© Libro N° 13957. La Ciudad
Vampiro. Féval, Paul.
Emancipación. Junio 21 de 2025
Título Original: © La Ciudad Vampiro. Paul Féval
Versión Original: © La Ciudad Vampiro. Paul Féval
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Paul Féval
La Ciudad
Vampiro
Paul Féval
La Ciudad Vampiro
Paul Féval
UNA PERIPECIA GÓTICA DE ANN RADCLIFFE
Traducción:
JACOBO RODRÍGUEZ
Prólogo:
JESÚS PALACIOS
VALDEMAR
1998
DIRECCIÓN LITERARIA: Rafael Díaz Santander Juan
Luis González Caballero
Ensayo: Agustín Izquierdo
DISEÑO DE LA COLECCIÓN: Cristina Belmonte Paccini
& Valdemar
TITULO ORIGINAL: La ville–vampire
ILUSTRACIÓN DE CUBIERTA: lan Kolonics: Conde
Drácula ©
© DE ESTA EDICIÓN–, VALDEMAR [ENOKIA S.L.] © DE LA
TRADUCCIÓN: JACOBO RODRÍGUEZ © DEL PROLOGO: JESÚS PALACIOS
C/ GRAN VÍA 69
28013 MADRID
TELÉFONO Y FAX: 91 542 88 97 / 91 559 08 84
ISBN: 84–7702–238–0 DEPOSITO LEGAL: M–24.771–1998
PRINTED IN SPAIN
AlexDumas(27-09-2002)
PRÓLOGO
DECONSTRUCTING UDOLFO
La Ciudad Vampiro podría
haber sido escrita ayer. De hecho, me cuesta creer que no haya sido así. Cuando
el cine y la literatura de terror han llegado ya a un grado tal de extenuación
que la única manera de mantenerlos con vida es la metafísica pop de films como
la saga de Scream, creada por Wes Graven, esta pequeña novela de
Paul Féval parece haber sido escrita siguiendo la misma línea de acción: la
deconstrucción cómplice del género, básicamente autoparódica pero a la vez
perfectamente eficaz en cuanto a su capacidad para evocar lo fantástico, lo
terrorífico y lo asustante, estableciendo un juego netamente postmoderno entre
el lector y la obra, en el que la eficacia de todo depende de que el primero
esté al tanto de todos los guiños de la segunda, perfectamente familiarizado
con los tópicos y los arquetipos del género terrorífico. Resumiendo: La
Ciudad Vampiro es una lúcida y delirante parodia de la novela gótica,
irresistiblemente divertida, que hará las delicias de los lectores
familiarizados con el universo de la literatura clásica de terror.
Pero, sobre todo y más que eso, La Ciudad
Vampiro es un ejemplo de esa indomable modernidad que hace su
aparición galopante sin que nadie pueda explicarse el cómo o el por qué. Hay
modas, hay moderneces, hay modernismos y hay, también, una peculiar
sensibilidad netamente moderna, que existía antes incluso del discurso de la
modernidad, y que permanece desafiante fuera del tiempo, como riéndose de
quienes, desde la invención de las vanguardias, juegan a las moderneces sin
llegar nunca a ser modernos. Modernos son, por ejemplo, los dibujos de Aubrey
Beardsley, mientras los lienzos más revolucionarios de un Tapies o un Gordillo,
por ejemplo, envejecen a velocidad de vértigo. Moderno es el poema
medieval Sir Gawain y el Caballero Verde, mientras las novelas de
elfos, dragones y mazmorras de los últimos años se convierten en viejos
amasijos de papel sin interés alguno. Modernos son Lewis Carroll y sus libros
de Alicia, mientras Manolito Gafotas huele ya a
coyuntura del momento (¡y qué momento!) por los cuatro costados. Y
terriblemente moderna es La Ciudad Vampiro de Paul Féval, a
pesar de haber sido publicada hacia 1873.
Sólo si percibimos la modernidad como un fenómeno
sensible peculiar, capaz de aparecer como si de una nave espacial se tratara,
atravesando agujeros de gusano en cualquier tiempo o lugar, sin importarle
nada, podremos cerrar por un instante nuestra boca, abierta desde casi la
primera página de la novela, y aceptar que La Ciudad Vampiro fue
escrita en la segunda mitad del siglo XIX y no es, por tanto, ni la obra de un
escritor de steampunk de los años 90, como James P. Blaylock o
Tim Powers, ni la de un gamberro experimentador de la época de la Nueva
Cosa, como Harían Ellison, Thomas M. Disch, Philip K.
Dick o Michael Moorcock... Ni, por otro lado, una de esas locuras tan
características de las primeras y auténticas vanguardias, uno de esos
extravagantes y siempre frescos experimentos literarios de Alfred Jarry,
Apollinaire o, ¿por qué no?, Ramón Gómez de la Serna. No. La Ciudad
Vampiro fue escrita por Paul Féval, el creador del caballero de
Lagardere, espadachín y justiciero tan famoso en Francia como el propio
D'Artagnan, un escritor de folletines populares, en la línea de Eugenio Sue,
Ponson du Terrail, Michel Zévaco o el propio Dumas. Aparentemente, pues, lo más
alejado posible de la experimentación literaria, el riesgo formal o la búsqueda
de nuevas posibilidades expresivas para la novela, gótica o no.
Paul Henri Corentin Féval nació en Rennes en 1817.
Tras varios años dedicado al ejercicio de la banca y de la abogacía, decidió,
cuando apenas contaba veinticuatro años, echarse a la bohemia y convertirse en
escritor de folletines. Después de unos cuantos tanteos que correrían diversa
suerte, en 1844 la publicación de Los misterios de Londres, firmada
con el pintoresco seudónimo de Sir Francis Trollop, como para subrayar la
verosimilitud de la británica intriga de la obra, alcanzó un éxito notorio, que
le consagró ya decididamente al cultivo del género. En 1858 publicaría El
jorobado de Lagardere, que varios años después, convertida en obra teatral
por el propio Féval en colaboración con Victoriano Sardou, se convertiría en
algo así como su fuente fija de ingresos, alcanzando una popularidad sólo
superada por los mosqueteros surgidos de la pluma de Alejandro Dumas padre.
Compitiendo duramente con sus contemporáneos, Féval, como buen folletinista, no
dejó apenas género sin tratar, mezclando elementos propios de la novela de
terror, la intriga criminal y política, la capa y espada y la novela histórica.
Sustituyó a Ponson du Terrail durante una temporada al frente de las aventuras
de Rocambole; algunos aventuran que fue también «negro» en el
taller de Dumas, antes de llegar a tener, al calor del éxito, su propio taller
y su propio ejército de «negros». Desafió a Eugenio Sue no sólo dando réplica
anglófila a Los misterios de París de éste, sino también
cuando en 1876, después de haberse convertido al catolicismo, dio réplica al
anticlericalismo de su colega con la publicación de ¡Jesuitas!, una
historia novelada de la Compañía de Jesús, en la que intentó —en vano, todo hay
que decirlo— limpiar literariamente el nombre de la orden religiosa que hacía
las veces de Spectra (la asociación criminal para el chantaje,
el terrorismo, la extorsión y el crimen de las películas de James Bond) en la
obra más famosa de Sue, además de en otras novelas de Dumas y de buena parte de
los autores de folletín de la época. Muerto en París en 1887, para la mayor
parte de los aficionados a la novela de aventuras Féval es, ante todo, el
creador del caballero Enrique de Lagardere, maestro del disfraz, justiciero
impenitente, experto espadachín poseedor de una estocada secreta y mortal. Para
quienes nos deleitamos con la literatura de lo extraño, la novela de horror y
el horror de la novela, es el autor de La Ciudad Vampiro, quizá la
primera novela de terror postmoderna.
Ya es hora de que digamos por qué. No basta, ni
mucho menos, que se trate de una parodia de la novela gótica. Ya desde la más
tierna infancia del género, cuando El monje, Vathek, Melmoth el
Errabundo y, sobre todo, las obras de Ann Radcliffe, estaban entre los
primeros puestos de las más vendidas (pueden consultarse tanto las listas de
las ferias del libro inglesas del siglo XVIII, como las listas alternativas de
los libreros de la época), surgieron réplicas irónicas y salaces como La
mansión de las pesadillas, de Thomas Love Peacock y, sobre todo, La
abadía de Northanger, de miss antinovela gótica, Jane Austen. Pero, al
menos en ambos casos, se trataba sobre todo de sátiras amables, que advertían,
a la manera cervantina pero sin la exuberancia quijotesca, de los peligros que
entrañaba para las jovencitas sin seso dejarse arrastrar por las fantasías
románticas y tenebrosas de los novelones góticos. Nada más lejos del espíritu
delirante y surrealista avant la lettre de La Ciudad
Vampiro. De principio, tenemos una absolutamente sangrienta y afilada
sátira del orgullo británico, con su inclinación al autobombo y al menosprecio
imperial del resto de la humanidad. A lo largo de todas las páginas de su
novela, Féval no deja de poner en evidencia el "chauvinismo" inglés
exagerando (quizá no demasiado) su egocentrismo con frases del talante de «Lo
cierto es que cuanto más se piensa, más se alegra uno de ser inglés», puestas
en boca de la narradora (inglesa) o de sus personajes (también ingleses). Pero,
sobre todo, tenemos a la protagonista, Ella, como se la llama a
menudo en el texto, ni más ni menos que la mismísima... Ann Radcliffe. En
efecto, es la autora de Los misterios de Udolfo y de tantos
otros novelones góticos, el personaje central de una aventura en la que, con
implacable ingenio y mala idea, se parodian todos los lugares comunes de su
obra, todos los efectos y defectos de un estilo narrativo tan característico
como el suyo. Y lo verdaderamente sorprendente es que la técnica empleada para
ello es tan provocadora y moderna que resulta las más de las veces antes
cinematográfica que literaria. En un momento antológico, cuando Ella abandona
su hogar, en mitad de la noche y en vísperas de su boda, para arrostrar los
peligros de un viaje a lo desconocido en compañía de su criado, exclama, en
directa imitación de su estilo habitual: «—¡Adiós, mi querido hogar! ¡Dulce
refugio de mi adolescencia, adiós! Campos verdes, montañas orgullosas, bosques
misteriosos llenos de sombras, ¿volveré a veros alguna vez?» A lo que su acompañante
replica escéptico: «—En lugar de hablar sola, señorita, podríais decirme qué es
lo que vamos a hacer en Stafford tan pronto». Personalmente, no puedo dejar de
pensar en esos momentos geniales en los que Woody Alien o los protagonistas de
las mejores comedias de John Hughes se vuelven y hablan directamente a cámara,
destruyendo, como hace aquí el criado, la continuidad estructural de la obra de
ficción, para infiltrar al espectador de manera cómplice y oblicua. Una de las
características que hacen de La Ciudad Vampiro una obra
innegablemente moderna es que, parodiando un estilo incluso ya algo pasado de
moda en su época, los referentes que surgen en la cabeza del aficionado al
fantástico son cinematográficos y contemporáneos, tanto o más que históricos y
literarios. Si es cierto que Féval se burla hasta la saciedad de los tópicos
argumentales y estilísticos de la autora de El confesionario de los
penitentes negros, que Angus Ross define así: «Sus personajes son de
cartón, y el diálogo, artificial, pero al mantener tensas la curiosidad y el
temor del lector, consigue articular sus tenebrosos paisajes, hasta que al
final su racionalismo le obliga a una "explicación" desilusionante de
los horrores», no menos cierto es que resulta imposible no recordar El
jovencito Frankenstein de Mel Brooks ante un momento como aquél en el
que, al pronunciar en voz alta el nombre del vampiro, el señor Goëtzi, «El
caballo se encabritó y Grey–Jack se apresuró a santiguarse. (...)—Ya veis lo
que ocurre sólo con pronunciar su nombre...»
El humor negro, el absurdo, hasta un grado tan
exacerbado que hace pensar en los cuentos de Apollinaire pero también en los
delirios de bande dessiné propios del cine de Fierre Jeunet y
Marc Caro, destruye con premeditación y alevosía una trama gótica que va siendo
deconstruida punto por punto, atomizada, puesta en evidencia en todas y cada
una de sus partes componentes, desde la técnica epistolar tan querida por el
género, de la Radcliffe al Dracula de Stoker, a las
explicaciones racionalistas y pseudocientíficas aludidas en la crítica de Ross,
que son llevadas aquí hasta el más ridículo de los extremos. Pero lo más
sorprendente es que, aparte de la pura parodia, del humor cómplice y casi
visionario en su uso de procedimientos que tienen, vistos hoy, más de cine o de
teatro que de novela, lo más sorprendente, insisto, es que La Ciudad
Vampiro funciona como alucinada narración fantástica, como novela de
horrores grotescos y estrambóticos, como pesadilla surreal y gozosamente
absurda. Ahí está, por ejemplo, el propio señor Goëtzi, un vampiro que
pareciera más bien un pequeñoburgués materializado desde un lienzo de René
Magritte, y cuyas víctimas no es que se transformen en vampiros a la manera
clásica, sino que en un extraño tour de forcé imaginativo, se
convierten en partes asimilables del propio Goëtzi, extensiones de su yo, que
conservan algunas características de su ser original, ya muerto por el vampiro,
pero que a la vez adquieren aspectos y cualidades imposibles, propios de una
enloquecida troupe circense del más allá. Así, en cierto
momento, el señor Goëtzi puede desdoblarse para, literalmente, hacerse compañía
cuando se siente solo, y en otros hacer aparecer a varias de sus encarnaciones
y/o víctimas, desgajándolas de su propio cuerpo, y adoptando los más
variopintos aspectos: «El grupo lo formaba un hombre obeso que sólo tenía el
reborde del rostro, es decir, cabello y barba. Un loro gigantesco se agarraba
con las patas a su hombro; a su derecha había un niño de expresión diabólica,
apoyado sobre un aro; y a su izquierda había un monstruoso perro de color
carne, con una cara casi humana, y que permanecía completamente rígido sobre
sus cuatro patas separadas (...) Finalmente, al lado del mostrador, se veía una
mujer gorda y calva, que dormía con agudos ronquidos...» Y todos y cada uno de
estos estrafalarios seres, incluyendo al perro y al loro, son vampiros,
víctimas a su vez del vampiro Goëtzi, quien les transforma en partes de su ser,
en criaturas diferentes, animalizadas o incluso transexualizadas, dirigidas por
su voluntad implacable y sobrenatural. Particularmente escalofriante es la
carpa circense, teatro ambulante de auténticos vampiros, plagiado sin duda por
Anne Rice y por Neil Jordan para su granguiñolesco espectáculo teatral de Entrevista
con el vampiro, en el que puede verse como «EL AUTÉNTICO VAMPIRO DE
PETERWARDEIN DEVORARÁ A UNA JOVEN VIRGEN Y BEBERÁ VARIAS COPAS DE SANGRE COMO
SIEMPRE, AL SON DE LA MÚSICA DE LOS GUARDIAS ECUESTRES». Estamos, qué duda
cabe, en el universo del fantastique, que se ríe con sorna y
malicia surrealista del fantasy y el gothic anglosajón,
con sus pretensiones de lógica y coherencia argumental, que Féval, como si
estuviera poseído por una singular furia dadaista, machaca con el martillo
pilón de su ingenio y su fantasía más desbocada. La Ciudad
Vampiro pertenece al mismo mundo que las aventuras de Harry Dickson,
en las que Jean Ray enfrentaba al arquetipo del detective británico con
horrores absurdos y crímenes imposibles de resolver por lógica o deducción, ya
que los culpables resultaban ser siempre criaturas sobrenaturales, monstruos
paganos y científicos locos, criaturas del bestiario de nuestro subconsciente,
que hubieran indignado a Sherlock Holmes y hasta al propio Nick Carter. Tanto
Féval como Jean Ray (y como en general la escuela francesa y francobelga del
fantástico) se deleitan en deconstruir y, finalmente, pervertir, invertir con
cierto placer sadiano, las rígidas leyes que, en la forma como en el fondo,
dominan el campo de la literatura fantástica anglosajona. Como podría decir el
Divino Marqués, en darles por el c...
Y finalmente, la propia Ciudad Vampiro. Culminación
onírica del viaje no sólo de los protagonistas sino también del lector, el
trazado y las calles de esta imposible ciudad están tan fuera del espacio y del
tiempo como la propia modernidad de la novela de Féval. Tanto podrían
pertenecer a un grabado o dibujo de Alfred Kubin como a un lienzo hierático y
suntuoso de Delvaux o Clovis Trouille. Naturalmente, también alienta en su
descripción el espíritu de artistas a los que Féval podía y debía conocer muy bien,
como El Bosco, Bresdin o Gustave Doré. Pero la barahúnda de criaturas
vampíricas multiformes que acosan a los protagonistas, en una escena digna de
cualquier zombie movie moderna, está de hecho tan emparentada
con las grotescas deformidades de los monstruos de Goya, Fuseli o Blake, como
con las hordas de vampiros de Abierto hasta el amanecer. Ciudad de
Oz, mundo perdido de reminiscencias lovecraftianas... por adelantado,
la Ciudad Vampiro es una eclosión de la imaginación que, una vez más y
definitivamente, eleva la novela de Féval muy por encima de sus aparentes
límites espaciotemporales, para ofrecernos un paisaje ultraterreno que
pertenece ya, por derecho propio, a lo mejor de la literatura y el arte
fantástico de todos los tiempos.
Mientras los vampiros de última hornada prosiguen
su aburrido decaer como tristes superhéroes existenciales. Mientras el género
es a duras penas rescatado de su declive por un retorno gozoso al humor y el
espíritu juvenil, propiciado, precisamente, por esa serie de Scream a
la que aludía al principio de estas páginas, y que junto a joyas psicotrónicas
y juguetonas para (espíritus) quinceañeros calientes, como Jóvenes y
brujas o Un hombre lobo americano en París, está haciendo
resurgir el cine de horror de sus propias cenizas, la lectura de La
Ciudad Vampiro es más que una obligación para estudiosos, más que un
compromiso para obsesos y completistas del vampirismo estético y literario (que
también lo es)... Es, sobre todo, un ejercicio de humildad, que nos muestra que
el espíritu moderno e irreverente es tan indomable, imprevisible e irreductible
como los propios vampiros, y que un autor menor, un escritor de folletines
olvidado, puede, vaya uno a saber cómo o por qué, convertirse en el catalizador
de una verdadera obra maestra, visionaria, extrema y vanguardista, cuyo poder
de seducción está por encima de cualquier consideración histórica o literaria,
y que, para colmo, si tenemos en cuenta que el folletín es a su vez un derivado
en cierta medida de la novela gótica, se convierte también en autoparodia y
autocrítica de la obra del propio Féval, no exenta por lo tanto de un alegre y
despiadado masoquismo literario.
La Ciudad Vampiro sigue en pie, y yo, como el
doctor Magnus y el joven pintor esclavonio que aparecen en sus páginas,
«personajes de poca importancia que se habían despistado y cuyo destino es
fácil de imaginar», desaparezco entre sus avenidas y bulevares, de vuelta a mi
tumba (de la que seguramente muchos piensan que jamás debería haber salido),
para reunirme con el señor Goëtzi, mi verdadero dueño y señor, que me reclama
ya para volver a entrar en su carne, haciéndome uno con él y penetrándome de
los misterios de la transubstanciación vampírica. Mientras, el lector, mucho
más dichoso, debe empezar, si no lo ha hecho ya harto de estas consideraciones
fatuas y pedantes, la lectura de esta verdadera joya de la literatura
fantástica, recuperada precisamente ahora, cuando probablemente más falta
hacía.
Jesús Palacios
PRIMERA PARTE
Existen muchos ingleses, pero sobre todo inglesas,
que se sienten avergonzados cuando se les cuenta la descarada piratería que
sufren los escritores franceses en Inglaterra. Su Graciosa Majestad, la Reina
Victoria, firmó en el pasado un acuerdo con Francia con la loable intención de
acabar con estos robos tan frecuentes. Se trata de un tratado muy bien
redactado, aunque tiene también un pequeño apartado que hace ilusorio su
contenido. En esta cláusula, Su Graciosa Majestad prohíbe a sus leales súbditos
apropiarse de nuestros dramas, libros, etc., aunque permitiéndoles hacer lo que
ella misma denominó «dorada imitación»[1].
Es algo hermoso, pero incorrecto. El magnífico y
amado Dickens me dijo en cierta ocasión, a modo de protesta:
—Yo tampoco estoy protegido. Cuando visito Londres
y, por casualidad, llevo conmigo alguna idea original, cierro con llave la
cartera, me la pongo en el bolsillo y la sujeto con las dos manos. Y a pesar de
todo, a veces me la roban.
Lo cierto es que esa llamada «dorada imitación»
podría darles una buena lección a los más hábiles «pick–pockets».
La propia Lady B..., la encantadora amiga de
Dickens que vive en el castillo de Shr..., lleva veinte años repitiéndome la
misma pregunta, cada vez que tengo la suerte de verla:
—¿Y por qué no roban ustedes también a los
ingleses?
—Señora, sin duda existen ideas magníficas que se
podrían coger de sus libros, pero ocurre que nuestra naturaleza no nos mueve a
ese «hermoso» robo.
Esa respuesta habitual suele hacerle estallar en
carcajadas. A veces me ha llegado incluso a citar apellidos de lo más
franceses, especialmente recomendables... Pero ¡callemos!
Cierta mañana de finales del año pasado (1873), la
dama en cuestión quiso honrarme por sorpresa con su visita.
—Se viene usted conmigo —me dijo—. Ya lo he
arreglado todo con su maravillosa mujer. Partiremos esta noche.
—¿Hacia dónde?
—Hacia mi casa.
—¿En la calle Castiglione?
—No, me refiero al castillo de Shr..., en el
condado de Stafford.
—¡Piedad!
Hacía un tiempo terrible, con la nieve
derritiéndose mientras el viento rugía incluso en París. ¡Imaginen cómo sería
entonces entre Dover y Calais!
La dama, discípula de Byron, adora estas tormentas:
—Me da igual que le tenga usted miedo a los
resfriados —dijo—, pero es que tengo la intención de devolverle de una sola vez
todo lo que Inglaterra le ha robado. Y no hay una oportunidad mejor que ésta.
El Sr. X... y la Srta. Z... ya están siguiendo la pista de este asunto, y como
esta última, la señorita 97, ya tiene una edad muy avanzada, lo mejor es que no
esperemos demasiado tiempo.
El Sr. X... y la Srta. Z... son en realidad dos
famosos novelistas ingleses. Se trataba, entonces, del argumento de una novela.
Le pedí explicaciones a la dama, pero no quiso decirme nada, limitándose
únicamente a utilizar su extraordinaria elocuencia, que en ella es un don
natural, para excitar mi curiosidad.
—¿Le merece alguna confianza Walter Scott? —me
preguntó—. Era un admirador incondicional de los Misterios de Udolfo.
Fue él quien escribió la biografía de Ann Radcliffe. ¿Se lo imagina? ¡Walter
Scott! En cierta ocasión, Dickens fue a visitar a la señorita 97. En aquella
época se llamaba señorita 94, ya que todos los años, por Navidad, cambia su
nombre. Yo he conocido muchas aventuras, pero ésta es tan increíble...
Finalmente tuve que ceder, y partimos. El viaje fue
horrible, y el simple hecho de recordarlo me hace estornudar. Todos los diablos
del mar y del aire jugueteaban con nuestro barco como si fuese una pelota de
goma. Al día siguiente cogimos en Londres el tren de North–Western, y pasamos
la noche en Stafford. Un día después el coche de la dama nos llevaba,
atravesando una llanura nevada, hasta la zona montañosa del condado que linda
con el Shropshire, y por la noche ya estábamos cenando en el castillo.
He aquí lo que supe durante el viaje:
Nos encontrábamos en la misma comarca en que
vivieran el señor y la señora Ward; los padres de quien sería tan célebre bajo
el nombre de Ann Radcliffe. La señorita 97 era una prima segunda de los Ward,
que en tres años sería centenaria. Moraba en una casa de la montaña, a una
legua y media del castillo de la dama. Durante mucho tiempo, aquella casa había
sido la vivienda de su célebre pariente.
No es de forma casual que utilice la palabra célebre,
y estoy dispuesto a mantenerla, aunque se me tache por ello de exagerado. Hubo
un tiempo en el que la gloria de Ann Radcliffe se extendió por todo el mundo, y
sus tenebrosas historias alcanzaron una fama tan elevada que ni siquiera
nuestros mayores éxitos contemporáneos podrían alcanzar. Incluso podría decirse
que su encanto conquistó tanto a los consagrados como a los desconocidos. En
Inglaterra fueron publicadas doscientas ediciones de los Misterios de
Udolfo. En Francia se tradujo el libro varias veces, y solamente de una de
aquellas versiones se realizaron cuarenta reimpresiones en París. No fue,
además, una moda fugaz. Hoy en día, a pesar de que la fiebre ha decaído
levemente, los Misterios de Udolfo y el Confesionario
de los penitentes negros continúan aterrando a miles de imaginaciones
bajo el sol.
Pese a todo, la señorita 97 conocía un hecho íntimo
de Ann Radcliffe que ella le había contado casi sesenta años antes. Se decía en
aquella región que este hecho era la causa que había llevado al carácter
apacible y ligeramente alegre de Ann Radcliffe hacia el género sombrío y
tenebroso que caracteriza su obra.
Walter Scott había tenido un conocimiento muy
superficial de aquella historia, como lo demuestra su carta del 3 de mayo de
1821 a su editor Constable, en la que pueden leerse las siguientes palabras:
«Respecto a la obra titulada La Vida de Ann Radcliffe, retrasaré su
entrega hasta que me haya entrevistado con miss Jebb, de la que espero tener
detalles excelentes y absolutamente íntimos. Según se comenta, esta dama posee
no sólo un secreto, sino una "maravillosa curiosidad" que le otorgará
mucho mayor interés a nuestra historia...»
Miss Jebb era precisamente la señorita 97, que en
el tiempo en que la carta de sir Walter Scott fue escrita debía de contar ya
con cuarenta y cinco primaveras. Al igual que el resto de los ingleses, tenía
cierta predilección por la nobleza, y mylady utilizaba esto para que la
señorita Z... y el señor X..., que eran novelistas «vulgares» quedasen
completamente descartados.
El día siguiente a nuestra llegada fue un día gris
y frío, y poco después del desayuno mylady me hizo subir a un coche. Anduvimos
alrededor de media hora, para apearnos después frente a una verja de madera, de
color verde, que servía de entrada a una vieja casita de aspecto respetable. La
montaña la rodeaba por tres de sus lados, y por el cuarto, al sur, se abría
hacia un hermoso paisaje.
Nos hicieron pasar a un recibidor bastante amplio
teniendo en cuenta la estrechez de la casa. Había varios retratos colgados de
las paredes, y podían verse también algunos dibujos enmarcados en madera noble.
Una viejecita alta y delgada permanecía junto a la
estufa de hierro. Su rostro parecía el de un pájaro, no sé cuál, aunque estoy
convencido de haberlo visto en una de esas tiendas donde venden animales
disecados. Su nariz era afilada como una navaja, y sus ojos redondos parecían
aletargados.
—¿Cómo se encuentra usted, querida Jebb? —preguntó
afectuosamente mylady.
—Voy tirando, ¿y Su Excelencia?
Miré a todas partes para ver quién había
pronunciado aquellas palabras, pero descubrí que estábamos solos nosotros tres.
Evidentemente, la señorita 97 debía de ser ventrílocua. Seguramente había sido
poco agraciada, en el pasado, aunque ahora se conservaba bastante bien.
Después de que mylady me presentara, nos sentamos,
y la voz de la señorita 97, hablando desde el otro extremo de la estancia, me
dijo con sabiduría:
—El francés, mi querido amigo, es valiente y
espiritual, el italiano es listo, el español cruel, el alemán pesado, el ruso
bruto, y el inglés alegre y de notable generosidad. A Ella le
gustaban especialmente los franceses.
La señorita 97 dirigió sus ojos hacia el techo al
pronunciar la palabra Ella, que en su boca, y pronunciada con
aquella mirada caritativa, hacía siempre referencia a Ann Radcliffe.
Por desgracia, yo no sabía que aquella frase había
sido extraída de la Novela siciliana, la segunda obra de Ella.
—¡Qué estilo! —exclamó mylady—. ¡Qué profundidad!
—Me honra el poder agradecerle este gesto a Su
Excelencia—contestó la señorita 97.
Mylady sacó del interior de su impermeable, que
había depositado sobre una silla nada más entrar, un paquete que contenía
cuatro libros in–12. Se trataba de la traducción francesa, publicada por
Charles Gosselin en París, en 1820, de la Biografía de novelistas
célebres, de Walter Scott.
—Esto demuestra cómo Ella es
querida y respetada en Francia —dijo con voz grave mylady, mientras abría el
volumen que contenía la Vida de Ann Radcliffe.
Supongo que en algún lugar dentro de aquella vieja
cabeza se debió de accionar inmediatamente un resorte, porque pudimos ver
asomar la dentadura de miss Jebb, todavía completa, aunque formada por dientes
amarillos e irregulares. Inmediatamente escuchamos, procedente no sé de dónde,
una risa seca y estridente, y la voz de la propia miss Jebb, que en esta
ocasión nos hablaba desde debajo de la mesa, para decirnos:
—¡Vaya, vaya! Puesto que el caballero ha venido
desde muy lejos, y como Su Excelencia lo protege, tendremos que hacer lo
posible para que su largo viaje no haya sido en vano. Espero poder llamarme muy
pronto miss Hundred (Srta. 100), aunque por primera vez en la
vida he sentido una jaqueca en otoño. Lo cierto es que podría morirme en
cualquier momento, y no quisiera llevarme conmigo esta sorprendente historia.
Nos acomodamos para escuchar su relato. Miss Jebb
alejó su taza y pareció concentrarse. Durante el silencio que siguió, la
señorita 97 se estremeció levemente dos o tres veces, produciendo un sonido
similar al que hacen las avellanas al frotarse unas contra otras dentro de una
bolsa de papel.
—Nunca se vio nada semejante —musitó finalmente,
sujetando con ambas manos sus rodillas, para impedir que temblaran—. Cada vez
que pienso en ello, noto como si se me helase el corazón. No sé si es correcto
que rompa este silencio, aunque... ¡me da igual! Quiero que las personas
vuelvan a hablar de Ella nuevamente. ¡Y lo harán, porque esta
historia es terrible... terrible!
La niñez de la señorita Ann tuvo lugar en el
negocio de sus padres, los señores Ward. No eran personas ricas, aunque estaban
muy bien emparentados. Cuando el señor Ward decidió vender su negocio, allá por
1776, se fue a vivir con su mujer y su hija precisamente a la casa en la que
nos encontramos ahora.
Ann pasó una adolescencia alegre y tranquila,
retirada en ese lugar donde imperaba la «dorada mediocridad» de que habla el
poeta: ese modesto bienestar que, según dicen, constituye la felicidad.
Esta casa se animaba entonces, principalmente en
época de vacaciones. Entonces aparecían Cornelia de Witt y su ama, la signora
Letizia, y el alegre y joven Edward S. Barton, acompañado de su tutor Otto
Goëtzi.
Ann, Edward y Cornelia se hallaban unidos por una
estrecha y tierna amistad. Hubo quien llegó a pensar que Ned Barton se casaría
con Ann en cuanto tuviesen edad para hacerlo, y recuerdo que la señora Ward
comenzó a bordar (con diez años de anticipación) un maravilloso par de cortinas
de muselina de la India con las iniciales de Ann y de Edward entrelazadas. Pero
el hombre propone y Dios dispone. Lo cierto es que Ned Barton y Ann se querían
únicamente como hermanos. Estoy convencida de que al menos ése era el
sentimiento de Ned; aunque puede que hubiese algo más en el corazón de Ann. Sin
embargo, no por ello William Radcliffe dejó de ser el más feliz de los maridos.
El propio Sir Walter Scott así lo indica.
Desde el principio de los tiempos, nunca se ha
conocido una naturaleza tan dulce y delicada como la de Ann. ¡Y qué alegría!
Fuese donde fuese, inundaba el aire de sonrisas. Su único defecto era una
exagerada timidez... ¡Imagínense si tuviésemos que juzgar a los autores por sus
obras! Más de cien y más de mil veces me han preguntado de dónde pudo sacar
aquella joven la misteriosa audacia de su genio. Espero que después de haber
oído mi historia, al menos ustedes no volverán a hacerme esta pregunta.
Las últimas vacaciones de estos tres amigos
tuvieron lugar en el mes de septiembre de 1787. William Radcliffe ya formaba
entonces parte del grupo. De hecho, en julio del mismo año había pedido la mano
de la señorita Ward. Ned y Cornelia eran a su vez novios desde el invierno
anterior. Se amaban apasionadamente, y la vida se mostraba ante ellos bajo los
auspicios más alentadores.
En aquella ocasión el señor Goëtzi no había viajado
junto a su ex alumno, quien por cierto vestía con suma elegancia el uniforme de
la marina real. Letizia, por su parte, había permanecido en Holanda, a cargo de
la casa del conde Tiberio, el tutor de Cornelia. Para poder describir la
belleza de ésta, sería necesaria la pluma de Ann, que logró inmortalizar los
encantos de su amiga en los Misterios de Udolfo: es en Corny
en quien está inspirado el retrato de su protagonista Emilia.
¡Ah! ¡Qué nítidos son estos recuerdos! Yo era
todavía una niña, pero sigo recordando nuestros largos paseos por la montaña.
El señor Radcliffe no era una persona en absoluto novelesca; siempre limpio,
bien vestido, y muy educado con las mujeres. Cuando Ned y Cornelia se perdían
por aquellos inmensos bosques, William Radcliffe intentaba entablar agradables
y afectuosas conversaciones con Ann, aunque entonces ella me llamaba y
procuraba cambiar de tema, hablando de literatura clásica. Siempre que se lo pedía,
el señor Radcliffe le recitaba pasajes de poetas griegos y latinos. Aunque no
entendiese su significado, Ella adoraba esa especie de música
culta. Y en ocasiones, mientras el licenciado de Oxford recitaba a Hornero o a
Virgilio, las dulces miradas de Ann se perdían en la distancia, como buscando a
la encantadora pareja que formaban el guardamarina Ned y la blanca Cornelia...
Ella suspiraba
entonces, y le pedía al señor Radcliffe que tradujese aquellos poemas, palabra
por palabra, cosa que él hacía con agrado, ya que era un verdadero caballero.
Aquel año la despedida fue triste. Seguramente no
volverían a verse hasta después de celebrados ambos matrimonios: el del señor
Radcliffe con Ann, en esta misma casa; y el de Ned y Cornelia en Rotterdam,
donde vivía el conde Tiberio.
Por una tierna y sentimental idea, se había
acordado que ambas bodas tuviesen lugar el mismo día y a la misma hora, una en
Holanda y otra en Inglaterra. De ese modo, y a pesar de la distancia, existiría
una singular comunión entre las dos felicidades que comenzaban a nacer.
Desde el término de las vacaciones, y hasta la
fecha en que tenían que celebrarse las ceremonias, ambas parejas intercambiaron
una asidua correspondencia. Las cartas de Cornelia rezumaban la más sincera
alegría. Ned, por su parte, estaba apasionado como un ejército de locos. Yo no
pude ver las respuestas de nuestra Ann, que entonces me parecía un poco
decaída.
En Navidad comenzaron a preparar el ajuar de la
novia. Durante todo el mes de enero de 1787 prácticamente no se habló de nada
más. El gran día había sido fijado para el 3 de marzo.
En el mes de febrero llegó una carta procedente de
Holanda que trastornó a toda la casa. La condesa viuda de Montefalcone, cuyo
nombre de soltera era Witt, acababa de morir en Dalmacia. Cornelia, su única
heredera, se encontraba de repente con una enorme fortuna en sus manos.
La carta fue escrita por Ned, que parecía algo
alterado y más bien triste por aquella noticia.
A pesar de que la esquela era muy breve, aún se
explicaba en ella el extraño hecho de que el conde Tiberio se convertía a su
vez en el heredero inmediato de su propia discípula, en la rica sucesión de la
viuda de Montefalcone.
Después de aquella carta, no llegaron más noticias
de Holanda hasta finales de febrero. No era de extrañar. Hacía muy mal tiempo
en el canal, y el viento que soplaba permanentemente desde el oeste hacía muy
difícil el viaje. Ustedes poseen ahora los barcos de vapor, que se ríen de
cualquier viento; pero en aquella época pasaban a veces semanas enteras sin
tener noticias del continente.
Todas las mañanas, el venerable señor Ward
acostumbraba a decir, mirando la veleta del tejado:
—¡En cuanto dé la vuelta el gallo, vamos a recibir
de un tirón toda una resma en papel de carta!
Sin embargo, los dos primeros días de marzo pasaron
sin novedad. La boda debía tener lugar el día 3, por lo que la casa se
encontraba repleta de actividad y bullicio.
Al atardecer, una hora antes de la cena, llegó el
vestido de novia, y casi al mismo tiempo, después de que se escuchara el
tintineo de la campanilla de la puerta del jardín, se pudo escuchar la alegre
voz del señor Ward, que gritaba desde la escalera:
—Ya os lo avisé anteayer: ¡en cuanto diese la
vuelta el gallo! ¡Aquí nos trae el cartero esta montaña de correspondencia!
Lo cierto es que aquel alud llegaba en mal momento
a la casa en plena agitación. El paquete contenía muchas esquelas, y de muy
diferentes fechas. Comenzaron abriendo las más recientes, y enseguida supieron
que sus queridos amigos de Rotterdam se encontraban bien, por lo que
continuaron con sus quehaceres.
Ann se hallaba entonces literalmente prisionera de
las modistas, que le estaban probando el vestido. Yo misma le di su paquete,
que contenía tres cartas de Cornelia y dos de Ned Barton. Me pidió que abriese
la última de todas, y comencé a leerla por el final de la cuarta página.
—Todo va bien —le dije, después de recorrer con la
mirada los últimos párrafos.
—¡Gracias a Dios! —exclamó Ann.
—En ese caso, mi querida, mi ángel, mi pequeña Jebb
—dijo la jefa de las modistas—, te pido que nos dejes, porque nos estás
estorbando bastante, tesoro.
Ella me
dedicó una sonrisa, como para suavizar aquella rigidez. Parecía una mártir
rodeada de arpías, con las bocas llenas de alfileres, que clavaban en su
estuche de muselina blanca. Dejé el paquete sobre una mesita, y me marché.
Es necesario que en este momento les explique algo
muy importante, y es que desde este punto del relato ya no puedo hablar como
testigo directo de los acontecimientos. A partir de ahora van ustedes a
escuchar a la propia Ann Radcliffe, ya que fue su boca la que me contó el resto
de la historia. De hecho, lo cierto es que no volví a verla hasta
después de los hechos.
Debían de ser las siete de la tarde, cuando la
modista y sus ayudantes terminaron por fin y se marcharon de la casa,
llevándose otra vez consigo el traje de bodas para hacerle los últimos
retoques. Cuando se quedó sola, Ann se sintió tan agotada por las emociones del
día que no tuvo valor para regresar al recibidor, donde la esperaban su madre,
su padre y su novio. Se dio a sí misma la excusa de que tenía que terminar de
leer las cartas de Rotterdam; pero el sueño pudo con ella antes de que
terminase la primera frase de una alegre epístola firmada por «Edward S.
Barton». Ann tuvo entonces una especie de pesadilla repleta de imágenes. Vio
una pequeña iglesia, levantada con un estilo arquitectónico indefinido, y
situada en medio de una campiña rebosante de plantas y árboles que no se
encuentran en Inglaterra. Los campos estaban llenos de maíz, y los bueyes
mostraban el color de la tórtola. Al lado de la iglesia había un cementerio
cuyas tumbas eran todas de mármol blanco. Dos de ellas parecían idénticas. De
cada una de ellas (un detalle insignificante, pero conmovedor, y que con
frecuencia se encuentra en nuestros cementerios ingleses) sobresalía un
brazo tallado en un material todavía más blanco que el mármol.
Ambos brazos terminaban encontrándose, y estrechando sus manos. En medio del
sueño, Ella no lograba entender por qué aquella visión la
hacía temblar y sollozar amargamente. Intentaba leer las inscripciones grabadas
en las lápidas, pero no lo conseguía. Las letras se confundían, o escapaban
ante su mirada.
Como a las diez, se despertó llorando al escuchar
el barullo de las modistas que regresaban. Había dormido escasamente tres
horas. Notaba en su espíritu el peso de una terrible desgracia.
—Señorita, no pienso preguntaros por qué tenéis[2] los
ojos rojos —dijo la jefa de las modistas—. Las jóvenes que van a contraer
matrimonio terminan llorando invariablemente, imagino que de dicha. Ahora
probemos el traje.
Se lo probaron, y al ver que le quedaba
perfectamente la dejaron sola. Ella se lavó el rostro. Las
palabras de la modista habían intensificado la impresión que le había producido
la pesadilla. Al echar un vistazo casual hacia la mesa, descubrió las cartas de
Rotterdam, que casi había olvidado, y un grito se le escapó de su pecho.
Fue como si en ese instante acabasen de decirle los
nombres que figuraban en la inscripción de aquellas lápidas gemelas: ¡Cornelia
y Edward!
Rasgó un sobre al azar. Su mirada era tan ansiosa
que al principio lo único que logró ver fue unas manchas negras que bailaban
ante sus ojos. Cuando finalmente logró leer, suspiró de alivio. Se trataba de
una carta del 13 de febrero, escrita y firmada por su amiga Cornelia, y en la
que manifestaba maravillosos proyectos para las próximas vacaciones. Hasta ese
momento tendrían tiempo suficiente para ordenar la sucesión de la condesa,
Cornelia iba a ir a la casa de los Ward, no para quedarse, como siempre, sino
para llevarse a toda la familia a su precioso castillo de Montefalcone en los
Alpes Dináricos, al otro lado del Ragusa. Tenía ahora allí una vasta propiedad
con minas de mármol y alabastro. No cabía en sí de gozo. Ned se había enamorado
de ella cuando era una muchacha pobre, y ahora, inesperadamente, ella podía
convertirlo en un rico propietario...
«¿Qué es lo que habría podido ofrecerle yo?», se
preguntó Ann, cerrando la carta. «Es mejor así. A fin de cuentas, William tiene
un corazón noble y generoso.»
Al haber dormido tres horas, ahora no tenía sueño.
Se situó en un confortable sofá, dispuesta a leer
de cabo a rabo toda su correspondencia.
Le encantaba la alegría de su amiga Cornelia, y
sepan ustedes que si en alguna ocasión un suspiro levantaba la muselina de su
blusa, en ningún caso ello obedecía a la envidia. ¡Ann envidiosa! ¡Qué herejía!
Desde luego que no, pero está claro que Corny se extendía, quizá excesivamente,
hablando de sus nuevas posesiones, de sus joyas y especialmente de las locuras
que ese confuso Ned hacía por ella. Cada una de sus páginas cantaba a gloria
como si fuese un salmo. Y además de aquellos salmos, venían a continuación los
versos arrebatados de Edward Barton. ¡Amor! ¡Felicidad! ¡Amor! ¡Felicidad!
Aquello comenzaba a resultar monótono. Ustedes tienen en Francia un proverbio
muy sabio: «¡Si tan rico es usted, coma por segunda vez!» Probablemente Ann
pensaría de esta forma: «¡Ya que se quieren de esa forma, que se casen dos
veces!»
Ella no
pudo dejar de sentirse orgullosa al comparar la modestia de su propio afecto
con el delirio sentimental de Cornelia. Después, como era una filósofa
instruida tanto en las ideas de los sabios cristianos como en las ideas de los
sabios paganos, acabó por decidir que aquel exceso de felicidad tendría su
reverso. Así es la vida: subidas y bajadas. El que gana pierde también en algún
momento. Detrás del horizonte siempre aparecen nubes que vienen a ocultar el
cielo más radiante.
Así como los flecos de estos pensamientos fueron
anunciándose en su cabeza, nuestra querida Ann fue asumiéndolos hasta
convertirlos en plena seguridad. Esto llevó a que se manifestara
automáticamente la excelente naturaleza de su carácter. Comenzó anticipadamente
a lamentar las penas que podrían suceder a este torrente de felicidad, en un
futuro relativamente próximo. ¡Querido Ned! ¡Pobre Corny! ¡El dolor es un
castigo tan cruel, después de la maravillosa dicha! Me parece que Ann derramó
incluso algunas lágrimas antes de descubrir la serpiente que se escondía entre
las rosas de su abultada correspondencia.
¡Porque tenía mucha correspondencia! ¡Ah, sin duda
había muchísimas cartas! Dije cinco, y no me engaño; pero cada una se
desdoblaba en varias, como esas cajas chinas que se encajan una dentro de otra,
provocando interminables sorpresas en los niños. Las cartas de Cornelia
incluían esquelas de Ned Hartón, y de las cartas de Barton caían mensajes de
Cornelia, haciendo que Ann continuase leyendo sin parar. Estaba más despierta y
activa que una ardilla. Le dio la impresión de que podría haber continuado leyendo
indefinidamente. Entonces le sobrevino una idea filosófica, que las personas
normalmente enuncian del siguiente modo: «La roca Tarpeya está ya cerca del
Capitolio», y en ese momento las cartas comenzaron a girar, del mismo modo que
la cabeza de nuestra querida joven. Una nube, todavía distante, apareció en el
cielo azul.
La vio crecer, avanzar, oscurecerse, escondiendo
sus flancos... Pero no nos anticipemos. La tormenta siempre estalla demasiado
pronto.
(No sé si a ustedes les pasa lo mismo que a mí,
pero siempre que en sus innumerables relatos Ella utiliza esta
expresión, con seguridad inventada por Ella: «Pero no nos
anticipemos», se me ponen los pelos de punta.)
Las cartas de los encantadores enamorados de
Rotterdam iba progresivamente cambiando de tono.
Casualmente, Ann había abierto al principio las
cartas más antiguas. La nube del horizonte apareció al abrir la más atrasada
entre las que había dentro de los dos últimos sobres.
La primera era una esquela de Ned, en la que sus
cánticos bajaban de intensidad. Hasta ese momento, el conde Tiberio, ejemplo de
tutor, nunca había sido retratado por la pluma de Ned excepto como un modelo de
indulgencia, generosidad y bondad. Ahora el augusto nombre aparecía
completamente desnudo, y desprovisto de cualquier epíteto. Y un síntoma todavía
más grave era el hecho de que Ned no hablaba ahora con mucha frecuencia de
amor.
De forma extraordinariamente sutil, daba a entender
que la herencia de la condesa llevaría parejos posiblemente algunos trastornos.
El conde Tiberio había cambiado bastante. El señor Goëtzi, que se encontraba de
paso por Rotterdam, sugería cosas muy extrañas...
La siguiente carta pertenecía a una Corny que se
encontraba «evidentemente nerviosa». Hacía referencia a Letizia Pallanti como
«esta persona». ¡Letizia! ¡Que había sido el ángel de otros tiempos! ¡El ser
perfecto! Pero, ¿por qué? Aún no comprendía. Sin embargo, entre las irritadas
líneas de Cornelia, la agudeza de Ann logró adivinar algo muy sorprendente:
Letizia, olvidando no sólo la moral cristiana, sino las más elementales normas
de conveniencia, parecía mantener con el conde Tiberio unas relaciones que no
era necesario detallar.
Pero, ¿qué papel desempeñaba en toda esta historia
el señor Goëtzi? Hablaba francamente mal del conde Tiberio, acusándole de una
conducta escandalosa que perjudicaba sobremanera sus negocios, y sin embargo él
se pasaba tardes enteras ¡encerrado con llave en el escritorio de aquél!
Seguramente tomaba parte en todas las orgías (esta palabra aparecía escrita con
todas sus letras), y cuando «esa persona», Letizia, salía llena de diamantes,
¡el señor Goëtzi la acompañaba!
Como se pueden imaginar, se había hecho ya muy
tarde. Hacía bastante tiempo que Ella había oído las
campanadas de la medianoche; pero el sueño no aparecía. Nuestra querida Ann se
sentía poseída por el ansia de saber, que nacía de su noble corazón. ¡Leía,
leía y leía! ¡Extraña noche para ser la víspera de una boda!
Mientras avanzaba en sus lecturas, iba apareciendo
veladamente una especie de amenaza... La alegría y la felicidad son monótonas,
pero basta que la tormenta se anuncie en el horizonte para que el interés
reaparezca.
Repentinamente Ella saltó del
sofá; acababa de escuchar el primer trueno. Una de las cartas de Ned hablaba de
«retrasar»... ¡y era la boda lo que se retrasaba! Intentaba explicarlo diciendo
que la herencia era un asunto fantástico, aunque realmente complicado, y que la
iba a obligar a viajar personalmente hasta allí...
Pero, ¿por qué no casar primero a los jóvenes
novios?
Ésa era precisamente la pregunta que se hacía el
pobre Ned.
Ella se
limitaba a desdoblar una hoja después de otra, encontrando papeles menores
dentro de los mayores, y papeles más pequeños aún, dentro de ellos. No podía
parar de leer. El último sobre estaba abierto, puesto que era el que el señor
Ward había abierto para extraer la carta, completamente tranquilizadora, que
había provocado sus gritos de alegría.
Sin embargo, ¿quieren saber qué es lo que había
leído este buen señor? Yo también lo leí, y me equivoqué igual que él. Ambos
habíamos leído apenas algunos fragmentos de párrafos aislados en los que
constantemente se repetía la palabra felicidad. Era, sin embargo, una
referencia que se hacía para... ¡añorar la felicidad perdida!
«En unos instantes en los que todo nos sonríe»,
decía efectivamente el desdichado Ned, «en los que el porvenir se nos presenta
bajo los más prometedores auspicios: felicidad, fortuna, amor...»
Y ni el señor Ward ni yo habíamos querido seguir
leyendo. Sin embargo, la frase terminaba así:
«... nos sobreviene esta tormenta; sí, precisamente
ahora. El rayo ha caído sobre nosotros y nos ha aniquilado. ¡Estamos perdidos!»
¡Perdidos! ¿Pueden imaginar cómo se encontraba Ann
en ese momento? Por desgracia, aquellas lúgubres palabras no eran exageradas.
Una misiva de la desdichada Cornelia decía:
«Me han sacado de la cama en mitad de la noche. El
señor Goëtzi sujeta mi mano al pie de la escalera y me dice: ¡Valor!
Tenéis un amigo... ¿Puedo confiar en él? Me llevan... La noche es
terrible, y la tormenta no permite que se oigan mis gritos...»
Ella dejó
que el papel se deslizara de sus manos, y cayó al suelo de rodillas.
—¡Oh, Señor Todopoderoso! —exclamó entre llantos—.
¿Cómo podéis permitir semejante desgracia? ¿Dónde estás ahora, querida
Cornelia? ¿Dónde estás, querida amiga?
Muchas mujeres se habrían desmayado en una
situación como aquélla, sin embargo Ella era en cierto sentido
superior a todas las personas de su sexo.
Sin abandonar la postura de oración en que se
encontraba, cogió nuevamente las cartas y continuó su lectura a través de las
lágrimas.
Ned parecía contestar a la última pregunta que
había hecho el corazón de Ann.
«El señor Goëtzi me había avisado», reseñaba en
unas breves líneas, casi ilegibles, «pero yo no quise creerle. ¿Cuál es el
papel de este hombre? Esta mañana encontré vacía la casa del conde Tiberio. En
la calle había algunos vecinos reunidos, gritando: ¡Han escapado como
ladrones!¡Están en quiebra!»
»—¡Qué sabéis vosotros! —exclamó entonces el señor
Goëtzi, como surgido del centro de la tierra—. ¡No habrá ninguna
quiebra! El conde Tiberio os pagará a todos, puesto que piensa casarse con la
única heredera de la gigantesca fortuna de los Montefalcone!»
Todavía quedaba una carta: un pedazo de papel
laboriosamente garabateado.
«Esta misma noche», decía la misiva, que pertenecía
a Ned, «el señor Goëtzi apareció en casa. Parecía compartir mi desgracia. Me
informó de que mi querida Cornelia, raptada por su infame tutor, viajaba camino
a Dalmacia, en dirección al castillo de Montefalcone. Me aconsejó que corriese
tras ellos. Él había preparado ya un caballo ensillado en la puerta de mi casa.
Aunque me encontraba sin fuerzas, partí inmediatamente. Apenas abandoné la
ciudad, me rodearon y atacaron cuatro hombres con el rostro cubierto por
máscaras. A pesar de ello, y a la luz de la luna, me pareció reconocer a través
de los orificios de uno de los antifaces la brillante mirada del señor Goëtzi.
¿Será posible? ¡Un hombre que fue mi tutor!... Me dieron por muerto, y me
abandonaron en medio del camino. Allí permanecí caído hasta la madrugada, con
mi sangre manando de veinte heridas. Al amanecer, unos campesinos que llevaban
sus productos a la ciudad, me encontraron sin sentido y me llevaron hasta una
posada cercana, llamada La Cerveza, y la Amistad[3] ¡Que
Dios les bendiga por ello! No es que desee vivir a toda costa, pero soy la
única esperanza con que cuenta Cornelia. Mi cama es buena, y la habitación es
grande. Se encuentra adornada con láminas que reflejan las batallas del
almirante Ruyter. Las cortinas también están decoradas con flores. El mesonero
no parece una mala persona, aunque en cierto sentido me recuerda al señor
Goëtzi. No tiene cara, lo que produce una extraña impresión.
Siempre lleva al lado un perro gigantesco que, por el contrario, tiene rostro
de hombre. Justo delante de mi cama, en la pared, a unos ocho pies del suelo,
hay un agujero redondo, como los que se hacen para permitir la salida del humo
de las estufas de hierro. Pero no hay ninguna estufa en la estancia. En la
oscuridad, tras el agujero, me parece ver algo verde: unas pupilas que me
observan fijamente... Gracias al Cielo, todavía conservo la serenidad y la
sangre fría. Han traído de Rotterdam a un médico que me está atendiendo. Entre
él y su pipa deben de pesar como tres ingleses. Veo algo verde en su mirada.
¿Sabes si el señor Goëtzi tiene algún hermano?... Un crío de cinco o seis años
acaba de entrar en mi habitación haciendo rodar su aro. Me preguntó con
absoluta desfachatez: "¿Eres tú el hombre muerto?" Y arrojó un sobre
encima de mi cama. Era una carta de Cornelia... Casi no tuve tiempo de
esconderla. Entró después una mujer calva seguida del perro que me miraba con
los ojos del señor Goëtzi. El perro no ladra nunca. El mesonero tiene además un
loro que lleva siempre sobre el hombro, y que repite constantemente:
"¿Comiste, Ducado?" Las pupilas verdes me siguen examinando desde el
agujero negro. El niño se ríe a carcajadas en el patio, mientras grita:
"¡He visto al hombre muerto!" Todo lo que me rodea parece verde
ahora. ¡Ann, mi querida amiga, socorro!...»
Ella se
levantó de un salto, porque no sólo había leído aquella última
palabra, sino que también la había oído.
Tanto fuera como dentro de Ella, sintió
unas voces que sonaban como las voces unidas de Cornelia de Witt y Edward
Barton, gritando claramente: «¡Socorro! ¡Socorro!»
Comenzó a recorrer su cuarto a grandes zancadas,
presa de una frenética desesperación.
Una vez más sus pensamientos se elevaron al
Todopoderoso. Aquello la tranquilizó.
La estaban llamado; le pedían socorro. ¿Qué debía
hacer? Tenía que ir. Debía acudir a ayudarlos. Pero ¿cómo? No sabía todavía. La
conciencia de su propia fragilidad la deprimía, pero también existía en su
interior la salvaje e indómita naturaleza de su propia determinación.
Ella deseaba
salvar a sus amigos.
Consiguió dominarse con un gran esfuerzo y
reflexionó. ¿A quién podía pedir ayuda? El señor Ward era un anciano conocido
por su prudencia; William Radcliffe, su prometido, era joven, realmente, pero
también abogado. Ustedes podrán decirme que hay abogados tan fieros y valientes
como leones. Puede que sea verdad, pero lo cierto es que a nuestra querida Ann
no le pareció conveniente recurrir al señor Radcliffe.
Lo mismo le pasó respecto a sus otros amigos de la
casa. Se trataba de personas apacibles, pacíficas, aficionadas al
chaquete. Ella tuvo el detalle de pensar en mí por un momento,
pero lo cierto es que yo era entonces demasiado joven.
Pero había que hacer algo. Los primeros destellos
del amanecer comenzaron a iluminar las cortinas de las ventanas. Ella colocó
en el centro de la habitación una pequeña maleta, y amontonó desordenadamente
en su interior algunas pertenencias que podrían serle útiles. No estoy
convencida de que ya entonces estuviese decidida a partir sin avisar para un
viaje tan largo, en el mismo día de su boda. Ella siempre fue
muy correcta, educada y respetuosa con las normas; pero evidentemente existen
momentos en la vida en que se hace todo sin pensar.
Debían de ser las cuatro y media o las cinco de la
madrugada. Todos en la casa dormían, mientras nuestra joven se deslizaba por
los corredores cargando su maleta.
Grey–Jack, que era el encargado de todo tipo de
servicios dentro de la casa, dormía en una habitación de la planta baja, junto
a la cocina. Ella golpeó suavemente la puerta de su cuarto y
le dijo:
—Jack, amigo mío, despertaos; tengo que avisaros de
algo importante.
El fiel servidor saltó inmediatamente de la cama y
abrió la puerta, mientras se frotaba los ojos.
—¿Qué ocurre, señorita? —preguntó—. ¡Hoy será un
gran día para todos! Pero, ¿qué demonios hacéis levantada a estas horas?
Ella contestó:
—Vestios inmediatamente, mi buen amigo Jack; os
necesito.
Él se sintió aterrado al escucharla, y todavía más
después de encender una lámpara y ver el estado en que se encontraba. Estaba
más pálida que un cadáver. Jack balbuceó:
—¿Ha pasado alguna desgracia en la casa?
—Sí, una terrible catástrofe, pero no ha sido en
esta casa. ¡En nombre del Cielo, Jack, vestios!
El anciano comenzó a temblar, pero se vistió
rápidamente. Mientras lo hacía, Ella continuó:
—Grey–Jack, ¿os acordáis de vuestro amigo Ned
Barton, que jugueteó en vuestro regazo, y de Corny, que llegó de Holanda cuando
todavía era una cría?
—¡Que si recuerdo al señor Edward y a la señorita
Cornelia! —exclamó el anciano—. ¡Por supuesto que sí! ¿No han de casarse hoy,
al otro lado del mar?
—Los queríais mucho a los dos, ¿verdad, mi querido
amigo?
—Naturalmente que sí, señorita, y los sigo
queriendo.
—Pues bien, Jack, tenemos que enganchar a Johnny al
coche y partir inmediatamente hacia la ciudad.
—¿Cómo? ¿Yo? —exclamó el pobre hombre, incrédulo—.
¡Que deje la casa el día de su boda! ¿Y vais a casaros sin que yo esté aquí,
señorita?
—No me casaré sin que estéis aquí, amigo mío,
porque me iré ahora mismo con vos.
Él intentó decir algo, pero ella le atajó:
—¡Se trata de un asunto de vida o muerte!
Grey–Jack, aturdido hasta la locura, corrió a la
caballeriza sin pedir más explicaciones.
Iba muy a su pesar. Constantemente se volvía hacia
las ventanas para ver si aparecía alguien. Pero todos se habían acostado tarde
y estaban durmiendo a esas horas.
Ella subió
al coche y Grey–Jack se situó en el pescante.
Johnny comenzó
a trotar, sin que nadie en la casa se despertase.
Ella sentía
un peso terrible en su corazón. Aunque todavía no había escrito ninguna de sus
famosas obras, ya tenía ese estilo noble y brillante que sir Walter Scott eleva
hasta el cielo en su reseña biográfica, porque exclamó involuntariamente:
—¡Adiós, mi querido hogar! ¡Dulce refugio de mi
adolescencia, adiós! Campos verdes, montañas orgullosas, bosques misteriosos
llenos de sombras, ¿volveré a veros alguna vez?
Grey–Jack, refunfuñando, se giró y le dijo:
—En lugar de hablar sola, señorita, podríais
decirme qué es lo que vamos a hacer en Stafford tan pronto.
—Grey–Jack —respondió ella solemnemente—, no
estamos yendo a Stafford.
El sirviente la miró, estupefacto:
—Señorita —suplicó, juntando sus pobladas cejas—;
lleváis veintitrés años siendo más dócil que un corderito; pero si me utilizáis
para escapar de la casa de vuestros padres, me condenarán...
Ella le
interrumpió, alzando la mano, y añadió:
—Protestad cuanto queráis, Grey–Jack. ¡Pero vamos a
Lightfield!
La más hermosa doncella del mundo no supo contarme
más. Yo les relato la historia tal como me fue contada, porque Ella ni
siquiera se detuvo para darme más detalles. Además, en su narración no aparecía
la clásica división del tiempo en días y noches. Ella siempre
se mantuvo por encima de esas vulgares mezquindades. Corría, llevada por los
recuerdos que galopaban a lomos de ese caballo alado que es el símbolo de la
imaginación poética: Pegaso.
Ella comía;
pueden ustedes suponerlo, como es lógico. Y también dormía, evidentemente, pero
todas estas funciones que degradan nuestra elevada naturaleza serán pasadas por
alto en su caso.
Tampoco le gustó nunca a Ann hacer la menor
referencia al dinero o a los gastos. Sobre ambos, tanto usted, mylady, como
usted, caballero, podrán creer lo que quieran. Sólo sé que el viaje fue largo,
y que en él se dieron los obstáculos más extraordinarios. Constantemente se vio
forzada a gastar dinero. ¿De dónde lo sacaba? No lo sé, y me desentiendo por
completo de esta respuesta. Lo cierto es que pagaba todo al contado, y que
regresó al redil sin haber dejado atrás la menor deuda de nada.
De camino a Lightfield, Grey–Jack, que había comido
en abundancia, se hizo más charlatán.
—Estoy pensando, señorita, que miss Corny y ese
pillo de Ned os esperarán allá con otro buen mozo. ¿Lo conozco yo? Supongo que
William Radcliffe nada sabe de esto. Bueno, tampoco es la muerte. En Inglaterra
nunca faltan sacerdotes para casar a dos jóvenes deprisa y sin ceremonias.
Pero, ¿quién habría esperado esto de vos, señorita Ann? Yo nunca lo hubiese
imaginado.
En lugar de contestar, Ella le
preguntó:
—¿Qué opinión tenéis, Grey–Jack, de Otto Goëtzi?
El pobre sirviente estuvo a punto de caerse del
pescante, tamaña fue su sorpresa.
—¡Cómo! Pero, señorita, ¡no puedo creer que estéis
despreciando a ese joven educado por ese demonio despeinado! Puede que el señor
William sea un pájaro negro, pero...
—¡Os pido, amigo Jack, que habléis de mi marido con
mayor respeto!
—¡Vuestro marido! ¡Ahora sí que no entiendo una
palabra!
—Os pregunto qué pensáis del señor Goëtzi.
—Bien —replicó el buen hombre, enfadado—; ya me
gustaría estar en Lightfield para entender mejor toda esta trama. Del señor
Goëtzi puedo deciros que no es el primer tunante al que veo bien alimentado y
vestido en el seno de una familia de honra, con la excusa de educar a sus
muchachos.
El caballo se encabritó y Grey–Jack se apresuró a
santiguarse.
—Ya veis lo que ocurre sólo con pronunciar su
nombre —masculló—. Todo el mundo sabe que es un vampiro.
—Vamos, amigo Jack —dijo ella con desdén—, yo no
creo en los vampiros.
Lo cierto es que Ella se
encontraba muy por encima de todas aquellas supersticiones que correteaban por
las montañas, entre los condados de Stafford y Shorp.
—Haced lo que os plazca —contestó el hombrecillo—;
pero haríais bien en creer en ellos. Proceden del país de los turcos, muy
lejos, cerca de la ciudad de Belgrado. Aunque yo no sé exactamente lo que son.
Usted, que sabe muchas más cosas que yo, ¿me lo podría explicar mejor?
A Ella le gustaba enseñar, como a
la mayoría de las personas cultas.
—En el supuesto de que existiesen, los vampiros son
esos monstruos de apariencia humana, que nacen, en efecto, en la baja Hungría,
en la región que se extiende entre el Danubio y el Save. Se alimentan con la
sangre de las jovencitas...
—¡Perfectamente, señorita! —exclamó inmediatamente
Grey–Jack—. ¡Eso es exactamente lo que yo he visto con mis propios ojos!
—¿Alimentarse con la sangre de una doncella?
—preguntó Ann horrorizada—... ¿al señor Goëtzi?
—¡Algo parecido! Me refiero a Jewel, la
perrita de la señorita Corny. ¡Qué encanto de animalito! ¿Lo recordáis?... Se
bebió la sangre de aquella perrita como si fuese un zorro salvaje —añadió—. ¡Y
en la cocina, robaba las costillas crudas! ¡Por las noches se levantaba también
para hablar con las arañas! Todo el mundo sabe de qué murió Polly Bird, en la
Granja Alta... aquella joven a la que encontraron dormida a orillas del lago, y
que nunca despertó. Y siempre que él entraba en algún lugar, la luz de las lámparas
se ponía verde. ¿Os atrevéis a negarlo? Incluso los gatos le saltaban encima,
porque despedía el mismo mal olor de las gatas en primavera. A la lavandera le
gustaba repetir, para quien quisiera escucharla, que todas sus camisas tenían
una pálida mancha de sangre a la altura del corazón.
—Vamos, amigo mío, todo eso no son más que
habladurías. Me gustaría que me dijeseis algo más concreto, como por ejemplo:
¿sabéis por qué despidieron al señor Goëtzi de la casa del esquire Barton?
—¡Por supuesto! Eso es algo que sabría hasta un
chiquillo. Fue debido a la señorita Corny. El esquire Barton
apreciaba realmente al señor Goëtzi, que es un hombre muy culto, y al igual que
usted, tampoco creía en vampiros. Pero de repente la señorita Cornelia comenzó
a quejarse de dolores en el pecho, y aseguró que empezaba a verlo todo
verde... ¡Qué cosa más extraordinaria, señorita Ann... fíjese en la
luna!
La luna, casi redonda, se levantaba en medio de un
bosque de álamos sin hojas. Nuestra querida Ann tenía el valor de un guerrero,
pero no pudo evitar un estremecimiento en aquella ocasión.
Estaban viendo la luna de color verde.
—¡Vamos, acabad vuestra historia —exclamó, sin
embargo—, os lo ordeno!
—Siempre que se habla de él —susurró Grey–Jack—
ocurre lo mismo. Cierto día encontraron a Cornelia desmayada en la cama. Tenía
sobre su pecho izquierdo una pequeña picadura negra y Fancy, su doncella, vio
una araña verde, de sorprendente tamaño, que se deslizaba por debajo de la
puerta. Decidió seguirla. Pero la araña corría a tanta velocidad por el pasillo
que Fancy no consiguió alcanzarla, a pesar de lo cual sí pudo verla entrar en
la habitación del señor Goëtzi... Entonces fueron a buscar a Ned Barton, ese
adorable joven que, la verdad sea dicha, no tenía precisamente los modales de
su preceptor. Ned entró en la habitación del doctor Goëtzi y le dio tal
paliza...
—¡Desgraciado! —exclamó Ann juntando las manos—.
¿Es cierto eso? ¿Ned llegó realmente a golpear a ese perverso y vengativo ser?
—Ya lo creo, señorita. Hubo puñetazos, patadas,
bastonazos e incluso sillazos. El señor Goëtzi, entonces, se quejó al esquire,
que le dio algo de dinero...
Finalmente llegaron a Londres, ya de noche. Nuestra
querida Ann decidió asistir al circo olímpico de Southwarck, acompañada por
Grey–Jack. En general no le agradaban mucho este tipo de frívolas
representaciones. Pero los barcos que atravesaban el canal no partían con tanta
frecuencia como ahora, y la idea de asistir a la representación circense vino
motivada además por una circunstancia especial.
En el cartel que anunciaba la representación de
diferentes números, una palabra había conseguido llamar la atención de la
joven, y esta palabra era: VAMPIRO.
En medio del anuncio de la presencia del
caballo físico, que era capaz de caminar sobre la cola; y de las
hazañas del payaso Bod–Big, capaz de comerse un topo y devolverlo entero, podía
leerse, escrito en letras verdes:
¡¡CAPITAL EXCITEMENT!!
EL AUTÉNTICO VAMPIRO DE PETERWARDEIN
DEVORARÁ A UNA JOVEN VIRGEN
Y BEBERÁ VARIAS COPAS DE SANGRE
COMO SIEMPRE, AL SON DE LA MÚSICA
DE LOS GUARDIAS ECUESTRES
¡¡WONDERFUL ATTRACTIONINDEED!!
Cuando Ella y Jack entraron en la
carpa, el inmenso circo estaba repleto de espectadores, que contemplaban cómo
una vieja pintada de amarillo galopaba completamente estática, a lomos de un
caballo que atravesaba constantemente aros de papel, entre la desaforada
algarabía de la muchedumbre. Se trataba de la famosa Lily Cow. Inmediatamente
después se apagaron todas las antorchas, ya que en aquellos tiempos no había
gas. En medio de la oscuridad brotó un resplandor fosforescente, que otorgó a
todos los espectadores cercanos al anfiteatro el aspecto de cadáveres
vivientes. Se escuchó un relámpago lejano, mientras el viento gemía con fuerza.
La música comenzó a rechinar. Una gigantesca araña, con cuerpo de hombre y alas
de murciélago, empezó a descender a través de un hilo que colgaba de la cúpula
y se iba estirando bajo su peso.
En ese preciso instante, una muchacha checa, casi
una niña, vestida de blanco y a lomos de un caballo negro, penetró en el
anfiteatro, balanceando sobre su cabeza una corona de rosas. La joven era
preciosa y delicada, con un leve parecido a la señorita Cornelia de Witt y, lo
más sorprendente, más parecida a cada momento que la miraban.
La araña permanecía enroscada en el extremo del
hilo, y ya no se movía; acechaba. Mientras estaba quieta, podía verse a su
alrededor, claramente, un resplandor verdoso muy brillante en el centro, que
iba esfumándose como si fuese una aureola.
La joven checa jugueteaba con su guirnalda mientras
danzaba.
Repentinamente la araña se dejó caer al suelo, y
sus largas y repugnantes patas se movieron frenéticamente sobre la arena del
circo. La muchacha la vio venir y mostró su terror con unos gestos capaces de
arrancar el aplauso del público.
El enorme insecto perseguía a la joven a toda
velocidad, mientras ésta intentaba escapar a lomos del caballo negro. El
monstruo daba saltos irregulares, y al ver que no conseguía dar alcance a la
muchacha, utilizó los recursos propios de su especie.
No sé cómo logró hacerlo, pero el caso es que fue
tendiendo de uno a otro lado unos hilos que, aparentemente, le brotaban de sus
fauces, fabricando en un abrir y cerrar de ojos una especie de red... ¡una tela
de araña!
La joven checa se colocó de rodillas sobre el
caballo. Se quitó la guirnalda y los velos que la cubrían, quedando vestida
únicamente con una malla de color carne, que resultaba todavía más
impresionante.
Repentinamente la araña la atrapó en su tela. Fue
algo espantoso. El caballo, libre de la jinete, galopaba de un lado a otro.
Pudo escucharse entonces el sonido de huesos rotos.
Ahora no era a una araña, sino a un hombre al que
se veía beber a grandes tragos la sangre roja, en medio de un incendio de
destellos verdes.
El circo pareció desplomarse bajo los atronadores
aplausos, pero nuestra querida Ann se desmayó, exclamando:
—¡Es Goëtzi! ¡Es Goëtzi! ¡Lo he reconocido!
No existe ningún país en el mundo donde se aplique
tan generosamente como en Inglaterra la máxima de la libertad. A pesar de ello,
dudo mucho que nuestras leyes permitan exhibir públicamente, en la pista de
arena de un circo, a un vampiro que destroza los huesos y bebe la sangre de una
joven inocente. Sería excesivo.
Por ese motivo, me parece poder afirmar que la
dirección del circo de Southwarck conseguía aquella ilusión utilizando hábiles
efectos especiales. La mejor prueba de ello es que la joven amazona, atacada
por el vampiro, era destrozada y succionada todas las noches, durante semanas;
a pesar de lo cual se encontraba perfectamente.
Respecto a la posibilidad de que aquel monstruo
fuese realmente el señor Goëtzi, no me parece probable, a pesar de que esas
criaturas excepcionales llamadas Vampiros o Fantasmas poseen, según se dice, el
don de la ubicuidad, o al menos del desdoblamiento, si se me
permite la expresión. El error de Ann puede justificarse con uno de esos
parecidos tan comunes en la naturaleza. Además, la mayoría de los expertos en
vampiros asegura que éstos tienen entre sí un cierto aire de familia, como si
todos fuesen parientes más o menos directos del propio Harasz–Nami–Gul.
Como ustedes podrán ver enseguida, sería muy
arriesgado pensar que el señor Goëtzi se había tomado la molestia de abandonar
Holanda, donde lo retenían importantes quehaceres, para entregarse a toda clase
de espectáculos circenses.
Durante la travesía no hubo ningún incidente
destacable. Grey–Jack comió y durmió a partes iguales. Ella, sin embargo,
apoyada en la borda, en una de esas posturas nobles y correctas que adoptaba
con suma naturalidad, miraba la espuma que se escurría por los flancos del
navío. Sus ojos intentaban adentrarse en la inmensa e insondable profundidad de
las aguas. Quizá por eso las olas sugieren con tanta frecuencia la idea de
infinito.
Después de sobrepasar la desembocadura del Támesis,
Grey–Jack se despertó y pidió algo para beber. Ya podía verse tierra en el
horizonte. Ella le pidió que se sentara a su lado y le contó,
con una sencillez casi milagrosa, los relatos incoherentes que habían llegado a
sus manos la víspera de la boda.
—Tal es el resumen de estas tristes cartas. Se
deduce de ellas que el conde Tiberio, preceptor de mi prima Cornelia, es un
libertino, y que sus finanzas se encuentran en el peor de los estados. Respecto
a Letizia Pallanti, cualquier joven de alta cuna intentaría no mencionar a este
tipo de personas. Entre los dos han raptado a Cornelia para arrastrarla hasta
las montañas de la antigua Iliria. ¿Creéis que se puede hacer algo así con
nobles intenciones? El canalla de Tiberio es el heredero de mi prima. ¡Oh, Dios
mío! No deseo pararme a pensar en lo que podría pasarle a mi querida prima en
esa solitaria Dalmacia, donde la civilización sólo llega a duras penas.
—Lo cierto es que cuanto más se piensa, más se
alegra uno de ser inglés. Pero, ¿quién se va a ocupar de hacer las almácigas de
marzo, en su casa, si me arrastráis a mí de un lado para otro? ¿Seríais tan
amable de decírmelo?
—Mientras me hacéis tan absurdas preguntas, Edward
Barton, apuñalado por cuatro desalmados a sueldo, es objeto de cuidados
mercenarios. En su última correspondencia ni siquiera me hablaba de Merry
Bones...
—¡Ese pillo irlandés! —explotó Grey–Jack con
inesperada violencia.
—Mi querido amigo —observó Ann con dulzura—, los
irlandeses son tan cristianos como nosotros.
¡Pero intenten convencer de una cosa así a un
inglés del Este! Jack crispó sus puños ante la simple mención de ese tal Merry
Bones, que era, sencilla y llanamente, el criado de Edward Barton.
Merry Bones, enemigo acérrimo del viejo Jack, se
parecía levemente a un haz de leña. Su rostro estaba repleto de buenos y recios
huesos, sobre los cuales apenas se veía la carne. Cuando se reía, su boca se
ensanchaba hasta detrás de las orejas. ¡Ah, viejo zorro! Tenía un sorprendente
ojo derecho, y un ojo izquierdo minúsculo, que parecía hijo del anterior. Su
pelo rizado era tan abundante que no podía utilizar sombrero, y tan retorcido y
ensortijado como la cerda en bruto recién llegada de Chicago. A pesar de haber
sido marinero, desempeñaba mejor su vocación de «cabeza de clavo» en un cabaret
de Whitefriars, en Londres.
«Cabeza de clavo» es la expresión irlandesa
utilizada para definir al que presta su cráneo, por medio chelín, para que
algunos caballeros prueben en él sus puños y bastones. El precio de un
garrotazo, sin embargo, llega a ser de un chelín entero. Si se lo pedían, Merry
Bones era capaz de aceptar hasta un sablazo por media corona.
El navío recaló en Ostende, y prosiguió su ruta
hasta Rotterdam. A Ann le hubiese gustado pensar en los importantes
acontecimientos históricos que unen el pasado de Holanda con el de Inglaterra,
pero mientras costeaban esas regiones tan famosas, y mientras la embarcación
subía hacia el norte, sobrepasando las desembocaduras del Escalda, eran los
acontecimientos presentes los que iban cobrando cada vez mayor importancia.
Era casi de noche cuando el barco accedió a la
desembocadura del Mosa, y cuando llegaron finalmente a Rotterdam la oscuridad
ya era total. Sin ser tan amables como hoy en día, los encargados de los
hoteles ya eran entonces muy competentes. Sin embargo, Ann respondió de forma
inesperada a sus ofertas:
—No deseo alojarme en ningún hotel de la ciudad,
pero, ¿sabría decirme alguno de ustedes dónde se encuentra una posada, en las
afueras, conocida como La Cerveza y La Amistad?
Se hizo un inesperado silencio entre las personas
que se encontraban en el muelle ofreciendo sus servicios hoteleros.
Entonces saltó alguien:
—¡Éstas no son las mejores horas para ir a
semejante lugar, señora!
Y como si acabasen de desatarse al unísono todas
las lenguas, se desató un incesante murmullo, en el que todos se repetían la
siguientes palabras:
—¿Por qué motivo habrá escogido precisamente la
posada donde desollaron al inglés?
Aquél era un cuadro típicamente flamenco, y de
apariencia sosegada, a pesar de que hablasen en él de gente asesinada. Ann pudo
ver una docena de rostros honestos, alumbrados al estilo Rembrandt por los
faroles de las puertas de los hoteles. En medio de aquel paisaje, Ella se
mantenía erguida y esbelta, envuelta en su capa y apoyada en el brazo de su
fiel Grey–Jack. A unos pasos de allí, algunos botes se balanceaban y
chapoteaban pesadamente sobre el Mosa.
Nuestra querida Ann repitió imperturbable:
—¿Alguien sabría indicarme el camino de ese
terrible lugar llamado La Cerveza y la Amistad?
En medio del silencio absoluto que siguió a su
pregunta, pudo escucharse un ruido seco, semejante a una risa burlona.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Ann, sin perder en
ningún momento su valiente serenidad.
En vez de contestar, los hombres que la rodeaban se
santiguaron.
—Puede oírse reír al viento, desde que degollaron
al inglés...
—¡En el nombre del Cielo, joven forastera, no os
adentréis por el camino de Gueldre esta noche! ¡Os ocurrirá algo terrible!
—La gran marejada de ayer ha derribado los diques.
—El camino ha desaparecido en más de diez sitios.
—Ya no pasan por ahí ni coches ni caballos.
—¿Habéis oído, señorita? —preguntó Jack, aterrado—.
¡Ni coches ni caballos! ¿No os lo dije?
—Entonces iré en un bote —dijo Ann.
—El derrumbamiento ha acabado también con el Kil de
Höer. Las embarcaciones ni siquiera consiguen entrar por el canal.
—Muy bien; en ese caso iré andando —insistió ella—.
¡No hay obstáculo lo suficientemente grande para apartarme de mi deber! Si
alguno de ustedes acepta conducirme hasta la posada de La Cerveza y la
Amistad, le pagaré el precio que me pida, sea el que sea.
El círculo de hombres que la miraba sorprendido
permaneció en silencio, y nuevamente pudo escucharse el eco de aquella especie
de risa que momentos antes desgarrara la oscuridad de la noche.
En ese preciso instante alguien se abrió paso entre
la concurrencia, y un campesino de Isselmonde, vestido con los
característicos calzones y un jubón de tela blanca, apareció
en la zona iluminada. Llevaba sobre la cabeza un gran sombrero flamenco, que le
caía hasta los ojos. La luz de los faroles no logró penetrar aquel adorno, y
nadie logró verle el rostro. ¡No se veía nada! ¿Cómo explicarlo? Y aquel
misterio inspiraba terror.
—¿Quién es ése? —se preguntaron los demás entre
murmullos.
Pero nadie lo sabía.
El campesino entró decididamente en medio del
círculo expectante y cogió la maleta de la joven de las manos de Grey–Jack, a
quien le castañeteaban los dientes.
—¡De acuerdo! —dijo con una voz que ni siquiera Ann
lograría describir nunca—. ¡Trato hecho! ¡Seguidme!
Y con estas palabras se lanzó a caminar
rápidamente, rígido como una piedra.
Ella fue
tras él, a pesar de las súplicas de Grey–Jack.
La noche se adueñó de la costa, mientras podía
verse en la distancia, como un pálido resplandor, el grupo que formaban nuestra
querida Ann, el campesino que la guiaba, y el viejo Jack, que seguía a ambos,
marchando a toda velocidad.
Daba la impresión de que era el propio campesino el
que irradiaba esa especie de resplandor verdoso. Los representantes de los
diferentes hoteles notaron cómo se les erizaban los cabellos, y se dispersaron
inmediatamente como una bandada de patos.
El hombre avanzaba sin detenerse, atravesando
canales y cercas. El camino no le pareció muy difícil a Ann, que pisaba donde
él pisaba, mientras Grey–Jack los seguía.
De esa forma, atravesaron la ciudad en un abrir y
cerrar de ojos.
La dejaron atrás por el este, por el lado de
Alt–ost–thor. Después continuaron caminando sin la menor dificultad, a través
de una comarca donde la tierra y el agua se alternaban e incluso se mezclaban
en sorprendente confusión. Desde luego, había muchos obstáculos: canales,
arroyos o brazos de mar que se extendían frente a ellos como si fuesen
tentáculos del mar, pero siempre se encontraban con alguno de los puentes de
aquel magnífico sistema de comunicación, que les permitía avanzar sin mojarse
siquiera los pies.
Pasados unos minutos, el paisaje cambió. Tendré que
pedirles un esfuerzo adicional para que intenten imaginarse a estas tres
personas caminando en medio de un sudario casi completamente negro, aunque
atravesado por pálidos resplandores. Además había aparecido una densa niebla
que escondía tanto la tierra como el cielo.
En medio de aquella bruma, el campesino que los
guiaba parecía brillar débilmente, como si lo hubiesen
embadurnado con fósforo. Desde que partieran del muelle, no había pronunciado
una sola palabra. Sólo caminaba.
Y caminaba. El sombrero flamenco ya no le cubría la
cabeza, y el viento jugueteaba con su pelo, enredándolo y haciendo que brotasen
chispas de él.
Repentinamente la noche se aclaró. Todas las
estrellas aparecieron brillantes en el cielo. El camino seguía por allí, recto
y llano, hasta donde alcanzaba la vista, en medio de praderas sembradas de
charcos de agua, brillantes como espejos.
¿De dónde procedería aquel sonido de campanas, en
medio de aquellos parajes, sin campanarios ni iglesias? A pesar de ello,
pudieron escuchar nítidamente las doce campanadas de la medianoche.
Inmediatamente desapareció el fulgor del cabello del campesino, y el aire se
vio poblado de risas burlonas.
—¡Socorro! —gimió un lloroso Grey–Jack.
La tierra acababa de abrirse en aquel punto para
tragarlos, obedeciendo de esa forma los presentimientos de nuestra querida
joven. Si les parece difícil creer que un abismo pueda formarse en un momento,
les diré que a Ann le daba la impresión de que aquel derrumbe se había
producido antes, provocado probablemente por las terribles marejadas de la luna
nueva de marzo. De hecho, el encanto de un relato como éste reside precisamente
en su verosimilitud. Por otra parte, enseguida encontraremos, en medio de este
paseo, numerosos accidentes hiperfísicos. Porque Ella adoraba
utilizar esta palabra, que según creo quiere decir sobrenatural.
El fondo de aquella sima estaba lleno de un fango
marino de olor acre y repugnante, que era aún más oscuro que la tinta. En lo
alto pudieron ver entonces una silueta oscura, que mostraba una perversa
alegría mientras arrojaba la maleta al fondo del abismo, lo cual hizo saltar un
torrente de barro.
Grey–Jack, que en el fondo era un hombre como otro
cualquiera, aprovechó aquel contratiempo para cubrir de amargas críticas a su
joven ama.
—¡En menudo lío nos ha metido, señorita! –sollozó—.
¡Y no será porque yo no la haya avisado! ¡Estaba convencido de que este maldito
campesino era el propio señor Goëtzi o alguno de sus secuaces! ¡Y ahora vamos a
morir en medio de esta cloaca!
Nuevamente pudieron escuchar el eco de aquella risa
diabólica, en medio del silencio de la noche, aunque tan lejana en esta ocasión
que apenas podía distinguírsela.
Sobre todo porque en ese momento escucharon otros
sonidos de naturaleza muy diferente. Una música melodiosa, suave y pastoral,
atravesó el aire mezclada con el tronar de una agradable algarabía. Al
principio Ann no se atrevió a dar crédito a sus oídos, mientras Grey–Jack
pensaba que sufría las alucinaciones fantasmagóricas que anteceden a la muerte.
Pero enseguida vieron que no se equivocaban. Un
ruido de pasos, de cascos de caballos y de ruedas de carruajes se les acercaba
rápidamente, mientras la noche se iba iluminando con crecientes destellos.
Finalmente, en el borde opuesto del abismo que
había surgido bajo sus pies, Ann y el viejo Jack vieron aparecer la más
maravillosa de las visiones. En primer lugar divisaron a unas doncellas
neerlandesas, con trajes de fiesta y guirnaldas de flores, cuya sonriente
hermosura brillaba a la luz de muchas antorchas. Les seguía en igual número un
grupo de varones. Después iba un hombre respetable ataviado con ropas
eclesiásticas; no con las vestiduras características de un sacerdote papista,
sino con el hábito austero, digno y decente, de nuestros típicos clergymen de
la Iglesia anglicana.
Por fin apareció tras él un joven, con todo el
aspecto de un noble inglés; y me refiero a esa nobleza de rango superior al de
muchas aristocracias del mundo entero.
El desconocido, de cabellos rubios, piel blanca y
sonrosada, y ojos azules como el cielo, parecía un verdadero dios.
La verdad es que Ella nunca había
oído ni siquiera hablar del muy honorable Arthur. A pesar de ello, fue
reconociendo de un vistazo cada una de sus características: primero supo que
era un inglés, porque los ingleses llaman la atención allí donde se tenga la
suerte de encontrarlos, de la misma forma en que Venus revelaba a la diosa por
su andar; después supo que pertenecía a la aristocracia más elevada, porque lo
cierto es que cada flor tiene su propio perfume; y finalmente reconoció que
pertenecía a alguna familia noble, porque sólo un ciego es incapaz de
distinguir una estrella atendiendo a su brillo.
Viajaba de incógnito, perfeccionando su magnífica
educación militar con el examen de los históricos campos de batalla de los
Países Bajos y Alemania.
Las doncellas coronadas de flores y los campesinos,
también ataviados con sus mejores ropas, miraban confusos aquella sima,
diciéndose entre sí:
—¡Qué contrariedad! ¡Vamos a llegar tarde a la
boda!
El religioso, tranquilo y sereno, venía detrás de
su discípulo:
—Tened la bondad de examinar a conciencia el
terreno —le dijo—. En la vida hay que saber aprovechar cada circunstancia.
Mañana me haréis como tarea el dibujo completo del puente de campaña que sería
necesario construir para que un ejército lograse atravesar sin problemas esta
ciénaga: treinta mil hombres de infantería, ocho mil a caballo y setenta y dos
piezas de artillería de diverso calibre. Pertrechos y material médico, ad
libitum.
El joven desconocido, cuyo porte y figura recordaba
a un dios, le echó un vistazo a la sima, tomando algunas notas a la luz de una
antorcha.
Ann podría haberse quedado toda la vida
contemplando aquel espectáculo realmente hermoso. Pero Grey–Jack, mucho más
prosaico que ella, soportaba con poca paciencia el encontrarse hundido hasta la
cadera en el fango.
—¡Eh! —explotó—. ¡Por todos los demonios! ¿Es que
vais a dejarnos aquí?
Inmediatamente se produjo un rumor entre los
campesinos. El sacerdote y nuestra querida Ann, unidos por el pensamiento,
dijeron a la vez:
—No hacía falta blasfemar.
Entonces el religioso añadió:
—Mylord, tened la amabilidad de reparar
adecuadamente en los términos de mi próxima pregunta: dada la posición de estas
personas, que en número desconocido se encuentran en aprietos ahí abajo,
imagino que debido a algún accidente, ¿qué clase de medio mecánico utilizaríais
para izarlos a tierra firme, si únicamente tenéis una cuerda, sin poleas de
ningún tipo?
—Utilizaría mi bolsa —contestó el muchacho, uniendo
el gesto a la palabra—, y les diría a estos valientes que me acompañan: os daré
diez pistolas de plata de Francia si me traéis sanos y salvos a ese viejo y a
esa joven dama.
No sé cuál habría sido el resultado de una
respuesta semejante en los exámenes militares de la escuela de Eton, pero sus
jóvenes acompañantes a la boda no le dejaron repetirla. En un abrir y cerrar de
ojos se precipitaron por la ladera desmoronada y ayudaron a nuestros dos amigos
a alcanzar de nuevo el camino.
Entonces Ella pudo reparar en la
berlina de viaje, tirada por magníficos caballos, que había llevado hasta allí
al joven noble y a su venerable preceptor, provenientes de Nimega y con destino
a Rotterdam. Quienes iban a participar de la ceremonia nupcial, interrumpidos
en su camino por aquel derrumbe, se encargaron de mostrarles otro camino. Pero
como debían desandar parte del camino para llegar a su destino, el joven
desconocido, cuya apariencia era casi divina, ayudó caballerosamente a Ann a
subir a su coche, dejándola en la misma puerta de la posada conocida por el
peculiar nombre de La Cerveza y la Amistad.
Se trataba de un enorme y oscuro edificio, situado
en el cruce entre cuatro caminos y construido sobre pilares de madera. Cerca de
él no había árboles ni matorrales, como si se encontrase perdida en medio de un
arenal. Sobre la puerta, el viento nocturno agitaba un letrero luminoso, cuyo
farol se había extinguido.
Ella levantó
la aldaba con el corazón encogido, mientras pensaba: «¡Aquí, entre estas cuatro
paredes, mi hermano y amigo Edward ha exhalado su último suspiro!»
No sabía ya qué pensar acerca de Grey–Jack, que en
aquel momento temblaba de pies a cabeza, cubierto de fango hasta las axilas, y
de muy mal humor.
A pesar de que no se veía ninguna luz desde fuera,
la puerta de la posada se abrió inmediatamente. Nuestra querida Ann y el viejo
Grey–Jack se encontraron entonces en medio de un salón que olía condenadamente
a tabaco de pipa.
En el centro había una larga mesa, rodeada de
bancos y repleta de cántaros vacíos cuyas bases descansaban en la cerveza
derramada. También había un mostrador elevado sobre tres escalones, defendido
como un castillo, y un reloj de pared con una caja de madera leonada que tenía
incrustaciones amarillas. Las agujas marcaban la una menos dos minutos de la
madrugada. El cuadrante se hallaba decorado por un pájaro raquítico.
Aunque no se veían lámparas ni bujías encendidas,
los objetos de la estancia se distinguían nítidamente, como si se hubiese
conservado un rayo de luna en aquel lugar, cuyas puertas y ventanas permanecían
cerradas a cal y canto. Se trataba de un resplandor sordo y claro al mismo
tiempo, que parecía tamizado a través de algún filtro verde.
Al lado del reloj había algunas personas inmóviles.
El grupo lo formaba un hombre obeso que sólo tenía el reborde del rostro, es
decir, cabello y barba. Un loro gigantesco se agarraba con las patas a su
hombro; a su derecha había un niño de expresión diabólica, apoyado sobre un
aro; y a su izquierda había un monstruoso perro de color carne, con una cara
casi humana, y que permanecía completamente rígido sobre sus cuatro patas
separadas.
Finalmente, al lado del mostrador, se veía una
mujer gorda y calva, que dormía con agudos ronquidos. Además del tictac del
reloj, que sonaba de forma extrañamente profunda, y de los ronquidos de la
mujer, no había ningún otro ruido en la posada.
Ella sintió
algo difícil de explicar, aunque no era miedo. Pero, ¿quieren saber lo más
curioso? A pesar de la profunda emoción que la embargaba, a Ella todos
aquellos seres que rodeaban el reloj se le antojaban accesorios del mismo, como
parte de un extraño engranaje, semejante al del reloj de Estrasburgo.
—¡Por caridad! —pidió Grey–Jack—. ¡Un fuego para
secarnos, y un poco de pan, carne y cerveza!
A pesar de que lo que pedía era lógico, Ella le
ordenó silencio con un gesto rígido y severo, y dijo a su vez:
—Queremos ver inmediatamente a Edward Barton,
ciudadano inglés y esquire, que ha morado o está morando en este
establecimiento, si es que todavía vive. Si por desgracia hubiese muerto, de
forma natural o violenta, lo que ya se esclarecerá en su correspondiente
juicio, reclamamos al menos su cuerpo, para poder darle cristiana sepultura.
Las personas del salón no contestaron, como tampoco
lo hicieran ante las peticiones de Grey–Jack. Se quedaron como mudos. Sin
embargo, de en medio de aquel silencio y quietud, brotó una voz proveniente de
algún rincón de la posada, lejos, muy lejos, arriba o abajo, y que gritaba como
suelen hacerlo los irlandeses en medio de una pelea:
—¡Te voy a quitar el alma y a devorar el
corazón! ¡Musha! ¡Arrah! ¡Begorrah! ¡Maldita araña! ¿Es que
piensas que la sangre de un hombre de Connaught puede chuparse como si fuese la
de un inglés? ¡Te vas a enterar!
—¡Es Merry Bones, el criado de nuestro amigo Ned!
—exclamó Ella en un susurro, con un asombro en el que asomaba
la esperanza—. Tenemos que ayudarle.
Grey–Jack se encogió de hombros, mascullando:
—¡Que el diablo le confunda!
Escucharon entonces un grito procedente del sótano
o del granero, y Ann, que era el valor en persona, ya iba a lanzarse fuera del
salón, cuando el reloj, desde lo más profundo de su mecanismo, comenzó a dar
violentas campanadas.
Sonaron trece, y mientras el bronce
resonaba, el aletargado personal de la posada pareció recobrar el movimiento.
La mujer calva que había junto al mostrador abrió los ojos, el mesonero se
balanceó de un pie a otro, el loro se peinó los bigotes con el pico, mientras decía:
«¿Has comido bien, Ducado?»; y el niño, por su parte, hizo rodar su aro,
gritando: «¡He visto al hombre muerto! ¡He visto al hombre muerto!», y el
pájaro raquítico del cuadrante desplegó sus enormes alas y cantó cu–cú trece
veces.
Simultáneamente se abrió una puerta situada entre
el mostrador y el reloj. Por ella asomó un largo cuerpo huesudo, coronado por
una cabellera rizada, semejante a esos cepillos que utilizan los
deshollinadores. Detrás de Merry Bones (ya que efectivamente se trataba del
sirviente irlandés) venía una réplica exacta de los diferentes seres que había
en el salón de la planta baja, es decir: el mesonero sin rostro, el loro, el
perro de cara humana, el niño con su aro, y la mujer calva.
Lo cierto es que estas nuevas apariciones eran
levemente más pálidas que las anteriores, y el «nuevo» mesonero llevaba además
una enorme maza en la mano. Su mirada, ya que en vez de ojos tenía mirada, era
claramente verde.
Cuando nuestra querida Ann se volvió a mirar hacia
el primer mesonero, se encontró con que había aparecido también en su mano una
segunda maza, y también presentaba una mirada de destellos verdes.
Fue una pelea terrible. El pobre diablo de Merry
Bones se encontró acosado por ambos lados. La jauría que estaba ya en el salón
y la jauría que parecía perseguirle ahora cayeron al mismo tiempo sobre él con
rabiosa ferocidad. Los dos perros y los dos niños le atacaron a las piernas,
los dos loros hicieron lo mismo con los ojos, mientras las dos arpías le
arañaban la garganta, y ambos mesoneros, subiendo y bajando rítmicamente sus
mazas, le golpeaban el cráneo como si fuesen herreros moldeando un pedazo de hierro.
Nuestra querida Ann asistía, petrificada de
espanto, al terrible asesinato. Mientras tanto, el viejo pecador de Jack, con
la estupidez que caracteriza esos sentimientos de rivalidad nacional, se cruzó
de brazos y rezongó:
—¡Que el irlandés se las arregle como pueda!
Y lo cierto es que el sirviente de Ned se defendía
lo mejor que podía. No estaba armado, pero su cráneo podía servirle tan bien
como si fuese un cañón. Cuando las mazas lo alcanzaban, salían rebotadas como
si cayeran sobre un yunque. Ni siquiera lograban aplastarle un mechón de pelo.
No sabría decir cómo consiguió salvaguardar sus piernas, su garganta y sus
ojos, pero lo cierto es que durante el instante que duró aquella singular
batalla nuestra querida Ann no le vio una sola magulladura. Por el contrario, los
dos loros parecían agotados, las mujeres gordas jadeaban, los extraños y
diabólicos críos pataleaban boca arriba como dos cangrejos dados la vuelta, y
los dos perros gruñían a media distancia, mostrando los dientes ante el
peligro. Y a los mesoneros no les fue mucho mejor. Merry Bones le propinó a
cada uno un cabezazo en el estómago, y los mandó, a uno contra la pared norte,
y a otro contra la pared sur de la casa.
El atlético joven, de porte gallardo, aunque no
perteneciera a la nobleza y hubiese nacido en una detestable región, salvó
entonces la mesa con una arriesgada pirueta y atravesó el salón rápido como una
flecha, desapareciendo por la puerta exterior.
Incluso tuvo tiempo, al pasar a su lado, de
mandarle un beso a Ann, y otro regalo muy diferente a Grey–Jack, cuya mejilla
se hinchó como si le acabasen de extraer tres muelas.
Antes de desaparecer en la oscuridad del exterior,
Merry Bones le dijo a Ann:
—¡Hasta pronto! ¡Voy a buscar el ataúd de
hierro!...
Si Ella hubiese dedicado alguna de
sus obras maestras a este tema, ustedes habrían encontrado sin duda algunos
capítulos explicativos al final de la narración, con datos esenciales acerca de
esta temida e ignorada clase social formada por los vampiros. Ann había
acumulado a este respecto una gran cantidad de notas, y el señor Goëtzi, que
(al menos en una de sus facetas) era un hombre bastante erudito, le había dado
también valiosas informaciones.
Me doy cuenta de esto al pensar en los personajes
de La Cerveza y la Amistad, tanto animales como personas, ya que
aquí los animales eran tan personas como los demás.
Sin duda hay muchas cosas asombrosas que explicar
acerca de las criaturas que conservan ciertas condiciones humanas, aun sin ser
humanas.
Por ahora me limitaré a explicar, de pasada, una de
las anomalías más singulares de su especie: la divisibilidad del animal o, como
a Ella le gustaba decirlo, de forma más científica, su dividualidad.
Cada vampiro es en sí mismo un grupo, representado
generalmente por una forma concreta, pero que tiene además un número indefinido
de posibles nuevas manifestaciones. El célebre vampiro de Gran, que aterró a
los habitantes que viven entre las riberas del Danubio y la ciudad de Ofen, en
el siglo XIV, se aparecía como hombre, mujer, niño, cuervo, caballo y pez. La
historia de Hungría así lo constata. La señora Brady era una mujer vampiro de
Szegedin, que también podía adoptar las formas de gallo, militar, abogado y
serpiente.
Aparte de esta peculiaridad, muy enigmática ya para
la ciencia, parece ser que estas subformas son capaces a su vez de desdoblarse
en otras, del mismo modo en que lo hace la forma principal.
Ésta es la explicación precisamente de que la
familia del mesonero pudiese encontrarse al mismo tiempo dentro y fuera del
salón, lo que dificultó enormemente la defensa del pobre Merry Bones.
Pero es necesario que destaque también otro hecho,
quizá más extraño aún: la familia del mesonero sin cara, sea vista como un
grupo vivo (hasta cierto punto), o como un sistema puramente
mecánico, movido por los engranajes del reloj, estaba formada completamente por
figuras accesorias. De hecho faltaba en ella la forma principal.
Lo comprenderán todo mejor cuando les explique que
el jefe de ese grupo, la única alma del clan era... ¡Sí, lo han adivinado!
Tanto el mesonero como su mujer, su perro, su loro y su niño, e incluso puede
que hasta su reloj de cuco... eran en realidad ¡el señor Goëtzi!
Enseguida les daré pruebas irrefutables de ello...
Es imprescindible que ustedes sepan que este grupo
de seres, al mismo tiempo plural y singular, capaz de materializar
grotescamente el más impenetrable de los misterios de nuestra fe cristiana, no
nace todo de un tirón. Se va formando y redondeando a través de la conquista,
del mismo modo que lo hace el ganador de ese juego de cartas que imita a una
batalla y que tanto apasiona a los niños. Es parecido a una bola de nieve; el
despreciable señor Goëtzi, por ejemplo, tuvo que beberse primero la sangre de todos
los habitantes de La Cerveza y la Amistad, antes de lograr
incorporar sus presencias. Aunque tendrán que reconocer ustedes que el
resultado obtenido constituye un privilegio extremadamente cómodo.
Pero seguiré, pidiéndoles permiso para retroceder
un poco en el tiempo, con el fin de presentarles a los principales personajes
de esta historia: Edward S. Barton, Cornelia, el conde Tiberio y Letizia
Pallanti.
En la otra orilla del Rin, al este de la ciudad de
Utrecht, alejados ya de estas llanuras que deben su existencia a la victoria
del hombre sobre las aguas del mar, en una alegre región de bosques y cerros,
se levanta el castillo de Witt. En él vivía Tiberio Palma d'Istria, de los
condes de Montefalcone, que había entrado a formar parte de la noble familia de
los Witt gracias a la boda con la condesa Greete, tía carnal de nuestra querida
Corny.
La condesa Greete era muy bella, educada en las
letras y en las ciencias, pero, sobre todo, tan buena y generosa como se
describen normalmente a los ángeles del cielo. Por desgracia, su educación no
había llegado tan lejos en lo que respecta a la música, danza e idioma
italiano, que por aquella época estaban de moda. Después de morir los padres de
Cornelia, ésta quedó bajo la tutela del conde Tiberio, que debido a estas
carencias de educación tuvo que buscarle una institutriz. En aquel tiempo
Italia facilitaba tantas institutrices como actualmente lo hace Inglaterra. No
sé exactamente por qué referencias, pero lo cierto es que se escogió a la
signora Pallanti, ya que no parecía existir en el mundo entero una persona tan
maravillosa y completa como ella. Casi era comparable a la condesa Greete en lo
que respecta a los autores griegos y latinos. Conocía a la perfección el
álgebra y la trigonometría; recitaba las tragedias francesas de memoria,
incluidas algunas de Voltaire, con singular encanto; bailaba como la mismísima
Terpsícore, tocaba además la guitarra, el arpa, el clave y la lira de tres
cuerdas; era capaz de recitar toda la Jerusalén liberada, de atrás
hacia adelante, es decir, comenzando por el último verso.
Dicen que para los entendidos es un auténtico
placer poder escuchar un divino poema recitado de esa forma.
La signora debía de tener entonces
unos veinticinco años, aproximadamente. Los informes sobre su pasado eran
realmente vagos, pero ella era del tipo de persona que se recomienda por sí
misma, y su llegada al castillo de Witt fue una auténtica fiesta. La querida
condesa Greete debió de besarla más de cien veces.
Únicamente el conde Tiberio la recibió de forma más
severa, a pesar de su notoria hermosura. No le agradaban, según decía, las
damas levemente regordetas (porque lo cierto es que Letizia parecía muy bien
alimentada), y los niños prodigio le asustaban un poco. Por otro lado, a él le
parecía que aquella hermosa extranjera tenía además poco cabello.
Letizia era morena. Su cabello negro era,
realmente, muy corto, y al conde Tiberio le chocaba este detalle, acostumbrado
como estaba a la espléndida cabellera rubia de su esposa, cuyo cuerpo podría
haberse tapado por completo con las ondas de su pelo suelto.
Pero daba la impresión de que a Letizia tampoco le
interesaban demasiado los gustos del conde Tiberio. Entregada por completo a
sus tareas de institutriz, encontraba la forma de retribuir las bondades de la
condesa Greete, a la que dedicaba casi todas sus atenciones. Cornelia, bajo su
tutela, hizo progresos cercanos a lo milagroso. Todas las noches tenía lugar un
concierto en familia y, en ocasiones, Greete y Letizia rivalizaban sabiamente
en sus recitales de poesía griega o latina. En resumen: el castillo de Witt era
la propia imagen de la felicidad.
Cornelia adoraba a su hermosa institutriz. Incluso
se empeñó en llevarla con ella en uno de sus viajes de vacaciones a Inglaterra,
y la propia familia Ward quedó inmediatamente prendada de una joven tan
encantadora como aquella institutriz.
En aquella época yo era muy pequeña, pero todavía
me parece recordarla. Nunca en mi vida he vuelto a ver a una mujer tan
seductora como Letizia.
Nuestra querida Ann la admiraba. A pesar de ello,
después de todo lo que pasó, llegó a confesarme que en ciertas ocasiones la
acometían vagos temores, y un miedo misterioso que se entremezclaba con el
sentimiento que la atraía constantemente hacia la bella italiana.
Algo de lo que puedo dar fe personalmente es de que
el señor Goëtzi, que por entonces era el tutor de Edward Barton, mostraba hacia ella el más completo
desinterés. También Letizia desviaba la mirada cada vez que el señor Goëtzi
entraba en la estancia.
A pesar de ello, cierta noche los encontré juntos
en la vieja avenida de castaños. Yo era tan curiosa como cualquier niño de mi
edad, y por eso me acerqué de puntillas para no ser sorprendida. Pero cuando
llegué hasta el sitio donde me había parecido verlos, no había nadie allí.
Sentí miedo...
Letizia partió con su alumna al final del otoño y
fue recibida con auténtica alegría en el castillo de Witt. La condesa Greete la
había echado realmente de menos. Incluso Tiberio mostraba ya una cara mejor, y
cierta velada en que ella cantó Llueve, llueve, pastora, el señor
conde le dijo a su esposa:
—Tenéis razón, condesa. Esta joven sería maravillosa,
con que sólo tuviese vuestros cabellos.
Era un comentario sin mayor importancia, de esos
que se dicen y se olvidan. Sin embargo, no sé por qué, la condesa Greete
palideció.
Fue justo por aquellos días cuando el conde Tiberio
dejó de mofarse de las damas ligeramente obesas.
Y mientras acariciaba los cabellos de su mujer, en
ocasiones le decía bromeando:
—La verdad es que podríais compartirlos con la
signora Pallanti.
Estoy convencida de que la buena condesa habría
aceptado hacerlo, a pesar de que lo que Letizia deseaba no era precisamente
compartir.
Cierta mañana llegó al castillo de Witt nuestro viejo
conocido Goëtzi, quien se cuidó mucho de decir que acababa de ser despedido
como tutor de Ned Barton. En vez de hacerlo, pretendió haberse apartado
de su camino para traerle a Cornelia las últimas novedades de sus
parientes de Stafford. Fue bien recibido, y él aceptó aquella hospitalidad
hablando constantemente de los Ward y de los Barton como si realmente contase
todavía con su afecto y su amistad.
Se trataba, en definitiva, de un caballero
instruido, agradable, y con un elevado conocimiento del mundo. Además era un
buen jugador de whist, de chaquete y de ajedrez. Su presencia
debería haber animado la vida en el castillo, pero no fue así. Sin que pudiesen
explicarse los motivos reales del hecho, el conde Tiberio se tornó taciturno.
No podría afirmarse que se apartase de su mujer, pero sí que sus relaciones con
ella se enfriaron.
Por otro lado, la buena condesa perdió un poco de
su encanto. Se mostraba inquieta y padecía mareos y jaquecas. Casi podría
decirse que estaba palideciendo paulatinamente, adelgazando, e incluso
envejeciendo.
Y su magnífico cabello iba menguando casi a ojos
vista.
Debo reconocer que éste era un detalle no demasiado
extraño en la condesa Greete, que ya no tenía veinte años; pero normalmente,
cuando una hermosa dama pierde sus cabellos, es porque cada mañana quedan
presos en el peine, y sus doncellas pueden incluso lamentarse por cada uno de
aquellos rizos que caen. Pero no fue el caso. Entre los dientes de carey no aparecía
ni un solo pelo, y a pesar de ello éstos se caían... ¡Ya lo creo que se caían!
¡Y lo más sorprendente! Fue justo en aquella época
cuando los cabellos de Letizia comenzaron a crecer. Parecía como si se
estuviese cumpliendo el deseo que había formulado en broma el conde Tiberio y
la buena condesa estuviese compartiendo sus cabellos con la signora
Pallanti.
Pero no era posible, porque una era rubia y la otra
morena. Sin embargo, en lo que respecta a la cantidad, las proporciones se
fueron manteniendo casi de forma rigurosa, de modo que todo lo que Greete
perdía, Letizia lo ganaba instantáneamente.
Debo reseñar aquí que, desde la llegada del señor
Goëtzi, Letizia utilizaba su loción capilar, recomendada por aquel hombre
sabio. Una loción que, no obstante, fue inútil para la pobre condesa, que en
vano intentó también utilizarla. A pesar de la existencia de aquel tonificante
tan beneficioso para Letizia, la condesa Greete veía desesperada cómo su
cabeza se iba despoblando. Me duele tener que pronunciar esta palabra, pero no
me queda otro remedio: ¡se estaba quedando calva!
Y comenzaba a experimentar la horrible certeza de
que era la institutriz la que le estaba robando el cabello.
Pero era algo imposible de explicar. La condesa
Greete no quiso siquiera intentarlo. Sabía perfectamente que al primer
comentario sobre el asunto, todos la tomarían inmediatamente por loca, de tan
absurdas como eran sus sospechas. Además, ¿a quién podía contárselo? Cornelia
adoraba a su tutora, y la pobre Greete casi podía escuchar anticipadamente su
alegre risa si llegaba a sugerir algo tan rocambolesco.
Además, ¿de qué forma podría quejarse? ¿Qué pruebas
tenía?
Sólo le quedaba el conde Tiberio, su marido. Se le
puede confiar todo al hombre que se ama. No existen absurdos comentarios entre
dos enamorados... pero, ¿acaso Tiberio la amaba todavía? Él se mantenía
vigoroso y jovial, mientras que ella parecía haber envejecido diez años en
apenas unos meses. Tiberio la miraba ahora sólo con pena. Se ausentaba con
frecuencia. Según la maravillosa cabellera de Greete se iba trasplantando a
la cabeza de Letizia, Tiberio iba olvidando cada día más el camino del
dormitorio nupcial.
La sospecha entró entonces en el corazón de la
buena condesa como si fuese el filo de un puñal. No sé cómo describir la
obsesión de aquel desdichado espíritu amargado. Comprendió que Letizia se
había convertido en su rival, y que había vencido y terminado con ella
utilizando como arma precisamente sus propios cabellos. Tiberio seguía
apasionado por aquella melena, sólo que a partir de ese momento la amaba sobre
una frente diferente.
Cierta noche en que se encontraba sola en su cuarto
escuchando en la distancia las notas del arpa, ya que había un concierto en el
salón, se sintió arrastrada por una fuerza irresistible. Bajó por la escalera
y, por primera vez después de mucho tiempo, llegó hasta la entrada del
saloncito familiar.
¡Cuánta dicha había degustado entre aquellos
agradables artesonados, testigos mudos de su felicidad pasada!
Pero no entró. Cornelia tocaba el clave. Tras ella,
Tiberio y Letizia conversaban, sentados en el diván. Los dedos de su marido se
hundían en la rizada cabellera que ahora caía de forma ondulada sobre los hombros
de la signora Pallanti.
La condesa Greete se llevó las manos al pecho, convencida
de que su corazón iba a estallar. Sin decir nada, intentó regresar a su
dormitorio, pero sólo lo consiguió con la ayuda de la vieja Loos, a quien
se encontró en el camino.
Al sentirse herida en lo más profundo de su ser, le
dijo a su nodriza:
—Querida amiga, cuando era apenas una niña, te
confiaba todos mis temores; escucha ahora cuál es la terrible angustia que será
la causa de mi muerte.
Conversó durante mucho tiempo, con voz frágil y
llorosa. Loos la escuchaba con las manos unidas. Sin embargo, lo que más
sorprendió a su nodriza no fue la traición del conde Tiberio y de Letizia, que
todos en el castillo conocían, excepto Cornelia, que era pura e inmaculada
como un ángel. Lo que más la asombró, insisto, fue un detalle que le contó la
condesa:
Siempre que llegaba la más impenetrable oscuridad,
aproximadamente a medianoche, su permanente insomnio cedía por unos minutos.
Caía entonces en un pesado sopor, que era casi una tortura.
De esa forma, y noche tras noche, se le repetía
siempre el mismo sueño: ella notaba cómo un hombre se acercaba sigilosamente a
su cama y empezaba a depilarla con una pinza de acero, arrancándole uno por
uno todos sus cabellos.
No podía imaginar quién era aquel hombre, porque
nunca consiguió abrir los ojos en su presencia. Cuando él desaparecía, la
condesa sentía en su cabeza, una sensación semejante a una
quemadura, y la luz del velador derramaba sobre los objetos unos brillos de
color verde.
Pero no terminaba ahí el asunto. Apenas unos minutos
después, se escuchaban gritos distantes en medio del silencio. Eran gritos de
mujer, que parecían proceder del ala del castillo donde descansaba normalmente
la signora Letizia.
Después de haberle contado tan sorprendente historia,
la condesa Greete se durmió de dolor y de cansancio entre los brazos de su
anciana nodriza.
En lugar de retirarse como era habitual, ésta se
deslizó entre la cama y la pared y se escondió entre los cortinajes.
Cerca de las once de la noche se apagaron los armoniosos
sones procedentes del salón, y un poco después comenzó a oírse la fuerte
respiración de la condesa, que parecía haber caído nuevamente en su sopor.
En aquel momento se abrió sin ruido la puerta del
dormitorio y el señor Goëtzi apareció en el umbral. Loos lo vio perfectamente
mientras atravesaba la estancia y se acercaba sigilosamente a la cama. Loos
tendría ahora ciento cuarenta años y la condesa Greete unos ciento dieciocho.
El señor Goëtzi, pensando que nadie lo vigilaba, dio rienda suelta a su
naturaleza de vampiro. Despedía unos bellos reflejos verdes, y su labio
inferior brillaba, rojo como un hierro incandescente. Sus cabellos, revueltos,
temblaban y se agitaban también como llamaradas. Se trataba sin lugar a dudas
de un gallardo vampiro.
Lo primero que hizo fue inclinarse sobre la cama.
Utilizando una larga aguja de oro que sujetaba con el índice y el pulgar,
pinchó a la pobre condesa detrás de la oreja izquierda y, aplicando
inmediatamente sus labios sobre la herida, succionó la sangre durante diez
minutos exactos. Aquello era lo que estaba haciendo perder el color y envejecer
a la bella dama. Su naturaleza saludable se resentía inexorablemente, como se
pueden imaginar, después de que cada noche se repitiese semejante operación.
Por otro lado, el señor Goëtzi parecía beber
sin placer, únicamente para mantenerse en forma. Sólo se embriagaba por
placer con la sangre de las doncellas. Después de beber su dosis acostumbrada,
guardó la aguja de oro y extrajo una minúscula pinza de depilar, con la que fue
arrancando, uno por uno, un mechón de cabellos de la cabeza de la condesa.
Según los iba extrayendo, los iba colocando en un manojo, igual que hacen las
espigadoras con el trigo.
Mientras tanto, la pobre dama gemía débilmente en
sus sueños. La anciana Loos, paralizada de espanto, no podía creer lo que veía.
En cuanto el doctor Goëtzi terminó su repugnante tarea, se marchó tan
contento, tarareando una copla en serbio, que es el idioma que habitualmente
utilizan los vampiros para hablar entre ellos.
Lo primero que pensó Loos fue despertar a la condesa,
a Tiberio... a todos, para arrojar al señor Goëtzi a una caldera hirviente. Las
personas sin mucha cultura piensan que se puede uno deshacer de un vampiro
cocinándolo, pero están equivocadas. Y mientras la anciana se desperezaba, ya
que el terror la había entumecido, pudo escuchar en la distancia los gritos de
mujer de los que le había hablado la condesa.
La asaltó una irresistible curiosidad. ¿Además, qué
importancia tenían unos minutos más o menos? Abandonó su escondite y se alejó
del dormitorio para seguir en silencio por el pasillo, guiándose por aquellos
gritos.
De esa forma alcanzó los aposentos de Letizia, cuya
voz reconoció perfectamente. La signora Pallanti gritaba y lloraba como
alguien al que están despellejando. La anciana acercó inmediatamente un ojo a
la cerradura para saber lo que ocurría.
Por el agujero pudo ver a Letizia, acostada sobre
su cama, que se retorcía de dolor. El señor Goëtzi se encontraba en pie
junto a ella, sujetando en la mano su larga aguja de oro. ¿Alguna vez han visto
ustedes a alguien pinchar las coles? Pues bien, esto era exactamente igual. El
señor Goëtzi practicaba, con su aguja dorada, pequeños agujeritos en el cráneo
de la signora Pallanti, en los que implantaba uno por uno todos los cabellos de
su desdichada ama.
Al verlo, la furia de la anciana no tuvo límites.
—¡Ah, malditos diablos! —exclamó—. ¡Ya las pagaréis
todas juntas! ¡El horno estará bien caliente!
Pero en su enfado, había hablado sin prudencia. El
señor Goëtzi pudo escucharla y paró inmediatamente de trabajar. Aquello no
asustó a la anciana, que pensó que tenía la suficiente ventaja como para huir
corriendo. Pero al incorporarse para escapar, se encontró de frente con el
propio señor Goëtzi, que le cerraba el paso. Retrocedió sorprendida, mientras
se preguntaba cómo habría podido semejante monstruo dar la vuelta a su
alrededor sin que ella lo viera.
El vampiro sonreía mientras se acercaba a ella, que
ahora se encontraba de espaldas a la puerta de la alcoba de Letizia. Ésta se
abrió justo en ese momento y el ruido la hizo girarse.
¡Quien salía del dormitorio era de nuevo el señor
Goëtzi, sin dejar de sonreír! ¡Eran dos! Y ella se desmayó, aniquilada por el
asombro.
Imagino que este último detalle ya no les asusta ni
les sorprende, después de haberse familiarizado con algunos de los misterios y
secretos de la vida de los vampiros; pero intenten concebir el estupor de la
anciana nodriza. El señor Goëtzi que salía de la alcoba y el que se aproximaba
a ella por el corredor eran tan exactamente iguales que cualquiera que los
hubiera visto acercándose, el uno al otro, habría dicho que se trataba de un
hombre que se acerca hacia su propia imagen reflejada en un espejo.
También pudo ver las dos agujas de oro, puesto que
cada uno llevaba la suya en la mano.
Por otro lado, a la desdichada anciana no le quedó
precisamente mucho tiempo para admirar aquel prodigio. Ella sabía ahora
demasiado. Las dos agujas de oro se ensartaron en sus sienes al mismo tiempo,
una a la derecha y otra a la izquierda, y la pobre nodriza de la condesa Greete
expiró sin proferir un solo grito.
Los dos monstruos ni siquiera se molestaron en
probar aquella sangre, que era demasiado vieja para ellos.
—Mi querido doctor —dijo uno de ellos—, ¿qué vamos
a hacer con estos despojos?
—Lo que más os apetezca, mi estimado doctor
—contestó el otro.
Ambos extendieron sus manos sobre el cadáver, y
éste se irguió sobre ocho patas. Acababa de convertirse en un perro doble, o en
dos perros si se prefiere, con un mismo rostro, casi humano. Ambos fueron a
colocarse dócilmente junto a cada uno de los dos Goëtzi, que dijeron al mismo
tiempo:
—Lo llamaremos Funchs. Y ahora sigamos
con nuestro trabajo.
Entonces se abrazaron, fusionándose, mientras los
dos perros hacían lo mismo.
Y así fue como nació aquel extraño animal del que
hemos hablado en la posada de La Cerveza y la Amistad.
El señor Goëtzi regresó junto a la cama de Letizia
y terminó de implantarle los cabellos recién robados.
En las siguientes vacaciones, la condesa Greete
expiró, abandonada, en medio de un castillo desierto. Cornelia se encontraba
aquí, en casa de los Ward, donde se terminaban los últimos preparativos de su
boda con Edward S. Barton. En esta ocasión no la acompañaba su institutriz
Letizia, que había dado la excusa de asuntos de familia que la reclamaban en
Italia.
Más tarde se supo que lo que había hecho era seguir
sencillamente al conde Tiberio a París, donde éste llevaba una vida
completamente disipada, jugando, divirtiéndose y entregándose mutuamente a los
excesos más desenfrenados. Su amor por la extravagancia había aparecido de
forma repentina y un poco tardía. El día en que el señor Goëtzi le informó de
la muerte de su desgraciada esposa, celebró una gran fiesta. La condesa Greete
había muerto desesperada, teniendo sobre su cabeza apenas un mechón de pelo de su
hermosa cabellera. Un día después, el señor Goëtzi alquiló en las
proximidades de Utrecht una pequeña casa, en la que instaló a la mujer calva
que hemos visto al lado del mostrador de La Cerveza y la Amistad.
Esa mujer, que le obedecía como una esclava, era todo lo que había sobrado de
la condesa Greete. Tenía como guardián a Funchs, el perro de cara
humana, y su nombre era señora Frasquita en holandés.
Al regreso del conde Tiberio tuvo lugar en el castillo
una reunión entre los tres: Letizia, Goëtzi y él. Hablaron del reciente
fallecimiento del conde de Montefalcone, el hombre más rico de los países del
Istria y de Dalmacia, situados frente a la república de Venecia, al otro lado
del Adriático.
Montefalcone había dejado una viuda y un
hijo único. Si este muchacho muriese, Cornelia de Witt se convertiría en
la heredera de la condesa viuda.
Y si Cornelia moría, la herencia de los
Montefalcone pasaría a manos del propio conde Tiberio.
Lo cierto es que el conde no era malvado por
naturaleza, pero en aquel momento se encontraba dominado por Letizia, y ésta a
su vez por el señor Goëtzi.
Permanecieron reunidos toda la noche, y al final decidieron
que el señor Goëtzi viajaría a Viena para ocuparse de aquellos asuntos, no
precisamente domésticos.
Y el asunto principal era el joven Montefalcone,
hijo del difunto conde y de la condesa viuda, que estaba destacado en Austria
como capitán del regimiento de Liechtenstein, y vivía en la corte del Emperador
José II. Era un individuo de cuidado.
El señor Goëtzi partió acompañado de la mujer
calva, Frasquita, y del perro Funchs. Nuestra querida Ann no me
habló de aquel viaje. Lo único que sé es que al llegar a Viena se hospedaron en
casa de un usurero que le prestaba dinero a Mario Montefalcone. El judío tenía
en su poder documentos, firmados por el joven capitán, por valor de más de un
millón de florines. Se llamaba Moisés.
Tenía su residencia en el tercer piso de un enorme
edificio del Graben, en el que vivía con su hermosa hija Débora, que todas las
noches amarraba una escala en su terraza para cenar en su cuarto con el joven
capitán Mario.
El viejo Moisés tenía en su túnica un bolsillo de
cuero, donde siempre llevaba los documentos firmados por Montefalcone, que
constituían su más preciado tesoro. Nunca se quitaba la túnica para dormir. La
terraza donde la hermosa y culpable Débora amarraba su escala de cuerda
estaba forjada completamente en hierro.
Cierto día en que se celebraba una fiesta militar
entre los ojaranzos del palacio imperial de Schoënbrunn, que son los mas altos
del Universo, Débora insistió tanto ante su anciano abuelo que éste accedió a
llevarla a ver el desfile. Ella se vistió con sus mejores ropas y todas las
joyas que el capitán le había ido regalando. Estaba maravillosa. Sus perlas y
rubíes valían exactamente tanto como los documentos que Montefalcone había
firmado en favor de Moisés. También Montefalcone lucía, en aquel desfile, un
uniforme nuevo. Los dos jóvenes se sintieron tan felices de verse que con sus
miradas intercambiaron la promesa de una cita para aquella misma noche.
También la mano del usurero descansaba sobre el bolsillo de cuero que colgaba
junto a su corazón. Todo el mundo se sentía feliz.
Pero mientras tanto, el señor Goëtzi, Frasquita
y Funchs habían permanecido al cuidado de la casa del Graben.
Durante la fiesta, le dedicaron todo el tiempo al dormitorio de la hermosa
Débora, cuyas persianas bajaron para no ser descubiertos. El señor Goëtzi y
Frasquita se turnaban en la terraza con una piedra de afilar, mientras Funchs
montaba guardia en lo alto de la escalera.
Cuando el señor Goëtzi y la mujer calva terminaron,
las dos aristas superiores del barrote que sostenía el balcón estaban más
afiladas que una daga.
Esa noche, cuando la plaza del Graben se hallaba
desierta y solitaria, apareció el heredero de Montefalcone, más alegre que
nunca, y vestido con su abrigo de fiesta. Nada más aparecer, cayó una escala de
seda desde la terraza de Débora.
Y el conde heredero comenzó a subir por ella. La
escala era muy firme, ya que el barrote de hierro del balcón, convertido ahora
en cuchilla, tardó mucho en cortarla. Sólo después de superar el segundo piso
la escala del capitán se rasgó.
Pudieron escucharse entonces dos alaridos, uno de
mujer, y otro del capitán. Inmediatamente volvió a reinar el silencio de la
noche, como las aguas de un río se cierran nuevamente después de sumergirse en
ellas quien por mala suerte cae de un puente.
Simultáneamente, el señor Goëtzi despertó al anciano
Moisés para avisarle de que un malhechor estaba trepando hacia los balcones de
su casa. El buen hombre salió corriendo, llevando el trabuco en una mano,
mientras palpaba con la otra su bolsillo de cuero.
Funchs, el perro con cara de hombre, estranguló al usurero sobre el vano de su
puerta.
El señor Goëtzi ya no tenía nada más que hacer en
Viena. Después de vaciar el bolsillo de cuero, inició de nuevo su andadura, a
la luz de la luna, con el corazón tan alegre que no dejaba de tararear
canciones populares.
Y a partir de ese momento, la escolta del señor
Goëtzi aumentó. Además del perro de rostro humano y de la mujer calva, o si lo
prefieren, de Loos y de Greete, le acompañaban también un loro y un niño que
jugaba con su aro durante la travesía. El loro era el usurero Moisés, de pico
firme y garras curvas; y el niño era el propio capitán Mario. No se había encontrado
una figura mejor para aquel noble de uniforme refulgente.
En lugar de regresar por el camino de los Países Bajos,
el señor Goëtzi se encaminó hacia el sudeste, atravesando el archiducado de
Austria, la Carintia y la Carniola. Ella nunca me detalló
si realizó aquel viaje en coche o a pie, pero hay un detalle muy curioso respecto
al modo en que los vampiros y sus séquitos atraviesan las corrientes de agua.
Todo el grupo se apelotona contra el amo vampiro, hasta entrar dentro de él.
Después de ello, el vampiro se tumba sobre el agua y rema, con los pies por
delante, haciendo la plancha. Y por muy fuerte que sea la corriente, no logra
impedir su avance.
Recuerden ustedes que, siempre que se tropiecen con
alguna persona que nada en un río de esta forma, deben tomar todas las
precauciones imaginables, pues sin duda se trata de un vampiro.
El señor Goëtzi se desvió ligeramente hacia el
este, al llegar a Trieste, cruzó Istria, Croacia, y penetró en Dalmacia antes
de internarse en los Alpes Dináricos hasta la frontera de Albania, que es donde
se encuentra el castillo de Montefalcone, uno de los más impresionantes que
existen en el mundo, y escenario de uno de los acontecimientos más dramáticos
de nuestro relato.
Todo en aquel lugar era abrupto, confuso, tenebroso,
desde la hierba de las praderas hasta las nubes del cielo. Las cimas de las
montañas trepaban hasta las alturas con una rabia salvaje, y sólo más adelante
podía divisarse una mezcla de torreones y almenas, de los que, por cientos de
grietas, colgaban gigantescas cabelleras de lianas. Podían verse algunos
pinos, creciendo entre los muros, y éstos parecían brotar a su vez de abismos
insondables.
Si había alguna idea que predominase en aquella
situación, ésta era la de la completa imposibilidad de penetrar por allí, a
pesar de la voluntad del amo. Detrás de las estrechas ventanas alargadas
podía adivinarse la emboscada de algún vigía al acecho; las troneras se abrían
amenazadoras, y los puentes levadizos, erizados de rejas, colgaban sobre el
vacío como trampas para gigantes.
No se veía ni un solo centinela sobre los muros,
pero en la esquina de una de las plataformas, iluminada por los cuernos de la
luna y casi completamente oculta por una nube achatada y escamosa como el lomo
de un cocodrilo, podía verse la estructura cuadrada de una horca, de la que aún
colgaba un esqueleto, alrededor del cual revoloteaban los cuervos.
El vampiro llegó unos minutos antes de la puesta
del sol y se paró en la cima de una montaña muy elevada desde la que podía
verse toda la región. Desde allí era posible divisar no sólo el castillo, sino
infinidad de pueblos y ciudades, valles estériles, fértiles campiñas, e
incluso algunas islas en el mar. Durante un buen rato contempló extasiado tanta
belleza, y en especial la propiedad de Montefalcone, una finca realmente
imperial.
Una sonrisa imperceptible aleteaba en sus labios,
rojos como brasas.
Entonces dijo: «¡Id!», y repentinamente le abandonaron
los espíritus esclavos que lo envolvían. El loro levantó el vuelo, el perro
brincó sobre la ladera de la montaña, y tras él marcharon la mujer calva y el
crío, jugueteando con su aro.
Después de que se fueran, el señor Goëtzi se desdobló
nuevamente, para tener alguien con quien conversar. Encendió una hoguera, y
los que aquella noche desde el fondo del valle elevaron su mirada a las
montañas pudieron ver en la cúspide de una cima inaccesible, jamás hollada
por nadie, dos resplandores verdes acurrucados en la nieve, calentándose frente
a una débil luz.
Era ya entrada la noche cuando regresaron sus esbirros.
El castillo de Montefalcone se había transformado en una masa informe en medio
de las montañas. Detrás de sus murallas brillaban, en varios lugares diferentes,
el resplandor de algunas luces.
A pesar de que el señor Goëtzi no había hablado con
ninguno de sus esclavos, cada uno de ellos tenía instrucciones precisas acerca
de lo que debía hacer. Todos regresaron, aunque al mismo tiempo se quedaron
también allá, en los diferentes lugares que les habían indicado. Y es que la
propiedad de desdoblamiento les otorga incuestionables privilegios.
Aquellas mitades de demonios se sentaron en círculo
alrededor de la hoguera, menos el loro, que retrepó hasta el hombro de la mujer
calva, y el señor Goëtzi escuchó sus informes. Frasquita fue la primera en hablar,
diciendo:
—Soberano señor, yo entré en medio del cuerpo de la
guardia que vigila la puerta principal, con mi barril de kirschwasser.
Parece que aún tengo alguna belleza, porque los soldados querían agarrarme,
mientras me llamaban «tesoro» y cosas por el estilo. Y he aquí lo que averigüé:
la fortificación se encuentra en pie de guerra debido a una banda de
salteadores que está asolando estas montañas. La guarnición es lo
suficientemente numerosa como para defender por sí sola toda una ciudad.
Cuentan además con abundante artillería. ¡Muy listo habrá de ser quien logre
entrar allí dentro!
—¿Dónde has puesto tu barril? —le preguntó Goëtzi.
—Amo —contestó Frasquita—, está junto a la
guardia, porque todavía estoy dando de beber a los soldados, que siguen
llamándome tesoro.
El perro con cara de hombre comenzó a reír, y el
loro picoteó la cabeza sin pelo de aquella espantosa vieja.
—De acuerdo —dijo entonces el vampiro—. Ahora te
toca a ti, Funchs.
—Amo soberano —respondió el perro—, ya he recorrido
las murallas. Sólo tienen un punto flaco, e incluso para entrar por allí
serían necesarias palas y explosivos. Se trata de una explanada donde no hay
guardia, pero colocaron un perro del tamaño de un toro. Lo cierto es que
nuestros sexos son diferentes y...
—¿Y tú le cortejaste junto al muro? —le atajó el
señor Goëtzi, sonriendo.
—Sí, mi amo y señor. Se acercó ardiente de ternura,
y yo acabé con él estrangulándolo. Ahora soy yo quien está montando guardia
allí, mientras él yace en el patio.
—Perfecto —le felicitó el señor Goëtzi, dándole una
patada amistosa—. Ahora dime tú qué es lo que has hecho, capitán.
El crío se limpió la boca, donde le quedaban restos
de golosinas.
—Mi coronel —dijo haciendo un saludo militar—, yo
fui a jugar con mi aro en el regazo de tres hermosas jóvenes, que son las
doncellas de la vieja condesa. Me llenaron de dulces y me dijeron que van a
tener nuevos vestidos negros, porque les llegó de Viena la noticia de que el
único hijo de la casa se rompió la cabeza al intentar escalar como un tonto
hasta la terraza de una judía...
Ahora recuerdo que todavía no he mencionado que
estos desgraciados conservan un recuerdo muy lejano de su estado original.
—¿Hay algo más? —preguntó entonces el vampiro.
—No, mi coronel. Las tres doncellas me dieron marrasquino.
Me resultaban familiares sus rasgos, aunque por todos los demonios que no
sabría decir por qué. Por cierto, existen algunos cotilleos en la guarnición:
la anciana señora amaba mucho a su inocente hijo, y no desea seguir viviendo en
un castillo que le recuerda constantemente su desgracia. Mañana mismo piensa
partir hacia Holanda en busca de una muchacha que en estos momentos es la única
heredera y a la que desea tener a su lado. Las doncellas también me dieron
bombones de licor.
—¿Te quedaste con ellas?
—Sí, dejé allí mi doble, aunque levemente mareado.
Lo tumbaron en un rinconcito, con una botella de anís.
—Muy bien —dijo Goëtzi por tercera vez—. Es tu
turno, Harpagón.
Le hablaba al loro, que estaba alisando sus plumas
mientras hinchaba el lomo.
—Yo, mi amo y señor —dijo quien había sido el usurero
Moisés—, tengo a mi réplica en este momento junto a la condesa viuda, a quien
le he gustado mucho. En el momento en que me vio entrar, hace un momento, por
la ventana abierta, paró de quejarse y de sollozar. Casi diría que llegó a
consolarse. Podría haberos relatado, con un estilo mejor, todo lo que los
otros ya os han contado, pero como se trata ya de una historia muy vieja, os
haré un regalo mejor. ¡Tomad!
Y con estas palabras el loro extrajo de debajo de
su ala un llavero, con todas sus llaves doradas y cinceladas, que depositó
respetuosamente en las manos del señor Goëtzi, mientras decía:
—Éste es el juego de llaves de seguridad de la
anciana señora. Con esto podréis acceder sin problemas hasta su dormitorio.
Goëtzi le dio una cariñosa palmada al loro, y se incorporó
diciendo:
—¡Todo marcha sobre ruedas! ¡A trabajar!
Y bajó por la escarpada ladera de la montaña, seguido
por su séquito de lacayos. Era ya noche cerrada cuando alcanzaron las murallas
del castillo. Para poder salvar los fosos, anchos y profundos, y llenos de
agua, utilizó el mismo método que había empleado para atravesar el río. No
apareció ni un solo guardián para darle el alto. Todos los centinelas se
encontraban con el cuerpo de guardia, empeñados en acabar con el barril
de kirschwasser, y conversando animadamente con la mujer calva. En
el patio, el doble del perro Funchs se mantuvo en silencio. De
esa forma fueron abriendo todas las puertas, utilizando las propias llaves de
la condesa, y cuando atravesaron la antecámara donde se encontraban las tres
doncellas, éstas se encontraban tan entretenidas en dar de beber curaçao al
doble del crío que ni siquiera escucharon el menor ruido.
Incluso la pobre viuda fue incapaz de oír nada, sorda
como estaba entre el parloteo del loro. ¡Cuando se piensa que era la buena de
Greete la que actuaba de ese modo! El perro con rostro humano, y que anteriormente
había sido la fiel Loos, se ocupó de devorar el rostro de la viuda, en cuyo
lugar el vampiro Goëtzi sembró una espesa barba.
Debo citar aquí el hecho extraordinario de que el
crío experimentó un ligero malestar al ver cómo le infligían tan denigrante
tratamiento a los restos de la que había sido su madre.
Entonces el señor Goëtzi se marchó, después de
pegar fuego en los cortinajes de la cama con la intención de que aquello
explicase la desaparición del cadáver, ya que, ni siquiera necesito decirlo,
se llevó también con él a la desdichada viuda de Montefalcone, que se
transformó desde ese momento en el mesonero sin rostro.
En el preciso instante en que el señor Goëtzi abandonaba
el castillo, la mujer calva desapareció con su barril de en medio de la
guardia. También las doncellas comenzaron a buscar sin éxito al muchacho del
aro, que parecía haberse esfumado.
La tenebrosa comitiva, que acababa de incrementar
su número con la presencia de maese Hass (que era el nombre que había adoptado
el mesonero), viajaba de nuevo, en esta ocasión hacia el mar. Después de
alcanzar la llanura, el vampiro se volvió y pudo contemplar un espectáculo
sobrecogedor. El fuego se había extendido de los cortinajes a la cama, de ésta
a toda la estancia, y de la estancia al ala del castillo en que se encontraba.
Era algo maravilloso. Los precipicios, tan extrañamente iluminados, reflejaban
ahora el misterio de sus enigmáticos abismos, las cimas nevadas despedían
destellos púrpuras y, en el centro de la escena, el fuego se despeinaba al
viento como si fuese una gigantesca antorcha. Con frecuencia me ha dicho
nuestra querida Ann que no hay nada tan hermoso e impresionante como un
incendio en la montaña. Por mi parte, no puedo asegurarlo con conocimiento de
causa.
A pesar de su acostumbrada indiferencia frente a
las bellezas de la naturaleza, el señor Goëtzi se paró un momento, aunque
inmediatamente continuó su camino, atravesó el Adriático en una elegante
tartana, y sólo paró después de recalar en Venecia. No les hablaré del
Carnaval. Ella ya lo ha hecho en unas páginas de maravillosa
magnificencia. Únicamente les diré que, mientras descansaba de sus andanzas, el
señor Goëtzi atrajo mediante argucias a la hija de un gondolero del Lido y
calmó su sed con la sangre de la muchacha. Así fue como se recuperó por
completo.
Mientras el vampiro iniciaba su viaje por Dalmacia,
Ned Barton se dirigió hacia Holanda para preparar su boda. El conde Tiberio
vivía entonces en la bella mansión que había adquirido en Rotterdam tras la
muerte de su esposa. Aún no conocía, al desembarcar Ned en los Boompies, el
trágico final de su primo, conde de Montefalcone.
Supongo que no les sorprenderá que les diga que
Cornelia, demasiado preocupada por su felicidad, o por decirlo mejor, por
Edward Barton, no se había dado cuenta de las relaciones que ya existían
entre Tiberio y Letizia Pallanti.
Puede afirmarse incluso, con absoluta certeza, que
era la única persona de Rotterdam que no conocía las andanzas de su preceptor.
Tras su viaje a París, Letizia aparecía descaradamente en público, mientras
pregonaba orgullosamente: «¡Ahora soy la dueña y señora de la casa de mi
antiguo amo!»
No obstante, la situación cambió un poco con la llegada
de Ned. Les pido que recuerden que se trataba de un inglés muy joven, es
verdad, pero cuya edad no influía negativamente en él. De hecho, ser inglés implica
ya una cierta supremacía; la mera presencia de uno de ellos impone las reglas y
conquista el respeto de los demás.
De cualquier forma, piensen lo que piensen, lo
cierto es que ante él Tiberio comenzó a experimentar vergüenza, y Letizia a
sentir miedo.
Gracias a él todo volvió a la normalidad, y debido
a su presencia, sobrevino una tregua en medio del escándalo.
Sin embargo, Ned Barton había traído con él a su
sirviente, un pobre irlandés atolondrado, charlatán, perezoso y
descuidado, improper de la cabeza a los pies, y cuyo pequeño
cerebro no tenía ni siquiera seis peniques del más elemental sentido común.
Exageradamente curioso y descarado, y con muy poco
sentido de su propia dignidad, desató su lengua en todos los corrillos de la
cocina y del exterior de la casa, que en pocos días se enteró de toda la
historia mucho mejor que los propios testigos de la misma.
Merry Bones no soportaba a la Pallanti. Suele pasar
frecuentemente, entre sirvientes e institutrices. En más de una ocasión,
mientras afeitaba a su joven amo, había sentido deseos de desahogarse con él,
pero Ned siempre se negó a prestarle oídos.
Cierta mañana de enero, después de extender el jabón
por las mejillas de Ned, y con la navaja todavía suspendida en el aire, dijo:
—Querido Señor, Holanda puede no ser un mal país,
debido sobre todo al squidam, pero su cerveza es floja. ¡Recordad
mis palabras! ¡Muchos perros muertos flotarán Mosa abajo antes de que tenga
lugar vuestra boda en marzo!
Frotó rápidamente la navaja contra la palma de su
mano.
—Vamos —le dijo Edward—. Date prisa.
—Esa maldita institutriz también tiene prisa
—explotó el irlandés—. Prisa por hacer daño y jugaros una mala pasada. Y si me
equivoco, que el Señor me castigue al fuego eterno. ¿Habéis notado cómo os
mira?
—¡Vamos! —insistió el muchacho—. Te he dicho que te
des prisa.
—Ya le ha sacado no sé cuántos cientos de miles de
ducados a ese cretino. Hablo del conde Tiberio. Y ni siquiera es la señorita
Cornelia quien ocupa ahora la cabecera de la mesa.
—¡Es cierto! —exclamó Edward.
—Ni las alcobas principales. ¡Musha! ¡Qué
país tan extraordinario es Holanda! ¡Las institutrices lucen pendientes de
diamantes! ¿Queréis apostaros conmigo dos piezas de seis peniques, es decir, un
chelín, a que os puedo decir algo que no sabéis? Porque, ¡bendito sea Dios!, su
Excelencia nunca se entera de nada. Su primo de Montefalcone, me parece que ése
era su nombre, el que servía como capitán, acaba de morir allá, no recuerdo
bien dónde. Y esa maldita maestra fue la primera en saberlo.
Edward le escuchaba finalmente.
—¿Estás completamente seguro? —le preguntó al
muchacho.
—Y recibió la noticia a través de ese pillo de
Goëtzi.
—¿Lo has visto, entonces?
—Uno se fija en todo, ¿no es cierto? Es la mejor
manera de informarse.
—En cualquier caso —prosiguió Ned—, es la condesa
viuda la que va a heredar a su hijo, el capitán.
Merry Bones limpió la navaja y sacudió su espesa
cabellera.
—Desde luego, desde luego, Excelencia —contestó—.
Pero, ¿queréis saber mi opinión? Estoy seguro de que la condesa no llegará
a vieja ahora. Y cuando la condesa viuda desaparezca, ¡que se cuide la
señorita Corny! ¿Me comprendéis? La riqueza del conde Tiberio se ha visto
mermada en sus tres cuartas partes, sin llegar a saciar el hambre de esa
institutriz. Espero que me entendáis.
Fue por esa época cuando las cartas que Ned y Corny
le mandaban a nuestra querida Ann comenzaron a perder ese tono de despreocupada
dicha.
Pero hasta finales de febrero no se supo de la muerte
de la condesa viuda de Montefalcone, que convertía a Cornelia en una rica
heredera. El señor Goëtzi ya había vuelto, aunque no aparecía en público.
Tramaba una conspiración para intentar que Edward realizase algún acto violento
que sirviese como excusa para romper el noviazgo.
Sin embargo Edward Barton no cayó en aquella
trampa; se guardó muy mucho de mostrarle a la signora Pallanti todo el
desprecio que le tenía, y mantuvo una compostura tan natural frente a ella que
ésta terminó creyendo en sus buenos sentimientos. Aunque fue una desgracia que
pasara eso.
Respecto al conde Tiberio, Ned continuó yendo a su
casa, que era el único lugar donde podía verse con Cornelia. Tiberio se
mostraba cada día más soberbio con él, e incluso despectivo algunas veces.
El compromiso matrimonial era tan público que
resultaba prácticamente imposible romperlo, aunque se realizaban retrasos que
eran claramente equivalentes a esta ruptura. Con esa intención se dijo que era
necesario realizar un viaje hasta el castillo de Montefalcone antes de la
boda, y que Edward Barton no iría.
El joven no protestó.
Esa era por lo menos la impresión que se tenía después
de leer las cartas que recibió nuestra querida Ann, todas juntas, la noche de
la víspera de su boda.
Se hace necesario que indique aquí que aquellas esquelas
no fueron completamente sinceras. Escondían levemente la verdad. Se trata de un
escrúpulo característicamente inglés. En Inglaterra sentimos horror ante algo
tan escandaloso como un secuestro. Cuantas más libertades les damos a los
jóvenes de nuestras familias, tanto más les exigimos que no se salten nunca
las más elementales normas de conveniencia. La decencia es una virtud
típicamente inglesa. Dudo mucho que nuestra querida Ann haya hecho figurar nunca
un solo rapto en sus historias; me refiero a un secuestro consentido por la
muchacha, ya que el rapto en sí es un acontecimiento mucho menos escandaloso.
Pues bien, en medio de aquellos miedos, desgraciadamente
demasiado acertados, Edward Barton y Cornelia de Witt, tras intentar
inútilmente encontrar otra solución, decidieron llevar a cabo aquella acción
tan criticable como peligrosa, y que las personas de nobleza no pueden tolerar
bajo ningún concepto. Porque la clase baja hace lo que se le antoja. Por ese
motivo, y al sentirse plena y voluntariamente culpables de un acto impropio de
ellos, Ned y Corny decidieron guardar silencio sobre él, de cara a sus
amistades.
No piensen que estoy disculpando, ni siquiera de
cierta forma, algo inaceptable para «las normas». Lo único que deseo reseñar es
que ellos se estaban enfrentando a un canalla sin escrúpulos y en quiebra, a
una mujer perdida y a un vampiro. No podemos negar que su situación era
realmente difícil.
El sirviente irlandés, Merry Bones, también ayudó
lo suyo a llevarlos por el mal camino, aunque ojalá hubiese querido el
destino, en definitiva, que continuasen por él, ya que de esa forma se habrían
evitado terribles desgracias.
Si le hubiesen hecho caso al irlandés, que después
de todo tenía algo de intuición, no habrían esperado hasta el último segundo
para, una vez en Londres, y protegidos por las leyes inglesas, haberse burlado
alegremente de los pérfidos malhechores que amenazaban tanto su felicidad
como su fortuna y su vida.
Porque cuando finalmente decidieron dar aquel paso
ya era demasiado tarde. La víspera del día en que pensaban fugarse, Letizia
Pallanti acusó de arbitrariedad a la señorita Cornelia con tanta soberbia y
altanería que la pobre y joven noble perdió por completo los estribos y la
prudencia que la caracterizaba, para poner orgullosamente en su lugar a la
descarada institutriz. Ese mismo día, que fue el último del mes de febrero, el
conde Tiberio logró finalmente provocar una pelea con Ned Barton. Habían firmado
el contrato el día anterior. Nada se había deshecho, pero, cuando Edward
intentó aquella noche entrar en la casa, le negaron el paso.
Y cuando Cornelia intentó salir a la mañana siguiente,
se la retuvo como si fuese prisionera.
En semejantes circunstancias, nuevamente apareció
el señor Goëtzi como un gran salvador. Con sus: «¡tened cuidado! ¡Debéis
desconfiar de él!», aconsejó vagamente a Ned sobre un peligro que no concretó.
También recomendó a Corny que fuese valiente. Sin embargo, Merry Bones, a quien
trató de ahogar traidoramente en las aguas del Mosa, mientras el
fiel servidor cuidaba de la barca en la hora señalada para la fuga de su
amo y de Cornelia, les contaría muy pronto la verdad acerca de aquel sujeto.
Ya saben ahora cómo acabó este capítulo de la boda
interrumpida y de la huida fracasada. En medio de la noche, Cornelia fue
arrojada sobre una silla de caballo y secuestrada, no por Ned, sino por la
pareja de canallas que formaban Tiberio y Pallanti, que se adentraron por
tierra hacia los dominios de Montefalcone.
SEGUNDA PARTE
Entre tanto, el sirviente irlandés había
desaparecido sin dejar rastro hacia un lugar que ustedes conocerán en el
momento oportuno. Ned, traidoramente avisado por el señor Goëtzi, se fue
detrás de su amada por el antiguo camino de Gueldre, donde fue apuñalado por
los enmascarados, antes de ser llevado moribundo por algunos campesinos hasta
la posada de La Cerveza y la Amistad.
Ahora ya podemos regresar a ese peligroso antro en
que dejamos a nuestra querida Ann, después de asistir al singular combate del
pobre Merry Bones, mientras el reloj de cuco tocaba trece campanadas, contra la
doble jauría que formaban aquellos esclavos al servicio del vampiro Goëtzi.
En cuanto Merry Bones abandonó el salón con
aquellas extrañas palabras: «Me voy a buscar el ataúd de hierro», todo regresó
inmediatamente a la normalidad. Todos los miembros duplicados de la familia
del vampiro Goëtzi se unieron hasta convertirse en figuras individuales, como
si fuesen muebles plegables.
Sería fácil creer si les dijera que nuestra querida
Ann contemplaba aquellas figuras con el mayor estupor, y con la imaginación
torturada ante la enigmática frase del criado irlandés. Pero no. Su mente, de
una agilidad sin igual, ya conocía aquel tipo de trucos y era necesario algo
más para poder sorprenderla.
No obstante, la vuelta a la calma la sorprendió,
e incluso hizo callar a Grey—Jack, que profería maldiciones sin descanso,
acariciándose con las dos manos sus mejillas hinchadas por las bofetadas de
Merry Bones. Al pensar que, después de todo, éste sólo era un irlandés, Ella llegó
a suponer que quizá había sido él el único causante de la batalla de la que
acababa de ser testigo.
Lo cierto es que, al observarlos mejor, tanto el mesonero
como su familia parecían bastante sosegados, y podría jurarse que la mujer sin
pelo, en especial, era una maravillosa persona. El crío le trajo un jarro de
cerveza al viejo Jack, que se lavó con ella sus doloridas mejillas, bebiéndose
lo demás con auténtico placer.
A Ella le pareció necesario
repetir la orden que acababa de dar poco antes de que sonaran las trece campanadas
en el reloj.
—Deseo ver —repitió nuestra querida Ann, con voz
clara y segura—, a Edward S. Barton, esquire, que estuvo o está en
una de las habitaciones de esta posada. Y en el caso de que el desgraciado
hubiese muerto, ya sea de forma natural o no, exijo que se me entreguen sus
restos inmediatamente, para ocuparme de que se les de cristiana sepultura, de
acuerdo con los criterios de la Iglesia.
Al oír aquellas palabras, Grey—Jack comenzó a gimotear,
mientras el mesonero y su mujer exclamaban:
—¡Ah! ¡El querido caballero! ¡Que Dios lo bendiga!
El crío, por otro lado, repitió:
—He visto al hombre muerto.
Y el perro con rostro humano aulló suavemente, como
si fuese una mujer enferma, mientras le dedicaba una lánguida mirada a la
atrevida joven.
El loro seguía atusando la barba de su dueño,
mientras repetía: «¿Ya has comido, Ducado?»
Ann nunca me explicó cuáles fueron los motivos que
la llevaron a conformarse con aquellas respuestas, claramente vacías. El propio
Walter Scott la acusaba, por cierto, de dejar muchos cabos sueltos en sus historias.
Cuando el mesonero le ofreció una buena habitación
y una cama caliente, Ella aceptó, puesto que no había dormido
bien desde que abandonara su casa.
El mesonero la llevó entonces hasta la alcoba,
mientras sostenía una bandeja de té, acompañado por la mujer calva, que
sujetaba los candelabros. El mozalbete arrastraba el brasero, y el enorme
perro cerraba la marcha. Grey—Jack no iba con ellos. A nuestra querida Ann no
se le ocurrió siquiera preguntar por qué motivo la separaban de su criado,
poco astuto, es cierto, pero muy fiel.
La verdad es que yo misma dudo un poco de este
pasaje de la historia, en que nuestra querida Ann no se mostró demasiado
coherente. ¿Cómo pudo confiar tan fácilmente en personas a las que acababa de
ver duplicadas, para luego fundirse en una misma piel, antes de tener la menor
información de lo que le había pasado a Ned? La respuesta a esta pregunta es
que ni siquiera su más maravilloso relato, Los Misterios de Udolfo,
está exento de esa inconsistencia. Ella no tenía muy buena
memoria, y su encantadora heroína, Emilia, dotada a pesar de ello de una
profunda perspicacia, está llena de ocasionales distracciones. También se
sentía exhausta por el esfuerzo, y ya se pueden ustedes imaginar que una
muchachita como Ella, perteneciente a una familia sosegada,
debía de tener la cabeza completamente alterada después de tan singulares
aventuras.
Lo cierto es que se fue a dormir a una cama bien caliente.
La mujer calva colocó una manta con sumo cuidado; el mesonero dispuso sobre la
mesa de luz todo lo necesario para tomar el té, y el crío encendió rápida y
hábilmente las velas. Después de aquello, todos se retiraron deseándole buenas
noches.
Ella se había quedado finalmente sola. En la puerta, chirrió la llave
mientras le daban dos vueltas al cerrojo. Se escucharon unos pasos alejándose,
hasta extinguirse por el largo pasillo. El silencio habría sido absoluto de no
ser por el viento, que sacudía, gimiendo melancólicamente, las maderas de la
ventana.
Por primera vez desde que abandonara la casa de sus
padres, nuestra querida joven estaba en una posición lo suficientemente
confortable como para entregarse a las reflexiones. Sus primeros pensamientos
la llevaron de vuelta hacia las alegres praderas de Staffordshire. ¡Ah! ¡Qué
hermosa es Inglaterra, deliciosa reina del mundo, cuando se la contempla a
través de las lágrimas derramadas por el exilio!
Mientras Ann estaba así, sumida en una especie
de semiinconsciencia y poblada por vagos temblores, pudo escucharse un
ruido sordo procedente del piso inferior de la posada: era el ronco barullo que
suele producirse dentro de la caja de los relojes, antes de dar las campanadas
de las horas. En cuanto éstas comenzaron a tocar, se reanudó en la planta baja
el concierto de gritos salvajes e insultos, en medio del confuso eco de una
pelea. El bronce del reloj cantó catorce veces, y con él lo hizo el escuálido pájaro
cu—cú. Después sobrevino el silencio, en medio del cual destacó la estridente
voz del niño que jugaba con el aro, que decía: !He visto al hombre muerto.
Sus palabras despertaron a Ann, alterada por una
gran impresión. ¡El hombre muerto debía de ser Ned! ¿Cómo pudo olvidarse ni
siquiera por un momento de un duelo tan atroz? ¡Ned, el alegre niño con el que
había compartido sus primeros juegos infantiles, y al que todavía podía querer
por lo menos como a un hermano!
¡Ned era el hombre muerto! ¡Ned! Justo entonces,
nuestra querida Ann reconoció su cuarto. ¿Cómo había tardado tanto en hacerlo?
Se encontraba en la habitación descrita por Ned en su última carta, aquella
desde donde le había gritado sus desesperados: «¡Socorro! ¡Socorro!»
Gracias al brillo de dos velas, cuyas alargadas mechas
producían más humo que luz, pudo ver los cortinajes con flores enormes y la
colección de láminas con las proezas del almirante Ruyter, y además el agujero
redondo, en frente de la cama, a unos ocho pies del suelo, como si fuese el
antiguo paso de la tubería de una estufa...
De modo que era allí, en esa misma cama, donde Ned
había exhalado su último aliento.
Las mechas se iban estirando, coronadas por negros
capuchones. Su humo esparcía por el ambiente una espesa y siniestra bruma. No
sabría decir qué era lo que estaba escuchando, pero aquel silencio parecía
gemir amenazadoramente.
Conforme aumentaba la oscuridad, ya que la luz de
las velas se debilitaba cada vez más, y las oscuras sombras que coronaban las
mechas se iban agrandando de forma gigantesca, las láminas, en lugar de velarse,
se veían más nítidamente, como si fuesen transparentes y estuviesen iluminadas
por detrás con tenues resplandores.
Ella escondió la cabeza bajo las mantas, exactamente igual que habría hecho
cualquier pobre niña supersticiosa, aterrada por los misterios nocturnos.
Nada más esconderse, escuchó un ruido aparentemente
natural. Recordaba los pasos de un hombre, calzado con pesadas botas. Nuestra
querida Ann lo escuchó y se repuso inmediatamente. Apartó las mantas con
cuidado y prestó atención.
Estaba claro. Un tacón pesado, quizá de metal, golpeaba
el suelo muy cerca de Ella. Su miedo comenzó entonces a ser
diferente, cada vez más intenso. Es posible enfrentar a la muerte; se puede
incluso encarar la deshonra, pero... ¡unas botas de hierro en el cuarto de una
jovencita educada!... Lo primero que se le ocurrió a nuestra querida joven fue
correr hacia una de las ventanas, abrirla y, si le daban tiempo, arrojarse de
cabeza hacia la eternidad.
—¡Begorra!—exclamó una voz—. ¡La han colocado en el dormitorio de Su Excelencia!
¿Dormís, señorita?
¿Se trataba de un sueño? A Ann le pareció reconocer
el acento de Merry Bones, pero por más que escudriñaba la oscuridad no lograba
ver nada.
—¿Merry? —llamó a su vez.
—Sí —contestó el intrépido joven—, soy yo, perla
mía. Animad un poco esas luces. A un cristiano le gusta poder ver claro.
Ya supondrán ustedes que, tratándose del desdichado
Merry, no era cuestión de andar con remilgos. Ann encendió las velas, y en ese
momento se dio cuenta de por qué no había visto hasta ese momento al intrépido
irlandés.
En vano trató de encontrarle de un primer
vistazo, por toda la habitación iluminada. Merry estaba asomado al agujero
de la estufa, como si fuese una ventana. Había deslizado por allí sus dos
brazos, largos como pértigas, que gesticulaban exageradamente, mientras su
extraña cara descarnada, pero de buen humor, parecía cortada por la mitad por
una risa más ancha que un sablazo, entre sus gigantescas matas de pelo.
—¡Merry! ¡Querido amigo! ¿De dónde venís de esta
forma? —preguntó finalmente nuestra querida Ann, ahora tranquila.
—¡Vaya! ¿No me oísteis? Vengo de buscar un ataúd de
hierro.
—¿Cómo? —murmuró la joven.
En ese momento el criado irlandés desapareció,
aunque pudo escucharse cómo removía algo al otro lado de la pared.
Un instante después el agujero quedó
nuevamente tapado, pero no por la peluda cabeza del criado, sino por
un objeto que, al rozar con las paredes del agujero, emitía un ligero
ruido metálico. Parecía como si no pudiese pasar.
Después de un violento empujón final, el obstáculo
logró franquear el muro, cayendo ruidosamente sobre el suelo de la alcoba.
El alegre gesto que era la sonrisa de Merry Bones
reapareció por el ojo de buey, enmarcado por sus cabellos erizados.
Nuestra querida Ann intentaba inútilmente saber qué
clase de objeto era el que había provocado ese estruendo al caer. Después de
que Merry Bones se instalase cómodamente en el agujero de la estufa, con sus
dos brazos por fuera, como esos duendes de cartón que brincan en las
tabaqueras, se decidió a explicarse.
—¿Ya os habréis fijado en lo pesado que es, no
es cierto, pequeña flor? —musitó—. Eso se debe a que es de hierro...
—¡De modo que es el ataúd!
—¿Y qué iba a ser, si no? También pesa lo suyo, porque
está lleno.
—¡De qué, por Dios!
—¿De qué va a ser, señorita?
—¿Se refiere a un cuerpo?
—Claro. ¿Qué, si no?
—¿De quién?
—¡Qué demonios: de Su Excelencia, por supuesto!
—¡El cuerpo de Edward Barton!
—¡Efectivamente!
Ella profirió un alarido desgarrador.
—¡Musha! ¿Qué diantres os ocurre, señorita Ann? —preguntó el joven Merry.
El llanto de nuestra querida Ann le impidió oír la
pregunta. Merry Bones comenzó entonces a gritar como un demente:
—¡Que el diablo me lleve si he trabajado poco esta
noche! ¡Haríais mejor en escucharme, perla mía! Es verdad que hay un cuerpo en
este cajón de metal. Si no lo hubiese, ¡que me asen como a un pescado y me
arranquen todos los dientes negros estos malditos holandeses! Pero hay un
alma, además, y muy buena, por cierto, aunque sea el alma de un inglés...
Ella no le prestaba mucha atención, aunque estas últimas palabras la hicieron
dar un salto.
—¡Explicaos, Merry Bones! —ordenó autoritariamente—.
¿Estáis insinuando que el señor Barton todavía está con vida?
—En efecto, señorita; eso es precisamente lo que
intentó decir.
—¿Y por qué no está moviéndose ahí dentro?
—Porque está durmiendo.
—¡Durmiendo! —exclamó la joven—. ¿Acaso creéis que
alguien podría dormir después del batacazo del ataúd contra el suelo?
—¡Por supuesto que sí, señorita! Y no es que lo
piense, estoy convencido de ello.
—¡De modo que ha tomado un narcótico!
Merry se encogió de hombros, sin darle importancia
al comentario, y replicó:
—No sé qué es eso de un narcótico, lo que sé es que
a Su Excelencia le han endosado té de amapolas con zumo de lechuga.
No sé si ustedes aprobarán la conducta de nuestra
querida Ann, pero lo cierto es que mandó al criado retirarse del agujero y,
echándose una manta sobre los hombros, se aproximó al ataúd de hierro, que
tenía llave y cerradura como los baúles de viaje. Entonces la abrió, y levantó
la tapa.
Al echarle el primer vistazo a su primo, se
encontró con un gentleman sonriente y sonrosado como un Niñito
Jesús, que a nuestra querida Ann le pareció más hermoso que antes.
Mientras Ella le miraba embriagada
de emoción, el lacayo irlandés apareció por el agujero de la estufa
y dijo:
—¡Qué simpático y amable es! ¿No le parece,
señorita? Mientras os extasiáis contemplándolo, creo que bien podríais
escucharme, puesto que no tenemos mucho tiempo y es preciso que os
enteréis de cómo ha ocurrido todo. El día señalado para raptar a la
señorita Cornelia y llevarla con su familia de Inglaterra, el
señor Goëtzi, como buena araña que es, había preparado ya su red. Yo
sucumbí en ella, de nada sirve negarlo, ¿y qué podrían hacer esos dos
corderitos sin mi ayuda? A la señorita Cornelia la arrastraron al infierno como
si fuese un paquetito y Su Excelencia recibió media docena de puñaladas en una
emboscada. Pero sobrevivió. Iré directo al grano: yo estaba preso, pero escapé.
Así fue como llegué hasta la posada de La Cerveza y la Amistad,
ayer por la tarde, desfallecido de hambre y frío, y con una apariencia
lamentable. Eso fue un poco antes de vuestra llegada, al anochecer. Ya me
disponía a penetrar en el salón de entrada, sin sospechar nada, cuando se me
ocurrió echar un vistazo por el ojo de la cerradura. Entonces vi a esa mujer
sin pelo echando pétalos de amapola en un puchero, mientras el mesonero molía
la lechuga en un mortero. Los dos le estaban riñendo al crío, que les gritaba:
«¿Para qué queréis dormir al hombre muerto?» Como os podéis imaginar, yo ya
conocía a todos ésos, y no tenía la menor intención de entrar nuevamente en el
avispero. Rodeé la casa en busca de una puerta trasera y, al no dar con ella,
trepé por la enredadera hasta el tejado, deslizándome por la chimenea. Yo ya he
sido deshollinador. La chimenea me condujo hasta la alcoba en que me encuentro.
¡Bien! El cuarto estaba desierto y a oscuras, pero oí voces en el cuarto
vecino, que es el vuestro, y reparé en que el agujero desprendía luz. Asomé mi
cabeza por él y vi a tres hombres, quiero decir, a un caballero y a dos
mitades de cretino. Seguramente ya le habían obligado a beber a Su Excelencia
el zumo en cuestión, porque estaba dormido. No le vi entonces mala cara, para
tratarse de alguien al que han dado varias puñaladas. A su lado había dos
señores Goëtzi, el auténtico, tapizando el interior del ataúd, y su
réplica, practicando pequeños orificios en las paredes, con un taladro. La
réplica comentaba: «¡Vaya tarea es ésta para un doctor de la Universidad de
Turingia!»
»—No hay trabajo malo, amigo mío —contestó el otro
Goëtzi—. Además, si yo soy ahora un tapicero, bien puedes tú hacer de
cerrajero.
»—¿Y para qué hacemos todo esto, amo?
«—Porque he decidido retirarme, cuando sea anciano,
en el precioso castillo de Montefalcone, del que nos convertiremos en dueños.
»—Gran idea —respondió la réplica, frotándose las
manos—. Pero, ¿cómo vamos a convertirnos en propietarios de tan hermoso
castillo?
»—Te lo diré, mientras sigues taladrando. A la primera
impresión, podría pensarse que nos estamos precipitando en este trato. Pero
quien sobreviva verá que hicimos lo mejor. El señor conde Tiberio Palma
d'Istria me ha comprado el cuerpo de este joven inglés difunto, y debo
mandárselo en su féretro. ¿Entiendes?
»—Perfectamente.
»—Además, la signora Pallanti también me ha ofrecido
una suma por este joven, aunque vivo.
»—¿Cuánto ofrece el conde Tiberio? —preguntó de
nuevo el doble.
»—Nada menos que la sangre de la Pallanti.
»—No es gran cosa. ¿Y la Pallanti?
»—La sangre de la hermosa Cornelia.
»Los ojos de ambos vampiros brillaron al pronunciarse
aquel nombre, y sus labios se enrojecieron como brasas.
»—No obstante —prosiguió la réplica del señor
Goëtzi—, sigo sin entender cómo nos convertiremos en los dueños del castillo de
Montefalcone.
»—Después de que nos hayamos bebido la sangre de la
joven Cornelia —sonrió el auténtico Goëtzi—, ¿qué podrá impedir que nos
incorporemos su cuerpo? ¿Acaso alguna ley impide que conserve su actual
figura? De esa forma será al mismo tiempo la señorita Cornelia de Witt, y yo
mismo. De esa forma, yo, el señor Goëtzi, me convertiré en el legítimo heredero
de Montefalcone. ¿Algún problema?
»Su réplica no tuvo ninguna objeción. Estaba claro
como el agua de una fuente. En ese momento acabaron sus trabajos. El ataúd de
hierro resultaba muy cómodo después de haber sido tapizado, y con el taladro
acababan de practicar el último agujero. Entre los dos señores Goëtzi cogieron
al desventurado Ned, que aún dormía, uno de la cabeza y otro de los pies, y lo
acomodaron dentro del cajón, que inmediatamente cerraron con tres vueltas de
llave...
Merry Bones le contó también cómo había visto todo
aquello desde el ventanuco de la chimenea. Se arrancó la piel de las orejas de
tanto rascárselas, porque, según dicen, esto ayuda a pensar, y el criado irlandés
estaba en ese momento rebuscando en todos los repliegues de su cerebro. ¿Cómo
conseguir rescatar a su amo de las garras de esos canallas? Mientras se rompía
la cabeza, el auténtico Goëtzi pasó una soga alrededor del ataúd y mandó a su
réplica que abriese la ventana. Un afluente del Mosa llegaba hasta allí abajo,
y tenían un bote esperando, a cargo de dos marineros.
—¡Ho! ¡Ho! —llamó el señor Goëtzi.
—¡Ho! ¡Ho! —le contestaron desde abajo.
—¡Listos para recibir la mercancía!
—Estamos preparados.
—¡Allá va!
Entre los dos Goëtzi izaron el ataúd y lo apoyaron
sobre el alféizar de la ventana. Debemos indicar que el lacayo irlandés se
había subido a un árbol para que su cabeza llegara hasta el agujero de la
chimenea. La habitación donde se encontraba servía como depósito de leña. En
su tribulación, hizo un movimiento en falso, y uno de los troncos cayó al
suelo. El ruido que produjo traicionó su presencia.
Al instante los dos Goëtzi giraron sus cabezas y le
reconocieron. Silbaron entonces como si fuesen dos serpientes. En ese
preciso instante brotaron de la tierra, por todos lados, el resto de los
habitantes de la posada, y comenzó una terrible pelea, mientras que el auténtico
Goëtzi seguía bajando el ataúd hasta el bote.
Merry Bones no tuvo más remedio que
enfrentarse entonces contra nueve. Afortunadamente, justo en ese momento
llamaron a la puerta exterior de la posada. Eran nuestra querida Ann y
Grey—Jack. Los espíritus del señor Goëtzi no tuvieron más remedio que desdoblarse,
y de esa forma Merry Bones logró huir a cabezazos, justo cuando el reloj del
salón tocaba su decimotercera campanada.
Después de ganar el exterior, rodeó la casa y corrió
en pos de la embarcación, que descendía por el afluente del Mosa, cargando el
ataúd de hierro. Debemos imaginar que los dos marineros estaban borrachos, lo
que sucede a menudo. Gracias a ello facilitaron la tarea de Merry Bones,
quien, después de muchos esfuerzos, logró rescatar el féretro, cargándolo
sobre sus hombros.
Mientras le contaba aquella historia, Ella permanecía
embelesada contemplando cómo dormía el que había sido su compañero de infancia.
Merry Bones sacudió su cabellera con un gesto de
insatisfacción.
—Por favor, tened la gentileza de cerrar ese ataúd
—dijo enojado—, u os seguiréis distrayendo y no acabaré nunca de contaros lo
que pasó. Veréis, tengo un plan. Pero para llevarlo a cabo necesito saber si ya
os habéis cansado de mirar a mi joven amo.
Nuestra querida Ann sonrió orgullosa y cerró de
nuevo la tapa del ataúd.
—Eso está mejor —prosiguió Merry Bones—. Atendedme
ahora. Al regresar, no logré escalar hasta el tejado debido al peso de mi
carga. Tuve que entrar por la cocina, y al hacerlo vi que ese hatajo de
reptiles estaba conspirando en el salón del piso inferior. De esa forma pude
escuchar que, con la decimoquinta campanada (que va a sonar enseguida), van a
celebrar una pequeña fiesta familiar a la que les ha invitado su amo. En
efecto, están muy alegres; piensan que el ataúd de hierro se desliza por el río
en dirección a Rotterdam, con mi amo dentro, y han planeado que después de esta
fiesta se unirán a él para proseguir el viaje todos juntos, para llevar su
carga hasta el castillo de Montefalcone.
—¿Y en qué consiste su fiesta? —preguntó la joven.
—En beberos a vos —replicó el criado.
Ella estuvo a punto de desplomarse.
—¡Beberme! —exclamó con voz apagada.
—Eso es —contestó Merry Bones, añadiendo—: Es
cierto que prefieren a damas menores de veinte años, pero el propio señor
Goëtzi les dijo: «A falta de nada mejor, beberemos a esta joven. Después de
todo, Ann Ward debe de estar todavía bastante potable».
—¡Potable! —gritó nuestra desventurada
amiga, uniendo sus manos crispadas—. ¡Potable! ¡Potable, Dios mío!
Ya imagino que tanto usted, mylady, como usted,
señor, serán capaces de imaginar el cúmulo de sentimientos que impresionaban a
la joven Ann. No hay muchas situaciones tan espantosas como ésta en nuestra
literatura moderna.
«¡Potable!» El primer impulso de nuestra querida
joven fue el de gritar:
—¡Corramos! ¡Escapemos, en nombre de Dios!
—¡Musha!—soltó el irlandés—. ¡No hay que ser idiota! ¡Tenemos la partida a
nuestro favor! ¿Sabéis, mi querida perla, que he descubierto un hacha en la
leñera? ¡Para partir leños! ¡Por las barbas de Belcebú! ¡Creo que todavía
podemos divertirnos! Abrid el ataúd, sacad de él a mi joven amo y colocadlo
dentro del armario, a la derecha de la chimenea... Vamos, deprisa. Me parece
que ya oigo gruñir al maldito reloj, y todavía tengo que despertar a ese
borrico de Grey—Jack. Nos hará falta.
Nuestra valiente Ann le obedeció rápidamente. Era
hábil y fuerte, a pesar de su corta estatura. Sacó del ataúd a Ned, el gentleman y,
levantando el cuerpo en sus brazos, lo llevó hasta el armario. Merry Bones no
pudo evitar aplaudir.
—¡Cerrad las puertas! —dijo—. ¡Sois una joven maravillosa!
Ahora empujad este cajón debajo de la cama, de forma que quede bien escondido.
Ella le obedeció con la misma destreza.
—Y ahora —prosiguió animado Merry Bones—, escondeos
bajo las sábanas, y simulad que dormís como un ángel... ¡Begorra! ¡Me
parece que ya oigo el reloj crujiendo ahí abajo!... Pase lo que pase, no os
mováis, ni abráis los ojos... ¡Hasta pronto!
En el piso inferior pudo escucharse el ruido del
reloj. Merry Bones desapareció rápidamente por el agujero, mientras
sonaba la primera de las quince campanadas, inundando con sus vibraciones
las sombras de la noche.
En cuanto el martillo del reloj golpeó el cobre por
primera vez, subió de la planta baja un ruido profundo, sordo y confuso. Se
escucharon pasos en la escalera. Con la segunda campanada, los pasos ya se oían
por el pasillo. Con la tercera, la puerta giró lentamente sobre sus goznes, y
un resplandor verdoso inundó la alcoba.
Es verdad que la luz que despiden los vampiros aumenta,
como el olor de los felinos, en momentos como ése.
El señor Goëtzi entró solo. Parecía una figura humana
que hubiese sido esculpida en el cristal de una botella, y la tenue luz de las
velas que lo traspasaba proyectaba una sombra transparente sobre la puerta que
acababa de cruzar. En ese momento sonó la cuarta campanada.
El vampiro se encaminó hacia la cama, y el corazón
de Ann se paró definitivamente.
El señor Goëtzi se reclinó sobre la cabecera, y del
interior de su cuerpo brotaron varias voces que decían ansiosamente:
—¡Sed! ¡Tenemos sed! ¡Empecemos la fiesta!
El reloj lanzó su quinta campanada.
El señor Goëtzi retiró ligeramente las mantas, sus
labios encarnados se movieron en el gesto típico del catador que va a degustar
el vino de una cosecha extraordinaria, y dijo con tenebrosa alegría:
—¡Paciencia, hijos míos! ¡El derecho al primer
sorbo me pertenece!
—¡Daos prisa entonces, querido amo!
Según se dice, los vampiros tienen en la lengua una
punta muy afilada con la que realizan el corte necesario para satisfacer sus
ansias repulsivas. Después del corte, beben del mismo modo que las
sanguijuelas. Justo cuando vibraba en el aire el sonido de la
sexta campanada, la puerta del cuarto se abrió de nuevo, y apareció por
ella Merry Bones, escondiendo su mano derecha tras la espalda. Grey—Jack le
seguía con la cabeza gacha. Recordaba a un perro apaleado. Un inglés se
rinde siempre ante lo evidente, y las tortas que Grey—Jack había recibido en la
decimotercera hora parecían haber sido fantásticas.
En cuanto vio al criado irlandés, el señor Goëtzi
silbó, y toda la familia de espectros le brotó simultáneamente del cuerpo. Con
un segundo silbido, todos, incluido él mismo, se desdoblaron. Entonces resonó
la séptima campanada.
El auténtico Goëtzi se parapetó tras sus doce criaturas,
enviándolos contra el irlandés. Ann, que había mantenido los ojos cerrados
hasta ese momento, tal y como le había mandado Merry Bones, los abrió en ese
instante, y pudo ser testigo de la escena más increíble jamás relatada, desde
el principio del mundo.
Dos perros, dos loros, dos mujeres calvas, dos niños,
dos mesoneras y una copia del señor Goëtzi intentaban devorar literalmente al
desdichado irlandés, que únicamente utilizaba la mano izquierda para defenderse,
protegiendo principalmente sus ojos, y en especial del ataque de los loros.
Agarraba con el puño la cabeza de las crueles bestias, retorciéndoles el pescuezo,
aunque sin lograr hacerles nada y, mientras se entretenía en ello, el perro y
el niño le mordían las piernas, y el mesonero y la mujer calva, con la
ayuda del doble del señor Goëtzi, le atacaban al estómago, al vientre y al
pecho.
A pesar de ser un inglés de pura cepa, Grey—Jack
permanecía en el umbral de la puerta sin decir ni pío. No le critiquen
anticipadamente. Ésas eran sus instrucciones. Él formaba la retaguardia, y
enseguida van ustedes a comprender la absoluta importancia de su papel.
La octava, novena y décima campanada sonaron
mientras Merry Bones avanzaba hacia la cama, recorriendo cada palmo a despecho
de la furia de esa turba de arpías, machos y hembras, que se abalanzaban sobre
él como lo haría una jauría sobre la presa abatida. Les aseguro que, de haber
tenido algo más que huesos y piel, no habría sobrado nada de ese pobre desdichado.
Pero todos aquellos vampiros no encontraron ni siquiera un pedazo de carne que
morder en todo su cuerpo. Todo lo que tenía eran huesos, y un pellejo más duro
que el cuero. Quizá me repetiría en exceso si destacase nuevamente aquí la
supremacía indiscutible de la obesidad inglesa.
A pesar de todo, sangraba por todas las venas de su
maltratado cuerpo, enrojeciendo los hocicos de aquella manada de chacales. Y
sin embargo continuaba avanzando, poco a poco, con paciencia, y cuando sonó la
decimoprimera campanada, tan sólo le separaban del auténtico señor Goëtzi las
dos mujeres calvas.
Entonces se sacudió el cabello, lanzó un
poderoso ¡Begorra!, y le propinó a la vieja repugnante un puntapié,
que no dudo en llamar heroico, ya que lanzó por los aires a la arpía, que
terminó incrustada en el agujero de la chimenea. Su mano derecha, que todavía
no había aparecido, realizó un brusco movimiento, y al instante brilló el
filo de un hacha de hoja ancha. Casi en el mismo instante en que vibraba en el
aire el sonido de la duodécima campanada, la cabeza del vampiro, del
verdadero Goëtzi, rodó por el suelo seccionada de un limpio tajo.
Inmediatamente rodaron por el suelo el resto de las
cabezas de sus réplicas menores, como si un mismo filo las hubiese decapitado.
Cada figura corría en pos de su cabeza, mientras en medio de la confusión podía
oírse, atronadora, la voz del criado irlandés:
—¡Ahora es tu turno, viejo Jack, so idiota! —gritó.
Entonces Grey—Jack comenzó a caminar con cautela,
sin prisa pero sin pausa, como suelen hacerlo nuestros maravillosos soldados.
Tenía claras instrucciones, así que sacó de debajo de la cama el ataúd de
hierro, lo abrió justo en el momento en que el doble del señor Goëtzi
recuperaba la cabeza; entonces cogió al vampiro, lo introdujo en el féretro, y
lo cerró con llave.
El resto de las repulsivas criaturas no parecieron
darse cuenta de ello, de lo ocupados que estaban corriendo detrás de sus
cabezas. De esa forma sonó la decimotercera, y también la decimocuarta
campanada, mientras se retorcían como miserables gusanos en el barro de una
cloaca de verano. Merry Bones los miraba riendo con todas sus fuerzas, aunque
sin quitarle un ojo al trabajo de Grey—Jack y a los esfuerzos del auténtico
señor Goëtzi.
Los dos terminaron al mismo tiempo su trabajo: el
viejo Grey—Jack se sentó sobre el ataúd que acababa de cerrar en el instante en
que el señor Goëtzi recuperaba la cabeza y la volvía a colocar en su sitio.
Entonces silbó. Los demás vampirículos,
obedientes a su gesto, se unieron por pares en un primer momento. Al
segundo silbido, la desagradable familia se introdujo atropelladamente dentro
de su cuerpo.
La maniobra había sido impecable.
—¿No falta ninguno? —preguntó el vampiro.
Y sin esperar una respuesta, cuando el reloj
lanzaba al aire la decimoquinta campanada, se lanzó literalmente a través de
la ventana y se zambulló en medio de la oscuridad de la noche.
Una quejumbrosa voz lastimera brotó, sin embargo,
del ataúd de hierro y contestó:
—¡Amo! ¡Señor! ¡Os falta vuestra réplica!
Pero ya era tarde. Sólo cuando el reloj acabó de
dar las horas, y después de que el cuco se dejase oír también quince veces,
pudo nuestra pobre Ann darse cuenta de si estaba viva o muerta.
Tras la última campanada, Merry Bones pidió
silencio para explicar la continuación de su plan, ya que como habrán imaginado
ustedes la guerra no había hecho sino empezar.
—Señorita —dijo—. Lo más importante sería que inmediatamente
partiésemos hacia el castillo de Montefalcone, aunque como Su Excelencia duerme
como un tronco...
—Abrid el armario —atajó Ella—, para
que pueda respirar mejor.
El criado irlandés prosiguió:
—Será un viaje descansado, y espero recuperarme por
el camino. Grey—Jack cargará con el ataúd...
—¡Que el Diablo te lleve!... —comenzó a protestar
el buen hombre.
Pero Merry Bones le cortó bruscamente diciendo:
—Necesitamos el ataúd por más de un motivo. En
primer lugar, para mantener al pájaro dentro de su jaula...
—Estáis equivocado, valiente irlandés —dijo el
señor Goëtzi con voz dulce desde el interior del féretro de hierro—. Tenéis mi
palabra de honor de que no huiré, si me ponéis en libertad.
—...y en segundo lugar —prosiguió el irlandés, sin
tomarse siquiera la molestia de contestar a aquellas palabras—, para
introducir a Su Excelencia en el castillo de Montefalcone, cuando llegue la
hora. Por lo visto sus muros son tan altos como la cúpula de San Pablo, en
Londres, pero se me ha ocurrido una idea.
—¡Oh, buen irlandés! —se oyó de nuevo la ahogada
voz del vampiro—. ¡Qué inteligente sois! Pero os equivocáis al despreciar mi
oferta. Os seré completamente fiel, y podría proporcionaros excelentes
servicios.
Puede que ustedes piensen que se trataba de una
argucia. ¡Pero están completamente equivocados! Casi todos los autores
respetables que han escrito gruesos tratados sobre los vampiros coinciden
habitualmente en un hecho, y es el de que un vampiro cautivo sólo pertenece a
quien lo enjauló, de la misma forma en que ese vencedor pertenecería al
vampiro, en caso de que hubiese perdido él la lucha.
Lo que ocurre es que los hombres normales rara vez
logran convertirse en los amos de un vampiro, puesto que la ley humana señala
que el Bien se muestra siempre mucho menos enérgico que el Mal, y en las raras
ocasiones en que se logra capturar a un vampiro, la moral y el buen gusto
impiden a su dueño beberse su sangre.
La falta de este detalle impide la completa asimilación
del vampiro, su íntima fusión con el hombre vencedor; aunque no por ello el
vampiro capturado es menos esclavo de su dueño.
En el mismo momento en que la réplica del señor
Goëtzi aseguraba su fidelidad a través de los orificios del féretro, les llegó
el ruido de un aleteo procedente de fuera, y el marco de la ventana se sacudió
por el exterior, como si un gigantesco pájaro o un insecto colosal se
estrellara contra el cristal.
—¿Qué es eso? —preguntó Ann.
El cautivo se apresuró a responder.
—Que no os engañe el ruido ni un segundo. Se trata
del señor Goëtzi que vuelve a buscarme, porque no puede prescindir de mí.
—Voy a meterle una bala en el cerebro —dijo decidido
Grey—Jack.
No sé cómo, había logrado hacerse con una carabina,
que blandía en alto mientras se abalanzaba sobre la ventana.
—Quieto, noble anciano —dijo el vampiro preso—. Ese
monstruo que ha multiplicado sus criminales intentos contra vuestra joven ama
y sus amigos, es completamente impotente ahora. Le falto yo. Sería demasiado
largo explicároslo ahora, con términos científicos y concretos, pero aceptad
esta comparación, que espero os resulte esclarecedora. Es cierto que yo soy
únicamente una doceava parte del señor Goëtzi, pero también soy el nexo de
unión con el resto de sus criaturas, y mi ausencia le deja en la misma situación
de un rosario al que le hubiesen quitado el hilo. Así comprenderéis el apuro en
que se encuentra.
Aquellas palabras sorprendieron enormemente a los
presentes, pero nuestra querida Ann, mucho más sensata de lo que podría
esperarse a sus años, preguntó a pesar de todo:
—Prisionero, ¿por qué traicionáis a vuestro señor?
—Querida niña —replicó el murmullo del ataúd—, y
que no os sorprenda el oírme llamaros así, pues tengo derecho a hacerlo. Tengo
varios motivos para actuar así. Os diré dos de ellos. El primero es la norma
que acompaña a cualquier conquista: el vencido continúa siendo enemigo del
vencedor. Para que entendáis mejor el segundo motivo, es preciso que os cuente
una historia. En los días en que el doctor Otto Goëtzi fue hasta el condado de
Stafford para convertirse en el profesor del joven Edward S. Barton, era aún un
aprendiz de vampiro. No tenía entonces réplica, ni secuaces, ni nada. ¿Os
acordáis de la desventurada Polly Bird, la doncella de la Granja Alta cuyo
inesperado final conmovió a los feligreses hace ahora varios años?... Pues
bien, queridos amigos, quien os está hablando es la propia desgraciada en persona.
Cuando el señor Goëtzi recibió de Peterwardein su diploma de maestro vampiro,
me escogió inmediatamente para ser una de sus réplicas y comenzar así la
construcción de su organismo múltiple.
—¡Cuando recuerdo —exclamó entonces nuestra querida
Ann— que nos sentábamos una al lado de otra en la iglesia, con las siete
hermanas Bobington!
Merry Bones miró a Grey—Jack, convencido de que
ahora sí que el viejo no aceptaría fácilmente el cargar con el ataúd.
—Ahora que lo pienso —dijo—, Polly Bird era una
chica muy buena en otro tiempo, y mi ama no tiene doncella. Si Polly promete
comportarse bien y cargar con el ataúd, no veo por qué habríamos de
llevarla nosotros sobre nuestros hombros hasta el castillo de Montefalcone.
Finalmente logró convencer a los otros. Merry Bones
introdujo la llave en la cerradura del ataúd y lo abrió. Entonces vieron en su
interior al señor Goëtzi, y por primera vez tanto Ann como los dos criados habrían
jurado que, al mirarlo detenidamente, podían verse bajo los rasgos del
despreciable vampiro algunos resquicios de la fisonomía de Polly Bird.
La desdichada agradeció con una expresión cortés
aquel favor, e hizo una reverencia en cuanto logró ponerse de
pie.
En lo sucesivo, nos referiremos a ella en femenino,
para no confundirla con el auténtico señor Goëtzi. Deben ustedes recordar, a
pesar de ello, que era un hombre, y que por consiguiente tuvieron que abandonar
la idea de convertirla en la doncella de nuestra querida Ann.
Es más, se le ató el pesado cajón de hierro al
cuello con una larga cadena, como medida de precaución. De esa forma, tanto
Grey—Jack como Merry Bones estaban seguros de que cargaría con él, y además
era de esperar que semejante peso dificultaría sus movimientos, impidiendo
cualquier intento de fuga.
Comenzaba a amanecer cuando Ella obligó
a salir a todos para asearse. Entre tanto, la antigua Polly intentaba
despertar a Ned Barton con procedimientos que no conozco. Cuando Ann, después
de recitar una breve oración, o más bien una acción de gracias por los peligros
salvados, llamó a sus compañeros, Edward Barton abría los ojos por primera vez,
mirando a su alrededor completamente estupefacto.
—¿Dónde estoy? —fue su primera pregunta.
Ella intentó darle completas explicaciones, pero su criado irlandés creyó
mejor que se pusieran en marcha inmediatamente.
—He estado hablando con nuestra vecina Polly
—dijo—, que me ha dado unos buenos consejos. Debemos terminar un trabajo muy
delicado antes de dirigirnos al castillo de Montefalcone. No podremos hacer
nada, además, mientras el auténtico señor Goëtzi esté vivo.
Descendieron por la escalera. Al llegar al salón de
la planta baja, todos pudieron comprobar que el reloj se había detenido
precisamente en la decimoquinta hora. Había incluso desaparecido el cuco.
Cuando salieron al exterior, les llamó la atención un cartel que colgaba
debajo del letrero en que aparecía escrito el nombre del establecimiento.
«Posada. Se alquila», rezaba el letrero.
Sin pararse para meditar sobre detalles tan curiosos,
aunque insignificantes, la pequeña comitiva inició rápidamente su andadura. La
antigua Polly abría la marcha, vigilada en ambos flancos por Grey—Jack y Merry
Bones. Evidentemente, era ella quien cargaba con el ataúd de hierro, y los
holandeses, gente recia, veían pasar a nuestros viajeros con absoluta indiferencia.
Detrás de ambos criados viajaban nuestra querida
Ann y Ned Barton que, aunque un poco débil, lograba caminar apoyado en el brazo
de su compañera.
No ocurrió nada digno de mención hasta que alcanzaron
la orilla del Rin, excepto el ruido de algunos silbidos distantes
entremezclados con el viento, y algunos confusos movimientos entre los
matorrales. Merry Bones, convencido de que la antigua Polly actuaba con
absoluta lealtad, le explicó a Ann que el señor Goëtzi estaba esparcido por el
aire, el agua y las frondas, esperando el momento propicio para adueñarse
nuevamente de su réplica, que le era indispensable para recuperar por completo
su libertad de movimientos.
En cierta ocasión, nuestra querida Ann sintió incluso
algo parecido al roce del aro de un niño en sus piernas, y una voz amarga, cuya
procedencia no logró establecer, que decía:
—¡Ahí va el hombre muerto!...
Cuando alcanzaron el Rin, alquilaron un bote para
remontar el río hasta Colonia. Al anochecer, cuando las sombras del crepúsculo
se adueñaron del río y sus orillas, un pálido resplandor verde se les apareció
a una doscientas toesas delante de la embarcación. Se deslizaba
contracorriente, a la misma velocidad que ellos.
Conforme aumentaba la oscuridad, el resplandor iba
creciendo en intensidad, condensándose progresivamente. Después de haber
ocupado un gran espacio, comenzó a reducirse hasta alcanzar el tamaño del
cuerpo de un hombre.
Entonces todos pudieron ver con absoluta claridad
al señor Goëtzi, que nadaba con los pies por delante, rodeado de su tenue
aureola.
Mientras observaban en silencio aquel sorprendente
espectáculo, la antigua Polly comenzó a llorar y, cuando le preguntaron el
motivo, contestó:
—¿Acaso pensáis que puedo ver sin indignarme al
monstruo que me ha robado la honra y la dicha? Oíd mis palabras: no se alejará
ni un segundo de vosotros hasta que hayáis logrado destruirle por completo. Le
traiciono en favor de mi venganza, pero sobre todo por vuestra propia
seguridad. A cualquier hora del día o de la noche, tanto si le veis como si no,
podéis convenceros de que el señor Goëtzi os acechará permanentemente. Por
tanto, propongo que escuchéis ahora, en todos sus detalles, un plan del que ya
he hablado un poco con Merry Bones y que, si se ejecuta sin miedo, permitirá
acabar para siempre con vuestro enemigo común. El momento es propicio para
hacerlo, puesto que, mientras lo veamos allá, estaremos seguros de que no nos
está escuchando. Al no poseerme a mí, se ve obligado a encerrar en su cuerpo a
todos sus lacayos, y ya podéis imaginaros la rabia que le corroe.
Después de que aquellas palabras acallaran cualquier
objeción, nuestros amigos se reunieron alrededor de la antigua Polly y la
escucharon con suma atención, a excepción del desdichado Ned. Resulta penoso
reconocerlo, pero lo cierto es que el joven gentleman no se
había recuperado por completo. Aún estaba aturdido, y su restablecimiento
dependía del tiempo y de más cuidados.
La desventurada primera víctima del vampiro Goëtzi
se expresó del siguiente modo:
—Existe un lugar, prácticamente ignorado, que es
probablemente el más extraordinario del mundo. Quienes viven en las salvajes
campiñas de Belgrado se refieren a él llamándolo tanto Selene como la Ciudad
Vampiro. Sin embargo, los propios vampiros se refieren a él llamándolo
Sepulcro, o Colegio. Se trata de un lugar normalmente invisible para cualquier
mortal. No obstante, hay quienes han llegado a verlo. Aunque es como si cada
uno de éstos se hubiese tropezado con una imagen diferente, hasta tal
punto difieren y se contradicen sus descripciones. En efecto, algunos
hablan de una gran ciudad de jaspe negro, con calles y palacios como cualquier
ciudad normal. Todo permanece en sombras, envuelto en una oscuridad eterna.
Otros lo definen como gigantescos anfiteatros, cubiertos de cúpulas semejantes
a las de las mezquitas, con minaretes que se elevan hasta el cielo, en mayor
número que los pinos del bosque de Dinawar. Otros han visto, sin embargo, un
circo, uno solo, de fantásticas proporciones, rodeado por una triple hilera de
claustros, cuyas arcadas de mármol blanco desaparecen difuminadas por un
crepúsculo lunar que sustituye al día o la noche. Allí se alinean, en un orden
indescifrable, las moradas o sepulcros de ese prodigioso mundo que la ira de
Dios mantiene amarrado al seno de la tierra, y cuyos hijos, medio espectros y
medio diablos, vivos y muertos al mismo tiempo, no consiguen reproducirse,
aunque al mismo tiempo están privados también de la posibilidad de morir. A
pesar de ello cuentan con mujeres vampiro, que se denominan Upiras. Se dice que
algunas de ellas llegaron a ocupar tronos, aterrorizando a la historia. Así
como en la Edad Media aquellos hombres de hierro que oprimían a los campesinos,
después de ser derrotados se refugiaban en sus inexpugnables castillos, esta
ciudadela es un asilo tan inviolable como una tumba. De esa forma, siempre que
un vampiro es herido profundamente, de una forma que supondría la muerte para
cualquier ser humano, terminará por dirigirse hacia el Sepulcro. Su existencia
puede padecer, en efecto, crisis que nunca suponen la muerte, aunque son muy
semejantes a su verdadera destrucción. En diferentes lugares de la tierra
han sido encontrados reducidos al estado de cadáver, aunque su carne
permanecía fresca y tierna, y el mecanismo que tienen en el lugar del corazón
continuaba bombeando un líquido cálido y rojo. Cuando llegan a ese estado,
están a merced de cualquiera. Pueden ser encadenados e incluso emparedados. No
pueden realizar ningún movimiento para defenderse, hasta que la suerte traiga
a su lado al sacerdote maldito que tiene la llave, la única con la que se
puede dar cuerda al mecanismo de su vida aparente. Para ello, el sacerdote
debe introducir la llave en un agujero que todos ellos presentan en el lado
izquierdo del pecho, haciéndola girar... El señor Goëtzi se encuentra precisamente
en esa situación. Necesita urgentemente que alguien le dé cuerda. Conforme van
pasando las horas, va sufriendo un rápido debilitamiento progresivo, hasta
que se le vuelva a dar toda la cuerda necesaria para recuperarse. Por eso
viaja hacia el Sepulcro. Lo único que le mantiene cerca de nosotros es su ansia
por recuperarme a mí, que soy su nexo de unión, su líquido sinovial, si me
permiten emplear este término científico que aprendí de él. Como todavía no ha
empeorado su salud, no tiene prisa, y aguarda el momento propicio para hacerse
conmigo de forma habilidosa o sencillamente por la fuerza... Aproximaos a mí,
os lo suplico. La bruma se está espesando y casi no se ve el resplandor del
señor Goëtzi. Os puedo asegurar que en cuanto considere que se nos puede acercar
sin que le veamos, se meterá en el cuerpo de alguno de nuestros remeros...
Nosotros también nos encaminamos al Sepulcro. No os preocupéis. No nos
desviaremos casi de nuestro camino, que es prácticamente el mismo. Me conozco
de memoria cada atajo hacia ese tenebroso hospital de vampiros. Entraremos
entonces en la celda privada del señor Goëtzi y... ¡Un momento! ¡Ya no se
divisa nada de la luz verde! ¡Atención!
—¿Y entonces qué? —preguntaron todos al mismo
tiempo, con la curiosidad vivamente excitada—. ¿Qué es lo que ibais a decir?
—¡Chist! —siseó la antigua Polly, colocando un dedo
sobre los labios—. ¡Escuchad!
Todos oyeron cómo un chapoteo sospechoso agitaba
las aguas próximas a la embarcación, cuya estela se veía iluminada con un débil
resplandor.
—¡Contádmelo al oído! —suplicó entonces Ann.
La antigua doncella accedió. Era realmente una
buena chica, aunque no lo pareciese bajo los rasgos del señor Goëtzi. Todos se
fueron acercando, uno a uno, recibiendo el susurro confidencial.
—¡Espléndido! —exclamaron los viajeros—. ¡Es una
idea de incalculable valor!
¿Se acuerdan ustedes de la carcajada que pudo oír
nuestra querida Ann en el desembarcadero de los Boompies, la noche en que llegó
a Rotterdam? Pues bien, algo parecido rechinó en ese momento en el aire y, al
mismo tiempo, uno de los remeros experimentó una fuerte sacudida.
—¡Atención! —exclamó la antigua Polly—, ¡el enemigo
ha llegado! Sólo hay una forma de protegerme, y cuando os lo diga os habré
demostrado definitivamente mi fidelidad. ¡Colocadme otra vez dentro del ataúd
de hierro, y sentaos encima!
Acababan de realizar esta fiel sugerencia, cuando
el remero atacado hizo un brusco movimiento y exhaló un profundo suspiro. Al
mismo tiempo escucharon el ruido de un cuerpo al caer al agua. Al comprender
el fracaso de su emboscada, el señor Goëtzi acababa de regresar por donde
había venido.
Durante el resto de la noche no ocurrió nada.
Ya había amanecido cuando pasaron por Dusseldorf.
Nuestra querida Ann encargó al criado irlandés que se dirigiese a una casa de
instrumentos musicales en busca de un laúd que, a pesar de todo, les sirvió
para amenizar la monotonía del viaje.
Les dio la impresión de que el señor Goëtzi se había
esfumado. Entonces pudieron abrir el ataúd para darle un poco de aire a la
desgraciada Polly.
En Colonia abandonaron el Rin para continuar su
viaje por tierra. Alquilaron para ello un carruaje y atravesaron Westfalia,
Hessen y una región de Baviera, embarcando nuevamente en Ratisbona, en esta ocasión
por el Danubio.
No ocurrió nada digno de mención en el viaje de Ratisbona
a Linz, de Linz a Viena, de Viena a la antigua ciudad magiar de Ofen, que
nosotros llamamos Buda, y de Buda hasta las llanuras de la baja Hungría.
Cierta mañana, al despuntar los primeros rayos de
sol, nuestra querida amiga y sus compañeros divisaron, en medio de aquella
gloria deslumbrante que supone la luz del cielo oriental, las anchas torres de
Peterwardein antes de atisbar la silueta mágica de Belgrado. La vista se perdía
por aquellas alegres campiñas perfumadas por el maíz en flor, entre las que
discurre el Danubio, ancho en ese punto como si fuese un mar.
Desde que dejaran Viena, no habían visto la menor
señal que indicara la presencia del señor Goëtzi, aunque la antigua Polly no
paraba de asegurar: «Está aquí.» Y era cierto, al final del viaje,
comenzaron a verlo nuevamente nadando sobre el agua con los dos pies por
delante, envuelto en una nube de tenue bruma.
Sin embargo se le veía mucho más pequeño, y casi
raquítico. Incluso la niebla lívida que lo envolvía se balanceaba como si en
cualquier momento fuese a desaparecer.
Muy cerca ya de Belgrado, el señor Goëtzi se aproximó
a la orilla y se adentró en tierra entre los juncos. Podría habérsele
confundido con otra bocanada de bruma.
—¡Está exhausto, ese malvado miserable! —dijo la
antigua Polly, frotándose las manos con placer.
El señor Goëtzi alcanzó la tierra en la orilla cristiana
del Danubio, cerca de Semlin, en el banato de Temeswar.
Aún se le pudo ver unos instantes más allá de los
juncos, y después se perdió entre las plantas altas de un maizal.
—¡A tierra! —mandó Polly, que se había convertido
en el jefe de la expedición.
El bote puso proa hacia la orilla, desembarcaron en
tierra y Polly, colocándose de nuevo al frente, se dirigió sin perder un
instante hacia la ciudad de Semlin, la primera que hay tras la frontera con
Turquía.
—Aprovechando que mi infame seductor se ha visto
reducido al último grado —dijo mientras caminaba rápidamente—, y que
seguramente se encuentra ya acostado en alguna losa de mármol (porque estamos
más cerca de lo que imagináis del Sepulcro), y como ya no tenemos nada que
temer de él, puedo daros las últimas explicaciones. Estamos llegando al
final de nuestro viaje. Si el tiempo lo permite, podremos ver desde aquí
la atmósfera especial que rodea y vela a Selene, la ciudad muerta... aunque es
demasiado temprano, lo que me alegra por otro lado, ya que nos quedan aún algunos
preparativos por hacer. Debéis saber que los vampiros dividen el día en
veinticuatro partes, y que los cuadrantes de sus relojes cuentan por tanto con
veinticuatro horas. En la hora decimotercera, es decir, a las once de la
mañana, la misericordia divina ha permitido que su poder se detenga por
espacio de sesenta minutos exactos. Ése es su mayor secreto, y al revelarlo me
arriesgo a las torturas más crueles. Pero estoy dispuesta a todo, con tal de
consumar mi venganza. Ahora son casi las ocho, de modo que tenemos unas tres
horas para comprar en Semlin carbón, un hornillo, botes de sales de origen
inglés y un paquete de velas. No me preguntéis nada; ya veréis vosotros mismos
para qué sirve todo esto. También nos hará falta un hábil cirujano, y creo que
cuento con el que necesitamos: el doctor Magnus Szegeli, el mejor médico en
diez leguas a la redonda, que sólo nos pedirá que le guiemos, porque también él
odia a los vampiros. Por desgracia, no puedo ser yo quien hable con él.
—¿Por qué no? —preguntó nuestra querida Ann.
—Porque el señor Goëtzi, señorita, sedujo y se bebió
la sangre de dos encantadoras jóvenes que él adoraba y que formaban toda su
familia. Por eso, y como mi rostro es el del señor Goëtzi, el doctor Magnus me
reconocerá inmediatamente, y ya supondréis que no confiará en mí en absoluto.
Ella se volvió, incapaz de esconder su repugnancia, y exclamó:
—¡Desgraciada! ¿Es que habéis probado la sangre de
esas desdichadas muchachas?
—Querida —contestó Polly bajando la mirada—, en
nuestra situación no se puede hacer lo que se desea.
—¿Os agradó hacerlo? —preguntó Edward Barton, con
la curiosidad característica del buen marino.
Ella recordó por primera vez a su novio con orgullo. William Radcliffe jamás
se habría permitido una pregunta tan fuera de lugar como ésa.
Semlin se encuentra en el antiguo castillo de
Malavilla, tan frecuentemente invadido, perdido, y finalmente recuperado por
los infieles en la Edad Media. Todavía conserva los restos de la fortificación
construida por Juan Hunyad. Nuestros amigos compraron allí todas las cosas que
necesitaban, y a nuestra querida joven se le ocurrió la idea de contratar a un
dibujante. Ella pensaba en todo, pero, por desgracia, la
fotografía no había sido inventada todavía. El cirujano esclavonio Magnus
Szegeli moraba cerca de la escuela israelita. Nuestra querida joven entró sola
en su casa, mientras Ned, Jack y Merry, junto con la desgraciada Polly, se
entregaban a la vulgaridad de tomar el desayuno.
El doctor Magnus era aún joven, a pesar de su pelo
completamente blanco. Su rostro, arrasado por el dolor, contaba, por decirlo de
algún modo, la historia de sus dos hijas. Con las primeras palabras de nuestra
Ann, y en cuanto comprendió que se trataba de una lucha contra los vampiros,
cogió su maletín y lo blandió enérgicamente, impulsado por su ansia de
venganza. Tal y como le había dicho Polly, Ann le pidió también que llevase
uno de aquellos largos cucharones de hierro, de los que se usan para servir la
sopa en casa de los pobres, cuyos bordes fueron convenientemente afilados. El
uso de semejante instrumento sólo será revelado en su debido momento y en su
debido lugar.
Es bueno indicar que el número de jóvenes devoradas
por vampiros en los alrededores de su refugio es mucho menor de lo que cabría
esperar. Para no provocar altercados en la región, los vampiros han acordado
entre sí no cometer la menor fechoría al menos en quince leguas a la redonda.
Por ese motivo, y temiendo ser castigado por los suyos, el vampiro Goëtzi no
se había atrevido a convertir en secuaces a las dos muchachas de Szegeli,
cuyos cadáveres, convenientemente preparados, había convertido únicamente en
objetos de arte.
Nuestra querida Ann regresó junto a sus amigos y se
encontró a Polly encerrada nuevamente en el ataúd de hierro, una precaución
necesaria por partida doble: primero para que el doctor Magnus no reconociera
en ella al señor Goëtzi, y después para evitar a la desgraciada joven la
tentación de escapar o de traicionarlos, puesto que, a pesar de que su
arrepentimiento parecía sincero, seguramente habría adquirido entre sus antiguos
amos muy malas costumbres.
Salieron a las diez en punto, que es la hora veintidós,
de acuerdo con los relojes del Sepulcro. El tiempo era espléndido, con un clima
semejante al de la dulce Italia. La latitud de Semlin se encuentra en el
paralelo que pasa entre Venecia y Florencia. Nuestros expedicionarios
caminaban silenciosos y taciturnos en medio de los campos de mijo y maíz,
cuyas cercas habían sido construidas con adelfas. Ella abría
la marcha, seguida de cerca por su criado Grey—Jack y Merry Bones, que
cargaban el ataúd de metal. Detrás de ellos venía Ned Barton, el gentleman,
cargado con el saco de carbón, el hornillo y un paquete de velas. Cerraba
la marcha el doctor Magnus, cuyo dolor entorpecía su andar. No piensen que me
he olvidado del pintor. Éste erraba de un lado para otro, con la
despreocupación característica de los artistas.
Los acontecimientos sobrenaturales tienen lugar
normalmente alrededor de la medianoche, favorecidos por la más impenetrable
oscuridad. Es en este detalle, si me permiten la observación, mylady,
caballero, donde este relato completamente histórico refleja sus características
completamente originales. Promediaba el día y el sol despedía sobre la
naturaleza sus resplandores más espléndidos. No había ni siquiera la
posibilidad de un engaño.
A tres cuartos de legua de Semlin, en dirección
a Peterwardein, el paisaje comenzó inesperadamente a cambiar de aspecto.
Terminaron las adelfas, los groselleros y las hortensias. El fértil verdor del
maíz en ciernes desapareció también. El suelo, tan feraz momentos antes,
cobró un tinte opaco, como si acabase de caer sobre él una lluvia de cenizas.
Simultáneamente el cielo azul se tornó gris, y algo
sencillamente indescriptible, como una pantalla de tristeza, se interpuso
delante del sol.
Aquellos indicios fueron aumentando con inusitada
rapidez. En apenas cinco minutos nuestros expedicionarios creyeron estar
separados por una enorme distancia de todos los objetos que hacía un momento
les rodeaban.
Instintivamente, el grupo se estrechó, buscando en
el cielo el sol que acababa de esconderse detrás de la mentira de esa noche.
—¡No os detengáis! —dijo Polly desde el ataúd.
Y continuaron con las piernas temblando, la cabeza
confusa, y el pecho oprimido por un peso desconocido. Titubeaban, tropezando
entre ellos. Se habría dicho que estaban profundamente borrachos, o incluso
atacados por una repentina ceguera.
Porque les rodeaba la más absoluta, la más
densa e impenetrable oscuridad.
—¡Proseguid la marcha! —insistió la ahogada voz de
Polly.
Continuaron. ¿Puede existir algo más negro que la
noche? Si existe, era ese algo el que los envolvía ahora, frío como un sudario.
Llevaban ya un buen rato sin que se oyera el menor ruido exterior. La
naturaleza ya no respiraba.
La voz del ataúd de hierro dijo, en medio de aquel
silencio sin nombre:
—¡Alto!
Obedecieron e inesperadamente, junto a ellos, casi
iba decir que entre ellos, de tan íntimamente como les envolvió el sonido,
pudieron escuchar el tañido de una potente campana, clara como una nota de armónica,
que tocaba lentamente la hora veintitrés.
Con la vigesimotercera campanada desaparecieron
las tinieblas y apareció el Sepulcro. Nuestros amigos se encontraban en el
mismo centro de la Ciudad Vampiro.
Esta ciudad, orgullosa bajo la maldición de Dios,
es llamada también Selene, que es el nombre griego de la luna. Se sabe que
muchos autores piensan que la luna es la patria de los vampiros.
Allí, en aquella ciudad muerta que ahora rodeaba a
los expedicionarios, faltaba absolutamente de todo: la vida, el color y el
movimiento. Pero lo más impresionante en medio del silencio era el
fantasmagórico esplendor de una increíble y maravillosa decoración, cuyas
tristes riquezas resultaban indescriptibles.
Empecemos por el edificio principal, situado en
medio de un gran espacio circular. Imaginen ustedes una rotonda gigantesca en
la que se solaparan los órdenes de la antigua arquitectura de acuerdo con una
bestial aunque sabia imaginación, vinculada con las más sorprendentes audacias
del arcaísmo asirio, de los sueños chinos y de los caprichos hindúes.
Era un santuario, un torreón, una Babel gigantesca
de pórfido pálido, con delicados matices de ese tono indefinido conocido como
«verde mar». Tremendos bloques de esa piedra, opaca y al mismo tiempo translúcida
como el ámbar, se unían mediante finas juntas de mármol negro. La primera
ordenación, que formaba el peristilo por encima de una plataforma circular que
contaba con trece escalones, se hallaba constituida por columnas dóricas,
anchas como las del templo de Pestum, pero de proporciones mayores, lo que daba
una impresión de ciclópea solidez. Entre ellas aparecían ventanas moriscas de
grandes arcos.
La segunda ordenación era de estilo jónico, en la
medida en que esa designación reservada al arte puro pueda ser utilizada para
describir fórmulas exageradas hasta el salvajismo. En él podían verse ventanas
trilobuladas. La tercera ordenación acanalaba sus columnas corintias por
delante de los muros, levantados más atrás y perforados por ojivas cortadas.
La cuarta ordenación era una mezcla compuesta por infinidad de adornos
producidos por una imaginación desbordante, que delataban cierto gusto por
transgredir las normas, y que exhibía unas ventanas en forma de estrellas.
Y finalmente la quinta ordenación, que sujetaba la cúpula del techo, plana como
una pátera invertida y coronada por otra copa menor, de la que brotaba un haz
de llamas, no permitía ninguna denominación técnica; se trataba de una
eflorescencia de columnillas, nervaduras, una explosión de lianas nacaradas
que jugueteaban con todos los estilos, completamente fuera de cualquier regla
y en abierto desafío a las limitaciones que se imponen a lo feérico.
Sin embargo, lo que más llamaba la atención en este
colosal templo, grandioso y frívolo al mismo tiempo, magnífico aunque triste
hasta la melancolía, era la sobresaliente desmesura de sus capiteles y
frontones. El estilo dórico ensanchaba sus frisos y cornisas, el jónico
ampliaba y estiraba sus volutas, el corintio desplegaba sus hojas de acanto y,
para finalizar, el orden compuesto multiplicaba sus frondas de tal forma que el
conjunto constituía una escala de refugios anchos y profundos, situados en
forma de parasol, lo que le confería al conjunto una apariencia de pagoda.
Entre cada par de columnas, en el peristilo, podía
verse un tigre de pórfido, agazapado, con sus garras sobre el corazón
destrozado de una doncella caída.
En el exterior, rodeando la plataforma circular, se
alineaban veinticuatro pedestales con otras tantas estatuas de doncellas,
todas maravillosamente bellas, pero ultrajadas y rendidas por un enemigo
invisible.
Estas estatuas rodeaban la ancha plaza que completaba
el centro del rosetón, del que partían las seis avenidas o calles que formaban
la Ciudad Vampiro.
Cada uno de aquellos barrios parecía gigantesco,
prolongando hasta perderse de vista sus innumerables palacios, cuyas
perspectivas desaparecían en medio de una niebla opalina. Cada palacio era
diferente de los demás, aunque diseñado conforme a estudiadas analogías, lo
que le otorgaba a la vista una sensación de armonioso paralelismo.
Todas aquellas pálidas magnificencias pertenecían a
la muerte. No había el menor ruido o movimiento. Nada parecía respirar allí. El
sueño eterno acechaba incluso al aire, en el que no se agitaba un solo soplo.
A pesar de todo, lo más impresionante era la grandiosidad
de la necrópolis, cuya espantosa soledad no es posible describir con palabras.
Allí no había nada, a pesar de que la gran acumulación
de maravillas arquitectónicas reflejaba enérgicamente la intervención del
hombre. Nada ni nadie. No había ni siquiera una sombra a lo largo de aquellas
blancas perspectivas, o bajo las columnatas que se alejaban en todas
direcciones hacia el infinito. Las pálidas flores de sus jardines descansaban
sobre tallos estáticos. Incluso los chorros de las fuentes sucumbían al
encantamiento de este extraño sueño y permanecían inmóviles, suspendidos en el
aire.
Ustedes ya saben que el tedio, ese desaliento de la
inteligencia, lo hace todo grande, incluso la inmensidad. El crepúsculo, claro
y frío como un rayo de luna, hería al mismo tiempo y por todos lados la
simétrica aglomeración de monumentos, construidos todos con el mismo tipo de
piedra, semitransparente e incolora, que no producía sombras.
En medio de aquella majestuosidad de silencio y
muerte se veía un leve sentimiento de despertar. En ese desenfreno de estilos,
en la loca promiscuidad de ese arte, podía saborearse una orgía. Pero era una
orgía que parecía aletargada. ¿En qué se transformaría aquella Babilonia
de tumbas cuando despertase...?
El sonido de la campana de cristal resonó durante
un buen rato en la atmósfera silenciosa.
Nuestros viajeros se mantenían mudos de asombro.
Mientras nuestra querida Ann intentaba sin éxito medir con la mirada aquellas
fantásticas maravillas, Merry Bones profería un rosario de blasfemias celtas y
Grey—Jack escudriñaba en las profundas perspectivas con la lejana esperanza de
descubrir en ellas el cartel de alguna taberna. El pintor cogió sus lápices. El
doctor Magnus, ¡desgraciado padre!, contaba, con los ojos llenos de lágrimas,
las estatuas de las doncellas.
—¡Vamos! ¡Adelante! —azuzaba Polly Bird desde el
ataúd de hierro—. No hay que pararse con las bagatelas de la entrada. ¡Tenemos
el tiempo justo! ¡Sigamos! El señor Goëtzi vive en el barrio de la Serpiente.
¡Adelante!
En la esquina de cada barrio, un pedestal sostenía
la estatua del animal que daba nombre a aquellas manzanas. Merry Bones se
colocó nuevamente en cabeza y, al encontrar la estatua de la serpiente, se
adentró entre las dos filas de mausoleos que la estatua separaba. A partir de
allí, la avenida se iba ensanchando. En este punto se adueñó de Ann una sensación
de inmensidad al ver la infinidad de calles que brotaban de allí, uniéndose a
otras más, mientras la principal se hundía en vertiginosas cuestas. Desde
cerca, cada sepulcro era un monumento considerable; algunos de ellos pertenecían
sin duda a la nobleza de los vampiros, porque tenían las dimensiones de un
palacio real. ¡Había centenares!... ¡Millares!
Cada mausoleo presentaba un nombre escrito en letras
negras, justo encima de la entrada principal. En su mayor parte se trataba
de nombres completamente desconocidos, aunque había algunos cuya mera
presencia en aquel lugar podría haber explicado mejor muchos de los enigmas de
la historia pasada y presente: nombres de usureros malditos, de personas cuya
escandalosa riqueza supone la miseria de los pueblos, nombres de cortesanas
obscenas y grotescas que habían arruinado costumbres y propiedades, y también los
nombres de muchos a quienes el arte servil y la necia poesía glorifica como a
grandes conquistadores, únicamente porque aplastaron al débil por la fuerza y
construyeron su fama atroz sobre humillaciones, sangre y lágrimas.
En más de una ocasión, al pasar frente a uno de
aquellos fastuosos templos en el que dormía algún famoso azote de la
humanidad, nuestra querida joven intentó acercarse, pero la voz de Polly Bird,
que se impacientaba y temblaba de terror en el fondo del féretro metálico,
gritaba inmediatamente:
—¡Deprisa! ¡Aquí siento vida, y se nos está
agotando el tiempo!
Caminaban rápidamente, por un camino que parecía
no tener fin. Nuevas calles aparecían constantemente, y nuevas tumbas sucedían
a las anteriores, obligándoles a seguir caminando sin descanso. No hallaron ni
un solo ser vivo en aquel interminable trayecto.
Finalmente Polly, que iba reconociendo el camino
gracias a los orificios del ataúd, dijo repentinamente:
—Ya llegamos. Sujetadme bien, porque por más que
odie a mi amo, su corazón es capaz de atraerme como el imán al hierro, y a
pesar de mis intenciones, enseguida me afano por adentrarme en él.
Dentro del cajón de hierro se sentían, en efecto,
las sacudidas de la desgraciada, que se rompía las costillas contra las
paredes metálicas.
—¡Alto! —gritó al fin—. ¡Hemos llegado! ¡Es aquí!
Puesto que el señor Goëtzi no era rey, ni tirano,
ni tribuno, ni filósofo, ni fundador de un banco, ni barón Iscariote, ni
baronesa Friné, no podía aspirar a entrar dentro de la aristocracia de los
vampiros. Se trataba apenas de un simple doctor que, además, ni siquiera
ejercía. Por ello, sólo tenía un mezquino sepulcro, que casi daba pena al lado
de tan augustas tumbas. En realidad era únicamente una pobre capilla de estilo
griego bárbaro, apenas un poco más grande que San Pablo de Londres, cuya
arquitectura levemente modesta no tendría más de cuatrocientas o quinientas
columnas. Se veía acomplejada a un lado por el mausoleo de un primer ministro
de Prusia, y humillada por el otro por la catedral de una vieja malhechora
francesa cuyo oficio fue, es y será, el beber en París la sangre de los
imbéciles: ya fuera de los más insignes cruzados como de villanos sin
distinción, siempre que existiera algo de oro en las venas de esos idiotas.
En medio de la fachada, sobre una lápida de jaspe
negro, podía leerse el nombre del señor Goëtzi escrito en letras de color verde
mar, tenuemente luminosas, del siguiente modo:
Gweqee
Nuestra querida joven sintió no tener a su lado a
William Radcliffe, que sabía tanto griego como un turco. Tuvo que utilizar al
doctor Magnus quien, a pesar de su dolor, fue capaz de explicarle que ese
nombre parecía haber sido construido con dos raíces diferentes, una de
las cuales declinaba del sustantivo tierra, al tiempo que la otra
conjugaba el verbo hervir.
—¡Volcán! —gritó Ann—. ¡Está claro que se trata de
un nombre de catástrofe!
Ella ya sabía lo que debía hacer. Preguntado más tarde, William Radcliffe
descubrió que el nombre estaba equivocado y erróneamente construido.
—¡Abrid! —mandó mientras tanto Polly, que se agitaba
dentro del cajón—. ¡Abrid y entrad! La más leve demora de un minuto puede
exponernos a las más terribles catástrofes.
Franquearon la escalinata y el peristilo. La puerta
principal no se encontraba cerrada con llave. Entraron. En el interior, el
sepulcro presentaba una gran nave, rodeada de un claustro que la dominaba y
sobre el que había una galería de dos pisos: todo se hallaba coronado por una
cúpula bizantina. Los muros, las columnas, la bóveda, todo había sido construido
con esa piedra ámbar que nuestra Ann acostumbraba a llamar «lunar» y que era
casi transparente. Frente a los pilares había una hilera de estatuas, muy
juntas unas de otras, y que representaban doncellas, formando un círculo
alrededor de una lápida de pórfido situada justo en el centro de la nave.
Las jóvenes doncellas extendían hacia la lápida sus
brazos ligeramente redondeados, que sostenían una guirnalda sin fin.
Más adelante todavía, encima de una fila de trípodes
nínives, descansaban unos sahumadores de alabastro en los que prendía un
desconocido licor, tan pálido que el fuego del espíritu del vino habría
parecido rojo a su lado.
En la lápida central descansaba el señor Goëtzi,
que yacía de espaldas y con los brazos pegados al cuerpo. El canalla parecía
reducido a la nada, sin carne, deshecho y arrugado como un pergamino mojado que
se acaba de secar al sol.
—¡Ah, mi querido señor! —exclamó Polly, que se entregaba
a exageradas contorsiones dentro del ataúd de hierro—, ¡con qué alegría
correría en vuestra ayuda de no estar prisionera! —Sin embargo añadió, casi sin
tomar aliento—: ¡Vamos, vosotros! ¡No seáis perezosos! ¡Sacadle el corazón sin
hacerle daño!
Pido a ustedes que me permitan utilizar aquí una
palabra absolutamente chocante, pero que las circunstancias exigen. Nada es
más fétido que un vampiro cuando está libre y en su morada. A
pesar de que se quemaban innúmeros sahumadores, el señor Goëtzi, que se
encontraba muy corrupto además, despedía un olor tan repulsivamente hediondo
que nuestros amigos habrían muerto de asfixia, de no ser por los frascos de
sales inglesas que habían comprado en Semlin. ¡Ése es el motivo por el que la
baronesa contaba con tantos fabricantes de perfumes!
El doctor Magnus cogió su maletín, pero sus manos
temblaban terriblemente y comprenderán ustedes por qué cuando les diga que el
desventurado padre acababa de reconocer a sus dos hijas entre aquellas
estatuas.
—¡Vamos, no os detengáis! —insistía Polly—. Cada
minuto es importante. ¡Arrancad el corazón de mi desdichado amo con habilidad y
suavemente!
Es cierto que Merry Bones era un irlandés pero, por
mi honor, que no se arrugaba ante ninguna empresa. Le arrebató el maletín al
doctor Magnus, mientras gritaba:
—¡Que el infierno me lleve si no soy capaz de realizar
esta operación! Trabajé como ayudante de carnicero en Galway, y a mucha honra.
—¡Adelante, muchacho! —gimió la voz desde el féretro—.
¡Hazlo firmemente, pero sin que sufra mi amo! El criado irlandés se remangó.
Nuestra querida Ann, completamente emocionada, se había colocado en una cómoda
posición para poder ver bien cuanto ocurría. Ned Barton y Grey—Jack vigilaban
el cajón de hierro, que constantemente amenazaba con abrirse. El doctor Szegeli
se encontraba al lado de Merry Bones, dispuesto al menos a dirigir la
operación.
El joven pintor esclavonio se había sentado
sobre su silla plegable, haciendo unos bocetos.
Evidentemente, no sabría describir con
palabras científicas la cirugía que se realizó. Además, puede que no
fuese algo demasiado conveniente. Será suficiente con que explique que el señor
Goëtzi mantuvo los ojos abiertos y la mirada fija durante todo el tiempo que
duró la operación. Su rostro permaneció tan rígido como su cuerpo, reducido a
un estado raquítico lamentable.
—Con que le hubiesen dado únicamente veinticuatro
horas —decía Polly—, mi querido amo se encontraría gordo y lleno de vitalidad.
¡Cortad! ¡Vamos, cortad! ¡Más hondo! ¡Ay, cómo le amaba!
Al quitarle al paciente la camisa, todos pudieron
observar en el costado izquierdo de su pecho, a la altura del corazón, un
diminuto orificio redondo con un diámetro semejante al del canuto de una
pluma, del que manaba gota a gota la sangre roja. Justo en el momento en que
quedó al descubierto este extraño mecanismo de la vegetación de un vampiro, la
cúpula comenzó a despedir sonido, mientras los muros, el claustro y las
galerías cobraban voz. Fue algo así como una música plañidera, frágil como la
luz ambiente, como los mármoles del edificio, o como los titubeantes
resplandores que morían en los sahumadores.
El criado irlandés manejó a conciencia el
escalpelo, demostrando sus aptitudes de carnicero. Sin embargo, ni una lágrima
de sangre manó bajo el filo de acero. Estaba claro que lo único que quedaba se
encontraba en el corazón, y que su carcasa estaba ya muerta y reseca. Polly
dijo:
—¡Con cuidado, por favor! Mi vida se encuentra
unida a la de mi amo por un nervio que habréis de seccionar antes de tocar el
corazón. Encontraréis once de estas terminaciones en el pericardio: una para
cada uno de mis compañeros. La mía es la primera a la derecha. ¿La veis?
—Sí —reconoció Merry Bones, mientras la cortaba con
suma delicadeza.
La antigua Polly experimentó tal descarga que el
ataúd de hierro saltó en su sitio.
Entre tanto el corazón había quedado completamente
descubierto: aparecía más rojo que una cereza y en perfecto estado de
conservación. Nuestra querida Ann, sujetando el frasco de sales bajo la nariz,
lo examinaba llena de curiosidad. Ella nunca despreció la
oportunidad de aprender.
—¿El hornillo ha sido bien encendido? —preguntó la
doncella desde el cajón.
—Sí —contestaron Ned y Jack, que se habían encargado
de ello.
—¡En ese caso, adiós, amor mío! Os lloraré durante
mucho tiempo... ¡Arrancadlo!
Merry Bones cogió de manos del doctor Magnus
el cucharón de hierro que habían afilado cuidadosamente, y hundiéndolo
hábilmente bajo el corazón, retiró intacta la víscera.
La mirada del señor Goëtzi perdió su brillo y
se tornó opaca.
La música, fenomenal vibración de los bloques de
pórfido, se extendió como un terrible quejido.
—¡Deprisa! —gritó Polly—. ¡Abrasad el corazón de mi
seductor! ¡Quemadlo enseguida! Pero tened cuidado de no perder las cenizas,
porque creo que nos serán muy necesarias. ¿Qué hora es?
Nuestra querida amiga echó un vistazo a su
reloj, que marcaba las doce menos cuarto.
—¡Ahora todo depende de vuestra rapidez! —prosiguió
Polly—. El camino que conduce desde aquí hasta la plaza central es largo y
sólo existe una entrada. ¡Avivad el fuego!
La obedecieron. Todos comenzaron a soplar
sobre las brasas, en el hornillo, y sobre las ascuas colocaron
el corazón del vampiro, que inmediatamente comenzó a crujir y a
despedir humo. Empezó además a arder. Despedía llamas como si fuese
un pudding bañado con ron. Mientras tanto, el cuerpo del
vampiro disminuía de tamaño sobre su lápida y sus ojos, animados
con horrorosos impulsos, giraban y giraban...
El cucharón comenzó a ponerse al rojo vivo. El
criado irlandés lo sujetaba con su chaqueta mojada y plegada varias veces. Los
demás soplaban sin parar, exhortados por la voz del ataúd.
El corazón cayó convertido en brasas. Lo que restaba
del señor Goëtzi, sobre la lápida, era únicamente un montoncillo de materia
transparente a través del cual podían verse algunas cosas muertas: un
loro, un perro, una mujer calva, un mesonero barbudo y un crío que
sostenía un aro.
La tenue melodía dejó de escucharse, la fría llama
de los sahumadores se apagó, las estatuas de las doncellas, después de caer en
silencio de sus pedestales, yacían sobre el polvo de pórfido que formaba el
suelo, y el enorme cuco negro del reloj holandés volaba en círculos alrededor
de la cúpula, desplegando sin cesar sus silenciosas alas.
—Ya hemos terminado el trabajo —dijo Polly, cada
vez más calmada en el interior del cajón metálico—. Durante un instante sentí
vértigo, pero ya pasó. Ahora tenemos que salir de aquí. Supongo que habréis
oído hablar del doctor Samuel Hahnemann, el inventor de la doctrina
homeopática. Siempre que me encuentro bien, no creo demasiado en la medicina,
pero es evidente que el mejor remedio contra los vampiros es la ceniza de uno
de ellos. Tomad algunas pulgadas de la del amo para serviros de ella cuando
llegue el momento, y guardad el resto en el fondo del cucharón. ¿Qué hora es?
—Faltan cuatro minutos para las doce —le contestaron.
—¡Rápido entonces! ¡Vamos con esas piernas! ¡Llevadme
con vosotros!
Inmediatamente dejaron el monumento cargando
consigo el hornillo, ahora inútil, y lo que quedaba de la bolsa de carbón.
Edward S. Barton y el pintor esclavonio cargaban con el cajón de hierro, puesto
que Merry Bones tenía que proteger sus espaldas con el cucharón en el que se
encontraban las cenizas del corazón del vampiro sacrificado. No se burlen de
esta medida. Enseguida conocerán ustedes el extraordinario poder de esta
medicina.
Respecto al desgraciado padre, el doctor Magnus
Szegeli, se obstinaba en cargar con él las estatuas de sus dos hijas. Al no
poder hacerlo, ya que eran muy pesadas, se lanzó sobre los restos del vampiro,
apoderándose de ellos, con la intención de pisarlos a gusto en su gabinete,
sometiéndolos a las mayores humillaciones. Ella no se atrevió
a censurar aquella pueril, aunque legítima venganza.
Salieron fuera. En el exterior todo
permanecía mudo y quieto como antes, aunque algo parecía haber cambiado en
los colores uniformes de las tenebrosas y fantásticas perspectivas. Así como la
aurora despierta a la noche, lanzando misteriosos destellos sobre las tinieblas,
del mismo modo el color intentaba aparecer entre aquellos pálidos y majestuosos
monumentos. Podía verse algo de rojo en el descolorido ambiente, y el silencio
parecía murmurar de forma confusa...
Los expedicionarios avanzaban a toda velocidad por
las calles de Selene, constantemente acuciados por los exhortes de Polly,
que desde el fondo del cajón de hierro gritaba hasta la saciedad como si fuese
un jockey de Epsom. Y en efecto, ya podían ver que no estaba equivocada.
El murmullo que flotaba en el silencio iba creciendo; los destellos, tenuemente
rojizos, se iban intensificando, y empezaba a escucharse el ruido del aleteo
del enorme cuco negro que continuaba revoloteando en círculo sobre ellos.
En el preciso instante en que nuestros amigos alcanzaban
el paso señalado con la estatua de la serpiente, el animal de pórfido, de
fenomenales dimensiones, comenzó a ondular lentamente mientras sus
anillos, casi diáfanos y hasta ese momento incoloros, adquirían una
tonalidad verdosa de indescriptible riqueza.
También en ese mismo momento, un sordo y apagado
rumor, procedente de la cúpula central, invadió el espacio con una sucesión de
rítmicas vibraciones, y toda aquella pálida quietud que las plazas de la ciudad
muerta reflejaban hasta donde alcanzaba la vista, cobró vida repentinamente:
una vida verde de cruda y violenta nitidez, en la que las líneas de las
junturas de las piedras, que habían sido negras, al adquirir entonces una
coloración escarlata, trazaban constantes zigzags de fuego...
Era un espectáculo maravilloso, aunque horrible, y
esas tenebrosas maravillas ensombrecían y realzaban sus horizontes infinitos,
haciendo que la mente sucumbiese en un mar de espanto.
Polly no paraba de decir:
—¡Apretad el paso! ¡Corred! ¡Escapad de la muerte
que se os viene encima! ¿Qué hora es?
—Las doce menos un minuto.
—¡Deprisa, desgraciados! ¡Corred! ¡Vuestra vida
está en juego!
Los expedicionarios corrían jadeantes, tropezando
constantemente, y bañados por ese helado sudor que la fiebre hace manar sobre
el ardiente cuerpo. Se encontraban en medio de la plaza central cuando la trepidante
campana de cristal lanzó al aire el primer tañido de la hora veinticuatro. El
pájaro negro movió sus alas profiriendo un triunfal cu—cú. De arriba abajo, las
ventanas abiertas del enorme santuario dejaron pasar resplandores de hornos que
parecieron incendiar sucesivamente el aire, mientras el verde oscuro de los muros
se cuadriculaba con líneas de llamas.
En ese momento las doncellas del peristilo
comenzaron a contorsionarse y a retorcerse mientras gritaban bajo las
garras de los tigres; y las estatuas adquirieron unas poses lascivas sobre sus
encendidos pedestales.
La oscuridad y el resplandor, la noche y el día,
la gracia y el horror; todo se mezclaba en ese momento y en ese
lugar, confundidos en salvaje e infernal promiscuidad. Ya no era ni siquiera un
sueño, una pesadilla, un delirio. Era la orgía, el desenfreno de
todos aquellos espectros unidos, una guerra, un huracán. La campana
de cristal no cesaba de tocar. Después de cada campanada, el pájaro negro
profería su salvaje grito, cuya intensidad iba aumentando a medida que el
espacio, cada vez más caliente, cubría con los resplandores más sorprendentes
aquellas prodigiosas construcciones donde el fuego parecía ser el cemento de
aquellos bloques esmeralda.
Con la duodécima campanada, los ramilletes de
columnatas y nervaduras de la cúpula más alta se encendieron, avivados por el
aleteo del pájaro negro. Las puertas de todos los mausoleos se abrieron en ese
momento.
Nuestros amigos, exhaustos de tanto correr, ya
no sabían por dónde escapar de aquella plaza rodeada de caminos
uniformes, mientras Polly Bird, enloquecida de espanto, les gritaba sin parar:
«¡Corred! ¡Vamos! ¡Daos prisa!», sin preocuparse por darles las indicaciones
necesarias. Giraban a toda velocidad, jadeantes y sin aliento en un círculo
mortal, sin percibir que no avanzaban un palmo y que ya habían pasado diez veces
por el mismo sitio. Finalmente Polly gritó: —¡Por el camino del Noctilio! ¡La
puerta se encuentra a ese lado! ¡Corred, por el Cielo y el Infierno!
¡Vuestra vida está en juego!
Se abalanzaron hacia uno de los seis grandes barrios
que formaban la roseta, cuyo símbolo era la estatua de un gigantesco
murciélago. Los otros cuatro símbolos eran una araña, un buitre, una
sanguijuela y un gato. Es oportuno decir que Ned Barton y todavía más
Grey—Jack, estaban ansiosos por dejar caer el ataúd de hierro que tanto frenaba
su carrera, pero ¿cómo escapar sin la ayuda de Polly de semejante laberinto? No
veían ninguna salida.
Mientras tanto la campana de cristal lanzaba sus
últimos tañidos. En todos sitios el movimiento seguía a la inmovilidad y el
ruido al silencio. A través de las puertas abiertas se veía el interior de los
mausoleos, cuyos moradores se levantaban sobre sus lápidas, entregándose a su
arreglo personal. Algunos incluso aparecían ya en los umbrales: hombres de
gran estatura aunque afeminados casi siempre, mujeres también muy altas y de
altiva figura, y todos ellos hechos de una materia verde jaspeada de púrpura,
con radiantes ojos amarillos y labios de los que saltaban chispas y que ardían
como brasas bajo el fuelle de una fragua. Sobre sus hombros flotaban largos
velos purpúreos y en el fulgor cada vez más intenso que incendiaba el
ambiente, resultaba fácil descubrir en el costado izquierdo de sus pechos, en
el lugar del corazón, un orificio sangrante del que pendía siempre una gota
roja.
¿No se habían despertado del todo, o es que nuestros
amigos se encontraban bajo el influjo de alguna protección? Aquellas espantosas
criaturas no parecían haberles visto todavía, a pesar de que nada escondía
su fuga. Polly Bird ni siquiera se atrevía a hablar desde el interior del
cajón de hierro, por temor a atraer su atención hacia los fugitivos. Nuestra
querida Ann, al comprobar que sus pobres piernas no aguantaban más y que
pronto se negarían a seguirla sosteniendo, le encomendó su espíritu a Dios. Ned
estaba enfadado; Grey—Jack, a pesar de que era un inglés de pura cepa, tenía la
carne de gallina, y al propio Merry Bones aquella situación se le estaba
haciendo eterna.
—¡Valor! —clamó en un susurro Polly Bird, al verlos
flaquear—. ¡Un último esfuerzo! Ya nos encontramos cerca del sepulcro del
portero. Bastará con que le echéis en los ojos un poco de ceniza de mi difunto
seductor, y podremos pasar. ¡Aguantad!
Pero cuando el gran pájaro negro, posado ahora con
sus alas desplegadas en medio del fuego que coronaba la gigantesca cúpula,
lanzó un último cu—cú y en el aire resonó la última campanada, pudieron oír un
grito lejano seguido por el ruido de un cuerno.
Después, con mágica rapidez, los gritos se fueron
aproximando, los sones de las trompetas también, de forma que antes de que
pasara un segundo, nuestros amigos se vieron rodeados por un sordo clamor sobre
el que se destacaba la atronadora voz de los cuernos. Los gritos parecían
hablar en un idioma desconocido, mientras los cuernos tocaban una marcha
militar cuya algarabía, capaz de desgarrar cualquier tímpano, no puede
describirse con palabras. Simultáneamente, unos tambores invisibles redoblaron
a los cuatro vientos convocando a todos los vampiros, mientras la campana de
cristal tocaba a rebato.
—¡Estamos al lado de la puerta! —gritó Polly Bird—.
Están gritando: «¡Tumba violada! ¡Muerte de un vampiro!» Pero da igual. ¡Un
último sacrificio y nos encontraremos fuera!
Era cierto. Nuestros expedicionarios ya podían vislumbrar
el alto muro de pórfido, fantástica cintura de tanta maravilla y el profundo,
estrecho y bajo túnel, que era la única entrada a la Ciudad de los Vampiros.
Seguramente pasaron por él en su camino, aunque ahora no lo recordaban.
Y puesto que ya habían dejado atrás los últimos
mausoleos, no encontraron a nadie que se interpusiera entre ellos y la puerta,
abierta de par en par, tras la cual reinaba una completa oscuridad.
Pero el griterío, la algarabía, la alarma general y
el toque a rebato, mezclados con todo tipo de ruidos añadidos, subía de volumen
como si fuese una marea de ensordecedor estruendo, y repentinamente una
multitud de hombres, mujeres, cuadrúpedos, pájaros y reptiles, todos verdes y
rojos, con ojos de un amarillo intenso, apareció en el camino principal
procedente de todos los accesos, invadiéndolo en un santiamén.
—¡Muerte a los profanadores! ¡Muerte a los profanadores!
¡Portero, cierra la puerta! ¡Baja los barrotes e iza el puente! ¡Soltad los
dogos, los tigres, los leones, las serpientes y los cocodrilos! ¡Sepulcro
ultrajado! ¡Muerte de un vampiro! ¡Queremos su sangre... su sangre... su
sangre!
Entonces ocurrió algo sorprendente. No se percibió
el menor movimiento al lado de la puerta que respondiese ante aquel griterío
acuciante. El portero no apareció. Los barrotes permanecieron suspendidos en
el aire y el puente levadizo no fue izado. No aparecieron ni los dogos, ni los
tigres, ni las serpientes, ni los cocodrilos. Si me lo permiten, ahora les
explicaré lo que ocurrió. El cargo de portero, al existir una única
puerta, es un cargo muy importante. Por ese motivo, y para evitar problemas,
el cargo es desempeñado por turno, durante veinticuatro horas, por cada uno de
los habitantes de Selene. Ese día el turno le correspondía al señor Goëtzi, y
al tener fama de ser un vampiro extraordinariamente puntual, su predecesor se
retiró después de la primera campanada de la hora veinticuatro.
Evidentemente cometió un grave error, y seguramente
sería severamente castigado por ello.
Ese es el motivo por el que nuestros amigos fugitivos
no se encontraron con nadie que pudiera cerrarles el paso. Aunque, ¡válgame el
Cielo!, no por ello su situación era menos complicada. La muchedumbre de
alborotadores y airados enemigos crecía con vertiginosa rapidez. Ya se
desbordaba a ambos lados, cuando la voz del ataúd gritó:
—¡Cuidado, Merry Bones! ¡Cuidado!
El valiente irlandés se giró, y el aliento de un
gigantesco canalla de verde, que le pisaba los talones con sus fauces
abiertas, le abrasó el rostro, mientras dos perros monstruosos saltaban sobre
él intentando hacer presa en su garganta, al tiempo que algunos reptiles se
deslizaban silbando entre sus piernas.
La situación se hizo todavía más crítica, porque
justo entonces la muchedumbre desbordaba ambos flancos ladrando, bufando,
gritando y rugiendo: «¡Muerte! ¡Muerte!», mientras nuestros amigos, exhortados
por la voz de Polly, perdían por completo el control de sí mismos.
Merry Bones ni siquiera llegó a pararse un cuarto
de segundo, pero fue tiempo suficiente para que el gesto le separase del resto
de sus compañeros, que atravesaron el túnel dejándolo a él solo, en medio de la
Ciudad de los Vampiros.
Ella nunca habría aceptado voluntariamente dejar atrás a nadie, aunque fuese
irlandés, y menos a merced de tan espantosos enemigos; pero Polly apresuraba la
escapada como una posesa, conocedora del tipo de tortura que le esperaba si
llegaban a capturarla (y además veremos que también tenía el ambicioso proyecto
de convertirse en la única heredera del señor Goëtzi). Ned Barton y Grey—Jack,
obedientes, franquearon el túnel y el puente levadizo corriendo como liebres.
Ann iba justo detrás, sin saber si ya se encontraba
a salvo, o por lo menos fuera de la ciudad maldita.
Únicamente se giró después de sobrepasar el foso, y
entonces pudo ver a través de la boca del túnel un espectáculo magnífico e
infernal que muy pocas personas han conseguido contemplar a lo largo de los
siglos. Por muy audaz que fuese su temperamento, Ella nunca
sentiría nostalgia de los momentos que acababa de vivir en medio de aquellos
increíbles horrores, a pesar de lo cual quedaría en su mente para siempre un
eterno deslumbramiento y, gracias al instinto de su carácter poético,
permanecería grabada en ella la impresión de esos milagros que manifestaban un
poder que no era el de Dios. En especial, recordaría el momento del despertar,
ese minuto en que la sepulcral fantasmagoría se coloreó con las tonalidades de
una orgía, dejando en ella un recuerdo tan vivo como una herida.
La vio todavía una vez más a través de la boca del
túnel, que se abría en medio de la gruesa muralla: la orgía saltaba y se
contorsionaba en un mar de luces verdes y rojas; y más allá de los tumultuosos
y confusos movimientos de la turba embriagada de ira pudo ver de nuevo,
como en un sueño lejano, la perspectiva infinita de los sepulcros, las cúpulas,
y los pilares perdiéndose en resplandecientes propileos...
Y como el desgraciado Merry Bones se encontraba
ahora ahogado en medio de aquella turba salvaje, Ella ni
siquiera logró verle.
—¡Bendito sea Dios! —exclamó entonces—. ¡Nos hemos
salvado de milagro!
—¡Adelante! ¡No debemos pararnos ahora! —urgía
Polly—. Aún no podemos felicitarnos. ¡Ya nos quedará tiempo para darle las
gracias a Dios cuando hayamos traspasado el círculo de tinieblas y vislumbremos
los campanarios de Semlin!
No es necesario que recuerde que, al abandonar el
túnel, nuestros amigos se encontraron nuevamente con las penumbras que rodean a
Selene, como si perteneciesen a un oscuro suburbio.
Continuaron avanzando, y a quienes se les ocurrió
recordar a Merry Bones, se cuidaron muy mucho de pronunciar su nombre.
Nosotros, por nuestra parte, nos ocuparemos de él.
Al principio se sintió un poco perplejo e incluso
contrariado por el salvaje asalto de los vampiros, a quienes creía todavía
lejos. Uno puede cometer este tipo de errores cuando pelea contra seres
sobrenaturales. Por lo general, su agilidad y destreza es muy superior a la de
cualquier humano.
Sin embargo, el asombro del criado no le impidió
arremeter de un cabezazo contra la barriga del vampiro que le abrasaba con su
aliento, aunque el golpe, amortiguado por el pelo, le produjo una impresión tan
desagradable de frío que se propuso no volver a tocar a esos animales más
que con el pie; y eso que él no era nada remilgado. A pesar de su bella
apariencia de jaspe, el pecho de ese vampiro era fofo y frío como la panza de
un pescado.
Aun así, el cabezazo había sido bueno, y la maldita
bestia se vio lanzada contra la turba apretada, y después fue tirando, al
retroceder tambaleando antes de caer, a media docena de vampiros. Aquello abrió
un hueco suficiente como para que Merry lograse mirar hacia atrás. Al ver que
se encontraba separado de sus compañeros por una muralla espectral y movediza,
se sintió completamente derrotado, cercado y abandonado.
—¡Eso es lo que puede esperarse de los ingleses!
—se quejó lastimero.
Su desgracia le hacía ser injusto con la más
civilizada de las naciones. ¡Aunque puede que tuvieran el suficiente juicio
como para comprender que un irlandés siempre logra salir adelante de cualquier
situación!
Entonces comenzó a lanzar coces a su alrededor, de
forma tan violenta que le hizo ver las estrellas a todos los vampiros que le
rodeaban. No había un solo testigo que pudiese gozar de tan maravilloso
espectáculo: un simple criado manteniendo a raya a todos los vampiros de la
tierra, rebeldes y en el paroxismo de la furia. Se trata de algo increíble, no
puedo negarlo, pero completamente cierto. Y Merry Bones, al derribarlos, les
cantaba además descabelladas canciones de su tierra, y les gastaba bromas pesadas
que sólo se le pueden perdonar atendiendo a su mala educación.
Pero debemos ser justos. ¡Eran demasiados! ¡Y seguían
viniendo cada vez más! Los perros, por su parte, se mostraban especialmente
furiosos. Los pájaros también se encarnizaban de forma insoportable,
y cuando a ellos se les sumaron las arañas y los murciélagos malolientes,
Merry Bones perdió por completo la paciencia. No se trata de que los
maestros—vampiros sean muy numerosos. Por fortuna no lo son, o de lo contrario
el mundo se extinguiría exangüe. Lo que pasa es que cada uno tiene su réplica,
y además arrastra con él a esas bestias accesorias, que también tienen la
capacidad de multiplicarse. Un vampiro banquero, de esos que ha mantenido
altas finanzas o ha pertenecido a la nobleza, es capaz de mantener a cientos de
estos esbirros, y los aristócratas nunca han tenido menos de cincuenta. Eso le
confiere a la Ciudad de los Vampiros una población flexible, que puede
replegarse dentro de sí misma como las diferentes secciones de un catalejo, o
los diferentes tramos de una caña de pescar. Resulta agotador, porque por más
que se pode este prado vivo y movedizo, absolutamente abominable, nunca se
logra nada.
Hubo un momento en que el desgraciado Merry Bones
se encontró en verdaderas dificultades. Tenía dos perros agarrados a cada una
de sus piernas, tres arañas colgándole de la espalda, un murciélago en cada
axila y varias docenas de sanguijuelas extendidas por todo el cuerpo. Cuatro
buitres gigantescos se peleaban por sus ojos mientras los hombres, lanzando
verdes resplandores, le atacaban violentamente con toda clase de armas. Era
como para poner en dificultades al guerrero más audaz.
De repente se dio una palmada en la frente: acababa
de tener una idea. Había dejado el cucharón en el suelo, entre sus piernas,
para poder tener libres las dos manos. Ustedes no habrán olvidado, sin duda,
que el cucharón contenía las cenizas del corazón del vampiro Goëtzi. Merry
Bones recordó en aquel trance que Polly había insistido vehementemente en las
propiedades de esas cenizas. Para ver si era verdad, se apoyó sobre sus manos
con la intención de quitarse de encima a esa chusma que lo cercaba, y lanzó
tantos y tan salvajes puntapiés a su alrededor que logró hacer retroceder unos
pasos a sus atacantes.
Al lograr de ese modo un pequeño espacio, levantó
el cucharón y lo colocó bajo las narices del primer vampiro que se le vino
encima. El efecto fue fulminante. El hombre verde explotó repentinamente, ya
que ésa es la expresión que me parece más apropiada para el estornudo que
destruyó a la bestia, haciendo jirones sus vestidos y provocando daños también
a su alrededor. El resultado le dio a Merry una de las alegrías mayores de su
vida. Inmediatamente lanzó un rosario de todas las imprecaciones conocidas al
oeste de Irlanda, mientras enterraba el mango del cucharón en la mata de su
pelo, donde se mantuvo tan firme como si se lo hubiese clavado en la cabeza.
Acto seguido ejecutó entusiasmado las piruetas del Lilliburo, su
baile nacional. Entonces le hizo señas a la chusma, indicando que quería
hablar:
—¡Hatajo de serpientes! —gritó—, ¿entendéis el irlandés?
Si me dejáis en paz no acabaré con vosotros, exterminando hasta el último. Pero
si seguís impacientándome...
Le interrumpió inmediatamente un agudo estruendo,
formado por voces de hombres, berridos de mujeres, aullidos de perros, silbidos
de pájaros y murciélagos, y chillidos de reptiles. El clamor decía:
—¡Eres nuestro prisionero! Hemos cerrado la puerta,
bajado los barrotes e izado el puente. Si no podemos acabar contigo por la
fuerza, entonces te mataremos de hambre y le daremos de beber tu sangre a
nuestros cerdos.
El pobre criado comenzaba precisamente a sentir
hambre, por lo que la idea de morir de ese modo le hizo explotar en justificada
cólera.
—¡Eso ya lo veremos, por cien mil diablos! —exclamó
mientras se remangaba.
Y enarbolando el cucharón como si fuese una mágica
bandera, se dirigió con paso firme hacia la puerta de salida.
Nadie le cerró el paso. La muchedumbre de espectros
se mantenía a distancia, sonriendo burlona.
Efectivamente, al llegar a la puerta el criado se
encontró con que estaba cerrada y atrancada. Intentó derribarla, pero le
habría sido más fácil arremeter contra las torres de la abadía de Westminster.
Contrariado, permaneció un momento titubeante, y la canalla empezó a lanzar
carcajadas al ver su estupor.
—¡Quien ríe el último ríe mejor! —gruñó el
irlandés, que se rascaba ambas orejas hasta hacerse sangre, en busca de una
idea.
La chusma le replicó, a distancia:
—¡Morirás de hambre, miserable pordiosero! ¡Morirás
de hambre!... ¡De hambre!
—¡Morirás de hambre, morirás de hambre! —les imitó
Merry Bones.
Y al tratar de burlarse de ellos con un gesto
vulgar, ejecutó un movimiento tan torpe que el cucharón se viró, yendo a
desparramarse en el suelo las cenizas del corazón del vampiro Goëtzi.
La turba enloquecida profirió entonces un aullido
de triunfo, como celebración de aquel accidente de imprevisibles
consecuencias, e inmediatamente comenzaron a moverse con renovada furia. Al
principio el criado irlandés quedó aturdido, pero inmediatamente se dio tres
palmadas en la frente y guiñó el ojo como suelen hacer los irlandeses:
—¡Se me acaba de ocurrir una idea! ¡Esperad un segundo,
vamos a reírnos!
La ceniza había caído al ras de la puerta, que
estaba forjada en acero fundido. Mientras la turba se le acercaba
ruidosamente, Merry Bones comenzó a rascar el suelo, recuperando toda la ceniza
que pudo y colocándola de vuelta en el cucharón. Con el resto hizo un pequeño
montoncito. Entonces se giró. Aquél era el momento. Toda la jauría de
cuadrúpedos, bípedos, aves y reptiles se abalanzó al unísono sobre él. Escogió
de entre todos a una hermosa vampiro de cabellos rubios que apestaba a
perfume, agarrándola por el cuello. Actuó de forma tan rápida que nadie logró
impedírselo, y casi no hubo tiempo para que de los abrasadores labios de la
bestia saliese una maldición.
A pesar de todas las mordeduras, picaduras, mazazos
y aletazos que le habían dado, el criado irlandés utilizó su poderoso brazo, y
obligó a la vampiro a inclinarse hasta que sus labios tocaron el montoncito de
cenizas. Ya conocen ustedes la violencia de aquel producto, cuyo simple olor
había hecho saltar por los aires a un vampiro. En cuanto los labios ardientes
de la cortesana tocaron la ceniza, no se produjo una explosión, sino la
erupción de un volcán semejante a la del Vesubio o el Etna. La puerta de acero
fue arrancada de cuajo y lanzada a una distancia increíble; la reja saltó hecha
añicos, también; y la muralla quedó reducida a fragmentos que podrían haber
servido como pavimento. Por algún sorprendente efecto, el puente levadizo
permaneció sin embargo intacto; únicamente se rompieron sus cadenas, lo que
hizo que cayera de plano en su sitio de costumbre, sobre el foso, y lo justo
como para permitir el paso del pobre Merry Bones.
¿Es necesario que les cuente los destrozos que se
produjeron entre la marabunta de vampiros? No. Seguramente se los pueden
imaginar fácilmente. Bastará con que les cuente que Merry Bones salió
únicamente con algunos rasguños superficiales, unos pocos moratones, y dos
tercios de su cabellera chamuscada. Pero como pensaba cortarse el pelo al día
siguiente, esta circunstancia incluso le ahorró trabajo.
—¡Eh, muchachos! —gritó hacia el picadillo de vampiros
que había esparcido a su alrededor—, ¿os ha gustado la broma? ¡Que lo paséis
bien!
Y cruzó el puente, retorciéndose de risa.
A pesar de su brillante proeza, el desdichado Merry
Bones no había llegado todavía al final de sus problemas. Una vez atravesado
el puente levadizo penetró en la oscuridad, densa y opaca. Al principio intentó
alejarse tan rápido como se lo permitieron sus piernas, aunque después de unos
pocos pasos, sorprendido al no oír ningún ruido a su espalda, se giró y no vio
nada.
¡Estaba en medio de la más impenetrable oscuridad,
y del más completo silencio. El mero hecho de darse la vuelta fue suficiente
para que se desorientara, y comenzó a caminar erráticamente, presa de un miedo
visceral hacia lo desconocido. Lógicamente, debería haber seguido andando
hacia delante, en línea recta, pero la gente de su país tiene una veleta
dentro de la cabeza. Sin ningún motivo, giraba repentinamente hacia la derecha,
obedeciendo a un capricho pasajero; un momento después le daba la impresión
de que estaba regresando hacia Selene, y giraba nuevamente hacia la izquierda.
No podía avanzar demasiado siguiendo aquel sistema.
De esta forma caminó, aunque sin avanzar apenas,
nuestro pobre Merry Bones. Después de media hora, cuando cambiaba por enésima
vez de dirección, chocó violentamente contra un hombre que caminaba en dirección
opuesta.
—¡Idiota!
—¡Animal!
—¡Increíble! ¡Es Grey—Jack!
—¡Señorita! ¡Señorita Ann! ¡El inútil de Merry Bones
no ha muerto!
Ése fue el peculiar diálogo en medio de la oscuridad.
Justo en ese momento se produjo un resplandor entre las tinieblas, y nuestra
querida Ann apareció sujetando una vela que iluminó a Ned, Jack y el cajón de
hierro. Ya no viajaban con el doctor Magnus ni con el joven pintor esclavonio,
personajes de poca importancia que se habían despistado y cuyo destino es
fácil de imaginar si les digo que aquella oscuridad estaba infestada de
vampiros sedientos de venganza y ansiosos por devorar a alguien.
Nuestra querida joven y su grupo estaban tan perdidos
como el pobre criado irlandés. Se preguntarán ustedes cómo era posible que
pasara esto, ya que viajaba con ellos Polly Bird, antigua réplica del señor
Goëtzi, y que debía estar ya acostumbrada a aquellos trucos del diablo. Les
contestaré que la desgraciada había sufrido una terrible conmoción al serle
cortado el hilo espiritual que la unía a su amo y señor. No es posible soportar
una operación como ésa sin que la salud se resienta gravemente. Los acontecimientos
que siguieron, terribles y dramáticos, acabaron por agotar sus escasas energías,
especialmente al tener que respirar el aire viciado del interior del ataúd.
Todos aquellos motivos hicieron que la antigua Polly se adormeciera dentro de
su féretro, y fueron en vano todos los intentos que se hicieron a partir de
entonces para conseguir que despertase.
Se pararon un instante para meditar sobre su
situación. Merry Bones aprovechó el momento para sacudirse el escaso pelo que
le quedaba y para quitarse de encima los jirones de ropa de los vampiros
que habían explotado a su lado. Nuestra querida Ann
examinó atentamente aquellos restos, con una curiosidad propia de su
interés por la Historia Natural. Entre otras cosas, la joven observó lo
siguiente: la carne de vampiro es de muy poca consistencia, blanda, e incluso
un poco viscosa. En medio de la oscuridad, Ella se dio cuenta
de que irradiaba un pálido resplandor verde fosforescente. Al darle la luz, sin
embargo, aquellos restos mostraban un color verde oscuro, moteado de rojo
negruzco. Todos los detalles son pocos para la ciencia, y por eso les transmito
todas estas cosas exactamente igual a como me las contaron.
El grupo decidió unánimemente que tenían
que atravesar a cualquier precio aquella densa oscuridad.
Atendiendo a su instinto, debían de ser en ese
momento las dos de la tarde aproximadamente; si conseguían alcanzar el borde
de aquella noche artificial se tropezarían, muy probablemente, con el pleno
día. Merry Bones se puso nuevamente al frente de la columna de expedicionarios
y ordenó reemprender el camino.
Después de una pesada y tediosa marcha, un grito
brotó al mismo tiempo de todos los corazones:
—¡Luz!
Era sólo un débil resplandor. ¡Pero qué alegría les
dio ver, aunque fuese confusamente, algo parecido a la claridad! Nuestros
amigos iban a acelerar la marcha, cuando inesperadamente se detuvieron,
paralizados de espanto. Nubes verdosas cruzaban el cielo al tiempo que se
oía un sordo clamor, semejante al estruendo de una cabalgata, mientras
largas filas de pálidas sombras aparecían por sus flancos. —¡Los vampiros!
Por desgracia era cierto. Todo lo que había quedado
vivo en la Ciudad de los Vampiros había montado a lomos de un dogo, de un león
o de un tigre, y la salvaje caballería rodeaba ya a los fugitivos, mientras
otros asesinos, subidos sobre murciélagos de diferentes especies, surgían de la
oscuridad y llegaban por los aires haciendo chasquear las membranosas alas de
sus monturas. ¡No les quedaban esperanzas! Merry Bones había perdido en el
camino su célebre cucharón. Era el final de la aventura.
Pero justo en ese agónico momento, en el instante
en que las huestes sedientas de sangre se abalanzaban desde todos sitios sobre
nuestros amigos, pudo escucharse en la distancia una melodía celestial. No es
necesario decir que la oscuridad comenzó a desaparecer ante aquella
maravillosa música que parecía traer consigo a la venerada luz del sol. La
horda de vampiros, durante un segundo asustada y titubeante, huyó en
estampida dando alaridos, como cien diablos derrotados por la aparición de un
único ángel.
Porque era realmente un ángel el que llegaba.
Existen seres adorables que, al igual que los ángeles, sólo necesitan aparecer
para producir milagros.
No es necesario que lo proyecten o que se lo propongan:
basta solamente con que aparezcan.
El muy venerable Arthur (al que en otras tierras
bautizamos acertadamente como «el desconocido de apariencia divina») no había
llegado hasta las llanuras de Serbia para proteger a nuestra querida Ann y sus
amigos. Al igual que en Holanda, se dedicaba aquí a estudiar el arte de la
guerra bajo la tutela del respetable clérigo, miembro de la comunidad
anglicana, que lo acompañaba como mentor. En aquel momento visitaba los
campos de batalla donde se habían instruido en el pasado Solimán II, el
príncipe de Baviera, el príncipe Eugenio y muchos otros.
En efecto, era el honorable Arthur, rubio, sonrosado
y barbilampiño, montado en su silla de viaje admirablemente confortable.
Mientras el venerable religioso dormía la siesta después de una copiosa
comida, el joven noble olvidaba por un instante sus incipientes estudios y
cantaba el God save the king con la ayuda de una
guitarra.
Y pasó de largo, sin dirigir una mirada a los
expedicionarios a los que acababa de regalar la existencia.
Ella se
negó a volver a Semlin. Abandonaron el torrencial Danubio y se dirigieron
hacia el oeste para correr, por fin, a salvar a la pobre Cornelia. Como ya no
tenían nada que temer del señor Goëtzi, el viaje resultó placentero por las
llanuras de Bosnia, un país desconocido y muy fértil, donde los habitantes
visten trajes convenientes. El desfiladero de Tina les permitió un paso en
medio de las montañas. Tras alcanzar el otro lado, se encontraron con las
abruptas cimas de los Alpes Dináricos, en medio de los cuales se erguía orgulloso
el castillo de Montefalcone.
Desde hacía varios días el ataúd de hierro estaba
vacío. Polly Bird se había portado tan bien en la Ciudad de los Vampiros que
no provocaba ya ninguna desconfianza. La pusieron en libertad, sin que ella
abusara en absoluto de ese privilegio. Tampoco les sorprendió el uso
inmoderado de bebidas alcohólicas por parte de esta doncella, puesto que es
frecuente en las jóvenes campesinas inglesas, que comparten esta afición con
damas de alta cuna.
Como todavía llevaba además ropas del otro sexo,
sus muchos pecados de embriaguez resultaban menos impropios. No habrán olvidado
ustedes que la antigua Polly todavía representaba el papel de réplica del señor
Goëtzi. Ésta era la única forma de poder introducir a Ned Barton dentro de las
murallas de la inexpugnable fortaleza. Homero empleó una estratagema parecida
en su inmortal epopeya, y lo cierto es que el ataúd de hierro podría
perfectamente pasar por una versión moderna, y reducida, del caballo de Troya.
En lo físico, Polly había cambiado ligeramente
desde la muerte de su seductor. Había menguado, ofreciendo el aspecto de un
señor Goëtzi empequeñecido por el cansancio o la enfermedad. Al mismo tiempo,
no obstante, había adquirido un aire de importancia que no agradaba a nuestra
querida Ann. El único que lograba hacerle que obedeciera era Merry Bones. No es
ningún misterio cómo lo lograba: le atizaba un cabezazo en la barriga o un
puntapié algo más abajo, en el lado contrario, siempre que ella no se comportaba
como él quería.
En la noche del sexto día entraron en los desfiladeros
y enseguida los rayos de la luna iluminaron la enorme masa del castillo condal,
que Ella inmortalizara con el nombre de Castillo de
Udolfo.
No se veía ninguna luz sobre los muros ni a
través de las ventanas góticas de las diversas alas del
edificio. Todo parecería estar muerto en la antigua fortificación, de no
ser porque una forma humana hizo su aparición en la parte más alta de una
elevada torre. Era una joven (o al menos su sombra) vestida con largos velos
blancos.
—¡Ya la veo! ¡Es ella! —exclamó Ann. Y Edward,
uniendo sus manos con delicada sensibilidad, exclamó:
—¡Oh, Cornelia! ¡Mi amada! ¿Es a ti a quien veo, o
es sólo tu fantasma bienamado?
Para conseguir su objetivo, nuestros amigos tenían
que separarse allí en dos grupos. El señor Goëtzi, como volveremos a llamar en
lo sucesivo a la desdichada Polly Bird, debía entrar solo en el castillo con el
cajón de hierro, que transportarían dos hombres del pueblo contratados en la
ciudad de Bihac, que tiene la peculiaridad de encontrarse ubicada en medio de
las aguas del río Una. Nuestra querida Ann, Merry Bones y el viejo Grey—Jack
habían acordado vigilar desde el exterior.
La hora en que tuvieron que separarse les resultó
muy triste. Los viajes crean cierta intimidad; los peligros compartidos
producen inevitablemente un cierto acercamiento, y no he ocultado que en los
primeros trastornos de su corazón Ella le había dedicado a
Edward S. Barton sus preferencias. Por eso, cuando tuvo que separarse de él,
tal vez para siempre, no pudo evitar derramar algunas lágrimas, aunque enseguida
se impuso su excepcional fuerza de carácter y dijo con tono enérgico:
—Marchaos, Edward Barton, mi amigo y hermano. Id
hacia donde el deber os llama. Sed tan prudente como valiente en medio de
los peligros desconocidos que os envuelven. Recordad que viajan con vos mis
oraciones, y que día y noche estaré preparada para correr en vuestro auxilio.
Ella se volvió y los demás abrieron el ataúd.
Edward se introdujo entonces en él, y los dos
hombres de Bihac lo cargaron sobre unas parihuelas.
El señor Goëtzi conocía, naturalmente, la contraseña.
Después de llamar desde el otro lado del foso (ya que no tenía un cuerno de
caza consigo), intercambió las palabras necesarias con el vigía, que le
permitió el paso. Cuando le preguntaron qué quería, replicó:
—Deseo ver inmediatamente al conde Tiberio.
—El conde está acabando ahora de cenar —le respondieron—.
No es momento adecuado para visitas.
—Cualquier momento es adecuado cuando se trae una
buena noticia —insistió el señor Goëtzi—. Id en presencia del conde y
explicadle que el hombre que acaba de llegar le trae el ataúd de hierro.
El criado hizo lo que le mandaban. Cuando el señor
Goëtzi se quedó de nuevo a solas con Edward, se agachó hacia uno de los
orificios del cajón metálico y dijo en un susurro:
—Todo marcha viento en popa. Intentad haceros bien
el muerto.
—Estoy dispuesto a lo que sea para salvar a mi amada,
pero ¡por mi honra! ¡Aquí me estoy asfixiando! El retorno del criado acabó con
este diálogo.
El conde esperaba al señor Goëtzi en sus aposentos.
Llamaron de nuevo a los hombres del pueblo, que volvieron a colocar el ataúd de
hierro sobre las parihuelas. Se adentraron entonces a lo largo de trece
corredores, y atravesaron docenas de habitaciones que en otros tiempos
debieron de ser magníficas, aunque el deplorable estado en que se encontraban
denotaba un abandono de varios siglos. El señor Goëtzi no pudo reprimir
una sonrisa diabólica al pasar junto a las ruinas que indicaban el antiguo
emplazamiento de la alcoba de la condesa viuda de Montefalcone. Toda aquella
ala del castillo, todavía no rehabilitada, despertaba en él el recuerdo de su
incursión al mando de su fallecido amo y se dijo a sí mismo:
—¡Todo aquello estuvo bien, pero ahora lo haré todavía
mejor!
Supongo que ya comienzan ustedes a comprender que
el desdichado Ned y nuestra querida Ann habían hecho muy mal en depositar en él
su confianza.
Por fin llegaron a una zona mejor conservada, con
alfombras ya reparadas y muebles sin manchas de polvo.
El conde Tiberio Palma d'Istria se encontraba sentado,
o más bien tumbado, en un sillón cuya confección se remontaba a la era de los
Dux.
Estaba borracho, como solía pasarle todas las noches
después de comer. Letizia le había inculcado esta costumbre salvaje para poder
dominarlo mejor. El señor Goëtzi apareció, seguido por los dos porteadores,
que dejaron el cajón de hierro en el suelo, recibiendo inmediatamente la orden
de salir de la habitación, aunque sin marcharse del castillo.
—¿Traes al inglés en ese arcón? —interrogó
Tiberio—. ¡Buenas noches, bribón!
—Os saludo, monseñor —contestó Goëtzi—. Sí, traigo
al inglés.
—¿Está completamente muerto?
—Me sorprende incluso que no os sintáis todavía
molesto por el olor que desprende el cuerpo.
Tiberio, que se creyó lo que le decía, se tapó inmediatamente
la nariz.
—¿Deseáis verle? —añadió el señor Goëtzi, girándose
hacia el cajón.
—¡Vete al infierno! —gritó el conde—. ¡Acabo de terminar
de cenar! No juegues con mi estómago. ¡El inglés ya debe de haber sido
devorado por los gusanos, porque tú, maldito, te tomaste todo el tiempo del
mundo para traerlo hasta aquí!
—El féretro es muy pesado, y el camino largo —se
excusó el señor Goëtzi.
—¡Qué cosa infecta! De acuerdo, hagámoslo rápidamente.
¿Qué fue lo que te prometí como recompensa?
—A la signora Letizia Pallanti.
—¿Es eso cierto, bribón? Me parece perfecto. La amé
como a la niña de mis ojos, pero ya ha pasado el tiempo y ella todavía lleva la
peluca de una muerta. ¡Ja, ja, ja! ¡Pobre condesa Greete! ¡Menuda broma le
gastamos! Pero ahora deseo desposar a Cornelia, mi discípula, para poder gozar
de su juventud al mismo tiempo que lo hago de su fortuna... ¡Perfecto! Ahora
deja al inglés en los calabozos. Letizia es tuya, ya puedes irte con ella de
una vez. Di, cuando bajes, que me suban más vino y me traigan a mi discípula
Cornelia.
El señor Goëtzi se marchó entonces con el ataúd de
hierro, mientras el conde Tiberio seguía bebiendo. Ned, a pesar de su incómoda
situación, se alegró por el éxito del engaño. Estaba seguro de que ahora lo
llevarían al lado de Cornelia, y que ésta encontraría alguna forma de hacer
entrar a sus amigos en el castillo. Ése había sido el plan acordado, y las
esperanzas de Edward se vieron reforzadas cuando el señor Goëtzi ejecutó
únicamente la mitad de las órdenes del conde Tiberio. Pidió que le
llevaran más vino, pero no dijo nada de Cornelia.
¿Cuántos pasillos, cuantos puentes levadizos, escaleras,
aposentos deshabitados y salones separaban la alcoba de Tiberio de la de
Letizia?
La hermosa italiana estaba tumbada a la usanza
oriental sobre una montaña de almohadas. Había engordado bastante últimamente.
¡Allí fue donde Ned comenzaría a entender muchas cosas!
—¿Me lo traéis vivo? —preguntó la Pallanti nada más
ver al señor Goëtzi.
Y al decirle éste que sí, ella se puso en pie sobre
los almohadones, exclamando:
—¡Oh, cielos! ¡Debes de estar muy incómodo ahí
dentro, mi amor! ¡Abrid enseguida este ataúd para que pueda embriagarme de gozo
al verlo y estrecharlo contra mi corazón!
—¡Calma! —contestó sin embargo el señor Goëtzi—.
Este muchacho es fuerte y decidido. Si lo dejáramos en libertad no tardaríamos
en arrepentimos.
—¿Crees acaso —interrogó Letizia— que se podría resistir
a mis encantos?
—Estoy convencido. ¿Es que no sabéis que a quien
ama es a Cornelia?
—¡Esa flacucha! —exclamó la signora con
un gesto de desdén—. ¡Apuesto a que ni siquiera pesa cien libras de buena
carne!
El señor Goëtzi respondió con una mueca y prosiguió:
—Cada cual tiene sus gustos. Yo, sin ir más lejos,
la quiero a ella como recompensa, tal y como está.
Ned pensó que no había oído bien. «Seguramente»,
pensó, «Polly está representando su papel todavía».
—De acuerdo; es justo —respondió sin embargo la
italiana—. Te la prometí y será tuya, pero no ahora.
—¿A qué hay que esperar? Tengo prisa.
—Todavía tenemos que deshacernos de ese cretino de
Tiberio.
—Eso llevará tiempo —objetó el señor Goëtzi.
Letizia insistió:
—Todo estará preparado mañana por la mañana. Si
tienes sed, puedes pedir a mi undécima doncella: ¡tiene dieciséis años... una
palomita! La rapté en la granja esta mañana, y podrás comprobar que su sangre
es mucho mejor que la de Cornelia.
Por uno de los orificios, Edward pudo ver cómo la
mirada del señor Goëtzi brillaba ante aquellas palabras. ¡Entonces cayó la
venda de sus ojos! Pensó con espanto que Polly continuaba siendo vampiro, y que
él se hallaba a su merced.
—No rechazaré a la joven campesina —dijo entonces
Goëtzi—, sobre todo después de lo mucho que he padecido en este viaje y de las
pocas ocasiones que he tenido para alimentarme bien. Pero os advierto que no
debéis iros a dormir en confiada seguridad. Hay enemigos en las proximidades
del castillo.
—¿A qué te refieres?
—Estoy hablando de miss Ann Ward y sus criados.
Ned se estremeció entre las paredes del ataúd metálico.
Sin embargo tuvo el temple suficiente como para no mostrar su desaliento con
alguna imprudente exclamación.
Entre la italiana y el señor Goëtzi se produjo, a
pesar de ello, un momento de silencio. Ella parecía sumida en profundas
meditaciones.
—Escucha —dijo finalmente—. Lo mejor será
que desciendas por el subterráneo del Norte, que es el más corto de
los cuatro, puesto que sólo tiene una legua. Cuando llegues al final, haz girar
la piedra que está montada sobre goznes, y así podrás acceder a la campiña. Te
unirás entonces a la inglesa y sus esbirros y te ofrecerás hábilmente para
conducirlos hasta Cornelia, aunque los traerás ante mi presencia. Yo me ocuparé
de lo demás. ¿Está claro? Obedece, entonces. Mientras tanto le daré al hermoso
Edward algunas explicaciones, después de las cuales estoy convencida de que me
ofrecerá gustoso su corazón y su mano.
La celda de nuestra querida Cornelia se encontraba
en el piso más alto del torreón. No por clemencia, sino ante el temor de que
una reclusión excesivamente rigurosa pudiese mermar su hermosura, el conde
Tiberio había accedido a que pudiese pasearse por la plataforma. En aquel
estrecho recinto rodeado de almenas, Cornelia vivía sola, con el pensamiento
depositado en su querido amante y con el corazón herido por la felicidad
perdida. La contemplación de aquellas regiones inmensas le elevaban el espíritu
alimentando al mismo tiempo su melancolía. La bóveda celestial, que iluminaba
el sol por encima de ella, los azules destellos del firmamento, la noche, los
infinitos diamantes suspendidos en su negrura, todo, en definitiva, le hablaba
de Dios y lograba acabar con su desesperación.
Ella había sido la pálida aparición que nuestros
amigos habían observado al alcanzar la falda de la montaña.
Esa noche, harta de contemplar el cielo estrellado,
desvió la mirada hacia el suelo y se estremeció al descubrir una luz en la
montaña vecina. Nunca había visto nada parecido hasta ese momento.
Completamente asombrada, y quizá con algo de
esperanza también, observó atentamente aquella luz, con toda la intensidad que
le permitían sus hermosos ojos. Temió estar soñando. Le parecía incluso reconocer
a Ann, su mejor amiga, a Grey—Jack, su viejo criado, e incluso a Merry Bones,
el criado irlandés de su amado Edward. Un cuarto personaje se hallaba junto al
fuego, aunque, como le daba la espalda, no lograba verle la cara.
¡Quizá fuese Edward! ¡Seguramente sería Edward!
—¡Edward! ¡Edward! —gritó completamente embriagada
por la alegría.
Por desgracia, el personaje a quien tomaba por
Edward no era otro que el señor Goëtzi, que acababa de regresar junto a
nuestros amigos a través del pasadizo subterráneo del Norte, y que,
prosiguiendo con sus fechorías, intentaba arrastrarlos a todos a la perdición.
Edward S. Barton, entre tanto, se había quedado
solo con la signora Letizia, después de que se marchara el
señor Goëtzi. La traidora mujer le dedicó, ya desde el principio, sus más
amables atenciones.
—Caballero —le dijo con voz suave y melodiosa—, no
veáis en todo cuanto ocurre más que el resultado del amor que os profeso. Este
sentimiento se remonta a los tiempos en que, cuando acababais de terminar
vuestros estudios, os marchasteis a Inglaterra, donde yo me encontraba
visitando a mi discípula, la señorita Cornelia de Witt, que me debe su
brillante educación. No pude evitar entonces que mi frágil corazón sufriese la
impresión de veros con vuestros labios sombreados apenas por un vello
incipiente, y luciendo en cada rasgo todos los encantos de la adolescencia.
Educada en los principios más estrictos, respeté las conveniencias, aunque
al mismo tiempo me prometí utilizar todas las artes que Dios me ha dado
para recuperar la fortuna de mis padres, y de ese modo poder ser un día digna,
mi querido gentleman, de unir mi destino al vuestro.
Edward S. Barton era inglés y, en consecuencia, muy
inteligente. A pesar del espanto que le suscitaban aquellas confesiones,
decidió oponer la destreza a la táctica.
—Dada la incómoda situación en que me hallo —dijo
con un tono insinuante—, me resulta muy difícil pensar en el amor, mi querida
dama. Las paredes de este cajón de hierro le impiden a mi corazón cualquier
sobresalto, y además, ¿cómo podría acceder a vuestros encantos si ni siquiera
tengo la dicha de poderlos contemplar?
Letizia meditó un segundo, sorprendida ante tan
justo comentario.
—Estoy de acuerdo —dijo finalmente— en que estaríamos
mucho más cómodos si pudieseis decirme dulces palabras de amor sentado
confortablemente en estos almohadones. Por desgracia es la prudencia quien lo
impide. Por otro lado, en los tiempos que vivimos, el matrimonio ya no depende
exclusivamente de los sentimientos. Debo arrebataros primero la venda que
tenéis en los ojos. Hasta ahora habéis pensado que esa niña, Cornelia de Witt,
era rica y yo pobre. Superad este error. Cornelia es quien no posee nada, mientras
que yo me he convertido en la heredera de una gigantesca fortuna. Sabed que
soy de origen principesco. Todavía conservo el vago recuerdo de una cuna adornada
con encajes y varias ristras de perlas de cultivo. Una mujer, bella como la luz
del amanecer, se inclinaba sobre mi sueño ansiosa por mi primera sonrisa.
¡Era mi madre! Y esta mujer era la princesa Loïska Palma d'Istria, la
propia cuñada del conde Tiberio.
A Edward le daba igual que todo aquello fuese cierto,
aunque con intención de agradarla exclamó:
—¡Increíble!
—Tengo incluso los documentos —contestó la signora
Letizia—, legalmente registrados. ¿Es preciso que os relate cómo una banda de
gitanos que merodeaba por las proximidades del castillo me arrebató del regazo
de mi madre, la princesa...?
—Tengo sed —dijo Edward, interrumpiéndola.
Sin embargo, tan lista como descarada, Letizia cogió
de su mesilla un vaso, lo llenó de buen vino y colocó dentro una pajita.
Después introdujo la pajita por uno de los orificios del ataúd, y sumergiendo
el otro extremo en el vino, le dijo:
—Podéis beber hasta saciaros, mi querido gentleman; me
alegra poder saciar por lo menos uno de los deseos de mi amado.
Y mientras él bebía, continuó:
—¿Debo contaros también los inútiles esfuerzos de
mis padres para recuperar a su hija única? Por desgracia sólo buscaron entre
los gitanos. Sin embargo estos canallas se habían visto atacados, cerca de la
costa, por una incursión de corsarios de Lípari, cuyo botín fui yo. Entonces
contaba sólo cinco años, por lo que logré salvar mi honra. Unos piratas
argelinos me robaron a su vez de los corsarios, y fui preparada para pertenecer
a un harén. Un joven eunuco me ayudó a escapar. Regresé entonces a Italia, aunque
no recordaba mi nombre ni la dirección de mis padres. Entonces fui
sucesivamente alumna en la famosa casa de estudios de Turín, premiada por la
academia de Cántaros Rotos, vendedora de pequeñas macetas de porcelana
antigua para los ingleses, lectora de un cardenal, criada de uno de los más ancianos
ermitaños de los Apeninos, y dama de compañía del célebre Rinaldo, jefe de una
cuadrilla de bandoleros. No creo que haya existido jamás una juventud tan
accidentada como la mía. Así fue como llegué a los quince años. Por esa época
encontré en un bosque frondoso a un individuo harapiento que agonizaba. Al
verme lanzó un débil grito y me pidió que le enseñase la parte inferior de mi
pierna izquierda. Los deseos de un moribundo son sagrados, de forma que
obedecí. Entonces él exclamó: «¡Dios mío! ¡Es ella!» Estaba agotado. «Dios me
ha permitido», añadió, «que antes de morir pueda expiar el peor de mis
crímenes. Joven forastera, lleváis en vuestro tobillo, cerca del talón, una
marca que equivale a un certificado de nacimiento. ¡Lo sé porque fui yo quien
os arrebató de vuestra cuna!...» Entonces me dio el nombre de mis nobles
padres. Le perdoné, y murió en mis brazos. A partir de entonces, en medio de
las mayores y más increíbles dificultades, mi único objetivo fue el de
encontrar esos documentos. Mi padre había muerto, ya muy anciano y lleno de honores,
y también mi madre se había convertido en una santa en el cielo. El señor
Goëtzi, hombre peligroso pero muy astuto y que, me parece, es un vampiro, me
ayudó bastante en mis investigaciones. Lo conocí en la corte. Él fue quien me
aconsejó para que me encargase de la educación de Cornelia, con la intención de
aproximarme a mi tío, el conde Tiberio, que intentaría disputarme sin éxito
la riqueza de Montefalcone. También yo le coloqué a él a vuestro lado, para
que os enseñara a quererme y a apreciarme.
—¡Bonito regalo! —exclamó el joven.
—¡No me juzguéis mal! —reprendió severamente
la dama italiana—. Mi excusa es el amor. Respecto a mi alumna, Cornelia de
Witt, no es más que una pequeña boba, engreída y absurda, que sólo cuenta con
la hermosura del diablo. Os garantizo que no recibirá ni un céntimo de la
fortuna de los condes de Montefalcone. Todo me pertenecerá, como debe ser, y lo
primero que haré con estas posesiones será cubriros de oro. Ésa es mi oferta.
Os permito, por supuesto, la libertad de despreciarla; pero, si lo hacéis,
entregaré a la señorita Cornelia al señor Goëtzi, que se la beberá como si
fuese un vaso de limonada.
Hemos dejado a Cornelia en la cumbre del Torreón
del Cautivo, mirando en la distancia hacia el fuego en el que nuestros amigos
conversaban con un extraño que, visto de espaldas, a ella le pareció su amante
Ned. Ustedes han adivinado ya que ese extraño no era sino la antigua Polly
Bird, que decididamente estaba haciéndose con la personalidad del señor
Goëtzi. En algún momento creo haberles contado ya las intenciones de esta
criatura, que se había degenerado después de haber estado sometida durante
tanto tiempo al poder de un monstruo. A despecho de su sexo original, había
decidido contraer matrimonio con Cornelia, por la fuerza si fuese necesario,
para poder así disponer de la gigantesca propiedad de los condes, y tener de
esta forma un agradable y distinguido final.
No le costó un gran esfuerzo al supuesto señor
Goëtzi engañar a nuestra querida Ann, diciéndole que había llevado a cabo con
éxito su misión y que Ned se encontraba ahora en el corazón del castillo, pero
necesitaba de ayuda para terminar aquella aventura. El viejo Grey—Jack y
el propio Merry Bones aceptaron también el engaño. Polly Bird había dado
ya tantas pruebas de su fidelidad en la incursión a Selene, que a nadie se
le ocurrió sospechar de ella.
De forma que el señor Goëtzi en persona fue
quien encabezó aquella pequeña comitiva, que se dirigió inmediatamente
hacia el pasadizo subterráneo.
—Tened valor —dijo el traidor, mientras guiaba a
nuestros amigos hacia las entrañas de la tierra—. Os espera una noche terrible.
Prendieron algunas antorchas de madera
resinosa traídas por el propio Goëtzi, pero su luz se perdió
inesperadamente en las lóbregas profundidades de la cueva, iluminando apenas a
algunos reptiles asustados por su paso, que huían a toda prisa en medio de
la oscuridad. Fue en esa oscuridad donde brotó y murió un extraño sonido, como
si fuese un monstruoso suspiro.
—¿Qué ha sido eso? —interrogó Ann, parada con un
peso que le oprimía el pecho.
—Proseguid —contestó el traidor—. Son las
antiguas arpas eolias de la condesa Elvina, que han pasado de moda y
han sido arrojadas aquí porque no hay espacio en el granero.
A Ella le hubiese gustado hacer
algunas preguntas sobre esa condesa Elvina, pero el señor Goëtzi les
apremiaba constantemente.
—¡Levantad las antorchas! —ordenó.
Todos obedecieron, y a la luz de las teas
aparecieron vagamente las húmedas paredes de un gran salón subterráneo.
—¡Mirad encima de vosotros! —ordenó de nuevo el
señor Goëtzi.
Todos levantaron la vista, y se encontraron
con una bóveda elevada en el centro de la cual había un negro y
gigantesco agujero circular.
—¿Para qué sirve ese agujero? —inquirió Ann.
—Es el desagüe de los calabozos del conde
Tiberio —contestó el señor Goëtzi—. Por ahí son arrojadas las víctimas al
abismo que se encuentra, como podéis comprobar, justo debajo.
—¡Cómo! —exclamó estupefacta nuestra querida heroína—.
¡Aún existen estas bárbaras reliquias de la Edad Media! ¿La cegadora luz de la
filosofía no ha conseguido destruir todavía estos horrores?
Los dientes del señor Goëtzi rechinaron.
—Ya no se usan con tanta frecuencia. Me parece que
no se utilizan desde los tiempos de la condesa Elvina.
De pronto Ella se encontró en
medio de un salón de estilo gótico del más tenebroso aspecto, cuya alta
chimenea se veía coronada por un espejo veneciano de marco labrado que
representaba la Pasión de Nuestro Señor. A la derecha de la chimenea, la pared,
tapizada con un cuero cordobés de tono castaño oscuro, mostraba una mota
blanca que en realidad era un botón de marfil.
El señor Goëtzi tenía en sus brazos un gran gato
negro, cuyas patas fracturó, una tras otra, con fría y espantosa crueldad.
—Es para que no huya —dijo—. Ahora veréis algo
extraordinario: voy a dejarlo en el mismo sitio en que se encontraba la
condesa Elvina. ¡Fijaos bien en el gato!
Dejó al negro animal, que maullaba lastimeramente,
sobre una losa del suelo más ancha que las otras. El gato intentó escapar, pero
sus patas rotas no le dejaron, y el señor Goëtzi se aproximó sonriendo hacia
el muro donde se encontraba el botón de marfil. Colocó el dedo y presionó.
La losa se inclinó y el gato desapareció. En ese momento se abrió la puerta y
entraron los lacayos del conde Tiberio, armados hasta los dientes. El señor
Goëtzi señaló a nuestra querida amiga y sus compañeros, y dijo:
—¡Aquí los tenéis!
Y en esta ocasión, a pesar de la heroica
resistencia de Merry Bones, nuestros pobres amigos fueron cubiertos de cadenas
y arrastrados lejos de allí...
Imaginen ustedes la horrible mazmorra en la que
nuestra desdichada Ann se encontraba tumbada sobre unas pocas briznas de paja,
con un grillete de hierro alrededor del cuello. ¡A ese punto la había llevado
su generosidad!
De repente una voz maravillosa le susurró al oído:
—Hermosa virgen de Albión, soy la condesa Elvina de
Montefalcone.
Ella abrió los ojos, enrojecidos de tanto llorar, y se encontró a una mujer
pálida, arrodillada al lado de su camastro. Era una muchacha todavía, aunque el
sufrimiento había blanqueado sus cabellos.
—¡Cómo! —exclamó nuestra amiga—. ¿Cómo habéis
podido escapar de los espantos de ese abismo?
—Ese es un asunto que ya tiene varios siglos de
antigüedad —contestó la pálida joven, con una melancólica aunque agradable
sonrisa—, y lo mejor es que nos ocupemos ahora del presente. He entrado en
vuestro calabozo gracias a un poder especial que me permite también romper
vuestros grilletes, cosa que haré con sumo placer. Levantaos. En este instante
os devuelvo la libertad.
Pero al encontrar en la mirada de nuestra
querida Ann el ardiente deseo de saber algo más, tuvo la gentileza de
añadir:
—Un cruel tirano os había condenado a muerte. Ese
canalla al que llamáis Goëtzi, y que no es otro que la maldita Gertrudis de
Pfafferchoffen, mi rival, cuyo espíritu, después de varias migraciones, se
estableció en el cuerpo de la campesina Polly Bird, es quien os ha traicionado.
Debéis saber que el conde Tiberio y la signora Pallanti, separados durante un
tiempo por la codicia y la concupiscencia, se han reconciliado esta noche.
¿Y queréis saber por qué? Porque el joven y valiente gentleman Edward
S. Barton ha rechazado enérgicamente las indecentes proposiciones de la
italiana, y la hermosa Cornelia también ha humillado al conde Tiberio con su
desprecio. Unidos por una misma sed de venganza, estos dos monstruos con rostro
humano han decidido ejecutar a Edward S. Barton y a Cornelia de Witt esta misma
noche.
—¿Qué puedo hacer para salvarlos? —preguntó ansiosa
nuestra querida Ann, frotándose las manos.
—¡Dios siempre es el más poderoso! —exclamó la
mujer pálida—. ¡Ahora sois libre!
Ann se arrojó hacia la puerta del calabozo, que acababa
de abrirse como por arte de magia.
Avanzó impulsada por una instintiva esperanza.
Después de atravesar siete pasillos se encontró con un marmolista que estaba
tallando un par de brazos en un bloque de alabastro. Ambos brazos parecían
pertenecer a cuerpos de diferente sexo, y estrechaban sus manos en tierna
unión.
El escultor intentó abrazar a Ann, mientras le preguntaba:
—¿Qué opináis de mi trabajo, querida mía? Se
trata de una broma de la gorda Letizia, que desea adornar con ella
las tumbas del joven inglés y de la dama Cornelia.
Ella huyó desesperada, mientras el escultor proseguía su trabajo, riendo. De
esa forma, completamente sola, tuvo que recorrer varias leguas de pasillos
interminables, en medio de los derruidos salones.
Finalmente, en la esquina de una galería,
percibió una luz que se filtraba por debajo de una puerta, y
simultáneamente llegó hasta sus oídos el ruido de unas voces airadas,
mezcladas con otras lastimeras. A pesar de que se sentía completamente exhausta,
hizo acopio de todas sus fuerzas y entró por la puerta abierta. Inmediatamente
lanzó un grito de horror al ver a sus desventurados amigos, Ned y Corny,
cargados de cadenas. La bella melena de Cornelia había sido cortada. Ned
tenía también una soga al cuello, y llevaba además la ropa típica y
funesta de los desdichados a los que la Inquisición condenaba antiguamente a
morir en el tormento. Tras ellos había un hombre terrible, con un
traje completamente rojo y un hacha que cargaba sobre su hombro, indicando
perfectamente que su oficio era el de verdugo.
En el otro extremo del salón había un segundo grupo
formado por el conde Tiberio, la signora Pallanti y el señor Goëtzi. Este
último no parecía muy satisfecho, y no cesaba de reclamar el cumplimiento de la
promesa que le habían hecho de entregarle a Cornelia para calmar su infame sed.
Pero Letizia se reía de él, y Tiberio le amenazaba con mandarlo decapitar. Los
dos se daban el brazo y parecían ahora íntimos amigos.
Al ver aparecer a nuestra querida Ann, una cruel
sonrisa se dibujó en sus labios, y la signora Pallanti dijo:
—¡Precisamente, aquí esta la niña querida!
Pero Ella, sin prestar atención a sus
burlas, se precipitó hacia sus amigos, abrazándolos.
—¡No podría hacer nada más apropiado! —dijo la feroz
italiana—. Ella misma se ha colocado en posición. ¡Ahora acabemos con los tres
pájaros de un tiro!
La signora Pallanti se giró y avanzó hacia la chimenea.
Al hacerlo descubrió una parte de la pared que había tras ella, lo que espantó
sobremanera a nuestra querida Ann. En su turbación, no había reconocido el
salón de las torturas; pero ahora podía ver el espejo grabado de Venecia, el
tapiz de cuero cordobés y el botón de marfil.
—¡Corramos! —exclamó enloquecida de espanto. ¡Pero
era demasiado tarde! La vampiro italiana apretó el botón y la losa del
suelo se abrió. Entonces, ¡oh, milagro!, nuestra querida Ann, Corny y Ned quedaron
suspendidos por una mano sobrenatural, y la condesa Elvina, surgiendo
inesperadamente del abismo, exclamó con la voz de la señora Ward:
—¡Vamos, querida! ¿Qué tipo de antojo es éste?
¡Abre ahora mismo! ¿Es que piensas quedarte en la cama hasta las diez de
la mañana el día de tu boda?
Podía escucharse mucho ruido en el pasillo. William
Radcliffe se sonaba, mientras el simpático señor Ward decía que tenían que
llamar a un cerrajero.
—¡Salvados! ¡Salvados! —exclamó nuestra querida
joven, que de repente se encontró vestida con el traje de novia, en medio de su
cuarto, por cuyas ventanas penetraba a raudales el sol de marzo...
Creo que mylady cometió el error de sonreír, porque
la señorita 97 se calló bruscamente.
—Entiendo muy bien lo que le pasa —dijo con
tono de censura—. Piensa que nuestro relato va a acabar con esa fórmula
gastada hasta la saciedad: «¡Era un sueño!»¡Confiese que es lo que creía! ¡Muy
bien, pues está equivocada!
Tomó un pequeño sorbo y apuró su última taza
de té, antes de proseguir:
—¡No, no y no! Yo sería incapaz de incomodar
al caballero aquí presente por tan poca cosa. ¡No señor! NO SE TRATABA DE
UN SUEÑO. En primer lugar, debo decir que desde los nueve años Ella padecía
crisis de «alucinaciones», aunque sus padres se cuidaban mucho de mantener en
secreto semejante virtud, o enfermedad. Evidentemente, no pretendo afirmar
que nuestra querida joven realizase todo ese largo y accidentado viaje en
una sola noche, pero como enseguida verán se trataba de algo más que un sueño.
Apenas abrió la puerta, el señor Radcliffe entró, acompañando a sus padres, y
todos pudieron observar con espanto la mudanza que había sufrido su persona.
Les examinó a todos con aire ausente, preguntándoles qué había pasado con la
condesa Elvina. Pensaron que había enloquecido, especialmente cuando Ella exigió
firmemente, antes de proseguir con la celebración de la boda, que le
permitieran partir inmediatamente hacia Montefalcone, pasando primero por
Rotterdam.
Partieron inmediatamente después de la boda, ya
que ella se negó a dar su brazo a torcer. Debo recordarles la existencia
de las cartas recibidas en la víspera. Éstas tampoco pertenecían a ningún
sueño, y exigían de su amistad con Ned y Corny que intentasen averiguar
inmediatamente lo que ocurría.
En adelante sólo podré contarles los hechos sin hacer
nuevos comentarios sobre los mismos. Cuando llegaron a Londres, lo primero con
lo que se tropezó Ann, absolutamente sorprendida, fue con un cartel que decía:
¡¡CAPITAL EXCITEMENT!!
EL AUTÉNTICO VAMPIRO DE PETERWARDEIN
DEVORARÁ A UNA JOVEN VIRGEN
Y BEBERÁ VARIAS COPAS DE SANGRE
COMO SIEMPRE, AL SON DE LA MÚSICA
DE LOS GUARDIAS ECUESTRES
¡¡WONDERFUL ATTRACTIONINDEED!!
Ann señaló el cartel al viejo Grey—Jack, pero su
fiel criado no recordaba absolutamente nada. El fenómeno que había dado origen
a nuestra historia era un hecho completamente personal.
Cruzaron el Canal. Al abandonar Rotterdam, nuestra
querida Ann reconoció el camino quebrado en el que viera por primera vez a ese
joven desconocido semejante a un semidiós.
De hecho durmió también en la posada de La
Cerveza y la Amistad, en el mismo cuarto que tenía el hueco de la
chimenea, las cortinas con grandes flores y las guerras del almirante Ruyter.
En resumen, ella fue reconociendo cada lugar, incluso
en sus detalles más insignificantes.
—¿Y la Ciudad Vampiro? —preguntó mylady.
—Paciencia. Vayamos por partes. En primer lugar
hicieron lo más urgente, es decir, viajar a Montefalcone, adonde llegaron
precisamente el día de la boda de Cornelia y Edward.
—Que fueron salvados por la condesa Elvina, imagino
—añadió la incorregible mylady.
—No —contestó la señorita 97 ligeramente turbada—.
A pesar de que existe en la región la leyenda que habla de esta
desgraciada víctima del feudalismo. El conde Tiberio y la signora Letizia
Pallanti alimentaban los más rastreros propósitos contra los novios, no lo
duden. Pero no se atrevieron a realizarlos gracias a un acontecimiento que yo
calificaría de providencial. El joven lord Arthur apareció por esas tierras
acompañado de su venerable sacerdote y tutor, con la intención de examinar los
campos de batalla del famoso Scanderberg...
—¿Y eso fue suficiente para desbaratar la
conspiración de los dos malhechores? —exclamó mylady.
—En efecto, mi querida señora —contestó secamente
miss Jebb—. Si yo pudiese revelarle el nombre magnífico, casi divino, de este
joven gentleman...
—¿Y qué paso con el señor Goëtzi?
—Terminó casándose con una viuda que tenía una
tienda.
—¿Y qué fue de Selene? ¡Selene, el Sepulcro...
¡la Ciudad Vampiro!
—Mylady —contestó miss Jebb con acento grave—,
existen acontecimientos que superan el entendimiento, inclusive el suyo, a
pesar de que usted es de sangre noble. Para entrar en el Sepulcro es necesaria
la protección de un vampiro, y esto no es algo precisamente fácil de conseguir.
Nuestras dos parejas de recién casados se dirigieron a Semlin, con los criados
Grey—Jack y Merry Bones, cuyos cabellos, por cierto, habían desaparecido en sus
dos terceras partes. No lograron hallar la Ciudad Vampiro, pero encontraron sin
embargo a los comerciantes que les habían vendido el hornillo, el carbón y
el cucharón de hierro. Es más, la desaparición del doctor Magnus Szegeli se
había convertido en un acontecimiento en la ciudad, y la casa del pintor
esclavonio también llevaba tres semanas vacía.
Con estas palabras, la señorita 97 se levantó, y
después de una reverencia se despidió.
FIN
Hace algunos días, en París, me llegó la siguiente
carta procedente del condado de Stafford:
«Querido Señor,
Ella solía citar al final de sus historias algunos hechos que servían como
justificación o explicación de lo allí narrado. Todo está claro, sin embargo,
en nuestra historia, si exceptuamos lo referente al desconocido que parecía un
semidiós. Me parece adecuado que descorramos ahora su velo. De esta forma su
libro podrá ganar en interés histórico. Se trata de algo que podría llevarse a
cabo de dos formas diferentes. La primera sería escribiendo una nota en la que
dijese: "No nos hemos atrevido a citar, en estas frívolas páginas, el
nombre de alguien cuyo inimitable esplendor se extiende por todo el mundo; el
nombre de alguien que se metió al propio Napoleón en el bolsillo, y que se
encuentra por encima del resto de los héroes de los tiempos modernos, como
Aquiles lo estaba de sus enemigos griegos, troyanos, etc. , con una
referencia superficial a la estatua que las damas de Londres levantaron a Su
Excelencia, vestido de griego, a la que quizá podría echársele en cara unas
piernas demasiado descubiertas, de haberse tratado de alguien vulgar.
La segunda forma de descorrer el velo sería
una sencilla nota, claramente subrayada, y que dijese simplemente:
"¡¡¡ERA WELLINGTON!!!" (con varios signos de admiración.)
Personalmente, me parece más apropiado
este segundo procedimiento.
Suyo atentamente, etc., etc.
Firmado: JEBB»
[1] Féval traduce la expresión inglesa fair imitation
por imitation blonde (imitación dorada). Fair significa «rubio», «dorado»; pero
también «limpio», «honesto». (N. del T.)
[2] Es necesario señalar que si en algunos casos se ha
traducido el pronombre francés «vous» por usted, y en otros por vos, ha sido
con la intención de interpretar y detallar la diferencia de trato que existe
entre las épocas en que se desarrollan ambos relatos: el contemporáneo al autor
pertenece a la segunda mitad del siglo XIX, mientras que el atribuido a la
señorita 97 pertenece a la segunda mitad del siglo XVIII. (N. del T)
[3] La palabra francesa "bière" significa
"cerveza", y también "ataúd". (N. del T.)

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