© Libro N° 13959. La Unidad De
La América Indoespañola. Mariátegui,
José Carlos. Emancipación. Junio 21 de 2025
Título Original: © José Carlos Mariátegui. La Unidad
De La América Indoespañola
Versión Original: © José Carlos Mariátegui. La Unidad De La América Indoespañola
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INDOESPAÑOLA
José
Carlos Mariátegui
La Unidad De
La América
Indoespañola
José Carlos Mariátegui
José Carlos Mariátegui
La Unidad De La América
Indoespañola
Variedades, Lima, 6 de diciembre de
1924
Los pueblos de la América española se mueven en una misma dirección. La
solidaridad de sus destinos históricos no es una ilusión de la literatura americanista. Estos pueblos, realmente, no
sólo son hermanos en la retórica sino también en la historia. Pro¬ceden de una
matriz única. La conquista española,
destru-yendo las culturas y las agrupaciones
autóctonas, uniformó la fiso¬nomía étnica, política y moral de la
América Hispana. Los méto¬dos de
colonización de los españoles solidarizaron la suerte de sus colonias. Los
conquistadores impusieron a las poblacio-nes indígenas su religión y su
feudalidad. La sangre española se mezcló con la sangre india. Se crearon, así,
núcleos de población criolla, gérmenes de futuras nacionalidades. Luego,
idénticas ideas y emociones agitaron a las colonias contra España.
El proceso de formación de los pueblos indo-españoles tuvo, en suma, una
trayectoria uniforme. La generación libertadora sintió intensamente la unidad
sudamericana. Opuso a España un frente
único continental. Sus caudillos obedecieron no un ideal nacio¬nalista, sino un
ideal americanista. Esta actitud correspon-día a una necesidad histórica.
Además, no podía haber naciona-lismo donde no había aún nacionalidades. La
revolución no era un mo¬vimiento de las
poblaciones indígenas. Era un movimien-to de las poblaciones criollas, en las
cuales los reflejos de la Revolución Francesa había generado un humor
revolucionario. Mas las gene¬raciones siguientes no continuaron por la misma
vía. Emancipa¬das de España, las antiguas colonias quedaron bajo la presión de
las necesidades de un trabajo de formación nacional.
El ideal americanista, superior a la realidad contingente, fue
abandonado. La revolución de la independencia había sido un gran acto
romántico; sus conductores y animadores, hombres de excepción. El idealismo de
esa gesta y de esos hombres había podido
elevarse a una altura inasequible a gestas y hombres me-nos románticos. Pleitos
absurdos y guerras criminales desgarra-ron la unidad de la América
Indo-española. Acontecía, al mismo tiempo, que unos pueblos se desarrollaban
con más seguridad y velocidad que otros. Los más próximos a Europa fueron
fecun-da¬dos por sus inmigraciones. Se beneficiaron de un mayor con-tacto con
la civilización occidental. Los países
hispano-americanos empezaron así a diferenciarse. Presentemente, mien-tras unas
na¬ciones han liquidado sus problemas elementales, otras no han progresado
mucho en su solución. Mientras unas
naciones han llegado a una regular organización democrática, en otras
subsis¬ten hasta ahora densos residuos de feudalidad. El proceso del desarrollo
de todas las naciones sigue la misma di-rección; pero en unas se cumple más
rápidamente que en otras. Pero lo que separa y aísla a los países
hispanoamericanos, no es esta diversi¬dad de horario político. Es la
imposibilidad de que entre naciones incompletamente formadas, entre naciones
ape-nas bosquejadas en su mayoría, se concierte y articule un siste-ma o un
conglome¬rado internacional. En la historia, la comuna precede a la nación. La
nación precede a toda sociedad de na-ciones.
Aparece como una causa
específica de dispersión la insignifi-cancia de los vínculos económicos hispano-americanos. Entre
estos países no existe casi comercio, no existe casi intercambio. Todos ellos
son, más o menos, productores de materias primas y de géneros alimenticios que
envían a Europa y Estados Uni-dos, de donde reciben, en cambio, máquinas,
manufacturas, etcétera. Todos tienen una economía parecida, un tráfico análo-go.
Son países agrícolas. Comercian, por tanto, con países in-dustriales. Entre los
pueblos hispanoamericanos no hay coope-ración; algu¬nas veces, por el
contrario, hay concurrencia. No se necesita, no se complementan, no se buscan
unos a otros. Fun-cionan econó¬micamente como colonias de la industria y la
fi-nanza europea y norteamericana.
Por muy escaso crédito que se conceda a la concepción materia-lista de
la historia, no se puede desconocer que las relaciones económicas son el
principal agente de la comunicación y la arti-culación de los pueblos. Puede
ser que el hecho económico no sea anterior ni superior al hecho político. Pero,
al menos, ambos son consustanciales y solidarios. La historia moderna lo enseña
a cada paso. (A la unidad germana se llegó a través del zollve-rein. El sistema
aduanero que canceló los confines entre los Es-tados alemanes, fue el motor de
esa unidad que la derrota, la post-gue¬rra y las maniobras del poincarismo no
han conseguido fracturar. Austria-Hungría, no obstante, la heterogeneidad de su
contenido étnico, constituía, también, en sus últimos años, un organismo
económico. Las naciones que el tratado de paz ha dividido de Austria-Hungría
resultan un poco artificiales, malgrado la evi¬dente autonomía de sus raíces
étnicas e históri-cas. Dentro del imperio austro-húngaro la convivencia había
concluido por sol¬darlas económicamente. El tratado de paz les ha dado
autonomía política pero no ha podido darles autono-mía económica. Esas naciones han tenido que buscar, me-diante
pactos aduaneros, una restauración
parcial de su funcio-namiento unitario. Finalmente, la política de cooperación
y asis-tencia internacionales, que se in¬tenta actuar en Europa, nace de la
constatación de la interdepen¬dencia económicamente de las naciones europeas.
No propulsa esa política un abstracto ideal pacifista sino un concreto interés
económico. Los problemas de la paz han demostrado la unidad económica de
Europa. La uni-dad moral, la unidad cultural de Europa no son menos eviden-tes;
pero sí menos válidas para indu¬cir a Europa a pacificarse.) Es cierto que
estas jóvenes formacio¬nes nacionales se encuen-tran desparramadas en un
continente inmenso. Pero, la econo-mía es, en nuestro tiempo, más poderosa que
el espacio. Sus hilos, sus nervios, suprimen o anulan las dis¬tancias. La
exigüi-dad de las comunicaciones y los transportes es, en América
in-do-española, una consecuencia de la exigüidad de las relaciones económicas.
No se tiende un ferrocarril para satis¬facer una ne-cesidad del espíritu y de
la cultura.
La América española se presenta prácticamente fraccionada, es-cinda,
balcanizada (1). Sin embargo, su unidad no es una uto-pía, no es una abstracción. Los hombres que hacen la
historia his¬pano-americana no son diversos. Entre el criollo del Perú y el
criollo argentino no existe diferencia sensible. El argentino es más optimista,
más afirmativo que el peruano, pero uno y otro son irreligiosos y sensuales.
Hay, entre uno y otro, diferencias de
matiz más que de color. De una comarca de la América espa-ñola a otra comarca
varían las cosas, varía el paisaje; pero no varía el hombre. Y el sujeto de la
historia es, ante todo, el hombre. La
economía, la política, la religión, son formas de la realidad humana. Su
historia es, en su esencia, la historia del hombre. La identidad del hombre
hispano-americano encuentra una expresión en la vida intelectual. Las mismas
ideas, los mis-mos sentimientos circulan por toda la América indo-española.
Toda fuerte persona¬lidad intelectual influye en la cultura conti-nental. Sarmiento,
Martí, Montalvo, no pertenecen exclusiva-mente a sus respectivas patrias;
pertenecen a Hispano¬América. Lo mismo que de estos pensadores se puede decir
de Darío, Lugones, Silva, Nervo, Cho¬cano y otros poetas. Rubén Darío está
presente en toda la litera¬tura hispanoamericana. Actual-mente, el pensamiento
de Vascon¬celos y de Ingenieros son los maestros de una entera generación de
nuestra América. Son dos directores de su mentalidad. Es absurdo y presuntuoso
hablar de una cultura propia y genuina¬mente americana en germina-ción, en
elaboración. Lo único evi¬dente es que una literatura vigorosa refleja ya la
mentalidad y el humor hispano-americanos. Esta literatura -poesía, novela,
crítica, sociología, historia, filosofía- no vincula todavía a los pueblos;
pero vincu-la, aunque no sea sino
parcial y débilmente, a las categorías intelectuales. Nuestro tiempo,
finalmente, ha creado una comu-nicación más viva y más extensa: la que ha
es¬tablecido entre las juventudes hispano-americanas la emoción revolucionaria.
Más bien espiritual que intelectual, esta comuni¬cación recuerda la que
concertó a la generación de la indepen¬dencia. Ahora como entonces la emoción
revolucionaria da uni¬dad a la América in-do-española. Los intereses burgueses
son concurrentes o rivales; los intereses de las masas no. Con la Re¬volución
Mexicana, con su suerte, con su ideario, con sus hom¬bres, se sienten
solidarios todos los hombres nuevos de América. Los brindis pacatos de la
diplomacia no unirán a estos pueblos. Los unirán en el por-venir, los votos
históricos de las muchedum¬bres. ■

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