© Libro N° 13969. Indicadores
De Madurez De La Personalidad. Rojas,
Enrique. Emancipación. Junio 21 de
2025
Título Original: © Indicadores De Madurez De La
Personalidad. Enrique Rojas
Versión Original: © Indicadores De Madurez De La Personalidad. Enrique Rojas
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
DE LA PERSONALIDAD
Enrique Rojas
Indicadores
De Madurez
De La
Personalidad
Enrique Rojas
INDICADORES DE
MADUREZ
DE LA PERSONALIDAD
*
Enrique Rojas **
Muchas gracias al profesor Alejandro Llano por la presentación y por la
invitación a hablar en este Seminario sobre un tema que, verdaderamente, es
importante.
Yo, de alguna manera, también tengo una cierta relación con el mundo
empresarial y económico, por mi mujer que se de-dica a la Bolsa y me lleva a la
realidad de lo que es el mundo de la economía.
Vamos a hablar de la personalidad. Yo vengo de Madrid a la mañana, en el
avión de las 8.30, y vengo con dos cosas que son mis acompañantes
indispensables; vengo con mi cuerpo, con mi realidad somática, la estatura, la
dimensión que tengo, el volumen que desplazo en el espacio, y me acompaña mi
personalidad que está aquí esta mañana, en Pamplona, y que me la llevo de nuevo
a Madrid mañana.
Vamos a ver qué características tiene la personalidad. El título de mi
conferencia es “Indicadores de madurez de la persona-lidad”. Yo soy aficionado
a navegar, pero entiendo muy poco de navegación; entonces cuando pregunto en
verano, en Ma-llorca, cómo está el día, si se puede salir, me hablan de
indi-cadores de buena mar para navegar, tipo de viento, oleaje.,
características generales que indican, que traducen, que nos ponen sobre la
pista de si realmente se puede o no se puede navegar se día.
Vamos a hacer exactamente lo mismo con la personalidad, cuáles son las
notas características más importantes que tra-ducen que una personalidad está
madura.
Con gran frecuencia nos encontramos, sobre todo los psiquia-tras, con
expresiones de afirmación de que alguien está des-equilibrado, que se encuentra
mal, incluso es frecuente que en el lenguaje coloquial se diga que alguien está
loco. Hay un tipo de personas que vienen a vernos, cada vez más, a la
con-sulta, que son personas con problemas conyugales; hoy es uno de los grandes
dramas modernos. Hay un informe de la Unes-co, el informe 17, que pone de
relieve que de cada cuatro uniones conyugales, que no matrimonios, tres se
rompen, en algunos países del mundo, y en otros, de cada tres, dos. De aquí
brotan nuevas experiencias, nuevos dramas y nuevas epidemias: los niños
ping-pong, los muebles rotos, es decir, una serie de situaciones complejas que
siempre se refieren a lo mismo, personalidad que está desequilibrada, que está
desajustada.
Vamos a tratar de ver, en mi exposición, cuáles son esos ras-gos, esas
notas características de una personalidad madura. Hay que decir de entrada,
antes de pasar a los indicadores que voy a ir poniendo de relieve, cómo el
concepto de madurez es un concepto, líquido, gaseoso, etéreo, volátil. Este
estrado en el que yo estoy tangible, esto es madera, el terreno que pisa-mos es
sólido, pétreo, firme. La madurez de la personalidad es algo vaporoso,
abstracto.
Vamos a intentar que esa vaporosidad, esa abstracción, se concrete y se
matice intentando apresarla en el análisis que yo voy a ir haciendo. Pero si yo
fuera a comparar lo que es la ma-durez, diría que la madurez es un estado
relativo, no es abso-luto, uno puede haber llegado a un nivel de madurez
psicoló-gica alto y por una serie de avatares de la vida, esa madurez va
descendiendo hasta llegar a cambiar, y entonces aparecen ve-tas que transitan
por la personalidad de forma inmadura; por lo tanto, es un concepto relativo.
En segundo lugar, yo recurri-ría al inglés, que tiene un tiempo que no existe
en otros idio-mas importantes, el presente continuo, el “ing”, algo que estoy
haciendo en este momento. Entonces la madurez es algo que se va haciendo, que
se va fabricando poco a poco, y por tanto no hay un concepto de instalación, de
residencia en la madu-rez; por ello debemos hablar de niveles de maduración en
la personalidad.
¿Qué es la personalidad?
Primero, voy a tratar de hacer unas referencias etimológicas sobre la
personalidad que pueden aportar una cierta luz a la hora de definir qué es.
La palabra personalidad tiene dos derivaciones etimológicas muy claras,
una del latín “personare” y otra del griego “proso-pon”, que significan
“máscara” o “cabeza”. Es decir, ambas etimologías, que son las más
tradicionales (ahora veremos otras), se refieren a que la personalidad era como
la máscara que se ponían los actores en la Antigua Grecia en las
repre-sentaciones teatrales. Entonces la personalidad -vamos a ver-lo
enseguida- es, de entrada, la fachada, la cara externa de cada uno de los
otros. Hay otras derivaciones, que también son interesantes del latín moderno,
“per se une”, “unidad”. En este sentido, podemos decir que la personalidad es
como el director de orquesta de una gran agrupación orquestada (val-ga la
redundancia), en donde el director se encarga de que cada instrumento, cada
segmento, cada geografía de la or-questa se una para dar como réplica, como
síntesis final, esa sinfonía.
Hay otra derivación del etrusco “perso”, que significa “cara”, la
personalidad está especialmente en la cara (lo vamos a ver enseguida); “uno una
uno” del latín, “lo único, lo singular”; de latín “phersum”, que significa
“espejo”; ahí está la idea de ver, la personalidad es lo primero que se ve, y
también hay otra derivación latina: “rostrum”, que significa “pico de las aves”
y secundariamente “el hocico de los animales”, y por extensión el espolón o la
proa de un navío, por lo tanto, ya tenemos una cierta aproximación a lo que es
la personalidad.
¿Cómo podemos definirla? Hay muchas definiciones. En la Facultad de
Medicina en Madrid, cuando hablo de la persona-lidad (hay varias lecciones del
programa dedicadas a este te-ma) me refiero a las diversas partes de la
personalidad, a un análisis de la misma y, por último, a su patología. Sabemos
que la personalidad enferma, lo mismo que enferma el apara-to digestivo o el
hígado: existen también trastornos, enferme-dades de la personalidad: la
personalidad neurótica, la perso-nalidad inmadura.
Hay una serie de rasgos que definen a este tipo de pacientes, de tal
manera que muchas veces el diagnóstico no lo hace el médico, no lo hace el
psiquiatra, lo hace la familia: “es impo-sible la convivencia”, “es una persona
rara, extraña, difícil”. En el lenguaje coloquial, las expresiones familiares
nos dan un poco la clave.
¿Qué es la personalidad? Podemos decir que la personalidad es aquella
entidad en la que se agrupan elementos físicos, psi-cológicos, sociales y
culturales de un individuo, que consi-guen una unidad histórico-biográfica; por
lo tanto, es una es-tructura en donde se agrupan estas cuatro vertientes, estos
cuatro ingredientes: físico, que incluye nuestra corporalidad, (si yo en vez de
medir 1’71 mido 1’80 o 1’50, evidentemente, eso va a cambiar de alguna manera
mi personalidad), psicoló-gico, es decir, qué características han ido
conformando mi patrimonio psicológico; cultural, la riqueza interior que yo he
ido recibiendo, cómo la he asimilado, cómo la he estructura-do, cómo se ha
organizado dentro de mí., y el aspecto social, el perímetro donde yo me
desenvuelvo y donde vivo. Esto es un poco el resumen de la personalidad.
Decíamos antes que lo primero que se ve es la perso-nalidad:
yo diría que lo primero que se ve es la cara, porque la persona-lidad se
va a manifestar en nuestro contacto, en nuestra con-ducta, en nuestra relación
con los demás. Pero hay una prime-ra impresión que es la impresión externa (si
alguien entra ahora por esa puerta, hay unos 4 o 5 metros desde la puerta hasta
el estrado, me da tiempo de verle, veo cómo se mueve, cómo anda, me voy
detalladamente acercando a su compostu-ra exterior, pero cuando ya lo tengo a
mi lado, entonces le mi-ro a la cara). En la cara se encuentra la personalidad,
o dicho de otro modo, cualquier parte del cuerpo depende de la cara. Muchas
veces, sobre todo en las mujeres, que son más intuiti-vas, y en general en
personas que tienen más cuna psicológica, cuando conocen a alguien dicen: “no
me gustó su cara”, “no se me olvida aquella cara”. La cara es, como decía
antes, el cen-tro fundamental de la personalidad; parece que todo el sujeto
viene a resumirse ahí. Decimos en el lenguaje popular que la cara es el espejo
del alma y decimos bien, porque a la cara se vienen todos los paisajes del
alma, lo que uno lleva dentro evidentemente sale al exterior. La persona está
presente en su cara, vive en ella; la cara es la persona misma.
Naturalmente, en la cara tenemos que distinguir dos partes: una parte
afectiva y otra intelectual. La parte intelectual, la frente y los ojos,- la
parte afectiva, las mejillas y la boca. La expresividad que tiene la cara no la
tiene ninguna otra parte del cuerpo. De tal manera que se podría incluso hablar
de un alfabeto facial., es decir, el análisis de los contenidos funda-mentales
a través de los labios, la mirada, la frente. En la cara la persona tiene su
residencia. La cara es también programáti-ca, como la vida, anuncia la vida
como programa. La vida es abierta, incompleta, provisional e interminable,
siempre por hacer. También anuncia la cara lo que llevamos dentro.
Hay muchas tipologías de la personalidad; y, entrando en ellas, voy a
hacer un brevísimo repaso desde Galeno, que ha-blaba del flemático,
melancólico, sanguíneo y colérico, a Hi-pócrates, que hablaba del apopléptico y
del tísico; Kreschmer, un psiquiatra de principios de este siglo que hablaba
del lep-tosómico, pícnico y atlético; Cervantes, que tiene una descrip-ción
tipológica muy fina en D. Quijote y Sancho, el tipo quijo-tesco y
sanchopancesco; Freud, que habla del yo, el ello y el super-yo; Jung, que habla
del extrovertido y el introvertido. Es decir, que hay una galería diversa y
compleja de personali-dades. No vamos ahora a hablar de clasificación de tipos
hu-manos, sino de indicadores de la personalidad.
(Indicadores de la personalidad):
Bien, vamos a ver cuáles son esos datos, esas señales, esos signos, esas
referencias, esos indicios de que estamos ante una personalidad que tiene un
cierto nivel de madurez (no hablamos de madurez en sentido estricto, como decía
antes, sino en sentido relativo). Y voy a seguir en la exposición un cierto
orden de lo que debe ser el principio de una personali-dad madura hasta lo que
se va configurando con el paso de los años.
En primer lugar, un indicador importante es el haber prospe-rado con un
cierto modelo de identidad. Esto es importantí-simo. ¿Qué significa tener un
modelo de identidad? Significa que uno ha ido creciendo, siguiendo un ejemplo
vivo que está fuera de uno y que, de alguna manera, uno lo ha visto
desa-rrollarse. Es decir, muchas veces al decir de alguien: ¡”qué atractivo
tiene”¡”qué garra”! o ¡”qué sello tan personal”!, nos fascina su modo de
hablar, su compostura, su buena cabeza o una síntesis de distintos elementos
que a nosotros nos llama particularmente la atención. Por lo tanto, el modelo
ideal es una lección gráfica, abierta, atractiva, que tira de nosotros en una
dirección concreta y que nos empuja a imitarla de alguna manera. Hoy esto
escasea, el mundo está en crisis. El mundo occidental, por ejemplo Alemania,
está en una crisis profundí-sima; probablemente no lo está desde el punto de
vista técni-co, pero sí desde el punto de vista humanístico. Y esto que está
ocurriendo es dramático. En este momento no hay mode-los de identidad. Los
modelos que ofrece la sociedad son las revistas del corazón o modelos que se
han quedado antiguos tan pronto como se han puesto a la venta
Otro indicador importante de madurez es el conocerse a sí mismo. En el
frontispicio de la entrada al templo de Apolo en Grecia había una inscripción
que decía: “conócete a tí mismo”. Esto es importante. Conocerse a sí mismo
significa que uno tiene sus características principales (físicas, psicológicas,
so-ciales y culturales) cogidas, claras. Entonces uno, como con-secuencia, sabe
sus actitudes y sus limitaciones; y esto es muy importante. “Tengo cogido cómo
soy y, por tanto, no me pido imposibles. Me pido, me exijo cosas, pero dentro
de un nivel, dentro de un orden, dentro de lo que es la geografía de mis
posibilidades”. A esto se le llama estar en la realidad personal. En la
consulta del psiquiatra cada vez es más frecuente ver a personas que no están
enfermas, sino que lo que tienen es un problema personal. Entonces una pregunta
habitual es: “¿tú cómo eres’?, ¿cómo te defines a tí mismo? Hazme un retrato de
tu personalidad”. Hay mucha gente, no hablo del adoles-cente que, por supuesto,
no sabe cómo es, sino del hombre que teóricamente tiene ya unos ciertos años,
que no se conoce a sí misma; es decir, que no está madura. Este indicador tan
importante flota a la deriva.
Otro indicador es tener o haber alcanzado un cierto nivel de equilibrio
psicológico; o dicho de otra manera, una ecuación entre corazón y cabeza, entre
afectividad y vida intelectual. Y aquí vendría muy bien la doble margen del
hombre clásico y del hombre romántico. El hombre romántico es aquel que
describe la corriente de un río metido dentro del cauce. El relato es directo,
es vivo,- hay un contacto, el borbotón del agua sube por las piernas. El hombre
clásico describe la co-rriente de un río desde fuera; se sitúa a una cierta
distancia. El relato es más frío, más objetivo, es, valga la redundancia, más
distante, pero gana en objetividad. Pues bien, el hombre maduro es afectivo e
intelectual y compagina, como dos in-gredientes armonizados dentro de sí, estas
dos notas.
Una persona que no está madura puede ser hiperafectiva, hi-persensible,
y sufrir por todo. Nosotros definimos al neurótico como el sujeto que tiene un
sufrimiento innecesario, sufre por todo. Si yo sufro porque preparo unas
oposiciones y estudio durante una serie de años y las consigo, es un
sufrimiento necesario para alcanzar una meta, en este caso aprobar esas
oposiciones. Pero, por el contrario, en el neurótico es un su-frimiento
innecesario: de cualquier relación humana brota una situación displacentera. En
el otro extremo estaría un hombre frío, flemático, distante, que no vibra
sentimental-mente con ninguna realidad ajena ni propia, Por tanto, la ecuación
entre corazón y cabeza es fundamental.
Otro indicador de la personalidad madura es tener un proyec-to personal.
Podríamos decir que la vida no se improvisa, sino que se programa. Entonces
¿qué es el proyecto personal? Pro-yecto personal es lo que yo hago con mi vida
de acuerdo con unas premisas, o de acuerdo con ¡o que proyecté. Este proyec-to
debe responder a una interpretación particular de la vida, por una parte, y,
por otra, es importante que tenga coherencia interna, es decir, que dentro de
él exista el menor número posible de contradicciones y, por otra parte, que
tenga un con-tenido fundamental.
¿Qué contenido debe tener el proyecto personal? Para mí, hay tres
compartimentos esenciales en el proyecto de cada sujeto de los que estamos
aquí: amor, trabajo y cultura. Son las ins-tancias más importantes de lo que es
la vida como anticipa-ción. El proyecto es la vida programada, organizada. La
vida es lo suficientemente compleja como para que cualquier organi-zación de
ella sea lineal. La vida es muy larga y uno ha visto caer muchas torres fuertes
y sólidas. Entonces lógicamente hay que tener siempre preparado una especie de
manual de medicina preventiva del proyecto personal porque, antes o después,
éste necesitará una revisión médica. Amor, trabajo y cultura; podemos decir que
no hay proyecto sin amor; y que amor y trabajo hacen la felicidad humana, son
las dos espe-cies, los dos argumentos más importantes. Evidentemente en la
cultura moderna hay un uso, un abuso y una manipulación de la palabra amor; a
cualquier cosa le llamamos amor. Habría que tipificar la palabra o quitarla del
diccionario porque, en su nombre evidentemente, hemos hecho auténticas
barbaries afectivas.
En cuanto al trabajo, pensemos lo que está pasando en estos momentos:
hay una auténtica idolatría del trabajo. El hombre moderno, el yuppie, que tan
de moda ha estado durante unos años en la cultura americana y también europea,
es un hom-bre que vive para trabajar; no hay más que trabajo, entonces se
sacrifica todo al trabajo. Lógicamente el yuppie, al final, paga una cuenta
grande, desde la úlcera de estómago al infar-to de miocardio, pasando por la
ruptura conyugal y los niños ping-pong. ¿Qué significa tener un proyecto
personal? Signifi-ca que uno no va tirando de la vida, como decimos en el
len-guaje popular, sino que yo llevo mi vida, la dirijo, la encauzo, la
canalizo hacia una dirección concreta. Y luego viene la vida con sus exámenes.,
es decir, que cualquier análisis de la vida personal es sangrante, es doloroso
porque todos los proyectos quedan siempre cortos, quedan sin cumplir. Pero,
evidente-mente, lo que está claro es que, mientras más realistas y exi-gentes
seamos con ellos, y más garra y fuerza pongamos en ellos, más fácilmente irán
saliendo adelante. La vida es una operación que se dirige hacia adelante y,
esto es el proyecto: la vida anticipada.
Otro rasgo importante de madurez es tener una filosofía de vida. Hoy
paradójicamente, son los países del Este de Europa los que tienen una filosofía
de vida más fuerte, debido al des-vanecimiento de esas estructuras que dejan al
hombre atorni-llado. Nos encontramos con que las dos notas, a mi entender, que
más definen al mundo actual son el hedonismo y la per-misividad. El hedonismo
es el nuevo dios; Edón en la mitolo-gía griega es el dios del bienestar. Es
importante disfrutar de la vida, es importante saborear tantas cosas buenas
como hay a nuestro alrededor; pero el hedonista busca el placer a cual-quier
precio y por encima de todo. El hedonismo, además, tiene un brazo que es el
consumismo; éste es una nueva for-ma de libertad que consiste en acumular cosas.
Y, por otra parte, está la permisividad. ¿Qué significa la permisividad?
Significa que no hay cotas ni terrenos prohibidos, que todo está permitido. Un
importantísimo brazo de la permisividad es el relativismo, que significa que no
hay absolutos, que todo es relativo y que todo depende. entonces caemos en la
absolu-tización de lo relativo, todo es relativo.
Con el hedonismo y la permisividad a cuestas, el hombre no puede
apoyarse sólidamente y es lo que está ocurriendo en este momento, cuando nunca
había pensado llegar tan lejos en la ciencia, en la técnica, en la medicina y,
simultáneamen-te, nunca había estado tan huérfano de humanismo. Me co-mentaba
el profesor Llano, hablando de la visión que tenían algunos alemanes del Este
de la Alemania libre, que ante una gran técnica, una gran ciencia, una gran
organización, faltaba el humanismo; es decir, se nos trata muy bien, pero no
como personas. Evidentemente, lo que la filosofía de vida le da al ser humano
es un humanismo sólido.
El humanismo europeo tiene cuatro raíces importantes (de las que muchas
veces huye): es romano (de Roma heredamos el Derecho), es griego (de ahí viene
la filosofía), es cristiano y es hebreo. El humanismo europeo, en este momento,
está flo-tando, y en los países de Europa se está produciendo una si-tuación
verdaderamente calamitosa.
Otro indicador de la madurez de la personalidad es la natura-lidad. ¿Qué
significa la naturalidad? Yo diría que es una de las características más
importantes de una persona madura. Naturalidad es sencillez, descomplicación,
huir de la sofistica-ción. Una persona natural no trata de aparentar más de lo
que es, no tiene dos o tres caras, no tiene dos o tres fachadas de-pendiendo de
con quién esté, sino que mantiene siempre una unidad en su personalidad.
Yo diría que la naturalidad es la vertiente aristocrática de la
personalidad; por eso, una persona natural está tranquila, se-rena, contenta:
estar contento y estar contenido. Muchas ve-ces en la personalidad neurótica
nos encontramos con una persona que no es natural, y el no ser natural
significa que está insegura, que no tiene firmeza. La conducta no es pétrea, no
es compacta, no es sólida, no es firme., sino que se mueve, va, viene, oscila,
depende, sube, baja., es decir, hay grandes cambios en el comportamiento.
Otro indicador es el autocontrol (capacidad de controlarse a sí mismo).
El gobierno más difícil es el gobierno de uno mismo. Lógicamente en una
sociedad permisiva, en la cual se aceptan todos los comportamientos como
válidos, el ser humano pier-de el control; pero en una sociedad mixta,
permisiva, materia-lista, consumista, el hombre no necesita controlarse porque
está narcotizado. Paradójicamente, el hombre de hoy está un poco amaestrado por
esta situación en la que se encuentra, repleto de comodidades, sin vibración
que exija ningún tipo de esfuerzo. El control de sí mismo, la capacidad de
dominar-se, de ser señor y dueño de uno mismo, evidentemente es un dato
material, rotundo y limpio de una persona que tiene un buen nivel de madurez.
Otro indicador importante es la temporalidad. La vida es una operación
que se realiza hacia adelante, es una ecuación alge-braica entre presente,
pasado y futuro. ¿Cuál es la temporali-dad de una persona madura? Una persona
madura vive insta-lada en el presente, tiene asumido el pasado y vive empapada
de porvenir. Esta sería la ecuación, la clave de una temporali-dad adecuada (el
neurótico, el inmaduro, la personalidad po-co hecha vive atrapada, vive muchas
veces de excursión en el pasado, va y viene, analiza, escruta, observa, mira
milimétri-camente su pasado y se recrea en los aspectos negativos del mismo).
Pues bien, éste sería el perfil de una personalidad temporalmente sana. Por
otra parte, la personalidad madura, en cuanto al tiempo, sabe echar mano del
pasado; la vida es la gran maestra y a todos nos enseña, y el arsenal del
pasado está ahí y una y otra vez vamos a él tratando de sacar conclu-siones y
aspectos positivos. Nos apropiamos del pasado y éste nos ayuda en la
experiencia de la vida para timonear el futuro.
Otro indicador de madurez es la responsabilidad. La palabra
responsabilidad deriva del latín “responsum”, que a su vez procede de
“respondere”, que significa “contestar”, “prome-ter”, “satisfacer”. Una persona
es responsable cuando respon-de con hechos a ciertas obligaciones contraídas.
Decía Cervan-tes que cada uno es hijo de sus obras y Platón decía que cada uno
es la causa de su propia elección. La noción de responsa-bilidad está ligada a
la de elección y libertad; por lo tanto, li-bertad y responsabilidad forman un
binomio inseparable.
El ejercicio de la responsabilidad se puede traducir en tres aspectos
diferentes: por una parte, existen grados de respon-sabilidad que se van
haciendo con el desarrollo armónico de uno mismo; es decir, con veinte años no
se tiene la misma responsabilidad que a los treinta, cuarenta o cincuenta años.
Entre paréntesis, pensemos en un tema que está ocurriendo actualmente: desde el
punto de vista canónico, existen las llamadas nulidades conyugales, y en el
nuevo canon de¡ dere-cho canónico de] año 1983, se contempla la figura de la
inma-durez afectiva, lo que significa que, en el momento del ma-trimonio, una
persona no tenía el mínimo de madurez ade-cuada para su personalidad.
Evidentemente, una persona con veintitantos años es impensable que tenga una
madurez abso-lutamente compacta y armónica (sería una pieza de museo), sino que
lo que se espera es que haya alcanzado un cierto ni-vel de madurez de su
personalidad.
En segundo lugar, tener responsabilidad significa también tener unos
criterios firmes de actuación, tener ideas claras. Por esto, claro está, en un
mundo como el nuestro que está en una confusión permanente, hay una auténtica
babel de ideas. En este momento, el mundo está estudiando los cambios que
vivimos día a día: el comunismo no funciona; en los países del Este están
produciéndose tres grandes cambios que son apasionantes, el cambio en Rusia
desde arriba, el cambio en Polonia desde la clase obrera y el cambio desde la
clase media en Hungría, que desde hace unos días ya es una república no
comunista. Actualmente las ideas están cambiando, pero si-multáneamente los
alemanes, mal llamados democráticos, que atraviesan Europa para irse a Alemania
Federal, se sor-prenden del caos que en ella existe. Por ello, también los
cri-terios de actuación están suspendidos en el aire.
Otra nota importante de la responsabilidad es la fidelidad a los
compromisos contraídos. La vida es larga y compleja, pero evidentemente uno es
capaz de responder a la fidelidad con pequeñas lealtades. Esto hoy no está de
moda, no se lleva, no tiene buena prensa, pero es fundamental; pensemos lo que
está ocurriendo en este momento en el tema de las rupturas conyugales, que
antes comentaba. Es una auténtica epidemia mundial. Comentaba hace poco un
alumno mío de la Facultad de Medicina a mi pregunta sobre lo que más le había
impre-sionado de un reciente viaje a Alemania, que el dato para él más
importante era que todos sus amigos eran hijos de pa-dres separados. Es decir,
no hay responsabilidad, no hay fide-lidad, no hay lealtades, todo es
transitorio, todo es, como de-cíamos antes, relativo, y lógicamente con esas
velas la navega-ción no llegará muy lejos.
Otro indicador importante de madurez de la personalidad para mí es que
una persona madura tiene situada la sexuali-dad en tercer o cuarto plano; salvo
en la adolescencia y en la primera juventud, en la cual por razón de la edad,
la sexuali-dad pide paso, quiere abrirse con fuerza y es lógico que haya una
vibración psicológica y física más importante. ¿Qué signi-fica esto? Volvemos
al argumento inicial; en el mundo mo-derno, la sexualidad se ha comercializado,
es un bien de con-sumo, es un bien mercantil, se consume sexualidad, películas,
vídeos, revistas. Pensemos en lo que está ocurriendo en estos momentos.
Se acaba de aprobar en Noruega el matrimonio homosexual, y parece ser
que en breve se aprobará también una ley que des-penaliza el incesto, la
relación sexual de padres con hijos y entre hermanos; es decir, los niveles de
permisividad están alcanzando unas cuotas verdaderamente altas: ¿quién da más?
Evidentemente el mundo está neurótico, y es curioso que Freud, que tuvo grandes
aciertos y que su pensamiento ha influido tanto en la cultura, la medicina, el
arte y tantas cosas, decía en cambio que la neurosis se producía por repre-sión
de la sexualidad., ésta era una máxima esencial de su pensamiento.
Por el contrario hoy nos encontramos con que su hija Ana, heredera
directa y representante de su padre, afirma no poder explicarse cómo su padre
pensaba que la neurosis se producía por represión de la sexualidad, cuando hoy
existen cada vez más neuróticos y la sexualidad no está reprimida sino
comer-cializada. ¿Qué significa esto”, pues significa que es necesaria una
educación sexual, y ¿qué significa educación sexual? Sig-nifica educación de la
afectividad para el amor.
Otro indicador importante de la personalidad sana, de la ma-durez de la
personalidad es la capacidad para convivir, la convivencia. Yo suelo hablar del
drama de la convivencia dia-ria. ¡Qué difícil es una buena convivencia!; es un
poco el texto y el contexto de la vida diaria. Un diagnóstico que
frecuente-mente hacemos los psiquiatras hoy se centra en las familias
neuróticas, y en los hogares rotos. Una familia caótica, desor-denada, sin
orientación, donde los padres van cada uno por su lado y abandonan la tarea
educativa, tiene como consecuencia una situación verdaderamente cataclísmica.
Pero pensemos en la convivencia normal sin llegar a estos grados patológicos,
¡qué difícil y compleja resulta! Estoy elaborando estos días un trabajo sobre
rupturas conyugales para un futuro libro que se editará en Planeta en febrero o
marzo de este año, y he com-probado lo dramático que resulta que incluso gente
con un nivel intelectual muy alto, altísimo, no es capaz de convivir. La
capacidad diaria para convivir es como una especie de ter-mómetro que registra
la altura, la anchura y la profundidad de nuestra calidad personal, capacidad
de aceptar al otro, de quitarle importancia a los problemas, de saber ceder y
un lar-go etcétera de cosas esenciales.
Otro indicador de madurez que no quisiera dejarme en el tin-tero es
tener sentido del humor. ¡Qué importante es echarle a la vida gracia, salero y
desparpajo! ¿Qué significa tener senti-do del humor? Significa que uno se ve
desde el patio de buta-cas y tiene capacidad de reirse de sí mismo, de no
agrandar, de no hipertrofiar los problemas. En este sentido, yo diría que una
persona que tiene sentido del humor es casi como un fi-lósofo, es una actitud
ante la vida. uno sabe tomarse las situa-ciones, por difíciles y complejas que
sean, de una manera dis-tinta.
Yo diría que tener sentido del humor significa poseer un cier-to
señorío, una cierta categoría personal, que impide que uno se derrumbe y se
venga abajo ante las adversidades que en la vida aparecen antes o después. Un
hombre con sentido del humor se cimbrea por la vida con elegancia, es capaz de
escu-rrir, de sortear las dificultades que ésta nos trae,- y ahí está la
sonrisa y la risa con una distinción psicológica muy clara. La sonrisa es
suave, es un gesto grato, positivo, distendido; mientras que la risa es más
explosiva, es inesperada, nos saca un poco de nuestras preocupaciones. El
sentido del humor es una disposición interior que nos hace tener recursos
psicoló-gicos para ponernos por encima de las dificultades.
Finalmente, voy a terminar con un último indicador. Un indi-cador
relativo es tener una cierta salud física. Pensemos en una persona que tiene
una enfermedad importante, grave, y que está sometida al impacto periódico de
ese desarreglo hormonal, digestivo, hepático, etc, y que esto le suponga un
evidente trastorno que convoca a otras instancias de la perso-nalidad o de la
psicología a que de alguna manera se muevan en negativo. Evidentemente a esta
persona le puede ocurrir que, habiendo tenido incluso un nivel de madurez alto,
caiga en un cierto descenso por el impacto de este trastorno. Pero en cualquier
caso paradójicamente, puede ocurrir que una persona que tenga una enfermedad
física importante manten-ga un nivel de madurez, como digo, paradójicamente,
muy adecuado. Hoy se ha producido en el mundo moderno una socialización de la
inmadurez y nos encontramos con masas de población adulta convertida en
adolescente. También los criterios de madurez están en un tono auténticamente
adoles-cente y ésta es un poco la realidad verdaderamente negativa en que nos
encontramos. Ojalá que nos pase a nosotros lo que dice este verso de Gerardo
Diego con el que termino:
“río Duero, río
Duero,
quién pudiera como
tú,
a la vez quieto y
en marcha,
cantar siempre el
mismo verso
pero con distinta
agua”.
FIN

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