© Libro N° 13966. Mameena.
"Hija De La Tempestad". Haggard, H.
Rider. Emancipación. Junio 21 de
2025
Título Original: © Mameena. "Hija De La
Tempestad". H. Rider Haggard
Versión Original: © Mameena. "Hija De La Tempestad". H. Rider Haggard
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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"Hija De La Tempestad"
H. Rider Haggard
Mameena
"Hija De La
Tempestad"
H. Rider Haggard
MAMEENA
H. Rider Haggard
UNA nueva expresión, de su fecundidad literaria nos brinda en MAMEENA Rider Haggard. "Hija de la Tempestad" es su título primigenio, y en verdad no pudo ser más justo. Como la tempestad, que todo lo abate a su paso, sembrando la desolación y la
muerte, Mameena fija su existencia en el vasto
reino de Zululand, y como una nueva versión de Elena de Troya, su belleza trastorna mentes, origina conflictos políticos y termina por
destruir todo el imperio Zulú en una
guerra exhaustiva entre dos hermanos que se disputan el trono y su amor. Campea en toda la obra la galanura característica
de la pluma de Rider Haggard,
brindándonos, al par que un
grato placer literario, la posibilidad de ampliar nuestros conocimientos con el relato de las costumbres y organización política de ese gran estado que osó desafiar al imperio británico. Y como en
todas las obras de este
talentoso escritor inglés, al llegar
al final de la lectura nos hallamos con la eterna y siempre fresca
moraleja del triunfo del bien sobre el mal.
Mameena
"HIJA DE LA TEMPESTAD"
("CHILD OF STORM")
POR
H. RIDER HAGGARD
Traducción de
Atanasio Sánchez
Editorial ACMÉ S.A.C.I.
Maipú 92 - Buenos Aires
Segunda edición: Julio 1955
Copyright by
Editorial Acmé S. A. C. I.
Queda hecho el depósito que previene la Ley N9 11723.
Es propiedad, en lo que se refiere
a la presente traducción, la disposición
especial y presentación de conjunto
de esta edición, en sus características
tipográficas y artísticas.
IMPRESO EN LA ARGENTINA
Acabado de imprimir el 30 de julio de 1955, en los
Talleres Gráficos de la Compañía General Fabril
Financiera S. A., Marte 2035, Buenos Aires
D E D I C A T O R I A
Estimado señor Stuart:
Creo estar en lo cierto al decir que durante veinte
años usted, como secretario ayudante de Asuntos Indígenas, y en otros cargos,
conoció íntimamente al pueblo zulú. Además, usted es uno de los pocos hombres
aún con vida que ha realizado un estudio profundo y científico de su idioma,
sus costumbres y su historia. Por ello confieso que experimenté una
satisfacción tanto mayor cuando después de haber tenido la amabilidad de leer
este relato —el segundo libro de la epopeya de la venganza de Zikali,
"La-cosa-que-nunca debió-de-haber-nacido”, y de la caída de la Casa de
Senzangakona— me escribió diciéndome que sentíase animado por el verdadero espíritu
zulú.
Debo de admitir que mi conocimiento de este pueblo
data de un período que concluyó casi antes de su tiempo. Lo que sé de ellos lo
aprendí en el tiempo en que Cetewayo, de quien habla mi libro, estaba en su
gloria, antes de la hora funesta en que se vio arrastrado por el clamor de sus
regimientos, apartados de la anexión del Transvaal de su profesión hereditaria
de la guerra, a desafiar el poderío británico. Fue el resultado de mis
observaciones personales hacia el setenta y de lo escuchado de los labios del
gran Shepstone, mi jefe y amigo, y de mis colegas Osborn, Fynney, Clarke y
otros, todos ellos desaparecidos hace tiempo.
Tal vez es mejor que sea así, por lo menos en el
caso de quien quiere escribir de los zulúes como una nación soberana, cosa que
han dejado de ser, y que desea mostrarlos como fueron, con toda su locura
supersticiosa y su grandeza tinta en sangre.
Y sin embargo tuvieron sus virtudes además de sus
vicios. Servir a su país con las armas, morir por él y por el rey; tal era su
ideal primitivo. Si bien eran feroces, eran leales, y no temían las heridas ni
la muerte; si bien escuchaban los sombríos consejos de los brujos, la
clarinada del deber sonaba con mayor fuerza en sus oídos; si bien, cantando su
terrible "Ingoma", al ordenarlo el rey marchaban a matar sin
cuartel, por lo menos no eran mezquinos ni vulgares. La mezquindad y la
vulgaridad están lejos de aquellos que continuamente deben hacer frente a las
grandes cuestiones finales de la vida y la muerte. Esas cualidades son comunes
en los lugares seguros y densamente poblados de los hombres
civilizados, y no en los kraales de los salvajes bantús, en donde, al menos en
tiempos pasados, hubiesen sido buscadas en vano.
Ahora todo ha cambiado, o así lo he oído, e
indudablemente en
general es mejor. A pesar de ello, podemos imaginarnos cuáles
serán los pensamientos que
cruzan la mente de algún viejo
guerrero del tiempo de Chaka o
Dingaan, mientras toma el sol acurrucado en el
lugar, por ejemplo, donde en un tiempo se alzó
el kraal real, Duguza, y observa a hombres y mujeres de sangre zulú que vuelven
a sus hogares de las ciudades o las minas, atontados algunos de
ellos con el licor del hombre blanco adquirido de
contrabando, grotescos con las ropas
de desecho del hombre blanco,
escondiendo tal vez en sus mantas ejemplares de las fotografías
de gusto dudoso del hombre blanco; para luego cerrar sus ojos
hundidos y recordar los regimientos con sus penachos de plumas que
hacían retemblar ese mismo terreno, al lanzarse con un trueno
de aclamaciones, fila tras fila, compañía tras compañía, a la batalla.
Pues bien, como la última frase no me atrae, he tratado de
escribir de aquella época anterior — la época de los "Impis" y de los
hechiceros y de los príncipes rivales de la casa real
— como me alegro de saberlo por usted, no del todo en
vano. Por tanto, ya que usted, un experto tan calificado, aprueba mi labor en el poco
hollado campo de la historia zulú, le
ruego me permita imprimir su nombre en esta página y me suscribo.
Su agradecido y sincero,
H. RideR Haggar.
Dítchingham, 12 de octubre
de l9l2.
A James Stuart,
Esq.
Ex secretario ayudante de Asuntos Indígenas, Natal.
N OT A D E
L A U T O R
La historia que relata Allan Quatermain de la
malvada y fascinadora Mameena, una especie de Elena de Troya zulú, es necesario
declarar que tiene una amplia base histórica. Dejando a un lado a Mameena y sus
artimañas, el relato de la lucha entre los príncipes Cetewayo y Umbelazi por la
sucesión del trono de Zululandia es real.
Cuando las desaveniencias entre ambos se volvieron
intolerables a causa de los disturbios que se originaban en el país, el rey
Panda, su padre, el hijo de Senzangakona y hermano del gran Chaka y de Digaan,
que reinaron antes que él, dijo que "cuando se
disputan dos toros jóvenes lo mejor es que peleen". Así por lo menos me lo
dijo el extinto V. B. Fynney, mi colega en la época de la anexión del Transvaal
en 1877, quien, como Agente de la Frontera Zulú, tal vez, con excepción de sir
Theophilus Shepstone y sir Melmoth Osborn, supiera más de esa tierra y su
pueblo que cualquiera otra persona de su período.
Como resultado de esa indicación de un rey
enfurecido, se libró la gran batalla del Tugela en Endondakusuka, en diciembre
de 1856, entre el partido "Usutu", mandado por Cetewayo, y los partidarios
de Umbelazi el Hermoso, su hermano, que era conocido entre los zulúes como
"Indhlovu-ene-Sihlonti"', o
"Elefante-con-él-mechón-de-pelo", por un pequeño rizo que le crecía
en la espalda.
Mi amigo, sir Melmoth Osborn, que murió
aproximadamente en él año 1897, estuvo presente en esa batalla, aunque no como
combatiente. Recuerdo bien su relato emocionante, hecho hace más de treinta
años, de los acontecimientos de aquel día horrible.
En las primeras horas de la mañana, o durante la
noche anterior, no recuerdo bien cuál de las dos cosas, cruzó a nado con su
caballo el Tugela y se ocultó con él en una colina cubierta de malezas,
cubriendo los ojos del animal con su chaqueta para que no lo descubriese. La
suerte quiso que la gran lucha de la jornada, la del regimiento de veteranos
que, según sir Melmoth me informó, Panda había enviado a última hora en ayuda
de Umbelazi, su hijo favorito, tuvo lugar casi al pie de aquélla colina. Allan Quatermain
en su relato llama a este regimiento los Amawombe, pero recuerdo que él nombre
dado por sir Melmoth Osborn era "Los Grises" o "Upunga".
Pero cualquiera que haya sido su nombre exacto,
realizaron una gran proeza. Por lo menos, él me dijo que cuando él
"impi" o ejercito de Umbelazi empezó a ceder ante él ataque de los
"Usutu", esos "Grises'' en número de más de 3.000 avanzaron
alineados en tres filas y fueron cargados por uno de los regimientos de
Cetewayo.
Las fuerzas adversarias se encontraron, y, según
sir Melmoth, el ruido de sus escudos al chocar se asemejó al retemblar del
trueno. En seguida, mientras él observaba, los veteranos "Grises"
pasaron sobre el regimiento contrario "como una ola pasa sobre una
roca" —ésas fueron sus palabras exactas— y, dejando una tercera parte de
sus hombres muertos o heridos entre los cadáveres del enemigo aniquilado,
siguieron la carga haciendo frente a un segundo regimiento enviado contra
ellos por Cetewayo. Contra éste se repitió la lucha, pero nuevamente triunfaron
los "Grises". Sólo que ahora no quedaban más que quinientos o
seiscientos de ellos de pie.
Esos sobrevivientes corrieron hasta un montículo,
alrededor del cual formaron un círculo, y allí durante un rato resistieron él
ataque de un tercer regimiento, hasta que finalmente perecieron casi hasta el
último, sepultados bajo montones de sus atacantes, los “Usutu”, muertos.
¡Ciertamente tuvieron así un noble fin luchando en tremenda desventaja!
En cuanto al número de los caídos en esta batalla
de Endondakusuka, Fynney, en un folleto que escribió, dice que murieron seis de
los hermanos de Umbelazi, "mientras que se calcula que fueron muertos más
de 100.000 hombres, mujeres y niños", cifra altísima y realmente
imposible.
Ese personaje curioso llamado John Dunn, un inglés
que se convirtió en jefe zulú, y que participó en la batalla, como lo narra
Quatermain, calcula en cambio un número mucho menor. Nunca se sabrá el total
verdadero, pero sir Melmoth Osborn me contó que al volver a nado con su caballo
esa noche a través del Tugela, el río estaba negro de cadáveres; y sir
Theophilus Shepstone también me dijo que cuando visitó el lugar uno o dos días
después, las márgenes del río estaban cubiertas de ellos, hombres y mujeres.
De labios
de Fynney oí la historia de la ejecución, por Cetewayo, del hombre que se
presentó ante él con los ornamentos de Umbelazi, anunciando que había dado
muerte al príncipe con su propia mano. Claro que este relato, como señala
Quatermain, tiene una notable semejanza con el registrado en el Viejo
Testamento al narrar la muerte del rey Saúl.
Esto no quiere decir en forma alguna que por ello
sea apócrifo; es más, Fynney me aseguró que era completamente cierto, aunque si
me dio algún fundamento de ese aserto, lo he olvidado después de un lapso de
más de treinta años
Las circunstancias exactas de la muerte de Umbelazi
no son conocidas, pero el rumor general es que murió, no bajo las azagayas de
los "Usutu", sino de dolor. Otra información dice que pereció
ahogado. Su cadáver nunca fue encontrado, y es probable que se hundiera en el
Tugela, como se sugiere en las páginas que siguen. Sólo me resta añadir que
está en un todo de acuerdo con las creencias zulúes que un hombre sea
perseguido por el espíritu del hombre a quien ha asesinado o traicionado, o, para ser más preciso,
que el espíritu ("umoya") entre en el asesino y le haga perder la
razón. O, en tal caso, que el espíritu pueda acarrear desgracias sobre él, su
familia o su tribu.
H. Rider HaGgard.
Capítulo 1
Allan Quatermain oye hablar de Mameena
Nosotros los blancos creemos que lo sabemos todo.
Por ejemplo, creemos que entendemos la naturaleza humana. Y en efecto lo
hacemos, tal como se nos aparece la naturaleza humana, con todos sus ornamentos
y accesorios vistos vagamente a través del cristal de nuestras convenciones,
dejando a un lado aquellos aspectos de ella que hemos olvidado o que no creemos
de buena educación mencionar. Pero yo, Allan Quatermain, al reflexionar sobre
estas cuestiones a mi modo ignorante y sin instrucción, siempre he sostenido
que nadie entiende realmente la naturaleza humana a menos que la haya
estudiado al desnudo. Pues bien, ése es el aspecto de ella que mejor conozco.
Durante la mayor parte de los años de mi vida he
manipulado la materia prima, el mineral virgen, no el ornamento terminado que
resulta al fundirlo (si es que está terminado aún, cosa de la que dudo mucho).
Supongo que podrá llegar un momento en que las generaciones perfeccionadas —si
la Civilización, tal como la comprendemos, tiene realmente un futuro y si
alguna de ellas llegará a tener su hora en el Mundo — nos mirarán como a
criaturas primitivas, semidesarrolladas, cuyo único mérito residió en haber transmitido
la llama de la vida.
Tal vez sea así, porque todo se hace por
comparación; y en un extremo de la escala está el hombre-mono, y en el otro,
como esperamos, el ángel. No, el ángel no; pertenece a. una esfera diferente,
pero sí esa expresión definitiva de la humanidad sobre la cual no haré
conjeturas. Mientras el hombre es hombre —es decir, antes de sufrir el cambio
mágico de la muerte que lo transforma en espíritu si tal es su destino—, bueno,
continuará siendo hombre. Quiero decir que lo dominarán las mismas pasiones;
tendrá las mismas ambiciones; conocerá las mismas alegrías y será oprimido por
los mismos temores, ya viva en una choza cafre o en un palacio de oro; ya
camine con sus dos pies o, como puede suceder un día, vuele por el aire. Esto
es cierto: que en su envoltura carnal nunca podrá escapar de la atmósfera y
mientras la respire, en general con algunas variantes impuestas por el clima,
las leyes locales y la religión, continuará haciendo mucho de lo que hicieron
sus antepasados por tiempo inmemorial.
Por ese motivo he hallado siempre tan interesante
al salvaje, porque en él, expresados con desnudez y energía, vemos aquellos
principios eternos que rigen el destino humano.
Para ahondar esas generalidades, es también por lo
que yo, que odio escribir, he creído que valía la pena, a costa de cierto
esfuerzo personal, de ocupar mis ocios en lo que para mí es una tierra extraña
—porque aunque nací en Inglaterra, no es mi tierra—, relatando varias
experiencias de mi vida que, en mi opinión, interpretan esta naturaleza
universal nuestra. Supongo que nadie las leerá; y sin embargo, tal vez valga
la pena consignarlas, ¿y quién sabe? En días futuros pueden caer en
manos de otros y resultar
valiosas. Por lo menos, son historias ciertas de pueblos
interesantes que, si. llegaran a sobrevivir la
competencia salvaje de las naciones, están destinados a experimentar grandes
cambios. Por eso hablo de ellos antes de que cambien. Ahora bien, aunque no
siga un orden estrictamente cronológico, la primera de esas historias que
deseo consignar es en su mayor parte la de una mujer sumamente hermosa — con
excepción de una cierta Nada, llamada "el Lirio", de quien espero
hablar algún día—, creo que la más hermosa que jamás viviera entre los zulúes.
Al mismo tiempo fue, a mi juicio, la más capaz, la más malvada y la más ambiciosa.
Su nombre atractivo — porque era sumamente atractivo como lo pronunciaban los
zulúes, especialmente aquellos que estaban enamorados de ella— era Mameena,
hija de Umbezi. Su otro nombre era "Hija de la Tempestad" (Ingane-ye-Sipepo,
o más corto, O-we-Zulu), pero la palabra
"Ma-mee-na" tuvo su origen en el sonido del viento que gemía
alrededor de la choza cuando ella nació.
Desde que me establecí en Inglaterra he leído
—desde luego en una traducción — la historia de Elena de Troya, tal como la ha
relatado Homero. Pues bien, Mameena me recuerda mucho a Elena, o mejor dicho,
Elena me recuerda a Mameena. Por lo menos, entre ellas había esto de común,
aunque una fuese negra, o más bien cobriza, y la otra blanca: que las dos
fueron hermosas; además, ambas fueron infieles, y causaron la muerte de
centenares de hombres. Ahí posiblemente concluya la semejanza, ya que Mameena
era mucho más ardiente y enérgica que Elena, pues ésta, a menos que Homero no
le haga justicia, en el fondo debió de ser muy poca cosa. Elena fue la
Belleza, que aquellos viejos bribones de dioses griegos usaban como cebo en
las trampas que tendían para hacer perder la vida y el honor a los hombres; por
lo menos así la veo yo, que he carecido de la ventaja de una educación clásica.
En cambio, Mameena. a pesar de ser supersticiosa —debilidad común en los
grandes espíritus — y no reconocer dios alguno en particular, tal como nosotros
los entendemos, tendía sus propias trampas, con éxito variable, pero con un
objeto perfectamente definido: el de convertirse en la primera mujer del mundo
que ella conocía: el mundo tempestuoso y tinto en sangre de los zulúes.
Pero el lector juzgará por sí mismo, si alguno
llega a poner por casualidad los ojos en esta historia.
Conocí a Mameena por primera vez en el año 1854, y
mis relaciones con ella continuaron en forma intermitente hasta 1856, en que
terminaron en una forma que será relatada después de la horrorosa batalla del
Tugela, en la que Umbelazi, hijo de Panda y hermano de Cetewayo —quien, para su
desgracia, también conoció a Mameena —, perdió la vida.
Yo era todavía un hombre más bien joven en esos
días, aunque ya había dado sepultura a mi segunda mujer, después
de un matrimonio breve pero feliz.
Después de dejar a mi hijo a cargo de unas buenas
gentes en Durban, marché a Zululandia, país que había llegado a conocer bien en
mi juventud, para continuar allí mi vida aventurera de traficante y cazador.
El comercio nunca me atrajo, como puede suponerse
por el poco provecho que saqué de él, ya que el arte de traficar realmente me
repugnaba. Pero la caza fue siempre mi gran pasión, no porque fuese aficionado
a matar animales, pues cualquier hombre normal no tarda en cansarse de la carnicería.
No, era la excitación del deporte, que antes de que aparecieran las armas que
se cargan por la recámara era bastante fuerte, puedo asegurarlo; la existencia
solitaria en lugares salvajes, por lo general con el sol y las estrellas como
únicos compañeros; las continuas aventuras; las tribus extrañas con las que
trabé conocimiento; en una palabra, el cambio, el peligro, la esperanza siempre
renovada de encontrar algo grande y nuevo, que me atraía y sigue atrayéndome,
aun ahora en que he hallado lo grande y lo nuevo. Bueno, no debo de seguir
escribiendo así o terminaré tirando la pluma y sacando un pasaje para África, y
de paso sin duda para el otro mundo..., ¡ese mundo de lo grande y lo nuevo!
Creo que fue en el mes de mayo del año 1854 cuando
fui a cazar en territorio quebrado entre los ríos Umvolosi Blanco y Negro, con
permiso de Panda, a quien los bóers habían hecho rey de Zululandia después de
la derrota y muerte de Dingaan, su hermano. En el distrito había mucha fiebre
y por esa razón entré en él en los meses de invierno. La maleza era tan espesa
que, dada la falta total de caminos, creí prudente no llevar mis carretas, y
como los caballos no podían vivir en aquel veld, marché a pie. Mis compañeros
principales eran un cafre de sangre mezclada llamado Sikauli, pero al que por
lo común decían Scowl; el zulú Saduko, y un jefe de sangre Undwandwe llamado
Umbezi, en cuyo kraal situado en la meseta a unos cincuenta kilómetros de
distancia había dejado mi carreta y algunos de mis hombres para guardar mis
mercaderías y algún marfil que había comprado.
Este Umbezi era un hombre grueso de aire alegre, de
unos sesenta años de edad y, cosa rara entre esa gente, aficionado a la caza
en su aspecto deportivo. Como sabia sus gustos y también que conocía el terreno
y sabía buscar caza, le había prometido un fusil si me acompañaba trayendo
algunos cazadores. Se trataba de un fusil particularmente malo, usado hasta la
saciedad y que tenía la desagradable costumbre de dispararse a medio
amartillar; pero aun después de haberlo visto y de haberle explicado honestamente
sus fallas, se apresuró a aceptarlo.
—Oh, Macumazana (ése es mi nombre indígena,
habitualmente abreviado a Macumazahn, que significa "Uno que se
destaca", o como lo interpretan muchos, no se cómo, "El que vigila de
noche"), un fusil que se dispara a veces cuando uno no lo espera es mucho
mejor que no tener fusil alguno, y tú eres un jefe de gran corazón al
prometérmelo, porque cuando posea el arma del hombre blanco seré admirado y
temido por todos entre los dos ríos.
Mientras decía esto había empuñado el fusil, que
estaba cargado, y al observarlo me coloqué detrás de él. No tardó en dispararse
y su retroceso lo tumbó de espaldas — porque ese fusil tenía la patada de una
mula —, mientras la bala arrancaba la punta de la oreja de una de sus mujeres.
Esta huyó chillando, dejando en el suelo un trocito de su oreja.
—¿Qué importa? — dijo Umbezi, mientras se
incorporaba, frotándose el hombro con aire confuso—. ¡Ojalá que el espíritu
maligno del fusil le hubiese cortado la lengua y no la oreja! La Vieja Vaca
Gastada tiene la culpa; siempre mete las narices en todo como un mono. Ahora
tendrá algo de que hablar y dejará mis cosas en paz por un tiempo. Doy gracias
a mi Espíritu Ancestral de que no haya sido Mameena, porque entonces hubiera
quedado desfigurada.
—¿Quién es Mameena? —pregunté—. ¿Tu última mujer?
—No, no, Macumazahn; ojalá lo fuese, porque
entonces tendría la mujer más hermosa del país. Es mi hija, aunque no de la
Vieja Vaca Gastada; su madre murió al nacer ella, en la noche de la Gran
Tempestad. Debes preguntar a Saduko aquí quién es Mameena — añadió con una
amplia sonrisa, levantando la mirada del fusil que examinaba con grandes
precauciones, como temiendo se disparara nuevamente, y señalando a alguien que
estaba detrás de él.
Me volví y por primera vez vi a Saduko, en quien
reconocí al instante una persona fuera del tipo común de los indígenas. Era un
joven alto y proporcionado, que, a pesar de tener el pecho marcado con
cicatrices de heridas de azagaya, lo que demostraba que era un guerrero, no
había alcanzado aún el honor del "anillo" hecho con cera colocada
sobre tiras de junco unidas con nervios y cosidas al cabello, el isicoco que
se permite usar a los zulúes que llegan a cierta edad y dignidad, determinadas
por el rey. Pero su rostro me llamó la atención más aún que su gracia, fuerza o
estatura. Sin duda era un rostro interesante, con poco o nada de negroide; en
realidad podía haber sido un árabe más bien oscuro, y probablemente descendía
de esa raza. Tenía también ojos grandes y más bien melancólicos, y en su porte
reservado y digno había algo que mostraba no era un individuo cualquiera, sino
una persona bien nacida e inteligente.
—Siyakubona, anglice (es decir "te
vemos, buenos días"), Saduko — dije mirándolo con curiosidad —. Dime,
¿quién es Mameena?
—Inkoosi — contestó con voz profunda,
alzando su mano delicadamente formada como saludo, una cortesía que me agrado
—. Inkoosi, ¿no te ha dicho su padre que es su hija?
—Sí — contestó el viejo Umbezi —, pero lo que su
padre no ha dicho es que Saduko es su amante, o mejor dicho, que quisiera
serlo. ¡Wow! Saduko — continuó, sacudiendo en su dirección su
grueso índice —, ¿estás loco para creer que una muchacha así es para ti? Dame
cien cabezas de ganado, ni una menos, y empezaré a pensarlo. Pero no tienes ni
diez, y Mameena es mi hija mayor y debe casarse con un hombre rico.
—Ella me ama, oh Umbezi — contestó Saduko, con la
mirada baja —, y eso vale más que el ganado.
—Para ti, tal vez, Saduko, pero no para mí, que soy
viejo y necesito vacas. Además — agregó, mirando con aire malicioso —, ¿estás
tan seguro de que Mameena te ama, a pesar de que seas un hombre tan cabal?
Ahora bien, yo hubiese pensado que, digan lo que digan sus ojos, su corazón no
quiere a nadie más que a ella misma, y que a la larga seguirá a su corazón y no
a sus ojos. Mameena la hermosa no busca ser la mujer de un hombre pobre y
hacer toda la labranza. Pero tráeme las cien cabezas y veremos, porque hablando
con mi corazón, si fueses un gran jefe, no habría nadie a quien preferiría como
yerno, a menos que fuese Macumazahn — dijo, dándome un golpecito con el codo —,
que levantaría a mi casa en sus blancas espaldas.
Al oír esto, Saduko se agitó inquieto; me dio la
impresión de que comprendía que Umbezi decía la verdad al juzgar el carácter de
su hija. Pero sólo dijo:
—El ganado puede ser adquirido.
—O robado — sugirió Umbezi.
—O tomado en la guerra — corrigió Saduko —. Cuando
tenga cien cabezas te reclamaré tu palabra.
—¿Y entonces de qué vivirás, estúpido, si me das
todos tus animales? Vamos, deja de decir tonterías. Antes de que tengas cien
cabezas de ganado, Mameena tendrá seis hijos que no te
llamarán padre. ¿Ah, no te gusta eso? ¿Te vas?
—Sí, me voy — contestó, relampagueándole la mirada
—, pero si eso sucede, que el hombre a quien llamen padre se cuide de Saduko.
—Ten cuidado con lo que dices, joven — dijo Umbezi
con voz grave —. ¿Quieres seguir el camino de tu padre? Espero que no, porque
me eres simpático; pero esas palabras suelen recordarse.
Saduko se marchó como si no hubiese oído.
—¿Quién es?
—Uno de gran cuna — contestó Umbezi —. Podría ser
un jefe hoy si su padre no hubiera sido un conspirador y un brujo. Dingaan lo descubrió
— e hizo con la mano un movimiento de costado que entre los zulúes significa
mucho—.
Sí, fueron muertos casi todos; el
jefe, sus mujeres, sus hijos y sus cabecillas;
todos ellos con excepción de Tshoza, su hermano, y su hijo Saduko, a quien
Zikali el enano, el Descubridor-de-malhechores, el Anciano, que era viejo antes
de que Senzangakona fuese padre de reyes, lo ocultó. Bueno, es una historia
terrible —y se estremeció—. Ven, Hombre Blanco, y cura a esa Vieja Vaca
mía, o no me dejará en paz durante meses.
Así que fui a ver a la Vieja Vaca Gastada, no
porque
tuviera ningún interés particular en ella, pues, a decir
verdad, era una persona desagradable y vieja, la esposa
desechada de algún jefe con la que el astuto Umbezi se había
casado tiempo atrás por interés, sino porque esperaba oír
hablar más de Mameena, que me había interesado.
Al entrar en una choza de grandes dimensiones,
encontré a la dama tan poco amablemente llamada "Vieja Vaca" en un
estado lamentable; echada en el suelo, un objeto desagradable a causa de la
sangre que había perdido por su herida, rodeada por un montón de mujeres y
niños. A intervalos regulares anunciaba que estaba muriéndose y emitía un
alarido horroroso, que era coreado por sus acompañantes; en una palabra, el
lugar era un perfecto infierno. Después de pedir a Umbezi que hiciera salir a
todo el mundo de la choza, dije que iba a buscar mis medicinas. Entretanto,
ordené a mi sirviente, Scowl, un individuo con aire de buen humor, de color
amarillento claro, porque tenía mucha sangre hotentote, que limpiase la herida.
Cuando volví de mi carreta diez minutos más tarde, los alaridos eran más
terribles que antes, aunque el coro estuviese ahora fuera de la choza. Y no era
de sorprender, porque al entrar en la choza vi a Scowl recortando la oreja de
la "Vieja Vaca" con unas tijeras de uñas sin filo.
—Oh, Macumazahn — dijo Umbezi con un ronco susurro
—, ¿no sería tal vez mejor dejarla sola? Si se desangrara, por lo menos dejaría
de meter tanto ruido.
—¿Eres hombre o hiena? — contesté con tono severo,
y empecé la cura, mientras Scowl sostenía la cabeza de la pobre mujer entre sus
rodillas.
Finalmente terminó la operación, en la que me
limité a aplicar con una pluma una fuerte solución de cáustico.
—Bueno, Madre — dije, porque habíamos quedados
solos en la choza, de la que huyera Scowl con una fuerte mordedura en la
pantorrilla —, ya no te morirás.
—No, inmundo Hombre Blanco — dijo entre sollozos —.
No moriré, ¿pero qué será de mi belleza?
—Será mayor que nunca; ninguna otra tendrá una
oreja con una curva como ésta. Pero, hablando de belleza, ¿dónde está Mameena?
—No sé dónde está —replicó enfurecida—, pero sé muy
bien dónde estaría si yo pudiera hacer lo que quiero. Esa muchacha del diablo
—y aquí añadió ciertos epítetos descriptivos que prefiero no repetir — ha sido
la causa de esta desgracia mía. Ayer tuvimos una ligera disputa, Hombre Blanco,
y como es una bruja me profetizó un mal. Sí, cuando accidentalmente le arañé la
oreja, me dijo que antes de mucho me ardería la mía, y ciertamente me está
quemando. (Esto sin duda alguna era cierto, pues el cáustico había empezado a
morder.)
—-Ah, Hombre Blanco endemoniado — continuó —, me
has embrujado; me has llenado de fuego la cabeza. — En seguida agarró una
vasija de barro y me la arrojó, diciendo: — Toma eso en pago de tu cura. Anda,
arrástrate detrás de Mameena como los otros y procura que te cure ella.
Para entonces había atravesado a medias la entrada
de la choza, siendo acelerados mis movimientos por una vasija con agua caliente
que había dado en mi parte posterior.
—¿Qué ocurre, Macumazahn? —preguntó el viejo Umbezi,
que estaba esperando afuera.
—Absolutamente nada, amigo — le contesté con
una sonrisa—, fuera de que tu mujer quiere verte ahora mismo. Esta con dolores
y quiere que la calmes. Entra sin vacilar.
Después de un momento de pausa entró..., es decir,
entró la mitad de él. En seguida se oyó un golpe tremendo y volvió a salir con
el borde de una vasija alrededor del cuello, y la cabeza y el rostro cubiertos
por una capa de miel.
—¿Dónde está Mameena? — le pregunté mientras él se
sentaba resoplando.
—Donde ojalá estuviese yo —contestó con voz ahogada
—, en un kraal a cinco horas de viaje.
Bien, ésa fue la forma en que primero oí hablar de
Mameena. Esa noche, mientras fumaba mi pipa sentado bajo la tienda de campaña
adosada a la carreta, riéndome en mis adentros al pensar en la aventura de la
"Vieja Vaca", y pensando si Umbezi habría conseguido sacarse la miel
del cabello, alguien levantó la lona y un cafre envuelto en su kaross entró y
se acurrucó a mi lado.
—¿Quién eres? —pregunté, porque estaba demasiado oscuro
para verle el rostro.
—Inkoosi —contestó una voz profunda—
soy Saduko.
—Bienvenido —dije, ofreciéndole una cajita de rapé
en
señal de hospitalidad. Luego esperé mientras ponía un
poco de rapé en la palma de la mano y lo aspiraba.
—Inkoosi — dijo, una vez que se secó
las lágrimas producidas por el rapé —, he venido a pedirte un favor. Has oído
a Umbezi decir hoy que no me dará a su hija Mameena a menos que yo le dé cien
cabezas de ganado. Ahora bien, no las tengo ni puedo ganarlas con mi trabajo en
muchos años. Por tanto tengo que tomarlas de cierta tribu que está en guerra
con los zulúes. Pero no puedo hacerlo a menos que tenga un fusil. Si tuviera un
buen fusil, Inkoosi, uno que dispare cuando se le pida y no
cuando se le ocurra, yo, que tengo cierta reputación, podría persuadir a muchos
hombres que fueron sirvientes de mi padre, o a sus hijos, de que sean mis
compañeros en esta aventura.
—¿He entendido que quieres que te dé uno de mis
buenos fusiles con dos bocas (de dos caños), un fusil que vale por lo menos
doce bueyes, por nada, oh Saduko? — pregunté con voz fría y escandalizada.
—Nada de eso, oh, El que Vigila de Noche; nada de
eso,
oh, Aquel-que-duerme-con-un-ojo-abierto (otra interpretación
libre y difícil de mi nombre indígena, Macumazahn), jamás hubiera soñado en
insultar así a tu inteligencia. — Hizo una pausa, tomó otro poco de rapé, y
continuó con tono meditativo —: Donde me propongo conseguir esas
cien cabezas de ganado hay muchas más; me han dicho que no menos de
mil en total. Ahora bien, Inkoosi — agregó
mirándome de reojo —, supongamos que me das el fusil que te pido y supongamos
que me acompañas con tu fusil y tus cazadores armados, ¿no sería justo que
fuera para ti la mitad del ganado?
—No está mal —dije—. ¿Así que, joven, quieres que
me convierta en un ladrón de ganado y que Panda me corte el cuello por causar
disturbios en su país?
—Ni una cosa ni otra, Macumazahn, porque ese ganado
es mío. Escúchame, te voy a contar una historia. Has oído hablar de Matiwane,
el jefe de los amangwane?
—Sí. Su tribu vivía cerca de las fuentes del
Umzinyati, ¿no es verdad? Luego fueron derrotados por los bóers o los ingleses,
y Matiwane quedó bajo la soberanía de los zulúes. Pero después Dingaan lo
aniquiló, con su casa, y su gente fue muerta o dispersada.
—Sí, su pueblo fue muerto o dispersado, pero su
casa todavía vive. Macumazahn, yo soy su casa, yo, el único hijo de su mujer
principal, porque Zikali el Enano Sabio, el Anciano, que es de sangre
amangwane, y que odiaba a Chaka y a Dingaan; sí, y a Senzangakona, su padre,
antes que a ellos, pero al que ninguno de ellos pudo matar porque es tan
grande y tiene tantos espíritus poderosos por sirvientes, me salvó y dio
refugio.
—Si es tan grande, ¿por qué no salvó también a tu
padre, Saduko? — pregunté, como si no supiera nada de ese Zikali.
—No puedo decírtelo, Macumazahn. Tal vez los
espíritus planten un árbol para ellos, y para hacerlo corten otros muchos
árboles. Por lo menos, eso fue lo que sucedió: Bangu, jefe de los amakoba,
susurró al oído de Dingaan que mi padre, Matiwane, era un brujo, y también que
era muy rico. Dingaan le escuchó porque creyó que una enfermedad que tenía era
debida a un hechizo de mi padre. Le dijo: "Vete, Bangu, y lleva una
compañía contigo y haz una visita de honor a Matiwane, y en la noche, ¡ah, en
la noche...! Luego, Bangu, nos dividiremos el ganado, porque
Matiwane es fuerte y hábil, y no arriesgarás tu vida por nada".
Saduko hizo una pausa y se quedó mirando al suelo,
absorto en sus pensamientos.
Macumazahn, así se hizo —dijo al rato —. Comieron
la carne de mi padre, bebieron su cerveza; le entregaron un regalo del rey, lo
elogiaron con grandes ditirambos; sí, Bangu tomó rapé con él y lo llamó
hermano. Luego en la noche, ah en la noche...! Mi padre estaba en la choza con
mi madre y yo, que era sólo así de alto — y alzó la mano a la altura de un
chico de diez años —, estaba con ellos. Se oyó el clamor, las llamas empezaron
a prender; mi padre miró afuera y vio. "Ábrete paso a través del cerco y
huye, mujer — dijo —; huye con Saduko, para que pueda vivir para vengarme.
¡Vete mientras defiendo la puerta! ¡Vete a Zikali, cuyas brujerías pago con mi
sangre!
"En seguida me besó en la frente, diciendo
sólo una palabra, "Recuerda", y nos hizo salir de la choza. Mi madre
se abrió paso a través del cerco; sí, lo arrancó con las uñas y los dientes
como una hiena. Miré hacia atrás en la sombra de la choza y vi a Matiwane, mi
padre, luchando como un búfalo. Los hombres caían ante él, uno, dos, tres,
aunque
no tenía escudo; solamente su azagaya. Pero Bangu se
arrastró detrás de él y lo apuñaló por la espalda y él alzó los brazos y cayó.
No vi más, porque habíamos atravesado el cerco. Corrimos, pero nos
descubrieron. Nos cazaron lo mismo que los perros salvajes cazan a los
antílopes. Mataron a mi madre con una azagaya arrojada por uno de ellos; le
entró por la espalda y le atravesó el corazón. Me enloquecí, la arranqué de su
cuerpo y corrí hacia ellos. Me arrojé debajo del escudo del primero, un hombre
muy alto, y sostuve la azagaya con mis manecitas. Su peso cayó sobre la punta y
el arma lo pasó de parte a parte como si hubiese sido manteca. Sí, rodó muerto
y el asta de la azagaya se quebró en el suelo. Los otros
se detuvieron asombrados, porque nunca habían visto cosa parecida. Que un niño
diera muerte a todo un guerrero era una cosa de cuento. Algunos de ellos me
hubiesen dejado marchar, pero en ese momento llegó Bangu y vio al muerto, que
era su hermano.
"—¡Wow! — exclamó al saber cómo
había muerto — Este cachorro de león es también un brujo, porque ¿cómo hubiese
podido matar a un soldado que ha conocido la guerra? Sujetadle los brazos para
que pueda matarlo lentamente.
"Y dos de ellos me sujetaron los brazos,
mientras Bangu se acercaba con su azagaya."
Saduko dejó de hablar, no porque hubiese terminado
su relato, sino porque se le anudaba la garganta. En verdad, pocas veces
recuerdo haber visto un hombre tan conmovido. Respiraba con dificultad, estaba
cubierto de sudor y un temblor convulsivo agitaba sus músculos. Le hice beber
un poco de agua, y luego continuó;
—Ya había empezado a pincharme la azagaya..., mira,
aquí está la señal — y abriendo su kaross señaló una pequeña línea blanca
debajo del esternón —, cuando una sombra extraña arrojada por las chozas
incendiadas se interpuso entre Bangu y yo, una sombra semejante a la de un
sapo alzado sobre sus patas traseras. Miré a mi alrededor y vi que era la
sombra de Zikali, a quien había visto una o dos veces. Allí estaba, aunque
ignoro de dónde había salido, moviendo su cabezota blanca que está puesta
encima de su cuerpo lo mismo que una calabaza sobre un hormiguero, haciendo
girar sus grandes ojos y riéndose fuerte.
"—¡Qué alegre espectáculo! — exclamó con su
voz profunda que recordaba el sonido del agua dentro de una caverna —. Qué
alegre espectáculo, oh Bangu, jefe de los amakoba! ¡Sangre, sangre, sangre en
abundancia! ¡Fuego, fuego, fuego en abundancia! ¡Hechiceros muertos aquí, allá,
por todas partes! ¡Oh, qué alegre espectáculo! He visto muchos así; uno, en el
kraal de tu abuela, por ejemplo; tu abuela, la gran Inkosikazi, del
que escapé con vida porque era tan viejo; pero nunca recuerdo haber visto uno
más alegre que éste que ilumina la luna; y señaló a la Dama Blanca que acababa
de aparecer entre las nubes. — Pero, gran jefe Bangu, señor amado por el hijo
de Senzangakona, hermano del Ser Negro (Chaka), que has llegado hasta aquí con
tu azagaya, ¿qué significa este juego?, y me señaló junto con los
dos soldados que me tenían aferrados los brazos.
"—Voy a matar al cachorro del león, Zikali,
eso es todo — contestó Bangu.
"—Muy bien, muy bien —rió Zikali—. ¡Una gran
hazaña! Has asesinado al padre y a la madre y ahora quieres asesinar al niño
que ha matado a uno de tus guerreros en buena lid. ¡Una hazaña heroica, digna
del jefe de los amakoba! Bueno, deja libre su espíritu... sólo...
"Se detuvo y tomó un poco de rapé de una
cajita que sacó de un corte en el lóbulo de su oreja.
"—¿Sólo que? — preguntó Bangu, vacilando.
"—Sólo que se me ocurre, Bangu, qué pensarás
del mundo en que te encontrarás antes de que salga la luna de mañana. Vuelve a
éste y cuéntamelo, Bangu, porque hay tantos mundos más allá
del sol que me gustaría saber con seguridad cuál de ellos habita como tú: un
hombre que por odio y por medrar mata al padre y a la madre y luego
asesina al hijo; el niño capaz de matar a un guerrero que ha conocido la
guerra, con la azagaya caliente aún con la sangre del corazón de su madre.
"—¿Quieres decir que moriré si mato a este
muchacho? — gritó Bangu.
“—¿Y qué otra cosa? — contestó Zikali, tomando otro
polvo de rapé.
“—Esto, Brujo: que iremos juntos.
—¡Bueno, bueno! — se rió el enano —. Vámonos
juntos. Hace mucho tiempo que deseo morir, ¿y qué mejor compañero
podía encontrar que Bangu, jefe de los amakoba, asesino de niños, para
protegerme en un camino oscuro y terrible? Vamos, valiente Bangu, vamos; mátame
si puedes.
Y nuevamente se rió de él. Entonces,
Macumazahn, la gente de Bangu se echó hacia atrás murmurando, porque
encontraban horrible la escena. Sí, incluso aquellos que me sostenían los
brazos los soltaron.
"—¿Qué sucederá, Brujo, si perdono al
muchacho? —preguntó Bangu.
"Zikali extendió su mano y tocó el arañazo que
me había hecho la azagaya en el pecho. En seguida mostró el dedo empapado con
mi sangre y lo miró a la luz de la luna y luego lo probó con la lengua.
"—Creo que te va a pasar esto, Bangu —dijo—.
Si perdonas al niño, se convertirá en un hombre que te dará muerte un día
junto con otros muchos. Pero si no lo perdonas creo que su espíritu, obrando
como pueden hacerlo los espíritus, te dará muerte mañana. Por tanto la cuestión
es: ¿quieres vivir un tiempo o quieres morir inmediatamente, llevándome contigo
de compañero? Porque no debes dejarme atrás, hermano Bangu.
"Bangu, al oírlo se dio vuelta y se alejó,
pasando por encima del cadáver de mi madre, y toda su gente se alejó detrás de
él, así que al poco rato quedamos solos Zikali el Sabio y Pequeño y yo.
"—¡Cómo! ¿Se han ido? —dijo Zicali, levantando
la vista del suelo —. Entonces es mejor que nos vayamos también, hijo de
Matiwane, no sea que cambie de idea y vuelva. Vive, hijo de Matiwane, para que
puedas vengar a tu padre".
—Un relato interesante —dije—. ¿Qué sucedió
después?
—Zikali me llevó con él y me crió en su kraal del
Kloof Negro, donde vivía solo con sus sirvientes, porque no podía
tolerar que mujer alguna pusiera el pie en ese kraal, Macumazahn. Me enseñó
muchas cosas, entre ellas muchas secretas, y hubiese hecho de mí un gran
doctor si yo lo hubiese querido. Pero no lo quise porque no me gusta la
compañía de los espíritus y hay muchos de ellos en el Kloof Negro. Así que al
final me dijo: "Ve a donde te llama tu corazón y sé un guerrero, Saduko.
Pero sabe esto: has abierto una puerta que nunca podrá volver a cerrarse, y a
través del umbral de esa puerta entrarán y saldrán espíritus toda tu vida, los
busques o no los
busques".
"—Has sido tú quien ha abierto la puerta,
Zikali — contesté irritado.
"—Tal vez — dijo Zikali, riendo a su manera —,
porque abro cuando debo y cierro cuando debo hacerlo. Es más, en mi juventud,
antes de que los zulúes fueran un pueblo, me llamaron El Que Abre las Puertas;
y ahora, mirando por una de esas puertas, veo algo que te concierne, oh hijo de
Matiwane.
"—¿Qué ves, padre mío? — le pregunté. "
—Veo dos caminos: el Camino de la Medicina, que es
el camino de los espíritus, y el Camino de las Azagayas, que es el camino de la
sangre. Te veo recorriendo el Camino de la Medicina, que es mi propio camino,
Saduko, y volviéndote sabio y grande, hasta que al final, lejos, muy lejos,
desapareces por el precipicio a que conduce, cargado de años y de honores y
riquezas, temido y al mismo tiempo amado por todos los hombres, blancos y
negros. Sólo que deberás recorrer solo ese camino, ya que
tal sabiduría no puede tener amigos y, sobre todo, ninguna mujer con quien compartir
sus secretos. Luego miro el Camino de las Azagayas y te veo, Saduko,
recorriendo ese camino, y tus pies están tintos en sangre, y las mujeres
enroscan sus brazos en tu cuello, y uno por uno tus enemigos van cayendo
delante tuyo. Amas mucho y pecas mucho por amor, y aquella por la que tú pecas
viene y se va y vuelve nuevamente. Y el camino es corto, Saduko, y
cerca de su fin hay muchos espíritus; y aunque cierres los ojos los ves, y
aunque te tapes los oídos con barro los oyes, porque son los espíritus de los
que has matado. Pero no veo el final de tu jornada. Ahora elige el camino que
prefieres, hijo de Matiwane, y elige pronto, porque no quiero hablar más de
este asunto". "Entonces, Macumazahn, pensé un rato en el camino seguro
y solitario de la sabiduría, y también en el camino rojo en sangre de las
azagayas, en el que encontraría el amor y la guerra, y sentí hervir dentro de
mí mi juventud... y elegí el camino de las azagayas, del amor, del pecado y de
la muerte desconocida".
—Una elección muy poco acertada, Saduko, suponiendo
que haya algo de verdad en ese cuento de los caminos.
—No, muy prudente, Macumazahn, porque después he
visto a Mameena y sé por qué elegí ese camino.
—¡Ah! —dije.— Mameena... La había olvidado. Bueno,
después de todo, tal vez haya algo de cierto en tu cuento. Cuando yo haya
visto a Mameena, te diré lo que pienso.
—Cuando hayas visto a Mameena, Macumazahn, dirás
que mi elección fue sumamente acertada. Pues bien, Zikali, El que Abre las
Puertas, se rió a carcajadas al oírla. "El buey busca los pastos
abundantes, pero el toro joven las laderas de las montañas donde pastan las
terneras — dijo —, y después de todo, un toro es mejor que un buey. Ahora
empieza a recorrer tu camino, hijo de Matiwane, y de vez en cuando vuelve al
Kloof Negro y cuéntame cómo marchan tus cosas. Te prometo no morir hasta que
conozca el fin de todo".
"Pues bien, Macumazahn, te he contado cosas
que hasta ahora han vivido solamente en mi corazón. Y, Macumazahn, Bangu está
en desgracia con Panda, a quien desafía en su montaña, y tengo una promesa — no
importa cómo — de que aquel que lo mate no será llamado a rendir cuentas y
podrá quedarse con su ganado. ¿Quieres venir conmigo y compartir ese ganado, oh
El que Vigila de Noche?"
—Vade retro, Satanás — dije, agregando
en zulú —: No lo se. Si lo que me has contado es cierto no debe de haber nada
que me impida ayudarte a matar a Bangu; pero debo enterarme primero de muchas
más cosas relativas a este asunto. Entretanto, mañana marcho en una expedición
de caza con Umbezi el gordo, y me gustas, oh, Elector del Camino de las
Azagayas y la Sangre. ¿Quieres acompañarme y ganarte el fusil con dos meses de
paga?
—Inkoosi — dijo, alzando la mano en
saludo al mismo tiempo que le chispeaban los ojos —, eres generoso y me honras.
Sin embargo, primero debo consultar a Zikali el Pequeño, Zikali, mi padre
adoptivo.
—¡Ah!, ¿así que sigues aún atado a los faldones del
brujo?
—No, Macumazahn, pero no hace mucho le prometí que
no emprendería empresa alguna, salvo esa que conoces, sin haber hablado antes
con él.
—¿A qué distancia de aquí vive Zikali? — pregunté.
—A un día de viaje. Saliendo al amanecer puedo
estar allí para la puesta del sol.
— ¡Espléndido! Entonces aplazaré la cacería tres
días e iré contigo si crees que ese enano viejo me recibirá.
—Creo que sí, Macumazahn, por la sencilla razón de
que me dijo que yo te conocería y te querría, y que tú estarías mezclado en mi
suerte.
—Entonces puso aguardiente en tu calabaza en lugar
de cerveza — contesté —. ¿Quieres tenerme aquí hasta medianoche escuchando
esas tonterías cuando debemos partir al amanecer? Marcha ahora y déjame dormir.
—Me voy — contestó con una ligera sonrisa —. Pero
si es así, oh Macumazahn, ¿por qué quieres también beber del aguardiente de
Zikali? — y se fue.
No dormí muy bien esa noche, porque
mi imaginación estaba ocupada por Saduko y su extraña y terrible
historia.
Además, por razones personales, deseaba conocer a ese
Zikali, del que había oído hablar mucho en años pasados. Quería además
averiguar si era un charlatán común, como muchos de esos hechiceros, ese enano
que anunciaba que mi suerte estaba ligada a la de su hijo adoptivo,
y quien por lo menos podría decirme algo verdadero o falso de
la historia y posición de Bangu, una persona que había provocado en mí una
fuerte antipatía, muy posiblemente injustificada. Pero sobre todo deseaba ver a
Mameena, cuya belleza o talento producían una impresión tan profunda
en el espíritu indígena. Era posible que si iba a ver a Zikali ella estaría
de vuelta en el kraal de su padre antes de que
iniciásemos nuestra excursión.
Así fue, pues, cómo el Destino me envolvió en la
madeja de ciertos acontecimientos extraños; terribles, trágicos y completos
como los de un drama griego, como lo ha hecho frecuentemente antes y después de
esos días.
Capítulo 2
Las Predicciones de Zikali
Al día siguiente desperté, como debe hacerlo
siempre todo buen cazador, justo a esa hora en que al mirar desde la carreta no
se ve nada más que un pequeño resplandor gris que sabe es el reflejo en los
cuernos de los bueyes atados al vehículo. Pero un momento después vi otro
reflejo que advertí procedía de la azagaya de Saduko, que estaba sentado junto
a los restos del fuego envuelto en su kaross de piel de gato montés.
Descendiendo del voorkisse o asiento del conductor, me deslicé
sin hacer ruido hasta llegar a su lado y le toqué en el hombro. Se incorporó de
un salto, y luego, al reconocerme en la oscuridad grisácea, dijo:
—Te has levantado temprano, Macumazahn.
—Naturalmente — respondí —; ¿no me llaman El que Vigila
de Noche? Vamos ahora a ver a Umbezi para decirle que estaré listo para empezar
nuestra excursión de caza dentro de tres días.
Así lo hicimos para hallar que Umbezi estaba
dormido en una choza con su última mujer. Pero por fortuna, pues en esas
circunstancias no quería molestarlo, fuera de la choza nos encontramos con la
"Vieja Vaca", cuya oreja herida la había mantenido bien despierta, la
que, por razones personales, aunque la etiqueta no le permitía entrar en la
choza, estaba esperando que su marido saliera de ella.
Después de examinar su herida y de ponerle un poco
de ungüento en ella, le encargué transmitiera mi mensaje. En seguida desperté a
mi sirviente Scowl, y le dije que iba a hacer un viaje corto, encargándole que
cuidase mis cosas hasta mi regreso; y mientras lo hacía tomé un trago de ron y
preparé una bolsa con carne curada al sol y galletas. Luego, llevando conmigo
un fusil de un solo caño, el mismo rifle Purdey de pequeño calibre con el que
había matado a los buitres en la Colina de la Muerte en el kraal de Dingaan,
iniciamos nuestra jornada a pie, porque no quería arriesgar mi único caballo en
ese viaje.
En verdad resultó un viaje penoso, sobre una serie
de montañas cubiertas de maleza y cuyas cimas estaban salpicadas de rocas,
entre las cuales no podría haber pasado ningún caballo. Continuamos a través
de esas alturas y de los valles que las separaban, siguiendo un sendero que no
pude distinguir, durante todo ese día interminable. Siempre he sido tenido por
un buen caminante, ya que soy de naturaleza liviana y muy activa; pero debo
declarar que mi compañero llevó mi resistencia al límite, porque marchó hora
tras hora marcando el paso delante mío en forma tal que a veces me vi obligado
a correr para seguirlo. Aunque mi orgullo no permitía quejarme,
pues por principio nunca podía admitir a un cafre que me superara en cosa
alguna, debo reconocer que sentí un gran alivio cuando a la caída de la tarde
Saduko se sentó en una roca en la cima de una colina y dijo:
—Contempla el Kloof Negro, Macumazahn — que fueron
las primeras palabras que pronunciara desde que salimos.
Ciertamente el nombre era apropiado, porque
allí, cortado por las aguas en el corazón de una montaña en una época
prehistórica, se hallaba uno de los lugares más sombríos que jamás hubiese
contemplado. Era una vasta cortada en la que se apilaban en forma fantástica
rocas de granito, una sobre otra formando enormes columnas, y en sus lados crecían
árboles oscuros dispersos entre las rocas. Estaba orientada hacia el oeste,
pero la luz del sol poniente que la bañaba sólo servía para acentuar su
carácter solitario, porque era una cortada de grandes dimensiones, con más de
un kilómetro de anchura en la entrada.
Marchamos por esta garganta lúgubre, seguidos por
los chillidos de los monos que parecían burlarse de nosotros, a lo largo de un
sendero de menos de un pie de ancho, que nos llevó finalmente hasta una choza
de gran tamaño y otras menores situadas dentro de una valla de juncos y
construidas debajo de una gigantesca
masa rocosa saliente, que parecía querer desplomarse en cualquier
momento. Al llegar a la puerta de la valla, salieron de repente dos indígenas
de no sé qué tribu, de aspecto feroz y repulsivo, que dirigieron sus azagayas
contra mi pecho.
—¿A quién traes aquí, Saduko? — preguntó uno de
ellos.
—A un hombre blanco por el que respondo — contestó
—. Di a Zikali que esperamos nos reciba.
—¿Qué necesidad hay de decir a Zikali lo que ya
sabe? —dijo el centinela —. Tu comida y la de tu compañero está ya
preparada en aquella choza. Entra, Saduko, con
aquel por el que respondes.
Fuimos a la choza y comimos. Yo me lavé, porque era
una choza maravillosamente limpia, y los taburetes, escudillas de madera,
etc., estaban hechos de madera de marfil roja, habiendo sido tallados, según me
informó Saduko, por el propio Zikali. Justo cuando estábamos terminando de
comer llegó un mensajero para decirnos que Zikali nos esperaba. Lo seguimos a
través de un espacio abierto hasta una especie de puerta en la alta valla de
juncos, y al pasarla puse los ojos por primera vez en el famoso viejo hechicero
del que se contaban tantas cosas.
Ciertamente presentaba un aspecto curioso en el
ambiente extraño que lo rodeaba, porque era muy extraño, y creo que su
extremada sencillez aumentaba la impresión que producía.
Frente a nosotros había una especie de patio de piso oscuro hecho de tierra de
hormiguero y excremento de vaca bien apisonado, dos terceras partes del cual
estaban prácticamente cubiertas por la enorme masa saliente de roca de que ya
he hablado, cuyo arco se alzaba a no menos de veinticuatro metros del suelo. En
esa gran cavidad se derramaba la luz violeta del sol poniente, que la teñía,
junto con todo lo que estaba adentro, incluso la gran choza de paja al fondo,
de color sangre. Al observar el efecto maravilloso de la puesta del sol en ese
lugar sombrío y amenazador, se me ocurrió al instante que el viejo hechicero
debió haber elegido ese momento para recibirnos calculando la impresión que nos
produciría.
Pero en seguida olvidé esos accesorios escénicos al
fijarme en el hombre. Estaba sentado en un taburete frente a la choza, sin
ningún acompañante y vestido solamente con una capa de piel de leopardo abierta
por delante, porque no llevaba los horribles ornamentos
de los hechiceros, tales como pieles de serpiente, huesos
humanos, vejigas llenas de horribles composiciones y
otras cosas por el estilo. ¡Qué aspecto
tenía ese hombre, si es que podía ser considerado como humano! Aunque
grueso, su estatura era la de un niño; tenía una cabeza enorme, y de
ella le caían hasta los hombros trenzas de blancos cabellos. Su ojos eran
profundos y hundidos en sus cuencas, su rostro ancho y severo. Pero
exceptuando su cabello blanco como la nieve, no parecía viejo porque tenía la
carne firme y llena, y la piel en sus mejillas y cuello no estaba arrugada, lo
que me parecía dar a entender que la historia de su gran edad era falsa. Un
hombre que tuviese más de cien años, por ejemplo, no podía tener una dentadura
tan hermosa, porque aun a esa distancia podía advertir su brillo. Por otra
parte, era evidente que había pasado con mucho la madurez; en
realidad, por su aspecto era imposible calcular su edad. Allí estaba sentado,
bañado por la luz roja del sol, inmóvil, mirando con fijeza y sin pestañear al
globo encendido del sol poniente, como se dice hacen las águilas.
Saduko avanzó y le seguí. Mi estatura no es mucha,
y nunca me he considerado una persona de aspecto imponente, pero no creo
haberme sentido nunca tan insignificante como en esa ocasión. El alto y
espléndido indígena detrás del cual marchaba, la sombría magnificencia del
lugar, la luz rojo-sangre que lo bañaba, y la pequeña figura solemne y
solitaria con la sabiduría impresa en el rostro que se hallaba ante mí, todo
eso inducía a la humildad a un hombre que nunca fue dominado por la vanidad.
Me sentía cada vez más pequeño, tanto en sentido moral como físico: deseaba qué
mi curiosidad no me hubiese impulsado a conocer a aquel ser extraño.
Pero era demasiado tarde para retirarse; es más,
Saduko estaba junto al enano y levantaba su mano derecha por encima de la
cabeza haciéndole el saludo de ¡Makosi! (1), en
vista de lo cual, advirtiendo que se esperaba algo de mí, quitéme mi viejo
sombrero de paño y me incliné; luego, recordando mi orgullo de blanco, me lo
volví a poner.
El hechicero pareció de pronto advertir nuestra
presencia, porque, interrumpiendo su contemplación del sol poniente, nos miró
con sus ojos pensativos, que me recordaron algo los de un camaleón, aunque no
fuesen tan prominentes, sino por el contrario, como he dicho,
hundidos.
—¡Salud, Saduko, hijo! — dijo con voz profunda y
resonante —. ¿Por qué has vuelto tan pronto, y por qué traes contigo a esta
pulga de hombre blanco?
Esto era más de lo que estaba dispuesto a tolerar,
así que sin esperar la respuesta de mi compañero, inquirí:
—Me das un nombre muy pobre, Zikali. ¿Qué pensarías
de mí si te llamase escarabajo de brujo?
—Te creería inteligente — respondió después de un
momento de reflexión —, porque después de todo debo de parecerme algo a un
escarabajo de cabeza blanca., ¿Pero por qué te molesta ser comparado a una
pulga? La pulga trabaja de noche, y tú también; la pulga es activa, y tú también;
la pulga es muy difícil de atrapar y matar, y tú también; y finalmente, la
pulga bebe hasta llenarse de lo que quiere, la sangre del hombre y de los
animales, y tú también lo has hecho, lo haces y lo harás, Macumazahn — y prorrumpió
en una gran carcajada que reverberó y fue repetida por el eco en el techo
rocoso. En una ocasión, muchos años antes, había oído esa risa cuando estaba
prisionero en el kraal de Dingaan, después de la matanza de Retief y de sus
acompañantes, y la reconocí de nuevo.
Mientras buscaba en vano una respuesta en el mismo
tono, aunque después se me ocurrieron muchas, interrumpiendo de repente su
poco apropiado júbilo, continuó:
—No perdamos el tiempo en chistes, porque es una
cosa preciosa, y nos queda muy poco a todos nosotros. ¿Qué asunto te trae, hijo
Saduko?
(1) Makosi, el plural de Inkoosi, es el
saludo dado a los brujos zulúes, porque no son uno sino muchos, pues
en ellos viven innumerables espíritus
—Baba (padre en zulú) —dijo Saduko—, este inkoosi blanco,
porque como sabes de sobra es un jefe por naturaleza, un hombre de gran
corazón e indudablemente de cuna elevada, me ha ofrecido
llevarme en una expedición de caza
y darme un buen fusil de dos bocas en pago de mis servicios. Pero le dije que
no podía entrar en ninguna empresa sin tu autorización y he venido a ver si
quieres otorgarla, padre mío.
—Ah, sí — contestó el enano, moviendo su gran
cabeza —. ¿Este hombre blanco inteligente se ha tomado el trabajo de hacer una
larga caminata al sol para llegar aquí a preguntarme si puede tener el
privilegio de regalarte un arma de gran valor a cambio de un servicio que
cualquier hombre en Zululandia estaría deseando hacer por nada en tal
compañía? Saduko, hijo, porque las cuencas de mis ojos sean hondas, ¿crees que
te corresponde tratar de llenarlas de tierra? No, el hombre blanco ha venido
porque desea ver a aquel que es llamado el Iniciador de Caminos, del que oyó
hablar mucho cuando sólo era un muchacho, para juzgar si en realidad es sabio
o si sólo es un vulgar charlatán. Y tú has venido para saber si tu amistad con
él será o no afortunada; si te ayudará o no en cierta empresa.
—Cierto, oh Zikali —dije—. Esto es, en lo que a mí
se refiere. — Pero Saduko no contestó nada.
—Pues bien — continuó el enano —, ya que estoy de
humor, trataré de contestar a ambas preguntas, porque sería un pobre Nyanga (hechicero)
si no lo hiciera después de que habéis hecho un viaje tan largo para
preguntarlas. Además, oh Macumazahn, alégrate porque no quiero pago alguno,
pues habiendo hecho una fortuna suficiente para mis necesidades hace mucho
tiempo, antes de que naciera tu padre del otro lado del Agua Negra, Macumazahn,
no trabajo más buscando una recompensa — como no sea de la mano de alguien de
la Casa de Senzangakona —, y por tanto, como puedes suponer, trabajo muy rara
vez.
En seguida dio una palmada y apareció de detrás de
la choza un sirviente, uno de esos hombres de aspecto feroz que nos habían
detenido en la puerta. Saludó al enano y quedó ante él en silencio con la
cabeza inclinada.
—Haz dos fuegos — dijo Zikali —, y dame mi
medicina.
El hombre trajo leña que colocó en dos
pequeñas pilas delante de Zikali. Encendió esas pilas con un tizón que trajo de
detrás de la choza y luego entregó a su amo una bolsa de piel de gato.
—Retírate —dijo Zikali—, y no vuelvas hasta que te
llame, porque voy a profetizar. Pero si pareciera que he muerto, entiérrame
mañana en el lugar que sabes y da a este hombre blanco un salvoconducto de mi
kraal.
El hombre saludó de nuevo y se retiró sin
pronunciar palabra. Una vez que se marchó, el enano sacó de la bolsa un manojo
de raíces retorcidas y también algunos guijarros, de los que escogió dos: uno
blanco y otro negro.
—Dentro de esta piedra — dijo, alzando el guijarro
blanco de forma que la luz del fuego se reflejó en él, pues fuera del
resplandor rojizo que aún quedaba estaba oscureciendo —, voy a hacer entrar tu
espíritu, oh Macumazahn; y dentro de ésta —y alzó la negra—, el tuyo, oh Hijo
de Matiwane. ¿Por qué tienes aire de
asustado, oh valiente Hombre Blanco, que sigues diciendo en tu
corazón "No es más que un charlatán cafre viejo y feo"? Si soy un
charlatán, ¿por qué pareces estar asustado? ¿Está tu espíritu en tu garganta y
te ahoga, como lo haría esta piedrecita si trataras de tragarla? —prorrumpió
en una de sus horribles carcajadas.
Traté de protestar que no sentía temor, pero
no pude porque realmente supongo que mis nervios respondieron a su sugerencia,
y sentí exactamente lo mismo que si la piedra estuviese en mi garganta, pero
queriendo salir y no entrar. Neurosis, pensé para mis adentros,
"consecuencia de estar demasiado cansado", y como no podía hablar
permanecí inmóvil como si tratara sus alusiones con desdeñoso silencio.
—Ahora — continuó el enano —, tal vez parezca que
muero; y si es así, no me toquéis, no sea que realmente muráis ambos. Esperad
hasta que me despierte de nuevo y os diga lo que vuestros espíritus me han
contado. O si no me despierto, porque tiene que llegar un momento en que
continuaré durmiendo..., bueno..., durante tanto tiempo como he vivido...,
entonces una vez que los fuegos se hayan apagado por completo, no antes,
ponedme las manos en el pecho y si me encontráis frío, id a otro Nyanga tan
pronto como os lo permitan los espíritus de este lugar, vosotros que queréis
asomaros al futuro.
Mientras hablaba echó un puñado de las raíces que
he mencionado en cada uno de los fuegos, de los que inmediatamente se alzaron
grandes llamaradas, de aspecto infernal, seguidas por columnas de un humo
blanco y denso que emitía un olor fuerte y penetrante. Pareció que me penetraba
entero, y esa maldita piedra en mi garganta pareció adquirir el tamaño de una
manzana dándome la impresión de que alguien la empujara hacia arriba con un
palo.
En seguida arrojó la piedra blanca al fuego de la
derecha, el que estaba frente a mí, diciendo:
—Entra, Macumazahn, y mira —y echó la piedra negra
en el fuego de la izquierda, diciendo: "Entra, Hijo de Matiwane, y mira.
Luego volved los dos e informadme a mí".
Lo cierto es que al decir esas palabras experimenté
la misma sensación que si una piedra hubiese salido de mi garganta; con tanta
facilidad nos engañan nuestros nervios que hasta me pareció que me raspaba los
dientes al abrir la boca para dejarla pasar. De cualquier manera la sensación
de ahogo había desaparecido; sólo que ahora me sentía como si estuviese vacío y
flotando en el aire, como si no fuese yo, en una palabra, sino una simple
envoltura, todo lo cual indudablemente era causado por el olor pestilente de
esas hierbas. A pesar de ello podía mirar y observar, porque vi claramente a
Zikali acercar su cabeza primero al humo del que llamaré mi fuego, luego en el
fuego de Saduko, y luego echarse hacia atrás exhalando nubes de humo por la
boca y las narices. Después lo vi tumbarse de costado y quedar inmóvil con los
brazos extendidos; es más, observé que uno de sus dedos parecía estar dentro
del fuego de la izquierda y pensé que se quemaría. Pero en esto debo de haberme
equivocado, porque observé luego que ni siquiera tenía una chamuscadura.
Así quedó Zikali durante mucho tiempo hasta que
empecé a pensar si no estaría realmente muerto. Parecía estarlo porque ningún
cadáver podía haber permanecido más inmóvil. Pero esa noche no podía
concentrar mis pensamientos en Zikali o en otra cosa alguna. Simplemente
observé esas circunstancias en forma mecánica, como podría haberlo hecho
alguien a quien no le interesaran. Y no me interesaban en absoluto, porque no
parecía haber en mí nada que pudiera interesarse, porque según pude
colegir por lo que me dijo Zikali, yo no estaba allí, sino en un lugar más
caliente que espero nunca ocupar, es decir, en la piedra dentro del fuego de la
derecha.
De esa manera, como en un sueño, continuaron
desarrollándose las cosas. El sol se había puesto por completo y no quedaba ni
siquiera un resplandor. La única luz era la de los fuegos, que apenas bastaba
para iluminar la figura de Zikali acostado, que parecía una cría de hipopótamo
muerta. Lo que me quedaba de mi conciencia estaba harto de todo el asunto;
estaba cansado de sentirme tan vacío.
Por fin el enano se movió. Sentóse, bostezó,
estornudó, desperezóse y empezó a buscar entre los rescoldos del fuego con su
mano desnuda. No tardó en encontrar la piedra blanca, que estaba ahora al rojo
vivo —por lo menos brillaba como si lo estuviese— y después de examinarla por
un momento se la echó a la boca. Luego buscó en el otro fuego la piedra negra,
que trató de la misma manera. Lo que recuerdo después es que los fuegos, que
estaban casi completamente apagados, ardían vivamente de nuevo, supongo que
por haberles echado alguien leña, y que Zikali hablaba.
—Venid, oh Macumazahn y oh Hijo de Matiwane —dijo—,
y os repetiré lo que vuestros espíritus me han confiado.
Nos acercamos a la luz de los fuegos, que por una u
otra razón era intensa. En seguida escupió la piedra blanca en su
mano, y vi que ahora estaba cubierta de líneas y manchas como un huevo de
pájaro.
—¿No puedes leer los signos? —dijo acercándomela; y
cuando sacudí negativamente la cabeza continuó —: Pues bien, yo puedo hacerlo,
lo mismo que vosotros los blancos leéis un libro. Toda tu historia está escrita
aquí, Macumazahn. También todo tu futuro, un futuro muy extraño —y examinó la
piedra interesado —. Sí, sí, una vida maravillosa y una muerte digna lejos de
aquí. Pero no me has preguntado sobre esas cuestiones, y por tanto no puedo
decírtelas aunque quisiera, ni las creerías aunque te las dijera. Me has
preguntado sobre tu expedición de caza, y mi contestación es que si buscas tu
comodidad harás bien en no hacerla. Un charco en el lecho seco de un río; un
búfalo con un cuerno astillado. Tú y el búfalo en el charco. Saduko también en
el charco, y un pequeño mestizo con un fusil saltando de un lado para otro en
la ribera. Luego una camilla hecha de ramas, y tú en ella, y el padre de
Mameena caminando con dificultad a tu lado. Luego una choza y tú dentro y la
doncella llamada Mameena a tu lado.
"Macumazahn, tu espíritu ha escrito en esta
piedra que debes de cuidarte de Mameena, ya que es más peligrosa que cualquier
búfalo. Si eres prudente no irás de caza con Umbezi, aunque es cierto que esa
cacería no te costará la vida. Bueno, ¡fuera piedra, y lleva contigo tus
escritos!", y al tiempo que hablaba extendió el brazo y sentí que pasaba
algo silbando junto a mi cara. En seguida escupió la piedra negra y la examinó
de la misma manera.
—Tu expedición tendrá éxito, hijo de Matiwane —
dijo —. Junto con Macumazahn ganarás mucho ganado a costa de numerosas vidas.
Pero en lo que se refiere al resto..., bueno, tú no me lo preguntaste, ¿no es
cierto? Además te he hablado algo de esa historia antes de hoy. ¡Fuera, piedra!
— y la piedra negra siguió a la blanca en la oscuridad.
Seguimos sentados sin movernos hasta que el enano
rompió el silencio con una de sus grandes carcajadas.
—Mi brujería ha terminado —dijo—. Una cosa pobre,
¿no es cierto? Bueno, buscad esas piedras mañana y leed el resto si podéis.
¿Por qué no me pediste que te contase todo ya que estaba en ello, Hombre
Blanco? Te hubiera interesado más, pero ahora todo se ha ido de mí a tu
espíritu con las piedras. Saduko, vete a dormir. Macumazahn, tú que eres uno
que Vigila de Noche, ven a sentarte conmigo a mi choza un rato, y hablaremos de
otras cosas. Todo este asunto de las piedras no es más que una prueba zulú, ¿no
es así, Macumazahn?
Y diciendo así me llevó dentro de la choza, que era
muy buena, estando bien iluminada por un fuego encendido en su centro, y me dio
a beber cerveza cafre, que acepté agradecido, porque tenía la garganta seca y
me dolía aún como si me la hubiesen raspado.
—¿Quién eres tú, Padre? —le pregunté a quemarropa
una vez que me hube sentado en un taburete, con la espalda apoyada en la pared
de la choza, y encendí mi pipa.
Alzó la cabeza de la pila de karosses en que estaba
descansando y me miró a través del fuego.
—Mi nombre es Zikali, que significa
"Armas", Hombre Blanco. Pero eso ya lo sabes, ¿no es así? — contestó
—Mi padre "fue abajo" hace tanto tiempo que eso no importa. Soy un
enano, muy feo, con alguna instrucción, como la entendemos nosotros los de la
Casa Negra, y muy viejo. ¿Hay algo más que quieres saber?
—Sí, Zikali, ¿cuántos años tienes?
—Vamos, vamos, Macumazahn, como sabes, nosotros los
pobres cafres no podemos contar muy bien. ¿Qué edad tengo? Pues bien, cuando
era joven bajé hacia la costa desde el Gran Río, creo que vosotros lo llamáis
el Zambesi, con los undwandwe, que entonces vivían en el norte. Lo
han olvidado ahora, porque eso pasó hace algún tiempo, y si pudiera hacerlo
escribiría la historia de esa marcha porque libramos algunas grandes batallas
con la gente que solían vivir en este país. Después fui amigo del Padre de los
Zulúes, aquel que aún llaman Inkoosi Umkulu (el jefe poderoso);
habrás oído hablar de él. Yo tallé ese taburete en que estás sentado para él y
me lo dejó de nuevo al morir.
—¡Inkoosi Umkulu! —exclamé—. ¿Cómo,
si dicen que vivió hace cientos de años?
—¿Dicen eso, Macumazahn? Si es así, ¿no te he dicho
que nosotros los negros no podemos contar tan bien como vosotros? Realmente
fue
sólo hace unos días. De cualquier
manera, después de su muerte los zulúes nos empezaron a maltratar a los
Undwandwe y con nosotros a los Quabies y los Tetwas; tal vez recuerdes que nos
llamaban los Amatefula, burlándose de nosotros. Así que me peleé con los zulúes
y especialmente con Chaka, aquel a quien llamaban Uhlanya (el
Loco). Sabes, Macumazahn, le gustaba reírse de mí porque no soy igual a los
otros hombres. Me puso un apodo que
significa "La-cosa-que-nunca-debió-de-haber-nacido". Y sin
embargo a veces recurría a mi sabiduría, y yo me cobré con creces sus nombres,
porque le di muy malos consejos y él los siguió, y lo llevé a su muerte aunque
nadie viera mi mano en ese asunto. Pero cuando murió a manos de sus hermanos
Dingaan y Umhlangana y de Umbopa, Umbopa que también tenía que
ajustar una cuenta con él, y su cadáver fue arrojado del kraal como el de un
malhechor, mientras que yo, que como era un enano no fui enviado con los
hombres contra Sotshangana, fui y me senté sobre él toda la noche y
me reí así —y prorrumpió en una de sus horribles carcajadas.
"Me reí tres veces: una por mis mujeres que
había tomado; una por mis hijos que había asesinado; y una por el apodo burlón
que me había puesto. Luego me convertí en el consejero de Dingaan, a quien
odiaba más de lo que había odiado a Chaka, porque era otro Chaka sin su
grandeza, y tú conoces el fin de Dingaan, porque participaste en aquella
guerra, y el de Umhlangana, su hermano y compañero de asesinato, a quien
aconsejé a Dingaan que diese muerte. Eso lo hice por medio de los labios de la
vieja princesa Menkabayi, la hija de Jama y hermana de Senzangakona, el oráculo
ante quien todos los hombres se inclinaban, haciéndola decir que "Esta
tierra de los zulúes no puede ser gobernada por una azagaya roja". Porque,
Macumazahn, fue Umhlangana el que primero hirió a Chaka con la azagaya. Ahora
reina Panda, el último de los hijos de Senzangakona, mi enemigo; Panda el
tonto, y aparto mi mano de Panda porque trató de salvar la vida de uno de mis
hijos a quien mató Chaka. Pero Panda tiene hijos que son iguales a Chaka, y
trabajo contra ellos lo mismo que trabajé contra aquellos que se fueron antes
que éstos".
—¿Por qué? — pregunté.
—¿Por qué? ¡Oh!, si fuese a contarte toda mi
historia comprenderías por qué, Macumazahn. Bueno, tal vez lo haga algún día.
—Es posible — contesté —. Chaka y Dingaan y Umhlangana
y los otros no fueron gente muy agradable. Pero otra pregunta. ¿Por qué me
cuentas todo esto, oh Zikali, teniendo en cuenta que si lo repitiese a algún
pájaro que hable te buscarían y no moriría una luna antes de que lo hicieras
tú?
—¡Oh! ¿Sería buscado y muerto antes de que muriese
una sola luna? Me extraña entonces que esto no haya sucedido durante todas las
lunas que han pasado. Pues bien, te lo cuento a ti, Macumazahn, que has tenido
tanto que ver con la historia de los zulúes desde los días de Dingaan, porque
deseo que alguien lo sepa y tal vez lo escriba una vez que yo haya partido a
reunirme con mis seres queridos; pero acabo de leer en tu espíritu y he visto
que sigue siendo un espíritu blanco y que no lo repetirás a un "pájaro
que hable".
—¿Cuál es el fin que te propones, oh Zikali? —le
pregunté—. Tú no eres de los que golpean al aire con un palo; ¿sobre quién
quieres que caiga finalmente el palo?
—¿Sobre quiénes? —replicó una voz cambiada, una voz
baja y sibilante—. Sobre estos orgullosos zulúes, esa pequeña familia de
hombres que se llaman el "Pueblo del Cielo", y tragan a otras tribus
lo mismo que la boa traga cabritos y pequeños antílopes, y cuando está ahíta
de ellos grita al mundo entero; "¡Mirad qué grande soy! ¡Todo está dentro
mío!" Soy un andwandwe, uno de esas gentes que los zulúes se dignan
llamar "Amatefula", pobres parias que hablan
con acento extraño, simples puercos de la selva. Por eso me gustaría ver a los
puercos alcanzar con sus colmillos a los cazadores. O, si eso no puede ser, me
gustaría ver al cazador negro aplastado por el rinoceronte, el rinoceronte
blanco de tu raza, Macumazahn, sí, aunque al mismo tiempo pisotee al jabalí
andwandwe. Ahí está, te lo he dicho, y éste es el motivo de que viva tanto
tiempo, porque no moriré hasta que hayan sucedido estas cosas como ciertamente
sucederán. ¿Qué dijo Chaka, el hijo de Senzangakona, cuando la pequeña azagaya
roja, la azagaya con la que mató a su madre y a otros, algunos de los cuales
estaban muy cerca de mí, se clavó en su hígado? ¿Qué dijo a Mbopa y a los
príncipes? ¿No les dijo que oía los pasos de un gran pueblo blanco
corriendo, un pueblo que aplastaría a los zulúes?
Pues bien, yo, "La-cosa-que-nunca-debió-de-haber-nacido",
viviré hasta que llegue ese día, y cuando llegue creo que tú y yo, Macumazahn,
no estaremos muy lejos uno del otro, y éste es el motivo por el cual te he
abierto mi corazón, yo que conozco el porvenir. Bueno, no hablaré más de estas
cosas que tienen que ocurrir, pues tal vez haya hablado ya demasiado de ellas.
Sin embargo, no olvides mis palabras. O si quieres, olvídalas, porque yo te las
haré recordar, Macumazahn, cuando los pies de tu pueblo hayan vengado a los
andwandwes y otros pueblos a los que los zulúes se complacen en tratar como
basura.
Y ese hombre extraño, que se había sentado en su
excitación, sacudió sus largos cabellos blancos que, siguiendo la moda de los
hechiceros, llevaba en largas trenzas finas hasta que le cubrieron como un
velo, ocultando su ancho rostro y sus ojos profundos. Luego volvió a hablar a
través de ese velo, diciendo:
—Estás pensando, Macumazahn, lo que tiene Saduko
que ver con todos esos acontecimientos que deben suceder. Te contesto que debe
desempeñar un papel en ellos; un papel no muy grande, pero siempre un papel, y
con este fin lo salvé, cuando era un niño, de Bangu, el hombre de
Dingaan, y lo eduqué para que fuese un guerrero, aunque, ya que no puedo
mentir, le advertí que sería mejor para él dejar las azagayas y seguir el
camino de la sabiduría. Pues bien, matará a Bangu, que ahora se ha enemistado
con Panda, y entrará una mujer en la historia, una Mameena, y esa
mujer originará la guerra entre los hijos de Panda, y de esa guerra surgirá la
ruina de los zulúes, pues el que la gane será un mal para ellos y
atraerá sobre ellos la ira de una raza más poderosa. Y así
"La-cosa-que-nunca-debió-de- haber-nacido" y los andwandwes y los
quabies y tetwas, a los que los zulúes han querido llamar
"Amatefula", serán vengados. Si, si, mi Espíritu me dice todas esas
cosas y ella son ciertas.
—¿Y qué será de Saduko, mi amigo y tu hijo
adoptivo?
—Saduko, tu amigo y mi hijo adoptivo, seguirá el
camino que le ha sido marcado, como lo haremos tú y yo. ¿Qué más
puede desear si es él que ha escogido? Seguirá su camino y desempeñará el
papel que el Grande de los Grandes le ha preparado. No trates de averiguar más.
¿Para qué has de hacerlo, si el Tiempo te contará la historia? Y ahora vete a
descansar, Macumazahn, como debo de hacerlo yo, que soy viejo y débil. Y cuando
quieras visitarme de nuevo, hablaremos más. Entretanto, recuerda siempre que
no soy nada más que un viejo charlatán cafre que pretende tener un
conocimiento que ningún hombre puede poseer. Recuérdalo especialmente,
Macumazahn, cuando encuentres un búfalo con un cuerno astillado en el charco
de un río seco, y luego cuando una mujer llamada Mameena te haga cierto
ofrecimiento que tal vez sientas tentación de aceptar. Que tengas buenas
noches, El que Vigila de Noche con el corazón blanco y el extraño destino, que
tengas buenas noches, y trata de no pensar demasiado mal del viejo charlatán cafre
que en estos momentos es llamado el "Iniciador de Caminos". Mi
sirviente espera afuera para llevarte a tu choza, y si quieres estar en el
kraal de Umbezi para mañana a la caída de la noche, harás bien en partir antes
del amanecer, pues, como habrás visto al venir, Saduko,
aunque pueda ser tonto, es muy buen caminante, y a ti no te agrada quedarte
atrás, Macumazahn, ¿no es verdad?
Me puse de pie para marcharme, pero al hacerlo
algún impulso pareció dominarlo y me
llamó:
—Macumazahn —dijo—, quisiera añadir una palabra.
Cuando sólo eras un muchacho viniste a este país con Retief, ¿no es así?
—Sí —contesté, porque este asunto de la matanza de
Retief es uno de los que rara vez me ha gustado hablar. Incluso mis amigos sir
Henry Curtís y el capitán Good saben muy poco del papel que desempeñé en esa
tragedia —. Pero, ¿qué sabes de ese asunto, Zikali?
—Creo que todo lo que puede saberse, Macumazahn,
pues yo estaba en el fondo de él, y que Dingaan mató a esos bóers siguiendo mi
consejo... de la misma manera que mató a Chaka y Umlhangana.
—¡Asesino!... — empecé, pero me interrumpió en el
acto.
—¿Por qué me lanzas calificativos como éste, Macumazahn,
de la misma manera que yo te lancé hace un momento la piedra de tu destino?
¿Por qué he de ser un asesino por haber causado la muerte de unos blancos que
dio la casualidad eran tus amigos, que habían venido aquí a robarnos nuestras
tierras a los negros?
—¿Fue por ese motivo por lo que causaste su muerte,
Zikali? —le pregunté, mirándole de frente, porque sentí que me estaba
mintiendo.
—No del todo, Macumazahn —contestó, dejando que sus
ojos, esos ojos extraños que podían mirar al sol sin pestañear, se desviaran
ante mi mirada—. ¿No te he dicho que odio la Casa de Senzangakona? ¿Y cuando
Retief y sus compañeros fueron muertos, su sangre no significó la guerra hasta
el fin entre los zulúes y los blancos? ¿No significó la muerte de Dingaan y de
millares de sus súbditos, cosa que no es más que el principio de las muertes?
¿Comprendes?
—Comprendo que eres un hombre malvado —contesté con
indignación.
—Por lo menos tú no deberías decir eso,
Macumazahn — replicó con tono de voz, en el que se advertía la verdad.
—¿Por qué no?
—Porque ese día te salvé la vida. Tú fuiste el
único de los blancos que se salvó, ¿no es verdad? Y nunca pudiste comprender
por qué, ¿no es así?
—No, nunca pude, Zikali. Lo atribuí a lo que tú
llamarías "espíritus".
— Pues bien, te lo diré. Esos espíritus tuyos
usaban mi kaross — y se rió —. Te vi con los bóers y vi también que pertenecías
a otro pueblo, al pueblo de los ingleses. Es posible que oyeras entonces que
estaba haciendo curaciones en el Gran Lugar, aunque trataba de mantenerme
apartado y no nos encontramos, o por lo menos tú nunca supiste que nos
encontramos, porque estabas... dormido. Además, me dio pena tu
juventud, porque aunque no lo creas, me quedaba algo de corazón en esos días.
Además, sabía que volveríamos a encontrarnos en años posteriores, como ves que
ha sucedido hoy y volverá a suceder con frecuencia hasta el fin. Así que dije a
Dingaan que muriese quien muriese, tú debías de ser
salvado, o en caso contrario haría que el
"pueblo
de Jorge" (los ingleses) acudiera a vengarte, y
que tu espíritu entraría dentro de él para hacer caer una maldición sobre su
cabeza. Me creyó, sin pensar que eran ya tantas las maldiciones reunidas sobre
su cabeza, que una mas o menos no importaba. Así que ves que fuiste salvado,
Macumazahn, y luego ayudaste a hacer caer una maldición sobre Dingaan sin
convertirte en un espíritu, y éste es el motivo por el cual Panda te tiene
tanta simpatía; Panda, el enemigo de Dingaan, su hermano. ¿Recuerdas a la mujer
que te ayudó? Pues bien, yo le ordené que lo hiciera. ¿Cómo te fue después,
Macumazahn, con la doncella bóer a través del Río Búfalo, aquella a quien
cortejabas en esos días?
—No importa cómo me fue —repliqué, porque las palabras
del viejo hechicero habían despertado recuerdos tristes y amargos en mi
corazón—. Ese tiempo murió, Zikali.
—¿Es cierto, Macumazahn? Pues, por la expresión de
tu rostro hubiese dicho que está muy vivo, pues las cosas ocurridas en nuestra
juventud suelen mantenerse siempre vivas. Pero sin duda estoy equivocado y todo
está tan muerto como Dingaan y Retief y los otros, tus compañeros. Por lo
menos, aunque no lo creas, te salvé la vida en aquel día rojo, claro está que
para mis propios fines y no porque importara una vida blanca entre tantas otras
en mi cuenta. Y ahora vete a descansar, Macumazahn, vete a descansar porque
aunque tu corazón haya sido despertado por recuerdos esta noche, te prometo que
dormirás bien —y apartando sus largos cabellos de sus ojos me miró con fijeza,
sacudiendo su gran cabeza de un lado para otro, y prorrumpió en otra de sus
fuertes carcajadas.
Y me fui. Pero, ¡ay!, al hacerlo, lloré. Cualquiera
que conociese esa historia comprendería por qué. Pero no es éste el lugar para
contarla, esa historia de mi primer amor y de los terribles acontecimientos que
debimos soportar en el tiempo de Dingaan.
Capítulo 3
El búfalo con el cuerno astillado
Dormí muy bien esa noche, supongo que por haber
estado tan cansado que no podría haber sido de otro modo; pero al día
siguiente, durante nuestro largo viaje de vuelta al kraal de Umbezi, medité
mucho. Había visto y oído cosas extrañas, del presente y del pasado; cosas que
no podía en forma alguna comprender. Además, estaban mezcladas con toda suerte
de cuestiones de alta política zulú, y arrojaban una nueva luz sobre
acontecimientos que me sucedieron, junto con otros, en mi juventud.
Ahora, a la luz clara del sol, era el momento de
analizar esas cosas, y eso fue lo que hice en la forma más lógica de que fui
capaz, aunque sin la menor ayuda de Saduko, quien, cuando le hice alguna
pregunta, se encogió de hombros.
Esas cuestiones, dijo, no le interesaban; yo había
querido ver la magia de Zikali, y Zikali había querido mostrarme un buen
ejemplo, en verdad de lo mejor. Además había conversado a solas conmigo
después, indudablemente de asuntos muy importantes — tan importantes que él,
Saduko, no había sido admitido a tomar parte en la conversación—. cosa que era
un honor que concedía a muy pocos. Podía sacar mis propias conclusiones a la
luz de la sabiduría del Hombre Blanco, que todos sabían era mucha.
Repliqué secamente que podía hacerlo, porque el
tono de Saduko me irritó. Desde luego, la verdad es que se sentía agraviado por
haber sido enviado a la cama como un chiquillo mientras su padre adoptivo, el
viejo enano, me hacía confidencias. Uno de los defectos de Saduko era que
siempre tuvo una gran opinión de sí mismo. Además, era por naturaleza celoso,
aun en cosas insignificantes, como verán los lectores de esta historia.
Marchamos durante varias horas en silencio, que fue
quebrantado al fin por mi compañero.
—¿Piensas aún hacer la expedición de caza con
Umbezi, Inkoosi —preguntó—, o tienes miedo?
—¿De qué he de tener miedo? — contesté con
sequedad.
—Del búfalo con el cuerno
astillado, del que te habló Zikali. ¿De qué otra cosa iba a ser?
Temo que empleé un lenguaje fuerte respecto al
búfalo con el cuerno astillado, animal en el que declaré no creía lo más
mínimo, con sus accesorios de lechos de ríos secos y charcos o sin ellos.
—Pero si toda esta charla de viejas te ha dado
miedo — añadí —, puedes quedarte en el kraal con Mameena.
—¿Por qué ha de darme miedo la charla, Macumazahn?
Zikali no dijo que ese espíritu maligno de búfalo me causaría daño a mí. Si
siento temor es por ti, teniendo en cuenta que si eres herido tal vez no puedas
ir conmigo a apoderarnos del ganado de Bangu.
—¡Ah! —repliqué con ironía—, eres algo egoísta,
amigo Saduko; piensas en tu bienestar y no en mi seguridad.
—Si fuera tan egoísta como pareces creer, Inkoosi, ¿te
aconsejaría que te quedaras con tus carretas, perdiendo así el buen fusil con
dos bocas que me has prometido? Sin embargo, es cierto que me gustaría quedarme
en el kraal de Umbezi con Mameena, más si Umbezi estuviese lejos.
Al oír esto, como no hay nada menos interesante que
escuchar los asuntos amorosos de otras personas, y viendo que con el menor
aliento Saduko estaba dispuesto a contarme de nuevo toda la historia de sus
amoríos, no continué el argumento. Así que terminamos nuestra jornada en
silencio, y llegamos al kraal de Umbezi un poco después de la puesta del sol
para hallar, con gran desilusión por nuestra parte, que Mameena no había vuelto
todavía.
A la mañana siguiente iniciamos nuestra expedición
de caza, estando compuesta la partida por mí, mi sirviente Scowl, quien, como
creo he dicho, procedía del Cabo y era mitad hotentote; Saduko; el alegre viejo
zulú Umbezi, y varios de sus hombres que debían servir de portadores y
ojeadores. Resultó una expedición fructuosa — esto es, hasta el final — porque
en esa época la caza era abundante en esa región. Antes de terminar la segunda
semana había matado cuatro elefantes (dos con grandes colmillos), mientras que
Saduko, que no tardó en convertirse en un tirador bastante bueno, cazó otro con
el fusil de dos caños que le había prometido. Además, Umbezi —nunca he podido
descubrir cómo, porque en ello hubo algo de milagro—, consiguió matar una
elefanta con colmillos bastante buenos, usando el fusil viejo que se disparaba
a medio amartillar.
Jamás he visto un hombre, blanco o negro, tan
contento como aquel cafre ahíto de vanidad. Durante horas enteras bailó y cantó
y aspiró rapé y saludó con la mano, contándome la historia de su hazaña una y
otra vez, sin que ninguna versión de su relato estuviese de acuerdo con las
otras. Adoptó también un nuevo título, que significaba "Devorador de
Elefantes"; permitió que uno de sus hombres lo elogiase toda la noche,
impidiendo que pudiésemos pegar los ojos, hasta que finalmente el pobre diablo
sufrió una especie de ataque debido a su agotamiento. Realmente fue muy divertido
al principio, pero llegó a aburrirnos.
Además de los elefantes, matamos otras muchas
cosas, incluyendo dos leones, que maté casi con un tiro a derecha y otro a la
izquierda, y tres rinocerontes blancos, que ahora, ¡ay!, casi han desaparecido
por completo. Finalmente, hacia el término de la tercera semana, tuvimos todo
cuanto nuestros hombres podían transportar en forma de colmillos de elefante,
cuernos de rinoceronte, pieles y carne de antílope curada al sol, o biltong, y
decidimos emprender el regreso al kraal de Umbezi al día siguiente. En verdad,
no podríamos haberlo retrasado mucho más, pues estábamos quedándonos sin
pólvora y sin plomo; en aquellos días no se conocían las armas que se cargaban
por la recámara y por tanto era necesario llevar las municiones a
granel.
Para decir la verdad estaba muy contento de que
nuestra expedición hubiese llegado a una conclusión tan satisfactoria, porque,
aunque no quisiera admitírmelo a mí mismo, no podía librarme de una especie de
temor subconsciente de que después de todo hubiera algo de cierto en la
profecía del viejo enano sobre una aventura desagradable con un búfalo que me
esperaba. Pues bien, había dado la casualidad de que ni siquiera habíamos visto
un búfalo, y como el camino que íbamos a tomar para volver al kraal atravesaba
una zona alta y desnuda que esos animales no frecuentan, era poco probable que
ahora lo hiciéramos; todo lo cual, naturalmente, demostraba lo que ya sabía,
que sólo idiotas supersticiosos y de mentalidad deficiente podían tener fe
alguna en las tonterías de los hechiceros cafres. Esas cosas las señalé con
gran vigor a Saduko antes de retirarnos a descansar la última noche de la
cacería.
Saduko me escuchó en silencio y me respondió que no
quería entretenerme más, pues yo debía de estar cansado.
Ahora bien, cualquiera que sea el motivo de ello,
mi experiencia en la vida es que nunca es prudente jactarse de nada. Por lo
menos, en una expedición de caza, para dar un ejemplo concreto, espere a
llegar a casa antes de hacerlo. Y yo estaba destinado a experimentar en forma
categórica la verdad de este antiguo adagio.
El lugar donde habíamos acampado estaba entre
malezas y dominaba una gran extensión cubierta por juncos secos, que en la
estación de lluvias era indudablemente un pantano alimentado por un riachuelo
que desembocaba en él por el lado opuesto al de nuestro campamento. Durante la
noche desperté, pareciéndome que había oído moverse animales de gran tamaño
entre esos juncos; pero como no llegaron a mis oídos otros ruidos, me quedé
dormido de nuevo.
Poco después del amanecer fui despertado por una
voz que me llamaba; en sueños reconocí la de Umbezi.
—Macumazahn —dijo la voz con un ronco murmullo—,
los juncales debajo nuestro están llenos de búfalos. Levántate. Levántate en
seguida.
—¿Para qué? —contesté—. Si los búfalos vinieron a
los juncos, ya saldrán de ahí. No necesitamos carne.
—No, Macumazahn, pero deseo sus pieles. Panda, el
Rey, me ha pedido cincuenta escudos, y sin matar bueyes, que no me sobran, no
tengo pieles para hacerlos. Ahora bien, esos búfalos están en una trampa. Ese
pantano se parece a una escudilla con una boca. No pueden salir por los
costados de la escudilla, y la boca por donde entraron es muy estrecha. Si nos
apostamos a los dos lados podemos matar un gran número de ellos.
Para entonces habíame despertado completamente y me
levanté. Echándome un kaross sobre los hombros salí de la choza hecha de ramas
donde había dormido y caminé unos pasos hasta la cresta de una altura rocosa,
desde donde podía ver el vlei (J) seco abajo. Aún estaba cubierto
por la bruma del amanecer, pero de allí se alzaba el ruido de gruñidos, mugidos
y pisadas, inconfundible para un viejo cazador como yo. Una manada de búfalos,
compuesta por cien o doscientos de ellos, se había establecido entre esos juncos.
En ese momento se nos unieron mi sirviente mestizo,
Scowl y Saduko, ambos muy excitados.
Al parecer Scowl, que nunca parecía dormir a una
hora normal, había visto entrar a los búfalos al juncal, y calculaba su número
en dos o trescientos. Saduko había examinado la cortada por donde habían
pasado y nos informó39 que era tan estrecha que podíamos matar cuantos quisiéramos
cuando tratasen de escapar por allí.
—Muy bien. Entiendo —dije—. Pues bien, mi opinión
es que lo mejor es dejarlos escapar. Solamente cuatro de nosotros, contando a
Umbezi, estamos armados con fúsiles, y las azagayas no valen gran cosa contra
los búfalos. Dejemos que se vayan, repito.
Umbezi, pensando en una materia prima barata para
los escudos que le habían sido ordenados por el rey, que seguramente quedaría
muy satisfecho si eran de piel tan rara y dura como la de búfalo,
protestó violentamente, y Saduko, ya fuera por agradar al que esperaba llegara
a ser su suegro o por
amor al deporte, por el que siempre había mostrado
verdadera pasión, lo apoyó. Solamente Scowl —cuya sangre hotentote lo hacía
astuto y cauteloso
(1) Vlei: pantano
— se puso de mi parte, señalando que estábamos muy
escasos de pólvora y que los búfalos "comían mucho
plomo". Finalmente Saduko dijo:
—El señor Macumazahn es nuestro capitán; debemos
obedecerle, aunque sea una lástima. Pero sin duda la profecía de Zikali pesa
en su espíritu, así que no hay nada que hacer.
—¡Zikali! —exclamó Umbezi—. ¿Qué tiene que ver en
este asunto el viejo enano?
—No interesa lo que tenga o no tenga que ver — interrumpí,
porque aunque no creo que las hubiera pronunciado como un acicate, sino
simplemente para exponer un hecho, las palabras de Saduko me habían llegado a
lo vivo, en especial al decirme mi conciencia que no estaban del todo
desprovistas de fundamento.
—Trataremos de matar algunos búfalos —continué—,
aunque, a menos que la manada se empantane, cosa que no es probable, pues el
pantano está muy seco, no creo que podamos esperar matar más de ocho o diez
como máximo, que no servirán de mucho para escudos. Vamos, tracemos un plan. No
tenemos tiempo que perder; empezarán a moverse de nuevo antes de que el sol
haya salido del todo.
Media hora más tarde los cuatro de nosotros que
estábamos armados con fusiles nos habíamos apostado detrás de las rocas a
ambos lados del empinado camino natural, abierto por las aguas, que llevaba
al vlei, y junto con nosotros se hallaban algunos de los
hombres de Umbezi. Este jefe estaba a mi lado, un puesto de honor que había
insistido en ocupar. A decir verdad no lo disuadí, porque pensé que era más
seguro allí que enfrente mío, pues aun si el viejo fusil no se disparaba solo,
Umbezi cuando estaba excitado era un tirador muy inseguro. La manada de búfalos
parecía haberse echado entre los juncos, así que, después de haber tenido
cuidado de apostarnos nosotros primero, enviamos a tres de los portadores
indígenas al lado opuesto del vlei con instrucciones de
levantar a los animales con sus gritos. Los demás zulúes —había diez o doce de
ellos armados con azagayas —los conservamos a nuestro lado.
Pero, ¿qué hicieron esos bribones? En lugar de
inquietar a la manada haciendo ruido, como les habíamos dicho, por algún motivo
que sólo ellos sabían —supongo que porque tuvieron miedo de entrar en el vlei,
donde podían encontrarse con los cuernos de búfalo en cualquier momento—
prendieron fuego a los juncos secos en tres o cuatro puntos al mismo tiempo. En
un minuto o dos la parte más lejana del pantano se convirtió en una masa de
llamas de la que salían nubes de denso humo blanco.
Los búfalos dormidos se incorporaron de un salto y,
después de unos momentos de indecisión, se abalanzaron hacia nosotros,
resoplando y mugiendo como enloquecidos. Viendo lo que iba a pasar, me escondí
detrás de una roca enorme, mientras Scowl trepaba a una mimosa con la rapidez
de un gato y, sin fijarse en las espinas, se sentó en un nido de águilas en la
copa. Los zulúes armados de azagayas pusieron pies en polvorosa buscando donde
esconderse. No vi lo que había sido de Saduko, pero el viejo Umbezi, completamente
aturdido, saltó al centro mismo del camino gritando: —¡Ahí vienen! ¡Ahí vienen!
¡Carguen, búfalos, si se atreven! ¡El Devorador de Elefantes les espera!
—¡Cuidado, viejo loco! —grité, pero no pude seguir,
porque en ese mismo momento el primero de los búfalos, un macho enorme que
probablemente era jefe de la manada, aceptó la invitación de Umbezi y se
abalanzó sobre él. Salió el tiro del fusil de Umbezi, y un instante después
éste había salido por los aires. Vi su forma negra a través del humo y luego oí
el ruido que hizo al caer encima de la roca detrás de la cual me cobijaba.
"Adiós, Umbezi", me dije, y como responso
administré al búfalo que lo había enviado, según creía, al cielo, una onza de
plomo en las costillas cuando pasó delante mío. Después de eso no volví a hacer
fuego, pues me pareció más prudente no seguir anunciando mi presencia.
En toda mi experiencia de cazador no recuerdo haber
visto nada parecido a lo que siguió. Los búfalos huían del vlei por
docenas, haciendo cada uno de ellos observaciones en su lenguaje. Se
amontonaban en el estrecho camino, tratando de saltar unos por encima de los
otros, chillando, mugiendo, pateando. Cargaron contra mi roca hasta hacerla
estremecer. Derribaron la mimosa de Scowl y lo hubiesen sacado de su nido de
águilas, si éste, afortunadamente, no se hubiera enganchado en otro árbol más
inaccesible. Y con ellos llegaban nubes de humo acre, mezcladas con juncos
encendidos y ráfagas de aire caliente.
Por fin terminó. Con excepción de algunos terneros
que habían muerto pisoteados, la manada había desaparecido. Entonces, lo mismo
que el emperador romano —creo que fue un emperador— pensé qué había
sido de mis legiones.
—¡Umbezi! —grité, o más bien estornudé a través del
humo—, ¿estás muerto, Umbezi?
—Sí, sí, Macumazahn —replicó una voz ahogada y
melancólica desde lo alto de la roca —, estoy muerto. Ese espíritu maligno de
una sylwama (fiera salvaje) me ha matado. Oh, ¿por qué pensé
que era un cazador?; ¿por qué no me quedé en mi kraal contando mi hacienda?
—Estoy seguro de que no lo sé, viejo loco
—contesté, mientras trepaba a lo alto de la roca para darle mi último adiós.
Era una roca cuya parte superior terminaba en filo, como el techo de una casa,
y allí, doblado sobre esa arista lo mismo que una sábana puesta a secar en una
cuerda, encontré al "Devorador de Elefantes".
—¿Dónde te alcanzó, Umbezi? —le pregunté, porque a
causa del humo no podía ver sus heridas.
—¡Detrás, Macumazahn! —gimió—, porque me había dado
vuelta para volar de allí, pero ¡ay!, demasiado tarde.
—Por el contrario —repliqué—, porque para ser tan
pesado volaste muy bien, lo mismo que un pájaro, Umbezi.
—Mira lo que ese animal maldito me ha hecho, Macumazahn.
Te será fácil porque mi moocha ha desaparecido.
Así lo hice, examinando con cuidado las amplias
proporciones de Umbezi, pero no pude descubrir nada, con excepción de una
gran mancha de barro negro, como si hubiese estado sentado en un charco medio
seco. En seguida comprendí lo que había sucedido. Los cuernos del búfalo no lo
habían tocado. Sólo había sido alcanzado por el hocico embarrado del animal
que, siendo tan ancho casi como aquella porción de la anatomía de Umbezi con
que había entrado en contacto, sólo le había causado una magulladura. Cuando
estuve seguro de que no tenía ninguna lesión seria, mis nervios,
que ya habían soportado bastante, estallaron y le administré la paliza más
completa —su postura era muy conveniente— que hubiera recibido desde niño.
—¡Levántate, idiota! —le grité—, y busquemos a los
demás. Este es el final de tu locura al hacerme atacar a una manada de búfalos
entre los juncos. Levántate. ¿Crees que me voy a quedar aquí hasta que me
asfixie el humo?
—¿Quieres decir, Macumazahn, que no tengo ninguna
herida mortal? —preguntó, dando muestras de animación y aceptando el castigo de
buen grado, pues era incapaz de guardar resentimiento—. Ah, cuánto me alegra
oírlo, porque ahora viviré para hacer que esos cobardes que prendieron fuego a
los juncos lamenten haber nacido; además quiero concluir con esa fiera, porque
la alcancé.
—No sé si la alcanzaste; sé que él te alcanzó a ti
—repliqué a tiempo que le daba un empujón y corría hacia el árbol donde había
visto por última vez a Scowl.
Allí contemplé otra escena extraña. Scowl estaba
aún sentado en el nido de águilas que compartía con dos pichones, uno de los
cuales, que había sido herido, profería chillidos de dolor. Y no se quejaba en
vano, porque sus padres, que pertenecían a esa variedad de ave de rapiña que
los bóers llaman lammefange, o ladrones de
corderitos, acababan de llegar en su ayuda, y daban a Scowl la paliza más
grande que hombre alguno hubiera recibido de las garras y picos de pájaros.
Visto a través de las nubes de humo, el combate adquiría proporciones
titánicas; era uno de los más ruidosos que haya oído, porque no sé quién
gritaba más fuerte, si las águilas enfurecidas o su víctima.
Viendo cómo estaban las cosas, solté la carcajada,
y en ese mismo momento Scowl se aferró a la pata del macho, que estaba plantado
en su pecho, mientras con el pico curvo le arrancaba mechones de cabello, y
saltó audazmente del nido, que se había vuelto demasiado incómodo para él. Las
alas desplegadas del águila suavizaron su caída, pues le sirvieron de
paracaídas; y otro tanto hizo Umbezi, sobre quien cayó. Saltando de la forma
postrada del jefe, que ahora tenía una contusión adelante que hacía juego con la
de atrás, Scowl, cubierto de picotazos y arañazos, salió corriendo, dejando que
yo recogiera mi segundo fusil, que había caído al pie del árbol, pero sin
estropearlo. Después de esa batalla los cafres le dieron otro nombre, que
significaba
"Aquel-que-lucha-contra-los-pájaros-y-lleva-la-peor-parte".
Bueno, nos alejamos del humo, un terceto lamentable
—en realidad Umbezi no llevaba encima nada más que el anillo en sus cabellos— y
llamamos a gritos a los otros, si es que no habían muerto pisoteados por la
avalancha. El primero en llegar fue Saduko, que parecía tranquilo y despreocupado,
pero que nos miró asombrado, preguntando qué habíamos estado haciendo para
quedar en ese estado. Le respondí en lenguaje apropiado, y a mi vez le pregunté
cómo se las había arreglado para estar tan compuesto.
No contestó, pero creo que lo cierto es que se
había metido en la madriguera de un oso hormiguero; cosa que hizo
perfectamente, hablando con franqueza. Luego fueron llegando uno por uno los
restantes miembros de nuestro grupo, algunos de ellos sumamente agitados, como
si hubiesen corrido una gran distancia. No faltaba ninguno, excepto los que
habían prendido fuego a los juncos, y éstos creyeron prudente mantenerse lejos
durante muchas horas. Creo que después lamentaron no haberse ausentado por más
tiempo; pero cuando llegaron yo no estaba en condiciones de advertir lo que
pasó entre ellos y su enfurecido jefe.
Una vez reunidos, surgió la cuestión de lo que
debíamos hacer. Como es natural, yo deseaba regresar al campamento y salir de
ese lugar de mal augurio lo antes posible. Pero no había contado con la vanidad
de Umbezi. Este, tendido sobre el borde afilado de una roca, adonde había sido
lanzado por un búfalo, e imaginándose mortalmente herido, era una cosa; pero
con una moocha prestada, aunque, a causa de sus magulladuras, tuviese que
sostenerse con una mano detrás y otra adelante, sabiendo que sus contusiones
eran superficiales, era otra distinta.
—Soy un cazador —dijo—; me llaman "El
Devorador de Elefantes" —y miró a todas partes, como buscando alguien que
lo contradijera, cosa que nadie hizo. Es más, su "elogiador", un
individuo flaco y de aspecto cansado, cuya voz se había debilitado con sus
esfuerzos anteriores, repitió:
—Sí, "Devorador de Elefantes" es tu
nombre; "Lanzado al Aire por el Búfalo" es tu nombre.
—Cállate, idiota —gritó Umbezi—. Como he dicho, soy
un cazador; he herido a la fiera que luego se atrevió a atacarme. (En realidad
fui yo, Allan Quatermain, quien la había herido). Quiero hacerle morder el
polvo, porque no puede estar lejos. Sigámosla.
Y miró con aire beligerante a su alrededor,
mientras sus sumisos sirvientes, o uno de ellos, repitieron:
—Sí, sigámosla, "Devorador de Elefantes".
Macumazahn nos mostrará cómo, porque no teme a ningún búfalo.
Claro está, después de esto no hubo más remedio que
hacerlo, así que después de llamar a Scowl, a quien no parecía entusiasmar
mucho la empresa, emprendimos la marcha siguiendo las huellas de la manada,
que eran tan visibles como un camino de carretas.
—No te preocupes, Baas —dijo Scowl—, para ahora nos
llevan dos horas de ventaja.
—Así lo espero —contesté, pero la fortuna estaba en
contra mía, pues antes de haber recorrido un kilómetro uno de los ojeadores dio
con un rastro de sangre.
Lo seguimos durante unos veinte minutos, hasta
llegar a una espesura que descendía hasta el lecho de un río. Seguí la huella
hasta llegar al borde de un gran charco que estaba aún lleno de agua, aunque el
río se hubiera secado. Allí me quedé observando la huella y consultando con
Saduko si el animal habría cruzado el charco nadando, porque las huellas que
llegaban hasta su mismo borde eran muy confusas. De repente nuestras dudas se
disiparon, porque de un denso matorral que habíamos pasado —porque nos había
jugado la treta común de volver sobre sus pasos— salió el búfalo, un macho
enorme, que se detuvo en tres patas, pues mi bala le había quebrado la otra. No
cabía la menor duda respecto a su identidad, porque de su cuerno derecho,
astillado en la punta, colgaba la moocha de Umbezi.
—Oh, ten cuidado, Inkoosi —gritó
Saduko asustado—. ¡Es el búfalo con el cuerno astillado!
Lo oí y vi. En mi mente se produjo toda la escena
en la choza de Zikali. Alcé mi fusil y disparé contra el animal que cargaba,
pero vi que la bala había resbalado en su cabeza. Arrojé el fusil, porque el
búfalo estaba ya encima mío, y traté de saltar a un lado.
Casi lo conseguí, pero ese cuerno astillado, del
que colgaban los restos de la moocha de Umbezi, me alcanzó y me lanzó desde la
ribera de espaldas al charco. Mientras caía vi a Saduko que saltaba hacia
adelante y oí un disparo que hizo caer al búfalo por un momento. Luego,
lentamente, me siguió al charco.
Ahora estábamos juntos y no había sitio para los
dos, así que después de varias alternativas quedé debajo, como siempre le pasa
al perro más chico en una pelea. Ese búfalo pareció hacerme todo aquello de
que era capaz un búfalo en esas circunstancias. Trató de cornearme, y lo
consiguió en parte, aunque hurte el cuerpo todo lo que pude. Luego me empujó
con el hocico y me arrastró al fondo del charco, a pesar de que me aferré a su
morro y se lo retorcí. Luego, con toda calma, se arrodilló encima mío y me fue
hundiendo en el barro. Recuerdo haberle dado puntapiés en la barriga. Después
de eso no recuerdo nada más, salvo una especie de pesadilla en la que repetí
toda la escena en la choza del enano y su pedido de que cuando me encontrase
con el búfalo del cuerno astillado en el charco de un río seco recordase que
no era más que "un pobre viejo cafre charlatán".
Después de esto, vi a mi madre inclinada sobre una
criatura en mi cama en la vieja casa de Oxfordshire en que nací, ¡y luego
tinieblas!
Recobré el conocimiento y vi, en lugar de mi madre,
la figura majestuosa de Saduko inclinada sobre mí a un lado, y en el otro la de
Scowl, el mestizo hotentote, que parecía llorar porque sentí caer en mi rostro
sus cálidas lágrimas.
—Ha muerto —decía el pobre Scowl—; ese animal embrujado
con el cuerno partido lo ha matado. Ha muerto el mejor hombre blanco de toda
África del Sur, a quien quería mas que a mi padre y todos mis parientes.
—Eso es fácil, bastardo —contestó Saduko—, ya que
no los has conocido. Pero no ha muerto, porque el "Iniciador de
Caminos" dijo que viviría; además clavé mi azagaya en el corazón de ese
búfalo antes de que lo hubiese aplastado, porque por fortuna el barro era
blando. Pero temo que tenga rotas las costillas— y me apretó el pecho con el
dedo.
—Aparta de mí tu torpe mano —le dije.
—¡Has visto! —-dijo Saduko—. Le he hecho sentir.
¿No te aseguré que viviría?
Después de esto recuerdo muy poco, salvo algunos
sueños confusos, hasta que me encontré en una gran choza, que luego descubrí
que era la de Umbezi, la misma en que había curado la oreja de aquella mujer
suya que era llamada la "Vieja Vaca Gastada".
Capítulo 4
Mameena
Durante un rato contemplé el techo y las paredes de
la choza a la luz que entraba por el agujero de salida del humo y el de la
entrada, pensando en quién sería su propietario y cómo había llegado allí.
Luego traté de sentarme, y al instante sentí un
dolor agudo en la región de las costillas, y descubrí que las tenía fajadas con
unas tiras anchas de cuero blando bien curtido. Era evidente que las tenía
rotas, o por lo menos algunas.
¿Cómo me las había roto?, me pregunté, y de golpe
recordé todo. ¡Así que había escapado con vida, como me lo predijera el viejo
enano, el "Iniciador de Caminos"! No cabía duda de que era un profeta
excelente, y si en esto había dicho la verdad, ¿no ocurriría lo mismo en lo
demás? ¿Qué debía de pensar de todo esto? ¿Cómo podía un negro salvaje, por
viejo que fuera, predecir el porvenir?
Podía suponerse que, por deducción del pasado, y
sin embargo, ¿cómo podía por deducción saber todos los detalles de un accidente
que debía de ocurrirme por intermedió de un animal salvaje con cuerno partido
en forma peculiar? Decidí no pensar más en ello, como antes y después de ese
día he encontrado necesario hacerlo en el caso de otros muchos acontecimientos
de mi vida.
En ese momento oí el ruido de alguien que entraba
en la choza, y entrecerré los ojos, pues no me sentía con ánimos de conversar.
Esa persona se acercó a mi lado, y no sé por qué —por instinto, supongo— tuve
la certeza de que mi visitante era una mujer. Abrí despacio los ojos, justo lo
suficientemente para poderla ver.
Allí, bañada por un haz de luz dorada que
filtrándose por el agujero de salida del humo cortaba la semioscuridad de la
choza, se encontraba la criatura más hermosa que hasta entonces hubiera visto,
si se admite que una mujer negra, o mejor dicho, cobriza, puede ser hermosa.
Era de estatura algo más que mediana, con una
figura dentro de lo que puedo saber de esas cosas, perfecta, como la
de una estatua griega. Sobre todo tuve ocasión de formarme una opinión, pues,
exceptuando su delantalito y un collar de grandes cuentas azules en la
garganta, sus vestimentas eran... bueno, las de una estatua griega. Sus rasgos
no eran de tipo negroide, por el contrario, estaban singularmente bien
modelados, con la nariz recta y fina y la boca muy pequeña, mostrando unos
dientes blancos como los de un antílope, bajo una frente lisa y despejada,
coronada por cabellos rizados, pero no en motas. Llevaba el cabello peinado
sencillamente con una raya al medio, y recogido formando un gran moño en la
nuca, asomando sus delicadas orejas entre las trenzas. Las manos, como los
pies, eran pequeños y delicados y las curvas del busto suaves y firmes.
En verdad una mujer adorable, y sin embargo había
algo desagradable en ese hermoso rostro; algo, a pesar de sus rasgos
infantiles, que me recordaban un capullo a punto de florecer, que no podía
asociarse a la juventud e inocencia. Traté de analizar qué podría ser, y llegué
a la conclusión de que sin ser dura, tenía una expresión demasiado inteligente
y, en cierto modo, demasiado reflexiva. Sentí incluso que su cerebro era tan
duro y agudo como una lámina de acero; que era una mujer nacida para mandar, no
para ser el juguete o incluso la compañera amorosa de un hombre, sino para usar
de éste para sus propios fines.
Inclinó la cabeza hasta ocultar con el mentón la
pequeña depresión en la base de su garganta, que era uno de sus encantos, y
empezó no a mirarme, sino a estudiarme, al ver lo cual cerré los ojos y esperé.
Evidentemente creyó que aún seguía desmayado, porque empezó a hablar bajo a
solas con voz suave y dulce como la miel.
—Un hombre pequeño —dijo—; Saduko haría dos como
él, y el otro —quién sería, pensé— tres. Tiene además feo el cabello; se lo
corta demasiado corto y se le eriza como el del espinazo de un gato. ¡Iya! (¡Bah!)
— hizo un gesto despectivo con la mano—, es una pluma de hombre. Pero
blanco..., blanco, uno de los que mandan. Vaya, todos ellos saben que es su
amo. Lo llaman "El-que-nunca-duerme". Dicen que tiene el valor de una
leona con cachorros; éste que se salvó cuando Dingaan mató a Piti (Retief)
y los bóers; dicen que es rápido y astuto como una serpiente, y que Panda y
sus indunas piensan más de él que de cualquier otro blanco que
conocen. Además no está casado, aunque dicen también que tuvo dos veces mujer,
que murieron, y que ahora no mira a ninguna mujer, lo que es raro en cualquier
hombre e indica que se salvará de disgustos y triunfará. Claro que debe
recordarse que aquí en Zululandia todas son feas, las vacas y las terneras que
quieren ser vacas. ¡Iya!, no pensemos más.
Hizo una pausa y luego continuó con voz soñadora:
—Ahora, si encontrase una mujer, que no sea
simplemente una vaca o una ternera, una mujer más inteligente que él, aunque no
sea blanca, quién sabe...
En ese momento me pareció bien hacer que me despertaba.
Volviendo la cabeza bostecé, abrí los ojos y la miré en forma vaga, viendo que
su expresión cambiaba rápidamente de la de una mujer enérgica a la de una
muchacha conmovida y ansiosa; en una palabra, se volvió femenina.
—Tú eres Mameena —dije—; ¿no es así?
—Oh, sí, Inkoosi —respondió—, ése
es mi nombre. ¿Pero cómo lo has oído y cómo me conoces?
—Lo he oído de labios de un tal Saduko —al oír esto
frunció ligeramente las cejas —y de otros, y te he conocido por lo hermosa que
eres —palabras poco prudentes que le hicieron sonreír, al mismo tiempo que
sacudía sus cabellos.
—¿Soy hermosa? —preguntó—. Nunca lo supe, pues no
soy más que una pobre zulú a quien el gran jefe blanco se digna decir cosas
amables, que le agradezco — e hizo una graciosa reverencia, doblando sólo una
rodilla—. Pero, sea lo que sea, no tengo conocimientos para atenderte a ti que
estás herido. ¿Salgo a llamar a mi madre más anciana?
—¿Te refieres a ésa a quien tu padre llama la
''Vieja Vaca gastada", y cuya oreja cortó de un tiro?
—Sí, por la descripción debe de ser ella —dijo
riéndose—, aunque nunca le oí llamarla por ese nombre.
—O si lo oíste lo has olvidado —le dije secamente—.
Bueno, creo que no, muchas gracias. ¿Para qué molestarla cuando tú puedes
servir lo mismo? Si hay leche en ese cántaro, tal vez querrás darme un
poco.
Voló como una golondrina hasta la vasija, y un
instante después la acercaba con una mano a mis labios, mientras con la otra me
sostenía la cabeza.
—Es un honor para mí —dijo—. Entré en la choza un
momento antes de que te despertases, y viendo que aún seguías desmayado,
lloré... mira, mis ojos están aún húmedos (y así era, aunque no sé cómo lo
había hecho)... porque temía que ese sueño fuese el principio del último.
—Es muy amable de tu parte. Pero ahora que tus
temores no tienen fundamento, gracias a Dios, siéntate, por favor, y dime cómo
llegué aquí.
Se sentó, no como habitualmente lo hacen las
mujeres negras, es decir semiarrodilladas, sino en un taburete.
—Fuiste traído al kraal, Inkoosi —dijo—
en una camilla hecha con ramas. El corazón se me detuvo cuando vi llegar la
camilla; me pareció que se transformaba en un pedazo de hierro frío, porque
pensé que el muerto o el herido era... —e hizo una pausa.
—¿Saduko? —sugerí.
—De ninguna manera, Inkoosi..., mi
padre.
—Bueno, no era ninguno de ellos, así que debiste
alegrarte.
—¡Alegrarme! ¿Cuando el huésped de nuestra
casa, Inkoosi, había sido herido, tal vez de muerte; el
huésped de quien tanto había oído hablar aunque por desgracia yo estuviera
ausente cuando llegó?
—¿Una diferencia de opinión con tu madre la más anciana?
—Sí, Inkoosi; la mía murió y no me
tratan muy bien aquí.
—¿Ah, sí? Bueno no me sorprende del todo, pero por
favor continúa tu historia.
—No sé nada más, Inkoosi. Te
trajeron aquí y me dijeron cómo esa bestia maligna de búfalo casi te mata en el
charco; eso es todo.
—Sí, sí, Mameena, ¿pero cómo salí del charco?
—Ah, parece que tu sirviente Sikauli, el bastardo,
saltó al agua y distrajo la atención del búfalo que estaba hundiéndose en el
barro, mientras Saduko se le montaba en el lomo y le hundía su azagaya en el
corazón, matándolo. Luego te sacaron del barro, aplastado y casi ahogado, y te
hicieron revivir. Pero luego volviste a perder el sentido, y así has estado
delirando hasta ahora.
—Ah, es un valiente este Saduko.
—Como cualquier otro, ni más ni menos —replicó,
encogiendo sus bien redondeados hombros—. ¿Quieres que te hubiese dejado
morir? Creo que el valiente fue el que se puso frente al búfalo y le retorció
el morro y no quien sentó en su lomo y lo atravesó con su azagaya.
Al llegar a este punto de nuestra conversación me
desvanecí de repente y perdí toda noción de las cosas, incluso de la
interesante Mameena. Cuando volví a despertar se había marchado y en su lugar
estaba el viejo Umbezi quien, observé, había agarrado una estera y la había
plegado para que le sirviera de almohadón antes de sentarse en el taburete.
—Salud, Macumazahn —dijo, al ver que estaba despierto—;
¿cómo te encuentras?
Todo lo bien que
puede esperarse —respondí—; ¿y como estas tú,
Umbezi?
—Mal, Macumazahn; aun ahora apenas puedo sentarme,
porque aquel búfalo tenía un morro muy duro; además tengo el corazón
despedazado a causa de las pérdidas.
—¿Que perdidas, Umbezi?
—¡Wow! Macumazahn, el fuego que encendieron esos viles
servidores míos llegó hasta el campamento y quemó casi todo: la carne, las
pieles y hasta el marfil, que se rajó, así que es inservible. Fue una cacería
infortunada, porque aunque empezó muy bien, hemos salido de ella desnudos; sí,
sin nada, fuera de la cabeza del búfalo con el cuerno astillado, que pensé tal
vez te gustaría guardar.
—Bueno, Umbezi, demos gracias a Dios de que hemos
salido con vida..., si es que voy a vivir.
—Oh, Macumazahn, vivirás, no temas, sin que te
quede rastro. Dos de nuestros doctores te han examinado y han dicho eso. Uno de
ellos te fajó con todas esas pieles, y le prometí una ternera si te curaba, y
le di una cabra a cuenta. Pero debes de estar echado aquí durante un mes o más,
según dice. Entretanto Panda ha mandado buscar los cueros que me pidió para
hacer escudos, y me he visto obligado a matar veinticinco de mis animales para
dárselos..., es decir, de los míos y de mis jefes de kraal.
—Pues entonces ojalá tú y tus jefes los hubiesen
matado antes de que nos encontrásemos con esos búfalos, Umbezi — le dije
quejándome, porque sentía dolores muy fuertes—. Manda llamar aquí a Saduko y
Sikauli; deseo darles las gracias por haberme salvado la vida.
Vinieron a la mañana siguiente, según creo, y les
di las gracias efusivamente.
—Bueno, bueno, Baas —dijo Scowl, que literalmente
lloraba de alegría al verme volver del coma y el delirio a la vida y la razón;
no lágrimas como las de Mameena, sino reales, porque las veía correr por sus
mejillas que aún tenía señales de las garras del águila—. Bueno, bueno, no
digas más, te lo ruego. Si tú hubieses muerto yo hubiera querido morir también,
porque si dejabas este mundo yo no hubiera hecho más que errar por él sin
corazón. Por eso salté al charco, no porque fuese valiente.
Al oírlo sentí que se me humedecían los ojos. Sí,
es corriente maltratar a los indígenas, ¿pero en dónde encontramos más
fidelidad y cariño que entre esos cafres, a los que tantos de nosotros
consideramos solamente como basura negra que por casualidad tiene forma humana?
—En cuanto a mí, Inkoosi —añadió
Saduko—, no hice más que cumplir con mi deber. ¿Cómo hubiese podido marchar
con la cabeza alta si el búfalo te hubiese matado mientras yo me escapaba con
vida? Hasta las muchachas se hubiesen burlado de mí. ¡Pero qué dura tenía la
piel! Creí que esa azagaya nunca la iba a atravesar.
Obsérvese la diferencia del carácter de esos dos
hombres. El primero, aunque no fuese un héroe en su vida cotidiana, arriesga su
vida obedeciendo a su fidelidad a un amo que muchas veces lo ha tratado con
dureza e incluso lo ha azotado por encontrarlo ebrio, mientras que el otro lo
hace para satisfacer su orgullo, y también tal vez porque mi muerte
hubiera sido un obstáculo para sus planes y ambiciones, en las que yo debía
desempeñar un papel. No, eso es demasiado duro; pero no cabe duda de que Saduko
siempre tenía en cuenta primero sus intereses, y cómo sus actos podían influir
en sus perspectivas y reputación, o influenciar el logro de sus deseos. Creo
que esto era cierto incluso en lo que se refería a Mameena —por lo menos al
principio—, aunque en realidad siempre la quiso con una pasión poco común entre
los zulúes.
Al rato Scowl salió de la choza para prepararme un
caldo, y tan pronto lo hizo, Saduko desvió la conversación hacia este tema de
Mameena. Tenía entendido que la había visto. ¿No me parecía muy hermosa?
—Sí, muy hermosa —contesté—; en realidad la mujer
zulú más hermosa que he visto.
—Y muy inteligente... ¿Casi tanto como
una blanca?
—Sí, y muy inteligente.. . Mucho más inteligente
que la mayoría de las blancas.
—¿Y... algo más?
—Sí; muy peligrosa, y que puede variar como el
viento y soplar caliente y soplar frío.
—¡Ah! —dijo, pensó un rato, y luego siguió—: Bueno,
¿qué me importa cómo sopla para los demás, mientras sople caliente para mí?
—Bueno, Saduko, ¿y sopla caliente para ti?
—No del todo, Macumazahn. — Otra pausa —. Creo que
sopla más bien como el viento antes de una gran tempestad.
—Ese es un viento penetrante, Saduko y cuando lo
sentimos sabemos que precede a la tempestad.
—Es posible que venga la tempestad, Inkoosi, porque
ella nació en una tempestad y la tempestad la acompaña, pero ¿qué importa si
ella y yo le hacemos frente juntos? La amo y prefiero morir con ella a vivir
con cualquiera otra mujer.
—La cuestión es, Saduko, si ella prefiere morir
contigo a vivir con cualquier otro hombre. ¿Te lo ha dicho?
—Inkoosi, el pensamiento de Mameena trabaja en la oscuridad; es como una hormiga
blanca en su túnel de barro. Uno ve el túnel que muestra lo que está pensando,
pero no ve el pensamiento adentro. Sin embargo, a veces, cuando cree
que nadie la ve o la escucha —al oír esto pensé en el soliloquio de la joven
cuando me creía sin conocimiento— o cuando se la sorprende, su verdadero
pensamiento asoma fuera del túnel. Así sucedió el otro día cuando hablaba con
ella después que oyó que yo había matado al búfalo con el cuerno astillado.
"—¿Te amo?, me dijo. No lo sé con seguridad.
¿Cómo puedo saberlo? No es nuestra costumbre que una doncella ame antes de
estar casada, porque si lo hiciera la mayor parte de los casamientos serían
cosa del corazón y no de ganado, y entonces la mitad de los padres de
Zululandia se empobrecerían y se negarían a criar hijas que no les aportarían
nada. Eres valiente, de buena presencia y bien nacido; preferiría vivir
contigo antes que con cualquier otro de los hombres que conozco..., esto es, si
fueses rico y, mejor aún, poderoso. Sé rico y poderoso, Saduko, y creo que te
amaré.
"—Lo seré, Mameena, contesté; pero tienes que
esperar. La nación zulú no fue hecha en un día de la nada. Primero tuvo que
venir Chaka.
"—¡Ah!, dijo y, padre, sus ojos
relampaguearon. ¡Ah, Chaka! ¡Ese fue un hombre! Sé otro Chaka, Saduko, y te
amaré más..., más de lo que puedas soñar..., así y así, y me echó los brazos al
cuello y me besó como nunca he sido besado, cosa rara entre nosotros en una
muchacha. Luego me apartó riéndose y agregó: "En cuanto a la espera, debes
de hablar a mi padre de eso. ¿No soy su ternera, en venta, y puedo acaso
desobedecer a mi padre?" Y se fue, dejándome vacío, porque me parecía que
se hubiera llevado con ella mis entrañas. Y no volverá a hablar más así la hormiga
blanca que ha vuelto a su túnel."
—¿Y hablaste con su padre?
—Sí, le hablé, pero en un mal momento, porque
acababa de matar el ganado para suministrar los escudos de Panda. Me contestó
en forma muy áspera. Dijo: "¿Ves estos animales muertos, que yo y mi
gente debemos matar para el rey, so pena de caer en su desgracia? Pues bien,
tráeme cinco veces su número y hablaremos de tu casamiento con mi hija, que es
una muchacha muy solicitada".
"Le contesté que comprendía y que haría todo
lo posible, cosa que lo suavizó, porque Umbezi tiene buen corazón.
"Hijo mío, dijo, te quiero bien y desde que te
vi salvar a mi amigo Macumazahn de aquel búfalo salvaje te quiero más que
antes. Pero sabes cuál es mi situación. Tengo un nombre antiguo y soy llamado
el jefe de una tribu, y muchos viven a mi costa. Pero soy pobre y esta hija
mía vale mucho. Pocos hombres han sido padres de una mujer así, y tengo que
sacarle el mayor partido posible. Mi yerno tiene que ser alguien que sea el
sostén de mi vejez, y no alguien que me pisotee en el barro como hizo el búfalo
con Macumazahn. Ahora he hablado y no me gusta hablar así. Vuelve con el ganado
y te escucharé, pero entretanto entiende que no estoy obligado contigo o con
ningún otro; tomaré lo que me envíe mi espíritu, que, si voy a juzgar el futuro
por el pasado, no será mucho. Una palabra más: no te quedes demasiado en este
kraal, para que no se diga que eres el pretendiente aceptado de
Mameena. Vete de aquí a trabajar como un hombre y vuelve con la
recompensa de un hombre, o no vuelvas más."
—Bueno, Saduko, esa azagaya es afilada, ¿no es
cierto? Y ahora, ¿qué piensas hacer?
—Mi plan es, Macumazahn —contestó poniéndose de
pie—, irme de aquí y reunir a aquellos que me tienen simpatía porque soy el
hijo de mi padre y todavía el jefe de los amangwane, o los que quedan de ellos,
aunque no tenga kraal ni hacienda. Luego, dentro de una luna, espero, regresaré
aquí para encontrarte nuevamente fuerte, y marcharemos contra Bangu, como te
lo he dicho, con el permiso de alguien poderoso quien ha dicho que si puedo
apoderarme de algún ganado podré guardarlo como recompensa.
—No estoy seguro de eso, Saduko. Nunca te prometí
que haría la guerra a Bangu... con o sin el permiso del rey.
—No, tú nunca lo prometiste, pero Zikali el Enano,
el Pequeño Sabio, dijo que lo harías; ¿y miente Zikali? Pregúntatelo a ti
mismo, que recordarás algo que dijo acerca de un búfalo con un cuerno
astillado, un charco y un lecho seco de un río. Adiós, oh mi padre Macumazahn;
saldré al amanecer y dejo a Mameena en tus manos.
—Querrás decir que me dejas en manos de Mameena —
empecé, pero ya estaba a medias fuera de la choza.
Pues bien, Mameena me cuidó en forma muy aceptable.
Siempre estaba a mano, pero sin llegar a cansar.
Sin hacer caso de sus insultos y malos tratos,
mantuvo apartada de mi presencia a la "Vieja Vaca Gastada", a la que
sabía que detestaba. Se ocupó de mis vendajes así como de preparar mi comida,
teniendo varias discusiones por este último motivo con el bastardo Scowl, quien
no le tenía simpatía, porque nunca desperdiciaba ella ninguna de sus gracias en
él. Cuando fui recuperando mis fuerzas pasó muchos ratos sentada a mi lado
charlando, porque por común acuerdo Mameena estaba exenta de todos los trabajos
que son la suerte habitual de las mujeres cafres. Su papel era ser el adorno y,
permítaseme agregar, la propaganda del kraal de su padre.
Discutimos toda clase de temas, desde la religión
cristiana y otras y la política europea hasta las cosas más nimias, porque su
sed de conocimientos parecía insaciable. Pero lo que realmente le interesaba
era el estado de las cosas en Zululandia, que sabía yo conocía bien, como
persona que había desempeñado un papel en su historia y que era recibido y
disfrutaba de la confianza de la Casa Grande, y también como hombre blanco que
comprendía los designios y planes de los bóers y del gobernador de Natal.
En una ocasión me preguntó si el viejo rey, Panda,
muriese, cuál de sus hijos creía yo que le sucedería: Umbelazi o Cetewayo u
otro. O si no moría, a cuál de ellos nombraría heredero. Le contesté que no era
profeta, y que era mejor que lo preguntase a Zikali el Sabio.
—Esa es una idea muy buena —dijo—, pero no tengo
quien me lleve hasta él, pues mi padre no me dejaría ir con Saduko, su ahijado.
— Luego dio una palmada y agregó —: Oh, Macumazahn, ¿no quieres llevarme? Mi
padre me confiaría a ti.
—Supongo que sí —contesté—; pero la cuestión es,
¿podría yo confiar en mí mismo contigo?
—¿Qué quieres decir? Ah, ya comprendo... Entonces,
¿después de todo, soy para ti algo más que una piedra negra que te divierte?
Creo que fue esa broma poco afortunada mía la que
hizo que Mameena empezara a pensar "como una hormiga blanca en su
túnel", según había dicho Saduko. Por lo menos, desde ese momento cambió
su manera hacia mi; se volvió respetuosa; escuchaba mis palabras como si
estuvieran impregnadas de sabiduría; la sorprendí contemplándome con sus ojos
dulces como si fuera un objeto admirable. Empezó a hablarme de sus
dificultades, sus disgustos y sus ambiciones. Me pidió que la aconsejara
respecto a Saduko. Sobre este punto le contesté que si lo quería y su padre lo
permitía, lo mejor que podía hacer era casarse con él.
—Me gusta mucho, Macumazahn, aunque me aburra a
veces; pero amarlo... Oh, dime, ¿qué es el amor? Y cruzando sus
finas manos, me miró como una gacela.
—Mi palabra, muchacha, éste es un asunto en el que
hubiese creído que me podías dar lecciones.
—Oh, Macumazahn —dijo casi en un susurro—, ¿acaso
me has dado oportunidad de hacerlo? —Y se rió, con un aire sumamente atractivo.
—¡Santo Cielo! — exclamé porque empezaba a sentirme
nervioso —. ¿Qué quieres decir, Mameena? ¿Cómo podría yo... ? — y me detuve.
—No sé lo que quiero decir, Macumazahn — dijo agitada
—, pero sé de sobra lo que tú quieres decir: que tú eres blanco como la nieve y
yo negra como el hollín, y que la nieve y el hollín no hacen una buena mezcla.
—No — le respondí con gravedad —, la nieve tiene
aspecto agradable a la vista y también el hollín, pero mezclados resulta un
color desagradable. No es que tú te parezcas al hollín — agregué de
prisa, temiendo herir sus sentimientos —. Este es tu color — y toqué una
pulsera de cobre que llevaba — un color hermoso, Mameena, como todo lo tuyo.
—Hermoso — dijo empezando a llorar, cosa que me alteró,
porque si hay algo que no puedo soportar es ver llorar a una mujer—. ¿Cómo
puede ser hermosa una pobre muchacha zulú? Oh, Macumazahn, los espíritus se han
portado mal conmigo al darme el color de mi pueblo y el corazón del tuyo. Si yo
fuese blanca, lo que has tenido la bondad de llamar esta hermosura mía me
podría servir para algo, porque entonces... Oh, ¿no comprendes,
Macumazahn?
Sacudí la cabeza diciéndole que no, y un instante
después me arrepentí, porque empezó a explicarlo.
Dejándose caer de rodillas — porque estábamos solos
en la gran choza y no había nadie cerca, ya que las demás mujeres estaban
ocupadas en sus tareas rurales o domésticas, para las que Mameena había
declarado que no tenía tiempo, pues estaba ocupada cuidándome — dejó caer su
hermosa cabeza sobre mis rodillas y empezó a hablar en voz baja y dulce,
interrumpida a veces por un sollozo.
—Entonces te lo diré; sí, te lo diré, aunque
después me odies. Podría enseñarte muy bien lo que es el amor, Macumazahn,
tienes razón, porque te amo. (Sollozo.) No, no te moverás hasta que
me hayas oído. — Aquí me estrechó fuertemente las piernas con sus brazos de
forma que me era imposible moverme sin usar la violencia —. Cuando te vi por
primera vez, deshecho y sin conocimiento, me pareció que caía nieve en mi
corazón, que se detuvo un momento y no ha vuelto a ser el mismo desde
entonces. Creo que está creciendo en él algo, Macumazahn, que lo está haciendo
más grande. (Sollozo.) Antes de eso me gustaba Saduko,
pero desde entonces no me gusta nada..., no, ni tampoco Masapo..., sabes, es el
gran jefe que vive del otro lado de la montaña, un hombre muy rico y poderoso
que creo quería casarse conmigo. Bueno, mientras te cuidaba mi corazón fue
haciéndose más grande y más grande, y ahora ves que ha
estallado. (Sollozo.) No, no, quédate quieto y no trates
de hablar. Me tendrás que oír. Es lo menos que puedes hacer, ya que tú me has
causado todo este sufrimiento. Si no querías que te amase, ¿por qué no me
insultaste y me golpeaste, como me han dicho que hacen los blancos a las
muchachas cafres? — Se puso de pie y continuó: — Ahora escucha. Aunque tenga
el color del cobre, soy agraciada.
Soy también bien nacida; no hay sangre mejor que la
nuestra en toda Zululandia, tanto del lado de mi padre como del de mi madre, y
tengo dentro de mí un fuego que me muestra las cosas. Puedo ser grande y
ambiciono la grandeza. Tómame como esposa, Macumazahn, y te juro que en diez
años te haré rey de los zulúes. Olvida tus pálidas mujeres blancas y cásate
con este fuego que arde en mí, y devorará todo lo que se alza entre ti y la
Corona, lo mismo que la llama devora el pasto seco. Más aún, te haré feliz. Si
decides tomar otras mujeres, no seré celosa, porque sé que tendré tu espíritu y
que, comparadas conmigo, no serían nada en tu pensamiento...
—Pero, Mameena, yo no quiero ser rey de los zulúes.
—Oh, sí, sí lo quieres, porque todo hombre quiere
el poder, y es mejor reinar sobre un pueblo de negros valientes — miles y miles
de ellos — que no ser nadie entre los blancos. ¡Piensa, piensa! El país es
rico. Con tu habilidad y conocimientos los amabuto (regimientos)
podrían ser mejorados; con la riqueza los armarías con fusiles y también con
cañones con voz de trueno. Serían invencibles. El reinado de Chaka no sería
nada comparado con el nuestro, porque cien mil guerreros descansarían sobre sus
azagayas, esperando tu palabra. Si así lo deseabas, podrías barrer Natal y convertir
a los blancos de allí también en tus súbditos. O tal vez sería más seguro
dejarlos estar, no fuese que llegasen otros a través del agua verde para
ayudarlos, y atacar hacia el norte, donde me han dicho que hay grandes
territorios ricos en donde nadie disputaría nuestra soberanía.
—Pero, Mameena — exclamé, porque la ambición titánica
de esa muchacha me abrumaba —, ¡con seguridad estás loca! ¿Cómo harías todas
esas cosas?
—No estoy loca — contestó —; soy solamente lo que
se suele llamar grande, y sabes de sobra que puedo hacerlas, no por mí misma,
ya que no soy más que una mujer y me sujetan las cuerdas que atan a las
mujeres, sino contigo para que cortes esas cuerdas y me ayudes. Tengo un plan
que no fallará. Pero, Macumazahn — añadió, con voz cambiada —, hasta que no
sepa que serás mi compañero no te lo diré, ni siquiera a ti, porque podrías
hablar... en sueños, y entonces el fuego que arde en mi pecho se extinguiría.
—Si es por eso podría hablar ahora, Mameena.
—No; porque los hombres como tú no cuentan cosas de
muchachas estúpidas que están enamoradas de ellos. Pero si el plan empezase a
marchar y oyeses que habían muerto reyes o príncipes, podría ser diferente.
Podrías decir: "Creo que sé dónde vive la bruja que causa todos estos
males".
—Mameena, no me digas más. Dejando a un lado tus
sueños, ¿puedo traicionar a mi amigo Saduko, que día y noche me habla de ti?
—¡Saduko! ¡Iya! — exclamó, con ese
gesto expresivo de su mano.
—¿Y puedo traicionar — continué, viendo que Saduko
no era una buena carta — a mi amigo Umbezi, tu padre?
—¡Mi padre! — y se rió —. Vaya, ¿no le agradaría
agrandarse a tu sombra? Ayer nada más me decía que me casase contigo, si
podía, porque entonces hallaría en ti un apoyo, y se vería libre de las
molestias de Saduko.
Evidentemente Umbezi era una carta peor aún que Saduko,
así que jugué otra.
—¿Y puedo ayudarte, Mameena, a recorrer un camino
que en el peor de los casos quedará tinto en sangre?
—¿Por qué no, si ya sea contigo o sin ti estoy
destinada a recorrer ese camino, siendo la única diferencia que contigo me
llevará a la gloria y sin ti tal vez a los chacales y buitres? ¿Sangre? ¡Iya! ¿Qué
es la sangre en Zululandia? Viendo que había fallado también esta carta, puse
sobre el tapete la última que me quedaba.
—Gloria o no, no quiero compartirla, Mameena. No
haré la guerra entre gente que me han tratado hospitalariamente, ni tramaré la
caída de los Grandes. Como me acabas de decir, no soy nadie — nada más que un
grano de arena en la playa —, pero prefiero ser eso que no una roca maldita que
atrae los rayos del cielo y está bañada de sangre de sacrificios. No busco ningún
trono sobre negros o blancos, Mameena, sino que sigo mi sendero hasta una tumba
tranquila que tal vez no carezca de honor, aunque distinto del que tú buscas.
Guardaré silencio, Mameena, pero porque eres tan hermosa y tan inteligente, y
porque dices que me tienes cariño — cosa que te agradezco —, te ruego que
deseches esos horribles sueños tuyos que a la larga, tengan éxito o fracasen,
te harán marchar temblando del mundo para rendir cuenta de ellos al que
Vigila-en-lo-alto.
—No lo creas — dijo con una risa orgullosa —.
Cuando el que Vigila sembró mi semilla — si es que lo hizo —, también sembró
los sueños que son parte mía, y no haré más que devolverle lo suyo, con las
flores y los frutos por interés. Pero eso ha terminado. Rechazas la grandeza.
Ahora, dime, ¿si hundo esos sueños en un gran lago, atándoles la
piedra del olvido y diciendo: "Dormid ahí, oh
Sueños; no ha llegado vuestra hora"; me presento ante ti sólo
como una mujer que ama y que jura por los espíritus de sus padres no pensar o
hacer jamás lo que no tenga tu consentimiento, ¿me querrías un poco,
Macumazahn?
Me quedé mudo, porque me había llevado a mi último
reducto, y no sabía qué decir. Además, confesaré mi debilidad, me sentía
profundamente conmovido. Esa hermosa muchacha con el "fuego en su
corazón", esa mujer que era distinta de todas las demás mujeres que había
conocido, parecía haberme estrujado el corazón entre sus finos dedos y estar
arrastrándome hacia ella. Era una fuerte tentación y me acordé de las palabras
del viejo Zikali en el Kloof Negro, pareciéndome oír su risa estentórea.
Ella se acercó a mí, me echó los brazos al cuello y
me besó en los labios, y creo que le devolví sus besos, aunque realmente no
estoy seguro de lo que hice o dije, porque estaba aturdido. Cuando
me despejé de nuevo, ella estaba frente a mí, mirándome con aire reflexivo.
—Ahora, Macumazahn — dijo, con una sonrisa a la vez
burlona y deslumbradora —, la pobre muchacha negra te ha atrapado, a ti el
sabio y experimentado hombre blanco, en su red, pero te mostraré que puede ser
generosa. ¿Crees que no leo tu corazón, que no sé que piensas que te estoy
arrastrando a la vergüenza y la ruina? Bueno, te perdono, Macumazahn, porque me
has besado y has pronunciado palabras que tal vez hayas olvidado ya, pero que
no olvido. Sigue tu camino, Macumazahn, y yo seguiré el mío, ya que el orgulloso
hombre blanco no quiere ser manchado con mi contacto negro. Sigue tu camino,
pero hay una cosa que te prohíbo: que creas que has escuchado mentiras y que
simplemente he usado en ti mis artes de mujer para mis propios fines. Te amo,
Macumazahn, como jamás serás amado hasta tu muerte y jamás amaré a otro hombre,
no importa con cuántos me case. Además, me vas a prometer una cosa: que una
vez en mi vida, y sólo una, si lo deseo, me besarás de nuevo delante de todos.
Y ahora, no sea que hagas una locura y olvides tu orgullo de hombre blanco, te
digo adiós, Macumazahn. Cuando nos veamos de nuevo será sólo como amigos.
Y me dejó, haciendo que me sintiera más
insignificante que nunca, más aún que cuando me presenté ante Zikali el Sabio.
¿Por qué, pensé, primero me había enloquecido y luego había desechado los
frutos de mi locura? Hasta ahora no he podido hallar la contestación exacta a
esa pregunta.
Capítulo 5
Dos Antilopes y La Gacela
Podía creerse que, como consecuencia de esa escena
en la que fui juguete de una muchacha cafre que, después de doblegarme ante su
voluntad, tuvo la inteligencia de desecharme antes de que me arrepintiese, como
sabía ocurriría tan pronto me volviera la espalda, mis relaciones con esa
joven habrían sido tirantes. Pero nada de eso sucedió. Cuando nos volvimos a
ver, a la mañana siguiente, era la misma de siempre, atendiendo mis lesiones,
entonces estaban casi curadas, bromeando sobre una cosa y otra, preguntando qué
decían cartas que había recibido de Natal y unos diarios que las acompañaban —
porque era curiosa en esas cuestiones — y así sucesivamente.
Imposible, dirá el crítico inteligente, imposible
que una salvaje obre con tanto refinamiento. Pues bien, amigo crítico, ahí es
justamente donde estás equivocado. Cuando se suman todos los factores, hay muy
poca diferencia en las cuestiones esenciales entre un salvaje y uno de
nosotros.
En lo que principalmente difieren de nosotros es en
que no se emborrachan hasta que el hombre blanco les enseña a hacerlo; usan
menos ropa, porque el clima es más amable, sus poblados por la noche no se ven
rebajados por las escenas que se ven en los nuestros, quieren a sus hijos y
nunca son crueles con ellos, aunque de vez en cuando puedan eliminar a un niño
deforme o a algún mellizo, y cuando marchan a la guerra, cosa frecuente, lo
hacen en forma terrible, casi tan terrible como se hacía en todas las naciones
de Europa unas pocas generaciones atrás.
Claro está que quedan sus brujerías y las
crueldades que son consecuencia de su creencia casi universal en el poder y la
eficacia de la magia. Pues bien, desde que vivo en Inglaterra, he estado
leyendo sobre este tema y he hallado que hasta hace poco crueldades similares
eran corrientes en toda Europa — es decir, en esa parte del mundo que durante
más de mil años ha contado con las ventajas del conocimiento y la profesión de
la fe cristiana.
En vista de eso, dejemos que aquellos
ultracivilizados tomen la primera piedra para arrojarla contra los pobres e
ignorantes zulúes, cosa que he observado siempre que los más ignorantes y
viciosos de entre los blancos están dispuesto a hacer, generalmente porque
ambicionan sus tierras, el fruto de sus trabajos o algo por el estilo.
Pero me estoy apartando de la cuestión fundamental,
y ésta es que un hombre o una mujer inteligentes entre la gente que llamamos
salvajes son esencialmente iguales a cualquier hombre o mujer inteligentes de
otro pueblo.
Pero volvamos a nuestro relato. Mameena era una persona
sumamente capaz, una persona que si hubiera sido favorecida por la suerte
podría haber desempeñado el papel de una Cleopatra con tanto o mayor éxito que
ésta, pues tenía la misma belleza y falta de escrúpulos de esa famosa dama y,
creo, podía ser tan apasionada como ella.
No me gusta mencionar este punto puesto que me
afecta personalmente, y la vanidad natural del hombre le hace creer que es el
objeto particular de una pasión eterna. Si pudiese saber todos los pormenores
de la situación, es probable que no se haría tantas ilusiones y que se sentiría
tan empequeñecido como me sentí yo al marcharse Mameena de la choza. Sin
embargo, para ser sincero — ¿y por qué no lo seré si esto sucedió hace tanto
tiempo? — creo que había algo de cierto en lo que dijo, que, sólo el Cielo sabe
por qué motivo, me había tomado cariño, cariño que duró toda su breve y
tempestuosa vida. Pero esto podrá juzgarlo por sí mismo el lector.
Un par de semanas después de la escena de la choza
estaba otra vez bien y fuerte, habiendo sanado mis costillas o la parte que
fuese de mi cuerpo que había pisoteado el búfalo. Además, deseaba marcharme,
pues debía atender varios asuntos en Natal, y como no había vuelto a tener
noticias de Saduko, decidí regresar a casa, dejándole un mensaje que decía
dónde podía encontrarme si me necesitaba. La verdad es que no tenía ningún
interés en verme mezclado en esa guerra privada con Bangu. Es más, quería lavarme
las manos de todo ese asunto, incluyendo a la bella Mameena y sus ojos
burlones.
Así que una mañana, después de haber reunido a mis
bueyes, ordené a Scowl que los unciera —orden que recibió con júbilo, ya que
él y los demás sirvientes anhelaban volver a la civilización y sus encantos.
Pero justo en el momento en que se iniciaba la operación, me llegó un mensaje
de Umbezi en que me pedía que demorase mi partida hasta la tarde, pues un amigo
suyo, un jefe importante, había llegado de visita y quería tener el honor de
conocerme. Aunque hubiese deseado mandar al diablo al gran jefe, como me
pareció una grosería negarme al pedido de una persona que había sido tan amable
conmigo, ordené que desuncieran los bueyes, y de muy mal humor marché hacia él
kraal. Este se encontraba cerca de un kilómetro del lugar que había elegido
como campamento, pues tan pronto como me encontré bastante restablecido fui a
dormir a mi carreta, dejando la gran choza a la "Vieja Vaca Gastada".
No había motivo alguno por el cual debiese sentirme
de mal humor, ya que el tiempo en esa época no tenía gran valor en Zululandia,
y no me interesaba mayormente si partía por la mañana o por la tarde. Pero lo
cierto es que no podía olvidar la profecía de Zikali, el "Pequeño y
Sabio", de que estaba destinado a formar parte de la expedición de Saduko
contra Bangu, y aunque había acertado con el búfalo y Mameena, estaba decidido
a demostrarle que se había equivocado en este asunto.
Si hubiese salido del país, no hubiera podido ir
contra Bangu. Pero mientras estuviese en él, Saduko podía regresar en
cualquier momento y entonces, sin duda sería difícil para mí eludir la media
promesa que le había dado.
Tan pronto como llegué al kraal vi que se había
preparado una fiesta, pues había sido sacrificado un buey, al que estaban
cocinando; además estaban presentes varios zulúes extraños. Dentro del cerco de
kraal, sentado a la sombra, encontré a Umbezi y algunos de sus cabecillas, y
con ellos a un indígena alto y robusto, con su "anillo", que llevaba
una moocha de piel de tigre como señal de jerarquía, y algunos de sus
cabecillas. También estaba Mameena cerca de la puerta, vestida con sus mejores
cuentas, y sosteniendo una calabaza de cerveza cafre con la que era evidente
había estado sirviendo a los invitados.
—¿Te hubieses ido sin decirme adiós, Macumazahn? —
me dijo en voz baja cuando llegué a su lado —. Eso hubiera sido una crueldad de
tu parte, y hubiese llorado mucho. Pero no debía de ser así.
—Pensaba llegar hasta aquí y despedirme de ti,
cuando uncí los bueyes —contesté—. Pero, ¿quién es ese hombre?
—Ahora lo sabrás, Macumazahn. Mi padre nos llama.
Así que me dirigí al círculo y al mismo tiempo que
avanzaba, Umbezi se puso de pie y tomándome de la mano me llevó hasta el
.hombrón, diciendo:
—Este es Masapo, jefe de los amasomi, de la raza
quabie, que desea conocerte, Macumazahn.
—Muy amable de su parte — respondí con frialdad,
mientras examinaba a Masapo. Era, como he dicho, un hombre de gran tamaño y de
unos cincuenta años de edad, porque su cabello era gris. Para ser franco, de
inmediato me fue sumamente antipático, porque había algo en su rostro duro y
grosero y en su aire de orgullo insolente que me repelía. En seguida guardé
silencio, porque entre los zulúes cuando se encuentran dos personas extrañas de
más o menos el mismo rango el que habla primero se reconoce inferior al otro.
Por tanto me quedé callado y contemplé a este nuevo cortejante de Mameena.
Masapo también me contempló, luego hizo alguna observación a uno de sus
acompañantes, que no pude pescar, que hizo reír a éste.
—Ha oído que eres un ipisi (un
gran cazador) —interrumpió Umbezi, quien se percató de que la situación se
estaba volviendo tirante, y que era necesario decir algo.
—¿Ah, sí? —contesté—. Entonces tiene más suerte que
yo, porque jamás he oído hablar de él o de lo que es. —Esto, era mentira,
porque se recordará que Mameena lo había mencionado en la choza como uno de sus
pretendientes, pero entre los indígenas es necesario conservar el prestigio—.
Amigo Umbezi — continué —, he venido a despedirme, ya que estoy a punto de
partir para Durban.
En ese momento Masapo me tendió su mano, sin levantarse,
diciendo:
—Siyakubona (buen día), Hombre Blanco.
—Siyakubona, Hombre Negro —le contesté,
tocando apenas sus dedos, mientras Mameena, que se había acercado con la
cerveza y estaba frente a mí, me hacía un guiño y reía. Me volví sobre mis
talones para irme, pero Masapo dijo con voz tosca y gruñosa:
—Oh, Macumazahn, antes de que nos dejes quisiera
hablar contigo de cierto asunto. ¿Tendrías la bondad de sentarte conmigo aparte
un rato?
—Ciertamente, oh Masapo —. Y di unos pasos hasta ponerme
fuera de los oídos de los otros, y él me siguió.
—Macumazahn —me dijo—, necesito fusiles y me han
dicho que puedes suministrarlos, pues eres un traficante.
—Sí, Masapo, supongo que puedo hacerlo, a un
precio, por más que sea arriesgado introducir fusiles de contrabando en
Zululandia. ¿Pero puedo preguntarte para qué los necesitas? ¿Es para matar
elefantes?
—Sí, para matar elefantes —contestó, mirando a su
alrededor —. Me han dicho que eres discreto, que no gritas desde el techo de
una choza lo que oyes decir dentro de ella. Escúchame. Nuestro país está
agitado; no todos de nosotros queremos a la semilla de Senzangakona, a la que
pertenece nuestro rey actual. Por ejemplo, es posible que nosotros los quabies
—porque mi tribu, los amasomi somos de esa raza — sufrimos bajo la azagaya de
Chaka. Creemos que puede llegar el día en que los que vivimos de matas como
las cabras podremos de nuevo alimentarnos de las copas de los árboles como las
jirafas, porque Panda no es un rey fuerte y tiene hijos que se odian, uno de
los cuales tal vez necesite nuestras azagayas. ¿Entiendes?
—Entiendo que quieres fusiles, oh Masapo — le dije
secamente —. Ahora hablemos del precio y el lugar donde deben ser entregados.
Regateamos un rato, pero los detalles de esa
transacción comercial no interesan a nadie. En verdad sólo menciono el asunto
para mostrar que Masapo estaba complotando contra la casa real, cuyo
representante en ese tiempo era Panda. Una vez que concluimos nuestras
negociaciones más bien delictuosas, que en esencia estipulaban que yo debía de
recibir tantas cabezas de ganado a cambio de tantos fusiles si los podía
entregar en cierto lugar, que era el kraal de Umbezi, regresé al círculo en
donde estaban sentados Umbezi, sus acompañantes e invitados, con el propósito
de despedirme. Pero ya había sido servida la carne y como tenía hambre, ya que
apenas había desayunado esa mañana, me quedé a comer. Una vez que terminé mi
almuerzo y lo acompañé con un trago de tshwala (es decir,
cerveza cafre), me levanté para irme, pero en ese momento ¿quién podía aparecer
en la puerta sino Saduko?
—¡Iya! —dijo Mameena, que estaba a mi
lado, en voz tan baja que sólo yo podía oír—. Cuando se encuentran dos
antílopes ¿qué sucede, Macumazahn?
—A veces luchan y a veces uno de ellos huye. Mucho
depende de la gacela —contesté igualmente en voz baja.
Se encogió de hombros, se cruzó de brazos, saludó
con la cabeza a Saduko cuando éste pasó a su lado, y luego se apoyó contra la
valla en una postura graciosa.
—Salud, Umbezi —dijo Saduko, con su aire
orgulloso—. Veo que estás de festín. ¿Soy bien venido aquí?
—Claro que siempre eres bien venido, Saduko —
replicó Umbezi, inquieto —, aunque, como verás, estoy agasajando a un gran
hombre. —Y miró hacia Masapo.
—Ya lo veo — dijo Saduko, mirando a los forasteros
—. ¿Pero cuál de éstos es el gran hombre? Lo pregunto para poderlo saludar.
—Lo sabes de sobra, umfokazana (es decir,
vagabundo) — exclamó Masapo furioso.
—Sé que si estuvieses fuera de este cerco, Masapo,
te haría tragar esa palabra con la punta de mi azagaya — replicó Saduko con
voz tonante —. Oh, puedo suponerme qué te ha traído, Masapo, y puedes suponer
por qué he venido yo —y miró a Mameena—. Dime, Umbezi, ¿es este jefecillo de
los amasomi el pretendiente aceptado de tu hija?
—No, no, Saduko —dijo Umbezi—, no tiene ningún pretendiente
aceptado. ¿No quieres sentarte a comer con nosotros? Dinos dónde has estado y
por qué has vuelto aquí tan repentinamente y. .. sin ser invitado.
—He vuelto aquí, oh Umbezi, para hablar con el jefe
blanco, Macumazahn. En cuanto a dónde he estado, ése es asunto mío y no tuyo ni
de Masapo.
—Si fuese jefe de este kraal —dijo Masapo—, echaría
a esta hiena con la piel comida por la tiña y sin madriguera que viene a
devorar tu carne y tal vez a robarte tu hija.
—¿No te dije, Macumazahn, que cuando se encuentran
dos antílopes siempre luchan? —susurró Mameena en mi oído.
—Sí, Mameena..., o más bien te lo dije yo. ¿Pero no
me has dicho qué hará la gacela?
—La gacela, Macumazahn, se quedará acurrucada esperando
ver lo que pasa..., como suelen hacer las gacelas — y de nuevo se rió
suavemente.
—¿Por qué no cazas tú mismo, Masapo? —preguntó
Saduko —. Ven, que te prometo una buena diversión. Fuera de este kraal hay
otras hienas esperando que me llaman jefe —cien o doscientas— reunidas con
cierto objeto por autorización del rey Panda, cuya casa, como todos sabemos,
odias. Ven, deja esa carne y esa cerveza y empieza tu cacería de hienas, oh
Masapo.
Masapo calló, porque se percató de que queriendo
atrapar un mono se había encontrado con un tigre.
—No hablas, oh jefe de los pequeños amasomi
—continuó Saduko, que estaba enloquecido de rabia y celos—. ¡No quieres dejar
tu carne y tu cerveza para cazar a las hienas que están mandadas por un umfokazana! Pues
bien, entonces el umfokazana va a hablar — y acercándose a
Masapo, con la azagaya empuñada en la mano derecha, Saduko agarró con la
izquierda la barba corta de su rival.
—Escucha, jefe —dijo—. Tú y yo somos enemigos. Tú
buscas a la mujer que busco yo, y, tal vez porque eres rico, la compres. Pero
si lo haces, te aseguro que te mataré, a ti y a todos los de tu casa, ¡perro
cobarde!
Y al decir esas palabras le escupió en la cara y le
dio un empujón que le hizo caer de espaldas. Luego, antes de que nadie pudiese
detenerlo, porque Umbezi y hasta los acompañantes de Masapo parecían
paralizados por la sorpresa, atravesó la puerta, diciéndome al pasar:
—Inkoosi, quiero hablarte cuando estés
libre.
—¡Me las pagarás! —rugió Umbezi, lívido de rabia,
por que Masapo continuaba tumbado de espaldas, sin habla—, ¡tú que te has
atrevido a insultar a un invitado en mi casa!
—Alguien lo pagará — contestó Saduko desde la
puerta —, pero veremos a quién le toca.
—Mameena —dije siguiéndole—, has prendido fuego al
pasto y hay hombres que se van a quemar en él.
—Esa era mi intención, Macumazahn — contestó con
tranquilidad—. ¿No te dije que dentro de mí ardía un fuego? Pero, Macumazahn,
tú eres quien ha encendido el fuego y no yo. Recuérdalo cuando Zululandia sea
un montón de cenizas. Adiós, oh Macumazahn, hasta que nos encontremos de nuevo
y — agregó con voz suave —, arda quien arda, que los espíritus te guarden.
Al llegar a la puerta, recordando mis modales, me
volví para despedirme de los presentes. Masapo se había puesto de pie y mugía
como un toro:
—¡Matadlo! ¡Matad a la hiena! ¿Umbezi, serás capaz
de quedarte sentado dejando que yo, tu invitado, yo, Masapo, haya sido
insultado y golpeado a la sombra de tu propia choza? ¡Vete y mátalo, te digo!
—¿Por qué no lo matas tú, Masapo — preguntó el
agitado Umbezi —, o haces que tus acompañantes lo maten? ¿Quién soy yo para
tomarme la precedencia ante un jefe tan grande en cuestiones de azagayas?
—Luego se volvió a mí, diciendo —: Oh, Macumazahn el astuto, si me he portado
bien contigo, ven aquí y aconséjame.
—Voy, Devorador de Elefantes — contesté.
—¿Qué haré..., qué haré? —continuó Umbezi,
secándose el sudor de la frente con una mano, mientras crispaba la otra en su
agitación—. Ahí está un amigo mío —y señaló al furioso Masapo —que quiere que
dé muerte a otro amigo mío — y señaló con el índice la puerta del kraal —. Si
me niego, ofendo a un amigo, y si consiento mancharé mis manos con sangre, que
llamará a más sangre, pues aunque Saduko sea pobre, indudablemente tiene
quienes lo quieren.
—Sí —contesté—, y tal vez se manchen de sangre
otras partes de tu cuerpo además de las manos, ya que Saduko no es de los que
se quedarán quietos como un cordero mientras lo degüellan. Además ¿no dijo que
no estaba solo? Umbezi, si quieres hacerme caso, deja que Masapo se ocupe de
sus matanzas.
—Tienes razón; es lo mejor —exclamó Umbezi—. Masapo
— dijo, dirigiéndose a ese guerrero —, si quieres luchar, te ruego que no
cuentes conmigo. No he visto nada, no he oído nada. Pero es mejor que te
apures, porque Saduko se está alejando todo este tiempo. Anda, tú y tu gente
tenéis azagayas y la puerta está abierta.
—¿Tengo que quedarme sin comer para romper la
cabeza a esa hiena? —dijo Masapo con voz hueca—. No, que me espere hasta que a
mí me parezca bien. Sentaos, amigos míos. Os digo que continuéis sentados.
Dile, Macumazahn, que dentro de un rato iré a buscarlo, y te advierto que procures
estar lejos de él, no vayas a caer en su agujero.
—Se lo diré —contesté—, aunque no sé quién me ha
convertido en tu mensajero. Pero escucha, hombre de muchas palabras y pocos
hechos, si te atreves a levantar un dedo contra mí te enseñaré algo de
agujeros, porque te abriré uno o varios en esa mole tuya.
Y acercándome a él, lo miré fijamente al
mismo tiempo que daba una palmada en la culata de la pistola de dos caños que
llevaba. Masapo se echó hacia atrás murmurando algo entre dientes.
—Oh, no te excuses —le dije—, pero ten más cuidado
otra vez. Y ahora, te deseo buen provecho, jefe Masapo, y paz en tu kraal,
amigo Umbezi.
Y después de decir esto me marché, seguido por el
clamor de los furiosos acompañantes de Masapo y la risa burlona de Mameena.
"¡Quisiera saber con cuál de ellos se
casará!", me pregunté mientras me encaminaba hacia las carretas.
Al acercarme a mi campamento vi que estaban
unciendo los bueyes, según supuse por orden de Scowl, quien debió de haber oído
que había una disputa en el kraal y habría pensado que era mejor estar listo
para escapar. Pero en ese momento salió Saduko de unos matorrales y me dijo:
—Ordené a tus muchachos que uncieran los
bueyes, Inkoosi.
—¿Ah, sí? ¡Qué frescura! —contesté—. Tal vez
querrás explicarme el motivo.
—Porque tenemos que hacer una jornada larga hacia
el norte antes de la caída de la noche, Inkoosi.
—¿De veras? Creí que me dirigía hacia el sudeste.
—Bangu no vive ni en el sur ni en el este —replicó
él.
—Ah, casi me había olvidado de Bangu.
—Es cierto eso? —
preguntó con su tono altanero —.
Nunca oí hasta ahora que Macumazahn quebrantara una
promesa hecha a un amigo.
—¿Quieres tener la bondad de explicarme lo que
quieres decir, Saduko?
—¿Hace falta? —contestó, encogiéndose de
hombros—. A menos que me hayan engañado mis oídos, estuviste de acuerdo en ir
conmigo contra Bangu. Bien, he reunido los hombres necesarios con permiso del
rey, y nos esperan allí — y señaló con su azagaya un denso bosque que estaba a
unos kilómetros más abajo—. Pero si prefieres cambiar de idea, iré solo. Pero
en este caso, prefiero que nos digamos adiós, porque no me gustan los amigos
que cambian de idea cuando las azagayas empiezan a moverse.
No sé si Saduko dijo esto premeditadamente. Pero lo
cierto es que no podía haber hallado modo mejor de asegurarse mi compañía por
lo que ésta pudiera valer, pues, aunque no hubiese hecho una promesa firme en
este caso, siempre me enorgullecí de haber cumplido mis compromisos con
los indígenas.
—Iré contigo —le dije con calma— y espero que
cuando llegue el momento tu azagaya sea tan afilada como tu lengua, Saduko.
Pero no me vuelvas a hablar así, si no quieres enemistarte conmigo.
Al decir estas palabras vi que en su rostro se
dibujaba una expresión de alivio, de gran alivio.
—Te ruego me perdones, Macumazahn — dijo, tomándome
la mano—, pero, ¡ay!, tengo destrozado el corazón. Creo que Mameena piensa
engañarme, y ahora eso que ha pasado con ese perro Masapo hará que su padre me
odie.
—Si quieres hacerme caso, Saduko —le contesté
sinceramente—, echarás a Mameena de tu corazón; olvidarás su nombre;
terminarás con ella. No me preguntes por qué.
—Tal vez no sea necesario, Macumazahn, Tal vez te
haya estado haciendo el amor y la hayas rechazado, pues siendo como eres y
además mi amigo, no podrías hacer otra cosa. (Es incómodo ser colocado sobre un
pedestal así a veces, pero no intenté asentir o negar
nada, y mucho menos entrar en explicaciones). Tal vez
haya ocurrido todo eso — continuó —, o tal vez haya enviado ella a buscar a
Masapo el Cerdo. No lo pregunto porque si lo sabes no me lo dirás. Además, no
tiene importancia. Mientras tenga un corazón Mameena nunca saldrá de él;
mientras pueda recordar nombres nunca olvidaré el suyo. Además, estoy decidido
a que sea mi mujer. Ahora tengo ganas de tomar unos cuantos hombres y de matar
a ese cerdo Masapo antes de que mar66chemos contra Bangu, porque así él por lo
menos estará fuera de mi camino.
—Si haces algo por el estilo, Saduko, marcharás
solo contra Bangu, porque iré inmediatamente hacia el este, ya que no quiero
estar mezclado en ningún asesinato.
—Entonces dejémoslo, Inkoosi, a
menos que me ataque, el Cerdo puede esperar. Después de todo, no hará más que
engordar otro poco. Ahora, si te parece bien, ordena a las carretas que
marchen. Te enseñaré el camino, porque debemos acampar esta noche en ese
bosque donde me espera mi gente, y allí te haré conocer mis planes; y también
encontrarás a uno que tiene un mensaje para ti.
Capítulo 6
La emboscada
Llegamos al bosque después de seis horas de marcha
cuesta abajo por un sendero malísimo abierto por el ganado, porque,
naturalmente, no había buenos caminos en Zululandia en aquella época. Recuerdo
muy bien el lugar. Era una especie de hondonada llana donde crecían árboles de
tamaño muy grande. Algunos eran mimosas espinosas, otros tenían hojas de un
verde profundo y daban unos frutos parecidos a ciruelas con gusto ácido y un
hueso enorme, y otros tenían hojas plateadas. A través del bosque pasaba un
río, que estaba bajo, y en la maleza de sus márgenes había muchas gallinetas y
otras aves. Era un lugar solitario y agradable con gran cantidad de caza, que
llegaba a comer allí la hierba que faltaba en el veld más alto. Además, daba
una impresión de vastedad, porque para cualquier lado que uno mirase sólo se
veía un mar de árboles.
Desenganchamos al lado del río, cuyo nombre he olvidado,
en un lugar que nos mostró Saduko, y nos pusimos a preparar la comida, que
consistió en carne de un wildebest azul, perteneciente a una manada de esos
animales de aspecto raro, que había tenido la buena fortuna de matar mientras
pasaban a nuestro lado jugueteando entre los árboles.
Mientras estábamos comiendo, observé que
continuamente llegaban zulúes armados en grupos de seis a una veintena y al
llegar alzaban sus azagayas, no sé si en saludo a Saduko o a mí, y se sentaban
en un espacio despejado entre el río y nosotros. Aunque era difícil decir de
dónde venían, creí mejor no darme por enterado de su llegada, pues suponía
había sido arreglada de antemano.
—¿Quiénes son? — susurré a Scowl, cuando éste me
sirvió mi trago de aguardiente.
Los salvajes de Saduko—contestó de la misma forma—,
los restos de su tribu que viven entre las rocas.
Los observé de reojo, mientras
pretendía encender mi pipa, y por cierto me parecieron una gente de
aspecto salvaje. Eran individuos altos, flacos, de cabellos enmarañados, que
llevaban sobre los hombros pieles hechas jirones y cuyas únicas posesiones
parecían ser un poco de rapé, algunas esteras para dormir y abundantes escudos
de guerra, garrotes o mazas e ixwas o azagayas de hoja ancha.
Tal era su aspecto sentados en silencio formando un semicírculo a nuestro
alrededor, como aas-vogels —como llaman los bóers a los
buitres— sentados alrededor de un buey moribundo. Seguí fumando sin
dar señales de haberlos observado.
Finalmente, Saduko se cansó de mi silencio y habló:
—Estos son hombres de la tribu de amangwane,
Macumazahn; trescientos de ellos,
todos los que dejó
con vida Bangu, porque cuando los padres fueron muertos, las
mujeres escaparon con algunos de los niños, especialmente en los kraales más
lejanos. Los he reunido para vengarnos de Bangu,
yo que soy un jefe por
derecho de nacimiento.
—Muy bien —contesté—, veo que los has reunido; pero
¿desean vengarse de Bangu arriesgando sus vidas?
—Sí, lo deseamos, Inkoosi blanco —dijeron trescientas
gargantas.
—¿Y te
reconocen, Saduko, como su jefe?
—Lo reconocemos —fue la contestación unánime. En seguida
se adelantó un portavoz, uno de los pocos hombres
con cabello gris entre ellos, porque
la mayoría de esos amagwane eran de la edad de Saduko o más jóvenes.
—Oh, El que Vigila de Noche —dijo—, yo soy Tshoza,
el hermano de Matiwane, padre de Saduko, el único de sus
hermanos que se salvó de la matanza en la noche de la Gran
Carnicería. ¿No es así?
—Así es —exclamaron todos sus compañeros.
—He reconocido a Saduko, y así lo hacemos todos.
—Así lo hacemos todos — repitieron los otros.
—Desde que murió Matiwane hemos vivido como hemos
podido, oh Macumazahn; como monos entre las rocas, sin ganado,
muchas veces sin una choza que nos diera abrigo; uno por aquí, el otro por
allí. Pero hemos vivido, esperando la hora de la venganza contra Bangu, esa
hora que Zikali el Sabio, que es de nuestra raza, nos ha prometido. Creemos
ahora que ha llegado y todos nos hemos reunido al llamado de Saduko, para ser
llevados contra Bangu, para vengarlo o morir. ¿No es así, amangwanes?
—¡Así es, así es! —fue la contestación unánime, que
hizo temblar a las hojas de los árboles.
—Comprendo, oh Tshoza, hermano de Matiwane y tío de
Saduko el jefe —repliqué—. Pero Bangu es un hombre poderoso que, tengo
entendido, vive en un lugar fuerte. Pero eso no importa; porque habéis dicho
que os decidís a vencer o a morir, ya que no tenéis nada que perder;
y si vencéis, vencéis; y si morís, morís, y se acaba la historia. Pero
suponiendo que triunféis, ¿qué os dirá
Panda, el rey de los zulúes, y también a mí, por
provocar la guerra en su país?
Los amangwane
miraron hacia atrás, y
Saduko gritó:
—¡Aparece, mensajero de Panda el rey!
Antes de que se extinguiera el eco de su voz vi a
un hombre pequeño y arrugado que se abría paso entre los amangwane.
Se acercó y se detuvo delante mío, diciendo:
—Salud, Macumazahn. ¿Me recuerdas?
—Sí —contesté—, recuerdo que eres Maputa, uno de
los indunas de Panda.
—Así es, Macumazahn; soy Maputa, uno de sus indunas, un
capitán de sus impis (ejércitos), como lo fui de sus hermanos
que se han ido y cuyos nombres no puedo mencionar. Pues bien, Panda el rey me
ha enviado a ti con un mensaje, a pedido de Saduko, aquí presente.
—¿Cómo sabré que eres un mensajero fidedigno? —pregunté—. ¿Has
traído alguna señal?
—Sí —contestó, y buscando bajo su capa, sacó algo
envuelto en hojas secas, que soltó y me entregó, diciendo:
—Esta es la señal que Panda te envía, oh
Macumazahn, pidiéndome que te diga que con seguridad lo reconocerás; y también
que puedes quedarte con ella, pues las dos pequeñas balas que tragó como tú le
indicaste lo enfermaron mucho y no necesita más de ellas.
Tomé la señal y examinándola a la luz de la luna,
la reconocí al instante. Era una cajita de cartón que había contenido pastillas
de calomelanos, en la que estaba escrito: "Allan Quatermain, Esq. Para
tomar sólo una, según prescripción". Sin entrar en
explicaciones, puedo decir que había tomado "una según prescripción",
y que luego había regalado el resto de la caja a Panda, que tenía grandes
deseos de "probar la medicina del hombre blanco".
—¿Reconoces la señal? —preguntó el induna.
—Sí —repliqué en tono grave—; y que el rey dé gracias a los espíritus de
sus antepasados de que no haya tragado tres de las balas, porque si lo hubiese
hecho, para ahora habría otro rey en Zululandia. Bueno, habla, mensajero. Pero
para mis adentros reflexioné, no por vez primera, en qué forma tan extraña
estos indígenas podían mezclar lo sublime con lo ridículo. Estábamos mezclados
en un asunto que debía causar la muerte de muchos hombres, y la señal enviada
por el autócrata que estaba detrás de todo para demostrar la buena fe del
mensajero, ¡era una caja de pastillas de calomelanos! Pero cumplía su
propósito tan bien como cualquier otra cosa. Maputa y yo nos apartamos a
un lado, porque vi que quería hablarme a
solas.
—Oh, Macumazahn —dijo cuando estuvimos
fuera del alcance de los oídos de los otros—, éstas son las palabras
de Panda para ti: "Tengo entendido que tú, Macumazahn, has
prometido acompañar a Saduko, hijo de Matiwane, en una expedición contra Bangu,
jefe de los amakoba. Ahora bien, si se tratara de algún otro, prohibiría esta
expedición, y especialmente prohibiría que tú, un hombre blanco en mi país, la
compartieras. Pero este perro de Bangu es un malvado. Hace muchos años
convenció al Ser Negro que me precedió de que lo enviase a destruir a Matiwane,
llenando los oídos del Ser Negro con acusaciones falsas; y luego en forma
traicionera lo destruyó junto con toda su tribu, salvo Saduko su hijo y alguno
de sus hombres y niños que escaparon. Además, últimamente ha estado
conspirando contra mí, el rey, tratando de provocar una rebelión, porque sabe
que lo odio por sus crímenes. Ahora bien, yo, Panda, al revés de los
que me precedieron, soy un hombre pacífico que no quiero encender el fuego de
la guerra civil en el país, porque, ¿quién sabe dónde se detendrá
ese fuego y qué kraal consumirá? Sin embargo, deseo ver castigado a Bangu por
su maldad, y ver abatido su orgullo. Por, tanto, doy permiso a Saduko, y a
aquellos de los amangwane que le quedan, para vengarse de los agravios que les
ha inferido Bangu, si pueden; y te doy permiso, Macumazahn, para que los
acompañes. Además, si es capturado algún ganado, no lo tendré en cuenta; tú y
Saduko podréis repartirlo en la forma que os parezca. Pero entiende, oh Macumazahn,
que si tú o tu gente sois muertos o heridos, o desposeídos de vuestros bienes,
yo no sé nada del asunto ni soy responsable ante ti o ante la Casa de Natal;
será cuestión tuya. Esas son mis palabras. He dicho".
—Ya entiendo —contesté—. Debo de sacar las castañas
del fuego a Panda y apagar el fuego. Si lo consigo, podré quedarme con algunas
de las castañas cuando se hayan enfriado, y si me quemo los dedos será culpa
mía, y ni yo ni mi Casa debemos ir a quejarnos a Panda.
—Oh, El que Vigila de Noche, has alcanzado al
búfalo en el corazón —replicó Maputa, el mensajero, asintiendo con la cabeza
—. ¿Irás entonces con Saduko?
—Dile al rey, oh mensajero, que iré con Saduko
porque le prometí hacerlo, porque me conmovió el relato de sus agravios, y no
por el ganado, aunque es cierto que si lo oigo mugir en mi campamento puede que
me quede con algunos animales. Dile también a Panda que si me ocurre algo malo
no se enterará de nada, y que tampoco mezclaré su nombre en este asunto; pero
que él tampoco deberá culparme por nada de lo que suceda después.
¿Has entendido?
—Lo he entendido palabra por palabra; y que tu
espíritu te acompañe cuando ataques la fuerte montaña de Bangu, cosa que si yo
estuviese en tu lugar —agregó Maputa con tono reflexivo — haría justo al
amanecer, ya que los amakoba beben cerveza y tienen el sueño muy pesado.
En seguida tomamos rapé juntos, y él partió en el
acto hacia Nodwengu, el Gran Lugar de Panda.
Catorce días después, Saduko y yo, con nuestra
banda de amangwane, estábamos sentados una mañana, después de una larga marcha
nocturna, en el territorio montañoso, mirando a través de un anchuroso valle,
salpicado de árboles como un parque inglés, a esa montaña en cuya ladera tenía
su kraal Bangu, el jefe de los amakoba.
Era una montaña realmente formidable y, como ya habíamos
observado, los senderos que llevaban al kraal estaban ampliamente defendidos
con muros de piedra cuyas aberturas eran sumamente estrechas, apenas lo
suficientemente grandes para dejar pasar un buey cada vez. Además, todos esos
muros habían sido reforzados, tal vez porque Bangu sabía que
Panda lo consideraba hostil a su casa.
Allí, en un denso matorral que crecía en un kloof
de las montañas, celebramos un consejo de guerra.
Que supiéramos, nuestro avance no había sido
observado, pues yo había dejado mis carretas a cincuenta kilómetros de allí, en
el veld bajo, anunciando entre los indígenas de la zona que iba a cazar allí, y
llevándome sólo a Scowl y cuatro de mis mejores cazadores, todos ellos
indígenas bien armados que sabían tirar. Los trescientos amangwane habían
avanzado también en pequeños grupos, separados unos de otros, pretendiendo ser
cafres que marchaban a la Bahía de Delagoa. Todos nos habíamos encontrado ahora
en ese bosque. Entre nosotros se encontraban tres amangwane que, después de la
matanza de su tribu, habían huido con sus madres a esta región y habían crecido
entre la gente de Bangu, pero que habían acudido al llamado de Saduko. De estos
hombres dependíamos principalmente, ya que sólo ellos conocían el terreno y los
consultamos detenidamente. Primero nos explicaron, y, dentro de lo que permitía
la luz de la luna, porque aun no había amanecido, nos enseñaron los diversos
senderos que llevaban al kraal de Bangu.
—¿Cuántos hombres hay en el poblado? —pregunté.
—Unos setecientos que empuñan azagayas — contestaron—,
junto con otros que moran en kraals separados. Además siempre hay centinelas en
las puertas de los muros.
—¿Y dónde guardan el ganado?
—volví a preguntar.
—Aquí en el valle que está a nuestros pies,
Macumazahn —contestó su portavoz —. Si escuchas lo oirás mugir. Durante la
noche lo vigilan cincuenta hombres, y hay dos mil cabezas o más.
—Entonces ¿no sería difícil rodear ese ganado y
llevárselo dejando que Bangu críe una nueva tropa?
—Tal vez no sería difícil —interrumpió Saduko—,
pero he venido a matar a Bangu, además de apoderarme de su hacienda, porque hay
entre nosotros un feudo de sangre.
—Muy bien — contesté —, pero esa montaña no puede
ser tomada por asalto, fortificada como está con muros y defensas, por
trescientos hombres. Nuestra banda sería destruida antes de llegar al kraal,
ya que debido a los centinelas apostados en todas partes sería imposible
entrar por sorpresa. Además, has olvidado a los perros, Saduko. Por otra
parte, aun si fuese posible, no quiero saber nada de la matanza de mujeres y
niños, cosa que tiene que ocurrir en un asalto. Ahora escúchame, oh Saduko.
Dejemos tranquilo el kraal de Bangu, y la noche próxima mandemos cincuenta de
nuestros hombres al mando de los guías hasta aquel bosquecillo donde deben
esconderse. Luego, después de que salga la luna y cuando todos estén dormidos,
esos cincuenta deben apoderarse del kraal del ganado, matando a todos cuantos
se les opongan, y luego deben llevarse la tropa por aquel gran paso por el cual
hemos entrado en este territorio. Bangu y su gente, creyendo que los que se
han apoderado del ganado son simples ladrones de alguna tribu salvaje, se
reunirán y seguirán a los animales para recapturarlos. Pero nosotros, con el
resto de los amangwane, podemos tenderle una emboscada en la parte mas estrecha
del paso, entre las rocas, en donde el pasto es alto y crecen apretujados las euforbias,
y allí, una vez que hayan pasado el desfiladero, que defenderemos yo y mis
cazadores con nuestros fusiles, les ofreceremos batalla. ¿Qué te
parece?
Saduko contestó que prefería atacar el kraal, que
quería quemar. Pero el viejo amangwane Tshoza, hermano del extinto Matiwane,
dijo:
—No; El que vigila de Noche es prudente. ¿Por qué
hemos de gastar nuestras fuerzas contra muros de piedra, para que
nuestros cráneos queden de adorno en las vallas de
los malditos amakoba? Atraigámoslos al desfiladero entre
las montañas, en donde no hay muros que los protejan, y caigamos allí sobre
ellos cuando estén aturdidos y zanjemos la cuestión de hombre a hombre. En
cuanto a las mujeres y niños, digo como Macumazahn que sean perdonados; tal vez
después sean nuestras mujeres y nuestros niños.
—Sí — dijeron los amangwane —, el plan del Inkoosi blanco
es bueno; seguiremos su plan y no otro.
Así que Saduko debió ceder y fue adoptado mi
consejo.
Todo ese día descansamos, sin encender hogueras y
permaneciendo inmóviles en la densa espesura. Fue un día de gran ansiedad
porque a pesar de ser un lugar tan salvaje y solitario, siempre abrigábamos el
temor de ser descubiertos. Es cierto que habíamos viajado en la mayor parte de
noche y en pequeños grupos para no dejar huellas, evitando todos los kraales;
pero de todas maneras existía la posibilidad de que el rumor de nuestro arribo
hubiese llegado a oídos de los amakoba o que algún grupo de cazadores diese
accidentalmente con nosotros.
Algo de eso ocurrió realmente, porque cerca del
mediodía oímos ruidos de pasos y advertimos la figura de un hombre, que por el
tocado de su cabeza conocimos era un amakoba, abriéndose paso a través de la
maleza. Antes de descubrirnos, se encontró entre nosotros, y ese momento fue
su último, porque tres de los amanwane saltaron sobre él como leopardos sobre
un antílope y allí mismo lo ultimaron. ¡Pobre hombre! Evidentemente había
estado visitando a algún hechicero, porque en su manta hallamos medicinas y
algunos filtros amorosos. Ese doctor, pensé para mis adentros, no era de la
categoría de Zikali el Enano; por lo menos no había advertido que no viviría
para administrar los filtros a su amada. Entre tanto aquellos de entre nosotros
con mejor vista subimos a los árboles y observamos desde allí la ciudad de
Bangu y el valle que se extendía entre ella y nosotros.
Pronto vimos que, hasta entonces por lo menos, la suerte estaba de nuestra
parte, pues durante la tarde, tropa tras tropa de ganado fue llevada al valle y
encerrada en los kraales para la hacienda. Indudablemente Bangu pensaba
realizar al día siguiente la inspección de
todo el ganado de la tribu, mucho del cual era cuidado
lejos de su ciudad. Por fin llegó a su término el largo día y se fueron espesando
las sombras de la noche. Entonces nos preparamos para nuestra terrible
aventura, en la que estaban en juego todas
nuestras vidas, pues si fracasábamos
no podíamos esperar compasión. Los cincuenta hombres escogidos
fueron reunidos y comieron en silencio. Estos fueron puestos bajo el mando de
Tshoza, que era el más experimentado de los amangwane, y conducidos por los
tres guías que habían vivido entre los amakoba y que "conocían todos los
hormigueros de la región", o así lo juraban. Su tarea era, se recordará,
cruzar el valle, separarse en pequeños grupos, abrir los diversos corrales,
matar o poner en fuga a los ciudadanos del ganado, y sacar a los animales del
valle llevándolos al desfiladero. Otro grupo de cincuenta hombres mandados por
Saduko, debía quedarse justo al extremo del paso, donde se abría en el valle,
para ayudar a reforzar a aquellos, o, si era necesario, para
contener a los amakoba mientras las grandes tropas de animales eran llevadas,
para luego unirse a nosotros en el lugar en que tenderíamos
nuestra emboscada, a unos tres kilómetros de allí. Yo debía de encargarme del
mando de esa emboscada, tarea de gran responsabilidad.
La luna no saldría hasta la medianoche, pero dos
horas antes empezamos a movernos, ya que era necesario sacar el ganado de sus
kraales tan pronto como amaneciera y diese la luz necesaria. De otra manera la
lucha en el paso se demoraría probablemente hasta después del amanecer, cuando
los amakoba vieran lo pequeña que era nuestra fuerza. El terror, la duda, la
oscuridad, tenían que ser nuestros aliados si queríamos triunfar en nuestra
desesperada aventura.
Todo quedó dispuesto por fin y llegó la hora. Los
tres capitanes de las fuerzas divididas nos despedimos e hicimos saber a
nuestros subordinados que en caso de que los azares de la guerra nos separasen,
mis carretas serían el lugar de reunión de los sobrevivientes.
Tshoza y sus cincuenta hombres se deslizaron como
fantasmas entre las sombras y desaparecieron. Un momento después partió
también Saduko con otros cincuenta. Llevaba el fusil de dos caños que yo le
había dado e iba acompañado por uno de mis mejores cazadores, un indígena de
Natal. Nuestra esperanza era que el ruido de los fusiles aterrase a nuestros
enemigos, en caso de que hubiese ocasión de usarlos antes de que nuestras
fuerzas volvieran a reunirse y les hicieran creer que tenían que vérselas con
una incursión de bóers, a cuyos roers — o pesados fusiles para
cazar elefantes — todos los indígenas tenían gran
temor. :
Así que Saduko se fue con sus cincuenta hombres,
quedándome yo pensando si volvería a ver su rostro de nuevo. Luego yo, mi
sirviente Scowl, los dos restantes cazadores y los doscientos amangwane que
quedaban, nos volvimos y no tardamos en seguir el camino por el cual habíamos
descendido por el abrupto paso. Lo llamo camino, pero en realidad no era más
que una cortada barrida por las aguas salpicada de rocas, a través
de las cuales teníamos que marchar lo mejor que podíamos en la oscuridad,
habiendo primero retirado los fulminantes de todos los fusiles por
miedo a que alguno se descargara por accidente poniendo
sobre aviso a los amakoba y confundiendo nuestros
planes.
Realizamos esa marcha caminando en tres largas
filas de forma que cada hombre pudiera estar en contacto con el que iba
adelante, y justo cuando empezaba a salir la luna llegamos al lugar que había
escogido para la emboscada. Por cierto no podía ser más adecuado para ese
propósito. Allí el sendero, o el fondo de la cortada, se estrechaba hasta no
tener más que unos treinta metros de ancho, mientras que los lados del
desfiladero estaban salpicados de arbustos y euforbias que crecían entre las
rocas. Nos escondimos detrás de esas rocas y las plantas, un centenar de
hombres a un lado y otro tanto al otro, mientras mis tres cazadores y yo,
armados todos de fusiles, ocupamos una posición al abrigo de una gran roca de
cerca de metro y medio de espesor que estaba algo a la derecha del camino
mismo, por donde esperábamos llegaría el ganado. Elegí este lugar para poder
estar en contacto con ambas alas de mi fuerza, y para hacer fuego directamente
sobre el camino de los amakoba que viniesen en persecución.
Di las siguientes órdenes a los amangwane,
advirtiéndoles que aquel que las desobedeciese sería castigado con la muerte:
nadie debía moverse hasta que yo, o si fuese muerto yo, uno de mis cazadores,
hiciera fuego; porque mi temor era que con la excitación saltaran antes de
tiempo y matasen a alguno de los nuestros, que probablemente estarían
mezclados, con los primeros de los amakoba. Segundo, cuando hubiese pasado el
ganado y se diera la señal, tenían que abalanzarse sobre los amakoba,
lanzándose a través del camino, de forma que los enemigos tuviesen que combatir
cuesta arriba en una ladera empinada.
Eso fue todo lo que les dije, ya que no es prudente
confundir a los indígenas dándoles demasiadas órdenes. Agregué, sin embargo,
una cosa: que debían vencer o morir. No habría cuartel para ellos, era un caso
de muerte o victoria. Su portavoz —porque esa gente siempre encuentra un
portavoz— contestó que me agradecían mi consejo; que habían comprendido y que
harían todo lo que pudiesen. En seguida alzaron sus azagayas, saludándome. A la
luz de la luna presentaban un aspecto salvaje al refugiarse detrás de las rocas
y árboles para esperar.
Esa espera fue larga, y confieso que antes de que
concluyese se me habían alterado los nervios. Empecé a pensar en toda clase de
cosas, tales como si viviría para volver a ver la salida del sol; y también
reflexioné acerca de la legalidad de esta notable empresa. ¿Qué derechos tenía
yo a mezclarme en una disputa entre esos salvajes?
¿Para qué había venido? ¿Para ganar hacienda como
comerciante? No, porque no estaba nada seguro de que lo recibiría si la
ganaba. ¿Porque Saduko me había acicateado acusándome de no cumplir mi
palabra? Sí, hasta cierto punto; pero ésa no era en forma alguna toda la razón.
Me había conmovido el relato de los crueles daños inferidos a Saduko y a su
tribu por ese Bangu, y por eso no me había costado asociarme a esa tentativa de
venganza contra un malvado asesino. Sí, eso estaba bien hasta ese punto; pero
entonces se me ocurrió una nueva consideración. Esos daños habían sido causados
hacía muchos años; probablemente la mayoría de los hombres que habían ayudado a
cometerlos para ahora habrían muerto o serían muy viejos, y la venganza
recaería sobre sus hijos.
¿Qué derecho tenía yo a ayudar a hacer expiar a los
hijos las faltas de los padres? Francamente, no podía decirlo. El asunto me
parecía ser parte del problema de la vida, ni más ni menos. Así que me encogí
tristemente de hombros y me consolé reflexionando que mi propia existencia
pagaría el precio de la aventura y expondría su moraleja. Esta consideración
acalló algo mi conciencia, porque un hombre que apoya sus acciones poniendo en
juego la vida, con razón o sin ella, por lo menos no hace el papel de cobarde.
El tiempo iba transcurriendo con lentitud sin que
pasara nada. La luna brillaba en el cielo despejado, y como no corría aire, el
silencio parecía particularmente profundo. Salvo la risa de alguna hiena y de
vez en cuando un sonido que me pareció el rugir distante de un león, nada se
agitaba entre la tierra dormida y el cielo iluminado por la luna. Por fin me
pareció oír un ruido, una especie de murmullo lejano, que fue aumentando de
volumen.
Sonaba como un millar de palos que golpeaban sobre
algo duro, muy débilmente. Continuó aumentando y reconocí el ruido como
producido por las pezuñas de animales al galope. Luego se oyeron otros ruidos
aislados, muy débiles y agudos; podían ser gritos; luego algo que no podía confundir:
tiros disparados a cierta distancia. Así que había comenzado la empresa; el
ganado se movía; Saduko y mi cazador hacían fuego. No quedaba otra cosa más que
esperar.
La excitación era violenta; parecía consumirme,
irme comiendo el cerebro. El ruido de las pisadas en las rocas fue aumentado
hasta convertirse en una especie de trueno distante, que no tardé en darme
cuenta era el mugir de un millar de animales asustados.
Cada vez se iban acercando más el ruido del galope
y el rumor de los mugidos; cada vez se oían más cerca los gritos de los
hombres, mancillando la calma de la noche solemne. Por fin apareció un solo
animal, un koodoo (antílope de cuerno en espiral) que por casualidad se había
mezclado con la hacienda. Pasó por delante nuestro como un rayo, y fue seguido
un minuto o dos más tarde por un toro que, siendo joven y liviano, había sacado
ventaja a sus compañeros.
Luego apareció la tropa — que me pareció
innumerable — subiendo la cuesta, vacas, terneras, terneros, toros y bueyes,
todos ellos resoplando, mugiendo y haciendo toda clase de ruidos. El estrépito
era horroroso y el aspecto aturdía, porque se veían animales de todos los
colores y sus largos cuernos resplandecían a la luz de la luna como si fueran
de marfil. En verdad, lo único parecido que he visto fue la avalancha de los
búfalos al salir del pantano de los juncos el día que fui herido.
Por fin la larga línea empezó a ralear, porque ya
sólo quedaban los animales rezagados, débiles o enfermos, de los que había
muchos. Otros sonidos empezaron también a dominar los mugidos de los animales,
los gritos animados de hombres. Los primeros de nuestros compañeros, los encargados
de llevarse el ganado, aparecieron, cansados y sin aliento, pero agitando sus
azagayas triunfalmente. Entre ellos estaba el viejo Tshoza. Subí a mi roca y lo
llamé por su nombre; me oyó y un rato después estaba echado a mi lado
respirando con dificultad.
—¡Los hemos traído todos! —exclamó—. No queda un
solo animal, fuera de los que han sido pisoteados. Saduko no está lejos con el
resto de nuestros hermanos, fuera de algunos que han sido muertos. Toda la
tribu de los amakoba viene detrás nuestro y él los está conteniendo para dar
tiempo a que se escape el ganado.
—¡Buen trabajo! -—contesté— Se han portado muy
bien. Ahora haz que tus hombres se oculten entre los otros, para que puedan
recobrar el aliento antes de la lucha.
Así les ordenó que lo hicieran a medida que
llegaban. Apenas había desaparecido el último de ellos entre los matorrales
cuando el creciente volumen de los gritos, entre los que oí el disparo de un
fusil, nos dijo que Saduko y su banda y los amakoba que los perseguían no
estaban lejos. No tardó en aparecer el puñado de amangwane, que llegaban
corriendo todo lo que podían, pues sabían que estaban cerca del lugar de la
emboscada y querían pasarlo para no verse mezclados con los amakoba. Los
dejamos pasar. Entre los últimos llegó Saduko, herido y ensangrentado, sosteniendo
a mi cazador, que también estaba herido y según me pareció de más gravedad que
él. Lo llamé.
—Saduko —le dije—, detente al terminar la cuesta y
descansa allí, para que luego puedas ayudarnos. Agitó su fusil a guisa de
respuesta, porque estaba demasiado cansado para hablar, y continuó con los que
quedaba de su grupo —unos treinta en total— siguiendo las huellas
del ganado. Antes de que se perdiera de vista llegaron los amakoba, unos
quinientos o seiscientos entremezclados y que avanzaban sin disciplina, porque
parecían haber perdido la cabeza además del ganado. Algunos
portaban escudos y otros no, llevando azagayas de distintas
clases. Evidentemente estaban locos de rabia, porque sus
gritos y palabras parecían contundirse en una maldición.
Había llegado el momento, aunque, a decir verdad,
deseaba de todo corazón que no hubiese sido así. No tenía en realidad miedo,
aunque nunca presumí de ser muy valiente, pero no me gustaba del todo el
asunto. Después de todo estábamos robando el ganado de esa gente y ahora íbamos
a matar todos los que pudiésemos de ellos. Tuve que recordar el relato de
Saduko de la horrible matanza de su tribu antes de decidirme a dar la señal.
Esto me dio firmeza y también la reflexión de que después de todo nos superaban
enormemente en número y era muy probable que al fin resultaran vencedores. De
cualquier manera, era demasiado tarde para arrepentirse. Qué cosa más engañosa
e incómoda es la conciencia, que siempre viene a molestarnos en el momento en
que hacemos una cosa, o después, nunca antes, cuando podía sernos útil.
Me puse de pie sobre la roca y disparé los dos
tiros de mi fusil sobre la horda que avanzaba, aunque no puedo decir
si maté o no a alguno. Siempre esperé que no, pero como el blanco era grande y
soy un buen tirador era difícil que tal cosa ocurriera.
Un instante después, profiriendo aullidos de fieras, los
feroces guerreros amangwane saltaron de sus escondrijos a ambos lados del
desfiladero y se arrojaron sobre sus enemigos hereditarios. Luchaban por algo
más que el ganado; luchaban impulsados por el odio y la sed de venganza, porque
esos amakoba habían asesinado a sus padres y madres, sus hermanas y hermanos, y
ahora querían cobrarse con sangre la sangre que ellos derramaran. ¡Santo Cielo,
cómo lucharon! Parecían demonios en lugar de seres humanos. Después de ese
primer grito, que fue la palabra "Saduko", combatieron en silencio
como bulldogs. Aunque eran tan pocos, su primer terrible ataque hizo retroceder
a los amakoba. Luego, al recobrarse éstos de su sorpresa, el peso de su número
empezó a hacerse sentir, porque ellos también eran hombres valientes que no se
dejaban dominar por el pánico. Docenas de ellos cayeron en la primera carga,
pero los restantes hicieron retroceder a los amangwane cuesta arriba. Participé
un poco en la lucha, haciendo fuego sólo cuando me veía obligado para salvar mi
vida. Paso a paso fuimos rechazados hasta que finalmente nos acercamos a la
cima de la cuesta.
Entonces, cuando el resultado de la lucha estaba
indeciso, se oyó el grito de "¡Saduko!" y éste en persona, seguido
por sus treinta hombres, se lanzó contra los amakoba.
Esta carga decidió la batalla porque ignorando
cuántos llegaban, los que quedaban de los amakoba emprendieron la fuga,
persiguiéndolos nosotros corto trecho.
Nos reunimos en lo alto de la cuesta, sólo unos doscientos
de nosotros; los restantes habían sido muertos o heridos gravemente, y mi pobre
cazador que había prestado a Saduko, estaba entre los muertos. Aunque herido
continuó luchando hasta el fin, y luego cayó, gritándome:
—Jefe, ¿me he portado bien? .— y expiró.
Estaba agotado y sin aliento, pero como en un sueño
vi a unos amangwane que arrastraban a un viejo, gritando:
—¡Aquí esta Bangu, Bangu el Carnicero, a quien
hemos tomado vivo!
Saduko se le acercó.
—¡A Bangu! —le dijo—, ¿dime ahora por qué no he de
darte muerte, como lo hubieses hecho tú hace mucho tiempo con el muchachito
Saduko, de no haberlo salvado
Zikali? Mira, aquí está la señal de
tu azagaya.
—Mátame —dijo Bangu—. Tu espíritu es más fuerte que
el mío. ¿No lo predijo acaso Zicali? Mátame, Saduko.
—No — contestó éste —. Si tú estás fatigado, yo
también lo estoy, y además herido. Toma una azagaya, Bangu, y lucharemos.
Y de esta manera lucharon a la luz de la luna;
combatiendo furiosamente mientras todos mirábamos, hasta que finalmente vi que
Bangu abría los brazos y se desplomaba.
Saduko estaba vengado. Siempre me alegré de que matara
así a su enemigo, y no en la forma en que podía hacerse creído que lo haría.
Capítulo 7
Saduko trae el Regalo de Casamiento
Llegamos al lado de mis carretas en las primeras
horas de la mañana del día siguiente, llevando con
nosotros el ganado y nuestros heridos. Con esa impedimenta fue una marcha
sumamente penosa y no exenta de ansiedad, porque siempre era posible
que los amakoba que quedaban intentaran perseguirnos. Pero no lo
hicieron porque muchos de ellos habían muerto o estaban heridos, y los
sobrevivientes habían perdido el ánimo. Volvieron a sus
hogares en la montaña y allí vivieron avergonzados y en la miseria,
porque no creo que les quedaron cincuenta cabezas de ganado para toda la tribu,
y los cafres sin hacienda no son nada. A pesar de ello, no murieron de hambre,
ya que tenían mujeres de sobra para trabajar los campos, y no habíamos tocado
su maíz. Su final fue que Panda los entregó a su vencedor, Saduko y éste los
unió a los amangwane. Pero eso no sucedió
hasta algún tiempo después.
Una vez que descansamos un tiempo junto a las
carretas se reunieron los animales, y al contarlos hallamos que su número
ascendía a más de mil doscientas cabezas, sin agregar los animales que habían
sido malheridos en la lucha, que matamos para nuestro consumo. Fue realmente
una buena presa, y a pesar de la herida en el costado que le dolía mucho
al enfriarse, Saduko la contempló con
ojos brillantes. No era de extrañar, porque
después de haber sido tan pobre ahora era rico, y continuaría siéndolo aun
después de pagar las vacas que quisiera pedirle Umbezi
como precio de la mano de Mameena. Además estaba seguro, y yo compartía su
creencia, de que en esas nuevas circunstancias "tanto la joven como su
padre considerarían su pretensión con ojos muy favorables. Había por decirlo
así, ganado la sucesión al título y las posesiones familiares en un juicio
dilucidado en el "Tribunal de las azagayas", y por tanto difícilmente
habría un padre en Zululandia que le cerrase la puerta de su kraal. Ambos
olvidábamos el proverbio que dice que entre el plato y la
boca muchas veces se pierde la sopa, que, de paso, tiene sus equivalentes
zulúes. Si no recuerdo mal es: "Aunque cacaree fuerte la
gallina, no siempre el ama de casa consigue el huevo".
Y lo cierto fue que aunque la gallina de Saduko
cacareaba muy fuerte, no estaba destinado a encontrar el ansiado huevo. Pero
de eso hablaré en su oportunidad.
Yo también miré el ganado, pensando si Saduko
recordaría nuestro acuerdo, según el cual unas seiscientas cabezas me
pertenecían. ¡Seiscientas cabezas! Calculando a cinco libras por cabeza —y como
en aquel momento los bueyes escaseaban mucho, fácilmente valían eso si no más—
suponían tres mil libras, una suma de dinero mucho mayor que cualquier otra
que hubiese poseído a la vez en mi vida. ¡Ciertamente el camino de la violencia
era provechoso! ¿Pero lo recordaría? Pensé que probablemente no lo haría, porque
los cafres son poco aficionados a separarse del ganado. Pues bien, le hice una
injusticia, porque un momento después se volvió y dijo, con algo de esfuerzo:
—Macumazahn la mitad de esto te pertenece, y ciertamente
lo has ganado, porque tu astucia y buen consejo nos dieron la victoria. Ahora
los contaremos animal por animal. Así que escogí un hermoso buey y Saduko
eligió otro; y así seguimos hasta separar ocho de los que me correspondían. Al
separar el octavo me volví a Saduko y le dije:
—Bueno. Necesito estos
bueyes para reemplazar a los míos que murieron en el viaje, pero no
quiero más.
—¡Wow! —exclamó Saduko, y todos los que
estaban a su lado, mientras uno de ellos, creo que fue Tshoza, añadió:
—¡Rehúsa seiscientos animales que le pertenecen
justamente! ¡Debe estar loco!
—No, amigo —respondí—, no estoy loco, pero tampoco
soy una mala persona. Acompañé a Saduko en esta incursión porque le tengo
afecto y estuvo a mi lado en una ocasión en el momento del peligro. Pero no me
gusta matar a hombres con los cuales no tengo ninguna disputa, y no aceptaré el
precio de la sangre.
—¡Wow! —repitió el viejo Tshoza, porque
la sorpresa parecía haber dejado sin habla a Saduko—; es un espíritu, no un
hombre. ¡Es un santo!
—Nada de eso — respondí —, y si lo crees así,
pregúntale a Mameena —una alusión poco clara que no comprendieron—. Ahora
escuchad. No aceptaré ese ganado porque no pienso como pensáis vosotros los
cafres. Pero como es mío, de acuerdo con vuestra ley, voy a disponer de él. Doy
diez cabezas a cada uno de mis cazadores y quince a los familiares del que
murió. Los restantes animales se los doy a Tshoza y a los demás amangwane que
lucharon, para ser distribuidos entre ellos en la proporción que acuerden,
quedando yo de juez en caso de alguna disputa.
Al oír mis palabras todos ellos gritaron: "¡Inkoosi!", y
Tshoza se acercó corriendo y me besó la mano.
—¡Tienes un corazón grande! —exclamó—. Aunque eres
tan pequeño, en ti vive la sabiduría del cielo.
A sus elogios se unieron los de los demás, hasta
ser infernal el estrépito. Saduko también me dio las gracias con su aire
magnífico. Sin embargo, no creo que estuviese del todo satisfecho, aunque mi
obsequio le relevaba de la necesidad de compartir la presa con sus compañeros.
La verdad era, o tal he creído, que se daba cuenta que en adelante los
amangwane me tendrían más afecto que a él. Y esto sucedió realmente, porque
estoy seguro que no había uno solo entre todos aquellos salvajes que no me
hubiese servido hasta la muerte, y hasta hoy mi nombre es recordado entre
ellos y sus descendientes. Además ha llegado a convertirse en algo proverbial
entre los cafres. Al referirse a algún acto notable de liberalidad dicen
"un don de Macumazahn", y de la misma manera llaman al que rehúsa
algo en forma notable "uno que usa la manta de Macumazahn", el que ha
robado la sombra de Macumazahn".
De esta manera adquirí una gran reputación a poca
costa,
porque realmente no hubiese podido quedarme con
ese ganado; además estoy seguro que hacerlo me hubiese traído mala suerte. Es
más, una de las cosas que he deplorado en mi vida es haber tenido algo que ver
en este asunto.
Nuestro viaje de regreso al kraal de Umbezi —porque
allí nos dirigíamos— fue muy lento porque nuestra marcha se veía dificultada a
causa de los heridos y el ganado. De este último nos libramos poco después,
pues con excepción de los animales que había dado a mis hombres y un centenar
de los mejores que Saduko llevó con él para cierto fin, fueron enviados a un
lugar que había elegido, a cargo de aproximadamente la mitad de su gente al
mando de su tío Tshoza para que le esperasen allí.
Había pasado más de un mes desde la noche de la
emboscada cuando por fin desenganchamos muy cerca del kraal de Umbezi, en el
bosque donde por primera vez había encontrado a los guerreros amangwane. ¡Qué
distintos parecían en este día triunfal de los hombres de aspecto feroz que
habían aparecido de detrás de los árboles al llamado de su jefe! Mientras
marchábamos a través de la región, Saduko les había comprado moochas y mantas
finas; asimismo se había hecho tocados para la cabeza con las largas plumas negras
del pinzón sakabuli, y escudos y polainas con los cueros y
colas de bueyes. Además, como habían comido abundantemente y viajado en cómodas
etapas, estaban gruesos y de buen aspecto, como suele suceder a los indígenas
cuando se les da buena alimentación después de un período de abstinencia.
El plan de Saduko era pasar tranquilo esa noche en
el bosque para avanzar a la mañana siguiente con toda su magnificencia
acompañado por sus guerreros, para entregar las cien cabezas de ganado que le
habían sido pedidas, y pedir formalmente la mano de su hija a Umbezi. Como el
lector habrá podido colegir, Saduko tenía algo de histrión y le gustaba lucir
sus galas.
Su
plan fue ejecutado al pie de la letra. A la mañana siguiente, cuando el sol
estaba bien alto, Saduko, como hace todo gran jefe, envió por delante dos
heraldos engalanados para anunciar su llegada a Umbezi, seguidos por otros dos
hombres para proclamar sus hazañas y virtudes. (De paso observé que había recibido
instrucciones claras de evitar toda mención de una persona llamada Macumazahn.)
En seguida avanzamos todos los demás en grupo. Iba primero Saduko,
espléndidamente vestido como jefe, llevando una pequeña azagaya, adornado con
plumas, polainas y una falda de piel de leopardo. Iba acompañado por una media
docena de sus subordinados de mejor aspecto, que figuraban como sus indunas o
consejeros. Detrás de éstos iba yo, un individuo insignificante, cubierto de
polvo, acompañado por el feo y chato Scowl, que vestía unos pantalones
grasientos, botas europeas gastadas asomándole los dedos del pie por las puntas
rotas, y mis tres cazadores sobrevivientes, cuyo aspecto era más lamentable
aún. Detrás nuestro marchaban unos ochenta de los amangwane transformados y
finalmente venían los cien bueyes escogidos conducidos por unos pocos peones.
Oportunamente llegamos a la puerta del kraal, donde encontramos a los heraldos
y pregoneros paseándose y gritando.
—¿Habéis visto a Umbezi? —les preguntó Saduko. —No
— contestaron —; estaba durmiendo cuando llegamos, pero su gente
dice que vendrá pronto.
—Entonces decid a su gente que se apure, o que iré
yo a sacarlo —replicó el orgulloso Saduko.
Justo en ese momento se abrió la puerta del kraal y
apareció en ella Umbezi, con aspecto gordo y atolondrado; y, según me pareció,
asustado, aunque trataba de disimularlo.
—¿Quién me visita —dijo— con tanta..., humm...,
ceremonia? —y con el bastón que llevaba en la mano apuntó las filas de hombres
armados—. Ah, ¿eres tú, Saduko? — y lo miró de arriba abajo—. ¡Qué aspecto
magnífico tienes! ¿Has estado robando a alguien? Y tú también, Macumazahn.
Bueno, tú no tienes aspecto magnífico. Pareces una vaca vieja que ha estado
amamantando a la vez a dos terneros en el invierno. Pero dime, ¿qué hacen esos
guerreros? Lo pregunto porque no tengo comida para tantos, especialmente
porque hemos tenido un festín aquí.
—No temas nada, Umbezi — dijo Saduko, con su aire
más arrogante—. He traído comida para mis hombres. En cuanto a lo que me trae
aquí, es sencillo. Me pediste cien cabezas de ganado como la lobola (el
regalo de casamiento) de tu hija. Ahí están. Manda a tus sirvientes que las
cuenten. —Con mucho gusto —replicó Umbezi, nervioso y dio ciertas órdenes a
varios hombres que estaban detrás de él—. Me alegro ver que te hayas vuelto
rico de esta forma tan repentina, Saduko, aunque no comprendo cómo lo has
hecho.
—No te importa cómo me he vuelto rico —contestó
Saduko—. Soy rico, eso basta por el momento. Ten la bondad de mandar buscar a
Mameena, pues quisiera hablar con ella.
—Sí, sí, Saduko, comprendo que quieres hablar con
Mameena; pero —y miró con desesperación a su alrededor — temo que todavía esté
durmiendo. Como sabes, Mameena siempre se levanta tarde, y lo que es más, odia
que la molesten. ¿No crees que podías volver, digamos, mañana por la mañana?
Seguramente estará levantada entonces. ¿O mejor aún, pasado mañana?
—¿En qué
choza está
Mameena? —preguntó Saduko, mientras yo,
oliendo algo raro, me reía para mis adentros.
—No lo sé
realmente, Saduko —replicó Umbezi—. A veces duerme en
una, otras veces en otra y a veces se va a varias
horas de aquí, al kraal de su tía, para variar. No me sorprendería lo más
mínimo que hubiese hecho eso anoche. No tengo ninguna autoridad sobre Mameena.
Antes de que Saduko pudiera responder, una voz
áspera y chillona resonó en nuestros oídos, que después de un momento descubrí
pertenecía a una mujer fea y vieja sentada a la sombra, en la que reconocí a la
dama conocida con el nombre poco agradable de la "Vieja Vaca
Gastada".
—¡Miente! —chilló la voz—. Miente. Gracias sean
dadas a los espíritus de mis antecesores, esa gata salvaje de Mameena ha
dejado para siempre este kraal. Anoche no durmió con su tía, sino con su
marido, Masapo, a quien Umbezi la dio en casamiento hace dos días, recibiendo
en pago ciento veinte cabezas de ganado, o sea veinte más de las que ofreciste
tú, Saduko.
Cuando Saduko oyó esas palabras creí que realmente
se volvía loco de rabia. Se puso gris bajo su piel negra y durarle un momento
tembló como una hoja, pareciendo que iba a desplomarse. En seguida saltó como
un león, y tomando del cuello a Umbezi, lo tiró de espaldas al suelo,
colocándose junto a él con su azagaya en alto.
—¡Perro! —gritó con voz terrible—. Dime la verdad o
te abriré en canal. ¿Qué has hecho con Mameena?
—Oh Saduko —contestó Umbezi—. Mameena ha elegido
casarse. No fue culpa mía; quiso hacer su capricho.
No pudo seguir, y si no hubiese intervenido yo
estrechando fuertemente a Saduko entre mis brazos y arrastrándolo hacia atrás,
ése hubiese sido el último momento de Umbezi, porque Saduko estaba a punto de
clavarlo al suelo con su azagaya. Por fortuna, llegué justo a tiempo, y Saduko,
debilitado por la emoción, porque sentí latir con violencia su corazón, no
pudo desasirse de mis brazos antes de que volviera a la razón. Finalmente se
compuso algo y arrojó su azagaya, como para alejarse de la tentación. Luego habló
en el mismo tono terrible, diciendo:
—¿Tienes algo más que decir de este asunto, Umbezi?
Quiero oírlo todo antes de contestarte.
—Sólo esto, Saduko —replicó Umbezi, que se había incorporado
y temblaba como azorado—. No hice nada más que lo que hubiese hecho cualquier
otro padre. Masapo es un jefe muy poderoso, uno que será un buen apoyo para mi
vejez. Mameena declaró que quería casarse con él...
—¡Miente! —chilló la "Vieja Vaca"—. Lo
que Mameena dijo es que no tenía deseos de casarse con ningún zulú; así que
supongo que está buscando algún blanco —y miró con malicia en mi dirección—.
Pero dijo que si su padre deseaba casarla con Masapo, debía de ser una hija
obediente, pero que si a causa de su matrimonio había sangre y disgustos, que
cayeran sobre la cabeza de él y no la suya.
—¿Quieres clavarme también tus garras, gata? —
gritó Umbezi, dando a la vieja un violento golpe en la espalda con el bastón
que llevaba en la mano, haciendo que aquélla huyese chillando y maldiciéndolo.
—Oh, Saduko — continuó —, no te dejes emponzoñar
los oídos con esas mentiras. Mameena nunca dijo cosa parecida, y si lo hizo no
fue a mí. Bueno, en el momento en que mi hija consintió en tomar a
Masapo como esposo, su gente trajo ciento veinte hermosos
animales, ¿y hubieses querido que los rechazara, Saduko? Estoy
seguro de que cuando los hayas visto dirás que hice bien en aceptar un lobola tan
espléndido a cambio de una muchacha de lengua atrevida. Recuerda, Saduko, que
aunque me habías prometido cien cabezas, son veinte menos. Entonces no tenías
una sola, y no podía imaginarme dónde las ibas a conseguir. Además — agregó con
un último esfuerzo desesperado de su imaginación, porque veía que sus
argumentos no causaban ninguna impresión—, algunos forasteros que
pasaron por aquí me dijeron que tú y Macumazahn habían sido muertos por unos
malhechores en las montañas. Bueno, he hablado, y, Saduko, si ahora tienes
animales, por mi parte tengo otra hija, no tan bonita como Mameena
tal vez, pero mucho mejor, trabajando en el campo. Ven y
toma un trago de cerveza y la mandaré llamar.
—Deja de hablar de tu otra hija y de la cerveza y
escúchame — replicó Saduko, mirando a la azagaya que había arrojado al suelo,
con aire tan amenazador, que le puse el pie encima—. Soy ahora un jefe más
grande que el jabalí Masapo. ¿Tiene Masapo una guardia como estos Devoradores
de Enemigos? —y señaló a las apretadas filas de amangwane de rostros feroces
que escuchaban detrás nuestro—. ¿Tiene Masapo tanto ganado como yo, del que
éste que ves no es más que una parte insignificante que he traído como lobola al
padre de la que me había prometido como esposa? ¿Es Masapo amigo de Panda? Creo
haber oído lo contrario. ¿Ha conquistado Masapo a una tribu innumerable con su
valor y su ingenio? ¿Es Masapo joven y de alta alcurnia ó no es más que un
viejo jabalí mal nacido de las montañas?... No contestas, Umbezi, y tal vez
haces bien en guardar silencio. Ahora escucha de nuevo. Si no fuese por
Macumazahn, a quien no deseo mezclar en mis disputas, ordenaría a
mis hombres que se apoderasen de ti y te golpearan hasta matarte con las astas
de sus azagayas, y que luego trataran al jabalí de la misma manera en su
guarida de las montañas. Pero esas cosas tendrán que esperar un poco, especialmente
porque tengo otras cuestiones que atender primero. Pero no está
lejano el día en que también las atenderé.
Por tanto el consejo que
te doy, Tramposo, es que te apures a morir o que halles valor para caer sobre
una azagaya, a menos que no quieras saber lo que se siente al ser molido a
palos como un cuero verde hasta que nadie pueda
reconocer que una vez fuiste un hombre. Ahora haz que transmitan mis
palabras a Masapo el Jabalí. Y di a Masapo que pronto vendré para apoderarme
de ella con azagayas y no con ganado. ¿Has entendido? Ah, veo que sí, pues ya
estás llorando de miedo como una mujer. Entonces adiós, hasta en que
vuelva con los garrotes, oh Umbezi, el tramposo y mentiroso, Umbezi, el
"Devorador de Elefantes" —y volviéndose Saduko se alejó. Iba a seguirlo, pues
ya había tenido bastante de esta escena
desagradable, cuando el pobre Umbezi saltó sobre mí y me tomó del
brazo.
—Oh, Macumazahn —exclamó, llorando de terror—. Oh,
Macumazahn, si alguna vez he sido amigo tuyo, ayúdame a salir de este abismo en
que he caído por culpa de las tretas de esa mona de hija mía. Macumazahn, si
hubiese sido hija tuya y hubiera aparecido un jefe poderoso con ciento veinte
cabezas de un ganado tan hermoso, ¿no se la hubieses dado, aunque sea de sangre
mezclada y no muy joven, sabiendo que no le importaba, ya que lo único que le
interesa es posición y riqueza?
—Creo que no — contesté —, pero no tenemos nosotros
la costumbre de vender mujeres de esa
forma.
—No, no, lo había olvidado; en esta cuestión, como
en muchas otras vosotros los blancos estáis locos; y, Macumazahn, para decirte
la verdad, creo que a ti es a quien realmente quiere; me lo ha dado a entender
una o dos veces. ¿Por qué no te la llevaste cuando yo no estaba mirando?
¡Podíamos habernos arreglado después y me hubiese visto libre de sus brujerías
y no metido hasta el cuello en este pozo como estoy ahora!
—Porque algunas personas no hacen esas cosas,
Umbezi.
—No, no, lo había olvidado. Oh, ¿por qué no podré
recordar que estás loco y que por tanto no puede esperarse que pienses u obres
como si estuvieses cuerdo? Bueno, por lo menos eres amigo de este tigre Saduko,
lo que me refirma que debes de estar muy loco, porque la mayor parte de la
gente prefería tratar de ordeñar a una hembra de búfalo que marchar de su mano.
¿No ves, Macumazahn, que piensa matarme, molerme como un cuero verde? ¡Ah!, apalearme
hasta la muerte. ¡Ay! Y lo que es más, a menos que lo impidas, seguramente lo
hará, tal vez mañana o pasado.
—Sí, ya lo veo, Umbezi, y creo que lo hará. Pero lo
que no veo es cómo evitarlo. Recuerda que dejaste que Mameena creciera en su
corazón y te portaste mal con él, Umbezi.
—Nunca se la prometí, Macumazahn. Sólo dije que si
traía cien cabezas de ganado, entonces podría prometérsela.
—Pues bien, ha aniquilado a los amakoba, los
enemigos de su casa, y ahí están las cien cabezas y tiene muchas más, y ahora
es tarde para que tú cumplas tu parte. Así que creo que debes tratar de
acomodarte lo mejor posible en el agujero que tus manos excavaron, Umbezi, y
en el que no me querría encontrar por todo el ganado de Zululandia.
—Ciertamente que no sirves para brindar consuelo en
la hora de la tribulación —gimió el pobre Umbezi; y luego agregó animándose —:
Pero tal vez le dé muerte Panda por haber aniquilado a Bangu en tiempo de paz.
Oh, Macumazahn, ¿puedes persuadir a Panda de que lo mate? Si lo haces, tengo
más ganado de lo que realmente necesito...
—Imposible —repliqué—. Panda es su amigo, y entre
nosotros puedo decirte que devoró a los amakoba por su mandato especial. Cuando
lo sepa el rey llamará a Saduko a sentarse a su sombra y lo hará grande, uno de
sus consejeros, probablemente con poder de vida o muerte sobre gente pequeña
como tú o Masapo.
—Entonces es el fin —dijo Umbezi débilmente—, y trataré
de morir como un hombre. ¡Pero ser apaleado como un cuero! ¡Y con varillas
finas! Oh — añadió, crujiendo los dientes—, si pudiese agarrar a Mameena no le
dejaría mucho de ese pelo bonito sobre su cabeza. Le ataría las manos y la
encerraría con la "Vieja Vaca" que la quiere como un gato quiere a un
ratón. No, la mataré. Eso es... ya lo oyes, Macumazahn, a menos que trates de
ayudarme mataré a Mameena, y sé que eso no te gustará, porque estoy seguro de que
la quieres, aunque no fueras lo suficiente hombre para escaparte
con ella, como ella quería.
—Si tocas a Mameena —dije—, ten la seguridad,
amigo, de que los palos de Saduko y tu piel no estarán lejos unos de la otra,
porque yo mismo te denunciaré a Panda como un malhechor desnaturalizado. Ahora
escúchame, viejo idiota: Saduko quiere tanto a tu hija, pues sobre este punto
está tan loco como lo dices soy yo, que si la consiguiera creo que pasaría por
alto el que hubiese estado casada antes. Lo que tienes que tratar de hacer es
de volvérsela a comprar a Masapo. Fíjate bien, digo volvérsela a comprar —no a
conseguirla derramando sangre —, cosa que podrías hacer persuadiendo
a Masapo que la repudie. Entonces, si supiera que estás tratando de hacer esto,
es posible que Saduko se olvide por un tiempo de sus garrotes.
—Trataré de hacerlo. Ciertamente lo haré,
Macumazahn. Lo intentaré con todas mis fuerzas. Es cierto que Masapo es un
cerdo obstinado; pero de todas maneras, si sabe que está en juego su vida es
posible que ceda. Además, cuando sepa que Saduko se ha vuelto rico y poderoso
es probable que Mameena me ayude. Oh, gracias, Macumazahn, eres realmente el
sostén de mi choza, y ésta y cuanto contiene son tuyos. Adiós, adiós,
Macumazahn, si tienes que marchar. Pero, ¿por qué..., por qué no te escapaste
con Mameena y me ahorraste todo este temor y estos disgustos?
De esta manera me despedí del viejo charlatán
Umbezi, el "Devorador de Elefantes", separándonos por un tiempo, y
nunca lo vi con un ánimo tan deprimido, salvo en otra ocasión, que contaré.
Capítulo 8
La Hija del Rey
Cuando volví a mis carretes después de esa
entrevista semitrágica con el jactancioso y aprovechado viejo charlatán
Umbezi, fue para enterarme de que Saduko y sus guerreros habían marchado ya al
kraal del rey, en Nodwengu. Pero había dejado un mensaje diciéndome que
esperaba le seguiría, a fin de dar un informe del asunto de la destrucción de
los amakoba. Después de reflexionar, decidí hacer esto, realmente creo que por
el intenso interés humano de todo
el asunto. Quería saber
cómo terminaría.
Además, en cierto modo, había leído lo que pasaba
por la mente de Saduko y me daba cuenta de que por el momento no quería hablar
de su horrible desilusión. Aunque pudiera haber habido cualquier falsía en la
naturaleza de ese hombre, una cosa era cierta: su amor o pasión por Mameena.
Durante su vida fue la estrella que lo guió —la peor estrella que podía haber
surgido en el horizonte de un hombre; la estrella fatal que debía de llevarlo a
la perdición. Puedo dar gracias a la Providencia, y lo hago, de haber tenido
la buena fortuna de escapar de su influencia nefasta, aunque admito que me
atrajo no poco.
Así que llevado allí por mi curiosidad, que con
tanta frecuencia me ha metido en líos, me dirigí a Nodwengu, lleno de dudas
mezcladas con sus toques divertidos, porque no podía alejar de mi mente el
recuerdo del terror abyecto del "Devorador de Elefantes" al verse
frente a frente con la rabia terrible y concentrada de Saduko y la promesa de
su venganza. Finalmente llegué al Gran Lugar sin haber tenido ninguna aventura
digna de mención, y acampé en un lugar que me fue designado por un induna cuyo
nombre he olvidado, pero que evidentemente conocía mi llegada, porque lo hallé
esperándome a cierta distancia de la ciudad. Allí me quedé dos o tres días, si
bien recuerdo, entreteniéndome tirando a palomas con una escopeta, hasta que
sucediese algo o me cansara y partiera para Natal.
Por fin, cuando estaba a punto de iniciar la marcha
hacia el este, se presentó en las carretas un viejo amigo, Maputa, el mismo
hombre que me había traído el mensaje de Panda antes de iniciar la expedición
contra Bangu.
—Salud, Macumazahn — dijo —. ¿Qué tal te fue con
los amakoba? Veo que no te mataron.
—No — respondí, ofreciéndole rapé —; no llegaron a
matarme, porque aquí me tienes. ¿En qué puedo servirte?
—Oh, Macumazahn, el rey desea saber si te quedan
algunas de esas balas pequeñas en la cajita que te llevé, porque piensa que
le gustaría tomar una de ellas con este calor.
Le ofrecí toda la caja, pero no quiso tomarla,
diciendo que el rey desearía que se la entregase en persona. Comprendí que me
llamaba para una audiencia y le pregunté cuándo deseaba recibirme Panda con las
"pequeñas piedrecitas negras que hacen maravillas". Me contestó que
en seguida. Partimos en el acto, y una hora más tarde me encontraba ante Panda.
Como todos los de su familia, el rey era un hombre
enorme, pero al revés de Chaka y sus otros hermanos que había conocido, de
continente benévolo. Lo saludé quitándome la gorra y me senté en un taburete
que había sido colocado para mí fuera de la gran choza, a la sombra de la cual
estaba sentado él dentro de su isi-gohlo, o recinto privado.
—Salud, oh Macumazahn —dijo—. Me alegro de verte
sano y bueno, porque tengo entendido que has estado mezclado r en
una aventura peligrosa.
—Sí, rey —contesté—, ¿pero a qué aventura te
refieres: a la del búfalo, cuando me ayudó Saduko, o la de los amakoba, en la
que yo ayudé a Saduko?
—A la última, Macumazahn, y deseo oír toda la
historia.
Se la conté, estando los dos solos, pues había
ordenado a sus consejeros y sirvientes que se alejaran.
—¡Wow! —exclamó cuando concluí—, eres
listo como un mono, Macumazahn. Fue una buena treta la de tender una celada a
Bangu y a sus perros amakoba y poner de cebo a su propio ganado. Pero me han
dicho que rehusaste tu parte del ganado. ¿A qué se ha debido eso, Macumazahn?
Le contesté repitiéndole las razones que ya he
expuesto.
—¡Ah! —exclamó—. Todos buscamos la
grandeza de nuestra manera, y tal vez la tuya sea mejor que la
nuestra. Bueno, el hombre blanco sigue un camino —o algunos de ellos lo hacen—
y el negro otro. Ambos concluyen en el mismo lugar y nadie puede saber cuál es
el verdadero camino hasta después de terminar la jornada. Entretanto, lo que tú
pierdes lo ganan Saduko y su gente. Es un hombre inteligente Saduko, porque
sabe escoger sus amigos, y su inteligencia le ha dado el triunfo y bienes. Pero
a ti, Macumazahn, sólo te ha dado honra y el hombre que sólo se
alimenta de ella estará muy flaco.
—Me gusta estar flaco, oh Panda — repliqué sin
prisa.
—Sí, sí, comprendo — replicó el rey, quien, como la
mayor parte de los indígenas, captaba rápidamente las ideas —, y a mí también
me gusta la gente que se mantiene flaca alimentándose como tú, gentes cuyas
manos están siempre limpias. Los zulúes confiamos en ti, Macumazahn, como en
pocos hombres blancos, porque hemos sabido desde hace años que tus labios dicen
lo que piensa tu corazón, y tu corazón piensa en lo que es bueno. Pueden
llamarte El que Vigila de Noche, pero te gusta la luz, no la oscuridad.
Al escuchar estos cumplidos poco usuales, me
incliné y sentí que enrojecía un poco al hacerlo, a pesar de estar tostado por
el sol, pero no los contesté, porque al hacerlo hubiera significado una
discusión del pasado y sus acontecimientos trágicos, en la que no quería
entrar. Panda también guardó silencio un rato. Luego ordenó a un mensajero que
llamara a los príncipes, Cetewayo y Umbelazi, y que dijera a Saduko, el hijo de
Matiwane, que esperase afuera en caso de que quisiera hablar con él.
Un minuto más tarde llegaron los dos príncipes.
Observé su llegada con gran interés, porque eran los hombres más importantes de
Zululandia, y ya toda la nación discutía con ardor cuál de los dos sucedería a
su padre en el trono. Trataré de describirlos.
Eran más o menos de la misma edad —siempre es
difícil saber con exactitud los años de un zulú — y ambos jóvenes de muy buena
estampa. Cetewayo, sin embargo, tenía expresión más enérgica. Se decía que
tenía un gran parecido con aquel monstruo feroz y capaz, Chaka la Fiera, su
tío, y por cierto percibía en él una semejanza con Dingaan, el predecesor de
Panda, a quien conocí demasiado bien siendo yo sólo un muchacho. Tenía los
mismos ojos irritados y expresión altanera; asimismo, cuando se irritaba, sus
labios se fruncían con la misma férrea dureza.
Me es difícil hablar de Umbelazi sin entusiasmo.
Así como Mameena era la mujer más hermosa que había visto en Zululandia —aunque
es cierto que ese viejo guerrero Umslopogaas, un amigo mío que no figura en
esta historia, me solía decir que Nada el Lirio, a quien he mencionado, era más
hermosa aún — Umbelazi era con mucho el hombre de aspecto más espléndido. Es
más, los zulúes lo llamaban "Umbelazi el Hermoso", y no era extraño.
Para empezar, llevaba por lo menos siete centímetros al más alto de ellos; lo
he reconocido a medio kilómetro de distancia por su gran estatura, aun entre el
polvo de una batalla desesperada, y su ancho era proporcionado a su altura.
Estaba además perfectamente formado y sus extremidades bien torneadas
terminaban en manos y pies pequeños como los de Saduko. Tenía también bien
moldeado el rostro, que era de expresión franca; era de color más claro que el
de Cetewayo y sus ojos, que parecían sonreír siempre, eran grandes y oscuros.
Aun antes de pasar la pequeña puerta de la cerca
inferior pude ver que esta pareja real no estaba en el mejor de los términos,
pues cada uno de ellos trató de pasar primero, para probar su derecho de
precedencia. El resultado fue más bien ridículo, porque se quedaron atascados
en la puerta. Pero el peso mayor de Umbelazi se hizo sentir, porque usando su
fuerza apretujó a su hermano contra los juncos de la cerca y pasó con un pie de
ventaja sobre él.
—Estás engordando demasiado, hermano —oí que decía
Cetewayo, y vi que fruncía el ceño al hablar —. Si hubiese tenido mi azagaya en
la mano te hubiese cortado.
—Lo sé, hermano mío —contestó Umbelazi, riendo de
buen humor—; pero también sabía que nadie puede presentarse armado ante el
rey. Si no hubiese sido así, hubiera preferido entrar detrás tuyo.
Ante esta indirecta de Umbelazi de que no confiaría
en su hermano detrás de él, armado con su azagaya, a pesar de que parecía haber
sido dicho en broma, vi que Panda se agitaba inquieto en su asiento, mientras
Cetewayo fruncía el ceño. Pero no cambiaron más palabras entre ellos, y acercándose
al rey juntos, lo saludaron con la mano en alto, diciendo: "¡Baba!", es
decir, padre.
—Salud, hijos míos —contestó Panda, agregando de
prisa, porque previó una disputa por el sitio de honor a su derecha:
"Sentaos ahí, frente a mí, los dos, y, Macumazahn, ven aquí", y
señaló el lugar ambicionado —. "Estoy un poco sordo del oído izquierdo
esta mañana".
Los hermanos se sentaron frente al rey; y creo no
les desagradó esa resolución de su rivalidad; pero primero me dieron la mano,
porque los conocía a ambos, aunque no muy bien, y aun en esta cuestión
insignificante volvió a surgir la eterna cuestión, pues
hubo cierta dificultad acerca de cuál era el primero en ofrecerme
su mano. Finalmente, recuerdo, ganó Cetewayo. Una vez terminados estos preliminares,
Panda se dirigió a los príncipes, diciendo:
—Hijos míos, os he mandado llamar para pediros
vuestra opinión sobre cierto asunto, no muy importante pero que puede llegar a
serlo. —E hizo una pausa para tomar rapé, que ambos aprovecharon para decir:
—Te escuchamos padre.
—Pues bien, hijos míos, el asunto se refiere a
Saduko, el hijo de Matiwane, jefe de los amangwane, a quien Bangu, jefe de los
amakoba, mató hace años con autorización de Aquel que fue antes que yo. Ahora
bien, este Bangu, como sabéis, ha sido durante mucho tiempo una espina en mi
pie — una espina que me lo había infectado — y sin embargo no quería hacerle
la guerra. Así que hablé al oído de Saduko, diciéndole: "Es tuyo, si
puedes matarlo; y su ganado es tuyo". Bueno, Saduko no es torpe. Con la
ayuda de este hombre blanco, Macumazahn, nuestro viejo amigo, ha dado muerte a
Bangu y se ha apoderado de su ganado, y mi pie está empezando a curarse ya.
—Lo habíamos oído —dijo Cetewayo.
—Fue una gran hazaña — añadió Umbelazi, crítico más
generoso.
—Sí —continuó Panda—, también creo que ha sido una
gran hazaña, viendo que Saduko sólo tenía para apoyarse un pequeño regimiento
de vagabundos...
—No — interrumpió Cetewayo —, no fueron esos comedores
de ratas los que ganaron la jornada, fue la inteligencia de este Macumazahn.
—La inteligencia de Macumazahn hubiese valido de
poco sin el valor de Saduko y sus ratas — comentó Umbelazi; y desde ese momento
vi que los dos hermanos estaban tomando partes en favor y en contra de Saduko,
como lo hacían en todas las demás cuestiones, no porque les interesara quién
tenía la razón, sino simplemente por llevarse la contraria.
—Así es —continuó el rey—, estoy de acuerdo con los
dos, hijos míos. Pero la cuestión es ésta: creo que Saduko es un hombre que
promete, y que debía ser mejorado para que aprenda a amarnos a todos,
especialmente teniendo en cuenta que su Casa fue agraviada por la nuestra, ya
que Aquel-que-se-fue escuchó el consejo malvado de Bangu y permitió que éste
matara a la tribu de Matiwane sin causa justa. Por tanto, a fin de borrar esa
mancha y de unir a Saduko a nosotros, creo que sería justo restablecer a Saduko
en la jefatura de los amangwane, con las tierras que tuvo su padre, dándole
también la jefatura de los amakoba, de quienes parece quedan las mujeres y los
niños, con algunos de los hombres, aunque ya posea su ganado, que capturó.
—Como quiera el rey —dijo Umbelazi, bostezando, porque
se estaba aburriendo de oír hablar de Saduko. Cetewayo no dijo nada,
pues parecía estar pensando en otra cosa.
—Creo también — prosiguió Panda con voz algo insegura—,
que para atarlo estrechamente, de forma que los lazos no se rompan nunca,
convendría darle en casamiento una mujer de nuestra
familia.
—¿Por qué ha de permitirse que este pequeño amangwane
se case con un miembro de la casa real? —preguntó Cetewayo, levantando la
vista—. Si es peligroso, ¿por qué no se le mata y se termina?
—Por esta razón, hijo mío. Nos esperan día de
prueba en Zululandia, y no quiero dar muerte a aquellos que puedan ayudarnos
en esa hora, como tampoco quiero que sean nuestros enemigos. Deseo tenerlos
como amigos; y me parece prudente cuando encuentro una semilla de grandeza,
alimentarla y no sacarla o plantarla en la huerta del vecino. Por sus hechos,
creo que este Saduko es una de esas semillas.
—Nuestro padre ha hablado —dijo Umbelazi—, y me
gusta Saduko, que es un hombre valiente y de buena sangre. ¿Cuál de
nuestras hermanas piensa darle nuestro padre?
—Aquella que lleva el nombre de la madre de nuestra
raza, oh, Umbelazi; la que tuvo tu madre: tu hermana
Nandie ("La Dulce").
—Un gran don, oh padre mío, ya que Nandie es bella
y prudente. ¿Y qué piensa ella del asunto?
—Le parece bien, Umbelazi, porque ha visto a Saduko
y le ha gustado. Me dijo que no quiere otro marido.
—¿Es así? — replicó Umbelazi con tono indiferente
—. Entonces, si el rey lo manda y la hija del rey lo desea, ¿qué más puede
decirse?
—Mucho, creo yo —interrumpió Cetewayo—. Sostengo
que está fuera de lugar que este hombrecito, que lo único que ha hecho es
conquistar a una pequeña tribu con la ayuda de la inteligencia
de Macumazahn, sea recompensado no sólo con una jefatura, sino además con la
mano de la más inteligente y más hermosa de las hijas del rey, aunque Umbelazi
— añadió con un gesto despectivo —, esté dispuesto a arrojarle su propia
hermana lo mismo que un hueso a un perro que pasa.
—¿Quién arrojó el hueso, Cetewayo? —preguntó Umbelazi,
despertando de su indiferencia —. ¿Fui yo, que no había oído hablar del asunto
hasta este momento, o fue el rey? ¿Y quiénes somos nosotros para discutir los
decretos del rey? ¿Estamos para juzgar o para obedecer?
—¿Por casualidad te ha obsequiado Saduko con
algunos de los animales que robó a los amakoba Umbelazi? —preguntó Cetewayo—.
Como nuestro padre no pide labola, a lo mejor has recibido tú
el regalo en su lugar.
—El único presente que he recibido de Saduko — dijo
Umbelazi, que se veía estaba haciendo un esfuerzo por dominarse—, ha sido el
de su servicio. Es mi amigo y por eso lo odias, lo mismo que odias a todos mis
amigos.
—¿Tengo que querer a todos los perros vagabundos
que lamen tu mano, Umbelazi? Oh, no necesitas decirme que es tu amigo,
porque sé que fuiste tú quien convenció a nuestro padre que lo autorizara a
matar a Bangu y a robar su ganado, cosa que sostengo es una mala acción,
porque ahora la Gran Casa está cubierta con sus juncos y la sangre de Bangu
mancha los marcos de sus puertas. Ahora, además, el que causó el mal debe venir
a vivir dentro, y a lo mejor será llamado príncipe, como tú y yo, ¿por qué no
ha de serlo, si se le va a dar en matrimonio a la princesa Nandie?
Ciertamente, Umbelazi, harás bien en recibir el ganado que ha rehusado este
blanco, porque todos saben que lo has ganado.
Al oír esto, Umbelazi se puso en píe de un salto,
irguiéndose todo lo alto que era, y habló con voz apasionada:
—Te ruego que me des licencia para retirarme, oh
rey —dijo—, porque si me quedo más tiempo lamentaré no tener una azagaya en la
mano. Pero antes de marchar diré la verdad. Cetewayo odia a Saduko porque, como
sabe que es un jefe inteligente y valeroso, que llegará a ser grande, lo buscó
para que fuese suyo, diciéndole "Siéntate a mi sombra", después de
haber prometido él sentarse en la mía. Por eso me ataca así. Que lo niegue si
es capaz.
—No me molestaré en hacerlo, Umbelazi — contestó
Cetewayo de mal modo —. ¿Quién eres tú para espiar todo lo que hago, y para
pedirme cuentas ante el rey con una boca llena de mentiras? No estoy dispuesto
a escuchar más. Quédate aquí y paga a Saduko su precio con la persona de
nuestra hermana. Porque como el rey la ha prometido, su palabra no puede ser
cambiada. Pero haz saber a tu perro que tengo guardado un palo para él si se
atreve a gruñirme. Adiós, padre mío. Me voy de viaje a mi señorío, la tierra de
Gikazi, y allí me encontrarás cuando me necesites, cosa que espero no sea hasta
después de haber concluido este casamiento, porque no quiero que mis ojos lo
contemplen.
Luego con un saludo, se volvió y partió, sin decir
adiós a su hermano.
Me estrechó la mano, en señal de despedida,
porque Cetewayo siempre me demostró amistad, tal vez pensando en que podía
serle útil. Además, según supe después, estaba muy contento conmigo porque
había rehusado mi parte del ganado de los amakoba, y porque sabía que no había
tenido participación alguna en el proyectado casamiento entre Nandie y Saduko,
de que, en verdad, acababa de enterarme.
—Padre mío —dijo Umbelazi cuando se fue Cetewayo—,
¿es necesario soportar esto? ¿Tengo alguna culpa? Has oído y visto; contéstame
padre.
—No, esta vez no tienes culpa alguna, Umbelazi
—replicó el rey, exhalando un profundo suspiro—. Pero, oh hijos míos, ¿cuando
terminarán estas disputas? Creo que sólo un río de sangre podrá extinguir este
fuego tan violento, y entonces, ¿cuál de vosotros vivirá para llegar a la
orilla?
Se quedó mirando un momento a Umbelazi, y observé
cariño y temor en sus ojos, porque siempre lo quiso Panda más que a ningún otro
de sus hijos.
—Cetewayo se ha portado mal —dijo al rato—, y ante
un hombre blanco que contará el asunto, lo que es peor aún. No tiene derecho a
imponerme a quién debo o no debo dar mis hijas en matrimonio. Además, he
hablado, y no cambiaré mi palabra porque me amenace. En todo el país es sabido
que nunca falto a mi palabra; y los blancos lo saben también, ¿no es cierto,
Macumazahn?
Le contesté que sí. Y era cierto, porque como la
mayor parte de los hombres de carácter débil, Panda era sumamente obstinado y
también honrado, a su manera.
Hizo un gesto con la mano para indicar que daba por
terminada la cuestión, y pidió a Umbelazi que fuese hasta la puerta para
enviar un mensajero a buscar "al hijo de Matiwane". Un momento
después llegó Saduko, con aire majestuoso y circunspecto al alzar la mano
derecha y hacer a Panda el Bayéte, o saludo real.
—Siéntate —dijo el rey—. Debo decirte unas
palabras. Saduko obedeció, con la más perfecta gracia, sin apresurarse y sin
demorarse indebidamente, sentándose sobre las rodillas, con un codo en el
suelo, como sólo sabe hacerlo un indígena sin parecer ridículo, y esperó.
—Hijo de Matiwane —dijo el rey—, he oído toda la
historia de cómo, con una pequeña compañía, destruiste a Bangu y la mayor
parte de los hombres de los amakoba, y te apoderaste de todo su ganado.
—Perdón, Ser Negro —interrumpió Saduko—. Soy sólo
un muchacho y no hice nada. Fue Macumazahn, El que Vigila de Noche, aquí
presente. Su sabiduría me enseñó cómo atrapar a los amakoba, después de haber
sido atraídos fuera de su montaña, y fue Tshoza, mi tío, quien sacó al ganado
de sus kraales. Repito que no hice nada, fuera de asestar un golpe o dos con
una azagaya cuando debí, de la misma manera que un mono arroja piedras a los
que quieren robarle sus crías.
—Me alegra ver que no eres fanfarrón, Saduko —dijo
Panda—. Ojalá muchos más de los zulúes fuesen como tú en ese aspecto, porque
entonces no tendría que escuchar tantos discursos jactanciosos sobre cosas
insignificantes. Por lo menos, Bangu fue muerto y su orgullosa tribu humillada,
y, por razones de estado, me alegro de que esto haya sucedido sin haber movido
un regimiento o mezclarme en el asunto, porque te aseguro que había algunos de
mi familia que querían a Bangu. Pero yo..., yo quería a tu padre, Matiwane, a
quien asesinó Bangu, porque nos criamos juntos de pequeños y servimos juntos
en el mismo regimiento, los amawombe, cuando gobernaba mi hermano, La Fiera (se
refería a Chaka, porque entre los zulúes los nombres de los reyes muertos
son hlonipa, es decir, que mientras sea posible no
deben ser pronunciados). Por tanto, por ese motivo, y por otros, me alegro de
que Bangu haya sido castigado y que, aunque la venganza haya tardado en
alcanzarlo, finalmente haya sido completa.
—¡Yebo, Ngongyama! (Sí, oh León) —dijo
Saduko.
—Ahora bien, Saduko —continuó Panda—, por ser hijo
de tu padre y por haber demostrado que eres un hombre, aunque seas un pequeño
en la tierra, he decidido hacerte adelantar. Por tanto, te doy la jefatura de
los que quedan de los amakoba y de todos los de sangre amangwane que puedas
reunir.
—¡Bayete! Como lo disponga el rey —dijo
Saduko.
—Y te doy permiso para convertirte en un kehla (el
que usa el anillo en la cabeza), aunque, como hayas dicho, aún eres sólo un
muchacho, y con él un lugar en mi consejo.
—¡Bayete! Como lo disponga el rey
—repitió Saduko, sin que le conmovieran los honores que le eran conferidos.
—Y dime, hijo de Matiwane —continuó Panda—, aún no
te has casado, ¿no es cierto?
Por primera vez cambió ahora la expresión de
Saduko.
—No, Ser Negro, pero...
Aquí interceptó mi mirada y leyendo en ella una
advertencia, guardó silencio.
—Pero — repitió Panda —, sin duda te gustaría
hacerlo, ¿no? Bueno, eso es natural en un joven que quiere fundar una casa, y
por tanto te doy permiso para casarte.
—Yebo, Silo! (¡Sí, oh Fiera!) Doy las
gracias al rey, pero...
Aquí estornudé fuertemente y se detuvo.
—Pero —repitió Panda—, naturalmente, no sabes dónde
encontrar una mujer en el tiempo en que un halcón se abalanza sobre un ratón y
éste chilla en sus garras. ¿Cómo podrías saberlo, si nunca has pensado en ello?
Además — continuó sonriendo— está bien que no lo hayas pensado porque aquella
que te voy a dar no podría vivir en la segunda choza de tu kraal y
llamarse Inkosikazi (es decir, mujer principal). Umbelazi,
vete a buscar a aquella en quien hemos pensado como esposa para este muchacho.
Umbelazi se
levantó y marchó con una amplia sonrisa, mientras Panda, algo fatigado con lo
que había hablado — porque era muy grueso y el día estaba sumamente caluroso —
reclinó la cabeza contra la choza y cerró los ojos.
—¡Oh Ser Negro! ¡Oh tú que consumes con tu
ira! (Dhlangamandhla) — interrumpió Saduko, que pude ver
estaba sumamente agitado—. Tengo algo que decirte.
—Seguro, seguro —contestó Panda con voz
soñolienta—, pero ahorra tu agradecimiento hasta que hayas visto, o no te
quedará nada después — y se puso a roncar.
Viendo que Saduko estaba a punto de causar su
propia ruina, me pareció que debía de intervenir, aunque no puedo decir qué
razón había para que lo hiciese. De cualquier manera, si me hubiese callado en
ese momento y dejado que Saduko hiciese una locura como quería —porque cuando
se trataba de Mameena nunca podía ser prudente —creo sinceramente que la
historia de Zululandia hubiese seguido un curso distinto y que muchos miles de
hombres, blancos y negros que murieron, estarían aún con vida. Pero el Destino
lo dispuso de otra manera. Sí, no fui yo quien habló, sino el Destino. El Ángel
del Juicio Final usó mi garganta de trompeta.
Al ver que Panda dormitaba, me aproximé silenciosamente
a Saduko y le tomé del brazo.
—¿Estás loco? —le susurré al oído—. ¿Quieres
rechazar tu fortuna y perder tu vida además?
—Pero Mameena —contestó también en voz baja—. No
quiero casarme más que con Mameena.
—¡Estúpido! Mameena te ha traicionado y
menospreciado. Acepta lo que el Cielo te envía y da gracias. ¿Querrías usar
la manta manchada por Masapo?
—Macumazahn — dijo con voz sombría —, obedeceré a
tu cabeza y no a mi corazón. Pero siembras una semilla extraña, Macumazahn, o
así lo pensarás cuando veas su futuro. — Y me lanzó una mirada salvaje, que me
atemorizó.
Había algo en esa mirada que me hizo pensar que
sería mejor que me fuese y dejara a Saduko, Mameena, Nandie y el resto que se
las compusieran como pudiesen, pues, después de todo, ¿qué tenía yo que ganar
en ese asunto? Solamente algún disgusto y ningún provecho.
Y sin embargo, reflexionando sobre esos
acontecimientos, ¿como podía yo haber previsto cuál sería el final de la locura
de Saduko, de las terribles maquinaciones de Mameena y de la debilidad de
Umbelazi cuando ella lo atrapó en la red de su belleza, causando así su ruina,
por intermedio del odio de Saduko y la ambición de Cetewayo? ¿Cómo podía saber
que detrás de todos esos acontecimientos estaba el viejo enano, Zikali el
Sabio, trabajando noche y día para saciar su odio y consumar la venganza que
mucho tiempo atrás había concebido y planeado contra la casa real de
Senzangakona y el pueblo zulú sobre el cual reinaba?
Sí, allí estaba igual que un hombre detrás de una
gran roca en el borde de una montaña, empujando esa piedra lenta,
implacablemente, con infinita habilidad, labor y paciencia, hasta que a la
hora fijada cayese sobre aquellos que vivían abajo, aplastándolos. ¿Cómo podía
suponer que nosotros, los actores de ese drama, estábamos todo el tiempo
ayudándolo a empujar esa piedra y que no le importaba cuántos fuésemos
arrastrados con ella al abismo, si contribuíamos al triunfo de su rabia y odio
secretos?
Ahora veo y comprendo todas esas cosas, porque es
fácil hacerlo, pero entonces estaba ciego; ni tampoco llegaron a mis torpes
oídos las voces que me advirtiesen, de la misma manera que, no sé cómo,
llegaban a los de Zikali.
Oh, ¿cuál era la suma de todo eso? Según creo, sólo
esto y nada más: que, así como Saduko y los otros fueron instrumentos de
Mameena, y como todos ellos y sus pasiones instrumentos de Zikali, éste a su
vez era el instrumento de un poder invisible que lo usó junto con nosotros para
cumplir sus designios. Lo que, supongo, es fatalismo, o, en otras palabras,
que todas esas cosas sucedieron porque tenían que suceder. Una conclusión muy
pobre después de tanto pensar y esforzarse, y no muy halagadora para el hombre
y sus tan cantados poderes de libre albedrío; pero de cualquier manera, una a
la que muchos de nosotros somos llevados con frecuencia, en especial si hemos
vivido entre salvajes, en donde esos dramas se desarrollan abierta y
rápidamente, sin ser ocultados a nuestros ojos por los velos y subterfugios de
la civilización. Por lo menos queda este consuelo: que si somos sólo plumas
arrastradas por el viento, ¿cómo puede censurarse a una pluma aislada que no
haya marchado contra ese viento o se haya apartado de él?
Bueno, dejemos estas conjeturas para volver a la
historia de los hechos que las causaron.
Justo cuando —un poco demasiado tarde— había decidido
ocuparme de mis asuntos, dejando a Saduko que se arreglara con los suyos, en la
puerta de la cerca apareció el alto Umbelazi llevando de la mano a una mujer.
Como observé al instante, no necesitaba ciertos brazaletes de cobre,
ornamentos de marfil y de unas cuantas cosas muy raras, llamadas infibinga, que solamente podían usar
los miembros de la casa real, para proclamarla una persona de rango, porque su
dignidad y alta cuna eran evidentes en su rostro, su postura, sus gestos y todo
lo que le pertenecía.
Nandie la Dulce no era una gran belleza, como
Mameena, aunque su figura fuese esbelta y su estatura —como la de todos los de
la raza de Senzangakona — algo mayor que la mediana. Para empezar, era de color
más oscuro y sus labios eran más bien gruesos, lo mismo que su
nariz; tampoco tenía los ojos grandes y húmedos como los de un antílope.
Además, le faltaba el misterio revelador de la cara de Mameena, que a veces era
quebrado e iluminado por relámpagos de luz encantadora y percepción rápida, de
la misma manera que el cielo encapotado de la noche, que
parece confundir la tierra velada con el cielo más velado aún, es
iluminado por resplandores, suaves y multicolores, que
sugieren pero no revelan la fuerza y esplendor que velan. Nandie carecía de
todos esos atractivos que, después de
todo, sólo poseen pocas mujeres en cada generación. Era una joven
sencilla, de espíritu honesto, amable y afectuosa, de elevada cuna, nada más.
Umbelazi la condujo a presencia del rey, ante quien
hizo una reverencia graciosa. Luego, después de dirigir una rápida mirada de
reojo a Saduko, que encontré
difícil de interpretar, se cruzó de brazos y permaneció silenciosa,
con la cabeza inclinada, esperando que le dirigiesen la palabra.
El discurso fue breve, porque Panda estaba
aún con sueño.
—Hija mía —dijo con un bostezo—, ahí está tu marido
— y señaló con el dedo a Saduko—. Es un hombre joven y valeroso, y soltero;
además uno que debe de engrandecerse a la sombra de nuestra casa, especialmente
siendo amigo de tu hermano Umbelazi. Tengo entendido
también que lo has visto y te gusta. A menos que tengas
algo que decir en contra, porque, no siendo un padre común, el rey no recibe
ganado — al menos en este caso — no tengo ningún prejuicio, sino que escucharé
tus palabras —y se rió—; me propongo que el casamiento se celebre mañana. Ahora
bien, hija mía, ¿tienes algo que decir? Porque si es así, te ruego
lo digas ahora
mismo, pues estoy cansado. Las eternas
disputas entre tus hermanos, me han agotado.
La muchacha miró a su alrededor con su aire franco
habitual, fijando su mirada primero en Saduko, luego en Umbelazi y finalmente
en mí.
—Padre mío — dijo, con voz suave y firme—, dime, te
lo ruego, ¿quién propone este casamiento? ¿Es el jefe Saduko, el
príncipe Umbelazi, o el
señor blanco cuyo verdadero nombre ignoro, pero a
quien llaman Macumazahn?
—No puedo recordar quién de ellos lo ha propuesto—
bostezó Panda—. ¿Quién puede estar hablando desde la noche hasta la mañana? De
cualquier forma, lo propongo yo y haré de tu marido un gran hombre en nuestro
pueblo. ¿Tienes algo que decir en contra?
—No tengo nada que decir, padre mío. He conocido a
Saduko y me gustó; de lo demás, tú eres el juez. Pero —añadió —, ¿le gusto yo a
Saduko? Cuando pronuncia mi nombre, ¿lo siente aquí? —y señaló
su garganta.
—Estoy seguro de que no sé lo que siente en su garganta
— replicó Panda secamente —, pero siento que la mía está seca. Bueno, como
nadie dice nada, el asunto está arreglado. Mañana Saduko dará el umqoliso (el
Buey de la Muchacha) que consuma el matrimonio, — si no tiene uno aquí se lo
prestaré — y puedes tomar la nueva choza grande que he construido en el kraal
exterior para vivir allí por el momento. Habrá un baile si lo queréis; si no,
no me importa, porque no tengo ganas de ceremonias ahora, estoy preocupado con
asuntos importantes. Ahora voy a dormir.
Y descendiendo de su taburete para caer de
rodillas, Panda se arrastró por la entrada de su gran choza y desapareció.
Umbelazi y yo marchamos también por la puerta de la
cerca, dejando solos a Saduko y la princesa Nandia, porque no había ningún
sirviente presente. Ignoro lo que pasó entre ellos, pero colijo que Saduko, en
una forma u otra, se hizo agradable a la princesa como para persuadirla de que
lo tomara por esposo. Como ya estaba enamorada de él, no le fue difícil
persuadirla. De cualquier forma, al otro día, sin grandes preparativos ni
ceremonias, salvo la danza acostumbrada, el umqoliso, el Buey
de la Muchacha, fue sacrificado y Saduko se convirtió en el marido de una
doncella real de la casa de Senzangakona. Como recuerdo haberlo pensado, era un
salto notable en la vida de uno que unos pocos meses antes carecía de fortuna y
hogar. Debo de agregar que, después de nuestra breve conversación en el kraal
del rey, mientras Panda dormitaba, no crucé una palabra más con Saduko sobre su
matrimonio, porque entre el momento en que fue propuesto y su celebración, me
evitó, y yo tampoco lo busqué. El mismo día del casamiento partí para Natal y
durante un año entero no oí hablar más de Saduko, Nandia y Mameena, aunque,
para ser franco, debo de admitir que pensé en la última de estas personas con
mayor frecuencia tal vez de lo que hubiese debido. Lo cierto es que Mameena era
una de esas mujeres que se aferran a la mente de un hombre con más fuerza aún
que una espina a su ropa.
Capítulo 9
Allan Vuelve a Zuzulandia
Un año entero había transcurrido, durante el cual
hice, o traté de hacer, varias cosas que no tienen relación con esta historia,
cuando me encontré de nuevo en Zululandia, en el propio kraal de Umbezi. Había
llegado allí en cumplimiento de cierto compromiso, que he mencionado, relacionado
con marfil y fusiles, que había contraído con aquel individuo, o mejor dicho
con Masapo, su yerno, a quien representaba en este asunto. No entro en los
detalles exactos de la negociación, porque en este momento no puedo recordar
si obtuve el permiso para importar esos fusiles a Zululandia, ya que está mal
vender armas a los indígenas, que pueden dedicarse a toda clase de usos
improvistos.
De cualquier manera, estaba allí, sentado a solas
con el jefe, en su choza, compartiendo una botella de "aguardiente"
que había llevado porque la "negociación" había concluido a nuestra
mutua satisfacción, y Scowl, mi sirviente particular, con los cazadores,
acababa de llevar el marfil — un magnífico lote de colmillos— a mis carretas.
—Bueno, Umbezi —, le dije—, ¿cómo te ha ido desde
que nos separamos hace un año? ¿Has visto a Saduko, quien, como recordarás, se
fue de aquí más bien irritado?
—Gracias a mi Espíritu, no he visto ni siquiera el
rostro de ese hombre salvaje, Macumazahn. —contestó Umbezi, sacudiendo su
gruesa cabeza con gran ansiedad —. Pero he tenido noticias de él, porque el
otro día me envió un mensaje diciendo que no había olvidado lo que me debía.
—¿Se refería a los palos con que pensaba machacarte
como a un cuero verde?
— pregunté con aire inocente.
—Así lo creo, Macumazahn, así lo creo, porque en
verdad no debe nada más. Y lo peor es que allí en el kraal de Panda, ha crecido
como una calabaza en un estercolero...
¡Grande, grande!
—Y por tanto, ahora puede pagar cualquier deuda,
Umbezi — dije tomando un trago de aguardiente y mirándolo por
encima del recipiente.
—Indudablemente que puede, y entre tú y yo ése es
el motivo verdadero por el cual yo — o mejor dicho, Masapo — tenía tantos
deseos de conseguir esos fusiles. No eran para cazar, como te mandó decir con
el mensajero, ni para la guerra, sino para protegernos de Saduko en caso de que
nos atacase. Ahora espero que podremos defendernos.
—Primero Masapo y tú tendréis que enseñar a vuestra
gente a manejarlos, Umbezi. Pero espero que Saduko os haya olvidado ahora que
es el marido de una princesa real. Dime, ¿qué es de la vida de Mameena?
—Oh, bien, Macumazahn. ¿No es acaso la primera dama
de los amasomi? No le sucede nada malo, fuera de que aún no ha tenido un hijo y
también... —e hizo una pausa.
—¿También qué?
—Que odia a su marido, Masapo, y dice que
preferiría estar casada con un orangután — sí, un orangután — antes que con él,
después de que pagó tantas cabezas por ella. ¿Pero qué importa eso, Macumazahn?
Hasta en la espiga más fina siempre falta algún grano. No hay nada completamente perfecto
en este mundo, Macumazahn, y si Mameena no quiere a su marido... —y se encogió
de hombros, tomando un trago de aguardiente.
—Claro que no tiene la menor importancia, Umbezi,
salvo para Mameena y su marido, pero no hay duda de que todo se arreglará con
el tiempo, especialmente ahora que Saduko está casado con una princesa de la
casa zulú.
—Así lo espero, Macumazahn; pero, a decir verdad,
ojalá hubiese tenido más fusiles, porque vivo entre una
gente terrible. Masapo, que está furioso con Mameena porque no le
hace caso, y por tanto conmigo, como si yo pudiese mandar a
Mameena; Mameena que está furiosa con Masapo, y por tanto conmigo porque se la
di en matrimonio; Saduko que echa espuma por la boca al oír el nombre de
Masapo, porque se casó con Mameena, a quien, según se dice, aún ama, y por
tanto conmigo, porque soy su padre e hice todo lo que pude por asegurarle una
posición. Ah, dame algo más de esa agua de fuego, Macumazahn, porque me hace
olvidar todas esas cosas, y especialmente que mi espíritu guardián me hizo el
padre de Mameena, con quien no quisiste escapar cuando pudiste hacerlo. ¿Oh,
Macumazahn, por qué no te escapaste con Mameena y la convertiste en una mujer
blanca tranquila que se viste con bolsas, canta canciones al
"Grande-Grande" en el cielo (es decir himnos al
Todopoderoso) y nunca piensa más que en su marido?
—Porque si lo hubiese hecho, Umbezi, hubiera dejado
de ser un hombre blanco tranquilo. Sí, sí, amigo mío, hubiese estado en una
posición parecida a la tuya hoy, y eso es lo último que deseo. Y ahora, Umbezi,
ya has bebido bastante aguardiente, así que me llevaré la botella. ¡Buenas
noches!
A la mañana siguiente salí muy temprano del kraal
de Umbezi, antes de que se hubiese levantado, porque el aguardiente lo había
hecho dormir pesadamente. Mi destino era Nodwengu, el kraal de Panda, donde
esperaba comerciar algo, pero como no tenía apuro, mi plan era pasar por lo de
Masapo, dando un rodeo, para ver así por mí mismo cómo estaban las cosas entre
él y Mameena. Al caer la tarde llegué a los
límites del territorio de
los amasomi, cuyo jefe era Masapo, y acampé allí. Pero
con la noche llego la reflexión, y ésta me dijo que convenía apartarme de Mameena
y sus complicaciones domésticas si las tenía. Así que cambié de idea y a la
mañana siguiente me dirigí a Modwengu por el único camino que mis guías dijeron
era practicable, uno que me hizo dar un gran rodeo.
Ese día, debido a lo accidentado del camino —si
podía ser llamado camino — y a un accidente sufrido por una de las carretas,
sólo recorrimos unos veinticinco kilómetros, y al caer la noche nos vimos
obligados a desenganchar en el primer lugar en que pudimos hallar agua. Una vez
que fueron desuncidos los bueyes miré a mi alrededor y vi que estábamos en un
sitio que, a pesar de haber llegado a él desde diferente dirección, reconocí
como la boca del Kloof Negro, en el que un año antes había entrevistado a Zikali
el Pequeño y Sabio. No era posible confundir el lugar; ese valle desolado con
las columnas de rocas afiladas y la montaña saliente al final no tiene, que
sepa, nada que se le parezca en África.
Me senté en la caja de la carreta para comer un
poco de biltong y galleta, porque no me había tomado el trabajo de cazar ese
día, que era sumamente caluroso, pensando si Zikali estaría aún vivo y si
valdría la pena de caminar hasta el kloof para averiguarlo. Pero decidí no
hacerlo porque el lugar me repelía y no tenía ningún deseo de oír más de sus
profecías y sus charlas de mal augurio. Así que me quedé sentado estudiando el
maravilloso efecto de la luz rojiza del atardecer en esas rocas fantásticas.
Al poco rato percibí a lo lejos una figura humana
solitaria — no podía decir si de hombre o mujer— que venía caminando en mi
dirección a lo largo del sendero que corría en el fondo del desfiladero. En
medio de aquellas laderas de proporciones gigantescas parecía extraordinariamente
pequeña y solitaria, aunque tal vez a causa de la intensa luz roja que la
bañaba, o tal vez simplemente porque era humana, algo viviente en medio de
aquella grandeza inanimada, despertó y concentró mi atención. Sentí que se avivaba
mi interés y pensé si sería hombre o mujer, y qué estaba haciendo en ese valle.
La figura se fue acercando y pude ver que era alta
y esbelta, dando la impresión de que se trataba de un muchacho o una mujer,
pero sin que pudiese estar seguro porque estaba envuelta en una hermosa capa
de piel gris. En ese momento se acercó Scowl por el otro lado para hablarme de
algo que ocupó mi atención durante un par de minutos. Cuando miré de nuevo
encontré a la figura detenida a menos de tres metros de distancia, con el
rostro escondido por una especie
de capuchón unido a la capa.
—¿Quién eres y qué deseas? —pregunté, y una voz suave
me contestó:
—¿No me conoces, Macumazahn?
—¿Cómo quieres que conozca a una persona que está
tapada? Y sin embargo, no es..., no es...
—Sí, es Mameena, y me alegro que hayas recordado mi
voz, Macumazahn, después de haber estado separados durante tanto, tanto tiempo
—y con un movimiento repentino se echó hacia atrás el kaross, con capuchón y
todo, mostrándose en su extraña belleza.
Salté de la carreta y le tomé la mano.
—Oh, Macumazahn —dijo mientras aún se la retenía, o
para ser más exacto, mientras aún ella retenía la mía—, en verdad mi corazón se
alegra de ver nuevamente a un amigo —y me miró con sus ojos dulces que pude ver
estaban inundados de lágrimas.
—¡Un amigo, Mameena! —exclamé—.
Ahora que eres rica, y mujer de un gran jefe, deben sobrarte los
amigos.
—¡Ay, Macumazahn! Sólo soy rica en disgustos,
porque mi marido ahorra, como las hormigas en invierno. Vaya, ni siquiera me
quería dar este pobre kaross; y en cuanto a amigos, es tan celoso que no me
deja tener ninguno.
—¡Pero no será celoso de las mujeres, Mameena!
—¡Oh, mujeres! ¡Iya! No me
interesan las mujeres; son muy malas conmigo, porque..., porque..., bueno, tal
vez puedas imaginar por qué, Macumazahn —contestó, mirándose en un pequeño
espejo de viaje que colgaba del toldo de la carreta, que había estado usando
para peinarme, y sonrió dulcemente.
—Por lo menos, tienes a tu marido, Mameena, y pensé
que tal vez para ahora...
Levantó la mano.
—¡Mi marido! Ojalá no lo tuviese, porque lo odio,
Macumazahn; y en cuanto a lo otro, ¡jamás! Lo cierto es que nunca quise a
ningún hombre exceptuando uno cuyo nombre tal vez recuerdes, Macumazahn.
—Supongo que te refieres a Saduko... — empecé.
—Dime, Macumazahn — preguntó con tono inocente —,
¿son muy estúpidos los hombres blancos? Te lo pregunto porque no pareces tan
inteligente como solías ser. ¿O tienes quizá mala memoria?
Sentía que me ponía tan colorado como el cielo
detrás mío, e interrumpí con apresuramiento:
—Si no te gustaba tu marido, Mameena, no debías de
haberte casado con él. Sabes que no tenías necesidad de haberlo hecho de no
haberlo querido.
—Cuando sólo se tiene dos espinos para sentarse,
Macumazahn, se elige el que parece tener menos espinas, para descubrir a veces
que aún quedan centenares de ellas, aunque no las hubiera tenido. Y sabes que
a la larga todos nos cansamos de estar de pie.
—¿Te has dedicado por eso a caminar, Mameena?
Quiero decir, ¿qué haces aquí sola?
—¿Yo? Ah, oí que pasabas por aquí y vine a
conversar contigo. No, no puedo ocultarte ni un chiquito de verdad. Vine a
hablarte, pero también a ver a Zikali y a preguntarle qué debe de hacer una
mujer que odia a su marido.
—¡Ah, sí! ¿Y qué te
contestó?
—Contestó que lo mejor que podía hacer era
escaparse con otro hombre, si había alguno a quien no odiase..., fuera de
Zululandia, desde luego — replicó, mirándome primero a mí y luego a mi carreta
y los dos caballos atados a ella.
—¿Es eso todo lo que te dijo?
—No. ¿No te he dicho que no puedo ocultarte un
grano de verdad? Añadió que la otra cosa que podía hacer era quedarme sentada
bebiendo mi leche agria, pretendiendo que está dulce, hasta que mi Espíritu me
dé otra vaca. Parecía pensar que mi Espíritu sería generoso en materia de
vacas... un día.
—¿Algo más? —pregunté.
—Una sola cosa. ¿No te he dicho que sabrás toda la
verdad? Zikali parecía creer también que al final todas mis vacas viejas y
nuevas, terminarían mal. Pero no me dijo cuál sería su fin.
Volvió la cabeza a un lado y cuando me miró de
nuevo vi que estaba llorando.
—Claro que tendrán un mal fin, Macumazahn —continuo
con voz suave y conmovida—, porque yo y todos aquellos con quienes tuve que ver
fuimos "arrancados de los juncos" (creados) así. Y por eso no te
tentaré para que te escapes conmigo, como pensaba hacerlo cuando te vi, porque
de verdad, Macumazahn, eres el único hombre que me ha gustado y que me
gustará; y tú sabes que podría hacer que te escapes conmigo, a pesar de ser yo
negra y tú blanco..., oh sí, antes de mañana por la mañana. Pero no lo haré;
porque ¿para qué he de enredarte en mi infortunada red para ocasionarte toda
clase de disgustos entre mi pueblo y el tuyo? Sigue tu camino. Macumazahn, y yo
seguiré el mío según como sople el viento. Y ahora dame un vaso de agua y
déjame marchar..., un vaso de agua, nada más. Oh, no me tengas miedo, ni te
enternezcas demasiado, no vaya yo también a enternecerme. Tengo una escolta que
me espera en aquella colina. Eso es, gracias por el agua, Macumazahn, y buenas
noches. Indudablemente nos volveremos a encontrar antes de mucho, y... me
olvidaba, el Sabio Pequeño dijo que le gustaría hablar contigo, Macumazahn.
Espero que habrás hecho un buen negocio con mi padre Umbezi y mi marido Masapo.
No sé cómo hombres como ésos han podido ser mi padre y mi marido. Dame ese bonito
espejo, Macumazahn; cuando me mire en él te veré también a ti y eso me
gustará..., no te imaginas cuánto. Te lo agradezco. Buenas noches.
Un minuto después veía su figura solitaria
desvanecerse en la cima de una colina detrás nuestro, y en verdad sentí que se
me anudaba la garganta. A pesar de su maldad — y supongo que era mala— había en
Mameena algo terriblemente atrayente.
Una vez que desapareció, llevándose el único
espejo, y que también desapareció el nudo en mi garganta, empecé a pensar
cuánto había de cierto en su historia. Había protestado con tanta vehemencia
de que me había dicho toda la verdad, que estaba seguro de que debía de haber
algo más. Además recordé que dijo que Zikali quería verme. Bueno, el final fue
que me di un paseo de medianoche por esa horrible garganta, en la que ni
siquiera Scowl quiso acompañarme porque declaró que el lugar estaba lleno
de imikovu, o espectros que han sido sacados de entre los muertos
por los hechiceros.
Fue una caminata larga y desagradable, y me sentí
deprimido e insignificante al pasar entre esas rocas gigantescas, cruzando
unas veces trozos iluminados por la luz de la luna y otras por
trozos sumidos en una espesa oscuridad, abriéndome camino entre los matorrales
o alrededor de la base de altos pilares de rocas amontonadas, hasta que por fin
llegue a las rocas salientes del fondo, que parecían fruncirse al verme como
las cejas de algún demonio titánico.
Bueno, por fin había llegado al fondo, y a la
puerta de la cerca del kraal fui recibido por uno de aquellos hombres enormes y
de feroz aspecto que servían de guardianes de Zikali. Salió repentinamente de
detrás de una roca, y después de examinarme un momento en silencio, me indicó
que lo siguiera, como si fuese esperado. Un minuto después me hallé frente a
frente con Zikali, que estaba sentado a la luz de la luna, justo fuera del
radio de la sombra de su choza, dedicado, en apariencia, a su ocupación favorita
de tallar madera con un cuchillo indígena de forma curiosa.
Por un rato no me hizo caso; luego, de repente
levantó la mirada, echándose hacia atrás sus trenzas grises, y prorrumpió en
una de sus fuertes carcajadas.
—Así que eres tú, Macumazahn —dijo—. Bueno, sabía que
pasabas por aquí y que Mameena te mandaría a verme. Pero ¿para qué vienes a ver
"La-cosa-que-nunca-debió-de-haber-nacido"? ¿Para decirme cómo te fue
con el búfalo con el cuerno astillado?
—No, Zikali, ¿para qué vendría a contarte lo que ya
sabes? Mameena me dijo que querías hablar conmigo.
—Entonces Mameena ha mentido —. contestó — como
acostumbra, porque en su garganta hay cuatro palabras falsas por cada una de
verdad. Pero no importa, siéntate, Macumazahn. Tienes cerveza al lado de ese
taburete, y dame el cuchillo y el rapé que me traías de regalo.
Saqué esos artículos, aunque ignoro cómo pudo saber
que los tenía, y no creí valía la pena de preguntarlo. Recuerdo que el rapé le
gustó mucho, pero el cuchillo dijo que era un bonito juguete, pero que no
sabría cómo usarlo. Luego empezó a conversar.
—¿Qué está haciendo aquí Mameena? —pregunté audazmente.
—¿Qué estaba haciendo en tus carretas? — dijo él —.
Oh, no te molestes en contestarme; lo sé, lo sé. Tienes una buena Serpiente,
Macumazahn, que siempre deja que te escapes entre sus dedos, cuando si
decidiera cerrar el puño... Bueno, bueno, no traiciono los secretos de mis
clientes, pero te digo esto: vete al kraal del hijo de Senzangakona, y verás
suceder cosas que te harían reír, porque allí estará Mameena y su marido, el
mestizo Masapo. Lo odia de corazón, y después de todo, yo preferiría ser
querido y no odiado por Mameena, aunque ambas cosas sean peligrosas. ¡Pobre mestizo! Pronto
los chacales estarán royendo sus huesos.
—¿Por qué
dices eso? — le pregunté.
—Porque Mameena me ha dicho que es un hechicero, y
los chacales comen a muchos hechiceros en Zululandia. Además es un enemigo de
la Casa de Panda, ¿no es verdad?
—Le has dado algún mal consejo, Zikali —dije, expresando
lo que en ese momento pensé.
—Tal vez, tal vez, Macumazahn; sólo que yo puedo
llamarlo bueno. Tengo mi propio camino que recorrer, y si puedo hallar algunos
que me despejen las espinas que podían pincharme los pies, ¿qué importancia
tiene? Además recibirá su recompensa, ella que se aburre entre los amasomi, con
uno que odia como compañero de choza. Vete y observa, y luego, cuando tengas
una hora libre, ven y cuéntame lo que sucede..., eso es, si no me encuentro
allí para verlo con mis propios ojos.
—¿Está bien Saduko? —pregunté para cambiar de tema,
porque no quería enterarme de las trampas que llenaban la atmósfera.
—Me han dicho que su árbol crece mucho, que rebasa
todo el kraal real. Creo que a Mameena le gustaría dormir a su sombra. Y ahora,
tú estás cansado y yo también. Vuelve a tus carretas, porque no tengo nada más
que decirte esta noche. Pero no te olvides de volver para contarme lo que
sucede en el kraal de Panda. O, como te he dicho tal vez te encuentre allí.
¿Quién sabe, quién sabe?
Ahora bien, se observará que no hubo nada muy
notable en esta conversación entre Zikali y yo. No me contó ningún gran secreto
ni hizo ninguna profecía importante. Podría incluso pensarse por qué razón,
habiendo tanto que contar, me molesto en relatarla.
—Mi respuesta es que a causa de la extraordinaria
impresión que me produjo, aunque fue tan poco lo que se dijo, sentí que esas
pocas palabras no eran más que un velo que ocultaba terribles acontecimientos.
Estaba seguro de que algún plan diabólico había sido concebido entre el viejo
enano y Mameena cuyo resultado no tardaría en verse, y que me había despedido
apurado una vez que supo que ella no me había contado nada, temiendo que
pudiera dar con su pista y que tal vez lo hiciera fracasar.
Cuando regresé a mis carretas a la luz de la luna
por aquella horrible garganta, me pareció que el aire caliente y pesado tenía
el gusto y olor de sangre, y que el húmedo follaje de los árboles que allí
crecían, al ser agitados de vez en cuando por una ráfaga de viento, se quejaba
como los fabulosos imikovu, o como podrían hacerlo los hombres
que exhalasen el último suspiro. El efecto que surtió en mis nervios fue
sumamente extraño, porque cuando llegué por fin a mis carretas temblaba como
azogado y un sudor frío, poco natural en una noche ardiente, cubría mi rostro y
cuerpo.
Tomé un par de largos tragos de aguardiente para
reanimarme y finalmente me quedé dormido, para despertarme antes del amanecer
con dolor de cabeza. Mirando fuera de la carreta, con sorpresa vi a Scowl y los
cazadores, que debían haber estado roncando, reunidos en grupo y hablando en
voz baja con temor. Llamé a Scowl y le pregunté qué pasaba.
—Nada, Baas —dijo con aire avergonzado—; sólo que
este lugar está lleno de fantasmas. Han estado entrando y saliendo toda la
noche.
—¡Fantasmas, idiota! Probablemente han sido
personas que iban a visitar al Nyanga, Zikali.
—Tal vez, Baas; sólo que entonces no sabemos por
qué han de tener el aspecto de gente muerta —príncipes algunos de ellos, por
sus ropas— y caminan en el aire a la altura de la cabeza de una persona.
—¡Bah! —repliqué—. ¿No conoces la diferencia entre
búhos en la tiniebla y reyes muertos? Preparen todo, porque saldremos
en seguida; el
aire está impregnado de fiebre.
—Bueno, Baas —y corrió a obedecerme; y no creo
recordar haber visto preparar las dos carretas para la marcha con
más rapidez que fuera esa mañana.
Me limito a mencionar esta tontería para demostrar
que el Kloof Negro podía afectar los nervios de otros, además de los míos.
A su debido tiempo llegué a Nodwengu sin tropiezos,
habiendo enviado por delante a uno de mis cazadores para anunciar mi llegada a
Panda. Cuando llegaron mis carretas afuera del Gran Lugar fueron recibidos por
mi viejo amigo Maputa, aquel que me había devuelto las píldoras antes de
nuestro ataque contra Bangu.
—Salud, Macumazahn —dijo—. Me ha enviado el rey
para darte la bienvenida y para señalarte un buen lugar para que acampes;
asimismo para darte permiso para traficar todo lo que quieras en esta ciudad,
pues sabe que tus tratos son siempre equitativos.
Le di las gracias en la forma habitual, agregando
que había traído un pequeño obsequio para el rey, que le entregaría cuando
tuviese a bien recibirme. Luego invité a Maputa, a quien también ofrecí
alguna" chuchería que le encantó, a acompañarme en la carreta hasta
llegar al lugar elegido para desenganchar.
Este, de paso, resultó ser un sitio excelente, un
pequeño valle poblado de pasto para los bueyes — porque por orden del rey no
había sido usado para pastar—, y con un arroyuelo que lo atravesaba. Además
dominaba un gran espacio abierto frente a la puerta principal de la ciudad, así
que podía ver lo que ocurría y a los que entraban o salían.
—Estarás cómodo aquí, Macumazahn —dijo Maputa—,
durante tu permanencia entre nosotros, que esperamos sea larga, pues, a pesar
de que pronto habrá una gran multitud en Nodwengu, el rey ha dado orden de que
nadie, salvo tus sirvientes, pueda entrar en este valle.
—Doy las gracias al rey; pero, ¿por qué va a ver
una multitud, Maputa?
—¡Oh! —contestó encogiéndole los hombros—, por una
cosa nueva. Deben venir todas las tribus de Zululandia para que les pasen
revistas. Algunos dicen que ha sido idea de Cetewayo y otros dicen que de
Umbelazi. Pero estoy seguro de que no es obra
de ninguno de los dos, sino de Saduko, tu antiguo amigo, aunque no sé cuál
puede ser su objeto. Sólo confío —añadió con inquietud— en que no termine en
lucha entre los Grandes Hermanos.
—¿Así que Saduko ha crecido, Maputa?
—Tanto como un árbol, Macumazahn. Su murmullo en el
oído del rey suena más que los gritos de otros. Además se ha vuelto muy
orgulloso. Tendrás tú que irlo a visitar. Macumazahn; él no vendrá a ti.
—¿Ah, sí? —contesté—. Bueno, los árboles muy altos
son derribados a veces.
Asintió él con la cabeza.
—Sí, Macumazahn; he visto subir y caer a muchos en
mi vida porque a la larga el nadador es arrastrado por la corriente. De
cualquier forma, podrás comerciar bien entre tanta gente, y pase lo que pase,
nadie te causará daño, pues todos te quieren. Y ahora, adiós; llevaré tus
mensajes al rey, quien te envía un buey para que lo sacrifiques, pues no quiere
que pases hambre en su casa.
Esa misma tarde vi a Saduko y a otros, en la forma
siguiente: Había ido a visitar al rey y a entregarle mi obsequio, una caja de
cuchillos de mesa inglesa, con mangos de hueso, que le agradaron mucho aunque
no tuviese la menor idea de cómo usarlos. En verdad, sin sus correspondientes
tenedores, son unos artículos más bien inútiles. Encontré al viejo monarca más
bien fatigado y ansioso pero como estaba rodeado de indunas no hablé en privado
con él. Viendo que estaba ocupado me despedí, y al retirarme, ¿con quién había
de encontrarme sino con Saduko?
Lo vi cuando aún estaba a bastante distancia,
avanzando hacia la puerta interior con un séquito como un personaje real, y me
di perfecta cuenta de que me había visto. En el acto decidí lo que debía de
hacer, y avancé sobre él, obligándole a cederme el camino, cosa que no deseaba
hacer delante de tanta gente, y pasé por su lado como si fuese un desconocido.
Este trato surtió el efecto deseado, porque después de haber pasado se volvió
y dijo:
—¿No me conoces, Macumazahn?
—¿Quién me llama? —contesté—. Hola, amigo, tu rostro
es familiar; ¿cómo te llamas?
—¿Has olvidado a Saduko? —respondió con voz
sentida.
—No, claro que no. Te conozco ahora, aunque pareces
algo cambiado desde que íbamos a cazar y a luchar juntos; supongo que es porque
estás más grueso. Espero que estés bien, Saduko. Adiós, tengo que regresar a
mis carretas. Si quieres verme me encontrarás allí.
Esas palabras parecieron desconcertar a Saduko, más
aun cuando el viejo Maputa, que me acompañaba, y otros, se rieron abiertamente.
No hay nada que divierta más a los zulúes que ver que es puesto en su lugar
alguien a quien consideran arrivista.
Pues bien, un par de horas más tarde, justo cuando
empezaba a ponerse el sol, vi acercarse a mis carretas al propio Saduko,
acompañado por una mujer a quien reconocí a su esposa, la princesa Nandie, que
llevaba en brazos a un hermoso niño. Me puse de pie, saludé a Nandie y le
ofrecí mi taburete, que ella miró con aire de duda y declinó prefiriendo
sentarse en el suelo al uso indígena. Así que lo volví a ocupar y después de
haberme sentado, no antes, tendí mi mano a Saduko, quien ahora se mostraba muy
humilde y amable.
Nos pusimos a conversar y poco a poco, sin
manifestar demasiado interés, me fui enterando de todos los beneficios que
Panda había ido acumulando sobre Saduko en el año último. A su manera habían
sido bastante notables, pues eran lo mismo que si algún caballero rural
indigente de Inglaterra hubiese sido convertido en uno de los primeros pares
del reino, recibiendo al mismo tiempo grandes cargos y propiedades. Cuando
terminó de enumerarme esa lista hizo una pausa, esperando evidentemente que lo
felicitara, pero me limité a decirle:
—¡Por el cielo que lo siento por ti, Saduko!
¡Cuántos enemigos has debido crearte! ¡Qué caída más grande te espera cualquier
noche! —observación que hizo reír a Nandie, cosa que creo agradó a su marido
menos aún que mi sarcasmo—. Bueno —continué—, veo que tienes un hijo, lo que es
mucho mejor que todos esos títulos. ¿Puedo mirarlo, Inkosazana?
Como es natural, esto le encantó, y procedimos a
inspeccionar a la criatura, que sin duda amaba más que a nada en esta tierra.
Mientras lo hacíamos, y Saduko seguía sentado con aire de mal humor, ¿a quién
se le podía ocurrir aparecer sino a Mameena y su gordo y sombrío marido, el
jefe Masapo?
—Oh, Macumazahn —dijo ella, pareciendo no fijarse
en nadie más—, ¡cómo me alegra verte después de un año entero!
Me quedé mirándola con la boca abierta, pero en
seguida me recobré pensando que debía de haberse equivocado y querido decir
"una semana".
—Doce lunas — continuó —, y Macumazahn, no paso una
sola de ellas que no te recordase varias veces. ¿Dónde has estado
todo ese tiempo?
—En muchos sitios —contesté—, entre ellos en el
Kloof Negro, donde visité al enano Zikali y perdí mi espejo.
—¡El Nyanga Zikali! Cuántas veces
he deseado verlo. Pero, claro, no he podido porque me han dicho que no recibe
mujeres.
—No lo sé —repliqué—, pero podrías hacer la prueba;
a lo mejor haría una excepción en favor tuyo.
—Creo que lo haré, Macumazahn —-murmuró, y al oírla
quedé en silencio, sintiendo que los acontecimientos me desconcertaban.
Cuando volví a restablecerme un poco oí que Mameena
saludaba a Saduko con gran efusividad y lo cumplimentaba por su carrera, que
dijo siempre había previsto. Esta observación pareció desconcertar también a
Saduko, porque no respondió, aunque observé que no apartaba los ojos de la
hermosa cara de Mameena. Pero, un momento después pareció darse cuenta de la
presencia de Masapo e instantáneamente cambió su porte, que se volvió altanero
y hasta terrible. Masapo le hizo un saludo; y Saduko al oírlo se volvió hacia
él y dijo:
—¿Cómo jefe de los amasomi das los buenos días a
un umfozakana y una hiena apestada? ¿Es porque el umfozakana se
ha convertido en un noble y la hiena apestada se ha puesto una piel de tigre?
—y lo miró como un tigre.
No pude entender la respuesta de Masapo. Murmurando
algunas palabras inaudibles, se volvió para marcharse y al hacerlo — en forma
completamente inocente, a mi juicio — chocó contra Nandie, derribándola de
espaldas y haciendo que el niño se le escapara de los brazos de forma tal que
su tierna cabecita golpeó contra una piedra con fuerza suficiente para que
sangrara.
Saduko saltó sobre él, golpeándolo en los hombros
con el bastón que llevaba. Por un momento Masapo se detuvo y creí
que iba a hacerle frente. Pero si tuvo tal intención, cambió de
idea, porque sin decir palabra o mostrar resentimiento alguno por el insulto
que había recibido, echó a correr y desapareció entre las sombras de la noche.
Mameena, que había observado toda la escena, se echó a reír.
—¡Iya! Mi marido es grande, pero no
valiente —dijo—; sin embargo, no creo que quiso hacerte daño, mujer.
—Te diriges a mí, ¿mujer de Masapo? —preguntó Nandie
con suave dignidad, mientras se incorporaba y recogía a la aturdida criatura —.
Si es así, mi nombre y títulos son la Inkosazana Nandie, hija
del Ser Negro y esposa del señor Saduko.
—Te pido perdón —replicó con humildad Mameena—. No
sabía quién eras, Inkosazana.
—Estás perdonada, mujer de Masapo. Macumazahn, te
ruego me des agua para bañar la cabeza de mi hijo. Trajeron el agua y en
seguida, cuando el pequeño pareció estar bien de nuevo, porque sólo había
recibido un arañazo, Nandie me dio las gracias y se fue, diciendo con una
sonrisa a su marido, al pasar junto a él, que no era necesario que la
acompañase, ya que tenía sirvientes esperando en la puerta del kraal. Así que
Saduko se quedó y también Mameena. Conversó conmigo largo rato, porque tenía mucho
que contarme, aunque todo el tiempo me di cuenta de que su pensamiento no
estaba en la conversación. Su mente estaba en Mameena, sentada allí y sonriendo
con su aire misterioso, y que sólo intercalaba una palabra de vez en cuando,
como para excusar su presencia.
Finalmente se levantó y dijo suspirando que tenía
que volver al lugar donde estaban acampados los amasomi, ya que debía ocuparse
de la comida de Masapo. Para entonces había oscurecido aunque recuerdo que de
vez en cuando el cielo era iluminado por relámpagos, porque se estaba formando
una tormenta. Como había supuesto, Saduko se puso también de pie, diciendo que
me vería al otro día, y se fue con Mameena, caminando como si soñara.
Unos minutos más tarde tuve que salir de las
carretas para examinar a uno de los bueyes que había sido atado aparte a cierta
distancia, porque había mostrado síntomas de una enfermedad que no sabíamos si
podía ser contagiosa. Moviéndome sin hacer ruido, como siempre debido a mi
hábito de cazador, me dirigí solo hasta el lugar donde estaba atado el animal
detrás de unas mimosas. Justo al llegar a ese matorral, el cielo fue iluminado
brillantemente por un relámpago y me mostró a Saduko que tenía en sus brazos a
Mameena, que no ofrecía resistencia, y la besaba con pasión.
Capítulo 10
El
Juicio
Después de estos acontecimientos las cosas
marcharon con tranquilidad durante algún tiempo. Visité las chozas de Saduko,
que eran muy buenas, a cuyas puertas estaban sentados muchos de los hombres de
su tribu, que parecieron alegrarse al verme de nuevo. Supe ahí de labios de
Nandie que su hijo, a quien quería profundamente, no había sufrido nada a
consecuencias de su pequeño accidente. También me entere por el propio Saduko,
quien llegó antes de irme yo, rodeado de gente notable como si fuese un
príncipe, que había hecho las paces con Masapo e incluso le había pedido
disculpas, ya que se había dado cuenta de que no había tenido la intención de
insultar a la princesa, su esposa, sino que todo había sido accidental. Saduko
agregó además que ahora eran buenos amigos, cosa muy conveniente para Masapo, a
quien el rey no tenía motivos para querer. Le dije que me alegraba de oírlo, y
me fui a visitar a Masapo, quien me recibió con entusiasmo, como Mameena.
Allí observé con satisfacción que esta pareja
parecía estar en muchos mejores términos que lo que tenía entendido ocurría
antes, porque Mameena incluso se dirigió en dos ocasiones a su marido en
términos sumamente afectuosos y fue a buscar algo que él quería sin esperar a
que se lo pidiera. Masapo estaba también de humor excelente porque, como me
dijo, su vieja disputa con Saduko había quedado arreglada por completo y su
reconciliación se había sellado con un cambio de regalos. Añadió que se
alegraba mucho de que así hubiese sucedido, ya que Saduko era ahora uno de los
hombres más poderosos del país, que podía causarle gran daño si lo quería, en
especial teniendo en cuenta que algún enemigo secreto había hecho correr la voz
de que él, Masapo, era un enemigo de la Casa Real y un malvado que practicaba
brujerías. Pero, en prueba de su amistad, Saduko le había prometido investigar
esas calumnias y castigar a su autor, si podía ser hallado.
Lo felicité y me retiré "pensando
furiosamente", como dicen los franceses. Estaba seguro de que era
inminente una tragedia; el tiempo estaba demasiado tranquilo para que pudiese
durar; las aguas corrían tan encalmadas porque se disponían a saltar por algún
precipicio oculto.
¿Pero qué podía hacer? ¿Decir a Masapo que había
visto a su mujer en brazos de otro hombre? Con seguridad era algo que no me
atañía; Masapo era quien tenía que preocuparse de su conducta. Además, ambos
lo negarían y yo no tenía testigos. ¿Decirle que la reconciliación de Saduko no
era sincera? ¿Qué seguridad tenía yo de que no fuese sincera? Podría convenir
a Saduko ser amigo de Masapo y sí yo me ingería, lo único que ganaría era
crearme enemigos y ser llamado embustero que se proponía algo oculto.
¿Ir a ver a Panda para confiarle mis sospechas?
Estaba demasiado preocupado en cosas importantes para poderme escuchar, y si lo
hacía no haría más que reírse de ese cuento, de una aventura sin importancia.
No, no podía hacer nada más que seguir tranquilo y esperar. Es muy posible que
estuviese equivocado, después de todo, y que las cosas se arreglaran por sí
solas como sucede por lo general.
Mientras tanto, la "revista" o lo que
fuese, estaba en pleno desarrollo y yo me hallaba muy ocupado con mis negocios,
haciendo mi agosto. Era tal la multitud que había llegado a Nodwengu que en una
semana vendí todo lo que llevaba en mis dos carretas, en su mayor parte telas,
collares de cuentas, cuchillos y otras cosas por el estilo Además
los precios fueron espléndidos, pues los compradores pujaban unos contra otros,
y para cuando agoté mis mercaderías tenía ya una tropa respetable de ganado y
una buena cantidad de marfil. Ambas cosas las envié a Natal junto con una de
las carretas, quedándome con la otra, en parte por habérmelo pedido Panda
—porque de vez en cuando me pedía consejo—, y en parte por curiosidad.
Había motivos abundantes de curiosidad en Nodwengu
en aquellos momentos, ya que nadie podía estar seguro de que no estallase la
guerra civil entre Cetewayo y Umbelazi, cuyas facciones estaban
presentes en masa.
Se evitó por el momento, sin embargo, porque
Umbelazi no vino a la gran reunión bajo pretexto de encontrarse enfermo,
dejando a Saduko y otros a cargo de sus intereses. Al mismo tiempo no se
permitió que los regimientos rivales se acercaran a la ciudad al mismo tiempo.
Así que esa nube pública se disipó con gran alivio de todos, especialmente del
rey Panda. Otra cosa sucedió con la nube privada de que se ocupa esta
historia.
A medida que llegaban las tribus al Gran Lugar eran
revistadas y enviadas de vuelta, pues hubiera sido imposible alimentar a una
multitud tan vasta si todas se hubiesen quedado allí. Por eso, los amasoni, un
pueblo pequeño, que fueron de los primeros en llegar, no tardaron en marcharse.
Pero, por alguna razón que nunca llegué a entender bien, Masapo, Mameena y
algunos de los hijos y jefes de Masapo se quedaron; aunque tal vez, de haberlo
querido, Mameena hubiese podido explicarlo.
Lo cierto es que empezaron a suceder cosas raras.
Varios personajes se enfermaron y algunos murieron de repente, y pronto se
observó que toda esa gente vivía cerca de donde estaba alojada la familia de
Masapo o alguna vez había estado en malas relaciones con él. El mismo Saduko se
enfermó, o dijo que lo estaba; de cualquier forma, desapareció de la vista de
la gente durante tres días y reapareció con aire abatido. Pero pasó por alto
esas catástrofes para llegar a la mayor de todas, que es uno de los puntos
culminantes de esta historia.
Después de restablecerse de su supuesta enfermedad,
Saduko dio una especie de fiesta de acción de gracias, en la que fueron muertos
varios bueyes. Estuve presente en la fiesta, o mejor dicho, en su final, ya que
sólo hice lo que podría llamarse una visita de cumplido, porque no me gustaban
las comilonas indígenas. Cuando estaba terminando, Saduko envió a buscar a
Nandie, quien primero se negó a ir, ya que no había mujeres presentes. Creo que
él lo hizo porque quería mostrar a sus amigos que se había casado con una
princesa de sangre real que le había dado un hijo que un día llegaría a ser
poderoso en el país, porque como he dicho, Saduko se había vuelto muy
orgulloso y ese día su vanidad estaba inflamada por las adulaciones de los
presentes y por la cerveza que había tomado.
Finalmente llegó Nandie, llevando su niño en
brazos, porque nunca se separaba de él. Con su aire digno y señorial (aunque
un término raro para ser aplicado a un salvaje, no conozco otro más apropiado)
me saludó primero a mí y luego a varios de los demás invitados, con una palabra
amable para cada uno. Finalmente llegó frente a Masapo, que había comido y
bebido demasiado, y con él, impulsada por su cortesía natural, habló más
tiempo, preguntándole por Mameena y otras personas. En aquel momento se me
ocurrió que lo hacía para darle seguridad de que no le guardaba ningún rencor
por el accidente de unos días antes y que era parte de la reconciliación de su
marido con él.
Masapo, en forma vaga, trató de devolver esas
atenciones amables. Poniéndose de pie, tambaleándose su cuerpo torpe y obeso a
causa de la cerveza que había tomado, expresó su satisfacción por el festín de
que había participado. Luego, fijándose en la criatura, empezó a elogiar su
belleza y tamaño, hasta ser detenido por los murmullos de protesta de los
demás, porque entre los indígenas se considera que no es de buena
suerte elogiar a una criatura. Es más, la persona que lo hace se expone a ser
llamado un umtakati o brujo, que atraerá algún mal sobre su
cabeza, palabra que oí murmurar a varios de los que estaban cerca mío. No
satisfecho con esa grave falta de etiqueta, el ebrio Masapo arrancó al niño de
los brazos de su madre con pretexto de mirar el daño que había sufrido en la
frente al caer a tierra en mi campamento, y viendo que no tenía nada, lo besó
con sus gruesos
labios. Nandie se lo arrebató, diciendo:
—¿Quieres hacer morir a mi hijo, oh jefe de los
amasomi?
En seguida, volviéndose, se alejó de los
participantes del
festín, que quedaron silenciosos.
Con el temor que sucediera algo desagradable,
porque vi que Saduko se mordía los labios de rabia mezclada con temor, y
recordando la reputación de hechicero de Masapo aproveché esa pausa para decir
buenas noches a todos los
presentes y retirarme a mi campamento.
No sé qué sucedió después de haberme ido pero a la
mañana siguiente, justo antes de amanecer fui despertado en mi carreta por mi
sirviente Scowl, quien dijo que había llegado un mensajero de las chozas de
Saduko, rogándome fuera allí con las medicinas del hombre blanco, porque su niño estaba muy mal. Me levanté y
fui allí, llevando algo de ipecacuana y otros remedios que me parecieron adecuados
para una criatura.
Fuera de las chozas, donde llegué justo al empezar
a salir el sol, me encontré con Saduko, que venía a buscarme en un estado
de terrible desesperación.
—¿Qué sucede? — le pregunté.
—Oh, Macumazahn —contestó—, ese perro Masapo ha
embrujado a mi hijo y a menos que lo salves, se muere.
—¿Por qué dices esas tonterías? Si el niño está
enfermo será por alguna causa natural.
—Espera a verlo —me dijo.
Entré en la choza grande y allí encontré a Nandie y
algunas otras mujeres, así como uno o dos doctores indígenas. Nandie estaba
sentada en el suelo y parecía la imagen del dolor, pero no dijo nada,
limitándose a señalar con el dedo al niño que yacía en una estera frente a
ella.
Una ojeada me bastó para ver que estaba muriendo de
alguna enfermedad desconocida para mí, pues su cuerpecito oscuro estaba
cubierto de manchones rojos y su carita desfigurada. Dije a las mujeres que
calentasen agua, pensando que pudiera ser un caso de convulsiones que un baño
caliente mitigaría; pero antes de que estuviese listo la pobre criatura exhaló
un suspiro y expiró.
Entonces, al ver que había dejado de existir su
hijo, Nandie habló por primera vez.
—¡El hechicero ha hecho bien su obra! —dijo, y se
arrojó de bruces al suelo.
Como no sabía qué contestarle, salí de la choza
seguido por Saduko.
—¿De qué ha muerto mi hijo, Macumazahn? —preguntó
con voz hueca, corriéndole las lágrimas por las mejillas, porque había amado a
su primogénito.
—No puedo decirlo —repliqué—, pero si hubiese sido
mayor, hubiera creído que había comido algo envenenado, cosa que me parece
imposible.
—Sí, Macumazahn, y el veneno que ha comido provino
del aliento de un brujo a quien viste besar a mi hijo anoche. Pues
bien, su muerte será vengada.
—Saduko — exclamé —, no seas injusto. Hay muchas enfermedades
que pueden haber matado a tu hijo, que no conozco porque no soy
médico.
—No seré injusto. El niño ha muerto por una
brujería, como ha sucedido con muchos en esta ciudad, pero el culpable puede
no ser el que sospecho. Eso lo decidirán los inquisidores. Y sin añadir
palabra, me dejó.
Al día siguiente Masapo fue llevado para ser
juzgado ante una corte de consejeros presidida por el propio rey, cosa poco
habitual en él, y que demostraba el gran interés que tenía en el
caso. Fui
llamado a declarar ante este tribunal, y me limite a contestar las preguntas
que me hicieron. Virtualmente sólo fueron dos. ¿Qué había pasado junto a mis
carretas cuando Masapo derribó a Nandie y al niño y Saduko lo golpeó, y qué
había visto en la fiesta de Saduko cuando Masapo besó al niño? Se lo dije con
el menor número de palabras posible, y después de algunas preguntas de Masapo
tendientes a demostrar que la caída de Nandie había sido un accidente y que
estaba borracho en la casa de Saduko, cosas ambas con las que estuve de
acuerdo, me levanté para irme. Pero Panda me detuvo y me pidió que le
describiese el aspecto del niño cuando me llamaron para que le diese alguna
medicina. Lo hice con la mayor exactitud posible, y pude ver que mi relato
causaba una impresión profunda en el espíritu del tribunal. En seguida Panda me
preguntó si había visto algún caso similar, a lo que me
vi obligado a replicar:
—No, nunca.
Después de esto, los consejeros
se consultaron privadamente, y cuando fuimos llamados de nuevo, el
rey dictó su sentencia, que fue muy breve. Era evidente, dijo, que habían
pasado cosas que podrían haber sido causa de que, Masapo sintiera animadversión
hacia Saduko, por quien había sido golpeado con un palo. Por tanto, a pesar de
haberse efectuado una reconciliación, parecía existir un posible motivo de
venganza. Pero si Masapo había dado muerte al niño, no había ninguna prueba que
demostrara cómo lo hizo. Además, el niño, su propio nieto, no había muerto de
ninguna enfermedad conocida. Había muerto, en cambio, de una enfermedad
parecida a la que había causado la muerte a varios otros con los cuales había
estado Masapo, mientras otros más, incluyendo a Saduko, se habían
restablecido, lo que parecía plantear un caso grave contra Masapo.
A pesar de ello, ni él ni sus consejeros querían
condenarlo sin tener pruebas absolutas. Por ese motivo habían decidido
solicitar los servicios de un gran hechicero, uno que viviera lejos y que por
lo tanto ignorase lo sucedido. Todavía no se había acordado quién sería ese
hechicero. Una vez que se hiciera y que hubiese llegado, se volvería a tratar
el asunto; entretanto, Masapo quedaría preso bajo una estrecha vigilancia,
Finalmente, rogaba que el hombre blanco, permaneciese en la ciudad hasta que
se solucionara la cuestión.
Masapo fue conducido por los guardias con aire
abatido, y los demás, después de saludar al rey, nos retiramos.
Debo de añadir que, con excepción de la remisión
del caso al tribunal del hechicero, cosa que, naturalmente, era un ejemplo de
pura superstición cafre, esta sentencia del rey me pareció bien razonada y
justa, muy distinta en verdad de la que hubiese sido pronunciada por Dingaan o
Chaka, quienes, con menos pruebas, eran capaces de barrer no sólo con los
acusados, sino con sus familiares y dependientes.
Unos ocho días después, durante cuyo tiempo no oí
hablar una palabra del asunto ni vi a nadie relacionado con él, porque toda la
cuestión parecía haberse vuelto zila — es decir,
prohibida —, recibí la orden de asistir al juicio y fui, pensando qué hechicero
habría sido elegido para esa sangrienta y bárbara ceremonia. En
verdad no tuve que ir muy lejos, porque el lugar elegido para la
ocasión estaba fuera del cerco de la ciudad de Nodwengu, en aquel gran espacio
abierto que se hallaba a la boca del valle en el que
yo acampaba. Allí, al acercarme, vi
una vasta multitud
apretujada en filas de cincuenta
o más de profundidad, alrededor de un pequeño espacio
ovalado. Al borde de este
espacio estaban sentados varios personajes notables de
ambos sexos, y mientras era conducido al lado que estaba más próximo a la
puerta de la ciudad, observé entre ellos a Saduko, Masapo, Mameena y otros, y
mezclados con ellos numerosos soldados que indudablemente estaban de servicio.
Apenas había terminado de sentarme en un taburete que había llevado mi
sirviente Scowl, cuando a través de la puerta aparecieron
Panda y varios de sus consejeros, cuya presencia fue acogida por el auditorio
con el saludo real de Bayete, que
salió simultáneamente de
sus gargantas como un trueno. Cuando
se extinguieron sus ecos, habló Panda en medio de
un profundo silencio, diciendo:
—Que traigan al Nygana (doctor,
hechicero). Que empiece el umhlahlo (el juicio).
Se produjo una larga pausa y luego en la puerta
apareció una figura solitaria que a primera vista apenas parecía humana, la
figura de un enano con una cabeza gigantesca, de la que pendían largos cabellos
blancos peinados en trenzas. ¡Era Zikali!
Sin ningún acompañante y desnudo, excepto su
moocha, porque no llevaba nada de los distintivos y abalorios acostumbrados de
los hechiceros, se adelantó arrastrando los pies, hasta pasar por entre los
consejeros y encontrarse en mitad del espacio abierto. Deteniéndose allí, miró
a su alrededor con sus ojos hundidos en sus órbitas, dando vuelta al hacerlo
hasta posarse su mirada sobre el rey.
—¿Qué quieres de mí, hijo de Senzangakona? —preguntó-—.
Muchos años han pasado desde la última vez que nos encontramos. Para qué me
sacas de mi choza, a mí que sólo he visitado el kraal del rey de los zulúes dos
veces desde que el Ser Negro (Chaka) ocupó el trono: una cuando los
bóers fueron asesinados por el que estuvo antes que tú y la otra cuando fui
llevado a ver cómo todos los sobrevivientes de mi raza, descendientes de
sangre real dwandwe, eran asesinados ante mis ojos. ¿Me has hecho venir aquí
para que pueda seguirlos a las tinieblas, oh Hijo de Senzangakona? Si es así,
estoy pronto; pero en tal caso tendré que decirte palabras que tal vez no te
agraden.
Después de haber dejado de hablar con su voz
profunda y resonante, el auditorio guardó silencio esperando que contestara el
rey. Pude ver que todos temían a este hombre, incluso Panda, que se agitó
inquieto. Por fin habló así:
—Nada de eso, oh Zikali. ¿Quién podría querer hacer
daño al hombre más sabio y más anciano de esta tierra, a aquel que toca el
pasado remoto con una mano y el presente con la otra, a aquel que era viejo
antes de que existieran nuestros abuelos? No, estás seguro, tú a quien ni
siquiera el Ser Negro se atrevió a poner la mano encima, aunque fueses su
enemigo y él te odiase. En cuanto al motivo por el cual has sido traído aquí,
dínoslo, oh Zikali. ¿Quiénes somos nosotros para darte lecciones de
sabiduría?
El enano prorrumpió en una de sus fuertes
carcajadas.
—Así que por fin la casa de Senzangakona reconoce
que tengo sabiduría. Entonces, antes de que todo termine me
creerá realmente sabio.
Se rió de nuevo en la misma forma siniestra y luego
continuó de prisa, como si temiera le fuese pedida una explicación de sus
palabras.
—¿Dónde está la paga? ¿Dónde está la paga? ¿Está
tan pobre el rey que espera que un pobre doctor dwandwe adivine gratis,
como si trabajara para un amigo particular?
Panda hizo un gesto con la mano y fueron traídas
al círculo diez hermosas terneras que habían estado guardadas en
algún lugar próximo.
—¡Qué animales más mezquinos! —exclamó Zikali despectivamente—,
comparados con los que solíamos criar antes del tiempo de Senzangakona!
—observación que provocó un fuerte "¡Wow!" de
sorpresa en la multitud que la oyó—. En fin, de todas maneras, que sean
llevadas a mi kraal, junto con un toro, porque no tengo ninguno.
Los animales fueron llevados y el anciano enano se
acurrucó con la mirada fija en el suelo, pareciendo un enorme sapo negro.
Durante largo rato — unos diez minutos, creo permaneció en la misma postura,
hasta que yo, que lo observaba con atención, empecé a
sentirme como hipnotizado.
Por fin levantó la mirada, echando hacia atrás sus
rizos grises, y dijo:
—Veo muchas cosas en el polvo. Oh, sí, está vivo,
está vivo y me dice muchas cosas. ¡Muestra que estás vivo, oh Polvo! ¡Mirad!
Mientras hablaba alzando los brazos, a sus pies se
formó uno de esos minúsculos e incomprensibles torbellinos que son tan
familiares para todos los que conocen Sud África, que reunió al polvo, lo
levantó en una columna espiral que se alzó y se alzó hasta una altura de quince
metros o más. Luego se extinguió en la misma forma repentina en que había
empezado, de forma que el polvo cayó sobre Zikali, sobre el rey y sobre tres de
sus hijos que estaban sentados detrás de él. Recuerdo que esos tres hijos se llamaban
Tshonkweni, Dabulesinye y Mantantashiya, y por una extraña coincidencia todos
ellos fueron muertos en la gran batalla de Tugela.
Al ver esto, una nueva exclamación de temor y
asombro se alzó de entre los concurrentes, que atribuyeron el torbellino no a
causa naturales, sino al poder mágico de Zikali. Además, aquellos sobre quienes
cayó el polvo, incluso el rey, se pusieron de pie apresuradamente y lo
sacudieron de encima de sus personas con un celo que creo no era inspirado
sólo por el amor a la limpieza. Pero Zikali no hizo más que reírse en su forma
horrible y dejó que quedara sobre su cuerpo recién aceitado, que adquirió un
color gris opaco.
Se puso de pie y dando un paso a un lado y otro al
otro examinó el polvo recién caído. En seguida metió la mano en una bolsita que
llevaba y sacó de ella un dedo humano desecado, con una uña tan rosada que creo
debió de haber sido pintada, cosa que hizo estremecerse a los circunstantes.
—Sé inteligente —dijo—, oh dedo de aquella a quien
más amé, sé inteligente y escribe en el polvo lo mismo que puede escribir
Macumazahn, y lo mismo que solían escribir algunos de los dwandwe antes de que
nos convirtiésemos en esclavos y nos inclinásemos ante los Grandes Cielos. (Con
esto se refería a los zulúes, cuyo nombre significa Cielo). Sé inteligente,
querido Dedo que en un tiempo me acariciaste, a mí,
"La-cosa-que-nunca-debió-de-haber-nacido", y escribe lo que quiere
conocer hoy la casa de Senzangakona.
En seguida se inclinó y con el dedo muerto escribió
en tres lugares distintos ciertos signos en el polvo, que para mí parecieron
consistir en círculos y puntos; y fue un espectáculo extraño y repulsivo ver
cómo lo hacía.
—Gracias, Dedo querido. Ahora duerme, duerme, que
tu trabajo ha concluido —y lentamente envolvió la reliquia en algo suave y
volvió a colocarla en la bolsita.
Luego estudió el primero de los signos y preguntó:
—¿Para
qué estoy aquí? ¿Para qué estoy aquí? ¿Desea aquel que se sienta en el trono saber cuánto tiempo
reinará?
Ahora los que formaban el círculo interior de los
espectadores, que en estas ceremonias actúan como una especie de coro, miraron
al rey, y viendo que sacudía enérgicamente la cabeza, extendieron sus manos
derechas, con el pulgar para abajo, y dijeron simultáneamente, en voz baja y
fría:
—"¡Izwa!" (Te
escuchamos).
Pero Zikali borró con el pie los signos.
—Está bien —dijo—. Aquel que se sienta en el trono
no desea saber por cuánto tiempo reinará, y por tanto, el polvo lo ha olvidado
y no me lo dice.
En seguida fue hasta el otro grupo de signos y los
estudió.
—¿Desea saber el hijo de Senzangakona cuáles de sus
hijos vivirán y cuáles morirán; sí, y cuál de ellos dormirá en su choza cuando
haya desaparecido?
Al oír esto, se alzó un gran grito de "¡Izwa!", acompañado
de aplausos de todos los que oyeron, porque en la época de que hablo no había
información que el pueblo zulú deseara conocer con más ansiedad.
Pero nuevamente Panda, quien vi estaba alarmado por
el giro que estaban tomando las cosas, sacudió vigorosamente la cabeza y el
coro obediente contestó en forma negativa de la misma manera que antes.
Zikali borró la segunda serie de signos, diciendo:
—El pueblo desea saber, pero los Grandes tienen
miedo de oír la verdad, y por tanto el polvo ha olvidado quién dormirá más
adelante en la choza del rey y quién dormirá en el estómago de los chacales y
será devorado por los buitres después de haber "ido más allá"
atravesando el puente de las azagayas.
Al escuchar estas tremendas palabras (que, por
aminorar derramamiento de sangre y guerra civil y por la voz quejumbrosa con
que fueron pronunciadas, que pareció completamente distintas de la de Zikali,
hizo que todos nos estremeciésemos) el rey se levantó de su taburete como para
interrumpir la ceremonia. Luego, como era corriente en él, cambió de idea y se
volvió a sentar. Pero Zikali, sin hacerle caso, se dirigió al tercer
grupo de signos y los estudió.
—Parecería —dijo—, que he sido despertado de mi
sueño en la Casa Negra para hablar de un asunto insignificante que podría muy
bien haber sido consultado a cualquier nyanga corriente
nacido ayer. Bueno, he aceptado mi paga, y me la ganaré, a pesar de haber
creído que había sido llamado aquí para hablar de grandes cosas, tales como la
muerte de príncipes y la suerte de pueblos. ¿Se desea que mi Espíritu hable de
brujerías en esta ciudad de Nodwengu?
—"¡Izwa!" —dijo el coro con voz fuerte.
Zikali asintió con su gran cabeza y pareció estar
hablando con el polvo, esperando de vez en cuando una contestación.
—Bien — dijo —hay muchas, y el polvo me las ha contado
todas. Oh, hay muchísimas —y miró a su alrededor — tantas que si las contara
todas las hienas de las montañas se saciarían esta noche...
Aquí el auditorio empezó a dar señales de gran
aprensión.
—Pero —y miró al polvo, volviendo la cabeza de costado—,
¿qué decís, qué decís? Hablad con más claridad, Vocecitas, porque sabéis que me
estoy volviendo sordo. Oh, ahora entiendo. El asunto es menos importante aún de
lo que creía. Sólo un brujo...
"¡Izwa!" (fuerte).
—.. .unas pocas muertes y enfermedades.
—¡Izwa!
Sólo una muerte, una muerte principal.
—¡Izwa! (muy fuerte).
—¡Ah!... Ya lo tenemos: una muerte. Ahora, ¿fue un
hombre?
—¡Izwa! (con gran frialdad).
—¿Una mujer?
—¡Izwa! (más fríamente aún).
—¿Entonces una criatura? Tiene que ser una criatura
a menos que haya sido la muerte de un espíritu. Pero ¿qué sabéis vosotros de
espíritus? ¡Una criatura! ¡Una criatura! Ah, me escucháis: una criatura. Un
niño, creo. ¿No dices así, oh Polvo?
—¡Izwa! (con énfasis).
—¿Un niño vulgar? ¿Un bastardo? ¿Un hijo de nadie?
—¡Izwa! (muy bajo).
—¿Un niño bien nacido? ¿Uno que hubiese sido
grande? Oh, Polvo, oigo, oigo; un niño real, un niño por quien corría la sangre
del Padre de los zulúes, él que fue mi amigo? La sangre de Senzangakona, la
sangre del Ser Negro.
Se detuvo, mientras del coro de los miles de
personas que estaban reunidas alrededor del círculo surgía un grito de ¡Izwa!", acentuado
por un movimiento de brazos extendidos y pulgares señalando hacia abajo.
Luego reinó silencio, mientras Zikali borraba los
signos restantes, diciendo:
—Te doy las gracias, oh Polvo, aunque lamento
haberte molestado por una cosa tan pequeña. Así que —continuó— ha muerto un
niño de sangre real y creéis que por brujería. Averigüemos si murió por
brujería o si lo hizo como mueren otros niños, por orden del Cielo que los
necesita. ¡Qué! Aquí hay un signo que había pasado por alto. ¡Mirad! ¡Está
lleno de manchas! El niño murió con la cara deformada.
—¡Izwa! ¡Izwa! ¡Izwa! (en crescendo).
La muerte no fue natural. Ahora, ¿fue
brujería o fue veneno? Ambas cosas creo yo, ambas cosas. ¿Y de quién
era el niño? No creo que de un hijo del rey. Oh, me oyes, Pueblo, me oyes, pero
guardas silencio; no necesito tu ayuda. No, no de un hijo; de una hija,
entonces. —Se dio vuelta mirando a su alrededor hasta que su vista se fijó en
un grupo de mujeres, entre las que estaba Nandie, vestida como una persona
común. —De una hija, una hija...— Se acercó al grupo de mujeres. —Vaya,
ningunas de éstas es de sangre real; todas son hijas de gente baja. Y sin
embargo..., me parece oler la sangre de Senzangakona.
Olfateó el aire de la misma manera que un perro, y
al hacerlo se acercó más aún a Nandie, hasta que por fin se rió y la señaló.
—Tu hijo, princesa, cuyo nombre no conozco. Tu
primogénito, a quien querías más que a tu propio corazón.
Ella se puso de pie.
—¡Sí, sí, Nyanga! —exclamó—. Soy
la princesa Nandie, y era mi hijo, a quien quería más que mi propio corazón.
—¡Aja! —dijo Zikali—. Polvo, no me has mentido. Mi
Espíritu, ¿quién mató a este niño?
Empezó a caminar pesadamente alrededor del círculo,
con un aspecto extraordinario, cubierto como estaba de tierra gris, mostrando
trozos de piel negra, donde el sudor había barrido el polvo.
No tardó en llegar frente a mí y, con gran alarma
mía, empezó a aspirar el aire de la misma forma que lo había hecho con Nandie.
—Ah, ah, oh Macumazahn —dijo—. Tú tienes algo que
ver en este asunto —palabras que despertaron la atención de la gente.
Al oirías, me puse de pie, lleno de indignación y
temor, sabiendo que mi situación era
peligrosa.
—Hechicero, o inquisidor de hechiceros, como sea
que quieras llamarte —dije en voz alta—, si quieres decir que yo maté al hijo
de Nandie, ¡mientes!
—No, no, Macumazahn —respondió—, pero trataste de
salvarlo y por tanto tuviste algo que ver en el asunto, ¿no es así? Además creo
que tú, que eres tan inteligente como yo, sabes quién lo mató. ¿No quieres
decírmelo, Macumazahn? ¿No? Entonces debo averiguarlo yo. Quédate tranquilo.
¿No sabe acaso todo el mundo que tus manos son tan blancas como tu corazón?
Y con gran alivio mío siguió, entre un murmullo de
aprobación, porque, como he dicho, los zulúes me tenían estima. Siguió dando
la vuelta, pasando con gran sorpresa mía delante de Mameena y Masapo sin
hacerles caso, a pesar de haberlos mirado y de haberme parecido que se cruzaba
una rápida mirada de reconocimiento entre él y Mameena. Era una cosa curiosa
observar su progreso, porque al hacerlo, aquellos frente a quienes pasaba se
inclinaban de terror lo mismo que el maíz ante una ráfaga de viento, y una vez
que había pasado se enderezaban igual también que el maíz después de haber
pasado la ráfaga.
Por fin terminó su recorrido y volvió al punto de
partida, según todas las apariencias completamente desorientado.
—Tienes tantos brujos en tu kraal, rey —dijo,
dirigiéndose a Panda—, que es difícil decir quién cometió este acto. Hubiera
sido más fácil hablarte de cosas importantes. Sin embargo, he aceptado tu paga
y debo ganarla. Polvo, has enmudecido. Ahora, mi Idhlozi, mi
Espíritu, ¿quieres hablar? —e inclinando la cabeza a un costado como si escuchase
a una voz del cielo, dijo un momento después con una voz curiosa, sin
inflexión:
—¡Ah!. gracias, Espíritu. Bueno, rey, tu nieto fue
muerto por la casa de Masapo, tu enemigo, jefe de los amasomi.
Se escuchó un grito de aprobación del auditorio,
para el que la culpabilidad de Masapo era una conclusión prevista. Una vez que
se hubo extinguido habló Panda, diciendo:
—La casa de Masapo es una casa grande; creo que
tiene varias mujeres y muchos hijos. No es bastante destruir la casa, ya que no
soy igual que los que me precedieron y no quiero matar a los inocentes junto
con los culpables. Dinos, oh Iniciador de Caminos, quién de la casa de Masapo
cometió este crimen.
—Esa es justamente la cuestión —gruñó Zikali—. Todo
lo que sé es que fue cometido con veneno, y huelo el veneno. Está aquí.
Fue hasta donde estaba sentada Mameena y gritó:
—¡Que se apoderen de esta mujer y le registren el
cabello!
Los verdugos que estaban esperando saltaron hacia
ella, pero Mameena los rechazó con un gesto.
—Amigos —dijo con una risita—, no hay necesidad de
tocarme —y levantándose se dirigió al centro del círculo. Allí, con unos
movimientos rápidos de las manos, se despojó primero de la capa que llevaba,
luego de la moocha que le ceñía la cintura y finalmente de la redecilla que
tenía recogidos sus largos cabellos, y se mostró delante de todo el publico en
todo el esplendor de su belleza desnuda, ofreciendo un espectáculo
maravilloso.
—Ahora —dijo—, que vengan mujeres a
registrarme junto con mis ropas, para ver si hay algún veneno escondido.
Avanzaron dos viejas, aunque no sé quién las mandó,
y efectuaron un examen sumamente minucioso, anunciando al final que no habían
encontrado nada. Al oírlas, Mameena, encogiéndose de hombros, se volvió a poner
sus ropas y volvió a su lugar. Zikali pareció indignarse. Dio unas patadas en
el suelo, se sacudió sus grises cabellos y gritó:
—¿Irá a ser vencida mi sabiduría en una cosa tan
pequeña? Que uno me ponga una venda en los ojos.
Ahora avanzó un hombre —fue Maputa, el mensajero— y
lo hizo observando yo que colocaba la venda bien apretada. Zikali giró sobre
sus talones, primero en un sentido y luego en otro, y, gritando con voz fuerte:
"¡Guiadme mi Espíritu!", empezó a caminar en zigzag, con los brazos
extendidos frente suyo. Primero se dirigió a la derecha, luego a la izquierda y
luego derecho enfrente suyo, hasta que finalmente, ante mi asombro, llegó
exactamente frente al lugar donde estaba sentado Masapo y extendiendo sus
grandes manos se apoderó del kaross con que éste se cubría y con un tirón se lo
arrancó de los hombros.
—¡Registren esto! —exclamó, arrojándolo al suelo, y
una mujer le obedeció.
Un momento después prorrumpió en una exclamación, y
de entre la piel de una de las colas del kaross sacó una bolsita minúscula que
parecía estar hecha de una vejiga de pescado y la entregó a Zikali, que se
había quitado la venda de los ojos. La miró y luego se la dio a Maputa,
diciendo:
—Aquí está el veneno..., aquí está el veneno, pero
yo no digo quién lo dio. Estoy fatigado. Dejadme marchar.
Y sin que nadie intentara detenerlo, se retiró por
la puerta del kraal.
Los soldados se apoderaron de Masapo, mientras la
multitud rugía: "¡Matad al brujo!".
Masapo se desprendió de sus captores y corriendo
hasta donde estaba sentado el rey, se arrojó ante él de rodillas, protestando
de su inocencia y pidiendo misericordia. También yo, que dudaba de todo este
asunto, me aventuré a levantarme y
hablar.
—Oh, rey —dije—, como uno que he conocido a este
hombres antes, te ruego me escuches. No sé cómo llegó ese polvo a su kaross,
pero a lo mejor no es veneno, sino algún polvo inofensivo.
—Sí, sólo es polvo de madera que uso para limpiarme
las uñas — gritó Masapo, que estaba tan aterrado que no creo sabía lo que
decía.
—-¿Así que admites reconocer la medicina? —dijo Panda—.
Entonces nadie la ocultó en tu kaross maliciosamente.
Masapo empezó a dar explicaciones, pero sus
palabras fueron ahogadas por la multitud que gritaba: "¡Matad al
hechicero!"
Panda alzó la mano y se hizo silencio.
—Que traigan una escudilla de leche —mandó el rey,
que fue obedecido, y a una nueva orden de él, echaron del polvo en la leche.
—Ahora, Macumazahn —me dijo Panda—, si aún crees
que ese hombre es inocente, ¿quieres beber esta leche?
—No me gusta la leche, oh rey — contesté, meneando
la cabeza, lo que hizo reír a los que me escucharon.
—¿Querrá beberla entonces Mameena, su mujer? —preguntó
Panda.
Ella también sacudió la cabeza, diciendo:
—Oh, rey, yo no bebo leche mezclada con polvo.
En ese preciso momento un perro blanco y huesudo,
uno de esos animales vagabundos y tiñosos que erran por los kraales viviendo de
desperdicios, entró en el círculo. Panda hizo una señal y un sirviente, yendo
hasta donde estaba el animal mirando hambriento a su alrededor, le puso delante
la escudilla de leche. El perro la lamió al instante porque estaba muerto de
hambre, y cuando terminó, el hombre le pasó una correa por el cuello y lo
sujetó.
Ahora todos los ojos estaban fijos en el perro,
entre ellos los míos. Un momento más tarde el animal profirió un largo y triste
aullido —que me hizo estremecer porque sabía que era la sentencia de muerte de
Masapo —, y empezó a escarbar la tierra y echar espuma por la boca. Dándome
cuenta de lo que seguiría, me puse de pie, me incliné ante el rey y marché
hacia mi campamento que, se recordará, se encontraba en un pequeño kloof que
dominaba este lugar, a una distancia de unos pocos centenares de metros. Tan
interesada estaba la multitud observando al perro, que dudo que alguien me
viese marchar.
Llegué a mi tienda de campaña sin ser molestado y
después de encender mi pipa me dediqué a hacer entradas comerciales en mi
libro, para distraerme lo que pudiera, cuando de repente oí un clamor
endemoniado. Levanté la vista y vi a Masapo que corría en mi dirección con una
rapidez que hubiese creído imposible en un hombre tan grueso, seguido por los
verdugos de feroz aspecto y detrás detestas la muchedumbre.
"¡Matad al asesino!", gritaban. Masapo
llegó hasta mí. Se echo de rodillas y exclamó con voz entrecortada:
—¡Sálvame, Macumazahn! Soy inocente. ¡Mameena, esa
bruja! Mameena...
No pudo seguir, porque los verdugos habían saltado
sobre él como perros sobre un antílope y lo arrastraron afuera.
Me di vuelta y me cubrí los ojos.
A la mañana siguiente dejé a Nodwengu sin
despedirme de
nadie, porque lo que había
sucedido me hizo desear marchar de allí. Dejé
sin embargo a mi sirviente, Scowl, y a uno de mis cazadores para que recogiesen
algunas cabezas de ganado que aun se me debían.
Aproximadamente un mes más tarde se reunieron
conmigo en Natal, trayendo el ganado, y me dijeron que Mameena, la viuda de
Masapo, había entrado en casa de Saduko como segunda mujer. Contestando a una
pregunta mía, agregaron que se decía que la princesa Nandie no había aprobado
esa elección de Saduko, que creía no era afortunada y no le haría feliz. Pero
como su marido parecía estar muy enamorado de Mameena, cuando Panda le preguntó
si daba su consentimiento, le dijo que, aunque hubiese preferido que Saduko
eligiera a alguna otra mujer que no hubiese tenido nada que ver con el brujo
que había matado a su hijo, estaba dispuesta a tomar a Mameena como hermana y
sabría cómo mantenerla en su lugar.
Capituló 11
El pecado de Umbelazi
Habían transcurrido unos dieciocho meses y una vez
más, en el otoño del año 1856, me encontré en el kraal del viejo Umbezi, en el
que parecía haber un mercado extraordinario para cualquier cosa que pudiese ser
llamado un fusil. Pues bien, como comerciante que no podía despreciar buenos
mercados, allí estaba yo.
Ahora bien, en dieciocho meses muchas cosas se
vuelven borrosas en nuestra memoria, en especial si están relacionadas con
salvajes en los que, después de todo, uno tiene sólo un interés
filosófico y comercial. Por tanto, tal vez se me disculpe si había
olvidado muchos de los detalles de lo que puedo llamar el asunto de Mameena.
Pero éstos volvieron vividamente a mi mente cuando la primera persona que
encontré—a alguna distancia del kraal, donde supongo estaba dando un paseo—,
fue la hermosa Mameena en persona. Allí estaba, tan encantadora como siempre y
sin haber sufrido cambio alguno, sentada a la sombra de una higuera silvestre
abanicándose con un puñado de hojas.
Como es natural, salté de mi carreta y saludé.
—Siyakubona (buen día), Macumazahn —me
dijo—. Mi corazón se alegra de verte.
—Siyakubona, Mameena —contesté, dejando
toda referencia a mi corazón. Luego agregué, mirándola —: ¿Es cierto
que tienes un nuevo marido?
—Sí, Macumazahn, un antiguo enamorado mío se ha convertido
en un nuevo marido. Sabes a quién me refiero: Saduko. Después de la muerte de
aquel malvado Masapo, se volvió sumamente insistente, y el rey, y también
la inkosazana Nandie, me apremiaron, así que cedí. Además,
para ser sincera, Saduko parecía ser buen partido.
Íbamos caminando al lado uno del otro, porque el
tren de carretas había seguido adelante hasta el viejo campamento, así que me
detuve y la miré de frente.
—¿Parecía ser? —repetí—. ¿Qué quieres decir con
"parecía ser"? ¿No estás contenta esta vez?
—No del todo, Macumazahn —replicó, encogiéndose de
hombros—. Saduko me demuestra gran afición, más de lo que yo quisiera en
realidad, porque eso le hace descuidar a Nandie, quien de paso ha tenido otro
hijo, y aunque no hable mucho, Nandie se enoja. En una palabra —agregó, con un
arranque de sinceridad—, yo soy un juguete y Nandie es la gran señora, y no me
agrada esa situación.
—Si amas a Saduko, no debía de importarte, Mameena.
—Amor —dijo con amargura—. ¡Iya! ¿Qué
es el amor? Pero ya te hice esa pregunta una vez.
—¿Por qué estás aquí, Mameena? —le pregunté pasando
por alto sus palabras.
—Porque Saduko está aquí, y naturalmente también
Nandie, que nunca se separa de él, y él no quiere separarse de mí; porque va a
venir el príncipe Umbelazi; porque se están tramando complots y se aproxima la
gran guerra, la guerra en que tantos perderán la vida.
—¿Entre Cetewayo y Umbelazi, Mameena?
—Sí, entre Cetewayo y Umbelazi. ¿Por qué crees que
esas carretas tuyas están cargadas de fusiles por los que habrá que pagar tanto
ganado? No creo que para cazar. Pues bien, este pequeño kraal de mi padre es
ahora el cuartel general de la facción de Umbelazi, los Isigqosa, así
como el principado de Gikazi es el de Cetewayo. Mi pobre padre — añadió, con su
característico encogimiento de hombros — se cree muy grande ahora, igual que
cuando mató al elefante — antes de que yo te cuidara, Macumazahn —, pero muchas
veces pienso cuál será el fin de todo, para él y para nosotros, Macumazahn,
incluyéndote a ti.
—¿Qué tengo yo que ver con las disputas de los
zulúes?
—Eso lo sabrás cuando terminen, Macumazahn. Pero ya
estamos en el kraal, y antes de entrar quiero darte las gracias por haber
tratado de proteger a aquel infortunado marido mío, Masapo.
—Lo hice sólo porque lo creí inocente, Mameena. .
—Lo sé, Macumazahn; y también lo creí yo, aunque,
como siempre te lo dije, lo odiase por ser el hombre con quien mi padre me
obligó a casarme. Pero temo, por lo que he sabido después, que no fuese del
todo inocente. Saduko lo había golpeado, y eso no podía olvidarlo. Además tenía
celos de Saduko, que me había pretendido, y quería hacerle daño. Pero lo
que no entiendo es por qué no dio muerte a Saduko, en lugar de la
criatura.
—Recordarás, Mameena, que se dijo que había
intentado hacerlo.
—Sí, Macumazahn; lo había olvidado. Supongo que lo
intentó y le salió mal. Mira, allí está mi padre. Me voy. Pero ven a hablar
conmigo de vez en cuando, Macumazahn, porque si no Nandie se ocupará de que yo
no oiga nada; yo que soy el juguete, la mujer hermosa de la casa, que solo
puede estar sentada y sonreír, pero no pensar.
Se retiró, mientras me dirigía al encuentro del
viejo Umbezi, que venía hacia mí triscando como una cabra obesa, reflexionando
que, fuese o no cierto todo lo que me había contado, su progreso en el mundo no
parecía haber hecho más feliz a Mameena.
Umbezi, que me acogió calurosamente, se mostraba
lleno de animación y de importancia. Me informó que el casamiento de Mameena
con Saduko, después de la muerte del brujo Masapo, cuya tribu y hacienda habían
sido dadas al primero en compensación por la pérdida de su hijo, había sido un
acontecimiento afortunado para él.
Le pregunté por qué.
—Porque a medida que Saduko se engrandece, yo, su
suegro, me engrandezco con él, Macumazahn, especialmente teniendo en cuenta
que ha sido liberal conmigo en materia de hacienda, ya que me cedió una parte
del ganado de Masapo, de forma que yo, que he sido pobre tanto tiempo, por fin
me estoy haciendo rico. Además mi kraal va a ser honrado con una visita de
Umbelazi y algunos de sus hermanos mañana, y Saduko me ha prometido elevarme
mucho una vez que el príncipe sea declarado heredero del trono.
—¿Qué príncipe? —pregunté.
—Umbelazi, Macumazahn. ¿Cuál otro? Umbelazi, quien
sin duda vencerá a Cetewayo.
—¿Por qué sin duda, Umbelazi? Cetewayo tiene muchos
partidarios, y si él gana creo que terminarás siendo pasto de los
buitres.
Al oír estas crudas palabras, Umbezi cambió de
expresión.
—Oh, Macumazahn —dijo—, si creyera eso, me pasaría
a Cetewayo, a pesar de Saduko, mi yerno. Pero no es posible porque el rey
quiere a la madre de Umbelazi más que a todas sus otras mujeres y, como he
tenido ocasión de saber, le ha jurado que favorece la causa de Umbelazi por ser
el hijo que más quiere y hará todo lo que pueda para ayudarlo, llegando
incluso en caso de necesidad a enviar su propio regimiento en su ayuda.
Asimismo, se dice que Zikali, el Iniciador de Caminos, ha profetizado que
Umbelazi ganará mucho más de lo que jamás pensó.
—¡El rey! —exclamé—. ¡Una paja arrastrada de un
lado para otro por dos grandes vientos, esperando ser llevada al descanso por
el más fuerte! ¡La profecía de Zikali! Me parece que puede ser interpretada de
dos maneras, si es que la hizo. Bueno, Umbezi, espero que tengas razón, porque,
aunque no sea asunto mío ya que no soy más que un comerciante blanco en tu
país, me gusta más Umbelazi que Cetewayo y creo que tiene mejor corazón.
Asimismo, te aconsejo que ya que has elegido su bando sigas con él, pues los traidores
a una causa rara vez tienen buen fin, ganen o pierdan. ¿Y ahora, quieres contar
los fusiles y la pólvora que he traído?
¡Ay! Mejor hubiera sido para Umbezi haber escuchado
mi consejo permaneciendo fiel al jefe que eligió, porque entonces aun
perdiendo su vida, por lo menos hubiese conservado su buen nombre. Pero
hablaremos de eso a su tiempo.
Al día siguiente fui a presentar mis respetos a
Nandie, a quien encontré amamantando a su nuevo hijito y tan tranquila y digna
como siempre. Creo, empero, que se alegró al verme. Mientras conversaba con
ella de ese triste acontecimiento y también de la situación política del país,
sobre la cual creo quería decirme algo, Mameena entró en la choza, sin esperar
a ser llamada, y se sentó, y al verla, Nandie quedó repentinamente en silencio.
Esto, sin embargo, no importó a Mameena, que se
puso a hablar de mil cosas, ignorando a la esposa principal. Nandie lo soportó
por un rato, pero al fin aprovechó una pausa en la conversación para decir con
su voz firme y baja:
—Esta es mi choza, hija de Umbezi, cosa que
recuerdas bien cuando se trata de saber si Saduko, nuestro esposo, te visitará
a ti o lo hará a mí. ¿No puedes recordarlo ahora, cuando quería hablar con el
jefe blanco, El que Vigila de Noche, que ha tenido la bondad de venir a verme?
Al oír estas palabras Mameena saltó furiosa, y debo
confesar que nunca me pareció más hermosa.
—¡Me insultas, hija de Panda, como siempre tratas
de hacerlo, porque estás celosa de mí!
—Perdón, hermana — replicó Nandie —. ¿Por qué yo,
que soy la Inkosikasi de Saduko y, como tú dices, hija de Panda,
habría de estar celosa de la viuda del brujo Masapo y la hija del jefe Umbezi,
a quien plugo a nuestro marido tomar en su casa para ser la compañera de sus
ocios?
—¿Por qué? Porque sabes que Saduko quiere más a mi
dedo meñique que a todo tu cuerpo, aunque seas de la sangre del rey y le hayas
dado hijos —replicó, mirando a la criatura con no muy buenos ojos.
—Tal vez sea así, hija de Umbezi, porque los
hombres tienen sus caprichos y no hay duda de que eres bonita. Sin embargo, te
haría una pregunta: ¿si tanto te quiere Saduko, cómo es que te
tiene tan poca confianza que únicamente puedes
enterarte de alguna cosa importante escuchando detrás de mi puerta,
como sabes que te encontré el otro día?
—Porque tú le enseñas que lo haga así, oh Nandie.
Porque siempre le estás diciendo que no consulte nada conmigo, pues la que ha
traicionado a un marido puede traicionar a otro. Porque le haces creer que mi
lugar es el del juguete, a pesar de ser yo más inteligente que tú y toda tu
casa juntos, como tal vez descubras algún día.
—Sí — replicó Nandie, sin perder lo más mínimo la
calma—; le enseño todas esas cosas, y me alegro que en esta
cuestión Saduko muestra tener cabeza y me escucha. También estoy de acuerdo en
que sabré muchas cosas desagradables de ti y por ti algún día, hija de Umbezi.
Y ahora, como no está bien que discutamos delante de este señor blanco,
nuevamente te digo que ésta es mi choza, en la que quiero hablar a solas con mi
invitado.
—¡Me voy! ¡Me voy! —gritó Mameena—, pero te aseguro
que Saduko se enterará de esto.
—Ciertamente que se enterará, porque se lo diré
cuando venga esta noche.
Un instante después Mameena se había marchado,
saliendo de la choza con la velocidad de una liebre que huye de su madriguera.
—Te pido perdón, Macumazahn, por lo que ha sucedido
— dijo Nandie—, pero era necesario que enseñase a mi hermana Mameena en qué
taburete le corresponde sentarse. No le tengo confianza, Macumazahn. Creo que
sabe más de la muerte de mi hijo de lo que dice, ella que deseaba librarse de
Masapo por el motivo que puedes suponer. Además creo que causará vergüenza y
disgustos a Saduko, a quien ha encantado con su belleza, como encanta a todos
los hombres; tal vez también un poco a ti, Macumazahn. Pero hablemos ahora de
otras cosas.
Acepté esa proposición, ya que a decir verdad, si
hubiera podido hacerlo decorosamente, hubiese estado fuera de la choza mucho
antes que Mameena. Así que nos dedicamos a conversar de la situación de
Zululandia y de los peligros que acechaban a todos los relacionados con la casa
real; un estado de cosas que preocupaba mucho a Nandie, porque era una mujer
despejada y que temía el futuro.
—Ah, Macumazahn—me dijo al despedirnos—, ojalá
fuese la mujer de un hombre que no tuviese grandes ambiciones y que no
corriese por mis venas sangre real.
Al día siguiente llegó el príncipe Umbelazi, y con
él Saduko y unos cuantos personajes. Llegaron sin hacer ninguna demostración y
sin escolta ostensible, aunque mi sirviente Scowl me dijo que había oído que
la selva vecina estaba llena de soldados del partido Isigqosa. Si
recuerdo bien, el pretexto de la visita fue que Umbezi poseía una raza rara de
ganado blanco, de los que el príncipe deseaba obtener algunos toritos y
terneras para mejorar su hacienda. Pero una vez dentro del kraal, Umbelazi, que
era un hombre de naturaleza sumamente franca, dejó de lado todo disimulo, y
después de saludarme con cordialidad, me dijo que había venido porque era un
lugar conveniente para arreglar la consolidación de su
partido.
Durante las dos semanas siguientes llegaron y
salieron mensajeros —muchos de los cuales eran jefes disfrazados—, casi cada
hora. Me hubiese gustado seguir su ejemplo — esto es, en lo que se refería a su
partida— porque sentía que estaba siendo atraído a un torbellino peligroso.
Pero no podía hacerlo, obligado a esperar el pago de mi mercadería, que, como
de costumbre, se efectuaba en ganado.
Umbelazi habló bastante conmigo durante ese tiempo,
insistiendo en sus sentimientos amistosos hacia los blancos ingleses de Natal,
al revés de los bóers, y el buen trato que estaba dispuesto a prometerles si
llegaba alguna vez a tener autoridad en Zululandia. Fue durante una de esas
conversaciones que, naturalmente, vi tenían un objeto ulterior, cuando vio,
según creo, por primera vez a Mameena.
Estábamos paseando en un pequeño claro del bosque
que bordeaba un lado del kraal, cuando en un extremo, parecida a una ninfa de
la fábula clásica a la luz del sol poniente, apareció la hermosa Mameena,
vestida sólo con su faja de piel, su collar de cuentas azules y algunos adornos
de cobre, y llevando un cántaro sobre la cabeza.
Umbelazi la observó en seguida e interrumpiendo su
conversación política, de la que evidentemente estaba cansado, me preguntó
quién era esa hermosa intombi (muchacha).
—No es una intombi, príncipe —
contesté —. Es una viuda que se ha vuelto a casar, la segunda mujer de tu
amigo y consejero Saduko, y la hija de tu huésped, Umbezi.
—¿Ah, sí, Macumazahn? Oh, entonces he oído hablar
de ella aunque no la haya visto hasta ahora. No me extraña que mí hermana
Nandie esté celosa, porque es realmente hermosa,
—Sí — contesté —, parece bonita contra el cielo
rojo, ¿no es cierto?
Para entonces nos estábamos acercando a Mameena, y
la saludé, preguntándole si deseaba algo.
—Nada, Macumazahn.— contestó con aire modesto y
delicado, porque nunca conocí a nadie que pudiese parecer tan modesta como
Mameena, y con una rápida mirada de sus ojos tímidos al alto y espléndido
Umbelazi—, nada. Pasaba con la leche de una de las vacas que me dio mi padre y
Pensé que, tal vez deseéis un trago.
Y alzando el cántaro de su cabeza, me lo ofreció.
Le di las gracias, bebí un poco — ¿qué menos podía hacer?
— y se lo devolví, haciendo ella como si fuera a marcharse.
—¿No puedo beber yo también, hija de Umbezi? —preguntó Umbelazi, que apenas podía quitarle la
vista.
—Ciertamente, señor, si eres amigo de Macumazahn —
replicó ella, pasándole el cántaro.
—Lo soy, señora, y más aún, pues soy un amigo de tu
marido Saduko, como te darás cuenta si te digo que mi nombre es Umbelazi.
—Me pareció que debía ser así —replicó ella— a causa
de tu... de tu estatura. Dígnese el príncipe aceptar el ofrecimiento de su
sirvienta que un día espera ser su súbdita — e hincando una rodilla, le tendió
el cántaro. Vi que sobre su borde se encontraban sus ojos.
Bebió él y al devolver la vasija dijo ella:
—Oh, príncipe, ¿puedo decirte una palabra? Tengo
que decirte algo que tal vez harás bien en escuchar, ya que a veces llegan
noticias a oídos de las humildes mujeres que escapan a los de los hombres,
nuestros amos.
Asintió él con la cabeza, y al verlo, dejándome
guiar por una mirada significativa de Mameena, murmuré algo de negocios y me
apresuré a retirarme. Puedo añadir que Mameena debió de haber tenido mucho que
contar a Umbelazi, pues había transcurrido más de hora y media antes de que, a
la luz de la luna, desde mi carreta, donde como de costumbre vigilaba lo que
sucedía a mi alrededor, la vi volver al kraal deslizándose en silencio como
una serpiente, seguida a escasa distancia por la figura de Umbelazi.
Aparentemente, Mameena continuó recibiendo informaciones
que halló necesario comunicar en privado al príncipe. De cualquier manera, en
varias noches posteriores el aburrimiento de mi vela en la carreta se vio
quebrado por el espectáculo de su esbelta figura deslizándose a su choza desde
el kloof que Umbelazi parecía encontrar sumamente apropiado para meditar
después de la puesta del sol. En una de las últimas de esas oportunidades
recuerdo que estaba conmigo Nandie, que había venido a buscar algún medicamento
para el niño.
—¿Qué significa eso, Macumazahn? —preguntó al pasar
la pareja, según creían sin ser observados, pues nos encontrábamos en un lugar
donde no nos podían ver.
—No lo sé y no quiero saberlo — contesté con
sequedad.
—Ni yo tampoco, Macumazahn; pero no dudo de que lo
sabremos con el tiempo. Si el cocodrilo sabe ser paciente y guardar silencio,
el antílope al final siempre cae en sus mandíbulas.
El día después de haber hecho Nandie
esta sabia observación, Saduko partió en una misión, según tengo entendido,
para atraer a varios jefes dudosos a la causa de Indhlovu-ene-Sihlonti (el
Elefante-con-el-mechón-de-pelo), como era llamado el príncipe Umbelazi entre
los zulúes, aunque no a la cara. Esta misión duró diez días y antes de que concluyera
ocurrió un suceso importante en el kraal de Umbezi.
Una tarde llegó a verme Mameena y furiosa y me dijo
que no podía soportar más la vida que llevaba. Abusando de su posición como
esposa principal, Nandie la trataba como a una sirvienta, peor aún, como a un
perro que debía ser castigado a palos. Deseaba que Nandie muriese.
—Será muy malo para ti que tal cosa ocurra —respondí—,
porque entonces tal vez llamen a Zikali para investigar el asunto, como
ocurrió antes.
—¿Qué podía hacer? —continuó, pasando por alto lo
que acababa de manifestar.
—Comer el guiso que has hecho en tu olla, o
romperla (es decir, marcharte) —sugerí—. No tenías ninguna necesidad de
casarte con Saduko, como no la tuviste de hacerlo con Masapo.
—¿Cómo puedes hablarme así, Macumazahn — contestó,
dando con el pie en el suelo —, cuando sabes muy bien que ha sido culpa tuya
que me casara? ¡Iya! Los odio a todos, y como si contara mis
dificultades a mi padre lo único que haría es pegarme, me voy a escapar y
viviré en la soledad y seré hechicera.
—Temo que te aburras mucho, Mameena —empecé en tono
de broma, porque en verdad no creí prudente mostrarle demasiada simpatía
cuando estaba tan excitada.
Mameena no esperó que terminara la frase sino que
exclamando entre sollozos que era falso y cruel, se marchó apresuradamente.
¡Ah, qué poco suponía cómo y dónde volveríamos a encontrarnos!
Al día siguiente fui despertado poco después de la
salida del sol por Scowl, a quien había mandado la noche antes con otro hombre
a buscar un buey extraviado.
—¿Has encontrado el buey? —le pregunté.
—Sí, Baas; pero no te desperté para decirte eso.
Tengo un mensaje para ti, Baas, de Mameena, a quien encontré hace unas cuatro
horas en aquella llanura.
Le pedí que me lo dijera.
—Estas son las palabras de Mameena, Baas: "Di
a Macumazahn, tu amo, que Indhlovu-ene-Sihlonti, que se ha
apiadado de mis sufrimientos y me quiere de corazón, me ha ofrecido tomarme en
su casa y que he aceptado su ofrecimiento, ya que prefiero convertirme en
la Inkosazana de los zulúes, como lo seré un día, que
continuar siendo una sirvienta en la casa de Nandie. Di a Macumazahn que cuando
vuelva Saduko le diga que todo esto es culpa suya, pues si hubiese conservado a
Nandie en su lugar hubiese muerto antes de dejarlo. Que le diga también a
Saduko que, a pesar de que en adelante sólo podemos ser amigos, mi corazón
sigue siendo tierno para él, y que día y noche seguiré rogando por su
grandeza, para que se convierta en un árbol que dé sombra a todo el país. Que
Macumazahn le pida que no me odie, pues lo que hago es por su bien, ya que
nunca hubiese sido feliz mientras Nandie y yo viviésemos en la misma casa.
Sobre todo que no odie al príncipe, que lo quiere más que a ningún otro hombre,
y no hace más que ir hacia donde le arrastra el viento que yo soplo. Pide a
Macumazahn que piense con cariño en mí, como lo haré yo en él mientras estén
abiertos mis ojos".
Escuché en silencio este mensaje asombroso, y luego
pregunté si Mameena iba sola.
—No, Baas; Umbelazi y algunos soldados iban con
ella, pero no oyeron sus palabras porque se hizo a un lado para hablarme. Luego
volvió junto a ellos y se marcharon de prisa, perdiéndose en la noche.
—Muy bien, Scowl. Hazme un poco de café, bien
fuerte.
Me vestí y tomé varias tazas de café,
"pensando con mi cabeza", como dicen los zulúes, todo el tiempo.
Luego fui hacia el kraal de Umbezi, a quien encontré justo cuando salía de su
choza, bostezando.
—¿Por qué ese aire tan sombrío en una mañana tan
hermosa, Macumazahn? —preguntó el viejo pillo—. ¿Has perdido acaso tu mejor
vaca?
—No, amigo mío —contesté—, pero tú y otro habéis
perdido vuestra mejor vaca. —Y palabra por palabra le repetí
el mensaje de Mameena. Cuando terminé pensé realmente que Umbezi iba a
desmayarse.
—¡Que caiga una maldición sobre la cabeza de esta
Mameena! — exclamó—. Con seguridad algún espíritu maligno debió ser su padre y
no yo, y con razón ha sido llamada Hija de la Tormenta. ¿Qué haré ahora,
Macumazahn? Gracias sean dadas a mi Espíritu — agregó con aire de alivio — de
que esté demasiado lejos para tratar de alcanzarla; si lo hiciera, Umbelazi y
sus soldados me matarían.
—¿Y qué hará Saduko si no lo haces?
—Oh, naturalmente que se enfurecerá, porque le
tiene mucho cariño. Pero, después de todo, estoy acostumbrado a eso. Recordarás
cómo se puso cuando se casó ella con Masapo. Por lo menos, no podrá decir que
la hice escapar con Umbelazi. Al fin y al cabo es un asunto que deben
arreglarlo entre ellos.
—Creo que puede ser causa de graves disgustos, en
un momento en que es necesario evitarlos.
—¿Oh, por qué, Macumazahn? Mi hija no se llevaba
bien con la princesa Nandie; eso podíamos verlo todos, porque apenas si se
dirigían la palabra. Y si Saduko le tiene afición. .., bueno, después de todo
hay otras mujeres hermosas en Zululandia. Yo mismo conozco una o dos que
mencionaré a Saduko, o mejor a Nandie. Realmente, como andaban las cosas, no sé
si no ha sido una suerte para él.
—¿Pero qué piensas del asunto como padre? —le pregunté,
porque deseaba saber hasta qué punto llegaba su moral acomodaticia.
—Como padre..., bueno, naturalmente, Macumazahn, como
su padre lo siento, porque significará murmuraciones, como sucedió en la casa
de Masapo, ¿no es así? Sin embargo, hay que decir esto de Mameena — añadió con
rostro más animado —, siempre sube y no baja por el árbol. Cuando se libró de
Masapo — quiero decir cuando Masapo fue muerto por brujo— se casó con Saduko
que era un hombre más importante; Saduko, con quien no quiso casarse cuando
Masapo era más importante. Y ahora, que se ha librado de Saduko, entra en la
choza de Umbelazi, que será un día rey de los zulúes, el hombre más importante
del mundo, lo que quiere decir que ella será la mujer más importante, porque
recuerda, Macumazahn, que dará vueltas y vueltas alrededor de ese gran
Umbelazi, hasta que mire él adonde mire sólo la verá a ella. Oh, será grande y
llevará a su pobre padre en su manta. Oh, todavía brilla el sol detrás de las
nubes, Macumazahn, así que soportemos la nube lo mejor posible, pues
sabemos que se despejará pronto.
—Sí, Umbezi, pero a veces de entre las nubes salen
otras cosas además del sol; por ejemplo, el rayo que mata.
—Dices palabras de mal agüero, Macumazahn; palabras
que me quitan el apetito que generalmente es excelente a esta hora. Bueno, si
Mameena es mala no es culpa mía, pues la eduqué para que fuere buena. Después
de todo — añadió con irritación —, ¿por qué me reprendes cuando ha sido culpa
tuya? Si te hubieses escapado con la muchacha cuando pudiste hacerlo, no
hubiera sucedido nada de esto.
—Tal vez no — respondí —, pero en ese caso estoy
seguro de que hubiese estado muerto hoy, como creo que lo estarán antes de
mucho todos los que tienen algo que ver con ella. Y ahora Umbezi te deseo un
buen desayuno.
Por la mañana siguiente regresó Saduko y fue
enterado de la noticia por Nandie, a quien yo había evitado cuidadosamente.
Pero en esta ocasión debí de estar presente, ya que era la persona a quien la
pecadora Mameena había enviado su mensaje de despedida. Fue una experiencia penosa,
de la que no recuerdo todos los detalles. Por un rato después de haber sabido
la verdad, Saduko permaneció sentado inmóvil como una estatua, mirando con
fijeza al frente, con un rostro que parecía haber envejecido de repente. En
seguida se volvió contra Umbezi y con unas pocas palabras terribles le acusó de
haber dispuesto el asunto a fin de mejorar su fortuna a costa de la deshonra
de su hija. Luego, sin escuchar las volubles explicaciones de su ex suegro, se
puso de pie y dijo que se marchaba a dar muerte al malvado que le había robado
la mujer, con la complicidad de nosotros tres, y con un gesto de la mano nos
señaló a Umbezi, a la princesa Nandie y a mí.
Esto era más de lo que podía soportar, así que yo
también me puse de pie y le pregunté lo que quería decir, añadiendo en la
irritación del momento que si hubiese querido robarle su hermosa Mameena creía
que podía haberlo hecho mucho antes; observación que pareció desconcertarle un
poco. Luego también Nandie se puso de pie y habló con su voz tranquila de
costumbre.
—Saduko, esposo mío —dijo—, yo, una princesa de la
casa zulú, me casé contigo que no eres de sangre real, porque te amaba, y
aunque lo quisieron Panda el rey y Umbelazi el príncipe, sólo por ese motivo.
Pues bien, te he sido fiel a través de algunas pruebas, hasta cuando pusiste a
la mujer de un hechicero —eso si, como tengo motivo de sospechar, no era ella
la hechicera— antes que a mí, y, aunque ese hechicero hubiese matado a nuestro
hijo, vivieses más en su choza que en la mía. Ahora esta mujer de la que tanto
pensabas te ha abandonado por tu amigo y mi hermano el príncipe Umbelazi;
Umbelazi, que es llamado el Hermoso y que si la fortuna de la guerra le
acompaña, como puede o no suceder, sucederá a Panda, mi padre. Esto lo ha hecho
porque alega que yo, tu Inkosikazi y la hija del rey, la
trataba como a una sirvienta, cosa que es mentira. La mantuve en su lugar, nada
más, cuando si ella hubiese podido hacer lo que quería me hubiese echado del
mío, tal vez matándome, porque las mujeres de los hechiceros aprenden sus
artes. Te ha dejado con ese pretexto; pero ése no es el verdadero motivo. Te ha
dejado porque el príncipe, mi hermano, a quien ha conquistado con sus artimañas
y su belleza, como ha conquistado a otros, o ha tratado de hacerlo — y me miró
—, es un hombre más importante que tú. Tú, Saduko, puedes llegar a ser grande
como mi corazón desea ocurra, pero mi hermano puede llegar a ser rey. No lo ama
como tampoco te amó a ti, pero ama el lugar que puede llegar a ocupar, y que
por tanto será el suyo, pues ella siempre quiso ser la primera gacela de la
manada. Esposo mío, creo que ha sido una suerte que te hayas librado de
Mameena, porque también creo que si se hubiera quedado con nosotros hubiesen
habido más muertes en nuestra casa; tal vez la mía, que no hubiera importado,
y tal vez la tuya, que hubiese importado mucho. Todo esto te lo digo no por
celos de una que es más bonita que yo, sino porque es la verdad. Por tanto el
consejo que te doy es que eches al olvido este asunto. Sobre todo no trates de
vengarte de Umbelazi, porque estoy segura de que ha llevado a vivir con él a su
choza a la venganza. He dicho.
Pude ver que este discurso moderado y lógico de Nandie
producía un gran efecto sobre Saduko, pero en aquel momento su única respuesta
fue:
—Que no se vuelva a pronunciar el nombre de Mameena
donde pueda oírlo. Mameena ha muerto.
Así que su nombre no volvió a ser escuchado en las
casas de Saduko y de Umbezi, y cuando por cualquier motivo era necesario
referirse a ella se le dio un nuevo nombre, una palabra compuesta zulú, O-we-Zulú, creo
que era, que significa en forma abreviada "Hija de la Tempestad",
porque "Zulú" significa tempestad además de
cielo.
No creo que Saduko volvió a hablarme de ella hasta
cerca del fin de esta historia, y por cierto no se la mencioné. Pero desde ese
día noté que era un hombre cambiado. Su orgullo y satisfacción evidente en su
gran éxito, que habían sido causa de que los zulúes le llamaran "el
Vanidoso", no eran ya marcados. Se volvió frío, silencioso, como un
hombre que piensa mucho, pero que oculta sus pensamientos, para evitar que
alguien pueda leerlos en sus ojos. Además hizo una visita a Zikali el Sabio,
como lo supe por casualidad; pero no pude saber qué consejo le dio aquel
astuto enano... entonces.
El único acontecimiento digno de mención
relacionado con esta fuga, que ocurrió posteriormente, fue la llegada de un
mensaje de Umbelazi a Saduko, traído por uno de los príncipes, un hermano de
Umbelazi que era de su partido. Como me consta, porque oí cuando era
transmitido, se trataba de un mensaje de tono muy humilde considerando las
posiciones relativas de ambos; el de una persona que sabe ha obrado mal y que,
si no arrepentido, está sinceramente avergonzado de sí mismo.
"Saduko — decía —, he robado una de tus vacas
y espero me lo perdonarás, ya que a esa vaca no le gustaba el pasto de tu
kraal, pero en el mío engorda y está satisfecha. Además, a cambio te daré
muchas otras vacas. Todo cuanto tengo para dar, te lo daré a ti que eres mi
amigo y mi consejero de confianza. Hazme saber, oh Saduko, que este muro que he
levantado ha sido derribado, ya que antes de mucho tú y yo tendremos que estar
juntos en la guerra".
La respuesta de Saduko a este mensaje fue:
"Oh, príncipe, te preocupa una cosa sumamente
insignificante. Esa vaca que has tomado no tenía valor ninguno para mí, porque
¿a quién le gusta conservar un animal que siempre está mugiendo a las puertas
del kraal, molestando con su ruido a los que quieren dormir adentro? Si me la
hubieses pedido te la hubiera dado de buen grado. Te agradezco tu
ofrecimiento, pero no necesito más vacas, especialmente si como ésa no tienen
terneros. En cuanto al muro entre nosotros, no existe ninguno, porque ¿cómo
pueden combatir dos hombres que, si se quiere ganar la batalla, deben ir uno
junto al otro, si hay un muro entre ellos? Oh, Hijo del Rey, sueño día y noche
con la batalla y la victoria, y he olvidado del todo a la vaca estéril que
corrió tras ti, el gran toro de la tropa. Pero no te sorprendas si encuentras
un día que esa vaca tiene cuernos afilados".
Capítulo 12
La Oración de Panda
Unas seis semanas más tarde, en el mes de noviembre
de 1856, dio la casualidad que me encontraba en Nodwengu cuando la disputa
entre los dos príncipes llegó a su punto culminante. Aunque no estaba permitido
que ninguno de los regimientos entrase en la ciudad — esto es, formado como
regimiento —, el lugar estaba lleno de gente, en estado de gran excitación,
que entraban durante el día y se retiraban a descansar por la noche a los
kraals militares vecinos. Una tarde, cuando algunos de esos soldados —alrededor
de un millar de ellos, si recuerdo bien— regresaban al kraal de Ukubaza, se
produjo entre ellos un combate que llevó a la ruptura definitiva.
En aquel momento había dos regimientos estacionados
en ese kraal. Creo que eran el Imkulutshana y el Hlaba, uno de los cuales
favorecía a Cetewayo y el otro a Umbelazi. Mientras algunas compañías de esos
regimientos marchaban juntas en líneas paralelas, dos de sus capitanes
empezaron a discutir sobre el eterno tema de la sucesión del trono. De las
palabras pasaron a los golpes, y el final fue que el partidario de Umbelazi
dio muerte con su maza al que favorecía a Cetewayo. Al ver esto, los camaradas
del muerto, al grito de "Usutu", que se convirtió en
el grito de guerra del partido de Cetewayo, cayeron sobre los otros y se
produjo un combate terrible. Por fortuna los soldados sólo estaban armados con
garrotes, si no la matanza hubiera sido grande; pero aun así, después de una
lucha indecisa, unos cincuenta hombres fueron muertos y muchos más resultaron
heridos. Ahora bien, con mi mala suerte habitual, yo, que había salido a matar
algunos pájaros para la comida, regresaba por esa misma llanura a mi viejo campamento
en el kloof donde había sido ejecutado Masapo, así que me encontré
en medio del combate justo cuando empezaba. Presencié la muerte del capitán y
la lucha que siguió. No sabiendo dónde ir o qué hacer, porque estaba
completamente solo, detuve mi caballo detrás de un árbol y esperé hasta poder
escapar de los horrores que me rodeaban; porque puedo asegurar a quienquiera
lea estas páginas que es un espectáculo horrible ver a un millar de hombres
trabados en un combate mortal. En verdad, el hecho de que no tuviesen azagayas
y que solamente pudiesen golpearse con sus pesados garrotes hasta morir, lo
hacía peor, ya que los duelos eran más desesperados y prolongados.
Por todas partes se veían hombres que rodaban por
el suelo golpeándose en la cabeza, hasta que por fin algún golpe
daba en un punto vital y uno de ellos abría los brazos y quedaba inmóvil,
muerto o sin conocimiento. Continuaba allí contemplando ese horrible
espectáculo desde mi caballo, que estaba inmóvil como una roca, cuando me di
cuenta de que dos individuos se abalanzaban sobre mí con los ojos fuera de las
órbitas gritando:
"¡Muerte al hombre blanco de
Umbelazi! ¡Muerte!"
Viendo entonces que el asunto era serio y que se
trataba de una cuestión de vida o muerte, entré en acción.
Tenía en mi mano una escopeta de dos caños cargada
con lo que solíamos llamar "loopers", o postas, de los que sólo
entraban unas pocas en cada carga, porque había esperado encontrar algún
antílope a mi vuelta al campamento. Así que, el acercarse esos soldados, alcé
la escopeta y disparé con el caño derecho contra uno de ellos y el izquierdo
contra el otro, apuntando en ambos casos al centro de sus pequeños escudos de
danza, que por la fuerza de la costumbre llevaban en alto para proteger su
garganta y pecho. A esa distancia, naturalmente, las postas atravesaron el
blando cuero de sus escudos y se incrustaron en sus cuerpos, de forma que
ambos cayeron sin vida, el de la izquierda tan cerca de mí que cayó contra mi
caballo y su garrote me produjo una contusión en el muslo.
—Cuando vi lo que había hecho y que había pasado el
peligro para mí por el momento, sin esperar a volver a cargar piqué espuelas
en el flanco de mi caballo y me dirigí a galope hacia Nodwengu, pasando entre
los grupos de combatientes. Llegué sin sufrir ningún daño a la ciudad y me
dirigí al instante a las chozas reales pidiendo audiencia al rey, quien ordenó
fuese admitido. Al llegar a su presencia le dije exactamente lo que había
sucedido: que había dado muerte a dos de los hombres de Cetewayo para salvar mi
propia vida, y que me sometía a su juicio.
—Oh, Macumazahn — dijo Panda muy afectado —, sé que
no tienes la culpa y ya he mandado un regimiento para que ponga fin a estas
luchas, con orden de que los causantes sean traídos ante mí mañana, para ser
juzgados. Me alegro de verdad, Macumazahn, de que hayas escapado ileso, pero
debo advertirte que en adelante tu vida estará en peligro, ya que todo el
partido Usutu querrá arrebatártela. Mientras estés en la
ciudad puedo protegerte, porque pondré una fuerte guardia en tu campamento;
pero tendrás que quedarte aquí hasta que se hayan disipado todos estos
conflictos, porque si te marchas puedes ser asesinado en el camino.
—Te agradezco tu bondad, rey —contesté—; pero esto
es muy molesto, pues esperaba salir mañana para Natal.
—Pues bien, Macumazahn tendrás que quedarte aquí, a
menos que quieras morir. El que sale en la tormenta tiene que soportar el
granizo.
Y así el destino me arrastró de nuevo al conflicto
zulú.
Al día siguiente fui llamado al juicio, mitad como
testigo y mitad como uno de los culpables. Al llegar al centro del kraal de
Nodwengu, en donde Panda estaba sentado junto con su Consejo, hallé todo el
gran espacio frente a él abarrotado con una gran multitud de guerreros de
aspecto feroz, los que favorecían a Cetewayo —los Usutu—, sentados
a la derecha, y los que favorecían a Umbelazi —los Isigqosa—,
sentados a la izquierda. A la cabeza de los primeros estaban sentados Cetewayo,
sus hermanos y sus jefes. A la cabeza de los segundos se hallaba Umbelazi, sus
hermanos y jefes, entre los que vi a Saduko inmediatamente detrás del príncipe,
a fin de poderle hablar en voz baja al oído.
Para mí y mi pequeño grupo de ocho cazadores, que
por autorización expresa de Panda vinieron armados con sus fusiles, como lo
hice yo, porque estaba decidido a vender caras nuestras vidas si se presentaba
la necesidad de hacerlo, había sido destinado un lugar casi frente al rey y
entre las facciones. Cuando todo el mundo estuvo sentado se inició el juicio,
pidiendo Panda saber quién había causado el tumulto de la noche anterior.
No puedo relatar con todos sus detalles lo que
siguió, porque sería demasiado largo hacerlo; además he olvidado muchos de
ellos. Recuerdo, sin embargo, que los partidarios de Cetewayo dijeron que los
hombres de Umbelazi habían sido los agresores y que los partidarios de éste
echaron la culpa a aquellos, y que cada uno de los grupos apoyó esas
declaraciones, hechas con gran extensión, con fuertes gritos.
—¿Cómo puedo saber la verdad? —exclamó Panda—.
Macumazahn, tú estabas allí; ven y cuéntame qué paso.
Así que me puse de pie y conté al rey lo que había
visto, es decir, que el capitán partidario de Cetewayo había iniciado la
disputa golpeando al capitán partidario de Umbelazi, pero que al final éste
último había dado muerte al capitán de Cetewayo, tras de lo cual empezó la
lucha.
—Entonces la culpa es de los Usutu —dijo
Panda.
—¿En qué te basas para decir eso, padre mío? —preguntó
Cetewayo, poniéndose en pie de un salto—. En el testimonio de este hombre
blanco que todo el mundo sabe es amigo de Umbelazi y de su hombre de confianza
Saduko y que personalmente dio muerte a dos de los que llamaba jefes en el
curso de la lucha.
—Sí, Cetewayo —interrumpí—, porque pensé que era
mejor que los matara yo y no que ellos me mataran a mí, después de haberme
atacado sin provocación alguna.
—De cualquier manera, les diste muerte, pequeño Hombre
Blanco —gritó Cetewayo—, y responderás con tu sangre. Dime, ¿te dio permiso
Umbelazi para presentarte delante del rey acompañado por hombres armados con
fusiles, cuando nosotros, que somos sus hijos, sólo podemos venir armados con
garrotes? Si es así, ¡que te proteja él!
—Así lo haré si es necesario — exclamó Umbelazi.
—Gracias, príncipe —dije yo—; pero si hay necesidad
de hacerlo me protegeré yo mismo, como lo hice ayer — y amartillando mi fusil
miré con fijeza a Cetewayo.
—¡Cuando marches de aquí me las pagarás Macumazahn!
—amenazó Cetewayo, escupiendo a través de sus dientes, como solía hacer cuando
lo dominaba la rabia y la pasión.
Porque estaba fuera de sí y deseaba descargar su
furia sobre alguien, aunque en verdad él y yo siempre fuimos buenos amigos.
—En ese caso me quedaré donde estoy —respondí con
frialdad —a la sombra del rey, tu padre. Además, ¿estás tan trastornado,
Cetewayo, que quieres que caigan sobre ti los ingleses? Sabe que si soy
asesinado te pedirán cuenta de mi sangre.
—Sí —interrumpió Panda—, y sabe que si alguien pone
la mano sobre Macumazahn, que es mi invitado, morirá, ya sea un hombre
cualquiera o un príncipe e hijo. Además, Cetewayo, te multo en veinte cabezas
de ganado que deberás pagar a Macumazahn por el ataque sin provocación de tus
hombres, a quien con justicia dio muerte.
—Será pagada la multa, padre —dijo Cetewayo más calmado,
porque vio que al amenazarme había llevado las cosas demasiado lejos.
Luego, después de algunas declaraciones más, Panda
dictó su sentencia, sentencia que en realidad no significó nada. Como era
imposible decidir cuál partido tenía mayor culpa, multó a los dos en igual
número de cabezas, acompañando la multa con una filípica contra su mal
comportamiento, que fue escuchada con indiferencia. Una vez resuelta esta
cuestión, empezó el asunto que realmente interesaba.
Poniéndose de pie, Cetewayo se dirigió a Panda,
diciendo:
—Padre mío, el país marcha sin rumbo en la
oscuridad y sólo tú puedes darle luz que ilumine sus pasos. Yo y mi hermano
Umbelazi pensamos de distinta manera y nuestra disputa es importante, pues se
trata de saber cuál de nosotros se sentará en tu lugar cuando "hayas ido
abajo", cuando te llamemos y no contestes. Una parte de la nación está en
favor de uno de nosotros y otra parte en favor del otro, pero tu, oh rey, y
sólo tú, tienes la palabra definitiva. A pesar de ello, antes de que hables, yo
y los que están conmigo quisiéramos hacerte recordar una cosa. Mi madre,
Umqumbazi, es tu Inkosikazi, tu esposa principal, y por tanto,
de acuerdo a nuestra ley, yo, su hijo mayor, debería ser tu heredero. Además,
cuando huiste a los bóers antes de la caída de aquel que se sentaba en tu lugar
antes que tú (Dingaan), ¿no te preguntaron los amabunu blancos cuál de tus
hijos era tu heredero y no me señalaste? ¿Y no me vistieron los amabunu con
una ropa de honor porque yo iba a ser el próximo rey? Pero últimamente la madre
de Umbelazi ha estado murmurando en tu oído, lo mismo que otros —y miró a
Saduko y a algunos de los hermanos de Umbelazi— y tu rostro se ha vuelto frío
para mí, tan frío que algunos dicen que señalarás a Umbelazi como rey después
de ti y borrarás mi nombre. Si es así, padre, dímelo ahora, para que sepa lo
que debo de hacer.
Después de terminar ese discurso, que ciertamente
no carecía de energía y dignidad, Cetewayo se volvió a sentar, esperando la
respuesta en sombrío silencio. Pero, en lugar de contestar, Panda miró a
Umbelazi, quien al ponerse de pie fue recibido con una gran aclamación, porque
a pesar de tener Cetewayo más partidarios, los zulúes individualmente querían
más a Umbelazi, tal vez a causa de su estatura, belleza y espíritu bondadoso,
cualidades físicas y morales que atraen naturalmente a una nación salvaje.
—Padre mío —dijo— lo mismo que mi hermano Cetewayo,
espero tu decisión. No sé lo que habrás dicho a los amabunu por precipitación o
temor, pero no admito que Cetewayo haya sido jamás proclamado tu heredero a
oídas del pueblo zulú. Declaro que mi derecho a la sucesión es tan bueno como
el suyo, y que te corresponde a ti, y solamente a ti, proclamar cuál de
nosotros se pondrá el kaross real en días que mi corazón desea estén lejanos.
Sin embargo, para evitar se derrame sangre, estoy dispuesto a dividir el país
con Cetewayo (al oír esto tanto Panda como Cetewayo sacudieron la cabeza y el
auditorio gritó "¡No!") o si esto no le agrada, estoy dispuesto a
encontrarme con Cetewayo de hombre a hombre y azagaya contra azagaya, y a
luchar hasta que uno de los dos haya muerto.
—¡Generoso ofrecimiento! —
replicó irónicamente Cetewayo —. ¿Acaso no es mi hermano llamado
"Elefante" y el guerrero más fuerte entre los zulúes? No, no expondré
la fortuna de los que me apoyan al azar de un solo golpe o a la fuerza de los
músculos de un hombre. Decide, oh padre, di cuál de nosotros deberá sentarse en
la cabecera de tu kraal después que tú hayas ido a unirte a los Espíritus y no
seas más que un antepasado a quien rendir culto.
Al oír esto, Panda dio muestras de gran agitación,
cosa que no tenía nada de extraño, ya que saliendo de detrás de la valla donde
había estado escuchando, Umqumbazi, la madre de Cetewayo, le habló a uno de sus
oídos, mientras la madre de Umbelazi lo hacía al otro. Ignoro qué consejo le
daría cada una de ellas, aunque evidentemente no era el mismo, ya que el pobre
hombre miró primero a una de ellas y luego a la otra, y finalmente se tapó los
oídos con las manos para no escucharlas más.
—¡Elige, elige, oh rey —gritaba el auditorio—,
quién debe sucederte, Cetewayo o Umbelazi!
Contemplando a Panda, vi que sufría una especie de
agonía; sus gruesos costados se agitaban y, a pesar de ser un día
frío, su frente estaba cubierta de sudor.
—¿Qué harían los hombres blancos en un caso así?
—me preguntó con voz ronca y baja, y yo le contesté mirando al suelo y hablando
tan bajo que muy pocos me oyeron:
—Creo que un hombre blanco no haría nada. Diría que
otros decidan la cuestión después de haber muerto él.
—Ojalá pudiera decirlo yo —murmuró Panda—; pero no
es posible.
Luego siguió una gran pausa, durante la cual todos
guardaron silencio, porque se daban cuenta de que era una hora decisiva.
Finalmente Panda se puso de pie con dificultad, dado su gran volumen, y
pronunció estas palabras trascendentales, no menos siniestras por su
sencillez:
—¡Cuando disputan dos toros jóvenes, deben luchar
hasta que uno gane!
Al instante, con un grito tremendo, se oyó el
saludo real de Bayéte, señal que era aceptada la decisión del
rey; una decisión que significaba la guerra civil y la muerte de muchos miles.
En seguida Panda se volvió y, con aspecto tan débil
que creí iba a caerse, atravesó la puerta situada detrás de él, seguido por las
dos reinas rivales. Cada una de estas damas trató de ser la primera en pasar la
puerta detrás de él, pensando que sería un augurio de éxito para su hijo. Pero
finalmente, con gran desilusión de la muchedumbre, sólo consiguieron pasar
juntas.
Una vez que desaparecieron, la gran audiencia
empezó a desmembrarse, marchando juntos los hombres de cada partido como de
mutuo acuerdo, sin insultar o molestar a sus adversarios. Creo, sin embargo,
que esta actitud pacífica era debido a que sabían que ahora la disputa había
pasado de la fase de una disputa privada a la de una contienda pública. Se
daban cuenta de que su disputa debía decidirse con azagayas en algún gran campo
de batalla, para la que iban a prepararse.
A los dos días, con excepción de aquellos
regimientos que conservaba Panda para su guardia personal, apenas si se veía un
soldado en las proximidades de Nodwengu. Los príncipes también marcharon a
reunir a sus partidarios, estableciéndose Cetewayo entre los mandahlakazi que
mandaba, mientras Umbelazi regresaba al kraal de Umbezi, casi en el centro de
aquella parte de la nación que le respondía.
No estoy seguro de si llevó a Mameena allí con él.
Creo que temiendo una acogida más calurosa de lo que deseaba en su pueblo
natal, se estableció en algún kraal apartado para esperar allí la crisis de su
fortuna. Por lo menos, no la vi, porque tuvo buen cuidado de mantenerse lejos
de mí.
En cambio, tuve una entrevista con Umbelazi y
Saduko. Antes de dejar Nodwengu me visitaron juntos, aparentemente en los
mejores términos, y dijeron que esperaban les apoyase en la próxima guerra
civil.
Les contesté que, a pesar del afecto personal que
les profesaba, una guerra civil zulú era un asunto que no me afectaba y que por
todos los motivos, incluyendo el más importante de mi propia seguridad, lo
mejor que podía hacer era marcharme en seguida.
Durante largo rato argumentaron conmigo, haciéndome
grandes ofrecimientos, hasta que por fin, al ver que no podía alterar mi
decisión, Umbelazi dijo:
—Vamos, Saduko, no nos humillemos más ante este
hombre blanco. Después de todo, tiene razón; este asunto no le concierne, y por
qué hemos de pedirle que arriesgue su vida en nuestra disputa, sabiendo como
sabemos que los hombres blancos no son como nosotros; que tienen mucho apego a
sus vidas. Adiós, Macumazahn. Si triunfo y llego a ser grande, siempre serás
bien venido en Zululandia, pero si fracaso, tal vez estarás mejor del otro
lado del Tugela. La crítica que encerraban estas palabras me mortificó, pero
decidido por una vez a ser prudente y a no permitir a que mi curiosidad natural
y amor a la aventura me arrastraran a nuevos peligros y disgustos, repliqué:
—El príncipe dice que no soy valiente y tengo apego
a la vida, y lo que dice es cierto. Temo la lucha, ya que por naturaleza
soy un comerciante con el corazón de comerciante, y no guerrero con el corazón
de guerrero, como el gran Indhlovu-ene-Sihlonti —palabras que
vi hacían sonreír ligeramente al grave Saduko—. Así que adiós, príncipe, y
que la buena suerte te acompañe.
Claro está que llamar al príncipe a la cara por ese
apodo, que aludía a un defecto personal suyo, era algo de insulto; pero yo
también había sido insultado y quería pagarle en la misma moneda. Sin embargo,
lo aceptó de buen talante.
—¿Qué es la buena suerte, Macumazahn? —replicó Umbelazi,
a tiempo que estrechaba mi mano—. A veces creo que vivir y prosperar es buena
suerte, y a veces creo que lo es morir y dormir, porque mientras se duerme no
se siente hambre ni sed física o espiritual. En el sueño no hay preocupaciones;
en el sueño descansan las ambiciones; y aquellos que no miran más la luz del
sol, no sufren bajo la traición de mujeres falsas o de falsos amigos. Si la
batalla se vuelve en mi contra, Macumazahn, por lo menos tendré esa buena
suerte, porque jamás viviré para ser aplastado por el talón de Cetewayo.
En seguida se fue; Saduko le acompañó un pequeño
trecho, pero dando alguna excusa al príncipe, volvió y me dijo:
—Macumazahn, amigo mío, es posible que
nos separemos por última vez y por tanto te quiero hacer un pedido. Se refiere
a una que ha muerto para mí. Macumazahn, creo que Umbelazi el ladrón — y
pronunció esas palabras silbándolas entre dientes— le ha dado mucho ganado y
la ha ocultado en el kloof de Zikali el Sabio, o cerca de allí, bajo su
cuidado. Ahora bien, si la guerra se decidiera contra Umbelazi y yo muriese en
ella, creo que esa mujer, que tengo la seguridad de que fue la hechicera y no
Masapo el Jabalí, lo pasaría mal. Además, por su relación con Umbelazi, a
quien ha ayudado en sus complots, será muerta si es apresada. Macumazahn,
escúchame. Te diré la verdad. Mi corazón arde todavía por esa mujer. Me ha
hechizado; sus ojos me persiguen en mi sueño y escucho su voz en el viento.
Para mí es más que toda la tierra y todo el cielo, y aunque me ha agraviado, no
le deseo ningún daño. Macumazahn, te ruego que si muero hagas todo lo posible
por ayudarla, aunque sea como sirvienta en tu casa, porque creo que te tiene
más cariño que a nadie, ya que sólo se escapó con él — y señaló en la dirección
que había tomado Umbelazi —, porque es un príncipe que, en su locura, cree
llegará a ser rey. Por lo menos llévala a Natal, Macumazahn donde si quieres
librarte de ella, podrá casarse con quien quiera y vivirá segura hasta que le
llegue la noche. Panda te quiere mucho y, gane quien gane en la guerra, te dará
su vida si se la pides.
En seguida este hombre extraño se
pasó la mano por los ojos, que vi tenía llenos de lágrimas, y
murmurando: "Si quieres tener buena suerte, recuerda mi
pedido", se volvió y se fue antes de que pudiera contestarle una sola
palabra. En cuanto a mí, me senté encima de un montículo y silbe todo un himno
que me había enseñado mi madre, antes de poder pensar algo. ¡Quedar como el
guardián de Mameena! Que me hablen de una "damnosa
hereditas" — una herencia maldita— vaya, ésta era la peor que
había oído. ¡Una sirvienta en mi casa, sabiendo lo que sabía de ella! Casi
prefería compartir la buena suerte que anticipaba Umbelazi bajo la tierra.
Pero no se trataba de eso, y sin ello la alternativa de ser su guardián era de
sobra mala, aunque me consolé pensando que tal vez nunca surgirían las
circunstancias que lo harían necesario. Porque, ¡ay!, estaba
seguro de que si surgían tendría que hacerlo, porque si bien era cierto que no
había prometido nada a Saduko con mis labios, sentía, como sabía
lo había sentido él, que esta
promesa había pasado de mi corazón al suyo.
"¡Ese ladrón Umbelazi!" Extrañas palabras
en los labios de un vasallo al hablar de su señor, cuando ambos estaban a punto
de entrar en una empresa desesperada. "Un príncipe que, en su locura, cree
llegará a ser rey". Palabras más extrañas aún. ¡Entonces Saduko no creía
que Umbelazi llegaría a ser rey! Y sin embargo estaba a punto de compartir su
suerte en la lucha por el trono, al mismo tiempo que decía que su corazón ardía
por esa mujer que "Umbelazi el ladrón" le había robado. Bueno, si
fuese Umbelazi, pensé, hubiese preferido que Saduko no fuese mi principal consejero
y general. ¡Pero, gracias a Dios, yo no era Umbelazi, o Saduko, o ninguno de
ellos! ¡Y, más gracias a Dios aún, al día siguiente iba a empezar mi marcha de
Zululandia!
El hombre propone pero Dios dispone. No partí de
Zululandia en muchos días. Cuando volví a mis carretas fue para descubrir que
mis bueyes habían desaparecido misteriosamente del veld en que acostumbraban a
pastar. Se habían perdido; o tal vez ellos habían sentido la
necesidad de marchar de Zululandia a un país más pacífico. Envié a todos mis
cazadores a buscarlos, quedando sólo Scowl y yo para custodiar las carretas.
Transcurrieron cuatro días, una semana, sin tener
noticias de los cazadores o el ganado. Por fin me llegó un mensaje en forma
indirecta, diciendo que los cazadores habían encontrado los bueyes a gran
distancia, pero que al tratar de volver a Nodwengu habían sido obligados por
algunos Usutu — es decir, partidarios de Cetewayo — a atravesar el Tugela y
entrar en Natal, en donde no se atrevían a volver. Por primera vez en mi vida
tuve un acceso de rabia y maldije al mensajero, enviado por no sé quién, en un
lenguaje que no creo haya olvidado. En seguida, dándome cuenta de la
inutilidad de insultar a un simple instrumento, me dirigía a la Gran Casa y
pedí una audiencia al propio Panda. Un momento después el inceku, o
sirviente personal, a quien di mi mensaje, regresó diciendo que sería recibido
en el acto, y al entrar en el recinto encontré al rey sentado en la cabecera
del kraal, solo, con excepción de un sirviente que sostenía un gran escudo
sobre su cabeza para darle sombra. Me saludó y le conté lo que me había pasado
con los bueyes, y al oírme despachó al portaescudo, quedando los dos solos.
—Macumazahn —-dijo—, ¿por qué me culpas de esas
cosas, cuando sabes que no soy nadie en mi propia casa? Te digo que soy un
hombre muerto cuyos hijos luchan por su herencia. No puedo decirte con
seguridad quién se llevó lejos de aquí tus bueyes, pero me alegro de lo que ha
sucedido, porque creo que si hubieses intentado ir a Natal en estos momentos,
hubieses sido muerto en el camino por los Usutu, que creen
eres un consejero de Umbelazi.
—Comprendo, oh, rey, y supongo que el accidente de
la pérdida de mis bueyes ha sido afortunado para mí. Pero, dime ahora, ¿qué
debo de hacer? Quisiera seguir el ejemplo de John Dunn (otro blanco que estaba
muy mezclado en la política zulú) y salir del país. ¿No me darás bueyes para
arrastrar mis carretas?
—No tengo ninguno que sirva, Macumazahn, porque,
como sabes, nosotros los zulúes poseemos pocas carretas; y si los tuviese no te
los prestaría, porque no quiero que tu sangre caiga sobre mi cabeza.
—Me estás ocultando algo, oh rey —le dije sin ambages—.
¿Qué quieres que haga? ¿Quedarme aquí en Nodwengu?
—No, Macumazahn. Quiero que cuando empiecen las hostilidades
vayas con uno de mis regimientos que enviaré en ayuda de mi hijo Umbelazi, a
fin de que cuente con el beneficio de tu sabiduría. Oh, Macumazahn, te diré la
verdad. Mi corazón quiere a Umbelazi y temo que Cetewayo lo supere. Si pudiese
salvaría su vida, pero no sé cómo hacerlo, ya que no puedo tomar su parte
demasiado abiertamente. Pero sí puedo enviar un regimiento como escolta tuya si
deseas observar la batalla como mi agente, para informarme luego.
Dime, ¿no quieres ir?
—¿Por qué habría de ir — contesté —, viendo que
cualquiera que sea el vencedor puedo perder la vida y que si gana Cetewayo
ciertamente la perderé, y eso sin ganancia?
—No, Macumazahn; daré órdenes de que quienquiera
triunfe, el hombre que se atreva a alzar una azagaya contra ti morirá. En este
punto al menos no seré desobedecido. Oh, te lo ruego, no me abandones en mi
tribulación. Vete con el regimiento que enviaré y haz participar de tu
sabiduría a mi hijo Umbelazi. En cuanto a tu ganancia, te juro por la cabeza
del Ser Negro (Chaka) que será grande. Me ocuparé de que no salgas de
Zululandia con las manos vacías.
Vacilé aún, porque no me gustaba el asunto.
—Oh, El que Vigila de Noche — exclamó Panda —, no
me abandonarás, ¿no es cierto? Temo por el hijo de mi corazón, Umbelazi, a
quien quiero más que a todos mis hijos; tengo miedo por Umbelazi — y se echó a
llorar.
Fue una tontería, sin duda, pero al ver llorar al
viejo Panda por su hijo amado a quien creía perdido, me conmoví tanto que
olvidé mi prudencia.
—Si tú lo quieres, oh Panda —dije—, iré a la
batalla con tu regimiento y estaré al lado del príncipe Umbelazi.
Capítulo 13
La Caída de Umbelazi
Así que permanecí en Nodwengu puesto que no me quedaba
otro remedio, confieso que muy inquieto y a disgusto. El lugar estaba casi
desierto, con excepción de un par de regimientos acuartelados allí, el Sangqu y
el Amawombe. Este último era el regimiento real, una especie de guardia real, a
la que habían pertenecido por turno los reyes Chaka, Dingaan y Panda. La mayor
parte de los jefes habían tomado partida por un bando o el otro y estaban
reclutando fuerzas para luchar por Cetewayo o Umbelazi, e incluso la mayor
parte de las mujeres y los niños se habían ido a esconder en la selva o entre
las montañas, ya que nadie sabía lo que iba a ocurrir o si el ejército vencedor
no caería sobre ellos y los destruirá.
Quedaban unos pocos consejeros, sin embargo, con
Panda y entre ellos estaba el viejo Maputa, el capitán que en una ocasión me
trajo "el mensaje de las píldoras". Me visitó varias veces por la
noche y me contó los rumores que circulaban. De ellos deduje que ya se habían
librado varias escaramuzas y que la batalla no podía demorar mucho, y también
que Umbelazi había elegido su campo de batalla, una llanura cerca de los
márgenes del Tugela.
—¿Por qué ha hecho esto —pregunté—, cuando así tendrá
detrás suyo un río caudaloso y si es derrotado, el agua puede matar lo mismo
que las azagayas?
—No lo sé con seguridad —contestó Maputa—; pero se
dice que a causa de un sueño que ha tenido tres veces Saduko, su general, según
el cual solamente allí Umbelazi hallará honra. De cualquier manera, ha elegido
ese lugar; y me dicen que todas las mujeres y niños de su ejército están
escondidos en la maleza a lo largo de las márgenes del río, a fin de que puedan
huir a Natal si es necesario.
—¿Tienen alas para volar sobre el Tugela irritado,
como puede suceder después de las lluvias? ¡Oh, con seguridad su espíritu se ha
vuelto contra Umbelazi!
—Sí, yo también creo que ufulatewe
idhlozi (es decir su propio espíritu) se ha vuelto contra él. Además,
creo que Saduko no es un buen consejero. Es más, si yo fuera el príncipe
—agregó el anciano con astucia—, no conservaría como mi consejero a aquel cuya
mujer he robado.
—Yo tampoco, Maputa —contesté mientras me despedía.
Dos días después, por la mañana temprano, Maputa
vino a visitarme de nuevo y me dijo que Panda quería verme. Fui al kraal donde
encontré al rey sentado y ante él los capitanes del regimiento amawombe.
—Macumazahn — dijo—, tengo noticias de que la gran
batalla entre mis hijos tendrá lugar dentro de pocos días. Por tanto, voy a
enviar a mi regimiento real, al mando de Maputa, el hábil en la guerra, para
que vigile la batalla y te ruego que vayas con él, a fin de que puedas dar al
general Maputa y los capitanes el beneficio de tu sabiduría. Ahora, éstas son
mis órdenes, Maputa y vosotros, oh capitanes: que no toméis parte en la lucha
a menos que no veáis que el Elefante mi hijo Umbelazi, ha caído en un pozo, y
entonces trataréis de sacarlo si podéis y de salvarlo con vida. Ahora repetid
mis palabras.
Y así lo hicieron, hablando simultáneamente.
—Cuál es tu respuesta, Macumazahn —dijo, una vez
que hubieron hablado ellos.
—Oh, rey, te he dicho que iré, aunque no me gusta
la guerra, y cumpliré mi promesa —repliqué.
—Entonces prepárate, Macumazahn, y vuelve aquí
antes de una hora, porque el regimiento sale al mediodía.
Así que me dirigí a mis carretas y las entregué a
unos hombres que había enviado Panda para que se hiciesen cargo de ellas. En
seguida Scowl y yo ensillamos nuestros caballos, porque este fiel sirviente
insistió en acompañarme, a pesar de aconsejarle que se quedara, y sacamos
nuestros fusiles y toda la munición que pudimos, así como otras cosas
necesarias. Una vez hechas estas cosas, nos dirigimos al punto de reunión,
despidiéndonos de las carretas con el corazón apesadumbrado, ya que no esperaba
volver a verlas.
Al llegar vi que el regimiento amawombe, integrado
por hombres escogidos, todos veteranos de cincuenta o más años de edad, estaban
formando compañía por compañía en el terreno de las danzas. Presentaban un
espectáculo magnífico, con sus escudos blancos de combate, sus refulgentes
azagayas, sus gorros de nutria, sus faldas y brazales de colas de
toros blancos y las níveas plumas de egret que llevaban en la frente. Nos
dirigimos a la cabeza de ellos, donde vi a Maputa, y al pasar me recibieron con
una aclamación de bienvenida, porque en aquellos tiempos un hombre blanco era
poderoso. Además, los zulúes me conocían y me querían, y el hecho de que iba a
contemplarlos y tal vez a combatir con ellos, daba ánimo a los amawombe.
Allí permanecimos hasta que los muchachos, varios
centenares de ellos, que llevaban las esteras, los utensilios de cocina y
conducían el ganado, se alejaron en una larga fila. Un momento después apareció
Panda a la puerta de su choza, acompañado por unos pocos sirvientes, y pareció
proferir alguna especie de oración, a tiempo que arrojaba en nuestra dirección
polvo o alguna medicina pulverizada, aunque no comprendí el significado de esta
ceremonia.
Cuando terminó, Maputa alzó una azagaya y al
hacerlo el regimiento, a compás perfecto, gritó el saludo real, Bayéte, con
sonido parecido a un trueno. Por tres veces repitieron ese impresionante
saludo, y luego guardaron silencio. De nuevo levantó su azagaya Maputa y las
cuatro mil voces entonaron el Ingoma, o himno nacional, a cuyo
solemne compás iniciamos nuestra marcha.
En las primeras horas de la mañana del 2 de
diciembre, una mañana fría y triste de viento y niebla, me encontré con los
amawombe en el lugar llamado Endondakusuca, una llanura con algunos kopjes que
se encuentra a menos de diez kilómetros de la frontera de Natal, de la que está
separada por el río Tugela.
Como las órdenes de los amawombe eran mantenerse
apartados de la lucha si era posible, habíamos ocupado una posición
aproximadamente a kilómetro y medio a la derecha de lo que resultó ser el campo
de batalla, eligiendo como campamento una pequeña eminencia que parecía un inmenso
túmulo, y que tenía enfrente, a una distancia de unos quinientos metros, a otra
eminencia menor. Detrás nuestro se extendía la maleza, o mejor dicho un terreno
quebrado, donde crecían las mimosas, bajando hasta las márgenes del Tugela, a
unos seis kilómetros de allí.
Poco después del amanecer fui despertado en el
lugar donde dormía envuelto en unas mantas, bajo una mimosa — porque
naturalmente no teníamos tiendas de campaña—, por un mensajero quien me dijo
que el príncipe Umbelazi y el hombre blanco John Dunn querían verme. Me levanté
y me arreglé lo mejor que pude, pues, mientras he podido evitarlo, nunca me
gustó presentarme delante de los indígenas con aspecto descuidado. Recuerdo
que acababa de peinarme cuando llegó Umbelazi.
Puedo verlo aún, parecido a un verdadero gigante en
la bruma matinal. Había algo de sobrenatural en su aspecto al surgir de entre
los vapores de la niebla, concentrada la poca luz que había en la hoja de su
gran azagaya, que tenía fama de ser la más ancha que existía en Zululandia, y
en un collar de cobre que llevaba en la garganta.
Se detuvo frente a mí, mirando de un lado para otro
y envolviéndose en su kaross a causa del frío, y algo en su expresión ansiosa e
indecisa me dijo que sabía que estaba en terrible peligro. Justo detrás de él,
ceñudo y sombrío, con los brazos cruzados y la vista fija en el suelo, con el
aspecto de un genio maligno, se hallaba el esbelto y majestuoso Saduko. A su
izquierda estaba un robusto joven blanco que llevaba un fusil y fumaba en
pipa, quien supuse era John Dunn, un caballero a quien no había visto hasta entonces,
mientras detrás de éste había una fuerza de zulúes del gobierno Natal, vestidos
con un uniforme más o menos regular y armados con
fusiles, y con ellos varios indígenas también de Natal —"cafres de
Kraal"— que llevaban azagayas. Uno de éstos conducía al caballo de John
Dunn.
De los soldados del gobierno habría treinta y
cuatro, y de los "cafres de Kraal" entre doscientos y trescientos.
Estreché la mano de Umbelazi y le di los buenos
días.
—Este es un mal día en que no brilla el sol, oh
Macumazahn —contestó, palabras que me parecieron de mal agüero. En seguida me
presentó a John Dunn, quien pareció alegrarse de encontrarse con otro blanco.
Luego, no sabiendo qué decir, les pregunté el motivo exacto de su visita, y
John Dunn tomó la palabra. Dijo que había sido enviado la tarde anterior por el
capitán Walmsley, que era un oficial del gobierno de Natal estacionado del otro
lado de la frontera, para tratar de hacer la paz entre las dos facciones
zulúes, pero que cuando habló de paz, uno de los hermanos de Umbelazi —creo que
fue Mantantashiya—, se había burlado de él, diciendo que eran lo suficiente
fuertes para hacer frente a los Usutu, o sea el partido de
Cetewayo. Además, añadió, que cuando sugirió que los miles de mujeres y niños
junto con el ganado cruzaran el vado del Tugela durante la noche anterior para
ponerse a salvo en Natal, Mantantashiya no quiso escucharle, y como Umbelazi
estaba ausente buscando la ayuda del gobierno de Natal, no pudo hacer nada.
"Quem Deus vult perderé primus
dementat" (Dios enloquece
primero a aquellos a quienes quiere perder), me dije para mis adentros. Este
era uno de los proverbios latinos que mi anciano padre, que era un hombre
instruido, me había enseñado y que en ese momento recordé. Pero como sospechaba
que John Dunn no sabía latín, me limité a decir en voz alta:
—¡Qué maldito estúpido! ¿No podría conseguir que
Umbelazi lo hiciera ahora?
—Temo que sea demasiado tarde, Quatermain —contestó
—. Los Usutu están a la vista. Mire usted mismo. — Y me
entregó un telescopio que llevaba encima.
Subí a unas rocas y estudié la llanura que se
extendía ante nosotros, de la que una ráfaga de viento acababa de despejar la
niebla. ¡Estaba negra de hombres que avanzaban! Todavía se encontraban a una
distancia considerable — a más de tres kilómetros a mi juicio— y avanzaban
lentamente en una gran media luna con cuernos finos y un centro profundo; pero
un rayo de sol brilló en sus innumerables azagayas. Me pareció que en ese
centro debía de haber veinte o treinta mil hombres, en tres divisiones,
mandadas como supe después, por Cetewayo, Uzimela y un joven bóer llamado
Groening.
—Allí están sin duda — dije, descendiendo de mis
rocas —. ¿Qué piensas hacer, Dunn?
—Obedecer órdenes y tratar de hacer la paz, si
puedo encontrar a alguien con quien hacerla; y si no puedo..., bueno, lucharé,
supongo. ¿Y usted, Quatermain?
—Oh, obedecer órdenes y quedarme aquí. A menos que
estos amawombe se desboquen y me arrastren con ellos.
—Lo harán antes de la caída de la noche,
Quatermain, si algo sé de los zulúes. Mire, ¿por qué no monta su caballo y
viene conmigo? Este es un lugar extraño para usted.
—Porque prometí no hacerlo — contesté con un
gemido, porque realmente, al mirar a esos salvajes que me rodeaban que
empuñaban ya sus azagayas de un modo desagradable, y esos otros miles de
salvajes que avanzaban hacia nosotros, sentí que el poco ánimo que tenía se me
caía a los pies.
—Muy bien, Quatermain, usted conoce sus asuntos
mejor que nadie; pero espero que salga con vida de esto.
—Lo mismo le deseo, Dunn —repliqué.
En seguida John Dunn se volvió y a oídas mías
preguntó a Umbelazi qué sabía de los movimientos de los Usutu y
de su plan de
batalla.
El príncipe replicó, encogiéndose de hombros:
—Nada por el momento, Hijo de Dunn, pero indudablemente
antes de que esté alto el sol, sabré mucho.
Mientras hablaba, nos alcanzó una ráfaga repentina
de viento que arrancó la pluma de avestruz que adornaba el anillo de la cabeza
de Umbelazi. Se alzó un murmullo de desaliento de todos los que vieron este
accidente que consideraron de muy mal agüero, y la pluma flotó en el aire para
ir a caer suavemente a los pies de Saduko. Este se inclinó, la recogió y la
volvió a poner en su lugar, diciendo al hacerlo, con ese ingenio tan notable en
algunos salvajes:
—¡Ojalá pueda vivir, oh príncipe, para colocar así
la corona sobre la cabeza del hijo favorecido de Panda!
Esta frase oportuna sirvió para disipar el
pesimismo general causado por el incidente, porque los que la escucharon la
celebraron con aclamaciones mientras Umbelazi daba las gracias a su capitán con
una inclinación de cabeza y una sonrisa. Sólo yo noté que Saduko no mencionaba
el nombre del "hijo favorecido de Panda" sobre cuya cabeza esperaba
vivir para colocar la corona. Ahora bien, Panda tenía muchos hijos, y el día
debía mostrar cuál sería el favorecido.
Unos minutos o dos más tarde partieron John Dunn y
sus acompañantes para tratar, como había dicho, de hacer la paz con los Usutu que
avanzaban. Umbelazi, Saduko y su escolta partieron también hacia el grueso de
las huestes de los Isigqosa que estaba concentrado a nuestra
izquierda, "sentado en sus azagayas" como dicen los indígenas, esperando
el ataque. En cuanto a mí, permanecí solo con los amawombe, tomando un poco de
café que me había preparado Scowl e ingiriendo a la fuerza un poco de
alimento.
Puedo decir con sinceridad que no recuerdo nunca
haber hecho una comida más triste. No sólo creía que estaba contemplando por
última vez el sol — aunque de paso muy poco de esa órbita era visible —, sino
que además lo peor del caso era que, si tal cosa sucedía, tendría que morir
solo entre salvajes, sin un solo rostro blanco cerca mío para consolarme. ¡Oh,
cómo sentía haberme dejado embarcar en esa horrible empresa! Estaba tan
arrepentido, que incluso deseé haber faltado a la palabra dada a Panda y haberme
ido con Dunn, aunque ahora doy gracias a Dios que no cedí a esa tentación,
sacrificando así mi dignidad.
Pero pronto olvidé ésas y otras reflexiones
igualmente melancólicas al contemplar el desarrollo de los acontecimientos
desde lo alto de nuestra pequeña eminencia, desde donde se tenía una vista
magnífica de toda la batalla. Allí, después de ocuparse de que su regimiento
comía bien, como debe hacerlo todo general, se unió a mí el viejo Maputa y le
pregunté si creía que tendría que luchar ese día.
Creo que sí, creo que sí —contestó con animación—.
Me parece que los Usutu superan grandemente en número a los Isigqosa y, claro
está, como tú lo sabes, Panda nos ha ordenado que los ayudemos si están en
peligro. Oh, no te desanimes, Macumazahn, porque creo que puedo prometerte que
veras enrojecer a nuestras azagayas hoy. No te irás de esta batalla para decir
a los blancos que los amawombe son cobardes que no pudiste hacer combatir. No,
no, Macumazahn, mi espíritu me está mirando esta mañana y yo, que soy viejo y
creía que moriría, al fin como una vaca, veré un gran combate más, mi vigésimo,
Macumazahn, porque combatí con estos mismos amawombe en todas las grandes batallas
del Ser Negro, y con Panda contra Dingaan.
—Tal vez sea el último para ti—sugerí.
—Es posible, Macumazahn; pero ¿qué importa eso si
yo y el regimiento real podemos tener un fin que sea recordado? Oh, alégrate;
tu espíritu también te mira, como te prometo lo haremos todos cuando se
encuentren los escudos; porque sabe, Macumazahn, que nosotros, pobres soldados
negros, esperamos nos enseñarás a luchar hoy, y si es necesario, a caer
cubiertos por un montón de enemigos.
—Oh — repliqué —, ¿así que esto es lo que los
zulúes llaman "dar consejo"? —agregando en inglés: "¡Viejo canalla
sanguinario!"
Pero creo que Maputa no me oyó. De cualquier forma,
me tomó del brazo y señaló al frente, algo a la izquierda, donde el cuerpo del
gran ejército Usutu avanzaba rápidamente, en una fila larga y
poco profunda en la que refulgían las azagayas; las piernas y brazos en
movimiento de los guerreros les hacían parecerse a grandes arañas cuyos cuerpos
eran los escudos de guerra.
—¿Ves su plan? —me dijo—. Quieren envolver a
Umbelazi y herirlo con los cuernos para luego cargar con la cabeza. El cuerpo
pasará entre nosotros y el flanco derecho de los Isigqosa. Oh, ¡despierta,
despierta, Elefante! ¿Estás durmiendo con Mameena en una choza? Suelta tus
azagayas, hijo del rey, y a ellos cuando suban la ladera. ¡Mira! — continuó—
¡es el Hijo de Dunn el que inicia la batalla! ¿No te dije que teníamos que
pedir a los blancos que nos mostrasen el camino? ¡Mira por tu tubo,
Macumazahn, y dime lo que sucede!
Miré, y corno el telescopio que me había dejado
John Dunn era bueno aunque pequeño, vi todo lo que sucedía con bastante
claridad. Dunn se acercó a caballo casi hasta la punta del cuerno izquierdo de
los Usutu, agitando un pañuelo blanco y seguido por su fuerza de policías y
cafres de Natal. Un momento después se alzó una nubecilla de humo entre los
Usutu. Habían hecho fuego contra Dunn.
Dejó éste caer el pañuelo y saltó al suelo. Ahora
él y sus policías hacían fuego y empezaron a caer hombres entre los Usutu. Estos
avanzaban con sus gritos de guerra aunque lentamente porque temían a las balas.
Paso a paso John Dunn y sus nombres iban siendo rechazados, luchando contra
fuerzas superiores. Ahora estaban a nuestro nivel, a menos de cuatrocientos
metros a nuestra izquierda. Luego debieron ceder aun más y desaparecieron
entre la maleza detrás de nosotros y pasó mucho tiempo antes de que me enterase
de lo que les sucedió.
Ahora, después de haber cumplido los cuernos su
misión envolviendo las fuerzas de Umbelazi lo mismo que las pinzas
de una araña se cierran sobre una mosca (no podía comprender por qué Umbelazi
no cortaba esos cuernos), el toro Usutu empezó su carga. En número de veinte o
treinta mil, regimiento tras regimiento, los hombres de Cetewayo se lanzaron
cuesta arriba, y allí, cerca de la cumbre, fueron encontrados por los
regimientos de Umbelazi que se lanzaban adelante para rechazar el asalto
gritando su grito de guerra ¡Laba! ¡Laba! ¡Laba! ¡Laba!
El estruendo de sus escudos al encontrarse llegó a
nuestros oídos como el retumbar de un trueno, y sus azagayas brillaban como
brilla el relámpago en verano. La lucha se hizo confusa en la ladera; luego de
las filas de los amawombe se alzó un clamor de: ¡Umbelazi
gana!
Observando atentamente vimos que los Usutu cedían
y descendían la ladera dejando el terreno cubierto de puntos
negros que sabíamos eran hombres muertos o heridos.
—¿Por qué no carga a fondo el Elefante? —dijo
Maputa con tono perplejo—. ¡El toro Usutu está caído! ¿Por qué
no lo aplasta?
—Supongo que por tenerle miedo — respondí, y seguí
observando.
Y realmente había mucho que ver. Viendo que no eran
perseguidos, los impi de Cetewayo se reformaron rápidamente
al pie de la ladera, preparándose para otra carga. Entre los de Umbelazi,
arriba de ellos, tenían lugar rápidos movimientos cuyo significado no podía
entender, movimientos que eran acompañados por el ruido de gritos de furor.
Luego, de repente, de en medio del ejército Isigqosa, surgió
un gran grupo de hombres, integrado por varios miles de ellos, que corrieron
pero en filas abiertas cuesta abajo hacia los Usutu, llevando
sus azagayas invertidas. Al principio creí que cargaban hasta que vi abrirse
las filas de los Usutu para recibirlos con un grito de
bienvenida.
—¡Traición! —dije—. ¿Quiénes son?
—Saduko, con los soldados amakoba y amangwane y
otros. Conozco sus penachos —replicó Maputa, con voz fría.
—¿Quieres decir que Saduko se ha pasado a Cetewayo
con todos sus partidarios?
—¿Y qué otra cosa, Macumazahn? Saduko es un
traidor; Umbelazi ha terminado —y se pasó la mano a través de su boca; gesto
que tiene sólo un significado entre los zulúes.
En cuanto a mí, me senté sobre una piedra con un
quejido, porque ahora comprendía todo.
Un momento después los Usutu prorrumpieron
en gritos feroces de triunfo y una vez más su impi, aumentados
con las fuerzas de Saduko, empezaron a avanzar cuesta arriba. Umbelazi, y
aquellos de los Isigqosa que le seguían fieles157 —
no creo que pasaron de ocho mil hombres— nunca esperaron el asalto. ¡Se
desbandaron! Huyeron en forma vergonzosa, abriéndose paso a través del cuerno
izquierdo de los Usutu por el simple peso de su número, y
pasaron detrás nuestro oblicuamente hacia las márgenes del Tugela. Un mensajero
llegó hasta nosotros corriendo, sin aliento.
—Estas son las palabras de Umbelazi —dijo con voz
entrecortada —. Oh El que Vigila de Noche, y oh Maputa, Indhlovu-ene-Sihlonti ruega
que contengáis a los Usutu, como os pidió el rey lo hicierais
en caso de necesidad, para darle a él y a los que quedan a su lado tiempo de
escaparse a Natal con sus mujeres y niños. Su general, Saduko, lo ha traicionado
y se ha pasado con tres regimientos a Cetewayo, y por tanto no puede seguir
haciendo frente a los miles de Usutu.
—Ve y di al príncipe que Macumazahn, Maputa y el regimiento
Amawombe harán lo que puedan. —contestó Maputa con calma —. Pero nuestro
consejo a él es que cruce el Tugela rápidamente con las mujeres y los niños,
porque somos pocos y los de Cetewayo son muchos.
El mensajero salió corriendo, pero, como supe
después, nunca halló a Umbelazi, ya que el pobre hombre fue muerto a menos de
quinientos metros de donde estábamos.
En seguida Maputa dio una orden, y los amawombe se
formaron en triple fila, mil trescientos hombres en la primera fila, mil
trescientos en la segunda y unos mil en la tercera, detrás de los cuales iban
los muchachos portadores, tres o cuatrocientos de ellos. El lugar que me fue
asignado se encontraba en el centro exacto de la segunda línea, en donde, como
estaba montado a caballo, se pensó, según pude entender, que serviría de foco
de reunión.
En esta formación avanzamos unos pocos centenares
de metros a nuestra izquierda, evidentemente con el propósito de interponernos
entre el impi derrotado y los Usutu que lo
perseguían, o, si éstos elegían, dar un rodeo, con el de amenazar su flanco. El
grueso de su ejército viró hacia la derecha en persecución del enemigo en
huída, pero tres regimientos, cada uno de ellos con unas dos mil quinientas
azagayas, se detuvieron. Tal vez pasaran cinco minutos mientras se formaban, a
unos quinientos metros entre ellos. Cada regimiento tenía tres filas, como el
nuestro.
Me parecieron cinco minutos terriblemente largos,
pero pensando que probablemente serían los últimos en la tierra, traté de
sacar el mayor partido posible de ellos. Pero aunque parezca extraño, encontré
imposible concentrar mi espíritu en aquellas cuestiones que debían llenarlo. Mi
vista y mis pensamientos vagaban. Miré a las filas de los veteranos amawombe y
observé que estaban inmóviles y solemnes como debe de ser en hombres que
estaban a punto de morir, pero sin dar signos de temor. Es más, vi a algunos de
los que estaban cerca mío que se pasaban sus tabaqueras de rapé. Dos hombres
de cabellos grises, evidentemente viejos amigos, se estrecharon las manos como
personas que se despiden para un largo viaje, mientras otros discutían en voz
baja la posibilidad de que aniquilásemos a la mayoría de los Usutu antes de ser
barridos nosotros.
—Depende —decía uno de ellos— de que nos ataquen
regimiento por regimiento o todos juntos, como lo harán sí son inteligentes.
En seguida un oficial les pidió que guardaran
silencio, y cesó la conversación. Maputa pasó por las filas dando órdenes a
los capitanes. Desde cierta distancia su viejo
cuerpo arrugado, con el escudo de combate delante, parecía como el de una
enorme hormiga negra que llevara algo en la boca. Llegó a donde estábamos Scowl
y yo montados en nuestros caballos.
—¡Ah! Veo que estás listo, Macumazahn — dijo con
voz animada —. Te dije que no te quedarías con las ganas, ¿no es cierto?
—Maputa — dije en tono de reproche —, ¿de qué sirve
esto? Umbelazi ha sido derrotado, no perteneces a su impi, ¿para
qué enviar a todos éstos — y agité la mano — a las tinieblas? ¿Por qué no vamos
al río y tratamos de salvar a las mujeres y los niños?
—Porque nos llevaremos muchos de éstos con nosotros
a las tinieblas, Macumazahn —y señaló a las densas masas de los Usutu—. Pero —
añadió, con tono de lástima — esta disputa no es tuya. Tú y tu sirviente tenéis
caballos. Marchad si queréis y galopad al vado inferior.
Pero mi orgullo de blanco vino en mi ayuda.
—-No —contesté— no huiré mientras otros se queden a
pelear.
—Nunca creí que lo harías, Macumazahn, pues estoy
seguro de que no deseas ganar un sobrenombre nuevo y feo. Pues bien, tampoco
huirán los amawombe para ser objeto de burlas de su pueblo. Las órdenes del rey
eran que tratásemos de ayudar a Umbelazi si la batalla iba en contra el, y
obedeceremos las órdenes del rey muriendo donde estamos. Macumazahn, ¿crees
que podrías alcanzar a aquel individuo grande que nos está
insultando allí? Si lo haces, te lo agradeceré, ya que me molesta mucho — y me
mostró un capitán que estaba jactándose delante de las filas del primero de los
regimientos Usutu, a unos quinientos metros.
—Trataré de hacerlo, pero es un tiro largo.
Desmontando, subí a una pila de rocas y,
descansando mi fusil en la primera de ellas, apunté con cuidado, contuve mi
aliento y apreté el gatillo. Un segundo después el hombre abrió los brazos,
dejó caer la azagaya, y cayó de bruces.
Un grito de júbilo se alzó entre los amawombe,
mientras el viejo Maputa aplaudía con sus flacas manos y se sonreía de oreja a
oreja,
—Gracias, Macumazahn. ¡Un excelente augurio! Ahora
estoy seguro de que, hagan lo que hagan esos perros Isigqosa de
Umbelazi, nosotros los hombres del rey sabremos morir, que es lo único que
podemos esperar. ¡Ah, qué hermoso tiro! Será algo que recordar cuando sea
un idhlozi, una serpiente-espíritu, arrastrándome en mi propio
kraal. Adiós, Macumazahn —y me estrechó fuertemente la mano—. Ha llegado el
momento. Voy a encabezar la carga. Los amawombe tienen orden de defenderte
hasta el fin, porque quiero que veas el final de este combate. ¡Adiós!
Y se marchó seguido por sus ordenanzas y oficíales.
Nunca volví a verlo con vida, aunque creo que una
vez en años posteriores, encontré a su idhlozi en su kraal en
circunstancias extrañas. Pero eso no tiene nada que ver con esta historia.
En cuanto a mí, después de volver a cargar mi
fusil, monté otra vez a caballo, temiendo que si seguía tirando pudiese errar,
perjudicando así mi reputación. Además, ¿qué objeto tenía matar más hombres si
no era obligado a hacerlo? Había muchos otros dispuestos a hacerlo.
Otro minuto, y el regimiento en frente nuestro
empezó a moverse, mientras los otros dos se sentaban formados, como indicando
que no querían estorbar. La lucha iba a empezar con un duelo entre unos seis
mil hombres.
—¡Bien! —murmuró el guerrero que estaba más cerca
mío—. Estos son nuestros.
—Sí —contestó otro—, esos muchachitos van a
aprender su última
lección. Durante
unos segundos hubo silencio, mientras las largas filas se inclinaban hacia
adelante entre las vallas de azagayas. Un murmullo recorrió la línea; sonó
como el ruido del viento entre los árboles y fue la señal de prepararnos. Luego
una voz lejana gritó una palabra, que fue repetida una y otra vez por varias
voces delante y detrás mío. Me di cuenta de que estábamos moviéndonos, muy
despacio al principio, y luego con más rapidez. Como dominaba a las filas desde
lo alto de mi caballo, podía ver todo el avance, y el aspecto general del mismo
era el de una triple ola negra, coronada cada ola de espuma — las plumas y los
escudos blancos de los amawombe eran la espuma— y animadas por chispazos de
luz, reflejada en las anchas azagayas.
Ahora cargábamos y ¡oh, la terrible y maravillosa
excitación de esa carga! Ah, ¡el ondular de las plumas y el sordo ruido de
ocho mil pies en marcha! Los Usutu subieron la ladera para
venir a nuestro encuentro. En silencio íbamos nosotros y en silencio venían
ellos. Nos acercábamos. Ahora podíamos ver sus rostros asomados por encima de
sus escudos moteados, y ahora podíamos ver sus ojos desorbitados y con
expresión feroz.
Luego un rugido, un rugido tal como nunca había
oído; el trueno del encuentro de los escudos y un relámpago, un relámpago
simultáneo, el de las azagayas. Se oyó el grito de:
¡Matad, amawombe, matad!, contestados por otro de:
¡Derribad, Usutu, derribad!
¿Qué sucedió después? Sólo el Cielo lo sabe..., yo,
desde luego, no. Pero en años posteriores Osborn, que entonces era el
magistrado residente en Newcastle, Natal, quien siendo joven y atolondrado en
aquel entonces, había cruzado el Tugela nadando con su caballo para ver la
batalla, me dijo que parecía como si una enorme ola —esa ola era los espléndidos
amawombe— que corriera hacia la playa con todo el peso del océano detrás de
ella, hubiese roto de repente una saliente y alzándose la sumergiera y tragara. Tres
minutos más tarde aquel regimiento Usutu no existía más.
Habíamos dado muerte a todos sus soldados, y de nuestras líneas surgió un
sonido sibilante y feroz que era parecido a ¡Zhi, Zhi! exhalado
al ser sepultadas las azagayas en los cuerpos de los vencidos.
Ese regimiento había desaparecido, llevándose con
él casi una tercera parte de los nuestros, porque en una batalla como ésa los
heridos podían considerarse como muertos. Nuestra primera línea se había
desvanecido prácticamente en un combate que sólo duró unos pocos minutos. Antes
de haber concluido del todo, el segundo regimiento Usutu se
lanzó a la carga contra nosotros. Con gritos de triunfo nos lanzamos cuesta
abajo a su encuentro. Nuevamente se oyó el estruendo de los escudos al
encontrarse, pero esta vez la lucha fue más prolongada y, como me encontraba
ahora en primera fila, tomé parte en ella. Recuerdo haber matado a dos Usutu
que me atacaron, después de lo cual me arrancaron el fusil de las manos.
Recuerdo los cuerpos entremezclados que avanzaban y retrocedían, los lamentos
de los heridos, los gritos de triunfo y desesperación, y luego la voz de Scowl
que decía:
—Los hemos vencido, Baas, pero aquí vienen los
otros.
El tercer regimiento estaba sobre nuestras
maltrechas líneas. Cerramos nuestras filas, combatimos como demonios y hasta
los muchachos portadores se lanzaron a la lucha. Caían sobre nosotros de todos
lados, porque habíamos formado un circulo; cada minuto morían a centenares los
hombres, pero, aunque poco numerosos, ninguno de los amawombe cedió. Yo estaba
luchando ahora con una azagaya, aunque no recuerdo bien cómo vino a parar a mis
manos. Creo que se la arranqué a un hombre que se abalanzó sobre mí y fue muerto
antes de que pudiera alcanzarme. Con esa azagaya maté a un capitán, porque al
caer reconocí su rostro. Era el de uno de los compañeros de Cetewayo a quien
había vendido algunas telas en Nodwengu. Los caídos estaban apilados a mi
alrededor, porque estábamos usándolos de parapeto, amigos y enemigos. Vi al
caballo de Scowl que se encabritaba y caía. Este se dejó caer por la grupa y un
instante después estaba combatiendo a mi lado, también con una azagaya,
murmurando juramentos en holandés e inglés cada vez que asestaba un golpe.
"¡Beetje varm, beetje varm (hace calor, Baas!", le oí decir. Luego mi
caballo relinchó de dolor y sentí algo que me golpeaba la cabeza —supongo que
había sido alguna maza — después de lo cual no recuerdo lo que pasó, fuera de
la sensación de pasar rápidamente cortando el aire.
Recobré nuevamente el conocimiento y vi que estaba
aún en mi caballo, que iba cruzando el veld, a unos doce kilómetros por hora,
con Scowl corriendo a mi lado, tomado del estribo. Estaba cubierto de sangre,
lo mismo que el caballo y yo. Tal vez fuese nuestra sangre, porque los tres
habíamos recibido heridas, o tal vez fuera la de otros; no lo sé, pero nuestro
aspecto era terrible. Tiré de las riendas y el caballo se detuvo entre unos
espinos. Scowl buscó en las alforjas y encontró un gran frasco de ginebra
holandesa con agua — mitad y mitad — que había puesto allí antes de la batalla.
Lo destapó y me lo pasó. Tomé un buen trago, que me supo a néctar, y luego se
lo pasé a él, que hizo lo mismo. Pareció que corría nueva vida por mis venas.
Digan lo que digan los abstemios, el alcohol es bueno en esos momentos.
—¿Dónde están los amawombe?
—pregunté.
—Creo que todos muertos, Baas, como lo hubiésemos
estado nosotros de no haberse desbocado tu caballo. ¡Wow! ¡Cómo
combatieron; siempre se hablará de ellos! Se llevaron a esos tres regimientos
en las puntas de sus azagayas.
—Me alegro. ¿Pero a dónde
vamos?
—Espero que a Natal, Baas. Ya he tenido bastante de
los zulúes por ahora. El Tugela no está lejos y lo cruzaremos a nado. Vamos,
antes de que se enfríen nuestras heridas.
Continuamos nuestra marcha, hasta que poco rato
después llegamos a la cresta de una altura que dominaba el río, y desde allí
vimos y oímos cosas terribles, porque debajo nuestro esos endemoniados Usutu
estaban asesinando a los fugitivos y los auxiliares de sus campamentos. Estos
eran empujados por centenares hasta el borde del agua, para perecer en las
riberas o en la corriente, que estaba negra con las formas ahogadas o que
estaban ahogándose.
—Sigamos río arriba —dije con sequedad, y seguimos
una especie de cañada, en donde estaban escondidos unos pocos heridos, hasta
un trozo más denso de la selva, en el que apenas habían entrado los Isigqosa fugitivos,
tal vez porque ahí las márgenes del río eran muy escarpadas; y también porque
entre ellas sus aguas corrían con gran rapidez porque esto se hallaba más
arriba del remanso.
Durante un rato continuamos nuestra marcha
sintiéndonos seguros, pero de repente oí un ruido. Por delante mío pasó un
hombre de gran tamaño, abriéndose paso entre la maleza como un búfalo, y se
detuvo en una roca que dominaba al Tugela, porque las inundaciones habían ido
comiendo su base.
—¡ Umbelazi! —dijo Scowl, y al hablar vimos a otro
hombre que le seguía lo mismo que un perro salvaje sigue a un antílope.
—¡Saduko! —dijo Scowl.
Espoleé a mi caballo en aquella dirección. No podía
remediarlo, aunque sabía que hubiera sido más seguro apartarme. Llegué al
borde de la gran roca. Saduko y Umbelazi estaban luchando allí.
En circunstancias normales, aunque era ágil y
fuerte, Saduko no hubiese tenido ninguna probabilidad de triunfar contra el
zulú más fuerte que se conocía. Pero el príncipe estaba completamente agotado;
sus costados parecían el fuelle de una fragua. Además, parecía que estuviese
enloquecido por el dolor, y, finalmente, había perdido el escudo, no
quedándole más que una azagaya.
Un golpe de la azagaya de Saduko, que paró en
parte, le hirió ligeramente en la cabeza y le cortó el filete de su pluma de
avestruz, esa misma pluma que el viento le había arrancado por la mañana,
haciéndola caer al suelo. Otro golpe le atravesó el brazo derecho,
inutilizándoselo. Tomó la azagaya con su mano izquierda, tratando de continuar
la lucha, y en ese momento llegamos nosotros.
—¿Qué estás haciendo, Saduko? —exclamé—. ¿Acaso
puede un perro morder a su amo?
Se volvió y me miró; ambos quedaron mirándome.
—Sí, Macumazahn —contestó con voz helada—, a veces
cuando se muere de hambre y su amo bien alimentado le arranca su hueso. No,
apártate, Macumazahn (porque aunque estaba sin armas me había puesto entre los
dos), si no quieres compartir la suerte de ese ladrón de mujeres.
—No pienso
hacerlo, Saduko —grité, porque sentí
rabia—.a menos que me asesines.
Entonces habló Umbelazi con voz hueca y
entrecortada:
—Te doy las gracias, Hombre Blanco, pero haz lo que
te dice esta serpiente; esta serpiente que ha vivido en mi kraal y
se ha alimentado en mi plato. Déjalo que sacie su sed de venganza por culpa de
esa mujer que me hechizó; sí, por culpa de esa bruja que nos ha llevado a la
muerte a mí y a otros miles. ¿Te has enterado, Macumazahn, de la gran hazaña de
este hijo de Matiwane? ¿Has oído que todo el tiempo era un traidor a sueldo de
Cetewayo, y que se pasó, con los regimientos que mandaba, a los Usutu justo
cuando estaba en la balanza la suerte de la batalla? Ven, traidor, aquí está mi
corazón; el corazón que te quería y te tuvo confianza. ¡Golpea; golpea fuerte!
—¡Apártate, Macumazahn! —dijo entre dientes Saduko.
Pero no quise moverme.
Se abalanzó sobre mí, y aunque luché lo mejor que
pude y me permitían mis heridas, me puso las manos al cuello y empezó a
ahogarme. Scowl corrió en mi ayuda, pero su herida o su agotamiento completo se
hicieron sentir. Tal vez fuese la nerviosidad. Lo cierto es que fue presa de un
ataque nervioso. Creí que todo había terminado cuando nuevamente oí la voz de
Umbelazi y sentí que se aflojaban las manos de Saduko, y me senté.
—Perro —dijo el príncipe—, ¿dónde está tu azagaya?
— Y mientras hablaba la arrojó al río, porque la había recogido mientras
luchábamos, pero noté que conservaba la suya—. Ahora, perro, ¿por qué no te
mato, tan fácil como sería hacerlo? Te lo diré. ¡Porqué no quiero mezclar la
sangre de un traidor con la mía! ¡Mira! — Colocó el asta de su ancha azagaya
sobre la roca y se inclinó sobre la hoja—. Tú y la bruja de tu mujer me habéis
reducido a la nada, oh Saduko. Mi sangre y la sangre de todos los que me fueron
fieles caerá sobre tu cabeza. Tu nombre será aborrecido por todos los hombres
de bien, y yo, a quien has traicionado, yo, el príncipe Umbelazi, te
perseguiré mientras vivas; sí, mi espíritu entrará dentro de ti y cuando
mueras, ¡ah!, entonces nos encontraremos de nuevo. Cuenta esto a los blancos,
Macumazahn, a quien deseo suerte y honores.
Hizo una pausa y vi que brotaban las lágrimas de
sus ojos; lágrimas mezcladas con sangre de la herida de la cabeza. Luego,
repentinamente, lanzó el grito de guerra. ¡Laba! ¡Laba!, y se
arrojó sobre la azagaya.
Esta le pasó de parte a parte. Cayó sobre las manos
y las rodillas. Nos miró — ¡ah, la expresión dolorosa de esa mirada! — y luego
rodó desde el borde de la roca.
Un fuerte chapoteo, y ése fue el fin de Umbelazi el
Caído; Umbelazi a quien Mameena había envuelto en su red.
Una triste historia en verdad. Aunque sucedió hace
mucho años, lloro al escribirla, lloro como Umbelazi lloró.
Capítulo 14
Umbezi y la Sangre Real
Después de esto creo que llegaron algunos de
los Usutu, porque me parece haber oído decir a Saduko:
—No toquéis a Macumazahn o a su sirviente. El que
les haga algún daño morirá, con toda su casa.
Así que me pusieron, semidesmayado, sobre mi
caballo, y llevaron a Scowl sobre un escudo.
Cuando recobré el conocimiento me encontré en una
pequeña cueva, o más bien debajo de unas rocas salientes, al lado de un kopje,
y conmigo a Scowl, que se había restablecido de su ataque, pero que parecía
estar aturdido. Es más, ni entonces ni después recordó nada de la muerte de
Umbelazi. Como muchos otros, creyó que el príncipe se había ahogado al tratar
de cruzar a nado el Tugela.
—¿Nos irán a matar? — le pregunté, pues por los
gritos de victoria que sé escuchaban afuera comprendí que debíamos de estar
entre los triunfantes Usutu.
—No lo sé, Baas — contestó —. Espero que no; sería
una lástima después de todo lo que hemos soportado. Mejor hubiese sido haber
muerto al principio de la batalla.
Asentí con la cabeza, y en ese momento un zulú, que
evidentemente había estado combatiendo, entró en el lugar trayendo una fuente
de carne asada y un cántaro con agua.
—Cetewayo te manda esto, Macumazahn —dijo—, y siente
que no haya leche ni cerveza. Cuando hayas comido, un guardia espera afuera
para escoltarte a su presencia.
—Bueno —dije a Scowl—, creo que si fueran a matarnos
no se tomarían el trabajo de darnos de comer primero. Así
que animémonos y comamos.
—¿Quién sabe? —contestó el pobre Scowl, mientras se
echaba un pedazo de carne a la boca—. De cualquier manera es mejor morir con
el estómago lleno y no vacío.
Así que comimos y bebimos y, como sufríamos más a
causa del agotamiento que de nuestras heridas, que no eran serias, no tardamos
en recuperar nuestras fuerzas. Cuando terminamos el último trozo de carne, que,
a pesar de haber sido asada en la punta de una azagaya, tenía muy buen gusto,
el zulú asomó la cabeza a la entrada del refugio y nos preguntó si estábamos
listos. Asentí y apoyándonos uno en el otro, Scowl y yo salimos cojeando del
lugar. Afuera había unos cincuenta soldados que nos recibieron con un grito
que, a pesar de estar mezclado con carcajadas ante nuestro lamentable aspecto,
no me pareció del todo inamistoso. Entre esos hombres estaba mi caballo, con
la cabeza baja y aspecto deprimido. Me ayudaron a montar y con Scowl agarrado a
la estribera, fuimos conducidos a Cetewayo, situado algo menos de medio
kilómetro de ahí.
Lo hallamos sentado, a pleno rayo del sol de tarde,
en la ladera oriental de una de las ondulaciones del veld, con la llanura
abierta frente a él. Era una escena extraña y salvaje. Allí estaba el príncipe
victorioso, rodeado de sus capitanes e indunas, mientras
delante suyo desfijaban los regimientos triunfantes, proclamando sus títulos
con el lenguaje más extravagante. También corrían de un lado para otro delante
de él los Izimbongi — es decir, aduladores profesionales —,
vestidos con toda clase de ornamentos, relatando sus hazañas y gritando los
nombres de los personajes que habían sido muertos en la batalla.
Entretanto llegaban de continuo grupos de
portadores, llevando sobre escudos a los muertos distinguidos que luego
colocaban en filas, como se acostumbra a hacer con la caza mayor en Inglaterra
al final del día. Parece que Cetewayo había tenido el capricho de verlos y como
estaba demasiado cansado para recorrer el campo de batalla, ordenó que se
hiciera esto. Entre los cadáveres vi el de mi viejo amigo Maputa, el general de
los amawombe, y noté que estaba literalmente acribillado de heridas, todas de
frente; y también que su rostro simpático sonreía.
A la cabeza de esas hileras de muertos habían sido
colocados seis cadáveres, todos hombres grandes, en los que reconocí a los
hermanos de Umbelazi, que habían combatido a su lado, y hermanastros de
Cetewayo. Entre ellos estaban los tres príncipes sobre los cuales había caído
el polvo cuando Zikali, el profeta, había puesto en evidencia a Masapo, el
marido de Mameena.
Desmonté de mi caballo con la ayuda de Scowl y pasé
por entre los cadáveres de esos personajes reales caídos, y por encima de
ellos, pero a la manera zulú para liberar sus espíritus, que de otra manera,
según su creencia, perseguiría al matador, y me encontré frente a Cetewayo.
—Siyakubona Macumazahn —dijo,
tendiéndome la mano, que estreche, aunque no pude desearle lo mismo.
—He oído que mandas a los amawombe, a quienes mi
padre, el rey, envió en ayuda de Umbelazi, y me alegro de que hayas escapado
con vida. Además mi corazón está orgulloso de la forma en que combatieron,
porque sabrás, Macumazahn, que en un tiempo después del rey era yo general de
ese regimiento, aunque después nos disgustamos. Eso no obstante, me alegro que
combatiesen tan bien y he dado órdenes de que todos los que queden con vida
sean perdonados a fin de que puedan ser oficiales de un nuevo regimiento amawombe
que formaré. ¿Sabes, Macumazahn, que casi habéis aniquilado tres regimientos
de Usutu, matando más hombres que todo el ejército de mi
hermano, los Isigqosa? Ah, eres un gran hombre. Si no hubiera
sido por la166 lealtad —esta palabra fue pronunciada con un dejo de sarcasmo —
de Saduko, hubieseis ganado el día para Umbelazi. Bueno, ahora que esta
disputa ha terminado, si quieres quedarte conmigo te nombraré general de una
división entera del ejército del rey, ya que en adelante tendré voz en los asuntos.
—Estás equivocado, oh Hijo de Panda —contesté—; el
esplendor de la gran lucha de los amawombe contra una multitud se debe al
nombre de Maputa, el consejero del rey y el induna del Ser
Negro (Chaka) que ha desaparecido. Ahí yace cubierto de gloria —y señalé el
cuerpo acribillado de Maputa —. Yo no hice más que combatir como un soldado en
sus filas.
—Oh, sí, lo sabemos, sabemos todo eso, Macumazahn,
y Maputa era un mono hábil a su manera, pero tú le enseñaste a saltar. Bueno,
ha muerto, y casi todos los amawombe han muerto, y de mis regimientos sólo
queda un puñado de hombres; los buitres tendrán a los restantes. Todo está concluido
y olvidado, aunque afortunadamente las azagayas se apartaron de ti, que
indudablemente eres un mago, ya que de otra manera tú, tu sirviente y tu
caballo no hubieseis escapado con unos pocos arañazos cuando todos los demás
han muerto. Pero escapaste, como lo has hecho antes en Zululandía; y ahora ves
que aquí yacen ciertos hombres que llevan la sangre de mi padre. Y sin embargo
falta uno, aquel contra quien combatí y al que, a pesar de combatir, quería más
que a ninguno. Ahora me han susurrado al oído que sólo tú sabes lo que ha sido
de él y, Macumazahn, quisiera saber si está vivo o muerto; y si ha muerto, a
manos de quién murió, pues desearía recompensar esa mano.
Al oírlo miré a mi alrededor, pensando si debía
decir la verdad o guardar silencio, y al hacerlo mis ojos se encontraron con
los de Saduko, quien, frío y despreocupado, estaba sentado entre los
capitanes, pero a alguna distancia de cualquiera de ellos: un hombre aparte; y
recordé que sólo él y yo sabíamos la verdad del fin de Umbelazi.
No sé por qué decidí guardar el secreto. ¿Por qué
había de decir al victorioso Cetewayo que Umbelazi había sido llevado a morir
por su propia mano; por qué había de revelar el triunfo y la vergüenza de
Saduko? Todas esas cuestiones habían pasado a la jurisdicción de un tribunal
diferente. ¿Quién era yo para poner en evidencia o juzgar a los actores de ese
drama terrible?
—Oh, Cetewayo —dije—, por casualidad vi el fin de
Umbelazi. Ningún enemigo lo mató. Murió de pena sobre una roca que dominaba el
río; para saber el resto de la historia vete y pregunta al Tugela en donde
cayó.
Por un momento Cetewayo se cubrió los ojos con la
mano.
—¿Fue así? —preguntó un rato después—. ¡Wow! Repito
que de no haber sido por Saduko, el hijo de Matiwane, que tenía alguna disputa
con Indlovu-ene-Sihlonti a causa de alguna mujer y aprovechó
la oportunidad de vengarse, tal vez hubiese sido yo quien hubiera muerto de
pena sobre una roca encima del río. Oh, Saduko, tengo una gran deuda contigo y
te pagaré bien; pero no serás amigo mío, no sea que pudiéramos disputar por una
mujer y que me fuera a encontrar muriendo de pena sobre una roca encima de algún
río. Oh, hermano Umbelazi, lloro por ti, hermano mío, porque después de todo
jugábamos juntos de pequeños y nos amamos en un tiempo, para finalmente luchar
por un juguete que llaman trono, ya que, como dijo mi padre, dos toros no
pueden vivir en el mismo corral. Bueno, tú te has ido y yo quedo, sin embargo
quién sabe si tu suerte no es mejor que la mía. Tú has muerto con el corazón
deshecho de pena, ¿pero quién sabe de qué moriré yo?
He relatado detalladamente esa entrevista, porque
fue a consecuencia de ella que circuló por todas partes la historia de que
Umbelazi había muerto con el corazón destrozado de pena. Y algo había de
verdad, porque antes de que fuera atravesado por la azagaya, su corazón estaba
destrozado.
Ahora, viendo que Cetewayo estaba en uno de sus
buenos momentos y que parecía mirarme con bondad a pesar de haber combatido
contra él, pensé que sería una buena oportunidad para pedirle permiso para
irme. A decir verdad tenía mis nervios desquiciados por todo lo acontecido, y
deseaba estar lejos de la vista de aquel terrible campo de batalla, en el que
tantos miles de personas habían perecido en aquel día funesto, como rara vez
había deseado algo. Pero mientras pensaba cuál era la mejor forma de abordarlo,
sucedió algo que me hizo perder la
ocasión.
Al oír un ruido detrás mío, me volví, para ver a un
hombre grueso con un llamativo atavío de guerra, que agitaba en una mano una
azagaya tinta en sangre y en la otra un penacho de plumas de avestruz y
gritaba:
—¡Quiero una audiencia del hijo del rey! Tengo una
canción para cantarla al príncipe. ¡Tengo que contar una historia al
vencedor, Cetewayo!
Me quedé mirando con la boca abierta; me froté los
ojos... No podía ser... Sí, era Umbezi, el "Devorador-de-Elefantes",
¡el padre de Mameena! En pocos segundos, sin esperar autorización para
acercarse, había saltado por encima de la fila de príncipes muertos,
deteniéndose para dar un puntapié en la cabeza a uno de ellos y para insultar
sus pobres restos, y se encontraba frente a Cetewayo, elogiándolo sin retaceos.
—¿Quién es este umfokazana? (mal
nacido) —gruñó el príncipe—. Haced que cese en sus gritos y que hable, si no
quiere quedar silencioso para siempre.
—Oh, Ternero de la Vaca Negra, yo soy Umbezi.
"Devorador-de-Elefantes", principal capitán de Saduko el Astuto, el
que te hizo ganar la batalla, padre de Mameena la Hermosa, con quien se casó
Saduko y que le fue robada por ese perro muerto, Umbelazi.
—¡Ah! —dijo Cetewayo, entrecerrando los ojos en la
forma que acostumbraba a hacerlo cuando tenía algún pensamiento maligno, y
que había hecho que los zulúes le pusieran el apodo de
"Toro-que-cierra-los-ojos-para-cargar" —, ¿y qué tienes que decirme
"Devorador-de-Elefantes" y padre de Mameena, a quien el perro
muerto, Umbelazi, robó a tu amo, Saduko el Astuto?
—Esto, oh Poderoso; esto, oh
El-que-hace-temblar-la-Tierra, que soy apropiadamente llamado "Devorador
de Elefantes", ¡pues he devorado a Indhlovu-ene-Sihlonti, al
propio Elefante!
Al oír esto Saduko pareció despertar de su
ensimismamiento y se levantó, pero Cetewayo le ordenó secamente que guardara
silencio, mientras el estúpido Umbezi, sin observar nada, continuaba su
historia.
—Oh, príncipe, encontré a Umbelazi en la batalla y
cuando me vio huyó de mí; su corazón se derritió como agua al verme, al ver al
guerrero que había agraviado y cuya hija había robado.
—Te escucho —dijo Cetewayo—. El corazón de Umbelazi
se transformó en agua al verte porque te había agraviado; a ti, que hasta esta
mañana, cuando lo abandonaste junto con Saduko, eras uno de sus chacales.
Bueno, ¿y qué sucedió entonces?
—Huyó, oh León de Melena Negra; huyó como el viento
y yo corrí tras él como... un viento más fuerte. Huyó internándose
en la selva, hasta que por fin llegó hasta una roca que dominaba al río y se
vio obligado a hacerme frente. Allí combatimos. Me tiró un, golpe pero yo
salté sobre su azagaya así —e hizo una pirueta en el aire—. Me tiró otro golpe,
pero yo me agaché así —y agachó su gran cabeza—. Luego se cansó y
llegó mi oportunidad. Se volvió y empezó a correr alrededor de la roca y yo
corrí tras él, hiriéndolo en la espalda, así, y así, y así, hasta
que cayó, pidiendo misericordia, y rodó de la roca al río; y al rodar yo le
arranqué su pluma. Mira, ¿no es ésta la pluma del perro muerto Umbelazi?
Cetewayo tomó el ornamento y lo examinó,
mostrándolo a uno o dos de los capitanes que estaban cerca de él, los que
asintieron gravemente.
—Sí—dijo —, ésta es la pluma de guerra de Umbelazi,
el amado del rey, pilar fuerte y brillante de la Gran Casa; la conocemos bien a
esa pluma de guerra ante cuya vista más de una rodilla tembló. Así que tú lo
mataste, "Devorador de Elefantes", padre de Mameena, tú que hasta
esta mañana eras uno de los más indignos de sus chacales. Ahora, ¿qué
recompensa te daré por esta gran hazaña, oh Umbezi?
—Una gran recompensa, oh Terrible —empezó Umbezi,
pero con voz tremenda Cetewayo le ordenó que se callara.
—Sí —le dijo — una gran recompensa. Escucha, Chacal
y Traidor: tus propias palabras hablan en contra tuyo. Tú, tú te
has atrevido a alzar tu mano contra la sangre real, y con tu lengua vil a
manchar con mentiras e insultos el nombre de los muertos ilustres.
Comprendiendo por fin, Umbezi empezó a barbotar excusas
y declarar que todo cuanto había dicho era falso, y finalmente cayó de
rodillas.
Pero Cetewayo se limitó a escupir en su dirección,
cosa que hacía cuando estaba enfurecido, y miró a su alrededor hasta que su
mirada cayó sobre Saduko.
—Saduko —dijo—, llévate a este asesino del
príncipe, y cuando esté muerto arrójalo al río desde la roca en que dice mató
al hijo de Panda.
Saduko miró a su alrededor y vaciló.
—Llévatelo —tronó Cetewayo— y vuelve
para darme cuenta antes de que anochezca.
Y a una señal del príncipe varios soldados se
arrojaron sobre el desdichado Umbezi y lo llevaron arrastrando, yendo Saduko
con ellos; y nunca más fue visto el pobre mentiroso. Al pasar junto a mí me
pidió que lo salvara en nombre de Mameena; pero no pude hacer más que sacudir
la cabeza y recordar la advertencia que le había hecho.
Puede decirse que este relato es copia de la
historia de Saúl y David, pero sólo puedo agregar que es cierta. Circunstancias
que no eran similares, terminaron en una tragedia similar, eso es todo. No
puedo decir, naturalmente, cuáles fueron los motivos reales de
David; pero es fácil adivinar los de Cetewayo, quien, aunque pudiera hacer la
guerra a su hermano para asegurarse el trono, no consideraba prudente hacer
creer que la sangre real podía ser derramada impunemente. Además, sabiendo que
yo había sido testigo de la muerte de Umbelazi, comprendía que Umbezi no era
más que un embustero jactancioso que esperaba así conquistarse
el aprecio del vencedor todopoderoso.
Bueno, este incidente trágico tuvo su cola. Parece
— y sea dicho en su honor—, que Saduko se negó a ser el verdugo de su padre
político; así que los que le acompañaban desempeñaron esa función y lo
trajeron preso a Cetewayo.
Cuando el príncipe se enteró que su orden
directa, pronunciada con la acostumbrada y terrible fórmula de "Llévatelo", había
sido desobedecida, su furia fue, o pareció ser, terrible. Mi convencimiento es
que únicamente buscaba el motivo para disgustarse con Saduko, quien, según
pensaba, era un hombre poderoso que probablemente lo trataría, si se presentaba
la ocasión, como había tratado a Umbelazi, y tal vez ahora que la mayor parte
de los hijos de Panda habían muerto, con excepción de él y los muchachos
M'tonga, Sikota, y M'kungo, que habían huido a Natal, podría en el futuro
incluso aspirar al trono como marido de la hija del rey. A pesar de ello, temía
o no creía político apartar de su camino tan pronto a este jefe de muchas
legiones, que había desempeñado un papel tan importante en la batalla. Por
tanto, ordenó que fuera mantenido bajo custodia y llevado a Nodwengu, para que
todo el asunto fuera investigado por Panda el rey, que aún gobernaba en el
país, aunque en adelante sólo fuese de nombre. Asimismo, se negó a dejarme ir
a Natal, diciendo que yo también debía ir a Nodwengu donde mi testimonio podría
ser necesario.
Así que, no teniendo otro remedio, allí fui, ya que
estaba dispuesto que debía de ver el final del drama.
Capítulo 15
Mameena Pide El Beso
Cuando llegué a Nodwengu enfermé y estuve acostado
en mi carreta un par de semanas. No sé cual fue mi enfermedad exacta, porque
no había ningún médico que me lo dijera y hasta los misioneros habían huido del
país. Sus síntomas principales eran fiebre producida por la fatiga, la vida a
la intemperie y la excitación, y complicada con un tremendo dolor de cabeza, causado,
según creo, por el golpe que había recibido en la batalla.
Al comenzar a restablecerme, Scowl y algunos amigos
zulúes que vinieron a verme me informaron que todo el país estaba en un estado
de terrible desorden y que aún seguían persiguiendo y matando a los partidarios
de Umbelazi, los Isigqosa. Parece que algunos de los Usutu llegaron
incluso a sugerir que yo debía de compartir su suerte, pero en este punto Panda
se mantuvo firme. Es más, parece haber dicho que quienquiera que alzase una
azagaya contra mí, su amigo e invitado, la alzaría contra él, y sería la causa
de una nueva guerra. Así que los Usutu me dejaron tranquilo,
tal vez porque tenían bastante de lucha por el momento y pensaron que era
mejor contentarse con lo ganado.
En verdad, lo habían ganado todo, porque ahora
Cetewayo era supremo —por el derecho de la azagaya— y su padre solamente una
figura decorativa. Aunque continuaba siendo la "cabeza"
de la nación, Cetewayo fue declarado públicamente ser sus "pies", y
la fuerza estaba en estos "pies" activos y no en la
"cabeza" rendida y adormilada. Es más, tan escaso era el poder que le
quedaba a Panda, que ni siquiera podía proteger a los miembros de su casa. Así
por ejemplo, un día oí un gran tumulto y gritos que aparentemente procedían
del Isigodhlo, o recinto real, y al preguntar después lo que había sucedido,
me dijeron que Cetewayo había llegado del kraal de Amangwe y había denunciado a
Nomantshali, la esposa del rey, como umtakati o bruja. Además,
a pesar de los ruegos y lágrimas de su padre, la había hecho matar ante sus
ojos. Un acto terrible y salvaje. No puedo recordar si Nomantshali era la madre
de Umbelazi o de algún otro de los príncipes caídos.
Unos días después, cuando ya me había levantado y
podía caminar, aunque todavía no me había aventurado en el kraal, Panda me
envió un mensajero con un buey de regalo. En su nombre el mensajero me felicitó
por mi restablecimiento, y me dijo que a pesar de lo que hubiera podido pasar
a los demás, no debía sentir temor alguno por mi propia seguridad. Agregó que
Cetewayo había jurado al rey que no sería tocado uno solo de mis cabellos, con
estas palabras:
"Si hubiera querido matar a El que Vigila de
Noche porque combatió contra mí, podría haberlo hecho en Endondakusuka; pero
entonces también tendría que matarte a ti, padre mío, puesto que tú lo enviaste
allí contra su voluntad con tu propio regimiento. Pero le tengo afecto porque
es valiente y me trajo la buena noticia de que mi enemigo había muerto con el
corazón destrozado de dolor. Además, no quiero tener una disputa con la Casa
Blanca por Macumazahn, así que dile que puede dormir tranquilo".
El mensajero dijo además que Saduko, el marido de
la hija del rey, Nandie, sería juzgado al día siguiente ante el rey y su
consejo, junto con Mameena, la hija de Umbezi, y que se deseaba mi presencia en
el juicio.
Le pregunté cuál era la acusación contra ellos.
Replicó que en lo que a Saduko se refería, eran dos: primero, que había
incitado a la guerra civil en el país; segundo, que habiendo arrastrado a
Umbelazi a una lucha en la que perecieron muchos miles de hombres, había sido
traidor desertándolo en mitad de la batalla con todos sus partidarios: una
falta sumamente repugnante a los ojos de los zulúes, cualquiera que sea su
partido.
Contra Mameena eran tres las acusaciones. La
primera, que era ella quien había envenenado al hijo de Saduko y a otros, y no
Masapo, su marido, quien había sufrido por ese crimen. La segunda, que había
abandonado a Saduko, su segundo marido, para irse a vivir con otro hombre, es
decir, con el príncipe Umbelazi. La tercera, que era una bruja, que
había envuelto a Umbelazi en la red de sus artes mágicas y así lo había hecho
aspirar a la sucesión del trono, al que no tenía derecho, y hecho que el isililo, o
lamento por los muertos, se escuchara en todos los kraales de Zululandia. —Con
tres hoyos así en su derecho camino, Mameena tendrá que marchar con cuidado si
quiere salvarse —dije.
—Sí, Inkoosi, y más cuando los
pozos han sido abiertos de lado a lado del camino y tienen una estaca aguzada
en el fondo de cada uno de ellos. Oh, Mameena puede darse ya por muerta, como
lo merece ya que indudablemente es la mayor umtakati al norte
de Tugela.
Suspiré, porque sentía lástima de Mameena, aunque
no había razón cuando tantas otras personas mejores habían muerto por su causa;
y el mensajero continuó:
—El Ser Negro me envió a decir a Saduko que le
sería permitido verte, Macumazahn, antes del juicio, porque sabía que tú eras
su amigo y creía que podrías declarar en su favor.
—¿Y qué contestó Saduko a eso?
—Dijo que daba las gracias al rey, pero que no era
necesario que hablase con Macumazahn, cuyo corazón era blanco como su piel, y
cuyos labios, si hablaban, no dirían más que la verdad. La princesa Nandie, que
estaba con él — porque no lo quiere dejar en la desgracia como lo han hecho
otros—, al oír estas palabras de Saduko dijo que eran ciertas y que por ese
motivo, aunque tú eras su amigo, no creía necesario verte tampoco.
No hice comentarios al oír esto, pero "mi
cabeza pensó", como dicen los indígenas, que el motivo real por el cual
Saduko no quería verme, era que le daba vergüenza hacerlo, y el de Nandie que
temía saber más de las perfidias de su marido de lo que ya conocía.
—Con Mameena ha sido otra cosa —continuó el mensajero—,
pues tan pronto fue traída aquí con Zikali el Pequeño y Sabio, con quien ha
estado viviendo, y supo que tú, Macumazahn, estabas en el kraal, pidió verte.
—¿Y le ha sido concedido? — interrumpí de prisa,
porque no tenía el menor deseo de sostener una entrevista privada con Mameena.
—No, no temas, Inkoosi —replicó el
mensajero, sonriendo —, le ha sido negado, porque el rey dijo que si te veía
te hechizaría y causaría algún daño, como lo hace con todos los hombres. Por
ese motivo está custodiada sólo por mujeres, porque sus brujerías no surten
efecto con las de su sexo. Dicen, sin embargo, que está alegre y ríe y canta
siempre, declarando que su vida era muy aburrida al lado del viejo Zikali, y
que ahora va a un lugar tan alegre como el veld en primavera,
después de las primeras lluvias templadas, donde habrá hombres en
abundancia que disputen por ella y la hagan grande y feliz. Eso es
lo que dice esa bruja, que tal vez sabe cómo es el Lugar de los
Espíritus.
Luego, al ver que yo no hacía ningún comentario, el
mensajero se retiró diciendo que volvería al día siguiente para conducirme al
lugar del juicio.
A la mañana siguiente, después de haber sido
ordeñadas las vacas y sacado el ganado de los kraales, volvió como había dicho
con una guardia de unos treinta hombres, todos ellos soldados del regimiento
amawombe que habían sobrevivido a la gran batalla. Esos guerreros, algunos de
los cuales tenían heridas apenas cicatrizadas, me saludaron con fuertes gritos
de "¡Inkoosi!" y "¡Baba!" al
verme bajar de la carreta, en donde había pasado una noche agitada a causa de
mis presentimientos desagradables, mostrándome que por lo menos había algunos
zulúes entre los que seguía siendo popular. En verdad, su alegría al verme,
pues me consideraban uno de sus camaradas y de los pocos sobrevivientes de la
gran aventura, era conmovedora. Mientras marchábamos, cosa que hicimos con
lentitud, su capitán me contó el temor que habían experimentado de que yo
hubiera sido muerto con los demás, y la alegría que sintieron al saber que
estaba a salvo. Me dijo también que después de haber atacado el tercer
regimiento y haber roto su círculo, un pequeño cuerpo de ellos, sólo unos
ochenta o cien, lograron abrirse paso y escapar, corriendo, pero no hacia el
Tugela, donde tantos miles habían perecido, sino hacia Nodwengu, donde se
presentaron a Panda como los únicos sobrevivientes de los amawombe.
—¿Y están seguros ahora? —pregunté al capitán.
—Oh, sí —contestó—. Como sabes, éramos los hombres
del rey y no de Umbelazi, así que Cetewayo no nos guarda rencor. Es más, nos
está agradecido, porque les enseñamos a los Usutu lo que era
luchar, que es más que lo que hicieron esas vacas de Umbelazi. Al que guarda
rencor es a Saduko, porque tú sabes, padre mío, que uno nunca debe sacar a un
hombre que se ahoga de la corriente —que es lo que hizo Saduko, porque si no
hubiese sido por su traición, Cetewayo se hubiera hundido bajo el agua de la
Muerte — especialmente si sólo es por venganza contra una mujer que lo odia.
Sin embargo, es posible que Saduko salve su vida, porque es el marido de
Nandie, y Cetewayo teme a su hermana Nandie, aunque no la ame. Pero aquí
estamos, y los que tienen que observar el cielo todo el día nos podrán decir
cuál será el tiempo por la noche (en otras palabras, los que vivan sabrán).
Mientras hablábamos, entramos en el recinto privado
del isi-gohlo, fuera del cual estaba reunida mucha gente que
gritaba, hablaba y disputaba, porque en esos días se había debilitado la
disciplina habitual del Gran Lugar. Pero dentro del cerco, que estaba bien
custodiado por afuera, sólo se hallaban una veintena de consejeros, el rey, el
príncipe Cetewayo, que se sentaba a su derecha, la princesa Nandie, unos
cuantos ayudantes, dos individuos altos y silenciosos armados con garrotes, que
supuse eran los verdugos, y, sentado a la sombra en un rincón, el viejo enano
Zikali, aunque ignoro por qué motivo estaba allí.
Era evidente que el juicio iba a ser en privado, lo
que explicaba la presencia poco corriente de los dos verdugos. Hasta mi guardia
de amawombes debió quedarse afuera de la puerta, aunque fui informado
significativamente que si los llamaban me oirían, lo que era una forma directa
de decirme que en una reunión tan chica estaba seguro.
Avancé hacia Panda, quien, a pesar de estar tan
grueso como siempre, parecía cansado y mucho más viejo que la última vez que lo
había visto, y me incliné ante él, tras de lo cual me estrechó la mano y me
preguntó por mi salud. Luego estreché también la mano de Cetewayo al observar
que me la tendía. Aprovechó la oportunidad para enterarme de su conocimiento
de que yo había sufrido un golpe en la cabeza en alguna escaramuza cerca de
Tugela y esperaba que no tendría consecuencias. Le contesté que no, aunque temía
que hubiera unos cuantos que no habían sido tan afortunados, en especial
aquellos que habían tropezado con el regimiento amawombe con el cual
casualmente viajaba en una pacífica misión de investigación.
Fue una contestación atrevida, pero estaba decidido
a darle un buen quid pro quo y, en verdad, lo recibió bien,
riéndose a carcajadas de la broma.
Después de esto saludé a los consejeros que
conocía, que no eran muchos, pues la mayor parte de mis viejos amigos había
muerto, y me senté en el taburete destinado para mí y que no estaba muy lejos
del de Zikali, quien me miró con frialdad, como si jamás me hubiese conocido.
Siguió una pausa. Luego, a alguna señal de Panda,
se abrió una puerta lateral en la cerca, y por ella entró Saduko, quien marchó
altanero hasta el espacio situado delante del rey, a quien hizo el saludo de
"Bayéte", y, a una señal, se sentó en el suelo. En seguida, por la
misma puerta, a la que fue llevada por unas mujeres, pasó Mameena, que no había
cambiado nada y que me pareció más hermosa que nunca. Tan hermosa estaba, con
su capa de piel gris, su collar de cuentas azules y las pulseras brillantes que
llevaba en las muñecas y tobillos, que todos se fijaron en ella mientras se
deslizaba para hacer su reverencia a Panda.
Hecho esto, se volvió y vio a Nandie, ante quien
también se inclinó, preguntándole al mismo tiempo por la salud de su hijo. Sin
esperar contestación, que sabía no le sería dada, avanzó hasta mí y me estrechó
la mano con efusión, añadiendo cuánto se alegraba de verme sano y salvo
después de haber pasado tantos peligros, aunque ella pensaba que estaba mas
delgado de lo que era antes.
Hizo caso omiso de Saduko, que la miraba con sus
ojos fijos y melancólicos. Es más, por un momento creí que no lo había visto, y
tampoco pareció reconocer a Cetewayo, aunque éste la mirase con fijeza. Pero
cuando su mirada cayó sobre los dos verdugos, me pareció que se estremecía como
un mimbre. En seguida se sentó en el lugar que le había sido fijado y empezó el
juicio.
Primero se consideró el caso de Saduko. Un
funcionario versado en la ley zulú —puedo asegurar al lector que es
una ley intrincada y bien establecida — supongo que podría haber sido llamado
una especie de procurador general, se puso de pie y expuso la acusación. Dijo
cómo Saduko, de la nada, había sido llevado a un lugar elevado por el rey, que
le había dado a su hija Nandie en matrimonio. Luego alegó que, como sería
probado, el citado Saduko había incitado al príncipe Umbelazi, a cuyo partido
se había adherido, a declarar la guerra a Cetewayo. Una vez iniciada , esta
guerra, en la gran batalla de Endondakusuka, había desertado, traicionando a
Umbelazi, junto con tres regimientos que mandaba, y se había pasado a
Cetewayo, causando así la derrota y la muerte de Umbelazi.
Terminada esta breve requisitoria del fiscal, Panda
preguntó a Saduko si se declaraba inocente o culpable.
—Culpable, oh rey —contestó y guardó silencio.
En seguida Panda le preguntó si tenía algo que
declarar como excusa de su conducta.
—Nada, oh rey, fuera de que yo era el hombre de
Umbelazi y cuando tú, o rey, dispusiste que él y el príncipe presente podían
combatir, yo, como otros muchos, algunos de los cuales han muerto y otros
viven, trabajé por él con mis diez dedos para que lograra la victoria.
—Entonces, ¿por qué desertaste a mi hijo el
príncipe en la batalla? — preguntó Panda.
—Porque vi que el príncipe Cetewayo era el toro más
fuerte y quería estar del lado del ganador, como todos; por ningún otro motivo
— contestó Saduko sin inmutarse.
Al oír esto los presentes se quedaron mirándolo,
sin exceptuar al propio Cetewayo. Panda, que como todos nosotros, había oído
una historia muy distinta, pareció quedar desconcertado mientras Zikali, en su
rincón, profería una de sus grandes risotadas.
Después de una larga pausa, el rey, como juez
supremo se dispuso a dictar sentencia. Por lo menos, ésa creo que era su
intención, pero antes de que hubieran salido dos palabras de sus labios, Nandie
se puso de pie y dijo:
—Padre mío, antes de que digas lo que no puede ser
retirado, escúchame. Es bien sabido que Saduko, mi marido, era el general y
consejero de mi hermano Umbelazi, y si debe ser muerto por haber sido
partidario del príncipe, entonces también deben darme muerte a mí, así como a
otros muchos más en Zululandia que están vivos porque no estuvieron en la
batalla o se salvaron de ella. También es sabido, padre mío, que durante la
batalla Saduko se pasó a mi hermano Cetewayo, aunque no pueda yo decir si esto
causó la derrota de Umbelazi. ¿Por qué pasó? El te dice que debido al deseo de
estar en el bando ganador. No es cierto. Se pasó para vengarse de Umbelazi, que
le había robado aquella bruja —y señaló con el dedo a Mameena— aquella bruja a
quien amaba y aun ama, y a quien quiere proteger, aunque para hacerlo tenga que
cubrir su nombre de vergüenza. Saduko cometió una falta; no lo niego, padre
mío, pero ahí está la verdadera traidora, cubierta de la sangre de Umbelazi y
de miles de otros que han "tshonile’d" (ido a acompañarlo
entre los espíritus). Por tanto, oh rey, te ruego que perdones la vida a
Saduko, mi esposo, o, si ha de morir, sabe que yo, tu hija, moriré con él. He
dicho, oh rey.
Y con aire majestuoso y tranquilo Se sentó de
nuevo, esperando las palabras fatales. Pero éstas no fueron pronunciadas,
porque Panda se limitó a decir:
—Juzguemos el caso de esta mujer, Mameena.
En vista de lo cual, el funcionario se puso de
nuevo de pie y expuso las acusaciones formuladas contra Mameena, o sea que era
ella quien había envenenado al hijo de Saduko y no Masapo; que después de
casarse con Saduko lo había abandonado y se había ido a vivir con el príncipe
Umbelazi; y que finalmente había hechizado al mencionado Umbelazi y le había
inducido a provocar la guerra civil en el país.
—La segunda acusación, si se prueba, es decir, que
había desertado a su marido por otro hombre, es un crimen que se castiga con la
muerte — interrumpió abruptamente Panda cuando el funcionario terminaba de
hablar—, por tanto, ¿qué necesidad hay de oír la primera y la tercera hasta que
ésta sea examinada? ¿Qué contestas a esta acusación, mujer?
Dándonos cuenta de que el rey, por algún motivo que
él conocía, no deseaba remover esas cuestiones de asesinato y brujería, todos
nos volvimos para escuchar la respuesta de Mameena.
—Oh, rey — dijo con su voz suave y argentina —, no
puedo negar que dejé a Saduko por Umbelazi el Hermoso, de la misma manera
que Saduko no puede negar que dejó a Umbelazi el vencido
por Cetewayo el conquistador. —¿Por qué abandonaste a
Saduko? —preguntó Panda.
—Oh rey, tal vez porque amaba a Umbelazi; ¿no era
acaso llamado el Hermoso? Además, tú sabes que el príncipe tu hijo
se hacía amar. —Al decir esto se detuvo, mirando a Panda, que se estremeció—.
¿O tal vez porque deseaba ser grande?; porque, ¿no era acaso de sangre real y
de no haber sido por Saduko, no hubiese sido un día rey? O tal vez porque no
podía soportar más el trato que me daba la princesa Nandie; pues era cruel
conmigo y me amenazaba con pegarme, porque Saduko prefería mi choza a la suya.
Pregunta a Saduko, él conoce mejor que yo estas cuestiones —y lo miró con
fijeza, agregando luego: — ¿Cómo puede una mujer decir sus motivos, oh, rey,
cuando ni ella los sabe? — Pregunta que hizo sonreír a muchos de sus oyentes.
Entonces Saduko se puso de pie y dijo pausadamente: —Escúchame, oh rey, y te
daré a conocer el motivo que Mameena oculta. Me dejó por Umbelazi porque yo le
pedí que lo hiciera, porque yo sabía que Umbelazi la deseaba, y yo quería atar
más fuerte el lazo que me unía a aquel que entonces creía iba a heredar el
trono. Además estaba harto de Mameena, que noche y día se peleaba con la princesa
Nandie, mi Inkosikazi.
Nandie hizo un gesto de asombro (y yo
también), pero Mameena se rió y dijo:
—Sí, oh rey, ésos eran los motivos que había
olvidado. Dejé a Saduko porque me lo pidió, ya que quería hacer un obsequio al
príncipe. Además, estaba cansado de mí; durante muchos días seguidos apenas si
me dirigía la palabra, por que, por buena que fuese, no podía remediar mis
disputas con la princesa Nandie. Además, había otra razón que he
olvidado: yo no tenía hijos y no teniendo hijos no creo que importase que me
fuera o me quedase. Si Saduko piensa, recordará que así se lo dije y él estuvo
de acuerdo conmigo.
Nuevamente miró a Saduko, quien dijo con prisa:
—Sí, sí, se lo dije; le dije que no quería vacas
estériles en mi kraal.
Al oír esto algunos de los presentes se rieron
abiertamente, pero Panda frunció el entrecejo.
—Me parece —dijo— que mis oídos están siendo
llenados de mentiras, aunque no puedo decir cuál de estos dos es quien miente.
Bueno, si la mujer dejó al hombre porque éste lo quiso y para favorecer sus
propósitos, como dice, él la echó y por tanto la culpa, de haberla, es de él y
no de ella. Así que hemos terminado con esa acusación. Ahora, mujer, ¿qué
tienes que decirnos de las hechicerías que se dice practicaste
en el príncipe que ha desaparecido, haciendo así que se desencadenara la
guerra en el país?
—Poco que pueda agradar a tus oídos, oh rey, o que
esté bien que diga —contestó, bajando la cabeza con modestia—. La única
hechicería que practiqué en Umbelazi está aquí — y se tocó sus hermosos ojos— y
aquí —y se tocó los labios — y en esta pobre figura mía que algunos han
creído tan bonita. En cuanto a la guerra, ¿qué he tenido que ver con
la guerra, cuando nunca hablé a Umbelazi, a quien tanto quería— y levantó el
rostro por el que corrían las lágrimas— más que de amor? Oh rey, ¿hay un hombre
entre vosotros que tema las brujerías de una como yo; y si el Cielo me hizo
hermosa, con esa hermosura que atrae a los hombres, debo de ser muerta como una
hechicera?
Ni Panda ni ningún otro de los presentes pareció
encontrar respuesta a este argumento, sobre todo sabiendo que Umbelazi había
acariciado esa ambición a la sucesión del trono mucho antes de conocer a
Mameena. Así que esa acusación fue desechada, y se pasó a la primera y más
importante de las tres, o sea la de que era ella y no su marido Masapo, quien
había asesinado al niño de Nandie.
Cuando se formuló esa acusación en contra suya, por
primera vez vi una pequeña sombra de inquietud que cruzaba los ojos dulces de
Mameena.
—Con seguridad, oh rey —dijo— ese asunto quedó resuelto
hace mucho tiempo, cuando el gran Nyanga Zikali descubrió al
brujo Masapo, aquel que era mi marido, y le hizo pagar su crimen con la muerte.
¿Debo de ser juzgada nuevamente por él?
—No es así, mujer —contestó Panda—. Lo único que
descubrió Zikali fue el veneno que fue usado para cometer el crimen, y como
algo de ese veneno fue hallado sobre Masapo, fue muerto como brujo. Sin embargo
podría ocurrir que no hubiese sido él quien usó el veneno.
—Entonces, con seguridad el rey debía de haber
pensado en eso antes de que él muriera — murmuró Mameena —.
Pero me olvido; es bien sabido que Masapo fue siempre enemigo de la casa de
Senzangacona.
Panda no contestó a esta observación, tal vez
porque era imposible hacerlo, aun en una tierra donde se acostumbraba a matar
primero al supuesto brujo y a averiguar después si era culpable, si es que se
hacía. O tal vez creyó prudente pasar por alto la alusión de que había sido
inspirado por una enemistad personal. Se limitó a mirar a su hija Nandie, quien
se puso de pie y dijo:
—¿Tengo permiso para llamar a un testigo en esta
cuestión del veneno, padre mío?
Panda asintió y Nandie dijo a uno de los
consejeros:
—Ten la bondad de llamar a mi sirviente Nahana, que
espera afuera.
El consejero salió y volvió al momento con una
mujer de edad que había sido ama de Nandie y que como nunca se había casado
debido a un defecto físico, continuó siempre a su servicio, siendo una persona
conocida y muy respetada dentro de su humilde esfera.
—Nahana —dijo Nandie—, has sido traída aquí para
que repitas al rey y a su consejero una historia que me contaste de la entrada
de una mujer en mi choza antes de la muerte de mi primogénito y de lo que hizo
allí. Di, primero; ¿está esa mujer presente aquí?
—Sí, Inkosazana —contestó Nahana—, allí está
sentada. ¿Quién podría confundirla? —y señaló a Mameena, que escuchaba cada
palabra con gran atención, lo mismo que escucha un perro a la boca de una
madriguera de un oso hormiguero cuando el animal se mueve adentro.
—¿Qué tienes que decir de esa mujer y sus actos?
—preguntó Panda.
—Sólo esto, oh rey. Dos noches antes de que el niño
que ha muerto enfermase, vi a Mameena que entraba con sigilo en la choza de la
señora Nandie, pues yo estaba echada sola en un rincón de la choza grande,
donde no llegaba la luz del fuego. En ese momento la señora Nandie había salido
con su hijo. Sabiendo que la mujer era Mameena, la mujer de Masapo, que estaba
en buenas relaciones con la Inkosazana, no di a conocer mi
presencia, pues suponía que había venido a visitarla; ni tampoco le di
importancia cuando vi que espolvoreaba la pequeña estera en donde se acostaba
al hijo de Saduko con alguna medicina, porque le había oído prometer a la Inkosazana un
polvo que decía alejaría a los insectos. Sólo noté algo raro cuando le vi
arrojar algo de ese polvo en la vasija de agua caliente que estaba junto al
fuego, y colocar una cosa en la paja de la puerta, murmurando ciertas palabras
que no pude oír, pero salió de la choza antes
de que pudiera interrogarla. Dio la casualidad, oh rey, que un rato después,
antes de que pudiese contar diez veces diez, llegó un mensajero a la choza para
decirme que mi anciana madre estaba muriéndose en su kraal, a cuatro
días de viaje de Nodwengu, y quería verme antes de expirar. Al oír eso olvidé a
Mameena y el polvo y corrí a buscar a la
princesa Nandie, para
pedirle permiso para marchar con el mensajero al kraal de
mi madre, permiso que me concedió, diciéndome que no regresara hasta después de
haber sido enterrada mi madre.
"Así que me fui. Pero mi madre tardó mucho en
morir. Pasaron lunas enteras antes de que pudiera cerrar sus ojos, y
durante todo ese tiempo no me
quiso dejar marchar; ni tampoco deseaba yo separarme de quien amaba.
Por fin todo terminó, y luego vinieron los días de duelo y luego otros días de
descanso, y después de éstos los días de la división del ganado, hasta que por
fin transcurrieron seis o más lunas antes de que volviera al servicio de la princesa
Nandie, y encontré que Mameena era ahora la segunda mujer de Saduko. También
me enteré de que el niño de la señora Nandie había muerto y que Masapo, el
primer marido de Mameena, había sido acusado y muerto por el asesinato de la
criatura. Pero como todas esas cosas habían pasado, y Mameena era muy bondadosa
conmigo y me hacía obsequios y me ahorraba trabajo, y como también vi que mi
señor Saduko la quería mucho, nunca se me ocurrió decir nada del polvo que le
vi echar a la estera.
"Pero después de que escapó con el príncipe
que ahora ha muerto, se lo conté a la señora Nandie. Además, la señora Nandie,
en mi presencia, buscó entre la paja de la entrada de la choza y encontró allí,
envueltas en cuero blando, ciertas medicinas de las que suelen vender los Nyangas, con
las cuales los que les consultan pueden hechizar a sus enemigos, o hacer que
aquellos que deseen los amen u odien a sus mujeres o sus maridos. Eso es todo
lo que sé, oh rey".
—¿Es cierta la historia que han escuchado mis
oídos, Nandie? —preguntó Panda—. ¿O es esta mujer una mentirosa como los
demás?
—Creo que no, padre mío; mira aquí la muti (medicina)
que Nahana y yo encontramos escondida en la entrada de la choza y que he
conservado sin abrir hasta este día.
Y puso en el suelo una bolsita de cuero, cosida con
nervios, y cerrada con un cordón de fibra.
Panda ordenó a uno de los consejeros que abriese la
bolsa, cosa que el hombre hizo de bastante mala gana, pues temía su mala
influencia, echando su contenido sobre el dorso de un escudo, que fue pasado en
torno a los asistentes, para que pudiésemos examinarlo. Por lo que pude ver,
consistía en unas raíces desecadas, un trocito de un fémur humano, que podía
haber pertenecido al esqueleto de un niño, que tenía un pequeño tapón de madera
en su orificio, y lo que me pareció el colmillo de una serpiente.
Panda los miró y se apartó, diciendo:
—Ven aquí, Zikali el Anciano, tú que eres versado
en artes mágicas y dinos qué es esta medicina.
Zikali se levantó entonces del rincón donde había
estado sentado y se arrastró a través del espacio abierto hasta el escudo
frente al rey. Al pasar junto a Mameena, ésta se inclinó sobre el enano y
empezó, a decirle algo al oído; pero él se puso las manos en su enorme cabeza,
tapándose los oídos, como indicando que no quería escucharla.
—¿Qué tengo que ver con este asunto, oh
rey? —preguntó?
—Me parece que mucho, Oh Iniciador de Caminos —dijo Panda
con tono severo—, si tienes en cuenta que fuiste el doctor que declaraste
culpable a Masapo, y que esa mujer ha permanecido oculta en tu kraal mientras
su amante, el príncipe mi hijo, que ha muerto, iba al combate, y que ha sido
traída aquí junto contigo. Dinos ahora la naturaleza de esta muti, y
siendo prudente como eres, ten cuidado de decir la verdad, no sea que se diga,
Zikali, que no sólo eres un Nyanga sino también un umtakati. Porque
entonces — agregó en forma significativa, escogiendo sus palabras — tal vez, oh
Zikali, sienta la tentación de probar si es o no cierto que tú no puedes ser
muerto como los demás hombres, sobre todo dado que últimamente he oído que tu
corazón siente animosidad contra mí y mi casa.
Por un momento vaciló Zikali; creo que para pensar
un poco, porque vio el gran peligro en que se encontraba. Luego se rió en la
forma horrible que acostumbraba y dijo:
—¡Oh!... El rey cree que la comadreja ha caído en
la trampa — y miró a la valla del isi-gohlo y a los feroces
verdugos que lo miraban —. Bueno, muchas veces antes de ahora esta comadreja
ha parecido estar en la trampa, sí, antes de que tu padre viese la luz, oh hijo
de Senzangakona, y después también. Y sin embargo aquí está viva. No hagas la
prueba, oh rey, de si soy o no mortal, no sea que sí la muerte llega a uno como
yo, no se lleve al mismo tiempo a otros muchos. ¿No has oído decir que cuando
el Iniciador de Caminos llegue al fin de su jornada no habrá más un rey de los
zulúes, de la misma manera que no lo había cuando la empezó, ya que
los días de su virilidad son los días de todos los reyes
zulúes?
Y al hablar así miró con ojos que despedían chispas
a Panda y a Cetewayo, que parecieron encogerse ante su mirada.
—Recuerda — continuó —, que el Ser Negro que se
"fue abajo" hace mucho, la Fiera que engendró la manada
zulú, amenazó a aquel a quien llamó
La-cosa-que-nunca-debió-de-haber-nacido" y mató a aquellos que éste amaba,
y después fue muerto por otro que también ha "ido abajo" y que
solamente tú, oh Panda, no lo amenazaste y que tú solamente no has
sido muerto. Ahora, si quieres probar si muero como los demás hombres, lanza a
tus perros sobre mí, porque Zikali está listo —y se cruzó de
brazos esperando.
En verdad, todos nosotros esperamos conteniendo el
aliento, porque comprendimos que el terrible enano estaba haciendo frente a
Panda y a Cetewayo. En seguida se vio que había ganado la
partida, ya que Panda sólo dijo:
—¿Por qué habría de matar a uno hacia quien siempre
he demostrado amistad, y por qué pronuncias palabras tan duras de muerte a mis
oídos, oh Zikali el Sabio, que últimamente han oído hablar tanto de muerte? —Y
suspiró, añadiendo: — Ten la bondad ahora de decirnos qué es esta medicina, o,
si no quieres hacerlo, vete y llamaremos a otros Nyangas.
—¿Por qué no te lo he de decir, cuando me lo
preguntas sin amenazas, oh rey? Mira —y Zikali tomó algunas de las raíces
retorcidas —, éstas son las raíces de cierta hierba ponzoñosa que florece de
noche en las montañas, y pobre del buey que la coma. Han sido hervidas con
bilis y sangre, y la desgracia caerá sobre la choza en que hayan sido escondidas
por alguien que sepa pronunciar las palabras poderosas. Este es el hueso de
una criatura que no llegó a cortar los dientes, me parece que de una criatura
que fue abandonada para que se muriese en la selva porque era odiada o porque
no tenía padre. Un hueso así tiene el poder de hacer daño a otras criaturas;
además está lleno de medicina encantada. ¡Mira! _y sacando el tapón de madera,
vertió un polvo gris que contenía el hueso y volvió a taparlo —. Esto — agregó
tomando el colmillo — es el colmillo de una serpiente mortal que, después de
ser encantado, es usado por las mujeres para cambiar el corazón de un hombre de
otra mujer a ella. He dicho.
Y se volvió para marcharse.
—¡Espera! —dijo el rey—. ¿Quién colocó estos inmundos
amuletos en la entrada de la choza de Saduko?
—¿Cómo puedo decírtelo, oh rey, a menos que haga
mis preparativos y "arroje los huesos" y busque al malvado? Has
escuchado la historia de esta mujer, Nahana. Acéptala o recházala, como te lo
dice tu corazón.
—Si esa historia es cierta, oh Zikali, cómo es que
tú señalaste no a Mameena, la mujer de Masapo, sino al propio
Masapo, e hiciste que fuera muerto por el envenenamiento del hijo de Nandie?
—Estás equivocado, oh rey. Yo, Zikali, acusé a la
casa de Masapo. En seguida descubrí el veneno, buscándolo primero en el
cabello de Mameena y encontrándolo en el kaross de Masapo. Yo nunca dije que
fuera Masapo quien administró el veneno. Ese fue el juicio tuyo y de tu
Consejo, oh rey. No, yo sabía de sobra que había algo más en el asunto, y si me
hubieses pagado más y me hubieras ordenado que continuara usando mi sabiduría,
sin duda alguna hubiese encontrado este amuleto escondido en la choza y tal vez
habría averiguado el nombre del que lo ocultó. Pero estaba cansado, porque soy
muy viejo; ¿y qué me importaba a mí que eligieras matar a Masapo o dejarlo en
libertad? Masapo, por ser tu enemigo secreto, era un
hombre que merecía morir, si no por este asunto, por otros.
Durante todo ese tiempo yo había estado observando
a Mameena, que escuchaba sentada al estilo zulú, todo ese testimonio mortal con
una ligera sonrisa en el rostro y sin intentar hacer ninguna interrupción o
comentario. Sólo vi que mientras Zikali examinaba la medicina sus ojos buscaban
a los de Saduko, quien permanecía en su lugar, también silencioso, y, según
las apariencias, el menos interesado de todos los presentes. Trató de esquivar
su mirada, volviendo la cabeza con inquietud; pero al final los ojos de ella
captaron su mirada y la retuvieron. En seguida su corazón empezó a latir en
forma acelerada, su pecho se dilató y en su rostro se dibujó una expresión de
satisfacción soñadora, casi de felicidad. Desde ese momento en adelante, hasta
el final de la escena, Saduko no apartó su mirada de esta extraña mujer, aunque
creo que, con excepción de Zikali, y de mí, que estoy acostumbrado a la observación,
nadie advirtió este curioso aparte del drama. El rey empezó a hablar.
—Mameena —dijo—, has oído. ¿Tienes algo que decir?
Porque si no, parecería que eres una bruja y una asesina y que debes morir.
—Sí, una sola palabra, oh rey —contestó con calma
—. Nahana dice la verdad. Es cierto que entré en la choza de Nandie y que puse
allí la medicina. Lo digo porque por naturaleza no soy una persona que oculta
la verdad o trata de desacreditar ni siquiera a una humilde sirvienta —y miró a
Nahana.
—Entonces, por tu propia confesión, esto ha
concluido —dijo
Panda.
—No del todo, oh rey. He dicho que puse la medicina
en la choza. Pero no he dicho, ni diré, cómo y por qué la puse allí. Esa
historia pido a Saduko, que está ahí, que la cuente, a él qué fue mi marido, a
quien dejé por Umbelazi, y que siendo un hombre, debe por tanto odiarme.
Respetaré las palabras que él pronuncie. Si declara que soy culpable estaré
dispuesta a pagar el precio de mi culpa. Pero si declara que soy inocente,
entonces, oh rey y oh príncipe Cetewayo, sin temor confiaré en vuestra
justicia. Ahora, habla Saduko; di toda la verdad, si así lo desea el rey.
—Así lo deseo.
—Y yo
también — agregó Cetewayo, quien, como todos los demás, estaba interesadísimo.
— Saduko se puso de pie, el mismo Saduko que había
conocido antes, y sin embargo completamente cambiado. Toda su animación y
entusiasmo habían desaparecido; su orgullo no existía; nadie hubiese
reconocido en él aquel hombre ambicioso y confiado de sí mismo a quien, en los
días de su poder, los zulúes habían llamado el "Vanidoso". Era la
misma figura del antiguo Saduko, animado por un espíritu nuevo y extraño. Con
ojos sin brillo ni expresión, fijos siempre en los hermosos ojos de Mameena,
empezó su relato en forma lenta y vacilante.
—Es cierto, oh León — dijo —, que Mameena
espolvoreó el veneno en la estera de mi hijo. Es cierto que colocó los amuletos
fatales en la entrada de la choza de Nandie. Hizo esas cosas sin saber lo que
hacía, porque yo le había ordenado que lo hiciera. Esa es la verdad. Desde el
primer momento he amado a Mameena como no he amado a ninguna otra mujer y como
ninguna otra mujer ha sido amada jamás. Pero mientras fui con Macumazahn, que
se encuentra aquí, a destruir a Bangu, jefe de los amakoba, aquel que había
dado muerte a mi padre, Umbezi, el padre de Mameena, el mismo que el príncipe
Cetewayo arrojó el otro día a los buitres porque mintió sobre la muerte de Umbelazi,
obligó a Mameena, contra su voluntad, a casarse con Masapo el Jabalí, que
después fue ejecutado por brujo. Luego, aquí en tu festín, cuando pasaste
revista al pueblo zulú, después, oh rey, de que me diste a Nandie por esposa,
Mameena y yo nos encontramos de nuevo y nos amamos más que antes. Pero como era
una mujer íntegra, Mameena me apartó diciendo:
"—Tengo un marido que, a pesar de que no lo
quiero, sigue siendo mi marido, y mientras viva le seré fiel.
"Entonces, oh rey, me dejé llevar por mis
malos impulsos y tramé la forma de librarme de Masapo, de manera que cuando
hubiese muerto, pudiera casarme con Mameena. Y esto fue lo que tramé: que mi
hijo y la princesa Nandie fuesen envenenados, y que pareciera que Masapo era el
autor, de forma que pudiera ser muerto como brujo y yo me casara con
Mameena."
Al oír esta confesión asombrosa, que sobrepasaba la
experiencia del más cruel y astuto de los salvajes presentes, se oyó una
exclamación de asombro del auditorio; hasta el viejo Zikali levantó la cabeza y
se quedó mirando. Nandie también, despertada de su calma habitual, se levantó
como para hablar; luego, mirando a Saduko y después a Mameena, se volvió a
sentar y esperó. Pero Saduko continuó con la misma voz fría y mesurada:
—Di a Mameena un polvo que compré por dos terneras
a un gran doctor que vivía más allá del Tugela, pero que ha muerto, polvo que
le dije deseaba Nandie, mi Inkosikazi, para destruir las
pequeñas cucarachas de la choza, y le indiqué dónde debía echarlo. También le
di la bolsita de
amuletos, diciendo que la colocase a la entrada de la choza
para que diera buena suerte a mi casa. Hizo todas esas cosas por complacerme
sin saber que el polvo era veneno y que los amuletos eran embrujados. Y así murió
mi hijo y yo mismo estuve enfermo porque toqué el polvo.
"Después Masapo quedó expuesto como brujo por
el viejo Zikali, porque yo había hecho coser en su kaross una bolsita del
veneno para engañar a Zikali, y muerto por tu orden, oh rey, y Mameena me fue
entregada por esposa, también por tu orden oh rey, que era lo que yo deseaba.
Más tarde, como te he dicho, me cansé de ella y deseando agradar al príncipe
que se había alejado, le ordené que se entregara a él, cosa que hizo porque me
quería y por hacerme prosperar, así que ella no tiene culpa de nada".
Saduko terminó de hablar y se volvió a sentar, como
pudiera hacerlo un autómata cuando le tiran el alambre que lo mueve, con sus
ojos sin brillo fijos siempre en Mameena.
—Has oído, oh rey —dijo Mameena—. Ahora dicta tu
juicio, sabiendo que si es tu voluntad estoy dispuesta a morir por Saduko.
Pero Panda saltó furioso.
—¡Llevadlo! —gritó, señalando a
Saduko—. Llevad a ese perro que no es digno de vivir, un perro que devora a su
propio hijo para hacer que así otro sea muerto injustamente y poder robarle su
mujer.
Los verdugos saltaron adelante y yo, no pudiendo
soportar lo que veía por más tiempo, empecé a ponerme de pie porque quería
decir algo. Pero antes de que lo hiciera, Zikali había tomado la palabra.
—Oh rey —dijo—, me parece que has matado injustamente
a un hombre en este asunto, a Masapo. ¿Harías lo mismo con otro? — y señaló a
Saduko.
—¿Qué quieres decir? —preguntó irritado Panda—. ¿No
has oído a este mal nacido, a quien encumbré, dándole la jefatura de mis tribus
y a mi hija en matrimonio, confesar con sus propios labios que asesinó a su
hijo, el hijo de mi sangre, para poder comer una fruta que crecía al lado del
camino y que todos podían probar? —y miró despectivamente a Mameena.
—Sí, Hijo de Senzangacona —contestó Zikali—. He
oído decir eso a Saduko con sus propios labios, pero la voz que hablaba por
esos labios no era la voz de Saduko, cosa que si fueses un Nyanga experimentado
como yo, hubieses sabido lo mismo que yo y lo mismo que el hombre blanco, El
que Vigila de Noche, que sabe leer los corazones. Escucha ahora, oh rey, y
también vosotros hombres ilustres que rodeáis al rey, y os contaré una
historia. Matiwane, el padre de Saduko, fue mi amigo, como lo fue tuyo, oh rey,
y cuando Bangu lo mató junto con su gente, por orden de la Fiera (Chaka), yo
salvé a su hijo y lo crié en mi propia casa, habiéndome encariñado con él.
Luego, cuando se convirtió en hombre, le mostré dos caminos, cualquiera de los
cuales podía elegir: el Camino de la Sabiduría y el Camino de la Guerra y las
Mujeres; el camino blanco que lleva a través de la paz hasta la sabiduría, y el
camino rojo que corre a través de la sangre hasta la muerte. Pero ya se
encontraba en este camino rojo una persona que lo llamaba, una que está
sentada aquí, y él siguió tras ella, como yo sabía que sucedería. Desde el
primer momento le fue falsa, tomando por marido a un hombre más rico. Luego,
cuando Saduko se encumbró, ella se arrepintió, y vino a pedirme consejo para
saber cómo podría librarse de Masapo, a quien me juró odiaba. Le dije que
podía dejarlo por otro hombre, o esperar hasta que su Espíritu lo apartase de
su camino; pero nunca le puse una mala idea en su corazón, viendo que ya la
llevaba allí. Luego ella y nadie más, habiendo conseguido primero que Saduko la
amara más que nunca, asesinó al hijo de Nandie, su Inkosikazi, causando
así la muerte de Masapo, y se cobijó en los brazos de Saduko. En ellos durmió
un tiempo, hasta que cayó sobre ella una nueva sombra, la del
"Elefante-con-el-mechón-de-pelo" que no volverá a recorrer los
bosques. Atrajo a éste para engrandecerse antes, y dejó la casa de Saduko,
llevándose su corazón con ella.
"Entonces, en el pecho de Saduko, donde había
estado su corazón, entró un espíritu maligno de celos y venganza, y en la
batalla de Endondakusuka ese espíritu lo arrastró. Como había convenido con el
príncipe Cetewayo..., no, no lo niegues, oh príncipe, porque yo lo sé todo; ¿no
llegasteis a un acuerdo en la tercera noche antes de la batalla, entre las
malezas y os apartasteis atemorizados cuando el antílope saltó entre vosotros?
(Aquí, Cetewayo, que había hecho señal de querer hablar, se cubrió el rostro con
un extremo de su kaross). Como había convenido, repito, se pasó con sus
regimientos de los Isigqosa a los Usutu, ocasionando
así la caída de Umbelazi y la muerte de muchos miles. Sí, y esto lo hizo sólo
por una razón: porque aquella mujer lo había abandonado por el príncipe, y la
quería más que a todo cuanto el mundo pudiera darle, por esa mujer que lo había
llenado de pasión como se llena una escudilla de leche. Y ahora, oh rey, has
oído contar a este hombre una historia, le has oído gritar que es el hombre más
vil del país; que asesinó a su hijo, el hijo que amaba tanto, para obtener a
esta bruja; que después la entregó a su amigo y señor para ser más favorecido
por él, y que finalmente desertó de ese señor porque creía que había otro
señor que podía favorecerlo más. ¿No es así, oh rey?"
—Así es — contestó Panda — y por tanto Saduko debe
de ser arrojado a los chacales.
—Espera un poco, oh rey. Afirmo que Saduko no ha hablado
con su propia voz sino con la de Mameena. Afirmo que es la mayor bruja de todo
el país y que lo ha trastornado con el embrujo de sus ojos, de manera que no
sabe lo que dice, lo mismo que trastornó al príncipe que ha muerto.
—¡Pruébalo entonces, o él morirá! —exclamó el rey.
El enano se acercó a Panda y le dijo algo al oído,
tras de lo cual Panda a su vez habló al oído a dos de sus consejeros. Estos,
que estaban desarmados, se pusieron de pie e hicieron ademán de salir de isi-gohlo. Pero
al pasar junto a Mameena uno de ellos repentinamente la estrechó, sujetándole
los brazos, mientras que el otro quitándose el kaross que llevaba —porque hacía
frío— lo arrojó sobre la cabeza de Mameena, atándolo a la espalda de forma que
quedó tapada con excepción de las piernas y pies. Luego, aunque ella no se
movió ni resistió, la sujetaron entre ambos y permanecieron inmóviles.
Entonces Zikali se acercó a Saduko y le pidió que
se pusiera de pie, cosa que él hizo. Luego lo miró durante largo rato e hizo
ciertos movimientos con sus manos pasándolas frente al rostro, después de lo
cual Saduko exhaló un gran suspiro y se quedó mirando a su alrededor.
—Saduko; —dijo Zicali—, te ruego me
digas si es cierto, como dicen, que vendiste a tu mujer Mameena al príncipe
Umbelazi para que su favor cayera sobre ti como la lluvia.
—¡Wow!, Zikali —dijo Saduko, con aire
furioso—, si fueses como los demás te mataría, sapo, que te atreves a calumniar
mi nombre. Se escapó ella con el príncipe después de haberlo trastornado con
el hechizo de su belleza.
—No me golpees, Saduko — continuó Zikali —, o por
lo menos espera hasta que hayas contestado a otra pregunta. ¿Es cierto, como
dicen, que en la batalla de Endondakusuka te pasaste a los Usutu con
tus regimientos porque pensaste que Indhlovu-ene-Sihlonti sería
derrotado y querías estar del lado del vencedor?
—¡Qué, sapo! ¡Más calumnias! —exclamó Saduko—. Me
pasé por un solo motivo: para vengarme del príncipe porque me había quitado a
aquella que para mí era más que la vida o el honor. Sí, y cuando lo hice,
Umbelazi estaba ganando; al pasarme yo, perdió y murió, aunque ahora — agregó
con tristeza— quisiera no haberlo llevado a la ruina y la muerte, porque pienso
que, lo mismo que yo, no fue más que un juguete en manos de una mujer...
"Oh rey —agregó, dirigiéndose a Panda—, ordena
que me maten, pues no soy digno de vivir, ya que a aquel cuya mano está tinta
en la sangre de su amigo sólo le queda la muerte, pues mientras viva debe
compartir su sueño con espíritus que lo contemplan con ojos malévolos."
Entonces se puso de pie Nandie, y dijo:
—No, padre mío, no escuches a quien está loco y por
tanto es sagrado. Lo que ha hecho, lo ha hecho, como acaba de decirlo, cuando
sólo era un instrumento en manos ajenas. En cuanto a nuestro hijo, sé que
hubiese muerto antes de causarle daño alguno, porque lo quería mucho, y cuando
nos fue llevado, durante tres días estuvo llorando sin querer probar bocado.
Entrégame a este pobre hombre, padre mío, a su esposa que lo ama, y déjanos ir
de aquí a otra tierra donde tal vez podamos olvidar.
—Cállate, hija —dijo el rey—, y calla tú también,
oh Zikali, el Nyanga.
Ambos obedecieron y después de pensar un rato,
Panda hizo una señal, y al verla los dos consejeros quitaron el kaross que
envolvía a Mameena, que miró a su alrededor y preguntó si estaba tomando parte
en un juego de niños.
—Sí, mujer —contestó Panda;—, estás tomando parte
en un juego, pero no creo que sea de niños, un juego de vida o muerte. Ahora
dime, ¿has escuchado las palabras de Zikali el Pequeño y Sabio y de Saduko, que
una vez fue tu marido, o es necesario que te sean repetidas?
—No hay necesidad, oh rey, mis oídos son demasiado
agudos para ser ahogados por una capa de piel, y no quiero hacerte perder
tiempo.
—¿Entonces qué tienes que decir, mujer?
—Poca cosa —contestó ella, encogiéndose de
hombros—, salvo que he perdido en este juego. No me creerás, pero si me
hubieras dejado sola te hubiese dicho, pues no quería ver morir a ese pobre
tonto de Saduko por actos que nunca cometió. Sin embargo, la historia que te
contó no la contó porque yo lo hubiera hechizado; lo hizo porque me amaba y
quería salvarme. Ha sido Zikali, Zikali, el enemigo de tu casa, el que finalmente
la destruirá, oh Hijo de Senzangacona, quien lo hechizó, como os ha hechizado a
todos, y le obligó a decir la verdad, en contra de su deseo. Ahora, ¿qué más
queda por decir? Muy poco, creo. Hice las cosas de que se me acusa, y otras
peores que no han sido dichas. Oh, jugué una partida fuerte, pues quería ser
la Inkosazana de los zulúes, y la he perdido por el peso de
una pluma. Creí que había logrado todo, pero el peso de la pluma que inclinó la
balanza en contra mía fueron los celos locos de este imbécil, Saduko, con lo
que no había contado. Ahora veo que cuando dejé a Saduko lo debía de haber
dejado muerto. Tres veces pensé hacerlo. Una vez puse veneno en su bebida y
cuando entró, fatigado con sus complots, me besó antes de beber; mi corazón de
mujer se ablandó y derramé la escudilla antes de que llegara a sus labios. ¿No
recuerdas, Saduko?...
"¡Sí, sí! Sólo por esa estupidez merezco
morir, porque la que quería reinar debe tener corazón de tigre y no de mujer.
Bueno, por haber sido demasiado compasiva debo morir; y, después de todo, está
bien morir ya que me aguardan miles y miles que envié delante mío, y que seré
saludada dentro de un momento por tu hijo, Umbelazi, y sus guerreros, ¡saludada
como la Inkosazana de la Muerte, con azagayas enrojecidas en
alto y con el saludo real!
"Ahora he hablado. Recorred vuestro corto
camino, oh rey y príncipes y consejeros, hasta que lleguéis al abismo en que yo
me hundo, que está abierto para todos. ¡Oh rey!, cuando me encuentres de nuevo
en el fondo de ese abismo, qué cosa tendrás para contarme, tú que no eres más
que la sombra de un rey, cuyo corazón será devorado en adelante por un gusano
que se llama Amor-de-lo-Perdido. Oh príncipe y conquistador
Cetewayo, qué cosas tendrás que contarme cuando te salude en el fondo de ese
abismo, tú que llevarás a tu nación a la ruina y morirás finalmente como debo
morir yo; sólo que siendo el sirviente de otros y por voluntad de otros. No, no
me preguntes cómo. Pregúntaselo a Zikali, mi amo, quien vio el comienzo de tu
casa y verá su fin. Oh, sí, como decís, soy una bruja, ¡y lo sé, lo sé! Vamos,
estoy agotada. Los hombres me cansáis, como siempre me cansaron, pues no son
más que imbéciles a los que es fácil emborrachar, y cuando están borrachos son
desagradables. ¡Iya! ¡Estoy cansada de vosotros sobrios y
astutos, y estoy cansada de vosotros borrachos y brutales, vosotros que después
de todo no sois más que animales del campo a quienes Mvelingangi, el
Creador, os ha dado cabeza para pensar, pero que siempre pensáis al revés!
"Ahora, rey, antes de que lances a tus perros
sobre mí, te pido un momento. He dicho que odiaba a todos los hombres, pero,
como sabes, ninguna mujer puede decir toda la verdad. Hay un hombre a quien no
odio, a quien nunca odié, a quien creo que amo porque no me quiso amar. Está
aquí —y ante mi profunda confusión y el intenso interés de todos me
señaló—: ¡Allan Quatermain!
"Bueno, una vez con mi "magia" de la
que tanto habéis oído hablar conseguí dominar a este hombre en contra de su
voluntad y su razón, y, a causa de ese corazón blando mío, lo dejé ir; sí, dejé
marchar al pez raro cuando estaba en mi anzuelo. Me alegro de haberlo hecho,
pues si lo hubiese conservado, se hubiera estropeado una gran historia y no
hubiese sido más que la sierva de un cazador blanco, que debía de ocultarse
detrás de la puerta cuando el Inkosikazi entrase a comer; yo,
Mameena, que jamás gusté de ocultarme detrás de las puertas. Bueno,
cuando estaba a mis pies y le perdoné, me hizo una promesa, una promesa muy
pequeña, pero que creo cumplirá ahora que nos separamos por un tiempo.
Macumazahn, ¿no me prometiste que me besarías una vez más en los labios en
cualquier ocasión y lugar en que te lo pidiera?
—Así es — contesté con voz hueca, porque en
verdad sus ojos me tenían dominado como habían dominado a Saduko.
—Entonces ven ahora, Macumazahn, y dame ese beso de
despedida. El rey lo permitirá y como ahora no tengo marido, pues abrazo a la
Muerte por marido, no hay nadie que pueda impedírtelo.
Me puse de pie. Me parecía no tener voluntad
propia. Me dirigí hacia ella, esa mujer rodeada de enemigos implacables, esa
mujer que había jugado por apuestas tan grandes y había perdido, y que sabía
perder tan bien. Llegué a su lado, sin avergonzarme por mi vergüenza, y
comprendí que mi locura se perdía en una vasta tragedia.
Alzó lentamente su brazo lánguido y lo pasó
alrededor de mi cuello; acercó lentamente sus rojos labios a los míos y me
besó, una vez en los labios y otra en la frente. Pero entre esos dos besos hizo
una cosa con tanta rapidez que mis ojos apenas la vieron. Me pareció que pasaba
su mano izquierda por los labios y que tragaba algo. En seguida me apartó de
ella, diciendo:
—Adiós, Macumazahn, nunca olvidarás este beso mío;
y cuando nos volvamos a encontrar tendremos mucho de que hablar, porque entre
ahora y entonces tu historia será larga. Adiós, Zikali, deseo que todos tus
proyectos se realicen, porque los que odias son los que odio yo, y no te guardo
rencor porque dijiste la verdad. Adiós, príncipe Cetewayo. Nunca serás el
hombre que hubiera sido tu hermano, y tu suerte es poco envidiable, ya que
estás destinado a hundir una casa levantada por uno que fue grande. Adiós, Saduko
el imbécil, que despreciaste tu fortuna por los ojos de una mujer, como si el
mundo no estuviese lleno de mujeres. Nandie la Dulce y la Misericordiosa te
cuidará bien hasta tu triste fin. Oh, ¿por qué se inclina Umbelazi sobre tu
hombro, Saduko, y me mira en forma tan extraña? Adiós, Panda la Sombra. Ahora
suelta a tus verdugos. ¡Oh, suéltalos pronto, no sea que lleguen demasiado
tarde!
Panda alzó la mano y los verdugos saltaron
adelante, pero antes de que llegara a ella, Mameena se estremeció, abrió los
brazos y cayó de espaldas, muerta. El veneno que había tomado obró bien y con
rapidez.
Tal fue el fin de Mameena, Hija de la Tempestad.
Siguió un silencio profundo, un silencio de temor y
asombro, que fue cortado de repente por una horrible carcajada. Partía de los
labios de Zikali el Anciano, Zikali.
La-cosa-que-nunca-debió-de-haber-nacido".
Capítulo 16
Mameena
– Mameena – Mameena
Esa tarde, a la puesta del sol, cuando pensaba
ponerme en marcha, porque el rey me había autorizado para hacerlo,
y en ese momento el mayor deseo de mi vida parecía ser
despedirme de Zululandia y los zulúes, vi a una figura extraña, parecida a un
escarabajo que subía la colina hacia mí, sostenida por dos hombres robustos.
Era Zikali.
Pasó a mi lado sin decir palabra, limitándose a
señalarme que lo siguiera, cosa que hice por curiosidad, supongo, porque el
Cielo sabía que con lo que había visto del viejo hechicero me bastaba para
toda la vida. Llegó hasta una roca plana situada a unos cien metros arriba de
mi campamento, en donde no había ningún matorral en que pudiera ocultarse
persona alguna, y se sentó indicando otra piedra frente suyo, en la que me
senté. Luego ambos hombres se retiraron a una distancia fuera del alcance de
nuestra voz e incluso de nuestra vista, quedando ambos solos.
—¿Así que te marchas, oh Macumazahn? —dijo.
—Sí — contesté con energía —, y si hubiese podido
lo hubiera hecho hace mucho tiempo.
—Sí, sí, lo sé; pero hubiera sido una lástima, ¿no
es verdad? Si te hubieses marchado, Macumazahn, no hubieras asistido al final
de una extraña historia y tú, que tanto gustas de estudiar el corazón de los
hombres y las mujeres, no sabrían tanto como sabes hoy.
—Pero tampoco estaría tan triste, Zikali. ¡Ah, la
muerte de esa mujer! —Y me cubrí los ojos con las manos.
—Lo comprendo, Macumazahn; siempre le tuviste
cariño, ¿no es verdad?, aunque tu orgullo de blanco no te permitiese reconocer
que sus dedos negros te estrujaban el corazón... Era una hechicera
maravillosa, Mameena, y te quede este consuelo: que también estrujó otros
corazones. El de Masapo, por ejemplo; el de Saduko; el de Umbelazi, y ninguno
de ellos tuvo suerte... Sí, lo confieso, hasta el mío. No creí que valía la
pena contradecirlo, pero no pude dejar pasar por alto su última afirmación.
—Si muestras tu afecto en la misma forma
en que lo hiciste hoy, Zikali, ruego a mi Espíritu que no abrigues
alguno por mí — le dije.
Sacudió la cabeza con aire de lástima y dijo:
—¿Nunca has querido a un corderito y luego le has dado muerte al tener hambre,
o cuando se convirtió en carnero y te topó, o cuando dispersó a los demás
corderos haciéndolos caer en manos de ladrones? Pues bien, yo tengo hambre a
la casa de Senzangacona y ese corderito, Mameena, que había crecido, casi me
hace caer de espaldas hoy al alcance de la azagaya del verdugo. Además estaba
atrapando a mi cordero, Saduko, dentro de una red maléfica de la que no
hubiese podido escapar. Así que, un poco en contra de mi voluntad, me vi
obligado a decir la verdad de ese corderito y sus tretas.
—Es posible que sea así —exclamé—, pero de
cualquier manera eso ha concluido.
—Ah, Macumazahn, ella ha concluido, o así lo crees,
aunque sea una frase extraña en labios de un hombre blanco que cree en muchas
cosas que nosotros no conocemos. Fíjate, Umbelazi, la mayor parte de los
príncipes, y miles y miles de zulúes, a quienes yo, el Dwande, odia, ¡muertos,
muertos! ¡Obra de Mameena, Macumazahn! La mano de Panda sin vigor
a causa de la pesadumbre y sus ojos cegados por las lágrimas. ¡Obra de Mameena, Macumazahn!
Cetewayo, rey en todo menos en nombre; Cetewayo que hundirá a la casa de
Senzangacona. ¡Obra de Mameena, Macumazahn!... ¡Oh, una
obra grandiosa! ¡En verdad vivió una vida digna y grande y tuvo una muerte
digna y grande! ¡Y qué bien lo hizo! ¿Tuviste ojos para verle tomar el veneno
que yo le di, entre sus besos, Macumazahn?
—Creo que ha sido tu obra y no la de ella —dije, no
haciendo caso de sus preguntas burlonas —. Tú fuiste quien tiró los hilos; tú
fuiste el viento que hizo inclinarse a la hierba hasta que el fuego prendió e
incendió la ciudad, la ciudad de tus enemigos.
—¡Qué inteligente eres, Macumazahn! Si tu ingenio
sigue siendo tan agudo, un día te cortará el cuello, como en verdad ha estado
a punto de suceder varias veces. Sí, sí, sé cómo tirar las cuerdas hasta que
caiga la trampa, y cómo soplar en la hierba hasta que prenda la llama, y cómo
atizar esa llama hasta que incendie la Casa de los Reyes. Y sin embargo esa
trampa se hubiera cerrado sin mí, pero entonces podría haber atrapado otras
ratas; y esta hierba se hubiera quemado aun si yo no hubiera soplado, pero entonces
podría haber quemado otra casa. Yo no creé esas fuerzas, Macumazahn; no hice
más que guiarlas hasta un gran fin, por el cual la Casa Blanca (los ingleses)
algún día debería darme las gracias. — Se quedó ensimismado un rato y luego
siguió:— Pero, ¿qué necesidad hay de hablarte de esas cuestiones, Macumazahn,
si cuando sea su tiempo participarás en ellas y verás con tus propios ojos? Una
vez que hayan terminado hablaremos.
—No tengo ningún deseo de hablar de ellas —
respondí —. Ya lo he dicho. Pero, ¿qué otro propósito te hizo tomarte la
molestia de venir aquí?
—Oh, para decirte adiós por un tiempo no
muy largo, Macumazahn. Y también para decirte que Panda, o mejor dicho
Cetewayo, ya que Panda no es más que su voz porque la cabeza debe de ir donde
la llevan los pies, ha perdonado a Saduko a ruegos de Nandie y lo ha
desterrado del país, dándole su ganado y la gente que quiera ir con él a
dondequiera que elija para vivir. Por lo menos, Cetewayo dice que ha
sido a ruegos de Nandie, y míos y tuyos, paro lo que quiere decir es que
después de todo lo ocurrido, pensó que era prudente dejar que Saduko muriera de
sí mismo.
—¿Quieres decir que se suicide, Zikali?
—No, no; quiero decir que debía dejarse que su
propio idhlozi, su Espíritu, lo mate, cosa que hará con el
tiempo. Sabrás que Saduko está viviendo ahora con un fantasma, que llama el
fantasma de Umbelazi, a quien traicionó.
—¿Es ésa tu manera de decir que está loco, Zikali?
—Oh, sí, vive con un fantasma, o el fantasma vive
dentro de él, o está loco..., llámalo como quieras. Los locos tienen una forma
de vivir con fantasmas, y los fantasmas tienen una costumbre de compartir su
comida con los locos. Ahora lo entiendes, ¿no es verdad?
—Naturalmente; es tan claro como la luz del sol.
—Ah, ¿no te dije que eras inteligente, Macumazahn,
tú que sabes dónde termina la locura y dónde empiezan los fantasmas, que son
la misma cosa? Bueno, el sol ya no se ve. Mira, se ha puesto, y tú quieres
ponerte en camino para estar lejos de Nodwengu por la mañana. Pasarás la
llanura de Endondakusuka y cruzarás el Tugela por el remanso, ¿no es cierto?
Echa una ojeada por allí y mira si puedes reconocer algún viejo amigo: Umbezi,
el villano y traidor, por ejemplo; o algunos de los príncipes. Si lo haces quisiera
enviarles un mensaje. ¡Qué! ¿No puedes esperar? Bueno, entonces aquí tienes un
pequeño regalo para ti, es un trabajo mío. Ábrelo cuando haya nuevamente luz,
Macumazahn; tal vez sirva para recordarte la extraña historia de Mameena con el
Corazón de Fuego. ¿Dónde estará ahora? A veces, a veces... —Y miró a su
alrededor con sus grandes ojos y olfateó el aire como un perro de caza—. Adiós,
hasta que nos volvamos a encontrar. Buena suerte, Macumazahn. Ah, si te
hubieses escapado con Mameena, ¡qué distintas hubieran podido ser las cosas
hoy!
Me puse en pie de un salto y huí de aquel terrible
enano, de quien en verdad creo... No, ¿de qué sirve decir lo que creo? Huí de
su lado, dejándolo sentado en las sombras, y mientras huía de la oscuridad
detrás mío se alzó el sonido de su carcajada diabólica.
A la mañana siguiente abrí el paquete que me había
dado, no sin haber pensado una o dos veces si no
sería mejor que lo metiese en una madriguera de oso hormiguero tal
como estaba. Pero no pude a animarme a hacerlo, aunque ojalá lo hubiese hecho.
Dentro, tallado en la madera negra de umzimbiti, con sólo un
poco de su savia blanca para marcar los ojos, dientes y uñas, había una imagen
de Mameena. Claro está que era una cosa tosca, pero era — o mejor dicho, es,
porque aún la tengo —, un magnífico retrato de ella, porque Zikali podría o no
ser un buen hechicero, pero era un buen artista. Allí, con el cuerpo algo
inclinado, los brazos abiertos, la cabeza echada hacia adelante con los labios
entreabiertos, como si estuviera por abrazar a alguien, y en una de sus manos,
hecho también de la médula blanca del umzimbiti, tiene un
corazón, el de Saduko, supongo, o tal vez el de Umbelazi. No era eso todo,
porque la figura estaba envuelta en cabellos de una mujer, que reconocí era el
de Mameena, y estaba sujeto por el collar de cuentas azules que solía llevar en
su garganta.
EPILOGO
Habían pasado unos cinco años, durante los cuales
me sucedieron muchas cosas que no es del caso relatar aquí, cuando un día me
encontré en una zona más bien remota del distrito de Umvoti en Natal, a algunos
kilómetros al este de una montaña llamada el Kopje del Antílope, a donde había
ido a realizar un gran negocio de maíz, en el cual, dicho sea de paso, perdí
bastante dinero. Esa ha sido siempre mi suerte cuando me he aventurado en el
comercio.
Una noche, mis carretas, que estaban abarrotadas de
ese maldito maíz apestado, quedaron atascadas en el vado de un pequeño
tributario del Tugela que en la forma más inoportuna se había desbordado.
Justo al caer la noche conseguí llegar a la ribera en medio de una lluvia
torrencial que me empapó hasta los huesos. No parecía haber perspectivas de
poder encender una fogata o de conseguir una comida decente, así que estaba a
punto de irme a acostar sin cenar cuando un relámpago me mostró un gran kraal
situado en una ladera a menos de un kilómetro de distancia, y se me ocurrió
una idea.
—¿Quién es el jefe de ese kraal? —pregunté a uno de
los cafres que se habían reunidos a nuestro alrededor al vernos en
dificultades, como siempre suele ocurrir.
—Tshoza, Inkoosi — contestó.
—¡Tshoza! ¡Tshoza! —repetí, porque el nombre me
parecía familiar —. ¿Quién es Tshoza?
—Ikona (No lo sé), Inkoosi. Vino
de Zululandia hace unos años con Saduko el Loco.
Entonces, naturalmente, recordé, y mi espíritu voló
a la noche en que el viejo Tshoza, el hermano de Matiwane, padre de Saduko,
había soltado el ganado de Bangu y disputamos la batalla del paso.
—¿Ah, sí? —dije—. Entonces condúceme a Tshoza y te
daré un "escocés" (Es decir, una moneda de dos chelines, llamada así
porque algún despierto emigrante escocés pasó una gran cantidad de esas monedas
entre los sencillos indígenas de Natal como si fuesen monedas de media corona,
o sea de dos chelines y medio.)
Tentado por esta oferta liberal — y era muy liberal
porque estaba ansioso por llegar al kraal de Tshoza antes de que sus
habitantes se acostaran—, el meditativo cafre consintió en guiarme por un
sendero oscuro y tortuoso que pasaba por entre la selva y campos de trigo
inundados. Por fin llegamos, porque si bien el kraal estaba a sólo un kilómetro,
el sendero tenía fácilmente tres, y sentí una verdadera alegría cuando
vadeamos el último arroyuelo y nos encontramos en la puerta.
En respuesta a las preguntas de rúbrica, hechas en
medio de un coro de perros que no cesaban de ladrar, fui informado que Tshoza
no vivía allí sino en otro lugar; que era demasiado viejo para ver a nadie; que
se había acostado y no podía ser molestado; que se había muerto y había sido
enterrado la semana anterior, y así sucesivamente.
—Escucha, amigo mío —dije al individuo que me decía
todas estas mentiras —, ve a Tshoza en su tumba y dile que si no viene vivo en
seguida, Macumazahn tratará a su ganado como en una ocasión trató al de Bangu.
Impresionado por lo raro de este mensaje, el hombre
se fue y un momento después, a la luz tenue de la luna velada por la lluvia,
percibí a un anciano que corría hacia mí; porque Tshoza, que era bastante viejo
al empezar esta historia, lo era más ahora por una herida grave que recibió en
la batalla del Tugela y por otros muchos disgustos.
—Macumazahn —dijo—, ¿eres tú realmente? Sí, había
oído que habías muerto hace tiempo; sí, y sacrifiqué un buey por el bien de tu
Espíritu.
—Y lo comiste después, con seguridad — repliqué.
—Oh, tienes que ser tú — continuó — que no puedes
ser engañado, porque es cierto que comimos ese buey, combinando el sacrificio
a tu Espíritu con un festín; porque ¿para qué se ha de desperdiciar nada cuando
uno es pobre? Sí, sí, tienes que ser tú, pues ¿quién otro se acercaría a un
kraal de noche, salvo El que Vigila de Noche? Entra, Macumazahn, y sé bien
venido.
Entré y disfruté de una buena comida mientras
hablábamos de tiempos pasados.
—Y ahora, ¿dónde está Saduko? —pregunté de repente,
mientras encendía mi pipa.
—¿Saduko? — contestó, cambiando de expresión su
rostro mientras hablaba—. Oh, naturalmente está aquí. Sabes que salí con él de
Zululandia. ¿Por qué? Bueno, para decirte la verdad, porque después del papel
que hicimos — en contra de mi voluntad, Macumazahn — en la batalla
de Endondakusuka, me pareció que era más seguro alejarme del país en donde
aquellos que han usado el kaross con el forro para afuera encuentran pocos
amigos.
—Así es —dije—. ¿Pero qué es de Saduko?
—Oh, ¿no te lo he dicho? Está en la choza vecina,
¡muriéndose!
—¡Muriéndose! ¿De qué, Tshoza?
—No lo sé — contestó con aire misterioso —, pero
creo que debe de estar embrujado. Durante mucho tiempo, un año más o menos,
apenas ha comido y no puede estar solo en la oscuridad; en realidad, desde que
salió de Zululandia ha estado muy raro y sombrío.
Recordé entonces lo que Zikali me había dicho años
antes, de que Saduko estaba viviendo con un fantasma que terminaría por
matarlo.
—¿Piensa mucho en Umbelazi, Tshoza? — le pregunté.
—Oh, Macumazahn, no piensa en otra cosa; el
espíritu de Umbelazi está en él día y noche.
—¿Es cierto eso? ¿Podría verlo?
—No lo sé, Macumazahn. Iré a preguntárselo a la
princesa Nandie ahora mismo, porque si puedes, no creo que haya tiempo que
perder.— Y salió de la choza.
Diez minutos después volvió con una mujer, la
propia Nandie la Dulce, la misma Nandie tranquila y digna que conocía, sólo que
ahora parecía un poco gastada por los disgustos y algo mayor que su edad.
—Salud, Macumazahn —dijo—. Me alegro de verte, aunque
sea raro, muy raro, que hayas llegado aquí justo en este momento. Saduko nos
deja... en un viaje muy largo.
Le contesté que había oído eso con dolor, y pensaba
si quería verme.
—Sí, mucho, Macumazahn; sólo que prepárate a encontrarlo
muy diferente del Saduko que conocías.
Fuimos entonces a la vivienda de Tshoza, y luego a
través de un patio a otra gran choza en la que entramos. Estaba iluminada por
una buena lámpara de fabricación europea; además, en el hogar ardía una viva
fogata. A un lado de la choza yacía un hombre sobre varias
mantas, vigilado por una mujer. Tenía los ojos tapados con la mano
y gemía:
—¡Echadlo! ¡Echadlo! ¿No puede dejarme
morir en paz?
—¿Quisieras echar a tu viejo amigo Macumazahn,
Saduko? —preguntó Nandie con voz suave—. ¿Macumazahn, que ha venido desde lejos
a visitarte?
Se sentó y al descubrirse vi que no era más que un
esqueleto viviente. Oh,¡qué distinto de aquel jefe esbelto y bien parecido que
yo había conocido! Además, le temblaban los labios y en sus ojos se pintaba el
terror.
—¿Eres tú realmente, Macumazahn? — me dijo con voz
débil—. Ven y quédate junto a mí, para que el no pueda interponerse
entre nosotros— y tendió su mano huesuda.
Yo tome su mano, estaba helada.
—Si, si, soy yo Saduko, dije con voz alegre, y no
hay ningún hombre que se pueda interponer entre nosotros; solamente estamos en
la choza Nandie tu esposa y yo. La mujer que te cuidaba se ha ido.
—Oh, no, Macumazahn, hay en la choza otro a quien
no puedes ver. Allí está —y señaló al hogar—. ¡Mira! ¡Tiene la azagaya
atravesada y la pluma está en el suelo!
—¿Quién, Saduko?
—¿Quién? ¿Quién sino el príncipe Umbelazi, a quien
traicioné por Mameena?
—¿Por qué dices tonterías, Saduko? Hace años vi
morir a Indhlovu-ene-Sihlonti.
—¡Morir, Macumazahn! Nosotros no morimos; sólo
muere nuestra carne. Sí, sí, he aprendido eso desde que nos separamos. ¿No
recuerdas sus últimas palabras? "Te perseguiré mientras vivas y cuando
dejes de vivir, ¡ah!, entonces nos volveremos a encontrar". Oh, desde esa
hora me ha perseguido, Macumazahn..., él y los otros; y ahora, ahora estamos
a punto de encontrarnos como prometió.
Y una vez más se tapó los ojos y gimió.
—Está loco —susurré a Nandie.
—Tal vez. ¿Quién sabe? — contestó ella, sacudiendo
la cabeza. Saduko descubrió sus
ojos.
—Haz que dé más luz "la-cosa-que-arde"
—dijo — porque no lo veo tan claramente cuando brilla. Oh, Macumazahn, te está
mirando y hablando bajo. ¿A quién habla? ¡Ah, sí! A Mameena, que también te
mira y sonríe. Están hablando. Guarda silencio. Tengo que escuchar.
Empecé a desear estar fuera de esa choza, porque
realmente me sentía incómodo. Llegué a sugerirlo, pero Nandie no me lo
permitió.
—Quédate conmigo hasta el fin —murmuró. Así que
tuve que quedarme, pensando en qué oiría Saduko que susurraba Umbelazi a
Mameena, y a cuál de mis lados la veía de pie.
Empezó a delirar.
—Fue una hábil trampa la que tendiste a Bangu, Macumazahn,
pero no quisiste aceptar tu parte del ganado, así que la sangre de los amakoba
no ha caído sobre tu cabeza. Ah, ¡qué lucha fue la de los amawombe en
Endondakusuka! Tú estabas con ellos, ¿recuerdas, Macumazahn?, ¿y por qué no
estaba yo a tu lado? Ah, entonces hubiésemos barrido a los Usutu lo
mismo que el viento barre las cenizas. ¿Por qué no estaba yo a tu lado para
compartir la gloria? Recuerdo ahora..., por causa de la Hija de la Tempestad.
Me traicionó con Umbelazi, y yo traicioné a Umbelazi por ella; y ahora él,
cuya grandeza reduje a polvo, me persigue; y el lobo Usutu, Cetewayo,
se acurruca y engorda con su comida. Y..., y, Macumazahn, todo ha sido en
vano, porque Mameena me odia. Sí, puedo leerlo en sus ojos. Me odia y se burla
de mí más en la muerte que en vida, y dice que... que no fue todo culpa
suya..., porque ama..., porque ama...
Se dibujó una expresión de asombro en su rostro, su
pobre rostro atormentado; luego repentinamente Saduko abrió los brazos y
sollozó con una voz cada vez más débil:
—¡Todo..., todo en vano! ¡Oh! Mameena, Ma..
.mee... na, Ma.. .meenal — Y cayó
sin vida.
—Saduko se ha ido —dijo Nandie, cubriendo su rostro
con una manta —. Pero me gustaría saber — añadió con una sonrisa algo histérica
— oh, cómo me gustaría saber a quién le dijo el espíritu de Mameena que amaba
ella... Mameena, que nació sin corazón. ..
No contesté porque en ese momento oí un sonido muy
curioso que parecía venir de algún punto encima de la choza. ¿Qué me recordaba?
Ah, sí... Era igual al sonido de la horrible risa de Zikali, El Iniciador de
Caminos... Zikali, "La-cosa-que-nunca-debió-de-haber-nacido".
Pero indudablemente era sólo el grito de algún
pájaro nocturno arrastrado por la tormenta. O tal vez era la risa de una
hiena..., una hiena que olfateaba la muerte.
FIN

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