© Libro N° 13956. El Trabajo
Enajenado. Marx, Karl.
Emancipación. Junio 21 de 2025
Título Original: © El Trabajo Enajenado. Karl Marx, “Manuscritos.
Economía Y Filosofía”
Versión Original: © El Trabajo Enajenado. Karl Marx
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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Karl Marx
Karl Marx
Karl Marx
“Manuscritos.
Economía Y Filosofía”
EL TRABAJO ENAJENADO
El Trabajo Enajenado
(XXII) Hemos partido de los presupuestos de la Economía Política. Hemos
aceptado su terminología y sus leyes. Damos por supuestas la propiedad privada,
la separación del trabajo, capital y tierra, y la de salario, beneficio del
capital y renta de la tierra; admitamos la división del trabajo, la
competencia, el concepto de valor de cambio, etc. Con la misma Economía
Política, con sus mismas palabras, hemos demostrado que el trabajador queda
rebajado a mercancía, a la más miserable de todas las mercancías; que la
miseria del obrero está en razón inversa de la potencia y magnitud de su
produc¬ción; que el resultado necesario de la competencia es la acumulación del
capital en pocas manos, es decir, la más terrible reconstitución de los
monopolios; que, por últi¬mo, desaparece la diferencia entre capitalistas y
terrate¬nientes, entre campesino y obrero fabril, y la sociedad toda ha de
quedar dividida en las dos clases de propieta¬rios y obreros desposeídos.
La Economía Política parte del hecho de la propiedad privada, pero no lo
explica. Capta el proceso material de la propiedad privada, que ésta recorre en
la realidad, con fórmulas abstractas y generales a las que luego pres¬ta valor
de ley. No comprende estas leyes, es decir, no prueba cómo proceden de la
esencia de la propiedad pri¬vada. La Economía Política no nos proporciona
ninguna explicación sobre el fundamento de la división de tra¬bajo y capital,
de capital y tierra. Cuando determina, por ejemplo, la relación entre beneficio
del capital y salario, acepta como fundamento último el interés del
capitalista, en otras palabras, parte de aquello que debería explicar. Otro
tanto ocurre con la competencia, explicada siem¬pre por circunstancias
externas. En qué medida estas circunstancias externas y aparentemente casuales
son sólo expresión de un desarrollo necesario, es algo sobre lo que la Economía
Política nada nos dice. Hemos visto cómo para ella hasta el intercambio mismo
aparece como un hecho ocasional. Las únicas ruedas (20) que la Econo¬mía
Política pone en movimiento son la codicia y la guerra entre los codiciosos, la
competencia.
Justamente porque la Economía Política no compren¬de la coherencia del
movimiento pudo, por ejemplo, opo¬ner la teoría de la competencia a la del
monopolio, la de la libre empresa a la de la corporación, la de la divi¬sión de
la tierra a la del gran latifundio, pues compe¬tencia, libertad de empresa y
división de la tierra fueron comprendidas y estudiadas sólo como consecuencias
ca¬suales, deliberadas e impuestas por la fuerza del monopo¬lio, la corporación
y la propiedad feudal, y no como sus resultados necesarios, inevitables y
naturales.
Nuestra tarea es ahora, por tanto, la de comprender la conexión esencial
entre la propiedad privada, la codi¬cia, la separación de trabajo, capital y
tierra, la de inter¬cambio y competencia, valor y desvalorización del hom¬bre,
monopolio y competencia; tenemos que comprender la conexión de toda esta
enajenación con el sistema monetario.
No nos coloquemos, como el economista cuando quie¬re explicar algo, en
una imaginaria situación primitiva. Tal situación primitiva no explica nada,
simplemente tras¬lada la cuestión a una lejanía nebulosa y grisácea. Supone
como hecho, como acontecimiento, lo que debería dedu¬cir, esto es, la relación
necesaria entre dos cosas, por ejemplo, entre división del trabajo e
intercambio. Así es también como la teología explica el origen del mal por el
pecado original: dando por supuesto como hecho, como historia, aquello que debe
explicar.
Nosotros partimos de un hecho económico, actual.
El obrero es más pobre cuanta más riqueza produce, cuanto más crece su
producción en potencia y en volu¬men. El trabajador se convierte en una
mercancía tanto más barata cuantas más mercancías produce. La desvalo¬rización
del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las
cosas. El trabajo no sólo produce mercancías; se produce también a sí mismo y
al obrero como mercancía, y justamente en la proporción en que produce
mercancías en general.
Este hecho, por lo demás, no expresa sino esto: el objeto que el trabajo
produce, su producto, se enfrenta a él como un ser extraño, como un poder
independiente del productor. El producto del trabajo es el trabajo que se ha
fijado en un objeto, que se ha hecho cosa; el pro¬ducto es la objetivación del
trabajo. La realización del trabajo es su objetivación. Esta realización del
trabajo aparece en el estadio de la Economía Política como des¬realización del
trabajador, la objetivación como pérdida del objeto y servidumbre a él, la
apropiación como extrañamiento, como enajenación.
Hasta tal punto aparece la realización del trabajo como desrealización
del trabajador, que éste es desrealizado hasta llegar a la muerte por
inanición. La objetivación aparece hasta tal punto como pérdida del objeto que
el trabajador se ve privado de los objetos más necesarios no sólo para la vida,
sino incluso para el trabajo. Es más, el trabajo mismo se convierte en un
objeto del que el trabajador sólo puede apoderarse con el mayor esfuerzo y las
más extraordinarias interrupciones. La apropiación del objeto aparece en tal
medida como extrañamiento, que cuantos más objetos produce el trabajador,
tantos menos alcanza a poseer y tanto más sujeto queda a la dominación de su
producto, es decir, del capital.
Todas estas consecuencias están determinadas por el hecho de que el
trabajador se relaciona con el producto de su trabajo como un objeto extraño.
Partiendo de este supuesto, es evidente que cuanto más se vuelca el trabajador
en su trabajo, tanto más poderoso es el mundo extraño, objetivo que crea frente
a sí y tanto más pobres son él mismo y su mundo interior, tanto menos dueño de
sí mismo es. Lo mismo sucede en la religión. Cuanto más pone el hombre en Dios,
tanto menos guarda en sí mismo (21). El trabajador pone su vida en el objeto,
pero a partir de entonces ya no le pertenece a él, sino al objeto. Cuanto mayor
es la actividad, tanto más carece de objetos el trabajador. Lo que es el
producto de su trabajo, no lo es él. Cuanto mayor es, pues, este producto,
tanto más insignificante es el trabajador. La enajenación del trabajador en su
producto significa no solamente que su trabajo se convierte en un objeto, en
una existencia exterior, sino que existe fuera de él, independiente, extraño,
que se convierte en un poder independiente frente a él; que la vida que ha
prestado al objeto se le enfrenta como cosa extraña y hostil.
(XXIII) Consideraremos ahora más de cerca la objetivación, la producción
del trabajador, y en ella el extrañamiento, la pérdida del objeto, de su
producto.
El trabajador no puede crear nada sin la naturaleza, sin el mundo
exterior sensible. Esta es la materia en que su trabajo se realiza, en la que
obra, en la que y con la que produce.
Pero así como la naturaleza ofrece al trabajo medios de vida, en el
sentido de que el trabajo no puede vivir sin objetos sobre los que ejercerse,
así, de otro lado, ofrece también víveres en sentido estricto, es decir, medios
para la subsistencia del trabajador mismo.
En consecuencia, cuanto más se apropia el trabajador el mundo exterior,
la naturaleza sensible, por medio de su trabajo, tanto más se priva de víveres
en este doble sentido; en primer lugar, porque el mundo exterior sensible cesa
de ser, en creciente medida, un objeto perteneciente a su trabajo, un medio de
vida de su trabajo; en segundo término, porque este mismo mundo deja de
representar, cada vez más pronunciadamente, víveres en sentido inmediato,
medios para la subsistencia física del trabajador.
El trabajador se convierte en siervo de su objeto en un doble sentido:
primeramente porque recibe un objeto de trabajo, es decir, porque recibe
trabajo; en segundo lugar porque recibe medios de subsistencia. Es decir, en
primer término porque puede existir como trabajador, en segundo término porque
puede existir como sujeto físico. El colmo de esta servidumbre es que ya sólo
en cuanto trabajador puede mantenerse como sujeto físico y que sólo como sujeto
físico es ya trabajador.
(La enajenación del trabajador en su objeto se expresa, según las leyes
económicas, de la siguiente forma: cuanto más produce el trabajador, tanto
menos ha de consumir; cuanto más valores crea, tanto más sin valor, tanto más
indigno es él; cuanto más elaborado su producto, tanto más deforme el
trabajador; cuanto más civilizado su objeto, tanto más bárbaro el trabajador;
cuanto más rico espiritualmente se hace el trabajo, tanto más
desespiritualizado y ligado a la naturaleza queda el trabajador.)
La Economía Política oculta la enajenación esencial del trabajo porque
no considera la relación inmediata entre el trabajador (el trabajo) y la
producción.
Ciertamente el trabajo produce maravillas para los ricos, pero produce
privaciones para el trabajador. Produce palacios, pero para el trabajador
chozas. Produce belleza, pero deformidades para el trabajador. Sustituye el
trabajo por máquinas, pero arroja una parte de los trabajadores a un trabajo
bárbaro, y convierte en máquinas a la otra parte. Produce espíritu, pero
origina estupidez y cretinismo para el trabajador.
La relación inmediata del trabajo y su producto es la relación del
trabajador y el objeto de su producción. La relación del acaudalado con el
objeto de la producción y con la producción misma es sólo una consecuencia de
esta primera relación y la confirma. Consideraremos más tarde este otro
aspecto.
Cuando preguntamos, por tanto, cuál es la relación esencial del trabajo,
preguntamos por la relación entre el trabajador y la producción.
Hasta ahora hemos considerado el extrañamiento, la enajenación del
trabajador, sólo en un aspecto, concretamente en su relación con el producto de
su trabajo. Pero el extrañamiento no se muestra sólo en el resultado, sino en
el acto de la producción, dentro de la actividad productiva misma. ¿Cómo podría
el trabajador enfrentarse con el producto de su actividad como con algo extraño
si en el acto mismo de la producción no se hiciese ya ajeno a sí mismo? El
producto no es más que el resumen de la actividad, de la producción. Por tanto,
si el producto del trabajo es la enajenación, la producción misma ha de ser la
enajenación activa, la enajenación de la actividad; la actividad de la
enajenación. En el extrañamiento del producto del trabajo no hace más que resumirse
el extrañamiento, la enajenación en la actividad del trabajo mismo.
¿En qué consiste, entonces, la enajenación del trabajo?
Primeramente en que el trabajo es externo al trabajador, es decir, no
pertenece a su ser; en que en su trabajo, el trabajador no se afirma, sino que
se niega; no se siente feliz, sino desgraciado; no desarrolla una libre energía
física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo y arruina su espíritu. Por
eso el trabajador sólo se siente en sí (22) fuera del trabajo, y en el trabajo
fuera de sí. Está en lo suyo (23) cuando no trabaja y cuando trabaja no está en
lo suyo. Su trabajo no es, así, voluntario, sino forzado, trabajo forzado. Por
eso no es la satisfacción de una necesidad, sino solamente un medio para
satisfacer las necesidades fuera del trabajo. Su carácter extraño se evidencia
claramente en el hecho de que tan pronto como no existe una coacción física o
de cualquier otro tipo se huye del trabajo como de la peste. El trabajo
externo, el trabajo en que el hombre se enajena, es un trabajo de
autosacrificio, de ascetismo. En último término, para el trabajador se muestra
la exterioridad del trabajo en que éste no es suyo, sino de otro, que no le
pertenece; en que cuando está en él no se pertenece a sí mismo, sino a otro.
Así como en la religión la actividad propia de la fantasía humana, de la mente
y del corazón humanos, actúa sobre el individuo independientemente de él, es
decir, como una actividad extraña, divina o diabólica, así también la actividad
del trabajador no es su propia actividad. Pertenece a otro, es la pérdida de sí
mismo.
De esto resulta que el hombre (el trabajador) sólo se siente libre en
sus funciones animales, en el comer, beber, engendrar, y todo lo más en aquello
que toca a la habitación y al atavío, y en cambio en sus funciones humanas se
siente como animal. Lo animal se convierte en lo humano y lo humano en lo
animal.
Comer, beber y engendrar, etc., son realmente también auténticas
funciones humanas. Pero en la abstracción que las separa del ámbito restante de
la actividad humana y las convierte en fin único y último son animales. (24)
Hemos considerado el acto de la enajenación de la actividad humana
práctica, del trabajo, en dos aspectos: 1) la relación del trabajador con el
producto del trabajo como con un objeto ajeno y que lo domina. Esta relación
es, al mismo tiempo, la relación con el mundo exterior sensible, con los
objetos naturales, como con un mundo extraño para él y que se le enfrenta con
hostilidad;
2) la relación del trabajo con el acto de la producción dentro del
trabajo. Esta relación es la relación del traba¬jador con su propia actividad,
como con una actividad extraña, que no le pertenece, la acción como pasión, la
fuerza como impotencia, la generación como castración, la propia energía física
y espiritual del trabajador, su vida personal (pues qué es la vida sino
actividad) como una actividad que no le pertenece, independiente de él,
diri¬gida contra él. La enajenación respecto de sí mismo como, en el primer
caso, la enajenación respecto de la cosa.
(XXIV) Aún hemos de extraer de las dos anteriores una tercera
determinación del trabajo enajenado.
El hombre es un ser genérico no sólo porque en la teoría y en la
práctica toma como objeto suyo el género, tanto el suyo propio como el de las
demás cosas, sino también, y esto no es más que otra expresión para lo mismo,
porque se relaciona consigo mismo como el gé¬nero actual, viviente, porque se
relaciona consigo mismo como un ser universal y por eso libre. (25)
La vida genérica, tanto en el hombre como en el ani¬mal, consiste
físicamente, en primer lugar, en que el hombre (como el animal) vive de la
naturaleza inorgá¬nica, y cuanto más universal es el hombre que el animal,
tanto más universal es el ámbito de la naturaleza inorgánica de la que vive.
Así como las plantas, los animales, las piedras, el aire, la luz, etc.,
constituyen teóricamente una parte de la conciencia humana, en parte como
obje¬tos de la ciencia natural, en parte como objetos del arte (su naturaleza
inorgánica espiritual, los medios de sub¬sistencia espiritual que él ha de
preparar para el goce y asimilación), así también constituyen prácticamente una
parte de la vida y de la actividad humana. Física¬mente el hombre vive sólo de
estos productos naturales, aparezcan en forma de alimentación, calefacción,
vestido, vivienda, etc. La universalidad del hombre aparece en la práctica
justamente en la universalidad que hace de la naturaleza toda su cuerpo
inorgánico, tanto por ser (1) un medio de subsistencia inmediato, como por ser
(2) la materia, el objeto y el instrumento de su acti-vidad vital. La
naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre; la naturaleza, en cuanto ella
misma, no es cuer¬po humano. Que el hombre vive de la naturaleza quiere decir que
la naturaleza es su cuerpo, con el cual ha de mantenerse en proceso continuo
para no morir. Que la vida física y espiritual del hombre está ligada con la
naturaleza no tiene otro sentido que el de que la naturaleza está ligada
consigo misma, pues el hombre es una parte de la naturaleza.
Como quiera que el trabajo enajenado (1) convierte a la naturaleza en
algo ajeno al hombre, (2) lo hace ajeno de sí mismo, de su propia función
activa, de su actividad vital, también hace del género algo ajeno al hombre;
hace que para él la vida genérica se convierta en medio de la vida individual.
En primer lugar hace extrañas entre sí la vida genérica y la vida individual,
en segundo término convierte a la primera, en abstracto, en fin de la última,
igualmente en su forma extrañada y abs¬tracta.
Pues, en primer término, el trabajo, la actividad vital, la vida
productiva misma, aparece ante el hombre sólo como un medio para la
satisfacción de una necesidad, de la necesidad de mantener la existencia
física. La vida productiva es, sin embargo, la vida genérica. Es la vida que
crea vida. En la forma de la actividad vital reside el carácter dado de una
especie, su carácter genérico, y la actividad libre, consciente, es el carácter
genérico del hombre. La vida misma aparece sólo como medio de vida.
El animal es inmediatamente uno con su actividad vital. No se distingue
de ella. Es ella. El hombre hace de su actividad vital misma objeto de su
voluntad y de su conciencia. Tiene actividad vital consciente. No es una
determinación con la que el hombre se funda inme-diatamente. La actividad vital
consciente distingue inmediatamente al hombre de la actividad vital animal.
Jus¬tamente, y sólo por ello, es él un ser genérico. O, dicho de otra forma,
sólo es ser consciente, es decir, sólo es su propia vida objeto para él, porque
es un ser genérico. Sólo por ello es su actividad libre. El trabajo enajenado
invierte la relación, de manera que el hombre, precisamente por ser un ser
consciente, hace de su actividad vital, de su esencia, un simple medio para su
existencia.
La producción práctica de un mundo objetivo, la elaboración de la
naturaleza inorgánica, es la afirmación del hombre como un ser genérico
consciente, es decir, la afirmación de un ser que se relaciona con el género
como con su propia esencia o que se relaciona consigo mismo como ser genérico.
Es cierto que también el animal produce. Se construye un nido, viviendas, como
las abejas, los castores, las hormigas, etc. Pero produce únicamente lo que
necesita inmediatamente para sí o para su prole; produce unilateralmente,
mientras que el hombre produce universalmente; produce únicamente por mandato
de la necesidad física inmediata, mientras que el hombre produce incluso libre
de la necesidad física y sólo produce realmente liberado de ella; el animal se
produce sólo a sí mismo, mientras que el hombre reproduce la naturaleza entera;
el producto del animal pertenece inmediatamente a su cuerpo físico, mientras
que el hombre se enfrenta libremente a su producto. El animal forma únicamente
según la necesidad y la medida de la especie a la que pertenece, mientras que
el hombre sabe producir según la medida de cualquier especie y sabe siempre
imponer al objeto la medida que le es inherente; por ello el hombre crea
también según las leyes de la belleza.
Por eso precisamente es sólo en la elaboración del mundo objetivo en
donde el hombre se afirma realmente como un ser genérico. Esta producción es su
vida genérica activa. Mediante ella aparece la naturaleza como su obra y su
realidad. El objeto del trabajo es por eso la objetivación de la vida genérica
del hombre, pues éste se desdobla no sólo intelectualmente, como en la
conciencia, sino activa y realmente, y se contempla a sí mismo en un mundo
creado por él. Por esto el trabajo enajenado, al arrancar al hombre el objeto
de su producción, le arranca su vida genérica, su real objetividad genérica, y
transforma su ventaja respecto del animal en desventaja, pues se ve privado de
su cuerpo inorgánico, de la naturaleza. Del mismo modo, al degradar la
actividad propia, la actividad libre, a la condición de medio, hace el trabajo
enajenado de la vida genérica del hombre un medio para su existencia física.
Mediante la enajenación, la conciencia del hombre que el hombre tiene de
su género se transforma, pues, de tal manera que la vida genérica se convierte
para él en simple medio.
El trabajo enajenado, por tanto:
3) Hace del ser genérico del hombre, tanto de la naturaleza como de sus
facultades espirituales genéricas, un ser ajeno para él, un medio de existencia
individual. Hace extraños al hombre su propio cuerpo, la naturaleza fuera de
él, su esencia espiritual, su esencia humana.
4) Una consecuencia inmediata del hecho de estar enajenado el hombre del
producto de su trabajo, de su actividad vital, de su ser genérico, es la
enajenación del hombre respecto del hombre. Si el hombre se enfrenta consigo
mismo, se enfrenta también al otro. Lo que es válido respecto de la relación
del hombre con su trabajo, con el producto de su trabajo y consigo mismo, vale
también para la relación del hombre con el otro y con el trabajo y el producto
del trabajo del otro.
En general, la afirmación de que el hombre está enajenado de su ser
genérico quiere decir que un hombre está enajenado del otro, como cada uno de
ellos está enajenado de la esencia humana.
La enajenación del hombre y, en general, toda relación del hombre
consigo mismo, sólo encuentra realización y expresión verdaderas en la relación
en que el hombre está con el otro.
En la relación del trabajo enajenado, cada hombre considera, pues, a los
demás según la medida y la relación en la que él se encuentra consigo mismo en
cuanto trabajador.
(XXV) Hemos partido de un hecho económico, el extrañamiento entre el
trabajador y su producción. Hemos expuesto el concepto de este hecho: el
trabajo enajenado, extrañado. Hemos analizado este concepto, es decir, hemos
analizado simplemente un hecho económico.
Veamos ahora cómo ha de exponerse y representarse en la realidad el
concepto del trabajo enajenado, extrañado.
Si el producto del trabajo me es ajeno, se me enfrenta como un poder
extraño, entonces ¿a quién pertenece?
Si mi propia actividad no me pertenece; si es una actividad ajena,
forzada, ¿a quién pertenece entonces?
A un ser otro que yo.
¿Quién es ese ser?
¿Los dioses? Cierto que en los primeros tiempos la producción principal,
por ejemplo, la construcción de templos, etc., en Egipto, India, Méjico,
aparece al servicio de los dioses, como también a los dioses pertenece el
producto. Pero los dioses por sí solos no fueron nunca los dueños del trabajo.
Aún menos de la naturaleza. Qué contradictorio sería que cuando más subyuga el
hombre a la naturaleza mediante su trabajo, cuando más superfluos vienen a
resultar los milagros de los dioses en razón de los milagros de la industria,
tuviese que renunciar el hombre, por amor de estos poderes, a la alegría de la
producción y al goce del producto.
El ser extraño al que pertenecen el trabajo y el producto del trabajo, a
cuyo servicio está aquél y para cuyo placer sirve éste, solamente puede ser el
hombre mismo.
Si el producto del trabajo no pertenece al trabajador, si es frente a él
un poder extraño, esto sólo es posible porque pertenece a otro hombre que no es
el trabajador. Si su actividad es para él dolor, ha de ser goce y alegría vital
de otro. Ni los dioses, ni la naturaleza, sino sólo el hombre mismo, puede ser
este poder extraño sobre los hombres.
Recuérdese la afirmación antes hecha de que la relación del hombre
consigo mismo únicamente es para él obietiva y real a través de su relación con
los otros hombres. Si él, pues, se relaciona con el producto de su trabajo, con
su trabajo objetivado, como con un objeto poderoso, independiente de él,
hostil, extraño, se está relacionando con él de forma que otro hombre
independiente de él, poderoso, hostil, extraño a él, es el dueño de este
objeto. Si él se relaciona con su actividad como con una actividad no libre, se
está relacionando con ella como con la actividad al servicio de otro, bajo las
órdenes, la compulsión y el yugo de otro.
Toda enajenación del hombre respecto de sí mismo y de la naturaleza
aparece en la relación que él presume entre él, la naturaleza y los otros
hombres distintos de él. Por eso la autoenajenación religiosa aparece
necesariamente en la relación del laico con el sacerdote, o también, puesto que
aquí se trata del mundo intelectual, con un mediador, etc. En el mundo
práctico, real, el extrañamiento de sí sólo puede manifestarse mediante la
relación práctica, real, con los otros hombres. El medio mismo por el que el
extrañamiento se opera es un medio práctico. En consecuencia mediante el
trabajo enajenado no sólo produce el hombre su relación con el objeto y con el
acto de la propia producción como con poderes (ZZ) que le son extraños y
hostiles, sino también la relación en la que los otros hombres se encuentran
con su producto y la relación en la que él está con estos otros hombres. De la
misma manera que hace de su propia producción su desrealización, su castigo; de
su propio producto su pérdida, un producto que no le pertenece, y así también
crea el dominio de quien no produce sobre la producción y el producto. Al
enajenarse de su propia actividad posesiona al extraño de la actividad que no
le es propia.
Hasta ahora hemos considerado la relación sólo desde el lado del
trabajador; la consideraremos más tarde también desde el lado del no
trabajador.
Así, pues, mediante el trabajo enajenado crea el trabajador la relación
de este trabajo con un hombre que está fuera del trabajo y le es extraño. La
relación del trabajador con el trabajo engendra la relación de éste con el del
capitalista o como quiera llamarse al patrono del trabajo. La propiedad privada
es, pues, el producto, el resultado, la consecuencia necesaria del trabajo
enajenado, de la relación externa del trabajador con la naturaleza y consigo
mismo.
Partiendo de la Economía Política hemos llegado, ciertamente, al
concepto del trabajo enajenado (de la vida enajenada) como resultado del
movimiento de la propiedad privada. Pero el análisis de este concepto muestra
que aunque la propiedad privada aparece como fundamento, como causa del trabajo
enajenado, es más bien una consecuencia del mismo, del mismo modo que los
dioses no son originariamente la causa, sino el efecto de la confusión del
entendimiento humano. Esta relación se transforma después en una interacción
recíproca.
Sólo en el último punto culminante de su desarrollo descubre la
propiedad privada de nuevo su secreto, es decir, en primer lugar que es el
producto del trabajo enajenado, y en segundo término que es el medio por el
cual el trabajo se enajena, la realización de esta enajenación.
Este desarrollo ilumina al mismo tiempo diversas colisiones no resueltas
hasta ahora.
1) La Economía Política parte del trabajo como del alma verdadera de la
producción y, sin embargo, no le da nada al trabajo y todo a la propiedad
privada. Partiendo de esta contradicción ha fallado Proudhon en favor del
trabajo y contra la propiedad privada. Nosotros, sin embargo, comprendemos, que
esta aparente contradicción es la contradicción del trabajo enajenado consigo
mismo y que la Economía Política simplemente ha expresado las leyes de este
trabajo enajenado.
Comprendemos también por esto que salario y propiedad privada son
idénticos, pues el salario que paga el producto, el objeto del trabajo, el
trabajo mismo, es sólo una consecuencia necesaria de la enajenación del
trabajo; en el salario el trabajo no aparece como un fin en sí, sino como un
servidor del salario. Detallaremos esto más tarde. Limitándonos a extraer ahora
algunas consecuencias (XXVI).
Un alza forzada de los salarios, prescindiendo de todas las demás
dificultades (prescindiendo de que, por tratarse de una anomalía, sólo mediante
la fuerza podría ser mantenida), no sería, por tanto, más que una mejor
remuneración de los esclavos, y no conquistaría, ni para el trabajador, ni para
el trabajo su vocación y su dignidad humanas.
Incluso la igualdad de salarios, como pide Proudhon, no hace más que
transformar la relación del trabajador actual con su trabajo en la relación de
todos los hombres con el trabajo. La sociedad es comprendida entonces como
capitalista abstracto.
El salario es una consecuencia inmediata del trabajo enajenado y el
trabajo enajenado es la causa inmediata de la propiedad privada. Al desaparecer
un término debe también, por esto, desaparecer el otro.
2) De la relación del trabajo enajenado con la propiedad privada se
sigue, además, que la emancipación de la sociedad de la propiedad privada,
etc., de la servidumbre, se expresa en la forma política de la emancipación de
los trabajadores, no como si se tratase sólo de la emancipación de éstos, sino
porque su emancipación entraña la emancipación humana general; y esto es así
porque toda la servidumbre humana está encerrada en la relación del trabajador
con la producción, y todas las relaciones serviles son sólo modificaciones y
consecuencias de esta relación.
Así como mediante el análisis hemos encontrado el concepto de propiedad
privada partiendo del concepto de trabajo enajenado, extrañado, así también
podrán desarrollarse con ayuda de estos dos factores todas las categorías
económicas y encontraremos en cada una de estas categorías, por ejemplo, el
tráfico, la competencia, el capital, el dinero, solamente una expresión
determinada desarrollada, de aquellos primeros fundamentos.
Antes de considerar esta estructuración, sin embargo tratemos de
resolver dos cuestiones.
1) Determinar la esencia general de la propiedad pri¬vada, evidenciada
como resultado del trabajo enajenado, en su relación con la propiedad
verdaderamente humana y social.
2) Hemos aceptado el extrañamiento del trabajo, su enajenación, como un
hecho y hemos realizado este he¬cho. Ahora nos preguntamos ¿cómo llega el
hombre a enajenar, a extrañar su trabajo? ¿Cómo se fundamenta este
extrañamiento en la esencia de la evolución humana? Tenemos ya mucho ganado
para la solución de este pro¬blema al haber transformado la cuestión del origen
de la propiedad privada en la cuestión de la relación del traba¬jo enajenado
con el proceso evolutivo de la humanidad. Pues cuando se habla de propiedad
privada se cree tener que habérselas con una cosa fuera del hombre. Cuando se
habla de trabajo nos las tenemos que haber inmedia¬tamente con el hombre mismo.
Esta nueva formulación de la pregunta es ya incluso su solución.
ad. 1) Esencia general de la propiedad privada y su relación con la
propiedad verdaderamente humana.
El trabajo enajenado se nos ha resuelto en dos com¬ponentes que se
condicionan recíprocamente o que son sólo dos expresiones distintas de una
misma relación. La apropiación aparece como extrañamiento, como enaje¬nación y
la enajenación como apropiación, el extrañamiento como la verdadera
naturalización.
Hemos considerado un aspecto, el trabajo enajenado en relación al
trabajador mismo, es decir, la relación del trabajo enajenado consigo mismo.
Como producto, como resultado necesario de esta relación hemos encontrado la
relación de propiedad del no trabajador con el trabajador y con el trabajo. La
propiedad privada como expresión resumida, material, del trabajo enajenado
abarca ambas relaciones, la relación del trabajador con el trabajo, con el
producto de su trabajo y con el no trabajador, y la relación del no trabajador
con el trabajador y con el producto de su trabajo.
Si hemos visto, pues, que respecto del trabajador, que mediante el
trabajo se apropia de la naturaleza, la apro¬piación aparece como enajenación,
la actividad propia como actividad para otro y de otro, la vitalidad como
holocausto de la vida, la producción del objeto como pérdida del objeto en
favor de un poder extraño, consi¬deremos ahora la relación de este hombre
extraño al trabajo y al trabajador con el trabajador, el trabajo y su objeto.
Por de pronto (26) hay que observar que todo lo que en el trabajador
aparece como actividad de la enajenación, aparece en el no trabajador como
estado de la enajena¬ción, del extrañamiento.
En segundo término, que el comportamiento práctico, real, del trabajador
en la producción y respecto del pro¬ducto (en cuanto estado de ánimo) aparece
en el no trabajador a él enfrentado como comportamiento teórico.
(XXVII) Tercero. El no trabajador hace contra el trabajador todo lo que
éste hace contra sí mismo, pero no hace contra sí lo que hace contra el
trabajador. (27)
Consideremos más detenidamente estas tres relaciones.
Llamados
20 A esta altura aparecen en el
manuscrito, escritas al margen y después tachadas, las palabras “motores, los
agentes del movimiento”, que indudablente implican mejor que la de “ruedas” la
idea que Marx quiere expresar.
21 Marx repite aquí el
pensamiento de Feuerbach quien en La esencia del Cristianismo, Cap. I, afirma
“Cuanto más vacia es la vida, tanto más pleno, tanto más concreto es Dios. El
mundo real se vacía cuando la divnidad se llena. Sólo el hombre pobre tiene un
Dios rico”.
22 Marx no utiliza aqí la
expresión an sich (en sí), que en la terminología hegeliana se opone al für
sich (para sí), sino bei sich, que literalmente significa junto a sí, consigo,
en casa, libre de toda determinación externa (N. del T.)
23 Zu Hause, literalmente, en
casa.
24 Cf. Feuerbach, Principios de
la Filosofía del futuro, pág. 53.
25 La idea del hombre como ser
genérico que Marx desarrolla aquí, la tenía de Feuerbach, quien la expone
principalmente en la introducción y los dos primeros capítulos de La esencia
del Cristianismo.
ZZ Sigo aquí el texto de MEGA,
que dice Mächten, que es el término que emplea también la edición Dietz. En la
edición de Hillman se dice, por el contrario, Menschen (hombres).
26 A esta altura aparece en el
margen del manuscrito la siguiente frase que Marx tachó después: Constituye una
tautología la afirmación de que quien se apropia de la naturaleza mediante la
naturaleza misma, se la enajena.
27 Esta frase reproduce casi
literalmente otra que Hegel escribe en su Fenomenología del Espíritu (ed.
Hofmeister, pág. 147) en un pasaje correspondiente a la famosa “dialéctica del
señor y el siervo” que evidentemente Marx sigue aquí muy de cerca. (N. del E.)

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