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Libro N° 13960. La Familia Autoritaria Como Aparato De Educación. Reich, Wilhelm.

 


© Libro N° 13960. La Familia Autoritaria Como Aparato De Educación. Reich, Wilhelm.  Emancipación. Junio 21 de 2025

  

Título Original: © La Familia Autoritaria Como Aparato De Educación. Wilhelm Reich

 

Versión Original: © La Familia Autoritaria Como Aparato De Educación. Wilhelm Reich

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LA FAMILIA AUTORITARIA COMO APARATO DE EDUCACIÓN

Wilhelm Reich

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Familia Autoritaria Como Aparato De Educación

Wilhelm Reich

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Familia Autoritaria Como Aparato De Educación *

Por Wilhelm Reich

                                                                                                                                          

La familia coercitiva es el primer lugar donde se gesta la atmósfera conservadora. Su prototipo es el triángulo padre-madre-hijo. Dado que la familia es la base o núcleo de la sociedad humana, estu-diar sus transformaciones a lo largo de la historia y su función social nos permite comprobar que es el resultado de estructuras económicas determi-nadas. Nosotros no la consideramos como la pie-dra angular o la base de la sociedad, sino más bien como un resultado de ciertas condiciones económicas: familia matriarcal, patriarcal, zadru-ga, patriarcado polígamo o monógamo...

Cuando la sexología, la moral y el derecho seña-lan a la familia como la base del Estado y de la sociedad no se equivocan: la familia autoritaria coercitiva es de modo indisoluble parte integrante y condición sine qua non del Estado y la sociedad autoritarias.  Su cometido de primer orden, aquel por el cual la familia es defendida a ultranza por la ciencia y el derecho conservadores, es el de servir como fábrica de ideologías autoritarias y de estructuras mentales conservadoras. Es el apara-to de educación por el que ha de pasar, casi sin excepciones, todo miembro de nuestra sociedad desde el primer hálito de vida. Inculca en el niño la ideología reaccionaria, no únicamente por ser una institución de carácter autoritario, sino como vamos a ver enseguida, por su propia estructura. La familia es el enlace entre la estructura econó-mica de la sociedad conservadora y su superes-tructura ideológica; su atmósfera reaccionaria se incrusta inexorablemente en cada uno de sus miembros. Por su propia forma y por influencia directa transmite las ideas y actitudes conserva-doras al orden social; además, por la estructura sexual de la que nace y que a su vez reproduce, la familia ejerce un influjo conservador directo so-bre la sexualidad de los niños. No es un azar que la juventud más reaccionaria sea también la más adicta a la familia, mientras que la juventud revo-lucionaria es por principio hostil a ella. 

Todo esto está en íntima correspondencia con la atmósfera y estructura antisexuales de la familia, así como con las relaciones que tienen sus miem-bros entre sí.  Por tanto, si consideramos la labor educativa de la familia, debemos examinar dos hechos distintos: primero, la influencia de las ideologías sociales concretas sobre la juventud por medio de la familia; segundo, la influencia in-mediata que tiene su estructura triangular por sí misma.

 

La influencia de la ideología social.

 Las familias de la alta y de la baja burguesía se diferencian entre sí, y estas a su vez de las de los obreros industriales. Pero en todas ellas predomi-na la misma atmósfera sexual moralizante. Este moralismo sexual no excluye la moral peculiar de cada clase social; en este punto viven y crecen en compañía. Por ello tomaremos como referencia el tipo predominante de familia: la de clase media baja. La base de la familia de clase media es la relación al estilo patriarcal del padre con la esposa y con los hijos. El padre es, por así decirlo, el por-tavoz y representante de autoridad estatal en la familia. Es una especie de sargento, subordinado en el proceso de producción y jefe en su función familiar. Mira desde abajo a sus superiores, se impregna de la ideología dominante, a la que imi-ta, y es todopoderoso con sus inferiores. No se limita a transmitir las ideas de la jerarquía y de la sociedad, sino que las impone. En cuanto a la ideología sexual, no hay diferencia entre el con-cepto de matrimonio que tienen las clases medias y la idea básica de familia predominante: el del matrimonio monógamo de por vida. Por miserable y desesperada, por dolorosa e insoportable que sea la situación conyugal y la convivencia familiar, sus miembros están obligados ideológicamente a justificarla tanto hacia dentro como hacia fuera. Por necesidad social se coloca una máscara en el rostro de la miseria y, para idealizar la familia y el matrimonio, se saca de la manga el sentimenta-lismo familiar omnipresente con sus marbetes de hogar feliz y protector, de puerto tranquilo que, según dicen, es la familia para los niños. Y por el hecho de que en nuestra propia sociedad la situa-ción es aún peor, ya que la sexualidad carece por completo de apoyo material, legal o ideológico, se concluye a la ligera que la familia es una institu-ción natural biológica.

El juego de engañarse a sí mismo, así como las proclamas sentimentales, de capital importancia para la creación de esta atmósfera ideológica, son psicológicamente indispensables, ya que contribu-yen a que el psiquismo sobrelleve la intolerable situación familiar. Así se explica que el tratamien-to de la neurosis, al barrer las ilusiones y poner la cruda verdad ante los ojos, pueda romper los la-zos conyugales y familiares. El fin primordial de la educación desde sus pasos iniciales consiste en preparar a los niños para el matrimonio y para la familia. La formación profesional viene mucho más adelante. La educación negadora de la sexualidad no es solo un dictado de la atmósfera social; es también la consecuencia necesaria de la represión sexual de los adultos. Sin un alto grado de resig-nación sexual, la existencia en el ambiente de la familia coercitiva sería imposible.

En la familia conservadora típica, la sexualidad se reviste de una forma específica que moldea la mentalidad del individuo para el matrimonio y la familia. En realidad, el niño queda fijado a sus fa-ses eróticas pre-genitales porque la actividad se-xual es drásticamente inhibida, al quedar prohibi-da la masturbación, y desviada hacia las funciones alimenticias y excretoras. La fijación pregenital y la inhibición genital son las causas de un despla-zamiento del interés sexual en la dirección del sa-dismo. Además, se reprime activamente la curio-sidad sexual infantil, lo cual entra en abierta con-tradicción con las condiciones de la vivienda, don-de se desarrolla la conducta sexual de los padres y hay un ambiente cargado de sexualidad. Desde luego, los niños se dan cuenta de la situación, aunque la desfiguren e interpreten a su manera.  La inhibición ideológica y educativa de la sexuali-dad, combinada con la observación de los actos íntimos de los adultos, van enseñando al niño los fundamentos de la hipocresía sexual. Esto se ate-núa un poco en las familias obreras, donde las funciones alimenticias y digestivas tienen menos relieve y la actividad genital vive más a sus an-chas y es menos tabú. Las contradicciones se sua-vizan y el acceso a la genitalidad está más despe-jado para los niños de estas familias.

Ahora bien, esto se debe únicamente a las condi-ciones económicas de la clase obrera. Si un obrero mejora de situación económica y se sitúa más alto en la jerarquía, cambia de mentalidad y sus hijos están expuestos a una presión más fuerte de la moralidad conservadora. Mientras que en la fami-lia conservadora la represión sexual es más o me-nos completa, se mitiga su efecto en el ambiente obrero porque los niños, las más de las veces, vi-ven abandonados a sí mismos.

 

La estructura triangular.  

Por su estructura triangular, la familia transmite al niño la ideología social conservadora. Freud des-cubrió que el niño desarrolla afectos sexuales bien definidos, tiernos y sensuales, hacia sus padres; este descubrimiento es fundamental para com-prender la evolución sexual del individuo. El lla-mado Complejo de Edipo designa todas estas re-laciones, conocidas tanto por su intensidad como por las extremas consecuencias que tiene para la estructura familiar y el entorno social. El niño diri-ge sus primeros impulsos afectivos genitales hacia las personas más cercanas, generalmente los pa-dres. Típicamente el niño ama a su madre y odia a su padre, mientras que la niña hace lo contra-rio. Estos sentimientos de odio y de celos se im-pregnan pronto de temor y de culpabilidad. La imposibilidad de satisfacer el deseo incestuoso obliga a la represión del deseo, y de esta repre-sión nacen casi todos los trastornos de la vida se-xual posterior. Sin embargo, no hay que olvidar dos hechos de la máxima importancia para el desenlace de esta experiencia infantil. En primer lugar, no habría represión si el muchacho, aunque forzado a renunciar al incesto, pudiera practicar el onanismo y los juegos genitales infantiles. Los adultos no admiten con agrado este tipo de jue-gos sexuales (el de los médicos, o el de ser no-vios) que aparecen de modo espontáneo cuando los niños permanecen largo tiempo reunidos a so-las; y como ellos saben que a los mayores no les gustan, lo hacen a escondidas y con sentimientos de culpabilidad que determinarán fijaciones lúbri-cas perjudiciales. El niño que no participa en estos juegos cuando tiene ocasión demuestra ser un buen alumno del sistema educativo familiar, y al mismo tiempo un candidato seguro a sufrir graves trastornos en su futura vida sexual.

Ya no es posible cerrar los ojos ante la evidencia de estos hechos ni escapar a sus consecuencias, imposibles de evitar por la educación autoritaria. La represión de los impulsos sexuales primarios está condicionada, cualitativa y cuantitativamente, por la manera de pensar y de sentir de los pa-dres, según sean más o menos severos, con una actitud más o menos contraria a la masturbación, etc. El hecho de que el niño desarrolle su genitali-dad en el hogar paterno, en la crítica edad que va de los cuatro a los seis años, le impone las solu-ciones típicas de la educación familiar. Un niño que desde los tres años fuera educado en la com-pañía de otros niños y sin la influencia de la fija-ción a los padres, desarrollaría una sexualidad completamente distinta.

No se debe pasar por alto tampoco que la educa-ción individualista de la familia malogra la educa-ción colectiva, aun cuando el niño pase varias ho-ras al día en la guardería. En realidad, la educa-ción familiar tiene mucha más influencia sobre la guardería que al revés.  El niño no puede aludir, entonces, la fijación sexual y autoritaria a los pa-dres. La autoridad paterna, severa o no, le opri-me, aunque sólo sea por la desproporción extra-ordinaria que hay entre su talla y la de sus pa-dres.  Muy pronto, la fijación autoritaria se des-embaraza de la fijación sexual y la reduce a la existencia inconsciente; luego, cuando los intere-ses sexuales se dirijan hacia el mundo extrafami-liar, esta fijación autoritaria se alzará entre los intereses sexuales y la realidad como una barrera inhibitoria infranqueable. Precisamente porque esta fijación autoritaria es en gran medida incons-ciente, se sustrae a la voluntad. Poco importa que esta fijación inconsciente a la autoridad de los pa-dres tome a menudo la apariencia de rebelión de tipo neurótico. Esta no puede suprimir los intere-ses sexuales si no es, quizás, bajo la forma de ac-ciones sexuales impulsivas que muestran una co-nexión patológica entre sexualidad y los senti-mientos de culpabilidad. Desarraigar esta fijación es un prerrequisito básico para una vida sexual sana; pero tal como están las cosas hoy en día, pocos lo consiguen. La fijación a los padres, en su doble aspecto de fijación sexual y de sumisión a la autoridad paterna, hace muy difícil, si no imposi-ble, que los púberes accedan a la realidad sexual y social.

El ideal conservador de muchacho pacato y de la muchacha irreprochable, momificados en el infan-tilismo hasta bien entrada su vida de adultos, es diametralmente opuesto a la idea de una juven-tud libre e independiente.  Otro signo típico de la educación familiar es que los padres, y en particu-lar la madre, si no está obligada a trabajar fuera de casa, buscan en sus hijos, para gran desgracia de ellos, la gran satisfacción de su vida. Los niños se convierten entonces en animalitos domésticos, a quienes se les puede amar, pero también mal-tratar a voluntad. Que la actitud emocional de los padres hace a los hijos ineptos para la tarea edu-cativa es una verdad tan conocida que no merece más mención. La miseria conyugal, en la medida en que no se agota en las divergencias de la pa-reja, se derrama sobre los hijos; esto ya es en si un nuevo prejuicio para su independencia y para su estructura sexual. Pero además crea otro con-flicto: su rechazo al matrimonio, por la miseria conyugal que han visto en sus padres. En la pu-bertad se producen frecuentes tragedias cuando los muchachos, felizmente a salvo ya de la peli-grosa educación sexual infantil, intentan también liberarse de las ataduras familiares. 

Así pues, la restricción sexual que los adultos de-ben imponerse para poder tolerar la existencia conyugal y familiar, influye en los hijos. Y como estos, a su vez, por razones económicas, tienen que zambullirse de nuevo en la vida familiar, la restricción sexual se perpetúa de generación en generación.  Puesto que la familia coercitiva, des-de el punto de vista económico e ideológico es parte constitutiva de la sociedad autoritaria, sería ingenuo esperar que desaparezcan sus estragos en el marco de esta sociedad. Además, no hay que olvidar que estos estragos son inherentes a la constitución misma de la familia y están fuerte-mente anclados en cada individuo gracias a me-canismos inconscientes.

A la inhibición sexual que proviene directamente de la fijación a los padres se añaden los senti-mientos de culpabilidad derivados del enorme odio acumulado en el transcurso de los muchos años de vida familiar. Si este odio permanece consciente, puede desencadenar una poderosa fuerza revolucionaria; hace que el individuo rom-pa sus ataduras familiares y podrá convertirse en fuerza motriz de para intervenciones racionales contra las causas reales de este odio.  Si por el contrario, el odio es reprimido, conduce a la fideli-dad ciega y la obediencia infantil. Estas actitudes constituyen, más tarde, un inconveniente grave para aquellas personas que quieran alistarse en un movimiento progresista. Tal tipo de individuos podrá abogar por la libertad total y, al mismo tiempo, enviar a sus hijos a la catequesis domini-cal con la excusa de no hacer sufrir a sus ancianos padres, aunque todo ello vaya en contra de sus convicciones. Presentará todos los síntomas de indecisión y dependencia, consecuencia de su fija-ción a la familia, y no será un buen militante de la libertad. Idéntica situación familiar puede producir también un individuo revolucionario pero de raíz neurótica, que germina frecuentemente entre los intelectuales de clase media. Sus sentimientos de culpabilidad, mezclados con sus sentimientos re-volucionarios, lo hacen un miembro poco seguro del movimiento revolucionario. La educación se-xual familiar daña, por necesidad, la sexualidad del individuo. Si una u otra persona logra desa-rrollar una vida sexual sana, es de ordinario a ex-pensas de sus lazos familiares.

La represión de las necesidades sexuales provoca una debilidad general en las facultades intelectua-les y emocionales, sobre todo en lo que respecta a la independencia, a la fuerza de voluntad y a la capacidad crítica. La sociedad autoritaria no se preocupa por la moral en sí; atiende más bien a las alteraciones del organismo psicológico que de-terminan el anclaje de la moral sexual y forman esa específica estructura ideológica que es la base psíquica colectiva de todo orden social autoritario. La estructura servil es una mezcla de impotencia sexual, angustia, necesidad de contar con un apoyo, veneración a un führer, temor a la autori-dad, miedo a la vida y misticismo. Se caracteriza por una lealtad devota, entremezclada con impul-sos de rebeldía.

El miedo a la sexualidad y la hipocresía sexual ca-racterizan al filisteo y a su ambiente. Los indivi-duos así estructurados son incapaces de vivir en una auténtica democracia y anulan toda tentativa de instaurar y mantener organizaciones inspira-das en principios auténticamente democráticos. Son el terreno abonado sobre el cual pueden cre-cer las tendencias dictatoriales o burocráticas de los jefes elegidos democráticamente.

 

Resumiendo, la función de la familia es do-ble:

1- Se reproduce a sí misma mutilando sexualmen-te a los individuos; perpetuándose, la familia pa-triarcal también perpetúa la represión sexual y sus derivados: transtornos sexuales, neurosis, alienaciones mentales, perversiones y crímenes sexuales. 

2- Es el semillero de individuos amedrentados an-te la vida y temerosos de la autoridad; así, sin ce-sar, se perpetúa la posibilidad de que un puñado de dirigentes imponga su voluntad a las masas.  Por eso, la familia tiene para el conservador esa significación peculiar de fortaleza del orden social en el cual cree. Es por esa misma razón, una de las posiciones más encarnizadamente defendidas por la sexología conservadora. Y es que la familia garantiza el mantenimiento del Estado y del or-ganismo social, en el sentido reaccionario.                                                

 

Fin

 

 

 

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