© Libro N° 13955. El Maestro De
Pueblo. Kafka, Franz.
Emancipación. Junio 21 de 2025
Título Original: © El
Maestro De Pueblo. Franz Kafka
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Franz Kafka
El Maestro De
Pueblo
(El Topo Gigante)
Franz Kafka
EL MAESTRO DE PUEBLO (EL TOPO GIGANTE)
Franz Kafka
(1914)
"Quiso, en una palabra, que la existencia de un mundo sin razón,
que los sentidos no ordenan, fuera siempre existencia soberana, existencia
posible solamente en la medida que la existencia llama a la muerte."
George Bataille
"El comienzo de toda novela corta resulta de entrada ridículo.
Parece imposible que ese organismo nuevo, todavía inacabado, sensible por todas
partes, logre mantenerse en la organización ya existente del mundo, la cual
tiende, como toda organización ya existente, a cerrarse hacia afuera."
Diarios 1910-1913
Primera edición: en Beim Bau der Chinesischen Mauer, Berlín, 1931.
Las gentes a las que yo pertenezco, las que incluso encuentran repulsivo
un topo corriente, hubieran muerto con seguridad de repugnancia si hubieran
visto el gigantesco topo que hace algunos años fue visto en las cercanías de un
pequeño pueblo, que adquirió pronto efímera fama. Pero ciertamente hace ya
tiempo que ha vuelto a caer en el olvido y con ello se ve la falla de todo el
suceso, que quedó completamente inexplicado, ya que no se hizo ningún esfuerzo
serio para aclararlo; y que a consecuencia de un incomprensible descuido de
aquellos círculos que se tenían que haber ocupado y que efectivamente se
preocupan de cosas de menor importancia, quedó olvidada, sin un examen más
minucioso. El hecho de que el pueblo se encuentre lejos del tren no puede
servir en ningún caso como disculpa.
Muchas personas venían de lejos por curiosidad, incluso del extranjero;
sólo no vinieron aquellos que debían mostrar algo más que curiosidad. En
efecto, si las personas sencillas no se hubieran ocupado desinteresadamente de
este asunto, personas a las que su trabajo diario apenas les concedía un minuto
de respiro, el rumor de la aparición apenas si hubiera traspasado la región.
Hay que admitir que incluso el rumor, que apenas si se puede mantener, era
demasiado insistente; si no se lo hubiera empujado formalmente, no se hubiera
extendido. Pero esto tampoco era motivo para no ocuparse del asunto; por el
contrario, también la aparición tenía que haber sido investigada. En su lugar
se dejó el único estudio escrito del caso al viejo maestro de pueblo que, si bien
era un extraordinario hombre en su profesión, ni sus aptitudes ni su
instrucción le permitían entregarse a una profunda y valorable descripción, ni
mucho menos a una explicación. El pequeño escrito fue impreso y muy bien
vendido a los que entonces visitaban el pueblo, encontró incluso una cierta
acogida; pero el maestro era lo suficientemente listo como para darse cuenta de
que sus esfuerzos, aislados y sin apoyo, en el fondo carecían de valor. Mas no
cesó en ellos y convirtió el hecho, que a pesar de su naturaleza era cada vez
más y más desesperado, en el trabajo de su vida; esto demuestra, por una parte,
la gran influencia que podía causar la aparición, y por otra parte, el tesón y
la persuasión que se pueden encontrar en un viejo y olvidado maestro de pueblo.
Pero que había sufrido mucho ante la indiferencia de las personalidades
competentes, lo prueba un pequeño apéndice que hizo añadir a su escrito, si
bien algunos años después, o sea, en una época en la que ya casi nadie se
acordaba del asunto. En este apéndice se lamenta —convincentemente, tal vez por
su sinceridad más que por su habilidad— de la falta de comprensión que ha
encontrado en la gente, sobre todo en aquella que era menos de esperar. De
estas personas dice acertadamente: "Ellos hablan como viejos maestros de
pueblo, no yo."
Comenta, entre otras cosas, la opinión de un experto al que acudió con
su asunto. El nombre del experto no aparece, pero a través de ciertos detalles
se puede adivinar de quién se trataba. Después- de vencer grandes dificultades
para llegar a ser recibido por el experto, al que ya se había anunciado con
semanas de anticipación, notó ya en los saludos que éste se había formado una
inamovible opinión en relación al asunto. La preocupación con la que escuchó el
largo informe del maestro, al que devolvió el escrito, se aprecia en la
observación que hizo tras una aparente reflexión:
—La tierra es en su comarca especialmente pesada y negra. Así da a los
topos una alimentación especialmente sustanciosa y se hacen extraordinariamente
grandes.
—Pero no tan grandes —gritó el maestro y midió, exagerando un poco en su
ira, dos metros en la pared.
—Sin embargo, sí —contestó el experto, al que por lo visto todo el
asunto le parecía muy divertido.
Con esta respuesta regresó el maestro a su casa. Cuenta cómo, por la
noche, nevando, le esperaban en la carretera su mujer y sus seis hijos y cómo
les tuvo que informar del definitivo fracaso de sus esperanzas.
Cuando leí lo relativo al comportamiento del experto con el maestro, no
conocía aún el escrito principal de este último. Pero me decidí inmediatamente
a coleccionar y recopilar yo mismo todo lo que pudiera conocer sobre el caso.
Puesto que yo no podía vérmelas con el experto, mi escrito debía defender por
lo menos al maestro, mejor dicho, no tanto al maestro como la buena intención
de un honrado pero poco influyente hombre. Confieso que me arrepentí más tarde
de esta decisión, pues pronto noté que su exposición me iba a colocar en una
situación curiosa. Por una parte mi influencia distaba mucho de ser suficiente
como para cambiar la opinión del experto o incluso la del público a favor del
maestro; por otra parte, el maestro debía notar que a mí me importaba menos su
intención principal —probar la aparición del enorme topo— que la defensa de su
hombría de bien, que a él le parecía por supuesto fuera de toda defensa. Así,
pues, podía ocurrir que yo, que quería apoyar al maestro, no encontrase en él
ninguna comprensión, y que seguramente, en lugar de su ayuda, necesitase para
mí otra nueva ayuda, de aparición poco probable. Además, mi decisión me echaba
encima un gran trabajo.
Si yo quería convencer, no debía remitirme al maestro, que a su vez no
había podido convencer. El conocimiento de su escrito sólo me hubiera
confundido, por lo que evité leerlo antes de la conclusión de mi propio
trabajo. Ciertamente él se enteró por terceras personas de mis indagaciones,
pero no sabía si trabajaba en su mismo sentido o contra él. Sí, incluso imaginó
lo último, aunque más tarde lo negara, pues puedo probar que me colocó
distintos obstáculos en el camino. Eso le resultaba muy fácil, puesto que yo
estaba obligado a examinar de nuevo las investigaciones que él ya había
efectuado, por lo que siempre se me anticipaba. Este era, sin embargo, el único
reproche que se le podía hacer con justicia a mi método, un reproche por cierto
inevitable, pero muy contrarrestado por el cuidado y abnegación de mis
conclusiones finales. Aparte de esto, mi escrito estaba libre de toda
influencia del maestro; tal vez observara en este-punto una exagerada
meticulosidad; parecía como si nadie hubiera estudiado el caso hasta ahora,
como si yo Fuera el primero que interrogaba a los testigos, el primero que
ordenaba los datos, el primero que deducía consecuencias. Al leer más tarde el
escrito del maestro —tenía un título muy ceremonioso: "Un topo, tan grande
como nadie lo ha visto jamás" — encontré que no coincidíamos en los puntos
esenciales, si bien ambos creíamos haber demostrado el problema esencial, la
existencia del topo. De todas maneras aquellas diferencias de opinión
impidieron el nacimiento de una relación amistosa, que en realidad yo había
esperado a pesar de todo. Incluso empezó a desarrollarse por su parte una
cierta enemistad. Si bien siempre se comportó conmigo humilde y razonablemente,
su verdadero estado de ánimo 'se le notaba claramente. Opinaba que yo lo había
dañado la causa del topo, y que si creía haberlo ayudado o podido ayudar era,
en el mejor de los casos, un ingenuo, y más seguramente, un presumido o un
falso. Sobre todo señaló repetidas veces que todos los enemigos que hasta
entonces había tenido, no habían demostrado su enemistad o sólo lo habían hecho
a solas o verbalmente, mientras que yo había considerado necesario hacer
imprimir de inmediato todas mis proposiciones. Además, los pocos enemigos que,
si bien superficialmente, se habían ocupado del asunto, habían escuchado su
opinión, la opinión que aquí marcaba la pauta, la suya, antes de expresar otra
propia. Yo en cambio había obtenido resultados de unos datos desordenadamente
sistematizados y en parte mal comprendidos. Estos resultados, a pesar de ser
correctos en lo esencial, tanto para el público como para los catedráticos. El
más leve destello de incredulidad sería, sin embargo, lo peor que podía
ocurrir.
Yo podía haber contestado fácilmente a estos reproches enmascarados —por
ejemplo, su escrito representaba el colmo de lo inverosímil—, pero más difícil
era luchar contra sus restantes sospechas, y este fue el motivo por el que en
general me mantuve alejado de él. El secretamente creía que yo le había querido
quitar la fama de haber sido el primer defensor público del topo.
Mas no existía mérito alguno en su persona, sino cierta ridiculez que,
sin embargo, se reducía a un círculo cada vez más pequeño y al cual yo con toda
certeza no quería aspirar. Pero además yo había explicado claramente, en la
introducción a mi escrito, que el maestro debía considerar siempre como
descubridor del topo —ni siquiera era el descubridor del topo— y que sólo una
participación en su desgracia me había Forzado a la redacción de la
investigación. "El fin de este libro es" —terminé así, casi patéticamente,
pero de acuerdo con mi excitación de entonces— "contribuir a la merecida
difusión del escrito del maestro. Si se consigue esto, mi nombre debe ser
inmediatamente borrado de este asunto, en el que sólo aparece nombrado de
pasada y superficialmente." Así pues, rechacé cualquier participación
mayor en el asunto; parecía que de alguna manera no hubiera previsto el
increíble reproche del maestro. Pero justo en este punto él encontró asidero en
mi contra, y no niego que había un cierto derecho en lo que decía o más que
nada apuntaba: como me ocurrió no pocas veces, en algunos aspectos demostraba
conmigo más agudeza que en su escrito, pues afirmaba que mi introducción tenía
un doble sentido. Si lo que de verdad me importaba era difundir su escrito,
porqué no me ocupaba exclusivamente de él y de su escrito, por qué no mostraba
sus méritos, su irrefutabilidad, por qué no profundizaba más, abandonando
completamente el escrito, del propio descubrimiento. ¿Es que acaso no había
sido ya hecho éste? ¿Quedaba acaso algo por hacer en este aspecto? Pero si yo
creía realmente en la necesidad de efectuar de nuevo el descubrimiento, ¿por
qué me desdecía tan alegremente de éste en la introducción? Podía ser una
fingida modestia, pero era algo más enojoso: yo desvalorizaba el
descubrimiento, le concedía atención sólo para desvalorizarlo; lo había
investigado y lo dejaba a un lado. Tal vez ya se hubiera silenciado un poco el
asunto; pero yo volví a revolverlo, con lo que, sin embargo, coloqué al maestro
en una posición más difícil que nunca. ¡Lo que significaba para el maestro la
defensa de su rectitud! Era esta cuestión y sólo ésta la que importaba.
Pero yo lo había traicionado, porque no lo comprendía, porque no lo
valoraba correctamente, porque no tenía ningún talento para ello. Escapaba con
mucho a mi comprensión. Estaba sentado delante mío y me miraba tranquilamente
con su vieja y arrugada cara y, sin embargo, ésta era sólo su opinión. No era
exacto que le importara solamente el asunto en sí; era incluso bastante
ambicioso y quería ganar dinero, que era muy comprensible a la vista de su
numerosa familia. A pesar de todo mi interés en un asunto tan pequeño le
parecía en comparación tan reducida que se creía autorizado a presentarse como
modelo de desinterés sin mentir demasiado. Y efectivamente, no me sirvió ni una
sola vez para mi satisfacción interior, que me dijera que en el fondo de los
reproches del hombre se debían a que en cierto sentido, él sujetaba su topo con
las dos manos y llamaba traidor a todo aquel que tan sólo quería acercarle un
dedo. Su comportamiento no era por avaricia, por lo menos no se podía explicar
sólo por este motivo; más bien había una irritación provocada por su gran
esfuerzo y total falta de éxito.
Pero la irritación tampoco lo explicaba todo. Tal vez mi interés en el
asunto fuera realmente demasiado pequeño. Ya era algo común para el profesor la
falta de interés de los extraños; sufrían por él en general, pero no en lo
particular. Pero cuando al fin se había encontrado con uno que se ocupaba del
asunto en forma extraordinaria, incluso éste no lo comprendía. Una vez empujado
en esta dirección, no quise mentir. No soy zoólogo; tal vez me hubiese
apasionado por este caso hasta el fondo de mi corazón si lo hubiera descubierto
yo, pero no había sido así. Ciertamente que un topo tan grande es algo notable,
pero no puede exigir la atención permanente del mundo, especialmente cuando la
existencia del topo no está completa y satisfactoriamente demostrada y cuando
sobre todo éste no puede ser exhibido. Y también reconocí que, aunque hubiera
sido yo el descubridor del topo, nunca me hubiera ocupado de él lo que me ocupo
del profesor, a gusto y voluntariamente.
Seguramente hubiera desaparecido pronto la discrepancia entre el maestro
y yo si mi escrito hubiera tenido éxito. Pero incluso este éxito se hizo
desear.
A lo mejor el escrito no era bueno, no había sido escrito
convincentemente; yo soy comerciante, la redacción de semejante escrito
sobrepasa posiblemente el círculo que me ha sido impuesto, en este caso el
maestro, a pesar de que yo lo superaba en todos los conocimientos necesarios.
También contribuyó al fracaso la quizás inapropiada fecha de aparición.
El descubrimiento del topo, que no había podido abrirse paso, era, por
una parte, no tan lejano como para haberlo olvidado por completo, de modo que
escrito hubiera podido resultar una sorpresa; pero por otra parte, había pasado
ya el tiempo suficiente como para agotar casi totalmente el reducido interés
que despertó en su día. Aquellos que se interesaban siquiera un poco por mi
escrito se decían con un cierto desconsuelo, que ya hace años había ocurrido
una discusión, y que de nuevo volvían a empezar los esfuerzos inútiles por
probar este asunto anodino; algunos incluso confundían mi escrito con el del
profesor.
En una importante revista agrícola apareció la siguiente observación,
por suerte en las hojas finales y en letra pequeña: "Se nos ha vuelto a
enviar el escrito sobre el topo gigante, líos acordamos de habernos reído de él
de todo corazón hace algunos años. Desde entonces, este escrito no se ha vuelto
mas inteligente y nosotros no nos hemos vuelto más tontos. La segunda vez no
podemos tan sólo reírnos. Por eso nos parece oportuno preguntar las
asociaciones de maestros si un maestro de pueblo no puede encontrar un trabajo
más útil que el de ir persiguiendo topos gigantes." ¡Una equivocación
imperdonable! No habían leído ni el primer ni el segundo escrito y las dos
miserables palabras —topo gigante y maestro de pueblo— que habían cogido
apresuradamente, bastaban a los señores para colocarse en escena como
defensores de intereses reconocidos. Contra todo esto se podría haber hecho
algo con éxito, pero el deficiente entendimiento con el maestro me hizo
desistir de ello. Al revés, intenté mantenerle oculta la revista tanto tiempo
como fue posible. Pero la descubrió muy pronto, lo noté por una observación en
una carta en la que me comunicaba su visita para las fiestas de Navidad.
Escribió: "El mundo es malo, cosa que a veces se le facilita", con lo
que quería indicar que yo pertenezco al mundo malo, pero "que no basta con
la maldad residente en mí, sino que además facilito al mundo, es decir, actúo,
para sacar a relucir la maldad general y para ayudarla a triunfar. Bueno, yo ya
había sacado las conclusiones necesarias; pude esperarlo tranquilamente y
pensar con calma, mientras él me saludaba con menos amabilidad que otras veces,
se sentaba frente a mí sin hablar, sacaba con cuidado la revista del bolsillo
interior de su gabán curiosamente acolchonado y empujaba la revista en mi
dirección.
—La conozco —dije yo y empujé de nuevo la revista hacia él sin mirarla.
—Usted la conoce —dijo suspirando, pues tenía la vieja costumbre de
maestro de repetir respuestas de otros—. Naturalmente, no voy a aceptar el
asunto sin defenderme —prosiguió, y golpeó excitado la revista con el dedo
mientras me observaba con una mirada penetrante, como si yo fuera de la opinión
contraria.
Tenía ciertamente una idea de lo que yo iba a decir; pero creí notar, no
tanto en sus palabras como en otros indicios, que a menudo tenía una
comprensión muy correcta de mis intenciones; pero no cedía en sus ideas y se
dejaba apartar del asunto. Esto, se lo dije en aquella ocasión, puedo repetirlo
casi al pie de la letra, pues lo anoté poco después de la conversación.
—Haga lo que quiera —dije yo—; a partir de hoy nuestros caminos se
separan. Creo que no resulta para usted ni inesperado ni inoportuno. La noticia
de la revista no es la causa de mi decisión, ha contribuido a afirmarla; el
auténtico motivo es que al, principio creía poder ayudarlo con mi informe,
mientras que ahora puedo ver que en todo sentido lo he perjudicado. Por qué ha
ocurrido así, no lo sé; los motivos para el éxito y el fracaso son siempre
ambiguos; no busque sólo aquellas interpretaciones que hablen en mi contra.
Pienso en usted; también usted tenía las mejores intenciones y, sin embargo,
fracasó, si observamos todo en conjunto. No bromeo cuando digo, pues va en
contra mía, que su relación conmigo cuenta dentro de sus fracasos. El que yo me
retire ahora del asunto no es ni cobardía ni traición. Incluso lo hago no sin
cierto esfuerzo; lo que yo aprecio de su persona esta ya en mi escrito; en
cierto sentido, usted se ha convertido en mi maestro, e incluso el topo se me
hizo querido. Sin embargo, me aparto; usted es el descubridor y a pesar de todo
lo que yo haga siempre impido la llegada de la posible fama, y en cambio
atraigo el fracaso y lo conduzco hacia usted. Por lo menos esta es su opinión.
Basta de esto. La única penitencia que puedo aceptar es pedirle perdón y si así
me lo exige, repetir públicamente la confesión que aquí he hecho, por ejemplo,
en esta revista.
Estas fueron entonces mis palabras; no eran del todo sinceras, pero la
sinceridad era fácilmente deducible de ellas. Mi explicación obró en él como
aproximadamente había esperado. La mayoría de las personas mayores tienen para
los jóvenes algo que confunde, algo que niega su naturaleza; se vive
tranquilamente a su lado, se cree asegurada la relación, se conocen las
opiniones dominantes, se recibe continuamente una confirmación de la paz, se
considera todo como lógico y de repente, cuando ocurre algo decisivo y cuando
debiera actuar la tranquilidad tanto tiempo preparada, estas personas mayores
parecen extraños, tienen opiniones más profundas y más fuertes; es ahora cuando
despliegan formalmente su bandera sobre la que se lee su nuevo lema con horror.
Este horror es sobre todo porque lo que dicen ahora es realmente mucho más
autorizado, más lleno de sentido, como si lo lógico fuera mucho más lógico.
Pero lo que inevitablemente niega todo es que lo que dicen ahora lo han dicho
siempre, en el fondo y, sin embargo, normalmente nunca se podría haber
supuesto. Tenía que haber calado hondo en este maestro del pueblo para que
ahora no me sorprendiera por completo.
—Niño —dijo, puso su mano en la mía y la frotó amistosamente—. ¿Cómo se
le ocurrió siquiera meterse en este asunto? En cuanto lo oí por primera vez, se
lo comenté a mi mujer. —Se apartó de la mesa, extendió los brazos y observó el
suelo, como si abajo estuviera, diminuta, su mujer y hablara con ella.— Tantos
años le dije, luchando solos, y ahora parece interceder por nosotros un gran
protector, un profesor de la ciudad de nombre tal y tal. ¿No debiéramos
alegrarnos? Un profesor en la ciudad significa no poco; si un labrador
andrajoso nos cree y así lo manifiesta no nos puede ayudar, pues lo que hace un
labrador, nunca tiene valor, da igual que diga: el viejo maestro tiene razón; o
que escupa de manera inconveniente; su efecto es el mismo. Y si se levantan diez
mil labradores en vez de uno, tal vez el efecto sea incluso peor. En cambio, un
profesor en la ciudad es algo distinto, un hombre así tiene enlaces; incluso
aquello que dice de pasada se comenta en amplios sectores, nuevos proyectos se
unen al asunto, uno dice, por ejemplo: también se puede aprender algo de los
maestros de pueblo, y al día siguiente ya lo comenta una multitud de personas,
inesperadas de acuerdo con su forma dé ser. Ahora se encuentran fondos para el
asunto, una colecta, y los demás le dan el dinero en la mano; se opina que el
maestro de pueblo ha de ser sacado del pueblo; vienen y no se ocupan de su
aspecto, se lo coloca en el centro, también a su mujer e hijos que se cuelgan
de él. Ha observado alguna vez a la gente de la ciudad: gorgojean
ininterrumpidamente. Si hay unos cuantos de ellos juntos, el gorgojeo va de
izquierda a derecha y vuelve de nuevo y baja y sube. Y así, gorgojeando, hablan
de nosotros en el coche, apenas si uno tiene tiempo de saludar a todos.
"El señor sobre el pescante se ajusta sus gafas, blande el látigo y
marchamos. Todos hacen señas de despedida hacia el pueblo, como si todavía
estuviéramos allí en vez de estar sentados entre ellos. De la ciudad nos salen
al encuentro algunos coches con los especialmente impacientes. Según nos vamos
acercando se levantan de sus asientos y se estiran para vernos. El que ha
reunido el dinero lo ordena todo y exhorta al silencio. Ya es una gran hilera
de coches cuando entramos en la ciudad. Hemos pensado que el saludo ya se ha
terminado, pero es delante de la posada donde comienza de verdad. En la ciudad
muchas personas se congregan inmediatamente a una llamada. Por aquello que
preocupa a uno también preocupa al otro enseguida. Se quitan unos a otros sus
opiniones y se las apropian. No todas las personas que pueden ir en el coche
esperan delante de la posada; sin embargo, otros podrían viajar, pero no lo
hacen por convencimiento propio. También éstos esperan. Es increíble como se
está atento a todo el que ha acumulado dinero.
Lo había escuchado en silencio; sí, durante su charla me he quedado cada
vez más en silencio. Sobre la mesa había amontonado todos los ejemplares que
aún tenía de mi escrito. Faltaban sólo unos pocos, pues en los últimos tiempos
había ido solicitando por escrito que se me devolvieran y había recibido ya la
mayoría. Por cierto que de muchas partes me habían escrito con mucha cortesía
que no se acordaban de haber recibido un escrito semejante y que, en el caso de
haberlo recibido, se había perdido lamentablemente. Aun así no importaba, en el
fondo yo no quería otra cosa. Sólo uno pidió poderse quedar con el escrito como
curiosidad, y se comprometía, de acuerdo con el sentido de mi carta, a no
enseñarlo a nadie durante los próximos veinte años. Todas estas cartas todavía
no las había visto el maestro. Me alegré de que sus palabras me hicieran-tan
fácil el enseñárselas. Pero si no, también podía hacerlo sin preocupación,
porque había actuado muy cautelosamente en la redacción y nunca había
descuidado el interés del maestro y de su asunto. Las frases principales de las
cartas decían así: "No pido la devolución del escrito porque haya podido
retractarme de las opiniones en él representadas o porque individualmente
pudiera contemplarlas como erróneas o indemostrables. Mi petición tiene sólo
motivos personales, si bien muy imperiosos; en cuanto a mi posición sobre el
asunto del topo no me retracto en lo más mínimo. Pido que se preste especial
consideración a esto, y si se quiere, que también se propague."
De momento tenía esta comunicación todavía oculta en mis manos y dije:
— ¿Quiere hacerme reproches porque no haya ocurrido así? ¿Por qué quiere
hacer esto? No amarguemos la despedida. Y trate de aceptar por fin que si bien
ha hecho usted un descubrimiento, éste no ha invalidado a otros y que, por
tanto, la injusticia que se le hace no es importante. No conozco los estatutos
de la sociedad de ciencias, pero no creo que ni aún en el mejor de los casos se
le hubiera preparado un recibimiento siquiera parecido a aquel que tal vez le
haya descrito a su pobre mujer. Si yo mismo esperaba algo del efecto del
escrito, pensé que tal vez algún profesor podría interesarse en nuestro caso,
que podría encargar a algún estudiante seguir el asunto, que ese estudiante se
dirigiría a usted con seriedad y volvería a examinar de nuevo sus investigaciones
y las mías, y que finalmente, en el caso de que el resultado le pareciera digno
de mención —aquí hay que afirmar que todos los estudiantes jóvenes están llenos
de dudas—, publicaría su propio escrito en el que justificaría científicamente
el que usted ha escrito. Pero incluso en el caso de que esta esperanza se
hubiere realizado, todavía no se habría logrado mucho. El escrito del
estudiante que hubiera definido un caso tan extraño posiblemente hubiera sido
ridiculizado. Ya ve usted con el ejemplo de la revista agrícola lo fácil que
es, y en este aspecto las revistas científicas son aún más desconsideradas. Y
es comprensible, los profesores tienen mucha responsabilidad ante ellos mismos,
ante la ciencia, ante la posteridad; no pueden engreírse con todo nuevo
descubrimiento. Nosotros, en cambio, les aventajamos en todo sentido. Pero voy
a prescindir de esto y voy a considerar ahora que el escrito del estudiante
tuviese aceptación. ¿Qué hubiera ocurrido entonces? Vuestro nombre habría sido
honrado algunas veces, posiblemente lo favorecería en su profesión; dirían:
"Nuestros maestros de pueblo tienen los ojos abiertos", y esta
revista tendría, si las revistas tuviesen memoria y conciencia, que pedirle
perdón públicamente; también se habría encontrado algún profesor bien
intencionado que le concediera una beca; también es realmente posible que se
hubiera intentado llevarlo a la ciudad, encontrarle un puesto en una escuela
primaria de aquí y darle así la oportunidad de aprovechar los medios
científicos que ofrece la ciudad para continuar la investigación. Pero si he de
ser sincero, he de decir que tan sólo se habría intentado. Se lo habría llamado
y usted habría venido como uno más, solicitando un empleo al igual que cientos,
sin ningún recibimiento triunfal; se habría hablado con usted, se habría
aceptado vuestra sincera aspiración, pero habrían visto al mismo tiempo que es
un hombre mayor, que comenzar a esta edad un estudio científico es inútil y que
sobre todo se ha realizado el descubrimiento más por casualidad que por trabajo
de investigación y que aparte' de este caso único no piensa trabajar más. Así,
pues, por estos motivos os habrían dejado en el pueblo. Sin embargo,
continuarían con el descubrimiento, pues no es tan insignificante como para que
una vez reconocido sea olvidado. Pero usted ya no tendría muchas noticias de
éste, y las que tuviese le resultarían casi incomprensibles. Todo
descubrimiento es inmediatamente introducido en la totalidad de la Ciencia, con
lo que en cierto sentido deja de ser descubrimiento; se expande y desaparece;
entonces hay que tener una visión muy acostumbrada científicamente como para
reconocerlo. En seguida queda enlazado de cuya existencia ni siquiera a
principios teníamos noticias, y en la discusión científica se lleva estos
principios hasta las nubes. ¿Cómo poder comprenderlo nosotros? Si escuchamos
una discusión especializada, creíamos, por ejemplo, que se trata del
descubrimiento, pero ya se trata de otras cosas completamente distintas; y la
próxima vez creemos que se trata de otra cosa, no del descubrimiento, pero sí
se trata de éste.
"¿Lo comprende? Usted se habría quedado en el pueblo, podría haber
alimentado y vestido un poco mejor a su familia con el dinero recibido, pero el
descubrimiento le habría sido quitado sin que pudiese oponerse esgrimiendo
algún derecho, pues no es sino en la ciudad donde éste cobre su valor real. E
incluso no habrían sido desagradecidos con usted; a lo mejor se construiría en
el lugar del descubrimiento un pequeño museo, que se convertiría en la
atracción más interesante del pueblo; usted habría sido el encargado de las
llaves y para no dejarlo sin ningún signo exterior de honor, se le habría dado
una pequeña medalla para llevarla en el pecho, como acostumbran a llevar los
empleados de los museos científicos. Todo esto habría sido posible, pero ¿es
esto lo que usted quería?
Sin intentar una respuesta, objetó acertadamente:
— ¿Así que era esto lo que buscaba conseguir para mí?
—Tal vez —dije yo; —entonces no actué tan reflexivamente, como para
poder contestar ahora con exactitud. Quise ayudarlo, pero me ha salido mal y es
incluso lo peor que jamás haya hecho. Por eso quiero retirarme ahora y hacerlo
como si nada hubiera pasado, en la medida de mis fuerzas.
—Está bien —dijo el maestro, sacó su pipa y empezó a llenarla con el
tabaco que llevaba suelto en todos los bolsillos—, se ha ocupado
voluntariamente del desgraciado asunto y ahora se retira también
voluntariamente. ¡Todo está muy bien!
—No soy terco —dije—. ¿Encuentra algo que oponer a mi proposición?
—No, absolutamente nada —dijo el maestro y su pipa ya humeaba. No
aguantaba el olor de su tabaco, por lo que me levanté y comencé a pasear por la
habitación. Estaba acostumbrado por otras conversaciones a que el maestro fuera
muy callado conmigo, pero que, sin embargo, una vez llegado, ya no quisiera
moverse de mi habitación. Me había extrañado ya más de una vez; quiere algo más
de mí, había pensado entonces y le había ofrecido dinero, que él
indefectiblemente aceptaba. Pero irse, sólo se iba cuando le apetecía.
Generalmente para entonces ya se había fumado la pipa, se movía alrededor del
sofá, que acercaba respetuosa y ordenadamente a la mesa, cogía su bastón de
nudos de la esquina, me apretaba fervientemente la mano y se iba. Pero hoy su
actitud de permanecer sentado en silencio me resultaba ni más ni menos que
molesta. Cuando se le ofrece a alguien la despedida definitiva, como yo lo
había hecho, y cuando el otro lo califica de muy acertado, se termina en común
y lo más pronto posible todo lo que quede por solucionar y no se importuna al
otro, sin objeto alguno, con la muda presencia. Cuando se veía desde atrás al
pequeño y tenaz viejo, sentado a mi mesa, se podría pensar que ya nunca más
sería posible sacarlo de la habitación.

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