© Libro N° 13972. El Hermano
Jacob. Eliot, George.
Emancipación. Junio 21 de 2025
Título Original: © El Hermano Jacob. George Eliot
Versión Original: © El Hermano Jacob. George Eliot
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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George Eliot
El Hermano
Jacob
George Eliot
En la
literatura inglesa del siglo XIX, uno de los grandes nombres masculinos, George
Eliot, ocultaba a una mujer, Mary Ann Evans, inteligente, brillante y demasiado
moderna para su época, la victoriana. Eliot descolló en la prosa y, tras una
primera etapa algo romántica, hacia 1860 realizó una serie de obras de gran
entidad literaria.
Precisamente de ese
año es esta novela titulada El hermano Jacob. En ella se muestra la ambición de
David Faux, que roba a su madre para marcharse a América a hacer fortuna, pero
ve entorpecidos sus planes por su hermano Jacob, un retrasado mental que le
pone en serios apuros. Éste es el hecho desencadenante de una novelita que
supera la sátira costumbrista con finalidad moral para convertirse en un
ejercicio literario de altura con un retrato muy certero de los personajes. Una
joya de lectura rápida pero imprescindible.
George Eliot
NOTAL AL TEXTO
George Eliot
escribió Hermano Jacob en 1860, un año después que El Velo Alzado y casi al
mismo tiempo que la novela Silas Marner. Apareció por primera vez de forma
anónima, en las páginas de Cornhill Magazine en 1864, y posteriormente fue
reunida a instancias de la autora, en un mismo volumen junto con las dos obras
mencionadas en la llamada Cabinet Edition de 1878. Sobre el texto de esta
edición se basa la presente traducción.
Trompeurs, c’est
pour vous que j’ecris,
attendez
vous a la pareille
LA FONTAINE
CAPÍTULO I
Entre las múltiples
fatalidades que pueden acompañar a la flor del deseo juvenil tal vez no se haya
tomado en suficiente consideración la de optar ciegamente por la dedicación
profesional a la pastelería. Cómo podría saber el hijo de un pequeño propietario
rural británico, alimentado con tocino y bolitas de masa, que el estómago
humano llega a saciarse alguna vez, incluso cuando se halla en un paraíso de
frascos de cristal llenos de peladillas y confites de color de rosa, y que el
tedio vital puede alcanzar grados extremos en los que los bollos de ciruela a
discreción pierden todo atractivo. Y cómo va a prever, a la tierna edad en que
un confitero le parece un auténtico príncipe al que todo, el mundo debe
envidiar -que desayuna mostachones, come merengues, cena roscones y llena las
horas intermedias con azúcar cande o caramelitos de menta-, el día en que tome
triste conciencia y advierta que la profesión de pastelero carece de influencia
social y no es la más propicia para una ambición pujante. Conocí a un hombre,
el cual resultó tener talento metafísico, que en pleno optimismo juvenil había
emprendido inconscientemente una carrera como profesor de baile, y podrá
imaginar el lector el uso que de este error inicial hicieron sus adversarios,
que se sintieron obligados a advertir a las gentes contra su doctrina de lo
Inconcebible. No pudo el hombre dejar de dar clases de baile porque con ellas
se ganaba el pan, y la metafísica no le habría dado ni para la sal de la
hogaza. Exactamente lo mismo sucedió con David Faux y el negocio de la
pastelería. Su tío, mayordomo de la gran casa cercana a Brigford, se encariñó
con él desde la primera infancia y, precisamente con ocasión de una visita a su
tío, bastó un día para que las confiterías de esa brillante ciudad estimularan
la tierna imaginación del muchacho. David regresó a casa con la grata ilusión
de que un pastelero tenía que ser, a un tiempo, el más feliz y el más destacado
de los hombres, puesto que las cosas que hacía no sólo eran las más hermosas de
contemplar sino las mejores para comer, y personajes como el mismo alcalde
encargaban siempre grandes cantidades para su placer personal; así que, cuando
su padre declaró que debía buscar oficio, David escogió profesión sin vacilar
un momento y, con una impetuosidad producto de la golosinería, se entregó a la
pastelería de manera irrevocable. Sin embargo, no tardó en perder la afición
por lo dulce y se tornó indiferente; y mientras tanto fue conociendo cosas
nuevas y su ambición tomó nuevas formas, que difícilmente podían colmarse en el
ámbito que su juvenil ardor había escogido. Pero ¿qué podía hacer? Era un joven
de gran actividad mental y, por encima de todo, dotado de ingenio; pero sus
facultades no parecían destacar gran cosa en ningún otro medio que en el del
azúcar cande, las conservas y la repostería. Dígase lo que se quiera sobre la
identidad del proceso de razonamiento en todas las ramas del pensamiento, o
sobre las ventajas de abordar sin prejuicios el equilibrio entre mantequilla y
harina, así como del calor que debe aplicarse a la repostería: lo cierto es que
no es ésa la mejor manera de prepararse para el puesto de primer ministro;
además, dada la imperfecta organización de la sociedad actual, existen las
barreras sociales. David podía inventar pastelillos deliciosos y tenía una
amplia visión de la cuestión azucarera; pero en otros sentidos cargaba, sin
duda, con el lastre de la falta de conocimientos y de capacidad práctica, y el
mundo está organizado de manera tan inconveniente que la vaga conciencia de ser
un individuo magnífico no es garantía de éxito en ninguna empresa.
Esta dificultad se
imponía con cierta insistencia sobre David Faux, incluso cuando todavía era
aprendiz. Su alma se henchía de la impaciente sensación de que debía llegar a
ser alguien importante; de que, en su caso, se descartaba por completo la
posibilidad de tener que aceptar un destino mezquino, tal como hacían otros
hombres: desdeñaba la idea de resignarse a seguir en la media. Estaba
convencido de que nada en él lo aproximaba al tipo medio: incluso una persona
como la señora Tibbits, la lavandera, se daba cuenta, y probablemente prefería
su ropa a la de los demás. En aquella época, se dedicaba a pesar galletitas de
jengibre; pero aquella anomalía no podía continuar. Ninguna situación que no
fuera agradable en grado sumo para la carne y halagadora para el espíritu podía
ser buena para David Faux. Si le hubiera tocado en suerte vivir tiempos como
los actuales y hubiera gozado de las ventajas de un Instituto de Mecánica , sin
duda habría elegido la literatura y se habría dedicado a escribir reseñas; pero
no había recibido una educación humanista. Había leído algunas novelas de la
biblioteca de préstamo cercana, e incluso había comprado la historia de Inkle y
Yarico que le había hecho sentir mucha
pena por el pobre señor Inkle; de manera que sus ideas tal vez no se desdijeran
de una vocación literaria; pero su ortografía y su dicción eran excesivamente
poco convencionales.
Cuando un hombre no
es apreciado adecuadamente en su país o no se encuentra cómodo en él, sus
pensamientos tienden a buscar, de manera natural, climas extranjeros; y la
imaginación de David no cesaba de girar en torno a los confines de sus
conocimientos geográficos, buscando un país en el que un joven caballero de tez
pálida, boca sin labios y cabello corto y grueso pudiera ser recibido con el
hospitalario entusiasmo que tenía derecho a esperar. Dado que tenía la idea de
que América era un continente con mayoría de población negra, le pareció el
destino más propicio para un inmigrante que, para empezar, poseía el notorio y
fácilmente reconocible mérito de la blancura; y esta idea fue tomando posesión
de él con tanta fuerza que Satán aprovechó la oportunidad para sugerirle que
podría emigrar en circunstancias más cómodas si se hacía con un poco de dinero
de la caja de su patrón. Pero este espíritu maligno, cuyo entendimiento ha
sido, a mi entender, sobreestimado en muchas ocasiones, en ésta le hizo perder el
tiempo. Sin duda, a David le habría gustado tener algún dinero de su amo en el
bolsillo, si hubiera estado seguro de que el amo sería el único en sufrir las
consecuencias; pero era un joven prudente y estaba decidido a no correr riesgos
por cuenta propia. De manera que siguió en su puesto durante todo el
aprendizaje sin incurrir en ninguna falta de honradez que pudiera ser
descubierta, y postergó el plan de emigrar a una ocasión futura. Y las
circunstancias en las que lo llevó acabo fueron las siguientes. Tras pasar en
casa un par de semanas compartiendo el pan familiar, empleó el tiempo libre en
evaluar un hecho que, para él, era de extrema importancia: a saber, que su
madre tenía una pequeña cantidad de guineas ahorradas con esfuerzo, producto de
las ganancias extraordinarias recibidas cuando era doncella, y que las guardaba
en el rincón de un cajón, donde su ajuar infantil llevaba veinte años, desde
que su hijo David empezara a andar, con una vaga promesa de llegar a ser
patizambo que no se había cumplido por entero. Faux padre había dicho a su hijo
con franqueza que no esperara de él que lo introdujera en el mundo de los
negocios: dado que tenía siete hijos y uno de ellos era un idiota muy sano y
bien desarrollado que consumía a diario masas de unas ocho pulgadas de
diámetro, mucho sería si a su muerte heredaban cien por cabeza. En esas
circunstancias, ¿qué podía hacer David? Sin duda, era una situación difícil la
de verse obligado a coger el dinero de su madre; pero no veía otra manera de
conseguirlo, y no era razonable esperar que un joven con sus méritos tuviera
que afrontar dificultades que podían soslayarse. Además, tomar algo que
pertenece a tu madre no es robo: ella no te denunciará. Y David se portaba muy
bien con su madre; la consolaba hablando bien de sí mismo, asegurándole que
nunca caería en los vicios que veía en otros jóvenes de su edad y declarando
que era especialmente partidario de la honradez. Si su madre le hubiera dado
veinte guineas como premio a su noble carácter, seguro que no se las habría
robado y la situación habría sido mucho más agradable para él. Sin embargo,
para una cabeza activa como la de David, la astucia no carecía de encanto: era
una ocupación francamente interesante la de familiarizarse furtivamente con las
muescas de la sencilla llave de su madre (en nada parecida a las de la patente
Chubb) y hacerse con otra que realizara la misma función; y, al mismo tiempo,
idear una pequeña argucia dramática a fin de escapar a toda sospecha y no poner
en peligro el centenar que podría llegar a cobrar a la muerte de su padre, y
que le sería bien útil en el improbable caso de que no amasara una gran fortuna
en las Indias.
En primer lugar,
habló abiertamente de su intención de partir en breve hacia Liverpool y
embarcarse allí rumbo a América; tal decisión causó en su madre cierto dolor ya
que, después de Jacob el idiota, por ningún otro hijo tenía su corazón mayor
apego que por el más joven, David. En segundo lugar, le pareció que el domingo
por la tarde, cuando todos estuvieran en la iglesia, a excepción de Jacob y el
vaquero, se presentaría una oportunidad tan favorable para los hijos que
quisieran apoderarse de las guineas de su madre que casi parecía que la misma
Providencia lo hubiera previsto con tal fin. En especial, el tercer domingo de
Cuaresma, porque Jacob había estado ausente al menos dos días en una de sus
ocasionales correrías; y David, que era un joven tímido, sentía un temor y un
odio considerables hacia Jacob, hombre corpulento que vagaba habitualmente con
una horca en la mano.
Así pues, nada
podía ser más fácil para David aquel domingo por la tarde que anunciar que no
iba a la iglesia porque debía tomar el té en casa del señor Lunn, cuya bonita
hija, Sally, era un antiguo amor suyo y, cuando los asistentes a la ceremonia
religiosa se encontraran ya a distancia prudencial, sacar las guineas de la
caja de madera y meterlas en una pequeña bolsa de lona; nada más fácil que
comunicar al vaquero que salía y que vigilara la casa por temor a las posibles
incursiones de los vagabundos domingueros. David pensó que también sería fácil
llegarse a un bosquecillo y enterrar la bolsa en un hoyo cavado y previamente
cubierto bajo las raíces de un viejo fresno hueco. Y, en efecto, encontró el
agujero sin un momento de duda, lo descubrió y, cuando estaba a punto de dejar
caer en él suavemente la bolsa, le sorprendió el rumor de un cuerpo grande que
caminaba hacia él emitiendo algo parecido a un balido; de tal manera que, en
tanto que caballero dotado de gran capacidad para el engaño, y por tanto sólo
bien preparado para lo esperado, en lugar de arrojar la bolsa con suavidad, la
soltó de modo tal que se volcó y ésta vomitó las brillantes guineas. En ese
mismo instante levantó la vista y vio a su querido hermano Jacob cerca de él,
con las brillantes y lisas puntas de la horca adelantándose una yarda a su
propio cuerpo y un pie al de David. (Un docto amigo, al que en una ocasión
narré esta historia, me señaló que era la conciencia de culpa de David lo que
hacía formidables esas puntas, y que el mens nil conscia sibi impide a un bieldo causar terror. Esta idea
me pareció tan valiosa que obtuve su permiso para utilizarla, siempre que
suprimiera su nombre.) Sin embargo, David no perdió por completo la calma,
porque en ese caso se habría desplomado en el suelo o habría dado un salto
hacia atrás; en cambio, aguardó inmóvil y sonrió a Jacob, el cual movió la
cabeza de arriba abajo y dijo:
-¡Zape, David! -de
un modo penosamente equívoco.
El corazón de David
latía audiblemente y, si hubiera tenido labios, éstos habrían palidecido; pero
la actividad mental del joven, en lugar de paralizarse, se vio estimulada.
Mientras rezaba para sí (siempre rezaba cuando estaba muy asustado) -«¡Sálvame
esta vez y no volveré a ponerme en peligro!»-, metía la mano en el bolsillo
para buscar una caja de caramelos amarillos que se había traído de Brigford,
junto con otras exquisiteces de naturaleza igualmente transportable, como medio
para congraciarse con una belleza orgullosa, en concreto, con la de la señorita
Sarah Lunn. Al pobre Jacob nunca le habían ofrecido golosinas semejantes,
porque David no era un joven que malgastara confites y caramelos para placer de
personas de las que nada esperaba. Pero un idiota con intenciones equívocas y
una horca en la mano bien merece tantos mimos y halagos como si fuera Luis
Napoleón. Entonces David, con una celeridad adecuada a la ocasión, sacó la caja
de caramelos amarillos, levantó la tapa e hizo una pantomima con la boca y los
dedos destinada a indicar que estaba encantado de ver a su querido hermano
Jacob y que aprovechaba la ocasión para ofrecerle un pequeño regalo que le
resultaría especialmente agradable al paladar. Jacob no era un idiota profundo
y, dentro de ciertos límites, sabía escoger el bien y rechazar el mal: cogió un
caramelo, para probarlo, y lo chupo como si fuera un filosofo; después, en un
estado de éxtasis ante su sabor nuevo y complejo, tan grande como el de Calibán
ante el vino de Trínculo , soltó una risita, acaricio a su repentinamente
caritativo hermano y le tendió la mano para que le diera más; porque, a pesar
de los ataques de rabia, Jacob no era fiero ni innecesariamente rapaz. El valor
de David fue regresando y dejo de rezar; echo una docena de caramelos en la
palma de Jacob e intento mostrarse muy afectuoso. Se felicito de haber
proyectado ir a ver a la señorita Sally Lunn aquella tarde y de que, como
consecuencia, llevara consigo aquellas exquisiteces propiciatorias: sin duda,
era un hombre con suerte; en realidad, era muy probable que la Providencia
fuera más partidaria de él que de otros aprendices y, puesto que debía ser
interrumpido, qué caramba, era preferible un idiota que cualquier otra clase de
testigo. Por primera vez en su vida, David pensó en las ventajas de los
idiotas.
En cuanto a Jacob,
había tirado la horca al suelo y se había tendido al lado de ésta, totalmente
abandonado al placer sin precedentes de tener cinco caramelos en la boca a la
vez; parpadeaba y hacía ruidos de satisfacción gustativa. No había dado la menor
señal de haber visto las guineas pero, al sentarse, había apoyado su gran mano
derecha sobre ellas y, sin darse cuenta, la mantenía en esa posición, absorto
en la sensación de su paladar. ¡Ojalá siguiera ocupado con los caramelos y no
viera las guineas antes de que David pudiera taparlas! Aquélla era la mayor
esperanza de David; porque Jacob conocía la existencia de las guineas de su
madre; había formado parte de su común experiencia, cuando eran niños, que les
permitieran contemplar aquellas hermosas monedas y agitar la caja que las
contenía en días de fiesta y vacaciones, y, de las escasas experiencias de
Jacob con el dinero, probablemente ésta era la más memorable.
-Mira, Jacob -dijo
David con tono insinuante, tendiéndole la caja-. Te los daré todos. ¡Corre!
¡Date prisa! Que no venga alguien y se los quede.
David, que no había
estudiado la psicología de los idiotas, no era consciente de que no es posible
manipularlos con temores imaginarios. Jacob cogió la caja con la mano
izquierda, pero no vio la necesidad de salir corriendo. ¿Acaso un joven
dispuesto a sentar las bases de su fortuna apropiándose de las guineas de su
madre podía ver su camino obstaculizado por una pesadilla como aquélla? Ya
llegaría el momento en que Jacob moviera la mano derecha para levantar la tapa
de la diminuta caja, y entonces David aprovecharía para barrer las guineas
hacia el agujero con la mayor habilidad y rapidez, y después se sentaría
encima. ¡Ah, no! De nada sirve tener intuición cuando tratas con un idiota: no
se puede calcular así su conducta. La mano derecha de Jacob se entretenía
cogiendo y lanzando cosas al azar; de repente, agarró las guineas como si
fueran otros tantos guijarros y alzó la mano con un gesto que prometía
esparcirlas sobre una lejana zarza, como si fueran semillas, cuando, por un
impulso u otro -probablemente, debido a una sensación insólita-, la mano se
detuvo, descendió hacia la rodilla y se abrió lentamente bajo la atenta mirada
de los apagados ojos del idiota. David empezó a rezar otra vez pero desistió en
cuanto se le ocurrió otra idea mejor.
-¡Madre! ¡Las
ineas! -exclamó el inocente Jacob. Después, mirando a David, preguntó-: ¿La
caja?
-¡Chitón! -dijo
David, aplicando todo su ingenio para salir de aquel grave aprieto-. ¡Mira,
Jacob! -Cogió la cajita de la mano de su hermano y la vació de caramelos;
devolvió a Jacob una mitad, pero se guardó la otra. Después le tendió la caja
vacía y dijo-: ¡Aquí tienes la caja, Jacob! ¡La caja de las guineas! -y, muy
suavemente, fue introduciendo en ella las monedas que Jacob tenía en la mano.
Jacob no puso
reparos a la operación; al contrario, las guineas tintineaban de modo tan
agradable al caer que deseaba volver a oír su sonido y, cogiendo la caja,
empezó a agitarla alegremente. David, aprovechando la oportunidad, depositó el
resto de los caramelos en el suelo y los cubrió rápidamente de tierra.
-¡Mira, Jacob!
-dijo finalmente. Jacob dejó de agitar las monedas y miró hacia el agujero,
mientras David empezaba a escarbar en la tierra, como con la incierta esperanza
de encontrar algo. Cuando los caramelos quedaron a la vista, los cogió de uno
en uno y se los fue dando a Jacob.
-¡Chitón! -dijo en
un sonoro susurro-. No se lo digas a nadie, todos para Jacob. Sssst. Pon las
guineas en el agujero, ¡luego saldrán así! -Para completar la lección, cogió
una moneda y, mientras la metía en el agujero, dijo-: Pones esto. -Después,
sacando el último caramelo-: Sale esto -explicó, poniéndolo en la hospitalaria
boca de Jacob.
Jacob volvió la
cabeza hacia un lado, miró primero a su hermano y después el agujero, como un
mono pensativo, y, finalmente, dejó la caja con las guineas en el hoyo con gran
decisión. David se apresuró a añadir todas las demás que estaban desperdigadas,
puso la tapa en la caja y la cubrió bien de tierra mientras decía en el tono
más persuasivo posible:
-Mañana las sacas,
Jacob; ¡todas para Jacob! ¡Chitón!
Jacob, para el que
su hermano, que hasta aquel momento se había mostrado siempre indiferente, se
había convertido súbitamente en una especie de dulce fetiche, acarició el mejor
abrigo de David con dedos pringosos y lo abrazó mientras emitía la mezcla de risa
y gorjeo con que acostumbraba a expresar las menores pasiones. Y, si hubiera
querido dar un bocado a la mejilla de su caritativo hermano, David se habría
visto obligado a soportarlo.
Y aquí debo
detenerme para señalar al lector la cortedad de miras de la astucia humana.
Este ingenioso joven, David Faux, creyó que su malicia había triunfado en el
momento en que asoció, en la rudimentaria mente de su hermano, el sabor de los
caramelos amarillos con su persona. Pero todavía tenía que aprender que es
terrible ganarse el cariño de un idiota cuando no estás dispuesto a
devolvérselo: especialmente, un idiota con una horca, sin duda un amigo difícil
de quitarse de encima con malos modos.
Tal vez la de
enterrar las guineas parezca una tosca argucia al lector, impropia de un joven
inteligente. Pero, si todo hubiera salido como David había calculado, el lector
habría considerado que el plan era digno de su talento. Las guineas habrían
seguido a salvo en la tierra mientras se descubría el robo y David, con la
calma del que se sabe inocente, se habría quedado en casa, reacio a despedirse
de su querida madre mientras ésta lloraba la pérdida; hasta que al final, la
víspera de su marcha, David las habría desenterrado en la más estricta soledad
y se las habría llevado sin contratiempo alguno. Pero habrás advertido que
David no había contado con recibir visitas o, para ser más exactos, no había
contado con su hermano imbécil, individuo de carácter tan inestable y
fluctuante que me pregunto si no habría desconcertado incluso a los
protagonistas de Balzac, cuya intuición tan a sus anchas se desenvuelve en el
futuro.
Llegado a este
punto, David tenía claro que sólo le quedaba una alternativa: debía renunciar a
las guineas, devolviéndolas furtivamente al cajón de su madre (lo que no dejaba
de presentar ciertas dificultades); o debía dejar tras de sí algo más que una sospecha
y partir a la mañana siguiente sin comunicárselo a nadie y con las guineas en
el bolsillo. Porque, si anunciaba su partida, sabía que su madre insistiría en
sacar de la caja de guineas las tres que le había prometido que le
correspondían; en realidad, en su plan original, había previsto que el robo se
descubriera en circunstancias que no pusieran en entredicho su inocencia; pero
ahora no es necesario explicar que aquel plan tan bien urdido se había
frustrado por completo. Aunque David hubiera sido capaz de sobornar a Jacob con
caramelos toda la vida, no hay secreto posible con un idiota. Ni siquiera se
atrevió a ir a tomar el té a casa del señor Lunn porque, si lo hubiera hecho,
habría perdido de vista a Jacob, el cual, en su impaciencia por obtener la
cosecha de caramelos, podría haber escarbado otra vez en busca de la caja
mientras él estaba ausente y habérsela llevado a casa, haciéndole perder al
mismo tiempo su reputación y las guineas. ¡No! Durante el resto del día no
debía pensar en nada más ni hacer otra cosa que engatusar a Jacob e impedir que
hiciera nada malo. Fue una tarde inquieta y cansada para David; sin embargo, no
se atrevió a irse a dormir sin atarse un cordel entre el pulgar y el dedo gordo
del pie para asegurarse de que se despertaba continuamente; porque tenía
intención de levantarse con el primer rayo del alba y estar ya lejos antes de
la hora del desayuno. Estaba convencido de que su padre lo dejaría sin un
chelín, pero ¿qué más daba? Un joven tan notable como él seguro que sería bien
recibido en las Indias Occidentales: en los países extranjeros siempre hay
resquicios para entrar, incluso para los gatos. Era probable que alguna
princesa Yarico quisiera que se casara con ella y le regalara grandes joyas
nada más verlo; tras lo cual no tendría que casarse con ella, a menos que él
quisiera. David había tomado la decisión de no volver a robar, ni siquiera a la
gente que lo apreciaba: era una manera desagradable de hacer fortuna en un
mundo en el que podía sorprenderte algún hermano. Tales alarmas no sentaban
bien a la constitución de David y había sentido tantas náuseas que seguro que
su hígado se había visto afectado. Además, le habría herido sobremanera que el
mundo no tuviera de él un buen concepto: siempre había querido ser un personaje
y que lo consideraran merecedor de los mejores asientos y los mejores bocados.
Mientras meditaba
cosas de este tenor sobre el brillante futuro que tenía en perspectiva, David,
con ayuda del cordel, esperaba alerta las primeras luces para levantarse y
partir. Como es natural, sus hermanos eran madrugadores, pero él debía
adelantárseles al menos hora y media, y la ventana de la pequeña habitación que
ocupaba daba sobre el montador, de manera que podía salir por ella sin la menor
dificultad. Jacob, el horrible Jacob, tenía la mala costumbre de levantarse
antes que los demás, para saciar el hambre vaciando el tazón de leche que se le
«preparaba debidamente»; pero últimamente había tomado por costumbre dormir en
el pajar y, si se acercaba a la casa, sería por el camino contrario al que
tomaría David para marcharse. No hacía falta pensar en Jacob; sin embargo,
David era lo bastante generoso para dedicarle una maldición -lo único que
dedicaba de modo gratuito-. Hizo rápidamente un hatillo de ropa y no tardó en
bajar con paso ligero por los escalones del montador y recorrer rápidamente los
campos hacia el bosquecillo. No le costaría más de dos minutos hacerse con la
caja; podía distinguir el árbol bajo el cual estaba enterrada gracias a la
franja pálida de donde había saltado la corteza, aunque la luz del amanecer era
más tenue en el bosquecillo. Pero ¿qué... bollo frito era aquel cuerpo grande
con un bastón plantado a su lado, a los pies del fresno? David hizo una pausa,
aunque no para decidir cuál era la naturaleza de la aparición, ya que no había
tenido la felicidad de dudar ni por un momento de que el bastón era la horca de
Jacob, sino para hacer acopio de las fuerzas necesarias para dirigirse a su
hermano con un tono oportunamente melifluo. Jacob estaba absorto escarbando en
la tierra y no había oído que David se acercaba.
-¡Eh, Jacob! -dijo
David con un sonoro susurro, en el preciso momento en que la cajita salía del
agujero.
Jacob levantó la
vista y, al distinguir a su dulce hermano, asintió con la cabeza y le sonrió en
la suave luz de manera tal que a David le pareció un demonio triunfante. Si
hubiera sido persona de carácter impetuoso, habría arrancado la horca del suelo
y habría empalado a aquel demonio fraternal. Pero David no tenía nada de
impetuoso; era un joven muy dado a calcular las consecuencias, costumbre que,
según se dice, es fundamento de la virtud. Pero, de un modo u otro, en él no
producía ese efecto: calculaba si la acción podría tener consecuencias
negativas para él o si sólo perjudicaría a los demás. En el primer caso, se
mostraba muy prudente cuando se trataba de satisfacer sus deseos inmediatos;
pero, en el segundo, se arriesgaba con mucho más valor.
-Dámela, Jacob
-dijo, agachándose y dando unas palmaditas a su hermano-. Vamos a ver.
Jacob, que
encontraba que la tapa estaba demasiado dura, tendió la caja a su hermano con
total confianza. David la abrió y negó con la cabeza mientras Jacob metía un
dedo y sacaba una guinea para probar si la metamorfosis en golosinas era
completa y satisfactoria.
-No, Jacob; es
demasiado pronto, demasiado pronto -dijo David después de que probara la
guinea-. Dámela; iremos y la enterraremos en otro sitio, por ahí -añadió,
señalando vagamente a lo lejos.
David enroscó la
tapa mientras Jacob, con aire grave, se ponía de pie y cogía la horca. Después,
al ver el hatillo de David, lo agarró, como un perro terranova demasiado
obsequioso, lo ensartó en el bieldo y se lo echó al hombro con aire triunfal
mientras acompañaba a su hermano y la caja fuera del bosquecillo.
¿Qué podía hacer
David? Habría sido fácil mirar a Jacob con el ceño fruncido, darle una patada y
ordenarle que se marchara; pero habría preferido dar antes una patada a un
toro. Jacob estaba tranquilo mientras lo trataban con indulgencia; pero ante la
menor muestra de ira se volvía completamente rebelde y era propenso a ataques
de furia que lo convertían en un peligro aun sin horca. No había otra manera de
dominarlo que la amabilidad o la astucia. David probó la vía de la astucia.
-Anda, Jacob -dijo,
en cuanto salieron del bosquecillo, señalando la casa-: ve a buscarme una pala:
una pala. Pero dame el hatillo -añadió mientras intentaba cogerlo de donde
estaba colgado en lo alto de la horca, apoyada en el alto hombro de Jacob.
Pero Jacob se
mostró tan poco dispuesto a obedecer como una avispa a dejar un cuenco con
azúcar. Cerca de David se sentía próximo a los caramelos: soltó una risita y
frotó la espalda de su hermano mientras alzaba el hatillo hasta dejarlo fuera
de su alcance. Conteniendo un gemido, David cambió de táctica y empezó a andar
todo lo deprisa que pudo. No era prudente entretenerse. Quizá Jacob se cansara
de seguirlo o, en cualquier caso, tal vez David pudiera zafarse de él. Si
llegaban a la lejana carretera, era posible que los adelantara una diligencia;
David subiría, tras haberle quitado el hatillo con alguna añagaza, y entonces
Jacob podría aullar y blandir la horca todo lo que quisiera. Entre tanto, se
vio fatalmente obligado a ser muy amable con aquel ogro y a pedir para él un
abundante desayuno cuando se detuvieron en una posada junto a la carretera.
Llevaban ya tres horas de camino y David estaba cansado. ¿Acaso no iba a pasar
nunca un carruaje?, se preguntaba. En el curso de las dos horas siguientes no pasó
ni un solo coche, hasta que, de repente, apareció el carro de un transportista
que se dirigía a la ciudad más próxima. ¡Si pudiera escaparse, aunque fuera
dejando atrás el hatillo, y subir al carro sin Jacob! Pero había un nuevo
obstáculo. Jacob acababa de descubrir un resto de azúcar cande en uno de los
bolsillos de la levita que llevaba su hermano; y, desde ese momento, no soltaba
la prenda, quizá con la esperanza de que, tarde o temprano, saliera de ahí más
azúcar. Cualquiera que haya llevado levita comprenderá el cuidado que debe
poner un hombre para no alejarse a toda prisa cuando alguien lo agarra por los
faldones. David deseaba que lo recibieran bien los desconocidos, pero no lo
tratarían igual si a la levita le faltaba un faldón.
Sintió que lo
cubría un sudor frío. No quería andar más: subiría al carro y dejaría que Jacob
subiera con él. Se le ocurrió una idea alentadora: tras un desayuno tan
abundante, seguro que Jacob se dormía en el carro; y es fácil adivinar que
David pretendía agarrar el hatillo, saltar y quedar libre. Sus esperanzas se
cumplieron en parte: Jacob se durmió en el carro, pero en extraña postura:
estrechando a su querido hermano entre sus brazos; y cada vez que David
intentaba moverse, el abrazo se cerraba con la fuerza de una cariñosa boa
constrictor.
-Ese inocente te
quiere mucho -comentó el transportista, pensando que, probablemente, David era
un hermano afectuoso y deseando hacerle un cumplido.
David gruñó. Los
caminos del robo no siempre son deleitosos. ¡Oh!, ¿por qué le había tocado en
suerte tener un hermano idiota? ¿Por qué el mundo estaba hecho de tal manera
que un hombre no podía llevarse las guineas de su madre cómodamente? David se
sumió en hosca meditación.
Una comida
abundante a mediodía para Jacob, pero escasa para él, ya que tenía poco
apetito. En lugar de comer, se dedicó a hacer que Jacob bebiera cerveza;
porque, a través de su generosidad, divisaba una esperanza. Jacob cayó
profundamente dormido, por fin, y esta vez no estrechó a David entre los
brazos; éste pagó la cuenta, cogió el hatillo y se marchó. A la media hora
estaba en la diligencia que llevaba a Liverpool con la sonrisa de un perverso
triunfante. Se había librado de Jacob, iba camino de las Indias, donde una
crédula princesa lo esperaba. No robaría nunca más, pero tampoco lo
necesitaría; quedaría tan claro que los merecía que la gente le haría regalos
de buen grado. Debía olvidar ya la idea de heredar de su padre, pero no era
probable que deseara esa nimiedad; y, aunque quisiera, caramba: era ya una
compensación pensar que, separado de su familia, estaría alejado de Jacob, más
terrible que una gorgona o demogorgona
para sus temerosos ojos. ¡Gracias a Dios, nunca tendría que volver a ver
a Jacob!
CAPÍTULO II
Hacía ya casi seis
años de la partida de David Faux rumbo a las Indias Occidentales cuando se dijo
que la tienda vacante en la plaza del mercado de Grimworth la había ocupado un
desconocido de tez cetrina y corbata beige cuya primera aparición había causado
cierta agitación en la barra del Woolpack, adonde había ido a esperar la
diligencia.
Para un ojo
avispado, Grimworth era un buen lugar donde instalar un comercio. En aquel
momento no había competencia; los anglicanos disponían de pañero y tendero
propios; los disidentes tenían los suyos; y los dos o tres carniceros
encontraban un mercado rápido para sus piezas para asar sin necesidad de aludir
directamente a las creencias religiosas, si bien la esposa del párroco tenía
encargadas las mollejas de ternera y los riñones de cordero, mientras que el
señor Rodd, el ministro baptista, había pedido que, mientras fuera compatible
con la atención a los otros clientes, se le reservaran las manitas de cordero.
Y era probable que el lugar siguiera creciendo, ya que los fideicomisarios del
legado del señor Zephaniah, estimulados por la reciente visita de los
comisionados, estaban empezando a gastar los fondos acumulados desde hacía
mucho tiempo en la reconstrucción de la Escuela de Batas Amarillas , que iba a
ampliarse a gran escala, ya que el testador no había dispuesto ninguna
restricción sobre el plan de estudios, sino únicamente sobre la bata.
Los tenderos de
Grimworth no tenían una opinión unánime en relación con las ventajas prometidas
por esta perspectiva de incremento de población y comercio, puesto que eran
hombres de cierta fortuna que preferían llevar sus negocios con tranquilidad,
estar seguros de la clientela y poder calcular los beneficios al mínimo
detalle. Hasta la fecha, las familias de la parroquia de Grimworth habían
considerado una cuestión de honor comprar el azúcar y la franela en las mismas
tiendas en que sus padres y madres lo habían comprado antes que ellos; pero si
los recién llegados introducían la competencia en el comercio y atraían las
miradas femeninas con piezas de tela dispuestas en pliegues en forma de abanico
y rematadas con flores artificiales, otorgándoles un encanto artificial (porque
¿en qué figura humana un traje tendría la caída de un abanico, o qué cabeza
femenina era como un ramillete de ásteres?), y si los nuevos tenderos iban a
llenar los escaparates con montones de pasas y azúcar, y hacerlos atractivos con
contrastes y etiquetas, ¿qué seguridad tenía entonces Grimworth de que el
espíritu errático en la compra, una vez introducido, no terminara por llevarse
a las familias más importantes al mayor mercado de Cattleton, donde los
negocios se hacían a base de beneficios pequeños y rápidos, todo estaba a la
última moda y se podían comprar mercancías de todo género muy bien de precio?
Dado que éste era
el punto de vista predominante entre los comerciantes de Grimworth, la
incertidumbre sobre la naturaleza del negocio que el cetrino desconocido estaba
a punto de emprender en la tienda vacía reforzó, en cierta medida, los temores
de los menos optimistas. Si iba a vender tejidos, era probable que un individuo
pálido como aquél trabajara con artículos chillones y de poca calidad:
algodones estampados y muselinas que dejarían el tinte en la tina de lavar, e
hilo mediocre, lleno de nudos, y franela que no tardaría en parecer gasa. Si de
comestibles se trataba, entonces era de esperar que ninguna madre de familia
confiara los tés a un tendero que no hubiera puesto a prueba. Se había sabido
que, en algunas parroquias, los comerciantes promocionaban sus productos con
ases escondidos en la manga: cuando la gente venía de no se sabía dónde, no
había manera de saber qué podían llegar a hacer. Era una pena que el señor
Moffat, el subastador y agente comercial, hubiera muerto sin haber dejado
sucesor en el negocio, y el fideicomisario de la señora Cleve debería haber
sido más sensato y no haberle alquilado la tienda a un desconocido. Ni siquiera
el descubrimiento de que se estaban instalando unos hornos en el local y que la
tienda se estaba adaptando para convertirse en un negocio de pastelería y
repostería, hasta la fecha desconocido en Grimworth, fue suficiente para
inclinar la balanza en favor del recién llegado, aunque la tabernera del
Woolpack lo defendiera calurosamente y dijera que le parecía un joven muy
inteligente y, por lo que podía deducir, de muy buena familia; en realidad,
seguro que mejor que la de muchos otros.
Sin duda, fue todo
un despliegue de luz y color, casi como si un arco iris hubiera bajado
repentinamente a la plaza del mercado, cuando, una buena mañana, quitaron los
postigos de la nueva tienda y los dos escaparates mostraron sus adornos. A un
lado estaban los abigarrados matices de las carnes atadas y mechadas,
dispuestas junto a brillantes hojas verdes, el castaño claro de las empanadas
glaseadas, los ricos tonos de las salsas y las frutas en conserva, encerradas
tras un velo de cristal: un conjunto que habría hecho brotar lágrimas de los
ojos de un pintor holandés; y, por otra parte, predominaban los más delicados
rosados, blancos, amarillos y ocres en los abundantes caramelos, golosinas,
galletas y baños de azúcar que, a los ojos de una persona biliosa, podrían
haberse fundido rápidamente en un paisaje feérico al estilo de la última época
de Turner. ¡Qué espectáculo para los ojos de los niños de Grimworth! Aquel día
casi se les olvidó ir a comer, ya que sus apetitos estaban absortos en
imaginarios confites de ciruela; y me parece que, aunque el mismo Polichinela
hubiera instalado su templete en la plaza del mercado, no habría conseguido
apartarlos de los escaparates, ante los que se habían detenido en una gradación
de estatura y fuerza, ya que los más grandes y fuertes estaban más cerca, y los
pequeños, en las filas extremas, desde donde alzaban los ojos y la boca bien
abiertos hacia las altas hileras de jarras, como pajaritos a la hora de comer.
Las personas de
edad proferían exclamaciones de desprecio y burla ante el alboroto por la
locura del nuevo tendero que exhibía tantos productos que no se podían
conservar; sin duda, se acercaba la Navidad, pero ¿qué ama de casa de Grimworth
no se avergonzaría de poner en su mesa alimentos que no fueran caseros? No, no.
El señor Freely, tal como se llamaba a sí mismo, se engañaba si creía que el
dinero de Grimworth iba a volar hacia sus bolsillos de aquella manera.
Edward Freely era
el nombre que brillaba en letras doradas sobre fondo azul mazarino, encima de
la puerta de la nueva tienda, un nombre de ecos generosos que podría haber pertenecido al protagonista
poco previsor y dadivoso de una vieja comedia, feliz de descargar una lluvia de
peladillas, como si fuera un nuevo maná, entre la joven generación plantada
delante de los escaparates. Pero el señor Freely era un hombre que mantenía sus
impulsos debidamente subordinados: sostenía que el deseo de dulces y pasteles
sólo debía satisfacerse en proporción directa a la capacidad de compra. Si el
más chiquitín de todo Grimworth hubiera acudido a él con medio penique en su
diminuto puño, tras hacer sonar la moneda se habría limitado a darle la parte
equivalente en azúcar cande. No era hombre que engañara al más pequeño: lo
decía con frecuencia, sin dejar de señalar al mismo tiempo que le gustaba la
honradez y, además, que tenía el corazón muy tierno, aunque él no mostrara los
sentimientos, como otros hacían.
Fuera en recompensa
de tal virtud o de acuerdo con algún orden lógico más oculto, el negocio del
señor Freely, a pesar de los prejuicios, empezó con auspicios favorables. En
gran medida, gracias a que la señora Chaloner, la esposa del párroco, fue una
de las primeras clientes de la tienda, ya que le pareció justo animar a un
nuevo parroquiano que se había presentado decorosamente en la iglesia; y le
pareció que el señor Freely era un joven encantador y cortés, y
sorprendentemente civilizado para tratarse de un pastelero; y, además, con
buenos principios, pues al darle útiles consejos sobre los distintos tipos de
azúcar le había dejado ver con detalle la falta de honradez de otros
comerciantes. Por otra parte, había estado en las Indias Occidentales y había
visto la mismísima finca que fuera propiedad del pobre abuelo de la señora
Chaloner; y había dicho que los misioneros eran la única causa del descontento
de los negros: sin duda, era un joven observador. La señora Chaloner pidió
galletas de vino y aceitunas, y dio a entender al señor Freely que su tienda le
parecía muy conveniente. Lo mismo hicieron la esposa del doctor y la señora
Gate, la del gran molino de cardadura, que, puesto que recibía visitas
frecuentes de amistades de categoría, probablemente consumía grandes cantidades
de ratafías y mostachones.
Las matronas menos
aristocráticas de Grimworth al principio parecieron propensas a justificar la
confianza que sus maridos habían puesto en ellas de que nunca pagarían un
porcentaje de beneficios en galletitas, en lugar de hacerlas ellas mismas, ni
darían el vacuo espectáculo de un gobierno doméstico excesivamente pródigo
comprando tajadas de carne atada cuando invitaban a cenar a un vecino. Sin
embargo, me corresponde la tarea de narrar la corrupción gradual de las
costumbres de Grimworth desde su simplicidad primitiva: triste tarea si no
estuviera animada por la perspectiva de la hermosa peripecia o caída gracias a
la cual acabó frenándose el avance de la corrupción.
Fue la joven señora
Steene, la esposa del veterinario, la primera en ceder a la tentación. Me temo
que había recibido una educación excesiva para la condición social que le había
tocado en la vida, puesto que sabía de memoria muchos fragmentos de Lalla Rookh,
El corsario y El sitio de Corinto , lo que había producido en ella cierto
disgusto por las tareas domésticas y una implacable decepción al descubrir que,
desde su matrimonio, el señor Steene había perdido todo interés por el bulbul y
ahora prefería conversar sobre la naturaleza del esparaván con cualquier tosco
vecino, y se enfadaba si el pudding quedaba acuoso. En realidad, no era más que
un veterinario de botas altas que llegaba con hambre a la hora de cenar,
semejante tan sólo en la irritabilidad de su carácter a un noble convertido en
corsario por desprecio a su raza, o a un renegado con turbante y media luna. ¡Y
el desprecio es algo muy distinto cuando calza botas altas!
Este hombre brutal
organizó una cena por Nochebuena, en la que esperaba ver empanadas de carne
picada en la mesa. La señora Steene preparó la carne picada y durante la mañana
dedicó gran cantidad de mantequilla, harina fina y trabajo a la confección de una
hornada de pequeñas empanadas; pero, al salir del horno, estaban tan
apelmazadas que se echó a temblar con sólo pensar en el momento en que su
marido las viera en la mesa de la cena. Estaba segura de que se pondría
furioso; y delante de todo el mundo; y ella no podría contenerse y se echaría a
llorar: ¡era tan terrible pensar que había llegado a esa situación, después del
bulbul y de todo lo demás! De repente, cruzó su pensamiento a toda velocidad la
idea de que, por una vez, podía mandar a buscar una bandeja de empanadas de
carne a la tienda de Freely: sabía que tenía. Pero ¿qué haría con las dieciocho
empanadas que le habían salido como un mazacote? Oh, no merecía la pena pensar
en eso; era muy caro, la verdad, hacer empanadas si una no sabía si iban a salir
bien: era mucho mejor comprarlas hechas. Pagabas un poco más, pero no corrías
el riesgo de desperdiciar nada.
Tal era el sofisma
que seguía el razonamiento de esta joven equivocada. La señora Steene mandó a
buscar las empanadas y, siento tener que añadir, embarulló las cuentas de la
casa para ocultar el hecho a su marido. Ese fue el segundo escalón que bajó en
su camino de descenso, y todo porque la joven no se encontraba en armonía con
sus circunstancias, ansiaba la presencia de renegados y bulbules y se veía
sometida a las exigencias de un veterinario al que le gustaban las empanadas de
carne. El tercer escalón consistió en endurecerse contándoselo todo a la señora
Mole, su amiga íntima, que ya lo había adivinado y que ulteriormente, con el
razonamiento de que «otras personas» lo hacían, la animó a comprar la gelatina
en molde en lugar de poner en práctica sus habilidades. La infección se fue
propagando; no tardó en formarse una camarilla en Grimworth partidaria de
«comprar en Freely»; y muchos maridos, a los que se tuvo en la oscuridad sobre
este punto durante cierto tiempo, comían a dos carrillos inocentemente tartas
por las que pagaban un beneficio del cien por cien y, con la misma inocencia,
estimulaban la falsedad en sus medias naranjas alabando la repostería. Otros,
más astutos, guiñaban el ojo ante la frecuente aparición, en los días de lavado
o en las cenas improvisadas, de una sabrosa carne de ternera que halagaba su
paladar más que los restos fríos con los que se contentaban antes. Toda ama de
casa que «hubiera comprado en Freely» sentía una alegría secreta cuando
detectaba similar perversión en sus vecinas, y pronto sólo dos o tres matronas
a la antigua se mantuvieron firmes en la protesta contra la progresiva pérdida
de moral, y anunciaban a los vecinos que iban a cenar a su casa: «No puedo
ofrecerles carnes de Freely, o pasteles de queso de Freely; en nuestra casa
todo es casero; no sé si será de su gusto esta repostería sencilla». Incluso el
médico, cuya cocinera no era competente; el coadjutor, que no tenía cocinera; y
el agente de minas, que era un gran bon vivant, empezaron a confiar en Freely
para gran parte de sus cenas cuando deseaban ofrecer una invitación de cierta
calidad. En definitiva, el negocio de la fabricación de los manjares más
caprichosos estaba pasando rápidamente de las manos de doncellas y amas de
casa, en el seno de la familia, a convertirse en una especialidad comercial.
No ignoro que este
proceso recibe el nombre de curso imparable de la civilización, división del
trabajo y demás calificativos, y que podría decirse que así las doncellas y
matronas tendrán ocasión de dejar la cocina para contribuir de otro modo al
progreso de la sociedad. Sin embargo, resultaba que en Grimworth, que, sin
duda, era un lugar humilde, las doncellas y matronas no sabían hacer nada mejor
con las manos que cocinar; ni siquiera aquellas que habían hecho siempre
pasteles pesados y dulces correosos. Así resultó que el progreso de la
civilización en Grimworth sólo se manifestó en el empobrecimiento de los
hombres, la ociosidad chismosa de las mujeres y el incremento de la prosperidad
del señor Edward Freely.
La Escuela de Batas
Amarillas fue una doble fuente de ingresos para el calculador pastelero, que
abrió un comedor para los trabajadores de categoría superior de la escuela
nueva y satisfizo a los alumnos del viejo colegio concediendo gran importancia
al departamento de golosinas. Cuando pienso en cisnes dulces y otras ingeniosas
formas blancas que rompían los dientecillos de aquella pujante generación,
tengo el placer de recordar que, según se dice, los jóvenes, cuyos huesos
todavía no están formados, necesitan cierta cantidad de alimentación calcárea;
pues he observado que estas exquisiteces tienen un sabor inorgánico que las
haría altamente recomendables para aquella joven dama que conocía el Spectator
que tomaba de postre boquillas de pipa.
En cuanto al
pastelero mismo, fue abriéndose camino gradualmente en los hogares de
Grimworth, al igual que sus mercancías, a pesar de cierto rechazo inicial. De
un modo u otro, acogerlo como invitado parecía exigir justificación, al igual
que comprar sus productos. En primer lugar, era un desconocido y, por tanto,
objeto de recelo; en segundo lugar, el negocio de la pastelería era tan nuevo
en Grimworth que todavía no se había determinado qué puesto ocupaba en la
escala social. No había duda con los pañeros y tenderos, cuando procedían de
familias antiguas y buenas de Grimworth, como el señor Luff y el señor
Prettyman: éstos se trataban con los Palfrey, que cultivaban sus propias
tierras, jugaban con alguna frecuencia al whist con el doctor y trataban con cierta
condescendencia al comerciante de maderas, que en fechas recientes había
empezado a negociar también con carbón y había comprado muebles nuevos; pero la
tradición no arrojaba luz alguna sobre la cuestión de si un repostero debía ser
admitido en este alto nivel de respetabilidad o debía considerarse que sus
iguales estaban entre los carniceros y los panaderos. Que fuera soltero obraba
en su favor y quizás habría bastado para inclinar la balanza aunque las
pretensiones personales de Edward Freely hubieran sido totalmente
insignificantes. Sin embargo, lejos de ello, pronto resultó evidente que era un
joven notable, que había visitado las Indias Occidentales y había visto muchas
maravillas por mar y tierra, de manera que podía embelesar los oídos de las Desdémonas
de Grimworth con historias de peces extraños, especialmente tiburones, que
había apuñalado justo a tiempo tras lanzarse valientemente por la borda en el
preciso momento en que el monstruo se volvía para devorar al pinche del
cocinero; o las terribles fiebres que había padecido en una tierra donde el
viento sopla a la vez de todos los cuadrantes; de tostadas cortadas
directamente de árboles del pan; de cangrejos de tierra que arrancaban dedos de
los pies; de los grandes honores que le rendían en tanto que hombre de amplios
conocimientos, y por ello particularmente necesario en un clima tropical, y de
una heredera criolla que había derramado amargas lágrimas por su partida.
Sabemos bien que semejante talento para la conversación puede compensar algún
defecto en el color de la tez; y el joven Towers, cuyas mejillas tenían un
delicado tono rosado, realzado por la línea de un bigote oscuro, quedaba
francamente eclipsado por la presencia del cetrino señor Freely. Tan
excepcional pastelero daba realce a su negocio y bien podía acelerar el pulso
de algún corazón sin compromiso.
Como es natural,
los padres y madres reconocían los méritos del recién llegado con mayor
lentitud y prudencia.
-Es un individuo
entretenido -dijo el señor Prettyman, el muy respetable tendero. (La señora
Prettyman, de soltera señorita Fothergill, tenía una hermana casada con un
comerciante de telas de Londres.)-. Es un individuo entretenido; y no pongo
reparos en que forme parte del Oyster Club; pero es un poquito demasiado
aficionado a darse aires. Reconozco que es singularmente instruido, pero ¿cómo
es que se fue a las Indias? Me gustaría tener respuesta a esta pregunta. No es
propio de un pastelero. No me gusta la gente que ha estado en ultramar si no
puede dar una explicación convincente de por qué se fue. Cuando la gente se
marcha tan lejos es porque tiene poco crédito cerca de su casa; ésa es mi
opinión. Aunque tiene un buen ron; pero, por todo lo dicho, no quiero ser
íntimo suyo.
Este tipo de velada
sospecha nubló la visión de las cualidades del señor Freely en las cabezas más
maduras de Grimworth durante los primeros meses de su residencia en el lugar.
Pero, en cuanto el pastelero dejó de ser novedad, también dejaron de serlo las
sospechas, y la gente se cansó de insinuar cosas sobre él, especialmente a
medida que su importancia y su prosperidad iban en aumento. El señor Freely
estaba convirtiéndose en persona de influencia en la parroquia; se le
consideraba útil para cuidar a los pobres, ya que soportaba con gran firmeza el
dolor ajeno: según declaraba, esa firmeza se debía a su gran benevolencia;
siempre hacía lo que era bueno para la gente a largo plazo. Incluso el señor
Chaloner lo había escogido como coadjutor porque era un hombre muy útil y en
todo lo relacionado con los asuntos de la iglesia compartía más opiniones con
él que los antiguos parroquianos. El señor Freely acudía regularmente a la
iglesia, pero algunas veces en el Oyster Club se permitía conversaciones más
libres, en las que hacía algo más que insinuar que en las Indias Occidentales
había llevado una vida de recreo propia de un sultán, mientras movía la cabeza
y sonreía con amargura, tal como hacen los hombres cuando dan a entender que
están de vuelta de todo en un mundo que les parece ya carente de sabor.
Durante cierto
tiempo prestó atención por igual a todas las representantes del bello sexo,
combinando las galanterías de un caballero atento con una severidad en la
crítica al físico y a los modales de las bellas ausentes que tendía a
estimular, en el corazón femenino, el deseo de conquistar la aprobación de tan
exigente juez. En lo que respectaba a los encantos y virtudes femeninas, nada
que se alejara de la perfección bastaba para encender el ardor del señor
Freely, que se había familiarizado en las Indias Occidentales con las bellezas
más exuberantes y deslumbrantes. Podría parecer increíble que un pastelero
poseyera ideas y conversación tan semejantes a las de personas de categoría
social superior, pero debe recordarse que no sólo había trabajado, sino que
también era patizambo y tenía un rostro cetrino de rasgos menudos, de manera
que la misma naturaleza lo había marcado como exigente entendido en el bello
sexo.
Sin embargo, al
final pareció evidente que Cupido había encontrado una flecha más afilada que
las otras y que ésta había atravesado el corazón del señor Freely. Se convirtió
en tema de conversación entre los jóvenes de Grimworth. Pero ¿de veras era
amor? ¿No sería más bien ambición? La señorita Fullilove, la hija del
comerciante de maderas, estaba bastante segura de que si ella fuera la señorita
Penny Palfrey se andaría con prudencia; no era buena señal que un hombre picara
tan alto para buscar esposa. Porque no era otra que la señorita Penélope
Palfrey, hija segunda del señor Palfrey, que cultivaba sus propias tierras,
quien había atraído la especial mirada del señor Freely y había conquistado su
exigencia; y no era de extrañar; porque quizá lo Real nunca se había acercado
tanto al Ideal, tal como se exhibiría en la más delicada figura de cera, como
en la figura de la linda Penélope. Su rubísimo cabello no se rizaba
naturalmente, lo reconozco, pero los brillantes y prietos tirabuzones eran unos
tubos diminutos y lisos, tan perfectos que daban ganas de meter el meñique y
poner a prueba su suave elasticidad. Los llevaba recogidos, porque en aquellos
tiempos, cuando la sociedad era más sana que ahora, las jóvenes llevaban el
cabello recogido hasta mucho después de cumplir los veinte años, y Penélope
todavía no había cumplido los diecinueve. Como el ideal de cera, tenía ojos
redondos y azules, orificios nasales redondos en su naricita, y los dientes que
se le supondrían al ideal, si alguna vez los mostraba. En conjunto, era
pequeña, redonda y tan pulcra como una margarita doble rosa y blanca; y con la
misma falta de malicia; porque espero que no sea muestra de malicia en una
linda damisela de diecinueve años pensar que le gustaría tener un galán y estar
comprometida, cuando su hermana mayor ya llevaba año y medio en situación
semejante. Sin duda, el joven Towers iba por la casa; pero Penny estaba
convencida de que sólo quería ver a su hermano, porque nunca tenía nada que
decirle y nunca le ofrecía el brazo, y siempre se mostraba tan torpe como
silencioso.
No era improbable
que los encantos de Penny hubieran hecho mella en el señor Freely, que los
había sometido a observación en la iglesia, pero éste tenia que progresar un
poco socialmente antes de poder aproximarse a ellos; e, incluso después de que
las familias de Grimworth lo recibieran cordialmente, debía recorrer un largo
camino antes de conversar con Penny fuera de los encuentros ocasionales en casa
del señor Luff. No era fácil ser invitado a Long Meadows, la casa de los
Palfrey; porque aunque el señor Palfrey había perdido dinero durante los
últimos años, y aún no se había recuperado del todo de la terrible peste del
ganado que le había obligado a pedir un préstamo, su familia estaba lejos de
considerarse al mismo nivel que los viejos comerciantes con los que trataba.
Las personas del más elevado rango, incluso los reyes y las reinas, deben
tratar con alguien, y los iguales de los grandes son escasos. Eran
especialmente escasos en Grimworth, que, como he señalado antes, era una
parroquia humilde que los índices geográficos mencionaban con la más desdeñosa
brevedad. Incluso los personajes locales destacados quedaban muy atrás de los
de su mismo rango en otras partes de este reino. Las puertas de la granja del
señor Palfrey tenían la pintura desconchada, y los senderos del jardín hacía
tiempo que estaban cubiertos de hierbajos. Sin embargo, su padre había recibido
el tratamiento de Squire y había sido respetado por la anterior generación de
Grimworth como hombre que podía permitirse beber demasiado en su propia casa.
La linda Penny no
era ciega al hecho de que el señor Freely la admiraba, y estaba segura de que
era él quien le había enviado una bella tarjeta por San Valentín; pero su
hermana parecía considerarlo tan poca cosa (todas las jóvenes piensan que son
poca cosa los caballeros con los que no están comprometidas) que Penny no se
atrevía a hablar de él, y temblaba y se sonrojaba cuando lo veía, pensando en
la tarjeta, que era muy ardiente y que, aunque se sentía culpable, sabía de
memoria. Un hombre que había estado en las Indias y conocía tan bien el mar le
parecía una especie de personaje público, casi como Robinson Crusoe o el
capitán Cook; y Penny siempre había deseado que su marido fuera un individuo
notable, como esos que aparecían en las Questions de Mangnall , con cuya lista
de seres inmortales se había familiarizado durante el año pasado en un
internado. Sólo le parecía raro que un hombre tan destacado fuera pastelero y
cocinero, y esta anomalía inquietaba en gran medida los sueños de Penny. Sabía
que sus hermanos se burlaban de los hombres que no sabían montar bien a caballo
y los llamaban inútiles; pero sus hermanos eran muy toscos y carecían de la
capacidad de contar anécdotas que hacía del señor Freely una compañía tan
encantadora. Era muy buena persona, pensaba, porque le había oído decir un día
en casa del señor Luff que deseaba cumplir siempre con su deber, fuera cual
fuere el lugar al que lo destinara la vida: y sabía mucha poesía, porque un día
le había repetido un verso de una canción. Se preguntaba si serían suyas las
palabras que aparecían en la tarjeta de San Valentín. Terminaban de la
siguiente manera:
Sin ti, dolor es
vivir
pero contigo sería
dulce morir.
¡Pobre señor
Freely! Penny estaba segura de que su padre pondría objeciones, seguro que sí,
porque siempre llamaba al señor Freely «el individuo de la ciruela en dulce».
Oh, aquellos obstáculos al amor eran muy crueles; y todo porque el señor Freely
era pastelero. Bueno, Penny le sería fiel y, puesto que el que fuera pastelero
le daba oportunidad de mostrar su fidelidad, se alegraba de ello. Edward Freely
era un nombre bonito, más que John Towers. El joven Towers le había ofrecido
una rosa que se había quitado del ojal, sonrojándose mucho; pero ella la
rechazó y pensó con entusiasmo en lo mucho que se alegraría el señor Freely si
supiera de su firmeza de espíritu.
¡Pobre pequeña
Penny! Los días eran tan largos entre las margaritas de una granja de ganado y
el pensamiento es tan activo; ¿cómo era posible que el drama interior no fuera
inicio del exterior? He conocido señoritas, mucho mejor educadas y con un
conocimiento más amplio del mundo gracias a la lectura instruida, por no hablar
de literatura y bordados elaborados, que han tejido para sí, igual que Penny,
un capullo de alegrías y penas imaginarias. Su hermana mayor, Letitia, que
poseía un estilo de belleza más orgulloso y una ambición más mundana, estaba
prometida a un comerciante de lanas que venía desde Cattleton para verla; y
todo el mundo sabe que a un comerciante de lanas le corresponde un alto rango y
algunas veces llega a conducir una calesa con dos caballos. Las ambiciones de
Letty eran cada día más elevadas y Penny no se atrevía hablar con su altiva
hermana de las penas que albergaba, ni se atrevió nunca a proponerle que
pasaran por la tienda del señor Freely a comprar caramelos de regaliz, aunque
había allanado el camino diciendo que tenía un ligero dolor de garganta. De
modo que tuvo que pasar delante de la tienda, por el otro lado de la plaza del
mercado, y reflexionar, con un suspiro contenido, que, tras aquellas jarras de
color blanco y rosa, alguien pensaba en ella con ternura sin saber lo reducido
del espacio que los separaba.
Y era cierto que,
cuando el negocio lo permitía, el señor Freely pensaba mucho en Penny. Pensaba
que su belleza se podía comparar con los dulces mas bonitos; le parecía una
muchacha de carácter sumiso, dispuesta a atenderlo como si fuera una negra y a
guardar un silencio aterrorizado cuando el hígado lo volviera irritable; y
consideraba que la familia Palfrey era casi la mejor de la parroquia con hijas
casaderas. En conjunto, la consideraba digna de convertirse en la señora de
Edward Freely, especialmente porque sería necesario aplicar cierto ingenio para
conseguirla. El señor Palfrey era capaz de azotar con el látigo a un
pretendiente a la mano de su hija demasiado osado; y, además, tenía tres hijos
altos: estaba claro que un pretendiente se encontraría en desventaja con
semejante familia, a menos que los viajes y una perspicacia natural le hubieran
proporcionado ingenio suficiente para compensar. Y lo primero que se le ocurrió
al respecto fue que el señor Palfrey pondría menos objeciones si supiera que la
familia Freely estaba muy por encima de la suya. Se había comportado con tonta
modestia al ocultar hasta el momento que una rama de los Freely poseía una casa
solariega en Yorkshire y al encerrar el retrato de su tío abuelo, el almirante,
en lugar de colgarlo ahí donde debían estar los retratos de familia: sobre la
chimenea, en el salón. Cuando el almirante Freely, Caballero de la Orden del
Baño, ocupó el lugar destacado que le correspondía, se vio que sólo tenía un
brazo y un ojo, en lo que se asemejaba al heroico Nelson, mientras que unos
rasgos pálidos e insignificantes confirmaban la relación entre él y su sobrino
nieto.
A continuación, se
apoderó del señor Freely el deseo incontenible de poseer la receta para el
cerdo adobado de la señora Palfrey, ya que estaba en todas las bocas que era
superior al suyo, tal como él mismo le comunicó en una carta muy halagadora que
le llevó el mozo de los recados. La señora Palfrey, como otros genios, se
guiaba más por su instinto que por las normas y no tenía recetas; en realidad,
despreciaba a las personas que las utilizaban y señalaba que la gente que
preparaba conservas siguiendo las recetas de un libro debía atenerse a pesos y
medidas y tonterías como ésas; en cuanto a ella, los pesos y medidas los tenía
en la punta de los dedos y de la lengua, y para las cosas secas como harina y
especias usaba puñados y pellizcos; para los líquidos, tenía una jarrita, lo
más adecuado para medir mucho o poco, porque cualquiera sabía lo que era una
taza de té, y seguro que necesitaba cinco jarritas de tamaño mediano para un
galón. Los conocimientos de este tipo son como los colores de Tiziano: algo difícil
de comunicar; y como la señora Palfrey, en otros tiempos notablemente hermosa y
a la sazón robusta y asmática, casi nunca salía de su casa, apenas podía
impartir su enseñanza oral en otro lugar que no fuera Long Meadows. Ni siquiera
una matrona es insensible al halago, y la perspectiva de recibir a un visitante
cuyo principal objetivo fuera escuchar su conversación no carecía de encanto
para ella. Puesto que no existía receta alguna que enviar en respuesta a la
humilde petición del señor Freely, pidió a su hija Penny que le escribiera una
nota diciéndole que su madre se alegraría de verlo y de hablar con él sobre las
conservas de cerdo cualquier día que quisiera pasar por Long Meadows. Penny
obedeció con mano temblorosa, pensando en las cosas maravillosas que sucedían
en este mundo.
De esta manera, el
señor Freely se introdujo en la casa de los Palfrey y, a pesar de la tendencia
del sector masculino de la familia a burlarse un poco de él por «paliducho» y
patizambo, consolidó su posición como invitado asiduo y aceptado. Cuando se encontraron
un domingo en la casa, el joven Towers lo miró con disgusto cada vez mayor y,
en secreto, deseó probar con él su hurón, como si fuera una alimaña que el
valioso animal pudiera manejar con energía y vigor. Sin embargo -qué ciegos son
los padres algunas veces-, ni el señor ni la señora Palfrey sospecharon que
Penny tuviera nada que ver con un comerciante de dudosa categoría en tan
marchita flor de la juventud. Pensaban que el joven Towers la miraba con buenos
ojos y que, probablemente, algún día fuera ése un buen partido; pero Penny era
una niña en aquel momento. Y, mientras tanto, Penny iba imaginando las
circunstancias en las que el señor Freely se le declararía: quizá bajo la
hilera de ciruelos, cuando estuvieran en el jardín antes de tomar el té; quizá
por carta, en cuyo caso, ¿cómo empezaría ésta? ¿«Mi querida Penélope»?
¿«Estimada señorita Penélope»? ¿O directamente, sin «querida» ni nada, como
parecía lo más natural cuando las personas se sentían un poco violentas? De
todos modos, fuera como fuere la proposición, no la aceptaría sin el
consentimiento de su padre: siempre sería fiel al señor Freely, pero no
desobedecería a su padre. Porque Penny era una buena chica, aunque algunas de
sus amigas pensaran más tarde que no decía mucho en su favor que no hubiera
sentido una repugnancia instintiva por el señor Freely.
Sin embargo, éste
era prudente y deseaba estar seguro del terreno que pisaba. Sus puntos de vista
sobre el matrimonio no eran totalmente sentimentales y estaban tan mezclados
con las consideraciones sobre lo que sería ventajoso para un hombre en su posición
como si su educación hubiera costado una suma considerable. No era él hombre
dado a enamorarse de la persona equivocada; de manera que se aplicó tanto a
granjearse el favor de los padres como a asegurarse el afecto de Penny. La
señora Palfrey no había sido insensible al halago, y su marido, puesto que
también era un ser mortal, era de esperar que no fuera inmune al ron, ese
excelente ron jamaicano que el señor Freely esperaba que le enviaran
regularmente de la isla. No fue fácil conseguir que el señor Palfrey entrara en
el salón situado detrás de la tienda, donde la suave luz del callejón iluminaba
los rasgos del heroico almirante; sin embargo, una tarde, cuando estaba a punto
de marcharse de Grimworth en dirección a su casa, el aspirante a enamorado consiguió
convencerlo para que cenara un poco de ternera atada, que, después de la
conserva de cerdo de la señora Palfrey, le parecería la mejor comida fría
posible.
A partir de ese
momento, el señor Freely estuvo seguro de su éxito: al encontrarse en privado
con un hombre lo bastante mayor para ser su padre, y puesto que estaba solo en
el mundo, fue natural que le abriera su corazón sobre temas que no podía
mencionar ante cualquiera, en especial, todo lo relacionado con las esperanzas
que tenía puestas en su tío de Jamaica, que no tenía hijos, y que quería a su
sobrino Edward más que a nadie en este mundo, aunque se había sentido tan
herido cuando éste salió de Jamaica que lo amenazó con no darle ni un chelín.
Sin embargo, desde entonces le había escrito para manifestarle su total perdón
y, aunque era un caballero anciano y excéntrico e incapaz de dar ningún dinero
en vida, Edward Freely podía enseñarle al señor Palfrey la carta que demostraba
con total claridad quién sería el heredero del afectuoso tío. El señor Palfrey
llegó a ver la carta y no pudo dejar de admirar el espíritu de un sobrino que
declaraba que aquellas esperanzas tan brillantes no suponían para él ningún
cambio de conducta; trabajaría en su humilde negocio y seguiría labrándose una
modesta fortuna. Si algún día heredaba las propiedades de Jamaica, pues
bienvenidas fueran. En realidad, no era sorprendente para un miembro de la
familia Freely heredar una finca, teniendo en cuenta las tierras que había
poseído en tiempos pasados... Mejor dicho, las que todavía poseía la rama de
Northumberland. ¿No quería tomar otro vasito de ron? ¿Y examinar el balance del
año anterior? El señor Freely era un hombre preocupado por poseer virtudes
personales y no deseaba vanagloriarse de su familia, tal como otros harían.
Sabemos con qué
facilidad puede conducirse al gran Leviatán cuando está sujeto de la nariz por
un anzuelo o de las mandíbulas por una cuerda . El señor Palfrey era un hombre
grande pero, como Leviatán, su propia masa actuaba en contra de sí mismo en
cuanto tomaba una decisión. No era un hombre voluble que cambiara fácilmente de
opinión. Suficiente. Antes de transcurridos dos meses, había aprobado el
matrimonio del señor Freely con su hija Penny y, tras haber dado con una
fórmula por la que podía justificarlo, alejó todas las dudas y objeciones,
incluso las propias. La fórmula era la siguiente: «No soy hombre que meta la
cabeza en un lugar antes de saber adónde conduce».
La pequeña Penny
estaba muy orgullosa y nerviosa, pero no se sentía tan feliz como había creído
que estaría cuando se comprometiera. Se preguntaba si al joven Towers le
importaría mucho, porque últimamente no había pasado por su casa, y hermana y
hermanos se mostraban más inclinados a la burla que a la comprensión. En
Grimworth no se hablaba de otra cosa. Todos los hombres ensalzaban la buena
suerte del señor Freely; en tanto que las mujeres, con la tierna solicitud
característica de su sexo, deseaban que el matrimonio saliera bien.
Mientras los
asuntos se encontraban en ese momento triunfal, una mañana el señor Freely
observó que un tallador de piedra que había estado desayunando en el comedor se
había olvidado un periódico. Era la Gazette de determinada región del país no
del todo desconocida para el señor Freely, de manera que sintió cierta
curiosidad y le echó un vistazo, en especial a los anuncios. Un suave rubor
recorrió su rostro al leerla. La causa era el siguiente mensaje: «Si David
Faux, hijo de Jonathan Faux, domiciliado antiguamente en Gilsbrook, se presenta
en la oficina del señor Strutt, abogado de Rodham, tendrá noticia de algo que
le resultará de provecho».
-¡Padre ha muerto!
-exclamó el señor Freely involuntariamente-. ¿Me habrá dejado algo en herencia?
CAPÍTULO III
Tal vez no esperara
el lector que el señor Faux regresara de las Indias Occidentales a los pocos
años de llegar y se estableciera en su antiguo negocio, como un hombre
corriente que nunca hubiera viajado. Pero cosas como ésta suceden en la vida.
Desde el momento en que, como sabemos, los hombres cambian de cielos y ven
nuevas constelaciones sin que por ello se transforme su alma, bien puede
suceder que algunas veces no cambien de actividad en nuevas circunstancias.
Sin duda, este
resultado también contradecía las expectativas de David. Como bien sabrás,
había albergado esperanzas de tener una carrera brillante entre «los negros»;
pero fuera porque habían visto ya demasiados hombres blancos o por cualquier
otro motivo, no lo reconocieron de inmediato como un ser humano de categoría
superior; además, no había princesa alguna entre ellos. En Jamaica nadie
deseaba mantener a David por el mero placer de su compañía; y los méritos
ocultos de un hombre que tan bien los conoce se apreciaban tan poco allí como
en la decadente sociedad del Viejo Mundo. De manera que con las oscuras
insinuaciones que lanzaba David en el Oyster Club sobre la vida de placeres
sultánicos que había llevado en las lujosas Indias, a mi parecer, en realidad,
no se hacía ningún bien; según creo, tuvo que trabajar para ganarse el pan y
volvió a cocinar, ya que, al fin y al cabo, era lo único que sabía hacer. Había
tramado varios planes ingeniosos para burlar a personas de gran fortuna y
escasas facultades; pero nunca encontró ni a las personas adecuadas ni las
circunstancias oportunas. Las artimañas de David para enriquecerse sin trabajar
al parecer no guardaban relación con el mundo que lo rodeaba, a diferencia de
las recetas de pastelería. Es posible dar por buenas muchas monedas malas de
medio penique o de media corona, pero me parece que no se conoce el caso de que
se haya dado por medio penique o media corona un soberano. Un tahúr puede hacer
buenos negocios en este mundo: es innegable que puede llegar a tener una buena
carrera, si se atreve a desafiar las consecuencias; pero David era demasiado
tímido para ser un tahúr o aventurarse en ningún sentido entre las trampas de
la ley. No se atrevía a robar a nadie más que a su madre, de manera que tuvo
que replegarse en su valor personal y conformarse con dar de vez en cuando
medio penique falso o, para hablar con más precisión, pasar por buen cocinero y
repostero. Porque, a pesar de algunas lecturas y observaciones, no podía
conseguir dinero de otro modo; más aún, incluso encontró en sí mismo la
capacidad de extender su habilidad en esta dirección y ocuparse de toda forma
de cocina; mientras tanto empezó a advertir que no era capaz de brillar en
otras ramas del trabajo humano. El Destino era demasiado fuerte para él; había
creído que podría dominarlo y para ello había cruzado el mar; pero el Destino
lo atrajo, le ató un delantal y, tras arrebatarle otros recursos, lo puso a
cocinar pasteles y pastas en una cocina de Kingston. Empezó a mostrarse sumiso
con él, puesto que lo recompensaba con ganancias aceptables; pero las
calenturas y las fiebres miliares, y otros males que aquejan a los cocineros en
los climas ardientes crearon en él ansias de regresar a su tierra natal; de
manera que tomó de nuevo el barco con los ahorros de seis años, esta vez con
una idea clara de cuáles eran las intenciones del Destino respecto a su
carrera. Si se me pregunta con insistencia si todo el dinero con el que se
había instalado en Grimworth procedía de puros y simples ahorros, me veré en la
necesidad de confesar que obtuvo algunas cantidades gracias a su caritativo
silencio sobre algunas fechorías ajenas. En conjunto, puesto que su apellido no
iba asociado a ninguna perspectiva prometedora, y puesto que un nuevo bautismo
parecía un buen principio para una nueva vida, David Faux consideró oportuno
llamarse a sí mismo Edward Freely.
¡Y hete aquí que,
frente a todo pronóstico, el nombre de David Faux parecía estar vinculado a
ciertos beneficios! ¿Debía rechazarlos, en su condición de próspero hombre de
negocios? Aquella decisión podría ponerlo en contacto con su familia de nuevo,
y no sentía el menor anhelo en esa dirección; además, tenía poca fe en que ese
«algo que le resultará de provecho» pudiera ser considerable. Por otra parte,
todo beneficio, por pequeño que sea, resulta agradable, y la promesa le pareció
tan sorprendente en este caso que estimuló su curiosidad. Al final, pesó más
uno de los platillos de la balanza y se decidió a escribir al abogado y, en
resumidas cuentas, la correspondencia terminó en una cita para una reunión
entre David y su hermano mayor en el despacho del señor Strutt, después de que
el vago «algo» se hubiera definido como una herencia de su padre de ochenta y
dos libras con tres chelines.
Como bien sabrá el
lector, David contaba con que lo desheredaran; y así habría sido si no hubiera
nacido, como tantos otros hijos indiferentes, de padres buenísimos, cuya
conciencia los hacía escrupulosos ahí donde personas mucho más instruidas se
sienten justificadas con frecuencia para dejarse arrastrar por la indignación.
La buena de la señora Faux nunca pudo olvidar que había traído a ese hijo mal
preparado a un mundo en ese estado total de indefensión que excluía cualquier
elección por su parte; y, de un modo u otro, tenía la sensación de que el hecho
de que anduviera por mal camino sería culpa de su padre y de su madre si se
apartaban, por poco que fuera, de sus deberes de padres. El concepto que tenía
de estos deberes no era muy elevado ni sutil, pero incluía darle la parte que
le correspondía de la prosperidad familiar; porque cuando un hombre posee un
poco de dinero honrado, ¿acaso es probable que robe? Dejar al hijo delincuente
sin un chelín era como entregarlo a sus malas tendencias. No; era mejor restar
de su parte las veinte guineas que había robado y sumar las tres que su madre
siempre había considerado que le correspondían; y, aunque se había escapado y,
tal vez, había huido allende los mares, era preferible que, a pesar de todo, se
le concediera el dinero y quedara en reserva para su posible regreso. El señor
Faux estaba de acuerdo con la opinión de su mujer y escribió un codicilo a su
testamento con tiempo suficiente para morir con la conciencia tranquila. Sin
embargo, durante mucho tiempo su familia creyó que, probablemente, David nunca
volvería a aparecer; y el hijo mayor, que tenía a Jacob a su cargo, pensaba con
frecuencia que era un poco injusto que tal vez David estuviera muerto y, no
obstante, al no estar su muerte confirmada, su herencia no llegara a su
heredero legítimo. Pero, en este estado de cosas, un vecino aportó el
testimonio contrario -es decir, que David estaba todavía vivo y en Inglaterra-
al asegurar que, durante un viaje a Cattleton, lo había visto en una calesa
conducida por un hombre recio sentado a su lado. Podía «jurar que era David»,
aunque «no podía saber por qué, puesto que no tenía señal distintiva alguna;
pero tampoco las tenía un perro blanco y eso no impedía que la gente lo
distinguiera de otro perro blanco». Fue este incidente el que había conducido
al anuncio.
Naturalmente, la
herencia se pagó tras revelar unos pocos datos en relación con la situación
real de David. Rogó que saludaran a su madre en su nombre y que le dijeran que
esperaba poder visitarla de vez en cuando; pero en aquellos momentos sus
negocios y su inminente matrimonio le impedían viajar. Su hermano le contestó
con sinceridad.
-Madre puede
decidir lo que quiera sobre tus visitas pero, por mi parte, no quiero volver a
verte por casa. Cuando la gente toma un nombre nuevo, es mejor que trate con
sus nuevas amistades.
David se guardó el
insulto junto con las ochenta y dos libras con tres y volvió a su casa con
sensación de triunfo por lo fáciles que habían sido los trámites que lo habían
enriquecido de ese modo. No tenía intención de ofender a su hermano reclamando
más reconocimiento fraternal y regresó satisfecho al personaje de Edward
Freely, el huérfano, vástago de una familia grande pero reducida, con un tío
excéntrico en las Indias Occidentales. (He insinuado ya que estaba algo
familiarizado con la literatura de ficción; y, puesto que era un hombre
práctico, habrá advertido ya el lector que había aplicado tal forma de
conocimiento a fines prácticos.)
Transcurrida algo
más de una semana del regreso de ese fructífero viaje, tras fijar la fecha de
matrimonio con Penny, se acordó que la señora Palfrey superara su reticencia a
salir de casa y ella y su marido llevaran a sus dos hijas a examinar la futura morada
de la pequeña Penny y decidir qué disposiciones podían tomarse para acoger a la
novia. El señor Freely quería que tuviera una casa tan bonita y cómoda que no
envidiara siquiera a la esposa de un comerciante de lanas. Por supuesto, la
sala situada sobre la tienda sería el salón principal; pero también el salón
que había detrás debía convertirse en un alojamiento adecuado para la linda
Penny, la cual, por supuesto, desearía estar cerca de su marido, aunque el
señor Freely declaró que había decidido que nunca permitiría que su esposa
atendiera en la tienda. Las decisiones sobre los muebles del salón se dejaron
para el final, porque el grupo debía tomar en él el té; y, hacia las cinco,
allí se sentaron todos delante de los mejores bollos y panecillos de mantequilla,
mientras la pequeña Penny se sonrojaba y sonreía, con el cabello recogido
pulcramente y un vestido azul que mostraba sus pequeños hombros blancos,
mientras le preguntaban una opinión que nunca daba. Deseaba en secreto tener un
adorno especial para la chimenea, pero no se atrevía a mencionarlo. Sentada
junto a su amarillento y marchito enamorado, el cual, a pesar de que todavía no
había alcanzado los treinta años, tenía ya patas de gallo en los ojos, temblaba
ante la buena suerte que había tenido al casarse con un hombre tan viajado...
¡y antes que su hermana Letty! La bella Letitia tenía un aire orgulloso y
despectivo, pensaba que su futuro cuñado era una persona odiosa y estaba
enfadada con su padre y su madre por permitir que Penny se casara con él.
¡Pobrecita Penny! Parecía una cereza tierna a punto de que la arrancara con los
dientes una boca sin labios. ¿Acaso ningún liberador vendría a salvar a aquella
cereza de boca semejante?
-Qué aire de
familia tienen usted y el almirante, señor Freely -señaló la señora Palfrey,
que contemplaba el retrato de familia por primera vez-. ¡Es maravilloso! Y es
sólo un tío abuelo. ¿Se parece usted al resto de su familia, por lo que sabe?
-No podría
decírselo -contestó el señor Freely con un suspiro-. Gran parte de mi familia
tiene una opinión demasiado elevada de sí misma para tenerme en cuenta.
En ese momento se
oyó en la tienda un extraordinario alboroto, como si un pesado animal anduviera
por ella bufando enfadado, y después se oyó cómo un frasco de cristal se hacía
añicos mientras la voz del aprendiz gritaba «Patrón», muy asustada.
El señor Freely se
puso de pie, inquieto y asombrado, y se apresuró a acudir a la tienda, seguido
por los cuatro Palfrey, que se detuvieron en la puerta del salón, paralizados
de asombro al ver a un hombre grande vestido con un blusón, con una horca en la
mano, que corría hacia el señor Freely gritando:
-¡Zavy, Zavy, mano
Zavy!
Era Jacob y,
durante un momento, David perdió la calma. Tuvo la sensación de que lo detenían
por haber robado las guineas de su madre. Se quedó helado y tembló bajo el
abrazo de su hermano.
-Vaya, ¿qué pasa
aquí? -preguntó el señor Palfrey, adelantándose desde la puerta-. ¿Quién es?
Jacob le contestó
diciéndole una y otra vez:
-Soy Zacob, el mano
Zacob, enido a ver a Zavy -hasta que el hambre lo empujó a soltar el abrazo y
coger una gran empanada que se llevó a la boca.
Llegado a aquel
punto, la inventiva de David había empezado a regresar, pero era una tarea muy
difícil para su prudencia dominar la rabia y el odio hacia el pobre Jacob.
-No sé quién es:
debe de estar bebido -dijo en voz baja al señor Palfrey-. Pero es peligroso con
esta horca. Seguro que no quiere soltarla. -Se contuvo a tiempo de revelar una
intimidad excesiva con las costumbres de Jacob y añadió-: Vigílelo mientras voy
a buscar a un agente de policía. –Y salió corriendo de la tienda.
-Caramba, ¿y de
dónde sales, muchacho? -preguntó el señor Palfrey, dirigiéndose a Jacob en tono
conciliador.
Jacob se comía la
empanada a grandes bocados y miraba a su alrededor las demás cosas buenas de la
tienda, mientras sujetaba la horca con el brazo izquierdo y ponía esa mano
sobre algunos bollos. Se encontraba en la extraña situación de aquel que
recupera a un amigo largo tiempo ausente y lo encuentra más rico que nunca en
precisamente aquello que le había hecho ganar su aprecio.
-Zacob, el mano
Zacob. Quiero a Zavi, mano Zavi -dijo en cuanto el señor Palfrey consiguió
atraer su atención-. Zavi volvió de las Indias, se llevó las ineas de madre.
¿Dónde está Zavi? -añadió, mirando a su alrededor y después, volviéndose a los
otros con aire de interrogación, desconcertado por la desaparición de David.
-Qué raro -señaló
el señor Palfrey a su esposa y a sus hijas-. Parece decir que Freely es su
hermano que ha vuelto de las Indias.
-¡Qué simpático
pariente para nosotros! -dijo Letitia con aire sarcástico-. Lo encuentro muy
parecido al señor Freely. Tiene el mismo tipo de nariz y los ojos del mismo
color.
La pobre Penny
estaba a punto de echarse a llorar.
En aquel momento,
el señor Freely volvió a entrar en la tienda sin el agente de policía. En las
escasas yardas recorridas había tenido tiempo y tranquilidad suficientes para
adquirir una visión más amplia de las consecuencias, y se había dado cuenta de
que el que se llevaran a Jacob al asilo de pobres o al calabozo como si fuera
un desconocido molesto podría tener efectos desagradables si su familia se
tomaba la molestia de ir a buscarlo. Debía resignarse a medidas más pacientes.
-Lo he pensado
mejor -dijo, haciendo un gesto con la mano al señor Palfrey y susurrándole
mientras Jacob les daba la espalda-: es un pobre tonto, quizá venga a buscarlo
su familia. No me importa darle un poco de comer y dejar que pase la noche
aquí. Se le ha metido en la cabeza que me conoce: los idiotas tienen fantasías
de ésas. Quizá se vaya dentro de una hora o dos y no arme más alboroto. Yo soy
un hombre bondadoso y no me gustaría que trataran mal a este infeliz.
-Caramba, si es
capaz de comer por valor de un soberano en un santiamén -dijo el señor Palfrey,
pensando que el señor Freely era de una generosidad excesiva.
-Eh, Zavi, vuelves?
-exclamó Jacob, dando a su querido hermano otro abrazo, que aplastó al señor
Freely contra el mango de la horca.
-Ajá -dijo el señor
Freely sonriendo, plenamente dispuesto al asesinato: sólo le faltaba el valor.
Deseó que los bollitos tuvieran arsénico.
-¿Ineas de madre?
-preguntó Jacob, señalando una jarra de cristal con caramelos amarillos,
situada junto al escaparate-. Dame.
David no osó hacer
otra cosa que coger la jarra de cristal y darle un puñado a Jacob. Lo acogió en
la bata, que extendió para que cupieran más.
«En todo caso, eso
lo mantendrá tranquilo», pensó David, y vació el frasco. Jacob esbozó una
amplia sonrisa e hizo una mueca de entusiasmo.
-Es usted muy bueno
con este desconocido, señor Freely -dijo Letitia; y a continuación, cuando
David se sumó al grupo situado en el salón, añadió con desprecio-: Me parece
que no lo trataría mejor si fuera su verdadero hermano.
-Siempre he pensado
que era un deber ser bondadoso con los idiotas -dijo el señor Freely,
esforzándose en tratar el asunto desde el punto de vista más moral-. Bien
podríamos haber salido idiotas también nosotros, cualquiera podría ser idiota,
en lugar de poseer todos los sentidos.
-No sé de dónde
sacaríamos entonces comida para todos -señaló la señora Palfrey examinando la
cuestión como un ama de casa.
-Sentémonos todos y
terminémonos el té -dijo el señor Freely-. Dejemos tranquila a esa pobre
criatura.
Volvieron a entrar
en el salón; pero Jacob no pareció apreciar la amabilidad de que lo dejaran
solo, siguió inmediatamente a su hermano y se sentó a la mesa con la horca
plantada en el suelo.
-Bien -dijo la
señorita Letitia, poniéndose en pie-. No sé si quiere quedarse usted, madre;
pero yo me iré a casa.
-Oh, yo también
-dijo Penny, terriblemente asustada de Jacob, que había empezado a mirarla
moviendo la cabeza y sonriendo.
-Bueno, me parece
que lo mejor será que nos vayamos, señor Palfrey -dijo la madre, levantándose
más despacio.
El señor Freely,
cuyo rostro había amarilleado francamente durante la última media hora, no se
opuso a la propuesta. Deseaba que volvieran a verse «en circunstancias más
felices».
-Pues a mí me
parece que ese hombre es su hermano -dijo Leticia cuando estaban todos de
camino a casa.
-Letty, eso es muy
desagradable por tu parte -dijo Penny, echándose a llorar.
-¡Tonterías! -dijo
el señor Palfrey-. Freely no tiene ningún hermano, lo ha dicho muchísimas
veces; es huérfano; no tiene nada más que tíos, uno, por lo menos. ¿Qué más da
lo que diga un idiota? ¿Qué necesidad tiene Freely de contar mentiras?
Letitia alzó la
barbilla y se calló.
El señor Freely,
cuando se quedó a solas con su afectuoso hermano Jacob, meditó sobre la
posibilidad de engatusarlo, sacarlo de la ciudad a la mañana siguiente temprano
y hacer que lo llevaran a Gilsbrook antes de que revelara más secretos. Pero
era difícil. Advertía con claridad que, si era él quien se llevaba a Jacob, su
ausencia, sumada a la desaparición del desconocido, convencería a todos de que
se trataba de un pariente, o lo obligaría a tomar el peligroso rumbo de
inventar una historia para explicar su desaparición y su ausencia simultáneas.
David gimió. En algunas ocasiones la falsedad parece poco oportuna. Tal vez
habría sido más astuto no haber contado nunca esas hábiles mentirijillas sobre
sus tíos, ensalzándolos o no; porque los Palfrey eran personas simples y
compartían los prejuicios populares contra la mentira. Y aunque, en esta
ocasión, pudiera sacar de ahí a Jacob, ¿qué garantía tenía de que no volvería
otra vez, ahora que sabía el camino? ¡Oh, guineas! ¡Oh, caramelos! ¡Qué dignos
de envidia eran aquellos que nunca habían robado a su madre y nunca habían
dicho mentirijillas! David pasó la noche sin dormir mientras Jacob roncaba a su
lado. ¿Aquél era el resultado de viajar a las Indias y adquirir una combinación
de anécdotas y experiencia?
Se levantó al
romper el día, como en otra ocasión anterior en que también temió a Jacob, e
intentó por todos los medios despertar a su fatal hermano de su profundo sueño;
no se atrevía a hacer ruido, porque el aprendiz dormía en la casa y lo contaría
todo. Pero Jacob no quería despertarse. Rechazó con los puños la desconocida
causa de alteración, se dio media vuelta y roncó de nuevo. Tenía que dejar que
se despertara como quisiera. David, con la frente cubierta de sudor frío, tuvo
que reconocer que aquel día no podría librarse de Jacob.
Antes de mediodía,
el señor Palfrey acudió a Grimworth movido por la natural curiosidad de
averiguar cómo su futuro yerno se había librado de aquel desconocido al que
trataba con tanta benevolencia. Encontró una multitud en torno a la tienda. A
aquellas alturas, todo Grimworth había oído contar que a Freely se le había
pegado un idiota que lo llamaba «hermano Zavy»; y los más jóvenes del pueblo
parecían considerar al singular desconocido una fuente inagotable de
fascinación, mientras los vecinos se dejaban caer uno por uno para interesarse
por el incidente.
-¿Y por qué no lo
envía al asilo? -preguntó el señor Prettyman-. Va a terminar peleándose con él
delante de los niños, y le devorará. El asilo es el mejor lugar para él; que lo
vaya a buscar allí su familia, si es que tiene.
-Esa será su
opinión, señor Prettyman -dijo David, con el ánimo debilitado por la tortura de
su posición.
-¡Vaya! ¿Entonces
es su hermano? -dijo el señor Prettyman, mirando a su vecino Freely con dureza.
-Todos los hombres
son nuestros hermanos, de especial los idiotas -dijo el señor Freely, que, como
muchos otros hombres viajados, no dominaba su lengua materna.
-Vamos, vamos: si
es su hermano, diga la verdad, hombre -dijo el señor Prettyman, cada vez más
receloso-. No se avergüence de quien es sangre de su sangre.
El señor Palfrey
estaba presente y también observaba a Freely. A cualquier hombre le resulta
difícil creer en las ventajas de decir una verdad que revelará que se ha
comportado como un mentiroso. En aquel momento crítico, David se acobardó y no
se atrevió a caer en desgracia ante los ojos de su futuro suegro.
-Señor Prettyman
-dijo-, sus comentarios me parecen un insulto. No tengo motivo alguno para no
estar orgulloso de quienes son sangre de mi sangre. Si este pobre hombre fuera
mi hermano en grado mayor que cualquier otro hombre, lo diría.
Una figura alta
oscureció la puerta y David, alzando los ojos en esa dirección, vio a su
hermano mayor, Jonathan, en el umbral.
-Me quedo con Zavy
-gritó Jacob al ver él también a su hermano mayor; después corrió tras el
mostrador y se agarró a David.
-¡Vaya! ¿Está aquí?
-dijo Jonathan Faux, avanzando-. Mi madre no dice nada si pasa tanto tiempo
fuera, pero yo debo cuidarlo. Y me ha parecido que sería muy probable que
hubiera venido a verte, porque hemos estado hablando de ti últimamente y de
dónde vivías.
David vio que no
había escapatoria; esbozó una sonrisa espectral.
-¡Vaya! ¿Es
pariente suyo, señor? -preguntó el señor Palfrey a Jonathan.
-Ajá, es el
inocente de mi hermano, claro que sí -dijo el sincero Jonathan-. Mucho trabajo
y dinero, es lo que nos cuesta, en lo que come y otras cosas, pero debemos
soportar la carga que nos corresponde.
-¿Y se llama usted
Freely, no es así? -preguntó el señor Prettyman.
-Quiá, me llamo
Faux, no sé nada de Freelys -dijo Jonathan de manera cortante-. Vamos-añadió,
dirigiéndose a David-: debo dar noticias a la madre de Jacob. ¿Me lo llevo
conmigo o te ocuparás tú de enviarlo a casa?
-Llévatelo, si
consigues que me suelte -dijo David débilmente.
-Entonces, este
caballero que se dedica al ramo de la repostería, ¿es su hermano, señor mío?
-preguntó el señor Prettyman con la sensación de que en aquella ocasión era
necesario utilizar un lenguaje formal.
-Por mí como si no
lo fuera -dijo Jonathan, incapaz de reprimir un impulso de indignación que
nunca se había permitido satisfacer-. Se escapó de casa hace años con buenas
razones en el bolsillo: imagino que ya no quería que nadie lo reconociera como
pariente.
El señor Palfrey
salió de la tienda; sentía su orgullo demasiado herido por haber permitido que
lo engañaran para interesarse por los detalles. Lo que más le urgía era llegar
a su casa y decirle a su hija que Freely era un pobre ladronzuelo, probablemente
un granuja, y que su compromiso se había roto.
El señor Prettyman
se quedó, hasta cierto punto, complacido en su interior porque nunca había
cedido ante Freely, y ahora vería el señor Chaloner a qué clase de individuo
había puesto por encima de otros parroquianos más antiguos. Consideraba que le
correspondía a él (el señor Prettyman) conocer, en interés de la parroquia,
todo lo que se pudiera saber sobre el «intruso». Si las cosas seguían así,
acabaría instalándose en Grimworth gente venida de los penales de Australia.
Pronto resultó
evidente que Jacob no dejaría a su hermano David más que a la fuerza. Aquél
comprendía con la claridad del cerebro más inteligente que Jonathan lo devolvía
a la leche desnatada, las masas de manzana, las habas y el cerdo. Y en la
tienda de su hermano había encontrado un paraíso. Era cosa difícil emplear la
fuerza contra Jacob, porque llevaba pesadas botas con clavos, y si le hubieran
arrebatado la horca, habría recurrido sin vacilar a las patadas. Sólo el
recurso a la astucia para atarlo de pies y manos podía ponerlos a salvo.
-Que se quede -dijo
David, con desesperada resignación, asustado ante todo por la idea de que se
produjeran mayores disturbios en la tienda, lo que no haría más que llamar la
atención sobre sí mismo-. Vete y mañana quizá pueda llevarlo conmigo a Gilsbrook.
Me seguirá a toda prisa, imagino -añadió con un gemido contenido.
-Muy bien -dijo
Jonathan ásperamente-. No veo por qué no te iba a dar a ti molestias y gastos,
como a todos los demás. Pero ocúpate de traerlo pronto y sano y salvo, o madre
no descansará.
Tras llegar a este
acuerdo, el señor Prettyman rogó al señor Jonathan Faux que fuera a comer algo
con él, invitación francamente aceptable; y, puesto que el honrado Jonathan no
tenía nada de que avergonzarse, es probable que fuera muy franco en su comunicación
con el cortés pañero, el cual, con el objetivo de conseguir el bien de la
parroquia, se apresuró a sonsacar toda la información que pudo obtener sobre
Freely. Puede bien imaginar el lector que la reunión de aquella noche en el
club del Woolpack resultó inusitadamente animada. Todos los miembros estaban
impacientes por demostrar que nunca les había gustado Freely, tal como se hacía
llamar. Pero el nombre verdadero era Faux, ¿no? Más adecuado sería que se
llamara Fraude. La mayoría expresaba el deseo de ver cómo lo echaban de la
ciudad entre abucheos.
El señor Freely no
se aventuró a salir por la puerta aquel día, porque sabía que Jacob saldría con
él y era muy probable que arrastraran un cortejo de seguidores juveniles. Envió
recado para reservar la calesa del Woolpack a una hora temprana al día siguiente;
pero el patrón no mantuvo el encargo en riguroso silencio. Se informó al señor
Freely de que no podían darle la calesa hasta las siete; y los vecinos de
Grimworth eran madrugadores. Quizá aquella mañana concreta estaban más
despiertos que de costumbre; porque, cuando animaron a subir a Jacob a la
calesa con su hermano David, con una bolsa de dulces en la mano, los habitantes
del mercado se asomaban ya por puertas y ventanas, y a la vuelta de la esquina
había incluso una asamblea de aprendices y escolares que, al pasar, les
gritaron de un modo que Jacob interpretó como alegre y amistoso y les contestó
moviendo la cabeza y con una gran sonrisa. «¡Viva, David Faux! ¿Cómo está tu
tío?», fue su saludo matutino. Como otros comentarios mordaces, no estaba del todo
improvisado.
Ni siquiera este
escarnio público resultó tan aplastante para David como la horrible idea de
que, aunque ahora consiguiera devolver a Jacob a su casa, nunca estaría seguro
de que no volviera, como una avispa al tarro de la miel. Mientras David viviera
en Grimworth, pendería sobre él la posibilidad de que Jacob regresara. Pero
¿podría seguir viviendo en Grimworth, convertido en objeto de burlas, rechazado
por los Palfrey, tras haberse deleitado con la conciencia de que era un
pastelero próspero y envidiado? A David le gustaba que lo envidiaran; le
importaba menos que lo amaran.
Pronto se
resolvieron sus dudas sobre este asunto. El ánimo de Grimworth se obstinó en
situarse contra él y sus viandas y, como la nueva escuela se había terminado,
se cerró el salón. Aunque no hubiera habido otros motivos, habría bastado el
apego a los Palfrey, esa respetable familia que vivía en la parroquia desde
tiempos inmemoriales, para que las gentes adineradas declinaran los bienes de
Freely. Además, se había fugado con las guineas de su madre: ¿quién podía saber
qué más había hecho en Jamaica o en otros lugares antes de llegar a Grimworth
para infiltrarse con engaños en el seno de las familias? Las mujeres se
estremecían. Empezó a suscitar las más terribles sospechas: los ojos verdes y
las piernas zambas tenían aspecto criminal. Al párroco le desagradaba la
presencia de un hombre que se había impuesto sobre su voluntad; y todos los
chicos que no podían permitirse comprar en la rienda gritaban «David Faux»
cuando pasaban por delante. Sin duda, nadie estaba dispuesto a pagar nada por
el «fondo de comercio» del negocio del señor Freely, y se vería obligado a
marcharse sin un peculio tan deseable para sufragar los gastos de una mudanza.
A los pocos meses,
la tienda de la plaza quedó en alquiler y David Faux, alias Edward Freely, se
había ido: nadie sabía qué rumbo había tomado. Así se puso freno a la
desmoralización de las mujeres de Grimworth. La joven señora Steene renovó sus
esfuerzos para confeccionar empanadas ligeras y, cuando al final consiguió
preparar una hornada tan excelente que el señor Steene la miró con complacencia
mientras se las comía, diciendo que eran las mejores que había probado en su
vida, pensó menos en bulbules y renegados. En los pechos de las amas de casa
matroniles resucitaron los secretos de la buena cocina, y las hijas volvieron a
sentir deseos de que las iniciaran en ellos.
Imagino que
alegrará saber al lector que las telas que la linda Penny había comprado para
preparar su matrimonio con el señor Freely le resultaron tan útiles para la
boda con el joven Towers como si hubieran estado destinadas expresamente a esta
última ocasión. Porque la tez de Penny no se había alterado y el azul siempre
sienta bien.
Aquí termina la
historia de David Faux, pastelero, y de su hermano Jacob. Y en ella vemos,
según creo, un admirable ejemplo de las formas inesperadas bajo las que la gran
Némesis se esconde.

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