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Libro N° 13957. La Ciudad Vampiro. Féval, Paul.

 


© Libro N° 13957. La Ciudad Vampiro. Féval, Paul.  Emancipación. Junio 21 de 2025

  

Título Original: © La Ciudad Vampiro. Paul Féval

 

Versión Original: © La Ciudad Vampiro. Paul Féval

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

      

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA CIUDAD VAMPIRO

Paul Féval

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Ciudad Vampiro

Paul Féval

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Ciudad Vampiro

Paul Féval 

UNA PERIPECIA GÓTICA DE ANN RADCLIFFE

Traducción:

JACOBO RODRÍGUEZ

Prólogo:

JESÚS PALACIOS

VALDEMAR

1998

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DIRECCIÓN LITERARIA: Rafael Díaz Santander Juan Luis González Caballero

Ensayo: Agustín Izquierdo

DISEÑO DE LA COLECCIÓN: Cristina Belmonte Paccini & Valdemar

TITULO ORIGINAL: La ville–vampire

ILUSTRACIÓN DE CUBIERTA: lan Kolonics: Conde Drácula ©

© DE ESTA EDICIÓN–, VALDEMAR [ENOKIA S.L.] © DE LA TRADUCCIÓN: JACOBO RODRÍGUEZ © DEL PROLOGO: JESÚS PALACIOS

C/ GRAN VÍA 69

28013 MADRID

TELÉFONO Y FAX: 91 542 88 97 / 91 559 08 84

ISBN: 84–7702–238–0 DEPOSITO LEGAL: M–24.771–1998

PRINTED IN SPAIN

AlexDumas(27-09-2002)


PRÓLOGO

DECONSTRUCTING UDOLFO

 

La Ciudad Vampiro podría haber sido escrita ayer. De hecho, me cuesta creer que no haya sido así. Cuando el cine y la literatura de terror han llegado ya a un grado tal de extenuación que la única manera de mantenerlos con vida es la metafísica pop de films como la saga de Scream, creada por Wes Graven, esta pequeña novela de Paul Féval parece haber sido escrita siguiendo la misma línea de acción: la deconstrucción cómplice del género, básicamente autoparódica pero a la vez perfectamente eficaz en cuanto a su capacidad para evocar lo fantástico, lo terrorífico y lo asustante, estableciendo un juego netamente postmoderno entre el lector y la obra, en el que la eficacia de todo depende de que el primero esté al tanto de todos los guiños de la segunda, perfectamente familiarizado con los tópicos y los arquetipos del género terrorífico. Resumiendo: La Ciudad Vampiro es una lúcida y delirante parodia de la novela gótica, irresistiblemente divertida, que hará las delicias de los lectores familiarizados con el universo de la literatura clásica de terror.

Pero, sobre todo y más que eso, La Ciudad Vampiro es un ejemplo de esa indomable modernidad que hace su aparición galopante sin que nadie pueda explicarse el cómo o el por qué. Hay modas, hay moderneces, hay modernismos y hay, también, una peculiar sensibilidad netamente moderna, que existía antes incluso del discurso de la modernidad, y que permanece desafiante fuera del tiempo, como riéndose de quienes, desde la invención de las vanguardias, juegan a las moderneces sin llegar nunca a ser modernos. Modernos son, por ejemplo, los dibujos de Aubrey Beardsley, mientras los lienzos más revolucionarios de un Tapies o un Gordillo, por ejemplo, envejecen a velocidad de vértigo. Moderno es el poema medieval Sir Gawain y el Caballero Verde, mientras las novelas de elfos, dragones y mazmorras de los últimos años se convierten en viejos amasijos de papel sin interés alguno. Modernos son Lewis Carroll y sus libros de Alicia, mientras Manolito Gafotas huele ya a coyuntura del momento (¡y qué momento!) por los cuatro costados. Y terriblemente moderna es La Ciudad Vampiro de Paul Féval, a pesar de haber sido publicada hacia 1873.

Sólo si percibimos la modernidad como un fenómeno sensible peculiar, capaz de aparecer como si de una nave espacial se tratara, atravesando agujeros de gusano en cualquier tiempo o lugar, sin importarle nada, podremos cerrar por un instante nuestra boca, abierta desde casi la primera página de la novela, y aceptar que La Ciudad Vampiro fue escrita en la segunda mitad del siglo XIX y no es, por tanto, ni la obra de un escritor de steampunk de los años 90, como James P. Blaylock o Tim Powers, ni la de un gamberro experimentador de la época de la Nueva Cosa, como Harían Ellison, Thomas M. Disch, Philip K. Dick o Michael Moorcock... Ni, por otro lado, una de esas locuras tan características de las primeras y auténticas vanguardias, uno de esos extravagantes y siempre frescos experimentos literarios de Alfred Jarry, Apollinaire o, ¿por qué no?, Ramón Gómez de la Serna. No. La Ciudad Vampiro fue escrita por Paul Féval, el creador del caballero de Lagardere, espadachín y justiciero tan famoso en Francia como el propio D'Artagnan, un escritor de folletines populares, en la línea de Eugenio Sue, Ponson du Terrail, Michel Zévaco o el propio Dumas. Aparentemente, pues, lo más alejado posible de la experimentación literaria, el riesgo formal o la búsqueda de nuevas posibilidades expresivas para la novela, gótica o no.

Paul Henri Corentin Féval nació en Rennes en 1817. Tras varios años dedicado al ejercicio de la banca y de la abogacía, decidió, cuando apenas contaba veinticuatro años, echarse a la bohemia y convertirse en escritor de folletines. Después de unos cuantos tanteos que correrían diversa suerte, en 1844 la publicación de Los misterios de Londres, firmada con el pintoresco seudónimo de Sir Francis Trollop, como para subrayar la verosimilitud de la británica intriga de la obra, alcanzó un éxito notorio, que le consagró ya decididamente al cultivo del género. En 1858 publicaría El jorobado de Lagardere, que varios años después, convertida en obra teatral por el propio Féval en colaboración con Victoriano Sardou, se convertiría en algo así como su fuente fija de ingresos, alcanzando una popularidad sólo superada por los mosqueteros surgidos de la pluma de Alejandro Dumas padre. Compitiendo duramente con sus contemporáneos, Féval, como buen folletinista, no dejó apenas género sin tratar, mezclando elementos propios de la novela de terror, la intriga criminal y política, la capa y espada y la novela histórica. Sustituyó a Ponson du Terrail durante una temporada al frente de las aventuras de Rocambole; algunos aventuran que fue también «negro» en el taller de Dumas, antes de llegar a tener, al calor del éxito, su propio taller y su propio ejército de «negros». Desafió a Eugenio Sue no sólo dando réplica anglófila a Los misterios de París de éste, sino también cuando en 1876, después de haberse convertido al catolicismo, dio réplica al anticlericalismo de su colega con la publicación de ¡Jesuitas!, una historia novelada de la Compañía de Jesús, en la que intentó —en vano, todo hay que decirlo— limpiar literariamente el nombre de la orden religiosa que hacía las veces de Spectra (la asociación criminal para el chantaje, el terrorismo, la extorsión y el crimen de las películas de James Bond) en la obra más famosa de Sue, además de en otras novelas de Dumas y de buena parte de los autores de folletín de la época. Muerto en París en 1887, para la mayor parte de los aficionados a la novela de aventuras Féval es, ante todo, el creador del caballero Enrique de Lagardere, maestro del disfraz, justiciero impenitente, experto espadachín poseedor de una estocada secreta y mortal. Para quienes nos deleitamos con la literatura de lo extraño, la novela de horror y el horror de la novela, es el autor de La Ciudad Vampiro, quizá la primera novela de terror postmoderna.

Ya es hora de que digamos por qué. No basta, ni mucho menos, que se trate de una parodia de la novela gótica. Ya desde la más tierna infancia del género, cuando El monje, Vathek, Melmoth el Errabundo y, sobre todo, las obras de Ann Radcliffe, estaban entre los primeros puestos de las más vendidas (pueden consultarse tanto las listas de las ferias del libro inglesas del siglo XVIII, como las listas alternativas de los libreros de la época), surgieron réplicas irónicas y salaces como La mansión de las pesadillas, de Thomas Love Peacock y, sobre todo, La abadía de Northanger, de miss antinovela gótica, Jane Austen. Pero, al menos en ambos casos, se trataba sobre todo de sátiras amables, que advertían, a la manera cervantina pero sin la exuberancia quijotesca, de los peligros que entrañaba para las jovencitas sin seso dejarse arrastrar por las fantasías románticas y tenebrosas de los novelones góticos. Nada más lejos del espíritu delirante y surrealista avant la lettre de La Ciudad Vampiro. De principio, tenemos una absolutamente sangrienta y afilada sátira del orgullo británico, con su inclinación al autobombo y al menosprecio imperial del resto de la humanidad. A lo largo de todas las páginas de su novela, Féval no deja de poner en evidencia el "chauvinismo" inglés exagerando (quizá no demasiado) su egocentrismo con frases del talante de «Lo cierto es que cuanto más se piensa, más se alegra uno de ser inglés», puestas en boca de la narradora (inglesa) o de sus personajes (también ingleses). Pero, sobre todo, tenemos a la protagonista, Ella, como se la llama a menudo en el texto, ni más ni menos que la mismísima... Ann Radcliffe. En efecto, es la autora de Los misterios de Udolfo y de tantos otros novelones góticos, el personaje central de una aventura en la que, con implacable ingenio y mala idea, se parodian todos los lugares comunes de su obra, todos los efectos y defectos de un estilo narrativo tan característico como el suyo. Y lo verdaderamente sorprendente es que la técnica empleada para ello es tan provocadora y moderna que resulta las más de las veces antes cinematográfica que literaria. En un momento antológico, cuando Ella abandona su hogar, en mitad de la noche y en vísperas de su boda, para arrostrar los peligros de un viaje a lo desconocido en compañía de su criado, exclama, en directa imitación de su estilo habitual: «—¡Adiós, mi querido hogar! ¡Dulce refugio de mi adolescencia, adiós! Campos verdes, montañas orgullosas, bosques misteriosos llenos de sombras, ¿volveré a veros alguna vez?» A lo que su acompañante replica escéptico: «—En lugar de hablar sola, señorita, podríais decirme qué es lo que vamos a hacer en Stafford tan pronto». Personalmente, no puedo dejar de pensar en esos momentos geniales en los que Woody Alien o los protagonistas de las mejores comedias de John Hughes se vuelven y hablan directamente a cámara, destruyendo, como hace aquí el criado, la continuidad estructural de la obra de ficción, para infiltrar al espectador de manera cómplice y oblicua. Una de las características que hacen de La Ciudad Vampiro una obra innegablemente moderna es que, parodiando un estilo incluso ya algo pasado de moda en su época, los referentes que surgen en la cabeza del aficionado al fantástico son cinematográficos y contemporáneos, tanto o más que históricos y literarios. Si es cierto que Féval se burla hasta la saciedad de los tópicos argumentales y estilísticos de la autora de El confesionario de los penitentes negros, que Angus Ross define así: «Sus personajes son de cartón, y el diálogo, artificial, pero al mantener tensas la curiosidad y el temor del lector, consigue articular sus tenebrosos paisajes, hasta que al final su racionalismo le obliga a una "explicación" desilusionante de los horrores», no menos cierto es que resulta imposible no recordar El jovencito Frankenstein de Mel Brooks ante un momento como aquél en el que, al pronunciar en voz alta el nombre del vampiro, el señor Goëtzi, «El caballo se encabritó y Grey–Jack se apresuró a santiguarse. (...)—Ya veis lo que ocurre sólo con pronunciar su nombre...»

El humor negro, el absurdo, hasta un grado tan exacerbado que hace pensar en los cuentos de Apollinaire pero también en los delirios de bande dessiné propios del cine de Fierre Jeunet y Marc Caro, destruye con premeditación y alevosía una trama gótica que va siendo deconstruida punto por punto, atomizada, puesta en evidencia en todas y cada una de sus partes componentes, desde la técnica epistolar tan querida por el género, de la Radcliffe al Dracula de Stoker, a las explicaciones racionalistas y pseudocientíficas aludidas en la crítica de Ross, que son llevadas aquí hasta el más ridículo de los extremos. Pero lo más sorprendente es que, aparte de la pura parodia, del humor cómplice y casi visionario en su uso de procedimientos que tienen, vistos hoy, más de cine o de teatro que de novela, lo más sorprendente, insisto, es que La Ciudad Vampiro funciona como alucinada narración fantástica, como novela de horrores grotescos y estrambóticos, como pesadilla surreal y gozosamente absurda. Ahí está, por ejemplo, el propio señor Goëtzi, un vampiro que pareciera más bien un pequeñoburgués materializado desde un lienzo de René Magritte, y cuyas víctimas no es que se transformen en vampiros a la manera clásica, sino que en un extraño tour de forcé imaginativo, se convierten en partes asimilables del propio Goëtzi, extensiones de su yo, que conservan algunas características de su ser original, ya muerto por el vampiro, pero que a la vez adquieren aspectos y cualidades imposibles, propios de una enloquecida troupe circense del más allá. Así, en cierto momento, el señor Goëtzi puede desdoblarse para, literalmente, hacerse compañía cuando se siente solo, y en otros hacer aparecer a varias de sus encarnaciones y/o víctimas, desgajándolas de su propio cuerpo, y adoptando los más variopintos aspectos: «El grupo lo formaba un hombre obeso que sólo tenía el reborde del rostro, es decir, cabello y barba. Un loro gigantesco se agarraba con las patas a su hombro; a su derecha había un niño de expresión diabólica, apoyado sobre un aro; y a su izquierda había un monstruoso perro de color carne, con una cara casi humana, y que permanecía completamente rígido sobre sus cuatro patas separadas (...) Finalmente, al lado del mostrador, se veía una mujer gorda y calva, que dormía con agudos ronquidos...» Y todos y cada uno de estos estrafalarios seres, incluyendo al perro y al loro, son vampiros, víctimas a su vez del vampiro Goëtzi, quien les transforma en partes de su ser, en criaturas diferentes, animalizadas o incluso transexualizadas, dirigidas por su voluntad implacable y sobrenatural. Particularmente escalofriante es la carpa circense, teatro ambulante de auténticos vampiros, plagiado sin duda por Anne Rice y por Neil Jordan para su granguiñolesco espectáculo teatral de Entrevista con el vampiro, en el que puede verse como «EL AUTÉNTICO VAMPIRO DE PETERWARDEIN DEVORARÁ A UNA JOVEN VIRGEN Y BEBERÁ VARIAS COPAS DE SANGRE COMO SIEMPRE, AL SON DE LA MÚSICA DE LOS GUARDIAS ECUESTRES». Estamos, qué duda cabe, en el universo del fantastique, que se ríe con sorna y malicia surrealista del fantasy y el gothic anglosajón, con sus pretensiones de lógica y coherencia argumental, que Féval, como si estuviera poseído por una singular furia dadaista, machaca con el martillo pilón de su ingenio y su fantasía más desbocada. La Ciudad Vampiro pertenece al mismo mundo que las aventuras de Harry Dickson, en las que Jean Ray enfrentaba al arquetipo del detective británico con horrores absurdos y crímenes imposibles de resolver por lógica o deducción, ya que los culpables resultaban ser siempre criaturas sobrenaturales, monstruos paganos y científicos locos, criaturas del bestiario de nuestro subconsciente, que hubieran indignado a Sherlock Holmes y hasta al propio Nick Carter. Tanto Féval como Jean Ray (y como en general la escuela francesa y francobelga del fantástico) se deleitan en deconstruir y, finalmente, pervertir, invertir con cierto placer sadiano, las rígidas leyes que, en la forma como en el fondo, dominan el campo de la literatura fantástica anglosajona. Como podría decir el Divino Marqués, en darles por el c...

Y finalmente, la propia Ciudad Vampiro. Culminación onírica del viaje no sólo de los protagonistas sino también del lector, el trazado y las calles de esta imposible ciudad están tan fuera del espacio y del tiempo como la propia modernidad de la novela de Féval. Tanto podrían pertenecer a un grabado o dibujo de Alfred Kubin como a un lienzo hierático y suntuoso de Delvaux o Clovis Trouille. Naturalmente, también alienta en su descripción el espíritu de artistas a los que Féval podía y debía conocer muy bien, como El Bosco, Bresdin o Gustave Doré. Pero la barahúnda de criaturas vampíricas multiformes que acosan a los protagonistas, en una escena digna de cualquier zombie movie moderna, está de hecho tan emparentada con las grotescas deformidades de los monstruos de Goya, Fuseli o Blake, como con las hordas de vampiros de Abierto hasta el amanecer. Ciudad de Oz, mundo perdido de reminiscencias lovecraftianas... por adelantado, la Ciudad Vampiro es una eclosión de la imaginación que, una vez más y definitivamente, eleva la novela de Féval muy por encima de sus aparentes límites espaciotemporales, para ofrecernos un paisaje ultraterreno que pertenece ya, por derecho propio, a lo mejor de la literatura y el arte fantástico de todos los tiempos.

Mientras los vampiros de última hornada prosiguen su aburrido decaer como tristes superhéroes existenciales. Mientras el género es a duras penas rescatado de su declive por un retorno gozoso al humor y el espíritu juvenil, propiciado, precisamente, por esa serie de Scream a la que aludía al principio de estas páginas, y que junto a joyas psicotrónicas y juguetonas para (espíritus) quinceañeros calientes, como Jóvenes y brujas Un hombre lobo americano en París, está haciendo resurgir el cine de horror de sus propias cenizas, la lectura de La Ciudad Vampiro es más que una obligación para estudiosos, más que un compromiso para obsesos y completistas del vampirismo estético y literario (que también lo es)... Es, sobre todo, un ejercicio de humildad, que nos muestra que el espíritu moderno e irreverente es tan indomable, imprevisible e irreductible como los propios vampiros, y que un autor menor, un escritor de folletines olvidado, puede, vaya uno a saber cómo o por qué, convertirse en el catalizador de una verdadera obra maestra, visionaria, extrema y vanguardista, cuyo poder de seducción está por encima de cualquier consideración histórica o literaria, y que, para colmo, si tenemos en cuenta que el folletín es a su vez un derivado en cierta medida de la novela gótica, se convierte también en autoparodia y autocrítica de la obra del propio Féval, no exenta por lo tanto de un alegre y despiadado masoquismo literario.

La Ciudad Vampiro sigue en pie, y yo, como el doctor Magnus y el joven pintor esclavonio que aparecen en sus páginas, «personajes de poca importancia que se habían despistado y cuyo destino es fácil de imaginar», desaparezco entre sus avenidas y bulevares, de vuelta a mi tumba (de la que seguramente muchos piensan que jamás debería haber salido), para reunirme con el señor Goëtzi, mi verdadero dueño y señor, que me reclama ya para volver a entrar en su carne, haciéndome uno con él y penetrándome de los misterios de la transubstanciación vampírica. Mientras, el lector, mucho más dichoso, debe empezar, si no lo ha hecho ya harto de estas consideraciones fatuas y pedantes, la lectura de esta verdadera joya de la literatura fantástica, recuperada precisamente ahora, cuando probablemente más falta hacía.

Jesús Palacios

 


PRIMERA PARTE

 

Existen muchos ingleses, pero sobre todo inglesas, que se sienten avergonzados cuando se les cuenta la descarada piratería que sufren los escritores franceses en Inglaterra. Su Graciosa Majestad, la Reina Victoria, firmó en el pasado un acuerdo con Francia con la loable intención de acabar con estos robos tan frecuentes. Se trata de un tratado muy bien redactado, aunque tiene también un pequeño apartado que hace ilusorio su contenido. En esta cláusula, Su Graciosa Majestad prohíbe a sus leales súbditos apropiarse de nuestros dramas, libros, etc., aunque permitiéndoles hacer lo que ella misma denominó «dorada imitación»[1].

Es algo hermoso, pero incorrecto. El magnífico y amado Dickens me dijo en cierta ocasión, a modo de protesta:

—Yo tampoco estoy protegido. Cuando visito Londres y, por casualidad, llevo conmigo alguna idea original, cierro con llave la cartera, me la pongo en el bolsillo y la sujeto con las dos manos. Y a pesar de todo, a veces me la roban.

Lo cierto es que esa llamada «dorada imitación» podría darles una buena lección a los más hábiles «pick–pockets».

La propia Lady B..., la encantadora amiga de Dickens que vive en el castillo de Shr..., lleva veinte años repitiéndome la misma pregunta, cada vez que tengo la suerte de verla:

—¿Y por qué no roban ustedes también a los ingleses?

—Señora, sin duda existen ideas magníficas que se podrían coger de sus libros, pero ocurre que nuestra naturaleza no nos mueve a ese «hermoso» robo.

Esa respuesta habitual suele hacerle estallar en carcajadas. A veces me ha llegado incluso a citar apellidos de lo más franceses, especialmente recomendables... Pero ¡callemos!

Cierta mañana de finales del año pasado (1873), la dama en cuestión quiso honrarme por sorpresa con su visita.

—Se viene usted conmigo —me dijo—. Ya lo he arreglado todo con su maravillosa mujer. Partiremos esta noche.

—¿Hacia dónde?

—Hacia mi casa.

—¿En la calle Castiglione?

—No, me refiero al castillo de Shr..., en el condado de Stafford.

—¡Piedad!

Hacía un tiempo terrible, con la nieve derritiéndose mientras el viento rugía incluso en París. ¡Imaginen cómo sería entonces entre Dover y Calais!

La dama, discípula de Byron, adora estas tormentas:

—Me da igual que le tenga usted miedo a los resfriados —dijo—, pero es que tengo la intención de devolverle de una sola vez todo lo que Inglaterra le ha robado. Y no hay una oportunidad mejor que ésta. El Sr. X... y la Srta. Z... ya están siguiendo la pista de este asunto, y como esta última, la señorita 97, ya tiene una edad muy avanzada, lo mejor es que no esperemos demasiado tiempo.

El Sr. X... y la Srta. Z... son en realidad dos famosos novelistas ingleses. Se trataba, entonces, del argumento de una novela. Le pedí explicaciones a la dama, pero no quiso decirme nada, limitándose únicamente a utilizar su extraordinaria elocuencia, que en ella es un don natural, para excitar mi curiosidad.

—¿Le merece alguna confianza Walter Scott? —me preguntó—. Era un admirador incondicional de los Misterios de Udolfo. Fue él quien escribió la biografía de Ann Radcliffe. ¿Se lo imagina? ¡Walter Scott! En cierta ocasión, Dickens fue a visitar a la señorita 97. En aquella época se llamaba señorita 94, ya que todos los años, por Navidad, cambia su nombre. Yo he conocido muchas aventuras, pero ésta es tan increíble...

Finalmente tuve que ceder, y partimos. El viaje fue horrible, y el simple hecho de recordarlo me hace estornudar. Todos los diablos del mar y del aire jugueteaban con nuestro barco como si fuese una pelota de goma. Al día siguiente cogimos en Londres el tren de North–Western, y pasamos la noche en Stafford. Un día después el coche de la dama nos llevaba, atravesando una llanura nevada, hasta la zona montañosa del condado que linda con el Shropshire, y por la noche ya estábamos cenando en el castillo.

He aquí lo que supe durante el viaje:

Nos encontrábamos en la misma comarca en que vivieran el señor y la señora Ward; los padres de quien sería tan célebre bajo el nombre de Ann Radcliffe. La señorita 97 era una prima segunda de los Ward, que en tres años sería centenaria. Moraba en una casa de la montaña, a una legua y media del castillo de la dama. Durante mucho tiempo, aquella casa había sido la vivienda de su célebre pariente.

No es de forma casual que utilice la palabra célebre, y estoy dispuesto a mantenerla, aunque se me tache por ello de exagerado. Hubo un tiempo en el que la gloria de Ann Radcliffe se extendió por todo el mundo, y sus tenebrosas historias alcanzaron una fama tan elevada que ni siquiera nuestros mayores éxitos contemporáneos podrían alcanzar. Incluso podría decirse que su encanto conquistó tanto a los consagrados como a los desconocidos. En Inglaterra fueron publicadas doscientas ediciones de los Misterios de Udolfo. En Francia se tradujo el libro varias veces, y solamente de una de aquellas versiones se realizaron cuarenta reimpresiones en París. No fue, además, una moda fugaz. Hoy en día, a pesar de que la fiebre ha decaído levemente, los Misterios de Udolfo y el Confesionario de los penitentes negros continúan aterrando a miles de imaginaciones bajo el sol.

Pese a todo, la señorita 97 conocía un hecho íntimo de Ann Radcliffe que ella le había contado casi sesenta años antes. Se decía en aquella región que este hecho era la causa que había llevado al carácter apacible y ligeramente alegre de Ann Radcliffe hacia el género sombrío y tenebroso que caracteriza su obra.

Walter Scott había tenido un conocimiento muy superficial de aquella historia, como lo demuestra su carta del 3 de mayo de 1821 a su editor Constable, en la que pueden leerse las siguientes palabras: «Respecto a la obra titulada La Vida de Ann Radcliffe, retrasaré su entrega hasta que me haya entrevistado con miss Jebb, de la que espero tener detalles excelentes y absolutamente íntimos. Según se comenta, esta dama posee no sólo un secreto, sino una "maravillosa curiosidad" que le otorgará mucho mayor interés a nuestra historia...»

Miss Jebb era precisamente la señorita 97, que en el tiempo en que la carta de sir Walter Scott fue escrita debía de contar ya con cuarenta y cinco primaveras. Al igual que el resto de los ingleses, tenía cierta predilección por la nobleza, y mylady utilizaba esto para que la señorita Z... y el señor X..., que eran novelistas «vulgares» quedasen completamente descartados.

El día siguiente a nuestra llegada fue un día gris y frío, y poco después del desayuno mylady me hizo subir a un coche. Anduvimos alrededor de media hora, para apearnos después frente a una verja de madera, de color verde, que servía de entrada a una vieja casita de aspecto respetable. La montaña la rodeaba por tres de sus lados, y por el cuarto, al sur, se abría hacia un hermoso paisaje.

Nos hicieron pasar a un recibidor bastante amplio teniendo en cuenta la estrechez de la casa. Había varios retratos colgados de las paredes, y podían verse también algunos dibujos enmarcados en madera noble.

Una viejecita alta y delgada permanecía junto a la estufa de hierro. Su rostro parecía el de un pájaro, no sé cuál, aunque estoy convencido de haberlo visto en una de esas tiendas donde venden animales disecados. Su nariz era afilada como una navaja, y sus ojos redondos parecían aletargados.

—¿Cómo se encuentra usted, querida Jebb? —preguntó afectuosamente mylady.

—Voy tirando, ¿y Su Excelencia?

Miré a todas partes para ver quién había pronunciado aquellas palabras, pero descubrí que estábamos solos nosotros tres. Evidentemente, la señorita 97 debía de ser ventrílocua. Seguramente había sido poco agraciada, en el pasado, aunque ahora se conservaba bastante bien.

Después de que mylady me presentara, nos sentamos, y la voz de la señorita 97, hablando desde el otro extremo de la estancia, me dijo con sabiduría:

—El francés, mi querido amigo, es valiente y espiritual, el italiano es listo, el español cruel, el alemán pesado, el ruso bruto, y el inglés alegre y de notable generosidad. A Ella le gustaban especialmente los franceses.

La señorita 97 dirigió sus ojos hacia el techo al pronunciar la palabra Ella, que en su boca, y pronunciada con aquella mirada caritativa, hacía siempre referencia a Ann Radcliffe.

Por desgracia, yo no sabía que aquella frase había sido extraída de la Novela siciliana, la segunda obra de Ella.

—¡Qué estilo! —exclamó mylady—. ¡Qué profundidad!

—Me honra el poder agradecerle este gesto a Su Excelencia—contestó la señorita 97.

Mylady sacó del interior de su impermeable, que había depositado sobre una silla nada más entrar, un paquete que contenía cuatro libros in–12. Se trataba de la traducción francesa, publicada por Charles Gosselin en París, en 1820, de la Biografía de novelistas célebres, de Walter Scott.

—Esto demuestra cómo Ella es querida y respetada en Francia —dijo con voz grave mylady, mientras abría el volumen que contenía la Vida de Ann Radcliffe.

Supongo que en algún lugar dentro de aquella vieja cabeza se debió de accionar inmediatamente un resorte, porque pudimos ver asomar la dentadura de miss Jebb, todavía completa, aunque formada por dientes amarillos e irregulares. Inmediatamente escuchamos, procedente no sé de dónde, una risa seca y estridente, y la voz de la propia miss Jebb, que en esta ocasión nos hablaba desde debajo de la mesa, para decirnos:

—¡Vaya, vaya! Puesto que el caballero ha venido desde muy lejos, y como Su Excelencia lo protege, tendremos que hacer lo posible para que su largo viaje no haya sido en vano. Espero poder llamarme muy pronto miss Hundred (Srta. 100), aunque por primera vez en la vida he sentido una jaqueca en otoño. Lo cierto es que podría morirme en cualquier momento, y no quisiera llevarme conmigo esta sorprendente historia.

Nos acomodamos para escuchar su relato. Miss Jebb alejó su taza y pareció concentrarse. Durante el silencio que siguió, la señorita 97 se estremeció levemente dos o tres veces, produciendo un sonido similar al que hacen las avellanas al frotarse unas contra otras dentro de una bolsa de papel.

—Nunca se vio nada semejante —musitó finalmente, sujetando con ambas manos sus rodillas, para impedir que temblaran—. Cada vez que pienso en ello, noto como si se me helase el corazón. No sé si es correcto que rompa este silencio, aunque... ¡me da igual! Quiero que las personas vuelvan a hablar de Ella nuevamente. ¡Y lo harán, porque esta historia es terrible... terrible!

 

 

La niñez de la señorita Ann tuvo lugar en el negocio de sus padres, los señores Ward. No eran personas ricas, aunque estaban muy bien emparentados. Cuando el señor Ward decidió vender su negocio, allá por 1776, se fue a vivir con su mujer y su hija precisamente a la casa en la que nos encontramos ahora.

Ann pasó una adolescencia alegre y tranquila, retirada en ese lugar donde imperaba la «dorada mediocridad» de que habla el poeta: ese modesto bienestar que, según dicen, constituye la felicidad.

Esta casa se animaba entonces, principalmente en época de vacaciones. Entonces aparecían Cornelia de Witt y su ama, la signora Letizia, y el alegre y joven Edward S. Barton, acompañado de su tutor Otto Goëtzi.

Ann, Edward y Cornelia se hallaban unidos por una estrecha y tierna amistad. Hubo quien llegó a pensar que Ned Barton se casaría con Ann en cuanto tuviesen edad para hacerlo, y recuerdo que la señora Ward comenzó a bordar (con diez años de anticipación) un maravilloso par de cortinas de muselina de la India con las iniciales de Ann y de Edward entrelazadas. Pero el hombre propone y Dios dispone. Lo cierto es que Ned Barton y Ann se querían únicamente como hermanos. Estoy convencida de que al menos ése era el sentimiento de Ned; aunque puede que hubiese algo más en el corazón de Ann. Sin embargo, no por ello William Radcliffe dejó de ser el más feliz de los maridos. El propio Sir Walter Scott así lo indica.

Desde el principio de los tiempos, nunca se ha conocido una naturaleza tan dulce y delicada como la de Ann. ¡Y qué alegría! Fuese donde fuese, inundaba el aire de sonrisas. Su único defecto era una exagerada timidez... ¡Imagínense si tuviésemos que juzgar a los autores por sus obras! Más de cien y más de mil veces me han preguntado de dónde pudo sacar aquella joven la misteriosa audacia de su genio. Espero que después de haber oído mi historia, al menos ustedes no volverán a hacerme esta pregunta.

Las últimas vacaciones de estos tres amigos tuvieron lugar en el mes de septiembre de 1787. William Radcliffe ya formaba entonces parte del grupo. De hecho, en julio del mismo año había pedido la mano de la señorita Ward. Ned y Cornelia eran a su vez novios desde el invierno anterior. Se amaban apasionadamente, y la vida se mostraba ante ellos bajo los auspicios más alentadores.

En aquella ocasión el señor Goëtzi no había viajado junto a su ex alumno, quien por cierto vestía con suma elegancia el uniforme de la marina real. Letizia, por su parte, había permanecido en Holanda, a cargo de la casa del conde Tiberio, el tutor de Cornelia. Para poder describir la belleza de ésta, sería necesaria la pluma de Ann, que logró inmortalizar los encantos de su amiga en los Misterios de Udolfo: es en Corny en quien está inspirado el retrato de su protagonista Emilia.

¡Ah! ¡Qué nítidos son estos recuerdos! Yo era todavía una niña, pero sigo recordando nuestros largos paseos por la montaña. El señor Radcliffe no era una persona en absoluto novelesca; siempre limpio, bien vestido, y muy educado con las mujeres. Cuando Ned y Cornelia se perdían por aquellos inmensos bosques, William Radcliffe intentaba entablar agradables y afectuosas conversaciones con Ann, aunque entonces ella me llamaba y procuraba cambiar de tema, hablando de literatura clásica. Siempre que se lo pedía, el señor Radcliffe le recitaba pasajes de poetas griegos y latinos. Aunque no entendiese su significado, Ella adoraba esa especie de música culta. Y en ocasiones, mientras el licenciado de Oxford recitaba a Hornero o a Virgilio, las dulces miradas de Ann se perdían en la distancia, como buscando a la encantadora pareja que formaban el guardamarina Ned y la blanca Cornelia...

Ella suspiraba entonces, y le pedía al señor Radcliffe que tradujese aquellos poemas, palabra por palabra, cosa que él hacía con agrado, ya que era un verdadero caballero.

Aquel año la despedida fue triste. Seguramente no volverían a verse hasta después de celebrados ambos matrimonios: el del señor Radcliffe con Ann, en esta misma casa; y el de Ned y Cornelia en Rotterdam, donde vivía el conde Tiberio.

Por una tierna y sentimental idea, se había acordado que ambas bodas tuviesen lugar el mismo día y a la misma hora, una en Holanda y otra en Inglaterra. De ese modo, y a pesar de la distancia, existiría una singular comunión entre las dos felicidades que comenzaban a nacer.

Desde el término de las vacaciones, y hasta la fecha en que tenían que celebrarse las ceremonias, ambas parejas intercambiaron una asidua correspondencia. Las cartas de Cornelia rezumaban la más sincera alegría. Ned, por su parte, estaba apasionado como un ejército de locos. Yo no pude ver las respuestas de nuestra Ann, que entonces me parecía un poco decaída.

En Navidad comenzaron a preparar el ajuar de la novia. Durante todo el mes de enero de 1787 prácticamente no se habló de nada más. El gran día había sido fijado para el 3 de marzo.

En el mes de febrero llegó una carta procedente de Holanda que trastornó a toda la casa. La condesa viuda de Montefalcone, cuyo nombre de soltera era Witt, acababa de morir en Dalmacia. Cornelia, su única heredera, se encontraba de repente con una enorme fortuna en sus manos.

La carta fue escrita por Ned, que parecía algo alterado y más bien triste por aquella noticia.

A pesar de que la esquela era muy breve, aún se explicaba en ella el extraño hecho de que el conde Tiberio se convertía a su vez en el heredero inmediato de su propia discípula, en la rica sucesión de la viuda de Montefalcone.

Después de aquella carta, no llegaron más noticias de Holanda hasta finales de febrero. No era de extrañar. Hacía muy mal tiempo en el canal, y el viento que soplaba permanentemente desde el oeste hacía muy difícil el viaje. Ustedes poseen ahora los barcos de vapor, que se ríen de cualquier viento; pero en aquella época pasaban a veces semanas enteras sin tener noticias del continente.

Todas las mañanas, el venerable señor Ward acostumbraba a decir, mirando la veleta del tejado:

—¡En cuanto dé la vuelta el gallo, vamos a recibir de un tirón toda una resma en papel de carta!

Sin embargo, los dos primeros días de marzo pasaron sin novedad. La boda debía tener lugar el día 3, por lo que la casa se encontraba repleta de actividad y bullicio.

Al atardecer, una hora antes de la cena, llegó el vestido de novia, y casi al mismo tiempo, después de que se escuchara el tintineo de la campanilla de la puerta del jardín, se pudo escuchar la alegre voz del señor Ward, que gritaba desde la escalera:

—Ya os lo avisé anteayer: ¡en cuanto diese la vuelta el gallo! ¡Aquí nos trae el cartero esta montaña de correspondencia!

Lo cierto es que aquel alud llegaba en mal momento a la casa en plena agitación. El paquete contenía muchas esquelas, y de muy diferentes fechas. Comenzaron abriendo las más recientes, y enseguida supieron que sus queridos amigos de Rotterdam se encontraban bien, por lo que continuaron con sus quehaceres.

Ann se hallaba entonces literalmente prisionera de las modistas, que le estaban probando el vestido. Yo misma le di su paquete, que contenía tres cartas de Cornelia y dos de Ned Barton. Me pidió que abriese la última de todas, y comencé a leerla por el final de la cuarta página.

—Todo va bien —le dije, después de recorrer con la mirada los últimos párrafos.

—¡Gracias a Dios! —exclamó Ann.

—En ese caso, mi querida, mi ángel, mi pequeña Jebb —dijo la jefa de las modistas—, te pido que nos dejes, porque nos estás estorbando bastante, tesoro.

Ella me dedicó una sonrisa, como para suavizar aquella rigidez. Parecía una mártir rodeada de arpías, con las bocas llenas de alfileres, que clavaban en su estuche de muselina blanca. Dejé el paquete sobre una mesita, y me marché.

Es necesario que en este momento les explique algo muy importante, y es que desde este punto del relato ya no puedo hablar como testigo directo de los acontecimientos. A partir de ahora van ustedes a escuchar a la propia Ann Radcliffe, ya que fue su boca la que me contó el resto de la historia. De hecho, lo cierto es que no volví a verla hasta después de los hechos.

Debían de ser las siete de la tarde, cuando la modista y sus ayudantes terminaron por fin y se marcharon de la casa, llevándose otra vez consigo el traje de bodas para hacerle los últimos retoques. Cuando se quedó sola, Ann se sintió tan agotada por las emociones del día que no tuvo valor para regresar al recibidor, donde la esperaban su madre, su padre y su novio. Se dio a sí misma la excusa de que tenía que terminar de leer las cartas de Rotterdam; pero el sueño pudo con ella antes de que terminase la primera frase de una alegre epístola firmada por «Edward S. Barton». Ann tuvo entonces una especie de pesadilla repleta de imágenes. Vio una pequeña iglesia, levantada con un estilo arquitectónico indefinido, y situada en medio de una campiña rebosante de plantas y árboles que no se encuentran en Inglaterra. Los campos estaban llenos de maíz, y los bueyes mostraban el color de la tórtola. Al lado de la iglesia había un cementerio cuyas tumbas eran todas de mármol blanco. Dos de ellas parecían idénticas. De cada una de ellas (un detalle insignificante, pero conmovedor, y que con frecuencia se encuentra en nuestros cementerios ingleses) sobresalía un brazo tallado en un material todavía más blanco que el mármol. Ambos brazos terminaban encontrándose, y estrechando sus manos. En medio del sueño, Ella no lograba entender por qué aquella visión la hacía temblar y sollozar amargamente. Intentaba leer las inscripciones grabadas en las lápidas, pero no lo conseguía. Las letras se confundían, o escapaban ante su mirada.

Como a las diez, se despertó llorando al escuchar el barullo de las modistas que regresaban. Había dormido escasamente tres horas. Notaba en su espíritu el peso de una terrible desgracia.

—Señorita, no pienso preguntaros por qué tenéis[2] los ojos rojos —dijo la jefa de las modistas—. Las jóvenes que van a contraer matrimonio terminan llorando invariablemente, imagino que de dicha. Ahora probemos el traje.

Se lo probaron, y al ver que le quedaba perfectamente la dejaron sola. Ella se lavó el rostro. Las palabras de la modista habían intensificado la impresión que le había producido la pesadilla. Al echar un vistazo casual hacia la mesa, descubrió las cartas de Rotterdam, que casi había olvidado, y un grito se le escapó de su pecho.

Fue como si en ese instante acabasen de decirle los nombres que figuraban en la inscripción de aquellas lápidas gemelas: ¡Cornelia y Edward!

Rasgó un sobre al azar. Su mirada era tan ansiosa que al principio lo único que logró ver fue unas manchas negras que bailaban ante sus ojos. Cuando finalmente logró leer, suspiró de alivio. Se trataba de una carta del 13 de febrero, escrita y firmada por su amiga Cornelia, y en la que manifestaba maravillosos proyectos para las próximas vacaciones. Hasta ese momento tendrían tiempo suficiente para ordenar la sucesión de la condesa, Cornelia iba a ir a la casa de los Ward, no para quedarse, como siempre, sino para llevarse a toda la familia a su precioso castillo de Montefalcone en los Alpes Dináricos, al otro lado del Ragusa. Tenía ahora allí una vasta propiedad con minas de mármol y alabastro. No cabía en sí de gozo. Ned se había enamorado de ella cuando era una muchacha pobre, y ahora, inesperadamente, ella podía convertirlo en un rico propietario...

«¿Qué es lo que habría podido ofrecerle yo?», se preguntó Ann, cerrando la carta. «Es mejor así. A fin de cuentas, William tiene un corazón noble y generoso.»

Al haber dormido tres horas, ahora no tenía sueño.

Se situó en un confortable sofá, dispuesta a leer de cabo a rabo toda su correspondencia.

Le encantaba la alegría de su amiga Cornelia, y sepan ustedes que si en alguna ocasión un suspiro levantaba la muselina de su blusa, en ningún caso ello obedecía a la envidia. ¡Ann envidiosa! ¡Qué herejía! Desde luego que no, pero está claro que Corny se extendía, quizá excesivamente, hablando de sus nuevas posesiones, de sus joyas y especialmente de las locuras que ese confuso Ned hacía por ella. Cada una de sus páginas cantaba a gloria como si fuese un salmo. Y además de aquellos salmos, venían a continuación los versos arrebatados de Edward Barton. ¡Amor! ¡Felicidad! ¡Amor! ¡Felicidad! Aquello comenzaba a resultar monótono. Ustedes tienen en Francia un proverbio muy sabio: «¡Si tan rico es usted, coma por segunda vez!» Probablemente Ann pensaría de esta forma: «¡Ya que se quieren de esa forma, que se casen dos veces!»

Ella no pudo dejar de sentirse orgullosa al comparar la modestia de su propio afecto con el delirio sentimental de Cornelia. Después, como era una filósofa instruida tanto en las ideas de los sabios cristianos como en las ideas de los sabios paganos, acabó por decidir que aquel exceso de felicidad tendría su reverso. Así es la vida: subidas y bajadas. El que gana pierde también en algún momento. Detrás del horizonte siempre aparecen nubes que vienen a ocultar el cielo más radiante.

Así como los flecos de estos pensamientos fueron anunciándose en su cabeza, nuestra querida Ann fue asumiéndolos hasta convertirlos en plena seguridad. Esto llevó a que se manifestara automáticamente la excelente naturaleza de su carácter. Comenzó anticipadamente a lamentar las penas que podrían suceder a este torrente de felicidad, en un futuro relativamente próximo. ¡Querido Ned! ¡Pobre Corny! ¡El dolor es un castigo tan cruel, después de la maravillosa dicha! Me parece que Ann derramó incluso algunas lágrimas antes de descubrir la serpiente que se escondía entre las rosas de su abultada correspondencia.

¡Porque tenía mucha correspondencia! ¡Ah, sin duda había muchísimas cartas! Dije cinco, y no me engaño; pero cada una se desdoblaba en varias, como esas cajas chinas que se encajan una dentro de otra, provocando interminables sorpresas en los niños. Las cartas de Cornelia incluían esquelas de Ned Hartón, y de las cartas de Barton caían mensajes de Cornelia, haciendo que Ann continuase leyendo sin parar. Estaba más despierta y activa que una ardilla. Le dio la impresión de que podría haber continuado leyendo indefinidamente. Entonces le sobrevino una idea filosófica, que las personas normalmente enuncian del siguiente modo: «La roca Tarpeya está ya cerca del Capitolio», y en ese momento las cartas comenzaron a girar, del mismo modo que la cabeza de nuestra querida joven. Una nube, todavía distante, apareció en el cielo azul.

La vio crecer, avanzar, oscurecerse, escondiendo sus flancos... Pero no nos anticipemos. La tormenta siempre estalla demasiado pronto.

 

 

(No sé si a ustedes les pasa lo mismo que a mí, pero siempre que en sus innumerables relatos Ella utiliza esta expresión, con seguridad inventada por Ella: «Pero no nos anticipemos», se me ponen los pelos de punta.)

Las cartas de los encantadores enamorados de Rotterdam iba progresivamente cambiando de tono.

Casualmente, Ann había abierto al principio las cartas más antiguas. La nube del horizonte apareció al abrir la más atrasada entre las que había dentro de los dos últimos sobres.

La primera era una esquela de Ned, en la que sus cánticos bajaban de intensidad. Hasta ese momento, el conde Tiberio, ejemplo de tutor, nunca había sido retratado por la pluma de Ned excepto como un modelo de indulgencia, generosidad y bondad. Ahora el augusto nombre aparecía completamente desnudo, y desprovisto de cualquier epíteto. Y un síntoma todavía más grave era el hecho de que Ned no hablaba ahora con mucha frecuencia de amor.

De forma extraordinariamente sutil, daba a entender que la herencia de la condesa llevaría parejos posiblemente algunos trastornos. El conde Tiberio había cambiado bastante. El señor Goëtzi, que se encontraba de paso por Rotterdam, sugería cosas muy extrañas...

La siguiente carta pertenecía a una Corny que se encontraba «evidentemente nerviosa». Hacía referencia a Letizia Pallanti como «esta persona». ¡Letizia! ¡Que había sido el ángel de otros tiempos! ¡El ser perfecto! Pero, ¿por qué? Aún no comprendía. Sin embargo, entre las irritadas líneas de Cornelia, la agudeza de Ann logró adivinar algo muy sorprendente: Letizia, olvidando no sólo la moral cristiana, sino las más elementales normas de conveniencia, parecía mantener con el conde Tiberio unas relaciones que no era necesario detallar.

Pero, ¿qué papel desempeñaba en toda esta historia el señor Goëtzi? Hablaba francamente mal del conde Tiberio, acusándole de una conducta escandalosa que perjudicaba sobremanera sus negocios, y sin embargo él se pasaba tardes enteras ¡encerrado con llave en el escritorio de aquél! Seguramente tomaba parte en todas las orgías (esta palabra aparecía escrita con todas sus letras), y cuando «esa persona», Letizia, salía llena de diamantes, ¡el señor Goëtzi la acompañaba!

Como se pueden imaginar, se había hecho ya muy tarde. Hacía bastante tiempo que Ella había oído las campanadas de la medianoche; pero el sueño no aparecía. Nuestra querida Ann se sentía poseída por el ansia de saber, que nacía de su noble corazón. ¡Leía, leía y leía! ¡Extraña noche para ser la víspera de una boda!

Mientras avanzaba en sus lecturas, iba apareciendo veladamente una especie de amenaza... La alegría y la felicidad son monótonas, pero basta que la tormenta se anuncie en el horizonte para que el interés reaparezca.

Repentinamente Ella saltó del sofá; acababa de escuchar el primer trueno. Una de las cartas de Ned hablaba de «retrasar»... ¡y era la boda lo que se retrasaba! Intentaba explicarlo diciendo que la herencia era un asunto fantástico, aunque realmente complicado, y que la iba a obligar a viajar personalmente hasta allí...

Pero, ¿por qué no casar primero a los jóvenes novios?

Ésa era precisamente la pregunta que se hacía el pobre Ned.

Ella se limitaba a desdoblar una hoja después de otra, encontrando papeles menores dentro de los mayores, y papeles más pequeños aún, dentro de ellos. No podía parar de leer. El último sobre estaba abierto, puesto que era el que el señor Ward había abierto para extraer la carta, completamente tranquilizadora, que había provocado sus gritos de alegría.

 

 

Sin embargo, ¿quieren saber qué es lo que había leído este buen señor? Yo también lo leí, y me equivoqué igual que él. Ambos habíamos leído apenas algunos fragmentos de párrafos aislados en los que constantemente se repetía la palabra felicidad. Era, sin embargo, una referencia que se hacía para... ¡añorar la felicidad perdida!

«En unos instantes en los que todo nos sonríe», decía efectivamente el desdichado Ned, «en los que el porvenir se nos presenta bajo los más prometedores auspicios: felicidad, fortuna, amor...»

Y ni el señor Ward ni yo habíamos querido seguir leyendo. Sin embargo, la frase terminaba así:

«... nos sobreviene esta tormenta; sí, precisamente ahora. El rayo ha caído sobre nosotros y nos ha aniquilado. ¡Estamos perdidos!»

 

 

¡Perdidos! ¿Pueden imaginar cómo se encontraba Ann en ese momento? Por desgracia, aquellas lúgubres palabras no eran exageradas. Una misiva de la desdichada Cornelia decía:

«Me han sacado de la cama en mitad de la noche. El señor Goëtzi sujeta mi mano al pie de la escalera y me dice: ¡Valor! Tenéis un amigo... ¿Puedo confiar en él? Me llevan... La noche es terrible, y la tormenta no permite que se oigan mis gritos...»

Ella dejó que el papel se deslizara de sus manos, y cayó al suelo de rodillas.

—¡Oh, Señor Todopoderoso! —exclamó entre llantos—. ¿Cómo podéis permitir semejante desgracia? ¿Dónde estás ahora, querida Cornelia? ¿Dónde estás, querida amiga?

Muchas mujeres se habrían desmayado en una situación como aquélla, sin embargo Ella era en cierto sentido superior a todas las personas de su sexo.

Sin abandonar la postura de oración en que se encontraba, cogió nuevamente las cartas y continuó su lectura a través de las lágrimas.

Ned parecía contestar a la última pregunta que había hecho el corazón de Ann.

«El señor Goëtzi me había avisado», reseñaba en unas breves líneas, casi ilegibles, «pero yo no quise creerle. ¿Cuál es el papel de este hombre? Esta mañana encontré vacía la casa del conde Tiberio. En la calle había algunos vecinos reunidos, gritando: ¡Han escapado como ladrones!¡Están en quiebra!»

»—¡Qué sabéis vosotros! —exclamó entonces el señor Goëtzi, como surgido del centro de la tierra—. ¡No habrá ninguna quiebra! El conde Tiberio os pagará a todos, puesto que piensa casarse con la única heredera de la gigantesca fortuna de los Montefalcone!»

Todavía quedaba una carta: un pedazo de papel laboriosamente garabateado.

«Esta misma noche», decía la misiva, que pertenecía a Ned, «el señor Goëtzi apareció en casa. Parecía compartir mi desgracia. Me informó de que mi querida Cornelia, raptada por su infame tutor, viajaba camino a Dalmacia, en dirección al castillo de Montefalcone. Me aconsejó que corriese tras ellos. Él había preparado ya un caballo ensillado en la puerta de mi casa. Aunque me encontraba sin fuerzas, partí inmediatamente. Apenas abandoné la ciudad, me rodearon y atacaron cuatro hombres con el rostro cubierto por máscaras. A pesar de ello, y a la luz de la luna, me pareció reconocer a través de los orificios de uno de los antifaces la brillante mirada del señor Goëtzi. ¿Será posible? ¡Un hombre que fue mi tutor!... Me dieron por muerto, y me abandonaron en medio del camino. Allí permanecí caído hasta la madrugada, con mi sangre manando de veinte heridas. Al amanecer, unos campesinos que llevaban sus productos a la ciudad, me encontraron sin sentido y me llevaron hasta una posada cercana, llamada La Cerveza, y la Amistad[3] ¡Que Dios les bendiga por ello! No es que desee vivir a toda costa, pero soy la única esperanza con que cuenta Cornelia. Mi cama es buena, y la habitación es grande. Se encuentra adornada con láminas que reflejan las batallas del almirante Ruyter. Las cortinas también están decoradas con flores. El mesonero no parece una mala persona, aunque en cierto sentido me recuerda al señor Goëtzi. No tiene cara, lo que produce una extraña impresión. Siempre lleva al lado un perro gigantesco que, por el contrario, tiene rostro de hombre. Justo delante de mi cama, en la pared, a unos ocho pies del suelo, hay un agujero redondo, como los que se hacen para permitir la salida del humo de las estufas de hierro. Pero no hay ninguna estufa en la estancia. En la oscuridad, tras el agujero, me parece ver algo verde: unas pupilas que me observan fijamente... Gracias al Cielo, todavía conservo la serenidad y la sangre fría. Han traído de Rotterdam a un médico que me está atendiendo. Entre él y su pipa deben de pesar como tres ingleses. Veo algo verde en su mirada. ¿Sabes si el señor Goëtzi tiene algún hermano?... Un crío de cinco o seis años acaba de entrar en mi habitación haciendo rodar su aro. Me preguntó con absoluta desfachatez: "¿Eres tú el hombre muerto?" Y arrojó un sobre encima de mi cama. Era una carta de Cornelia... Casi no tuve tiempo de esconderla. Entró después una mujer calva seguida del perro que me miraba con los ojos del señor Goëtzi. El perro no ladra nunca. El mesonero tiene además un loro que lleva siempre sobre el hombro, y que repite constantemente: "¿Comiste, Ducado?" Las pupilas verdes me siguen examinando desde el agujero negro. El niño se ríe a carcajadas en el patio, mientras grita: "¡He visto al hombre muerto!" Todo lo que me rodea parece verde ahora. ¡Ann, mi querida amiga, socorro!...»

 

 

Ella se levantó de un salto, porque no sólo había leído aquella última palabra, sino que también la había oído.

Tanto fuera como dentro de Ella, sintió unas voces que sonaban como las voces unidas de Cornelia de Witt y Edward Barton, gritando claramente: «¡Socorro! ¡Socorro!»

Comenzó a recorrer su cuarto a grandes zancadas, presa de una frenética desesperación.

Una vez más sus pensamientos se elevaron al Todopoderoso. Aquello la tranquilizó.

La estaban llamado; le pedían socorro. ¿Qué debía hacer? Tenía que ir. Debía acudir a ayudarlos. Pero ¿cómo? No sabía todavía. La conciencia de su propia fragilidad la deprimía, pero también existía en su interior la salvaje e indómita naturaleza de su propia determinación.

Ella deseaba salvar a sus amigos.

Consiguió dominarse con un gran esfuerzo y reflexionó. ¿A quién podía pedir ayuda? El señor Ward era un anciano conocido por su prudencia; William Radcliffe, su prometido, era joven, realmente, pero también abogado. Ustedes podrán decirme que hay abogados tan fieros y valientes como leones. Puede que sea verdad, pero lo cierto es que a nuestra querida Ann no le pareció conveniente recurrir al señor Radcliffe.

Lo mismo le pasó respecto a sus otros amigos de la casa. Se trataba de personas apacibles, pacíficas, aficionadas al chaquete. Ella tuvo el detalle de pensar en mí por un momento, pero lo cierto es que yo era entonces demasiado joven.

Pero había que hacer algo. Los primeros destellos del amanecer comenzaron a iluminar las cortinas de las ventanas. Ella colocó en el centro de la habitación una pequeña maleta, y amontonó desordenadamente en su interior algunas pertenencias que podrían serle útiles. No estoy convencida de que ya entonces estuviese decidida a partir sin avisar para un viaje tan largo, en el mismo día de su boda. Ella siempre fue muy correcta, educada y respetuosa con las normas; pero evidentemente existen momentos en la vida en que se hace todo sin pensar.

Debían de ser las cuatro y media o las cinco de la madrugada. Todos en la casa dormían, mientras nuestra joven se deslizaba por los corredores cargando su maleta.

Grey–Jack, que era el encargado de todo tipo de servicios dentro de la casa, dormía en una habitación de la planta baja, junto a la cocina. Ella golpeó suavemente la puerta de su cuarto y le dijo:

—Jack, amigo mío, despertaos; tengo que avisaros de algo importante.

El fiel servidor saltó inmediatamente de la cama y abrió la puerta, mientras se frotaba los ojos.

—¿Qué ocurre, señorita? —preguntó—. ¡Hoy será un gran día para todos! Pero, ¿qué demonios hacéis levantada a estas horas?

Ella contestó:

—Vestios inmediatamente, mi buen amigo Jack; os necesito.

Él se sintió aterrado al escucharla, y todavía más después de encender una lámpara y ver el estado en que se encontraba. Estaba más pálida que un cadáver. Jack balbuceó:

—¿Ha pasado alguna desgracia en la casa?

—Sí, una terrible catástrofe, pero no ha sido en esta casa. ¡En nombre del Cielo, Jack, vestios!

El anciano comenzó a temblar, pero se vistió rápidamente. Mientras lo hacía, Ella continuó:

—Grey–Jack, ¿os acordáis de vuestro amigo Ned Barton, que jugueteó en vuestro regazo, y de Corny, que llegó de Holanda cuando todavía era una cría?

—¡Que si recuerdo al señor Edward y a la señorita Cornelia! —exclamó el anciano—. ¡Por supuesto que sí! ¿No han de casarse hoy, al otro lado del mar?

—Los queríais mucho a los dos, ¿verdad, mi querido amigo?

—Naturalmente que sí, señorita, y los sigo queriendo.

—Pues bien, Jack, tenemos que enganchar a Johnny al coche y partir inmediatamente hacia la ciudad.

—¿Cómo? ¿Yo? —exclamó el pobre hombre, incrédulo—. ¡Que deje la casa el día de su boda! ¿Y vais a casaros sin que yo esté aquí, señorita?

—No me casaré sin que estéis aquí, amigo mío, porque me iré ahora mismo con vos.

Él intentó decir algo, pero ella le atajó:

—¡Se trata de un asunto de vida o muerte!

Grey–Jack, aturdido hasta la locura, corrió a la caballeriza sin pedir más explicaciones.

Iba muy a su pesar. Constantemente se volvía hacia las ventanas para ver si aparecía alguien. Pero todos se habían acostado tarde y estaban durmiendo a esas horas.

Ella subió al coche y Grey–Jack se situó en el pescante.

Johnny comenzó a trotar, sin que nadie en la casa se despertase.

Ella sentía un peso terrible en su corazón. Aunque todavía no había escrito ninguna de sus famosas obras, ya tenía ese estilo noble y brillante que sir Walter Scott eleva hasta el cielo en su reseña biográfica, porque exclamó involuntariamente:

—¡Adiós, mi querido hogar! ¡Dulce refugio de mi adolescencia, adiós! Campos verdes, montañas orgullosas, bosques misteriosos llenos de sombras, ¿volveré a veros alguna vez?

Grey–Jack, refunfuñando, se giró y le dijo:

—En lugar de hablar sola, señorita, podríais decirme qué es lo que vamos a hacer en Stafford tan pronto.

—Grey–Jack —respondió ella solemnemente—, no estamos yendo a Stafford.

El sirviente la miró, estupefacto:

—Señorita —suplicó, juntando sus pobladas cejas—; lleváis veintitrés años siendo más dócil que un corderito; pero si me utilizáis para escapar de la casa de vuestros padres, me condenarán...

Ella le interrumpió, alzando la mano, y añadió:

—Protestad cuanto queráis, Grey–Jack. ¡Pero vamos a Lightfield!

 

 

La más hermosa doncella del mundo no supo contarme más. Yo les relato la historia tal como me fue contada, porque Ella ni siquiera se detuvo para darme más detalles. Además, en su narración no aparecía la clásica división del tiempo en días y noches. Ella siempre se mantuvo por encima de esas vulgares mezquindades. Corría, llevada por los recuerdos que galopaban a lomos de ese caballo alado que es el símbolo de la imaginación poética: Pegaso.

Ella comía; pueden ustedes suponerlo, como es lógico. Y también dormía, evidentemente, pero todas estas funciones que degradan nuestra elevada naturaleza serán pasadas por alto en su caso.

Tampoco le gustó nunca a Ann hacer la menor referencia al dinero o a los gastos. Sobre ambos, tanto usted, mylady, como usted, caballero, podrán creer lo que quieran. Sólo sé que el viaje fue largo, y que en él se dieron los obstáculos más extraordinarios. Constantemente se vio forzada a gastar dinero. ¿De dónde lo sacaba? No lo sé, y me desentiendo por completo de esta respuesta. Lo cierto es que pagaba todo al contado, y que regresó al redil sin haber dejado atrás la menor deuda de nada.

De camino a Lightfield, Grey–Jack, que había comido en abundancia, se hizo más charlatán.

—Estoy pensando, señorita, que miss Corny y ese pillo de Ned os esperarán allá con otro buen mozo. ¿Lo conozco yo? Supongo que William Radcliffe nada sabe de esto. Bueno, tampoco es la muerte. En Inglaterra nunca faltan sacerdotes para casar a dos jóvenes deprisa y sin ceremonias. Pero, ¿quién habría esperado esto de vos, señorita Ann? Yo nunca lo hubiese imaginado.

En lugar de contestar, Ella le preguntó:

—¿Qué opinión tenéis, Grey–Jack, de Otto Goëtzi?

El pobre sirviente estuvo a punto de caerse del pescante, tamaña fue su sorpresa.

—¡Cómo! Pero, señorita, ¡no puedo creer que estéis despreciando a ese joven educado por ese demonio despeinado! Puede que el señor William sea un pájaro negro, pero...

—¡Os pido, amigo Jack, que habléis de mi marido con mayor respeto!

—¡Vuestro marido! ¡Ahora sí que no entiendo una palabra!

—Os pregunto qué pensáis del señor Goëtzi.

—Bien —replicó el buen hombre, enfadado—; ya me gustaría estar en Lightfield para entender mejor toda esta trama. Del señor Goëtzi puedo deciros que no es el primer tunante al que veo bien alimentado y vestido en el seno de una familia de honra, con la excusa de educar a sus muchachos.

El caballo se encabritó y Grey–Jack se apresuró a santiguarse.

—Ya veis lo que ocurre sólo con pronunciar su nombre —masculló—. Todo el mundo sabe que es un vampiro.

—Vamos, amigo Jack —dijo ella con desdén—, yo no creo en los vampiros.

Lo cierto es que Ella se encontraba muy por encima de todas aquellas supersticiones que correteaban por las montañas, entre los condados de Stafford y Shorp.

—Haced lo que os plazca —contestó el hombrecillo—; pero haríais bien en creer en ellos. Proceden del país de los turcos, muy lejos, cerca de la ciudad de Belgrado. Aunque yo no sé exactamente lo que son. Usted, que sabe muchas más cosas que yo, ¿me lo podría explicar mejor?

Ella le gustaba enseñar, como a la mayoría de las personas cultas.

—En el supuesto de que existiesen, los vampiros son esos monstruos de apariencia humana, que nacen, en efecto, en la baja Hungría, en la región que se extiende entre el Danubio y el Save. Se alimentan con la sangre de las jovencitas...

—¡Perfectamente, señorita! —exclamó inmediatamente Grey–Jack—. ¡Eso es exactamente lo que yo he visto con mis propios ojos!

—¿Alimentarse con la sangre de una doncella? —preguntó Ann horrorizada—... ¿al señor Goëtzi?

—¡Algo parecido! Me refiero a Jewel, la perrita de la señorita Corny. ¡Qué encanto de animalito! ¿Lo recordáis?... Se bebió la sangre de aquella perrita como si fuese un zorro salvaje —añadió—. ¡Y en la cocina, robaba las costillas crudas! ¡Por las noches se levantaba también para hablar con las arañas! Todo el mundo sabe de qué murió Polly Bird, en la Granja Alta... aquella joven a la que encontraron dormida a orillas del lago, y que nunca despertó. Y siempre que él entraba en algún lugar, la luz de las lámparas se ponía verde. ¿Os atrevéis a negarlo? Incluso los gatos le saltaban encima, porque despedía el mismo mal olor de las gatas en primavera. A la lavandera le gustaba repetir, para quien quisiera escucharla, que todas sus camisas tenían una pálida mancha de sangre a la altura del corazón.

—Vamos, amigo mío, todo eso no son más que habladurías. Me gustaría que me dijeseis algo más concreto, como por ejemplo: ¿sabéis por qué despidieron al señor Goëtzi de la casa del esquire Barton?

—¡Por supuesto! Eso es algo que sabría hasta un chiquillo. Fue debido a la señorita Corny. El esquire Barton apreciaba realmente al señor Goëtzi, que es un hombre muy culto, y al igual que usted, tampoco creía en vampiros. Pero de repente la señorita Cornelia comenzó a quejarse de dolores en el pecho, y aseguró que empezaba a verlo todo verde... ¡Qué cosa más extraordinaria, señorita Ann... fíjese en la luna!

La luna, casi redonda, se levantaba en medio de un bosque de álamos sin hojas. Nuestra querida Ann tenía el valor de un guerrero, pero no pudo evitar un estremecimiento en aquella ocasión.

Estaban viendo la luna de color verde.

—¡Vamos, acabad vuestra historia —exclamó, sin embargo—, os lo ordeno!

—Siempre que se habla de él —susurró Grey–Jack— ocurre lo mismo. Cierto día encontraron a Cornelia desmayada en la cama. Tenía sobre su pecho izquierdo una pequeña picadura negra y Fancy, su doncella, vio una araña verde, de sorprendente tamaño, que se deslizaba por debajo de la puerta. Decidió seguirla. Pero la araña corría a tanta velocidad por el pasillo que Fancy no consiguió alcanzarla, a pesar de lo cual sí pudo verla entrar en la habitación del señor Goëtzi... Entonces fueron a buscar a Ned Barton, ese adorable joven que, la verdad sea dicha, no tenía precisamente los modales de su preceptor. Ned entró en la habitación del doctor Goëtzi y le dio tal paliza...

—¡Desgraciado! —exclamó Ann juntando las manos—. ¿Es cierto eso? ¿Ned llegó realmente a golpear a ese perverso y vengativo ser?

—Ya lo creo, señorita. Hubo puñetazos, patadas, bastonazos e incluso sillazos. El señor Goëtzi, entonces, se quejó al esquire, que le dio algo de dinero...

Finalmente llegaron a Londres, ya de noche. Nuestra querida Ann decidió asistir al circo olímpico de Southwarck, acompañada por Grey–Jack. En general no le agradaban mucho este tipo de frívolas representaciones. Pero los barcos que atravesaban el canal no partían con tanta frecuencia como ahora, y la idea de asistir a la representación circense vino motivada además por una circunstancia especial.

En el cartel que anunciaba la representación de diferentes números, una palabra había conseguido llamar la atención de la joven, y esta palabra era: VAMPIRO.

En medio del anuncio de la presencia del caballo físico, que era capaz de caminar sobre la cola; y de las hazañas del payaso Bod–Big, capaz de comerse un topo y devolverlo entero, podía leerse, escrito en letras verdes:

 

¡¡CAPITAL EXCITEMENT!!

EL AUTÉNTICO VAMPIRO DE PETERWARDEIN

DEVORARÁ A UNA JOVEN VIRGEN

Y BEBERÁ VARIAS COPAS DE SANGRE

COMO SIEMPRE, AL SON DE LA MÚSICA

DE LOS GUARDIAS ECUESTRES

¡¡WONDERFUL ATTRACTIONINDEED!!

 

Cuando Ella y Jack entraron en la carpa, el inmenso circo estaba repleto de espectadores, que contemplaban cómo una vieja pintada de amarillo galopaba completamente estática, a lomos de un caballo que atravesaba constantemente aros de papel, entre la desaforada algarabía de la muchedumbre. Se trataba de la famosa Lily Cow. Inmediatamente después se apagaron todas las antorchas, ya que en aquellos tiempos no había gas. En medio de la oscuridad brotó un resplandor fosforescente, que otorgó a todos los espectadores cercanos al anfiteatro el aspecto de cadáveres vivientes. Se escuchó un relámpago lejano, mientras el viento gemía con fuerza. La música comenzó a rechinar. Una gigantesca araña, con cuerpo de hombre y alas de murciélago, empezó a descender a través de un hilo que colgaba de la cúpula y se iba estirando bajo su peso.

En ese preciso instante, una muchacha checa, casi una niña, vestida de blanco y a lomos de un caballo negro, penetró en el anfiteatro, balanceando sobre su cabeza una corona de rosas. La joven era preciosa y delicada, con un leve parecido a la señorita Cornelia de Witt y, lo más sorprendente, más parecida a cada momento que la miraban.

La araña permanecía enroscada en el extremo del hilo, y ya no se movía; acechaba. Mientras estaba quieta, podía verse a su alrededor, claramente, un resplandor verdoso muy brillante en el centro, que iba esfumándose como si fuese una aureola.

La joven checa jugueteaba con su guirnalda mientras danzaba.

Repentinamente la araña se dejó caer al suelo, y sus largas y repugnantes patas se movieron frenéticamente sobre la arena del circo. La muchacha la vio venir y mostró su terror con unos gestos capaces de arrancar el aplauso del público.

El enorme insecto perseguía a la joven a toda velocidad, mientras ésta intentaba escapar a lomos del caballo negro. El monstruo daba saltos irregulares, y al ver que no conseguía dar alcance a la muchacha, utilizó los recursos propios de su especie.

No sé cómo logró hacerlo, pero el caso es que fue tendiendo de uno a otro lado unos hilos que, aparentemente, le brotaban de sus fauces, fabricando en un abrir y cerrar de ojos una especie de red... ¡una tela de araña!

La joven checa se colocó de rodillas sobre el caballo. Se quitó la guirnalda y los velos que la cubrían, quedando vestida únicamente con una malla de color carne, que resultaba todavía más impresionante.

Repentinamente la araña la atrapó en su tela. Fue algo espantoso. El caballo, libre de la jinete, galopaba de un lado a otro. Pudo escucharse entonces el sonido de huesos rotos.

Ahora no era a una araña, sino a un hombre al que se veía beber a grandes tragos la sangre roja, en medio de un incendio de destellos verdes.

El circo pareció desplomarse bajo los atronadores aplausos, pero nuestra querida Ann se desmayó, exclamando:

—¡Es Goëtzi! ¡Es Goëtzi! ¡Lo he reconocido!

 

 

No existe ningún país en el mundo donde se aplique tan generosamente como en Inglaterra la máxima de la libertad. A pesar de ello, dudo mucho que nuestras leyes permitan exhibir públicamente, en la pista de arena de un circo, a un vampiro que destroza los huesos y bebe la sangre de una joven inocente. Sería excesivo.

Por ese motivo, me parece poder afirmar que la dirección del circo de Southwarck conseguía aquella ilusión utilizando hábiles efectos especiales. La mejor prueba de ello es que la joven amazona, atacada por el vampiro, era destrozada y succionada todas las noches, durante semanas; a pesar de lo cual se encontraba perfectamente.

Respecto a la posibilidad de que aquel monstruo fuese realmente el señor Goëtzi, no me parece probable, a pesar de que esas criaturas excepcionales llamadas Vampiros o Fantasmas poseen, según se dice, el don de la ubicuidad, o al menos del desdoblamiento, si se me permite la expresión. El error de Ann puede justificarse con uno de esos parecidos tan comunes en la naturaleza. Además, la mayoría de los expertos en vampiros asegura que éstos tienen entre sí un cierto aire de familia, como si todos fuesen parientes más o menos directos del propio Harasz–Nami–Gul.

Como ustedes podrán ver enseguida, sería muy arriesgado pensar que el señor Goëtzi se había tomado la molestia de abandonar Holanda, donde lo retenían importantes quehaceres, para entregarse a toda clase de espectáculos circenses.

Durante la travesía no hubo ningún incidente destacable. Grey–Jack comió y durmió a partes iguales. Ella, sin embargo, apoyada en la borda, en una de esas posturas nobles y correctas que adoptaba con suma naturalidad, miraba la espuma que se escurría por los flancos del navío. Sus ojos intentaban adentrarse en la inmensa e insondable profundidad de las aguas. Quizá por eso las olas sugieren con tanta frecuencia la idea de infinito.

Después de sobrepasar la desembocadura del Támesis, Grey–Jack se despertó y pidió algo para beber. Ya podía verse tierra en el horizonte. Ella le pidió que se sentara a su lado y le contó, con una sencillez casi milagrosa, los relatos incoherentes que habían llegado a sus manos la víspera de la boda.

—Tal es el resumen de estas tristes cartas. Se deduce de ellas que el conde Tiberio, preceptor de mi prima Cornelia, es un libertino, y que sus finanzas se encuentran en el peor de los estados. Respecto a Letizia Pallanti, cualquier joven de alta cuna intentaría no mencionar a este tipo de personas. Entre los dos han raptado a Cornelia para arrastrarla hasta las montañas de la antigua Iliria. ¿Creéis que se puede hacer algo así con nobles intenciones? El canalla de Tiberio es el heredero de mi prima. ¡Oh, Dios mío! No deseo pararme a pensar en lo que podría pasarle a mi querida prima en esa solitaria Dalmacia, donde la civilización sólo llega a duras penas.

—Lo cierto es que cuanto más se piensa, más se alegra uno de ser inglés. Pero, ¿quién se va a ocupar de hacer las almácigas de marzo, en su casa, si me arrastráis a mí de un lado para otro? ¿Seríais tan amable de decírmelo?

—Mientras me hacéis tan absurdas preguntas, Edward Barton, apuñalado por cuatro desalmados a sueldo, es objeto de cuidados mercenarios. En su última correspondencia ni siquiera me hablaba de Merry Bones...

—¡Ese pillo irlandés! —explotó Grey–Jack con inesperada violencia.

—Mi querido amigo —observó Ann con dulzura—, los irlandeses son tan cristianos como nosotros.

¡Pero intenten convencer de una cosa así a un inglés del Este! Jack crispó sus puños ante la simple mención de ese tal Merry Bones, que era, sencilla y llanamente, el criado de Edward Barton.

Merry Bones, enemigo acérrimo del viejo Jack, se parecía levemente a un haz de leña. Su rostro estaba repleto de buenos y recios huesos, sobre los cuales apenas se veía la carne. Cuando se reía, su boca se ensanchaba hasta detrás de las orejas. ¡Ah, viejo zorro! Tenía un sorprendente ojo derecho, y un ojo izquierdo minúsculo, que parecía hijo del anterior. Su pelo rizado era tan abundante que no podía utilizar sombrero, y tan retorcido y ensortijado como la cerda en bruto recién llegada de Chicago. A pesar de haber sido marinero, desempeñaba mejor su vocación de «cabeza de clavo» en un cabaret de Whitefriars, en Londres.

«Cabeza de clavo» es la expresión irlandesa utilizada para definir al que presta su cráneo, por medio chelín, para que algunos caballeros prueben en él sus puños y bastones. El precio de un garrotazo, sin embargo, llega a ser de un chelín entero. Si se lo pedían, Merry Bones era capaz de aceptar hasta un sablazo por media corona.

El navío recaló en Ostende, y prosiguió su ruta hasta Rotterdam. A Ann le hubiese gustado pensar en los importantes acontecimientos históricos que unen el pasado de Holanda con el de Inglaterra, pero mientras costeaban esas regiones tan famosas, y mientras la embarcación subía hacia el norte, sobrepasando las desembocaduras del Escalda, eran los acontecimientos presentes los que iban cobrando cada vez mayor importancia.

Era casi de noche cuando el barco accedió a la desembocadura del Mosa, y cuando llegaron finalmente a Rotterdam la oscuridad ya era total. Sin ser tan amables como hoy en día, los encargados de los hoteles ya eran entonces muy competentes. Sin embargo, Ann respondió de forma inesperada a sus ofertas:

—No deseo alojarme en ningún hotel de la ciudad, pero, ¿sabría decirme alguno de ustedes dónde se encuentra una posada, en las afueras, conocida como La Cerveza y La Amistad?

Se hizo un inesperado silencio entre las personas que se encontraban en el muelle ofreciendo sus servicios hoteleros.

Entonces saltó alguien:

—¡Éstas no son las mejores horas para ir a semejante lugar, señora!

Y como si acabasen de desatarse al unísono todas las lenguas, se desató un incesante murmullo, en el que todos se repetían la siguientes palabras:

—¿Por qué motivo habrá escogido precisamente la posada donde desollaron al inglés?

Aquél era un cuadro típicamente flamenco, y de apariencia sosegada, a pesar de que hablasen en él de gente asesinada. Ann pudo ver una docena de rostros honestos, alumbrados al estilo Rembrandt por los faroles de las puertas de los hoteles. En medio de aquel paisaje, Ella se mantenía erguida y esbelta, envuelta en su capa y apoyada en el brazo de su fiel Grey–Jack. A unos pasos de allí, algunos botes se balanceaban y chapoteaban pesadamente sobre el Mosa.

Nuestra querida Ann repitió imperturbable:

—¿Alguien sabría indicarme el camino de ese terrible lugar llamado La Cerveza y la Amistad?

En medio del silencio absoluto que siguió a su pregunta, pudo escucharse un ruido seco, semejante a una risa burlona.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Ann, sin perder en ningún momento su valiente serenidad.

En vez de contestar, los hombres que la rodeaban se santiguaron.

—Puede oírse reír al viento, desde que degollaron al inglés...

—¡En el nombre del Cielo, joven forastera, no os adentréis por el camino de Gueldre esta noche! ¡Os ocurrirá algo terrible!

—La gran marejada de ayer ha derribado los diques.

—El camino ha desaparecido en más de diez sitios.

—Ya no pasan por ahí ni coches ni caballos.

—¿Habéis oído, señorita? —preguntó Jack, aterrado—. ¡Ni coches ni caballos! ¿No os lo dije?

—Entonces iré en un bote —dijo Ann.

—El derrumbamiento ha acabado también con el Kil de Höer. Las embarcaciones ni siquiera consiguen entrar por el canal.

—Muy bien; en ese caso iré andando —insistió ella—. ¡No hay obstáculo lo suficientemente grande para apartarme de mi deber! Si alguno de ustedes acepta conducirme hasta la posada de La Cerveza y la Amistad, le pagaré el precio que me pida, sea el que sea.

El círculo de hombres que la miraba sorprendido permaneció en silencio, y nuevamente pudo escucharse el eco de aquella especie de risa que momentos antes desgarrara la oscuridad de la noche.

En ese preciso instante alguien se abrió paso entre la concurrencia, y un campesino de Isselmonde, vestido con los característicos calzones y un jubón de tela blanca, apareció en la zona iluminada. Llevaba sobre la cabeza un gran sombrero flamenco, que le caía hasta los ojos. La luz de los faroles no logró penetrar aquel adorno, y nadie logró verle el rostro. ¡No se veía nada! ¿Cómo explicarlo? Y aquel misterio inspiraba terror.

—¿Quién es ése? —se preguntaron los demás entre murmullos.

Pero nadie lo sabía.

El campesino entró decididamente en medio del círculo expectante y cogió la maleta de la joven de las manos de Grey–Jack, a quien le castañeteaban los dientes.

—¡De acuerdo! —dijo con una voz que ni siquiera Ann lograría describir nunca—. ¡Trato hecho! ¡Seguidme!

Y con estas palabras se lanzó a caminar rápidamente, rígido como una piedra.

Ella fue tras él, a pesar de las súplicas de Grey–Jack.

La noche se adueñó de la costa, mientras podía verse en la distancia, como un pálido resplandor, el grupo que formaban nuestra querida Ann, el campesino que la guiaba, y el viejo Jack, que seguía a ambos, marchando a toda velocidad.

Daba la impresión de que era el propio campesino el que irradiaba esa especie de resplandor verdoso. Los representantes de los diferentes hoteles notaron cómo se les erizaban los cabellos, y se dispersaron inmediatamente como una bandada de patos.

El hombre avanzaba sin detenerse, atravesando canales y cercas. El camino no le pareció muy difícil a Ann, que pisaba donde él pisaba, mientras Grey–Jack los seguía.

De esa forma, atravesaron la ciudad en un abrir y cerrar de ojos.

La dejaron atrás por el este, por el lado de Alt–ost–thor. Después continuaron caminando sin la menor dificultad, a través de una comarca donde la tierra y el agua se alternaban e incluso se mezclaban en sorprendente confusión. Desde luego, había muchos obstáculos: canales, arroyos o brazos de mar que se extendían frente a ellos como si fuesen tentáculos del mar, pero siempre se encontraban con alguno de los puentes de aquel magnífico sistema de comunicación, que les permitía avanzar sin mojarse siquiera los pies.

Pasados unos minutos, el paisaje cambió. Tendré que pedirles un esfuerzo adicional para que intenten imaginarse a estas tres personas caminando en medio de un sudario casi completamente negro, aunque atravesado por pálidos resplandores. Además había aparecido una densa niebla que escondía tanto la tierra como el cielo.

En medio de aquella bruma, el campesino que los guiaba parecía brillar débilmente, como si lo hubiesen embadurnado con fósforo. Desde que partieran del muelle, no había pronunciado una sola palabra. Sólo caminaba.

Y caminaba. El sombrero flamenco ya no le cubría la cabeza, y el viento jugueteaba con su pelo, enredándolo y haciendo que brotasen chispas de él.

Repentinamente la noche se aclaró. Todas las estrellas aparecieron brillantes en el cielo. El camino seguía por allí, recto y llano, hasta donde alcanzaba la vista, en medio de praderas sembradas de charcos de agua, brillantes como espejos.

¿De dónde procedería aquel sonido de campanas, en medio de aquellos parajes, sin campanarios ni iglesias? A pesar de ello, pudieron escuchar nítidamente las doce campanadas de la medianoche. Inmediatamente desapareció el fulgor del cabello del campesino, y el aire se vio poblado de risas burlonas.

—¡Socorro! —gimió un lloroso Grey–Jack.

La tierra acababa de abrirse en aquel punto para tragarlos, obedeciendo de esa forma los presentimientos de nuestra querida joven. Si les parece difícil creer que un abismo pueda formarse en un momento, les diré que a Ann le daba la impresión de que aquel derrumbe se había producido antes, provocado probablemente por las terribles marejadas de la luna nueva de marzo. De hecho, el encanto de un relato como éste reside precisamente en su verosimilitud. Por otra parte, enseguida encontraremos, en medio de este paseo, numerosos accidentes hiperfísicos. Porque Ella adoraba utilizar esta palabra, que según creo quiere decir sobrenatural.

El fondo de aquella sima estaba lleno de un fango marino de olor acre y repugnante, que era aún más oscuro que la tinta. En lo alto pudieron ver entonces una silueta oscura, que mostraba una perversa alegría mientras arrojaba la maleta al fondo del abismo, lo cual hizo saltar un torrente de barro.

Grey–Jack, que en el fondo era un hombre como otro cualquiera, aprovechó aquel contratiempo para cubrir de amargas críticas a su joven ama.

—¡En menudo lío nos ha metido, señorita! –sollozó—. ¡Y no será porque yo no la haya avisado! ¡Estaba convencido de que este maldito campesino era el propio señor Goëtzi o alguno de sus secuaces! ¡Y ahora vamos a morir en medio de esta cloaca!

Nuevamente pudieron escuchar el eco de aquella risa diabólica, en medio del silencio de la noche, aunque tan lejana en esta ocasión que apenas podía distinguírsela.

Sobre todo porque en ese momento escucharon otros sonidos de naturaleza muy diferente. Una música melodiosa, suave y pastoral, atravesó el aire mezclada con el tronar de una agradable algarabía. Al principio Ann no se atrevió a dar crédito a sus oídos, mientras Grey–Jack pensaba que sufría las alucinaciones fantasmagóricas que anteceden a la muerte.

Pero enseguida vieron que no se equivocaban. Un ruido de pasos, de cascos de caballos y de ruedas de carruajes se les acercaba rápidamente, mientras la noche se iba iluminando con crecientes destellos.

Finalmente, en el borde opuesto del abismo que había surgido bajo sus pies, Ann y el viejo Jack vieron aparecer la más maravillosa de las visiones. En primer lugar divisaron a unas doncellas neerlandesas, con trajes de fiesta y guirnaldas de flores, cuya sonriente hermosura brillaba a la luz de muchas antorchas. Les seguía en igual número un grupo de varones. Después iba un hombre respetable ataviado con ropas eclesiásticas; no con las vestiduras características de un sacerdote papista, sino con el hábito austero, digno y decente, de nuestros típicos clergymen de la Iglesia anglicana.

Por fin apareció tras él un joven, con todo el aspecto de un noble inglés; y me refiero a esa nobleza de rango superior al de muchas aristocracias del mundo entero.

El desconocido, de cabellos rubios, piel blanca y sonrosada, y ojos azules como el cielo, parecía un verdadero dios.

La verdad es que Ella nunca había oído ni siquiera hablar del muy honorable Arthur. A pesar de ello, fue reconociendo de un vistazo cada una de sus características: primero supo que era un inglés, porque los ingleses llaman la atención allí donde se tenga la suerte de encontrarlos, de la misma forma en que Venus revelaba a la diosa por su andar; después supo que pertenecía a la aristocracia más elevada, porque lo cierto es que cada flor tiene su propio perfume; y finalmente reconoció que pertenecía a alguna familia noble, porque sólo un ciego es incapaz de distinguir una estrella atendiendo a su brillo.

Viajaba de incógnito, perfeccionando su magnífica educación militar con el examen de los históricos campos de batalla de los Países Bajos y Alemania.

Las doncellas coronadas de flores y los campesinos, también ataviados con sus mejores ropas, miraban confusos aquella sima, diciéndose entre sí:

—¡Qué contrariedad! ¡Vamos a llegar tarde a la boda!

El religioso, tranquilo y sereno, venía detrás de su discípulo:

—Tened la bondad de examinar a conciencia el terreno —le dijo—. En la vida hay que saber aprovechar cada circunstancia. Mañana me haréis como tarea el dibujo completo del puente de campaña que sería necesario construir para que un ejército lograse atravesar sin problemas esta ciénaga: treinta mil hombres de infantería, ocho mil a caballo y setenta y dos piezas de artillería de diverso calibre. Pertrechos y material médico, ad libitum.

El joven desconocido, cuyo porte y figura recordaba a un dios, le echó un vistazo a la sima, tomando algunas notas a la luz de una antorcha.

Ann podría haberse quedado toda la vida contemplando aquel espectáculo realmente hermoso. Pero Grey–Jack, mucho más prosaico que ella, soportaba con poca paciencia el encontrarse hundido hasta la cadera en el fango.

—¡Eh! —explotó—. ¡Por todos los demonios! ¿Es que vais a dejarnos aquí?

Inmediatamente se produjo un rumor entre los campesinos. El sacerdote y nuestra querida Ann, unidos por el pensamiento, dijeron a la vez:

—No hacía falta blasfemar.

Entonces el religioso añadió:

—Mylord, tened la amabilidad de reparar adecuadamente en los términos de mi próxima pregunta: dada la posición de estas personas, que en número desconocido se encuentran en aprietos ahí abajo, imagino que debido a algún accidente, ¿qué clase de medio mecánico utilizaríais para izarlos a tierra firme, si únicamente tenéis una cuerda, sin poleas de ningún tipo?

—Utilizaría mi bolsa —contestó el muchacho, uniendo el gesto a la palabra—, y les diría a estos valientes que me acompañan: os daré diez pistolas de plata de Francia si me traéis sanos y salvos a ese viejo y a esa joven dama.

No sé cuál habría sido el resultado de una respuesta semejante en los exámenes militares de la escuela de Eton, pero sus jóvenes acompañantes a la boda no le dejaron repetirla. En un abrir y cerrar de ojos se precipitaron por la ladera desmoronada y ayudaron a nuestros dos amigos a alcanzar de nuevo el camino.

Entonces Ella pudo reparar en la berlina de viaje, tirada por magníficos caballos, que había llevado hasta allí al joven noble y a su venerable preceptor, provenientes de Nimega y con destino a Rotterdam. Quienes iban a participar de la ceremonia nupcial, interrumpidos en su camino por aquel derrumbe, se encargaron de mostrarles otro camino. Pero como debían desandar parte del camino para llegar a su destino, el joven desconocido, cuya apariencia era casi divina, ayudó caballerosamente a Ann a subir a su coche, dejándola en la misma puerta de la posada conocida por el peculiar nombre de La Cerveza y la Amistad.

 

 

Se trataba de un enorme y oscuro edificio, situado en el cruce entre cuatro caminos y construido sobre pilares de madera. Cerca de él no había árboles ni matorrales, como si se encontrase perdida en medio de un arenal. Sobre la puerta, el viento nocturno agitaba un letrero luminoso, cuyo farol se había extinguido.

Ella levantó la aldaba con el corazón encogido, mientras pensaba: «¡Aquí, entre estas cuatro paredes, mi hermano y amigo Edward ha exhalado su último suspiro!»

No sabía ya qué pensar acerca de Grey–Jack, que en aquel momento temblaba de pies a cabeza, cubierto de fango hasta las axilas, y de muy mal humor.

A pesar de que no se veía ninguna luz desde fuera, la puerta de la posada se abrió inmediatamente. Nuestra querida Ann y el viejo Grey–Jack se encontraron entonces en medio de un salón que olía condenadamente a tabaco de pipa.

En el centro había una larga mesa, rodeada de bancos y repleta de cántaros vacíos cuyas bases descansaban en la cerveza derramada. También había un mostrador elevado sobre tres escalones, defendido como un castillo, y un reloj de pared con una caja de madera leonada que tenía incrustaciones amarillas. Las agujas marcaban la una menos dos minutos de la madrugada. El cuadrante se hallaba decorado por un pájaro raquítico.

Aunque no se veían lámparas ni bujías encendidas, los objetos de la estancia se distinguían nítidamente, como si se hubiese conservado un rayo de luna en aquel lugar, cuyas puertas y ventanas permanecían cerradas a cal y canto. Se trataba de un resplandor sordo y claro al mismo tiempo, que parecía tamizado a través de algún filtro verde.

Al lado del reloj había algunas personas inmóviles. El grupo lo formaba un hombre obeso que sólo tenía el reborde del rostro, es decir, cabello y barba. Un loro gigantesco se agarraba con las patas a su hombro; a su derecha había un niño de expresión diabólica, apoyado sobre un aro; y a su izquierda había un monstruoso perro de color carne, con una cara casi humana, y que permanecía completamente rígido sobre sus cuatro patas separadas.

Finalmente, al lado del mostrador, se veía una mujer gorda y calva, que dormía con agudos ronquidos. Además del tictac del reloj, que sonaba de forma extrañamente profunda, y de los ronquidos de la mujer, no había ningún otro ruido en la posada.

Ella sintió algo difícil de explicar, aunque no era miedo. Pero, ¿quieren saber lo más curioso? A pesar de la profunda emoción que la embargaba, a Ella todos aquellos seres que rodeaban el reloj se le antojaban accesorios del mismo, como parte de un extraño engranaje, semejante al del reloj de Estrasburgo.

—¡Por caridad! —pidió Grey–Jack—. ¡Un fuego para secarnos, y un poco de pan, carne y cerveza!

A pesar de que lo que pedía era lógico, Ella le ordenó silencio con un gesto rígido y severo, y dijo a su vez:

—Queremos ver inmediatamente a Edward Barton, ciudadano inglés y esquire, que ha morado o está morando en este establecimiento, si es que todavía vive. Si por desgracia hubiese muerto, de forma natural o violenta, lo que ya se esclarecerá en su correspondiente juicio, reclamamos al menos su cuerpo, para poder darle cristiana sepultura.

Las personas del salón no contestaron, como tampoco lo hicieran ante las peticiones de Grey–Jack. Se quedaron como mudos. Sin embargo, de en medio de aquel silencio y quietud, brotó una voz proveniente de algún rincón de la posada, lejos, muy lejos, arriba o abajo, y que gritaba como suelen hacerlo los irlandeses en medio de una pelea:

—¡Te voy a quitar el alma y a devorar el corazón! ¡Musha! ¡Arrah! ¡Begorrah! ¡Maldita araña! ¿Es que piensas que la sangre de un hombre de Connaught puede chuparse como si fuese la de un inglés? ¡Te vas a enterar!

—¡Es Merry Bones, el criado de nuestro amigo Ned! —exclamó Ella en un susurro, con un asombro en el que asomaba la esperanza—. Tenemos que ayudarle.

Grey–Jack se encogió de hombros, mascullando:

—¡Que el diablo le confunda!

Escucharon entonces un grito procedente del sótano o del granero, y Ann, que era el valor en persona, ya iba a lanzarse fuera del salón, cuando el reloj, desde lo más profundo de su mecanismo, comenzó a dar violentas campanadas.

Sonaron trece, y mientras el bronce resonaba, el aletargado personal de la posada pareció recobrar el movimiento. La mujer calva que había junto al mostrador abrió los ojos, el mesonero se balanceó de un pie a otro, el loro se peinó los bigotes con el pico, mientras decía: «¿Has comido bien, Ducado?»; y el niño, por su parte, hizo rodar su aro, gritando: «¡He visto al hombre muerto! ¡He visto al hombre muerto!», y el pájaro raquítico del cuadrante desplegó sus enormes alas y cantó cu–cú trece veces.

Simultáneamente se abrió una puerta situada entre el mostrador y el reloj. Por ella asomó un largo cuerpo huesudo, coronado por una cabellera rizada, semejante a esos cepillos que utilizan los deshollinadores. Detrás de Merry Bones (ya que efectivamente se trataba del sirviente irlandés) venía una réplica exacta de los diferentes seres que había en el salón de la planta baja, es decir: el mesonero sin rostro, el loro, el perro de cara humana, el niño con su aro, y la mujer calva.

Lo cierto es que estas nuevas apariciones eran levemente más pálidas que las anteriores, y el «nuevo» mesonero llevaba además una enorme maza en la mano. Su mirada, ya que en vez de ojos tenía mirada, era claramente verde.

Cuando nuestra querida Ann se volvió a mirar hacia el primer mesonero, se encontró con que había aparecido también en su mano una segunda maza, y también presentaba una mirada de destellos verdes.

Fue una pelea terrible. El pobre diablo de Merry Bones se encontró acosado por ambos lados. La jauría que estaba ya en el salón y la jauría que parecía perseguirle ahora cayeron al mismo tiempo sobre él con rabiosa ferocidad. Los dos perros y los dos niños le atacaron a las piernas, los dos loros hicieron lo mismo con los ojos, mientras las dos arpías le arañaban la garganta, y ambos mesoneros, subiendo y bajando rítmicamente sus mazas, le golpeaban el cráneo como si fuesen herreros moldeando un pedazo de hierro.

Nuestra querida Ann asistía, petrificada de espanto, al terrible asesinato. Mientras tanto, el viejo pecador de Jack, con la estupidez que caracteriza esos sentimientos de rivalidad nacional, se cruzó de brazos y rezongó:

—¡Que el irlandés se las arregle como pueda!

Y lo cierto es que el sirviente de Ned se defendía lo mejor que podía. No estaba armado, pero su cráneo podía servirle tan bien como si fuese un cañón. Cuando las mazas lo alcanzaban, salían rebotadas como si cayeran sobre un yunque. Ni siquiera lograban aplastarle un mechón de pelo. No sabría decir cómo consiguió salvaguardar sus piernas, su garganta y sus ojos, pero lo cierto es que durante el instante que duró aquella singular batalla nuestra querida Ann no le vio una sola magulladura. Por el contrario, los dos loros parecían agotados, las mujeres gordas jadeaban, los extraños y diabólicos críos pataleaban boca arriba como dos cangrejos dados la vuelta, y los dos perros gruñían a media distancia, mostrando los dientes ante el peligro. Y a los mesoneros no les fue mucho mejor. Merry Bones le propinó a cada uno un cabezazo en el estómago, y los mandó, a uno contra la pared norte, y a otro contra la pared sur de la casa.

El atlético joven, de porte gallardo, aunque no perteneciera a la nobleza y hubiese nacido en una detestable región, salvó entonces la mesa con una arriesgada pirueta y atravesó el salón rápido como una flecha, desapareciendo por la puerta exterior.

Incluso tuvo tiempo, al pasar a su lado, de mandarle un beso a Ann, y otro regalo muy diferente a Grey–Jack, cuya mejilla se hinchó como si le acabasen de extraer tres muelas.

Antes de desaparecer en la oscuridad del exterior, Merry Bones le dijo a Ann:

—¡Hasta pronto! ¡Voy a buscar el ataúd de hierro!...

 

 

Si Ella hubiese dedicado alguna de sus obras maestras a este tema, ustedes habrían encontrado sin duda algunos capítulos explicativos al final de la narración, con datos esenciales acerca de esta temida e ignorada clase social formada por los vampiros. Ann había acumulado a este respecto una gran cantidad de notas, y el señor Goëtzi, que (al menos en una de sus facetas) era un hombre bastante erudito, le había dado también valiosas informaciones.

Me doy cuenta de esto al pensar en los personajes de La Cerveza y la Amistad, tanto animales como personas, ya que aquí los animales eran tan personas como los demás.

Sin duda hay muchas cosas asombrosas que explicar acerca de las criaturas que conservan ciertas condiciones humanas, aun sin ser humanas.

Por ahora me limitaré a explicar, de pasada, una de las anomalías más singulares de su especie: la divisibilidad del animal o, como a Ella le gustaba decirlo, de forma más científica, su dividualidad.

Cada vampiro es en sí mismo un grupo, representado generalmente por una forma concreta, pero que tiene además un número indefinido de posibles nuevas manifestaciones. El célebre vampiro de Gran, que aterró a los habitantes que viven entre las riberas del Danubio y la ciudad de Ofen, en el siglo XIV, se aparecía como hombre, mujer, niño, cuervo, caballo y pez. La historia de Hungría así lo constata. La señora Brady era una mujer vampiro de Szegedin, que también podía adoptar las formas de gallo, militar, abogado y serpiente.

Aparte de esta peculiaridad, muy enigmática ya para la ciencia, parece ser que estas subformas son capaces a su vez de desdoblarse en otras, del mismo modo en que lo hace la forma principal.

Ésta es la explicación precisamente de que la familia del mesonero pudiese encontrarse al mismo tiempo dentro y fuera del salón, lo que dificultó enormemente la defensa del pobre Merry Bones.

Pero es necesario que destaque también otro hecho, quizá más extraño aún: la familia del mesonero sin cara, sea vista como un grupo vivo (hasta cierto punto), o como un sistema puramente mecánico, movido por los engranajes del reloj, estaba formada completamente por figuras accesorias. De hecho faltaba en ella la forma principal.

Lo comprenderán todo mejor cuando les explique que el jefe de ese grupo, la única alma del clan era... ¡Sí, lo han adivinado! Tanto el mesonero como su mujer, su perro, su loro y su niño, e incluso puede que hasta su reloj de cuco... eran en realidad ¡el señor Goëtzi!

Enseguida les daré pruebas irrefutables de ello...

Es imprescindible que ustedes sepan que este grupo de seres, al mismo tiempo plural y singular, capaz de materializar grotescamente el más impenetrable de los misterios de nuestra fe cristiana, no nace todo de un tirón. Se va formando y redondeando a través de la conquista, del mismo modo que lo hace el ganador de ese juego de cartas que imita a una batalla y que tanto apasiona a los niños. Es parecido a una bola de nieve; el despreciable señor Goëtzi, por ejemplo, tuvo que beberse primero la sangre de todos los habitantes de La Cerveza y la Amistad, antes de lograr incorporar sus presencias. Aunque tendrán que reconocer ustedes que el resultado obtenido constituye un privilegio extremadamente cómodo.

 

 

Pero seguiré, pidiéndoles permiso para retroceder un poco en el tiempo, con el fin de presentarles a los principales personajes de esta historia: Edward S. Barton, Cornelia, el conde Tiberio y Letizia Pallanti.

 

 

En la otra orilla del Rin, al este de la ciudad de Utrecht, alejados ya de estas llanuras que deben su existencia a la victoria del hombre sobre las aguas del mar, en una alegre región de bosques y cerros, se levanta el castillo de Witt. En él vivía Tiberio Palma d'Istria, de los condes de Montefalcone, que había entrado a formar parte de la noble familia de los Witt gracias a la boda con la condesa Greete, tía carnal de nuestra querida Corny.

La condesa Greete era muy bella, educada en las letras y en las ciencias, pero, sobre todo, tan buena y generosa como se describen normalmente a los ángeles del cielo. Por desgracia, su educación no había llegado tan lejos en lo que respecta a la música, danza e idioma italiano, que por aquella época estaban de moda. Después de morir los padres de Cornelia, ésta quedó bajo la tutela del conde Tiberio, que debido a estas carencias de educación tuvo que buscarle una institutriz. En aquel tiempo Italia facilitaba tantas institutrices como actualmente lo hace Inglaterra. No sé exactamente por qué referencias, pero lo cierto es que se escogió a la signora Pallanti, ya que no parecía existir en el mundo entero una persona tan maravillosa y completa como ella. Casi era comparable a la condesa Greete en lo que respecta a los autores griegos y latinos. Conocía a la perfección el álgebra y la trigonometría; recitaba las tragedias francesas de memoria, incluidas algunas de Voltaire, con singular encanto; bailaba como la mismísima Terpsícore, tocaba además la guitarra, el arpa, el clave y la lira de tres cuerdas; era capaz de recitar toda la Jerusalén liberada, de atrás hacia adelante, es decir, comenzando por el último verso.

Dicen que para los entendidos es un auténtico placer poder escuchar un divino poema recitado de esa forma.

La signora debía de tener entonces unos veinticinco años, aproximadamente. Los informes sobre su pasado eran realmente vagos, pero ella era del tipo de persona que se recomienda por sí misma, y su llegada al castillo de Witt fue una auténtica fiesta. La querida condesa Greete debió de besarla más de cien veces.

Únicamente el conde Tiberio la recibió de forma más severa, a pesar de su notoria hermosura. No le agradaban, según decía, las damas levemente regordetas (porque lo cierto es que Letizia parecía muy bien alimentada), y los niños prodigio le asustaban un poco. Por otro lado, a él le parecía que aquella hermosa extranjera tenía además poco cabello.

Letizia era morena. Su cabello negro era, realmente, muy corto, y al conde Tiberio le chocaba este detalle, acostumbrado como estaba a la espléndida cabellera rubia de su esposa, cuyo cuerpo podría haberse tapado por completo con las ondas de su pelo suelto.

Pero daba la impresión de que a Letizia tampoco le interesaban demasiado los gustos del conde Tiberio. Entregada por completo a sus tareas de institutriz, encontraba la forma de retribuir las bondades de la condesa Greete, a la que dedicaba casi todas sus atenciones. Cornelia, bajo su tutela, hizo progresos cercanos a lo milagroso. Todas las noches tenía lugar un concierto en familia y, en ocasiones, Greete y Letizia rivalizaban sabiamente en sus recitales de poesía griega o latina. En resumen: el castillo de Witt era la propia imagen de la felicidad.

Cornelia adoraba a su hermosa institutriz. Incluso se empeñó en llevarla con ella en uno de sus viajes de vacaciones a Inglaterra, y la propia familia Ward quedó inmediatamente prendada de una joven tan encantadora como aquella institutriz.

En aquella época yo era muy pequeña, pero todavía me parece recordarla. Nunca en mi vida he vuelto a ver a una mujer tan seductora como Letizia.

Nuestra querida Ann la admiraba. A pesar de ello, después de todo lo que pasó, llegó a confesarme que en ciertas ocasiones la acometían vagos temores, y un miedo misterioso que se entremezclaba con el sentimiento que la atraía constantemente hacia la bella italiana.

Algo de lo que puedo dar fe personalmente es de que el señor Goëtzi, que por entonces era el tutor de Edward Barton, mostraba hacia ella el más completo desinterés. También Letizia desviaba la mirada cada vez que el señor Goëtzi entraba en la estancia.

A pesar de ello, cierta noche los encontré juntos en la vieja avenida de castaños. Yo era tan curiosa como cualquier niño de mi edad, y por eso me acerqué de puntillas para no ser sorprendida. Pero cuando llegué hasta el sitio donde me había parecido verlos, no había nadie allí. Sentí miedo...

Letizia partió con su alumna al final del otoño y fue recibida con auténtica alegría en el castillo de Witt. La condesa Greete la había echado realmente de menos. Incluso Tiberio mostraba ya una cara mejor, y cierta velada en que ella cantó Llueve, llueve, pastora, el señor conde le dijo a su esposa:

—Tenéis razón, condesa. Esta joven sería maravillo­sa, con que sólo tuviese vuestros cabellos.

Era un comentario sin mayor importancia, de esos que se dicen y se olvidan. Sin embargo, no sé por qué, la condesa Greete palideció.

Fue justo por aquellos días cuando el conde Tibe­rio dejó de mofarse de las damas ligeramente obesas.

Y mientras acariciaba los cabellos de su mujer, en ocasiones le decía bromeando:

—La verdad es que podríais compartirlos con la signora Pallanti.

Estoy convencida de que la buena condesa habría aceptado hacerlo, a pesar de que lo que Letizia deseaba no era precisamente compartir.

Cierta mañana llegó al castillo de Witt nuestro vie­jo conocido Goëtzi, quien se cuidó mucho de decir que acababa de ser despedido como tutor de Ned Bar­ton. En vez de hacerlo, pretendió haberse apartado de su camino para traerle a Cornelia las últimas noveda­des de sus parientes de Stafford. Fue bien recibido, y él aceptó aquella hospitalidad hablando constantemente de los Ward y de los Barton como si realmente contase todavía con su afecto y su amistad.

Se trataba, en definitiva, de un caballero instruido, agradable, y con un elevado conocimiento del mundo. Además era un buen jugador de whist, de chaquete y de ajedrez. Su presencia debería haber animado la vida en el castillo, pero no fue así. Sin que pudiesen expli­carse los motivos reales del hecho, el conde Tiberio se tornó taciturno. No podría afirmarse que se apartase de su mujer, pero sí que sus relaciones con ella se en­friaron.

Por otro lado, la buena condesa perdió un poco de su encanto. Se mostraba inquieta y padecía mareos y jaquecas. Casi podría decirse que estaba palideciendo paulatinamente, adelgazando, e incluso envejeciendo.

Y su magnífico cabello iba menguando casi a ojos vista.

Debo reconocer que éste era un detalle no dema­siado extraño en la condesa Greete, que ya no tenía veinte años; pero normalmente, cuando una hermosa dama pierde sus cabellos, es porque cada mañana que­dan presos en el peine, y sus doncellas pueden incluso lamentarse por cada uno de aquellos rizos que caen. Pero no fue el caso. Entre los dientes de carey no apa­recía ni un solo pelo, y a pesar de ello éstos se caían... ¡Ya lo creo que se caían!

¡Y lo más sorprendente! Fue justo en aquella época cuando los cabellos de Letizia comenzaron a crecer. Pa­recía como si se estuviese cumpliendo el deseo que ha­bía formulado en broma el conde Tiberio y la buena condesa estuviese compartiendo sus cabellos con la signora Pallanti.

Pero no era posible, porque una era rubia y la otra morena. Sin embargo, en lo que respecta a la cantidad, las proporciones se fueron manteniendo casi de forma rigurosa, de modo que todo lo que Greete perdía, Letizia lo ganaba instantáneamente.

Debo reseñar aquí que, desde la llegada del señor Goëtzi, Letizia utilizaba su loción capilar, recomenda­da por aquel hombre sabio. Una loción que, no obs­tante, fue inútil para la pobre condesa, que en vano in­tentó también utilizarla. A pesar de la existencia de aquel tonificante tan beneficioso para Letizia, la con­desa Greete veía desesperada cómo su cabeza se iba despoblando. Me duele tener que pronunciar esta pa­labra, pero no me queda otro remedio: ¡se estaba que­dando calva!

Y comenzaba a experimentar la horrible certeza de que era la institutriz la que le estaba robando el cabello.

Pero era algo imposible de explicar. La condesa Greete no quiso siquiera intentarlo. Sabía perfecta­mente que al primer comentario sobre el asunto, todos la tomarían inmediatamente por loca, de tan absurdas como eran sus sospechas. Además, ¿a quién podía con­társelo? Cornelia adoraba a su tutora, y la pobre Greete casi podía escuchar anticipadamente su alegre risa si llegaba a sugerir algo tan rocambolesco.

Además, ¿de qué forma podría quejarse? ¿Qué pruebas tenía?

Sólo le quedaba el conde Tiberio, su marido. Se le puede confiar todo al hombre que se ama. No existen absurdos comentarios entre dos enamorados... pero, ¿acaso Tiberio la amaba todavía? Él se mantenía vigo­roso y jovial, mientras que ella parecía haber envejeci­do diez años en apenas unos meses. Tiberio la miraba ahora sólo con pena. Se ausentaba con frecuencia. Se­gún la maravillosa cabellera de Greete se iba trasplan­tando a la cabeza de Letizia, Tiberio iba olvidando cada día más el camino del dormitorio nupcial.

La sospecha entró entonces en el corazón de la buena condesa como si fuese el filo de un puñal. No sé cómo describir la obsesión de aquel desdichado espíri­tu amargado. Comprendió que Letizia se había con­vertido en su rival, y que había vencido y terminado con ella utilizando como arma precisamente sus pro­pios cabellos. Tiberio seguía apasionado por aquella melena, sólo que a partir de ese momento la amaba so­bre una frente diferente.

Cierta noche en que se encontraba sola en su cuar­to escuchando en la distancia las notas del arpa, ya que había un concierto en el salón, se sintió arrastrada por una fuerza irresistible. Bajó por la escalera y, por pri­mera vez después de mucho tiempo, llegó hasta la en­trada del saloncito familiar.

¡Cuánta dicha había degustado entre aquellos agradables artesonados, testigos mudos de su felicidad pasada!

Pero no entró. Cornelia tocaba el clave. Tras ella, Tiberio y Letizia conversaban, sentados en el diván. Los dedos de su marido se hundían en la rizada cabe­llera que ahora caía de forma ondulada sobre los hom­bros de la signora Pallanti.

La condesa Greete se llevó las manos al pecho, con­vencida de que su corazón iba a estallar. Sin decir nada, intentó regresar a su dormitorio, pero sólo lo consiguió con la ayuda de la vieja Loos, a quien se en­contró en el camino.

Al sentirse herida en lo más profundo de su ser, le dijo a su nodriza:

—Querida amiga, cuando era apenas una niña, te confiaba todos mis temores; escucha ahora cuál es la terrible angustia que será la causa de mi muerte.

Conversó durante mucho tiempo, con voz frágil y llorosa. Loos la escuchaba con las manos unidas. Sin embargo, lo que más sorprendió a su nodriza no fue la traición del conde Tiberio y de Letizia, que todos en el castillo conocían, excepto Cornelia, que era pura e in­maculada como un ángel. Lo que más la asombró, in­sisto, fue un detalle que le contó la condesa:

Siempre que llegaba la más impenetrable oscuri­dad, aproximadamente a medianoche, su permanente insomnio cedía por unos minutos. Caía entonces en un pesado sopor, que era casi una tortura.

De esa forma, y noche tras noche, se le repetía siempre el mismo sueño: ella notaba cómo un hombre se acercaba sigilosamente a su cama y empezaba a de­pilarla con una pinza de acero, arrancándole uno por uno todos sus cabellos.

No podía imaginar quién era aquel hombre, porque nunca consiguió abrir los ojos en su presencia. Cuando él desaparecía, la condesa sentía en su cabeza, una sensa­ción semejante a una quemadura, y la luz del velador derramaba sobre los objetos unos brillos de color verde.

Pero no terminaba ahí el asunto. Apenas unos mi­nutos después, se escuchaban gritos distantes en me­dio del silencio. Eran gritos de mujer, que parecían proceder del ala del castillo donde descansaba normal­mente la signora Letizia.

Después de haberle contado tan sorprendente his­toria, la condesa Greete se durmió de dolor y de can­sancio entre los brazos de su anciana nodriza.

En lugar de retirarse como era habitual, ésta se des­lizó entre la cama y la pared y se escondió entre los cor­tinajes.

Cerca de las once de la noche se apagaron los ar­moniosos sones procedentes del salón, y un poco des­pués comenzó a oírse la fuerte respiración de la conde­sa, que parecía haber caído nuevamente en su sopor.

En aquel momento se abrió sin ruido la puerta del dormitorio y el señor Goëtzi apareció en el umbral. Loos lo vio perfectamente mientras atravesaba la es­tancia y se acercaba sigilosamente a la cama. Loos tendría ahora ciento cuarenta años y la condesa Greete unos ciento dieciocho. El señor Goëtzi, pensando que nadie lo vigilaba, dio rienda suelta a su naturaleza de vampiro. Despedía unos bellos reflejos verdes, y su la­bio inferior brillaba, rojo como un hierro incandes­cente. Sus cabellos, revueltos, temblaban y se agitaban también como llamaradas. Se trataba sin lugar a dudas de un gallardo vampiro.

Lo primero que hizo fue inclinarse sobre la cama. Utilizando una larga aguja de oro que sujetaba con el índice y el pulgar, pinchó a la pobre condesa detrás de la oreja izquierda y, aplicando inmediatamente sus la­bios sobre la herida, succionó la sangre durante diez minutos exactos. Aquello era lo que estaba haciendo perder el color y envejecer a la bella dama. Su naturale­za saludable se resentía inexorablemente, como se pueden imaginar, después de que cada noche se repi­tiese semejante operación.

Por otro lado, el señor Goëtzi parecía beber sin placer, únicamente para mantenerse en forma. Sólo se embriagaba por placer con la sangre de las doncellas. Después de beber su dosis acostumbrada, guardó la aguja de oro y extrajo una minúscula pinza de depilar, con la que fue arrancando, uno por uno, un mechón de cabellos de la cabeza de la condesa. Según los iba extrayendo, los iba colocando en un manojo, igual que hacen las espigadoras con el trigo.

Mientras tanto, la pobre dama gemía débilmente en sus sueños. La anciana Loos, paralizada de espanto, no podía creer lo que veía. En cuanto el doctor Goëtzi ter­minó su repugnante tarea, se marchó tan contento, tara­reando una copla en serbio, que es el idioma que habitualmente utilizan los vampiros para hablar entre ellos.

Lo primero que pensó Loos fue despertar a la conde­sa, a Tiberio... a todos, para arrojar al señor Goëtzi a una caldera hirviente. Las personas sin mucha cultura pien­san que se puede uno deshacer de un vampiro cocinán­dolo, pero están equivocadas. Y mientras la anciana se desperezaba, ya que el terror la había entumecido, pudo escuchar en la distancia los gritos de mujer de los que le había hablado la condesa.

La asaltó una irresistible curiosidad. ¿Además, qué importancia tenían unos minutos más o menos? Aban­donó su escondite y se alejó del dormitorio para seguir en silencio por el pasillo, guiándose por aquellos gritos.

De esa forma alcanzó los aposentos de Letizia, cuya voz reconoció perfectamente. La signora Pallanti grita­ba y lloraba como alguien al que están despellejando. La anciana acercó inmediatamente un ojo a la cerradu­ra para saber lo que ocurría.

Por el agujero pudo ver a Letizia, acostada sobre su cama, que se retorcía de dolor. El señor Goëtzi se encontraba en pie junto a ella, sujetando en la mano su larga aguja de oro. ¿Alguna vez han visto ustedes a alguien pinchar las coles? Pues bien, esto era exacta­mente igual. El señor Goëtzi practicaba, con su aguja dorada, pequeños agujeritos en el cráneo de la signora Pallanti, en los que implantaba uno por uno todos los cabellos de su desdichada ama.

Al verlo, la furia de la anciana no tuvo límites.

—¡Ah, malditos diablos! —exclamó—. ¡Ya las pagaréis todas juntas! ¡El horno estará bien caliente!

Pero en su enfado, había hablado sin prudencia. El señor Goëtzi pudo escucharla y paró inmediatamente de trabajar. Aquello no asustó a la anciana, que pensó que tenía la suficiente ventaja como para huir corrien­do. Pero al incorporarse para escapar, se encontró de frente con el propio señor Goëtzi, que le cerraba el paso. Retrocedió sorprendida, mientras se preguntaba cómo habría podido semejante monstruo dar la vuelta a su alrededor sin que ella lo viera.

El vampiro sonreía mientras se acercaba a ella, que ahora se encontraba de espaldas a la puerta de la alco­ba de Letizia. Ésta se abrió justo en ese momento y el ruido la hizo girarse.

¡Quien salía del dormitorio era de nuevo el señor Goëtzi, sin dejar de sonreír! ¡Eran dos! Y ella se desma­yó, aniquilada por el asombro.

 

 

Imagino que este último detalle ya no les asusta ni les sorprende, después de haberse familiarizado con algu­nos de los misterios y secretos de la vida de los vampi­ros; pero intenten concebir el estupor de la anciana nodriza. El señor Goëtzi que salía de la alcoba y el que se aproximaba a ella por el corredor eran tan exactamente iguales que cualquiera que los hubiera visto acercándose, el uno al otro, habría dicho que se trata­ba de un hombre que se acerca hacia su propia imagen reflejada en un espejo.

También pudo ver las dos agujas de oro, puesto que cada uno llevaba la suya en la mano.

Por otro lado, a la desdichada anciana no le quedó precisamente mucho tiempo para admirar aquel pro­digio. Ella sabía ahora demasiado. Las dos agujas de oro se ensartaron en sus sienes al mismo tiempo, una a la derecha y otra a la izquierda, y la pobre nodriza de la condesa Greete expiró sin proferir un solo grito.

Los dos monstruos ni siquiera se molestaron en probar aquella sangre, que era demasiado vieja para ellos.

—Mi querido doctor —dijo uno de ellos—, ¿qué va­mos a hacer con estos despojos?

—Lo que más os apetezca, mi estimado doctor —contestó el otro.

Ambos extendieron sus manos sobre el cadáver, y éste se irguió sobre ocho patas. Acababa de convertirse en un perro doble, o en dos perros si se prefiere, con un mismo rostro, casi humano. Ambos fueron a colo­carse dócilmente junto a cada uno de los dos Goëtzi, que dijeron al mismo tiempo:

—Lo llamaremos Funchs. Y ahora sigamos con nuestro trabajo.

Entonces se abrazaron, fusionándose, mientras los dos perros hacían lo mismo.

Y así fue como nació aquel extraño animal del que hemos hablado en la posada de La Cerveza y la Amistad.

El señor Goëtzi regresó junto a la cama de Letizia y terminó de implantarle los cabellos recién robados.

En las siguientes vacaciones, la condesa Greete expiró, abandonada, en medio de un castillo desierto. Corne­lia se encontraba aquí, en casa de los Ward, donde se terminaban los últimos preparativos de su boda con Edward S. Barton. En esta ocasión no la acompañaba su institutriz Letizia, que había dado la excusa de asuntos de familia que la reclamaban en Italia.

Más tarde se supo que lo que había hecho era se­guir sencillamente al conde Tiberio a París, donde éste llevaba una vida completamente disipada, jugando, divirtiéndose y entregándose mutuamente a los exce­sos más desenfrenados. Su amor por la extravagancia había aparecido de forma repentina y un poco tardía. El día en que el señor Goëtzi le informó de la muerte de su desgraciada esposa, celebró una gran fiesta. La condesa Greete había muerto desesperada, teniendo sobre su cabeza apenas un mechón de pelo de su her­mosa cabellera. Un día después, el señor Goëtzi alqui­ló en las proximidades de Utrecht una pequeña casa, en la que instaló a la mujer calva que hemos visto al lado del mostrador de La Cerveza y la Amistad. Esa mujer, que le obedecía como una esclava, era todo lo que había sobrado de la condesa Greete. Tenía como guardián a Funchs, el perro de cara humana, y su nom­bre era señora Frasquita en holandés.

Al regreso del conde Tiberio tuvo lugar en el casti­llo una reunión entre los tres: Letizia, Goëtzi y él. Ha­blaron del reciente fallecimiento del conde de Montefalcone, el hombre más rico de los países del Istria y de Dalmacia, situados frente a la república de Venecia, al otro lado del Adriático.

Montefalcone había dejado una viuda y un hijo único. Si este muchacho muriese, Cornelia de Witt se convertiría en la heredera de la condesa viuda.

Y si Cornelia moría, la herencia de los Montefalcone pasaría a manos del propio conde Tiberio.

Lo cierto es que el conde no era malvado por naturaleza, pero en aquel momento se encontraba do­minado por Letizia, y ésta a su vez por el señor Goëtzi.

Permanecieron reunidos toda la noche, y al final de­cidieron que el señor Goëtzi viajaría a Viena para ocu­parse de aquellos asuntos, no precisamente domésticos.

Y el asunto principal era el joven Montefalcone, hijo del difunto conde y de la condesa viuda, que estaba destacado en Austria como capitán del regimiento de Liechtenstein, y vivía en la corte del Emperador José II. Era un individuo de cuidado.

El señor Goëtzi partió acompañado de la mujer calva, Frasquita, y del perro Funchs. Nuestra querida Ann no me habló de aquel viaje. Lo único que sé es que al llegar a Viena se hospedaron en casa de un usu­rero que le prestaba dinero a Mario Montefalcone. El judío tenía en su poder documentos, firmados por el joven capitán, por valor de más de un millón de flori­nes. Se llamaba Moisés.

Tenía su residencia en el tercer piso de un enorme edificio del Graben, en el que vivía con su hermosa hija Débora, que todas las noches amarraba una escala en su terraza para cenar en su cuarto con el joven capi­tán Mario.

El viejo Moisés tenía en su túnica un bolsillo de cuero, donde siempre llevaba los documentos firma­dos por Montefalcone, que constituían su más precia­do tesoro. Nunca se quitaba la túnica para dormir. La terraza donde la hermosa y culpable Débora amarraba su escala de cuerda estaba forjada completamente en hierro.

Cierto día en que se celebraba una fiesta militar entre los ojaranzos del palacio imperial de Schoënbrunn, que son los mas altos del Universo, Débora insis­tió tanto ante su anciano abuelo que éste accedió a lle­varla a ver el desfile. Ella se vistió con sus mejores ropas y todas las joyas que el capitán le había ido regalando. Es­taba maravillosa. Sus perlas y rubíes valían exactamente tanto como los documentos que Montefalcone había firmado en favor de Moisés. También Montefalcone lu­cía, en aquel desfile, un uniforme nuevo. Los dos jóve­nes se sintieron tan felices de verse que con sus miradas intercambiaron la promesa de una cita para aquella mis­ma noche. También la mano del usurero descansaba so­bre el bolsillo de cuero que colgaba junto a su corazón. Todo el mundo se sentía feliz.

Pero mientras tanto, el señor Goëtzi, Frasquita y Funchs habían permanecido al cuidado de la casa del Graben. Durante la fiesta, le dedicaron todo el tiempo al dormitorio de la hermosa Débora, cuyas persianas bajaron para no ser descubiertos. El señor Goëtzi y Frasquita se turnaban en la terraza con una piedra de afilar, mientras Funchs montaba guardia en lo alto de la escalera.

Cuando el señor Goëtzi y la mujer calva termina­ron, las dos aristas superiores del barrote que sostenía el balcón estaban más afiladas que una daga.

Esa noche, cuando la plaza del Graben se hallaba desierta y solitaria, apareció el heredero de Montefal­cone, más alegre que nunca, y vestido con su abrigo de fiesta. Nada más aparecer, cayó una escala de seda desde la terraza de Débora.

Y el conde heredero comenzó a subir por ella. La escala era muy firme, ya que el barrote de hierro del balcón, convertido ahora en cuchilla, tardó mucho en cortarla. Sólo después de superar el segundo piso la es­cala del capitán se rasgó.

Pudieron escucharse entonces dos alaridos, uno de mujer, y otro del capitán. Inmediatamente volvió a reinar el silencio de la noche, como las aguas de un río se cierran nuevamente después de sumergirse en ellas quien por mala suerte cae de un puente.

Simultáneamente, el señor Goëtzi despertó al an­ciano Moisés para avisarle de que un malhechor estaba trepando hacia los balcones de su casa. El buen hom­bre salió corriendo, llevando el trabuco en una mano, mientras palpaba con la otra su bolsillo de cuero.

Funchs, el perro con cara de hombre, estranguló al usurero sobre el vano de su puerta.

El señor Goëtzi ya no tenía nada más que hacer en Viena. Después de vaciar el bolsillo de cuero, inició de nuevo su andadura, a la luz de la luna, con el corazón tan alegre que no dejaba de tararear canciones populares.

Y a partir de ese momento, la escolta del señor Goëtzi aumentó. Además del perro de rostro humano y de la mujer calva, o si lo prefieren, de Loos y de Greete, le acompañaban también un loro y un niño que jugaba con su aro durante la travesía. El loro era el usurero Moisés, de pico firme y garras curvas; y el niño era el propio capitán Mario. No se había encon­trado una figura mejor para aquel noble de uniforme refulgente.

En lugar de regresar por el camino de los Países Ba­jos, el señor Goëtzi se encaminó hacia el sudeste, atra­vesando el archiducado de Austria, la Carintia y la Carniola. Ella nunca me detalló si realizó aquel viaje en coche o a pie, pero hay un detalle muy curioso res­pecto al modo en que los vampiros y sus séquitos atra­viesan las corrientes de agua. Todo el grupo se apeloto­na contra el amo vampiro, hasta entrar dentro de él. Después de ello, el vampiro se tumba sobre el agua y rema, con los pies por delante, haciendo la plancha. Y por muy fuerte que sea la corriente, no logra impedir su avance.

Recuerden ustedes que, siempre que se tropiecen con alguna persona que nada en un río de esta forma, deben tomar todas las precauciones imaginables, pues sin duda se trata de un vampiro.

El señor Goëtzi se desvió ligeramente hacia el este, al llegar a Trieste, cruzó Istria, Croacia, y penetró en Dalmacia antes de internarse en los Alpes Dináricos hasta la frontera de Albania, que es donde se encuen­tra el castillo de Montefalcone, uno de los más impre­sionantes que existen en el mundo, y escenario de uno de los acontecimientos más dramáticos de nues­tro relato.

Todo en aquel lugar era abrupto, confuso, tene­broso, desde la hierba de las praderas hasta las nubes del cielo. Las cimas de las montañas trepaban hasta las alturas con una rabia salvaje, y sólo más adelante po­día divisarse una mezcla de torreones y almenas, de los que, por cientos de grietas, colgaban gigantescas cabe­lleras de lianas. Podían verse algunos pinos, creciendo entre los muros, y éstos parecían brotar a su vez de abismos insondables.

Si había alguna idea que predominase en aquella situación, ésta era la de la completa imposibilidad de penetrar por allí, a pesar de la voluntad del amo. Detrás de las estrechas ventanas alargadas podía adivinarse la emboscada de algún vigía al acecho; las troneras se abrían amenazadoras, y los puentes levadizos, erizados de rejas, colgaban sobre el vacío como trampas para gi­gantes.

No se veía ni un solo centinela sobre los muros, pero en la esquina de una de las plataformas, iluminada por los cuernos de la luna y casi completamente oculta por una nube achatada y escamosa como el lomo de un cocodrilo, podía verse la estructura cuadrada de una horca, de la que aún colgaba un esqueleto, alrededor del cual revoloteaban los cuervos.

El vampiro llegó unos minutos antes de la puesta del sol y se paró en la cima de una montaña muy ele­vada desde la que podía verse toda la región. Desde allí era posible divisar no sólo el castillo, sino infini­dad de pueblos y ciudades, valles estériles, fértiles campiñas, e incluso algunas islas en el mar. Durante un buen rato contempló extasiado tanta belleza, y en especial la propiedad de Montefalcone, una finca realmente imperial.

Una sonrisa imperceptible aleteaba en sus labios, rojos como brasas.

Entonces dijo: «¡Id!», y repentinamente le abando­naron los espíritus esclavos que lo envolvían. El loro levantó el vuelo, el perro brincó sobre la ladera de la montaña, y tras él marcharon la mujer calva y el crío, jugueteando con su aro.

Después de que se fueran, el señor Goëtzi se des­dobló nuevamente, para tener alguien con quien con­versar. Encendió una hoguera, y los que aquella no­che desde el fondo del valle elevaron su mirada a las montañas pudieron ver en la cúspide de una cima inaccesible, jamás hollada por nadie, dos resplando­res verdes acurrucados en la nieve, calentándose fren­te a una débil luz.

Era ya entrada la noche cuando regresaron sus es­birros. El castillo de Montefalcone se había transfor­mado en una masa informe en medio de las montañas. Detrás de sus murallas brillaban, en varios lugares di­ferentes, el resplandor de algunas luces.

A pesar de que el señor Goëtzi no había hablado con ninguno de sus esclavos, cada uno de ellos tenía instrucciones precisas acerca de lo que debía hacer. To­dos regresaron, aunque al mismo tiempo se quedaron también allá, en los diferentes lugares que les habían indicado. Y es que la propiedad de desdoblamiento les otorga incuestionables privilegios.

Aquellas mitades de demonios se sentaron en círcu­lo alrededor de la hoguera, menos el loro, que retrepó hasta el hombro de la mujer calva, y el señor Goëtzi escuchó sus informes. Frasquita fue la primera en ha­blar, diciendo:

—Soberano señor, yo entré en medio del cuerpo de la guardia que vigila la puerta principal, con mi barril de kirschwasser. Parece que aún tengo alguna belleza, porque los soldados querían agarrarme, mientras me llamaban «tesoro» y cosas por el estilo. Y he aquí lo que averigüé: la fortificación se encuentra en pie de guerra debido a una banda de salteadores que está asolando es­tas montañas. La guarnición es lo suficientemente nu­merosa como para defender por sí sola toda una ciu­dad. Cuentan además con abundante artillería. ¡Muy listo habrá de ser quien logre entrar allí dentro!

—¿Dónde has puesto tu barril? —le preguntó Goëtzi.

—Amo —contestó Frasquita—, está junto a la guardia, porque todavía estoy dando de beber a los soldados, que siguen llamándome tesoro.

El perro con cara de hombre comenzó a reír, y el loro picoteó la cabeza sin pelo de aquella espantosa vieja.

—De acuerdo —dijo entonces el vampiro—. Ahora te toca a ti, Funchs.

—Amo soberano —respondió el perro—, ya he reco­rrido las murallas. Sólo tienen un punto flaco, e inclu­so para entrar por allí serían necesarias palas y explosi­vos. Se trata de una explanada donde no hay guardia, pero colocaron un perro del tamaño de un toro. Lo cierto es que nuestros sexos son diferentes y...

—¿Y tú le cortejaste junto al muro? —le atajó el señor Goëtzi, sonriendo.

—Sí, mi amo y señor. Se acercó ardiente de ternura, y yo acabé con él estrangulándolo. Ahora soy yo quien está montando guardia allí, mientras él yace en el patio.

—Perfecto —le felicitó el señor Goëtzi, dándole una patada amistosa—. Ahora dime tú qué es lo que has he­cho, capitán.

El crío se limpió la boca, donde le quedaban restos de golosinas.

—Mi coronel —dijo haciendo un saludo militar—, yo fui a jugar con mi aro en el regazo de tres hermosas jóve­nes, que son las doncellas de la vieja condesa. Me llena­ron de dulces y me dijeron que van a tener nuevos vesti­dos negros, porque les llegó de Viena la noticia de que el único hijo de la casa se rompió la cabeza al intentar esca­lar como un tonto hasta la terraza de una judía...

Ahora recuerdo que todavía no he mencionado que estos desgraciados conservan un recuerdo muy le­jano de su estado original.

—¿Hay algo más? —preguntó entonces el vampiro.

—No, mi coronel. Las tres doncellas me dieron ma­rrasquino. Me resultaban familiares sus rasgos, aun­que por todos los demonios que no sabría decir por qué. Por cierto, existen algunos cotilleos en la guarni­ción: la anciana señora amaba mucho a su inocente hijo, y no desea seguir viviendo en un castillo que le recuerda constantemente su desgracia. Mañana mismo piensa partir hacia Holanda en busca de una muchacha que en estos momentos es la única heredera y a la que desea tener a su lado. Las doncellas también me dieron bombones de licor.

—¿Te quedaste con ellas?

—Sí, dejé allí mi doble, aunque levemente marea­do. Lo tumbaron en un rinconcito, con una botella de anís.

—Muy bien —dijo Goëtzi por tercera vez—. Es tu turno, Harpagón.

Le hablaba al loro, que estaba alisando sus plumas mientras hinchaba el lomo.

—Yo, mi amo y señor —dijo quien había sido el usu­rero Moisés—, tengo a mi réplica en este momento junto a la condesa viuda, a quien le he gustado mucho. En el momento en que me vio entrar, hace un mo­mento, por la ventana abierta, paró de quejarse y de sollozar. Casi diría que llegó a consolarse. Podría habe­ros relatado, con un estilo mejor, todo lo que los otros ya os han contado, pero como se trata ya de una histo­ria muy vieja, os haré un regalo mejor. ¡Tomad!

Y con estas palabras el loro extrajo de debajo de su ala un llavero, con todas sus llaves doradas y cincela­das, que depositó respetuosamente en las manos del señor Goëtzi, mientras decía:

—Éste es el juego de llaves de seguridad de la ancia­na señora. Con esto podréis acceder sin problemas hasta su dormitorio.

Goëtzi le dio una cariñosa palmada al loro, y se in­corporó diciendo:

—¡Todo marcha sobre ruedas! ¡A trabajar!

Y bajó por la escarpada ladera de la montaña, se­guido por su séquito de lacayos. Era ya noche cerrada cuando alcanzaron las murallas del castillo. Para poder salvar los fosos, anchos y profundos, y llenos de agua, utilizó el mismo método que había empleado para atravesar el río. No apareció ni un solo guardián para darle el alto. Todos los centinelas se encontraban con el cuerpo de guardia, empeñados en acabar con el ba­rril de kirschwasser, y conversando animadamente con la mujer calva. En el patio, el doble del perro Funchs se mantuvo en silencio. De esa forma fueron abriendo todas las puertas, utilizando las propias llaves de la condesa, y cuando atravesaron la antecámara donde se encontraban las tres doncellas, éstas se encontraban tan entretenidas en dar de beber curaçao al doble del crío que ni siquiera escucharon el menor ruido.

Incluso la pobre viuda fue incapaz de oír nada, sor­da como estaba entre el parloteo del loro. ¡Cuando se piensa que era la buena de Greete la que actuaba de ese modo! El perro con rostro humano, y que anterior­mente había sido la fiel Loos, se ocupó de devorar el rostro de la viuda, en cuyo lugar el vampiro Goëtzi sembró una espesa barba.

Debo citar aquí el hecho extraordinario de que el crío experimentó un ligero malestar al ver cómo le infligían tan denigrante tratamiento a los restos de la que había sido su madre.

Entonces el señor Goëtzi se marchó, después de pegar fuego en los cortinajes de la cama con la inten­ción de que aquello explicase la desaparición del cadá­ver, ya que, ni siquiera necesito decirlo, se llevó también con él a la desdichada viuda de Montefalcone, que se transformó desde ese momento en el mesonero sin rostro.

En el preciso instante en que el señor Goëtzi aban­donaba el castillo, la mujer calva desapareció con su barril de en medio de la guardia. También las donce­llas comenzaron a buscar sin éxito al muchacho del aro, que parecía haberse esfumado.

La tenebrosa comitiva, que acababa de incrementar su número con la presencia de maese Hass (que era el nombre que había adoptado el mesonero), viajaba de nuevo, en esta ocasión hacia el mar. Después de alcanzar la llanura, el vampiro se volvió y pudo contemplar un espectáculo sobrecogedor. El fuego se había extendido de los cortinajes a la cama, de ésta a toda la estancia, y de la estancia al ala del castillo en que se encontraba. Era algo maravilloso. Los precipicios, tan extrañamente iluminados, reflejaban ahora el misterio de sus enigmáticos abismos, las cimas nevadas despedían destellos púr­puras y, en el centro de la escena, el fuego se despeinaba al viento como si fuese una gigantesca antorcha. Con frecuencia me ha dicho nuestra querida Ann que no hay nada tan hermoso e impresionante como un incendio en la montaña. Por mi parte, no puedo asegurarlo con conocimiento de causa.

A pesar de su acostumbrada indiferencia frente a las bellezas de la naturaleza, el señor Goëtzi se paró un momento, aunque inmediatamente continuó su ca­mino, atravesó el Adriático en una elegante tartana, y sólo paró después de recalar en Venecia. No les hablaré del Carnaval. Ella ya lo ha hecho en unas páginas de maravillosa magnificencia. Únicamente les diré que, mientras descansaba de sus andanzas, el señor Goëtzi atrajo mediante argucias a la hija de un gondolero del Lido y calmó su sed con la sangre de la muchacha. Así fue como se recuperó por completo.

Mientras el vampiro iniciaba su viaje por Dalmacia, Ned Barton se dirigió hacia Holanda para prepa­rar su boda. El conde Tiberio vivía entonces en la bella mansión que había adquirido en Rotterdam tras la muerte de su esposa. Aún no conocía, al desembarcar Ned en los Boompies, el trágico final de su primo, conde de Montefalcone.

Supongo que no les sorprenderá que les diga que Cornelia, demasiado preocupada por su felicidad, o por decirlo mejor, por Edward Barton, no se había dado cuenta de las relaciones que ya existían entre Tiberio y Letizia Pallanti.

Puede afirmarse incluso, con absoluta certeza, que era la única persona de Rotterdam que no conocía las andanzas de su preceptor. Tras su viaje a París, Letizia aparecía descaradamente en público, mientras prego­naba orgullosamente: «¡Ahora soy la dueña y señora de la casa de mi antiguo amo!»

No obstante, la situación cambió un poco con la lle­gada de Ned. Les pido que recuerden que se trataba de un inglés muy joven, es verdad, pero cuya edad no influía negativamente en él. De hecho, ser inglés im­plica ya una cierta supremacía; la mera presencia de uno de ellos impone las reglas y conquista el respeto de los demás.

De cualquier forma, piensen lo que piensen, lo cierto es que ante él Tiberio comenzó a experimentar vergüenza, y Letizia a sentir miedo.

Gracias a él todo volvió a la normalidad, y debido a su presencia, sobrevino una tregua en medio del es­cándalo.

Sin embargo, Ned Barton había traído con él a su sirviente, un pobre irlandés atolondrado, charlatán, perezoso y descuidado, improper de la cabeza a los pies, y cuyo pequeño cerebro no tenía ni siquiera seis peniques del más elemental sentido común.

Exageradamente curioso y descarado, y con muy poco sentido de su propia dignidad, desató su lengua en todos los corrillos de la cocina y del exterior de la casa, que en pocos días se enteró de toda la historia mucho mejor que los propios testigos de la misma.

Merry Bones no soportaba a la Pallanti. Suele pasar frecuentemente, entre sirvientes e institutrices. En más de una ocasión, mientras afeitaba a su joven amo, había sentido deseos de desahogarse con él, pero Ned siempre se negó a prestarle oídos.

Cierta mañana de enero, después de extender el ja­bón por las mejillas de Ned, y con la navaja todavía suspendida en el aire, dijo:

—Querido Señor, Holanda puede no ser un mal país, debido sobre todo al squidam, pero su cerveza es floja. ¡Recordad mis palabras! ¡Muchos perros muer­tos flotarán Mosa abajo antes de que tenga lugar vues­tra boda en marzo!

Frotó rápidamente la navaja contra la palma de su mano.

—Vamos —le dijo Edward—. Date prisa.

—Esa maldita institutriz también tiene prisa —explotó el irlandés—. Prisa por hacer daño y jugaros una mala pasada. Y si me equivoco, que el Señor me casti­gue al fuego eterno. ¿Habéis notado cómo os mira?

—¡Vamos! —insistió el muchacho—. Te he dicho que te des prisa.

—Ya le ha sacado no sé cuántos cientos de miles de ducados a ese cretino. Hablo del conde Tiberio. Y ni siquiera es la señorita Cornelia quien ocupa ahora la cabecera de la mesa.

—¡Es cierto! —exclamó Edward.

—Ni las alcobas principales. ¡Musha! ¡Qué país tan extraordinario es Holanda! ¡Las institutrices lucen pendientes de diamantes! ¿Queréis apostaros conmigo dos piezas de seis peniques, es decir, un chelín, a que os puedo decir algo que no sabéis? Porque, ¡bendito sea Dios!, su Excelencia nunca se entera de nada. Su primo de Montefalcone, me parece que ése era su nombre, el que servía como capitán, acaba de morir allá, no recuerdo bien dónde. Y esa maldita maestra fue la primera en saberlo.

Edward le escuchaba finalmente.

—¿Estás completamente seguro? —le preguntó al muchacho.

—Y recibió la noticia a través de ese pillo de Goëtzi.

—¿Lo has visto, entonces?

—Uno se fija en todo, ¿no es cierto? Es la mejor manera de informarse.

—En cualquier caso —prosiguió Ned—, es la condesa viuda la que va a heredar a su hijo, el capitán.

Merry Bones limpió la navaja y sacudió su espesa cabellera.

—Desde luego, desde luego, Excelencia —contestó—. Pero, ¿queréis saber mi opinión? Estoy seguro de que la condesa no llegará a vieja ahora. Y cuando la conde­sa viuda desaparezca, ¡que se cuide la señorita Corny! ¿Me comprendéis? La riqueza del conde Tiberio se ha visto mermada en sus tres cuartas partes, sin llegar a saciar el hambre de esa institutriz. Espero que me en­tendáis.

 

 

Fue por esa época cuando las cartas que Ned y Corny le mandaban a nuestra querida Ann comenzaron a perder ese tono de despreocupada dicha.

Pero hasta finales de febrero no se supo de la muer­te de la condesa viuda de Montefalcone, que convertía a Cornelia en una rica heredera. El señor Goëtzi ya ha­bía vuelto, aunque no aparecía en público. Tramaba una conspiración para intentar que Edward realizase algún acto violento que sirviese como excusa para romper el noviazgo.

Sin embargo Edward Barton no cayó en aquella trampa; se guardó muy mucho de mostrarle a la signora Pallanti todo el desprecio que le tenía, y mantuvo una compostura tan natural frente a ella que ésta ter­minó creyendo en sus buenos sentimientos. Aunque fue una desgracia que pasara eso.

Respecto al conde Tiberio, Ned continuó yendo a su casa, que era el único lugar donde podía verse con Cornelia. Tiberio se mostraba cada día más soberbio con él, e incluso despectivo algunas veces.

El compromiso matrimonial era tan público que resultaba prácticamente imposible romperlo, aunque se realizaban retrasos que eran claramente equivalen­tes a esta ruptura. Con esa intención se dijo que era necesario realizar un viaje hasta el castillo de Monte­falcone antes de la boda, y que Edward Barton no iría.

El joven no protestó.

Esa era por lo menos la impresión que se tenía des­pués de leer las cartas que recibió nuestra querida Ann, todas juntas, la noche de la víspera de su boda.

Se hace necesario que indique aquí que aquellas es­quelas no fueron completamente sinceras. Escondían levemente la verdad. Se trata de un escrúpulo caracte­rísticamente inglés. En Inglaterra sentimos horror ante algo tan escandaloso como un secuestro. Cuantas más libertades les damos a los jóvenes de nuestras fa­milias, tanto más les exigimos que no se salten nunca las más elementales normas de conveniencia. La de­cencia es una virtud típicamente inglesa. Dudo mu­cho que nuestra querida Ann haya hecho figurar nun­ca un solo rapto en sus historias; me refiero a un secuestro consentido por la muchacha, ya que el rapto en sí es un acontecimiento mucho menos escandaloso.

Pues bien, en medio de aquellos miedos, desgracia­damente demasiado acertados, Edward Barton y Cor­nelia de Witt, tras intentar inútilmente encontrar otra solución, decidieron llevar a cabo aquella acción tan criticable como peligrosa, y que las personas de noble­za no pueden tolerar bajo ningún concepto. Porque la clase baja hace lo que se le antoja. Por ese motivo, y al sentirse plena y voluntariamente culpables de un acto impropio de ellos, Ned y Corny decidieron guardar si­lencio sobre él, de cara a sus amistades.

No piensen que estoy disculpando, ni siquiera de cierta forma, algo inaceptable para «las normas». Lo único que deseo reseñar es que ellos se estaban enfren­tando a un canalla sin escrúpulos y en quiebra, a una mujer perdida y a un vampiro. No podemos negar que su situación era realmente difícil.

El sirviente irlandés, Merry Bones, también ayudó lo suyo a llevarlos por el mal camino, aunque ojalá hu­biese querido el destino, en definitiva, que continua­sen por él, ya que de esa forma se habrían evitado terri­bles desgracias.

Si le hubiesen hecho caso al irlandés, que después de todo tenía algo de intuición, no habrían esperado hasta el último segundo para, una vez en Londres, y protegidos por las leyes inglesas, haberse burlado ale­gremente de los pérfidos malhechores que amenaza­ban tanto su felicidad como su fortuna y su vida.

Porque cuando finalmente decidieron dar aquel paso ya era demasiado tarde. La víspera del día en que pensaban fugarse, Letizia Pallanti acusó de arbitrarie­dad a la señorita Cornelia con tanta soberbia y altane­ría que la pobre y joven noble perdió por completo los estribos y la prudencia que la caracterizaba, para poner orgullosamente en su lugar a la descarada institutriz. Ese mismo día, que fue el último del mes de febrero, el conde Tiberio logró finalmente provocar una pelea con Ned Barton. Habían firmado el contrato el día anterior. Nada se había deshecho, pero, cuando Edward intentó aquella noche entrar en la casa, le ne­garon el paso.

Y cuando Cornelia intentó salir a la mañana si­guiente, se la retuvo como si fuese prisionera.

En semejantes circunstancias, nuevamente apare­ció el señor Goëtzi como un gran salvador. Con sus: «¡tened cuidado! ¡Debéis desconfiar de él!», aconsejó vagamente a Ned sobre un peligro que no concretó. También recomendó a Corny que fuese valiente. Sin embargo, Merry Bones, a quien trató de ahogar trai­doramente en las aguas del Mosa, mientras el fiel servidor cuidaba de la barca en la hora señalada para la fuga de su amo y de Cornelia, les contaría muy pronto la verdad acerca de aquel sujeto.

Ya saben ahora cómo acabó este capítulo de la boda interrumpida y de la huida fracasada. En medio de la noche, Cornelia fue arrojada sobre una silla de caballo y secuestrada, no por Ned, sino por la pareja de cana­llas que formaban Tiberio y Pallanti, que se adentra­ron por tierra hacia los dominios de Montefalcone.


SEGUNDA PARTE

 

Entre tanto, el sirviente irlandés había desaparecido sin dejar rastro hacia un lugar que ustedes conocerán en el momento oportuno. Ned, traidoramente avisa­do por el señor Goëtzi, se fue detrás de su amada por el antiguo camino de Gueldre, donde fue apuñalado por los enmascarados, antes de ser llevado moribundo por algunos campesinos hasta la posada de La Cerveza y la Amistad.

Ahora ya podemos regresar a ese peligroso antro en que dejamos a nuestra querida Ann, después de asistir al singular combate del pobre Merry Bones, mientras el reloj de cuco tocaba trece campanadas, contra la doble jauría que formaban aquellos esclavos al servicio del vampiro Goëtzi.

En cuanto Merry Bones abandonó el salón con aquellas extrañas palabras: «Me voy a buscar el ataúd de hierro», todo regresó inmediatamente a la normali­dad. Todos los miembros duplicados de la familia del vampiro Goëtzi se unieron hasta convertirse en figu­ras individuales, como si fuesen muebles plegables.

Sería fácil creer si les dijera que nuestra querida Ann contemplaba aquellas figuras con el mayor estu­por, y con la imaginación torturada ante la enigmática frase del criado irlandés. Pero no. Su mente, de una agilidad sin igual, ya conocía aquel tipo de trucos y era necesario algo más para poder sorprenderla.

No obstante, la vuelta a la calma la sorprendió, e incluso hizo callar a Grey—Jack, que profería maldicio­nes sin descanso, acariciándose con las dos manos sus mejillas hinchadas por las bofetadas de Merry Bones. Al pensar que, después de todo, éste sólo era un irlandés, Ella llegó a suponer que quizá había sido él el único cau­sante de la batalla de la que acababa de ser testigo.

Lo cierto es que, al observarlos mejor, tanto el me­sonero como su familia parecían bastante sosegados, y podría jurarse que la mujer sin pelo, en especial, era una maravillosa persona. El crío le trajo un jarro de cerveza al viejo Jack, que se lavó con ella sus doloridas mejillas, bebiéndose lo demás con auténtico placer.

Ella le pareció necesario repetir la orden que aca­baba de dar poco antes de que sonaran las trece cam­panadas en el reloj.

—Deseo ver —repitió nuestra querida Ann, con voz clara y segura—, a Edward S. Barton, esquire, que estu­vo o está en una de las habitaciones de esta posada. Y en el caso de que el desgraciado hubiese muerto, ya sea de forma natural o no, exijo que se me entreguen sus restos inmediatamente, para ocuparme de que se les de cristiana sepultura, de acuerdo con los criterios de la Iglesia.

Al oír aquellas palabras, Grey—Jack comenzó a gi­motear, mientras el mesonero y su mujer exclamaban:

—¡Ah! ¡El querido caballero! ¡Que Dios lo bendiga!

El crío, por otro lado, repitió:

—He visto al hombre muerto.

Y el perro con rostro humano aulló suavemente, como si fuese una mujer enferma, mientras le dedica­ba una lánguida mirada a la atrevida joven.

El loro seguía atusando la barba de su dueño, mientras repetía: «¿Ya has comido, Ducado?»

Ann nunca me explicó cuáles fueron los motivos que la llevaron a conformarse con aquellas respuestas, claramente vacías. El propio Walter Scott la acusaba, por cierto, de dejar muchos cabos sueltos en sus his­torias.

Cuando el mesonero le ofreció una buena habita­ción y una cama caliente, Ella aceptó, puesto que no había dormido bien desde que abandonara su casa.

El mesonero la llevó entonces hasta la alcoba, mientras sostenía una bandeja de té, acompañado por la mujer calva, que sujetaba los candelabros. El mozal­bete arrastraba el brasero, y el enorme perro cerraba la marcha. Grey—Jack no iba con ellos. A nuestra querida Ann no se le ocurrió siquiera preguntar por qué moti­vo la separaban de su criado, poco astuto, es cierto, pero muy fiel.

La verdad es que yo misma dudo un poco de este pasaje de la historia, en que nuestra querida Ann no se mostró demasiado coherente. ¿Cómo pudo confiar tan fácilmente en personas a las que acababa de ver duplicadas, para luego fundirse en una misma piel, antes de tener la menor información de lo que le ha­bía pasado a Ned? La respuesta a esta pregunta es que ni siquiera su más maravilloso relato, Los Misterios de Udolfo, está exento de esa inconsistencia. Ella no te­nía muy buena memoria, y su encantadora heroína, Emilia, dotada a pesar de ello de una profunda pers­picacia, está llena de ocasionales distracciones. Tam­bién se sentía exhausta por el esfuerzo, y ya se pueden ustedes imaginar que una muchachita como Ella, perteneciente a una familia sosegada, debía de tener la cabeza completamente alterada después de tan sin­gulares aventuras.

Lo cierto es que se fue a dormir a una cama bien ca­liente. La mujer calva colocó una manta con sumo cuidado; el mesonero dispuso sobre la mesa de luz todo lo necesario para tomar el té, y el crío encendió rápida y hábilmente las velas. Después de aquello, to­dos se retiraron deseándole buenas noches.

Ella se había quedado finalmente sola. En la puer­ta, chirrió la llave mientras le daban dos vueltas al ce­rrojo. Se escucharon unos pasos alejándose, hasta ex­tinguirse por el largo pasillo. El silencio habría sido absoluto de no ser por el viento, que sacudía, gimien­do melancólicamente, las maderas de la ventana.

Por primera vez desde que abandonara la casa de sus padres, nuestra querida joven estaba en una posi­ción lo suficientemente confortable como para entre­garse a las reflexiones. Sus primeros pensamientos la llevaron de vuelta hacia las alegres praderas de Staffordshire. ¡Ah! ¡Qué hermosa es Inglaterra, deliciosa reina del mundo, cuando se la contempla a través de las lágrimas derramadas por el exilio!

Mientras Ann estaba así, sumida en una especie de semiinconsciencia y poblada por vagos temblores, pudo escucharse un ruido sordo procedente del piso inferior de la posada: era el ronco barullo que suele producirse dentro de la caja de los relojes, antes de dar las campanadas de las horas. En cuanto éstas comen­zaron a tocar, se reanudó en la planta baja el concierto de gritos salvajes e insultos, en medio del confuso eco de una pelea. El bronce del reloj cantó catorce veces, y con él lo hizo el escuálido pájaro cu—cú. Después so­brevino el silencio, en medio del cual destacó la estri­dente voz del niño que jugaba con el aro, que decía: !He visto al hombre muerto.

Sus palabras despertaron a Ann, alterada por una gran impresión. ¡El hombre muerto debía de ser Ned! ¿Cómo pudo olvidarse ni siquiera por un momento de un duelo tan atroz? ¡Ned, el alegre niño con el que había compartido sus primeros juegos infantiles, y al que to­davía podía querer por lo menos como a un hermano!

¡Ned era el hombre muerto! ¡Ned! Justo entonces, nuestra querida Ann reconoció su cuarto. ¿Cómo ha­bía tardado tanto en hacerlo? Se encontraba en la ha­bitación descrita por Ned en su última carta, aquella desde donde le había gritado sus desesperados: «¡Soco­rro! ¡Socorro!»

Gracias al brillo de dos velas, cuyas alargadas me­chas producían más humo que luz, pudo ver los corti­najes con flores enormes y la colección de láminas con las proezas del almirante Ruyter, y además el agujero redondo, en frente de la cama, a unos ocho pies del suelo, como si fuese el antiguo paso de la tubería de una estufa...

De modo que era allí, en esa misma cama, donde Ned había exhalado su último aliento.

Las mechas se iban estirando, coronadas por ne­gros capuchones. Su humo esparcía por el ambiente una espesa y siniestra bruma. No sabría decir qué era lo que estaba escuchando, pero aquel silencio parecía gemir amenazadoramente.

Conforme aumentaba la oscuridad, ya que la luz de las velas se debilitaba cada vez más, y las oscuras sombras que coronaban las mechas se iban agrandan­do de forma gigantesca, las láminas, en lugar de velar­se, se veían más nítidamente, como si fuesen transpa­rentes y estuviesen iluminadas por detrás con tenues resplandores.

Ella escondió la cabeza bajo las mantas, exacta­mente igual que habría hecho cualquier pobre niña supersticiosa, aterrada por los misterios nocturnos.

Nada más esconderse, escuchó un ruido aparente­mente natural. Recordaba los pasos de un hombre, calzado con pesadas botas. Nuestra querida Ann lo es­cuchó y se repuso inmediatamente. Apartó las mantas con cuidado y prestó atención.

Estaba claro. Un tacón pesado, quizá de metal, gol­peaba el suelo muy cerca de Ella. Su miedo comenzó entonces a ser diferente, cada vez más intenso. Es posi­ble enfrentar a la muerte; se puede incluso encarar la deshonra, pero... ¡unas botas de hierro en el cuarto de una jovencita educada!... Lo primero que se le ocurrió a nuestra querida joven fue correr hacia una de las ven­tanas, abrirla y, si le daban tiempo, arrojarse de cabeza hacia la eternidad.

—¡Begorra!—exclamó una voz—. ¡La han colocado en el dormitorio de Su Excelencia! ¿Dormís, señorita?

¿Se trataba de un sueño? A Ann le pareció recono­cer el acento de Merry Bones, pero por más que escu­driñaba la oscuridad no lograba ver nada.

—¿Merry? —llamó a su vez.

—Sí —contestó el intrépido joven—, soy yo, perla mía. Animad un poco esas luces. A un cristiano le gus­ta poder ver claro.

Ya supondrán ustedes que, tratándose del desdi­chado Merry, no era cuestión de andar con remilgos. Ann encendió las velas, y en ese momento se dio cuen­ta de por qué no había visto hasta ese momento al in­trépido irlandés.

En vano trató de encontrarle de un primer vistazo, por toda la habitación iluminada. Merry estaba asomado al agujero de la estufa, como si fuese una ventana. Había deslizado por allí sus dos brazos, largos como pértigas, que gesticulaban exageradamente, mientras su extraña cara descarnada, pero de buen humor, pare­cía cortada por la mitad por una risa más ancha que un sablazo, entre sus gigantescas matas de pelo.

—¡Merry! ¡Querido amigo! ¿De dónde venís de esta forma? —preguntó finalmente nuestra querida Ann, ahora tranquila.

—¡Vaya! ¿No me oísteis? Vengo de buscar un ataúd de hierro.

—¿Cómo? —murmuró la joven.

En ese momento el criado irlandés desapareció, aunque pudo escucharse cómo removía algo al otro lado de la pared.

Un instante después el agujero quedó nuevamente tapado, pero no por la peluda cabeza del criado, sino por un objeto que, al rozar con las paredes del agujero, emitía un ligero ruido metálico. Parecía como si no pudiese pasar.

Después de un violento empujón final, el obstáculo logró franquear el muro, cayendo ruidosamente sobre el suelo de la alcoba.

El alegre gesto que era la sonrisa de Merry Bones reapareció por el ojo de buey, enmarcado por sus cabe­llos erizados.

Nuestra querida Ann intentaba inútilmente saber qué clase de objeto era el que había provocado ese es­truendo al caer. Después de que Merry Bones se insta­lase cómodamente en el agujero de la estufa, con sus dos brazos por fuera, como esos duendes de cartón que brincan en las tabaqueras, se decidió a explicarse.

—¿Ya os habréis fijado en lo pesado que es, no es cierto, pequeña flor? —musitó—. Eso se debe a que es de hierro...

—¡De modo que es el ataúd!

—¿Y qué iba a ser, si no? También pesa lo suyo, por­que está lleno.

—¡De qué, por Dios!

—¿De qué va a ser, señorita?

—¿Se refiere a un cuerpo?

—Claro. ¿Qué, si no?

—¿De quién?

—¡Qué demonios: de Su Excelencia, por supuesto!

—¡El cuerpo de Edward Barton!

—¡Efectivamente!

Ella profirió un alarido desgarrador.

—¡Musha! ¿Qué diantres os ocurre, señorita Ann? —preguntó el joven Merry.

El llanto de nuestra querida Ann le impidió oír la pregunta. Merry Bones comenzó entonces a gritar como un demente:

—¡Que el diablo me lleve si he trabajado poco esta noche! ¡Haríais mejor en escucharme, perla mía! Es verdad que hay un cuerpo en este cajón de metal. Si no lo hubiese, ¡que me asen como a un pescado y me arranquen todos los dientes negros estos malditos ho­landeses! Pero hay un alma, además, y muy buena, por cierto, aunque sea el alma de un inglés...

Ella no le prestaba mucha atención, aunque estas últimas palabras la hicieron dar un salto.

—¡Explicaos, Merry Bones! —ordenó autoritaria­mente—. ¿Estáis insinuando que el señor Barton todavía está con vida?

—En efecto, señorita; eso es precisamente lo que intentó decir.

—¿Y por qué no está moviéndose ahí dentro?

—Porque está durmiendo.

—¡Durmiendo! —exclamó la joven—. ¿Acaso creéis que alguien podría dormir después del batacazo del ataúd contra el suelo?

—¡Por supuesto que sí, señorita! Y no es que lo pien­se, estoy convencido de ello.

—¡De modo que ha tomado un narcótico!

Merry se encogió de hombros, sin darle importan­cia al comentario, y replicó:

—No sé qué es eso de un narcótico, lo que sé es que a Su Excelencia le han endosado té de amapolas con zumo de lechuga.

No sé si ustedes aprobarán la conducta de nuestra querida Ann, pero lo cierto es que mandó al criado re­tirarse del agujero y, echándose una manta sobre los hombros, se aproximó al ataúd de hierro, que tenía llave y cerradura como los baúles de viaje. Entonces la abrió, y levantó la tapa.

Al echarle el primer vistazo a su primo, se encontró con un gentleman sonriente y sonrosado como un Niñito Jesús, que a nuestra querida Ann le pareció más hermoso que antes.

Mientras Ella le miraba embriagada de emoción, el lacayo irlandés apareció por el agujero de la estufa y dijo:

—¡Qué simpático y amable es! ¿No le parece, señorita? Mientras os extasiáis contemplándolo, creo que bien podríais escucharme, puesto que no tenemos mucho tiempo y es preciso que os enteréis de cómo ha ocurrido todo. El día señalado para raptar a la señorita Cornelia y llevarla con su familia de Inglaterra, el señor Goëtzi, como buena araña que es, había preparado ya su red. Yo sucumbí en ella, de nada sirve negarlo, ¿y qué podrían hacer esos dos corderitos sin mi ayuda? A la señorita Cornelia la arrastraron al infierno como si fuese un paquetito y Su Excelencia recibió media do­cena de puñaladas en una emboscada. Pero sobrevivió. Iré directo al grano: yo estaba preso, pero escapé. Así fue como llegué hasta la posada de La Cerveza y la Amistad, ayer por la tarde, desfallecido de hambre y frío, y con una apariencia lamentable. Eso fue un poco antes de vuestra llegada, al anochecer. Ya me disponía a penetrar en el salón de entrada, sin sospechar nada, cuando se me ocurrió echar un vistazo por el ojo de la cerradura. Entonces vi a esa mujer sin pelo echando pétalos de amapola en un puchero, mientras el meso­nero molía la lechuga en un mortero. Los dos le esta­ban riñendo al crío, que les gritaba: «¿Para qué queréis dormir al hombre muerto?» Como os podéis imagi­nar, yo ya conocía a todos ésos, y no tenía la menor in­tención de entrar nuevamente en el avispero. Rodeé la casa en busca de una puerta trasera y, al no dar con ella, trepé por la enredadera hasta el tejado, deslizándome por la chimenea. Yo ya he sido deshollinador. La chimenea me condujo hasta la alcoba en que me en­cuentro. ¡Bien! El cuarto estaba desierto y a oscuras, pero oí voces en el cuarto vecino, que es el vuestro, y reparé en que el agujero desprendía luz. Asomé mi ca­beza por él y vi a tres hombres, quiero decir, a un caba­llero y a dos mitades de cretino. Seguramente ya le ha­bían obligado a beber a Su Excelencia el zumo en cuestión, porque estaba dormido. No le vi entonces mala cara, para tratarse de alguien al que han dado va­rias puñaladas. A su lado había dos señores Goëtzi, el auténtico, tapizando el interior del ataúd, y su réplica, practicando pequeños orificios en las paredes, con un taladro. La réplica comentaba: «¡Vaya tarea es ésta para un doctor de la Universidad de Turingia!»

»—No hay trabajo malo, amigo mío —contestó el otro Goëtzi—. Además, si yo soy ahora un tapicero, bien puedes tú hacer de cerrajero.

»—¿Y para qué hacemos todo esto, amo?

«—Porque he decidido retirarme, cuando sea ancia­no, en el precioso castillo de Montefalcone, del que nos convertiremos en dueños.

»—Gran idea —respondió la réplica, frotándose las manos—. Pero, ¿cómo vamos a convertirnos en propie­tarios de tan hermoso castillo?

»—Te lo diré, mientras sigues taladrando. A la pri­mera impresión, podría pensarse que nos estamos pre­cipitando en este trato. Pero quien sobreviva verá que hicimos lo mejor. El señor conde Tiberio Palma d'Istria me ha comprado el cuerpo de este joven inglés difunto, y debo mandárselo en su féretro. ¿Entiendes?

»—Perfectamente.

»—Además, la signora Pallanti también me ha ofre­cido una suma por este joven, aunque vivo.

»—¿Cuánto ofrece el conde Tiberio? —preguntó de nuevo el doble.

»—Nada menos que la sangre de la Pallanti.

»—No es gran cosa. ¿Y la Pallanti?

»—La sangre de la hermosa Cornelia.

»Los ojos de ambos vampiros brillaron al pronun­ciarse aquel nombre, y sus labios se enrojecieron como brasas.

»—No obstante —prosiguió la réplica del señor Goëtzi—, sigo sin entender cómo nos convertiremos en los dueños del castillo de Montefalcone.

»—Después de que nos hayamos bebido la sangre de la joven Cornelia —sonrió el auténtico Goëtzi—, ¿qué podrá impedir que nos incorporemos su cuerpo? ¿Aca­so alguna ley impide que conserve su actual figura? De esa forma será al mismo tiempo la señorita Cornelia de Witt, y yo mismo. De esa forma, yo, el señor Goëtzi, me convertiré en el legítimo heredero de Montefalcone. ¿Algún problema?

»Su réplica no tuvo ninguna objeción. Estaba claro como el agua de una fuente. En ese momento acaba­ron sus trabajos. El ataúd de hierro resultaba muy có­modo después de haber sido tapizado, y con el taladro acababan de practicar el último agujero. Entre los dos señores Goëtzi cogieron al desventurado Ned, que aún dormía, uno de la cabeza y otro de los pies, y lo acomodaron dentro del cajón, que inmediatamente cerraron con tres vueltas de llave...

Merry Bones le contó también cómo había visto todo aquello desde el ventanuco de la chimenea. Se arrancó la piel de las orejas de tanto rascárselas, por­que, según dicen, esto ayuda a pensar, y el criado irlan­dés estaba en ese momento rebuscando en todos los repliegues de su cerebro. ¿Cómo conseguir rescatar a su amo de las garras de esos canallas? Mientras se rom­pía la cabeza, el auténtico Goëtzi pasó una soga alrede­dor del ataúd y mandó a su réplica que abriese la ven­tana. Un afluente del Mosa llegaba hasta allí abajo, y tenían un bote esperando, a cargo de dos marineros.

—¡Ho! ¡Ho! —llamó el señor Goëtzi.

—¡Ho! ¡Ho! —le contestaron desde abajo.

—¡Listos para recibir la mercancía!

—Estamos preparados.

—¡Allá va!

Entre los dos Goëtzi izaron el ataúd y lo apoyaron sobre el alféizar de la ventana. Debemos indicar que el lacayo irlandés se había subido a un árbol para que su cabeza llegara hasta el agujero de la chimenea. La ha­bitación donde se encontraba servía como depósito de leña. En su tribulación, hizo un movimiento en falso, y uno de los troncos cayó al suelo. El ruido que produ­jo traicionó su presencia.

Al instante los dos Goëtzi giraron sus cabezas y le reconocieron. Silbaron entonces como si fuesen dos serpientes. En ese preciso instante brotaron de la tierra, por todos lados, el resto de los habitantes de la po­sada, y comenzó una terrible pelea, mientras que el au­téntico Goëtzi seguía bajando el ataúd hasta el bote.

Merry Bones no tuvo más remedio que enfrentarse entonces contra nueve. Afortunadamente, justo en ese momento llamaron a la puerta exterior de la posada. Eran nuestra querida Ann y Grey—Jack. Los espíritus del señor Goëtzi no tuvieron más remedio que desdo­blarse, y de esa forma Merry Bones logró huir a cabe­zazos, justo cuando el reloj del salón tocaba su deci­motercera campanada.

Después de ganar el exterior, rodeó la casa y co­rrió en pos de la embarcación, que descendía por el afluente del Mosa, cargando el ataúd de hierro. De­bemos imaginar que los dos marineros estaban borra­chos, lo que sucede a menudo. Gracias a ello facilita­ron la tarea de Merry Bones, quien, después de muchos esfuerzos, logró rescatar el féretro, cargándo­lo sobre sus hombros.

Mientras le contaba aquella historia, Ella perma­necía embelesada contemplando cómo dormía el que había sido su compañero de infancia.

Merry Bones sacudió su cabellera con un gesto de insatisfacción.

—Por favor, tened la gentileza de cerrar ese ataúd —dijo enojado—, u os seguiréis distrayendo y no acaba­ré nunca de contaros lo que pasó. Veréis, tengo un plan. Pero para llevarlo a cabo necesito saber si ya os habéis cansado de mirar a mi joven amo.

Nuestra querida Ann sonrió orgullosa y cerró de nuevo la tapa del ataúd.

—Eso está mejor —prosiguió Merry Bones—. Atendedme ahora. Al regresar, no logré escalar hasta el te­jado debido al peso de mi carga. Tuve que entrar por la cocina, y al hacerlo vi que ese hatajo de reptiles es­taba conspirando en el salón del piso inferior. De esa forma pude escuchar que, con la decimoquinta cam­panada (que va a sonar enseguida), van a celebrar una pequeña fiesta familiar a la que les ha invitado su amo. En efecto, están muy alegres; piensan que el ataúd de hierro se desliza por el río en dirección a Rotterdam, con mi amo dentro, y han planeado que después de esta fiesta se unirán a él para proseguir el viaje todos juntos, para llevar su carga hasta el castillo de Montefalcone.

—¿Y en qué consiste su fiesta? —preguntó la joven.

—En beberos a vos —replicó el criado.

Ella estuvo a punto de desplomarse.

—¡Beberme! —exclamó con voz apagada.

—Eso es —contestó Merry Bones, añadiendo—: Es cierto que prefieren a damas menores de veinte años, pero el propio señor Goëtzi les dijo: «A falta de nada mejor, beberemos a esta joven. Después de todo, Ann Ward debe de estar todavía bastante potable».

—¡Potable! —gritó nuestra desventurada amiga, uniendo sus manos crispadas—. ¡Potable! ¡Potable, Dios mío!

Ya imagino que tanto usted, mylady, como usted, señor, serán capaces de imaginar el cúmulo de senti­mientos que impresionaban a la joven Ann. No hay muchas situaciones tan espantosas como ésta en nues­tra literatura moderna.

«¡Potable!» El primer impulso de nuestra querida joven fue el de gritar:

—¡Corramos! ¡Escapemos, en nombre de Dios!

—¡Musha!—soltó el irlandés—. ¡No hay que ser idiota! ¡Tenemos la partida a nuestro favor! ¿Sabéis, mi queri­da perla, que he descubierto un hacha en la leñera? ¡Para partir leños! ¡Por las barbas de Belcebú! ¡Creo que todavía podemos divertirnos! Abrid el ataúd, sacad de él a mi joven amo y colocadlo dentro del armario, a la derecha de la chimenea... Vamos, deprisa. Me parece que ya oigo gruñir al maldito reloj, y todavía tengo que despertar a ese borrico de Grey—Jack. Nos hará falta.

Nuestra valiente Ann le obedeció rápidamente. Era hábil y fuerte, a pesar de su corta estatura. Sacó del ataúd a Ned, el gentleman y, levantando el cuerpo en sus brazos, lo llevó hasta el armario. Merry Bones no pudo evitar aplaudir.

—¡Cerrad las puertas! —dijo—. ¡Sois una joven mara­villosa! Ahora empujad este cajón debajo de la cama, de forma que quede bien escondido.

Ella le obedeció con la misma destreza.

—Y ahora —prosiguió animado Merry Bones—, es­condeos bajo las sábanas, y simulad que dormís como un ángel... ¡Begorra! ¡Me parece que ya oigo el reloj crujiendo ahí abajo!... Pase lo que pase, no os mováis, ni abráis los ojos... ¡Hasta pronto!

En el piso inferior pudo escucharse el ruido del reloj. Merry Bones desapareció rápidamente por el agujero, mientras sonaba la primera de las quince campanadas, inundando con sus vibraciones las sombras de la noche.

En cuanto el martillo del reloj golpeó el cobre por pri­mera vez, subió de la planta baja un ruido profundo, sordo y confuso. Se escucharon pasos en la escalera. Con la segunda campanada, los pasos ya se oían por el pasillo. Con la tercera, la puerta giró lentamente sobre sus goznes, y un resplandor verdoso inundó la alcoba.

Es verdad que la luz que despiden los vampiros au­menta, como el olor de los felinos, en momentos como ése.

El señor Goëtzi entró solo. Parecía una figura hu­mana que hubiese sido esculpida en el cristal de una botella, y la tenue luz de las velas que lo traspasaba pro­yectaba una sombra transparente sobre la puerta que acababa de cruzar. En ese momento sonó la cuarta campanada.

El vampiro se encaminó hacia la cama, y el corazón de Ann se paró definitivamente.

El señor Goëtzi se reclinó sobre la cabecera, y del interior de su cuerpo brotaron varias voces que decían ansiosamente:

—¡Sed! ¡Tenemos sed! ¡Empecemos la fiesta!

El reloj lanzó su quinta campanada.

El señor Goëtzi retiró ligeramente las mantas, sus labios encarnados se movieron en el gesto típico del catador que va a degustar el vino de una cosecha ex­traordinaria, y dijo con tenebrosa alegría:

—¡Paciencia, hijos míos! ¡El derecho al primer sorbo me pertenece!

—¡Daos prisa entonces, querido amo!

Según se dice, los vampiros tienen en la lengua una punta muy afilada con la que realizan el corte necesa­rio para satisfacer sus ansias repulsivas. Después del corte, beben del mismo modo que las sanguijuelas. Justo cuando vibraba en el aire el sonido de la sexta campanada, la puerta del cuarto se abrió de nuevo, y apareció por ella Merry Bones, escondiendo su mano derecha tras la espalda. Grey—Jack le seguía con la cabeza gacha. Recordaba a un perro apaleado. Un inglés se rinde siempre ante lo evidente, y las tortas que Grey—Jack había recibido en la decimotercera hora pa­recían haber sido fantásticas.

En cuanto vio al criado irlandés, el señor Goëtzi silbó, y toda la familia de espectros le brotó simultáneamente del cuerpo. Con un segundo silbido, todos, incluido él mismo, se desdoblaron. Entonces resonó la séptima campanada.

El auténtico Goëtzi se parapetó tras sus doce cria­turas, enviándolos contra el irlandés. Ann, que había mantenido los ojos cerrados hasta ese momento, tal y como le había mandado Merry Bones, los abrió en ese instante, y pudo ser testigo de la escena más increíble jamás relatada, desde el principio del mundo.

Dos perros, dos loros, dos mujeres calvas, dos ni­ños, dos mesoneras y una copia del señor Goëtzi in­tentaban devorar literalmente al desdichado irlandés, que únicamente utilizaba la mano izquierda para de­fenderse, protegiendo principalmente sus ojos, y en especial del ataque de los loros. Agarraba con el puño la cabeza de las crueles bestias, retorciéndoles el pes­cuezo, aunque sin lograr hacerles nada y, mientras se entretenía en ello, el perro y el niño le mordían las piernas, y el mesonero y la mujer calva, con la ayuda del doble del señor Goëtzi, le atacaban al estómago, al vientre y al pecho.

A pesar de ser un inglés de pura cepa, Grey—Jack permanecía en el umbral de la puerta sin decir ni pío. No le critiquen anticipadamente. Ésas eran sus ins­trucciones. Él formaba la retaguardia, y enseguida van ustedes a comprender la absoluta importancia de su papel.

La octava, novena y décima campanada sonaron mientras Merry Bones avanzaba hacia la cama, reco­rriendo cada palmo a despecho de la furia de esa turba de arpías, machos y hembras, que se abalanzaban so­bre él como lo haría una jauría sobre la presa abatida. Les aseguro que, de haber tenido algo más que huesos y piel, no habría sobrado nada de ese pobre desdicha­do. Pero todos aquellos vampiros no encontraron ni siquiera un pedazo de carne que morder en todo su cuerpo. Todo lo que tenía eran huesos, y un pellejo más duro que el cuero. Quizá me repetiría en exceso si destacase nuevamente aquí la supremacía indiscutible de la obesidad inglesa.

A pesar de todo, sangraba por todas las venas de su maltratado cuerpo, enrojeciendo los hocicos de aque­lla manada de chacales. Y sin embargo continuaba avanzando, poco a poco, con paciencia, y cuando sonó la decimoprimera campanada, tan sólo le separa­ban del auténtico señor Goëtzi las dos mujeres calvas.

Entonces se sacudió el cabello, lanzó un poderoso ¡Begorra!, y le propinó a la vieja repugnante un punta­pié, que no dudo en llamar heroico, ya que lanzó por los aires a la arpía, que terminó incrustada en el aguje­ro de la chimenea. Su mano derecha, que todavía no había aparecido, realizó un brusco movimiento, y al instante brilló el filo de un hacha de hoja ancha. Casi en el mismo instante en que vibraba en el aire el soni­do de la duodécima campanada, la cabeza del vampi­ro, del verdadero Goëtzi, rodó por el suelo seccionada de un limpio tajo.

Inmediatamente rodaron por el suelo el resto de las cabezas de sus réplicas menores, como si un mismo filo las hubiese decapitado. Cada figura corría en pos de su cabeza, mientras en medio de la confusión podía oírse, atronadora, la voz del criado irlandés:

—¡Ahora es tu turno, viejo Jack, so idiota! —gritó.

Entonces Grey—Jack comenzó a caminar con caute­la, sin prisa pero sin pausa, como suelen hacerlo nues­tros maravillosos soldados. Tenía claras instrucciones, así que sacó de debajo de la cama el ataúd de hierro, lo abrió justo en el momento en que el doble del señor Goëtzi recuperaba la cabeza; entonces cogió al vampi­ro, lo introdujo en el féretro, y lo cerró con llave.

El resto de las repulsivas criaturas no parecieron darse cuenta de ello, de lo ocupados que estaban co­rriendo detrás de sus cabezas. De esa forma sonó la de­cimotercera, y también la decimocuarta campanada, mientras se retorcían como miserables gusanos en el barro de una cloaca de verano. Merry Bones los mira­ba riendo con todas sus fuerzas, aunque sin quitarle un ojo al trabajo de Grey—Jack y a los esfuerzos del au­téntico señor Goëtzi.

Los dos terminaron al mismo tiempo su trabajo: el viejo Grey—Jack se sentó sobre el ataúd que acababa de cerrar en el instante en que el señor Goëtzi recuperaba la cabeza y la volvía a colocar en su sitio.

Entonces silbó. Los demás vampirículos, obedientes a su gesto, se unieron por pares en un primer momento. Al segundo silbido, la desagradable familia se introdujo atropelladamente dentro de su cuerpo.

La maniobra había sido impecable.

—¿No falta ninguno? —preguntó el vampiro.

Y sin esperar una respuesta, cuando el reloj lanzaba al aire la decimoquinta campanada, se lanzó literal­mente a través de la ventana y se zambulló en medio de la oscuridad de la noche.

Una quejumbrosa voz lastimera brotó, sin embar­go, del ataúd de hierro y contestó:

—¡Amo! ¡Señor! ¡Os falta vuestra réplica!

Pero ya era tarde. Sólo cuando el reloj acabó de dar las horas, y después de que el cuco se dejase oír tam­bién quince veces, pudo nuestra pobre Ann darse cuenta de si estaba viva o muerta.

 

 

Tras la última campanada, Merry Bones pidió silencio para explicar la continuación de su plan, ya que como habrán imaginado ustedes la guerra no había hecho sino empezar.

—Señorita —dijo—. Lo más importante sería que in­mediatamente partiésemos hacia el castillo de Montefalcone, aunque como Su Excelencia duerme como un tronco...

—Abrid el armario —atajó Ella—, para que pueda res­pirar mejor.

El criado irlandés prosiguió:

—Será un viaje descansado, y espero recuperarme por el camino. Grey—Jack cargará con el ataúd...

—¡Que el Diablo te lleve!... —comenzó a protestar el buen hombre.

Pero Merry Bones le cortó bruscamente diciendo:

—Necesitamos el ataúd por más de un motivo. En primer lugar, para mantener al pájaro dentro de su jaula...

—Estáis equivocado, valiente irlandés —dijo el señor Goëtzi con voz dulce desde el interior del féretro de hierro—. Tenéis mi palabra de honor de que no huiré, si me ponéis en libertad.

—...y en segundo lugar —prosiguió el irlandés, sin tomarse siquiera la molestia de contestar a aquellas pa­labras—, para introducir a Su Excelencia en el castillo de Montefalcone, cuando llegue la hora. Por lo visto sus muros son tan altos como la cúpula de San Pablo, en Londres, pero se me ha ocurrido una idea.

—¡Oh, buen irlandés! —se oyó de nuevo la ahogada voz del vampiro—. ¡Qué inteligente sois! Pero os equivocáis al despreciar mi oferta. Os seré completamente fiel, y podría proporcionaros excelentes servicios.

 

 

Puede que ustedes piensen que se trataba de una argucia. ¡Pero están completamente equivocados! Casi to­dos los autores respetables que han escrito gruesos tra­tados sobre los vampiros coinciden habitualmente en un hecho, y es el de que un vampiro cautivo sólo per­tenece a quien lo enjauló, de la misma forma en que ese vencedor pertenecería al vampiro, en caso de que hubiese perdido él la lucha.

Lo que ocurre es que los hombres normales rara vez logran convertirse en los amos de un vampiro, puesto que la ley humana señala que el Bien se mues­tra siempre mucho menos enérgico que el Mal, y en las raras ocasiones en que se logra capturar a un vam­piro, la moral y el buen gusto impiden a su dueño be­berse su sangre.

La falta de este detalle impide la completa asimila­ción del vampiro, su íntima fusión con el hombre ven­cedor; aunque no por ello el vampiro capturado es menos esclavo de su dueño.

 

 

En el mismo momento en que la réplica del señor Goëtzi aseguraba su fidelidad a través de los orificios del féretro, les llegó el ruido de un aleteo procedente de fuera, y el marco de la ventana se sacudió por el ex­terior, como si un gigantesco pájaro o un insecto colo­sal se estrellara contra el cristal.

—¿Qué es eso? —preguntó Ann.

El cautivo se apresuró a responder.

—Que no os engañe el ruido ni un segundo. Se trata del señor Goëtzi que vuelve a buscarme, porque no puede prescindir de mí.

—Voy a meterle una bala en el cerebro —dijo decidi­do Grey—Jack.

No sé cómo, había logrado hacerse con una carabi­na, que blandía en alto mientras se abalanzaba sobre la ventana.

—Quieto, noble anciano —dijo el vampiro preso—. Ese monstruo que ha multiplicado sus criminales in­tentos contra vuestra joven ama y sus amigos, es completamente impotente ahora. Le falto yo. Sería demasiado largo explicároslo ahora, con términos científicos y concretos, pero aceptad esta compara­ción, que espero os resulte esclarecedora. Es cierto que yo soy únicamente una doceava parte del señor Goëtzi, pero también soy el nexo de unión con el res­to de sus criaturas, y mi ausencia le deja en la misma situación de un rosario al que le hubiesen quitado el hilo. Así comprenderéis el apuro en que se encuentra.

Aquellas palabras sorprendieron enormemente a los presentes, pero nuestra querida Ann, mucho más sensata de lo que podría esperarse a sus años, preguntó a pesar de todo:

—Prisionero, ¿por qué traicionáis a vuestro señor?

—Querida niña —replicó el murmullo del ataúd—, y que no os sorprenda el oírme llamaros así, pues tengo derecho a hacerlo. Tengo varios motivos para actuar así. Os diré dos de ellos. El primero es la norma que acom­paña a cualquier conquista: el vencido continúa siendo enemigo del vencedor. Para que entendáis mejor el se­gundo motivo, es preciso que os cuente una historia. En los días en que el doctor Otto Goëtzi fue hasta el conda­do de Stafford para convertirse en el profesor del joven Edward S. Barton, era aún un aprendiz de vampiro. No tenía entonces réplica, ni secuaces, ni nada. ¿Os acordáis de la desventurada Polly Bird, la doncella de la Granja Alta cuyo inesperado final conmovió a los feligreses hace ahora varios años?... Pues bien, queridos amigos, quien os está hablando es la propia desgraciada en per­sona. Cuando el señor Goëtzi recibió de Peterwardein su diploma de maestro vampiro, me escogió inmediata­mente para ser una de sus réplicas y comenzar así la construcción de su organismo múltiple.

—¡Cuando recuerdo —exclamó entonces nuestra querida Ann— que nos sentábamos una al lado de otra en la iglesia, con las siete hermanas Bobington!

Merry Bones miró a Grey—Jack, convencido de que ahora sí que el viejo no aceptaría fácilmente el cargar con el ataúd.

—Ahora que lo pienso —dijo—, Polly Bird era una chica muy buena en otro tiempo, y mi ama no tiene doncella. Si Polly promete comportarse bien y cargar con el ataúd, no veo por qué habríamos de llevarla no­sotros sobre nuestros hombros hasta el castillo de Montefalcone.

Finalmente logró convencer a los otros. Merry Bones introdujo la llave en la cerradura del ataúd y lo abrió. Entonces vieron en su interior al señor Goëtzi, y por primera vez tanto Ann como los dos criados ha­brían jurado que, al mirarlo detenidamente, podían verse bajo los rasgos del despreciable vampiro algunos resquicios de la fisonomía de Polly Bird.

La desdichada agradeció con una expresión cortés aquel favor, hizo una reverencia en cuanto logró po­nerse de pie.

En lo sucesivo, nos referiremos a ella en femenino, para no confundirla con el auténtico señor Goëtzi. Deben ustedes recordar, a pesar de ello, que era un hombre, y que por consiguiente tuvieron que abando­nar la idea de convertirla en la doncella de nuestra querida Ann.

Es más, se le ató el pesado cajón de hierro al cuello con una larga cadena, como medida de precaución. De esa forma, tanto Grey—Jack como Merry Bones es­taban seguros de que cargaría con él, y además era de esperar que semejante peso dificultaría sus movimien­tos, impidiendo cualquier intento de fuga.

Comenzaba a amanecer cuando Ella obligó a salir a todos para asearse. Entre tanto, la antigua Polly in­tentaba despertar a Ned Barton con procedimientos que no conozco. Cuando Ann, después de recitar una breve oración, o más bien una acción de gracias por los peligros salvados, llamó a sus compañeros, Edward Barton abría los ojos por primera vez, mirando a su al­rededor completamente estupefacto.

—¿Dónde estoy? —fue su primera pregunta.

Ella intentó darle completas explicaciones, pero su criado irlandés creyó mejor que se pusieran en marcha inmediatamente.

—He estado hablando con nuestra vecina Polly —dijo—, que me ha dado unos buenos consejos. Debe­mos terminar un trabajo muy delicado antes de diri­girnos al castillo de Montefalcone. No podremos ha­cer nada, además, mientras el auténtico señor Goëtzi esté vivo.

Descendieron por la escalera. Al llegar al salón de la planta baja, todos pudieron comprobar que el reloj se había detenido precisamente en la decimoquinta hora. Había incluso desaparecido el cuco. Cuando sa­lieron al exterior, les llamó la atención un cartel que colgaba debajo del letrero en que aparecía escrito el nombre del establecimiento. «Posada. Se alquila», re­zaba el letrero.

Sin pararse para meditar sobre detalles tan curio­sos, aunque insignificantes, la pequeña comitiva ini­ció rápidamente su andadura. La antigua Polly abría la marcha, vigilada en ambos flancos por Grey—Jack y Merry Bones. Evidentemente, era ella quien cargaba con el ataúd de hierro, y los holandeses, gente recia, veían pasar a nuestros viajeros con absoluta indife­rencia.

Detrás de ambos criados viajaban nuestra querida Ann y Ned Barton que, aunque un poco débil, lograba caminar apoyado en el brazo de su compañera.

No ocurrió nada digno de mención hasta que al­canzaron la orilla del Rin, excepto el ruido de algunos silbidos distantes entremezclados con el viento, y algu­nos confusos movimientos entre los matorrales. Merry Bones, convencido de que la antigua Polly actuaba con absoluta lealtad, le explicó a Ann que el señor Goëtzi estaba esparcido por el aire, el agua y las frondas, espe­rando el momento propicio para adueñarse nuevamen­te de su réplica, que le era indispensable para recuperar por completo su libertad de movimientos.

En cierta ocasión, nuestra querida Ann sintió in­cluso algo parecido al roce del aro de un niño en sus piernas, y una voz amarga, cuya procedencia no logró establecer, que decía:

—¡Ahí va el hombre muerto!...

Cuando alcanzaron el Rin, alquilaron un bote para remontar el río hasta Colonia. Al anochecer, cuando las sombras del crepúsculo se adueñaron del río y sus orillas, un pálido resplandor verde se les apareció a una doscientas toesas delante de la embarcación. Se desli­zaba contracorriente, a la misma velocidad que ellos.

Conforme aumentaba la oscuridad, el resplandor iba creciendo en intensidad, condensándose progresi­vamente. Después de haber ocupado un gran espacio, comenzó a reducirse hasta alcanzar el tamaño del cuerpo de un hombre.

Entonces todos pudieron ver con absoluta claridad al señor Goëtzi, que nadaba con los pies por delante, rodeado de su tenue aureola.

Mientras observaban en silencio aquel sorpren­dente espectáculo, la antigua Polly comenzó a llorar y, cuando le preguntaron el motivo, contestó:

—¿Acaso pensáis que puedo ver sin indignarme al monstruo que me ha robado la honra y la dicha? Oíd mis palabras: no se alejará ni un segundo de vosotros hasta que hayáis logrado destruirle por completo. Le traiciono en favor de mi venganza, pero sobre todo por vuestra propia seguridad. A cualquier hora del día o de la noche, tanto si le veis como si no, podéis convenceros de que el señor Goëtzi os acechará per­manentemente. Por tanto, propongo que escuchéis ahora, en todos sus detalles, un plan del que ya he ha­blado un poco con Merry Bones y que, si se ejecuta sin miedo, permitirá acabar para siempre con vuestro enemigo común. El momento es propicio para hacer­lo, puesto que, mientras lo veamos allá, estaremos se­guros de que no nos está escuchando. Al no poseerme a mí, se ve obligado a encerrar en su cuerpo a todos sus lacayos, y ya podéis imaginaros la rabia que le corroe.

Después de que aquellas palabras acallaran cual­quier objeción, nuestros amigos se reunieron alrede­dor de la antigua Polly y la escucharon con suma aten­ción, a excepción del desdichado Ned. Resulta penoso reconocerlo, pero lo cierto es que el joven gentleman no se había recuperado por completo. Aún estaba aturdido, y su restablecimiento dependía del tiempo y de más cuidados.

La desventurada primera víctima del vampiro Goëtzi se expresó del siguiente modo:

—Existe un lugar, prácticamente ignorado, que es probablemente el más extraordinario del mundo. Quienes viven en las salvajes campiñas de Belgrado se refieren a él llamándolo tanto Selene como la Ciudad Vampiro. Sin embargo, los propios vampiros se refie­ren a él llamándolo Sepulcro, o Colegio. Se trata de un lugar normalmente invisible para cualquier mor­tal. No obstante, hay quienes han llegado a verlo. Aunque es como si cada uno de éstos se hubiese tro­pezado con una imagen diferente, hasta tal punto difieren y se contradicen sus descripciones. En efec­to, algunos hablan de una gran ciudad de jaspe negro, con calles y palacios como cualquier ciudad normal. Todo permanece en sombras, envuelto en una oscuri­dad eterna. Otros lo definen como gigantescos anfi­teatros, cubiertos de cúpulas semejantes a las de las mezquitas, con minaretes que se elevan hasta el cielo, en mayor número que los pinos del bosque de Dinawar. Otros han visto, sin embargo, un circo, uno solo, de fantásticas proporciones, rodeado por una triple hilera de claustros, cuyas arcadas de mármol blanco desaparecen difuminadas por un crepúsculo lunar que sustituye al día o la noche. Allí se alinean, en un orden indescifrable, las moradas o sepulcros de ese prodigioso mundo que la ira de Dios mantiene amarrado al seno de la tierra, y cuyos hijos, medio espectros y medio diablos, vivos y muertos al mismo tiempo, no consiguen reproducirse, aunque al mismo tiempo están privados también de la posibilidad de morir. A pesar de ello cuentan con mujeres vampiro, que se denominan Upiras. Se dice que algunas de ellas llegaron a ocupar tronos, aterrorizando a la his­toria. Así como en la Edad Media aquellos hombres de hierro que oprimían a los campesinos, después de ser derrotados se refugiaban en sus inexpugnables castillos, esta ciudadela es un asilo tan inviolable como una tumba. De esa forma, siempre que un vampiro es herido profundamente, de una forma que supondría la muerte para cualquier ser humano, ter­minará por dirigirse hacia el Sepulcro. Su existencia puede padecer, en efecto, crisis que nunca suponen la muerte, aunque son muy semejantes a su verdadera destrucción. En diferentes lugares de la tierra han sido encontrados reducidos al estado de cadáver, aun­que su carne permanecía fresca y tierna, y el mecanis­mo que tienen en el lugar del corazón continuaba bombeando un líquido cálido y rojo. Cuando llegan a ese estado, están a merced de cualquiera. Pueden ser encadenados e incluso emparedados. No pueden rea­lizar ningún movimiento para defenderse, hasta que la suerte traiga a su lado al sacerdote maldito que tie­ne la llave, la única con la que se puede dar cuerda al mecanismo de su vida aparente. Para ello, el sacerdo­te debe introducir la llave en un agujero que todos ellos presentan en el lado izquierdo del pecho, ha­ciéndola girar... El señor Goëtzi se encuentra precisa­mente en esa situación. Necesita urgentemente que alguien le dé cuerda. Conforme van pasando las ho­ras, va sufriendo un rápido debilitamiento progresi­vo, hasta que se le vuelva a dar toda la cuerda necesa­ria para recuperarse. Por eso viaja hacia el Sepulcro. Lo único que le mantiene cerca de nosotros es su an­sia por recuperarme a mí, que soy su nexo de unión, su líquido sinovial, si me permiten emplear este tér­mino científico que aprendí de él. Como todavía no ha empeorado su salud, no tiene prisa, y aguarda el momento propicio para hacerse conmigo de forma habilidosa o sencillamente por la fuerza... Aproximaos a mí, os lo suplico. La bruma se está espesando y casi no se ve el resplandor del señor Goëtzi. Os puedo ase­gurar que en cuanto considere que se nos puede acer­car sin que le veamos, se meterá en el cuerpo de alguno de nuestros remeros... Nosotros también nos encami­namos al Sepulcro. No os preocupéis. No nos desviare­mos casi de nuestro camino, que es prácticamente el mismo. Me conozco de memoria cada atajo hacia ese tenebroso hospital de vampiros. Entraremos entonces en la celda privada del señor Goëtzi y... ¡Un momento! ¡Ya no se divisa nada de la luz verde! ¡Atención!

—¿Y entonces qué? —preguntaron todos al mismo tiempo, con la curiosidad vivamente excitada—. ¿Qué es lo que ibais a decir?

—¡Chist! —siseó la antigua Polly, colocando un dedo sobre los labios—. ¡Escuchad!

Todos oyeron cómo un chapoteo sospechoso agita­ba las aguas próximas a la embarcación, cuya estela se veía iluminada con un débil resplandor.

—¡Contádmelo al oído! —suplicó entonces Ann.

La antigua doncella accedió. Era realmente una buena chica, aunque no lo pareciese bajo los rasgos del señor Goëtzi. Todos se fueron acercando, uno a uno, recibiendo el susurro confidencial.

—¡Espléndido! —exclamaron los viajeros—. ¡Es una idea de incalculable valor!

¿Se acuerdan ustedes de la carcajada que pudo oír nuestra querida Ann en el desembarcadero de los Boompies, la noche en que llegó a Rotterdam? Pues bien, algo parecido rechinó en ese momento en el aire y, al mismo tiempo, uno de los remeros experimentó una fuerte sacudida.

—¡Atención! —exclamó la antigua Polly—, ¡el enemi­go ha llegado! Sólo hay una forma de protegerme, y cuando os lo diga os habré demostrado definitiva­mente mi fidelidad. ¡Colocadme otra vez dentro del ataúd de hierro, y sentaos encima!

Acababan de realizar esta fiel sugerencia, cuando el remero atacado hizo un brusco movimiento y exhaló un profundo suspiro. Al mismo tiempo escucharon el ruido de un cuerpo al caer al agua. Al comprender el fracaso de su emboscada, el señor Goëtzi acababa de regresar por donde había venido.

Durante el resto de la noche no ocurrió nada.

Ya había amanecido cuando pasaron por Dussel­dorf. Nuestra querida Ann encargó al criado irlandés que se dirigiese a una casa de instrumentos musicales en busca de un laúd que, a pesar de todo, les sirvió para amenizar la monotonía del viaje.

Les dio la impresión de que el señor Goëtzi se ha­bía esfumado. Entonces pudieron abrir el ataúd para darle un poco de aire a la desgraciada Polly.

En Colonia abandonaron el Rin para continuar su viaje por tierra. Alquilaron para ello un carruaje y atra­vesaron Westfalia, Hessen y una región de Baviera, embarcando nuevamente en Ratisbona, en esta oca­sión por el Danubio.

 

 

No ocurrió nada digno de mención en el viaje de Ra­tisbona a Linz, de Linz a Viena, de Viena a la antigua ciudad magiar de Ofen, que nosotros llamamos Buda, y de Buda hasta las llanuras de la baja Hungría.

Cierta mañana, al despuntar los primeros rayos de sol, nuestra querida amiga y sus compañeros divi­saron, en medio de aquella gloria deslumbrante que supone la luz del cielo oriental, las anchas torres de Peterwardein antes de atisbar la silueta mágica de Belgrado. La vista se perdía por aquellas alegres cam­piñas perfumadas por el maíz en flor, entre las que discurre el Danubio, ancho en ese punto como si fuese un mar.

Desde que dejaran Viena, no habían visto la menor señal que indicara la presencia del señor Goëtzi, aun­que la antigua Polly no paraba de asegurar: «Está aquí.» Y era cierto, al final del viaje, comenzaron a verlo nuevamente nadando sobre el agua con los dos pies por delante, envuelto en una nube de tenue bruma.

Sin embargo se le veía mucho más pequeño, y casi raquítico. Incluso la niebla lívida que lo envolvía se balanceaba como si en cualquier momento fuese a de­saparecer.

Muy cerca ya de Belgrado, el señor Goëtzi se apro­ximó a la orilla y se adentró en tierra entre los juncos. Podría habérsele confundido con otra bocanada de bruma.

—¡Está exhausto, ese malvado miserable! —dijo la antigua Polly, frotándose las manos con placer.

El señor Goëtzi alcanzó la tierra en la orilla cris­tiana del Danubio, cerca de Semlin, en el banato de Temeswar.

Aún se le pudo ver unos instantes más allá de los juncos, y después se perdió entre las plantas altas de un maizal.

—¡A tierra! —mandó Polly, que se había convertido en el jefe de la expedición.

El bote puso proa hacia la orilla, desembarcaron en tierra y Polly, colocándose de nuevo al frente, se diri­gió sin perder un instante hacia la ciudad de Semlin, la primera que hay tras la frontera con Turquía.

—Aprovechando que mi infame seductor se ha visto reducido al último grado —dijo mientras caminaba rápidamente—, y que seguramente se encuentra ya acostado en alguna losa de mármol (porque estamos más cerca de lo que imagináis del Sepulcro), y como ya no tenemos nada que temer de él, puedo daros las últimas explicaciones. Estamos llegando al final de nuestro viaje. Si el tiempo lo permite, podremos ver desde aquí la atmósfera especial que rodea y vela a Selene, la ciudad muerta... aunque es demasiado temprano, lo que me alegra por otro lado, ya que nos quedan aún al­gunos preparativos por hacer. Debéis saber que los vampiros dividen el día en veinticuatro partes, y que los cuadrantes de sus relojes cuentan por tanto con veinticuatro horas. En la hora decimotercera, es decir, a las once de la mañana, la misericordia divina ha per­mitido que su poder se detenga por espacio de sesenta minutos exactos. Ése es su mayor secreto, y al revelarlo me arriesgo a las torturas más crueles. Pero estoy dis­puesta a todo, con tal de consumar mi venganza. Aho­ra son casi las ocho, de modo que tenemos unas tres horas para comprar en Semlin carbón, un hornillo, botes de sales de origen inglés y un paquete de velas. No me preguntéis nada; ya veréis vosotros mismos para qué sirve todo esto. También nos hará falta un hábil cirujano, y creo que cuento con el que necesita­mos: el doctor Magnus Szegeli, el mejor médico en diez leguas a la redonda, que sólo nos pedirá que le guiemos, porque también él odia a los vampiros. Por desgracia, no puedo ser yo quien hable con él.

—¿Por qué no? —preguntó nuestra querida Ann.

—Porque el señor Goëtzi, señorita, sedujo y se be­bió la sangre de dos encantadoras jóvenes que él ado­raba y que formaban toda su familia. Por eso, y como mi rostro es el del señor Goëtzi, el doctor Magnus me reconocerá inmediatamente, y ya supondréis que no confiará en mí en absoluto.

Ella se volvió, incapaz de esconder su repugnancia, y exclamó:

—¡Desgraciada! ¿Es que habéis probado la sangre de esas desdichadas muchachas?

—Querida —contestó Polly bajando la mirada—, en nuestra situación no se puede hacer lo que se desea.

—¿Os agradó hacerlo? —preguntó Edward Barton, con la curiosidad característica del buen marino.

Ella recordó por primera vez a su novio con orgu­llo. William Radcliffe jamás se habría permitido una pregunta tan fuera de lugar como ésa.

 

 

Semlin se encuentra en el antiguo castillo de Malavilla, tan frecuentemente invadido, perdido, y final­mente recuperado por los infieles en la Edad Media. Todavía conserva los restos de la fortificación cons­truida por Juan Hunyad. Nuestros amigos compraron allí todas las cosas que necesitaban, y a nuestra querida joven se le ocurrió la idea de contratar a un dibujante. Ella pensaba en todo, pero, por desgracia, la fotografía no había sido inventada todavía. El cirujano esclavonio Magnus Szegeli moraba cerca de la escuela israeli­ta. Nuestra querida joven entró sola en su casa, mien­tras Ned, Jack y Merry, junto con la desgraciada Polly, se entregaban a la vulgaridad de tomar el desayuno.

El doctor Magnus era aún joven, a pesar de su pelo completamente blanco. Su rostro, arrasado por el dolor, contaba, por decirlo de algún modo, la his­toria de sus dos hijas. Con las primeras palabras de nuestra Ann, y en cuanto comprendió que se trataba de una lucha contra los vampiros, cogió su maletín y lo blandió enérgicamente, impulsado por su ansia de venganza. Tal y como le había dicho Polly, Ann le pi­dió también que llevase uno de aquellos largos cu­charones de hierro, de los que se usan para servir la sopa en casa de los pobres, cuyos bordes fueron con­venientemente afilados. El uso de semejante instrumento sólo será revelado en su debido momento y en su debido lugar.

Es bueno indicar que el número de jóvenes devora­das por vampiros en los alrededores de su refugio es mucho menor de lo que cabría esperar. Para no provo­car altercados en la región, los vampiros han acordado entre sí no cometer la menor fechoría al menos en quince leguas a la redonda. Por ese motivo, y temien­do ser castigado por los suyos, el vampiro Goëtzi no se había atrevido a convertir en secuaces a las dos mucha­chas de Szegeli, cuyos cadáveres, convenientemente preparados, había convertido únicamente en objetos de arte.

Nuestra querida Ann regresó junto a sus amigos y se encontró a Polly encerrada nuevamente en el ataúd de hierro, una precaución necesaria por partida doble: primero para que el doctor Magnus no reconociera en ella al señor Goëtzi, y después para evitar a la desgra­ciada joven la tentación de escapar o de traicionarlos, puesto que, a pesar de que su arrepentimiento parecía sincero, seguramente habría adquirido entre sus anti­guos amos muy malas costumbres.

Salieron a las diez en punto, que es la hora veinti­dós, de acuerdo con los relojes del Sepulcro. El tiempo era espléndido, con un clima semejante al de la dulce Italia. La latitud de Semlin se encuentra en el paralelo que pasa entre Venecia y Florencia. Nuestros expedi­cionarios caminaban silenciosos y taciturnos en me­dio de los campos de mijo y maíz, cuyas cercas habían sido construidas con adelfas. Ella abría la marcha, se­guida de cerca por su criado Grey—Jack y Merry Bones, que cargaban el ataúd de metal. Detrás de ellos venía Ned Barton, el gentleman, cargado con el saco de carbón, el hornillo y un paquete de velas. Cerraba la marcha el doctor Magnus, cuyo dolor entorpecía su andar. No piensen que me he olvidado del pintor. Éste erraba de un lado para otro, con la despreocupación característica de los artistas.

Los acontecimientos sobrenaturales tienen lugar normalmente alrededor de la medianoche, favorecidos por la más impenetrable oscuridad. Es en este detalle, si me permiten la observación, mylady, caballero, donde este relato completamente histórico refleja sus caracte­rísticas completamente originales. Promediaba el día y el sol despedía sobre la naturaleza sus resplandores más espléndidos. No había ni siquiera la posibilidad de un engaño.

A tres cuartos de legua de Semlin, en dirección a Peterwardein, el paisaje comenzó inesperadamente a cambiar de aspecto. Terminaron las adelfas, los grose­lleros y las hortensias. El fértil verdor del maíz en cier­nes desapareció también. El suelo, tan feraz momen­tos antes, cobró un tinte opaco, como si acabase de caer sobre él una lluvia de cenizas.

Simultáneamente el cielo azul se tornó gris, y algo sencillamente indescriptible, como una pantalla de tristeza, se interpuso delante del sol.

Aquellos indicios fueron aumentando con inusita­da rapidez. En apenas cinco minutos nuestros expedi­cionarios creyeron estar separados por una enorme distancia de todos los objetos que hacía un momento les rodeaban.

Instintivamente, el grupo se estrechó, buscando en el cielo el sol que acababa de esconderse detrás de la mentira de esa noche.

—¡No os detengáis! —dijo Polly desde el ataúd.

Y continuaron con las piernas temblando, la cabe­za confusa, y el pecho oprimido por un peso descono­cido. Titubeaban, tropezando entre ellos. Se habría di­cho que estaban profundamente borrachos, o incluso atacados por una repentina ceguera.

Porque les rodeaba la más absoluta, la más densa impenetrable oscuridad.

—¡Proseguid la marcha! —insistió la ahogada voz de Polly.

Continuaron. ¿Puede existir algo más negro que la noche? Si existe, era ese algo el que los envolvía ahora, frío como un sudario. Llevaban ya un buen rato sin que se oyera el menor ruido exterior. La naturaleza ya no respiraba.

La voz del ataúd de hierro dijo, en medio de aquel silencio sin nombre:

—¡Alto!

Obedecieron e inesperadamente, junto a ellos, casi iba decir que entre ellos, de tan íntimamente como les envolvió el sonido, pudieron escuchar el tañido de una potente campana, clara como una nota de armó­nica, que tocaba lentamente la hora veintitrés.

Con la vigesimotercera campanada desaparecie­ron las tinieblas y apareció el Sepulcro. Nuestros amigos se encontraban en el mismo centro de la Ciu­dad Vampiro.

Esta ciudad, orgullosa bajo la maldición de Dios, es llamada también Selene, que es el nombre griego de la luna. Se sabe que muchos autores piensan que la luna es la patria de los vampiros.

Allí, en aquella ciudad muerta que ahora rodeaba a los expedicionarios, faltaba absolutamente de todo: la vida, el color y el movimiento. Pero lo más impresio­nante en medio del silencio era el fantasmagórico es­plendor de una increíble y maravillosa decoración, cu­yas tristes riquezas resultaban indescriptibles.

Empecemos por el edificio principal, situado en medio de un gran espacio circular. Imaginen ustedes una rotonda gigantesca en la que se solaparan los órde­nes de la antigua arquitectura de acuerdo con una bes­tial aunque sabia imaginación, vinculada con las más sorprendentes audacias del arcaísmo asirio, de los sue­ños chinos y de los caprichos hindúes.

Era un santuario, un torreón, una Babel gigantesca de pórfido pálido, con delicados matices de ese tono indefinido conocido como «verde mar». Tremendos bloques de esa piedra, opaca y al mismo tiempo trans­lúcida como el ámbar, se unían mediante finas juntas de mármol negro. La primera ordenación, que forma­ba el peristilo por encima de una plataforma circular que contaba con trece escalones, se hallaba constituida por columnas dóricas, anchas como las del templo de Pestum, pero de proporciones mayores, lo que daba una impresión de ciclópea solidez. Entre ellas apare­cían ventanas moriscas de grandes arcos.

La segunda ordenación era de estilo jónico, en la medida en que esa designación reservada al arte puro pueda ser utilizada para describir fórmulas exagera­das hasta el salvajismo. En él podían verse ventanas trilobuladas. La tercera ordenación acanalaba sus co­lumnas corintias por delante de los muros, levanta­dos más atrás y perforados por ojivas cortadas. La cuarta ordenación era una mezcla compuesta por in­finidad de adornos producidos por una imaginación desbordante, que delataban cierto gusto por transgredir las normas, y que exhibía unas ventanas en forma de estrellas. Y finalmente la quinta ordenación, que sujetaba la cúpula del techo, plana como una pátera invertida y coronada por otra copa menor, de la que brotaba un haz de llamas, no permitía ninguna deno­minación técnica; se trataba de una eflorescencia de columnillas, nervaduras, una explosión de lianas naca­radas que jugueteaban con todos los estilos, completa­mente fuera de cualquier regla y en abierto desafío a las limitaciones que se imponen a lo feérico.

Sin embargo, lo que más llamaba la atención en este colosal templo, grandioso y frívolo al mismo tiempo, magnífico aunque triste hasta la melancolía, era la sobresaliente desmesura de sus capiteles y frontones. El estilo dórico ensanchaba sus frisos y cornisas, el jónico ampliaba y estiraba sus volutas, el corintio desplegaba sus hojas de acanto y, para finalizar, el orden compuesto multiplicaba sus frondas de tal forma que el conjunto constituía una escala de refugios anchos y profundos, si­tuados en forma de parasol, lo que le confería al conjun­to una apariencia de pagoda.

Entre cada par de columnas, en el peristilo, podía verse un tigre de pórfido, agazapado, con sus garras sobre el corazón destrozado de una doncella caída.

En el exterior, rodeando la plataforma circular, se alineaban veinticuatro pedestales con otras tantas es­tatuas de doncellas, todas maravillosamente bellas, pero ultrajadas y rendidas por un enemigo invisible.

Estas estatuas rodeaban la ancha plaza que comple­taba el centro del rosetón, del que partían las seis avenidas o calles que formaban la Ciudad Vampiro.

Cada uno de aquellos barrios parecía gigantesco, prolongando hasta perderse de vista sus innumerables palacios, cuyas perspectivas desaparecían en medio de una niebla opalina. Cada palacio era diferente de los demás, aunque diseñado conforme a estudiadas ana­logías, lo que le otorgaba a la vista una sensación de ar­monioso paralelismo.

Todas aquellas pálidas magnificencias pertenecían a la muerte. No había el menor ruido o movimiento. Nada parecía respirar allí. El sueño eterno acechaba incluso al aire, en el que no se agitaba un solo soplo.

A pesar de todo, lo más impresionante era la gran­diosidad de la necrópolis, cuya espantosa soledad no es posible describir con palabras.

Allí no había nada, a pesar de que la gran acumula­ción de maravillas arquitectónicas reflejaba enérgica­mente la intervención del hombre. Nada ni nadie. No había ni siquiera una sombra a lo largo de aquellas blancas perspectivas, o bajo las columnatas que se ale­jaban en todas direcciones hacia el infinito. Las páli­das flores de sus jardines descansaban sobre tallos está­ticos. Incluso los chorros de las fuentes sucumbían al encantamiento de este extraño sueño y permanecían inmóviles, suspendidos en el aire.

Ustedes ya saben que el tedio, ese desaliento de la inteligencia, lo hace todo grande, incluso la inmensi­dad. El crepúsculo, claro y frío como un rayo de luna, hería al mismo tiempo y por todos lados la simétrica aglomeración de monumentos, construidos todos con el mismo tipo de piedra, semitransparente e incolora, que no producía sombras.

En medio de aquella majestuosidad de silencio y muerte se veía un leve sentimiento de despertar. En ese desenfreno de estilos, en la loca promiscuidad de ese arte, podía saborearse una orgía. Pero era una orgía que parecía aletargada. ¿En qué se transformaría aque­lla Babilonia de tumbas cuando despertase...?

El sonido de la campana de cristal resonó durante un buen rato en la atmósfera silenciosa.

Nuestros viajeros se mantenían mudos de asom­bro. Mientras nuestra querida Ann intentaba sin éxito medir con la mirada aquellas fantásticas maravillas, Merry Bones profería un rosario de blasfemias celtas y Grey—Jack escudriñaba en las profundas perspectivas con la lejana esperanza de descubrir en ellas el cartel de alguna taberna. El pintor cogió sus lápices. El doctor Magnus, ¡desgraciado padre!, contaba, con los ojos lle­nos de lágrimas, las estatuas de las doncellas.

—¡Vamos! ¡Adelante! —azuzaba Polly Bird desde el ataúd de hierro—. No hay que pararse con las bagatelas de la entrada. ¡Tenemos el tiempo justo! ¡Sigamos! El señor Goëtzi vive en el barrio de la Serpiente. ¡Adelante!

En la esquina de cada barrio, un pedestal sostenía la estatua del animal que daba nombre a aquellas man­zanas. Merry Bones se colocó nuevamente en cabeza y, al encontrar la estatua de la serpiente, se adentró entre las dos filas de mausoleos que la estatua separaba. A partir de allí, la avenida se iba ensanchando. En este punto se adueñó de Ann una sensación de inmensidad al ver la infinidad de calles que brotaban de allí, uniéndose a otras más, mientras la principal se hundía en vertiginosas cuestas. Desde cerca, cada sepulcro era un monumento considerable; algunos de ellos perte­necían sin duda a la nobleza de los vampiros, porque tenían las dimensiones de un palacio real. ¡Había cen­tenares!... ¡Millares!

Cada mausoleo presentaba un nombre escrito en le­tras negras, justo encima de la entrada principal. En su mayor parte se trataba de nombres completamente des­conocidos, aunque había algunos cuya mera presencia en aquel lugar podría haber explicado mejor muchos de los enigmas de la historia pasada y presente: nombres de usureros malditos, de personas cuya escandalosa riqueza supone la miseria de los pueblos, nombres de cortesanas obscenas y grotescas que habían arruinado costumbres y propiedades, y también los nombres de muchos a quie­nes el arte servil y la necia poesía glorifica como a gran­des conquistadores, únicamente porque aplastaron al débil por la fuerza y construyeron su fama atroz sobre humillaciones, sangre y lágrimas.

En más de una ocasión, al pasar frente a uno de aquellos fastuosos templos en el que dormía algún fa­moso azote de la humanidad, nuestra querida joven intentó acercarse, pero la voz de Polly Bird, que se im­pacientaba y temblaba de terror en el fondo del féretro metálico, gritaba inmediatamente:

—¡Deprisa! ¡Aquí siento vida, y se nos está agotando el tiempo!

Caminaban rápidamente, por un camino que pa­recía no tener fin. Nuevas calles aparecían constante­mente, y nuevas tumbas sucedían a las anteriores, obligándoles a seguir caminando sin descanso. No hallaron ni un solo ser vivo en aquel interminable trayecto.

Finalmente Polly, que iba reconociendo el camino gracias a los orificios del ataúd, dijo repentinamente:

—Ya llegamos. Sujetadme bien, porque por más que odie a mi amo, su corazón es capaz de atraerme como el imán al hierro, y a pesar de mis intenciones, enseguida me afano por adentrarme en él.

Dentro del cajón de hierro se sentían, en efecto, las sacudidas de la desgraciada, que se rompía las costillas contra las paredes metálicas.

—¡Alto! —gritó al fin—. ¡Hemos llegado! ¡Es aquí!

Puesto que el señor Goëtzi no era rey, ni tirano, ni tri­buno, ni filósofo, ni fundador de un banco, ni barón Iscariote, ni baronesa Friné, no podía aspirar a entrar dentro de la aristocracia de los vampiros. Se trataba apenas de un simple doctor que, además, ni siquiera ejercía. Por ello, sólo tenía un mezquino sepulcro, que casi daba pena al lado de tan augustas tumbas. En rea­lidad era únicamente una pobre capilla de estilo griego bárbaro, apenas un poco más grande que San Pablo de Londres, cuya arquitectura levemente modesta no tendría más de cuatrocientas o quinientas columnas. Se veía acomplejada a un lado por el mausoleo de un primer ministro de Prusia, y humillada por el otro por la catedral de una vieja malhechora francesa cuyo ofi­cio fue, es y será, el beber en París la sangre de los imbéciles: ya fuera de los más insignes cruzados como de villanos sin distinción, siempre que existiera algo de oro en las venas de esos idiotas.

En medio de la fachada, sobre una lápida de jaspe negro, podía leerse el nombre del señor Goëtzi escrito en letras de color verde mar, tenuemente luminosas, del siguiente modo:

 

Gweqee

 

Nuestra querida joven sintió no tener a su lado a William Radcliffe, que sabía tanto griego como un turco. Tuvo que utilizar al doctor Magnus quien, a pe­sar de su dolor, fue capaz de explicarle que ese nombre parecía haber sido construido con dos raíces diferen­tes, una de las cuales declinaba del sustantivo tierra, al tiempo que la otra conjugaba el verbo hervir.

—¡Volcán! —gritó Ann—. ¡Está claro que se trata de un nombre de catástrofe!

Ella ya sabía lo que debía hacer. Preguntado más tarde, William Radcliffe descubrió que el nombre es­taba equivocado y erróneamente construido.

—¡Abrid! —mandó mientras tanto Polly, que se agi­taba dentro del cajón—. ¡Abrid y entrad! La más leve demora de un minuto puede exponernos a las más te­rribles catástrofes.

Franquearon la escalinata y el peristilo. La puerta principal no se encontraba cerrada con llave. Entra­ron. En el interior, el sepulcro presentaba una gran nave, rodeada de un claustro que la dominaba y sobre el que había una galería de dos pisos: todo se hallaba coronado por una cúpula bizantina. Los muros, las columnas, la bóveda, todo había sido construido con esa piedra ámbar que nuestra Ann acostumbraba a lla­mar «lunar» y que era casi transparente. Frente a los pilares había una hilera de estatuas, muy juntas unas de otras, y que representaban doncellas, formando un círculo alrededor de una lápida de pórfido situada jus­to en el centro de la nave.

Las jóvenes doncellas extendían hacia la lápida sus brazos ligeramente redondeados, que sostenían una guirnalda sin fin.

Más adelante todavía, encima de una fila de trípo­des nínives, descansaban unos sahumadores de alabas­tro en los que prendía un desconocido licor, tan pálido que el fuego del espíritu del vino habría parecido rojo a su lado.

En la lápida central descansaba el señor Goëtzi, que yacía de espaldas y con los brazos pegados al cuer­po. El canalla parecía reducido a la nada, sin carne, deshecho y arrugado como un pergamino mojado que se acaba de secar al sol.

—¡Ah, mi querido señor! —exclamó Polly, que se en­tregaba a exageradas contorsiones dentro del ataúd de hierro—, ¡con qué alegría correría en vuestra ayuda de no estar prisionera! —Sin embargo añadió, casi sin to­mar aliento—: ¡Vamos, vosotros! ¡No seáis perezosos! ¡Sacadle el corazón sin hacerle daño!

Pido a ustedes que me permitan utilizar aquí una palabra absolutamente chocante, pero que las circuns­tancias exigen. Nada es más fétido que un vampiro cuando está libre y en su morada. A pesar de que se quemaban innúmeros sahumadores, el señor Goëtzi, que se encontraba muy corrupto además, despedía un olor tan repulsivamente hediondo que nuestros ami­gos habrían muerto de asfixia, de no ser por los frascos de sales inglesas que habían comprado en Semlin. ¡Ése es el motivo por el que la baronesa contaba con tantos fabricantes de perfumes!

El doctor Magnus cogió su maletín, pero sus manos temblaban terriblemente y comprenderán ustedes por qué cuando les diga que el desventurado padre acababa de reconocer a sus dos hijas entre aquellas estatuas.

—¡Vamos, no os detengáis! —insistía Polly—. Cada minuto es importante. ¡Arrancad el corazón de mi desdichado amo con habilidad y suavemente!

Es cierto que Merry Bones era un irlandés pero, por mi honor, que no se arrugaba ante ninguna em­presa. Le arrebató el maletín al doctor Magnus, mien­tras gritaba:

—¡Que el infierno me lleve si no soy capaz de reali­zar esta operación! Trabajé como ayudante de carnice­ro en Galway, y a mucha honra.

—¡Adelante, muchacho! —gimió la voz desde el fére­tro—. ¡Hazlo firmemente, pero sin que sufra mi amo! El criado irlandés se remangó. Nuestra querida Ann, completamente emocionada, se había colocado en una cómoda posición para poder ver bien cuanto ocurría. Ned Barton y Grey—Jack vigilaban el cajón de hierro, que constantemente amenazaba con abrirse. El doctor Szegeli se encontraba al lado de Merry Bones, dispuesto al menos a dirigir la operación.

El joven pintor esclavonio se había sentado sobre su silla plegable, haciendo unos bocetos.

Evidentemente, no sabría describir con palabras científicas la cirugía que se realizó. Además, puede que no fuese algo demasiado conveniente. Será suficiente con que explique que el señor Goëtzi mantuvo los ojos abiertos y la mirada fija durante todo el tiem­po que duró la operación. Su rostro permaneció tan rígido como su cuerpo, reducido a un estado raquíti­co lamentable.

—Con que le hubiesen dado únicamente veinticua­tro horas —decía Polly—, mi querido amo se encontra­ría gordo y lleno de vitalidad. ¡Cortad! ¡Vamos, cortad! ¡Más hondo! ¡Ay, cómo le amaba!

Al quitarle al paciente la camisa, todos pudieron observar en el costado izquierdo de su pecho, a la altura del corazón, un diminuto orificio redondo con un diá­metro semejante al del canuto de una pluma, del que manaba gota a gota la sangre roja. Justo en el momento en que quedó al descubierto este extraño mecanismo de la vegetación de un vampiro, la cúpula comenzó a despedir sonido, mientras los muros, el claustro y las galerías cobraban voz. Fue algo así como una música plañidera, frágil como la luz ambiente, como los már­moles del edificio, o como los titubeantes resplandores que morían en los sahumadores.

El criado irlandés manejó a conciencia el escalpelo, demostrando sus aptitudes de carnicero. Sin embargo, ni una lágrima de sangre manó bajo el filo de acero. Estaba claro que lo único que quedaba se encontraba en el corazón, y que su carcasa estaba ya muerta y rese­ca. Polly dijo:

—¡Con cuidado, por favor! Mi vida se encuentra unida a la de mi amo por un nervio que habréis de sec­cionar antes de tocar el corazón. Encontraréis once de estas terminaciones en el pericardio: una para cada uno de mis compañeros. La mía es la primera a la dere­cha. ¿La veis?

—Sí —reconoció Merry Bones, mientras la cortaba con suma delicadeza.

La antigua Polly experimentó tal descarga que el ataúd de hierro saltó en su sitio.

Entre tanto el corazón había quedado completa­mente descubierto: aparecía más rojo que una cereza y en perfecto estado de conservación. Nuestra querida Ann, sujetando el frasco de sales bajo la nariz, lo exa­minaba llena de curiosidad. Ella nunca despreció la oportunidad de aprender.

—¿El hornillo ha sido bien encendido? —preguntó la doncella desde el cajón.

—Sí —contestaron Ned y Jack, que se habían encar­gado de ello.

—¡En ese caso, adiós, amor mío! Os lloraré durante mucho tiempo... ¡Arrancadlo!

Merry Bones cogió de manos del doctor Magnus el cucharón de hierro que habían afilado cuidadosamente, y hundiéndolo hábilmente bajo el corazón, retiró intacta la víscera.

La mirada del señor Goëtzi perdió su brillo y se tornó opaca.

La música, fenomenal vibración de los bloques de pórfido, se extendió como un terrible quejido.

—¡Deprisa! —gritó Polly—. ¡Abrasad el corazón de mi seductor! ¡Quemadlo enseguida! Pero tened cuidado de no perder las cenizas, porque creo que nos serán muy necesarias. ¿Qué hora es?

Nuestra querida amiga echó un vistazo a su reloj, que marcaba las doce menos cuarto.

—¡Ahora todo depende de vuestra rapidez! —prosiguió Polly—. El camino que conduce desde aquí hasta la plaza central es largo y sólo existe una entrada. ¡Avivad el fuego!

La obedecieron. Todos comenzaron a soplar sobre las brasas, en el hornillo, y sobre las ascuas colocaron el corazón del vampiro, que inmediatamente comenzó a crujir y a despedir humo. Empezó además a arder. Despedía llamas como si fuese un pudding bañado con ron. Mientras tanto, el cuerpo del vampiro disminuía de tamaño sobre su lápida y sus ojos, animados con horrorosos impulsos, giraban y giraban...

El cucharón comenzó a ponerse al rojo vivo. El criado irlandés lo sujetaba con su chaqueta mojada y plegada varias veces. Los demás soplaban sin parar, ex­hortados por la voz del ataúd.

El corazón cayó convertido en brasas. Lo que resta­ba del señor Goëtzi, sobre la lápida, era únicamente un montoncillo de materia transparente a través del cual podían verse algunas cosas muertas: un loro, un perro, una mujer calva, un mesonero barbudo y un crío que sostenía un aro.

La tenue melodía dejó de escucharse, la fría llama de los sahumadores se apagó, las estatuas de las doncellas, después de caer en silencio de sus pedestales, yacían sobre el polvo de pórfido que formaba el suelo, y el enorme cuco negro del reloj holandés volaba en cír­culos alrededor de la cúpula, desplegando sin cesar sus silenciosas alas.

—Ya hemos terminado el trabajo —dijo Polly, cada vez más calmada en el interior del cajón metálico—. Durante un instante sentí vértigo, pero ya pasó. Ahora tenemos que salir de aquí. Supongo que habréis oído hablar del doctor Samuel Hahnemann, el inventor de la doctrina homeopática. Siempre que me encuentro bien, no creo demasiado en la medicina, pero es evi­dente que el mejor remedio contra los vampiros es la ceniza de uno de ellos. Tomad algunas pulgadas de la del amo para serviros de ella cuando llegue el momen­to, y guardad el resto en el fondo del cucharón. ¿Qué hora es?

—Faltan cuatro minutos para las doce —le contes­taron.

—¡Rápido entonces! ¡Vamos con esas piernas! ¡Lle­vadme con vosotros!

Inmediatamente dejaron el monumento cargando consigo el hornillo, ahora inútil, y lo que quedaba de la bolsa de carbón. Edward S. Barton y el pintor esclavonio cargaban con el cajón de hierro, puesto que Merry Bones tenía que proteger sus espaldas con el cucharón en el que se encontraban las cenizas del co­razón del vampiro sacrificado. No se burlen de esta medida. Enseguida conocerán ustedes el extraordina­rio poder de esta medicina.

Respecto al desgraciado padre, el doctor Magnus Szegeli, se obstinaba en cargar con él las estatuas de sus dos hijas. Al no poder hacerlo, ya que eran muy pesadas, se lanzó sobre los restos del vampiro, apoderándose de ellos, con la intención de pisarlos a gusto en su gabinete, sometiéndolos a las mayores humillaciones. Ella no se atrevió a censurar aquella pueril, aunque legítima venganza.

Salieron fuera. En el exterior todo permanecía mudo y quieto como antes, aunque algo parecía haber cambiado en los colores uniformes de las tenebrosas y fantásticas perspectivas. Así como la aurora despierta a la noche, lanzando misteriosos destellos sobre las ti­nieblas, del mismo modo el color intentaba aparecer entre aquellos pálidos y majestuosos monumentos. Podía verse algo de rojo en el descolorido ambiente, y el silencio parecía murmurar de forma confusa...

Los expedicionarios avanzaban a toda velocidad por las calles de Selene, constantemente acuciados por los exhortes de Polly, que desde el fondo del cajón de hierro gritaba hasta la saciedad como si fuese un jockey de Epsom. Y en efecto, ya podían ver que no estaba equivocada. El murmullo que flotaba en el silencio iba creciendo; los destellos, tenuemente rojizos, se iban intensificando, y empezaba a escucharse el ruido del aleteo del enorme cuco negro que continuaba revolo­teando en círculo sobre ellos.

En el preciso instante en que nuestros amigos al­canzaban el paso señalado con la estatua de la serpien­te, el animal de pórfido, de fenomenales dimensiones, comenzó a ondular lentamente mientras sus anillos, casi diáfanos y hasta ese momento incoloros, adqui­rían una tonalidad verdosa de indescriptible riqueza.

También en ese mismo momento, un sordo y apa­gado rumor, procedente de la cúpula central, invadió el espacio con una sucesión de rítmicas vibraciones, y toda aquella pálida quietud que las plazas de la ciu­dad muerta reflejaban hasta donde alcanzaba la vista, cobró vida repentinamente: una vida verde de cruda y violenta nitidez, en la que las líneas de las junturas de las piedras, que habían sido negras, al adquirir en­tonces una coloración escarlata, trazaban constantes zigzags de fuego...

Era un espectáculo maravilloso, aunque horrible, y esas tenebrosas maravillas ensombrecían y realzaban sus horizontes infinitos, haciendo que la mente su­cumbiese en un mar de espanto.

Polly no paraba de decir:

—¡Apretad el paso! ¡Corred! ¡Escapad de la muerte que se os viene encima! ¿Qué hora es?

—Las doce menos un minuto.

—¡Deprisa, desgraciados! ¡Corred! ¡Vuestra vida está en juego!

Los expedicionarios corrían jadeantes, tropezando constantemente, y bañados por ese helado sudor que la fiebre hace manar sobre el ardiente cuerpo. Se en­contraban en medio de la plaza central cuando la tre­pidante campana de cristal lanzó al aire el primer tañi­do de la hora veinticuatro. El pájaro negro movió sus alas profiriendo un triunfal cu—cú. De arriba abajo, las ventanas abiertas del enorme santuario dejaron pasar resplandores de hornos que parecieron incendiar suce­sivamente el aire, mientras el verde oscuro de los mu­ros se cuadriculaba con líneas de llamas.

En ese momento las doncellas del peristilo comenzaron a contorsionarse y a retorcerse mientras gritaban bajo las garras de los tigres; y las estatuas adquirieron unas poses lascivas sobre sus encendidos pedestales.

La oscuridad y el resplandor, la noche y el día, la gracia y el horror; todo se mezclaba en ese momento y en ese lugar, confundidos en salvaje e infernal promiscuidad. Ya no era ni siquiera un sueño, una pesadilla, un delirio. Era la orgía, el desenfreno de todos aquellos espectros unidos, una guerra, un huracán. La campana de cristal no cesaba de tocar. Después de cada campanada, el pájaro negro profería su salvaje grito, cuya intensidad iba aumentando a medida que el espacio, cada vez más caliente, cubría con los res­plandores más sorprendentes aquellas prodigiosas construcciones donde el fuego parecía ser el cemento de aquellos bloques esmeralda.

Con la duodécima campanada, los ramilletes de columnatas y nervaduras de la cúpula más alta se encendieron, avivados por el aleteo del pájaro negro. Las puertas de todos los mausoleos se abrieron en ese momento.

Nuestros amigos, exhaustos de tanto correr, ya no sabían por dónde escapar de aquella plaza rodeada de caminos uniformes, mientras Polly Bird, enloquecida de espanto, les gritaba sin parar: «¡Corred! ¡Vamos! ¡Daos prisa!», sin preocuparse por darles las indicacio­nes necesarias. Giraban a toda velocidad, jadeantes y sin aliento en un círculo mortal, sin percibir que no avanzaban un palmo y que ya habían pasado diez ve­ces por el mismo sitio. Finalmente Polly gritó: —¡Por el camino del Noctilio! ¡La puerta se encuentra a ese lado! ¡Corred, por el Cielo y el Infierno! ¡Vuestra vida está en juego!

Se abalanzaron hacia uno de los seis grandes ba­rrios que formaban la roseta, cuyo símbolo era la esta­tua de un gigantesco murciélago. Los otros cuatro símbolos eran una araña, un buitre, una sanguijuela y un gato. Es oportuno decir que Ned Barton y todavía más Grey—Jack, estaban ansiosos por dejar caer el ataúd de hierro que tanto frenaba su carrera, pero ¿cómo escapar sin la ayuda de Polly de semejante laberinto? No veían ninguna salida.

Mientras tanto la campana de cristal lanzaba sus últimos tañidos. En todos sitios el movimiento se­guía a la inmovilidad y el ruido al silencio. A través de las puertas abiertas se veía el interior de los mausoleos, cuyos moradores se levantaban sobre sus lápi­das, entregándose a su arreglo personal. Algunos in­cluso aparecían ya en los umbrales: hombres de gran estatura aunque afeminados casi siempre, mujeres también muy altas y de altiva figura, y todos ellos he­chos de una materia verde jaspeada de púrpura, con radiantes ojos amarillos y labios de los que saltaban chispas y que ardían como brasas bajo el fuelle de una fragua. Sobre sus hombros flotaban largos velos pur­púreos y en el fulgor cada vez más intenso que incen­diaba el ambiente, resultaba fácil descubrir en el cos­tado izquierdo de sus pechos, en el lugar del corazón, un orificio sangrante del que pendía siempre una gota roja.

¿No se habían despertado del todo, o es que nues­tros amigos se encontraban bajo el influjo de alguna protección? Aquellas espantosas criaturas no parecían haberles visto todavía, a pesar de que nada escondía su fuga. Polly Bird ni siquiera se atrevía a hablar desde el interior del cajón de hierro, por temor a atraer su aten­ción hacia los fugitivos. Nuestra querida Ann, al com­probar que sus pobres piernas no aguantaban más y que pronto se negarían a seguirla sosteniendo, le enco­mendó su espíritu a Dios. Ned estaba enfadado; Grey—Jack, a pesar de que era un inglés de pura cepa, tenía la carne de gallina, y al propio Merry Bones aquella si­tuación se le estaba haciendo eterna.

—¡Valor! —clamó en un susurro Polly Bird, al verlos flaquear—. ¡Un último esfuerzo! Ya nos encontramos cerca del sepulcro del portero. Bastará con que le echéis en los ojos un poco de ceniza de mi difunto se­ductor, y podremos pasar. ¡Aguantad!

Pero cuando el gran pájaro negro, posado ahora con sus alas desplegadas en medio del fuego que coro­naba la gigantesca cúpula, lanzó un último cu—cú y en el aire resonó la última campanada, pudieron oír un grito lejano seguido por el ruido de un cuerno.

Después, con mágica rapidez, los gritos se fueron aproximando, los sones de las trompetas también, de forma que antes de que pasara un segundo, nuestros amigos se vieron rodeados por un sordo clamor sobre el que se destacaba la atronadora voz de los cuernos. Los gritos parecían hablar en un idioma desconocido, mientras los cuernos tocaban una marcha militar cuya algarabía, capaz de desgarrar cualquier tímpano, no puede describirse con palabras. Simultáneamente, unos tambores invisibles redoblaron a los cuatro vien­tos convocando a todos los vampiros, mientras la cam­pana de cristal tocaba a rebato.

—¡Estamos al lado de la puerta! —gritó Polly Bird—. Están gritando: «¡Tumba violada! ¡Muerte de un vampiro!» Pero da igual. ¡Un último sacrificio y nos en­contraremos fuera!

Era cierto. Nuestros expedicionarios ya podían vis­lumbrar el alto muro de pórfido, fantástica cintura de tanta maravilla y el profundo, estrecho y bajo túnel, que era la única entrada a la Ciudad de los Vampiros. Seguramente pasaron por él en su camino, aunque ahora no lo recordaban.

Y puesto que ya habían dejado atrás los últimos mausoleos, no encontraron a nadie que se interpusiera entre ellos y la puerta, abierta de par en par, tras la cual reinaba una completa oscuridad.

Pero el griterío, la algarabía, la alarma general y el toque a rebato, mezclados con todo tipo de ruidos añadidos, subía de volumen como si fuese una marea de ensordecedor estruendo, y repentinamente una multitud de hombres, mujeres, cuadrúpedos, pájaros y reptiles, todos verdes y rojos, con ojos de un amarillo intenso, apareció en el camino principal procedente de todos los accesos, invadiéndolo en un santiamén.

—¡Muerte a los profanadores! ¡Muerte a los profa­nadores! ¡Portero, cierra la puerta! ¡Baja los barrotes e iza el puente! ¡Soltad los dogos, los tigres, los leones, las serpientes y los cocodrilos! ¡Sepulcro ultrajado! ¡Muerte de un vampiro! ¡Queremos su sangre... su sangre... su sangre!

Entonces ocurrió algo sorprendente. No se percibió el menor movimiento al lado de la puerta que respon­diese ante aquel griterío acuciante. El portero no apare­ció. Los barrotes permanecieron suspendidos en el aire y el puente levadizo no fue izado. No aparecieron ni los dogos, ni los tigres, ni las serpientes, ni los cocodrilos. Si me lo permiten, ahora les explicaré lo que ocurrió. El cargo de portero, al existir una única puerta, es un car­go muy importante. Por ese motivo, y para evitar pro­blemas, el cargo es desempeñado por turno, durante veinticuatro horas, por cada uno de los habitantes de Selene. Ese día el turno le correspondía al señor Goëtzi, y al tener fama de ser un vampiro extraordinariamente puntual, su predecesor se retiró después de la primera campanada de la hora veinticuatro.

Evidentemente cometió un grave error, y segura­mente sería severamente castigado por ello.

Ese es el motivo por el que nuestros amigos fugiti­vos no se encontraron con nadie que pudiera cerrarles el paso. Aunque, ¡válgame el Cielo!, no por ello su si­tuación era menos complicada. La muchedumbre de alborotadores y airados enemigos crecía con vertigino­sa rapidez. Ya se desbordaba a ambos lados, cuando la voz del ataúd gritó:

—¡Cuidado, Merry Bones! ¡Cuidado!

El valiente irlandés se giró, y el aliento de un gigan­tesco canalla de verde, que le pisaba los talones con sus fauces abiertas, le abrasó el rostro, mientras dos perros monstruosos saltaban sobre él intentando hacer presa en su garganta, al tiempo que algunos reptiles se desli­zaban silbando entre sus piernas.

La situación se hizo todavía más crítica, porque justo entonces la muchedumbre desbordaba ambos flancos ladrando, bufando, gritando y rugiendo: «¡Muerte! ¡Muerte!», mientras nuestros amigos, exhor­tados por la voz de Polly, perdían por completo el con­trol de sí mismos.

Merry Bones ni siquiera llegó a pararse un cuarto de segundo, pero fue tiempo suficiente para que el gesto le separase del resto de sus compañeros, que atravesaron el túnel dejándolo a él solo, en medio de la Ciudad de los Vampiros.

Ella nunca habría aceptado voluntariamente dejar atrás a nadie, aunque fuese irlandés, y menos a merced de tan espantosos enemigos; pero Polly apresuraba la escapada como una posesa, conocedora del tipo de tor­tura que le esperaba si llegaban a capturarla (y además veremos que también tenía el ambicioso proyecto de convertirse en la única heredera del señor Goëtzi). Ned Barton y Grey—Jack, obedientes, franquearon el túnel y el puente levadizo corriendo como liebres.

Ann iba justo detrás, sin saber si ya se encontraba a salvo, o por lo menos fuera de la ciudad maldita.

Únicamente se giró después de sobrepasar el foso, y entonces pudo ver a través de la boca del túnel un es­pectáculo magnífico e infernal que muy pocas perso­nas han conseguido contemplar a lo largo de los siglos. Por muy audaz que fuese su temperamento, Ella nun­ca sentiría nostalgia de los momentos que acababa de vivir en medio de aquellos increíbles horrores, a pesar de lo cual quedaría en su mente para siempre un eter­no deslumbramiento y, gracias al instinto de su carác­ter poético, permanecería grabada en ella la impresión de esos milagros que manifestaban un poder que no era el de Dios. En especial, recordaría el momento del despertar, ese minuto en que la sepulcral fantasmago­ría se coloreó con las tonalidades de una orgía, dejan­do en ella un recuerdo tan vivo como una herida.

La vio todavía una vez más a través de la boca del túnel, que se abría en medio de la gruesa muralla: la orgía saltaba y se contorsionaba en un mar de luces verdes y rojas; y más allá de los tumultuosos y confu­sos movimientos de la turba embriagada de ira pudo ver de nuevo, como en un sueño lejano, la perspectiva infinita de los sepulcros, las cúpulas, y los pilares per­diéndose en resplandecientes propileos...

Y como el desgraciado Merry Bones se encontraba ahora ahogado en medio de aquella turba salvaje, Ella ni siquiera logró verle.

—¡Bendito sea Dios! —exclamó entonces—. ¡Nos he­mos salvado de milagro!

—¡Adelante! ¡No debemos pararnos ahora! —urgía Polly—. Aún no podemos felicitarnos. ¡Ya nos quedará tiempo para darle las gracias a Dios cuando hayamos traspasado el círculo de tinieblas y vislumbremos los campanarios de Semlin!

No es necesario que recuerde que, al abandonar el túnel, nuestros amigos se encontraron nuevamente con las penumbras que rodean a Selene, como si perte­neciesen a un oscuro suburbio.

Continuaron avanzando, y a quienes se les ocurrió recordar a Merry Bones, se cuidaron muy mucho de pronunciar su nombre.

Nosotros, por nuestra parte, nos ocuparemos de él.

 

 

Al principio se sintió un poco perplejo e incluso con­trariado por el salvaje asalto de los vampiros, a quienes creía todavía lejos. Uno puede cometer este tipo de errores cuando pelea contra seres sobrenaturales. Por lo general, su agilidad y destreza es muy superior a la de cualquier humano.

Sin embargo, el asombro del criado no le impidió arremeter de un cabezazo contra la barriga del vampi­ro que le abrasaba con su aliento, aunque el golpe, amortiguado por el pelo, le produjo una impresión tan desagradable de frío que se propuso no volver a tocar a esos animales más que con el pie; y eso que él no era nada remilgado. A pesar de su bella apariencia de jaspe, el pecho de ese vampiro era fofo y frío como la panza de un pescado.

Aun así, el cabezazo había sido bueno, y la maldita bestia se vio lanzada contra la turba apretada, y después fue tirando, al retroceder tambaleando antes de caer, a media docena de vampiros. Aquello abrió un hueco su­ficiente como para que Merry lograse mirar hacia atrás. Al ver que se encontraba separado de sus compañeros por una muralla espectral y movediza, se sintió com­pletamente derrotado, cercado y abandonado.

—¡Eso es lo que puede esperarse de los ingleses! —se quejó lastimero.

Su desgracia le hacía ser injusto con la más civiliza­da de las naciones. ¡Aunque puede que tuvieran el su­ficiente juicio como para comprender que un irlandés siempre logra salir adelante de cualquier situación!

Entonces comenzó a lanzar coces a su alrededor, de forma tan violenta que le hizo ver las estrellas a todos los vampiros que le rodeaban. No había un solo testi­go que pudiese gozar de tan maravilloso espectáculo: un simple criado manteniendo a raya a todos los vam­piros de la tierra, rebeldes y en el paroxismo de la furia. Se trata de algo increíble, no puedo negarlo, pero completamente cierto. Y Merry Bones, al derribarlos, les cantaba además descabelladas canciones de su tie­rra, y les gastaba bromas pesadas que sólo se le pueden perdonar atendiendo a su mala educación.

Pero debemos ser justos. ¡Eran demasiados! ¡Y se­guían viniendo cada vez más! Los perros, por su par­te, se mostraban especialmente furiosos. Los pájaros también se encarnizaban de forma insoportable, y cuando a ellos se les sumaron las arañas y los murcié­lagos malolientes, Merry Bones perdió por completo la paciencia. No se trata de que los maestros—vampiros sean muy numerosos. Por fortuna no lo son, o de lo contrario el mundo se extinguiría exangüe. Lo que pasa es que cada uno tiene su réplica, y además arras­tra con él a esas bestias accesorias, que también tie­nen la capacidad de multiplicarse. Un vampiro ban­quero, de esos que ha mantenido altas finanzas o ha pertenecido a la nobleza, es capaz de mantener a cientos de estos esbirros, y los aristócratas nunca han tenido menos de cincuenta. Eso le confiere a la Ciu­dad de los Vampiros una población flexible, que pue­de replegarse dentro de sí misma como las diferentes secciones de un catalejo, o los diferentes tramos de una caña de pescar. Resulta agotador, porque por más que se pode este prado vivo y movedizo, absoluta­mente abominable, nunca se logra nada.

Hubo un momento en que el desgraciado Merry Bones se encontró en verdaderas dificultades. Tenía dos perros agarrados a cada una de sus piernas, tres arañas colgándole de la espalda, un murciélago en cada axila y varias docenas de sanguijuelas extendidas por todo el cuerpo. Cuatro buitres gigantescos se pe­leaban por sus ojos mientras los hombres, lanzando verdes resplandores, le atacaban violentamente con toda clase de armas. Era como para poner en dificulta­des al guerrero más audaz.

De repente se dio una palmada en la frente: acaba­ba de tener una idea. Había dejado el cucharón en el suelo, entre sus piernas, para poder tener libres las dos manos. Ustedes no habrán olvidado, sin duda, que el cucharón contenía las cenizas del corazón del vampiro Goëtzi. Merry Bones recordó en aquel trance que Polly había insistido vehementemente en las propie­dades de esas cenizas. Para ver si era verdad, se apoyó sobre sus manos con la intención de quitarse de enci­ma a esa chusma que lo cercaba, y lanzó tantos y tan salvajes puntapiés a su alrededor que logró hacer retro­ceder unos pasos a sus atacantes.

Al lograr de ese modo un pequeño espacio, levantó el cucharón y lo colocó bajo las narices del primer vampiro que se le vino encima. El efecto fue fulmi­nante. El hombre verde explotó repentinamente, ya que ésa es la expresión que me parece más apropiada para el estornudo que destruyó a la bestia, haciendo ji­rones sus vestidos y provocando daños también a su alrededor. El resultado le dio a Merry una de las ale­grías mayores de su vida. Inmediatamente lanzó un rosario de todas las imprecaciones conocidas al oeste de Irlanda, mientras enterraba el mango del cucharón en la mata de su pelo, donde se mantuvo tan firme como si se lo hubiese clavado en la cabeza. Acto segui­do ejecutó entusiasmado las piruetas del Lilliburo, su baile nacional. Entonces le hizo señas a la chusma, in­dicando que quería hablar:

—¡Hatajo de serpientes! —gritó—, ¿entendéis el ir­landés? Si me dejáis en paz no acabaré con vosotros, exterminando hasta el último. Pero si seguís impa­cientándome...

Le interrumpió inmediatamente un agudo es­truendo, formado por voces de hombres, berridos de mujeres, aullidos de perros, silbidos de pájaros y mur­ciélagos, y chillidos de reptiles. El clamor decía:

—¡Eres nuestro prisionero! Hemos cerrado la puer­ta, bajado los barrotes e izado el puente. Si no podemos acabar contigo por la fuerza, entonces te mataremos de hambre y le daremos de beber tu sangre a nuestros cerdos.

El pobre criado comenzaba precisamente a sentir hambre, por lo que la idea de morir de ese modo le hizo explotar en justificada cólera.

—¡Eso ya lo veremos, por cien mil diablos! —excla­mó mientras se remangaba.

Y enarbolando el cucharón como si fuese una má­gica bandera, se dirigió con paso firme hacia la puerta de salida.

Nadie le cerró el paso. La muchedumbre de espec­tros se mantenía a distancia, sonriendo burlona.

Efectivamente, al llegar a la puerta el criado se en­contró con que estaba cerrada y atrancada. Intentó de­rribarla, pero le habría sido más fácil arremeter contra las torres de la abadía de Westminster. Contrariado, permaneció un momento titubeante, y la canalla em­pezó a lanzar carcajadas al ver su estupor.

—¡Quien ríe el último ríe mejor! —gruñó el irlandés, que se rascaba ambas orejas hasta hacerse sangre, en busca de una idea.

La chusma le replicó, a distancia:

—¡Morirás de hambre, miserable pordiosero! ¡Mo­rirás de hambre!... ¡De hambre!

—¡Morirás de hambre, morirás de hambre! —les imi­tó Merry Bones.

Y al tratar de burlarse de ellos con un gesto vulgar, ejecutó un movimiento tan torpe que el cucharón se viró, yendo a desparramarse en el suelo las cenizas del corazón del vampiro Goëtzi.

La turba enloquecida profirió entonces un aullido de triunfo, como celebración de aquel accidente de imprevisibles consecuencias, e inmediatamente co­menzaron a moverse con renovada furia. Al principio el criado irlandés quedó aturdido, pero inmediata­mente se dio tres palmadas en la frente y guiñó el ojo como suelen hacer los irlandeses:

—¡Se me acaba de ocurrir una idea! ¡Esperad un se­gundo, vamos a reírnos!

La ceniza había caído al ras de la puerta, que estaba forjada en acero fundido. Mientras la turba se le acer­caba ruidosamente, Merry Bones comenzó a rascar el suelo, recuperando toda la ceniza que pudo y colocán­dola de vuelta en el cucharón. Con el resto hizo un pe­queño montoncito. Entonces se giró. Aquél era el mo­mento. Toda la jauría de cuadrúpedos, bípedos, aves y reptiles se abalanzó al unísono sobre él. Escogió de en­tre todos a una hermosa vampiro de cabellos rubios que apestaba a perfume, agarrándola por el cuello. Ac­tuó de forma tan rápida que nadie logró impedírselo, y casi no hubo tiempo para que de los abrasadores la­bios de la bestia saliese una maldición.

A pesar de todas las mordeduras, picaduras, maza­zos y aletazos que le habían dado, el criado irlandés utilizó su poderoso brazo, y obligó a la vampiro a in­clinarse hasta que sus labios tocaron el montoncito de cenizas. Ya conocen ustedes la violencia de aquel pro­ducto, cuyo simple olor había hecho saltar por los ai­res a un vampiro. En cuanto los labios ardientes de la cortesana tocaron la ceniza, no se produjo una explo­sión, sino la erupción de un volcán semejante a la del Vesubio o el Etna. La puerta de acero fue arrancada de cuajo y lanzada a una distancia increíble; la reja saltó hecha añicos, también; y la muralla quedó reducida a fragmentos que podrían haber servido como pavimento. Por algún sorprendente efecto, el puente leva­dizo permaneció sin embargo intacto; únicamente se rompieron sus cadenas, lo que hizo que cayera de pla­no en su sitio de costumbre, sobre el foso, y lo justo como para permitir el paso del pobre Merry Bones.

¿Es necesario que les cuente los destrozos que se produjeron entre la marabunta de vampiros? No. Se­guramente se los pueden imaginar fácilmente. Bastará con que les cuente que Merry Bones salió únicamente con algunos rasguños superficiales, unos pocos moratones, y dos tercios de su cabellera chamuscada. Pero como pensaba cortarse el pelo al día siguiente, esta cir­cunstancia incluso le ahorró trabajo.

—¡Eh, muchachos! —gritó hacia el picadillo de vam­piros que había esparcido a su alrededor—, ¿os ha gus­tado la broma? ¡Que lo paséis bien!

Y cruzó el puente, retorciéndose de risa.

A pesar de su brillante proeza, el desdichado Merry Bones no había llegado todavía al final de sus proble­mas. Una vez atravesado el puente levadizo penetró en la oscuridad, densa y opaca. Al principio intentó ale­jarse tan rápido como se lo permitieron sus piernas, aunque después de unos pocos pasos, sorprendido al no oír ningún ruido a su espalda, se giró y no vio nada.

¡Estaba en medio de la más impenetrable oscuri­dad, y del más completo silencio. El mero hecho de darse la vuelta fue suficiente para que se desorientara, y comenzó a caminar erráticamente, presa de un mie­do visceral hacia lo desconocido. Lógicamente, debe­ría haber seguido andando hacia delante, en línea rec­ta, pero la gente de su país tiene una veleta dentro de la cabeza. Sin ningún motivo, giraba repentinamente hacia la derecha, obedeciendo a un capricho pasajero; un momento después le daba la impresión de que esta­ba regresando hacia Selene, y giraba nuevamente hacia la izquierda. No podía avanzar demasiado siguiendo aquel sistema.

De esta forma caminó, aunque sin avanzar apenas, nuestro pobre Merry Bones. Después de media hora, cuando cambiaba por enésima vez de dirección, chocó violentamente contra un hombre que caminaba en di­rección opuesta.

—¡Idiota!

—¡Animal!

—¡Increíble! ¡Es Grey—Jack!

—¡Señorita! ¡Señorita Ann! ¡El inútil de Merry Bo­nes no ha muerto!

Ése fue el peculiar diálogo en medio de la oscuri­dad. Justo en ese momento se produjo un resplandor entre las tinieblas, y nuestra querida Ann apareció su­jetando una vela que iluminó a Ned, Jack y el cajón de hierro. Ya no viajaban con el doctor Magnus ni con el joven pintor esclavonio, personajes de poca importan­cia que se habían despistado y cuyo destino es fácil de imaginar si les digo que aquella oscuridad estaba infes­tada de vampiros sedientos de venganza y ansiosos por devorar a alguien.

Nuestra querida joven y su grupo estaban tan perdi­dos como el pobre criado irlandés. Se preguntarán us­tedes cómo era posible que pasara esto, ya que viajaba con ellos Polly Bird, antigua réplica del señor Goëtzi, y que debía estar ya acostumbrada a aquellos trucos del diablo. Les contestaré que la desgraciada había sufrido una terrible conmoción al serle cortado el hilo espiri­tual que la unía a su amo y señor. No es posible sopor­tar una operación como ésa sin que la salud se resienta gravemente. Los acontecimientos que siguieron, terri­bles y dramáticos, acabaron por agotar sus escasas ener­gías, especialmente al tener que respirar el aire viciado del interior del ataúd. Todos aquellos motivos hicieron que la antigua Polly se adormeciera dentro de su fére­tro, y fueron en vano todos los intentos que se hicieron a partir de entonces para conseguir que despertase.

Se pararon un instante para meditar sobre su situación. Merry Bones aprovechó el momento para sacudirse el escaso pelo que le quedaba y para quitarse de encima los jirones de ropa de los vampiros que habían explotado a su lado. Nuestra querida Ann examinó atentamente aquellos restos, con una curiosidad propia de su interés por la Historia Natural. Entre otras cosas, la joven observó lo siguiente: la carne de vampi­ro es de muy poca consistencia, blanda, e incluso un poco viscosa. En medio de la oscuridad, Ella se dio cuenta de que irradiaba un pálido resplandor verde fosforescente. Al darle la luz, sin embargo, aquellos restos mostraban un color verde oscuro, moteado de rojo negruzco. Todos los detalles son pocos para la ciencia, y por eso les transmito todas estas cosas exac­tamente igual a como me las contaron.

El grupo decidió unánimemente que tenían que atravesar a cualquier precio aquella densa oscuridad.

Atendiendo a su instinto, debían de ser en ese momen­to las dos de la tarde aproximadamente; si conseguían alcanzar el borde de aquella noche artificial se tropeza­rían, muy probablemente, con el pleno día. Merry Bo­nes se puso nuevamente al frente de la columna de ex­pedicionarios y ordenó reemprender el camino.

Después de una pesada y tediosa marcha, un grito brotó al mismo tiempo de todos los corazones:

—¡Luz!

Era sólo un débil resplandor. ¡Pero qué alegría les dio ver, aunque fuese confusamente, algo parecido a la claridad! Nuestros amigos iban a acelerar la marcha, cuando inesperadamente se detuvieron, paralizados de espanto. Nubes verdosas cruzaban el cielo al tiempo que se oía un sordo clamor, semejante al estruendo de una cabalgata, mientras largas filas de pálidas som­bras aparecían por sus flancos. —¡Los vampiros!

Por desgracia era cierto. Todo lo que había queda­do vivo en la Ciudad de los Vampiros había montado a lomos de un dogo, de un león o de un tigre, y la sal­vaje caballería rodeaba ya a los fugitivos, mientras otros asesinos, subidos sobre murciélagos de diferentes especies, surgían de la oscuridad y llegaban por los aires haciendo chasquear las membranosas alas de sus monturas. ¡No les quedaban esperanzas! Merry Bones había perdido en el camino su célebre cucharón. Era el final de la aventura.

Pero justo en ese agónico momento, en el instante en que las huestes sedientas de sangre se abalanzaban desde todos sitios sobre nuestros amigos, pudo escu­charse en la distancia una melodía celestial. No es ne­cesario decir que la oscuridad comenzó a desaparecer ante aquella maravillosa música que parecía traer consigo a la venerada luz del sol. La horda de vampiros, durante un segundo asustada y titubeante, huyó en estampida dando alaridos, como cien diablos derrota­dos por la aparición de un único ángel.

Porque era realmente un ángel el que llegaba. Existen seres adorables que, al igual que los ánge­les, sólo necesitan aparecer para producir milagros.

No es necesario que lo proyecten o que se lo propon­gan: basta solamente con que aparezcan.

El muy venerable Arthur (al que en otras tierras bautizamos acertadamente como «el desconocido de apariencia divina») no había llegado hasta las llanuras de Serbia para proteger a nuestra querida Ann y sus amigos. Al igual que en Holanda, se dedicaba aquí a estudiar el arte de la guerra bajo la tutela del respetable clérigo, miembro de la comunidad anglicana, que lo acompañaba como mentor. En aquel momento visitaba los campos de batalla donde se habían instruido en el pasado Solimán II, el príncipe de Baviera, el prínci­pe Eugenio y muchos otros.

En efecto, era el honorable Arthur, rubio, sonrosa­do y barbilampiño, montado en su silla de viaje admi­rablemente confortable. Mientras el venerable religio­so dormía la siesta después de una copiosa comida, el joven noble olvidaba por un instante sus incipientes estudios y cantaba el God save the king con la ayuda de una guitarra.

Y pasó de largo, sin dirigir una mirada a los expedicionarios a los que acababa de regalar la existencia.

Ella se negó a volver a Semlin. Abandonaron el to­rrencial Danubio y se dirigieron hacia el oeste para co­rrer, por fin, a salvar a la pobre Cornelia. Como ya no tenían nada que temer del señor Goëtzi, el viaje resul­tó placentero por las llanuras de Bosnia, un país desco­nocido y muy fértil, donde los habitantes visten trajes convenientes. El desfiladero de Tina les permitió un paso en medio de las montañas. Tras alcanzar el otro lado, se encontraron con las abruptas cimas de los Al­pes Dináricos, en medio de los cuales se erguía orgu­lloso el castillo de Montefalcone.

Desde hacía varios días el ataúd de hierro estaba vacío. Polly Bird se había portado tan bien en la Ciu­dad de los Vampiros que no provocaba ya ninguna desconfianza. La pusieron en libertad, sin que ella abusara en absoluto de ese privilegio. Tampoco les sor­prendió el uso inmoderado de bebidas alcohólicas por parte de esta doncella, puesto que es frecuente en las jóvenes campesinas inglesas, que comparten esta afi­ción con damas de alta cuna.

Como todavía llevaba además ropas del otro sexo, sus muchos pecados de embriaguez resultaban menos impropios. No habrán olvidado ustedes que la antigua Polly todavía representaba el papel de réplica del señor Goëtzi. Ésta era la única forma de poder introducir a Ned Barton dentro de las murallas de la inexpugnable fortaleza. Homero empleó una estratagema parecida en su inmortal epopeya, y lo cierto es que el ataúd de hierro podría perfectamente pasar por una versión moderna, y reducida, del caballo de Troya.

En lo físico, Polly había cambiado ligeramente desde la muerte de su seductor. Había menguado, ofreciendo el aspecto de un señor Goëtzi empequeñecido por el cansancio o la enfermedad. Al mismo tiempo, no obs­tante, había adquirido un aire de importancia que no agradaba a nuestra querida Ann. El único que lograba hacerle que obedeciera era Merry Bones. No es ningún misterio cómo lo lograba: le atizaba un cabezazo en la barriga o un puntapié algo más abajo, en el lado contra­rio, siempre que ella no se comportaba como él quería.

En la noche del sexto día entraron en los desfilade­ros y enseguida los rayos de la luna iluminaron la enorme masa del castillo condal, que Ella inmortali­zara con el nombre de Castillo de Udolfo.

No se veía ninguna luz sobre los muros ni a través de las ventanas góticas de las diversas alas del edificio. Todo parecería estar muerto en la antigua fortificación, de no ser porque una forma humana hizo su apa­rición en la parte más alta de una elevada torre. Era una joven (o al menos su sombra) vestida con largos velos blancos.

—¡Ya la veo! ¡Es ella! —exclamó Ann. Y Edward, uniendo sus manos con delicada sensi­bilidad, exclamó:

—¡Oh, Cornelia! ¡Mi amada! ¿Es a ti a quien veo, o es sólo tu fantasma bienamado?

Para conseguir su objetivo, nuestros amigos tenían que separarse allí en dos grupos. El señor Goëtzi, como volveremos a llamar en lo sucesivo a la desdichada Polly Bird, debía entrar solo en el castillo con el cajón de hie­rro, que transportarían dos hombres del pueblo contra­tados en la ciudad de Bihac, que tiene la peculiaridad de encontrarse ubicada en medio de las aguas del río Una. Nuestra querida Ann, Merry Bones y el viejo Grey—Jack habían acordado vigilar desde el exterior.

La hora en que tuvieron que separarse les resultó muy triste. Los viajes crean cierta intimidad; los peli­gros compartidos producen inevitablemente un cier­to acercamiento, y no he ocultado que en los prime­ros trastornos de su corazón Ella le había dedicado a Edward S. Barton sus preferencias. Por eso, cuando tuvo que separarse de él, tal vez para siempre, no pudo evitar derramar algunas lágrimas, aunque ense­guida se impuso su excepcional fuerza de carácter y dijo con tono enérgico:

—Marchaos, Edward Barton, mi amigo y hermano. Id hacia donde el deber os llama. Sed tan prudente como valiente en medio de los peligros desconocidos que os envuelven. Recordad que viajan con vos mis oraciones, y que día y noche estaré preparada para co­rrer en vuestro auxilio.

Ella se volvió y los demás abrieron el ataúd.

Edward se introdujo entonces en él, y los dos hombres de Bihac lo cargaron sobre unas parihuelas.

El señor Goëtzi conocía, naturalmente, la contra­seña. Después de llamar desde el otro lado del foso (ya que no tenía un cuerno de caza consigo), intercambió las palabras necesarias con el vigía, que le permitió el paso. Cuando le preguntaron qué quería, replicó:

—Deseo ver inmediatamente al conde Tiberio.

—El conde está acabando ahora de cenar —le res­pondieron—. No es momento adecuado para visitas.

—Cualquier momento es adecuado cuando se trae una buena noticia —insistió el señor Goëtzi—. Id en presencia del conde y explicadle que el hombre que acaba de llegar le trae el ataúd de hierro.

El criado hizo lo que le mandaban. Cuando el señor Goëtzi se quedó de nuevo a solas con Edward, se agachó hacia uno de los orificios del cajón metálico y dijo en un susurro:

—Todo marcha viento en popa. Intentad haceros bien el muerto.

—Estoy dispuesto a lo que sea para salvar a mi ama­da, pero ¡por mi honra! ¡Aquí me estoy asfixiando! El retorno del criado acabó con este diálogo.

El conde esperaba al señor Goëtzi en sus aposentos. Llamaron de nuevo a los hombres del pueblo, que volvieron a colocar el ataúd de hierro sobre las pari­huelas. Se adentraron entonces a lo largo de trece corredores, y atravesaron docenas de habitaciones que en otros tiempos debieron de ser magníficas, aunque el deplorable estado en que se encontraban denotaba un abandono de varios siglos. El señor Goëtzi no pudo re­primir una sonrisa diabólica al pasar junto a las ruinas que indicaban el antiguo emplazamiento de la alcoba de la condesa viuda de Montefalcone. Toda aquella ala del castillo, todavía no rehabilitada, despertaba en él el recuerdo de su incursión al mando de su fallecido amo y se dijo a sí mismo:

—¡Todo aquello estuvo bien, pero ahora lo haré to­davía mejor!

Supongo que ya comienzan ustedes a comprender que el desdichado Ned y nuestra querida Ann habían hecho muy mal en depositar en él su confianza.

Por fin llegaron a una zona mejor conservada, con alfombras ya reparadas y muebles sin manchas de polvo.

El conde Tiberio Palma d'Istria se encontraba sen­tado, o más bien tumbado, en un sillón cuya confec­ción se remontaba a la era de los Dux.

Estaba borracho, como solía pasarle todas las no­ches después de comer. Letizia le había inculcado esta costumbre salvaje para poder dominarlo mejor. El señor Goëtzi apareció, seguido por los dos porteado­res, que dejaron el cajón de hierro en el suelo, reci­biendo inmediatamente la orden de salir de la habita­ción, aunque sin marcharse del castillo.

—¿Traes al inglés en ese arcón? —interrogó Tiberio—. ¡Buenas noches, bribón!

—Os saludo, monseñor —contestó Goëtzi—. Sí, trai­go al inglés.

—¿Está completamente muerto?

—Me sorprende incluso que no os sintáis todavía molesto por el olor que desprende el cuerpo.

Tiberio, que se creyó lo que le decía, se tapó inme­diatamente la nariz.

—¿Deseáis verle? —añadió el señor Goëtzi, girándo­se hacia el cajón.

—¡Vete al infierno! —gritó el conde—. ¡Acabo de ter­minar de cenar! No juegues con mi estómago. ¡El in­glés ya debe de haber sido devorado por los gusanos, porque tú, maldito, te tomaste todo el tiempo del mundo para traerlo hasta aquí!

—El féretro es muy pesado, y el camino largo —se excusó el señor Goëtzi.

—¡Qué cosa infecta! De acuerdo, hagámoslo rápida­mente. ¿Qué fue lo que te prometí como recompensa?

—A la signora Letizia Pallanti.

—¿Es eso cierto, bribón? Me parece perfecto. La amé como a la niña de mis ojos, pero ya ha pasado el tiempo y ella todavía lleva la peluca de una muerta. ¡Ja, ja, ja! ¡Pobre condesa Greete! ¡Menuda broma le gastamos! Pero ahora deseo desposar a Cornelia, mi discípula, para poder gozar de su juventud al mismo tiempo que lo hago de su fortuna... ¡Perfecto! Ahora deja al inglés en los calabozos. Letizia es tuya, ya pue­des irte con ella de una vez. Di, cuando bajes, que me suban más vino y me traigan a mi discípula Cornelia.

El señor Goëtzi se marchó entonces con el ataúd de hierro, mientras el conde Tiberio seguía bebiendo. Ned, a pesar de su incómoda situación, se alegró por el éxito del engaño. Estaba seguro de que ahora lo lleva­rían al lado de Cornelia, y que ésta encontraría alguna forma de hacer entrar a sus amigos en el castillo. Ése había sido el plan acordado, y las esperanzas de Edward se vieron reforzadas cuando el señor Goëtzi ejecutó únicamente la mitad de las órdenes del conde Tiberio. Pidió que le llevaran más vino, pero no dijo nada de Cornelia.

¿Cuántos pasillos, cuantos puentes levadizos, esca­leras, aposentos deshabitados y salones separaban la alcoba de Tiberio de la de Letizia?

La hermosa italiana estaba tumbada a la usanza oriental sobre una montaña de almohadas. Había en­gordado bastante últimamente. ¡Allí fue donde Ned comenzaría a entender muchas cosas!

—¿Me lo traéis vivo? —preguntó la Pallanti nada más ver al señor Goëtzi.

Y al decirle éste que sí, ella se puso en pie sobre los almohadones, exclamando:

—¡Oh, cielos! ¡Debes de estar muy incómodo ahí dentro, mi amor! ¡Abrid enseguida este ataúd para que pueda embriagarme de gozo al verlo y estrecharlo contra mi corazón!

—¡Calma! —contestó sin embargo el señor Goëtzi—. Este muchacho es fuerte y decidido. Si lo dejáramos en libertad no tardaríamos en arrepentimos.

—¿Crees acaso —interrogó Letizia— que se podría re­sistir a mis encantos?

—Estoy convencido. ¿Es que no sabéis que a quien ama es a Cornelia?

—¡Esa flacucha! —exclamó la signora con un gesto de desdén—. ¡Apuesto a que ni siquiera pesa cien libras de buena carne!

El señor Goëtzi respondió con una mueca y prosi­guió:

—Cada cual tiene sus gustos. Yo, sin ir más lejos, la quiero a ella como recompensa, tal y como está.

Ned pensó que no había oído bien. «Seguramente», pensó, «Polly está representando su papel todavía».

—De acuerdo; es justo —respondió sin embargo la italiana—. Te la prometí y será tuya, pero no ahora.

—¿A qué hay que esperar? Tengo prisa.

—Todavía tenemos que deshacernos de ese cretino de Tiberio.

—Eso llevará tiempo —objetó el señor Goëtzi.

Letizia insistió:

—Todo estará preparado mañana por la mañana. Si tienes sed, puedes pedir a mi undécima doncella: ¡tie­ne dieciséis años... una palomita! La rapté en la granja esta mañana, y podrás comprobar que su sangre es mucho mejor que la de Cornelia.

Por uno de los orificios, Edward pudo ver cómo la mirada del señor Goëtzi brillaba ante aquellas pala­bras. ¡Entonces cayó la venda de sus ojos! Pensó con espanto que Polly continuaba siendo vampiro, y que él se hallaba a su merced.

—No rechazaré a la joven campesina —dijo entonces Goëtzi—, sobre todo después de lo mucho que he pa­decido en este viaje y de las pocas ocasiones que he te­nido para alimentarme bien. Pero os advierto que no debéis iros a dormir en confiada seguridad. Hay ene­migos en las proximidades del castillo.

—¿A qué te refieres?

—Estoy hablando de miss Ann Ward y sus criados.

Ned se estremeció entre las paredes del ataúd me­tálico. Sin embargo tuvo el temple suficiente como para no mostrar su desaliento con alguna imprudente exclamación.

Entre la italiana y el señor Goëtzi se produjo, a pe­sar de ello, un momento de silencio. Ella parecía sumi­da en profundas meditaciones.

—Escucha —dijo finalmente—. Lo mejor será que desciendas por el subterráneo del Norte, que es el más corto de los cuatro, puesto que sólo tiene una legua. Cuando llegues al final, haz girar la piedra que está montada sobre goznes, y así podrás acceder a la campi­ña. Te unirás entonces a la inglesa y sus esbirros y te ofrecerás hábilmente para conducirlos hasta Cornelia, aunque los traerás ante mi presencia. Yo me ocuparé de lo demás. ¿Está claro? Obedece, entonces. Mientras tanto le daré al hermoso Edward algunas explicacio­nes, después de las cuales estoy convencida de que me ofrecerá gustoso su corazón y su mano.

La celda de nuestra querida Cornelia se encontraba en el piso más alto del torreón. No por clemencia, sino ante el temor de que una reclusión excesivamente ri­gurosa pudiese mermar su hermosura, el conde Tibe­rio había accedido a que pudiese pasearse por la plata­forma. En aquel estrecho recinto rodeado de almenas, Cornelia vivía sola, con el pensamiento depositado en su querido amante y con el corazón herido por la feli­cidad perdida. La contemplación de aquellas regiones inmensas le elevaban el espíritu alimentando al mismo tiempo su melancolía. La bóveda celestial, que ilumi­naba el sol por encima de ella, los azules destellos del firmamento, la noche, los infinitos diamantes suspen­didos en su negrura, todo, en definitiva, le hablaba de Dios y lograba acabar con su desesperación.

Ella había sido la pálida aparición que nuestros amigos habían observado al alcanzar la falda de la montaña.

Esa noche, harta de contemplar el cielo estrellado, desvió la mirada hacia el suelo y se estremeció al des­cubrir una luz en la montaña vecina. Nunca había vis­to nada parecido hasta ese momento.

Completamente asombrada, y quizá con algo de esperanza también, observó atentamente aquella luz, con toda la intensidad que le permitían sus hermosos ojos. Temió estar soñando. Le parecía incluso recono­cer a Ann, su mejor amiga, a Grey—Jack, su viejo cria­do, e incluso a Merry Bones, el criado irlandés de su amado Edward. Un cuarto personaje se hallaba junto al fuego, aunque, como le daba la espalda, no lograba verle la cara.

¡Quizá fuese Edward! ¡Seguramente sería Edward!

—¡Edward! ¡Edward! —gritó completamente em­briagada por la alegría.

Por desgracia, el personaje a quien tomaba por Edward no era otro que el señor Goëtzi, que acababa de regresar junto a nuestros amigos a través del pasadi­zo subterráneo del Norte, y que, prosiguiendo con sus fechorías, intentaba arrastrarlos a todos a la perdición.

Edward S. Barton, entre tanto, se había quedado solo con la signora Letizia, después de que se marchara el señor Goëtzi. La traidora mujer le dedicó, ya desde el principio, sus más amables atenciones.

—Caballero —le dijo con voz suave y melodiosa—, no veáis en todo cuanto ocurre más que el resultado del amor que os profeso. Este sentimiento se remonta a los tiempos en que, cuando acababais de terminar vuestros estudios, os marchasteis a Inglaterra, donde yo me encontraba visitando a mi discípula, la señorita Cornelia de Witt, que me debe su brillante educación. No pude evitar entonces que mi frágil corazón sufriese la impresión de veros con vuestros labios sombreados apenas por un vello incipiente, y luciendo en cada ras­go todos los encantos de la adolescencia. Educada en los principios más estrictos, respeté las conveniencias, aunque al mismo tiempo me prometí utilizar todas las artes que Dios me ha dado para recuperar la fortuna de mis padres, y de ese modo poder ser un día digna, mi querido gentleman, de unir mi destino al vuestro.

Edward S. Barton era inglés y, en consecuencia, muy inteligente. A pesar del espanto que le suscitaban aquellas confesiones, decidió oponer la destreza a la táctica.

—Dada la incómoda situación en que me hallo —dijo con un tono insinuante—, me resulta muy difícil pensar en el amor, mi querida dama. Las paredes de este cajón de hierro le impiden a mi corazón cualquier sobresalto, y además, ¿cómo podría acceder a vuestros encantos si ni siquiera tengo la dicha de poderlos con­templar?

Letizia meditó un segundo, sorprendida ante tan justo comentario.

—Estoy de acuerdo —dijo finalmente— en que esta­ríamos mucho más cómodos si pudieseis decirme dul­ces palabras de amor sentado confortablemente en es­tos almohadones. Por desgracia es la prudencia quien lo impide. Por otro lado, en los tiempos que vivimos, el matrimonio ya no depende exclusivamente de los sentimientos. Debo arrebataros primero la venda que tenéis en los ojos. Hasta ahora habéis pensado que esa niña, Cornelia de Witt, era rica y yo pobre. Superad este error. Cornelia es quien no posee nada, mientras que yo me he convertido en la heredera de una gigan­tesca fortuna. Sabed que soy de origen principesco. Todavía conservo el vago recuerdo de una cuna ador­nada con encajes y varias ristras de perlas de cultivo. Una mujer, bella como la luz del amanecer, se inclina­ba sobre mi sueño ansiosa por mi primera sonrisa. ¡Era mi madre! Y esta mujer era la princesa Loïska Palma d'Istria, la propia cuñada del conde Tiberio.

A Edward le daba igual que todo aquello fuese cier­to, aunque con intención de agradarla exclamó:

—¡Increíble!

—Tengo incluso los documentos —contestó la signora Letizia—, legalmente registrados. ¿Es preciso que os relate cómo una banda de gitanos que merodeaba por las proximidades del castillo me arrebató del rega­zo de mi madre, la princesa...?

—Tengo sed —dijo Edward, interrumpiéndola.

Sin embargo, tan lista como descarada, Letizia co­gió de su mesilla un vaso, lo llenó de buen vino y colo­có dentro una pajita. Después introdujo la pajita por uno de los orificios del ataúd, y sumergiendo el otro extremo en el vino, le dijo:

—Podéis beber hasta saciaros, mi querido gentleman; me alegra poder saciar por lo menos uno de los deseos de mi amado.

Y mientras él bebía, continuó:

—¿Debo contaros también los inútiles esfuerzos de mis padres para recuperar a su hija única? Por desgracia sólo buscaron entre los gitanos. Sin embargo estos ca­nallas se habían visto atacados, cerca de la costa, por una incursión de corsarios de Lípari, cuyo botín fui yo. Entonces contaba sólo cinco años, por lo que logré sal­var mi honra. Unos piratas argelinos me robaron a su vez de los corsarios, y fui preparada para pertenecer a un harén. Un joven eunuco me ayudó a escapar. Regre­sé entonces a Italia, aunque no recordaba mi nombre ni la dirección de mis padres. Entonces fui sucesivamente alumna en la famosa casa de estudios de Turín, premia­da por la academia de Cántaros Rotos, vendedora de pequeñas macetas de porcelana antigua para los ingle­ses, lectora de un cardenal, criada de uno de los más an­cianos ermitaños de los Apeninos, y dama de compañía del célebre Rinaldo, jefe de una cuadrilla de bandole­ros. No creo que haya existido jamás una juventud tan accidentada como la mía. Así fue como llegué a los quince años. Por esa época encontré en un bosque frondoso a un individuo harapiento que agonizaba. Al verme lanzó un débil grito y me pidió que le enseñase la parte inferior de mi pierna izquierda. Los deseos de un moribundo son sagrados, de forma que obedecí. En­tonces él exclamó: «¡Dios mío! ¡Es ella!» Estaba agota­do. «Dios me ha permitido», añadió, «que antes de morir pueda expiar el peor de mis crímenes. Joven fo­rastera, lleváis en vuestro tobillo, cerca del talón, una marca que equivale a un certificado de nacimiento. ¡Lo sé porque fui yo quien os arrebató de vuestra cuna!...» Entonces me dio el nombre de mis nobles padres. Le perdoné, y murió en mis brazos. A partir de entonces, en medio de las mayores y más increíbles dificultades, mi único objetivo fue el de encontrar esos documentos. Mi padre había muerto, ya muy anciano y lleno de ho­nores, y también mi madre se había convertido en una santa en el cielo. El señor Goëtzi, hombre peligroso pero muy astuto y que, me parece, es un vampiro, me ayudó bastante en mis investigaciones. Lo conocí en la corte. Él fue quien me aconsejó para que me encargase de la educación de Cornelia, con la intención de apro­ximarme a mi tío, el conde Tiberio, que intentaría dis­putarme sin éxito la riqueza de Montefalcone. Tam­bién yo le coloqué a él a vuestro lado, para que os enseñara a quererme y a apreciarme.

—¡Bonito regalo! —exclamó el joven.

—¡No me juzguéis mal! —reprendió severamente la dama italiana—. Mi excusa es el amor. Respecto a mi alumna, Cornelia de Witt, no es más que una pequeña boba, engreída y absurda, que sólo cuenta con la her­mosura del diablo. Os garantizo que no recibirá ni un céntimo de la fortuna de los condes de Montefalcone. Todo me pertenecerá, como debe ser, y lo primero que haré con estas posesiones será cubriros de oro. Ésa es mi oferta. Os permito, por supuesto, la libertad de despreciarla; pero, si lo hacéis, entregaré a la señorita Cornelia al señor Goëtzi, que se la beberá como si fue­se un vaso de limonada.

 

 

Hemos dejado a Cornelia en la cumbre del Torreón del Cautivo, mirando en la distancia hacia el fuego en el que nuestros amigos conversaban con un extraño que, visto de espaldas, a ella le pareció su amante Ned. Ustedes han adivinado ya que ese extraño no era sino la antigua Polly Bird, que decididamente estaba ha­ciéndose con la personalidad del señor Goëtzi. En al­gún momento creo haberles contado ya las intencio­nes de esta criatura, que se había degenerado después de haber estado sometida durante tanto tiempo al po­der de un monstruo. A despecho de su sexo original, había decidido contraer matrimonio con Cornelia, por la fuerza si fuese necesario, para poder así disponer de la gigantesca propiedad de los condes, y tener de esta forma un agradable y distinguido final.

No le costó un gran esfuerzo al supuesto señor Goëtzi engañar a nuestra querida Ann, diciéndole que había llevado a cabo con éxito su misión y que Ned se encontraba ahora en el corazón del castillo, pero nece­sitaba de ayuda para terminar aquella aventura. El viejo Grey—Jack y el propio Merry Bones aceptaron también el engaño. Polly Bird había dado ya tantas pruebas de su fidelidad en la incursión a Selene, que a nadie se le ocurrió sospechar de ella.

De forma que el señor Goëtzi en persona fue quien encabezó aquella pequeña comitiva, que se dirigió inmediatamente hacia el pasadizo subterráneo.

—Tened valor —dijo el traidor, mientras guiaba a nuestros amigos hacia las entrañas de la tierra—. Os espera una noche terrible.

Prendieron algunas antorchas de madera resinosa traídas por el propio Goëtzi, pero su luz se perdió inesperadamente en las lóbregas profundidades de la cueva, iluminando apenas a algunos reptiles asustados por su paso, que huían a toda prisa en medio de la oscuridad. Fue en esa oscuridad donde brotó y murió un extraño sonido, como si fuese un monstruoso suspiro.

—¿Qué ha sido eso? —interrogó Ann, parada con un peso que le oprimía el pecho.

—Proseguid —contestó el traidor—. Son las antiguas arpas eolias de la condesa Elvina, que han pasado de moda y han sido arrojadas aquí porque no hay espacio en el granero.

Ella le hubiese gustado hacer algunas preguntas sobre esa condesa Elvina, pero el señor Goëtzi les apremiaba constantemente.

—¡Levantad las antorchas! —ordenó.

Todos obedecieron, y a la luz de las teas aparecieron vagamente las húmedas paredes de un gran salón subterráneo.

—¡Mirad encima de vosotros! —ordenó de nuevo el señor Goëtzi.

Todos levantaron la vista, y se encontraron con una bóveda elevada en el centro de la cual había un ne­gro y gigantesco agujero circular.

—¿Para qué sirve ese agujero? —inquirió Ann.

—Es el desagüe de los calabozos del conde Tiberio —contestó el señor Goëtzi—. Por ahí son arrojadas las víctimas al abismo que se encuentra, como podéis comprobar, justo debajo.

—¡Cómo! —exclamó estupefacta nuestra querida he­roína—. ¡Aún existen estas bárbaras reliquias de la Edad Media! ¿La cegadora luz de la filosofía no ha conseguido destruir todavía estos horrores?

Los dientes del señor Goëtzi rechinaron.

—Ya no se usan con tanta frecuencia. Me parece que no se utilizan desde los tiempos de la condesa Elvina.

De pronto Ella se encontró en medio de un salón de estilo gótico del más tenebroso aspecto, cuya alta chimenea se veía coronada por un espejo veneciano de marco labrado que representaba la Pasión de Nuestro Señor. A la derecha de la chimenea, la pared, tapizada con un cuero cordobés de tono castaño oscuro, mos­traba una mota blanca que en realidad era un botón de marfil.

El señor Goëtzi tenía en sus brazos un gran gato negro, cuyas patas fracturó, una tras otra, con fría y es­pantosa crueldad.

—Es para que no huya —dijo—. Ahora veréis algo extraordinario: voy a dejarlo en el mismo sitio en que se encontraba la condesa Elvina. ¡Fijaos bien en el gato!

Dejó al negro animal, que maullaba lastimeramen­te, sobre una losa del suelo más ancha que las otras. El gato intentó escapar, pero sus patas rotas no le deja­ron, y el señor Goëtzi se aproximó sonriendo hacia el muro donde se encontraba el botón de marfil. Colocó el dedo y presionó. La losa se inclinó y el gato desapa­reció. En ese momento se abrió la puerta y entraron los lacayos del conde Tiberio, armados hasta los dien­tes. El señor Goëtzi señaló a nuestra querida amiga y sus compañeros, y dijo:

—¡Aquí los tenéis!

Y en esta ocasión, a pesar de la heroica resistencia de Merry Bones, nuestros pobres amigos fueron cu­biertos de cadenas y arrastrados lejos de allí...

 

 

Imaginen ustedes la horrible mazmorra en la que nuestra desdichada Ann se encontraba tumbada sobre unas pocas briznas de paja, con un grillete de hierro al­rededor del cuello. ¡A ese punto la había llevado su ge­nerosidad!

De repente una voz maravillosa le susurró al oído:

—Hermosa virgen de Albión, soy la condesa Elvina de Montefalcone.

Ella abrió los ojos, enrojecidos de tanto llorar, y se encontró a una mujer pálida, arrodillada al lado de su camastro. Era una muchacha todavía, aunque el sufri­miento había blanqueado sus cabellos.

—¡Cómo! —exclamó nuestra amiga—. ¿Cómo habéis podido escapar de los espantos de ese abismo?

—Ese es un asunto que ya tiene varios siglos de anti­güedad —contestó la pálida joven, con una melancóli­ca aunque agradable sonrisa—, y lo mejor es que nos ocupemos ahora del presente. He entrado en vuestro calabozo gracias a un poder especial que me permite también romper vuestros grilletes, cosa que haré con sumo placer. Levantaos. En este instante os devuelvo la libertad.

Pero al encontrar en la mirada de nuestra querida Ann el ardiente deseo de saber algo más, tuvo la genti­leza de añadir:

—Un cruel tirano os había condenado a muerte. Ese canalla al que llamáis Goëtzi, y que no es otro que la maldita Gertrudis de Pfafferchoffen, mi rival, cuyo espíritu, después de varias migraciones, se estableció en el cuerpo de la campesina Polly Bird, es quien os ha trai­cionado. Debéis saber que el conde Tiberio y la signora Pallanti, separados durante un tiempo por la codicia y la concupiscencia, se han reconciliado esta noche. ¿Y queréis saber por qué? Porque el joven y valiente gentleman Edward S. Barton ha rechazado enérgicamente las indecentes proposiciones de la italiana, y la hermosa Cornelia también ha humillado al conde Tiberio con su desprecio. Unidos por una misma sed de venganza, estos dos monstruos con rostro humano han decidido ejecutar a Edward S. Barton y a Cornelia de Witt esta misma noche.

—¿Qué puedo hacer para salvarlos? —preguntó an­siosa nuestra querida Ann, frotándose las manos.

—¡Dios siempre es el más poderoso! —exclamó la mujer pálida—. ¡Ahora sois libre!

Ann se arrojó hacia la puerta del calabozo, que aca­baba de abrirse como por arte de magia.

Avanzó impulsada por una instintiva esperanza. Después de atravesar siete pasillos se encontró con un marmolista que estaba tallando un par de brazos en un bloque de alabastro. Ambos brazos parecían pertene­cer a cuerpos de diferente sexo, y estrechaban sus ma­nos en tierna unión.

El escultor intentó abrazar a Ann, mientras le pre­guntaba:

—¿Qué opináis de mi trabajo, querida mía? Se trata de una broma de la gorda Letizia, que desea adornar con ella las tumbas del joven inglés y de la dama Cornelia.

Ella huyó desesperada, mientras el escultor proseguía su trabajo, riendo. De esa forma, completamente sola, tuvo que recorrer varias leguas de pasillos interminables, en medio de los derruidos salones.

Finalmente, en la esquina de una galería, percibió una luz que se filtraba por debajo de una puerta, y simultáneamente llegó hasta sus oídos el ruido de unas voces airadas, mezcladas con otras lastimeras. A pesar de que se sentía completamente exhausta, hizo acopio de todas sus fuerzas y entró por la puerta abierta. Inmediatamente lanzó un grito de horror al ver a sus desventurados amigos, Ned y Corny, cargados de cadenas. La bella melena de Cornelia había sido cortada. Ned tenía también una soga al cuello, y llevaba además la ropa típica y funesta de los desdichados a los que la Inquisición condenaba antiguamente a morir en el tormento. Tras ellos había un hombre terrible, con un traje completamente rojo y un hacha que cargaba sobre su hombro, indicando perfectamente que su oficio era el de verdugo.

En el otro extremo del salón había un segundo grupo formado por el conde Tiberio, la signora Pallanti y el señor Goëtzi. Este último no parecía muy satisfecho, y no cesaba de reclamar el cumplimiento de la promesa que le habían hecho de entregarle a Cornelia para calmar su infame sed. Pero Letizia se reía de él, y Tiberio le amenazaba con mandarlo decapitar. Los dos se daban el brazo y parecían ahora íntimos amigos.

Al ver aparecer a nuestra querida Ann, una cruel sonrisa se dibujó en sus labios, y la signora Pallanti dijo:

—¡Precisamente, aquí esta la niña querida!

Pero Ella, sin prestar atención a sus burlas, se preci­pitó hacia sus amigos, abrazándolos.

—¡No podría hacer nada más apropiado! —dijo la fe­roz italiana—. Ella misma se ha colocado en posición. ¡Ahora acabemos con los tres pájaros de un tiro!

La signora Pallanti se giró y avanzó hacia la chime­nea. Al hacerlo descubrió una parte de la pared que había tras ella, lo que espantó sobremanera a nuestra querida Ann. En su turbación, no había reconocido el salón de las torturas; pero ahora podía ver el espejo grabado de Venecia, el tapiz de cuero cordobés y el bo­tón de marfil.

—¡Corramos! —exclamó enloquecida de espanto. ¡Pero era demasiado tarde! La vampiro italiana apretó el botón y la losa del suelo se abrió. Entonces, ¡oh, milagro!, nuestra querida Ann, Corny y Ned que­daron suspendidos por una mano sobrenatural, y la condesa Elvina, surgiendo inesperadamente del abismo, exclamó con la voz de la señora Ward:

—¡Vamos, querida! ¿Qué tipo de antojo es éste? ¡Abre ahora mismo! ¿Es que piensas quedarte en la cama hasta las diez de la mañana el día de tu boda?

Podía escucharse mucho ruido en el pasillo. William Radcliffe se sonaba, mientras el simpático señor Ward decía que tenían que llamar a un cerrajero.

—¡Salvados! ¡Salvados! —exclamó nuestra querida joven, que de repente se encontró vestida con el traje de novia, en medio de su cuarto, por cuyas ventanas penetraba a raudales el sol de marzo...

Creo que mylady cometió el error de sonreír, porque la señorita 97 se calló bruscamente.

—Entiendo muy bien lo que le pasa —dijo con tono de censura—. Piensa que nuestro relato va a acabar con esa fórmula gastada hasta la saciedad: «¡Era un sueño!»¡Confiese que es lo que creía! ¡Muy bien, pues está equivocada!

Tomó un pequeño sorbo y apuró su última taza de té, antes de proseguir:

—¡No, no y no! Yo sería incapaz de incomodar al caballero aquí presente por tan poca cosa. ¡No señor! NO SE TRATABA DE UN SUEÑO. En primer lugar, debo decir que desde los nueve años Ella padecía crisis de «alucinaciones», aunque sus padres se cuidaban mucho de mantener en secreto semejante virtud, o enfermedad. Evidentemente, no pretendo afirmar que nuestra querida joven realizase todo ese largo y accidentado viaje en una sola noche, pero como enseguida verán se trataba de algo más que un sueño. Apenas abrió la puerta, el señor Radcliffe entró, acompañando a sus padres, y todos pudieron observar con espanto la mudanza que había sufrido su persona. Les examinó a todos con aire ausente, preguntándoles qué había pasado con la condesa Elvina. Pensaron que había enloquecido, especialmente cuando Ella exigió firmemente, antes de proseguir con la celebración de la boda, que le permitieran partir inmediatamente hacia Montefalcone, pasando primero por Rotterdam.

 

 

Partieron inmediatamente después de la boda, ya que ella se negó a dar su brazo a torcer. Debo recordarles la existencia de las cartas recibidas en la víspera. Éstas tampoco pertenecían a ningún sueño, y exigían de su amistad con Ned y Corny que intentasen averiguar inmediatamente lo que ocurría.

En adelante sólo podré contarles los hechos sin ha­cer nuevos comentarios sobre los mismos. Cuando lle­garon a Londres, lo primero con lo que se tropezó Ann, absolutamente sorprendida, fue con un cartel que decía:

 

¡¡CAPITAL EXCITEMENT!!

EL AUTÉNTICO VAMPIRO DE PETERWARDEIN

DEVORARÁ A UNA JOVEN VIRGEN

Y BEBERÁ VARIAS COPAS DE SANGRE

COMO SIEMPRE, AL SON DE LA MÚSICA

DE LOS GUARDIAS ECUESTRES

¡¡WONDERFUL ATTRACTIONINDEED!!

 

Ann señaló el cartel al viejo Grey—Jack, pero su fiel criado no recordaba absolutamente nada. El fenóme­no que había dado origen a nuestra historia era un he­cho completamente personal.

Cruzaron el Canal. Al abandonar Rotterdam, nuestra querida Ann reconoció el camino quebrado en el que viera por primera vez a ese joven desconoci­do semejante a un semidiós.

De hecho durmió también en la posada de La Cer­veza y la Amistad, en el mismo cuarto que tenía el hue­co de la chimenea, las cortinas con grandes flores y las guerras del almirante Ruyter.

En resumen, ella fue reconociendo cada lugar, in­cluso en sus detalles más insignificantes.

—¿Y la Ciudad Vampiro? —preguntó mylady.

—Paciencia. Vayamos por partes. En primer lugar hicieron lo más urgente, es decir, viajar a Montefalcone, adonde llegaron precisamente el día de la boda de Cornelia y Edward.

—Que fueron salvados por la condesa Elvina, imagino —añadió la incorregible mylady.

—No —contestó la señorita 97 ligeramente turbada—. A pesar de que existe en la región la leyenda que habla de esta desgraciada víctima del feudalismo. El conde Tiberio y la signora Letizia Pallanti alimentaban los más rastreros propósitos contra los novios, no lo duden. Pero no se atrevieron a realizarlos gracias a un acontecimiento que yo calificaría de providencial. El joven lord Arthur apareció por esas tierras acompañado de su venerable sacerdote y tutor, con la intención de examinar los campos de batalla del famoso Scanderberg...

—¿Y eso fue suficiente para desbaratar la conspiración de los dos malhechores? —exclamó mylady.

—En efecto, mi querida señora —contestó secamente miss Jebb—. Si yo pudiese revelarle el nombre magnífico, casi divino, de este joven gentleman...

—¿Y qué paso con el señor Goëtzi?

—Terminó casándose con una viuda que tenía una tienda.

—¿Y qué fue de Selene? ¡Selene, el Sepulcro... ¡la Ciudad Vampiro!

—Mylady —contestó miss Jebb con acento grave—, existen acontecimientos que superan el entendimiento, inclusive el suyo, a pesar de que usted es de sangre noble. Para entrar en el Sepulcro es necesaria la protección de un vampiro, y esto no es algo precisamente fácil de conseguir. Nuestras dos parejas de recién casados se dirigieron a Semlin, con los criados Grey—Jack y Merry Bones, cuyos cabellos, por cierto, habían desaparecido en sus dos terceras partes. No lograron hallar la Ciudad Vampiro, pero encontraron sin embargo a los comerciantes que les habían vendido el hornillo, el carbón y el cucharón de hierro. Es más, la desapari­ción del doctor Magnus Szegeli se había convertido en un acontecimiento en la ciudad, y la casa del pintor esclavonio también llevaba tres semanas vacía.

Con estas palabras, la señorita 97 se levantó, y des­pués de una reverencia se despidió.

 

FIN

 

Hace algunos días, en París, me llegó la siguiente carta procedente del condado de Stafford:

«Querido Señor,

Ella solía citar al final de sus historias algunos hechos que servían como justificación o explica­ción de lo allí narrado. Todo está claro, sin em­bargo, en nuestra historia, si exceptuamos lo re­ferente al desconocido que parecía un semidiós. Me parece adecuado que descorramos ahora su velo. De esta forma su libro podrá ganar en inte­rés histórico. Se trata de algo que podría llevarse a cabo de dos formas diferentes. La primera sería escribiendo una nota en la que dijese: "No nos hemos atrevido a citar, en estas frívolas páginas, el nombre de alguien cuyo inimitable esplendor se extiende por todo el mundo; el nombre de alguien que se metió al propio Napo­león en el bolsillo, y que se encuentra por enci­ma del resto de los héroes de los tiempos moder­nos, como Aquiles lo estaba de sus enemigos griegos, troyanos, etc. , con una referencia superficial a la estatua que las damas de Londres levantaron a Su Excelencia, vestido de griego, a la que quizá podría echársele en cara unas piernas demasiado descubiertas, de haberse tratado de alguien vulgar.

La segunda forma de descorrer el velo sería una sencilla nota, claramente subrayada, y que dijese simplemente: "¡¡¡ERA WELLINGTON!!!" (con varios signos de admiración.)

Personalmente, me parece más apropiado este segundo procedimiento.

Suyo atentamente, etc., etc.

Firmado: JEBB»

 

 

 



[1] Féval traduce la expresión inglesa fair imitation por imitation blonde (imitación dorada). Fair significa «rubio», «dorado»; pero también «limpio», «honesto». (N. del T.)

[2] Es necesario señalar que si en algunos casos se ha traducido el pronombre francés «vous» por usted, y en otros por vos, ha sido con la intención de interpretar y detallar la diferencia de trato que existe entre las épocas en que se desarrollan ambos relatos: el contemporáneo al autor pertenece a la segunda mitad del siglo XIX, mientras que el atribuido a la señorita 97 pertenece a la segunda mitad del siglo XVIII. (N. del T)

[3] La palabra francesa "bière" significa "cerveza", y también "ataúd". (N. del T.)

                                                                                                                            

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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