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Libro N° 13954. La Broma Del Filósofo. Jerome, Jerome K.

 


© Libro N° 13954. La Broma Del Filósofo. Jerome,  Jerome K. Emancipación. Junio 21 de 2025

  

Título Original: © The Philosopher's Joke. Jerome K. Jerome

 

Versión Original: © La Broma Del Filósofo. Jerome K. Jerome

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://web.seducoahuila.gob.mx/biblioweb/upload/the-philosopher-s-joke.pdf

 

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Portada E.O. de Imagen:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

      

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA BROMA DEL FILÓSOFO

Jerome K. Jerome

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Broma Del Filósofo

Jerome K. Jerome

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Yo, por mi parte, no creo esta historia. Seis personas están persuadidas de que es verdad, y las seis tienen la esperanza de convencerse de que fue una alucinación. La dificultad está en que son seis. Cada una por separado se da cuenta claramente de que aquello no pudo suceder. Desgraciadamente son personas muy amigas y no pueden separarse unas de otras, y cuando se reúnen y se miran a los ojos, la historia cobra de nuevo realidad.

Quien me lo contó, e inmediatamente deseó no haberlo hecho, fue Armitage. Me lo dijo una noche en que él y yo éramos los únicos ocupantes de la sala de fumar del club. El contármelo —según explicó después— obedeció a un impulso de momento. Durante todo el día aquello había pesado sobre él con persistencia desusada y se le ocurrió, al entrar yo en la habitación, que el petulante escepticismo con que consideraría el asunto una mente esencialmente vulgar como la mía (no empleaba las palabras en sentido ofensivo) ayudaría a dirigir su atención hacia el aspecto más absurdo. Me parece que, en efecto, lo hice así. Me dio las gracias por desechar toda la narración como ilusión de un cerebro desordenado y me pidió que no mencionara el asunto a ningún otro ser viviente. Lo prometí y puedo hacer aquí la observación de que no llamo a esto hablar de la cuestión. Armitage no es el verdadero nombre de la persona; ni siquiera empieza con A. Pueden ustedes leer esta historia y a continuación cenar con él la misma noche: no se enterarán.

Por supuesto que tampoco consideré vedado hablar de ello, discretamente, a la señora Armitage, una mujer encantadora. La conocí de soltera, cuando era Alicia Blatchley. Rompió a llorar a la primera alusión. Me costó Dios y ayuda tranquilizarla. Dijo que cuando no pensaba en aquello podía ser feliz. Ella y Armitage nunca aludían a ello y, abandonados a sí mismos, creía que alguna vez se les olvidaría. Que desearía no tener tanta amistad con los Everett. El señor y la señora Everett habían tenido los dos precisamente el mismo sueño; esto es, suponiendo que fue un sueño. Tal vez el señor Everett no era la clase de persona que un sacerdote debiera tratar, pero, como argumentaría Armitage, que un predicador del cristianismo retire su amistad a un hombre porque éste sea algo pecador, resultaría inconsecuente; mejor será seguir siendo amigo suyo y tratar de influir en él. Cenaban regularmente con los Everett los martes y sentados frente a frente, parecía imposible aceptar que los cuatro al mismo tiempo y del mismo modo habían sido víctimas de la misma ilusión. Yo creo que conseguí darle esperanzas. Reconoció que la historia, desde el punto de vista del sentido común, resultaba ridícula, y me amenazó con no volver a dirigirme la palabra si decía lo más mínimo a cualquiera sobre el asunto. Es una mujer encantadora, como creo haber dicho ya.

Por una curiosa coincidencia era yo por entonces uno de los directores de una compañía que acababa de organizar Everett para la explotación del Salt Lake Coasting. Comí con él el domingo siguiente. Es un conversador interesante y la curiosidad por saber cómo un hombre de tal sagacidad podía explicar su relación con una historia tan insensata, una fantasía tan imposible, me decidió a aludir a mi conocimiento de la misma. Tanto su actitud como la de su mujer cambiaron de pronto. Quisieron saber quién me lo había dicho. No les informé sobre ello porque era evidente que se hubieran enfadado con el que lo había hecho. La teoría de Everett era que uno de ellos lo había soñado —probablemente Camelford— y que por sugestión hipnótica había comunicado a los otros la impresión de que ellos lo habían soñado también. Añadió que, a no ser por un detalle insignificante, hubiera él ridiculizado desde el primer momento la idea de que aquello pudiera haber sido nada más que un sueño, pero no me dijo qué detalle era aquél. Según explicó, su objeto no era extenderse sobre el asunto, sino olvidarlo. Hablando como amigo, me aconsejó asimismo que procurara no cacarearlo, no fueran a surgir dificultades respecto a mis honorarios como director. Algunas veces tiene una manera brusca de presentar las cosas.

Fue en casa de los Everett, más adelante, donde conocí a la señora Camelford, una de las mujeres más hermosas que he visto en mi vida. Fue una locura por mi parte, pero tengo muy mala memoria para los nombres; se me olvidó que el señor y la señora Camelford eran los otros dos implicados y mencione la historia como un cuento curioso que había leído años atrás en una vieja miscelánea; contaba con ello para entrar en discusión con la señora Camelford sobre la amistad platónica. Dio un respingo en la silla y me miró. Entonces caí en la cuenta y me mordí la lengua. Me costó mucho disculparme, pero ella se tranquilizó finalmente, consintiendo en atribuir mi pifia a mera estupidez. Estaba completamente convencida, según me dijo, de que todo era pura imaginación; solamente cuando se encontraba con los otros le cruzaba por la mente alguna duda. Su opinión era que si todos se pusieran de acuerdo para no volver a hablar del asunto, acabarían por olvidarlo. Supuso que había sido su marido quien me había informado: era tan tonto como para eso. No lo dijo con acritud; afirmó que al principio de casarse, hacía diez años, pocas personas le irritaban más que Camelford, pero que según había ido conociendo a otros hombres, su respeto hacia él había aumentado. Me gusta oír a una mujer hablar bien de su marido; es una salida que, según mi opinión, debía fomentarse más. Le aseguré que Camelford no era el culpable, y dando por supuesto que la vería —no demasiado a menudo— en sus jueves, acordé con ella que lo mejor que podía hacer era borrar el asunto de mi imaginación y ocuparme en cambio de lo que me importaba.

Antes de esto no había yo hablado mucho con Camelford, aunque le había visto a menudo en el club. Es un hombre raro del que se cuentan muchas cosas. Escribe en los periódicos para vivir y poesías que publica a expensas propias, aparentemente por gusto. Se me ocurrió que su teoría tenía que ser interesante, pero al principio no consintió en hablar, aparentando ignorar todo el asunto como pura tontería. Una noche, cuando ya casi desesperaba de sacarle nada, me preguntó por propia iniciativa si creía que la señora Armitage, con la que sabía que tenía amistad, daba aún importancia a aquello. Cuando exprese la opinión de que la señora Armitage era la más preocupada del grupo, se irritó y me instó para que dejara a los otros solos y dedicara mis cinco sentidos a convencerla a ella en particular de que todo aquello fue y no pudo haber sido más que puro mito. Confesó francamente que para el era todavía un misterio. Podría considerarlo como una quimera si no fuera por un pequeño incidente. Tardó mucho en decir cuál era, pero hay una cosa que se llama perseverancia, y al final conseguí sacárselo. Esto es lo que me dijo:

—Por casualidad nos encontrábamos solos en el invernadero aquella noche del baile nosotros seis. La mayor parte de la gente se había marchado. Se tocaba la última propina. La música llegaba débilmente hasta nosotros. Inclinándome a coger el abanico de Jessica, que había dejado caer al suelo, me llamó repentinamente la atención algo que brillaba en el pavimento de mosaico, bajo un grupo de palmeras. No nos habíamos dicho ni una palabra; en verdad era la primera noche que nos conocíamos —es decir, a menos que aquello no fuera un sueño—. Lo recogí. Los otros se agruparon en torno mío y cuando nos miramos, comprendimos: era una copa de vino rota, una curiosa copa de cristal bávaro. Era la copa en que todos habíamos soñado que habíamos bebido.

Reconstruyo la historia según me parece a mí que debió suceder. Los incidentes, desde luego, son hechos. Han sucedido cosas a aquellos a quienes concierne que me hacen esperar que no la leerán nunca. No me hubiera molestado en contarla a no ser porque tiene una moraleja.

***

Seis personas estaban sentadas alrededor de la gran mesa de roble del speisesaal en la agradable hostería del Kneipper Hof, en Könisberg. Era noche avanzada. En circunstancias ordinarias hubieran estado en la cama, pero habiendo llegado de Dantzig en el último tren y habiendo cenado a la alemana, les había parecido más discreto quedarse de conversación. La casa estaba extrañamente silenciosa. El orondo patrón, dejándoles las luces alineadas en el aparador, les había deseado Gute Nacht hacía una hora. El espíritu de la vetusta casa los envolvía con sus alas. Allí, en aquel mismo recinto, si hay que creer lo que dicen, el propio Manuel Kant se había sentado a conversar muchas veces. Los muros tras los cuales aquel hombrecillo enfermizo había pensado y trabajado, se elevaban, plateados por la luz de la luna, justamente al otro lado de la angosta calle; las tres altas ventanas del speisesaal daban a la torre de la vieja catedral, bajo la cual descansa ahora. Una filosofía, curioso fenómeno referente a los seres humanos, ávida de experimentos, flotaba en el aire ahumado sin las trabas que el convencionalismo podría imponer a toda especulación.

—No para los acontecimientos futuros —hizo notar el reverendo Nathaniel Armitage—. Es mejor que permanezcan ocultos para nosotros. Pero en cuanto a nuestro propio futuro, nuestro temperamento, nuestro carácter, creo que nos debería ser permitido asomarnos a O. A los veinte años somos una persona; a los cuarenta otra completamente, con otro modo de ver, otros intereses, otra perspectiva de la vida, atraídos por otras características, repelidos por las mismas cualidades que en otro tiempo nos atrajeron. Resulta sumamente difícil para todos nosotros.

—Me alegra oír decir eso a alguien más —observó la señora Everett con su voz suave y simpática—. Muy a menudo lo he pensado yo. Algunas veces me he hecho reproches a mí misma, pero, ¡cómo va una a remediarlo! Las cosas que nos parecían importantes se vuelven indiferentes; los ídolos una vez adorados por nosotros se nos aparecen con sus pies de barro.

—Si me incluyes a la cabeza de tus ídolos —rió el jovial señor Everett— no vaciles decirlo —era un caballero de ancha cara rojiza, con los ojos pequeños y chispeantes y una boca al mismo tiempo firme y sensual—. Yo no me hice mis pies. Nunca pedí a nadie que me tomara por un santo de vidrio coloreado. No soy yo quien ha cambiado.

—Ya sé, querido, que soy yo —contestó su enflaquecida esposa con una dulce sonrisa—. Era bella, no podía dudarse, cuando te casaste conmigo.

—Lo eras, querida mía —asintió su marido—. De muchacha, pocas podían competir contigo.

—Era lo único que valorabas en mí, mi belleza —continuó su mujer—, ¡y desapareció tan deprisa! Algunas veces me parece como si te hubiera dado un timo.

—Pero hay una belleza de la mente, del alma —notó el reverendo Nathaniel Armitage—, que para algunos hombres es más atractiva que la mera perfección física.

Los ojos de la mujer marchita brillaron un momento con la luz del placer.

—Temo que Dick no es de ésos —suspiró.

—Bueno, como acabo de decir respecto a mis pies —contestó genialmente su esposo— yo no me he hecho a mí mismo. He sido siempre un esclavo de la belleza y siempre lo seré. No tendría sentido pretender, entre camaradas, que no has perdido tu buen parecer, vieja amiga —colocó su mano fina con cariño sobre el huesudo hombro de ella—; pero no se te puede exigir que te apures como si lo hubieras hecho a propósito. Nadie más que un enamorado puede imaginarse a una mujer haciéndose más hermosa al hacerse más vieja.

—A algunas mujeres parece que sí —contestó su mujer.

Involuntariamente miró hacia donde se sentaba la señora Camelford, con los codos apoyados en la mesa, e involuntariamente también los ojillos chispeantes de su marido siguieron la misma dirección. Hay un tipo que alcanza su plenitud en la edad madura. La señora Camelford, née Jessica Dearwood, había tenido a los veinte años un aspecto pavoroso; lo único que atraía el gusto masculino eran sus magníficos ojos, e incluso éstos habían asustado más que seducido. A los cuarenta, la señora Camelford podía posar para Juno.

—Si, es un viejo ladino bromista el tiempo —murmuró el señor Everett casi imperceptiblemente.

El pálido rostro de la señora Everett se tornó escarlata.

—¡Por Dios! —exclamó escandalizado Nathaniel Armitage, enrojeciendo también.

—Oh, ¿por qué no se ha de poder decir algunas veces la verdad? —contestó su esposa con petulancia—. Tú y yo somos completamente inapropiados uno para el otro, todo el mundo lo ve. A los diecinueve años me parecía preciosa, santa, la idea de ser esposa de un sacerdote, luchando a su lado contra el mal. Además, has cambiado desde entonces. Por aquellos días, querido Nat, eras humano y el mejor bailarín que yo había conocido. Tu modo de bailar fue lo que más me atrajo, lo cual no hubiera sucedido si yo me hubiera conocido a mí misma. Pero ¿cómo conocerse a los diecinueve años?

—Nos amábamos —le recordó el reverendo Armitage.

—Si', lo sé, y apasionadamente entonces, pero no ahora —se rió con algo de amargura—. ¡Pobre Nat, no soy más que otra prueba añadida a tu larga lista! Tus creencias, tus ideales, no tienen sentido para mí, meros dogmas mojigatos, intransigencia. Nellie era la esposa que la Naturaleza te había destinado, ya que perdió tan pronto su belleza y con ella todas sus ideas mundanas. El destino la preparaba para ti, si lo hubiéramos sabido. En cuanto a mí, debía haber sido la mujer de un artista, un poeta —inconscientemente, una mirada de sus ojos inquietos relampagueó a través de la mesa hacia donde estaba sentado Horacio Camelford, echando al aire bocanadas de humo de su gran pipa negra de espuma de mar—. Bohemia es mi patria. Su pobreza, su lucha, hubieran sido una alegría para mí. Respirando su aire libre hubiera valido la pena de vivir la vida.

Horacio Camelford se echó hacia atrás con los ojos fijos en la techumbre de roble.

—Para el artista es un error el matrimonio —dijo.

La bella señora Camelford se rió bondadosamente.

—El artista —observó—, por lo que de él he visto, no distinguiría nunca el revés del derecho de su camisa si no estuviera allí su mujer para sacarla del cajón y metérsela por la cabeza.

—El llevarla del revés no representaría ninguna diferencia para el mundo. Y sí la representa el sacrificio de su arte a la necesidad de mantener a su mujer e hijos.

—Bueno, lo que es tú, me parece que no has sacrificado mucho, muchacho —interrumpió la voz jovial de Dick Everett—. Vaya, el mundo entero está pregonando tu nombre.

—Cuando tengo cuarenta y un años, con los mejores de mi vida atrás —contestó el poeta—. Hablando como hombre no tengo nada que lamentar. Nadie tiene una esposa mejor; mis hijos son encantadores. He vivido la pacífica existencia del ciudadano afortunado. Si hubiera sido fiel a mis creencias, me hubiera marchado a la selva, único hogar posible para el maestro, el profeta. El artista es el prometido del Arte. El matrimonio es para él una inmoralidad. Si dispusiera de nuevo de mi vida me quedaría soltero.

—El tiempo tiene sus venganzas, ya ves —rió la señora Camelford—. A los veinte años este hombre amenazaba con suicidarse si no me casaba con él y, desagradándome cordialmente, consentí en ello. Ahora, veinte años después, cuando ya me he acostumbrado a él, se da la vuelta tranquilamente y dice que hubiera estado mejor sin mí.

—Oí algo sobre todo esto por entonces —dijo la señora Armitage—. Estabas muy enamorada de otro, ¿no?

—¿No está tomando la conversación un giro bastante peligroso? —rió el señor Camelford.

—Estaba pensando lo mismo —asintió la señora Everett—. Parece como si nos hubiera apresado una influencia extraña, obligándonos a decir en alta voz nuestros pensamientos.

—Me temo haber sido el culpable original —admitió el reverendo Nathaniel—. Esta habitación se está haciendo muy opresiva. ¿No sería mejor irnos a la cama?

La antigua lámpara, suspendida de su viga tiznada de humo, emitió un murmullo apagado, sollozante, y se extinguió. La sombra de la torre de la vieja catedral se deslizó en el interior de la habitación, alargándose a través de ella, ahora solamente iluminada por ocasionales destellos de la luna, oculta entre nubes. Al otro extremo de la mesa aparecía sentado un hombrecillo de aspecto enfermizo, afeitado, con amplia peluca.

—Perdonadme —dijo el hombrecillo. Hablaba en inglés, con fuerte acento alemán—. Pero me parece que estamos ante un caso en que dos bandos pueden ayudarse mutuamente.

Los seis viajeros que estaban alrededor de la mesa se miraron, pero ninguno habló. La idea que se le ocurrió a cada uno de ellos, según explicaron más tarde, fue que, aunque no lo recordaban, habían cogido sus luces y se habían ido a acostar. Esto era, seguramente, un sueño.

—Me ayudará mucho —continuó el hombrecillo de rostro enfermizo —en los experimentos que dirijo sobre los fenómenos de las tendencias humanas, que me permitáis colocar vuestras vidas veinte años atrás.

Tampoco replicó nadie. Les parecía que el hombrecillo debía haber estado sentado entre ellos todo el tiempo sin que le hubieran visto.

—Juzgando por lo que habéis hablado esta noche —continuó— recibiréis muy bien mi oferta. Me parecéis todos y cada uno de inteligencia excepcional. Os dais cuenta de los errores que habéis cometido: comprendéis las causas. Estándoos velado el futuro, no pudisteis remediarlo. Lo que propongo es colocaros veinte años atrás. Seréis otra vez jóvenes, solteros, pero con esta diferencia: que el conocimiento del futuro, en lo que se refiere a vosotros mismos, lo conservaréis.

—Vamos —apremió el hombrecillo—, la cosa es muy fácil de llevar a cabo. Según... según ha demostrado claramente cierto filósofo, el universo es únicamente el resultado de nuestras percepciones. Por medio de lo que podrá pareceros mágico, pero que en realidad será sencillamente una operación química, retiro de vuestra memoria los acontecimientos de los últimos veinte años, exceptuando aquello que concierne inmediatamente a vuestras propias personas. Conservaréis por entero el conocimiento de los cambios físicos y mentales que se operarán en vosotros; todo lo demás se desvanecerá de vuestra percepción.

El hombrecillo sacó un frasquito del bolsillo de su chupa y, llenando una de las macizas copas de vino de una ampolla, midió en ella media docena de gotas. Después la colocó en el centro de la mesa.

—La juventud es una buena época para volver a ella —dijo con una sonrisa—. Hace veinte años, era aquella noche del baile, ¿os acordáis?

Everett fue el primero en beber. Bebió con sus ojillos chispeantes fijos ávidamente en el altivo y hermoso rostro de la señora Camelford y después alargó el vaso a su mujer. Fue ésta tal vez quien bebió con más ansia; su vida con Everett, desde el día en que se levantó de una enfermedad despojada de toda su belleza, había sido una amarga equivocación. Bebió con la loca esperanza de que la noche pudiera no ser un sueño, y se estremeció al contacto del hombre que amaba cuando, inclinándose sobre la mesa, cogió la copa de su mano. La señora Armitage fue la tercera en beber. Tomó la copa de su esposo, bebió con una sonrisa tranquila y la pasó a Camelford. Y Camelford bebió sin mirar a nadie y volvió a colocarla sobre la mesa.

—Vamos, dijo el anciano hombrecillo a la señora Camelford—. Sois la única que falta. Dejaríais la cosa incompleta.

No deseo beber—dijo la señora Camelford, y sus ojos buscaron los de su esposo, pero él no la miró.

—Vamos —instó de nuevo la aparición. Y entonces Camelford la miró y se rió de manera cortante.

—Es mejor que bebas—dijo—, no es más que un sueño.

—Si tú lo deseas...—contestó ella. Y fue de manos de él de donde tomó la copa.

* * *

Saco la mayor parte de mi material de la narración que me hizo Armitage aquella noche en la sala de fumadores del club. Le pareció entonces que las cosas empezaban a elevarse lentamente, dejándole a él estacionado, pero sintiendo un dolor agudo, como si le fuera arrancado su interior, la misma sensación, muy exagerada, de bajar en ascensor. Pero a su alrededor reinaba todo el tiempo silencio y oscuridad inciertos. Después de un período que pudo ser de minutos, que pudo ser de años, una luz débil se deslizó hasta él. Aumentó luego y en el aire que a continuación abanicó su mejilla se percibía el sonido de una música lejana. Crecieron la luz y la música y uno por uno sus sentidos volvieron a él. Estaba sentado en un banco mullido, bajo un grupo de palmeras. Había una joven a su lado, pero con la cara vuelta a otra parte.

—No me he enterado de su nombre—decía él—. ¿Querría usted repetírmelo? Ella volvió la cara hacia él. Tenía el rostro más espiritualmente hermoso que había visto.

—Igual me pasa a mí—rió—. Lo mejor es que usted escriba el suyo en mi programa y yo escribiré el mío en el de usted.

Así, pues, cada cual escribió en el programa del otro y los cambiaron de nuevo. El nombre que ella puso fue Alicia Blatchley.

No la había visto nunca antes, que supiera. Y, sin embargo, en lo más lejano de su mente se alojaba como un obsesionante recuerdo de ella. En alguna parte, hacía mucho, se habían encontrado, habían conversado. Lentamente, como se recuerda un sueño, recordó. En alguna otra existencia, vaga, de sombras, se había él casado con esta mujer. Durante los primeros años se habían amado; después se abrió y aumentó entre ellos un vacío. Voces severas, fuertes, le habían gritado que dejara a un lado sus sueños egoístas, sus ambiciones juveniles, y echara sobre sus hombros el yugo de un gran deber. Cuando más había necesitado comprensión y ayuda, esta mujer había  desertado. Sus ideales sólo habían servido para irritarla. Únicamente a costa de diaria amargura había él podido resistir los esfuerzos de ella para apartarle de su camino. Un rostro, el rostro de una mujer de ojos suaves, henchidos de ayuda, brillaba en la neblina de su sueño, el rostro, de una mujer que vendría hacia él en el futuro, tendiéndole las manos que anhelaría estrechar.

—¿No bailamos? —dijo la voz junto a él—. Realmente no me perdería un vals.

Se apresuraron hacia la sala de baile. Con el brazo alrededor de su talle y los admirables ojos de ella buscando a veces tímidamente los suyos y ocultándose después tras sus pestañas bajas, al joven se le iba el alma entera. Ella le dirigió un cumplido, en su estilo hechicero, mezcla deliciosa de condescendencia y timidez.

—Baila usted admirablemente—le dijo—. Puede sacarme otra vez más tarde.

Unas palabras relampaguearon en aquel confuso y obsesionante futuro: «tu modo de bailar fue tu mayor atractivo para mí, pero, ¡si yo hubiera sabido!».

Toda aquella noche y durante muchos meses que siguieron, el presente y el futuro lucharon dentro de él. Y lo que experimentó Nathaniel Armitage, estudiante de Teología, lo experimentó también Alicia Blatchley, que se enamoró de él a la primera ojeada, encontrándole el mejor bailarín con quien había girado a la música sensual del vals; y Horacio Camelford, periodista y poeta de segunda fila, cuyo periodismo le valía un sencillo ingreso, pero ante cuya poesía sonreían los críticos; y Jessica Dearwood, con sus ojos magníficos y su cutis terroso y su pasión sin esperanza por el guapo, alto, barbirrojo Dick Everett, que, sabiéndolo, solamente se reía en su amable estilo señorial, diciéndole con franca brutalidad que la mujer que no es hermosa ha equivocado su vocación en la vida; y este mismo joven emprendedor, conquistador, que a los veinticinco años se había distinguido en la city, astuto, inteligente, frío como una zorra, excepto cuando se trataba de una cara bonita o de una mano o tobillo bien formados; y Nellie Fanshaw, entonces en el orgullo de su avasalladora belleza, que sólo se amaba así misma, cuyos dioses de barro eran las joyas, los trajes bonitos y los banquetes, ser la envidia de las demás mujeres y la cortejada por todos los hombres.

Aquella noche del baile cada uno de ellos se asió a la esperanza de que su memoria del futuro no era más que un sueño. Habían sido presentados unos a otros; habían oído los nombres de los demás por primera vez con un estremecimiento al reconocerlos; habían evitado los ojos de los otros; se habían apresurado a sumergirse en una conversación banal; todo hasta el momento en que el joven Camelford, inclinándose a coger el abanico de Jessica, se había encontrado aquel trozo roto de copa renana. Entonces tuvieron que dejar de hacerse los desentendidos, entonces hubieron de aceptar tristemente el conocimiento del futuro.

Lo que no habían previsto era que su conocimiento del futuro no afectaba para nada sus emociones del presente. Nathaniel Armitage se enamoró más cada vez de la hechicera Alicia Blatchley. El pensamiento de que ella se casara con otra persona, particularmente con el presumido y melenudo Camelford, le hacía hervir la sangre, a lo cual se añadía que la dulce Alicia, con los brazos alrededor de su cuello, le confesó que la vida sin el sería difícil de soportar, que pensar que él fuera esposo de otra mujer, sobre todo de Nellie Fanshaw, la volvía loca. Tal vez hubiera sido lo acertado, sabiendo lo que sabían, haberse dicho adiós. Ella iba a llevar el dolor a su vida. Sería mucho mejor apartarla de él, que muriera de pena, de lo que, según decía, estaba segura. Pero ¿cómo iba a poder él, tan enamorado, causarle este sufrimiento? Claro que podía casarse con Nellie Fanshaw, pero no la podía aguantar. ¿No sería el colmo de lo absurdo casarse con una muchacha que le disgustaba profundamente, sólo porque dentro de veinte años sería más apropiada para él que la mujer que ahora le amaba y a la que amaba?

Ni Nellie Fanshaw podía pensar sin reírse en la posibilidad de casarse con ciento cincuenta libras al año, con un sacerdote que odiaba positivamente. Llegaría un día en que el dinero le sería indiferente, en que su espíritu exaltado no pediría más que la satisfacción del propio sacrificio. Pero ese día no había llegado. Las emociones que traería consigo no podía ni imaginárselas en su estado presente. Todo su presente estaba lleno de apetencia por las cosas de este mundo, cosas que estaban a su alcance. Si su capacidad para divertirse iba a tener corta vida, mayor razón para asir rápidamente la alegría.

Alicia Blatchley, cuando su amado no estaba presente, se levantaba con dolor de cabeza tratando de enfocar el asunto lógicamente. ¿No era una locura por su parte precipitarse a aquel matrimonio con su querido Nat? A los cuarenta años desearía haberse casado con otro. Pero la mayor parte de las mujeres a los cuarenta años —juzgaba por las conversaciones que oía a su alrededor —desearían haberse casado con otro. A los cuarenta sería otra persona. Esta otra persona de más edad no le interesaba. Pedir a una joven que estropeara su vida puramente en interés del bando de la edad madura, no parecía justo. Además, ¿con quién, si no, iba a casarse? Camelford no la querría; no la quería entonces, no iba a quererla a los cuarenta años. Se podía casar con otro y todavía peor. Se podía quedar solterona: odiaba la mera palabra de solterona. Podía llegar a ser, si las cosas iban bien, una periodista de dedos entintados: no era ésa su idea. ¿Actuaba egoístamente? ¿Podía ella, por su propio interés, dejar de casarse con Nat? Nellie, el gatito, que sería apropiada para él a los cuarenta, no le querría ahora. Si iba a casarse con cualquiera que no fuera Nellie podía entonces casarse con ella, Alicia. ¡Un sacerdote soltero! Sonaba casi impropio. Ni tampoco era su querido Nat de ese estilo. Si ella lo lanzaba a tal cosa caería en los brazos de alguna descarada intrigante. ¿Qué hacer?

Camelford, a los cuarenta años, bajo la influencia de la crítica favorable, se habría convencido de que era un profeta enviado del cielo, toda su vida bellamente empleada en beneficio de la humanidad. A los veinte quería vivir. La fantástica Jessica, con sus magníficos ojos velados de misterio, tenía para él más importancia que el resto de todas las razas juntas. En su caso, el conocimiento del futuro sólo servía para aguijonear el deseo. La piel ternosa se volvería rosa y blanca, las delgadas piernas se redondearían y moldearían; los ojos, ahora despreciativos, se encenderían con amor a su llegada. Era lo que una vez deseó: lo que ahora sabía. A los cuarenta el artista es más fuerte que el hombre; a los veinte, el hombre es más fuerte que el artista.

Una criatura pavorosa, así habrían descrito casi todos a Jessica Dearwood. Pocos se hubieran imaginado su evolución hacia la bondadosa, tratable señora Camelford de edad madura. Lo animal, tan fuerte en ella a los veinte años, se había consumido a los treinta. A los dieciocho años, locamente, ciegamente enamorada del barbirrojo Dick Everett, de voz profunda, si él la hubiera silbado, se hubiera arrojado agradecida a sus pies, y esto lo hubiera hecho a pesar de lo que sabía sobre la vida desgraciada que con él iba a llevar hasta que su belleza, de lento desarrollo, le diera la ventaja, y para entonces habría llegado a despreciarle. Afortunadamente, como se decía a sí misma, no había miedo de que, a despecho del futuro, hiciera tal cosa. La belleza de Nellie Fanshaw le retenía a él con cadenas de acero, y Nellie no tenía intención de dejar escapar su rica presa. Su propio enamorado, era verdad, la irritaba más que todos los hombres que había conocido, pero al menos le proporcionaba refugio contra el pan de la caridad. Jessica Dearwood, huérfana, había sido educada por un lejano pariente; no había sido una niña que se hiciese querer; de naturaleza taciturna, cavilosa, toda desatención impensada había sido para ella un insulto, una falta. Aceptar al joven Camelford parecía el único escape a una vida que se había convertido para ella en un martirio. A los cuarenta años desearía él haberse quedado soltero; pero a los treinta y ocho eso no le importaría a ella. Entre tanto habría llegado a gustarle, a respetarle. El sería famoso, ella estaría orgullosa de él. Llorando sobre la almohada —no podía remediarlo— de amor por el guapo Dick, le resultaba un consuelo considerar que Nellie Fanshaw estaba, como si dijéramos, protegiéndola contra sí misma.

Dick, según él mismo se decía una docena de veces al día, debía casarse con Jessica. A los treinta y ocho años sería su ideal. La miraba tal como era a los dieciocho y se estremecía. Nellie a los treinta sería insulsa y sin interés. Pero ¿cuándo la consideración del futuro ha dado el alto a la pasión? Si la belleza de ella había de pasar rápidamente, ¿no era ésta una razón más para empujarle a poseerla mientras durara?

Nellie Fanshaw a los cuarenta años sería una santa. El programa no le gustaba: odiaba a los santos. Amaría al aburrido y solemne Nathaniel, ¿para qué le servía eso ahora? Él no la deseaba; estaba enamorado de Alicia y Alicia de él. ¿Qué sentido tendría, incluso si todos se ponían de acuerdo, que los tres se hicieran desgraciados durante la juventud para estar satisfechos de viejos? Déjese a la edad defenderse por sí misma, déjese a la juventud a sus propios instintos. Déjese sufrir a los santos más viejos —es su metiér— y que la juventud beba en la copa de la vida.

Otro punto, un punto muy serio, se había pasado por alto. Todo lo que les había sucedido en ese confuso futuro del pasado había sido resultado de los matrimonios que habían hecho. Lo que sabían, no podía decirles a qué destino les hubieran conducido otros caminos. Nellie Fanshaw había llegado a tener a los cuarenta años un carácter encantador. ¿No habría ayudado a este resultado la vida dura que había llevado con su marido, una vida que exigía sacrificio continuo, dominio diario de sí misma? Como mujer de un pobre sacerdote de elevados principios morales, ¿se hubiera asegurado el mismo fin? La enfermedad que la despojó de su belleza y dirigió sus pensamientos hacia el interior había sido resultado de su estancia en un palco de la Opera de París con un conde italiano con motivo de un baile de máscaras. Como mujer de un sacerdote del East End era probable que hubiera escapado a la enfermedad y a sus efectos purificadores. ¿No existía un peligro en esta situación: una mujer joven, hermosísima, mundana, ávida de placer, condenada a una vida de pobreza con un hombre que no le importaba? La influencia de Alicia sobre Nathaniel Armitage, durante la época en que su carácter se estaba formando, había sido toda para bien, ¿podía él estar seguro de no haber empeorado casando con Nellie?

Si Alicia Blatchley se casara con un artista ¿podía estar segura de que a los cuarenta años se sentiría aún compenetrada con los ideales artísticos? Incluso niña, ¿no había tenido siempre el deseo de estar en el lado opuesto al que le señalaba la nurse? ¿No la había inclinado hacia el radicalismo la lectura diaria de los periódicos conservadores?, y la fuerte corriente de charla radical alrededor de la mesa de su marido, ¿no le inspiraba argumentos en favor del sistema feudal? ¿No habría sido el creciente puritanismo de su marido lo que la habría arrastrado a anhelar la vida bohemia? Supongamos que a la mitad de su vida, esposa de un alocado artista, le hubiera dado de repente por la religión. Su último estado hubiera sido peor que el primero.

Camelford era de salud delicada. Soltero distraído, sin nadie que le aireara las cosas, ¿podría haber vivido hasta los cuarenta? ¿Podía estar seguro de que la vida de hogar no había dado más que quitado a su arte?

Jessica Dearwood, de naturaleza nerviosa, apasionada, casada con un mal esposo, podía haber posado a los cuarenta para una de las furias. Hasta que no llevó vida tranquila no se mostró su belleza. Poseía una hermosura que para desarrollarse exige tranquilidad.

Dick Everett no se hacía ilusiones respecto a sí mismo. Que casado con Jessica, hubiera sido durante diez años esposo fiel de una mujer sin interés, sabía que era cosa imposible. Y además Jessica no hubiera sido una paciente Griselda. La última probabilidad era que habiéndose casado con ella a los veinte años, por su belleza a los treinta, a los veintinueve lo más tarde, se hubiera ella divorciado de él.

Everett era un hombre práctico y tomó el asunto por su cuenta. El que servía los refrescos admitió que a veces se deslizaban entre sus existencias curiosas copas de cristal germano. Uno de los camareros, dando por supuesto que de ningún modo se le exigiría pagarlas, confesó que había roto más de una copa de vino aquella misma noche: no era improbable que hubiera intentado esconder los fragmentos bajo una palmera apropiada. Evidentemente todo había sido un sueño. Así que decidió la juventud y los tres matrimonios se celebraron con un intervalo de tres meses.

Fue unos diez años después cuando Armitage me contó la historia aquella noche, en la sala de fumadores del club. La señora Everett acababa de salir de un fuerte ataque de reumatismo, contraído la primavera anterior en París. La señora Camelford, a quien yo no conocía anteriormente, me pareció en verdad una de las mujeres más hermosas que había visto. A la señora Armitage, que conocí siendo Alicia Blatchley, la encontré más encantadora de mujer que de muchacha. Nunca pude entender que es lo que vio en Armitage. Camelford consiguió llegar a su meta unos diez años después; pobre, no vivió mucho para gozar de su fama. Dick Everett tiene aún otros seis para alcanzar la suya; pero está bien visto y se habla de un ascenso.

Admito que en conjunto se trata de una historia curiosa. Según dije al principio, yo mismo no la creo.

 

 

FIN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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