© Libro N° 13963. La Opinión
Teledirigida. Sartori,
Giovanni. Emancipación. Junio 21 de
2025
Título Original: © La Opinión Teledirigida. Giovanni
Sartori
Versión Original: © La Opinión Teledirigida. Giovanni Sartori
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Giovanni Sartori
La Opinión
Teledirigida
Giovanni Sartori
La Opinión
Teledirigida
Giovanni Sartori
Traducción: Valentina Valverde.
Videopolítica
La televisión destaca por una cosa: entretiene, distrae, divierte.
Cul-tiva el homo ludens. Pero la televisión también impregna toda nues-tra
vida, se afirma incluso como demiurgo. Tras formar a los niños, si¬gue
formando, o influyendo, a los adultos "informándoles".
In-formándoles, en primer lugar, de noticias (más que de nociones), es decir,
anunciando lo que sucede en el mundo, tanto cercano como lejano. La mayor parte de estas noticias terminan por
ser deporti-vas, de sucesos, de crónica rosa (o lacrimógena) y de catástrofes.
Lo que no quita que las noticias de mayor repercusión, de mayor im-portancia
objetiva, sean las informaciones políticas, las informacio-nes sobre la polis
(la nuestra y la de otros). Saber de política es im-portante, aun¬que a muchas
personas no les interese, porque la polí-tica condiciona nuestro vivir y
nuestro convivir. La ciudad cruel nos encarcela, nos hace poco o nada libres; y
la mala política —incluida la política económica— nos empobrece (cfr. Sartori,
1993, pp. 313-316).
El término videopolítica (un término acuñado tal vez por mí)[ ]
com¬prende sólo uno de los múltiples aspectos del poder del video: su
incidencia en los procesos políticos mediante una transformación radical del
"ser político" y de la "administración de la política". La
videopolítica no es una prerrogativa de la democracia. El poder del video
también está a disposición de las dictaduras. Pero aquí sólo me ocuparé de la
videopolítica en los sistemas liberaldemocráticos, es decir, en los sistemas
que se fundan en elecciones libres. La de-mo¬cracia ha sido definida con
frecuencia como un gobierno de opi-nión (Dicey, 1914, por ejemplo), y esta
definición deviene pertinen-te con el nacimiento de la videopolítica. Porque es
cierto que la te-levisión es una fuente importante de creación de opinión. En
la ac-tualidad, el pueblo soberano "opina" sobre todo de acuerdo con
la forma con la que la televisión le induce a opinar. El poder del video se
convierte en el centro de todos los procesos de la política con-temporánea por
su capacidad de orientar la opinión.
La televisión condiciona el proceso electoral, tanto en la elección de
los candidatos,[ ] como en su modo de combatir la disputa electoral, como en la
posibilidad de que triunfe el ganador. Asimismo, la tele-visión condiciona, o
puede condicionar, un gobierno, es decir, las decisiones de un gobierno: lo que
puede hacer un gobierno, o dejar de hacer, o decidir qué va a hacer.
La formación de la opinión
Si la democracia es un sistema de gobierno guiado y controlado por la
opinión de los gobernados, entonces la pregunta que debemos plantearnos es:
¿cómo nace y cómo se forma la opinón pública? Casi siempre o, por lo menos, con
mucha frecuencia, la opinión pú-blica es un "dato" que damos por
descontado. Existe y basta. Es co-mo si las opiniones de la opinión pública
fueran, como las de Pla-tón, ideas innatas. Opinión pública es, en primer
lugar, una ubica-ción, una co¬locación: es el conjunto de opiniones que se
encuentran en el público o en los públicos. Pero la noción de opinión pública
es también, y sobre todo, el conjunto de opiniones generalizadas del público,
opi¬niones endógenas, que son del público porque su sujeto real es el público.
Y se denomina pública no sólo porque es del pú-blico sino también porque
incluye la res publica, la cosa pública, es decir, los argumentos que son de
naturaleza pública: el interés gene-ral, el bien común, los problemas
colectivos.
Merece la pena subrayar que es correcto decir "opinión".
Opinión es doxa, no es epistème, no es saber y ciencia; es sencillamente un
"pa-recer", una opinión subjetiva que no necesita ser demostrada.[ ]
Las matemáticas, por ejemplo, no son una opinión. Dicho de otra mane-ra, una
opinión no es una verdad matemática. Las opiniones son convic¬ciones débiles y
variables. Si se convierten en convicciones profun¬das y profundamente
arraigadas, entonces se transforman en creen¬cias (y el problema cambia). De
todo lo dicho anteriormente se de¬duce que es fácil desmontar la objeción de
que la democracia es im¬posible porque el pueblo "no sabe". Dicha
objeción puede ser válida respecto a la democracia directa; respecto a un demos
que se autogo¬bierna y, además, gobierna solo. Pero la democracia
repre-sentativa no se caracteriza por ser un gobierno del saber sino por ser un
go¬bierno de la opinión, fundado en un público sentir de res pu-blica. Lo que
equivale a decir que a la democracia representativa le basta, para existir y
funcionar, que el público tenga opiniones pro-pias; y nada más, pero también
—precisemos— nada menos.
Entonces, ¿cómo se forma una opinión pública autónoma que sea realmente
del público? Es claro que este proceso de opinar debe estar expuesto a flujos
de información sobre el estado de la cosa pública. Si fuera "sordo",
demasiado cerrado y demasiado precon-cebido res¬pecto a la situación de la res
publica, entonces no servi-ría. Pero, por otra parte, cuanto más se abre y
expone la opinión pública a flujos de informaciones exógenas (recibidas del
poder político o de los medios de información de masas), más riesgos co-rre de
convertirse —como decía Riesman— en opinión pública
"he-terodirigida".
Cuando eran fundamentalmente los periódicos los que plasmaban la opinión
pública, el equilibrio entre opinión autónoma y opiniones heterónomas
(heterodirigidas) estaba garantizado por la existencia de una prensa libre y
múltiple, con muchas voces. La llegada de la radio no alteró este equilibrio de
forma sustancial. El problema sur-ge con la televisión y debido a su capacidad
de suplantar la refle-xión por la imagen.
Cuando prevalece la comunicación lingüística, los procesos de for-mación
de la opinión no se producen desde arriba hacia abajo; se producen "en
cascada", o mejor dicho, como en una sucesión de cas-cadas interrumpidas
por concavidades en las que las opiniones se mezclan (de acuerdo con un modelo
formulado por Deutsch, 1968). Además, las cascadas se complementan y se
contraponen a ebulli-cio¬nes que provienen del fondo; e incluso a resistencias
y viscosi-dades de naturaleza varia.[ ]
Pero la fuerza perturbadora de la imagen rompe el sistema de
re-equi¬librios y retroacciones múltiples que habían instituido
progresi-va¬mente, a lo largo de casi dos siglos, los estados de opinión
difu-sos, identificados, desde el siglo XVIII en adelante, con el término
"opi¬nión pública".
La televisión es invasora porque supera a los denominados líderes
intermedios de opinión y porque anula la multiplicidad de "autori-da¬des
cognitivas" que establecen de forma diferente, para cada uno de nosotros,
en quién creer, quién es digno de crédito y quién no lo es.[ ] Con la
televisión la autoridad reside en la visión misma: es la autoridad de la
imagen. No importa que las imágenes puedan enga-ñar aún más que las palabras,
como veremos más adelante. Lo im-por¬tante es que el ojo cree en lo que ve; y,
por tanto, la autoridad cogni¬tiva más auténtica es lo que se ve. Lo que se ve
parece "real", y puede ser considerado como verdad.
He observado anteriormente que a la democracia representativa le basta,
para funcionar, que exista una opinión pública que sea real-mente del público.[
] Pero cada vez esto es menos frecuente, ya que la videocracia está fabricando
una opinión masivamente heterodiri-gida que refuerza en apariencia, pero que
vacía sustancialmente, la democracia como gobierno de opinión. Porque la
televisión se muestra como portavoz de una opinión pública que es en realidad
el eco de su propia voz. Herstgaard ha escrito: "Los sondeos de opi-nión
mandan. Continuamente se pregunta a 500 estadounidenses para que nos digan, a
los otros 250 millones de estadounidenses, lo que debe¬mos pensar".[ ] Y
es falso que la televisión se limite a re-flejar los cambios en curso en la sociedad
y en su cultura. En reali-dad, la tele¬visión refleja cambios que, en gran
medida, promueve e inspira.
Menos información
El mérito casi indiscutible de la televisión es que "informa".
Por lo menos esto es lo que nos dicen. Pero aclaremos antes ese concepto.
Informar es suministrar noticias, incluyendo las noticias sobre no-cio¬nes. Se
puede estar informado sobre acontecimientos pero tam-bién sobre el saber. Aún
así, hay que precisar que información no es co¬nocimiento, no es saber en el
sentido heurístico de la palabra. Por sí misma la información no es
comprensión: se puede estar muy infor¬mado sobre muchas cosas y, al mismo
tiempo, no entenderlas. Es correcto, por tanto, afirmar que la información
suministra sólo no¬ciones. Lo cual no es en sí mismo un mal. Incluso el saber
me-diante nociones contribuye a la creación del homo sapiens. Pero si no se
debe despreciar el saber nocional, tampoco hay que sobrevalo-rarlo. Acumular
nociones no es siempre entenderlas.
Se debe subrayar también que la importancia de las informaciones es
variable. Muchas informaciones son sólo frívolas, sobre sucesos sin
importancia, o tienen un valor de puro y simple espectáculo. Es de¬cir, están
desprovistas de cualquier valor o relevancia "significan-te". Otras
informaciones son, por el contrario, objetivamente impor-tantes porque son
informaciones que van a crear una opinión públi-ca sobre problemas públicos,
sobre problemas de interés público. Y cuando hablo de subinformación o de desinformación
se debe en-tender que me estoy refiriendo a la información de "relevancia
pú-blica". La te¬levisión informa poco o mal respecto a ese tipo de
in-formación (y no respecto a las noticias deportivas, de crónica rosa o de
sucesos). Pero es necesario distinguir entre subinformación y desinformación.
Por subinformación entiendo una información insu-ficiente que empo¬brece la
noticia sobre la que se informa; o incluso una falta de infor¬mación, la pura y
simple eliminación de nueve noticias de cada diez. La subinformación es una
reducción excesiva. Por desinformación entiendo una distorsión de la
información, una información manipu¬ladora que induce a engaño al oyente. Pero
nó-tese: no siempre la ma¬nipulación de la información es premeditada; muchas veces
refleja una deformación profesional. Y esto la hace menos culpable pero también
más peligrosa. La distinción es analí-tica, sirve para realizar un análisis
claro y preciso del problema. La subinformación y la desinformación tienen
zonas de superposición y se mezclan entre sí, pero esto no nos impide
examinarlas por se-parado.
La difusión de la información que se presenta como tal se produce en el
periódico. El término inglés newspaper declara exactamente su propia
naturaleza: folio o papel "de noticias". El italiano giornale subraya
el aspecto de lo cotidiano: algo que aparece todos los días. Pero la
información de masas propiamente dicha nace con la llegada de la radiofonía. El
periódico excluye eo ipso el analfabeto que no lo puede leer, mientras que la
voz de la radio llega incluso a quien no sabe leer ni escribir. A esta extensión
cuantitativa se corresponde un empobrecimiento cualitativo (salvo cuando la
comparación se hace con los tabloides de carácter escandaloso). En cualquier
caso, existe siempre una diferencia entre periódico y radio. Y es ésta: puesto
que la radio habla incluso a quien no lee, la radio debe sim-plificar más y
debe ser, por lo menos en los noticiarios, más breve. Se puede afir¬mar que la
radio complementa el periódico.
¿Y la televisión? Admitamos que la televisión informa más que la radio
puesto que llega a una audiencia más amplia. Pero la progre-sión termina aquí.
Porque la televisión da menos información que cualquier otro medio de
comunicación. Además, lo que cambia de manera radical es el criterio de
selección de las informaciones o entre las informaciones. La información
importante es la que se puede fil¬mar; y si no hay nada que filmar no existe la
noticia, no se produce la noticia, no es una noticia "videodigna". La
fuerza de la televisión —la fuerza de hablar con imágenes— es también su ma-yor
obstáculo. Los periódicos y la radio no tienen el problema de estar en el lugar
del acontecimiento. Sin embargo, la televisión lo tiene. Lo tiene
li¬mitadamente. No tiene, o no tendría, necesidad de exagerar. No es que todas
las noticias necesiten a la fuerza el apoyo de las imágenes. El problema de
encontrarse en el lugar del aconte-cimiento es en parte un problema que se ha
creado la propia televi-sión (y que provoca su crecimiento excesivo).[ ]
Durante un cierto tiempo, los telediarios fueron sobre todo lecturas de
noticias hechas en el estudio. Posteriormente, alguien descubrió que la misión,
el deber de la televisión era "mostrar" las cosas de las que se
hablaba. Y este descubrimiento marcó el inicio de la degene-ración de la
televisión. Porque es éste el descubrimiento que ha "al-deanizado" la
televisión en el sentido exactamente opuesto al indi-cado por McLuhan: limita
la televisión a lo cercano (a las aldeas cercanas) y abandona las localidades y
los países difíciles o dema-siado caros de alcanzar para un equipo televisivo.
Muchos habrán notado que en la televisión cada vez son más abun-dantes
las noticias locales-nacionales y más reducidas las noticias internacionales.
Aún peor, o peor que nunca, habrán notado que la televisión ha adoptado como
principio la obligación de "mostrar" visualmente, la exigencia de
tener imágenes de todas las noticias. Lo que se traduce en una inflación de
imágenes vacías, de imágenes de acontecimientos tan insignificantes como
artificialmente hincha-dos. Al final, sucede que terminan por contarnos las
elecciones en Reino Unido o en Alemania rápidamente, en 30 segundos, cuando
tenemos suerte. Tras lo cual, llegan unas imágenes de un pequeño pueblo que
deben justificar su costo con una retransmisión de dos o tres minutos; o unas
imágenes de alguna historia lacrimosa (la ma-dre que ha per¬dido a su niña
entre la multitud) o truculenta (de al-gún asesinato), cuyo valor informativo y
formativo de opinión es prácticamente nulo.
De la media hora que duran los telediarios actuales, dedican 20 mi-nutos
a producirnos un hartazgo de crónicas triviales y de noticias que existen sólo
porque han sido elegidas e inventadas por la cocina de los noticiarios. ¿Es
esto información? Sí, incluso la noticia sobre la muerte de una gallina a causa
de un alud puede ser llamada infor-mación. Pero es una información no digna de
mención.
La obligación de "mostrar" produce además el deseo o la
exigencia de "mostrarse". Y de esta forma se produce el
seudoacontecimiento, el acontecimiento que existe sólo porque hay una cámara
que lo graba. El seudoacontecimiento es el acontecimiento fabricado por la
televisión y para la televisión. A veces esta fabricación está justifi-cada.
Pero siempre resulta un "hecho falso", expuesto a serios abu-sos y
fácilmente transformable en verdadera desinformación.
El problema es, insisto, que la producción de seudoacontecimientos o la
caída en lo trivial y en lo insignificante no se debe a ninguna nece¬sidad
objetiva, a ningún imperativo tecnológico. Se podría uti-lizar la información
televisiva mucho mejor. Pero, una vez dicho esto, es necesario constatar que la
fuerza de la imagen aprisiona la imagen. Para darse cuenta de esto, es
suficiente comparar la infor-mación es¬crita del periódico con la información
visual de la televi-sión.
El hombre de la cultura escrita, de la era de los periódicos, leía al
día unos quince acontecimientos significativos (nacionales e inter-nacio¬nales)
y digamos que cada uno de esos acontecimientos estaba des¬arrollado, por lo
general, en una columna periodística. En los teledi¬arios las noticias se
reducen a la mitad y con tiempos de re-transmi¬sión que a veces descienden a
uno o dos minutos. La reduc-ción-res¬tricción es gigantesca; y lo que
desaparece en esa restric-ción es el enfoque del problema al que se refieren
las imágenes. Porque la ima¬gen es enemiga de la abstracción, y explicar es un
discurso abstracto. Como he dicho más de una vez, los problemas no son
"visibles". Y la imagen que privilegia la televisión es la que
"conmueve" a nivel de sentimientos y emociones: asesinato,
violen-cia, enfrentamientos con armas, arrestos, protestas, quejas; o si no
terremotos, incendios, inundaciones y accidentes.
En resumen, la imagen nos aprisiona en la imagen. Para el hombre vidente
(y nada más) lo no visto no existe. La amputación es tre-menda, agravada por el
por qué y el cómo la televisión elige esa imagen especial entre 100 o mil
acontecimientos igualmente dignos de consideración. A fuerza de subinformar,
privilegiando e hin-chando al mismo tiempo las noticias locales, se termina por
perder de vista la amplitud del mundo y casi dejar de interesar. La CBS ha
co¬mentado con toda tranquilidad: "Es simplemente una cuestión de
preferencia de los oyentes. El nivel de audiencia aumenta con acon-tecimientos
como terremotos y huracanes". Este comentario es terri-ble por su miopía y
cinismo: atribuye al público las culpas que son, por el contrario, de los
medios de comunicación. Si el hombre de la calle no sabe nada del mundo, es
evidente que no se interesará por él. En principio, incluso la información
(como leer) "cuesta" traba-jo. Informarse exige una inversión de
tiempo y de atención que gra-tifica (es un precio que compensa) sólo cuando la
información al-macenada llega a una masa crítica preparada para recibirla. Para
amar la música es necesario saber un poco de música: de otra for-ma, la música
de Beethoven se convierte en ruido. Para que guste el futbol es necesa¬rio
entender las reglas del juego. Para apasionarse con el ajedrez es necesario
conocer las jugadas. De forma análoga, en política y en los asuntos
internacionales el que ha superado el "umbral crítico" capta
inmediatamente las noticias del día, porque entiende al vuelo su sig¬nificado e
implicaciones. Pero quien no dis-pone de un "almacén" informativo
debe hacer un esfuerzo, no com-prende de la misma ma¬nera, y por tanto se
aburre.
Antes de que llegase la televisión, el público se interesaba por las
noticias internacionales, y lo demuestra el hecho de que los periódi-cos las
publicaban. Ahora se interesa cada vez menos. ¿Por qué? ¿Se ha atrofiado el
público por sí solo? Claro que no. Sin duda la prensa escrita alimentaba
intereses y curiosidades que la videopolítica ha apagado.
Más desinformación
La desinformación propiamente dicha no es informar poco (escasa-mente),
sino informar mal, manipular. Anticipo que, al menos en parte, la
desinformación televisiva es involuntaria y, en cierto mo-do, inevitable.
Constato además que la aldea global de McLuhan es "global" sólo en
parte, por lo que en realidad no es global. La tele-cámara entra con facilidad
y libremente en los países libres; entra poco y con circunspección en los
países peligrosos; y no entra en absoluto en los países que no son libres. La
consecuencia es que cuanto más tiránico y sanguinario es un país, la televisión
más lo ignora y por lo tanto lo absuelve.
No se puede imputar a la televisión que no muestre lo que no puede
mostrar. Pero lo que sí se debe imputar a la televisión es que avale y refuerce
una percepción del mundo basada en dos pesos y dos medi-das, y por lo tanto
injusta y deformante.
Hasta ahora hemos analizado manipulaciones que son fruto de un mundo
visto parcialmente y que son, por lo tanto, manipulaciones de lo no visto.
Pasemos a otros tipos de desinformación. He hablado antes sobre la fabricación
de seudoacontecimientos. Pero respecto a otros tipos de desinformación es algo
nimio. Me referiré ahora a las manipulaciones informativas más relevantes, y
empezaré por las es-tadísticas falsas y por las entrevistas casuales. Por
estadísticas fal-sas entiendo resultados estadísticos que son
"falsos" por la interpre-tación que se les atribuye. Incluso la
prensa se ejercita ahora en este género de falsedades; pero es la televisión la
que las ha impuesto a todos (incluida la prensa) como dogmas. Porque para la
televisión los cua¬dros estadísticos (simplificados y reducidos al máximo) son
como el queso para los macarrones. Con cuadros y porcentajes se puede
con¬densar todo en pocas imágenes; en imágenes que parecen de una ob¬jetividad
indiscutible. En las estadísticas hablan las ma-temáticas. Y las matemáticas no
son una banalidad. Las matemáti-cas no. Pero la interpretación de un resultado
estadístico, sí.
A las estadísticas falsas hay que añadir, como factor de distorsión, la
entrevista casual. El entrevistador al que se le manda rellenar un
acontecimiento (e incluso un no acontecimiento) con imágenes sale a la calle y
entrevista a los transeúntes. Así, finalmente, es la voz del pueblo la que se
oye. Pero esto sí que es un engaño. Dejemos aparte el hecho de que esas
entrevistas están siempre "cocinadas" con oportunas distribuciones de
síes y noes. El problema es que el "azar" de las entrevistas casuales
no es una casualidad estadística, porque el transeúnte no representa nada y a
nadie: es sólo su punto de vista. En algunos casos, las entrevistas casuales
producen anima-ción. Pero cuando se trata de problemas serios, generalmente son
formidables multiplicadores de estupidez. Dichas en el video, las estupideces
crean opinión: las dice un pobre hombre que balbucea con dificultad, y al día
siguiente las repiten decenas de miles de personas.
Además de alimentarse de falsas estadísticas y de entrevistas casua-les,
la desinformación también se alimenta de dos distorsiones típi-cas de una
información que debe ser a toda costa excitante: el pre-mio a la extravagancia
y el predominio del ataque y la agresividad. Sobre el primer aspecto me limito
a observar que las posiciones extremas, las extravagancias, los
"exagerados" y las exageraciones tienen garanti¬zada su aparición en
la pantalla. Cuando más estrafa-laria es una tesis, más se difunde y se le da
publicidad. Las mentes vacías se especiali¬zan en extremismo intelectual para
adquirir noto-riedad (difundiendo vaciedades). El resultado de todo esto es una
increíble y absurda se¬lección a la inversa. Salen a flote los charlata-nes,
los pensadores que no valen dos duros, los que practican la no-vedad a toda
costa; y se quedan en la sombra las personas serias y reflexivas, lo cual en
reali¬dad es servir a un "interés mal entendido". El otro aspecto es
el pre¬dominio del ataque y la agresividad.
La televisión llega siempre con rapidez al lugar en donde alguien
protesta, se manifiesta, ocupa edificios, bloquea carreteras y líneas
ferroviarias, ataca.[ ] Se dirá: sucede así porque el ataque es espec-tá¬culo,
y la televisión es espectáculo. En parte es así. Pero el mundo real no es es
espectáculo; y quien lo disfraza de esta guisa deforma los problemas y nos
desinforma sobre la realidad de la peor manera posible.[ ] El aspecto más grave
de esta preferencia espectacular por el ataque es que viola en sus raíces el
principio de toda convi-vencia civil, el principio de "escuchar a la otra
parte". Si se acusa, se debe escuchar al acusado. Si se bloquean
carreteras y trenes, se debe escu¬char y mostrar a los perjudicados, a los
inocentes que via-jan. Casi nunca sucede esto. Generalmente, la televisión
recoge sólo la voz de quien ataca. De este modo la protesta se convierte en un
protagonista desproporcionado que siempre se sale con la suya (in-cluso cuando
está completamente equivocado). Es positivo escuchar las exigen¬cias, las
quejas y las denuncias. Pero para servir de verdad a una buena causa, y hacer
justicia, es necesario que la protesta esté tratada con imparcialidad. Donde
hay una acusación debe haber también una defensa. Si quien ataca sale en pantalla,
también debe salir el ata¬cado. Pero el ataque es "imagen" y
sorprende; la defensa es, por regla general, razonamiento. Dios nos coja
confesados. El video nos llena de manifestaciones, pancartas, gente que grita,
que lanza piedras e incluso cocteles molotovs, y tienen siempre razón (en las
imágenes que vemos) porque a su voz no se contrapone otra voz.[ ] Se diría que
en el código de la televisión está escrito inau-dita altera parte. Y ya se ha
convertido casi en norma que el entre-vistador deba "simpa¬tizar" con
sus entrevistados (por lo que un ase-sino se convierte en un "pobre"
asesino que nos debe conmover). Pero éste es un mal código de una mala
televisión.
Concluyo con esta pregunta: ¿valía la pena distinguir —como se ha hecho
hasta ahora— entre información, subinformación y desinfor-mación? Para los
videoniños crecidos en el negropontismo,[ ] el problema está resuelto incluso
antes de ser planteado. Es más, los negropontinos ni siquiera entienden la
pregunta. Para mí, informar es comunicar un contenido, decir algo. Pero en la
jerga de la melaza mediática, información es sólo el bit, porque el bit es el
contenido de sí mismo. Es decir, todo lo que circula en la red es información.
Por tanto, información, desinformación, verdadero, falso, es todo lo mismo.
Incluso un ruido, una vez que está en la red, se convierte en información. El
problema se resuelve vaporizando la noción de in-formación y diluyéndola sin residuo
en un comunicar que es única-mente "contacto". Quien se aventura en
la red y se permite comentar que un ruido no informa, o que una información
falsa desinforma, es (para Negroponte y los suyos) un probrecito que todavía no
ha en¬tendido, un residuo de una "cultura pasada", muerta y
enterrada. Cultura a la que yo estoy encantado de pertenecer.
Incluso la imagen miente
Es difícil negar que la subinformación y la desinformación son el
negativo de la televisión. No obstante —se rebate—, la televisión triunfa sobre
la información escrita porque "la imagen no miente". No miente, no
puede mentir, porque la imagen es la que es, y habla por sí sola. Si una cosa
está fotografiada, esa cosa existe, y es tal como se la ve. No cabe ninguna
duda de que los noticiarios de la te-levisión dan al espectador la impresión de
que lo que ve es verdad: de que ve los acontecimientos tal como suceden. Y, sin
embargo, no es así. La televisión puede mentir y falsear la verdad como
cual-quier otro medio de comunicación. La diferencia radica en que la
"fuerza de autenticidad" connatural a la imagen hace la mentira más
eficaz y, por tanto, más peligrosa.
La videopolítica encuentra su sede óptima en los denominados talks¬hows,
dirigidos en EU y en Reino Unido por periodistas real-mente inteligentes e
independientes. En el debate bien dirigido, a quien miente se le contradice
inmediatamente. Pero es porque en los talks¬hows (la misma palabra lo dice) se
habla, y porque en este con-texto la imagen pasa a segundo plano. Es siempre
importante, por-que hay rostros que en televisión no resultan agraciados porque
hay personas poco telegénicas. Pero lo importante es siempre lo que se dice y
cómo se dice. Por desgracia, la televisión que nos informa correcta¬mente es
una televisión atípica. La típica está totalmente centrada en la imagen. Y lo
que se nos muestra —repito— puede engañarnos. Una fotografía miente si es
producto de un fotomonta-je. Y la televi¬sión de los acontecimientos, cuando
llega al especta-dor, es siempre un fotomontaje.
Pero procedamos ordenadamente. He dicho antes que la frontera en-tre
subinformación y desinformación es porosa. Lo mismo vale para las falsedades
televisivas. En ciertos casos son poco importantes y pueden ser atribuidas a
una información insuficiente. En otros casos son graves, pero a veces es
difícil establecer si una falsedad es el resultado de una desinformación o de
una manipulación deliberada, de un deseo de engañar. Incluso aquí se producen
zonas de superpo-sición. En general, la visión en video siempre falsea un poco
porque descontextualiza, porque está basada en primeros planos fuera de
contexto. La verdad es que para falsear un acontecimiento narrado con imágenes
son suficientes las tijeras. Además no es verdad que la imagen habla por sí
sola. Se nos muestra una persona asesinada. ¿Quién la ha asesinado? La imagen
no lo dice; lo dice la voz de quien tiene en la mano el micrófono; y si el
locutor quiere mentir, o se le ordena que mienta, ya está todo hecho.
——— oOo ———
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