/* ELIMINACIÓN DE TEXTOS RESIDUALES EN EL MENÚ */ .label-size, .label-name, .label-count, .cloud-label-widget-content, .label-wrapper, .label-item, .label-head, .label-list, .feed-link, .show-more, .status-msg-wrap { display: none !important; visibility: hidden !important; height: 0 !important; font-size: 0 !important; /* Mata el texto aunque el contenedor no cierre */ margin: 0 !important; padding: 0 !important; } /* SI ES PUBLICIDAD DE ADSENSE MAL UBICADA */ ins.adsbygoogle[data-ad-status="unfilled"], .google-auto-placed { display: none !important; } /* ====== FORMATO FIJO PARA ENTRADAS ====== */ /* Títulos */ h1 { font-size: 2.2em; font-weight: bold; text-align: center; margin: 25px 0; color: #d32f2f; } h2 { font-size: 1.8em; font-weight: bold; margin: 20px 0; color: #333333; } h3 { font-size: 1.4em; font-weight: bold; margin: 15px 0; color: #555555; } /* Texto */ p { margin-bottom: 15px !important; line-height: 1.6; } strong { font-weight: bold; color: #002060; } em { font-style: italic; color: #444444; } /* Imágenes */ img { max-width: 100%; height: auto; display: block; margin: 15px auto; border-radius: 5px; /* opcional */ }

Menú

Slider

Libros Más Recientes

EMANCIPACIÓN DE YOUTUBE, OTRA MANERA DE VER LA ACTUALIDAD

Libros Más Leídos

Libro N° 13972. El Hermano Jacob. Eliot, George.

 


© Libro N° 13972. El Hermano Jacob. Eliot, George.  Emancipación. Junio 21 de 2025

  

Título Original: © El Hermano Jacob. George Eliot

 

Versión Original: © El Hermano Jacob. George Eliot

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://www.perlego.com/es/book/2559757/el-hermano-jacob-pdf

 

Licencia Creative Commons:

Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la fuente.

La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.  

Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores

No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales

No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.

Fondo:

https://i.pinimg.com/736x/84/69/dd/8469dd0f5e59b6a035ccc0525c6e2cc3.jpg

 

Portada E.O. de Imagen:

https://img.perlego.com/book-covers/2559757/9788490656358_300_450.webp

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

      

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL HERMANO JACOB

George Eliot

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Hermano Jacob

George Eliot

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                                                                            

 

 

 

 En la literatura inglesa del siglo XIX, uno de los grandes nombres masculinos, George Eliot, ocultaba a una mujer, Mary Ann Evans, inteligente, brillante y demasiado moderna para su época, la victoriana. Eliot descolló en la prosa y, tras una primera etapa algo romántica, hacia 1860 realizó una serie de obras de gran entidad literaria.

Precisamente de ese año es esta novela titulada El hermano Jacob. En ella se muestra la ambición de David Faux, que roba a su madre para marcharse a América a hacer fortuna, pero ve entorpecidos sus planes por su hermano Jacob, un retrasado mental que le pone en serios apuros. Éste es el hecho desencadenante de una novelita que supera la sátira costumbrista con finalidad moral para convertirse en un ejercicio literario de altura con un retrato muy certero de los personajes. Una joya de lectura rápida pero imprescindible.

 

 

 

 

George Eliot

 

 

 

 

 

 

NOTAL AL TEXTO

George Eliot escribió Hermano Jacob en 1860, un año después que El Velo Alzado y casi al mismo tiempo que la novela Silas Marner. Apareció por primera vez de forma anónima, en las páginas de Cornhill Magazine en 1864, y posteriormente fue reunida a instancias de la autora, en un mismo volumen junto con las dos obras mencionadas en la llamada Cabinet Edition de 1878. Sobre el texto de esta edición se basa la presente traducción.

 

 

Trompeurs, c’est pour vous que j’ecris,

attendez

vous a la pareille

 

LA FONTAINE

 

 

 

 

 

CAPÍTULO I

Entre las múltiples fatalidades que pueden acompañar a la flor del deseo juvenil tal vez no se haya tomado en suficiente consideración la de optar ciegamente por la dedicación profesional a la pastelería. Cómo podría saber el hijo de un pequeño propietario rural británico, alimentado con tocino y bolitas de masa, que el estómago humano llega a saciarse alguna vez, incluso cuando se halla en un paraíso de frascos de cristal llenos de peladillas y confites de color de rosa, y que el tedio vital puede alcanzar grados extremos en los que los bollos de ciruela a discreción pierden todo atractivo. Y cómo va a prever, a la tierna edad en que un confitero le parece un auténtico príncipe al que todo, el mundo debe envidiar -que desayuna mostachones, come merengues, cena roscones y llena las horas intermedias con azúcar cande o caramelitos de menta-, el día en que tome triste conciencia y advierta que la profesión de pastelero carece de influencia social y no es la más propicia para una ambición pujante. Conocí a un hombre, el cual resultó tener talento metafísico, que en pleno optimismo juvenil había emprendido inconscientemente una carrera como profesor de baile, y podrá imaginar el lector el uso que de este error inicial hicieron sus adversarios, que se sintieron obligados a advertir a las gentes contra su doctrina de lo Inconcebible. No pudo el hombre dejar de dar clases de baile porque con ellas se ganaba el pan, y la metafísica no le habría dado ni para la sal de la hogaza. Exactamente lo mismo sucedió con David Faux y el negocio de la pastelería. Su tío, mayordomo de la gran casa cercana a Brigford, se encariñó con él desde la primera infancia y, precisamente con ocasión de una visita a su tío, bastó un día para que las confiterías de esa brillante ciudad estimularan la tierna imaginación del muchacho. David regresó a casa con la grata ilusión de que un pastelero tenía que ser, a un tiempo, el más feliz y el más destacado de los hombres, puesto que las cosas que hacía no sólo eran las más hermosas de contemplar sino las mejores para comer, y personajes como el mismo alcalde encargaban siempre grandes cantidades para su placer personal; así que, cuando su padre declaró que debía buscar oficio, David escogió profesión sin vacilar un momento y, con una impetuosidad producto de la golosinería, se entregó a la pastelería de manera irrevocable. Sin embargo, no tardó en perder la afición por lo dulce y se tornó indiferente; y mientras tanto fue conociendo cosas nuevas y su ambición tomó nuevas formas, que difícilmente podían colmarse en el ámbito que su juvenil ardor había escogido. Pero ¿qué podía hacer? Era un joven de gran actividad mental y, por encima de todo, dotado de ingenio; pero sus facultades no parecían destacar gran cosa en ningún otro medio que en el del azúcar cande, las conservas y la repostería. Dígase lo que se quiera sobre la identidad del proceso de razonamiento en todas las ramas del pensamiento, o sobre las ventajas de abordar sin prejuicios el equilibrio entre mantequilla y harina, así como del calor que debe aplicarse a la repostería: lo cierto es que no es ésa la mejor manera de prepararse para el puesto de primer ministro; además, dada la imperfecta organización de la sociedad actual, existen las barreras sociales. David podía inventar pastelillos deliciosos y tenía una amplia visión de la cuestión azucarera; pero en otros sentidos cargaba, sin duda, con el lastre de la falta de conocimientos y de capacidad práctica, y el mundo está organizado de manera tan inconveniente que la vaga conciencia de ser un individuo magnífico no es garantía de éxito en ninguna empresa.

Esta dificultad se imponía con cierta insistencia sobre David Faux, incluso cuando todavía era aprendiz. Su alma se henchía de la impaciente sensación de que debía llegar a ser alguien importante; de que, en su caso, se descartaba por completo la posibilidad de tener que aceptar un destino mezquino, tal como hacían otros hombres: desdeñaba la idea de resignarse a seguir en la media. Estaba convencido de que nada en él lo aproximaba al tipo medio: incluso una persona como la señora Tibbits, la lavandera, se daba cuenta, y probablemente prefería su ropa a la de los demás. En aquella época, se dedicaba a pesar galletitas de jengibre; pero aquella anomalía no podía continuar. Ninguna situación que no fuera agradable en grado sumo para la carne y halagadora para el espíritu podía ser buena para David Faux. Si le hubiera tocado en suerte vivir tiempos como los actuales y hubiera gozado de las ventajas de un Instituto de Mecánica , sin duda habría elegido la literatura y se habría dedicado a escribir reseñas; pero no había recibido una educación humanista. Había leído algunas novelas de la biblioteca de préstamo cercana, e incluso había comprado la historia de Inkle y Yarico  que le había hecho sentir mucha pena por el pobre señor Inkle; de manera que sus ideas tal vez no se desdijeran de una vocación literaria; pero su ortografía y su dicción eran excesivamente poco convencionales.

Cuando un hombre no es apreciado adecuadamente en su país o no se encuentra cómodo en él, sus pensamientos tienden a buscar, de manera natural, climas extranjeros; y la imaginación de David no cesaba de girar en torno a los confines de sus conocimientos geográficos, buscando un país en el que un joven caballero de tez pálida, boca sin labios y cabello corto y grueso pudiera ser recibido con el hospitalario entusiasmo que tenía derecho a esperar. Dado que tenía la idea de que América era un continente con mayoría de población negra, le pareció el destino más propicio para un inmigrante que, para empezar, poseía el notorio y fácilmente reconocible mérito de la blancura; y esta idea fue tomando posesión de él con tanta fuerza que Satán aprovechó la oportunidad para sugerirle que podría emigrar en circunstancias más cómodas si se hacía con un poco de dinero de la caja de su patrón. Pero este espíritu maligno, cuyo entendimiento ha sido, a mi entender, sobreestimado en muchas ocasiones, en ésta le hizo perder el tiempo. Sin duda, a David le habría gustado tener algún dinero de su amo en el bolsillo, si hubiera estado seguro de que el amo sería el único en sufrir las consecuencias; pero era un joven prudente y estaba decidido a no correr riesgos por cuenta propia. De manera que siguió en su puesto durante todo el aprendizaje sin incurrir en ninguna falta de honradez que pudiera ser descubierta, y postergó el plan de emigrar a una ocasión futura. Y las circunstancias en las que lo llevó acabo fueron las siguientes. Tras pasar en casa un par de semanas compartiendo el pan familiar, empleó el tiempo libre en evaluar un hecho que, para él, era de extrema importancia: a saber, que su madre tenía una pequeña cantidad de guineas ahorradas con esfuerzo, producto de las ganancias extraordinarias recibidas cuando era doncella, y que las guardaba en el rincón de un cajón, donde su ajuar infantil llevaba veinte años, desde que su hijo David empezara a andar, con una vaga promesa de llegar a ser patizambo que no se había cumplido por entero. Faux padre había dicho a su hijo con franqueza que no esperara de él que lo introdujera en el mundo de los negocios: dado que tenía siete hijos y uno de ellos era un idiota muy sano y bien desarrollado que consumía a diario masas de unas ocho pulgadas de diámetro, mucho sería si a su muerte heredaban cien por cabeza. En esas circunstancias, ¿qué podía hacer David? Sin duda, era una situación difícil la de verse obligado a coger el dinero de su madre; pero no veía otra manera de conseguirlo, y no era razonable esperar que un joven con sus méritos tuviera que afrontar dificultades que podían soslayarse. Además, tomar algo que pertenece a tu madre no es robo: ella no te denunciará. Y David se portaba muy bien con su madre; la consolaba hablando bien de sí mismo, asegurándole que nunca caería en los vicios que veía en otros jóvenes de su edad y declarando que era especialmente partidario de la honradez. Si su madre le hubiera dado veinte guineas como premio a su noble carácter, seguro que no se las habría robado y la situación habría sido mucho más agradable para él. Sin embargo, para una cabeza activa como la de David, la astucia no carecía de encanto: era una ocupación francamente interesante la de familiarizarse furtivamente con las muescas de la sencilla llave de su madre (en nada parecida a las de la patente Chubb) y hacerse con otra que realizara la misma función; y, al mismo tiempo, idear una pequeña argucia dramática a fin de escapar a toda sospecha y no poner en peligro el centenar que podría llegar a cobrar a la muerte de su padre, y que le sería bien útil en el improbable caso de que no amasara una gran fortuna en las Indias.

En primer lugar, habló abiertamente de su intención de partir en breve hacia Liverpool y embarcarse allí rumbo a América; tal decisión causó en su madre cierto dolor ya que, después de Jacob el idiota, por ningún otro hijo tenía su corazón mayor apego que por el más joven, David. En segundo lugar, le pareció que el domingo por la tarde, cuando todos estuvieran en la iglesia, a excepción de Jacob y el vaquero, se presentaría una oportunidad tan favorable para los hijos que quisieran apoderarse de las guineas de su madre que casi parecía que la misma Providencia lo hubiera previsto con tal fin. En especial, el tercer domingo de Cuaresma, porque Jacob había estado ausente al menos dos días en una de sus ocasionales correrías; y David, que era un joven tímido, sentía un temor y un odio considerables hacia Jacob, hombre corpulento que vagaba habitualmente con una horca en la mano.

Así pues, nada podía ser más fácil para David aquel domingo por la tarde que anunciar que no iba a la iglesia porque debía tomar el té en casa del señor Lunn, cuya bonita hija, Sally, era un antiguo amor suyo y, cuando los asistentes a la ceremonia religiosa se encontraran ya a distancia prudencial, sacar las guineas de la caja de madera y meterlas en una pequeña bolsa de lona; nada más fácil que comunicar al vaquero que salía y que vigilara la casa por temor a las posibles incursiones de los vagabundos domingueros. David pensó que también sería fácil llegarse a un bosquecillo y enterrar la bolsa en un hoyo cavado y previamente cubierto bajo las raíces de un viejo fresno hueco. Y, en efecto, encontró el agujero sin un momento de duda, lo descubrió y, cuando estaba a punto de dejar caer en él suavemente la bolsa, le sorprendió el rumor de un cuerpo grande que caminaba hacia él emitiendo algo parecido a un balido; de tal manera que, en tanto que caballero dotado de gran capacidad para el engaño, y por tanto sólo bien preparado para lo esperado, en lugar de arrojar la bolsa con suavidad, la soltó de modo tal que se volcó y ésta vomitó las brillantes guineas. En ese mismo instante levantó la vista y vio a su querido hermano Jacob cerca de él, con las brillantes y lisas puntas de la horca adelantándose una yarda a su propio cuerpo y un pie al de David. (Un docto amigo, al que en una ocasión narré esta historia, me señaló que era la conciencia de culpa de David lo que hacía formidables esas puntas, y que el mens nil conscia sibi  impide a un bieldo causar terror. Esta idea me pareció tan valiosa que obtuve su permiso para utilizarla, siempre que suprimiera su nombre.) Sin embargo, David no perdió por completo la calma, porque en ese caso se habría desplomado en el suelo o habría dado un salto hacia atrás; en cambio, aguardó inmóvil y sonrió a Jacob, el cual movió la cabeza de arriba abajo y dijo:

-¡Zape, David! -de un modo penosamente equívoco.

El corazón de David latía audiblemente y, si hubiera tenido labios, éstos habrían palidecido; pero la actividad mental del joven, en lugar de paralizarse, se vio estimulada. Mientras rezaba para sí (siempre rezaba cuando estaba muy asustado) -«¡Sálvame esta vez y no volveré a ponerme en peligro!»-, metía la mano en el bolsillo para buscar una caja de caramelos amarillos que se había traído de Brigford, junto con otras exquisiteces de naturaleza igualmente transportable, como medio para congraciarse con una belleza orgullosa, en concreto, con la de la señorita Sarah Lunn. Al pobre Jacob nunca le habían ofrecido golosinas semejantes, porque David no era un joven que malgastara confites y caramelos para placer de personas de las que nada esperaba. Pero un idiota con intenciones equívocas y una horca en la mano bien merece tantos mimos y halagos como si fuera Luis Napoleón. Entonces David, con una celeridad adecuada a la ocasión, sacó la caja de caramelos amarillos, levantó la tapa e hizo una pantomima con la boca y los dedos destinada a indicar que estaba encantado de ver a su querido hermano Jacob y que aprovechaba la ocasión para ofrecerle un pequeño regalo que le resultaría especialmente agradable al paladar. Jacob no era un idiota profundo y, dentro de ciertos límites, sabía escoger el bien y rechazar el mal: cogió un caramelo, para probarlo, y lo chupo como si fuera un filosofo; después, en un estado de éxtasis ante su sabor nuevo y complejo, tan grande como el de Calibán ante el vino de Trínculo , soltó una risita, acaricio a su repentinamente caritativo hermano y le tendió la mano para que le diera más; porque, a pesar de los ataques de rabia, Jacob no era fiero ni innecesariamente rapaz. El valor de David fue regresando y dejo de rezar; echo una docena de caramelos en la palma de Jacob e intento mostrarse muy afectuoso. Se felicito de haber proyectado ir a ver a la señorita Sally Lunn aquella tarde y de que, como consecuencia, llevara consigo aquellas exquisiteces propiciatorias: sin duda, era un hombre con suerte; en realidad, era muy probable que la Providencia fuera más partidaria de él que de otros aprendices y, puesto que debía ser interrumpido, qué caramba, era preferible un idiota que cualquier otra clase de testigo. Por primera vez en su vida, David pensó en las ventajas de los idiotas.

En cuanto a Jacob, había tirado la horca al suelo y se había tendido al lado de ésta, totalmente abandonado al placer sin precedentes de tener cinco caramelos en la boca a la vez; parpadeaba y hacía ruidos de satisfacción gustativa. No había dado la menor señal de haber visto las guineas pero, al sentarse, había apoyado su gran mano derecha sobre ellas y, sin darse cuenta, la mantenía en esa posición, absorto en la sensación de su paladar. ¡Ojalá siguiera ocupado con los caramelos y no viera las guineas antes de que David pudiera taparlas! Aquélla era la mayor esperanza de David; porque Jacob conocía la existencia de las guineas de su madre; había formado parte de su común experiencia, cuando eran niños, que les permitieran contemplar aquellas hermosas monedas y agitar la caja que las contenía en días de fiesta y vacaciones, y, de las escasas experiencias de Jacob con el dinero, probablemente ésta era la más memorable.

-Mira, Jacob -dijo David con tono insinuante, tendiéndole la caja-. Te los daré todos. ¡Corre! ¡Date prisa! Que no venga alguien y se los quede.

David, que no había estudiado la psicología de los idiotas, no era consciente de que no es posible manipularlos con temores imaginarios. Jacob cogió la caja con la mano izquierda, pero no vio la necesidad de salir corriendo. ¿Acaso un joven dispuesto a sentar las bases de su fortuna apropiándose de las guineas de su madre podía ver su camino obstaculizado por una pesadilla como aquélla? Ya llegaría el momento en que Jacob moviera la mano derecha para levantar la tapa de la diminuta caja, y entonces David aprovecharía para barrer las guineas hacia el agujero con la mayor habilidad y rapidez, y después se sentaría encima. ¡Ah, no! De nada sirve tener intuición cuando tratas con un idiota: no se puede calcular así su conducta. La mano derecha de Jacob se entretenía cogiendo y lanzando cosas al azar; de repente, agarró las guineas como si fueran otros tantos guijarros y alzó la mano con un gesto que prometía esparcirlas sobre una lejana zarza, como si fueran semillas, cuando, por un impulso u otro -probablemente, debido a una sensación insólita-, la mano se detuvo, descendió hacia la rodilla y se abrió lentamente bajo la atenta mirada de los apagados ojos del idiota. David empezó a rezar otra vez pero desistió en cuanto se le ocurrió otra idea mejor.

-¡Madre! ¡Las ineas! -exclamó el inocente Jacob. Después, mirando a David, preguntó-: ¿La caja?

-¡Chitón! -dijo David, aplicando todo su ingenio para salir de aquel grave aprieto-. ¡Mira, Jacob! -Cogió la cajita de la mano de su hermano y la vació de caramelos; devolvió a Jacob una mitad, pero se guardó la otra. Después le tendió la caja vacía y dijo-: ¡Aquí tienes la caja, Jacob! ¡La caja de las guineas! -y, muy suavemente, fue introduciendo en ella las monedas que Jacob tenía en la mano.

Jacob no puso reparos a la operación; al contrario, las guineas tintineaban de modo tan agradable al caer que deseaba volver a oír su sonido y, cogiendo la caja, empezó a agitarla alegremente. David, aprovechando la oportunidad, depositó el resto de los caramelos en el suelo y los cubrió rápidamente de tierra.

-¡Mira, Jacob! -dijo finalmente. Jacob dejó de agitar las monedas y miró hacia el agujero, mientras David empezaba a escarbar en la tierra, como con la incierta esperanza de encontrar algo. Cuando los caramelos quedaron a la vista, los cogió de uno en uno y se los fue dando a Jacob.

-¡Chitón! -dijo en un sonoro susurro-. No se lo digas a nadie, todos para Jacob. Sssst. Pon las guineas en el agujero, ¡luego saldrán así! -Para completar la lección, cogió una moneda y, mientras la metía en el agujero, dijo-: Pones esto. -Después, sacando el último caramelo-: Sale esto -explicó, poniéndolo en la hospitalaria boca de Jacob.

Jacob volvió la cabeza hacia un lado, miró primero a su hermano y después el agujero, como un mono pensativo, y, finalmente, dejó la caja con las guineas en el hoyo con gran decisión. David se apresuró a añadir todas las demás que estaban desperdigadas, puso la tapa en la caja y la cubrió bien de tierra mientras decía en el tono más persuasivo posible:

-Mañana las sacas, Jacob; ¡todas para Jacob! ¡Chitón!

Jacob, para el que su hermano, que hasta aquel momento se había mostrado siempre indiferente, se había convertido súbitamente en una especie de dulce fetiche, acarició el mejor abrigo de David con dedos pringosos y lo abrazó mientras emitía la mezcla de risa y gorjeo con que acostumbraba a expresar las menores pasiones. Y, si hubiera querido dar un bocado a la mejilla de su caritativo hermano, David se habría visto obligado a soportarlo.

Y aquí debo detenerme para señalar al lector la cortedad de miras de la astucia humana. Este ingenioso joven, David Faux, creyó que su malicia había triunfado en el momento en que asoció, en la rudimentaria mente de su hermano, el sabor de los caramelos amarillos con su persona. Pero todavía tenía que aprender que es terrible ganarse el cariño de un idiota cuando no estás dispuesto a devolvérselo: especialmente, un idiota con una horca, sin duda un amigo difícil de quitarse de encima con malos modos.

Tal vez la de enterrar las guineas parezca una tosca argucia al lector, impropia de un joven inteligente. Pero, si todo hubiera salido como David había calculado, el lector habría considerado que el plan era digno de su talento. Las guineas habrían seguido a salvo en la tierra mientras se descubría el robo y David, con la calma del que se sabe inocente, se habría quedado en casa, reacio a despedirse de su querida madre mientras ésta lloraba la pérdida; hasta que al final, la víspera de su marcha, David las habría desenterrado en la más estricta soledad y se las habría llevado sin contratiempo alguno. Pero habrás advertido que David no había contado con recibir visitas o, para ser más exactos, no había contado con su hermano imbécil, individuo de carácter tan inestable y fluctuante que me pregunto si no habría desconcertado incluso a los protagonistas de Balzac, cuya intuición tan a sus anchas se desenvuelve en el futuro.

Llegado a este punto, David tenía claro que sólo le quedaba una alternativa: debía renunciar a las guineas, devolviéndolas furtivamente al cajón de su madre (lo que no dejaba de presentar ciertas dificultades); o debía dejar tras de sí algo más que una sospecha y partir a la mañana siguiente sin comunicárselo a nadie y con las guineas en el bolsillo. Porque, si anunciaba su partida, sabía que su madre insistiría en sacar de la caja de guineas las tres que le había prometido que le correspondían; en realidad, en su plan original, había previsto que el robo se descubriera en circunstancias que no pusieran en entredicho su inocencia; pero ahora no es necesario explicar que aquel plan tan bien urdido se había frustrado por completo. Aunque David hubiera sido capaz de sobornar a Jacob con caramelos toda la vida, no hay secreto posible con un idiota. Ni siquiera se atrevió a ir a tomar el té a casa del señor Lunn porque, si lo hubiera hecho, habría perdido de vista a Jacob, el cual, en su impaciencia por obtener la cosecha de caramelos, podría haber escarbado otra vez en busca de la caja mientras él estaba ausente y habérsela llevado a casa, haciéndole perder al mismo tiempo su reputación y las guineas. ¡No! Durante el resto del día no debía pensar en nada más ni hacer otra cosa que engatusar a Jacob e impedir que hiciera nada malo. Fue una tarde inquieta y cansada para David; sin embargo, no se atrevió a irse a dormir sin atarse un cordel entre el pulgar y el dedo gordo del pie para asegurarse de que se despertaba continuamente; porque tenía intención de levantarse con el primer rayo del alba y estar ya lejos antes de la hora del desayuno. Estaba convencido de que su padre lo dejaría sin un chelín, pero ¿qué más daba? Un joven tan notable como él seguro que sería bien recibido en las Indias Occidentales: en los países extranjeros siempre hay resquicios para entrar, incluso para los gatos. Era probable que alguna princesa Yarico quisiera que se casara con ella y le regalara grandes joyas nada más verlo; tras lo cual no tendría que casarse con ella, a menos que él quisiera. David había tomado la decisión de no volver a robar, ni siquiera a la gente que lo apreciaba: era una manera desagradable de hacer fortuna en un mundo en el que podía sorprenderte algún hermano. Tales alarmas no sentaban bien a la constitución de David y había sentido tantas náuseas que seguro que su hígado se había visto afectado. Además, le habría herido sobremanera que el mundo no tuviera de él un buen concepto: siempre había querido ser un personaje y que lo consideraran merecedor de los mejores asientos y los mejores bocados.

Mientras meditaba cosas de este tenor sobre el brillante futuro que tenía en perspectiva, David, con ayuda del cordel, esperaba alerta las primeras luces para levantarse y partir. Como es natural, sus hermanos eran madrugadores, pero él debía adelantárseles al menos hora y media, y la ventana de la pequeña habitación que ocupaba daba sobre el montador, de manera que podía salir por ella sin la menor dificultad. Jacob, el horrible Jacob, tenía la mala costumbre de levantarse antes que los demás, para saciar el hambre vaciando el tazón de leche que se le «preparaba debidamente»; pero últimamente había tomado por costumbre dormir en el pajar y, si se acercaba a la casa, sería por el camino contrario al que tomaría David para marcharse. No hacía falta pensar en Jacob; sin embargo, David era lo bastante generoso para dedicarle una maldición -lo único que dedicaba de modo gratuito-. Hizo rápidamente un hatillo de ropa y no tardó en bajar con paso ligero por los escalones del montador y recorrer rápidamente los campos hacia el bosquecillo. No le costaría más de dos minutos hacerse con la caja; podía distinguir el árbol bajo el cual estaba enterrada gracias a la franja pálida de donde había saltado la corteza, aunque la luz del amanecer era más tenue en el bosquecillo. Pero ¿qué... bollo frito era aquel cuerpo grande con un bastón plantado a su lado, a los pies del fresno? David hizo una pausa, aunque no para decidir cuál era la naturaleza de la aparición, ya que no había tenido la felicidad de dudar ni por un momento de que el bastón era la horca de Jacob, sino para hacer acopio de las fuerzas necesarias para dirigirse a su hermano con un tono oportunamente melifluo. Jacob estaba absorto escarbando en la tierra y no había oído que David se acercaba.

-¡Eh, Jacob! -dijo David con un sonoro susurro, en el preciso momento en que la cajita salía del agujero.

Jacob levantó la vista y, al distinguir a su dulce hermano, asintió con la cabeza y le sonrió en la suave luz de manera tal que a David le pareció un demonio triunfante. Si hubiera sido persona de carácter impetuoso, habría arrancado la horca del suelo y habría empalado a aquel demonio fraternal. Pero David no tenía nada de impetuoso; era un joven muy dado a calcular las consecuencias, costumbre que, según se dice, es fundamento de la virtud. Pero, de un modo u otro, en él no producía ese efecto: calculaba si la acción podría tener consecuencias negativas para él o si sólo perjudicaría a los demás. En el primer caso, se mostraba muy prudente cuando se trataba de satisfacer sus deseos inmediatos; pero, en el segundo, se arriesgaba con mucho más valor.

-Dámela, Jacob -dijo, agachándose y dando unas palmaditas a su hermano-. Vamos a ver.

Jacob, que encontraba que la tapa estaba demasiado dura, tendió la caja a su hermano con total confianza. David la abrió y negó con la cabeza mientras Jacob metía un dedo y sacaba una guinea para probar si la metamorfosis en golosinas era completa y satisfactoria.

-No, Jacob; es demasiado pronto, demasiado pronto -dijo David después de que probara la guinea-. Dámela; iremos y la enterraremos en otro sitio, por ahí -añadió, señalando vagamente a lo lejos.

David enroscó la tapa mientras Jacob, con aire grave, se ponía de pie y cogía la horca. Después, al ver el hatillo de David, lo agarró, como un perro terranova demasiado obsequioso, lo ensartó en el bieldo y se lo echó al hombro con aire triunfal mientras acompañaba a su hermano y la caja fuera del bosquecillo.

¿Qué podía hacer David? Habría sido fácil mirar a Jacob con el ceño fruncido, darle una patada y ordenarle que se marchara; pero habría preferido dar antes una patada a un toro. Jacob estaba tranquilo mientras lo trataban con indulgencia; pero ante la menor muestra de ira se volvía completamente rebelde y era propenso a ataques de furia que lo convertían en un peligro aun sin horca. No había otra manera de dominarlo que la amabilidad o la astucia. David probó la vía de la astucia.

-Anda, Jacob -dijo, en cuanto salieron del bosquecillo, señalando la casa-: ve a buscarme una pala: una pala. Pero dame el hatillo -añadió mientras intentaba cogerlo de donde estaba colgado en lo alto de la horca, apoyada en el alto hombro de Jacob.

Pero Jacob se mostró tan poco dispuesto a obedecer como una avispa a dejar un cuenco con azúcar. Cerca de David se sentía próximo a los caramelos: soltó una risita y frotó la espalda de su hermano mientras alzaba el hatillo hasta dejarlo fuera de su alcance. Conteniendo un gemido, David cambió de táctica y empezó a andar todo lo deprisa que pudo. No era prudente entretenerse. Quizá Jacob se cansara de seguirlo o, en cualquier caso, tal vez David pudiera zafarse de él. Si llegaban a la lejana carretera, era posible que los adelantara una diligencia; David subiría, tras haberle quitado el hatillo con alguna añagaza, y entonces Jacob podría aullar y blandir la horca todo lo que quisiera. Entre tanto, se vio fatalmente obligado a ser muy amable con aquel ogro y a pedir para él un abundante desayuno cuando se detuvieron en una posada junto a la carretera. Llevaban ya tres horas de camino y David estaba cansado. ¿Acaso no iba a pasar nunca un carruaje?, se preguntaba. En el curso de las dos horas siguientes no pasó ni un solo coche, hasta que, de repente, apareció el carro de un transportista que se dirigía a la ciudad más próxima. ¡Si pudiera escaparse, aunque fuera dejando atrás el hatillo, y subir al carro sin Jacob! Pero había un nuevo obstáculo. Jacob acababa de descubrir un resto de azúcar cande en uno de los bolsillos de la levita que llevaba su hermano; y, desde ese momento, no soltaba la prenda, quizá con la esperanza de que, tarde o temprano, saliera de ahí más azúcar. Cualquiera que haya llevado levita comprenderá el cuidado que debe poner un hombre para no alejarse a toda prisa cuando alguien lo agarra por los faldones. David deseaba que lo recibieran bien los desconocidos, pero no lo tratarían igual si a la levita le faltaba un faldón.

Sintió que lo cubría un sudor frío. No quería andar más: subiría al carro y dejaría que Jacob subiera con él. Se le ocurrió una idea alentadora: tras un desayuno tan abundante, seguro que Jacob se dormía en el carro; y es fácil adivinar que David pretendía agarrar el hatillo, saltar y quedar libre. Sus esperanzas se cumplieron en parte: Jacob se durmió en el carro, pero en extraña postura: estrechando a su querido hermano entre sus brazos; y cada vez que David intentaba moverse, el abrazo se cerraba con la fuerza de una cariñosa boa constrictor.

-Ese inocente te quiere mucho -comentó el transportista, pensando que, probablemente, David era un hermano afectuoso y deseando hacerle un cumplido.

David gruñó. Los caminos del robo no siempre son deleitosos. ¡Oh!, ¿por qué le había tocado en suerte tener un hermano idiota? ¿Por qué el mundo estaba hecho de tal manera que un hombre no podía llevarse las guineas de su madre cómodamente? David se sumió en hosca meditación.

Una comida abundante a mediodía para Jacob, pero escasa para él, ya que tenía poco apetito. En lugar de comer, se dedicó a hacer que Jacob bebiera cerveza; porque, a través de su generosidad, divisaba una esperanza. Jacob cayó profundamente dormido, por fin, y esta vez no estrechó a David entre los brazos; éste pagó la cuenta, cogió el hatillo y se marchó. A la media hora estaba en la diligencia que llevaba a Liverpool con la sonrisa de un perverso triunfante. Se había librado de Jacob, iba camino de las Indias, donde una crédula princesa lo esperaba. No robaría nunca más, pero tampoco lo necesitaría; quedaría tan claro que los merecía que la gente le haría regalos de buen grado. Debía olvidar ya la idea de heredar de su padre, pero no era probable que deseara esa nimiedad; y, aunque quisiera, caramba: era ya una compensación pensar que, separado de su familia, estaría alejado de Jacob, más terrible que una gorgona o demogorgona  para sus temerosos ojos. ¡Gracias a Dios, nunca tendría que volver a ver a Jacob!

 

 

CAPÍTULO II

Hacía ya casi seis años de la partida de David Faux rumbo a las Indias Occidentales cuando se dijo que la tienda vacante en la plaza del mercado de Grimworth la había ocupado un desconocido de tez cetrina y corbata beige cuya primera aparición había causado cierta agitación en la barra del Woolpack, adonde había ido a esperar la diligencia.

Para un ojo avispado, Grimworth era un buen lugar donde instalar un comercio. En aquel momento no había competencia; los anglicanos disponían de pañero y tendero propios; los disidentes tenían los suyos; y los dos o tres carniceros encontraban un mercado rápido para sus piezas para asar sin necesidad de aludir directamente a las creencias religiosas, si bien la esposa del párroco tenía encargadas las mollejas de ternera y los riñones de cordero, mientras que el señor Rodd, el ministro baptista, había pedido que, mientras fuera compatible con la atención a los otros clientes, se le reservaran las manitas de cordero. Y era probable que el lugar siguiera creciendo, ya que los fideicomisarios del legado del señor Zephaniah, estimulados por la reciente visita de los comisionados, estaban empezando a gastar los fondos acumulados desde hacía mucho tiempo en la reconstrucción de la Escuela de Batas Amarillas , que iba a ampliarse a gran escala, ya que el testador no había dispuesto ninguna restricción sobre el plan de estudios, sino únicamente sobre la bata.

Los tenderos de Grimworth no tenían una opinión unánime en relación con las ventajas prometidas por esta perspectiva de incremento de población y comercio, puesto que eran hombres de cierta fortuna que preferían llevar sus negocios con tranquilidad, estar seguros de la clientela y poder calcular los beneficios al mínimo detalle. Hasta la fecha, las familias de la parroquia de Grimworth habían considerado una cuestión de honor comprar el azúcar y la franela en las mismas tiendas en que sus padres y madres lo habían comprado antes que ellos; pero si los recién llegados introducían la competencia en el comercio y atraían las miradas femeninas con piezas de tela dispuestas en pliegues en forma de abanico y rematadas con flores artificiales, otorgándoles un encanto artificial (porque ¿en qué figura humana un traje tendría la caída de un abanico, o qué cabeza femenina era como un ramillete de ásteres?), y si los nuevos tenderos iban a llenar los escaparates con montones de pasas y azúcar, y hacerlos atractivos con contrastes y etiquetas, ¿qué seguridad tenía entonces Grimworth de que el espíritu errático en la compra, una vez introducido, no terminara por llevarse a las familias más importantes al mayor mercado de Cattleton, donde los negocios se hacían a base de beneficios pequeños y rápidos, todo estaba a la última moda y se podían comprar mercancías de todo género muy bien de precio?

Dado que éste era el punto de vista predominante entre los comerciantes de Grimworth, la incertidumbre sobre la naturaleza del negocio que el cetrino desconocido estaba a punto de emprender en la tienda vacía reforzó, en cierta medida, los temores de los menos optimistas. Si iba a vender tejidos, era probable que un individuo pálido como aquél trabajara con artículos chillones y de poca calidad: algodones estampados y muselinas que dejarían el tinte en la tina de lavar, e hilo mediocre, lleno de nudos, y franela que no tardaría en parecer gasa. Si de comestibles se trataba, entonces era de esperar que ninguna madre de familia confiara los tés a un tendero que no hubiera puesto a prueba. Se había sabido que, en algunas parroquias, los comerciantes promocionaban sus productos con ases escondidos en la manga: cuando la gente venía de no se sabía dónde, no había manera de saber qué podían llegar a hacer. Era una pena que el señor Moffat, el subastador y agente comercial, hubiera muerto sin haber dejado sucesor en el negocio, y el fideicomisario de la señora Cleve debería haber sido más sensato y no haberle alquilado la tienda a un desconocido. Ni siquiera el descubrimiento de que se estaban instalando unos hornos en el local y que la tienda se estaba adaptando para convertirse en un negocio de pastelería y repostería, hasta la fecha desconocido en Grimworth, fue suficiente para inclinar la balanza en favor del recién llegado, aunque la tabernera del Woolpack lo defendiera calurosamente y dijera que le parecía un joven muy inteligente y, por lo que podía deducir, de muy buena familia; en realidad, seguro que mejor que la de muchos otros.

Sin duda, fue todo un despliegue de luz y color, casi como si un arco iris hubiera bajado repentinamente a la plaza del mercado, cuando, una buena mañana, quitaron los postigos de la nueva tienda y los dos escaparates mostraron sus adornos. A un lado estaban los abigarrados matices de las carnes atadas y mechadas, dispuestas junto a brillantes hojas verdes, el castaño claro de las empanadas glaseadas, los ricos tonos de las salsas y las frutas en conserva, encerradas tras un velo de cristal: un conjunto que habría hecho brotar lágrimas de los ojos de un pintor holandés; y, por otra parte, predominaban los más delicados rosados, blancos, amarillos y ocres en los abundantes caramelos, golosinas, galletas y baños de azúcar que, a los ojos de una persona biliosa, podrían haberse fundido rápidamente en un paisaje feérico al estilo de la última época de Turner. ¡Qué espectáculo para los ojos de los niños de Grimworth! Aquel día casi se les olvidó ir a comer, ya que sus apetitos estaban absortos en imaginarios confites de ciruela; y me parece que, aunque el mismo Polichinela hubiera instalado su templete en la plaza del mercado, no habría conseguido apartarlos de los escaparates, ante los que se habían detenido en una gradación de estatura y fuerza, ya que los más grandes y fuertes estaban más cerca, y los pequeños, en las filas extremas, desde donde alzaban los ojos y la boca bien abiertos hacia las altas hileras de jarras, como pajaritos a la hora de comer.

Las personas de edad proferían exclamaciones de desprecio y burla ante el alboroto por la locura del nuevo tendero que exhibía tantos productos que no se podían conservar; sin duda, se acercaba la Navidad, pero ¿qué ama de casa de Grimworth no se avergonzaría de poner en su mesa alimentos que no fueran caseros? No, no. El señor Freely, tal como se llamaba a sí mismo, se engañaba si creía que el dinero de Grimworth iba a volar hacia sus bolsillos de aquella manera.

Edward Freely era el nombre que brillaba en letras doradas sobre fondo azul mazarino, encima de la puerta de la nueva tienda, un nombre de ecos generosos  que podría haber pertenecido al protagonista poco previsor y dadivoso de una vieja comedia, feliz de descargar una lluvia de peladillas, como si fuera un nuevo maná, entre la joven generación plantada delante de los escaparates. Pero el señor Freely era un hombre que mantenía sus impulsos debidamente subordinados: sostenía que el deseo de dulces y pasteles sólo debía satisfacerse en proporción directa a la capacidad de compra. Si el más chiquitín de todo Grimworth hubiera acudido a él con medio penique en su diminuto puño, tras hacer sonar la moneda se habría limitado a darle la parte equivalente en azúcar cande. No era hombre que engañara al más pequeño: lo decía con frecuencia, sin dejar de señalar al mismo tiempo que le gustaba la honradez y, además, que tenía el corazón muy tierno, aunque él no mostrara los sentimientos, como otros hacían.

Fuera en recompensa de tal virtud o de acuerdo con algún orden lógico más oculto, el negocio del señor Freely, a pesar de los prejuicios, empezó con auspicios favorables. En gran medida, gracias a que la señora Chaloner, la esposa del párroco, fue una de las primeras clientes de la tienda, ya que le pareció justo animar a un nuevo parroquiano que se había presentado decorosamente en la iglesia; y le pareció que el señor Freely era un joven encantador y cortés, y sorprendentemente civilizado para tratarse de un pastelero; y, además, con buenos principios, pues al darle útiles consejos sobre los distintos tipos de azúcar le había dejado ver con detalle la falta de honradez de otros comerciantes. Por otra parte, había estado en las Indias Occidentales y había visto la mismísima finca que fuera propiedad del pobre abuelo de la señora Chaloner; y había dicho que los misioneros eran la única causa del descontento de los negros: sin duda, era un joven observador. La señora Chaloner pidió galletas de vino y aceitunas, y dio a entender al señor Freely que su tienda le parecía muy conveniente. Lo mismo hicieron la esposa del doctor y la señora Gate, la del gran molino de cardadura, que, puesto que recibía visitas frecuentes de amistades de categoría, probablemente consumía grandes cantidades de ratafías y mostachones.

Las matronas menos aristocráticas de Grimworth al principio parecieron propensas a justificar la confianza que sus maridos habían puesto en ellas de que nunca pagarían un porcentaje de beneficios en galletitas, en lugar de hacerlas ellas mismas, ni darían el vacuo espectáculo de un gobierno doméstico excesivamente pródigo comprando tajadas de carne atada cuando invitaban a cenar a un vecino. Sin embargo, me corresponde la tarea de narrar la corrupción gradual de las costumbres de Grimworth desde su simplicidad primitiva: triste tarea si no estuviera animada por la perspectiva de la hermosa peripecia o caída gracias a la cual acabó frenándose el avance de la corrupción.

Fue la joven señora Steene, la esposa del veterinario, la primera en ceder a la tentación. Me temo que había recibido una educación excesiva para la condición social que le había tocado en la vida, puesto que sabía de memoria muchos fragmentos de Lalla Rookh, El corsario y El sitio de Corinto , lo que había producido en ella cierto disgusto por las tareas domésticas y una implacable decepción al descubrir que, desde su matrimonio, el señor Steene había perdido todo interés por el bulbul y ahora prefería conversar sobre la naturaleza del esparaván con cualquier tosco vecino, y se enfadaba si el pudding quedaba acuoso. En realidad, no era más que un veterinario de botas altas que llegaba con hambre a la hora de cenar, semejante tan sólo en la irritabilidad de su carácter a un noble convertido en corsario por desprecio a su raza, o a un renegado con turbante y media luna. ¡Y el desprecio es algo muy distinto cuando calza botas altas!

Este hombre brutal organizó una cena por Nochebuena, en la que esperaba ver empanadas de carne picada en la mesa. La señora Steene preparó la carne picada y durante la mañana dedicó gran cantidad de mantequilla, harina fina y trabajo a la confección de una hornada de pequeñas empanadas; pero, al salir del horno, estaban tan apelmazadas que se echó a temblar con sólo pensar en el momento en que su marido las viera en la mesa de la cena. Estaba segura de que se pondría furioso; y delante de todo el mundo; y ella no podría contenerse y se echaría a llorar: ¡era tan terrible pensar que había llegado a esa situación, después del bulbul y de todo lo demás! De repente, cruzó su pensamiento a toda velocidad la idea de que, por una vez, podía mandar a buscar una bandeja de empanadas de carne a la tienda de Freely: sabía que tenía. Pero ¿qué haría con las dieciocho empanadas que le habían salido como un mazacote? Oh, no merecía la pena pensar en eso; era muy caro, la verdad, hacer empanadas si una no sabía si iban a salir bien: era mucho mejor comprarlas hechas. Pagabas un poco más, pero no corrías el riesgo de desperdiciar nada.

Tal era el sofisma que seguía el razonamiento de esta joven equivocada. La señora Steene mandó a buscar las empanadas y, siento tener que añadir, embarulló las cuentas de la casa para ocultar el hecho a su marido. Ese fue el segundo escalón que bajó en su camino de descenso, y todo porque la joven no se encontraba en armonía con sus circunstancias, ansiaba la presencia de renegados y bulbules y se veía sometida a las exigencias de un veterinario al que le gustaban las empanadas de carne. El tercer escalón consistió en endurecerse contándoselo todo a la señora Mole, su amiga íntima, que ya lo había adivinado y que ulteriormente, con el razonamiento de que «otras personas» lo hacían, la animó a comprar la gelatina en molde en lugar de poner en práctica sus habilidades. La infección se fue propagando; no tardó en formarse una camarilla en Grimworth partidaria de «comprar en Freely»; y muchos maridos, a los que se tuvo en la oscuridad sobre este punto durante cierto tiempo, comían a dos carrillos inocentemente tartas por las que pagaban un beneficio del cien por cien y, con la misma inocencia, estimulaban la falsedad en sus medias naranjas alabando la repostería. Otros, más astutos, guiñaban el ojo ante la frecuente aparición, en los días de lavado o en las cenas improvisadas, de una sabrosa carne de ternera que halagaba su paladar más que los restos fríos con los que se contentaban antes. Toda ama de casa que «hubiera comprado en Freely» sentía una alegría secreta cuando detectaba similar perversión en sus vecinas, y pronto sólo dos o tres matronas a la antigua se mantuvieron firmes en la protesta contra la progresiva pérdida de moral, y anunciaban a los vecinos que iban a cenar a su casa: «No puedo ofrecerles carnes de Freely, o pasteles de queso de Freely; en nuestra casa todo es casero; no sé si será de su gusto esta repostería sencilla». Incluso el médico, cuya cocinera no era competente; el coadjutor, que no tenía cocinera; y el agente de minas, que era un gran bon vivant, empezaron a confiar en Freely para gran parte de sus cenas cuando deseaban ofrecer una invitación de cierta calidad. En definitiva, el negocio de la fabricación de los manjares más caprichosos estaba pasando rápidamente de las manos de doncellas y amas de casa, en el seno de la familia, a convertirse en una especialidad comercial.

No ignoro que este proceso recibe el nombre de curso imparable de la civilización, división del trabajo y demás calificativos, y que podría decirse que así las doncellas y matronas tendrán ocasión de dejar la cocina para contribuir de otro modo al progreso de la sociedad. Sin embargo, resultaba que en Grimworth, que, sin duda, era un lugar humilde, las doncellas y matronas no sabían hacer nada mejor con las manos que cocinar; ni siquiera aquellas que habían hecho siempre pasteles pesados y dulces correosos. Así resultó que el progreso de la civilización en Grimworth sólo se manifestó en el empobrecimiento de los hombres, la ociosidad chismosa de las mujeres y el incremento de la prosperidad del señor Edward Freely.

La Escuela de Batas Amarillas fue una doble fuente de ingresos para el calculador pastelero, que abrió un comedor para los trabajadores de categoría superior de la escuela nueva y satisfizo a los alumnos del viejo colegio concediendo gran importancia al departamento de golosinas. Cuando pienso en cisnes dulces y otras ingeniosas formas blancas que rompían los dientecillos de aquella pujante generación, tengo el placer de recordar que, según se dice, los jóvenes, cuyos huesos todavía no están formados, necesitan cierta cantidad de alimentación calcárea; pues he observado que estas exquisiteces tienen un sabor inorgánico que las haría altamente recomendables para aquella joven dama que conocía el Spectator que tomaba de postre boquillas de pipa.

En cuanto al pastelero mismo, fue abriéndose camino gradualmente en los hogares de Grimworth, al igual que sus mercancías, a pesar de cierto rechazo inicial. De un modo u otro, acogerlo como invitado parecía exigir justificación, al igual que comprar sus productos. En primer lugar, era un desconocido y, por tanto, objeto de recelo; en segundo lugar, el negocio de la pastelería era tan nuevo en Grimworth que todavía no se había determinado qué puesto ocupaba en la escala social. No había duda con los pañeros y tenderos, cuando procedían de familias antiguas y buenas de Grimworth, como el señor Luff y el señor Prettyman: éstos se trataban con los Palfrey, que cultivaban sus propias tierras, jugaban con alguna frecuencia al whist con el doctor y trataban con cierta condescendencia al comerciante de maderas, que en fechas recientes había empezado a negociar también con carbón y había comprado muebles nuevos; pero la tradición no arrojaba luz alguna sobre la cuestión de si un repostero debía ser admitido en este alto nivel de respetabilidad o debía considerarse que sus iguales estaban entre los carniceros y los panaderos. Que fuera soltero obraba en su favor y quizás habría bastado para inclinar la balanza aunque las pretensiones personales de Edward Freely hubieran sido totalmente insignificantes. Sin embargo, lejos de ello, pronto resultó evidente que era un joven notable, que había visitado las Indias Occidentales y había visto muchas maravillas por mar y tierra, de manera que podía embelesar los oídos de las Desdémonas de Grimworth con historias de peces extraños, especialmente tiburones, que había apuñalado justo a tiempo tras lanzarse valientemente por la borda en el preciso momento en que el monstruo se volvía para devorar al pinche del cocinero; o las terribles fiebres que había padecido en una tierra donde el viento sopla a la vez de todos los cuadrantes; de tostadas cortadas directamente de árboles del pan; de cangrejos de tierra que arrancaban dedos de los pies; de los grandes honores que le rendían en tanto que hombre de amplios conocimientos, y por ello particularmente necesario en un clima tropical, y de una heredera criolla que había derramado amargas lágrimas por su partida. Sabemos bien que semejante talento para la conversación puede compensar algún defecto en el color de la tez; y el joven Towers, cuyas mejillas tenían un delicado tono rosado, realzado por la línea de un bigote oscuro, quedaba francamente eclipsado por la presencia del cetrino señor Freely. Tan excepcional pastelero daba realce a su negocio y bien podía acelerar el pulso de algún corazón sin compromiso.

Como es natural, los padres y madres reconocían los méritos del recién llegado con mayor lentitud y prudencia.

-Es un individuo entretenido -dijo el señor Prettyman, el muy respetable tendero. (La señora Prettyman, de soltera señorita Fothergill, tenía una hermana casada con un comerciante de telas de Londres.)-. Es un individuo entretenido; y no pongo reparos en que forme parte del Oyster Club; pero es un poquito demasiado aficionado a darse aires. Reconozco que es singularmente instruido, pero ¿cómo es que se fue a las Indias? Me gustaría tener respuesta a esta pregunta. No es propio de un pastelero. No me gusta la gente que ha estado en ultramar si no puede dar una explicación convincente de por qué se fue. Cuando la gente se marcha tan lejos es porque tiene poco crédito cerca de su casa; ésa es mi opinión. Aunque tiene un buen ron; pero, por todo lo dicho, no quiero ser íntimo suyo.

Este tipo de velada sospecha nubló la visión de las cualidades del señor Freely en las cabezas más maduras de Grimworth durante los primeros meses de su residencia en el lugar. Pero, en cuanto el pastelero dejó de ser novedad, también dejaron de serlo las sospechas, y la gente se cansó de insinuar cosas sobre él, especialmente a medida que su importancia y su prosperidad iban en aumento. El señor Freely estaba convirtiéndose en persona de influencia en la parroquia; se le consideraba útil para cuidar a los pobres, ya que soportaba con gran firmeza el dolor ajeno: según declaraba, esa firmeza se debía a su gran benevolencia; siempre hacía lo que era bueno para la gente a largo plazo. Incluso el señor Chaloner lo había escogido como coadjutor porque era un hombre muy útil y en todo lo relacionado con los asuntos de la iglesia compartía más opiniones con él que los antiguos parroquianos. El señor Freely acudía regularmente a la iglesia, pero algunas veces en el Oyster Club se permitía conversaciones más libres, en las que hacía algo más que insinuar que en las Indias Occidentales había llevado una vida de recreo propia de un sultán, mientras movía la cabeza y sonreía con amargura, tal como hacen los hombres cuando dan a entender que están de vuelta de todo en un mundo que les parece ya carente de sabor.

Durante cierto tiempo prestó atención por igual a todas las representantes del bello sexo, combinando las galanterías de un caballero atento con una severidad en la crítica al físico y a los modales de las bellas ausentes que tendía a estimular, en el corazón femenino, el deseo de conquistar la aprobación de tan exigente juez. En lo que respectaba a los encantos y virtudes femeninas, nada que se alejara de la perfección bastaba para encender el ardor del señor Freely, que se había familiarizado en las Indias Occidentales con las bellezas más exuberantes y deslumbrantes. Podría parecer increíble que un pastelero poseyera ideas y conversación tan semejantes a las de personas de categoría social superior, pero debe recordarse que no sólo había trabajado, sino que también era patizambo y tenía un rostro cetrino de rasgos menudos, de manera que la misma naturaleza lo había marcado como exigente entendido en el bello sexo.

Sin embargo, al final pareció evidente que Cupido había encontrado una flecha más afilada que las otras y que ésta había atravesado el corazón del señor Freely. Se convirtió en tema de conversación entre los jóvenes de Grimworth. Pero ¿de veras era amor? ¿No sería más bien ambición? La señorita Fullilove, la hija del comerciante de maderas, estaba bastante segura de que si ella fuera la señorita Penny Palfrey se andaría con prudencia; no era buena señal que un hombre picara tan alto para buscar esposa. Porque no era otra que la señorita Penélope Palfrey, hija segunda del señor Palfrey, que cultivaba sus propias tierras, quien había atraído la especial mirada del señor Freely y había conquistado su exigencia; y no era de extrañar; porque quizá lo Real nunca se había acercado tanto al Ideal, tal como se exhibiría en la más delicada figura de cera, como en la figura de la linda Penélope. Su rubísimo cabello no se rizaba naturalmente, lo reconozco, pero los brillantes y prietos tirabuzones eran unos tubos diminutos y lisos, tan perfectos que daban ganas de meter el meñique y poner a prueba su suave elasticidad. Los llevaba recogidos, porque en aquellos tiempos, cuando la sociedad era más sana que ahora, las jóvenes llevaban el cabello recogido hasta mucho después de cumplir los veinte años, y Penélope todavía no había cumplido los diecinueve. Como el ideal de cera, tenía ojos redondos y azules, orificios nasales redondos en su naricita, y los dientes que se le supondrían al ideal, si alguna vez los mostraba. En conjunto, era pequeña, redonda y tan pulcra como una margarita doble rosa y blanca; y con la misma falta de malicia; porque espero que no sea muestra de malicia en una linda damisela de diecinueve años pensar que le gustaría tener un galán y estar comprometida, cuando su hermana mayor ya llevaba año y medio en situación semejante. Sin duda, el joven Towers iba por la casa; pero Penny estaba convencida de que sólo quería ver a su hermano, porque nunca tenía nada que decirle y nunca le ofrecía el brazo, y siempre se mostraba tan torpe como silencioso.

No era improbable que los encantos de Penny hubieran hecho mella en el señor Freely, que los había sometido a observación en la iglesia, pero éste tenia que progresar un poco socialmente antes de poder aproximarse a ellos; e, incluso después de que las familias de Grimworth lo recibieran cordialmente, debía recorrer un largo camino antes de conversar con Penny fuera de los encuentros ocasionales en casa del señor Luff. No era fácil ser invitado a Long Meadows, la casa de los Palfrey; porque aunque el señor Palfrey había perdido dinero durante los últimos años, y aún no se había recuperado del todo de la terrible peste del ganado que le había obligado a pedir un préstamo, su familia estaba lejos de considerarse al mismo nivel que los viejos comerciantes con los que trataba. Las personas del más elevado rango, incluso los reyes y las reinas, deben tratar con alguien, y los iguales de los grandes son escasos. Eran especialmente escasos en Grimworth, que, como he señalado antes, era una parroquia humilde que los índices geográficos mencionaban con la más desdeñosa brevedad. Incluso los personajes locales destacados quedaban muy atrás de los de su mismo rango en otras partes de este reino. Las puertas de la granja del señor Palfrey tenían la pintura desconchada, y los senderos del jardín hacía tiempo que estaban cubiertos de hierbajos. Sin embargo, su padre había recibido el tratamiento de Squire y había sido respetado por la anterior generación de Grimworth como hombre que podía permitirse beber demasiado en su propia casa.

La linda Penny no era ciega al hecho de que el señor Freely la admiraba, y estaba segura de que era él quien le había enviado una bella tarjeta por San Valentín; pero su hermana parecía considerarlo tan poca cosa (todas las jóvenes piensan que son poca cosa los caballeros con los que no están comprometidas) que Penny no se atrevía a hablar de él, y temblaba y se sonrojaba cuando lo veía, pensando en la tarjeta, que era muy ardiente y que, aunque se sentía culpable, sabía de memoria. Un hombre que había estado en las Indias y conocía tan bien el mar le parecía una especie de personaje público, casi como Robinson Crusoe o el capitán Cook; y Penny siempre había deseado que su marido fuera un individuo notable, como esos que aparecían en las Questions de Mangnall , con cuya lista de seres inmortales se había familiarizado durante el año pasado en un internado. Sólo le parecía raro que un hombre tan destacado fuera pastelero y cocinero, y esta anomalía inquietaba en gran medida los sueños de Penny. Sabía que sus hermanos se burlaban de los hombres que no sabían montar bien a caballo y los llamaban inútiles; pero sus hermanos eran muy toscos y carecían de la capacidad de contar anécdotas que hacía del señor Freely una compañía tan encantadora. Era muy buena persona, pensaba, porque le había oído decir un día en casa del señor Luff que deseaba cumplir siempre con su deber, fuera cual fuere el lugar al que lo destinara la vida: y sabía mucha poesía, porque un día le había repetido un verso de una canción. Se preguntaba si serían suyas las palabras que aparecían en la tarjeta de San Valentín. Terminaban de la siguiente manera:

Sin ti, dolor es vivir

pero contigo sería dulce morir.

 

¡Pobre señor Freely! Penny estaba segura de que su padre pondría objeciones, seguro que sí, porque siempre llamaba al señor Freely «el individuo de la ciruela en dulce». Oh, aquellos obstáculos al amor eran muy crueles; y todo porque el señor Freely era pastelero. Bueno, Penny le sería fiel y, puesto que el que fuera pastelero le daba oportunidad de mostrar su fidelidad, se alegraba de ello. Edward Freely era un nombre bonito, más que John Towers. El joven Towers le había ofrecido una rosa que se había quitado del ojal, sonrojándose mucho; pero ella la rechazó y pensó con entusiasmo en lo mucho que se alegraría el señor Freely si supiera de su firmeza de espíritu.

¡Pobre pequeña Penny! Los días eran tan largos entre las margaritas de una granja de ganado y el pensamiento es tan activo; ¿cómo era posible que el drama interior no fuera inicio del exterior? He conocido señoritas, mucho mejor educadas y con un conocimiento más amplio del mundo gracias a la lectura instruida, por no hablar de literatura y bordados elaborados, que han tejido para sí, igual que Penny, un capullo de alegrías y penas imaginarias. Su hermana mayor, Letitia, que poseía un estilo de belleza más orgulloso y una ambición más mundana, estaba prometida a un comerciante de lanas que venía desde Cattleton para verla; y todo el mundo sabe que a un comerciante de lanas le corresponde un alto rango y algunas veces llega a conducir una calesa con dos caballos. Las ambiciones de Letty eran cada día más elevadas y Penny no se atrevía hablar con su altiva hermana de las penas que albergaba, ni se atrevió nunca a proponerle que pasaran por la tienda del señor Freely a comprar caramelos de regaliz, aunque había allanado el camino diciendo que tenía un ligero dolor de garganta. De modo que tuvo que pasar delante de la tienda, por el otro lado de la plaza del mercado, y reflexionar, con un suspiro contenido, que, tras aquellas jarras de color blanco y rosa, alguien pensaba en ella con ternura sin saber lo reducido del espacio que los separaba.

Y era cierto que, cuando el negocio lo permitía, el señor Freely pensaba mucho en Penny. Pensaba que su belleza se podía comparar con los dulces mas bonitos; le parecía una muchacha de carácter sumiso, dispuesta a atenderlo como si fuera una negra y a guardar un silencio aterrorizado cuando el hígado lo volviera irritable; y consideraba que la familia Palfrey era casi la mejor de la parroquia con hijas casaderas. En conjunto, la consideraba digna de convertirse en la señora de Edward Freely, especialmente porque sería necesario aplicar cierto ingenio para conseguirla. El señor Palfrey era capaz de azotar con el látigo a un pretendiente a la mano de su hija demasiado osado; y, además, tenía tres hijos altos: estaba claro que un pretendiente se encontraría en desventaja con semejante familia, a menos que los viajes y una perspicacia natural le hubieran proporcionado ingenio suficiente para compensar. Y lo primero que se le ocurrió al respecto fue que el señor Palfrey pondría menos objeciones si supiera que la familia Freely estaba muy por encima de la suya. Se había comportado con tonta modestia al ocultar hasta el momento que una rama de los Freely poseía una casa solariega en Yorkshire y al encerrar el retrato de su tío abuelo, el almirante, en lugar de colgarlo ahí donde debían estar los retratos de familia: sobre la chimenea, en el salón. Cuando el almirante Freely, Caballero de la Orden del Baño, ocupó el lugar destacado que le correspondía, se vio que sólo tenía un brazo y un ojo, en lo que se asemejaba al heroico Nelson, mientras que unos rasgos pálidos e insignificantes confirmaban la relación entre él y su sobrino nieto.

A continuación, se apoderó del señor Freely el deseo incontenible de poseer la receta para el cerdo adobado de la señora Palfrey, ya que estaba en todas las bocas que era superior al suyo, tal como él mismo le comunicó en una carta muy halagadora que le llevó el mozo de los recados. La señora Palfrey, como otros genios, se guiaba más por su instinto que por las normas y no tenía recetas; en realidad, despreciaba a las personas que las utilizaban y señalaba que la gente que preparaba conservas siguiendo las recetas de un libro debía atenerse a pesos y medidas y tonterías como ésas; en cuanto a ella, los pesos y medidas los tenía en la punta de los dedos y de la lengua, y para las cosas secas como harina y especias usaba puñados y pellizcos; para los líquidos, tenía una jarrita, lo más adecuado para medir mucho o poco, porque cualquiera sabía lo que era una taza de té, y seguro que necesitaba cinco jarritas de tamaño mediano para un galón. Los conocimientos de este tipo son como los colores de Tiziano: algo difícil de comunicar; y como la señora Palfrey, en otros tiempos notablemente hermosa y a la sazón robusta y asmática, casi nunca salía de su casa, apenas podía impartir su enseñanza oral en otro lugar que no fuera Long Meadows. Ni siquiera una matrona es insensible al halago, y la perspectiva de recibir a un visitante cuyo principal objetivo fuera escuchar su conversación no carecía de encanto para ella. Puesto que no existía receta alguna que enviar en respuesta a la humilde petición del señor Freely, pidió a su hija Penny que le escribiera una nota diciéndole que su madre se alegraría de verlo y de hablar con él sobre las conservas de cerdo cualquier día que quisiera pasar por Long Meadows. Penny obedeció con mano temblorosa, pensando en las cosas maravillosas que sucedían en este mundo.

De esta manera, el señor Freely se introdujo en la casa de los Palfrey y, a pesar de la tendencia del sector masculino de la familia a burlarse un poco de él por «paliducho» y patizambo, consolidó su posición como invitado asiduo y aceptado. Cuando se encontraron un domingo en la casa, el joven Towers lo miró con disgusto cada vez mayor y, en secreto, deseó probar con él su hurón, como si fuera una alimaña que el valioso animal pudiera manejar con energía y vigor. Sin embargo -qué ciegos son los padres algunas veces-, ni el señor ni la señora Palfrey sospecharon que Penny tuviera nada que ver con un comerciante de dudosa categoría en tan marchita flor de la juventud. Pensaban que el joven Towers la miraba con buenos ojos y que, probablemente, algún día fuera ése un buen partido; pero Penny era una niña en aquel momento. Y, mientras tanto, Penny iba imaginando las circunstancias en las que el señor Freely se le declararía: quizá bajo la hilera de ciruelos, cuando estuvieran en el jardín antes de tomar el té; quizá por carta, en cuyo caso, ¿cómo empezaría ésta? ¿«Mi querida Penélope»? ¿«Estimada señorita Penélope»? ¿O directamente, sin «querida» ni nada, como parecía lo más natural cuando las personas se sentían un poco violentas? De todos modos, fuera como fuere la proposición, no la aceptaría sin el consentimiento de su padre: siempre sería fiel al señor Freely, pero no desobedecería a su padre. Porque Penny era una buena chica, aunque algunas de sus amigas pensaran más tarde que no decía mucho en su favor que no hubiera sentido una repugnancia instintiva por el señor Freely.

Sin embargo, éste era prudente y deseaba estar seguro del terreno que pisaba. Sus puntos de vista sobre el matrimonio no eran totalmente sentimentales y estaban tan mezclados con las consideraciones sobre lo que sería ventajoso para un hombre en su posición como si su educación hubiera costado una suma considerable. No era él hombre dado a enamorarse de la persona equivocada; de manera que se aplicó tanto a granjearse el favor de los padres como a asegurarse el afecto de Penny. La señora Palfrey no había sido insensible al halago, y su marido, puesto que también era un ser mortal, era de esperar que no fuera inmune al ron, ese excelente ron jamaicano que el señor Freely esperaba que le enviaran regularmente de la isla. No fue fácil conseguir que el señor Palfrey entrara en el salón situado detrás de la tienda, donde la suave luz del callejón iluminaba los rasgos del heroico almirante; sin embargo, una tarde, cuando estaba a punto de marcharse de Grimworth en dirección a su casa, el aspirante a enamorado consiguió convencerlo para que cenara un poco de ternera atada, que, después de la conserva de cerdo de la señora Palfrey, le parecería la mejor comida fría posible.

A partir de ese momento, el señor Freely estuvo seguro de su éxito: al encontrarse en privado con un hombre lo bastante mayor para ser su padre, y puesto que estaba solo en el mundo, fue natural que le abriera su corazón sobre temas que no podía mencionar ante cualquiera, en especial, todo lo relacionado con las esperanzas que tenía puestas en su tío de Jamaica, que no tenía hijos, y que quería a su sobrino Edward más que a nadie en este mundo, aunque se había sentido tan herido cuando éste salió de Jamaica que lo amenazó con no darle ni un chelín. Sin embargo, desde entonces le había escrito para manifestarle su total perdón y, aunque era un caballero anciano y excéntrico e incapaz de dar ningún dinero en vida, Edward Freely podía enseñarle al señor Palfrey la carta que demostraba con total claridad quién sería el heredero del afectuoso tío. El señor Palfrey llegó a ver la carta y no pudo dejar de admirar el espíritu de un sobrino que declaraba que aquellas esperanzas tan brillantes no suponían para él ningún cambio de conducta; trabajaría en su humilde negocio y seguiría labrándose una modesta fortuna. Si algún día heredaba las propiedades de Jamaica, pues bienvenidas fueran. En realidad, no era sorprendente para un miembro de la familia Freely heredar una finca, teniendo en cuenta las tierras que había poseído en tiempos pasados... Mejor dicho, las que todavía poseía la rama de Northumberland. ¿No quería tomar otro vasito de ron? ¿Y examinar el balance del año anterior? El señor Freely era un hombre preocupado por poseer virtudes personales y no deseaba vanagloriarse de su familia, tal como otros harían.

Sabemos con qué facilidad puede conducirse al gran Leviatán cuando está sujeto de la nariz por un anzuelo o de las mandíbulas por una cuerda . El señor Palfrey era un hombre grande pero, como Leviatán, su propia masa actuaba en contra de sí mismo en cuanto tomaba una decisión. No era un hombre voluble que cambiara fácilmente de opinión. Suficiente. Antes de transcurridos dos meses, había aprobado el matrimonio del señor Freely con su hija Penny y, tras haber dado con una fórmula por la que podía justificarlo, alejó todas las dudas y objeciones, incluso las propias. La fórmula era la siguiente: «No soy hombre que meta la cabeza en un lugar antes de saber adónde conduce».

La pequeña Penny estaba muy orgullosa y nerviosa, pero no se sentía tan feliz como había creído que estaría cuando se comprometiera. Se preguntaba si al joven Towers le importaría mucho, porque últimamente no había pasado por su casa, y hermana y hermanos se mostraban más inclinados a la burla que a la comprensión. En Grimworth no se hablaba de otra cosa. Todos los hombres ensalzaban la buena suerte del señor Freely; en tanto que las mujeres, con la tierna solicitud característica de su sexo, deseaban que el matrimonio saliera bien.

Mientras los asuntos se encontraban en ese momento triunfal, una mañana el señor Freely observó que un tallador de piedra que había estado desayunando en el comedor se había olvidado un periódico. Era la Gazette de determinada región del país no del todo desconocida para el señor Freely, de manera que sintió cierta curiosidad y le echó un vistazo, en especial a los anuncios. Un suave rubor recorrió su rostro al leerla. La causa era el siguiente mensaje: «Si David Faux, hijo de Jonathan Faux, domiciliado antiguamente en Gilsbrook, se presenta en la oficina del señor Strutt, abogado de Rodham, tendrá noticia de algo que le resultará de provecho».

-¡Padre ha muerto! -exclamó el señor Freely involuntariamente-. ¿Me habrá dejado algo en herencia?

 

CAPÍTULO III

Tal vez no esperara el lector que el señor Faux regresara de las Indias Occidentales a los pocos años de llegar y se estableciera en su antiguo negocio, como un hombre corriente que nunca hubiera viajado. Pero cosas como ésta suceden en la vida. Desde el momento en que, como sabemos, los hombres cambian de cielos y ven nuevas constelaciones sin que por ello se transforme su alma, bien puede suceder que algunas veces no cambien de actividad en nuevas circunstancias.

Sin duda, este resultado también contradecía las expectativas de David. Como bien sabrás, había albergado esperanzas de tener una carrera brillante entre «los negros»; pero fuera porque habían visto ya demasiados hombres blancos o por cualquier otro motivo, no lo reconocieron de inmediato como un ser humano de categoría superior; además, no había princesa alguna entre ellos. En Jamaica nadie deseaba mantener a David por el mero placer de su compañía; y los méritos ocultos de un hombre que tan bien los conoce se apreciaban tan poco allí como en la decadente sociedad del Viejo Mundo. De manera que con las oscuras insinuaciones que lanzaba David en el Oyster Club sobre la vida de placeres sultánicos que había llevado en las lujosas Indias, a mi parecer, en realidad, no se hacía ningún bien; según creo, tuvo que trabajar para ganarse el pan y volvió a cocinar, ya que, al fin y al cabo, era lo único que sabía hacer. Había tramado varios planes ingeniosos para burlar a personas de gran fortuna y escasas facultades; pero nunca encontró ni a las personas adecuadas ni las circunstancias oportunas. Las artimañas de David para enriquecerse sin trabajar al parecer no guardaban relación con el mundo que lo rodeaba, a diferencia de las recetas de pastelería. Es posible dar por buenas muchas monedas malas de medio penique o de media corona, pero me parece que no se conoce el caso de que se haya dado por medio penique o media corona un soberano. Un tahúr puede hacer buenos negocios en este mundo: es innegable que puede llegar a tener una buena carrera, si se atreve a desafiar las consecuencias; pero David era demasiado tímido para ser un tahúr o aventurarse en ningún sentido entre las trampas de la ley. No se atrevía a robar a nadie más que a su madre, de manera que tuvo que replegarse en su valor personal y conformarse con dar de vez en cuando medio penique falso o, para hablar con más precisión, pasar por buen cocinero y repostero. Porque, a pesar de algunas lecturas y observaciones, no podía conseguir dinero de otro modo; más aún, incluso encontró en sí mismo la capacidad de extender su habilidad en esta dirección y ocuparse de toda forma de cocina; mientras tanto empezó a advertir que no era capaz de brillar en otras ramas del trabajo humano. El Destino era demasiado fuerte para él; había creído que podría dominarlo y para ello había cruzado el mar; pero el Destino lo atrajo, le ató un delantal y, tras arrebatarle otros recursos, lo puso a cocinar pasteles y pastas en una cocina de Kingston. Empezó a mostrarse sumiso con él, puesto que lo recompensaba con ganancias aceptables; pero las calenturas y las fiebres miliares, y otros males que aquejan a los cocineros en los climas ardientes crearon en él ansias de regresar a su tierra natal; de manera que tomó de nuevo el barco con los ahorros de seis años, esta vez con una idea clara de cuáles eran las intenciones del Destino respecto a su carrera. Si se me pregunta con insistencia si todo el dinero con el que se había instalado en Grimworth procedía de puros y simples ahorros, me veré en la necesidad de confesar que obtuvo algunas cantidades gracias a su caritativo silencio sobre algunas fechorías ajenas. En conjunto, puesto que su apellido no iba asociado a ninguna perspectiva prometedora, y puesto que un nuevo bautismo parecía un buen principio para una nueva vida, David Faux consideró oportuno llamarse a sí mismo Edward Freely.

¡Y hete aquí que, frente a todo pronóstico, el nombre de David Faux parecía estar vinculado a ciertos beneficios! ¿Debía rechazarlos, en su condición de próspero hombre de negocios? Aquella decisión podría ponerlo en contacto con su familia de nuevo, y no sentía el menor anhelo en esa dirección; además, tenía poca fe en que ese «algo que le resultará de provecho» pudiera ser considerable. Por otra parte, todo beneficio, por pequeño que sea, resulta agradable, y la promesa le pareció tan sorprendente en este caso que estimuló su curiosidad. Al final, pesó más uno de los platillos de la balanza y se decidió a escribir al abogado y, en resumidas cuentas, la correspondencia terminó en una cita para una reunión entre David y su hermano mayor en el despacho del señor Strutt, después de que el vago «algo» se hubiera definido como una herencia de su padre de ochenta y dos libras con tres chelines.

Como bien sabrá el lector, David contaba con que lo desheredaran; y así habría sido si no hubiera nacido, como tantos otros hijos indiferentes, de padres buenísimos, cuya conciencia los hacía escrupulosos ahí donde personas mucho más instruidas se sienten justificadas con frecuencia para dejarse arrastrar por la indignación. La buena de la señora Faux nunca pudo olvidar que había traído a ese hijo mal preparado a un mundo en ese estado total de indefensión que excluía cualquier elección por su parte; y, de un modo u otro, tenía la sensación de que el hecho de que anduviera por mal camino sería culpa de su padre y de su madre si se apartaban, por poco que fuera, de sus deberes de padres. El concepto que tenía de estos deberes no era muy elevado ni sutil, pero incluía darle la parte que le correspondía de la prosperidad familiar; porque cuando un hombre posee un poco de dinero honrado, ¿acaso es probable que robe? Dejar al hijo delincuente sin un chelín era como entregarlo a sus malas tendencias. No; era mejor restar de su parte las veinte guineas que había robado y sumar las tres que su madre siempre había considerado que le correspondían; y, aunque se había escapado y, tal vez, había huido allende los mares, era preferible que, a pesar de todo, se le concediera el dinero y quedara en reserva para su posible regreso. El señor Faux estaba de acuerdo con la opinión de su mujer y escribió un codicilo a su testamento con tiempo suficiente para morir con la conciencia tranquila. Sin embargo, durante mucho tiempo su familia creyó que, probablemente, David nunca volvería a aparecer; y el hijo mayor, que tenía a Jacob a su cargo, pensaba con frecuencia que era un poco injusto que tal vez David estuviera muerto y, no obstante, al no estar su muerte confirmada, su herencia no llegara a su heredero legítimo. Pero, en este estado de cosas, un vecino aportó el testimonio contrario -es decir, que David estaba todavía vivo y en Inglaterra- al asegurar que, durante un viaje a Cattleton, lo había visto en una calesa conducida por un hombre recio sentado a su lado. Podía «jurar que era David», aunque «no podía saber por qué, puesto que no tenía señal distintiva alguna; pero tampoco las tenía un perro blanco y eso no impedía que la gente lo distinguiera de otro perro blanco». Fue este incidente el que había conducido al anuncio.

Naturalmente, la herencia se pagó tras revelar unos pocos datos en relación con la situación real de David. Rogó que saludaran a su madre en su nombre y que le dijeran que esperaba poder visitarla de vez en cuando; pero en aquellos momentos sus negocios y su inminente matrimonio le impedían viajar. Su hermano le contestó con sinceridad.

-Madre puede decidir lo que quiera sobre tus visitas pero, por mi parte, no quiero volver a verte por casa. Cuando la gente toma un nombre nuevo, es mejor que trate con sus nuevas amistades.

David se guardó el insulto junto con las ochenta y dos libras con tres y volvió a su casa con sensación de triunfo por lo fáciles que habían sido los trámites que lo habían enriquecido de ese modo. No tenía intención de ofender a su hermano reclamando más reconocimiento fraternal y regresó satisfecho al personaje de Edward Freely, el huérfano, vástago de una familia grande pero reducida, con un tío excéntrico en las Indias Occidentales. (He insinuado ya que estaba algo familiarizado con la literatura de ficción; y, puesto que era un hombre práctico, habrá advertido ya el lector que había aplicado tal forma de conocimiento a fines prácticos.)

Transcurrida algo más de una semana del regreso de ese fructífero viaje, tras fijar la fecha de matrimonio con Penny, se acordó que la señora Palfrey superara su reticencia a salir de casa y ella y su marido llevaran a sus dos hijas a examinar la futura morada de la pequeña Penny y decidir qué disposiciones podían tomarse para acoger a la novia. El señor Freely quería que tuviera una casa tan bonita y cómoda que no envidiara siquiera a la esposa de un comerciante de lanas. Por supuesto, la sala situada sobre la tienda sería el salón principal; pero también el salón que había detrás debía convertirse en un alojamiento adecuado para la linda Penny, la cual, por supuesto, desearía estar cerca de su marido, aunque el señor Freely declaró que había decidido que nunca permitiría que su esposa atendiera en la tienda. Las decisiones sobre los muebles del salón se dejaron para el final, porque el grupo debía tomar en él el té; y, hacia las cinco, allí se sentaron todos delante de los mejores bollos y panecillos de mantequilla, mientras la pequeña Penny se sonrojaba y sonreía, con el cabello recogido pulcramente y un vestido azul que mostraba sus pequeños hombros blancos, mientras le preguntaban una opinión que nunca daba. Deseaba en secreto tener un adorno especial para la chimenea, pero no se atrevía a mencionarlo. Sentada junto a su amarillento y marchito enamorado, el cual, a pesar de que todavía no había alcanzado los treinta años, tenía ya patas de gallo en los ojos, temblaba ante la buena suerte que había tenido al casarse con un hombre tan viajado... ¡y antes que su hermana Letty! La bella Letitia tenía un aire orgulloso y despectivo, pensaba que su futuro cuñado era una persona odiosa y estaba enfadada con su padre y su madre por permitir que Penny se casara con él. ¡Pobrecita Penny! Parecía una cereza tierna a punto de que la arrancara con los dientes una boca sin labios. ¿Acaso ningún liberador vendría a salvar a aquella cereza de boca semejante?

-Qué aire de familia tienen usted y el almirante, señor Freely -señaló la señora Palfrey, que contemplaba el retrato de familia por primera vez-. ¡Es maravilloso! Y es sólo un tío abuelo. ¿Se parece usted al resto de su familia, por lo que sabe?

-No podría decírselo -contestó el señor Freely con un suspiro-. Gran parte de mi familia tiene una opinión demasiado elevada de sí misma para tenerme en cuenta.

En ese momento se oyó en la tienda un extraordinario alboroto, como si un pesado animal anduviera por ella bufando enfadado, y después se oyó cómo un frasco de cristal se hacía añicos mientras la voz del aprendiz gritaba «Patrón», muy asustada.

El señor Freely se puso de pie, inquieto y asombrado, y se apresuró a acudir a la tienda, seguido por los cuatro Palfrey, que se detuvieron en la puerta del salón, paralizados de asombro al ver a un hombre grande vestido con un blusón, con una horca en la mano, que corría hacia el señor Freely gritando:

-¡Zavy, Zavy, mano Zavy!

Era Jacob y, durante un momento, David perdió la calma. Tuvo la sensación de que lo detenían por haber robado las guineas de su madre. Se quedó helado y tembló bajo el abrazo de su hermano.

-Vaya, ¿qué pasa aquí? -preguntó el señor Palfrey, adelantándose desde la puerta-. ¿Quién es?

Jacob le contestó diciéndole una y otra vez:

-Soy Zacob, el mano Zacob, enido a ver a Zavy -hasta que el hambre lo empujó a soltar el abrazo y coger una gran empanada que se llevó a la boca.

Llegado a aquel punto, la inventiva de David había empezado a regresar, pero era una tarea muy difícil para su prudencia dominar la rabia y el odio hacia el pobre Jacob.

-No sé quién es: debe de estar bebido -dijo en voz baja al señor Palfrey-. Pero es peligroso con esta horca. Seguro que no quiere soltarla. -Se contuvo a tiempo de revelar una intimidad excesiva con las costumbres de Jacob y añadió-: Vigílelo mientras voy a buscar a un agente de policía. –Y salió corriendo de la tienda.

-Caramba, ¿y de dónde sales, muchacho? -preguntó el señor Palfrey, dirigiéndose a Jacob en tono conciliador.

Jacob se comía la empanada a grandes bocados y miraba a su alrededor las demás cosas buenas de la tienda, mientras sujetaba la horca con el brazo izquierdo y ponía esa mano sobre algunos bollos. Se encontraba en la extraña situación de aquel que recupera a un amigo largo tiempo ausente y lo encuentra más rico que nunca en precisamente aquello que le había hecho ganar su aprecio.

-Zacob, el mano Zacob. Quiero a Zavi, mano Zavi -dijo en cuanto el señor Palfrey consiguió atraer su atención-. Zavi volvió de las Indias, se llevó las ineas de madre. ¿Dónde está Zavi? -añadió, mirando a su alrededor y después, volviéndose a los otros con aire de interrogación, desconcertado por la desaparición de David.

-Qué raro -señaló el señor Palfrey a su esposa y a sus hijas-. Parece decir que Freely es su hermano que ha vuelto de las Indias.

-¡Qué simpático pariente para nosotros! -dijo Letitia con aire sarcástico-. Lo encuentro muy parecido al señor Freely. Tiene el mismo tipo de nariz y los ojos del mismo color.

La pobre Penny estaba a punto de echarse a llorar.

En aquel momento, el señor Freely volvió a entrar en la tienda sin el agente de policía. En las escasas yardas recorridas había tenido tiempo y tranquilidad suficientes para adquirir una visión más amplia de las consecuencias, y se había dado cuenta de que el que se llevaran a Jacob al asilo de pobres o al calabozo como si fuera un desconocido molesto podría tener efectos desagradables si su familia se tomaba la molestia de ir a buscarlo. Debía resignarse a medidas más pacientes.

-Lo he pensado mejor -dijo, haciendo un gesto con la mano al señor Palfrey y susurrándole mientras Jacob les daba la espalda-: es un pobre tonto, quizá venga a buscarlo su familia. No me importa darle un poco de comer y dejar que pase la noche aquí. Se le ha metido en la cabeza que me conoce: los idiotas tienen fantasías de ésas. Quizá se vaya dentro de una hora o dos y no arme más alboroto. Yo soy un hombre bondadoso y no me gustaría que trataran mal a este infeliz.

-Caramba, si es capaz de comer por valor de un soberano en un santiamén -dijo el señor Palfrey, pensando que el señor Freely era de una generosidad excesiva.

-Eh, Zavi, vuelves? -exclamó Jacob, dando a su querido hermano otro abrazo, que aplastó al señor Freely contra el mango de la horca.

-Ajá -dijo el señor Freely sonriendo, plenamente dispuesto al asesinato: sólo le faltaba el valor. Deseó que los bollitos tuvieran arsénico.

-¿Ineas de madre? -preguntó Jacob, señalando una jarra de cristal con caramelos amarillos, situada junto al escaparate-. Dame.

David no osó hacer otra cosa que coger la jarra de cristal y darle un puñado a Jacob. Lo acogió en la bata, que extendió para que cupieran más.

«En todo caso, eso lo mantendrá tranquilo», pensó David, y vació el frasco. Jacob esbozó una amplia sonrisa e hizo una mueca de entusiasmo.

-Es usted muy bueno con este desconocido, señor Freely -dijo Letitia; y a continuación, cuando David se sumó al grupo situado en el salón, añadió con desprecio-: Me parece que no lo trataría mejor si fuera su verdadero hermano.

-Siempre he pensado que era un deber ser bondadoso con los idiotas -dijo el señor Freely, esforzándose en tratar el asunto desde el punto de vista más moral-. Bien podríamos haber salido idiotas también nosotros, cualquiera podría ser idiota, en lugar de poseer todos los sentidos.

-No sé de dónde sacaríamos entonces comida para todos -señaló la señora Palfrey examinando la cuestión como un ama de casa.

-Sentémonos todos y terminémonos el té -dijo el señor Freely-. Dejemos tranquila a esa pobre criatura.

Volvieron a entrar en el salón; pero Jacob no pareció apreciar la amabilidad de que lo dejaran solo, siguió inmediatamente a su hermano y se sentó a la mesa con la horca plantada en el suelo.

-Bien -dijo la señorita Letitia, poniéndose en pie-. No sé si quiere quedarse usted, madre; pero yo me iré a casa.

-Oh, yo también -dijo Penny, terriblemente asustada de Jacob, que había empezado a mirarla moviendo la cabeza y sonriendo.

-Bueno, me parece que lo mejor será que nos vayamos, señor Palfrey -dijo la madre, levantándose más despacio.

El señor Freely, cuyo rostro había amarilleado francamente durante la última media hora, no se opuso a la propuesta. Deseaba que volvieran a verse «en circunstancias más felices».

-Pues a mí me parece que ese hombre es su hermano -dijo Leticia cuando estaban todos de camino a casa.

-Letty, eso es muy desagradable por tu parte -dijo Penny, echándose a llorar.

-¡Tonterías! -dijo el señor Palfrey-. Freely no tiene ningún hermano, lo ha dicho muchísimas veces; es huérfano; no tiene nada más que tíos, uno, por lo menos. ¿Qué más da lo que diga un idiota? ¿Qué necesidad tiene Freely de contar mentiras?

Letitia alzó la barbilla y se calló.

El señor Freely, cuando se quedó a solas con su afectuoso hermano Jacob, meditó sobre la posibilidad de engatusarlo, sacarlo de la ciudad a la mañana siguiente temprano y hacer que lo llevaran a Gilsbrook antes de que revelara más secretos. Pero era difícil. Advertía con claridad que, si era él quien se llevaba a Jacob, su ausencia, sumada a la desaparición del desconocido, convencería a todos de que se trataba de un pariente, o lo obligaría a tomar el peligroso rumbo de inventar una historia para explicar su desaparición y su ausencia simultáneas. David gimió. En algunas ocasiones la falsedad parece poco oportuna. Tal vez habría sido más astuto no haber contado nunca esas hábiles mentirijillas sobre sus tíos, ensalzándolos o no; porque los Palfrey eran personas simples y compartían los prejuicios populares contra la mentira. Y aunque, en esta ocasión, pudiera sacar de ahí a Jacob, ¿qué garantía tenía de que no volvería otra vez, ahora que sabía el camino? ¡Oh, guineas! ¡Oh, caramelos! ¡Qué dignos de envidia eran aquellos que nunca habían robado a su madre y nunca habían dicho mentirijillas! David pasó la noche sin dormir mientras Jacob roncaba a su lado. ¿Aquél era el resultado de viajar a las Indias y adquirir una combinación de anécdotas y experiencia?

Se levantó al romper el día, como en otra ocasión anterior en que también temió a Jacob, e intentó por todos los medios despertar a su fatal hermano de su profundo sueño; no se atrevía a hacer ruido, porque el aprendiz dormía en la casa y lo contaría todo. Pero Jacob no quería despertarse. Rechazó con los puños la desconocida causa de alteración, se dio media vuelta y roncó de nuevo. Tenía que dejar que se despertara como quisiera. David, con la frente cubierta de sudor frío, tuvo que reconocer que aquel día no podría librarse de Jacob.

Antes de mediodía, el señor Palfrey acudió a Grimworth movido por la natural curiosidad de averiguar cómo su futuro yerno se había librado de aquel desconocido al que trataba con tanta benevolencia. Encontró una multitud en torno a la tienda. A aquellas alturas, todo Grimworth había oído contar que a Freely se le había pegado un idiota que lo llamaba «hermano Zavy»; y los más jóvenes del pueblo parecían considerar al singular desconocido una fuente inagotable de fascinación, mientras los vecinos se dejaban caer uno por uno para interesarse por el incidente.

-¿Y por qué no lo envía al asilo? -preguntó el señor Prettyman-. Va a terminar peleándose con él delante de los niños, y le devorará. El asilo es el mejor lugar para él; que lo vaya a buscar allí su familia, si es que tiene.

-Esa será su opinión, señor Prettyman -dijo David, con el ánimo debilitado por la tortura de su posición.

-¡Vaya! ¿Entonces es su hermano? -dijo el señor Prettyman, mirando a su vecino Freely con dureza.

-Todos los hombres son nuestros hermanos, de especial los idiotas -dijo el señor Freely, que, como muchos otros hombres viajados, no dominaba su lengua materna.

-Vamos, vamos: si es su hermano, diga la verdad, hombre -dijo el señor Prettyman, cada vez más receloso-. No se avergüence de quien es sangre de su sangre.

El señor Palfrey estaba presente y también observaba a Freely. A cualquier hombre le resulta difícil creer en las ventajas de decir una verdad que revelará que se ha comportado como un mentiroso. En aquel momento crítico, David se acobardó y no se atrevió a caer en desgracia ante los ojos de su futuro suegro.

-Señor Prettyman -dijo-, sus comentarios me parecen un insulto. No tengo motivo alguno para no estar orgulloso de quienes son sangre de mi sangre. Si este pobre hombre fuera mi hermano en grado mayor que cualquier otro hombre, lo diría.

Una figura alta oscureció la puerta y David, alzando los ojos en esa dirección, vio a su hermano mayor, Jonathan, en el umbral.

-Me quedo con Zavy -gritó Jacob al ver él también a su hermano mayor; después corrió tras el mostrador y se agarró a David.

-¡Vaya! ¿Está aquí? -dijo Jonathan Faux, avanzando-. Mi madre no dice nada si pasa tanto tiempo fuera, pero yo debo cuidarlo. Y me ha parecido que sería muy probable que hubiera venido a verte, porque hemos estado hablando de ti últimamente y de dónde vivías.

David vio que no había escapatoria; esbozó una sonrisa espectral.

-¡Vaya! ¿Es pariente suyo, señor? -preguntó el señor Palfrey a Jonathan.

-Ajá, es el inocente de mi hermano, claro que sí -dijo el sincero Jonathan-. Mucho trabajo y dinero, es lo que nos cuesta, en lo que come y otras cosas, pero debemos soportar la carga que nos corresponde.

-¿Y se llama usted Freely, no es así? -preguntó el señor Prettyman.

-Quiá, me llamo Faux, no sé nada de Freelys -dijo Jonathan de manera cortante-. Vamos-añadió, dirigiéndose a David-: debo dar noticias a la madre de Jacob. ¿Me lo llevo conmigo o te ocuparás tú de enviarlo a casa?

-Llévatelo, si consigues que me suelte -dijo David débilmente.

-Entonces, este caballero que se dedica al ramo de la repostería, ¿es su hermano, señor mío? -preguntó el señor Prettyman con la sensación de que en aquella ocasión era necesario utilizar un lenguaje formal.

-Por mí como si no lo fuera -dijo Jonathan, incapaz de reprimir un impulso de indignación que nunca se había permitido satisfacer-. Se escapó de casa hace años con buenas razones en el bolsillo: imagino que ya no quería que nadie lo reconociera como pariente.

El señor Palfrey salió de la tienda; sentía su orgullo demasiado herido por haber permitido que lo engañaran para interesarse por los detalles. Lo que más le urgía era llegar a su casa y decirle a su hija que Freely era un pobre ladronzuelo, probablemente un granuja, y que su compromiso se había roto.

El señor Prettyman se quedó, hasta cierto punto, complacido en su interior porque nunca había cedido ante Freely, y ahora vería el señor Chaloner a qué clase de individuo había puesto por encima de otros parroquianos más antiguos. Consideraba que le correspondía a él (el señor Prettyman) conocer, en interés de la parroquia, todo lo que se pudiera saber sobre el «intruso». Si las cosas seguían así, acabaría instalándose en Grimworth gente venida de los penales de Australia.

Pronto resultó evidente que Jacob no dejaría a su hermano David más que a la fuerza. Aquél comprendía con la claridad del cerebro más inteligente que Jonathan lo devolvía a la leche desnatada, las masas de manzana, las habas y el cerdo. Y en la tienda de su hermano había encontrado un paraíso. Era cosa difícil emplear la fuerza contra Jacob, porque llevaba pesadas botas con clavos, y si le hubieran arrebatado la horca, habría recurrido sin vacilar a las patadas. Sólo el recurso a la astucia para atarlo de pies y manos podía ponerlos a salvo.

-Que se quede -dijo David, con desesperada resignación, asustado ante todo por la idea de que se produjeran mayores disturbios en la tienda, lo que no haría más que llamar la atención sobre sí mismo-. Vete y mañana quizá pueda llevarlo conmigo a Gilsbrook. Me seguirá a toda prisa, imagino -añadió con un gemido contenido.

-Muy bien -dijo Jonathan ásperamente-. No veo por qué no te iba a dar a ti molestias y gastos, como a todos los demás. Pero ocúpate de traerlo pronto y sano y salvo, o madre no descansará.

Tras llegar a este acuerdo, el señor Prettyman rogó al señor Jonathan Faux que fuera a comer algo con él, invitación francamente aceptable; y, puesto que el honrado Jonathan no tenía nada de que avergonzarse, es probable que fuera muy franco en su comunicación con el cortés pañero, el cual, con el objetivo de conseguir el bien de la parroquia, se apresuró a sonsacar toda la información que pudo obtener sobre Freely. Puede bien imaginar el lector que la reunión de aquella noche en el club del Woolpack resultó inusitadamente animada. Todos los miembros estaban impacientes por demostrar que nunca les había gustado Freely, tal como se hacía llamar. Pero el nombre verdadero era Faux, ¿no? Más adecuado sería que se llamara Fraude. La mayoría expresaba el deseo de ver cómo lo echaban de la ciudad entre abucheos.

El señor Freely no se aventuró a salir por la puerta aquel día, porque sabía que Jacob saldría con él y era muy probable que arrastraran un cortejo de seguidores juveniles. Envió recado para reservar la calesa del Woolpack a una hora temprana al día siguiente; pero el patrón no mantuvo el encargo en riguroso silencio. Se informó al señor Freely de que no podían darle la calesa hasta las siete; y los vecinos de Grimworth eran madrugadores. Quizá aquella mañana concreta estaban más despiertos que de costumbre; porque, cuando animaron a subir a Jacob a la calesa con su hermano David, con una bolsa de dulces en la mano, los habitantes del mercado se asomaban ya por puertas y ventanas, y a la vuelta de la esquina había incluso una asamblea de aprendices y escolares que, al pasar, les gritaron de un modo que Jacob interpretó como alegre y amistoso y les contestó moviendo la cabeza y con una gran sonrisa. «¡Viva, David Faux! ¿Cómo está tu tío?», fue su saludo matutino. Como otros comentarios mordaces, no estaba del todo improvisado.

Ni siquiera este escarnio público resultó tan aplastante para David como la horrible idea de que, aunque ahora consiguiera devolver a Jacob a su casa, nunca estaría seguro de que no volviera, como una avispa al tarro de la miel. Mientras David viviera en Grimworth, pendería sobre él la posibilidad de que Jacob regresara. Pero ¿podría seguir viviendo en Grimworth, convertido en objeto de burlas, rechazado por los Palfrey, tras haberse deleitado con la conciencia de que era un pastelero próspero y envidiado? A David le gustaba que lo envidiaran; le importaba menos que lo amaran.

Pronto se resolvieron sus dudas sobre este asunto. El ánimo de Grimworth se obstinó en situarse contra él y sus viandas y, como la nueva escuela se había terminado, se cerró el salón. Aunque no hubiera habido otros motivos, habría bastado el apego a los Palfrey, esa respetable familia que vivía en la parroquia desde tiempos inmemoriales, para que las gentes adineradas declinaran los bienes de Freely. Además, se había fugado con las guineas de su madre: ¿quién podía saber qué más había hecho en Jamaica o en otros lugares antes de llegar a Grimworth para infiltrarse con engaños en el seno de las familias? Las mujeres se estremecían. Empezó a suscitar las más terribles sospechas: los ojos verdes y las piernas zambas tenían aspecto criminal. Al párroco le desagradaba la presencia de un hombre que se había impuesto sobre su voluntad; y todos los chicos que no podían permitirse comprar en la rienda gritaban «David Faux» cuando pasaban por delante. Sin duda, nadie estaba dispuesto a pagar nada por el «fondo de comercio» del negocio del señor Freely, y se vería obligado a marcharse sin un peculio tan deseable para sufragar los gastos de una mudanza.

A los pocos meses, la tienda de la plaza quedó en alquiler y David Faux, alias Edward Freely, se había ido: nadie sabía qué rumbo había tomado. Así se puso freno a la desmoralización de las mujeres de Grimworth. La joven señora Steene renovó sus esfuerzos para confeccionar empanadas ligeras y, cuando al final consiguió preparar una hornada tan excelente que el señor Steene la miró con complacencia mientras se las comía, diciendo que eran las mejores que había probado en su vida, pensó menos en bulbules y renegados. En los pechos de las amas de casa matroniles resucitaron los secretos de la buena cocina, y las hijas volvieron a sentir deseos de que las iniciaran en ellos.

Imagino que alegrará saber al lector que las telas que la linda Penny había comprado para preparar su matrimonio con el señor Freely le resultaron tan útiles para la boda con el joven Towers como si hubieran estado destinadas expresamente a esta última ocasión. Porque la tez de Penny no se había alterado y el azul siempre sienta bien.

Aquí termina la historia de David Faux, pastelero, y de su hermano Jacob. Y en ella vemos, según creo, un admirable ejemplo de las formas inesperadas bajo las que la gran Némesis se esconde.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Suscripcion

📚 Biblioteca Emancipación

Accede y recibe automáticamente cada nuevo libro publicado

Suscríbete gratis

📩 Contacto: emancipacionbiblioteca@gmail.com