más valiosos del taxidermista -, y la de los más modernos
está ahí – apuntó, indicándome la puerta de enfrente.
- Vaya… vaya despiste el mío.
- He venido porque he pasado junto a la
piscina y me ha extrañado no verte en ella. Además, como sé que no te gusta
mucho el interior de la casa pues he pensado que a lo peor te había dado un
pasmo – dijo la mujer, socarrona, guiñándome un ojo y dándome un empujoncito.
- No, si ya me iba a la piscina, pero antes
quería devolverle a José este manual que me prestó – repliqué, mostrando el
libro de Boitard.
- Pues entonces, si todo está bien, yo sigo
con lo mío. No todos tenemos la suerte de disfrutar de unas vacaciones de tres
meses – apuntó Adela, a modo de queja con un fondo de velada censura.
Esperé a que la
mujer se hubiera perdido en dirección a la cocina y, en un nuevo arrebato de
vesania, corrí hasta la alcoba y oculté el libro de Boitard entre mis
pertenencias. Luego fui a darme un baño breve y tomé el sol unos diez minutos,
el tiempo justo para que la piel se secase. Regresé nuevamente al dormitorio de
José y me enfundé la ropa lo más rápidamente posible y fui a despedirme de
Adela. Ella trató de convencerme para que me quedase a comer, pero yo inventé
una excusa peregrina y huí como un ladronzuelo de poca monta, como un estafador
de ancianas. Arrastré la vergüenza hasta mi casa, y no pude mirar a los ojos a
mis padres, pasando delante de ellos como un relámpago y esbozando un saludo.
Pero ya en la confortable seguridad de mi cuarto, cerrada la puerta con
pestillo, me dediqué con deleite a disfrutar de los dos botines que había
obtenido con mi horrendo crimen: el manual de taxidermia de Boitard en su
primera edición francesa y la fotografía de Elena con sus dramáticas palabras
de despedida. Analicé ambos por espacio de cinco horas, hasta que la tarde
comenzó a caer y mis padres llamaron preocupados con los nudillos a mi puerta.
Entonces rompí a llorar y comprendí que acababa de matar para siempre al niño
inocente que hasta entonces había anidado en mí.
X
El remordimiento
tiene una sombra alargada y oscura que acaba tiñendo de inmundicia todo lo que
toca. Jamás había imaginado, hasta entonces, cómo un acto irreflexivo y
espontáneo puede apoderarse de nuestra mente y someterla a la más cruel
tortura. Quizá habrá algunos que considerarán mi crimen un hecho banal, en
comparación con otros delitos de mayor enjundia, pero creo que la condena
interior a la que se ve sometida una persona que ha transgredido el orden moral
tiene más que ver con su interpretación del acto cometido que con la valoración
general que del mismo pueda hacer la sociedad. En la soledad íntima de uno
mismo, de la mente subordinada al silencio, los pensamientos fluyen de forma
libre e involuntaria, y es en ese momento en el que surge el verdadero yo que
llevamos dentro. Mi yo verdadero me atormentaba constantemente, pero mi orgullo
adolescente me impedía acabar con ese correctivo de una forma tajante. Me
sentía incapaz de ir a casa del taxidermista, a pedirle disculpas y a
devolverle sus pertenencias. Era preferible mantener el escarnio interno a
cambio de sustentar una pueril honradez de cara a los demás, tras un manto
invisible de mentiras y apariencias. Alguno incluso pensará que a este proceso
se le denomina madurar, y sin embargo yo prefiero calificarlo como una especie
de embrutecimiento.
Tardé tres semanas
en regresar a la casa del taxidermista, después del infame episodio del libro.
Cuando lo hice intenté, con bastante éxito, simular una cordial normalidad,
ensayada durante días.
- Te he echado de
menos – me dijo José, nada más verme. Estaba junto a la higuera, recogiendo
algunos frutos.
- He estado de viaje con mis padres – mentí,
porque aunque era cierto que mis progenitores se habían escapado unos días a
París yo había optado por quedarme solo en casa.
- Espero que no hayas olvidado nada de lo que
te he enseñado. Ahora es cuando vas a tener que afrontar los retos más
ambiciosos – expuso el taxidermista, que hablaba sin mirarme, entretenido con
su tarea recolectora.
- Están más en mi mente que nunca. He tenido
tiempo para reflexionar – apunté, tratando de resultar amable.
José se giró y me dirigió la mirada por
primera vez. Sus ojos ocultaban una palabra por decir, un pensamiento que le
rondaba la cabeza pero que sujetaba con fuerza para que no abandonase los
seguros confines de su mente. Me tendió con amabilidad un canastillo repleto de
higos maduros.
- Ya te comenté hace meses que en agosto
estarían en su punto. Coge uno, son magníficos.Para no importunarlo, y con tal
de no resultar descortés, tomé uno de los higos y me lo comí, aunque no me
apetecía en absoluto. Me sentía como Blancanieves en el cuento, aunque quizá en
una curiosa versión disléxica: aunque José me ofrecía un fruto él era el
personaje bueno, disfrazado de anciano, y yo la bruja, embozado en el cuerpo de
un adolescente con pinta de no haber roto un plato en su vida.
- Están deliciosos
– dije, sinceramente, tras saborear el primer mordisco.
- Ya te lo adelanté – susurró el taxidermista,
echando a andar en dirección a la parte posterior de la vivienda, lugar en el
que se hallaba nuestro particular paraninfo.
Aquella mañana
abordamos asuntos como las modernas técnicas conservantes, pues aunque eran
menospreciadas por José consideraba que yo tenía que conocerlas. Él se
decantaba por las más tradicionales, muchas utilizadas hacía más de cien años,
aunque conllevasen un cierto peligro, al hacer uso de determinados elementos de
elevada toxicidad. Así el arsénico, los sulfuros y el cianuro dieron paso al
bórax, las sales de cromo o los sulfatos de aluminio. Al cabo de una hora, y
justo cuando ya me había relajado completamente, y mis sentidos estaban
entregados íntegramente al estudio de la taxidermia, José detuvo su diatriba y
me clavó los ojos.
- ¿Sabes?, hará
veinte días alguien robó el manual de Boitard de mi biblioteca – me espetó,
frunciendo el ceño.
- No puede ser… - acerté a articular,
desprevenido y pasmado.
- Es terrible…
- ¿Cómo ha podido ser? – inquirí, con un
cinismo rayano en lo insultante.
El taxidermista seguía con sus ojos fijos en
los míos, y yo casi ni podía parpadear. Notaba la sangre acumulándose
lentamente en mis mejillas, y el pulso acelerándose, golpeando mi cabeza en
oleadas cada vez más consecutivas. Pese a todo, creo que mi imagen externa no
revelaba demasiado mi culpabilidad. Hasta tal punto me había vuelto frío y
calculador.
- No tengo la menor
idea. Creo que fue el día que bajé a la ciudad a pasar una revisión médica
rutinaria. Ese día Adela estaba sola, y quizá…
Los pensamientos se
apelotonaban en mi mente, y casi era imposible ordenarlos. Después de aquella
suposición tenía que reaccionar con rapidez, ser capaz de amoldarme a la
situación como lo hubiera hecho alguien inocente. Lo terrible es que el cerebro
que se sabe culpable jamás reacciona igual que el del inocente, y el
delincuente debe de contar con la complicidad de su interlocutor, o al menos
con su falta de pericia. Yo confiaba en la inexperiencia de José en el ámbito
de la investigación como herramienta principal para salvarme.
- Ya… Creo que ese
fue el último día que vine, justo antes de iniciar las vacaciones con mis
padres. No estabas, es cierto. Me di un baño, tomé un rato el sol y luego me
marché – dije, no teniendo muy claro si Adela le habría informado de mi visita.
- ¿Y sucedió algo extraño?
- No te entiendo – respondí, aturdido.
- No sé, sonó la campanilla, por ejemplo.
Viste que alguien entrara en la casa.
- ¡No! Además, como te he dicho, apenas pasé
una hora aquí. No estabas, pero ya que había venido y estaba sudando pues me
refresqué.
José dejó de mirarme, para mi alivio. Se
recostó ligeramente en la silla, mesándose el cabello al tiempo que echaba la
cabeza hacia atrás.- Entraría alguna persona. Adela desde la cocina apenas
puede escuchar la campanilla, y seguro que alguien aprovechó mi ausencia para
cometer el robo. Pero, es tan extraño…
- ¿Extraño?
- Sí. Casi nadie sabe que tengo una
biblioteca, y mucho menos que poseo el manual de Boitard. Es un libro que
apenas tiene valor comercial. Sin embargo, para cualquier amante del arte de la
disecación es toda una joya. ¿Por qué iba a usurparme el ladrón únicamente ese
ejemplar? Los hay mucho más costosos, pero… Creo que se trata de una persona de
mi entorno, alguien que desea hacerme daño o que admira tanto ese libro como yo
mismo.
El taxidermista
siguió contemplando el cielo, de un azul casi etéreo en aquella mañana estival.
Hablaba como lo hubiera podido hacer Poirot comentando los detalles de alguna
indagación con su buen amigo Hastings, es decir, excluyéndome absoluta y
claramente del grupo de los posibles sospechosos. Pero yo sabía que estaba ante
un hombre extremadamente inteligente, y que por tanto aquella aparente
cordialidad podía deberse a una calculada estrategia para desenmascararme.
- En estos casos
creo que lo mejor es hacer una lista con los nombres de los posibles culpables,
y luego comenzar a descartarlos uno a uno – reflexioné en voz alta.
- Tienes razón – dijo José, incorporándose y
caminando hacia donde me encontraba.
- He leído mucho a Agatha Christie – dije,
atenazado por los nervios.
El taxidermista se
detuvo a mi altura y me dio un par de golpecitos en el hombro, como sopesando
alguna cosa. Luego siguió caminando en dirección a la puerta trasera de la
vivienda, la que daba paso a la cocina.
- Pero, ¿sabes una
cosa? – inquirió, dándome la espalda.
- No – respondí, aguardando cualquier
posibilidad, y temiendo especialmente alguna de ellas.
- Que no haré nada. Ya estoy viejo para
andarme metiendo en líos. Creo que esperaré, y seguramente cualquier día el
libro regresará a su estantería, igual que se fue. Así de sencillo.
Pensé que ahora sí
que hablaba conmigo, que se dirigía a mí de una forma velada que él sabía yo
iba a captar de inmediato. Es más, estaba completamente seguro de que esas
palabras sólo tenían una intención: darme la posibilidad de devolver lo que no
era mío sin necesidad de dar explicaciones o de hacer frente a escenas
humillantes.
- Pero la mayoría de las veces la vida no es
tan simple – musité, en
la misma línea de
crípticos mensajes.
- Estoy muy cansado, y creo que voy a
descansar un rato. Vuelve
la semana que viene y seguimos con las clases.
Creo que por hoy los
dos ya hemos tenido suficiente – dijo, antes
de desaparecer.
Los días que
siguieron apenas tuve tiempo para cavilar acerca de otra cosa que no fuera mi
futuro académico. Debía decantarme por una de las carreras que menos me
disgustaba y formular mi inscripción en la correspondiente universidad.
Cualquiera pensará que se trata de una intolerable frivolidad, pero fue el
método más plausible que pasó por mi mente en aquel momento: decidí mi futuro
tirando un dado al aire de seis caras. Tres carreras tenían asignados un par de
números cada una: arquitectura, derecho y económicas. Esta última fue la que el
azar me asignó, y yo consecuentemente me amoldé a sus designios.
- Es una decisión
magnífica – me dijo mi padre, nada más hacerle partícipe de la noticia.
- Bueno… - repliqué yo, sin mucho afán.
- Nada, nada. Vamos a ir a celebrarlo con tu
madre. Elige un buen restaurante, el que prefieras. Se nota que has
reflexionado con fundamento – sentenció mi padre, lleno de orgullo.
Aún recuerdo el
rostro desencantado y taciturno de José cuando le trasladé la resolución que
había adoptado. A partir de ese instante el tiempo se deformó, se hizo
elástico, y los segundos se alargaron hasta casi convertirse en minutos.
Cualquier movimiento que se hiciera en derredor mío tenía yo la capacidad de
analizarlo con pausa.
- Tienes una edad
en la que cada decisión cuenta, y creo que ya eres lo suficientemente maduro
como para sopesar las cosas por ti mismo, sin necesidad de ayuda externa – dijo
el taxidermista, con la voz apagada y cansina.
- No te ha gustado, ¿verdad?
- No lo sé. Sólo el tiempo lo dirá, ¿sabes?
Sinceramente, hoy sólo estoy molesto por puro egoísmo, una clase de egoísmo
necio y negativo que me ha acompañado desde mis primeros días. De modo que es
mejor que no me hagas demasiado caso…
Llegó septiembre y
con él regresaron las lluvias y las brisas húmedas y frías de levante. Los días
se acortaban y parecía como si una de aquellas tormentas de final de verano
amenazase no ya a la ciudad sino concretamente a mí, a toda mi existencia futura.
En lugar de disfrutar de mis últimas horas de asueto antes de asumir el reto de
entrar en la universidad, me encerraba en casa y desde la ventana de mi cuarto
contemplaba la agonía del estío y los primeros pasos del otoño embrionario. De
cuando en cuando lloraba, incapaz de sujetar con fuerza las amarras de la barca
en la que tenían que navegar mis sueños y que la marea arrastraba hacia el
océano sin mí.
- No soy ejemplo
para nadie, Enrique. Pero al menos puedo decir que no me dejé arrastrar,
¿sabes? Dejarse llevar por la vida es algo tan humano como respirar, hace falta
ser consciente de quién es uno mismo y de qué es lo que desea para evitarlo –
me dijo José, sentado sobre el borde de una tumba, una tarde encapotada de
finales de septiembre.
- Comprendo – musité yo, con cierta
resignación.
- Eso es lo que no tengo tan claro. Creo que
en realidad no lo entiendes, y que quizá tardes algunos años en hacerlo. Y es
una pena…
El taxidermista me
llevó una mañana por fin al cementerio. Yo había tenido que vencer mis miedos,
y la verdad es que una vez en el camposanto desaparecieron de súbito. Estábamos
los dos solos en el pequeño cementerio de un pueblo situado a diez kilómetros
de una mediana ciudad. Había llegado el otoño y nubes oscuras se apelotonaban
sobre nuestras cabezas amenazando tormenta.
- Todavía estoy a
tiempo de rectificar. Cuatro años no son nada, y soy muy joven. Puedo
equivocarme – dije yo con suficiencia, y teniendo muy claro que José me
reprochaba que iniciase los estudios de económicas, aparcando el arte de la
taxidermia para más adelante.
- Este de aquí pensaba lo mismo que tú – dijo
José, golpeando con la palma de su mano el sepulcro de mármol en el que se
hallaba. Yo estaba de pie, pues me parecía poco respetuoso para con los
difuntos siquiera tocar las sepulturas -, quizá hasta el último suspiro. Sólo
entonces comprendió.
El taxidermista
hablaba con dificultad, pesadamente, y como en otras ocasiones le costaba
dirigirme la mirada. El viento que se iba animando, anunciando la lluvia,
agitaba su cabellera blanca.
- Necesito tener
unos estudios que me den seguridad. Cuando los haya terminado podré dedicarme a
lo que quiera – expuse, y casi creí reconocer la voz de mis padres en la mía
propia.
- Yo me las sé de memoria, pero te sugiero que
te des una vuelta por aquí – dijo él, señalando con su dedo índice en todas
direcciones – y te dediques un rato a leer con atención las lápidas. Si lo
haces, descubrirás cientos de sueños rotos. Enrique, para mí sería fácil
animarte con tus estudios, pero no estaría haciendo lo correcto. Eres tan
joven, y tienes tantas posibilidades. He deseado reconocerme en ti con
cincuenta años menos…
- Y no lo has conseguido – sentencié, algo
irritado.
- No te enfades. Pienso que si vas postergando
tus anhelos será muy difícil que llegues un día a alcanzarlos. Los sueños no
esperan por nosotros, tenemos que ir en busca de ellos desde ya. Luego será
tarde, y quizá te arrepientas.
Notaba cómo en mi
interior iba creciendo una piedra incandescente que aglutinaba la rabia y la
desazón que sentía ante mi inmediato futuro. José no hacía otra cosa que
situarme frente a un espejo y mostrarme sin tapujos ni ambages mi cobardía, mi
rendición y, por último, mi derrota. Yo lo estaba comenzando a odiar por ello.
- ¡Qué sueños! –
exclamé, iracundo -. ¿Acaso piensas que quiero ser como tú? ¿No se te ha pasado
por la cabeza que me pueda gustar estudiar economía? ¿No has pensado que a lo
mejor la taxidermia es para mí sólo un hobby al que siempre le podré dedicar un
rato?
El taxidermista no me replicó. Se incorporó
con lentitud y dirigió la mirada al cielo mientras se limpiaba los pantalones
con las manos.- Será mejor que regresemos. Va a comenzar a llover con fuerza en
cualquier instante.
- Sí – dije, lacónico, mirando también al
cielo.
Mientras
caminábamos de vuelta a la vivienda sentí un profundo alivio. Quería pedir
perdón a José por haberme mostrado tan taxativo y colérico, pero no veía el
momento. Deseaba explicarle que no era tan sencillo decirle a mis padres que no
quería estudiar ninguna carrera, ni económicas ni ninguna otra, y que lo que de
verdad deseaba con todas mis fuerzas, con toda mi alma, era dedicarme a disecar
animales. Jamás se lo dije.
Cuando llegamos
Adela nos estaba esperando en la puerta, nerviosa y un poco enojada. Ambos
entendimos que debía de llevar allí al menos media hora aguardando nuestro
regreso.
- ¡Está usted loco, don José! ¿A quién se le
ocurre con este tiempo?Y su salud…
- Te ruego Adela que no me trates como a un
chiquillo – dijo el
taxidermista, casi en un suspiro.
- Pues en ese caso no se comporte como tal –
continuó la buena
mujer, regañándole.
Nada más entrar en
la casa comenzó a llover de manera violenta. Nos refugiamos en el amplio salón,
donde Adela ya había encendido la chimenea para que la estancia estuviese a una
temperatura agradable.
- Será mejor que llames a casa y avises de que
te quedas a comer. No creas que te voy a dejar salir con este tiempo – me dijo
la mujer.Yo me limité a asentir, mientras le lanzaba una cómplice sonrisa a
José, que ya había tomado asiento junto a la lumbre. Adela se marchó a
prepararnos un reparador caldo caliente antes del almuerzo.
- Tiene razón. Ni
yo estoy para estos trotes ni tú puedes regresar a casa mientras dure el
chaparrón.
- ¿Qué significa eso de tú salud? Tienes la
salud de un roble.
- No es cierto. Me muero, Enrique – dijo el
taxidermista con sequedad, hipnotizado por el baile de las llamas.
Tardé en asimilar
aquella información, espetada de una manera tan abrupta. Me resultaba imposible
aceptar que el hombre por el que sentía tan profunda admiración fuera a
morirse. De un plumazo desapareció mi reciente disgusto.
- Pero… no puede
ser.
- Sí. Tengo cáncer. Me dan, como se suele
decir, un año de vida, dos a lo sumo. Tienes que alejarte de mí… Sinceramente
pienso que voy a empezar a ser una mala influencia.
En las palabras de
José no había ni resentimiento ni autocompasión. Sencillamente había llegado a
una conclusión y me trasladaba sus reflexiones sin más. Lo terrible era que lo
hacía con tanta frialdad que uno en el fondo llegaba a dudar de si no estaría
bromeando.
- Yo no voy a
alejarme de ti – dije, tratando de sujetar el nudo que amenazaba con romperse y
desatar un llanto desbocado e infantil.
- Lo ibas a hacer de todos modos. Digamos que
prefiero ser yo el que aparezca como culpable. Concédeme esa licencia –
manifestó el taxidermista, en un tono que estaba a medio camino entre la
súplica y el cinismo.
Me acerqué a él y le tomé con suavidad por el
brazo. Sentí su pulso cansino y apagado, y el calor de la chimenea sofocándome
las mejillas.- Sabes que eso no es cierto…
- Por favor, te ruego que no me compadezcas.
Estamos hablando como dos adultos. Mira este cuerpo mío, decrépito, apenas una
vaga falsificación del que antaño fui. Es justo que llegue al final de mis
días, ¿no crees?
- ¡No! – grité con todas mis fuerzas, con toda
la rabia acumulada en aquella tarde aciaga, con todo el resentimiento hacia mis
padres y con todo el dolor de asumir que en verdad el hombre que tenía ante mí
y al que yo idolatraba iba a morirse.
Salí corriendo como
un rapaz y alcancé en un instante el camino mal asfaltado. Bajé la cuesta a la
velocidad de luz, sintiendo la lluvia en el rostro y las lágrimas inundándome
los ojos. Quería desaparecer, fundirme con la tormenta y no tener que enfrentarme
a la vida nunca más. Repetía en mi cabeza una y otra vez una sola palabra: no.
No, no y no. Y era un no infinito, cuyo significado no alcanzaba sólo al hecho
de la negación de la muerte, sino a casi todo lo que rodeaba mi existencia.
Nunca más volví a ver al taxidermista. XI
Durante días
permanecí encerrado en mi cuarto. No tenía ganas de hablar de nada ni con
nadie. Mis padres estaban preocupados, aunque en el fondo creían que me estaba
preparando para iniciar la universidad con un alto grado de concentración y
motivación. Trataba de leer pero no conseguía mantener la atención cinco
minutos seguidos. En mi cabeza se apelotonaban los pensamientos a docenas, y
resultaba imposible ponerlos en orden o, lo que era peor, eliminar aquellos que
me hacían más daño.
Solía quedarme
mirando un corcho desgastado con el paso del tiempo, de aproximadamente un
metro por sesenta centímetros, en el que tenía clavadas con alfileres veinte
preciosas libélulas de color azul. Hacía años que no cazaba ninguna. Todas
procedían de la época en que lo hacía, en la niñez. Había llegado a tener casi
un centenar, aunque mi madre me había obligado finalmente a realizar una cruel
selección que me costó un trabajo enorme. Me quedé sólo con las azules. Allí
estaban, inmóviles, detenidas artificialmente en un vuelo sin destino. Seguían
siendo hermosas a pesar de estar muertas. Al menos tenía la posibilidad de
poder contemplarlas. Había sido capaz de vencer a la naturaleza, que las
hubiera destruido para siempre, confundiéndolas de manera infame con la tierra
y las plantas.
Cuando salía lo
hacía para dar breves paseos, caminando pesadamente, arrastrando un dolor
incierto que me lastraba y que, aunque invisible, ocupaba todo el espacio que
dejaba a mis espaldas. Ansiaba controlar mi tiempo de la misma manera que había
sido capaz de hacerlo con el tiempo de aquellas libélulas. De repente el mundo
se desdibujaba y me veía avanzando por un largo pasillo. A un lado y a otro del
mismo cientos de piezas disecadas en exposición. Eran las obras que intuía
jamás iba a realizar y que llegaban en volandas para asediar mi imaginación.
A finales del mes de octubre, ya iniciado el
curso académico, recibí la llamada telefónica de Adela:- Enrique, ¿no vas a
venir ya nunca?
- ¿Por qué dices eso? – replicaba yo, con una
desfachatez que aún hoy sigo sin explicarme.
- Hace muchos días que no lo haces, y la
verdad es que los dos te echamos de menos.
La mujer no deseaba
que la compadeciese, e intentaba hablarme sin sentimentalismos, aunque le
costaba a horrores. Yo notaba mis entrañas frías como el acero, y sólo deseaba
ser amable y dejar de escuchar su voz.
- Es que ahora ando
bastante liado. Acabo de empezar las clases en la universidad y me está
costando – mentí.
- Don José dice que ya no vas a volver nunca,
y que es así como él lo prefiere…
Noté al otro lado
de la línea un sollozo apagado, casi inaudible. De inmediato sonó un carraspeo
que trataba de anular cualquier interpretación que yo pudiera hacer del
anterior gimoteo.
- Adela, te aseguro que volveremos a vernos –
sentencié.
- Aquí te estaremos esperando – replicó ella,
antes de colgar.Me quedé cerca de diez minutos con el auricular en la mano, con
el tono de línea cortada de fondo. Confundido con el repetitivo chirrido creí
seguir escuchando el breve lamento de Adela. El acero que se había adueñado de
mis tripas se fue deshaciendo lentamente, y así fueron surgiendo el miedo, la
compasión y el afecto. No sabía por qué, pero estaba claro que me estaba
convirtiendo en un monstruo. Asistía como un espectador a aquella transformación,
como si nada pudiera hacer por evitarlo.
Dos semanas después
de la llamada, en un arranque de melancolía y rabia, cogí el autobús que me
dejaba junto a la cuesta que conducía a la casa del taxidermista. El conductor
me reconoció de inmediato.
- ¡Cuánto tiempo
sin verte por aquí! – exclamó, intentando resultar agradable.
- He estado ocupado – le dije, sin demasiada
convicción.
- Ocupado, ocupado… Uno siempre elige en qué
ocupa su tiempo – musitó el conductor, sin mayor afán, aunque a mí sus palabras
me sonaron especialmente filosóficas y trascendentales. Subí la cuesta y casi
creí estar ocupando el espacio pretérito de cuando lo había hecho por vez
primera. Sentía mi cuerpo desplazando al cuerpo que un año antes había
ascendido con cierto resquemor en dirección al cementerio y a las altas
montañas. Las casas a los lados del camino mal asfaltado seguían
misteriosamente vacías, sin vida, disecadas para la posteridad en callada
armonía. Llegué a la puerta enrejada y sentí mis piernas temblorosas y mi
respiración agitada. Pasé una hora observando, atento a cualquier detalle o
movimiento. Cayó una hoja de la higuera sobre el agua de la piscina, de la que
apenas podía atisbar una esquina, pues la casa me la tapaba. Me imaginé su
superficie ya teñida de suciedad y soportando la decadencia que el otoño iba
generando sobre ella. En ese momento pude comprender al taxidermista, y qué le impulsaba
a no limpiar la piscina más que en verano. Allí podía ver la parte más oscura
de su alma, aquella que todos tratamos de ocultar al resto de la humanidad. Yo,
sin saberlo, había comenzado a pintar mi retrato, como Dorian Gray. En ese
instante me daba perfecta cuenta de ello. No sabía dónde, pero en algún lugar
estaría el cuadro en el que el paso del tiempo iría dejando huella de las
porquerías que mis comportamientos iban engendrando.
Me aparté con sumo
cuidado de la cancela, para evitar hacer sonar la campanilla, y regresé a la
ciudad con la sensación de haber recibido mi última clase sin que al
taxidermista le hubiera hecho falta pronunciar una sola palabra.
XII
Hace falta ir
cumpliendo años para saber hasta qué punto una persona ha dejado un poso en
nuestra alma. Hace falta también, seguramente, alejarse de ella para valorarla
y para encontrarla en lo más profundo y escondido de nuestro propio ser.
A lo largo de diez
largos años no recibí noticias del taxidermista. Tampoco hice esfuerzo alguno
por contactar con él. Al finalizar con éxito mis estudios universitarios acepté
una oferta en otra ciudad, más grande, alejada casi quinientos kilómetros de la
mía. De vez en cuando regresaba a casa para ver a los amigos y a la familia,
aunque básicamente por navidad y en las vacaciones de verano. Me había
acostumbrado a ir sepultando mi origen, en todos los sentidos, bajo toneladas y
toneladas de mentiras. Había ido amoldando un pasado a mis intereses, y tanto
me había esforzado en aquella tarea que incluso llegaba a confundir la ficción
con la realidad.
- Nunca hemos
estado en Nueva York los tres juntos… - decía mi madre, cuando yo soltaba
delante de ella alguna de mis sandeces inventadas.
- ¿No? – inquiría, sorprendido, pero
recordando que a ella y a mi padre eran a los únicos que no podía engañar.
- Te confundes. Fuimos los dos solos y tú te
quedaste con la abuela. ¿Cómo no lo recuerdas? Ya eras bastante mayorcito…
Y claro que me
acordaba, me acordaba de todo perfectamente. El problema es que yo deseaba que
mi pasado fuera distinto y el cambio de urbe me había permitido desarrollar uno
que si bien no era falso en su totalidad sí que estaba convenientemente
deformado. Dentro de aquellas distorsiones voluntarias se encontraba José:
jamás lo había conocido, nunca había estado en casa de un taxidermista y
muchísimo menos había sentido pasión por un oficio tan estrambótico y peculiar.
En el fondo no era José lo que me avergonzaba, ni tan siquiera mi pasada
devoción por la disecación de animales, lo que no soportaba era asumir mi
derrota, mi claudicación sin lucha ni resistencia frente a los
convencionalismos que impone la sociedad. Lo que deseaba negar con toda mi alma
era que había traicionado a mis sueños. El taxidermista los representaba,
aunque no sólo eso, también era la personificación de que alcanzarlos es
posible, de que la sociedad no es tan determinante y hay un amplio margen de
acción que queda de nuestro lado. Si de verdad estamos dispuestos a luchar.
Me había convertido
en un afamado economista, y ocupaba un cargo importante en una conocida entidad
financiera. Además, escribía libros sobre finanzas y daba charlas y
conferencias en las más prestigiosas escuelas de negocios del país. Era un
hombre de provecho, ganaba mucho dinero y mis padres se sentían orgullosos,
aunque también algo culpables. Y no es algo que yo infiera motu proprio, sino
que en cierta ocasión mi padre había tenido la humildad de abordar el asunto.
- ¿Y no has pensado
dedicarte a la taxidermia, ahora que ya estás bien posicionado, que puedes
permitirte algún año sabático? – me preguntó, en un hilo de voz, casi como el
que no quiere la cosa.
Yo me quedé
mirándolo muy sorprendido. Jamás hubiera esperado de él aquella pregunta, y
mucho menos tantos años después. Mi mano derecha comenzó a temblar, y tuve que
sujetarla con fuerza con la izquierda para no delatar mi nerviosismo. Mi padre,
sin embargo, tenía los ojos clavados en el suelo, y parecía apesadumbrado y
triste.
- ¡Por favor, papá!
Aquello eran niñerías de adolescente. Hace mucho tiempo… Fíjate, casi me había
olvidado de que alguna vez había querido ser taxidermista. ¿Qué ocurrencia,
verdad? – respondí, esquivo, mezquino, mentiroso, vencido…
Mi padre alzó la
mirada y me observó. Tenía las pupilas contraídas, como las de José cuando se
inyectaba morfina, y acuosas. Se golpeó las rodillas, como dándose ánimos.
- Siempre he
querido lo mejor para ti. Te lo juro. Aunque ahora, no sé… Creo que hubo
algunas cosas que no hice bien. Enrique, quiero que me perdones. Quiero que le
des un abrazo a tu padre y sepas perdonarlo – musitó mi padre, encogido en su
viejo sillón como un niño desvalido y torpe.
- No digas tonterías, no tengo nada que
perdonarte, ¿entiendes? Siempre has sido un magnífico padre – le dije, mientras
lo abrazaba y sentía en mis brazos la cálida humedad de sus lágrimas.
Cuando empezamos a
negarnos dejamos de ser niños, abandonamos nuestra esencia y nos confundimos
con una jauría bastante uniforme a la que llamamos sociedad moderna. Yo era uno
de sus más aventajados chacales.
De cuando en cuando
visitaba algún museo de historia natural ubicado en alguna de las grandes
capitales del mundo y sentía que una profunda melancolía me sobrecogía.
Regresaba a mi hotel con la imagen fija de cualquiera de las piezas disecadas
que había contemplado y me imaginaba a José trabajando en su casa sobre ella,
al aire libre, como el día en que me había mostrado cómo preservar una pequeña
codorniz. Por la noche no podía evitar soñar con sus profundos ojos azules y
con su sonrisa enigmática y embaucadora. Me hablaba en sueños, pero yo no podía
escuchar su voz, y tan sólo asistía impotente al movimiento sordo de sus
labios.
Una tarde de
finales de septiembre recibí una llamada. Era una voz amiga, aunque me costó
reconocerla. Sonaba envejecida y rota por el paso de tiempo.
- Enrique, perdona que te moleste. Tus padres
me han dado este teléfono…Era Adela, resucitada de entre los restos de un
naufragio inmenso denominado pasado. En la anestesiada placidez de mi nueva
vida sus palabras resonaron como el estallido de un trueno, pase a que hablaba
casi suspirando, casi sin fuerzas.
- ¡Adela! – exclamé, verdaderamente contento y
emocionado -. Qué gran sorpresa, hacía tanto tiempo que no hablaba contigo…
Al otro lado de la línea no se escuchó
absolutamente nada, y por un instante llegué a pensar que se había cortado la
comunicación.
- Enrique… Dijiste que vendrías… Te estuvimos
esperando, tanto tiempo…Ya no era la mujer arrolladora y de modales algo rudos
que había conocido. Aunque no la tenía delante, podía apreciar que los años se
habían cebado con ella y que ahora tenía que ser una de esas ancianitas que se
mueven con dificultad y que apenas pueden valerse por sí mismas. Me sentí
groseramente culpable y ruin.
- Lo sé, y lo
cierto es que no hay disculpa alguna. Lo siento, Adela, de verdad que lo
siento.
- No te atormentes. Da lo mismo, ahora ya da
igual. Seguro que tendrías tus razones – dijo ella, sin un ápice de
resentimiento, dirigiéndose a mí del mismo modo en que lo haría una madre, que
todo lo perdona en un hijo.
- ¿Y cómo es que me has llamado? – inquirí,
dicharachero, intentando recobrar la complicidad que nos había unido una década
antes.
Otra vez se abrió
un silencio entre ambos. Quizá más prolongado, seguramente más incómodo y
mohíno. Era un silencio que permitía conjugar en su seno millones de
especulaciones.
- Tengo que
entregarte algo. Tengo algo que te pertenece y estoy encargada de asegurarme de
que llega hasta tus manos – musitó Adela, ahora un poco más decidida, aunque
críptica.
- No te comprendo bien – repliqué, aunque
sintiendo que un abismo se configuraba bajo mis pies. Ahora estaba en el aire,
a punto de caer sin remisión en un vacío que no tenía nada de físico aunque sí
mucho de espiritual, un precipicio emocional que sólo podía conducir hacia el
desorden de todas las cosas.
- Enrique – susurró ella, hablándome con un
infinito cariño -, don José ha muerto.
XIII
La muerte es
imprevisible. Es un acontecimiento que no conoce de fechas ni oportunidades,
que hace oídos sordos a las peculiares circunstancias de cada uno. La muerte no
espera ni hace concesiones, y tampoco se amolda al gusto particular de los
seres vivos que pueblan este planeta. Aunque la muerte puede también ser citada
antes de tiempo, y quizá se muestre compasiva y acceda a nuestras pretensiones.
Sólo quizá.
Regresé a mi ciudad
en tren, pues no deseaba agotarme conduciendo. Lo recuerdo perfectamente porque
fue un viaje infinito en el que tuve tiempo de pensar en millones de cosas.
Sobre todo pensé en el taxidermista, aunque también en mi propia existencia, en
lo que se había convertido mi vida y en lo lejos que me encontraba de mis
anhelos adolescentes. Viajé sentado junto a la ventana, con la mejilla apoyada
contra el frío cristal. A una velocidad trepidante fueron pasando ante a mis
ojos ciudades, pueblos y paisajes todos distintos, todos iguales. Creí
reconocerme en los ojos de un niño que aguardaba a su tren en los andenes de
una estación. Sí, era exactamente ese niño que me observaba con detenimiento y
casi con un algo de espanto: era capaz de descubrir a través de mis pupilas que
yo había asesinado mi ilusión.
Fue a recogerme mi
padre, que parecía más viejo que nunca. Conforme yo había ido creciendo él
parecía haberse ido encogiendo, hasta convertirse en una amable esencia del
hombre que antaño fue.
- Murió de cáncer,
¿verdad? – inquirió mi padre, al que hablar de la muerte cada vez le resultaba
más corriente.
- No. Llevaba enfermo muchos años, pero no
falleció por culpa del cáncer. Lo encontraron junto a la piscina. Fue una
sobredosis de morfina.
- ¿Morfina?
- Sí, se la recetaban para aliviar el dolor –
mentí, eludiendo tener que dar un sinfín de incómodas explicaciones.
- Seguramente estaría cansado de vivir en esas
condiciones. Pobre hombre… ¿Cuándo es el funeral? A tu madre y a mí nos
gustaría acompañarte. Al fin y al cabo, aunque nunca llegamos a conocerlo, ese
hombre formó parte de nuestras vidas durante todo un año. No queremos que estés
solo.
Me mordí el labio inferior. Dejé pasar
voluntariamente unos segundos, cavilando acerca de qué era más apropiado
decir.- El funeral ya se ha celebrado.
- ¿Cómo? – mi padre me miró, muy sorprendido
-. Entonces, ¿a qué has venido?
- Me ha dejado algunas cosas en herencia –
respondí, secamente.
Mi padre asintió
con la cabeza. Me llevaba a casa conduciendo muy despacio, como sólo lo hacen
los hombres que ya han olvidado el significado de la palabra prisa y que
seguramente se dan cuenta de que malditos los años de su vida durante los que
se han visto sometidos a ella.
- Vaya…
Interesante. ¿Sabes qué?
- No tengo ni idea. Mañana he quedado con la
mujer que lo asistía para que me las entregue.
- ¿Deseas que te acompañemos? – insistió mi
padre, que no sabía cómo estar a mi lado, ahora que el último rescoldo de lo
que había sido la lumbre de mis aspiraciones se había extinguido para siempre.
- No, prefiero ir solo. Muchas gracias, papá.
Aquella noche no
pude pegar ojo. Metido en la misma cama que me había visto crecer, rodeado de
los mismos muebles, cuadros y pósters de mi adolescencia, creía haber viajado
sorpresivamente en el tiempo. No era la madrugada de un miércoles en verdad,
era la de un viernes de hacía diez años. A la mañana siguiente sería sábado y
yo tomaría un autobús a las doce que me conduciría hasta la casa del
taxidermista. Una bruma ligeramente luminosa invadió la habitación, como la
niebla que se aferraba a las montañas, junto al cementerio, en los días de
lluvia. Cuando amaneció yo ya no era un hombre, sino un chaval con apenas
dieciséis años.
Mi padre me dejó su
coche y recuerdo lo extraño que me sentí subiendo la cuesta que me era tan
familiar en el interior de un vehículo. Siempre la había recorrido a pie. El
tiempo la había transformado también a ella. Ahora estaba perfectamente
asfaltada y lujosas y animadas urbanizaciones de adosados se prolongaban a un
lado y a otro. Sólo quedaban algunos chalés independientes, vetustos y con
cierto abolengo, en la zona más alta, junto al camposanto. Aparqué frente a la
puerta enrejada, que seguía conservando la pintura verde, aunque se apreciaban
numerosos desconchones en los que había crecido la herrumbre como una mala
yerba. La fachada de la casa se había vuelto más oscura y apagada, como una
fotografía que el tiempo se hubiera encargado de ir eclipsando. Para mi
tristeza, no había rastro ni de la campanilla ni de la placa del taxidermista.
Sólo pude esbozar una sonrisa cuando apareció Adela desde un lateral de la
vivienda, tendiéndome los brazos.
- Enrique, qué alegría volver a verte. Estás
hecho todo un hombre. Han pasado tantos años…Abracé a la mujer y sentí su
cuerpo anguloso y duro. Había adelgazado mucho, y se le había encorvado
ligeramente el cuello. Su rostro había sido invadido por un ejército de arrugas
y manchas que aunque no la afeaban sí transmitían una cierta sensación de
asumida derrota.
- Adela, ya te dije que volveríamos a vernos –
dije estúpidamente.La mujer no me contestó. Hurgó pesadamente en un bolsito que
llevaba colgado de un brazo y luego me entregó un sobre azul que había sacado
del mismo.
- Esta es tu
herencia – manifestó con una sequedad que me desconcertó. Su mirada se había
vuelto de súbito dura y fría. Aunque no lo esperaba, bien pensado la suya era
una actitud completamente justificable.
Tomé el sobre entre
mis manos y lo rasgué con delicadeza. Dentro encontré sólo tres cosas: un talón
por una apreciable suma a mi nombre firmado por el taxidermista (lo que
indicaba premeditación absoluta), una carta manuscrita y una pequeña llave.
- ¿Qué significa
todo esto? – inquirí, inseguro y nervioso.
- No lo sé. No he leído la carta. A mí no me
escribió nada – dijo Adela, un poco dolida -. Somos los únicos herederos, tú y
yo. Todo lo demás me lo ha dejado a mí – añadió, aunque en su voz pude apreciar
que eso era algo que le traía sin cuidado.
- ¿Venderás la casa o seguirás viviendo en
ella?
- Ni lo uno ni lo otro – contestó, sin añadir
ni un solo detalle más.
Extraje la
llavecita del sobre y se la mostré, encogiéndome de hombros. La Adela que tenía
frente a mí era apenas un reflejo deformado de la mujer que vagaba en los
recuerdos de mi mente.
- ¿Sabes qué abre esta llave?Ella volvió a
recuperar durante unos breves segundos la expresión dulce con la que solía
mirarme cuando yo sólo era un crío. Fue apenas un espejismo.
- Lo sé, aunque
preferiría no decírtelo – replicó, con cierta reserva.
- No te comprendo.
- A mí me ha dejado la casa, pero no todo lo
que hay en ella. Tuyos son todos los libros de su biblioteca y…
Adela se giró hacia
la fachada sin terminar la frase. De espaldas a mí, con el vestido negro que
cubría su cuerpo menudo, parecía una de esas viudas que se pasan el día rezando
en misa, renunciando a un presente todavía aprovechable a cambio de un pasado
imposible de recuperar.
- ¿Y? – musité, en un respetuoso tono.
La mujer volvió a encararme. Su rostro
mostraba una honda preocupación y un leve resquemor.
- Esa llave abre la puerta del altillo. Todo
lo que hay en él también te lo legó.Me sentí henchido de orgullo y culpable al
mismo tiempo. El hombre al que había abandonado y olvidado, después de haberle
profesado una profunda admiración y haber recibido sus generosas clases, no
sólo se había acordado de mí en su testamento, sino que además me había
terminado donando sus más adoradas pertenencias: sus libros y sus mejores
piezas. Una ansiedad casi golosa me recorrió el cuerpo.
- Me siento muy honrado, Adela – dije, con
algo de jactancia.
- Ya no se lo podrás agradecer – apuntó ella,
lanzándome un
golpe bajo para el
que no estaba preparado -. Pero da lo mismo ahora. Enrique, deseo pedirte un
favor. Te ruego que me hagas un favor personal – suplicó, cogiéndome las manos
e inclinándose.
- ¿Qué favor? –
inquirí, perplejo y un poco incómodo con la situación.
- Tira esa llave lejos, vete al monte y
lánzala desde lo alto de una montaña, y olvídate de ella para siempre.
No comprendí nada.
Adela estaba casi de rodillas frente a mí, y sus ojos ya marchitos me
observaban como lo hubieran hecho los de un reo condenado a muerte a su
verdugo, todavía aferrado a un hilo de esperanza.
- Pero eso es
imposible. Eso sería tanto como querer destruir su legado. ¿Por qué me pides
que haga tal cosa?
- Sólo te lo suplico…
Tiré de los brazos de Adela para ayudarla a
incorporarse. Sentí su cuerpo liviano, casi sin peso, ceder mansamente a mi
voluntad.
- Al menos dame un motivo sólido para hacerlo
– dije, intentando resultar razonable, aunque para nada dispuesto a ceder.
La mujer se separó de mí y comenzó a andar
hacia la cancela. Lo hizo agotada y taciturna.- La casa está abierta, y así
seguirá durante una semana. Tienes tiempo más que suficiente para sacar de ella
lo que te pertenece. Después nunca más te volveré a dejar entrar – me espetó,
antes de perderse por la cuesta, camino abajo.
- ¡Adela! – exclamé, en un último y vago
intento por razonar con ella.
Todavía algo
turbado, extraje la carta del sobre que contenía el talón y la llavecita y me
fui a leerla junto a la piscina. Aquel era el lugar en el que el taxidermista
había encontrado voluntariamente la muerte y yo deseaba recibir sus últimas
palabras en el mismo sitio que él había elegido para ir a morir.
«Enrique, cuando leas esta carta probablemente
yo ya haya alcanzado mi último objetivo y ya jamás tengamos la oportunidad de
volver a hablar.Te he dejado algún dinero porque no tengo la menor idea de cómo
te va en la vida, y quizá te sirva de ayuda, a lo mejor gracias a él llegues a
reconsiderar qué es lo que verdaderamente importa en esta nuestra existencia
finita.
Te dejo en herencia
también todos mis libros y mi colección de piezas, esa que nunca llegué a
mostrarte. Sé que sabrás cuidarla y valorarla como nadie. Te ruego que
completes la biblioteca, me gustaría que la conservaras con todos sus
ejemplares juntos, tal y como yo la tenía.
Enrique, por favor,
jamás me juzgues con dureza. Me he entregado a lo largo de la vida a una
pasión, a un arte que me ha superado con mucho, y gracias al cual trascenderé,
más allá de los límites de este cuerpo carcomido por los años. Pero sólo
quedará mi nombre. Pronto no seré más que polvo que arrastrará el viento. Adela
ya está mayor y únicamente tú en el mundo podrás guardar memoria del hombre que
fui, de las cosas que dije, de qué me impulsaba a vivir…
Eres un ser excepcional, y me congratulo de
haber tenido el honor de conocerte. Jamás olvides tus sueños. Nunca me olvides
tampoco a mí.
José Vaquerizo Yepes».La carta se escurrió
entre mis manos pálidas y trémulas y fue a parar a la superficie del agua, que
rápidamente empapó el papel y emborronó la tinta. Aquella piscina parecía
querer engullir y hacer desaparecer para siempre cualquier vestigio del
taxidermista: primero segando su vida y luego desdibujando sus últimas
palabras. Traté de alcanzar el papel, y a punto estuve de caer al agua en el
intento, pero ya se hallaba fuera de mi alcance, y se confundía con la suciedad
que ya comenzaba a acumularse y que probablemente ya nadie se ocuparía de
limpiar.
Guardé la pequeña
llave y el talón en uno de los bolsillos de mi chaqueta y salí de la casa en
busca del coche. Caminé muy despacio, sintiendo la voz del taxidermista
retumbando en mi cerebro, recordándome una y otra vez que no lo echara en el
olvido, ahora que ya casi nadie lo podría mantener sujeto entre la memoria
difusa y caprichosa de los vivos.
Antes de cerrar la cancela me giré para
contemplar la fachada de la vivienda. La visión pronto se nubló, pues las
lágrimas se empecinaban en crear una bruma obcecada y triste entre mis pupilas
y el marchito frontis. Regresaría al día siguiente para volver a contemplarla,
porque antes de entrar nuevamente en la casa tenía que cumplir con el deseo que
había expresado el taxidermista en su postrera misiva.
XIV
Allí estaba, en la
biblioteca, entre los numerosos libros que el taxidermista me había legado,
sosteniendo entre mis manos uno, el que faltaba para completarla: la edición
original de 1825 del manual de Boitard. José siempre había sabido que yo era el
que se lo había usurpado, y a pesar de todo nunca me lo había reprochado
abiertamente. Deposité el tomo con suavidad en el lugar que siempre había
ocupado, eché un vistazo a la que ya había pasado a ser mi colección y salí
nuevamente a la galería.
Me sentía embargado
por la emoción. Al fin iba a tener acceso a las mejores piezas del
taxidermista, y además me pertenecían por voluntad propia y última de su
creador. Tenía en mi mente sus apreciaciones acerca de los halagos que yo había
dedicado a la cabeza de venado de la entrada, advirtiéndome que ni con mucho se
aproximaba aquella a la pureza y grandeza de las que tenía en el desván.
También recordaba que permitirme acceder al altillo era una especie de
recompensa, de reconocimiento máximo que yo tenía que ganarme. En aquel
instante dudaba de los méritos que me adornaban para hacerme merecedor de tal
privilegio.
Accedí a la
estancia que ya conocía, de la vez única que había intentado en vano visitar el
altillo, y que seguía tan desolada y sombría como en el pasado. Con una
lentitud parsimoniosa comencé a subir los peldaños de la escalera que conducía
a la planta superior. Aferré con fuerza la pequeña llave, temiendo que se me
fuera a escapar y perderse en aquel instante mágico y tan esperado. La profunda
oscuridad me obligaba a ir de escalón en escalón, tanteando con la puntera de
mis zapatos cada uno de ellos, hasta que finalmente me topé con la puerta.
Introduje la llave torpemente en la cerradura, que cedió de una forma brusca y
repentina, como impulsada por un resorte. Una bocanada de aire húmedo y viciado
procedente del altillo me sacudió el rostro. Sentí el olor penetrante del
alcanfor y de otros conservantes que mi olfato no logró identificar.
De repente
regresaron a mi cabeza las inquietantes pesadillas que acerca de aquel lugar me
habían asediado en la adolescencia. Pese a estar seguro de que me encontraba
solo en la casa, creí escuchar unos pasos muy medidos sobre el artesonado. De
inmediato un pavor irracional e infantil se apoderó de todo mi ser,
paralizándome. Alcé lentamente los ojos, que hasta ese momento había tenido
clavados en la cerradura de la puerta, y poco a poco fui acostumbrando mis
pupilas a la penumbra, levemente rasgada por un haz de luz que sabía procedía
del pequeño ventanuco que había visto tantas veces en la fachada. Frente a mí
se abría un estrecho pasillo, en el que se confundían sombras de diferente
forma y tamaño. Al principio las percibí como una amenaza y a punto estuve de
darme la vuelta y salir corriendo escaleras abajo, olvidando para siempre el
deseo que me había guiado hasta allí. Afortunadamente supe vencer al miedo y al
instinto y paulatinamente aquellas espectacular exposición dispuestos unos
sobre otros, sin armonía, dejados al azar, formando un extraño conjunto
estática. Había quebrantahuesos, lobos, ardillas, un excepcional oso pardo…
Recorrí el pasillo con los ojos alucinados, maravillado y abrumado ante tanta
belleza. A cada una de las incontables piezas dediqué al menos un par de
minutos de deleitosa contemplación: las acariciaba, escudriñaba el gesto que el
taxidermista había elegido para detenerlas en el tiempo, admiraba sus miradas
penetrantes y al acecho. Fascinado, casi creí desmayarme, inundados mis sentidos
por una colección tan extraordinaria que seguro despertaría las envidias de
cualquiera de los mejores museos del mundo de ciencias naturales. Me imaginaba
a José volcado sobre ellas, dedicándoles incontables horas, desplegando su arte
inigualable, la suma perfección que sólo los genios son capaces de ungir sobre
sus creaciones. El pasillo doblaba hacia la izquierda, internándose en una
nueva galería en la que se apelmazaban nuevas piezas. Creí perder el sentido al
descubrir un magnífico ejemplar de lince ibérico que yacía postrado en actitud
serena, como descansando tras una larga jornada de caza. Tenía la cabeza
ladeada y parecía mirarme con languidez e indiferencia, como si su agotamiento
estuviera por encima de la segura amenaza de un ser humano. Me acerqué a él y
rocé su piel con respeto. Otros mamíferos singulares se disputaban el angosto
espacio: jinetas, muflones, jabalíes, comadrejas, musarañas, garduñas, lirones,
nutrias, zorros… Era un espectáculo increíble y maravilloso, que inundaba mis
pupilas de una belleza tan extraordinaria que aún hoy siguen atrapándola, y que
considero la mantendrán atrapada hasta el fin de mis días.
sombras fueron transformándose en una de
animales maravillosamente disecados,
de fauna aparentemente águilas reales, buitres
viva y salvaje, aunqueleonados, lechuzas, Al llegar al final del pasillo creí
volver a escuchar nuevamente unos pasos, no muy lejos de donde me encontraba,
al otro lado de la pared que conformaban los animales dispuestos unos junto a
otros, desde el suelo hasta el techo. Giré hacia la derecha con el corazón
batiéndome en el pecho como una pieza de motor desbocada. La nueva galería
acababa justo en la zona de la fachada en la que estaba ubicada la claraboya.
La luz me cegó momentáneamente la mirada, y avancé asustado con la cabeza gacha
y los párpados semicerrados. A ambos lados del pasillo no había ni una sola
pieza, en su lugar el taxidermista había colocado cientos de capullos de rosa
secos. Al fin alcé la vista y lo que descubrí me dejó horrorizado y anonadado.
Una mujer se hallaba sentada sobre una silla, con el aire distraído del que se
encuentra en paz consigo mismo. Iba vestida con un magnífico vestido negro,
sencillo y elegante, que resaltaba la palidez de su piel blanca y aparentemente
tersa. Leía un libro, que sujetaba de manera indolente con la mano derecha.
Apoyaba el mentón levemente en la izquierda, que mostraba unos dedos
estilizados y cuidados, rematados por unas uñas nacaradas. Uno no sabía si leía
en realidad o bien miraba al frente de soslayo, simulando un desinterés forzado
y perfectamente estudiado. Tenía el pelo negro recogido atrás en una coleta
infantil que se desplegaba sobre uno de sus hombros. El escote del vestido
aunque discreto permitía admirar el cuello alargado, de piel fina y tensa, y
los huesos de las clavículas, levemente voluptuosos. Los ojos, de un profundo
color castaño, tenían la vivacidad de una hermosa joven de apenas veinte años.
Un calor intenso y desasosegante fue creciendo en mis entrañas. Reconocí al
instante aquel bello rostro, adormecido hasta el infinito por la muerte. Aunque
el blanco y negro de las fotografías de medio siglo atrás no hacían justicia al
delicado encanto de la muchacha que tenía frente a mí, sabía perfectamente de
quién se trataba. Era la obra más abominable y genial que jamás había visto y
que nunca llegaré a contemplar. Era la creación de un maestro sin igual y de un
engendro también sin parangón. Sin duda, era el cuerpo disecado de Elena el que
tenía ante mis ojos, el que llevaba allí aguardándome, anticipándose en mis
pesadillas más terribles, desde hacía diez largos años.
XV
Salí corriendo de
la vivienda, olvidando los libros, olvidando aquellas piezas maravillosas que
ya me pertenecían, tratando de olvidar que alguna vez en la vida había admirado
y venerado al hombre que había sido capaz de cometer un acto tan horrendo. En mi
mente una sola imagen: el rostro de Elena. En mi cabeza sólo unas palabras: la
postrera e inútil súplica de la buena de Adela.
Llegué a casa de
mis padres sudoroso y descompuesto. Traté en vano de ocultar mi honda
preocupación y mi estado de inquietud. Aunque mis progenitores advirtieron que
algo no marchaba bien no revelé la terrible causa que provocaba mi desasosiego.
Pasé tres días encerrado en mi habitación, asediado por miles de escalofriantes
preguntas que no obtenían respuesta: ¿Cómo era posible? ¿Había matado José a
Elena, o sencillamente la había embalsamado una vez muerta esta de forma
natural? ¿Por qué se habían distanciado? ¿Qué se escondía realmente tras la
despedida que Elena había escrito en el reverso de la fotografía que hallé en
el manual de Boitard? También me angustiaban, a mi pesar, otras cuestiones, de
carácter casi técnico: ¿De qué forma había logrado el taxidermista disecar a un
ser humano de una manera tan perfecta? ¿Cómo había logrado conservar la fina y
delicada piel de la muchacha? ¿Qué había pretendido entregándome la llavecita?
En varias ocasiones
estuve tentado de intentar contactar con Adela, de cambiar impresiones con ella
y de decidir qué hacer de manera conjunta. Pero al final opté por no hacer
nada. Pasaron los días y me imaginé la casa de José clausurada para siempre: sin
nadie que cuidara los árboles y las flores, sin nadie que limpiase el agua de
la piscina, con los libros olvidados para siempre en sus anaqueles, con las
piezas disecadas marchitándose lentamente acosadas por los gusanos y los
insectos, con el cuerpo de Elena descomponiéndose sin remedio. Imaginé todo el
universo personal del taxidermista pudriéndose tras la frontera de un vallado
de color verde, como una prolongación efímera del cementerio que descansaba a
sólo unos metros de distancia. Nunca regresé a la casa, intentando escapar de
la segura decadencia de aquel mundo que pronto no sería más que un bosquejo en
el tiempo. Abandoné mi trabajo y retomé mi pasión por la taxidermia. La suma
que José me dejó en herencia me permite vivir desahogadamente y entregarme al
que ha sido mi único sueño en la vida. Lo hago de una manera pausada, sin
agobios, deleitándome con cada encargo, sin prisa alguna. Lo algo de la forma
en que le hubiera gustado al taxidermista. Cada vez que concluyo una pieza
pienso que él me mira orgulloso desde algún lugar indeterminado.
Es ahora que Adela
ha fallecido también cuando me he decidido a escribir este relato. Lo
necesitaba. Han pasado sólo tres años pero he alcanzado una meritoria
reputación en este arte casi olvidado y singular que pocos comprenden y que
menos comparten. De cuando en cuando asisto de incógnito a alguna exposición en
la que se halla alguna de mis piezas y observo a los visitantes alucinados
admirándolas. Eso me reconforta, y siento que estoy haciendo algo importante.
Quizá alguno de los animales que diseco pronto estará extinguido, y eso es algo
terrible, pero al menos quedará mi obra para perpetuarlo en el tiempo, para que
otros que lleguen después de mí lo vean y sepan que hubo una vez que existió,
que tuvo vida y que inundó con su belleza este planeta.
Este relato sea
seguramente mi manera de embalsamar para la posteridad a José Vaquerizo Yepes,
y también una forma de expiación de sus pecados y de los míos. He conocido a
muchas personas desde su muerte, pero a nadie tan excepcional y brillante. A
nadie que me haya tratado tampoco con tanta generosidad y profundo respeto.
A los pocos meses
de la muerte del taxidermista estuve a punto de olvidarlo todo, de regresar a
la ciudad en la que me había hecho un profesional de las finanzas y volver a
escalar posiciones en ese campo. A punto estuve de olvidarme a mí mismo para
ser suplantado por otro creado artificialmente. Recuerdo la tarde en que todo
cambió. Estaba en mi habitación atormentándome, con el rostro disecado de Elena
fijo en la mente. Entonces miré el corcho en el que tenía clavadas un puñado de
libélulas azules desde la infancia: lo cogí y lo lancé con rabia desde el
balcón. Luego estuve casi una hora llorando. Cuando al fin me decidí a salir a
tomar un poco el aire y despejarme me topé en la calle, junto al portal, con
las libélulas secas, muertas, desprendidas del corcho y de sus alfileres. Sentí
nauseas y un odio infinito hacia mi propia persona. De repente se levantó un
ligero viento que alzó las libélulas y las arrastró hacia el cielo. Durante
algunos segundos me pareció verlas volar nuevamente, alejarse hacia la libertad,
hasta perderse de mi vista. En ese instante comprendí al taxidermista, en ese
momento decidí que nadie debe nunca renunciar a los sueños que le empujan a
seguir viviendo con ilusión.

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