© Libro N° 13965. Ella. La Hija
De La Sabiduría. Vida Y Amores De Ella, “La-Que-Debe-Ser-Obedecida”. Haggard, H.
Rider. Emancipación. Junio 21 de
2025
Título Original: © Ella. La Hija De La Sabiduría. Vida
Y Amores De Ella, “La-Que-Debe-Ser-Obedecida”. Haggard, H. Rider
Versión Original: © Ella. La Hija De La Sabiduría. Vida Y Amores De Ella, “La-Que-Debe-Ser-Obedecida”.
H. Rider Haggard
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ELLA.
Vida Y Amores De Ella,
“La-Que-Debe-Ser-Obedecida”
H. Rider Haggard
La Hija De La Sabiduría
ELLA
Vida Y Amores De Ella,
“La-Que-Debe-Ser-Obedecida”
H. Rider Haggard
H. Rider Haggard
La
hija de la sabiduría
VIDA Y AMORES DE ELLA,
“LA-QUE-DEBE-SER-OBEDECIDA”
Título
del original inglés: Wisdom's Daughter
Traducción
de Edgardo Entin
©
1982 by Adiax, s.a., Barcelona
ISBN:
84-85963-31-8
Depósito
legal: B-19.203-1982
CONTENIDO
Nota
del Editor
Introducción
Capítulo
I Los Recintos del Cielo
Capítulo
II Noot el profeta llega a Ozal
Capítulo
III La batalla y la huida
Capítulo
IV El beso del destino
Capítulo
V Los emplazamientos
Capítulo
VI La adivinación
Capítulo
VII El cese de la tormenta
Capítulo
VIII El rey de Sidonia
Capítulo
IX Dagon cobra su sacrificio
Capítulo
X La venganza de Beltis
Capítulo
XI La fuga desde Sidonia
Capítulo
XII La batalla en el mar
Capítulo
XIII La HUMILLACIÓN del Faraón
Capítulo
XIV Persuasión de Bagoas
Capítulo
XV La conjura y la voz
Capítulo
XVI El festín del Rey de Reyes
Capítulo
XVII La huída y la convocatoria
Capítulo
XVIII El relato de Filo
Capítulo
XIX La ERMITA de Noot
Capítulo
XX La llegada de Kalikrates
Capítulo
XXI La verdad y las tentaciones
Capítulo
XXII ¡Cuidado!
Capítulo
XXIII La condena del fuego
Capítulo
XXIV El consejo de Filo
Capítulo
XXV En eterna soledad
La
maldición, que alcanza a Ayesha más allá de la Tierra, le enseña que en el
mundo donde la Muerte es el Señor, ha sido condenada con el peor de los
castigos de los dioses: la inmortalidad. Hija de la Sabiduría y sacerdotisa de
Isis, sabe que hay un solo hombre que puede volver a tornarla mujer:
Kalíkrates, el guerrero cuyo destino está irrevocablemente unido a
"la-que-debe-ser-obedecida". A través de las batallas del alma y la
carne, el héroe descubre la maldad de las artes mágicas que lo llevan ante las
ruinas de Kôr.
La
primera parte de la historia de Ella, la última cronológicamente (1923), según
la escribió Haggard, es una obra casi desconocida para el lector de habla
castellana. Los próximos volúmenes: Ella, Ella y Allan y Ayesha,
redondearán la fabulosa historia de la mujer inmortal.
En anteriores años los libros Ella y Ayesha fueron
dedicados a Andrew Lang. Ahora, que él ha muerto, la última novela que será
escrita acerca de «Ella-la-que-debía-ser-obedecida» es
ofrecida como tributo a su amada y honrada memoria.
Ditchingham, 1922.
¿Cuál
fue el mayor defecto de Ayesha, Ella-la-que-debía-ser-obedecida? Seguramente
una vanidad tan colosal que, para tomar uno entre muchos ejemplos, la persuadió
de que su madre había muerto después de contemplarla por temor a que, en caso
de seguir con vida, pudiera dar a luz a otro hijo menos bello.
En
cualquier caso, como lo indica su historia, fue la vanidad, antes que el amor
por ese hermoso griego, Kalíkrates, lo que tiñó las manos de Ella con su
inocente sangre, y, entre otros infortunios, la empujó hacia la terrible
maldición de la inmortalidad mientras todavía habitaba una esfera donde la
Muerte es señora de todo. Si Amenartas no le hubiese echado en cara la
decadencia de su belleza imperial, roída por los dientes del Tiempo, ella jamás
hubiera desobedecido la orden de su maestro, el Profeta Noot, ni entrado a ese
Fuego de la Inmortalidad cuyo deber era custodiar.
Así
parece que, en virtud de la abnegación, ella hubiese podido escapar de la red
de numerosas aflicciones de la que acaso aún se halle prisionera; y de Ayesha,
Hija de la Sabiduría, aunque Esclava de Holly, no habría historia que contar, y
de su parábola de eterna guerra entre carne y espíritu, no habría lección que
aprender. Pero la Vanidad —¿o fue el Destino?— la condujeron por otro camino.
El
manuscrito cuyo contenido está aquí impreso fue descubierto entre las
pertenencias del finado L. Horace Holly, aunque esto no sucedió hasta unos
cuantos años después de su muerte. Se hallaba en un sobre en el que habían sido
garabateadas instrucciones para que fuera enviado a este editor «a su debido
tiempo», palabras que al principio éste no comprendió. Sin embargo, andando el
tiempo, llegó sin ninguna nota explicativa, de modo que hasta el día de hoy el
mencionado editor no sabe quién lo envió, ni de dónde provino, ya que el único
matasellos del paquete ponía Londres, W., y la dirección estaba escrita a
máquina.
Una
vez abierto, se vio que el paquete contenía dos gruesos folios encuadernados en
pergamino, o más bien en piel de cabra u oveja, en forma muy basta, como si
hubiese sido hecho por una mano poco diestra, tal vez para preservarlos en caso
de que se expusiesen a un uso intenso o a los efectos del tiempo. El papel de
estos libros es extremadamente fino y resistente, de modo que cada uno de ellos
contiene un gran número de hojas. No es de confección europea, y su apariencia
sugiere que fue manufacturado en Oriente, quizás en China.
No
puede haber duda alguna en cuanto a quién fue el aparece en caracteres de
imprenta el nombre de Mr. Holly. Además, en sus primeras páginas hay diversas
memorias de viaje que evidentemente sólo pudieron ser hechas por él. A
continuación de éstas hay gran cantidad de hojas cubiertas por una
indescifrable taquigrafía mezclada con diminutos caracteres arábigos. Esta
taquigrafía no pertenecía a ningún sistema conocido, y aunque fueron hechos
todos los esfuerzos necesarios para descifrarla, durante más de dos años
permaneció ilegible.
Por
fin, cuando todos los intentos habían sido abandonados, casi por azar los
cuadernos fueron enseñados a un gran estudioso oriental, amigo del Editor,
quien les dio una hojeada y se los llevó a la cama consigo. A la mañana
siguiente, durante el desayuno, con toda tranquilidad anunció que había
descubierto la clave y que podía leer el material con la misma facilidad que si
hubiese sido el titular de un periódico. Parecía que la escritura era una
antigua forma de árabe abreviado, mezclado en ciertos sitios con el demótico de
los egipcios...; taquigrafía arábiga unida a una taquigrafía demótica, difícil
al principio, pero una vez encontrada la clave, fácilmente descifrable por seis
u ocho hombres vivos, de los cuales, el erudito estudioso en cuyas manos había
caído accidentalmente la obra, era uno.
Así
fue que mediante esfuerzo, dinero y tiempo, por fin esos dos volúmenes
atiborrados de caracteres fueron transcritos en su totalidad y traducidos. Por
lo demás, ellos hablan por si mismos. Dejemos que el lector los juzgue.
Sólo
hay una cosa que agregar. Aunque así esté registrado en folios que han sido de
su propiedad, está claro que este manuscrito no fue
escrito por Mr. Holly. Por razones que ella explica, éste fue escrito por la
mano de la propia ella, durante el período de su segunda
reencarnación, cuando finalmente Leo la encontrara en las montañas del Tíbet,
según se describe en el libro titulado Ayesha.
Capítulo
I
Los Recintos del Cielo
Al
hombre erudito, nada grato en su forma y rostro, pero de corazón sólido,
llamado Holly, ciudadano de una tierra septentrional y en el que a veces pienso
como alguien a quien conocí por Noot el Santo, ese filósofo que fuera mi
maestro en un pasado que para él es remoto y olvidado, pero que para mí no es
sino ayer...; a este Holly, digo, yo, que en este mundo soy llamada Ayesha,
hija de Yarab, el jefe árabe, pero que poseo también muchos otros títulos, aquí
y en otras partes, he narrado ciertos episodios de mi pasado y el papel que en
ellos he jugado. También he contado estos u otros relatos a mi señor
Kalíkrates, el griego, conocido ahora como Leo Vincey, antiguamente guerrero,
según la tradición de sus ancestros, quien por motivos religiosos se convirtió
en sacerdote de Isis, la gran diosa de Egipto y, alguna vez creí, mi madre
espiritual. También he relatado estas u otras historias a un cierto Allan,
cazador de bestias errante, hombre luchador y noble que me visitó en Kôr;
aunque de esto nada he dicho a Holly ni a mi señor Kalíkrates, conocido ahora
como Leo, o el León. Todos estos relatos son contradictorios, ya que a
menudo los exprese en forma de parábolas, o con el propósito de decir a cada
cual lo que deseaba escuchar, o, para mis propios fines, no develar mis
pensamientos, pero así y todo, cada uno de ellos esconde algo de verdad, un
grano de oro en la veta de la fábula que puede hallar aquel que tenga habilidad
y resolución para buscarlo.
Ahora
mi espíritu me lleva a interpretar estas parábolas y a hacer constar quien soy
y de dónde vengo, y algunas de las cosas que he visto y hecho, o al menos,
aquellas que me son permitidas revelar por aquellos más poderosos que yo, y de
quienes soy sierva, así como a su vez ellos lo son de otros aún más poderosos.
Aquí,
en estas cuevas de Asia, me aposento, Hesea de la Montaña, última sacerdotisa
del culto de la Madre Isis sobre la tierra, tal como antiguamente moré entre
las ruinas de Kôr, en Libia.
En
Kôr durante dos mil años contemplé y esperé hasta que por fin, renacido
Kalíkrates, a quien inadvertidamente había asesinado en un arranque de celos,
volvió a mí, en el lugar en que le había dado muerte. Allí, a causa de la
maldición que pesa sobre ambos, volví a perderlo, ya que en este mismo sitio
también yo fui asesinada en forma horrible, asesinada por un exceso de vida que
me volvería, pensé, más hermosa aún de lo que era; y en la contienda por
rebasar el vaso, lo quebré convirtiéndolo en el polvo más vil. Así, una vez más
el Destino se mofó de mí; una vez más perdí a Kalíkrates, a quien es mi
designio desear en la carne y evocar en el espíritu, a través de tiempos
inmemoriales.
Mi
alma se desprendió y siguió camino, y aquí, durante una breve temporada,
encontró un hogar bajo el disfraz de la marchita forma de una antigua
sacerdotisa de mi culto.
Tal
como estaba predestinado, mi señor volvió a mí y vio el alma que brillaba
dentro de esa grotesca forma y la reclamó mediante un beso; la hazaña más
valerosa y leal, pienso, que jamás haya llevado a cabo hombre alguno. En la
magia de ese beso, como también estaba predicho, mi belleza volvió a surgir
ante sus ojos, de modo que otra vez me alcé esplendorosa sobre la tierra. Ahora
somos prometidos; ahora, si todo va bien, dentro de un año estaremos casados,
sí, dentro de un breve año después de haberle traído nuevamente a Kôr y
revelado el culto Fuego de la Vida y, sumergiéndole en su esencia,
concediéndole mi propio don de días imperecederos.
Empero...,
empero... ¿quién conoce el final? Sus requiebros son inflamados, y la
desamparada mujer que forma parte de mí podría ceder a la tentación, y si sus
labios tocaran los míos ¿quién podría decir que mi fuego no destruiría al
indefenso, y mis planes se reducirían al polvo y a la nada? Soy poderosa, me
hallo muy por encima de los mortales, pero así y todo lucho contra fuerzas que
no veo, más poderosas que yo, y podría darles gusto arrebatar el vaso de mis
labios y destronarme una vez más; ya que aunque la sangre de los dioses corra
por su interior, al igual que lo hace dentro de todos nosotros, ¿quién puede
enfrentarse a su amo, el Destino, y a sus mandatos? Por esta razón, yo, llamada
Hija de la Sabiduría, llamada Hija de Isis, esta noche estoy tan llena de
temores como cualquier mortal doncella que desea a su amado bajo la luna y que
todo lo que sabe es que la guerra, o el azar, o el vil aliento de la enfermedad
pueden haberle conducido a aquel abismo donde todas las cosas se pierden...
hasta que vuelven a ser encontradas.
Mes
tras mes, Leo, mi señor, caza en la montaña a la manera de los hombres, y yo,
Ayesha, cavilo en las cavernas, a la manera de las mujeres. Sí, yo, una
semidiosa, también cavilo en las cavernas tal como lo hacen las mujeres que
esperan y contemplan. Holly, el instruido, que me ama, así como todos los
hombres están obligados a amarme, espera en las cavernas junto a mí, y hablamos
de antiguas cosas de las que el mundo ha perdido la cuenta, puesto que es un
hombre culto, diestro en el conocimiento de las lenguas de Grecia y Roma; un
hombre que piensa y, acaso, recuerda.
Pero
ayer me ha dicho que yo, que parezco conocer el pasado y a quien se abren
puertas que pies humanos no pueden cruzar, debería poner por escrito lo que sé
y he experimentado, para que en tiempos venideros el mundo sea más sabio.
Y
me he encaprichado en hacerlo, aunque no puedo decir si perseveraré hasta
el final. Él me ha dado esto sobre lo que escribo. No es el viejo papiro, pero
servirá; tengo plumas de junco y puedo fabricar tintas de diversos colores, y
en otros tiempos fui una escriba nada despreciable, Duermo, además, muy poco,
ya que mi cuerpo, como un cáliz lleno de vida, se conforma con poco descanso, y
las largas horas de la noche pasan lentas para mí, que yazgo y medito sobre lo
que ha sido y lo por venir, indagando en la oscuridad del futuro con el alma
dolida y temerosa. Puedo, también, escribir caracteres que Holly, aun con todo
su saber, es incapaz de reconocer; puesto que pienso que no debe enterarse de
mis pensamientos y acciones y revelarlos a mi señor, quien podría pensar lo
peor de mí.
¿Cuál
sería, entonces, la razón por la cual escribo? Es esta: existen ciertos asuntos
sobre los que poseo conocimientos anticipados, y mi espíritu me dice que en un
futuro, a su debido tiempo, alguien develará el secreto de mi manuscrito y lo
traducirá a lenguas que todos puedan leer de manera que, cuando tarde o
temprano, por encima del círculo de mi eterna trayectoria me traslade de aquí
hacia el sitio de donde vine, este documento, al igual que el Dios Fuego de las
cavernas en las que me oculto, quede como mi monumento. ¡Ah!, aquí asoma lo que
de mortal hay en mí porque ¡tened en cuenta! al igual que cualquier hombre o
mujer comunes, no quisiera ser olvidada siquiera entre los moradores efímeros
de un mundo mezquino.
Ahora,
a mi tarea.
Tengo
una visión de lo que le aconteció a mi alma antes de que descendiera a habitar
en la tierra, y con ella comenzaré.
Tal
vez no sea sino una parábola a la que no haya que interpretar estrictamente;
una señal, o un símbolo, más bien que una verdad. Sin embargo, estoy segura de
que en ella hay algo de la verdad, ya que si así no fuera ¿por qué regresa a
mí, una y otra vez, a lo largo de tantos siglos? Tal vez Grecia y Egipto no
hayan tenido otros dioses que aquellos que modelaron para sí. Holly me dice, al
igual que lo hiciera Alian, el Errante, que también poseía ciertas nociones de
sabiduría, que Zeus, Afrodita, Osiris, Horus y Amón han sido destronados junto
con sus séquitos y ahora yacen en el polvo como los añicos de las columnas de
sus templas, ridiculizados por hombres que se refieren a ellos como a fábulas
de un mundo primitivo; de modo que de todas las divinidades que conozco, sólo
Aquel de los Judíos, aunque con distinto carácter y semblante, es adorado y
permanece.
Esto
sin duda es así, ya que mientras viva el hombre siempre habrá Dios, aunque
puedan ser numerosas las formas que adopte. Siempre existirá un Bien eterno,
forma con que en un sueño el sagrado Noot denominara a la divinidad esencial y
¡contemplad! se le llama Amón, o de otro modo. Siempre existe el mal y ¡mirad!
se le conoce por Set, o Baal, o Moloc u otros nombres. Siempre perdura la
naturaleza, y se la llama Isis, o de otra forma. Siempre este vasto mundo
imperecedero desfallece y renace, y aquella que es portadora de vida es
conocida por Afrodita, u otro nombre. Y así sucede constantemente. Adonde haya
hombres, repito, hubo, hay y habrá Dios, o el bien... el espíritu denominado en
numerosas formas.
Voy
hacia mi lugar de observación en este aposento en las cavernas y contemplo las
estrellas que brillan innúmeras en el helado cielo y ¡milagro! ahí está Dios
vistiendo uno de sus atuendos más maravillosos. Dirijo la vista hacia la
mariposa nocturna que revolotea alrededor de mi lámpara o se apoya contra el
muro y, por la magia que hay en ella convoca a su compañero distante. ¡Milagro!
veo ahí a Dios en una de sus vestimentas más humildes. Porque Dios está en
todas las cosas y en todos los lugares y, desde los grandes soles abajo, es a
Él, que le creó, y a quien retornará, que todo aquello que posea vida debe
reverenciar.
Esta
es la visión en que pude leer una parábola de verdades eternas.
Yo,
Ayesha, hija de Yarab, aún incorpórea y por encima y más allá de la carne,
habitaba los recintos de esa gran diosa de la tierra, ministra de aquello que
rige en toda la tierra (la Naturaleza encarnada, como luego supe), a quien en
Egipto se conoce por Isis, Madre de los Misterios. Hija, me
llamaba, y Mensajera; y en ese sueño o parábola, como su
belleza, haciendo que todo hombre la adore y enseñando a toda mujer a seguir
sus pasos y a seducir, como ella lo hace, de modo que tus sacerdotes abrazan su
culto y tus sacerdotisas reniegan de sus votos entregándose al libertinaje con
ellos.
—Todo
esto lo sé, oh Hija, y aún más; no obstante, mi deseo era escucharlo de tus
labios que no pueden mentir ya que en ti habita mi espíritu. ¡Escucha ahora! Es
mi propósito vengarme de estos desleales egipcios, y tú serás la espada
vengadora con que los castigaré, reduciendo a polvo su antigua gloria e
imponiendo por siempre el yugo de la esclavitud en sus cuellos. Sí, esa es mi
determinación y eso es lo que se hará; cómo, te lo enunciaré más tarde. Pero
primero, puesto que tengo el poder para hacerlo, yo, quien bajo la Fuerza que
está por encima mío soy la regente de todo el globo de la tierra, convocaré a
esta Afrodita ante mi presencia, aquí y ahora, y le ordenaré que hable a
corazón abierto.
«Escucha,
Afrodita, donde quiera que te encuentres, en la tierra o en el cielo. Afrodita,
te ordeno que aparezcas.
Entonces,
en mi visión, la Madre se alzó del trono. De pie ante él, de terrible figura,
señaló con su cetro, al norte y al sur, al este y al oeste, murmurando las
secretas palabras de poder. Tres veces llamó con el cetro y tres veces
pronunció las palabras secretas, y esperó dioses nuevos y hecha a semejanza del
mal que existe en la raza de los hombres: apartando tu hechizo de mis
adoradores. Conozco tus obras. Ebrios por el deseo van como rebaños hacia ti, y
como recompensa les otorgas el salario de sus pecados. Tú vuelves yermos sus
hogares; tú deshonras a sus doncellas, conviertes en bestias a los hombres y te
mofas de ellos. Tus flores se marchitan; tus alegrías llenan las bocas de
cenizas, y aquellos que beben de tu copa llevan veneno a sus almas. Tu bella
carne está corrompida, tus perfumes apestan y el incienso de tus altares es el
hedor del infierno. Por tanto te ordeno que vuelvas al lugar de donde viniste y
dejes al mundo en paz.
—¿Adonde,
pues, he de ir, Madre? —respondió Afrodita con risa argentina— si no a tu seno,
de donde en realidad surgí, al ver que tu eres la Naturaleza encarnada y yo tu
hija. Severa tu ley, y bondadosa; pero sin mí no tendrías a nadie a quien
gobernar. Sí, sin mí no nacerían niños y ni siquiera brotaría una flor. Sin mí
ejercerías tu gobierno en un desierto y sólo quedaría para hacerte compañía la
sabiduría de la que haces alarde. ¡Escucha! Estamos en guerra, y en esa guerra
yo seré vencedora, porque soy eterna y toda vida es mi esclava, ya que mi
nombre es Vida. Márchate a tu cielo, Isis, y gobierna allí junto a Osiris,
Señor de la Muerte, pero déjame a los vivos. Sus días acaban pronto y al
liberarse de mi hechizo van hacia tus dominios. Allí dales el trato que desees,
y date por satisfecha, puesto que entonces ya no tengo necesidad de ellos y
tampoco ellos de mí. ¿Por qué esta cólera repentina hacia mí, a quien has
conocido desde el principio? ¿Es porque adopto nuevos nombres y emplazo mis
altares en tu propio Egipto, altares enguirnaldados con flores, dejando
desolados los tuyos, donde corazones hambrientos musitan plegarias y frías
manos hacen la ofrenda de su sacrificio? Vamos, Madre Isis; juguemos esta
partida y dejemos que Egipto sea el trofeo. Tú llevas ventaja, puesto que allí,
durante eternidades, tus leyes han sido reverenciadas y tu yugo ha permanecido
en su cuello.
—¿Qué
es pues, oh Afrodita, lo que prometes a Egipto, al que yo y aquellos que
gobiernan junto conmigo hemos dado grandeza, sabiduría y esperanzas que
trascienden las sepulturas?
—Ninguna
de todas estas cosas elevadas, Madre. Mis dones son el amor y la alegría; amor
y alegría melodiosas con las que, por un instante, todos los temores se
olvidan. Exiguas ganancias, puede que pienses, si observas el pasado, y luego
contemplas el futuro, tú, cuyos ojos se posan en lo eterno. No obstante se
impondrán; Isis, en Egipto tus días están contados; allí, como en todos los
demás sitios, el poder de tu cetro se desmorona.
—Si
así sucede, Libertina, con él caerá Egipto, que en lo sucesivo será el esclavo
del mundo. Cuando un conquistador tras otro pongan sus pies sobre su cuello,
entonces Egipto se acordará de Isis, de quien ha renegado y, en medio de
lamentos, llenará su alma con el aliento de esos canallas. ¡Ya veis! Me marcho
dejando mi maldición sobre Egipto. Quédate con tu pequeña victoria hasta que
arreglemos nuestras cuentas ante el tribunal del Juicio Final. Ya no quiero
seguir escuchando tus falsedades y blasfemias. Hasta que llegue el momento,
Libertina, no vuelvas a posar tu vista en mi majestad.
Así
habló la Madre en la visión, y partió. Junto a ella, centelleando como
relámpagos, marcharon los guardias vestidos de llamas que asisten a la diosa,
dejando vacío el enorme lugar; sólo quedaron Afrodita y su cortejo, y el alma
de Ayesha, que miraba y escuchaba, cavilante. La de Pafos miró alrededor de sí
y rió; luego se deslizó hacia el trono vacante y, allí sentada, volvió a reír,
hasta que la música de sus burlas, resonando de columna en columna, llenó con
su eco todos los recintos del templo.
—Es
un presagio —exclamó—. Yo tomo aquello que Isis abandona; por lo tanto, su
trono y su poder son míos. Mirad, ministros míos, yo soy quien reina aquí,
aunque no lleve bonete de buitre ni símbolos de la luna; yo, cuya frente se
embellece de rizos abundantes y cuyo cetro es una flor cuyos olores enloquecen
a los hombres. Sí, yo reino aquí, así como en todos los sitios, a pesar de que
en este solemne santuario melancólico me falte un súbdito.
Miró
alrededor de sí hasta que sus esplendorosos ojos arrebatantes dieron con ese
espíritu que era yo.
—Ven
aquí, tú —dijo—, y ríndeme homenaje.
Y
ahora en mi sueño, yo, ese espíritu que en el mundo es llamado Ayesha, me
acerqué y, erguida ante ella dije:
—No.
Soy la hija de Isis, y sólo ante ella me inclino.
—¿Es
eso lo que piensas? —replicó, sonriendo y mirándome de arriba abajo—. Bien, mi
idea es otra. Se me ocurre que pronto descenderás de este triste reino a los
alegres campos de la tierra, que allí podrías cumplir un cierto propósito, ya
que ese es el destino decretado para ti. Ahora, yo, Afrodita, enriquezco ese
destino y lo ilumino. ¡Mira detrás de ti, Espíritu que ha de ser mujer!
Me
volví y miré; y allí contemplé una forma hermosa a la que reconocí como al
Hombre. Tan bella era que aumentaron los latidos de mi corazón y la vida en mí
hizo una pausa. Él me sonrió y yo le sonreí a mi vez. Luego se fue, dejando su
imagen grabada en mi alma.
—Esto
es lo que yo agrego a ese trágico destino tuyo, oh Espíritu que has de ser
mujer. Toma al hombre que te ha sido designado, que desde el principio fue
siempre tuyo, y tal como acaso ya hayas hecho antes, en su beso olvida a tu
Madre Isis y a tu corona de infortunios.
Así
termina esa visión y aunque yo, Ayesha, he aprendido que Isis, como la
conocimos y llamamos en los tiempos antiguos, no es sino un símbolo de esa
santidad eterna que reside por encima de todos los cielos y todas las tierras,
digo nuevamente que, según creo, en su parábola se esconde algo de la verdad
inmutable.
Capítulo
II
Noot el profeta llega a Ozal
Esa
es la visión, ese es el sueño que me ha perseguido a través de los siglos, y
habiendo meditado acerca de esto, época tras época, yo, Ayesha, no dudo de que
en esencia son verdaderos, aunque sus términos puedan estar expresados en forma
fantasiosa. Al menos esto lo sé: que mi espíritu es hijo de la Sabiduría
inmortal, aquella que los hombres alguna vez pensaron que Isis poseía, del
mismo modo que mi forma imperecedera es nacida de la belleza que hace a la
leyenda del don de Afrodita. Al menos es cierto que aún antes de que me
internara en el Fuego de la Vida, la mayoría del conocimiento y toda la belleza
humana me pertenecían. También sé que fue mi misión reducir a polvo a Egipto ¿y
no fue así que lo hice, hiriéndolo en su corazón al golpear a la orgullosa
Sidonia y a Chipre, hogar de Afrodita? ¿Y no ha sido por estas acciones que he
tenido que sufrir la maldición de Afrodita, al igual que a causa de que el yugo
de ella se asentara sobre mi indefenso cuello he tenido que soportar y soporto
la maldición de Isis, yo, cuyo destino es ser, al mismo tiempo, instrumento y
juego de poderes rivales cuyo campo de batalla es el corazón de cada uno de
nosotros?
¡Ay
de mí! si mi historia fuera conocida, el mundo, en su prisa, podría juzgarme
duramente y pensar que yo, que al quemar sus puntales fenicios derribé un
antiguo imperio, soy de naturaleza cruel, o que porque busqué el amor de un
cierto hombre y en mi furia, cuando se alejó de mí, le asesiné, lo cual, en
verdad, no fue mi deseo, soy libertina y desenfrenada. Con todo, las cosas no
son de ese modo, si se observa que fue el Destino, no yo, quien entregó Egipto
al perro persa (a quien a su vez derroqué) he hice esclavos de sus gentes, y mi
carne, no yo, la que después de que hube probado del Fuego que reside en el
Alma de la Naturaleza me maldijo con la pasión y sus frutos, acaso porque la
aborrecí y nunca llegaría a reverenciarla por completo, yo, que perseguí la
pureza, deseando no el amor de un hombre sino el don de la Sabiduría y una
corona de oro espiritual.
Además,
yo tuve un justificativo mundano y justo para provocar la caída de Sidonia, y a
través de ella, la de todo Egipto, al ver que sus reyes me habrían de arrojar a
la más completa de las vergüenzas y quitarían la vida a mi padre, como se verá
más adelante. Del mismo modo, tuve el justificativo del corazón de mujer al
rendir culto al hombre que buscaba, y, por la muerte que le produje en mi
locura de celos, mi alma ha pagado toda la deuda en forma de remordimiento y
lágrimas. Empero, puesto que la justicia difícilmente llega a la tierra, o
siquiera a los cielos, sé que algunos han de juzgarme duramente, y he de
soportarlo con todo lo demás. Hasta Holly, y en ocasiones mi señor Leo, que una
vez fuera llamado Kalíkrates, han acariciado tales pensamientos, aunque sus
labios no se atreviesen a pronunciarlos; pero yo los leí en sus mentes, que
para mí son como un libro abierto. Por tanto, ni Holly ni mi señor habrán jamás
de poner sus ojos sobre esta verdad escrita, porque de ahí podrían destilar
algún veneno de recelosa duda, ya que es seguro que todos los hombres tiñen la
blancura de la verdad pura con el color de sus retorcidas mentes. Por tanto,
escribo en lenguas y símbolos que ellos no comprenden, los que, serán
descifrados a su debido tiempo.
Tal
como verazmente enseñé a Holly, ya hace mucho, en las cuevas de Kôr, aunque
luego por alguna razón propia que he olvidado pueda haber modificado mi
narración, confundiéndole con historias del gran Alejandro y de otros, por mi
nacimiento como mortal soy árabe de la más pura y noble sangre, nacida en Yaman
la Feliz, en la bella ciudad de Ozal. Mi padre se llamaba Yarab, como el gran
ancestro de nuestra raza, y yo, su hija única, fui llamada Ayesha, como mi
madre, nacida de ilustre cuna. De ella, a la que jamás conocí, ya
que se retiró al seno de quienquiera fuese el dios que adoraba sólo una luna
después de mi nacimiento, esto es lo que se dice:
Al
principio no me miraba, enfadada por no haber sido yo un varón, pero por fin,
ante los ruegos de mi padre se dejó persuadir y ordenó que me llevaran ante
ella. Cuando vio lo bella que era la criatura que el Cielo le había dado, una
niña tal como jamás nuestro pueblo había conocido o tenido noticias, quedó
estupefacta y elevó una plegaria pidiendo morir. Esto, declararon aquellos que
la conocían, lo hizo por dos razones: primero, porque previendo mi grandeza
deseó que fuera yo solamente quien retuviera el corazón de mi padre y el de
toda nuestra tribu; y en segundo lugar porque temía que, de seguir con vida,
podría engendrar a otros hijos a los que odiaría cuando los comparase con mi
perfección.
De
modo que, y entre otros fue mi padre quien frecuentemente me lo dijo, su
plegaria le fue concedida y, habiéndome besado y bendecido, entró en el
descanso por un tiempo.
Esta
es la verdadera historia de su final, no la otra, que aquellos que me
envidiaban diseminaron en días posteriores y según la cual debido a ciertas
revelaciones que tuvo en el momento de mi nacimiento en cuanto a las acciones
que yo estaba predestinada a realizar y los odios a los que estaba condenada a
obtener, mi padre pensó que era mejor pedir la muerte a sus dioses que
continuar una vida que debía transcurrir a mi lado. Esta leyenda, me juró
frecuentemente mi padre cuando le preguntaba sobre ella, era tan falsa como las
cambiantes imágenes que se ven en el desierto a la puesta del sol, y a veces
también a mediodía.
Por
lo demás, este adorado padre mío no tomó otra esposa mientras todavía fui niña,
temiendo que por interés propio, o de sus hijos, ella fuera celosa y me
maltratara; y luego, para que cuando me convirtiese en doncella, no sufriera el
tener que compartir con otra mujer el gobierno de la casa familiar. Tal como le
dejé ver, tenía sirvientes en abundancia, y con ellos sería suficiente, ante lo
cual mi padre inclinó la cabeza y contestó que sin duda, mi deseo era el de
Dios.
Fue
así que me crié junto a mi padre, sus consejos y su fuerza y, a través suyo, o
más bien, al lado de él, goberné a toda su enorme tribu, la cual siempre me
profesó adoración. Debo admitir que desde el principio, o al menos desde el
momento en que me hice mujer, le traje tanto dificultades como bendiciones,
aunque no por culpa mía, sino a causa de la belleza con la que, tal como lo
creí en esos días, Isis, o Afrodita, o ambas, me habían dotado para sus propios
propósitos divinos. Muy pronto, esta belleza mía, y también mi inteligencia y
sabiduría, fueron conocidas a través de toda Arabia, de modo tal que los
príncipes llegaban desde lejos para cortejarme, y luego reñían y luchaban
porque yo, al ser de corazón benévolo, decía una palabra amable a cada uno de
ellos y les dejaba que resolvieran cuál de todas ellas había sido la más
amable.
Esto,
en gran medida, lo hacían con lanzas y flechas, a la manera de los hombres
violentos e insensatos, de modo que hubo muchos combates por mi causa, lo cual
produjo a mi padre unos cuantos enemigos ya que los hombres de ciertos
príncipes que habían sido asesinados juraron que yo me había prometido en
matrimonio a ellos. Esto, sin embargo, jamás lo hice; no deseaba casarme con
ningún hombre del que pudiera convertirme en esclava, encerrada en una
fortaleza para traer al mundo niños que no deseaba, con algún celoso tirano por
padre. No; siendo mi corazón más vehemente que el de cualquiera de mi época, yo
ya ambicionaba gobernar al mundo, y si había de tener un amante, elegirle entre
aquellos que desease, y, cuando así lo decidiera, terminar con su vida.
Pero
en esos tiempos yo no pedía amante alguno ya que estaba enamorada... de la
sabiduría. El conocimiento, vi, era fuerza, y si debía gobernar, primero tenía
que aprender. Por tanto, estudié intensamente, tomando por maestros a todos los
más sabios de Arabia, que estaban orgullosos de enseñar a Ayesha la Hermosa,
hija y heredera de Yarab, el gran jefe que podía convocar diez mil lanzas bajo
sus estandartes, todas de su propia tribu; y otros diez mil juramentados,
aunque no de nuestra sangre.
Aprendí
acerca de las estrellas; un aprendizaje profundo que enseñó a mi alma su
pequeñez, aunque es cierto que mientras estudiaba me pregunté, como todavía me
lo pregunto, en cuál de ellas estaba destinada a regir cuando mis días en la
tierra hubieran terminado. Porque siempre, desde e] comienzo, supe que donde
sea que me encuentre debo ser la primera y reinar.
Tal
vez esto lo había aprendido antiguamente en los recintos de Isis, quien tan
grandiosa me había parecido entonces, aunque luego, al contemplar esas
estrellas en el silencio de la noche del desierto, llegué a comprender que
incluso la Madre Universal, como los hombres la llamaban en esos días lejanos,
también era pequeña, alguien que debía luchar por su soberanía con Afrodita y
otros dioses.
Holly
me ha comunicado mucho de lo que los astrónomos, estos últimos años, han
conocido de los secretos de la Naturaleza: cómo numeran y pesan las estrellas,
y miden en millas sus infinitas distancias desde la tierra, y cómo sin duda,
cada una de ellas, aun la más lejana, es un sol tan grande, o mayor, que el
nuestro, alrededor del que giran mundos ocultos. También quedó sorprendido, y
afectado hasta la incredulidad, cuando le contesté que nosotros, los árabes,
habíamos adivinado todas esas cosas hacía más de dos mil años, y de hecho,
algunas las conocíamos; sin embargo, así era.
Así,
comulgando con la grandeza, mi alma se hizo aún más amplia.
Además,
busqué otros y más profundos saberes. Cierto extraño peregrino llegó a nuestra
ciudad, Ozal, donde mi padre mantenía su corte, si esta puede ser llamada así;
esto es, eso era cuando nos encontrábamos acampando con nuestros enormes
rebaños en el desierto, como lo hacíamos en ciertas estaciones del año después
que las lluvias hacían que el desierto aflorara el herbaje. Este hombre,
llamado Noot, fue siempre viejo y encanecido, de aspecto desagradable y con un
curioso rostro ajado del color del pergamino, rostro semejante al que tendría
Holly si llegara a alcanzar su edad. En realidad, en este y otros aspectos era
tan parecido a Holly que a menudo pienso que en él habita algo del espíritu de
Noot, vuelto ahora a la tierra, así como el de Kalíkrates ha retornado como
Leo.
Ahora
bien, este Noot, que vino a Egipto sin que nadie supiera de dónde, ya que no
era egipcio de nacimiento, había sido el sacerdote supremo de Isis, y Kherheb, o
Mago Jefe, en Egipto; alguien que había tenido mucho poder en la tierra, y
fuera de sus confines aún más, puesto que estaba en contacto con cosas divinas.
Además, era un honesto mago y decía la verdad incluso a los reyes, tal como los
dioses y su sabiduría se lo revelaban; y esta fue la causa de su caída ya que
¡ay de los que dicen la verdad a los reyes o a cualquiera que empuñe el cetro
de su poderío! Un cierto día Nectanebes, el primero de ese nombre, Faraón de
Egipto a quien otros llamaban Nekhtnebf, después de una victoria que obtuviera
sobre los persas, se encontraba pletórico de orgullo y pidió consejo a Noot, su
Mago Jefe, ordenándole que escudriñara el futuro y le contara de glorias
futuras para Egipto y la Casa Real, después de que fuera a reunirse con Osiris,
y, de esa forma, dar alimento a su alma.
Noot
contestó que era más sabio dejar que el futuro se ocupara de sí mismo, y
satisfacer su corazón con el presente y sus alegrías y grandezas.
Entonces
el Faraón montó en cólera y le ordenó que cumpliera con su orden.
De
manera que Noot inclinó su cabeza y se fue, a solas a alguna tumba, o
santuario, dibujó los círculos, musitó las palabras de poder y pidió a los
dioses a los que servía que le revelaran aquellas cosas que acontecerían a
Egipto y a la Casa del Faraón.
El
sueño mágico cayó sobre él y apareció el Espíritu de la Verdad que le expresó
terribles palabras de fatalidad y perdición. El espíritu le ordenó que se las
transmitiera al Faraón, pero que cuando las hubiese dicho escapara de Egipto
para salvar su vida y buscara a una doncella llamada Ayesha, la hija de Yarab,
Jeque de Ozal, y que en Ayesha se refugiara, ya que ella era un instrumento
designado por el Cielo. Además, este espíritu le ordenó consultar a la doncella
Ayesha en todo, e impartirle la suma de sus conocimientos y los mismos secretos
de los dioses que a él le habían sido revelados, y que a cualquier otro
causaría la muerte pronunciar.
Por
la mañana Ñoot se presentó ante el Faraón; éste se alegró de verle, y exclamó:
—Bienvenido
seas, Kherheb, primero entre los magos, de quien los hombres
dicen que ha nacido más allá de la tierra, tú, en quien habita el espíritu de
Maat, diosa de la Verdad. Dime ahora lo que te han revelado los dioses en
cuanto a las glorias que preparan para la antigua tierra de Egipto, y para la
Casa de este Faraón que la ha hecho grande nuevamente, expulsando a esos perros
persas.
—¡Vida!
¡Sangre! ¡Fuerza! ¡Oh Faraón! —contestó Noot, saludando a la manera antigua—.
He tenido en cuenta la palabra del Faraón que en contra de mi consejo, me ha
ordenado ejercer la adivinación y buscar el conocimiento del futuro por medio
de los dioses. ¡Y he aquí! los dioses han escuchado. ¡Fijaos! por boca de Maat,
Señora de la Verdad, la diosa de la tierra en que nací, me hablaron en el
silencio de la noche. Así fue como hablaron:
»Di
a Nectanebes, quien impíamente se atreve a levantar el velo del Tiempo, que
debido a que ha luchado por Egipto contra los Bárbaros que adoran a otros
dioses, se le concede morir en su cama, cosa que le ocurrirá dentro de poco. Di
que después de él vendrá un usurpador a quien los Bárbaros vencerán, de modo
que muere como esclavo en la tierra de Persia. Di que después de éste, el hijo
del Faraón llevará la Doble Corona y será llamado Faraón, el último de la
verdadera Sangre de Egipto que jamás se sentará sobre su trono. Di que este
hijo suyo está maldecido porque está asociado con espíritus del mal y ha
incurrido en apostasía, poniendo alrededor de su cuello la cadena de Afrodita
de los Griegos y las cadenas de Baal y de Moloc, que nunca pueden romperse. Por
tanto, aunque son muchas las pérfidas ofrendas que hace, la maldición sigue
pesando sobre él y los Bárbaros lo derrocarán y tendrá que huir y toda su magia
no le servirá de escudo. Por causa de él Egipto caerá y sus ciudades serán
quemadas, sus niños masacrados y profanados sus templos; y nunca más alguien de
su pura y antigua raza sostendrá su cetro.
»Tal
es el oráculo que los dioses me han ordenado comunicarte, oh, Faraón.
Cuando
Nectanebes escuchó estos horribles decretos que el Destino les reservaba a él y
a su hijo, se estremeció y se rasgó las vestimentas. Luego la furia se apoderó
de él e injurió a Noot el Profeta, llamándole mentiroso y traidor, y dijo que
acabaría con él y con sus profecías al mismo tiempo. Pero debido a que se
encontraba a solas dentro de su aposento, antes de que el Faraón pudiera llamar
a los guardias para que le matasen, Noot, ayudado por el Cielo, huyó del
palacio y, como caía la noche, se mezcló con la muchedumbre y no pudo ser
encontrado por los soldados que le buscaban.
Antes
de que el día naciera se encontró lejos de la ciudad y, disfrazado, escapó de
Egipto, llevando con él sólo su báculo de poder de Kherheb, y
también los antiguos libros sagrados de hechizos, o palabras de poder, que
escondía dentro de sus ropas. Junto con esto llevó, además, una antigua pequeña
imagen de Isis, de la que hacía uso en sus adivinaciones y ante la que oraba
día y noche.
Así
fue como poco después, una noche en que yo, la joven doncella Ayesha, me
encontraba sola en el desierto en comunión con mi alma y obteniendo sabiduría
de las estrellas, apareció ante mí un hombre anciano, que al verme se arrodilló
y me hizo una reverencia. Le contemplé y pregunté:
—¿Por
qué tú, el Anciano, te arrodillas ante mí que no soy sino una mortal?
—¿De
veras eres mortal? —preguntó—. Creí que yo, que soy el sacerdote supremo de
Isis, veía en ti a la diosa en la tierra, y de hecho, señora, me parece ver la
sagrada sangre de Isis corriendo por tus venas.
—Es
cierto, Sacerdote, que sueño con esta diosa a quien mi madre adoró y de ella
tengo recuerdos, y a veces parece hablarme en sueños, pero así y todo te digo
que soy sólo una mortal, la hija del famoso Yarab —le contesté.
—Entonces
tú eres la doncella a quien me ha sido ordenado buscar, aquella a quien llaman
Ayesha. Sabe, Señora, que grande es tu destino, más grande que el de cualquier
rey, y que me ha sido revelado que te convertirás en inmortal.
—Todo
el que cree en los dioses confía en encontrar la perla, la Inmortalidad, bajo
las aguas de la Muerte, oh Sacerdote.
—Sí,
Señora, pero la inmortalidad que a ti te ha sido vaticinada es diferente y
empieza en la tierra, y yo confieso que no lo comprendo, aunque tal vez se
trate de la inmortalidad de tu renombre.
—Ni
yo, Sacerdote. Pero entretanto, ¿qué deseas de mí?
—Techo
y alimento, Señora.
—¿Y
qué puedes tú ofrecer a cambio, Sacerdote?
—Conocimiento,
Señora.
—Eso
creo que ya lo poseo.
—No,
Señora Ayesha, no un conocimiento como el que yo puedo dar: el conocimiento de
los secretos de los dioses; hechizos que influirán en los corazones de los
reyes, magia que exhibirá cosas lejanas y convocará a los espíritus fuera de
sus tumbas, poder que pondrá, a quien lo posea, en el pináculo de la
adoración...
—¡Espera!
—interrumpí—. ¡Eres viejo y feo! estás cansado, tus pies sangran, buscas
protección y me parece que necesitas comida. ¿Cómo puede ser que alguien que
domina tanto saber y poder esté necesitado de cosas como éstas, de las que no
carece ni el más humilde de los campesinos, y deba buscar adquirirlas con
lisonjas?
Cuando
escuchó estas palabras el aspecto de ese anciano hombre cambió súbitamente. Me
pareció que su encogido cuerpo crecía, su rostro se compuso y su mirada fue
feroz, y una extraña luz brilló en sus ojos profundos.
—Doncella
—dijo con otra voz—, percibo que en verdad estás necesitada de un maestro tal
como yo. Si poseyeras la sabiduría interior no juzgarías por la apariencia
exterior y sabrías que a menudo los dioses confieren desdichas a aquellos que
aman, a fin de que de ese modo lleven a cabo sus obras. Tuya es la belleza,
tuya la inteligencia, y un gran destino te aguarda, aunque con él, según
pienso, un gran dolor. Empero, una cosa te falta: humildad, y esto deberás
aprenderlo bajo la vara del destino. Pero de estos asuntos hablaremos luego.
Entretanto, como tú dices, necesito alimento y techo, que a todos les son
necesarios mientras se hallen ocupados en la carne. ¡Condúceme ante tu padre!
Sin
más palabras, aunque no sin temor, guié a este extraño peregrino hacia nuestras
tiendas, puesto que en ese momento acampábamos en el desierto, y ante la
presencia de mi padre, Yarab, quien le proporcionó hospitalidad a la manera
árabe, pero, a excepción de las usuales palabras de cortesía, no mantuvo
conversación con él esa noche.
Sin
embargo, a la mañana siguiente, antes de que levantáramos campamento, hablaron
mucho entre ellos, y al final de la conversación fui llamada a la gran tienda.
—Hija
—dijo mi padre, señalando al vagabundo que estaba ante él, sentado con las
piernas cruzadas sobre una alfombra, a la manera de un escriba egipcio—, he
interrogado a este sabio hombre, nuestro huésped. He descubierto, por su boca,
que es el Primer Mago de Egipto, también el sacerdote supremo de la diosa más
poderosa de esa tierra, aquella a quien tu madre venerara. En todo caso, él
afirma ser todo esto... pero que ahora, al haber reñido con el Faraón, es sólo
un mendigo, lo cual es un estado curioso para un mago. También, de acuerdo con
su historia, el Faraón desea quitarle la vida debido a ciertas profecías que le
hiciera, concernientes al destino de Egipto y al de la Casa del Faraón. Parece
que desea permanecer aquí, con nosotros, e impartirte su sabiduría, la cual, es
evidente, le ha conducido a un caso aciago. Ahora yo te pregunto, como a
alguien dotada con un discernimiento muy superior al de sus años, ¿qué
respuesta debo darle? Si mantengo aquí a este Noot, que así dice llamarse,
aunque nada mencione acerca de su raza y país, acaso el Faraón, cuyo brazo es
largo, venga a buscarle y nos traiga guerra; y si le hago marchar quizás esté
volviendo mis espaldas a un mensajero de los dioses. ¿Qué debo hacer, pues?
—Pregúntaselo,
Padre mío, ya que aquel que profetiza el mal al Faraón a costa de su propia
ruina debe ser un hombre honesto.
Entonces
mi padre se meció su larga barba con gran estupefacción, y preguntó al
vagabundo si es que debía mantenerlo con él o hacerle marchar.
Noot
contestó que pensaba que mi padre baria bien en hacerle marchar, pero que haría
mejor en mantenerle consigo. Dijo que no poseía revelación alguna acerca de ese
asunto, aunque si así era deseado, buscaría una, pero que creía que, aunque su
presencia acarrearía problemas, su despedida provocaría otros todavía mayores.
Agregó que en una visión le había sido ordenado por la diosa Isis encontrar a
cierta Señora Ayesha y convertirse en su instructor en misterios, para que los
propósitos del cielo pudiesen ser llevados a cabo, y que no era acertado
mofarse de diosas cuyos brazos eran aún más largos que los del Faraón.
Ahora,
por segunda vez, mi padre, que nada importante o insignificante hacía sin mi
consejo, preguntó mi opinión sobre este asunto una vez que hube escuchado las
palabras de Noot. Reflexioné, recordando lo que el peregrino me había prometido
en el desierto, esto es, conocimiento y los secretos de los dioses, y también
hechizos que influirían en los corazones de los reyes, junto con los dones de
la magia y el poder. Finalmente contesté:
—¿Cuál
es el propósito de toda esta vacua conversación, Padre mío? ¿No ha comido este
extraño de tu pan y de tu sal? ¿Es costumbre de nuestro pueblo
arrojar fuera de sus puertas, sin que hayan cometido falta alguna, a aquellos a
quienes ha brindado hospitalidad?
—Cierto
—dijo mi padre—. En caso de haber tenido que expulsarle habría que haberlo
hecho en el acto. Mora a mi sombra, Noot, y reza a tus dioses para que sobre mí
caiga una bendición.
Así,
Noot, el sacerdote y profeta, permaneció con nosotros, y desde el primer día de
su llegada exhibió ante mis impacientes ojos todos los pergaminos de su saber
secreto. También es cierto que no trajo a mi padre bendición, sino la muerte,
tal como se verá más adelante, pero esto no sucedió hasta muchas lunas después.
Entretanto
me enseñaba y yo aprendía, porque su conocimiento fluyó por mi alma como un río
en el desierto, y llenó con vida su sedienta arena. De todo lo que de él
aprendí, debido a los juramentos que presté, no es lícito que siquiera ahora
escriba, pero es cierto que en esos años de estudio llegué a acercarme a los
dioses y arrebaté más de un secreto de los apretados puños de la Naturaleza.
Además,
como todavía no había tomado los votos, me convertí en devota de Isis, ya que
Noot, su sacerdote supremo, poseía autoridad para conferirme ese estado; y me
conté entre los del círculo más íntimo. Sí, ya en ese entonces yo ya había
determinado que abjuraría del matrimonio y de todas las alegrías de la carne y
haría a Isis la ofrenda de mi vida, en tanto que ella, a través de su
sacerdote, me prometió a cambio, un poder y una sabiduría como los que muy poco
frecuentemente hayan sido dados a mujer alguna antes que a mí.
Así
pasó el tiempo hasta que finalmente cayó el golpe, y yo, a pesar de toda mi
sabiduría, nunca escuché la risa de Afrodita detrás de su velo. Tampoco Noot,
por cierto, pero en ese entonces él era un anciano que, según logré deducir a
través de sus palabras, salvo aquellos de su madre, jamás había tocado los
labios de una mujer. Todo el conocimiento le pertenecía, pero
parecía que en su búsqueda había pasado por alto ciertas cosas. Al menos eso
fue lo que creí, o más bien, creí a medias en ese momento; pero después supe
que hay asuntos sobre los que, incluso los más sagrados, piensan que no es
vergonzoso mentir; puesto que al final Noot me confesó que en su juventud había
sido como los demás hombres. Además creo que aunque yo no lo hiciera él escuchó
la risa de Afrodita. Como quiera que sean todas estas cosas, descubriría más
tarde, Madre Isis es severa señora con todo aquel que le vuelve sus espaldas.
Además,
aunque fue mucho lo que Noot me dijo, más fue lo que ocultó. No fue sino
después de muchos años que supe que era ciudadano de la antigua y asolada
ciudad de Kôr, y el único que conocía el temible misterio que ocultaba, y que
le había sido ordenado revelarme en un lejano día venidero, a mí, Ayesha, y a
ningún otro hombre o mujer. Tampoco me dijo que era el propósito del cielo que
bajo su otra forma, y con el nombre de Verdad, yo volviera a establecer el
culto de Isis en esa tierra y una vez más hacer de ella la reina del mundo. Sin
embargo así sucedía, y por esa, y no otra razón, él fue enviado a mí. Por esa
causa se le ordenó revelar el destino de Egipto a Nectanebes, para que este
Faraón en su cólera condujera al peregrino a nuestras tiendas en Ozal, para que
allí morara durante años y me instruyera, a la elegida, en todas las cosas que
debía aprender, de modo tal que cuando llegase la hora señalada yo estuviera
preparada para mi inmensa tarea.
¡Pero
durante todo este tiempo Afrodita continuó riendo detrás de su velo!
Capítulo
III
La batalla y la huida
Finalmente
cayeron sobre nosotros las desventuras. Como ya he dicho, mi belleza era el
comentario de los hombres a través de toda Arabia, y también de las mujeres, a
las que provocaba celos, pues los que viajaban en caravanas llevaban su fama de
tribu en tribu y aquellos que navegaban por el mar recogían la noticia y la
llevaban a lejanas costas. Pero a esta leyenda ahora se sumaba otra, esto es,
que la portadora de tanta hermosura era también un recipiente en el que los
dioses habían vertido toda su sabiduría, de modo que escasos eran los prodigios
que ella era incapaz de operar, y poco o nada aquello que desconocía. Se
agregaba, con razón, que el canal a través del que esta sabiduría fluía dentro
de ella era un cierto Noot, que antiguamente había sido Kherheb en
Egipto y supremo sacerdote de Isis.
Más
tarde esta leyenda, transmitida por los marineros, llegó a oídos del Faraón
Nectanebes en su ciudad de Sais; él sabía muy bien que Noot era el profeta al
que había ahuyentado del país, y a quien ahora deseaba tener nuevamente a su
lado a causa de sus inspirados consejos.
Por
fin, el Faraón envió una embajada a mi padre, Yarab, exigiendo que yo fuera
dada a él o a su hijo, el joven Nectanebes, no sé a cuál, en matrimonio, y que
Noot regresara a Egipto como mi guardián y allí sería restituido a todos sus
cargos.
Mi
padre respondió, hablando a través de mi voz, que lo último que yo deseaba era
convertirme en una de las mujeres del Faraón, un hombre ya cercano a la tumba,
o siquiera del hijo del Faraón, yo, que era una árabe nacida en libertad; y en
cuanto a Noot, su cabeza estaba más segura sobre sus hombros en Ozal, donde era
un huésped de honor, que en la corte del Faraón.
Nectanebes
tomó a mal estas palabras; tan mal, por cierto, que por esta y otras razones
políticas, envió un ejército a que invadiera Yaman la Feliz, y me capturara y
asesinara a Noot, o lo arrastrara encadenado fuera de Egipto. De todos estos
planes tuvimos advertencias, en parte a través de los sacerdotes de Isis en
Egipto, que todavía reconocían a Noot como su jefe, aunque otro había sido
elevado a su puesto en lugar suyo y desempeñaba su cargo, y en parte por medio
de sueños y revelaciones que le llegaron del Cielo. Por tanto, nos preparamos y
revinimos grandes fuerzas para luchar contra el Faraón.
Finalmente
llegaron sus huestes, traídas en su mayor parte en navíos de Chipre y de
Sidonia donde, en esa época, los reyes eran sus aliados o, mejor dicho, sus
vasallos.
Desembarcaron
sobre una planicie junto a la orilla del mar y, observándoles desde nuestras
colinas, les permitimos llegar a tierra. Pero esa noche, o más bien, justo
antes del alba, cuando su campamento aún se hallaba sin fortificar, nos echamos
sobre ellos desde nuestras colinas. ¡Grandioso fue el combate! puesto que
luchaban bien. Dirigí la caballería de nuestra tribu en esta, mi primera
batalla, y a la luz del sol naciente cargué una y otra vez hasta el corazón de
las huestes del Faraón, sin temor alguno, pues sabía muy bien que nada podría
hacerme daño.
Había
una cierta compañía de griegos, tal vez unos dos mil, que servían al Faraón, y
en medio de ellos estaba su general, esta compañía se mantuvo firme cuando las
otras huyeron. Tres veces la atacamos con nuestra caballería y tres veces
fuimos obligados a retroceder. Entonces mi padre vino en mi ayuda con los
escogidos soldados de su misma sangre montados sobre camellos. Nuevamente
cargamos, y esta vez nos abrimos paso. Aquéllos que estaban cerca del general
del Faraón me vieron y lucharon por capturarme, con la esperanza de entregarme
a él sin importarles lo que sucediera al ejército. Me rodearon; uno cogió las
bridas de mi caballo. A éste le maté con una jabalina, pero otros me dominaron.
Entonces imploré a Isis y pienso que me cubrió con alguna vestimenta propia de
su majestuosidad pues el enemigo se replegó ante mí, exclamando:
—¡Es
una diosa, no una mujer!
No
obstante quedé aislada y rodeada por ellos, pues todos mis compañeros habían
sido asesinados o puestos en fuga.
Se
abalanzaron sobre mí para tomarme con vida y pronto me vi rodeada por un
círculo de espadas. Mi padre apareció montado en su veloz dromedario blanco,
que era llamado Viento del Destino, seguido por otros. Irrumpieron a través del
círculo y hubo una feroz batalla. Mi padre cayó, atravesado por la lanza del
general de los egipcios. Yo lo vi y, presa de furia, cargué contra ese general
e introduje mi lanza en su garganta de modo que él también cayó. Luego se
escuchó un grito y las huestes del Faraón se dispersaron, huyendo hacia las
naves. Algunos las alcanzaron, pero la mayoría quedaron muertos sobre la costa
o fueron tomados prisioneros.
Así
finalizó esa batalla y esa fue la respuesta que nosotros, los de Ozal, enviamos
al Faraón Nectanebes. Por lo tanto, también fue que a causa de la muerte de mi
amado padre a manos de ellos yo odié a Egipto, y no sólo a Egipto sino a Chipre
y Sidonia, en cuyas naves habían sido traídas sus huestes para atacarnos, sí, y
juré vengarme de ellos todos, juramento que cumplí cabalmente.
Ahora,
al haber muerto mi padre, yo, la hija de Yarab, me convertí en soberana de mi
tribu, con Noot como mi consejero. Durante algunos años goberné bien. Empero,
surgieron dificultades... en esta forma. Para entonces la fama de mi gloria y
belleza se habían extendido por toda la tierra, de modo que, aún más que antes,
fui acosada por pedidos de mano por parte de jefes y reyes que llegaban a rozar
la cólera cuando les rechazaba. Finalmente, al ser hermanos en su aflicción
porque no aceptaba a ninguno de ellos, yo, a quien ellos llamaban por los
nombres de Athor y Afrodita y otras diosas afamadas por su belleza, de acuerdo
a sus diferentes cultos, juntos crearon una vasta conspiración y despacharon
enviados que portaban un mensaje. Este era el mensaje:
Que
a menos que mi pueblo me entregara, a fin de que mi esposo pudiera ser elegido
entre ellos, echándolo a la suerte, unirían sus ejércitos cayendo sobre
nosotros y darían muerte a nuestra tribu de modo que ninguno quedara para alzar
la vista al sol, excepto yo, que entonces sería la recompensa de aquel que
pudiera capturarme.
Ahora
bien, cuando escuché esto la furia hizo presa de mí y, habiendo hecho azotar a
esos mensajeros en mi presencia, los envié de vuelta con sus amos portando mi
desafío. Pero cuando se hubieron marchado los ancianos de la tribu vinieron a
mí y dijeron por boca de su portavoz:
—Oh
Hija de Yarab, oh Ayesha la Sabia y Hermosa, te adoramos como a alguien
inapreciable. Pero también es cierto que amamos a nuestras mujeres e hijos y
deseamos vivir, no morir. ¿Cómo nosotros, que no somos sino unos pocos, podemos
enfrentar a tantos reyes? Por tanto, te rogamos, Ayesha, que elijas a uno de
ellos para que sea tu esposo, porque entonces, a causa de los celos, sin duda
se destruirán el uno al otro, y nosotros, tus súbditos, seremos dejados en paz.
O si no deseas casarte, te suplicamos que durante un tiempo ocultes tu belleza
en cualquier otro sitio de modo que los reyes no vengan a buscarla aquí.
Escuché
y me enfurecí por la cobardía de este pueblo que situaba su propio bienestar
por encima de mis deseos y se negaba a luchar contra aquellos que me
amenazaban. Empero, prudentemente oculté mi pensamiento y dije que consideraría
la cuestión y les daría una respuesta al tercer día. Pedí entonces consejo a
Noot y juntos hicimos adivinaciones y oramos a los dioses, por sobre todo a
Isis.
El
resultado fue que antes del alba del segundo día, si alguien hubiese observado,
pudo haber visto una pequeña caravana de cinco camellos abandonando la ciudad
de Ozal y dirigiéndose hacia el mar.
En
el primero de esos camellos se sentaba un viejo mercader. En el segundo, su
esposa o su hija, o su mujer, envuelta en cuantiosos velos. En los otros tres
iba su mercancía. Parecían ser alfombras tejidas, aunque de haber sido abiertas
se hubiese comprobado que esas alfombras estaban llenas de un enorme tesoro
compuesto por oro, perlas, zafiros y otras gemas. Durante generaciones todo
esto había sido reunido por mi padre, Yarab, y aquellos que habían venido antes
que él, y era el producto de los beneficios de su comercio y de sus rebaños y
manadas, que había sido ocultado para cuando llegasen tiempos de necesidad.
El
mercader era Noot, el sacerdote y profeta, y la mujer era yo... Ayesha. El
tesoro era mío y los camellos eran conducidos por cierto hombre que había
servido a mi padre, y ahora me servía a mí, estando juramentado ante mí por
votos secretos que no podían ser quebrantados.
Llegamos
al mar y nos embarcamos hacia Egipto en un barco que yo había hecho preparar.
Sí, antes de que se nos echase de menos habíamos dejado atrás la costa de
Arabia, ya que yo había dado a entender que me retiraba a un lugar secreto a
fin de considerar la respuesta que daría a los ancianos del pueblo. Según
escuché después, cuando se supo que yo les había vuelto mis espaldas, hubo
aflicción y lamentaciones en cada una de las casas de la tribu. Comprendiendo
aquello que habían perdido, los hombres se golpeaban el pecho y lloraban,
aunque se dice que algunas mujeres se alegraron, puesto que yo las eclipsaba a
todas y estaban celosas de mí.
Tiempo
después, los reyes y jefes que ya he mencionado cayeron sobre ellos en mi
búsqueda; mi pueblo juró que yo me había transformado en una diosa y me había
dirigido al cielo. Algunos lo creyeron, declarando que siempre me habían
considerado como a alguien más que mortal, pero otros, de mente más grosera y
vulgar, afirmaron que yo había sido escondida; y, cargando sobre la tribu, la
dispersaron, tomando muchos prisioneros y vendiéndolos como esclavos.
Así,
pues, los hijos de Yarab pagaron el precio de su traición, aunque he escuchado
que luego volvieron a convertirse en un pueblo bajo el gobierno de cierto nieto
bastardo de mi padre, y me adoraron como diosa guardiana de generación en
generación, y llegaron a creer que yo no era una mujer sino un espíritu al que
los dioses enviaban a morar con ellos durante una temporada.
Así,
Noot y yo llegamos a salvo a Naukratis, una ciudad griega sobre la
desembocadura canópica del Nilo, y allí habitamos, bajo el disfraz de un
mercader y su hija que comerciaban con piedras preciosas y otros costosos
bienes, aumentando así mi riqueza, aunque de esto no había mucha necesidad
puesto que ya era inmensamente grande.
Fue
aquí' que por vez primera llevé el velo a la manera oriental, con el fin de
ocultar mi belleza a los ojos de los hombres.
Con
el pretexto de este comercio Noot y yo permanecimos allí durante dos años, o
más, mientras yo estudiaba la ciencia y el lenguaje de los egipcios, y aprendía
a leer su escritura en grabados a los que los griegos llamaban jeroglíficos, y
me perfeccionaba en el conocimiento de su historia. También adquirí dominio en
el uso de la lengua griega y leí las obras de sus grandes escritores, así como
también las de los grandes romanos. Además aprendí otras cosas ya que al
comienzo del segundo año, habiendo muerto Nectanebes, el Faraón que me había
pretendido en matrimonio, y estando Egipto por un período en manos del
usurpador Zehir, de quien algunos decían que era hijo suyo y de una concubina,
viajamos disfrazados Nilo arriba y llegamos a la antigua ciudad de Tebas. Esto
lo hicimos lentamente, deteniéndonos en cada gran ciudad, donde recibimos la
hospitalidad de los sacerdotes supremos de varios dioses, como Amón, Ptah y el
resto, pues Noot, mediante señales secretas, se daba a conocer a los mismos. De
hecho, la nueva de nuestro arribo era transmitida antes de nuestra llegada, de
modo que siempre encontrábamos a alguien esperando para recibirnos; y una vez
dentro de los muros del templo éramos tratados como grandes, a pesar de que
íbamos vestidos como humildes viajeros. Descubrimos que todos estos sacerdotes
estaban enfurecidos; por un lado, a causa de que los dioses de los griegos, e
incluso los de los persas y sidonios, eran antepuestos a los de ellos, pero aún
más en razón de que sus rentas eran confiscadas y usadas para pagar a
mercenarios griegos, de modo que aquellos que habían sido muy ricos eran ahora
pobres, y los dioses carecían de sus ofrendas y sus sagrados templos no podían
ser reparados.
De
todas estas cosas tomé nota, pues mi corazón tenía por meta solamente una
cosa... provocar la caída de los egipcios y sus aliados, que habían asesinado a
mi amado padre, cosa que en realidad estaba predestinada a hacer. Por tanto,
por medio de una palabra aquí y otra allí encendí el odio que ardió lentamente
en ellos hasta llegar a inflamarse, haciendo alusión a la rebelión y al
emplazamiento de una nueva dinastía en Egipto, de la cual, pensé en esa época,
yo sería la primera, una sacerdotisa reina, Isis en la Tierra. También insinué
este plan por boca de Noot, y no fue mal recibido, puesto que aquellos
sacerdotes a los que había narrado mi historia y las revelaciones que le habían
llegado concernientes a mí, ya me contemplaban como a algo más que una mujer.
¿Podía una doncella mortal —se preguntaban— estar en posesión de tanta belleza
y conocimiento; no era yo, en realidad, una diosa vestida con la carne de una
mujer?
Sólo
que en la ruta que me proponía andar había este obstáculo: cada uno de aquellos
sacerdotes supremos deseaba que él mismo, o al menos alguien que adorara
a su dios, ya fuera Amón, u Osiris o Ptah, o Khonsu, fuera el
Faraón de esa nueva dinastía. Porque cada uno de ellos estaba celoso del otro,
y no se ponían de acuerdo, como suele suceder entre sacerdotes rivales.
Seguimos
hacia Tebas, en donde contemplé las maravillas de los prodigiosos templos que
ahí se levantaban y que habían sido erigidos por cien reyes; Holly ahora me
dice que son sólo ruinas, aunque el gran recinto de columnas entre las que yo
acostumbraba a errar, en parte sigue manteniéndose en pie. También crucé el
Nilo y visité las tumbas de los Faraones.
Parada
bajo la luna en ese desolado Valle de los Reyes Muertos, pienso que por vez
primera llegué a comprender toda la pequeñez de la Vida, y de las vanidades de
la tierra. La Vida, vi, no era sino un sueño; sus ambiciones y sus alegrías
eran solamente polvo. Esos reyes y reinas, algunos de los cuales habían sido
muy poderosos en su día: las gentes los adoraban como a dioses y cuando
extendían sus cetros el mundo temblaba. ¿Y qué eran ahora? Sólo nombres, si es
que de ellos quedaba siquiera el nombre.
Vi
a una gran reina cuya tumba hacía poco había sido profanada por ladrones,
persas o griegos, según se me dijo. Habían desenrollado la momia y la habían
despojado de sus ornamentos reales; y ahí yacía, aquella en la que
se había centrado toda la pompa del mundo, una pequeña y marchita cosa
negra, dirigiéndonos una mueca desde el polvo, como una mona muerta, una visión
tan extraña e inhumana que el sacerdote que nos guiaba, un sujeto grosero, echó
a reír. Recordé esa risa y luego le hice pagar por ella; aunque él jamás supo
de dónde provenía su infortunio.
Yo,
Ayesha, tengo muchos pecados en mi cuenta, y en esa época estaba llena de
defectos, tal como acaso me sucede hoy. De este modo, me enorgullecía de mi
belleza y mi genio, que me habían sido dados por encima de los de cualquier
otra mujer; también era apasionada y vengativa, y me guiaban las ambiciones. No
obstante, y esto lo juro por todos los dioses de todos los cielos, siempre, en
mi vida secreta, he puesto el espíritu por encima de la carne y nunca he
deseado obtener otra gloria que no fuera la de la tierra. De la carne vinieron
mis pecados, porque esta fue engendrada por otra carne; y la carne es el pecado
encarnado. Pero mi alma no es pecaminosa, porque proviene de aquello que no
contiene pecado y, una vez cumplidas sus tareas aquí, cargada con conocimiento
y purificada por el sufrimiento, a esa sagrada fuente volverá a retornar. Al
menos, esa es mi fe y mi esperanza.
Así
fue como allí, en el Valle de los Reyes Muertos, presté juramento al culto de
Dios (puesto que todos los dioses son un Dios), y juré que usaría al mundo a
modo de escalera por la que pudiera ascender para acercarme a Su trono.
Así
juré, con el viejo Noot por testigo, y observé que ante el juramento movía su
sabia cabeza y sonreía ligeramente. Puesto que si yo había olvidado a Afrodita
y a la carne, él las recordaba; o acaso, aquel a quien el futuro hablaba, ya
adivinaba algo de mi destino y no le era lícito pronunciarlo. Además, por ese
entonces nada sabía yo de ese eterno Rey del Fuego que mora en majestad debajo
de las rocas de Kôr, ni de sus malignos dones. Y menos aún, que el mismo Noot,
por herencia y designio, era el guardián del Fuego.
Desde
Tebas dejamos atrás el Nilo y llegamos a Filos, en la Isla de Elefantinos,
donde la Madre Isis tenía su sagrado santuario, y donde Nectanebes, el primero
de ese nombre, que me había codiciado como esposa y que ahora hacía tiempo que
estaba muerto, había comenzado a erigir un templo de incomparable belleza;
dicho templo fue terminado en mi época por su hijo, el segundo Nectanebes,
aquel con quien yo habría de vérmelas y al que reduciría a la nada.
Aquí
residí durante un año, completando los preparativos finales para llevar a cabo
el juramento ante la diosa. Cumplí los ayunos, purifiqué mi corazón, pasé las
pruebas y por fin, a solas, me pareció que moría y descendía al golfo de la
muerte, y huía a través de los Recintos de la Muerte perseguida por los
espantos, hasta que vi, o soñé que veía, a la diosa en su esplendor y,
desvaneciéndome, caí a sus pies. Más no podría decir, incluso ahora que más de
dos mil años han pasado desde esa sagrada hora de temores y victoria, salvo
esto que en realidad llegó a suceder. Cuando me recuperé del desmayo, ciertas
palabras estaban escritas en mi mente; aunque no sé si fueron pronunciadas por
la diosa, a la que me pareció ver, o por algún espíritu. Estas fueron las
palabras:
—Muy
al sur, en esta tierra de Libia, más allá de la región de Punt, hay una antigua
ciudad donde existió mi culto antes de que Egipto se constituyera como pueblo.
Allá, Hija de Isis, volverás a llevarlo y allá sobre ella soplarás tu aliento y
mantendrás viva la sagrada chispa que finalmente está condenada a desaparecer
de la tierra, en medio de esas nieves sobre las que todavía ningún meridional
ha puesto sus pies. Allí, Hija, en esa tierra perdida y desértica, mi profeta
Noot te recibirá. Él será quien allí vigile la Puerta de la Vida, por la cual,
entre todas las mujeres humanas, tú serás la única en pasar. Allí teñirás tus
manos con sangre, y allí, en soledad en medio de las tumbas, con lágrimas de
tus arrepentidos ojos, lavarás tu pecado. Sin embargo, de las semillas que has
sembrado con fuego en el seno del mundo, tú recogerás la cosecha en medio de
las nevadas cimas de las montañas.
Tales
fueron las palabras que quedaron grabadas en mi memoria cuando desperté de mi
desvanecimiento, después de la noche de la prueba. Más tarde se las repetí a
Noot, mi Maestro, rogándole que leyera su significado, cosa que o bien no pudo
o no quiso hacer. Dijo, sin embargo, que era cierto que en el
lejano sur se alzaba una gran ciudad, que ahora era sólo unas ruinas
escasamente pobladas, adonde habían llegado los primeros antepasados de los
egipcios miles de años antes de que las pirámides fuesen construidas. Dijo
también que él conocía el camino hacia esa ciudad, por mar y por tierra, aunque
no reveló cómo lo conocía. Tampoco interpretó el resto de las palabras del
sueño. Empero, cuando lo acosé con preguntas, dijo a la ligera, como quien
arriesga una conjetura, que acaso la diosa había querido decir que sería mi
suerte, después de la caída o de la corrupción de Egipto, llevar nuevamente su
culto a ese, su primer hogar, y establecer ahí una gran nación con sus
servidores. En cuanto a la «Puerta de la Vida», por la que sólo yo podía pasar,
y de la que él había sido designado Guardián, y a las «nieves del norte»,
declaró que ignoraba qué se había querido decir con esas expresiones, pero que
sin duda estas cosas se aclararían a su debido tiempo.
Así
habló, alegremente, de algún modo, como alguien que consuela a un niño
asustado, como si hubiese querido hacerme pensar que todo no había sido más que
un sueño. Por cierto, llegué a creer que así había sido, siguiendo la costumbre
del género humano en lo que concierne a cosas que no puede ver ni tocar, por
más reales que estas cosas puedan aparecer a la hora de ser experimentadas.
Porque a éstas, al final, siempre las registramos como sueños, como los que por
miles nos persiguen cuando dormimos.
Sin
embargo, ahora que han pasado dos mil años, sé que ese sueño fue verdadero.
Pues ¿no existe una ciudad llamada Kôr, a la que se me destinó para que
encontrara la Puerta de la Vida, de la que Noot era el guardián? ¿Y no pequé
ahí, y de generación en generación no lavé de mis manos la sangre vertida con
lágrimas del más amargo arrepentimiento, y no expié luego ese pecado con
derrota y vergüenza y agonía? Y finalmente, ¿no recojo esa cosecha de lágrimas
en las cimas de las montañas entre las nieves del norte adonde me trajera el
espíritu, manteniendo todavía en las manos las brasas del culto de ese Bien
predominante que para nosotros, los del mundo antiguo, era conocido como la
Madre Universal, a quien presté juramento en los templos de Filos?
Pero
basta ahora de estas cosas; dejemos que sean dichas a su debido tiempo.
Capítulo
IV
El beso del destino
A
Filos llegó un hombre. Contemplando desde lo alto de un pilón adonde había ido
a orar a solas, le vi desembarcar en la isla, y desde lejos noté que era un
hombre desforme, vestido con armadura como la que usaban los griegos, sobre la
que llevaba un manto común y que le encapuchaba como para ocultarle; alguien
que tenía el aire de un guerrero. A cierta distancia de la entrada al templo se
detuvo y miró hacia arriba como si algo atrajera su vista hacia mí, de pie muy
por encima de él en la cima del pilón. No podía ver su rostro a causa de la
sombra que arrojaban los enormes muros tras los que se ocultaba el sol; pero
sin duda, él pudo verme bastante bien. Mi forma se recortaba contra el velo de
dorada luz que debió de haberme tocado con su esplendor, aunque como esa luz
estaba detrás de mí, también mi rostro quedó oculto para él. Al menos durante
un instante se quedó como estupefacto, mirando fijamente hacia arriba; luego
hizo una inclinación de cabeza y entró al templo, seguido por hombres que
portaban cargamentos.
Será
un peregrino en visita al lugar sagrado, pensé para mis adentros, y luego
desvié mi mente hacia otros asuntos, recordando que ya nada tenía que ver con
los hombres. Así, por vez primera en el cuerpo, sin saberlo, ví a Kalíkrates, y
él me vio a mí; pero más tarde he pensado con frecuencia que en la forma de
este encuentro había una enseñanza velada, o una parábola.
Puesto
que ¿no me alzaba yo muy por encima de él, vestida con el esplendor del oro del
cielo, y no se encontraba él muy por debajo, en la oscuridad de las sombras que
yacían sobre la humilde tierra, de modo que entre nosotros había un espacio
inaccesible? ¿Y no ha sido así siempre, a través de los siglos? puesto que ¿no
estoy todavía sobre lo alto del pilón, vestida con el esplendor del espíritu, y
no está él todavía muy por debajo de mí, aún envuelto en las sombras de la
carne? ¿Y no es frecuente que entre aquellos que se aman, uno esté muy por
encima del otro, y aun así este manto de amor los atraiga, elevando a uno, o
arrastrando al otro hacia abajo?
El
hombre entró al templo y esa noche escuché que era un capitán griego de alta
cuna, alguien que aunque joven hacía tiempo que servía en las guerras y que
había llevado a cabo grandes acciones, de nombre Kalíkrates, que había venido a
buscar el consejo de la diosa, trayendo preciosos regalos en oro y sedas de
Oriente, el botín de las batallas en las que había luchado.
Pregunté
por qué alguien así buscaba la sabiduría de Isis, y se me dijo que era a causa
de que su corazón se encontraba afligido. Parecía que había estado morando en
la corte del Faraón como capitán de la guardia griega, y que ahí había reñido y
luego asesinado a alguien que era como un hermano para él, si es que, en
realidad, no había sido su verdadero hermano. Esta mala acción, se dijo,
devoraba su alma y le condujo a los brazos de la Madre Isis, buscando el perdón
y el consuelo que no podía encontrar en manos de ninguno de los dioses de los
griegos.
Volví
a preguntar, con bastante vaguedad, por qué este Kalíkrates había matado a su
íntimo amigo, o hermano, quien fuera de los dos que hubiese sido. La respuesta
fue...: por causa de cierta doncella de alcurnia a quien ambos amaban, de modo
que lucharon por celos, a la manera de los hombres. Por esta razón Kalíkrates
perdió el derecho a la vida, de acuerdo a la severa ley militar de los soldados
griegos, y debió huir. Además, la acción había empañado el nombre de esa gran
dama; también, su corazón estaba destrozado por el remordimiento, y aquí él,
que había renunciado al mundo vino a suplicar a Isis que lo reparara con su
piedad.
La
narración no dejó de conmoverme un poco, pero nuevamente la alejé de mi mente
ya que ¿no son tales cosas comunes entre los hombres? La historia es siempre la
misma: dos hombres y una mujer, o dos mujeres y un hombre, y efusión de sangre,
remordimientos y recuerdos que no mueren, y el llanto por un perdón tan difícil
de encontrar.
Sí,
la alejé de mis pensamientos, diciendo con ligereza —¡oh, esas palabras de mal
agüero!— que sin duda, en un día venidero, su propia sangre habría de pagar por
aquella que había derramado.
Durante
un tiempo, en realidad, unos meses, este griego Kalíkrates desapareció de mi
vista y incluso de mis pensamientos, salvo en ocasiones en que me llegaron
noticias de que estaba estudiando los Misterios con los sacerdotes, habiendo
tomado la determinación, se decía, de renunciar al mundo y juramentarse al
servicio de la diosa. Noot me dijo que era muy fervoroso en cuanto a ese
propósito y que hacía grandes progresos en la doctrina, lo cual complacía a los
sacerdotes, que deseaban, por sobre todas las cosas, convertir a aquellos que
habían servido a los dioses griegos, con los que las deidades de Egipto, y en
especial Isis, estaban en guerra. Por lo tanto, los sacerdotes apresuraron su
preparación para que, lo antes posible, pudiera consagrarse a la Reina
Celestial por vínculos que no podrían ser desatados.
Por
fin sus ayunos y enseñanzas fueron completados; las pruebas habían sido
superadas y llegó la hora en que debía hacer su última confesión a la diosa y
jurar los imponentes votos ante su presencia.
Pero
como Isis no descendía a la tierra para encontrarse cara a cara con cada
neófito, era necesario, en esta gran ceremonia, que alguien imbuido de su
espíritu tomara su lugar y, como puede adivinarse, ese alguien fui yo, Ayesha
la Árabe. A decir verdad, en todo Egipto, en razón de mi belleza, mi sabiduría
y la gracia que me había sido otorgada, no había nadie tan adecuado como yo
para vestir su manto. De hecho esto fue reconocido posteriormente cuando, todos
a una, los Colegios de sus servidores de todo el país, hombres y mujeres
juntos, me incitaron a que fuera su sacerdotisa suprema, y me dieron, a mí que
en el pasado había sido conocida entre ellos por el título de Hija de la
Sabiduría, el nuevo nombre de Isis-en-la-tierra, o,
abreviadamente, La Isis. Porque mi verdadero nombre, Ayesha,
lo mantuve oculto por temor a que se descubriese que yo había sido esa jefa,
hija de Yarab, que había derrotado al ejército de Nectanebes.
De
modo que, a cierta hora de la noche, envuelta en los sagrados hábitos, llevando
sobre mi frente el bonete de buitre y el curvado símbolo de la luna,
sosteniendo en la mano el sistrum y la cruz de la Vida, fui
conducida al encolumnado santuario y depositada a solas sobre el trono del más
negro mármol, con el redondo símbolo del mundo por escabel.
Así,
habiendo aprendido mi papel y las antiguas palabras santificadas que debía
pronunciar, me quedé sentada preguntándome en lo más íntimo si la misma Isis
podía ser más esplendorosa o más bella. Esto, por cierto, también les sucedió a
los sacerdotes y sacerdotisas que me vieron engalanada en esta forma y se
inclinaron ante mí como si yo hubiese sido la diosa misma, lo que, en verdad,
muchos de los más humildes de entre ellos creían a medias.
Así
me mantuve, sentada a la luz de la luna que fluía desde el destechado recinto,
mientras los esculpidos dioses me contemplaban con sus sosegados ojos.
Por
fin, escuché el sonido de los pasos de una sacerdotisa, que al llegar arrojó
sobre mí el blanco velo de la inocencia cosido con estrellas de oro, que, hasta
que llegara el momento, debía ocultar a Isis de su adorador. La sacerdotisa se
retiró y, envuelto en la oscura túnica con capucha, que significaba la manchada
carne a punto de ser desechada, y que le ocultaba de manera que su rostro no
pudiese ser visto, llegó ese alto neófito, conducido por dos sacerdotes que
sostenían sus manos derecha e izquierda. Reparé en esas manos por la blancura
con que destacaban contra la negra túnica; e incluso a la luz de la luna pude
ver que eran hermosas, largas, finas y armoniosas, aunque la palma de una, la
derecha, se veía de algún modo ensanchada, tal vez por el prolongado uso de las
armas de guerra.
Los
sacerdotes le condujeron hasta la entrada del santuario y, susurrando en voz
muy baja, le ordenaron arrodillarse sobre un escabel y llevar a cabo su
sacrificio y la confesión ante la diosa, tal como se le había instruido para
que hiciera. Luego partieron, dejándonos a solas.
Lo
que siguió fue silencio. Por fin lo rompí, susurrando:
—¿Quién
es el que viene a visitar a la Madre en su santuario terrenal, y cuál es su
plegaria a la Reina del Cielo y de la Tierra?
Aunque
hablé en forma muy gentil y en voz muy baja, tal vez a causa de su misma
dulzura mis palabras parecieron asustarle, o quizá creyó que se encontraba ante
la presencia de la propia diosa; en cualquier caso, respondió con voz trémula:
—Oh
sagrada Reina adorada, en el mundo se me llamaba Kalíkrates el hermoso. Pero
los sacerdotes, oh Reina, me han dado un nuevo nombre, y éste es el de Amante
de Isis.
—¿Y
qué tienes que decir a Isis, oh Amante de Isis?
—Oh
Reina eterna; tengo que confesarle mis pecados y solicitar de ella su perdón,
yo, que he pasado las Pruebas y soy aceptado por sus servidores. Si es
concedido, entonces a ella prestaré mi juramento, comprometiéndome a amarla y
servirla eternamente; a ella y a ninguna otra en el cielo o en la tierra.
—Expone
esos pecados, oh Amante de Isis, para que en mi grandeza pueda juzgar si pueden
ser perdonados o están más allá del perdón —contesté con las palabras del rito
establecido.
Entonces
comenzó, y narró una historia que hizo que enrojeciera detrás de mi velo,
puesto que toda ella tenía que ver con mujeres, y jamás, hasta entonces, yo
había tenido conocimiento de lo libertinos que podían ser aquellos griegos.
También habló de hombres a los que había asesinado en la guerra; a uno de
ellos, en la batalla contra mi tribu, en la cual había luchado cuando muchacho,
lo que era bastante extraño ya que aquel hombre era un gran guerrero. Estas
muertes, sin embargo, no las tomé en cuenta, porque habían sido las de aquellos
que eran enemigos suyos, o de su causa.
En
severo silencio escuché, notando que, excepción hecha de esos asuntos de amores
ligeros y luchas, el hombre parecía ser suficientemente inocente, ya que en su
relato no había nada de vileza o traición. Además, parecía que era alguien en
quien el espíritu había luchado contra la carne y que, a pesar de lo enredados
que sus pies hubiesen podido estar en los venenosos engaños de la tierra, de
tanto en tanto había puesto sus ojos en el Cielo.
Por
fin hizo una pausa, y le pregunté:
—¿Ha
concluido el negro recuento? Di ahora la verdad, y no te atrevas a ocultar nada
a la diosa que todo lo advierte.
—No,
oh Reina —contestó—, todavía falta lo peor. Llegué a Egipto como capitán de la
guardia griega que custodia la Casa del Faraón, en Sais. Conmigo venía otro
hombre, mi medio hermano, ya que nuestro padre era el mismo, con el que me
había criado y a quien amaba como jamás hube amado a otro hombre, y quien me
amaba a mí. Era un magnífico guerrero, aunque algunos sostenían que yo era más
agraciado en mis rasgos. Tisistenes era su nombre, que en la lengua griega en
la que hablo significa Vengador. Así fue llamado debido a que mi padre, de
quien era el primogénito, deseaba que cuando creciera llevara a cabo la
venganza sobre los persas que habían asesinado a su padre, llamado como yo,
Kalíkrates, el más hermoso espartano que jamás haya nacido. Vilmente le mataron,
antes de la batalla de Platea, mientras ayudaba al gran Pausanius a ejecutar
sacrificios a los dioses. A este Tisistenes, mi hermano, di muerte con mi
propia mano.
—¿Por
qué causa le mataste?
—En
esa corte había una doncella real, más bella de lo que lo haya sido mujer
alguna, lo es, o lo será... no preguntes su nombre, oh Madre, aunque sin duda
ya te es conocido. Vimos a esta dama los dos al mismo tiempo, y por designios
de Afrodita, ambos la amamos. Sucedió que fui yo el que ganó sus favores, no mi
hermano. Se nos espió a ella y a mí; la voz corrió; cayeron aflicciones sobre
la doncella real que había sido prometida en matrimonio a un lejano rey cuando
llegara a la edad adecuada. Para salvar su nombre desmintió todo tal como era
su obligación. Juró que nada había entre nosotros, y para probarlo me volvió su
rostro y lo dirigió hacia mi hermano. Juntos los encontré en un jardín. Ella
había arrancado una flor y a él se la dio; él besó la mano que sostenía la
flor. La doncella me vio y huyó. Yo, enloquecido por los celos, golpeé a mi
amado hermano en la cara y le obligué a que peleara conmigo. Luchamos. Descuidó
mucho su guardia, como si nada le importase el resultado de la contienda.
Atravesé su cuerpo. Yació ante mí, desfalleciente, pero antes de morir habló
así:
—»Es
este un asunto aciago —dijo—. Sabe, Kalíkrates, mi amadísimo hermano, que lo
que viste en el jardín entre la doncella real y yo no era más que una
maquinación para salvaros a ambos, ya que de ese modo yo me proponía cargar
sobre mis propios hombros con el peso de vuestra transgresión contra la ley de
este país, porque ella así lo suplicó y porque fue mi deseo hacerlo. Y esto fue
lo que hice, y por esta razón he tolerado que me quitaras la vida, a pesar de
que durante la lucha pude haberte atravesado dos veces, porque estabas
enceguecido por la furia y olvidaste el apropiado manejo de tu espada. Ahora se
dirá que me encontraste al acoso de esta real doncella y que justicieramente me
mataste, de acuerdo con tu deber, y que era yo quien la amaba, y no tú, como se
ha rumoreado vulgarmente. Y en verdad la amo, y estoy contento de morir porque
fue a ti a quien su corazón eligió, y no a mí; además, porque de este modo os
he salvado a ambos. Empero, Kalíkrates, hermano mío, los dioses me conceden
sabiduría y paciencia, en esta, la hora de mi muerte, y te digo que harás bien
en dejar de lado a esta y a todas las mujeres, y en buscar el descanso en el
seno de los dioses ya que, si así no lo haces, grandes serán las aflicciones
que te sobrevendrán, y a través de esta misma maldición de celos, esta muerte
mía también será la tuya. Y ahora, nosotros, que somos las víctimas del
Destino, besémonos en la frente tal como acostumbrábamos a hacer cuando éramos
niños y juntos jugábamos en los felices campos de Grecia, y para quienes la
muerte aún estaba muy lejana, perdonándonoslo todo el uno al otro y con la
esperanza de poder encontrarnos otra vez en la región de las Sombras.
»De
modo que nos abrazamos, y mi hermano Tisistenes abandonó su espíritu entre mis
brazos, y, mirándole, deseé haber estado en su lugar. Entonces, mientras me
volvía para marcharme, los soldados de nuestra compañía me hallaron y, viendo
que había dado muerte a mi hermano, iban a llevarme a juicio, no porque
hubiésemos luchado entre nosotros, sino porque él era mi superior en rango y
por lo tanto yo, que al estar bajo su autoridad había desenvainado mi espada y
lo había atacado, según la ley de los griegos, debía morir. Pero antes de que
pudiese ser llevado a juicio, algunos de aquellos que me amaban y adivinaban la
verdad de lo sucedido, me arrojaron disfrazado fuera de nuestro campamento, con
todo el tesoro que había ganado en las guerras, ordenándome que me ocultase
hasta que el asunto fuera olvidado. Oh Reina, yo no deseaba irme; no, mi deseo
era quedarme y pagar el precio de mi pecado. Pero ellos no lo quisieron así.
Pienso, de hecho, que había otros, grandes de Egipto, moviéndose detrás de todo
esto; al menos, se me empujó hacia adelante, todo me fue facilitado y todos
hicieron como si nada hubieran visto.
Volvió
a hacer otra pausa y yo, Ayesha, ataviada como la diosa, pregunté:
—¿Y
qué hiciste entonces, tú, que fuiste capaz de asesinar a tu hermano por una
mujer?
—Entonces,
Divina, huí Nilo arriba, donde, por los conflictos que había en el país, el
brazo del Faraón no podía alcanzarme, y tampoco el del comandante de los
griegos. Sin entretenerme, y sin cruzar palabra alguna con la doncella de
alcurnia que era la causa de mi pecado, escapé Nilo arriba.
—¿Por
qué huiste Nilo arriba y no volviste junto a tu propio pueblo oh, tú, el más
grande de los pecadores?
—Porque
mi corazón está roto, Reina, y deseaba buscar la misericordia de Isis, cuya
doctrina ya había aprendido, y convertirme en su sacerdote. Sabía que aquellos
que se inclinaban ante ella no podían volver a poner sus ojos sobre una mujer,
y por tanto, a partir de ese momento debían vivir en virginidad hasta la
muerte; y fue mi deseo ya no mirar jamás a mujer alguna, puesto que la mujer
había teñido mis manos con la sangre de un hermano, y por esta razón, la
odiaba.
Ahora
yo, Ayesha, pregunté:
—¿A
qué dioses adorabas antes de que tu corazón se volviera hacia Isis, Reina del
Cielo?
—Veneré
a los dioses de Grecia, y entre ellos, en primer lugar, a Afrodita, Señora del
Amor.
—La
que bien te ha pagado por tu servicio, haciendo de ti el asesino de uno de tu
propia sangre, quien, antes de que ella cegara tus ojos, significaba para ti
más que nadie en la tierra. ¿Renuncias, .entonces, a esta libertina Afrodita?
—Sí,
Reina, renuncio a ella para siempre. Nunca más haré ofrendas ante sus altares o
pondré mis ojos sobre mujer alguna en forma de amor. Si puedo obtener perdón
por mis pecados, aquí y ahora me juramento ante Isis como su fiel sacerdote y
servidor. Aquí y ahora borro de mi corazón el nombre de Afrodita; sí, rechazo
sus dones y pisoteo su memoria bajo estos pies que ambicionan conducir a mi
alma por fin hacia la paz.
Así
habló ese hombre, con voz trémula y fervorosa, y quedó en silencio. Sí, un
profundo silencio reinó en ese sagrado lugar, aunque yo, Ayesha, si bien es
cierto que en tanto mujer no me fiaba de tales precipitados juramentos, como
ministra de la diosa me dispuse a conceder el perdón a este buscador, con las
santificadas e inmemoriales palabras, y a abrir a su afligido corazón las
puertas de la pureza y del descanso eterno.
Entonces,
súbitamente, en ese silencio escuché claramente el sonido de una argentina
risa; suave y dulce risa que parecía venir de los cielos, sin embargo, tan
profunda, que abarcó el santuario y todo el recinto que lo contenía. Miré
alrededor de mí pero no pude ver nada. Pareció que también el griego había
escuchado, ya que volvió su cabeza y miró detrás de él, y otra vez volvió a
dejarla caer sobre sus manos.
¿De
dónde venía ese sonido? ¿Podía ser que perteneciera a la de Pafos...? No, eso
era imposible, y no habría de ser de esta forma que se me disuadiera de cumplir
con el oficio; yo, que estaba ataviada con la túnica y que en esa hora ejercía
el poder de Isis.
—Escucha,
oh hombre, llamado Kalíkrates en el mundo —dije—. En nombre de Isis, la Madre
de Todo, diosa de la virtud y la sabiduría, hablando con su voz, escuchando con
sus oídos e impregnada con su alma, lavo todos los pecados y te acepto como su
sacerdote, prometiéndote livianas cargas en la tierra y, más allá de ella,
grandes recompensas para siempre. Haz primero el juramento que no puede ser
roto, y luego acércate para que pueda besarte en la frente, aceptándote como
esclavo y amante de Isis, desde este día hasta que la luna, su rostro
celestial, se desmorone y desaparezca.
Habiendo
dicho esto, dejando que las palabras cayeran una a una, lentas como caen sobre
el suelo las lágrimas del penitente, musité el juramento, cuya forma ni
siquiera ahora debo escribir.
Era
un terrible juramento que abarcaba todas las cosas, y ataba a quien lo tomaba a
Isis exclusivamente; un juramento que si se olvidaba producía al traidor la
condena eterna de la muerte en este mundo e infortunio en los mundos futuros,
hasta que, a lentos pasos, con el corazón desgarrado y ensangrentados los pies,
la sagrada altura de la que había caído fuera alcanzada nuevamente.
Por
fin, el juramento fue completado, y dijo él débilmente:
—¡Lo
juro! Con temor, y estremecido, aun así ¡lo juro!
Entonces
señalé hacia él con el sistrum, cuyos pequeños cascabeles
trinaron con una atrayente música casi imperceptible que él ya había aprendido
a comprender, y acercándose, se arrodilló ante mí. Allí, apoyé la Cruz de la
Vida sobre su cabeza y lo bendije, la puse sobre sus labios y le di sabiduría,
con ella toqué su corazón y le otorgué existencia por miles y miles de años.
Todo esto lo hice en el nombre y con el poder de Isis, la Madre.
Llegó
el último ritual, el saludo de la Madre a su hijo recién nacido en espíritu, el
rito del Beso de bienvenida. En ese supremo momento una luz cayó sobre mí desde
las alturas: acaso vino del Cielo, o tal vez fue una acción de los sacerdotes
que contemplaban; no lo sé. En todo caso, cayó sobre mí iluminando mis
rutilantes vestimentas y mi enjoyado tocado con un suave esplendor en la
oscuridad del santuario. También en ese momento, ante un toque cayó mi velo, de
modo que la luz de la luna golpeó de lleno sobre mi rostro, haciéndolo místico
y bello en medio de mi ondeante cabellera.
El
sacerdote recién ordenado alzó su inclinada cabeza para que yo pudiese
consagrar su frente con el Beso de bienvenida, y su capucha se inclinó hacia
atrás. La luz de la luna brilló también sobre su rostro, su hermoso rostro como
el de un dios griego esculpido, bien proporcionado, de rasgos bellos, grandes
ojos, y coronado por pequeños rizos dorados... pues todavía no había sido
rasurado; sí, un rostro más hermoso que el que jamás había visto en hombre
alguno, situado sobre la complexión y la vigorosa forma de un guerrero.
—¡Por
Isis! conocía este rostro; era ese que desde la niñez me había rondado, aquel
que a menudo había visto en un sueño de recintos que estaban más allá de la
tierra, el de un hombre que en este sueño me había sido prometido para hacer
que mi feminidad culminase. ¡Oh! no podía dudarlo, era el mismo, exactamente el
mismo, y, al mirarlo, la maldición de Afrodita descendió sobre mí y supe, por
vez primera, de la insensatez de nuestra carne mortal. Sí, mi ser se encontró
rasgado y hecho añicos como un cedro bajo el golpe del rayo; sí, había sido
herida de lado a lado. Yo, la sacerdotisa de Isis, orgullosa y pura, estaba tan
perdida como la criada de mi aldea en los brazos de su amante.
¡Y
también él! Al verme su aspecto cambió; el fervor sagrado desapareció de sus
ojos, y en ellos entró algo más humano, algo más fatídico. Fue como si asimismo
él hubiese recordado... no podría decir qué.
Con
un poderoso esfuerzo de la voluntad, sabiendo que los ojos de la diosa, y acaso
también los de sus sacerdotes, estaban puestos sobre mí, recuperé mi dominio y,
con el corazón trémulo y agitado, me incliné para tocar su frente con el Beso
ceremonial. Empero, no sé como... desconozco si el fallo fue mío o de él, o
acaso de ambos... fueron sus labios lo que toqué, no su
frente; sólo un roce, nada más.
No
fue nada, o en todo caso, algo insignificante que en un instante así como llegó
se fue; y sin embargo, para mí lo fue todo. Porque con ese toque quebré mis
sagrados votos y él, recién juramentado al culto de la diosa, rompió los suyos,
sí, en el mismo acto del sacrificio. ¿Qué nos empujó a ello? No lo sé, pero una
vez más creí que escuchaba esa risa triunfal de profunda sonoridad, y pensé que
éramos el juguete de un indómito poder, más fuerte que nosotros y que todos los
juramentos que los mortales hacen a los dioses o a los hombres.
Agité
mi cetro. El sacerdote recién ordenado se alzó, hizo una reverencia y se
retiró; me pregunté de quién era sacerdote... de Isis o de Afrodita. El canto
de un coro distante rompió el silencio; vinieron las hierofantas y se lo
llevaron para que permaneciera en su compañía hasta que le llegase la muerte:
la ceremonia había terminado. Mis asistentes ataviadas como las diosas Hathor y
Nut, me condujeron fuera del santuario. Las sagradas panoplias me fueron
desatadas y, otra vez, de diosa me convertí en mujer, y, como mujer, busqué mi
lecho y lloré durante largo rato.
Puesto
que ¿no había yo, ante la primera tentación de mi corazón, roto la ley y
traicionado la confianza de aquella que, según entonces creía, es, fue y será;
aquella cuyo velo no había sido descubierto por mortal alguno, la Madre del sol
y todas sus estrellas?
Nadie
supo de mi error. Pero yo lo sabía, y lo que es conocido por un alma lo es por
todas las almas, puesto que una es todas y todas son una. Además, era conocido
por Aquello que engendra a todas las almas, Aquello de lo cual provienen y a
donde retornan, y otra vez vuelven, tal como en sus escritos nos enseñara
Platón, el gran filósofo que muriera antes de mis tiempos. También sabía de
ello ese infausto sacerdote que era la causa y el cómplice de mi crimen. Estaba
vencida; la vergüenza me devoraba, a mí, que me creía más pura que las nieves
de las montañas; y en realidad lo era, y, en la carne, así he permanecido hasta
ahora.
Al
poco ya no puedo soportar mi tormento. A Noot me dirigí; Noot, el supremo
sacerdote, mi consejero y maestro, y en un sitio secreto, hincada de rodillas,
se lo dije todo.
Escuchó
con una ligera sonrisa sobre su marchito rostro, y luego contestó:
—Hija,
con tu honestidad no haces más que revelarme algo que yo ya sabía...; cómo, es
algo que no importa. Y ahora consuélate, ya que la culpa no es únicamente tuya;
ni siquiera de este sacerdote recién ordenado, cuyos pies han sido cogidos en
la misma trampa. Tú adoras a Isis, al igual que yo, ¿pero qué es Isis, a quien
en la tierra describimos como a una mujer esplendorosa que está por encima de
todas las mujeres? ¿No es ella la Naturaleza encarnada, la Madre universal, la
Suprema, de la que todos los dioses y diosas forman parte? Está en guerra con
Afrodita, es verdad, ¿pero no significa eso que también, en realidad, está en
guerra consigo misma? ¿Y no somos nosotros tal como ella, no uno sino muchos
vertidos en un solo molde, puesto que todos nosotros estamos en guerra con
nosotros mismos? Créeme, Hija, el corazón humano es un vasto campo de batalla
donde nuestras partes elevadas, y las más bajas, luchan con lanzas y flechas
espirituales hasta que uno de los dos bandos obtiene la victoria y enarbola el
estandarte del bien o del mal, el de Isis o el de Set. Sólo por medio de la
lucha llega la perfección; la que nunca ha luchado es una criatura muerta de la
que poco puede ser esperado. El mineral debe ser fundido en fuego y ¡he aquí!
gran parte de él es escoria, desperdicios que deben ser desechados. Si nunca se
hubiese conocido el fuego, no podría existir oro puro que adornase las cumbres
del Cielo, ni siquiera el cobre y el hierro para dar forma a las espadas de los
hombres. Alégrate, pues, por haber sentido el dolor del fuego.
—Maestro
—contesté—, Señor de la Sabiduría, único ante quien Ayesha dobla sus rodillas,
tus palabras son ciertas y consoladoras; no obstante, reflexiona, y si es
permitido, interprétame este enigma. He tenido un sueño acerca de la época
previa a mis días terrenales...; lo conoces bien porque te lo he contado. Soñé
con un sitio en el Cielo y con dos diosas enfrentadas entre sí, y con una orden
que me era dada para que llevara el dolor a aquellos que habían desertado de
una y se habían convertido al culto de la otra. Ahora bien, si ellas eran parte
de un solo todo, ¿por qué me fue dada esta orden?
—Hija,
en tu sueño se te conminó a ser una Espada de Venganza, no porque los egipcios
se convirtieran de una parte de la sagrada Unidad a la otra parte de esa
Unidad, sino porque se habían vuelto corruptos e infieles, no adorando a otros
dioses que no fueran ellos mismos y persiguiendo aquello que es inferior, y no
lo que es elevado. Esa es mi respuesta, aunque de la verdad o falsedad de ese
sueño, nada digo. Acaso no fue sino solamente un sueño.
—Tal
vez, Maestro. Empero, en ese sueño, falso o verdadero, yo vi un rostro, y
¡mirad! hace pocas noches, yo, ataviada como Isis en el santuario, volví a ver
ese rostro y lo reconocí; supe, además, que con él se hallaba entrelazado mi
destino. ¿Qué dices de esto?
—Hija,
¿quiénes somos nosotros para poder leer los misterios del Destino; nosotros,
que no sabemos ni de dónde venimos ni hacia dónde vamos, ni por qué estamos?
Podría ser que tú tengas una cierta misión para con el espíritu vestido con la
carne de aquel hombre. Puede que estés destinada a edificar ese espíritu, y que
al hacerlo provoques tu ruina. Si así sucediese, te digo que al final volverás
a levantarte y contigo le elevarás a él.
Hizo
una pausa, y, arrodillada, permanecí en silencio, pensando en la profecía;
porque sabía muy bien que de una profecía se trataba.
—Tú
escuchaste una risa en el santuario; sin embargo, no hubo otra risa que la del
mal en tu propio corazón, mofándose y triunfante. A esa risa tal vez vuelvas a
escucharla con frecuencia, pero mientras puedas escucharla y arrepentirte, no
te aflijas. Cuando los oídos del alma ensordecen es que entonces está cercano
el desastre total; mientras se mantienen abiertos, la esperanza subsiste.
Aquellos que todavía luchan no pueden nunca caer por completo. El Destino nos
gobierna a todos, no obstante, dentro del círculo de ese Destino se nos es dado
el poder para trabajar por nuestra redención. He terminado. No me preguntes
más.
—¿Cuál
es el castigo, Maestro? —pregunté.
—Este,
Hija. Durante un tiempo no vuelvas a mirar a ese hombre. Digo durante un
tiempo, puesto que también yo sostengo contigo que su destino y el tuyo están
entrelazados. Tengo una orden para ti: que dentro de poco me acompañes desde
aquí a tierras que se hallan más allá de los mares. Ahora ve y descansa, y en
el descanso encuentra el olvido.
De
modo que me marché, cavilando pero reconfortada, aunque sabía perfectamente que
Noot el Santo no me lo había dicho todo, no, ni siquiera la mitad de lo que
sabía. Porque a menudo, aquellos a quienes los dioses otorgan visión, tienen
prohibido expresarla para evitar que, como en la antigua parábola hebrea, los
hombres coman del árbol del conocimiento y se vuelvan semejantes a ellos. O
acaso no puedan expresarla porque les es dada en una lengua que no puede ser
traducida a las palabras que el hombre común comprendería. De hecho, esto es lo
que a mí me sucede hoy.
Así
fue como, al poco tiempo, yo y mi maestro, Noot, abandonamos Filos, y tal como
ya hiciéramos, disfrazados viajamos Nilo arriba. Desde entonces, jamás mis ojos
han vuelto a posarse en esa isla y su sagrado templo, el cual, me dice Holly,
que lo ha visitado, está ahora en ruinas entre las que se hallan, aquí y allí,
severas columnas con la cabeza de Hathor entre las desmoronadas piedras. Dice,
además, que su pueblo, que hoy gobierna esa región, se propone sumergirlo bajo
el Nilo, de modo que las tierras bajas puedan ser enriquecidas y multiplicadas.
En esto yo veo una alegoría; los templos de Isis son anegados y la sabiduría
que contienen se pierde a fin de que pueda surgir más alimento para nutrir al
vulgar y al ignorante. ¿Pero con qué fin? ya que es obvio que si hay más
alimento, más serán los hombres que vengan a tomarlo, todos ellos vulgares e
ignorantes, mientras Isis y su sabiduría son tragadas por el lodo. Así ha sido
siempre en Egipto, y sin duda en todos los demás lugares, porque así es la ley
de la Naturaleza. El alimento engendra multitudes, y allí donde hay carroña hay
moscas, mientras que en los desiertos no hay ninguna de ellas. Sin embargo,
creo que los desiertos y los pocos que los recorren, bajo el sol y las
estrellas, están muchísimo más cerca de Dios.
Una
vez más, disfrazados de mercaderes, yo y Noot, mi maestro, nos embarcamos y
visitamos lejanas tierras para conocer sus condiciones y aumentar nuestros
conocimientos. Visitamos Roma, que por entonces rompía sus cadenas y se elevaba
hacia la grandeza. Era un gran pueblo el de estos romanos que en su presencia,
Noot me había dicho que un día gobernarían al mundo. O tal vez fui yo quien se
lo dijo a Noot, juzgándoles a través de sus cualidades; no estoy segura. En
todo caso no me agradaron por causa de sus rudas naturalezas, su carencia de
artes y su amor por el poder y las posesiones. Por lo tanto, una vez que hube
estudiado su lengua y los métodos de su política, continué viaje.
Llegamos
a Grecia y ahí nos quedamos durante un tiempo, estudiando filosofía y otras
cosas. A los griegos sí que amé, porque eran hermosos y extraían belleza de
todo lo que tocaban. Además eran valerosos; había desafiado al poderío persa y
de haberse mantenido unidos podrían haber reinado sobre la tierra. Pero no fue
así, porque siempre el Estado desgarró la garganta del Estado, de modo que al
final todos se perdieron y fueron sometidos por una multitud de pueblos
inferiores que veían a Grecia como algo superior, ya que ese era su destino.
Además, adoraban a dioses hechos a semejanza de ellos mismos, con todos los
errores del hombre aumentados y más viles, y contaban fábulas acerca de ellos
hechas para contentar a niños, cosa que me resultó extraña en un pueblo que
podía producir tales filósofos y poetas. Pero esos dioses habían sido heredados
de sus padres, y es difícil sacudirse el yugo de los dioses hasta que algún
dios más poderoso aparece y lo rompe con el martillo de la guerra.
Fue
aquí en Grecia que posé ante su más famoso escultor para una estatua de
Afrodita, o mejor dicho, fue para el molde de la Femineidad perfecta para lo
que posé, deseando que este escultor, que me agradaba, pudiera tener un modelo
perfecto para copiar en su trabajo futuro, por lo que me bendijo, dando a la
estatua el nombre de «Belleza encarnada». Sin embargo, cuando al poco tiempo le
visité, descubrí que había cambiado este nombre por el de Afrodita.
Me
enfadé ya que no deseaba que mi belleza fuera atribuida a mi enemiga, y la de
Isis, a quien yo servía, y le pregunté por qué había sido hecho esto.
Contestó
con bastante humildad, que había sido por causa de un sueño en el que la de
Pafos se le había aparecido y amenazado con la ceguera a menos que diese su
propio nombre a tan divinos rostro y forma. Además, siendo esclavo de la
superstición me suplicó, incluso con lágrimas, que así pudiera ser, ya que de
otra forma tendría que destruir la estatua y, según pensaba, esto también lo
dejaría ciego. De modo que, por piedad, lo dejé hacer a su gusto e incluso le
di a besar mi mano en señal de perdón.
Y
es así que Afrodita, descaradamente, a través de los siglos ha recibido el
tributo de un millón de ojos ataviada con una belleza prestada. Así sea, ya que
lo que ella robó no es sino una parte muy pequeña de la verdad. Ningún
escultor, por grande que sea, puede modelar lo perfecto a partir de la piedra
inmóvil.
De
Grecia, todavía disfrazados como un mercader y su hija, seguimos camino a
Jerusalén aparentando comerciar con perlas y gemas, ya que ahí yo estudiaría la
religión de los judíos de la que tanto había escuchado. «Ciudad de la Paz», era
llamada entre los egipcios de los antiguos tiempos, o así era como
interpretaban su nombre, pero nunca encontré un sitio en el que hubiera menos
paz. De rostro cruel eran estos judíos, y pendencieros; vengativos, también, y
siempre en guerra, pública y privada, unos contra otros. Un pueblo peculiar,
tal como se denominan a sí mismos, lleno de odio, particularmente al extranjero
dentro de las puertas de su ciudad. Comerciar con ellos fue poco menos que
imposible, porque aquel que les vendía bienes siempre salía perdiendo, aunque
esto, a mí que buscaba su filosofía, no su oro, no me importó.
De
modo que me dediqué al estudio de su fe, y descubrí que Dios tal como ellos lo
interpretaban, era casi tan feroz como sus adoradores. Sin embargo, debo decir
esto: Él era un Dios, no muchos, y además, un verdadero Dios, puesto que de
otra forma, ¿cómo hubiesen podido escribir tan gloriosamente acerca de Él sus
profetas? Más aún, era su creencia que Él vendría a la tierra y los conduciría
a la conquista del mundo. Esto, me dice Santos, ha sucedido, aunque no en la
forma que ellos esperaban, ya que el Rey que vino no los condujo sino a la
conquista del mal que habita en los corazones de los hombres, y al conocimiento
de una vida futura, en la que ellos tenían poca fe. Por lo tanto, lo
persiguieron y le dieron muerte como a un malhechor, siguiendo sus crueles
costumbres, y lo que ahora es aceptado por millones, según dice Holly, ellos
todavía lo rechazan.
Prediqué
ante ellos, porque mi corazón me quemaba ante la visión de sus sacrificios. Sí,
prediqué contra el derramamiento de sangre, hablándoles de una más elevada
filosofía de ternura y piedad. Durante un rato me escucharon; luego cogieron
piedras y me apedrearon, de modo que de no haber estado Noot y yo protegidos
por el Cielo, hubiésemos sido asesinados. Después de esta afrenta volví mis
espaldas a Jerusalén y a sus gentes de nariz ganchuda y feroces ojos, y me
dirigí a Chipre, donde debatí con los impúdicos sacerdotes de Afrodita en
Pafos. De allí volví a Egipto, de donde había estado ausente muchos años.
En
Naucratis, sacerdotes de Isis que estaban al tanto de nuestro arribo, no puedo
decir cómo, acaso Noot se lo había dicho por medio de un mensajero, o en un
sueño, cosa que él podía hacer, vinieron a nuestro encuentro y nos condujeron
Nilo arriba al templo de Isis en Menfis. ¡Aquí fuimos recibidos con gran pompa
en el gran recibidor del templo y ¡he aquí! a la cabeza de quienes nos recibían
estaba el griego Kalíkrates que ahora, en razón de su santidad y celo ocupaba
una elevada posición al servicio de la diosa.
Cuando
lo vi, hermoso como antaño, mi corazón dejó de latir y la sangre se agolpó en
mi rostro.
Empero,
no suspiré, y lo traté como a un extraño en quien mis ojos no se habían posado
hasta ese momento. Él, por su parte, me contempló con aire perplejo, luego
sacudió su cabeza tal como hace alguien que observa un rostro al que cree haber
visto en un sueño pero que todavía duda. Porque, recuérdese, este hombre sólo
me había visto una vez, cuando ataviada como Isis le recibí en compañía de los
sacerdotes de Isis en Filos, y allí, apenas un momento a la luz de la luna. Tal
vez todavía pensaba que era la diosa a quien así había visto, y no a una
mortal. En todo caso no sabía que yo, la hermosa profetisa que llegaba de
Menfis después de peregrinar a través del mundo, era la misma que aquella que
se había sentado en el trono de Isis en Filos, y a quien, por azar, había
besado en los labios. Tal vez ni siquiera recordara el beso, o si lo recordaba
lo había consignado como parte del ceremonial. De modo que, aunque yo lo
conocía perfectamente, para él yo era una extraña.
Pensé
en huir, sabiendo en el fondo que para mí este hombre era como la legendaria
espada que pendía sobre la cabeza de Damocles, aunque el daño que debía temer
por parte de él era algo que yo desconocía.
Una
vez más busqué el consejo de Noot, que sonrió y contestó:
—¿No
te he dicho, Hija, que los peligros han de ser enfrentados puesto que aquellos
de los que escapamos se darán prisa en alcanzarnos?
»Si
el Destino os ha reunido a ti y a este hombre, ten la certeza de que es para
cumplir con sus propios propósitos. Seguramente has aprendido tu lección y
fortalecido tu alma contra las vanidades de la carne.
—Sí,
Padre mío —contesté con orgullo—, he aprendido mi lección y fortalecido mi
alma. Además, tus pensamientos son los míos; ya no daré mi espalda a hombre
alguno. Aquí espero, desafiando la debilidad de la mujer y todos los ardides de
los dioses malignos.
—Bien
dicho —contestó Noot, y me bendijo con las antiguas palabras. Pero mientras
esto hacía, noté que suspiraba y sacudía la cabeza.
Durante
muchas lunas, no sé cuántas, yo, que teniendo todo el tiempo bajo mi dominio,
parecía haber perdido la cuenta de los días, permanecí en el templo de Menfis,
del que pronto me convertí en su profetisa y en la suprema de las sacerdotisas.
Pronto la fama de mis adivinaciones se extendió enormemente, de modo que
aquellos que buscaban sabiduría o conocimiento del futuro vinieron a
consultarme desde todos los confines del país, trayendo importantes presentes a
la diosa, aunque ni una sola gema ni pieza de oro fue guardada por Noot ni por
mí, que, por cierto, no teníamos necesidad de tales vulgares desperdicios. Así,
me sentaba en una labrada silla en el santuario, con el cuenco adivinador a mi
lado, y musitaba enigmáticos dichos, como los de los famosos oráculos de los
griegos en Delfos, muchos de los cuales se cumplían. Puesto que, en verdad,
pienso que había en mí un espíritu —aunque no sé si provenía de los Cielos o de
otra parte— que me permitía descifrar mucho de lo que sucedía en la tierra, y a
veces, aquello que todavía no había ocurrido. De esta forma, el renombre de la
Señora Isis se propagó hasta que llegué a convertirme en un poder en esa
tierra. Además, así conocí muchas cosas, ya que aquellos que consultaban un
oráculo, como los que buscan el auxilio de un médico, desnudan sus almas y no
ocultan secreto alguno.
Ahora
bien, en esta época, la guerra bullía en Egipto y todas las naciones a su
alrededor, como las aguas que en un caldero hierven sobre las llamas. Durante
años Egipto había rechazado los ataques de los persas, pero ahora, el Faraón
Nectanebes, el segundo de ese nombre, que por entonces ocupaba el trono, último
rey nativo que imperó en el Nilo, estaba amenazado por Artajerjes, alguien que
pertenecía a esa infausta raza y a quien llamaban Ochus. Este Ochus había
reunido una poderosa fuerza para someter a Egipto; cientos de miles de hombres,
decenas de miles de jinetes y cientos de trirremes y de naves de transporte.
El
último acto de la tragedia cuyo final iba a ser la caída definitiva de Egipto,
que ya nunca tendría un faraón de su propia sangre y elección, había comenzado.
Todas estas cosas las supe a través de aquellos que venían a consultar al
oráculo de Isis; y fue mucho lo que de ellas hablé con Noot.
Con
respecto a mí, durante estos largos años de tranquilidad y preparación para
importarles eventos, diré que mi espíritu continuamente creció en fuerza y
pureza. Dejé a las cosas mundanas detrás de mí, me situé más cerca de lo
Divino, y durante la noche me comunicaba con mi alma, que parecía haberse
convertido en parte de aquello que está por encima del mundo. Veía
continuamente al griego, Kalíkrates, pero no cambiábamos palabra, salvo
aquellas que tenían que ver con cuestiones relacionadas con nuestra fe y el
culto a Isis, en cuyo servicio ahora ocupaba una elevada posición. Jamás nos
intercambiamos un roce o una mirada de amor. Se mantenía distante de mi, y yo
de él. Aun así en el fondo siempre me hallaba temerosa de este hombre, este
hermoso hombre, el guerrero que se había convertido en sacerdote, puesto que
alguna presciencia me decía que él acarrearía el desastre sobre mí, o yo se lo
provocaría a él, aunque ignoraba cuál de las dos cosas sucedería.
De
modo que ahí, en el santuario, nos estábamos; Noot el sabio y anciano, que
parecía que jamás cambiaba, Kalíkrates el sacerdote, y yo, y, a solas o
reunidos ofrecíamos consejo a reyes y capitanes, o pronunciábamos oráculos.
Claro
se veía nuestro cielo, y despejado de dificultades, pero en el horizonte lejano
mi espíritu discernía tempestuosas nubes que se elevaban, las terribles nubes
en las que los rayos se agitaban como las espadas del Destino que estaban
predestinadas, en un día venidero, a abatirnos y atravesarnos de lado a lado.
Nectanebes
II, el Faraón, llegó a su palacio de Menfis para reunir tropas del Alto Egipto,
he hizo grandes ofrendas a los dioses, en busca de sus favores para la guerra
en ciernes. Ahora lo veía por primera vez, un hombre encanecido, gordo, de
gruesa papada y calvo; su nariz era prominente y tenía grandes ojos, como los
de un buey. Tal era Nectanebes, el mago, consorte de espíritus protectores,
llamado el Destructor, un título que los dioses que lo odiaban debieron de
haberle puesto irónicamente, ya que él mismo estaba condenado a ser destruido.
Pero hay algo bueno que puedo decir acerca de este Nectanebes: era amante de
las artes y erigía magníficas construcciones a los dioses. Al enterarse de que
yo, la suprema sacerdotisa, había habitado en Filos, vino a consultarme acerca
del hermoso templo con columnas que en lo alto exhibirían la cabeza de Hathor;
y allí lo construyó, y a través de mi asesoramiento fue hecho perfecto, ya que
fui yo quien trazó sus planos, o al menos, los de sus ornamentos. Holly me dice
que incluso en ruinas y, aunque pequeña, no hay en todo Egipto construcción más
bella.
Ahora
bien, este Faraón me creía griega; ignoraba que yo era árabe e hija de aquel de
Ozal, en Yamen, a quien su padre, el primer Nectanebes había conducido a la
muerte a causa de que, hacía ya mucho tiempo, no se me había querido dar por
esposa a él o a este hijo suyo que ahora le sucedía. De estas cosas, sin duda
él recordaba poco o nada, puesto que esa había sido una de las guerras de menor
importancia entre todas las que Egipto había librado. Pero yo recordaba; y juré
que como pago por la muerte de mi padre reduciría su maldita Casa a ruinas.
Además, siempre le recibí velada ya que no deseaba que advirtiera mi belleza e
hiciera preguntas concernientes a mi pasado; por tanto, y como por mi condición
de profetisa tenía derecho a hacerlo, recibía al Faraón detrás de mi velo.
Me
visitaba frecuentemente ya que se había enterado de que yo era experta en
Magia, y él, que la practicaba, tenía grandes esperanzas de que le enseñara
secretos por él desconocidos, y le mostrara cómo conjurar hechizos sobre sus
enemigos. Así lo hice, por cierto, pero los secretos que le enseñé eran
perniciosos, y los hechizos lanzas que, cuando los arrojase, volvieran para
caer sobre él.
Así
pues, el escenario estaba preparado; y por fin llegaron las órdenes para que la
obra comenzara, con el expectante mundo por audiencia.
Un
escrito lacrado con el sello del Faraón, fue traído al templo de Isis; nos
emplazaba a Noot el sacerdote supremo, y a mí, Ayesha, que ahora era
llamada Oráculo-de-Isis, y al griego Kalíkrates, Jefe del
Ceremonial, cuyo cargo era el de asistirme en las adivinaciones, a que
asistiéramos a la corte del Faraón y que ahí pronunciásemos ante él el futuro
de la guerra, tal como nos sería revelado por la gran diosa a la que adorábamos.
Al principio nos negamos, después de lo cual llegó otro mensaje que decía que
si continuábamos con nuestra negativa se nos llevaría por la fuerza. El Faraón
no deseaba proferir a Isis afronta alguna, manifestó el mensajero, pero la
cuestión era urgente, ya que grandes reyes dependían de las revelaciones que
sólo nosotros podíamos ofrecer, y ciertos reyes y generales que se encontraban
reunidos en el templo como aliados de Nectanebes, al ser adoradores de otros
dioses, no podían poner sus pies en el sagrado santuario de Isis.
Entonces
al no haber otro remedio, contestamos que iríamos esa misma noche, a la salida
de la luna.
En
apresurada consulta planeamos las palabras de un oráculo, palabras de ambiguo
significado pero que no obstante profetizaban el bien de Nectanebes, y le
alentaban a la guerra; así, pensábamos, produciríamos su caída con la mayor
rapidez.
Pero
como esas palabras jamás fueron pronunciadas no las transcribiré aquí.
Acompañada
por los sacerdotes y sacerdotisas de Isis cubiertos con sus túnicas y recitando
los cánticos sagrados, velada fui conducida al palacio del Faraón en una litera
cuyas cortinas estaban cerradas. A mi derecha caminaba Noot el sacerdote
supremo, con sus blancas barbas, venerable; y a mi derecha, el griego
Kalíkrates, Maestro de los Ritos.
Así
llegamos al palacio cuyos patios exteriores estaban llenos de soldados griegos
pertenecientes a la guardia, algunos de los cuales, en años anteriores, habían
estado bajo el mando de Kalíkrates; sin embargo, al ir como un rapado sacerdote
de Isis, semioculto en sus blancas túnicas, ya no le reconocían. Estos hombres
nos contemplaron dispuestos a mofarse, aunque temerosos, al igual que los
fenicios, sidonios, hombres de Chipre y otros que se hallaban reunidos en los
patios como a la espera de algún gran evento.
En
un patio exterior, un capitán de la guardia ordenó a nuestra escolta de
sacerdotes y sacerdotisas que aguardasen nuestro retorno; nosotros tres, esto
es, yo, Ayesha, Noot y Kalíkrates, fuimos llamados a la pequeña cámara de
banquetes donde Nectanebes y algunos de sus huéspedes más encumbrados se
regalaban con su festín. Entre ellos estaban el rey de Sidonia, otros dos reyes
de Chipre, tres generales griegos, algunos grandes nobles de Egipto, y otros.
También estaban presentes unas cuantas damas de la realeza, una de las cuales
atrajo instantáneamente mi vista hacia ella. Era más joven que yo... acaso
podía haber diez años entre nosotras, alta, esbelta y encantadora en su oscuro
estilo, rostro sereno y grandes ojos melancólicos, suaves como los de un ciervo,
más azules que negros en su color.
Súbitamente,
mientras entrábamos, yo, que todo lo advierto, vi que en esos ojos crecía el
temor, como en los de alguien que ve a un espíritu que ha regresado de los
salones de la Muerte; vi también cómo ese rostro de bello color empalideció;
luego, cuando la sangre volvió a inundarlo, enrojeció nuevamente; vi cómo el
pecho se agitaba debajo de las enjoyadas vestimentas, tan intensamente que de
ellas cayó una flor, y los coralinos labios se abrieron como si fuesen a
pronunciar cierto nombre recordado.
Preguntándome
qué era lo que así había perturbado a este bello miembro de la familia real,
puesto que yo, al estar velada, no podía ser la causa, eché una mirada a mi
alrededor y percibí que Kalíkrates, que se hallaba a mi izquierda, apenas
detrás de mí, había empalidecido como un muerto y estaba rígido como una
piedra.
—¿Quién
es esa mujer real? —susurré a Noot a través de mi velo, puesto que, por el
sagrado adorno egipcio que llevaba en su pelo azabache sabía que pertenecía a
la realeza.
—Amenartas,
la hija del Faraón —susurró él—, a quien los griegos llaman La
Doncella porque jamás desposará a hombre alguno.
Entonces
recordé cierta confesión que una vez había escuchado sentada en el trono de la
diosa Isis en Filos, de cómo el penitente había amado a una muchacha de la Casa
Real de Egipto, y por ella había dado muerte a su propio hermano adorado;
recordé también que este penitente no era otro que el sacerdote Kalíkrates.
Ahora lo comprendí todo, y aunque Kalíkrates sólo era para mí un compañero al
servicio de la diosa, odié a Amenartas, y me di cuenta que entre ella y yo iba
a existir una guerra interminable, aunque no supe cómo ni porqué.
Seguidamente
miré al hombre vestido regiamente que se sentaba a la derecha del Faraón. Era
un hombre voluminoso, de unos cuarenta y cinco años, de rostro oscuro y bello y
ojos movedizos; alguien de aspecto jovial, aunque esto, sentí, era sólo una
máscara que encubría un corazón lleno de malignos proyectos. Por su túnica
púrpura, cosida con perlas, y por el estilo de sus atavíos y su toca, supuse
que este debía ser Tenes el Fenicio, rey de la ciudad de Sidonia, de la que se
rumoreaba era la más rica del mundo; esta ciudad después de sublevarse, se
había unido a Egipto en esta guerra contra los persas. Instantáneamente pesé a
este hombre en la balanza de mi mente, y lo registré como a un ambicioso
canalla que además era un cobarde y, según juzgué por los numerosos amuletos
que usaba, lleno de superstición.
No
tuve tiempo de estudiar a los otros, ya que el Faraón comenzó a hablar de
inmediato.
—Salud,
Profetiza —dijo, levantándose de su sillón e inclinando su cabeza ante
nosotros, o más bien ante mí—. Salud, Suprema sacerdotisa de Isis, Reina del
Cielo, Ama del Mundo; también a ti se te saluda. Sacerdote, Maestro de los
Ritos de Isis. El Faraón os agradece a todos por haber respondido prontamente a
sus llamamientos, ya que esta noche Egipto necesita de vuestra sabiduría, tal
vez más que nunca jamás en el curso de todas las épocas de su historia.
—Ten
a bien, oh Faraón, exponer qué deseas de nosotros, los servidores de la diosa
eterna —dijo Noot.
—Esto,
Supremo sacerdote: que nos digáis el futuro. ¡Escuchad! Como sabéis, la gran
guerra ha comenzado. El poderoso Tenes, Rey de Sidonia, mi aliado, con la ayuda
de los griegos que le envié ha vencido a los persas, y también Chipre se rebela
contra estos. Pero ahora Artajerjes Ochus se ha apoderado del trono de Persia,
asesinando a todos los que se alzaban entre dicho trono y él, con la ayuda de
Bagoas, el eunuco, su consejero y general. Ha reclutado huestes innumerables y
a raudales están entrando en Sidonia y Egipto. Por tanto debemos saber cómo
será el curso de la guerra y a qué dioses debemos ofrecer sacrificios para
asegurarnos la victoria.
—Oh
Faraón —contestó Noot—, en días lejanos, cuando tu padre se sentaba en el trono
y yo era Kherheb, sí, el primer mago de Egipto, él me formuló
preguntas semejantes a éstas, y habiendo hecho plegarias a mi diosa, le
respondí con las palabras que ella me ordenó. Nadie escuchó dichas palabras,
salvo tu padre mismo, puesto que él y yo estábamos a solas. Sin embargo, algo
hubo en ellas que le enfurecieron, de modo que se propuso matarme y, para
salvar mi vida, escapé de Egipto, yendo a donde la diosa me condujo. Luego, fui
llamado otra vez a Egipto, donde nuevamente soy supremo sacerdote de Isis,
aunque el cargo de Kherheb está ocupado por otro. ¿Cómo sé yo,
Faraón, si te obedezco como obedecí a tu padre, y una vez más la diosa
pronunciara profecías que no son del agrado de los oídos de los reyes, que mi
vida no será buscada en pago nuevamente?
—Yo
juro, Supremo sacerdote —contestó Nectanebes impacientemente— que sea lo que
fuese lo que la diosa revele, tú no correrás peligro. Lo juro por el nombre y
el trono de la sagrada Isis, a quien haré grandes ofrendas, y todos los
presentes son testigos del juramento. Si fuese roto, que la maldición de Isis y
la de todos los dioses de Egipto caiga sobre mi cabeza y la de los míos. Ahora
acércate para que pueda tocarte con mi cetro y así perdonarte por todo lo que
has dicho o dirás en mi contra, o en contra de mi Casa, devolviéndote el cargo
de Kherheb de Egipto, del que mi padre, que hoy se halla
recogido en el seno de Osiris, te despojó.
Entonces
Noot se acercó y el Faraón lo tocó con su cetro, una vara de cedro coronada por
una pequeña imagen en otro de Horus, a la que siempre llevaba consigo a causa
del título de su trono, que significaba Horus-de-Oro. Además,
lo hizo nuevamente Kherheb, y en señal de esto puso sobre sus
hombros la cadena de oro de su propio cuello, y le prometió su cargo y poder de
por vida, y la ofrenda de un ataúd de alabastro donde yacer después de muerto.
Este sarcófago, empero, fue rechazado por Noot, que sombríamente dijo que
estaba predestinado que él durmiera su último sueño lejos de Egipto. Luego Noot
retrocedió, y mientras se iba vi que la hija del Faraón se levantaba y
susurraba durante algún tiempo al oído de su padre. El escuchó y asintió.
Entonces dijo:
—Acércate,
sacerdote a quien llaman «Amante-de-Isis», v Maestro de sus ritos, la real Dama
de Egipto me dice que en épocas pasadas, cuando ella apenas era mujer, y según
cree, antes de que tú fueras sacerdote, tuviste algún mando entre los griegos
de mi guardia, cosa que por tu estatura y porte bien puedo creer. Dice también
que si su memoria no la traiciona, mataste a cierto hombre durante una disputa,
y por esta razón escapaste y buscaste asilo con Isis. Si estas cosas han
sucedido, yo las he olvidado, y no hago preguntas acerca de ellas. Dejémoslas
estar. No obstante, para que no temas que antiguas historias puedan ser dichas
en tu contra o que la venganza se agite sobre ti, también acércate, y recibe el
perdón por el pasado, y protección y ascensos para el futuro, y con ellos un
regalo del Faraón.
Me
maravillaron la previsión y astucia de esta dama, que le enseñaban como sacar
ventajas de la disposición de ánimo del Faraón y salvaguardar a aquél que una
vez la había amado; todo esto me decía que a la vez que hermosa, debía ser una
mujer sabia; también me decía que la veneración que este nombre había tenido
por ella le había complacido. Entonces Kalíkrates se acercó y fue tocado con el
cetro. Y el Faraón le habló con palabras semejantes a las que había dicho a
Noot, perdonándole todo y prometiéndole mucho. Además, en prenda de su estima
le dio una copa de oro con dos asas, de hechura griega, con grabados referentes
a la historia de los amores de Afrodita y Adonis, bordeada por una guirnalda de
esas anémonas de las que se decía que habían florecido de la sangre del dios.
Esta magnífica copa en forma de flor, con la que, cuando entramos, brindaban
los invitados con vino de Chipre, fue alzada de la mesa por el Faraón y enviada
a Kalíkrates, un gran obsequio que me señaló cuan intensamente deseaba aquél
propiciar a la diosa en las personas de sus servidores.
Finalmente
se ordenó al escriba privado que registrara los decretos que el Faraón había
pronunciado, cosa que hizo en el acto, lacrándolos con el sello del Faraón y
entregando una copia a Noot, mientras se quedaba con la otra para archivarla
entre los documentos.
De
este modo, Noot y Kalíkrates estaban protegidos contra todas las cosas, pero a
mí, la Profetisa, nada me había sido dicho, según pensé, por dos razones:
primero, porque el Faraón me conocía; como ya he dicho, frecuentemente me había
consultado acerca de asuntos de magia. Y en segundo lugar porque en tanto «voz
de la diosa», yo era sagrada y estaba por encima de cualquier recompensa o
castigo de manos de los hombres. Esto fue lo que pensé; cuánto de cierto hubo
en ello, es algo que se verá luego.
Los
obsequios fueron recibidos, el pergamino fue ocultado dentro de la túnica de
Noot, y reinó el silencio en la cámara. Para mí, Ayesha, este pesado silencio
estaba lleno de presagios. Mi alma, aguda y sutil por la incesante
contemplación de cosas que están por encima de lo terreno, en ese silencio
pareció escuchar el aliento de los dioses de Egipto que contemplaban. Para mí
era como si ahí se hubiesen reunido para escuchar el destino de éste, su
antiguo hogar en la tierra. Sí, los sentía sobre mí; o en todo caso, sentí la
presencia de un espíritu agitándose.
Los
que se encontraban a la mesa dejaron de beber vino y cesaron de hablar.
Sentados e inmóviles mantenían sus miradas fijas hacia adelante y pese al
brillo de los ornamentos que proclamaban sus rangos reales o su autoridad, para
mí eran como cadáveres en una tumba. Sólo la Princesa de Egipto, Amenartas,
parecía estar viva y fuera del círculo de esta fatalidad, ya que noté que sus
espléndidos ojos buscaban el rostro, el perfecto rostro esculpido del sacerdote
Kalíkrates y que, aunque de pie y con los brazos cruzados y la mirada fija en
el enlosado, él lo sabía, puesto que una y otra vez, encubiertamente, le
devolvía la mirada.
Después
de un tiempo, uno de aquellos invitados ya no pudo soportar más, y habló. Era
un general griego de labios apretados, desgastado por las guerras, que luego
supe era llamado Kleinios de Cos, el comandante de las fuerzas mercenarias del
Faraón.
—¡Por
Zeus! —exclamó— ¿somos hombres o somos piedras, o somos sombras del Hades? Que
estos adivinos adivinen, y acabemos, yo quiero continuar bebiendo mi vino.
—Sí
—irrumpió Tenes, Rey de Sidonia—. Ordénales que adivinen, Faraón, ya que es
mucho lo que tenemos que acordar antes de zarpar al alba.
Entonces
todos los presentes exclamaron «¡Que adivinen! ¡Que adivinen!», menos
Amenartas, que escudriñaba el rostro de Kalíkrates, como si desease enterarse
de aquello que se ocultaba bajo su fría máscara de sacerdote.
—Así
sea —dijo Noot—; pero primero imploro al Faraón que ordene que todos los
hombres inferiores se retiren.
El
Faraón agitó su cetro y los mayordomos y asistentes inclinaron sus cabezas y se
marcharon. Entonces Noot se desplazó hacia Kalíkrates, quien en ese momento
sacudió el sistrurn que portaba y en su rica y grave voz
entonó un canto a la diosa, aquel que se empleaba para hacer que ella
compareciera.
Finalizó
su canto y Noot comenzó a rezar.
—Escucha
a tu profeta, oh tú que fuiste y eres y serás, tú en cuyo seno está encerrada
toda la sabiduría del cielo y la tierra —rezó—. Estos reyes y grandes desean
conocimiento; pronúncialo a ellos de acuerdo a tu voluntad. Desean la
verdad..., déjales que sepan la verdad en la forma en que tú la decretes.
Luego
calló. Nadie hablaba; no obstante pareció que una orden nos llegaba a nosotros
tres, ya que de pronto Noot miró al sacerdote Kalíkrates con una expresión muy
extraña. Seguidamente éste, poniéndose de pie dejó el sistrum, y
tomando la hermosa copa que el Faraón le había dado, se dirigió a la mesa y la
lavó con agua pura de un aguamanil de plata, y la llenó hasta el borde y la
trajo hasta mí, Ayesha. Supe entonces que se me ordenaba mirar dentro de esa
copa y decir qué cosas veía.
De
modo que la deposité en el suelo, frente a mí, y arrodillándome arrojé mi velo
sobre ella y contemplé el agua en la no muy profunda copa de oro.
Durante
un breve instante nada vi; hasta que al poco, un rostro se dibujó en el agua,
el rostro de la dama real, Amenartas, que me miraba desde la copa. Sí, miraba
con dureza y parecía amenazarme, ya que en sus ojos había odio y venganza.
Luego apareció otro rostro y cubrió al anterior, era el del sacerdote
Kalíkrates, y en sus ojos había aflicción y deseo.
Ahora
comprendí que la diosa Isis, o acaso otra, aquella de los griegos, me hablaba
de cosas que tenían que ver conmigo, y no con el destino de Egipto. Con mi
corazón supliqué a la Reina del Cielo que me librara de estas visiones, aunque
no le rogué que me diera otras, puesto que mi cometido era pronunciar ciertas
apropiadas palabras que habíamos preparado.
Empero,
llegaron otras visiones no buscadas, ya que algún espíritu me poseía, un
espíritu de verdad y destino. Eran numerosas, y todas ellas terribles. Vi
campos de batalla; vi hombres cayendo a millares, vi ciudades en llamas. Vi al
rey de ojos falsos, Tenes, muerto. Vi al general, Kleinios de Cos, también
muerto, yaciente sobre una pila de griegos asesinados. Vi al Faraón Nectanebes
escapando Nilo arriba en un barco...; supe que era Nilo arriba porque la
corriente se rizaba contra la proa de su nave. Le vi cogido por salvajes negros
y estrangulado con una cuerda hasta que su lengua colgaba hacia afuera y los
grandes ojos redondos se le saltaban de la cabeza. Vi los templos de Egipto
quemándose y a un ebrio rey de rostro feroz destrozando las estatuas de los
dioses con una espada persa y masacrando a los sacerdotes sobre el altar. Luego
ya no vi más pero una voz gritó en mis oídos:
—¡Muerte
a Egipto! ¡Muerte y desolación! ¡Muerte a su rey, muerte a sus sacerdotes,
muerte a sus dioses! ¡Terminado, terminado, todo ha terminado!
Aparté
de mí la copa. Se volcó, pero ¡he aquí! no cayó agua de ella, sino sangre, o un
vino de color oscuro, que manchó el blanco mármol del embaldosado. ¡Lo
contemplé fijamente! ¡Todos contemplaron a este horror enviado por los dioses!
—¡Es
un ardid! —exclamó la Princesa Amenartas—. Ella ha coloreado el agua al amparo
de su velo.
También
los demás, especialmente los griegos, se hicieron eco de la exclamación:
—¡Un
ardid, un descarado truco!
Sólo
yo noté que el Faraón estaba en silencio, el Faraón que sabía que Ayesha,
llamada Isis-en-la-Tierra, no se ocupaba de ardides; un Faraón
que practicaba magia y había visto presagios semejantes enviados por Set.
¡Mirad! El Faraón parecía atemorizado y no pronunció palabra; sólo miraba
ferozmente con sus grandes ojos a la mancha sobre el mármol.
—¿Qué
respuesta ha dado la diosa a tu plegaria, Profetisa? —preguntó Amenartas,
mofándose de mí.
—Esta
respuesta, real Dama de Egipto —y señalé hacia el mármol—: la respuesta de la
sangre.
—¡Sangre!
¿Sangre de quién? ¿La de los persas?
—No,
Señora, la de muchos que están sentados a este festín y que dentro de poco se
sentarán a la mesa de Osiris, y la de miles que les son fieles. Pero
consuélate. Señora, no la tuya. Pienso que todavía es mucho el daño que tienes
por hacer antes de también ir a sentarte a la mesa de Osiris, o acaso a la de
Set —agregué, cambiando estocada por estocada.
—Pronuncia,
pues, sus nombres, Profetisa.
—No,
no los pronunciaré. Ve, búscalos tu misma, Señora, o deja que el Faraón lo
haga, puesto que ¿no es él un mago? aunque cuál es el dios que le concede
visión es algo que no sé. Me llamas tramposa, o más bien es a la diosa a quien
llamas así. Por tanto, la diosa está muda y su profetisa también.
—Sí,
te llamo tramposa —exclamó ella, cuyo corazón estaba enloquecido por el temor
—y tramposa eres. Hagamos ahora que esta hechicera de templo, que oculta su
fealdad detrás de una pantalla de seda, se quite el velo para que podamos verla
tal como es, y que se la registre y se obtenga el jarro de tinte de la pechera
de su túnica.
—Sí,
que se la registre —gritaron los invitados, que también estaban asustados.
—No
es necesario el registro, altos señores —dije con voz trémula, como si yo
también me hallase sobrecogida por el temor—. Obedeceré a la Princesa. Me
quitaré el velo, aunque os suplico que no os moféis de mí cuando me veáis tal
como soy. Otrora acaso haya sido tan bella como esa real Señora que da órdenes,
pero años de abstinencia y la insomne búsqueda de la sabiduría estropean los
rasgos y marchitan el cuerpo. Además, el tiempo deja su huella en los cabellos,
aquellos que me quedan, puesto que también ellos disminuyen con la edad. No
obstante me quitaré el velo, y el jarro con el precioso tinte será el premio de
quien primero consiga arrebatarlo de la pechera de mi túnica.
—Sí
—dijo uno de ellos, el rey Tenes—, y como pago por su ardid le haremos beber lo
que queda de él para darle color a su pobre y viejo pellejo.
—Sí
—contesté—, beberé lo que quede puesto que pienso que la sustancia es
inofensiva. ¡Oh, no estéis enfadados porque una pobre ilusionista haga sus
trucos!
Ahora
Noot me miró como si hubiese estado a punto de hablar. Luego su rostro cambió,
como el de un hombre que recibe de pronto una orden que otros no pueden oír.
Dejó caer la vista, permaneciendo en silencio, y yo, contemplando, supe que era
el deseo de la diosa, o al menos el de Noot, que yo me quitara el velo.
Miré
de soslayo al sacerdote Kalíkrates, pero él se mantenía inmóvil, luciendo como
el mismo Apolo convertido en piedra.
Durante
esta comedia yo había aflojado las ataduras de mi velo y capucha, y ahora, de
golpe, los arrojé lejos de mí, revelándome ataviada como Isis, esto es, con muy
poco salvo la túnica ceñida y transparente abrochada a la cintura. Sobre mi
pecho, colgando de una cadena de perlas, estaban sus símbolos sagrados tallados
en gemas y oro, y sobre mi cabeza, su bonete de buitre, debajo del cual mis
rizos caían casi hasta mis pies; las doradas plumas del bonete estaban
adornadas por zafiros y rubíes y de él surgía el sagrado símbolo egipcio hecho
de rutilantes diamantes.
Sí,
me quité el velo y de pie permanecí ante ellos, con los brazos cruzados sobre
la enjoyada faja que había bajo mi pecho.
—¡Contemplad!
Reyes y Señores —dije—, la hechicera de templo se alza ante vosotros en tan
pobre estado como el que a los dioses ha complacido darle forma. Ahora dejad
que aquel que lo vea se acerque y tome el jarro que oculta el tinte de esta
embustera que se ha quitado el velo.
Durante
un momento hubo silencio, mientras esos hombres brutales devoraban mi blanca
belleza con sus ojos, saboreando cada detalle hermoso de mi perfecto rostro y
forma. Amenartas me contempló y sus rubicundas mejillas empalidecieron; sí,
hasta el coral se desvaneció de sus exquisitos labios. Entonces, de entre esos
labios irrumpieron estas palabras:
—¡Esta
no es una mujer! Esta es la diosa misma. Cuidaos de ella, hombres, porque es
terrible.
—No,
no, —contesté humildemente— no soy sino una pobre mortal, ni siquiera tengo
sangre real, como tú, Señora... sólo una pobre mortal con cierto entendimiento
y sabiduría, aunque acaso a tus ojos durante un instante Isis me haya tocado
con su esplendor. Venid, coged el jarro antes de que vuelva a colocarme el
velo.
Entonces
aquellos hombres se enfurecieron; todos menos el Faraón que, sentado, cavilaba.
—Diosa
o mujer —exclamaron— que nos sea entregada a quienes, a partir de ahora, ya no
podremos poner nuestros ojos en la belleza de otra.
El
Rey Tenes se levantó, su áspero rostro encendido y sus ojos movedizos mirándome
con avidez.
—¡Por
Baal y por Astarté! —exclamó— diosa o mujer jamás he visto a alguien semejante
a esta profetisa de Isis. Escucha, Faraón, antes del festín tuvimos una
discusión acerca de una gran suma de oro, y al final admitiste que se me debía
como ayuda económica a mis gastos de guerra, aunque, así dijiste, no podía esta
suma ser hallada en Egipto a menos que se asaltara el rico tesoro de Isis.
Acaso la diosa se haya enterado de este propósito tuyo y a modo de respuesta
nos enviara un oráculo aciago. No lo sé; pero sí sé esto: que además te ha
enviado un medio de pagar la deuda sin que a ti te cueste nada y sin que haya
que robar su sagrado tesoro. Entrégame a esta bella sacerdotisa para que me
consuele con su sabiduría y demás... —aquí los presentes rieron en forma
grosera—, y ya no hablaré más acerca de dicho oro.
El
Faraón escuchó sin alzar la cabeza; me miró y contestó:
—¿Qué
enfadaría más a la diosa, Rey Tenes, perder su oro o perder a su profetisa?
—Lo
primero, según pienso. Faraón, considerando que el oro es escaso y
profetisas... verdaderas o falsas... hay muchas. Que me la entregues, te digo.
—El
juramento que presté me lo impide, Rey Tenes.
—Hiciste
un juramento ante aquel sacerdote supremo y ante aquel hombre, que parece un
dios griego vestido con túnica de sacerdote y es llamado Maestro-de-los-Ritos,
pero ante esta dama no hiciste juramento alguno.
—Hice
el juramento ante Isis, Rey Tenes, y si lo rompo ella sin duda se vengará de
mí. Continúa tu camino, el oro te seguirá, hasta la última onza, pero no está
en mí el concederte a la profetisa.
Entonces
Tenes volvió a mirarme, y yo, que le odiaba con toda mi alma, le devolví la
mirada con interés, aunque esto no logró sino inflamarle aún más. Luego se
volvió al Faraón furiosamente y contesto con voz fría:
—Escúchame,
Faraón. No es sino una cuestión sin importancia; sin embargo estoy determinado
a obtener a esta mujer que conoce el corazón de los dioses y puede verter en
mis oídos su sabiduría. Por consiguiente, elige:
»En
Sidonia hay dos facciones de poderío casi igual. Una de ellas dice: "Haz
una alianza con Egipto y lucha contra el persa Ochus, a quien ya has vencido
una vez". La otra dice: "Haz una alianza con Ochus, ¡y como
recompensa, en un día venidero te sentarás en el trono del Faraón!" He
seguido el primer consejo, tal como sabes. Aunque no es demasiado tarde para
cambiar dicho consejo por el segundo, que acaso sería lo más sabio, si es que
hay algo de cierto en aquella adivinación —y señaló la sanguinolenta mancha
sobre el suelo de mármol. Luego continuó—: Además, tengo a mis capitanes
sentados conmigo a esta mesa, y aquellos que me sirven esperan fuera con toda
mi flota, de modo que de cambiar de consejo no temería decírtelo así, y en la
cara. De modo que te digo que si no me complaces en esta cuestión sin
importancia, dentro de poco mis embajadores saldrán hacia Susa con un mensaje
para oídos de Ochus; mensaje que tú escucharías con regocijo viendo que sin la
poderosa ayuda de Sidonia y sus flotas Egipto no puede vencer en esta guerra.
Así
habló Tenes y descansó su mano sobre el pomo de su corta espada fenicia.
El
rostro del Faraón, así presionado en su propia ciudad y en su propia mesa,
enrojeció de cólera y vi que estuvo a punto de contestar a este extranjero rey,
desafiándole como lo hubiesen hecho muchos de los grandes monarcas que habían
ocupado el trono antes que él. Pero antes de que pudiera hablar, su real hija
Amenartas susurró en su oído y, aunque no pude escuchar sus palabras, leí su
significado en su rostro. Esto decían: «Tenes dice la verdad. Sin Sidonia no
puedes enfrentarte a los persas y Egipto está perdido. Deja ir a la mujer.
Isis, comprendiéndolo, perdonará, ya que de otra forma deberá contemplar el
Santo Fuego persa ardiendo en sus altares.
El
Faraón escuchó, y la furia escrita en su mirada se transformó en aflicción. Sus
ojos giraron en forma peculiar en dirección a Noot y le dijo, como alguien que
formula una pregunta:
—He
hecho un juramento ante ti, Kherheb, y ante aquel sacerdote,
pero ante la profetisa no hice juramento alguno, y acaso el destino de Egipto
dependa de esta cuestión.
El
anciano sacerdote supremo estuvo un rato en silencio, como un hombre que espera
un mensaje. Si esto fue así, el mensaje pareció llegar, ya que de inmediato
contestó con voz tranquila:
—El
Faraón está en lo cierto; el destino de Egipto depende de este asunto; también
el del Rey Tenes y el de muchos otros. El único destino que no está alterado,
tanto si acaba de una como de otra forma, es el de aquella profetisa que es
llamada Isis-en-la-Tierra, ya que la diosa protegerá a lo que
es suyo. Soluciona la cuestión según tu deseo, Faraón. Pero hazlo rápidamente,
porque según nuestros preceptos, ya es tiempo de que yo y los míos, que esperan
fuera, regresemos al templo y hagamos nuestras plegarias y ofrendas nocturnas a
la diosa, la Reina de toda la tierra, la Reina del Faraón y de Egipto; la Reina
de Sidonia, y en ultima instancia la Reina de Artajerjes Ochus, el persa, cosa
que algún día éste comprenderá seguramente.
Así
habló Noot, con indiferencia, y al escucharle reí, porque ahora estaba segura
de que nada tenía que temer de Tenes o de cualquier hombre sobre la faz de la
tierra. Por tanto, reí, cosa que los presentes consideraron extraña en alguien
que estaba a punto de ser llevada como esclava y ordené a Kalíkrates que me
diera mi velo y capucha, y también el manto que había arrojado al entrar a la
sala del banquete.
Él
obedeció, y mientras me ayudaba a cubrir mi belleza dentro de los pliegues de
ese velo, noté que entre todos los hombres allí presentes, él era el único a
quien mi belleza no conmovía en lo más mínimo. Si hubiese estado vistiendo una
imagen de la diosa en marfil o mármol, como debía hacer cada día a la salida
del sol, ungiéndola con perfumes y enguirnaldándola con flores, no hubiese
estado menos impresionado. O tal vez, el sacerdote en él había vencido tan
auténticamente al hombre, que había aprendido a encubrir todos los sentimientos
de un hombre. O quizás era porque la regia Amenartas observaba con sus ojos
cada uno de sus movimientos; no lo sé. Pero en cambio esto lo sé: su calma me
enfurecía y se me ocurrió que si yo no hubiese sido la principal de las
sacerdotisas de Isis, juramentada ante ella, otra hubiese sido la historia a
ser contada. Sí, incluso en ese momento de destino tuve ese pensamiento, lo
cual demuestra que mi alma no había olvidado el encuentro de nuestros labios en
aquel santuario de Filos. Al menos yo, que disponía de mucho tiempo para
reflexionar, frecuentemente lo he pensado así.
—Sacerdotisa,
eres mía —exclamó el Rey Tenes en triunfo—. Prepárate para zarpar conmigo rumbo
a Sidonia dentro de una hora.
—¿Piensas
que soy tuya, Rey Tenes? —pregunté con voz distraída mientras ajustaba los
pliegues de mi velo y me colocaba la capucha—. En ese caso, yo mantengo otra
cosa. Yo, Ayesha, dama nacida en libertad, de la antigua sangre árabe, mantengo
que no soy la esclava de ningún fenicio que durante un breve período es rey,
sino de aquella que es la reina de los reyes, Isis, la Madre. No, Tenes, soy
más; soy la misma Isis, Isis-en-la-Tierra. Pareciera que
contigo debo ir, ya que esa es la voluntad de la diosa, pero, fenicio, presta
atención. Si te atrevieses a ensuciarme siquiera con un toque, te digo que
tengo poder a mi disposición y que en poco tiempo a Sidonia le faltará un rey,
y Set ganará un súbdito. ¡Por tu propio bien, y por el de Sidonia, piénsalo
otra vez y déjame en paz!
Ahora
las enormes mandíbulas de Tenes cayeron y me miró fijamente con la boca
abierta.
—De
todas formas vendrás conmigo —murmuró con voz apagada—. Por la demás, Astarté
es quien rige en Sidonia, no Isis, puesto que debes de saber que hay dos Reinas
del Cielo.
—Sí,
Tenes, una reina falsa y otra verdadera, y que la falsa se cuide de la
verdadera.
Luego
me volví hacia Nectanebes y dije:
—¿Es
todavía tu orden, oh Faraón, que acompañe a este aliado tuyo a Sidonia?
Piénsalo antes de contestar, ya que mucho es lo que depende de tus palabras.
—Sí,
Sacerdotisa, así debe ser. He hablado y mi decreto ha sido registrado. El
destino de Egipto significa más que el de cualquier sacerdotisa, y sin duda el
Rey Tenes te dará buen trato. Si no, dices que tienes poder para defenderte de
él.
Ahora,
mientras al responderle, reí ligeramente, y el sonido de mi risa fue como el
tintineo de un objeto de plata cuando cae.
—Que
así sea, Faraón. Para mí no es nada; en realidad, veré Sidonia, la gloriosa
ciudad, mientras todavía es Sidonia, hogar de mercaderes, señora de los mares.
Pero antes de marcharme, te diré algo, Faraón, de lo que me ha sido enseñado en
aquel cuenco antes de que su agua se transformara en sangre... ¿tal vez por
medio del tinte de esa jarra que ninguno de vosotros ha encontrado? Si recuerdo
bien, puesto que como tú, que practicas magia, sabes. Faraón, tales visiones se
desvanecen rápidamente, como sueños al alba... digo que si recuerdo bien, tenía
que ver con el destino de un gran rey. ¿Has visto alguna vez, a un rey oh
Faraón, que en lugar de la cadena real tenga alrededor de su garganta un collar
de cuerda que es tirado con fuerza hasta que la lengua sale expulsada de la
regia boca y los regios ojos saltan de sus órbitas? ¿No? ¿Deberé pues dibujar
su retrato? ¿Acaso en días venideros volverías a reconocerlo?
—¡Bruja,
maldita bruja! —gritó el Faraón—. Tómala, Tenes, y márchate, antes preferiría
alimentar a una serpiente en mi vientre —y levantándose de la mesa se volvió y
abandonó el salón.
Nuevamente
reí mientras contestaba:
—Debo
marchar, pero parece que el Faraón se ha ido antes. Regia Amenartas, cuida del
buen dios, tu padre porque pienso que es demasiado supersticioso, y aquello que
los hombres creen, se cumple en la persona de ellos mismos.
Entonces
me dirigí hacia Noot y hablé con él... escasas palabras, puesto que los
guardias ya avanzaban sobre mí.
—Nada
temas, Hija —dijo, estás a salvo.
—Sé
que estoy a salvo, Maestro, no obstante mantente alerta para venir en mi
socorro cuando llame; porque mi espíritu me dice que así lo haré.
Inclinó
su cabeza; los guardias llegaron. Mientras me iba observé al sacerdote
Kalíkrates que, sin reparar en mí o en mí destino, continuaba con la mirada
fija en la regia Amenartas, como una estatua tallada en piedra, al tiempo que
ella le miraba a él.
Capítulo
VII
El cese de la tormenta
Me
subieron a bordo de una gran nave, en, cuya proa había imágenes de ciertos
dioses de los fenicios, a quienes los griegos llamaban Pataeci, no
muy diferentes a aquel que los egipcios adoraban con el nombre de Bes, ante
cuyas imágenes ardían fuegos. En esa nave había una cabina real, que me fue
dada, y con ella, espléndidas túnicas y enseres de oro para mi mesa.
Al
alba soltamos amarras desde el muelle de la ciudad de blancos muros, mientras
miles de adoradores de Isis, que se habían enterado de que me apartaban de
ellos, se apostaron sobre el muelle y gimieron, exclamando que la Boca-de-Isis era
llevada a la esclavitud y que ahí donde su «Boca» iba, la diosa debía seguirla,
haciendo que la venganza cayera sobre sus cabezas. Puesto que el que la
sacerdotisa suprema de Isis fuese entregada a manos de los bárbaros y sus
dioses extranjeros era un crimen tal como Egipto jamás había conocido.
Por
tanto sollozaron, profetizando el infortunio, y yo permanecí en popa, sola,
vestida con mis blancas túnicas, velada, y les escuché, ya que ninguno se
atrevió a acercarse a mí. Sí, les escuché y bendije con mis manos, ante lo cual
cayeron sobre sus rodillas y gimieron aún más.
Cuando
por fin dejamos atrás al Nilo y nos hallamos sobre el inmenso mar, navegando
velozmente hacia Sidonia sobre aguas tranquilas, yo, Ayesha, habiendo pedido
consejo a mi diosa y a mi astucia femenina, mandé llamar al Rey Tenes, que
también estaba a bordo de la nave, y lo recibí en su propia cabina, que me
había sido dada a mí.
Mi
alma ardía de furia contra él, y contra Nectanebes, Faraón de Egipto, que me
había traicionado, y juré de corazón que los destruiría a ambos. Sí, ahí,
cautiva, me senté y recibí al rey capturador en su propia cabina, proponiéndome
provocar su perdición; aunque todavía no sabía cómo llevaría esto a cabo.
—Oh
Rey —dije—, yo, tu esclava, quien antes de serlo fue sacerdotisa suprema de
Isis en Egipto, y su profetisa, en cuyo seno la diosa derramó su sabiduría y
sus secretos, como, por cierto, todavía sigue haciendo, deseo hablar contigo, y
como no pude ir hacia ti que te encuentras en medio de tantos hombres, he
suplicado de tu magnificencia que vinieras a mí. ¿Qué deseas de mí, Rey Tenes,
ya que ha sido tu deseo forzar al Faraón a que me entregara a tu custodia? ¿Es
un oráculo lo que deseas concerniente a tu destino o al de tu nación en la
guerra? Si es así yo...
—No,
Sacerdotisa —interrumpió apresuradamente—, de tus oráculos, yo y otros hemos
tenido suficiente. Son pan amargo para alimento diario. Guárdalos, te imploro,
para alimentar a tu propia alma.
—¿Qué
es, pues, lo que de mí deseas, Rey Tenes, que has hecho tantos esfuerzos para
robarme de Egipto, incluso amenazando al Faraón con romper tu solemne pacto si
él no me entregaba a tus manos, a mí, pájaro en la trampa, que por azar quedó
fuera de su juramento ante el supremo sacerdote y el oficial de Isis, el
griego.
—Señora
Ayesha —dijo Tenes abruptamente—, de quien sé que por nacimiento es hija de
Yarab, otrora gobernante de Ozal, contra quien, junto con los egipcios, hice la
guerra en el pasado, y al que provoqué la muerte por tu causa,
Señora, dime, tú que eres sabia, ¿qué desearía de ti cualquier hombre que
hubiera contemplado tu belleza tal como yo la vi hace unas noches?
—El
hombre, al ser hombre, esto es, una salvaje bestia, modelada a semejanza de un
dios en su forma, pero no en su alma, haría de mí su presa, Tenes. Ése, al
menos, era el deseo del primer Nectanebes a quien tú ayudaste, con los navíos
de Sidonia, a destruir a mi padre; y el de muchos, desde sus tiempos.
—Bueno.
Bien, yo, que soy un hombre y algo más, sin ser un dios, por cierto, sino un
poderoso rey, haría de ti mi presa, como tu dices, ya que, a decir verdad,
después de haberte visto ya no pretendo otra mujer en el mundo entero.
Entonces
arrojé mi velo hacia atrás y le estudié con mis ojos.
—¿De
modo que me harías tu reina, Tenes? En realidad, ya lo suponía. ¿Pero que dirá
tu otra reina —ya que sin duda la tienes— de esto, Rey?
—¡Mi
reina! —dijo con voz perpleja— ¿mi reina?
—Por
cierto, Tenes, de ningún modo te atreverías a conceder menos que jerarquía de
reina a alguien como yo.
—Tal
vez no. Bien, digamos que te haré reina, ya que en Sidonia no es difícil
librarse de otras de las que uno puede estar hastiado; esto es, no es difícil
para un rey que también es supremo sacerdote de Baal y Astarté. Sí, sí, estoy
seguro de que te haré mi reina. Te lo ofreceré por escrito si lo deseas.
—Sí,
lo deseo. Rey, y para que no haya errores ni trampas en ese escrito, yo misma
trazaré sus caracteres para que tú firmes. Sólo que dudo mucho que vaya a
aceptar el ofrecimiento que se me hace.
—¿Por
qué no. Señora? ¿Es poca cosa ser Reina de Sidonia?
—Para
Ayesha, hija de Yarab, suprema sacerdotisa y profetisa de Isis, la más sabia y
hermosa mujer en el mundo, alguien que jamás se ha vuelto para mirar al hombre,
es, por cierto, muy poca cosa, Rey Tenes. Es tan poca cosa que no me dignaré
aceptar esa corona que ofreces, a menos...
—¿A
menos que qué, Señora?
—A
menos que la engrandezcas, Rey; que la hagas tan grande y extensa que aquella
que la lleve tenga el poder sobre la tierra.
—Por
Baal, Astarté y Moloc, por los tres, ¿qué quieres decir,
mujer?
—Lo
que te digo, hombre. Quiero decir que cuando tú seas monarca no sólo de
Sidonia, sino de Egipto, Chipre, Persia y todo el Oriente, entonces tal vez me
casaré contigo, a menos que mi capricho cambie, cosa que puede suceder, pero no
antes, por cierto.
—Sin
duda estás loca —dijo con voz entrecortada—. ¿Cómo puedo juntar todas esas
diademas sobre una sola frente? Es imposible.
—Sí,
para ti es imposible, Rey Tenes, pero para mí no lo es. Yo puedo juntarlas y
ungirlas sobre tu frente y la mía propia; yo, que tengo dentro de mí toda la
sabiduría de la tierra y mucho del poder del Cielo. Comprende que si lo deseo,
y tú sigues mi consejo, puedo coronarte emperador del mundo, nada menos, pero
la pregunta es: ¿lo deseo así, seguirás tú mis consejos?
—Señora,
juro que estás loca, a menos que en verdad seas una diosa, tal como dicen en
Egipto.
—Acaso
tenga algo de diosa, y siendo esto así, maravíllate de que por cualquier
recompensa que pueda ser dada yo me denigre tomando a alguien como tú por
esposo, Rey Tenes. Ahora, primero, mírame bien y contesta si en realidad me
deseas y estás dispuesto a conquistarme a través de las fatigas y los peligros,
o si me dejarás en paz. Puesto que sabe, Tenes, que aunque parezco ser tu
cautiva, no puedes engañarme ni herirme. Pon sólo uno de tus dedos sobre mí en
contra de mi voluntad y será tu muerte, puesto que cuento con aquellos que me
ayudan y a quienes tú no puedes ver. Ahora mira... y responde.
Me
miró, devorándome con sus codiciosos ojos, y luego dijo:
—En
verdad te deseo más que nada en la tierra, y puesto que no puede ser de otra
forma, ya que me doy cuenta de que eres demasiado poderosa para mí, te tomaré
al precio que tú digas. Sí, aunque tenga que esperar durante años, te tomaré
pese a todo. Ahora dime, tu, la más hermosa y sabia, qué debo hacer, y júrame
que cuando sea rey de todos los reyes te casarás conmigo.
—Sí,
Tenes, juro que cuando seas rey de reyes me casaré contigo —contesté
gentilmente, riendo interiormente, puesto que recordaba que la primera y última
de todas las cosas, la más importante de todas es... la Muerte—. Escucha. Me
llevarás a Sidonia, no como cautiva sino como una diosa extranjera que ha
venido en tu ayuda y la de tu pueblo, y en Sidonia me recibirás con honores,
haciendo que tus sacerdotes y sacerdotisas me ofrenden veneración e incienso.
—¿Y
entonces qué?
—Entonces,
cuando haya estudiado a tu pueblo y tus preparativos para la guerra, nos
reuniremos en consejo, y te mostraré cómo puedes hacer para vencer. Dime,
Tenes, ¿amas al Faraón Nectanebes?
—No,
Señora, odio a aquel que pide demasiado y poco es lo que otorga, de la misma
forma que antes que a él odié a su padre. No obstante, vivimos bajo el mismo
techo y apuntalamos la misma muralla, y si uno dejara de hacerlo, los persas la
derribarían sobre nosotros.
—Comprendo.
Pero aun así se me ocurre que acaso estarías más a salvo si hubieses estado
empujando la pared junto al persa Ochus, y no sosteniéndola con el egipcio
Nectanebes.
Me
dirigió una mirada con sus movedizos ojos y contestó:
—He
pensado en ello, como bien sabes, pero habiéndome alzado contra Ochus, vencido
a sus sátrapas y asesinado a miles de sus soldados, o más bien los de su padre,
si trepo la muralla podría encontrar lanzas esperando por mí al otro lado.
Señora, es demasiado tarde.
—Sí,
Rey Tenes, tal vez es demasiado tarde; consideraré este asunto por tu interés y
por el mío. Pero primero envíame pergamino y elementos para escribir para que
pueda poner por escrito nuestro pacto. Cuando lo hayas aprobado y firmado,
entonces estudiaré éste y otros asuntos, y no antes. Por el momento, adiós.
Se
levantó y se marchó de bastante mala gana, y cuando me hube quedado sola en la
cabina reí para mis adentros. Había sido fácil hacer morder el anzuelo a este
pez; pero era un pez grande y fuerte y yo debía cuidarme de que no me
arrastrara hacia el profundo mar, donde ambos podríamos ahogarnos al mismo
tiempo. Además, este hombre me resultaba repugnante, más aún que ese Faraón de
gruesas mandíbulas y ojos de buey, y su presencia parecía envenenar el aire que
yo respiraba. Aunque si me asociaba a él en este pacto, sin duda debería
respirarlo a menudo, lo cual impacientaba a alguien como yo, que aborrecía a
los hombres y a sus deseos, y especialmente a este hombre. Es más, me había
juzgado mal y me había insultado; había ayudado a los egipcios en la guerra contra
mi padre y me había tomado por esclava, a mí, Ayesha, pensando hacer de mí su
mujer, y costara lo que costare, me vengaría de él, del mismo modo que lo haría
con Nectanebes, que me había vendido.
El
pergamino me fue traído por un esclavo y sobre él puse por escrito un contrato
tal como no creo que jamás haya firmado antes un rey. Era breve y decía así:
«Ayesha,
hija de Yarab, sacerdotisa suprema de Isis, profetisa de Isis, conocida en el
Cielo y entre los servidores como Isis-en-la-Tierra e Hija
de la Sabiduría, a Tenes, Rey de Sidonia.
«Cuando
tú, Tenes, seas rey no sólo de Sidonia sino de Egipto, Chipre, Persia y el
Oriente, tal como yo puedo lograr que seas si me obedeces en todas las cosas,
entonces yo, Ayesha, te prometeré fidelidad como tu única esposa y reina. Pero
si, hasta que esta dignidad sea tuya y mía, te atrevieses a tocar siquiera mi
túnica, entonces, en el nombre de Isis y hablando con la voz de Isis, yo,
Ayesha, te prometo vergüenza y muerte en el mundo y luego todos los tormentos
del infierno, y las fauces del Devorador, que espera el juicio de Thoth sobre
las almas perjuras más allá del sol.
«Aprobado
y sellado por Ayesha, hija de Yarab, y por Tenes, Rey de Sidonia.»
Después
de haber copiado este escrito lo envié a Tenes, por medio de un esclavo, para
que pudiera estudiarlo. Al poco solicitó que le concediera audiencia, y al
entrar dijo con apagada voz que sólo un loco pondría su sello a tales palabras.
Lo
miré y contesté que nada significaba para mí el que él pusiese o no su sello;
que en realidad, considerándolo todo, yo quedaría más complacida si él olvidaba
el pacto.
Fijó
sus ojos en mí y la furia se apoderó de él, que estaba inflamado por el vino.
—¿Quién
eres tú —dijo— que así te atreves a hablar al Rey Tenes? No eres más que una
mujer vestida con las túnicas de una sacerdotisa, que pretende estar en
posesión de poderes que no tiene. ¿Por qué no habría de tomarte y acabar con
esto?
Ahora,
al contestarle, me burlé de él.
—Porque
pienso que prefieres sentarte sobre un trono que yacer en una tumba, Tenes,
aunque sea dentro del ataúd de un rey. Empero, como es tu deseo el conocer más
particularidades, haré tu pregunta a la diosa, la que no se encuentra muy lejos
de mí, ni siquiera estando yo en esta nave, y mañana, cuando el sol esté alto,
te comunicaré sus palabras... esto es, si vives para contemplar el sol de
mañana, Rey Tenes —agregué, mirándole fijamente a los ojos.
Estas
palabras parecieron despejarlo, ya que empalideció y abandonó la cabina,
haciendo una señal para evitar el mal de ojo, pero, noté, llevándose con él el
escrito. No obstante, me dejó perpleja y temerosa, ¡puesto que mi corazón no
era tan osado como mi boca!
Esa
misma noche, bien por azar o por voluntad del Cielo, una gran tempestad se
presentó imprevistamente. El capitán del trirreme, un griego, o griego en
parte, de Naucratis, de nombre Filo, a quien yo había visto por primera vez a
bordo de esta nave, vino para advertirme y para asegurarse de que todo estaba
sujeto en mi cabina. Era un hombre de rápida inteligencia, muy activo en sus
movimientos y de rostro agradable, con una barba marrón y puntiaguda, de cuya
vida en la tierra ya habían transcurrido unos treinta y cinco años. Yo había
hecho preguntas concernientes a él a cierto esclavo que me asistía, y se me
había dicho que aunque aparentaba timidez, este Filo era en verdad un gran
guerrero y uno de los mejores arqueros de las bocas del Nilo, ya que siempre
hacía impacto sobre aquello a que apuntaba, aunque esto fuera una ave en vuelo.
Además era un buen marino, se decía, fiel a aquellos a quienes servía y
venerador de los dioses.
—Si
esto es así —pregunté a ese viejo esclavo— ¿cómo es que este Filo, en lugar de
un humilde capitán, no es el primer general, o almirante, de los griegos, tal
como debería ser un hombre de semejante calidad?
—A
causa, divina Señora, de ciertos defectos —contestó el esclavo—; defectos como
los que han hecho de mí lo que soy, en lugar de Conde de Nome en el Nilo, como
debí haber sido. Este Filo siempre ha pensado en el bienestar de los demás
antes que en el suyo propio, lo cual es una debilidad muy perniciosa; además,
mucho ha sido lo que ha amado a las mujeres, lo cual es aún peor.
—Viles
pecados, por cierto —dije—, más particularmente el segundo. Los sabios siempre
piensan primero en sí mismos, y los santos nunca aman más de una mujer, y a
ésta no demasiado, lo cual tal vez explique por qué los sabios y los santos
sean tan odiosos y aburridos. Tráeme a este Filo; él es alguien a quien
desearía conocer.
Por
fin vino Filo, aunque no estoy segura si lo hizo a causa que había recibido mi
mensaje o porque la tormenta se aproximaba. En todo caso vino, y al tiempo que
se inclinaba ante mí, hizo una cierta señal por la que supe que era adorador de
Isis, y uno de los que más alto grado poseían, aunque no el más alto, ya que
cuando lo puse a prueba con esa señal, no pudo contestar. Sin embargo, su rango
era lo suficientemente alto dentro de nuestra inmensa sociedad, y desde ese
momento hablamos el uno con el otro bajo el sello de la diosa, o como era
nuestra frase en esos días, «al amparo de la sombra de sus alas», como lo
hubiesen hecho hermano y hermana, o más bien, madre e hijo.
Esto
es, comenzamos a hacerlo después de haberle probado más a fondo y de recordarle
el destino de aquellos que traicionaban a la diosa y a sus ministros sobre la
tierra.
Este
Filo me contó, en pocas palabras, que aunque el trirreme era egipcio, y
llamado Hapi, como el dios del Nilo, en este viaje había sido
fletado por Tenes, y en su mayor parte era tripulado por sidonios, y también
por personas inferiores de Chipre y los puertos de la costa. Éstos, como la
guardia fenicia de Tenes, de los que había cincuenta a bordo de la nave,
adoraban a dioses que no eran de Egipto; esto es, aquellos que en todo caso
adoraban a dios alguno.
Muchos
de estos hombres, dijo Filo a modo de advertencia, murmuraban a causa de que
una sacerdotisa de Isis estaba a bordo de su nave, cosa que pensaban
enfurecería a los dioses fenicios, cuyas imágenes habían sido emplazadas a la
proa, tal como legítimamente podía hacerse cuando una embarcación era alquilada
por Tiro o Sidonia.
Contesté
riendo que, tal como él y yo sabíamos, Isis podía defender lo suyo contra Baal,
Astarté y todos sus acólitos. Luego, cambiando mi semblante, súbitamente le
pregunté qué era lo que quería decir.
—Sólo
esto, Sagrada —contestó—: Que si por casualidad la nave se encontrara en
peligro... y nada me gustan las señales del cielo y los quejidos del negro
viento del norte, con escollos a menos de dos leguas a sotavento, te digo pues,
que si esta nave se ve en peligro, cosa que podría suceder esta misma noche,
puesto que aquí los vendavales surgen repentinamente... bueno, Sagrada, también
tú podrías verte en peligro. En tales casos, Sagrada, a veces los fenicios
exigen un sacrificio a los Cabiri, los grandes dioses del mar
a quienes nosotros no veneramos.
—¿De
veras? —respondí fríamente—. Pues entonces diles que aquellos que exigen
sacrificios suelen estar entre las víctimas. No temas, mi hermano-en-la-diosa.
Pero si se presentan dificultades, llámame en tu ayuda.
Luego
extendí hacia él el sistrum que formaba parte de los
ornamentos del cargo con el que había sido llevada a bordo de la nave, y él lo
besó con sus labios y se marchó a atender sus asuntos.
Apenas
se hubo marchado cuando el negro viento del norte comenzó a soplar. Sopló
tímidamente, creciendo hora a hora y minuto a minuto, hasta que el vendaval fue
terrible. Los remeros ya no pudieron remar, pues las enormes olas rompían sus
remos, cuyos mangos les golpeaban arrojándoles fuera de los bancos; y la vela
que intentaron izar en el mástil fue arrancada y cayó ondeando en el viento
como una gaviota herida. Así, continuamente el Hapi era
empujado hacia la costa de Siria, donde, todavía a una distancia de unas
millas, la luz de la luna al emerger entre las nubes dejaba ver la blanca
espuma de las rompientes sobre los temibles peñascos de Carmel.
Hacia
medianoche el alto mástil se rompió en dos como un palo podrido y cayó al agua,
llevándose con él a unos cuantos hombres y aplastando a otros. Entonces el
terror se apoderó de toda la tripulación de esta nave, de modo que comenzaron a
llorar a gritos, creyendo que la oscura muerte estaba ya sobre ellos.
Ahora
uno gritaba:
—¡Estamos
embrujados! En esta estación no tendría que desatarse semejante vendaval, va
contra la naturaleza.
Otro
contestó:
—No
me asombra que estemos embrujados quienes llevamos con nosotros a una hechicera
de Egipto, que odia a nuestros dioses; y por tanto, ellos están enfadados.
Decían
esto porque habían escuchado la historia del agua convertida en sangre, además
de la de los oráculos que solía pronunciar en los templos de Menfis. Porque en
esa ciudad habitaban muchos fenicios que eran grandes conversadores y amantes
de leyendas extrañas, aunque ahora, me dice Santos, toda su raza está en
silencio para siempre, y las únicas leyendas que escuchan son las de Gehena.
Luego
se alzó otro grito proveniente de muchas gargantas.
—¡Sacrificad
a la bruja a los dioses del Mar. ¡Arrojadla al mar para que ellos puedan
llevársela y nosotros podamos vivir para ver el sol de mañana!
Seguidamente
se produjo una acometida hacia la parte posterior del tirreme, donde yo me
encontraba en la cabina. En el combés de la nave apareció el capitán Filo,
según pude observar por en medio de las cortinas, y con él un cierto número de
tripulantes que eran egipcios y leales a él, tal vez seis en total, no más. En
sus manos, Filo sostenía un arco, y había una corta espada desenvainada metida
debajo de su cinturón.
Gritó
a la turba de hombres enloquecidos que se detuvieran, pero no le hicieron caso,
y, conducidos por uno de los guardias de Tenes siguieron avanzando
cautelosamente. Filo se arrodilló, apoyando su espalda contra un tonel de agua,
esperando a que la nave se estabilizara un poco sobre la cresta de una ola.
Entonces tendió el arco y disparó. Muy bueno y preciso fue su disparo, ya que
la flecha atravesó al comandante de la guardia de Tenes penetrando por el pecho
y saliendo por la espalda, de modo que éste cayó sin vida. Al ver esto, los
demás se asustaron y permanecieron donde se encontraban, aferrándose a los
macarrones de la nave o a cualquier cosa que pudiesen asir con sus manos.
Tenes
apareció entre ellos. Le gritaron algo y él también respondió con gritos, pero
no pude escuchar lo que se decían a causa del bramido del viento.
Filo
entró sigilosamente a la cabina y su expresión era muy grave.
—Sagrada
—dijo—, prepárate para unirte a Isis en los cielos. Temiendo por su propia vida
ese perro rey sidonio ha consentido tu sacrificio, y he venido a morir contigo.
—La
diosa te lo agradece, oh generoso hombre, y yo, su servidora, también te doy
las gracias —dije, sonriéndole—. Pero no temas, porque mi espíritu me dice que
ni tú ni yo moriremos esta noche; ayúdame, ahora y salgamos a hablar con estas
siseantes víboras sidonias.
—¿Pero
qué les dirás, Sagrada?
—La
diosa me revelará lo que tenga que decir —contesté, puesto que en verdad no
sabía que debería decir. Todo lo que sabía era que un espíritu me impulsaba a
salir y hablar con ellos.
Así
fuimos, pues, apoyándome en Filo, ya que me era difícil mantenerme en pie, y
llegamos hasta el tocón del mástil roto, en medio de la ahuecada nave, todos
los hombres de la tripulación retirándose ante mi paso. Aquí, con un brazo me
aferré a lo que quedaba del mástil y con el otro, en el que llevaba el sistrum de
nuestro culto, hice señas. Se acercaron, Tenes entre ellos, con su rostro
cubierto por un manto.
—¡Escuchad!
—grité—. Sé que deseáis ofrecerme, a mí, la Profetisa de Isis, en sacrificio a
vuestros dioses. ¡Necios! ¿No es Isis más grande que vuestros dioses? ¡Oh Reina
del Cielo!, ¡envía una señal que pruebe que eres más grande que estos dioses
extranjeros!
Así
hablé, y alcé mi vista hacia la luna; el viento había arrancado mi velo; y
esperé.
Llegó
una gran ola que golpeó la parte delantera de la nave, hundiéndola
profundamente en aguas verdes. Cuando emergía, pude ver dos oscuras formas que
volaban desde la proa de airosa cabeza y una voz exclamó:
—¡Las
imágenes guardianas se han ido y el fuego sagrado está apagado!
—Sí
—contesté—, se han ido a donde iréis vosotros, cada uno de vosotros, si os
atrevéis a tocarme. Sabed que no temo por mi propia vida, la cual no me puede
ser quitada, sino que mi temor es por las vuestras, y por Sidonia, que de aquí
a poco perderá un rey... si, osáis tocarme. Manteneos en silencio, ahora, y
aunque no lo merecéis, rezaré a Isis para salvaros.
Entonces,
boquiabiertos ante mí, ahí de pie como alguien que está inspirado, como por
cierto creo que lo estaba, fueron atravesados por el silencio, y a través del
estruendo del vendaval y de la veloz espuma supliqué al Cielo que protegiera a
esa nave, y a aquellos que iban a su bordo, de los afilados peñascos sobre los
que el oleaje golpeaba a menos de una milla.
Sucedió
un prodigio; si fue a causa de que la tempestad se había aburrido de su furia,
o porque Aquello que escucha las plegarias de los hombres había aceptado la mía
para sus propios propósitos, es algo que hasta esta hora ignoro. En todo caso,
el prodigio ocurrió, ya que aunque el mar aún golpeaba y embestía, oleada tras
oleada, como innúmeros corceles de blancas crines a la carga, de pronto el
vendaval amainó y hubo calma entre cielo y mar.
—La
gran diosa ha querido escucharme y salvar vuestras vidas, sí, inclusive las
vidas de vosotros que hubieseis asesinado a su sacerdotisa —dije con voz
tranquila—. Volved ahora a vuestros remos y remad como nunca lo habéis hecho
hasta ahora, si queréis mantener a la nave apartada de aquellos peñascos.
Estaban
sin aliento: ¡Me contemplaban con las bocas abiertas! Uno dijo:
—Tú eres
la diosa; ¡tú eres la propia diosa! Perdónanos, ¡perdona a tus
esclavos, oh Reina del cielo!
Entonces
se precipitaron hacia sus remos, y en medio de grandes dificultades y peligros
condujeron a la Hapi más allá del promontorio de Carmel, donde
el agua hervía sobre los peñascos, y luego hacia el profundo mar abierto.
—¿Qué
te había dicho, Filo? —dije, mientras me conducía de regreso a mi cabina.
No
respondió; solamente, levantando la bastilla de mi vestimenta, la apretó contra
su frente.
Capítulo
VIII
El rey de Sidonia
A
la mañana siguiente salió el sol en un cielo de un perfecto azul y la Hapi, impulsada
por los remos, puesto que el mástil ya no estaba, siguió hacia el norte sobre
aguas tranquilas. A menos de una legua, sobre nuestra derecha, resplandecientes
como el oro, se hallaban los techos de la gloriosa ciudad de Tiro, emplazada
como una reina sobre su trono isleño. Tiro, que todavía no soñaba con infaustos
días en que sus palacios de mármol se desharían entre las llamas y sus
príncipes mercaderes y ciudadanos yacerían masacrados de a miles en sus calles;
Tiro, la libertina, la hermosa, la acaudalada, que extraía riquezas de todas
las tierras.
Al
ver nuestro ruinoso estado, una barca tripulada por marinos de gorras rojas se
acercó, desde el muelle egipcio, para preguntar si necesitábamos ayuda. Pero
Filo gritó a su oficial que salvo por la pérdida de un mástil y algunos hombres
no habíamos sufrido daños durante el vendaval y esperábamos, de aquí a la
noche, estar a salvo en Sidonia.
De
modo que la barca regresó y nosotros seguimos remando.
A
mediodía tuvimos a la vista las torres de Sidonia, y en el término de otras
tres horas, al estar la mar en calma, echamos el ancla en el muelle meridional.
Ahora
bien, después de que hubimos dejado atrás Tiro, el Rey Tenes me visitó en la
cabina. No bien le vi sentí asco, ya que recordé que este perro sidonio había
consentido a las exigencias de los marineros de que se me arrojara a las
profundidades como sacrificio a sus dioses. No obstante, refrené mis
sentimientos y le recibí sonriente y sin el velo.
—¡Salve,
Rey Tenes! —dije—, Isis ha sido muy misericordiosa contigo en respuesta a mi
plegaria; puesto que sabe que pensé que ya jamás volvería a verte entre los
vivos.
—Eres
grande, Señora —contestó, contemplándome con ojos atemorizados, pero también
devoradores—; pienso que eres tan grande como esa Isis a la que sirves, si es
que en realidad no eres esa Isis en la tierra, como te llaman en Egipto. No
conozco a Isis, yo, que venero a Astarté, la que también tiene el título de
Tanit y Baaltis, y, como tú Isis, es una reconocida Reina del Cielo; pero a ti
te conozco, y a tu poder, ya que ¿no hiciste tú que anoche cesara la terrible
tormenta y nos salvaste a todos de la muerte sobre los peñascos de Carmel?
—Sí,
eso hice, Tenes, habiéndoseme dado la fuerza; cómo, no importa. Es extraño
pensar, ¿no? —y aquí me incliné hacia adelante y le miré en los ojos— que a
bordo de esta nave haya hombres tan cobardes y malignos que hayan tenido que
reunirse para aconsejar que se me arrojara a las profundidades como sacrificio
a sus dioses, y que si lo hubiesen hecho, al comprender que a mí no podía
hacérseme daño, ellos, cada uno de ellos, hubiese tenido que constituirse en
objeto de ese sacrificio.
Ahora
se sintió terriblemente molesto y enrojeció bajo mi mirada, pero contestó:
—¿De
veras, Señora? Nómbrame a esos hombres y se les dará muerte.
—Sí,
Rey Tenes, sin duda que se les dará muerte, a cada uno de ellos, ya que Isis no
olvida una amenaza de asesinato contra su sacerdotisa. No obstante no los
nombraré. ¿Qué necesidad hay, cuando sus nombres ya están inscriptos en las
lápidas del Cielo? Déjalos estar hasta que el Destino dé con ellos, ya que no
permitiré que en tu furia tinas tus manos con su sangre vil. ¿Pero qué quieres
de mí, Rey?
—Bien
lo sabes —contestó con voz apagada—. Te venero, estoy loco de amor por ti.
Cuando te vi de pie junto al mástil roto y orando, incluso entonces, al borde
de la fatalidad, mi corazón se derritió por ti. Digo que hay en mi pecho un
fuego desencadenado que sólo tú puedes apagar —e hizo como si fuese a caer de
rodillas ante mí.
Le
hice una señal para que permaneciera sentado, y contesté:
—Recuerdo,
Rey, que hablaste en forma semejante antes de la tormenta, y que, un poco en
broma, puse por escrito ciertas condiciones según las que me convertiría en tu
reina, esto es, cuando pudieras darme el dominio de toda la tierra. Sabiamente,
tal vez, no pusiste tu sello a esas condiciones; en realidad, me preguntaste
por qué no podías tomarme sin más como juguete tuyo, y ante esa pregunta anoche
te llegó una respuesta cuando la nave se revolcó cargada de agua y a sotavento
viste la marejada arrojándose contra los peñones de Carmel. Además, la diosa me
ha dicho otras cosas que te sucederían si te atrevieses a levantar una mano
contra su sacerdotisa. Te digo que es horrible, tan horrible, que lo ahorraré a
tus oídos, ya que si las escuchases temblarías. ¿Qué necesidad hay de hablar de
un crimen semejante cuando igualmente grave será la sentencia que le pisará los
talones? De modo que terminemos, Tenes, y entérate que mi deseo es volver a
Egipto a bordo de esta nave.
—¡No,
no! —exclamó—. No puedo separarme de ti; antes perdería mi corona. Te digo que
si te perdiera de vista y se desvanecieran mis esperanzas para contigo, me
volvería loco...
—Cosa
que acaso todavía pueda sucederte. Tenes —repliqué riendo—, si es que ya no
estás loco, a la manera de los tiranos que por primera vez son despojados de
aquello que desean. Tienes mis órdenes, de modo que acaba. Hablaré con Filo, el
capitán, para ver cuándo puede estar preparado para poner rumbo al Nilo.
—¡Escucha,
Señora, escucha! —dijo con apagada voz— tengo aquí el pergamino. Lo firmaré en
tu presencia si juras obrar de acuerdo con él.
—¿De
verdad? Bien, Tenes, yo no modifico mi palabra. Cuando puedas coronarme Reina
de Fenicia, Egipto, Persia, y el resto, tal como yo puedo indicarte en qué
forma hacer, entonces te tomaré por esposo y reinaré como tu única esposa. Pero
hasta entonces jamás te atrevas siquiera a tocarme. Estoy cansada ahora, ya que
anoche dormí muy mal. ¿Deseas sellar el pergamino? porque si es así, esto
deberá ser hecho ante un testigo cuya vida y bienestar, a partir de ese
momento, serán tan sagrados para ti como los míos propios.
—Sí,
sí, lo sellaré, lo sellaré —dijo.
Entonces
batí las manos y apareció el esclavo que esperaba afuera. Le ordené que hiciera
comparecer a Filo, el capitán de la nave, y que trajera cera. Al poco llegó
Filo y le dije qué era lo que se requería de él. Además, pedí el pergamino a
Tenes y lo leí ante ambos, y Filo escuchó con una glacial mirada de
estupefacción. Luego el pergamino fue untado de cera y Tenes lo selló con su
sello, que era un cilindro de lápiz-lázuli que contenía imágenes de dioses, a
la manera de los que usaban los antiguos babilonios. Además, debajo del mío,
escribió su nombre en caracteres fenicios que no pude leer. Luego Filo, como
testigo, escribió el suyo, ya que siendo a medias griego conocía este arte, y
lo selló con su sello, un escarabajo tallado en cornalina por un artista de no
poco talento, sin duda griego; este escarabajo, dijo, lo había obtenido hacía
muchos años del dedo de alguien a quien había dado muerte en una batalla.
Cuando contemplé lo que quedaba grabado en la cera reí, porque he aquí que el
dibujo era el de una Diana, o acaso el de una ninfa, que disparaba una flecha a
un fauno de rostro brutal que la había sorprendido durante el baño. A mi
parecer, el rostro de este fauno, o sátiro, era muy semejante al de Tenes, y
así también lo pensó Filo, ya que le vi dirigir su mirada a uno y a otro, y le
escuché murmurar «¡Un presagio! ¡Un presagio!» en voz baja, en la lengua
egipcia que Tenes no comprendía.
Cuando
el rollo hubo sido firmado, Tenes hizo ademán de llevárselo, pero yo dije:
—No,
el día que se hayan cumplido sus condiciones será tuyo. Pero hasta entonces es
mío.
Empero,
le prometí entregarle una copia del escrito, y con esto quedó, o fingió que
quedaba, satisfecho.
Cuando
Filo se hubo marchado Tenes me preguntó cómo iba a convertirse en soberano del
mundo, y de ese modo obtenerme.
Respondí
que se lo diría más tarde, en Sidonia, después de que hubiera pensado y orado.
Pero había una cosa que él debía jurar, esto es, que no escucharía otros
consejos que los míos, ya que de otra forma podría perderme, y junto conmigo a
todo lo demás. Juró por sus dioses, estando en ese momento tan
aturdido que hubiese jurado cualquier cosa si con eso hubiese podido mantenerse
cerca de mí. Además, me dijo que era su propósito instalarme en un palacio
próximo al suyo, o acaso en una parte del suyo propio, para así poder visitarme
diariamente y escuchar mis consejos.
Incliné
mi cabeza y dije que cuanto más frecuentemente lo hiciera, mejor; siempre y
cuando viniera en busca de consejo y nada más. Entonces lo despedí, y se marchó
como un esclavo cualquiera.
Cuando
se hubo marchado llamé otra vez a Filo y, «bajo las alas de la diosa», esto es,
bajo un juramento de silencio que si se rompe significa la muerte, le conté, a
mi-hermano-en-Isis, el significado de esta farsa, es decir, que me vengaría de
Tenes, quien nos había ofendido a mí y a la diosa, y quien, también en su
cobardía, había propuesto sacrificarme en las profundidades como ofrenda a sus
falsas deidades. Además le di la copia del escrito que yo había confeccionado
y, ya habiendo él cumplido su misión, le ordené que volviera a Egipto lo antes
posible y que lo entregara a Noot, el sacerdote supremo de Isis, y junto con el
pergamino, toda esta historia.
Le
ordené que permaneciera en Menfis, y que tuviera preparada una gran nave,
cualquiera que fuese, tripulada por valerosos hombres, todos acólitos de Isis,
los que le serían proporcionados por Noot, junto con el dinero necesario para
alquilar o comprar dicha nave. Ahí debía esperar hasta que mi palabra llegase.
Cómo llegaría era algo que yo aún ignoraba. Acaso fuera a través de un
mensajero, o tal vez yo hablaría con el espíritu de Noot, por medios que están
a disposición de aquellos iniciados en los más elevados misterios de la diosa.
En todo caso, cuando llegara mi palabra él debería zarpar de inmediato y venir
a mi encuentro en Sidonia.
Juró
llevar a cabo estas tareas. Además, escribí una carta que luego le di para que
entregara a Noot.
Echamos
el ancla en el puerto, enarbolando el estandarte real de Tenes lo mejor que
pudimos sobre una alta asta en la proa. De inmediato, adornadas falúas zarparon
del muelle; iban en ellas generales y sacerdotes, y observando desde mi cabina
vi a Tenes que hablaba con la mayor seriedad con estos notables quienes, de vez
en cuando, dirigían sus miradas hacia donde yo me ocultaba. Llegó entonces un
mensajero a suplicarme que tuviera a bien permanecer a bordo de la nave hasta
que los preparativos para recibirme hubiesen sido hechos; el rey se marchó para
atender este asunto. De modo que me quedé ahí y hablé con Filo acerca de
numerosas cosas, enterándome, a través de él, de mucho de lo que concernía a
los Sidonios, su riqueza y sus fuerzas de guerra.
Dos
hora más tarde arribó una falúa; la falúa real, pensé, ya que resplandecía con
sedas y oro y los remeros llevaban uniformes con escudos de armas. A bordo de
esta falúa estaba Tenes y con él, entre otros, sacerdotes que llevaban altos
bonetes, y algunas sacerdotisas. El rey subió a bordo, e inclinándose, me
condujo hacia una escala alfombrada por la que descendí a la falúa. Mientras
bajaba por sus peldaños dije riendo:
—Si
algunos se hubiesen salido con la suya anoche, oh Rey, yo habría abandonado
esta nave en una forma muy distinta. Bien, los perdono, pobres necios y
cobardes, pero si la diosa a la que sirvo los perdonará, esa es otra
cuestión... —vi que Tenes se estremecía ante estas palabras.
Antes
de irme di un paso a un lado y hablé otra vez con Filo, que estaba en lo alto
de la escala. La conversación fue breve pero suficiente, y consistió en sólo
dos palabras:
—Recuérdalo
todo.
—¡Hasta
la muerte! Hija de la Sabiduría —contestó.
—¿Qué
dice el marinero? —preguntó Tenes con recelo.
—Nada,
oh Rey. Esto es, me implora que interceda ante la diosa para que el destino de
aquellos que me hubiesen hecho daño en esta nave no le sorprenda también a él,
como su capitán.
Tenes
se estremeció nuevamente y yo nuevamente reí.
Los
remos nos llevaron hasta la costa y allí, sobre el muelle, esperaba una carroza
tirada por caballos blancos como la leche; en esa carroza me senté; hombres
espléndidamente ataviados conducían los caballos. Delante de mí iba el rey en
otra carroza, y detrás seguía una escolta de guardias.
Así
fuimos a través de las esplendorosas calles de Sidonia, y tuve el impulso de
levantar mi velo y ponerme de pie en la carroza como si así pudiese
contemplarlas mejor.
La
noticia de mi llegada ya se había extendido, de modo que esas calles y los
planos techos de las casas estaban atestados por miles de personas. Éstas,
cuando vieron mi belleza pronunciaron sofocantes exclamaciones de asombro, y en
su propia lengua gritaron:
—¡No
es una mujer! ¡No es una mujer! ¡Es realmente una diosa!
No
obstante creí escuchar que otros respondían:
—Sí,
una diosa falsa enviada a Sidonia para provocar su ruina.
Palabras
certeras, por cierto, aunque, según creo, inspiradas más por
el odio y los celos que por elevación.
Llegamos
a una plaza grande y noble, el Lugar Santo, era llamada, alrededor de la cual
se erigían estatuas de aquellos a quienes los Sidonios adoraban, Baal, Astarté
y el resto de sus demonios. Además, dando sus espaldas al templo, se alzaba un
enorme y horrible dios de bronce, quien, delante de sí, sobre grandes manos que
parecían estar descoloridas por el fuego, mantenían una curvada bandeja cuyo
borde interior se apoyaba en una abertura del vientre de la figura. Pregunté a
alguien que caminaba junto a la carroza cuál era el nombre de este dios. La
respuesta fue:
—Dagon,
al que algunos llaman Moloc, y a quien son sacrificados los primogénitos a
través del fuego. Mirad, los sacerdotes están almacenando madera en la parte
hueca de abajo. Pronto habrá, sin duda, una gran ofrenda.
A
partir de entonces odié a ese pueblo, ya que, ¿qué podía pensar alguien nacida
en Arabia, y servidora de Isis, la sagrada y gentil de una raza que ofrecía a
sus nacidos en sacrificio a un demonio? Sí, miré sus rostros, glaciales, bellos
y crueles, y les odié, a uno y a todos.
Llegamos
a las puertas del palacio donde solícitos eslavos me ayudaron a bajar de la
carroza. Junto a ella estaba Tenes, rodeado por rutilantes nobles y sacerdotes
con blancas túnicas que me contemplaban con escepticismo.
—Ten
a bien entrar en mi casa, Señora, sin temor alguno, ya que ahí serás bien
hospedada y se te dará lo mejor que Sidonia tiene para ofrecer —dijo Tenes.
—Te
agradezco —contesté, inclinándome y dejando caer mi velo—, y no lo dudo, puesto
que ¿qué menos que lo mejor puede Sidonia dar a la Hija de Isis, la Reina del
Cielo?
Sí,
así contesté orgullosamente, yo, que jugaba una gran partida y lo apostaba todo
a una sola carta.
—Tenemos
aquí a otra Reina del Cielo, y no se llama Isis —escuché a uno de los
sacerdotes de sombrío ceño murmurar a uno de sus compañeros, pensando que yo no
comprendía sus palabras.
Me
condujeron a una magnífica estancia donde estaban las cámaras más espléndidas
que cualesquiera hubiera visto en mis viajes a través del mundo oriental. Por
todos lados había oro y gemas, y de las paredes colgaban costosísimos adornos
teñidos con ese caro tipo de púrpura de Tiro cuyo uso es prerrogativa de reyes.
Las alfombras que cubrían los suelos brillaban como seda y sus tejidos
representaban cosas de belleza, mientras las lámparas parecían estar excavadas
en grandes piedras preciosas.
—¿Quién
habita este sitio? —pregunté a una esclava cuando me hube encontrado a solas.
—¿Quién
sino la Reina Beltis, divina? —contestó la esclava, haciendo ante mí una
profunda reverencia.
—¿Dónde
está pues la Reina Beltis?, no la veo.
—No,
divina; está visitando a su padre en Jerusalén, de donde regresará en breve. El
Rey, por cierto, ha dado órdenes para que otras cámaras sean preparadas para el
regreso de ella.
—¿Oh
sí? —repliqué indiferente, pero en lo profundo de mi alma me pregunté qué diría
esta reina cuando volviera y encontrara su palacio habitado por una extraña y
rival.
Luego,
escuchando una agradable música, comí de servicios de oro y bebí de enjoyadas
copas, y luego, sintiéndome fatigada, ya que poco había sido lo que descansara
en esa nave donde la tempestad me había zarandeado, me eché a dormir en una
blanda y perfumada cama custodiada por mujeres y eunucos.
—Muy
sencillo —dije para mis adentros— les sería a éstos asesinarme, sin amigos y
sola en una tierra extraña—. Y a causa de esto, durante un rato sentí miedo;
yo, que en esa época no era sino igual a los otros mortales. En la nave había
temido, porque estaba Filo, un hermano de mi fe, y junto con él otros en
quienes podía confiarse. Pero aquí yo no era sino un cordero rodeado de lobos.
Más aún, además de los lobos había un león, el brutal rey Tenes, que quería
hacerme caer en una trampa, y de quien sabía que era un mentiroso, al que no
había que creer nada de todo aquello que pudiese jurar.
Sí,
durante un corto período, tal vez por vez primera en mi vida, y por cierto, por
última, esto es, última vez que mi cuerpo estuvo en juego, me sentí de algún
modo asustada, de tal manera que me dirigí a una ventana para contemplar la
salida de la luna y ofrecer mi plegaria a Isis, de quien aquélla era el
símbolo, y rogarle que fuera su deseo protegerme en esta ciudad a la que por su
voluntad había llegado en mi peregrinaje.
Esta
ventana daba sobre la plaza iluminada con llamas que era llamada el Lugar
Santo. Noté que ahí estaban reunidos miles de sidonios, algunos alzando sus
miradas al palacio donde se sabía que yo había sido llevada, señalando y
hablando. La mayoría, sin embargo, erraba alrededor de la gigantesca estatua de
bronce, esa cosa horrible y de rostro endemoniado, de la que ya he escrito, y
cuando podían, cogían a uno de los sacerdotes por el brazo y le hacían
preguntas.
Entre
estos, noté, había muchas mujeres, algunas, por su porte, parecían de la
nobleza, y cuyas expresiones me resultaron extrañas. Eran desafiantes, aunque
en cierta forma orgullosas, como podrían ser los rostros de aquellos a punto de
llevar a cabo una gran acción. Además, muchas de estas mujeres llevaban niños
de la mano, o en sus brazos, y los más pequeños eran enseñados a los
sacerdotes, que sonreían en forma horrible y hacían gestos de asentimiento,
palmeando a los niños en los brazos, e incluso besándoles.
Una
dama, después que su hijo hubiese recibido el beso lanzó un agudo lamento y,
aferrándolo contra su pecho, se volvió y huyó, al tiempo que el sacerdote la
maldecía y las otras mujeres gritaban «¡Vergüenza!», y luego se afanaban por
cubrir la miseria que asomaba de sus ojos cantando cierto feroz cántico en
honor a sus dioses.
Al
estudiar esta escena, de inmediato tuve claro el sentido de ella. Esos niños
estaban condenados a ser sacrificados al broncíneo Dagon o Moloc, del que
recordaba haber escuchado, en Jerusalén, que era un demonio al que los
primogénitos eran entregados a través del fuego. Sí, y allí sus madres les
habían llevado para que pudiesen contemplar al dios y familiarizarse con su
aspecto.
¡Oh!
era terrible, y mi corazón se heló ante el pensamiento de tal iniquidad. ¿Qué
recompensa del Cielo, —no llagaba yo a comprender— podía esperar un pueblo que
practicaba una fe semejante?
Al
tiempo que me sorprendía, pareció llegarme una respuesta. El sol se había
ocultado, pero había densas nubes en el cielo, sobre las que golpeaban los
últimos rayos. De esta forma, se reflejaban en la ciudad, y principalmente
sobre este Lugar Santo, como se le llamaba, y sobre la broncínea imagen allí
sentada ante el templo. Sí, de esas nubes llegaba una roja luz que llenaba el
aire y, más abajo, la ciudad y el Lugar Santo, como si se tratase de un velo de
sangre. Era como si todo estuviese teñido con sangre, y en el medio, rodeado de
antorchas, resplandecía Moloc, ¡un dios de sangre!
Entonces
supe que Sidonia estaba condenada a ahogarse en sangre; que tal era el designio
del Cielo y que yo, Ayesha, era el instrumento asignado para soltar esta lanza
de muerte sobre su bello y pecaminoso seno. Me estremecí ante el pensamiento,
yo, que no amo la crueldad ni desperdiciar las vidas de los hombres, aunque era
cierto que yo mataría a Tenes. No obstante, ¿qué era yo sino el rayo en las
manos del Destino; y podía el relámpago elegir dónde golpearía? ¿No debe caer
allí donde es atraído? Con este fin yo había sido enviada a la tierra, esto es,
para que trajese dolor sobre el falso Egipto y los pueblos que a él eran
fieles.
Ese
era el contenido de aquel sueño que me había acosado, también esa era la orden
del cielo que una y otra vez Noot, el profeta, había susurrado en mis oídos. Yo
debía destruir a Egipto, o más bien, a sus sacerdotes apóstatas y gobernantes,
y luego, erigir otra vez el culto a Isis en alguna tierra lejana que me sería
revelada. Tal era mi misión, de la que se había ordenado que yo cumpliera la
primera parte y, a causa de mi pecado, dejara el resto sin hacer.
Holly
el erudito me dice que la nueva fe que abraza, a la cual yo no hago caso, yo,
que estoy cansada de religiones y de sus cambiantes marchas hacia un
inmodificable fin, suscribe que el libre albedrío es dado al hombre, que él es
capaz de elegir esta senda y rechazar la otra; que él es el amo de su propia
alma a la que puede guiar aquí o allí, como un jinete guía a su corcel o Filo
gobierna su nave.
Incluso
leyó para mí, de los escritos de uno de los grandes apóstoles de esa fe, un
cierto santo llamado Paulus, palabras que declaraban que el hombre está
predestinado, antes de haber nacido a la vida eterna, o a la eterna muerte, a
la gloria de la luz o a la insondable oscuridad. Para mí, estas doctrinas
parecen enfrentarse la una con la otra, aunque, por lo que yo sé, ambas pueden
ser ciertas, viendo que dentro del círculo de las esferas estelares y la vasta
alma de Eso que las ha creado, hay espacio para multitud de verdades de las
que, las sombras cayendo sobre la vulgar tierra, adoptan mil formas del error.
Además,
yo sostengo que todo lo que es, es cierto porque es, y que todo lo que hace el
hombre no es sino enmarañarse en diferencias aparentes que sólo son diversas
luces lanzadas por los eternos ojos de la Verdad. En todos los corazones
resplandecen esos ojos, pero nadie los contempla en la misma forma que su
hermano, ya que para cada uno ese resplandor es el de una antorcha distinta con
llama de diferente color. Por tanto, los hombres adoran a numerosos dioses sin
saber que éstos son el mismo Dios cuyas manos sostienen todas las cosas.
Así
es como yo justiprecio la cuestión. Al menos, durante los millones de edades y
las multitudes de vidas el hombre puede obtener su libertad, su actitud sigue
el camino de su propio deseo. No obstante, en ésta, su pequeña hora en la
tierra, que falsamente él considera como su vida, contemplando desde el
nacimiento a la muerte, y la negrura que enlaza a ambos, él no es libre sino
que es sólo una parte de las Fuerzas que son mayores que la suya propia. ¿He
sido yo, Ayesha, libre? ¿Yo, que elegí el santo sendero y de él caí hacia los
abismos de la Naturaleza? ¿Deseé yo caer? ¿No fue mi deseo trepar por el
escarpado sendero hacia las alturas del Cielo y sentarme entronizada sobre las
altísimas nieves de la pureza y la paz? No obstante otro Poder me arrojó de
allí y es ahora mi destino volver a trepar; a pasos lentos y dolorosos, trepar
eternamente.
Pero
de estas cosas hablaré a su debido tiempo; diré cuál es el precio que pagan los
que buscan saltarse por encima los límites que nos circundan y emparejan sus
mezquindades con los designios divinos.
Ahí
en medio de la roja luz que inundaba Sidonia como un cuenco con sangre y
brillaba sobre mí y sobre todo; sobre mí, la sacerdotisa, sobre el broncíneo
Dagon que se elevaba imponente contra mí, sobre fantásticos templos y palacios
iluminados con lámparas, sobre la gran plaza alrededor de la cual estaban
emplazados y sobre la multitud de feroz rostro que erraba por sus pavimentos de
mármol, ahí junto a la ventana me arrodillé y oré, alzando mi rostro hacia los
puros cielos. A Isis oré, como un idólatra ora ante una imagen en una cueva,
porque Isis era mi símbolo, o más bien, símbolo de Eso que está tan por encima
de Isis como Isis lo estaba de mí. Porque oré al Alma de ese Universo del que
mis ojos podían ver una parte en los arqueados cielos, y de esta Alma, ¿qué era
Isis sino una hebra de oro en una reluciente vestimenta que envuelve la
majestad de Dios? ¿Y qué era yo, pues, y qué eran aquellos adoradores de Dagon
de rostros feroces?
¡Oh!
en esa hora de devoción, ya que esto sentí que era, estas verdades llegaron a
lo hondo de mi corazón de una manera como jamás antes lo había sentido. Y esto
era la recopilación de ellas, que yo y todo lo que yo podía ver y conocer no
eran sino impalpables granos de polvo, no suficientes para provocar que el
delicado equilibrio que pende allí donde la testarudez del mundo se balancea
contra la Ley inmortal varíe siquiera la medida del grosor de un cabello.
Empero oré; y, a causa de que aquello que es pequeño siempre contiene aquello
que es aún más pequeño, y lo mas pequeño encuentra un dios en lo pequeño, así
como lo pequeño lo encuentra en lo grande, de la plegaria obtuve consuelo.
Una
vez finalizada mi oración, me eché a descansar en la dorada cama de Beltis, la
reina a cuyo lugar yo había sido empujada, acordándome de cuántos y qué
cercanos eran los peligros por los que estaba rodeada. Ese rey brutal me
deseaba como su presa, y aquí en su palacio yo yacía en la palma de su mano. Él
tenía la llave de todas mis puertas; los servidores que había junto a ellas
eran criaturas suyas a quienes con una señal de su cabeza podía enviar a la
muerte. Yo era una extraña en una tierra extraña, sin un solo amigo ya que Filo
se encontraba muy lejos en su nave; no había entre el rey y yo otra cosa que el
impalpable velo de temor que yo había tejido entre nosotros con la fuerza de mi
espíritu. Yo era un premio a ser conquistado, sin armadura, sin jabalina ni
flecha que me protegieran, sin nada, nada salvo ese velo de temor. Si él
decidía atravesarlo, atreviéndose a mi maldición y a la de mi diosa, podía
hacerlo. Entonces la maldición caería, por cierto, pero sería muy tarde para
salvarme, y yo, la orgullosa y pura, a partir de ese momento debería seguir mi
curso profanada, ya que, sin duda, seguiría. No obstante, confiando en la
diosa, o más bien en la parte de ella que moraba en mí, o en Eso que estaba por
encima de ambas, me eché y dormí.
A
medianoche desperté. La luz de la luna derramándose a través de las ventanas
inundaba la espléndida cámara, asiéndose a las cornisas de oro, los pulidos
espejos y las vasijas de plata. Se abrió la puerta, y por ella, vestido con una
oscura capa entró Tenes. Aunque su rostro estaba oculto le reconocí por su
voluminosa forma y su tambaleante paso. Se deslizó hacia mí como un lobo sobre
una oveja dormida. Ahí yacía yo en la dorada cama iluminada por la luna, y
miraba a través del tejido de mi pelo suelto, mi mano sobre la daga ceñida a mi
faja. Se aproximó, se inclinó sobre mí respirando agitadamente y sus ojos
devoraron mi belleza. Empero, fingí dormir y lo contemplé, mientras mis dedos
se cerraban sobre el puño de la daga. Él deshebilló su manto, quedando a la
vista su rostro de nariz ganchuda, y una ráfaga de viento pareció dar sobre él,
ya que aleteó y cayó de sus hombros, aunque yo no sentí viento alguno. Se
inclinó como si fuese a recogerlo, fue como si se encontrase cara a cara con
algo que no supe qué era. Acaso fuera la diosa, para mí invisible. Acaso fuera
alguna imagen de su propia muerte cercana. No podría decirlo. En todo caso, sus
movedizos ojos se apagaron hasta que pareció que desaparecían tras sus espesas
cejas, y sus gruesas mejillas empalidecieron como si la sangre en ellas se
agotara a causa de una herida mortal. Brotaron siseantes palabras de sus
labios, diciendo:
—¡Horrible!
¡Horrible! ¡Ella es sin duda divina, puesto que dioses y espíritus la protegen!
¡Horrible! ¡La muerte camina en el aire!
Luego,
tambaleante, abandonó la estancia, arrastrando detrás de sí el manto, y yo,
sabiendo que ya nada debía temer, di las gracias a los espíritus guardianes y
dormí pacíficamente. El peligro al que había temido había pasado... para ya no
volver.
Capítulo
IX
Dagon cobra su sacrificio
El
sol se alzó en Sidonia y alejó los terrores de la oscuridad. También yo me
levanté y fui llevada al baño por las esclavas. Luego, estas esclavas me
envolvieron en las sedas de Chipre, sobre las cuales eché un nuevo velo
ribeteado con la púrpura de Tiro. Además, me trajeron presentes del Rey,
costosas joyas, perlas con rubíes y zafiros engarzados en oro. Las dejé de
lado; yo no usaría sus joyas. Luego, en otra cámara, comí como lo había hecho
antes, carnes delicadamente servidas por deferentes doncellas. Apenas había
terminado mi comida de pescados marinos y frutas y agua enfriada por la nieve
bebida de una copa de cristal, cuando un eunuco vino a decirme que el Rey Tenes
suplicaba una audiencia.
—Hazlo
pasar —contesté.
Al
rato se presentó ante mí, saludando respetuosamente y me preguntó con fingida
indiferencia si había descansado bien.
—Sí,
gran Rey —contesté—, bastante bien, salvo por un único y vivido sueño. Soñé que
Set, el dios del Mal, se alzaba de la oscuridad del infierno portando la forma
de un hombre cuyo rostro no pude ver, y que este demonio se apoderaba de mí y
me arrastraba hacia las profundidades del infierno. Tuve miedo y mientras yacía
como alguien cogido en una red, vino a mí una visión de la divina Isis que
dijo:
»—¿Dónde
está tu te, Hija? Si te salvé en la nave, ofreciéndote las vidas de todos sus
tripulantes, ¿no puedo salvarte ahora y siempre? Los demonios no te dañarán, ni
los hombres; las espadas no te atravesarán ni te quemarán los fuegos, y si
alguno pusiera sus manos sobre ti, te doy poder para que sobre ésos reclamaras
mi venganza y les arrojes a las fauces del Devorador, que, a la espera de los
que hacen el mal, espera siempre en la negra profundidad de la muerte.
«Entonces,
en mi sueño, la Madre susurró en los oídos de ese demonio en forma de hombre y,
pasando su mano delante de sus ojos, le hizo contemplar ciertas visiones,
aunque desconozco cuáles fueron. Al menos hicieron que a los gritos se
lamentara de terror, y además, según mi visión, se precipitara como de un
precipicio y al igual que un feo buitre atravesado por la flecha de un arquero
cayera vertiginosamente, hacia abajo, inconteniblemente, hacia abismos
insondables. Fue un espantoso sueño, Rey Tenes, y a la vez, agradable, porque
me manifestó que aunque yo debiese viajar a los confines de la tierra, aun así
no quedaría fuera de la protección de los envolventes brazos de Isis.
—Espantoso,
por cierto, Señora —dijo en voz ronca, mordiéndose los labios para aquietar el
temblor de su voz—. No obstante, terminó bien, de modo que ¿qué importan esos
sueños?
—Terminó
muy bien, oh Rey... para mí. En cuanto a los sueños, yo, que por dones y
experiencia soy diestra en sus interpretaciones, sostengo que en su mayoría son
una sombra de la Verdad. Sé que ciertamente no estoy expuesta a daño alguno en
tu palacio, en el cual un día deberé gobernar, o en tu ciudad, de la que soy
huésped. Sin embargo, no hay duda, algún riesgo al que está expuesto el
espíritu me amenazó anoche, y con la ayuda del Cielo fue reducido a la nada.
—¡Sin
duda, sin duda! aunque de estos asuntos nada sé, yo, que me ocupo de las
cuestiones de la tierra, no con las del Cielo. Pero, Señora, he venido a
decirte que hoy se lleva a cabo un gran sacrificio en el Lugar Santo, y que
desde estas ventanas podrás verlo bien. Es a fin de propiciar que nuestros
dioses nos otorguen la victoria en la guerra contra los persas.
—¿De
verdad, Rey? ¿Pero dónde están las víctimas? No veo vacas, ni ovejas, ni
palomas, tales como las que en Roma y Jerusalén se ofrendan, o siquiera flores
y frutos como los que en Egipto depositamos sobre nuestros más dulces altares.
—No,
Señora; aquí hacemos ofrendas más costosas, diezmando nuestra sangre. Sí, aquí
Moloc reclama el fruto de nuestros cuerpos, llevándolos a sus purificadores
fuegos de modo que su inocente aliento pueda elevarse como dulce sabor hacia
las narices de los dioses protectores y devoradores.
—¿Hablas,
acaso, de los niños, Rey?
—Sí,
Señora, niños, muchos niños, y entre ellos, hoy habrá uno mío, el hijo de una
cierta Beltis que pertenece a mi casa. Es un niño prometedor, aunque no lo
escatimo al dios si eso puede beneficiar a mi pueblo.
—¿Y
no lo escatima Beltis, Rey?
—No
lo sé —contestó apagadamente—. Es ella una mujer de la Casa Real de Israel y
está ausente en un viaje. De modo que no lo sé, y cuando regrese el niño estará
en compañía de los dioses y será demasiado tarde para que ella importune con
respecto a él, en caso de que tanto le importara.
Ahora
el horror se apoderó de mí, Ayesha, y mi alma tuvo náuseas.
—Rey
Tenes —dije—, ten en cuenta el corazón de esa madre y, te suplico, perdona la
vida de ese niño.
—¿Cómo
podría hacerlo, Señora? ¿No debo yo, el Rey soportar el yugo que ha sido puesto
en los cuellos de su gente? Si le salvo, ¿las madres de Sidonia, cuyos vástagos
han pasado por el fuego, no me escupirían y maldecirían... sí, y si pudieran no
me harían pedazos? No, él debe morir con el resto. Los sacerdotes así lo han
decretado.
—Recaiga
sobre tu cabeza. Rey —dije, y me sofocó el aborrecimiento hacia él. Luego una
idea se apoderó de mí, y grité a aquellos que estaban reunidos cerca de la
puerta de la cámara, capitanes de la guardia, eunucos, esclavos, escribas y uno
o dos sacerdotes.
—Acercaos,
vosotros de Sidonia, y escuchad las palabras de aquella que en Egipto es
llamada Oráculo-de-lsis.
Vinieron,
atraídos por el asombro, o acaso porque mi fuerza los obligaba inevitablemente
a hacerlo.
—Tomad
nota de mis palabras y registradlas —dije, al tiempo que ellos me
contemplaban—. Tomad nota y no olvidéis que yo, la hija de Isis, he implorado
al Rey Tenes de Sidonia que salvara la vida de su hijo y el de una dama llamada
Beltis, y que él ha rechazado mi ruego. Me habéis escuchado. Esto es
suficiente. ¡Marchad!
Se
fueron, mirándose el uno al otro; los escribas, pude ver, registrando sobre sus
tablas lo que yo había dicho. También Tenes me miró con curiosidad.
—Eres
árabe de nacimiento, nacida de madre egipcia y completamente egipcia en tu fe y
pensamiento, aunque el coraje árabe todavía penetra a través de esas cualidades
—dijo—. Por tanto te perdono, a ti que no comprendes nuestras costumbres. No
obstante, sabe, Señora, que aquellos de Sidonia a quien te ha complacido llamar
como testigos pensarán que estás loca.
—Sin
duda, Tenes, antes de que todo sea llevado a cabo los de Sidonia pensarán
muchas cosas de mí, así come también lo harás tú. ¿Pero qué pensará esta dama
Beltis:
—No
sé ni me interesa lo que Beltis, de cuyos caprichos estoy cansado, piense
—contestó con mal gesto—. Hermosa, te he enviado joyas. ¿Por qué no las llevas?
—La
hija de Isis no lleva joyas que no sean aquellas que le da la diosa, Rey.
Empero, las tuyas irán a enriquecer sus santuarios cuando yo regrese a Egipto,
y en su nombre te doy las gracias, generoso Rey.
—Si,
cuando regreses a Egipto. ¿Pero cómo puedes retornar si habitas aquí como mi
esposa?
—Si
moro aquí como tu esposa, entonces moraré como la Reina de Egipto, tal como
está puesto por escrito en nuestro pacto, y, de tanto en tanto la Reina de
Egipto debe visitar sus dominios, Rey, y agradecer a la diosa por sus
adelantos. ¿Lo comprendes?
—Comprendo
que eres una mujer muy extraña, tan extraña que hubiese deseado no haber puesto
nunca mis ojos en ti y en tu maldita belleza.
—¡Qué!
¿Tan pronto? —dije riendo. Que esto sea así al comienzo hace que me pregunte
qué es lo que desearás al final. ¿Por qué no quitas tus ojos de mí y acabamos,
Rey Tenes?
—Porque
no puedo. Porque estoy embrujado —contestó con furia, y levantándose, me dejó,
mientras yo reía sin parar.
Se
marchó y yo me dirigí hacia la ventana a respirar aire libre del veneno de su
presencia. Vi desde ahí que el Lugar Santo ya estaba ocupado por decenas de
miles de sidonios. Vi, además, que los sacerdotes estaban atareados en encender
fuego a los pies de la gran imagen de bronce de Dagon, fuego que parecía arder
dentro de la imagen, ya que el humo salía por arriba, por una abertura en la
cabeza. Más aún, gradualmente, las planchas de cobre de que estaba constituida
su vasta y horrible masa estaba roja por el calor, de modo que la parte
superior se había convertido en un resplandeciente horno.
Sacerdotes
con túnicas blancas, reunidos en grupos, comenzaban a ofrendar plegarias y a
celebrar ritos de los que yo no comprendía el significado. Se inclinaban ante
la imagen, se hendían los brazos con cuchillos y cogiendo la sangre que de
ellos manaba en huecas conchas marinas la arrojaban al fuego. Oradores decían
discursos, profetas musitaban profecías. Grupos de bellas mujeres aparecieron
desnudas en el centro y, con sus pechos adornados, danzaron salvajemente
delante del dios.
Luego,
de pronto hubo un gran silencio, y de la boca de un pórtico que no podía ver,
ya que se encontraba casi debajo de los balcones del palacio, apareció el Rey
Tenes ataviado en magníficas túnicas sacerdotales; aquellas, pensé, del supremo
sacerdote de Baal. Junto a él había una mujer que conducía de la mano a un
pequeño niño que acaso hubiese contemplado tres veranos, vestido de blanco con
una guirnalda de flores alrededor de su cuello. Tenes se inclinó ante la
candente imagen y exclamó en alta voz:
—Pueblo
de Sidonia; yo, el Rey, hago sacrificio de mi propio hijo a Dagon el gran dios,
para que éste sea propiciado y Sidonia pueda vencer en esta guerra. Oh Dagon,
toma a mi hijo para que su espíritu pueda pasar a través de las llamas y se
reúna con tu espíritu y que tu apetito pueda saciarse con su sangre.
Ante
estas palabras una enorme y alegre ovación surgió de las decenas de miles de
personas, y en medio de la exclamación Tenes se inclinó y besó a su hijo, cosa
que fue lo único tierno y humano que jamás le vi hacer. El niño, asustado, se
aferraba a sus vestimentas, pero la mujer que había a su lado arrebató al
muchacho y corrió con él, forcejeando, hacia un sacerdote que se hallaba al pie
de una pequeña escalera de hierro cuyo tope se apoyaba contra las extendidas
manos gigantescas de la imagen candente.
El
sacerdote cogió al niño de manos de la mujer, manteniéndolo en alto para que la
multitud pudiera verle y le reconociese como al propio hijo del rey. ¡Oh! jamás
olvidaré la mirada en el rostro de ese niño mientras era mantenido en alto por
las manos del brutal sacerdote que se encontraba en los peldaños inferiores de
la escalera. El pequeño había cesado de gritar pero sus rubicundas mejillas
estaban empalidecidas, sus ojos negros parecían salirse de su rostro y sus
pequeñas manos inútilmente se aferraban al aire o eran levantadas hacia el
cielo, el cual, por cierto estaba muy cerca de él, como si suplicara ser
liberado de la crueldad del hombre.
El
sacerdote subió por la escalera, llevando al niño, y observé que algo de metal
cubría su torso y cabeza, para protegerle del calor del ardiente ídolo.
Llegó
a la plataforma que formaban las extendidas manos. Los dedos del niño se
aferraron a sus ropas pero él las apartó violentamente y con un grito de
triunfo dejó caer al pequeño cuerpo en el hueco de las ardientes manos. Luego,
para ahogar los gritos de la víctima, sacerdotes que estaban abajo comenzaron a
tocar instrumentos musicales, y mientras tocaban cantaban cierto himno dirigido
al dios. Vi los pequeños brazos sacudirse hacia lo alto por encima del borde
del hueco de las broncíneas manos. Luego vi a esos brazos alzarse, débilmente,
por última vez, y el pobre, torturado, inocente niño, rodó lentamente hacia el
rojo abismo interior, mientras la salvaje multitud proclamaba a gritos su
regocijo hacia el cielo.
Este
sacrificio real había finalizado; no obstante, no era sino el primero de muchos
otros, ya que mujer tras mujer traían a sus hijos, o a veces era un hombre el
que lo hacía, y niño tras niño eran arrojados sobre las manos al rojo vivo y
rodaban hacia las llamas que había debajo. Durante todo el tiempo los
sacerdotes tocaban sus instrumentos y entonaban sus cánticos mientras las
desvergonzadas sacerdotisas, y otras, aquéllas con los pechos adornados
danzaban impúdicamente, alzando sus blancos brazos, y los miles de habitantes
de Sidonia se impregnaban con la sensualidad de la sangre, bramaban en su ebria
alegría y las pobres madres, ahora que la acción había sido consumada marchaban
silenciosas a sus desolados hogares, para ahí contemplar las cunas que habían
sido vaciadas en «el seno del dios».
Después
de un tiempo ya no pude soportar esta escena infernal, y yendo hacia mi
dormitorio hice que las mujeres cerraran las cortinas que daban sobre las
ventanas y, diciéndoles que se fueran, me senté y pensé.
Una
enorme furia se apoderó de mí, Ayesha, que nunca había amado a los niños
—¿llegará un día en que amamantaré a uno en mi pecho, me pregunto y de ser así,
en que estrella nacerá?— y un inmenso odio hacia esos infaustos sidonios. Toda
piedad abandonó mi corazón, incluso hasta por los jóvenes que crecerían para
ser como aquellos que los engendraban. Estos tiburones y tigres amaban la
sangre. Bien. Serían inundados por la sangre: su propia sangre. Todos ellos
eran culpables, todos, todos eran asesinos. ¡Escuchad su horrible regocijo!
Viejos y doncellas, jóvenes y matronas, la vieja desdentada y las jóvenes en
flor, los grandes señores y damas, los trabajadores de las profundidades y los
mercaderes de la ciudad, los presos y los libres, desde el rey hasta el esclavo
más humilde, todos ellos gritaban con horrible regocijo mientras un niño detrás
de otro era tragado por la candente garganta del demonio al que llamaban dios.
Por tanto, juré a Isis que todos ellos pagarían el precio de esta sangre
inocente y descenderían a encontrar a su dios en el infierno. ¡Sí, lo juré por
la Madre y por mi propia alma indignada!
Al
día siguiente arribó Beltis. El Rey Tenes estaba en mi cámara exterior
adulándome y contemplándome con sus astutos ojos, tal como podía ver a través
del velo que había dejado caer sobre mi rostro, y se me ponía la piel de
gallina al verle. Aunque capacitada y sabía, yo, que sabía bien que aún no
había llegado la hora de golpear, apenas podía aguantarle junto a mí mientras
anhelaba atravesar mi daga en su embustera garganta. Empero, sentada y sin
moverme, escuché sus lisonjas y le contesté con palabras de doble significado y
burlonas, de las que él no podía captar el sentido. Me dijo que el gran
sacrificio ya había producido buenos frutos, ya que habían llegado noticias de
una nueva victoria sobre la vanguardia persa, en la cual cinco mil hombres de
Ochus habían perecido.
Contesté
que no dudaba que produciría aún mejores frutos, y luego le pregunté cuántos de
los de su pueblo habitaban Sidonia.
Respondió
que alrededor de sesenta mil.
—Entonces,
oh Rey —dije—, yo, que estoy imbuida del espíritu de la Madre, te hago una
profecía. Te auguro que como premio a la piedad de este pueblo tuyo que no
escatima a los dioses a sus propios hijos, los dioses se cobrarán sesenta mil
vidas de entre los perversos de la tierra que adoran al fuego... tal como me
han dicho que hacen estos persas.
—Es
ese un buen presagio, Señora —dijo, frotándose sus rollizas manos—, aunque es
cierto que algunos podrían decir que nosotros los sidonios también veneramos al
fuego, o más bien a Moloc, cuyo vientre está lleno de llamas, como vimos ayer.
Ahora
bien, mientras hablamos, y este confundido bruto hablaba casi al azar, ya que
su mente sólo estaba puesta en mí, observé que aquellos que le atendían se
deslizaban fuera del lugar, llevándose consigo a las mujeres de servicio y
cerrando tras ellos las labradas puertas, de modo que él y yo quedamos a solas.
Adivinando que esto obedecía a órdenes suyas supe que debía prepararme para
alguna explosión de la pasión de este nombre y me pregunté qué debía hacer. Lo
que concluí no importa, y a continuación se verá por qué.
Ya
había él comenzado: las palabras «¡Oh muy hermosa!» habían salido de sus labios
cuando la puerta se abrió violentamente y por ella entró una mujer de noble
aspecto. Era alta, morena y elegante, de ojos trágicos y mirada veloz; supe
enseguida que era una judía, ya que había visto otras como ella en Jerusalén.
Me miró como preguntándose qué escondía mi velo, y avanzó hasta situarse detrás
de Tenes. Él no la había escuchado ni visto, al estar su mente ocupada por
otros asuntos y sus espaldas vueltas contra la puerta. Ante el sonido de sus
pasos giró y, al encontrarse frente a frente con ella, retrocedió tres pasos
con temor en su rostro y murmurando cierta maldición fenicia.
—¿Tan
pronto has regresado, Beltis? —preguntó—. ¿Qué es lo que te ha traído antes de
la hora prefijada?
—Mi
corazón, oh Tenes, rey y esposo. Allá en Jerusalén un profeta de Jehová me dijo
palabras que hicieron que regresara, y a toda prisa. Dime, Tenes, ¿dónde está
nuestro hijo? En mi camino hacia esta cámara pasé a través de aquellas donde él
debía hallarse y no le encontré. Todo lo que encontré fue a su doncella
llorando; sí, tan sofocada por las lágrimas que no pudo contestar a mi
pregunta. ¿Dónde está nuestro hijo, Tenes?
Entonces
él miró en todas direcciones como alguien que descubre que ha caído en una
trampa y contestó con voz apagada:
—¡Ay
de mí! Señora, los dioses se han llevado a nuestro hijo.
Ella
dio un grito sofocado y estrechó las manos sobre su corazón, diciendo, o más
bien gimiendo:
—¿Cómo
se lo llevaron, Esposo?
Él
contempló a través de la ventana la horrible imagen de bronce deslustrada por
el calor y ennegrecida por el humo; miró a la dama con pálido rostro y
terribles ojos. Luego se esforzó por hablar, pero según pareció, no pudo
hacerlo, ya que sus palabras, dichas entre dientes, se ahogaron en su garganta.
—¡Contesta!
—dijo ella fríamente; pero él no podía, o no deseaba, responder.
Entonces,
movida por mi espíritu, representé un papel en esta inefable tragedia. Sí, yo,
Ayesha, arrojé mi velo hacia atrás, diciendo:
—Reina,
si tienes a bien escuchar te diré cómo murió tu hijo.
Me
miró sorprendida, y preguntó, como alguien que sueña:
—¿Es
ésta una mujer o una diosa, o acaso un espíritu? Habla, mujer, o diosa, o
espíritu.
—Reina
—dije—, mira a través de la ventana y dime qué ves.
—Veo
la imagen de Dagon, la broncínea imagen alzándose hacia los techos de las
casas, ennegrecida por el fuego y contemplándome con sus vacíos ojos, y más
allá el templo, y encima de éste, el Cielo.
—Reina,
ayer yo miré desde esta ventana y vi la imagen de Dagon, sólo que entonces de
esos vacíos ojos salían llamas. También vi al Rey Tenes conducir a un hermoso
niño de ojos negros, de unos tres veranos, del que dijo que era su hijo.
Entregó a este niño a una mujer, a pesar de que éste se aferraba llorando a su
túnica. La mujer lo dio a un sacerdote. El sacerdote subió a una escalera
—mira, ahí está—, y lo depositó sobre las candentes manos del ídolo, y de ahí
rodó, entre los aplausos del público, hacia un vientre de fuego, para acaso
volver a nacer en el Cielo.
Beltis
escuchó, y mientras lo hacía, su rostro pareció congelarse en una máscara de
hielo. Luego dirigió su mirada a Tenes y preguntó, casi en un susurro:
—¿Es
cierto todo esto, oh perro sidonio que como un perro puedes devorar a tu propia
carne?
—El
dios le reclamó —murmuró—, y al igual que los demás yo debo conceder cuando el
dios reclama, para que la victoria pueda coronar a nuestras armas. ¿Quién puede
negar algo al dios? Regocíjate, oh madre, por cuanto él ha tenido a bien
aceptar a aquel que ha nacido de ti.
Así
continuó hablando entre dientes, como los sacerdotes parlotean con sus ídolos,
hasta que por fin, en ese frío silencio, su voz se apagó.
Entonces
Beltis, la Reina, comenzó a sisear una maldición dirigida a él; una maldición
tal como la que, salvo una sola vez, jamás yo había escuchado de labios de una
mujer. Le maldijo en el Nombre de Jehová, Rey de los Judíos, pidiendo que el
infortunio y la desolación cayera sobre la cabeza, enviándole a una muerte
sangrienta y designando a Gehena, que era como ella denominaba al infierno,
como lugar de descanso para su alma, donde demonios con forma de niños le
lacerarían eternamente con manos en llamas. Sí, le maldijo vivo y muerto, pero
siempre en una voz baja y susurrante, una inhumana voz que no parecía provenir
de la garganta de una mujer, una voz tal como la que emplean los dioses o
espíritus cuando de tanto en tanto hablan a sus servidores en los santuarios
más íntimos.
Empequeñeció
de miedo ante ella. Hasta llegó a hincarse, una vez, cubriendo su cabeza con
las manos como para desviar las palabras de infortunados presagios. Entonces,
como ella no cesaba, dio un salto, exclamando:
—También
tú serás sacrificada, tú, adoradora del Dios de los Judíos. Dagon es más grande
que el Dios de los Judíos. ¡Se tú sacrificada a él, oh hechicera de Israel!
Desenvainó
la espada que llevaba a su costado y la agito. Ella no se conmovió; sólo con
sus manos se desgarró las vestimentas sobre su pecho, diciendo:
—Golpea,
perro sidonio, y completa el círculo de tus crímenes. ¡Ahí donde ha ido el
hijo, deja que la madre le siga!
Entonces,
enloquecido, o furioso, o aterrorizado, él alzó la espada y estaba a punto de
llevar a cabo la acción, cuando yo me interpuse entre ambos. Desatando mi velo
lo arrojé sobre la cabeza de ella, y volviéndome, dije a Tenes:
—Ahora,
Rey, toca a aquella que se oculta en el velo de Isis, si te atreves. De Isis
creo que algo has aprendido en cierta nave, cuando las rompientes te reclamaban
desde Carmel; sí, de Isis y de su profetisa. Sabe entonces, que aquella que
puede salvar también puede matar, y entregarte a sueños tales como los que te
asaltaron a medianoche junto a una cama en esa otra estancia. Sí, ella puede
matar, y rápidamente. Golpea pues a través del Velo de Isis y entérate si lo
que su profetisa dice es cierto.
Dirigió
su vista hacia mí; miró a Beltis que se mantenía inmóvil y como si fuera un
espectro detrás del velo. Entonces arrojó la espada y se marchó rápidamente.
Cuando
se hubo ido me dirigí hacia la puerta y eché el cerrojo. Regresé y alcé el velo
que envolvía a la reina.
—¿Quién
y qué eres tú? —preguntó—, que puedes enfrentar a Tenes en su palacio y salvar
a quien él hubiese asesinado, aunque por esto no te doy las gracias. Tan poco
es lo que te agradezco que... —Y se inclinó para coger la espada.
Moviéndome
velozmente como una golondrina en vuelo me coloqué entre ella y el arma. Antes
de que sus dedos pudiesen tocarla, yo, que había comprendido sus intenciones,
se la arrebaté.
—Siéntate,
Señora, y escucha —dije. Ella se dejó caer sobre un asiento y, apoyando la
cabeza en su mano me contempló con una fría y curiosa mirada—. Reina
—continué—, yo sol alguien a quien el Cielo ha enviado para destruir a Tenes y
a los sidonios.
—Entonces
eres bienvenida, Extranjera. Habla.
De
modo que sucintamente le narré toda mi historia y, como prueba, le leí el
escrito en el que me prometía a Tenes cuando él pudiera coronarme reina del
mundo.
—¿Entonces
tú deseas mi sitio y a este hombre?
—Sí
—contesté—, tanto, o tan poco, como la vida desea la muerte. Estudia las
condiciones. ¿Puede él coronarme reina de toda la tierra, y bajo ellas, hasta
que lo logre, puede hacerme suya? ¿No comprendes que conduciré al necio a su
ruina?
Ella
asintió con la cabeza.
—¿Me
ayudarás, entonces?
—Sí,
Señora, ¿pero cómo?
—Yo
te enseñaré cómo —e inclinándome susurré en sus oídos.
—Es
acertado —dijo cuando hube finalizado—. Por Jehová mi Dios, y por la sangre de
mi hijo, contigo venceré o caeré, y cuando todo haya terminado llévate a Tenes
si es tu deseo.
Capítulo
X
La venganza de Beltis
Así
fue que esta reina, cuyo nombre supe que entre su propio pueblo, los hebreos,
era Elisheba, y Beltis un título que le había sido dado en Sidonia, y yo,
habitamos juntas en el palacio de Tenes. Ella no se atrevía a dejarme; ni yo,
que sabía que en ese caso sería asesinada con toda seguridad, lo hubiese
tolerado; a mi lado, en cambio, estaba a salvo, puesto que Tenes no se
atrevería a tocar a alguien que estuviera bajo mi protección, ya que me temía.
Alguien, además, sobre quien yo había arrojado el velo de Isis. Por lo demás a
ella le complacía el estar junto a mí; pronto aprendió a quererme,
especialmente después de haber escuchado cómo había yo implorado por la vida de
su hijo.
También
a mí me agradaba que esto fuera así, tanto a causa de que ella era una compañía
para mi soledad, y una protección, puesto que Tenes no podía perseguirme con su
pasión en presencia de ella, como porque ella tenía quienes le amaban en
Sidonia; ciertos hebreos a través de quienes nos enteramos de muchas cosas. No
obstante, el nuestro era un caso extraño; la reina que reinaba y la reina a
quien le había sido prometido el lugar de la otra, ambas habitando juntas, como
hermanas, y ambas juramentadas para destruir a aquel que era su esposo y que
deseaba ser el mío.
Porque
juntas habíamos hecho un pacto, jurando ella por Jehová, y yo por Isis, que no
descansaríamos ni nos detendríamos hasta que viéramos muerto a Tenes, y junto
con él a sus sidonios. ¡Oh! si yo los odiaba, a él y a su pueblo, ella, la
madre despojada, los aborrecía aún más, tan intensamente, por cierto, que nada
le hubiese importado su propia vida con tal de llevar a cabo su venganza. Era
una mujer de naturaleza feroz, como suelen serlo las hebreas, y todo el amor de
su corazón había sido entregado a su hijo, su único hijo, a quien Tenes había
masacrado ante la orden de los sacerdotes y a causa de sus supersticiones.
Desde
un comienzo esta Beltis, o Elisheba, había odiado a los sidonios y a Tenes, a
quien había sido dada en un matrimonio de conveniencia por los gobernantes de
Jerusalén a causa de su belleza y su sangre real; ahora, para ella, aquéllos no
eran sino bestias salvajes y serpientes que debían ser destruidas. Sin embargo
era inteligente, y desempeñó bien su papel, fingiendo apenarse por las
violentas palabras pronunciadas en la hora de su enorme dolor, y junto con
esto, obediencia a los deseos del Rey. Hasta le dijo, incluso, que cuando
llegara el momento, su deseo sería el que yo ciñera la corona y ella ocuparía
un lugar secundario, o si a él le parecía mejor, ella volvería junto a su
propio pueblo. Esto, no obstante, no era el deseo del Rey, puesto que temía que
de ese modo, la desgracia de una dama tan poderosa arrojara sobre él la cólera
de Jerusalén, o hasta provocara que los hebreos se unieran a sus enemigos.
Tan
bien representó su papel, en realidad, haciendo ver que su espíritu estaba
aniquilado y que ella era alguien de quien nada había que temer, que en poco
tiempo Tenes se convenció de que esto era así, y con el fin de complacerme
toleró que allí continuara habitando en paz.
Ahora
debo hablar de la guerra y del fin de Sidonia. Antes debo decir, empero, que
antes de que zarpara hacia Egipto, después de que el Hapi hubiese
sido provisto de un nuevo mástil de cedro, hice que Filo fuera llamado a
palacio mediante la ayuda de aquellos judíos amigos de Beltis. Fue traído a mi
presencia junto con dos mercaderes, disfrazado como uno de los de este oficio
y, mientras Beltis aparentaba hacer chanzas con ellos a causa de sus costosas
mercancías, hablé con él a solas.
Le
dije que llegara a Menfis tan pronto como pudiera y que ahí tuviera todo a
punto, tal como habíamos acordado, a la espera de mi mensaje. Cómo le llegaría,
a él o a Noot, o a ambos, no lo sabía. Podría ser por escrito, o por un
mensajero que portaría ciertos símbolos, o podría ser de otra forma. En todo
caso, cuando arribara, debería hacerse a la mar inmediatamente, y cuando
llegara a las afueras del puerto de Sidonia, cada noche, después de la caída
del sol y antes de que volviese a salir, debía encender una bengala de fuego
verde en la cabeza de su mástil, haciendo que ardiera durante la cuarta parte
de una hora, de modo que así pudiera estar yo segura de que la nave que hacía
señales era la suya y no otra. Luego, de una u otra forma yo encontraría medios
para llegar a bordo de dicha nave, y el resto quedaba en manos de los dioses.
Él
juró hacer todo esto y partió a salvo junto con los mercaderes; Tenes jamás
supo que Filo había visitado el palacio.
Entretanto,
Tenes hacía grandiosos preparativos para la guerra. Excavó un foso triple
alrededor de Sidonia y elevó sus murallas. Reclutó diez mil mercenarios griegos
y armó a los ciudadanos. Con la ayuda de los griegos empujó a la vanguardia
persa fuera de Fenicia y durante un tiempo todo fue favorable para él y para
Egipto. Por fin llegaron noticias de que el enorme ejército de Ochus marchaba
hacia Sidonia, junto con trescientos trirremes y quinientos transportes; un
ejército tal como jamás Fenicia había visto.
Una
mañana Tenes vino a mi cámara y me habló de la marcha de Ochus; Beltis se
retiró. Se encontraba en estado lamentable; temblaba, y hasta olvidó decirme
palabras dulces o devorarme con la mirada, tal como era su costumbre. Le
pregunté por qué temblaba su mano y estaban pálidos sus labios, él, quien como
rey guerrero debía alegrarse ante la perspectiva de la batalla. Contestó que
era debido a un sueño que había tenido, en el cual le había parecido verse
derrotado por los persas y ser arrojado vivo desde la muralla de la ciudad.
Luego agregó estas palabras:
—Tú,
Señora, prometiste enseñarme cómo conquistar el mundo. Hazlo, te suplico, ya
que te digo que mi corazón tiene miedo y no sé cómo haré para enfrentarme a
Ochus.
Entonces
me reí de él y contesté:
—De
modo que por fin vienes a mí en busca de consejo, Tenes, que durante días me he
estado preguntando durante cuánto tiempo estarías satisfecho con el del Mentor
de Rodas y el del Rey de Chipre. Bien, ¿qué deseas saber?
—Deseo
saber cómo puedo vencer a los persas, Señora, que avanzan sobre nosotros como
un torrente a través de un muro roto.
—No
lo sé, Tenes. A mí me parece imposible. Pienso que ese sueño tuyo se está
haciendo realidad, Tenes, es decir... —Y dejé de hablar.
—¿Qué
debo hacer, pues, Señora? ¿Qué quieres decir?
—Quiero
decir que estás loco si peleas contra Ochus.
—Pero
estoy peleando contra Ochus.
—Aquellos
que han sido enemigos pueden hacerse amigos, Rey Tenes. ¿No te he dicho que
estarías más a salvo como aliado de Ochus que como su enemigo? ¿Qué significa
Egipto para ti como para que te destruyas por salvar a Nectanebes?
—Puede
que Egipto sea poco, Señora, pero Sidonia es mucho. Los sidonios están
comprometidos en esta guerra y la mano de Ochus puede caer sobre ellos con todo
su peso.
Nuevamente
reí y contesté:
—¿Qué
aprecia más un hombre, su propia vida o la de los otros? Pelea y muere si así
lo deseas, oh Rey; o haz la paz y acaso deja que otros mueran, si esa es tu
voluntad, oh Rey. Dicen que Ochus es generoso y sabe cómo recompensar a quienes
le sirven.
—¿Quieres
decir que debería hacer un pacto con él y traicionar a mi pueblo? —preguntó con
voz ronca.
—Sí,
mis palabras pueden ser leídas así. Escucha. Tienes grandes ambiciones. Deseas
conquistar al mundo... y a mí. Mi sabiduría me dice que sólo así puedes
conquistar al mundo... y a mí. Continúa esta guerra y muy pronto me perderás y
todo lo que tendrás bajo tu mando en la tierra no será mayor que lo que ocultan
tus huesos. Ahora decide y no me molestes más, ya que en verdad es poca la
alegría que me producen tímidos corazones que temen aprovechar las
oportunidades. Por tanto, haz caso de tus propios consejos, o del mío, no me
importa cuál, ya que volveré a Egipto en busca de un destino más elevado que el
de consorte de un esclavo conquistado.
—Sea
lo que sea lo que pierda, a ti no puedo perderte —dijo lentamente—. Además,
piensa lo mismo que tú. Este persa es demasiado poderoso para mí, y no puedo
apoyarme demasiado en Egipto porque lo aplastaría. Además, estos sidonios son
rebeldes y murmuran contra mí. Creo que me matarían si se atreviesen, los que
ahora me llaman asesino de niños porque entregué a mi hijo en sacrificio para
complacer a los sacerdotes.
—Tal
vez, Rey —contesté indiferentemente—, puesto que las turbas son volubles.
Repito que el hombre sabio y aquel que desea ser grande no piensa en otros sino
en sí mismo.
—Consultaré
con mi General, Mentor el Griego, que es clarividente —dijo, y se marchó.
—El
veneno hace su trabajo —pensé para mis adentros mientras contemplaba como se
iba. Luego llamé a Beltis y le referí todo lo que había sucedido entre su señor
y yo. Ella escuchó y preguntó:
—¿Por
qué conduces a Tenes por este camino, Ayesha?
—A
causa de la fosa que hay al final del mismo —contesté—. ¿No nos han dicho tus
espías que este Ochus es implacable? Hará un pacto con Tenes y luego lo
destruirá. Tal al menos es el consejo que me llega del Cielo, al que, según
creo, el Rey ha enfurecido.
—Entonces
ruego porque Tenes lo siga, Ayesha, en la medida en que lo arroje al infierno,
y a los sidonios junto con él.
Y
sucedió que llevó a cabo el pacto, pues era del tipo que su pérfido corazón
amaba. El resto puede relatarse en pocas palabras. Tenes envió a su ministro,
Thessalion, otro taimado personaje, a que hiciera un tratado con Ochus. Estos
fueron los términos de dicho tratado: Que él, Tenes, rendiría a Sidonia, y en
pago recibiría la soberanía real de Egipto después de que fuera conquistado, y
también la de Fenicia, y con ésta la de Chipre. Ochus le prometió estos
presentes y continuó su avance. Cuando llegó a cierto sitio se detuvo. Entonces
Tenes, tal como se había comprometido a hacer, condujo a cien de los ciudadanos
jefes de Sidonia a un Consejo de los Estados de Fenicia, o eso fue lo que dijo.
Sin
embargo, de inmediato se encontraron en el campamento de Ochus, quien los
masacró hasta el último hombre, a todos menos a Tenes, que volvió a Sidonia con
una historia de una emboscada de la que había escapado.
Entonces
vi que el final se aproximaba, y en una nave, que los capitanes sidonios —y no
Tenes— enviaron a Nectanebes, a Menfis, suplicando más ayuda, hice que
embarcara un fiel judío, uno juramentado al servicio de Beltis, que llevó
consigo, escondida en la hueca suela de su sandalia, una carta dirigida a Noot
y a Filo, rogando a Filo que zarpara de inmediato y que hiciera todo aquello
que habíamos convenido. Además, noche a noche envié a mi espíritu, o más bien,
a mi pensamiento, a que buscara el espíritu de Noot, tal como él me había
enseñado a hacer, y me pareció que de Noot llegaban respuestas diciéndome que
él leía mi pensamiento y haría aquellas cosas que yo deseaba.
El
ciudadano jefe de los sidonios mantuvo un consejo en el gran salón del palacio.
Escondidas detrás de los cortinados en una galería del salón, Beltis, y yo
vimos y escuchamos todo lo que sucedió en este consejo, el cual fue presidido
por Tenes en su condición de Rey. Amarga fue la conversación de estos señores
ya que por todos lados se tejían dudas. Les parecía muy extraño que únicamente
Tenes hubiera escapado de la emboscada. No obstante, como embustero que era,
los engañó con falsas historias, demostrándoles además que los dioses habían
protegido su vida, y que él, a su vez, protegería las de ellos. Sí, dijo ésta y
otras cosas, el bellaco y traidor, que ya complotaba para destruirlos a todos.
En
este consejo los sidonios optaron por un camino desesperado. Día tras día
muchos escapaban de la ciudad por mar y por otros medios. Ya casi un tercio de
la población se había marchado, y entre ellos varios miles de los mejores
soldados; de manera que los capitanes vieron que pronto la gran ciudad quedaría
con algunos pocos para defenderla. Por tanto, llegaron a esta decisión: quemar
todas sus naves de modo que ya nadie pudiese escapar en ellas, y emplazar
vigías en los portales y alrededor de las murallas con órdenes de matar a
cualquiera que intentase escapar por tierra.
Temiendo
por su vida, Tenes dio su consentimiento a estas acciones, jurando que sólo
deseaba una cosa: vencer o morir junto a los ciudadanos de Sidonia.
Así
fue que pronto la oscuridad fue tan clara como la luz del día por las llamas
que se elevaban de más de cien naves de guerra, además de muchas otras naves
menores, mientras los sidonios, viéndolas arder desde los techos de sus casa,
se golpeaban el pecho y se lamentaban. Porque ahora comprendían que estaban
aislados, y que debían vencer o morir.
Las
naves de Ochus vigilaban el puerto de Sidonia, aunque de algún modo con
indiferencia, porque él ya sabía que sus muelles estaban vacíos y el enorme
ejército de Ochus avanzaba arrolladoramente sobre sus murallas en innúmeras
huestes.
Hora
tras hora llegaban espías con terribles informaciones, haciendo que el corazón
de los sidonios se estremeciera de temor. Porque ahora comprendían que toda
esperanza de victoria se había desvanecido, y que estaban condenados, aunque
todavía no sabían que había sido su propio rey quien les había traicionado.
Se
sostuvo otro consejo, el cual fue observado por Beltis y por mí, como el
anterior, y allí se acordó que la ciudad se entregaría a la merced de Ochus.
Tenes afectó protestar, y por fin accedió a que su protesta fuera rechazada,
tal como yo, a quien día a día venía en busca de consejos, había inculcado a su
oscuro corazón. Fueron enviados heraldos al campamento de Ochus, ofreciendo una
rendición sobre términos honorables, y mientras estaban ausentes se hicieron
sangrientos sacrificios de niños y otras personas a Dagon y los otros dioses en
el Lugar Santo delante del templo, hasta que los pavimentos quedaron rojos por
la sangre. Porque así estos crueles habitantes esperaban propiciar al Cielo y
obtener la misericordia de Ochus.
Los
heraldos regresaron portando la palabra de Ochus. Éste decía que si quinientos
de los ciudadanos jefes salían desarmados y se sometían a él, accedería a sus
ruegos y perdonaría a Sidonia; pero en caso contrario, la destruiría piedra por
piedra y asesinaría a todo aquel que habitara dentro de sus murallas. Además,
uno de los embajadores persas que los acompañaban trajo una carta secreta
dirigida a Tenes. Esta carta, me fue leída por Tenes, quien ahora ya no hacía
nada sin mi consejo.
Era
breve; y esto era lo que decía en su esencia:
Si
entregaba a Sidonia a sus manos, Ochus prometía a Tenes por sus más solemnes
juramentos persas, poderío mayor que el que jamás hubiese soñado; y a Mentor de
Rodas y general de los mercenarios griegos y egipcios prometía una vasta suma
en oro y uno de los primeros mandos dentro del ejército persa. Si Tenes no
hacía esto, entonces Ochus proponía la paz con Sidonia durante un tiempo, pero
luego la destruiría. Al propio Tenes, no obstante, le prometía la muerte a
manos de los mismos sidonios, a quienes sería revelado toda su traición.
Finalmente se le exigía una respuesta inmediata.
—¿Qué
debo decir a Ochus, Señora? —me preguntó Tenes.
—No
lo sé —contesté—. Parecería que el honor exige que entregues tu vida y salves a
Sidonia y a sus ciudadanos, aunque sólo sea por un tiempo. Sin embargo, oh Rey,
¿qué es el honor? ¿Cómo te ayudará el honor cuando hayas sido despedazado por
la enardecida turba en aquel Lugar Santo y tu espíritu haya ido a unirse a
Baal, o a donde sea que vayan aquellos espíritus sacrificados a Moloc? ¿Te
proporcionará este vacío honor el gran poderla del que habla el persa, que sin
duda traerá consigo el dominio de Fenicia y de Egipto, y acaso también el de
Oriente? Puesto que al ser Ochus mortal, Tenes, una vez que lo hayas conducido
a la muerte, tal como yo puedo enseñarte a llevar a cabo, ¿quién más adecuado
que tú para ocupar su trono? Finalmente, ¿la muerte y el honor llevarán a tu
lado a quien deseas, a mí, Rey Tenes? Ya he hablado. Ahora juzga. —Y alzando mi
velo me senté y le dirigí una sonrisa.
—No
deja de ser peligroso —dijo—. Todo depende de Mentor y los griegos. A menos que
ellos se unan a la conjura los sidonios pelearán hasta el final con su ayuda, y
cuando descubran mi trato con Ochus me quitarán la vida. Y si huyo hacia Ochus
y los sidonios luchan, tal vez entonces sea él quien me asesine por no haberle
sido de ayuda alguna. Pero si Mentor se nos une, entonces podremos abrir los
portales a los persas y salir a salvo para cosechar nuestra recompensa.
—Así
habla un gran hombre —dije—; uno que es clarividente, uno que no está atado por
insignificantes escrúpulos; así habla alguien a quien yo tomaría por mi señor.
Sí, así habla un hombre preparado para gobernar al mundo, para quien el gran
poderío que el persa promete no es sino el primer peldaño de la escalera hacia
el glorioso triunfo... esa escalera que llega a las mismas estrellas. Los
sidonios ya te odian, Tenes. Les he visto murmurar cuando ayer pasabas entre
ellos; sí, uno apoyó la mano en su daga, pero otro lo detuvo con una mirada en
sus ojos que pareció decir: «No todavía». Si llegasen a saber la verdad, Tenes,
acaso también tú yacerás en el altar del sacrificio y serás arrojado vivo
dentro de las feroces fauces de Dagon, donde fuera tu hijo antes que tú, Tenes.
¿Por qué no envías a por Mentor e indagas su pensamiento?
De
modo que Mentor fue mandado a llamar, y entretanto di a besar mi mano a Tenes.
Sí, hasta esto toleré, para así poder asirlo más firmemente en mi red.
Mentor
se presentó. Era un fornido griego, un gran soldado con una aguda mente detrás
de sus sonrientes ojos; alguien que amaba el oro, el vino y las mujeres, y por
todo esto, y un puesto encumbrado y el generalato estaba dispuesto a vender su
espada a quienquiera fuese el mejor postor.
Tenes
le planteó la cuestión muy astutamente y le enseñó el escrito de Ochus. Mentor
escuchó, y preguntó luego:
—¿Y
qué piensa esta velada Hija de Isis? Recuerdo haber escuchado en Egipto, donde
era considerada el primer Oráculo y llamada Hija de la Sabiduría, que sus
profecías nunca dejaban de cumplirse.
—La
Hija de Isis piensa que entre los persas Mentor será grande, pero que aquí,
entre los sidonios, será derribado como un árbol del bosque e irá a alimentar
un vasto fuego, un fuego tal como el que consumiera las flotas de Sidonia no
hace mucho tiempo.
Así
respondí, y cuando Mentor escuchó mis palabras rió y dijo que él pensaba lo
mismo, lo cual sin duda era cierto ya que después supe que él ya había estado
en tratos con Ochus.
De
modo que él y Tenes estrecharon sus manos cerrando el trato, tal vez el más
infame que jamás haya sido hecho por los hombres, ya que entregaba a la masacre
a cuarenta mil, o más, que creían en ellos.
Así
fue firmada la fatalidad de un pueblo maldecido, esa fatalidad que yo estaba
destinada a arrojar sobre sus cabezas, y así fue Tenes enviado por la ruta que
conduce al infierno. Solamente Mentor prosperó enormemente durante una
temporada al servicio de los persas, pero ignoro cuál fue su final. Después de
todo, él no fue sino uno de tantos que revolotean de amo en amo según sean las
ventajas que éstos les proporcionen. Sin duda hace tiempo que el mundo se ha
olvidado de él, de su astucia griega, su don de mando y su falsedad.
Los
quinientos se dirigieron al campamento persa para suplicar ante Ochus, llevando
ramas de palmera en sus manos; sí, fueron con alegría ya que Tenes les había
dicho que sus súplicas serían concedidas, y que esto lo sabía de labios del
mismo Ochus. Conducidos por los sacerdotes de diversos dioses —¡oh, cómo me
regocijó ver que estos viles y crueles sacerdotes iban con ellos!— marcharon,
pero ni siquiera uno regresó, puesto que Ochus los recibió con burlas e
injurias, y para su diversión y la de sus soldados les dijo que volvieran
corriendo a Sidonia. Entonces soltó sobre ellos a su caballería y les dio
muerte con espadas y jabalinas y clavó sus cabezas en estacas alrededor de las
murallas.
Cuando
los sidonios supieron y vieron, enloquecieron de furia y terror. Por miles se
reunieron en el Lugar Santo y si no hubiese sido por Mentor y sus griegos
hubieran tomado por asalto el palacio, puesto que ahora estaban seguros de que
Tenes les había traicionado. En realidad, Beltis había hecho que la verdad de
su perfidia fuera dada a conocer por los hebreos que estaban a su servicio.
También fue pedido a voces que yo, Ayesha, fuera conducida al sacrificio,
diciendo que era la presencia de una sacerdotisa de Isis en la ciudad lo que
había causado que sus dioses les abandonaran. Durante un tiempo tuve miedo, yo,
que recordaba lo que había sucedido a bordo del Hapi cuando
Tenes estuvo por permitir que se me arrojase a las profundidades para
satisfacer las supersticiones de los marineros. Por tanto, pensando que lo
mejor era ser audaz, mandé llamar a Tenes y le dije:
—Si
por un desdichado azar yo fuese asesinada, oh Rey, sabe entonces que la diosa a
la que sirvo me ha transmitido que tú, cuya suerte está entrelazada con la mía,
morirías en el término de una hora. Yo, Tenes, soy la estrella que ilumina tu
fortuna, y si me apago, despídete de ella y de ti mismo.
—Lo
sé —contestó—, del mismo modo que sé que sin ti jamás podré erigirme en rey del
mundo. Por tanto te defenderé hasta el final; además, hermosa, te deseo por
esposa. Empero —agregó—, algunos podrían pensar que esta estrella de tu
sabiduría hasta ahora ha conducido mis pasos hacia sitios oscuros e
infortunados —y me contempló con sospechosa mirada.
—Nada
temas —contesté—. Siempre está oscuro antes del alba, y del mal surge el bien.
Una gran gloria te espera, Tenes, o más bien, una gran gloria nos espera a
ambos. La historia embalsamará tu nombre, Tenes. —Pero para mis adentros pensé
que serían los persas quienes embalsamarían su cuerpo, ¡a menos que de hecho no
lo arrojasen a los perros!
Ahora,
cada tarde a la caída del sol era mi costumbre caminar por el plano techo del
palacio y mirar hacia el océano, lo cual, también por razones propias,
levantándome temprano, hacía antes del alba. Esa noche, mientras caminaba,
elevé mis plegarias al Cielo, porque si bien era osada la partida que jugaba,
las bazas parecían volverse contra mí. Sin duda, como lo merecía, esta odiosa
Sidonia caería, pero cuando se desmoronasen sus murallas, ¿con qué protegería
mi cabeza? No lo sabía. No obstante en verdad nunca perdí la fe. Siempre supe
que yo era el instrumento de esa Fuerza que dirige el destino de los hombres y
naciones, que lo que yo hacía era a causa de que así se me impulsaba y ordenaba
hacer por razones que para mí eran oscuras; además, que yo no era un
instrumento destinado a ser destrozado y arrojado a un lado. No, por más
estrecho que fuese el sendero y por grandes que fueran los peligros que lo
obstruyeran, estaba segura que los recorrería a salvo, porque así estaba
predestinada a hacerlo, aunque hacia dónde me conduciría, eso era algo que, en
aquellos días en que yo no era sino como las demás mujeres, no podía saber. De
cualquier forma, elevé al Cielo mi plegaria y recorrí el horizonte con mis
ojos.
¡He
aquí! a lo lejos, más allá de las luces de los vigilantes trirremes de Ochus,
tan lejos que casi parecía estar colocada por sobre la superficie del mar,
ardía un débil fuego verde. Ardió durante la cuarta parte de una hora, y
desapareció. Entonces supe que mis palabras habían llegado a Egipto, ya fuera
por escrito o por la veloz trayectoria del espíritu, y que Noot o Filo habían
venido a salvarme.
Antes
del alba subí una vez más al techo del palacio y ¡contemplad! otra vez a lo
lejos el verde fuego ardía sobre el seno de las profundidades, diciéndome que
allá a lo lejos el gran trirreme esperaba mi llegada. Sí, ¿pero cómo haría para
llegar?
Tenes
el vil, y Mentor el venal, representaron bien sus papeles. Abrieron los
portales de la muralla exterior que los griegos defendían, y dejaron entrar a
los persas, a quienes aquéllos recibieron como a hermanos, al haber estado a su
servicio en el pasado. Los sidonios observaron y comprendieron que los dados
habían caído en contra de ellos; también comprendieron que eran dados cargados.
Se
reunieron en el Lugar Santo y clamaron frenéticamente por la sangre de Tenes,
que acobardado se ocultaba detrás de una cortina y les escuchaba. Beltis y yo,
desempeñando nuestros papeles, fuimos a consolarle.
—¡Sé
valeroso! —dije gentilmente—. El camino hacia el reinado del mundo es empinado
y difícil. Empero, cuando se alcance la cima, ¡qué gloriosa, oh Conquistador,
será la perspectiva que se extienda ante tus ojos!
—Es
por cierto empinada y difícil —murmuró, secándose la frente con el borde de su
bordada túnica.
Si
hubiese visto la mirada que le arrojó Beltis, parada detrás de él con los
brazos cruzados y humilde aire, acaso habría pensado que era aún más empinada.
—Hablemos
—dije—, ya que el final está cerca. ¿Cuál es tu plan? ¿Cómo haremos tú, y
nosotras, tus reinas, para escapar de esta ciudad?
—Todo
está preparado —contestó—. En el muelle del Rey, hacia el que un pasaje oculto
conduce desde el palacio, en el sitio donde están amarradas las barcas reales,
se encuentra mi propia falúa que, estando de este modo a cubierto, escapó al
incendio de las otras naves. En esta falúa, tripulada por griegos a los que se
les ha prometido una gran recompensa y que esperan en el cobertizo día y noche,
remaremos desde el muelle a través de una bahía secreta tres millas costa
abajo, donde desembarcaremos, y de ahí seremos escoltados hasta el campamento
del Gran Rey. Aunque acaso sea más prudente que yo esté junto a Mentor para dar
la bienvenida a Ochus cuando entre para tomar pacífica posesión de la ciudad.
En ese caso, Hija de Isis, harás bien en abandonar la ciudad por tu cuenta, o
con la dama Beltis, si ella desea acompañarte, y encontrarme en el campamento
de Ochus.
—Tal
vez eso sea lo mejor —contesté—, ya que no sería considerado decoroso que el
gran Rey Tenes se escabullera hacia su aliado durante la noche. No, dejemos que
se marche como lo debe hacer un gran monarca. Sólo entonces tendremos autoridad
para actuar como la ocasión lo exija.
—Sí,
Señora; toma este anillo —y deslizando de su dedo el sello real, me lo
entregó—. Será obedecido por todos cuantos lo vean; además, promulgaré ciertas
órdenes. Con tal de que finalmente volvamos a encontrarnos, nosotros, cuyos
destinos se hallan entrelazados, no importa cuáles sean las diferentes rutas
por las que viajemos.
—No
importa en lo más mínimo, mi señor Tenes —contesté mientras rápidamente
escondía el sello.
Fue
justo entonces, a la hora del ocaso, que Mentor entró en la cámara. Ya no se le
veía alegre ni exaltado; de hecho, sus cejas estaban fruncidas y sus ojos
llenos de aflicción.
¡Por
Zeus! —dijo— ha sucedido algo horrible. En su desesperación, estos sidonios
tuyos, Rey Tenes, se han reunido en consejo. Han decidido que antes que caer en
manos de Ochus incendiarán la ciudad y junto con ella se incinerarán ellos
mismos y sus esposas y niños. Sí, murmurando la maldición de todos los dioses
sobre ti, esto es lo que han decidido. ¡Mira, comienzan los fuegos!
Nos
dirigimos a las ventanas, y contemplando desde ahí vimos a hombres desesperados
corriendo de aquí para allá con ardientes antorchas de madera de cedro en sus
manos, mientras otros hombres conducían turbas de vociferantes mujeres y niños
dentro de las casas, sí, y hacia los templos, y cerraban las puertas dejándolos
dentro. Aquí y allí, también, de los techos de estas casas, se alzaban delgadas
columnas de humo que pronto se confundían con las llamas. Al este y al oeste,
al norte y al sur, a lo largo de la gran ciudad de Sidonia surgieron humo y
llamas. Por todos lados, además, grandes masas de gente cuyo coraje les
abandonaba y no deseaban morir de esta forma, corrían hacia los portales y
hacia el campamento de los griegos. Fue de esta forma, creo, que diez o veinte
mil de los habitantes de Sidonia escaparon, aunque posteriormente, Ochus el
cruel, asesinó a muchos de ellos y esclavizó al resto.
Contemplé,
vi, y mi corazón se deshizo dentro de mí. A pesar de lo detestables que eran
estos hombres insolentes y manchados por la sangre, lamenté haber tenido algo
que ver en hacer que esta recompensa cayera sobre ellos. Después de todo, eran
valerosos y hubieran luchado hasta el fin, ellos, que ahora hacían expiación a
través de un gran autosacrificio, el cual también era valeroso. ¡Oh! si hubiese
podido habría hecho que este destino les fuera evitado. Entonces recordé que no
era yo quien había hecho esto, sino el Destino que de mí había hecho su
instrumento; también recordé que sólo así podía escapar de las necias manos de
Tenes.
Me
volví para mirar al traidor. Temblaba, y temblando intentaba parecer valiente;
reía, y en medio de la risa estallaba en lágrimas.
—¡Contemplad
el destino de aquellos que hubieran asesinado a su rey! Por cierto los dioses
son justos —dijo—. Escapemos ahora hacia el gran Ochus, y recibamos de él su
regia bienvenida y recompensa. ¡En verdad los dioses son justos!
Se
volvió buscando a Mentor, pero éste se había marchado. Sólo quedamos en esa
cámara la Reina Beltis, él y yo, Ayesha. Beltis se deslizó hasta la puerta y
corrió el cerrojo. Luego se acercó a Tenes y antes de que él adivinara su
propósito le arrebató de su cinto la espada con empuñadura de oro. Se paró ante
él con pálido y feroz rostro y ojos llameantes.
—En
verdad los dioses son justos —repitió ella con grave y terrible voz—. Necio,
¿no sabes cuál será la bienvenida que Ochus te proporcionará, y cuáles serán
las recompensas? ¡Escucha! Ese pérfido griego, Mentor, acaba de decírmelo, o
apiadándose de mi suerte me ha ofrecido su amor y ponerme a salvo. Después de
que le hube rechazado se marchó por su lado mientras tú contemplabas desde la
ventana.
—¿Qué
son estas palabras, Mujer? —dijo entrecortadamente Tenes—. Ochus es mi aliado;
Ochus me recibirá bien, a mí, que le he servido bien. Pongámonos en camino.
—Así
será como te recibirá Ochus, oh Tenes; lo sé por boca de Mentor, a quien se lo
ha dicho el mismo Mentor. Lentamente hará que tú, un rey, seas golpeado con
varas hasta morir, lo cual es el destino que los persas reservan a los esclavos
y traidores. Luego llenará tu cuerpo de especias y lo atará al tope de su
navío, de modo que cuando al poco zarpe para Egipto esto pueda ser una
advertencia para el Faraón, a quien también has traicionado.
—¡Es
una mentira, es mentira! —gritó Tenes—. Hija de Isis, dile a esta loca mujer
que es una mentira.
Me
mantuve inmóvil, sin responder, y Beltis continuó.
—Tenes,
el Destino está sobre ti. ¿Lo enfrentarás menos valerosamente que el más
inferior de los miles de este pueblo al que has entregado a la fatalidad? Sigue
mi último consejo y salta desde aquella ventana; que tú, que has vivido como un
cobarde y traidor puedas al menos morir como un hombre.
Rechinó
los dientes y miró alrededor de sí. Incluso se dirigió a la ventana y miró
hacia afuera a atreverse a realizar la acción.
—No
me atrevo —murmuró—. No me atrevo. Los dioses son justos; me salvarán; a mí,
que he sacrificado a mi hijo por ellos.
Luego
se arrodilló junto a la ventana y comenzó a rezar a Moloc, cuya broncínea
imagen se veía rojiza en la oscuridad cada vez más densa.
—Toma
tu espada, Tenes, si no te atreves a saltar, y acaba —dijo la fría voz de la
dama hebrea de feroz mirada, que se encontraba detrás de él, mientras yo,
Ayesha, contemplaba esta representación como lo hubiese hecho un espíritu que
se halla lejos de los asuntos mundanos, preguntándome cómo terminaría.
Pero
Tenes sólo contestó:
—No,
el agudo acero es peor que la caída abrupta. Yo viviré, no he de morir. ¡Los
dioses son justos, los dioses son justos!
Luego
continuó sus plegarias a Moloc.
La
Reina Beltis asió la empuñadura de la corta espada con ambas manos y con todas
sus fuerzas la hundió entre los anchos hombros de Tenes.
—Sí,
perro sidonio —gritó—, los dioses son muy justos, o al menos mi Dios es justo,
¡y aquí —asesino de niños— está la justicia!
Tenes
profirió un fuerte grito, luego luchó para ponerse en pie y manoteó hacia el
aire, con la corta espada todavía clavada en su espalda, una visión que
resultaba espantosa de tolerar.
—¿Me
darás muerte, Judía? —balbuceó, tambaleándose en dirección a ella, todavía
golpeando al aire con el puño apretado.
—No
—contestó ella, constantemente retrocediendo ante él—. Sólo te daré lo que
mereces, o parte de ello. Ve, recoge el resto en las profundidades de Gejena,
oh carnicero de niños y traidor más aciago que el mundo jamás haya contemplado.
¡Muere, canalla! Muere, acechante chacal que habrías mascado los huesos de la
grandeza despreciados por el saciado león persa. Muere, asesino de niño que
surgiera de nosotros, y ve a reunirte con su espíritu en el mundo subterráneo,
y dile que Elisheba, su madre, una mujer de la Casa Real de Israel, la Reina a
la que habías rechazado, te ha enviado allí, Muere, mientras la ciudad, la gran
Ciudad de los Mares, arde con los fuegos que tu traición ha encendido y los
gritos de sus torturados ciudadanos resuenan en tus oído. Pasa con ellos hacia
Gejena y haz allí tu balance, con sus almas consumidas por el fuego como
testigos y Moloc, y Baal y Astarté por jueces y por compañía. ¿Muere, perro,
muere! y mientras tu cerebro se apaga recuerda hasta el final que fue Elisheba,
la madre despojada, quien te dio a beber del vaso de la muerte.
Así
le vilipendió, sin dejar de desplazarse en agitados movimientos ante él,
mientras éste tambaleaba lentamente detrás de ella alrededor de la gran cámara.
Por fin, ya no pudo más y cayó a mis pies, asiéndose a mi túnica.
—Hijo
de Isis —dijo balbuceando—, a quien he deseado y hubiese hecho mi reina,
¡sálvame! ¿Es éste el gran poderío que me prometiste?
—Sí,
poderoso Tenes —contesté—, puesto que la muerte es el mayor de todos los
poderes. En la muerte se es rey de Fenicia, de Egipto y de Oriente, puesto que
seguramente ahí te alzarás por encima de todos los tronos, poderes y dominios.
En la muerte todas las cosas serán tuyas, oh traidor Tenes, que habrías hecho
violencia contra la hija de Isis, sin embargo no a lo más íntimo de Ayesha,
quien aquí te dice adiós, vil Tenes.
Entonces,
gimiendo y quejándose, murió, y así privó a Ochus de su venganza sobre un
instrumento del que ya no tenía más necesidad.
Capítulo
XI
La fuga desde Sidonia
Todo
había terminado. Dentro de la cámara real había silencio, aunque fuera, las
llamas rugían y los clamores de los sidonios se elevaban al Cielo. Yo, Ayesha,
y la Reina Beltis, nos miramos cara a cara en la oscuridad, el cuerpo de Tenes
tendido entre nosotras, sobre cuyo blanco, distorsionado rostro brillaba la luz
de los fuegos que ardían en el exterior.
—¿Y
ahora qué, Reina? —dije.
—La
muerte, creo —contestó con voz calma, ya que toda su furia parecía haberla
abandonado—. ¿Por qué privar a sus fauces de su bocado más sabroso?
—Todavía
tengo trabajo por hacer; mi hora aún no ha llegado. Reina.
—Sí,
lo olvidaba. Sígueme, Hija de Isis; Beltis no reniega de quienes le han
prestado servicios. Mira por última vez a esta inmundicia que tuvo esperanzas
de llamarte su esposa y sígueme.
Mientras
salíamos de esa cámara miré a través de la ventana y vi que, a pesar de que
ahora ya había caído la oscuridad, el Lugar Santo, debajo, brillaba como a
mediodía con las llamas del templo incendiándose, y que en medio de ellas la
enorme y solemne imagen de Moloc resplandecía como lo había hecho el día del
sacrificio en que el hijo de Beltis fue devorado por sus fauces enrojecidas por
el calor. Allí estaba, sentado, horrible, sonriendo burlonamente como en impío
triunfo sobre éste, el más grande de todos los sacrificios.
Entonces
cayó sobre él, súbitamente, un capitel del templo, y lo pulverizó. Este fue el
fin de Moloc puesto que, según he sabido, si bien Sidonia fue reconstruida en
años posteriores, jamás dentro de sus murallas volvió a hacerse sacrificio a
ese demonio. Al menos eso, yo, Ayesha, hice que sucediera... el final del culto
de Moloc en Sidonia.
Pasamos
a través de mi dormitorio, y mientras lo hacíamos me apoderé del cofre de
piedras preciosas de las que Tenes, de tanto en tanto, me colmaba, ya que éstas
estaban prometidas a Isis, y a ninguna diosa le agrada ser despojada de sus
ofrendas. Hacia el fondo de la cámara había un pasaje que conducía a una puerta
cerca de la que había sido dejada preparada una lámpara encendida. Junto a esta
puerta estaba un hombre a quien reconocí como a uno de los judíos juramentados
al servicio de Beltis.
—Llegas
tarde, regia Señora —exclamó—. Tan tarde que estaba a punto de escapar, puesto
que mira, el palacio arde detrás de nosotros —y señaló las pequeñas espirales
de humo que se abrían paso entre las tablas del suelo del dormitorio por el que
habíamos pasado.
—Tarde,
pero no demasiado —contestó ella—. El Rey nos ha retenido, y se ha marchado por
otro lado. Tienes sus órdenes, y he aquí su anillo —e indicó el sello real que
yo portaba en mi mano—. Obedece, y guíanos.
El
hombre alzó la lámpara y miró el anillo. Luego inclinó la cabeza y nos hizo
señas para que le siguiéramos.
Recorrimos
pasajes, largos pasajes con muchos recodos, y por fin llegamos a otra puerta
que abrió con una llave. Al pasar por ella, nos encontramos en un lugar
abovedado debajo del cual había agua, sobre la que flotaba la falúa real, la
misma en la que yo había sido llevada a la costa de Sidonia. Remeros sentados
esperaban dentro de la embarcación, y custodiándola había dos soldados griegos,
quienes nos ordenaron detenernos.
—Esta
barca espera al Rey Tenes —dijo uno de ellos— y nadie sino él puede subir a
bordo.
—Yo
soy la Reina —contestó Beltis.
—Con
la que el Rey ha reñido, he oído —irrumpió el griego con una sonrisa de burla—.
Reina o no, Señora, no puedes subir a esta barca sin el Rey, o con una orden
que lleve su sello.
Entonces
alcé mi mano, diciendo:
—Aquí
está el sello. Déjanos pasar.
Lo
contempló a la luz de la lámpara; luego dijo algo al otro griego y, nada
convencidos, obedecieron. Era seguro que estos guardias que se encontraban en
ese sitio abovedado nada sabían de lo que sucedía en la ciudad. Más aún, pienso
que abrigaban la idea de robarnos, o algo peor. En cualquier caso esto es
cierto: que a menos que hubiésemos asesinado a esos dos griegos, sin el sello
jamás hubiéramos tenido acceso a la barca.
Recorrimos
unos doce pasos y llegamos a la falúa, tripulada por marineros que llevaban el
uniforme de los guardaespaldas del Rey, hombres que conocían a la Reina y la
saludaron elevando sus remos. Beltis nos indicó, primero a mí y luego al judío
que nos había guiado desde el palacio, que subiéramos a la embarcación;
entonces dijo prestamente al timonero que comandaba a los marineros:
—Id
ahora a donde está dama os dirija, y sabed que si sufre algún daño lo pagaréis
con vuestras vidas, puesto que ella no es una mujer, sino una diosa a quien la
Muerte obedece.
—¿No
vienes también tú, Reina Beltis?
—No
—susurró—. Yo elijo otro camino hacia la seguridad. No temas por mí, te lo
contaré todo cuando volvamos a encontrarnos. Por un tiempo, adiós, Hija de la
Sabiduría y amiga mía. Que los dioses con los que estás en comunión te protejan
en la tierra y te reciban cuando la abandones, tú, que te afanaste por salvar a
cierta persona y arrojaste tu manto sobre Beltis cuando una espada, que ahora
se halla sobre otro corazón, amenazaba el suyo. Zarpad, marineros —exclamó—, y
si queréis volver a contemplar el sol, obedeced.
Entonces
empujó la popa de la barca con sus propias manos, haciendo que se desplazara
hacia el canal. Acto seguido, Beltis retrocedió a las tinieblas y desapareció.
Ahora
yo hubiese regresado en su búsqueda, pero el judío que había a mi lado gritó:
—¡Remad!
Remad y no cuestionéis la palabra de la Reina, que sin duda tiene trabajo en
otro sitio. Apuraos, la fatalidad os persigue.
Titubearon
durante un instante; luego se inclinaron sobre los remos mientras yo me
preguntaba cuál sería el significado del papel que Beltis había desempeñado.
¿Acaso había planeado alguna trampa para mí? No lo sabía; pero sí sabía ésto:
que detrás estaba la ciudad en llamas, mientras que por delante se extendía el
mar abierto. Cualesquiera fueran sus peligros yo enfrentaría al mar, confiando
en que el destino fuese mi guía. En cuanto a Beltis, sin duda había elegido
otro camino hacia la libertad. Tal vez después de todo buscaría refugio en
Mentor; o acaso Ochus había prometido su liberación en pago por la sangre de
Tenes.
De
modo que permanecí sentada en silencio, y a poco el canal dio una vuelta; las
compuertas colgantes que ocultaban su boca fueron abiertas por un golpe de remo
dado por un hombre que se encontraba en la proa, y pasamos hacia el muelle
meridional.
Sí,
de la oscuridad pasamos al resplandor de la luz, y del silencio a un horrible
tumulto de sonido. Porque a todo nuestro alrededor la ciudad ardía furiosamente
y de ella se alzaba un espantoso gemido de dolor.
Los
remeros, que hasta ese momento no habían sabido nada en el silencio de la cueva
del muelle secreto, vieron y comprendieron. Dejaron de remar. Luego hicieron
girar la proa de la falúa con la intención de regresar a la cueva, pero no
pudieron porque aquellas puertas se habían cerrado detrás de ellos y,
habiéndose cerrado por medio de algún dispositivo, solo podían ser abiertas
desde adentro. A mí, por cierto, me era imposible ver dónde se hallaban ya que
parecían formar parte del muro del muelle.
El
timonel miró hacia atrás, y de un lado a otro, al infierno de fuego que
continuaba con pleno vigor detrás y alrededor de él. Contempló el dique que
sobresalía a nuestra derecha y observó que sus maderos ya ardían. Luego miró
hacia adelante y exclamó:
—¡Ahora
veo por qué la Reina nos abandonó! Bueno, no hay sino una posibilidad.
¡Adelante! hacia el mar abierto.
—Sí
—me hice eco de sus palabras— adelante hacia el mar abierto. Aquí habréis de
morir; allí os conduciré a lugar seguro. Lo juro por la Reina del Cielo.
—Buenas
palabras —dijo uno— ¿pero como llegaremos al mar? Mira, los persas obstruyen la
boca del muelle y dan muerte a quienes se afanan por escapar.
Era
cierto. Muchos de los desdichados habitantes de Sidonia habían encontrado
barcas de una u otra clase, o incluso nadaban aferrados a troncos o toneles. A
éstos, los persas, o quienes estaban a su servicio, les esperaban en la boca
del muelle y con burlonas palabras y carcajadas los masacraban a medida que
llegaban. Sí, desde sus embarcaciones más pequeñas los mataban con lanzas y
flechas o arrojando piedras que desfondaban sus barcas.
—Manteneos
a la sombra del malecón —dije—, donde es denso el humo traído por el viento y
adonde los trirremes no se atreven a llegar debido a las rocas sobre las que
está construido, y remad, remad velozmente.
Escucharon
y obedecieron. Seguimos adelante bajo un arqueado dosel de humo en el que se
entremezclaban estallidos de llamaradas de los maderos, hasta que por fin
alcanzamos la cabeza del malecón sobre el que se erguía una torre de madera
donde por la noche ardía una luz a modo de guía para los marinos que entraban a
puerto. Aquí esperamos durante un rato, adheridos a una de las columnas, porque
aunque el viento empezaba a soplar más fuerte, en este protegido lugar el mar
permanecía en calma.
Remando
transversalmente a la cabeza del malecón había un trirreme persa, y hasta que
se hubo ido no nos atrevimos a hacernos a la mar. Por fin pasó, lentamente, y
llegó nuestra oportunidad. Ante una palabra murmurada los remeros remaron con
todas sus fuerzas y nos separamos del malecón con rumbo hacia el profundo mar.
Mientras lo hacíamos, miré hacia atrás y percibí detrás y por encima de mí una
visión que después de más de dos mil años todavía me persigue en mi sueño.
Sobre
la cima de este malecón erigido sobre maderos, como ya he dicho, había una
torre de madera desde la cual, en tiempos de paz, daba luz un faro. Ahora esta
torre estaba en llamas, como el malecón que la sostenía, y ningún faro brillaba
allí. Donde debía haber estado sólo se erguía una mujer sobre cuyo rostro
golpeaba la intensa luz, ya que el viento barría al humo y la revelaba como a
una estatua sobre una columna que se alza por encima de la bruma. Contemplé
esta forma y este rostro y vi que eran aquellos de Beltis, la Reina de Sidonia.
Cómo había llegado hasta ahí, no lo sé; pero pienso que había corrido a lo
largo del malecón en llamas antes de que fuese demasiado tarde, al estar
familiarizada con el camino, y que había subido la escalera de la torre, para
desde su cima poder mirar por última vez a Sidonia y a la vida.
En
cualquier caso, ahí estaba, con aspecto regio, silenciosa, sus brazos cruzados
sobre su pecho, mientras el manto púrpura que indicaba su rango flotaba tras de
ella como un estandarte en la brisa.
Vio
la barca que nos transportaba abandonar rápidamente la oscuridad y lanzarse
hacia el profundo mar. Sé que lo vio porque extendió su brazo como para
bendecirnos. Luego se volvió y alzó sus manos hacia la ciudad en llamas como si
la maldijese. Finalmente, una vez más cruzó los brazos sobre el pecho y se
mantuvo inmóvil, su blanco rostro elevándose a los cielos.
Tal
fue el final de esa gran y malhadada mujer, la regia Beltis, Reina de Sidonia,
quien tal vez en expiación de un pecado hecho en otro astro, los dioses
entregaron a los brazos de acaso el hombre más vil que jamás haya vivido sobre
la tierra. Murió con grandeza, en sacrificio, como su hijo había sido un
sacrificio, pero no antes de haber forjado una adecuada venganza para con el
asesino de su hijo y traidor del pueblo de los sidonios. Moloc, dios del fuego,
se la llevó, igual que se los llevó a todos, pero ahora ella estaba fuera del
alcance de Moloc. Moloc, que no era más que metal fundido, una ofrenda a sí
mismo.
A
la luz de las grandes llamaradas de la torre derribada el trirreme que portaba
el estandarte de Ochus vio a nuestra embarcación en fuga y maniobró para
perseguirnos.
—¡Remad!
—grité— remad hacia la oscuridad, —y sabiendo que sus vidas dependían de esa
orden, puesto que, como ya hemos visto, los persas no perdonaban a ninguno de
aquellos que alcanzaban sobre sus embarcaciones sino que lanzaban sus trirremes
hacia ellos, disparando con flechas a todo aquel que nadaba, esos marineros
remaron enérgicamente. No obstante, nuestro avance era lento, y el de la nave
impulsada por tres bancos de remeros, que estaba detrás de nosotros, veloz;
además, los fuegos de Sidonia en llamas iluminaban el mar a través de millas.
¿Podríamos
alcanzar la oscuridad antes de ser alcanzados? Llegamos al borde de la misma
con el gran trirreme a menos de cien pasos de nuestra popa... tan cerca, en
realidad, que los soldados a su bordo comenzaron a disparar sobre nosotros,
aunque por la oscuridad que se cernía, y debido a la movediza plataforma sobre
la que se hallaban, sus flechas caían muy lejos. Ya estaba justo sobre
nosotros; su casco había desaparecido en las sombras pero la luz de los fuegos
todavía brillaba sobre el ornamentado tope del mástil, mientras sus grandes
remos golpeaban el mar con un sonido como el del trueno.
—Cambiad
el rumbo —exclamé— o nos hundirá.
Con
gran destreza el timonel obedeció de modo que dimos la vuelta como una liebre
perseguida y los persas pasaron rápidamente por detrás nuestro. Entonces
giramos otra vez y remamos hacia la noche. Cuando nos envolvió, los marineros,
exhaustos, descansaron sobre sus remos. Nuevamente escuchamos el trueno del
avance producido por la tripulación de esclavos, y otra vez la proa de bronce
del alto navío, cruel y enorme, se alzaba casi sobre nosotros. Sólo uno o dos
metros nos separaron del golpe de las anchas palas de los remos; los remolinos
que produjeron hicieron que nuestra pequeña embarcación se balanceara
peligrosamente. Pero esta vez, ese inmenso sabueso marino estaba a ciegas por
la oscuridad, y al no vernos ni escuchar nada, ya que en silencio sepulcral nos
sentamos, siguió su vertiginosa marcha y, durante un tiempo, no volvimos a
verle.
Todo
estaba en calma en el seno del océano. A lo lejos Sidonia ardía como un faro
gigantesco, pero no llegaba a nosotros murmullo alguno de su agonía. Sí, todo
estaba en silencio; sólo se escuchaba el susurro del viento de la noche que,
para mi extraña imaginación, se asemejaba a un sonido tal como el que podía ser
producido por la veloz marcha de diez mil espíritus que pasan de la tierra
cruel hacia la paz en lo alto. Los cansados marineros lentamente llevaron a la
barca todavía más mar adentro; luego el capitán dijo:
—¿Qué
rumbo, Señora? Tengo pensado cambiar nuestro curso y dirigirnos hacia la costa
norte, donde acaso no haya persas.
—No
—contesté—, nos quedaremos donde estamos, busco otra nave.
—Tal
vez encontremos una —dijo con grosera risa—, una nave de la flota de Ochus.
Comenzaron
a disputar acerca de cuál era el curso que debían tomar.
—Obedecedme
—dije—, o no me obedezcáis, como queráis. Sólo que entonces, yo, que poseo el
consejo de los dioses, os digo que salvo yo, al amanecer de mañana todos los
aquí presentes estaréis muertos.
Susurraron
entre ellos, ya que mis palabras les atemorizaron.
Por
fin habló el capitán, y dijo:
—La
gran Reina Beltis, que se ha ido, nos dijo que esta mujer es una diosa y que
aquello que ordenase nosotros deberíamos cumplir. Recordemos las palabras de la
Reina Beltis, que está muerta y sin duda nos contempla desde el cielo.
De
modo que este peligro también pasó, y toda esa noche flotamos, manteniendo la
popa de la barca hacia la Sidonia en llamas mientras la mayoría de los remeros
dormían en sus sitios. Tan cansados estaban que ni siquiera el horror que había
detrás de ellos ni la pérdida de sus familias, ni incluso sus propios temores,
pudieron mantenerles despiertos.
Pero
yo, Ayesha, no dormí; no, yo contemplé y pensé. Si Filo hubiese huido, o su
nave hubiera sido hundida, ¿entonces qué? Entonces todo había terminado. No, no
de este modo, ya que no podía ser que yo muriese con solo la mitad de mi misión
cumplida. Me encontraba sin amigos entre hombres extraños, no obstante mi pecho
era habitado por el más grande de los amigos, ese espíritu cuyo nombre es Fe.
Arrojé mi alma a mi maestro, Noot el Profeta, y ¡he aquí! me pareció que su
alma respondía, diciendo:
—Nada
temas, Hija de Isis, porque las alas de Isis te protegen.
El
alba estaba cerca; lo supe por las estrellas que estaba acostumbrada a
contemplar y por el aroma del aire. Me paré sobre mi asiento y miré a la
oscuridad. ¡Contemplad! a menos de media milla de nuestra proa de pronto cobró
vida un fuego de llama verde.
—Despertad
—grité— y remad velozmente, ya que si deseáis vivir deberéis alcanzar la nave
sobre la que arde ese fuego antes de que rompa el alba.
Obedecieron,
sorprendidos, ya que no sabían qué significaba este fuego. Avanzamos de prisa y
cuando aparecían las primeras luces vimos casi sobre nosotros la mole del gran
trirreme llamado Hapi.
—¡Llamad!
—exclamé— y el capitán así lo hizo. Alguien apareció sobre la barandilla de su
macarrón, sosteniendo un farol. Su luz resplandeció sobre el rostro y vi que
era el de Filo el Griego.
—Estáis
a salvo —dije con voz calma— porque esa es la nave que me aguarda.
—¡Esta
es en verdad una diosa! —murmuró el capitán de la falúa.
Ahora
Filo nos vio, en medio de la creciente claridad, y nos gritó que nos
acercáramos velozmente, señalando algo que él veía pero que se ocultaba a
nuestra vista. Estábamos al costado, impacientes manos nos alzaron de la barca.
Nos encontramos a bordo, yo todavía portando el cofre de joyas, aunque en ese
momento no sabía que lo tenía firmemente asegurado a mí. Filo se puso de
rodillas ante mí, como ante a alguien divino, lo cual fue contemplado por
nuestros remeros. Luego gritó una orden y nuevamente señaló detrás de nosotros.
¡Mirad!
allí, a menos de dos tiros de arcos de distancia, estaba la enorme nave persa
de la que habíamos escapado en la oscuridad de la noche.
Nuestros
remos golpearon el agua, saltamos hacia adelante como un perro desencadenado y
detrás nuestro vino el trirreme como un león que se abalanza sobre un animal.
¿Trirrene lo he llamado? No, como ahora veíamos, era un quinquerreme, una de
las nuevas naves de cinco bancos construidas por Ochus, un prodigioso monstruo.
Durante un breve instante titubeó como si se preguntara si nos atacaría o nos
dejaría ir. Luego, en cuanto la luz se hizo más intensa, los ojos de sus vigías
pudieron observar nuestra abandonada falúa y por sus adornos y emblemas la
reconocieron como la embarcación real de Tenes.
Un
gran grito se alzó:
—¡El
Rey escapa. El Rey y la Reina Beltis escapan! ¡Tras ellos!
Entonces
el quinquerreme brincó hacia adelante en nuestra persecución. A causa de su
enorme peso era lento en adquirir velocidad, y nosotros, que ya le llevábamos
ventaja, nos alejamos rápidamente, especialmente después de que un cambio de
viento que el Santo Fuego —puesto que así dijo Filo, que lo
conocía, se llamaba el navío persa— no aprovechó, hinchó nuestra gran vela.
Viendo
esto, y con la esperanza de que el peligro había pasado, fui a la misma cabina
que había sido mía cuando, como prisionera de Tenes, navegué en esta nave, y
que parecía estar tal como yo la había dejado. Hice esto sin hablar con Filo,
salvo una palabra para encomendar a su cuidado al judío y a aquellos otros que
habían sido mis compañeros en la falúa.
Porque
ahora que todo había terminado, me pareció que debía descansar o morir; además
estaba sucia por el viaje y necesitaba alimento. Por cierto, esto lo encontré
servido en una mesa, lo cual me asombró, aunque no mucho; más me sorprendí
cuando vi limpias ropas de mujer, como las que yo acostumbraba a vestir,
extendidas sobre el sofá de la cabina. De modo que me lavé, me vestí y comí un
poco, bebiendo algo de vino, cosa que raramente hacía; luego me eché sobre el
sofá y durante un cierto tiempo, tal vez una hora, dormí como si hubiese estado
muerta.
Desperté
sin saber por qué, ya que podía haber dormido profundamente durante horas, pero
a la vez sintiendo que todo mi cansancio había desaparecido. El lugar estaba
muy oscuro ya que la cortina de la puerta estaba cerrada y al principio no pude
ver nada. Al rato, no obstante, me di cuenta que no estaba sola en la cabina.
Puesto que a medida que mis ojos se acostumbraban a la luz que le alcanzaba,
descubrí la forma de un hombre, un anciano hombre de blancas barbas,
arrodillado en el extremo de la cabina como si orara, y me pregunté si no
habría soñado, ya que ¿qué podía hacer alguien semejante en ese lugar?
Inmediatamente me convencí de que había soñado, ya que esta forma era la del
supremo sacerdote Noot, mi Maestro, a quien yo suponía muy lejos, en Egipto. O
acaso Noot había muerto y este era su espíritu que me visitaba en mi sueño.
Espíritu, o sueño, u hombre, las palabras surgieron de los labios de esa visión
con la misma voz de Noot; palabras tales como éstas:
—Oh
Madre Isis, y Tú sin nombre a quien Isis y todos los dioses sirven y obedecen,
te agradezco el que te haya complacido conducir a salvo a esta doncella a
través de los cometidos que tenía designados, cubriéndola con la protección de
una fuerza divina. Te agradezco que la hayas conducido nuevamente a mí, su
padre en espíritu, que la deshonra no la haya profanado, que el fuego no la
haya quemado, que el agua no la haya ahogado, y que las lanzas del enemigo no
hayan atravesado su corazón. Te suplico, oh Madre Isis y oh, Tú sin nombre en
la palma de cuya mano yace el mundo y todo lo que allí posee vida, que así como
ha sido el principio pueda ser el final, y que esta elegida mujer pueda volver
a salvo al lugar de donde vino, para allí llevar a cabo los cometidos para los
que fue creada.
Así
suplicó la voz, la sagrada y bien recordada voz, hasta que por fin hice que
pusiera término a sus súplicas, diciendo:
—Dime,
Noot padre mío, ¿por qué todavía temes en esta hora de liberación?
Se
levantó, vino hacia mí y corriendo una cortina que daba a una pequeña ventana,
me examinó con ojos tiernos y gentiles. Luego tomó mi mano extendida, la besó,
y respondió:
—¡Ay
de mí! es mucho lo que aún hay que temer, oh hija mía, pero esto lo sabrás
dentro de muy poco. Primero cuéntame la historia de lo que te ha sucedido desde
que nos separamos.
Brevemente,
omitiendo mucho, le relaté esa historia.
—Es
tal como mi espíritu me la dejó ver —dijo cuando hube terminado—. El Cielo no
ha defraudado a su servidor. Tu mensajero llegó a nosotros, Hija, pero poco
hubiese importado si hubiera muerto en el camino, ya que mucho antes de que
pusiera sus pies en Egipto mi alma había escuchado a la tuya y lo había
preparado todo. Aunque anoche, cuando Sidonia ardía, confieso que mi fe
desfalleció y que esta alma mía tembló de miedo. En realidad, una hora después
del ocaso creí que tu espectro pasaba junto a mí, exclamando que todo había
terminado.
—Tal
vez el que pasó fuera el espectro de Beltis. Pero de estas cosas hablaremos
luego. Veo temor en tus ojos. ¿De qué tienes miedo?
—Levántate
y mira a través de esa ventana, Hija.
Hice
lo que me decía y ¡contemplad! a muy poca distancia el gran quinquerreme
llamado Fuego Santo se acercaba velozmente a nuestra estela,
tan rápido que sus cinco bancos de remos azotaban las olas convirtiéndolas en
espuma.
—Padre
divino —dijo una voz desde el exterior, una voz que me pareció reconocer—,
tengo palabras que pronunciar.
—Entra
y habla —contestó Noot.
La
puerta fue abierta y la cortina corrida, y entró un torrente de luz solar.
¡Mirad! allí delante mío se alzaba un guerrero con una armadura como la que
usan los griegos y, así ataviado, el más hermoso y magnífico hombre que mis
ojos jamás habían contemplado.
Era Kalíkrates,
Kalíkrates en persona, sólo que ahora en lugar de la túnica sacerdotal
su estupenda figura estaba vestida en bronce; en lugar de un rosario en su
cabeza había un yelmo y en lugar del sistrum su mano empuñaba
el mango de una espada. Sí era Kalíkrates, cuyos labios en los días del pasado
habían encontrado a los míos en el santuario sagrado, pero que en esa época se
había juramentado a Isis por causa de cierto crimen. Porque ahora era nuevamente
un hombre y un capitán de hombres, no alguien que con la frente inclinada y el
semblante humilde hora tras hora musita plegarias a una divinidad invisible.
¡Oh!
He de decir la verdad. Cuando le vi así, mucho fue lo que me agradó. Sí, a
pesar de que durante mucho tiempo él no había sido para mí sino un compañero
servidor de la diosa, otra vez me sentía estremecer por una copa del mismo vino
que me pareciera beber cuando nuestros labios se encontraron en el lejano
Egipto; una vez más el fuego que yo había reducido a cenizas apagándolo con mis
pies, emergía a la vida y abrasaba mi corazón.
Tal
vez fuera su belleza, acaso tan grande como la de cualquier hombre que jamás
haya existido, o quizá fuera la luz de la batalla que brillaba en sus ojos
grises, los cuales conmovían a la mujer dentro de mí. En cualquier caso, yo, a
quien había repugnado la visión de Tenes y todo otro hombre; yo, que me había
entregado a cosas elevadas y, rechazando la carne, perseguía sólo el espíritu,
me emocioné como cualquier común doncella que encuentra a su amante a la salida
de la luna. Además, Noot, que podía leer los corazones, y por sobre todo, el
mío, lo advirtió, ya que le vi sonreír y le escuché suspirar.
Acaso
también Kalíkrates se percató de algo puesto que el color subió a su frente...
la vi enrojecer debajo del empenachado yelmo de bronce, y dejó caer esos
valientes y hermosos ojos. Más aún, se hincó, saludándome con la señal secreta
y diciendo:
—Perdona,
Hija de la Sabiduría, Suprema sacerdotisa de la Reina del Cielo, que otra vez,
aunque por poco tiempo, me haya puesto los arreos que acostumbraba a vestir. Lo
hago para salvarte, Hija de la Sabiduría. Lo hago respetando una orden.
—Sí
—dijo Noot—, es la orden de Ella, a la que servimos, que este sacerdote alce su
espada en nombre de Ella y de nosotros, sus esclavos.
Incliné
mi cabeza... pero no respondí.
Capítulo
XII
La batalla en el mar
El
gran navío persa estaba sobre nosotros. Por más que nos afanásemos, no
podríamos escaparle. Navegaba velozmente a nuestro lado a una distancia menor
que el recorrido de una lanza. Yo estaba sobre la alta popa del Hapi y
lo veía todo, puesto que la antigua sangre árabe ardía en mí, tal como había
sucedido cuando cargué en la batalla en que mi padre cayó, y no iba ahora a
desempeñar el papel de una mujer. Además, mi espíritu me decía que yo no había
escapado de las manos de Tenes y al ardiente infierno de Sidonia para morir
aquí en el mar.
Así,
de pie en la popa, junto a Filo, el astuto capitán, advertí algo extraño: que
ninguna flecha era disparada y ni lanza arrojada desde los puentes persas.
Navegaba rápidamente a nuestro lado, eso era todo. Miré a Filo, con una
pregunta en mis ojos, y el respondió a esa pregunta, brevemente, hablando con
labios rígidos:
—Piensan
que el Rey y la Reina están a bordo, y quieren apresarnos con vida. ¡Escucha!
Nos gritan que nos rindamos.
Volví
a mirarle, preguntándome qué era lo que él haría.
Impartió
una orden y enseguida disminuyó nuestra velocidad, de modo que quedamos un poco
detrás de los persas. Impartió otra orden y nuevamente brincamos hacia adelante
pero con otro rumbo. Ahora vi que estaba determinado a embestir al Fuego
Santo. Los persas también lo advirtieron y se desviaron. Navegamos
junto al otro navío, desarmando, mientras nos acercábamos, los remos del lado
más próximo al mismo. Pero los persas no tuvieron tiempo de desarmar los suyos.
Nuestra afilada proa golpeó sobre su quíntuple línea de remos, destrozando la
mayoría de ellos como si no fuesen más que débiles ramas, y arrojando a los
remeros en una informe y tambaleante pila dentro de su profunda bodega.
—Eso
es digno de Filo —dije; pero él, hombre siempre humilde, como lo son todos los
maestros en sus oficios, sacudió la cabeza y contestó:
—No,
Señora, erré mi objetivo y ahora deberemos pagar por ello. ¡Ah! ya me lo
suponía.
Mientras
él hablaba, de diversos lugares del Fuego Santo volaron arpeos
que se asieron a las barandillas, sogas y bancos de remo
del Hapi, uniendo a los dos navíos.
—Están
a punto de abordarnos —dijo Filo—. Ahora, Señora, implora a la Madre Isis que
nos socorra.
Luego
tocó dos veces su silbato. Instantáneamente apareció sobre nuestro puente una
banda de hombres, cerca de cien, tal vez, vestidos con armaduras y capitaneados
por el griego Kalíkrates. Además, detrás de ellos vi a la tripulación de la
falúa real armada con todo aquello que habían podido encontrar, y a los
marineros del Hapi.
Los
persas arrojaban tablones o escalas de una nave a la otra, a través de los
cuales, sus abordadores, la mayoría griegos, llegaban en tropel. La lucha
comenzó, y fue feroz. Nuestros hombres derribaban a muchos enemigos y hacían
que otros se ahogaran arrojando fuera los tablones y escalas, de modo que
aquellos que ahí se encontraban caían al mar. No obstante, un gran número de
ellos estaba a bordo de nuestra nave, y ¡oh! cruel era esa batalla. Siempre en
lo más reñido de ella vi a Kalíkrates, una cabeza más alto que todos los demás,
¿y quién hubiese soñado ahora que él era un sacerdote de Isis? Puesto que
golpeaba y golpeaba, y hombre tras hombre caían ante él mientras que a medida
que su espada se alzaba y descendía gritaba cierto antiguo canto de batalla
griego, tal como el que alguna vez habían empleado sus antepasados.
En
un espacio del puente rodeado por cadáveres y agonizantes, se encontró frente a
frente con el capitán de los abordadores, un hombre fornido y corpulento y
además, creo, también griego. Lucharon en forma terrible, mientras los demás se
detenían para contemplar esa batalla que Hornero hubiese cantado. Kalíkrates
cayó y mi corazón se detuvo. No, ya estaba nuevamente en pie, pero su espada de
bronce se había quebrado al dar contra la cota de malla del enemigo.
Ese
hombre tenía un hacha; la blandió para poner término a la lucha. Kalíkrates,
abalanzándose por debajo de ella cogió al enemigo por los brazos y allí
lucharon sobre el resbaladizo puente. La nave dio un bandazo; juntos fueron
tambaleando hacia los macarrones. El enemigo liberó uno de sus brazos y extrajo
una daga; con ella golpeó a Kalíkrates una y otra vez. Kalíkrates se agachó y
con su mano libre cogió al hombre por debajo de la rodilla. Con un prodigioso
esfuerzo lo alzó hasta el borde del macarrón y allí quedaron aferrados durante
un breve tiempo. Entonces Kalíkrates, con la misma mano libre golpeó al otro en
la frente. Tres veces golpeó; sus golpes fueron como los de un martillo cayendo
sobre un yunque.
La
fuerza con que el capitán de los abordadores lo asía disminuyó, y su cabeza
quedó colgando hacia atrás. Una vez más golpeó Kalíkrates, y ¡contemplad! su
enemigo rodó hacia abajo y fue destrozado entre los protuberantes costados de
las dos enormes naves que se oprimían la una a la otra, en tanto que los
servidores de Isis vitoreaban y las taciturnas hordas persas retrocedían.
Pude
ver a Filo abriéndose camino junto a los macarrones. Llevaba un hacha en su
mano, pero no luchaba. No, evitaba a aquellos que combatían. En realidad, en
una oportunidad se detuvo y dio una orden, advirtiendo, como yo también lo
había hecho, que el viento había comenzado de pronto a soplar. Algunos
marineros que escucharon su orden corrieron hacia el mástil y vi a la gran vela
alzarse lentamente.
Entretanto
Filo se deslizó entre esos macarrones, cubriéndose detrás de ellos como un
chacal detrás de un muro. Pero cada vez que se acercaba a uno de los arpeos se
detenía y golpeaba con su hacha, rompiendo la soga a la que estaban atados. De
esta forma liberó a tres arpeos, de modo que las proas de los navíos se
desplazaron separándose.
Ahora
la gran vela estaba al tope e hinchada. El Hapi se adelantó
considerablemente, haciendo que la popa del Fuego Santo girara
arrastrada por efecto de los arpeos que aún quedaban aferrados. Los persas
comprendieron y les invadió el temor. Aquellos que aún estaban con vida a bordo
de nuestros puentes se precipitaron hacia los tablones y escalas, pero pocos
llegaron a ellos, puesto que Kalíkrates y los hombres de Isis estaban sobre sus
talones. Fueron reducidos: caían desde los tablones y escalas que eran desprendidos,
o saltaban al mar, y en su mayoría ahí se ahogaban. Muy pronto no quedó ninguno
de ellos sobre nuestra cubierta.
Los
arpeos fueron arrancados, o las sogas rotas. Éramos libres. No obstante, la
nave persa no había sido vencida, porque estaba llena de hombres de los que
aquellos que habían sido matados no constituían más que una ínfima parte.
También
esa nave izó su vela e introdujo remos de refresco para continuar la
persecución. Su capitán, parado en la proa, rugió:
—Perros
egipcios, todavía os colgaremos.
Filo
escuchó y cogió su arco. Ahora remábamos perpendiculares a la proa del Fuego
Santo; acaso estaba a una distancia de cien pasos. Filo apuntó y
disparó. Tan acertado fue su disparo que la flecha pegó debajo del yelmo del
capitán persa y éste cayó.
Su
caída pareció desconcertar a la tripulación del Fuego Santo. Se
apoyaron sobre sus remos gritándose el uno al otro, como si no supiesen qué
hacer. Entonces su vela comenzó a hincharse y vi que cambiaban de rumbo.
Filo,
a mi lado, rió con una risita ronca.
—Madre
Isis es bondadosa con nosotros —dijo—. Mira, ¡el cazador se ha convertido en
cazado!
Luego
dio órdenes y nuestra nave giró en redondo, de modo que nuestra enorme vela,
cogida de improviso, se sacudió contra el mástil.
—Arriad
la vela y remad —gritó— ¡remad como jamás lo hayáis hecho hasta ahora!
Los
remeros obedecieron. ¡Oh! era espléndido verles inclinando sus anchas espaldas
y accionando los remos hasta que también estos se doblaban como arcos en el
agua. No había aquí labor de esclavos, ya que ellos eran servidores de Isis y
hombres libres, cada uno de ellos. Filo corrió hacia el timón y, con la ayuda
de otro hombre, se hizo cargo del mismo. Nos abalanzamos hacia adelante como
una pantera sobre su presa. El Fuego Santo lo advirtió y se
afanó por escapar. Demasiado tarde, ¡demasiado tarde! Porque en seguida la
afilada proa del Hapi irrumpió en su costado con tal fuerza
que todos los que estaban de pie en la cubierta fueron derribados, entre ellos
yo. Logré ponerme en pie nuevamente y escuché a Filo que gritaba:
—¡Aguas
atrás! ¡Atrás! si no nos hundiremos con él.
Retrocedimos.
Lentamente reapareció la proa desde donde había estado enterrada, a tres pasos
de profundidad en el flanco del enemigo.
El Fuego
Santo se balanceaba; el agua entraba a torrentes a través de la
brecha. Inutilizada e impotente se revolcaba; sí, comenzaba a hundirse. De sus
atestadas cubiertas surgió un alarido de terror y consternación. Todavía
entraba el agua en un torrente cada vez mayor, y la nave seguía hundiéndose.
Los hombres alzaban sus brazos, suplicando misericordia; otros hombres se
arrojaban al mar. Entonces, el Fuego Santo levantó de pronto
su rutilante proa hacia el aire y la popa desapareció en las profundidades.
¡Había sido vencida!
Los
persas nadaban hacia nosotros, o se aferraban a los restos de la nave
naufragada, suplicando que les subiéramos a bordo. Pero nosotros remamos
dirigiéndonos al viento nuevamente. No sé qué ocurrirá hoy en el mundo, pero
entonces, en tiempos de guerra existía poca misericordia. Sólo Egipto era
misericordioso porque el tiempo lo había sosegado y a causa de la gentil
veneración de sus benévolos dioses. Pero ahora Egipto luchaba por su vida
contra los persas. De modo que seguimos remando, y esos bárbaros fueron
abandonados para que se ahogasen y en el mundo de abajo buscaran el calor del
Fuego que adoraban.
Filo
dejó el timón y vino a donde estaba yo. Observé que estaba blanco y tembloroso,
y llamé a alguien para que le trajese vino. Bebió de él con agradecimiento, sin
olvidar primero derramar una libación a mis pies, a más bien, a los de la diosa
de la que yo tan cerca me encontraba.
—¡Valerosa
acción! —dije—. Conoces tu oficio, Filo.
—No
del todo mal, Señora, aunque pudo haberse hecho mejor. Si hubiese estado yo al
timón hubiéramos embestido a esa atestada mole antes del abordaje y salvado
algunas vidas. Bueno, ahora la posee Set, y Ochus carece de su más preciada
nave.
—También
pudo haber sucedido lo contrario —dije.
—Sí,
Señora. Si yo hubiese comandado el Fuego Santo habría sucedido
lo contrario, puesto que él tenía dos remos y tres hombres por cada uno de los
nuestros, pero su capitán era falto de habilidad en el manejo de naves, y
cuando mi flecha le encontró, no hubo nadie que tomara su lugar. Debieron
habernos barrido con sus abordadores, pero ese alto capitán griego llamado
Kalikrates, de quien me dicen que una vez fue sacerdote, condujo muy bien a sus
soldados. Es un hombre valiente y me aflige el que sea probable que le
perdamos.
—¿Por
qué? —pregunté.
—¡Oh!
porque en combate con un sujeto a quien arrojó por encima de los macarrones
recibió una herida de puñal en las partes vitales, y se piensa que será mortal.
Mira, lo están llevando a mi cabina —y señaló a Kalikrates que era transportado
por cuatro hombres... una escena que estremeció mi corazón.
La
presencia de filo fue requerida, ya que parecía que cuando el Hapi había
embestido, se había abierto una brecha y los carpinteros le llamaban para
discutir con él la forma en que podía ser reparada.
Cuando
se hubieron marchado fui tras de Kalíkrates y lo encontré tendido en la cabina
de Filo. Le habían quitado la armadura y el médico, un egipcio, limpiaba un
corte en su muslo de donde manaba sangre que corría por su marfilínea piel.
—¿Es
mortal? —pregunté.
—No
lo sé. Señora —contestó el médico—. No puedo saber qué profundidad tiene la
herida. Ruega a Isis por él, puesto que es mucha la sangre que ha perdido.
Ahora,
yo, que era diestra en medicina y en el tratamiento de las heridas, lo cual
había aprendido de un gran maestro en mi juventud entre los árabes, ayudé al
médico lo mejor que pude, restañando la salida de sangre y suturando la herida
con seda antes de que le vendáramos.
Además,
tomando de mi mano un antiguo y hechizado amuleto que proporcionaba salud y
tenía el poder, así se decía, de hacer que el enfermo o el herido se
recuperaran, lo puse en el dedo de Kalíkrates para que pudiese curarle. Este
amuleto era un anillo de piedra marrón sobre la que había grabados ciertos
jeroglíficos que significaban Hijo Real del Sol. El que me lo
diera me había dicho que había sido usado por el más grande de todos los
curadores y .magos. Khaemuas, el hijo mayor del poderoso Ranses. Sólo una vez
volví a ver este anillo, como se verá más adelante. Luego lo perdí de vista y
nada supe de él hasta que, después de dos mil años, lo contemplé en la mano de
Holly en las cuevas de Kôr.
Mientras
así trabajaba el dolor de la aguja despertó a Kalíkrates de su desmayo. Abrió
sus ojos, miró hacia arriba y me vio; luego, en griego murmuró en tono tan bajo
que sólo yo, que estaba inclinada sobre él, escuché sus palabras. Éstas fueron:
—Te
agradezco, Amada. Te agradezco a ti y a los dioses que han consentido que, como
mis antepasados, yo no muriera como sacerdote sino como hombre y soldado. Sí,
te agradezco, oh regia y hermosa Amenartas.
Luego
volvió a desmayarse y yo le dejé rápidamente, habiendo comprendido que era con
la egipcia con quien soñaba, y que sin duda había sido por esta misma egipcia
que él había trocado su sagrada túnica por malla, sí, la egipcia Amenartas con
la cual me había confundido, a mí, Ayesha, en los delirios de su
debilitamiento.
Bueno,
¿por qué no? ¿Qué tenía yo que ver con él o con cualquier hombre? No obstante,
de pronto me sentí hastiada del mundo y casi deseé que el Fuego
Santo hubiese embestido al Hapi y no este último
al Fuego Santo.
Allá
detrás de nosotros mil hombres estaban ahora en paz bajo el mar. Al estar
agotada por la emoción de todo lo que había soportado y visto, casi fue mi
deseo el que yo también me encontrase en paz bajo el mar, durmiendo para
siempre, o acaso para volver a despertar mecida por los santos brazos de Isis.
En
la cabina se hallaba sentado mi maestro, el profeta Noot, contemplando, a
través de la puerta abierta, el infinito azul del cielo, tal como yo sabía que
lo había hecho durante toda esa temible batalla.
Sonrió
cuando me vio, y preguntó:
—¿De
dónde vienes, Hija, y por qué tus ojos brillan como estrellas?
—Vengo
de contemplar la muerte de los hombres, Padre mío, y mis ojos brillan con la
luz de la batalla.
—También
con otras luces, creo, Hija. Oh Ayesha, tuya es la belleza, tuya es la
sabiduría, y estás colmada por el espíritu como una copa llena de vino. ¿Pero
qué hay de la copa? ¿Qué es de la copa? Me temo que esos bellos pies tuyos
tengan que viajar muy lejos antes de llegar a su hogar.
—¿Cuál
es su hogar, Padre?
—¿No
lo sabes después de todos estos años de aprendizaje? Escucha. Yo te lo diré. Tu
hogar es Dios; no este o aquel dios a los que llaman con cien nombres, sino el
Dios que está más allá de los dioses. Sin duda tú amarás y odiarás, tal como
has amado y odiado. Y sin duda estás destinada a acercarte a aquello que amas y
a estar en paz con lo que odias. No obstante, sabe que por encima de todos los
amores mortales existe otro amor en el cual ellos deben encontrarse tanto como
perderse. Dios es el fin del hombre, oh Ayesha, Dios o... la muerte. Todos
pecan, todos tropiezan en el sendero, pero sólo aquellos que continúan en ese
sendero o quienes habiéndolo perdido, con lágrimas y corazones destrozados lo
buscan nuevamente y, como el Sísifo de la fábula, empujan sus desoladas cargas
de errores de la carne, hasta que por fin éstas se derriten en la luz que
brilla en las alturas, sólo esos, digo, obtienen la paz eterna.
Tan
solemnemente habló, musitando las lentas palabras una a una, y tan profunda y
sagrada era la enseñanza que escondían, que yo, Ayesha, tuve miedo.
—¿Qué
has visto y qué es lo que sabes, Padre mío? —pregunté humildemente.
—Hija,
te he visto allá en Sidonia regocijándote en la venganza por la venganza en sí;
sí, contenta cuando el vil perro que te hubiese hecho su presa dio la última
boqueada de su vida ante tus ojos. Tú no le mataste, Ayesha, pero fue tu
consejo el que proporcionó astucia al pensamiento que planeaba y fuerza al
brazo que descargó el golpe.
—Fue
tan predestinado, oh padre mío, y de otra forma...
—Sí,
fue tan predestinado; sin embargo no debieras haberte alegrado en la hora de tu
triunfo. No, debiste apenarte como se apenan los dioses cuando cumplen con los
mandatos del Destino. Otra vez te he visto encendida por las llamas de la
batalla, tu corazón lleno con canciones de victoria cuando la destreza de Filo
y el coraje de Kalíkrates enviaron a esos enloquecidos brutos de los persas a
la muerte. Y finalmente, a menos que esté soñando... ¿qué es lo que acabas de
hacer en la cabina de Filo, Hija?
—He
atendido a un hombre herido, padre mío, tal como estoy preparada para hacerlo.
También le di un amuleto del que se dice tiene la virtud de curar al enfermo.
—Sí,
eso fue correcto y bondadoso, y la justa recompensa al coraje. ¿Te dio las
gracias, Hija? En el silencio creí escuchar que sus labios pronunciaban
palabras de agradecimiento.
—No
—contesté con tono apagado—, su mente deliraba y agradeció a... otra mujer que
no se encontraba allí.
Noot
volvió a esbozar una sonrisa y contestó:
—¿Así
fue? Entonces deja estar a ese hombre. Aun así, recuerda que de tales extravíos
de una mente turbada a menudo brota la verdad, como el agua de una roca hecha
añicos. ¡Oh! Hija, Hija, ¿si este hombre olvida sus votos, debes tú hacer lo
mismo? Para él hay excusa, es un soldado... ¿podemos dudarlo quienes hemos
visto hoy sus proezas? Él se hizo sacerdote por causa del amor y por la sangre
vertida que esto provocó. Para ti no hay nadie... al menos nadie sobre la
tierra —agregó precipitadamente—. Te suplico, por tanto, deja estar a este
hombre, porque si no lo haces, mi don de sabiduría me dice que traerás mucha
aflicción sobre su cabeza y la tuya. ¿Por qué has de perseguir la vanidad? ¿Es
porque en el orgullo de tu belleza no puedes tolerar que otra sea preferida, y
que el fruto que no es legítimo que tú cojas caiga en el regazo de otra mujer?
Yo te digo, Hija, que esta belleza es tu maldición, porque te demanda
obediencia noche y día, aunque tú no deberías pensar en ella, recordando su
fin. Eres demasiado orgullosa, demasiado engreída. Mira a las estrellas y
aprende a ser humilde, para que de este modo no seas humillada por aquello que
es más poderoso.
—Soy
todavía una mujer, Padre; una mujer suya misión es amar y criar niños.
—Entonces
aprende a amar a aquello que está en lo alto, y haz que las criaturas que
tengas sean las de la sabiduría y las buenas obras. ¿Te corresponde amamantar
pecadores como lo haría cualquier demonio al borde de unas matas, tú, a quien
los cielos extienden sus manos? ¿Es la misión de alguien en cuyo pecho brota el
árbol de la vida, desenraizarlo y en su lugar plantar la semilla de las
vulgares habilidades de una mujer para que con su ayuda pueda arrebatar a su
amante de una rival? ¿Porque él peque, si es que peca, debes tú dejar de ser
santa? ¿Dónde está tu grandeza? ¿Dónde tu pureza y orgullo? Te lo suplico,
amada hija de mi espíritu, júrame por el Cielo al que servimos que con este
hombre ya no tendrás más que ver. Dos veces has pecado... una en aquel
santuario en Filo, cuando su beso se encontró con el tuyo, y ahora otra vez, no
hace una hora, sobre esta nave, cuando tu corazón fue desgarrado por la furia
de los celos porque el nombre de otra mujer escapó de labios que pensabas
estaban a punto de pronunciar el tuyo. Dos veces has pecado y dos veces la
diosa ha vuelto la cabeza y cerrado los ojos. Pero si por tercera vez caminaras
hacia esa trampa cavada por tus propias manos, sabe entonces que difícil te
será escapar. Te digo... —aquí su rostro y su voz grave se endurecieron— te
digo que época tras época lucharás incesantemente para lavar la mancha de
sangre de esas manos y que tu aliento se convertirá en suspiro y que cada
latido de tu corazón será agonía. Jura, pues ¡jura!
Miré
sus ojos y vi que estaban iluminados y tenían aspecto sobrenatural, sí, que
cierto espíritu que brillaba adentro los hacía resplandecer como lámparas de
alabastro. Miré la delgada mano que se extendía hacia mí y vi que temblaba por
su pasión.
Contemplé
y me sentí impulsada a obedecer. Empero, antes de hacerlo pregunté:
—¿Fuiste tú alguna
vez joven, Padre mío? ¿Sufriste tú alguna vez esta eterna
maldición que la Naturaleza deposita en el hombre y en la mujer porque ella no
desea morir? ¿Alguna vez te dejaste sobornar por la dulce locura con la que
ella ceba su anzuelo? O, como una vez creí escucharte en años pasados, ¿fuiste
siempre santo y aislado?
Cubrió
sus ojos con esas delgadas manos, y luego contestó:
—He
sido joven. He sufrido esa maldición. A pesar de lo que pueda haberte dicho en
el pasado, cuando no eras más que una niña, tragué de ese cebo, no una sino
muchas veces, y he pagado el precio. Porque lo he pagado hasta mi ruina te
imploro a ti, a quien amo, que no vacíes tu corazón de su más puro oro virgen y
llenes el vacío con dolor y penitencia. Fácil es caer, Hija, pero difícil, muy
difícil, es volver a levantarse, ¿No jurarás?
—Sí
—contesté—, juro por Isis y por tu espíritu, oh Purificado.
—Juras
—dijo, en un susurro— ¿pero mantendrás el juramento? Deseo saber, sí,
fervorosamente lo deseo, ¿mantendrás el juramento, oh mujer de corazón elevado
cuya sangre se desliza por un torrente tan rojo y poderoso?
Entonces,
inclinándose hacia adelante me besó en la frente, y alzándose, se marchó.
Kalíkrates
no murió. Bajo el cuidado de ese sagaz médico, o de algo que estaba por encima
del médico, le fue burlado a la Muerte, puesto que pareció que la herida de
puñal no había alcanzado sus partes vitales, o al menos no las había atravesado
como para que no pudiesen restablecerse. Empero, estuvo enfermo durante largo
tiempo, ya que todo su cuerpo había perdido mucha sangre, de manera que si
hubiese sido más viejo, o menos vigoroso, Osiris se lo hubiese llevado. O acaso
no en vano había puesto yo en su dedo ese talismán-escarabajo que una vez fuera
hechizado por Khaemuas. No volví a visitarle, y así, no fue hasta que
remontamos el Nilo y nos acercábamos a Menfis que le vi nuevamente. Entonces,
muy pálido y consumido, aunque para mi gusto más agradable que antes, ya que
ahora su rostro era más espiritual y sus ojos los de alguien que ha visto de
cerca los ojos de la Muerte, fue llevado en una cama a la cubierta. Ahí hablé
con él, agradeciéndole en el nombra de nuestra diosa por las grandes proezas
que había llevado a cabo. Sonrió y su pálido rostro adquirió un leve matiz rojo
mientras contestaba:
—Me
temo, oh Boca-de-Isis, que no fue en la diosa en quien pensé en esa batalla,
sino más bien en la alegría del combate, cosa que yo, un
sacerdote, no esperaba volver a sentir jamás. No, ni fue por la diosa que
golpeé lo mejor que pude, puesto que en los extremos de la guerra las puertas
del cielo, que entonces por cierto están tan cerca, parecen quedar muy lejos,
sino para que después de todo lo que habías pasado, tú junto con todos
nosotros, no cayeras en manos de los paganos adoradores del fuego.
Le
devolví la sonrisa ya que las palabras, aunque falsas, eran corteses, y
repliqué que también él, sin duda, que todavía era joven, deseaba seguir
viviendo.
—No
—contestó con la mayor seriedad—, creo que deseo morir antes que vivir, y pasar
desde aquí hacia adonde frecuentemente lo hacían mis antepasados, con la espada
en la mano y el yelmo en la cabeza. La vida no es agradable para un rasurado
sacerdote, Señora, alguien que por sus votos queda apartado de todas sus
alegrías.
—¿Cuál
es la alegría de un hombre en la vida? —pregunté.
—Contémplate
en un espejo, Señora, y lo sabrás —contestó, y hubo algo en su voz que hizo que
me preguntara si después de todo no habría sido posible que un nombre
equivocado saliera de sus labios en medio de las alucinaciones de su mente.
Porque
entonces yo no sabía que un hombre puede amar a dos mujeres, y al mismo tiempo;
a una con su espíritu y a la otra con su carne, ya que a través de todas las
cosas existe esta guerra entre el espíritu y la carne. El espíritu de
Kalíkrates fue siempre mío, habiéndoseme conferido desde el principio, pero con
su carne no sucedía lo mismo, y acaso mientras se encuentre en la carne las
cosas así permanecerán.
Antes
de llegar a Menfis se nos hizo una señal para que anclásemos. Entonces una
embarcación, enarbolando el estandarte del Faraón, se acercó a nosotros desde
la costa. A su bordo iba el mismo Nectanebes y junto con él su hija, la
Princesa de Egipto, la señora Amenartas; y también algunos consejeros y
capitanes griegos a su servicio.
El
Faraón y los demás subieron a bordo para recabar noticias de lo que había
sucedido en Sidonia, y fueron recibidos por Filo y Noot. Al poco rato pidieron
ser conducidos ante mi presencia, y me reuní con ellos en la cubierta exterior
a mi cabina, advirtiendo que en los ojos de Nectanebes había aflicción y que
sus rubicundas mejillas se habían desplomado.
—De
modo que has vuelto con nosotros, Oráculo-de-Isis —dijo con voz vacilante,
escudriñando mi figura, ya que no podía ver mi rostro porque estaba velado.
—He
vuelto, oh Faraón —contesté, inclinándome ante él—. Ha sido la
voluntad de Ella a la que sirvo liberarme de las manos del Rey Tenes de
Sidonia, a quien el Faraón me ofreció como regalo.
—Sí,
recuerdo. Fue en ese festín en que el agua que había en la copa que sostenías
se transformó en sangre. Bien, si todo lo que escucho es cierto, ha habido
suficiente sangre allá.
—Sí,
Faraón, los mares sidonios enrojecieron con ella. Tenes, el aliado de Egipto,
rindió la ciudad a Ochus el persa, pensando que así lograría grandes
beneficios, cosa que obtuvo con la muerte, mientras los sidonios ardían en sus
casas junto con sus mujeres e hijos. Así es como toda Fenicia está en manos de
Ochus y avanza sobre Egipto con unas poderosas huestes.
—¡Los
dioses me han abandonado! —gimió Nectanebes, agitando sus brazos.
—Sí,
Faraón —contesté con voz fría—, porque los dioses son muy celosos y a menudo
olvidan a aquellos que reniegan de ellos o que traicionan a sus servidores
entregándolos a manos de enemigos que les odian.
Comprendió
y contestó en voz baja y balbuceante:
—No
te enfades conmigo, Oráculo-de-Isis, ya que ¿qué otra cosa podía hacer? Ese
perro sidonio, a quien Set devore eternamente, estaba loco por ti. Siempre
desconfié de él, y estoy seguro que de no haberte entregado él hubiera hecho la
paz con Ochus y me hubiera atacado por la espalda, como por cierto amenazó con
hacer en ese festín. Además, yo bien sabía que Madre Isis te protegería de todo
daño que pudiesen hacerte sus manos, cosa que parece que ella ha hecho.
Ahora
bien, cuando escuché esas palabras me invadió la cólera y respondí:
—Sí,
Faraón, Madre Isis ha hecho esto y más. ¿Te has enterado cómo funcionó tu
ponzoña? ¿No? Entonces te lo diré. Habiendo sacrificado su único hijo a Dagon,
Tenes se hubiera deshecho de Beltis, su reina, para que yo tomara su lugar.
Loca por el odio, Beltis lo condujo a los brazos de los persas y luego, cuando
él hubo llevado a cabo esta traición, ella le asesinó con sus propias manos, lo
sé puesto que yo contemplé la acción. Y ahora, Faraón, Sidonia ha caído, y con
ella toda Fenicia, y pronto. Faraón, Egipto seguirá a Sidonia. Sí, yo, el
Oráculo, te digo que a causa de que te complació arrojar a la suprema
sacerdotisa de Isis a los brazos de Tenes, como si ella hubiese sido una
danzarina de la que te hubieses cansado, estas cosas han sucedido. Por tanto,
muy pronto dejará de haber un Faraón en Egipto, y los persas tomarán la Tierra
del Nilo y profanarán los altares de sus dioses.
Él
escuchó. Tembló. No tuvo nada que decir. Pero hubo alguien más que también
escuchó. Como lo había advertido, la princesa Amenartas, cuando subió a bordo
de la nave fue directamente a donde Kalíkrates yacía, sobre un sofá bajo una
toldilla de cubierta, y allí habló con él muy seriamente. No pude escuchar lo
que decían, ya que juntos hablaban en voz muy baja. Pero pude ver sus rostros,
y al contemplarlos, estuve segura de que el griego no había cometido error
cuando pronunciara el nombre de esta regia dama mientras yo atendía sus
heridas. Puesto que esos rostros eran los rostros de amantes que se encuentran
después de una larga separación y de haber pasado por grandes peligros.
Dejando
a Kalíkrates esta Amenartas había vuelto junto a su padre y se mantuvo a su
lado escuchando nuestra conversación. Ahora irrumpió ferozmente:
—Por
cierto, Sacerdotisa, siempre has sido un pájaro de mal agüero graznando el
desastre. Vuelas a Sidonia y ¡contempla! Sidonia arde; no obstante tu escapas
con las alas sin chamuscar. Ahora revoloteas nuevamente hacia Egipto y otra vez
gimes de aflicción como un búho del desierto. ¿Cómo es, oh Isis-en-la-Tierra,
como gustas llamarte a ti misma, que sólo tú escapas de Sidonia y vuelves aquí
a helar la sangre de los hombres con profecías tales como las que pronunciaste
en el festín, cuando mediante un truco transformaste el agua en sangre? ¿Acaso
te has hecho amiga de Ochus?
—Pregúntaselo
a Filo, el capitán de esta nave, Señora —contesté con voz calma—. O espera.
Pregúntale a aquel sacerdote que tal vez te agrade más, el griego que en el
mundo es llamado Kalíkrates. Pregúntales como demostré mi amistad a Ochus,
trabajando con la fuerza de Isis, y con la pericia y el valor de ellos, para
que la mejor nave de guerra persa, con una multitud de sus marinos y guerreros,
yazca hoy en el fondo de las profundidades.
—Tal
vez a causa de que un capitán fuese diestro, y un cierto sacerdote, o soldado,
valiente, esa nave está hundida junto con todo lo que transportaba, pero no,
creo, gracias a ti o a tus plegarias, oh Oráculo. Yo te digo, Faraón, padre
mío, que si yo sostuviese tu cetro enviaría a esta Isis-en-la-Tierra a
buscar a Isis en el Cielo, antes de que provoque más aflicciones sobre nosotros
y Egipto.
—No,
no —murmuró Nectanebes, haciendo girar sus grandes ojos— no hables con tanta
furia, Hija, la Madre podría escuchar y golpearme otra vez. Escucha. Anoche,
yo, que sé cómo hacerlo, consulté a mi espíritu, el Demonio que me obedece. Él
vino, y habló. Le escuché con mis oídos. Sí, habló de esta profetisa. Dijo que
ella se acercaba a Menfis en una nave. Dijo que ella era
grande, casi una diosa, que debía ser cuidada, que para ti y para
mí ella sería un refugio en la tormenta, que en ella está el poder de Uno que
se aposenta en lo alto. Oh Oráculo, oh Isis-en-la-Tierra, oh Hija de la
Sabiduría, perdona las violentas palabras de esta regia hija mía que está
turbada por el temor, y sabe que hasta el final el Faraón es tu amigo y tu
protector.
—Tal
como acaso, si este Demonio tuyo dice la verdad, antes de que todo termine yo
seré la protectora del Faraón y de la Princesa de Egipto a quien le complace
injuriarme —repliqué.
Entonces,
inclinándome ante él, me volví y fui en busca
de mi cabina.
Capítulo
XIII
La HUMILLACIÓN del Faraón
Cuando
el Faraón y su hija se hubieron marchado, aunque yo no vi cómo lo hacían, dije
adiós a Filo, agradeciéndole mucho, y, en recompensa por todo lo que había
hecho, pidiendo para él la bendición de la diosa, que éste recibió de rodillas.
Además, cuando se hubo levantado se juramentó a mi servicio, diciendo que
mientras viviera vendría desde los confines de la tierra para cumplir con mi
voluntad. También me mostró cómo podría llamarle a través de ciertas formas
secretas.
De
modo que nos dijimos adiós por una temporada; no le dejé partir con las manos
vacías, ya que de aquellas joyas con las que Tenes me había colmado, las cuales
en mi huida había conservado casi por casualidad, tomé unas cuantas de gran
valor y se las di como un presente de la diosa. Así nos separamos, aunque, tal
como ambos sabíamos con certeza, no por última vez.
Tan
pronto como se supo de nuestro arribo, los sacerdotes y sacerdotisas de Isis se
congregaron en el muelle en solemne procesión para recibir a Noot, su sacerdote
supremo y a mí, la suprema sacerdotisa, cosa que hicieron con ceremonia
consagrada y cánticos sagrados. Por ellos fuimos escoltados a través de las
calles de Menfis hasta el templo de Isis, acompañados por numerosos tripulantes
del Hapi que formaba parte de nuestra hermandad entre ellos
eché de menos a uno.
—¿Dónde
está el sacerdote Kalíkrates —pregunté a Noot.
Éste
sonrió y contestó:
—Creo
que ha sido llevado al palacio del Faraón para ser cuidado hasta que se
recupere de sus heridas. Tal vez se haya propuesto durante un tiempo, o acaso
ese sea el designio, continuar interpretando el papel de guerrero. Pero no
temas, Hija; aquellos sobre cuya frente Isis ha puesto sus manos, en la vida o
en la muerte deberán por fin regresar a ella. Son como halcones sobre una
cuerda que, aunque se estire, no puede romperse.
—Sí
—contesté—, en la vida o en la muerte —y ya no volví a preguntar por
Kalíkrates.
En
medio de la algarabía de la ciudad ante nuestro regreso a salvo, llegamos al
templo y ejecutamos sacrificios. Fue ahí que coloqué las joyas de Tenes, salvo
aquellas que había dado a Filo, sobre la estatua de alabastro de la diosa en su
más íntimo santuario, al que sólo yo y Noot podíamos entrar, y también allí,
mediante señales y milagros ella me dio a entender que aceptaba la ofrenda.
Puesto que fue aquí, mientras nos encontrábamos a solas ante la efigie de la
diosa en ese sagrado lugar, que un trance cayó sobre Noot; y en su trance me
habló con la voz de Isis y a través de su infinito corazón. Este fue el divino
mensaje que me llegó por medio de los labios de Noot:
—«Hija,
yo, tu madre, conozco todo aquello por lo que has pasado y por lo que deberás
pasar. Aunque lleguen los bárbaros y los dioses de Egipto sean derribados, y la
ruina golpee la tierra y parezca que has quedado abandonada, mora aquí hasta
que mi palabra te ordene partir. Por mí misma, y por Eso de quien, bajo el
nombre de Isis, soy ministra, juro que ningún daño te acontecerá, y tampoco al
lugar donde te encuentras ni a aquellos servidores míos que permanecen contigo.
Por tanto, espera mis órdenes con "paciencia, haciendo aquellas cosas que
yo te inspire a llevar a cabo, para que puedas arrojar la venganza de los
dioses sobre esos perros que profanan sus santuarios.»
Así
habló Noot en su trance, sin saber lo que había dicho hasta que yo se lo
transmití más tarde. Escuchó con suma seriedad y me ordenó obedecer.
—Aunque
sea apartado de tu lado por un tiempo, tal como siento que sucederá —acaso lo
haya percibido durante mi desvanecimiento. Hija— y te quedes sola y sin ningún
amigo, aún así te suplico que obedezcas. Si esto fuera así, no pienses que he
muerto, ya que no haré sino volver a mi propio lugar y a mi tierra; espera
hasta que arribe mi mensaje. Entonces obedece también a eso, aunque no sé qué
es lo que será.
Así
habló él solemnemente, y yo incliné mi cabeza y escondí sus palabras dentro de
mi corazón...
La
guerra comenzó; la última guerra en la vida de Egipto. Nectanebes, el Faraón,
inspirado por su perverso Demonio, despidió a sus capitanes y se nombró a sí
mismo General en Jefe de sus ejércitos; él, que apenas tenía el talento o el
coraje para dirigir la guardia de un harem. En un comienzo, ese Demonio le
prestó buenos servicios, ya que en Barathra, nombre que llevan los golfos que
forman el pantano de Sirbonia, los persas fueron atrapados y perdieron muchos
miles de hombres que se hundían en la arenas mientras marchaban, y allí se
ahogaban o eran atravesados por las lanzas. Pero sus huestes eran incontables y
el resto de ellas avanzó. Pelusium fue sitiada, y durante un tiempo resistió al
gigante Nicostratos de Argos, un hombre tan fuerte como Hércules, quien, como
éste, se vestía con una piel de león y como arma llevaba un enorme palo. El
capitán griego, Kleinios de Cos, aquel que había estado presente en el festín
en el que yo fuera entregada a Tenes y a quien en mi visión durante ese festín
yo había visto muerto, yaciendo sobre una pila de hombres asesinados, atacó a
Nicostratos y después de una terrible batalla fue vencido; Kleinios y cinco mil
hombres que le seguían perdieron la vida. Así, mi visión se cumplió.
Entonces
su Demonio abandonó a Nectanebes llevándose con él su corazón, ya que de pronto
el Faraón dejó de ser un hombre, y convertido en un cobarde huyó regresando a
Menfís, abandonando a su suerte a su flota, sus ciudades y sus guarniciones.
Los
rumores corrieron velozmente; hablaban de la caída de una ciudad detrás de
otra, algunas asaltadas, otras sobornadas para que se rindiesen; decían que
Ochus había jurado incendiar Menfis y después Tebas; además, apresar a
Nectanebes y asarle vivo sobre el altar en el gran templo de Ptah, aquí en
Menfis, o si no, hacerle luchar con el toro Apis después de que la bestia
hubiese sido enfurecida por medio de ardientes dardos. Decían que los egipcios,
encolerizados porque el Faraón había desertado de sus ejércitos, lo capturarían
ellos mismos y lo entregarían a Ochus como ofrenda de paz. Las multitudes se
congregaban y se precipitaban a través de las calles de Menfis imprecando su
nombre, o se arracimaban como abejas alrededor de los altares de los dioses, suplicando
auxilio en su desesperación, sí, alrededor de los descuidados altares de los
dioses de Egipto.
Entonces,
de pronto llegó Amenartas, que huía al templo de Isis como lugar de refugio, ya
que se había difundido que Ochus había dicho que los santuarios de Isis serían
los únicos respetados, porque ella era la Madre de todas las cosas y su trono
estaba en la luna y su esposo era Osiris-Ra, quien era el Padre del fuego a
quien él adoraba; y también debido a que cierta sacerdotisa de la diosa le
había prestado grandes servicios en la guerra, palabras éstas que me
asombraron.
De
modo que llegó esta princesa real y vistió el velo de una novicia, para así
estar protegida en caso de que Ochus tomara la ciudad. Pero aunque el velo
modificó su rostro y su figura a los ojos de los hombres, su corazón no cambió.
Un
poco después vino Kalíkrates de la guerra en el Delta; supe que ahí había
llevado a cabo grandes acciones, luchando valerosamente. En realidad, fue él
mismo quien me dijo que había combatido contra el gigante Nicostratos en lucha
cuerpo a cuerpo, y que le había herido, aunque las cosas no llegaron hasta las
últimas consecuencias puesto que otros se habían precipitado a separarles. Dijo
que era un hombre terrible y que cuando ese enorme palo se había agitado sobre
él, por primera vez en su vida había sentido miedo. Sin embargo, se había
abalanzado pasando por debajo del palo y había apuñalado a Nicostratos en el
hombro.
Fue
así, que estando todo perdido en la guerra y habiendo llegado sus servicios en
ella a su fin, Kalíkrates el capitán una vez más se transformó
en Kalíkrates el sacerdote y nuevamente vistió las túnicas de Isis. Por tanto,
en ese templo, sirviendo juntos ante sus altares, estaban Amenartas, princesa
de Egipto, y Kalíkrates, sacerdote de Isis.
A
menudo yo, Ayesha, sentada en el asiento que correspondía a mi dignidad como
primera de esa sagrada compañía, con excepción solamente del anciano Noot, les
contemplaba por debajo de mi velo mientras ungían la estatua de la diosa o se
unían a los cánticos sagrados y a los himnos de plegaria. Mientras contemplaba
advertí esto: que siempre se aproximaban como si alguna fuera los obligara; que
siempre las miradas que se dirigían se encontraban, se separaban y volvían a
encontrarse; y que siempre, si la ocasión era propicia, la túnica de uno rozaba
la del otro, o la mano de uno tocaba la del otro. Estas cosas advertí en
silencio, preguntándome cuál sería el juicio que la diosa proferiría sobre esta
hermosa pareja que así se atrevía a violar su santuario con su pasión mundana.
¡Oh! mucho fue lo que me pregunté; aunque pocas fueron mis conjeturas acerca de
lo que sucedería sobre y cuál era la mano que estaba destinada a caer sobre
ellos.
Finalmente
llegó el mismo Nectanebes, sus grandes ojos llenos de terror y su enorme
complexión consumida por la aflicción y la falta de sueño. Pidió que le
concediera audiencia.
—Oh
profetisa —dijo— ¡todo está perdido! Ochus Artajerjes ha puesto su pie sobre mi
cuello. Huyo, buscando refugio bajo las alas de Isis, buscando refugio en ti,
oh Isis-en-la-tierra. Ayúdame, hija divina, ya que mi Demonio me ha abandonado,
o cuando viene sólo lo hace para mofarse.
—Extrañas
palabras las del Faraón —contesté con voz desdeñosa—, muy extrañas palabras las
del Faraón que entregó a esta misma profetisa para que fuese mujer de un vil
rey servidor de Baal; del Faraón que ha abandonado a su ejército, a su nación,
y a sus dioses, y que ahora sólo busca salvar su tesoro y su vida.
—No
me reproches —gimió—. El destino ha sido demasiado duro conmigo, como acaso un
día también será duro para contigo. Al principio todo fue bien. En años pasados
conquisté a los persas, construí templos a los dioses.
Luego,
de pronto, la Fortuna ocultó su rostro, y ahora... ¡ahora!
—Sí,
oh Faraón vencido —contesté— ¿y por qué escondió su rostro la Fortuna? Te lo
diré; a mí me ha sido revelado. Fue porque aunque construiste templos a los
dioses, fuiste desleal a los dioses. En secreto, siguiendo el consejo de ese
Demonio tuyo, llevaste a cabo sangrientos sacrificios a los diablos, a Baal, a
Astarté, y a Afrodita de los griegos. No, no empieces a negarlo porque lo sé
todo. Finalmente, para coronar tus crímenes, me entregaste, a mí, la suprema
sacerdotisa de Isis, al infame Tenes de rojas manos, aquel que ofreció a su
propio hijo a los ídolos. ¿Qué ha sucedido con Tenes, que me tomó? y di, ¿qué
ocurrirá con aquel que me vendió? Oh Nectanebes que has dejado de ser Faraón.
En
ese momento pensé que seguramente iba a matarme; pero no me preocupé. Puesto
que mi corazón estaba dolorido... ¡oh! a causa de muchas cosas mi corazón
estaba herido. Pero como un perro lastimado se encogió a mis pies, suplicándome
que le perdonara, suplicándome que cesara de herirle con mis palabras,
suplicándome que le aconsejara. Le escuché y la piedad se apoderó de mí, que
nunca había sido compasiva, aunque sí amante de la justicia y enemiga de los
traidores.
—Escucha
—dije nuevamente—, te enseñaré un camino por donde, aunque vencido y
deshonrado, todavía podrás encontrar una gloria de la que se hablará a través
de los tiempos. Convoca al pueblo mientras todavía hay tiempo. Ve al templo de
Amón, rey de los dioses de Egipto. Delante del santuario de Amón haz confesión
de tus pecados ante los oídos de todos. Entonces, ahí, a la vista de todos,
mátate, implorando a Amón y a todos los dioses que acepten tu vida como ofrenda
y así se salven Egipto y su pueblo, sobre cuyas cabezas, tú, el odiado por los
dioses, has arrojado todas estas aflicciones. De este modo podrás hacer que los
persas y el mundo se maravillen y digan que, aunque maldito, pudiste ser
grande, y así acaso puedas desviar la cólera del cielo de este Egipto apóstata.
Un
destello de orgullo brilló en sus ojos, que habían estado apagados y llenos de
lágrimas. Alzó su cabeza con dificultad, como si ésta todavía sintiera el peso
de los grandes pendientes de su rango, del sagrado símbolo dorado y de la doble
corona. Por un momento pareció aquel que había sido en Sais, pasando revista a
su ejército triunfal después de su primera victoria ante los persas, bebiendo
del incienso de sus aclamaciones; así, tuvo el aspecto que en su día debieron
de haber tenido el gran Totmes y el orgulloso Ramses; el de un Faraón, el rey
de todo el mundo conocido.
—Estaría
bien morir así —murmuró—, estaría muy bien, y entonces, tal vez, los dioses a
los que he traicionado me perdonarían; los antiguos dioses ante quienes treinta
dinastías de reyes oficiales han inclinado su rodilla, y los de aquellos que
durante innúmeras generaciones existieron antes. Sí, entonces acaso ese
magnífico grupo de faraones no me vuelvan las espaldas, o me escupan, cuando me
una a ellos a la mesa de Osiris. Pero, Profetisa —ahora su rostro volvió a caer
y sus ojos de cangrejo sobresalieron y se agitaron, mientras su voz se hundía
en un susurro—, Profetisa, no me atrevo.
—¿Por
qué, Nectanebes?
—Porque...
¡oh! porque años atrás hice un pacto con cierto Poder del mundo subterráneo, un
demonio si quieres, en cualquier caso algún espíritu del mal que no sé de dónde
viene y habita un lugar que desconozco, que se manifestó ante mí. Me prometió
gloria y triunfos si sacrificaba a él... no, no diré lo que sacrifiqué; pero
una vez tuve un hijo, sí, como Tenes yo tuve un hijo...
En
ese momento, yo, Ayesha, me estremecí, y luego le indiqué que continuara
hablando.
—Este
fue el trato: que aunque para conformar al pueblo yo debía construir templos a
los dioses, a través de ciertos medios yo debía deshonrar sus altares. Sí, y
los deshonré; y cuando el sacerdote me vistió, a mí, el Faraón, con las galas
de esos dioses, de acuerdo con la tradición, por medio del pensamiento, la
palabra y el acto blasfemé contra ellos. No obstante, una divinidad quedó fuera
de este pacto porque mi Demonio me advirtió que ella era demasiado poderosa
para él y no debía ser ofendida —se hizo una pausa.
—¿Era
Isis su nombre, tal vez?
—Sí,
Profetisa, su nombre era Isis y por tanto nunca corrompí su santuario, y sólo a
ella ofrecí plegarias desde lo profundo de mi alma. De modo que todo fue bien;
reuní grandes ejércitos y enormes riquezas, contraté a miles de griegos para
que combatieran en mi nombre, llevé a cabo alianzas con muchos reyes y estuve
seguro de volver a vencer a los persas y ser el amo del mundo. Luego llegó el
malhadado momento de ese maldito festín donde tú, la Boca de Isis, fuiste
conminada a profetizar, e impulsada por alguna locura, desvelaste tu belleza
ante Tenes, y yo, olvidando de quien eras ministra, te entregué a Tenes,
enfureciendo de ese modo a Isis en tu persona.
—¿No
te advertí, Nectanebes, y no te advirtió el santo Noot?
—Sí,
me advertisteis, pero a causa de mi necesidad corrí el riesgo, u olvidé. A
partir de ese momento todo fue infortunio, y la ruina, como un gigante a quien
nadie puede hacer frente, me ha perseguido noche y día.
—Sí,
Nectanebes, e Isis es el nombre de ese gigante.
—Cometí
error tras error —continuó—•. Confié en Tenes y Tenes me traicionó. Mi Demonio
me aconsejó no hacer caso a los generales griegos y tomar el mando de los
ejércitos y al principio hubo victoria; luego llegó la derrota. Pudimos
habernos recuperado, pero de pronto me faltó el coraje. Todo se desplomó como
un templo cuyos cimientos han sido barridos por ocultas aguas. Todo se hizo
añicos; en un instante los orgullosos pilones, las altas columnas, las macizas,
honorables paredes engalanadas con los historiales de gloriosas acciones, se
desmoronaron en una informe masa oculta por el polvo de la vergüenza. Estoy
perdido. Soy lo que ves, un asqueroso gusano, un gusano herido serpenteando en
el negro lodo de la desesperación, yo, que fui Faraón.
Nuevamente
me conmovió la piedad, y yo, Ayesha, respondí:
—Todavía
queda el camino que te he señalado. Mientras vivimos, no importa lo oscuro que
sea nuestro pasado, el arrepentimiento es siempre posible, ya que de otra forma
no habría esperanza para el pecador que es el hombre. Además, el
arrepentimiento, si es cierto, trae consigo la rectificación, y esta pareja,
nacida de Dios, afanándose cuesta arriba, mano con mano, sobre crueles
peñascos, a través de pantanos y ríos, a través de helechos y espinos, cegada
por las lágrimas y la enorme oscuridad de la desesperanza, al final llega a ver
la dulce forma del Perdón brillando ante ellos como un alba tan sacrosanta como
la que jamás haya resplandecido sobre este mundo. Escucha, por tanto, a alguien
que no habla con su propia voz, o que se expresa a través de la necedad de la
debilidad de su propia carne, sino como aquella que cumple órdenes de un
espíritu que hay dentro de sí. Ve al templo de Amón, y allí, en presencia del
pueblo haz confesión de tus pecados y cae, en sacrificio, sobre tu espada. El
suicidio es pecado, pero hay ocasiones en que vivir en él es un pecado aún
mayor, puesto que es mejor morir por otros que ser portador de
un aliento que los envenena.
—¡Morir!
Ahora lo has dicho, Profetisa. Digo nuevamente que no me atrevo a morir. Cuando
muera me dirigiré hacia el Demonio. Ese fue el pacto: que por mi vida él me
daría gloria y triunfos, y que a cambio, después de muerto, yo le entregaría mi
alma.
—¿Es
cierto? —contesté—. Bien; el pacto es antiguo, tan viejo como el mundo, pienso;
es también algo a lo que todo ser humano pone su firma, o rechaza hacerlo, en
alguna u otra forma. De todas maneras mantengo mi consejo. Este Demonio tuyo ha
roto su juramento, ya que ¿dónde están la gloria y los triunfos, Nectanebes?
Por tanto, él no puede exigir que cumplas con el tuyo.
—No,
Profetisa —contestó con un gemido—, él no lo ha roto. Desde un
principio me dijo que no debía causar daño alguno a Isis, la Madre, ya que la
Reina del Cielo era más poderosa que todos los habitantes del infierno, y que
de ser pronunciada una vez, su Palabra de Poder le atravesaría y le marchitaría
como una espada al rojo vivo y cortando su red de conjuros reduciría sus
juramentos a la nada, y a mí junto con ellos. Y ahora la red ha sido cortada, y
yo, dolorida insecto que en ella había sido atrapado, caigo desde ahí hacia la
guarida donde se aposenta la araña nacida del infierno. Profetisa, le he visto
con estos ojos, he visto sus órbitas de fuego, he visto su hocico y sus
colmillos como los de un cocodrilo, he visto sus enormes brazos peludos y sus perspicaces
garras se han extendido para aterrarme, y te digo que no me atrevo a morir para
ser arrojado dentro de las fauces del Devorador y arder eternamente en su
vientre de llamas. Dime cómo hacer para salvar mi vida, de modo que puede
continuar contemplando el sol. ¡Oh! porque eres una mujer tierna y caritativa,
aunque haya pecado contra ti, ¡dime cómo puedo salvar mi vida!
Entonces,
al escuchar a esta criatura que así me imploraba, esta cobarde que en su final
no se atrevía a enfrentar a los indignados dioses como un hombre, diciendo, tal
como debería haber hecho un alma grande: «Profundo ha sido mi error, oh Dioses;
me arrepiento, que vuestra nobleza me perdone, o dad muerte a mi alma y
terminad conmigo», la piedad me abandonó, y su lugar fue ocupado por el
desprecio y el aborrecimiento.
—Aquellos
que deseen vivir, cuando los perros persas se encuentran pisándoles los
talones, deberán huir velozmente, y lejos, Nectanebes; deben huir como el
ciervo del desierto sobre el que se ciernen los cazadores. El camino del Nilo
ha quedado vacío, Nectanebes, ya que los persas todavía no han llegado. Como no
deseas morir, cógelo, y vive.
—Sí
—dijo, al tiempo que se daba cabal cuenta de la idea—, ¿por qué no? Todavía
poseo una vasta fortuna; durante años he atesorado para cuando llegaran tiempos
de infortunio, ya que ¿cómo iba a depositar toda mi confianza en un Demonio?
Con ella puedo comprar amigos en el sur; con ella puedo fundar otro imperio
entre los etíopes, o entre aquellos que habitan Punt. ¿Por qué no habría de
huir, Profetisa?
—No
lo sé —contesté—; excepto que la Muerte siempre es veloz e incansable, y
termina por agotar al más rápido corredor.
Esto
dije, en forma oscura, ya que en ese momento mi mente tuvo presente una visión
en una oportunidad en la que yo había contemplado a cierto servil esclavo
otrora Faraón; el mismo esclavo regio que se arrastraba ante mí; sí, una visión
de él estrangulado con una soga mientras hombres negros se burlaban. No
obstante, nada dije acerca de eso; sólo agregué:
—Si
fuese tu deseo ir hacia el sur, Nectanebes, ¿también lo sería el llevar contigo
a esa regia y hermosa dama, tu hija Amenartas, en el pasado Princesa de Egipto?
—No
—contestó bruscamente—, ya que hora tras hora me azota con su lengua porque he
caído. Deja que habite aquí bajo el velo de Isis; aunque, ¿por qué preguntas
eso, Profetisa?
—A
causa de Isis. Porque, según creo, esta dama de sangre real se burla de cierto
sacerdote juramentado a Isis, y a la diosa no le agrada que sus servidores
jurados la abandonen por una mujer mortal.
—¿Qué
sacerdote? —preguntó lúgubremente.
—Un
griego llamado Kalíkrates.
—Le
conozco, Profetisa. Un hombre muy hermoso, como el Apolo de su raza; también un
valiente que prestó buen servicio allá en las ciénagas, luchando contra el
general gigante, al que hirió. También recuerdo que en el pasado fue capitán de
mi guardia antes de que se convirtiera en sacerdote y que hubo problemas que
tuvieron que ver con él, aunque he olvidado de qué se trataban, salvo que
Amenartas intercedió en su favor. Bueno, si te ha ofendido, todavía cuento con
aquellos que obedecerán mi voluntad. Manda a buscarle, y si es tu deseo, se le
dará muerte. Te entrego su vida. Sí, su sangre manará a tus pies. En realidad,
daré la orden inmediatamente, ya que me dices que ha humillado a la diosa, o te
ha enfadado a ti, su sacerdotisa —y abrió sus manos para dar con ellas una
palmada y llamar así a los mensajeros de la muerte.
Cuando
vi esto arrojé mi brazo entre ellas para que no golpearan la una sobre la otra
sino sobre mi tersa carne, sin producir sonido alguno.
—No
—dije—, este sacerdote guerrero es un buen servidor de la Reina Isis; alguien,
además, que combatió por mí, su profetisa, en los mares. No debe morir por algo
tan poco importante. No obstante te ruego, Nectanebes, que lleves contigo a la
princesa real Amenartas cuando escapes al sur con tu tesoro.
—Sí
—contestó con gesto fatigado—, cumpliendo con tu deseo la llevaré, si desea
venir, aunque en este caso poco será el descanso que obtendré.
Entonces
se marchó, inclinándose humildemente ante mí, y este fue mi adiós a Nectanebes,
el último Faraón de Egipto. Le vi irse y me pregunté si había hecho bien en
prohibirle que matara a Kalíkrates. En ese momento pensé que la muerte de éste
me ahorraría muchos problemas. ¿Por qué no habría él de morir, tal como lo
hicieron otros que habían pecado contra la diosa? Una respuesta surgió dentro
de mí; él no sólo había pecado contra la diosa sino también contra mí... Y esto
lo había hecho al preferir a otra mujer antes que a mí.
¿Era
yo tan débil que no podía enfrentarme a otra mujer en caso de así decirlo? No.
No obstante, mi problema consistía en que yo no decidía.
Ahora
vi la verdad. Mi rebelde carne deseaba aquello que mi espíritu rechazaba. Mi
espíritu estaba lejos de este hombre, aunque mi carne le deseaba cerca. Sí, mi
carne decía: «Deja que le maten antes de que otra se lo lleve», mientras mi
espíritu respondía: «¿Qué tiene él que hacer con alguien cuya alma está
dedicada a las cosas elevadas? Deja que siga su camino y ve tú por el tuyo. Por
sobre todo, no te manches con su sangre.»
De
modo que le dejé ir, sin saber que estaba escrito en los libros del Destino que
yo debía ser manchada con su sangre, empaparme en ella hasta
los ojos. Sí, le salvé de la espada de Nectanebes y le dejé marchar,
determinada a no pensar más en él.
Empero,
sucedió que el Destino me jugó una mala pasada en lo que esto respecta. Al día
siguiente, o al otro, me encontraba yo sentada en la penumbra del santuario
exterior implorando a la diosa que aliviara mi dolorido corazón, porque ¡ay de
mí! a pesar de que me afanara en ocultarlo, mi corazón estaba dolorido.
Apareció un sacerdote vestido con blanca túnica, Kalíkrates en persona, aunque
muy diferente a aquel guerrero que había derrotado a los abordadores del Hapi, o
que había luchado en combate mano a mano con el gigante Nicostratos. Porque
ahora los pequeños rizos dorados habían sido cortados y estaba pálido a causa
de la magra dieta de frutos de la tierra y agua pura, lo único que podía pasar
por los labios de quienes estaban juramentados a Isis, suficiente, por cierto,
para mí, que no tocaba otro alimento, o para alguien como el anciano Noot, pero
no para un hombre de vasta complexión, criado para la profesión de las armas.
Además, su rostro se veía afligido, como si en su alma tuviera lugar alguna lucha.
Pasó
delante de mí sin verme y, dirigiéndome a la estatua de la diosa, se arrodilló
ante ella y rezó fervorosamente, tal vez en busca de auxilio y bendición.
Alzóse finalmente y otra vez pasó sin verme; yo vi que sus ojos grises estaban
llenos de lágrimas y fue mi deseo poder consolarle. También vi que todavía
llevaba en su mano ese anillo talismán que yo le había colocado a bordo
del Hapi, que acaso le defenderían de las malignas influencias
que desean y traman la muerte de los hombres.
Se
dirigió a través del encolumnado patio hacia el claustro que se hallaba al
final. De este claustro salió una mujer, la morena y hermosa
Amenartas en persona. Esto fue fácil de advertir ya que, no sé el por qué, ella
se había quitado el velo de Isis y estaba esplendorosamente ataviada con las
vestimentas de una princesa —bastante escasas, pensé, ya que dejaban al desnudo
mucho de su belleza —al tiempo que en su oscuro y abundante cabello brillaba un
dorado círculo del que surgía el real símbolo sagrado egipcio, y en sus brazos
y pecho resplandecían joyas y collares.
Habían
concertado el encuentro de antemano, pensé. Pero no era así, ya que al verla,
Kalíkrates se sobresaltó y dio la vuelta para alejarse; además, cubrió sus ojos
con la mano como para evitar la visión de su belleza. Ella alzó su rostro como
alguien que implora, sí, y como él no escuchaba le cogió por la mano y lo
arrastró dentro de las sombras del claustro.
Ahí
permanecieron largo rato, ya que a esta hora no había nadie en el sitio. Por
fin volvieron a aparecer al borde de la sombra y vi que los brazos de ella
rodeaban a Kalíkrates, y que su cabeza descansaba sobre el pecho del hombre. Se
separaron. Ella desapareció en las sombras y se fue por su lado, mientras él
caminaba incesantemente por el patio, hablando en voz baja consigo mismo como
un hombre que no sabe lo que hace.
Salí
de mi lugar y fui a su encuentro, diciendo:
—Estás
sin duda afligido, Sacerdote. ¿Puede ser que la diosa rechace tus plegarias? ¿O
es que acaso estás cansado de ellas y todavía deseas desempeñar el papel de
guerrero entre los guerreros, como lo hiciste en la galera Hapi, o
hace apenas pocos días en las ciénagas del norte? En este caso es demasiado
tarde, Sacerdote, puesto que Egipto ha caído y todo está perdido. Esto es, a
menos que, como Mentor y muchos de los de tu raza desees vender tu espada a
Ochus Artajertes.
—Sí,
Profetisa, respondió—. Egipto está perdido, lo cual, siendo griego, no debería
preocuparme demasiado; y yo también estoy perdido, yo, que he sido batido por
el aciago destino.
—Habla,
si te complace. O calla, si así lo deseas, oh Sacerdote. Lo qué la profetisa
escucha sólo lo dice a la Madre.
Entonces
me volví y nuevamente me dirigí hacia las sombras del santuario, donde me
recliné contra una columna... recuerdo que en ella estaba esculpida la escena
en que Thoth pesa corazones ante Osiris. Aquí esperé, preguntándome si él
vendría detrás mío o se iría por su lado.
Por
un tiempo se mantuvo titubeante, pero por fin me siguió.
—Profetisa
—dijo con voz ronca—, hablo protegido por el velo de Isis, sabiendo que tales
confesiones no pueden ser reveladas. No obstante es difícil hablar, ya que el
tema tiene que ver con la mujer, sí, y contigo, sagrada Profetisa.
—En
Isis soy incorpórea —contesté.
—Profetisa,
en años pasados, tal como creo que estás al tanto, supe amar a una doncella
real, alguien que estaba muy por encima de mi condición, y parece que también
ella me amaba. Esa pasión trajo a mis manos la sangre de un hermano, como
también sabes. Huí hacia la diosa, en busca de paz y perdón. Puesto que pienso
que en mí hay dos identidades, la de mi cuerpo y la de mi alma.
—Como
en la mayoría de los que respiran bajo el sol —contesté suspirando.
—Fui
criado como soldado, como alguien que proviene de una raza de guerreros,
hombres de sangre noble y de atractivo aspecto, como alguna vez lo fuera el
mío, aunque pocos lo supondrían al verme con estas vestimentas.
—Te
he visto vistiendo arneses de guerra, y puedo suponerlo —contesté, sonriendo un
poco.
—La
identidad del soldado, Profetisa, era como la de los otros de su raza. Bebí y
me deleité, me hinqué ante Afrodita, amando a mujeres, y recibiendo amor
durante una hora. Combatí con no poco honor. Luego, en busca de progreso, junto
con mi hermano entré al servicio del Faraón, y de esa historia sin duda conoces
el resto.
Incliné
mi cabeza, y él continuó.
—Llegué
a Filos, me confesé, tomé los primeros votos. Por la noche fui conducido al
santuario y ahí quedé a solas, a fin de contemplar la visión de la diosa. Vi
dicha visión brillando en la oscuridad del santuario y ¡oh! ¡qué magnífico fue!
En
ese momento me sobresalté y le observé cuidadosamente, preguntándome cuánto era
lo que sabía o intuía.
—Algo
se apoderó de mí, Profetisa, puesto que ahora me sentí obligado hacia aquella a
quien mi alma adoraba, aquella con quien mi alma se uniría. Fue como si de muy
lejos me llegase un recuerdo. Un recuerdo y una promesa. Ese Poder que de mí se
apoderara hizo que inclinase mi cabeza como para besar a la visión y de ese
modo prometer mi alma a lo divino. También la visión inclinó su cabeza y
nuestros labios se encontraron y ¡he aquí! sus labios eran como aquellos de una
mujer mortal, aunque mucho más dulces.
—La
Madre es dueña de todas las formas, Sacerdote. No obstante, no pienses que ella
olvida la promesa que de esa forma le complació aceptar. Desde ese momento
estuviste juramentado a ella, y sin duda, en un día venidero, en una u otra
forma ella te reclamará... si es que permaneces fiel a ella, oh Sacerdote.
—'Pasaron
los años —continuó—, y permanecí fiel. El Destino me trajo a Menfis y en este
templo te vi, sagrada Profetisa, y aprendí a venerarte desde lejos, no con el
cuerpo sino con el espíritu; ya que para mí tú fuiste y eres aquello con lo que
el vulgo te denomina: Isis-en-la-Tierra, y tu contemplación
siempre trae a mi mente, tal como hoy lo hace, esa visión divina cuyos labios
encontraron a los míos en el santuario de Filos. Acaso tú nunca lo supiste,
pero así, con mi espíritu, te veneré.
Ahora
yo, Ayesha, permanecí en silencio, reclinada contra el pilar, ya que me invadió
la debilidad y sentí que estaba a punto de caer. Empero —y que los vengativos
dioses permitan que escriba esto en mi honor— no le dejé ver en modo alguno que
yo había sido quien había representado el papel de Isis en el santuario.
—Está
bien —dije al cabo de un rato—, y sin duda cuando llegue la hora la diosa te
agradecerá. ¿Pero cuál es entonces tu aflicción, Sacerdote? Amar a una diosa
con el espíritu no es ningún crimen.
—Sí,
Profetisa. ¿Pero qué hay de aquel que ama a la diosa con el espíritu y está
juramentado solamente a ella por un voto de castidad perpetua, cuando ama a una
mujer con la carne y de este modo traiciona tanto al cielo como a su propia
alma?
—Entonces,
Sacerdote —contesté hablando en voz muy baja—, me temo que él sea alguien cuya
esperanza de perdón sea muy escasa. Aunque para aquellos que se arrepienten y
reniegan existe el perdón. Sólo deben hacer acto de privación, deben privarse
mientras todavía hay tiempo.
—Fácil
de decir, y difícil de hacer —contestó—, al menos para aquel que tiene que
vérselas con alguien que no aceptará ser rechazada; alguien que lleva el
corazón de él en la palma de la mano y lo estruja; alguien cuyos ojos son
estrellas guías hacia las que el peregrino se precipita; alguien cuyo aliento
es el de las rosas y sus labios saben a miel; alguien que puede dirigir los
deseos de un hombre como una auriga conduce su carro; alguien a quien también
se han hecho votos, votos tales como los que el joven jura a la doncella en la
primer locura de la carne, decretados por aquellos que la han provocado. Las
diosas son muy lejanas, pero la mujer se encuentra cerca; además, entre los
hombres existe una ley que incluso una profetisa puede comprender, que dice que
los votos jurados con los labios no pueden romperse para beneficio del alma de
quien jura.
—Son
esos argumentos antiguos —contesté—; de época en época resuenan desde los
techos de los templos de Afrodita y Astarté, pero Isis los desconoce. La carne
es dada a la humanidad para que quienes hacen uso de ella puedan aprender a
desdeñarla y pisotearla; el espíritu es dado a la humanidad para que sus
portadores puedan aprender a elevarse con sus alas. Aflicción a aquellos que
eligen la carne y rechazan el espíritu. El arrepentimiento es todavía posible,
y después de éste viene la enmienda, y después de la enmienda el perdón.
Él
caviló un rato, y luego dijo:
—Profetisa,
me arrepiento; yo, que por sobre todas las cosas deseo el final —ese final que
una y otra vez busqué en batalla, donde fuera que haya tenido lugar— unirme con
la diosa cuya forma es aquella divina que contemplé en el santuario en Filos.
Sí, con ella y con nadie más. ¿Pero cómo puedo enmendarme, yo, que soy un león
cogido por una red, una red tejida con los cabellos de una mujer?
Entonces
le escudriñé con mis ojos y supe que, aunque erizado por el dolor, este hombre
no decía más que la verdad. Y contesté:
—El
ave sagaz escapa de la trampa que se extiende ante su vista. Mañana al alba
Noot el Santo zarpa hacia el norte para reunirse con ciertos embajadores de los
persas, y, si llega a un acuerdo con ellos, rescatar a los templos de Isis de
la cólera de Ochus. ¿Irías con él, sin dejar escapar palabra alguna acerca de
su propósito o del tuyo? En este caso, tal vez finalmente encuentres a esa
diosa cuyos labios se encontraron con los tuyos en Filos, aquí... o en otro
sitio.
Pensó
durante un rato, y luego dijo en voz muy baja: —Es duro, muy duro; no obstante
iré; yo, que deseo satisfacer mi alma y no mi carne.
Mientras
él hablaba, una alta sacerdotisa pasó velozmente ante nosotros, desplazándose
de una sombra a otra; pero pensando que era alguien cuyo deber era vigilar el
santuario íntimo a esta hora, no reparé en ella. Kalíkrates, perdido en sus
propios pensamientos, tampoco la vio.
Capítulo
XIV
Persuasión de Bagoas
Esa
noche, Noot, mi maestro, vino a despedirse de mí.
—Voy
hacia el norte, tal como se me ha ordenado —aunque no me preguntes cómo llegó
la orden— con la esperanza de proteger a los templos de tu culto y a aquellos
que ahí prestan servicios. No sé si regresaré, o cuándo lo haré, y por tanto,
Hija de mi espíritu, me apena separarme de ti en estos turbulentos tiempos. Sin
embargo, la orden dijo que no debías acompañarme, sino morar aquí. Para tu
consuelo, sabe dos cosas: primero, que no sufrirás daño alguno, tal como te he
dicho antes; y en segundo lugar, que aunque esa hora esté lejos, será en este
mundo donde nos encontraremos. Espera, pues, a que mi palabra llegue a ti.
Incliné
mi cabeza en señal de obediencia y le pregunté si marchaba sin compañía.
—No,
Hija —contestó—. Llevo conmigo a algunos de nuestra hermandad, y entre ellos al
griego Kalíkrates, quien ha pedido permiso para acompañarme. Al ser un hombre
de guerra, tal como has visto, acaso resulte útil en una misión como esta. Cómo
supo de mi partida, es algo que no sé —agregó, mirándome con curiosidad.
—Yo
se lo dije. No preguntes más, Maestro.
—No
es muy necesario, creo —contestó sonriendo—. Puede que te interese saber
—agregó amargamente— que el traidor que fuera Faraón escapa hacia el Nilo
mañana antes del alba. Ya ha cargado su navío con las arcas del tesoro de
Egipto, muchas de las cuales debieron haber sido destinadas a pagar a sus
soldados y a fortalecer a sus aliados.
—¡Que
sea su consuelo el contarlas durante su honorable exilio entre los etíopes!
Empero, Maestro mío, creo que tendrá que contar rápidamente, a menos que haya
complacido a los dioses enviarme una visión falsa cuando profeticé en aquel
palacio antes de que este desvergonzado Nectanebes entregara a la Hija de Isis
a Tenes el sidonio.
—En
ese caso, Ayesha, también a mí enviaron los dioses una visión falsa. ¿Cómo les
hará frente, me pregunto, con la sangre de Egipto en sus manos, y con qué voz
les hablará de los profanados templos?
—No
lo sé. Maestro; no obstante, estaba escrito que Egipto, a causa de sus
apostasías y pecados, debía caer. ¿Pueden los dioses, pues, encolerizarse con
su propio instrumento?
Noot
meditó durante un rato, sacudiendo la cabeza, y luego contestó:
—Haz
esta pregunta a la Esfinge que, sentada allí en las arenas, junto a las
pirámides de los antiguos reyes, cavila, según dice la leyenda, acerca de los
secretos de la tierra y del cielo. O —agregó lentamente—, cuando tus propios
días hayan llegado a término, Ayesha, consúltalo con tu alma. Acaso entonces
algún dios aclarará el enigma del mundo de aquí debajo; pero aquí en la tierra
eso no puede ser contestado, ya que aquel que pudiera decirlo poseería el
conocimiento de todas las cosas y él mismo será un dios. El pecado debe
existir, y para que haya pecado son necesarios los pecadores. Pero para qué es
necesario el pecado, es algo que no sé, a menos que para que de él finalmente
nazca el bien. En cualquier caso el pecador puede alegar que él no es sino una
flecha en el arco del Destino y que la flecha debe volar hacia donde apunta el
que dispara, aunque ésta beba sangre inocente, enviude mujeres y haga huérfanos
a los niños.
—Tal
vez, Maestro, se le conteste a esa fecha que ella se ha forjado a sí misma para
administrar muerte; que cultivó la madera, fundió la punta y ató sobre su astil
las plumas del deseo; dicha madera, de habérsele dado otro destino, aquí o en
otro sitio podía haber florecido —un árbol que diese frutos— o, curada, haber
adoptado la forma de un objeto sobre el que descansar, o de una vara de
justicia en manos de reyes.
—Eres
sabia, Ayesha, no te he instruido en vano —replicó con una gentil sonrisa—.
Empero, repito, cuando por última vez contemples la caída del sol y tu alma se
disponga a seguirle hacia el extremo del mundo, vuelve a proponer este enigma y
escucha la respuesta de esa Esfinge invisible que medita en los cielos, en la
tierra, y en el corazón de cada niño que nace.
Así
habló, e hizo una señal con la mano, poniendo fin a esa discusión. Jamás la he
olvidado, ni tampoco sus palabras; y ahora, cuando a veces siento, o espero,
sí, incluso yo, la semi inmortal, poder ver hundirse el sol por última vez, una
vez más, tal como Noot lo ordenara, pregunto acerca de este enigma a la Esfinge
que tristemente medita dentro de mi espíritu, y espero su respuesta. Porque ¡ay
de mí!, ¡ay de mí!, ¿en qué soy yo superior a Nectanebes? Él traicionó a los
dioses. ¿No he traicionado yo a los dioses que estaban más cerca de mí que lo
que jamás lo hayan estado de su alma grosera y golosa? Él derramó sangre para
satisfacer su furia y su codicia. ¿No he derramado yo sangre, y acaso no
derramaré más antes de que todo termine, cuando mis invencibles apetitos me
dominen y haya un preciado trofeo que deba obtener? Él huyó con los tesoros de
Egipto para desperdiciarlos en las arenas del desierto. ¿No he huido yo con los
tesoros que me fueron otorgados... con las enjoyadas coronas de mi sabiduría, con
los dorados talentos de mis grandes conocimientos, con la vasija de alabastro
de mi belleza, con los perfumes de mi poder y elocuencia... que, pulidos,
puestos en orden y reunidos, y, sumados al mayor de mis dones, la duración de
mis imperecederos días, podían haber reformado al mundo y conducirlo a la paz?
Yo,
Ayesha, ¿no he huido con todas estas innumerables glorias estrechadas contra mi
pecho y las he sepultado en el desierto, tal como hizo Nectanebes con las
riquezas de Egipto antes de que los bárbaros le diesen muerte? ¿No he hecho yo
estas cosas a causa de un poderoso deseo y a causa de que, despojada de ese
deseo, el mundo al que yo debí haber guiado fue hiel para mi lengua y grava
para mis dientes? ¿Pero fue mi culpa? ¿No fue la de ese hombre ciego al que
amé, que no pudo ver con sus ojos oscurecidos y mundanos la gloria que tenía al
alcance de su mano, y de esa forma fomentó la locura en mi alma? ¿No fue
también la culpa de esa mujer que oscureció esos ojos por medio de las
perversas artes que los dioses le habían conferido?
¡Oh!
No lo sé. Acaso también ellos puedan presentar argumentos ante el Sitial del
Juicio, a los que me será difícil responder, puesto que también ellos son como
fueros hechos, o como se hicieron a sí mismos, dando forma a sus propias
flechas con la madera de las circunstancias que creciera en un sitio para mí
desconocido. Y ahora mi deseo ha venido hacia mí otra vez; brilla, con luz
trémula, un fruto en el Árbol de la Vida; y extiendo mi mano para arrancarlo.
Sí, me pongo de puntillas y a punto estoy de tocarlo con los extremos de mis
dedos. ¿Pero y qué si esto fuese una corrupción, si se deshiciera en polvo,
podrido por el poderoso sol de mi espíritu, marchito ante el toque de mi mano
imperecedera?
¡Oh!
mi señor caza en la montaña, a la manera de los hombres, y Atenea, otrora
llamada Amenartas, descansa su tenebrosa belleza en la Ciudad de las Planicies
y, como antaño, trama mi ruina y su hurto mundanal. ¿Quién conoce el final?
Pero dentro de mi alma cavila la Esfinge esbozando su inmortal sonrisa y a
ella, tarde o temprano, formularé la pregunta que Noot, el sagrado y semi
divino no pudo contestar... o si pudo, no quiso hacerlo.
—¿Y
qué con respecto a Amenartas, la princesa real? —pregunté—. Sabe Maestro, que
empiezo a cansarme de esta mujer.
—Sí,
Hija, los patios de este templo son amplios, pero no lo suficiente para
vosotras dos. Consuélate, ella zarpa mañana.
—¿Hacia
el norte? —pregunté.
—No,
hacia el sur, con Nectanebes, su padre. O al menos eso es lo que ella dice,
manifestando que la suerte de su padre será la de ella, y que juntos reinarán o
caerán.
—Está
bien —respondí.
Luego
hablamos de humildes asuntos que tenían que ver con el santuario de la diosa y
el ocultamiento de sus tesoros en caso de que los persas decidieran apoderarse
de ellos. Cuando hubimos terminado Noot se levantó, me bendijo, pidiendo a los
Poderes de las alturas que me protegieran y se fue por su lado a bordo de la
nave Hapi, a la que había adquirido para socorrerme en
Sidonia; no supuse que durante años no volvería a verle. Sin embargo, pienso
que él lo sabía muy bien.
Como
un poderoso río que se desborda las huestes persas se echaron sobre Menfis. Tal
como la del torrente que arrasa al villorio y a los humildes caseríos, ahoga al
ganado, arranca de cuajo a las palmeras, cubre con lodo al trigo, inunda las
ciudades, palacios y templos, deja sin aliento a sus habitantes y cubre la
bondadosa tierra con los cadáveres de aquellos a los que ha quitado la vida,
así fue la acción de Ochus y sus bárbaros sobre Egipto. Rapiña y masacre,
llamas de fuego y miseria marcaron su camino. Los hombres eran masacrados por
miles, los ancianos y mujeres que habían dejado de ser bellos eran conducidos
al desierto para que murieran de hambre. Sí, era el deporte de estos persas
llevarlos a donde no había agua y ahí verles morir de sed bajo el ardiente sol.
Sólo eran perdonadas las mujeres jóvenes, para que fueran concubinas o
esclavas, y la flor de la niñez, a la que destinaban a viles propósitos. Las
ciudades y los templos eran saqueados, sus ciudadanos torturados para extraer
de ellos el secreto de los escondites del tesoro, los sacerdotes eran forzados
a hacer sacrificio al dios del fuego y a escupir sobre los suyos o morir, las
sacerdotisas eran quemadas o deshonradas, o ambas cosas.
Tan
lamentable era la situación de Egipto que, aunque sabía a causa de sus pecados
y su perfidia esta nación había provocado sus propios infortunios —yo, que a
través de mi acción en Sidonia me había convertido en uno de los ministros
ejecutores de su destrucción— mi corazón lloró por esa tierra e imploré a los
dioses vengadores que contuviera su ira. También les supliqué que dieran a
Ochus a beber de su propia copa y que hicieran de mí el mayordomo que preparara
su vino. Mis súplicas no fueron en vano.
Así,
por fin el sangriento Ochus llegó a Menfis, la ciudad de las blancas murallas,
la antigua, la sagrada, y llenó sus calles de horror, hasta que éstas
estuvieron cubiertas de muertos, y un gemido de dolor subió al cielo. Sin
embargo no la incendió, tal vez a causa de que nuestras plegarias fueron útiles
y los dioses se apiadaron; tal vez, porque deseó mantenerla para que fuese sede
de su reinado. Aunque aquí, como en los demás sitios, saqueó los templos y
perpetró sacrilegios.
Desde
la cima del pilón del templo de Isis que daba a los patios del de Ptah y al
engalanado establo del toro Apis, vi con mis propios ojos como los persas —ya
que en este asunto los griegos no quisieron participar— arrastraban a la
sagrada bestia, a la cual tenían por un dios de los egipcios, cuando en verdad
no era sino el emblema del dios, y le daban muerte entre abucheos y burlas. Más
aún, llegaron cocineros que guisaron la sagrada carne, después de lo cual, en
mesas dispuestas en el patio interior, Ochus y sus capitanes comieron de ella,
obligando a los sacerdotes de Ptah a «saborear a su propio dios», y a beber del
licor en el que había sido hervido. Eran cobardes, estos sacerdotes, ya que de
otra forma hubiesen encontrado la forma de mezclar el caldo con veneno.
Después
del festín, cuando todos estaban borrachos por el vino, un enorme burro fue
traído y, habiendo la estatua del dios sido arrojada fuera, fue encerrado en el
santuario por establo.
Tales
fueron algunas de las cosas que se hicieron en Menfis, y a través de todo
Egipto y así como Apis fue servido a la mesa, también lo fue Mendes, el carnero
sagrado. Además de otras cosas demasiado vergonzosas como para ser registradas.
Ahora
bien, durante todo este tiempo permanecí en el templo a la espera de lo que
pudiese acontecer. No diré que no tuve miedo; estaba asustada. Empero, dentro
de mí habitaba aquel orgulloso espíritu que me prohibía manifestar mi temor.
Además en mí también ardía un cierto fuego de fe cuya luz era mi guía en las
tinieblas de la desesperación. El santo Noot, mi Maestro, me había dicho que ni
yo ni aquellos que me acompañaban seríamos dañados; y yo no iba a dudar de la
palabra de mi Maestro. Además, cuando oraba por la noche, una voz celestial que
hablaba a mi corazón parecía ordenarme ser valiente ya que aquellos a quienes
yo no podía ver luchaban por mí y por los míos.
De
modo que ahí me sentaba a solas, sin nadie que me aconsejara, nadie que me
ayudara, dando valor como mejor podía, a esos pobres sacerdotes y sacerdotisas,
mis compañeros servidores de la diosa. El culto en el templo continuaba como
antes, cada mañana la estatua de la Madre era engalanada y vestida, se vertían
los perfumes, se hacían las ofrendas, las procesiones daban la vuelta alrededor
de los patios precedidas por los cantores y los que meneaban el sistrum, mientras
que por la noche los himnos sagrados eran cantados a las estrellas.
Los
persas se enteraron de todo esto, y reunidos ante los portales quedaron
estupefactos.
—¿Quiénes
son éstos —preguntaron—, que no temen?
Pero,
aunque la muerte nos miraba a la cara, nada contestamos.
El
asunto llegó a oídos de Ochus y despertó su asombro, de modo que al final vino
en persona a visitar el templo. Lo recibí en el gran recinto, velada y sentada
en la silla correspondiente a mi rango colocada a los pies de la estatua de la
diosa. Le acompañaban varios de sus grandes señores, vestidos con sedas y
perfumados; también el general Mentor a quien yo había conocido en Sidonia,
donde se había desempeñado como un traidor al abandonar, junto con sus
subordinados griegos, a los persas. Además estaba presente Bagoas, el eunuco y
primer consejero del Rey de Reyes, que también comandaba su ejército; era, como
todos estos desdichados, un hombre gordo, de voz estridente y modales afables y
furtivos, que agitaba sus largas manos en todas direcciones cuando hablaba.
Este
Bagoas era egipcio de nacimiento; eso era lo que yo había escuchado, y mi
primera visión de él confirmó lo que se decía. Sí, sin duda era egipcio de
nacimiento; de huesos pequeños, ojos grandes, cabeza redonda, tenía el tipo de
aquellos que descendían de la antigua sangre; yo lo sabía por numerosas
estatuas que de ellos había visto sacar de las tumbas primitivas, antes de que
fuera costumbre embalsamar a los muertos. Advertí esto e inmediatamente se me
ocurrió una idea.
¿Desearía
un egipcio ver al santuario de Isis y a sus sacerdotes profanados y destruidos?
Acaso él no adoraba a Ptah o a Apis, pero todos los nacidos en el Nilo
veneraban a la Madre Isis, la Reina del Cielo, y reverenciaban su soberanía.
Era esta una fe que, adonde fuera que peregrinaran, o cualesquiera fueran los
altares en que quemasen incienso, nunca podían olvidar, porque a través de cien
generaciones la llevaban en la sangre. ¿No obstante, cómo saberlo? Este Bagoas,
se decía, era un sujeto astuto, acostumbrado al asesinato, que por medio de sus
crímenes había cosechado una rica recompensa, y alguien así, que sólo se
cuidaba de su gloria presente, podía olvidar incluso a Isis y a la cólera que
sobre él caería.
Ochus,
insolente, de rostro cruel y ojos fatigados, con una mirada orgullosa, aunque
llena de obsesionantes terrores, tal como las que siempre acompañan a los
asesinos que saben que en un día venidero seguramente también ellos serán
asesinados, se presentó ante mí. Yo, levantándome de mi silla, hice señal de
obediencia al Rey de Reyes... y arrojé sobre él, por detrás de mi velo, la
maldición de Isis.
—¿Qué
es esto? —preguntó, hablando en griego, con la voz gruesa de aquel que ha
bebido a gusto en el festín, y señalándome con su cetro—. ¿Es uno de esos
cuerpos envueltos que extraemos de las tumbas, como los que usamos para guisar
al dios Apis, hirviéndole junto con sus propios adoradores? No, puesto que se
mueve y habla y parece tener la forma de una mujer. Bagoas, desnuda
completamente a esa cosa, para que podamos ver si es una mujer, y en ese caso,
cómo luce.
Ahora,
cuando yo, Ayesha, escuché esto, recuperé de golpe todo mi coraje, como me
sucede siempre que el peligro me aferra por el cuello. De inmediato preparé mi
plan, el cual era breve y simple.
Si
este eunuco llegaba a tocarme siquiera con un dedo, yo extraería el cuchillo
que colgaba de mi faja, el curvo y afilado cuchillo árabe que había sido de mi
padre, y, apartándole hacia un costado pasaría velozmente junto a él y lo
hundiría en el corazón de aquel Rey de Reyes, enviándole a rendir cuentas a
Isis. Luego, si quedaba tiempo, daría su merecido a Bagoas en la misma forma, y
después, si así debía ser, emplearía el cuchillo para matarme. Era mejor esto
que ser humillada ante esos bárbaros.
No
pronuncié palabra alguna, y mi rostro permaneció oculto; no obstante pienso que
de mi alma surgió algo que advirtió a este par del peligro que corrían. O acaso
haya sido mi espíritu guardián quien se los advirtió. En cualquier caso, Bagoas
se hincó y se inclinó hasta que su frente tocó el suelo.
—Oh,
Rey de Reyes —dijo—, te imploro no órdenes a tu esclavo que cometa esta acción.
Esa dama es la profetisa de Isis, Reina de todos los dioses, Reina del Cielo y
de la Tierra, y tocarla con mano profana es un sacrilegio que provoca la muerte
en este mundo y eterno tormento en el más allá.
Entonces
Ochus rió en forma brutal; luego se volvió y preguntó:
—¿Qué
dices tú, Mentor, que eres griego y conoces tan poco como yo a los dioses de
Egipto? ¿Existe alguna razón por la cual no deba yo desnudar a esta sacerdotisa
y descubrir cómo luce detrás de esas envolturas?
Mentor,
restregándose la frente, contestó:
—Ya
que me lo preguntas, oh Rey de Reyes, se me ocurre una. ¿Recuerdas a Tenes, Rey
de los Sidonios? Él aceptó a esta misma profetisa como regalo de Nectanebes, y
también quiso, a su manera, desnudarla. Bien, Tenes tuvo un final muy malo, y
lo mismo sucedió, o está por suceder a Nectanebes, quien se la entregó. Por
tanto, oh Rey de Reyes, te recomendaría que esta mujer permanezca velada; tal
vez, después de todo no sea más que una horrible vieja mujer. No es mucho de lo
que he sabido de Isis, aunque es una diosa de gran renombre y acaso apenas
valga la pena de arriesgarse a su cólera a fin de contemplar la arrugada carne
de una fea anciana. Uno nunca sabe, oh Rey de Reyes, y últimamente he visto
tanta muerte que he llegado a comprender que ésta, cuando la maldición del
Cielo pesa sobre ella, es mal negocio.
Así
habló Mentor, con su estrepitosa y presuntuosa jerga de soldado, la cual, no
obstante, tanto tenía de astucia griega, y Ochus, que de pronto pareció
despejarse de su borrachera, le escuchó.
—Creo
recordar —dijo Ochus—, que esta misma sacerdotisa me prestó buenos servicios
allá en Sidonia, dando al perro fenicio Tenes consejos que le llevaron a la
ruina. Esos son al menos los rumores que corren. Por tanto, no a causa de la
diosa egipcia, a la que desprecio —y escupió sobre la estatua de Isis, acto que
hizo que Bagoas se estremeciera— o por las razones que vosotros, necios, me
dais, sino porque por azar o designio, no sé cuál de los dos, ella me sirvió
dignamente en Sidonia, que continúe usando su velo. También ordeno que este
templo, hermoso a su manera, no sea incendiado o dañado, y que aquellos que
sirven en él prosigan morando aquí y continúen con su insensato culto de la
forma en que les complazca, siempre y cuando permanezcan dentro de sus muros y
no intenten agitar al pueblo por medio de procesiones en las calles. Como señal
de esto, extiendo mi cetro —y dirigió hacia mí la vara con cabeza de marfil que
portaba.
Bagoas,
en voz muy baja, me indicó que debía tocarla, de modo que saqué mis brazos por
entre los pliegues de mi velo y así lo hice, aunque de inmediato me percaté que
hubiese sido más sagaz asir la vara con las manos cubiertas por el velo.
Ochus
en seguida advirtió la belleza del brazo y exclamó con una carcajada:
—¡Por
el sagrado fuego! esa mano y esa muñeca no son las de una horrible vieja, tal
como habéis dicho vosotros, esclavos, sino más bien las de alguien que aún es
joven y bella. Si las hubiese visto momentos atrás, con seguridad ella hubiese
sido desnudada. Por cierto...
—He
tocado el cetro del Gran Rey —le interrumpí con frialdad—. Una vez que el cetro
ha sido tocado el decreto del Gran Rey no debe ser modificado tras leyes
persas. Bien, ella tiene razón. El cetro ha sido tocado y lo que ha sido dicho
no puede alterarse. Mirad ahora, vosotros, ignorantes todos, que buena
protección es la sabiduría. Vamos Mentor, marchémonos a divertirnos con las
sacerdotisas de Amón que, sin ser sabias, sino sólo bonitas, nos aguardan en el
palacio. Será una noche alegre. Bagoas, permanece aquí, así no te escandalizas
— y rió en forma brutal—, y además para averiguar si esta ramera celestial
llamada Isis se cubre con joyas, porque de ser así, con respecto a éstas no he
hecho juramente alguno. Adiós, Sacerdotisa. Continúa siendo sabia y llevando un
velo puesto que si todo lo demás es tan bien proporcionado como tu mano, quién
sabe si alguna noche, cuando el vino haya ahogado todas las promesas, yo u
otros hagamos que por fin te desnudes.
Luego
se volvió y se fue, seguido por su vil séquito. Bagoas, tal como le había sido
ordenado, fue el único en permanecer.
Cuando
las puertas se cerraron, y por los gritos provenientes del exterior de los
muros supe que los persas se habían ido, dije a Bagoas, que estaba a solas
conmigo en el sitio:
—Dime,
egipcio que has sido acunado bajo las alas de Isis, ¿no tienes miedo? —y volví
mi cabeza para observar la vil mancha que había sobre la estatua de alabastro.
—Sí,
Profetisa —contestó—. Tengo miedo, tanto como el que tú has tenido hace apenas
unos instantes.
—¡Necio!
—dije, burlándome de él—, no he tenido miedo. Antes de que tu mano me hubiese
tocado te habría dado muerte, y ese rey al que sirves también habría muerto —no
me preguntes cómo— y en este momento vuestras almas estarían contorsionándose
bajo las garras de los Atormentadores del mundo subterráneo. ¿No has escuchado
acerca de la maldición de Isis Eunuco? ¿Piensas que tu pompa y tu poder pueden
protegerte de su veloz espada? Ahora, ahora, si musitara una
sola plegaria, ella puede matarte si tal es su deseo.
Se
estremeció, cayó sobre sus rodillas; sí, este asesino de reyes cayó sobre sus
rodillas ante mí, una mujer velada en un santuario, implorándome que le salvara
y le protegiera de la cólera del Cielo. Porque en su alma Bagoas era todavía
egipcio, y la sangre de sus antepasados, que habían venerado a Isis durante mil
años aún corría con fuerza dentro de él. Además me temías; a mí, la sacerdotisa
cuyo renombre conocía, tal como conocía el destino de aquellos que me habían
ofendido.
—¡Perdón!
¡Protección! Pienso que debes pagar un alto precio por ellos, Bagoas. ¿Eres tú
uno de aquellos que han comido la carne de Apis y arrastrado a las vírgenes de
Amón fuera de sus santuarios? ¿Eres uno de los que han dado el templo de Ptah
por establo a un burro, han incendiado los antiguos templos y masacrado a los
sacerdotes sobre sus altares?
—¡Ay
de mí! lo soy —dijo, golpeándose el pecho—, pero no por mi propia voluntad. Fui
obligado a hacerlo, de otra forma me esperaba la muerte.
—Puede
que así sea. Obtiene tu propia paz con esos dioses si puedes. Nada tengo yo que
ver con ellos; yo, que sirvo a la Madre suprema. ¿Pero cuál será la expiación
para con ella? —y nuevamente dirigí la mirada hacia la vil mancha en el
alabastro de su imagen.
—Eso
es lo que necesito que me sea dicho. ¿Qué expiación, Profetisa? Juraré que aquí
no hay joyas; que la Madre sólo está cubierta por flores y perfumes. Custodiaré
este santuario de modo que jamás un persa vuelva a poner sus pies dentro de sus
muros. Haré que cualquiera que te ofenda, Profetisa, muera secretamente y de
inmediato. ¿Es esto suficiente?
—No,
ni siquiera en una centésima parte. Tu pondrás a salvo las galas ceremoniales
de la Madre, pero ¿cuál es la venganza sobre aquel que la deshonró con su
saliva? Protegerás a la sacerdotisa, pero ¿dónde está la venganza sobre quien
la habría desnudado por completo para diversión de él y sus bárbaros? Si es eso
todo lo que tienes para ofrecer, Bagoas, carga con la maldición de la Madre, y
la de su Oráculo y encamínate al infierno. —Entonces Bagoas alzó su mano como
para proteger su cabeza y comenzó a protestar, pero sin tenerle en cuenta
continué—. No te des prisa, demórate tanto como te apetezca por el camino.
Cúbrete como una mujer, con vestimentas bordadas, perfúmate; pon cadenas
alrededor de tu cuello y joyas en tus dedos. Condesciende con la lujuria que no
puedes compartir y cóbrate tu paga en oro y provincias. Envenena a aquellos que
odias y quita por la fuerza la vida a puros niños, porque ellos son un
obstáculo entre tú y el fruto de alguna fantasía nueva. Hártate con el mundano
alimento de los canallas, ínflate con el gas de los pantanos del poder y,
entonces Bagoas, ¡muere!, ¡muere! de aquí a uno, diez, cincuenta años, y baja
al infierno y alza tu vista hacia los temibles ojos de la diosa a la que has
humillado, los de aquella a quienes tus antepasados veneraron desde un
comienzo, y espera la llegada de su sacerdotisa para que con cada uno de los
despiadados pormenores ella prepare el balance que hay en tu contra desde el
camino que lleva a la Sala del Juicio.
—¿Qué
debo hacer, pues? ¿Qué haré para salvar mi alma? Sabe, Sacerdotisa, que yo, que
tengo mutilado el cuerpo, deseo salvar mi alma, y que todo eso tan llamativo
que tú tienes en cuenta no constituye más que hiel y cenizas para mi alma;
puesto que al no tener otra cosa que lograr... al estar privado de esposas e
hijos no tengo más remedio que ir en busca de todo eso que mencionas y así
drogar al espíritu que habita en mí, ¡Oh! ya es algo... que siendo lo que soy
desee sentir retorciéndose bajo mis pies los cuellos de todos esos poderosos.
Sí —y en ese momento el tono de su voz descendió hasta convertirse en un
susurro—, incluso el del mismo Rey de Reyes, que olvida que antes que él
existieron otros Reyes de Reyes. Dime... ¿qué debo hacer?
Imperceptiblemente
extraje el curvo puñal de mi faja; secretamente y sin pestañear, sin que él lo
viera hendí el cuchillo en mi brazo... ¡oh! profundo fue el corte puesto que
hasta el día de hoy puedo ver la señal, aunque esta bella carne una vez pareció
que se consumía en el fuego inmortal pero sólo para volver a renacer en otro
sitio. La sangre de una vena cortada saltó de pronto y manchó mi velo, como una
pequeña marca, al principio, que creció continuamente hasta convertirse en un
clamor de muerte. La mirada del hombre quedó fija en el prodigio, puesto que de
un prodigio pensó que se trataba; luego preguntó:
—¡Sangre!
¿Sangre de quién?
—Quizá
la de la diosa herida. Quizá la de una sacerdotisa humillada. ¿Qué importancia
tiene, Bagoas?
—Sangre
—continuó— ¿qué reclama la sangre?
—Acaso
clama al Cielo por venganza; tal vez exige ser lavada con otra sangre, Bagoas.
¿Quién soy yo para interpretar estas parábolas?
Ahora
comprendió, y levantándose con esfuerzo se inclinó hacia adelante susurrando en
mi oído. Sí, las valiosas joyas que colgaban de su puntiagudo bonete dorado
tintinearon cerca de mi oreja.
—Entiendo
—dijo— y ten la seguridad de que será hecho. Pero no todavía. Empero, juro que
será hecho cuando llegue la hora propicia. ¡Lo odio! Odio a ese que mientras
que con sus manos derrama presentes sobre mí, con su lengua se burla, y que,
cuando a través de mi inteligencia conquisto victorias para él se mofa de los
soldados porque son dirigidos por alguien que no es ni hombre ni mujer. Sí,
odio a aquel que sabiendo que soy egipcio y, en el fondo de mi corazón
venerador de los dioses de esa tierra, me obliga a profana sus santuarios y a
masacrar a quienes en ellos sirven. ¡Oh! juro que será hecho a su debido
tiempo.
—¿Por
quién, oh Bagoas?
—Por
esto Profetisa —y cogiendo el velo que goteaba frotó sus labios y frente con
aquello que lo manchaba—. Lo juro por la sangre de Isis, o de su Sacerdotisa y
Oráculo en quien Isis habita, que no descansaré ni me detendré hasta que
arrastre a Ochus Artajerjes a su perdición. Años podrán pasar, no obstante
provocaré su caída... por un cierto precio.
—¿Qué
precio? —pregunté.
—El
de la absolución, Profetisa, que está en ti conceder.
—Sí,
está en mí conceder o negar. Sin embargo no lo concederé hasta que Ochus yazca
muerto, y por tu mano. Entonces haré que descienda del Cielo... no antes.
—Al
menos protégeme hasta ese momento, oh Hija de la Reina del Cielo.
Del
collar que llevaba debajo de mi velo desprendí un cierto amuleto de poder, el
símbolo secreto de la misma Reina, artísticamente trabajado en jaspe, y sólo
conocido por los iniciados. Sobre este amuleto exhalé mi aliento, y lo bendije.
—Tómalo
—dije— y llévalo junto a tu corazón. Te protegerá de todos los males mientras
tu corazón sea leal. Pero si alguna vez ese corazón se desviara de su
propósito, ¡sí! incluso si fallara en el cumplimiento de su propósito, entonces
este sagrado símbolo arrojaría todo el infortunio sobre ti, Bagoas. Puesto que
entonces sobre tu condenada cabeza caerá la maldición de la diosa que incluso
ahora se halla suspendida sobre ti, como en la leyenda griega la espada de
Damocles pende de un sólo cabello. Tómalo y márchate y no retornes más que para
decirme que Ochus-Artajerjes pisa el mismo camino sobre el que a tantos él ha
obligado a poner los pies.
Bagoas
tomó el talismán y lo apretó contra su frente, como si hubiese sido el sello
del Rey de reyes, y lo ocultó dentro de sus ropas. Luego se postró ante mí, que
ocupaba un trono más poderoso, el de la Reina de reinas; se postro hasta que su
frente tocó el suelo ante mis pies. Luego, alzándose y sin pronunciar ya más
palabras, se retiró con humildes señales de obediencia hasta que llegó a las
puertas y allí desapareció de mi vista.
Cuando
se hubo ido, yo, Ayesha, reí en voz alta; yo, que había jugado una importante
partida y había vencido.
Sí,
me reí en voz alta; luego, habiendo purificado la estatua de la diosa y quemado
incienso ante ella, me arrodillé y ofrecí mi humilde agradecimiento a ese justo
Cielo del cual yo era ministra.
Capítulo
XV
La conjura y la voz
Transcurrieron
años de aburrimiento. Ochus regresó a Persia, llevándose consigo sus botines y
dejando a un cierto Sabaco, un sujeto brutal, para que gobernara Egipto y le
extrajera tributos.
Durante
todo este tiempo, yo, Ayesha, permanecí sola, muy sola, en el templo de Isis en
Menfis, de cuyos muros jamás salí, puesto que la orden de Ochus fue obedecida
y, pasase lo que pasase con los de los otros dioses, el santuario de Isis se
mantuvo inviolado. Aquí, pues, rodeada por una menguante compañía de sacerdotes
y sacerdotisas, permanecí, tal como Noot, mi Maestro, me había ordenado hacer,
esperando una palabra que nunca llegaba, y continuando con las ceremonias del
templo en la humilde forma que permitía nuestra pobreza.
¿Qué
hice durante todo ese aburrido y aletargado tiempo? Soñé, estuve en comunión
con el Cielo, estudié la antigua sabiduría de Egipto y de otras tierras,
haciéndome cada vez más sabia y tan plena de conocimiento como una jarra a la
que se acaba de llenar con perfume o con vino. Empero, ¿qué utilidad tenía para
mí este conocimiento? Según las apariencias, ninguna. Pero esto no era así, ya
que mi corazón se alimentaba con él como una abeja lo hace con sus reservas de
miel para el invierno, y sin eso yo hubiera perecido, tal como la abeja debe
morir. Además, ahora comprendía que este lapso de espera era una preparación
para esos largos siglos que estaba predestinada a pasar en las tumbas de Kôr.
Fue una formación y una disciplina para el alma.
Así,
olvidada del mundo medité y resistí, yo, que había pensado gobernar al mundo.
De
modo que, luna tras luna y siempre armada de una divina paciencia, residí
dentro de los muros del templo a la espera de la hora convenida, segura de que
finalmente llegaría. Nada supe de Nectanebes; había desaparecido...; no tuve
dudas de que lo había hecho con rumbo a la fatalidad que yo había previsto.
Nada supe de Amenartas, su hija; también ella había desaparecido; supuse que
junto con él. Nada supe de Kalíkrates, el soldado sacerdote. Sin duda había
muerto, y esa belleza suya se había convertido en maloliente polvo, tal como
sucedería con la mía, pensamiento éste que me hizo estremecer.
Mucho
fue lo que me pregunté por qué había sido éste el único hombre en la tierra que
había conmovido mi alma y despertado los deseos de mi carne de mujer. No lo
sabía; a menos que hubiese sido acordado que después de pasar por las puertas
le encontrara en un mundo que hay en el más allá, si es que tal cosa existía.
Puesto que desde el principio tuve la certeza de que se me había encargado
elevar su espíritu a la altura del mío, acaso porque en alguna lejana estrella
o condición yo había pecado contra ese espíritu y contra él y los había
arrastrado hacia abajo.
Por
cierto, ¿no es ésta la suerte común a todos los grandes, el que con fatiga y
lágrimas y amarga desilusión deban afanarse por hacer que los espíritus de
otros alcancen esa cima elevada sobre la cual se alzan los primeros? Y entre
todos los pecados de nuestra vil condición, ¿hay alguno alguno más funesto que
arrojar a un alma que lucha por la pureza y el bien hacia la furia de las
profundidades del mal?
Así
pensaba en esos días acerca de ese desaparecido Kalíkrates cuyos labios habían
sido los únicos en posarse sobre los míos. Pensaba también, con triste asombro,
en lo extraño que era yo, a cuyos pies los hombres se habían arrastrado
veintenas de hombres, yo, la más hermosa y educada de todas las mujeres,
hubiese sido rechazada, o, en todo caso, apartada de este hombre que prefería a
otra que, aunque bella y de corazón osado, brillaba no obstante con menos luz,
al igual que la pálida luna lo hace con respecto al esplendor del sol.
En
realidad, ahora que todo había terminado, según creía, y que nada quedaba de
esos fuegos de locura salvo unas pocas cenizas consumidas, reí para mis
adentros al tiempo que recordaba. Aunque a decir verdad sonreí con tristeza, ya
que solamente allí, ante el entrañable festín del amor, que para una mujer
significa más que todos los otros festines, había bebido de las copas de la
derrota y la humillación servidas por el burlón valet: el Destino. Sin embargo,
había tenido mi merecido, puesto que yo, Hija de la Sabiduría, la juramentada a
la gloria eterna, ¿qué tenía que ver con asuntos relacionados con nuestra carne
mundana?
¡Oh!
me alegraba que todo hubiese terminado con ese Kalíkrates de grises ojos que
tan valientemente podía empuñar una espada en batalla, y no obstante, cuando le
invadía el remordimiento podía orar junto al mejor de los sacerdotes. Ahora, al
menos era dueña de mi propia alma y tenía tiempo libre para modelarla a
semejanza de los dioses; y en esos días de sagrada contemplación en verdad sus
alas batieron contra los barrotes, luchando por liberarse. Hubiesen deseado
deshacerse de ellos, pero el Destino había construido una jaula demasiado
sólida.
Por
fin me llegaron nuevas, puesto que Isis todavía tenía ojos y oídos en Egipto, y
todo lo que éstos veían o escuchaban llegaba a mí; noticias acerca de Ochus,
quien, al hastiarse en su palacio persa había decidido beber una vez más de las
aguas del Nilo, o tal vez controlar las cuentas de su sátrapa Sabaco, cuyos
tributos habían mermado en los últimos tiempos.
De
modo que llegó con toda su pompa oriental y por fin fijó su residencia en el
palacio de Menfis a dos tiros de arco del templo en que yo habitaba. El pueblo
lo recibió con festejos; era lastimoso verlos cubrir las calles, y a ellos
mismos, con flores, esparciendo ramas de palmeras para que él pisara sobre
ellas, y desplegando estandartes desde los elevados pilones chamuscados...
esclavos que daban la bienvenida a su torturador y tirano y que sonreían para
ocultar el terror que había en sus corazones. Llegó y hubo fiesta a todo lo
largo de la gran ciudad, como si Osiris hubiese retornado a la tierra
acompañado por todos sus dioses menores.
Sólo
en el templo de Isis no hubo nada de todo eso. Ninguna hoja de palmera cubrió
sus desnudos y ancianos muros, ninguna fogata ardió dentro de sus patios, y
ningún farol colgó de sus ventanas. Yo, Ayesha, no iba a inclinar así la
rodilla ante Baal, o hacer sacrificio a Moloc, si bien es cierto que algunos de
mis servidores miraron con recelo cuando lo prohibí y preguntaron quién nos
protegería de la cólera del Rey de reyes a causa de la desobediencia de sus
órdenes.
—La
diosa nos protegerá —contesté—; o si ella no lo hace, seré yo quien lo haga —y
les envié a que prosiguieran con sus deberes.
La
segunda noche después de la llegada de Ochus vino Bagosa a presentar sus
respetos; ordené que se le dejara entrar, pero solo. Así, su canalla oriental
de vistosos servidores fue despedida a las puertas del templo y él entró sin
compañía, espléndidamente vestido con sedas recamadas en oro y joyas. Lo recibí
allí donde me había dejado, sentada y velada en la silla ceremonial ante la
estatua de alabastro de la diosa, a la entrada del santuario exterior que daba
sobre la gran sala.
—¡Salud!
Bagoas —dije—, ¿cómo van tus cosas? ¿Te ha protegido del peligro el amuleto de
poder que te di?
—Profetisa
—respondió inclinándose—, lo ha hecho. Me ha elevado tanto que ahora, con
excepción del Rey de reyes, mi más augusto maestro —agregó con un visaje de
burla en cada palabra—, soy ahora el más poderoso en todo el mundo. Yo otorgo
la vida, yo decreto la muerte. Yo elevo, yo derribo; sátrapas y consejeros se
arrastran a mis pies; generales imploran mis favores; el oro llueve sobre mí.
Sí, podría construir mi casa con oro. No queda nada bajo el sol que pueda yo
desear.
—¿Excepto
ciertas cosas que, gracias a la crueldad del Rey de reyes, o de los que hubo
antes que él, no puedes obtener? Por ejemplo hijos que hereden toda esta gloria
y este oro, Bagoas, a pesar de que vivas rodeado de tantas que podrían ser
madres.
Escuchó,
y su rostro, que advertí se había vuelto más delgado y feroz desde la última
vez que le había visto, se transformó en el de un demonio.
—Profetisa
—dijo con un siseo—, sin duda eres alguien que sabe cómo vertir ácido sobre una
herida abierta.
—Para
que de ese modo se limpie, Bagoas.
—No
obstante son ciertas tus palabras —continuó, sin prestarme atención—. Todo este
esplendor, toda esta riqueza y poder los daría, y de buen grado, para ser como
fueran mis padres, de buena casta, pero humildes dueños de una parcela de
tierra entre Tebas y Filos. Ahí se aposentaron durante veinte generaciones con
sus mujeres e hijos. Pero ¿dónde están, por culpa de los persas, mis mujeres
y mis hijos? En el acantilado que hay allá lejos, hacia el
oeste, hay un sepulcro. En la capilla en la que ese sepulcro se halla, encima
de los ataúdes de aquellos que ahí yacen, hay una imagen de quien lo excavó. El
vivió hace unos mil cuatrocientos años, en la época de Aahmes, el que rescatara
a Egipto de los reyes hiksos, los invasores que la dominaban, al igual que hoy
hacen los persas. El fue uno de los capitanes de las tropas de Aahmes que,
cuando hubo vencido, le dio esa parcela de tierra como recompensa por sus
servicios.
Aquí
Bagoas hizo una pausa, como alguien abrumado por desdichados recuerdos, y luego
continuó.
—A
lo largo de siglos, Profetisa, ha sido la costumbre de los hijos de los hijos
de este soldado, hacer ofrendas, en un día determinado, a esa estatua, donde,
según nosotros sostenemos, habita el Ka de aquél cuyo rostro y
forma representa; poner una corona de oro, la de Osiris, sobre su cabeza;
colocar alrededor de su cuello una cadena de oro; darle flores, darle
alimentos. Tal es el sagrado deber, de generación en generación, de los
descendientes de ese capitán que sirviera a Aahmes y ayudara a liberar a Egipto
del invasor bárbaro. Yo he cumplido con ese deber, sí, cuando Ochus el
Destructor vino por primera vez a Menfis viajé Nilo arriba y coloqué la corona
sobre la cabeza y puse la cadena alrededor del cuello, y ofrecí las flores y el
alimento. Pero, Profetisa, yo soy el último de esta sangre, puesto que a causa
de mi belleza, cuando niño los persas se apoderaron de mí y me convirtieron en
un árbol seco, de modo que ya nunca habrá quien haga ofrendas en la tumba de mi
antepasado, el capitán de Aahmes, o que lea la historia de sus hazañas que mil
cuatrocientos años atrás, mientras aún vivía, él hizo que fueran inscriptas en
su lápida funeraria.
Yo
le escuché y reí.
—Una
historia corriente —dije—, una historia muy frecuente en el Egipto de hoy, el
Egipto de los persas, tal como sin duda lo fue en el Egipto de los hiksos. Pero
este antepasado tuyo fue un hombre que golpeó, o ayudó a vencer, a los hiksos,
y vivió para inscribir en piedra sus gloriosas hazañas para que fueran ejemplo
de aquellos que vinieran después que él. Bien, la historia ha terminado, ¿no es
así? En realidad me sorprende que el magnífico Bagoas, esclavo de los persas,
Bagoas con toda su pompa y sus placeres, crea adecuado perder el tiempo con la
historia de un olvidado guerrero que en su hora luchó por la libertad. ¿Qué
significan las flores y los humildes perfumes que durante más de mil años han
sido ofrecidos al espíritu de ese guerrero, pero que ahora jamás podrán ser
vueltos a ofrecer, ya que no queda ninguno de su sangre que se los lleve,
comparados con los inestimables bálsamos, las joyas y el oro que diariamente
son vertidos a los pies de Bagoas, el Eunuco en jefe y Consejero del Rey de
reyes quien, si supiera de aquellos venerables que duermen en la tumba de la
raza de Bagoas sin duda los arrancaría de sus sitios y haría que Bagoas, el
último de dicha sangre les quemase, para que él pudiera contemplar una alegre
llamarada? Esa sería una buena diversión para el Rey de reyes, obligar a Bagoas
a quemar a sus antepasados y con sus huesos guisar una comida real, tal como
forzó a los sacerdotes de Ptah a hervir a Apis para su festín.
El
poderoso Bagoas me escuchó y comprendió, como bien pude ver, ya que a cada
palabra se estremecía como un corcel de pura sangre bajo el látigo.
—Cesa
—dijo con voz ronca—, ¡cesa! ya no aguanto más. ¿Por qué frotas arena en mis
ojos, Profetisa?
—Para
limpiar sus lagañas y así puedan ver mejor, Bagoas. Pero dejemos ya la leyenda
de ese honorable antepasado tuyo que hace tanto tiempo ha desaparecido y a cuyo
espíritu ya no se harán más ofrendas y háblame de tus maravillosas posesiones,
tú, por quien corre su sangre, las últimas gotas, de esa sangre que pronto
serán sorbidas por las arenas de la Muerte. Sella ese sepulcro, Bagoas, pero
primero coloca dentro otra inscripción, grabada en una lápida de esmeralda u
oro, que narre cómo a aquél que la santificó los dioses le otorgaron la gloria
de ser el remoto antepasado de Bagoas, el Eunuco en jefe del Rey de reyes,
Ochus, quien quemó los santuarios de los dioses de dicho antepasado.
—¡Cesa!
¡Cesa! —gimió—. La hora está cerca.
—¿Qué
hora, Bagoas?
—La
hora de la venganza que a Isis juré.
—¿El
adorador egipcio del sagrado Fuego persa recuerda sus votos a Isis? Explícate,
Bagoas.
—Escucha,
Profetisa. Durante todos estos años he buscado la oportunidad. Ahora, de
pronto, veo que la tengo al alcance de la mano. Tuve una idea mientras hablabas
del capitán de Aahmes a quien ya ninguno de su sangre podrá hacer ofrendas.
—Exprésala,
pues, Bagoas.
—Profetisa,
el Rey de reyes está furioso contigo porque entre todos los lugares importantes
de Menfis, sólo en el templo de Isis no penden estandartes de bienvenida que
saluden su real llegada y porque ningún sacerdote o sacerdotisa de Isis ha
esparcido flores ante sus pies de conquistador. Tan encolerizado está, que si
no fuese por su juramento, al que teme romper, hubiese destruido este santuario
piedra por piedra, asesinado a sus sacerdotes, y entregado a las sacerdotisas a
los soldados.
—¿De
veras? —pregunté con indiferencia.
—Sí,
Profetisa. Pero ese juramento te protege, porque siempre hago que lo tenga
presente, y le advierto del destino de aquellos que agreden a la Reina del
Cielo. Esta mañana lo he hecho, mientras él contemplaba estos desnudos muros y
murmuraba venganza.
—¿Y
qué dijo él, Bagoas?
—Rió
y contestó que no dañaría a la diosa, sino que la honraría, de este modo: en la
tercera noche a partir de esta, la noche de luna llena, dará un festín en el
patio interior de este templo. En ese festín, el Rey de reyes y sus mujeres se
sentarán sobre una plataforma dispuesta sobre los ataúdes de los personajes
reales de Egipto extraídos de sus sepulcros, de modo que sus reyes y reinas
puedan estar bajo sus pies. Esta plataforma será sostenida por las estatuas de
los dioses de Egipto a los que una vez veneraran. Frente a ella arderá el
sagrado Fuego de Persia, y ese fuego será alimentado con los restos mortales de
sacerdotes y sacerdotisas de esos dioses egipcios. El rey Ochus estará ataviado
con las vestimentas de Osiris, y al final del festín, desde atrás de su estatua
consagrada, esta ante la cual nos sentamos, la misma diosa, vestida con las
túnicas de Isis y llevando los sagrados emblemas sobre su cabeza, aparecerá
velada, conducida por sacerdotisas o por mujeres de la casa real persa .Tú serás
esa diosa, Profetisa.
—¿Y
luego? —pregunté.
—Luego
serás conducida a la plataforma y ahí, este nuevo Osiris te quitará el velo,
abrazándote como a su futura esposa ante todo ese séquito. Esto lo hará para
mofarse de ti porque te supone una anciana mujer que va velada para ocultar su
calvicie y sus arrugas, puesto que tal es el rumor que corre entre los persas.
Ahora
bien, cuando yo, Ayesha, escuché esas horribles palabras y comprendí la altura
y la profundidad del sacrilegio al que se atrevería este loco rey y todo lo que
podría significar para mí, temblé; sí, los huesos parecieron ablandarse dentro
de mí de modo que casi caí del trono donde me sentaba. Empero, reuniendo todas
mis fuerzas pregunté:
—¿Es
esto todo, Bagoas?
—No.
En esa fiesta, Profetisa, yo, como visir y jefe del mundo segundo de él, debo
servir a Ochus como portador de su copa. Mientras los sacerdotes de Osiris y
las sacerdotisas de Isis canten los antiguos cánticos del despertar de Osiris
de su tumba y de su reunión con Isis, la Esposa Divina, me corresponderá a mí
alcanzar el enjoyado cuenco lleno con el consagrado vino a Osiris-Ochus, Rey
del Cielo y la Tierra. De éste él beberá el trago matrimonial, y habiéndolo
hecho derramará a tus pies los sedimentos del cuenco, o, según lo que tengo
entendido, los arrojará a tu rostro. No, me olvidaba. Primero, las mujeres de
la casa real persa te despojarán de tus vestimentas para que Osiris pueda ver a
su antigua prometida y los presentes puedan divertirse, mofándose de su
marchita edad.
—¿Y
si ella demostrara que permanece joven, si incluso se la viera aceptablemente
bella, ¿entonces qué, Bagoas?
—Entonces
acaso, Profetisa, Ochus abrigue el pensamiento de sumar a Isis al número de sus
reinas, suponiendo que así ganará nuevamente el favor de los egipcios, si no el
de sus dioses. ¡Oh! Profetisa, tú eres muy sabia, como todos lo saben, pero una
vez tu pie resbaló... o más bien fue tu mano la que lo hizo, cuando en otro
tiempo la extendiste para tocar el cetro del Rey de reyes. Ochus ha hablado
frecuentemente de la belleza de esa mano y ese brazo, y de cómo, por sobre
todas las cosas, deseaba contemplar el rostro que había encima de ellos y la
forma de la que eran parte. Tal vez, Profetisa, sea por esto que él planea toda
esta farsa.
—¿Y
si me niego a actuar en esta comedia, qué sucedería entonces, Bagoas?
—Entonces,
puesto que la orden es legítima y su intención es honrar a la diosa, el Gran
Rey queda liberado de su juramento. Entonces el templo de Isis será saqueado e
incendiado como los otros, sus sacerdotes asesinados, a menos que hagan
ofrendas al Fuego santo, y sus sacerdotisas serán esclavizadas o se les
encontrará un hogar en las tiendas de los soldados o en las casas de las
familias persas.
—Bagoas
—dije, alzándome y quedando a una altura superior a la de él—, sabe que la
Maldición de Isis está suspendida sobre tu cabeza. Enséñame un camino que me
aleje de esta desventura o mueres., no mañana o el año próximo, sino
inmediatamente. No importa cómo: tú mueres; por lo demás, ¿son los sidonios los
únicos que pueden incendiar sus templos y perecer en ellos?
Se
encogió ante mí a la manera de los de su infortunada clase, y luego contestó:
—Esperaba
tales palabras, Profetisa, y si no hubiese estado prevenido contra ellas jamás
hubiera pasado estas puertas solo. ¿No te he dicho que en este festín seré el
portador de la copa del Rey? Ahora —continuó con un susurro— también te hago
saber que su propio médico, que está a mi servicio, preparará el vino
matrimonial, y que tengo su vida en la palma de mi mano; que los guardias y
capitanes son servidores míos; que los grandes señores están juramentados ante
mí y que la hora por la que he esperado durante largos años por fin ha llegado.
Señora, no eres la única que desea vengarse de Ochus.
—Gratas
palabras —dije—. ¿Pero cómo sé que serán cumplidas? En Egipto a Bagoas se le
conoce por el Mentiroso del Rey.
—Lo
juro por Isis, y si te defraudo, que el Devorador se lleve mi alma.
—Y
yo, que soy su Boca y Oráculo, juro por Isis que si tú me fallas yo seré quien
se lleve tu sangre. Sí, aunque yo muera, habrá miles que vivan para vengarme y
la daga o la flecha de uno de ellos finalmente alcanzará tu corazón. O si éstas
erraran su objetivo la misma diosa golpeará.
—Lo
sé, Profetisa, y no fallaré. Después de beber de esa copa el sueño caerá sobre
el Rey de reyes; sí, el nuevo Osiris regresará a su tumba y dormirá
profundamente, pero no en los brazos de Isis.
Entonces,
durante un instante hubo silencio entre nosotros, hasta que por fin le indiqué
que se marchara.
Llegó
la noche del festín y todo estuvo preparado. Yo no confiaba en Bagoas, y por
tanto hice un plan, un espléndido y terrible plan. Me dispuse a ofrecer a todos
estos comensales, sí, el Rey de Reyes con sus mujeres, sus generales, sus
chambelanes, sus consejeros y su séquito, como un gran sacrificio a los
enfurecidos dioses egipcios, y junto con ellos, si era necesario, a mí misma y
a mis servidores, para guiarles por la ruta hacia el infierno.
Debajo
del salón del templo que Ochus había elegido para el festín había un gran
sótano para el almacenaje de aceite y combustible en previsión de épocas de
necesidad o tumulto. Este sótano estaba lleno hasta el techo ya que en esos
días turbulentos yo nunca sabía, de una luna para otra, cuándo podía ser
sitiado el lugar. En él también había muchos papiros preparados, junto con
numerosos rollos escritos que durante siglos ahí habían sido escondidos; gran
cantidad de betún como el que usan los embalsama-dores, un montón de ataúdes
preparados por los vivos para que recibieran sus cuerpos cuando les llegara el
turno; y finalmente, cientos de haces de juncos que servían para cubrir los
patios. ¿Qué más se necesitaba, además de abrir los conductos de ventilación
hacia el salón superior, para que las llamas se abrieran paso libremente, y
emplazar a alguien de confianza en el sótano con una lámpara cuya luz estuviese
oculta y que cuando recibiera cierta señal se arrojara entre los juncos
empapados de aceite y huir?
Casualmente,
tal instrumento estaba al alcance de mi mano; era una anciana mujer de feroz
corazón por cuyas venas corría sangre real, y que durante setenta duros años
había servido como sacerdotisa en este templo. Esa misma noche convoqué a los
sacerdotes y sacerdotisas que quedaban y, en el santuario, bajo las alas de
Isis, se lo dije todo: les dije cómo me proponía barrer a esta basura humana de
los persas del mundo de los vivos y enviarlos hacia el confín del mundo, hacia
las imperecederas fauces del Vengador, por medio de la roja escoba de la
destrucción.
Este
grupo de fieles escuchó e inclinó sus encapuchadas cabezas. Luego, el primero
entre ellos, un anciano sacerdote, pregunto:
—¿Es
el designio que debamos comer fuego junto a estos canallas? En ese caso,
estamos preparados.
—No
—respondí—, el pasaje secreto que hay al fondo del santuario del templo en
ruinas de Osiris estará despejado; ese pasaje a través del que, en antiguos
tiempos, la sagrada efigie de Osiris era traída al gran festejo de la
Resurrección para ser colocada sobre el pecho de Isis. Por este pasaje, ante la
primera señal de fuego debéis huir, al igual que lo haré yo, si puedo. Pero si
no vengo sabréis que la diosa me ha llamado. Al pie de los escalones que hay
junto al agua, en el templo de Osiris, habrá barcas tripuladas por hermanos de
nuestra fe que os estarán esperando. En las tinieblas y protegidos por el
tumulto, estas barcas navegarán Nilo abajo, hacia el santuario secreto
llamado Isis-entre-los-Juncos, donde una vez, dice la leyenda,
fuera escondido el corazón de Osiris por Tifón; el santuario sobre la isla que
nadie se atreve a visitar, ni siquiera los persas, porque está custodiado por
los espectros de los muertos, o por espíritus enviados por el mundo
subterráneo, que adoptan la forma de llamas. Escapad allá y ocultaos hasta que
os llegue la palabra de Isis, palabra que sin duda llegará.
Nuevamente
inclinaron las cubiertas cabezas en el lúgubre santuario iluminado por una sola
lámpara. Luego el anciano sacerdote dijo:
—Grande
es la acción que haremos, y digna. Seguramente su canción resonará a través de
los patios del Cielo
—Sí
—contesté—, busquemos una señal.
De
manera que ahí, en la semi penumbra cantamos el ritual místico; tomados de la
mano ante la diosa lo cantamos, inclinándonos y balanceándonos, llorando e
implorando, pidiendo que nos fuera concedida una señal a nosotros, que
estábamos preparados para morir a fin de que su esplendor pudiera siempre
brillar como una estrella.
Pero
no llegó signo alguno.
—Oh
Oráculo inspirado —dijo el anciano sacerdote—, no es suficiente. No obstante,
tu corazón oculta las impronunciables Palabras, las Palabras de Poder, las
Palabras de Abertura de la Boca Divina, que no pueden ser pronunciadas más que
en la última instancia. ¿No son conocidas tales palabras al Oráculo inspirado?
—Me
son conocidas —contesté—. Las obtuve de Noot, bajo los Siete Votos cuando fui
ordenada profetisa; sí, bajo las Siete Maldiciones en caso de que esas palabras
se usaren indignamente, las siete terribles maldiciones con patas de ciervo,
cabeza de serpiente, melena en llamas de león que perseguirán el alma del
traidor de estrella en estrella hasta que la oscura bóveda del espacio caiga y
entierre al Tiempo. Arrodillaos, ahora, e inclinad vuestras cabezas y cerrad
vuestros oídos hasta que sean dichas. Entonces, abrid vuestros oídos y
escuchad.
Se
arrodillaron en una doble fila y yo, yo el Oráculo, vestida con la
magnificencia de mi Reina, me atreví a acercarme a su santa efigie que
destellaba nívea sobre nosotros en la oscuridad del santuario. Sí, me atreví,
sin saber qué sucedería. Tomé el enjoyado sistrum de mi rango;
lo apoyé sobre los labios de la diosa, lo agité hasta que repicó ante su
rostro, abracé sus pies y los besé.
Entonces
me alcé y en su oído susurré las terribles Palabras de Poder, que incluso
ahora, después de tantos siglos, ni siquiera me atrevo a dar forma en los
recintos de la memoria. Musité esas palabras y volviendo a mi compañía de
arrodillados veneradores les indiqué que descubrieran sus oídos y, cruzando los
brazos sobre mi pecho esperé con alicaídos ojos.
Al
rato hubo en ese santuario un revuelo como de alas que se agitan; un frío aire
sopló sobre nosotros; luego una voz habló, la misma voz de Noot, mi Maestro,
Noot, el sagrado sacerdote de sacerdotes. La voz dijo:
—¡Cumplid!
Ha sido ordenado. ¡Cumplid y no temáis!
—Lo
habéis oído —dije.
—Hemos
oído —contestaron.
—¿Qué
voz escuchasteis? —pregunté.
—La
voz de Noot, el sagrado sacerdote de sacerdotes que se ha marchado de entre
nosotros— contestaron.
—¿Es
suficiente? —pregunté.
—Es
suficiente —contestaron.
Luego
me fui, contenta, sabiendo por medio de esta señal que Noot, que había hablado
con su voz humana, todavía vivía sobre la tierra, y que a través de él había
complacido al Cielo pronunciar su orden.
Capítulo
XVI
El festín del Rey de Reyes
Era
la noche del gran festín. Durante todo el día veintenas de artesanos habían
trabajado en el patio del templo. A todo lo largo de éste se habían instalado
mesas, y junto a ellas divanes y bancos sobre los que descansarían cientos de
comensales, de acuerdo con su rango. Cerca de la cabecera del patio había sido
construida una plataforma cuyos travesaños eran sostenidos por las estatuas de
dioses sacadas de un buen número de templos en los que en solemne paz habían
permanecido durante siglos. Sí, estaban Ptah, Amón, Osiris, Mut, Khonsu,
Hathor, Maat, Thoth, Ra, Horus y los demás, soportando sobre sus sagradas
frentes o tocados la mesa del banquete de una pagana horda. Pero era aún más lo
que soportaban ya que a su alrededor, y entre ellos y la plataforma sobre la
que se hallaba esa mesa, habían sido dispuestos los ataúdes de reyes y reinas,
y otros grandes, muertos hacía ya mucho tiempo, arrancados, se decía, de las
pirámides o de las tumbas circundantes. Oscurecidos por el polvo de los siglos
ahí yacían, algunos descubiertos, como para que revelasen las macabras formas
que dormían dentro.
Encima
de éstos estaba emplazada la ancha plataforma alfombrada con el paño púrpura de
Tiro, y sobre ésta la mesa y el dorado mobiliario del festín. Había aquí,
además, un trono de oro y detrás del mismo un abanico con forma de pavo real
hecho de joyas, mientras que a su frente había sido colocada una mesa hecha de
madera negra con incrustaciones de marfil, y a su alrededor otros tronos más
pequeños y mesas. Estos eran los sitos del Rey de reyes y de algunas de sus
mujeres favoritas.
Pero
esto no era todo, puesto que en un patio exterior, pero dentro de los
encolumnados portales, cocineros y ayudantes habían preparado fuegos donde
aderezaban carnes y los mayordomos disponían sus provisiones de vinos. Nunca
antes la memoria del hombre había visto un festín tan extraño y suntuoso en
Egipto como ese que ahora se preparaba en los patios de Isis, sitio cuya
profanación con el aroma de la carne era un sacrilegio y la ingestión allí de
la misma una abominación.
Cuando
el sol se hubo dirigido a occidente llegó Bagoas junto con los otros eunucos y
chambelanes, y una vez admitido en los patios interiores ordenó la
comparecencia de nuestra compañía y promulgó sus órdenes en cuanto al
ceremonial que debíamos observar. Escuchamos sumisamente, diciendo que éramos
los esclavos del Rey de reyes, nosotros y nuestra diosa, y que en todo
obedeceríamos sus palabras.
Luego
se marcharon, y mientras pasaba junto a mí, fingiendo que tropezaba, susurró en
mi oído:
—No
temas, Profetisa. Todo está bien, y el final será favorable.
—No
temo, Eunuco —contesté—, yo, que sé que todo está bien y el final será
favorable.
Cayó
la noche; grandes llamaradas de luz instaladas sobre pedestales de bronce
fueron encendidas en un extremo del recinto y simultáneamente fueron ubicadas a
intervalos junto a las mesas innumerables lámparas. Los comensales se
reunieron, llegaban por veintenas y centenares; señores persas ataviados con
suntuosas ropas, generales y capitanes con sus armaduras, mercaderes de
numerosas tierras, apóstatas egipcios y otros a quienes yo no conocía; hombres,
todos ellos, a quienes el Rey de reyes deseaba honrar. Fueron conducidos a los
lugares que les habían sido asignados por los mayordomos y allí esperaron en
silencio, o hablaron en voz muy baja.
Desde
atrás de las cortinas del santuario exterior, yo y mi compañía lo
contemplábamos todo. Ellos llevaban sus blancas vestimentas festivas,
enguirnaldados con flores. Pero yo, de acuerdo con la orden, vestía las
magníficas túnicas de Isis bajo mi velo, y en mi cabeza el bonete de buitre de
Isis, el símbolo sagrado egipcio de oro, los pendientes y la media luna.
Además, alrededor de mi pecho colgaban los collares sagrados y los otros
enjoyados emblemas de la diosa, mientras que en mis manos sostenía el sistrum y
la Cruz de la Vida.
Sonaron
trompetas que anunciaban la llegada del Rey de reyes. Marchó por el largo
recinto, vestido con las envolturas de momia de Osiris, de algún modo
ensanchadas a los píes para que pudiera caminar con ellas, llevando en su
cabeza la alta corona emplumada y en sus manos el Cayado del Dominio y el Azote
del Poder. Sus chambelanes y principales oficiales le condujeron por una
escalera hasta la plataforma que había sido construida encima de los cadáveres
de antiguos reyes, donde había instalado un pequeño altar sobre el que ardía el
Santo Fuego Persa. Allí se detuvo durante un instante en orgullosa actitud,
agitando el azote con el que castigaba al mundo, mientras todo el séquito caía
Sobre sus rostros y lo adoraba como a un dios, después de lo cual siguieron
yacentes como cadáveres en las tumbas.
Era
curioso verles yacer sobre sus rostros como hombres muertos, a ellos, que en
realidad pronto habrían de morir, cada uno de ellos, y adorando a esta imagen
humana, este muñeco ataviado, vestido a su propia semejanza para ser juguete de
los dioses y a punto de ser destruido por ellos y arrojado al montón de
desperdicios del tiempo.
Yo,
Ayesha, contemplando a través del velo y animada por ese espíritu que en la
hora de los grandes eventos llega a los de mi condición, lo consideré muy
curioso; tanto, que pude haber reído. Porque en esa pantomima, ese rey títere
sobre la plataforma, acompañado del tigre domesticado, Bagoas, que estaba a
punto de desgarrar su garganta, acurrucado a sus pies, vi al tipo exacto de
toda grandeza construida con barro y no con espíritu, ya que sin duda hay una
grandeza de la tierra y otra del espíritu. Ya fuera por el veneno de Bagoas o
por el fuego de Isis, aquel hombre que se alzaba en triunfo sobre los poderosos
monarcas que yacían en ataúdes bajo sus pies, como un sapo hinchado por el
viento sobre un altar consagrado, estaba por morir, ¿y entonces qué de su
triunfo y qué de su pompa?
Su
copa de sangre estaba hasta el tope, y cuando la ráfaga de la muerte la volcara
en las arenas de la Muerte, ¿cuántas serían las lenguas —me pregunté— que se
sentirían apremiadas por un millón de acusaciones contra su alma temblorosa?
Finalmente, ¿qué burlón demonio le había persuadido para que se pusiera las
vestimentas de Osiris para con ellas insultar a Isis quien, aunque existan
cosas que no estén dentro de dominio, al menos bajo su regio nombre de
Naturaleza es el poderoso vasallo de lo Más Elevado, olvidando que Osiris es el
dios de la Muerte y que Isis-Naturaleza siempre se venga de quienes violan sus
leyes? No debía extrañar, pues, que yo, que muy rara vez reía en esos días, lo
hiciera desde lo hondo de mi corazón, mientras mis ojos se llenaban con el
relumbrar de la pompa de este loco perdido.
Ochus-Osiris
agitó su cetro, y aquellos que yacían alrededor de él y que aparentaban estar
muertos, tal como se les había instruido que hicieran aquellos que habían
planeado esta representación, volvieron a la vida en un macabro remedo de
espectros llamados desde sus tumbas. Se levantaron y, cada uno de acuerdo con
su rango, ocuparon sus lugares a esta Mesa de Osiris traído a la tierra.
El
festín continuó; mucho comieron; más fue lo que bebieron, hasta que sus mentes
estuvieron aturdidas por el vino y apenas pudieron sostenerse sobre los pies.
Por fin llegó el momento culminante; la última piedra fue colocada sobre esta
negra pirámide de pecado mortal contra el espíritu de lo Divino.
Ochus
se puso de pie, agitando el Cayado del Dominio.
—Osiris
ha vuelto a nacer en Egipto —gritó—. Trae a su esposa, la divina Isis, para que
con ella pueda él beber de la copa del matrimonio y abrazarla como esposo.
En
ese momento el irreverente cortejo exclamó:
—Sí,
el dios Osiris ha vuelto a surgir en Egipto. Traed a la Reina Isis. ¡Traedla,
para que podamos ver como bebe junto a él y es besada!
Guardias
nos hicieron comparecer. Salimos de atrás de las cortinas del santuario, con
simples túnicas blancas. Cantando el antiguo himno de Reunión con música de
harpas y de vibrantes sistra, nuestra hermandad marchó hacia
el gran recinto, conmigo a la cabeza. Entramos al patio; una solemne tropa ante
quienes los ebrios comensales olvidaron sus mofas; en realidad, algunos de
ellos inclinaron sus cabezas como en actitud de respeto. Llegamos al estrado
que era sostenido por las estatuas de los dioses de Egipto y cuya plataforma
contenía a sus antiguos personajes reales y ahí nos detuvimos. Los guardias me
condujeron por una escalera de modo que me encontré en la plataforma frente a
Ochus-Osiris. Éste habló, diciendo con tono de burla:
—¡Salud!
Reina del Cielo. ¡Contempla! Osiris resucitado en el Nilo por fin te ha
encontrado. Quítate el velo, Reina del Cielo, para que él pueda contemplar tu
gloria, ya que como las diosas no envejecen, sin duda tu aspecto es glorioso.
Ante
estas palabras insultantes los presentes irrumpieron en una grosera carcajada;
esperé hasta que se hubo desvanecido y contesté:
—Oh
Rey envuelto en las vestimentas de un rey más poderoso, sí, en las ropas de la
Muerte, ¿no has escuchado que es muy peligroso quitar el velo a Isis, que
nadie, por cierto, lo ha hecho y ha sobrevivido? Piensas que soy sólo una
mujer, pero sabe que aquí en el santuario de Isis, sí, aquí en su santa Casa
que tú profanas con fiestas y con la carne de bestias masacradas, yo, su
Profetisa y Oráculo soy la propia diosa, vestida con su divinidad. Te ruego,
por tanto, piénsalo nuevamente antes de ordenarme que me quite el velo.
Durante
un momento pareció asustarse, al igual que sus acompañantes, puesto que
quedaron en silencio. Luego la furia se apoderó de él, que estaba pleno de vino
y orgullo.
—¿Qué?
—gritó—. ¿Seré yo, el Rey del mundo, desafiado y amenazado por una vieja bruja
que se llama a sí misma sacerdotisa, o diosa, o ambas cosas? Mujer: una vez
escuché tus ruegos y te dejé envuelta en ese trapo, pero ahora que vengo como
tu rey y como tu dios, ¡mira! reclamo el privilegio del dios. Fuera con ese
velo u ordenaré a mis mujeres que te desnuden por completo.
Nuevamente
se hizo el silencio, y durante un breve instante miré alrededor de mí.
Contemplé a los comensales iluminados por las poderosas llamas de la esencia de
betún; miré arriba, hacia el azul cielo donde la enorme luna flotaba
majestuosamente; me volví y miré la blanca estatua de la diosa, apenas
perceptible y pura entre las cortinas y en la oscuridad del distante santuario.
Entonces alcé mi cabeza y rogué en voz alta, diciendo:
—Oh
Tú, que desde tu trono en la luna contemplas todo aquello que sucede en la
tierra, oh Tú, gran Espíritu del mundo al que los hombres llaman Isis, Tú que
puedes salvar; Tú que puedes vengarte; Tú que conoces tanto la vida como la
muerte; Tú que gobiernas corazones y destinos; Tú ante cuya ecuánime vista el
rey es como el esclavo, ya que tanto reyes como esclavos no son sino polvo bajo
tus inmortales pies, escúchame, escucha a tu sacerdotisa y a tú Oráculo. Tú
conoces mi rectitud y la de tus servidores a quienes gobierno bajo tu mandato.
Protégeme, y protégelos a ellos, si es tu deseo, y si no lo es, entonces
llévanos contigo. Nada te pido; no busco dar la vuelta a las ruedas del carro
del Destino; juzga tú mi caso, Tú, con cuyo juicio me daré por satisfecha. De
tus manos penden los platillos del destino y los grandes mundos son sus pesas.
¿Quién soy yo pues para intentar presionar sobre tu equilibrio? Juzga, ahora,
entre yo, oh Madre Isis, y este rey ataviado de muerte que se mofa de ti, la
Reina del Cielo, al mofarse de mí, tu servidora en la tierra.
—¡Termina
ya, mujer! —dijo Ochus burlonamente—. Deja de lloriquear a una diosa sentada en
la luna, ya que ella está muy lejos de ti... y quítate el velo. Bagoas, dame la
Copa del Matrimonio, para que pueda beber por esta nueva esposa mía, que se
cree divina.
Bagoas
hizo una señal y un hombre de rostro moreno y negras barbas, de quien yo sabía
que era el médico del rey, se acercó con un cuenco de oro donde había viles
grabados de los amores de los sátiros. Probo de este cuenco, o fingió que lo
hacía, con mucha ceremonia y, entretanto, aunque nadie salvo yo, lo advirtió,
dejó caer el veneno en el vino. Luego, caminando con humildad, alzando tres
veces la copa y nuevamente haciendo que descendiera otras tres, sin duda para
mezclar el veneno con el vino, llegó ante la Presencia y arrodillándose
presentó el cuenco a su amo, el Rey de reyes, el Rey del mundo.
—Ahora
—dijo Ochus, embrutecido por el alcohol, mientras aferraba el cuenco—, ahora,
Profetisa, ¿te quitarás el velo o deberé llamar a las mujeres?
—No
es necesario —contesté—. No obstante, oh glorioso monarca, no obstante, oh
conquistador de todas las cosas, primero añadiré una palabra. Incluso un rey
tan poderoso como el que se atreve a vestirse con las vestimentas del Señor de
la Muerte tal vez pueda equivocarse de tanto en tanto. Así, Poderoso, te
equivocas cuando dices que Isis está muy lejos de mí, porque Isis está aquí,
y yo soy Isis.
Entonces,
ante una palabra mía, dos sacerdotisas acudieron rápidamente a mi lado y
desajustaron mi velo. Éste cayó al suelo, y ahí permanecí ante ellos ataviada
con toda la espléndida pompa de Isis, hermosa como Isis, con la terrible mirada
de Isis y sosteniendo en mis manos sus emblemas y el cetro con el que Isis
gobernaba al mundo.
Todos
contemplaron y desde ese atestado patio subió un susurro de asombro... ¿o fue
de temor? Ochus también contempló con ojos que casi saltaban de sus órbitas,
con la boca abierta.
—¡Por
el sagrado Fuego! —murmuró—; he aquí alguien con quien merece la pena casarse,
sea diosa o mujer.
—Entonces
bebe de la copa, oh Ochus-Osiris y tómala, sea ella diosa o mujer —contesté,
señalando hacia él con la Cruz de la Vida.
Bebió,
bebió abundantemente, y, olvidándose de ofrecerme el vino, aflojó su mano y el
cuenco cayó sobre el pequeño altar donde ardía el sagrado Fuego, apagándolo, y
rodó desde la plataforma hasta el suelo. Miré a Bagoas y vi en sus ojos una
mirada tal como la que jamás he visto en el rostro de un hombre. ¡Oh! era cruel
esa mirada... cruel pero triunfante, esta fría mirada a la víctima que había
sido un conquistador. Esa mirada contenía a todo el infierno.
Los
comensales murmuraron ante el presagio que significaba la muerte del Fuego,
pero ese trago pareció serenar a Ochus, que no le prestó atención. La violencia
abandonó su mirada; ésta se volvió astuta como la de un mercader. Y como un
mercader apreció mi belleza, vista a través de gasas como las que se emplean
para cubrir la efigie pintada de la diosa.
—Miro
antes de tomar —dijo—. Fue bueno conquistar Egipto; mejor será conquistarte a
ti, oh Divina, en la carne si no en el espíritu. Ahora comprendo porqué en el
pasado no toleraste que quitara tu velo.
Así
habló, lentamente, saboreando sus palabras con su lengua mientras sus
codiciosos ojos saboreaban mi belleza. Luego se levantó para pasar delante del
pequeño altar y avanzó hacia mí.
En
ese intenso lapso de tiempo lo consideré todo. Se me ocurrió pensar que Bagoas
me había engañado; que en su copa no había veneno, o que, en cualquier caso, el
plan había fallado y que si debía salvarme tendría que ser por mis propios
medios. No obstante me detuve antes de hacer aquello que causaría la muerte de
cientos.
—¡Detente!
—le dije—. No pongas ni uno de tus dedos sobre mí a menos que quieras atraer la
maldición de Isis sobre tu cabeza.
—No
—contestó—, es la bendición de Isis lo que estoy por atraer hacia mis labios,
¡oh Hermosa, oh Belleza encarnada!
Se
acercó. Ya había pasado ante el altar de mármol. Su rostro feroz y brutal
reverberó sobre el mío y me asió; pasó su caliente brazo alrededor de mí, me
arrastró hacia su abrazo mientras todas las bestias de su séquito gritaban con
vil regocijo.
Dejé
caer el sisirum que sostenía. El momento de misericordia había
terminado. Esos gritos habían sellado el destino de esos perros y sátiros. ¡Era
la señal!
Por
los medios que nos eran familiares la orden fue pasada a aquella que esperaba
abajo. Instantáneamente esta destructora de alma feroz se dedicó a su tarea con
lámpara y antorcha. Jamás un amante corrió tan velozmente hacia su amada como
ella lo hizo de montón en montón, encendiendo el aceite, encendiendo los
juncos.
¡Ese
brutal rey ya me tenía! Imprimía sus ardorosos besos sobre mi pecho, sobre mis
labios. Me quedé quieta. No luché. Permanecí como la estatua de la diosa. Esta
fría calma pareció asustarle.
—¿Eres
mujer? —preguntó titubeante.
—No
—contesté—, soy Isis. ¡Infortunio a aquellos que ponen sus manos sobre Isis!
Me
soltó. Se quedó contemplándome, y mientras esto hacía vi que su rostro
cambiaba.
—¿Qué
hay en tus ojos? —preguntó—. Todos los demonios de Egipto están mirando a
través de tus ojos.
—No
—contesté—, todos los demonios del infierno miran a través de mis ojos. Isis
gobierna a los demonios del infierno y los desencadena, oh rey vestido de
muerte.
—¿Qué
quieres decir? ¿Qué quieres decir? —preguntó.
—Eso
lo sabrás dentro de poco... en el infierno. Por tanto, di adiós al mundo, ¡oh
Cadáver de un rey!
Me
miró con ceño. Se balanceó hacia uno y otro lado. Luego, de pronto cayó como
alguien a quien una flecha atraviesa el corazón. Allí yació con sus espaldas
sobre el altar, contemplando fijamente la luna.
—¡Isis
está en la luna —exclamó—. Me amenaza desde la luna. Persas, temed a Isis, la
moradora de la Luna. ¡Bagoas! ¡Médico! ¡Médico! ¡Bagoas! protegedme de Isis. Me
está retorciendo el corazón con sus manos. ¡Bruja! ¡Bruja! libera a mi corazón
de tus manos.
Así
gimió con horrible voz, y estas fueron sus últimas palabras, ya que habiéndolas
pronunciado alzó su cabeza, mirando alrededor de sí con la boca torcida, y
luego la dejó caer pesadamente; rodó hacia la plataforma y allí se quedó
inmóvil.
Bagoas
y el médico corrieron hacia él.
—La
maldición de Isis ha caído sobre el Rey de reyes —gritó Bagoas.
—¡Aquél
que dominara al mundo ha muerto, golpeado por Isis de los egipcios —exclamó el
médico.
De
las mujeres reales y todos los presentes se elevó un gemido:
—¡Ochus
ha muerto! ¡Artajerjes ha muerto! ¡El Rey de reyes ha muerto!
Bagoas
y el médico, ayudados por las cortesanas de Ochus, alzaron el cuerpo. Lo
llevaron desde la plataforma al patio y desaparecieron en la oscuridad, y al
poco rato, en medio del profundo silencio escuché las puertas de los patios, y
las exteriores, correspondientes al pilón, cerrarse tras de ellos, y el
estrépito de los cerrojos que eran corridos por los guardias de los portales.
El
silencio continuó durante un tiempo ya que todos parecían muertos de terror.
Luego una voz exclamó:
—¡La
bruja ha asesinado al rey con su beso! Matadla. Hacedla pedazos. ¡Asesinadla
junto con su compañía!
La
hechizada turba comenzó a agitarse; escuché espadas que vibraron dentro de sus
vainas. Avanzaron como olas en un mar tranquilo, y como una ola empezaron a
desbordarse hacia la plataforma en la que ahora me encontraba yo sola. Me
incliné y recogí el sistrum que yacía en la plataforma, y lo
dirigí hacia ellos.
—¡Estáis
avisados! —grité—. ¡Quedáos quietos o de lo contrario la Maldición de Isis
caerá sobre vosotros!
—¡Bruja!
¡Bruja! ¡Bruja! —exclamaron, titubeando un instante, y nuevamente volvieron a
avanzar.
Agité
mi brazo, y como a modo de respuesta, del enrejado que había entre las piedras
posteriores a la plataforma de pronto surgió un denso humo seguido por
llamaradas. Lo agité por segunda vez, y desde el fondo del patio se alzó una
densa humareda seguida por llamas. Ellos vieron; y comprendieron.
—¡La
Maldición de Isis! —vociferaron—. ¡La Maldición de Isis está sobre nosotros!
¡El fuego se alza desde el infierno!
—No
—contesté—, ¡el fuego cae del Cielo, enviado por los dioses enfurecidos!
Ahora
entre yo y ellos llameaba una valla de fuego que ni los más osados se atrevían
a atravesar. Se detuvieron; uno arrojó una espada que pasó sobre mi cabeza.
Luego se volvieron, huyendo hacia las puertas del patio, y ahí les salió al
encuentro otra barrera de fuego. Algunos de los más atrevidos la saltaron, sólo
para descubrir que las puertas estaban cerradas y que los guardias,
sobrecogidos por el terror, habían huido. Volvieron hacia atrás, ardiendo, sí,
sus vestimentas de seda y sus cabellos untados con aceite los convertía, aún
vivos, en antorchas. Deliberaron. Acercaron las mesas y las apilaron una sobre
la otra y se esforzaron por escalar los muros del patio. Esto, tal vez alguno
de ellos hubiese podido hacerlo, si cada hombre no hubiese arrastrado hacia
abajo a su vecino, de modo que caían en desordenados montones sobre el suelo de
piedra y eran pisoteados hasta perder la vida.
Me
volví y por detrás del velo de humo huí de la plataforma, sin que nadie me
viera, hacia atrás de las colgaduras que ocultaban el santuario exterior, donde
estaba reunida toda la compañía de Isis, menos la feroz vieja sacerdotisa que,
todavía munida de lámpara y antorcha encendía fuegos incansablemente en los
sótanos y, sin duda, finalmente pasó al Cielo llevada por las ruedas en llamas
del carro final.
Aquí
mis servidores me despojaron de mis maltrechas túnicas, envolviéndome en
vestimentas oscuras y en un manto con capucha. Mientras esto
hacían miré hacia atrás. El recinto estaba invadido por las llamas. La
plataforma sobre la que Ochus había celebrado ardía y los muertos de la realeza que
había debajo llameaban alegremente. Sólo los dioses de piedra sobre los que
había sido erigida, inmóviles contemplaban silenciosos y temibles a través de
las vestiduras que constituían el humo y el fuego, emblemas de venganza y
perdición eterna.
No
pude ver más, pero por encima de las rugientes llamaradas escuché los rabiosos
gritos de aquellos comensales atrapados que habían venido a ver como su rey se
mofaba de Isis y su sacerdotisa; era terrible el escucharlos. Luego el suelo se
abrió y hacia abajo cayeron, a lo profundo del horno. Sí, aquellos que adoraban
al fuego fueron devorados por su propio dios.
Así
yo, Ayesha, Hija-de-la-Sabiduría, hija de Yarab de acuerdo a la carne, llevé a
cabo la venganza del Cielo sobre los persas y su Rey de reyes. La efectué
mediante el fuego; yo, cuyo camino estuvo, y por siempre estará, marcado por el
fuego; yo, Ayesha, que me hice inmortal en el aliento del fuego y que, en las
cavernas de Kôr, lo oprimí contra mi seno y quedé aferrada a
su secreta Alma.
Capítulo
XVII
La huída y la convocatoria
Alcanzamos
el pasaje secreto, llevando con nosotros los tesoros y los libros sagrados del
Santuario, que hasta el día de hoy yacen enterrados en las cuevas de Kôr.
Llegamos a salvo al templo en ruinas de Osiris, que los persas habían
destruido, y a través de éste hasta las compuertas que daban al agua, donde nos
esperaban las embarcaciones. Sin que nadie nos viera nos embarcamos y nos
deslizamos Nilo abajo. Si alguien nos hubiese visto pasar nos habría tomado por
campesinos, o acaso por egipcios que abandonaban Menfis escapando de los
persas. Pero creo que nadie nos vio, ya que todas las miradas se dirigían al
templo en llamas de Isis, y todos los oídos estaban ocupados por los rumores
que iban de boca en boca, diciendo que la diosa había descendido encarnada en
fuego y acabado con el tirano Ochus, sus generales, sus consejeros y su corte.
Así
me despedí de Menfis, la de las blancas murallas, a la que mis ojos jamás
volvieron a ver, aunque frecuentemente mi espíritu me la muestra en visiones
nocturnas, y a menudo me parece oír el último clamor de agonía de aquellos
sobre quienes ejecuté el designio del Cielo.
¿Qué
sucedió después? No es mucho lo que sí; aunque por rumores que Filo me
transmitió en años posteriores, supe que Bagoas y el médico dejaron caer o
arrojaron a algún sitio el cadáver de Ochus. Estos rumores decían que había
sido encontrado devorado por gatos y chacales, de modo que de no haber sido por
la rasgada mortaja de Osiris nadie hubiese sabido que allí yacía todo lo que
quedaba del Rey de reyes que había sembrado la desolación en Egipto y había
dejado a esa nación en estado de viudez. También decían que Bagoas había
instalado a Arses, el hijo de Ochus, en el trono de Persia y que luego le había
envenenado junto con todos sus hijos, excepto uno. Luego parece que convirtió a
éste en el rey Darío, y este Darío Codomannus, sabiendo que Bagoas también le
envenenaría, golpeó primero, obligándole a tomar de su narcotizada copa, de la
cual a tantos había dado a beber.
Así,
según parece, fue el fin de Bagoas, a quien yo había usado tal como el artista
usa una herramienta, atándole al carro de mi cólera y, como Erinnyes de
los griegos, haciendo de él una espada con la que yo, o el Cielo actuando a
través de mí, apuñaló a Persia en el corazón, del mismo modo que a través de
Tenes yo había apuñalado a Sidonia, y por medio de Sidonia, a Egipto. Puesto
que tales eran las condenas que me había sido ordenado ejecutar. Así, Bagoas
descendió por aquel camino por el que en otros tiempos había conducido a sus
víctimas y, salvo por el perverso nombre que resuena a través de los siglos,
este fue su final y el de todos sus crímenes.
Antes
del alba llegamos al vasto lecho de juncos y a través de éstos, por canales
sólo conocidos por nuestros pilotos, alcanzamos el santuario secreto
llamado Isis-entre-los-Juncos, donde todo había sido preparado
para nuestro arribo por los sacerdotes que lo custodiaban. Fatigada, me acosté
y dormí en una pequeña celda, sin ningún temor, ya que sabía con certeza que
ningún daño me sobrecogería y que tampoco sucedería nada a quienes conmigo
estaban. No puedo decir por qué lo sabía, pero así era. Además sabía que yo
había terminado con Egipto; allí mi tarea había finalizado; por tanto,
estábamos divorciados.
Dormí
a lo largo de todo el día, y a través de la mayor parte de la noche que siguió,
arrullada por el susurro de los altos juncos que me rodeaban. Supongo que debe
haber sido durante esas horas nocturnas que tuve un extraño sueño. En él yo me
encontraba en el desierto, una vasta extensión de arena que confinaba, a la
distancia, con el Nilo. Me encontraba a solas en este desierto; por toda
compañía tenía al sol que se ocultaba al oeste y la luna que nacía hacia el
este, y entre ellos, iluminada por sol y luna, por Ra y por Isis se agazapaba
una poderosa Esfinge de piedra con pecho y cabeza de mujer; esa Esfinge, supe,
era Egipto. Allí se sentaba, inmemorial, inmutable, severa, hermosa, y
contemplaba con meditativos ojos hacia el este, donde, cada mañana, salía el
sol.
Aparecieron
ante ella, uno a uno, adornados con sus emblemas sagrados correspondientes,
todo los dioses de Egipto; un tropel macabro y fantástico, tal como al que en
su delirio puede dar forma un cerebro muy turbado. Con cabezas de animales y
formas humanas, con cabezas humanas y formas animales; perros y águilas,
cocodrilos y búhos; pájaros de los pantanos, toros, carneros y enanos de
vientres hinchados, llegó esta asamblea de dioses que se inclinó ante la severa
y bella esfinge con cabeza de mujer.
La
Esfinge abrió su boca y habló:
—¿Qué
deseáis de mí, vosotros a quienes he protegido tanto tiempo? —preguntó.
Uno
que tenía forma de hombre, pero de cuyos hombros surgía la picuda cabeza de una
ibis, coronada por una media luna sobre la que había una pluma, y que portaba
en su mano la espátula de un escriba; aquel a quien los egipcios llamaban Thoth
el Medidor, el Archivador, se adelantó y respondió:
—Deseamos
decirte adiós, Madre Egipto, nuestra protectora durante miles de años. Con tu
fango hemos sido creados, y a tu fango regresamos.
—¿Oh
sí? —contestó la Esfinge—. Bien, ¿y qué? Vuestro breve día ha tocado a su fin.
No obstante, dime, ¿quién os ha dado esas monstruosas formas y os ha llamado
dioses?
—Nos
han sido dadas por los sacerdotes y ellos nos han denominado dioses —contestó
el hombre con cabeza de ibis—. Ahora los sacerdotes han sido asesinados y
nosotros debemos perecer con ellos, porque no somos más que dioses hechos de tu
barro, oh Egipto.
—Entonces
volved al barro, vosotros, dioses de barro.
Pero
antes decidme, ¿adónde está mi Espíritu, al que al comienzo, cuando el mundo
era joven, envié para que se convirtiera en un Alma divina que gobernase a
Egipto y al mundo?
—No
lo sabemos —contestó Thoth el Archivador—. Pregúntalo a los sacerdotes que nos
crearon. Tal vez ellos lo hayan escondido. ¡Adiós, oh Egipto, adiós, oh
Esfinge, adiós, adiós!
—¡Adiós!
—dijo como un eco ese monstruoso tropel y luego desapareció tristemente.
Hubo
silencio, y junto con él, soledad; la Esfinge contempló a la Nada, y la Nada a
la Esfinge, y yo, la contempladora, contemplé. Por fin, algo surgió de la nada,
y su forma fue la de una mujer. Se detuvo ante la Esfinge y dijo:
—¡Contempladme!
Yo soy tu espíritu perdido, pero tú, oh Egipto, no me has creado, puesto que yo
te creé a ti por mandato divino. Yo soy aquella a quien los hombres conocen por
Isis, aquí en el Nilo, pero a la que todo el mundo, y los mundos que se hallan
más allá del mundo, conocen por Naturaleza, el ropaje visible de Dios
Todopoderoso. Ya han desaparecido aquellas fantasías, alimentadas por el hombre
y concebidas por los sacerdotes. No obstante, yo permanezco, y tú permaneces,
sí, y aunque seamos llamadas con numerosos nombres en los infinitos días por
venir, tal como hemos sido llamadas en los infinitos días del pasado, por
siempre permaneceremos, hasta que este pequeño globo flotante de la tierra
finalice sus viajes y se disuelva dentro de aquello de lo que provino, los
infinitos brazos del infinito Dios.
Entonces
la Esfinge con cabeza humana se levantó de la roca donde había yacido desde el
comienzo. Alzó su gigantesca mole, se hincó sobre sus rodillas y se inclinó
ante la forma de mujer, la pequeña forma de mujer que era Isis, la Naturaleza,
la Ejecutora de Dios. Tres veces se inclinó... y desapareció.
El
Espíritu quedó solo, y yo, Ayesha, quedé sola. El Espíritu se volvió y me
contempló y ¡he aquí! tenía la misma forma que yo. Triste era su aspecto,
afligidos sus ojos, pero no pronunció palabra alguna.
—Madre.
Madre —exclamé—, ¡háblame, madre!
Pero
no hubo respuesta; únicamente hizo una seña hacia los cielos y de pronto
desapareció. Entonces yo, Ayesha, permanecí a solas en el inconmensurable
desierto, contemplando la puesta del sol, la salida de la luna, la estrella
vespertina que brillaba entre ambos, y lloré inconteniblemente a causa de mi
soledad. Puesto que ¿qué compañía halla el alma humana en el sol y la luna y la
estrella vespertina cuando el espíritu que los ha formado a todos ha partido,
dejándoles para que se contemplen el uno al otro, mudos en el vacío?
Tal
fue el sueño sobre el que he meditado año tras año, pidiendo al sol, a la luna
y a la estrella vespertina una respuesta para su enigma, y sin obtener ninguna.
Sólo el espíritu puede interpretar sus propios problemas, y para conmigo, a
causa de mis pecados, porque, como los dioses de Egipto yo estoy hecha de barro
que encubre la débil luz interior de mi alma, ese espíritu está sofocado y
mudo. Empero, un día, el Nilo de la muerte al que durante tiempo he evitado
romperá sus barreras y limpiará el lodo. Entonces la lámpara volverá a brillar;
entonces el espíritu aparecerá y la alimentará con su sagrado aceite y soplará
sobre ella con su aliento, y en ese aliento acaso yo comprenda mi sueño y
descubra la respuesta al enigma.
En
realidad, el Tiempo echa desnudos sus cimientos, ya que ¿no me dice Holly que
durante casi dos mil años los dioses egipcios han estado muertos? Durante un
tiempo han permanecido detrás de los griegos y romanos, modificadas máscaras de
lo que una vez fueron ellos; durante un tiempo sus efigies siguieron siendo
pintadas sobre los ataúdes de su pueblo. Luego surgió la estrella de una nueva
Fe, una refulgente y santa estrella, y entre sus rayos se marchitaron y se
desmoronaron convirtiéndose en polvo. Solo la antigua Esfinge permanece
contemplando el Nilo, y acaso en el silencio de la noche se comunica con la
Madre Isis, hablando de muertos reyes y guerras olvidadas, puesto que al ser la
Naturaleza encarnada, sólo Isis no muere, aunque de siglo en siglo su ropaje
cambie.
Sí,
cuando yo, Ayesha, incendié el patio y quemé a esos viles comensales persas,
con ellos di muerte a los dioses de Egipto, y sus tristes y solemnes estatuas
me miraron despidiéndose a través del ondulante muro de llamas. No, no fui yo
quien lo hice; ni yo causé la perdición de Sidonia y la muerte de Ochus, sino
el Destino que me usó como su espada, así como yo usé a Bagoas: yo, la hija del
Destino ejecutora de su fatalidad.
Cuando
desperté todavía estaba oscuro, salvo por la luz de la luna que se hundía, y en
el viento de la noche, con una débil voz continua, los altos juncos susurraban
sus plegarias al Cielo. Puesto que aunque no lo sepamos, todo lo que tiene vida
debe rezar o morir. Desde la gran estrella que corre veloz a través del espacio
en su eterno viaje, a la flor más humilde que anida debajo de una piedra, todo
debe rezar, puesto que la oración es la sangre del espíritu que hay en ellas y
si esa sangre se congela se transforman en materia que no puede crecer, y que
desconoce tanto la esperanza como el miedo, para perderse en el abismo sin
salida de las tinieblas.
Escuché
a esos susurrantes juncos que hablaban de los misterios de la tierra a los
misterios de las alturas, y en alas de sus melodiosas peticiones elevé las mías
al Cielo.
Porque
en verdad estaba afligida y no sabía qué hacer. Aquí no podía morar mucho
tiempo ya que seguramente, tarde o temprano los persas me buscarían y sin duda
Bagoas, para encubrir sus propios crímenes, me quitaría la vida por haber sido
la destructora de su rey. Esto no me atemorizó; yo estaba hastiada del mundo y
todos sus horrores y en ánimo de traspasar los portales de la muerte, con la
esperanza de que más allá podría encontrar uno mejor. Pero existían aquellos
que estaban conmigo, mis compañeros al servicio de la diosa a quienes había
prometido seguridad y que habían depositado su fe en mí como si en verdad yo
hubiese sido la diosa, y si yo moría, sin duda también ellos morirían.
Por
tanto debía salvarlos si podía. ¿Pero cómo? No tenía navío en el que escapar de
Egipto, y aunque lo hubiese tenido, ¿hacia adónde huir, ahora que toda la
tierra era persa? ¡Oh! si hubiese estado Noot para aconsejarme. Estaba segura
que en algún sitio se hallaba con vida, ya que su voz había hablado en el
santuario, y no por medio de una artimaña sacerdotal, ya que cuando había
elevado mi plegaria en busca de guía yo no conocía cuál sería la respuesta, o
quién la manifestaría, ni siquiera si no caería en los sordos oídos de los
vientos y como una hoja muerta no sería alejada por éstos hasta perderse.
Sí,
él todavía vivía, empero, ¿cómo podía yo saber que habitaba aquí? Tal vez
hubiese hablado desde mucho más allá de este tormentoso aire mundanal. Aún así,
aquel que me había aconsejado una vez podía volverlo a hacer.
—Oh
juncos susurrantes —exclamé en el fondo de mi corazón—, con vuestros millones
de lenguas, implorad al este y al oeste, al norte y al sur, que Ayesha sea
auxiliada en la adversidad por el santo Noot.
Sí,
así imploré, como una niña pequeña desconcertada que ve a Dios en una nube y
piensa que las flores se abren para su alegría y que las grandes Pléyades miran
hacia abajo desde el cielo y la aman. Sí, la fatiga, el pesar y el terror me
habían convertido en una niña pequeña.
Bueno,
es a los niños, antes que a los orgullosos y eruditos, gobernantes de la tierra
y retadores del Cielo, que más frecuentemente llegan las respuestas, y con
ellas, el conocimiento de la verdad. Al menos a mí, vacía de fuerza y sabiduría
y, en esa hora de debilitamiento, olvidada incluso de mi belleza, mis grandes
acciones y la sabiduría que había obtenido, velozmente me llegó una respuesta.
Súbitamente,
ante el primer rubor del alba sobre las pálidas mejillas de la noche, una
sacerdotisa apareció junto a mi jergón.
—Despierta,
oh Isis-en-la-Tierra —dijo inclinándose—. Afuera hay un hombre que desea hablar
contigo. Vino en una barca y cuando fue puesto a prueba respondió con todos los
signos, sí, e incluso pronunció las secretas palabras conocidas por tan pocos,
esas palabras que abren la puerta del santuario. Los sacerdotes le han
preguntado qué le traía. Ha respondido que sólo podía decírselo a aquella que
portaba el sistrum enjoyado, a la que cubría su cabeza con una
nube cual cima de una montaña, a esa Profetisa que en todos los santuarios es
conocida por Hija-de-la-Sabiduría, pero que entre los hombres es llamada
Ayesha, Hija de Yarab.
Dudando
de este hombre y oliendo traición hice que esa instruida sacerdotisa repitiera
una a una las palabras místicas que él había pronunciado. Por fin pronunció
cierta sílaba cuyo significado ni siquiera ella conocía. Pero yo la conocía, y
también a quien estaba a cargo de su custodia.
Invadida
por una gran esperanza me levanté y me envolví en una vestimenta oscura.
—Condúceme
ante ese hombre —dije—, pero antes asegúrate de que tres sacerdotes le rodeen
con las espadas desenvainadas.
Ella
salió y al poco rato volvió, diciendo que el hombre me aguardaba en el patio
delantero del pequeño templo, custodiado tal como yo lo había ordenado. La
seguí a ese patio. Era un lugar pequeño, del tamaño de un cuarto grande. Entré
a este sitio desde el santuario, caminando hacia el oeste. Por la puerta que
daba al este entraban los primeros rayos del sol que nacía y que dieron sobre
un hombre que esperaba en el centro del patio, custodiado por tres sacerdotes
con las espadas en alto.
No
pude ver su rostro, aunque tal vez, incluso debajo de mi capucha, él haya
podido ver el mío sobre el que también daban esos rayos. En cualquier caso, le
vi, adelantarse, y luego caer sobre sus rodillas, alzando su mano a modo de
saludo con un veloz y curioso movimiento. Fue suficiente. Le reconocí
enseguida. Este hombre sin duda era Filo. Mediante una palabra ordené a los
armados sacerdotes que se retiraran y a las sacerdotisas que me habían
acompañado que esperaran a la sombra. Luego me adelanté, diciendo:
—Levántate,
Filo, a quien he buscado durante tanto tiempo que comencé a pensar que ya no se
te encontraría bajo el sol. ¿De dónde vienes, Filo, y con qué propósito?
—Oh
Profetisa, oh adorada, oh divina Señora —contestó con voz regocijada—. Yo, tu
esclavo en la carne y tu compañero servidor en la diosa, te saludo; a ti, a
quien jamás pensé volver a ver después de todo lo que ha sucedido en Egipto.
Permite que pueda besar tu mano v así saber que todavía eres una mujer y no un
espectro.
Extendí
mi mano y reverentemente la tocó con sus labios.
—Cuenta
ahora tu historia, amigo Filo —dije—. ¿De dónde vienes, bien recibido Filo, y a
través de qué magia me has encontrado aquí?
—Vengo
desde muy lejos, desde el sur, Profetisa, de una antigua tierra de la que luego
sabrás. Durante tres meses he luchado con mares difíciles, llevado por vientos
contrarios, para llegar a las desembocaduras del Nilo y saber si todavía
vivías.
—¿Y
quién te ha enviado, amigo Filo?
—Un
cierto Maestro al que ambos conocemos. Él me ha enviado.
—¿Acaso
es llamado Noot? —pregunté en voz baja—, y en ese caso, ¿navegaste hasta acá
por mares mortales o por aquellos por los que Ra viaja en el mundo subterráneo?
Dije
esto cavilando, ya que se me había ocurrido que aquél que ante mí se
arrodillaba acaso no fuera un hombre sino una sombra enviada para hacerme
comparecer a los recintos de Osiris.
—Mares
mortales he navegado; aquellos del mundo subterráneo todavía esperan mi proa,
oh Hija de la Sabiduría. Aquí está la prueba de ello; —y extrayendo un rollo de
su pechera tocó con él su frente, en señal de reverencia, y luego me lo
entregó.
Rompí
los sellos, abrí el rollo y a la luz del sol naciente lo leí. Decía así:
«De
Noot, hijo de Noot, supremo sacerdote, guardián de Secretos, a Ayesha, Hija de
Isis, Hija de la Sabiduría, la Instruida, el Oráculo:
»Vivo.
No duermo en mi casa eterna. Mi espíritu me muestra lo que sucede en el Nilo.
Sé que has obedecido las órdenes que te dirá antes de separarnos en años
pasados, oh mi engendrada en la diosa. Sé que has esperado pacientemente en la
fe, a través de muchas tribulaciones. Sé también que este escrito te encontrará
en una hora de grandes peligros cuando por segunda vez has escapado del fuego,
dejando detrás de ti las cenizas de tus enemigos. Ven a mí ahora, de inmediato,
y que Filo, el amado hermano, y el consagrado sistrum que es
el cetro de tu oficio sean tus guías. Filo te conducirá; a través de todos los
peligros el sistrum será tu protección. Esto es todo.
»Obedece,
Boca de Isis, trayendo contigo a aquellos que están al servicio de la diosa.
Lee el sello de Noot, supremo sacerdote y profeta, y no tardes.»
Leí
y oculté el rollo. Luego pregunté:
—¿Sobre
qué alas volaremos hacia Noot, que tan lejos está de nosotros, amigo Filo?
—Sobre
las de una nave a la que tú conoces, Profetisa, la nave llamada Hapi, a
bordo de la que tú ya has pasado por numerosos peligros. Se encuentra allá, con
su tripulación completa, en la margen exterior de este mar de juncos.
—¿Cómo
encontraste esos juncos, y cómo supiste que me ocultaba entre ellos? —pregunté
con curiosidad.
—Noot
los señaló en un mapa que me entregó y me dijo que en ellos, donde según cuenta
la historia Isis descubrió el corazón de Osiris yo encontraría a la hija de
Isis, Profetisa, no preguntes más.
Escuché
y di las gracias desde lo profundo de mi corazón. Sin duda lo que yo había
musitado a los susurrantes juncos había sido llevado a los oídos del Cielo.
El
trirreme Hapi, con un mástil plegado, estaba escondido en
aguas poco profundas, entre lechos de altas espadañas y plantas de papiro, a
través a los cuales Filo lo había conducido bajo la luz de la luna. Todo ese
día trabajamos cargándola con los tesoros del templo de Isis y los del
santuario secreto, que eran muchos, puesto que durante esos tiempos difíciles
mucho oro e inapreciables provisiones de metales preciosos habían sido
escondidos entre los juncos. Con todo esto también había algunas de las más antiguas
y santificadas estatuas de la diosa hechas en oro y marfil y piedra de
alabastro.
Todo
esto, junto con mis grandes riquezas en joyas, y otros pertrechos, fueron
llevados en botes al Hapi y almacenados en su bodega, donde
fueron escondidos debajo de una gran cantidad de mercancías que Filo había
adquirido en los puertos del Nilo. Ahí había llegado bajo la apariencia de un
mercader del sur y había cargado a su nave con productos de Punt, tales como
marfil y maderas raras. Esto era vendido en puertos donde él reunía información
de todo lo que sucedía en Egipto, y, después de comprar otras mercancías pasó
insospechado Nilo arriba, hacia la secreta Isla de los Juncos, donde Noot le
había ordenado que preguntara por mí cuando fuera el tiempo de la luna llena en
este mismo mes. No le fue difícil encontrar la isla ya que parecía que, siendo
un iniciado en Isis, en épocas pasadas La había visitado llevado por asuntos de
la diosa.
Mientras
estábamos ocupados por esta tarea vimos embarcaciones llenas de soldados persas
que iban Nilo abajo, como si buscaran a alguien, y hacia la tarde los vimos
regresar Nilo arriba, dirigiéndose a Menfis. Yo supe a quién buscaban y advertí
que lo hacían distraídamente ya que todos creían que yo y mi compañía habíamos
perecido con los persas en el templo en llamas.
Cuando
cayó la noche reuní a los sacerdotes y sacerdotisas; eran en total treinta y
tres. Y les hablé, diciendo:
—Aquí
en Egipto, nosotros que somos los servidores de la diosa, no podemos quedarnos
ya más. Los dioses de Khem han caído, sus santuarios están desolados y la
muerte por medio de la espada, o el fuego, o los ganchos de los torturadores es
la suerte de aquellos que los veneran. Noot, el supremo sacerdote, el Maestro,
el Profeta, nos convoca desde lejos, ordenando que llevemos el culto de la
diosa a nuevas tierras que ignoro donde se hallan. Filo, nuestro hermano es su
mensajero y aquí está el mensaje, escrito en este rollo, leedlo si lo deseáis.
Yo, el Oráculo y Profetisa obedezco la convocatoria; esta misma noche zarpo
poniendo rumbo a mares desconocidos, y confiando en la diosa por guía, acaso
hacia los portales de la muerte. Noot, el supremo sacerdote, os ordena
acompañarme. No obstante, os doy a elegir. Morad aquí si lo deseáis y vivid
vuestras vidas disfrazados de escribas o campesinos, acaso así escapéis a la
venganza de los persas. O venid conmigo, si es vuestro deseo, sabiendo que no
os prometo nada. Que cada uno hable tal como el Espíritu indique a su corazón.
Consultaron
entre ellos; luego, uno a uno dijeron que estaban determinados a acompañarme ya
que les parecía mejor morir conmigo y pasar puros a los brazos de la diosa que
vivir deshonrados, o acaso morir miserablemente bajo los azotes de los
verdugos, habiendo primero sido forzados a hacer sacrificio al dios persa del
Fuego. Así, hombre tras hombre y mujer tras mujer juraron el voto que no podía
ser roto por aquellos que no quisieron caer dentro de las fauces del Devorador,
y en prenda de esto besaron el sagrado sistrum que sostuve
ante los labios de cada uno de ellos. Luego, por última vez celebramos los
ritos de Isis en un templo de Isis en el Nilo y con lágrimas y dolor cantamos
el salmo de la despedida, el mismo que nuestra hermandad canta a sus muertos.
Hecho
esto fuimos a las barcas y unos remeros nos condujeron a bordo del Hapi.
Cuando
la luna alcanzó su brillo máximo, los marineros, feroces hombres extranjeros en
su mayoría, hombres como los que jamás había visto antes, que usaban grandes
pendientes de oro y sortijas insertadas en sus narices, con pértigas impelieron
la nave fuera de los juncos y hacia las profundas aguas del Nilo. Aquí izaron
el mástil y colocaron las velas que rápidamente se hincharon con el fuerte
viento que soplaba desde las tierras altas y que nos impulsó con brío.
Salimos
del Nilo por una desembocadura poco frecuentada, cosa que pudimos hacer ya que
en ese momento el río estaba crecido y entramos al canal que lleva a los mares;
este canal había sido dragado por los antiguos faraones y los persas lo habían
hecho limpiar de las arenas que se amontonaban. A través del canal, aunque no
sin dificultad ya que había partes en las que era estrecho y poco profundo, por
fin llegamos sin novedad al Mar Rojo y dijimos adiós a Egipto. Nadie nos
entorpeció en esta travesía y, después de haber cruzado los lagos sólo una vez
nos detuvimos en un pequeño pueblo que no había sido avasallado, en la
desembocadura del extremo del canal para comprar pan, pescado fresco y carne
con los cuales abastecer a nuestra nave.
Encontramos
a este pueblo invadido de rumores, ya que las nuevas de la muerte de Ochus
había llegado y muchas eran las historias que se contaban acerca de la forma en
que había muerto. Estos moradores de la costa se inclinaban por la que se decía
que el dios Set había aparecido en persona en el festín y, sometiendo a Ochus,
lo había montado sobre un Apis alado, el mismo toro Apis que él había
sacrificado y comido, y que el toro lo había llevado al infierno. Sonreí ante
esta fábula, aunque en realidad había en ella una semilla de verdad, ya que sin
duda, si existía un infierno, ese Ochus empapado en sangre había sido su
habitante aquel día.
Ahora
bien, de todo ese viaje, yo, que estoy empezando a fatigarme de escribir,
omitiré el relato. Se desarrolló maravillosamente; tanto que creo que,
invisibles a nuestros ojos, espíritus del mundo subterráneo deben haber estado
sobre nuestra proa. Día tras día un viento fuerte y constante que soplaba del
norte nos empujó velozmente. No nos acometió tormenta alguna ni dimos contra
ninguna roca, y cuando íbamos a tierra en busca de agua, o bien ésta estaba
deshabitada o sus moradores, extranjeras gentes bárbaras, eran amigables.
De
modo que transcurrimos el tiempo deslizándonos de luna en luna y siempre
navegando hacia el sur. Tampoco fue una época poco feliz; me sentaba yo en la
misma cabina que había sido mía cuando el Faraón se dejara sobornar y me
entregara a Tenes, y por lo tanto me era familiar, con algo del aspecto de un
hogar. En realidad, con un cierto placer de ácido sabor, de tanto en tanto
recordaba todo lo que me había sucedido en esa nave y en esa misma cabina. Por
ejemplo, el lugar donde había persuadido a Tenes, enloquecido por su pasión,
para que me diera ese escrito; adonde había estado parado, y luego arrodillado;
adónde había dado su sombra en los tabiques de cedro. También allí, en la
madera, había un agujero hecho por una flecha que había tenido por objetivo arrancarme
la vida.
En
el combés de la nave estaba el sitio donde los asaltantes del Fuego
Santo habían subido a bordo, cuando Kalíkrates, el capitán griego
convertido en Jerofante les había derrotado con tanta gallardía. A popa,
además, estaba el entoldillado donde le había visitado y vendado las heridas
que habían sido casi mortales. Aquí había puesto en su dedo el hechizado anillo
en forma de escarabajo de Khaemuas, el Mago, donde había tallas de símbolos con
un significado secreto, aunque todo lo que parecía leerse era «Hijo de Ra»,
para que dicho anillo lo rescatara de las tinieblas de la muerte, del mismo
modo que Osiris resucitó, y Ra resucita, del mundo subterráneo.
Fue
aquí, también, donde le escuché confundirme con otra mujer, y a esa mujer darle
las gracias, abriendo así mis ojos a toda la locura que había en mi corazón.
Estas cosas me habían sucedido hacía años, y ahora, cuando estaban muertas, yo
afirmo que podía soñar con ellas con ese suave dolor que es como la ternura de
la noche después de que la promesa de la mañana y del ardiente calor de
mediodía se han convertido sólo en recuerdos enterrados bajo el polvo del
tiempo. Aunque también es cierto que de tanto en tanto esos recuerdos volvían a
aparecer, especialmente dentro de los santuarios del sueño.
¡Oh!
había pasado tanto tiempo. La barba de Filo, a la que yo recordaba espesa y
marrón ¿no se había hecho gris desde entonces? y su rizado cabello ¿no había
raleado sobre sus sienes? Y yo, joven entonces, ¿no había llegado a la edad
madura, aunque todavía me mantenía más agraciada que ninguna otra mujer en el
mundo? ¿No estaba mi alma agobiada con demasiada sabiduría? Y las aflicciones
por las que había pasado ¿no la habían atravesado con mil lanzas? Ahora sin
duda Kalíkrates estaba muerto, y todos los sueños que sólo él entre todos los
hombres había hecho nacer en mí habían ido a dónde sea que los sueños deben ir,
acaso para perderse en la inmensidad de lo desconocido, o tal vez, después del
cambio llamado muerte para allí volver a ser encontrados.
Empero,
yo seguía peregrinando por mi sendero, impulsada por el Destino, como antaño,
sin saber con qué fin, cosa que tampoco me preocupaba demasiado saber. Porque
ahora parecía que había terminado de desempeñar mi papel; el mundo y sus
ataduras quedaban atrás y los últimos fragmentos de mi red deberían ser hilados
con pobres tejidos, en lugares desconocidos, donde musitaría plegarias bajo un
cielo ajeno hasta que a la muerte le complaciera cubrirme con sus alas y
transportarme a las profundidades de sus inmensas habitaciones.
Bueno,
que así sucediera, puesto que, como ya he dicho, estaba hastiada del mundo; de
sus fatigas, de sus sangrientos litigios y de sus perpetuas luchas por lograr
aquello que ni hombre ni mujer pueden obtener... excepto en sueños.
Fue
mucho lo que con Filo hablé; pero siempre acerca del pasado, de aquellas cosas
que habíamos experimentado juntos, o de otros eventos de años anteriores de su
aventurera vida, o de la mía. Muy agradable compañía la de este Filo, hombre de
sagaz inteligencia y poseedor de cierta sabiduría, valiente ciudadano del mundo
que había visto mucho, y a la vez, alguien que reverenciaba a los dioses,
fueran éstos lo que fuesen, y que pensaba en aquello que está más allá del
mundo en los mismos términos. Pero del presente, o de lo que había sucedido
desde que zarpara junto a Noot, mi Maestro, cuando Ochus invadiera Egipto, y
mucho menos del futuro y adonde íbamos o porqué, no hablé en absoluto.
Porque
cuando estos asuntos llegaban a mis labios, tal como había ocurrido incluso
antes de alejarnos del Nilo, Filo me hacía cierta señal que significaba que se
encontraba bajo juramento, un muy solemne juramento que le prohibía hablar
acerca de ellos; respeté ese voto ya que en realidad ese era mi deber. Por
tanto no hice más preguntas y navegué con la despreocupación de un niño que no
teme lo que está por venir y de quien la muerte está todavía muy lejana.
Capítulo
XVIII
El relato de Filo
Una
vez más era noche de luna. Como lo habíamos hecho durante numerosos días
navegábamos ahora con viento estable, con la costa de Libia a nuestra derecha,
y a la izquierda, a cierta distancia, una línea de rocosos arrecifes sobre los
que continuamente rompían grandes olas.
Era
una espléndida luna que convertía el mar en plata e iluminaba la costa de
palmeras casi con tanto brillo como el sol. Estaba sentada en cubierta, cerca
de mi cabina, y junto a mí se hallaba Filo, que contemplaba la costa con mucha
atención.
—¿Qué
es lo que buscas, Filo? ¿Temes que haya rocas cerca de la superficie?
—No,
Hija de Isis; si bien es cierto que busco cierta roca que según mis cálculos ya
debería estar a la vista. ¡Ahá!
Entonces
corrió hacia adelante y dio una orden. Los hombres dieron un salto y se
abalanzaron sobre las maromas, mientras los remeros comenzaban a retirar los
remos. Mientras esto hacían, el Hapi giró, de modo que su proa
quedó mirando a la costa y la enorme vela cayó sobre la cubierta. Entonces los
largos remos mordieron las aguas y nos condujeron en dirección a la costa.
Filo
regresó.
—Mira,
Señora —dijo—. Ahora que la luna está más alta puedes ver bien— y señaló un
promontorio que había frente a nosotros.
Siguiendo
con mis ojos su mano extendida percibí una gran roca de varios metros de altura
y en cuya cima había esculpida una cabeza mucho más grande que la de la enorme
Esfinge de Egipto. O tal vez no fuera esculpida; acaso la Naturaleza la había
modelado en esa forma. En cualquier caso allí se alzaba, y se alzará, algo
terrible y horroroso, semejante a una cabeza etíope que eternamente contempla a
través del mar.
—¿Qué
es eso? —pregunté.
—Señora,
es el Guardián del Portal de la tierra a la que vamos. La leyenda dice que esa
cabeza que está modelada a semejanza del primer rey de dicha tierra, que vivió
miles y miles de años antes de que fueran construidas las pirámides; y también
que sus huesos yacen ahí o que, en cualquier caso, es frecuentada por su
espíritu. Por esta razón nadie se atreve a tocar, y mucho menos a trepar por
esa monstruosa roca.
Luego
se fue a ocuparse de los asuntos referentes a la nave, porque, como dijo al
irse, la entrada al sitio era estrecha y peligrosa. Pero yo seguí sentada en
cubierta mirando esta extraña nueva visión.
En
el término de una hora, remando cuidadosamente; entramos a la boca de un río,
con la roca en forma de cabeza de negro a nuestra derecha. Fue entonces que vi
algo que trajo a mi mente el relato de Filo acerca de un antiguo rey. Porque
ahí, a menos de lo que hubiese soñado, sobre el extremo más alto del cráneo de
la efigie, de pronto percibí una alta forma vestida con una armadura que
resplandecía con plateado brillo bajo los rayos de la luna. Se recostaba sobre
una enorme lanza, y cuando pasamos frente a ella se irguió y se inclinó hacia
adelante como para contemplar la nave que había debajo. Luego, alzó tres veces
la lanza a modo de saludo; tres veces se inclinó, según creí, en señal de
obediencia hacia mí, y, habiendo hecho esto, abrió sus brazos a todo lo ancho y
desapareció.
Pregunté
luego a Filo si también él había visto lo ocurrido.
—No
—contestó con voz incierta, como si la cuestión fuese algo de lo que él no
deseaba hablar, y agregó—: No es costumbre de los marinos observar esa cabeza a
la luz de la luna, porque la leyenda dice que si lo hacen y ocurre que
contemplan un espectro tal como el que tú describes, éste les arroja una lanza,
y entonces están condenados a morir en el término de un año. Aunque a ti, Hija
de Isis, él no ha arrojado lanza alguna; sólo se inclinó y te ofreció el saludo
de los reyes, según lo que me dices. Por tanto no hay duda de que ni tú ni
ninguno de nosotros, tus acompañantes, estamos señalados por la muerte.
Sonreí
y dije que yo, aquella cuya alma estaba en contacto con el Cielo no temía la
cólera de ningún antiguo rey, y no hablamos más de este asunto. Sin embargo, en
siglos posteriores llegué a pensar que había veracidad en esa leyenda y que
este rey muerto hacía tanto tiempo había parecido, así, dar la bienvenida a
quien estaba destinada a gobernar esta tierra a través de numerosas
generaciones; y además, que acaso no estuviera muerto sino que, habiendo bebido
de cierta Copa de la Vida, a la que yo iba a descubrir posteriormente, vivía
sobre la roca eternamente.
Me
acosté y dormí, y cuando desperté en la brillante mañana descubrí que habíamos
pasado del río hacia un canal excavado por el hombre, el cual, aunque profundo,
era demasiado estrecho para que trabajaran los remos. Por tanto, el Hapi tuvo
que desplazarse empujado por varas y remolcado por sogas tiradas por marineros
desde un sendero que corría por la orilla.
Durante
tres días viajamos de esta forma avanzando muy lentamente, ya que el esfuerzo
de arrastrar un navío tan grande era enorme, y por la noche atracábamos, tal
como lo hacen las embarcaciones en el Nilo. Durante todo este período no vimos
viviendas, aunque sí algunas ruinas. En realidad era esa una región muy
desolada y llena de grandes ciénagas habitadas por bestias salvajes, guarida de
búhos y avetoros, donde los leones rugían y las serpientes reptaban, enormes
serpientes como las que jamás había visto.
Por
fin, al mediodía del cuarto día llegamos a un lago donde finalizaba el canal;
este lago alguna vez había sido un puerto, puesto que vimos muelles de piedra
donde aún había amarradas algunas barcas a las que aparentemente se daba poco
uso. Filo dijo que aquí debíamos desembarcar y seguir viaje por tierra. De modo
que abandonamos el Hapi, con bastante tristeza por mi parte,
ya que habían sido días felices y calmos los que había pasado a bordo,
verdaderos oasis en el desierto asolado por tormentas que era mi vida.
Apenas
habíamos puesto los pies en tierra cuando apareció, no sé de donde, un grupo de
hombres; corpulentos, de nariz ganchuda, sombríos hombres, tales como los que
había visto entre la tripulación del Hapi. Éstos, aunque tan
feroces en apariencia, no eran bárbaros puesto que usaban vestimentas de lino
que les confería aspecto de sacerdotes. Además, sus jefes podían hablar árabe
en su forma más antigua, el cual, al ser algo que yo había estudiado,
comprendí. Junto a ese ejército que portaba arcos y lanzas venía un tropel de
gente de clase más baja que acarreaban literas o equipajes, y también una
guardia de gigantescos sujetos los que, según Filo me dijo, eran mi escolta
especial. En ese momento mi paciencia flaqueó de modo que me volví hacia Filo y
dije:
—Hasta
ahora, amigo, me he confiado a ti porque parecía que era un designio el que así
lo hiciera. Ahora dime, te lo imploro, ¿qué significa esta travesía a través de
incontables leguas marinas hasta una tierra sin arar, y adónde voy yo en
compañía de estos bárbaros? Porque me trajiste un escrito en un momento
apropiado me entregué a tu custodia; no pedí a la diosa revelación alguna ni
busqué resolver el misterio mediante ensalmos. Empero, ahora pido, y como
Profetisa de Isis exijo la verdad de ti, su humilde servidor.
—Divina
Señora —contestó Filo, inclinándose ante mí—, lo que no he revelado ha sido
porque así se me ordenó que hiciera; y la orden ha provenido de alguien muy
grande, nada menos que de Noot el anciano y santo. Vas a una antigua tierra,
que no obstante todavía es nueva, para encontrar a Noot, tu maestro y el mío.
—¿En
carne o en espíritu? —pregunté.
—En
carne, Profetisa, si todavía vive, tal como aseguran estos hombres y mira, yo
te acompaño; yo, a quien en el pasado creíste fiel. Si te defraudo, deja que lo
pague con mi vida, y por lo demás, pregúntalo al santo Noot.
—Es
suficiente —dije—. En marcha.
Penetramos
en las literas; hicimos que sus portadores cargaran los tesoros de Isis y mis
riquezas personales y, habiendo dejado al Hapi bajo custodia,
marchamos hacia lo desconocido como una vasta caravana de mercaderes. Durante
días marchamos, siguiendo un amplio camino que en diversos sitios se hallaba
interrumpido; avanzamos por planicies y a través de vastos pantanos, y por la
noche dormimos en cuevas o al abrigo de tiendas que llevábamos con nosotros.
Fue
una extraña travesía esta que realicé rodeada por esa multitud de hombres de
nariz ganchuda, silenciosos, espectrales quienes, según advertí, gustaban más
de la noche que del día. Casi podría haber pensado que habían sido enviados
desde Hades para conducirnos hacia aquellas puertas de las que no hay retorno
para los mortales. Mis acompañantes sacerdotes y sacerdotisas comenzaron a
asustarse y por la noche se agrupaban junto a mí rogando ser nuevamente
llevados a tierras y rostros familiares.
Yo
les contestaba que a lo que yo me atrevía, ellos también debían atreverse, y
que la diosa se encontraba tan cerca de nosotros como lo había estado en
Egipto; y que la muerte no podía estar tan próxima como lo había estado en
Egipto. Sí, les ordené que tuvieran fe, ya que sin ella no estaríamos en paz
siquiera una hora; nosotros, que a falta de fe seríamos sobrecogidos por los
terrores incluso dentro de las murallas de una ciudadela.
Ellos
escucharon; inclinaron sus cabezas y dijeron que, más allá de todas sus dudas,
me confiaban sus vidas.
De
modo que seguimos adelante, pasando a través de una región donde había más de
esos habitantes semisalvajes —que, según me había enterado eran llamados Amahagger—
que habitaban en aldeas rodeados por su ganado, o en colonias, dentro de
cuevas. Por fin se alzó ante nosotros una inmensa montaña cuyos altísimos
riscos tenían el aspecto de una muralla tan vasta que el ojo no podía
abarcarla. Por una garganta penetramos en esa montaña y dentro encontramos una
enorme y fértil planicie, y sobre la planicie una ciudad más grande que Menfis,
o que Tebas, aunque era una ciudad casi en ruinas.
Pasando
a través de un gran puente que se extendía sobre un vasto foso, que en algún
tiempo había estado lleno con agua, ya que ahora estaba seco en varios sitios,
atravesamos las murallas de esa ciudad, y siguiendo una calle más amplia que la
que jamás había visto, bordeada por numerosas casas señoriales en estado
ruinoso, aunque algunas parecían estar todavía habitadas, llegamos a un
magnífico templo semejante a los egipcios, sólo que más grande y con columnas
más altas. A través de sus patios cubiertos de césped, emplazados uno dentro
del otro, fuimos llevados a un santuario interior. Aquí descendimos de las
literas y se nos condujo a esculpidas cámaras que parecían haber sido
preparadas para recibirnos; allí nos limpiamos del polvo del viaje y comimos.
Luego vino Filo, que me guió hacia un pequeño salón iluminado por una lámpara,
puesto que ya había caído la noche, donde había una silla de gala, como las que
usaban los sacerdotes supremos, sobre la que me senté ante una indicación que
me hizo.
Creo
que debido a la fatiga del viaje debo haber dormido sobre esa silla, ya que
soñé, o me pareció soñar que se me rendía culto, tal como el que se ofrece a
una reina, o incluso a una diosa. Heraldos me saludaban, voces me cantaban y
hasta espíritus aparecían en tropel para hablar conmigo, los espíritus de
quienes habían abandonado la tierra hacía dos mil años. Me hablaban de extrañas
historias del pasado y del futuro; leyendas de un pueblo caído, de un culto y
una gloria que ya no existían, que habían sido devorados por los abismos del
Tiempo. Luego, reuniéndose en una multitud parecieron aclamarme, diciendo:
—¡Bienvenida,
esperada Reina! Reconstruye aquello que ha caído. Descubre aquello que se ha
perdido. Tuya es la fuerza, tuya la oportunidad, pero cuídate de las
tentaciones, cuídate de la carne para que ésta no se imponga al espíritu y en
su caída se sumen ruina sobre ruina, la ruina del alma a la ruina del cuerpo.
Desperté
de mi visión y contemplé a Filo que estaba de pie ante mí.
—Escucha,
Filo —dije—. Ya no soporto más estos misterios. Ha llegado el momento en que
debes hablar o enfrentar mi cólera. ¿Por qué he sido traída a esta extraña y
distante región donde pareciera que debo habitar un sitio en ruinas?
—Porque
el santo Noot así lo ordenó, oh Hija de la Sabiduría —contestó—. ¿No estaba así
estipulado en el escrito que te entregué en la Isla de los Juncos, en el Nilo?
—¿Dónde
está pues el santo Noot? —pregunté—. No le veo por aquí. ¿Ha muerto?
—No
creo que esté muerto, Señora. Aunque para el mundo sí lo está. Se ha hecho
ermitaño, habita una cueva en un peligroso sitio no muy lejos de esta ciudad.
Mañana te llevaré a él, si ese es tu deseo. Tú eres la única que puedes ver a
aquél que durante años jamás ha abandonado esa cueva, o al menos eso creo,
excepto para ir a buscar la comida que le preparan.
—Curiosa
historia, Filo, aunque el que Noot se haya hecho ermitaño no me sorprende ya
que tal fue siempre su deseo. Ahora dime cómo llegó hasta aquí, y tú junto con
él.
—Señora,
recordarás que en años anteriores, cuando Nectanebes, el que fuera Faraón,
escapó Nilo arriba, el santo Noot embarcó en mi nave, el Hapi, para
navegar hacia las ciudades del norte y ahí poder negociar con los persas el
rescate de los templos que en Egipto aún permanecían inviolados.
—Lo
recuerdo, Filo. ¿Qué os sucedió durante esa travesía?
—Esto,
Señora: estuvimos todos a punto de ser asesinados, puesto que los persas nos
habían tendido una trampa con la idea de que en ella cayeran Noot y sus
acompañantes y torturarles hasta que revelaran adonde estaba el escondite de
los tesoros de los templos de Isis. Sin embargo, como soy buen marino y a causa
de que ese sacerdote guerrero, Kalíkrates, fue valeroso, escapamos hacia el
canal llamado Ruta de Ramsés y desde ahí hasta el mar, ya que
volver al Nilo era imposible. Entonces Noot me ordenó que navegara en dirección
al sur, por un curso que él parecía conocer bastante bien; o acaso se lo había
enseñado la diosa, no lo sé. En cualquier caso, obedecí; de modo que al final
llegamos a ese puerto que está custodiado por una roca esculpida a semejanza de
una cabeza etíope, y desde ahí viajamos a este lugar, siempre guiados por la
sabiduría de Noot, que conocía el camino.
—¿Y
Kalíkrates? ¿Qué fue de Kalíkrates... que al parecer estaba con vosotros?
—pregunté con voz indiferente, aunque mi corazón ardía por escuchar la
respuesta.
—Señora,
por lo que yo sé, esa es la historia de Kalíkrates y la Princesa Amenartas.
—¡La
Princesa Amenartas! Por todos los dioses, ¿qué quieres decir, Filo? Ella fue
Nilo arriba con Nectanebes, su padre, el que fuera Faraón.
—No,
Señora; ella fue Nilo abajo, con Kalíkrates, o tal vez con Noot, o acaso sola.
No sé junto a quién se ocultó ya que no la vi, ni supe que estaba a bordo de mi
nave, hasta que estuvimos a dos días de navegación en el mar y las costas de
Egipto habían quedado muy lejos de nosotros.
—¿Es
cierto esto? —dije con frialdad, aunque estaba llena de amarga indignación—. ¿Y
qué hizo el santo Noot cunado descubrió que esa mujer estaba a bordo de su
nave?
—No
hizo nada, Señora, salvo mirarla con expresión no muy convencida.
—¿Y
qué hizo el sacerdote Kalíkrates? ¿Intentó librarse de ella?
—No,
Señora; y en realidad eso hubiese sido imposible, a menos que la hubiera
arrojado por la borda. No hizo nada salvo hablar con ella... es decir, eso es
todo lo que vi.
—Bien;
entonces. Filo ¿dónde está ella ahora, y dónde está Kalíkrates? No le veo en
este sitio.
—Señora,
no sé decírtelo, pero pienso que es probable que estén muertos, y en compañía
de Osiris. Cuando llevábamos varias semanas en el mar una tormenta nos empujó
hacia una isla cercana a la costa y ahí buscamos refugio; era una isla muy
fértil y hermosa, poblada por gentes amables. Después que hubimos vuelto a
levar anclas se descubrió que el sacerdote Kalíkrates y la Princesa Real
Amenartas no se encontraban a bordo y a causa del fuerte viento que nos
impulsaba fue imposible volver en su búsqueda. Hice averiguaciones al respecto
y los marineros me dijeron que ellos habían estado pescando y que un tiburón
que cogió su anzuelo los arrastró más adentro; en cuyo caso no hay dudas de que
ambos se ahogaron.
—¿Y
creíste esa historia, Filo?
—No,
Señora. Comprendí inmediatamente que los marineros habían sido sobornados para
que dijeran eso. Personalmente creo que fueron a la isla en una de las barcas
de la gente que ahí habita; tal vez a causa de que ya no podían soportar la
fría mirada de Noot fija sobre ellos, o quizás en busca de frutas, por las que
a menudo, aquellos que han estado durante mucho tiempo navegando, sienten un
gran deseo. Pero —agregó con naturalidad—, no sé por qué tenían que hacer esto,
ya que los isleños nos traían muchísimas frutas en sus embarcaciones.
—Sin
duda prefirieron arrancarlas frescas con su propias manos, Filo.
—Tal
vez, Señora, o acaso desearan quedarse un tiempo en esa isla. De todos modos,
advertí que la Princesa se había llevado sus vestimentas y sus joyas consigo,
cosa que difícilmente pudo haber hecho si el tiburón la hubiese arrastrado
hacia el mar.
—¿Estás
seguro, Filo, que ella no dejó alguna de esas joyas a bordo... a tu cuidado?
Me parece muy extraño que la Princesa Amenartas haya subido a bordo de tu nave,
y la haya abandonado, sin que tú te dieras cuenta.
Entonces
Filo miró hacia arriba inocentemente y dijo:
—Sin
duda es válido que un capitán reciba de sus pasajeros dinero por el costo del
viaje, y admito que así lo hice. Pero no comprendo por qué la Hija de la
Sabiduría está tan encolerizada a causa de que un griego y una gran señora
hayan sido dejados juntos por azar en una isla donde, por lo que yo sé, uno o
la otra podían haber tenido amigos.
—¿No
soy yo la guardiana del honor de la diosa? —contesté—. ¿Y tú no sabes que bajo
nuestra ley Kalíkrates estaba prometido solamente a ella?
—En
ese caso, Profetisa, sin duda ese capitán, o ese sacerdote, recuerdan sus votos
y trata a esta princesa como si fuera su hermana o su madre. En cualquier caso,
la diosa puede custodiar su propio honor, de modo que ¿por qué irritar a tu
alma con esa cuestión, Profetisa? Finalmente, es probable que a esta altura
ambos hayan muerto y hayan puesto en claro todos sus asuntos con Isis, en los
recintos celestiales.
Así
habló interminablemente, diciendo mentira tras mentira, como sólo un griego
puede hacerlo. Escuché hasta que no pude tolerarlo más. Entonces dije sólo una
palabra. Esta fue: —¡Vete!
Se
marchó humildemente, aunque, según pensé, sonriendo.
Oh
ahora lo veía todo. Noot había urdido una trama para alejar de mí a Kalíkrates,
de modo que ya nunca podría volver a verle. Filo estaba al tanto, y, a través
de el, también lo supo Amenartas. Sin que Noot lo supiera, Arnenartas sobornó a
Filo para que la escondiera en la nave hasta que se hallasen lejos de la costa,
aunque no puedo decir si este plan también era conocido por Kalíkrates, cosa
que tampoco importa demasiado. Luego sucedió todo lo demás. Amenartas apareció
a bordo de la nave y arrojó su red sobre Kalíkrates, que había jurado haber
terminado con ella, y el resto puede adivinarse. Noot se encolerizó con ellos,
tanto que cuando se presentó la oportunidad huyeron, proponiéndose permanecer
en la isla hasta que pudiesen encontrar una nave que les llevara de vuelta a
Egipto, o a cualquier sitio. Así, estaba segura, había sido lo ocurrido y, como
se demostró luego, estuve en lo cierto.
Bueno,
se habían marchado y confiaba en que estarían muertos, ya que sólo la muerte
podría ocultar semejante pecado; por mi parte me alegraba haber terminado con
Kalíkrates y su luz-de-amor. No obstante, allí sentada en el canapé de gala,
lloré... a causa del desafuero cometido con Isis, a quien yo servía. ¿O fue por
mí misma por quien lloré? No lo sé; sólo sé que mis lágrimas fueron amargas.
Además, estaba muy sola en este extraño y desolado lugar. Por qué había sido
traída aquí, me pregunté. Porque Not lo había ordenado, enviándome a buscar
desde muy lejos, y lo que él ordenaba debía ser obedecido por mí. ¿Dónde, pues,
estaba Noot? quien, según Filo juraba, aún vivía. ¿Por qué no había aparecido
para saludarme? Cubrí mis ojos con las manos y dejé que mi alma se dirigiera a
Noot, diciendo:
—Ven
a mí, oh Noot. Ven a mí, amado maestro.
¡He
aquí! Una voz, una bien recordada voz contestó:
—Hija,
estoy aquí.
Dejé
caer mi mano. Miré con mis ojos bañados por las lágrimas y ¡contemplad! ante
mí, con blanca túnica fileteada en oro, de blancas barbas, muy envejecido y
etéreo se alzaba el profeta y supremo sacerdote, mi Maestro. Por un instante
pensé que era a su espíritu a quien veía. Luego se movió y escuché el roce de
su blanca túnica, y supe que ahí estaba Noot, aquel por quien yo había
recorrido tantos miles de leguas.
Me
levanté; corrí hacia él; cogí su delgada mano y la besé, mientras él murmuraba:
—¡Hija
mía, por fin, por fin! —y se inclinaba hacia adelante y con sus labios tocaba
mi frente.
—En
un lugar muy distante tu convocatoria llegó a mí en una hora de peligro —dije—.
¡Contemplad! he obedecido, he venido. He venido de buena fe, sin formular
preguntas y aquí estoy, a salvo, ya que pienso que la diosa me acompañó en esa
travesía. Dímelo todo, oh Noot. ¿Qué es este lugar? ¿Cómo fuiste traído aquí y
por qué me has llamado junto a ti?
—Escucha,
Hija —dijo, sentándose junto a mí en el canapé que semejaba un trono—. Esta
ciudad se llama Kôr. Fue una vez reina del mundo, tal como después de ella
Babilonia, Tebas, Tiro, Atenas, son, o han sido reinas. Egipto fue poblada,
como lo han sido otras tierras, por Kôr, miles de años atrás, siglos que se
pierden en la oscuridad del pasado. En esos sombríos días sus ciudadanos
adoraban a Isis, Reina del Cielo, sólo que la llamaban Verdad, la
cual en Egipto es conocida por Maat. Luego surgió la apostasía y muchos de los
de este enorme pueblo, abandonando el puro y apacible culto de Isis envuelta en
el velo de Verdad, impusieron a otro dios, con el nombre de Rezu, un feroz
demonio del sol, ante quien ejecutaron sacrificios humanos, como los sidonios
hicieran ante Moloc. Sí, sacrificaron a hombres, mujeres y niños por miles, e
incluso aprendieron a comer de su carne, primero como un rito sagrado, y luego,
para satisfacer sus apetitos. El Cielo lo vio y montó en cólera. Azotó al
pueblo con una fuerte peste, de modo que murieron y murieron hasta que muy
pocos sobrevivieron. Así, Kôr cayó bajo la espada de Dios al igual que, por la
misma causa, cayó Sidonia.
—Todo
esto cuéntamelo luego —contesté con impaciencia—. Dime antes, ¿cómo llegaste
hasta aquí? Hace muchos años navegaste Nilo abajo para negociar con los persas
el rescate de los templos de Egipto, misión en la que según parece has
fracasado, Padre mío.
—Sí,
Ayesha, fracasé. No fue más que una trampa, ya que aquellos adoradores del
fuego de falso corazón se propusieron secuestrarme y ofrecer mi vida a cambio
de los tesoros de Isis. Pero la astucia y la habilidad naval de Filo y el
coraje de un sacerdote llamado Kalíkrates, a quien puede que recuerdes después
de todos estos años —y en ese momento me dirigió una penetrante mirada— escapé
cuando una banda de ellos, disfrazados de enviados, intentó atraparme. Pero al
estar controlada la ruta Nilo arriba nos vimos forzados a huir hacia el sur y
luego hacia el Gran Canal del Faraón, hasta que por fin, después de mucho errar
y de numerosas aventuras, llegamos a esta tierra, tal como estaba predestinado
que debía sucederme. Recordarás, Hija, que te dije que creía que nos
separábamos por una larga temporada, pero que creía que volveríamos a
encontrarnos en este mundo.
—Lo
recuerdo bien —contesté—, y también que juré venir a ti cuando llegara la hora.
—Vine
a esta tierra —continuó Noot— pero Kalíkrates, el capitán griego, sacerdote de
Isis, nunca llegó. Se perdió en el camino.
—Junto
con otra, Padre mío. Pero ese relato ya lo he escuchado de labios de Filo.
—Junto
con otra que provocó que él rompiera sus votos. Ten la seguridad, Hija, que yo
nada supe de la conjura de ella, o que se encontraba oculta a bordo de la nave,
aunque tal vez Filo lo supiera. La diosa me lo ocultó, sin duda para sus
propios fines.
—¿Han
muerto ellos dos, o todavía viven, Padre mío?
—No
puedo decirlo; tampoco eso me ha sido revelado. Mejor para ellos si es que han
muerto ya que tarde o temprano la venganza por semejante sacrilegio caería
sobre la cabeza de uno de ellos, si no sobre la de los dos. Que la paz sea con
ellos. ¡Que sean perdonados! En cualquier caso, pienso que fue mucho lo que se
amaron y, puesto que como el amor es muy poderoso, todo aquél que ha amado lo
que ha debido no debería sentir lástima por ellos —y nuevamente sus ojos
inquisidores se posaron sobre mi rostro.
Capítulo
XIX
La ERMITA de Noot
—Cuéntame
qué ha pasado en Egipto desde que Ochus lo conquistara y Nectanebes huyera.
¿Vive todavía Ochus, Hija? —preguntó Noot después de una pausa durante la que
ambos, sentados, nos habíamos quedado mirando fijamente el suelo.
—No,
Padre, Ochus está muerto, y lo ha hecho a mis manos, o a través de ellas —y le
conté cómo había sido el incendio del templo de Isis, y cómo habían ardido, por
orden mía los persas que lo habían deshonrado.
—Una
gran acción tal como solamente tú pudiste haber planeado —murmuró—, pero
terrible, ¡terrible!
—Pues
es tu alma la que debe cargar con su peso, Profeta, ya que fue tu voz la que
oímos en el santuario, cuando en nuestro desamparo suplicamos pidiendo consejo,
y nos dijo que actuáramos. Estoy acompañada por quienes podrían atestiguar que
escucharon tu voz, tal como lo hice yo.
—Tal
vez, Hija. Es verdad que un cierto día no hace muchas lunas, me pareció
escuchar tu clamor al cielo, en medio de gran aflicción y peligro, y que
siguiendo una orden que no sé de dónde venía contesté con mí espíritu que
debíais «cumplir y no temer». Qué es lo que debíais cumplir es algo que no sé,
aunque se me ocurrió que la cuestión tenía algo que ver con la quema de un
templo.
—Así
fue, por cierto. Bien, cumplí, tal como Ochus Artajerjes y varios cientos de
sus saqueadores persas pueden testificar ante todos los dioses hasta el final
del tiempo, porque esos perros al menos han cesado de ensuciar la tierra y hoy
son pasto del infierno. Dejemos que ahí yazcan junto a Tenes y también
Nectanebes, si es que éste ha ido a reunirse con ellos, y muchos otros falsos
sacerdotes y reyes. Luego hablaremos de ellos y de sus vergonzosas acciones.
Pero antes dime por qué estoy aquí. ¿Con qué propósito me convocaste para que
viniera desde Egipto? ¿Para salvarme de la muerte?
—No,
Ayesha, para más que eso. ¿Por qué iba yo a desear retenerse ante el enorme
favor de la muerte, en la que tan pronto iba a tener que hacerte compañía? Te
convoqué porque así me fue ordenado hacerlo, para que ahora, que Isis ha dejado
Egipto, hicieras que su culto renaciera en Kôr, su antiguo hogar. Se ha
dispuesto que vivas aquí y que reconstruyas a este pueblo y lo hagas poderoso
con la ayuda de la Reina del Cielo y quien luego lo conducirá al triunfo y a la
gloria.
—Es
esa una inmensa tarea, Profeta. Aunque acaso con tu ayuda pueda llevarse a cabo
si los dioses me dan vida y sabiduría.
Noot
sacudió la cabeza y contestó:
—No
esperes mi ayuda puesto que la cuenta de mis días ha llegado a su fin. ¿No te
ha dicho Filo que ya no me mezclo con los asuntos mundanos, yo, que durante los
últimos años he habitado como un ermitaño en un terrible lugar, al abrigo de
una caverna y perdido en la contemplación de cosas divinas?
—No,
Padre, poco o nada ha sido lo que él me ha contado... cumpliendo con tus
deseos, o al menos eso me ha dicho —repliqué con asombro.
—Sin
embargo es así; además, dentro de poco debo regresar a esa prisión de la que he
venido para ahí esperar ese cambio al que llaman muerte. Yo ya he desempeñado
mi papel, pero tu obra aún queda por ser hecha; Filo te ayudará.
—¿Por
qué vives en ese lugar, Padre, por qué me dejas sin el auxilio de tu sabiduría?
—Porque
ahí custodio un gran secreto que me fuera revelado hace mucho tiempo, no
importa cómo; el secreto más grande que existe en el mundo entero... el de cómo
los hombres podrían escapar a la muerte y vivir eternamente sobre la tierra.
Entonces
lo miré fijamente, pensando que la edad y la abstinencia le habían vuelto loco.
Luego, para comprobarlo, pregunté:
—Si
es un secreto tan grande, ¿por qué me hablas de él, Maestro?
—Porque
debo hacerlo. Porque sé muy bien que si no lo hiciera lo descubrirías por ti
misma, y al estar desprevenida caerías en la trampa y, todavía viva bajo el
sol, te atreverías a vestirte con ese ropaje de inmortalidad. Fue por esa razón
que hasta que no me hubo sido ordenado dos veces no te convoqué a Kôr.
Ahora
un nuevo pensamiento estremeció mi alma. Si esta extraña historia era cierta;
si en realidad aquí en la tierra podía encontrarse semejante puerta que
conducía a lo divino, ¿por qué no habría yo de pasar por ella y convertirme en
aquello que son los dioses? Pero yo no creía que hubiese verdad en lo que
escuchaba.
—Seguramente
has soñado en tu soledad, Padre —dije—. Pero sabe que si no has soñado, que si
eso fuese cierto, yo, Ayesha, estaría dispuesta a llevar esa túnica de vida
eterna. ¿Por qué no, oh Profeta?
—Porque,
Ayesha, el hombre o mujer que se atreviese a comer de este fruto prohibido a su
raza aquí en la tierra, donde la muerte ha sido decretada para todos, sería un
hombre o mujer que se atreviese a penetrar en el infierno.
—Yo
pienso de otra forma, Profeta Noot; pienso que este hombre o mujer entraría en
la gloria y se convertiría en el gobernante del mundo —contesté, y mientras
pronunciaba estas palabras mis ojos relampaguearon y mi corazón palpitó
aceleradamente.
—No
es así, Ayesha, ya que el Cielo rechazaría a todo pie humano que llegara a esa
fatal cumbre del orgullo. Oh, escúchame y purga a tu alma de la locura de este
deseo por el que veo has sido poseída. Me ha sido impuesto que te revelara este
secreto, que creo me ha sido otorgado precisamente para que pudieras demostrar
tu grandeza rechazándolo: es el soborno más mortífero que el dios del Mal haya
jamás ofrecido a una mujer mortal.
—¡O
tal vez para que la demostrara aceptándolo, Maestro!
—¡No,
no! Reflexiona. ¿Es el mundo un lugar apropiado para el inmortal? Además, este
secreto que custodio no es sino el espíritu del mundo, no el de la
inmortalidad; es el poder oculto de dónde nuestra tierra obtiene su fuerza,
pero que perecerá con la tierra, tal como habrá de suceder un día que todavía
se esconde en los abismos del tiempo. Quien beba de esa copa se convertirá, por
tanto, no en eterno sino solamente en longevo, destinado a morir finalmente
junto con esta estrella pasajera. La muerte no desparecerá; simplemente llegará
retrasada y siempre le estará aguardando para finalmente cogerle. Entretanto,
deberá perdurar desolado y a solas, contemplando a las generaciones pasar una a
una hacia sus correspondientes reposos; mientras que, lleno tal vez de temibles
apetitos que pasarán delante de sí eternamente, pero que no obstante
permanecerán insatisfechos, él se alzará como un rígido peñasco sobre la
planicie, munido de forma humana y sin embargo ajeno a lo mortal, aunque
todavía desgarrado por sus ambiciones, sus amores y odios, sus esperanzas, sus
temores; esperando aterrorizado ese predestinado momento en que este globo se
despedace y la muerte los devore a ambos.
»Soy
viejo, estoy débil, mi hora casi ha llegado; me dirijo hacia mi descanso en el
Cielo. Ayesha, no tengo fuerzas para detenerte; si decides beber de esta copa
mi floja mano no podrá precipitarse hacia tus labios. Sin embargo, como alguien
que te ha enseñado y amado, como alguien a quien los dioses han otorgado
sabiduría, te suplico que rechaces esta gran tentación. Según nuestra fe nos
educa tu espíritu ya es inmortal, y tiene su hogar preparado en las alturas. No
desee, por tanto, perpetuar tu carne ya que si lo haces, Ayesha, te digo que no
llegarás a ser otra cosa que una coloreada momia en una tumba, simulando vida,
aunque muerta y fría por dentro. Júrame, Hija, que encerrarás esta sabiduría en
tu corazón y arrojarás el veneno de tus labios.
—Hablas
con prudencia —contesté—, sí, como alguien inspirado por la verdad, y aunque no
hago juramentos, es mí propósito cumplir con tu deseo. Pero, Padre, ¿en qué
consiste este secreto? Ya que me has dicho tanto, dilo todo, para que de esa
forma no tenga que descubrirlo por mí misma.
—Hija,
cerca de esta antigua ciudad, entre las cumbres de la montaña, en las entrañas
de la roca, arde un fuego viajero que es la verdadera alma del mundo, el
llameante corazón que le da vida. Sin embargo, este fuego, no es fuego, sino
más bien la esencia de la existencia, y quien en él se bañe se verá impregnado
por esa esencia, y perdurará mientras esta perdure.
—Tal
vez alguien semejante podría ser destruido por ese fuego —contesté
desconfiadamente.
—Hija,
desearía poder dejarte pensando que eso es así, porque entonces me vería libre
de un gran temor. Pero nosotros, los principales servidores de Isis no nos
atrevemos a ocultarnos la verdad el uno al otro, ya que el hacerlo significa
quebrantar nuestros votos. Además, no es con mi voz con la que hablo acerca de
este tema, sino con la de una Fuerza que es más poderosa que yo y de la cual me
encuentro ahora tan cerca que casi somos una misma cosa. Por consiguiente, de
tus ojos debo quitar todos los velos, mostrándote lo que es tal como es, y no
como yo desearía que fuera. Ese fuego no destruirá al mortal que encuentre el
valor necesario para colocarse en medio de su furiosa trayectoria; le
proporcionará vida y tal fuerza, tal belleza y tal sabiduría como las
que jamás hayan tocado en suerte a varón nacido de mujer. Además le dará tales
pasiones, tales desesperanzas y tales interminables aflicciones como las que
hasta ahora ningún corazón mortal ha conocido.
»Esa
es la verdad. No me preguntes cómo ha llegado a mis manos y ni cuál puede ser
la voz que está hablando a través de mis labios. Hace un minuto esta verdad era
solamente mía, o acaso mía y de algún otro. Ahora también es tuya, y al ser
tuya, imploro a esa Divinidad de la cual venimos y a la que nuevamente debemos
retornar, que pueda conferirte fuerza y la verdadera sabiduría, al conocerlo
todo, que te permita rechazarlo todo, y al apartarte de esta resplandeciente
recompensa de vida imperecedera, recorras pacientemente tu sendero humano hacia
el final que ha sido destinado a nuestros pies mortales.
—¿Me
mostrarás ese fuego, Profeta?
—Sí,
si es tu deseo, puesto que así me ha sido ordenado —contestó con voz débil—;
sin embargo, ¿para qué contemplar aquello que está llamado a excitar el deseo?
Entonces
la fatiga lo venció y se desvaneció, de modo que si no le hubiese cogido se
habría desplomado.
Noot
se quedó tres días en Kôr y habló conmigo de muchas cosas; pero en esa
oportunidad no volvió a hablar del maravilloso Secreto de la Vida. Como si
hubiese sido por común acuerdo ambos dejamos de lado ese tema. Por lo demás,
era mucho lo que había que decir. Le conté todo lo que había sucedido en Egipto
y en el mundo durante los largos años que habían transcurrido desde que me
dejara para navegar Nilo abajo y ya no regresar. Le conté cómo había obedecido
sus últimas órdenes al pie de la letra y, a pesar de verme rodeada por
enemigos, había preservado el culto de Isis en su templo de estación a
estación, celebrando sus fiestas puntualmente, aunque sin atreverme jamás a
abandonar sus murallas.
—De
modo, Ayesha —dijo cuando hube terminado—, que mientras yo he sido un ermitaño
aquí, en Kôr, tú lo has sido en Menfis. Bien, cada uno de nosotros ha servido a
la diosa lo mejor que ha podido; que sea, pues, su voluntad recompensarnos de
acuerdo a nuestros merecimientos, los que sin duda no son sino escasos. Y ahora
mi tarea ha llegado a su fin, pero la tuya te aguarda dado que todavía posees
fuerzas, y a pesar de que tu juventud ya se haya ido.
—Sí
—contesté, no sin cierta amargura—, he llegado a la edad madura, mi juventud ha
pasado al servicio del Cielo» Y ¿qué me ha otorgado el Cielo después de todas
mis luchas y afanes? Sólo esto...: que deba comenzar de nuevo en una tierra
desolada y en ruinas y en medio de bárbaros. Debo restaurar una fe desmoronada,
agrupar a estos bárbaros en ejércitos y darles órdenes, promulgar leyes y hacer
que sean obedecidas, librar batallas, cultivar tierras, construir navíos y
comerciar, recaudar impuestos y gastarlos con prudencia, trabajar sin descanso
día a día sin encontrar descanso por la noche a causa de los problemas que
esperan la llegada de la mañana. Debo ser a la vez sacerdotisa suprema,
oráculo, general, promulgadora de leyes, juez, arquitecto, labradora y reina,
bajo un cielo ajeno; sin consejos, sin amigos, sin amor ni hijos que me cuiden
en la vejez o apilen la tierra sobre mis huesos. Tal es la suerte que la diosa
ha otorgado a su sacerdotisa Ayesha en pago por todos sus esfuerzos.
Así
hablé, con mucha amargura; pero Noot contestó con gentil sonrisa:
—En
todo caso, Hija, pudo haber sido peor. Tienes una mente planificadora e
inteligente y aquí puedes dar forma a todas las cosas de nuevo y según tus
propios deseos. Amas el poder y aquí serás lo absoluto, una verdadera reina,
tú, que no toleras que se te contradiga. Aquí no existirá nadie que lo haga.
Odias a los rivales, tú, que deseas gobernar a solas. No los tendrás en este
sitio. Deseas permanecer célibe, tú, que estás casada con el espíritu. No
vendrán a importunarte reyes u otros que conjuren para obtener tu belleza.
Siempre ha sido tu deseo estar en comunión con la Naturaleza y con lo Divino
que de ella brota; este desértico lugar es el verdadero hogar de la Naturaleza
y en soledad lo Divino se acerca a las almas desiertas.
»En
verdad deberías estar agradecida; porque eres alguien cuyas plegarias han sido
concedidas, que ha logrado todo lo que se ha propuesto; alguien cuyas
ambiciones están satisfechas y que en la santa calma y la saludable fatiga que
sobreviene a prolongados esfuerzos, al menos, cuando su tarea haya sido
cumplida, se dejará caer apaciblemente en la tumba para buscar su recompensa en
otro sitio. Pronto, muy pronto, serás como yo, y cuando llegue el momento habrá
una ermita vacía donde en penumbra y contemplación puedas pacientemente esperar
el fin y aquellos nuevos deberes que después puedan serte asignados en otro
lugar. Porque ten esta certeza, Ayesha... toda existencia es una escalera por
la que, dolorosamente y con numerosos resbalones, debemos ascender peldaño a
peldaño.
—¿Y
cuando alcanzamos la cima, Maestro?
—No
sé. Hija; lo que sé es que si caemos hasta el fondo debemos volver a ascender
por todos esos peldaños, sólo que esta vez dichos peldaños estarán cubiertos de
espinas.
—Pareciera
que en esa ermita tuya no habita la alegría, Padre.
—No,
Hija. Es un hogar de aflicción y arrepentimiento. La alegría está más allá.
Tales son la filosofía de la vida y las enseñanzas de toda religión. Se triste
y luego te regocijarás. Regocíjate y luego te entristecerás.
—Una
filosofía amarga, Profeta, y lecciones tales como las que los esclavos aprenden
bajo el látigo.
—Sí,
Ayesha, pero esa filosofía debe de perdurar; eso si pudieses hablar, es lo que
hoy te dirían Tenes, Ochus y Nectanebes.
Así
continuó, monótonamente; se había vuelto débil y senil, convirtiéndose en la
corteza seca de un hombre cuya savia se había marchitado; como una nuez
estéril, en realidad, de la cual, aunque hubiese sido sembrada, no habría de
brotar ningún retoño. Por fin, cansada de su melancólica charla me abandoné al
pensamiento del Fuego de la Vida que se desencadenaba con todo su vigor debajo
de su ermita, el cual, según él juraba, daría belleza, juventud, gloria y poder
eternos a quien encontrara fe y coraje para desafiar sus terrores.
Al
día siguiente acompañé a Noot a su ermita, cuya calma parecía añorar; tanto
así, en realidad, que ni siquiera por mí, a quien amaba más que a nada en la
tierra, y en cuya compañía se deleitaba, deseaba estar alejado de dicha ermita
una sola hora más.
Fue
una difícil travesía; la hicimos transportados en literas hasta el pie del gran
precipicio que rodea la planicie de Kôr como una inconmensurable pared que
hubiese sido cincelada por titanes en los comienzos del mundo. Subimos a
través, de una hendidura en ese muro y penetramos a un oculto pliegue de roca,
invisible desde abajo. Desplazándonos a lo largo de este pliegue llegamos a la
entrada de una cueva. Advertí que había ahí gran cantidad de comida provista
por los habitantes de esta tierra, que reverenciaban a Noot como profeta y por
tanto le proporcionaban su sustento. También había antorchas que fueron
encendidas por quienes nos acompañaban para que tuviéramos luz en nuestro
recorrido a través de la cueva, el cual era prolongado y azaroso. Después de
mucho rato llegamos al final y nos encontramos ante un terrible abismo. A
muchos centenares de metros por sobre nosotros había una línea de azulado
cielo, y debajo yacía un golfo de tinieblas. En ese abismo, por donde los
vientos crujían y aullaban, había un gigantesco espolón de roca cuyo extremo
final se perdía en la oscuridad. Lo observé con desconfianza y dije:
—¿Dónde,
pues, está tu morada, Noot, y por qué camino se llega?
—Se
encuentra ahí, en la oscuridad, Hija —contestó sonriendo—, y este es el camino
que aquellos que desean visitarme deben recorrer —y señaló hacia el espolón de
roca que vibraba a causa del furioso vendaval, diciendo luego: —Mis pies están
familiarizados con él; además, sé que ahí, como en cualquier otro lugar, estoy
protegido contra los peligros. Pero si temes recorrer semejante sendero,
regresa mientras todavía hay tiempo. Tal vez te convendría regresar.
Entonces
miré a la vibrante roca y luego a Noot, mi Maestro.
«¿Qué
—pensé para mis adentros—. ¿Yo, Ayesha, que no temo al hombre ni al demonio no
tengo el valor para seguir a ese endeble anciano sacerdote a dónde nos pueda
conducir? Jamás cejaré ante el peligro aunque éste signifique mi muerte.»
De
modo que le miré fijamente a los ojos y respondí:
—Manos
a la obra, Padre, y rápido, ya que aquí corre un viento helado. Yo iré
adelante; Filo, sígueme de cerca.
Filo,
mi acompañante en esta aventura, me dirigió una mirada inquisitiva, pero,
hombre valerosa y, como marino que era, acostumbrado a alturas peligrosas, no
dijo nada.
Noot
se detuvo un instante, mirando hacia lo alto, acaso para rezar, tal vez por
otras razones. Luego, después de haber preguntado a Filo cuánto faltaba para el
momento del crepúsculo, y de que éste le contestara que debía transcurrir entre
la mitad y la cuarta parte de una hora antes de que Ra se sumergiera detrás del
risco que daba al oeste, se puso en movimiento, descendiente temerariamente por
el espolón. Yo fui detrás de él, y por último marchó Filo.
Terrible
fue ese trayecto hecho bajo la incierta luz que, a medida que nos internábamos
en el abismo, se hacía aún más débil, hasta que finalmente nos envolvieron las
tinieblas. Además, el espolón se hacía cada vez más angosto, y las enfurecidas
ráfagas de viento que soplaban a través de ese espantoso cañón nos golpeaban
con creciente ferocidad.
No
obstante seguimos adelante, con nuestros cuerpos inclinados enfrentando al
viento, y a medida que avanzábamos se apoderó de mí una especie de exaltación,
como me sucede siempre en momentos de gran peligro, de modo que mi corazón
cobró valor y ya no temí más. Yo habría de enfrentarme con estas fuerzas
elementales del mismo modo que lo había hecho con aquellas que respondían a
reyes hostiles y codiciosos, y las derrotaría. O tal vez era que el aliento del
fuego divino que ardía abajo ya había entrado en mí. No sé; pero recuerdo esto:
antes de haber llegado al extremo de aquella temible roca me sentí invadida por
una alegría salvaje y pude reír de Filo que avanzaba a paso de tortuga detrás
de mí y musitaba plegarias, ahora a Isis, ahora a los dioses griegos que había
venerado cuando niño.
Por
fin llegamos al final de esa larga aguja que penetraba a través de la oscura
materia del espacio; entonces, toda luz desapareció del cielo, y quedamos
sumergidos en las tinieblas. Me senté sobre el vibrante espolón, abrazándome a
Filo, que había hecho lo propio, y grité al oído de Noot, que se había
arrodillado a nuestro lado:
—¿Y
ahora qué? Condúcenos, y apresúrate, no vaya a ser que seamos arrojados de este
sitio como piedras de una honda.
—Aferraos
con firmeza y esperad —contestó Noot.
Así
lo hicimos, asiéndonos a la áspera superficie de la roca con las manos.
Entonces, de pronto sucedió algo prodigioso: desde algún sitio, no sé de dónde,
y jamás lo he sabido, un feroz rayo de luz roja, arrojado sin duda por el sol
poniente, golpeó sobre nosotros después de haber atravesado por un hueco en los
riscos que teníamos enfrente. Sí, golpeó como una espada al rojo vivo, dejando
a la vista todo aquello que podía verse, que era lo siguiente: nosotros,
acurrucados en ese espolón de roca; infinito espacio por debajo; infinito
espacio arriba, elevándose hasta una solitaria estrella que brillaba en el
cielo y nuevamente nosotros, cercados por dos negros precipicios. Además, quedó
a la vista, a menos de cuatro pasos del espolón, una enorme piedra que vibraba,
unida a esa temible pértiga por un pequeño puente de madera que iba de la una a
la otra y que había sido construido por la mano del hombre; el puente se
levantaba, caía y se balanceaba de acuerdo con los movimientos de la enorme
piedra que temblaba en el lado opuesto.
—Seguidme
rápidamente antes de que la luz desaparezca —exclamó Noot, al tiempo que
cruzaba el puente; después de haber alcanzado la cima de la trepidante piedra
permaneció ahí como un espectro iluminado por el fuego; y también como esa
figura que yo había visto y que contemplaba desde el borde de la cabeza etíope
cuando entráramos al puerto desde el mar.
Obedecí
y fui a su encuentro, y luego vino Filo.
Asistidos
por los últimos rayos de esa efímera luz descendimos por una despareja escalera
tallada en el lado más lejano de esa Piedra Trepidante, y de pronto nos
encontramos a cubierto. De súbito apareció algo que iluminaba y que advertí era
sostenido por la mano de un enano, un curioso y solemne enano. De dónde venía
esta criatura y quién era es algo que no sé; pero pienso que puede haber sido
un espíritu, algún gnomo del mundo subterráneo nombrado por los Poderes que
gobernaban en ese oscuro sitio para asistir al santo Noot, maestro de ellos y
mío, en sus necesidades.
En
cualquier caso Filo y yo notamos que nunca podíamos ver el rostro de esta
criatura. Incluso cuando se movía alrededor de nosotros parecía estar siempre
oculto, o bien por sombras, o por algo que colgaba ante él como un velo. No
obstante, hombre o gnomo, o espectro, era un buen servidor ya que en la cueva
de esa ermita, —cuevas, más bien, puesto que eran varias, unidas entre sí— todo
estaba en orden: ardía un fuego, había comida preparada sobre una mesa, y en
las cuevas interiores había camas tendidas, cada una en una pequeña cámara
independiente de las demás.
La
cueva exterior, además, estaba decorada con cierto estilo, y advertí que en un
nicho se erguía la pequeña estatua de Isis, a la que yo bien recordaba porque
adonde fuese que Noot, mi Maestro, había ido en los años del pasado en que
viajáramos juntos, esa estatua había estado junto a él y todavía le acompañaba.
En realidad la leyenda decía que podía hablar y proporcionarle consejo en todas
las horas de duda y aflicción, y que de este objeto encantado él había obtenido
su inmensa sabiduría. Ignoro si dicha leyenda era cierta o no, pues yo nunca
escuché que pronunciara palabra alguna, y Noot no respondía cuando yo le
interrogaba acerca de eso. Pero es cierto que era su costumbre orar ante ella;
y también que era muy antigua y Noot la valoraba más que todo el oro y las
joyas del mundo. Ahora se encontraba aquí, tal como había estado en casa de mi
padre, en Ozal, o en Filo, en su cámara, en Menfis, a bordo del Hapi y
en todos los otros sitios que habíamos recorrido juntos a través del mundo; y
me resultó extraño volver a contemplar su familiar rostro en esta terrible
habitación.
—Comed
—dijo Filo— y luego dormid, pues estáis cansados.
Filo
y yo hicimos lo que nos ordenaba. Comimos y nos echamos sobre las camas en las
cuevas interiores, y dormimos. Lo último que vieron mis ojos antes de que el
sueño los cerrara fue a Noot, mi Maestro, ahora más con forma de espíritu que
de hombre, arrodillándose en solemne plegaria ante la santificada efigie de
Isis.
No
sé durante cuánto tiempo dormí, pero deben haber sido muchas, pues cuando
desperté vi que el enano cuya cara se hallaba siempre oculta disponía otra
comida sobre la mesa en la cueva exterior. También allí, a la luz de la
lámpara, percibí a Noot, todavía rezando a la estatua de Isis como si en ningún
momento se hubiese puesto de pie; cosa que tal vez había sucedido, pues él ya
no era como los demás hombres. Era una extraña visión la que tenía lugar en ese
inhóspito sitio, que atemorizó a Filo y que a mí no me dejó indiferente; a mí,
que sentí que nos hallábamos en el límite de todo lo mortal.
Fui
hacia él; al verme venir se alzó de sus rodillas y me saludó, preguntándome si
había descansado bien.
—Ni
bien ni mal —respondí—. Dormí, aunque mi descanso estuvo lleno de sueños, muy
extraños sueños cuyos presagios ignoro. Me hablaban tanto del pasado como del
futuro y su contenido era que yo parecía verme viviendo a solas de generación
en generación en cuevas, tal como tú lo haces hoy.
—Que
los dioses te defiendan de un destino semejante, Hija —contestó, como si la
idea lo perturbara.
A
ti no te han defendido, Padre. ¡Oh!, ¿cómo puedes aguantar habitar en la
oscuridad de este terrible lugar, a cuyo alrededor los vientos aúllan
eternamente, acompañado sólo por tus pensamientos y por un enano que nunca
habla? ¿Cómo lo encontraste, cómo llegaste hasta aquí y qué fue lo que puso en
tu mente la idea de elegir esta madriguera por ermita? Dímelo con sinceridad
pues, según pienso, todavía incluso a mí ocultas la mitad de la verdad; y estoy
completamente asombrada y deseo comprender.
—Escucha,
Ayesha. Cuando nos encontramos por primera vez en Arabia yo ya era muy anciano
¿no es verdad? yo, que hace tiempo he sobrepasado la cuenta de los días
asignados al hombre. Antes de esa época, durante muchos años yo había sido
sacerdote supremo y profeta de Isis en Egipto, además de Mago en jefe de esa
tierra. No obstante, yo no había nacido en Egipto, ni mis ojos se posaron sobre
el Nilo hasta que hube cumplido más de sesenta veranos.
—¿Dónde
naciste, pues, Padre?
—Aquí
en Kôr. Soy el último descendiente de los reyes sacerdotes que gobernaron en
Kôr antes de la gran apostasía y de la caída de la Espada de Dios. A los santos
hombres que fueron mis antepasados había descendido el conocimiento de ese
secreto de secretos del que te he hablado, y fue siempre su costumbre, cuando
llegaban a la vejez, retirarse a este sepulcro viviente y aquí, como custodios
del Fuego, esperar el fin. Además, bajo numerosos votos, cada uno de ellos
transmitía a sus descendientes el conocimiento del secreto.
»Así,
Hija, llegó a mi cuidado, pues mi abuelo se lo dijo a mi padre y mi padre me lo
comunicó, en voz muy baja, a mí. Entonces, mientras mi abuelo aún vivía, la
diosa, para sus propios fines, acerca de los cuales hoy creo ver el propósito,
hizo que yo me trasladara de esta desolada tierra al lejano Egipto, para allí
servirla como lo he hecho. Nuevamente me llamó, a Arabia, para que fueses
entregada a mi cuidado, y bajo mi custodia estuviste durante varios años. Una
tercera vez me llamó, a Kôr, adonde regresé acompañado por Filo. Aquí encontré
a mi abuelo muerto, y a su hijo, mi padre, también muerto después que él; la
ermita del Custodio del Fuego había quedado sola. Por tanto, después de haber
dejado a Filo al mando de las salvajes tribus que habitan cerca de las ruinas
de la fantasmal Kôr, vine hasta aquí, como mis antepasados lo hicieran durante
generaciones, para ocupar el cargo que ellos habían ocupado... y morir.
—Olvidándote
de mí, sobre cuya cabeza dejaste una pesada carga, mi Padre en Isis —dije
amargamente.
—No,
Ayesha, no te olvidé; yo, que bien sabía que en el momento indicado volveríamos
a encontrarnos, tal como ha sucedido. Siempre he cuidado de ti en mis
plegarias, y muchos de tus peligros y aflicciones los he conocido en sueños.
Fue en un sueño que escuché tu pedido de consejo, y envié la respuesta que me
fue ordenada. Sí, y antes ya había enviado a Filo a Egipto para que te trajera
hasta mí, como también me fuera ordenado. Y ahora estás delante de mí en esta
ermita, y yo te digo todo esto porque anoche supe, mientras oraba y tú estabas
sumergida en el sueño, que ya no volveremos a hablar a solas. Mi hora está
cerca, y puesto que no tengo hijo del cuerpo, a ti, mi hija en el Espíritu,
trasmito el gran secreto, al igual que ya he depositado en ti mi alto rango y
mi sabiduría. Cuando el aliento me haya abandonado, Ayesha, sobre ti descenderá
la custodia del Fuego y aquí, sin duda, cuando seas anciana, también tú
finalizarás tus días.
—¿Es
cierto? —pregunté consternada, mirando alrededor de mí y a las rocosas paredes,
y escuchando la tempestad que eternamente rugía afuera.
—Sí,
Ayesha, es cierto, pues ese es el elevado deber que ha sido impuesto a tu alma
y a través del cual encontrará alas para volar hasta el Cielo. Sabe que ningún
Guardián del Fuego entra al Fuego. Sólo lo contempla... nada más... y si lo ve
amenazado lo oculta para siempre de la vista del hombre. Escucha, te diré en
qué forma —e inclinándose hacia adelante susurró en mi oído ciertas palabras y
me mostró ciertas cosas ocultas.
Yo
escuché, contemplé e incliné la cabeza. Luego pregunté:
—Y
si el Guardián del Fuego entrara en el Fuego, ¿entonces qué, Custodio del
Fuego?
—Hija,
no lo sé —contestó aterrorizado—. Pero pienso que entonces el Fuego se
convertiría en su guardián, un terrible guardián que
finalmente sería también el destructor de su desleal servidor. Más no puedo
decir, porque aunque ha habido quien respirara su esencia, ninguno de ellos se
ha atrevido a semejante acción.
—Hace
dos noches me dijiste, oh Noot, que este fuego otorga juventud y belleza y vida
inmortal a quien se baña en él. Si nadie lo ha hecho, ¿cómo es que tú sabes
todo esto?
—Porque
es así, Ayesha. Además, yo no dije que nadie hubiera penetrado en él. Acaso
existan seres a los que hoy el mundo conoce por dioses o demonios, quienes, por
accidente más que por designio, han probado de su copa. Tal vez aquella forma
que viste alzarse sobre la cabeza etíope haya estado durante un instante en su
sendero, en algún remoto día. En cualquier caso repito que es así. Cree o deja
de creer, haz como quieras, pero no me preguntes más, y sobre todo no te
aventures a buscar la solución del misterio por medio de tu carne mortal.
—Al
menos, Profeta, deja que contemple aquello que debo custodiar —dije.
—Sí,
lo contemplarás —contestó—. Es por esa razón que te he traído, Sacerdotisa e
Hija de la Sabiduría; porque una vez que hayas contemplado no creo que todavía
desees sumergirte en esa roja llama. Come, ahora, y apróntate.
Capítulo
XX
La llegada de Kalikrates
Poco
después, Noot, Filo y yo, cada uno portando una lámpara encendida, abandonamos
la cueva. Vistiendo una oscura capa Noot enseñaba el camino, con su lámpara en
una mano y en la otra una larga vara como la que usan los pastores en la
montaña. Bastante extraño resultaba su aspecto con esos atavíos, con su delgado
y transparente rostro, sus ojos, que a fuerza de contemplar en la oscuridad se
habían vuelto grandes y luminosos, y su larga barba blanca que, contra la negra
textura de la capa, se asemejaba a la nieve; más un espíritu que un hombre, en
realidad; recordaba a Charon conduciendo sombras de los muertos hacia esa barca
en la que todos —sí, incluso yo, Ayesha— finalmente deberíamos embarcar. Nunca
olvidaré su aspecto mientras buscaba, y encontraba, la escalera que conducía a
la ladera cubierta de peñascos que descendía angostándose a lo largo de
doscientos metros, o más, hasta el estrecho pasaje que había al final, a través
del cual, al poco rato, nos desplazamos hacia los infernales recintos situados
más allá.
Esos
recintos, o cuevas, eran inmensos; tan grandes que nosotros, que portábamos
luces, no éramos sino hormigas deslizándonos a través de su inmensidad, tan
vasta que no podíamos ver ni muros ni techo.
Atravesamos
dos, nuestros pasos resonando en el temible silencio, y llegamos a un pasaje.
—Aguarda
aquí —dijo Noot a Filo—, y espéranos, ya que no es legítimo que tú contemples
aquello que yace más allá. Si acaso no regresáramos dentro de tres horas según
tus cálculos, cosa que puede suceder puesto que el lugar donde vamos es
peligroso para el hombre, vuelve al mundo y di que los dioses se han llevado a
Noot, el Profeta, y a Ayesha, la Sacerdotisa Suprema, para que estuvieran en su
compañía.
De
modo que Filo, de cuyos ojos había desaparecido toda la alegría griega, se
sentó a esperar sobre una roca, de bastante mala gana, según puede ver, pues
poco gustaba de esta aventura, y estaba preocupado por la seguridad de aquella
a quien mucho amaba.
—No
temas —le dije en voz baja—, todavía está lejana la hora en que Ayesha caiga
como un maduro fruto del Árbol de la Vida.
—Ruego
porque así sea, Hija de Isis —contestó—, pues con seguridad hemos entrado en
Hades, donde no me gustaría ser abandonado sin siquiera una sombra compañera
para consolarme. Empero, ¡cuidado! ya que no sé adonde te guía ese anciano
espectro —y dirigió una mirada a la alta figura de Noot que a zancadas avanzaba
por el túnel en el que terminaba esta cueva, sosteniendo la lámpara por encima
de su cabeza.
Le
seguí, también llevando en alto mi lámpara, y aunque al poco rato se hizo
innecesaria pues las penumbras de ese agujero empezaron a cobrar vida bajo una
luz rosada. Cual veloz sombra se deslizaba Noot; yo le seguí hasta el corazón
de esa luz, lugar donde también estaba aprisionado el trueno, como el viento en
el zurrón de Eolo, sí, un lugar lleno de esplendor y estruendos, aunque de
dónde venían era algo que no pude imaginar.
Entramos
a otra caverna, no tan grande como la anterior, cuyo suelo estaba cubierto por
una arena blanca muy fina.
Estaba
vacía, con excepción de sólo una cosa. Sobre la arena yacía una forma marchita,
una horrible forma diminuta que alguna vez había sido hombre o mujer. Nunca
supe quién era y cómo había llegado hasta ahí, ya que en medio del asombro de
lo que sucedió luego olvidé preguntárselo a Noot; y no sé si hubiese podido
decírmelo. Acaso algún buscador del Fuego que viviera mil o diez mil años antes
había perecido de terror ante su vista, o tal vez por causa de su impiedad, el
buscador, o buscadora, habían sido sacrificados por dioses u hombres. No
obstante, incluso en ese momento pensé que era terrible y amenazador que la
primera visión que contemplaran mis ojos en ese horrible lugar fuera la de esta
apergaminada protuberancia muerta, de largos cabellos, yaciendo en eterna
soledad, mientras que enfrente y a su alrededor retozaban las feroces esencias
de la Vida eterna.
Esta
caverna estaba impregnada por una luz semejante a la de algún tempestuoso
amanecer libio. También estaba llena de un sonido atronador y retumbante, un
sonido tal como el que causan las ruedas de hierro de mil carros que se lanzan
a la batalla por un camino de rocas. La luz se hizo muchos más intensa y fue
atravesada de lado a lado por multicolores relámpagos que destellaban
incesantemente; los truenos se convirtieron en un horrible rugido; los
sobrenaturales carros ya estaban sobre nosotros.
—¡De
rodillas! —gritó Noot en mi oído—. ¡El Fuego llega, el dios está pasando!
Me
arrodille; por azar mi mano descansó sobre el pequeño montículo apergaminado y,
¡he aquí! al tocarlo quedó convertido en polvo. Había sido; ya no era. El
contorsionado rostro que mostraba los dientes había desaparecido; nada quedaba
de él salvo uno o dos mechones de ensortijado cabello... sin duda debió haber
sido el cabello de una mujer. Entonces sucedió el prodigio. Apareció ante mí
una columna que giraba con glorioso y multicolor brillo, que rugía y bramaba
como un millón de toros enfurecidos. Ante mi vista pareció cobrar la forma de
un hombre inmenso y en su fulgurante cresta pude ver ojos verdes esmeralda como
los de un tigre, ojos que fijaron en mí su mirada. También tenía brazos, rojos
como la sangre, espléndidos brazos que se extendieron hacia mí como para
aferrarme contra ese pecho abrasador. Fue terrible, y a la vez, increíblemente
hermoso. Nunca, hasta haber visto eso, supe qué era la belleza; no, ni siquiera
al alba o durante el crepúsculo, ni en la contemplación del furioso fragor de
la batalla.
Este
portentoso dios de la Vida parecía reclamar la vida que había en mí como hace
un rey con su súbdito, o un amo con su esclavo; anhelé entregarme a ese abrazo
de fuego. Comencé a ponerme de pie. Noot me cogió por el brazo.
—¡No
avances! —gritó severamente, y nuevamente me dejé caer y oculté mi rostro en la
arena.
No
sé cuánto tiempo permanecí tendida ahí, pues la exaltación se había apoderado
de mí y mis sentidos estaban ebrios, de manera que no pude llevar la cuenta del
tiempo. Puede haber sido un minuto o una hora; repito que no lo sé. Cuando
volví a mirar hacia arriba el Fuego se había marchado, el dios estaba oculto en
su santuario secreto, aunque la caverna todavía brillaba con rosada luz.
Noot
me arrastró fuera de ese lugar. En el exterior encontramos a Filo, con los
labios pálidos y temblando, y juntos, de a poco y con esfuerzo, subimos hasta
nuestro camino de regreso a la ermita que se hallaba debajo de la piedra
trepidante. Allí descansamos en silencio hasta que finalmente Noot me llevó
aparte y habló.
—Ayesha
—dijo—, has visto lo que había sido designado que vieras. Ante esa abrasadora
presencia la tentación se apoderó de ti, en una forma tan intensa que si yo no
hubiese estado ahí tal vez te hubieras rendido, olvidando mis advertencias y
ruegos. Ahora te suplico, custodia al Fuego en los días futuros, pero jamás
vuelvas a poner tus ojos en él, puesto que si bien eres muy fuerte en lo
concerniente a otras cuestiones, siento que eres frágil en lo que hace a ésta.
Mientras yo viva, por cierto, jamás volverás a contemplarlo, ya que antes
pediría a la diosa que cortara la hebra de tu vida y te llevara junto a ella.
Incliné
la cabella pero no respondí; y él no me pidió que lo hiciera.
¿Qué
sucedió después? ¡Oh! Recuerdo que tomamos unos alimentos que sin duda habían
sido preparados por el enano con aspecto de gnomo a quien ya no volví a ver.
Luego Noot contempló desde la puerta de su ermita y nos llamó para que fuéramos
rápidamente, puesto que el momento del crepúsculo que traía consigo al rayo de
luz estaba por llegar y el puente debía ser cruzado y había que desplazarse por
lo más angosto del espolón de roca antes de que aquel rayo partiera. Con
fanales encendidos en nuestras manos Ñoot nos condujo hasta la cima de la
Piedra Trepidante donde las maderas del puente crujían y se balanceaban. Aquí
me aferró entre sus brazos, bendiciéndome y diciéndome adiós, y aunque no lo
dijo, tuve la certeza de que su mente, al igual que en ese instante sucedía con
la mía, albergaba la convicción de que nuestros espíritus se separaban para
siempre en la tierra; sí, tan firmemente lo creía que las lágrimas surcaron sus
pálidas mejillas.
Entonces,
súbitamente el rayo de fuego que se asemejaba a una espada atravesó la
oscuridad, y bajo su luz, Filo y yo cruzamos el puente; trepamos velozmente por
el espolón y, no sé por qué causa, todo el temor que le tenía me había
abandonado.
Mientras
el rayo empezaba a desvanecerse volví mí cabeza para mirar por última vez a
Noot. Allí se alzaba, en el corazón del mismo, como si hubiese estado vestido
con fuego, tal como nuestra fe nos cuenta acerca de los mensajeros de Isis,
Reina del Cielo. Sí, ahí, estaba él, con las manos entrelazadas y la vista
elevada hacia mí, como alguien absorto en su plegaria. Entonces el rayo
desapareció, como una lámpara que se apaga, y Noot fue tragado por la
oscuridad.
Llegamos
a salvo a la planicie y a través de la noche fuimos nuevamente transportados a
Kôr. La litera se balanceaba; los esclavos, cuyas espaldas se doblaban bajo la
pértiga entonaban sus graves, misteriosos cánticos invitando al sueño; pero sus
mensajeros no rozaron mis pestañas con su varilla. No podía dormir: mi alma
ardía con feroz desvelo: ¡Oh! ¿Qué era ese prodigio que había visto? ¡La
verdadera fuente de la Vida que, ocultándose de la humanidad, arde en el seno
del mundo! Pero si esto era así, ¿por qué Noot se había referido a ella como si
fuese una fuente de Muerte? Tal vez porque la Muerte, y no la Vida, residía en
esa llama; tal como la pequeña forma marchita que ante el contacto de mi mano
se desmenuzara, y que una vez había sido hombre o mujer —mujer, según creo—
había insinuado a mi mente.
No
lo sabía, pero lo que sí supe fue que a partir de aquel momento era la
prometida de este dios del Fuego, y que en algún día futuro habría de sentir su
abrasador beso matrimonial sobre mi frente.
Cuando
al crepúsculo arribamos a Kôr indiqué a Filo que se me acercara, y le hice la
señal del silencio —que, al ser un iniciado, conocía perfectamente— para que ni
en ese, ni en ningún otro momento, saliera de sus labios palabra alguna
concerniente a estos misterios. En realidad no podía haber revelado mucho, pues
él no había puesto sus ojos sobre el más importante, y sólo de lejos había
escuchado el estruendo de ese llameante tornado.
¿Cuánto
tiempo transcurrió hasta la llegada de Kalíkrate? No mucho, creo, aunque para
alguien que ha vivido más de dos mil años el Tiempo pierde sus dimensiones y
significado.
Había
enviado a Filo a la costa con el propósito de preparar la apertura del comercio
y las conversaciones con el mundo exterior. Puesto que en este rico lugar,
cuando su salvaje pueblo se encontrara bajo mi yugo, pueblo que ya me
contemplaba como a un ser semidivino, como al espíritu de su antigua diosa que
les había sido devuelto por el Cielo, sabía que se podía producir mucho de lo
que las numerosísimas tribus de Libia podían buscar y comprar. Una noche volvió
y de inmediato fue conducido ante mi presencia. Me refirió todo lo que había
hecho y aquello que no había podido hacer; lo elogié y luego hice el gesto de
despedida, Titubeó un instante, y dijo:
—Hija
de Isis, que te sea grato saber que no he vuelto solo.
Entonces,
con renovada energía como bajo la inspiración del aliento de ese feroz dios, me
volqué a mi diaria tarea de reconstruir una fe y un pueblo reprimidos. Pero
dejemos eso. ¿Para qué hablar de esa tarea cuando el Destino había decretado
que mi trabajo fuera hecho con agua o huidizas arenas y no con roca o barro
cocido? ¡Oh, Destino!, ¿porqué me engañaste en esa forma? Oh, Verdugo Amor,
¿porqué hiciste de mí tu herramienta y así arrojaste a Isis y a su culto al
polvo?
—Eso
ya lo sé, Filo, pues marchaste acompañado por muchos.
—Te
ruego que sepas, Hija de Isis, que he traído conmigo a ciertas personas que no
estaban conmigo cuando partí.
—Enviados
de los pueblos de la costa, sin duda —contesté indiferente.
—No
—replicó—, viajeros que hace mucho que recorren esos pueblos y a los que
encontré después de que hubiesen naufragado, y en un desesperado estado.
Viajeros procedentes de Egipto.
—¡De
Egipto! ¿Cuántos son, Filo?
—Nueve
en total. Profetisa, aunque la mayoría son servidores.
—Bien,
Filo. Será grato para mí, que debo habitar en soledad durante tan prolongados
períodos, hablar con extranjeros que vienen de Egipto. Puede que tengan
noticias de lo que ocurre en el Nilo. Dales toda la hospitalidad de que
dispongamos y todo lo que necesiten, y mañana, después de las ceremonias
matinales tráelos ante mí. Esta noche es demasiado tarde y sin duda están
fatigados.
Volvió
a titubear, luego se inclinó y se fue; quedé sorprendida ya que había algo en
su comportamiento que me pareció extraño. Empero, una vez pronunciadas mis
órdenes ya no iba a alterarlas. Pero mientras me acostaba para dormir el terror
me sobrecogió; sí, terror a algo que no sabía qué era. Sentí que el mal me
eclipsaba con sus negras alas; que estaba a punto de contemplar algo, o a
alguien, que no deseaba ver; que había caído en la trampa de una condena
desconocida, de modo que yacía indefensa como un gladiador sobre el que ha sido
arrojada una red y lucha vanamente, con el tridente sobre su garganta. Así es
como a menudo el peligro en ciernes arroja su fría sombra sobre nuestros
corazones mortales que se estremecen ante el contacto de aquello que sienten
pero que no pueden percibir.
Pensé
que acaso estaba a punto de morir, que ya la Muerte me asía con su gélido
abrazo; que en la oscuridad de lo más oculto de la cámara en que yacía, algún
asesino ya empuñaba la daga que atravesaría mi pecho, cosa que bien podía
ocurrir en esta salvaje región, entre salvajes caníbales en cuyos cuellos yo
había apoyado mí talón. Una vez más pensé que los espíritus de los antiguos
muertos, cuyo lugar yo ocupaba, me perseguían, exigiendo que les devolviera lo
suyo, el dominio que yo había usurpado.
Después
recordé a Tenes, transfigurado por la espada de la venganza y que ahora sabía
que yo había sido la impulsora del acto; y en Ochus Artajerjes cuando el veneno
había abrasado sus órganos vitales, al igual que al poco rato el fuego hiciera
presa de su séquito, adivinando finalmente que yo, la enfurecida diosa, había
preparado el brebaje y encendido las llamas. Sí, todos estos recuerdos se
reunieron a mi alrededor, alzándose como negras nubes sobre el cielo de mi vida
y amenazando con eclipsarla.
Finalmente
acudió a mi mente el relato de Filo acerca de los extranjeros náufragos a los
que había rescatado y, para proporcionarles alivio, traído aquí. ¿Quiénes eran?
me pregunté. Asesinos, tal vez, ocultos bajo el disfraz de la carencia y la
desolación, hombres que buscaban asesinarme y liberar mi espíritu por medio del
filo de sus dagas, para que éste ya no pudiera controlarles aquí en la tierra.
Sin embargo, y esto era asombroso, algo que demostraba cuan ciegos son los ojos
de nuestra carne mortal, nunca se me ocurrió que estos extranjeros pudiesen ser
Kalikrates el Griego y Amenartas, otrora Princesa Real de Egipto, aquella cuyos
deseos y odios la habían convertido en mi enemiga.
Por
fin me dormí, aunque febrilmente, y recién desperté cuando el sol, ya alto,
inundaba el patio del templo con sus feroces rayos estivales. Me levanté y,
como era un día de ceremonia y festejo, fui engalanada por mis mujeres con las
vestimentas de reina de la suprema sacerdotisa de Isis y con las sagradas joyas
y emblemas pertenecientes a mi rango.
Así,
espléndidamente ataviada, fui conducida a mi silla de gala, a la que había
hecho colocar en el encolumnado patio interior, ante una maravillosa estatua
velada de Verdad de pie sobre el mundo, a la que algún artista dotado por la
mano de Dios había modelado en días ya olvidados. Aquí celebramos nuestro
servicio con pompa y ritual, como solíamos hacer en Egipto, aunque ¡ay de mí!
escasos eran los cantantes y jerofantas, como así también la congregación
externa de adoradores convertidos a medias, que llegabán arrastrándose desde
sus bárbaros ritos hacía la sagrada compañía de la diosa.
El
oficio finalizó; cesó el campanilleo del sistrum y fue dada la
bendición, y junto con ella la absolución de los pecados.
Los
adorados se habían dispersado, salvo unos pocos, aquí y allí, que se quedaban a
orar. También yo estaba a punto de marchar cuando llegó Filo y dijo, con
humildad y prisa, como quien desea dar por finalizada una tarea poco grata, que
los viajeros de los que había hablado estaban a la espera de mi voluntad.
—Hazlos
pasar —respondí, preguntándome en mi interior quiénes serían aquellos sobre los
que estaba a punto de posar mis ojos. Malhechores tal vez, pensé, que habían
huido de la justicia hacia lejanas tierras, o mercaderes a los que los
vendavales habían conducido hacia el sur, o humildes marinos escapados de
alguna nave hundida.
Entraron;
era un pequeño grupo que serpenteaba entre las columnas del ruinoso templo,
avanzando a través de las sombras. Distraídamente observé, mientras pasaban por
un espacio abierto donde caía una luz más fuerte, que los dos que caminaban
delante tenían un aire noble, diferente del de aquellos que les seguían. Luego
las sombras volvieron a cubrirles y al poco tiempo emergieron ante mí, sentada
debajo de la estatua, con los rayos del sol derramándose sobre ellos.
Los
miré con el rabillo del ojo y vi que eran hombre y mujer; perfecto hombre y
hermosísima mujer. Luego alcé la cabeza y contemplé abiertamente sus rostros ¡y
me dejé caer, aterrorizada, sorprendida, aplastada! ¿Estaba soñando? ¿Algún
espíritu burlón hacía que mis ojos me engañaran? ¿Eran estos que estaban ante
mí Kalíkrates, el sacerdote-guerrero griego, y Amenartas, la Princesa Real de
Egipto?
Alzando
la mano para ocultar mi rostro los estudié amparada por la sombra. ¡Oh! ¿Quién
podía equivocarse? Allí delante, espléndido en su belleza como antaño, estaba
Kalíkrates, semejante a un dios; y a su lado, morena, magnífica y todavía
incólume al tiempo, o acaso protegida de su furia por artes que había aprendido
de su padre, Nectanebes el hechicero, se hallaba la imperial Amenartas. Durante
un momento guardé silencio, juntando todas mis fuerzas, poniendo en orden a mi
espíritu. Entonces, todavía con el rostro cubierto por mi mano, hablé
fríamente, con tono desinteresado, y dije:
—¿De
dónde venís, nobles extranjeros? ¿Cuáles son vuestros nombres y por qué buscáis
la hospitalidad de la Reina de esta devastada tierra de Kôr?
Intrépida
como siempre fue Amenartas quien me respondió, no Kalíkrates, que permanecía
mirando alrededor de sí como hacen los hombres cuando sus mentes están
inquietas o cuando les fastidia el ceremonial.
—Somos
viajeros, Sacerdotisa, en condiciones que no son desesperantes ni maravillosas;
mercaderes, a decir verdad, del lejano norte que, después de haber sufrido un
naufragio, por fin fuimos rescatados por este servidor tuyo que nos condujo
hasta aquí —y señaló a Filo que se encontraba cerca y cuyo rostro albergaba una
estúpida sonrisa.
»Por
nuestra sangre somos fenicios a los que llaman... —y dio cierto nombre que no
recuerdo—. Por lo demás, al encontrarnos en apuros, pues aquellos a los que
gobernábamos se rebelaron contra nosotros y nos expulsaron, te pedimos
protección hasta que la Fortuna vuelva a sonreírnos, ya que últimamente lo
único que nos ha proporcionado han sido tristezas.
—Concedido,
Señora. Pero dime ¿qué sois el uno del otro? ¿Hermano y hermana, acaso?
—Sí,
Sacerdotisa, hermano y hermana, tal como correctamente has supuesto, puesto que
nuestros nombres son uno y el mismo.
—Es
curioso, Señora; en realidad pienso que arrojas fango sobre tu padre, o tu
madre, o sobre ambos, ya que ¿cómo pudieron haber engendrado a uno como a una
morena hija del Nilo de alta cuna y al otro blanco como Apolo, con el porte y
semblante del Apolo griego? Por otra parte, ¿cómo es que la hija de un mercader
fenicio recoge sus cabellos con el cintillo de la realeza egipcia? Y señalé la
banda de oro del símbolo egipcio sagrado que había sobre su frente.
—La
sangre juega extrañas pasadas, Sacerdotisa, buscando a veces la semejanza con
un ancestro, a veces con otro, de modo que a menudo un niño nace moreno y otro
rubio. En cuanto al ornamento, lo compré a un mercader árabe, sin saber de
dónde venía ni qué significaba —comenzó a responder con desenfado, cuando de
pronto Kalíkrates la detuvo, murmurando:
—¡Termina
ya! —Luego, dirigiéndose a mí, dijo:— Oh Reina y Sacerdotisa, no hagas caso de
las palabras de esta dama, ya que últimamente, a causa de nuestros infortunios,
nos hemos visto obligados a contar muchas historias curiosas de acuerdo con las
circunstancias del momento. No somos fenicios nacidos en una Casa; somos de
sangre griega y egipcia, y la nuestra no es una relación entre hermano y
hermana sino entre marido y mujer.
Ahora
bien, cuando escuché estas palabras mi corazón se detuvo; mis esperanzas habían
sido que Isis, y los juramentos de ellos, hubiesen mantenido apartada a esta
pareja. No obstante respondí con calma:
—¿De
veras, peregrino? Dime pues, ¿a qué fe pertenecéis y quién os casó? ¿Unió
vuestras manos algún ministro de Zeus, o estuvisteis juntos ante los altares de
Hathor?
Entonces,
mientras él buscaba alguna respuesta que no pudo encontrar, continué, riendo un
poco:
—Tal
vez, oh noble pareja, no os habéis casado en absoluto. ¡Acaso no seáis marido y
mujer sino sólo dos amantes unidos a la manera de la Naturaleza!
Él
bajó la cabeza, confundido, e incluso los osados ojos de Amenartas denotaban
aflicción.
Yo
no soporté ya más.
—Oh
griego Kalíkrates —dije—. Otrora capitán de la guardia del Faraón, otrora
sacerdote de Isis, y oh Amenartas, hija de Nectanebes, Princesa Real de Egipto
por nacimiento, ¿por qué desperdiciáis palabras con la esperanza de defraudar a
quien no puede ser engañada? Sin duda habéis sobornado a Filo para que
escondiese la verdad, tal como una vez le sobornasteis para que ocultara a
cierta dama a bordo de su nave y para que os dejase a vosotros dos sobre la
costa de cierta isla.
—En
ese caso él nos ha traicionado —balbució Kalíkrates, mientras la sangre subía a
su frente.
—No,
no os ha traicionado; él es alguien que siempre se mantiene fiel a quienes le
pagan bien. ¿No es así, Filo, servidor mío?
Esperé
una respuesta pero no la obtuve puesto que Filo se había marchado. Luego
continué:
—No,
Filo no os ha traicionado; no fue necesario. Regia Amenartas, ¿cómo es que
llevas en tu mano el anillo con el escarabajo?
—Es
el regalo que me hizo mi señor —respondió.
—Dime
pues, Kalíkrates, cómo es que tú lo tenías, y dime también si lleva grabados en
su engarce, en caracteres egipcios, signos que significan «Real Hijo del Sol».
—Sí,
esos signos están allí tallados, oh Reina; hace años el anillo me fue dado como
talismán por cierta divina sacerdotisa a la que yo había salvado en batalla,
para que sus virtudes pudieran recuperarme de las heridas que yo recibiera en
combate. Según se me dijo luego, ese anillo tenía esos poderes porque había
sido bendecido; estaba hecho a semejanza del que Isis, la Madre, pusiera como
ofrenda de amor sobre la mano del difunto Osiris antes de que volviera a dar
aliento a su alma. O tal vez fuera el mismo que Osiris dejó en la tierra cuando
se dirigió al cielo; no lo sé.
Así
habló; dando a sus palabras un ritmo similar al de un mulo malcriado que avanza
por un surco de labranza pedregoso; fastidiada por el relato interrumpí:
—Por
consiguiente, oh Kalíkrates, a tu vez diste el antiguo amuleto encantado a una
mujer a la que deseabas, o que te deseaba a ti, con la esperanza de que sus
virtudes pudiesen consagrar vuestra unión profana. Oh sacerdote perjuro, ¿cómo
te atreviste a este sacrilegio?... poner el anillo en la mano de tu amante, el
anillo de Isis que una vez llevara el gran Khaemuas, entregado a ti por la
Profetisa de Isis para que te alejara de los portales de la muerte.
Entonces,
inclinándome hacia adelante de forma que la sombra de la estatua dejó de
ocultarme, descubrí mi rostro y le miré a los ojos.
—¡Lo
suponía! —dijo— aunque ¿quién hubiera soñado que en estas ruinas...? Es el
Oráculo y la Profetisa. Es la Hija de Isis, la Hija de la Sabiduría cuya voz
volví a reconocer durante todo el tiempo que ha fingido —y cayó al suelo; su
frente oprimió las piedras y murmuró:
—Mátame,
Reina, y acaba, pero perdona a esta dama y devuélvela a su propia tierra, pues
el pecado es mío; ella no era sacerdotisa.
Amenartas
me contempló con sus atrevidos ojos y luego exclamó con una carcajada:
—No
estés tan seguro, mi señor, ya que esto es poco probable. Bien recuerdo haber
puesto mis ojos en aquella a quien llamaban Isis-en-la-Tierra, en el pasado,
especialmente en cierto festín del Faraón, cuando ella se quitara el velo para
mostrarse a Tenes, Rey de Sidonia, que luego la hizo su esclava. Pero esa
profetisa era una mujer muy hermosa, aunque tal vez incluso entonces algo
marchita, o al menos yo, que hacía muy poco había dicho adiós a la niñez, así
la juzgué. Por consiguiente, no es muy probable que esta soberana de ruinas sea
la misma, pues nadie diría que es bella. Mira, es vieja y mustia, su cuello se
desploma, su figura no es esbelta.
»La
profetisa que yo recuerdo tenía una hermosa boca coralina, pero los labios de
esta dama son delgados y pálidos; también tenía grandes y hermosos ojos, pero
los suyos son pequeños y casi no tienen color. Además, debajo de estos hay
líneas negras, tales como las habituales entre las viejas sacerdotisas vírgenes
que jamás han conocido el amor del hombre, aunque tal vez sus santas almas
piensan en él en medio de sus acostumbradas plegarias repasadas junto al
rosario, mientras que sus rodillas, como las de los esclavos, se endurecen
sobre las piedras.
»No,
mi señor, aunque el tiempo provoca cambios extraños en quienes han pasado el
cenit de su vida, esta sacerdotisa que esconde sus grises cabellos bajo el
bonete de buitre de su persuasión difícilmente sea aquella esplendorosa
pitonisa a la cual una vez contemplamos en los salones del Faraón y que, según
recuerdo, en esa oportunidad te miró con mucha atención.
Escuché
este vulgar veneno, la efusión común de un corazón celoso y de
naturaleza mezquina, y sonreí. No obstante es cierto, puesto que nada hay en
estas líneas que no sea la verdad, que algunos de esos envenenados dardos
dieron en el blanco. Sabía bien que toda la belleza que una vez me había
pertenecido ya no era mía; que el paso de los años, las preocupaciones y la
abstinencia y el vuelco de mi corazón de lo mortal a lo divino, sumados al peso
del poder, la sabiduría y la venganza que el Destino había depositado sobre mi
cabeza me habían despojado de la lozanía y la imperial belleza que una vez
había embelesado al mundo. También era cierto que Amenartas era todavía una
niña cuando yo ya era una mujer desarrollada y por consiguiente me llevaba la
ventaja de la Naturaleza, la cual, por cierto, crece de luna en luna.
Sin
embargo sonreí, y mientras lo hacía fui asaltada por una idea imponente, que
sembró una semilla de valor en el benigno suelo de mi corazón donde, a partir
de ese momento, estaba condenada a crecer a florecer y en un futuro todavía no
entrevisto, a dar su temible fruto. ¡Oh! si he pecado contra el alto Cielo y
contra las órdenes de su ministro, mi guía, el santo Noot, que los memoriosos
dioses recuerden que fue el azote de la amarga lengua de esta mujer quien me
empujó a la acción.
Entonces
hablé muy suavemente, y dije:
—Ponte
de pie, Kalíkrates; palabras tales como las que has escuchado, pronunciadas
acerca de alguien que una vez fuera tu superior, difícilmente sean gratas para
tus oídos, y yo no las contestaré. Sé muy bien que en ellas no hay nada de
verdad y me enorgullece el que me haya sido concedido sacrificar a la Reina del
Cielo, a la que adoro, ofrendas tan insignificantes como la carne y la belleza
que una vez fueran mías. No es sino otra ofrenda que acumulo sobre su altar,
una entre muchas.
»No
obstante, Kalíkrates, aunque creo que ya no puedes inclinar tu rodilla ante esa
Majestad, como una vez lo hicieras, te suplico que, si puedes, hagas que los
labios de esta dama cesen de arrojar desprecio sobre ella, cosa que también
hacen conmigo, su sacerdotisa. Te ruego que le recuerdes que una vez, ataviada
con el velo de Isis, también ella practicó el culto en ese santuario, sí, y que
en tiempos de peligro, a menudo ella y tú y yo elevamos nuestras puras
peticiones, aunque no «las acostumbradas plegarias repasadas junto al rosario»
de las que habla. Sí, recuérdale que a pesar de que el templo de Menfis fue
devorado por las llamas la Madre Isis escucha y contempla, no en Egipto, sino
en el Cielo, y que aunque su cólera tarde en desencadenarse, ella todavía puede
golpear. Ahora, Kalíkrates, ve a descansar y lleva a tu amor contigo pues, si
bien puedo perdonar, no estoy dispuesta a ser apedreada con palabras tales como
las que las furiosas mujeres del pueblo arrojan a sus rivales en la plaza del
mercado.
Capítulo
XXI
La verdad y las tentaciones
No
ese día, sino al siguiente, Kalíkrates me solicitó audiencia. Enterada de que
estaba solo le recibí en mi cámara privada y le ordené que tomara asiento.
Obedeció, y le contemplé durante un rato; la luz de la ventana caía sobre su
dorada cabeza y su brillante armadura golpeada por las tormentas y la guerra.
Porque ahora vestía su traje de soldado, acaso el mismo que hacía años había
usado a bordo del Hapi, y así ataviado parecía un rey de
hombres.
—La
señora Amenartas está un poco enferma después de todas nuestras travesías
—dijo—. Creo que la enfermedad común a las tierras de la costa ha caído sobre
ella puesto que su rostro está encendido y sus manos calientes. Por
consiguiente no puede presentarte sus respectos, Profetisa. No obstante me pide
que te agradezca tu hospitalidad, y dice que solicita tu perdón por las
palabras de rencor que ayer pudiera haber pronunciado, ya que éstas no surgían
de su corazón sino de la fiebre que ardía en su sangre.
—Concedido.
Conozco esta enfermedad, aunque yo he estado protegida de ella, y le enviaré
medicinas y una mujer especializada para que la cuide. Dile que no tema, muy
pocas veces es peligrosa. Ahora, Kalíkrates huésped mío, si te place, deja que
escuche tu historia; debe ser mucho lo que tienes para contar desde que nos
separáramos en el santuario de Menfis. Entonces, recordarás, tu propósito era
acompañar en su misión al santo Noot, porque pensaste que te convenía, por
razones propias, abandonar Menfis por una temporada. Aunque creo que tu idea
era marchar solo, no junto a esa dama real que ahora tienes por compañía.
—Eso
es cierto, Profetisa —contestó abrumado—; y yo no supe que la dama a la que te
refieres se encontraba a bordo del Hapi hasta que, para evitar
ser capturados por los persas, hubimos escapado del Nilo dirigiéndonos hacia
mar abierto.
—Comprendo,
Kalíkrates, y no puede negarse que el Destino te trató duramente, o tal vez
debería decir amablemente, cuando hizo que Amenartas por error se embarcara en
el navío Hapi, que zarpó Nilo abajo, en lugar de hacerlo en el
de su padre, Nectanebes, que puso rumbo a Tebas y Etiopía.
—No
te burles de mí, Hija de la Sabiduría. La señora Amenartas, que no tendría
reparos en decírtelo abiertamente, sabía muy bien a bordo de qué nave zarpaba;
sin embargo yo no supe nada; yo, que creía haberle dicho adiós para siempre.
Sí, abandonando sus esperanzas de reinados y todo lo demás, y corriendo con
todos los riesgos, se embarcó en el Hapi, dejando a otra
mujer, ataviada para que se pareciese a ella, para que ocupara su lugar entre
el séquito de Nectanebes.
—Al
menos eso fue valiente, y yo amo el coraje, Kalíkrates. Empero... ¿cuál era su
propósito?
—¿Es
esa una pregunta que debas formularme, Señora, tú, que bien sabes que por amor,
las mujeres de gran corazón se atreven a mucho?
—Deba
o no preguntar, en todo caso ya he obtenido la respuesta, Kalíkrates. En verdad
deberías amar y honrar a quien por ti abandonó todo; para obtener aquello que
más deseaba aún a costa de su propia vergüenza y la ruina de tu alma.
—La
amo y la honro —contestó con voz ronca—. Cuando aún era una niña yo la amé, y a
causa de ese amor asesiné a mi hermano porque creí, en el momento en que se
hizo mujer, que sus favores eran para él, cosa que según parece sólo hacía para
atraerme más hacia ella.
—Daría
la impresión, Kalíkrates, que esta dama no trae buena suerte a tu raza, ya que
primero provoca la muerte de uno de vosotros, convirtiendo al hermano en
asesino, y luego hace de ese hermano un apóstata de su fe, sí, un traidor
infausto para Dios y para el hombre.
—Así
es —dijo humildemente—. Aún así, mucho es lo que me ama; tanto, que sea o no mi
deseo, yo debo amarla, ya que si la mujer ama lo bastante, ¿qué puede hacer el
hombre sino seguir el camino por el que ella va? Dime Profetisa, tú que eres
sabia, ¿si hubieses sido un hombre y estado en mi lugar en el navío Hapi, que
es una estrecha prisión, ¿qué habrías hecho, de haber sido un hombre... tal
como yo.
—Tal
vez lo mismo que tú, Kalíkrates, y por tanto hubiese sido maldecida, tal como
te sucede a ti, Kalíkrates, ya que la señora era dulce y amorosa y que el
hombre debe seguir siendo hombre por muy importantes que sean los votos que
haya jurado a diosas que no arrojan sus brazos alrededor de él o le besan en
los labios.
—Una
vez creí que una diosa me besaba en los labios, Oráculo de Isis, y el recuerdo
de ese beso es dulce y sagrado.
—¿De
veras? —contesté—. Bien, como ya no perteneces a nuestra comunidad, ahora puedo
decirte que yo representé el papel de la diosa y te di ese
beso ceremonial en el santuario de Filos.
Entonces
me miró fijamente, enrojeciendo, y murmuró:
—Siempre
lo supuse; jamás llegué a creer que una diosa pudiese besar tan dulcemente —y
nuevamente me contempló, como alguien que desea preguntar algo que sus labios
no se atreven a expresar.
Permanecí
en silencio, contemplándole, hasta que al poco rato exclamó:
—Me
dices que estoy maldito, Sacerdotisa. Dime también, ¿por qué Isis está tan
encolerizada conmigo?
—¿No
te juramentaste a ella solamente? ¿Y no rompiste tus votos, Kalíkrates? ¿No
sabes que si las mujeres pueden ser celosas, las diosas, que están muy por
encima, pueden serlo muchísimo más con aquellos que están ligados a ellas por
el matrimonio místico? ¿No has escuchado que abandonarlas por la hija de un
hombre es ofrecerles el más terrible de los insultos?
—La
propia Isis estaba casada con Osiris, Profetisa, y he oído hablar de sacerdotes
y sacerdotisas que la servían que también estaban casados.
—Quizá,
Kalíkrates, pero después que la absolución les fuera concedida por alguien a
quien se ha conferido autoridad para que revisara los votos a fin de llevar a
cabo algún elevado propósito. ¿Pero quién te autorizó a casarte, a ti, que en
realidad no estás casado sino que eres solamente el amante de una mujer? ¿Acaso
buscaste la aprobación del santo Noot a bordo del Hapi?
—No
—contestó—, esa idea jamás se me ocurrió. O si lo pensé creí que él me llenaría
de maldiciones o tal vez clamaría venganza a Isis. Has escuchado, Profetisa, el
destino que a veces aguarda a quienes tientan a sacerdotes y sacerdotisas para
que aparten sus pies del estrecho sendero de sus juramentos.
—Sí,
Kalíkrates, mueren abrasados, o de hambre, o encerrados en un pequeño agujero
donde no llega el aire; cada culto instrumenta su propia venganza para tan
inconmensurable crimen. Sin embargo fuiste necio al no formular tu ruego a
Noot, el único que podía habértelo concedido pues ¿quién sabe cuál hubiese sido
su respuesta?
—¿Es
demasiado tarde? —preguntó ansiosamente—. Para todo pecado existe el perdón,
¿por qué no para el mío? Sólo que ¿quién me lo otorgará? porque ahora no sé
dónde encontrar a Noot, en caso de que siga vivo.
—Para
todo pecado existe el perdón, Kalíkrates, pero siempre tiene un precio. Primero
el pecado debe ser colocado sobre el altar a modo de sacrificio. Para los
pecados muertos puede haber perdón; para los que viven, y se perpetúan, no lo
hay; todo lo que hay son azotes sumados a más azotes y remordimiento tras
remordimiento. En cuanto a Noot, sigue con vida, y no muy lejos de aquí.
¿Presentarías tu caso ante él y escucharías su juicio?
—No
lo sé —contestó lentamente—. Escucha, Hija de la Sabiduría. Me encuentro en una
situación extraña. Amo a esta dama con mi cuerpo y estoy ligado a ella; pero no
sucede lo mismo con mi espíritu. Nuestras almas, creo, están muy separadas.
¡Oh! deja que atestigüe que mi corazón está puesto en cosas más sublimes, que
zarparía hacia lejanos mares ignorados por el hombre, pero siempre está
presente este ancla de la carne que lo encadena a su playa natal. Amenartas no
piensa así; a ella le agrada permanecer atada al placentero puerto de la vida,
o errar por sus verdes riberas y ahí ser mecida por el caprichoso soplo de las
cosas comunes y engalanar su frente con las guirnaldas de la pasión.
«¡Deja
estar al Cielo! —dice ella—. Bajo nuestros pies tenemos a la dichosa tierra, y
alrededor de nosotros murmuran las aguas del placer, y soy muy hermosa y te
amo. Si es que hay dioses, y son vengativos, no es esta todavía su hora. Este
momento es para nuestro disfrute y ofrece a nuestros labios una esplendorosa
copa. Si bebemos todo su vino y la copa se hace pedazos, al menos su memoria
permanecerá con nosotros. ¿Qué son esos dioses a los que buscas tan
insensatamente? ¿Qué proporcionan al hombre sino numerosas maldiciones...
muertes y separaciones, enfermedades y aflicciones, sumando a todo esto
promesas de infortunios que sobrevendrán una vez que hayan dejado lo peor de sí
sobre la tierra? ¿Existen dioses que no sean aquéllos que el hombre fabrica con
sus propios terrores? hombre al que no le satisface el alimento de la
Naturaleza sino que necesita agriarlo con un veneno ajeno y que, incluso cuando
el sol brilla alrededor de él se estremece bajo una fría sombra que la
superstición arroja sobre su corazón.
»Así
razona ella, y esos siempre han sido sus argumentos.
—Dime,
Kalíkrates, ¿habéis tenido algún hijo?
—Sí,
uno, una criatura muy hermosa; murió a causa de los infortunios que hicieron
que la leche de su madre fuera débil.
—Y
cuando la real Amenartas contempló a su hijo muerto ¿siguió pensando en esa
forma, diciendo que no hay dioses y que para el hombre no hay esperanza más
allá de la tumba?
—No
del todo, pues maldijo a los dioses ¿y quién maldice aquello en que no cree?
Además, recuerdo que lloró y suplicó a los dioses que se lo devolvieran
mientras su pequeño corazón aún latía y como una mariposa que acaba de
deslizarse de su crisálida aún pendía en el límite del mundo mientras las
arrugadas alas de su alma se secaban bajo las primeras luces del Cielo. Pero
luego olvidó y ofrendó sacrificio al Espíritu de su confianza, pidiéndole que
le enviara otro niño, plegaria que según me dice está en vías de ser
satisfecha.
—¿De
modo que Amenartas practica la magia, al igual que su padre?
—Sí,
Señora, y pareciera que no sin provecho, aunque de esta cuestión acerca de
tratos con demonios nada sé y nada quiero saber. Creo que es algo que le ha
transmitido su sangre egipcia, y además, pienso que el Faraón le enseñó estas
artes durante la niñez, y lo que entonces se aprende nunca llega a olvidarse
del todo. En cualquier caso, sé que las veces que nos hemos visto ante
dificultades o peligros durante nuestros largos viajes, mediante secretos
rituales, en los que no me entrometo, ella ha convocado a cierto Familiar y
que, a partir de ese momento, de uno u otro modo, nuestro camino se ha visto
allanado. Por cierto, acababa de hacerlo cuando Filo nos encontró hambrientos.
—Al
igual que el camino de tu niño fue allanado desde este mundo al otro,
Kalíkrates; y así como el tortuoso camino del Faraón Nectanebes se vio allanado
hacia una ruta que iba desde el trono de Egipto... pero ruega a la señora
Amenartas que le pregunte a su demonio hacia dónde se dirigía esa ruta ya que
en este caso mi sabiduría no me ayuda y no estoy segura. Bien, hemos hablado
mucho y visto el caso, que dejaría perplejo al mismo Thoth. ¿Te sería grato,
Kalíkrates, visitar al divino Noot y pedirle su consejo acerca de todos estos
asuntos? Creo que él es el único en la tierra que puede guiarte. No obstante,
obra de acuerdo con tus deseos.
Kalíkrates
caviló durante un rato, y luego contestó:
—Sí,
me es grato. Cuando Amenartas se recupere de su enfermedad iremos.
—El
santo Noot es muy anciano, y la real Amenartas podría estar enferma durante
mucho tiempo. Por tanto sería más prudente ir de inmediato, Kalíkrates.
—No,
Profetisa, no puedo. Amenartas tiene extrañas ideas y no permitirá que la deje
sola; piensa que podría ser envenenada; en realidad, que ya ha probado de ese
veneno.
—Entonces
deja que ofrezca sacrificios más suntuosos a su demonio, y que le ruegue para
que la proteja. Por cierto que todo esto no dejará de tener su utilidad pues
puedo jurar que aquí en Kôr ningún veneno pasará por sus labios, ni le
sobrevendrá daño alguno... salvo, quizás, el que provenga de los dioses a los
que rechaza. Adiós, Kalíkrates.
Se
inclinó ante mí humildemente y se volvió para marcharse, pero después de uno o
dos pasos regresó y dijo:
—¡Los
dioses! ¡Los dioses! que para ti y para mí en su conjunto no son más que uno,
Isis, Reina del Cielo. Dime ahora, te lo suplico, tú que eres llamada Hija de
la Sabiduría, ¿quién y qué es Isis?
Pensé
un buen rato ya que la pregunta era importante, un problema que hasta el
momento nunca había intentado resolver con palabras. Entonces contesté:
—Juro
por mi alma que no lo sé. Al este y al oeste, al norte y al sur, millones de
hombres adoran a uno u otro dios. Empero, ¿hay entre ellos alguno que, salvo en
sueños o en éxtasis, haya visto alguna vez a su dios, o que si trata de darle
forma de acuerdo a su visión mortal pueda hacer algo más que esculpir alguna
efigie en madera o piedra?
Señalé
entonces hacia mis espaldas, a la velada estatua de Verdad, y dije:
—¡Mira!
ahí está Isis, un hermoso objeto con el rostro escondido, gobernando al mundo.
Ella es una de las mil formas de la Divinidad. Sí, ella es su esencia,
congelada en la forma que conocemos en el frío espacio de este mundo, y con un
rostro cincelado en forma diferente de siglo en siglo por las cambiadizas ideas
del hombre. Ella habita en cada alma, sin embargo, no hay dos almas en las que
sea la misma. Ella no está, no obstante, perdura eternamente. Es invisible,
intangible; siempre asediada y siempre en fuga; nunca vista y jamás tocada,
pero contesta a las plegarias y su trono no se halla en las alturas de los
cielos sino en el corazón de cada criatura que aspira el aliento de la vida. Un
día la contemplaremos y no la habremos de reconocer. Sin embargo, ella nos
reconocerá. Así es Isis: informe, aunque presente en cada forma; muerta, no
obstante viva en todo lo que respira; una fantasía alimentada por los
sacerdotes, empero, la única gran verdad.
—Si
Isis es así, ¿qué de los otros dioses del mundo?
—Ellos
son Isis, e Isis está en todos ellos. Los mil dioses adorados por los hombres
no son sino un dios con numerosos rostros. O mejor, son dos dioses, el dios del
bien y el dios del mal; Horus y Tifón en continua lucha por las almas de todo
lo creado por esa Divinidad invisible, desconocida pero que existe eternamente
y reina más allá de las estrellas, a solas en temible gloria, y desde su
innominado sitial en las alturas contempla a dioses y hombres, marionetas en
sus manos, observa a los mundos en rotación donde viven, los mares de espacio
que existen entre ellos y al espíritu cuya misión es infundir aliento a la
vida. Así fue en los comienzos, así es ahora y así será eternamente. Al menos,
Kalíkrates, eso es lo que me ha enseñado la sabiduría de Noot, mi maestro, y
siguiendo su camino, mi inquisitiva alma ha llegado a saber. Y nuevamente,
adiós.
Me
miró y musitó:
—Hija
de Isis, ¡oh bien llamada Hija de Isis e Hija de la Sabiduría! y hubo aflicción
en sus ojos y en su voz.
Ahora
tiene miedo de mí, como siempre, pensé; ¿y cómo puede un hombre llegar a amar a
aquello que teme, puesto que amor y temor son contrarios y no hay puente que
los una. ¡Oh!, ¿por qué le he hablado de estas cosas sublimes que su espíritu
apenas puede sopesar o comprender todavía?, Tal vez porque me encuentro tan
sola, y al no tener a nadie sobre quien poder verter mis ideas, ningún
recipiente de oro y alabastro, mi profundo pensamiento desbordante ha de llenar
el primer tosco vaso de arcilla que el azar ofrece a mi mano, algo semejante a
almacenar un preciado vino en una botella de brea a la que resquebrajará.
No
hay duda de que debería aprender una lección de esa Amenartas que tan bien sabe
como tratar con alguien como él; alguien que todavía se halla en los comienzos
del pensamiento, mirando consternado el empinado sendero ascendente sembrado de
afiladas piedras, rodeado de crueles espinos, cubierto por arenas movedizas y
trampas y circundado por precipicios de cuyos abismos no hay retorno, ese
sendero que sus pies anhelan recorrer pero que, a falta de guía, no se atreven
a hacerlo.
Ella
le conduce por otro camino, el de la pasión mundana, ordenándole que deje de
contemplar las estrellas, que con las flores de intenso perfume de dicha pasión
teja coronas para las frentes de él y de ella. No deja de hablarle de cosas
cotidianas, de la alegría de ayer y la promesa del mañana, sí, incluso del
alimento que comen. Y todo el tiempo entrelaza los hechizos que su padre le
enseñara alrededor de poderosas sogas de encantamiento, con el propósito de
atarle a ella para siempre. Sí, como una araña enjoyada, esa bruja de negras
cejas y abundantes pechos lo atrapa en su mágica red, sujetándole cada vez más
firmemente, hasta que por fin él yazca contemplándola inmóvil como una momia
dentro de su envoltura.
Así
reflexioné, adornando delicadamente esas reflexiones, pero íntimamente
convencida de que lo que las provocaba era la más vil y vulgar de todas las
causas, y que no era otra, por cierto, que los celos de una mujer hacia otra.
Porque ahora sabía la verdad; ya no había forma de ocultarla ni mis ojos podían
seguir estando ciegos, pues lo había comprendido todo mientras él me contaba su
triste historia. Yo amaba a este hombre; sí, y lo había amado siempre desde que
por primera vez lo viera en la lejana Filos, o, sin ninguna duda, desde que
velada con las túnicas de la diosa había sucumbido a los dictados de la
Naturaleza y le había besado en los labios.
¡Oh!
yo había rechazado esa verdad, la había enterrado muy profundamente, pero ahora
se levantaba como un espectro de la tumba y me atemorizaba con sus severos e
inmortales ojos. Amaba a este hombre y siempre tendría que amarle, a él y a
ningún otro, y él... él me temía pero me adoraba, como se adora a un espíritu
elevado cuando hace su aparición... pero no me amaba, no podía amar a quien
estaba muy por encima de él.
Sí,
estaba celosa, si es que los grandes pueden estar verdaderamente celosos de
aquello que es pequeño, puesto que si bien estábamos tan lejanas como un
continente de otro, ambas éramos mujeres que deseaban a un mismo hombre. Mi
espíritu no estaba celoso; yo sabía que finalmente vencería, al ser tan
poderoso y estar tan bien acorazado contra todas las flechas de las
transformaciones mortales. Pero mi carne lo estaba. Él me había dicho que
Amenartas le había dado un hijo; que esperaba darle otro y... también yo
anhelaba ser la madre de su hijo. Porque ¿no es cierto que, debido a una ley
inmutable, mientras que el hombre ama a la mujer por lo que ella es, la mujer
ama al hombre más que nada por la posibilidad de que éste se convierta en el
padre de su hijo y así, por medio del prodigio de la creación, incluso en el
polvo preservarla de la muerte perpetua?
De
modo que... dejadme pensar. Yo amaba a este hombre e iba a hacerlo mío, lo
elevaría y lo haría mi igual, si es que eso alguna vez podía llegar a suceder,
y le enseñaría cosas esplendorosas, y le dejaría ver la luz secreta que ardía
en mi corazón, y le guiaría, a partir de ese momento, bajo los rayos de mi
peculiar estrella personal. ¿Cómo podía lograrse esto? Aquella mujer, envuelta
en la púrpura de Tiro doblemente teñida, privilegio de reyes, que, debo
admitir, llevaba con elegancia aunque ahora carecía de un trono donde arreglar
sus pliegues, en su locura pensaba que yo la había envenenado, o que deseaba
hacerlo. Sí, conocía tan poco a Ayesha que creía que, como un eunuco persa,
ella se rebajaría a pedir la ayuda de un veneno mortal para así librarse de una
rival. ¡Jamás! Si no podía vencer con mi propia fuerza en una lucha honrada por
su estima aceptaría el fracaso pues la derrota sería merecida. Si su vida
hubiese estado tan enteramente en mis manos como para ser destruida mediante un
deseo, ese deseo jamás tomaría forma en mi mente, y por cierto, nunca se
convertiría en un hecho.
¿Qué
podía hacerse, pues? Ella tenía razón. Yo comenzaba a envejecer; el ácido del
Tiempo me corroía, mi belleza ya no era lo que había sido. Sí, me estaba
volviendo vieja y enjuta, mientras que en ella todavía brillaba todo el
esplendor de su femineidad. ¡Si quería vencer debía dejar de envejecer!
¡El
Fuego de la Vida! ¡Ah! ese Fuego de la Vida que daba, según había sido dicho,
el don de días imperecederos y juventud y perfecta belleza que la misma
Afrodita podría envidiar. ¿Quién lo había dicho? Noot, el Maestro que todo lo
sabía. Sin embargo, Noot jamás había penetrado en ese fuego, por tanto, a menos
que hubiese sido por revelación, ¿cómo lo sabía? En cualquier caso me había
prohibido que probara de su copa, tal vez porque estaba seguro de que me
destruiría mientras que él deseaba que yo fuera su sucesora y estableciera aquí
un gran reinado donde las gentes aceptaran a Isis como su diosa.
No
obstante lo que él decía podía ser cierto, ya que si no ¿por qué se sentaba
Noot en esa melancólica caverna contemplando el sendero que conducía al Fuego?
Otras leyendas del mismo tipo habían sido narradas en el mundo. Así, la antigua
leyenda caldea hablaba de un Árbol de la Vida que crecía en cierto jardín de
donde habían sido pulsados los padres de la humanidad para que no comieran de
sus frutos y se convirtieran en inmortales; esa leyenda me fue expuesta con más
detalle por los rabinos judíos en Jerusalén, y luego por Santos, el erudito.
Por consiguiente parecía que había un Árbol de la Vida, o un Fuego de la Vida
celosamente custodiado por los dioses para que los hijos del hombre no se
convirtiesen en sus iguales. Y yo, yo sabía dónde crecía ese árbol, o mejor
dicho, dónde ardía el Fuego. Sin embargo Noot me lo prohibía y ¿podía yo
desobedecer a Noot, mi Maestro, Noot el semidivino? Bueno, Noot era muy anciano
y su final estaba cerca, y cuando muriese, yo, nombrada por él, sería la
guardiana del Fuego y ¿no puede un guardián probar aquello que custodia?
Los
dioses habían dispuesto otra cosa, decía Noot. Tal vez, pero y ¿si en esta
cuestión en la que tanto podía ganar elegía competir con los dioses? Si los
dioses otorgan conocimiento ¿pueden encolerizarse con quienes lo emplean? Y si
se enfurecen... bien, que lo hagan, que usen sus armas y yo usaré las mías. A
veces siento que me canso de los dioses y sus fantásticos decretos que ellos, o
sus sacerdotes, acumulan sobre las cabezas de las víctimas de esta tierra. ¿No
eran suficientes para satisfacer sus apetitos la maldición de la vida y la
condena de la muerte, que debieron llenar los fatigosos días que hay en medio
con tanta carga de miseria, negando esto, negando aquello, cubriendo el camino
del hombre con clavos y coronando sus frentes con espinos?
Si
la leyenda de Noot era cierta ¿entonces qué? Yo entraría al Fuego, emergería
gloriosa para siempre, hermosa más allá de lo imaginable, y eternamente joven,
y habiendo dejado a la muerte muy detrás. Sólo necesitaría esperar a que
Amenartas muriera, o a que, cansada de la monótona vida en un antiguo lugar,
partiera en busca de otro. No, porque en el primer caso también Kalíkrates
estaría muerto, o sería anciano, y en el segundo, ella por cierto se lo
llevaría consigo.
¡Ah!
ahora lo veía claro: si yo entraba al Fuego y salía indemne, Kalíkrates debía
entrar detrás de mí ya que de esa forma constituiríamos una pareja adecuada,
aunque debiéramos esperar hasta que una pizca de la arena del tiempo se
escurriese entre nuestros dedos. Pero suponiendo que Amenartas decidiera
también entrar, tal como podía suceder teniendo en cuenta lo aficionada que era
a la magia y su determinación para aferrarse a aquello que había obtenido,
¿mejoraría en algo mi posición? La obra se representaría en un escenario más
amplio, eso era todo. Bien, ¿no sería yo la Guardiana del Fuego y no estaría en
mis manos decidir quién podía probar o a quién se negarían sus glorias? Dejemos
que eso se resuelva por sí mismo cuando sea el momento, pues la decisión será
la que yo, y no Amenartas, desee.
Ese
era mi plan. Sin embargo... una cosa más. ¿Y si el Fuego asesinaba? En ese caso
¿había sido la vida tan dulce para mí como para que temiera la muerte, cosa que
de cualquier forma tendría que sucederme en el término de pocos años? Me
arriesgaría a la muerte, yo, que ya estaba preparada para desaparecer en una
tierra en la que Kalíkrates, Amenartas, todas las miserias terrenales, todos
los deseos y ambiciones no cumplidas serían olvidados. Pero ¿serían en realidad
olvidados? Tal vez ahí serían recordados y atravesarían eternamente al alma con
una cuchilla aún más afilada. Noot creía que estábamos hechos de una sustancia
inmortal; en lo profundo también así lo creía yo. Había que arriesgarse. ¿Qué
es la vida sino un prolongado riesgo, y por qué deberíamos temer agregar algo a
esa tremenda lista? Yo, al menos, no temía.
Así,
todo fue sopesado y estimado. Sin embargo, a mi entender, dejé de lado la
alternativa más probable, la que el Destino reserva a los que juegan con lo
Desconocido. Los dioses pueden sonreír ante el coraje y pasar por alto una
aventura, pero ¿quién puede decir en qué ciega forma el Destino vengará la
violación de sus designios y del conocimiento de su secreto tesoro?
Olvidé
ese problema, yo, que estaba condenada a conocer su respuesta.
Transcurrieron
los días y no pasó mucho tiempo antes de que Amenartas se recuperara de su
enfermedad; no mucho, en cualquier caso, antes de que abandonara su
alojamiento, el mejor de que disponíamos y que había sido destinado a ella. Era
una antigua casa en ruinas cerca del templo que alguna vez había sido, sin
dudas, un espléndido lugar habitado por nobles de la antiguo Kôr. Había
jardines alrededor de ella, o mejor dicho, lo que habían sido jardines, puesto
que ahora se ocultaban bajo la vegetación; a su amparo Amenartas se ocultaba y
paseaba, sin jamás abandonarlos para visitarme.
Sin
embargo Kalíkrates venía con frecuencia, aunque al haber sido excomulgado y
expulsado de nuestra comunidad por sus actos, no participaba en el culto a la
diosa. A menudo le veía, mientras nuestra procesión avanzaba sinuosamente entre
las columnas de la enorme sala destechada del templo, detenido a lo lejos y
contemplándola pensativamente. Sí, y una oportunidad en que pasábamos cerca de
él vi que había lágrimas sobre su rostro y advertí que mi corazón se apenaba
por él, que había sido proscrito a causa de una mujer.
Cuando
estas ceremonias finalizaban me visitaba, y en mis cámaras hablábamos
largamente acerca de muchos temas. Le pregunté por qué la Princesa Amenartas,
que parecía haberse recuperado de la fiebre, ya que ahora podía pasear por su
jardín, no había depositado ofrenda alguna sobre el altar de la diosa. Su
respuesta fue:
—Porque
no desea tener nada que ver con los dioses de Egipto que, según dice, en caso
de que existan, siempre han sido enemigos de su Casa y han derribado a su
padre, el Faraón Nectanebes, de su trono, y lo han lanzado como destronado
fugitivo a que encontrara la muerte entre extranjeros.
—Los
dioses se vengan de aquellos que les afrontan y hacen caso de hechizos,
Kalíkrates. Para todo pecado hay perdón, excepto para el que consiste en
renegar de lo Divino y emplazar en su lugar al Mal para que sea propiciado por
las artes de los hechiceros. Además ¿no confirió Nectanebes un insulto mortal a
la Reina del Cielo cuando hizo de mí, servidora y profetisa de la diosa, una
esclava de Tenes, adorador de sus peores enemigos, Baal y Astarté y Moloc, ese
Tenes de cuyo dominio tú ayudaste a que me liberara, Kalíkrates?
—Así
es —contestó tristemente.
—Y
ahora —continué— la hija sigue los pasos de su padre. ¡Oh! estoy segura que
ella ensalma sus amuletos apuntando sus encantamientos hacia mi corazón, y ahí
rebotan, inofensivos, como las flechas con punta de hueso de los salvajes
contra un escudo de bronce sirio.
Bajó
la cabeza pues sabía muy bien que mis palabras eran ciertas, y murmuró:
—¡Ay
de mí! ella no te ama Señora; desde el primer momento en que puso sus ojos en
ti, según me ha dicho muchas veces, te ha temido y odiado porque dice que su
espíritu le advierte, y siempre le ha advertido, que tú harás que el desastre
recaiga sobre su cabeza y que llamarás a la Muerte para que le haga compañía.
—Al
menos ésta sería una invitada más beneficiosa que el demonio que, al igual que
su padre, ella abriga en su pecho. ¡Oh! infeliz hombre, mi corazón sangra por
ti que te hallas encadenado a esta envenenada belleza que te divorcia de la
esperanza y de la caridad; a esta regia infiel que terminará por atar las alas
de tu espíritu y te arrastrará a sus propias tinieblas. Por la salvación de tu
alma te imploro, Kalíkrates, que vayas en busca del santo Noot, confieses tus
pecados y escuches su consejo, ya que este asunto va más allá de mis fuerzas, y
no tengo ninguno que ofrecer. Búscale pronto, no, de inmediato antes de que
acaso sea demasiado tarde, ya que tengo entendido que se debilita día a día.
—Ese
es mi gran deseo, Sacerdotisa, ¿pero cómo lo cumpliré si no sé dónde
encontrarle?
—Seré
tu guía. Kalíkrates. Cuando se alce el sol en el segundo día a partir de ahora
marcharemos a visitar a Noot en su morada secreta.
—Estaré
preparado —respondió y se alejó.
Al
día siguiente volvió y hablamos del estado en que se encontraba Kôr y acerca de
mis planes para mejorarlo; además, de ciertas tribus salvajes que nos
amenazaban desde el exterior; tribus caníbales que parecía que eran
descendientes de los apóstatas que, rechazando el culto de Verdad o Lulala, que
era como en esos tiempos se había llamado a Isis, habían adoptado el de un
demonio que, según declaraban, habitaba el sol o alguna estrella de mal agüero.
Kalíkrates,
que en el fondo nunca dejaba de ser soldado, escuchó, ya que el relato despertó
toda su sapiencia militar y coraje. Tal como lo hace un gran capitán, sopesó
las razones a favor o en contra de una defensa, y lo mismo con respecto a un
ataque. Me hizo preguntas relativas al número de mis fuerzas, al de las del
enemigo, sus armas y muchas otras cosas referentes a la guerra. Luego, ya al
tanto de todo lo que pude informarle, explicó el plan que según él era el más
apto de acuerdo a las condiciones en que nos encontrábamos, y habló acerca de
dicho plan prolongada e ilusionadamente... Kalíkrates, que había olvidado sus
votos por una temporada. Le escuché, contemplando su fulgurante y espléndido
rostro que se asemejaba al de ese dios-Sol de los griegos. Diciendo una palabra
de vez en cuando le escuché, pensando, durante todo el tiempo, que si él y yo,
él con su destreza y coraje y yo con mi sabiduría, pudiésemos regir los
destinos de Kôr, antes de que nuestros días finalizaran los conduciríamos como los
carros de un rey vencedor desde las fronteras de Egipto hasta los más lejanos
mares meridionales, sometiendo a una nación tras otra bajo nuestros pies y
construyendo un imperio tal como el que Libia jamás había conocido.
¿Qué
había soñado? ¿Hasta las fronteras de Egipto? ¿Por qué debíamos detenernos en
sus fronteras? ¿Por qué no habríamos de expulsar a las necias multitudes persas
y ser coronados monarcas del mundo en Susa y en Tebas? No obstante eso llevaría
tiempo, y la vida es corta, y allá, no muy lejos, ardía el Fuego de la
Inmortalidad, y yo, yo guardaba la llave de la prisión en que habitaba, o
pronto la guardaría, cuando Noot hubiese ido en busca de su descanso. Estos
abrasadores pensamientos, estas encumbradas ambiciones en cuya realización se
hallan las semillas de la paz obtenida a través de la guerra y la promesa del
bienestar del mundo, casi escapan de mis labios en un torrente de ardorosas
palabras que, sabía muy bien, inflamarían su alma. Pero yo, Ayesha, me contuve,
me quedé en silencio y me dije a mí misma: «Espera, espera, todavía no ha
llegado el momento».
Se
puso de pie para marcharse; luego se volvió y dijo:
—Al
amanecer estaré aquí, o mejor dicho —agregó inciertamente— estaremos aquí, pues
Amenartas desea acompañarnos en este viaje de visita al santo Noot.
—Por
quien confío que sea bien recibida, teniendo en cuenta la forma en que ella se
separó de él a bordo de la nave Hapi. Bueno, que así sea; me
alegra saber que la regia Amenartas nuevamente se halla en condicionas de
viajar. No obstante, recuérdale, Kalíkrates, que el camino por el que iremos es
escabroso y peligroso.
—Se
lo diré, aunque no servirá de mucho pues ¿quién puede desviar a Amenartas de
sus objetivos? Yo no, tenlo por seguro; ni pudo su padre antes que yo, ni
tampoco mortal alguno.
—No,
ni dios alguno, Kalíkrates, porque los fines que ella persigue no son los de
mortal ni dios alguno sino los de alguien que se encuentra en medio de ambos,
como fuera el caso del Faraón Nectanebes, que la engendró. Cada uno dispara al
blanco elegido, Kalíkrates: tú al tuyo, yo al mío, y Amenartas al de ella; por
tanto ¿qué derecho tengo para juzgar la forma en que utilizan el arco los
demás? Dejemos que venga a visitar a Noot e imploremos que a su regreso se
encuentre dichosa.
A
la mañana siguiente, antes del alba, me encontraba en el pórtico del templo a
la espera de Filo y las literas. Llegó Amenartas, muy abrigada pues el aire era
frío, pero espléndida incluso cubierta por esas vestimentas.
—Salud,
Hija de la Sabiduría —dijo, inclinándose gentilmente según su costumbre—. Tengo
entendido que tú y mi esposo emprenderán una extraña travesía, por tanto,
cumpliendo con mi deber de esposa, le acompañaré.
—Es
así, regia Señora, aunque no sabía que estuvieses casada con el señor
Kalíkrates.
—¿Qué
es el casamiento? —preguntó—. ¿Ciertas palabras musitadas ante un altar y un
sacerdote, una ceremonia con testigos, o es la unión del corazón con la carne
de acuerdo a las costumbres y designios de la Naturaleza? Pero pasemos eso por
alto. Adonde va mi señor, allí le acompaño.
—Nadie
te lo prohíbe, oh Dama de Egipto.
—Cierto,
Profetisa. Aún así, mi propio corazón me lo prohíbe. Sabe que anoche fui
acosada por un muy infausto sueño. Me pareció que ante mí se presentaba mi
padre, Nectanebes, vestido con una túnica negra atravesada por enhebraduras de
fuego. Me habló, y dijo: «Hija, cuidado con esa hechicera que parte en temible
búsqueda, llevando consigo a alguien a quien tú amas. Al final de esa búsqueda
les aguarda, a ella, a él y a ti, la Fatalidad, ¡aunque ésta será distinta en
los tres casos!»
—Puede
que así sea, Princesa —contesté con frialdad—. No me acompañes, pues, y mantén
a Kalíkrates a tu lado.
—Eso
no lo puedo hacer —dijo con lúgubre tono—, puesto que ahora, por primera vez,
no hace caso de mis ruegos y contraría mis deseos. Lo has embrujado, al igual
que con otros hiciste en el pasado, y él te sigue a donde le conduzcas.
—¡Quizá
como un esclavo que sigue a quien puede mostrarle dónde liberarse de sus
cadenas! Pero dejemos de intercambiar palabras, regia Amenartas. Yo parto.
Sígueme si quieres, o quédate, tú o ambos. Mira, ahí viene Kalikrates; poneos
de acuerdo según vuestra voluntad.
Se
volvió y fue al encuentro de él en las ruinas del antiguo portal del templo,
donde debatieron con palabras que no pude escuchar. En un momento pareció que
ella vencería, pues juntos recorrieron un corto trecho en dirección a su casa.
Luego Kalíkrates giró sobre sus talones y vino hacia mí, que me encontraba
junto a las literas. Ella titubeó durante un instante, ¡ah! qué importantes
eran los asuntos que dependían de esta oscilación en la balanza de sus
pensamientos, pero por fin lo siguió.
Después
de esto, sin más palabras, entramos en las literas y comenzamos nuestra
travesía.
A
medida que atravesábamos la brumosa planicie comprendí claramente, tal como
numerosas veces me sucedería durante los largos siglos que siguieron, cuan
frecuentemente lo grande depende de lo pequeño. Otra amarga palabra de
Amenartas, un poco menos de coraje por parte de Kalíkrates y qué diferente
habría sido la forma en que el Destino hubiese modelado la suerte de cada uno
de nosotros. Pues no hay que olvidar que la elección dependió de ellos; yo nada
hice que no fuera aguardar lo que resolvieran sus voluntades. Si no lo hubiesen
deseado jamás tendrían por qué haber entrado a esas literas. Yo hubiese partido
sola; sola hubiese contemplado el Fuego y bebido de esa Copa de la Vida, o
acaso, es probable que no la probara y que hubiese seguido mi camino hacia la
muerte según la forma que es habitual para el género humano. Pero no era ese el
designio; por su propia voluntad tomaron el camino de la perdición, aunque tal
vez ese deseo obedecía a alguna Fuerza superior a la de ellos.
Llegamos
al precipicio, Amenartas, Kalíkrates, Filo y yo, y lo escalamos. Pasamos por la
caverna a la luz de fanales y llegamos al tembloroso espolón de roca que se
extiende como una enorme aguja clavada en la túnica de la oscuridad. Cuando lo
contemplaron, Kalíkrates y Amenartas se estremecieron y retrocedieron; cuando
vi eso me alegré, pues es cierto que en ese momento yo ya no
tenía más valor para seguir con esta aventura.
—Quedaos
donde estáis —exclamé— y esperad. Voy a visitar al santo Noot. Regresaré, y si
no lo hiciera antes de un giro del sol regresad entonces a Kôr y permaneced
ahí. O si lo deseáis id hacia la costa, hasta el puerto donde se halla la
cabeza etíope y partid con el auxilio de Filo, si todavía vive, y si no, tomad
otra determinación. ¡Adiós! Me marcho.
—No
—exclamó Kalíkrates— adonde sea que tú conduzcas, Profetisa, yo te seguiré.
—En
ese caso —dijo Amenartas, riendo con su regio estilo— la seguirás acompañado.
¡Qué! ¿No he de atreverme a aquello que se atreve mi señor? ¿Es este el primer
peligro frente al que nos encontramos lado a lado? Y aunque fuese el último
¿acaso me echaría atrás?
De
modo que comenzamos a descender por el espolón; Filo marchaba en último
término. Aunque con muchos riesgos —en un momento Amenartas se desvaneció y
casi cae— llegamos a salvo al final. Ahí esperamos acurrucados sobre la áspera
roca, aferrados a ella con nuestras manos para que su veloz vibración no nos
precipitara al abismo y las feroces ráfagas no nos barrieran como hojas
otoñales.
Por
fin, en el momento previsto, apareció el rayo crepuscular con forma de espada,
dando de lleno sobre nosotros e indicando que el frágil puente de madera
todavía estaba en su lugar, balanceándose y moviéndose como la cubierta de una
nave en el mar.
—Tened
coraje y seguid —exclamé— ya que quien titubea está perdido —y de inmediato me
lancé a través del peligroso entablonado hasta llegar a la movediza piedra que
había del otro lado.
Durante
un momento Kalíkrates permaneció indeciso, no sin razón, pero Amenartas se
precipitó por delante de él y cruzó soltando una carcajada, como si quisiera
demostrarme que yo no era la única a quienes los dioses habían conferido valor.
La cogí de la mano. Luego cruzó Kalíkrates pues era su deber, y ella le tendió
su mano, y después de él Filo, el marino, con bastante calma; ahora los cuatro
nos encontrábamos sobre la piedra.
—Me
alegra haber llegado aquí, Profetisa —gritó Kalíkrates, aunque los intensos
gemidos del viento hicieron que su voz me llegara apenas como un susurro—.
Pero, no se por qué, se me ocurre que este es mi último viaje.
No
contesté; sus fatídicas palabras helaron mi corazón y ahogaron mi garganta;
pero contemplé su rostro y advertí que estaba blanco como la
nieve a pesar de la roja luz del rayo, y que sus grandes ojos brillaban como si
estuvieran poseídos por los fuegos de la fiebre.
Cogiendo
a Kalíkrates de la mano, e indicando a Filo que hiciera lo propio con
Amenartas, lo conduje hacia la escabrosa escalera excavada en la roca. Por ella
descendimos hasta el refugio que había frente a la ermita de Noot y me alegró
comprobar que tanto yo como los otros nos encontrábamos fuera del alcance de
los furiosos vientos y que había luces ardiendo dentro de la cueva.
—Permaneced
aquí, todos —dije—, entraré a la cueva y avisaré al santo Noot de vuestra
llegada.
Entré
al lugar pensando que encontraría al extraño enano servidor de Noot, pero no se
le veía por ningún lado. Sin embargo, estaba segura de que debía estar cerca
pues sobre la desigual mesa de piedra había comida y platos de madera, cuatro
platos, como si se esperase a cuatro invitados. Pensé que sin duda el Maestro
nos había visto deslizarnos por el espolón, o acaso su espíritu le había puesto
sobre aviso de nuestra llegada... ¿cómo saberlo?
Miré
alrededor de mi buscando a Noot, y por fin, en la más profunda sombra, fuera
del alcance de los rayos de la lámpara, lo vi arrodillado ante la imagen de
Isis de la que ya he hablado, sumergido en fervorosa plegaria. Me acerqué y
esperé durante un rato; no me atrevía a interrumpir sus oraciones. No obstante,
no se movió ni levantó la vista. Tan quieto se encontraba que bien podía haber
sido una figura tallada en marfil. Me incliné hacia adelante para examinar su
rostro. ¡Mirad! sus ojos estaban fijos y abiertos y su mandíbula había caído.
¡Noot estaba muerto!
—Mi
Maestro, ¡mi amado maestro! ¡Demasiado tarde, demasiado tarde! —gemí, y
arrodillándome besé su frente de hielo.
Entonces
comencé a pensar a toda prisa. ¿No me había advertido, cuando me despidiera de
él no mucho tiempo atrás, que esa era la última vez que hablábamos? ¿Dónde
estaba mi fe que había olvidado que las profecías de Noot siempre eran ciertas?
Así, él había marchado hacia su descanso en el seno de Osiris y sobre mí recaía
su manto. Yo, Ayesha, era la guardiana del Fuego de la Vida, ¡del que sólo yo
conocía los secretos y estaba en posesión de la llave! Esa certeza me golpeó
como una bofetada; temblé y caí al suelo. Creo que estuve desvanecida durante
un cierto tiempo; y en ese desmayo se apoderaron de mí extraños sueños, sueños
recordados a medias, sueños sobre los que no debe escribirse.
Al
rato me erguí y, dirigiéndome hacia la entrada llamé a los demás, que se
apretujaban como ovejas ante una tormenta.
—Entrad
—dije, y obedecieron—. Ahora sentaos y comed —continué, haciendo una seña hacia
la mesa sobre la que estaba servida la comida.
—¿Dónde
está el ama de este banquete, Profetisa? ¿Dónde está el santo Noot, motivo de
nuestra visita y por quien hemos recorrido este peligroso camino? —preguntó
Kalíkrates, mirando alrededor de sí.
—Allí
—contesté, indicando las profundidades de la sombra—, allí... muerto y frío. Te
entretuviste demasiado en Kôr, Kalíkrates. Ahora deberás buscar su consejo y su
absolución en otra mesa... la de Osiris.
Así
hablé, pues algo inspiraba las palabras, aunque después de que hubieron
abandonado mis labios pude haber mordido la lengua que las había pronunciado.
¿Era este el sitio para hablar de la Mesa de Osiris al hombre
que amaba?
Se
dirigieron hacia ese oscuro rincón donde la pequeña estatua sagrada miraba
desde arriba a su inmóvil adorador. Contemplaron en silencio y regresaron, Filo
musitando plegarias y Kalíkrates retorciéndose las manos pues había amado y
honrado a Noot más que a cualquier otro hombre sobre la tierra. Además —leí en
su mente la pregunta— ¿a quién debería ahora confesar sus pecados? ¿Cómo podría
ahora aliviar su peso?
Sólo
Amenartas reflexionó durante cierto tiempo; luego habló, sonriendo pausada y
maliciosamente, y dijo:
—Tal
vez, mi señor, pueda que este anciano sacerdote supremo haya partido para
descubrir si lo que durante tantos años soñara sobre la tierra era cierto. No
sé qué es lo que le hubieras dicho, pero puedo suponer que no presagiaba nada
bueno para mí, tu esposa, puesto que eso soy, a pesar de lo que esta
sacerdotisa diga, la cual tampoco nos promete nada bueno a mí ni a ti, mi señor
Kalíkrates. Bueno, él ha muerto, y ni siquiera la Hija de la Sabiduría puede
devolverle la vida. De modo que descansemos un rato y comamos, y luego
regresemos por ese horrible camino que hemos andado antes de que nuestras
fuerzas y ánimo nos abandonen.
—No
puedes hacer eso, Princesa Amenartas, hasta que no llegue nuevamente el
crepúsculo y el rayo rojo nos indique donde poner nuestros pies, ya que
intentarlo antes significa morir —contesté, y continué:
«Escucha.
A causa de la muerte de este hombre santo, o semidiós, me he convertido en
guardiana de cierto tesoro que él custodiaba. Está escondido en las
profundidades de las entrañas de la tierra, allá abajo. Debo ir a visitarlo y a
cerciorarme de que está a salvo. Lo haré de inmediato. Permaneced aquí, si lo
deseáis, hasta que retorne, y si así no lo hiciera, aguardad hasta que el rayo
dé sobre la cima de la roca, cruzad el puente, trepad por el espolón y huid
adonde queráis. Filo puede guiaros.
—De
ningún modo, Hija de Isis —dijo Filo—. Mi voto y me deber son para contigo, no
para esta pareja. Adonde vayas, yo te seguiré hasta el fin.
—También
lo haré yo —dijo Kalíkrates— no deseo permanecer en este lúgubre lugar
acompañado por la muerte. —Sin embargo podría ser lo más sabio, Kalíkrates
—contesté—, pues ¿quién puede escapar a la compañía de la muerte de la que
hablas? —y una vez más descontroladamente surgieron de mi corazón terribles y
agoreras palabras.
—No
me importa. Yo iré —dijo casi con hosquedad. —Entonces también voy yo —irrumpió
Amenartas—. Esta Profetisa es sabia y santa, y a pesar de todo yo podría ser
perdonada si elijo compartir con ella tu compañía por un camino desconocido.
Tal vez exista en algún sitio otra puerta que yo jamás podría encontrar —agregó
bromeando amargamente.
¡Oh!
si hubiese sabido esta necia que sus torpes estocadas sólo conseguían
fortalecer el corazón que intentaba atravesar y lo conducían adonde ella no
deseaba.
—Como
gustéis —contesté—. Ahora comed y descansad hasta que sea la hora de la partida
y os llame.
Entonces
comieron, si bien no mucho, aunque por mi parte no probé alimento alguno; se
tumbaron como mejor pudieron en la cueva interior y allí durmieron, o tal vez
no. Pero yo contemplé el paso de las horas junto al muerto carapacho del santo
Noot, luchando por comunicarme con el espíritu que sabía cerca de mí. Pero no
ofreció respuesta a mis numerosas preguntas. O, en cualquier caso, llegó
solamente una que, una y otra vez, parecía adoptar la forma de una sola
palabra:
«¡Cuidado!»
Era
extraño, pensé, que el profeta Noot, mi Maestro, que me había amado más que a
cualquier otro ser viviente sobre la tierra y que conociera a fondo a mi
solitario y voluntarioso corazón, ahora que podía hacerlo, ahora que era
perfecto, puesto que sin duda lo era, si es que esa suerte puede ser obtenida
por el hombre, no encontrara para decirme más que esta única palabra, la cual,
por cierto, había pronunciado frecuentemente en vida. Por consiguiente, parecía
que en vida, o muerto, su consejo era el mismo; sin duda un consejo que yo
debía seguir.
¿Qué
significaba? Que yo no debía volver a contemplar el Fuego; que debía ponerme en
movimiento y volver a Kôr, y ahí desempeñar papeles que estuvieran a mi
alcance, y marchitar y envejecer y morir, educando quizás a los hijos de
Kalíkrates y Amenartas en caso de que ellos fueran en busca de las Sombras
antes que yo; o, cansada de bárbaros y ruinas abandonar Kôr e ir al encuentro
de la compañía de hombres instruidos.
Ese
era el significado de este consejo. Bien ¿y cuál era el que me prometía el de
mi propio corazón? Tal vez una muerte rápida y luego el castigo en alguna
tierra sombría del más allá, por haber desobedecido las indefinidas
advertencias del santo Noot y haberme atrevido a ensayar una nueva Fuerza con
la cual aún el hombre no había competido. 0 acaso una gloria superior a la que
ningún hombre jamás había soñado, y un poder muy por encima del de los
emperadores, y una vida más prolongada que la de las montañas. Y más... más; el
amor que deseaba, para mí una recompensa mayor que todos esos favores sumados y
multiplicados por los copos de nieve del Líbano o las arenas de la costa. Sin
lugar a dudas, fuera lo que fuese, yo haría caso de mi propio consejo y descartaría
el otro.
Llegó
la hora; aunque no lo vi, supe que era el alba en el mundo exterior. Me
incorporé y llamé a los demás; iniciamos la marcha por el oscuro sendero que ya
he escrito, descendiendo de roca en roca hacia las entrañas de la tierra,
iluminados por la débil luz de los fanales que portábamos.
Llegamos
a la caverna exterior; recorrimos el pasaje y entramos en la segunda cueva,
deteniéndonos ante la boca de otro pasaje a través del cual, a intervalos,
salían disparados parpadeos de luz, y de tanto en tanto, sonidos semejantes al
retumbar de los truenos alcanzaban nuestros oídos.
—El
tesoro que contemplaré se encuentra en esa dirección. Permaneced aquí —dije.
—No
—respondió Kalíkrates—, ahora, como antes, te seguiré.
—Allí
donde va mi señor voy también yo —dijo Amenartas.
Sólo
Filo, el cauteloso griego, inclinó la cabeza y contestó:
—Yo
obedezco. Permaneceré aquí. Si hago falta llámame, oh Hija de Isis.
—Bien
—exclamé; en ese momento no pensaba demasiado en Filo ni en su destino, aunque
es cierto que, a pesar de su astucia, lo apreciaba mucho.
Entonces
seguí adelante y junto conmigo vinieron Kalíkrates y Amenartas.
Capítulo
XXIII
La condena del fuego
Nos
encontramos en la tercera cueva, que estaba cubierta por arena blanca y
rebosaba con luz rosada. Conformando una oscura mancha sobre la nívea arena
había una negra figura de polvo. Volví a reconocerla; la última vez que la
había visto poseía la marchita forma de alguien muerto hacía mucho tiempo. El
ondulante fuego multicolor se aproximaba desde lo lejos; su murmullo se
transformó en rugido, su rugido se convirtió en un trueno como el que sacude
los picos de las montañas y agrieta los muros de las ciudadelas. Apareció
resplandeciendo con mil luces; durante un instante estuvo suspendido en el
aire, girando como el tope de una barrena. Luego partió hacia su eterna ronda
en las desconocidas entrañas de la tierra y el tumulto se hundió en el
silencio.
Kalíkrates,
aterrorizado, se dejó caer y apoyó su rostro contra el suelo; hasta la
orgullosa Amenartas cayó de rodillas, cubriéndose los ojos con las manos; sólo
yo permanecí erguida y reí; yo, que sabía que estaba prometida a ese fuego y
que su prometido señor consideraba indigno que la futura esposa se acobardara
ante él.
Kalíkrates
se alzó, y preguntó:
—¿Dónde
está el tesoro que buscas, Profetisa? Si se oculta aquí, en esta horrible casa
de un dios viviente, contémplalo de prisa y marchémonos. Yo, hombre mortal,
estoy aterrado.
—Es
lógico que lo estés —irrumpió Amenartas—, pues brujerías tales como éstas nunca
se han mencionado en la tierra. Lo digo yo, que conozco algo de brujería y,
como mi padre, he visto cara a cara a espíritus del Mundo subterráneo con
quienes intercambié palabras de poder.
—Mi
tesoro se halla en el rojo corazón de aquella furiosa llama, y dentro de poco
lo arrancaré de allí —contesté con voz tranquila—. No se si regresaré. Acaso
viviré en el fuego y seré transportada a otro sitio sobre sus alas. Quedaos si
lo deseáis, o si no, mientras todavía es tiempo, partid, pero no me molestéis
más con palabras, debo fortalecer mi corazón para su última prueba.
Los
dos me miraron fijamente y permanecieron en silencio.
Continué
reflexionando durante un tiempo. Me parecía ser el juguete de dos grandes
Fuerzas que tiraban de mí: una hacia adelante, una hacia atrás. El espíritu del
Fuego exclamó:
—Ven,
¡oh Divina! Ven, alcanza la perfección y reina en este rojo corazón mío. Ven,
bebe de esa copa llena de misterios que labios humanos jamás han apurado. Ven,
contempla esas cosas que se ocultan a los ojos mortales. Ven, conoce las
alegrías con las que jamás ha vibrado ningún corazón mortal. Apresúrate, corre
hacia las apasionadas nupcias y en la gloria de mi beso aprende qué puede ser
el deleite. ¡Oh! deja de dudar, toma al Destino de la mano y deja que te
conduzca a tu hogar. ¡No dudes más! Se valiente, deja de lado lo mortal: viste
las ropas del espíritu, y como tal, siéntate entronizada más allá del contacto
del tiempo, y con inmortales ojos, ataviada en eterna majestad, contempla el
paso de las generaciones que con pies tristes marchan de tiniebla en tiniebla.
Mira, ahí está aquél que te ha sido designado, el que será tuyo hasta el fin de
los fines. Tu renacida belleza lo encadenará con firmeza y se embriagará con el
aliento de tus perfumados suspiros; y por siempre, por siempre y para siempre
será tuyo, convirtiendo el invierno de tu viudo corazón en verano de perpetua
alegría.
Así
habló el espíritu de la Llama, pero a éste le respondió otro espíritu que
adoptaba la forma de Noot, sí, Noot, severo y terrible.
—Regresa,
oh Hija de la Sabiduría, antes de que te veas envuelta con los ropajes de la
locura y el arrepentimiento llegue demasiado tarde —pareció decir—. El tentador
siempre tienta y, cuando soborno tras soborno es despreciado, finalmente
derrama sus joyas más ricas a los pies de aquella a quien quiere obtener.
Aflicción, dolor a aquella que, bajo los encantos de su brillo falso las
deposita en su frente y su pecho, pues ahí se convertirán en escorpiones y a
través de la carne viva roerán el cerebro y el corazón que hay dentro. Al
separarnos ¿no dejé en tus manos la custodia del Fuego? ¿Y robarás el Fuego
para hacer de ti misma un dios? Hazlo y te juro que la cabeza de diosa que
llevarás será la del infierno. Tu amor te será arrebatado; imperecedera, a través
de toda la tierra, de todas las estrellas lo seguirás y jamás le encontrarás,
o, si lo encontrases, sería para volver a perderle. ¿Te
atreves a arrancar tu suerte a la mano del Destino y modelarla de acuerdo a tu
voluntad por medio de tu ciego y mezquino deseo? Haz eso y los demonios la
poseerán, y a través de los siglos te conducirán, desgarrada por la furia del
remordimiento, embargada por amargas e infructuosas lágrimas, aterida por las
frías ráfagas del pesar; desolada, sola, sin amigos, hasta que por fin te
encuentres frente al asiento del Juicio Final escuchando con la cabeza inclinada
a una fatalidad de la que jamás podrás separarte. Hija de la Sabiduría ¿tan
bajo te has hundido que olvidarás tus votos y quebrantarás tu fe para robar el
amante a otra mujer?
Desaparecieron
estas visiones y traté de asir la túnica de la abnegación. Yo no haría esto. Viviría
mi vida en la tierra, mentiría —¡oh! que fuera pronto— para trasladarme a
cualquier otro lugar que hubiese sido preparado para mí, o para hundirme en ese
rico e ilimitado descanso al que no persigue sueño alguno.
¡Sí!
renunciando a la alegría y lejos de la esperanza ya me había vuelto para
marcharme y trepar por mi ascendente sendero de regreso al amargo mundo.
Entonces,
desde muy lejos llegó el débil sonido del cántico del dios del Fuego que
avanzaba. Bajo y dulce sonó al principio, como la canción de cuna de una madre,
y ¡contemplad! soñé con los días felices de la niñez. El sonido aumentó,
creció; yo entraba en la edad adulta y extraños e incomprensibles anhelos me
acompañaban. Hubo una nota más intensa y recordé el retumbar de cascos de
caballos cuando, montada en mi corcel, corría a través del desierto como el
viento. Más fuerte aún, y ¡mirad! una vez más me encontraba en batalla junto a
mi padre; detrás de mí se apiñaban y gritaban los salvajes hombres de la tribu;
frente a mí caían mortalmente derrotados mis enemigos. ¡Ah! mi jabalina
centelleaba, ¡ah! libre flotaba mi cabello los ondeantes estandartes. «¡La Hija
de Yarab! ¡Seguid a la hija de Yarab!» gritaban los miles de mi raza, y
cargábamos, como nieves deshaciéndose montaña abajo sobre las ordenadas huestes
enemigas. Rompíamos sus formaciones pues ¿quién podía resistir a la Hija de
Yarab y su tribu? Los pisoteábamos; egipcios, sirios y medos y hombres de la
Isla de Chittim caían ante esa salvaje carga, y ¡mirad! mi brillante lanza
estaba roja.
La
prodigiosa música se hizo aún más profunda y solemne. Ahora me encontraba a
solas en el desierto, bajo las estrellas, y éstas arrojaban conocimiento y
sabiduría que caían sobre mi corazón como el rocío. Ahora gobernaba hombres, y
reyes que deseaban ser mis amantes se inclinaban a mis pies y eran marionetas
en mis manos. Yo los derribaba y los hacía pedazos; vi a Sidonia en llamas y
llené mi alma de venganza. ¡Escuchad! Son los pasos de la diosa, la Reina del
Cielo deposita su beso sobre mi frente; me llama Hija, su Elegida. Mío es el
Conocimiento, de mis labios fluyen profecías, un espíritu guía mis pies. Yo, yo
hago frente a persas, cuando todos han huido yo le arrojo fuera del trono.
Entrego su pompa a las lenguas del Fuego. ¡Oh! cómo lloran, esos que se mofan
de los dioses de Egipto, mientras les contemplo abrasarse y perecer.
Estoy
sola. ¿Dónde está mi amor? Me dirijo hacia la tumba y nadie ha nacido de mí.
Busco a mi amor. «Ahí está tu amor... no muy lejos, no, justo al lado de ti.
¡Tómalo, tómalo, tómalo!» Eso dijo el Fuego
Ahora
su voz es la de las trompetas estrepitosas que resuenan alrededor de las
colinas. Claman, esas trompetas claman: «¿Dónde está el capitán de nuestras
huestes? ¿Dónde está la Reina? Acércate, oh Reina, coronada por la sabiduría,
que portas la diadema del poder llevando en tu mano el don de los días. Ya
nunca nos faltará un jefe a nosotros, que marcharemos hacia la victoria y
mantendremos al mundo esclavizado».
El
Rey del Fuego está cerca. Abre los portales de la oscuridad. Detrás de él
marchan las legiones: llega con esplendor, llega con gloria, llega para
llevarse a su prometida. ¡Desvístete, desvístete! Prepárate, oh Prometida! ¡El
Rey del Fuego te reclama!
Solté
mis vestimentas, aflojé mi cabello que me cubrió como una negra túnica.
—¿Estás
loca? —exclamó el griego, Kalíkrates, retorciéndose las manos.
—¿Estás
loca? —repitió la regia Amenartas con una leve sonrisa, mientras esperaba para
asistir a mi final.
—No,
soy sabia —repliqué—; estoy hastiada de días insípidos y cosas vulgares, yo,
que voy en busca de la muerte o el triunfo.
Corrí.
Me coloqué en el recorrido del Fuego. Este me vio; extendió sus brazos hacia
mí. ¡Mirad! me envolvió y mis oídos escucharon los las voces de las estrellas.
¡Oh!
¿Qué era esto? Yo no ardía. La sangre de los dioses fluía por mis venas. Mi
alma se convirtió en una antorcha encendida. El fuego me poseyó; yo era el
Fuego, y en terrible comunión el Fuego era mío. A la luz de esa antorcha de mi
corazón vi numerosas visiones; velos se alzaron ante mis ojos revelando gloria
tras gloria, glorias que no pueden ser descritas. La muerte se replegaba ante
mis pies; pálida y avergonzada se replegaba. El dolor se había marchado, la
debilidad, desaparecido. Yo era la Reina de todo lo humano.
¡Mirad!
me vi reflejada en ese Fuego, como en el agua; era una figura de belleza
celestial. ¿Podía esta forma ser la de una mujer? ¿Podían estas divinas órbitas
ser los ojos de una mujer?
Luego
hubo un gran silencio y en medio de él el sonido de un argentino campanilleo
que conocía bien... ¡el sonido de la risa de Afrodita!
La
columna de llamas se había alejado girando sobre sí misma, sus mil luces
cegadoras habían dejado de brillar, y ahí me hallaba yo, triunfante, vencedora,
inconquistable para siempre. Hablaba ahora con voz musical, y sabía que la
había heredado de la diosa. ¿Qué eran ahora para mí Isis o cualquier otra
diosa, para mí, que me alzaba victoriosa, por entre ellas? ¡Oh! ahora veía que
Isis no era otra cosa que la Naturaleza y que en lo sucesivo la Naturaleza
sería mi esclava. Ya no pensé más en el pecado y en el arrepentimiento; a
partir de ese día promulgaría mis propias leyes y sería juez de mí misma.
Tomaría aquello que deseara. Arrojaría a lo lejos aquello que odiara. ¡Sí! Yo
era la Naturaleza encarnada. Sentí todas sus primaveras agitándose en mi
sangre; ésta se encendió con el calor de todos sus veranos. Fui benigna como
sus fructíferos otoños; fui terrible como la cólera de su invierno.
¡Contemplad!
Ahí estaba el hombre al que deseaba. Algo tosco y pobre me pareció; olí la
muerte en él. Para ser mi compañero debía ser mi igual; él también debía probar
el sabor del Fuego; entonces hablaríamos de amor. Tal como era, mi amor no era
para él, no, le destruiría del mismo modo que el rayo derriba.
—Mírame
Kalíkrates —exclamé—, y dime ¿has visto en toda tu vida algo tan bello?
—¡Bello,
sí, bello! —dijo con voz entrecortada— pero de temible belleza. ¡No eres una
mujer! ¡No eres una mujer! Eres un espíritu. ¡Oh! déjame cerrar los ojos. ¡Deja
que huya!
—Quédate
tranquilo y espera —contesté— pues pronto te enseñaré cómo pueden ser abiertos.
Mírame, Hija del Faraón, y dime, la marca del tiempo, de la que hace poco me
hablaste ¿ha desaparecido de mi rostro y mi forma, o todavía está presente?
—Miro
—contestó ella, todavía atrevida— y no veo ante mí a hija de hombre alguna,
sino a una hechicera. ¡Aléjate de nosotros, bruja maldita! Vístete,
desvergonzada, y vete o deja que nos marchemos dejándote para que intimes con
tu fuego de hechicera.
Arreglé
mis vestimentas sobre mi cuerpo y ¡oh! lucieron majestuosamente. Entonces, una
vez más me volví a Kalíkrates y lo examiné. Mientras lo miraba comprendí que un
gran cambio se había producido en mí. Yo no era ya la Ayesha de los viejos
tiempos. Esa Ayesha había sido impulsada por el espíritu; su alma había ansiado
los cielos, había relucido con los rocíos de la pureza. Por cierto, había amado
a este hombre; poco al principio, y cien veces más después de que Noot me
permitiera contemplar el Fuego, pues con la vista, el sonido y los olores del
mismo había comenzado el gran cambio.
Esa
Ayesha era alguien que soñaba con cosas celestiales; alguien en quien la
plegaria era un hábito constante de la mente; sí, todos sus pensamientos
estaban mezclados con el estímulo de la plegaria, ¡de modo que la acción más
humilde y la más vulgar de las fantasías estaban santificadas por las
oraciones! Ella sabía que este no era su hogar, sino que muy lejos, y fuera de
la vista, más allá de los mares y montañas del mundo su imperecedera casa se
alzaba blanca y majestuosa, y que con sus sufrimientos y fatigas mundanos la
construía piedra por piedra, llenando sus salas y pórticos con estatuas de los
dioses en marfil, purificándola con nubes de incienso para que sus perfectas
almas, meditando en el alma de ella, aspiraran de él, así como al alba el sol
aspira bruma de los ríos.
Con
dolor y fatiga, con los pies sangrantes; abofeteada por los vientos de la
circunstancia, mojada por la lluvia de las lágrimas, bañada por las aguas del
arrepentimiento, ella trepaba el pedregoso sendero que conducía al Pico de la
Paz. Ella creía en algo que no sabía qué era, por que siempre, para ella esos
dioses eran símbolos creados por el hombre. Empero, luchaba noche y día,
iluminada por los rayos de la lámpara de la fe, segura de que al final los
velos serían descorridos y podría mirar el Divino Rostro y escuchar su voz de
bienvenida. Ella era obediente a la Ley; sabía que el tiempo no le pertenecía y
que debía rendir cuentas de cada momento. Sí, estaba en el camino de la
santidad y ante ella brillaban las doradas recompensas de la redención.
Pero
ahora. ¿Qué era ahora Ayesha, cuando había conocido el abrazo del Espíritu del
Fuego, cuando se había atrevido a la acción y arrancado el secreto de su
ardiente corazón? Sí, cuando en la tierra había logrado la inmortalidad, pues
ya entonces una voz gritaba en sus oídos:
¡Contempla!
tú no morirás. Contempla mientras el mundo viva, con él también vivirás tú,
¡porque has bebido el vino del alma primitiva de la Tierra que no puede
verterse hasta que su prodigiosa materia se disuelva en la nada de la que
surgió!
¿Dónde
estaba ella ahora? Ella era la Tierra. Era ese alma Vertida en el blanco vaso
de una forma de mujer; sí, ella era su esencia. Sus relámpagos y sus huracanes
estaban encadenados a ella, prestos a manifestarse cuando se encolerizaba, y
¿quién podía hacer frente a sus fuerzas? Conocía toda la gloria de la Tierra,
girando solitaria a través del espacio, besada por la luz del Sol, su padre, o
soñando en los brazos de la oscuridad. Los planetas eran sus hermanos, las
brillantes y resplandecientes estrellas la reconocían como a una igual. Sí, con
este mundo-madre al que simbolizaba se contaba entre la multitud que pertenecía
a esa jerarquía del cielo.
Esto
no era todo, puesto que en ella reinaba y brillaba todo poder y pasión en la
Tierra. Por tanto, todas las cosas estaban a sus órdenes, pero, igual que esa
Tierra, ¡ella estaba sola y ya no podía hablar con el Cielo!
Como
un destello, en un instante, esta poderosa verdad se presentó ante mí; y con
ella, otras verdades. Yo no dudaba, no estaba soñando, yo sabía, sabía, ¡sabía!
Ahí
estaba el hombre y yo lo tomaría. Él estaba casado de acuerdo a la ley de la
Naturaleza, y yo no poseía ningún otro. ¿Pero qué importaba eso? Yo bebería el
vino que deseaba. Yo me uniría como lo hace aquello que es salvaje, por la
fuerza y la captura, pues era muy fuerte y ¿quién podía enfrentarse a mi
voluntad? Yo, la renacida Ayesha lo ordenaba. Y así habría de ser.
—Kalíkrates
—dije, con mi nueva voz de melosa dulzura—, contempla a tu esposa, de la que no
debes avergonzarte. Apréstate, Kalíkrates. Ponte en el sendero del Fuego cuando
regrese, y a partir de ese momento reinemos para siempre.
—¿Qué,
Hechicera? —exclamó Amenartas— ¿me despojarás de mi señor? No lo consentiré. Si
eres poderosa, también yo lo soy, aunque siga siendo mujer. Kalíkrates, mírame,
mira a tu esposa, la que ha engendrado un niño, el niño perdido que nos une con
lazos que no pueden ser rotos. Termina con este bello demonio antes de que te
hechice. ¡Vamos! ¡Alejémonos de este obsesionante y burlón infierno!
—Vamos.
Por cierto que voy contigo —dijo Kalíkrates, dirigiéndome una temerosa mirada—.
Tengo miedo de ella y nada quiero saber con ese fuego. Seguramente es el
propio Set, envuelto en llamas.
—No,
tú no te marchas, Kalíkrates. Deja que Amenartas se vaya si lo desea. Aquí te
quedas hasta que todo se haya consumado. Yo ordena, y cuando yo ordeno tú debes
obedecer.
Giró
sobre sus talones; se arrojó a los brazos de Amenartas. Ella lo abrazó con
fuerza. Entonces lancé mi deseo. Sin decir nada impuse mi fuerza sobre él, de
modo que se vio arrastrado fuera de esos brazos y a lentos pasos fue
acercándose hacia mí, como un pájaro que se aproxima a la serpiente que lo
hechiza con sus siniestros ojos. Amenartas dio un salto y se situó entre
nosotros, y de sus labios fluyeron torrentes de palabras.
No
sé qué fue lo que dijo; lo he olvidado; pero muy dolorosos fueron sus ruegos y
muy amargo su llanto. Empero, mi corazón, endurecido por aquel fuego, no sintió
pena por ella. Una hora antes hubiera ordenado a Kalíkrates que siguiera su
camino y no volviera a contemplar mi rostro nunca más, pero ahora era
diferente. Yo era cruel, cruel como la Muerte, Reina del mundo. La bestia
salvaje no perdona a su rival. Tampoco lo haría yo.
Yo
continuaba atrayéndole con mi fuerza; Amenartas seguía abrazándole e imploraba,
hasta que al final la locura se apoderó de ese hombre atormentado. Se
enfureció, nos maldijo a ambas, se maldijo a sí mismo por haber abandonado los
tranquilos recintos de Isis, por haber desdeñado el amor divino para buscar los
brazos de una mujer. Rogó a Isis que fuera misericordiosa, que olvidara, que
recibiera su alma y la absolviera.
Entonces
repentinamente aferró la pequeña espada griega que llevaba en su cinturón y
trató de apuñalar su propio corazón.
Rápida
como una serpiente que descubre algo, o como un halcón que desciende sobre su
presa, salté. Cogí su brazo y tiré de él hacia atrás, y tanta fuerza hubo en la
forma en que lo así, sí, la fuerza del mismo Hércules, que la espada voló muy
lejos, y el poderoso hombre que la sostenía retrocedió tambaleando y cayó.
Permanecimos
pasmadas, pensando que su vida se extinguía. Pero él se levantó, la roja sangre
corriendo por su pecho, y con voz tranquila, y una débil sonrisa sobre sus
labios, dijo a Amenartas, no a mí:
—Nada
temas, Esposa. ¡Ay de mí! no es sino un corte... superficial, nada más.
—Deja
entonces que el fuego lo cicatrice, oh Kalíkrates. Prepárate para entrar al
fuego que pronto volverá a recorrer su circular trayectoria —contesté.
—No,
no, Esposo —exclamó Amenartas—. Por esa sangre tuya, la sangre que fluyera en
nuestro hijo muerto y que ahora corre dentro del niño que está por nacer, te
suplico que te alejes de esta hechicera y tentadora y rompas sus encantados
lazos.
—Por
nuestro hijo muerto —repitió con una extraña y profunda voz—. ¿Qué palabras más
santas hubieses podido usar para conjurar, oh mi esposa? Con esas palabras de
poder recibo nuevas armas. Hija de la Sabiduría, rechazo los dones ofrecidos, y
tampoco entraré a tu hechizado fuego aunque me confiriera fuerza y gloria
eternas, y con ellas tu esplendorosa belleza y tu amor. Hija de los dioses,
¡adiós! Voy en busca de paz y perdón, si es que pueden ser hallados. Sí, perdón
para ti, para mí y para Amenartas, la madre de mi hijo. Hija de la Sabiduría,
¡adiós para siempre!
Escuché;
me pareció que me encontraba a solas en medio de un gran silencio mientras esas
crueles palabras, que me separaban de la esperanza, una a una caían sobre mí
como heladas gotas desde el cielo, internándose en el cerebro y el corazón y
congelándome hasta convertirme en piedra. Entonces una súbita furia me poseyó,
una furia tal como la que conoce la Naturaleza en sus momentos más feroces, y
hablé según las palabras que ésta puso en mi boca, y dije:
—Que
caiga la muerte sobre ti, Kalíkrates el Griego. Muerte por dote y tumba por
hogar. Porque me has rechazado, porque me has insultado frontalmente, es mi
deseo que mueras; es mi deseo que tu nombre desaparezca de la lista de la Vida.
Muere, pues, Kalíkrates; que tus ojos dejen de atormentarme y que pueda yo
aprender a mofarme de tu recuerdo.
Así
pronuncié estas fatales palabras en mi locura, aunque no sé qué fue lo que las
concibió en mi corazón. Surgieron intempestivamente ante el contacto con la
vara del Mal, un mal que no se parecía a nada de lo que hasta ese momento había
soñado. ¡Mirad! Casi instantáneamente esas palabras se cumplieron. Ahí, ante
mis ojos, el hombre murió, golpeado por el dominio sobre la
Muerte, que era el fatal don con que el Fuego me proveía, y que ahora,
totalmente desprevenida, había descubierto instantáneamente. Sí, el primer
servicio de mi espantosa majestad fue lanzar esa horrible condena sobre el
corazón del hombre que amaba.
¡Había
muerto! Kalíkrates murió ahí, ante nuestros ojos. No obstante, aún estando
muerto, se alzó sobre sus pies y habló, aunque incluso entonces supe que no era
él quien hablaba sino algún espíritu en posesión de su carne helada. Sus labios
no se movieron, sus ojos estaban vidriosos, su voz no era la de Kalíkrates, no,
ni la voz de hombre mortal alguno. Aún así habló, o pareció hablar, y estas
fueron las palabras que dijo:
—Mujer,
conocida en la tierra por Ayesha, hija de Yarab, pero conocida en el Mundo
subterráneo por muchos otros hombres, escucha tu destino. Aquí, donde has
traicionado a tu fe, aquí, donde asesinaste al hombre de tus deseos, aquí, a
través de largos siglos residirás imperecedera, hasta que a su debido tiempo él
regrese a ti, oh Ayesha, en solitaria amargura deberás permanecer; las lágrimas
serán tu bebida y el remordimiento tu pan. El poder que anhelaste sólo será una
desafilada e inútil espada en tu mano. Tu reino será desolado, tus súbditos,
bárbaros, y a través de los siglos tus acompañantes serán los muertos.
La
voz calló y respondí, preguntando:
—¿Y
cuando la marea del Tiempo regrese trayéndome a este hombre de vuelta,
¿entonces qué, oh Espíritu? ¿Toda esperanza se ha alejado de mi, oh Espíritu?
No
hubo respuesta, pero aquello que había sido Kalíkrates se desplomó
convirtiéndose en un ceñido montículo sobre la arena.
Capítulo
XXIV
El consejo de Filo
Rugiendo
como una tromba, clamoreando triunfalmente, una vez más la rueda de fuego rodó
por su inmenso curso. La contemplé llegar y partir, y en ella me pareció ver
rostros de sonrientes enanos que me hablaban inteligiblemente y me enseñaban
burlonas lenguas. Se marchó hacia su secreta travesía a través de las entrañas
del mundo. Su trueno se convirtió en murmullos, sus murmullos en silencio,
mientras yo confesaba a mi corazón que me habría arrojado bajo las ruedas de su
carro si hubiese estado segura de que éstas me darían muerte.
¿Con
qué propósito? Pues entonces, según creía en esos días, en las llamas sólo
encontraría más vida... yo, que no podía morir.
Se
había marchado. Nada quedaba sino la cueva cubierta por arena blanca y la
rosada luz jugando sobre el cuerpo sin vida de Kalíkrates. No, también
permanecía Amenartas, y advertí que ella me maldecía por todos sus dioses,
mejor dicho, por aquéllos que lo habían sido antes de que les volviera las
espaldas buscando el consejo de espíritus familiares.
Maldijo
con coraje y prolongadamente, clamando por que cayera sobre mi cabeza todo el
mal que pudiera existir en los cielos o en la tierra; no sabía ella que esto no
era necesario pues ya las aladas Furias habían hecho de mí su lugar de descanso
y antes de que pudieran ser pronunciadas sus imprecaciones se veían cumplidas.
—¡Basta!
—dije cuando por fin se hubo debilitado y cansado— y llamemos a Filo para que
nos ayude a transportar a esta noble arcilla a un sepulcro adecuado.
—No,
Hechicera —contestó—, usa tu magia conmigo también, si puedes. Asesina a la
esposa como asesinaste al marido, y deja que aquí descansemos eternamente. ¿Qué
tumba mejor para nosotros que aquélla que fue testigo de nuestra muerte?
—¡Basta!
—repetí—. Sabes bien que no deseo matarte y que fue mi furia, no mi deseo, la
que provocó la perdición de Kalíkrates, a quien amábamos; no sabía yo que a
partir de hoy en adelante mi espíritu es un arco y sus alas flechas mortíferas.
Me
desplacé por la cueva y por el pasaje que la continuaba, y desde la entrada
llamé a Filo para que me siguiera.
Filo
vino, y al percibir mi nueva belleza mientras le esperaba bajo la rosada luz,
cayó al suelo besando mis pies y el borde de mi túnica y murmuró:
—¡Oh
Isis-en-la-Tierra! ¡Oh Reina divina!
—Levántate
y sígueme —dije, y le conduje a donde yacía Kalíkrates, junto al que se
arrodillaba la viuda Amenartas llorando amargamente.
—Abrumado
por la contemplación de la gloria, ¡ay de mí! este señor se ha quitado la vida
—dije, y señalé la herida en el pecho del cadáver, de la cual todavía la sangre
manaba gota a gota.
—No,
esta hechicera le asesinó —gimió Amenartas; pero si Filo escuchó sus palabras,
no les prestó atención.
Entonces,
bajo mis órdenes, los tres alzamos a Kalíkrates y le transportamos desde allí a
través de los peligrosos caminos, cosa que jamás podríamos haber hecho si yo no
hubiese descubierto que ahora, en mi forma de mujer, que tan frágil y débil
parecía, había oculta una fuerza descomunal.
Así,
a través de las cuevas y ascendiendo las sinuosas pendientes y escaleras
transportamos el cuerpo de Kalíkrates, devolviéndole a la ermita de Noot un
poco antes de la hora del crepúsculo. Allí ordené a Amenartas y Filo que
comieran y bebieran, aunque yo no necesitaba alimento ni vino. Mientras lo
hacían, asistida por esta nueva fuerza que poseía, alcé el cuerpo de Noot de
donde se hallaba arrodillado y lo puse en posición horizontal, cruzando las
manos sobre el pecho, y después de cubrirle con su túnica lo dejé durmiendo su
último sueño.
Una
vez hecho todo eso llevamos a Kalíkrates a la cima de la Piedra Trepidante y
esperamos la llegada del rayo. De pronto resplandeció, y bajo su luz feroz
hicimos frente al movedizo puente. Bajo un peso para el que no había sido
concebido, el frágil puente se rompió en el instante en que Amenartas y Filo,
que llevaban los pies del cadáver, ponían sus pies sobre la punta del espolón
que se hallaba al otro lado. Pareció que yo tenía que haber caído, pero no caí;
sin saber cómo me encontré al lado de ellos llevando a Kalíkrates en mis
brazos.
Fue
entonces que por primera vez supe que así como estaba protegida de las roeduras
de los dientes del Tiempo, también tenía una coraza que rué defendía de los
golpes del azar. Esto, por cierto, se hizo muy evidente en días posteriores.
Así, en una oportunidad en que se desplomara el techo de una cueva sobre otras
personas y sobre mí, ellos murieron y yo salí indemne; y otra vez, en que me
mordiera mortífera una serpiente, su veneno no hizo el menor efecto sobre mí.
Pero estas cosas no son dignas de ser descritas, puesto que si yo hubiese
podido morir, en el transcurso de dos mil años o más, lo que los hombres llaman
accidentes hace tiempo que hubiesen puesto fin a mis días.
Llevamos
a Kalíkrates espolón abajo y a través de la caverna donde éste nacía, hasta que
por fin encontramos a las literas que nos aguardaban y, en una de ellas,
depositamos su cuerpo inmóvil.
Finalmente
llegamos a Kôr a la hora en que despuntaba el alba.
Volvimos
a levantar el cadáver de Kalíkrates y lo trasladamos a la cámara donde yo
dormía. Tuve una idea.
—Filo
—dije— ¿tú me has dicho que entre quienes nos sirven en este templo hay ciertos
ancianos médicos que afirman haber recibido el conocimiento de las artes que
emplea el pueblo de Kôr para preservar a sus muertos contra la corrupción, y
que todavía, de tanto en tanto, practican?
—Así
es, oh Reina —pues así me llamaba ahora—. Ellos son tres.
—Bien.
Llámalos, Filo, y ordénales que traigan consigo sus instrumentos y especias.
Poco
después aparecieron los tres, muy ancianos, hombres de aspecto astuto que
llevaban sobre sus rostros de nariz ganchuda el sello de una sangre noble y
antigua. Señalé el cuerpo de Kalíkrates y pregunté:
—¿Sois
capaces de proteger a esta santa carne de los perniciosos dedos del deterioro?
—Si
no hace más de cuarenta horas que ha muerto —contestó uno de ellos— podemos
hacerlo de tal modo que cuando hayan pasado cinco mil años tenga la misma
apariencia que ahora, oh Reina.
—Manos
a la obra, pues, esclavos; y sabed que si hacéis lo que habéis prometido
recibiréis una gran recompensa. Pero si mentís, moriréis.
—Nosotros
no mentimos, oh Reina —dijo.
De
inmediato encendieron un fuego en el exterior de la cámara y encima colocaron
una olla de barro. Dentro de ella pusieron hojas secas de forma estrecha y
alargada, pertenecientes a cierto arbusto, mezclándolas con agua e hirviéndolas
hasta que se formó un caldo cuyo olor acre pareció llenar todo el aire.
Mientras la olla hervía tomaron el cadáver de Kalíkrates y, después de lavarlo,
cepillaron toda su superficie con cierta sustancia secreta que le dio el
aspecto de un mármol blanco y resplandeciente. Luego trajeron un embudo de
arcilla con punta curva y, después de abrir la arteria principal de la
garganta, introdujeron la punta del embudo en la arteria.
Hecho
esto, colocaron al rígido cuerpo sobre los pies y, mientras dos lo sostenían en
esa posición, el otro trajo la olla, dentro de la cual echaron algo que parecía
vidrio molido, mezclándolo todo con una vara de piedra. Luego puso contra la
pared una escalera de unos cuatro pasos de altura, y con la olla en sus brazos
subió hasta el extremo de la misma, y desde ahí lentamente vertió la poción
hacia el embudo, de manera que su peso hizo que se distribuyera por todas las
venas del cadáver. Cuando hubo vertido casi todo el líquido descendió, y entre
los tres finalizaron el trabajo; no vi en que forma lo hicieron ya que la
contemplación de estos macabros preparativos para la tumba y el olor de esas
especiadas drogas fue algo que no pude soportar.
Finalmente
me llamaron y me enseñaron a Kalíkrates que yacía como alguien sumido en un
profundo sueño, calmo y tranquilo como lo había sido en vida.
—Oh
Reina —dijo el portavoz—, mañana, cuando salga el sol, la carne de este
hombre será como el mármol, y así permanecerá por siempre.
Llévale entonces adonde gustes, pero hasta ese momento deja que descanse sin
ser tocado.
Ordené
que se les recompensara y se marcharon. Pero antes les pregunté dónde
acostumbraban los habitantes de la antigua Kôr a depositar a sus muertos
reales. Contestaron que lo hacían en las grandes cuevas, a poca distancia según
se atravesaba la planicie, y ordené que al día siguiente me guiaran hasta ahí
portando el cuerpo de Kalíkrates.
Vino
Filo y dijo que los sacerdotes y sacerdotisas de Isis deseaban hablar conmigo y
que se encontraban reunidos en el patio interior del gran templo, ante la
velada estatua de la diosa Verdad. Le indiqué que marchara adelante, pero
vaciló un poco y dijo:
—Oh
Reina, hay dificultades. Amenartas ha hablado con esos sacerdotes y
sacerdotisas. Les ha jurado que tú no eres una mujer sino un demonio; sí, una
hechicera surgida del Mundo subterráneo, y que has asesinado al señor
Kalíkrates porque él no quiso ser tuyo. Juró, además, que intentaste asesinarla
a ella pero que, al estar protegida por la magia que le enseñara su padre, el
gran mago Nectanebes, fue demasiado poderosa para ti y por consiguiente escapó
con vida.
—Sigue
mintiendo, hasta el fin —contesté despreocupadamente.
Llegamos
al patio interior. Era la; hora del crepúsculo y el lugar estaba cubierto por
una brillante luz. Tomé asiento en la silla que semejaba un trono, bajo la
estatua, y la luz dio de lleno sobre mí, un esplendor iluminando a otro
esplendor.
Los
sacerdotes y sacerdotisas, de pie e inmóviles, con los brazos cruzados y las
cabezas inclinadas, miraron hacia arriba y me vieron. Surgió un murmullo de
estupefacción y escuché como uno de ellos decía a otro:
—La
Princesa nos ha dicho la verdad.
Al
principio no comprendí; luego recordé que yo ya no era como las mujeres
mortales, sino más bien, tal como me lo decía mi espejo, un esplendor
encarnado, una verdadera diosa.
—Hablad
—dije, y se estremecieron ante el sonoro nuevo tono de poder de mi voz, tal
como vibran las hojas ante un aumento inesperado en el volumen de la música.
El
sacerdote principal, un hombre corpulento de edad madura, cuyo nombre era
Rames, se adelantó y, fijando sus redondos ojos sobre mi rostro, dijo:
—Oh
Profetisa, oh Hija de la Sabiduría, oh Isis-en-la-Tierra, estamos perplejos
pues nos han dicho que has cambiado tu forma, lo cual vemos bien claro ahora.
Profetisa, tú no eres la misma sacerdotisa suprema que fuera nuestra autoridad
en el templo de Menfis y a quien hemos seguido hasta esta desolada tierra.
Cierta magia ha operado sobre ti.
—En
ese caso —contesté— ¿es perniciosa esa magia? Dime, Rames, ¿he cambiado para
peor o para mejor?
—Eres
hermosa —contestó— tan hermosa que la locura hará presa de todos los hombres
que te contemplen. Pero, Profetisa, tu belleza no es la común a las mujeres
mortales. No, es semejante a la que Tifón habría otorgado a aquella que le
hubiese vendido el alma. Además hay otra cosa. Sabemos que has asesinado a ese
griego, Kalíkrates, que una vez perteneciera a tu hermandad, porque te negó su
amor; sí, que tú, suprema sacerdotisa de Isis quitaste la vida a un hombre
porque hizo caso omiso de tus brazos para volverse hacia los de su esposa, la
regia Amenartas, y que si hubieses podido también la habrías matado a ella.
—¿Quién
ha dicho esto? —pregunté flemáticamente.
—La
propia Princesa —contestó Rames—. Ella se encuentra aquí. Deja que hable.
Amenartas
apareció entre esa multitud, y exclamó:
—Es
cierto. Es absolutamente cierto. Y aquí lo juro, ante la estatua de Verdad,
ante el Cielo y los oídos de toda la tierra. Hay una herida en el pecho de mi
amado señor Kalíkrates. Preguntad a esa bruja cómo llegó ahí esa herida.
Cubierta sólo por sus cabellos, ella se internó en un fuego, un fuego
demoníaco. Pidió a mi señor que la abrazara. Sí, esta desvergonzada pretendió
ser su esposa. Y esto lo hizo ante los ojos y oídos de la esposa de él. Le
ordenó que entrara en el Fuego del Infierno y cuando él se negó, cuando se
volvió para refugiarse en mis brazos, le envió hacia el sendero de la muerte
mediante sus palabras de poder. Esto fue lo que dijo:
—«Que
caiga la muerte sobre ti, Kalíkrates. Que la muerte sea tu dote y la tumba tu
hogar. Muere, Kalíkrates, que tu rostro deje de atormentarme y que pueda yo
aprender a mofarme de tu recuerdo.
»Estas
fueron sus palabras. Que ella las desmienta, si puede. Digo, además, que
siempre ha sido su deseo llevar por el mal camino al señor Kalíkrates, y que
cuando no pudo hacerlo con su fuerza de mujer llevó entonces a cabo un pacto
con Tifón e intentó hacerle caer dentro de sus redes, pero se afanó en vano.
Por tanto, en un arranque de cólera le asesinó.
Cuando
los sacerdotes y sacerdotisas escucharon estas palabras empalidecieron y
temblaron. Entonces me pidieron que respondiera. Pero yo dije:
—No
responderé. ¿Quiénes sois vosotros para que yo deba rendir cuentas de aquello
que hice o he dejado de hacer? Pensad lo que queráis y haced lo que os plazca.
No respondo; sólo diré esto: lo que ha sucedido ha tenido lugar por designio
del Destino, que se halla por encima de todos los dioses y diosas, entronizado
más allá de la más remota estrella del firmamento.
Se
retiraron a conferenciar entre ellos. Luego Rames se adelantó, y mirándome
todavía a los ojos, dijo:
—No
sabemos, oh Ayesha, hija de Yarab,, si todavía sirves a Isis. Pero nosotros,
que somos sus hijos, juramentados a su obediencia y por la que hemos sufrido
muchas cosas, te repudiamos del lugar de mando sobre nosotros que te fuera
otorgado por el santo Noot, del que sabemos que ha pasado al cuidado de Osiris.
Ya no eres nuestra sacerdotisa suprema, Ayesha, o Espíritu del Mal, y en el
futuro no te contarás entre nosotros ante los altares de la Reina del Cielo.
—Como
queráis —contesté—. Id y dejadme para que encuentre mi propia paz con Isis, de
quien ahora, y en lo sucesivo, soy su igual; yo, que he sabido qué es Isis, y
que he sido investida con igual majestad. Veo que creéis que blasfemo; me lo
dice el horror en vuestros rostros. Sin embargo no es así; aquí, a la sombra de
Verdad —que aunque nadie lo sepa es la única diosa— hablo con la Voz de Verdad.
Adiós. Os deseo buena suerte, y os ayudaré en todo lo que pueda. Dime, Filo,
¿también tú me abandonas?
—No,
oh Reina —contestó—; tú y yo somos antiguos camaradas que mucho ha sido lo que
juntos hemos travesado como para separarnos al final. Yo soy un griego que
entró a la hermandad de Isis sobre todo después de conocerte, bella Hija de la
Sabiduría, y de advertir las hazañas que realizaste a bordo del navío Hapi, y,
para decirlo brevemente... cualquiera que sea el camino que elijas, es un buen
camino para mí. No sé si asesinaste a este Kalíkrates, o si se quitó la vida
con su propia espada, cuya marca observé sobre su cuerpo, pero si le ofreciste
tu amor y él lo rechazó, sostengo, pues, que merecía morir.
»Por
lo demás, soy un mercader que obtengo mi ganancia allí donde puedo encontrarla,
y sé que tú pagas bien. Por tanto sigo tu estandarte hasta el fin, me lleve
éste al Cielo de Isis o a los Hades de mis antepasados, donde sin duda
encontraré a Aquiles, Héctor y Odiseo, y muchos otros gallardos guerreros de la
mar acerca de quienes Hornero canta. El lugar adonde te dirijas será un buen
hogar para mí, pues en tu palacio siempre encontraré una cámara, y siempre
estaré en la popa de la nave que corresponde a tu rango, por lejana que sea la
travesía.
Así
habló ese alegre y astuto griego, ocultando la lealtad de su corazón en el tono
festivo de sus palabras, y por cierto, en esa hora de desamparada soledad sentí
gratitud hacia él, tal como la siento hoy y como siempre la sentiré. Pues
aunque Filo se dejase sobornar en ocasiones, tal como lo hacen aquellos que
sirven a la Fortuna y deben ganarse el pan, nunca dejaba de ser leal a aquellos
que amaba, y él me amaba, y lo hacía en esa noble forma que nace de un
prolongado servicio y del compañerismo. Cuando por fin recibiera mi gran
herencia y gobernara en otro sitio, como sin duda habría de suceder, lo primero
que haría sería recompensar a Filo en la forma en que lo merecía, a pesar de
que en una oportunidad, o en más de una, había llenado su bolsillo con el oro
de Amenartas, o al menos así lo creía yo.
Sin
embargo, en ese momento sólo le dirigí una sonrisa y pregunté:
—Una
vez aclarado todo esto, ¿qué será de la Princesa de Egipto? Que exprese su
deseo y veré si está en mi satisfacerlo.
—Es
simple —contestó Amenartas—; poder librarme de ti, ni más ni menos. Deseo irme
de aquí, dar a luz a mi hijo y criarlo para que en ti se vengue por la sangre
de su padre, oh Hechicera del Mundo subterráneo, y hasta que yo muera trabajar
y rezar para que las Furias sean tus compañeras de descanso, oh asesina y
ladrona de amor.
—Dejemos
que todo esto acontezca según ha sido predestinado —contesté con mucha calma—.
El escenario del destino ya ha sido dispuesto, y en él, a través de los siglos
y hasta que la obra por fin llegue a su término, debemos representar los
papeles que nos han sido asignados hasta una consumación que no podemos prever.
¿Pero como terminará, Amenartas? No lo sabes; tampoco yo, aunque la mano de
cierto maestro ya ha registrado en su archivo la forma que tendrá la última
escena. Filo, mis órdenes son que conduzcas a la hija del Faraón a la costa, o
adonde desee ir, para que desde allí pueda dirigirse a Grecia o Egipto, según
la Fortuna la dirija. Después, regresa y preséntate ante mí. Buena suerte,
Amenartas.
—Mala
suerte. Hechicera —exclamó—. Nos separamos, pero, según creo, volveremos a
encontrarnos ya que entre tú y yo existen cuentas pendientes.
—Sí
—respondí con bastante gentileza—. Pero no te vanaglories, Amenartas, y no
estés demasiado segura de nada, pues cuando se haga la cuenta final quién sabe
sobre qué lado se inclinará la balanza.
—En
cualquier caso yo sé que la cuenta será extensa y que el asesinato constituye
un gran peso en cualquier balanza —contestó.
Luego
se marchó; todos marcharon y me dejaron a solas, cavilando en el trono, sobre
el que me sentaba por última vez. La oscuridad cayó alrededor de mí; apareció
después la media luz de la luna que crecía, bajo cuyos suaves rayos vi la
figura de un hombre que se deslizaba hacia mí como lo hace un ladrón.
—¿Quién
viene? —pregunté.
—Hermosa
Reina —respondió una voz gruesa—, soy yo, Rames, el sacerdote.
—Habla,
Rames.
—Oh,
la más bella entre todas las mujeres, si es que en realidad puede llamársete
mujer, escucha. Esos necios sacerdotes y sacerdotisas te han despojado de tus
atribuciones.
—No
hace mucho que me lo has dicho, Rames. Y no se les puede culpar por lo que han
hecho.
—Te
lo dije porque era mi deber, no porque lo deseara, y aquello que ha sido hecho
no puede repararse. Has sido derribada y aquí, en Kôr, el culto de Isis toca a
su fin, pues ¿quién puede ocupar tu trono? Empero escucha ¡escucha! Yo te soy
fiel, yo te adoro. Deseo que seas mi esposa, oh hermosa. Juntos gobernaremos en
Kôr, y tú serás su Reina y diosa, y yo seré su Capitán. Sería inmensamente
sabio que consintieras, oh divina Señora.
—¿Por
qué sería sabio, Rames?
—Porque
yo puedo protegerte. Señora. Tú conoces la sentencia que reciben quienes
quebrantan las reglas de Isis. Te aseguro que ya ha sido pronunciada contra ti.
Te aseguro que esos fanáticos quieren asesinarte. Pero si me tomas por esposo
nos anticiparemos a ellos y les quitaremos la vida o los expulsaremos de aquí.
Sí, ahora que estás sola y abandonada yo seré tu escudo.
Escuché
y me reí en voz muy alta, y pienso que este enloquecido interpretó esa risa en
una forma extraña. En cualquier caso, se arrojó sobre mí. Cogió mi mano y la
llevó a sus labios, aunque esos labios nunca llegaron a tocarla. Pues ahora la
furia se apoderó de mí, una furia tal como la que había poseído a mi alma en la
cueva del Fuego de la Vida; furia y deseo de destrucción, que, junto con otros
perniciosos dones me habían llegado por medio del aliento del Fuego.
—¡Desdichado!
—exclamé—, ¡vil e insolente ladrón! ¿Te atreves a tocarme con tu mano? ¡Ve al
encuentro de Set! ¡Qué el mundo deje de contarte entre los vivos!
A
medida que las palabras brotaban de mis labios me pareció que cierta fuerza
interior hizo que surgiera de mí una abrasadora llama que golpeó a ese hombre
como lo hace el rayo. Al menos se llevó las manos a la cabeza; retrocedió
tambaleando y cayó, gimió... había muerto.
Viéndole
yacer a la luz de la luna, inmóvil y desprovisto de vida, finalmente llegué a
tener la plena seguridad de que a partir de ese momento podía matar con el
pensamiento, que yo era la Señora de la Muerte y que la cólera que los otros
expresan con palabras podía salir de mí con todo el poderío del Cielo; además,
que ahora esta cólera surgía en mí súbita y velozmente, fácil de desencadenar,
difícil de contener. Sí, yo era tanto un terror como una furia, a quien ningún
hombre podía contrariar o irritar si deseaba seguir mirando al sol.
Apareció
Filo. Fijó su vista en mí y en el cuerpo de Rames, y luego me interrogó con los
ojos.
—Quiso
poner sus manos sobre mí, Filo, y le quité la vida —dije.
—Entonces
ha recibido su merecido —contestó Filo—. Sin embargo. Reina, ¿cómo le diste
muerte? No veo contusiones ni heridas.
—Por
medio de un poder que he obtenido, Filo. Deseé que muriera y murió. Eso es
todo.
—Un
extraño y terrible poder. Reina. Frecuentemente, cuando nos enojamos, deseamos
que éste o aquél estuviesen muertos... ¡incluso que murieran en el acto...! A
partir de ahora debes controlar tus arranques, Hija de la Sabiduría, pues de
otro modo pienso que tú y yo pronto nos separaremos, pues, por lo que sé, a
veces te enfadas conmigo, y la próxima vez que esto suceda perderé la vida.
—Sí,
Filo, eso he descubierto. Debo controlar muy bien mis arranques. Pero nada
temas ya que nunca podría desearte la muerte.
—¿Estás
segura, Ayesha? Escucha. ¿Cuál fue el crimen de este pobre desgraciado? ¿No fue
que él, que hasta ahora había sido un hombre virtuoso, un buen y honesto
sacerdote que nunca se volviera para contemplar a una mujer, de pronto se
volvió loco de amor por ti, y en su locura precipitó su acción... bueno, tal
como hacen los hombres cuando pierden el control de la razón, y por tanto le
mataste? Ahora bien, si los hombres mueren por un crimen semejante, ¿dónde está
aquél que vivirá hasta llegar a viejo? Pienso que todos ellos pronto serán
conminados a habitar en una ermita como aquella donde el santo Noot duerme esta
noche. ¿No es verdad? Te lo pregunto a ti, que conoces el mundo.
—Es
verdad —respondí.
—En
ese caso. Señora, quisiera hacer otra pregunta. ¿Qué fue lo que enloqueció a
este hombre? ¿No fue la contemplación de una belleza hasta el momento
desconocida sobre la tierra? Belleza esta, Ayesha, que si yo contemplara
durante mucho más tiempo también me enloquecería a mí, o a cualquier otro
hombre. Hija de la Sabiduría, una hermosura tal como la que tú posees hoy es la
maldición más poderosa que los dioses pueden otorgar a una mujer, porque al
estar por encima de la Naturaleza, ésta debe someterse a su fuerza. Hija de la
Sabiduría, a partir de ahora debes ocultar tu rostro a los ojos de los hombres
con un velo o convertirte en la asesina de más infortunados.
—Pareciera
que así es —contesté lúgubremente—. He deseado belleza y belleza he obtenido,
pero por más grandes que sean, no todos los dones son buenos.
—Así
he escuchado predicar a los filósofos en Grecia, Señora, pero jamás conocí a
ninguno que volviera sus espaldas a don alguno. Ayesha, esconde esos ojos
tuyos, escóndelos rápidamente. Mientras Rames yace aquí, muerto, el amor está
atemorizado, pero una vez que su arcilla haya desaparecido, ¿quién sabe? Pero
me olvidaba, vine a advertirte que cierto decreto ha sido promulgado en contra
tuya, el mismo, Reina, que tú promulgaste contra Rames, y además, para
protegerte si puedo.
Ahora
reí abiertamente.
—Hombre
necio —dije—, ¿no comprendes todavía que no puedo ser asesinada, ni siquiera
dañada?
—¡Vosotros,
Dioses! —dijo Filo, alzando sus manos estupefacto. Luego permaneció en
silencio.
Esa
noche dormí junto al frío cuerpo de Kalíkrates y ¡oh! fue la más horrenda de
todas las noches que jamás haya pasado en la tierra. Infortunados, muy
infortunados fueron los sueños que tuve, si es que fueron sueños. Parecía que
en ellos Noot hablaba conmigo. No, no Noot sino una centelleante lengua de
fuego que yo sabía que era el espíritu de Noot. Nada podía ver sino esa
abrasadora lengua, y de ella surgieron terribles palabras.
—Hija
—dijo—, has arrojado mis consejos al viento, has traicionado tu fe, has
quebrantado las órdenes que te diera a través de la sabiduría que a mí me fuera
dada. Has entrado al Fuego que te había sido encargado custodiar. Has sido
abrazada por el Fuego y recibido sus dones. Contempla sus primeros frutos. El
hombre a quien hubieses querido tomar yace muerto a tu lado, y allá en el patio
del templo yace otro muerto, alguien que fue bueno hasta que tu belleza
otorgada por el infierno le convirtiera en perverso. El culto de Isis ha sido
destruido en esta tierra que ya jamás será una nación grande, fuerte y pura. El
corazón de Amenartas está destrozado, no obstante vivirá para engendrar
vengadores, uno de los cuales te cogerá de improviso a su debido tiempo. En
soledad, con remordimientos, en completa desolación deberás perdurar hasta que
el Fuego muera; Fuego que no puede morir mientras el mundo exista; buscando,
pero sin encontrar, o encontrando para volver a perder. A partir de ahora eres
una extraña a la benigna raza de los hombres, un bello terror al que todos
desean pero al que sin embargo todos temen y odian. Aquello que busques siempre
huirá delante de ti como una estrella errante a la que nunca podrás dar
alcance, y al perseguirla provocarás la muerte de miles. Hija, estás maldita.
—¿No
hay redención? —pregunté a Noot en mi sueño.
—Sí,
Ayesha, cuando el mundo esté redimido, entonces acaso tú puedas encontrar tu
parte en ese gran perdón. Escucha. Hay una visión que te ha perseguido durante
toda tu vida. En ella, Afrodita y los dioses del mal, esos dioses que ella ha
introducido en Egipto para que destruyeran su fe más elevada, eran convocados
ante el trono de Isis. En dicha visión, además, se te hacía responsable de un
destino y una orden... que hicieras la guerra contra esos dioses y castigaras a
Egipto por haberlos recibido y aceptado.
—No
es sino una fantasía —contesté—. Ahora sé que no hay dioses del mal; que
Afrodita no existe; ni siquiera Isis.
—Hija,
te equivocas. Es verdad que no existe esa Isis que fuera creada sólo por la fe
de la tierra y en los sueños de los hombres. Sin embargo, existe aquello que
ellos llaman Isis, como lo más elevado que conocen y a lo que pueden dar forma
en su mente. Existe el Bien eterno, y ese Bien es Dios. A través de los
incontables siglos, el hombre, en guerra contra la Naturaleza, ha elevado su
corazón hasta parecer que contempla el rostro de ese todopoderoso y
predominante Bien. Así sucedió contigo, Hija, ¿y hacia dónde te ha dirigido
ahora? Has huido por el sendero del retroceso. Lo has deshecho todo, has vuelto
a la Naturaleza. De hoy en adelante eres la Naturaleza encarnada, brillando con
su falsa y pasajera belleza, inspirada por su ley de muerte, tú, que una vez te
aproximaste a la nueva ley de la Vida que te aguardaba más allá de la tumba, a
la que ahora no puedes buscar.
—Todo
lo que hice lo hice por Amor, y el Amor me salvará —parecí contestar en mi
agonía.
—Sí,
Ayesha, sin duda al final el Amor te salvará, al igual que salva a todo aquello
que si careciera de su gracia debería perecer para siempre. Sin embargo, para
ti esa salvación se encuentra muy lejana, y antes de poder encontrarla, deberás
vencer una a una a esas pasiones que a ti te encontraron en el Fuego. Tú, que
buscaste belleza imperecedera, deberás ver tu bello cuerpo más odioso y
horrible que el del leproso de las calles. Tú, que estás llena de furia y de
fuerza deberás volverte suave como paloma y débil como un niño pequeño. A
través del sufrimiento deberás aprender a aliviar los sufrimientos de otros.
Mediante la expiación deberás expiar tus crímenes; por la fe una vez más
deberás elevar tu alma. A través del conocimiento que obtendrás deberás llegar
a comprender tu propia ciega mezquindad a través de tiempos incalculables.
Ayesha, este es tu destino.
Tal
fue lo esencial del sueño, y cuando de él desperté, ¡oh!, ¡qué amargamente!
lloré. Porque ahora comprendía. Estaba perdida... ¡perdida! Todo lo que había
acumulado a través de largos años de plegaria, abstinencia y devoción me había
sido escamoteado, y yo, que me encontrara cerca de la dicha, me hundía en un
infierno de interminable aflicción. Había soñado que Noot decía que Isis no
existía; y eso era lo que también me decía mi nuevo saber. Sin embargo existía
el Bien eterno, al que en Egipto los hombres conocían por Isis, y en otras
tierras por muchos diferentes nombres, y de ese Bien yo estaba excomunicada.
Ahora
como mis antepasados salvajes que vivieran millones de años atrás, yo no era
sino una parte de la Naturaleza tal como la contemplamos sobre la tierra y
sentimos en nuestra sangre y —este era el más horrible de mis castigos— mi
sabiduría y mi fe perdida se habían convertido en reglas con las cuales podía
medir la magnitud de mi caída, pues la ignorancia puede sonreír a aquello que
para el saber es un infierno. Todos los dones de la Naturaleza eran míos; toda
su belleza, todos su deseos, toda su ferocidad, todos sus odios; y una a una, a
través tiempos sin cuenta, yo debería arrancar todas las malas hierbas del
jardín de mi alma envenenada. La maldición que sobre ella había caído también
me había golpeado a mí, y en el final su muerte sería mi muerte. Tal era la
condena que yo había provocado que cayera sobre mí cuando escuchara la llamada
de ese dios del Fuego.
¡Oh!
al mirar el frío cadáver de Kalíkrates y sentir las primitivas pasiones
surgiendo en mi pecho, no fue de extrañar que yo, la rechazada por el Cielo,
llorara, como todavía lloro hoy.
Pues
tal es la suerte de quienes hieren los sentimientos de todo lo noble mientras
se precipitan a apoderarse de los llamativos esplendores que el tentador
extiende ante sus codiciosos ojos. Tal vez Noot jamás interrumpió su sagrado
descanso para hablarme en sueños; acaso fue la fuerza de mi propia alma la que
habló a mi corazón, esa fuerza de la que ahora conocía el poder y que en los
antiguos tiempos había producido maravillas que entonces creí habían sido
labradas por la invisible mano de Isis. En cualquier caso, la lección recibida
fue veraz.
Capítulo
XXV
En eterna soledad
Antes
del alba, guiada por los ancianos embalsamadores y llevando conmigo el cuerpo
de Kalíkrates, me alejé de la odiosa Kôr. Creo que nadie me vio partir, pues
habiendo olvidado su prometida venganza los sacerdotes y sacerdotisas se
agrupaban temblorosos alrededor del cadáver de Rames en el patio interior del
Templo de Verdad; sin embargo, sentí que la mirada maligna de Amenartes me
observaba. O tal vez haya sentido su perseguidor odio, y no sus ojos.
Velada,
de modo que ningún hombre pudiera contemplar mi mortífera belleza, atravesé la
planicie y llegué a los vastos sepulcros que se hallaban en las cuevas. Los
ancianos embalsamadores encendieron lámparas y me enseñaron una tumba profunda
y vacía. Tenía dos repisas, o nichos, en uno de los cuales deposité a mi
muerto, y escogí el otro para que fuera mi lecho. Fue así, pues, que establecí
mi morada en los Sepulcros de Kôr, que durante unos dos mil años estarían
llamados a ser mi hogar.
Cumpliendo
con mis órdenes Filo condujo a la regia Amenartas fuera de la atormentada
tierra de Kôr, y al regresar, tres lunas más tarde, me dijo, verazmente o no,
que ella había atravesado los pantanos y partido en un navío nómada, con rumbo
al norte, aunque ignoraba hacia qué destino. No le pregunté más; ya nada
deseaba saber acerca de sus palabras y blasfemias, aunque las cosas sucedieron
de modo tal que tuve que soportarlas después de transcurridos varios siglos.
Con ella partieron algunos sacerdotes y sacerdotisas. Otros permanecieron en
Kôr y, los suficientemente jóvenes, tomaron esposas o maridos y ahí gobernaron.
En realidad, el último de sus descendientes al que pude seguir el rastro antes
de que su sangre se mezclara totalmente con la de los bárbaros, murió después
de que hubieron pasado quinientos años, o más.
También
Filo continuó viviendo en Kôr, haciendo con su navío viajes de negocios a lo
largo de la costa, y se hizo rico y, en alguna medida, poderoso. Filo nunca
deseó abandonarme pues me amaba, aunque jamás volvió a contemplar mi rostro
desvelado. Por fin, muy anciano, murió en mis brazos; él, que nada quiso saber
del Fuego y sus dones. Cuando su aliento le abandonó, lloré por primera vez
desde aquella noche en Kôr. Porque ahora me encontraba completamente sola.
Mientras
yacía moribundo me rogó que me quitara el velo, diciendo que ahora, que no
podía causarle daño alguno, deseaba contemplar mi rostro una vez más. Así lo
hice, y él me observó detenida y fervorosamente con sus hundidos ojos.
—Eres
maravillosamente bella —dijo—, y durante estos cuarenta años, o más, que han
pasado desde que te contemplara sin el velo en el santuario del Templo de
Verdad tu hermosura no ha disminuido en lo más mínimo; en realidad, creo que ha
aumentado. ¿Cuál es el significado de esto, hermosa Hija de la Sabiduría?
—Significa
aquello de lo que ya he hablado, Filo; que no moriré hasta que muera el mundo,
aunque pueda cambiar y parezca que muero.
—Pero
yo muero. ¿No separamos, pues, para siempre? —preguntó.
—No,
no creo. Filo, pues finalmente la Muerte se adelanta a todo y en sus recintos
volveremos a encontrarnos. Además, el mundo tiene larga vida, y a éste, antes
de su final, podrías regresar en una o más oportunidades, y en ese caso, tal
vez te acerques a mí.
—Confío
en que así sea, oh Hija de la Sabiduría. Te llaman hechicera, y sin duda lo
eres, tú, que puedes matar con una mirada, a quien el tiempo no hace mella y a
quien la Muerte desdeña. No obstante, hechicera o mujer, o ambas, no existe
nadie, no, ni siquiera mujer o hijo, a quien tenga tantos deseos de encontrar
en el futuro.
Así
murió Filo, y como los médicos que habían embalsamado a Kalíkrates también
habían muerto, sin dejar a nadie el conocimiento de sus artes, lo enterré sin
preservar en los grandes sepulcros.
No
hace mucho se apoderó de mí el capricho de ir a verle, pero ¡ay de mí! con
excepción de su calavera sus desnudos huesos se habían convertido en polvo.
¿Qué
más puede decirse? Todos murieron y regresaron en la persona de sus hijos; les
vi crecer generación tras generación, florecer a su manera salvaje, y recorrer
sus caminos hacia el sendero de la Muerte. Goberné a estos bárbaros, si es que
eso puede llamarse gobierno. Eran mis esclavos que me temían como a un
espíritu, y yo era amable con olios; pero si me enfadaban los asesinaba, pues
sólo así podían ser mantenidos debidamente sometidos incluso a alguien a quien
consideraban una antigua diosa a quien sus antepasados adoraban, de nombre
Luíala, cuyo trono se hallaba en la luna.
Porque
estos Amahagger eran un pueblo terrible, bárbaros que amaban la noche puesto
que sus acciones eran malvadas y que, si había extranjeros errando por las
proximidades los mataban poniendo calderos al rojo vivo sobre sus cabezas y
luego comían sus carnes. Sin embargo, entre ellos había algunos tipos más
nobles, descendientes, según creo, o bien de la sangre sin mezcla de los
antiguos de la vieja Kôr, o acaso de esos sacerdotes y sacerdotisas de Isis que
habían sido mis compañeros. Uno de ellos era un cierto Billali, a quien mi
señor Leo, y Holly, conocieron. Pero en su mayoría eran de nariz ganchuda,
traidores, salvajes cazadores furtivos, y como tales debían ser tratados.
Durante
el transcurso de esos largos siglos, para entretenerme en mi soledad y con
propósitos de estudio, crié a alguno de esos salvajes para que fueran esto o
aquello. Los atrofié hasta convertirlos en enanos, con otros produje gigantes.
Con algunos de ellos hice músicos de cierta calidad, aunque lograr esto llevó
diez generaciones. Luego me cansé del juego y todas esas variantes se
extinguieron y regresaron al linaje común, ese tipo fundamental al que, si se
deja a solas, regresan a su debido tiempo todas las especies que surgen en la
tierra, cosa que sucede más rápidamente de lo que puede pensarse. La última
raza que creé, o que hice que se creara a sí misma, fue una de mudos que se
desarrollaron a partir de un leal linaje que me había prestado buenos servicios,
ya que había descubierto que estos mudos eran más dóciles y menos agotadores
que el resto.
Pero
basta de esas gentes con las que he terminado para siempre.
¿Qué
hice a través de todos esos horribles siglos? Al principio, cuando supe que
tenía poderes para hacerlo, lancé mis expectantes ojos a través del mundo, y
supe todo lo que allí sucedía. Así contemplé las batallas de Alejandro, sus
conquistas y su muerte, y la ascensión de Ptolomeo en Egipto; además, muchas
otras cosas en las naciones con las que yo había tenido que ver. Pero pronto me
cansé de todo aquello.
Surgían
hombres acerca de los que nada sabía. Los pueblos cambiaban, y siempre la obra
era la misma que comenzaba de nuevo, aunque con actores distintos. Nada tenía
en común con ellos, ni con sus mezquinos objetivos y pasiones, yo, que
contemplaba como un dios podría contemplar a aquellos que no le veneran, o como
un niño ocioso observa los trabajos de una colonia de hormigas detrás de otra.
Sí, me cansé de ellos y ya no presté atención a lo que hacían o dejaban de
hacer durante su corta travesía hacia ese olvido donde el polvo del Tiempo les
enterraría. Yo estaba muerta para el mundo, y el mundo lo estaba para mí.
En
los siglos que siguieron envié a mi alma a que buscara almas afines y encontré
algunas con las cuales pude comunicarme, aunque ellas nunca supieron quién era
que hablaba con ellas. Mantuve esa conversación con hombres sabios a través de
la tierra, y de ellos obtuve conocimientos, dándoles a cambio algo de mi
sabiduría, la cual, sin duda, ellos presentaron a las generaciones posteriores
como si les perteneciera. En ese caso, el mundo resultó beneficiado, y si llega
la Verdad ¿qué importa de dónde viene?
Hice
más. Busqué a los muertos en sus moradas más allá de las estrellas, sí, y
encontré a no pocos de ellos. Siempre anhelaba saber acerca del mundo y a
cambio me pagaba con la moneda de su sabiduría extraterrena. Me hablaron de
aquellos otros mundos y conocí a sus príncipes y gobernantes: reuní los
fragmentos de los banquetes que se ofrecían en esas ajenas mesas y bebí los
restos de su nuevo vino. Pero, y aquí estaba el misterio, en esto consistía el
dolor: ni una vez pude aferrarme a la túnica de alguien a quien hubiese
conocido en la tierra. No encontré a mi padre, no encontré a Noot, no hallé a
Kalíkrates ni a Filo, no di con Beltis ni con Amenartas. Entre toda esa
innumerable multitud no descubrí una simple alma con quien mis labios mortales
hubiesen hablado en su breve día. No encontré ni amigo ni enemigo. Tal vez
todos estuvieran dormidos, y descansando en su sueño.
Observé
los secretos de la Naturaleza y estos se abrieron a mí como flores bajo el sol.
Aspiré su perfume, admiré su belleza, de modo que finalmente poco fue lo que se
me ocultaba. Aprendí a convertir la arcilla en oro y cómo aprovechar el rayo
para que me fuera útil, sí, y muchas otras cosas. ¿Empero, de qué me servía
todo esto a mí, la habitante de la tumba?
El
conocimiento, señor de todo, es una árida concesión a menos que también pueda
ser un sirviente; sí, un esclavo presto para hacer el bien al hombre.
Por
lo demás, ¿qué fue lo que hice? Fuera de las cuevas planté semillas de árboles.
Las vi brotar, vi como crecían como nuevos arbolitos y, en la lenta progresión
de los siglos crecieron hasta convertirse en enormes árboles con gigantescas
ramas extendidas bajo cuya sombra yo descansaba. Así se mantuvieron durante
muchos cientos de años. Luego, durante otros muchos cientos decayeron, se
ahuecaron, se pudrieron hasta convertirse en polvo y cayeron, finalizado por
fin su largo día. Y yo, yo sembré otros.
Para
registrar el paso de esos años y no perder su cuenta, en una cierta caverna
puse piedras, una por cada año según iban cayendo maduros de la mano del Tiempo
hacia el seno de la Eternidad. Tal como los sacerdotes en sus rosarios ponen
cuentas más grandes, aquí y allí, para marcar el ciclo de sus plegarias
completas, cuando pasaban diez años yo ponía una piedra más grande, cuando
pasaban cien una aún más grande y de color blanco, mientras que al año mil lo
marqué con una pequeña pirámide, de las que, ahora se encuentran dos en las
Cuevas de Kôr. Fue una buena idea, a través de la cual podía calcular
fácilmente; sólo que algunas de las piedras más blandas que se encontraban
cerca de la boca de esa caverna, donde podían alcanzarles el sol y la lluvia al
final se desmenuzaron en arena.
¿Por
qué permanecí en Kôr? ¿Por qué no seguí deambulando por el mundo? Porque no
podía, a causa de la maldición que me había sido impuesta y que
consistía en que debía esperar aquí el regreso de Kalíkrates, y yo sabía que él
volvería. Por tanto, jamás cautivo alguno se vio más encadenado y engrillado en
su mazmorra que yo, Ayesha, a causa de esa obligada maldición que debía
cumplirse en los Sepulcros de Kôr, donde noche a noche me echaba a descansar en
la fría compañía del muerto. De tiempo en tiempo, acaso una vez por generación,
alzaba las telas que le cubrían y contemplaba su pálida belleza (pues los
ancianos embalsamadores no habían mentido) y besaba su gélida frente y lloraba
durante largo rato. Entonces volvía a cubrirle con la mortaja, o con una nueva,
y continuaba con mi abatida existencia.
¡Oh!
es terrible, en este mundo donde todo es cambio, donde incluso las piedras
crecen y mueren para volver a adoptar nuevas formas, ser lo único que jamás
cambia. No obstante, esa era mi suerte, tal era el don del señor del Fuego con
el que me había prometido y a quien había abrazado. Ahí me sentaba en mi eterna
belleza, la cual estaba condenada a ocultar para que los brutales hombres no
enloquecieran ante su contemplación y yo debiera quitarles la vida con el rayo
de mi voluntad. Ahí cavilaba, reuniendo en mi seno toda la sabiduría de la
Madre Naturaleza de la cual yo ahora formaba parte, toda la inútil sabiduría
cuyo peso, a la larga, atascaba mis sentidos y acalambraba mi alma. Ahí me
sentaba, devorada por el deseo hacia un muerto, ardiendo a causa de un celoso
odio hacia esa mujer que había dado a luz a su hijo y que, si no me equivocaba,
peregrinaba con el mismo, tal vez más poderosa que yo y aún más bella, en algún
Eliseo que ni siquiera mi espíritu podía alcanzar, ocupando el lugar que debía
ser mío con sólo obtener el favor de la muerte, que a mí se me negaba para
siempre, hasta que el anciano mundo dejara de existir. Ahí, digo, me sentaba
mientras el lento fuego del Tiempo, el torturador, ardiendo en mi pecho,
devoraba su camino a través de todo mi ser, hasta que mi alma en llamas se
convertía en las amargas cenizas de la desesperanza.
¡Oh!,
¿por qué no venía? ¿Por qué no venía? Seguramente el círculo debía completarse
y llegar el momento esperado. Seguramente él se cansaría de esos desconocidos
campos celestiales y del ordinario amor de la Dama de Egipto. Seguramente
vendría, y pronto. Pero ¿qué si aquí, tal como allí, ella todavía le
acompañaba?
Por
fin llegó alguien, y cuando me enteré mi corazón llameó con esperanza al igual
que llamea una antorcha en estas oscuras cuevas. ¡Ay de mí! no era él. Lo supe
tan pronto como mis ojos dieron con él a lo lejos; yo estaba en el templo de
Kôr, adonde me había dirigido a causa de ciertos insignificantes problemas con
los salvajes, semejantes a los que por tres veces habían surgido desde los
tiempos de Filo. Le vi y sentí que enfermaba, con las esperanzas destrozadas;
tal fue mi desilusión, que de haberla percibido este diminuto y apergaminado
peregrino, se hubiese dado cuenta que en ese momento se hallaba al filo de la
muerte. Sin embargo, luego llegó a agradarme, acaso porque me recordaba tanto a
Filo que una o dos veces estuve a punto de pensar... Pero dejemos estar este
asunto.
Era
un hombre extraño, ese viajero; muy sagaz, aunque no creía en nada que no
pudiese tocar o ver. Así, cuando le conté historias que tenían que ver conmigo
y con la extensión de mis días, y porque me sentaba en Kôr pródiga en belleza
pero como alguien que está muerto en un desierto, se rió abiertamente de todo
ello, lo cual me enfadó. Debo admitir que no todo lo que le dije era cierto,
pues al ser parte de la Naturaleza ¿cómo puedo decir siempre la verdad?
La
Naturaleza exhibe muchas facetas a quienes la cortejan; la Naturaleza posee
vacuas fantasías adonde frecuentemente es guiado el viajero engañado, creyendo
ver aquello que no ve, aunque sin duda aquello que imagina existe en algún otro
sitio. Además, la Naturaleza mantiene ocultos sus secretos y siempre que los da
a conocer lo hace en forma de parábolas que no obstante conservan la semilla de
la verdad más pura.
De
ese modo, al ser una parte de la Naturaleza, yo hice lo mismo con ese
peregrino, al igual que hasta el día de hoy lo hago con Holly, el erudito, que
llegó después que él. Empero, en este caso el ejemplo no es perfecto, pues este
hombre, llamado Espectador-de-la-Noche, nombre muy apropiado para él, no me
cortejó al modo en que lo hacen los espectadores de la hermosa Naturaleza. No,
me volvió sus espaldas diciendo que él no era alguien que amara como lo hacen
las mariposas nocturnas, que no chamuscaría sus alas en una llama, por más
brillante que esta fuera; yo pienso que esto se debía a que ya se las había
chamuscado en numerosas ocasiones.
Empero,
esto me pareció tan extraño que casi comencé a preguntarme si mi belleza no
estaba en decadencia una vez más y si era necesario seguir ocultándola bajo un
velo, o si tal vez los hombres se habían vuelto más sabios de lo que
acostumbraban a ser. Por consiguiente, en una oportunidad, y durante un breve
instante, utilicé mi poder e hice que se pusiera de rodillas, y después de
haberle enseñado ciertas lecciones me reí de él y le dejé partir. Debo decir,
no obstante, que le tuve, y le tengo cariño, y que espero el día en que
volvamos a encontrarnos, del mismo modo en que acaso ya nos habíamos encontrado
en tiempos que ahora pertenecen a un remoto pasado. Bien, termino con el relato
de este hombre valeroso y honesto, de alta cuna y en cierta forma instruido.
Sin duda ha muerto ya hace muchos años.
Siento
que me fatiga esta prolongada y triste tarea; haré que el final de esta
narración sea breve.
Por
fin, por fin llegó Kalíkrates renacido, carente de recuerdos, cambiado en su
espíritu, pero con el mismo rostro e idéntica forma. Holly lo trajo hasta aquí,
o él trajo a Holly, guiados por un antiguo y aburrido documento lleno de
mentiras escrito por Amenartas sobre un fragmento de loza, que de siglo en
siglo se habían ido pasando los de su raza, y en el que instaba a algún
descendiente de su sangre a que me encontrase y me quitara la vida, pues esta
necia egipcia pensaba que yo podía ser asesinada.
Él
llegó, y ¡por el Cielo! no supe que se hallaba aquí hasta que el enigmático
Holly me condujo hasta el lecho en que yacía atacado por la fiebre y al borde
de la muerte. Mediante mis artes lo rescaté de entre las puertas de la
fatalidad, que una vez más casi se habían cerrado tras él, y después,
revelándole mi belleza y mi ardiente amor hice que me adorara. Sin embargo
¡observad! No vino solo; tal como temí que sucediera, algo de Amenartas
aprisionado en el seno de una salvaje mujer vino con él; y él ya era su amante.
Maté
a esa mujer obstinada que no deseaba dejarle; aunque la acción me apenó, la
asesiné porque debía hacerlo. No importó demasiado, pues pronto ella fue
olvidada, y mantuve a Kalíkrates muy unido a mí.
Del
resto es poco lo que deba agregarse, pues Holly lo sabe todo y me dice que lo
ha escrito en un libro. Debido a que no podía casarme con un hombre mortal
conduje a Kalíkrates, a quien ahora se conocía por el nombre de Leo, por los
peligrosos caminos que llevaban a la oculta caverna donde el brillante Espíritu
de la Vida, ataviado con llamas y truenos, se desplaza continuamente en su
interminable ronda. ¡Contemplad! lo que había sucedido hacía más de dos mil
años ocurrió una vez más. Nuevamente Kalíkrates tuvo miedo de entrar a las
llamas y, cubriéndose de majestad, convertirse en rey inmortal de todo el
mundo. Sí, incluso con la recompensa de mi gloria depositada en su mano, su
carne retrocedió ante el Fuego.
Entonces,
para que supiera lo que es el valor, me entregué una vez más al abrazo del
dios, y ¡mirad! esta vez me quitó la vida. Sí, cubierta por la vergüenza y de
horrible modo, perecí ante los ojos de mi amado; o más bien pareció que moría
algo de aspecto antropoideo, arrugado, anciano. Pero mientras moría, mi
invencible espíritu me dio fuerzas para murmurar en su oído que volvería y que
otra vez sería hermosa.
No,
no morí. Volví a encarnarme en esta distante tierra asiática, que, después de
todo es mi tierra, ya que en una de sus regiones vi la luz por primera vez.
Aquí en este monasterio en las cavernas, donde todavía subsiste cierta sombra
del culto a la luna y del gran Principio que en los viejos tiempos fuera
llamado Isis, Reina del Cielo, una vez más adopté las vestimentas de la carne
mortal.
Pasaron
los años, no más de dos o tres, y encontré el poder necesario para buscar a
Kalíkrates, o Leo Vincey, que todavía vivía en la tierra, y en una visión le
indiqué las montañas en las que habitaba. Fue leal. Sí, al igual que Holly, él
fue leal, y juntos fueron en busca de esa visión. Durante veinte años buscaron
hasta por fin encontrarme. Sortearon los peligros y las pruebas; Kalíkrates, o
Leo Vincey escapó a la red tejida por la Reina Atenea, aquella a través de
quien Amenartas se presentaba nuevamente en la tierra. Soportaron las
adversidades de rigor. Sí, cuando ante él me quité el velo en la cima de la
montaña, mi Amor, mi eterno Amor, mi perdición y mi deseo, encontró fuerza y fe
para besar mi horrenda y marchita frente. Luego la fe tuvo su recompensa. Luego
ante sus propios ojos me transformé en flor de toda belleza, en la gloria de
todo poder, y él me adoró, ¡me adoró!, ¡me adoró!
Ahora,
pronto nos casaremos. Ahora, pronto la maldición se alejará de nosotros como
una cadena que se rompe. Ahora, pronto mi pecado será perdonado, y lado a lado
recorreremos el interminable camino del esplendor, ya no dos personas sino una,
ese sendero que conduce al júbilo absoluto... ¡oh!, ¿adónde conduce? Ni
siquiera hoy lo sé.
Pero
esto todavía no puede suceder. Primero él debe sumergirse en el Fuego, pues el
hombre mortal no puede mezclarse con mi inmortalidad y vivir como hombre. Pues
mientras este mundo perdure —¿no lo he dicho ya?— yo, que he bebido de la Copa
de su Espíritu, sí, dos veces bebí hasta el fondo, también deberé perdurar, y
según pienso el mundo todavía se halla muy lejos de los portales de la Muerte.
Sí, aunque yo cambie mil veces, seguiré siendo la misma bajo otras formas, y
aunque parezca desaparecer, deberé volver a reaparecer.
Además,
donde yo vaya Kalíkrates deberá seguirme, o yo deberé seguirle a él, puesto que
él y yo somos uno, y a mí me ha sido impuesta la carga de inspirar el alma de
aquel a cuyo cuerpo una vez asesiné.
Empero,
empero... ¡oh! él todavía es humano y la muerte acecha los talones del hombre.
Mientras escribo el horror se apodera de mí. Sí, mi mano tiembla sobre el
pergamino y mi espíritu se estremece. ¿Y qué si algún azar, alguna enfermedad,
alguna fatalidad le derribara, dejándome nuevamente desolada y divorciada, de
modo que esta oscura tragedia tuviera que volver a comenzar desde el principio
en otro sitio?
¡Fuera
con ese pensamiento demoníaco! No existen dioses y, Destino, yo, que soy un
Destino y tu igual, te desafío. Te venceré, oh Destino; no serás tú quien me
conquiste a mí. No existe otra cosa que el Bien eterno, del que la ardiente
lengua que fuera el alma de Noot me habló, o pareció hablarme, en el sueño que
me persiguiera en Kôr, y a ese Bien, yo, Ayesha, elevo mi plegaria.
¡Mirad!
he sufrido. ¡Contemplad! he saldado la cuenta hasta la última moneda.
¡Observad! he perdurado. A través de largos siglos he sembrado lágrimas, y la
hora de mi cosecha está cerca; sí, la noche de aflicción se desvanece y en la
cima de la Paz celestial ya brilla el alba del júbilo... Mi señor caza en la
montaña a la manera de los hombres, y yo cavilo dentro de las cuevas a la
manera de las mujeres...
—...¡Holly,
Holly! ¡Despierta! ¡Mira a lo lejos! ¿Qué es eso? Me parece ver a mi señor
luchando en la nieve y la moteada bestia lo tiene cogido por la garganta...
Aquí
finaliza el manuscrito de Ayesha. Sus últimas palabras son casi ilegibles y
están escritas por alguien que evidentemente se halla bajo un estado de gran
agitación; en realidad su apariencia sugiere que fueron consignadas de forma
semiautomática mientras la mente de quien escribía se hallaba ocupada en otros
menesteres. Con ellas Ayesha finaliza su narración; el resto de la misma puede
encontrarse, en líneas generales, en otro sitio... en el libro que lleva por
título el nombre de ella. De pronto parece haberse cansado de su tarea. Tal
vez, anunciados e inducidos por el incidente del leopardo de las nieves que
casi pone fin a la vida de Leo Vincey, los presagios de terribles aflicciones
futuras, a las que ella alude, y no en forma oscura, paralizaron la mente de
Ayesha, o la llenaron de presentimientos que no le permitieron continuar con un
esfuerzo de ese tipo, o al menos hicieron que disminuyeran sus deseos de seguir
con su labor, de la cual, está claro, se estaba cansando.
El Editor

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