© Libro N° 13954. La Broma Del
Filósofo. Jerome, Jerome K. Emancipación. Junio 21 de 2025
Título Original: © The Philosopher's Joke. Jerome K.
Jerome
Versión Original: © La Broma Del Filósofo. Jerome K. Jerome
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
https://web.seducoahuila.gob.mx/biblioweb/upload/the-philosopher-s-joke.pdf
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un
medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los
contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la
circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría
corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son
estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los
autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
https://i.pinimg.com/736x/84/69/dd/8469dd0f5e59b6a035ccc0525c6e2cc3.jpg
Portada E.O. de Imagen:
https://encrypted-tbn0.gstatic.com/images?q=tbn:ANd9GcSxyYvqYcqtqmlboQhiMsGm-rfn7DR2fRQLcKQJk79Bt2wf_zsug7rEoBYMOHScqB1jmMI&usqp=CAU
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Jerome K. Jerome
La Broma Del
Filósofo
Jerome K. Jerome
Yo, por mi parte, no creo esta historia. Seis personas están persuadidas
de que es verdad, y las seis tienen la esperanza de convencerse de que fue una
alucinación. La dificultad está en que son seis. Cada una por separado se da
cuenta claramente de que aquello no pudo suceder. Desgraciadamente son personas
muy amigas y no pueden separarse unas de otras, y cuando se reúnen y se miran a
los ojos, la historia cobra de nuevo realidad.
Quien me lo contó, e inmediatamente deseó no haberlo hecho, fue
Armitage. Me lo dijo una noche en que él y yo éramos los únicos ocupantes de la
sala de fumar del club. El contármelo —según explicó después— obedeció a un
impulso de momento. Durante todo el día aquello había pesado sobre él con
persistencia desusada y se le ocurrió, al entrar yo en la habitación, que el
petulante escepticismo con que consideraría el asunto una mente esencialmente
vulgar como la mía (no empleaba las palabras en sentido ofensivo) ayudaría a
dirigir su atención hacia el aspecto más absurdo. Me parece que, en efecto, lo
hice así. Me dio las gracias por desechar toda la narración como ilusión de un
cerebro desordenado y me pidió que no mencionara el asunto a ningún otro ser
viviente. Lo prometí y puedo hacer aquí la observación de que no llamo a esto
hablar de la cuestión. Armitage no es el verdadero nombre de la persona; ni
siquiera empieza con A. Pueden ustedes leer esta historia y a continuación
cenar con él la misma noche: no se enterarán.
Por supuesto que tampoco consideré vedado hablar de ello, discretamente,
a la señora Armitage, una mujer encantadora. La conocí de soltera, cuando era
Alicia Blatchley. Rompió a llorar a la primera alusión. Me costó Dios y ayuda
tranquilizarla. Dijo que cuando no pensaba en aquello podía ser feliz. Ella y
Armitage nunca aludían a ello y, abandonados a sí mismos, creía que alguna vez
se les olvidaría. Que desearía no tener tanta amistad con los Everett. El señor
y la señora Everett habían tenido los dos precisamente el mismo sueño; esto es,
suponiendo que fue un sueño. Tal vez el señor Everett no era la clase de
persona que un sacerdote debiera tratar, pero, como argumentaría Armitage, que
un predicador del cristianismo retire su amistad a un hombre porque éste sea
algo pecador, resultaría inconsecuente; mejor será seguir siendo amigo suyo y
tratar de influir en él. Cenaban regularmente con los Everett los martes y
sentados frente a frente, parecía imposible aceptar que los cuatro al mismo
tiempo y del mismo modo habían sido víctimas de la misma ilusión. Yo creo que
conseguí darle esperanzas. Reconoció que la historia, desde el punto de vista
del sentido común, resultaba ridícula, y me amenazó con no volver a dirigirme
la palabra si decía lo más mínimo a cualquiera sobre el asunto. Es una mujer
encantadora, como creo haber dicho ya.
Por una curiosa coincidencia era yo por entonces uno de los directores
de una compañía que acababa de organizar Everett para la explotación del Salt
Lake Coasting. Comí con él el domingo siguiente. Es un conversador interesante
y la curiosidad por saber cómo un hombre de tal sagacidad podía explicar su
relación con una historia tan insensata, una fantasía tan imposible, me decidió
a aludir a mi conocimiento de la misma. Tanto su actitud como la de su mujer
cambiaron de pronto. Quisieron saber quién me lo había dicho. No les informé
sobre ello porque era evidente que se hubieran enfadado con el que lo había
hecho. La teoría de Everett era que uno de ellos lo había soñado —probablemente
Camelford— y que por sugestión hipnótica había comunicado a los otros la
impresión de que ellos lo habían soñado también. Añadió que, a no ser por un
detalle insignificante, hubiera él ridiculizado desde el primer momento la idea
de que aquello pudiera haber sido nada más que un sueño, pero no me dijo qué
detalle era aquél. Según explicó, su objeto no era extenderse sobre el asunto,
sino olvidarlo. Hablando como amigo, me aconsejó asimismo que procurara no
cacarearlo, no fueran a surgir dificultades respecto a mis honorarios como
director. Algunas veces tiene una manera brusca de presentar las cosas.
Fue en casa de los Everett, más adelante, donde conocí a la señora
Camelford, una de las mujeres más hermosas que he visto en mi vida. Fue una
locura por mi parte, pero tengo muy mala memoria para los nombres; se me olvidó
que el señor y la señora Camelford eran los otros dos implicados y mencione la
historia como un cuento curioso que había leído años atrás en una vieja
miscelánea; contaba con ello para entrar en discusión con la señora Camelford
sobre la amistad platónica. Dio un respingo en la silla y me miró. Entonces caí
en la cuenta y me mordí la lengua. Me costó mucho disculparme, pero ella se
tranquilizó finalmente, consintiendo en atribuir mi pifia a mera estupidez.
Estaba completamente convencida, según me dijo, de que todo era pura
imaginación; solamente cuando se encontraba con los otros le cruzaba por la
mente alguna duda. Su opinión era que si todos se pusieran de acuerdo para no
volver a hablar del asunto, acabarían por olvidarlo. Supuso que había sido su
marido quien me había informado: era tan tonto como para eso. No lo dijo con
acritud; afirmó que al principio de casarse, hacía diez años, pocas personas le
irritaban más que Camelford, pero que según había ido conociendo a otros
hombres, su respeto hacia él había aumentado. Me gusta oír a una mujer hablar
bien de su marido; es una salida que, según mi opinión, debía fomentarse más.
Le aseguré que Camelford no era el culpable, y dando por supuesto que la vería
—no demasiado a menudo— en sus jueves, acordé con ella que lo mejor que podía
hacer era borrar el asunto de mi imaginación y ocuparme en cambio de lo que me
importaba.
Antes de esto no había yo hablado mucho con Camelford, aunque le había
visto a menudo en el club. Es un hombre raro del que se cuentan muchas cosas.
Escribe en los periódicos para vivir y poesías que publica a expensas propias,
aparentemente por gusto. Se me ocurrió que su teoría tenía que ser interesante,
pero al principio no consintió en hablar, aparentando ignorar todo el asunto
como pura tontería. Una noche, cuando ya casi desesperaba de sacarle nada, me
preguntó por propia iniciativa si creía que la señora Armitage, con la que
sabía que tenía amistad, daba aún importancia a aquello. Cuando exprese la
opinión de que la señora Armitage era la más preocupada del grupo, se irritó y
me instó para que dejara a los otros solos y dedicara mis cinco sentidos a
convencerla a ella en particular de que todo aquello fue y no pudo haber sido
más que puro mito. Confesó francamente que para el era todavía un misterio.
Podría considerarlo como una quimera si no fuera por un pequeño incidente.
Tardó mucho en decir cuál era, pero hay una cosa que se llama perseverancia, y
al final conseguí sacárselo. Esto es lo que me dijo:
—Por casualidad nos encontrábamos solos en el invernadero aquella noche
del baile nosotros seis. La mayor parte de la gente se había marchado. Se
tocaba la última propina. La música llegaba débilmente hasta nosotros.
Inclinándome a coger el abanico de Jessica, que había dejado caer al suelo, me
llamó repentinamente la atención algo que brillaba en el pavimento de mosaico,
bajo un grupo de palmeras. No nos habíamos dicho ni una palabra; en verdad era
la primera noche que nos conocíamos —es decir, a menos que aquello no fuera un
sueño—. Lo recogí. Los otros se agruparon en torno mío y cuando nos miramos,
comprendimos: era una copa de vino rota, una curiosa copa de cristal bávaro.
Era la copa en que todos habíamos soñado que habíamos bebido.
Reconstruyo la historia según me parece a mí que debió suceder. Los
incidentes, desde luego, son hechos. Han sucedido cosas a aquellos a quienes
concierne que me hacen esperar que no la leerán nunca. No me hubiera molestado
en contarla a no ser porque tiene una moraleja.
***
Seis personas estaban sentadas alrededor de la gran mesa de roble del
speisesaal en la agradable hostería del Kneipper Hof, en Könisberg. Era noche
avanzada. En circunstancias ordinarias hubieran estado en la cama, pero
habiendo llegado de Dantzig en el último tren y habiendo cenado a la alemana,
les había parecido más discreto quedarse de conversación. La casa estaba
extrañamente silenciosa. El orondo patrón, dejándoles las luces alineadas en el
aparador, les había deseado Gute Nacht hacía una hora. El espíritu de la
vetusta casa los envolvía con sus alas. Allí, en aquel mismo recinto, si hay
que creer lo que dicen, el propio Manuel Kant se había sentado a conversar
muchas veces. Los muros tras los cuales aquel hombrecillo enfermizo había
pensado y trabajado, se elevaban, plateados por la luz de la luna, justamente
al otro lado de la angosta calle; las tres altas ventanas del speisesaal daban
a la torre de la vieja catedral, bajo la cual descansa ahora. Una filosofía,
curioso fenómeno referente a los seres humanos, ávida de experimentos, flotaba
en el aire ahumado sin las trabas que el convencionalismo podría imponer a toda
especulación.
—No para los acontecimientos futuros —hizo notar el reverendo Nathaniel
Armitage—. Es mejor que permanezcan ocultos para nosotros. Pero en cuanto a
nuestro propio futuro, nuestro temperamento, nuestro carácter, creo que nos
debería ser permitido asomarnos a O. A los veinte años somos una persona; a los
cuarenta otra completamente, con otro modo de ver, otros intereses, otra
perspectiva de la vida, atraídos por otras características, repelidos por las
mismas cualidades que en otro tiempo nos atrajeron. Resulta sumamente difícil
para todos nosotros.
—Me alegra oír decir eso a alguien más —observó la señora Everett con su
voz suave y simpática—. Muy a menudo lo he pensado yo. Algunas veces me he
hecho reproches a mí misma, pero, ¡cómo va una a remediarlo! Las cosas que nos
parecían importantes se vuelven indiferentes; los ídolos una vez adorados por
nosotros se nos aparecen con sus pies de barro.
—Si me incluyes a la cabeza de tus ídolos —rió el jovial señor Everett—
no vaciles decirlo —era un caballero de ancha cara rojiza, con los ojos
pequeños y chispeantes y una boca al mismo tiempo firme y sensual—. Yo no me
hice mis pies. Nunca pedí a nadie que me tomara por un santo de vidrio
coloreado. No soy yo quien ha cambiado.
—Ya sé, querido, que soy yo —contestó su enflaquecida esposa con una
dulce sonrisa—. Era bella, no podía dudarse, cuando te casaste conmigo.
—Lo eras, querida mía —asintió su marido—. De muchacha, pocas podían
competir contigo.
—Era lo único que valorabas en mí, mi belleza —continuó su mujer—, ¡y
desapareció tan deprisa! Algunas veces me parece como si te hubiera dado un
timo.
—Pero hay una belleza de la mente, del alma —notó el reverendo Nathaniel
Armitage—, que para algunos hombres es más atractiva que la mera perfección
física.
Los ojos de la mujer marchita brillaron un momento con la luz del
placer.
—Temo que Dick no es de ésos —suspiró.
—Bueno, como acabo de decir respecto a mis pies —contestó genialmente su
esposo— yo no me he hecho a mí mismo. He sido siempre un esclavo de la belleza
y siempre lo seré. No tendría sentido pretender, entre camaradas, que no has
perdido tu buen parecer, vieja amiga —colocó su mano fina con cariño sobre el
huesudo hombro de ella—; pero no se te puede exigir que te apures como si lo
hubieras hecho a propósito. Nadie más que un enamorado puede imaginarse a una
mujer haciéndose más hermosa al hacerse más vieja.
—A algunas mujeres parece que sí —contestó su mujer.
Involuntariamente miró hacia donde se sentaba la señora Camelford, con
los codos apoyados en la mesa, e involuntariamente también los ojillos
chispeantes de su marido siguieron la misma dirección. Hay un tipo que alcanza
su plenitud en la edad madura. La señora Camelford, née Jessica Dearwood, había
tenido a los veinte años un aspecto pavoroso; lo único que atraía el gusto
masculino eran sus magníficos ojos, e incluso éstos habían asustado más que
seducido. A los cuarenta, la señora Camelford podía posar para Juno.
—Si, es un viejo ladino bromista el tiempo —murmuró el señor Everett
casi imperceptiblemente.
El pálido rostro de la señora Everett se tornó escarlata.
—¡Por Dios! —exclamó escandalizado Nathaniel Armitage, enrojeciendo
también.
—Oh, ¿por qué no se ha de poder decir algunas veces la verdad? —contestó
su esposa con petulancia—. Tú y yo somos completamente inapropiados uno para el
otro, todo el mundo lo ve. A los diecinueve años me parecía preciosa, santa, la
idea de ser esposa de un sacerdote, luchando a su lado contra el mal. Además,
has cambiado desde entonces. Por aquellos días, querido Nat, eras humano y el
mejor bailarín que yo había conocido. Tu modo de bailar fue lo que más me
atrajo, lo cual no hubiera sucedido si yo me hubiera conocido a mí misma. Pero
¿cómo conocerse a los diecinueve años?
—Nos amábamos —le recordó el reverendo Armitage.
—Si', lo sé, y apasionadamente entonces, pero no ahora —se rió con algo
de amargura—. ¡Pobre Nat, no soy más que otra prueba añadida a tu larga lista!
Tus creencias, tus ideales, no tienen sentido para mí, meros dogmas mojigatos,
intransigencia. Nellie era la esposa que la Naturaleza te había destinado, ya
que perdió tan pronto su belleza y con ella todas sus ideas mundanas. El
destino la preparaba para ti, si lo hubiéramos sabido. En cuanto a mí, debía
haber sido la mujer de un artista, un poeta —inconscientemente, una mirada de
sus ojos inquietos relampagueó a través de la mesa hacia donde estaba sentado
Horacio Camelford, echando al aire bocanadas de humo de su gran pipa negra de
espuma de mar—. Bohemia es mi patria. Su pobreza, su lucha, hubieran sido una
alegría para mí. Respirando su aire libre hubiera valido la pena de vivir la
vida.
Horacio Camelford se echó hacia atrás con los ojos fijos en la techumbre
de roble.
—Para el artista es un error el matrimonio —dijo.
La bella señora Camelford se rió bondadosamente.
—El artista —observó—, por lo que de él he visto, no distinguiría nunca
el revés del derecho de su camisa si no estuviera allí su mujer para sacarla
del cajón y metérsela por la cabeza.
—El llevarla del revés no representaría ninguna diferencia para el
mundo. Y sí la representa el sacrificio de su arte a la necesidad de mantener a
su mujer e hijos.
—Bueno, lo que es tú, me parece que no has sacrificado mucho, muchacho
—interrumpió la voz jovial de Dick Everett—. Vaya, el mundo entero está
pregonando tu nombre.
—Cuando tengo cuarenta y un años, con los mejores de mi vida atrás
—contestó el poeta—. Hablando como hombre no tengo nada que lamentar. Nadie
tiene una esposa mejor; mis hijos son encantadores. He vivido la pacífica
existencia del ciudadano afortunado. Si hubiera sido fiel a mis creencias, me
hubiera marchado a la selva, único hogar posible para el maestro, el profeta.
El artista es el prometido del Arte. El matrimonio es para él una inmoralidad.
Si dispusiera de nuevo de mi vida me quedaría soltero.
—El tiempo tiene sus venganzas, ya ves —rió la señora Camelford—. A los
veinte años este hombre amenazaba con suicidarse si no me casaba con él y,
desagradándome cordialmente, consentí en ello. Ahora, veinte años después,
cuando ya me he acostumbrado a él, se da la vuelta tranquilamente y dice que
hubiera estado mejor sin mí.
—Oí algo sobre todo esto por entonces —dijo la señora Armitage—. Estabas
muy enamorada de otro, ¿no?
—¿No está tomando la conversación un giro bastante peligroso? —rió el
señor Camelford.
—Estaba pensando lo mismo —asintió la señora Everett—. Parece como si
nos hubiera apresado una influencia extraña, obligándonos a decir en alta voz
nuestros pensamientos.
—Me temo haber sido el culpable original —admitió el reverendo
Nathaniel—. Esta habitación se está haciendo muy opresiva. ¿No sería mejor
irnos a la cama?
La antigua lámpara, suspendida de su viga tiznada de humo, emitió un
murmullo apagado, sollozante, y se extinguió. La sombra de la torre de la vieja
catedral se deslizó en el interior de la habitación, alargándose a través de
ella, ahora solamente iluminada por ocasionales destellos de la luna, oculta
entre nubes. Al otro extremo de la mesa aparecía sentado un hombrecillo de
aspecto enfermizo, afeitado, con amplia peluca.
—Perdonadme —dijo el hombrecillo. Hablaba en inglés, con fuerte acento
alemán—. Pero me parece que estamos ante un caso en que dos bandos pueden
ayudarse mutuamente.
Los seis viajeros que estaban alrededor de la mesa se miraron, pero
ninguno habló. La idea que se le ocurrió a cada uno de ellos, según explicaron
más tarde, fue que, aunque no lo recordaban, habían cogido sus luces y se
habían ido a acostar. Esto era, seguramente, un sueño.
—Me ayudará mucho —continuó el hombrecillo de rostro enfermizo —en los
experimentos que dirijo sobre los fenómenos de las tendencias humanas, que me
permitáis colocar vuestras vidas veinte años atrás.
Tampoco replicó nadie. Les parecía que el hombrecillo debía haber estado
sentado entre ellos todo el tiempo sin que le hubieran visto.
—Juzgando por lo que habéis hablado esta noche —continuó— recibiréis muy
bien mi oferta. Me parecéis todos y cada uno de inteligencia excepcional. Os
dais cuenta de los errores que habéis cometido: comprendéis las causas.
Estándoos velado el futuro, no pudisteis remediarlo. Lo que propongo es
colocaros veinte años atrás. Seréis otra vez jóvenes, solteros, pero con esta
diferencia: que el conocimiento del futuro, en lo que se refiere a vosotros
mismos, lo conservaréis.
—Vamos —apremió el hombrecillo—, la cosa es muy fácil de llevar a cabo.
Según... según ha demostrado claramente cierto filósofo, el universo es
únicamente el resultado de nuestras percepciones. Por medio de lo que podrá
pareceros mágico, pero que en realidad será sencillamente una operación
química, retiro de vuestra memoria los acontecimientos de los últimos veinte
años, exceptuando aquello que concierne inmediatamente a vuestras propias
personas. Conservaréis por entero el conocimiento de los cambios físicos y
mentales que se operarán en vosotros; todo lo demás se desvanecerá de vuestra
percepción.
El hombrecillo sacó un frasquito del bolsillo de su chupa y, llenando
una de las macizas copas de vino de una ampolla, midió en ella media docena de
gotas. Después la colocó en el centro de la mesa.
—La juventud es una buena época para volver a ella —dijo con una
sonrisa—. Hace veinte años, era aquella noche del baile, ¿os acordáis?
Everett fue el primero en beber. Bebió con sus ojillos chispeantes fijos
ávidamente en el altivo y hermoso rostro de la señora Camelford y después
alargó el vaso a su mujer. Fue ésta tal vez quien bebió con más ansia; su vida
con Everett, desde el día en que se levantó de una enfermedad despojada de toda
su belleza, había sido una amarga equivocación. Bebió con la loca esperanza de
que la noche pudiera no ser un sueño, y se estremeció al contacto del hombre
que amaba cuando, inclinándose sobre la mesa, cogió la copa de su mano. La
señora Armitage fue la tercera en beber. Tomó la copa de su esposo, bebió con
una sonrisa tranquila y la pasó a Camelford. Y Camelford bebió sin mirar a
nadie y volvió a colocarla sobre la mesa.
—Vamos, dijo el anciano hombrecillo a la señora Camelford—. Sois la
única que falta. Dejaríais la cosa incompleta.
No deseo beber—dijo la señora Camelford, y sus ojos buscaron los de su
esposo, pero él no la miró.
—Vamos —instó de nuevo la aparición. Y entonces Camelford la miró y se
rió de manera cortante.
—Es mejor que bebas—dijo—, no es más que un sueño.
—Si tú lo deseas...—contestó ella. Y fue de manos de él de donde tomó la
copa.
* * *
Saco la mayor parte de mi material de la narración que me hizo Armitage
aquella noche en la sala de fumadores del club. Le pareció entonces que las
cosas empezaban a elevarse lentamente, dejándole a él estacionado, pero
sintiendo un dolor agudo, como si le fuera arrancado su interior, la misma
sensación, muy exagerada, de bajar en ascensor. Pero a su alrededor reinaba
todo el tiempo silencio y oscuridad inciertos. Después de un período que pudo
ser de minutos, que pudo ser de años, una luz débil se deslizó hasta él.
Aumentó luego y en el aire que a continuación abanicó su mejilla se percibía el
sonido de una música lejana. Crecieron la luz y la música y uno por uno sus
sentidos volvieron a él. Estaba sentado en un banco mullido, bajo un grupo de
palmeras. Había una joven a su lado, pero con la cara vuelta a otra parte.
—No me he enterado de su nombre—decía él—. ¿Querría usted repetírmelo?
Ella volvió la cara hacia él. Tenía el rostro más espiritualmente hermoso que
había visto.
—Igual me pasa a mí—rió—. Lo mejor es que usted escriba el suyo en mi
programa y yo escribiré el mío en el de usted.
Así, pues, cada cual escribió en el programa del otro y los cambiaron de
nuevo. El nombre que ella puso fue Alicia Blatchley.
No la había visto nunca antes, que supiera. Y, sin embargo, en lo más
lejano de su mente se alojaba como un obsesionante recuerdo de ella. En alguna
parte, hacía mucho, se habían encontrado, habían conversado. Lentamente, como
se recuerda un sueño, recordó. En alguna otra existencia, vaga, de sombras, se
había él casado con esta mujer. Durante los primeros años se habían amado;
después se abrió y aumentó entre ellos un vacío. Voces severas, fuertes, le
habían gritado que dejara a un lado sus sueños egoístas, sus ambiciones
juveniles, y echara sobre sus hombros el yugo de un gran deber. Cuando más
había necesitado comprensión y ayuda, esta mujer había desertado. Sus ideales sólo habían servido
para irritarla. Únicamente a costa de diaria amargura había él podido resistir
los esfuerzos de ella para apartarle de su camino. Un rostro, el rostro de una
mujer de ojos suaves, henchidos de ayuda, brillaba en la neblina de su sueño,
el rostro, de una mujer que vendría hacia él en el futuro, tendiéndole las
manos que anhelaría estrechar.
—¿No bailamos? —dijo la voz junto a él—. Realmente no me perdería un
vals.
Se apresuraron hacia la sala de baile. Con el brazo alrededor de su
talle y los admirables ojos de ella buscando a veces tímidamente los suyos y
ocultándose después tras sus pestañas bajas, al joven se le iba el alma entera.
Ella le dirigió un cumplido, en su estilo hechicero, mezcla deliciosa de
condescendencia y timidez.
—Baila usted admirablemente—le dijo—. Puede sacarme otra vez más tarde.
Unas palabras relampaguearon en aquel confuso y obsesionante futuro: «tu
modo de bailar fue tu mayor atractivo para mí, pero, ¡si yo hubiera sabido!».
Toda aquella noche y durante muchos meses que siguieron, el presente y
el futuro lucharon dentro de él. Y lo que experimentó Nathaniel Armitage,
estudiante de Teología, lo experimentó también Alicia Blatchley, que se enamoró
de él a la primera ojeada, encontrándole el mejor bailarín con quien había
girado a la música sensual del vals; y Horacio Camelford, periodista y poeta de
segunda fila, cuyo periodismo le valía un sencillo ingreso, pero ante cuya
poesía sonreían los críticos; y Jessica Dearwood, con sus ojos magníficos y su
cutis terroso y su pasión sin esperanza por el guapo, alto, barbirrojo Dick
Everett, que, sabiéndolo, solamente se reía en su amable estilo señorial,
diciéndole con franca brutalidad que la mujer que no es hermosa ha equivocado
su vocación en la vida; y este mismo joven emprendedor, conquistador, que a los
veinticinco años se había distinguido en la city, astuto, inteligente, frío
como una zorra, excepto cuando se trataba de una cara bonita o de una mano o
tobillo bien formados; y Nellie Fanshaw, entonces en el orgullo de su
avasalladora belleza, que sólo se amaba así misma, cuyos dioses de barro eran
las joyas, los trajes bonitos y los banquetes, ser la envidia de las demás
mujeres y la cortejada por todos los hombres.
Aquella noche del baile cada uno de ellos se asió a la esperanza de que
su memoria del futuro no era más que un sueño. Habían sido presentados unos a
otros; habían oído los nombres de los demás por primera vez con un
estremecimiento al reconocerlos; habían evitado los ojos de los otros; se
habían apresurado a sumergirse en una conversación banal; todo hasta el momento
en que el joven Camelford, inclinándose a coger el abanico de Jessica, se había
encontrado aquel trozo roto de copa renana. Entonces tuvieron que dejar de
hacerse los desentendidos, entonces hubieron de aceptar tristemente el
conocimiento del futuro.
Lo que no habían previsto era que su conocimiento del futuro no afectaba
para nada sus emociones del presente. Nathaniel Armitage se enamoró más cada
vez de la hechicera Alicia Blatchley. El pensamiento de que ella se casara con
otra persona, particularmente con el presumido y melenudo Camelford, le hacía
hervir la sangre, a lo cual se añadía que la dulce Alicia, con los brazos
alrededor de su cuello, le confesó que la vida sin el sería difícil de
soportar, que pensar que él fuera esposo de otra mujer, sobre todo de Nellie
Fanshaw, la volvía loca. Tal vez hubiera sido lo acertado, sabiendo lo que
sabían, haberse dicho adiós. Ella iba a llevar el dolor a su vida. Sería mucho
mejor apartarla de él, que muriera de pena, de lo que, según decía, estaba
segura. Pero ¿cómo iba a poder él, tan enamorado, causarle este sufrimiento?
Claro que podía casarse con Nellie Fanshaw, pero no la podía aguantar. ¿No
sería el colmo de lo absurdo casarse con una muchacha que le disgustaba
profundamente, sólo porque dentro de veinte años sería más apropiada para él
que la mujer que ahora le amaba y a la que amaba?
Ni Nellie Fanshaw podía pensar sin reírse en la posibilidad de casarse
con ciento cincuenta libras al año, con un sacerdote que odiaba positivamente.
Llegaría un día en que el dinero le sería indiferente, en que su espíritu
exaltado no pediría más que la satisfacción del propio sacrificio. Pero ese día
no había llegado. Las emociones que traería consigo no podía ni imaginárselas
en su estado presente. Todo su presente estaba lleno de apetencia por las cosas
de este mundo, cosas que estaban a su alcance. Si su capacidad para divertirse
iba a tener corta vida, mayor razón para asir rápidamente la alegría.
Alicia Blatchley, cuando su amado no estaba presente, se levantaba con
dolor de cabeza tratando de enfocar el asunto lógicamente. ¿No era una locura
por su parte precipitarse a aquel matrimonio con su querido Nat? A los cuarenta
años desearía haberse casado con otro. Pero la mayor parte de las mujeres a los
cuarenta años —juzgaba por las conversaciones que oía a su alrededor —desearían
haberse casado con otro. A los cuarenta sería otra persona. Esta otra persona
de más edad no le interesaba. Pedir a una joven que estropeara su vida
puramente en interés del bando de la edad madura, no parecía justo. Además,
¿con quién, si no, iba a casarse? Camelford no la querría; no la quería
entonces, no iba a quererla a los cuarenta años. Se podía casar con otro y
todavía peor. Se podía quedar solterona: odiaba la mera palabra de solterona.
Podía llegar a ser, si las cosas iban bien, una periodista de dedos entintados:
no era ésa su idea. ¿Actuaba egoístamente? ¿Podía ella, por su propio interés,
dejar de casarse con Nat? Nellie, el gatito, que sería apropiada para él a los
cuarenta, no le querría ahora. Si iba a casarse con cualquiera que no fuera
Nellie podía entonces casarse con ella, Alicia. ¡Un sacerdote soltero! Sonaba
casi impropio. Ni tampoco era su querido Nat de ese estilo. Si ella lo lanzaba
a tal cosa caería en los brazos de alguna descarada intrigante. ¿Qué hacer?
Camelford, a los cuarenta años, bajo la influencia de la crítica
favorable, se habría convencido de que era un profeta enviado del cielo, toda
su vida bellamente empleada en beneficio de la humanidad. A los veinte quería
vivir. La fantástica Jessica, con sus magníficos ojos velados de misterio,
tenía para él más importancia que el resto de todas las razas juntas. En su
caso, el conocimiento del futuro sólo servía para aguijonear el deseo. La piel
ternosa se volvería rosa y blanca, las delgadas piernas se redondearían y
moldearían; los ojos, ahora despreciativos, se encenderían con amor a su
llegada. Era lo que una vez deseó: lo que ahora sabía. A los cuarenta el
artista es más fuerte que el hombre; a los veinte, el hombre es más fuerte que
el artista.
Una criatura pavorosa, así habrían descrito casi todos a Jessica
Dearwood. Pocos se hubieran imaginado su evolución hacia la bondadosa, tratable
señora Camelford de edad madura. Lo animal, tan fuerte en ella a los veinte
años, se había consumido a los treinta. A los dieciocho años, locamente,
ciegamente enamorada del barbirrojo Dick Everett, de voz profunda, si él la
hubiera silbado, se hubiera arrojado agradecida a sus pies, y esto lo hubiera
hecho a pesar de lo que sabía sobre la vida desgraciada que con él iba a llevar
hasta que su belleza, de lento desarrollo, le diera la ventaja, y para entonces
habría llegado a despreciarle. Afortunadamente, como se decía a sí misma, no
había miedo de que, a despecho del futuro, hiciera tal cosa. La belleza de
Nellie Fanshaw le retenía a él con cadenas de acero, y Nellie no tenía
intención de dejar escapar su rica presa. Su propio enamorado, era verdad, la
irritaba más que todos los hombres que había conocido, pero al menos le
proporcionaba refugio contra el pan de la caridad. Jessica Dearwood, huérfana,
había sido educada por un lejano pariente; no había sido una niña que se
hiciese querer; de naturaleza taciturna, cavilosa, toda desatención impensada
había sido para ella un insulto, una falta. Aceptar al joven Camelford parecía
el único escape a una vida que se había convertido para ella en un martirio. A
los cuarenta años desearía él haberse quedado soltero; pero a los treinta y
ocho eso no le importaría a ella. Entre tanto habría llegado a gustarle, a
respetarle. El sería famoso, ella estaría orgullosa de él. Llorando sobre la
almohada —no podía remediarlo— de amor por el guapo Dick, le resultaba un
consuelo considerar que Nellie Fanshaw estaba, como si dijéramos, protegiéndola
contra sí misma.
Dick, según él mismo se decía una docena de veces al día, debía casarse
con Jessica. A los treinta y ocho años sería su ideal. La miraba tal como era a
los dieciocho y se estremecía. Nellie a los treinta sería insulsa y sin
interés. Pero ¿cuándo la consideración del futuro ha dado el alto a la pasión?
Si la belleza de ella había de pasar rápidamente, ¿no era ésta una razón más
para empujarle a poseerla mientras durara?
Nellie Fanshaw a los cuarenta años sería una santa. El programa no le
gustaba: odiaba a los santos. Amaría al aburrido y solemne Nathaniel, ¿para qué
le servía eso ahora? Él no la deseaba; estaba enamorado de Alicia y Alicia de
él. ¿Qué sentido tendría, incluso si todos se ponían de acuerdo, que los tres
se hicieran desgraciados durante la juventud para estar satisfechos de viejos?
Déjese a la edad defenderse por sí misma, déjese a la juventud a sus propios
instintos. Déjese sufrir a los santos más viejos —es su metiér— y que la
juventud beba en la copa de la vida.
Otro punto, un punto muy serio, se había pasado por alto. Todo lo que
les había sucedido en ese confuso futuro del pasado había sido resultado de los
matrimonios que habían hecho. Lo que sabían, no podía decirles a qué destino
les hubieran conducido otros caminos. Nellie Fanshaw había llegado a tener a
los cuarenta años un carácter encantador. ¿No habría ayudado a este resultado
la vida dura que había llevado con su marido, una vida que exigía sacrificio
continuo, dominio diario de sí misma? Como mujer de un pobre sacerdote de
elevados principios morales, ¿se hubiera asegurado el mismo fin? La enfermedad
que la despojó de su belleza y dirigió sus pensamientos hacia el interior había
sido resultado de su estancia en un palco de la Opera de París con un conde
italiano con motivo de un baile de máscaras. Como mujer de un sacerdote del
East End era probable que hubiera escapado a la enfermedad y a sus efectos
purificadores. ¿No existía un peligro en esta situación: una mujer joven,
hermosísima, mundana, ávida de placer, condenada a una vida de pobreza con un
hombre que no le importaba? La influencia de Alicia sobre Nathaniel Armitage,
durante la época en que su carácter se estaba formando, había sido toda para
bien, ¿podía él estar seguro de no haber empeorado casando con Nellie?
Si Alicia Blatchley se casara con un artista ¿podía estar segura de que
a los cuarenta años se sentiría aún compenetrada con los ideales artísticos?
Incluso niña, ¿no había tenido siempre el deseo de estar en el lado opuesto al
que le señalaba la nurse? ¿No la había inclinado hacia el radicalismo la
lectura diaria de los periódicos conservadores?, y la fuerte corriente de
charla radical alrededor de la mesa de su marido, ¿no le inspiraba argumentos
en favor del sistema feudal? ¿No habría sido el creciente puritanismo de su
marido lo que la habría arrastrado a anhelar la vida bohemia? Supongamos que a
la mitad de su vida, esposa de un alocado artista, le hubiera dado de repente
por la religión. Su último estado hubiera sido peor que el primero.
Camelford era de salud delicada. Soltero distraído, sin nadie que le
aireara las cosas, ¿podría haber vivido hasta los cuarenta? ¿Podía estar seguro
de que la vida de hogar no había dado más que quitado a su arte?
Jessica Dearwood, de naturaleza nerviosa, apasionada, casada con un mal
esposo, podía haber posado a los cuarenta para una de las furias. Hasta que no
llevó vida tranquila no se mostró su belleza. Poseía una hermosura que para
desarrollarse exige tranquilidad.
Dick Everett no se hacía ilusiones respecto a sí mismo. Que casado con
Jessica, hubiera sido durante diez años esposo fiel de una mujer sin interés,
sabía que era cosa imposible. Y además Jessica no hubiera sido una paciente
Griselda. La última probabilidad era que habiéndose casado con ella a los
veinte años, por su belleza a los treinta, a los veintinueve lo más tarde, se
hubiera ella divorciado de él.
Everett era un hombre práctico y tomó el asunto por su cuenta. El que
servía los refrescos admitió que a veces se deslizaban entre sus existencias
curiosas copas de cristal germano. Uno de los camareros, dando por supuesto que
de ningún modo se le exigiría pagarlas, confesó que había roto más de una copa
de vino aquella misma noche: no era improbable que hubiera intentado esconder
los fragmentos bajo una palmera apropiada. Evidentemente todo había sido un
sueño. Así que decidió la juventud y los tres matrimonios se celebraron con un
intervalo de tres meses.
Fue unos diez años después cuando Armitage me contó la historia aquella
noche, en la sala de fumadores del club. La señora Everett acababa de salir de
un fuerte ataque de reumatismo, contraído la primavera anterior en París. La
señora Camelford, a quien yo no conocía anteriormente, me pareció en verdad una
de las mujeres más hermosas que había visto. A la señora Armitage, que conocí
siendo Alicia Blatchley, la encontré más encantadora de mujer que de muchacha.
Nunca pude entender que es lo que vio en Armitage. Camelford consiguió llegar a
su meta unos diez años después; pobre, no vivió mucho para gozar de su fama.
Dick Everett tiene aún otros seis para alcanzar la suya; pero está bien visto y
se habla de un ascenso.
Admito que en conjunto se trata de una historia curiosa. Según dije al
principio, yo mismo no la creo.
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario