© Libro N° 13967. Los Trabajos
Y Los Días. Hesiodo. Emancipación. Junio 21 de 2025
Título Original: © Los Trabajos Y Los Días. Hesiodo
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LOS DÍAS
Hesiodo
Los Trabajos
Y Los Días
Hesiodo
I. EL MUNDO DE LA FÁBULA
1. INVOCACIÓN. LAS DOS LUCHAS
¡Oh Musas de Pieria
(1), que obráis con los cantos la gloria,
venid y contadnos
de Zeus (2), dando himnos al Padre! (3).
Son por él los
mortales oscuros, por él son ilustres,
nombrados o
anónimos, gracias a Zeus prepotente (4).
Fácilmente da
fuerzas y fácil al fuerte derrumba,
fácilmente confunde
al soberbio y exalta al humilde,
fácilmente endereza
al injusto y extingue al ufano,
Zeus, que truena en
los cielos y altísimos lares habita (5).
Oye, mira y
escucha: Justicia encamine tus normas,
¡oh Tú! Mientras,
yo contaré unas verdades a Perses (6).
Bien se ve que no
hay solo una clase de lucha: en el mundo
son dos: una,
aplausos tendrá del varón que la advierta,
censuras la otra;
respiran aliento contrario.
La una acrecienta
la guerra y discordia dañina,
¡cruel!, no hay
mortal que la quiera, sino que, forzados
por ley de los
dioses, dan honra a Discordia insufrible (7).
A la otra,
engendróla, primero, la Noche sombría,
y el Cronida, señor
de la altura que mora en el cielo,
la asentó en las
raíces del mundo, útilísima al hombre.
Ella incluso
despierta al trabajo al de brazo remiso;
anhela trabajo
quien mira al varón opulento
que se afana en
labrar y plantar, y poner bien su casa.
Y envidia el vecino
al vecino que busca, afanoso, caudal: esta lucha sí es buena a los hombres. Y
envidia el ollero al ollero, y lo mismo el artista al artista,
como pugnan mendigo
y mendigo, cantor y cantante (8).
¡Oh Perses, tú fija
en la mente estas cosas! La lucha
gozadora del mal no
te vaya a apartar del trabajo y ponerte a atisbar los litigios, de escucha en
la plaza (9). Apenas le queda ocasión de litigios y arengas
al hombre que en
casa no tiene cosecha abundante del tiempo, de frutos que brinda la tierra, del
trigo de Deméter (10): saciado de él, los litigios y pleitos pondrás a los
bienes de otros: mas ya en el futuro
no podrás repetir
tal conducta; saldemos el pleito
con íntegros
juicios, que son los mejores, pues manan
de Zeus. Ya
partimos la hacienda, y tú te llevaste rapiña abundante además; bien mimaste a
los reyes (11)
venales, que
préstanse a hacer semejante injusticia.
¡Majaderos! No
saben cuan grande es Mitad, más que el Todo, ni cuan rico tesoro nos brindan
asfódelo y malva (12).
1 .-Traducción de Antonio Gonzalez Laso
(1964)
1
2. MITO DE PANDORA. LA RUINA DEL
HOMBRE
Los dioses tienen oculta la Vida (13) a los hombres ; si no, fácilmente
trabajarías en un solo día lo bastante para tener hacienda por todo el año, sin
necesidad de proseguir la faena. Pronto colgarías el timón bajo el humo, y se
acabarían trabajos de bueyes y mulos incansables (14).
Mas Zeus ocultó la Vida—irritado en su corazón—ya que le había
chasqueado Prometeo, el de ingenio sutil (15). De ahí el porqué comenzó a
maquinar contra los hombres tristes pesares, y ocultóles el fuego. Pero de
nuevo el valiente hijo de Japeto en honda férula (16) se lo robó al prudente
Zeus, para dárselo a los hombres, engañando así al dios (17) que se goza en el
rayo.
Y enfurecido, le dijo Zeus que amontona nubes (18):
"¡Hijo de Japeto, que a todos superas en astucias, te alegras de
haber robado el fuego, burlando mis designios! ¡ Gran azote para ti, y para los
hombres venideros! ¡ A ellos, yo, en lugar del fuego, les daré un mal, con el
que todos se gocen de corazón, abrazando a la vez su propia ruina!
Así dijo, y rompió a reír el padre de hombres y dioses (19); ordenó a
Hefesto (20) que al punto mezclase tierra y agua, le infundiera voz y fuerza de
un ser humano y formase, parecido a las diosas inmortales, un hermoso y
adorable cuerpo de virgen. Mandó después que Atenea (21) la instruyese en sus
labores, en el tejido de primorosas telas; y que la dorada Afrodita (22)
circundase de gracia su frente, imprimiéndole el doloroso deseo y las ansias
que devoran los miembros. A Hermes (23)—mensajero matador de Argos (24)—
encargó que le infundiese espíritu de perra y corazón ladino.
Dijo así, y todos obedecieron al soberano Zeus, hijo de Crono. Al punto
el famoso cojo (25) modeló con tierra la forma de una casta virgen, según los
dictados del Cronida. La diosa ojiglauca (26) Atenea le ciñó la cintura y
completó su adorno. Alrededor de su cuello, las Gracias divinas (27) y la
augusta Persuasión (28) pusieron collares de oro. Y en torno a ella, las Horas
de lindos bucles (29) dispusieron guirnaldas con florecillas primaverales. Fue
Palas Atenea (30), la que le ajustó al cuerpo todo el aderezo.
El mensajero Argifonte (31) forjó en su pecho mentiras, palabras falaces
y un corazón ladino, cumpliendo el designio de Zeus, que truena sordamente. Por
último, el heraldo de dioses la dotó de la palabra, y dio a esta mujer el
nombre de Pandora (32), porque todos los moradores de las mansiones olímpicas
obsequiaron con tal regalo, procurando la ruina a los hombres que de pan se
alimentan (33).
Una vez hubo concluido el señuelo fatal, irremediable, el Padre envió en
busca de Epimeteo (34), al ilustre Matador de Argos—con el regalo de los
dioses—, sí, al veloz mensajero (35). No pensó Epimeteo en lo que Prometeo le
había avisado: nunca aceptar obsequio de Zeus Olímpico; devolverlo en cambio a
su origen, para evitar así un mal a los mortales. Mas él después de aceptarlo,
cuando ya tenía el mal consigo, lo advirtió.
Y es que otrora vivía en la tierra el género humano, lejos y libres (36)
de males, libres (36) de la dura fatiga y de enfermedades dolorosas que dan a
los hombres la Muerte (37)—pues los hombres envejecen pronto en la desdicha
(38). Pero la mujer, quitando del vaso la gran tapadera, los esparció (39), y
maquinó para los hombres tristes congojas. Sola, allí dentro quedaba la
Esperanza (40), en indestructible mansión, bajo los bordes del vaso—y no voló
fuera: antes le puso Pandora la tapa, según designios del egidíforo Zeus (41),
el que nubes reúne. Con lo que son incontables las penas que vagan entre los
hombres: pues llena está la tierra de males, llena la mar. Morbos caen sobre
los hombres, de día, o les visitan sin más, en la noche, llevando el dolor a los
mortales—en silencio, que les quitó la voz el prudente Zeus. Así no hay modo de
esquivar el pensamiento del dios (42).
3. MITO DE LAS RAZAS. PASADO Y
PRESENTE
Si quieres, yo coronaré mi narración con otra, de modo oportuno y
sabiamente. Y tú ponía en tu espíritu (43), pues igual principio tienen dioses
y mortales hombres (44).
2
De oro fue la primera raza de hombres perecederos creada por los
Inmortales, moradores de las mansiones olímpicas. Existían en tiempo de Crono,
cuando este reinaba en el cielo. Igual que dioses vivían, con el corazón libre
de cuidados, lejos y a salvo de penas y aflicción. La mísera vejez no les
oprimía, sino que, pies y manos siempre inalterables (45), se gozaban en
festines, exentos de todos los males. Morían como vencidos del sueño. Bienes de
toda índole estaban a su alcance: la fecunda tierra, por sí sola, producía rica
y copiosa cosecha: ellos, contentos y tranquilos, vivían de sus campos entre
bienes sin tasa. Una vez que la tierra cubrió esta raza, desde entonces ellos
son, por voluntad de Zeus supremo, los Genios buenos, terrestres, guardianes de
los mortales hombres, los que vigilan sentencias y perversos actos, y vestidos
de bruma se extienden por toda la tierra (46)—distribuidores de riqueza: tal es
la dignidad real que recibieron (47).
Una segunda raza, con mucho inferior a la primera, la de Plata, fue
después creada por los moradores del Olimpo. Ni en forma ni en espíritu
semejaba a la de Oro. Durante cien años, el niño, al lado de su madre buena,
crecía entre juegos, en plena infancia y en su hogar. Mas cuando avanzaban en
edad y llegaban al comienzo de la adolescencia, su vida ya duraba breve tiempo,
y sufrían dolores por sus locuras. No sabían abstenerse de recíproca insolencia
arrebatada. No querían servir a los Inmortales, ni ofrecer sacrificios en los
santos altares de los Bienaventurados, como es ley entre los hombres repartidos
por moradas. A estos luego Zeus Cronión los sepultó furioso, porque no daban
honores a las felices deidades que el Olimpo habitan. Desde que la tierra cubrió
también esta raza, ellos son llamados por los mortales "Bienaventurados
del Infierno", Genios de segunda fila; pero aun así también a ellos algún
honor les acompaña.
Y Zeus Padre creó a su vez la tercera raza de mortales hombres, la de
Bronce, en nada parecida a la de Plata. Hija aquella del fresno, terrible y
fuerte. Se ocupaban en las obras luctuosas de Ares (48) y en las osadías. No
comían pan; de duro acero tenían implacable corazón, e inspiraban miedo. Grande
era su fuerza, invencibles sus brazos, que en los hombros se aplicaban sobre
robustos cuerpos (49). Eran de bronce sus armas, de bronce también sus
viviendas, y con el bronce trabajaban, pues el negro hierro no existía.
Sucumbieron aquellos por sus propios brazos, y marcharon a la pútrida mansión
del escalofriante Hades (50), privados de nombre. La negra Muerte los cogió, a
pesar de que eran temibles, y abandonaron la esplendente luz del Sol (51).
Luego que la tierra cubrió a su vez esta raza, Zeus Cronida creó sobre
la gleba nutricia aún otra, la cuarta, más justa y más valiente, la raza divina
de los Héroes, que llaman Semidioses, la generación que nos precedió en la
infinita tierra. Y a estos los hizo morir la maldita guerra y la lucha cruel: a
unos, bajo los muros de Tebas, la de Siete Puertas (52), en el país Cadmeo
(53), combatiendo por los rebaños de Egipto (54); a los otros, más allá del
gran precipicio del mar, en Troya (55), donde la pelea los llevó en las naves,
por culpa de Helena, la de lindos rizos (56). Allí los envolvió la muerte en su
final. A otros, Zeus Cronida y Padre los estableció lejos de los hombres,
instalándolos en los confines de la tierra. Allí viven ellos, con el corazón
libre de cuidados, en las islas de los Afortunados (57), en los bordes del
voraginoso Océano, felices héroes a quienes la fecunda tierra da tres veces al
año dulce y floreciente fruto (58).
¡Ojalá no me tocara vivir a mi vez entre los hombres de la quinta raza!
¡O muerto antes, o nacido después! Pues ahora es la raza de Hierro. Ni de día
cesarán de sufrir fatigas y miserias, ni dejarán de consumirse por la noche, en
que los dioses les darán insoportables angustias (59). Mas, con todo, también
estos verán mezclados algunos bienes con sus males. Zeus pondrá fin así mismo a
esta raza de perecederos hombres: cuando nazcan con las sienes blancas. El
padre no será parecido a sus hijos, ni los hijos a su padre. Ni el huésped será
ya querido por el huésped, ni el amigo por su amigo, ni el hermano por su
hermano, como antaño. Despreciarán a sus padres tan pronto como envejezcan. Se
quejarán de ellos, profiriendo frases injuriosas—¡malvados!—, ni siquiera por
los dioses sentirán respeto. Y a sus ancianos padres les negarán el alimento
debido por haberles criado, gentes cuyo derecho es la fuerza; cada cual
saqueará la ciudad de otro (60). Ningún valor tendrá el juramento, ni la
justicia, ni el bien, y honrarán más al ejecutor de crímenes y violencias. El
derecho estará en la guerra y la conciencia no existirá. Atacará el cobarde al
varón valiente, hablándole con torcidas razones, a las que pondrá falso
juramento. A los infelices hombres, sin excepción, los acosará la Envidia de
siniestros ecos, gozadora del mal, la de odiosa faz (61).
Entonces será cuando, en busca del Olimpo, abandonando la Tierra de
vastas rutas, en blancos velos envueltos sus hermosos cuerpos, Conciencia y
Vergüenza subirán junto a la progenie de los Inmortales, huyendo de los
hombres. Solo tristes dolores quedarán para humanos mortales: contra el mal no
habrá defensa (62).
3
4. EL GAVILÁN Y EL RUISEÑOR.
JUSTICIA E INJUSTICIA
Ahora contaré una fábula a los reyes, aunque también ellos sean
sensatos.
Ved cómo hablaba un gavilán a un ruiseñor de moteado cuello (63), al que
llevaba bien alto, entre nubes, apresándolo en sus garras. Y él, traspasado por
las corvas uñas, gemía lastimeramente; el gavilán con altivo tono le dijo estas
pala-bras:
"Infeliz, ¿por qué chillas? Te tiene alguien mucho más fuerte que
tú. Irás allí donde yo te lleve, por muy cantor que seas. Contigo haré mi cena,
o te soltaré, según me plazca. ¡Insensato, el que pretende medir su fuerza con
quienes son superiores a él! Privado se ve de la victoria, y a más de infamias,
sufre dolores" (64).
Así dijo el gavilán de raudo vuelo, el ave de alas extendidas.
¡Perses! Tú escucha a la justicia, y no agrandes la insolencia. La
insolencia es mala para el mísera mortal. Ni aun el procer puede fácilmente
sufrirla, sino que es abrumado por ella cuando viene a caer en alocados
trances. Senda que conduce al otro lado, en busca de lo justo, es más
ventajosa. Justicia sobre Insolencia reina, cuando el fin de su curso alcanza:
sufriendo el tonto aprende (65).
Deprisa corre Juramento (66), en pos de las torcidas sentencias. Y hay
un clamoreo de Justicia (67), al ser arrastrada por doquiera la conduzcan los
tragones de regalos (68), cuando dictan sus normas basándose en torcidas
decisiones. Ella les sigue, llorando, por la ciudad y moradas de pueblos
[vestida de bruma, portando ruina a los hombres] que la proscriben y no la
administran en forma recta (69).
Mas quienes dictan para extranjeros e indígenas sentencias rectas, y en
nada se apartan de lo justo, prospérales la ciudad, y sus gentes florecen en
ella; por su tierra se extiende la Paz nodriza de mozos, y nunca a ellos asigna
la dolorosa guerra el longitonante Zeus (70). Nunca a varones de recta justicia
acompañan Hambre ni Aflicción (71), sino que en convites consumen la cosecha
que con amor lograron. La tierra les procura rica subsistencia, y en los
montes, la encina lleva, por la copa, bellotas; por el centro, abejas. Lanosas
ovejas se vencen al peso de sus vellones. Engendran las mujeres hijos
semejantes a sus progenitores (72). Se enriquecen con bienes sin tasa; no han
de irse en las naves, pues el fruto lo da la fecunda gleba (73).
Pero aquellos que se ocupan de la Insolencia nefasta y de criminales
obras, para esos tales reserva su Justicia el hijo de Crono, longitonante Zeus.
A menudo la ciudad entera se ye privada de un vil rufián (74)—aquel que peca y
maquina maldades. Sobre ellos, desde el cielo, deja caer gran ruina el Cronión,
Hambre y Morbo a la vez (75); van muriendo las gentes, las mujeres no conciben,
se extinguen los hogares, por los designios de Zeus Olímpico. Y según las
ocasiones, el Cronida les destruye vasto ejército o una muralla, o se cobra en
el mar su vindicta con las naves de aquellos (76).
¡Reyes! Parad mientes, también vosotros, en esta Justicia. Cerca están,
entre los hombres, los Inmortales: se fijan en aquellos que, con torcidas
sentencias, entre sí se ultrajan, sin cuidarse del temor a los dioses (77).
Tres veces diez mil (78), sobre la tiera nutricia son los Inmortales,
por encargo de Zeus, custodios de los mortales hombres (79). Ellos vigilan las
sentencias y criminales obras, vestidos de truma, visitando toda la tierra.
Existe también una doncella, Justicia, hija de Zeus, gloriosa y augusta para
los dioses que el Olimpo habitan. Y siempre que alguien la ofende empleando
torcidos agravios, al puntó acude a sentarse a la vera de Zeus, su padre, el
Cronión, y denuncia el intento de hombres injustos. El pueblo termina pagando
las locuras de los reyes que, urdiendo aflicciones, por senderos descarriados
desvían sus sentencias, alegando tortuosas razones (80).
Precaviendo estas cosas, enderezad vuestros juicios, ¡oh reyes tragones
de obsequios!, y olvidaos totalmente de torcidas sentencias. El hombre que
prepara males a otro, se los prepara a sí mismo; la intención funesta es, para
quien la concibió, funestísima (81). Pues todo lo ve el ojo de Zeus, y todo lo
sabe; también hasta aquí (82), sin duda, alcanza su mirada, si quiere, y no se
le oculta qué clase de justicia es esta que la ciudad en su interior guarda.
Y ahora ¡ que no sea yo justo entre los hombres, ni mi hijo! (83),
puesto que es malo ser varón justo, si el injusto ha de
4
obtener mayor ventaja. Mas, tal final, no espero que lo cumpla Zeus
previsor (84),
¡Perses! Tú pon estas palabras en tus mientes, y a la justicia escucha,
mas olvídate por entero de la violencia. Este destino dispuso el Cronión para
los hombres; que, peces, bestias y aves aladas se devoren unos a otros, pues no
existe la justicia entre ellos (85). A los hombres, en cambio, les dio la
justicia, que es con mucho la más excelente norma. Pues si uno se presta, con
conocimiento, a dictaminar lo justo, a este concade ventura el longitonante
Zeus. Quien, por el contrario, recurriendo a testimonios, premeditadamente jura
en falso y miente, con lo que daña la justicia e incurre en extravío
incurable..., de ese tal, quedará disminuida la descendencia de un porvenir;
mientras, que la descendencia de un varón fiel al juramento será, en el futuro,
superior (86).
II. LA LEY DEL HOMBRE
1. VIRTUD Y TRABAJO
Yo te hablaré con leales consejos, gran tonto de Perses.
La mezquindad (87), sin limitación incluso, puede alcanzarse fácilmente:
llana es la ruta, y muy cerca habita. Delante
de la virtud, en cambio (88), pusieron el sudor los dioses inmortales:
largo y abrupto, el sendero hacia ella—y duro al
principio: mas, en cuando arriba llegas ¡qué fácil después resulta, por
muy difícil que sea! (89).
He aquí el hombre en todo superior: quien, por sí solo, de todas las
cosas se percata—con su inteligencia—de lo que en adelante y hasta el fin ha de
ser lo mejor (90). Valioso es también aquel que obedece a quien bien le
asesora. Pero, quien ni por sí solo se percata, ni, aunque a otros escuche, en
su interior lo comprende, ese tal es ya hombre inútil (91).
Mas tú, recordando siempre nuestra admonición ¡ trabaja!, Perses, divino
retoño (92), para que el hambre te odie, y te quiera en cambio la bien coronada
Deméter augusta, e hinche de alimento tu cabana (93). Es el hambre habitual
compañera del varón inactivo. Dioses y hombres se irritan con aquel que vive
inactivo, semejante en su índole a los zánganos rabones (94), los que el fruto
del afán de las abejas esquilman, devorándolo sin trabajar. A ti, por el
contrario, séate grato atender a trabajos honestos, a fin de que con el anual
alimento se hinchen tus cabanas (95).
Por sus trabajos son los hombres ricos en rebaños y opulentos, y
trabajando serás mucho más querido de los Inmortales y de los mortales: pues
mucho aborrecen a los inactivos (96). El trabajo no es ningún oprobio; la
ociosidad sí que es oprobio.
Si tú trabajas, pronto te envidiará él ocioso en tu riqueza; a la
riqueza acompaña siempre excelsitud y gloria (97). En el destino en que estás
(98), el trabajar te es mejor, si es que apartas de bienes ajenos tu extraviado
corazón, y volviendo al trabajo te cuidas del sustento, como yo te pido.
Vergüenza—y no buena—se lleva al hombre indigente ; [vergüenza que grandemente
daña o beneficia a los hombres] (99).
Tal vergüenza va a la desventura; la audacia, en cambio, al bienestar
(100).
2. RELIGIÓN Y FAMILIA. ECONOMÍA
La hacienda no puede robarse: dada por los dioses es mucho mejor. Pues
si uno, con sus manos y a la fuerza, se apodera de gran caudal..., o en el caso
de aquel, que con su lengua lo consigue cual botín—como a menudo ocurre, cuando
el lucro logra engañar la mente de los hombres, y la impudencia ahoga el
pudor—, a ese tal, fácilmente lo aniquilan los dioses, arruinan su casa, y por
poco tiempo le acompaña la fortuna (101).
Igual quien a un suplicante o huésped maltrata; o el que sube al lecho
del hermano, en oculto concúbito con la esposa, criminal acción cometiendo...
El que en sus locuras se ensaña con hijos huérfanos; el que con un padre
anciano, ya en el triste umbral de senectud, se querella, increpándole con
duros dicterios... Contra esos tales, Zeus, sí, él mismo, se irrita y, a la
postre, en pago de sus actos impíos (102), le asigna penosa moneda.
Pero tú, de esos crímenes, manten
por entero alejado tu perdido corazón. Conforme a tus recursos, brinda
(103)
5
sacrificios a los dioses inmortales de modo santo y puro (104) y
quémales lucientes muslos (105). Otras veces, te los haces propicios con
libaciones y ofrendas, igual cuando te acuestes, que cuando la luz sagrada
venga (106), a fin de que te guarden alma y corazón propicios, para que compres
patrimonios de otros, y no sea que otro lo haga con el tuyo (107).
Llama al festín a quien te quiere, al enemigo déjalo. Y, sobre todo, has
de llamar al que cerca de ti habita. Pues sabe que si algo imprevisto te ocurre
en el lugar, los vecinos acuden al punto, se tardan, en cambio, los distantes
deudos (108). Un mal vecino es una desgracia, como uno bueno, es gran tesoro.
Toca en suerte honor a quien toca buen vecino, y no perderá su buey, si no
tiene vecino malo (109).
Bien has de medir lo que pidas del vecino, bien medido devolvérselo, con
igual medida, y mayor aún, si puedes, para que, estando otra vez necesitado, lo
halles bien dispuesto (110).
No te lucres con malas ganancias: malas ganancias equivalen a
infortunios. Quiere a quien te quiere, acude al que a ti acude. Da a quien te
dé, mas no des a quien no te dé. A quien da se suele dar, pero nadie da al que
no da. La dádiva es buena, la rapiña, en cambio, es mala, y dadora de la
Muerte.
El varón que de grado da, incluso con largueza, goza en el obsequio, y
disfruta en su corazón (111). Quien de por sí rapiña, cediendo a su impudencia,
aunque sea menguado el hurto, helado se le queda el corazón.
Pues si lo pequeño sobre lo pequeño pones, y con frecuencia así lo
haces, pronto acabará lo pequeño por hacerse grande (112).
Quien añade a donde hay, ese evitará el hambre ardiente. Tampoco lo que
en casa hay guardado preocupa al varón. ¡Cuánto mejor tenerlo en casa, puesto
que es nocivo lo de fuera! Bueno es coger de lo que se tiene a mano, desgracia,
en cambio, sentir la falta (113) de lo que no se tiene —lo cual te pido
consideres.
Al empezar el tonel (114) y cuando esté acabándose, sacíate; pero
mientras esté por la mitad, economiza; ya en el fondo, despreciable es la
economía.
Jornal convenido con
amigo, sea suficiente.
Y con un
hermano, aunque lo
hagas sonriendo, añade
un testigo.
Confianzas y desconfianzas pierden lo mismo a los hombres (115).
Que una mujer calipigia (116) no te extravíe razón, con charla
lisonjera, buscando solamente tu cabana (117). Quien se fía de una mujer, se
fía de ladrones ('118).
Ojalá tengas un solo hijo para alimentar la casa: porque así crecerá la
riqueza en los hogares. Y que mueras viejo, dejando a tu hijo heredero en el
lar (119).
Mas, si fueran muchos, Zeus puede otorgar fácilmente inmensa fortuna. Si
los hijos son más, mayor el cuidado, sí, pero mayor también la ganancia (120).
Si el corazón en tu pecho ansia riqueza, así has de obrar, y cumplir
trabajo sobre trabajo.
III. LOS TRABAJOS
1. TRABAJOS AGRÍCOLAS
Cuando las Pléyades, hijas de Atlante, aparezcan, inicia la siega, y la
arada cuando se pongan (121). Ellas están, como sabes, cuarenta noches y
cuarenta días ocultas, y cuando nuevamente da la vuelta el año, reaparecen por
vez primera al afilarse el hierro (122). Tal es, ya lo ves, la ley de los
campos, tanto para los que cerca de la mar habitan, como para los que en valles
profundos, lejos del voraginoso ponto, en rica tierra moran (123).
Desnudo haz la siembra, desnudo labra, desnudo siega (124), si a su
tiempo quieres recoger todo el trabajo de Deméter,
6
para que cada fruto te crezca en su sazón, y no sea que más tarde,
indigente, pordiosees por ajenas casas y nada con-sigas.
Así fue como también ahora viniste a mí. Pero yo no te daré ni te
prestaré otra vez (125). Trabaja, estulto Perses, en los trabajos que los
dioses asignaron a los hombres, no sea que un día, con hijos y mujer, el
corazón afligido, tengas que buscar sustento de vecino en vecino, mientras
ellos de ti se desentienden. Porque, dos o tres veces, quizá consigas algo;
mas, si de nuevo importunas, ya nada lograrás; tú, por supuesto, mucho
perorarás, y vanamente, mas inútil será el tenor de tus palabras (126). Ea, te
insto a que pienses en el pago de tus deudas y en librarte del hambre (127).
Lo primero de todo, hazte con vivienda, mujer (128) y buey de arada—la
mujer, adquirida (129), no casada, que pueda si es preciso seguir a los bueyes.
Y ten todos los enseres dispuestos en casa, para que no hayas de pedirlos a
otro, él te los niegue, tú carezcas de ellos, la ocasión se pase y disminuya tu
hacienda (130).
No dejes nada para mañana, ni para pasado; no es el inútil en el trabajo
quien llena su cabaña, ni el que lo difiere; la solicitud es la que aumenta la
hacienda. Siempre luchando está con desventuras el hombre que demora su faena
(131).
2. OTOÑO
Cuando la fuerza del punzante sol cesa en su fuego que sudores trae,
mientras de otoñada manda sus lluvias Zeus prepotente, y se vuelve el cuerpo
del hombre mucho más ligero...—es entonces cuando la estrella Sirio (132), por
encima de la cabeza de los mortales hombres, camina poco en el día, disfruta
más, en cambio, de la noche—. Entonces, más libre de carcoma está la floresta
cortada por el hacha, sus hojas esparce por tierra y deja el bosque de brotar.
He aquí cuándo la leña has de cortar, recordando a su tiempo la faena (133).
Corta mortero de tres pies, y una mano (134) de tres codos; también un
eje de siete pies: así es como queda muy bien medido (135). Y si es de ocho
pies, puedes cortarlo sacando de él un mazo. Corta rueda de tres cuartos para
carreta de diez palmos (136). Abundan los maderos curvos: lleva una cama,
cuando la encuentres, a casa—buscando en la montaña y en el llano—, y que sea
de carrasca: tal es para labrar con bueyes la más firme, luego que un servidor
de Atenea (137) la ha fijado en el dental del arado, y con clavos la aplica y
adapta al timón.
Tienes que hacerte dos arados, fabricándotelos en casa: el simple y el
compuesto (138), porque así es mucho mejor: si el uno rompes, podrás poner el
otro tras los bueyes.
De laurel y de olmo son los timones que menos se carcomen; de encina, el
dental; la cama, de carrasca.
Adquiere dos bueyes novales machos, pues en estos el vigor no cede, que
están en plenitud de lozanía; tales son para trabajar los mejores. No son estos
de los que se pelean en el surco, rompen el arado y dejan el trabajo sin fruto.
Que tras ellos vaya un varón cuadragenario, después de almorzar pan de cuatro
cortes y ocho cuadros (139); que, atento a su tarea, lleve recto el surco y no
haya de mirar en derredor a sus iguales (140), sino que ponga el corazón en la
faena. Nadie que fuera más joven que él, podría repartir mejor la semilla y
evitar la sobresiembra. Pues el jovenzuelo deja arrastrar el ánimo en pos de
sus iguales.
Fíjate cuando escuches la voz de la grulla, que de lo alto de las nubes
su anual graznido envía —ella trae la señal de la labranza, y anuncia la época
del invierno lluvioso; y muerde el corazón del hombre sin bueyes. Entonces has
de engor-dar bueyes de corvos cuernos que en casa estarán guardados. Bien fácil
es decir: "Dame dos bueyes y un carro." Y bien fácil negar diciendo:
"Tienen trabajo mis bueyes." El hombre rico en quimeras habla de
hacerse un carro. ¡ Necio! No sabe aquello: que cien son las piezas de un
carro, y que de ellas, lo primero, cuidado ha de tener para reunirías en casa
(141).
Tan pronto como la sementera se descubra a los mortales (142), entonces
es cuando tenéis que dedicaros, tus criados y tú mismo, a labrar la gleba seca
o húmeda, en el tiempo de labranza, muy de mañana, con premura, para que se
colmen tus tierras. Ara en primavera; y si en verano es binada (143) aquella,
no te defraudará. Siembra el barbecho cuando aún esté esponjosa la tierra. El
barbecho evita maldiciones y es buen contentador de niños (144).
Ruega a Zeus Infernal (145) y a Deméter pura, que bien madurado carguen
el sacro fruto de la diosa (146): tan pronto
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comiences la labranza, cuando, cogiendo en la mano la aijada, al extremo
de la mancera, alcances el lomo de los bueyes que por la clavija del yugo van
tirando del arado (147). Detrás de ti, que un mocito gañán, con una azada,
procure fatiga a las aves, escondiendo semilla (148). El buen orden es lo más
excelente para los mortales, el desorden, en cam-bio, funestísimo (149).
Así, con su pujanza las espigas se doblarán a tierra, si luego el propio
Olímpico (150) les otorga un fin fecundo; desterrarás de las vasijas las
telarañas. Y espero que tú goces cogiendo de un sustento que está dentro de
casa. Boyante llegarás a la blanca primavera, y no habrás de dirigir tu mirada
a los demás (151); de ti, por el contrario, otro hombre se verá necesitado.
Si en el solsticio (152) la tierra divina, sentado segarás, reuniendo
poco en la mano; atando de frente (153), envuelto en polvo, sin alegría,
llevarás las gavillas en un cesto; y pocos se quedarán mirándote.
Versátil es el pensamiento de Zeus egidíforo (154), difícil de entender
por los hombres rendidos a la Muerte. Mas, si labrases tarde, esta puede ser la
solución: cuando el cuco canta, en las ramas de la encina, por vez primera, y
deleita a los mortales, sobre la inacabable tierra, Zeus entonces llueva por
tres días sin cesar (155), no sobrepasando el agua la pezuña del buey, ni
bajando de ella (156). Así podrá igualar el labrador tardío al tempranero
(157). Conserva bien en tu mente todos mis consejos; y que no te sorprenda ni
el advenir de la primavera blanca, ni el tiempo de las lluvias.
3. INVIERNO
En la estación invernal (158), cuando el frío aleja al hombre de
trabajos (159), pasa de largo ante el asiento de la fragua y la soleada
tertulia. Entonces, un varón emprendedor puede hacer grandes mejoras en su
casa. Que la desesperanza de crudo invierno no te coja con pobreza, y con flaca
mano tengas que oprimir hinchado pie (160).
El hombre inactivo que se aferra a una vana esperanza, mendigo de
sustento, constantemente increpa a su corazón con maldiciones (161). Esperanza
nada buena acompaña al varón menesteroso, que se está sentado en la tertulia,
cuando los medios de vida no le llegan. Avisa a tus sirvientes, cuando aún esté
mediado el estío: "No siempre será verano, haceos cabañas" (162).
Guárdate del mes Leneón (163)—¡malos días, que en todos ellos mueren
bueyes! (164)—y de las heladas que por tierra se extienden, punzantes, al soplo
del Bóreas (165), el cual, a través de Tracia criadora de potros, sobre el
ancho mar se lanza en tromba y lo encrespa, mientras mugen tierra y bosques
(166).
Muchas son las encinas de altas copas, los abetos densos, que el
ventarrón, cayendo en las hondonadas del monte, abate sobre la gleba fecunda, y
toda silba entonces la inmensa selva (167).
Los animales (168) tiritan, y ocultan su cola entre piernas
(169)—incluso aquellos cuya piel, con pelo, bien cubierta está: también a ellos
el cierzo (170) los traspasa con sus soplos, aunque sean de peludos flancos;
hasta por la piel del buey penetra, pues no lo evita. Y le llega a la cabra
soplando por su largo pelo (171); no así a las ovejas, a las que, por tener
abundante lana, no traspasa con sus soplos la fuerza del viento Norte (172);
mas, al viejo, encorvado lo deja (173).
Y no llega con sus soplos a la doncellita de fina piel (174), la que
dentro de casa, junto a su querida madre permanece, sin conocer aún los
trabajos de la rica en oro—Afrodita (175)—. Despues de bañarse bien su tierno
cuerpo y ungirlo con lustroso aceite, en plena intimidad va a acostarse en el
hondón de su morada — un día invernal, cuando el pulpo
(176) su tentáculo roe en
frío cubil (177) y guaridas tristes : no tiene sol que le muestre el pasto
sobre el que se lance, sino que aquel ahora gira (178) por cima del pueblo y
ciudad de los hombres negros, y más tardíamente a los Griegos luce.
Y entonces, los silvestres astados y no astados, con lúgubre rechinar de
dientes, escapan por tallares profundos (179).
Todos en sus mientes anidan un cuidado : dónde hallar el refugio que
buscan, abrigados escondrijos, gruta entre rocas.
Entonces, sí, los mortales se parecen al viejo (180), de espalda corva y
cabeza inclinada al suelo, y a semejanza de él
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vagan eludiendo la nieve blanca
He ahí el tiempo de vestirse algo que resguarde el cuerpo — como te
indico — , una capa suave y una larga túnica; en cadena espaciada se teje
tupida trama : con tal vestido debes envolverte, para que tus pelos no tiemblen
ni se ericen, levantándose enhiestos por el cuerpo. En torno a los pies debes
atar, bien ajustados, unos borceguíes de piel de buey sacrificado, forrándolos
con fieltro por dentro.
Y cuando llegue el rigor invernal (182), de los primeros cabritos, cose
pieles bien unidas con nervio de buey, para echártelas por la espalda, como un
escudo contra la lluvia. Sobre la cabeza, te pondrás un píleo (183)
confeccionado, a fin de que las orejas no se te empañen. Pues es fría la
mañana, cuando azota el Norte (184); matinal, por la tierra, cayendo del cielo
estrellado^ una niebla fructífera (185) se extiende por las labores de los
afortunados: la que, nutriéndose de los ríos siempre fluyentes, elevada a lo
alto, sobre la tierra, por borrasca de viento—unas veces provoca lluvia hacia
la tarde, otras sopla en vendaval, mientras el tracio Bóreas empuja densos
nubarrones.
Anticipándote a él, termina tu labor y a casa vuelve, no sea que un día,
surgido del cielo, negro nubarrón te cubra todo y te deje mojado el cuerpo,
empapándote por entero los vestidos.
Evítalo: es este el mes más crudo, el tempestuoso, cruel para los
rebaños, cruel para los hombres. Por entonces, dése
media ración a los bueyes, sea mayor, en cambio, la del hombre:
compensan las largas noches (186).
Guardando estas normas, hasta cumplirse el año, adáptate a los días y a
las noches, hasta que otra vez la tierra, madre de todos, produzca el fruto
múltiple (187).
4. PRIMAVERA Y VERANO
Cuando Zeus, después de volverse el sol (188), completa sesenta días
invernales, entonces, la estrella Arturo (189) abandona la sagrada corriente
del Océano, y brillando por vez primera en todo su esplendor, sale al terminar
la noche. Tras ella, la cantarína (190) hija de Pandión, la golondrina (191),
se lanza en busca de la luz, mientras Primavera de nuevo se brinda a los
hombres.
Adelántate a ella, y poda tus vides: así es mejor (192).
Mas, cuando el caracol (193) suba de la tierra a las plantas, huyendo
ante las Pléyades (194), ya no será tiempo de cavar las viñas, sino que se
deben afilar las hoces y despertar a los criados, huir de los sombreados
asientos (195), del sueño hasta el alba, en tiempo de siega, cuando el sol seca
la piel. En esa época has de darte prisa, reunir el fruto en casa, en pie desde
el amanecer, para que los medios de vida te sean suficientes.
La Aurora se adjudica la tercera porción del trabajo, la Aurora lleva
adelante en el camino, y adelante lleva también en la faena, Aurora, sí, que al
despuntar pone en la senda a muchos hombres, y a muchos bueyes unce bajo el
yugo (196). Cuando el cardo florece, y la sonora cigarra, posada en el árbol
difunde su agudo cantar insistente bajo las alas, en el tiempo del verano
agotador, son entonces más pingües las cabras, y e! vino excelente, más
lascivas las mujeres y muy flojos los hombres, pues Sirio (197) les quema la
cabeza y rodillas, y se les seca la piel, del bochorno.
Tal es el momento: ¡ que venga la sombra en la roca, y el vino de Biblos
(198), y el pan con la harina en su flor, y la leche de cabras que ya no son
madres, y la carne de ternera cebada en los montes y aún no parida, o de
cabritos primeri-zos! (199). Y además, beber chispeante vino, sentado a la
sombra, saciado de comida a placer, vuelta la cara frente a la brisa sutil
(200); y de una fuente manantial, corriente y cristalina,verter tres partes de
agua, la cuarta añadirla de vino (201).
Ordena a los criados que trillen en círculo el sacro fruto de Deméter
(202), cuando por vez primera brille la fuerza de Orion (203), y en lugar
expuesto al viento, en era bien redondeada. Luego de medirlo, guárdalo bien en
vasijas. Después que hayas amontonado toda la cosecha, distribuida dentro de
casa, te pido que te hagas con un jornalero sin hogar, y te busques una criada
sin hijos—criada con prole es molesta (204)—. Alimenta un mastín de afilados
colmillos
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(205), sin ahorrarle comida, no sea que un individuo de los que duermen
por el día (206) se apodere de tu hacienda. Haz acopio de forraje y paja (207),
para que tus bueyes y mulos los tengan siempre. Después de lo cual, deja que
los siervos descansen sus rodillas y desunce los bueyes.
Cuando Orion y Sirio (208) lleguen al centro del cielo, y Aurora de
dedos rosados vea a Arturo (209)— ¡ oh Perses! —, entonces corta todos los
racimos y llévalos a casa. Exponlos al sol (210) diez días y diez noches, y
cinco ponlos a la sombra, mas, al sexto, sácalo, y viértelo en cántaros, el don
de Dioniso que tanto deleita (211). Y una vez que Pléyades, Hiades y Fuerza de
Orion se oculten (212), a partir de entonces acuérdate de. la labranza en su
sazón (213). ¡Y que el año en la tierra quede preparado! (214).
5. TRABAJOS DEL MAR
Si se adueña de ti el. anhelo de la navegación peligrosa... atiende
(215): cuando las Pléyades (216), huyendo de la fuerza potente de Orion (217),
caen en el brumoso mar, entonces zumban borrascas con todas clases de vientos.
Desde este tiempo, ya no has de tener las naves en el vinoso ponto (218), sino
trabajar la tierra —recuérdalo, como te indico.
La nave debes vararla en seco y rodearla con piedras por todos lados
para que resista el ímpetu de vientos que húmedos soplan; previamente le quitas
el espiche (219), a fin de que la lluvia de Zeus no la pudra.
Las jarcias, bien dispuestas todas, guárdalas en casa y pliega en orden
las alas de la nave (220) surcadóra del ponto. El bien trabajado timón,
cuélgalo sobre el humo (221). Y tú mismo espera a que llegue la sazón de
navegar.
Sólo entonces has de sacar a la mar tu navio ligero, y en él disponer
cargamento adecuado, para que puedas llevarte el beneficio a casa, como hacía
mi padre (222)—¡el tuyo, gran tonto de Per-ses!—, que singlaba en naves,
precisado de medios de vida. El llegó aquí un día, después de cruzar vastos
caminos del mar, tras partirse de Gime, la cólica (223), en una nave negra; no
huía de opulencia, fortuna o bienestar, sino de la maldita pobreza que Zeus da
a los hombres (224). Y se afincó cabe el Helicón (225), en triste aldea: en
Ascra (226), por invierno, mala, en estío, penosa, nunca agradable.
Tú, Perses, acuérdate de los trabajos—todos en su tiempo—y, si se trata
de la navegación (227), más todavía. Elogia la nave pequeña, pero pon la carga
en una grande. Si mayor es la carga, mayor beneficio sobre beneficio será,
siempre que los vientos se abstengan de malos vendavales.
Cuando, volviendo hacia el comercio tu espíritu aturdido, quieras huir
de la escasez y el hambre ingrata, te mostraré las normas del rumoroso mar,
aunque no estoy bien impuesto en navegación ni en naves (228). Porque jamás me
embarqué en nave sobre el ancho ponto, de no ser a Eubea, de Aulis (229), donde
otrora los Aqueos, esperando el fin de una tormenta, reunieron numerosa hueste
de Hélade santa, con destino a Troya, la de lindas mujeres (230).
Allá fui yo: hacia los juegos de Anfidamante (231), y rumbo a Caléis
(232), hice mi travesía. Y muchos fueron los premios que, previamente
designados, ofrecieron los hijos de aquel procer. Allí es donde proclamo que
yo, vencedor en un himno, me llevé un trípode con asas (233), el que yo mismo
dediqué a las Musas de Helicón, en el sitio en que por vez primera me
encauzaron por las rutas del armonioso canto (234).
A esto se reduce mi experiencia en naves de muchos clavos. Mas, aun así,
diré la voluntad de Zeus egidíforo: las Musas me enseñaron a cantar un himno
imponderable (235).
Durante cincuenta días después de las vueltas del sol (236), llegado el
estío a su apogeo—tiempo agotador—, es tiempo propicio a los mortales para
navegar. Por entonces no quebrarás una nave, ni la mar acabará con tus hombres,
salvo que Poseidón (237), el que sacude la tierra, o que Zeus, rey de
inmortales, decididamente quiera destruirlos: pues en ellos está la
consumación, a un tiempo, de los bienes y los males (238).
Por tal época son regulares las brisas, y el ponto apacible (239).
-Tranquilo entonces, y confiando en los vientos, saca a
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la mar tu nave ligera, y en ella pon toda la carga. Apresúrate a volver
a casa lo más prontamente posible. No se te ocu-rra esperar al vino nuevo, ni a
la lluvia otoñal, ni al invierno inminente, ni a las terribles borrascas del
Noto (240), que encrespa la mar, cuando acompaña al aguacero copioso de
otoñada, y hace difícil el ponto.
Otra época para navegar los hombres es la primavera : cuando, por
primera vez, se muestran al hombre, en lo más alto de la higuera, hojas tan
grandes como la huella que hizo la corneja que en ella se posó, entonces es
asequible la mar (241). Tal es el tiempo de navegar en primavera; no seré yo
quien lo elogie: a mi corazón no le resulta grato, por inseguro (242): llegado
el caso, difícilmente evitarías la ruina; aun así, los hombres lo hacen,
movidos por los desvarios de su mente. El dinero supone la vida para los viles
mortales (243).
Terrible es morir entre las olas (244). Ea, te mando meditar todo esto
en tus mientes, como te digo. No pongas tu caudal entero en la nave cóncava;
deja en tierra la parte mayor, y embarca la menor. Terrible es dar con la ruina
entre las olas del mar. Como es lamentable que —por echar sobre el carro un
peso excesivo, acabes rompiendo el eje y perdiendo la carga (245). Guarda la
norma: la sazón es, en todo, lo más conveniente (246).
IV. LA MORAL Y LOS DÍAS
1. ESPOSA Y AMIGOS
Cuando estés en edad oportuna, llévate mujer a tu casa: no faltándote
mucho para los treinta años, ni sobrepasándolos excesivamente. El matrimonio es
propicio entonces. La mujer, sea cuatro años púber, y, al quinto, que se case
(247). Con doncella has de casarte, para así enseñarle costumbres castas. Y
mayormente debes tomar la que habita cerca de tí (248), después de mirar bien
todo lo que a ella concierne, a fin de que no te cases con la que sea motivo de
risa para tus vecinos. Porque no halla el varón mejor tesoro que una esposa
buena, ni, por el contrario, cosa más amarga que una mala, una glotona (249),
que al varón más resistente lo abrasa sin antorcha y lo entrega a vejez
prematura (250).
Has de poner buen cuidado en venerar a los Inmortales felices (251). No
trates igual al amigo que al hermano. Y, si lo haces, no le causes mal tú el
primero. Ni tampoco mientas por hablar. Pero si empieza él, o bien profiriendo
palabra desabrida, o bien cometiendo acción semejante, recuerda que has de
cobrarte dos veces otro tanto (252). Si, por el contrario, te guía a su amistad
de nuevo, y está dispuesto a dar satisfacción, recíbelo: infeliz el hombre que
indis-tintamente se hace amigos aquí y allá. Y, en cuanto a ti, que tu
intención no vaya a desmentir su aspecto (253).
No debes ser llamado "de muchos huéspedes", ni "de pocos
huéspedes". Tampoco "compinche de viles", ni "provocador de
buenos" (254). Y nunca oses reprochar a un hombre su funesta pobreza—la
que el alma devora—, pues donación es de bienaventurados sempiternos (255).
El tesoro más preciado de los hombres es una lengua parca (256), la
mayor gracia es de aquella que con moderación se emplea (257). Si hablas mal de
alguien, pronto tú mismo tendrás que oír cosas peor de ti (258).
No seas remiso para un festín de muchos comensales a escote: muy grande
es el disfrute, el gasto, en cambio, bien pequeño (259).
2. TRECE PROHIBICIONES
1.a Nunca, de mañana (260), a Zeus ofrezcas brillante vino con manos sin
lavar; ni tampoco hagas así con otros Inmortales: que entonces no te
escucharán, sino que execrarán tus rogativas (261).
2.a No orines de pie, vuelto frente al sol. Una vez que se ponga, y
hasta que salga, recuerda: en marcha, no orines, ni en el camino, ni fuera del
camino, y tampoco desnudándote: las noches son de lo s Bienaventurados (262).
El hombre piadoso lo hace sentado, lleno de prudentes pensamientos, o
arrimándose a la tapia de bien cercado patio (263).
3.a No te muestres dentro de casa, cabe el hogar, con las vergüenzas
manchadas de semen, sino que evítalo (264).
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4.a No propagues la especie al regreso de infausto funeral, sino después
de un festín a los Inmortales (265).
5.a Jamás cruces con tus pies las límpidas aguas de ríos sempiternos,
sin antes hacer rogativas, mirando a la hermosa corriente, después de lavarte
las manos en la bienamada agua blanca (266). Quien atraviesa un río sin lavar
su maldad y sus manos, con ese tal los dioses se irritan y le causan dolor más
tarde (267).
6.a En festín abundante de los dioses, del tronco de cinco ramas no
cortes con negro hierro lo seco de lo verde (268).
7.a No pongas nunca jarra de escanciar vino sobre la crátera (269), en
tanto alguien babe: fatal destino sobre él se cierne
(270).
8.a Cuando hagas casa, no la dejes sin terminar, no sea que sobre ella
se pose y grazne la chillona corneja (271).
9.a De calderos con pies que no han sido ofrecidos a los dioses, no
cojas nada de qué comer, o para lavarte: también en esto hay castigo (272).
10.a En lugar sagrado no hagas
sentar—porque no es lo mejor—a un niño de doce años: ello hace al hombre no ser
hombre—y tampoco a uno de doce meses: pues con esto ocurre lo mismo
(273).
11.a En baño de mujer, no debe lavar su cuerpo un varón. Doloroso es
también el castigo que a este, con el tiempo, aguarda (274).
12.a Cuando estés junto a
ofrendas quemándose, no hagas burla de misterios: la divinidad también con eso
se irrita
(275).
13.a Jamás, en desembocadura de
ríos que vierten al mar su corriente, ni junto a manantiales, se te ocurra
orinar:
guárdate de hacerlo; ni tampoco defeques: tal cosa no te beneficia
(276).
Así has de obrar; evita la terrible fama que te viene de los hombres. La
mala fama empieza siendo muy fácil de levantar, mas es dolorosa de sobrellevar,
y difícil de rehuir. Nunca se extingue por entero la fama que muchos han
extendido: diosa en cierto modo es también ella (277).
3. LOS DÍAS DEL MES
Observando bien y como es debido los días de Zeus (278), explica a tus
criados que el treinta es el mejor del mes para inspeccionar los trabajos y
repartir la subsistencia, siempre que las gentes conocedoras de la verdad la
cumplan.
Estos son, pues, los días de Zeus providente: ante todo, el primero, el
cuarto y el séptimo son días sagrados—en el séptimo, Leto engendró a Apolo, el
de espada de oro (279). También el octavo y el noveno: dos días del mes
creciente (280), magníficos para afanarse en los trabajos del hombre.
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En cuanto al once y el doce, ambos son excelentes, bien para esquilar
las ovejas, o para segar deleitosa cosecha. Pero el doce es mucho mejor que el
once: en este teje su tela suspendida en el aire la araña, cuando el día es más
largo, cuando la hormiga previsora acarrea su montón (281). Que en este día
disponga la mujer su telar y se aplique a la faena (282).
Al comenzar el mes, evita el día trece para iniciar la sementera; mas,
para plantar un árbol, es el mejor (283).
El sexto día a mitad de mes es pernicioso para las plantas, mas, para
engendrar varón es bueno; para una doncella, en cambio, no es favorable: ni
para que nazca, ni para concertarle matrimonio (284).
Tampoco es el primer día sexto (285) propicio a que nazca hembra; en
cambio, para castrar cabritos y rebaños de ovejas, así como para levantar el
redil del ganado, es día oportuno. Bueno es también para engendrar varón. Y le
gusta el lenguaje mordaz, las mentiras y palabras arteras, los furtivos
cuchicheos (286).
El octavo día del mes, castrarás el berraco y el toro mugidor, y los
mulos pacientes en el doce.
El gran día veinte—día más largo (287)—que nazca un juez: bien penetrado
de perspicacia queda. Para engendrar varón, es bueno el décimo, mientras que el
cuarto de mitad de mes (288) lo es para los niños. Este día, los carneros, los
bueyes curvicuernos de tardo paso, el perro de afilados dientes, los mulos
sufridos, domestícalos, pasando la mano sobre ellos (289).
Pon buen cuidado y atención en evitar que se te devore el alma de
dolores el día cuarto, tanto al final como al principio del mes: muy señalado
es este día (290).
En el cuarto día del mes llévate a casa esposa (291), después de
consultar a las aves que para este acto resulten más convenientes.
Evita los días cinco, por ser duros y aciagos; en el quinto dicen que
las Erinias (292) rodean en su natalicio a Juramento, al que Discordia (293)
engendró para azote de perjuros.
A mitad de mes, el séptimo, vigilando muy atento, echa el sagrado fruto
de Deméter en bien redondeada era, y que el leñador corte la madera de
construcción, así como maderamen de navio en abundancia, de los que son
precisos para las naves (294).
El cuarto día empieza a construir las naves ligeras.
El noveno de mitad de mes, hacia la tarde, es día bastante bueno. El
noveno al iniciarse el mes (295) está libre de todo pesar para los hombres. Es,
en efecto, favorable este día, ya para plantar, ya para nacer varón y hembra. Y
nunca es día del todo malo.
Y pocos saben que el día veintinueve del mes es magnífico para empezar
un tonel y poner el yugo en la cerviz a los bueyes y mulos, como a los corceles
de veloz pezuña (296). También para arrastrar al vinoso mar un navio remero y
raudo; pero pocos lo tienen por cierto (297).
El cuarto, abre un tonel; entre todos, es sagrado día hacia la mitad;
pero pocos saben que, después del veinte, es el mejor día del mes, al nacer el
alba; hacia la tarde es peor (298).
Tales son los días que para los moradores de la tierra constituyen gran
fortuna. Los demás, intermedios, inofensivos, nada traen. Cada cual elogia uno
distinto, pero pocos los saben. Un mismo día resulta a veces madrastra, a veces
madre (298).
¡Bienaventurado y dichoso aquel que, sabedor de todo lo que acabo de
decir sobre estos días, trabaja, libre de culpa ante los Inmortales,
inquiriendo auspicios (299) y evitando transgresiones! (300).
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FIN DE ''LOS TRABAJOS Y LOS DÍAS"

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