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Libro N° 13966. Mameena. "Hija De La Tempestad". Haggard, H. Rider.

 


© Libro N° 13966. Mameena. "Hija De La Tempestad". Haggard, H. Rider.  Emancipación. Junio 21 de 2025

  

Título Original: © Mameena. "Hija De La Tempestad". H. Rider Haggard

 

Versión Original: © Mameena. "Hija De La Tempestad". H. Rider Haggard

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.com/book/mameena-hija-de-la-tempestad/

 

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Portada E.O. de Imagen:

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

      

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MAMEENA

"Hija De La Tempestad"

H. Rider Haggard

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mameena

"Hija De La Tempestad"

H. Rider Haggard

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                                                                            


MAMEENA

H. Rider Haggard

UNA nueva expresión, de su fecundidad li­teraria nos brinda en MAMEENA Rider Haggard. "Hija de la Tempestad" es su título primigenio, y en verdad no pudo ser más justo. Como la tempestad, que todo lo abate a su paso, sembrando la desolación y la muerte, Mameena fija su existencia en el vasto reino de Zululand, y como una nueva versión de Elena de Troya, su belleza trastorna mentes, origina conflictos políticos y termina por destruir todo el imperio Zulú en una guerra exhaustiva entre dos hermanos que se disputan el trono y su amor. Campea en toda la obra la galanura característica de la pluma de Rider Haggard, brindándonos, al par que un grato placer literario, la posibilidad de ampliar nuestros conocimientos con el relato de las costumbres y organiza­ción política de ese gran estado que osó desafiar al imperio británico. Y como en todas las obras de este talentoso escritor inglés, al llegar al final de la lectura nos hallamos con la eterna y siempre fresca moraleja del triun­fo del bien sobre el mal.

 

 

 

 

 

Mameena

"HIJA DE LA TEMPESTAD"

 

("CHILD  OF STORM")

 

POR

H. RIDER HAGGARD

 Traducción de

Atanasio Sánchez

  

 

Editorial ACMÉ S.A.C.I.

Maipú 92  - Buenos Aires

 

 

 

 

 

 

Segunda  edición:   Julio  1955

Copyright by

Editorial  Acmé  S.  A.   C.  I.

Queda hecho el depósito que previene la Ley N9 11723.

Es propiedad, en lo que se re­fiere

a la presente traduc­ción, la disposición

especial y presentación de conjunto

de esta edición, en sus caracterís­ticas

tipográficas y  artísticas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

IMPRESO  EN  LA  ARGENTINA

Acabado de imprimir el 30 de julio de 1955, en los

Talleres   Gráficos   de  la   Compañía   General   Fabril

Financiera S. A., Marte 2035, Buenos Aires

 

 

 

 

 

 

 

 

D E D I C A T O R I A

 

Estimado señor Stuart:

 

Creo estar en lo cierto al decir que durante veinte años usted, como secretario ayudante de Asuntos Indígenas, y en otros cargos, conoció íntimamente al pueblo zulú. Además, usted es uno de los pocos hombres aún con vida que ha realizado un estudio profundo y científico de su idioma, sus costumbres y su historia. Por ello confieso que experimenté una satisfacción tanto mayor cuando des­pués de haber tenido la amabilidad de leer este relato —el segundo libro de la epopeya de la venganza de Zikali, "La-cosa-que-nunca debió-de-haber-nacido”, y de la caída de la Casa de Senzangakona— me escribió diciéndome que sentíase animado por el verdadero espí­ritu zulú.

Debo de admitir que mi conocimiento de este pueblo data de un período que concluyó casi antes de su tiempo. Lo que sé de ellos lo aprendí en el tiempo en que Cetewayo, de quien habla mi libro, estaba en su gloria, antes de la hora funesta en que se vio arrastra­do por el clamor de sus regimientos, apartados de la anexión del Transvaal de su profesión hereditaria de la guerra, a desafiar el poderío británico. Fue el resultado de mis observaciones personales hacia el setenta y de lo escuchado de los labios del gran Shepstone, mi jefe y amigo, y de mis colegas Osborn, Fynney, Clarke y otros, todos ellos desaparecidos hace tiempo.

Tal vez es mejor que sea así, por lo menos en el caso de quien quiere escribir de los zulúes como una nación soberana, cosa que han dejado de ser, y que desea mostrarlos como fueron, con toda su locura supersticiosa y su grandeza tinta en sangre.

Y sin embargo tuvieron sus virtudes además de sus vicios. Servir a su país con las armas, morir por él y por el rey; tal era su ideal primitivo. Si bien eran feroces, eran leales, y no temían las heridas ni la muerte; si bien escuchaban los sombríos consejos de los bru­jos, la clarinada del deber sonaba con mayor fuerza en sus oídos; si bien, cantando su terrible "Ingoma", al ordenarlo el rey marcha­ban a matar sin cuartel, por lo menos no eran mezquinos ni vul­gares. La mezquindad y la vulgaridad están lejos de aquellos que continuamente deben hacer frente a las grandes cuestiones finales de la vida y la muerte. Esas cualidades son comunes en los lugares seguros y densamente poblados de los hombres civilizados, y no en los kraales de los salvajes bantús, en donde, al menos en tiempos pasados,  hubiesen sido buscadas en vano.

Ahora todo ha cambiado, o así lo he oído, e indudablemente en general   es   mejor.   A   pesar   de   ello,   podemos   imaginarnos   cuáles serán  los pensamientos  que cruzan  la  mente  de  algún  viejo gue­rrero  del tiempo  de  Chaka o Dingaan,  mientras toma el sol acu­rrucado en el lugar,  por ejemplo,  donde en un  tiempo se alzó el kraal real, Duguza, y observa a hombres y mujeres de sangre zulú que vuelven a sus hogares de las ciudades o las minas,  atontados algunos de ellos con el licor del hombre blanco adquirido de contrabando,   grotescos  con  las  ropas de  desecho  del  hombre  blanco, escondiendo   tal   vez   en   sus  mantas  ejemplares  de   las   fotografías de  gusto   dudoso   del   hombre  blanco;  para   luego   cerrar  sus   ojos hundidos y recordar los regimientos con sus penachos de plumas que hacían   retemblar   ese   mismo   terreno,   al   lanzarse   con   un   trueno de aclamaciones, fila tras fila, compañía tras compañía, a la batalla. Pues  bien,   como   la  última  frase   no   me   atrae,   he   tratado   de escribir de aquella época anterior — la época de los "Impis" y de los hechiceros  y  de  los  príncipes  rivales  de  la  casa  real —  como  me alegro de saberlo por usted, no del todo en vano. Por tanto, ya que usted,   un   experto   tan   calificado,   aprueba   mi   labor   en   el  poco hollado campo  de  la  historia zulú,   le ruego me permita imprimir su nombre en esta página y me suscribo.

 

Su agradecido y sincero,

         

H. RideR Haggar.

 

Dítchingham,   12  de  octubre de   l9l2.

James  Stuart, Esq.

Ex secretario ayudante de Asuntos Indígenas, Natal.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

N OT A    D E L    A U T O R

 

La historia que relata Allan Quatermain de la malvada y fas­cinadora Mameena, una especie de Elena de Troya zulú, es nece­sario declarar que tiene una amplia base histórica. Dejando a un lado a Mameena y sus artimañas, el relato de la lucha entre los príncipes Cetewayo y Umbelazi por la sucesión del trono de Zululandia es real.

Cuando las desaveniencias entre ambos se volvieron intolerables a causa de los disturbios que se originaban en el país, el rey Panda, su padre, el hijo de Senzangakona y hermano del gran Chaka y de Digaan, que reinaron antes que  él, dijo que  "cuando se disputan dos toros jóvenes lo mejor es que peleen". Así por lo menos me lo dijo el extinto V. B. Fynney, mi colega en la época de la anexión del Transvaal en 1877, quien, como Agente de la Frontera Zulú, tal vez, con excepción de sir Theophilus Shepstone y sir Melmoth Osborn, supiera más de esa tierra y su pueblo que cualquiera otra persona de su período.

Como resultado de esa indicación de un rey enfurecido, se libró la gran batalla del Tugela en Endondakusuka, en diciembre de 1856, entre el partido "Usutu", mandado por Cetewayo, y los par­tidarios de Umbelazi el Hermoso, su hermano, que era conocido entre los zulúes como "Indhlovu-ene-Sihlonti"', o "Elefante-con-él-mechón-de-pelo", por un pequeño rizo que le crecía en la espalda.

Mi amigo, sir Melmoth Osborn, que murió aproximadamente en él año 1897, estuvo presente en esa batalla, aunque no como com­batiente. Recuerdo bien su relato emocionante, hecho hace más de treinta años, de los acontecimientos de aquel día horrible.

En las primeras horas de la mañana, o durante la noche anterior, no recuerdo bien cuál de las dos cosas, cruzó a nado con su caballo el Tugela y se ocultó con él en una colina cubierta de malezas, cubriendo los ojos del animal con su chaqueta para que no lo descubriese. La suerte quiso que la gran lucha de la jornada, la del regimiento de veteranos que, según sir Melmoth me informó, Panda había enviado a última hora en ayuda de Umbelazi, su hijo favorito, tuvo lugar casi al pie de aquélla colina. Allan Quatermain en su relato llama a este regimiento los Amawombe, pero recuerdo que él nombre dado por sir Melmoth Osborn era "Los Grises" o "Upunga".

Pero cualquiera que haya sido su nombre exacto, realizaron una gran proeza. Por lo menos, él me dijo que cuando él "impi" o ejercito de Umbelazi empezó a ceder ante él ataque de los "Usutu", esos "Grises'' en número de más de 3.000 avanzaron alineados en tres filas y fueron cargados por uno de los regimientos de Cetewayo.

Las fuerzas adversarias se encontraron, y, según sir Melmoth, el ruido de sus escudos al chocar se asemejó al retemblar del trueno. En seguida, mientras él observaba, los veteranos "Grises" pasaron sobre el regimiento contrario "como una ola pasa sobre una roca" —ésas fueron sus palabras exactas— y, dejando una tercera parte de sus hombres muertos o heridos entre los cadáveres del enemigo aniquilado, siguieron la carga haciendo frente a un segundo regi­miento enviado contra ellos por Cetewayo. Contra éste se repitió la lucha, pero nuevamente triunfaron los "Grises". Sólo que ahora no quedaban más que quinientos o seiscientos de ellos de pie.

Esos sobrevivientes corrieron hasta un montículo, alrededor del cual formaron un círculo, y allí durante un rato resistieron él ata­que de un tercer regimiento, hasta que finalmente perecieron casi hasta el último, sepultados bajo montones de sus atacantes, los “Usutu”, muertos. ¡Ciertamente tuvieron así un noble fin luchando en tremenda desventaja!

En cuanto al número de los caídos en esta batalla de Endondakusuka, Fynney, en un folleto que escribió, dice que murieron seis de los hermanos de Umbelazi, "mientras que se calcula que fueron muertos más de 100.000 hombres, mujeres y niños", cifra altísima y realmente imposible.

Ese personaje curioso llamado John Dunn, un inglés que se convirtió en jefe zulú, y que participó en la batalla, como lo narra Quatermain, calcula en cambio un número mucho menor. Nunca se sabrá el total verdadero, pero sir Melmoth Osborn me contó que al volver a nado con su caballo esa noche a través del Tugela, el río estaba negro de cadáveres; y sir Theophilus Shepstone también me dijo que cuando visitó el lugar uno o dos días después, las márgenes del río estaban cubiertas de ellos, hombres y mujeres.

De labios de Fynney oí la historia de la ejecución, por Cetewayo, del hombre que se presentó ante él con los ornamentos de Umbelazi, anunciando que había dado muerte al príncipe con su propia mano. Claro que este relato, como señala Quatermain, tiene una notable semejanza con el registrado en el Viejo Testamento al narrar la muerte del rey Saúl.

Esto no quiere decir en forma alguna que por ello sea apócrifo; es más, Fynney me aseguró que era completamente cierto, aunque si me dio algún fundamento de ese aserto, lo he olvidado después de un lapso de más de treinta años

Las circunstancias exactas de la muerte de Umbelazi no son conocidas, pero el rumor general es que murió, no bajo las azagayas de los "Usutu", sino de dolor. Otra información dice que pereció ahogado. Su cadáver nunca fue encontrado, y es probable que se hundiera en el Tugela, como se sugiere en las páginas que siguen. Sólo me resta añadir que está en un todo de acuerdo con las creen­cias zulúes que un hombre sea perseguido por el espíritu del hombre a quien ha asesinado o traicionado, o, para ser más preciso, que el espíritu ("umoya") entre en el asesino y le haga perder la razón. O, en tal caso, que el espíritu pueda acarrear desgracias sobre él, su familia o su tribu.

 

H. Rider HaGgard.

 

 

 

 

 

Capítulo 1

 

Allan Quatermain  oye hablar de Mameena

 

Nosotros los blancos creemos que lo sabemos todo. Por ejemplo, creemos que entendemos la naturaleza humana. Y en efecto lo hacemos, tal como se nos aparece la naturaleza humana, con todos sus ornamentos y accesorios vistos vagamente a través del cristal de nuestras convenciones, dejando a un lado aquellos aspectos de ella que hemos olvidado o que no creemos de buena educación mencionar. Pero yo, Allan Quatermain, al reflexionar sobre estas cuestiones a mi modo ignorante y sin instrucción, siempre he sostenido que nadie entiende realmente la naturaleza humana a me­nos que la haya estudiado al desnudo. Pues bien, ése es el aspecto de ella que mejor conozco.

Durante la mayor parte de los años de mi vida he mani­pulado la materia prima, el mineral virgen, no el ornamento terminado que resulta al fundirlo (si es que está ter­minado aún, cosa de la que dudo mucho). Supongo que podrá llegar un momento en que las generaciones perfec­cionadas —si la Civilización, tal como la comprendemos, tiene realmente un futuro y si alguna de ellas llegará a tener su hora en el Mundo — nos mirarán como a criaturas primitivas, semidesarrolladas, cuyo único mérito residió en haber transmitido la llama de la vida.

Tal vez sea así, porque todo se hace por comparación; y en un extremo de la escala está el hombre-mono, y en el otro, como esperamos, el ángel. No, el ángel no; pertenece a. una esfera diferente, pero sí esa expresión definitiva de la humanidad sobre la cual no haré conjeturas. Mientras el hombre es hombre —es decir, antes de sufrir el cambio mágico de la muerte que lo transforma en espíritu si tal es su destino—, bueno, continuará siendo hombre. Quiero decir que lo dominarán las mismas pasiones; tendrá las mismas ambiciones; conocerá las mismas alegrías y será oprimido por los mismos temores, ya viva en una choza cafre o en un palacio de oro; ya camine con sus dos pies o, como puede suceder un día, vuele por el aire. Esto es cierto: que en su envoltura carnal nunca podrá escapar de la atmósfera y mientras la respire, en general con algunas variantes impuestas por el clima, las leyes locales y la reli­gión, continuará haciendo mucho de lo que hicieron sus antepasados por tiempo inmemorial.

Por ese motivo he hallado siempre tan interesante al sal­vaje, porque en él, expresados con desnudez y energía, vemos aquellos principios eternos que rigen el destino hu­mano.

Para ahondar esas generalidades, es también por lo que yo, que odio escribir, he creído que valía la pena, a costa de cierto esfuerzo personal, de ocupar mis ocios en lo que para mí es una tierra extraña —porque aunque nací en Inglaterra, no es mi tierra—, relatando varias experiencias de mi vida que, en mi opinión, interpretan esta naturaleza universal nuestra. Supongo que nadie las leerá; y sin em­bargo, tal vez valga la pena consignarlas,  ¿y quién sabe? En días futuros pueden caer en manos de otros y resultar valiosas.  Por  lo  menos,  son  historias  ciertas  de  pueblos interesantes  que,  si. llegaran a sobrevivir la competencia salvaje de las naciones, están destinados a experimentar gran­des cambios. Por eso hablo de ellos antes de que cambien. Ahora bien, aunque no siga un orden estrictamente cro­nológico, la primera de esas historias que deseo consignar es en su mayor parte la de una mujer sumamente hermosa — con excepción de una cierta Nada, llamada "el Lirio", de quien espero hablar algún día—, creo que la más hermosa que jamás viviera entre los zulúes. Al mismo tiempo fue, a mi juicio, la más capaz, la más malvada y la más ambi­ciosa. Su nombre atractivo — porque era sumamente atracti­vo como lo pronunciaban los zulúes, especialmente aquellos que estaban enamorados de ella— era Mameena, hija de Umbezi. Su otro nombre era "Hija de la Tempestad"  (Ingane-ye-Sipepo, o más corto, O-we-Zulu), pero la palabra "Ma-mee-na" tuvo su origen en el sonido del viento que gemía alrededor de la choza cuando ella nació.

Desde que me establecí en Inglaterra he leído —desde luego en una traducción — la historia de Elena de Troya, tal como la ha relatado Homero. Pues bien, Mameena me recuerda mucho a Elena, o mejor dicho, Elena me recuerda a Mameena. Por lo menos, entre ellas había esto de común, aunque una fuese negra, o más bien cobriza, y la otra blan­ca: que las dos fueron hermosas; además, ambas fueron infieles, y causaron la muerte de centenares de hombres. Ahí posiblemente concluya la semejanza, ya que Mameena era mucho más ardiente y enérgica que Elena, pues ésta, a menos que Homero no le haga justicia, en el fondo de­bió de ser muy poca cosa. Elena fue la Belleza, que aque­llos viejos bribones de dioses griegos usaban como cebo en las trampas que tendían para hacer perder la vida y el honor a los hombres; por lo menos así la veo yo, que he carecido de la ventaja de una educación clásica. En cambio, Mameena. a pesar de ser supersticiosa —debilidad común en los grandes espíritus — y no reconocer dios alguno en particular, tal como nosotros los entendemos, tendía sus propias trampas, con éxito variable, pero con un objeto perfectamente definido: el de convertirse en la primera mujer del mundo que ella conocía: el mundo tempestuoso y tinto en sangre de los zulúes.

Pero el lector juzgará por sí mismo, si alguno llega a po­ner por casualidad los ojos en esta historia.

Conocí a Mameena por primera vez en el año 1854, y mis relaciones con ella continuaron en forma intermitente has­ta 1856, en que terminaron en una forma que será relatada después de la horrorosa batalla del Tugela, en la que Umbelazi, hijo de Panda y hermano de Cetewayo —quien, para su desgracia, también conoció a Mameena —, perdió la vida.

Yo era todavía un hombre más bien joven en esos díasaunque ya había dado sepultura a mi segunda mujer, des­pués de un matrimonio breve pero feliz.

Después de dejar a mi hijo a cargo de unas buenas gentes en Durban, marché a Zululandia, país que había llegado a conocer bien en mi juventud, para continuar allí mi vida aventurera de traficante y cazador.

El comercio nunca me atrajo, como puede suponerse por el poco provecho que saqué de él, ya que el arte de traficar realmente me repugnaba. Pero la caza fue siempre mi gran pasión, no porque fuese aficionado a matar animales, pues cualquier hombre normal no tarda en cansarse de la carni­cería. No, era la excitación del deporte, que antes de que aparecieran las armas que se cargan por la recámara era bastante fuerte, puedo asegurarlo; la existencia solitaria en lugares salvajes, por lo general con el sol y las estrellas como únicos compañeros; las continuas aventuras; las tribus extrañas con las que trabé conocimiento; en una palabra, el cambio, el peligro, la esperanza siempre renovada de en­contrar algo grande y nuevo, que me atraía y sigue atrayéndome, aun ahora en que he hallado lo grande y lo nuevo. Bueno, no debo de seguir escribiendo así o termi­naré tirando la pluma y sacando un pasaje para Áfricay de paso sin duda para el otro mundo..., ¡ese mundo de lo grande y lo nuevo!

Creo que fue en el mes de mayo del año 1854 cuando fui a cazar en territorio quebrado entre los ríos Umvolosi Blanco y Negro, con permiso de Panda, a quien los bóers habían hecho rey de Zululandia después de la derrota y muerte de Dingaan, su hermano. En el distrito había mucha fiebre y por esa razón entré en él en los meses de invierno. La maleza era tan espesa que, dada la falta total de cami­nos, creí prudente no llevar mis carretas, y como los caballos no podían vivir en aquel veld, marché a pie. Mis com­pañeros principales eran un cafre de sangre mezclada llamado Sikauli, pero al que por lo común decían Scowl; el zulú Saduko, y un jefe de sangre Undwandwe llamado Umbezi, en cuyo kraal situado en la meseta a unos cincuenta kilómetros de distancia había dejado mi carreta y algunos de mis hombres para guardar mis mercaderías y algún marfil que había comprado.

Este Umbezi era un hombre grueso de aire alegre, de unos sesenta años de edad y, cosa rara entre esa gente, afi­cionado a la caza en su aspecto deportivo. Como sabia sus gustos y también que conocía el terreno y sabía buscar caza, le había prometido un fusil si me acompañaba tra­yendo algunos cazadores. Se trataba de un fusil particular­mente malo, usado hasta la saciedad y que tenía la des­agradable costumbre de dispararse a medio amartillar; pero aun después de haberlo visto y de haberle explicado hones­tamente sus fallas, se apresuró a aceptarlo.

—Oh, Macumazana (ése es mi nombre indígena, habitualmente abreviado a Macumazahn, que significa "Uno que se destaca", o como lo interpretan muchos, no se cómo, "El que vigila de noche"), un fusil que se dispara a veces cuando uno no lo espera es mucho mejor que no tener fusil alguno, y tú eres un jefe de gran corazón al prometérmelo, porque cuando posea el arma del hombre blanco seré admi­rado y temido por todos entre los dos ríos.

Mientras decía esto había empuñado el fusil, que estaba cargado, y al observarlo me coloqué detrás de él. No tardó en dispararse y su retroceso lo tumbó de espaldas — porque ese fusil tenía la patada de una mula —, mientras la bala arrancaba la punta de la oreja de una de sus mujeres. Esta huyó chillando, dejando en el suelo un trocito de su oreja.

—¿Qué importa? — dijo Umbezi, mientras se incorporaba, frotándose el hombro con aire confuso—. ¡Ojalá que el es­píritu maligno del fusil le hubiese cortado la lengua y no la oreja! La Vieja Vaca Gastada tiene la culpa; siempre mete las narices en todo como un mono. Ahora tendrá algo de que hablar y dejará mis cosas en paz por un tiempo. Doy gracias a mi Espíritu Ancestral de que no haya sido Mameena, porque entonces hubiera quedado desfigurada.

—¿Quién es Mameena? —pregunté—. ¿Tu última mujer?

—No, no, Macumazahn; ojalá lo fuese, porque entonces tendría la mujer más hermosa del país. Es mi hija, aunque no de la Vieja Vaca Gastada; su madre murió al nacer ella, en la noche de la Gran Tempestad. Debes preguntar a Saduko aquí quién es Mameena — añadió con una amplia son­risa, levantando la mirada del fusil que examinaba con grandes precauciones, como temiendo se disparara nuevamente, y señalando a alguien que estaba detrás de él.

Me volví y por primera vez vi a Saduko, en quien reco­nocí al instante una persona fuera del tipo común de los indígenas. Era un joven alto y proporcionado, que, a pesar de tener el pecho marcado con cicatrices de heridas de azagaya, lo que demostraba que era un guerrero, no había alcanzado aún el honor del "anillo" hecho con cera colocada sobre tiras de junco unidas con nervios y cosidas al cabello, el isicoco que se permite usar a los zulúes que llegan a cierta edad y dignidad, determinadas por el rey. Pero su rostro me llamó la atención más aún que su gracia, fuerza o estatura. Sin duda era un rostro interesante, con poco o nada de negroide; en realidad podía haber sido un árabe más bien oscuro, y probablemente descendía de esa raza. Tenía tam­bién ojos grandes y más bien melancólicos, y en su porte reservado y digno había algo que mostraba no era un indi­viduo cualquiera, sino una persona bien nacida e inteligente.

Siyakubona, anglice (es decir "te vemos, buenos días"), Saduko — dije mirándolo con curiosidad —. Dime, ¿quién es Mameena?

Inkoosi — contestó con voz profunda, alzando su mano delicadamente formada como saludo, una cortesía que me agrado —. Inkoosi, ¿no te ha dicho su padre que es su hija?

—Sí — contestó el viejo Umbezi —, pero lo que su padre no ha dicho es que Saduko es su amante, o mejor dicho, que quisiera serlo. ¡Wow! Saduko — continuó, sacudiendo en su dirección su grueso índice —, ¿estás loco para creer que una muchacha así es para ti? Dame cien cabezas de ganado, ni una menos, y empezaré a pensarlo. Pero no tie­nes ni diez, y Mameena es mi hija mayor y debe casarse con un hombre rico.

—Ella me ama, oh Umbezi — contestó Saduko, con la mirada baja —, y eso vale más que el ganado.

—Para ti, tal vez, Saduko, pero no para mí, que soy viejo y necesito vacas. Además — agregó, mirando con aire malicioso —, ¿estás tan seguro de que Mameena te ama, a pesar de que seas un hombre tan cabal? Ahora bien, yo hubiese pensado que, digan lo que digan sus ojos, su cora­zón no quiere a nadie más que a ella misma, y que a la larga seguirá a su corazón y no a sus ojos. Mameena la her­mosa no busca ser la mujer de un hombre pobre y hacer toda la labranza. Pero tráeme las cien cabezas y veremos, porque hablando con mi corazón, si fueses un gran jefe, no habría nadie a quien preferiría como yerno, a menos que fuese Macumazahn — dijo, dándome un golpecito con el codo —, que levantaría a mi casa en sus blancas espaldas.

Al oír esto, Saduko se agitó inquieto; me dio la impresión de que comprendía que Umbezi decía la verdad al juzgar el carácter de su hija. Pero sólo dijo:

—El ganado puede ser adquirido.

—O robado — sugirió Umbezi.

—O tomado en la guerra — corrigió Saduko —. Cuando tenga cien cabezas te reclamaré tu palabra.

—¿Y entonces de qué vivirás, estúpido, si me das todos tus animales? Vamos, deja de decir tonterías. Antes de que tengas cien cabezas de ganado, Mameena tendrá seis hijos que no te llamarán padre. ¿Ah, no te gusta eso? ¿Te vas?

—Sí, me voy — contestó, relampagueándole la mirada —, pero si eso sucede, que el hombre a quien llamen padre se cuide de Saduko.

—Ten cuidado con lo que dices, joven — dijo Umbezi con voz grave —. ¿Quieres seguir el camino de tu padre? Espe­ro que no, porque me eres simpático; pero esas palabras suelen recordarse.

Saduko se marchó como si no hubiese oído.

—¿Quién es?

—Uno de gran cuna — contestó Umbezi —. Podría ser un jefe hoy si su padre no hubiera sido un conspirador y un brujo. Dingaan lo descubrió — e hizo con la mano un movi­miento de costado que entre los zulúes significa mucho—. Sí,  fueron  muertos  casi  todos;   el jefe,  sus  mujeres,  sus hijos y sus cabecillas; todos ellos con excepción de Tshoza, su hermano, y su hijo Saduko, a quien Zikali el enano, el Descubridor-de-malhechores, el Anciano, que era viejo an­tes de que Senzangakona fuese padre de reyes, lo ocultó. Bueno, es una historia terrible —y se estremeció—. Ven, Hombre Blanco, y cura a esa Vieja Vaca mía,  o no me dejará en paz durante meses.

Así que fui a ver a la Vieja Vaca Gastada, no porque tuviera  ningún  interés  particular  en  ella,  pues,   a  decir verdad,  era una persona desagradable y vieja,  la esposa desechada de algún jefe con la que el astuto Umbezi se   había casado tiempo atrás por interés, sino porque esperaba   oír hablar más de Mameena, que me había interesado.         

Al entrar en una choza de grandes dimensiones, encontré a la dama tan poco amablemente llamada "Vieja Vaca" en un estado lamentable; echada en el suelo, un objeto des­agradable a causa de la sangre que había perdido por su herida, rodeada por un montón de mujeres y niños. A inter­valos regulares anunciaba que estaba muriéndose y emitía un alarido horroroso, que era coreado por sus acompañantes; en una palabra, el lugar era un perfecto infierno. Después de pedir a Umbezi que hiciera salir a todo el mundo de la choza, dije que iba a buscar mis medicinas. Entretanto, ordené a mi sirviente, Scowl, un individuo con aire de buen humor, de color amarillento claro, porque tenía mucha sangre hotentote, que limpiase la herida. Cuando volví de mi carreta diez minutos más tarde, los alaridos eran más terribles que antes, aunque el coro estuviese ahora fuera de la choza. Y no era de sorprender, porque al entrar en la choza vi a Scowl recortando la oreja de la "Vieja Vaca" con unas tijeras de uñas sin filo.

—Oh, Macumazahn — dijo Umbezi con un ronco susurro —, ¿no sería tal vez mejor dejarla sola? Si se desangrara, por lo menos dejaría de meter tanto ruido.

—¿Eres hombre o hiena? — contesté con tono severo, y empecé la cura, mientras Scowl sostenía la cabeza de la pobre mujer entre sus rodillas.

Finalmente terminó la operación, en la que me limité a aplicar con una pluma una fuerte solución de cáustico.

—Bueno, Madre — dije, porque habíamos quedados solos en la choza, de la que huyera Scowl con una fuerte mor­dedura en la pantorrilla —, ya no te morirás.

—No, inmundo Hombre Blanco — dijo entre sollozos —. No moriré, ¿pero qué será de mi belleza?

—Será mayor que nunca; ninguna otra tendrá una oreja con una curva como ésta. Pero, hablando de belleza, ¿dónde está Mameena?

—No sé dónde está —replicó enfurecida—, pero sé muy bien dónde estaría si yo pudiera hacer lo que quiero. Esa muchacha del diablo —y aquí añadió ciertos epítetos des­criptivos que prefiero no repetir — ha sido la causa de esta desgracia mía. Ayer tuvimos una ligera disputa, Hombre Blanco, y como es una bruja me profetizó un mal. Sí, cuando accidentalmente le arañé la oreja, me dijo que antes de mucho me ardería la mía, y ciertamente me está quemando. (Esto sin duda alguna era cierto, pues el cáustico había empezado a morder.)

—-Ah, Hombre Blanco endemoniado — continuó —, me has embrujado; me has llenado de fuego la cabeza. — En segui­da agarró una vasija de barro y me la arrojó, diciendo: — Toma eso en pago de tu cura. Anda, arrástrate detrás de Mameena como los otros y procura que te cure ella.

Para entonces había atravesado a medias la entrada de la choza, siendo acelerados mis movimientos por una vasija con agua caliente que había dado en mi parte posterior.

—¿Qué ocurre, Macumazahn? —preguntó el viejo Umbe­zi, que estaba esperando afuera.

 —Absolutamente nada, amigo — le contesté con una son­risa—, fuera de que tu mujer quiere verte ahora mismo. Esta con dolores y quiere que la calmes. Entra sin vacilar.

Después de un momento de pausa entró..., es decir, en­tró la mitad de él. En seguida se oyó un golpe tremendo y volvió a salir con el borde de una vasija alrededor del cuello, y la cabeza y el rostro cubiertos por una capa de miel.

—¿Dónde está Mameena? — le pregunté mientras él se sentaba resoplando.

—Donde ojalá estuviese yo —contestó con voz ahogada —, en un kraal a cinco horas de viaje.

Bien, ésa fue la forma en que primero oí hablar de Ma­meena. Esa noche, mientras fumaba mi pipa sentado bajo la tienda de campaña adosada a la carreta, riéndome en mis adentros al pensar en la aventura de la "Vieja Vaca", y pensando si Umbezi habría conseguido sacarse la miel del cabello, alguien levantó la lona y un cafre envuelto en su kaross entró y se acurrucó a mi lado.

—¿Quién eres? —pregunté, porque estaba demasiado os­curo para verle el rostro.

Inkoosi —contestó una voz profunda— soy Saduko.

—Bienvenido —dije, ofreciéndole una cajita de rapé en señal  de  hospitalidad.  Luego   esperé  mientras  ponía   un poco de rapé en la palma de la mano y lo aspiraba.

Inkoosi — dijo, una vez que se secó las lágrimas pro­ducidas por el rapé —, he venido a pedirte un favor. Has oído a Umbezi decir hoy que no me dará a su hija Mameena a menos que yo le dé cien cabezas de ganado. Ahora bien, no las tengo ni puedo ganarlas con mi trabajo en muchos años. Por tanto tengo que tomarlas de cierta tribu que está en guerra con los zulúes. Pero no puedo hacerlo a menos que tenga un fusil. Si tuviera un buen fusil, Inkoosi, uno que dispare cuando se le pida y no cuando se le ocurra, yo, que tengo cierta reputación, podría persuadir a muchos hombres que fueron sirvientes de mi padre, o a sus hijos, de que sean mis compañeros en esta aventura.

—¿He entendido que quieres que te dé uno de mis buenos fusiles con dos bocas (de dos caños), un fusil que vale por lo menos doce bueyes, por nada, oh Saduko? — pre­gunté con voz fría y escandalizada.

—Nada de eso, oh, El que Vigila de Noche; nada de eso, oh,  Aquel-que-duerme-con-un-ojo-abierto   (otra  interpreta­ción libre y difícil de mi nombre indígena, Macumazahn), jamás hubiera soñado en insultar así a tu inteligencia. — Hizo una pausa, tomó otro poco de rapé, y continuó con  tono meditativo —: Donde me propongo conseguir esas cien  cabezas de ganado hay muchas más; me han dicho que no menos de mil en total. Ahora bien, Inkoosi —  agregó mirándome de reojo —, supongamos que me das el fusil que te pido y supongamos que me acompañas con tu fusil y tus cazadores armados, ¿no sería justo que fuera para ti la mitad del ganado?

—No está mal —dije—. ¿Así que, joven, quieres que me convierta en un ladrón de ganado y que Panda me corte el cuello por causar disturbios en su país?

—Ni una cosa ni otra, Macumazahn, porque ese ganado es mío. Escúchame, te voy a contar una historia. Has oído hablar de Matiwane, el jefe de los amangwane?

—Sí. Su tribu vivía cerca de las fuentes del Umzinyati, ¿no es verdad? Luego fueron derrotados por los bóers o los ingleses, y Matiwane quedó bajo la soberanía de los zu­lúes. Pero después Dingaan lo aniquiló, con su casa, y su gente fue muerta o dispersada.

—Sí, su pueblo fue muerto o dispersado, pero su casa todavía vive. Macumazahn, yo soy su casa, yo, el único hijo de su mujer principal, porque Zikali el Enano Sabio, el Anciano, que es de sangre amangwane, y que odiaba a Chaka y a Dingaan; sí, y a Senzangakona, su padre, antes que a ellos, pero al que ninguno de ellos pudo matar por­que es tan grande y tiene tantos espíritus poderosos por sir­vientes, me salvó y dio refugio.

—Si es tan grande, ¿por qué no salvó también a tu padre, Saduko? — pregunté, como si no supiera nada de ese Zikali.

—No puedo decírtelo, Macumazahn. Tal vez los espíritus planten un árbol para ellos, y para hacerlo corten otros muchos árboles. Por lo menos, eso fue lo que sucedió: Ban­gu, jefe de los amakoba, susurró al oído de Dingaan que mi padre, Matiwane, era un brujo, y también que era muy rico. Dingaan le escuchó porque creyó que una enfermedad que tenía era debida a un hechizo de mi padre. Le dijo: "Vete, Bangu, y lleva una compañía contigo y haz una visi­ta de honor a Matiwane, y en la noche, ¡ah, en la noche...! Luego, Bangu, nos dividiremos el ganado, porque Matiwane  es fuerte y hábil, y no arriesgarás tu vida por nada".

Saduko hizo una pausa y se quedó mirando al suelo, absorto en sus pensamientos.

Macumazahn, así se hizo —dijo al rato —. Comieron la carne de mi padre, bebieron su cerveza; le entregaron un regalo del rey, lo elogiaron con grandes ditirambos; sí, Bangu tomó rapé con él y lo llamó hermano. Luego en la noche, ah en la noche...! Mi padre estaba en la choza con mi madre y yo, que era sólo así de alto — y alzó la mano a la altura de un chico de diez años —, estaba con ellos. Se oyó el clamor, las llamas empezaron a prender; mi padre miró afuera y vio. "Ábrete paso a través del cerco y huye, mujer — dijo —; huye con Saduko, para que pueda vivir para vengarme. ¡Vete mientras defiendo la puerta! ¡Vete a Zikali, cuyas brujerías pago con mi sangre!

"En seguida me besó en la frente, diciendo sólo una pa­labra, "Recuerda", y nos hizo salir de la choza. Mi madre se abrió paso a través del cerco; sí, lo arrancó con las uñas y los dientes como una hiena. Miré hacia atrás en la sombra de la choza y vi a Matiwane, mi padre, luchando como un búfalo. Los hombres caían ante él, uno, dos, tres, aunque no   tenía   escudo;   solamente  su  azagaya.  Pero  Bangu  se arrastró detrás de él y lo apuñaló por la espalda y él alzó los brazos y cayó. No vi más, porque habíamos atravesado el cerco. Corrimos, pero nos descubrieron. Nos cazaron lo mismo que los perros salvajes cazan a los antílopes. Mataron a mi madre con una azagaya arrojada por uno de ellos; le entró por la espalda y le atravesó el corazón. Me enloquecí, la arranqué de su cuerpo y corrí hacia ellos. Me arrojé debajo del escudo del primero, un hombre muy alto, y sostuve la azagaya con mis manecitas. Su peso cayó sobre la punta y el arma lo pasó de parte a parte como si hubiese sido manteca. Sí, rodó muerto y el asta de la azagaya se quebró  en el suelo.  Los otros se detuvieron asombrados, porque nunca habían visto cosa parecida. Que un niño diera muerte a todo un guerrero era una cosa de cuento. Algunos de ellos me hubiesen dejado marchar, pero en ese momento llegó Bangu y vio al muerto, que era su hermano.

"—¡Wow! — exclamó al saber cómo había muerto — Este cachorro de león es también un brujo, porque ¿cómo hubiese podido matar a un soldado que ha conocido la guerra? Sujetadle los brazos para que pueda matarlo lentamente.

"Y dos de ellos me sujetaron los brazos, mientras Bangu se acercaba con su azagaya."

Saduko dejó de hablar, no porque hubiese terminado su relato, sino porque se le anudaba la garganta. En verdad, pocas veces recuerdo haber visto un hombre tan conmovido. Respiraba con dificultad, estaba cubierto de sudor y un temblor convulsivo agitaba sus músculos. Le hice beber un poco de agua, y luego continuó;

—Ya había empezado a pincharme la azagaya..., mira, aquí está la señal — y abriendo su kaross señaló una pe­queña línea blanca debajo del esternón —, cuando una sombra extraña arrojada por las chozas incendiadas se in­terpuso entre Bangu y yo, una sombra semejante a la de un sapo alzado sobre sus patas traseras. Miré a mi alre­dedor y vi que era la sombra de Zikali, a quien había visto una o dos veces. Allí estaba, aunque ignoro de dónde había salido, moviendo su cabezota blanca que está puesta encima de su cuerpo lo mismo que una calabaza sobre un hormi­guero, haciendo girar sus grandes ojos y riéndose fuerte.

"—¡Qué alegre espectáculo! — exclamó con su voz pro­funda que recordaba el sonido del agua dentro de una caverna —. Qué alegre espectáculo, oh Bangu, jefe de los amakoba! ¡Sangre, sangre, sangre en abundancia! ¡Fuego, fuego, fuego en abundancia! ¡Hechiceros muertos aquí, allá, por todas partes! ¡Oh, qué alegre espectáculo! He visto mu­chos así; uno, en el kraal de tu abuela, por ejemplo; tu abue­la, la gran Inkosikazi, del que escapé con vida porque era tan viejo; pero nunca recuerdo haber visto uno más alegre que éste que ilumina la luna; y señaló a la Dama Blanca que acababa de aparecer entre las nubes. — Pero, gran jefe Bangu, señor amado por el hijo de Senzangakona, hermano del Ser Negro (Chaka), que has llegado hasta aquí con tu azagaya, ¿qué significa este juego?, y me señaló junto con los dos soldados que me tenían aferrados los brazos.

"—Voy a matar al cachorro del león, Zikali, eso es todo — contestó Bangu.

"—Muy bien, muy bien —rió Zikali—. ¡Una gran ha­zaña! Has asesinado al padre y a la madre y ahora quie­res asesinar al niño que ha matado a uno de tus guerreros en buena lid. ¡Una hazaña heroica, digna del jefe de los amakoba! Bueno, deja libre su espíritu... sólo...

"Se detuvo y tomó un poco de rapé de una cajita que sacó de un corte en el lóbulo de su oreja.

"—¿Sólo que? — preguntó Bangu, vacilando.

"—Sólo que se me ocurre, Bangu, qué pensarás del mun­do en que te encontrarás antes de que salga la luna de mañana. Vuelve a éste cuéntamelo, Bangu, porque hay tantos mundos más allá del sol que me gustaría saber con seguridad cuál de ellos habita como tú: un hombre que por odio y por medrar mata al padre y a la madre y luego asesina al hijo; el niño capaz de matar a un guerrero que ha conocido la guerra, con la azagaya caliente aún con la sangre del corazón de su madre.

"—¿Quieres decir que moriré si mato a este muchacho? — gritó Bangu.

“—¿Y qué otra cosa? — contestó Zikali, tomando otro polvo de rapé.

“—Esto, Brujo: que iremos juntos.

—¡Bueno, bueno! — se rió el enano —. Vámonos juntos. Hace mucho tiempo que deseo morir, ¿y qué mejor compañero podía encontrar que Bangu, jefe de los amakoba, asesino de niños, para protegerme en un camino oscuro y terrible? Vamos, valiente Bangu, vamos; mátame si puedes.

Y nuevamente se rió de él. Entonces, Macumazahn, la gente de Bangu se echó hacia atrás murmurando, porque encontraban horrible la escena. Sí, incluso aquellos que me sostenían los brazos los soltaron.

"—¿Qué sucederá, Brujo, si perdono al muchacho? —pre­guntó Bangu.

"Zikali extendió su mano y tocó el arañazo que me había hecho la azagaya en el pecho. En seguida mostró el dedo empapado con mi sangre y lo miró a la luz de la luna y luego lo probó con la lengua.

"—Creo que te va a pasar esto, Bangu —dijo—. Si per­donas al niño, se convertirá en un hombre que te dará muerte un día junto con otros muchos. Pero si no lo perdo­nas creo que su espíritu, obrando como pueden hacerlo los espíritus, te dará muerte mañana. Por tanto la cuestión es: ¿quieres vivir un tiempo o quieres morir inmediatamente, llevándome contigo de compañero? Porque no debes dejarme atrás, hermano Bangu.

"Bangu, al oírlo se dio vuelta y se alejó, pasando por encima del cadáver de mi madre, y toda su gente se alejó detrás de él, así que al poco rato quedamos solos Zikali el Sabio y Pequeño y yo.

"—¡Cómo! ¿Se han ido? —dijo Zicali, levantando la vista del suelo —. Entonces es mejor que nos vayamos también, hijo de Matiwane, no sea que cambie de idea y vuelva. Vive, hijo de Matiwane, para que puedas vengar a tu padre".

—Un relato interesante —dije—. ¿Qué sucedió después?

—Zikali me llevó con él y me crió en su kraal del Kloof  Negro, donde vivía solo con sus sirvientes, porque no podía tolerar que mujer alguna pusiera el pie en ese kraal, Macumazahn. Me enseñó muchas cosas, entre ellas muchas secre­tas, y hubiese hecho de mí un gran doctor si yo lo hubiese querido. Pero no lo quise porque no me gusta la compañía de los espíritus y hay muchos de ellos en el Kloof Negro. Así que al final me dijo: "Ve a donde te llama tu corazón y sé un guerrero, Saduko. Pero sabe esto: has abierto una puerta que nunca podrá volver a cerrarse, y a través del umbral de esa puerta entrarán y saldrán espíritus toda tu vida, los busques o no los busques".                                  

"—Has sido tú quien ha abierto la puerta, Zikali — con­testé irritado.

"—Tal vez — dijo Zikali, riendo a su manera —, porque abro cuando debo y cierro cuando debo hacerlo. Es más, en mi juventud, antes de que los zulúes fueran un pueblo, me llamaron El Que Abre las Puertas; y ahora, mirando por una de esas puertas, veo algo que te concierne, oh hijo de Matiwane.

"—¿Qué ves, padre mío? — le pregunté. "

—Veo dos caminos: el Camino de la Medicina, que es el camino de los espíritus, y el Camino de las Azagayas, que es el camino de la sangre. Te veo recorriendo el Camino de la Medicina, que es mi propio camino, Saduko, y vol­viéndote sabio y grande, hasta que al final, lejos, muy lejos, desapareces por el precipicio a que conduce, cargado de años y de honores y riquezas, temido y al mismo tiempo amado por todos los hombres, blancos y negros. Sólo que deberás recorrer solo  ese camino, ya  que tal sabiduría no puede tener amigos y, sobre todo, ninguna mujer con quien com­partir sus secretos. Luego miro el Camino de las Azagayas y te veo, Saduko, recorriendo ese camino, y tus pies están tintos en sangre, y las mujeres enroscan sus brazos en tu cuello, y uno por uno tus enemigos van cayendo delante tuyo. Amas mucho y pecas mucho por amor, y aquella por la que tú pecas viene y se va y vuelve nuevamente. Y el camino es corto,  Saduko, y cerca de su fin hay muchos espíritus; y aunque cierres los ojos los ves, y aunque te tapes los oídos con barro los oyes, porque son los espíritus de los que has matado. Pero no veo el final de tu jornada. Ahora elige el camino que prefieres, hijo de Matiwane, y elige pronto, porque no quiero hablar más de este asunto". "Entonces, Macumazahn, pensé un rato en el camino se­guro y solitario de la sabiduría, y también en el camino rojo en sangre de las azagayas, en el que encontraría el amor y la guerra, y sentí hervir dentro de mí mi juventud... y elegí el camino de las azagayas, del amor, del pecado y de la muerte desconocida".

—Una elección muy poco acertada, Saduko, suponiendo que haya algo de verdad en ese cuento de los caminos.

—No, muy prudente, Macumazahn, porque después he visto a Mameena y sé por qué elegí ese camino.

—¡Ah! —dije.— Mameena... La había olvidado. Bueno, después de todo, tal vez haya algo de cierto en tu cuento. Cuando yo haya visto a Mameena, te diré lo que pienso.

—Cuando hayas visto a Mameena, Macumazahn, dirás que mi elección fue sumamente acertada. Pues bien, Zikali, El que Abre las Puertas, se rió a carcajadas al oírla. "El buey busca los pastos abundantes, pero el toro joven las laderas de las montañas donde pastan las terneras — dijo —, y des­pués de todo, un toro es mejor que un buey. Ahora empieza a recorrer tu camino, hijo de Matiwane, y de vez en cuando vuelve al Kloof Negro y cuéntame cómo marchan tus cosas. Te prometo no morir hasta que conozca el fin de todo".

"Pues bien, Macumazahn, te he contado cosas que hasta ahora han vivido solamente en mi corazón. Y, Macumazahn, Bangu está en desgracia con Panda, a quien desafía en su montaña, y tengo una promesa — no importa cómo — de que aquel que lo mate no será llamado a rendir cuentas y podrá quedarse con su ganado. ¿Quieres venir conmigo y compartir ese ganado, oh El que Vigila de Noche?"

Vade retro, Satanás — dije, agregando en zulú —: No lo se. Si lo que me has contado es cierto no debe de haber nada que me impida ayudarte a matar a Bangu; pero debo enterarme primero de muchas más cosas relativas a este asunto. Entretanto, mañana marcho en una expedición de caza con Umbezi el gordo, y me gustas, oh, Elector del Camino de las Azagayas y la Sangre. ¿Quieres acompañarme y ganarte el fusil con dos meses de paga?

Inkoosi — dijo, alzando la mano en saludo al mismo tiempo que le chispeaban los ojos —, eres generoso y me honras. Sin embargo, primero debo consultar a Zikali el Pequeño, Zikali, mi padre adoptivo.

—¡Ah!, ¿así que sigues aún atado a los faldones del brujo?

—No, Macumazahn, pero no hace mucho le prometí que no emprendería empresa alguna, salvo esa que conoces, sin haber hablado antes con él.

—¿A qué distancia de aquí vive Zikali? — pregunté.

—A un día de viaje. Saliendo al amanecer puedo estar allí para la puesta del sol.

— ¡Espléndido! Entonces aplazaré la cacería tres días e iré contigo si crees que ese enano viejo me recibirá.

—Creo que sí, Macumazahn, por la sencilla razón de que me dijo que yo te conocería y te querría, y que tú estarías mezclado en mi suerte.

—Entonces puso aguardiente en tu calabaza en lugar de cerveza — contesté —. ¿Quieres tenerme aquí hasta media­noche escuchando esas tonterías cuando debemos partir al amanecer? Marcha ahora y déjame dormir.

—Me voy — contestó con una ligera sonrisa —. Pero si es así, oh Macumazahn, ¿por qué quieres también beber del aguardiente de Zikali? — y se fue.

No dormí muy bien esa noche, porque mi  imaginación estaba ocupada por Saduko y su extraña y terrible historia. Además,   por  razones  personales,   deseaba   conocer   a   ese Zikali, del que había oído hablar mucho en años pasados. Quería además averiguar si era un charlatán común, como muchos de esos hechiceros, ese enano que anunciaba que   mi suerte estaba ligada a la de su hijo adoptivo, y quien   por lo menos podría decirme algo verdadero o falso de la historia y posición de Bangu, una persona que había provocado en mí una fuerte antipatía, muy posiblemente injustificada. Pero sobre todo deseaba ver a Mameena, cuya belleza  o talento producían una impresión tan profunda en el espíritu indígena. Era posible que si iba a ver a Zikali ella estaría de  vuelta  en el kraal de  su padre antes de que iniciásemos nuestra excursión.

Así fue, pues, cómo el Destino me envolvió en la madeja de ciertos acontecimientos extraños; terribles, trágicos y completos como los de un drama griego, como lo ha hecho frecuentemente antes y después de esos días.

 

 

Capítulo 2

 

Las Predicciones  de Zikali

 

Al día siguiente desperté, como debe hacerlo siempre todo buen cazador, justo a esa hora en que al mirar desde la carreta no se ve nada más que un pequeño resplandor gris que sabe es el reflejo en los cuernos de los bueyes atados al vehículo. Pero un momento después vi otro reflejo que advertí procedía de la azagaya de Saduko, que estaba sen­tado junto a los restos del fuego envuelto en su kaross de piel de gato montés. Descendiendo del voorkisse o asiento del conductor, me deslicé sin hacer ruido hasta llegar a su lado y le toqué en el hombro. Se incorporó de un salto, y luego, al reconocerme en la oscuridad grisácea, dijo:

—Te has levantado temprano, Macumazahn.

—Naturalmente — respondí —; ¿no me llaman El que Vi­gila de Noche? Vamos ahora a ver a Umbezi para decirle que estaré listo para empezar nuestra excursión de caza dentro de tres días.

Así lo hicimos para hallar que Umbezi estaba dormido en una choza con su última mujer. Pero por fortuna, pues en esas circunstancias no quería molestarlo, fuera de la choza nos encontramos con la "Vieja Vaca", cuya oreja herida la había mantenido bien despierta, la que, por razones perso­nales, aunque la etiqueta no le permitía entrar en la choza, estaba esperando que su marido saliera de ella.

Después de examinar su herida y de ponerle un poco de ungüento en ella, le encargué transmitiera mi mensaje. En seguida desperté a mi sirviente Scowl, y le dije que iba a hacer un viaje corto, encargándole que cuidase mis cosas hasta mi regreso; y mientras lo hacía tomé un trago de ron y preparé una bolsa con carne curada al sol y galletas. Luego, llevando conmigo un fusil de un solo caño, el mismo rifle Purdey de pequeño calibre con el que había matado a los buitres en la Colina de la Muerte en el kraal de Dingaan, iniciamos nuestra jornada a pie, porque no quería arriesgar mi único caballo en ese viaje.

En verdad resultó un viaje penoso, sobre una serie de montañas cubiertas de maleza y cuyas cimas estaban salpi­cadas de rocas, entre las cuales no podría haber pasado nin­gún caballo. Continuamos a través de esas alturas y de los valles que las separaban, siguiendo un sendero que no pude distinguir, durante todo ese día interminable. Siempre he sido tenido por un buen caminante, ya que soy de natura­leza liviana y muy activa; pero debo declarar que mi compañero llevó mi resistencia al límite, porque marchó hora tras hora marcando el paso delante mío en forma tal que a veces me vi obligado a correr para seguirlo. Aunque mi orgullo no permitía quejarme, pues por principio nunca podía admitir a un cafre que me superara en cosa alguna, debo reconocer que sentí un gran alivio cuando a la caída de la tarde Saduko se sentó en una roca en la cima de una colina y dijo:

—Contempla el Kloof Negro, Macumazahn — que fueron las primeras palabras que pronunciara desde que salimos.

 Ciertamente el nombre era apropiado, porque allí, corta­do por las aguas en el corazón de una montaña en una épo­ca prehistórica, se hallaba uno de los lugares más sombríos que jamás hubiese contemplado. Era una vasta cortada en la que se apilaban en forma fantástica rocas de granito, una sobre otra formando enormes columnas, y en sus lados cre­cían árboles oscuros dispersos entre las rocas. Estaba orien­tada hacia el oeste, pero la luz del sol poniente que la bañaba sólo servía para acentuar su carácter solitario, por­que era una cortada de grandes dimensiones, con más de un kilómetro de anchura en la entrada.

Marchamos por esta garganta lúgubre, seguidos por los chillidos de los monos que parecían burlarse de nosotros, a lo largo de un sendero de menos de un pie de ancho, que nos llevó finalmente hasta una choza de gran tamaño y otras menores situadas dentro de una valla de juncos y construi­das  debajo  de  una  gigantesca masa rocosa saliente,  que parecía querer desplomarse en cualquier momento. Al lle­gar a la puerta de la valla, salieron de repente dos indíge­nas de no sé qué tribu, de aspecto feroz y repulsivo, que dirigieron sus azagayas contra mi pecho.

—¿A quién traes aquí, Saduko? — preguntó uno de ellos.

—A un hombre blanco por el que respondo — contestó —. Di a Zikali que esperamos nos reciba.

—¿Qué necesidad hay de decir a Zikali lo que ya sabe? —dijo el centinela —. Tu comida y la de tu compañero está ya preparada  en aquella choza. Entra,  Saduko,  con aquel por el que respondes.

Fuimos a la choza y comimos. Yo me lavé, porque era una choza maravillosamente limpia, y los taburetes, escu­dillas de madera, etc., estaban hechos de madera de marfil roja, habiendo sido tallados, según me informó Saduko, por el propio Zikali. Justo cuando estábamos terminando de comer llegó un mensajero para decirnos que Zikali nos es­peraba. Lo seguimos a través de un espacio abierto hasta una especie de puerta en la alta valla de juncos, y al pasar­la puse los ojos por primera vez en el famoso viejo hechi­cero del que se contaban tantas cosas.

Ciertamente presentaba un aspecto curioso en el ambiente extraño que lo rodeaba, porque era muy extraño, y creo que su extremada sencillez  aumentaba  la impresión que producía. Frente a nosotros había una especie de patio de piso oscuro hecho de tierra de hormiguero y excremento de vaca bien apisonado, dos terceras partes del cual estaban prácticamente cubiertas por la enorme masa saliente de roca de que ya he hablado, cuyo arco se alzaba a no menos de veinticuatro metros del suelo. En esa gran cavidad se derramaba la luz violeta del sol poniente, que la teñía, junto con todo lo que estaba adentro, incluso la gran choza de paja al fondo, de color sangre. Al observar el efecto maravilloso de la puesta del sol en ese lugar sombrío y amenazador, se me ocurrió al instante que el viejo hechicero debió haber elegido ese momento para recibirnos calculando la impresión que nos produciría.

Pero en seguida olvidé esos accesorios escénicos al fijar­me en el hombre. Estaba sentado en un taburete frente a la choza, sin ningún acompañante y vestido solamente con una capa de piel de leopardo abierta por delante, porque no llevaba  los horribles  ornamentos de los  hechiceros,  tales como pieles de serpiente, huesos humanos, vejigas llenas de horribles composiciones y otras  cosas  por el estilo.   ¡Qué aspecto tenía ese hombre, si es que podía ser considerado como humano!  Aunque grueso, su estatura  era la de un niño; tenía una cabeza enorme, y de ella le caían hasta los hombros trenzas de blancos cabellos. Su ojos eran profun­dos y hundidos en sus cuencas, su rostro ancho y severo. Pero exceptuando su cabello blanco como la nieve, no pare­cía viejo porque tenía la carne firme y llena, y la piel en sus mejillas y cuello no estaba arrugada, lo que me parecía dar a entender que la historia de su gran edad era falsa. Un hombre que tuviese más de cien años, por ejemplo, no podía tener una dentadura tan hermosa, porque aun a esa distan­cia podía advertir su brillo. Por otra parte,  era evidente que había pasado con mucho la madurez; en realidad, por su aspecto era imposible calcular su edad. Allí estaba sen­tado, bañado por la luz roja del sol, inmóvil, mirando con fijeza y sin pestañear al globo encendido del sol poniente, como se dice hacen las águilas.

Saduko avanzó y le seguí. Mi estatura no es mucha, y nunca me he considerado una persona de aspecto imponen­te, pero no creo haberme sentido nunca tan insignificante como en esa ocasión. El alto y espléndido indígena detrás del cual marchaba, la sombría magnificencia del lugar, la luz rojo-sangre que lo bañaba, y la pequeña figura solemne y solitaria con la sabiduría impresa en el rostro que se hallaba ante mí, todo eso inducía a la humildad a un hom­bre que nunca fue dominado por la vanidad. Me sentía cada vez más pequeño, tanto en sentido moral como físico: deseaba qué mi curiosidad no me hubiese impulsado a conocer a aquel ser extraño.

Pero era demasiado tarde para retirarse; es más, Saduko estaba junto al enano y levantaba su mano derecha por en­cima de la cabeza haciéndole el saludo de ¡Makosi! (1), en vista de lo cual, advirtiendo que se esperaba algo de mí, quitéme mi viejo sombrero de paño y me incliné; luego, recordando mi orgullo de blanco, me lo volví a poner.

El hechicero pareció de pronto advertir nuestra presencia, porque, interrumpiendo su contemplación del sol poniente, nos miró con sus ojos pensativos, que me recordaron algo los de un camaleón, aunque no fuesen tan prominentes, sino por el contrario, como he dicho, hundidos.                       

—¡Salud, Saduko, hijo! — dijo con voz profunda y resonante —. ¿Por qué has vuelto tan pronto, y por qué traes contigo a esta pulga de hombre blanco?

Esto era más de lo que estaba dispuesto a tolerar, así que sin esperar la respuesta de mi compañero, inquirí:

—Me das un nombre muy pobre, Zikali. ¿Qué pensarías de mí si te llamase escarabajo de brujo?

—Te creería inteligente — respondió después de un mo­mento de reflexión —, porque después de todo debo de parecerme algo a un escarabajo de cabeza blanca., ¿Pero por qué te molesta ser comparado a una pulga? La pulga trabaja de noche, y tú también; la pulga es activa, y tú tam­bién; la pulga es muy difícil de atrapar y matar, y tú también; y finalmente, la pulga bebe hasta llenarse de lo que quiere, la sangre del hombre y de los animales, y tú también lo has hecho, lo haces y lo harás, Macumazahn — y prorrumpió en una gran carcajada que reverberó y fue repetida por el eco en el techo rocoso. En una ocasión, mu­chos años antes, había oído esa risa cuando estaba prisionero en el kraal de Dingaan, después de la matanza de Retief y de sus acompañantes, y la reconocí de nuevo.

Mientras buscaba en vano una respuesta en el mismo tono, aunque después se me ocurrieron muchas, interrum­piendo de repente su poco apropiado júbilo, continuó:

—No perdamos el tiempo en chistes, porque es una cosa preciosa, y nos queda muy poco a todos nosotros. ¿Qué asunto te trae, hijo Saduko?

(1) Makosi, el plural de Inkoosi, es el saludo dado a los brujos zulúes, porque no  son uno sino muchos, pues en ellos viven innumerables espíritus

 

 

—Baba (padre en zulú) —dijo Saduko—, este inkoosi blanco, porque como sabes de sobra es un jefe por natura­leza, un hombre de gran corazón e indudablemente de cuna elevada,  me ha  ofrecido llevarme  en  una  expedición de caza y darme un buen fusil de dos bocas en pago de mis servicios. Pero le dije que no podía entrar en ninguna em­presa sin tu autorización y he venido a ver si quieres otor­garla, padre mío.

—Ah, sí — contestó el enano, moviendo su gran cabeza —. ¿Este hombre blanco inteligente se ha tomado el trabajo de hacer una larga caminata al sol para llegar aquí a pre­guntarme si puede tener el privilegio de regalarte un arma de gran valor a cambio de un servicio que cualquier hom­bre en Zululandia estaría deseando hacer por nada en tal compañía? Saduko, hijo, porque las cuencas de mis ojos sean hondas, ¿crees que te corresponde tratar de llenarlas de tierra? No, el hombre blanco ha venido porque desea ver a aquel que es llamado el Iniciador de Caminos, del que oyó hablar mucho cuando sólo era un muchacho, para juz­gar si en realidad es sabio o si sólo es un vulgar charlatán. Y tú has venido para saber si tu amistad con él será o no afortunada; si te ayudará o no en cierta empresa.

—Cierto, oh Zikali —dije—. Esto es, en lo que a mí se refiere. — Pero Saduko no contestó nada.

—Pues bien — continuó el enano —, ya que estoy de humor, trataré de contestar a ambas preguntas, porque sería un pobre Nyanga (hechicero) si no lo hiciera después de que habéis hecho un viaje tan largo para preguntarlas. Ade­más, oh Macumazahn, alégrate porque no quiero pago algu­no, pues habiendo hecho una fortuna suficiente para mis necesidades hace mucho tiempo, antes de que naciera tu padre del otro lado del Agua Negra, Macumazahn, no tra­bajo más buscando una recompensa — como no sea de la mano de alguien de la Casa de Senzangakona —, y por tanto, como puedes suponer, trabajo muy rara vez.

En seguida dio una palmada y apareció de detrás de la choza un sirviente, uno de esos hombres de aspecto feroz que nos habían detenido en la puerta. Saludó al enano y quedó ante él en silencio con la cabeza inclinada.

—Haz dos fuegos — dijo Zikali —, y dame mi medicina.

 El hombre trajo leña que colocó en dos pequeñas pilas delante de Zikali. Encendió esas pilas con un tizón que trajo de detrás de la choza y luego entregó a su amo una bolsa de piel de gato.

—Retírate —dijo Zikali—, y no vuelvas hasta que te llame, porque voy a profetizar. Pero si pareciera que he muerto, entiérrame mañana en el lugar que sabes y da a este hombre blanco un salvoconducto de mi kraal.

El hombre saludó de nuevo y se retiró sin pronunciar pa­labra. Una vez que se marchó, el enano sacó de la bolsa un manojo de raíces retorcidas y también algunos guijarros, de los que escogió dos: uno blanco y otro negro.

—Dentro de esta piedra — dijo, alzando el guijarro blan­co de forma que la luz del fuego se reflejó en él, pues fuera del resplandor rojizo que aún quedaba estaba oscu­reciendo —, voy a hacer entrar tu espíritu, oh Macumazahn; y dentro de ésta —y alzó la negra—, el tuyo, oh Hijo de Matiwane.  ¿Por qué tienes  aire de asustado,  oh valiente Hombre Blanco, que sigues diciendo en tu corazón "No es más que un charlatán cafre viejo y feo"? Si soy un charlatán, ¿por qué pareces estar asustado? ¿Está tu espíritu en tu garganta y te ahoga, como lo haría esta piedrecita si tra­taras de tragarla? —prorrumpió en una de sus horribles carcajadas.

 Traté de protestar que no sentía temor, pero no pude porque realmente supongo que mis nervios respondie­ron a su sugerencia, y sentí exactamente lo mismo que si la piedra estuviese en mi garganta, pero queriendo salir y no entrar. Neurosis, pensé para mis adentros, "consecuencia de estar demasiado cansado", y como no podía hablar perma­necí inmóvil como si tratara sus alusiones con desdeñoso silencio.

—Ahora — continuó el enano —, tal vez parezca que muero; y si es así, no me toquéis, no sea que realmente muráis ambos. Esperad hasta que me despierte de nuevo y os diga lo que vuestros espíritus me han contado. O si no me despierto, porque tiene que llegar un momento en que continuaré durmiendo..., bueno..., durante tanto tiempo como he vivido..., entonces una vez que los fuegos se hayan apagado por completo, no antes, ponedme las manos en el pecho y si me encontráis frío, id a otro Nyanga tan pronto como os lo permitan los espíritus de este lugar, vosotros que queréis asomaros al futuro.

Mientras hablaba echó un puñado de las raíces que he mencionado en cada uno de los fuegos, de los que inmedia­tamente se alzaron grandes llamaradas, de aspecto infernal, seguidas por columnas de un humo blanco y denso que emitía un olor fuerte y penetrante. Pareció que me penetra­ba entero, y esa maldita piedra en mi garganta pareció adquirir el tamaño de una manzana dándome la impresión de que alguien la empujara hacia arriba con un palo.

En seguida arrojó la piedra blanca al fuego de la derecha, el que estaba frente a mí, diciendo:

—Entra, Macumazahn, y mira —y echó la piedra negra en el fuego de la izquierda, diciendo: "Entra, Hijo de Mati­wane, y mira. Luego volved los dos e informadme a mí".

Lo cierto es que al decir esas palabras experimenté la misma sensación que si una piedra hubiese salido de mi garganta; con tanta facilidad nos engañan nuestros nervios que hasta me pareció que me raspaba los dientes al abrir la boca para dejarla pasar. De cualquier manera la sensación de ahogo había desaparecido; sólo que ahora me sentía como si estuviese vacío y flotando en el aire, como si no fuese yo, en una palabra, sino una simple envoltura, todo lo cual indudablemente era causado por el olor pestilente de esas hierbas. A pesar de ello podía mirar y observar, porque vi claramente a Zikali acercar su cabeza primero al humo del que llamaré mi fuego, luego en el fuego de Saduko, y luego echarse hacia atrás exhalando nubes de humo por la boca y las narices. Después lo vi tumbarse de costa­do y quedar inmóvil con los brazos extendidos; es más, observé que uno de sus dedos parecía estar dentro del fuego de la izquierda y pensé que se quemaría. Pero en esto debo de haberme equivocado, porque observé luego que ni si­quiera tenía una chamuscadura.

Así quedó Zikali durante mucho tiempo hasta que empe­cé a pensar si no estaría realmente muerto. Parecía estarlo porque ningún cadáver podía haber permanecido más inmó­vil. Pero esa noche no podía concentrar mis pensamientos en Zikali o en otra cosa alguna. Simplemente observé esas circunstancias en forma mecánica, como podría haberlo he­cho alguien a quien no le interesaran. Y no me interesaban en absoluto, porque no parecía haber en mí nada que pudiera interesarse, porque según pude colegir por lo que me dijo Zikali, yo no estaba allí, sino en un lugar más caliente que espero nunca ocupar, es decir, en la piedra dentro del fuego de la derecha.

De esa manera, como en un sueño, continuaron desarro­llándose las cosas. El sol se había puesto por completo y no quedaba ni siquiera un resplandor. La única luz era la de los fuegos, que apenas bastaba para iluminar la figura de Zikali acostado, que parecía una cría de hipopótamo muerta. Lo que me quedaba de mi conciencia estaba harto de todo el asunto; estaba cansado de sentirme tan vacío.

Por fin el enano se movió. Sentóse, bostezó, estornudó, desperezóse y empezó a buscar entre los rescoldos del fuego con su mano desnuda. No tardó en encontrar la piedra blanca, que estaba ahora al rojo vivo —por lo menos bri­llaba como si lo estuviese— y después de examinarla por un momento se la echó a la boca. Luego buscó en el otro fuego la piedra negra, que trató de la misma manera. Lo que recuerdo después es que los fuegos, que estaban casi completamente apagados, ardían vivamente de nuevo, su­pongo que por haberles echado alguien leña, y que Zikali hablaba.

—Venid, oh Macumazahn y oh Hijo de Matiwane —dijo—, y os repetiré lo que vuestros espíritus me han confiado.

Nos acercamos a la luz de los fuegos, que por una u otra razón era intensa. En seguida escupió la piedra blanca en su mano, y vi que ahora estaba cubierta de líneas y man­chas como un huevo de pájaro.

—¿No puedes leer los signos? —dijo acercándomela; y cuando sacudí negativamente la cabeza continuó —: Pues bien, yo puedo hacerlo, lo mismo que vosotros los blancos leéis un libro. Toda tu historia está escrita aquí, Macumazahn. También todo tu futuro, un futuro muy extraño —y examinó la piedra interesado —. Sí, sí, una vida maravillosa y una muerte digna lejos de aquí. Pero no me has pre­guntado sobre esas cuestiones, y por tanto no puedo decírte­las aunque quisiera, ni las creerías aunque te las dijera. Me has preguntado sobre tu expedición de caza, y mi con­testación es que si buscas tu comodidad harás bien en no hacerla. Un charco en el lecho seco de un río; un búfalo con un cuerno astillado. Tú y el búfalo en el charco. Saduko también en el charco, y un pequeño mestizo con un fusil saltando de un lado para otro en la ribera. Luego una camilla hecha de ramas, y tú en ella, y el padre de Mameena caminando con dificultad a tu lado. Luego una choza y tú dentro y la doncella llamada Mameena a tu lado.

"Macumazahn, tu espíritu ha escrito en esta piedra que debes de cuidarte de Mameena, ya que es más peligrosa que cualquier búfalo. Si eres prudente no irás de caza con Umbezi, aunque es cierto que esa cacería no te costará la vida. Bueno, ¡fuera piedra, y lleva contigo tus escritos!", y al tiempo que hablaba extendió el brazo y sentí que pasaba algo silbando junto a mi cara. En seguida escupió la piedra negra y la examinó de la misma manera.

—Tu expedición tendrá éxito, hijo de Matiwane — dijo —. Junto con Macumazahn ganarás mucho ganado a costa de numerosas vidas. Pero en lo que se refiere al resto..., bueno, tú no me lo preguntaste, ¿no es cierto? Además te he hablado algo de esa historia antes de hoy. ¡Fuera, piedra! — y la piedra negra siguió a la blanca en la oscuridad.

Seguimos sentados sin movernos hasta que el enano rom­pió el silencio con una de sus grandes carcajadas.

—Mi brujería ha terminado —dijo—. Una cosa pobre, ¿no es cierto? Bueno, buscad esas piedras mañana y leed el resto si podéis. ¿Por qué no me pediste que te contase todo ya que estaba en ello, Hombre Blanco? Te hubiera inte­resado más, pero ahora todo se ha ido de mí a tu espíritu con las piedras. Saduko, vete a dormir. Macumazahn, tú que eres uno que Vigila de Noche, ven a sentarte conmigo a mi choza un rato, y hablaremos de otras cosas. Todo este asunto de las piedras no es más que una prueba zulú, ¿no es así, Macumazahn?

Y diciendo así me llevó dentro de la choza, que era muy buena, estando bien iluminada por un fuego encendido en su centro, y me dio a beber cerveza cafre, que acepté agra­decido, porque tenía la garganta seca y me dolía aún como si me la hubiesen raspado.

—¿Quién eres tú, Padre? —le pregunté a quemarropa una vez que me hube sentado en un taburete, con la espalda apoyada en la pared de la choza, y encendí mi pipa.

Alzó la cabeza de la pila de karosses en que estaba des­cansando y me miró a través del fuego.

—Mi nombre es Zikali, que significa "Armas", Hombre Blanco. Pero eso ya lo sabes, ¿no es así? — contestó —Mi padre "fue abajo" hace tanto tiempo que eso no importa. Soy un enano, muy feo, con alguna instrucción, como la entendemos nosotros los de la Casa Negra, y muy viejo. ¿Hay algo más que quieres saber?

—Sí, Zikali, ¿cuántos años tienes?

—Vamos, vamos, Macumazahn, como sabes, nosotros los pobres cafres no podemos contar muy bien. ¿Qué edad ten­go? Pues bien, cuando era joven bajé hacia la costa desde el Gran Río, creo que vosotros lo llamáis el Zambesi, con los undwandwe, que entonces vivían en el norte. Lo han olvidado ahora, porque eso pasó hace algún tiempo, y si pudiera hacerlo escribiría la historia de esa marcha porque libramos algunas grandes batallas con la gente que solían vivir en este país. Después fui amigo del Padre de los Zu­lúes, aquel que aún llaman Inkoosi Umkulu (el jefe pode­roso); habrás oído hablar de él. Yo tallé ese taburete en que estás sentado para él y me lo dejó de nuevo al morir.

¡Inkoosi  Umkulu! —exclamé—.  ¿Cómo, si dicen que vivió hace cientos de años?

—¿Dicen eso, Macumazahn? Si es así, ¿no te he dicho que nosotros los negros no podemos contar tan bien como vos­otros?  Realmente fue sólo  hace  unos  días.  De  cualquier manera, después de su muerte los zulúes nos empezaron a maltratar a los Undwandwe y con nosotros a los Quabies y los Tetwas; tal vez recuerdes que nos llamaban los Amatefula, burlándose de nosotros. Así que me peleé con los zulúes y especialmente con Chaka,  aquel a quien llamaban Uhlanya   (el Loco). Sabes, Macumazahn, le gustaba reírse de mí porque no soy igual a los otros hombres. Me puso un apodo  que significa  "La-cosa-que-nunca-debió-de-haber-nacido". Y sin embargo a veces recurría a mi sabiduría, y yo me cobré con creces sus nombres, porque le di muy malos consejos y él los siguió, y lo llevé a su muerte aunque nadie viera mi mano en ese asunto. Pero cuando murió a manos de sus hermanos Dingaan y Umhlangana y de  Umbopa, Umbopa que también tenía que ajustar una cuenta con él, y su cadáver fue arrojado del kraal como el de un malhe­chor, mientras que yo, que como era un enano no fui enviado con los hombres contra Sotshangana, fui y me senté sobre él toda la noche y me reí así —y prorrumpió en una de sus horribles carcajadas.

"Me reí tres veces: una por mis mujeres que había toma­do; una por mis hijos que había asesinado; y una por el apodo burlón que me había puesto. Luego me convertí en el consejero de Dingaan, a quien odiaba más de lo que había odiado a Chaka, porque era otro Chaka sin su grandeza, y tú conoces el fin de Dingaan, porque participaste en aque­lla guerra, y el de Umhlangana, su hermano y compañero de asesinato, a quien aconsejé a Dingaan que diese muerte. Eso lo hice por medio de los labios de la vieja princesa Menkabayi, la hija de Jama y hermana de Senzangakona, el oráculo ante quien todos los hombres se inclinaban, ha­ciéndola decir que "Esta tierra de los zulúes no puede ser gobernada por una azagaya roja". Porque, Macumazahn, fue Umhlangana el que primero hirió a Chaka con la aza­gaya. Ahora reina Panda, el último de los hijos de Senzangakona, mi enemigo; Panda el tonto, y aparto mi mano de Panda porque trató de salvar la vida de uno de mis hijos a quien mató Chaka. Pero Panda tiene hijos que son iguales a Chaka, y trabajo contra ellos lo mismo que trabajé contra aquellos que se fueron antes que éstos".

—¿Por qué? — pregunté.

—¿Por qué? ¡Oh!, si fuese a contarte toda mi historia comprenderías por qué, Macumazahn. Bueno, tal vez lo haga algún día.

—Es posible — contesté —. Chaka y Dingaan y Umhlan­gana y los otros no fueron gente muy agradable. Pero otra pregunta. ¿Por qué me cuentas todo esto, oh Zikali, teniendo en cuenta que si lo repitiese a algún pájaro que hable te buscarían y no moriría una luna antes de que lo hicieras tú?

—¡Oh! ¿Sería buscado y muerto antes de que muriese una sola luna? Me extraña entonces que esto no haya sucedido durante todas las lunas que han pasado. Pues bien, te lo cuento a ti, Macumazahn, que has tenido tanto que ver con la historia de los zulúes desde los días de Dingaan, porque deseo que alguien lo sepa y tal vez lo escriba una vez que yo haya partido a reunirme con mis seres queridos; pero aca­bo de leer en tu espíritu y he visto que sigue siendo un espí­ritu blanco y que no lo repetirás a un "pájaro que hable".

—¿Cuál es el fin que te propones, oh Zikali? —le pre­gunté—. Tú no eres de los que golpean al aire con un palo; ¿sobre quién quieres que caiga finalmente el palo?

—¿Sobre quiénes? —replicó una voz cambiada, una voz baja y sibilante—. Sobre estos orgullosos zulúes, esa peque­ña familia de hombres que se llaman el "Pueblo del Cielo", y tragan a otras tribus lo mismo que la boa traga ca­britos y pequeños antílopes, y cuando está ahíta de ellos grita al mundo entero; "¡Mirad qué grande soy! ¡Todo está dentro mío!" Soy un andwandwe, uno de esas gentes que los zulúes se dignan llamar  "Amatefula", pobres parias  que hablan con acento extraño, simples puercos de la selva. Por eso me gustaría ver a los puercos alcanzar con sus colmillos a los cazadores. O, si eso no puede ser, me gustaría ver al cazador negro aplastado por el rinoceronte, el rinoceronte blanco de tu raza, Macumazahn, sí, aunque al mismo tiempo pisotee al jabalí andwandwe. Ahí está, te lo he dicho, y éste es el motivo de que viva tanto tiempo, porque no moriré hasta que hayan sucedido estas cosas como ciertamente su­cederán. ¿Qué dijo Chaka, el hijo de Senzangakona, cuando la pequeña azagaya roja, la azagaya con la que mató a su madre y a otros, algunos de los cuales estaban muy cerca de mí, se clavó en su hígado? ¿Qué dijo a Mbopa y a los príncipes? ¿No les dijo que oía los pasos de un gran pueblo blanco corriendo,  un pueblo que aplastaría a los zulúes? Pues   bien,  yo,   "La-cosa-que-nunca-debió-de-haber-nacido", viviré hasta que llegue ese día, y cuando llegue creo que tú y yo, Macumazahn, no estaremos muy lejos uno del otro, y éste es el motivo por el cual te he abierto mi corazón, yo que conozco el porvenir. Bueno, no hablaré más de estas cosas que tienen que ocurrir, pues tal vez haya hablado ya demasiado de ellas. Sin embargo, no olvides mis palabras. O si quieres, olvídalas, porque yo te las haré recordar, Ma­cumazahn, cuando los pies de tu pueblo hayan vengado a los andwandwes y otros pueblos a los que los zulúes se com­placen en tratar como basura.

Y ese hombre extraño, que se había sentado en su excita­ción, sacudió sus largos cabellos blancos que, siguiendo la moda de los hechiceros, llevaba en largas trenzas finas hasta que le cubrieron como un velo, ocultando su ancho rostro y sus ojos profundos. Luego volvió a hablar a través de ese velo, diciendo:

—Estás pensando, Macumazahn, lo que tiene Saduko que ver con todos esos acontecimientos que deben suceder. Te contesto que debe desempeñar un papel en ellos; un papel no muy grande, pero siempre un papel, y con este fin lo salvé, cuando era un niño, de Bangu, el hombre de Dingaan, y lo eduqué para que fuese un guerrero, aunque, ya que no puedo mentir, le advertí que sería mejor para él dejar las azagayas y seguir el camino de la sabiduría. Pues bien, ma­tará a Bangu, que ahora se ha enemistado con Panda, y en­trará una mujer en la historia, una Mameena, y esa mujer originará la guerra entre los hijos de Panda, y de esa guerra surgirá la ruina de los zulúes, pues el que la gane será un  mal para ellos y atraerá sobre ellos la ira de una raza más poderosa. Y así "La-cosa-que-nunca-debió-de- haber-nacido" y los andwandwes y los quabies y tetwas, a los que los zu­lúes han querido llamar "Amatefula", serán vengados. Si, si, mi Espíritu me dice todas esas cosas y ella son ciertas.

—¿Y qué será de Saduko, mi amigo y tu hijo adoptivo?

—Saduko, tu amigo y mi hijo adoptivo, seguirá el camino que le ha sido marcado, como lo haremos tú y yo.  ¿Qué más puede desear si es él que ha escogido? Seguirá su ca­mino y desempeñará el papel que el Grande de los Grandes le ha preparado. No trates de averiguar más. ¿Para qué has de hacerlo, si el Tiempo te contará la historia? Y ahora vete a descansar, Macumazahn, como debo de hacerlo yo, que soy viejo y débil. Y cuando quieras visitarme de nuevo, ha­blaremos  más.  Entretanto,  recuerda  siempre  que no  soy nada más que un viejo charlatán cafre que pretende tener un conocimiento que ningún hombre puede poseer. Recuér­dalo especialmente, Macumazahn, cuando encuentres un bú­falo con un cuerno astillado en el charco de un río seco, y luego cuando una mujer llamada Mameena te haga cierto ofrecimiento que tal vez sientas tentación de aceptar. Que tengas buenas noches, El que Vigila de Noche con el corazón blanco y el extraño destino, que tengas buenas noches, y trata de no pensar demasiado mal del viejo charlatán cafre que en estos momentos es llamado el "Iniciador de Cami­nos". Mi sirviente espera afuera para llevarte a tu choza, y si quieres estar en el kraal de Umbezi para mañana a la caída de la noche, harás bien en partir antes del amanecer, pues,  como habrás visto al venir,  Saduko, aunque pueda ser tonto, es muy buen caminante, y a ti no te agrada que­darte atrás, Macumazahn, ¿no es verdad?

Me puse de pie para marcharme, pero al hacerlo algún impulso pareció dominarlo y me llamó:                          

—Macumazahn —dijo—, quisiera añadir una palabra. Cuando sólo eras un muchacho viniste a este país con Retief, ¿no es así?

—Sí —contesté, porque este asunto de la matanza de Retief es uno de los que rara vez me ha gustado hablar. Incluso mis amigos sir Henry Curtís y el capitán Good saben muy poco del papel que desempeñé en esa tragedia —. Pero, ¿qué sabes de ese asunto, Zikali?

—Creo que todo lo que puede saberse, Macumazahn, pues yo estaba en el fondo de él, y que Dingaan mató a esos bóers siguiendo mi consejo... de la misma manera que mató a Chaka y Umlhangana.

—¡Asesino!... — empecé, pero me interrumpió en el acto.

—¿Por qué me lanzas calificativos como éste, Macuma­zahn, de la misma manera que yo te lancé hace un momento la piedra de tu destino? ¿Por qué he de ser un asesino por haber causado la muerte de unos blancos que dio la casua­lidad eran tus amigos, que habían venido aquí a robarnos nuestras tierras a los negros?

—¿Fue por ese motivo por lo que causaste su muerte, Zikali? —le pregunté, mirándole de frente, porque sentí que me estaba mintiendo.

—No del todo, Macumazahn —contestó, dejando que sus ojos, esos ojos extraños que podían mirar al sol sin pesta­ñear, se desviaran ante mi mirada—. ¿No te he dicho que odio la Casa de Senzangakona? ¿Y cuando Retief y sus com­pañeros fueron muertos, su sangre no significó la guerra hasta el fin entre los zulúes y los blancos? ¿No significó la muerte de Dingaan y de millares de sus súbditos, cosa que no es más que el principio de las muertes? ¿Comprendes?

—Comprendo que eres un hombre malvado —contesté con indignación.

—Por lo menos tú no deberías decir eso, Macumazahn — replicó con tono de voz, en el que se advertía la verdad.

—¿Por qué no?

—Porque ese día te salvé la vida. Tú fuiste el único de los blancos que se salvó, ¿no es verdad? Y nunca pudiste comprender por qué, ¿no es así?

—No, nunca pude, Zikali. Lo atribuí a lo que tú llamarías "espíritus".

— Pues bien, te lo diré. Esos espíritus tuyos usaban mi kaross — y se rió —. Te vi con los bóers y vi también que pertenecías a otro pueblo, al pueblo de los ingleses. Es posi­ble que oyeras entonces que estaba haciendo curaciones en el Gran Lugar, aunque trataba de mantenerme apartado y no nos encontramos, o por lo menos tú nunca supiste que nos encontramos, porque estabas...  dormido. Además, me dio pena tu juventud, porque aunque no lo creas, me que­daba algo de corazón en esos días. Además, sabía que vol­veríamos a encontrarnos en años posteriores, como ves que ha sucedido hoy y volverá a suceder con frecuencia hasta el fin. Así que dije a Dingaan que muriese quien muriese, tú debías de ser salvado,  o  en caso  contrario  haría  que  el "pueblo de  Jorge"   (los  ingleses)   acudiera  a  vengarte,  y que tu espíritu entraría dentro de él para hacer caer una maldición sobre su cabeza. Me creyó, sin pensar que eran ya tantas las maldiciones reunidas sobre su cabeza, que una mas o menos no importaba. Así que ves que fuiste salvado, Macumazahn, y luego ayudaste a hacer caer una maldición sobre Dingaan sin convertirte en un espíritu, y éste es el motivo por el cual Panda te tiene tanta simpatía; Panda, el enemigo de Dingaan, su hermano. ¿Recuerdas a la mujer que te ayudó? Pues bien, yo le ordené que lo hiciera. ¿Cómo te fue después, Macumazahn, con la doncella bóer a través del Río Búfalo, aquella a quien cortejabas en esos días?

—No importa cómo me fue —repliqué, porque las pala­bras del viejo hechicero habían despertado recuerdos tris­tes y amargos en mi corazón—. Ese tiempo murió, Zikali.

—¿Es cierto, Macumazahn? Pues, por la expresión de tu rostro hubiese dicho que está muy vivo, pues las cosas ocu­rridas en nuestra juventud suelen mantenerse siempre vivas. Pero sin duda estoy equivocado y todo está tan muerto como Dingaan y Retief y los otros, tus compañeros. Por lo menos, aunque no lo creas, te salvé la vida en aquel día rojo, claro está que para mis propios fines y no porque importara una vida blanca entre tantas otras en mi cuenta. Y ahora vete a descansar, Macumazahn, vete a descansar porque aunque tu corazón haya sido despertado por recuerdos esta noche, te prometo que dormirás bien —y apartando sus largos cabellos de sus ojos me miró con fijeza, sacudiendo su gran cabeza de un lado para otro, y prorrumpió en otra de sus fuertes carcajadas.

Y me fui. Pero, ¡ay!, al hacerlo, lloré. Cualquiera que conociese esa historia comprendería por qué. Pero no es éste el lugar para contarla, esa historia de mi primer amor y de los terribles acontecimientos que debimos soportar en el tiempo de Dingaan.

 

Capítulo 3

 

El búfalo con el cuerno astillado

 

Dormí muy bien esa noche, supongo que por haber estado tan cansado que no podría haber sido de otro modo; pero al día siguiente, durante nuestro largo viaje de vuelta al kraal de Umbezi, medité mucho. Había visto y oído cosas extra­ñas, del presente y del pasado; cosas que no podía en forma alguna comprender. Además, estaban mezcladas con toda suerte de cuestiones de alta política zulú, y arrojaban una nueva luz sobre acontecimientos que me sucedieron, junto con otros, en mi juventud.

Ahora, a la luz clara del sol, era el momento de analizar esas cosas, y eso fue lo que hice en la forma más lógica de que fui capaz, aunque sin la menor ayuda de Saduko, quien, cuando le hice alguna pregunta, se encogió de hombros.

Esas cuestiones, dijo, no le interesaban; yo había querido ver la magia de Zikali, y Zikali había querido mostrarme un buen ejemplo, en verdad de lo mejor. Además había conversado a solas conmigo después, indudablemente de asuntos muy importantes — tan importantes que él, Saduko, no había sido admitido a tomar parte en la conversación—. cosa que era un honor que concedía a muy pocos. Podía sacar mis propias conclusiones a la luz de la sabiduría del Hombre Blanco, que todos sabían era mucha.

Repliqué secamente que podía hacerlo, porque el tono de Saduko me irritó. Desde luego, la verdad es que se sentía agraviado por haber sido enviado a la cama como un chi­quillo mientras su padre adoptivo, el viejo enano, me hacía confidencias. Uno de los defectos de Saduko era que siempre tuvo una gran opinión de sí mismo. Además, era por natu­raleza celoso, aun en cosas insignificantes, como verán los lectores de esta historia.

Marchamos durante varias horas en silencio, que fue que­brantado al fin por mi compañero.

—¿Piensas aún hacer la expedición de caza con Umbezi, Inkoosi —preguntó—, o tienes miedo?

—¿De qué he de tener miedo? — contesté con sequedad.

—Del  búfalo  con el cuerno astillado, del  que te habló Zikali. ¿De qué otra cosa iba a ser?

Temo que empleé un lenguaje fuerte respecto al búfalo con el cuerno astillado, animal en el que declaré no creía lo más mínimo, con sus accesorios de lechos de ríos secos y charcos o sin ellos.

—Pero si toda esta charla de viejas te ha dado miedo — añadí —, puedes quedarte en el kraal con Mameena.

—¿Por qué ha de darme miedo la charla, Macumazahn? Zikali no dijo que ese espíritu maligno de búfalo me causa­ría daño a míSi siento temor es por ti, teniendo en cuenta que si eres herido tal vez no puedas ir conmigo a apode­rarnos del ganado de Bangu.

—¡Ah! —repliqué con ironía—, eres algo egoísta, amigo Saduko; piensas en tu bienestar y no en mi seguridad.

—Si fuera tan egoísta como pareces creer, Inkoosi, ¿te aconsejaría que te quedaras con tus carretas, perdiendo así el buen fusil con dos bocas que me has prometido? Sin embargo, es cierto que me gustaría quedarme en el kraal de Umbezi con Mameena, más si Umbezi estuviese lejos.

Al oír esto, como no hay nada menos interesante que escuchar los asuntos amorosos de otras personas, y viendo que con el menor aliento Saduko estaba dispuesto a contar­me de nuevo toda la historia de sus amoríos, no continué el argumento. Así que terminamos nuestra jornada en silencio, y llegamos al kraal de Umbezi un poco después de la puesta del sol para hallar, con gran desilusión por nuestra parte, que Mameena no había vuelto todavía.

A la mañana siguiente iniciamos nuestra expedición de caza, estando compuesta la partida por mí, mi sirviente Scowl, quien, como creo he dicho, procedía del Cabo y era mitad hotentote; Saduko; el alegre viejo zulú Umbezi, y varios de sus hombres que debían servir de portadores y ojeadores. Resultó una expedición fructuosa — esto es, has­ta el final — porque en esa época la caza era abundante en esa región. Antes de terminar la segunda semana había matado cuatro elefantes (dos con grandes colmillos), mien­tras que Saduko, que no tardó en convertirse en un tirador bastante bueno, cazó otro con el fusil de dos caños que le había prometido. Además, Umbezi —nunca he podido des­cubrir cómo, porque en ello hubo algo de milagro—, con­siguió matar una elefanta con colmillos bastante buenos, usando el fusil viejo que se disparaba a medio amartillar.

Jamás he visto un hombre, blanco o negro, tan contento como aquel cafre ahíto de vanidad. Durante horas enteras bailó y cantó y aspiró rapé y saludó con la mano, contán­dome la historia de su hazaña una y otra vez, sin que nin­guna versión de su relato estuviese de acuerdo con las otras. Adoptó también un nuevo título, que significaba "Devorador de Elefantes"; permitió que uno de sus hombres lo elogiase toda la noche, impidiendo que pudiésemos pegar los ojos, hasta que finalmente el pobre diablo sufrió una especie de ataque debido a su agotamiento. Realmente fue muy diver­tido al principio, pero llegó a aburrirnos.

Además de los elefantes, matamos otras muchas cosas, incluyendo dos leones, que maté casi con un tiro a derecha y otro a la izquierda, y tres rinocerontes blancos, que ahora, ¡ay!, casi han desaparecido por completo. Finalmente, hacia el término de la tercera semana, tuvimos todo cuanto nues­tros hombres podían transportar en forma de colmillos de elefante, cuernos de rinoceronte, pieles y carne de antílope curada al sol, o biltong, y decidimos emprender el regreso al kraal de Umbezi al día siguiente. En verdad, no podría­mos haberlo retrasado mucho más, pues estábamos quedán­donos sin pólvora y sin plomo; en aquellos días no se cono­cían las armas que se cargaban por la recámara y por tan­to  era necesario llevar las municiones a granel.

Para decir la verdad estaba muy contento de que nuestra expedición hubiese llegado a una conclusión tan satisfac­toria, porque, aunque no quisiera admitírmelo a mí mismo, no podía librarme de una especie de temor subconsciente de que después de todo hubiera algo de cierto en la profecía del viejo enano sobre una aventura desagradable con un búfalo que me esperaba. Pues bien, había dado la casualidad de que ni siquiera habíamos visto un búfalo, y como el camino que íbamos a tomar para volver al kraal atravesaba una zona alta y desnuda que esos animales no frecuentan, era poco probable que ahora lo hiciéramos; todo lo cual, naturalmente, demostraba lo que ya sabía, que sólo idiotas supersticiosos y de mentalidad deficiente podían tener fe alguna en las tonterías de los hechiceros cafres. Esas cosas las señalé con gran vigor a Saduko antes de retirarnos a descansar la última noche de la cacería.

 Saduko me escuchó en silencio y me respondió que no que­ría entretenerme más, pues yo debía de estar cansado.

Ahora bien, cualquiera que sea el motivo de ello, mi expe­riencia en la vida es que nunca es prudente jactarse de nada. Por lo menos, en una expedición de caza, para dar un ejem­plo concreto, espere a llegar a casa antes de hacerlo. Y yo estaba destinado a experimentar en forma categórica la verdad de este antiguo adagio.

El lugar donde habíamos acampado estaba entre malezas y dominaba una gran extensión cubierta por juncos secos, que en la estación de lluvias era indudablemente un pantano alimentado por un riachuelo que desembocaba en él por el lado opuesto al de nuestro campamento. Durante la noche desperté, pareciéndome que había oído moverse animales de gran tamaño entre esos juncos; pero como no llegaron a mis oídos otros ruidos, me quedé dormido de nuevo.

Poco después del amanecer fui despertado por una voz que me llamaba; en sueños reconocí la de Umbezi.

—Macumazahn —dijo la voz con un ronco murmullo—, los juncales debajo nuestro están llenos de búfalos. Leván­tate. Levántate en seguida.

—¿Para qué? —contesté—. Si los búfalos vinieron a los juncos, ya saldrán de ahí. No necesitamos carne.

—No, Macumazahn, pero deseo sus pieles. Panda, el Rey, me ha pedido cincuenta escudos, y sin matar bueyes, que no me sobran, no tengo pieles para hacerlos. Ahora bien, esos búfalos están en una trampa. Ese pantano se parece a una escudilla con una boca. No pueden salir por los costados de la escudilla, y la boca por donde entraron es muy estre­cha. Si nos apostamos a los dos lados podemos matar un gran número de ellos.

Para entonces habíame despertado completamente y me levanté. Echándome un kaross sobre los hombros salí de la choza hecha de ramas donde había dormido y caminé unos pasos hasta la cresta de una altura rocosa, desde donde podía ver el vlei (J) seco abajo. Aún estaba cubierto por la bruma del amanecer, pero de allí se alzaba el ruido de gruñidos, mugidos y pisadas, inconfundible para un viejo cazador co­mo yo. Una manada de búfalos, compuesta por cien o dos­cientos de ellos, se había establecido entre esos juncos.

En ese momento se nos unieron mi sirviente mestizo, Scowl y Saduko, ambos muy excitados.

Al parecer Scowl, que nunca parecía dormir a una hora normal, había visto entrar a los búfalos al juncal, y calcu­laba su número en dos o trescientos. Saduko había exami­nado la cortada por donde habían pasado y nos informó39 que era tan estrecha que podíamos matar cuantos quisiéra­mos cuando tratasen de escapar por allí.

—Muy bien. Entiendo —dije—. Pues bien, mi opinión es que lo mejor es dejarlos escapar. Solamente cuatro de nos­otros, contando a Umbezi, estamos armados con fúsiles, y las azagayas no valen gran cosa contra los búfalos. Dejemos que se vayan, repito.

Umbezi, pensando en una materia prima barata para los escudos que le habían sido ordenados por el rey, que segura­mente quedaría muy satisfecho si eran de piel tan rara y dura como la de búfalo, protestó violentamente, y Saduko, ya fuera por agradar al que esperaba llegara a ser su suegro o por

amor al deporte, por el que siempre había mostrado verdadera pasión, lo apoyó. Solamente Scowl —cuya sangre hotentote lo hacía astuto y cauteloso

(1Vlei:  pantano

— se puso de mi parte, señalando que estábamos muy escasos de   pólvora y que los búfalos "comían mucho plomo". Finalmente Saduko dijo:

—El señor Macumazahn es nuestro capitán; debemos obe­decerle, aunque sea una lástima. Pero sin duda la profecía de Zikali pesa en su espíritu, así que no hay nada que hacer.

—¡Zikali! —exclamó Umbezi—. ¿Qué tiene que ver en este asunto el viejo enano?

—No interesa lo que tenga o no tenga que ver — inte­rrumpí, porque aunque no creo que las hubiera pronunciado como un acicate, sino simplemente para exponer un hecho, las palabras de Saduko me habían llegado a lo vivo, en especial al decirme mi conciencia que no estaban del todo desprovistas de fundamento.

—Trataremos de matar algunos búfalos —continué—, aunque, a menos que la manada se empantane, cosa que no es probable, pues el pantano está muy seco, no creo que podamos esperar matar más de ocho o diez como máximo, que no servirán de mucho para escudos. Vamos, tracemos un plan. No tenemos tiempo que perder; empezarán a mo­verse de nuevo antes de que el sol haya salido del todo.

Media hora más tarde los cuatro de nosotros que estába­mos armados con fusiles nos habíamos apostado detrás de las rocas a ambos lados del empinado camino natural, abierto por las aguas, que llevaba al vlei, y junto con nosotros se hallaban algunos de los hombres de Umbezi. Este jefe estaba a mi lado, un puesto de honor que había insistido en ocupar. A decir verdad no lo disuadí, porque pensé que era más seguro allí que enfrente mío, pues aun si el viejo fusil no se disparaba solo, Umbezi cuando estaba excitado era un tirador muy inseguro. La manada de búfalos parecía ha­berse echado entre los juncos, así que, después de haber tenido cuidado de apostarnos nosotros primero, enviamos a tres de los portadores indígenas al lado opuesto del vlei con instrucciones de levantar a los animales con sus gritos. Los demás zulúes —había diez o doce de ellos armados con aza­gayas —los conservamos a nuestro lado.

Pero, ¿qué hicieron esos bribones? En lugar de inquietar a la manada haciendo ruido, como les habíamos dicho, por algún motivo que sólo ellos sabían —supongo que porque tuvieron miedo de entrar en el vlei, donde podían encon­trarse con los cuernos de búfalo en cualquier momento— prendieron fuego a los juncos secos en tres o cuatro puntos al mismo tiempo. En un minuto o dos la parte más lejana del pantano se convirtió en una masa de llamas de la que salían nubes de denso humo blanco.

Los búfalos dormidos se incorporaron de un salto y, des­pués de unos momentos de indecisión, se abalanzaron hacia nosotros, resoplando y mugiendo como enloquecidos. Viendo lo que iba a pasar, me escondí detrás de una roca enorme, mientras Scowl trepaba a una mimosa con la rapidez de un gato y, sin fijarse en las espinas, se sentó en un nido de águilas en la copa. Los zulúes armados de azagayas pusie­ron pies en polvorosa buscando donde esconderse. No vi lo que había sido de Saduko, pero el viejo Umbezi, completa­mente aturdido, saltó al centro mismo del camino gritando: —¡Ahí vienen! ¡Ahí vienen! ¡Carguen, búfalos, si se atre­ven! ¡El Devorador de Elefantes les espera!

—¡Cuidado, viejo loco! —grité, pero no pude seguir, porque en ese mismo momento el primero de los búfalos, un macho enorme que probablemente era jefe de la mana­da, aceptó la invitación de Umbezi y se abalanzó sobre él. Salió el tiro del fusil de Umbezi, y un instante después éste había salido por los aires. Vi su forma negra a través del humo y luego oí el ruido que hizo al caer encima de la roca detrás de la cual me cobijaba.

"Adiós, Umbezi", me dije, y como responso administré al búfalo que lo había enviado, según creía, al cielo, una onza de plomo en las costillas cuando pasó delante mío. Después de eso no volví a hacer fuego, pues me pareció más pru­dente no seguir anunciando mi presencia.

En toda mi experiencia de cazador no recuerdo haber visto nada parecido a lo que siguió. Los búfalos huían del vlei por docenas, haciendo cada uno de ellos observaciones en su lenguaje. Se amontonaban en el estrecho camino, tra­tando de saltar unos por encima de los otros, chillando, mu­giendo, pateando. Cargaron contra mi roca hasta hacerla estremecer. Derribaron la mimosa de Scowl y lo hubiesen sacado de su nido de águilas, si éste, afortunadamente, no se hubiera enganchado en otro árbol más inaccesible. Y con ellos llegaban nubes de humo acre, mezcladas con juncos encendidos y ráfagas de aire caliente.

Por fin terminó. Con excepción de algunos terneros que habían muerto pisoteados, la manada había desaparecido. Entonces, lo mismo que el emperador romano —creo que fue un emperador— pensé qué había sido de mis legiones.

—¡Umbezi! —grité, o más bien estornudé a través del humo—, ¿estás muerto, Umbezi?

—Sí, sí, Macumazahn —replicó una voz ahogada y melan­cólica desde lo alto de la roca —, estoy muerto. Ese espíritu maligno de una sylwama (fiera salvaje) me ha matado. Oh, ¿por qué pensé que era un cazador?; ¿por qué no me quedé en mi kraal contando mi hacienda?

—Estoy seguro de que no lo sé, viejo loco —contesté, mientras trepaba a lo alto de la roca para darle mi último adiós. Era una roca cuya parte superior terminaba en filo, como el techo de una casa, y allí, doblado sobre esa arista lo mismo que una sábana puesta a secar en una cuerda, en­contré al "Devorador de Elefantes".

—¿Dónde te alcanzó, Umbezi? —le pregunté, porque a causa del humo no podía ver sus heridas.

—¡Detrás, Macumazahn! —gimió—, porque me había dado vuelta para volar de allí, pero ¡ay!, demasiado tarde.

—Por el contrario —repliqué—, porque para ser tan pe­sado volaste muy bien, lo mismo que un pájaro, Umbezi.

—Mira lo que ese animal maldito me ha hecho, Macu­mazahn. Te será fácil porque mi moocha ha desaparecido.

Así lo hice, examinando con cuidado las amplias propor­ciones de Umbezi, pero no pude descubrir nada, con excep­ción de una gran mancha de barro negro, como si hubiese estado sentado en un charco medio seco. En seguida com­prendí lo que había sucedido. Los cuernos del búfalo no lo habían tocado. Sólo había sido alcanzado por el hocico em­barrado del animal que, siendo tan ancho casi como aquella porción de la anatomía de Umbezi con que había entrado en contacto, sólo le había causado una magulladura. Cuando estuve seguro de que no tenía ninguna lesión seria, mis nervios, que ya habían soportado bastante, estallaron y le administré la paliza más completa —su postura era muy conveniente— que hubiera recibido desde niño.

—¡Levántate, idiota! —le grité—, y busquemos a los demás. Este es el final de tu locura al hacerme atacar a una manada de búfalos entre los juncos. Levántate. ¿Crees que me voy a quedar aquí hasta que me asfixie el humo?

—¿Quieres decir, Macumazahn, que no tengo ninguna herida mortal? —preguntó, dando muestras de animación y aceptando el castigo de buen grado, pues era incapaz de guardar resentimiento—. Ah, cuánto me alegra oírlo, porque ahora viviré para hacer que esos cobardes que prendieron fuego a los juncos lamenten haber nacido; además quiero concluir con esa fiera, porque la alcancé.

—No sé si la alcanzaste; sé que él te alcanzó a ti —repli­qué a tiempo que le daba un empujón y corría hacia el árbol donde había visto por última vez a Scowl.

Allí contemplé otra escena extraña. Scowl estaba aún sentado en el nido de águilas que compartía con dos picho­nes, uno de los cuales, que había sido herido, profería chi­llidos de dolor. Y no se quejaba en vano, porque sus padres, que pertenecían a esa variedad de ave de rapiña que los bóers llaman lammefange, o ladrones de corderitos, acaba­ban de llegar en su ayuda, y daban a Scowl la paliza más grande que hombre alguno hubiera recibido de las garras y picos de pájaros. Visto a través de las nubes de humo, el combate adquiría proporciones titánicas; era uno de los más ruidosos que haya oído, porque no sé quién gritaba más fuerte, si las águilas enfurecidas o su víctima.

Viendo cómo estaban las cosas, solté la carcajada, y en ese mismo momento Scowl se aferró a la pata del macho, que estaba plantado en su pecho, mientras con el pico curvo le arrancaba mechones de cabello, y saltó audazmente del nido, que se había vuelto demasiado incómodo para él. Las alas desplegadas del águila suavizaron su caída, pues le sir­vieron de paracaídas; y otro tanto hizo Umbezi, sobre quien cayó. Saltando de la forma postrada del jefe, que ahora tenía una contusión adelante que hacía juego con la de atrás, Scowl, cubierto de picotazos y arañazos, salió corriendo, dejando que yo recogiera mi segundo fusil, que había caído al pie del árbol, pero sin estropearlo. Después de esa bata­lla los cafres le dieron otro nombre, que significaba "Aquel-que-lucha-contra-los-pájaros-y-lleva-la-peor-parte".

Bueno, nos alejamos del humo, un terceto lamentable —en realidad Umbezi no llevaba encima nada más que el anillo en sus cabellos— y llamamos a gritos a los otros, si es que no habían muerto pisoteados por la avalancha. El primero en llegar fue Saduko, que parecía tranquilo y despreocupa­do, pero que nos miró asombrado, preguntando qué había­mos estado haciendo para quedar en ese estado. Le respondí en lenguaje apropiado, y a mi vez le pregunté cómo se las había arreglado para estar tan compuesto.

No contestó, pero creo que lo cierto es que se había metido en la madriguera de un oso hormiguero; cosa que hizo perfectamente, hablando con franqueza. Luego fueron lle­gando uno por uno los restantes miembros de nuestro grupo, algunos de ellos sumamente agitados, como si hubiesen co­rrido una gran distancia. No faltaba ninguno, excepto los que habían prendido fuego a los juncos, y éstos creyeron prudente mantenerse lejos durante muchas horas. Creo que después lamentaron no haberse ausentado por más tiempo; pero cuando llegaron yo no estaba en condiciones de ad­vertir lo que pasó entre ellos y su enfurecido jefe.

Una vez reunidos, surgió la cuestión de lo que debíamos hacer. Como es natural, yo deseaba regresar al campamen­to y salir de ese lugar de mal augurio lo antes posible. Pero no había contado con la vanidad de Umbezi. Este, tendido sobre el borde afilado de una roca, adonde había sido lan­zado por un búfalo, e imaginándose mortalmente herido, era una cosa; pero con una moocha prestada, aunque, a causa de sus magulladuras, tuviese que sostenerse con una mano detrás y otra adelante, sabiendo que sus contusiones eran superficiales, era otra distinta.

—Soy un cazador —dijo—; me llaman "El Devorador de Elefantes" —y miró a todas partes, como buscando alguien que lo contradijera, cosa que nadie hizo. Es más, su "elogiador", un individuo flaco y de aspecto cansado, cuya voz se había debilitado con sus esfuerzos anteriores, repitió:

—Sí, "Devorador de Elefantes" es tu nombre; "Lanzado al Aire por el Búfalo" es tu nombre.

—Cállate, idiota —gritó Umbezi—. Como he dicho, soy un cazador; he herido a la fiera que luego se atrevió a ata­carme. (En realidad fui yo, Allan Quatermain, quien la había herido). Quiero hacerle morder el polvo, porque no puede estar lejos. Sigámosla.

Y miró con aire beligerante a su alrededor, mientras sus sumisos sirvientes, o uno de ellos, repitieron:

—Sí, sigámosla, "Devorador de Elefantes". Macumazahn nos mostrará cómo, porque no teme a ningún búfalo.

Claro está, después de esto no hubo más remedio que hacerlo, así que después de llamar a Scowl, a quien no parecía entusiasmar mucho la empresa, emprendimos la mar­cha siguiendo las huellas de la manada, que eran tan visi­bles como un camino de carretas.

—No te preocupes, Baas —dijo Scowl—, para ahora nos llevan dos horas de ventaja.

—Así lo espero —contesté, pero la fortuna estaba en contra mía, pues antes de haber recorrido un kilómetro uno de los ojeadores dio con un rastro de sangre.

Lo seguimos durante unos veinte minutos, hasta llegar a una espesura que descendía hasta el lecho de un río. Seguí la huella hasta llegar al borde de un gran charco que estaba aún lleno de agua, aunque el río se hubiera secado. Allí me quedé observando la huella y consultando con Saduko si el animal habría cruzado el charco nadando, porque las huellas que llegaban hasta su mismo borde eran muy con­fusas. De repente nuestras dudas se disiparon, porque de un denso matorral que habíamos pasado —porque nos había jugado la treta común de volver sobre sus pasos— salió el búfalo, un macho enorme, que se detuvo en tres patas, pues mi bala le había quebrado la otra. No cabía la menor duda respecto a su identidad, porque de su cuerno derecho, astillado en la punta, colgaba la moocha de Umbezi.

—Oh, ten cuidado, Inkoosi —gritó Saduko asustado—. ¡Es el búfalo con el cuerno astillado!

Lo oí y vi. En mi mente se produjo toda la escena en la choza de Zikali. Alcé mi fusil y disparé contra el ani­mal que cargaba, pero vi que la bala había resbalado en su cabeza. Arrojé el fusil, porque el búfalo estaba ya encima mío, y traté de saltar a un lado.

Casi lo conseguí, pero ese cuerno astillado, del que col­gaban los restos de la moocha de Umbezi, me alcanzó y me lanzó desde la ribera de espaldas al charco. Mientras caía vi a Saduko que saltaba hacia adelante y oí un disparo que hizo caer al búfalo por un momento. Luego, lentamente, me siguió al charco.

Ahora estábamos juntos y no había sitio para los dos, así que después de varias alternativas quedé debajo, como siem­pre le pasa al perro más chico en una pelea. Ese búfalo pa­reció hacerme todo aquello de que era capaz un búfalo en esas circunstancias. Trató de cornearme, y lo consiguió en parte, aunque hurte el cuerpo todo lo que pude. Luego me empujó con el hocico y me arrastró al fondo del charco, a pesar de que me aferré a su morro y se lo retorcí. Luego, con toda calma, se arrodilló encima mío y me fue hundiendo en el barro. Recuerdo haberle dado puntapiés en la barriga. Después de eso no recuerdo nada más, salvo una especie de pesadilla en la que repetí toda la escena en la choza del enano y su pedido de que cuando me encontrase con el bú­falo del cuerno astillado en el charco de un río seco recor­dase que no era más que "un pobre viejo cafre charlatán".

Después de esto, vi a mi madre inclinada sobre una cria­tura en mi cama en la vieja casa de Oxfordshire en que nací, ¡y luego tinieblas!

Recobré el conocimiento y vi, en lugar de mi madre, la figura majestuosa de Saduko inclinada sobre mí a un lado, y en el otro la de Scowl, el mestizo hotentote, que parecía llorar porque sentí caer en mi rostro sus cálidas lágrimas.

—Ha muerto —decía el pobre Scowl—; ese animal em­brujado con el cuerno partido lo ha matado. Ha muerto el mejor hombre blanco de toda África del Sur, a quien quería mas que a mi padre y todos mis parientes.

—Eso es fácil, bastardo —contestó Saduko—, ya que no los has conocido. Pero no ha muerto, porque el "Iniciador de Caminos" dijo que viviría; además clavé mi azagaya en el corazón de ese búfalo antes de que lo hubiese aplastado, porque por fortuna el barro era blando. Pero temo que tenga rotas las costillas— y me apretó el pecho con el dedo.

—Aparta de mí tu torpe mano —le dije.

—¡Has visto! —-dijo Saduko—. Le he hecho sentir. ¿No te aseguré que viviría?

Después de esto recuerdo muy poco, salvo algunos sueños confusos, hasta que me encontré en una gran choza, que luego descubrí que era la de Umbezi, la misma en que había curado la oreja de aquella mujer suya que era llamada la "Vieja Vaca Gastada".

 

 

 

 

 

 

Capítulo 4

 

Mameena

 

Durante un rato contemplé el techo y las paredes de la choza a la luz que entraba por el agujero de salida del humo y el de la entrada, pensando en quién sería su propietario y cómo había llegado allí.

Luego traté de sentarme, y al instante sentí un dolor agudo en la región de las costillas, y descubrí que las tenía fajadas con unas tiras anchas de cuero blando bien curti­do. Era evidente que las tenía rotas, o por lo menos algunas.

¿Cómo me las había roto?, me pregunté, y de golpe re­cordé todo. ¡Así que había escapado con vida, como me lo predijera el viejo enano, el "Iniciador de Caminos"! No cabía duda de que era un profeta excelente, y si en esto había dicho la verdad, ¿no ocurriría lo mismo en lo demás? ¿Qué debía de pensar de todo esto? ¿Cómo podía un negro salvaje, por viejo que fuera, predecir el porvenir?

Podía suponerse que, por deducción del pasado, y sin embargo, ¿cómo podía por deducción saber todos los detalles de un accidente que debía de ocurrirme por intermedió de un animal salvaje con cuerno partido en forma peculiar? Decidí no pensar más en ello, como antes y después de ese día he encontrado necesario hacerlo en el caso de otros muchos acontecimientos de mi vida.

En ese momento oí el ruido de alguien que entraba en la choza, y entrecerré los ojos, pues no me sentía con ánimos de conversar. Esa persona se acercó a mi lado, y no sé por qué —por instinto, supongo— tuve la certeza de que mi visitante era una mujer. Abrí despacio los ojos, justo lo sufi­cientemente para poderla ver.

Allí, bañada por un haz de luz dorada que filtrándose por el agujero de salida del humo cortaba la semioscuridad de la choza, se encontraba la criatura más hermosa que hasta entonces hubiera visto, si se admite que una mujer negra, o mejor dicho, cobriza, puede ser hermosa.

Era de estatura algo más que mediana, con una figura dentro de lo que puedo saber de esas cosas, perfecta, como la de una estatua griega. Sobre todo tuve ocasión de for­marme una opinión, pues, exceptuando su delantalito y un collar de grandes cuentas azules en la garganta, sus vesti­mentas eran... bueno, las de una estatua griega. Sus ras­gos no eran de tipo negroide, por el contrario, estaban sin­gularmente bien modelados, con la nariz recta y fina y la boca muy pequeña, mostrando unos dientes blancos como los de un antílope, bajo una frente lisa y despejada, corona­da por cabellos rizados, pero no en motas. Llevaba el cabello peinado sencillamente con una raya al medio, y recogido formando un gran moño en la nuca, asomando sus delicadas orejas entre las trenzas. Las manos, como los pies, eran pequeños y delicados y las curvas del busto suaves y firmes.

En verdad una mujer adorable, y sin embargo había algo desagradable en ese hermoso rostro; algo, a pesar de sus ras­gos infantiles, que me recordaban un capullo a punto de florecer, que no podía asociarse a la juventud e inocencia. Traté de analizar qué podría ser, y llegué a la conclusión de que sin ser dura, tenía una expresión demasiado inte­ligente y, en cierto modo, demasiado reflexiva. Sentí incluso que su cerebro era tan duro y agudo como una lámina de acero; que era una mujer nacida para mandar, no para ser el juguete o incluso la compañera amorosa de un hombre, sino para usar de éste para sus propios fines.

Inclinó la cabeza hasta ocultar con el mentón la pequeña depresión en la base de su garganta, que era uno de sus encantos, y empezó no a mirarme, sino a estudiarme, al ver lo cual cerré los ojos y esperé. Evidentemente creyó que aún seguía desmayado, porque empezó a hablar bajo a solas con voz suave y dulce como la miel.

—Un hombre pequeño —dijo—; Saduko haría dos como él, y el otro —quién sería, pensé— tres. Tiene además feo el cabello; se lo corta demasiado corto y se le eriza como el del espinazo de un gato. ¡Iya! (¡Bah!) — hizo un gesto despectivo con la mano—, es una pluma de hombre. Pero blanco..., blanco, uno de los que mandan. Vaya, todos ellos saben que es su amo. Lo llaman "El-que-nunca-duerme". Dicen que tiene el valor de una leona con cachorros; éste que se salvó cuando Dingaan mató a Piti (Retief) y los bóers; dicen que es rápido y astuto como una serpiente, y que Panda y sus indunas piensan más de él que de cualquier otro blanco que conocen. Además no está casado, aunque dicen también que tuvo dos veces mujer, que murieron, y que ahora no mira a ninguna mujer, lo que es raro en cualquier hombre e indica que se salvará de disgustos y triunfará. Claro que debe recordarse que aquí en Zululandia todas son feas, las vacas y las terneras que quieren ser vacas. ¡Iya!, no pensemos más.

Hizo una pausa y luego continuó con voz soñadora:

—Ahora, si encontrase una mujer, que no sea simplemente una vaca o una ternera, una mujer más inteligente que él, aunque no sea blanca, quién sabe...

En ese momento me pareció bien hacer que me desper­taba. Volviendo la cabeza bostecé, abrí los ojos y la miré en forma vaga, viendo que su expresión cambiaba rápida­mente de la de una mujer enérgica a la de una muchacha conmovida y ansiosa; en una palabra, se volvió femenina.

—Tú eres Mameena —dije—; ¿no es así?

—Oh, sí, Inkoosi —respondió—, ése es mi nombre. ¿Pero cómo lo has oído y cómo me conoces?

—Lo he oído de labios de un tal Saduko —al oír esto frunció ligeramente las cejas —y de otros, y te he conocido por lo hermosa que eres —palabras poco prudentes que le hicieron sonreír, al mismo tiempo que sacudía sus cabellos.

—¿Soy hermosa? —preguntó—. Nunca lo supe, pues no soy más que una pobre zulú a quien el gran jefe blanco se digna decir cosas amables, que le agradezco — e hizo una graciosa reverencia, doblando sólo una rodilla—. Pero, sea lo que sea, no tengo conocimientos para atenderte a ti que estás herido. ¿Salgo a llamar a mi madre más anciana?

—¿Te refieres a ésa a quien tu padre llama la ''Vieja Va­ca gastada", y cuya oreja cortó de un tiro?

—Sí, por la descripción debe de ser ella —dijo riéndose—, aunque nunca le oí llamarla por ese nombre.

—O si lo oíste lo has olvidado —le dije secamente—. Bueno, creo que no, muchas gracias. ¿Para qué molestarla cuando tú puedes servir lo mismo? Si hay leche en ese cán­taro, tal vez querrás darme un poco.                        

Voló como una golondrina hasta la vasija, y un instante después la acercaba con una mano a mis labios, mientras con la otra me sostenía la cabeza.

—Es un honor para mí —dijo—. Entré en la choza un momento antes de que te despertases, y viendo que aún se­guías desmayado, lloré... mira, mis ojos están aún hú­medos (y así era, aunque no sé cómo lo había hecho)... porque temía que ese sueño fuese el principio del último.

—Es muy amable de tu parte. Pero ahora que tus temores no tienen fundamento, gracias a Dios, siéntate, por favor, y dime cómo llegué aquí.

Se sentó, no como habitualmente lo hacen las mujeres negras, es decir semiarrodilladas, sino en un taburete.

—Fuiste traído al kraal, Inkoosi —dijo— en una camilla hecha con ramas. El corazón se me detuvo cuando vi llegar la camilla; me pareció que se transformaba en un pedazo de hierro frío, porque pensé que el muerto o el herido era... —e hizo una pausa.

—¿Saduko? —sugerí.

—De ninguna manera, Inkoosi..., mi padre.

—Bueno, no era ninguno de ellos, así que debiste ale­grarte.

—¡Alegrarme! ¿Cuando el huésped de nuestra casa, In­koosi, había sido herido, tal vez de muerte; el huésped de quien tanto había oído hablar aunque por desgracia yo estu­viera ausente cuando llegó?

—¿Una diferencia de opinión con tu madre la más an­ciana?

—Sí, Inkoosi; la mía murió y no me tratan muy bien aquí.

—¿Ah, sí? Bueno no me sorprende del todo, pero por fa­vor continúa tu historia.

—No sé nada más, Inkoosi. Te trajeron aquí y me dijeron cómo esa bestia maligna de búfalo casi te mata en el char­co; eso es todo.

—Sí, sí, Mameena, ¿pero cómo salí del charco?

—Ah, parece que tu sirviente Sikauli, el bastardo, saltó al agua y distrajo la atención del búfalo que estaba hun­diéndose en el barro, mientras Saduko se le montaba en el lomo y le hundía su azagaya en el corazón, matándolo. Luego te sacaron del barro, aplastado y casi ahogado, y te hicieron revivir. Pero luego volviste a perder el sentido, y así has estado delirando hasta ahora.

—Ah, es un valiente este Saduko.

—Como cualquier otro, ni más ni menos —replicó, enco­giendo sus bien redondeados hombros—. ¿Quieres que te hubiese dejado morir? Creo que el valiente fue el que se puso frente al búfalo y le retorció el morro y no quien sentó en su lomo y lo atravesó con su azagaya.

Al llegar a este punto de nuestra conversación me desva­necí de repente y perdí toda noción de las cosas, incluso de la interesante Mameena. Cuando volví a despertar se había marchado y en su lugar estaba el viejo Umbezi quien, observé, había agarrado una estera y la había plegado para que le sirviera de almohadón antes de sentarse en el tabu­rete.

—Salud, Macumazahn —dijo, al ver que estaba despier­to—; ¿cómo te encuentras?

Todo  lo  bien  que puede  esperarse —respondí—;   ¿y como estas tú, Umbezi?

—Mal, Macumazahn; aun ahora apenas puedo sentarme, porque aquel búfalo tenía un morro muy duro; además ten­go el corazón despedazado a causa de las pérdidas.

—¿Que perdidas, Umbezi?

—¡Wow! Macumazahn, el fuego que encendieron esos vi­les servidores míos llegó hasta el campamento y quemó casi todo: la carne, las pieles y hasta el marfil, que se rajó, así que es inservible. Fue una cacería infortunada, porque aun­que empezó muy bien, hemos salido de ella desnudos; sí, sin nada, fuera de la cabeza del búfalo con el cuerno asti­llado, que pensé tal vez te gustaría guardar.

—Bueno, Umbezi, demos gracias a Dios de que hemos sa­lido con vida..., si es que voy a vivir.

—Oh, Macumazahn, vivirás, no temas, sin que te quede rastro. Dos de nuestros doctores te han examinado y han dicho eso. Uno de ellos te fajó con todas esas pieles, y le prometí una ternera si te curaba, y le di una cabra a cuenta. Pero debes de estar echado aquí durante un mes o más, se­gún dice. Entretanto Panda ha mandado buscar los cueros que me pidió para hacer escudos, y me he visto obligado a matar veinticinco de mis animales para dárselos..., es decir, de los míos y de mis jefes de kraal.

—Pues entonces ojalá tú y tus jefes los hubiesen matado antes de que nos encontrásemos con esos búfalos, Umbezi — le dije quejándome, porque sentía dolores muy fuertes—. Manda llamar aquí a Saduko y Sikauli; deseo darles las gracias por haberme salvado la vida.

Vinieron a la mañana siguiente, según creo, y les di las gracias efusivamente.

—Bueno, bueno, Baas —dijo Scowl, que literalmente llo­raba de alegría al verme volver del coma y el delirio a la vida y la razón; no lágrimas como las de Mameena, sino reales, porque las veía correr por sus mejillas que aún te­nía señales de las garras del águila—. Bueno, bueno, no digas más, te lo ruego. Si tú hubieses muerto yo hubiera querido morir también, porque si dejabas este mundo yo no hubiera hecho más que errar por él sin corazón. Por eso salté al charco, no porque fuese valiente.

Al oírlo sentí que se me humedecían los ojos. Sí, es co­rriente maltratar a los indígenas, ¿pero en dónde encontra­mos más fidelidad y cariño que entre esos cafres, a los que tantos de nosotros consideramos solamente como basura negra que por casualidad tiene forma humana?

—En cuanto a mí, Inkoosi —añadió Saduko—, no hice más que cumplir con mi deber. ¿Cómo hubiese podido mar­char con la cabeza alta si el búfalo te hubiese matado mien­tras yo me escapaba con vida? Hasta las muchachas se hubiesen burlado de mí. ¡Pero qué dura tenía la piel! Creí que esa azagaya nunca la iba a atravesar.

Obsérvese la diferencia del carácter de esos dos hombres. El primero, aunque no fuese un héroe en su vida cotidiana, arriesga su vida obedeciendo a su fidelidad a un amo que muchas veces lo ha tratado con dureza e incluso lo ha azotado por encontrarlo ebrio, mientras que el otro lo hace para satisfacer su orgullo, y también tal vez porque mi muerte hubiera sido un obstáculo para sus planes y ambi­ciones, en las que yo debía desempeñar un papel. No, eso es demasiado duro; pero no cabe duda de que Saduko siempre tenía en cuenta primero sus intereses, y cómo sus actos podían influir en sus perspectivas y reputación, o in­fluenciar el logro de sus deseos. Creo que esto era cierto incluso en lo que se refería a Mameena —por lo menos al principio—, aunque en realidad siempre la quiso con una pasión poco común entre los zulúes.

Al rato Scowl salió de la choza para prepararme un caldo, y tan pronto lo hizo, Saduko desvió la conversación hacia este tema de Mameena. Tenía entendido que la había visto. ¿No me parecía muy hermosa?

—Sí, muy hermosa —contesté—; en realidad la mujer zulú más hermosa que he visto.

—Y muy inteligente...  ¿Casi tanto como una blanca?

—Sí, y muy inteligente.. . Mucho más inteligente que la mayoría de las blancas.

—¿Y...  algo más?

—Sí; muy peligrosa, y que puede variar como el viento y soplar caliente y soplar frío.

—¡Ah! —dijo, pensó un rato, y luego siguió—: Bueno, ¿qué me importa cómo sopla para los demás, mientras sople caliente para mí?

—Bueno, Saduko, ¿y sopla caliente para ti?

—No del todo, Macumazahn. — Otra pausa —. Creo que sopla más bien como el viento antes de una gran tempestad.

—Ese es un viento penetrante, Saduko y cuando lo senti­mos sabemos que precede a la tempestad.

—Es posible que venga la tempestad, Inkoosi, porque ella nació en una tempestad y la tempestad la acompaña, pero ¿qué importa si ella y yo le hacemos frente juntos? La amo y prefiero morir con ella a vivir con cualquiera otra mujer.

—La cuestión es, Saduko, si ella prefiere morir contigo a vivir con cualquier otro hombre. ¿Te lo ha dicho?

—Inkoosi, el pensamiento de Mameena trabaja en la os­curidad; es como una hormiga blanca en su túnel de barro. Uno ve el túnel que muestra lo que está pensando, pero no ve el pensamiento adentro. Sin embargo, a veces, cuando  cree que nadie la ve o la escucha —al oír esto pensé en el soliloquio de la joven cuando me creía sin conocimiento— o cuando se la sorprende, su verdadero pensamiento asoma fuera del túnel. Así sucedió el otro día cuando hablaba con ella después que oyó que yo había matado al búfalo con el cuerno astillado.

"—¿Te amo?, me dijo. No lo sé con seguridad. ¿Cómo pue­do saberlo? No es nuestra costumbre que una doncella ame antes de estar casada, porque si lo hiciera la mayor parte de los casamientos serían cosa del corazón y no de ganado, y entonces la mitad de los padres de Zululandia se empo­brecerían y se negarían a criar hijas que no les aportarían nada. Eres valiente, de buena presencia y bien nacido; pre­feriría vivir contigo antes que con cualquier otro de los hombres que conozco..., esto es, si fueses rico y, mejor aún, poderoso. Sé rico y poderoso, Saduko, y creo que te amaré.

"—Lo seré, Mameena, contesté; pero tienes que esperar. La nación zulú no fue hecha en un día de la nada. Primero tuvo que venir Chaka.

"—¡Ah!, dijo y, padre, sus ojos relampaguearon. ¡Ah, Chaka! ¡Ese fue un hombre! Sé otro Chaka, Saduko, y te amaré más..., más de lo que puedas soñar..., así y así, y me echó los brazos al cuello y me besó como nunca he sido besado, cosa rara entre nosotros en una muchacha. Luego me apartó riéndose y agregó: "En cuanto a la espera, debes de hablar a mi padre de eso. ¿No soy su ternera, en venta, y puedo acaso desobedecer a mi padre?" Y se fue, dejándome vacío, porque me parecía que se hubiera llevado con ella mis entrañas. Y no volverá a hablar más así la hor­miga blanca que ha vuelto a su túnel."

—¿Y hablaste con su padre?

—Sí, le hablé, pero en un mal momento, porque acababa de matar el ganado para suministrar los escudos de Panda. Me contestó en forma muy áspera. Dijo: "¿Ves estos ani­males muertos, que yo y mi gente debemos matar para el rey, so pena de caer en su desgracia? Pues bien, tráeme cinco veces su número y hablaremos de tu casamiento con mi hija, que es una muchacha muy solicitada".

"Le contesté que comprendía y que haría todo lo posible, cosa que lo suavizó, porque Umbezi tiene buen corazón.

"Hijo mío, dijo, te quiero bien y desde que te vi salvar a mi amigo Macumazahn de aquel búfalo salvaje te quiero más que antes. Pero sabes cuál es mi situación. Tengo un nombre antiguo y soy llamado el jefe de una tribu, y mu­chos viven a mi costa. Pero soy pobre y esta hija mía vale mucho. Pocos hombres han sido padres de una mujer así, y tengo que sacarle el mayor partido posible. Mi yerno tie­ne que ser alguien que sea el sostén de mi vejez, y no alguien que me pisotee en el barro como hizo el búfalo con Macumazahn. Ahora he hablado y no me gusta hablar así. Vuelve con el ganado y te escucharé, pero entretanto en­tiende que no estoy obligado contigo o con ningún otro; tomaré lo que me envíe mi espíritu, que, si voy a juzgar el futuro por el pasado, no será mucho. Una palabra más: no te quedes demasiado en este kraal, para que no se diga que eres  el pretendiente aceptado de Mameena.  Vete de aquí a trabajar como un hombre y vuelve con la recompen­sa de un hombre, o no vuelvas más."

—Bueno, Saduko, esa azagaya es afilada, ¿no es cierto? Y ahora, ¿qué piensas hacer?

—Mi plan es, Macumazahn —contestó poniéndose de pie—, irme de aquí y reunir a aquellos que me tienen sim­patía porque soy el hijo de mi padre y todavía el jefe de los amangwane, o los que quedan de ellos, aunque no tenga kraal ni hacienda. Luego, dentro de una luna, espero, regre­saré aquí para encontrarte nuevamente fuerte, y marcha­remos contra Bangu, como te lo he dicho, con el permiso de alguien poderoso quien ha dicho que si puedo apoderarme de algún ganado podré guardarlo como recompensa.

—No estoy seguro de eso, Saduko. Nunca te prometí que haría la guerra a Bangu... con o sin el permiso del rey.

—No, tú nunca lo prometiste, pero Zikali el Enano, el Pequeño Sabio, dijo que lo harías; ¿y miente Zikali? Pre­gúntatelo a ti mismo, que recordarás algo que dijo acerca de un búfalo con un cuerno astillado, un charco y un lecho seco de un río. Adiós, oh mi padre Macumazahn; saldré al amanecer y dejo a Mameena en tus manos.

—Querrás decir que me dejas en manos de Mameena — empecé, pero ya estaba a medias fuera de la choza.

Pues bien, Mameena me cuidó en forma muy aceptable. Siempre estaba a mano, pero sin llegar a cansar.

Sin hacer caso de sus insultos y malos tratos, mantuvo apartada de mi presencia a la "Vieja Vaca Gastada", a la que sabía que detestaba. Se ocupó de mis vendajes así como de preparar mi comida, teniendo varias discusiones por este último motivo con el bastardo Scowl, quien no le tenía simpatía, porque nunca desperdiciaba ella ninguna de sus gracias en él. Cuando fui recuperando mis fuerzas pasó muchos ratos sentada a mi lado charlando, porque por común acuerdo Mameena estaba exenta de todos los tra­bajos que son la suerte habitual de las mujeres cafres. Su papel era ser el adorno y, permítaseme agregar, la propa­ganda del kraal de su padre.

Discutimos toda clase de temas, desde la religión cristia­na y otras y la política europea hasta las cosas más nimias, porque su sed de conocimientos parecía insaciable. Pero lo que realmente le interesaba era el estado de las cosas en Zululandia, que sabía yo conocía bien, como persona que había desempeñado un papel en su historia y que era recibido y disfrutaba de la confianza de la Casa Grande, y también como hombre blanco que comprendía los desig­nios y planes de los bóers y del gobernador de Natal.

En una ocasión me preguntó si el viejo rey, Panda, mu­riese, cuál de sus hijos creía yo que le sucedería: Umbelazi o Cetewayo u otro. O si no moría, a cuál de ellos nombraría heredero. Le contesté que no era profeta, y que era mejor que lo preguntase a Zikali el Sabio.

—Esa es una idea muy buena —dijo—, pero no tengo quien me lleve hasta él, pues mi padre no me dejaría ir con Saduko, su ahijado. — Luego dio una palmada y agregó —: Oh, Macumazahn, ¿no quieres llevarme? Mi padre me con­fiaría a ti.

—Supongo que sí —contesté—; pero la cuestión es, ¿po­dría yo confiar en mí mismo contigo?

—¿Qué quieres decir? Ah, ya comprendo... Entonces, ¿después de todo, soy para ti algo más que una piedra negra que te divierte?

Creo que fue esa broma poco afortunada mía la que hizo que Mameena empezara a pensar "como una hormiga blan­ca en su túnel", según había dicho Saduko. Por lo menos, desde ese momento cambió su manera hacia mi; se volvió respetuosa; escuchaba mis palabras como si estuvieran im­pregnadas de sabiduría; la sorprendí contemplándome con sus ojos dulces como si fuera un objeto admirable. Empezó a hablarme de sus dificultades, sus disgustos y sus ambicio­nes. Me pidió que la aconsejara respecto a Saduko. Sobre este punto le contesté que si lo quería y su padre lo permi­tía, lo mejor que podía hacer era casarse con él.

—Me gusta mucho, Macumazahn, aunque me aburra a veces; pero amarlo... Oh, dime, ¿qué es el amor? Y cru­zando sus finas manos, me miró como una gacela.

—Mi palabra, muchacha, éste es un asunto en el que hubiese creído que me podías dar lecciones.

—Oh, Macumazahn —dijo casi en un susurro—, ¿acaso me has dado oportunidad de hacerlo? —Y se rió, con un aire sumamente atractivo.

—¡Santo Cielo! — exclamé porque empezaba a sentirme nervioso —. ¿Qué quieres decir, Mameena? ¿Cómo podría yo... ? — y me detuve.

—No sé lo que quiero decir, Macumazahn — dijo agita­da —, pero sé de sobra lo que tú quieres decir: que tú eres blanco como la nieve y yo negra como el hollín, y que la nieve y el hollín no hacen una buena mezcla.

—No — le respondí con gravedad —, la nieve tiene aspec­to agradable a la vista y también el hollín, pero mezclados resulta un color desagradable. No es que tú te parezcas al hollín — agregué de prisa, temiendo herir sus sentimientos —. Este es tu color — y toqué una pulsera de cobre que llevaba — un color hermoso, Mameena, como todo lo tuyo.

—Hermoso — dijo empezando a llorar, cosa que me al­teró, porque si hay algo que no puedo soportar es ver llorar a una mujer—. ¿Cómo puede ser hermosa una pobre muchacha zulú? Oh, Macumazahn, los espíritus se han portado mal conmigo al darme el color de mi pueblo y el corazón del tuyo. Si yo fuese blanca, lo que has tenido la bondad de llamar esta hermosura mía me podría servir para algo, porque entonces...  Oh, ¿no comprendes, Macumazahn?

Sacudí la cabeza diciéndole que no, y un instante des­pués me arrepentí, porque empezó a explicarlo.

Dejándose caer de rodillas — porque estábamos solos en la gran choza y no había nadie cerca, ya que las demás mujeres estaban ocupadas en sus tareas rurales o domésti­cas, para las que Mameena había declarado que no tenía tiempo, pues estaba ocupada cuidándome — dejó caer su hermosa cabeza sobre mis rodillas y empezó a hablar en voz baja y dulce, interrumpida a veces por un sollozo.

—Entonces te lo diré; sí, te lo diré, aunque después me odies. Podría enseñarte muy bien lo que es el amor, Ma­cumazahn, tienes razón, porque te amo.  (Sollozo.) No, no te moverás hasta que me hayas oído. — Aquí me estrechó fuertemente las piernas con sus brazos de forma que me era imposible moverme sin usar la violencia —. Cuando te vi por primera vez, deshecho y sin conocimiento, me pareció que caía nieve en mi corazón, que se detuvo un momen­to y no ha vuelto a ser el mismo desde entonces. Creo que está creciendo en él algo, Macumazahn, que lo está haciendo más grande.  (Sollozo.)  Antes de eso me gustaba Saduko, pero desde entonces no me gusta nada..., no, ni tampoco Masapo..., sabes, es el gran jefe que vive del otro lado de la montaña, un hombre muy rico y poderoso que creo que­ría casarse conmigo. Bueno, mientras te cuidaba mi cora­zón fue haciéndose más grande y más grande, y ahora ves que ha estallado.  (Sollozo.)  No, no, quédate quieto y no trates de hablar. Me tendrás que oír. Es lo menos que pue­des hacer, ya que tú me has causado todo este sufrimiento. Si no querías que te amase, ¿por qué no me insultaste y me golpeaste, como me han dicho que hacen los blancos a las muchachas cafres? — Se puso de pie y continuó: — Aho­ra escucha. Aunque tenga el color del cobre, soy agraciada. Soy  también  bien  nacida;   no  hay  sangre  mejor   que  la nuestra en toda Zululandia, tanto del lado de mi padre como del de mi madre, y tengo dentro de mí un fuego que me muestra las cosas. Puedo ser grande y ambiciono la gran­deza. Tómame como esposa, Macumazahn, y te juro que en diez años te haré rey de los zulúes. Olvida tus pálidas mu­jeres blancas y cásate con este fuego que arde en mí, y devorará todo lo que se alza entre ti y la Corona, lo mismo que la llama devora el pasto seco. Más aún, te haré feliz. Si decides tomar otras mujeres, no seré celosa, porque sé que tendré tu espíritu y que, comparadas conmigo, no serían nada en tu pensamiento...

—Pero, Mameena, yo no quiero ser rey de los zulúes.

—Oh, sí, sí lo quieres, porque todo hombre quiere el poder, y es mejor reinar sobre un pueblo de negros valientes — miles y miles de ellos — que no ser nadie entre los blancos. ¡Piensa, piensa! El país es rico. Con tu habilidad y conoci­mientos los amabuto (regimientos) podrían ser mejorados; con la riqueza los armarías con fusiles y también con caño­nes con voz de trueno. Serían invencibles. El reinado de Chaka no sería nada comparado con el nuestro, porque cien mil guerreros descansarían sobre sus azagayas, esperando tu palabra. Si así lo deseabas, podrías barrer Natal y con­vertir a los blancos de allí también en tus súbditos. O tal vez sería más seguro dejarlos estar, no fuese que llegasen otros a través del agua verde para ayudarlos, y atacar hacia el norte, donde me han dicho que hay grandes territorios ricos en donde nadie disputaría nuestra soberanía.

—Pero, Mameena — exclamé, porque la ambición titáni­ca de esa muchacha me abrumaba —, ¡con seguridad estás loca! ¿Cómo harías todas esas cosas?

—No estoy loca — contestó —; soy solamente lo que se suele llamar grande, y sabes de sobra que puedo hacerlas, no por mí misma, ya que no soy más que una mujer y me sujetan las cuerdas que atan a las mujeres, sino contigo para que cortes esas cuerdas y me ayudes. Tengo un plan que no fallará. Pero, Macumazahn — añadió, con voz cam­biada —, hasta que no sepa que serás mi compañero no te lo diré, ni siquiera a ti, porque podrías hablar... en sueños, y entonces el fuego que arde en mi pecho se extinguiría.

—Si es por eso podría hablar ahora, Mameena.

—No; porque los hombres como tú no cuentan cosas de muchachas estúpidas que están enamoradas de ellos. Pero si el plan empezase a marchar y oyeses que habían muerto reyes o príncipes, podría ser diferente. Podrías decir: "Creo que sé dónde vive la bruja que causa todos estos males".

—Mameena, no me digas más. Dejando a un lado tus sueños, ¿puedo traicionar a mi amigo Saduko, que día y noche me habla de ti?

—¡Saduko! ¡Iya! — exclamó, con ese gesto expresivo de su mano.

—¿Y puedo traicionar — continué, viendo que Saduko no era una buena carta — a mi amigo Umbezi, tu padre?

—¡Mi padre! — y se rió —. Vaya, ¿no le agradaría agran­darse a tu sombra? Ayer nada más me decía que me casase contigo, si podía, porque entonces hallaría en ti un apoyo, y se vería libre de las molestias de Saduko.

Evidentemente Umbezi era una carta peor aún que Sa­duko, así que jugué otra.

—¿Y puedo ayudarte, Mameena, a recorrer un camino que en el peor de los casos quedará tinto en sangre?

—¿Por qué no, si ya sea contigo o sin ti estoy destinada a recorrer ese camino, siendo la única diferencia que con­tigo me llevará a la gloria y sin ti tal vez a los chacales y buitres? ¿Sangre? ¡Iya! ¿Qué es la sangre en Zululandia? Viendo que había fallado también esta carta, puse sobre el tapete la última que me quedaba.

—Gloria o no, no quiero compartirla, Mameena. No haré la guerra entre gente que me han tratado hospitalariamen­te, ni tramaré la caída de los Grandes. Como me acabas de decir, no soy nadie — nada más que un grano de arena en la playa —, pero prefiero ser eso que no una roca maldita que atrae los rayos del cielo y está bañada de sangre de sacrificios. No busco ningún trono sobre negros o blancos, Mameena, sino que sigo mi sendero hasta una tumba tran­quila que tal vez no carezca de honor, aunque distinto del que tú buscas. Guardaré silencio, Mameena, pero porque eres tan hermosa y tan inteligente, y porque dices que me tienes cariño — cosa que te agradezco —, te ruego que deseches esos horribles sueños tuyos que a la larga, tengan éxito o fracasen, te harán marchar temblando del mundo para rendir cuenta de ellos al que Vigila-en-lo-alto.

—No lo creas — dijo con una risa orgullosa —. Cuando el que Vigila sembró mi semilla — si es que lo hizo —, también sembró los sueños que son parte mía, y no haré más que devolverle lo suyo, con las flores y los frutos por interés. Pero eso ha terminado. Rechazas la grandeza. Aho­ra, dime, ¿si hundo esos sueños en un gran lago, atándoles  la piedra del olvido y diciendo:  "Dormid ahí, oh Sueños;  no ha llegado vuestra hora"; me presento ante ti sólo como una mujer que ama y que jura por los espíritus de sus pa­dres no pensar o hacer jamás lo que no tenga tu consenti­miento, ¿me querrías un poco, Macumazahn?

Me quedé mudo, porque me había llevado a mi último reducto, y no sabía qué decir. Además, confesaré mi debili­dad, me sentía profundamente conmovido. Esa hermosa mu­chacha con el "fuego en su corazón", esa mujer que era distinta de todas las demás mujeres que había conocido, parecía haberme estrujado el corazón entre sus finos dedos y estar arrastrándome hacia ella. Era una fuerte tentación y me acordé de las palabras del viejo Zikali en el Kloof Negro, pareciéndome oír su risa estentórea.

Ella se acercó a mí, me echó los brazos al cuello y me besó en los labios, y creo que le devolví sus besos, aunque realmente no estoy seguro de lo que hice o dije, porque  estaba aturdido. Cuando me despejé de nuevo, ella estaba frente a mí, mirándome con aire reflexivo.

—Ahora, Macumazahn — dijo, con una sonrisa a la vez burlona y deslumbradora —, la pobre muchacha negra te ha atrapado, a ti el sabio y experimentado hombre blanco, en su red, pero te mostraré que puede ser generosa. ¿Crees que no leo tu corazón, que no sé que piensas que te estoy arrastrando a la vergüenza y la ruina? Bueno, te perdono, Macumazahn, porque me has besado y has pronunciado pa­labras que tal vez hayas olvidado ya, pero que no olvido. Sigue tu camino, Macumazahn, y yo seguiré el mío, ya que el orgulloso hombre blanco no quiere ser manchado con mi contacto negro. Sigue tu camino, pero hay una cosa que te prohíbo: que creas que has escuchado mentiras y que simplemente he usado en ti mis artes de mujer para mis propios fines. Te amo, Macumazahn, como jamás serás amado hasta tu muerte y jamás amaré a otro hombre, no importa con cuántos me case. Además, me vas a prome­ter una cosa: que una vez en mi vida, y sólo una, si lo deseo, me besarás de nuevo delante de todos. Y ahora, no sea que hagas una locura y olvides tu orgullo de hombre blanco, te digo adiós, Macumazahn. Cuando nos veamos de nuevo será sólo como amigos.

Y me dejó, haciendo que me sintiera más insignificante que nunca, más aún que cuando me presenté ante Zikali el Sabio. ¿Por qué, pensé, primero me había enloquecido y luego había desechado los frutos de mi locura? Hasta ahora no he podido hallar la contestación exacta a esa pregunta.

 

 

Capítulo 5

 

Dos  Antilopes y La Gacela

 

 

Podía creerse que, como consecuencia de esa escena en la que fui juguete de una muchacha cafre que, después de doblegarme ante su voluntad, tuvo la inteligencia de desecharme antes de que me arrepintiese, como sabía ocu­rriría tan pronto me volviera la espalda, mis relaciones con esa joven habrían sido tirantes. Pero nada de eso sucedió. Cuando nos volvimos a ver, a la mañana siguiente, era la misma de siempre, atendiendo mis lesiones, entonces estaban casi curadas, bromeando sobre una cosa y otra, preguntando qué decían cartas que había recibido de Natal y unos diarios que las acompañaban — porque era curiosa en esas cuestiones — y así sucesivamente.

Imposible, dirá el crítico inteligente, imposible que una salvaje obre con tanto refinamiento. Pues bien, amigo crí­tico, ahí es justamente donde estás equivocado. Cuando se suman todos los factores, hay muy poca diferencia en las cuestiones esenciales entre un salvaje y uno de nosotros.

En lo que principalmente difieren de nosotros es en que no se emborrachan hasta que el hombre blanco les enseña a hacerlo; usan menos ropa, porque el clima es más ama­ble, sus poblados por la noche no se ven rebajados por las escenas que se ven en los nuestros, quieren a sus hijos y nunca son crueles con ellos, aunque de vez en cuando pue­dan eliminar a un niño deforme o a algún mellizo, y cuan­do marchan a la guerra, cosa frecuente, lo hacen en forma terrible, casi tan terrible como se hacía en todas las nacio­nes de Europa unas pocas generaciones atrás.

Claro está que quedan sus brujerías y las crueldades que son consecuencia de su creencia casi universal en el poder y la eficacia de la magia. Pues bien, desde que vivo en Inglaterra, he estado leyendo sobre este tema y he hallado que hasta hace poco crueldades similares eran corrientes en toda Europa — es decir, en esa parte del mundo que du­rante más de mil años ha contado con las ventajas del conocimiento y la profesión de la fe cristiana.

En vista de eso, dejemos que aquellos ultracivilizados tomen la primera piedra para arrojarla contra los pobres e ignorantes zulúes, cosa que he observado siempre que los más ignorantes y viciosos de entre los blancos están dis­puesto a hacer, generalmente porque ambicionan sus tie­rras, el fruto de sus trabajos o algo por el estilo.

Pero me estoy apartando de la cuestión fundamental, y ésta es que un hombre o una mujer inteligentes entre la gente que llamamos salvajes son esencialmente iguales a cualquier hombre o mujer inteligentes de otro pueblo.

Pero volvamos a nuestro relato. Mameena era una per­sona sumamente capaz, una persona que si hubiera sido fa­vorecida por la suerte podría haber desempeñado el papel de una Cleopatra con tanto o mayor éxito que ésta, pues tenía la misma belleza y falta de escrúpulos de esa famosa dama y, creo, podía ser tan apasionada como ella.

No me gusta mencionar este punto puesto que me afecta personalmente, y la vanidad natural del hombre le hace creer que es el objeto particular de una pasión eterna. Si pudiese saber todos los pormenores de la situación, es probable que no se haría tantas ilusiones y que se sentiría tan empequeñecido como me sentí yo al marcharse Mameena de la choza. Sin embargo, para ser sincero — ¿y por qué no lo seré si esto sucedió hace tanto tiempo? — creo que había algo de cierto en lo que dijo, que, sólo el Cielo sabe por qué motivo, me había tomado cariño, cariño que duró toda su breve y tempestuosa vida. Pero esto podrá juzgarlo por sí mismo el lector.

Un par de semanas después de la escena de la choza esta­ba otra vez bien y fuerte, habiendo sanado mis costillas o la parte que fuese de mi cuerpo que había pisoteado el bú­falo. Además, deseaba marcharme, pues debía atender va­rios asuntos en Natal, y como no había vuelto a tener noti­cias de Saduko, decidí regresar a casa, dejándole un mensaje que decía dónde podía encontrarme si me necesitaba. La verdad es que no tenía ningún interés en verme mezclado en esa guerra privada con Bangu. Es más, quería lavarme las manos de todo ese asunto, incluyendo a la bella Mameena y sus ojos burlones.

Así que una mañana, después de haber reunido a mis bueyes, ordené a Scowl que los unciera —orden que reci­bió con júbilo, ya que él y los demás sirvientes anhelaban volver a la civilización y sus encantos. Pero justo en el momento en que se iniciaba la operación, me llegó un men­saje de Umbezi en que me pedía que demorase mi partida hasta la tarde, pues un amigo suyo, un jefe importante, había llegado de visita y quería tener el honor de conocer­me. Aunque hubiese deseado mandar al diablo al gran jefe, como me pareció una grosería negarme al pedido de una persona que había sido tan amable conmigo, ordené que desuncieran los bueyes, y de muy mal humor marché hacia él kraal. Este se encontraba cerca de un kilómetro del lugar que había elegido como campamento, pues tan pronto como me encontré bastante restablecido fui a dormir a mi carreta, dejando la gran choza a la "Vieja Vaca Gastada".

No había motivo alguno por el cual debiese sentirme de mal humor, ya que el tiempo en esa época no tenía gran valor en Zululandia, y no me interesaba mayormente si partía por la mañana o por la tarde. Pero lo cierto es que no podía olvidar la profecía de Zikali, el "Pequeño y Sabio", de que estaba destinado a formar parte de la expedición de Saduko contra Bangu, y aunque había acertado con el búfalo y Mameena, estaba decidido a demostrarle que se había equivocado en este asunto.

Si hubiese salido del país, no hubiera podido ir contra Bangu. Pero mientras estuviese en él, Saduko podía regre­sar en cualquier momento y entonces, sin duda sería difícil para mí eludir la media promesa que le había dado.

Tan pronto como llegué al kraal vi que se había prepa­rado una fiesta, pues había sido sacrificado un buey, al que estaban cocinando; además estaban presentes varios zulúes extraños. Dentro del cerco de kraal, sentado a la sombra, encontré a Umbezi y algunos de sus cabecillas, y con ellos a un indígena alto y robusto, con su "anillo", que llevaba una moocha de piel de tigre como señal de jerarquía, y algunos de sus cabecillas. También estaba Mameena cerca de la puerta, vestida con sus mejores cuentas, y sosteniendo una calabaza de cerveza cafre con la que era evidente había estado sirviendo a los invitados.

—¿Te hubieses ido sin decirme adiós, Macumazahn? — me dijo en voz baja cuando llegué a su lado —. Eso hubiera sido una crueldad de tu parte, y hubiese llorado mucho. Pero no debía de ser así.

—Pensaba llegar hasta aquí y despedirme de ti, cuando uncí los bueyes —contesté—. Pero, ¿quién es ese hombre?

—Ahora lo sabrás, Macumazahn. Mi padre nos llama.

Así que me dirigí al círculo y al mismo tiempo que avan­zaba, Umbezi se puso de pie y tomándome de la mano me llevó hasta el .hombrón, diciendo:

—Este es Masapo, jefe de los amasomi, de la raza quabie, que desea conocerte, Macumazahn.

—Muy amable de su parte — respondí con frialdad, mien­tras examinaba a Masapo. Era, como he dicho, un hombre de gran tamaño y de unos cincuenta años de edad, porque su cabello era gris. Para ser franco, de inmediato me fue sumamente antipático, porque había algo en su rostro duro y grosero y en su aire de orgullo insolente que me repelía. En seguida guardé silencio, porque entre los zulúes cuando se encuentran dos personas extrañas de más o menos el mismo rango el que habla primero se reconoce inferior al otro. Por tanto me quedé callado y contemplé a este nuevo cortejante de Mameena. Masapo también me contempló, luego hizo alguna observación a uno de sus acompañantes, que no pude pescar, que hizo reír a éste.

—Ha oído que eres un ipisi (un gran cazador) —inte­rrumpió Umbezi, quien se percató de que la situación se estaba volviendo tirante, y que era necesario decir algo.

—¿Ah, sí? —contesté—. Entonces tiene más suerte que yo, porque jamás he oído hablar de él o de lo que es. —Esto, era mentira, porque se recordará que Mameena lo había mencionado en la choza como uno de sus pretendientes, pero entre los indígenas es necesario conservar el prestigio—. Amigo Umbezi — continué —, he venido a despedirme, ya que estoy a punto de partir para Durban.

En ese momento Masapo me tendió su mano, sin levan­tarse, diciendo:

—Siyakubona   (buen día),  Hombre Blanco.

Siyakubona, Hombre Negro —le contesté, tocando ape­nas sus dedos, mientras Mameena, que se había acercado con la cerveza y estaba frente a mí, me hacía un guiño y reía. Me volví sobre mis talones para irme, pero Masapo dijo con voz tosca y gruñosa:

—Oh, Macumazahn, antes de que nos dejes quisiera hablar contigo de cierto asunto. ¿Tendrías la bondad de sentarte conmigo aparte un rato?

—Ciertamente, oh Masapo —. Y di unos pasos hasta po­nerme fuera de los oídos de los otros, y él me siguió.

—Macumazahn —me dijo—, necesito fusiles y me han dicho que puedes suministrarlos, pues eres un traficante.

—Sí, Masapo, supongo que puedo hacerlo, a un precio, por más que sea arriesgado introducir fusiles de contrabando en Zululandia. ¿Pero puedo preguntarte para qué los nece­sitas? ¿Es para matar elefantes?

—Sí, para matar elefantes —contestó, mirando a su alre­dedor —. Me han dicho que eres discreto, que no gritas des­de el techo de una choza lo que oyes decir dentro de ella. Escúchame. Nuestro país está agitado; no todos de nosotros queremos a la semilla de Senzangakona, a la que pertenece nuestro rey actual. Por ejemplo, es posible que nosotros los quabies —porque mi tribu, los amasomi somos de esa ra­za — sufrimos bajo la azagaya de Chaka. Creemos que pue­de llegar el día en que los que vivimos de matas como las cabras podremos de nuevo alimentarnos de las copas de los árboles como las jirafas, porque Panda no es un rey fuerte y tiene hijos que se odian, uno de los cuales tal vez necesite nuestras azagayas. ¿Entiendes?

—Entiendo que quieres fusiles, oh Masapo — le dije seca­mente —. Ahora hablemos del precio y el lugar donde deben ser entregados.

Regateamos un rato, pero los detalles de esa transacción comercial no interesan a nadie. En verdad sólo menciono el asunto para mostrar que Masapo estaba complotando con­tra la casa real, cuyo representante en ese tiempo era Panda. Una vez que concluimos nuestras negociaciones más bien delictuosas, que en esencia estipulaban que yo debía de re­cibir tantas cabezas de ganado a cambio de tantos fusiles si los podía entregar en cierto lugar, que era el kraal de Umbezi, regresé al círculo en donde estaban sentados Umbezi, sus acompañantes e invitados, con el propósito de despe­dirme. Pero ya había sido servida la carne y como tenía hambre, ya que apenas había desayunado esa mañana, me quedé a comer. Una vez que terminé mi almuerzo y lo acompañé con un trago de tshwala (es decir, cerveza cafre), me levanté para irme, pero en ese momento ¿quién podía aparecer en la puerta sino Saduko?

¡Iya! —dijo Mameena, que estaba a mi lado, en voz tan baja que sólo yo podía oír—. Cuando se encuentran dos antílopes ¿qué sucede, Macumazahn?

—A veces luchan y a veces uno de ellos huye. Mucho de­pende de la gacela —contesté igualmente en voz baja.

Se encogió de hombros, se cruzó de brazos, saludó con la cabeza a Saduko cuando éste pasó a su lado, y luego se apo­yó contra la valla en una postura graciosa.

—Salud, Umbezi —dijo Saduko, con su aire orgulloso—. Veo que estás de festín. ¿Soy bien venido aquí?

—Claro que siempre eres bien venido, Saduko — replicó Umbezi, inquieto —, aunque, como verás, estoy agasajando a un gran hombre. —Y miró hacia Masapo.

—Ya lo veo — dijo Saduko, mirando a los forasteros —. ¿Pero cuál de éstos es el gran hombre? Lo pregunto para poderlo saludar.

—Lo sabes de sobra, umfokazana (es decir, vagabundo) — exclamó Masapo furioso.

—Sé que si estuvieses fuera de este cerco, Masapo, te haría tragar esa palabra con la punta de mi azagaya — re­plicó Saduko con voz tonante —. Oh, puedo suponerme qué te ha traído, Masapo, y puedes suponer por qué he venido yo —y miró a Mameena—. Dime, Umbezi, ¿es este jefecillo de los amasomi el pretendiente aceptado de tu hija?

—No, no, Saduko —dijo Umbezi—, no tiene ningún pre­tendiente aceptado. ¿No quieres sentarte a comer con nos­otros? Dinos dónde has estado y por qué has vuelto aquí tan repentinamente y. ..  sin ser invitado.

—He vuelto aquí, oh Umbezi, para hablar con el jefe blanco, Macumazahn. En cuanto a dónde he estado, ése es asunto mío y no tuyo ni de Masapo.

—Si fuese jefe de este kraal —dijo Masapo—, echaría a esta hiena con la piel comida por la tiña y sin madriguera que viene a devorar tu carne y tal vez a robarte tu hija.

—¿No te dije, Macumazahn, que cuando se encuentran dos antílopes siempre luchan? —susurró Mameena en mi oído.

—Sí, Mameena..., o más bien te lo dije yo. ¿Pero no me has dicho qué hará la gacela?

—La gacela, Macumazahn, se quedará acurrucada espe­rando ver lo que pasa..., como suelen hacer las gacelas — y de nuevo se rió suavemente.

—¿Por qué no cazas tú mismo, Masapo? —preguntó Saduko —. Ven, que te prometo una buena diversión. Fuera de este kraal hay otras hienas esperando que me llaman jefe —cien o doscientas— reunidas con cierto objeto por autorización del rey Panda, cuya casa, como todos sabemos, odias. Ven, deja esa carne y esa cerveza y empieza tu cace­ría de hienas, oh Masapo.

Masapo calló, porque se percató de que queriendo atrapar un mono se había encontrado con un tigre.

—No hablas, oh jefe de los pequeños amasomi —continuó Saduko, que estaba enloquecido de rabia y celos—. ¡No quieres dejar tu carne y tu cerveza para cazar a las hienas que están mandadas por un umfokazana! Pues bien, enton­ces el umfokazana va a hablar — y acercándose a Masapo, con la azagaya empuñada en la mano derecha, Saduko aga­rró con la izquierda la barba corta de su rival.

—Escucha, jefe —dijo—. Tú y yo somos enemigos. Tú buscas a la mujer que busco yo, y, tal vez porque eres rico, la compres. Pero si lo haces, te aseguro que te mataré, a ti y a todos los de tu casa, ¡perro cobarde!

Y al decir esas palabras le escupió en la cara y le dio un empujón que le hizo caer de espaldas. Luego, antes de que nadie pudiese detenerlo, porque Umbezi y hasta los acom­pañantes de Masapo parecían paralizados por la sorpresa, atravesó la puerta, diciéndome al pasar:

Inkoosi, quiero hablarte cuando estés libre.

—¡Me las pagarás! —rugió Umbezi, lívido de rabia, por que Masapo continuaba tumbado de espaldas, sin habla—, ¡tú que te has atrevido a insultar a un invitado en mi casa!

—Alguien lo pagará — contestó Saduko desde la puerta —, pero veremos a quién le toca.

—Mameena —dije siguiéndole—, has prendido fuego al pasto y hay hombres que se van a quemar en él.

—Esa era mi intención, Macumazahn — contestó con tran­quilidad—. ¿No te dije que dentro de mí ardía un fuego? Pero, Macumazahn, tú eres quien ha encendido el fuego y no yo. Recuérdalo cuando Zululandia sea un montón de cenizas. Adiós, oh Macumazahn, hasta que nos encontremos de nuevo y — agregó con voz suave —, arda quien arda, que los espíritus te guarden.

Al llegar a la puerta, recordando mis modales, me volví para despedirme de los presentes. Masapo se había puesto de pie y mugía como un toro:

—¡Matadlo! ¡Matad a la hiena! ¿Umbezi, serás capaz de quedarte sentado dejando que yo, tu invitado, yo, Masapo, haya sido insultado y golpeado a la sombra de tu propia choza? ¡Vete y mátalo, te digo!

—¿Por qué no lo matas tú, Masapo — preguntó el agitado Umbezi —, o haces que tus acompañantes lo maten? ¿Quién soy yo para tomarme la precedencia ante un jefe tan grande en cuestiones de azagayas? —Luego se volvió a mí, dicien­do —: Oh, Macumazahn el astuto, si me he portado bien contigo, ven aquí y aconséjame.

—Voy, Devorador de Elefantes — contesté.

—¿Qué haré..., qué haré? —continuó Umbezi, secándose el sudor de la frente con una mano, mientras crispaba la otra en su agitación—. Ahí está un amigo mío —y señaló al furioso Masapo —que quiere que dé muerte a otro amigo mío — y señaló con el índice la puerta del kraal —. Si me niego, ofendo a un amigo, y si consiento mancharé mis manos con sangre, que llamará a más sangre, pues aunque Saduko sea pobre, indudablemente tiene quienes lo quieren.

—Sí —contesté—, y tal vez se manchen de sangre otras partes de tu cuerpo además de las manos, ya que Saduko no es de los que se quedarán quietos como un cordero mien­tras lo degüellan. Además ¿no dijo que no estaba solo? Umbezi, si quieres hacerme caso, deja que Masapo se ocupe de sus matanzas.

—Tienes razón; es lo mejor —exclamó Umbezi—. Masa­po — dijo, dirigiéndose a ese guerrero —, si quieres luchar, te ruego que no cuentes conmigo. No he visto nada, no he oído nada. Pero es mejor que te apures, porque Saduko se está alejando todo este tiempo. Anda, tú y tu gente tenéis azagayas y la puerta está abierta.

—¿Tengo que quedarme sin comer para romper la cabeza a esa hiena? —dijo Masapo con voz hueca—. No, que me espere hasta que a mí me parezca bien. Sentaos, amigos míos. Os digo que continuéis sentados. Dile, Macumazahn, que dentro de un rato iré a buscarlo, y te advierto que pro­cures estar lejos de él, no vayas a caer en su agujero.

—Se lo diré —contesté—, aunque no sé quién me ha convertido en tu mensajero. Pero escucha, hombre de mu­chas palabras y pocos hechos, si te atreves a levantar un dedo contra mí te enseñaré algo de agujeros, porque te abriré uno o varios en esa mole tuya.

Y  acercándome a él, lo miré fijamente al mismo tiempo que daba una palmada en la culata de la pistola de dos caños que llevaba. Masapo se echó hacia atrás murmurando algo entre dientes.

—Oh, no te excuses —le dije—, pero ten más cuidado otra vez. Y ahora, te deseo buen provecho, jefe Masapo, y paz en tu kraal, amigo Umbezi.

Y después de decir esto me marché, seguido por el clamor de los furiosos acompañantes de Masapo y la risa burlona de Mameena.

"¡Quisiera saber con cuál de ellos se casará!", me pregunté mientras me encaminaba hacia las carretas.

Al acercarme a mi campamento vi que estaban unciendo los bueyes, según supuse por orden de Scowl, quien debió de haber oído que había una disputa en el kraal y habría pensado que era mejor estar listo para escapar. Pero en ese momento salió Saduko de unos matorrales y me dijo:

—Ordené a tus muchachos que uncieran los bueyes, Inkoosi.

—¿Ah, sí? ¡Qué frescura! —contesté—. Tal vez querrás explicarme el motivo.

—Porque tenemos que hacer una jornada larga hacia el norte antes de la caída de la noche, Inkoosi.

—¿De veras? Creí que me dirigía hacia el sudeste.

—Bangu no vive ni en el sur ni en el este —replicó él.

—Ah, casi me había olvidado de Bangu.

—Es  cierto  eso?   — preguntó  con su tono   altanero —.

Nunca oí hasta ahora que Macumazahn quebrantara una promesa hecha a un amigo.

—¿Quieres tener la bondad de explicarme lo que quieres decir, Saduko?

—¿Hace falta?  —contestó, encogiéndose de hombros—. A menos que me hayan engañado mis oídos, estuviste de acuerdo en ir conmigo contra Bangu. Bien, he reunido los hombres necesarios con permiso del rey, y nos esperan allí — y señaló con su azagaya un denso bosque que estaba a unos kilómetros más abajo—. Pero si prefieres cambiar de idea, iré solo. Pero en este caso, prefiero que nos digamos adiós, porque no me gustan los amigos que cambian de idea cuando las azagayas empiezan a moverse.

No sé si Saduko dijo esto premeditadamente. Pero lo cierto es que no podía haber hallado modo mejor de asegu­rarse mi compañía por lo que ésta pudiera valer, pues, aunque no hubiese hecho una promesa firme en este caso, siempre me enorgullecí de haber cumplido mis compromi­sos con los  indígenas.

—Iré contigo —le dije con calma— y espero que cuando llegue el momento tu azagaya sea tan afilada como tu len­gua, Saduko. Pero no me vuelvas a hablar así, si no quieres enemistarte conmigo.

Al decir estas palabras vi que en su rostro se dibujaba una expresión de alivio, de gran alivio.

—Te ruego me perdones, Macumazahn — dijo, tomándo­me la mano—, pero, ¡ay!, tengo destrozado el corazón. Creo que Mameena piensa engañarme, y ahora eso que ha pasado con ese perro Masapo hará que su padre me odie.           

—Si quieres hacerme caso, Saduko —le contesté sincera­mente—, echarás a Mameena de tu corazón; olvidarás su nombre; terminarás con ella. No me preguntes por qué.

—Tal vez no sea necesario, Macumazahn, Tal vez te haya estado haciendo el amor y la hayas rechazado, pues siendo como eres y además mi amigo, no podrías hacer otra cosa. (Es incómodo ser colocado sobre un pedestal así a veces, pero  no  intenté  asentir  o  negar nada,  y mucho  menos entrar en explicaciones). Tal vez haya ocurrido todo eso — continuó —, o tal vez haya enviado ella a buscar a Masa­po el Cerdo. No lo pregunto porque si lo sabes no me lo di­rás. Además, no tiene importancia. Mientras tenga un cora­zón Mameena nunca saldrá de él; mientras pueda recordar nombres nunca olvidaré el suyo. Además, estoy decidido a que sea mi mujer. Ahora tengo ganas de tomar unos cuantos hombres y de matar a ese cerdo Masapo antes de que mar66chemos contra Bangu, porque así él por lo menos estará fuera de mi camino.

—Si haces algo por el estilo, Saduko, marcharás solo con­tra Bangu, porque iré inmediatamente hacia el este, ya que no quiero estar mezclado en ningún asesinato.

—Entonces dejémoslo, Inkoosi, a menos que me ataque, el Cerdo puede esperar. Después de todo, no hará más que engordar otro poco. Ahora, si te parece bien, ordena a las carretas que marchen. Te enseñaré el camino, porque de­bemos acampar esta noche en ese bosque donde me espera mi gente, y allí te haré conocer mis planes; y también en­contrarás a uno que tiene un mensaje para ti.

 

 

Capítulo 6

 

La emboscada

 

Llegamos al bosque después de seis horas de marcha cuesta abajo por un sendero malísimo abierto por el ganado, porque, naturalmente, no había buenos caminos en Zululandia en aquella época. Recuerdo muy bien el lugar. Era una especie de hondonada llana donde crecían árboles de tamaño muy grande. Algunos eran mimosas espinosas, otros tenían hojas de un verde profundo y daban unos frutos parecidos a ciruelas con gusto ácido y un hueso enor­me, y otros tenían hojas plateadas. A través del bosque pasaba un río, que estaba bajo, y en la maleza de sus már­genes había muchas gallinetas y otras aves. Era un lugar solitario y agradable con gran cantidad de caza, que llegaba a comer allí la hierba que faltaba en el veld más alto. Ade­más, daba una impresión de vastedad, porque para cual­quier lado que uno mirase sólo se veía un mar de árboles.

Desenganchamos al lado del río, cuyo nombre he olvi­dado, en un lugar que nos mostró Saduko, y nos pusimos a preparar la comida, que consistió en carne de un wildebest azul, perteneciente a una manada de esos animales de aspec­to raro, que había tenido la buena fortuna de matar mien­tras pasaban a nuestro lado jugueteando entre los árboles.

Mientras estábamos comiendo, observé que continuamen­te llegaban zulúes armados en grupos de seis a una veintena y al llegar alzaban sus azagayas, no sé si en saludo a Saduko o a mí, y se sentaban en un espacio despejado entre el río y nosotros. Aunque era difícil decir de dónde venían, creí mejor no darme por enterado de su llegada, pues suponía había sido arreglada de antemano.

—¿Quiénes son? — susurré a Scowl, cuando éste me sir­vió mi trago de aguardiente.

Los salvajes de Saduko—contestó de la misma forma—, los restos de su tribu que viven entre las rocas.

Los observé de reojo, mientras pretendía  encender mi pipa, y por cierto me parecieron una gente de aspecto sal­vaje. Eran individuos altos, flacos, de cabellos enmarañados, que llevaban sobre los hombros pieles hechas jirones y cuyas únicas posesiones parecían ser un poco de rapé, algu­nas esteras para dormir y abundantes escudos de guerra, garrotes o mazas e ixwas o azagayas de hoja ancha. Tal era su aspecto sentados en silencio formando un semicírculo a nuestro alrededor, como aas-vogels —como llaman los bóers a los buitres— sentados alrededor de un buey moribundo. Seguí fumando  sin dar señales de  haberlos observado.

Finalmente, Saduko se cansó de mi silencio y habló:

—Estos son hombres de la tribu de amangwane, Macumazahn; trescientos   de  ellos, todos   los  que  dejó con   vida Bangu, porque cuando los padres fueron muertos, las muje­res escaparon con algunos de los niños, especialmente en los kraales más lejanos. Los he reunido para vengarnos de Bangu, yo  que  soy  un  jefe por derecho   de   nacimiento.

—Muy bien —contesté—, veo que los has reunido; pero ¿desean vengarse de Bangu arriesgando sus vidas?

—Sí,  lo  deseamos, Inkoosi blanco  —dijeron  trescientas gargantas.

—¿Y te reconocen,  Saduko,  como su jefe?

—Lo reconocemos —fue la contestación unánime. En se­guida se adelantó un portavoz, uno de los pocos hombres con  cabello   gris   entre  ellos,  porque la  mayoría de esos amagwane eran de la edad de Saduko o más jóvenes.

—Oh, El que Vigila de Noche —dijo—, yo soy Tshoza, el hermano de Matiwane, padre de Saduko, el único de sus hermanos  que se salvó de la matanza en la noche de la Gran Carnicería.  ¿No es así?

—Así  es  —exclamaron  todos  sus  compañeros.     

—He reconocido a Saduko, y así lo hacemos todos.

—Así lo hacemos todos — repitieron los otros.

—Desde que murió Matiwane hemos vivido como hemos podido,  oh Macumazahn; como monos entre las rocas, sin ganado, muchas veces sin una choza que nos diera abrigo; uno por aquí, el otro por allí. Pero hemos vivido, esperando la hora de la venganza contra Bangu, esa hora que Zikali el Sabio, que es de nuestra raza, nos ha prometido. Creemos ahora que ha llegado y todos nos hemos reunido al llamado de Saduko, para ser llevados contra Bangu, para vengarlo o morir. ¿No es así, amangwanes?

—¡Así es, así es! —fue la contestación unánime, que hizo temblar a las hojas de los árboles.

—Comprendo, oh Tshoza, hermano de Matiwane y tío de Saduko el jefe —repliqué—. Pero Bangu es un hombre poderoso que, tengo entendido, vive en un lugar fuerte. Pero eso no importa; porque habéis dicho que os decidís a vencer  o a morir, ya que no tenéis nada que perder; y si vencéis, vencéis; y si morís, morís, y se acaba la historia. Pero suponiendo que  triunféis,   ¿qué os  dirá Panda,  el rey  de  los zulúes, y también a mí, por provocar la guerra en su país?

Los  amangwane miraron  hacia  atrás,  y Saduko  gritó:

—¡Aparece, mensajero de Panda el rey!

Antes de que se extinguiera el eco de su voz vi a un hombre pequeño y arrugado que se abría paso  entre los amangwane. Se acercó y se detuvo delante mío, diciendo:

—Salud, Macumazahn.   ¿Me recuerdas?

—Sí —contesté—, recuerdo que eres Maputa, uno de los indunas de Panda.

—Así es, Macumazahn; soy Maputa, uno de sus indunas, un capitán de sus impis (ejércitos), como lo fui de sus her­manos que se han ido y cuyos nombres no puedo mencionar. Pues bien, Panda el rey me ha enviado a ti con un mensaje, a pedido de Saduko, aquí presente.

—¿Cómo sabré que eres un mensajero fidedigno? —pre­gunté—.   ¿Has traído  alguna señal?

—Sí —contestó, y buscando bajo su capa, sacó algo en­vuelto en hojas secas, que soltó y me entregó, diciendo:

—Esta es la señal que Panda te envía, oh Macumazahn, pidiéndome que te diga que con seguridad lo reconocerás; y también que puedes quedarte con ella, pues las dos pe­queñas balas que tragó como tú le indicaste lo enfermaron mucho y no necesita más de ellas.

Tomé la señal y examinándola a la luz de la luna, la reconocí al instante. Era una cajita de cartón que había contenido pastillas de calomelanos, en la que estaba escri­to: "Allan Quatermain, Esq. Para tomar sólo una, según prescripción". Sin entrar en explicaciones, puedo decir que había tomado "una según prescripción", y que luego había regalado el resto de la caja a Panda, que tenía grandes deseos de "probar la medicina del hombre blanco".

—¿Reconoces la señal? —preguntó el induna.

 —Sí —repliqué en tono grave—; y que el rey dé gracias a los espíritus de sus antepasados de que no haya tragado tres de las balas, porque si lo hubiese hecho, para ahora habría otro rey en Zululandia. Bueno, habla, mensajero. Pero para mis adentros reflexioné, no por vez primera, en qué forma tan extraña estos indígenas podían mezclar lo sublime con lo ridículo. Estábamos mezclados en un asunto que debía causar la muerte de muchos hombres, y la señal enviada por el autócrata que estaba detrás de todo para demostrar la buena fe del mensajero, ¡era una caja de pas­tillas de calomelanos! Pero cumplía su propósito tan bien como cualquier otra cosa. Maputa y yo nos apartamos a un  lado, porque vi que quería hablarme a solas.                      

—Oh, Macumazahn —dijo cuando  estuvimos fuera  del alcance de los oídos de los otros—, éstas son las palabras de Panda para ti:  "Tengo entendido que tú, Macumazahn, has prometido acompañar a Saduko, hijo de Matiwane, en una expedición contra Bangu, jefe de los amakoba. Ahora bien, si se tratara de algún otro, prohibiría esta expedición, y especialmente prohibiría que tú, un hombre blanco en mi país, la compartieras. Pero este perro de Bangu es un mal­vado. Hace muchos años convenció al Ser Negro que me precedió de que lo enviase a destruir a Matiwane, llenando los oídos del Ser Negro con acusaciones falsas; y luego en forma traicionera lo destruyó junto con toda su tribu, salvo Saduko su hijo y alguno de sus hombres y niños que esca­paron. Además, últimamente ha estado conspirando contra mí, el rey, tratando de provocar una rebelión, porque sabe que lo odio por sus crímenes. Ahora bien, yo, Panda,  al revés de los que me precedieron, soy un hombre pacífico que no quiero encender el fuego de la guerra civil en el país, porque,  ¿quién sabe dónde se detendrá ese fuego y qué kraal consumirá? Sin embargo, deseo ver castigado a Bangu por su maldad, y ver abatido su orgullo. Por, tanto, doy permiso a Saduko, y a aquellos de los amangwane que le quedan, para vengarse de los agravios que les ha inferido Bangu, si pueden; y te doy permiso, Macumazahn, para que los acompañes. Además, si es capturado algún ganado, no lo tendré en cuenta; tú y Saduko podréis repartirlo en la forma que os parezca. Pero entiende, oh Macumazahn, que si tú o tu gente sois muertos o heridos, o desposeídos de vuestros bienes, yo no sé nada del asunto ni soy responsable ante ti o ante la Casa de Natal; será cuestión tuya. Esas son mis palabras. He dicho".

—Ya entiendo —contesté—. Debo de sacar las castañas del fuego a Panda y apagar el fuego. Si lo consigo, podré quedarme con algunas de las castañas cuando se hayan enfriado, y si me quemo los dedos será culpa mía, y ni yo ni mi Casa debemos ir a quejarnos a Panda.

—Oh, El que Vigila de Noche, has alcanzado al búfalo en el corazón —replicó Maputa, el mensajero, asintiendo con la cabeza —.   ¿Irás entonces con Saduko?

—Dile al rey, oh mensajero, que iré con Saduko porque le prometí hacerlo, porque me conmovió el relato de sus agravios, y no por el ganado, aunque es cierto que si lo oigo mugir en mi campamento puede que me quede con algunos animales. Dile también a Panda que si me ocurre algo malo no se enterará de nada, y que tampoco mezclaré su nombre en este asunto; pero que él tampoco deberá culparme por nada de lo  que suceda después. ¿Has entendido?

—Lo he entendido palabra por palabra; y que tu espíritu te acompañe cuando ataques la fuerte montaña de Bangu, cosa que si yo estuviese en tu lugar —agregó Maputa con tono reflexivo — haría justo al amanecer, ya que los ama­koba beben cerveza y tienen el sueño muy pesado.

En seguida tomamos rapé juntos, y él partió en el acto hacia Nodwengu,  el  Gran  Lugar de Panda.

Catorce días después, Saduko y yo, con nuestra banda de amangwane, estábamos sentados una mañana, después de una larga marcha nocturna, en el territorio montañoso, mi­rando a través de un anchuroso valle, salpicado de árboles como un parque inglés, a esa montaña en cuya ladera tenía su kraal Bangu, el jefe de los amakoba.

Era una montaña realmente formidable y, como ya ha­bíamos observado, los senderos que llevaban al kraal esta­ban ampliamente defendidos con muros de piedra cuyas aberturas eran sumamente estrechas, apenas lo suficiente­mente grandes para dejar pasar un buey cada vez. Además, todos esos muros habían sido reforzados, tal vez porque Bangu sabía  que Panda  lo  consideraba hostil a su casa.

Allí, en un denso matorral que crecía en un kloof de las montañas, celebramos un consejo de guerra.

Que supiéramos, nuestro avance no había sido observado, pues yo había dejado mis carretas a cincuenta kilómetros de allí, en el veld bajo, anunciando entre los indígenas de la zona que iba a cazar allí, y llevándome sólo a Scowl y cuatro de mis mejores cazadores, todos ellos indígenas bien armados que sabían tirar. Los trescientos amangwane ha­bían avanzado también en pequeños grupos, separados unos de otros, pretendiendo ser cafres que marchaban a la Bahía de Delagoa. Todos nos habíamos encontrado ahora en ese bosque. Entre nosotros se encontraban tres amangwane que, después de la matanza de su tribu, habían huido con sus madres a esta región y habían crecido entre la gente de Bangu, pero que habían acudido al llamado de Saduko. De estos hombres dependíamos principalmente, ya que sólo ellos conocían el terreno y los consultamos detenidamente. Primero nos explicaron, y, dentro de lo que permitía la luz de la luna, porque aun no había amanecido, nos enseña­ron los diversos senderos que llevaban al kraal de Bangu.

—¿Cuántos hombres hay en el poblado? —pregunté.

—Unos setecientos que empuñan azagayas — contesta­ron—, junto con otros que moran en kraals separados. Además siempre hay centinelas en las puertas de los muros.

—¿Y  dónde  guardan  el  ganado? —volví  a  preguntar.

—Aquí en el valle que está a nuestros pies, Macumazahn —contestó su portavoz —. Si escuchas lo oirás mugir. Du­rante la noche lo vigilan cincuenta hombres, y hay dos mil cabezas o más.

—Entonces ¿no sería difícil rodear ese ganado y llevár­selo   dejando  que Bangu críe una nueva tropa?

—Tal vez no sería difícil —interrumpió Saduko—, pero he venido a matar a Bangu, además de apoderarme de su hacienda, porque hay entre nosotros un feudo  de sangre.

—Muy bien — contesté —, pero esa montaña no puede ser tomada por asalto, fortificada como está con muros y de­fensas, por trescientos hombres. Nuestra banda sería des­truida antes de llegar al kraal, ya que debido a los centine­las apostados en todas partes sería imposible entrar por sor­presa. Además, has olvidado a los perros, Saduko. Por otra parte, aun si fuese posible, no quiero saber nada de la matanza de mujeres y niños, cosa que tiene que ocurrir en un asalto. Ahora escúchame, oh Saduko. Dejemos tranquilo el kraal de Bangu, y la noche próxima mandemos cincuenta de nuestros hombres al mando de los guías hasta aquel bosquecillo donde deben esconderse. Luego, después de que salga la luna y cuando todos estén dormidos, esos cincuenta deben apoderarse del kraal del ganado, matando a todos cuantos se les opongan, y luego deben llevarse la tropa por aquel gran paso por el cual hemos entrado en este terri­torio. Bangu y su gente, creyendo que los que se han apo­derado del ganado son simples ladrones de alguna tribu salvaje, se reunirán y seguirán a los animales para recapturarlos. Pero nosotros, con el resto de los amangwane, podemos tenderle una emboscada en la parte mas estrecha del paso, entre las rocas, en donde el pasto es alto y crecen apretujados las euforbias, y allí, una vez que hayan pasado el desfiladero, que defenderemos yo y mis cazadores con nuestros fusiles, les ofreceremos batalla.  ¿Qué te parece?

Saduko contestó que prefería atacar el kraal, que quería quemar. Pero el viejo amangwane Tshoza, hermano del extinto Matiwane, dijo:

—No; El que vigila de Noche es prudente. ¿Por qué he­mos de gastar nuestras fuerzas contra muros de piedra, para  que nuestros cráneos queden de adorno en las vallas de los  malditos  amakoba?  Atraigámoslos  al  desfiladero  entre las montañas, en donde no hay muros que los protejan, y cai­gamos allí sobre ellos cuando estén aturdidos y zanjemos la cuestión de hombre a hombre. En cuanto a las mujeres y niños, digo como Macumazahn que sean perdonados; tal vez después sean nuestras mujeres y nuestros niños.

—Sí — dijeron los amangwane —, el plan del Inkoosi blanco es bueno; seguiremos su plan y no otro.

Así que Saduko debió ceder y fue adoptado mi consejo.

Todo ese día descansamos, sin encender hogueras y per­maneciendo inmóviles en la densa espesura. Fue un día de gran ansiedad porque a pesar de ser un lugar tan salvaje y solitario, siempre abrigábamos el temor de ser descubier­tos. Es cierto que habíamos viajado en la mayor parte de noche y en pequeños grupos para no dejar huellas, evitando todos los kraales; pero de todas maneras existía la posibilidad de que el rumor de nuestro arribo hubiese lle­gado a oídos de los amakoba o que algún grupo de caza­dores diese accidentalmente con nosotros.

Algo de eso ocurrió realmente, porque cerca del mediodía oímos ruidos de pasos y advertimos la figura de un hombre, que por el tocado de su cabeza conocimos era un amakoba, abriéndose paso a través de la maleza. Antes de descubrir­nos, se encontró entre nosotros, y ese momento fue su último, porque tres de los amanwane saltaron sobre él como leopar­dos sobre un antílope y allí mismo lo ultimaron. ¡Pobre hom­bre! Evidentemente había estado visitando a algún hechice­ro, porque en su manta hallamos medicinas y algunos filtros amorosos. Ese doctor, pensé para mis adentros, no era de la categoría de Zikali el Enano; por lo menos no había adverti­do que no viviría para administrar los filtros a su amada. Entre tanto aquellos de entre nosotros con mejor vista subimos a los árboles y observamos desde allí la ciudad de Bangu y  el valle que se extendía  entre  ella y  nosotros. Pronto vimos que, hasta entonces por lo menos, la suerte estaba de nuestra parte, pues durante la tarde, tropa tras tropa de ganado fue llevada al valle y encerrada en los kraales para la hacienda. Indudablemente Bangu pensaba realizar  al día siguiente la inspección  de todo  el  ganado de la tribu, mucho del cual era cuidado lejos de su ciudad. Por fin llegó a su término el largo día y se fueron espe­sando las sombras de la noche. Entonces nos preparamos para nuestra terrible aventura, en la que estaban en juego todas nuestras  vidas,   pues  si  fracasábamos no   podíamos esperar compasión. Los cincuenta hombres escogidos fueron reunidos y comieron en silencio. Estos fueron puestos bajo el mando de Tshoza, que era el más experimentado de los amangwane, y conducidos por los tres guías que habían vi­vido entre los amakoba y que "conocían todos los hormigue­ros de la región", o así lo juraban. Su tarea era, se recorda­rá, cruzar el valle, separarse en pequeños grupos, abrir los diversos corrales, matar o poner en fuga a los ciudadanos del ganado, y sacar a los animales del valle llevándolos al desfiladero. Otro grupo de cincuenta hombres mandados por Saduko, debía quedarse justo al extremo del paso, donde se abría en el valle, para ayudar a reforzar a aquellos, o, si  era necesario, para contener a los amakoba mientras las grandes tropas de animales eran llevadas, para luego unirse a nosotros en el lugar en que tenderíamos nuestra emboscada, a unos tres kilómetros de allí. Yo debía de encargarme del mando de esa emboscada, tarea de gran responsabilidad.

La luna no saldría hasta la medianoche, pero dos horas antes empezamos a movernos, ya que era necesario sacar el ganado de sus kraales tan pronto como amaneciera y diese la luz necesaria. De otra manera la lucha en el paso se de­moraría probablemente hasta después del amanecer, cuando los amakoba vieran lo pequeña que era nuestra fuerza. El terror, la duda, la oscuridad, tenían que ser nuestros aliados si queríamos triunfar en nuestra desesperada aventura.

Todo quedó dispuesto por fin y llegó la hora. Los tres capitanes de las fuerzas divididas nos despedimos e hicimos saber a nuestros subordinados que en caso de que los azares de la guerra nos separasen, mis carretas serían el lugar de reunión de los sobrevivientes.

Tshoza y sus cincuenta hombres se deslizaron como fan­tasmas entre las sombras y desaparecieron. Un momento después partió también Saduko con otros cincuenta. Llevaba el fusil de dos caños que yo le había dado e iba acompañado por uno de mis mejores cazadores, un indígena de Natal. Nuestra esperanza era que el ruido de los fusiles aterrase a nuestros enemigos, en caso de que hubiese ocasión de usar­los antes de que nuestras fuerzas volvieran a reunirse y les hicieran creer que tenían que vérselas con una incursión de bóers, a cuyos roers — o pesados fusiles para cazar elefan­tes — todos los indígenas tenían gran temor.                     :

Así que Saduko se fue con sus cincuenta hombres, que­dándome yo pensando si volvería a ver su rostro de nuevo. Luego yo, mi sirviente Scowl, los dos restantes cazadores y los doscientos amangwane que quedaban, nos volvimos y no tardamos en seguir el camino por el cual habíamos descendido por el abrupto paso. Lo llamo camino, pero en rea­lidad no era más que una cortada barrida por las aguas  salpicada de rocas, a través de las cuales teníamos que marchar lo mejor que podíamos en la oscuridad, habiendo primero retirado los fulminantes de todos los fusiles por miedo  a que alguno se descargara por accidente poniendo sobre  aviso a los amakoba y confundiendo nuestros planes.        

Realizamos esa marcha caminando en tres largas filas de forma que cada hombre pudiera estar en contacto con el que iba adelante, y justo cuando empezaba a salir la luna llegamos al lugar que había escogido para la emboscada. Por cierto no podía ser más adecuado para ese propósito. Allí el sendero, o el fondo de la cortada, se estrechaba hasta no tener más que unos treinta metros de ancho, mientras que los lados del desfiladero estaban salpicados de arbustos y euforbias que crecían entre las rocas. Nos escondimos de­trás de esas rocas y las plantas, un centenar de hombres a un lado y otro tanto al otro, mientras mis tres cazadores y yo, armados todos de fusiles, ocupamos una posición al abri­go de una gran roca de cerca de metro y medio de espesor que estaba algo a la derecha del camino mismo, por donde esperábamos llegaría el ganado. Elegí este lugar para poder estar en contacto con ambas alas de mi fuerza, y para hacer fuego directamente sobre el camino de los amakoba que viniesen en persecución.

Di las siguientes órdenes a los amangwane, advirtién­doles que aquel que las desobedeciese sería castigado con la muerte: nadie debía moverse hasta que yo, o si fuese muerto yo, uno de mis cazadores, hiciera fuego; porque mi temor era que con la excitación saltaran antes de tiempo y matasen a alguno de los nuestros, que probablemente esta­rían mezclados, con los primeros de los amakoba. Segundo, cuando hubiese pasado el ganado y se diera la señal, tenían que abalanzarse sobre los amakoba, lanzándose a través del camino, de forma que los enemigos tuviesen que combatir cuesta arriba en una ladera empinada.

Eso fue todo lo que les dije, ya que no es prudente con­fundir a los indígenas dándoles demasiadas órdenes. Agre­gué, sin embargo, una cosa: que debían vencer o morir. No habría cuartel para ellos, era un caso de muerte o vic­toria. Su portavoz —porque esa gente siempre encuentra un portavoz— contestó que me agradecían mi consejo; que habían comprendido y que harían todo lo que pudiesen. En seguida alzaron sus azagayas, saludándome. A la luz de la luna presentaban un aspecto salvaje al refugiarse detrás de las rocas y árboles para esperar.

Esa espera fue larga, y confieso que antes de que conclu­yese se me habían alterado los nervios. Empecé a pensar en toda clase de cosas, tales como si viviría para volver a ver la salida del sol; y también reflexioné acerca de la lega­lidad de esta notable empresa. ¿Qué derechos tenía yo a mezclarme en una disputa entre esos salvajes?

¿Para qué había venido? ¿Para ganar hacienda como co­merciante? No, porque no estaba nada seguro de que lo recibiría si la ganaba. ¿Porque Saduko me había acicatea­do acusándome de no cumplir mi palabra? Sí, hasta cierto punto; pero ésa no era en forma alguna toda la razón. Me había conmovido el relato de los crueles daños inferidos a Saduko y a su tribu por ese Bangu, y por eso no me había costado asociarme a esa tentativa de venganza contra un malvado asesino. Sí, eso estaba bien hasta ese punto; pero entonces se me ocurrió una nueva consideración. Esos daños habían sido causados hacía muchos años; probablemente la mayoría de los hombres que habían ayudado a cometerlos para ahora habrían muerto o serían muy viejos, y la ven­ganza recaería sobre sus hijos.

¿Qué derecho tenía yo a ayudar a hacer expiar a los hijos las faltas de los padres? Francamente, no podía decirlo. El asunto me parecía ser parte del problema de la vida, ni más ni menos. Así que me encogí tristemente de hombros y me consolé reflexionando que mi propia existencia pagaría el precio de la aventura y expondría su moraleja. Esta con­sideración acalló algo mi conciencia, porque un hombre que apoya sus acciones poniendo en juego la vida, con razón o sin ella, por lo menos no hace el papel de cobarde.

El tiempo iba transcurriendo con lentitud sin que pasara nada. La luna brillaba en el cielo despejado, y como no corría aire, el silencio parecía particularmente profundo. Salvo la risa de alguna hiena y de vez en cuando un sonido que me pareció el rugir distante de un león, nada se agita­ba entre la tierra dormida y el cielo iluminado por la luna. Por fin me pareció oír un ruido, una especie de murmu­llo lejano, que fue aumentando de volumen.

Sonaba como un millar de palos que golpeaban sobre algo duro, muy débilmente. Continuó aumentando y reconocí el ruido como producido por las pezuñas de animales al ga­lope. Luego se oyeron otros ruidos aislados, muy débiles y agudos; podían ser gritos; luego algo que no podía con­fundir: tiros disparados a cierta distancia. Así que había comenzado la empresa; el ganado se movía; Saduko y mi cazador hacían fuego. No quedaba otra cosa más que es­perar.

La excitación era violenta; parecía consumirme, irme co­miendo el cerebro. El ruido de las pisadas en las rocas fue aumentado hasta convertirse en una especie de trueno dis­tante, que no tardé en darme cuenta era el mugir de un millar de animales asustados.

Cada vez se iban acercando más el ruido del galope y el rumor de los mugidos; cada vez se oían más cerca los gritos de los hombres, mancillando la calma de la noche solemne. Por fin apareció un solo animal, un koodoo (antílope de cuerno en espiral) que por casualidad se había mezclado con la hacienda. Pasó por delante nuestro como un rayo, y fue seguido un minuto o dos más tarde por un toro que, siendo joven y liviano, había sacado ventaja a sus compa­ñeros.

Luego apareció la tropa — que me pareció innumerable — subiendo la cuesta, vacas, terneras, terneros, toros y bue­yes, todos ellos resoplando, mugiendo y haciendo toda clase de ruidos. El estrépito era horroroso y el aspecto aturdía, porque se veían animales de todos los colores y sus largos cuernos resplandecían a la luz de la luna como si fueran de marfil. En verdad, lo único parecido que he visto fue la avalancha de los búfalos al salir del pantano de los jun­cos el día que fui herido.

Por fin la larga línea empezó a ralear, porque ya sólo quedaban los animales rezagados, débiles o enfermos, de los que había muchos. Otros sonidos empezaron también a do­minar los mugidos de los animales, los gritos animados de hombres. Los primeros de nuestros compañeros, los en­cargados de llevarse el ganado, aparecieron, cansados y sin aliento, pero agitando sus azagayas triunfalmente. Entre ellos estaba el viejo Tshoza. Subí a mi roca y lo llamé por su nombre; me oyó y un rato después estaba echado a mi lado respirando con dificultad.

—¡Los hemos traído todos! —exclamó—. No queda un solo animal, fuera de los que han sido pisoteados. Saduko no está lejos con el resto de nuestros hermanos, fuera de algunos que han sido muertos. Toda la tribu de los amakoba viene detrás nuestro y él los está conteniendo para dar tiempo a que se escape el ganado.

—¡Buen trabajo! -—contesté— Se han portado muy bien. Ahora haz que tus hombres se oculten entre los otros, para que puedan recobrar el aliento antes de la lucha.

Así les ordenó que lo hicieran a medida que llegaban. Apenas había desaparecido el último de ellos entre los ma­torrales cuando el creciente volumen de los gritos, entre los que oí el disparo de un fusil, nos dijo que Saduko y su banda y los amakoba que los perseguían no estaban lejos. No tardó en aparecer el puñado de amangwane, que llega­ban corriendo todo lo que podían, pues sabían que estaban cerca del lugar de la emboscada y querían pasarlo para no verse mezclados con los amakoba. Los dejamos pasar. Entre los últimos llegó Saduko, herido y ensangrentado, soste­niendo a mi cazador, que también estaba herido y según me pareció de más gravedad que él. Lo llamé.

—Saduko —le dije—, detente al terminar la cuesta y descansa allí, para que luego puedas ayudarnos. Agitó su fusil a guisa de respuesta, porque estaba demasiado cansado para hablar, y continuó con los que quedaba de su grupo —unos treinta en total— siguiendo las huellas del ganado. Antes de que se perdiera de vista lle­garon los amakoba, unos quinientos o seiscientos entremezclados y que avanzaban sin disciplina, porque parecían haber perdido la cabeza además del ganado. Algunos portaban  escudos y otros no, llevando azagayas de distintas clases.  Evidentemente estaban locos de rabia, porque sus gritos y  palabras parecían contundirse en una maldición.

Había llegado el momento, aunque, a decir verdad, deseaba de todo corazón que no hubiese sido así. No tenía en rea­lidad miedo, aunque nunca presumí de ser muy valiente, pero no me gustaba del todo el asunto. Después de todo estábamos robando el ganado de esa gente y ahora íbamos a matar todos los que pudiésemos de ellos. Tuve que recor­dar el relato de Saduko de la horrible matanza de su tribu antes de decidirme a dar la señal. Esto me dio firmeza y también la reflexión de que después de todo nos superaban enormemente en número y era muy probable que al fin resultaran vencedores. De cualquier manera, era demasia­do tarde para arrepentirse. Qué cosa más engañosa e incó­moda es la conciencia, que siempre viene a molestarnos en el momento en que hacemos una cosa, o después, nunca antes, cuando podía sernos útil.

Me puse de pie sobre la roca y disparé los dos tiros de mi fusil sobre la horda que avanzaba,  aunque no puedo decir si maté o no a alguno. Siempre esperé que no, pero como el blanco era grande y soy un buen tirador era difícil que   tal  cosa  ocurriera. Un instante  después,  profiriendo aullidos de fieras, los feroces guerreros amangwane salta­ron de sus escondrijos a ambos lados del desfiladero y se arrojaron sobre sus enemigos hereditarios. Luchaban por algo más que el ganado; luchaban impulsados por el odio y la sed de venganza, porque esos amakoba habían asesinado a sus padres y madres, sus hermanas y hermanos, y ahora querían cobrarse con sangre la sangre que ellos derramaran. ¡Santo Cielo, cómo lucharon! Parecían demonios en lugar de seres humanos. Después de ese primer grito, que fue la palabra "Saduko", combatieron en silencio como bulldogs. Aunque eran tan pocos, su primer terrible ataque hizo retro­ceder a los amakoba. Luego, al recobrarse éstos de su sor­presa, el peso de su número empezó a hacerse sentir, por­que ellos también eran hombres valientes que no se deja­ban dominar por el pánico. Docenas de ellos cayeron en la primera carga, pero los restantes hicieron retroceder a los amangwane cuesta arriba. Participé un poco en la lucha, haciendo fuego sólo cuando me veía obligado para salvar mi vida. Paso a paso fuimos rechazados hasta que finalmen­te nos acercamos a la cima de la cuesta.

Entonces, cuando el resultado de la lucha estaba indeciso, se oyó el grito de "¡Saduko!" y éste en persona, seguido por sus treinta hombres, se lanzó contra los amakoba.

Esta carga decidió la batalla porque ignorando cuántos llegaban, los que quedaban de los amakoba emprendieron la fuga, persiguiéndolos nosotros corto trecho.

Nos reunimos en lo alto de la cuesta, sólo unos dos­cientos de nosotros; los restantes habían sido muertos o heridos gravemente, y mi pobre cazador que había pres­tado a Saduko, estaba entre los muertos. Aunque herido continuó luchando hasta el fin, y luego cayó, gritándome:

—Jefe, ¿me he portado bien? .— y expiró.

Estaba agotado y sin aliento, pero como en un sueño vi a unos amangwane que arrastraban a un viejo, gritando:

—¡Aquí esta Bangu, Bangu el Carnicero, a quien hemos tomado vivo!

Saduko se le acercó.

—¡A Bangu! —le dijo—, ¿dime ahora por qué no he de darte muerte, como lo hubieses hecho tú hace mucho tiem­po con el muchachito Saduko, de no haberlo salvado Zikali?  Mira,  aquí  está  la  señal  de tu azagaya.

—Mátame —dijo Bangu—. Tu espíritu es más fuerte que el mío. ¿No lo predijo acaso Zicali? Mátame, Saduko.

—No — contestó éste —. Si tú estás fatigado, yo también lo estoy, y además herido. Toma una azagaya, Bangu, y lucharemos.

Y de esta manera lucharon a la luz de la luna; comba­tiendo furiosamente mientras todos mirábamos, hasta que finalmente vi que Bangu abría los brazos y se desplomaba.

Saduko estaba vengado. Siempre me alegré de que ma­tara así a su enemigo, y no en la forma en que podía ha­cerse creído que lo haría.

 

 

Capítulo 7

 

Saduko trae el Regalo de Casamiento

 

Llegamos al lado de mis carretas en las primeras horas de la mañana del día siguiente,  llevando con nosotros el ganado y nuestros heridos. Con esa impedimenta fue una marcha sumamente  penosa y no exenta de ansiedad, porque siempre era posible que los amakoba que quedaban intentaran  perseguirnos. Pero no lo hicieron porque muchos de ellos habían muerto o estaban heridos, y los sobrevivientes habían perdido el ánimo.  Volvieron a sus hogares  en la montaña y allí vivieron avergonzados y en la miseria, porque no creo que les quedaron cincuenta cabezas de ganado para toda la tribu, y los cafres sin hacienda no son nada. A pesar de ello, no murieron de hambre, ya que tenían mujeres de sobra para trabajar los campos, y no habíamos tocado su maíz. Su final fue que Panda los entregó a su vencedor, Saduko y éste los unió a los amangwane. Pero eso  no  sucedió hasta  algún  tiempo  después.

Una vez que descansamos un tiempo junto a las carretas se reunieron los animales, y al contarlos hallamos que su número ascendía a más de mil doscientas cabezas, sin agre­gar los animales que habían sido malheridos en la lucha, que matamos para nuestro consumo. Fue realmente una buena presa, y a pesar de la herida en el costado que le dolía mucho al  enfriarse,  Saduko  la  contempló  con ojos brillantes.  No  era de extrañar,  porque después de haber sido tan pobre ahora era rico, y continuaría siéndolo aun después  de pagar las vacas  que quisiera pedirle Umbezi como precio de la mano de Mameena. Además estaba segu­ro, y yo compartía su creencia, de que en esas nuevas cir­cunstancias "tanto la joven como su padre considerarían su pretensión con ojos muy favorables. Había por decirlo así, ganado la sucesión al título y las posesiones familiares en un juicio dilucidado en el "Tribunal de las azagayas", y por tanto difícilmente habría un padre en Zululandia que le cerrase la puerta de su kraal. Ambos olvidábamos  el proverbio  que dice que entre el plato y la boca muchas veces se pierde la sopa, que, de paso, tiene sus equivalentes zulúes. Si no recuerdo mal es:   "Aunque cacaree fuerte la gallina, no siempre el ama de casa consigue el huevo".

Y lo cierto fue que aunque la gallina de Saduko cacarea­ba muy fuerte, no estaba destinado a encontrar el ansiado huevo. Pero de eso hablaré en su oportunidad.

Yo también miré el ganado, pensando si Saduko recorda­ría nuestro acuerdo, según el cual unas seiscientas cabezas me pertenecían. ¡Seiscientas cabezas! Calculando a cinco libras por cabeza —y como en aquel momento los bueyes escaseaban mucho, fácilmente valían eso si no más— supo­nían tres mil libras, una suma de dinero mucho mayor que cualquier otra que hubiese poseído a la vez en mi vida. ¡Ciertamente el camino de la violencia era provechoso! ¿Pero lo recordaría? Pensé que probablemente no lo haría, porque los cafres son poco aficionados a separarse del ganado. Pues bien, le hice una injusticia, porque un momento después se volvió y dijo, con algo de esfuerzo:

—Macumazahn la mitad de esto te pertenece, y cierta­mente lo has ganado, porque tu astucia y buen consejo nos dieron la victoria. Ahora los contaremos animal por animal. Así que escogí un hermoso buey y Saduko eligió otro; y así seguimos hasta separar ocho de los que me correspon­dían. Al separar el octavo me volví a Saduko y le dije:

—Bueno.  Necesito  estos bueyes  para reemplazar a los míos que murieron en el viaje, pero no quiero más.

¡Wow! —exclamó Saduko, y todos los que estaban a su lado, mientras uno de ellos, creo que fue Tshoza, añadió:

—¡Rehúsa seiscientos animales que le pertenecen justa­mente!   ¡Debe estar loco!

—No, amigo —respondí—, no estoy loco, pero tampoco soy una mala persona. Acompañé a Saduko en esta incur­sión porque le tengo afecto y estuvo a mi lado en una oca­sión en el momento del peligro. Pero no me gusta matar a hombres con los cuales no tengo ninguna disputa, y no aceptaré el precio de la sangre.

¡Wow! —repitió el viejo Tshoza, porque la sorpresa parecía haber dejado sin habla a Saduko—; es un espíritu, no un hombre.  ¡Es un santo!

—Nada de eso — respondí —, y si lo crees así, pregúntale a Mameena —una alusión poco clara que no comprendie­ron—. Ahora escuchad. No aceptaré ese ganado porque no pienso como pensáis vosotros los cafres. Pero como es mío, de acuerdo con vuestra ley, voy a disponer de él. Doy diez cabezas a cada uno de mis cazadores y quince a los familia­res del que murió. Los restantes animales se los doy a Tshoza y a los demás amangwane que lucharon, para ser distribuidos entre ellos en la proporción que acuerden, quedando yo de juez en caso de alguna disputa.

Al oír mis palabras todos ellos gritaron: "¡Inkoosi!", y Tshoza se acercó corriendo y me besó la mano.

—¡Tienes un corazón grande! —exclamó—. Aunque eres tan pequeño, en ti vive la sabiduría del cielo.

A sus elogios se unieron los de los demás, hasta ser in­fernal el estrépito. Saduko también me dio las gracias con su aire magnífico. Sin embargo, no creo que estuviese del todo satisfecho, aunque mi obsequio le relevaba de la nece­sidad de compartir la presa con sus compañeros. La verdad era, o tal he creído, que se daba cuenta que en adelante los amangwane me tendrían más afecto que a él. Y esto sucedió realmente, porque estoy seguro que no había uno solo entre todos aquellos salvajes que no me hubiese ser­vido hasta la muerte, y hasta hoy mi nombre es recordado entre ellos y sus descendientes. Además ha llegado a con­vertirse en algo proverbial entre los cafres. Al referirse a algún acto notable de liberalidad dicen "un don de Macu­mazahn", y de la misma manera llaman al que rehúsa algo en forma notable "uno que usa la manta de Macumazahn", el que ha robado la sombra de Macumazahn".

De esta manera adquirí una gran reputación a poca costa, porque  realmente  no  hubiese  podido   quedarme   con ese ganado; además estoy seguro que hacerlo me hubiese traí­do mala suerte. Es más, una de las cosas que he deplorado en mi vida es haber tenido algo que ver en este asunto.

Nuestro viaje de regreso al kraal de Umbezi —porque allí nos dirigíamos— fue muy lento porque nuestra mar­cha se veía dificultada a causa de los heridos y el ganado. De este último nos libramos poco después, pues con excep­ción de los animales que había dado a mis hombres y un centenar de los mejores que Saduko llevó con él para cierto fin, fueron enviados a un lugar que había elegido, a cargo de aproximadamente la mitad de su gente al mando de su tío Tshoza para que le esperasen allí.

Había pasado más de un mes desde la noche de la embos­cada cuando por fin desenganchamos muy cerca del kraal de Umbezi, en el bosque donde por primera vez había en­contrado a los guerreros amangwane. ¡Qué distintos pare­cían en este día triunfal de los hombres de aspecto feroz que habían aparecido de detrás de los árboles al llamado de su jefe! Mientras marchábamos a través de la región, Sa­duko les había comprado moochas y mantas finas; asimis­mo se había hecho tocados para la cabeza con las largas plumas negras del pinzón sakabuli, y escudos y polainas con los cueros y colas de bueyes. Además, como habían comido abundantemente y viajado en cómodas etapas, esta­ban gruesos y de buen aspecto, como suele suceder a los indígenas cuando se les da buena alimentación después de un período de abstinencia.

El plan de Saduko era pasar tranquilo esa noche en el bosque para avanzar a la mañana siguiente con toda su magnificencia acompañado por sus guerreros, para entre­gar las cien cabezas de ganado que le habían sido pedidas, y pedir formalmente la mano de su hija a Umbezi. Como el lector habrá podido colegir, Saduko tenía algo de histrión y le gustaba lucir sus galas.

Su plan fue ejecutado al pie de la letra. A la mañana si­guiente, cuando el sol estaba bien alto, Saduko, como hace todo gran jefe, envió por delante dos heraldos engalanados para anunciar su llegada a Umbezi, seguidos por otros dos hombres para proclamar sus hazañas y virtudes. (De paso observé que había recibido instrucciones claras de evitar toda mención de una persona llamada Macumazahn.) En seguida avanzamos todos los demás en grupo. Iba primero Saduko, espléndidamente vestido como jefe, llevando una pequeña azagaya, adornado con plumas, polainas y una falda de piel de leopardo. Iba acompañado por una media docena de sus subordinados de mejor aspecto, que figura­ban como sus indunas o consejeros. Detrás de éstos iba yo, un individuo insignificante, cubierto de polvo, acompañado por el feo y chato Scowl, que vestía unos pantalones grasientos, botas europeas gastadas asomándole los dedos del pie por las puntas rotas, y mis tres cazadores sobrevivien­tes, cuyo aspecto era más lamentable aún. Detrás nuestro marchaban unos ochenta de los amangwane transformados y finalmente venían los cien bueyes escogidos conducidos por unos pocos peones. Oportunamente llegamos a la puer­ta del kraal, donde encontramos a los heraldos y pregoneros paseándose y gritando.

—¿Habéis visto a Umbezi? —les preguntó Saduko. —No — contestaron —; estaba  durmiendo cuando llega­mos, pero su gente dice que vendrá pronto.

—Entonces decid a su gente que se apure, o que iré yo a sacarlo —replicó el orgulloso Saduko.

Justo en ese momento se abrió la puerta del kraal y apa­reció en ella Umbezi, con aspecto gordo y atolondrado; y, según me pareció, asustado, aunque trataba de disimularlo.

—¿Quién me visita —dijo— con tanta..., humm..., ceremonia? —y con el bastón que llevaba en la mano apuntó las filas de hombres armados—. Ah, ¿eres tú, Sa­duko? — y lo miró de arriba abajo—. ¡Qué aspecto magnífico tienes! ¿Has estado robando a alguien? Y tú también, Macumazahn. Bueno, tú no tienes aspecto magnífico. Pare­ces una vaca vieja que ha estado amamantando a la vez a dos terneros en el invierno. Pero dime, ¿qué hacen esos guerreros? Lo pregunto porque no tengo comida para tan­tos, especialmente porque hemos tenido un festín aquí.

—No temas nada, Umbezi — dijo Saduko, con su aire más arrogante—. He traído comida para mis hombres. En cuan­to a lo que me trae aquí, es sencillo. Me pediste cien cabe­zas de ganado como la lobola (el regalo de casamiento) de tu hija. Ahí están. Manda a tus sirvientes que las cuenten. —Con mucho gusto —replicó Umbezi, nervioso y dio cier­tas órdenes a varios hombres que estaban detrás de él—. Me alegro ver que te hayas vuelto rico de esta forma tan repentina, Saduko, aunque no comprendo cómo lo has hecho.

—No te importa cómo me he vuelto rico —contestó Sadu­ko—. Soy rico, eso basta por el momento. Ten la bondad de mandar buscar a Mameena, pues quisiera hablar con ella.

—Sí, sí, Saduko, comprendo que quieres hablar con Ma­meena; pero —y miró con desesperación a su alrededor — temo que todavía esté durmiendo. Como sabes, Mameena siempre se levanta tarde, y lo que es más, odia que la mo­lesten. ¿No crees que podías volver, digamos, mañana por la mañana? Seguramente estará levantada entonces. ¿O me­jor aún, pasado mañana?

 —¿En   qué choza   está Mameena?   —preguntó   Saduko, mientras yo, oliendo algo raro, me reía para mis adentros.    

 —No  lo  sé realmente,  Saduko —replicó Umbezi—.  A veces duerme en una, otras veces en otra y a veces se va   a varias horas de aquí, al kraal de su tía, para variar. No me sorprendería lo más mínimo que hubiese hecho eso ano­che. No tengo ninguna autoridad sobre Mameena.

Antes de que Saduko pudiera responder, una voz áspera y chillona resonó en nuestros oídos, que después de un mo­mento descubrí pertenecía a una mujer fea y vieja sentada a la sombra, en la que reconocí a la dama conocida con el nombre poco agradable de la "Vieja Vaca Gastada".

—¡Miente! —chilló la voz—. Miente. Gracias sean dadas a los espíritus de mis antecesores, esa gata salvaje de Ma­meena ha dejado para siempre este kraal. Anoche no dur­mió con su tía, sino con su marido, Masapo, a quien Umbe­zi la dio en casamiento hace dos días, recibiendo en pago ciento veinte cabezas de ganado, o sea veinte más de las que ofreciste tú, Saduko.

Cuando Saduko oyó esas palabras creí que realmente se volvía loco de rabia. Se puso gris bajo su piel negra y du­rarle un momento tembló como una hoja, pareciendo que iba a desplomarse. En seguida saltó como un león, y to­mando del cuello a Umbezi, lo tiró de espaldas al suelo, colocándose junto a él con su azagaya en alto.

—¡Perro! —gritó con voz terrible—. Dime la verdad o te abriré en canal.  ¿Qué has hecho con Mameena?

—Oh Saduko —contestó Umbezi—. Mameena ha elegido casarse. No fue culpa mía; quiso hacer su capricho.

No pudo seguir, y si no hubiese intervenido yo estrechan­do fuertemente a Saduko entre mis brazos y arrastrándolo hacia atrás, ése hubiese sido el último momento de Umbezi, porque Saduko estaba a punto de clavarlo al suelo con su azagaya. Por fortuna, llegué justo a tiempo, y Saduko, de­bilitado por la emoción, porque sentí latir con violencia su corazón, no pudo desasirse de mis brazos antes de que volviera a la razón. Finalmente se compuso algo y arrojó su azagaya, como para alejarse de la tentación. Luego ha­bló en el mismo tono terrible, diciendo:

—¿Tienes algo más que decir de este asunto, Umbezi? Quiero oírlo todo antes de contestarte.

—Sólo esto, Saduko —replicó Umbezi, que se había in­corporado y temblaba como azorado—. No hice nada más que lo que hubiese hecho cualquier otro padre. Masapo es un jefe muy poderoso, uno que será un buen apoyo para mi vejez. Mameena declaró que quería casarse con él...

—¡Miente! —chilló la "Vieja Vaca"—. Lo que Mameena dijo es que no tenía deseos de casarse con ningún zulú; así que supongo que está buscando algún blanco —y miró con malicia en mi dirección—. Pero dijo que si su padre desea­ba casarla con Masapo, debía de ser una hija obediente, pe­ro que si a causa de su matrimonio había sangre y disgus­tos, que cayeran sobre la cabeza de él y no la suya.

—¿Quieres clavarme también tus garras, gata? — gritó Umbezi, dando a la vieja un violento golpe en la espalda con el bastón que llevaba en la mano, haciendo que aqué­lla huyese chillando y maldiciéndolo.

—Oh, Saduko — continuó —, no te dejes emponzoñar los oídos con esas mentiras. Mameena nunca dijo cosa parecida, y si lo hizo no fue a mí. Bueno, en el momento en que mi hija consintió en tomar a Masapo  como esposo, su gente trajo ciento veinte hermosos animales,  ¿y hubieses queri­do que los rechazara, Saduko? Estoy seguro de que cuando los hayas visto dirás que hice bien en aceptar un lobola tan espléndido a cambio de una muchacha de lengua atrevida. Recuerda, Saduko, que aunque me habías prometido cien cabezas, son veinte menos. Entonces no tenías una sola, y no podía imaginarme dónde las ibas a conseguir. Además — agregó con un último esfuerzo desesperado de su imagi­nación, porque veía que sus argumentos no causaban ningu­na impresión—,  algunos forasteros que pasaron por aquí me dijeron que tú y Macumazahn habían sido muertos por unos malhechores en las montañas. Bueno, he hablado, y, Saduko, si ahora tienes animales, por mi parte tengo otra hija,  no tan bonita como Mameena tal vez,  pero  mucho mejor, trabajando en el campo. Ven y toma un trago de cer­veza y la mandaré llamar.

—Deja de hablar de tu otra hija y de la cerveza y escú­chame — replicó Saduko, mirando a la azagaya que había arrojado al suelo, con aire tan amenazador, que le puse el pie encima—. Soy ahora un jefe más grande que el jabalí Masapo. ¿Tiene Masapo una guardia como estos Devoradores de Enemigos? —y señaló a las apretadas filas de amangwane de rostros feroces que escuchaban detrás nues­tro—. ¿Tiene Masapo tanto ganado como yo, del que éste que ves no es más que una parte insignificante que he traído como lobola al padre de la que me había prometido como esposa? ¿Es Masapo amigo de Panda? Creo haber oído lo contrario. ¿Ha conquistado Masapo a una tribu in­numerable con su valor y su ingenio? ¿Es Masapo joven y de alta alcurnia ó no es más que un viejo jabalí mal nacido de las montañas?... No contestas, Umbezi, y tal vez haces bien en guardar silencio. Ahora escucha de nuevo. Si no fuese por Macumazahn, a quien no deseo mezclar en mis disputas, ordenaría a mis hombres que se apoderasen de ti y te golpearan hasta matarte con las astas de sus azagayas, y que luego trataran al jabalí de la misma manera en su guarida de las montañas. Pero esas cosas tendrán que espe­rar un poco,  especialmente porque  tengo otras cuestiones que atender primero. Pero no está lejano el día en que también  las   atenderé. Por  tanto   el   consejo  que te doy, Tramposo, es que te apures a morir o que halles valor para caer sobre una azagaya, a menos que no quieras saber lo que se siente al ser molido a palos como un cuero verde hasta que  nadie pueda reconocer  que una vez fuiste un hombre. Ahora haz que transmitan mis palabras a Masapo el Jabalí. Y di a Masapo que pronto vendré para apode­rarme de ella con azagayas y no con ganado. ¿Has entendi­do? Ah, veo que sí, pues ya estás llorando de miedo como una mujer. Entonces  adiós, hasta en que vuelva con los garrotes, oh Umbezi, el tramposo y mentiroso, Umbezi, el "Devorador de Elefantes" —y volviéndose Saduko se alejó. Iba  a  seguirlo,  pues ya había tenido  bastante de esta escena desagradable,  cuando el pobre Umbezi saltó sobre mí y me tomó del brazo.

—Oh, Macumazahn —exclamó, llorando de terror—. Oh, Macumazahn, si alguna vez he sido amigo tuyo, ayúdame a salir de este abismo en que he caído por culpa de las tretas de esa mona de hija mía. Macumazahn, si hubiese sido hija tuya y hubiera aparecido un jefe poderoso con ciento vein­te cabezas de un ganado tan hermoso, ¿no se la hubieses dado, aunque sea de sangre mezclada y no muy joven, sa­biendo que no le importaba, ya que lo único que le interesa es posición y riqueza?

—Creo que no — contesté —, pero no tenemos nosotros la costumbre de vender mujeres  de  esa forma.       

—No, no, lo había olvidado; en esta cuestión, como en muchas otras vosotros los blancos estáis locos; y, Macu­mazahn, para decirte la verdad, creo que a ti es a quien realmente quiere; me lo ha dado a entender una o dos ve­ces. ¿Por qué no te la llevaste cuando yo no estaba miran­do? ¡Podíamos habernos arreglado después y me hubiese visto libre de sus brujerías y no metido hasta el cuello en este pozo como estoy ahora!

—Porque algunas personas no hacen esas cosas, Umbezi.

—No, no, lo había olvidado. Oh, ¿por qué no podré recor­dar que estás loco y que por tanto no puede esperarse que pienses u obres como si estuvieses cuerdo? Bueno, por lo menos eres amigo de este tigre Saduko, lo que me refirma que debes de estar muy loco, porque la mayor parte de la gente prefería tratar de ordeñar a una hembra de búfalo que marchar de su mano. ¿No ves, Macumazahn, que piensa matarme, molerme como un cuero verde? ¡Ah!, apa­learme hasta la muerte. ¡Ay! Y lo que es más, a menos que lo impidas, seguramente lo hará, tal vez mañana o pasado.

—Sí, ya lo veo, Umbezi, y creo que lo hará. Pero lo que no veo es cómo evitarlo. Recuerda que dejaste que Mameena creciera en su corazón y te portaste mal con él, Umbezi.

—Nunca se la prometí, Macumazahn. Sólo dije que si traía cien cabezas de ganado, entonces podría prometérsela.

—Pues bien, ha aniquilado a los amakoba, los enemigos de su casa, y ahí están las cien cabezas y tiene muchas más, y ahora es tarde para que tú cumplas tu parte. Así que creo que debes tratar de acomodarte lo mejor posible en el agu­jero que tus manos excavaron, Umbezi, y en el que no me querría encontrar por todo el ganado de Zululandia.

—Ciertamente que no sirves para brindar consuelo en la hora de la tribulación —gimió el pobre Umbezi; y luego agregó animándose —: Pero tal vez le dé muerte Panda por haber aniquilado a Bangu en tiempo de paz. Oh, Macuma­zahn, ¿puedes persuadir a Panda de que lo mate? Si lo ha­ces, tengo más ganado de lo que realmente necesito...

—Imposible —repliqué—. Panda es su amigo, y entre nosotros puedo decirte que devoró a los amakoba por su mandato especial. Cuando lo sepa el rey llamará a Saduko a sentarse a su sombra y lo hará grande, uno de sus conse­jeros, probablemente con poder de vida o muerte sobre gente pequeña como tú o Masapo.

—Entonces es el fin —dijo Umbezi débilmente—, y tra­taré de morir como un hombre. ¡Pero ser apaleado como un cuero! ¡Y con varillas finas! Oh — añadió, crujiendo los dientes—, si pudiese agarrar a Mameena no le dejaría mucho de ese pelo bonito sobre su cabeza. Le ataría las manos y la encerraría con la "Vieja Vaca" que la quiere como un gato quiere a un ratón. No, la mataré. Eso es... ya lo oyes, Macumazahn, a menos que trates de ayudarme mataré a Mameena, y sé que eso no te gustará, porque estoy seguro de que la quieres, aunque no fueras lo suficiente hombre para escaparte con  ella, como ella quería.

—Si tocas a Mameena —dije—, ten la seguridad, amigo, de que los palos de Saduko y tu piel no estarán lejos unos de la otra, porque yo mismo te denunciaré a Panda como un malhechor desnaturalizado. Ahora escúchame, viejo idio­ta: Saduko quiere tanto a tu hija, pues sobre este punto está tan loco como lo dices soy yo, que si la consiguiera creo que pasaría por alto el que hubiese estado casada antes. Lo que tienes que tratar de hacer es de volvérsela a com­prar a Masapo. Fíjate bien, digo volvérsela a comprar —no a conseguirla derramando sangre —, cosa que podrías hacer persuadiendo a Masapo que la repudie. Entonces, si supiera que estás tratando de hacer esto, es posible que Saduko se olvide por un tiempo  de sus garrotes.

—Trataré de hacerlo. Ciertamente lo haré, Macumazahn. Lo intentaré con todas mis fuerzas. Es cierto que Masapo es un cerdo obstinado; pero de todas maneras, si sabe que está en juego su vida es posible que ceda. Además, cuando sepa que Saduko se ha vuelto rico y poderoso es probable que Mameena me ayude. Oh, gracias, Macumazahn, eres realmente el sostén de mi choza, y ésta y cuanto contiene son tuyos. Adiós, adiós, Macumazahn, si tienes que marchar. Pero, ¿por qué..., por qué no te escapaste con Mameena y me ahorraste todo este temor y estos disgustos?

De esta manera me despedí del viejo charlatán Umbezi, el "Devorador de Elefantes", separándonos por un tiempo, y nunca lo vi con un ánimo tan deprimido, salvo en otra ocasión, que contaré.

 

 

Capítulo 8

 

La Hija del Rey

 

 

Cuando volví a mis carretes después de esa entrevista semitrágica con el jactancioso y aprovechado viejo charla­tán Umbezi, fue para enterarme de que Saduko y sus gue­rreros habían marchado ya al kraal del rey, en Nodwengu. Pero había dejado un mensaje diciéndome que esperaba le seguiría, a fin de dar un informe del asunto de la destruc­ción de los amakoba. Después de reflexionar, decidí hacer esto, realmente creo que por el intenso interés humano de todo el  asunto.  Quería  saber cómo  terminaría.

Además, en cierto modo, había leído lo que pasaba por la mente de Saduko y me daba cuenta de que por el mo­mento no quería hablar de su horrible desilusión. Aunque pudiera haber habido cualquier falsía en la naturaleza de ese hombre, una cosa era cierta: su amor o pasión por Mameena. Durante su vida fue la estrella que lo guió —la peor estrella que podía haber surgido en el horizonte de un hombre; la estrella fatal que debía de llevarlo a la per­dición. Puedo dar gracias a la Providencia, y lo hago, de haber tenido la buena fortuna de escapar de su influencia nefasta, aunque admito que me atrajo no poco.

Así que llevado allí por mi curiosidad, que con tanta fre­cuencia me ha metido en líos, me dirigí a Nodwengu, lleno de dudas mezcladas con sus toques divertidos, porque no podía alejar de mi mente el recuerdo del terror abyecto del "Devorador de Elefantes" al verse frente a frente con la rabia terrible y concentrada de Saduko y la promesa de su venganza. Finalmente llegué al Gran Lugar sin haber tenido ninguna aventura digna de mención, y acampé en un lugar que me fue designado por un induna cuyo nombre he olvidado, pero que evidentemente conocía mi llegada, porque lo hallé esperándome a cierta distancia de la ciudad. Allí me quedé dos o tres días, si bien recuerdo, entretenién­dome tirando a palomas con una escopeta, hasta que suce­diese algo o me cansara y partiera para Natal.

Por fin, cuando estaba a punto de iniciar la marcha hacia el este, se presentó en las carretas un viejo amigo, Maputa, el mismo hombre que me había traído el mensaje de Panda antes de iniciar la expedición contra Bangu.

—Salud, Macumazahn — dijo —. ¿Qué tal te fue con los amakoba? Veo  que no  te mataron.

—No — respondí, ofreciéndole rapé —; no llegaron a ma­tarme, porque aquí me tienes. ¿En qué puedo servirte?

—Oh, Macumazahn, el rey desea saber si te quedan algu­nas de esas balas pequeñas en la cajita que te llevé, porque piensa que le  gustaría  tomar una de  ellas con este calor.

Le ofrecí toda la caja, pero no quiso tomarla, diciendo que el rey desearía que se la entregase en persona. Com­prendí que me llamaba para una audiencia y le pregunté cuándo deseaba recibirme Panda con las "pequeñas piedrecitas negras que hacen maravillas". Me contestó que en se­guida. Partimos en el acto, y una hora más tarde me en­contraba  ante  Panda.

Como todos los de su familia, el rey era un hombre enor­me, pero al revés de Chaka y sus otros hermanos que había conocido, de continente benévolo. Lo saludé quitándome la gorra y me senté en un taburete que había sido colocado para mí fuera de la gran choza, a la sombra de la cual es­taba sentado él dentro de su isi-gohlo, o recinto privado.

—Salud, oh Macumazahn —dijo—. Me alegro de verte sano y bueno, porque tengo entendido que has estado mez­clado r en una  aventura peligrosa.

—Sí, rey —contesté—, ¿pero a qué aventura te refieres: a la del búfalo, cuando me ayudó Saduko, o la de los ama­koba, en la que yo ayudé a Saduko?

—A la última, Macumazahn, y deseo oír toda la historia.

Se la conté, estando los dos solos, pues había ordenado a sus consejeros y sirvientes  que se  alejaran.

¡Wow! —exclamó cuando concluí—, eres listo como un mono, Macumazahn. Fue una buena treta la de tender una celada a Bangu y a sus perros amakoba y poner de cebo a su propio ganado. Pero me han dicho que rehusaste tu parte del ganado. ¿A qué se ha debido eso, Macumazahn?

Le contesté repitiéndole las razones que ya he expuesto.

—¡Ah!  —exclamó—.   Todos   buscamos   la grandeza   de nuestra manera, y tal vez la tuya sea mejor que la nuestra. Bueno, el hombre blanco sigue un camino —o algunos de ellos lo hacen— y el negro otro. Ambos concluyen en el mismo lugar y nadie puede saber cuál es el verdadero camino hasta después de terminar la jornada. Entretanto, lo que tú pierdes lo ganan Saduko y su gente. Es un hombre inteligente Saduko, porque sabe escoger sus amigos, y su inteligencia le ha dado el triunfo y bienes. Pero a ti, Macu­mazahn, sólo te ha dado honra y el hombre que sólo se alimenta  de  ella  estará  muy  flaco.

—Me gusta estar flaco, oh Panda — repliqué sin prisa.

—Sí, sí, comprendo — replicó el rey, quien, como la mayor parte de los indígenas, captaba rápidamente las ideas —, y a mí también me gusta la gente que se mantiene flaca alimen­tándose como tú, gentes cuyas manos están siempre limpias. Los zulúes confiamos en ti, Macumazahn, como en pocos hombres blancos, porque hemos sabido desde hace años que tus labios dicen lo que piensa tu corazón, y tu corazón pien­sa en lo que es bueno. Pueden llamarte El que Vigila de Noche, pero te gusta la luz, no la oscuridad.

Al escuchar estos cumplidos poco usuales, me incliné y sentí que enrojecía un poco al hacerlo, a pesar de estar tostado por el sol, pero no los contesté, porque al hacerlo hu­biera significado una discusión del pasado y sus aconteci­mientos trágicos, en la que no quería entrar. Panda también guardó silencio un rato. Luego ordenó a un mensajero que llamara a los príncipes, Cetewayo y Umbelazi, y que dijera a Saduko, el hijo de Matiwane, que esperase afuera en caso de que quisiera hablar con él.

Un minuto más tarde llegaron los dos príncipes. Observé su llegada con gran interés, porque eran los hombres más importantes de Zululandia, y ya toda la nación discutía con ardor cuál de los dos sucedería a su padre en el trono. Trataré de describirlos.

Eran más o menos de la misma edad —siempre es difícil saber con exactitud los años de un zulú — y ambos jóvenes de muy buena estampa. Cetewayo, sin embargo, tenía expre­sión más enérgica. Se decía que tenía un gran parecido con aquel monstruo feroz y capaz, Chaka la Fiera, su tío, y por cierto percibía en él una semejanza con Dingaan, el predecesor de Panda, a quien conocí demasiado bien siendo yo sólo un muchacho. Tenía los mismos ojos irritados y expresión altanera; asimismo, cuando se irritaba, sus labios se fruncían con la misma férrea dureza.

Me es difícil hablar de Umbelazi sin entusiasmo. Así como Mameena era la mujer más hermosa que había visto en Zululandia —aunque es cierto que ese viejo guerrero Umslopogaas, un amigo mío que no figura en esta historia, me solía decir que Nada el Lirio, a quien he mencionado, era más hermosa aún — Umbelazi era con mucho el hombre de aspecto más espléndido. Es más, los zulúes lo llamaban "Umbelazi el Hermoso", y no era extraño. Para empezar, llevaba por lo menos siete centímetros al más alto de ellos; lo he reconocido a medio kilómetro de distancia por su gran estatura, aun entre el polvo de una batalla desespera­da, y su ancho era proporcionado a su altura. Estaba ade­más perfectamente formado y sus extremidades bien tornea­das terminaban en manos y pies pequeños como los de Sadu­ko. Tenía también bien moldeado el rostro, que era de expresión franca; era de color más claro que el de Cetewayo y sus ojos, que parecían sonreír siempre, eran grandes y oscuros.

Aun antes de pasar la pequeña puerta de la cerca inferior pude ver que esta pareja real no estaba en el mejor de los términos, pues cada uno de ellos trató de pasar primero, para probar su derecho de precedencia. El resultado fue más bien ridículo, porque se quedaron atascados en la puerta. Pero el peso mayor de Umbelazi se hizo sentir, por­que usando su fuerza apretujó a su hermano contra los juncos de la cerca y pasó con un pie de ventaja sobre él.

—Estás engordando demasiado, hermano —oí que decía Cetewayo, y vi que fruncía el ceño al hablar —. Si hubiese tenido mi azagaya en la mano te hubiese cortado.

—Lo sé, hermano mío —contestó Umbelazi, riendo de buen humor—; pero también sabía que nadie puede pre­sentarse armado ante el rey. Si no hubiese sido así, hubiera preferido entrar detrás tuyo.

Ante esta indirecta de Umbelazi de que no confiaría en su hermano detrás de él, armado con su azagaya, a pesar de que parecía haber sido dicho en broma, vi que Panda se agitaba inquieto en su asiento, mientras Cetewayo fruncía el ceño. Pero no cambiaron más palabras entre ellos, y acer­cándose al rey juntos, lo saludaron con la mano en alto, diciendo:  "¡Baba!", es decir, padre.

—Salud, hijos míos —contestó Panda, agregando de prisa, porque previó una disputa por el sitio de honor a su dere­cha: "Sentaos ahí, frente a mí, los dos, y, Macumazahn, ven aquí", y señaló el lugar ambicionado —. "Estoy un poco sordo del oído izquierdo esta mañana".

Los hermanos se sentaron frente al rey; y creo no les desagradó esa resolución de su rivalidad; pero primero me dieron la mano, porque los conocía a ambos, aunque no muy bien, y aun en esta cuestión insignificante volvió a surgir la  eterna cuestión,  pues hubo cierta dificultad acerca de cuál era el primero en ofrecerme su mano. Finalmente, recuerdo, ganó Cetewayo. Una vez terminados estos preli­minares, Panda se dirigió a los príncipes, diciendo:

—Hijos míos, os he mandado llamar para pediros vuestra opinión sobre cierto asunto, no muy importante pero que puede llegar a serlo. —E hizo una pausa para tomar rapé, que ambos aprovecharon para decir:

—Te escuchamos padre.

—Pues bien, hijos míos, el asunto se refiere a Saduko, el hijo de Matiwane, jefe de los amangwane, a quien Bangu, jefe de los amakoba, mató hace años con autorización de Aquel que fue antes que yo. Ahora bien, este Bangu, como sabéis, ha sido durante mucho tiempo una espina en mi pie — una espina que me lo había infectado — y sin embar­go no quería hacerle la guerra. Así que hablé al oído de Sa­duko, diciéndole: "Es tuyo, si puedes matarlo; y su ganado es tuyo". Bueno, Saduko no es torpe. Con la ayuda de este hombre blanco, Macumazahn, nuestro viejo amigo, ha dado muerte a Bangu y se ha apoderado de su ganado, y mi pie está empezando a curarse ya.

—Lo habíamos oído —dijo Cetewayo.

—Fue una gran hazaña — añadió Umbelazi, crítico más generoso.

—Sí —continuó Panda—, también creo que ha sido una gran hazaña, viendo que Saduko sólo tenía para apoyarse un pequeño regimiento de vagabundos...

—No — interrumpió Cetewayo —, no fueron esos come­dores de ratas los que ganaron la jornada, fue la inteli­gencia de este Macumazahn.

—La inteligencia de Macumazahn hubiese valido de poco sin el valor de Saduko y sus ratas — comentó Umbelazi; y desde ese momento vi que los dos hermanos estaban toman­do partes en favor y en contra de Saduko, como lo hacían en todas las demás cuestiones, no porque les interesara quién tenía la razón, sino simplemente por llevarse la contraria.

—Así es —continuó el rey—, estoy de acuerdo con los dos, hijos míos. Pero la cuestión es ésta: creo que Saduko es un hombre que promete, y que debía ser mejorado para que aprenda a amarnos a todos, especialmente teniendo en cuenta que su Casa fue agraviada por la nuestra, ya que Aquel-que-se-fue escuchó el consejo malvado de Bangu y permitió que éste matara a la tribu de Matiwane sin causa justa. Por tanto, a fin de borrar esa mancha y de unir a Saduko a nosotros, creo que sería justo restablecer a Saduko en la jefatura de los amangwane, con las tierras que tuvo su padre, dándole también la jefatura de los amakoba, de quienes parece quedan las mujeres y los niños, con algunos de los hombres, aunque ya posea su ganado, que capturó.

—Como quiera el rey —dijo Umbelazi, bostezando, por­que se estaba aburriendo de oír hablar de Saduko. Cetewayo no  dijo nada, pues parecía estar pensando en otra cosa.

—Creo también — prosiguió Panda con voz algo inse­gura—, que para atarlo estrechamente, de forma que los lazos no se rompan nunca, convendría darle en casamiento una mujer de nuestra familia.                                    

—¿Por qué ha de permitirse que este pequeño amang­wane se case con un miembro de la casa real? —preguntó Cetewayo, levantando la vista—. Si es peligroso, ¿por qué no se le mata y se termina?

—Por esta razón, hijo mío. Nos esperan día de prueba en Zululandia, y no quiero dar muerte a aquellos que pue­dan ayudarnos en esa hora, como tampoco quiero que sean nuestros enemigos. Deseo tenerlos como amigos; y me parece prudente cuando encuentro una semilla de grandeza, alimen­tarla y no sacarla o plantarla en la huerta del vecino. Por sus hechos, creo que este Saduko es una de esas semillas.

—Nuestro padre ha hablado —dijo Umbelazi—, y me gusta Saduko, que es un hombre valiente y de buena sangre. ¿Cuál  de nuestras  hermanas  piensa darle nuestro padre?

—Aquella que lleva el nombre de la madre de nuestra raza, oh, Umbelazi; la que tuvo tu madre: tu hermana Nandie  ("La Dulce").

—Un gran don, oh padre mío, ya que Nandie es bella y prudente. ¿Y qué piensa ella del asunto?

—Le parece bien, Umbelazi, porque ha visto a Saduko y le ha gustado. Me dijo que no quiere otro marido.

—¿Es así? — replicó Umbelazi con tono indiferente —. Entonces, si el rey lo manda y la hija del rey lo desea, ¿qué más puede decirse?

—Mucho, creo yo —interrumpió Cetewayo—. Sostengo que está fuera de lugar que este hombrecito, que lo único que ha hecho es conquistar a una pequeña tribu con la ayuda de la inteligencia de Macumazahn, sea recompensado no sólo con una jefatura, sino además con la mano de la más inteligente y más hermosa de las hijas del rey, aunque Umbelazi — añadió con un gesto despectivo —, esté dispues­to a arrojarle su propia hermana lo mismo que un hueso a un perro que pasa.

—¿Quién arrojó el hueso, Cetewayo? —preguntó Umbe­lazi, despertando de su indiferencia —. ¿Fui yo, que no había oído hablar del asunto hasta este momento, o fue el rey? ¿Y quiénes somos nosotros para discutir los decretos del rey? ¿Estamos para juzgar o para obedecer?

—¿Por casualidad te ha obsequiado Saduko con algunos de los animales que robó a los amakoba Umbelazi? —pre­guntó Cetewayo—. Como nuestro padre no pide labola, a lo mejor has recibido tú el regalo en su lugar.

—El único presente que he recibido de Saduko — dijo Umbelazi, que se veía estaba haciendo un esfuerzo por do­minarse—, ha sido el de su servicio. Es mi amigo y por eso lo odias, lo mismo que odias a todos mis amigos.

—¿Tengo que querer a todos los perros vagabundos que lamen tu mano, Umbelazi? Oh, no necesitas decirme que es tu amigo, porque sé que fuiste tú quien convenció a nuestro padre que lo autorizara a matar a Bangu y a robar su ga­nado, cosa que sostengo es una mala acción, porque ahora la Gran Casa está cubierta con sus juncos y la sangre de Bangu mancha los marcos de sus puertas. Ahora, además, el que causó el mal debe venir a vivir dentro, y a lo mejor será llamado príncipe, como tú y yo, ¿por qué no ha de ser­lo, si se le va a dar en matrimonio a la princesa Nandie? Ciertamente, Umbelazi, harás bien en recibir el ganado que ha rehusado este blanco, porque todos saben que lo has ganado.

Al oír esto, Umbelazi se puso en píe de un salto, irguiéndose todo lo alto que era, y habló con voz apasionada:

—Te ruego que me des licencia para retirarme, oh rey —dijo—, porque si me quedo más tiempo lamentaré no tener una azagaya en la mano. Pero antes de marchar diré la verdad. Cetewayo odia a Saduko porque, como sabe que es un jefe inteligente y valeroso, que llegará a ser grande, lo buscó para que fuese suyo, diciéndole "Siéntate a mi sombra", después de haber prometido él sentarse en la mía. Por eso me ataca así. Que lo niegue si es capaz.

—No me molestaré en hacerlo, Umbelazi — contestó Cete­wayo de mal modo —. ¿Quién eres tú para espiar todo lo que hago, y para pedirme cuentas ante el rey con una boca llena de mentiras? No estoy dispuesto a escuchar más. Quédate aquí y paga a Saduko su precio con la persona de nuestra hermana. Porque como el rey la ha prometido, su palabra no puede ser cambiada. Pero haz saber a tu perro que tengo guardado un palo para él si se atreve a gruñirme. Adiós, padre mío. Me voy de viaje a mi señorío, la tierra de Gikazi, y allí me encontrarás cuando me necesites, cosa que espero no sea hasta después de haber concluido este casa­miento, porque no quiero que mis ojos lo contemplen.

Luego con un saludo, se volvió y partió, sin decir adiós a su hermano.

 Me estrechó la mano, en señal de despe­dida, porque Cetewayo siempre me demostró amistad, tal vez pensando en que podía serle útil. Además, según supe después, estaba muy contento conmigo porque había rehusado mi parte del ganado de los amakoba, y porque sabía que no había tenido participación alguna en el proyectado casamiento entre Nandie y Saduko, de que, en verdad, acababa de enterarme.

—Padre mío —dijo Umbelazi cuando se fue Cetewayo—, ¿es necesario soportar esto? ¿Tengo alguna culpa? Has oído y visto; contéstame padre.

—No, esta vez no tienes culpa alguna, Umbelazi —replicó el rey, exhalando un profundo suspiro—. Pero, oh hijos míos, ¿cuando terminarán estas disputas? Creo que sólo un río de sangre podrá extinguir este fuego tan violento, y en­tonces, ¿cuál de vosotros vivirá para llegar a la orilla?

Se quedó mirando un momento a Umbelazi, y observé cariño y temor en sus ojos, porque siempre lo quiso Panda más que a ningún otro de sus hijos.

—Cetewayo se ha portado mal —dijo al rato—, y ante un hombre blanco que contará el asunto, lo que es peor aún. No tiene derecho a imponerme a quién debo o no debo dar mis hijas en matrimonio. Además, he hablado, y no cam­biaré mi palabra porque me amenace. En todo el país es sabido que nunca falto a mi palabra; y los blancos lo saben también, ¿no es cierto, Macumazahn?

Le contesté que sí. Y era cierto, porque como la mayor parte de los hombres de carácter débil, Panda era suma­mente obstinado y también honrado, a su manera.

Hizo un gesto con la mano para indicar que daba por ter­minada la cuestión, y pidió a Umbelazi que fuese hasta la puerta para enviar un mensajero a buscar "al hijo de Matiwane". Un momento después llegó Saduko, con aire ma­jestuoso y circunspecto al alzar la mano derecha y hacer a Panda el Bayéte,  o saludo real.

—Siéntate —dijo el rey—. Debo decirte unas palabras. Saduko obedeció, con la más perfecta gracia, sin apresu­rarse y sin demorarse indebidamente, sentándose sobre las rodillas, con un codo en el suelo, como sólo sabe hacerlo un indígena sin parecer ridículo, y esperó.

—Hijo de Matiwane —dijo el rey—, he oído toda la his­toria de cómo, con una pequeña compañía, destruiste a Bangu y la mayor parte de los hombres de los amakoba, y te apoderaste de todo su ganado.

—Perdón, Ser Negro —interrumpió Saduko—. Soy sólo un muchacho y no hice nada. Fue Macumazahn, El que Vigi­la de Noche, aquí presente. Su sabiduría me enseñó cómo atrapar a los amakoba, después de haber sido atraídos fuera de su montaña, y fue Tshoza, mi tío, quien sacó al ganado de sus kraales. Repito que no hice nada, fuera de asestar un golpe o dos con una azagaya cuando debí, de la misma manera que un mono arroja piedras a los que quie­ren robarle sus crías.

—Me alegra ver que no eres fanfarrón, Saduko —dijo Panda—. Ojalá muchos más de los zulúes fuesen como tú en ese aspecto, porque entonces no tendría que escuchar tantos discursos jactanciosos sobre cosas insignificantes. Por lo menos, Bangu fue muerto y su orgullosa tribu humi­llada, y, por razones de estado, me alegro de que esto haya sucedido sin haber movido un regimiento o mezclarme en el asunto, porque te aseguro que había algunos de mi familia que querían a Bangu. Pero yo..., yo quería a tu padre, Matiwane, a quien asesinó Bangu, porque nos cria­mos juntos de pequeños y servimos juntos en el mismo regimiento, los amawombe, cuando gobernaba mi hermano, La Fiera (se refería a Chaka, porque entre los zulúes los nombres de los reyes muertos son   hlonipa, es decir, que mientras sea posible no deben ser pronunciados). Por tanto, por ese motivo, y por otros, me alegro de que Bangu haya sido castigado y que, aunque la venganza haya tardado en alcanzarlo, finalmente haya sido completa.

¡Yebo, Ngongyama! (Sí, oh León) —dijo Saduko.

—Ahora bien, Saduko —continuó Panda—, por ser hijo de tu padre y por haber demostrado que eres un hombre, aunque seas un pequeño en la tierra, he decidido hacerte adelantar. Por tanto, te doy la jefatura de los que quedan de los amakoba y de todos los de sangre amangwane que puedas reunir.

¡Bayete! Como lo disponga el rey —dijo Saduko.

—Y te doy permiso para convertirte en un kehla (el que usa el anillo en la cabeza), aunque, como hayas dicho, aún eres sólo un muchacho, y con él un lugar en mi consejo.

¡Bayete! Como lo disponga el rey —repitió Saduko, sin que le conmovieran los honores que le eran conferidos.

—Y dime, hijo de Matiwane —continuó Panda—, aún no te has casado, ¿no es cierto?

Por primera vez cambió ahora la expresión de Saduko.

—No, Ser Negro, pero...

Aquí interceptó mi mirada y leyendo en ella una adver­tencia, guardó silencio.

—Pero — repitió Panda —, sin duda te gustaría hacerlo, ¿no? Bueno, eso es natural en un joven que quiere fundar una casa, y por tanto te doy permiso para casarte.

Yebo, Silo! (¡Sí, oh Fiera!) Doy las gracias al rey, pero...

Aquí estornudé fuertemente y se detuvo.

—Pero —repitió Panda—, naturalmente, no sabes dónde encontrar una mujer en el tiempo en que un halcón se abalanza sobre un ratón y éste chilla en sus garras. ¿Cómo podrías saberlo, si nunca has pensado en ello? Además — continuó sonriendo— está bien que no lo hayas pensado porque aquella que te voy a dar no podría vivir en la segunda choza de tu kraal y llamarse Inkosikazi (es decir, mujer principal). Umbelazi, vete a buscar a aquella en quien hemos pensado como esposa para este muchacho.

      Umbelazi se levantó y marchó con una amplia sonrisa, mientras Panda, algo fatigado con lo que había hablado — porque era muy grueso y el día estaba sumamente calu­roso — reclinó la cabeza contra la choza y cerró los ojos.

—¡Oh Ser Negro! ¡Oh tú que consumes con tu ira! (Dhlangamandhla) — interrumpió Saduko, que pude ver estaba sumamente  agitado—. Tengo  algo que decirte.

—Seguro, seguro —contestó Panda con voz soñolienta—, pero ahorra tu agradecimiento hasta que hayas visto, o no te quedará nada después — y se puso a roncar.

Viendo que Saduko estaba a punto de causar su propia ruina, me pareció que debía de intervenir, aunque no puedo decir qué razón había para que lo hiciese. De cualquier manera, si me hubiese callado en ese momento y dejado que Saduko hiciese una locura como quería —porque cuando se trataba de Mameena nunca podía ser prudente —creo sinceramente que la historia de Zululandia hubiese seguido un curso distinto y que muchos miles de hombres, blancos y negros que murieron, estarían aún con vida. Pero el Destino lo dispuso de otra manera. Sí, no fui yo quien habló, sino el Destino. El Ángel del Juicio Final usó mi garganta de trompeta.

 Al ver que Panda dormitaba, me aproximé si­lenciosamente a  Saduko y le tomé  del brazo.

—¿Estás loco? —le susurré al oído—. ¿Quieres rechazar tu fortuna y perder tu vida además?

—Pero Mameena —contestó también en voz baja—. No quiero casarme más que con Mameena.

—¡Estúpido! Mameena te ha traicionado y menospreciado. Acepta lo que el Cielo te envía y da gracias. ¿Querrías usar la  manta manchada por Masapo?

—Macumazahn — dijo con voz sombría —, obedeceré a tu cabeza y no a mi corazón. Pero siembras una semilla extra­ña, Macumazahn, o así lo pensarás cuando veas su futuro. — Y me lanzó una mirada salvaje, que me atemorizó.

Había algo en esa mirada que me hizo pensar que sería mejor que me fuese y dejara a Saduko, Mameena, Nandie y el resto que se las compusieran como pudiesen, pues, des­pués de todo, ¿qué tenía yo que ganar en ese asunto? Sola­mente algún  disgusto y ningún provecho.

Y sin embargo, reflexionando sobre esos acontecimientos, ¿como podía yo haber previsto cuál sería el final de la locura de Saduko, de las terribles maquinaciones de Mameena y de la debilidad de Umbelazi cuando ella lo atrapó en la red de su belleza, causando así su ruina, por interme­dio del odio de Saduko y la ambición de Cetewayo? ¿Cómo podía saber que detrás de todos esos acontecimientos estaba el viejo enano, Zikali el Sabio, trabajando noche y día para saciar su odio y consumar la venganza que mucho tiempo atrás había concebido y planeado contra la casa real de Senzangakona y el pueblo zulú sobre el cual reinaba?

Sí, allí estaba igual que un hombre detrás de una gran roca en el borde de una montaña, empujando esa piedra lenta, implacablemente, con infinita habilidad, labor y pa­ciencia, hasta que a la hora fijada cayese sobre aquellos que vivían abajo, aplastándolos. ¿Cómo podía suponer que nos­otros, los actores de ese drama, estábamos todo el tiempo ayudándolo a empujar esa piedra y que no le importaba cuántos fuésemos arrastrados con ella al abismo, si con­tribuíamos al triunfo de su rabia y odio secretos?

Ahora veo y comprendo todas esas cosas, porque es fácil hacerlo, pero entonces estaba ciego; ni tampoco llegaron a mis torpes oídos las voces que me advirtiesen, de la misma manera que, no sé cómo, llegaban a los de Zikali.

Oh, ¿cuál era la suma de todo eso? Según creo, sólo esto y nada más: que, así como Saduko y los otros fueron instru­mentos de Mameena, y como todos ellos y sus pasiones instrumentos de Zikali, éste a su vez era el instrumento de un poder invisible que lo usó junto con nosotros para cum­plir sus designios. Lo que, supongo, es fatalismo, o, en otras palabras, que todas esas cosas sucedieron porque tenían que suceder. Una conclusión muy pobre después de tanto pensar y esforzarse, y no muy halagadora para el hombre y sus tan cantados poderes de libre albedrío; pero de cual­quier manera, una a la que muchos de nosotros somos lleva­dos con frecuencia, en especial si hemos vivido entre salva­jes, en donde esos dramas se desarrollan abierta y rápidamente, sin ser ocultados a nuestros ojos por los velos y subterfugios de la civilización. Por lo menos queda este con­suelo: que si somos sólo plumas arrastradas por el viento, ¿cómo puede censurarse a una pluma aislada que no haya marchado contra ese viento o se haya apartado de él?

Bueno, dejemos estas conjeturas para volver a la historia de los hechos que las causaron.

Justo cuando —un poco demasiado tarde— había deci­dido ocuparme de mis asuntos, dejando a Saduko que se arreglara con los suyos, en la puerta de la cerca apareció el alto Umbelazi llevando de la mano a una mujer. Como observé al instante, no necesitaba ciertos brazaletes de co­bre, ornamentos de marfil y de unas cuantas cosas muy ra­ras,  llamadas  infibinga,  que   solamente  podían   usar los miembros de la casa real, para proclamarla una persona de rango, porque su dignidad y alta cuna eran evidentes en su rostro, su postura, sus gestos y todo lo que le pertenecía.

 Nandie la Dulce no era una gran belleza, como Mameena, aunque su figura fuese esbelta y su estatura —como la de todos los de la raza de Senzangakona — algo mayor que la mediana. Para empezar, era de color más oscuro y sus labios eran más bien gruesos, lo mismo que su nariz; tam­poco tenía los ojos grandes y húmedos como los de un antí­lope. Además, le faltaba el misterio revelador de la cara de Mameena, que a veces era quebrado e iluminado por relám­pagos de luz encantadora y percepción rápida, de la misma manera que el cielo  encapotado de la noche,  que parece confundir la tierra velada con el cielo más velado aún, es iluminado   por   resplandores,   suaves   y   multicolores,   que sugieren pero no revelan la fuerza y esplendor que velan. Nandie carecía de todos  esos  atractivos  que,  después  de todo,  sólo poseen pocas mujeres en cada generación. Era una joven sencilla, de espíritu honesto, amable y afectuosa, de elevada cuna, nada más.

Umbelazi la condujo a presencia del rey, ante quien hizo una reverencia graciosa. Luego, después de dirigir una rá­pida mirada de reojo  a  Saduko,   que  encontré difícil  de interpretar, se cruzó de brazos y permaneció silenciosa, con la cabeza inclinada, esperando que le dirigiesen la palabra.

 El discurso fue breve, porque Panda estaba aún con sueño.

—Hija mía —dijo con un bostezo—, ahí está tu marido — y señaló con el dedo a Saduko—. Es un hombre joven y valeroso, y soltero; además uno que debe de engrandecerse a la sombra de nuestra casa, especialmente siendo amigo de tu hermano  Umbelazi.   Tengo  entendido también  que  lo has visto y te gusta. A menos que tengas algo que decir en contra, porque, no siendo un padre común, el rey no recibe ganado — al menos en este caso — no tengo ningún pre­juicio, sino que escucharé tus palabras —y se rió—; me propongo que el casamiento se celebre mañana. Ahora bien, hija mía, ¿tienes algo que decir? Porque si es así, te ruego lo  digas   ahora mismo,   pues  estoy  cansado.  Las   eternas disputas entre tus hermanos, me han agotado.

La muchacha miró a su alrededor con su aire franco habi­tual, fijando su mirada primero en Saduko, luego en Umbe­lazi y finalmente en mí.

—Padre mío — dijo, con voz suave y firme—, dime, te lo ruego, ¿quién propone este casamiento? ¿Es el jefe Saduko, el príncipe  Umbelazi,  o  el señor  blanco cuyo  verdadero nombre ignoro, pero  a quien llaman Macumazahn?

—No puedo recordar quién de ellos lo ha propuesto— bostezó Panda—. ¿Quién puede estar hablando desde la noche hasta la mañana? De cualquier forma, lo propongo yo y haré de tu marido un gran hombre en nuestro pueblo. ¿Tienes algo  que  decir en contra?

—No tengo nada que decir, padre mío. He conocido a Saduko y me gustó; de lo demás, tú eres el juez. Pero —añadió —, ¿le gusto yo a Saduko? Cuando pronuncia mi nombre,   ¿lo siente aquí? —y señaló su garganta.

—Estoy seguro de que no sé lo que siente en su gar­ganta — replicó Panda secamente —, pero siento que la mía está seca. Bueno, como nadie dice nada, el asunto está arre­glado. Mañana Saduko dará el umqoliso (el Buey de la Muchacha) que consuma el matrimonio, — si no tiene uno aquí se lo prestaré — y puedes tomar la nueva choza grande que he construido en el kraal exterior para vivir allí por el momento. Habrá un baile si lo queréis; si no, no me importa, porque no tengo ganas de ceremonias ahora, estoy preocupado con asuntos importantes. Ahora voy a dormir.

Y descendiendo de su taburete para caer de rodillas, Pan­da se arrastró por la entrada de su gran choza y desapareció.

Umbelazi y yo marchamos también por la puerta de la cerca, dejando solos a Saduko y la princesa Nandia, porque no había ningún sirviente presente. Ignoro lo que pasó entre ellos, pero colijo que Saduko, en una forma u otra, se hizo agradable a la princesa como para persuadirla de que lo tomara por esposo. Como ya estaba enamorada de él, no le fue difícil persuadirla. De cualquier forma, al otro día, sin grandes preparativos ni ceremonias, salvo la danza acostumbrada, el umqoliso, el Buey de la Muchacha, fue sacrificado y Saduko se convirtió en el marido de una doncella real de la casa de Senzangakona. Como recuerdo haberlo pensado, era un salto notable en la vida de uno que unos pocos meses antes carecía de fortuna y hogar. Debo de agregar que, después de nuestra breve conversa­ción en el kraal del rey, mientras Panda dormitaba, no crucé una palabra más con Saduko sobre su matrimonio, porque entre el momento en que fue propuesto y su celebración, me evitó, y yo tampoco lo busqué. El mismo día del casamiento partí para Natal y durante un año entero no oí hablar más de Saduko, Nandia y Mameena, aunque, para ser franco, debo de admitir que pensé en la última de estas personas con mayor frecuencia tal vez de lo que hubiese debido. Lo cierto es que Mameena era una de esas mujeres que se aferran a la mente de un hombre con más fuerza aún que una espina a su ropa.

 

 

Capítulo 9

 

Allan Vuelve a Zuzulandia

 

 

Un año entero había transcurrido, durante el cual hice, o traté de hacer, varias cosas que no tienen relación con esta historia, cuando me encontré de nuevo en Zululandia, en el propio kraal de Umbezi. Había llegado allí en cumpli­miento de cierto compromiso, que he mencionado, relacio­nado con marfil y fusiles, que había contraído con aquel individuo, o mejor dicho con Masapo, su yerno, a quien representaba en este asunto. No entro en los detalles exactos de la negociación, porque en este momento no puedo recor­dar si obtuve el permiso para importar esos fusiles a Zulu­landia, ya que está mal vender armas a los indígenas, que pueden dedicarse a toda clase de usos improvistos.

De cualquier manera, estaba allí, sentado a solas con el jefe, en su choza, compartiendo una botella de "aguardien­te" que había llevado porque la "negociación" había con­cluido a nuestra mutua satisfacción, y Scowl, mi sirviente particular, con los cazadores, acababa de llevar el marfil — un magnífico lote de colmillos— a mis carretas.

—Bueno, Umbezi —, le dije—, ¿cómo te ha ido desde que nos separamos hace un año? ¿Has visto a Saduko, quien, como recordarás, se fue de aquí más bien irritado?

—Gracias a mi Espíritu, no he visto ni siquiera el rostro de ese hombre salvaje, Macumazahn. —contestó Umbezi, sacudiendo su gruesa cabeza con gran ansiedad —. Pero he tenido noticias de él, porque el otro día me envió un mensaje diciendo que no había olvidado lo que me debía.

—¿Se refería a los palos con que pensaba machacarte como  a   un cuero  verde? —  pregunté  con   aire   inocente.

—Así lo creo, Macumazahn, así lo creo, porque en verdad no debe nada más. Y lo peor es que allí en el kraal de Panda, ha crecido como una calabaza en un estercolero... ¡Grande,  grande!                                  

—Y por tanto, ahora puede pagar cualquier deuda, Umbe­zi — dije tomando un trago de aguardiente y mirándolo por encima  del  recipiente.

—Indudablemente que puede, y entre tú y yo ése es el motivo verdadero por el cual yo — o mejor dicho, Masapo — tenía tantos deseos de conseguir esos fusiles. No eran para cazar, como te mandó decir con el mensajero, ni para la guerra, sino para protegernos de Saduko en caso de que nos atacase. Ahora espero que podremos defendernos.

—Primero Masapo y tú tendréis que enseñar a vuestra gente a manejarlos, Umbezi. Pero espero que Saduko os haya olvidado ahora que es el marido de una princesa real. Dime, ¿qué es de la vida de Mameena?

—Oh, bien, Macumazahn. ¿No es acaso la primera dama de los amasomi? No le sucede nada malo, fuera de que aún no ha tenido un hijo y también...  —e hizo una pausa.

—¿También qué?

—Que odia a su marido, Masapo, y dice que preferiría estar casada con un orangután — sí, un orangután — antes que con él, después de que pagó tantas cabezas por ella. ¿Pero qué importa eso, Macumazahn? Hasta en la espiga más fina siempre falta algún grano. No hay nada completa­mente perfecto en este mundo, Macumazahn, y si Mameena no quiere a su marido... —y se encogió de hombros, to­mando un trago de aguardiente.

—Claro que no tiene la menor importancia, Umbezi, salvo para Mameena y su marido, pero no hay duda de que todo se arreglará con el tiempo, especialmente ahora que Saduko está casado con una princesa de la casa zulú.

—Así lo espero, Macumazahn; pero, a decir verdad, ojalá hubiese tenido más fusiles, porque vivo entre una gente  terrible. Masapo, que está furioso con Mameena porque no le hace caso, y por tanto conmigo, como si yo pudiese man­dar a Mameena; Mameena que está furiosa con Masapo, y por tanto conmigo porque se la di en matrimonio; Saduko que echa espuma por la boca al oír el nombre de Masapo, porque se casó con Mameena, a quien, según se dice, aún ama, y por tanto conmigo, porque soy su padre e hice todo lo que pude por asegurarle una posición. Ah, dame algo más de esa agua de fuego, Macumazahn, porque me hace olvidar todas esas cosas, y especialmente que mi espíritu guardián me hizo el padre de Mameena, con quien no quisiste escapar cuando pudiste hacerlo. ¿Oh, Macumazahn, por qué no te escapaste con Mameena y la convertiste en una mujer blanca tranquila que se viste con bolsas, canta canciones al "Grande-Grande" en el cielo (es decir himnos al Todopoderoso)  y nunca piensa más que en su marido?

—Porque si lo hubiese hecho, Umbezi, hubiera dejado de ser un hombre blanco tranquilo. Sí, sí, amigo mío, hubiese estado en una posición parecida a la tuya hoy, y eso es lo último que deseo. Y ahora, Umbezi, ya has bebido bastante aguardiente, así que me llevaré la botella. ¡Buenas noches!

A la mañana siguiente salí muy temprano del kraal de Umbezi, antes de que se hubiese levantado, porque el aguar­diente lo había hecho dormir pesadamente. Mi destino era Nodwengu, el kraal de Panda, donde esperaba comerciar algo, pero como no tenía apuro, mi plan era pasar por lo de Masapo, dando un rodeo, para ver así por mí mismo cómo estaban las cosas entre él y Mameena. Al caer la tarde llegué  a los límites  del  territorio de los  amasomi,  cuyo jefe era Masapo, y acampé allí. Pero con la noche llego la reflexión, y ésta me dijo que convenía apartarme de Mameena y sus complicaciones domésticas si las tenía. Así que cambié de idea y a la mañana siguiente me dirigí a Modwengu por el único camino que mis guías dijeron era practicable, uno que me hizo dar un gran rodeo.

Ese día, debido a lo accidentado del camino —si podía ser llamado camino — y a un accidente sufrido por una de las carretas, sólo recorrimos unos veinticinco kilómetros, y al caer la noche nos vimos obligados a desenganchar en el primer lugar en que pudimos hallar agua. Una vez que fueron desuncidos los bueyes miré a mi alrededor y vi que estábamos en un sitio que, a pesar de haber llegado a él desde diferente dirección, reconocí como la boca del Kloof Negro, en el que un año antes había entrevistado a Zikali el Pequeño y Sabio. No era posible confundir el lugar; ese valle desolado con las columnas de rocas afiladas y la montaña saliente al final no tiene, que sepa, nada que se le parezca en África.

Me senté en la caja de la carreta para comer un poco de biltong y galleta, porque no me había tomado el trabajo de cazar ese día, que era sumamente caluroso, pensando si Zikali estaría aún vivo y si valdría la pena de caminar hasta el kloof para averiguarlo. Pero decidí no hacerlo por­que el lugar me repelía y no tenía ningún deseo de oír más de sus profecías y sus charlas de mal augurio. Así que me quedé sentado estudiando el maravilloso efecto de la luz rojiza del atardecer en esas rocas fantásticas.

Al poco rato percibí a lo lejos una figura humana soli­taria — no podía decir si de hombre o mujer— que venía caminando en mi dirección a lo largo del sendero que corría en el fondo del desfiladero. En medio de aquellas laderas de proporciones gigantescas parecía extraordinaria­mente pequeña y solitaria, aunque tal vez a causa de la intensa luz roja que la bañaba, o tal vez simplemente por­que era humana, algo viviente en medio de aquella gran­deza inanimada, despertó y concentró mi atención. Sentí que se avivaba mi interés y pensé si sería hombre o mujer, y qué estaba haciendo en ese valle.

La figura se fue acercando y pude ver que era alta y esbelta, dando la impresión de que se trataba de un mu­chacho o una mujer, pero sin que pudiese estar seguro por­que estaba envuelta en una hermosa capa de piel gris. En ese momento se acercó Scowl por el otro lado para ha­blarme de algo que ocupó mi atención durante un par de minutos. Cuando miré de nuevo encontré a la figura dete­nida a menos de tres metros de distancia, con el rostro escondido   por una   especie de   capuchón   unido a la   capa.

—¿Quién eres y qué deseas? —pregunté, y una voz sua­ve me contestó:

—¿No me conoces, Macumazahn?

—¿Cómo quieres que conozca a una persona que está ta­pada? Y sin embargo, no es..., no es...

—Sí, es Mameena, y me alegro que hayas recordado mi voz, Macumazahn, después de haber estado separados du­rante tanto, tanto tiempo —y con un movimiento repen­tino se echó hacia atrás el kaross, con capuchón y todo, mostrándose en su  extraña  belleza.

Salté de la carreta y le tomé la mano.

—Oh, Macumazahn —dijo mientras aún se la retenía, o para ser más exacto, mientras aún ella retenía la mía—, en verdad mi corazón se alegra de ver nuevamente a un amigo —y me miró con sus ojos dulces que pude ver esta­ban inundados de lágrimas.

—¡Un  amigo,  Mameena!  —exclamé—. Ahora  que eres rica, y mujer de un gran jefe, deben sobrarte los amigos.

—¡Ay, Macumazahn! Sólo soy rica en disgustos, porque mi marido ahorra, como las hormigas en invierno. Vaya, ni siquiera me quería dar este pobre kaross; y en cuanto a amigos, es tan celoso que no me deja tener ninguno.

—¡Pero no será celoso de las mujeres, Mameena!

—¡Oh, mujeres! ¡Iya! No me interesan las mujeres; son muy malas conmigo, porque..., porque..., bueno, tal vez puedas imaginar por qué, Macumazahn —contestó, mirán­dose en un pequeño espejo de viaje que colgaba del toldo de la carreta, que había estado usando para peinarme, y sonrió dulcemente.

—Por lo menos, tienes a tu marido, Mameena, y pensé que tal vez para ahora...

Levantó la mano.

—¡Mi marido! Ojalá no lo tuviese, porque lo odio, Macu­mazahn; y en cuanto a lo otro, ¡jamás! Lo cierto es que nunca quise a ningún hombre exceptuando uno cuyo nom­bre tal vez recuerdes, Macumazahn.

—Supongo que te refieres a Saduko... — empecé.

—Dime, Macumazahn — preguntó con tono inocente —, ¿son muy estúpidos los hombres blancos? Te lo pregunto porque no pareces tan inteligente como solías ser. ¿O tienes quizá mala memoria?

Sentía que me ponía tan colorado como el cielo detrás mío,  e interrumpí con apresuramiento:

—Si no te gustaba tu marido, Mameena, no debías de ha­berte casado con él. Sabes que no tenías necesidad de ha­berlo hecho de no haberlo querido.

—Cuando sólo se tiene dos espinos para sentarse, Macu­mazahn, se elige el que parece tener menos espinas, para descubrir a veces que aún quedan centenares de ellas, aun­que no las hubiera tenido. Y sabes que a la larga todos nos cansamos de estar de pie.

—¿Te has dedicado por eso a caminar, Mameena? Quiero decir,  ¿qué haces aquí sola?

—¿Yo? Ah, oí que pasabas por aquí y vine a conversar contigo. No, no puedo ocultarte ni un chiquito de verdad. Vine a hablarte, pero también a ver a Zikali y a pregun­tarle qué debe de hacer una mujer que odia a su marido.

—¡Ah,  sí!  ¿Y qué te contestó?                                      

—Contestó que lo mejor que podía hacer era escaparse con otro hombre, si había alguno a quien no odiase..., fue­ra de Zululandia, desde luego — replicó, mirándome prime­ro a mí y luego a mi carreta y los dos caballos atados a ella.

—¿Es eso todo lo que te dijo?

—No. ¿No te he dicho que no puedo ocultarte un grano de verdad? Añadió que la otra cosa que podía hacer era quedarme sentada bebiendo mi leche agria, pretendiendo que está dulce, hasta que mi Espíritu me dé otra vaca. Pa­recía pensar que mi Espíritu sería generoso en materia de vacas... un día.

—¿Algo más? —pregunté.

—Una sola cosa. ¿No te he dicho que sabrás toda la ver­dad? Zikali parecía creer también que al final todas mis va­cas viejas y nuevas, terminarían mal. Pero no me dijo cuál sería su fin.

Volvió la cabeza a un lado y cuando me miró de nuevo vi que estaba llorando.

—Claro que tendrán un mal fin, Macumazahn —continuo con voz suave y conmovida—, porque yo y todos aquellos con quienes tuve que ver fuimos "arrancados de los juncos" (creados) así. Y por eso no te tentaré para que te escapes conmigo, como pensaba hacerlo cuando te vi, porque de verdad, Macumazahn, eres el único hombre que me ha gus­tado y que me gustará; y tú sabes que podría hacer que te escapes conmigo, a pesar de ser yo negra y tú blanco..., oh sí, antes de mañana por la mañana. Pero no lo haré; porque ¿para qué he de enredarte en mi infortunada red para ocasionarte toda clase de disgustos entre mi pueblo y el tuyo? Sigue tu camino. Macumazahn, y yo seguiré el mío según como sople el viento. Y ahora dame un vaso de agua y déjame marchar..., un vaso de agua, nada más. Oh, no me tengas miedo, ni te enternezcas demasiado, no vaya yo también a enternecerme. Tengo una escolta que me espera en aquella colina. Eso es, gracias por el agua, Macumazahn, y buenas noches. Indudablemente nos volveremos a encon­trar antes de mucho, y... me olvidaba, el Sabio Pequeño dijo que le gustaría hablar contigo, Macumazahn. Espero que habrás hecho un buen negocio con mi padre Umbezi y mi marido Masapo. No sé cómo hombres como ésos han podido ser mi padre y mi marido. Dame ese bonito espejo, Macumazahn; cuando me mire en él te veré también a ti y eso me gustará..., no te imaginas cuánto. Te lo agra­dezco. Buenas noches.

Un minuto después veía su figura solitaria desvanecerse en la cima de una colina detrás nuestro, y en verdad sentí que se me anudaba la garganta. A pesar de su maldad — y supongo que era mala— había en Mameena algo terrible­mente atrayente.

Una vez que desapareció, llevándose el único espejo, y que también desapareció el nudo en mi garganta, empecé a pensar cuánto había de cierto en su historia. Había pro­testado con tanta vehemencia de que me había dicho toda la verdad, que estaba seguro de que debía de haber algo más. Además recordé que dijo que Zikali quería verme. Bueno, el final fue que me di un paseo de medianoche por esa horrible garganta, en la que ni siquiera Scowl quiso acompañarme porque declaró que el lugar estaba lleno de imikovu, o espectros que han sido sacados de entre los muer­tos por los hechiceros.

Fue una caminata larga y desagradable, y me sentí depri­mido e insignificante al pasar entre esas rocas gigantescas, cruzando unas veces trozos iluminados por la luz de la luna otras por trozos sumidos en una espesa oscuridad, abrién­dome camino entre los matorrales o alrededor de la base de altos pilares de rocas amontonadas, hasta que por fin llegue a las rocas salientes del fondo, que parecían fruncirse al verme como las cejas de algún demonio titánico.

Bueno, por fin había llegado al fondo, y a la puerta de la cerca del kraal fui recibido por uno de aquellos hombres enormes y de feroz aspecto que servían de guardianes de Zikali. Salió repentinamente de detrás de una roca, y después de examinarme un momento en silencio, me indicó que lo siguiera, como si fuese esperado. Un minuto después me hallé frente a frente con Zikali, que estaba sentado a la luz de la luna, justo fuera del radio de la sombra de su choza, dedicado, en apariencia, a su ocupación favorita de tallar madera con un cuchillo indígena de forma curiosa.

Por un rato no me hizo caso; luego, de repente levantó la mirada, echándose hacia atrás sus trenzas grises, y pro­rrumpió en una de sus fuertes carcajadas.

—Así que eres tú, Macumazahn —dijo—. Bueno, sabía que pasabas por aquí y que Mameena te mandaría a verme. Pero ¿para qué vienes a ver "La-cosa-que-nunca-debió-de-haber-nacido"? ¿Para decirme cómo te fue con el búfalo con el cuerno astillado?

—No, Zikali, ¿para qué vendría a contarte lo que ya sabes? Mameena me dijo que querías hablar conmigo.

—Entonces Mameena ha mentido —. contestó — como acos­tumbra, porque en su garganta hay cuatro palabras falsas por cada una de verdad. Pero no importa, siéntate, Macu­mazahn. Tienes cerveza al lado de ese taburete, y dame el cuchillo y el rapé que me traías de regalo.

Saqué esos artículos, aunque ignoro cómo pudo saber que los tenía, y no creí valía la pena de preguntarlo. Recuerdo que el rapé le gustó mucho, pero el cuchillo dijo que era un bonito juguete, pero que no sabría cómo usarlo. Luego empezó  a conversar.

—¿Qué está haciendo aquí Mameena? —pregunté audaz­mente.

—¿Qué estaba haciendo en tus carretas? — dijo él —. Oh, no te molestes en contestarme; lo sé, lo sé. Tienes una bue­na Serpiente, Macumazahn, que siempre deja que te esca­pes entre sus dedos, cuando si decidiera cerrar el puño... Bueno, bueno, no traiciono los secretos de mis clientes, pero te digo esto: vete al kraal del hijo de Senzangakona, y verás suceder cosas que te harían reír, porque allí estará Ma­meena y su marido, el mestizo Masapo. Lo odia de corazón, y después de todo, yo preferiría ser querido y no odiado por Mameena, aunque ambas cosas sean peligrosas. ¡Pobre mes­tizo!  Pronto los chacales estarán royendo sus huesos.

—¿Por  qué dices   eso?   — le  pregunté.

—Porque Mameena me ha dicho que es un hechicero, y los chacales comen a muchos hechiceros en Zululandia. Además es un enemigo de la Casa de Panda, ¿no es verdad?

—Le has dado algún mal consejo, Zikali —dije, expre­sando lo que en ese momento pensé.

—Tal vez, tal vez, Macumazahn; sólo que yo puedo lla­marlo bueno. Tengo mi propio camino que recorrer, y si puedo hallar algunos que me despejen las espinas que po­dían pincharme los pies, ¿qué importancia tiene? Además recibirá su recompensa, ella que se aburre entre los amasomi, con uno que odia como compañero de choza. Vete y observa, y luego, cuando tengas una hora libre, ven y cuéntame lo que sucede..., eso es, si no me encuentro allí para verlo con mis propios ojos.

—¿Está bien Saduko? —pregunté para cambiar de tema, porque no quería enterarme de las trampas que llenaban la atmósfera.

—Me han dicho que su árbol crece mucho, que rebasa todo el kraal real. Creo que a Mameena le gustaría dormir a su sombra. Y ahora, tú estás cansado y yo también. Vuel­ve a tus carretas, porque no tengo nada más que decirte esta noche. Pero no te olvides de volver para contarme lo que sucede en el kraal de Panda. O, como te he dicho tal vez te encuentre allí. ¿Quién sabe, quién sabe?

Ahora bien, se observará que no hubo nada muy notable en esta conversación entre Zikali y yo. No me contó ningún gran secreto ni hizo ninguna profecía importante. Podría incluso pensarse por qué razón, habiendo tanto que contar, me molesto en relatarla.

—Mi respuesta es que a causa de la extraordinaria impre­sión que me produjo, aunque fue tan poco lo que se dijo, sentí que esas pocas palabras no eran más que un velo que ocultaba terribles acontecimientos. Estaba seguro de que algún plan diabólico había sido concebido entre el viejo enano y Mameena cuyo resultado no tardaría en verse, y que me había despedido apurado una vez que supo que ella no me había contado nada, temiendo que pudiera dar con su pista y que tal vez lo hiciera fracasar.

Cuando regresé a mis carretas a la luz de la luna por aquella horrible garganta, me pareció que el aire caliente y pesado tenía el gusto y olor de sangre, y que el húmedo follaje de los árboles que allí crecían, al ser agitados de vez en cuando por una ráfaga de viento, se quejaba como los fabulosos imikovu, o como podrían hacerlo los hombres que exhalasen el último suspiro. El efecto que surtió en mis nervios fue sumamente extraño, porque cuando llegué por fin a mis carretas temblaba como azogado y un sudor frío, poco natural en una noche ardiente, cubría mi rostro y cuerpo.

Tomé un par de largos tragos de aguardiente para reani­marme y finalmente me quedé dormido, para despertarme antes del amanecer con dolor de cabeza. Mirando fuera de la carreta, con sorpresa vi a Scowl y los cazadores, que debían haber estado roncando, reunidos en grupo y ha­blando en voz baja con temor. Llamé a Scowl y le pre­gunté qué pasaba.

—Nada, Baas —dijo con aire avergonzado—; sólo que este lugar está lleno de fantasmas. Han estado entrando y saliendo toda la noche.

—¡Fantasmas, idiota! Probablemente han sido personas que iban a visitar al Nyanga, Zikali.

—Tal vez, Baas; sólo que entonces no sabemos por qué han de tener el aspecto de gente muerta —príncipes algunos de ellos, por sus ropas— y caminan en el aire a la altura de la cabeza de una persona.

—¡Bah! —repliqué—. ¿No conoces la diferencia entre búhos en la tiniebla y reyes muertos? Preparen todo, porque saldremos en  seguida;  el aire  está  impregnado  de  fiebre.

—Bueno, Baas —y corrió a obedecerme; y no creo recor­dar haber visto preparar las dos carretas para la marcha con más  rapidez  que fuera esa mañana.

Me limito a mencionar esta tontería para demostrar que el Kloof Negro podía afectar los nervios de otros, además de los míos.

A su debido tiempo llegué a Nodwengu sin tropiezos, ha­biendo enviado por delante a uno de mis cazadores para anunciar mi llegada a Panda. Cuando llegaron mis carretas afuera del Gran Lugar fueron recibidos por mi viejo ami­go Maputa, aquel que me había devuelto las píldoras antes de nuestro ataque contra Bangu.

—Salud, Macumazahn —dijo—. Me ha enviado el rey para darte la bienvenida y para señalarte un buen lugar para que acampes; asimismo para darte permiso para tra­ficar todo lo que quieras en esta ciudad, pues sabe que tus tratos son siempre equitativos.

Le di las gracias en la forma habitual, agregando que había traído un pequeño obsequio para el rey, que le entre­garía cuando tuviese a bien recibirme. Luego invité a Ma­puta, a quien también ofrecí alguna" chuchería que le en­cantó, a acompañarme en la carreta hasta llegar al lugar elegido para desenganchar.

Este, de paso, resultó ser un sitio excelente, un pequeño valle poblado de pasto para los bueyes — porque por orden del rey no había sido usado para pastar—, y con un arroyuelo que lo atravesaba. Además dominaba un gran espacio abierto frente a la puerta principal de la ciudad, así que podía ver lo que ocurría y a los que entraban o salían.

—Estarás cómodo aquí, Macumazahn —dijo Maputa—, durante tu permanencia entre nosotros, que esperamos sea larga, pues, a pesar de que pronto habrá una gran multitud en Nodwengu, el rey ha dado orden de que nadie, salvo tus sirvientes, pueda entrar en este valle.

—Doy las gracias al rey; pero, ¿por qué va a ver una multitud, Maputa?

—¡Oh! —contestó encogiéndole los hombros—, por una cosa nueva. Deben venir todas las tribus de Zululandia para que les pasen revistas. Algunos dicen que ha sido idea de Cetewayo y otros dicen que de Umbelazi. Pero estoy se­guro  de  que no  es obra de ninguno de los dos, sino de Saduko, tu antiguo amigo, aunque no sé cuál puede ser su objeto. Sólo confío —añadió con inquietud— en que no termine en lucha entre los Grandes Hermanos.

—¿Así que Saduko ha crecido, Maputa?

—Tanto como un árbol, Macumazahn. Su murmullo en el oído del rey suena más que los gritos de otros. Además se ha vuelto muy orgulloso. Tendrás tú que irlo a visitar. Ma­cumazahn; él no vendrá a ti.

—¿Ah, sí? —contesté—. Bueno, los árboles muy altos son derribados a veces.

Asintió él con la cabeza.

—Sí, Macumazahn; he visto subir y caer a muchos en mi vida porque a la larga el nadador es arrastrado por la corriente. De cualquier forma, podrás comerciar bien entre tanta gente, y pase lo que pase, nadie te causará daño, pues todos te quieren. Y ahora, adiós; llevaré tus mensajes al rey, quien te envía un buey para que lo sacrifiques, pues no quiere que pases hambre en su casa.

Esa misma tarde vi a Saduko y a otros, en la forma si­guiente: Había ido a visitar al rey y a entregarle mi obsequio, una caja de cuchillos de mesa inglesa, con mangos de hueso, que le agradaron mucho aunque no tuviese la menor idea de cómo usarlos. En verdad, sin sus correspondientes tenedores, son unos artículos más bien inútiles. En­contré al viejo monarca más bien fatigado y ansioso pero como estaba rodeado de indunas no hablé en privado con él. Viendo que estaba ocupado me despedí, y al retirarme, ¿con quién había de encontrarme sino con Saduko?

Lo vi cuando aún estaba a bastante distancia, avanzando hacia la puerta interior con un séquito como un personaje real, y me di perfecta cuenta de que me había visto. En el acto decidí lo que debía de hacer, y avancé sobre él, obligándole a cederme el camino, cosa que no deseaba hacer delante de tanta gente, y pasé por su lado como si fuese un desconocido. Este trato surtió el efecto deseado, por­que después de haber pasado se volvió y dijo:

—¿No me conoces, Macumazahn?

—¿Quién me llama? —contesté—. Hola, amigo, tu ros­tro es familiar;  ¿cómo te llamas?

—¿Has olvidado a Saduko? —respondió con voz sentida.

—No, claro que no. Te conozco ahora, aunque pareces algo cambiado desde que íbamos a cazar y a luchar juntos; supongo que es porque estás más grueso. Espero que estés bien, Saduko. Adiós, tengo que regresar a mis carretas. Si quieres verme me encontrarás allí.

Esas palabras parecieron desconcertar a Saduko, más aun cuando el viejo Maputa, que me acompañaba, y otros, se rieron abiertamente. No hay nada que divierta más a los zu­lúes que ver que es puesto en su lugar alguien a quien con­sideran arrivista.

Pues bien, un par de horas más tarde, justo cuando em­pezaba a ponerse el sol, vi acercarse a mis carretas al pro­pio Saduko, acompañado por una mujer a quien reconocí a su esposa, la princesa Nandie, que llevaba en brazos a un hermoso niño. Me puse de pie, saludé a Nandie y le ofrecí mi taburete, que ella miró con aire de duda y de­clinó prefiriendo sentarse en el suelo al uso indígena. Así que lo volví a ocupar y después de haberme sentado, no antes, tendí mi mano a Saduko, quien ahora se mostraba muy humilde y amable.

Nos pusimos a conversar y poco a poco, sin manifestar demasiado interés, me fui enterando de todos los beneficios que Panda había ido acumulando sobre Saduko en el año último. A su manera habían sido bastante notables, pues eran lo mismo que si algún caballero rural indigente de Inglaterra hubiese sido convertido en uno de los primeros pares del reino, recibiendo al mismo tiempo grandes car­gos y propiedades. Cuando terminó de enumerarme esa lis­ta hizo una pausa, esperando evidentemente que lo felicita­ra, pero me limité a decirle:

—¡Por el cielo que lo siento por ti, Saduko! ¡Cuántos enemigos has debido crearte! ¡Qué caída más grande te espera cualquier noche! —observación que hizo reír a Nandie, cosa que creo agradó a su marido menos aún que mi sarcasmo—. Bueno —continué—, veo que tienes un hijo, lo que es mucho mejor que todos esos títulos. ¿Puedo mirarlo, Inkosazana?

Como es natural, esto le encantó, y procedimos a inspec­cionar a la criatura, que sin duda amaba más que a nada en esta tierra. Mientras lo hacíamos, y Saduko seguía sen­tado con aire de mal humor, ¿a quién se le podía ocurrir aparecer sino a Mameena y su gordo y sombrío marido, el jefe Masapo?

—Oh, Macumazahn —dijo ella, pareciendo no fijarse en nadie más—, ¡cómo me alegra verte después de un año entero!

Me quedé mirándola con la boca abierta, pero en seguida me recobré pensando que debía de haberse equivocado y querido decir "una semana".

—Doce lunas — continuó —, y Macumazahn, no paso una sola de ellas que no te recordase varias veces. ¿Dónde has estado todo  ese  tiempo?

—En muchos sitios —contesté—, entre ellos en el Kloof Negro, donde visité al enano Zikali y perdí mi espejo.

—¡El Nyanga Zikali! Cuántas veces he deseado verlo. Pero, claro, no he podido porque me han dicho que no recibe mujeres.

—No lo sé —repliqué—, pero podrías hacer la prueba; a lo mejor haría una excepción en favor tuyo.

—Creo que lo haré, Macumazahn —-murmuró, y al oírla quedé en silencio, sintiendo que los acontecimientos me desconcertaban.

Cuando volví a restablecerme un poco oí que Mameena saludaba a Saduko con gran efusividad y lo cumplimentaba por su carrera, que dijo siempre había previsto. Esta obser­vación pareció desconcertar también a Saduko, porque no respondió, aunque observé que no apartaba los ojos de la hermosa cara de Mameena. Pero, un momento después pa­reció darse cuenta de la presencia de Masapo e instantánea­mente cambió su porte, que se volvió altanero y hasta terri­ble. Masapo le hizo un saludo; y Saduko al oírlo se volvió hacia él y dijo:

—¿Cómo jefe de los amasomi das los buenos días a un umfozakana y una hiena apestada? ¿Es porque el umfozakana se ha convertido en un noble y la hiena apestada se ha puesto una piel de tigre? —y lo miró como un tigre.

No pude entender la respuesta de Masapo. Murmurando algunas palabras inaudibles, se volvió para marcharse y al hacerlo — en forma completamente inocente, a mi jui­cio — chocó contra Nandie, derribándola de espaldas y haciendo que el niño se le escapara de los brazos de forma tal que su tierna cabecita golpeó contra una piedra con fuerza suficiente para que sangrara.

Saduko saltó sobre él, golpeándolo en los hombros con el bastón que llevaba. Por un momento Masapo se detuvo y creí que iba a hacerle frente. Pero si tuvo tal intención,  cambió de idea, porque sin decir palabra o mostrar resen­timiento alguno por el insulto que había recibido, echó a correr y desapareció entre las sombras de la noche. Ma­meena, que había observado toda la escena, se echó a reír.

¡Iya! Mi marido es grande, pero no valiente —dijo—; sin embargo, no creo que quiso hacerte daño, mujer.

—Te diriges a mí, ¿mujer de Masapo? —preguntó Nan­die con suave dignidad, mientras se incorporaba y recogía a la aturdida criatura —. Si es así, mi nombre y títulos son la Inkosazana Nandie, hija del Ser Negro y esposa del se­ñor Saduko.

—Te pido perdón —replicó con humildad Mameena—. No sabía quién eras, Inkosazana.

—Estás perdonada, mujer de Masapo. Macumazahn, te ruego me des agua para bañar la cabeza de mi hijo. Trajeron el agua y en seguida, cuando el pequeño pareció estar bien de nuevo, porque sólo había recibido un araña­zo, Nandie me dio las gracias y se fue, diciendo con una sonrisa a su marido, al pasar junto a él, que no era necesa­rio que la acompañase, ya que tenía sirvientes esperando en la puerta del kraal. Así que Saduko se quedó y también Mameena. Conversó conmigo largo rato, porque tenía mu­cho que contarme, aunque todo el tiempo me di cuenta de que su pensamiento no estaba en la conversación. Su mente estaba en Mameena, sentada allí y sonriendo con su aire misterioso, y que sólo intercalaba una palabra de vez en cuando, como para excusar su presencia.

Finalmente se levantó y dijo suspirando que tenía que volver al lugar donde estaban acampados los amasomi, ya que debía ocuparse de la comida de Masapo. Para enton­ces había oscurecido aunque recuerdo que de vez en cuan­do el cielo era iluminado por relámpagos, porque se estaba formando una tormenta. Como había supuesto, Saduko se puso también de pie, diciendo que me vería al otro día, y se fue con Mameena, caminando como si soñara.

Unos minutos más tarde tuve que salir de las carretas para examinar a uno de los bueyes que había sido atado aparte a cierta distancia, porque había mostrado síntomas de una enfermedad que no sabíamos si podía ser contagiosa. Moviéndome sin hacer ruido, como siempre debido a mi hábito de cazador, me dirigí solo hasta el lugar donde esta­ba atado el animal detrás de unas mimosas. Justo al llegar a ese matorral, el cielo fue iluminado brillantemente por un relámpago y me mostró a Saduko que tenía en sus bra­zos a Mameena, que no ofrecía resistencia, y la besaba con pasión.

 

 

Capítulo 10

 

El Juicio

 

Después de estos acontecimientos las cosas marcharon con tranquilidad durante algún tiempo. Visité las chozas de Saduko, que eran muy buenas, a cuyas puertas estaban sen­tados muchos de los hombres de su tribu, que parecieron alegrarse al verme de nuevo. Supe ahí de labios de Nandie que su hijo, a quien quería profundamente, no había sufrido nada a consecuencias de su pequeño accidente. También me entere por el propio Saduko, quien llegó antes de irme yo, rodeado de gente notable como si fuese un príncipe, que había hecho las paces con Masapo e incluso le había pedido disculpas, ya que se había dado cuenta de que no había tenido la intención de insultar a la princesa, su esposa, sino que todo había sido accidental. Saduko agregó además que ahora eran buenos amigos, cosa muy conveniente para Masapo, a quien el rey no tenía motivos para querer. Le dije que me alegraba de oírlo, y me fui a visitar a Masapo, quien me recibió con entusiasmo, como Mameena.

Allí observé con satisfacción que esta pareja parecía estar en muchos mejores términos que lo que tenía entendido ocurría antes, porque Mameena incluso se dirigió en dos ocasiones a su marido en términos sumamente afectuosos y fue a buscar algo que él quería sin esperar a que se lo pidiera. Masapo estaba también de humor excelente porque, como me dijo, su vieja disputa con Saduko había quedado arreglada por completo y su reconciliación se había sellado con un cambio de regalos. Añadió que se alegraba mucho de que así hubiese sucedido, ya que Saduko era ahora uno de los hombres más poderosos del país, que podía causar­le gran daño si lo quería, en especial teniendo en cuenta que algún enemigo secreto había hecho correr la voz de que él, Masapo, era un enemigo de la Casa Real y un mal­vado que practicaba brujerías. Pero, en prueba de su amis­tad, Saduko le había prometido investigar esas calumnias y castigar a su autor, si podía ser hallado.

Lo felicité y me retiré "pensando furiosamente", como dicen los franceses. Estaba seguro de que era inminente una tragedia; el tiempo estaba demasiado tranquilo para que pudiese durar; las aguas corrían tan encalmadas por­que se disponían a saltar por algún precipicio oculto.

¿Pero qué podía hacer? ¿Decir a Masapo que había visto a su mujer en brazos de otro hombre? Con seguridad era algo que no me atañía; Masapo era quien tenía que preocu­parse de su conducta. Además, ambos lo negarían y yo no tenía testigos. ¿Decirle que la reconciliación de Saduko no era sincera? ¿Qué seguridad tenía yo de que no fuese sin­cera? Podría convenir a Saduko ser amigo de Masapo y sí yo me ingería, lo único que ganaría era crearme enemigos y ser llamado embustero que se proponía algo oculto.

¿Ir a ver a Panda para confiarle mis sospechas? Estaba demasiado preocupado en cosas importantes para poderme escuchar, y si lo hacía no haría más que reírse de ese cuen­to, de una aventura sin importancia. No, no podía hacer nada más que seguir tranquilo y esperar. Es muy posible que estuviese equivocado, después de todo, y que las cosas se arreglaran por sí solas como sucede por lo general.

Mientras tanto, la "revista" o lo que fuese, estaba en pleno desarrollo y yo me hallaba muy ocupado con mis ne­gocios, haciendo mi agosto. Era tal la multitud que había llegado a Nodwengu que en una semana vendí todo lo que llevaba en mis dos carretas, en su mayor parte telas, colla­res de cuentas, cuchillos y otras cosas por el estilo  Además los precios fueron espléndidos, pues los compradores pujaban unos contra otros, y para cuando agoté mis merca­derías tenía ya una tropa respetable de ganado y una buena cantidad de marfil. Ambas cosas las envié a Natal junto con una de las carretas, quedándome con la otra, en parte por habérmelo pedido Panda —porque de vez en cuando me pedía consejo—, y en parte por curiosidad.

Había motivos abundantes de curiosidad en Nodwengu en aquellos momentos, ya que nadie podía estar seguro de que no estallase la guerra civil entre Cetewayo y Umbelazi, cuyas facciones  estaban presentes en masa.

Se evitó por el momento, sin embargo, porque Umbelazi no vino a la gran reunión bajo pretexto de encontrarse enfermo, dejando a Saduko y otros a cargo de sus intereses. Al mismo tiempo no se permitió que los regimientos riva­les se acercaran a la ciudad al mismo tiempo. Así que esa nube pública se disipó con gran alivio de todos, especial­mente del rey Panda. Otra cosa sucedió con la nube priva­da de que se ocupa esta historia.

A medida que llegaban las tribus al Gran Lugar eran revistadas y enviadas de vuelta, pues hubiera sido imposi­ble alimentar a una multitud tan vasta si todas se hubie­sen quedado allí. Por eso, los amasoni, un pueblo pequeño, que fueron de los primeros en llegar, no tardaron en mar­charse. Pero, por alguna razón que nunca llegué a entender bien, Masapo, Mameena y algunos de los hijos y jefes de Masapo se quedaron; aunque tal vez, de haberlo querido, Mameena hubiese  podido  explicarlo.

Lo cierto es que empezaron a suceder cosas raras. Varios personajes se enfermaron y algunos murieron de repente, y pronto se observó que toda esa gente vivía cerca de donde estaba alojada la familia de Masapo o alguna vez había estado en malas relaciones con él. El mismo Saduko se en­fermó, o dijo que lo estaba; de cualquier forma, desapareció de la vista de la gente durante tres días y reapareció con aire abatido. Pero pasó por alto esas catástrofes para llegar a la mayor de todas, que es uno de los puntos culminantes de  esta historia.

Después de restablecerse de su supuesta enfermedad, Saduko dio una especie de fiesta de acción de gracias, en la que fueron muertos varios bueyes. Estuve presente en la fiesta, o mejor dicho, en su final, ya que sólo hice lo que podría llamarse una visita de cumplido, porque no me gustaban las comilonas indígenas. Cuando estaba termi­nando, Saduko envió a buscar a Nandie, quien primero se negó a ir, ya que no había mujeres presentes. Creo que él lo hizo porque quería mostrar a sus amigos que se había casado con una princesa de sangre real que le había dado un hijo que un día llegaría a ser poderoso en el país, por­que como he dicho, Saduko se había vuelto muy orgulloso y ese día su vanidad estaba inflamada por las adulaciones de los presentes y por la cerveza que había tomado.

Finalmente llegó Nandie, llevando su niño en brazos, porque nunca se separaba de él. Con su aire digno y seño­rial (aunque un término raro para ser aplicado a un salvaje, no conozco otro más apropiado) me saludó primero a mí y luego a varios de los demás invitados, con una palabra amable para cada uno. Finalmente llegó frente a Masapo, que había comido y bebido demasiado, y con él, impulsada por su cortesía natural, habló más tiempo, preguntándole por Mameena y otras personas. En aquel momento se me ocurrió que lo hacía para darle seguridad de que no le guardaba ningún rencor por el accidente de unos días antes y que era parte de la reconciliación de su marido con él.

Masapo, en forma vaga, trató de devolver esas atenciones amables. Poniéndose de pie, tambaleándose su cuerpo torpe y obeso a causa de la cerveza que había tomado, expresó su satisfacción por el festín de que había participado. Luego, fijándose en la criatura, empezó a elogiar su belleza y tamaño, hasta ser detenido por los murmullos de protesta de los demás, porque  entre los indígenas se considera que no es de buena suerte elogiar a una criatura. Es más, la persona que lo hace se expone a ser llamado un umtakati o brujo, que atraerá algún mal sobre su cabeza, palabra que oí murmurar a varios de los que estaban cerca mío. No satisfecho con esa grave falta de etiqueta, el ebrio Masapo arrancó al niño de los brazos de su madre con pretexto de mirar el daño que había sufrido en la frente al caer a tierra en mi campamento, y viendo que no tenía nada, lo besó con sus  gruesos labios.  Nandie  se  lo   arrebató,  diciendo:

—¿Quieres hacer morir a mi hijo, oh jefe de los amasomi?

En seguida, volviéndose, se alejó de los participantes del festín,   que   quedaron   silenciosos.

Con el temor que sucediera algo desagradable, porque vi que Saduko se mordía los labios de rabia mezclada con temor, y recordando la reputación de hechicero de Masapo aproveché esa pausa para decir buenas noches a todos los presentes  y  retirarme  a mi campamento.

No sé qué sucedió después de haberme ido pero a la mañana siguiente, justo antes de amanecer fui despertado en mi carreta por mi sirviente Scowl, quien dijo que había llegado un mensajero de las chozas de Saduko, rogándome fuera allí con las medicinas del hombre blanco, porque su niño estaba muy mal. Me levanté y fui allí, llevando algo de ipecacuana y otros remedios que me parecieron adecua­dos para una criatura.

Fuera de las chozas, donde llegué justo al empezar a salir el sol, me encontré con Saduko, que venía a buscarme en un estado de  terrible desesperación.

—¿Qué sucede?  — le pregunté.

—Oh, Macumazahn —contestó—, ese perro Masapo ha embrujado a mi hijo y a menos que lo salves, se muere.

—¿Por qué dices esas tonterías? Si el niño está enfermo será por alguna causa natural.

—Espera a  verlo —me dijo.

Entré en la choza grande y allí encontré a Nandie y algu­nas otras mujeres, así como uno o dos doctores indígenas. Nandie estaba sentada en el suelo y parecía la imagen del dolor, pero no dijo nada, limitándose a señalar con el dedo al niño que yacía en una estera frente a ella.

Una ojeada me bastó para ver que estaba muriendo de alguna enfermedad desconocida para mí, pues su cuerpecito oscuro estaba cubierto de manchones rojos y su carita des­figurada. Dije a las mujeres que calentasen agua, pensando que pudiera ser un caso de convulsiones que un baño caliente mitigaría; pero antes de que estuviese listo la pobre criatura exhaló un suspiro y expiró.

Entonces, al ver que había dejado de existir su hijo, Nan­die habló por primera vez.

—¡El hechicero ha hecho bien su obra! —dijo, y se arrojó de bruces al suelo.

Como no sabía qué contestarle, salí de la choza seguido por Saduko.

—¿De qué ha muerto mi hijo, Macumazahn? —preguntó con voz hueca, corriéndole las lágrimas por las mejillas, porque había amado a su primogénito.

—No puedo decirlo —repliqué—, pero si hubiese sido mayor, hubiera creído que había comido algo envenenado, cosa que me parece imposible.

—Sí, Macumazahn, y el veneno que ha comido provino del aliento de un brujo a quien viste besar a mi hijo anoche.  Pues bien, su muerte será vengada.

—Saduko — exclamé —, no seas injusto. Hay muchas en­fermedades que pueden haber matado a tu hijo, que no conozco porque no  soy médico.

—No seré injusto. El niño ha muerto por una brujería, como ha sucedido con muchos en esta ciudad, pero el cul­pable puede no ser el que sospecho. Eso lo decidirán los inquisidores. Y sin añadir palabra, me dejó.

Al día siguiente Masapo fue llevado para ser juzgado ante una corte de consejeros presidida por el propio rey, cosa poco habitual en él, y que demostraba el gran interés que tenía en el caso.                                                            Fui llamado a declarar ante este tribunal, y me limite a contestar las preguntas que me hicieron. Virtualmente sólo fueron dos. ¿Qué había pasado junto a mis carretas cuando Masapo derribó a Nandie y al niño y Saduko lo golpeó, y qué había visto en la fiesta de Saduko cuando Masapo besó al niño? Se lo dije con el menor número de palabras posible, y después de algunas preguntas de Masapo tendientes a de­mostrar que la caída de Nandie había sido un accidente y que estaba borracho en la casa de Saduko, cosas ambas con las que estuve de acuerdo, me levanté para irme. Pero Pan­da me detuvo y me pidió que le describiese el aspecto del niño cuando me llamaron para que le diese alguna medicina. Lo hice con la mayor exactitud posible, y pude ver que mi relato causaba una impresión profunda en el espíritu del tribunal. En seguida Panda me preguntó si había visto algún caso  similar, a lo  que me vi obligado  a replicar:

—No, nunca.

Después de esto, los consejeros se  consultaron privada­mente, y cuando fuimos llamados de nuevo, el rey dictó su sentencia, que fue muy breve. Era evidente, dijo, que habían pasado cosas que podrían haber sido causa de que, Masapo sintiera animadversión hacia Saduko, por quien había sido golpeado con un palo. Por tanto, a pesar de haberse efectua­do una reconciliación, parecía existir un posible motivo de venganza. Pero si Masapo había dado muerte al niño, no había ninguna prueba que demostrara cómo lo hizo. Además, el niño, su propio nieto, no había muerto de ninguna enfer­medad conocida. Había muerto, en cambio, de una enfermedad parecida a la que había causado la muerte a varios otros con los cuales había estado Masapo, mientras  otros más, incluyendo a Saduko, se habían restablecido, lo que parecía plantear un caso grave contra Masapo.

A pesar de ello, ni él ni sus consejeros querían condenarlo sin tener pruebas absolutas. Por ese motivo habían decidido solicitar los servicios de un gran hechicero, uno que viviera lejos y que por lo tanto ignorase lo sucedido. Todavía no se había acordado quién sería ese hechicero. Una vez que se hiciera y que hubiese llegado, se volvería a tratar el asun­to; entretanto, Masapo quedaría preso bajo una estrecha vigilancia, Finalmente, rogaba que el hombre blanco, per­maneciese en la ciudad hasta que se solucionara la cuestión.

Masapo fue conducido por los guardias con aire abatido, y los demás, después de saludar al rey, nos retiramos.

Debo de añadir que, con excepción de la remisión del caso al tribunal del hechicero, cosa que, naturalmente, era un ejemplo de pura superstición cafre, esta sentencia del rey me pareció bien razonada y justa, muy distinta en verdad de la que hubiese sido pronunciada por Dingaan o Chaka, quienes, con menos pruebas, eran capaces de barrer no sólo con los acusados, sino con sus familiares y dependientes.

Unos ocho días después, durante cuyo tiempo no oí hablar una palabra del asunto ni vi a nadie relacionado con él, porque toda la cuestión parecía haberse vuelto zila  — es decir, prohibida —, recibí la orden de asistir al juicio y fui, pensando qué hechicero habría sido  elegido para esa sangrienta y bárbara ceremonia. En verdad no tuve  que ir muy lejos, porque el lugar elegido para la ocasión estaba fuera del cerco de la ciudad de Nodwengu, en aquel gran espacio abierto que se hallaba a la boca del valle en el que yo   acampaba.  Allí,  al  acercarme,  vi una  vasta multitud apretujada  en  filas  de  cincuenta o  más de  profundidad, alrededor de un pequeño espacio ovalado. Al borde de este espacio  estaban   sentados   varios   personajes   notables   de ambos sexos, y mientras era conducido al lado que estaba más próximo a la puerta de la ciudad, observé entre ellos a Saduko, Masapo, Mameena y otros, y mezclados con ellos numerosos soldados que indudablemente estaban de servicio. Apenas había terminado de sentarme en un taburete que había llevado mi sirviente  Scowl, cuando  a través de la puerta aparecieron Panda y varios de sus consejeros, cuya presencia fue acogida por el auditorio con el saludo real de  Bayete,  que salió   simultáneamente  de sus   gargantas como un trueno.  Cuando se   extinguieron sus  ecos, habló Panda en medio de un profundo silencio, diciendo:

—Que traigan al Nygana (doctor, hechicero). Que em­piece el umhlahlo   (el juicio).

Se produjo una larga pausa y luego en la puerta apareció una figura solitaria que a primera vista apenas parecía humana, la figura de un enano con una cabeza gigantesca, de la que pendían largos cabellos blancos peinados en tren­zas. ¡Era Zikali!

Sin ningún acompañante y desnudo, excepto su moocha, porque no llevaba nada de los distintivos y abalorios acos­tumbrados de los hechiceros, se adelantó arrastrando los pies, hasta pasar por entre los consejeros y encontrarse en mitad del espacio abierto. Deteniéndose allí, miró a su alre­dedor con sus ojos hundidos en sus órbitas, dando vuelta al hacerlo hasta posarse su mirada sobre el rey.

—¿Qué quieres de mí, hijo de Senzangakona? —pregun­tó-—. Muchos años han pasado desde la última vez que nos encontramos. Para qué me sacas de mi choza, a mí que sólo he visitado el kraal del rey de los zulúes dos veces desde  que el Ser Negro (Chaka) ocupó el trono: una cuando los bóers fueron asesinados por el que estuvo antes que tú y la otra cuando fui llevado a ver cómo todos los sobrevi­vientes de mi raza, descendientes de sangre real dwandwe, eran asesinados ante mis ojos. ¿Me has hecho venir aquí para que pueda seguirlos a las tinieblas, oh Hijo de Senzangakona? Si es así, estoy pronto; pero en tal caso tendré que decirte palabras que tal vez no te agraden.

Después de haber dejado de hablar con su voz profunda y resonante, el auditorio guardó silencio esperando que con­testara el rey. Pude ver que todos temían a este hombre, incluso Panda, que se agitó inquieto. Por fin habló así:

—Nada de eso, oh Zikali. ¿Quién podría querer hacer daño al hombre más sabio y más anciano de esta tierra, a aquel que toca el pasado remoto con una mano y el presente con la otra, a aquel que era viejo antes de que existieran nuestros abuelos? No, estás seguro, tú a quien ni siquiera el Ser Negro se atrevió a poner la mano encima, aunque fueses su enemigo y él te odiase. En cuanto al motivo por el cual has sido traído aquí, dínoslo, oh Zikali. ¿Quiénes somos nosotros para  darte lecciones  de sabiduría?

El enano prorrumpió en una de sus fuertes carcajadas.

—Así que por fin la casa de Senzangakona reconoce que tengo sabiduría. Entonces, antes de que todo termine me creerá  realmente  sabio.

Se rió de nuevo en la misma forma siniestra y luego continuó de prisa, como si temiera le fuese pedida una explicación de sus palabras.

—¿Dónde está la paga? ¿Dónde está la paga? ¿Está tan pobre el rey que espera que un pobre doctor dwandwe adi­vine  gratis, como  si trabajara para un amigo particular?

Panda hizo un gesto con la mano y fueron traídas al  círculo diez hermosas terneras que habían estado guarda­das en algún lugar próximo.

—¡Qué animales más mezquinos! —exclamó Zikali des­pectivamente—, comparados con los que solíamos criar antes del tiempo de Senzangakona! —observación que provocó un fuerte "¡Wow!" de sorpresa en la multitud que la oyó—. En fin, de todas maneras, que sean llevadas a mi kraal, jun­to con un toro, porque no tengo ninguno.

Los animales fueron llevados y el anciano enano se acu­rrucó con la mirada fija en el suelo, pareciendo un enorme sapo negro. Durante largo rato — unos diez minutos, creo permaneció en la misma postura, hasta que yo, que lo obser­vaba con atención, empecé    a sentirme como hipnotizado.

Por fin levantó la mirada, echando hacia atrás sus rizos grises, y dijo:

—Veo muchas cosas en el polvo. Oh, sí, está vivo, está vivo y me dice muchas cosas. ¡Muestra que estás vivo, oh Polvo! ¡Mirad!

Mientras hablaba alzando los brazos, a sus pies se formó uno de esos minúsculos e incomprensibles torbellinos que son tan familiares para todos los que conocen Sud África, que reunió al polvo, lo levantó en una columna espiral que se alzó y se alzó hasta una altura de quince metros o más. Luego se extinguió en la misma forma repentina en que había empezado, de forma que el polvo cayó sobre Zikali, sobre el rey y sobre tres de sus hijos que estaban sentados detrás de él. Recuerdo que esos tres hijos se llamaban Tshonkweni, Dabulesinye y Mantantashiya, y por una ex­traña coincidencia todos ellos fueron muertos en la gran batalla de Tugela.

Al ver esto, una nueva exclamación de temor y asombro se alzó de entre los concurrentes, que atribuyeron el torbe­llino no a causa naturales, sino al poder mágico de Zikali. Además, aquellos sobre quienes cayó el polvo, incluso el rey, se pusieron de pie apresuradamente y lo sacudieron de encima de sus personas con un celo que creo no era inspi­rado sólo por el amor a la limpieza. Pero Zikali no hizo más que reírse en su forma horrible y dejó que quedara sobre su cuerpo recién aceitado, que adquirió un color gris opaco.

Se puso de pie y dando un paso a un lado y otro al otro examinó el polvo recién caído. En seguida metió la mano en una bolsita que llevaba y sacó de ella un dedo humano desecado, con una uña tan rosada que creo debió de haber sido pintada, cosa que hizo estremecerse a los circunstantes.

—Sé inteligente —dijo—, oh dedo de aquella a quien más amé, sé inteligente y escribe en el polvo lo mismo que puede escribir Macumazahn, y lo mismo que solían escribir algunos de los dwandwe antes de que nos convirtiésemos en esclavos y nos inclinásemos ante los Grandes Cielos. (Con esto se refería a los zulúes, cuyo nombre significa Cielo). Sé inteligente, querido Dedo que en un tiempo me acari­ciaste, a mí, "La-cosa-que-nunca-debió-de-haber-nacido", y escribe lo que quiere conocer hoy la casa de Senzangakona.

En seguida se inclinó y con el dedo muerto escribió en tres lugares distintos ciertos signos en el polvo, que para mí parecieron consistir en círculos y puntos; y fue un espec­táculo extraño y repulsivo ver cómo lo hacía.

—Gracias, Dedo querido. Ahora duerme, duerme, que tu trabajo ha concluido —y lentamente envolvió la reliquia en algo suave y volvió a colocarla en la bolsita.

Luego estudió el primero de los signos y preguntó:

—¿Para qué estoy aquí?  ¿Para qué estoy aquí?  ¿Desea  aquel que se sienta en el trono saber cuánto tiempo reinará?

Ahora los que formaban el círculo interior de los especta­dores, que en estas ceremonias actúan como una especie de coro, miraron al rey, y viendo que sacudía enérgicamente la cabeza, extendieron sus manos derechas, con el pulgar para abajo, y dijeron simultáneamente, en voz baja y fría:

"¡Izwa!"  (Te escuchamos).

Pero Zikali borró con el pie los signos.

—Está bien —dijo—. Aquel que se sienta en el trono no desea saber por cuánto tiempo reinará, y por tanto, el polvo lo ha olvidado y no me lo dice.

En seguida fue hasta el otro grupo de signos y los estudió.

—¿Desea saber el hijo de Senzangakona cuáles de sus hijos vivirán y cuáles morirán; sí, y cuál de ellos dormirá en su choza cuando haya desaparecido?

Al oír esto, se alzó un gran grito de "¡Izwa!", acompañado de aplausos de todos los que oyeron, porque en la época de que hablo no había información que el pueblo zulú deseara conocer con más ansiedad.

Pero nuevamente Panda, quien vi estaba alarmado por el giro que estaban tomando las cosas, sacudió vigorosamente la cabeza y el coro obediente contestó en forma negativa de la misma manera que antes.

Zikali borró la segunda serie de signos, diciendo:

—El pueblo desea saber, pero los Grandes tienen miedo de oír la verdad, y por tanto el polvo ha olvidado quién dormirá más adelante en la choza del rey y quién dormirá en el estómago de los chacales y será devorado por los buitres después de haber "ido más allá" atravesando el puente de las azagayas.

Al escuchar estas tremendas palabras (que, por aminorar derramamiento de sangre y guerra civil y por la voz que­jumbrosa con que fueron pronunciadas, que pareció comple­tamente distintas de la de Zikali, hizo que todos nos estre­meciésemos) el rey se levantó de su taburete como para interrumpir la ceremonia. Luego, como era corriente en él, cambió de idea y se volvió a sentar. Pero Zikali, sin hacerle caso,  se dirigió al tercer grupo  de  signos  y los estudió.

—Parecería —dijo—, que he sido despertado de mi sueño en la Casa Negra para hablar de un asunto insigni­ficante que podría muy bien haber sido consultado a cual­quier nyanga corriente nacido ayer. Bueno, he aceptado mi paga, y me la ganaré, a pesar de haber creído que había sido llamado aquí para hablar de grandes cosas, tales como la muerte de príncipes y la suerte de pueblos. ¿Se desea que mi Espíritu hable de brujerías en esta ciudad de Nodwengu?

—"¡Izwa!" —dijo el coro con voz fuerte.

Zikali asintió con su gran cabeza y pareció estar hablando con el polvo, esperando de vez en cuando una contestación.

—Bien — dijo —hay muchas, y el polvo me las ha con­tado todas. Oh, hay muchísimas —y miró a su alrededor — tantas que si las contara todas las hienas de las montañas se saciarían esta noche...

Aquí el auditorio empezó a dar señales de gran aprensión.

—Pero —y miró al polvo, volviendo la cabeza de cos­tado—, ¿qué decís, qué decís? Hablad con más claridad, Vocecitas, porque sabéis que me estoy volviendo sordo. Oh, ahora entiendo. El asunto es menos importante aún de lo que creía. Sólo un brujo...

"¡Izwa!"  (fuerte).

—.. .unas pocas muertes y enfermedades.

¡Izwa!

Sólo una muerte, una muerte principal.

—¡Izwa!   (muy fuerte).

—¡Ah!... Ya lo tenemos: una muerte. Ahora, ¿fue un hombre?

¡Izwa! (con gran frialdad).

—¿Una mujer?

—¡Izwa!  (más fríamente aún).

—¿Entonces una criatura? Tiene que ser una criatura a menos que haya sido la muerte de un espíritu. Pero ¿qué sabéis vosotros de espíritus? ¡Una criatura! ¡Una criatura! Ah, me escucháis: una criatura. Un niño, creo. ¿No dices así, oh Polvo?

¡Izwa!  (con énfasis).

—¿Un niño vulgar? ¿Un bastardo? ¿Un hijo de nadie?

¡Izwa! (muy bajo).

—¿Un niño bien nacido? ¿Uno que hubiese sido grande? Oh, Polvo, oigo, oigo; un niño real, un niño por quien corría la sangre del Padre de los zulúes, él que fue mi amigo? La sangre de Senzangakona, la sangre del Ser Negro.

Se detuvo, mientras del coro de los miles de personas que estaban reunidas alrededor del círculo surgía un grito de ¡Izwa!", acentuado por un movimiento de brazos exten­didos y pulgares señalando hacia abajo.

Luego reinó silencio, mientras Zikali borraba los signos restantes, diciendo:

—Te doy las gracias, oh Polvo, aunque lamento haberte molestado por una cosa tan pequeña. Así que —continuó— ha muerto un niño de sangre real y creéis que por brujería. Averigüemos si murió por brujería o si lo hizo como mue­ren otros niños, por orden del Cielo que los necesita. ¡Qué! Aquí hay un signo que había pasado por alto. ¡Mirad! ¡Está lleno de manchas! El niño murió con la cara deformada.

—¡Izwa! ¡Izwa! ¡Izwa! (en crescendo).

La muerte no fue natural. Ahora,  ¿fue brujería o fue  veneno? Ambas cosas creo yo, ambas cosas. ¿Y de quién era el niño? No creo que de un hijo del rey. Oh, me oyes, Pueblo, me oyes, pero guardas silencio; no necesito tu ayuda. No, no de un hijo; de una hija, entonces. —Se dio vuelta mirando a su alrededor hasta que su vista se fijó en un grupo de mujeres, entre las que estaba Nandie, vestida como una persona común. —De una hija, una hija...— Se acer­có al grupo de mujeres. —Vaya, ningunas de éstas es de sangre real; todas son hijas de gente baja. Y sin embar­go..., me parece oler la sangre de Senzangakona.

Olfateó el aire de la misma manera que un perro, y al hacerlo se acercó más aún a Nandie, hasta que por fin se rió y la señaló.

—Tu hijo, princesa, cuyo nombre no conozco. Tu primo­génito, a quien querías más que a tu propio corazón.

Ella se puso de pie.

—¡Sí, sí, Nyanga! —exclamó—. Soy la princesa Nandie, y era mi hijo, a quien quería más que mi propio corazón.

—¡Aja! —dijo Zikali—. Polvo, no me has mentido. Mi Espíritu, ¿quién mató a este niño?

Empezó a caminar pesadamente alrededor del círculo, con un aspecto extraordinario, cubierto como estaba de tierra gris, mostrando trozos de piel negra, donde el sudor había barrido el polvo.

No tardó en llegar frente a mí y, con gran alarma mía, empezó a aspirar el aire de la misma forma que lo había hecho con Nandie.

—Ah, ah, oh Macumazahn —dijo—. Tú tienes algo que ver en este asunto —palabras que despertaron la atención de la gente.

Al oirías, me puse de pie, lleno de indignación y temor, sabiendo que mi situación era peligrosa.                        

—Hechicero, o inquisidor de hechiceros, como sea que quieras llamarte —dije en voz alta—, si quieres decir que yo maté al hijo de Nandie, ¡mientes!

—No, no, Macumazahn —respondió—, pero trataste de salvarlo y por tanto tuviste algo que ver en el asunto, ¿no es así? Además creo que tú, que eres tan inteligente como yo, sabes quién lo mató. ¿No quieres decírmelo, Macuma­zahn? ¿No? Entonces debo averiguarlo yo. Quédate tran­quilo. ¿No sabe acaso todo el mundo que tus manos son tan blancas como tu corazón?

Y con gran alivio mío siguió, entre un murmullo de apro­bación, porque, como he dicho, los zulúes me tenían estima. Siguió dando la vuelta, pasando con gran sorpresa mía delante de Mameena y Masapo sin hacerles caso, a pesar de haberlos mirado y de haberme parecido que se cruzaba una rápida mirada de reconocimiento entre él y Mameena. Era una cosa curiosa observar su progreso, porque al hacerlo, aquellos frente a quienes pasaba se inclinaban de terror lo mismo que el maíz ante una ráfaga de viento, y una vez que había pasado se enderezaban igual también que el maíz después de haber pasado la ráfaga.

Por fin terminó su recorrido y volvió al punto de partida, según todas las apariencias completamente desorientado.

—Tienes tantos brujos en tu kraal, rey —dijo, dirigién­dose a Panda—, que es difícil decir quién cometió este acto. Hubiera sido más fácil hablarte de cosas importantes. Sin embargo, he aceptado tu paga y debo ganarla. Polvo, has enmudecido. Ahora, mi Idhlozi, mi Espíritu, ¿quieres ha­blar? —e inclinando la cabeza a un costado como si escu­chase a una voz del cielo, dijo un momento después con una voz curiosa, sin inflexión:

—¡Ah!. gracias, Espíritu. Bueno, rey, tu nieto fue muerto por la casa de Masapo, tu enemigo, jefe de los amasomi.

Se escuchó un grito de aprobación del auditorio, para el que la culpabilidad de Masapo era una conclusión prevista. Una vez que se hubo extinguido habló Panda, diciendo:

—La casa de Masapo es una casa grande; creo que tiene varias mujeres y muchos hijos. No es bastante destruir la casa, ya que no soy igual que los que me precedieron y no quiero matar a los inocentes junto con los culpables. Dinos, oh Iniciador de Caminos, quién de la casa de Masapo come­tió este crimen.

—Esa es justamente la cuestión —gruñó Zikali—. Todo lo que sé es que fue cometido con veneno, y huelo el ve­neno. Está aquí.

Fue hasta donde estaba sentada Mameena y gritó:

—¡Que se apoderen de esta mujer y le registren el cabello!

Los verdugos que estaban esperando saltaron hacia ella, pero Mameena los rechazó con un gesto.

—Amigos —dijo con una risita—, no hay necesidad de tocarme —y levantándose se dirigió al centro del círculo. Allí, con unos movimientos rápidos de las manos, se despojó primero de la capa que llevaba, luego de la moocha que le ceñía la cintura y finalmente de la redecilla que tenía recogidos sus largos cabellos, y se mostró delante de todo el publico en todo el esplendor de su belleza desnuda, ofre­ciendo un espectáculo maravilloso.

 —Ahora —dijo—, que vengan mujeres a registrarme junto con mis ropas, para ver si hay algún veneno escondido.

Avanzaron dos viejas, aunque no sé quién las mandó, y efectuaron un examen sumamente minucioso, anunciando al final que no habían encontrado nada. Al oírlas, Mameena, encogiéndose de hombros, se volvió a poner sus ropas y volvió a su lugar. Zikali pareció indignarse. Dio unas patadas en el suelo, se sacudió sus grises cabellos y gritó:

—¿Irá a ser vencida mi sabiduría en una cosa tan pequeña? Que uno me ponga una venda en los ojos.

Ahora avanzó un hombre —fue Maputa, el mensajero— y lo hizo observando yo que colocaba la venda bien apre­tada. Zikali giró sobre sus talones, primero en un sentido y luego en otro, y, gritando con voz fuerte: "¡Guiadme mi Espíritu!", empezó a caminar en zigzag, con los brazos extendidos frente suyo. Primero se dirigió a la derecha, luego a la izquierda y luego derecho enfrente suyo, hasta que finalmente, ante mi asombro, llegó exactamente frente al lugar donde estaba sentado Masapo y extendiendo sus grandes manos se apoderó del kaross con que éste se cubría y con un tirón se lo arrancó de los hombros.

—¡Registren esto! —exclamó, arrojándolo al suelo, y una mujer le obedeció.

Un momento después prorrumpió en una exclamación, y de entre la piel de una de las colas del kaross sacó una bolsita minúscula que parecía estar hecha de una vejiga de pescado y la entregó a Zikali, que se había quitado la venda de los ojos. La miró y luego se la dio a Maputa, diciendo:

—Aquí está el veneno..., aquí está el veneno, pero yo no digo quién lo dio. Estoy fatigado. Dejadme marchar.

Y sin que nadie intentara detenerlo, se retiró por la puerta del kraal.

Los soldados se apoderaron de Masapo, mientras la multi­tud rugía:  "¡Matad al brujo!".

Masapo se desprendió de sus captores y corriendo hasta donde estaba sentado el rey, se arrojó ante él de rodillas, protestando de su inocencia y pidiendo misericordia. Tam­bién yo, que dudaba de todo este asunto, me aventuré a levantarme y hablar.                                                         

—Oh, rey —dije—, como uno que he conocido a este hombres antes, te ruego me escuches. No sé cómo llegó ese polvo a su kaross, pero a lo mejor no es veneno, sino algún polvo inofensivo.

—Sí, sólo es polvo de madera que uso para limpiarme las uñas — gritó Masapo, que estaba tan aterrado que no creo sabía lo que decía.

—-¿Así que admites reconocer la medicina? —dijo Pan­da—. Entonces nadie la ocultó en tu kaross maliciosamente.

Masapo empezó a dar explicaciones, pero sus palabras fueron ahogadas por la multitud que gritaba: "¡Matad al hechicero!"

Panda alzó la mano y se hizo silencio.

—Que traigan una escudilla de leche —mandó el rey, que fue obedecido, y a una nueva orden de él, echaron del polvo en la leche.

—Ahora, Macumazahn —me dijo Panda—, si aún crees que ese hombre es inocente, ¿quieres beber esta leche?

—No me gusta la leche, oh rey — contesté, meneando la cabeza, lo que hizo reír a los que me escucharon.

—¿Querrá beberla entonces Mameena, su mujer? —pre­guntó Panda.

Ella también sacudió la cabeza, diciendo:

—Oh, rey, yo no bebo leche mezclada con polvo.

En ese preciso momento un perro blanco y huesudo, uno de esos animales vagabundos y tiñosos que erran por los kraales viviendo de desperdicios, entró en el círculo. Panda hizo una señal y un sirviente, yendo hasta donde estaba el animal mirando hambriento a su alrededor, le puso delante la escudilla de leche. El perro la lamió al instante porque estaba muerto de hambre, y cuando terminó, el hombre le pasó una correa por el cuello y lo sujetó.

Ahora todos los ojos estaban fijos en el perro, entre ellos los míos. Un momento más tarde el animal profirió un largo y triste aullido —que me hizo estremecer porque sabía que era la sentencia de muerte de Masapo —, y empezó a escar­bar la tierra y echar espuma por la boca. Dándome cuenta de lo que seguiría, me puse de pie, me incliné ante el rey y marché hacia mi campamento que, se recordará, se encon­traba en un pequeño kloof que dominaba este lugar, a una distancia de unos pocos centenares de metros. Tan intere­sada estaba la multitud observando al perro, que dudo que alguien me viese marchar.

Llegué a mi tienda de campaña sin ser molestado y des­pués de encender mi pipa me dediqué a hacer entradas comerciales en mi libro, para distraerme lo que pudiera, cuando de repente oí un clamor endemoniado. Levanté la vista y vi a Masapo que corría en mi dirección con una rapidez que hubiese creído imposible en un hombre tan grueso, seguido por los verdugos de feroz aspecto y detrás detestas la muchedumbre.

"¡Matad al asesino!", gritaban. Masapo llegó hasta mí. Se echo de rodillas y exclamó con voz entrecortada:

—¡Sálvame, Macumazahn! Soy inocente. ¡Mameena, esa bruja! Mameena...

No pudo seguir, porque los verdugos habían saltado sobre él como perros sobre un antílope y lo arrastraron afuera.

Me di vuelta y me cubrí los ojos.

A la mañana siguiente dejé a Nodwengu sin despedirme de nadie,  porque  lo  que  había sucedido  me  hizo  desear marchar de allí. Dejé sin embargo a mi sirviente, Scowl, y a uno de mis cazadores para que recogiesen algunas cabezas de ganado que aun se me debían.

Aproximadamente un mes más tarde se reunieron conmigo en Natal, trayendo el ganado, y me dijeron que Mameena, la viuda de Masapo, había entrado en casa de Saduko como segunda mujer. Contestando a una pregunta mía, agregaron que se decía que la princesa Nandie no había aprobado esa elección de Saduko, que creía no era afortu­nada y no le haría feliz. Pero como su marido parecía estar muy enamorado de Mameena, cuando Panda le preguntó si daba su consentimiento, le dijo que, aunque hubiese pre­ferido que Saduko eligiera a alguna otra mujer que no hubiese tenido nada que ver con el brujo que había mata­do a su hijo, estaba dispuesta a tomar a Mameena como hermana y sabría cómo mantenerla en su lugar.

 

 

Capituló 11  

 

El pecado de Umbelazi

 

Habían transcurrido unos dieciocho meses y una vez más, en el otoño del año 1856, me encontré en el kraal del viejo Umbezi, en el que parecía haber un mercado extraordinario para cualquier cosa que pudiese ser llamado un fusil. Pues bien, como comerciante que no podía despreciar buenos mercados, allí estaba yo.

Ahora bien, en dieciocho meses muchas cosas se vuelven borrosas en nuestra memoria, en especial si están relacio­nadas con salvajes en los que, después de todo, uno tiene sólo un interés filosófico  y comercial. Por tanto, tal vez se me disculpe si había olvidado muchos de los detalles de lo que puedo llamar el asunto de Mameena. Pero éstos volvie­ron vividamente a mi mente cuando la primera persona que encontré—a alguna distancia del kraal, donde supon­go estaba dando un paseo—, fue la hermosa Mameena en persona. Allí estaba, tan encantadora como siempre y sin haber sufrido cambio alguno, sentada a la sombra de una higuera silvestre abanicándose con un puñado de hojas.

Como es natural, salté de mi carreta y saludé.

Siyakubona (buen día), Macumazahn —me dijo—. Mi corazón se alegra de verte.

Siyakubona, Mameena —contesté, dejando toda refe­rencia a mi corazón. Luego agregué, mirándola —: ¿Es cier­to que tienes un nuevo marido?

—Sí, Macumazahn, un antiguo enamorado mío se ha con­vertido en un nuevo marido. Sabes a quién me refiero: Saduko. Después de la muerte de aquel malvado Masapo, se volvió sumamente insistente, y el rey, y también la inkosazana Nandie, me apremiaron, así que cedí. Además, para ser sincera, Saduko parecía ser buen partido.

Íbamos caminando al lado uno del otro, porque el tren de carretas había seguido adelante hasta el viejo campamento, así que me detuve y la miré de frente.

—¿Parecía ser? —repetí—. ¿Qué quieres decir con "pa­recía ser"? ¿No estás contenta esta vez?

—No del todo, Macumazahn —replicó, encogiéndose de hombros—. Saduko me demuestra gran afición, más de lo que yo quisiera en realidad, porque eso le hace descuidar a Nandie, quien de paso ha tenido otro hijo, y aunque no hable mucho, Nandie se enoja. En una palabra —agregó, con un arranque de sinceridad—, yo soy un juguete y Nandie es la gran señora, y no me agrada esa situación.

—Si amas a Saduko, no debía de importarte, Mameena.

—Amor —dijo con amargura—. ¡Iya! ¿Qué es el amor? Pero ya te hice esa pregunta una vez.

—¿Por qué estás aquí, Mameena? —le pregunté pasando por alto sus palabras.

—Porque Saduko está aquí, y naturalmente también Nan­die, que nunca se separa de él, y él no quiere separarse de mí; porque va a venir el príncipe Umbelazi; porque se están tramando complots y se aproxima la gran guerra, la guerra en que tantos perderán la vida.

—¿Entre Cetewayo y Umbelazi, Mameena?

—Sí, entre Cetewayo y Umbelazi. ¿Por qué crees que esas carretas tuyas están cargadas de fusiles por los que habrá que pagar tanto ganado? No creo que para cazar. Pues bien, este pequeño kraal de mi padre es ahora el cuartel general de la facción de Umbelazi, los Isigqosa, así como el principado de Gikazi es el de Cetewayo. Mi pobre padre — añadió, con su característico encogimiento de hombros — se cree muy grande ahora, igual que cuando mató al elefan­te — antes de que yo te cuidara, Macumazahn —, pero muchas veces pienso cuál será el fin de todo, para él y para nosotros, Macumazahn, incluyéndote a ti.

—¿Qué tengo yo que ver con las disputas de los zulúes?

—Eso lo sabrás cuando terminen, Macumazahn. Pero ya estamos en el kraal, y antes de entrar quiero darte las gra­cias por haber tratado de proteger a aquel infortunado ma­rido mío, Masapo.

—Lo hice sólo porque lo creí inocente, Mameena. .

—Lo sé, Macumazahn; y también lo creí yo, aunque, como siempre te lo dije, lo odiase por ser el hombre con quien mi padre me obligó a casarme. Pero temo, por lo que he sabido después, que no fuese del todo inocente. Saduko lo había golpeado, y eso no podía olvidarlo. Además tenía celos de Saduko, que me había pretendido, y quería hacerle daño. Pero lo que  no entiendo es por qué no dio muerte a Saduko, en lugar de la criatura.     

—Recordarás, Mameena, que se dijo que había intentado hacerlo.

—Sí, Macumazahn; lo había olvidado. Supongo que lo intentó y le salió mal. Mira, allí está mi padre. Me voy. Pero ven a hablar conmigo de vez en cuando, Macumazahn, por­que si no Nandie se ocupará de que yo no oiga nada; yo que soy el juguete, la mujer hermosa de la casa, que solo puede estar sentada y sonreír, pero no pensar.

Se retiró, mientras me dirigía al encuentro del viejo Umbezi, que venía hacia mí triscando como una cabra obesa, reflexionando que, fuese o no cierto todo lo que me había contado, su progreso en el mundo no parecía haber hecho más feliz a Mameena.

Umbezi, que me acogió calurosamente, se mostraba lleno de animación y de importancia. Me informó que el casa­miento de Mameena con Saduko, después de la muerte del brujo Masapo, cuya tribu y hacienda habían sido dadas al primero en compensación por la pérdida de su hijo, había sido un acontecimiento afortunado para él.

Le pregunté por qué.

—Porque a medida que Saduko se engrandece, yo, su sue­gro, me engrandezco con él, Macumazahn, especialmente teniendo en cuenta que ha sido liberal conmigo en materia de hacienda, ya que me cedió una parte del ganado de Masapo, de forma que yo, que he sido pobre tanto tiempo, por fin me estoy haciendo rico. Además mi kraal va a ser honrado con una visita de Umbelazi y algunos de sus her­manos mañana, y Saduko me ha prometido elevarme mucho una vez que el príncipe sea declarado heredero del trono.

—¿Qué príncipe? —pregunté.

—Umbelazi, Macumazahn. ¿Cuál otro? Umbelazi, quien sin duda vencerá a Cetewayo.

—¿Por qué sin duda, Umbelazi? Cetewayo tiene muchos partidarios, y si él gana creo que terminarás siendo pasto de los buitres.                                                             

Al oír estas crudas palabras, Umbezi cambió de expresión.

—Oh, Macumazahn —dijo—, si creyera eso, me pasaría a Cetewayo, a pesar de Saduko, mi yerno. Pero no es posible porque el rey quiere a la madre de Umbelazi más que a todas sus otras mujeres y, como he tenido ocasión de saber, le ha jurado que favorece la causa de Umbelazi por ser el hijo que más quiere y hará todo lo que pueda para ayudar­lo, llegando incluso en caso de necesidad a enviar su pro­pio regimiento en su ayuda. Asimismo, se dice que Zikali, el Iniciador de Caminos, ha profetizado que Umbelazi ganará mucho más de lo que jamás pensó.

—¡El rey! —exclamé—. ¡Una paja arrastrada de un lado para otro por dos grandes vientos, esperando ser llevada al descanso por el más fuerte! ¡La profecía de Zikali! Me parece que puede ser interpretada de dos maneras, si es que la hizo. Bueno, Umbezi, espero que tengas razón, porque, aunque no sea asunto mío ya que no soy más que un comerciante blanco en tu país, me gusta más Umbelazi que Cetewayo y creo que tiene mejor corazón. Asimismo, te aconsejo que ya que has elegido su bando sigas con él, pues los traidores a una causa rara vez tienen buen fin, ganen o pierdan. ¿Y ahora, quieres contar los fusiles y la pólvora que he traído?

¡Ay! Mejor hubiera sido para Umbezi haber escuchado mi consejo permaneciendo fiel al jefe que eligió, porque en­tonces aun perdiendo su vida, por lo menos hubiese conser­vado su buen nombre. Pero hablaremos de eso a su tiempo.

Al día siguiente fui a presentar mis respetos a Nandie, a quien encontré amamantando a su nuevo hijito y tan tranquila y digna como siempre. Creo, empero, que se ale­gró al verme. Mientras conversaba con ella de ese triste acontecimiento y también de la situación política del país, sobre la cual creo quería decirme algo, Mameena entró en la choza, sin esperar a ser llamada, y se sentó, y al verla, Nandie quedó repentinamente en silencio.

Esto, sin embargo, no importó a Mameena, que se puso a hablar de mil cosas, ignorando a la esposa principal. Nan­die lo soportó por un rato, pero al fin aprovechó una pau­sa en la conversación para decir con su voz firme y baja:

—Esta es mi choza, hija de Umbezi, cosa que recuerdas bien cuando se trata de saber si Saduko, nuestro esposo, te visitará a ti o lo hará a mí. ¿No puedes recordarlo ahora, cuando quería hablar con el jefe blanco, El que Vigila de Noche, que ha tenido la bondad de venir a verme?

Al oír estas palabras Mameena saltó furiosa, y debo con­fesar que nunca me pareció más hermosa.

—¡Me insultas, hija de Panda, como siempre tratas de hacerlo, porque estás celosa de mí!

—Perdón, hermana — replicó Nandie —. ¿Por qué yo, que soy la Inkosikasi de Saduko y, como tú dices, hija de Pan­da, habría de estar celosa de la viuda del brujo Masapo y la hija del jefe Umbezi, a quien plugo a nuestro marido tomar en su casa para ser la compañera de sus ocios? 

—¿Por qué? Porque sabes que Saduko quiere más a mi dedo meñique que a todo tu cuerpo, aunque seas de la san­gre del rey y le hayas dado hijos —replicó, mirando a la criatura con no muy buenos ojos.

—Tal vez sea así, hija de Umbezi, porque los hombres tienen sus caprichos y no hay duda de que eres bonita. Sin embargo, te haría una pregunta:  ¿si tanto te quiere Saduko, cómo es que te tiene  tan poca confianza que únicamente puedes enterarte  de alguna cosa importante escuchando detrás de mi puerta, como sabes que te encontré el otro día?

—Porque tú le enseñas que lo haga así, oh Nandie. Porque siempre le estás diciendo que no consulte nada con­migo, pues la que ha traicionado a un marido puede trai­cionar a otro. Porque le haces creer que mi lugar es el del juguete, a pesar de ser yo más inteligente que tú y toda tu casa juntos, como tal vez descubras algún día.

—Sí — replicó Nandie, sin perder lo más mínimo la cal­ma—; le enseño todas esas cosas, y me alegro que en esta cuestión Saduko muestra tener cabeza y me escucha. Tam­bién estoy de acuerdo en que sabré muchas cosas desagra­dables de ti y por ti algún día, hija de Umbezi. Y ahora, como no está bien que discutamos delante de este señor blanco, nuevamente te digo que ésta es mi choza, en la que quiero hablar a solas con mi invitado.

—¡Me voy! ¡Me voy! —gritó Mameena—, pero te asegu­ro que Saduko se enterará de esto.

—Ciertamente que se enterará, porque se lo diré cuando venga esta noche.

Un instante después Mameena se había marchado, salien­do de la choza con la velocidad de una liebre que huye de su madriguera.

—Te pido perdón, Macumazahn, por lo que ha sucedido — dijo Nandie—, pero era necesario que enseñase a mi hermana Mameena en qué taburete le corresponde sentarse. No le tengo confianza, Macumazahn. Creo que sabe más de la muerte de mi hijo de lo que dice, ella que deseaba librar­se de Masapo por el motivo que puedes suponer. Además creo que causará vergüenza y disgustos a Saduko, a quien ha encantado con su belleza, como encanta a todos los hombres; tal vez también un poco a ti, Macumazahn. Pero hablemos ahora de otras cosas.

Acepté esa proposición, ya que a decir verdad, si hubiera podido hacerlo decorosamente, hubiese estado fuera de la choza mucho antes que Mameena. Así que nos dedicamos a conversar de la situación de Zululandia y de los peligros que acechaban a todos los relacionados con la casa real; un estado de cosas que preocupaba mucho a Nandie, por­que era una mujer despejada y que temía el futuro.

—Ah, Macumazahn—me dijo al despedirnos—, ojalá fuese la mujer de un hombre que no tuviese grandes ambi­ciones y que no corriese por mis venas sangre real.

Al día siguiente llegó el príncipe Umbelazi, y con él Saduko y unos cuantos personajes. Llegaron sin hacer nin­guna demostración y sin escolta ostensible, aunque mi sir­viente Scowl me dijo que había oído que la selva vecina estaba llena de soldados del partido Isigqosa. Si recuerdo bien, el pretexto de la visita fue que Umbezi poseía una raza rara de ganado blanco, de los que el príncipe deseaba obtener algunos toritos y terneras para mejorar su hacienda. Pero una vez dentro del kraal, Umbelazi, que era un hombre de naturaleza sumamente franca, dejó de lado todo disimulo, y después de saludarme con cordialidad, me dijo que había venido porque era un lugar conveniente para arreglar la consolidación de su partido.              

Durante las dos semanas siguientes llegaron y salieron mensajeros —muchos de los cuales eran jefes disfrazados—, casi cada hora. Me hubiese gustado seguir su ejemplo — esto es, en lo que se refería a su partida— porque sentía que estaba siendo atraído a un torbellino peligroso. Pero no podía hacerlo, obligado a esperar el pago de mi merca­dería, que, como de costumbre, se efectuaba en ganado.

Umbelazi habló bastante conmigo durante ese tiempo, insistiendo en sus sentimientos amistosos hacia los blancos ingleses de Natal, al revés de los bóers, y el buen trato que estaba dispuesto a prometerles si llegaba alguna vez a tener autoridad en Zululandia. Fue durante una de esas conver­saciones que, naturalmente, vi tenían un objeto ulterior, cuando vio, según creo, por primera vez a Mameena.

Estábamos paseando en un pequeño claro del bosque que bordeaba un lado del kraal, cuando en un extremo, pareci­da a una ninfa de la fábula clásica a la luz del sol poniente, apareció la hermosa Mameena, vestida sólo con su faja de piel, su collar de cuentas azules y algunos adornos de cobre, y llevando un cántaro sobre la cabeza.

Umbelazi la observó en seguida e interrumpiendo su con­versación política, de la que evidentemente estaba cansado, me preguntó quién era esa hermosa intombi (muchacha).

—No es una intombi, príncipe — contesté —. Es una viu­da que se ha vuelto a casar, la segunda mujer de tu amigo y consejero Saduko, y la hija de tu huésped, Umbezi.

—¿Ah, sí, Macumazahn? Oh, entonces he oído hablar de ella aunque no la haya visto hasta ahora. No me extraña que mí hermana Nandie esté celosa, porque es realmente hermosa,

—Sí — contesté —, parece bonita contra el cielo rojo, ¿no es cierto?

Para entonces nos estábamos acercando a Mameena, y la saludé, preguntándole si deseaba algo.

—Nada, Macumazahn.— contestó con aire modesto y deli­cado, porque nunca conocí a nadie que pudiese parecer tan modesta como Mameena, y con una rápida mirada de sus ojos tímidos al alto y espléndido Umbelazi—, nada. Pasaba con la leche de una de las vacas que me dio mi padre y Pensé que, tal vez deseéis un trago.

Y alzando el cántaro de su cabeza, me lo ofreció. Le di las gracias,  bebí  un poco — ¿qué menos podía hacer? — y se lo devolví, haciendo ella como si fuera a marcharse.

—¿No puedo beber yo también, hija de Umbezi? —pre­guntó  Umbelazi,  que  apenas  podía  quitarle  la vista.

—Ciertamente, señor, si eres amigo de Macumazahn — re­plicó ella, pasándole el cántaro.

—Lo soy, señora, y más aún, pues soy un amigo de tu marido Saduko, como te darás cuenta si te digo que mi nombre es Umbelazi.

—Me pareció que debía ser así —replicó ella— a cau­sa de tu... de tu estatura. Dígnese el príncipe aceptar el ofrecimiento de su sirvienta que un día espera ser su súbdita — e hincando una rodilla, le tendió el cántaro. Vi que sobre su borde se encontraban sus ojos.

Bebió él y al devolver la vasija dijo ella:

—Oh, príncipe, ¿puedo decirte una palabra? Tengo que decirte algo que tal vez harás bien en escuchar, ya que a veces llegan noticias a oídos de las humildes mujeres que escapan a los de los hombres, nuestros amos.

Asintió él con la cabeza, y al verlo, dejándome guiar por una mirada significativa de Mameena, murmuré algo de negocios y me apresuré a retirarme. Puedo añadir que Mameena debió de haber tenido mucho que contar a Umbe­lazi, pues había transcurrido más de hora y media antes de que, a la luz de la luna, desde mi carreta, donde como de costumbre vigilaba lo que sucedía a mi alrededor, la vi vol­ver al kraal deslizándose en silencio como una serpiente, seguida a escasa distancia por la figura de Umbelazi.

Aparentemente, Mameena continuó recibiendo informa­ciones que halló necesario comunicar en privado al prín­cipe. De cualquier manera, en varias noches posteriores el aburrimiento de mi vela en la carreta se vio quebrado por el espectáculo de su esbelta figura deslizándose a su choza desde el kloof que Umbelazi parecía encontrar sumamente apropiado para meditar después de la puesta del sol. En una de las últimas de esas oportunidades recuerdo que esta­ba conmigo Nandie, que había venido a buscar algún medi­camento para el niño.

—¿Qué significa eso, Macumazahn? —preguntó al pasar la pareja, según creían sin ser observados, pues nos encon­trábamos en un lugar donde no nos podían ver.

—No lo sé y no quiero saberlo — contesté con sequedad.

—Ni yo tampoco, Macumazahn; pero no dudo de que lo sabremos con el tiempo. Si el cocodrilo sabe ser paciente y guardar silencio, el antílope al final siempre cae en sus mandíbulas.

El día después de haber hecho Nandie esta sabia obser­vación, Saduko partió en una misión, según tengo enten­dido, para atraer a varios jefes dudosos a la causa de Indhlovu-ene-Sihlonti (el Elefante-con-el-mechón-de-pelo), como era llamado el príncipe Umbelazi entre los zulúes, aunque no a la cara. Esta misión duró diez días y antes de que con­cluyera ocurrió un suceso importante en el kraal de Umbezi.

Una tarde llegó a verme Mameena y furiosa y me dijo que no podía soportar más la vida que llevaba. Abusando de su posición como esposa principal, Nandie la trataba como a una sirvienta, peor aún, como a un perro que debía ser cas­tigado a palos. Deseaba que Nandie muriese.

—Será muy malo para ti que tal cosa ocurra —respon­dí—, porque entonces tal vez llamen a Zikali para investi­gar el asunto, como ocurrió antes.

—¿Qué podía hacer? —continuó, pasando por alto lo que acababa de manifestar.

—Comer el guiso que has hecho en tu olla, o romperla (es decir, marcharte) —sugerí—. No tenías ninguna ne­cesidad de casarte con Saduko, como no la tuviste de hacer­lo con Masapo.

—¿Cómo puedes hablarme así, Macumazahn — contestó, dando con el pie en el suelo —, cuando sabes muy bien que ha sido culpa tuya que me casara? ¡Iya! Los odio a todos, y como si contara mis dificultades a mi padre lo único que haría es pegarme, me voy a escapar y viviré en la soledad y seré hechicera.

—Temo que te aburras mucho, Mameena —empecé en tono de broma, porque en verdad no creí prudente mostrar­le demasiada simpatía cuando estaba tan excitada.

Mameena no esperó que terminara la frase sino que ex­clamando entre sollozos que era falso y cruel, se marchó apresuradamente. ¡Ah, qué poco suponía cómo y dónde vol­veríamos a encontrarnos!

Al día siguiente fui despertado poco después de la salida del sol por Scowl, a quien había mandado la noche antes con otro hombre a buscar un buey extraviado.

—¿Has encontrado el buey? —le pregunté.

—Sí, Baas; pero no te desperté para decirte eso. Tengo un mensaje para ti, Baas, de Mameena, a quien encontré hace unas cuatro horas en aquella llanura.

Le pedí que me lo dijera.

—Estas son las palabras de Mameena, Baas: "Di a Ma­cumazahn, tu amo, que Indhlovu-ene-Sihlonti, que se ha apiadado de mis sufrimientos y me quiere de corazón, me ha ofrecido tomarme en su casa y que he aceptado su ofre­cimiento, ya que prefiero convertirme en la Inkosazana de los zulúes, como lo seré un día, que continuar siendo una sirvienta en la casa de Nandie. Di a Macumazahn que cuan­do vuelva Saduko le diga que todo esto es culpa suya, pues si hubiese conservado a Nandie en su lugar hubiese muerto antes de dejarlo. Que le diga también a Saduko que, a pesar de que en adelante sólo podemos ser amigos, mi co­razón sigue siendo tierno para él, y que día y noche se­guiré rogando por su grandeza, para que se convierta en un árbol que dé sombra a todo el país. Que Macumazahn le pida que no me odie, pues lo que hago es por su bien, ya que nunca hubiese sido feliz mientras Nandie y yo viviése­mos en la misma casa. Sobre todo que no odie al príncipe, que lo quiere más que a ningún otro hombre, y no hace más que ir hacia donde le arrastra el viento que yo soplo. Pide a Macumazahn que piense con cariño en mí, como lo haré yo en él mientras estén abiertos mis ojos".

Escuché en silencio este mensaje asombroso, y luego pre­gunté si Mameena iba sola.

—No, Baas; Umbelazi y algunos soldados iban con ella, pero no oyeron sus palabras porque se hizo a un lado para hablarme. Luego volvió junto a ellos y se marcharon de prisa, perdiéndose en la noche.

—Muy bien, Scowl. Hazme un poco de café, bien fuerte.

Me vestí y tomé varias tazas de café, "pensando con mi cabeza", como dicen los zulúes, todo el tiempo. Luego fui hacia el kraal de Umbezi, a quien encontré justo cuando salía de su choza, bostezando.

—¿Por qué ese aire tan sombrío en una mañana tan hermosa, Macumazahn? —preguntó el viejo pillo—. ¿Has perdido acaso tu mejor vaca?

—No, amigo mío —contesté—, pero tú y otro habéis perdido vuestra mejor vaca. —Y palabra por palabra le repetí el mensaje de Mameena. Cuando terminé pensé real­mente que Umbezi iba a desmayarse.

—¡Que caiga una maldición sobre la cabeza de esta Ma­meena! — exclamó—. Con seguridad algún espíritu maligno debió ser su padre y no yo, y con razón ha sido llamada Hija de la Tormenta. ¿Qué haré ahora, Macumazahn? Gra­cias sean dadas a mi Espíritu — agregó con aire de alivio — de que esté demasiado lejos para tratar de alcanzarla; si lo hiciera, Umbelazi y sus soldados me matarían.

—¿Y qué hará Saduko si no lo haces?

—Oh, naturalmente que se enfurecerá, porque le tiene mucho cariño. Pero, después de todo, estoy acostumbrado a eso. Recordarás cómo se puso cuando se casó ella con Masapo. Por lo menos, no podrá decir que la hice escapar con Umbelazi. Al fin y al cabo es un asunto que deben arreglarlo entre ellos.

—Creo que puede ser causa de graves disgustos, en un momento en que es necesario evitarlos.

—¿Oh, por qué, Macumazahn? Mi hija no se llevaba bien con la princesa Nandie; eso podíamos verlo todos, porque apenas si se dirigían la palabra. Y si Saduko le tiene afi­ción. .., bueno, después de todo hay otras mujeres hermosas en Zululandia. Yo mismo conozco una o dos que mencionaré a Saduko, o mejor a Nandie. Realmente, como andaban las cosas, no sé si no ha sido una suerte para él.

—¿Pero qué piensas del asunto como padre? —le pre­gunté, porque deseaba saber hasta qué punto llegaba su moral acomodaticia.

—Como padre..., bueno, naturalmente, Macumazahn, co­mo su padre lo siento, porque significará murmuraciones, como sucedió en la casa de Masapo, ¿no es así? Sin em­bargo, hay que decir esto de Mameena — añadió con rostro más animado —, siempre sube y no baja por el árbol. Cuan­do se libró de Masapo — quiero decir cuando Masapo fue muerto por brujo— se casó con Saduko que era un hombre más importante; Saduko, con quien no quiso casarse cuan­do Masapo era más importante. Y ahora, que se ha librado de Saduko, entra en la choza de Umbelazi, que será un día rey de los zulúes, el hombre más importante del mun­do, lo que quiere decir que ella será la mujer más impor­tante, porque recuerda, Macumazahn, que dará vueltas y vueltas alrededor de ese gran Umbelazi, hasta que mire él adonde mire sólo la verá a ella. Oh, será grande y llevará a su pobre padre en su manta. Oh, todavía brilla el sol de­trás de las nubes, Macumazahn, así que soportemos la nube lo mejor posible,  pues sabemos  que se despejará pronto.

—Sí, Umbezi, pero a veces de entre las nubes salen otras cosas además del sol; por ejemplo, el rayo que mata.

—Dices palabras de mal agüero, Macumazahn; palabras que me quitan el apetito que generalmente es excelente a esta hora. Bueno, si Mameena es mala no es culpa mía, pues la eduqué para que fuere buena. Después de todo — añadió con irritación —, ¿por qué me reprendes cuando ha sido cul­pa tuya? Si te hubieses escapado con la muchacha cuando pudiste hacerlo, no hubiera sucedido nada de esto.

—Tal vez no — respondí —, pero en ese caso estoy seguro de que hubiese estado muerto hoy, como creo que lo esta­rán antes de mucho todos los que tienen algo que ver con ella. Y ahora Umbezi te deseo un buen desayuno.

Por la mañana siguiente regresó Saduko y fue enterado de la noticia por Nandie, a quien yo había evitado cuida­dosamente. Pero en esta ocasión debí de estar presente, ya que era la persona a quien la pecadora Mameena había enviado su mensaje de despedida. Fue una experiencia pe­nosa, de la que no recuerdo todos los detalles. Por un rato después de haber sabido la verdad, Saduko permaneció sentado inmóvil como una estatua, mirando con fijeza al frente, con un rostro que parecía haber envejecido de repente. En seguida se volvió contra Umbezi y con unas pocas palabras terribles le acusó de haber dispuesto el asun­to a fin de mejorar su fortuna a costa de la deshonra de su hija. Luego, sin escuchar las volubles explicaciones de su ex suegro, se puso de pie y dijo que se marchaba a dar muerte al malvado que le había robado la mujer, con la complicidad de nosotros tres, y con un gesto de la mano nos señaló a Umbezi, a la princesa Nandie y a mí.

Esto era más de lo que podía soportar, así que yo tam­bién me puse de pie y le pregunté lo que quería decir, añadiendo en la irritación del momento que si hubiese que­rido robarle su hermosa Mameena creía que podía haberlo hecho mucho antes; observación que pareció desconcertarle un poco. Luego también Nandie se puso de pie y habló con su voz tranquila de costumbre.

—Saduko, esposo mío —dijo—, yo, una princesa de la casa zulú, me casé contigo que no eres de sangre real, por­que te amaba, y aunque lo quisieron Panda el rey y Umbelazi el príncipe, sólo por ese motivo. Pues bien, te he sido fiel a través de algunas pruebas, hasta cuando pusiste a la mujer de un hechicero —eso si, como tengo motivo de sos­pechar, no era ella la hechicera— antes que a mí, y, aun­que ese hechicero hubiese matado a nuestro hijo, vivieses más en su choza que en la mía. Ahora esta mujer de la que tanto pensabas te ha abandonado por tu amigo y mi herma­no el príncipe Umbelazi; Umbelazi, que es llamado el Her­moso y que si la fortuna de la guerra le acompaña, como puede o no suceder, sucederá a Panda, mi padre. Esto lo ha hecho porque alega que yo, tu Inkosikazi y la hija del rey, la trataba como a una sirvienta, cosa que es mentira. La mantuve en su lugar, nada más, cuando si ella hubiese po­dido hacer lo que quería me hubiese echado del mío, tal vez matándome, porque las mujeres de los hechiceros apren­den sus artes. Te ha dejado con ese pretexto; pero ése no es el verdadero motivo. Te ha dejado porque el príncipe, mi hermano, a quien ha conquistado con sus artimañas y su belleza, como ha conquistado a otros, o ha tratado de hacer­lo — y me miró —, es un hombre más importante que tú. Tú, Saduko, puedes llegar a ser grande como mi corazón desea ocurra, pero mi hermano puede llegar a ser rey. No lo ama como tampoco te amó a ti, pero ama el lugar que puede llegar a ocupar, y que por tanto será el suyo, pues ella siempre quiso ser la primera gacela de la manada. Esposo mío, creo que ha sido una suerte que te hayas libra­do de Mameena, porque también creo que si se hubiera quedado con nosotros hubiesen habido más muertes en nues­tra casa; tal vez la mía, que no hubiera importado, y tal vez la tuya, que hubiese importado mucho. Todo esto te lo digo no por celos de una que es más bonita que yo, sino porque es la verdad. Por tanto el consejo que te doy es que eches al olvido este asunto. Sobre todo no trates de vengarte de Umbelazi, porque estoy segura de que ha llevado a vivir con él a su choza a la venganza. He dicho.

Pude ver que este discurso moderado y lógico de Nan­die producía un gran efecto sobre Saduko, pero en aquel momento su única respuesta fue:

—Que no se vuelva a pronunciar el nombre de Mameena donde pueda oírlo. Mameena ha muerto.

Así que su nombre no volvió a ser escuchado en las casas de Saduko y de Umbezi, y cuando por cualquier motivo era necesario referirse a ella se le dio un nuevo nombre, una palabra compuesta zulú, O-we-Zulú, creo que era, que sig­nifica en forma abreviada "Hija de la Tempestad", porque "Zulú" significa tempestad además de cielo.       

No creo que Saduko volvió a hablarme de ella hasta cerca del fin de esta historia, y por cierto no se la men­cioné. Pero desde ese día noté que era un hombre cam­biado. Su orgullo y satisfacción evidente en su gran éxito, que habían sido causa de que los zulúes le llamaran "el Vanidoso", no eran ya marcados. Se volvió frío, silencio­so, como un hombre que piensa mucho, pero que oculta sus pensamientos, para evitar que alguien pueda leerlos en sus ojos. Además hizo una visita a Zikali el Sabio, como lo supe por casualidad; pero no pude saber qué consejo le dio aquel astuto  enano...   entonces.

El único acontecimiento digno de mención relacionado con esta fuga, que ocurrió posteriormente, fue la llegada de un mensaje de Umbelazi a Saduko, traído por uno de los príncipes, un hermano de Umbelazi que era de su partido. Como me consta, porque oí cuando era transmitido, se tra­taba de un mensaje de tono muy humilde considerando las posiciones relativas de ambos; el de una persona que sabe ha obrado mal y que, si no arrepentido, está sinceramente avergonzado de sí mismo.

"Saduko — decía —, he robado una de tus vacas y espe­ro me lo perdonarás, ya que a esa vaca no le gustaba el pasto de tu kraal, pero en el mío engorda y está satisfecha. Además, a cambio te daré muchas otras vacas. Todo cuanto tengo para dar, te lo daré a ti que eres mi amigo y mi consejero de confianza. Hazme saber, oh Saduko, que este muro que he levantado ha sido derribado, ya que antes de mucho tú y yo tendremos que estar juntos en la guerra".

La respuesta de Saduko a este mensaje fue:

"Oh, príncipe, te preocupa una cosa sumamente insignifi­cante. Esa vaca que has tomado no tenía valor ninguno para mí, porque ¿a quién le gusta conservar un animal que siempre está mugiendo a las puertas del kraal, molestando con su ruido a los que quieren dormir adentro? Si me la hubie­ses pedido te la hubiera dado de buen grado. Te agradezco tu ofrecimiento, pero no necesito más vacas, especialmente si como ésa no tienen terneros. En cuanto al muro entre nosotros, no existe ninguno, porque ¿cómo pueden comba­tir dos hombres que, si se quiere ganar la batalla, deben ir uno junto al otro, si hay un muro entre ellos? Oh, Hijo del Rey, sueño día y noche con la batalla y la victoria, y he olvidado del todo a la vaca estéril que corrió tras ti, el gran toro de la tropa. Pero no te sorprendas si encuentras un día que esa vaca tiene cuernos afilados".

 

 

Capítulo 12

 

La Oración de Panda

 

Unas seis semanas más tarde, en el mes de noviembre de 1856, dio la casualidad que me encontraba en Nodwengu cuando la disputa entre los dos príncipes llegó a su punto culminante. Aunque no estaba permitido que ninguno de los regimientos entrase en la ciudad — esto es, formado como regimiento —, el lugar estaba lleno de gente, en esta­do de gran excitación, que entraban durante el día y se retiraban a descansar por la noche a los kraals militares vecinos. Una tarde, cuando algunos de esos soldados —al­rededor de un millar de ellos, si recuerdo bien— regre­saban al kraal de Ukubaza, se produjo entre ellos un com­bate que llevó a la ruptura definitiva.

En aquel momento había dos regimientos estacionados en ese kraal. Creo que eran el Imkulutshana y el Hlaba, uno de los cuales favorecía a Cetewayo y el otro a Umbelazi. Mientras algunas compañías de esos regimientos marchaban juntas en líneas paralelas, dos de sus capitanes empezaron a discutir sobre el eterno tema de la sucesión del trono. De las palabras pasaron a los golpes, y el final fue que el parti­dario de Umbelazi dio muerte con su maza al que favorecía a Cetewayo. Al ver esto, los camaradas del muerto, al grito de "Usutu", que se convirtió en el grito de guerra del par­tido de Cetewayo, cayeron sobre los otros y se produjo un combate terrible. Por fortuna los soldados sólo estaban ar­mados con garrotes, si no la matanza hubiera sido grande; pero aun así, después de una lucha indecisa, unos cincuenta hombres fueron muertos y muchos más resultaron heridos. Ahora bien, con mi mala suerte habitual, yo, que había salido a matar algunos pájaros para la comida, regresaba por esa misma llanura a mi viejo campamento en el kloof donde había sido ejecutado Masapo, así que me  encontré en medio del combate justo cuando empezaba. Presencié la muerte del capitán y la lucha que siguió. No sabiendo dónde ir o qué hacer, porque estaba completamente solo, detuve mi caballo detrás de un árbol y esperé hasta poder escapar de los horrores que me rodeaban; porque puedo asegurar a quienquiera lea estas páginas que es un espectáculo horri­ble ver a un millar de hombres trabados en un combate mortal. En verdad, el hecho de que no tuviesen azagayas y que solamente pudiesen golpearse con sus pesados garrotes hasta morir, lo hacía peor, ya que los duelos eran más desesperados y prolongados.

Por todas partes se veían hombres que rodaban por el suelo golpeándose en la cabeza, hasta que por fin algún golpe daba en un punto vital y uno de ellos abría los brazos y quedaba inmóvil, muerto o sin conocimiento. Continuaba allí contemplando ese horrible espectáculo desde mi caba­llo, que estaba inmóvil como una roca, cuando me di cuen­ta de que dos individuos se abalanzaban sobre mí con los ojos fuera de las órbitas gritando:

"¡Muerte al hombre blanco de Umbelazi!   ¡Muerte!"

Viendo entonces que el asunto era serio y que se trataba de una cuestión de vida o muerte, entré en acción.

Tenía en mi mano una escopeta de dos caños cargada con lo que solíamos llamar "loopers", o postas, de los que sólo entraban unas pocas en cada carga, porque había esperado encontrar algún antílope a mi vuelta al campamento. Así que, el acercarse esos soldados, alcé la escopeta y disparé con el caño derecho contra uno de ellos y el izquierdo con­tra el otro, apuntando en ambos casos al centro de sus pequeños escudos de danza, que por la fuerza de la costum­bre llevaban en alto para proteger su garganta y pecho. A esa distancia, naturalmente, las postas atravesaron el blando cuero de sus escudos y se incrustaron en sus cuer­pos, de forma que ambos cayeron sin vida, el de la izquier­da tan cerca de mí que cayó contra mi caballo y su garrote me produjo una contusión en el muslo.

—Cuando vi lo que había hecho y que había pasado el pe­ligro para mí por el momento, sin esperar a volver a cargar piqué espuelas en el flanco de mi caballo y me dirigí a galo­pe hacia Nodwengu, pasando entre los grupos de comba­tientes. Llegué sin sufrir ningún daño a la ciudad y me dirigí al instante a las chozas reales pidiendo audiencia al rey, quien ordenó fuese admitido. Al llegar a su presencia le dije exactamente lo que había sucedido: que había dado muerte a dos de los hombres de Cetewayo para salvar mi propia vida, y que me sometía a su juicio.

—Oh, Macumazahn — dijo Panda muy afectado —, sé que no tienes la culpa y ya he mandado un regimiento para que ponga fin a estas luchas, con orden de que los causantes sean traídos ante mí mañana, para ser juzgados. Me alegro de verdad, Macumazahn, de que hayas escapado ileso, pero debo advertirte que en adelante tu vida estará en peligro, ya que todo el partido Usutu querrá arrebatártela. Mien­tras estés en la ciudad puedo protegerte, porque pondré una fuerte guardia en tu campamento; pero tendrás que quedarte aquí hasta que se hayan disipado todos estos conflictos, porque si te marchas puedes ser asesinado en el camino.

—Te agradezco tu bondad, rey —contesté—; pero esto es muy molesto, pues esperaba salir mañana para Natal.

—Pues bien, Macumazahn tendrás que quedarte aquí, a menos que quieras morir. El que sale en la tormenta tiene que soportar el granizo.

Y así el destino me arrastró de nuevo al conflicto zulú.

Al día siguiente fui llamado al juicio, mitad como testigo y mitad como uno de los culpables. Al llegar al centro del kraal de Nodwengu, en donde Panda estaba sentado junto con su Consejo, hallé todo el gran espacio frente a él aba­rrotado con una gran multitud de guerreros de aspecto fe­roz, los que favorecían a Cetewayo —los Usutu—, sentados a la derecha, y los que favorecían a Umbelazi —los Isigqosa—, sentados a la izquierda. A la cabeza de los primeros estaban sentados Cetewayo, sus hermanos y sus jefes. A la cabeza de los segundos se hallaba Umbelazi, sus hermanos y jefes, entre los que vi a Saduko inmediatamente detrás del prín­cipe, a fin de poderle hablar en voz baja al oído.

Para mí y mi pequeño grupo de ocho cazadores, que por autorización expresa de Panda vinieron armados con sus fusiles, como lo hice yo, porque estaba decidido a vender caras nuestras vidas si se presentaba la necesidad de hacer­lo, había sido destinado un lugar casi frente al rey y entre las facciones. Cuando todo el mundo estuvo sentado se inició el juicio, pidiendo Panda saber quién había causado el tumulto de la noche anterior.

No puedo relatar con todos sus detalles lo que siguió, porque sería demasiado largo hacerlo; además he olvidado muchos de ellos. Recuerdo, sin embargo, que los partidarios de Cetewayo dijeron que los hombres de Umbelazi habían sido los agresores y que los partidarios de éste echaron la culpa a aquellos, y que cada uno de los grupos apoyó esas declaraciones, hechas con gran extensión, con fuertes gritos.

—¿Cómo puedo saber la verdad? —exclamó Panda—. Macumazahn, tú estabas allí; ven y cuéntame qué paso.

Así que me puse de pie y conté al rey lo que había visto, es decir, que el capitán partidario de Cetewayo había ini­ciado la disputa golpeando al capitán partidario de Umbe­lazi, pero que al final éste último había dado muerte al capitán de Cetewayo, tras de lo cual empezó la lucha.

—Entonces la culpa es de los Usutu —dijo Panda.

—¿En qué te basas para decir eso, padre mío? —pre­guntó Cetewayo, poniéndose en pie de un salto—. En el testimonio de este hombre blanco que todo el mundo sabe es amigo de Umbelazi y de su hombre de confianza Saduko y que personalmente dio muerte a dos de los que llamaba jefes en el curso de la lucha.

—Sí, Cetewayo —interrumpí—, porque pensé que era mejor que los matara yo y no que ellos me mataran a mí, después de haberme atacado sin provocación alguna.

—De cualquier manera, les diste muerte, pequeño Hom­bre Blanco —gritó Cetewayo—, y responderás con tu sangre. Dime, ¿te dio permiso Umbelazi para presentarte delante del rey acompañado por hombres armados con fusiles, cuando nosotros, que somos sus hijos, sólo podemos venir armados con garrotes? Si es así, ¡que te proteja él!

—Así lo haré si es necesario — exclamó Umbelazi.

—Gracias, príncipe —dije yo—; pero si hay necesidad de hacerlo me protegeré yo mismo, como lo hice ayer — y amartillando mi fusil miré con fijeza a Cetewayo.

—¡Cuando marches de aquí me las pagarás Macumazahn! —amenazó Cetewayo, escupiendo a través de sus dientes, como solía hacer cuando lo dominaba la rabia y la pasión.

Porque estaba fuera de sí y deseaba descargar su furia sobre alguien, aunque en verdad él y yo siempre fuimos buenos amigos.

—En ese caso me quedaré donde estoy —respondí con frialdad —a la sombra del rey, tu padre. Además, ¿estás tan trastornado, Cetewayo, que quieres que caigan sobre ti los ingleses? Sabe que si soy asesinado te pedirán cuenta de mi sangre.

—Sí —interrumpió Panda—, y sabe que si alguien pone la mano sobre Macumazahn, que es mi invitado, morirá, ya sea un hombre cualquiera o un príncipe e hijo. Además, Cetewayo, te multo en veinte cabezas de ganado que deberás pagar a Macumazahn por el ataque sin provocación de tus hombres, a quien con justicia dio muerte.

—Será pagada la multa, padre —dijo Cetewayo más cal­mado, porque vio que al amenazarme había llevado las cosas demasiado lejos.

Luego, después de algunas declaraciones más, Panda dictó su sentencia, sentencia que en realidad no significó nada. Como era imposible decidir cuál partido tenía mayor culpa, multó a los dos en igual número de cabezas, acompañando la multa con una filípica contra su mal comportamiento, que fue escuchada con indiferencia. Una vez resuelta esta cuestión, empezó el asunto que realmente interesaba.

Poniéndose de pie, Cetewayo se dirigió a Panda, diciendo:

—Padre mío, el país marcha sin rumbo en la oscuridad y sólo tú puedes darle luz que ilumine sus pasos. Yo y mi hermano Umbelazi pensamos de distinta manera y nuestra disputa es importante, pues se trata de saber cuál de nos­otros se sentará en tu lugar cuando "hayas ido abajo", cuando te llamemos y no contestes. Una parte de la nación está en favor de uno de nosotros y otra parte en favor del otro, pero tu, oh rey, y sólo tú, tienes la palabra definitiva. A pesar de ello, antes de que hables, yo y los que están conmigo quisiéramos hacerte recordar una cosa. Mi madre, Umqumbazi, es tu Inkosikazi, tu esposa principal, y por tanto, de acuerdo a nuestra ley, yo, su hijo mayor, debería ser tu heredero. Además, cuando huiste a los bóers antes de la caída de aquel que se sentaba en tu lugar antes que tú (Dingaan), ¿no te preguntaron los amabunu blancos cuál de tus hijos era tu heredero y no me señalaste? ¿Y no me vis­tieron los amabunu con una ropa de honor porque yo iba a ser el próximo rey? Pero últimamente la madre de Umbe­lazi ha estado murmurando en tu oído, lo mismo que otros —y miró a Saduko y a algunos de los hermanos de Umbe­lazi— y tu rostro se ha vuelto frío para mí, tan frío que algunos dicen que señalarás a Umbelazi como rey después de ti y borrarás mi nombre. Si es así, padre, dímelo ahora, para que sepa lo que debo de hacer.

Después de terminar ese discurso, que ciertamente no carecía de energía y dignidad, Cetewayo se volvió a sentar, esperando la respuesta en sombrío silencio. Pero, en lugar de contestar, Panda miró a Umbelazi, quien al ponerse de pie fue recibido con una gran aclamación, porque a pesar de tener Cetewayo más partidarios, los zulúes individual­mente querían más a Umbelazi, tal vez a causa de su es­tatura, belleza y espíritu bondadoso, cualidades físicas y morales que atraen naturalmente a una nación salvaje.

—Padre mío —dijo— lo mismo que mi hermano Cete­wayo, espero tu decisión. No sé lo que habrás dicho a los amabunu por precipitación o temor, pero no admito que Cetewayo haya sido jamás proclamado tu heredero a oídas del pueblo zulú. Declaro que mi derecho a la sucesión es tan bueno como el suyo, y que te corresponde a ti, y sola­mente a ti, proclamar cuál de nosotros se pondrá el kaross real en días que mi corazón desea estén lejanos. Sin em­bargo, para evitar se derrame sangre, estoy dispuesto a dividir el país con Cetewayo (al oír esto tanto Panda como Cetewayo sacudieron la cabeza y el auditorio gritó "¡No!") o si esto no le agrada, estoy dispuesto a encontrarme con Cetewayo de hombre a hombre y azagaya contra azagaya, y a luchar hasta que uno de los dos haya muerto.

—¡Generoso ofrecimiento!  — replicó  irónicamente Cetewayo —. ¿Acaso no es mi hermano llamado "Elefante" y el guerrero más fuerte entre los zulúes? No, no expondré la fortuna de los que me apoyan al azar de un solo golpe o a la fuerza de los músculos de un hombre. Decide, oh padre, di cuál de nosotros deberá sentarse en la cabe­cera de tu kraal después que tú hayas ido a unirte a los Espíritus y no seas más que un antepasado a quien rendir culto.

Al oír esto, Panda dio muestras de gran agitación, cosa que no tenía nada de extraño, ya que saliendo de detrás de la valla donde había estado escuchando, Umqumbazi, la madre de Cetewayo, le habló a uno de sus oídos, mientras la madre de Umbelazi lo hacía al otro. Ignoro qué consejo le daría cada una de ellas, aunque evidentemente no era el mismo, ya que el pobre hombre miró primero a una de ellas y luego a la otra, y finalmente se tapó los oídos con las manos para no escucharlas más.

—¡Elige, elige, oh rey —gritaba el auditorio—, quién debe sucederte, Cetewayo o Umbelazi!

Contemplando a Panda, vi que sufría una especie de ago­nía; sus gruesos costados se agitaban y, a pesar de ser un día frío,  su frente estaba cubierta de sudor.

—¿Qué harían los hombres blancos en un caso así? —me preguntó con voz ronca y baja, y yo le contesté mirando al suelo y hablando tan bajo que muy pocos me oyeron:

—Creo que un hombre blanco no haría nada. Diría que otros decidan la cuestión después de haber muerto él.

—Ojalá pudiera decirlo yo —murmuró Panda—; pero no es posible.

Luego siguió una gran pausa, durante la cual todos guar­daron silencio, porque se daban cuenta de que era una hora decisiva. Finalmente Panda se puso de pie con dificultad, dado su gran volumen, y pronunció estas palabras trascen­dentales, no menos siniestras por su sencillez:

—¡Cuando disputan dos toros jóvenes, deben luchar hasta que uno gane!

Al instante, con un grito tremendo, se oyó el saludo real de Bayéte, señal que era aceptada la decisión del rey; una decisión que significaba la guerra civil y la muerte de muchos miles.

En seguida Panda se volvió y, con aspecto tan débil que creí iba a caerse, atravesó la puerta situada detrás de él, seguido por las dos reinas rivales. Cada una de estas damas trató de ser la primera en pasar la puerta detrás de él, pensando que sería un augurio de éxito para su hijo. Pero finalmente, con gran desilusión de la muchedumbre, sólo consiguieron pasar juntas.

Una vez que desaparecieron, la gran audiencia empezó a desmembrarse, marchando juntos los hombres de cada par­tido como de mutuo acuerdo, sin insultar o molestar a sus adversarios. Creo, sin embargo, que esta actitud pacífica era debido a que sabían que ahora la disputa había pasado de la fase de una disputa privada a la de una contienda pública. Se daban cuenta de que su disputa debía decidirse con azagayas en algún gran campo de batalla, para la que iban a prepararse.

A los dos días, con excepción de aquellos regimientos que conservaba Panda para su guardia personal, apenas si se veía un soldado en las proximidades de Nodwengu. Los príncipes también marcharon a reunir a sus partidarios, estableciéndose Cetewayo entre los mandahlakazi que mandaba, mientras Umbelazi regresaba al kraal de Umbezi, casi en el centro de aquella parte de la nación que le respondía.

No estoy seguro de si llevó a Mameena allí con él. Creo que temiendo una acogida más calurosa de lo que deseaba en su pueblo natal, se estableció en algún kraal apartado para esperar allí la crisis de su fortuna. Por lo menos, no la vi, porque tuvo buen cuidado de mantenerse lejos de mí.

En cambio, tuve una entrevista con Umbelazi y Saduko. Antes de dejar Nodwengu me visitaron juntos, aparente­mente en los mejores términos, y dijeron que esperaban les apoyase en la próxima guerra civil.

Les contesté que, a pesar del afecto personal que les profesaba, una guerra civil zulú era un asunto que no me afectaba y que por todos los motivos, incluyendo el más importante de mi propia seguridad, lo mejor que podía hacer era marcharme en seguida.                                   

Durante largo rato argumentaron conmigo, haciéndome grandes ofrecimientos, hasta que por fin, al ver que no po­día alterar mi decisión, Umbelazi dijo:

—Vamos, Saduko, no nos humillemos más ante este hombre blanco. Después de todo, tiene razón; este asunto no le concierne, y por qué hemos de pedirle que arriesgue su vida en nuestra disputa, sabiendo como sabemos que los hombres blancos no son como nosotros; que tienen mucho apego a sus vidas. Adiós, Macumazahn. Si triunfo y llego a ser grande, siempre serás bien venido en Zululandia, pe­ro si fracaso, tal vez estarás mejor del otro lado del Tugela. La crítica que encerraban estas palabras me mortificó, pero decidido por una vez a ser prudente y a no permitir a que mi curiosidad natural y amor a la aventura me arras­traran a nuevos peligros y disgustos, repliqué:

—El príncipe dice que no soy valiente y tengo apego a la vida, y lo que dice es cierto. Temo la lucha, ya que por naturaleza soy un comerciante con el corazón de comer­ciante, y no guerrero con el corazón de guerrero, como el gran Indhlovu-ene-Sihlonti —palabras que vi hacían son­reír ligeramente al grave Saduko—. Así que adiós, prín­cipe, y que la buena suerte te acompañe.

Claro está que llamar al príncipe a la cara por ese apodo, que aludía a un defecto personal suyo, era algo de insulto; pero yo también había sido insultado y quería pagarle en la misma moneda. Sin embargo, lo aceptó de buen talante.

—¿Qué es la buena suerte, Macumazahn? —replicó Um­belazi, a tiempo que estrechaba mi mano—. A veces creo que vivir y prosperar es buena suerte, y a veces creo que lo es morir y dormir, porque mientras se duerme no se siente hambre ni sed física o espiritual. En el sueño no hay preocupaciones; en el sueño descansan las ambiciones; y aquellos que no miran más la luz del sol, no sufren bajo la traición de mujeres falsas o de falsos amigos. Si la bata­lla se vuelve en mi contra, Macumazahn, por lo menos tendré esa buena suerte, porque jamás viviré para ser aplastado por el talón de Cetewayo.

En seguida se fue; Saduko le acompañó un pequeño tre­cho, pero dando alguna excusa al príncipe, volvió y me dijo:

—Macumazahn,  amigo mío, es posible que nos separemos por última vez y por tanto te quiero hacer un pedido. Se refiere a una que ha muerto para mí. Macumazahn, creo que Umbelazi el ladrón — y pronunció esas palabras silbán­dolas entre dientes— le ha dado mucho ganado y la ha ocultado en el kloof de Zikali el Sabio, o cerca de allí, bajo su cuidado. Ahora bien, si la guerra se decidiera contra Umbelazi y yo muriese en ella, creo que esa mujer, que tengo la seguridad de que fue la hechicera y no Masapo el Jabalí, lo pasaría mal. Además, por su relación con Umbe­lazi, a quien ha ayudado en sus complots, será muerta si es apresada. Macumazahn, escúchame. Te diré la verdad. Mi corazón arde todavía por esa mujer. Me ha hechizado; sus ojos me persiguen en mi sueño y escucho su voz en el viento. Para mí es más que toda la tierra y todo el cielo, y aunque me ha agraviado, no le deseo ningún daño. Macu­mazahn, te ruego que si muero hagas todo lo posible por ayudarla, aunque sea como sirvienta en tu casa, porque creo que te tiene más cariño que a nadie, ya que sólo se escapó con él — y señaló en la dirección que había tomado Umbelazi —, porque es un príncipe que, en su locura, cree llegará a ser rey. Por lo menos llévala a Natal, Macumazahn donde si quieres librarte de ella, podrá casarse con quien quiera y vivirá segura hasta que le llegue la noche. Panda te quiere mucho y, gane quien gane en la guerra, te dará su vida si se la pides.

   En seguida este hombre extraño se pasó la mano por los ojos, que vi tenía llenos de lágrimas, y murmurando:  "Si quieres tener buena suerte, recuerda mi pedido", se volvió y se fue antes de que pudiera contestarle una sola palabra. En cuanto a mí, me senté encima de un montículo y silbe todo un himno que me había enseñado mi madre, antes de poder pensar algo. ¡Quedar como el guardián de Mameena! Que me hablen de una "damnosa hereditas" — una herencia maldita— vaya, ésta era la peor que había oído. ¡Una sir­vienta en mi casa, sabiendo lo que sabía de ella! Casi prefe­ría compartir la buena suerte que anticipaba Umbelazi bajo la tierra. Pero no se trataba de eso, y sin ello la alternativa de ser su guardián era de sobra mala, aunque me consolé pensando que tal vez nunca surgirían las circunstancias que lo harían necesario.  Porque,   ¡ay!,  estaba seguro de que si surgían tendría que hacerlo, porque si bien era cierto que no había prometido nada a Saduko con mis labios, sentía, como  sabía lo   había sentido  él,  que  esta promesa había pasado de mi corazón al suyo.

"¡Ese ladrón Umbelazi!" Extrañas palabras en los labios de un vasallo al hablar de su señor, cuando ambos estaban a punto de entrar en una empresa desesperada. "Un príncipe que, en su locura, cree llegará a ser rey". Palabras más ex­trañas aún. ¡Entonces Saduko no creía que Umbelazi llegaría a ser rey! Y sin embargo estaba a punto de compartir su suerte en la lucha por el trono, al mismo tiempo que decía que su corazón ardía por esa mujer que "Umbelazi el la­drón" le había robado. Bueno, si fuese Umbelazi, pensé, hubiese preferido que Saduko no fuese mi principal conse­jero y general. ¡Pero, gracias a Dios, yo no era Umbelazi, o Saduko, o ninguno de ellos! ¡Y, más gracias a Dios aún, al día siguiente iba a empezar mi marcha de Zululandia!  

El hombre propone pero Dios dispone. No partí de Zulu­landia en muchos días. Cuando volví a mis carretas fue para descubrir que mis bueyes habían desaparecido miste­riosamente del veld en que acostumbraban a pastar. Se ha­bían perdido; o tal vez ellos habían sentido la necesidad de marchar de Zululandia a un país más pacífico. Envié a todos mis cazadores a buscarlos, quedando sólo Scowl y yo para custodiar las carretas.

Transcurrieron cuatro días, una semana, sin tener noticias de los cazadores o el ganado. Por fin me llegó un mensaje en forma indirecta, diciendo que los cazadores habían en­contrado los bueyes a gran distancia, pero que al tratar de volver a Nodwengu habían sido obligados por algunos Usutu — es decir, partidarios de Cetewayo — a atravesar el Tugela y entrar en Natal, en donde no se atrevían a volver. Por primera vez en mi vida tuve un acceso de rabia y maldije al mensajero, enviado por no sé quién, en un len­guaje que no creo haya olvidado. En seguida, dándome cuenta de la inutilidad de insultar a un simple instrumento, me dirigía a la Gran Casa y pedí una audiencia al propio Panda. Un momento después el inceku, o sirviente personal, a quien di mi mensaje, regresó diciendo que sería recibido en el acto, y al entrar en el recinto encontré al rey sentado en la cabecera del kraal, solo, con excepción de un sirviente que sostenía un gran escudo sobre su cabeza para darle sombra. Me saludó y le conté lo que me había pasado con los bueyes, y al oírme despachó al portaescudo, quedando los dos solos.

—Macumazahn —-dijo—, ¿por qué me culpas de esas cosas, cuando sabes que no soy nadie en mi propia casa? Te digo que soy un hombre muerto cuyos hijos luchan por su herencia. No puedo decirte con seguridad quién se llevó lejos de aquí tus bueyes, pero me alegro de lo que ha suce­dido, porque creo que si hubieses intentado ir a Natal en estos momentos, hubieses sido muerto en el camino por los Usutu, que creen eres un consejero de Umbelazi.

—Comprendo, oh, rey, y supongo que el accidente de la pérdida de mis bueyes ha sido afortunado para mí. Pero, dime ahora, ¿qué debo de hacer? Quisiera seguir el ejemplo de John Dunn (otro blanco que estaba muy mezclado en la política zulú) y salir del país. ¿No me darás bueyes para arrastrar mis carretas?

—No tengo ninguno que sirva, Macumazahn, porque, como sabes, nosotros los zulúes poseemos pocas carretas; y si los tuviese no te los prestaría, porque no quiero que tu sangre caiga sobre mi cabeza.

—Me estás ocultando algo, oh rey —le dije sin amba­ges—. ¿Qué quieres que haga? ¿Quedarme aquí en Nodwengu?

—No, Macumazahn. Quiero que cuando empiecen las hos­tilidades vayas con uno de mis regimientos que enviaré en ayuda de mi hijo Umbelazi, a fin de que cuente con el bene­ficio de tu sabiduría. Oh, Macumazahn, te diré la verdad. Mi corazón quiere a Umbelazi y temo que Cetewayo lo su­pere. Si pudiese salvaría su vida, pero no sé cómo hacerlo, ya que no puedo tomar su parte demasiado abiertamente. Pero sí puedo enviar un regimiento como escolta tuya si deseas observar la batalla como mi agente, para informarme luego. Dime,  ¿no quieres ir?

—¿Por qué habría de ir — contesté —, viendo que cual­quiera que sea el vencedor puedo perder la vida y que si gana Cetewayo ciertamente la perderé, y eso sin ganancia?

—No, Macumazahn; daré órdenes de que quienquiera triunfe, el hombre que se atreva a alzar una azagaya contra ti morirá. En este punto al menos no seré desobedecido. Oh, te lo ruego, no me abandones en mi tribulación. Vete con el regimiento que enviaré y haz participar de tu sabiduría a mi hijo Umbelazi. En cuanto a tu ganancia, te juro por la cabeza del Ser Negro (Chaka) que será grande. Me ocuparé de que no salgas de Zululandia con las manos vacías.

Vacilé aún, porque no me gustaba el asunto.

—Oh, El que Vigila de Noche — exclamó Panda —, no me abandonarás, ¿no es cierto? Temo por el hijo de mi corazón, Umbelazi, a quien quiero más que a todos mis hijos; tengo miedo por Umbelazi — y se echó a llorar.

Fue una tontería, sin duda, pero al ver llorar al viejo Panda por su hijo amado a quien creía perdido, me conmoví tanto que olvidé mi prudencia.

—Si tú lo quieres, oh Panda —dije—, iré a la batalla con tu regimiento y estaré al lado del príncipe Umbelazi.

 

 

Capítulo 13

 

La Caída de Umbelazi

 

Así que permanecí en Nodwengu puesto que no me que­daba otro remedio, confieso que muy inquieto y a disgusto. El lugar estaba casi desierto, con excepción de un par de regimientos acuartelados allí, el Sangqu y el Amawombe. Este último era el regimiento real, una especie de guardia real, a la que habían pertenecido por turno los reyes Chaka, Dingaan y Panda. La mayor parte de los jefes habían to­mado partida por un bando o el otro y estaban reclutando fuerzas para luchar por Cetewayo o Umbelazi, e incluso la mayor parte de las mujeres y los niños se habían ido a esconder en la selva o entre las montañas, ya que nadie sabía lo que iba a ocurrir o si el ejército vencedor no  caería sobre ellos y los destruirá.

Quedaban unos pocos consejeros, sin embargo, con Panda y entre ellos estaba el viejo Maputa, el capitán que en una ocasión me trajo "el mensaje de las píldoras". Me visitó varias veces por la noche y me contó los rumores que circu­laban. De ellos deduje que ya se habían librado varias esca­ramuzas y que la batalla no podía demorar mucho, y tam­bién que Umbelazi había elegido su campo de batalla, una llanura cerca de los márgenes del Tugela.

—¿Por qué ha hecho esto —pregunté—, cuando así ten­drá detrás suyo un río caudaloso y si es derrotado, el agua puede matar lo mismo que las azagayas?

—No lo sé con seguridad —contestó Maputa—; pero se dice que a causa de un sueño que ha tenido tres veces Saduko, su general, según el cual solamente allí Umbelazi hallará honra. De cualquier manera, ha elegido ese lugar; y me dicen que todas las mujeres y niños de su ejército están escondidos en la maleza a lo largo de las márgenes del río, a fin de que puedan huir a Natal si es necesario.

—¿Tienen alas para volar sobre el Tugela irritado, como puede suceder después de las lluvias? ¡Oh, con seguridad su espíritu se ha vuelto contra Umbelazi!

—Sí, yo también creo que ufulatewe idhlozi (es decir su propio espíritu) se ha vuelto contra él. Además, creo que Saduko no es un buen consejero. Es más, si yo fuera el príncipe —agregó el anciano con astucia—, no conservaría como mi consejero a aquel cuya mujer he robado.

—Yo tampoco, Maputa —contesté mientras me despedía.

Dos días después, por la mañana temprano, Maputa vino a visitarme de nuevo y me dijo que Panda quería verme. Fui al kraal donde encontré al rey sentado y ante él los capitanes del regimiento amawombe.

—Macumazahn — dijo—, tengo noticias de que la gran batalla entre mis hijos tendrá lugar dentro de pocos días. Por tanto, voy a enviar a mi regimiento real, al mando de Maputa, el hábil en la guerra, para que vigile la batalla y te ruego que vayas con él, a fin de que puedas dar al gene­ral Maputa y los capitanes el beneficio de tu sabiduría. Ahora, éstas son mis órdenes, Maputa y vosotros, oh capita­nes: que no toméis parte en la lucha a menos que no veáis que el Elefante mi hijo Umbelazi, ha caído en un pozo, y entonces trataréis de sacarlo si podéis y de salvarlo con vida. Ahora repetid mis palabras.

Y así lo hicieron, hablando simultáneamente.

—Cuál es tu respuesta, Macumazahn —dijo, una vez que hubieron hablado ellos.

—Oh, rey, te he dicho que iré, aunque no me gusta la guerra, y cumpliré mi promesa —repliqué.

—Entonces prepárate, Macumazahn, y vuelve aquí antes de una hora, porque el regimiento sale al mediodía.

Así que me dirigí a mis carretas y las entregué a unos hombres que había enviado Panda para que se hiciesen cargo de ellas. En seguida Scowl y yo ensillamos nuestros caballos, porque este fiel sirviente insistió en acompañarme, a pesar de aconsejarle que se quedara, y sacamos nuestros fusiles y toda la munición que pudimos, así como otras cosas necesarias. Una vez hechas estas cosas, nos dirigimos al punto de reunión, despidiéndonos de las carretas con el corazón apesadumbrado, ya que no esperaba volver a verlas.

Al llegar vi que el regimiento amawombe, integrado por hombres escogidos, todos veteranos de cincuenta o más años de edad, estaban formando compañía por compañía en el terreno de las danzas. Presentaban un espectáculo magní­fico, con sus escudos blancos de combate, sus refulgentes azagayas, sus gorros de nutria, sus faldas y brazales de colas de toros blancos y las níveas plumas de egret que llevaban en la frente. Nos dirigimos a la cabeza de ellos, donde vi a Maputa, y al pasar me recibieron con una aclamación de bienvenida, porque en aquellos tiempos un hombre blanco era poderoso. Además, los zulúes me conocían y me querían, y el hecho de que iba a contemplarlos y tal vez a combatir con ellos, daba ánimo a los amawombe.

Allí permanecimos hasta que los muchachos, varios cen­tenares de ellos, que llevaban las esteras, los utensilios de cocina y conducían el ganado, se alejaron en una larga fila. Un momento después apareció Panda a la puerta de su choza, acompañado por unos pocos sirvientes, y pareció proferir alguna especie de oración, a tiempo que arrojaba en nuestra dirección polvo o alguna medicina pulverizada, aunque no comprendí el significado de esta ceremonia.

Cuando terminó, Maputa alzó una azagaya y al hacerlo el regimiento, a compás perfecto, gritó el saludo real, Bayéte, con sonido parecido a un trueno. Por tres veces repitieron ese impresionante saludo, y luego guardaron silencio. De nuevo levantó su azagaya Maputa y las cuatro mil voces entonaron el Ingoma, o himno nacional, a cuyo solemne compás iniciamos nuestra marcha.

En las primeras horas de la mañana del 2 de diciembre, una mañana fría y triste de viento y niebla, me encontré con los amawombe en el lugar llamado Endondakusuca, una llanura con algunos kopjes que se encuentra a menos de diez kilómetros de la frontera de Natal, de la que está sepa­rada por el río Tugela.

Como las órdenes de los amawombe eran mantenerse apar­tados de la lucha si era posible, habíamos ocupado una po­sición aproximadamente a kilómetro y medio a la derecha de lo que resultó ser el campo de batalla, eligiendo como campamento una pequeña eminencia que parecía un in­menso túmulo, y que tenía enfrente, a una distancia de unos quinientos metros, a otra eminencia menor. Detrás nuestro se extendía la maleza, o mejor dicho un terreno quebrado, donde crecían las mimosas, bajando hasta las márgenes del Tugela, a unos seis kilómetros de allí.

Poco después del amanecer fui despertado en el lugar donde dormía envuelto en unas mantas, bajo una mimosa — porque naturalmente no teníamos tiendas de campaña—, por un mensajero quien me dijo que el príncipe Umbelazi y el hombre blanco John Dunn querían verme. Me levanté y me arreglé lo mejor que pude, pues, mientras he podido evitarlo, nunca me gustó presentarme delante de los indíge­nas con aspecto descuidado. Recuerdo que acababa de peinarme cuando llegó Umbelazi.

Puedo verlo aún, parecido a un verdadero gigante en la bruma matinal. Había algo de sobrenatural en su aspecto al surgir de entre los vapores de la niebla, concentrada la poca luz que había en la hoja de su gran azagaya, que tenía fama de ser la más ancha que existía en Zululandia, y en un collar de cobre que llevaba en la garganta.

Se detuvo frente a mí, mirando de un lado para otro y envolviéndose en su kaross a causa del frío, y algo en su expresión ansiosa e indecisa me dijo que sabía que estaba en terrible peligro. Justo detrás de él, ceñudo y sombrío, con los brazos cruzados y la vista fija en el suelo, con el aspecto de un genio maligno, se hallaba el esbelto y majes­tuoso Saduko. A su izquierda estaba un robusto joven blan­co que llevaba un fusil y fumaba en pipa, quien supuse era John Dunn, un caballero a quien no había visto hasta en­tonces, mientras detrás de éste había una fuerza de zulúes del gobierno Natal, vestidos con un    uniforme más o me­nos regular y armados con fusiles, y con ellos varios indígenas también de Natal —"cafres de Kraal"— que llevaban azagayas. Uno de éstos conducía al caballo de John Dunn.

De los soldados del gobierno habría treinta y cuatro, y de los "cafres de Kraal" entre doscientos y trescientos.

Estreché la mano de Umbelazi y le di los buenos días.

—Este es un mal día en que no brilla el sol, oh Macumazahn —contestó, palabras que me parecieron de mal agüero. En seguida me presentó a John Dunn, quien pareció alegrarse de encontrarse con otro blanco. Luego, no sabiendo qué decir, les pregunté el motivo exacto de su visita, y John Dunn tomó la palabra. Dijo que había sido enviado la tarde anterior por el capitán Walmsley, que era un oficial del gobierno de Natal estacionado del otro lado de la fron­tera, para tratar de hacer la paz entre las dos facciones zulúes, pero que cuando habló de paz, uno de los hermanos de Umbelazi —creo que fue Mantantashiya—, se había bur­lado de él, diciendo que eran lo suficiente fuertes para hacer frente a los Usutu, o sea el partido de Cetewayo. Además, añadió, que cuando sugirió que los miles de mujeres y niños junto con el ganado cruzaran el vado del Tugela durante la noche anterior para ponerse a salvo en Natal, Mantantashiya no quiso escucharle, y como Umbelazi estaba ausente bus­cando la ayuda del gobierno de Natal, no pudo hacer nada.

"Quem Deus vult perderé primus dementat" (Dios enlo­quece primero a aquellos a quienes quiere perder), me dije para mis adentros. Este era uno de los proverbios latinos que mi anciano padre, que era un hombre instruido, me había enseñado y que en ese momento recordé. Pero como sospe­chaba que John Dunn no sabía latín, me limité a decir en voz alta:

—¡Qué maldito estúpido! ¿No podría conseguir que Umbelazi lo hiciera ahora?

—Temo que sea demasiado tarde, Quatermain —contes­tó —. Los Usutu están a la vista. Mire usted mismo. — Y me entregó un telescopio que llevaba encima.

Subí a unas rocas y estudié la llanura que se extendía ante nosotros, de la que una ráfaga de viento acababa de despejar la niebla. ¡Estaba negra de hombres que avanza­ban! Todavía se encontraban a una distancia considerable — a más de tres kilómetros a mi juicio— y avanzaban lenta­mente en una gran media luna con cuernos finos y un centro profundo; pero un rayo de sol brilló en sus innumerables azagayas. Me pareció que en ese centro debía de haber veinte o treinta mil hombres, en tres divisiones, mandadas como supe después, por Cetewayo, Uzimela y un joven bóer llamado Groening.

—Allí están sin duda — dije, descendiendo de mis rocas —. ¿Qué piensas hacer, Dunn?

—Obedecer órdenes y tratar de hacer la paz, si puedo encontrar a alguien con quien hacerla; y si no puedo..., bueno, lucharé, supongo. ¿Y usted, Quatermain?

—Oh, obedecer órdenes y quedarme aquí. A menos que estos amawombe se desboquen y me arrastren con  ellos.

—Lo harán antes de la caída de la noche, Quatermain, si algo sé de los zulúes. Mire, ¿por qué no monta su caballo y viene conmigo? Este es un lugar extraño para usted.

—Porque prometí no hacerlo — contesté con un gemido, porque realmente, al mirar a esos salvajes que me rodeaban que empuñaban ya sus azagayas de un modo desagradable, y esos otros miles de salvajes que avanzaban hacia nosotros, sentí que el poco ánimo que tenía se me caía a los pies.

—Muy bien, Quatermain, usted conoce sus asuntos mejor que nadie; pero espero que salga con vida de esto.

—Lo mismo le deseo, Dunn —repliqué.

En seguida John Dunn se volvió y a oídas mías preguntó a Umbelazi qué sabía de los movimientos de los Usutu y de su plan de batalla.                          

El príncipe replicó, encogiéndose de hombros:

—Nada por el momento, Hijo de Dunn, pero indudable­mente antes de que esté alto el sol, sabré mucho.

Mientras hablaba, nos alcanzó una ráfaga repentina de viento que arrancó la pluma de avestruz que adornaba el anillo de la cabeza de Umbelazi. Se alzó un murmullo de desaliento de todos los que vieron este accidente que consi­deraron de muy mal agüero, y la pluma flotó en el aire para ir a caer suavemente a los pies de Saduko. Este se inclinó, la recogió y la volvió a poner en su lugar, diciendo al hacerlo, con ese ingenio tan notable en algunos salvajes:

—¡Ojalá pueda vivir, oh príncipe, para colocar así la corona sobre la cabeza del hijo favorecido de Panda!

Esta frase oportuna sirvió para disipar el pesimismo ge­neral causado por el incidente, porque los que la escucharon la celebraron con aclamaciones mientras Umbelazi daba las gracias a su capitán con una inclinación de cabeza y una sonrisa. Sólo yo noté que Saduko no mencionaba el nombre del "hijo favorecido de Panda" sobre cuya cabeza esperaba vivir para colocar la corona. Ahora bien, Panda tenía mu­chos hijos, y el día debía mostrar cuál sería el favorecido.

Unos minutos o dos más tarde partieron John Dunn y sus acompañantes para tratar, como había dicho, de hacer la paz con los Usutu que avanzaban. Umbelazi, Saduko y su escolta partieron también hacia el grueso de las huestes de los Isigqosa que estaba concentrado a nuestra izquierda, "sentado en sus azagayas" como dicen los indígenas, espe­rando el ataque. En cuanto a mí, permanecí solo con los amawombe, tomando un poco de café que me había prepa­rado Scowl e ingiriendo a la fuerza un poco de alimento.

Puedo decir con sinceridad que no recuerdo nunca haber hecho una comida más triste. No sólo creía que estaba con­templando por última vez el sol — aunque de paso muy poco de esa órbita era visible —, sino que además lo peor del caso era que, si tal cosa sucedía, tendría que morir solo entre salvajes, sin un solo rostro blanco cerca mío para consolarme. ¡Oh, cómo sentía haberme dejado embar­car en esa horrible empresa! Estaba tan arrepentido, que incluso deseé haber faltado a la palabra dada a Panda y haberme ido con Dunn, aunque ahora doy gracias a Dios que no cedí a esa tentación, sacrificando así mi dignidad.

Pero pronto olvidé ésas y otras reflexiones igualmente melancólicas al contemplar el desarrollo de los aconteci­mientos desde lo alto de nuestra pequeña eminencia, desde donde se tenía una vista magnífica de toda la batalla. Allí, después de ocuparse de que su regimiento comía bien, como debe hacerlo todo general, se unió a mí el viejo Maputa y le pregunté si creía que tendría que luchar ese día.

Creo que sí, creo que sí —contestó con animación—. Me parece que los Usutu superan grandemente en número a los Isigqosa y, claro está, como tú lo sabes, Panda nos ha ordenado que los ayudemos si están en peligro. Oh, no te desanimes, Macumazahn, porque creo que puedo prometerte que veras enrojecer a nuestras azagayas hoy. No te irás de esta batalla para decir a los blancos que los amawombe son cobardes que no pudiste hacer combatir. No, no, Macumazahn, mi espíritu me está mirando esta mañana y yo, que soy viejo y creía que moriría, al fin como una vaca, veré un gran combate más, mi vigésimo, Macumazahn, porque combatí con estos mismos amawombe en todas las grandes ba­tallas del Ser Negro, y con Panda contra Dingaan.

—Tal vez sea el último para ti—sugerí.

—Es posible, Macumazahn; pero ¿qué importa eso si yo y el regimiento real podemos tener un fin que sea recor­dado? Oh, alégrate; tu espíritu también te mira, como te prometo lo haremos todos cuando se encuentren los escudos; porque sabe, Macumazahn, que nosotros, pobres soldados ne­gros, esperamos nos enseñarás a luchar hoy, y si es nece­sario, a caer cubiertos por un montón de enemigos.

—Oh — repliqué —, ¿así que esto es lo que los zulúes llaman "dar consejo"? —agregando en inglés: "¡Viejo ca­nalla sanguinario!"            

Pero creo que Maputa no me oyó. De cualquier forma, me tomó del brazo y señaló al frente, algo a la izquierda, donde el cuerpo del gran ejército Usutu avanzaba rápidamente, en una fila larga y poco profunda en la que refulgían las aza­gayas; las piernas y brazos en movimiento de los guerreros les hacían parecerse a grandes arañas cuyos cuerpos eran los escudos de guerra.

—¿Ves su plan? —me dijo—. Quieren envolver a Umbelazi y herirlo con los cuernos para luego cargar con la ca­beza. El cuerpo pasará entre nosotros y el flanco derecho de los Isigqosa. Oh, ¡despierta, despierta, Elefante! ¿Estás durmiendo con Mameena en una choza? Suelta tus azagayas, hijo del rey, y a ellos cuando suban la ladera. ¡Mira! — continuó— ¡es el Hijo de Dunn el que inicia la batalla! ¿No te dije que teníamos que pedir a los blancos que nos mos­trasen el camino? ¡Mira por tu tubo, Macumazahn, y dime lo que sucede!

Miré, y corno el telescopio que me había dejado John Dunn era bueno aunque pequeño, vi todo lo que sucedía con bastante claridad. Dunn se acercó a caballo casi hasta la punta del cuerno izquierdo de los Usutu, agitando un pañuelo blanco y seguido por su fuerza de policías y cafres de Natal. Un momento después se alzó una nubecilla de humo entre los Usutu. Habían hecho fuego contra Dunn.

Dejó éste caer el pañuelo y saltó al suelo. Ahora él y sus policías hacían fuego y empezaron a caer hombres entre los Usutu. Estos avanzaban con sus gritos de guerra aunque lentamente porque temían a las balas. Paso a paso John Dunn y sus nombres iban siendo rechazados, luchando con­tra fuerzas superiores. Ahora estaban a nuestro nivel, a me­nos de cuatrocientos metros a nuestra izquierda. Luego de­bieron ceder aun más y desaparecieron entre la maleza detrás de nosotros y pasó mucho tiempo antes de que me en­terase de lo que les sucedió.

Ahora, después de haber cumplido los cuernos su misión envolviendo las fuerzas de Umbelazi lo mismo que las pin­zas de una araña se cierran sobre una mosca (no podía comprender por qué Umbelazi no cortaba esos cuernos), el toro Usutu empezó su carga. En número de veinte o treinta mil, regimiento tras regimiento, los hombres de Cetewayo se lanzaron cuesta arriba, y allí, cerca de la cumbre, fueron encontrados por los regimientos de Umbelazi que se lanza­ban adelante para rechazar el asalto gritando su grito de guerra ¡Laba! ¡Laba! ¡Laba! ¡Laba!

El estruendo de sus escudos al encontrarse llegó a nues­tros oídos como el retumbar de un trueno, y sus azagayas brillaban como brilla el relámpago en verano. La lucha se hizo confusa en la ladera; luego de las filas de los amawombe se alzó un clamor de:   ¡Umbelazi gana!

Observando atentamente vimos que los Usutu cedían y descendían la ladera dejando el terreno cubierto de puntos negros   que   sabíamos   eran   hombres   muertos   o   heridos.

—¿Por qué no carga a fondo el Elefante? —dijo Maputa con tono perplejo—. ¡El toro Usutu está caído! ¿Por qué no lo aplasta?

—Supongo que por tenerle miedo — respondí, y seguí ob­servando.

Y realmente había mucho que ver. Viendo que no eran perseguidos, los impi de Cetewayo se reformaron rápida­mente al pie de la ladera, preparándose para otra carga. Entre los de Umbelazi, arriba de ellos, tenían lugar rápi­dos movimientos cuyo significado no podía entender, mo­vimientos que eran acompañados por el ruido de gritos de furor. Luego, de repente, de en medio del ejército Isigqosa, surgió un gran grupo de hombres, integrado por varios mi­les de ellos, que corrieron pero en filas abiertas cuesta abajo hacia los Usutu, llevando sus azagayas invertidas. Al principio creí que cargaban hasta que vi abrirse las filas de los Usutu para recibirlos con un grito de bienvenida.

—¡Traición!  —dije—. ¿Quiénes son?

—Saduko, con los soldados amakoba y amangwane y otros. Conozco sus penachos —replicó Maputa, con voz fría.

—¿Quieres decir que Saduko se ha pasado a Cetewayo con todos sus partidarios?

—¿Y qué otra cosa, Macumazahn? Saduko es un traidor; Umbelazi ha terminado —y se pasó la mano a través de su boca; gesto que tiene sólo un significado entre los zulúes.

En cuanto a mí, me senté sobre una piedra con un queji­do, porque ahora comprendía todo.

Un momento después los Usutu prorrumpieron en gritos feroces de triunfo y una vez más su impi, aumentados con las fuerzas de Saduko, empezaron a avanzar cuesta arriba. Umbelazi, y aquellos de los Isigqosa que le seguían fieles157 — no creo que pasaron de ocho mil hombres— nunca espe­raron el asalto. ¡Se desbandaron! Huyeron en forma ver­gonzosa, abriéndose paso a través del cuerno izquierdo de los Usutu por el simple peso de su número, y pasaron detrás nuestro oblicuamente hacia las márgenes del Tugela. Un mensajero llegó hasta nosotros corriendo, sin aliento.

—Estas son las palabras de Umbelazi —dijo con voz en­trecortada —. Oh El que Vigila de Noche, y oh Maputa, Indhlovu-ene-Sihlonti ruega que contengáis a los Usutu, como os pidió el rey lo hicierais en caso de necesidad, para darle a él y a los que quedan a su lado tiempo de escaparse a Natal con sus mujeres y niños. Su general, Saduko, lo ha traicio­nado y se ha pasado con tres regimientos a Cetewayo, y por tanto no puede seguir haciendo frente a los miles de Usutu.

—Ve y di al príncipe que Macumazahn, Maputa y el re­gimiento Amawombe harán lo que puedan. —contestó Maputa con calma —. Pero nuestro consejo a él es que cruce el Tugela rápidamente con las mujeres y los niños, porque somos pocos y los de Cetewayo son muchos.

El mensajero salió corriendo, pero, como supe después, nunca halló a Umbelazi, ya que el pobre hombre fue muer­to a menos de quinientos metros de donde estábamos.

En seguida Maputa dio una orden, y los amawombe se formaron en triple fila, mil trescientos hombres en la pri­mera fila, mil trescientos en la segunda y unos mil en la tercera, detrás de los cuales iban los muchachos portadores, tres o cuatrocientos de ellos. El lugar que me fue asignado se encontraba en el centro exacto de la segunda línea, en donde, como estaba montado a caballo, se pensó, según pude entender, que serviría de foco de reunión.

En esta formación avanzamos unos pocos centenares de metros a nuestra izquierda, evidentemente con el propósito de interponernos entre el impi derrotado y los Usutu que lo perseguían, o, si éstos elegían, dar un rodeo, con el de amenazar su flanco. El grueso de su ejército viró hacia la derecha en persecución del enemigo en huída, pero tres regimientos, cada uno de ellos con unas dos mil quinientas azagayas, se detuvieron. Tal vez pasaran cinco minutos mientras se formaban, a unos quinientos metros entre ellos. Cada regimiento tenía tres filas, como el nuestro.

Me parecieron cinco minutos terriblemente largos, pero pensando que probablemente serían los últimos en la tie­rra, traté de sacar el mayor partido posible de ellos. Pero aunque parezca extraño, encontré imposible concentrar mi espíritu en aquellas cuestiones que debían llenarlo. Mi vista y mis pensamientos vagaban. Miré a las filas de los vete­ranos amawombe y observé que estaban inmóviles y solem­nes como debe de ser en hombres que estaban a punto de morir, pero sin dar signos de temor. Es más, vi a algunos de los que estaban cerca mío que se pasaban sus tabaque­ras de rapé. Dos hombres de cabellos grises, evidentemente viejos amigos, se estrecharon las manos como personas que se despiden para un largo viaje, mientras otros discutían en voz baja la posibilidad de que aniquilásemos a la mayoría de los Usutu antes de ser barridos nosotros.

—Depende —decía uno de ellos— de que nos ataquen regimiento por regimiento o todos juntos, como lo harán sí son inteligentes.

En seguida un oficial les pidió que guardaran silencio, y cesó la conversación. Maputa pasó por las filas dando órde­nes a los capitanes. Desde cierta distancia su viejo cuerpo arrugado, con el escudo de combate delante, parecía como el de una enorme hormiga negra que llevara algo en la boca. Llegó a donde estábamos Scowl y yo montados en nuestros caballos.

—¡Ah! Veo que estás listo, Macumazahn — dijo con voz animada —. Te dije que no te quedarías con las ganas, ¿no es cierto?

—Maputa — dije en tono de reproche —, ¿de qué sirve esto? Umbelazi ha sido derrotado, no perteneces a su impi, ¿para qué enviar a todos éstos — y agité la mano — a las tinieblas? ¿Por qué no vamos al río y tratamos de salvar a las mujeres y los niños?

—Porque nos llevaremos muchos de éstos con nosotros a las tinieblas, Macumazahn —y señaló a las densas masas de los Usutu—. Pero — añadió, con tono de lástima — esta disputa no es tuya. Tú y tu sirviente tenéis caballos. Mar­chad si queréis y galopad al vado inferior.

Pero mi orgullo de blanco vino en mi ayuda.

—-No —contesté— no huiré mientras otros se queden a pelear.

—Nunca creí que lo harías, Macumazahn, pues estoy se­guro de que no deseas ganar un sobrenombre nuevo y feo. Pues bien, tampoco huirán los amawombe para ser objeto de burlas de su pueblo. Las órdenes del rey eran que tra­tásemos de ayudar a Umbelazi si la batalla iba en contra el, y obedeceremos las órdenes del rey muriendo donde esta­mos. Macumazahn, ¿crees que podrías alcanzar a aquel individuo grande que nos  está insultando allí? Si lo haces, te lo agradeceré, ya que me molesta mucho — y me mostró un capitán que estaba jactándose delante de las filas del primero de los regimientos Usutu, a unos quinientos metros.

—Trataré de hacerlo, pero es un tiro largo.

Desmontando, subí a una pila de rocas y, descansando mi fusil en la primera de ellas, apunté con cuidado, contuve mi aliento y apreté el gatillo. Un segundo después el hombre abrió los brazos, dejó caer la azagaya, y cayó de bruces.

Un grito de júbilo se alzó entre los amawombe, mientras el viejo Maputa aplaudía con sus flacas manos y se sonreía de oreja a oreja,

—Gracias, Macumazahn. ¡Un excelente augurio! Ahora estoy seguro de que, hagan lo que hagan esos perros Isigqosa de Umbelazi, nosotros los hombres del rey sabremos morir, que es lo único que podemos esperar. ¡Ah, qué her­moso tiro! Será algo que recordar cuando sea un idhlozi, una serpiente-espíritu, arrastrándome en mi propio kraal. Adiós, Macumazahn —y me estrechó fuertemente la ma­no—. Ha llegado el momento. Voy a encabezar la carga. Los amawombe tienen orden de defenderte hasta el fin, porque quiero que veas el final de este combate. ¡Adiós!

Y se marchó seguido por sus ordenanzas y oficíales.

Nunca volví a verlo con vida, aunque creo que una vez en años posteriores, encontré a su idhlozi en su kraal en circunstancias extrañas. Pero eso no tiene nada que ver con esta historia.

En cuanto a mí, después de volver a cargar mi fusil, monté otra vez a caballo, temiendo que si seguía tirando pudiese errar, perjudicando así mi reputación. Además, ¿qué objeto tenía matar más hombres si no era obligado a hacerlo? Había muchos otros dispuestos a hacerlo.

Otro minuto, y el regimiento en frente nuestro empezó a moverse, mientras los otros dos se sentaban formados, como indicando que no querían estorbar. La lucha iba a empezar con un duelo entre unos seis mil hombres.

—¡Bien! —murmuró el guerrero que estaba más cerca mío—. Estos son nuestros.

—Sí —contestó otro—, esos muchachitos van a aprender su última lección.                                                   Durante unos segundos hubo silencio, mientras las largas filas se inclinaban hacia adelante entre las vallas de aza­gayas. Un murmullo recorrió la línea; sonó como el ruido del viento entre los árboles y fue la señal de prepararnos. Luego una voz lejana gritó una palabra, que fue repetida una y otra vez por varias voces delante y detrás mío. Me di cuenta de que estábamos moviéndonos, muy despacio al principio, y luego con más rapidez. Como dominaba a las filas desde lo alto de mi caballo, podía ver todo el avance, y el aspecto general del mismo era el de una triple ola ne­gra, coronada cada ola de espuma — las plumas y los escu­dos blancos de los amawombe eran la espuma— y animadas por chispazos de luz, reflejada en las anchas azagayas.

Ahora cargábamos y ¡oh, la terrible y maravillosa exci­tación de esa carga! Ah, ¡el ondular de las plumas y el sordo ruido de ocho mil pies en marcha! Los Usutu subieron la ladera para venir a nuestro encuentro. En silencio íbamos nosotros y en silencio venían ellos. Nos acercába­mos. Ahora podíamos ver sus rostros asomados por encima de sus escudos moteados, y ahora podíamos ver sus ojos desorbitados y con expresión feroz.

Luego un rugido, un rugido tal como nunca había oído; el trueno del encuentro de los escudos y un relámpago, un relámpago simultáneo, el de las azagayas. Se oyó el grito de:

¡Matad, amawombe, matad!, contestados por otro de:

¡Derribad, Usutu, derribad!

¿Qué sucedió después? Sólo el Cielo lo sabe..., yo, desde luego, no. Pero en años posteriores Osborn, que entonces era el magistrado residente en Newcastle, Natal, quien sien­do joven y atolondrado en aquel entonces, había cruzado el Tugela nadando con su caballo para ver la batalla, me dijo que parecía como si una enorme ola —esa ola era los es­pléndidos amawombe— que corriera hacia la playa con todo el peso del océano detrás de ella, hubiese roto de re­pente una saliente y alzándose la sumergiera y tragara. Tres minutos más tarde aquel regimiento Usutu no exis­tía más. Habíamos dado muerte a todos sus soldados, y de nuestras líneas surgió un sonido sibilante y feroz que era parecido a ¡Zhi, Zhi! exhalado al ser sepultadas las azaga­yas en los cuerpos de los vencidos.

Ese regimiento había desaparecido, llevándose con él casi una tercera parte de los nuestros, porque en una batalla como ésa los heridos podían considerarse como muertos. Nuestra primera línea se había desvanecido prácticamente en un combate que sólo duró unos pocos minutos. Antes de haber concluido del todo, el segundo regimiento Usutu se lanzó a la carga contra nosotros. Con gritos de triunfo nos lanzamos cuesta abajo a su encuentro. Nuevamente se oyó el estruendo de los escudos al encontrarse, pero esta vez la lucha fue más prolongada y, como me encontraba ahora en primera fila, tomé parte en ella. Recuerdo haber matado a dos Usutu que me atacaron, después de lo cual me arrancaron el fusil de las manos. Recuerdo los cuerpos entremezclados que avanzaban y retrocedían, los lamentos de los heridos, los gritos de triunfo y desesperación, y luego la voz de Scowl que decía:

—Los hemos vencido, Baas, pero aquí vienen los otros.

El tercer regimiento estaba sobre nuestras maltrechas lí­neas. Cerramos nuestras filas, combatimos como demonios y hasta los muchachos portadores se lanzaron a la lucha. Caían sobre nosotros de todos lados, porque habíamos formado un circulo; cada minuto morían a centenares los hombres, pero, aunque poco numerosos, ninguno de los amawombe cedió. Yo estaba luchando ahora con una azagaya, aunque no recuerdo bien cómo vino a parar a mis manos. Creo que se la arranqué a un hombre que se abalanzó sobre mí y fue muerto antes de que pudiera alcanzarme. Con esa azagaya maté a un capitán, porque al caer reconocí su rostro. Era el de uno de los compañeros de Cetewayo a quien había vendido algunas telas en Nodwengu. Los caídos estaban apilados a mi alrededor, porque estábamos usándolos de parapeto, amigos y enemigos. Vi al caballo de Scowl que se encabritaba y caía. Este se dejó caer por la grupa y un instante después estaba combatiendo a mi lado, también con una azagaya, murmurando juramentos en holandés e inglés cada vez que asestaba un golpe.

"¡Beetje varm, beetje varm (hace calor, Baas!", le oí de­cir. Luego mi caballo relinchó de dolor y sentí algo que me golpeaba la cabeza —supongo que había sido alguna maza — después de lo cual no recuerdo lo que pasó, fuera de la sensación de pasar rápidamente cortando el aire.

Recobré nuevamente el conocimiento y vi que estaba aún en mi caballo, que iba cruzando el veld, a unos doce kiló­metros por hora, con Scowl corriendo a mi lado, tomado del estribo. Estaba cubierto de sangre, lo mismo que el caballo y yo. Tal vez fuese nuestra sangre, porque los tres habíamos recibido heridas, o tal vez fuera la de otros; no lo sé, pero nuestro aspecto era terrible. Tiré de las riendas y el caballo se detuvo entre unos espinos. Scowl buscó en las alforjas y encontró un gran frasco de ginebra holandesa con agua — mitad y mitad — que había puesto allí antes de la batalla. Lo destapó y me lo pasó. Tomé un buen trago, que me supo a néctar, y luego se lo pasé a él, que hizo lo mismo. Pareció que corría nueva vida por mis venas. Digan lo que digan los abstemios, el alcohol es bueno en esos momentos.

—¿Dónde están los amawombe? —pregunté.           

—Creo que todos muertos, Baas, como lo hubiésemos estado nosotros de no haberse desbocado tu caballo. ¡Wow! ¡Cómo combatieron; siempre se hablará de ellos! Se lle­varon a esos tres regimientos en las puntas de sus azagayas.

—Me alegro. ¿Pero a dónde vamos?                   

—Espero que a Natal, Baas. Ya he tenido bastante de los zulúes por ahora. El Tugela no está lejos y lo cruzaremos a nado. Vamos, antes de que se enfríen nuestras heridas.

Continuamos nuestra marcha, hasta que poco rato después llegamos a la cresta de una altura que dominaba el río, y desde allí vimos y oímos cosas terribles, porque debajo nuestro esos endemoniados Usutu estaban asesinando a los fugitivos y los auxiliares de sus campamentos. Estos eran empujados por centenares hasta el borde del agua, para perecer en las riberas o en la corriente, que estaba negra con las formas ahogadas o que estaban ahogándose.

—Sigamos río arriba —dije con sequedad, y seguimos una especie de cañada, en donde estaban escondidos unos po­cos heridos, hasta un trozo más denso de la selva, en el que apenas habían entrado los Isigqosa fugitivos, tal vez porque ahí las márgenes del río eran muy escarpadas; y también porque entre ellas sus aguas corrían con gran rapi­dez porque esto se hallaba más arriba del remanso.

Durante un rato continuamos nuestra marcha sintiéndo­nos seguros, pero de repente oí un ruido. Por delante mío pasó un hombre de gran tamaño, abriéndose paso entre la maleza como un búfalo, y se detuvo en una roca que domi­naba al Tugela, porque las inundaciones habían ido co­miendo su base.

—¡ Umbelazi! —dijo Scowl, y al hablar vimos a otro hombre que le seguía lo mismo que un perro salvaje sigue a un antílope.

—¡Saduko! —dijo Scowl.

Espoleé a mi caballo en aquella dirección. No podía reme­diarlo, aunque sabía que hubiera sido más seguro apartar­me. Llegué al borde de la gran roca. Saduko y Umbelazi estaban luchando allí.

En circunstancias normales, aunque era ágil y fuerte, Saduko no hubiese tenido ninguna probabilidad de triunfar contra el zulú más fuerte que se conocía. Pero el príncipe estaba completamente agotado; sus costados parecían el fuelle de una fragua. Además, parecía que estuviese enlo­quecido por el dolor, y, finalmente, había perdido el escu­do, no quedándole más que una azagaya.

Un golpe de la azagaya de Saduko, que paró en parte, le hirió ligeramente en la cabeza y le cortó el filete de su pluma de avestruz, esa misma pluma que el viento le había arrancado por la mañana, haciéndola caer al suelo. Otro golpe le atravesó el brazo derecho, inutilizándoselo. Tomó la azagaya con su mano izquierda, tratando de continuar la lucha, y en ese momento llegamos nosotros.

—¿Qué estás haciendo, Saduko? —exclamé—. ¿Acaso puede un perro morder a su amo?

Se volvió y me miró; ambos quedaron mirándome.

—Sí, Macumazahn —contestó con voz helada—, a veces cuando se muere de hambre y su amo bien alimentado le arranca su hueso. No, apártate, Macumazahn (porque aun­que estaba sin armas me había puesto entre los dos), si no quieres compartir la suerte de ese ladrón de mujeres.

—No  pienso hacerlo,  Saduko   —grité, porque  sentí rabia—.a menos que me asesines.

Entonces habló Umbelazi con voz hueca y entrecortada:

—Te doy las gracias, Hombre Blanco, pero haz lo que te dice esta serpiente; esta serpiente que ha vivido en mi kraal y se ha alimentado en mi plato. Déjalo que sacie su sed de venganza por culpa de esa mujer que me hechizó; sí, por culpa de esa bruja que nos ha llevado a la muerte a mí y a otros miles. ¿Te has enterado, Macumazahn, de la gran hazaña de este hijo de Matiwane? ¿Has oído que todo el tiempo era un traidor a sueldo de Cetewayo, y que se pasó, con los regimientos que mandaba, a los Usutu justo cuando estaba en la balanza la suerte de la batalla? Ven, traidor, aquí está mi corazón; el corazón que te quería y te tuvo confianza. ¡Golpea; golpea fuerte!

—¡Apártate, Macumazahn! —dijo entre dientes Saduko. Pero no quise moverme.

Se abalanzó sobre mí, y aunque luché lo mejor que pude y me permitían mis heridas, me puso las manos al cuello y empezó a ahogarme. Scowl corrió en mi ayuda, pero su herida o su agotamiento completo se hicieron sentir. Tal vez fuese la nerviosidad. Lo cierto es que fue presa de un ataque nervioso. Creí que todo había terminado cuando nuevamente oí la voz de Umbelazi y sentí que se aflojaban las manos de Saduko, y me senté.

—Perro —dijo el príncipe—, ¿dónde está tu azagaya? — Y mientras hablaba la arrojó al río, porque la había reco­gido mientras luchábamos, pero noté que conservaba la su­ya—. Ahora, perro, ¿por qué no te mato, tan fácil como sería hacerlo? Te lo diré. ¡Porqué no quiero mezclar la san­gre de un traidor con la mía! ¡Mira! — Colocó el asta de su ancha azagaya sobre la roca y se inclinó sobre la hoja—. Tú y la bruja de tu mujer me habéis reducido a la nada, oh Saduko. Mi sangre y la sangre de todos los que me fueron fieles caerá sobre tu cabeza. Tu nombre será aborrecido por todos los hombres de bien, y yo, a quien has traiciona­do, yo, el príncipe Umbelazi, te perseguiré mientras vivas; sí, mi espíritu entrará dentro de ti y cuando mueras, ¡ah!, entonces nos encontraremos de nuevo. Cuenta esto a los blancos, Macumazahn, a quien deseo suerte y honores.

Hizo una pausa y vi que brotaban las lágrimas de sus ojos; lágrimas mezcladas con sangre de la herida de la ca­beza. Luego, repentinamente, lanzó el grito de guerra. ¡La­ba! ¡Laba!, y se arrojó sobre la azagaya.

Esta le pasó de parte a parte. Cayó sobre las manos y las rodillas. Nos miró — ¡ah, la expresión dolorosa de esa mi­rada! — y luego rodó desde el borde de la roca.

Un fuerte chapoteo, y ése fue el fin de Umbelazi el Caí­do; Umbelazi a quien Mameena había envuelto en su red.

Una triste historia en verdad. Aunque sucedió hace mucho años, lloro al escribirla, lloro como Umbelazi lloró.

 

 

Capítulo 14

 

Umbezi y la Sangre Real

 

 

Después de esto creo que llegaron algunos de los Usutu, porque me parece haber oído decir a Saduko:

—No toquéis a Macumazahn o a su sirviente. El que les haga algún daño morirá, con toda su casa.

Así que me pusieron, semidesmayado, sobre mi caballo, y llevaron a Scowl sobre un escudo.

Cuando recobré el conocimiento me encontré en una pe­queña cueva, o más bien debajo de unas rocas salientes, al lado de un kopje, y conmigo a Scowl, que se había restable­cido de su ataque, pero que parecía estar aturdido. Es más, ni entonces ni después recordó nada de la muerte de Umbe­lazi. Como muchos otros, creyó que el príncipe se había aho­gado al tratar de cruzar a nado el Tugela.

—¿Nos irán a matar? — le pregunté, pues por los gritos de victoria que sé escuchaban afuera comprendí que debía­mos de estar entre los triunfantes Usutu.

—No lo sé, Baas — contestó —. Espero que no; sería una lástima después de todo lo que hemos soportado. Mejor hu­biese sido haber muerto al principio de la batalla.

Asentí con la cabeza, y en ese momento un zulú, que evidentemente había estado combatiendo, entró en el lugar trayendo una fuente de carne asada y un cántaro con agua.

—Cetewayo te manda esto, Macumazahn —dijo—, y sien­te que no haya leche ni cerveza. Cuando hayas comido, un guardia espera afuera para escoltarte a su presencia.

—Bueno —dije a Scowl—, creo que si fueran a matar­nos no se tomarían el trabajo de darnos de comer primero. Así que  animémonos  y comamos.

—¿Quién sabe? —contestó el pobre Scowl, mientras se echaba un pedazo de carne a la boca—. De cualquier ma­nera es mejor morir con el estómago lleno y no vacío.

Así que comimos y bebimos y, como sufríamos más a cau­sa del agotamiento que de nuestras heridas, que no eran serias, no tardamos en recuperar nuestras fuerzas. Cuando terminamos el último trozo de carne, que, a pesar de haber sido asada en la punta de una azagaya, tenía muy buen gusto, el zulú asomó la cabeza a la entrada del refugio y nos preguntó si estábamos listos. Asentí y apoyándonos uno en el otro, Scowl y yo salimos cojeando del lugar. Afuera había unos cincuenta soldados que nos recibieron con un grito que, a pesar de estar mezclado con carcajadas ante nuestro lamentable aspecto, no me pareció del todo inamis­toso. Entre esos hombres estaba mi caballo, con la cabeza baja y aspecto deprimido. Me ayudaron a montar y con Scowl agarrado a la estribera, fuimos conducidos a Cetewa­yo, situado algo menos de medio kilómetro de ahí.

Lo hallamos sentado, a pleno rayo del sol de tarde, en la ladera oriental de una de las ondulaciones del veld, con la llanura abierta frente a él. Era una escena extraña y sal­vaje. Allí estaba el príncipe victorioso, rodeado de sus capi­tanes e indunas, mientras delante suyo desfijaban los regi­mientos triunfantes, proclamando sus títulos con el lengua­je más extravagante. También corrían de un lado para otro delante de él los Izimbongi — es decir, aduladores profesio­nales —, vestidos con toda clase de ornamentos, relatando sus hazañas y gritando los nombres de los personajes que habían sido muertos en la batalla.

Entretanto llegaban de continuo grupos de portadores, llevando sobre escudos a los muertos distinguidos que luego colocaban en filas, como se acostumbra a hacer con la caza mayor en Inglaterra al final del día. Parece que Cetewayo había tenido el capricho de verlos y como estaba demasiado cansado para recorrer el campo de batalla, ordenó que se hiciera esto. Entre los cadáveres vi el de mi viejo amigo Maputa, el general de los amawombe, y noté que estaba literalmente acribillado de heridas, todas de frente; y tam­bién que su rostro simpático sonreía.

A la cabeza de esas hileras de muertos habían sido colo­cados seis cadáveres, todos hombres grandes, en los que re­conocí a los hermanos de Umbelazi, que habían combatido a su lado, y hermanastros de Cetewayo. Entre ellos estaban los tres príncipes sobre los cuales había caído el polvo cuando Zikali, el profeta, había puesto en evidencia a Masapo, el marido de Mameena.

Desmonté de mi caballo con la ayuda de Scowl y pasé por entre los cadáveres de esos personajes reales caídos, y por encima de ellos, pero a la manera zulú para liberar sus espíritus, que de otra manera, según su creencia, persegui­ría al matador, y me encontré frente a Cetewayo.

Siyakubona Macumazahn —dijo, tendiéndome la ma­no, que estreche, aunque no pude desearle lo mismo.

—He oído que mandas a los amawombe, a quienes mi padre, el rey, envió en ayuda de Umbelazi, y me alegro de que hayas escapado con vida. Además mi corazón está orgu­lloso de la forma en que combatieron, porque sabrás, Macu­mazahn, que en un tiempo después del rey era yo general de ese regimiento, aunque después nos disgustamos. Eso no obstante, me alegro que combatiesen tan bien y he dado órdenes de que todos los que queden con vida sean perdo­nados a fin de que puedan ser oficiales de un nuevo regi­miento amawombe que formaré. ¿Sabes, Macumazahn, que casi habéis aniquilado tres regimientos de Usutu, matando más hombres que todo el ejército de mi hermano, los Isigqosa? Ah, eres un gran hombre. Si no hubiera sido por la166 lealtad —esta palabra fue pronunciada con un dejo de sarcasmo — de Saduko, hubieseis ganado el día para Umbe­lazi. Bueno, ahora que esta disputa ha terminado, si quie­res quedarte conmigo te nombraré general de una división entera del ejército del rey, ya que en adelante tendré voz en los asuntos.

—Estás equivocado, oh Hijo de Panda —contesté—; el esplendor de la gran lucha de los amawombe contra una multitud se debe al nombre de Maputa, el consejero del rey y el induna del Ser Negro (Chaka) que ha desaparecido. Ahí yace cubierto de gloria —y señalé el cuerpo acribillado de Maputa —. Yo no hice más que combatir como un solda­do en sus filas.

—Oh, sí, lo sabemos, sabemos todo eso, Macumazahn, y Maputa era un mono hábil a su manera, pero tú le ense­ñaste a saltar. Bueno, ha muerto, y casi todos los amawombe han muerto, y de mis regimientos sólo queda un puñado de hombres; los buitres tendrán a los restantes. Todo está con­cluido y olvidado, aunque afortunadamente las azagayas se apartaron de ti, que indudablemente eres un mago, ya que de otra manera tú, tu sirviente y tu caballo no hubieseis escapado con unos pocos arañazos cuando todos los demás han muerto. Pero escapaste, como lo has hecho antes en Zululandía; y ahora ves que aquí yacen ciertos hombres que llevan la sangre de mi padre. Y sin embargo falta uno, aquel contra quien combatí y al que, a pesar de combatir, quería más que a ninguno. Ahora me han susurrado al oído que sólo tú sabes lo que ha sido de él y, Macumazahn, qui­siera saber si está vivo o muerto; y si ha muerto, a manos de quién murió, pues desearía recompensar esa mano.

Al oírlo miré a mi alrededor, pensando si debía decir la verdad o guardar silencio, y al hacerlo mis ojos se encon­traron con los de Saduko, quien, frío y despreocupado, esta­ba sentado entre los capitanes, pero a alguna distancia de cualquiera de ellos: un hombre aparte; y recordé que sólo él y yo sabíamos la verdad del fin de Umbelazi.

No sé por qué decidí guardar el secreto. ¿Por qué había de decir al victorioso Cetewayo que Umbelazi había sido llevado a morir por su propia mano; por qué había de re­velar el triunfo y la vergüenza de Saduko? Todas esas cues­tiones habían pasado a la jurisdicción de un tribunal dife­rente. ¿Quién era yo para poner en evidencia o juzgar a los actores de ese drama terrible?

—Oh, Cetewayo —dije—, por casualidad vi el fin de Umbelazi. Ningún enemigo lo mató. Murió de pena sobre una roca que dominaba el río; para saber el resto de la historia vete y pregunta al Tugela en donde cayó.

Por un momento Cetewayo se cubrió los ojos con la mano.

—¿Fue así? —preguntó un rato después—. ¡Wow! Repi­to que de no haber sido por Saduko, el hijo de Matiwane, que tenía alguna disputa con Indlovu-ene-Sihlonti a causa de alguna mujer y aprovechó la oportunidad de vengarse, tal vez hubiese sido yo quien hubiera muerto de pena sobre una roca encima del río. Oh, Saduko, tengo una gran deuda contigo y te pagaré bien; pero no serás amigo mío, no sea que pudiéramos disputar por una mujer y que me fuera a encontrar muriendo de pena sobre una roca encima de al­gún río. Oh, hermano Umbelazi, lloro por ti, hermano mío, porque después de todo jugábamos juntos de pequeños y nos amamos en un tiempo, para finalmente luchar por un ju­guete que llaman trono, ya que, como dijo mi padre, dos toros no pueden vivir en el mismo corral. Bueno, tú te has ido y yo quedo, sin embargo quién sabe si tu suerte no es mejor que la mía. Tú has muerto con el corazón deshecho de pena, ¿pero quién sabe de qué moriré yo?

He relatado detalladamente esa entrevista, porque fue a consecuencia de ella que circuló por todas partes la historia de que Umbelazi había muerto con el corazón destrozado de pena. Y algo había de verdad, porque antes de que fuera atravesado por la azagaya, su corazón estaba destrozado.

Ahora, viendo que Cetewayo estaba en uno de sus buenos momentos y que parecía mirarme con bondad a pesar de haber combatido contra él, pensé que sería una buena opor­tunidad para pedirle permiso para irme. A decir verdad tenía mis nervios desquiciados por todo lo acontecido, y de­seaba estar lejos de la vista de aquel terrible campo de batalla, en el que tantos miles de personas habían perecido en aquel día funesto, como rara vez había deseado algo. Pero mientras pensaba cuál era la mejor forma de abordarlo, sucedió algo que me hizo perder la ocasión.                  

Al oír un ruido detrás mío, me volví, para ver a un hombre grueso con un llamativo atavío de guerra, que agitaba en una mano una azagaya tinta en sangre y en la otra un penacho de plumas de avestruz y gritaba:

—¡Quiero una audiencia del hijo del rey! Tengo una can­ción para cantarla al príncipe. ¡Tengo que contar una his­toria al vencedor, Cetewayo!

Me quedé mirando con la boca abierta; me froté los ojos... No podía ser... Sí, era Umbezi, el "Devorador-de-Elefan­tes", ¡el padre de Mameena! En pocos segundos, sin esperar autorización para acercarse, había saltado por encima de la fila de príncipes muertos, deteniéndose para dar un pun­tapié en la cabeza a uno de ellos y para insultar sus pobres restos, y se encontraba frente a Cetewayo, elogiándolo sin retaceos.

—¿Quién es este umfokazana? (mal nacido) —gruñó el príncipe—. Haced que cese en sus gritos y que hable, si no quiere quedar silencioso para siempre.

—Oh, Ternero de la Vaca Negra, yo soy Umbezi. "Devorador-de-Elefantes", principal capitán de Saduko el Astuto, el que te hizo ganar la batalla, padre de Mameena la Her­mosa, con quien se casó Saduko y que le fue robada por ese perro muerto, Umbelazi.

—¡Ah! —dijo Cetewayo, entrecerrando los ojos en la for­ma que acostumbraba a hacerlo cuando tenía algún pen­samiento maligno, y que había hecho que los zulúes le pu­sieran el apodo de "Toro-que-cierra-los-ojos-para-cargar" —, ¿y qué tienes que decirme "Devorador-de-Elefantes" y pa­dre de Mameena, a quien el perro muerto, Umbelazi, robó a tu amo, Saduko el Astuto?

—Esto, oh Poderoso; esto, oh El-que-hace-temblar-la-Tierra, que soy apropiadamente llamado "Devorador de Ele­fantes", ¡pues he devorado a Indhlovu-ene-Sihlonti, al pro­pio Elefante!

Al oír esto Saduko pareció despertar de su ensimisma­miento y se levantó, pero Cetewayo le ordenó secamente que guardara silencio, mientras el estúpido Umbezi, sin observar nada, continuaba su historia.

—Oh, príncipe, encontré a Umbelazi en la batalla y cuan­do me vio huyó de mí; su corazón se derritió como agua al verme, al ver al guerrero que había agraviado y cuya hija había robado.

—Te escucho —dijo Cetewayo—. El corazón de Umbelazi se transformó en agua al verte porque te había agraviado; a ti, que hasta esta mañana, cuando lo abandonaste junto con Saduko, eras uno de sus chacales. Bueno, ¿y qué suce­dió entonces?

—Huyó, oh León de Melena Negra; huyó como el viento y yo corrí tras él como... un viento más fuerte. Huyó in­ternándose en la selva, hasta que por fin llegó hasta una roca que dominaba al río y se vio obligado a hacerme fren­te. Allí combatimos. Me tiró un, golpe pero yo salté sobre su azagaya así —e hizo una pirueta en el aire—. Me tiró otro golpe, pero yo me agaché así —y agachó su gran ca­beza—. Luego se cansó y llegó mi oportunidad. Se volvió y empezó a correr alrededor de la roca y yo corrí tras él, hiriéndolo en la espalda, así, y así, y asíhasta que cayó, pidiendo misericordia, y rodó de la roca al río; y al rodar yo le arranqué su pluma. Mira, ¿no es ésta la pluma del perro muerto Umbelazi?

Cetewayo tomó el ornamento y lo examinó, mostrándolo a uno o dos de los capitanes que estaban cerca de él, los que asintieron gravemente.

—Sí—dijo —, ésta es la pluma de guerra de Umbelazi, el amado del rey, pilar fuerte y brillante de la Gran Casa; la conocemos bien a esa pluma de guerra ante cuya vista más de una rodilla tembló. Así que tú lo mataste, "Devorador de Elefantes", padre de Mameena, tú que hasta esta mañana eras uno de los más indignos de sus chacales. Ahora, ¿qué recompensa te daré por esta gran hazaña, oh Umbezi?

—Una gran recompensa, oh Terrible —empezó Umbezi, pero con voz tremenda Cetewayo le ordenó que se callara.

—Sí —le dijo — una gran recompensa. Escucha, Chacal y Traidor: tus propias palabras hablan en contra tuyo. Tú, tú te has atrevido a alzar tu mano contra la sangre real, y con tu lengua vil a manchar con mentiras e insultos el nombre de los muertos ilustres.

Comprendiendo por fin, Umbezi empezó a barbotar ex­cusas y declarar que todo cuanto había dicho era falso, y finalmente cayó de rodillas.

Pero Cetewayo se limitó a escupir en su dirección, cosa que hacía cuando estaba enfurecido, y miró a su alrededor hasta que su mirada cayó sobre Saduko.

—Saduko —dijo—, llévate a este asesino del príncipe, y cuando esté muerto arrójalo al río desde la roca en que dice mató al hijo de Panda.

Saduko miró a su alrededor y vaciló.

—Llévatelo —tronó Cetewayo— y vuelve para darme cuenta antes de que anochezca.

Y a una señal del príncipe varios soldados se arrojaron sobre el desdichado Umbezi y lo llevaron arrastrando, yendo Saduko con ellos; y nunca más fue visto el pobre menti­roso. Al pasar junto a mí me pidió que lo salvara en nombre de Mameena; pero no pude hacer más que sacudir la cabeza y recordar la advertencia que le había hecho.

Puede decirse que este relato es copia de la historia de Saúl y David, pero sólo puedo agregar que es cierta. Cir­cunstancias que no eran similares, terminaron en una tra­gedia similar, eso es todo. No puedo decir, naturalmente,  cuáles fueron los motivos reales de David; pero es fácil adivinar los de Cetewayo, quien, aunque pudiera hacer la guerra a su hermano para asegurarse el trono, no conside­raba prudente hacer creer que la sangre real podía ser de­rramada impunemente. Además, sabiendo que yo había sido testigo de la muerte de Umbelazi, comprendía que Umbezi no era más que un embustero jactancioso que esperaba así  conquistarse el aprecio del vencedor todopoderoso.

Bueno, este incidente trágico tuvo su cola. Parece — y sea dicho en su honor—, que Saduko se negó a ser el verdugo de su padre político; así que los que le acompañaban des­empeñaron esa función y lo trajeron preso a Cetewayo.

 Cuando el príncipe se enteró que su orden directa, pro­nunciada con la acostumbrada y terrible fórmula de "Lléva­telo", había sido desobedecida, su furia fue, o pareció ser, terrible. Mi convencimiento es que únicamente buscaba el motivo para disgustarse con Saduko, quien, según pensaba, era un hombre poderoso que probablemente lo trataría, si se presentaba la ocasión, como había tratado a Umbelazi, y tal vez ahora que la mayor parte de los hijos de Panda ha­bían muerto, con excepción de él y los muchachos M'tonga, Sikota, y M'kungo, que habían huido a Natal, podría en el futuro incluso aspirar al trono como marido de la hija del rey. A pesar de ello, temía o no creía político apartar de su camino tan pronto a este jefe de muchas legiones, que había desempeñado un papel tan importante en la batalla. Por tanto, ordenó que fuera mantenido bajo custodia y llevado a Nodwengu, para que todo el asunto fuera investigado por Panda el rey, que aún gobernaba en el país, aunque en ade­lante sólo fuese de nombre. Asimismo, se negó a dejarme ir a Natal, diciendo que yo también debía ir a Nodwengu donde mi testimonio podría ser necesario.

Así que, no teniendo otro remedio, allí fui, ya que estaba dispuesto que debía de ver el final del drama.

 

 

Capítulo 15

 

Mameena  Pide El Beso

 

 

Cuando llegué a Nodwengu enfermé y estuve acostado en mi carreta un par de semanas. No sé cual fue mi enferme­dad exacta, porque no había ningún médico que me lo dijera y hasta los misioneros habían huido del país. Sus síntomas principales eran fiebre producida por la fatiga, la vida a la intemperie y la excitación, y complicada con un tremendo dolor de cabeza, causado, según creo, por el golpe que había recibido en la batalla.

Al comenzar a restablecerme, Scowl y algunos amigos zulúes que vinieron a verme me informaron que todo el país estaba en un estado de terrible desorden y que aún seguían persiguiendo y matando a los partidarios de Umbe­lazi, los Isigqosa. Parece que algunos de los Usutu llegaron incluso a sugerir que yo debía de compartir su suerte, pero en este punto Panda se mantuvo firme. Es más, parece haber dicho que quienquiera que alzase una azagaya contra mí, su amigo e invitado, la alzaría contra él, y sería la causa de una nueva guerra. Así que los Usutu me dejaron tran­quilo, tal vez porque tenían bastante de lucha por el mo­mento y pensaron que era mejor contentarse con lo ganado.

En verdad, lo habían ganado todo, porque ahora Cetewayo era supremo —por el derecho de la azagaya— y su padre solamente una figura decorativa. Aunque continuaba siendo la "cabeza" de la nación, Cetewayo fue declarado pública­mente ser sus "pies", y la fuerza estaba en estos "pies" activos y no en la "cabeza" rendida y adormilada. Es más, tan escaso era el poder que le quedaba a Panda, que ni siquiera podía proteger a los miembros de su casa. Así por ejemplo, un día oí un gran tumulto y gritos que aparente­mente procedían del Isigodhlo, o recinto real, y al pregun­tar después lo que había sucedido, me dijeron que Cetewayo había llegado del kraal de Amangwe y había denunciado a Nomantshali, la esposa del rey, como umtakati o bruja. Además, a pesar de los ruegos y lágrimas de su padre, la había hecho matar ante sus ojos. Un acto terrible y salvaje. No puedo recordar si Nomantshali era la madre de Umbelazi o de algún otro de los príncipes caídos.

Unos días después, cuando ya me había levantado y podía caminar, aunque todavía no me había aventurado en el kraal, Panda me envió un mensajero con un buey de regalo. En su nombre el mensajero me felicitó por mi restableci­miento, y me dijo que a pesar de lo que hubiera podido pa­sar a los demás, no debía sentir temor alguno por mi propia seguridad. Agregó que Cetewayo había jurado al rey que no sería tocado uno solo de mis cabellos, con estas palabras:

"Si hubiera querido matar a El que Vigila de Noche por­que combatió contra mí, podría haberlo hecho en Endondakusuka; pero entonces también tendría que matarte a ti, padre mío, puesto que tú lo enviaste allí contra su voluntad con tu propio regimiento. Pero le tengo afecto porque es valiente y me trajo la buena noticia de que mi enemigo ha­bía muerto con el corazón destrozado de dolor. Además, no quiero tener una disputa con la Casa Blanca por Macumazahn, así que dile que puede dormir tranquilo".

El mensajero dijo además que Saduko, el marido de la hija del rey, Nandie, sería juzgado al día siguiente ante el rey y su consejo, junto con Mameena, la hija de Umbezi, y que se deseaba mi presencia en el juicio.

Le pregunté cuál era la acusación contra ellos. Replicó que en lo que a Saduko se refería, eran dos: primero, que ha­bía incitado a la guerra civil en el país; segundo, que ha­biendo arrastrado a Umbelazi a una lucha en la que pere­cieron muchos miles de hombres, había sido traidor deser­tándolo en mitad de la batalla con todos sus partidarios: una falta sumamente repugnante a los ojos de los zulúes, cualquiera que sea su partido.

Contra Mameena eran tres las acusaciones. La primera, que era ella quien había envenenado al hijo de Saduko y a otros, y no Masapo, su marido, quien había sufrido por ese crimen. La segunda, que había abandonado a Saduko, su segundo marido, para irse a vivir con otro hombre, es decir, con el príncipe Umbelazi. La tercera, que era una bruja, que había envuelto a Umbelazi en la red de sus artes mági­cas y así lo había hecho aspirar a la sucesión del trono, al que no tenía derecho, y hecho que el isililo, o lamento por los muertos, se escuchara en todos los kraales de Zululandia. —Con tres hoyos así en su derecho camino, Mameena ten­drá que marchar con cuidado si quiere salvarse —dije.

—Sí, Inkoosi, y más cuando los pozos han sido abiertos de lado a lado del camino y tienen una estaca aguzada en el fondo de cada uno de ellos. Oh, Mameena puede darse ya por muerta, como lo merece ya que indudablemente es la mayor umtakati al norte de Tugela.

Suspiré, porque sentía lástima de Mameena, aunque no había razón cuando tantas otras personas mejores habían muerto por su causa; y el mensajero continuó:

—El Ser Negro me envió a decir a Saduko que le sería permitido verte, Macumazahn, antes del juicio, porque sa­bía que tú eras su amigo y creía que podrías declarar en su favor.

—¿Y qué contestó Saduko a eso?

—Dijo que daba las gracias al rey, pero que no era nece­sario que hablase con Macumazahn, cuyo corazón era blan­co como su piel, y cuyos labios, si hablaban, no dirían más que la verdad. La princesa Nandie, que estaba con él — por­que no lo quiere dejar en la desgracia como lo han hecho otros—, al oír estas palabras de Saduko dijo que eran cier­tas y que por ese motivo, aunque tú eras su amigo, no creía necesario verte tampoco.

No hice comentarios al oír esto, pero "mi cabeza pensó", como dicen los indígenas, que el motivo real por el cual Saduko no quería verme, era que le daba vergüenza hacerlo, y el de Nandie que temía saber más de las perfidias de su marido de lo que ya conocía.

—Con Mameena ha sido otra cosa —continuó el mensa­jero—, pues tan pronto fue traída aquí con Zikali el Pe­queño y Sabio, con quien ha estado viviendo, y supo que tú, Macumazahn, estabas en el kraal, pidió verte.

—¿Y le ha sido concedido? — interrumpí de prisa, porque no tenía el menor deseo de sostener una entrevista privada con Mameena.

—No, no temas, Inkoosi —replicó el mensajero, sonrien­do —, le ha sido negado, porque el rey dijo que si te veía te hechizaría y causaría algún daño, como lo hace con todos los hombres. Por ese motivo está custodiada sólo por mujeres, porque sus brujerías no surten efecto con las de su sexo. Dicen, sin embargo, que está alegre y ríe y canta siempre, declarando que su vida era muy aburrida al lado del viejo Zikali, y que ahora va a un lugar tan alegre como el veld en primavera, después de las primeras lluvias templadas,  donde habrá hombres en abundancia que disputen por ella  y la hagan grande y feliz. Eso es lo que dice esa bruja, que  tal vez sabe cómo es el Lugar de los Espíritus.

Luego, al ver que yo no hacía ningún comentario, el men­sajero se retiró diciendo que volvería al día siguiente para conducirme al lugar del juicio.

A la mañana siguiente, después de haber sido ordeñadas las vacas y sacado el ganado de los kraales, volvió como había dicho con una guardia de unos treinta hombres, todos ellos soldados del regimiento amawombe que habían sobre­vivido a la gran batalla. Esos guerreros, algunos de los cua­les tenían heridas apenas cicatrizadas, me saludaron con fuertes gritos de "¡Inkoosi!" "¡Baba!" al verme bajar de la carreta, en donde había pasado una noche agitada a causa de mis presentimientos desagradables, mostrándome que por lo menos había algunos zulúes entre los que seguía siendo popular. En verdad, su alegría al verme, pues me consideraban uno de sus camaradas y de los pocos sobrevi­vientes de la gran aventura, era conmovedora. Mientras marchábamos, cosa que hicimos con lentitud, su capitán me contó el temor que habían experimentado de que yo hubiera sido muerto con los demás, y la alegría que sintieron al saber que estaba a salvo. Me dijo también que después de haber atacado el tercer regimiento y haber roto su círculo, un pequeño cuerpo de ellos, sólo unos ochenta o cien, lo­graron abrirse paso y escapar, corriendo, pero no hacia el Tugela, donde tantos miles habían perecido, sino hacia Nodwengu, donde se presentaron a Panda como los únicos sobre­vivientes de los amawombe.

—¿Y están seguros ahora? —pregunté al capitán.

—Oh, sí —contestó—. Como sabes, éramos los hombres del rey y no de Umbelazi, así que Cetewayo no nos guarda rencor. Es más, nos está agradecido, porque les enseñamos a los Usutu lo que era luchar, que es más que lo que hicie­ron esas vacas de Umbelazi. Al que guarda rencor es a Saduko, porque tú sabes, padre mío, que uno nunca debe sacar a un hombre que se ahoga de la corriente —que es lo que hizo Saduko, porque si no hubiese sido por su trai­ción, Cetewayo se hubiera hundido bajo el agua de la Muerte — especialmente si sólo es por venganza contra una mujer que lo odia. Sin embargo, es posible que Saduko salve su vida, porque es el marido de Nandie, y Cetewayo teme a su hermana Nandie, aunque no la ame. Pero aquí estamos, y los que tienen que observar el cielo todo el día nos podrán decir cuál será el tiempo por la noche (en otras palabras, los que vivan sabrán).

Mientras hablábamos, entramos en el recinto privado del isi-gohlo, fuera del cual estaba reunida mucha gente que gritaba, hablaba y disputaba, porque en esos días se había debilitado la disciplina habitual del Gran Lugar. Pero den­tro del cerco, que estaba bien custodiado por afuera, sólo se hallaban una veintena de consejeros, el rey, el príncipe Cetewayo, que se sentaba a su derecha, la princesa Nandie, unos cuantos ayudantes, dos individuos altos y silenciosos armados con garrotes, que supuse eran los verdugos, y, sen­tado a la sombra en un rincón, el viejo enano Zikali, aunque ignoro por qué motivo estaba allí.

Era evidente que el juicio iba a ser en privado, lo que explicaba la presencia poco corriente de los dos verdugos. Hasta mi guardia de amawombes debió quedarse afuera de la puerta, aunque fui informado significativamente que si los llamaban me oirían, lo que era una forma directa de de­cirme que en una reunión tan chica estaba seguro.

Avancé hacia Panda, quien, a pesar de estar tan grueso como siempre, parecía cansado y mucho más viejo que la última vez que lo había visto, y me incliné ante él, tras de lo cual me estrechó la mano y me preguntó por mi salud. Luego estreché también la mano de Cetewayo al observar que me la tendía. Aprovechó la oportunidad para enterar­me de su conocimiento de que yo había sufrido un golpe en la cabeza en alguna escaramuza cerca de Tugela y espe­raba que no tendría consecuencias. Le contesté que no, aunque temía que hubiera unos cuantos que no habían sido tan afortunados, en especial aquellos que habían tropezado con el regimiento amawombe con el cual casualmente via­jaba en una pacífica misión de investigación.

Fue una contestación atrevida, pero estaba decidido a darle un buen quid pro quo y, en verdad, lo recibió bien, riéndose a carcajadas de la broma.

Después de esto saludé a los consejeros que conocía, que no eran muchos, pues la mayor parte de mis viejos amigos había muerto, y me senté en el taburete destinado para mí y que no estaba muy lejos del de Zikali, quien me miró con frialdad, como si jamás me hubiese conocido.

Siguió una pausa. Luego, a alguna señal de Panda, se abrió una puerta lateral en la cerca, y por ella entró Sadu­ko, quien marchó altanero hasta el espacio situado delante del rey, a quien hizo el saludo de "Bayéte", y, a una señal, se sentó en el suelo. En seguida, por la misma puerta, a la que fue llevada por unas mujeres, pasó Mameena, que no había cambiado nada y que me pareció más hermosa que nunca. Tan hermosa estaba, con su capa de piel gris, su collar de cuentas azules y las pulseras brillantes que lle­vaba en las muñecas y tobillos, que todos se fijaron en ella mientras se deslizaba para hacer su reverencia a Panda.

Hecho esto, se volvió y vio a Nandie, ante quien también se inclinó, preguntándole al mismo tiempo por la salud de su hijo. Sin esperar contestación, que sabía no le sería dada, avanzó hasta mí y me estrechó la mano con efusión, aña­diendo cuánto se alegraba de verme sano y salvo después de haber pasado tantos peligros, aunque ella pensaba que estaba mas delgado de lo que era antes.

Hizo caso omiso de Saduko, que la miraba con sus ojos fijos y melancólicos. Es más, por un momento creí que no lo había visto, y tampoco pareció reconocer a Cetewayo, aunque éste la mirase con fijeza. Pero cuando su mirada cayó sobre los dos verdugos, me pareció que se estremecía como un mimbre. En seguida se sentó en el lugar que le había sido fijado y empezó el juicio.

Primero se consideró el caso de Saduko. Un funcionario versado en la ley zulú —puedo asegurar al lector que es una ley intrincada y bien establecida — supongo que podría haber sido llamado una especie de procurador general, se puso de pie y expuso la acusación. Dijo cómo Saduko, de la nada, había sido llevado a un lugar elevado por el rey, que le había dado a su hija Nandie en matrimonio. Luego alegó que, como sería probado, el citado Saduko había incitado al príncipe Umbelazi, a cuyo partido se había adherido, a declarar la guerra a Cetewayo. Una vez iniciada , esta guerra, en la gran batalla de Endondakusuka, había desertado, traicionando a Umbelazi, junto con tres regimien­tos que mandaba, y se había pasado a Cetewayo, causando así la derrota y la muerte de Umbelazi.

Terminada esta breve requisitoria del fiscal, Panda pre­guntó a Saduko si se declaraba inocente o culpable.

—Culpable, oh rey —contestó y guardó silencio.

En seguida Panda le preguntó si tenía algo que declarar como excusa de su conducta.

—Nada, oh rey, fuera de que yo era el hombre de Umbe­lazi y cuando tú, o rey, dispusiste que él y el príncipe presente podían combatir, yo, como otros muchos, algunos de los cuales han muerto y otros viven, trabajé por él con mis diez dedos para que lograra la victoria.

—Entonces, ¿por qué desertaste a mi hijo el príncipe en la batalla? — preguntó Panda.

—Porque vi que el príncipe Cetewayo era el toro más fuerte y quería estar del lado del ganador, como todos; por ningún otro motivo — contestó Saduko sin inmutarse.

Al oír esto los presentes se quedaron mirándolo, sin exceptuar al propio Cetewayo. Panda, que como todos nos­otros, había oído una historia muy distinta, pareció quedar desconcertado mientras Zikali, en su rincón, profería una de sus grandes risotadas.

Después de una larga pausa, el rey, como juez supremo se dispuso a dictar sentencia. Por lo menos, ésa creo que era su intención, pero antes de que hubieran salido dos palabras de sus labios, Nandie se puso de pie y dijo:

—Padre mío, antes de que digas lo que no puede ser reti­rado, escúchame. Es bien sabido que Saduko, mi marido, era el general y consejero de mi hermano Umbelazi, y si debe ser muerto por haber sido partidario del príncipe, entonces también deben darme muerte a mí, así como a otros muchos más en Zululandia que están vivos porque no estuvieron en la batalla o se salvaron de ella. También es sabido, padre mío, que durante la batalla Saduko se pasó a mi hermano Cetewayo, aunque no pueda yo decir si esto causó la derrota de Umbelazi. ¿Por qué pasó? El te dice que debido al deseo de estar en el bando ganador. No es cierto. Se pasó para vengarse de Umbelazi, que le había robado aquella bruja —y señaló con el dedo a Mameena— aquella bruja a quien amaba y aun ama, y a quien quiere proteger, aunque para hacerlo tenga que cubrir su nombre de vergüenza. Saduko cometió una falta; no lo niego, padre mío, pero ahí está la verdadera traidora, cubierta de la sangre de Umbelazi y de miles de otros que han "tshonile’d" (ido a acompa­ñarlo entre los espíritus). Por tanto, oh rey, te ruego que perdones la vida a Saduko, mi esposo, o, si ha de morir, sabe que yo, tu hija, moriré con él. He dicho, oh rey.

Y con aire majestuoso y tranquilo Se sentó de nuevo, esperando las palabras fatales. Pero éstas no fueron pro­nunciadas, porque Panda se limitó a decir:

—Juzguemos el caso de esta mujer, Mameena.

En vista de lo cual, el funcionario se puso de nuevo de pie y expuso las acusaciones formuladas contra Mameena, o sea que era ella quien había envenenado al hijo de Saduko y no Masapo; que después de casarse con Saduko lo había abandonado y se había ido a vivir con el príncipe Umbelazi; y que finalmente había hechizado al mencionado Umbelazi y le había inducido a provocar la guerra civil en el país.

—La segunda acusación, si se prueba, es decir, que había desertado a su marido por otro hombre, es un crimen que se castiga con la muerte — interrumpió abruptamente Panda cuando el funcionario terminaba de hablar—, por tanto, ¿qué necesidad hay de oír la primera y la tercera hasta que ésta sea examinada? ¿Qué contestas a esta acusación, mujer?

Dándonos cuenta de que el rey, por algún motivo que él conocía, no deseaba remover esas cuestiones de asesinato y brujería, todos nos volvimos para escuchar la respuesta de Mameena.

—Oh, rey — dijo con su voz suave y argentina —, no puedo negar que dejé a Saduko por Umbelazi el Hermoso, de la misma manera que  Saduko no puede negar que dejó  a Umbelazi el vencido por Cetewayo el conquistador. —¿Por  qué abandonaste a Saduko?  —preguntó Panda.

—Oh rey, tal vez porque amaba a Umbelazi; ¿no era acaso llamado el Hermoso? Además, tú sabes que el príncipe tu hijo se hacía amar. —Al decir esto se detuvo, mirando a Panda, que se estremeció—. ¿O tal vez porque deseaba ser grande?; porque, ¿no era acaso de sangre real y de no haber sido por Saduko, no hubiese sido un día rey? O tal vez por­que no podía soportar más el trato que me daba la princesa Nandie; pues era cruel conmigo y me amenazaba con pegar­me, porque Saduko prefería mi choza a la suya. Pregunta a Saduko, él conoce mejor que yo estas cuestiones —y lo miró con fijeza, agregando luego: — ¿Cómo puede una mu­jer decir sus motivos, oh, rey, cuando ni ella los sabe? — Pregunta que hizo sonreír a muchos de sus oyentes. Entonces Saduko se puso de pie y dijo pausadamente: —Escúchame, oh rey, y te daré a conocer el motivo que Mameena oculta. Me dejó por Umbelazi porque yo le pedí que lo hiciera, porque yo sabía que Umbelazi la deseaba, y yo quería atar más fuerte el lazo que me unía a aquel que entonces creía iba a heredar el trono. Además estaba harto de Mameena, que noche y día se peleaba con la prin­cesa Nandie, mi Inkosikazi.

Nandie hizo un gesto de asombro  (y yo también), pero Mameena se rió y dijo:

—Sí, oh rey, ésos eran los motivos que había olvidado. Dejé a Saduko porque me lo pidió, ya que quería hacer un obsequio al príncipe. Además, estaba cansado de mí; durante muchos días seguidos apenas si me dirigía la palabra, por que, por buena que fuese, no podía remediar mis disputas  con la princesa Nandie. Además, había otra razón que he olvidado: yo no tenía hijos y no teniendo hijos no creo que importase que me fuera o me quedase. Si Saduko piensa, recordará que así se lo dije y él estuvo de acuerdo conmigo.

Nuevamente miró a Saduko, quien dijo con prisa:

—Sí, sí, se lo dije; le dije que no quería vacas estériles en mi kraal.

Al oír esto algunos de los presentes se rieron abiertamente, pero Panda frunció el entrecejo.

—Me parece —dijo— que mis oídos están siendo llenados de mentiras, aunque no puedo decir cuál de estos dos es quien miente. Bueno, si la mujer dejó al hombre porque éste lo quiso y para favorecer sus propósitos, como dice, él la echó y por tanto la culpa, de haberla, es de él y no de ella. Así que hemos terminado con esa acusación. Ahora, mujer, ¿qué tienes que decirnos de las hechicerías que se   dice practicaste en el príncipe que ha desaparecido, hacien­do así que se desencadenara la guerra en el país?

—Poco que pueda agradar a tus oídos, oh rey, o que esté bien que diga —contestó, bajando la cabeza con modestia—. La única hechicería que practiqué en Umbelazi está aquí — y se tocó sus hermosos ojos— y aquí —y se tocó los la­bios — y en esta pobre figura mía que algunos han creído  tan bonita. En cuanto a la guerra, ¿qué he tenido que ver con la guerra, cuando nunca hablé a Umbelazi, a quien tanto quería— y levantó el rostro por el que corrían las lágrimas— más que de amor? Oh rey, ¿hay un hombre entre vosotros que tema las brujerías de una como yo; y si el Cielo me hizo hermosa, con esa hermosura que atrae a los hombres, debo de ser muerta como una hechicera?

Ni Panda ni ningún otro de los presentes pareció encon­trar respuesta a este argumento, sobre todo sabiendo que Umbelazi había acariciado esa ambición a la sucesión del trono mucho antes de conocer a Mameena. Así que esa acu­sación fue desechada, y se pasó a la primera y más impor­tante de las tres, o sea la de que era ella y no su marido Masapo, quien había asesinado al niño de Nandie.

Cuando se formuló esa acusación en contra suya, por pri­mera vez vi una pequeña sombra de inquietud que cruzaba los ojos dulces de Mameena.

—Con seguridad, oh rey —dijo— ese asunto quedó re­suelto hace mucho tiempo, cuando el gran Nyanga Zikali descubrió al brujo Masapo, aquel que era mi marido, y le hizo pagar su crimen con la muerte. ¿Debo de ser juzgada nuevamente por él?

—No es así, mujer —contestó Panda—. Lo único que des­cubrió Zikali fue el veneno que fue usado para cometer el crimen, y como algo de ese veneno fue hallado sobre Masapo, fue muerto como brujo. Sin embargo podría ocurrir que no hubiese sido él quien usó el veneno.

—Entonces, con seguridad el rey debía de haber pensado en eso antes de que él muriera —   murmuró Mameena —. Pero me olvido; es bien sabido que Masapo fue siempre enemigo de la casa de Senzangacona.

Panda no contestó a esta observación, tal vez porque era imposible hacerlo, aun en una tierra donde se acostumbraba a matar primero al supuesto brujo y a averiguar después si era culpable, si es que se hacía. O tal vez creyó prudente pasar por alto la alusión de que había sido inspirado por una enemistad personal. Se limitó a mirar a su hija Nandie, quien se puso de pie y dijo:

—¿Tengo permiso para llamar a un testigo en esta cues­tión del veneno, padre mío?

Panda asintió y Nandie dijo a uno de los consejeros:

—Ten la bondad de llamar a mi sirviente Nahana, que espera afuera.

El consejero salió y volvió al momento con una mujer de edad que había sido ama de Nandie y que como nunca se había casado debido a un defecto físico, continuó siempre a su servicio, siendo una persona conocida y muy respetada dentro de su humilde esfera.

—Nahana —dijo Nandie—, has sido traída aquí para que repitas al rey y a su consejero una historia que me contaste de la entrada de una mujer en mi choza antes de la muerte de mi primogénito y de lo que hizo allí. Di, primero; ¿está esa mujer presente aquí?

—Sí, Inkosazana —contestó Nahana—, allí está sentada. ¿Quién podría confundirla? —y señaló a Mameena, que escuchaba cada palabra con gran atención, lo mismo que escucha un perro a la boca de una madriguera de un oso hormiguero cuando el animal se mueve adentro.

—¿Qué tienes que decir de esa mujer y sus actos? —pre­guntó Panda.

—Sólo esto, oh rey. Dos noches antes de que el niño que ha muerto enfermase, vi a Mameena que entraba con sigilo en la choza de la señora Nandie, pues yo estaba echada sola en un rincón de la choza grande, donde no llegaba la luz del fuego. En ese momento la señora Nandie había salido con su hijo. Sabiendo que la mujer era Mameena, la mujer de Masapo, que estaba en buenas relaciones con la Inkosa­zana, no di a conocer mi presencia, pues suponía que había venido a visitarla; ni tampoco le di importancia cuando vi que espolvoreaba la pequeña estera en donde se acostaba al hijo de Saduko con alguna medicina, porque le había oído prometer a la Inkosazana un polvo que decía alejaría a los insectos. Sólo noté algo raro cuando le vi arrojar algo de ese polvo en la vasija de agua caliente que estaba junto al fuego, y colocar una cosa en la paja de la puerta, murmu­rando ciertas palabras que no pude  oír, pero salió  de la choza antes de que pudiera interrogarla. Dio la casualidad, oh rey, que un rato después, antes de que pudiese contar diez veces diez, llegó un mensajero a la choza para decirme que mi anciana madre estaba muriéndose en su kraal,  a cuatro días de viaje de Nodwengu, y quería verme antes de expirar. Al oír eso olvidé a Mameena y el polvo y corrí a buscar  a la princesa  Nandie,  para pedirle  permiso  para marchar con el mensajero al kraal de mi madre, permiso que me concedió, diciéndome que no regresara hasta después de haber sido enterrada mi madre.

"Así que me fui. Pero mi madre tardó mucho en morir. Pasaron lunas enteras antes de que pudiera cerrar sus ojos, y durante  todo  ese  tiempo no  me quiso  dejar marchar; ni tampoco deseaba yo separarme de quien amaba. Por fin todo terminó, y luego vinieron los días de duelo y luego otros días de descanso, y después de éstos los días de la división del ganado, hasta que por fin transcurrieron seis o más lunas antes de que volviera al servicio de la princesa Nandie, y encontré que Mameena era ahora la segunda mu­jer de Saduko. También me enteré de que el niño de la se­ñora Nandie había muerto y que Masapo, el primer marido de Mameena, había sido acusado y muerto por el asesinato de la criatura. Pero como todas esas cosas habían pasado, y Mameena era muy bondadosa conmigo y me hacía obsequios y me ahorraba trabajo, y como también vi que mi señor Saduko la quería mucho, nunca se me ocurrió decir nada del polvo que le vi echar a la estera.

"Pero después de que escapó con el príncipe que ahora ha muerto, se lo conté a la señora Nandie. Además, la señora Nandie, en mi presencia, buscó entre la paja de la entrada de la choza y encontró allí, envueltas en cuero blando, ciertas medicinas de las que suelen vender los Nyangas, con las cuales los que les consultan pueden hechizar a sus ene­migos, o hacer que aquellos que deseen los amen u odien a sus mujeres o sus maridos. Eso es todo lo que sé, oh rey".

—¿Es cierta la historia que han escuchado mis oídos, Nandie? —preguntó Panda—. ¿O es esta mujer una men­tirosa como los demás?

—Creo que no, padre mío; mira aquí la muti (medicina) que Nahana y yo encontramos escondida en la entrada de la choza y que he conservado sin abrir hasta este día.

Y puso en el suelo una bolsita de cuero, cosida con ner­vios, y cerrada con un cordón de fibra.

Panda ordenó a uno de los consejeros que abriese la bolsa, cosa que el hombre hizo de bastante mala gana, pues temía su mala influencia, echando su contenido sobre el dorso de un escudo, que fue pasado en torno a los asistentes, para que pudiésemos examinarlo. Por lo que pude ver, consistía en unas raíces desecadas, un trocito de un fémur humano, que podía haber pertenecido al esqueleto de un niño, que tenía un pequeño tapón de madera en su orificio, y lo que me pareció el colmillo de una serpiente.

Panda los miró y se apartó, diciendo:

—Ven aquí, Zikali el Anciano, tú que eres versado en artes mágicas y dinos qué es esta medicina.

Zikali se levantó entonces del rincón donde había estado sentado y se arrastró a través del espacio abierto hasta el escudo frente al rey. Al pasar junto a Mameena, ésta se inclinó sobre el enano y empezó, a decirle algo al oído; pero él se puso las manos en su enorme cabeza, tapándose los oídos, como indicando que no quería escucharla.

—¿Qué tengo que ver  con este asunto, oh rey? —preguntó?

—Me parece que mucho, Oh Iniciador de Caminos —dijo Panda con tono severo—, si tienes en cuenta que fuiste el doctor que declaraste culpable a Masapo, y que esa mujer ha permanecido oculta en tu kraal mientras su amante, el prín­cipe mi hijo, que ha muerto, iba al combate, y que ha sido traída aquí junto contigo. Dinos ahora la naturaleza de esta muti, y siendo prudente como eres, ten cuidado de decir la verdad, no sea que se diga, Zikali, que no sólo eres un Nyanga sino también un umtakati. Porque entonces — agregó en forma significativa, escogiendo sus palabras — tal vez, oh Zikali, sienta la tentación de probar si es o no cierto que tú no puedes ser muerto como los demás hombres, sobre todo dado que últimamente he oído que tu corazón siente animosidad contra mí y mi casa.

Por un momento vaciló Zikali; creo que para pensar un poco, porque vio el gran peligro en que se encontraba. Luego se rió en la forma horrible que acostumbraba y dijo:

—¡Oh!... El rey cree que la comadreja ha caído en la trampa — y miró a la valla del isi-gohlo y a los feroces ver­dugos que lo miraban —. Bueno, muchas veces antes de ahora esta comadreja ha parecido estar en la trampa, sí, antes de que tu padre viese la luz, oh hijo de Senzangakona, y después también. Y sin embargo aquí está viva. No hagas la prueba, oh rey, de si soy o no mortal, no sea que sí la muerte llega a uno como yo, no se lleve al mismo tiempo a otros muchos. ¿No has oído decir que cuando el Iniciador de Caminos llegue al fin de su jornada no habrá más un rey de los zulúes, de la misma manera que no lo había cuando la empezó, ya que los días de su virilidad son los días de todos los reyes zulúes?                                                        

Y al hablar así miró con ojos que despedían chispas a Panda y a Cetewayo, que parecieron encogerse ante su mirada.

—Recuerda — continuó —, que el Ser Negro que se "fue abajo" hace mucho, la Fiera que engendró la manada zulú, amenazó a aquel a quien llamó La-cosa-que-nunca-debió-de-haber-nacido" y mató a aquellos que éste amaba, y des­pués fue muerto por otro que también ha "ido abajo" y que solamente tú, oh Panda, no lo amenazaste y que tú solamente no has sido muerto. Ahora, si quieres probar si muero como los demás hombres, lanza a tus perros sobre mí, porque Zi­kali está listo —y se cruzó de brazos esperando.

En verdad, todos nosotros esperamos conteniendo el alien­to, porque comprendimos que el terrible enano estaba ha­ciendo frente a Panda y a Cetewayo. En seguida se vio que había ganado la partida, ya que Panda sólo dijo:

—¿Por qué habría de matar a uno hacia quien siempre he demostrado amistad, y por qué pronuncias palabras tan duras de muerte a mis oídos, oh Zikali el Sabio, que últimamente han oído hablar tanto de muerte? —Y suspiró, añadiendo: — Ten la bondad ahora de decirnos qué es esta medicina, o, si no quieres hacerlo, vete y llama­remos a otros Nyangas.

—¿Por qué no te lo he de decir, cuando me lo preguntas sin amenazas, oh rey? Mira —y Zikali tomó algunas de las raíces retorcidas —, éstas son las raíces de cierta hierba ponzoñosa que florece de noche en las montañas, y pobre del buey que la coma. Han sido hervidas con bilis y sangre, y la desgracia caerá sobre la choza en que hayan sido escon­didas por alguien que sepa pronunciar las palabras podero­sas. Este es el hueso de una criatura que no llegó a cortar los dientes, me parece que de una criatura que fue aban­donada para que se muriese en la selva porque era odiada o porque no tenía padre. Un hueso así tiene el poder de hacer daño a otras criaturas; además está lleno de medicina encantada. ¡Mira! _y sacando el tapón de madera, vertió un polvo gris que contenía el hueso y volvió a taparlo —. Esto — agregó tomando el colmillo — es el colmillo de una serpiente mortal que, después de ser encantado, es usado por las mujeres para cambiar el corazón de un hombre de otra mujer a ella. He dicho.

Y se volvió para marcharse.

—¡Espera! —dijo el rey—. ¿Quién colocó estos inmun­dos amuletos en la entrada de la choza de Saduko?

—¿Cómo puedo decírtelo, oh rey, a menos que haga mis preparativos y "arroje los huesos" y busque al malvado? Has escuchado la historia de esta mujer, Nahana. Acéptala o recházala, como te lo dice tu corazón.

—Si esa historia es cierta, oh Zikali, cómo es que tú seña­laste no a Mameena, la mujer de Masapo, sino al  propio Masapo, e hiciste que fuera muerto por el envenenamiento del hijo de Nandie?

—Estás equivocado, oh rey. Yo, Zikali, acusé a la casa de Masapo. En seguida descubrí el veneno, buscándolo prime­ro en el cabello de Mameena y encontrándolo en el kaross de Masapo. Yo nunca dije que fuera Masapo quien adminis­tró el veneno. Ese fue el juicio tuyo y de tu Consejo, oh rey. No, yo sabía de sobra que había algo más en el asunto, y si me hubieses pagado más y me hubieras ordenado que continuara usando mi sabiduría, sin duda alguna hubiese encontrado este amuleto escondido en la choza y tal vez habría averiguado el nombre del que lo ocultó. Pero estaba cansado, porque soy muy viejo; ¿y qué me importaba a mí que eligieras matar a Masapo o dejarlo en libertad? Masapo,  por ser tu enemigo secreto,  era un hombre  que merecía morir, si no por este asunto, por otros.

Durante todo ese tiempo yo había estado observando a Mameena, que escuchaba sentada al estilo zulú, todo ese testimonio mortal con una ligera sonrisa en el rostro y sin intentar hacer ninguna interrupción o comentario. Sólo vi que mientras Zikali examinaba la medicina sus ojos bus­caban a los de Saduko, quien permanecía en su lugar, tam­bién silencioso, y, según las apariencias, el menos interesado de todos los presentes. Trató de esquivar su mirada, vol­viendo la cabeza con inquietud; pero al final los ojos de ella captaron su mirada y la retuvieron. En seguida su co­razón empezó a latir en forma acelerada, su pecho se di­lató y en su rostro se dibujó una expresión de satisfac­ción soñadora, casi de felicidad. Desde ese momento en adelante, hasta el final de la escena, Saduko no apartó su mirada de esta extraña mujer, aunque creo que, con excep­ción de Zikali, y de mí, que estoy acostumbrado a la obser­vación, nadie advirtió este curioso aparte del drama. El rey empezó a hablar.

—Mameena —dijo—, has oído. ¿Tienes algo que decir? Porque si no, parecería que eres una bruja y una asesina y que debes morir.

—Sí, una sola palabra, oh rey —contestó con calma —. Nahana dice la verdad. Es cierto que entré en la choza de Nandie y que puse allí la medicina. Lo digo porque por naturaleza no soy una persona que oculta la verdad o trata de desacreditar ni siquiera a una humilde sirvienta —y miró a Nahana.

—Entonces, por tu propia confesión, esto ha concluido —dijo Panda.                               

—No del todo, oh rey. He dicho que puse la medicina en la choza. Pero no he dicho, ni diré, cómo y por qué la puse allí. Esa historia pido a Saduko, que está ahí, que la cuen­te, a él qué fue mi marido, a quien dejé por Umbelazi, y que siendo un hombre, debe por tanto odiarme. Respetaré las palabras que él pronuncie. Si declara que soy culpable estaré dispuesta a pagar el precio de mi culpa. Pero si de­clara que soy inocente, entonces, oh rey y oh príncipe Cetewayo, sin temor confiaré en vuestra justicia. Ahora, habla Saduko; di toda la verdad, si así lo desea el rey.

—Así lo deseo.

Y yo también — agregó Cetewayo, quien, como todos los demás, estaba interesadísimo.

— Saduko se puso de pie, el mismo Saduko que había cono­cido antes, y sin embargo completamente cambiado. Toda su animación y entusiasmo habían desaparecido; su orgu­llo no existía; nadie hubiese reconocido en él aquel hombre ambicioso y confiado de sí mismo a quien, en los días de su poder, los zulúes habían llamado el "Vanidoso". Era la misma figura del antiguo Saduko, animado por un espíritu nuevo y extraño. Con ojos sin brillo ni expresión, fijos siempre en los hermosos ojos de Mameena, empezó su rela­to en forma lenta y vacilante.

—Es cierto, oh León — dijo —, que Mameena espolvoreó el veneno en la estera de mi hijo. Es cierto que colocó los amuletos fatales en la entrada de la choza de Nandie. Hizo esas cosas sin saber lo que hacía, porque yo le había orde­nado que lo hiciera. Esa es la verdad. Desde el primer mo­mento he amado a Mameena como no he amado a ninguna otra mujer y como ninguna otra mujer ha sido amada ja­más. Pero mientras fui con Macumazahn, que se encuentra aquí, a destruir a Bangu, jefe de los amakoba, aquel que había dado muerte a mi padre, Umbezi, el padre de Ma­meena, el mismo que el príncipe Cetewayo arrojó el otro día a los buitres porque mintió sobre la muerte de Umbe­lazi, obligó a Mameena, contra su voluntad, a casarse con Masapo el Jabalí, que después fue ejecutado por brujo. Luego, aquí en tu festín, cuando pasaste revista al pueblo zulú, después, oh rey, de que me diste a Nandie por esposa, Mameena y yo nos encontramos de nuevo y nos amamos más que antes. Pero como era una mujer íntegra, Mameena me apartó diciendo:

"—Tengo un marido que, a pesar de que no lo quiero, sigue siendo mi marido, y mientras viva le seré fiel.

"Entonces, oh rey, me dejé llevar por mis malos impul­sos y tramé la forma de librarme de Masapo, de manera que cuando hubiese muerto, pudiera casarme con Mameena. Y esto fue lo que tramé: que mi hijo y la princesa Nandie fuesen envenenados, y que pareciera que Masapo era el autor, de forma que pudiera ser muerto como brujo y yo me casara con Mameena."

Al oír esta confesión asombrosa, que sobrepasaba la ex­periencia del más cruel y astuto de los salvajes presentes, se oyó una exclamación de asombro del auditorio; hasta el viejo Zikali levantó la cabeza y se quedó mirando. Nandie también, despertada de su calma habitual, se levantó como para hablar; luego, mirando a Saduko y después a Mamee­na, se volvió a sentar y esperó. Pero Saduko continuó con la misma voz fría y mesurada:

—Di a Mameena un polvo que compré por dos terneras a un gran doctor que vivía más allá del Tugela, pero que ha muerto, polvo que le dije deseaba Nandie, mi Inkosikazi, para destruir las pequeñas cucarachas de la choza, y le indiqué dónde debía echarlo. También le di la bolsita de amuletos,   diciendo   que   la   colocase  a  la   entrada   de   la  choza para que diera buena suerte a mi casa. Hizo todas esas cosas por complacerme sin saber que el polvo era veneno y que los amuletos eran embrujados. Y así murió mi hijo y yo mismo estuve enfermo porque toqué el polvo.

"Después Masapo quedó expuesto como brujo por el viejo Zikali, porque yo había hecho coser en su kaross una bolsita del veneno para engañar a Zikali, y muerto por tu orden, oh rey, y Mameena me fue entregada por esposa, también por tu orden oh rey, que era lo que yo deseaba. Más tarde, como te he dicho, me cansé de ella y deseando agradar al príncipe que se había alejado, le ordené que se entregara a él, cosa que hizo porque me quería y por ha­cerme prosperar, así que ella no tiene culpa de nada".

Saduko terminó de hablar y se volvió a sentar, como pu­diera hacerlo un autómata cuando le tiran el alambre que lo mueve, con sus ojos sin brillo fijos siempre en Mameena.

—Has oído, oh rey —dijo Mameena—. Ahora dicta tu juicio, sabiendo que si es tu voluntad estoy dispuesta a morir por Saduko.

Pero Panda saltó furioso.

—¡Llevadlo! —gritó, señalando a Saduko—. Llevad a ese perro que no es digno de vivir, un perro que devora a su propio hijo para hacer que así otro sea muerto injustamente y poder robarle su mujer.

Los verdugos saltaron adelante y yo, no pudiendo sopor­tar lo que veía por más tiempo, empecé a ponerme de pie porque quería decir algo. Pero antes de que lo hiciera, Zikali había tomado la palabra.

—Oh rey —dijo—, me parece que has matado injusta­mente a un hombre en este asunto, a Masapo. ¿Harías lo mismo con otro? — y señaló a Saduko.                               

—¿Qué quieres decir? —preguntó irritado Panda—. ¿No has oído a este mal nacido, a quien encumbré, dándole la jefatura de mis tribus y a mi hija en matrimonio, confesar con sus propios labios que asesinó a su hijo, el hijo de mi sangre, para poder comer una fruta que crecía al lado del camino y que todos podían probar? —y miró despectiva­mente a Mameena.

—Sí, Hijo de Senzangacona —contestó Zikali—. He oído decir eso a Saduko con sus propios labios, pero la voz que hablaba por esos labios no era la voz de Saduko, cosa que si fueses un Nyanga experimentado como yo, hubieses sa­bido lo mismo que yo y lo mismo que el hombre blanco, El que Vigila de Noche, que sabe leer los corazones. Escu­cha ahora, oh rey, y también vosotros hombres ilustres que rodeáis al rey, y os contaré una historia. Matiwane, el padre de Saduko, fue mi amigo, como lo fue tuyo, oh rey, y cuando Bangu lo mató junto con su gente, por orden de la Fiera (Chaka), yo salvé a su hijo y lo crié en mi propia casa, habiéndome encariñado con él. Luego, cuando se con­virtió en hombre, le mostré dos caminos, cualquiera de los cuales podía elegir: el Camino de la Sabiduría y el Cami­no de la Guerra y las Mujeres; el camino blanco que lleva a través de la paz hasta la sabiduría, y el camino rojo que corre a través de la sangre hasta la muerte. Pero ya se encontraba en este camino rojo una persona que lo llama­ba, una que está sentada aquí, y él siguió tras ella, como yo sabía que sucedería. Desde el primer momento le fue falsa, tomando por marido a un hombre más rico. Luego, cuando Saduko se encumbró, ella se arrepintió, y vino a pedirme consejo para saber cómo podría librarse de Ma­sapo, a quien me juró odiaba. Le dije que podía dejarlo por otro hombre, o esperar hasta que su Espíritu lo apar­tase de su camino; pero nunca le puse una mala idea en su corazón, viendo que ya la llevaba allí. Luego ella y nadie más, habiendo conseguido primero que Saduko la amara más que nunca, asesinó al hijo de Nandie, su Inkosikazi, causando así la muerte de Masapo, y se cobijó en los bra­zos de Saduko. En ellos durmió un tiempo, hasta que cayó sobre ella una nueva sombra, la del "Elefante-con-el-mechón-de-pelo" que no volverá a recorrer los bosques. Atra­jo a éste para engrandecerse antes, y dejó la casa de Sa­duko, llevándose su corazón con ella.

"Entonces, en el pecho de Saduko, donde había estado su corazón, entró un espíritu maligno de celos y venganza, y en la batalla de Endondakusuka ese espíritu lo arrastró. Como había convenido con el príncipe Cetewayo..., no, no lo niegues, oh príncipe, porque yo lo sé todo; ¿no llegasteis a un acuerdo en la tercera noche antes de la batalla, entre las malezas y os apartasteis atemorizados cuando el antí­lope saltó entre vosotros? (Aquí, Cetewayo, que había he­cho señal de querer hablar, se cubrió el rostro con un ex­tremo de su kaross). Como había convenido, repito, se pasó con sus regimientos de los Isigqosa a los Usutu, ocasionando así la caída de Umbelazi y la muerte de muchos miles. Sí, y esto lo hizo sólo por una razón: porque aquella mujer lo había abandonado por el príncipe, y la quería más que a todo cuanto el mundo pudiera darle, por esa mujer que lo había llenado de pasión como se llena una escudilla de leche. Y ahora, oh rey, has oído contar a este hombre una historia, le has oído gritar que es el hombre más vil del país; que asesinó a su hijo, el hijo que amaba tanto, para obtener a esta bruja; que después la entregó a su amigo y señor para ser más favorecido por él, y que finalmente de­sertó de ese señor porque creía que había otro señor que podía favorecerlo más. ¿No es así, oh rey?"

—Así es — contestó Panda — y por tanto Saduko debe de ser arrojado a los chacales.

—Espera un poco, oh rey. Afirmo que Saduko no ha ha­blado con su propia voz sino con la de Mameena. Afirmo que es la mayor bruja de todo el país y que lo ha trastorna­do con el embrujo de sus ojos, de manera que no sabe lo que dice, lo mismo que trastornó al príncipe que ha muerto.

—¡Pruébalo entonces, o él morirá! —exclamó el rey.

El enano se acercó a Panda y le dijo algo al oído, tras de lo cual Panda a su vez habló al oído a dos de sus conse­jeros. Estos, que estaban desarmados, se pusieron de pie e hicieron ademán de salir de isi-gohlo. Pero al pasar junto a Mameena uno de ellos repentinamente la estrechó, suje­tándole los brazos, mientras que el otro quitándose el kaross que llevaba —porque hacía frío— lo arrojó sobre la cabeza de Mameena, atándolo a la espalda de forma que quedó ta­pada con excepción de las piernas y pies. Luego, aunque ella no se movió ni resistió, la sujetaron entre ambos y permanecieron inmóviles.

Entonces Zikali se acercó a Saduko y le pidió que se pusiera de pie, cosa que él hizo. Luego lo miró durante largo rato e hizo ciertos movimientos con sus manos pasán­dolas frente al rostro, después de lo cual Saduko exhaló un gran suspiro y se quedó mirando a su alrededor.

—Saduko; —dijo Zicali—, te ruego me digas si es cierto, como dicen, que vendiste a tu mujer Mameena al príncipe Umbelazi para que su favor cayera sobre ti como la lluvia.

¡Wow!, Zikali —dijo Saduko, con aire furioso—, si fueses como los demás te mataría, sapo, que te atreves a ca­lumniar mi nombre. Se escapó ella con el príncipe des­pués de haberlo trastornado con el hechizo de su belleza.

—No me golpees, Saduko — continuó Zikali —, o por lo menos espera hasta que hayas contestado a otra pregunta. ¿Es cierto, como dicen, que en la batalla de Endondakusuka te pasaste a los Usutu con tus regimientos porque pensaste que Indhlovu-ene-Sihlonti sería derrotado y querías estar del lado del vencedor?

—¡Qué, sapo! ¡Más calumnias! —exclamó Saduko—. Me pasé por un solo motivo: para vengarme del príncipe por­que me había quitado a aquella que para mí era más que la vida o el honor. Sí, y cuando lo hice, Umbelazi estaba ganando; al pasarme yo, perdió y murió, aunque ahora — agregó con tristeza— quisiera no haberlo llevado a la ruina y la muerte, porque pienso que, lo mismo que yo, no fue más que un juguete en manos de una mujer...

"Oh rey —agregó, dirigiéndose a Panda—, ordena que me maten, pues no soy digno de vivir, ya que a aquel cuya mano está tinta en la sangre de su amigo sólo le queda la muerte, pues mientras viva debe compartir su sueño con es­píritus que lo contemplan con ojos malévolos."

Entonces se puso de pie Nandie, y dijo:

—No, padre mío, no escuches a quien está loco y por tanto es sagrado. Lo que ha hecho, lo ha hecho, como acaba de decirlo, cuando sólo era un instrumento en manos ajenas. En cuanto a nuestro hijo, sé que hubiese muerto antes de causarle daño alguno, porque lo quería mucho, y cuando nos fue llevado, durante tres días estuvo llorando sin que­rer probar bocado. Entrégame a este pobre hombre, padre mío, a su esposa que lo ama, y déjanos ir de aquí a otra tierra donde tal vez podamos olvidar.

—Cállate, hija —dijo el rey—, y calla tú también, oh Zikali, el Nyanga.

Ambos obedecieron y después de pensar un rato, Panda hizo una señal, y al verla los dos consejeros quitaron el kaross que envolvía a Mameena, que miró a su alrededor y preguntó si estaba tomando parte en un juego de niños.

—Sí, mujer —contestó Panda;—, estás tomando parte en un juego, pero no creo que sea de niños, un juego de vida o muerte. Ahora dime, ¿has escuchado las palabras de Zikali el Pequeño y Sabio y de Saduko, que una vez fue tu marido, o es necesario que te sean repetidas?

—No hay necesidad, oh rey, mis oídos son demasiado agudos para ser ahogados por una capa de piel, y no quie­ro hacerte perder tiempo.

—¿Entonces qué tienes que decir, mujer?

—Poca cosa —contestó ella, encogiéndose de hombros—, salvo que he perdido en este juego. No me creerás, pero si me hubieras dejado sola te hubiese dicho, pues no que­ría ver morir a ese pobre tonto de Saduko por actos que nunca cometió. Sin embargo, la historia que te contó no la contó porque yo lo hubiera hechizado; lo hizo porque me amaba y quería salvarme. Ha sido Zikali, Zikali, el enemigo de tu casa, el que finalmente la destruirá, oh Hijo de Senzangacona, quien lo hechizó, como os ha hechizado a todos, y le obligó a decir la verdad, en contra de su deseo. Ahora, ¿qué más queda por decir? Muy poco, creo. Hice las cosas de que se me acusa, y otras peores que no han sido dichas. Oh, jugué una partida fuerte, pues quería ser la Inkosazana de los zulúes, y la he perdido por el peso de una pluma. Creí que había logrado todo, pero el peso de la pluma que inclinó la balanza en contra mía fueron los celos locos de este imbécil, Saduko, con lo que no había contado. Ahora veo que cuando dejé a Saduko lo debía de haber dejado muerto. Tres veces pensé hacerlo. Una vez puse veneno en su bebida y cuando entró, fatiga­do con sus complots, me besó antes de beber; mi corazón de mujer se ablandó y derramé la escudilla antes de que llegara a sus labios. ¿No recuerdas, Saduko?...

"¡Sí, sí! Sólo por esa estupidez merezco morir, porque la que quería reinar debe tener corazón de tigre y no de mujer. Bueno, por haber sido demasiado compasiva debo morir; y, después de todo, está bien morir ya que me aguardan miles y miles que envié delante mío, y que seré saludada dentro de un momento por tu hijo, Umbelazi, y sus guerreros, ¡sa­ludada como la Inkosazana de la Muerte, con azagayas en­rojecidas en alto y con el saludo real!

"Ahora he hablado. Recorred vuestro corto camino, oh rey y príncipes y consejeros, hasta que lleguéis al abismo en que yo me hundo, que está abierto para todos. ¡Oh rey!, cuando me encuentres de nuevo en el fondo de ese abismo, qué cosa tendrás para contarme, tú que no eres más que la sombra de un rey, cuyo corazón será devorado en ade­lante por un gusano que se llama Amor-de-lo-Perdido. Oh príncipe y conquistador Cetewayo, qué cosas tendrás que contarme cuando te salude en el fondo de ese abismo, tú que llevarás a tu nación a la ruina y morirás finalmente como debo morir yo; sólo que siendo el sirviente de otros y por voluntad de otros. No, no me preguntes cómo. Pre­gúntaselo a Zikali, mi amo, quien vio el comienzo de tu casa y verá su fin. Oh, sí, como decís, soy una bruja, ¡y lo sé, lo sé! Vamos, estoy agotada. Los hombres me cansáis, como siempre me cansaron, pues no son más que imbéciles a los que es fácil emborrachar, y cuando están borrachos son desagradables. ¡Iya! ¡Estoy cansada de vosotros sobrios y astutos, y estoy cansada de vosotros borrachos y brutales, vosotros que después de todo no sois más que animales del campo a quienes Mvelingangi, el Creador, os ha dado cabe­za para pensar, pero que siempre pensáis al revés!

"Ahora, rey, antes de que lances a tus perros sobre mí, te pido un momento. He dicho que odiaba a todos los hom­bres, pero, como sabes, ninguna mujer puede decir toda la verdad. Hay un hombre a quien no odio, a quien nunca odié, a quien creo que amo porque no me quiso amar. Está aquí —y ante mi profunda confusión y el intenso interés de todos me señaló—:   ¡Allan Quatermain!

"Bueno, una vez con mi "magia" de la que tanto habéis oído hablar conseguí dominar a este hombre en contra de su voluntad y su razón, y, a causa de ese corazón blando mío, lo dejé ir; sí, dejé marchar al pez raro cuando estaba en mi anzuelo. Me alegro de haberlo hecho, pues si lo hu­biese conservado, se hubiera estropeado una gran historia y no hubiese sido más que la sierva de un cazador blan­co, que debía de ocultarse detrás de la puerta cuando el Inkosikazi entrase a comer; yo, Mameena, que jamás gusté de ocultarme detrás de las puertas. Bueno, cuando estaba a mis pies y le perdoné, me hizo una promesa, una promesa muy pequeña, pero que creo cumplirá ahora que nos sepa­ramos por un tiempo. Macumazahn, ¿no me prometiste que me besarías una vez más en los labios en cualquier ocasión y lugar en que te lo pidiera?

 —Así es — contesté con voz hueca, porque en verdad sus ojos me tenían dominado como habían dominado a Saduko.

—Entonces ven ahora, Macumazahn, y dame ese beso de despedida. El rey lo permitirá y como ahora no tengo mari­do, pues abrazo a la Muerte por marido, no hay nadie que pueda impedírtelo.

Me puse de pie. Me parecía no tener voluntad propia. Me dirigí hacia ella, esa mujer rodeada de enemigos impla­cables, esa mujer que había jugado por apuestas tan gran­des y había perdido, y que sabía perder tan bien. Llegué a su lado, sin avergonzarme por mi vergüenza, y comprendí que mi locura se perdía en una vasta tragedia.

Alzó lentamente su brazo lánguido y lo pasó alrededor de mi cuello; acercó lentamente sus rojos labios a los míos y me besó, una vez en los labios y otra en la frente. Pero entre esos dos besos hizo una cosa con tanta rapidez que mis ojos apenas la vieron. Me pareció que pasaba su mano izquierda por los labios y que tragaba algo. En seguida me apartó de ella, diciendo:

—Adiós, Macumazahn, nunca olvidarás este beso mío; y cuando nos volvamos a encontrar tendremos mucho de que hablar, porque entre ahora y entonces tu historia será larga. Adiós, Zikali, deseo que todos tus proyectos se realicen, porque los que odias son los que odio yo, y no te guardo rencor porque dijiste la verdad. Adiós, príncipe Cetewayo. Nunca serás el hombre que hubiera sido tu hermano, y tu suerte es poco envidiable, ya que estás destinado a hundir una casa levantada por uno que fue grande. Adiós, Saduko el imbécil, que despreciaste tu fortuna por los ojos de una mujer, como si el mundo no estuviese lleno de mujeres. Nandie la Dulce y la Misericordiosa te cuidará bien hasta tu triste fin. Oh, ¿por qué se inclina Umbelazi sobre tu hombro, Saduko, y me mira en forma tan extraña? Adiós, Panda la Sombra. Ahora suelta a tus verdugos. ¡Oh, suélta­los pronto, no sea que lleguen demasiado tarde!

Panda alzó la mano y los verdugos saltaron adelante, pero antes de que llegara a ella, Mameena se estremeció, abrió los brazos y cayó de espaldas, muerta. El veneno que había tomado obró bien y con rapidez.

Tal fue el fin de Mameena, Hija de la Tempestad.

Siguió un silencio profundo, un silencio de temor y asom­bro, que fue cortado de repente por una horrible carcajada. Partía de los labios de Zikali el Anciano, Zikali. La-cosa-que-nunca-debió-de-haber-nacido".

 

 

Capítulo 16

 

Mameena – Mameena – Mameena

 

Esa tarde, a la puesta del sol, cuando pensaba ponerme en marcha, porque el rey me había autorizado para hacerlo, y   en ese momento el mayor deseo de mi vida parecía ser despedirme de Zululandia y los zulúes, vi a una figura extra­ña, parecida a un escarabajo que subía la colina hacia mí, sostenida por dos hombres robustos. Era Zikali.

Pasó a mi lado sin decir palabra, limitándose a señalarme que lo siguiera, cosa que hice por curiosidad, supongo, por­que el Cielo sabía que con lo que había visto del viejo hechi­cero me bastaba para toda la vida. Llegó hasta una roca plana situada a unos cien metros arriba de mi campamento, en donde no había ningún matorral en que pudiera ocul­tarse persona alguna, y se sentó indicando otra piedra fren­te suyo, en la que me senté. Luego ambos hombres se reti­raron a una distancia fuera del alcance de nuestra voz e incluso de nuestra vista, quedando ambos solos.

—¿Así que te marchas, oh Macumazahn? —dijo.

—Sí — contesté con energía —, y si hubiese podido lo hu­biera hecho hace mucho tiempo.

—Sí, sí, lo sé; pero hubiera sido una lástima, ¿no es verdad? Si te hubieses marchado, Macumazahn, no hubie­ras asistido al final de una extraña historia y tú, que tanto gustas de estudiar el corazón de los hombres y las mujeres, no sabrían tanto como sabes hoy.

—Pero tampoco estaría tan triste, Zikali. ¡Ah, la muerte de esa mujer! —Y me cubrí los ojos con las manos.

—Lo comprendo, Macumazahn; siempre le tuviste cariño, ¿no es verdad?, aunque tu orgullo de blanco no te permi­tiese reconocer que sus dedos negros te estrujaban el cora­zón... Era una hechicera maravillosa, Mameena, y te que­de este consuelo: que también estrujó otros corazones. El de Masapo, por ejemplo; el de Saduko; el de Umbelazi, y ninguno de ellos tuvo suerte... Sí, lo confieso, hasta el mío. No creí que valía la pena contradecirlo, pero no pude dejar pasar por alto su última afirmación.

—Si muestras tu afecto  en la misma forma en que lo hiciste hoy, Zikali, ruego a mi Espíritu que no  abrigues alguno por mí — le dije.

Sacudió la cabeza con aire de lástima y dijo: —¿Nunca has querido a un corderito y luego le has dado muerte al tener hambre, o cuando se convirtió en carnero y te topó, o cuando dispersó a los demás corderos hacién­dolos caer en manos de ladrones? Pues bien, yo tengo hambre a la casa de Senzangacona y ese corderito, Mameena, que había crecido, casi me hace caer de espaldas hoy al alcance de la azagaya del verdugo. Además estaba atra­pando a mi cordero, Saduko, dentro de una red maléfica de la que no hubiese podido escapar. Así que, un poco en con­tra de mi voluntad, me vi obligado a decir la verdad de ese corderito y sus tretas.

—Es posible que sea así —exclamé—, pero de cualquier manera eso ha concluido.

—Ah, Macumazahn, ella ha concluido, o así lo crees, aun­que sea una frase extraña en labios de un hombre blanco que cree en muchas cosas que nosotros no conocemos. Fíjate, Umbelazi, la mayor parte de los príncipes, y miles y miles de zulúes, a quienes yo, el Dwande, odia, ¡muertos, muer­tos! ¡Obra de MameenaMacumazahn! La mano de Panda sin vigor a causa de la pesadumbre y sus ojos cegados por las lágrimas. ¡Obra de MameenaMacumazahn! Cetewayo, rey en todo menos en nombre; Cetewayo que hundirá a la casa de Senzangacona. ¡Obra de MameenaMacumazahn!... ¡Oh, una obra grandiosa! ¡En verdad vivió una vida digna y grande y tuvo una muerte digna y grande! ¡Y qué bien lo hizo! ¿Tuviste ojos para verle tomar el veneno que yo le di,  entre sus besos, Macumazahn?

—Creo que ha sido tu obra y no la de ella —dije, no haciendo caso de sus preguntas burlonas —. Tú fuiste quien tiró los hilos; tú fuiste el viento que hizo inclinarse a la hierba hasta que el fuego prendió e incendió la ciudad, la ciudad de tus enemigos.

—¡Qué inteligente eres, Macumazahn! Si tu ingenio sigue siendo tan agudo, un día te cortará el cuello, como en ver­dad ha estado a punto de suceder varias veces. Sí, sí, sé cómo tirar las cuerdas hasta que caiga la trampa, y cómo soplar en la hierba hasta que prenda la llama, y cómo ati­zar esa llama hasta que incendie la Casa de los Reyes. Y sin embargo esa trampa se hubiera cerrado sin mí, pero entonces podría haber atrapado otras ratas; y esta hierba se hubiera quemado aun si yo no hubiera soplado, pero en­tonces podría haber quemado otra casa. Yo no creé esas fuerzas, Macumazahn; no hice más que guiarlas hasta un gran fin, por el cual la Casa Blanca (los ingleses) algún día debería darme las gracias. — Se quedó ensimismado un rato y luego siguió:— Pero, ¿qué necesidad hay de hablarte de esas cuestiones, Macumazahn, si cuando sea su tiempo participarás en ellas y verás con tus propios ojos? Una vez que hayan terminado hablaremos.

—No tengo ningún deseo de hablar de ellas — respondí —. Ya lo he dicho. Pero, ¿qué otro propósito te hizo tomarte la molestia de venir aquí?

—Oh, para decirte  adiós por un tiempo no muy largo, Macumazahn. Y también para decirte que Panda, o mejor dicho Cetewayo, ya que Panda no es más que su voz por­que la cabeza debe de ir donde la llevan los pies, ha perdo­nado a Saduko a ruegos de Nandie y lo ha desterrado del país, dándole su ganado y la gente que quiera ir con él a dondequiera que  elija para vivir. Por lo menos, Cetewayo dice que ha sido a ruegos de Nandie, y míos y tuyos, paro lo que quiere decir es que después de todo lo ocurrido, pensó que era prudente dejar que Saduko muriera de sí mismo.

—¿Quieres decir que se suicide, Zikali?

—No, no; quiero decir que debía dejarse que su propio idhlozi, su Espíritu, lo mate, cosa que hará con el tiempo. Sabrás que Saduko está viviendo ahora con un fantasma, que llama el fantasma de Umbelazi, a quien traicionó.

—¿Es ésa tu manera de decir que está loco, Zikali?

—Oh, sí, vive con un fantasma, o el fantasma vive dentro de él, o está loco..., llámalo como quieras. Los locos tienen una forma de vivir con fantasmas, y los fantasmas tienen una costumbre de compartir su comida con los locos. Ahora lo entiendes, ¿no es verdad?

—Naturalmente; es tan claro como la luz del sol.

—Ah, ¿no te dije que eras inteligente, Macumazahn, tú que sabes dónde termina la locura y dónde empiezan los fan­tasmas, que son la misma cosa? Bueno, el sol ya no se ve. Mira, se ha puesto, y tú quieres ponerte en camino para estar lejos de Nodwengu por la mañana. Pasarás la llanura de Endondakusuka y cruzarás el Tugela por el remanso, ¿no es cierto? Echa una ojeada por allí y mira si puedes reconocer algún viejo amigo: Umbezi, el villano y traidor, por ejemplo; o algunos de los príncipes. Si lo haces quisie­ra enviarles un mensaje. ¡Qué! ¿No puedes esperar? Bueno, entonces aquí tienes un pequeño regalo para ti, es un traba­jo mío. Ábrelo cuando haya nuevamente luz, Macumazahn; tal vez sirva para recordarte la extraña historia de Mameena con el Corazón de Fuego. ¿Dónde estará ahora? A veces, a veces... —Y miró a su alrededor con sus grandes ojos y olfateó el aire como un perro de caza—. Adiós, hasta que nos volvamos a encontrar. Buena suerte, Macumazahn. Ah, si te hubieses escapado con Mameena, ¡qué distintas hubie­ran podido ser las cosas hoy!

Me puse en pie de un salto y huí de aquel terrible enano, de quien en verdad creo... No, ¿de qué sirve decir lo que creo? Huí de su lado, dejándolo sentado en las sombras, y mientras huía de la oscuridad detrás mío se alzó el sonido de su carcajada diabólica.

A la mañana siguiente abrí el paquete que me había dado, no sin haber pensado una  o dos veces si no sería  mejor que lo metiese en una madriguera de oso hormiguero tal como estaba. Pero no pude a animarme a hacerlo, aunque ojalá lo hubiese hecho. Dentro, tallado en la madera negra de umzimbiti, con sólo un poco de su savia blanca para marcar los ojos, dientes y uñas, había una imagen de Ma­meena. Claro está que era una cosa tosca, pero era — o mejor dicho, es, porque aún la tengo —, un magnífico retrato de ella, porque Zikali podría o no ser un buen hechicero, pero era un buen artista. Allí, con el cuerpo algo inclinado, los brazos abiertos, la cabeza echada hacia adelante con los labios entreabiertos, como si estuviera por abrazar a alguien, y en una de sus manos, hecho también de la médu­la blanca del umzimbiti, tiene un corazón, el de Saduko, supongo, o tal vez el de Umbelazi. No era eso todo, porque la figura estaba envuelta en cabellos de una mujer, que re­conocí era el de Mameena, y estaba sujeto por el collar de cuentas azules que solía llevar en su garganta.

 

 

EPILOGO

 

Habían pasado unos cinco años, durante los cuales me sucedieron muchas cosas que no es del caso relatar aquí, cuando un día me encontré en una zona más bien remota del distrito de Umvoti en Natal, a algunos kilómetros al este de una montaña llamada el Kopje del Antílope, a donde había ido a realizar un gran negocio de maíz, en el cual, dicho sea de paso, perdí bastante dinero. Esa ha sido siem­pre mi suerte cuando me he aventurado en el comercio.

Una noche, mis carretas, que estaban abarrotadas de ese maldito maíz apestado, quedaron atascadas en el vado de un pequeño tributario del Tugela que en la forma más ino­portuna se había desbordado. Justo al caer la noche conse­guí llegar a la ribera en medio de una lluvia torrencial que me empapó hasta los huesos. No parecía haber perspecti­vas de poder encender una fogata o de conseguir una co­mida decente, así que estaba a punto de irme a acostar sin cenar cuando un relámpago me mostró un gran kraal si­tuado en una ladera a menos de un kilómetro de distan­cia, y se me ocurrió una idea.

—¿Quién es el jefe de ese kraal? —pregunté a uno de los cafres que se habían reunidos a nuestro alrededor al vernos en dificultades, como siempre suele ocurrir.

—Tshoza, Inkoosi — contestó.

—¡Tshoza! ¡Tshoza! —repetí, porque el nombre me pare­cía familiar —. ¿Quién es Tshoza?

Ikona (No lo sé), Inkoosi. Vino de Zululandia hace unos años con Saduko el Loco.

Entonces, naturalmente, recordé, y mi espíritu voló a la noche en que el viejo Tshoza, el hermano de Matiwane, pa­dre de Saduko, había soltado el ganado de Bangu y dispu­tamos la batalla del paso.

—¿Ah, sí? —dije—. Entonces condúceme a Tshoza y te daré un "escocés" (Es decir, una moneda de dos chelines, llamada así porque algún despierto emigrante escocés pasó una gran cantidad de esas monedas entre los sencillos indí­genas de Natal como si fuesen monedas de media corona, o sea de dos chelines y medio.)

Tentado por esta oferta liberal — y era muy liberal por­que estaba ansioso por llegar al kraal de Tshoza antes de que sus habitantes se acostaran—, el meditativo cafre con­sintió en guiarme por un sendero oscuro y tortuoso que pasaba por entre la selva y campos de trigo inundados. Por fin llegamos, porque si bien el kraal estaba a sólo un kiló­metro, el sendero tenía fácilmente tres, y sentí una verda­dera alegría cuando vadeamos el último arroyuelo y nos encontramos en la puerta.

En respuesta a las preguntas de rúbrica, hechas en medio de un coro de perros que no cesaban de ladrar, fui infor­mado que Tshoza no vivía allí sino en otro lugar; que era demasiado viejo para ver a nadie; que se había acostado y no podía ser molestado; que se había muerto y había sido enterrado la semana anterior, y así sucesivamente.

—Escucha, amigo mío —dije al individuo que me decía todas estas mentiras —, ve a Tshoza en su tumba y dile que si no viene vivo en seguida, Macumazahn tratará a su ga­nado como en una ocasión trató al de Bangu.

Impresionado por lo raro de este mensaje, el hombre se fue y un momento después, a la luz tenue de la luna velada por la lluvia, percibí a un anciano que corría hacia mí; porque Tshoza, que era bastante viejo al empezar esta his­toria, lo era más ahora por una herida grave que recibió en la batalla del Tugela y por otros muchos disgustos.

—Macumazahn —dijo—, ¿eres tú realmente? Sí, había oído que habías muerto hace tiempo; sí, y sacrifiqué un buey por el bien de tu Espíritu.

—Y lo comiste después, con seguridad — repliqué.

—Oh, tienes que ser tú — continuó — que no puedes ser engañado, porque es cierto que comimos ese buey, combi­nando el sacrificio a tu Espíritu con un festín; porque ¿para qué se ha de desperdiciar nada cuando uno es pobre? Sí, sí, tienes que ser tú, pues ¿quién otro se acercaría a un kraal de noche, salvo El que Vigila de Noche? Entra, Macu­mazahn, y sé bien venido.

Entré y disfruté de una buena comida mientras hablába­mos de tiempos pasados.

—Y ahora, ¿dónde está Saduko? —pregunté de repente, mientras encendía mi pipa.

—¿Saduko? — contestó, cambiando de expresión su rostro mientras hablaba—. Oh, naturalmente está aquí. Sabes que salí con él de Zululandia. ¿Por qué? Bueno, para decirte la verdad, porque después del papel que hicimos — en contra de mi voluntad, Macumazahn — en la batalla de Endondakusuka, me pareció que era más seguro alejarme del país en donde aquellos que han usado el kaross con el forro para afuera encuentran pocos amigos.

—Así es —dije—. ¿Pero qué es de Saduko?

—Oh, ¿no te lo he dicho? Está en la choza vecina, ¡muriéndose!

—¡Muriéndose! ¿De qué, Tshoza?

—No lo sé — contestó con aire misterioso —, pero creo que debe de estar embrujado. Durante mucho tiempo, un año más o menos, apenas ha comido y no puede estar solo en la oscuridad; en realidad, desde que salió de Zululandia ha estado muy raro y sombrío.

Recordé entonces lo que Zikali me había dicho años antes, de que Saduko estaba viviendo con un fantasma que termi­naría por matarlo.

—¿Piensa mucho en Umbelazi, Tshoza? — le pregunté.

—Oh, Macumazahn, no piensa en otra cosa; el espíritu de Umbelazi está en él día y noche.

—¿Es cierto eso? ¿Podría verlo?

—No lo sé, Macumazahn. Iré a preguntárselo a la princesa Nandie ahora mismo, porque si puedes, no creo que haya tiempo que perder.— Y salió de la choza.

Diez minutos después volvió con una mujer, la propia Nandie la Dulce, la misma Nandie tranquila y digna que conocía, sólo que ahora parecía un poco gastada por los dis­gustos y algo mayor que su edad.

—Salud, Macumazahn —dijo—. Me alegro de verte, aun­que sea raro, muy raro, que hayas llegado aquí justo en este momento. Saduko nos deja...  en un viaje muy largo.

Le contesté que había oído eso con dolor, y pensaba si quería verme.

—Sí, mucho, Macumazahn; sólo que prepárate a encon­trarlo muy diferente del Saduko  que conocías.

Fuimos entonces a la vivienda de Tshoza, y luego a tra­vés de un patio a otra gran choza en la que entramos. Estaba iluminada por una buena lámpara de fabricación europea; además, en el hogar ardía una viva fogata. A un lado  de la choza yacía un hombre sobre varias mantas,  vigilado por una mujer. Tenía los ojos tapados con la ma­no y gemía:

—¡Echadlo!  ¡Echadlo! ¿No puede dejarme morir en paz?

—¿Quisieras echar a tu viejo amigo Macumazahn, Saduko? —preguntó Nandie con voz suave—. ¿Macumazahn, que ha venido desde lejos a visitarte?

Se sentó y al descubrirse vi que no era más que un esque­leto viviente. Oh,¡qué distinto de aquel jefe esbelto y bien parecido que yo había conocido! Además, le temblaban los labios y en sus ojos se pintaba el terror.

—¿Eres tú realmente, Macumazahn? — me dijo con voz débil—. Ven y quédate junto a mí, para que el no pueda interponerse entre nosotros— y tendió su mano huesuda.

Yo tome su mano, estaba helada.

—Si, si, soy yo Saduko, dije con voz alegre, y no hay ningún hombre que se pueda interponer entre nosotros; solamente estamos en la choza Nandie tu esposa y yo. La mujer que te cuidaba se ha ido.

—Oh, no, Macumazahn, hay en la choza otro a quien no puedes ver. Allí está —y señaló al hogar—. ¡Mira! ¡Tiene la azagaya atravesada y la pluma está en el suelo!

—¿Quién, Saduko?

—¿Quién? ¿Quién sino el príncipe Umbelazi, a quien trai­cioné por Mameena?

—¿Por qué dices tonterías, Saduko? Hace años vi morir a Indhlovu-ene-Sihlonti.

—¡Morir, Macumazahn! Nosotros no morimos; sólo muere nuestra carne. Sí, sí, he aprendido eso desde que nos sepa­ramos. ¿No recuerdas sus últimas palabras? "Te perseguiré mientras vivas y cuando dejes de vivir, ¡ah!, entonces nos volveremos a encontrar". Oh, desde esa hora me ha perse­guido, Macumazahn..., él y los otros; y ahora, ahora esta­mos a punto de encontrarnos como prometió.

Y una vez más se tapó los ojos y gimió.

—Está loco —susurré a Nandie.

—Tal vez. ¿Quién sabe? — contestó ella, sacudiendo la cabeza. Saduko descubrió sus ojos.                             

—Haz que dé más luz "la-cosa-que-arde" —dijo — porque no lo veo tan claramente cuando brilla. Oh, Macumazahn, te está mirando y hablando bajo. ¿A quién habla? ¡Ah, sí! A Mameena, que también te mira y sonríe. Están hablando. Guarda silencio. Tengo que escuchar.

Empecé a desear estar fuera de esa choza, porque real­mente me sentía incómodo. Llegué a sugerirlo, pero Nandie no me lo permitió.

—Quédate conmigo hasta el fin —murmuró. Así que tuve que quedarme, pensando en qué oiría Saduko que susurraba Umbelazi a Mameena, y a cuál de mis lados la veía de pie.

Empezó  a delirar.

—Fue una hábil trampa la que tendiste a Bangu, Macu­mazahn, pero no quisiste aceptar tu parte del ganado, así que la sangre de los amakoba no ha caído sobre tu cabeza. Ah, ¡qué lucha fue la de los amawombe en Endondakusuka! Tú estabas con ellos, ¿recuerdas, Macumazahn?, ¿y por qué no estaba yo a tu lado? Ah, entonces hubiésemos barrido a los Usutu lo mismo que el viento barre las cenizas. ¿Por qué no estaba yo a tu lado para compartir la gloria? Recuer­do ahora..., por causa de la Hija de la Tempestad. Me trai­cionó con Umbelazi, y yo traicioné a Umbelazi por ella; y ahora él, cuya grandeza reduje a polvo, me persigue; y el lobo Usutu, Cetewayo, se acurruca y engorda con su comi­da. Y..., y, Macumazahn, todo ha sido en vano, porque Mameena me odia. Sí, puedo leerlo en sus ojos. Me odia y se burla de mí más en la muerte que en vida, y dice que... que no fue todo culpa suya..., porque ama..., porque ama...

Se dibujó una expresión de asombro en su rostro, su pobre rostro atormentado; luego repentinamente Saduko abrió los brazos y sollozó con una voz cada vez más débil:

—¡Todo..., todo en vano! ¡Oh! Mameena, Ma.. .mee... na, Ma.. .meenal — Y cayó sin vida.

—Saduko se ha ido —dijo Nandie, cubriendo su rostro con una manta —. Pero me gustaría saber — añadió con una sonrisa algo histérica — oh, cómo me gustaría saber a quién le dijo el espíritu de Mameena que amaba ella... Mameena, que nació sin corazón. ..

No contesté porque en ese momento oí un sonido muy curioso que parecía venir de algún punto encima de la choza. ¿Qué me recordaba? Ah, sí... Era igual al sonido de la horrible risa de Zikali, El Iniciador de Caminos... Zikali, "La-cosa-que-nunca-debió-de-haber-nacido".

Pero indudablemente era sólo el grito de algún pájaro nocturno arrastrado por la tormenta. O tal vez era la risa de una hiena..., una hiena que olfateaba la muerte.

 

FIN

 

 

 

 

 

 

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