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Libro N° 13964. Las Cicatrices De La Evolución. Ebonmuse.

 


© Libro N° 13964. Las Cicatrices De La Evolución. Ebonmuse.  Emancipación. Junio 21 de 2025

  

Título Original: © Las Cicatrices De La Evolución. Ebonmuse

 

Versión Original: © Las Cicatrices De La Evolución. Ebonmuse

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LAS CICATRICES DE LA EVOLUCIÓN

Ebonmuse

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las Cicatrices De La

Evolución

Ebonmuse

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

LAS CICATRICES DE LA EVOLUCIÓN *

Ebonmuse

Traducción de Felipe Ramírez

 

 

Los seres humanos, al igual que todas las especies del planeta, tenemos una historia. Hemos llegado a donde estamos gracias a un proceso lento de ensayo y error, llevado a cabo a lo largo de millones de años a través del tamiz de la supervivencia diferencial.  Y, al igual que el resto de seres vivos, nuestros cuerpos y nuestro genoma suelen dar testimonio elocuente de esa larga historia. Lejos de ser el resultado de una creación especial, seguimos teniendo las cicatrices del proceso evoluti-vo que nos formó.

En este ensayo se analizarán algunas de las evidencias actua-les que sugieren un pasado evolutivo para el hombre. Si bien el ejemplo más conocido es el apéndice (y posiblemente el vestigio mas prominente en el ser humano) no voy a centrar-me en él. En lugar de ello, pretendo a llamar la atención sobre varias estructuras que no son tan populares y que sin embargo apuntan en la misma dirección.

• Los dedos de los pies. Estamos tan acostumbrados a ellos que generalmente no nos percatamos de lo extraños que son. ¿Por qué nuestros pies tienen estos dígitos poco funcionales en los extremos? A diferencia de los dedos de las manos, no podemos agarrar nada con ellos; y no son particularmente ne-cesarios para mantener el equilibrio, ni mucho menos óptimos para el transporte. (¿Por qué no un frente fusionado, como los caballos?) Sin embargo, cualquiera que observe otras especies de primates podrá darse cuenta de que tienen, no dos manos y dos pies, sino cuatro manos, las cuales les sirven para agarrar-se de las ramas y transportarse con facilidad entre los árboles. A medida que los primeros homínidos adquirieron la capaci-dad de ponerse de pie y caminar en posición erguida, los pies fueron perdiendo paulatinamente la función prensil que puede verse tan claramente en nuestros primos los chimpancés.

• El lanugo: Aunque no es muy conocido, este fenómeno re-presenta una importante pista que apunta hacia nuestro pasado de mamíferos. El lanugo se refiere a una forma de pelo o vello corporal muy fino, que crece en los embriones como insula-ción de la piel debido a la ausencia de grasa. Normalmente, el lanugo se pierde alrededor del séptimo o el octavo mes de embarazo, aunque se sabe que los bebés que nacen de forma prematura pueden llegar a mantenerlo durante varias semanas después de su nacimiento. La teoría evolutiva puede explicar muy bien este fenómeno como una característica residual he-redada de nuestros antepasados peludos.

• Piel de gallina: Con seguridad todo el mundo lo ha experi-mentado alguna vez: Cuando una persona tiene frío o miedo, diminutos músculos en la base de cada cabello hacen que los vellos se pongan de punta. Es fácil ver por qué: esto es un re-flejo útil en los animales con pieles gruesas; erigir los pelos ayuda a crear una capa de aislamiento para protegerse del frío, y también hace que el animal parezca más grande y más inti-midante ante una posible amenaza. En los seres humanos, sin embargo, se trata un reflejo bastante inútil. Al igual que el lanugo, los escalofríos son una pista que indica que, si bien hemos llegado a ser relativamente lampiños, somos los indu-dables descendientes de progenitores peludos.

• Hipo: Sí, el hipo es un signo del pasado evolutivo del hom-bre. De hecho, a diferencia del lanugo o la piel de gallina, que señalan únicamente nuestra historia compartida con mamífe-ros peludos, el hipo nos lleva de regreso hasta la época de los antepasados anfibios del hombre. Según este artículo de Neil Shubin (“Cortesía del pulgar del panda”), el hipo es controla-do por un área del cerebro que compartimos con los renacua-jos. El espasmo involuntario conocido como el hipo básica-mente consiste en una fuerte inhalación de aire seguida de un cierre de la glotis (una válvula en la parte superior de la trá-quea). En los renacuajos, que tienen el mismo reflejo, la inha-lación lleva agua a la boca en donde las agallas pueden absor-ber el oxígeno que contiene, pero cierra la válvula para que el agua no entre en los pulmones. Lo que para los anfibios es un reflejo respiratorio vital, en los seres humanos no pasa de ser un problema chistoso. Y no solo eso; las mismas medidas que generalmente detienen el hipo en los seres humanos (inhalar dióxido de carbono, extender la pared torácica mediante una respiración profunda) también puede detener este reflejo en los renacuajos.

• La cola humana: No me refiero al coxis, sino a la verdadera cola humana. Se trata de uno de los atavismos humanos más sorprendentes, o al menos para los creacionistas. En raras oca-siones, los bebés humanos nacen con colas de hasta varias pulgadas de longitud. A diferencia de nuestros parientes pri-mates, nuestras colas no son prensiles y pueden moverse ape-nas un poco a través de contracciones musculares; pero por lo demás son colas reales que contienen nervios, vasos sanguí-neos, fibras musculares y a veces hasta vértebras adicionales.

De hecho, a todos los embriones humanos les crece una cola durante la gestación, aunque normalmente son reabsorbidas antes del nacimiento. La cola de la que hablo es simplemente lo que pasa cuando esto no sucede.  Para un científico evoluti-vo, la razón por la que desarrollamos colas es evidente: somos descendientes de un antepasado que las tenía. A los creacio-nistas, que afirman que los seres humanos fueron creados de un porrazo en su estado actual, debe resultarles un tanto difícil explicar por qué tenemos tantas estructuras vestigiales que nos unen a otras especies de mamíferos.

• El fusionado cromosoma 2: Desde hace tiempo es bien sabi-do que los humanos tenemos 23 pares de cromosomas; uno menos que otros grandes simios, como los gorilas y los chim-pancés. Es prácticamente imposible que el linaje que condujo a los seres humanos pueda haber perdido todo este material genético y seguir produciendo un organismo viable. ¿Dónde, entonces, fue a parar esta información?

En el extremo de cada cromosoma hay un segmento distintivo de ADN llamado telómero, con otro segmento especial deno-minado centrómero en el medio. Lo curioso del cromosoma 2 del ser humano es que presenta un telómero en un extremo seguido de un centrómero, como un cromosoma normal. A continuación presenta un segmento de dos telómeros en el centro seguidos de otro centrómero y de un cuarto telómero en el extremo  -exactamente la estructura que esperaríamos en-contrar si dos cromosomas se hubiesen fusionado en uno mismo-. Al comparar este cromosoma con los dos cromoso-mas respectivos de otros primates nos encontramos con una coincidencia asombrosa (ver imagen aquí), lo que indica cla-ramente que dicha fusión se produjo en algún momento des-pués de que el linaje humano se hubiera separado de nuestros parientes.

• El pseudogen de la vitamina C: A diferencia de la mayoría de los mamíferos, los seres humanos no podemos sintetizar nuestra propia vitamina C, así que tenemos que ingerirla como parte de nuestra dieta o arriesgarnos a padecer la enfermedad del escorbuto. Según la hipótesis creacionista, los seres huma-nos fuimos creados así desde el principio, por lo que no espe-raríamos encontrar pruebas de que se trata de una capacidad perdida. Sin embargo, la teoría evolutiva afirma todo lo con-trario: siendo que tenemos un antepasado común con los otros mamíferos; y dado que la mayoría de ellos pueden fabricar su propia vitamina C, esperaríamos que alguno de nuestros ante-pasados “recientes” hubiera perdido esta habilidad. De ser así, nuestros genes podrían conservar evidencias de ello.

En este caso, la evidencia a favor de la evolución es contun-dente: los seres humanos si tenemos una versión del gen en-cargado de sintetizar la vitamina C, pero el nuestro esta "da-ñado", es decir  desactivado por una mutación. Nuestros pa-rientes primates, que también carecen de esta capacidad, tam-bién tienen versiones “estropeadas” del gen.  Tal y como pre-dice la teoría evolutiva, el mismo tipo de mutaciones presen-tes en el genoma humano pueden encontrarse en los genes de los chimpancés, orangutanes y macacos - pruebas concluyen-tes de que todos somos descendientes de alguna clase de pri-mate que adquirió esta mutación en algún momento en el pa-sado. (Es probable que esta mutación no fuese perjudicial para los primates porque sus dietas son ricas en frutas, proporcio-nando abundante vitamina C.)

Tomadas en conjunto, las cicatrices de la evolución propor-cionan pruebas abundantes de las relaciones evolutivas de los humanos con los otros primates. Al igual que todas las espe-cies en este planeta, somos un resultado final de un largo pro-ceso de mutación azarosa regido por el árbitro silencioso de la selección natural. ■

 

Traducido de Daylight atheism

 

 

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