© Libro N° 13961. La Formación
De Las Necesidades. Anders,
Günther. Emancipación. Junio 21 de
2025
Título Original: © La Formación De Las Necesidades. Günther
Anders
Versión Original: © La Formación De Las Necesidades. Günther Anders
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LA FORMACIÓN DE LAS
NECESIDADES
Günther Anders
La Formación
De Las Necesidades
Günther Anders
La Formación De Las
Necesidades*
Günther Anders
Günther Anders (seudónimo de Günther Stern,1902-1992).
Nacido en Wroclaw (Silesia), estudia filosofía con Husserl y Hei-degger
en Friburgo (1921-1924); ejerce de periodista, escribe rela-tos, poemas y
ensayos filosóficos. Ante la llegada al poder de los na-zis, Anders, judío y
antifascista, emigra en 1933 a París y en 1936 a los Estados Unidos, donde
sobrevive trabajando en fábricas (expe-riencia que luego juzgará decisiva para
la evolución de su crítica de la sociedad moderna), antes de ser nombrado en
1947 profesor de Estética en Nueva York. En 1950 se establece en Viena, donde
pro-sigue su labor literaria y filosófica. Desde los años cincuenta, milita en
los movimientos antinucleares y pacifistas; en 1967 forma parte del Tribunal
Russell contra la guerra de Vietnam. En 1986, sus Tesis sobre la violencia,
resuelto alegato a favor de la resistencia violenta contra la violencia de los
Estados y los ejércitos, causan escándalo en el movimiento pacifista alemán y
austriaco.
La “filosofía de la resistencia” que propugnan los escritos de Anders
puede resumirse en una tesis fundamental: la amenaza de destruc-ción nuclear
que se cierne sobre la humanidad entera es la conse-cuencia extrema de un
desarrollo de las técnicas industriales cuyo poderío supera las capacidades –de
decisión responsable, y aun de imaginación- de los mismos seres humanos que las
producen; la in-diferencia con que aceptan la posibilidad permanente del
apocalipsis nuclear es la expresión más mortífera de su abdicación ante la
per-fección superior de sus propios artefactos técnicos.
Ofrecemos aquí, a modo de introducción, un capítulo extraído del primer
volumen de la obra capital de Anders, La obsolescencia del hombre, de 1956, que
aún aguarda su traducción al castellano.
La formación de las necesidades. Las ofertas de mercancías, los
mandamientos de nuestro tiempo. Las mercancías tienen sed, y nosotros con
ellas.
Lo que se nos presenta son, pues, objetos preformados, cuya preten-sión
es ser, en su conjunto, “el mundo”, y cuya finalidad consiste en formarnos a su
imagen y semejanza. Lo cual no es decir, sin embar-go, que dicha formación sea
un proceso violento ni, en todo caso, que la violencia, allí donde está
operando, sea perceptible como tal o tan siquiera reconocible como presión. Las
más de las veces, la presión formadora es tan poco perceptible para nosotros
como para los peces de las profundidades marítimas la presión de las masas
oceánicas que pesan sobre ellos. Cuanto más inadvertida pase la presión
formadora, tanto más seguro será su éxito; por lo cual será lo más conveniente
que el molde formador sea percibido como molde deseado. Para al-canzar este fin
es preciso, por tanto, formar previamente los deseos mismos.
Entre las tareas actuales de la estandarización, y aun de la producción
misma, figura, por consiguiente, no sólo la estandarización de los productos,
sino también la de los deseos (que anhelan los productos estandarizados). En
buena medida, desde luego, eso sucede automá-ticamente a través de los
productos mismos que se entregan y se consumen cada día, ya que las necesidades
obedecen, como en se-guida veremos, a lo que a diario se ofrece y se consume;
pero no del todo: siempre queda una cierta distancia entre el producto ofrecido
y la necesidad. La congruencia total y sin resto entre la oferta y la de-manda
no se alcanza jamás; de modo que, para cerrar esa brecha, hace falta movilizar
una fuerza auxiliar, y esa fuerza auxiliar es la moral. Cierto es que también
la moral, si ha de ser apta para servir de fuerza auxiliar, debe ser
previamente formada, de tal manera que pase por “inmoral” –es decir: por
inconformista- aquel que no desea lo que haya de recibir, y de modo que la
opinión pública (o, en su caso, su portavoz, que es la conciencia individual
“propia” de cada cual) fuerce al individuo a desear lo que haya de recibir. Y
eso es lo que sucede hoy en día. La máxima que se nos impone a todos a cada
instante, y que apela –tácitamente, pero sin admitir objeciones- a la “parte
mejor de nosotros mismos”, reza (o rezaría, si se formulara): “¡Aprende a
necesitar lo que te ofrezcan!”.
Porque las ofertas de mercancías son los mandamientos de hoy.
Dejando de lado algunos
residuos de costumbres de épocas pasa-das, lo que debemos hacer y dejar de
hacer queda definido hoy en día por lo que debemos comprar. Es casi imposible
excluirse de aquel mínimo de compras que están mandadas y ofrecidas como musts,
o sea como compras obligatorias; quien lo intente se expone al riesgo de pasar
por “introvertido”, de perder su prestigio, comprometer su futuro profesional,
parecer indigente o incluso de hacerse moral y políticamente sospechoso. Pues
el no comprar se considera, en el fondo, una especie de sabotaje de ventas, una
amenaza a las legítimas exigencias de la mercancía, y, por tanto, no solamente
un no hacer, sino un delito positivo, emparentado al robo, cuando no más
escan-daloso todavía: pues si el ladrón, con su acto de apropiación, si bien
indeseable en su modalidad específica, atestigua, con todo, su leal
reconocimiento de las cualidades seductoras de la mercancía y de su
mandamiento, y, con ello, se acredita como conformista de buena ley, a más de que,
una vez atrapado, se le pueden exigir responsabi-lidades inequívocas, el no
comprador, en cambio, se atreve a hacer oídos sordos a la llamada de la
mercancía, a ofender con su renuncia al universo de la mercancía, y luego, para
colmo, invocar hipócrita-mente la coartada de la negatividad, alegando que no
ha hecho abso-lutamente nada, con lo cual logra efectivamente sustraerse al
brazo de la justicia. “Mejor diez ladrones que un asceta” (dicho moluso).
El mero hecho de no tener
coche, que me exponía a ser sorprendi-do en flagrante delito de no haber
comprado o, si se quiere, de no necesitar, me acarreó en California, en el año
1941, el apuro que a continuación se relata.
Diario.
Cuando iba caminando ayer por un highway de las afueras de Los Ángeles,
bastante lejos de la ciudad, me vino siguiendo un policía motorizado y paró.
-Say, what’s the matter with your car? (Oiga, ¿qué pasa con su co-che?)
–me interpeló.
- ¿Mi coche? –pregunté, incrédulo.
-Sold her? (¿Lo ha vendido?). -Meneé la cabeza.
-¿Está en reparación? -Seguí meneando la cabeza. El cop se puso a
pensar; pero parecía imposible dar con un tercer motivo para carecer de
automóvil.
-Entonces, ¿por qué no lo utiliza?
-No utilizo ¿qué? ¡Pero si yo no tengo coche! -Esa sencilla declara-ción
superaba asimismo su entendimiento.
-Es que nunca he tenido ninguno –expliqué, con ánimo de ayudar. No podía
haber metido la pata de peor manera. ¡Era acusarme a mí mis-mo! -El policía se
quedó boquiabierto.
-¿Nunca ha tenido…?
- ¡Eso es! –dije, alabando sus buenas entendederas-. That’s the boy. Lo
saludé alegremente, ingenuo de mí, y traté de proseguir mi paseo. Pero de eso
ya ni hablar; todo lo contrario.
-Don’t force me, sonny –dijo, desenvainando el bloc de apuntes-. ¡No me
venga usted con cuentos! El regocijo de poder aliviar la abruma-dora monotonía
de su oficio con la captura de un vagabundo, un va-grant, lo ponía de un humor
casi candoroso.
-¿Y cómo es que no haya tenido nunca un coche? -A esas alturas, incluso
yo creí haberme dado cuenta de lo que no debía contestar, y en lugar de decir:
“Porque nunca he tenido dinero para comprarme un coche”, respondí, encogiéndome
de hombros, lo más indiferente que podía:
-Pues porque nunca me hizo falta. La respuesta parecía regocijarlo.
-Is that so? –exclamó, casi entusiasmado. Barrunté que había come-tido
otro error aún peor que el primero.
-¿Y por qué a sonnyboy no le hace falta tener coche? Sonnyboy se encogió
de hombros, amedrentado.
-Pues porque me hacen más falta otras cosas.
-¿Por ejemplo?
-Los libros, por ejemplo.
- ¡Vaya! –dijo el policía, con voz de mal agüero, y repitió-: ¡Los
li-bros! Por lo visto, ya se sentía
seguro de su diagnóstico; pues añadió: -Don’t act the moron! (¡No se haga el
tonto!). Lo cual quería decir que había caído en la cuenta de que sonnyboy era,
en realidad, un intelectualillo que se hacía el imbécil para disimular que se
nega-ba a reconocer las ofertas como mandamientos.
-We know your kind (Ya conocemos a los de tu ralea) –dijo, asestán-dome
un puñetazo amistoso en el pecho, y añadió, señalando con un ademán el desierto
horizonte-: ¿Y adónde exactamente va usted?
Era la pregunta que más temía, pues si bien la carretera iba a San L.,
que estaba a cuarenta millas, hasta llegar allí no llevaba a ninguna parte. De
haber intentado darle una definición de lo que es la falta de destino del
paseante, me habría entregado en bandeja, delatándome definitivamente como vago
y maleante. Sabe Dios dónde estaría yo ahora, de no haber llegado en ese mismo
instante L., cual verdadero deus in machina, o sea en su imponente automóvil de
seis asientos: paró en seco, me saludó efusivamente y me invitó a subir, lo
cual al policía no sólo lo dejó pasmado, sino que debió de causarle serio da-ño
a su philosophy.
-Don’t do it again! (¡No lo vuelva a hacer!) –me gritó al adelantarse a
nuestro coche.
¿Qué era lo que no debía volver a hacer? Por lo visto, no debía volver a
dejar de comprar lo que las ofertas mandan que todo el mundo compre.
Una vez uno haya reconocido en las ofertas los mandamientos de hoy, ya
no le sorprende que incluso quienes, de hecho, no pueden permitirse la
adquisición adquieran, sin embargo, las mercancías ofrecidas. Lo hacen porque
aún menos pueden permitirse desobede-cer los mandamientos, es decir, no
adquirir las mercancías. ¿Desde cuándo la llamada del deber perdona a los
indigentes? ¿Desde cuándo el deber se arredra ante los have-nots? Así como con
el deber, según Kant, hay que cumplir también cuando va en contra de las
inclina-ciones de uno, y sobre todo entonces, así es que hoy se ha de cumplir
también, y sobre todo, cuando el deber entra en contradicción con el propio
“haber”. También los mandamientos de las ofertas son cate-góricos, y cuando
ellas proclaman su must, alegar la precaria situa-ción del deber y haber de uno
es puro sentimentalismo.
Esa analogía es ciertamente una exageración filosófica; pero exagera
apuntando en la dirección de la verdad. Pues lo que es verdad sin metáfora es
que hoy en día no hay apenas nada que juegue en la vida anímica de nuestros
contemporáneos un papel tan fundamental como la diferencia entre lo que no se
pueden permitir y aquello que no se pueden permitir no tenerlo; y no es menos
verdad que esa diferencia se realiza como una “lucha”. Si hay un “conflicto de
deberes” carac-terístico del hombre de hoy, es esta lucha feroz y agotadora que
se desencadena en el pecho de los clientes y en el seno de las familias. Pues
sí: feroz y agotadora, digo; pues por más que el objeto de esa lucha nos
parezca risible y estólido y la lucha misma una variante burlesca de otros conflictos
más nobles, nada se dice con ello contra la virulencia del combate, suficiente
como para que pudiera servir de trama a una tragedia burguesa de nuestro
tiempo.
Como es sabido, la lucha termina, por lo general, con el triunfo del
“mandamiento de la oferta”, es decir, con la adquisición de la mer-cancía. Pero
la victoria se compra caro; pues entonces empieza para el cliente la obligación
avasalladora de pagar a plazos el objeto ad-quirido.
De todos modos, lo mismo da objeto pagado que por pagar: una vez el
cliente lo tenga, quiere también disfrutar su tenencia; y como sólo puede
disfrutarla usando el objeto, acaba usándolo porque lo tiene: con lo cual se
convierte en su criatura. Pero no sólo por eso: puesto que tiene la mercancía,
le es moralmente imposible tenerla sin sacar-le el máximo provecho que le pueda
ofrecer. Eso sería, en principio, lo mismo que comprar pan y no comerlo.
Encender el televisor sólo de vez en cuando, usar la radio sólo ocasionalmente,
eso significaría renunciar voluntariamente y sin beneficiar a nadie a algo que
ya se ha pagado o por lo menos empezado a pagar: sería despilfarrarlo; y eso,
desde luego, no puede ser. Así es que, si uno aguanta sin cesar lo que le entreguen
los aparatos y sin cesar se deja formar por ellos, por lo menos será también
por razones morales.
Pero con eso no basta; porque lo que uno tiene una vez, no solamente lo
utiliza, sino que también lo necesita. Una vez el uso se haya enca-rrilado por
cierta vía, luego hay que continuar circulando por el mismo carril. Al final,
uno no acaba teniendo lo que necesita, sino necesitando lo que tiene. El estado
de las posesiones que uno tenga se coagula y se establece psicológicamente como
estado normal. Lo que es decir que, cuando llega a faltar algún producto de
marca que se haya poseído una vez, no hay simplemente un hueco, sino que hay
hambre.
Ahora bien, el caso es que siempre falta algo, ya que todas las
mer-cancías son, para suerte de la producción y gracias a los cálculos que la
rigen, unos bienes que se consumen y desgastan por el uso, aun cuando no sean
bienes de consumo en el sentido estricto de pan y mantequilla; es decir, unos
bienes de cuya falta se encarga el usuario mismo. Así pues, cuando tiene un
objeto y lo ha consumido, lo vuel-ve a necesitar: la necesidad sigue al consumo
pisándole los talones. En cierto sentido, la “adicción” es el modelo de las
necesidades ac-tuales; con lo cual queda dicho que las necesidades deben su
existen-cia y su modo de ser al hecho de que existan determinadas mercan-cías.
Pues bien: entre esas mercancías, las más refinadas son las que, por su
cualidad, producen necesidades acumulativas. Que Dios o la natu-raleza hayan
implantado en el hombre un basic need, una necesidad elemental de consumir
Coca-Cola, es cosa que nadie sostendría, ni siquiera en el país que la produce;
pero el caso es que allá, al otro lado del charco, la sed se ha adaptado a la
Coca-Cola, y eso –y aquí llegamos al meollo del asunto- a pesar de que la
función última y secreta de dicha bebida no es apagar la sed, sino producirla:
esto es, producir, en concreto, una sed específica de Coca-Cola. Aquí resulta,
pues, que la demanda es un producto de la oferta y la necesidad un producto del
producto, mientras la necesidad producida por el pro-ducto sigue funcionando
como garantía de la ulterior producción acumulativa del producto.
Este último ejemplo demuestra
que, al hablar de las ofertas como “mandamientos de nuestro tiempo”, no hay que
hacerse una idea de-masiado exigua de su carácter de imperativos. Lo
propiamente im-perativo no se halla tan sólo en las frases declaradamente
imperati-vas, en las estrepitosas órdenes de la publicidad –“¡Compra tu ropa
interior Mozart! ¡Cómprala ahora mismo! ¡Es un must!”-, a las que uno, en fin
de cuentas, y con un poco de dominio de sí, puede to¬davía ofrecerles
resistencia a pesar de todo, por más que lo traten ya anti-cipadamente de
propietario; sino que lo imperativo está en la pose-sión de los productos
mismos, cuyas órdenes, aunque silenciosas, efectivamente no admiten objeciones.
Cada mercancía adquirida requiere, para seguir siendo utilizable o, por
lo menos, para no quedar en seguida inservible (y también por razones de
prestigio, esto es, para rodearse de objetos de su mismo rango), la compra de
otras mercancías; cada mercancía tiene sed de otra o, mejor, de otras. Y cada
una nos provoca también a nosotros la sed de otras: lo difícil no es comprar
mercancías sino tenerlas; pues el propietario de la mercancía se ve obligado a
hacer suya la sed que ésta padece (de jabón en copos o de gasolina), y por
mucho que le cueste llenar las bocas acumuladoras de los objetos que se han
con-vertido en su propiedad, no tiene más remedio que hacerse cargo de sus
necesidades, y lo hace aún antes de saberlo. Quien necesita A tiene que
necesitar también B, y quien necesita B no puede menos de necesitar C; de modo
que no sólo necesita una y otra vez A (como en el caso de la Coca-Cola), sino
generaciones enteras de mercancías: B, que le había pedido A, luego C, ya que B
lo exige, luego D, reclama-do por C, y así ad infinitum.
El comprador se vende con cada compra; pues con cada compra esta-blece
un como lazo matrimonial con una familia de mercancías que se acumulan y
procrean como conejos, exigiéndole que se haga cargo de su sustento. Lo cual,
desde luego, supone, por un lado, una cierta comodidad, por cuanto uno no
necesita ya apenas ponerse a pensar acerca de su modo de vivir ni tomar
decisiones a su cuenta, dado que los sedientos miembros de la familia de
mercancías lo informan a gritos de lo que hay que hacer cada día, y el tiempo
pasa –Time goes on-; pero, por otro lado, también supone que esos mil miembros
de la familia que a uno lo traen de cabeza lo tratan como si fuera un cria-do,
un menor de edad, una presa acorralada, haciéndolo vivir some-tido a sus
dictados; que la elección de las necesidades futuras siem-pre ya está hecha; en
suma, que uno no tiene jamás tiempo ni libertad de hacer valer sus propias
necesidades, ni aun de sentirlas siquiera.
Algún ingenuo nos aconsejaría no caer en los lazos de semejantes
“mercancías sedientas”; lo cual es obviamente ridículo, ya que no hay mercancía
que no tenga sed. Y no las hay porque lo que tiene sed no es la pieza
particular de mercancía, sino el universo de las mer-cancías como un todo;
porque eso que llamamos la “sed de las cosas” no es sino la interdependencia de
la producción, esto es, el hecho de que todos los productos remiten unos a
otros y dependen unos de otros. Mantenerse al margen de este universo de las
mercancías y de la producción es evidentemente imposible; tan imposible como
sería el intento de mantenerse al margen del mundo: es decir, ser, pero sin
estar en el mundo. Y si algún loco emprendiera el experimento de independizarse
aunque sea sólo de algunos de los pertrechos y las fuerzas que constituyen
nuestro mundo –por ejemplo, la electrici-dad-, no tardaría en perecer. Nadie
puede permitirse abrir brechas en el sistema del que, como hijo de nuestro
tiempo, participa, lo quiera o no, pues con ello quedaría privado del sistema
entero.
El hecho de que cada mercancía que, según está mandado, se nos ofrece y
se compra, encierra a su vez otras necesidades que se con-vierten en nuestras
necesidades, representa la culminación del fenó-meno de los moldes, ya que
nuestras necesidades ya no son más que las improntas o reproducciones de las
necesidades de las mercancías mismas. Lo que vamos a necesitar mañana no está
escrito ni en los astros ni en nuestro pecho; ni tan siquiera en nuestro propio
estóma-go, sino en la nevera que habíamos comprado anteayer, en la radio que
compramos ayer y en el televisor que hemos comprado hoy, y a los que mañana
escucharemos con el corazón palpitante, aguardando que nos dicten nuestras
necesidades. •
* * * * *
Escritos de Günther Anders editados en castellano:
Llámese cobardía a esa esperanza. Entrevistas y declaraciones.
Be-satari, 1995
Nosotros los hijos de Eichmann: carta abierta a Klaus Eichmann. Paidós,
2001
Más allá de los límites de la conciencia. Correspondencia entre Claude
Eatherley y Günter Anders. Paidós, 2002

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