© Libro N° 13953. Teodicea.
Ensayos Sobre La Bondad De Dios, La Libertad Del Hombre Y El Origen Del Mal. Leibnitz,
Godofredo G. Emancipación. Junio 21 de 2025
Título Original: © Teodicea. Ensayos Sobre La Bondad
De Dios, La Libertad Del
Hombre Y El Origen Del Mal. Godofredo G. Leibnitz
Versión Original: © Teodicea. Ensayos Sobre La Bondad De Dios, La Libertad Del
Hombre Y El Origen Del Mal. Godofredo G. Leibnitz
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Ensayos Sobre La Bondad De
Dios, La Libertad Del
Hombre Y El Origen Del Mal
Godofredo G. Leibnitz
Teodicea
Ensayos Sobre
La Bondad De Dios, La Libertad Del
Hombre Y El
Origen Del Mal
Godofredo G. Leibnitz
TEODICEA
ENSAYOS SOBRE LA BONDAD DE
DIOS, LA LIBERTAD DEL
HOMBRE Y EL ORIGEN DEL MAL
GODOFREDO G. LEIBNITZ
PROLOGO
Debe ser muy voluminosa la personalidad científica de Go-dofredo
Guillermo, barón de Leibnitz, cuando sus con-temporáneos se disputaron la
suerte de tenerlo a su lado o de granjearse su amistad, y las diversas escuelas
filosóficas, posteriores al siglo XVIII, han intentado aproximarlo a su campo,
ya que no encuadrarlo en él. Desde el positivismo hasta el escolasticismo,
pasando por el racionalismo sistema y racionalismo doctrina y por el deísmo,
existe una puja en ese sentido. Sin ser individualista en el sentido egolátrico
del vocablo, Leibnitz forma rancho aparte en la filosofía con-temporánea. Es
cierto que sobre él han ejercido más o me-nos influencia Platón y Aristóteles,
Descartes y Espinoza, Locke y Hobbes, Tomasio, Scherzer, Weigel, Beirsterfed,
Mercator, Pascal, Cavaleri, Hughes y aun el mismo Pedro Bayle, pues aunque
dedica toda su Teodicea a combatir al librepensador francés, no por eso dejó de
aprender de él muchas cosas. Pero el hecho de que hubiere bebido o se hubiere
inspirado en tan numerosas y distintas fuentes, capa-ces de volver loco a un
espíritu menos firme y sagaz que él, no le impidió que a muchos de ellos
volviese las espaldas y hasta combatiese certeramente, cuando no se hallaban
acor-des con sus tendencias. De todos ellos tomó lo que encontró ajustado a la
verdad, como el sabio arquitecto que, después de la demolición de un palacio,
va seleccionando los mate-riales adecuados para la monumental construcción que
pro-yecta en substitución de aquél. Esto no quiere decir, empero, que Leibnitz
sea ecléctico, aunque el serlo puede ser en oca-siones una gloria. El ecléctico
no tiene nada propio y además se propone, ante todo, conciliar doctrinas
diversas, pertene-cientes a distintos sistemas, con una idea preconcebida casi
siempre de carácter religioso. En este sentido podemos con-siderar eclécticos a
Justino y Atenágoras, Agustín y Tomás de Aquino; Avicebrón y Maimónides,
quienes intentaron conciliar la filosofía, los cuatro primeros con los dogmas
cristianos y los otros dos con el Judaísmo. Leibnitz no se propuso en primer
término conciliar en la formación de sus teorías filosófico-cristianas, no
obstante las gestiones conci-liatorias, más políticas que científicas, que
llevó a cabo en sus últimos tiempos. Apenas salido de la escuela primaria, se
encierra en la rica biblioteca de sus antepasados, hombres de ciencia y de
leyes (de casta le viene al galgo ser rabilargo), y allí se le despertó el amor
(más propiamente el hambre) a las lenguas clásicas, a las Escrituras y a la
filosofía; y sin otro maestro o guía que su portentoso ingenio (Guillermo fue
en el estudio de todas las disciplinas autodidacto), pensó, pensó mucho,
rumiando cuanto leía, dándole mil vueltas, pasando las ideas por la criba,
asimilando o eliminando; y delineando primero, rellenando después y adornando
por último, formó un sistema propio de características intermedias, alejado,
por tanto, de todo extremismo. Muy acertado anduvo aquel clé-rigo de Vich,
cuando dijo de él: "No hay que buscar en sus obras a un discípulo de
Descartes ni de otro filósofo cual-quiera; es original en todo. No puede tocar
una cuestión sin emitir alguna idea nueva. Este es un hombre extraordinario en
quien el genio rebosa, aun en sus teorías más extrañas." (J. Balmes, Hist.
de la Filosofía, cap. LI).
Entre todos los pensadores de todos los tiempos, nin-guno ejerció sobre
Leibnitz mayor influencia que Platón. Lo dice él mismo a Locke, comparando su
sistema con el de éste: "Le sien a plus de rapport a Aristote; et le mien,
a Pla-tón." Un ligero examen de las doctrinas leibnitzianas nos convencerá
de ello. Aquéllas coinciden substancialmente con las platonianas, aunque no de
manera absoluta, pues aun con relación a su pensador favorito es Guillermo
siempre el mismo, a saber, el hombre independiente de toda tutela au-toritaria,
si esa auto-ridad no es razonable. Por eso lo vemos a veces simpatizar con
Aristóteles y la Escolástica. ¿Qué fue lo que en esas ocasiones le llevó a la
Escolástica? Su afecto a las ideas tradicionales acerca de Dios, de la religión,
de la inmortalidad del alma, de la revelación, de lo sobrenatural. Educado en
un ambiente profundamente religioso y conse-cuente con las ideas que había
recibido de sus progenitores, fue Guillermo un fervoroso protestante, enamorado
de la Confessio Augustana, presentada por los príncipes luteranos en la Dieta
de Augsburgo (24 junio 1530). De su adhesión a lo religioso y sobrenatural dan
sobrado testimonio sus es-critos, especialmente su Systema theologicum, su
tratado en defensa de la Trinidad y la obra que estamos prologando, en la que
el lector encontrará ampliamente desarrolladas las ideas siguientes: Existe
perfecta armonía entre la verdad y la fe, entre la razón y la revelación, pues
todas ellas proceden de Dios, son dádiva preciosa de la Divinidad a los
hombres, y, por lo tanto, repugna la contradicción entre ellas. Los
ar-gumentos, dice, contra la doctrina revelada no son sino apa-rentes, se
resbalan al chocar contra la firmeza y consistencia de lo revelado. Es preciso
distinguir, añade, entre lo que supera a la razón y lo que es contrario a la
razón. Los miste-rios superan, pero no contradicen a la razón. Por este moti-vo
nos extraña que un autor de reconocida solvencia califique a Leibnitz de hombre
"sin principios ni conviccio-nes religiosas", considerándolo por ello
inepto para llevar a cabo la reconciliación de las diversas ramas cristianas de
que hablaremos más adelante. Estamos conformes con el Padre Llorca, pues de él
se trata (Manual de Historia Eclesiástica, N° 183), acerca de la ineptitud de
Leibnitz para llevar a cabo dicha reconciliación, pues fuera de una gracia
tumbativa, como la que se dio a San Pablo, nadie en el mundo, sea quien fuere,
ni un Francisco de Asís, ni un Agustín, tipos de bondad y de ciencia,
respectivamente, hubiera coronado con el éxito negociaciones de esa índole, si
han de ser sinceras, y no meramente políticas, como a veces ha ocurrido. ¿Cómo
renunciar a una religión que se ha profesado desde la niñez de buena fe, para
aceptar otra; cuyos dogmas difieren subs-tancialmente? ¡Cuán diferente es el
concepto que de Leibnitz tiene Jaime Balmes! "Sean cuales fueren las
dificultades a que están sujetas las teorías de Leibnitz, procuraba el ilustre
filósofo soltarlas conciliándolas con la libertad de Dios y del hombre; no sería
justo atribuirle consecuencias que él recha-zaba; en tal caso debe impugnarse
la doctrina, pero respe-tando la intención del autor. . . Versado en las
ciencias sagradas hasta el punto de sostener una polémica con el mismo Bossuet.
. ., absorbido continuamente en meditacio-nes filosóficas y religiosas, buscaba
la verdad con un ardor increíble; siendo de notar que, nacido y educado en la
reli-gión protestante, supo elevarse sobre las preocupaciones de sus
correligionarios haciendo justicia al Cato-licísmo en casi todos sus puntos, y
escribiendo su famoso Systema theologi-cum que pudiera hacernos dudar de que
muriera protestan-te." (Historia de la Filosofía, cap. LI). Aunque su
adhesión a lo sobrenatural le llevó a veces a la Escolástica, difiere de las
teorías de ella en numerosas cuestiones de importancia. Bus-có la conciliación
de lo sobrenatural con la razón por otros caminos de los que seguía la
Escolástica tomista. Esto expli-ca que en varios lugares de la Teodicea se lean
frases como estas: "Luego que logré emanciparme de la trivial filosofía de
la Escuela, me apliqué a los modernos y todavía recuerdo que a los quince años
solía pasear sin compañía por un pe-queño bosque cercano a Leipzig, que llaman
Rosental, y dis-cutía conmigo mismo si debía mantener o no las formas
substanciales. La solución mecanicista llevó al cabo la victo-ria." Dice
en otro lugar que le da lástima de los Escolásticos a causa de la teoría de
éstos sobre las formas substanciales, y que se enredan muchas veces en sus
sutilezas, y toman la paja de los términos por el grano de las cosas. Conciben
alguna noción quimérica de la que se figuran sacar alguna utilidad, y procuran
sostenerla valiéndose de argucias." No obstante, dice de Santo Tomás
"que acostumbra a marchar con pulso, y el sutil Escoto, al buscar
ocasiones de contrade-cirle, obscurece muchas veces las cosas, en vez de
aclararlas." Es muy ilustrativo el párrafo que dedica a la historia del
pro-blema de la conciliación de la razón y la fe. "La cuestión de la
conformidad de la razón y de la fe ha sido siempre un problema. En la Iglesia
primitiva los autores cristianos más ilustres se amoldaron a los pensamientos
de los platonianos, que era con los que más simpatizaban y los que entonces
estaban más en boga. Poco a poco Aristóteles fue reempla-zando a Platón y
cuando comenzó a desarrollarse el gusto por los sistemas y cuando la teología
misma se hizo más sistemática por virtud de las decisiones de los concilios
gene-rales que suministraban formularios precisos y positivos, San Agustín, Cassiodoro
y Boecio en Occidente, y San Juan Da-masceno en Oriente, contribuyeron en
primer término a dar a la teología forma científica, prescindiendo de Beda,
Alcui-no, San Anselmo y algunos otros teólogos versados en filo-sofía; hasta
que vinieron por fin los escolásticos, y dando ocasión el ocio de los claustros
a las especulaciones, auxilia-das por la filosofía de Aristóteles traducida del
árabe, acabó por formarse un compuesto de teología y filosofía, cuyas
cuestiones procedían en su mayor parte del deseo de conci-liar la fe con la
razón. Pero el éxito no fue tan bueno como era de desear, porque la teología
estaba muy corrompida por lo calamitoso de los tiempos, por la ignorancia y la
terquedad y porque la filosofía, además de sus propios defectos, que eran muy
grandes, se veía sobrecargada con los de la teología, la cual sentía a su vez
los efectos de haberse asociado a una filosofía muy obscura e imperfecta. Sin
embargo, es pre-ciso confesar con el incomparable Grocio que a veces se
encuentra oro entre la basura del latín bárbaro de los monjes; lo cual me ha
hecho desear más de una vez que un hombre capaz. . . se hubiese consagrado a
sacar lo mejor que hay en estos trabajos. . . Sería una obra muy importante y
curiosa para la historia eclesiástica, y una continuación de la de los dogmas
hasta el renacimiento de las bellas letras (por cuyo medio las cosas han
cambiado de aspecto) y aun hasta más allá."
Del alejamiento de Leibnitz con relación a la Escolástica y de su
acercamiento al Platonismo nos dará idea exacta el análisis, que hacemos a
continuación, de las ideas funda-mentales del sabio alemán; con ello nos
proponemos no solamente ofrecer a los lectores una síntesis del pensamiento
leibnitziano, sino también exponer sus consonancias y dife-rencias con respecto
a las doctrinas platónicas y escolásticas.
Frente a la opinión de Aristóteles y de la Escolástica, se-gún la cual
el alma humana es creada por Dios en el instante mismo en que ha de ser
infundida en el cuerpo, defendía Platón que las almas fueron creadas por Dios
al principio de los tiempos, e infundidas a su debido tiempo en los cuerpos que
han de ser sus compañeros, no como formas de éstos sino como motores (Arist.,
De Anima, lib, 2, cap. 8; Sum. Theol. 1ª , q. LXXVI, art. 7). Leibnitz sigue la
opinión de Platón, completada o reformada con arreglo a su teoría de la Armonía
preestablecida. Las almas humanas, dice, fueron creadas al principio e,
incluídas en corpúsculos orgánicos, quedaron en el esperma del primer padre
Adán, del cual son transmitidas a sus hijos y así sucesivamente hasta el último
hombre por medio de la generación. De este modo la gene-ración no es otra cosa
que tina transformación y crecimiento del corpúsculo primitivo en el cual se
contiene el alma. Ni siquiera en la muerte del hombre salen las almas de ese
cor-púsculo, pues, disuelto lo craso, exterior y corruptible, per-manecen
perpetuamente dentro de dicho corpúsculo; por lo cual la muerte del hombre no
es realmente separación del alma de todo el cuerpo, sino únicamente una
involución o inclusión en el corpúsculo. Cree Leibnitz que esas almas, mientras
se ocultan en los corpúsculos, son únicamente sen-sitivas y carentes de razón,
pero que se hace racional cada una de ellas cuando por el acto de la generación
comienza a constituir un hombre nuevo. (Essai di Theologie sur la bonté de Dieu
et la liberté de l'homme, part 1, N° 98) En la parte 3ª , Nº 396, amplía y
completa su pensamiento del modo siguiente: "Todas las almas, entelequias
o fuerzas primitivas, formas substanciales, substancias simples o mónadas,
cual-quiera sea el nombre que se les dé, no pueden nacer natu-ralmente ni
perecer. Concibo las cualidades o las fuerzas derivativas o las que se llaman
formas accidentales, como modificaciones de la entelequia primitiva, así como
las figu-ras son modificaciones de la materia. Por eso estas modifica-ciones
están en un cambio perpetuo, mientras que la substancia simple permanece la
misma. Ya hice notar antes que las almas no podían nacer naturalmente, ni salir
las unas de las otras, y que es preciso, o que la nuestra sea creada o que sea
preexistente. Hasta he mostrado un cierto medio entre una creación y una
preexistencia completa, habiéndo-me parecido oportuno decir que el alma,
preexistente en las semillas desde el principio de las cosas, no era más que
sen-sitiva; pero que ella ha sido elevada al grado superior, que es la razón,
cuando el hombre, a que debe pertenecer esta alma, ha sido concebido, y el
cuerpo organizado, que acompaña siempre a esta alma desde su origen, pero
experimentando muchos cambios, ha sido destinado para formar el cuerpo humano.
He creído también que podría atribuirse esta eleva-ción del alma sensitiva (que
la hace llegar a un grado más sublime, es decir, a la razón) a la operación
extraordinaria de Dios. Sin embargo, será bueno añadir que yo preferiría pres-cindir
del milagro en la generación del hombre, como en la de los demás animales; y
esto se podrá explicar, concibiendo que de este gran número de almas y de
animales, o por lo menos de cuerpos organizados vivos que están en las
semi-llas, sólo estas almas destinadas a llegar un día a la naturaleza humana,
encierran la razón que aparecerá en ellas, y que sólo los cuerpos orgánicos
están preformados y predispuestos a tomar un día la forma humana; siendo los
demás pequeños animales o vivientes seminales, donde nada de esto está
pre-establecido, esencialmente diferentes y no habiendo en ellos nada que no
sea inferior. Esta producción es una manera de traducción, pero más aceptable
que la que se enseña vulgar-mente, porque no saca al alma de un alma, sino sólo
un ser animado de un ser animado, y evita los milagros frecuentes de una
creación que haría entrar un alma nueva y limpia en un cuerpo que había de
corromperle."
También tiene origen platoniano el pensamiento de Leibnitz acerca de las
relaciones entre el alma y el cuerpo mediante la armonía preestablecida. Para
Aristóteles y los Escolásticos, el alma racional es forma substancial del
cuer-po vere, per se, essentialiter atque immediate, o como dice Urraburu (vol.
4, N° 801): "La unión del alma con el cuerpo es no sólo personal, sino
también natural y, por lo tanto, verdaderamente substancial, en cuya virtud
existe una sola persona y una naturaleza, una sola substancia simplemente
compuesta, a saber, el hombre." Para Leibnitz no existe en-tre el alma y
el cuerpo otra unión fuera del consentimiento armónico de las operaciones de
una y otro, como si proce-diesen de algún vínculo e influjo común, aun cuando
no se diese vínculo de esa naturaleza. El alma ha sido de tal modo creada por
Dios, que, por su propia virtud sin influjo alguno del cuerpo o de otro
principio externo, produce todas las percepciones y voliciones en serie
continuada; y del mismo modo el cuerpo de por sí y en virtud de su propia estructura
está determinado a ejecutar una serie continuada de movi-mientos, que responden
a las percepciones y voliciones del alma; de tal modo que el alma eligiría esa
misma serie de operaciones, aunque el cuerpo no existiera, e igualmente el
cuerpo, aunque no tuviese esa alma. Porque, pues, en la infi-nita multitud de
los cuerpos y de las almas pueden darse algunas de éstas, cuyas percepciones y
voliciones se adapten exactamente a los movimientos de algunos cuerpos, Dios
omnipotente, omnisciente, creador libérrimo de todas las cosas, determinó unir
a cada una de las almas aquellos cuer-pos, cuya serie continuada de movimientos
corresponde perfecta y armónicamente a la serie de las percepciones y
voliciones de las almas, como si las series de las acciones de las almas y de
los cuerpos procediesen de una intervención común y de una acción recíproca.
Este sistema de unión y acción de las almas y sus cuerpos respectivos es
conocida con el nombre de Harmonia prastabilita. ¡Cuán lejos está tal teoría de
la doctrina aristo-télico-escolástica, que en síntesis dimos a conocer!
Se acentúa la discrepancia, consecuencia de la manteni-da en las
cuestiones precedentes acerca del origen del alma y de las relaciones entre
ésta y el cuerpo, en las teorías relativas a la naturaleza del conocimiento y
el origen de las ideas.
Opinan substancialmente los Escolásticos que el enten-dimiento humano no
puede conocer sin el concurso del ob-jeto. Ahora bien, no pudiendo los objetos
hacerse presentes en el alma de manera inmediata, lo hacen mediatamente,
imprimiendo en él una excitación, a la que llaman species intentionalis
impressa, la cual hace las veces del objeto para completar y determinar el
poder de la potencia intelectiva. De ahí se deduce que el conocimiento comienza
en los sen-tidos y es perfeccionado por el entendimiento, pero de mo-do que las
ideas no son formadas por aquéllos sino por éste. Para todo conocimiento,
sensible o intelectual, se requiere el concurso del objeto que generalmente es
prestado por medio de la especie intencional, ya sensible ya intelectual, que
com-pleta y determina la potencia cognoscitiva a conocer al ob-jeto. Dichas
especies no son innatas ni producidas inmediatamente por los mismos objetos que
han de cono-cerse, sino abstraídas de los fantasmas por virtud activa del entendimiento
agente. Actuado por dichas especies el enten-dimiento llamado posible y que es
virtud cognoscitiva, invo-ca al instante las primeras ideas y pronuncia los
primeros principios. Después, aplicando esas primeras cogniciones a la materia
sometida, el entendimiento adquiere todas las demás ideas y las ciencias por
medio de la reflexión, de la atención, de la comparación, del análisis y de la
síntesis, de la induc-ción y del raciocinio multiplicado. Sin embargo, no
podemos conocer a Dios y a las substancias inmateriales, como son en si mismos,
con un concepto estrictamente propio. Expresión sintética del empirismo
aristotélico-escolástico es el conoci-do adagio: Nihil est in intellectu, quin
primus fuerit in sensu. Frente a este sistema han formado un frente único los
plato-nianos, cartesianos, kantianos, tradicionalistas y ontologistas, por no
citar sino a los más destacados, inspirados todos ellos en Platón. Según el
fundador de la Academia, las formas específicas de las cosas sensibles
subsisten por sí mismas, sin ningún influjo de la materia, las cuales, así como
participadas por la materia corporal constituyen los cuerpos, del mismo modo,
participadas por el alma constituyen con ella los co-nocimientos de las cosas.
Tales formas se llaman innatas porque fueron creadas por Dios e infundidas por
El en las almas, cuando las crió al principio separadas de los cuerpos, y se
dedicaban a la contemplación de las ideas mencionadas. Una vez introducidas las
almas en los cuerpos, en castigo de sus faltas, se olvidaron de aquellas ideas
innatas. Cuando aprendemos las ciencias, no aprendemos nada nuevo; lo único que
hacemos es recordarlas. Avicena, Avempace y Averroes aceptaron el sistema
platónico con ligeras modificaciones, dando lugar a un sistema nuevo conocido
con el nombre de teoría del entendimiento agente separado. Tam-bién Descartes y
Kant aceptaron con algunas reservas las teorías de Platón. Las pasamos por
alto, porque nos haría-mos interminables y reclaman nuestra atención las
doctrinas de Leibnitz. El sabio filósofo alemán considera las ideas in-natas
como distintas de las especies; son unos conocimientos actuales de los objetos
del mundo infundidos en el alma en el momento de su creación; tales
conocimientos son obscu-ros, pero con el transcurso del tiempo se aclaran más;
por lo cual, en tanto parecen llamarse innatos en cuanto suponen en el alma
cierta virtualidad o disposición, para que tales conocimientos confusos se
hagan más distintos, al sobreve-nir la sensación. Relacionando en otros lugares
estas teorías con su doctrina acerca de las mónadas, expresa que existe en el
hombre, lo mismo que en los vivientes, una mónada cen-tral que preside a las
demás mónadas de orden inferior, las cuales constituyen el cuerpo; esa mónada
privilegiada, dotada de una representación obscura del universo, aunque no
siempre tenga apercepción o conciencia de tal representa-ción, es el alma
humana, en la cual dicha representación in-nata y perenne llega a ser
sucesivamente más clara y distinta en virtud de su propia disposición e
inclinación interna para obrar inmanentemente en una serie perenne de
percepciones y voliciones, que se realiza con ocasión de las sensaciones. Esas
percepciones y voliciones se verifican de tal modo, que la precedente es razón
suficiente de la que le sigue. (Systeme nouveau de la nature; Nouveaux essais
sur l'enten-dement humain, liv. 1, chap. 1, Monodologic). De ahí que Guillermo
modificara el mencionado axioma aristotélico-escolástico en la forma siguiente:
Nihil est in intellecto, quid primus fuerit in sensu, excepto ipso intellectu.
En cambio, para no desmentir su carácter original, Leibnitz muestra una
conformidad substancial con Aristóte-les acerca de la naturaleza del espacio.
Descartada la opinión de Kant, según el cual carece el espacio de realidad
objetiva, la generalidad de los filósofos le concede existencia real, aunque
suelen discrepar acerca de la naturaleza de dicha rea-lidad. ¿En qué reside la
realidad del espacio? Descartes dice que en la extensión; para Leibnitz, en
cierta relación en el orden de los seres coexistentes o posibles, como si
existiesen realmente. Esta teoría, con ligeras variantes, ha sido aceptada por
el Padre Sanz, S. J. (Nuevos ensayos sobre el entendi-miento humano, lib. 2°,
cap. XIII, § 17). Por otra parte, sos-tiene Leibnitz la imposibilidad del vacío,
fundándola en que repugnaría la posibilidad a la perfección de Dios, mientras
que Descartes la funda en una razón de carácter metafísico, en la misma
naturaleza de las cosas en que la esencia del cuerpo consiste en la extensión
y, por lo tanto, donde existe extensión hay cuerpo, y viceversa.
Leibnitz es enemigo declarado del hylemorfismo, teoría fundamental
aristotélicotomista acerca de la constitución de los cuerpos. Estos constan de
materia prima y forma subs-tancial unidos intrínsecamente. La substancia divina
es sim-ple, y en ella se identifica la esencia y la existencia; la substancia
espiritual creada es también simple, pero puede existir o no; por último, la
substancia corpórea, cuya esencia, ya existente, está compuesta de un principio
pasivo y determinable (materia prima) y de un principio activo y determi-nante,
que comunica al cuerpo especie, ejemplaridad y finali-dad natural.
Guillermo opuso al hylemorfismo una teoría nueva co-nocida con el nombre
de dinamismo, opuesta también al atomismo. Esa teoría fue modificada por sus
discípulos, es-pecialmente por Cristián Wolf y aceptada también con cier-tas
reservas por Rogerio Boscowich, Manuel Kant, Schelling, Schopenhauer y por los
autores de las teorías contemporá-neas energética y monística moderna. Existen,
dice Leibnitz, unas pequeñísimas substancias llamadas mónadas, entele-quias o
formas substanciales, simples, inextensas, infinitas en número, todas
desemejantes entre sí, incorruptibles, subs-tancialmente inmutables, producidas
por creación y que sólo pueden perecer por aniquilamiento; dichas mónadas son
esencialmente activas y están dotadas de cierta percepción u obscura representación
del mundo y de voliciones, por lo cual se pueden llamar almas. Los cuerpos no,
son otra cosa que aglomeraciones de esas mónadas. Aunque esencialmente activas,
las mónadas no ejercen actividad alguna fuera da sí; si se viera que obraban
recíprocamente las unas sobre las otras o sobre otros cuerpos, eso sería pura
ilusión que trae su origen de la harmonía praestabilita, según la cual Dios
unió las mónadas que poseían modificaciones propias y produci-das por propia
virtud, pero correspondientes las unas a las otras con tal exactitud, que
parecen causadas unas por otras.
Se dice haber confesado Leibnitz en sus últimos tiem-pos que se dejó
llevar por la imaginación al confeccionar su dinamismo, por lo cual fue
rectificado por Wolf en este sentido: substrajo a las mónadas toda percepción y
volición, y les concedió fuerzas activas, atractivas y repulsivas, por las
cuales actúan las unas sobre las otras recíprocamente. Llamó a las mónadas
átomos de la naturaleza, indivisibles, distintas de los átomos materiales que
son divisibles. Aunque Wolf y Leibnitz sostuvieron que las mónadas son
desemejantes en-tre sí, otros leibnitzianos las consideran semejantes y
homo-géneas, de tal modo que toda diversidad de los cuerpos nace únicamente de
la diversa cantidad y disposición de las mó-nadas.
Frente a la ficción Lockiana y de los positivistas acerca de la
naturaleza de la substancia y al fenomenismo de Wundt; frente a la definición
casi panteísta de Descartes y de Espinoza, los escolásticos consideran la
substancia como una realidad que existe por sí mismo o en sí y por sí, o como
dice el Doctor Angélico: un ser a cuya naturaleza se debe no estar en otro (1ª
, q. 3, a. 5). Taine, que pertenece a la escuela positivista, la define así:
"Nous ne pensons qu'il n'y a ni sprit, ni corps, maisseulement des groupes
de mouvements pre-sents ou possibleset des pensées presents ou possibles."
(Le Positivisme anglais, pág. 114). El pensamiento de nuestro filósofo ocupa
una posición intermedia entre esas doctrinas contradictorias, pues para él la
substancia es un ser dotado de virtud operativa, un principio de actividad, en
lo que constituye su esencia. Sostiene que esa fuerza reside en toda
substancia, corporal y espiritual, y que jamás cesa de obrar en cuanto de ella
depende, ya que puede ser, y de hecho es, obstaculizada por otras substancias
creadas. (De primer philosophiae emendatione et notione substantiae ).
18
Existe una cuestión en la cual Leibnitz se sitúa al lado de Aristóteles
y de la Escolástica frente a Platón, aunque parece disculpar a éste no creyendo
que sea suya la opinión que le atribuyen los adversarios. Me refiero al origen
del mal. "El mal es un resultado de la privación... San Agustín ya hizo
valer este pensamiento, y San Basilio algo aproximado dice en su Hexaémeron,
homil. 2: "el vicio no es una substancia viva y animada, sino una afección
del alma contraria a la virtud, procedente del bien; de manera que no hay
necesidad de buscar un mal primitivo"... Tampoco hay necesidad de buscar
el origen del mal en la materia. Los que han creído en el caos, antes de que
Dios tomara mano en ello, han buscado en él el origen del desorden. Era ésta
una opinión que con-signó en su Timo. Aristóteles le criticó por ello (en su
tercer libro Del Cielo, cap. 2°), porque según esta doctrina el de-sorden sería
originario y natural, y el orden aparecería intro-ducido contra la naturaleza.
Este inconveniente le evitó Anaxágoras, dejándo descansar la materia hasta que
Dios la ha puesto en movimiento; y Aristóteles le alaba en el mismo pasaje.
Según Plutarco (de Iside y Osíride, y Tr. de anima procreatione ex Timeo),
Platón reconocía en la materia una cierta alma o fuerza maléfica rebelde a
Dios; era un iscio real, un obstáculo a los proyectos de Dios. Los estoicos
creyeron igualmente que la materia era el origen de los defectos, como Justo
Lipsio lo demostró en el primer libro de Fisiología de los estoicos.
Aristóteles tuvo razón para desechar el caos; pero no es fácil siempre
discernir la opinión de Platón y me-nos la de algunos otros filósofos antiguos,
cuyas obras se han perdido." (Teodicea, 31 parte, N° 378 y sgtes.)
19
Unas líneas nada más para cerrar estas notas acerca de los puntos
fundamentales de la filosofía de Leibnitz y de su posición con respecto a
Platón, Aristóteles y la Escolástica. Las dedicamos a la exposición del sistema
leibnitziano por excelencia, al Optimismo, aunque antes de Leibnitz existie-ron
otros autores que lo han defendido con algunas varian-tes. Para mejor conocer
el pensamiento del sabio alemán es conveniente traer a la memoria la opinión
del Angélico y otros escolásticos. Según éstos, Dios puede crear absoluta-mente
un mundo mejor que el actual; lo contrario sería po-ner límites a la
omnipotencia infinita de Dios, y además porque no puede afirmarse que este
mundo sea el mejor de todos los posibles considerado ontológicamente. Pero
con-siderado el mundo actual relativamente, esto es, con relación a cada una de
las criaturas de él, y también con relación a la acción con que fué producido
(la creación), al autor de esa producción y al fin de la misma (Dios), este
mundo es relati-vamente el mejor de los posibles. No es ésta la opinión de
Guillermo, como vamos a comprobar con sus propias pala-bras: "Esta suprema
sabiduría, unida a una bondad no me-nos infinita que ella, no ha podido menos
de escoger lo mejor; porque como un mal menor es una especie de bien, lo mismo
que un menor bien es una especie de mal, si sirve de obstáculo a un bien mayor,
hubiera algo que corregir en las acciones de Dios, si hubiera medio de hacer
cosa mejor. Y así como en matemáticas, cuando no hay máximo ni mí-nimo, nada
distinto, todo se hace de una manera igual, o cuando esto no puede hacerse, no
se hace nada absoluta-mente, lo mismo puede decirse respecto de la perfecta
sabiduría que no es menos precisa que las matemáticas, que si no hubiera
producido lo mejor (optímum) entre todos los mun-dos posibles, Dios no hubiera
producido ninguno. Llamo mundo a toda la serie y colección de todas las
criaturas exis-tentes, para que no se diga que podrían existir muchos mun-dos
en tiempos diferentes y en diferentes lugares; porque sería preciso contarlos
todos a la vez como un mundo, o si se quiere, como un universo. Y aun cuando se
llenaran todos los tiempos y todos los lugares, siempre resultaría que se les
habría podido llenar de una infinidad de maneras, y que hay una infinidad de
mundos posibles, de los cuales es impres-cindible que Dios haya escogido el
mejor, puesto que nada hace que no se conforme a la suprema razón."
(Teodicea, 2° parte).
II
Godofredo Guillermo, barón de Leibnitz, nació en Leipzig el 3 de julio
de 1646. Pertenecía a una familia ilustre por sus hombres de ciencias, pues su
padre fue profesor de derecho en la ciudad mencionada y su bisabuelo, juez en
la de Altenburg. A la edad de seis años perdió a su padre y a su madre a la de
dieciocho. A los quince ya asistía a la Universi-dad de Leipzig, dedicándose,
no obstante la tradición fami-liar, a los estudios de filosofía a los dieciséis
años alcanzó el bachillerato con la tesis: Disputatio metaphisica de principio
individui, y a los dieciocho, el título de maestro en la misma ciencia. A los
veinte años intentó obtener el título de doctor en derecho en su ciudad natal,
pero los profesores no le ad-mitieron a causa de su corta edad. No se desanimó
por ello el joven Guillermo y se trasladó entonces a la Universidad da Altdorf,
cuyos profesores no tuvieron inconveniente en ad-mitirlo a la prueba del
doctorado. Se desenvolvió con tanta facilidad, brillo y competencia, que además
de su título de abogado recibió la oferta de una cátedra que de momento aceptó,
pero a la que pronto renunció, pilas Guillermo tenía otros planes. A esta época
pertenece su Dissertatio de arte combinatoria, en la que intenta dar a la
lógica la seguridad de los métodos aritméticos.
Durante una estancia en Nuremberg, se granjeó la amistad y la protección
del barón de Boinebourg, canciller del elector de Maguncia, y por mediación de
áquel la del príncipe elector J. Felipe Schönborn, quien en 1670 lo nom-bró
consejero revisor de la Cancillería, trabajando junta-mente con H. A. Lasser en
la reforma del Código. Ya por esta fecha, en cuanto lo permitían las
obligaciones de su car-go, se dedicaba intensamente al estudio de las ciencias
y dió a luz sus: Nouvelle methode pour l'etude du Droit (1668), Theorie du
Mouvement concret y Theorie du Mouvement abstrait (1670), Confessio naturae
contra Atheistas, Defensio Trinitatis per nova reperta logica, Hypothesis
phisica nova (1671). Acompañando al hijo de Boinebourg, se trasladó a París y
permaneció en esta ciudad desde 1672 a 1676. Allí cultivó la amistad de
renombrados hombres de ciencia, co-mo A. Arnauld, Walter de Tschirnhaus y el
célebre matemá-tico Huyghens, a cuyas enseñanzas debe en gran parte Leibnitz su
encumbramiento en esa disciplina. Comunicó a la Academia Francesa algunos
descubrimientos importantes, entre ellos Nouvelle machine arithmetique, siendo
recom-pensado con el título de académico en 1675. Por la misma fecha y con
ocasión de un viaje a Inglaterra, fue nombrado miembro de la Sociedad Real de
Londres. Muerto el elector de Maguncia, le llamó a su servicio el duque de
Brunswick-Hannóver, y le nombró su bibliotecario con el título de con-sejero
áulico. En 1683 fundó en Leipzig la famosa colección Acta eruditorum, en la que
al año siguiente publicó su nota-ble descubrimiento del cálculo diferencial e
integral, que había concebido años atrás y al que le llevaron no solamente las
Matemáticas sino, y también la Filosofía. Mucho se ha discutido si fue Leibnitz
o fue Newton el primero que des-cubrió la teoría del cálculo diferencial. Es
ésta una cuestión baladí, pues ambos hombres de ciencia llegaron al mismo
resultado por camino diferente, sin que ninguno de los dos empañe el mérito y
la gloria del otro. A petición del duque, inició en 1687 la historia de la casa
de Brunswick y con ese fin realizó algunos viajes, durante los cuales recogió
impor-tantísimos documentos que le dieron materia para sus: Co-dex juris
gentium diplomaticus y Scriptores rerum Brunsvicentium. Desgraciadamente, no pudo
acabar la histo-ria de Brunswick, pues le sorprendió la muerte en Hannóver en
1716, a los 70 años de edad, abandonado de todos, como ocurre con frecuencia a
hombres de su talla.
La empresa que absorbió los últimos años de su vida y a la que dedicó
todos sus afanes, buena fe y entusiasmos, fue la reconciliación de las Iglesias
cristianas separadas. A este fin celebró conferencias y disputas con Bossuet,
obispo de Meaux, y con otros hombres eminentes del campo católico; pero todo
fue en vano. No fue más afortunado cuando trato de reconciliar a las ramas
protestantes de los luteranos re-formados, socinianos, etcétera. Además de las
dificultades inherentes a tan delicado y espinoso asunto, impidieron el éxito
feliz de la empresa las miserias humanas y la incom-prensión, pues no todas las
personas que intervinieron en las negociaciones tenían el desinterés y la
elevación de miras del sabio estadista alemán. Tuvo, en cambio, una compensación
con su éxito en la fundación de la Academia de Berlín y de la de San
Petersburgo, que a sus instancias fundó Pedro el Grande. Fracasaron, en cambio,
proyectos análogos en Vie-na y Dresde. Nombrado presidente perpetuo de la
Academia de Berlín, desarrolló una labor beneficiosa bajo los puntos de vista
histórico y lingüístico, pues además de los volúme-nes de historia que publicó,
se le debe el escrito titulado "Nuevas ideas respecto al ejercicio y
mejoramiento del idio-ma teutónico", donde no se sabe si admirar más su
amor a la lengua materna o su profundo conocimiento de la misma.
Además de las obras mencionadas en las líneas prece-dentes, es de suma
importancia su voluminosa correspon-dencia epistolar para conocer la vida, las
actividades y el pensamiento de Guillermo, pues las quince mil cartas (unas
escritas por él y otras que tienen a él por destinatario) son de carácter
familiar, técnico, filosófico, científico, histórico, político y diplomático.
Las hay dirigidas por o a Otto de Guericke, Comenio, Espinoza, Hobbes, Arnauld,
Malebran-che, Newton, Locke, Bayle, etcétera.
Para el último lugar hemos dejado la Teodicea, no tanto por la
importancia de la misma cuanto porque la circunstan-cia de ir destinado este
prólogo a la edición castellana de la misma, con ocasión del tercer centenario
del nacimiento de Leibnitz, exige la dedicación de unas líneas especiales. Es
la Teodicea la única de las obras de importancia de Leibnitz que vio la luz
antes de la muerte de su autor. Se publicó en 1710 gracias a la colaboración de
la ilustre princesa Sofía Carlota de Brandeburgo, más tarde reina de Prusia,
desposa-da con Federico I en 1684. La obra va destinada a refutar los errores
teológicos y filosóficos de Pedro Bayle (1647-1706), célebre escritor francés
que, educado primero en el Protes-tantismo y convertido al Catolicismo por los
Jesuítas, volvió más tarde y murió en el seno de la religión de su niñez.
Huelga la relación en este prólogo de las ideas baylianas, pues las encontrará
el lector reproducidas fielmente en el transcurso de esta obra. Los escritos
principales de Pedro Bayle, a los que Leibnitz hace referencia frecuentemente,
son: Pensés sur la cométe, Critique de l'histoire du Calvinis-me, Dictionaire
historique et critique, Reponses aux ques-tions d'un provincial. Son de sobra
conocidas la impiedad e incredulidad de Pedro Bayle que abrió el camino a
Voltaire. Con su crítica demoledora de la fe y de la religión revelada hizo
daño inmenso a la Iglesia y ganó numerosos adeptos para la causa del
librepensamiento en Francia y fuera de ella.
Dados el carácter y el fin de la Teodicea, no tiene nada de extraño que
su autor desarrolle en ella todo su sistema teológico-filosófico y que exponga
hasta la saciedad sus teo-rías propias, exactas unas y erróneas otras, pero
todas ellas geniales, que le han dado tanto renombre entre los hombres de
ciencia. Conocer la Teodicea equivale, por lo tanto, a co-nocer toda la
filosofía leibnitziana. En ella observará el lector con asombro el genio
incomparable del sabio alemán, su saber profundo de toda la ciencia conocida en
su época, la extraordinaria erudición de que hace gala tanto en obras profanas
como religiosas, tanto antiguas como modernas; y, lo que es más de admirar y
envidiar, de encomiar y difundir para ejemplo de todos, el respeto, la lealtad,
la consideración y la comprensión con que trata a sus adversarios, a los que
considera únicamente como tales y no como enemigos. Al referirse a las
opiniones que combate, habla de error, de ofuscación; nunca supone mala fe;
jamás se le escapa una palabra molesta que suponga menosprecio, injuria o
vanidad; alaba los esfuerzos, la erudición, la capacidad, el talento de sus
contrincantes con oportunidad y convicción, lejos de toda zalarnería. Esta
actitud de Leibnitz me recuerda la atra-yente dulzura del apologista Justino en
contraste con la vio-lencia, apasionamiento e intransigencia de Tertuliano, y
la dureza y agresividad de Taciano, quienes olvidaban que se atraen más moscas
con una gota de miel que con un cántaro de vinagre, en frase de San Francisco
de Sales. Algunos es-critores modernos (y está muy extendido entre escritores
católicos), olvidados de la mansedumbre cristiana, tal vez por un poco de
soberbia y un mucho de despecho, y quizás también por imprudente celo sectario,
han aprendido, aun-que equivocadamente, la lección de Tertuliano con
preferen-cia a la de Justino. Sin duda atraerían más adeptos ajustándose a la
máxima salesiana.
La tesis fundamental de la Teodicea es la demostración de la armonía
entre la razón y la revelación, entre la verdad y la fe; la conciliación de la
providencia, de la predestinación de los buenos y de la permisión de la condena
de los malos, con la libertad y la razón humana; el respeto de Dios al libre
albedrío en su concurso físico y moral a las acciones huma-nas, buenas o malas.
Es maravillosa su teoría acerca del ori-gen del mal, rabiosamente antidualista,
así como su pensamiento acerca de la distinción entre presciencia y nece-sidad.
En fin, ¿para qué seguir? El lector podrá saborear a su gusto y con detención
todas las bellezas que ha esparcido en estas páginas el genio incomparable del
"único sabio emi-nente de la Alemania del siglo XVII, asolada por la
guerra de los Treinta Años", en frase del eminente Wieleitner (Historia de
las Matemáticas, Edad Moderna, 2, B).
LUIS M. DE CADIZ.
Buenos Aires, mayo de 1946.
PREFACIO
Se ha visto en todos los tiempos que la generalidad de los hombres se
fija con preferencia en las fórmulas; la piedad sólida, es decir, la luz y la
virtud, jamás han sido patrimonio del mayor número. No hay que extrañarse,
porque esta ten-dencia cuadra a la debilidad humana; nos impresiona lo
exte-rior, y lo interno exige una discusión de que muy pocos son capaces. Como
la verdadera piedad consiste en los senti-mientos y en la práctica, las
fórmulas de la devoción la imi-tan, y así son de dos clases; las unas afectan a
las ceremonias de la práctica y las otras a los formularios de la creencia. Las
ceremonias se parecen a las acciones virtuosas, y los formu-larios son como
sombras de la verdad, que se aproximan más o menos a la luz verdadera. Todas
estas fórmulas serían saludables si los que las han inventado las hubieran
hecho para mantener y expresar lo que con ellas se trata de imitar, es decir,
si las ceremonias religiosas, la disciplina eclesiástica, las reglas de las
comunidades, las leyes humanas fueran siempre como un valladar puesto a la ley
divina, para alejar-nos de los alicientes del vicio, acostumbrarnos al bien, y
hacer que nos sea familiar la virtud. Este fue el objeto de Moi-sés y de otros
buenos legisladores, de los sabios fundadores de las órdenes religiosas y,
sobre todo, de jesucristo, divino fundador de la religión más pura y más
esplendorosa. Lo mismo sucede con los formularios de las creencias; serían
pasables si en ellos sólo apareciera lo que fuera conforme a la saludable
verdad, aun cuando no contuvieran toda la ver-dad de que se trata. Pero las más
de las veces sucede que la devoción queda sofocada por las formas, y la luz
divina, os-curecida por las opiniones de los hombres.
Los paganos, que llenaban la tierra antes del estableci-miento del
cristianismo, sólo tenían una especie de fórmulas; tenían en su culto
ceremonias; pero no conocían artículos de fe, ni jamás pensaron en reducir a
formularios su teología dogmática; no sabían si sus dioses eran verdaderas
personas o símbolos de poderes naturales, como el sol, los planetas o los
elementos. Sus misterios no consistían en dogmas difíci-les, sino en ciertas
prácticas secretas, a las que los profanos, es decir, los que no estaban
iniciados, no debían asistir nun-ca. Estas prácticas eran muchas veces
ridículas y absurdas, y fue preciso ocultarlas para evitar que cayera el
desprecio sobre ellas. Los paganos difundían supersticiones, se alaba-ban de
tener milagros, y entre ellos todos eran oráculos, au-gures, presagios,
adivinaciones; los sacerdotes inventaban signos de la cólera o de la bondad de
los dioses, cuyos intér-pretes pretendían ser. Se proponían gobernar a los
espíritus por el temor o por la esperanza de los sucesos humanos; pero apenas
si pudieron entrever el porvenir de otra vida, ni tampoco se tomaron el trabajo
de inspirar a los hombres verdaderos conceptos de Dios y del alma.
Entre todos los pueblos antiguos, sólo los hebreos tu-vieron dogmas
públicos religiosos. Abraham y Moisés pro-clamaron la creencia en un solo Dios,
origen de todo bien y autor de todas las cosas. Hablaban de una manera divina
de la soberana sustancia, y admira ver cómo los habitantes de este pequeño
cantón de la tierra eran más ilustrados que el resto del género humano. Los
sabios de otras naciones han dicho quizá tanto como ellos, pero no tuvieron la
fortuna de ganar prosélitos, ni llegaron a convertir el dogma en ley. Sin
embargo, Moisés no introdujo en su legislación la doctrina de la inmortalidad
de las almas, si bien era conforme a sus sentimientos, como que se enseñaba por
tradición oral, pero no fue autorizada de una manera popular hasta que Jesu-cristo
descorrió el velo y, aunque no disponía de la fuerza, enseñó con toda la
autoridad de un legislador que a las almas inmortales les espera otra vida
donde deben recibir el premio por sus acciones. Moisés había presentado ya
preciosas ideas acerca de la grandeza y de la rondad de Dios, en que muchas
naciones civilizadas convienen hoy día; pero Jesucristo de-senvolvió todas las
consecuencias e hizo ver que la bondad y la justicia divinas brillan
perfectamente en el destino que Dios tiene reservado a las almas. No entro aquí
en otros puntos de la doctrina cristiana; sólo quiero hacer ver cómo Jesucristo
acabó la obra de convertir la religión natural en ley, y de darle la autoridad
de un dogma público. Hizo El solo lo que tantos filósofos habían intentado hacer
en vano, y como los cristianos llegaron a adquirir la superioridad en el imperio
romano, dueño de la mayor parte de la tierra cono-cida, la religión de los
sabios se hizo religión de los pueblos. Mahoma después no se desentendió de
estos grandes dog-mas de la teología natural; y sus sectarios los propagaron
entre las naciones más remotas del Asia y del Africa, donde el cristianismo no
había llegado aún, y abolieron en muchos países las supersticiones paganas,
contrarias a la verdadera doctrina de la unidad de Dios y de la inmortalidad
del alma.
Se ve que Jesucristo, al acabar lo que Moisés había co-mentado, quiso
que la divinidad fuese el objeto, no sólo de nuestro temor y de nuestra
veneración, sino también de nuestro amor y de nuestro afecto. Fue tanto como
hacer a los hombres bienaventurados de antemano, y hacerles sabo-rear la
felicidad futura, porque nada más grato que amar aquello que es digo de ser
amado. El amor es este afecto que nos hace gozar con las perfecciones de
aquello que se ama, y nada hay más perfecto que Dios, ni tampoco nada más
en-cantador. Para amarle, basta conocer sus perfecciones, lo cual es muy fácil,
porque en Vosotros mismos encontramos la idea de aquéllas. Las perfecciones de
Dios son las de nuestras almas, sólo que él las posee sin límites; es un
Océa-no, del cual a nosotros sólo han llegado algunas gotas. Hay en nosotros
algún poder, algún conocimiento, alguna bon-dad; pero en Dios se dan todas
estas cosas en su integridad. El orden, la proporción, la armonía, nos
encantan, y de ello son muestras la pintura y la música, pero Dios es el orden
en su plenitud, guarda siempre la exactitud de las proporciones; constituye la
armonía universal, y toda la belleza es una ex-pansión de sus irradiaciones.
De aquí se sigue claramente que la verdadera piedad, así como la
verdadera felicidad, consisten en el amor de Dios, pero un amor ilustrado, cuyo
ardor va acompañado de luz. De esta especie de amor nace la satisfacción que se
tiene en las buenas acciones, que da realce a la virtud, y que, refirién-dolo
todo a Dios como a su centro, diviniza lo humano. Porque haciendo su deber y
obedeciendo a la razón, se cum-plen las órdenes de la Razón Suprema, dirigimos
toda nues-tra intención al bien común, que se identifica con la gloria de Dios,
encontramos que no hay mayor interés particular que el de contribuir al interés
general, y uno se satisface a sí mismo procurando ayudar a la verdadera
conveniencia de los demás. Consígase o no el objeto, el hombre se manifiesta
contento de lo que sucede cuando se resigna a la voluntad de Dios y cuando sabe
que lo que él quiere es lo mejor; mas antes de que declare su voluntad,
mostrándola en el hecho, debe salir a su encuentro haciendo lo que crea
conforme con sus órdenes. Cuando nos hallamos en esta situación de espí-ritu,
no hemos de disgustarnos por los fracasos; sólo debe-mos lamentarnos de
nuestras faltas, sin que la ingratitud de los hombres nos haga flaquear en el
ejercicio de la benevo-lencia. Nuestra caridad es humilde y llena de
moderación; no pretende querer mandar, e igualmente atentos a nuestros defectos
y a la capacidad de los demás, nos vemos dispues-tos a criticar nuestras
acciones y a excusar y corregir las de los demás, es decir, que todo va
dirigido a perfeccionarnos a nosotros mismos, y no ser injustos con los demás.
No hay piedad donde no hay caridad, y el que no es bienhechor y benévolo no
puede tener una devoción sincera.
El buen natural, una educación escogida, el roce con personas piadosas y
virtuosas pueden contribuir mucho a poner las almas en esta preciosa posición;
pero aún contri-buyen más a ello los buenos principios. Ya lo he dicho, es
preciso unir la luz al ardor, es preciso que las perfecciones del entendimiento
completen las de la voluntad. Las prácti-cas de la virtud, lo mismo que las del
vicio, pueden ser re-sultado de un simple hábito, y hallarse complacencia en
ellas; pero cuando la virtud es racional, cuando se refiere a Dios, que es la
suprema razón de las cosas, entonces está fundada en el convencimiento. No
puede amarse a Dios sin conocer sus perfecciones, y este conocimiento encierra
los principios de la verdadera piedad. El fin de la verdadera religión debe ser
imprimirlos en las almas; pero yo no sé en qué ha consis-tido que los hombres y
hasta los doctores de la religión se han separado muchas veces de este camino.
Contra la inten-ción de Nuestro Divino Maestro, la devoción ha sido redu-cida a
ceremonias, y la doctrina, abrumada con fórmulas. Esas ceremonias han sido con
frecuencia poco propias para mantener el ejercicio de la virtud, y las fórmulas
fueron a veces poco luminosas. Pues qué, ¿no hay cristianos que se han
imaginado poder ser devotos sin amar a su prójimo, y piadosos sin amar a Dios;
o que han creído poder amar a su prójimo sin servirle, y poder amar a Dios sin
conocerle? Han pasado muchos siglos sin que la humanidad se haya hecho cargo de
este defecto, y quedan todavía grandes restos del reinado de las tinieblas. Se
ve a veces que personas que ha-blan mucho de piedad, de devoción y de la
religión que ellas mismas están encargadas de enseñar, no están muy instruídas acerca
de las perfecciones divinas. Conciben mal la bondad y la justicia del Soberano
del universo; se figuran un Dios a quien no debemos imitar, ni tampoco amar.
Esto me ha pa-recido que encerraba peligrosas consecuencias, puesto que importa
grandemente que no esté inficionada la fuente misi-va de la piedad. Los
antiguos errores, profesados por los que acusaban a la divinidad o suponían la
existencia de un prin-cipio malo, han sido a veces renovados en nuestros días;
se ha recurrido al poder irresistible de Dios, cuando debía fijar-se más bien
en su suprema bondad; y se ha considerado co-mo un poder despótico el que debía
concebirse como dirigido por la más perfecta sabiduría. He observado que estas
opiniones, que pueden causar mucho daño, han sido sostenidas, apoyándose
particularmente en nociones confu-sas tocantes a la libertad, a la necesidad y
al destino; esto me ha movido más de una vez a tomar la pluma para aclarar
puntos tan importantes, y finalmente me he visto obligado a condensar mi
pensamiento sobre todas estas materias toma-das en conjunto, y darlo a conocer
al público. Este es el ob-jeto del ensayo presente sobre la bondad de Dios, la
libertad del hombre y el origen del mal.
Hay dos famosos laberintos en que nuestra razón se extravía muchas
veces. Uno es la gran cuestión de lo libre y de lo necesario, sobre todo,
respecto de la producción y ori-gen del mal; y el otro consiste en la discusión
de la continui-dad y de los indivisibles que constituyen sus elementos, y en
donde entra la consideración de lo infinito. El primero in-quieta a casi todo
el género humano; el otro preocupa sólo a los filósofos. Tendré quizá en otra
ocasión oportunidad de decir mi opinión sobre el segundo punto, y de hacer ver
que por no discernir bien la naturaleza de la sustancia y de la materia, se han
afirmado falsos asertos, que originan insupe-rables dificultades, y cuya
verdadera aplicación debería con-ducir a la ruina de esas mismas proposiciones.
Pero si el conocimiento del principio de continuidad es importante para la
especulación, el de la necesidad no lo es menos para la práctica, y éste será
el objeto del presente tratado, inclu-yendo además los puntos que se relacionan
con él; a saber: la libertad del hombre y la justicia de Dios.
En todo tiempo se han dejado llevar los hombres de un sofisma, que los
antiguos llamaban la razón perezosa, porque lleva a no hacer nada, o por lo
menos a no cuidarse de nada, y a seguir sólo la inclinación a los placeres del
presente. Por-que -se decía- si el porvenir es necesario, lo que debe suce-der,
sucederá, hágase lo que se quiera. Ahora bien; el porvenir -se añadía- es
necesario, ya porque la divinidad lo prevé todo, y hasta lo preestablece de
antemano al regir to-das las cosas del universo; ya porque todo sucede
necesaria-mente por virtud del encadenamiento de las causas; y ya, en fin, por
la naturaleza misma de la verdad que está determi-nada en las enunciaciones que
se pueden formar sobre los sucesos futuros, como lo está en todas las demás,
puesto que la enunciación debe siempre ser verdadera o falsa en sí mis-ma,
aunque no siempre conozcamos lo que es. Y todas estas razones de determinación
que parecen diferentes, concurren al fin como las líneüs a un mismo centro,
porque hay una verdad en los sucesos futuros, verdad que es predeterminada por
las causas, y que Dios ha preestablecido al crear éstas.
La idea mal comprendida de la necesidad, al ser emplea-da en la
práctica; ha ciado origen a lo que yo llamo Fatum Mahometanun, o el destino a
la turca, porque se imputa a los turcos el que no evitan los peligros ni
abandonan los lugares atacados por la peste, valiéndose de razonamientos
iguales a los que acabo de exponer. Porque lo que se llama Fatum Stoicum no era
tan negro como se le supone; no apartaba a los hombres del cuidado de sus
negocios; sino que tendía a darles tranquilidad respecto de los sucesos,
apelando a la consideración de la necesidad, que hace inútiles nuestras
zozobras y nuestros disgustos; en lo cual estos filósofos no se alejaban
enteramente de la doctrina de Nuestro Señor, que nos disuade de que tengamos
tales inquietudes con rela-ción al día del mañana, comparándolas con los
esfuerzos que hiciera un hombre para agrandar su talla.
Es cierto que las enseñanzas de los estoicos (y quizá también las de
algunos filósofos célebres de nuestro tiempo), como se limitan a esta supuesta
necesidad, no pueden inspi-rar más que una paciencia forzada; mientras que
Nuestro Señor inspira pensamientos más elevados, y hasta enseña el medio de
estar contentos, cuando nos asegura que, cuidando Dios, que es perfectamente
bueno y sabio, de todo, hasta de cada cabello de nuestra cabeza, debe ser
nuestra confianza en él completa y entera; de manera que si fuéramos capaces de
comprenderle, veríamos que no hay ni siquiera posibili-dad de desear cosa mejor
(así en absoluto como respecto de nosotros), que lo que él hace. Es como si se
dijera a los hombres: cumplid vuestro deber, y mostraos satisfechos con lo que
suceda, no sólo porque no podréis resistir a la Providencia divina o a la
naturaleza de las cosas (lo cual puede bastar para estar tranquilo, pero no
para estar contento), sino también porque no podéis servir a mejor amo. Esto es
lo que puede llamarse Fatum Christianum.
Sin embargo, sucede que la mayor parte de los hombres, hasta los
cristianos, dejan entrar en su vida práctica alguna mezcla del destino a la
turca, aunque no se den cuenta de ello. Es cierto que no permanecen en la
inacción y en el abandono, cuando peligros evidentes y manifiestos y grandes
esperanzas se presentan, porque de seguro que saldrán de una casa que amenace
ruina, se alejarán de un precipicio que encuentren en el carzino y no dejarán
de cavar para desente-rrar un tesoro medio descubierto, sin esperar a que el
destino lo saque a flor de tierra. Pero cuando el bien y el mal son lejanos y
dudosos y el remedio penoso o poco agradable, entonces la razón perezosa nos
parece muy buena; y así, por ejemplo, cuando se trata de conservar la salud y
aun la vida por medio de un buen régimen, si se aconseja éste, muchos responden
con frecuencia que nuestros días están contados y que de nada sirve luchar con
lo que Dios nos tiene destina-do. Pero estas mismas personas recurren a los
remedios más ridículos cuando se aproxima el mal que habían despreciado. De
igual manera se razona cuando la deliberación es un poco espinosa, como, por
ejemplo, cuando se pregunta: quod vitae sectabor iter?, ¿qué profesión debe
escogerse?, así co-mo también cuando se trata del arreglo de un matrimonio, de
una guerra que se va a emprender, de una batalla que de-be librarse; porque en
estos casos muchos no quieren tomar-se el trabajo de discutir y abandonan todo
a la suerte, como si la razón debiera emplearse sólo en los casos fáciles. En-tonces
se razonará a la turca (aunque se llame esto sin razón fiarse a la Providencia,
cosa que sólo tiene lugar propiamente cuando ha cumplido antes una su deber) y
se aplicará la ra-zón perezosa, deducida del destino irresistible, para
dispen-sarse de razonar como es debido; sin considerar que si este modo de
discurrir contra el uso de la razón fuera bueno, debería valer siempre, sea o
no fácil la deliberación. Esta pereza es, en parte, también el origen de las
prácticas su-persticiosas de los adivinos, cosa a que los hombres se dan tan
fácilmente como a buscar la piedra filosofal; porque que-rrían alcanzar la
felicidad por caminos muy cortos y sin nin-gún género de trabajo.
No me refiero aquí a los que se abandonan a la fortuna porque hasta
entonces han sido afortunados, como si en este punto pudiera haber fijeza. Su
razonamiento, que deduce de lo pasado lo porvenir, es tan poco fundado como los
princi-pios de la astrología y de la adivinación; no consideran que en la
fortuna hay ordinariamente un flujo y un reflujo, una marea -como dicen los
italianos cuando juegan a la bazeta, y hacen observaciones singulares sobre
este punto, de las que, por mi consejo, nadie debe fiarse. Sin embargo, esta
confian-za que se tiene en la propia fortuna sirve muchas veces para dar valor
a los hombres, sobre todo a los soldados, hacién-doles ver efectivamente el
buen resultado que en tales situa-ciones alcanzan, al modo que las predicciones
producen con frecuencia la realización de aquello que se predice; y, así, se
afirma de los mahometanos que su creencia en el destino les hace ser valientes
y determinados. Por esto sucede que a veces los errores mismos tienen su
utilidad, pero ordinaria-mente es sólo para remediar otros errores, mientras
que la verdad vale más en absoluto.
De esta supuesta necesidad del destino se abusa princi-palmente cuando
nos servimos de ella para excusar nuestros vicios y nuestro libertinaje. He
oído decir muchas veces a jóvenes de talento, que se la echaban de
despreocupados, que es inútil predicar la virtud, reprender el vicio, esperar
recompensas y temer los castigos, puesto que puede decirse con el libro de los
destinos, que lo que está escrito, escrito está, sin que nuestra conducta pueda
mudarlo en nada; y que lo mejor es que cada cual siga su natural tendencia,
fijándose sólo en lo que nos complazca en el momento. Estos jóvenes no
reflexionaban en las consecuencias extrañas a que condu-ce este argumento, el
cual prueba demasiado, puesto que demostraría, por ejemplo, que debe tomarse
una bebida agradable, aun cuando uno sepa que es un veneno. Si fuese válido
semejante razonamiento, yo podría decir con la mis-ma razón: si está escrito en
el libro de las Parcas que el vene-no me ha de matar al presente o ha de
causarme daño, me sucederá eso mismo aun cuando no tome la bebida; y si no está
escrito, no me sucederá nada, aun cuando lo tome y, por consiguiente, podré
impunemente dejarme llevar de la ten-dencia a tomar lo que me es agradable, por
pernicioso que sea, lo cual es un absurdo manifiesto. Esta objeción les
con-vencía un tanto, pero volvían siempre a su razonamiento torciéndole de
diferentes maneras, hasta que se les hizo comprender en qué consiste el vicio
del sofisma; esto es, que es falso que el suceso se verificará hágase lo que se
quiera; se verificará porque se hace aquello que conduce a él; y si el suceso
está escrito, la causa que hará que se verifique, está escrita también. Y así
la relación entre los efectos y las cau-sas, lejos de fundar la doctrina de una
necesidad perjudicial en la práctica, sirve para destruirla.
Pero sin tener intenciones malas o inclinadas al liberti-naje, pueden
apreciarse otros resultados de esa necesidad fatal, considerando que destruiría
el libre albedrío, tan esen-cial a la moralidad de la acción; puesto que la
justicia y la injusticia, la alabanza y la reprensión, la pena y la
recompen-sa, no pueden tener lugar respecto de las acciones necesarias, en
cuanto nadie está obligado a hacer lo imposible o a no hacer lo que es
absolutamente necesario. No se tendrá la intención de abusar de esta reflexión
para favorecer el de-sorden, pero no dejará de encontrarse embarazo cuando se
trate de juzgar las acciones de los demás, y sobre todo de responder a las
objeciones, de que hablaré más adelante, y entre las cuales las hay que afecten
a las acciones de Dios. Y como una necesidad insuperable abriría la puerta a la
impie-dad, ya por la impunidad que pudiera inferirse de ella, ya por la
inutilidad que habría en querer resistir un torrente que todo lo arrastra,
importa fijar los diferentes grados de la ne-cesidad y hacer ver que hay unos
que no pueden dañar, así como hay otros que no pueden admitirse sin dar lugar a
ma-las consecuencias.
Algunos van todavía más lejos. No contentos con valer-se del pretexto de
la necesidad, para probar que la virtud y el vicio no constituyen el bien ni el
mal, tienen el atrevimiento de hacer a la divinidad cómplice de sus desórdenes,
e imitan
a los antiguos paganos, que atribuían a los dioses las causas de sus
crímenes, como si una divinidad pudiera conducirlos al mal.
La filosofía de los cristianos, que reconoce mejor que la de los
antiguos la dependencia de las cosas del primer autor y el concurso de éste en
todas las acciones de las criaturas, ha aumentado, al parecer, esta dificultad.
Algunos pensadores ilustres de nuestro tiempo han llegado hasta privar de toda
acción a las criaturas; y M.Bayle, que se inclinaba a esta opi-nión
extraordinaria, se ha servido de ella para resucitar el dogma desacreditado de
los dos principios o de los dos dio-ses, el uno bueno y el otro malo, como si
este dogma pudiera resolver mejor las dificultades sobre el origen del mal;
aun-que, por otra parte, reconoce que es una opinión insosteni-ble, y que la
unidad del principio está fundada incontestablemente en razones a priori; pero
quiere inferir de aquí que nuestra razón se ve confundida y no puede
satisfa-cer a las objeciones que ocurren, sin que por esto deba dejar-se de
mostrar una firme adhesión a los dogmas revelados que nos enseñan la existencia
de un solo Dios perfectamente bueno, perfectamente poderoso y perfectamente
sabio. Pero muchos lectores que se convenzan de que son insolubles sus
objeciones, y que las consideren por lo menos tan fueres como las pruebas de la
verdad de la religión, deducirán de ellas consecuencias perniciosas.
Aun cuando no concurra Dios a las malas acciones, siempre nos
encontramos con la dificultad de que las prevee, de que las permite,
pudiéndolas impedir por virtud de su omnipotencia. Esto ha dado ocasión a
algunos filósofos, y también a algunos teólogos, para que les pareciera
preferible negar a Dios el conocimiento del pormenor de las cosas y sobre todo
de los sucesos futuros, antes que conceder lo que creían incompatible con su
bondad. Los socinianos y Conra-do Vorstius1 se inclinan a esta opinión; y Tomás
Bonartes2, seudónimo bajo el cual se oculta un jesuita inglés muy sabio, que
escribió un libro de Concordia scientiae cum fide (Con-cordia de la ciencia con
la fe), de que hablaré más adelante, parece insinuar lo mismo.
Todos ellos incurren en un gran error; pero no caen menos en él otros
que, persuadidos de que nada se hace sin la voluntad y sin el poder de Dios, le
atribuyen intenciones y acciones tan indignas del más grande y mejor de todos
los seres, que no parece sino que estos autores renuncian efecti-vamente al
dogma que declara la justicia y la bondad de Dios. Han creído que, siendo dueño
soberano del Universo, puede, sin menoscabo de su santidad, hacer que se
cometan pecados, sin más razón que porque así le agrada o por tener el gusto de
castigar; y hasta que podría tenerlo en afligir por una eternidad a esos
inocentes sin ser por eso injusto, por-que nadie tiene derecho ni poder para
contrarrestar sus ac-ciones. Algunos han llegado hasta decir que de hecho Dios lo
hace así; y so pretexto de que nosotros somos nada con relación a él, nos
comparan con los gusanos de la tierra, que los hombres destruyen al andar sin
notarlo; o en general con Vorst, ministro
protestante, nació en 1624, en Wesselbourg (Holstein), y murió en Berlín, en
1676. (Esta nota es de M. Janet, así como todas las que siguen).
Barton
(Tomás); véase más adelante (pág. 105).
los animales que no son de nuestra especie, y a los cuales ningún
escrúpulo tenemos en maltratar.
Yo creo que muchas personas, por otra parte bien in-tencionadas, llegan
a abrigar estos pensamientos porque no conocen lo bastante sus consecuencias.
No ven que esto destruye la justicia de Dios, porque, ¿qué noción podemos
formarnos de una especie de justicia que no tiene otra regla que la voluntad,
es decir, en que la voluntad no es regida por las reglas del bien, sino que
hasta se dirige directamente al mal? A no ser que esta noción sea la misma que
la contenida en la definición tiránica de Thrasimaco, en Platón, quien decía,
que lo justo no es más que lo que agrada al más pode-roso3. A esto vienen a
parar, sin pensar en ello, los que fun-dan toda obligación en la coacción, y
toman por lo mismo el poder como medida del derecho. Es seguro que se abando-narán
estas máximas, tan extrañas y tan poco propias para hacer a los hombres buenos
y caritativos a imitación de Dios, cuando los que las profesan hayan
considerado que un Dios que se complaciera en el mal de otro, no podría
distin-guirse del principio del mal de los Maniqueos, en el supuesto que éste
se hiciera único dueño del universo; y por consi-guiente, que al verdadero Dios
deben atribuirse sentimientos que le hagan digno del título de principio del
bien.
Por fortuna estos dogmas exagerados apenas se sostie-nen entre los
teólogos; pero, sin embargo, algunas personas de capacidad, que se complacen en
crear dificultades, los hacen revivir, aumentando así nuestros embarazos, al
juntar las controversias, que la teología cristiana suscita, con las disputas
de la filosofía. Los filósofos tratan las cuestiones de la necesidad, de la
libertad y del origen del mal; y los teólo-gos, junto con éstas, las del pecado
original, la de la gracia y la de la predestinación. La corrupción original del
género humano, procedente del primer pecado, nos parece que ha impuesto la
necesidad natural de pecar, si falta el auxilio de la gracia divina; pero,
siendo la necesidad incompatible con el castigo, se inferiría de aquí que debió
darse una gracia sufi-ciente a todos los hombres; lo cual no parece muy
conforme con la experiencia.
República
de Platón, lib. I.
Pero la dificultad es grande, sobre todo con relación a lo dispuesto por
Dios respecto de la salvación de los hombres. Son pocos los salvados o
elegidos; luego Dios no tiene la voluntad de decretar que sean muchos. Y puesto
que se re-conoce que los elegidos no lo merecen más que los que no lo son, ni
son menos malos en el fondo, procediendo sólo de Dios lo que tienen de bueno,
la dificultad se aumenta y se agrava. ¿Dónde está, pues, la bondad de Dios? La
parcialidad o preferencia en favor de las personas es contraria a la justi-cia,
y el que limita su bondad sin motivo no puede suponerse que tenga mucha. Es
cierto que los que no son elegidos se pierden por su propia falta, porque
carecen de buena volun-tad y de una fe viva, pero estas condiciones sólo de Dios
pueden recibirlas. Es sabido que además de la gracia interna, son las ocasiones
externas las que de ordinario distinguen a los hombres, y que la educación, la
conversación y el ejem-plo corrigen muchas veces o corrompen la índole natural.
Pero si Dios crea circunstancias favorables para los unos, y abandona a los
demás a otras distintas que contribuyen a su desgracia, ¿no hay motivo para que
uno se sorprenda? Y no basta (al parecer) decir con algunos, que la gracia
interna es universal e igual para todos, puesto que estos mismos auto-res se
ven obligados a recurrir a la exclamación de San Pablo, diciendo: ¡oh,
profundidad! cuando consideran cuánto se distinguen los hombres por las gracias
externas, por decirlo así; esto es, que aparecen en medio de una diversidad de
circunstancias que Dios hace que se produzcan, de las cuales los hombres no son
dueños, y que sin embargo, tienen una gran influencia sobre lo que se refiere a
su salvación.
Tampoco se adelanta nada diciendo con San Agustín, que estando todos los
hombres comprendidos en la conde-nación por el pecado de Adán, Dios podía
dejarlos abando-nados a su suerte miserable, así que sólo por un acto de pura
bondad saca a algunos de ella. Porque además de que es ex-traño que el pecado
de otro pueda dañar a un tercero, siem-pre queda en pie la cuestión; ¿por qué
Dios no los saca a todos de esa condición desgraciada, por qué sólo salva a los
menos, y por qué prefiere los unos a los otros? Dios es due-ño de ellos, es
verdad; pero es un dueño bueno y justo; su poder es absoluto, pero su sabiduría
no le permite ejercerlo de una manera arbitraria y despótica, que sería
realmente tiránica.
Además, como la caída del primer hombre se ha verifi-cado con el permiso
de Dios, y Dios no resolvió el permi-tirlo sino después de haber previsto sus
consecuencias, que son la corrupción de la masa del género humano, y la
elec-ción de un pequeño número de elegidos con el abandono de todos los demás,
es inútil que nos ocultemos la dificultad, ateniéndonos a esa masa ya
corrompida; puesto que es preci-so remontarse, por más que nos pese, al
conocimiento de las consecuencias del primer pecado, el cual es anterior al
de-creto en que Dios lo ha permitido, y por el cual ha permitido al mismo
tiempo, que los reprobados se vieran envueltos en esa perdición de la que no
habrían de ser sacados; porque Dios y el sabio nada resuelven sin tener en
cuenta las conse-cuencias.
Espero poder resolver todas estas dificultades. Se hará ver que la
necesidad absoluta, que se llama también lógica y metafísica y algunas veces
geométrica, y que es la única te-mible, no se da en las acciones libres; y por
tanto que la li-bertad está exenta, no sólo de coacción, sino también de
verdadera necesidad. Se hará ver que Dios mismo, aunque escoge siempre lo
mejor, no obra por una necesidad absolu-ta; y que las leyes de la naturaleza
que Dios le ha prescrito sobre la conveniencia, ocupan un punto medio entre las
ver-dades geométricas absolutamente necesarias y los decretos arbitrarios; cosa
que M. Bayle y otros filósofos modernos no han comprendido lo bastante. También
se probará que hay una diferencia en la libertad, porque no hay necesidad abso-luta
ni de una ni de otra parte; pero que jamás hay una dife-rencia que produzca un
equilibrio perfecto. Se mostrará igualmente que en las acciones libres hay una
perfecta es-pontaneidad que se extiende más allá de todo lo que se ha concebido
hasta ahora. Por último, se hará ver que la necesi-dad hipotética y la
necesidad moral, que subsisten en las acciones libres, no producen ningún
inconveniente, y que la razón perezosa es un verdadero sofisma.
46
En cuarto al origen del mal, con relación a Dios, hare-mos una apología
de sus perfecciones, las cuales no descu-bren menos su santidad, su justicia y
su bondad, que su grandeza, su poder y su independencia. Mostraré cómo es
posible que todo dependa de él, que concurre a todas las acciones de las
criaturas, y hasta que crea a éstas continua-mente, sin ser, eso no obstante,
el autor del pecado; con cuyo motivo se demuestra cómo debe concebirse la
natura-leza privativa del mal. Haremos más; quedará probado cómo el mal tiene
otro origen que la voluntad de Dios, y que hay por tanto razón para decir del
mal culpable, que Dios no lo quiere, sino que solamente lo permite. Además, y
esto es lo más importante, se demostrará que Dios ha podido permitir el pecado
y la miseria y concurrir y contribuir a ella sin me-noscabo de su santidad ni
de su bondad supremas; aunque, absolutamente hablando, haya podido evitar estos
males.
En cuanto a la materia de la gracia y de la predestina-ción, se
justifican las expresiones más singulares, como, por ejemplo: que nosotros sólo
nos convertimos por la gracia preveniente de Dios; que sólo podemos hacer el
bien con su asistencia; que Dios quiere la salvación de todos los hom-bres, y
que sólo condena a los que tienen mala voluntad; que da a todos una gracia
suficiente, con tal que quieran aprove-charla; que siendo Jesucristo el
principio y el centro de la elección, Dios ha decretado la salvación de los
elegidos, por-que ha previsto que seguirán la doctrina de Jesucristo con una fe
viva; aunque sea cierto que esta razón de la elección no es la razón última, y
que esta previsión misma es a la vez un resultado de su decreto anterior, tanto
más cuanto que la fe es un don de Dios, y que él los ha predestinado a tenerla
por razones derivadas de un decreto superior, que dispensa las gracias y las
circunstancias según la profundidad de su suprema sabiduría.
Como uno de los hombres más entendidos de nuestro tiempo, cuya
elocuencia iguala a su penetración, y que ha dado grandes pruebas de una
erudición inmensa, se ha pro-puesto, llevado de no sé qué tendencia, a suscitar
con empe-ño todas las dificultades que en conjunto acabamos de indicar, nos ha
parecido que era éste un ancho campo para entrar con él en una discusión
circunstanciada. Se ve que M. Bayle (porque ésta es la persona a que me
refiero) tiene de su parte todas las ventajas para tratar estas cuestiones,
salvo por lo que hace al fondo de ellas; pero espero que la verdad (que él
mismo confiesa estar de nuestro lado) vencerá, desnuda y todo, a los adornos de
la elocuencia y de la erudición, con tal que se la desenvuelva en forma
conveniente; y nos prome-temos salir triunfantes con tanto más motivo, cuanto
que es la causa de Dios por la que abogamos, y que una de las má-ximas que
sostenemos aquí, muestra que la asistencia de Dios no falta a los que tienen
buena voluntad. El autor de este discurso cree haber dado pruebas de tenerla en
la aten-ción que ha prestado a estas materias. Las ha meditado desde su
juventud, ha conferenciado sobre ellas con los primeros hombres de nuestro
tiempo, y se ha instruido también con la lectura de buenos autores. Y el triunfo
que Dios le ha pro-porcionado (en opinión de muchos jueces competentes) en
otras meditaciones profundas, algunas de las cuales tienen mucha relación con
este punto, le da quizá algún derecho para lisonjearse con que merecerá la
atención de los lectores que amen la verdad y que sean capaces de hallarla.
Hay también razones particulares muy atendibles que le han movido a
tomar la pluma para escribir sobre este punto. Conversaciones que ha tenido
acerca de ellas con personas instruídas y hombres de Estado, en Alemania y en
Francia, y sobre todo con una princesa de las más ilustres y competen-tes4, han
contribuído a ello más de una vez. Tuvo el honor de exponer a esta princesa su
juicio sobre muchas opiniones mantenidas en el diccionario maravilloso de M.
Bayle, donde la religión y la razón aparecen en lucha, y donde su autor quiere
imponer silencio a la razón, después de haberla hecho hablar demasiado; a lo
cual llama él el triunfo de la fe. El autor (Leibnitz) hizo conocer ya entonces
que era de otra opinión, pero que no dejaba por eso de celebrar que tan precioso
ingenio como el de M. Bayle, diera ocasión a que se profundizaran materias tan
importantes como difíciles. Con-fesó haberlas examinado con mucha asiduidad, y
que había resuelto algunas veces publicar su pensamiento sobre este punto, cayo
objeto principal es estudiar el conocimiento de Dios, tal como debe hacerse
para excitar la piedad y alimen-tar la virtud. Esta princesa le exhortó
vivamente a que reali-zara su antiguo proyecto, a lo que se unieron las
súplicas de algunos amigos, y se creyó tanto más obligado a hacer lo que le
exigían cuanto que había motivo para esperar que en el curso de la discusión
las luces de M. Bayle le ayudarían mu-cho a dar a la materia la claridad que
podrá recibir con sus esfuerzos. Pero muchos obstáculos se atravesaron, y no
fue el menor la muerte de la incomparable reina. Sin embargo, sucedió que M.
Bayle se vio combatido por hombres exce-lentes que se propusieron examinar la
misma materia; él les respondió ampliamente y siempre con el mismo ingenio. El
autor que escribe esto, prestó atención a la polémica y estuvo a punto de tomar
Darte en ella. He aquí cómo.
Sofía
Carlota, reina de Prusia, hermana de Jorge I.
Había publicado yo un sistema nuevo que parecía muy propio para explicar
la unión del alma y el cuerpo, y que fue bastante aplaudido por los mismos que
no estaban de acuer-do con él, y hasta hubo personas muy entendidas que, según
me dijeron, habían tenido ya presentimientos de mi sistema, aunque sin haber
llegado a una explicación tan clara y preci-sa; y esto antes de haber visto lo
que yo había escrito. M. Bayle lo examinó en su diccionario histórico y crítico
en el artículo Rorarius5. Creyó que mis concepciones originales merecían ser
tomadas en cuenta, y dio a conocer su utilidad en ciertos aspectos, indicando
también lo que podía criticar-se. Yo no podía dejar de responder a tan
afectuosas mani-festaciones y a consideraciones tan instructivas como las
suyas, y para aprovecharlas mejor, hice que aparecieran algu-nos trabajos míos
en la Historia de las Obras de los Sabios, julio de 1690. M. Bayle contestó en
la segunda edición de su Jerónimo Rorario
nació en Pordenone en 1485 y murió en 1556. Sólo es conocido por el artículo en
que Bayle se ocupó de él en su Dicciona-rio. Su opúsculo: Quod animalia bruta
sape ratione utantur melius homi-ne (Sobre el hecho de que a menudo los
animales brutos hacen uso de la razón mejor que el hombre), publicado por Naudé
con una disertación de éste: De anima brutorum (Sobre el alma de los brutos),
es el único auténtico. Bayle le atribuye una Oratio pro moribus inserta en el
primer volumen de las Misceláneas de J. C. Estort. 1732, en 8ª.
Diccionario; y le remití una réplica, que aún no ha salido a luz, sin
que yo sepa si ha respondido a su vez a ella.
Sin embargo, sucedió que M. Le Clerc6 insertó en su Bi-blioteca
escogida, un extracto del Sistema intelectual del di-funto M. Cudworth, en el
cual explicaba ciertas naturalezas plásticas, que este excelente autor
introducía en la formación de los animales. M. Bayle creyó (véase la
Continuación de pensamientos diversos, capítulo XXI, artículo II), que
care-ciendo estas naturalezas de conocimiento, si se las admitiera, se
debilitaría el argumento que prueba por medio de la ma-ravillosa formación de
las cosas, que es imprescindible que el universo tenga una causa inteligente.
M. Le Clerc replicó (artículo IV, tomo 5° de la Biblioteca escogida), que estas
naturalezas tenían necesidad de ser dirigidas por la sabiduría divina. M. Bayle
insistió (artículo VII de la Historia de las Obras de los Sabios, agosto de
1704), en que una simple dirección no bastaba a una causa desprovista de
conoci-miento, no la tomaría por un mero instrumento de Dios, en cuyo caso
sería inútil. Se tocó con este motivo, aunque de pasada, mi sistema, y esto me
dio ocasión para remitir una breve Memoria al autor célebre de la Historia de
las obras de los Sabios, que se publicó en el mes de mayo de 1705, artí-culo
IX, donde traté de hacer ver que en realidad el meca-nismo basta para producir
los cuerpos orgánicos de los animales, sin que haya necesidad de otras
naturalezas plásti-cas, con tal que se añada la preformación orgánica ya
com-pleta en los gérmenes de los cuerpos que nacen, contenidos en los de los
cuerpos de que ellos han nacido, hasta llegar a los gérmenes primeros; lo cual
sólo puede proceder del autor de las cosas, infinitamente poderoso e
infinitamente sabio, quien, al hacerlo todo en un principio con orden, ha
preesta-blecido todo el orden y lo que se ha de producir en lo futuro. De esta
manera no hay caos en el interior de las cosas, y el organismo se da por todas
partes en una materia cuya dispo-sición procede de Dios. Esto se descubrirá y
se verá más claramente cuanto más se adelanta en el estudio de la ana-tomía de
los cuerpos, y se seguirá observando, aunque se pueda caminar hasta el
infinito, como hace la naturaleza, y continuar la subdivisión con nuestro propio
conocimiento, como la naturaleza misma la ha continuado en efecto.
6 Juan Le Clerc, célebre crítico nació en Ginebra en 1657. Se fijó en
Holanda en 1683, y murió en 1736. Entre sus numerosas obras citaremos sus
Conversaciones sobre diversas materias de Teología, Amsterdam, 1685, y su
Biblioteca universal e histórica (1684-1693) de la que es conti-nuación la
Biblioteca escogida (1703-1713) formando en conjunto 54
Como para explicar esta maravilla de la formación de los animales me
valí de una armonía preestablecida, es decir, del mismo medio que había
empleado para explicar otra maravilla, cual es la correspondencia del alma con
el cuerpo, en la que hice ver la uniformidad y la fecundidad de los prin-cipios
de que me había servido, parece que esto dio ocasión a M. Bayle para recordar
de nuevo este sistema mío, que da razón de esta correspondencia, y que él mismo
había exami-nado en otro tiempo. Declaró, pues, (capítulo 180 de su Respuesta a
las preguntas de un provinciano, página 1253, título 3°), que no le parecía
racional que Dios pudiera dar a
volúmenes en 18°, Es una mina bibliográfica inagotable sobre el siglo
XVII.
la materia o a cualquiera otra causa, la facultad o poder de organizar,
sin comunicarle la idea y el conocimiento de la organización; y que no estaba
dispuesto a creer que Dios, con todo su poder sobre la naturaleza, y con toda
la pres-ciencia que tiene de los accidentes que pueden sobrevenir, haya podido
disponer las cosas de manera que sólo por me-dio de las leyes mecánicas un
barco (por ejemplo) vaya al puerto a que está destinado, sin ser gobernado
durante su camino por un director inteligente. Me sorprendió ver que se
pusieran límites al poder de Dios sin alegar ninguna prueba, y sin hacer ver
que resultaría alguna contradicción del lado del objeto, o alguna imperfección
de parte de Dios, a pesar de que había ya demostrado antes en mi respuesta, que
los hombres mismos hacen muchas veces, por medio de autó-matas, algo semejante
a los movimientos que nacen de la razón; y que un Espíritu finito (pero muy
superior al nues-tro), podría ejecutar también lo que M. Bayle cree imposible
para la divinidad; además de que arreglando Dios de ante-mano todas las cosas a
la vez, la exactitud del camino que el barco siguiera, no sería más extraño que
el que hace un cohete que marcha a lo largo de una cuerda en los fuegos
artificiales, en cuanto hay entre las reglas a que obedecen todas las cosas,
una perfecta armonía y se determinan mu-tuamente.
Esta declaración de M. Bayle me comprometía a dar una respuesta, y me
proponía hacerle ver que, a menos que se diga que Dios forma, él mismo, los
cuerpos orgánicos por un milagro continuo, o que dé el encargo de hacerlo a
inteli-gencias cuyo poder y cuya ciencia sean casi divinas, es im-
53
GODOFREDO G. LEIBNITZ
prescindible creer que Dios ha preformado las cosas de ma-nera que las
organizaciones nuevas sean sólo un resultado mecánico de una constitución
orgánica precedente, como cuando las mariposas nacen de los gusanos de seda, en
lo cual M. Swammerdam7 ha demostrado que no hay más que una transformación.
Hubiera añadido, que la preformación de las plantas y de los animales es una
verdadera prueba que confirma mi sistema de la armonía preestablecida entre el
alma y el cuerpo, en la que éste es arrastrado por su constitu-ción original a
ejecutar, con el auxilio de las cosas externas, todo lo que hace siguiendo la
voluntad del alma; a la manera que los gérmenes. por su constitución original,
ejecutan na-turalmente las intenciones de Dios, por virtud de un artificio
mayor aún que el que hace que en nuestro cuerpo todo se ejecute conforme a las
resoluciones de la voluntad. Y puesto que el mismo M. Bayle cree, y con razón,
que hay más artifi-cio en la organización de los animales que en el más bello
poema del mundo o en la más preciosa invención de que el espíritu humano sea
capaz, se sigue de aquí que mi sistema del comercio del alma con el cuerpo es
tan fácil como la opinión común sobre la formación de los animales; porque esta
opinión (que me parece verdadera) muestra en efecto
7 Swammerdam (Juan), célebre anatómico holandés, nació en 1637 en
Amsterdam y murió en esta ciudad en 1680. Es conocido principalmente por sus
trabajos sobre los insectos. Sus principales obras son: hliraculum naturae, seu
uteri mulieris fabrica, donde expone todo el sistema de la generación (Leyde,
1672, en 4º). Historia general de los insectos, en holandés (Utrecht, 1669, en
4º), traducción francesa, Utrecht, 1652, en 4°). Historia de las efemérides que
pasa por su obra maestra (en holan-dés, Amsterdam, 1675, en 8º), traducida al
latín (Londres, 1681, en 4º); y
54
TEODICEA
que la sabiduría de Dios ha creado la naturaleza de tal mane-ra, que
ella es capaz, en virtud de sus leyes, de formar los animales; y yo he
conseguido aclarar esto, y hacer patente su posibilidad por medio de la
preformación. Visto esto, no se tendrá por extraño que Dios haya hecho el
cuerpo de mane-ra que en virtud de sus propias leyes pueda ejecutar los
de-signios del alma racional, puesto que todo lo que ésta puede ordenar al
cuerpo, es menos difícil que la organización que Dios ha ordenado a los gérmenes.
M. Bayle dice (Resp. a un prov., cap. 232, p. 1294), que ha sido recientemente
cuando ha habido personas que han creído que la formación de los cuerpos vivos
no puede ser una obra natural; lo cual podría decir el mismo Bayle, conforme a
sus principios, de la co-rrespondencia del alma con el cuerpo, puesto que Dios
es el que realiza por completo este comercio en el sistema de las causas
ocasionales, adoptado por este autor. Pero yo no ad-mito lo sobrenatural, sino
en el comienzo de las cosas, res-pecto a la primera formación de los animales,
o respecto a la constitución originaria de la armonía preestablecida entre el
alma y el cuerpo; después de lo cual, sostengo que la forma-ción de los
animales y la relación entre el alma y el cuerpo son tan absolutamente
naturales al presente, como las demás operaciones ordinarias de la naturaleza.
Así es, sobre poco más o menos, cómo se razona comúnmente acerca del ins-tinto
y de las operaciones maravillosas de las bestias. Se re-conoce en tal caso la
razón, no en las bestias, sino en el que las ha formado. En este punto sigo la
opinión común, pero
finalmente, su Biblia naturae obra póstuma (Lsyde, 1727) traducida al
francés en los tomos IV y V de la Colección académica de Dijon.
55
GODOFREDO G. LEIBNITZ
espero que mi explicación le habrá dado más realce, más claridad y
también más amplitud.
Ahora bien, debiendo justificar mi sistema contra las nuevas
dificultades expuestas por M. Bayle, tuve también intención de comunicarle los
pensamientos que hace largo tiempo tenía sobre las objeciones hechas por él a
los que han defendido el acuerdo de la razón con la fe, respecto de la
existencia del mal. Pocos hay quizá que hayan trabajado más que yo en esta
cuestión. Apenas podía entender mediana-mente los libros escritos en latín,
cuando ya tuve ocasión de registrarlos en cierta biblioteca, saltando, como
quien dice, de uno a otro; y como las materias que piden meditación me
agradaban tanto como las historias y las fábulas, me encantó la lectura de la
obra de Lorenzo Valla contra Boecio8 y la de Lutero contra Erasmo, aunque
conozco bien que tienen necesidad de alguna corrección. Leí también los libros
de Controversia y, entre otros escritos de esta naturaleza, las Actas del
diálogo de Montbeliard que reanimaron la disputa y me parecieron instructivas.
Tampoco descuidé las ense-ñanzas de nuestros teólogos; y lejos de turbarme la
lectura de sus adversarios, sirvió para confirmarme en las opiniones moderadas
de las Iglesias de la Confesión de Augsbourg. Tuve, en mis viajes, ocasión de
conferenciar con algunos hombres excelentes de diferentes partidos, como M.
Pedro
Boecio, uno de los últimos grandes
hombres de la antigüedad, nació en Roma en 470, fué ministro de Teodorico,
quien después de haberlo tenido preso lo condenó a muerte en 526. Su obra más
conocida es su Consuelo de la filosofía (Leyde, 1656, en 8º). La más antigua
edición de sus obras es la de Venecia, 1491, en folio; la mejor, la de Basilea,
1570, en folio.
56
TEODICEA
de Wallenbourg9, sufragáneo de Maguncia, M. Juan Luis Fabricio10, primer
teólogo de Heidelberg, y, por último, con el célebre M. Arnauld, a quien
comuniqué mi diálogo latino de mi cosecha sobre esta materia, allá por el año
de 1673, donde ya afirmaba yo terminantemente que habiendo esco-gido Dios el
más perfecto de todos los mundos posibles, ha permitido por su sabiduría el mal
ajeno al mismo, pero que esto no obstaba a que, teniéndolo todo en cuenta y
aten-diendo al conjunto, fuese este mundo el mejor que ha podi-do escogerse.
Después he leído toda clase de buenos libros sobre estas materias, y he
procurado adelantar en aquellos conocimientos que son a propósito para
descartar todo lo que pudiera oscurecer la idea de la soberana perfección que
es preciso reconocer en Dios. Tampoco me he desentendido de examinar los
autores más rígidos y que más lejos han lle-vado el principio de la necesidad
de las cosas, tales como Hobbes y Espinoza, el primero de los cuales ha
sostenido esta necesidad absoluta, no sólo en sus Elementos físicos y en otras
obras, sino también en un libro escrito adrede con-
Pedro de Wallembourg o Wallenburch
y su hermano Adriano, ilustres teólogos católicos del siglo XVII, que nunca se
separaron. Nacidos en Rotterdam, se consagraron ambos a la Teología y a la
defensa del catoli-cismo. Adriano murió en Colonia en 1669. Pedro, sufragáneo
de Magun-cia, murió en 1675. Sus obras completas las publicaron ellos mismos en
dos volúmenes, en folio (Colonia 1669-71).
Juan Luis Fabricio, profesor de
Heidelberg, sabio teólogo que no debe confundirse con el célebre bibliógrafo
(Juan Alberto), nació en Scha-ffouse en 1632, y murió en Francfort en 1697. Se
conoce de él una Apología generis hhumani contra calumniam atheismi (Apología
del género humano contra la calumnia de ateísmo), y algunas otras obras
teológicas.
57
GODOFREDO G. LEIBNITZ
tra el obispo Bramhall11. Y Espinoza pretende, poco más o menos como un
antiguo peripatético llamado Estratón12, que todo procede de la primera causa o
de la naturaleza primitiva por virtud de una necesidad ciega y geométrica, sin
que este primer principio de las cosas sea capaz de elección, ni de bondad, ni
de inteligencia.
Creo haber hallado el medio de demostrar lo contrario de una manera que
instruye, y que hace que se penetre al mismo tiempo en el interior de las
cosas. Porque con los nuevos descubrimientos que he llevado a cabo sobre la
natu-raleza de la fuerza activa y sobre las leyes del movimiento, he hecho ver
que no son de una necesidad absolutamente geo-métrica, como Espinoza parece
haber creído; pero que tam-poco son puramente arbitrarias, por más que sea ésta
la opinión de M. Bayle y de algunos filósofos modernos; sino que dependen de la
conveniencia, como he dicho antes, o de lo que yo llamo principio de lo mejor;
y que en esto, como en todas las demás cosas, se reconocen los caracteres de la
primera sustancia, cuyas producciones acusan una sabiduría soberana y constituyen
la más perfecta de las armonías.
He hecho ver también, que esta armonía es la que funda el enlace tanto
de lo porvenir con lo pasado, como de lo presente con lo ausente. La primera
especie de enlace une los tiempos, y la otra une los lugares. Este segundo
vínculo
Bramhall, teólogo anglicano y
metropolitano de Irlanda, nació en el condado de York en 1593, y murió en 1663.
Sus obras se han publicado en Dublín, 1667 (un volumen en folio).
Estratón de Lempsaco, filósofo
peripatético, sucesor de Teofrasto, llamado el físico, vivió en el siglo III
antes de Jesucristo. Sólo se conoce su filosofía por algunos fragmentos. Véase
Diógenes Laercio, I, V., c. III.
58
TEODICEA
se muestra en la unión del alma con el cuerpo, y general-mente en el
comercio de las verdaderas sustancias, de unas con otras y con los fenómenos
materiales. Pero la primera tiene lugar en la preformación de los cuerpos
orgánicos, o más bien de todos los cuerpos, puesto que hay organismo en todo,
aunque no todas las masas constituyan cuerpos orgáni-cos; al modo que un
estanque puede muy bien estar lleno de peces o de otros cuerpos orgánicos,
aunque no sea él mismo un animal o cuerpo orgánico, sino sólo una masa que los
contiene. Y como había yo tratado de construir sobre tales fundamentos,
sentados de una manera demostrativa, el cuer-po entero de los conocimientos
principales que la pura razón nos puede enseñar, un cuerpo, digo, cuyas partes
estuviesen bien ligadas, y que pudiera satisfacer a las dificultades más
atendibles expuestas por los antiguos y por los modernos, establecí, con mis
propios conocimientos, un cierto sistema fijo sobre la libertad del hombre y
sobre el concurso de Dios. Este sistema me pareció distante de todo lo que
pudie-ra chocar con la razón y la fe; y sentí el deseo de darlo a co-nocer a M.
Bayle y también a sus contendientes. Y aunque acaba de fallecer, lo cual no es
una pequeña pérdida, como que pocos le han igualado en la doctrina y
penetración, co-mo la cuestión está pendiente y hay otras muchas personas
entendidas que trabajan en ella, llamando la atención del público, he creído
que debía aprovechar la ocasión para dar a la prensa una muestra de mis
pensamientos.
Bueno será observar, antes de concluir este prefacio, que al negar la
influencia física del alma sobre el cuerpo o del cuerpo sobre el alma, es
decir, una influencia que haga que
59
GODOFREDO G. LEIBNITZ
uno de ellos turbe las leyes del otro, no por eso niego la unión entre
ellos que forma su sostén; pero debe tenerse en cuenta que esta unión es algo
metafísico que no produce ningún cambio en los fenómenos. Es lo que he dicho ya
al responder a lo que el reverendo Padre de Tournemine13, cuyo espíritu y saber
no son comunes, me objetó en las Me-morias de Trevoux. Por esta razón puede
decirse, también en un sentido metafísico, que el alma obra sobre el cuerpo y
el cuerpo sobre el alma. Es asimismo cierto que el alma es la entelequia o
principio activo, mientras que lo corpóreo o lo puro material sólo contiene lo
pasivo, y por consiguiente que el principio de acción está en las almas, como
ya he explica-do más de una vez en el diario de Leipzig, y más particular-mente
al responder al difunto M. Sturm14, filósofo y matemático de Altdorf; donde he
demostrado que si sólo hubiera lo pasivo en los cuerpos, sus diferentes estados
se-rían indiscernibles. Diré igualmente con este motivo, que habiendo sabido
que el entendido autor del libro sobre El conocimiento de sí mismo15 consignó
en él algunas objecio-nes contra mi sistema de la armonía preestablecida, le
envié una respuesta a París, en la que le hacía ver que me había atribuido
opiniones de que yo estoy muy distante; cosa que
El P. Tournemine, sabio jesuita,
nació en Rennes, en 1661, y murió en París en 1739. Publicó numerosas
disertaciones en las Memorias de Trevoux, 1702 a 1736. Se conocen sus
Reflexiones sobre el ateísmo y una Carta sobre el alma, dirigida a Voltaire.
Juan Cristóbal Sturm, ilustre
sabio, nació en 1635, en Hilpostein (con-dado de Neubourg), fué profesor en la
Academia de Aitdorf, y murió en 1703. Se conoce su Filosofía ecléctica,
Nuremberg, 1686, en 8ª, y una Física hipotética, 1697, en 4°, dos volúmenes.
De
Lom Lami.
60
TEODICEA
hace poco hizo también un doctor anónimo de la Sorbona sobre otra
cuestión. Y estas equivocaciones las hubiesen advertido desde luego los
lectores, si estos autores hubieran citado mis propias palabras, en que han
creído poder fundar-se. Esta disposición de los hombres a equivocarse cuando
exponen las opiniones de otro, me mueve también a obser-var que cuando yo he
dicho en otro lugar que el hombre se ayuda con el auxilio de la gracia en la
conversión, quiero decir tan sólo que se aprovecha de ella en cuanto cesa la
resistencia que es vencida, pero sin ninguna cooperación por su parte; a la
manera que no hay cooperación por parte del hielo cuando se le rompe. Porque la
conversión es pura obra de la gracia de Dios, a la cual el hombre sólo concurre
resis-tiendo; siendo su resistencia mayor o menor según las per-sonas y las
ocasiones.
Las circunstancias contribuyen también más o menos a fijar nuestra
atención y a los movimientos que nacen en el alma; y el concurso de todas estas
cosas, junto con la medida de la impresión y el estado de la voluntad,
determinan el efecto de la gracia, pero sin hacerla necesaria. He explicado ya
en otra parte, que, con relación a las cosas referentes a la salud espiritual,
debe considerarse al hombre no regenerado como muerto; y apruebo mucho la
manera en que los teólo-gos de la confesión de Augsbourg se expresan sobre este
punto. Sin embargo, esta corrupción del hombre no regene-rado no le impide, por
otra parte, tener verdaderas virtudes morales, y hacer algunas veces acciones
buenas en la vida civil, las cuales pro- ceden de un buen principio, sin ninguna
intención mala y sin mezcla de pecado actual. En cuyo punto
61
GODOFREDO G. LEIBNITZ
espero se me perdonará el que me haya atrevido a separarme de la opinión
de San Agustín16, hombre grande, sin duda, y de una maravillosa inteligencia,
pero inclinado a veces a exa-gerar las cosas, sobre todo en el calor de la
polémica. Estimo mucho algunas personas que son por declaración propia
discípulos de San Agustín, una de ellas el reverendo padre Quesnel17, digno
sucesor del gran Arnauld en la prosecución de las controversias sostenidas con
la más célebre de las Compañías. Pero he visto que ordinariamente en los
com-bates entre las personas de insigne mérito (que las hay, sin duda, en ambos
partidos), está la razón por ambas partes, pero en puntos diferentes, y que se
halla más bien en las defensas que en los ataques; aunque por la malignidad
natu-ral del corazón humano son ordinariamente los ataques más agradables a los
lectores que las defensas. Espero que el re-verendo padre Ptolemei18, honra de
su compañía, y que se ocupa en llenar los vacíos de la doctrina del célebre
Belarmi-
16 San Agustín, ilustre padre de la Iglesia latina, nació en Tagaste, en
Africa, en 354. Todo el mundo conoce la historia de su conversión, referida por
él mismo en sus Confesiones. Fue obispo de Hippona en 395; combatió
enérgicamente a los Maniqueos, a los Donatistas y los Pelagianos. Su nombre va
envuelto siempre en la cuestión de la gracia. Sus Obras completas han sido
editadas por los benedictinos en once tomos en folio, en 1671.
El P. Quesnel, célebre jansenista,
nació en París en 1634, y murió en Amsterdam en 1659. Se conocen sus
Reflexiones morales, publicadas en 1694, que fueron origen de la segunda lucha
con los jansenistas, y oca-sión también de la famosa bula Unigenitas. Sus obras
teológicas son muy numerosas.
Ptolomei o Tolomei, cardenal,
aunque era jesuita, nació en Florencia en 1653, y murió en 1726. Hay de él una
Philosophia mentís et senssum (Filosofía del entendimiento y de los sentidos),
Roma, 1696, enfolio. Su Suplemento a las controversias de Belarmino, ha quedado
inédito.
62
to23
TEODICEA
no19, nos dará sobre este punto pruebast de su penetración y de su
saber, y, me atrevo a añadir, de su moderación. Y debe creerse que entre los
teólogos de la confesión de Augsbourg aparecerá algún nuevo Chemnice o algún
nuevo Calixto20, como se puede esperar que algún Usserius21 o algún Daillé22
revivirán entre los reformados; y que todos trabajarán más y más en deshacer
las equivocaciones que reinan en la materia. Por lo demás, celebraré que los
que quieran apurar este asunto, lean las objeciones puestas en forma con las
res-puestas que yo he dado a las mismas, en la pequeña diserta-ción que va al
fin de la obra, como sumario de la misma.
He procurado salir al encuentro de algunas nuevas obje-ciones que
pudieran hacerse, explicando,
verbigracia, por qué he adoptado
la voluntad antecedente y consiguiente co-mo previa y final, a ejemplo de Tomás
de Aquino, de Esco-y de otros;
cómo es posible
que haya
Belarmino, célebre controversista
del siglo XVI, arzobispo deCapua, nació en Toscana en 1542, y murió en 1621. Es
conocido por sus Con-troversias, entre las cuales es de notar la De Romano
Pontifice. manual de las doctrinas ultramontanas.
Calixto, Papa en 218, murió en
222. Se encuentran detalles curiosos sobre su pontificado en la obra de S.
Hipólito, recientemente encontrada y publicada en 1851 por M. Miller, bajo el
título de Philosophumena.
Santiago Usserius o Usher, teólogo
anglicano, arzobispo de Armag, nació en Dublín en 1580, y murió en 1656.
Escribió a la vez contra los católicos y los arminianos. Publicó gran número de
obras teológicas y, entre otras, por orden de Carlos I, una sobre el poder del
soberano don-de defiende la obediencia pasiva (1661).
Daillé, controversista protestante
nació en Chátellerault enel año 1594, y murió en Charenton en 1670. Fué muy
estimado hasta por los católi-cos. Se conocen de él tratados teológicos sin
ninguna relación con la filosofía.
Juan Duns Scot, ilustre
escolástico de la orden de los Franciscanos, nació en Escocia, en la villa de
Duns, ignorándose la fecha. Se sabe que
63
GODOFREDO G. LEIBNITZ
incomparablemente más bien en la gloria de todos los salva-dos, que mal
hay en la desdicha de todos los condenados, aunque sean estos últimos muchos
más; cómo al decir que el mal ha sido permitido como una condición sine qua non
del bien, yo lo entiendo, no según el principio de lo conveniente; cómo la
predeterminación, que yo admito, es siempre incli-nante, y nunca necesitante;
cómo Dios no rehusará nuevas luces necesarias a los que han usado bien de las
que tenían; y prescindo de otras aclaraciones que he procurado dar a cier-tas
dificultades que hace poco se me han propuesto. He se-guido también el consejo
de algunos amigos que han creído conveniente que añadiese dos apéndices: el uno
sobre la controversia suscitada entre M. Hobbes y el obispo Bra-mhall, tocante
a lo libre y a lo necesario, y el otro sobre la sabia obra, el Origen del mal,
publicada hace poco en Ingla-terra.
En fin, he tratado de referirlo todo a la virtud y la edifi-cación, y si
he dicho algo teniendo en cuenta la curiosidad, es porque me ha parecido
conveniente amenizar una materia que, por lo árida, podría sin eso cansar. Con
este objeto he introducido en este discurso la entretenida quimera de una
cierta teología astronómica, sin temor de que seduzca a na-die, y creyendo que
referirla y refutarla es todo uno. Ficción por ficción, en lugar de imaginarse
que los planetas han sido soles, también podrá concebirse que han sido masas
fundi-das en el sol, y arrojadas luego de allí, lo cual destruiría el
murió en 1308 en Colonia. Fué jefe de la escuela escotista, opuesta a
los tomistas en la cuestión de la gracia y en la de los universales. Sus obras
completas, publicadas por el P. Wadding (Lyon, 1639), comprenden doce volúmenes
en folio
64
TEODICEA
fundamento de esta teología hipotética. El antiguo error de los dos
principios, que los orientales distinguen con los nombres de Ormuz y de
Ahriman, me ha obligado a aclarar una conjetura referente a la historia remota
de los pueblos; puesto que hay trazas de que estos nombres fueron los de dos
grandes príncipes contemporáneos, el uno monarca de una parte del alta Asia,
donde hubo después otros del mismo nombre; y otro rey de los Celto-Escitas, que
penetró en los Estados del primero, y conocido además entre las divinida-des de
la Germania. Es de presumir que Zoroastro empleó los nombres de estos príncipes
como símbolos de poderes invisibles a que por sus empresas se asemejaban en la
opi-nión de los asiáticos. Aunque, por otra parte, si nos atene-mos a las relaciones
de los autores árabes, que deberían estar mejor informados que los griegos de
algunas particularidades de la antigua historia oriental, resulta que este
Zerdust o Zo-roastro, que suponen contemporáneo del gran Darío, no consideró
estos dos principios como absolutamente primiti-vos e independientes, sino como
dependiendo de un princi-pio único supremo, y que, conforme a la cosmogonía de
Moisés, creyó que Dios, que carece de padre, lo ha creado todo y ha separado la
luz de las tinieblas; que la luz ha existi-do conforme a su designio primitivo,
pero que las tinieblas han sido como su resultado, a la manera que la sombra
sigue al cuerpo, y que no son otra cosa que la privación de aquélla. Esto
eximiría a este antiguo autor de los errores que los grie-gos le atribuyen. Su
gran saber ha hecho que los orientales le hayan comparado con el Mercurio o
Hermes de los egipcios y de los griegos, a la manera que los septentrionales
han
65
GODOFREDO G. LEIBNITZ
comparado a su Wodan u Odin con ese mismo Mercurio. Por esta razón, el
miércoles o el día de Mercurio se llama wodansgad por los septentrionales, y
día de zerdust por los asiáticos, puesto que se le llama zarschamba o
drearschambe por los turcos y los persas, zerda por los húngaros, proce-dentes
del Oriente septentrional, y sreda por los eslavos, desde el extremo de la gran
Rusia hasta los Wendes del país de Lunebourg; habiendo tomado también los
eslavos este nombre de los orientales. Estas observaciones no desagrada-rán
quizá a los curiosos; y me lisonjeo de que el pequeño diálogo con que concluyen
los ensayos sobre M. Bayle, satis-fará a los que gustan de leer verdades tan
difíciles y tan im-portantes expuestas de una manera sencilla y familiar. Esta
obra se ha escrito en lengua extranjera, corriendo el riesgo de incurrir en
muchas faltas, porque esta materia ha sido re-cientemente tratada en ella por
otros, y será así más leída por las personas para quienes se desea que sea útil
este pequeño trabajo. Espero que las faltas de lenguaje procedentes, no sólo de
la imprenta y del copista, sino también de la precipi-tación con que la ha
escrito el autor en medio de muchas ocupaciones, serán dispensadas; y si algún
error se ha desli-zado al exponer las opiniones expuestas, seré el primero en
corregirlo tan pronto como lo eche de ver; y como ha dado, por otra parte,
señaladas pruebas de su amor a la verdad, se lisonjea con que no se tomará esta
declaración por un cum-plimiento.
66
TEODICEA
DISCURSO
SOBRE LA CONFORMIDAD DE LA FE CON LA RAZON
1. Comienzo por la cuestión
preliminar de la confor-midad de la fe con la razón, y de la utilidad de la
filosofía en la teología, porque tiene mucha influencia en la materia
prin-cipal que vamos a tratar, y porque M. Bayle la ventila en to-das sus
obras. Supongo que dos verdades no pueden contradecirse; que el objeto de la fe
es la verdad que Dios ha revelado de una manera extraordinaria, y que la razón
es el encadenamiento de las verdades, pero particularmente (cuando se la
compara con la fe) de las que el espíritu huma-no puede alcanzar naturalmente,
sin el auxilio de las luces de aquélla. Esta definición de la razón, es decir,
de la recta y verdadera razón, ha sorprendido a algunos, acostumbrados a
declamar contra ella cuando se la toma en un sentido vago. Me han objetado que
nunca habían oído que se le diera tal significación; lo cual nace de que jamás
conferenciaron con personas que se expresaran con claridad sobre estas
materias.
67
GODOFREDO G. LEIBNITZ
Me han confesado, sin embargo, que nada tenían que decir en contra de
ella, entendiéndola en el sentido en que yo lo hago. En este mismo sentido se
opone a veces la razón a la experiencia. Consistiendo la primera en el
encadenamiento de las verdades, hay que unir a éstas las conclusiones que la
segunda ha suministrado, para deducir de ellas conclusiones mixtas; pero la
razón pura y neta, distinta de la experiencia, sólo tiene que ver con las
verdades independientes de los sentidos. Mas puede compararse la fe con la
experiencia, puesto que la fe (con respecto a los motivos que la com-prueban)
depende de la experiencia de los que han visto los milagros en que se funda la
revelación y de la tradición digna de crédito que la ha hecho llegar hasta
nosotros, ya sea por medio de las Escrituras, ya por el testimonio de los que
la han conservado; del mismo modo que nos fundamos en la experiencia de los que
han visto la China y en la credibilidad de su dicho, cuando damos fe a las
maravillas que nos cuen-tan de aquel país lejano. Decimos esto sin perjuicio de
hablar en otra parte del movimiento interior del Espíritu Santo, que se apodera
de las almas, las persuade y las conduce al bien, es decir, a la fe y a la
caridad, sin que tenga siempre necesidad de motivos.
2. Ahora bien, las verdades de
razón son de dos clases. Unas se llaman verdades eternas, y son absolutamente
nece-sarias, de manera que lo opuesto implica contradicción, tales como
aquellas cuya necesidad es lógica, metafísica o geomé-trica, y que no es posible
negar sin caer en el absurdo. Hay otras que se pueden llamar positivas, porque
son las leyes que Dios ha tenido a bien dar a la naturaleza, o porque de-
68
TEODICEA
penden de él. Las sabemos, o por la experiencia, es decir, a posteriori;
o por la razón, o a priori, esto es, por las conside-raciones de conveniencia
que han motivado su elección. Esta conveniencia tiene también sus reglas y sus
razones; pero la elección libre de Dios, y no una necesidad geométrica, es la
que hace preferible lo conveniente y le da existencia. Y así puede decirse, que
la necesidad física se funda en la necesi-dad moral, es decir, en la elección
del sabio, digna de su sa-biduría; y que la una lo mismo que la otra deben
distinguirse de la necesidad geométrica. Esta necesidad física constituye el
orden de la naturaleza, y consiste en las reglas del movi-miento y en algunas
otras leyes generales a que ha querido Dios someter las cosas al darles la
existencia. Es cierto que Dios no las ha dado sin razón, porque Dios no escoge
nada por capricho o como al azar, o por una absoluta indiferencia; pero las
razones generales del bien y del orden, que le han movido, pueden en algunos
casos ser sobrepujadas por ra-zones superiores de un orden más elevado.
3. Esto muestra que Dios puede,
haciendo un milagro, dispensar a las criaturas de las leyes que les ha
prescrito, y producir en las mismas lo que su naturaleza no consiente; y cuando
ellas se ven elevadas hasta alcanzar perfecciones y facultades a que no pueden
arribar por su naturaleza, los escolásticos llaman a esta facultad una potencia
obediencial, es decir, que la cosa adquiere obedeciendo el mandato de aquél que
puede darle lo que ella no tiene; aunque estos es-colásticos citan comúnmente
ejemplos de esta potencia, que yo tengo por imposibles, como cuando pretenden
que Dios puede dar a la criatura la facultad de crear. Es posible que
69
GODOFREDO G. LEIBNITZ
haya milagros que haga Dios por el ministerio de los ángeles, y en los
que no resulten violadas las leyes de la naturaleza, ni más ni menos que cuando
los hombres auxilian a la naturale-za por el arte, diferenciándose sólo el
artificio de los ángeles del nuestro por el grado de perfección; sin embargo,
siempre resulta cierto que las leyes de la naturaleza están sujetas a la
voluntad del legislador; mientras que las verdades eternas, como las de la
geometría, son en absoluto imposibles de dispensar, y la fe no puede ser
contraria a ellas. Por esta ra-zón no puede haber una objeción que sea
invencible contra la verdad. Porque si se trata de una demostración fundada en
principios o en hechos incontestables, formada por un enca-denamiento de
verdades eternas, la conclusión es cierta e indispensable, y lo que sea opuesto
a ella debe ser falso; de otra manera, dos contradictorias podrían ser
verdaderas al mismo tiempo. Y si la objeción no es demostrativa, sólo puede
formar un argumento probable que no tiene fuerza contra la fe, puesto que todos
convienen en que los miste-rios de la religión son contrarios a las
apariencias. Ahora bien, M. Bayle, en su respuesta póstuma a M. Le Clerc,
de-clara que no pretende que haya demostraciones contra la verdad de la fe y,
por consiguiente, se desvanecen todas esas dificultades invencibles y esos
supuestos combates entre la razón y la fe.
Hi motus animorum atque hsec discrimina tanta
Pulveris exigui jactu compressa quiescunt.
70
TEODICEA
(Estos movimientos de las almas y estas tan numerosas diferencias
Descansan comprimidos por el golpe de una particulilla de polvo).
4. Los teólogos protestantes, lo
mismo que los del partido de Roma, convienen en las máximas que acabo de sentar
cuando tratan detenidamente esta materia; y todo lo que se dice contra la razón
sólo afecta a una supuesta razón corrompida y engañada por falsas apariencias.
Lo mismo sucede con las nociones de la justicia y de la bondad de Dios, de las
que se habla a veces como si no tuviéramos nin-guna idea y ninguna definición
de ellas. Mas en tal caso care-ceríamos de fundamento para atribuir a Dios estos
atributos, o para alabarle por ello. Su bondad y su justicia, lo mismo que su
sabiduría, sólo difieren de las nuestras en que son las suyas infinitamente más
perfectas. Por tanto, las nociones simples, las verdades necesarias y las
consecuencias demos-trativas de la filosofía, no pueden ser contrarias a la
revela-ción. Y cuando algunas máximas filosóficas son rechazadas por la
teología, es porque se sostiene que sólo son de una necesidad física o moral,
que se refiere únicamente a lo que tiene lugar por lo común, se funda, por
tanto, en apariencias, y tal necesidad puede faltar, si Dios lo tiene por
conveniente.
5. Por lo que acabo de decir se ve
que hay con fre-cuencia alguna confusión en los términos de que se sirven los
que se ocupan de filosofía y de teología, o de la fe y la razón; y esto nace de
que confunden estas expresiones: ex-plicar, comprender, probar y sostener. Y
encuentro que M. Bayle, no obstante ser tan sagaz, no está exento de esta
falta.
71
GODOFREDO G. LEIBNITZ
Los misterios se pueden explicar hasta donde es necesario para creerlos,
pero no se les puede comprender, ni hacer entender cómo se verifican; así como
en la misma física ex-plicamos hasta cierto punto muchas cualidades sensibles,
pero de una manera imperfecta, porque no las comprende-mos. Tampoco nos es
posible probar los misterios por la razón; porque todo lo que se puede probar a
priori, o por la razón pura, se puede comprender. Después de haber dado fe a
los misterios en vista de las pruebas de la verdad de la reli-gión (que se
llaman motivos de credibilidad), lo único que nos falta por hacer es poderlos
sostener contra las objecio-nes, sin lo cual no tendríamos fundamento para
creerlos, en cuanto no puede menos de ser falso todo lo que puede ser refutado
de una manera sólida y demostrativa; y las pruebas de la verdad de la religión,
que producen sólo una certidum-bre moral, serían contrarrestadas y hasta
superadas por obje-ciones que produjesen una certidumbre absoluta, si fuesen
convincentes y completamente demostrativas. Lo dicho de-bería bastar para
resolver las dificultades que se oponen al uso de la razón y de la filosofía
con relación a la religión, si no tropezáramos harto frecuentemente con
personas preve-nidas. Pero como la materia es importante, y se ha embrolla-do
mucho, será bueno entrar en mayores pormenores.
6. La cuestión de la conformidad
de la fe con la razón ha sido siempre un gran problema. En la Iglesia primitiva
los autores cristianos más ilustres se amoldaron a los pensa-mientos de los
platonianos, que era con los que más simpati-zaban y los que entonces estaban
más en boga. Poco a poco, Aristóteles fue reemplazando a Platón, cuando comenzó
a
72
TEODICEA
desarrollarse el gusto por los sistemas, y cuando la teología misma se,
hizo más sistemática por virtud de las decisiones de los concilios generales
que suministraban formularios precisos y positivos. San Agustín, Boecio y
Casiodoro24 en Occidente, y San Juan Damasceno25 en Oriente, contribuye-ron en
primer término a dar a la teología forma científica, prescindiendo de Beda26,
Alcuino27, San Anselmo y algunos otros teólogos versados en la filosofía; hasta
que vinieron por fin los escolásticos, y dando ocasión el ocio de los claustros
a las especulaciones, auxiliadas por la filosofía de Aristóteles traducida del
árabe, acabó por formarse un com-puesto de teología y de filosofía, cuyas
cuestiones procedían en su mayor parte del deseo de conciliar la fe con la
razón. Pero el éxito no fué tan bueno como era de desear, porque la
Cassiodoro, escritor latino de la
decadencia y ministro de Teodorico. Nació en Squillau en 470, y murió hacia el
570. Conocemos su Tratado del Alma y algunos libros de historia, de gramática y
de teología. Sus obras completas han sido publicadas en Ruán, 1679 (2
volúmenes, info-lio).
Juan de Damas o Damasceno nació en
Damasco en 676, bajo el reina-do de los califas, de quienes fué ministro, y
murió en 754 o 780. Escribió muchas obras teológicas, siendo la más curiosa de
ellas la Disputa contra un sarraceno, en la que discute las objeciones de los
musulmanes contra el cristianismo. Sus obras completas han sido publicadas por
el P. Le-quien, París, 1712, 2 vol., en folio.
Boda, llamado el Venerable, nació
en 672 en Inglaterra, en la diócesis de Durham, y murió en 735. Su principal
obra es la Historia Eclesiástica, de mérito sorprendente, atendidos los
tiempos. Escribió también sobre muchas materias filosóficas y religiosas. Hay
numerosas ediciones de sus obras completas, entre otras la de París, 1544, 3
vol, en folio; y la de Colonia, 1612-1688.
Alcuino, sabio del siglo VIII,
nació en Yorkshire, lo llamó Carlo Mag-no a su palacio, fué fundador de la
Escuela palatina, y murió en 894. Sus obras completas han sido publicadas en
París por Duchesne, 1617, en folio.
73
GODOFREDO G. LEIBNITZ
teología estaba muy corrompida; por lo calamitoso de los tiempos, por la
ignorancia y la terquedad; y porque la filoso-fía, además de sus propios
defectos, que eran muy grandes, se veía sobrecargada con los de la teología, la
cual sentía a su vez los efectos de haberse asociado alguna filosofía muy
oscura e imperfecta. Sin embargo, es preciso confesar, con el incomparable
Grocio, que a veces se encuentra oro entre la basura del latín bárbaro de los
monjes; lo cual me ha hecho desear más de una vez que un hombre capaz, que, por
razón de su función, estuviese obligado a aprender el lenguaje de la escuela,
se hubiera consagrado a sacar lo mejor que hay en estos trabajos, y que otro
Petavio28 o Thomassin29 hubiesen hecho, respecto de los escolásticos, lo que estos
dos sabios han hecho con relación a los Santos Padres. Sería una obra muy
curiosa e importante para la historia eclesiástica, y sería continuación de la
de los dogmas hasta el renacimiento de las bellas letras (por cuyo medio las
cosas han mudado de aspecto), y aun hasta más allá. Porque muchos dogmas, co-mo
el de la predeterminación física, el de la ciencia media, el del pecado
filosófico, el de las precisiones objetivas y otros muchos de la teología
especulativa, y también de la teología
28 Petave (Petavius) o Petau, célebre jesuíta del siglo XVII, erudito y
teólogo, nació en Orleáns, 1583, y murió en París en 1652. Sus principa-les
obras son: Doctrina temporum, París, 1627, 2 vol., en folio, obra de
cronología, y su Theologica dogmata, París, 1644-1650, 2 volúmenes, en folio.
El P. Thomassin, célebre miembro
del Oratorio, nació en Aix,en 1619, y murió en 1695. Su obra más notable es la
Antigua y nuevadisciplina de la Iglesia; 3 vol., en folio 1678-1679. Se citan
también sus Dogmas teoló-gicos, 3 vol., en folio, 1680-89. como una
continuación de los del P. Petavio.
74
TEODICEA
práctica de los casos de conciencia, han sido puestos en boga después
del mismo Concilio de Trento.
7. Un poco antes de estos cambios,
y antes de la gran escisión del Occidente que dura aún, había en Italia una
secta de filósofos que combatía esta conformidad de la fe con la razón que
nosotros sostenemos. Se les llamaba Averroistas30, porque seguían a un autor
árabe a quien se apellidaba el Co-mentador por excelencia, y que era, al
parecer, quien había penetrado mejor el sentido de Aristóteles entre todos los
de su nación. Este comentador, desenvolviendo lo que los in-térpretes griegos
habían enseñado ya, pretendía que según Aristóteles, y hasta según la razón
(cosas que en aquel tiem-po se tenían por una misma), la inmortalidad del alma
no podía subsistir. He aquí su razonamiento. El género humano es eterno según
Aristóteles; luego si las almas particulares no perecen, es preciso llegar
hasta la metempsicosis rechazada por este filósofo; o si hay siempre almas
nuevas, es necesario admitir una infinidad de ellas que duran toda la
eternidad; pero la infinidad actuales imposible, según la doctrina del mismo Aristóteles,
luego es preciso concluir que las almas, es decir, las formas de los cuerpos
orgánicos, deben perecer con estos cuerpos, o por lo menos habrá de perecer el
en-tendimiento pasivo, propio de cada uno. De manera que sólo quedará el
entendimiento activo, común a todos los
Averroistas, secta filosófica
fundada por Averroes (Ibu-Rosch), célebre filósofo árabe que nació en Córdoba
en el siglo XII y murió en 1198. Su Comentario sobre Aristóteles, en el que
interpreta las doctrinas de éste en un sentido panteísta y naturalista,
apareció en Venecia en 1495, en folio, y ha sido reimpreso muchas veces. M.
Renan ha escrito sobre él una obra muy interesante.
75
GODOFREDO G. LEIBNITZ
hombres, que Aristóteles decía proceder de fuera, y que debe trabajar
allí donde encuentre órganos dispuestos para ello; como el viento produce una
especie de música en los tubos bien ajustados de un órgano.
8. Nada más débil que esta
supuesta demostración. No hay datos para decir que Aristóteles haya refutado
debida-mente la metempsicosis, ni que haya probado la eternidad del género
humano; y de todos modos, es falso que un infi-nito actual sea imposible. Sin
embargo, esta demostración pasaba por incontestable entre los aristotélicos, y
en virtud de ella creían que había cierta inteligencia sublunar, constitu-yendo
la participación en ella nuestro entendimiento activo. Pero otros menos afectos
a Aristóteles llegaban a admitir un alma universal que era el Océano de todas
las almas particu-lares, y creían que esta alma universal era la única que
sub-sistía, mientras que las almas particulares nacían y perecían. Según esta
opinión, las almas de los animales nacen, des-prendiéndose como gotas de su
Océano, cuando encuentran un cuerpo que pueden animar; y perecen, uniéndose al
Océano de las almas, cuando el cuerpo perece, como los arroyos se pierden en el
mar. Y muchos llegaron a creer que Dios era esta alma universal, aunque otros
creían que era subordinada y criada. Esta deplorable doctrina es muy anti-gua y
muy capaz de alucinar al vulgo. Ella aparece en estos preciosos versos de
Virgilio (En. VI, v. 724):
Principio coelum ac terram camposque liquentes, Lucentemque globum
Lunas, Titaniaque astra,
Spiritus intus, alit totamque infusa per artus
76
TEODICEA
Meus agitat molem, et magno se corpore miscet.
(Al principio sin aliento alimenta interiormente al cielo, a la tierra,
al globo refulgente de la luna y a los soles,
y difundido por los miembros agita toda la mole y se mezcla al vigoroso
cuerpo).
Y también en este otro pasaje (Georg. IV, v. 221):
Deum namque ire per omnes
Terrasque tractusque maris caelumque profundum:
Hinc pecudes, armenta, vinos, genus omne ferarum, Quemque sibi tenues
nascentem arcessere vitas;
Scilicet huc reddi deinde hac resoluta referri.
(Porque Dios recorre toda la tierra, la extensión de los mares y el
cielo
[profun-
do;
después infunde las vidas delicadas en las ovejas y en las vacas, en los
hombres, en todo género de animales y en todo ser viviente; es decir, ahora las
dá y después, una vez feneci-dos aquéllos, las vuelve a recoger).
9. Algunos han tomado en este
sentido el alma del mundo de Platón; pero hay más trazas de que los estoicos
eran los que admitían esta alma común que absorbe todas las demás. Podrían
llamarse monopsyquitas a los que son de esta opinión, puesto que, según ellos,
no hay verdadera-
77
GODOFREDO G. LEIBNITZ
mente subsistente más que una sola alma. M. Bernier31 ob-serva que esta
creencia es casi universalmente recibida entre los sabios en la Persia y en los
Estados del Gran-Mogol; y parece que ha sido también acogida por los
cabalistas32 y por los místicos. Un cierto alemán, natural de Suabia, que se
hizo judío hace algunos años, y que se la echaba de maestro bajo el nombre de
Moisés Germanus, aceptó los principios de Espinoza y creía que éste había
renovado la antigua Kábala de los hebreos, y un hombre muy sabio33, que refutó
a este prosélito del judaísmo, parece ser de la misma opinión. Es sabido que
Espinoza reconoce una sola sustancia en el mun-do, de la que no son las almas
individuales más que modifi-caciones pasajeras. Valentín Weigel34, sacerdote de
Tschopa, en Misia, hombre de talento y no escaso, aun cuando se le haya querido
hacer pasar por un visionario, participaba tam-bién quizá algo de esta opinión;
lo mismo que el que se llama Juan Angelus35, de Silesia, autor de ciertos
versos cortos de
Bernier, filósofo y viajero
célebre del siglo XVII, nació en Angers, no se sabe en qué año y murió en París
en 1688. Además de sus Viajes (Amsterdam, 1699-1780-1724), escribió un
Compendio de la Filosofía de Gasendo. Lyón, 1678, 8 vol. en 129.
Cabalistas, secta hebraica muy
antigua, cuyas doctrinas místicas están expuestas en dos libros curiosos: el
Zohar y el Cepherietzirah. Véase sobre esta escuela la sabia obra de M. Franck,
la Cábbale, París, 1843, un vol. in 12°.
Este sabio es Jorge Wachter,
teólogo protestante, autor del libro titula-do El Espinozismo en el judaísmo
(Amsterdam 1699, en 12º) y otra Concordia rationis et fidei (Amsterdam, 1682,
en 8º). En cuanto a Moi-sés Germanus, su verdadera nombre es Juan Pedro Speeth.
Valentín Weigel, teólogo del siglo
XVI, nació en 1531 y murió en 1588. Escribió gran número de obras teológicas,
entre otras: Dialogus de Christianismo, De vita beata, De vita aeterna,
Theologia astrologizata, etcétera.
Este
Juan Angelus nos es desconocido.
78
TEODICEA
devoción, en alemán, bastante preciosos y en forma de epi-gramas, que se
acaban de reimprimir. Y, generalmente ha-blando, la deificación de los místicos
puede tomarse en este mal sentido. Gersón36 ha escrito ya contra Rusbrock37,
autor místico, cuya intención era buena, al parecer, pero cuyas explicaciones
necesitaban excusa, y vale más escribir de ma-nera que no sea ésta necesaria;
aunque confieso también que muchas veces las expresiones exageradas y, por
decirlo así, poéticas, tienen más fuerza para mover y persuadir que lo que se
dice con llaneza.
10. El anonadamiento de lo que nos
pertenece en propiedad, que ha sido llevado demasiado lejos por los
quie-tistas, -podría muy bien ser, en algunos, una impiedad disfra-zada, como
sucede, según se cuenta, con el quietismo de Foë, fundador de una gran secta en
la China, quien, después de haber predicado su religión durante cuarenta años,
como se sintiera próximo a la muerte, declaró a sus discípulos que les había
ocultado la verdad bajo el velo de las metáforas, y
Juan de Gersón, canciller de la
Universidad de Paris e ilustre teólogo del siglo XV, nació en Gersón, cerca de
Rhetel, en 1363, y murió en Lyón en 1429. Es sobre todo célebre por su
intervención en el Concilio de Constanza. Sus obras completas han sido publicadas
en Colonia, 1843-44, 4 vol. en folio. Mucho antes Reicher dió una edición más
com-peta en 1606. Son notables su Theologia mystica, su Carta contra
Russ-broeck y todo lo relativo al asunto de Juan Petit.
Juan Russbroeck, célebre místico,
nació cerca de Bruselas en 1294 y murió en 1381. Sus obras, escritas en
flamenco, han sido traducidas al latín por Surius (Colonia. 1552, 1609, 1692).
Suelen citarse también el Liber de vita contemplativa, criticado por Gersón, y
el de Nuptiis en tres libros.
79
GODOFREDO G. LEIBNITZ
que todo se reducía a la nada38, la cual era, según él, el primer
principio de todas las cosas. Esta opinión era peor, al pare-cer, que la de los
averroistas. Ambas doctrinas son insoste-nibles y hasta extravagantes; sin
embargo, algunos escritores modernos no han tenido dificultad en adoptar esta
alma universal y única en que se absorben las demás. También ha merecido el
aplauso de los supuestos espíritus despreocupa-dos, y el señor de Preissac,
soldado y hombre de talento que presumía de filósofo, desenvolvió en otro
tiempo esta doc-trina públicamente en sus discursos. El sistema de la armonía
preestablecida es el que mejor puede curar este mal; porque hace ver que
necesariamente hay sustancias simples y sin extensión, que están derramadas por
toda la naturaleza; que estas sustancias deben subsistir siempre
independientemente de todo lo que no sea Dios, y que siempre van unidas a
al-gún cuerpo organizado. Los que creen que las almas capaces de sensación,
pero incapaces de razón, son mortales, o sos-tienen que sólo las almas
racionales pueden experimentar aquélla, favorece en gran manera la opinión de
los mo-nopsyquitas; porque será siempre difícil con- vencer a los hombres de
que las bestias, no sienten nada; y una vez con-cedido que lo que es capaz de
sensación puede perecer, es difícil mantener por medio de la razón la
inmortalidad de nuestras almas.
11. He hecho esta pequeña
digresión, porque me ha parecido oportuna en un tiempo en que se advierte
demasia-
El Nirvana, acerca de cuyo sentido
no están todos conformes. Véase: Boudha y su doctrina, por M. B. Saint-Hilaire,
y el Nirvana boudhico, por M. Obry.
80
TEODICEA
da predisposición a trastornar hasta los fundamentos de la religión
natural; y vuelvo a los averroistas, que estaban per-suadidos de que su dogma
era demostrable por la razón; lo cual les hacía suponer que el alma del hombre
es mortal se-gún la filosofía, mientras que protestaban de su sumisión a la
teología cristiana, que la declara inmortal. Pero esta distin-ción se tuvo por
sospechosa, y este divorcio de la fe y de la razón fue terminantemente
rechazado por los prelados y por los doctores de aquel tiempo, y condenado por
el último Concilio de Letrán, celebrado bajo León X, en el que se exhortó a los
sabios a que trabajaran con objeto de resolver las dificultades que presentaban
a la vez la teología y la filo-sofía. La doctrina de su incompatibilidad no dejó
de mante-nerse en secreto. Pomponazzi se hizo sospechoso en este punto, aunque
no lo fuera por lo que decía; y la secta misma de los averroistas continuó
subsistiendo por tradición. Se cree que César Cremonini39, filósofo famoso en
su tiempo, fue uno de sus principales sostenedores. Andrés Cesalpino40, médico,
autor de mérito, y que más se aproximó al descu-brimiento de la circulación de
la sangre después de Miguel
39 César Cremonini, célebre comentador de Aristóteles del siglo XVI,
nació en Ceuto (ducado de Módena) en 1550, y murió en Padua en 1631. Sus
principales obras son: De Paedia Aristotelis; Diatyposis universae naturalis
Aristotelicae philosophiae; lllustres contemplationes de anima. Tractatus de
sensibus, etcétera.
Andrés Cesalpino, comentador de
Aristóteles, pero adversario decidi-do de la escolástica, nació en 1519 en
Avezzo y murió en 1603. Sus prin-cipales obras filosóficas, de que hay escasos
ejemplares, son: Quaestiones peripatetiae, en folio, Venecia, 1571; Daemonum
investigatio peripatetica en 4º, Venecia, 1593.
81
GODOFREDO G. LEIBNITZ
Servet41, fue acusado por Nicolás Taurel42, en un libro titula-do Alpes
Cáese, de ser uno de estos peripatéticos enemigos de la religión. Igualmente se
encuentran rastros de esta doc-trina en el Circulus Pisanus Claudii
Berigardi43, autor francés que pasó a Italia, habiendo enseñado la filosofía en
Pisa; pero, sobre todo, los escritos y cartas de Gabriel Naudé, lo mismo que la
Naudeana, muestran que el averroismo subsis-tía todavía cuando este sabio
médico estaba en Italia. La filosofía corpuscular, introducida poco después,
parece que acabó con esta secta; pues era demasiado peripatética, o qui-zá se
mezcló con ella; y puede suceder que haya atomistas que estén dispuestos a
dogmatizar como estos averroistas, si las conjeturas lo consintieran; pero este
abuso no puede perjudicar a lo que hay de bueno en la filosofía corpuscular, y
que se puede muy bien combinar con lo que hay de verda-dero en Platón y en
Aristóteles, y poner de acuerdo lo uno y lo otro con la verdadera teología.
Miguel Servet, filósofo y teólogo
célebre del siglo XVI, nació en 1509 en Villanueva (Aragón), y murió en Ginebra
en 1553 por orden de Cal-vino, como reo de herejia. Sus obras son: De
Trinitatis erroribus, Ha-guenau, 1532; Dialogorum de Trinitate libri duo, 1553
.
Nicolás Taurel, filósofo y
teólogo, nació en Montbeliard en 1547 y murió en Altdorf en 1606. Sus
principales obras son: Philosophia trium-phus, en 8°, Basilea. 1573; Synopsis
Aristotelis Metaphisicicae, en 8º, Hannóver, 1596; Alpes Caesae (contra Cesalpino),
en 8°, Francfort-sur-Mein, 1597; Cosmología, en 8°, Amsterdam, 1603; De rerum
aeternitate, en 8°, Strasbourg, 1604.
Claudio Bérigardus o Claudio
Guillermot de Bauregard, filósofo, nació en Moulins en 1578 y murió siendo
profesor de filosofía en Padua, en 1663. Es autor del Circulus Pisanus, seu
opus de veteri et peripatetica philosophia (Padua, 1661, en 4º), que es un
comentario de la física de Aristóteles. Publicó además las Dubitationes in
dialogos GaIilaei pro terree immobilitate, 1632, en 4º.
82
TEODICEA
12. Los reformadores -y sobre todo
Lutero, como ya he dicho-, han hablado algunas veces en el sentido de recha-zar
la filosofía, como si la tuvieran por enemiga de la fe. Pero tomándolo todo en
cuenta, se ve que Lutero sólo entendía por filosofía lo que es conforme con el
curso ordinario de la naturaleza, o quizá lo que se enseñaba en las escuelas.
Así sostie-ne, por ejemplo, que es imposible en la filosofía, es decir, en el
orden de la naturaleza, que el Verbo se haga car-ne; y llega hasta sostener que
lo que es verdadero en física podrá ser falso en moral. Aristóteles fue víctima
de su cólera, y tenía intención de purgar la filosofía ya desde el año 1516,
cuando no pensaba quizá aún en reformar la Iglesia. Mas al fin se aplacó y
consintió que en la apología de la confesión de Augsbourg se hablara con elogio
de Aristóteles y de su moral. Mélanchton, espíritu severo y moderado, formó
pe-queños tratados de filosofía, acomodados a las verdades de la revelación,
útiles en la vida civil, y que merecen aún hoy ser leídos. Después de él se
presentó en primera línea Pedro de la Ramée44, cuya filosofía estuvo muy en
boga, siendo poderosa en Alemania la secta de los ramistas cuya doctrina fue
muy seguida por los protestantes, y empleada en la mis-ma teología, hasta que
renació la filosofía corpuscular que hizo olvidar la de Ramée y amenguó el
crédito de los peri-patéticos.
Llamado también Ramus; nació en la
Picardía y murió en 1572, en la matanza de San Bartolomé. Célebre filósofo,
matemático, gramático y filólogo francés, escribió las siguientes obras:
Institutiones dialecticm; Animadversiones in dialecticam Aristotelis; De
moribus veterum Gallo-rum; Arithmeticae lib. III; una Gramática francesa,
etcétera. (N. T.).
83
GODOFREDO G. LEIBNITZ
13. Sin embargo, muchos teólogos
protestantes, ale-jándose cuanto podían de la filosofía de la Escuela que
rei-naba en el partido opuesto, llegaron hasta despreciar la filosofía misma,
que les era sospechosa; estallando al fin la tormenta en Helmstadt, a causa de
la animosidad de Daniel Hofman, teólogo entendido por otra parte, y que había
ad-quirido ya antes reputación en la conferencia de Quedlin-bourg, donde Tilman
Heshusius45, y él, se decidieron por el partido del duque julio de Brunswick,
cuando éste se negó a aceptar la fórmula de concordia. Yo no sé por qué el
doctor se irritó contra la filosofía en vez de contentarse con atacar los
abusos de los filósofos; pero le salió al encuentro Juan Caselius46, hombre
célebre, estimado por los príncipes y por los sabios de su tiempo; y el duque
de Brunswick, Enrique julio, hijo de Julio, fundador de la Universidad,
habiéndose tomado el trabajo de examinar por sí la materia, condenó al teólogo.
Han habido algunas ligeras polémicas semejantes a ésta con posterioridad, pero
resultó siempre que todo nacía de malas inteligencias o equivocaciones. Pablo
Slevogt47, profesor célebre de Jena, en Turingia, algunas de cuyas
di-sertaciones muestran cuán versado era en la filosofía esco-lástica y en la
literatura hebraica, publicó en su juventud con
45 Heshusius (Tilemann), teólogo luterano, nació en Wesel en 1527 y
murió en Helmstadt en 1588. Escribió muchas obras de teología.
46 Juan Caselius o Chesselius, célebre humanista, nació en Gotinga en
1553, y murió en Helmstadt en 1631. Escribió numerosas obras de lite-ratura
crítica y de erudición.
Pablo Slevogt nació en Passendorf
en 1596 y murió en 1655. No debe confundírsele con Juan Felipe Slevogt
(1649-1727), jurisconsulto, ni con Juan Adriano Slevoght (1653-1726), médico.
Escribió estas obras: Pervi-
84
TEODICEA
el título de Pervigilium un libro de Dissidia Theologi et Phi-losophi in
utriusque principiis fundato, con motivo de la cuestión de si Dios es por
accidente causa del pecado. Pero se veía claramente que su objeto era demostrar
que los teó-logos abusan algunas veces de los términos filosóficos.
14. Viniendo ahora a lo que ha
sucedido en mi tiempo, recuerdo que en 1666, cuando Luis Meyer48, médico de
Amsterdam, publicó el libro anónimo titulado: Philosophia Scripturaa interpres
(que muchos achacaron sin razón a su amigo Espinoza), los teólogos de Holanda
se alteraron dan-do lugar a que se escribiera contra este libro y a que se
origi-nasen entre ellos grandes disputas; muchos creían que los cartesianos, al
refutar al filósofo anónimo, habían concedido demasiado a la filosofía. Juan de
Labadie49 (cuando aún no se había separado de las iglesias reformadas bajo el
pretexto de haberse deslizado en la práctica política algunos abusos que él
tenía por intolerables) atacó el libro de M. de Wolzogue50 y lo calificó de
pernicioso; y de otro lado M. Vogelsang y M. Vander-Weyen51 y algunos otros
anticoceyanos52 combatie-
gilium de dissidia theologi et philosophi; De principio syllogizandi in
divinis y De metempsychosi judaeorum.
Luis Meyer, amigo y
discípulo de Espinoza, editor de sus obras pós-tumas.
Juan de Labadie, místico célebre
del siglo XVII, nació en 1610 en Bourg, en Guiena; se hizo protestante, y
después de una vida muy agita-da murió en Altona en 1674. Sus obras están
inspiradas en el iluminismo. (Véase sus títulos en las Memorias de Cicerón, T.
VXIII y XX).
Wolzogue nació en Amersford en
1632 y murió en Amsterdam en 1690. Contestó al libro de L. Meyer en su De
scripturarum interprete. Utrecht, 1668, en 12º.
Pude verse en el Trajectum
eruditum de Burmanann (en 4º, p. 457 y sig.) la noticia de las obras publicadas
contra Wolzogue. - Vogelsang,
85
GODOFREDO G. LEIBNITZ
ron también el mismo libro hasta con acritud; pero el acusa-do consiguió
que triunfara su causa en un sínodo. Se habló desde entonces en Holanda de
teólogos racionalistas y no racionalistas, distinción que M. Bayle menciona con
frecuen-cia, declarándose al fin contra los primeros; pero al parecer no se han
consignado las reglas precisas en que unos y otros convienen o no convienen
respecto al uso que debe hacerse de la razón en la explicación de las Santas
Escrituras.
15. Una disputa semejante ha
venido a turbar hace po-co las iglesias de la confesión de Augsbourg. Algunos
maes-tros de artes, de la Universidad de Leipzig, en lecciones particulares que
daban en su casa a los estudiantes que lo solicitaban para aprender lo que se
llama la Filología sagrada, según la práctica de esta Universidad y de algunas
otras en que este estudio no está reservado a la Facultad de teología; estos
maestros, repito, se fijaron en el estudio de las santas Escrituras y en el
ejercicio de la piedad más de lo que sus comprofesores tenían costumbre de
hacer. Y se dice que exageraron ciertas cosas, haciéndose sospechosos de
ciertas novedades en la doctrina, lo cual fue origen de que se les diera el
nombre de pietistas, considerándolos como una secta nueva, nombre que después
ha hecho mucho ruido en Alemania, y que con razón o sin ella ha sido aplicado a
aqué-
pastor y profesor en Depenter, murió en 1679. - Van-der-Weyen, profe-sor
en Middelbourg, nació en 1676 y murió en 1716.
Juan Coccéius, célebre teólogo del
siglo XVII, cuya doctrina tendía al racionalismo, se puso de parte del
cartesianismo en la polémica que el teólogo Voetius, jefe de los anticoceyanos,
mantuvo con aquél. Coccéius nació en Bremen en 1603, y fué profesor de Leyden,
donde murió en 1669. Sus obras completas han sido publicadas en Amsterdam en
ocho volúmenes en folio. 1673-1705.
86
TEODICEA
llos de quienes se sospechaba o se aparentaba sospechar que eran reos de
fanatismo, o aun de hipocresía, que ocultaban bajo ciertas apariencias
reformadoras. Pues bien, como algu-nos de los discípulos estos maestros se
distinguieran por ciertas maneras y formas chocantes, una de ellas el desprecio
que les inspiraba la filosofía -puesto que se jactaban de haber quemado los
apuntes de las lecciones referentes a ella-, se creyó que sus maestros la
rechazaban asimismo; pero estos se justificaron muy bien, y no fue posible
convencerlos ni de este error ni de las herejías que se les imputaban.
16. La cuestión del uso de la
filosofía en la teología ha sido muy debatida entre los cristianos, y ha habido
dificulta-des en llegar a un acuerdo sobre los límites de aquél, cuando se ha
tratado de entrar en pormenores. Los misterios de la Trinidad, de la
Encarnación y de la santa Cena son los que dieron más ocasión a las disputas.
Los nuevos sotinianos, para combatir a los dos primeros, se sirvieron de
ciertas má-ximas filosóficas, que Andrés Kesler53, teólogo de la confe-sión de
Augsbourg, ha expuesto en los diversos tratados por él publicados sobre la
filosofía sociniana. Pero, en cuanto a su metafísica, puede conocerse mejor
leyendo la obra inédita todavía de Cristóbal Estegman, sociniano, que yo leí
siendo joven y que hace poco se me ha remitido.
17. Calovius y Schvzerus54,
autores muy versados en la filosofía de la escuela, y muchos teólogos
distinguidos han
Andrés Kesler, teólogo, nació en
Cobourg en 1595 y murió en 1643. Escribió el Examen phisicae, metaphipsicae et
logicae photinianae, y otras obras teológicas.
Abraham Calov, teólogo
protestante, nació en Prusia en 1617 y murió en Witemberg en 1686. Escribió,
entre otras obras de teología, una Soci-
87
GODOFREDO G. LEIBNITZ
contestado ampliamente a los socinianos, y muchas veces con éxito feliz,
no contentándose con aquellas respuestas generales un tanto desembarazadas que
era costumbre dar-les, y que venían a decir, que sus máximas eran buenas en
filosofía y no en teología, que era por el vicio de heteroge-neidad, que se
llama uetábadis eic awo yévoc, por lo que algunos las emplean cuando se trata
de lo que está por enci-ma de la razón; y que la filosofía debía considerarse
como sirvienta y no como ama, con relación a la teología, de con-formidad en el
título del libro del escocés Roberto Baro-nius55: Philosophia
Theologioe-ancillans; y en fin, que ella era una Agar respecto de Sara, que era
preciso arrojar de la casa con su Ismael cuando se rebelaba. Algo de bueno hay
en estas respuestas; pero como podría abusarse de ellas y com-prometerse
indebidamente las verdades naturales y las reve-ladas, los sabios han procurado
distinguir lo que hay de necesario e indispensable en las verdades naturales o
filosó-ficas de lo que no lo es.
18. Los dos partidos protestantes
están bastante con-formes cuando se trata de hacer la guerra a los socinianos;
y como la filosofía de estos sectarios no es de las más exactas, han conseguido
con frecuencia batirla en regla. Pero entre los mismos protestantes ha surgido
la desavenencia con oca-sión del sacramento de la Eucaristía, cuando una parte
de los que se llaman reformados (es decir, los que siguen en esto más bien a
Zwinglio que a Calvino) ha reducido la participa-
nismun profigatum. - Juan Adam Schevzer, teólogo protestante, nació en
Egra, en Bohemia, en 1628, y murió en 1694. Es autor del Collegium
antisocinianum, y de otras muchas obras teológicas.
Baronius.
Leibnitz le cita más adelante con su verdadero nombre.
88
TEODICEA
ción del cuerpo de Jesucristo en la Santa Cena a una simple
representación simbólica, valiéndose para ello de la máxima de los filósofos
según la cual no puede estar un cuerpo más que en un solo lugar al mismo
tiempo, mientras que los evangélicos (que se llaman así en un sentido
particular, para distinguirse de los reformados) ateniéndose más al sentido
literal, han creído con Lutero, que esta participación era real, y que en ello
hay un misterio sobrenatural. Ellos desechan a la verdad el dogma de la transubstanciación,
que no creen pueda fundarse lo bastante en el texto sagrado, y no aprue-ban
tampoco el de la consubstanciación o de la impanación, cosa que sólo les puede
imputar el que conozca bien su opi-nión, puesto que no admiten la inclusión de
Jesucristo en el pan, ni exigen siquiera la unión de lo uno con lo otro, pero
defienden que hay, por lo menos, una concomitancia, de suerte que ambas
sustancias son recibidas al mismo tiempo. Creen que la significación ordinaria
de las palabras de Jesu-cristo, en una ocasión tan importante como es aquella
en que se trataba de expresar lo que era su última voluntad, debe conservarse;
y para sostener que este sentido está excento de todo absurdo que nos pudiera
alejar de él, sostienen que la máxima filosófica que limita la existencia y la
participación de los cuerpos a un solo lugar, no es más que un resultado del
curso ordinario de la naturaleza. No destruyen por esto la presencia ordinaria
del cuerpo de nuestro Salvador en los términos en que puede convenir al cuerpo
más glorificado. No recurren a no sé qué difusión de ubicuidad que le
disipa-ría, haciendo que no se le pudiese encontrar en ninguna parte; tampoco
admiten la duplicación multiplicada de algu-
89
GODOFREDO G. LEIBNITZ
nos escolásticos, como si un mismo cuerpo estuviese al pro-pio tiempo
sentado aquí y de pie en otra parte. En fin, se explican de tal manera que,
según muchos, la opinión de Calvino, autorizada por muchas declaraciones de fe
de las iglesias que han aceptado la doctrina de este autor, cuando siente una
participación de la sustancia, no está tan distante de la confesión de
Augsbourg, como podría pensarse, y no difiere quizá sino en cuanto para esta
participación exige él una fe verdadera, además de la recepción oral de los
símbo-los, quedando, por consiguiente, excluídos los indignos.
19. Se ve por esto que el dogma le
la participación real y sustancial se puede sostener (sin recurrir a las
opiniones extrañas de algunos escolásticos) apelando a una analogía bien
entendida entre la operación inmediata y la presencia. Y como muchos filósofos
han creído, que en el orden mismo de la naturaleza, un cuerpo puede obrar
inmediatamente a distancia sobre muchos cuerpos lejanos al mismo tiempo,
consideran con más razón qúe nada obsta a que la omnipo-tencia divina haga que
un cuerpo esté presente en muchos cuerpos a la vez; no habiendo un gran
trayecto de la opera-ción inmediata a la presencia, y dependiendo quizá la una
de la otra. Es cierto que hace algún tiempo los filósofos moder-nos han
desechado la operación natural inmediata de un cuerpo sobre otro que esté
distante, y confieso que soy de su opinión. Sin embargo, la operación a
distancia acabada de ser rehabilitada en Inglaterra por el excelente M. Newton,
quien sostiene que es conforme a la naturaleza de los cuer-pos el que se
atraigan y graviten los unos sobre los otros, en razón de la masa de cada uno y
de los rayos de atracción que
90
TEODICEA
recibe; sobre lo cual el célebre M. Locke56 ha declarado, al responder
al Obispo Stillingfleet57, que después de haber visto el libro de M. Newton, se
retracta lo que él había dicho, de conformidad con la opinión de los modernos,
en su En-sayo sobre el Entendimiento; a saber: que un cuerpo no puede obrar
inmediatamente sobre otro sin tocarle en su superficie y arrastrándolo en su
movimiento; y reconoce que Dios puede dotar a los cuerpos de tales propiedades
que puedan obrar a distancia. Así, los teólogos de la confesión de Augsbourg
sostienen que depende de Dios, no sólo el que un cuerpo obre inmediatamente
sobre otros muchos que estén distantes los unos de los otros, sino hasta el que
exista cerca de ellos y el que sea recibido de una manera en la que no tienen
influencia alguna los intervalos de los lugares y las dimensiones de los
espacios, Y aunque este efecto supera las fuerzas de la naturaleza, no creen
que pueda en modo alguno demostrarse que exceda al poder del autor de aquella,
a quien le es fácil abrogar las leyes dadas por él mismo o dis-pensar de ellas
como lo tenga por conveniente; a la manera que ha podido hacer que flote el
hierro sobre el agua, y que
Juan Locke nació en Wrington
(condado de Brístol) en 1632 y murió en 1704. Fué desterrado cuando la
restauración, y volvió a Inglaterra con la revolución de 1688. Sus principales
obras son: Ensayo sobre el enten-dimiento humano, Londres 1690, in fol., en
inglés; La educación de los niños, Londres, en 8°, 1693; Carta sobre la
tolerancia, en latín, 1689; El cristianismo razonado, Londres, 1695. en 8º;
Ensayo sobre el gobierno civil, Londres, 1690.
Eduardo Stillingfleet, polemista
inglés, nació en Cranbourg (condado de Dorset) en 1635, fué obispo de
Worcester, y es célebre por su discu-sión con Locke sobre la cuestión de la inr
iaterialidad del alma. Murió en Westminster en 1699. Sus obras han sido
reimpresas en 1711, en 6 vol. en fol.
91
GODOFREDO G. LEIBNITZ
quede en suspenso la operación del fuego sobre el cuerpo humano.
20. Comparando el Rationale
Theologicum de Nicolás Vedelius, con la refutación de Juan Musaeus, he hallado,
que estos dos autores, uno de los cuales ha muerto siendo profe-sor en
Francker, después de haber enseñado en Ginebra, y el otro ha sido nombrado teólogo
decano en Jena, convienen bastante acerca de las reglas principales del uso de
la razón, pero no en la aplicación de las mismas. Porque están de acuerdo en
que la revelación no puede ser contraria a aque-llas verdades cuya necesidad
llaman los filósofos lógica o metafísica, es decir, cuyo opuesto implique
contradicción; y admiten ambos que la revelación puede contradecir aquellas
máximas cuya necesidad se llama física, y que sólo se funda en las leyes que la
voluntad de Dios ha prescrito a la natura-leza. Y así, la cuestión de si la
presencia de un mismo cuerpo en muchos lugares es posible en el orden
sobrenatural, sólo afecta a la aplicación de la regla; y para decidir esta
cuestión demostrativamente por la razón, sería preciso explicar con exactitud
en qué consiste la esencia de los cuerpos. Los re-formados mismos no están
todos conformes sobre este punto; los cartesianos la reducen a la extensión,
pero sus adversarios les contradicen; y creo haber dicho ya que Gis-berto
Voetius58, célebre teólogo de Utrecht, dudaba de la supuesta imposibilidad de
la pluralidad de lugares.
Gisberto Voet, teólogo de Holanda,
célebre por su intolerancia, nació en Heusde en 1593. Fué el adversario más
terrible de Descartes y de los Arminianos, y uno de los más fogosos defensores
de la ortodoxia en el sínodo de Dordrecht. Sus pi incipales obras son: Selectas
disputationes
92
TEODICEA
21. Por otra parte, aunque los
caos partidos protes-tantes convienen en que es preciso distinguir estas dos
nece-sidades que acabo de notar, es decir, la metafísica y la física, y que la
materia es indispensable hasta en los miss Brios, no están conformes en las
reglas de interpretación que pueden servir para determinar en qué caso es
permitido abandonar la letra, cuando no se está seguro de que es contraria a
esas verdades indispensables; porque se está conforme en que en algunos casos
es preciso desechar una interpretación literal, aunque no sea absolutamente
imposible, cuando por otra parte es poco propia o conveniente. Por ejemplo,
todos los intérpretes están de acuerdo en que, cuando Nuestro Señor dice que
Heródes era un zorro, habla metafóricamente, y en este sentido debe entenderse,
y no imaginar, como algunos fanáticos, que durante el tiempo que empleó en
pronunciar estas palabras Nuestro Señor, Herodes fue convertido efec-tivamente
en zorro. Pero no sucede lo mismo con los textos fundamentales referentes a los
misterios, respecto de los cuales los teólogos de la confesión de Augsbourg
creen que es preciso atenerse al sentido liberal; y como toca esta discu-sión
al arte de interpretar, y no a lo que es propiamente del dominio de la lógica,
no entraremos en ella, con tanto más motivo cuanto que nada tiene de común con
las disputas que han surgido recientemente sobre la conformidad de la fe con la
razón.
22. Los teólogos de todos los
partidos (fuera de algu-nos fanáticos) convienen, por lo menos, en que ningún
artí-
theologicae, 5 vol. in 4º Utrecht y Amsterdam 1648-69; Política
eclesiás-tica, 4 vol. in 4º Arnsterdam 1663-76.
93
GODOFREDO G. LEIBNITZ
culo de fe puede implicar contradicción con demostraciones tan exactas
como las de las matemáticas, en las que lo con-trario de la conclusión puede
reducirse ad absurdum; es de-cir, conducir a la contradicción; y San Atanasio59
se ha burlado, con razón, del galimatías de algunos autores de su tiempo, que
sostenían que Dios había padecido sin pasión. Passus est impassibiliter. O
ludicram doctrinam, aedifican-tem simul et demolientem! De aquí se sigue que
algunos escritores han concedido con demasiada facilidad que la Santa Trinidad
es contraria a aquel gran principio, según el cual dos cosas iguales a una
tercera, son iguales entre sí; es decir, si A es lo mismo que B, y si C es lo
mismo que B, es preciso que A y C sean también lo mismo la una que la otra. Porque
este principio es un resultado inmediato del de con-tradicción, constituyendo
el fundamento de toda la lógica, y sin él no hay medio de razonar con
certidumbre. Y así, cuando se dice que el Padre es Dios, que el Hijo es Dios,
que el Espíritu Santo es Dios, y que, sin embargo, no hay más que un Dios,
aunque estas tres personas difieren entre sí, es preciso tener presente que la
palabra Dios no tiene la misma significación al principio que al fin de esta
frase. En efecto, significa en un caso la sustancia divina, y en otro una
perso-na de la divinidad. Y puede decirse, en general, que es nece-sario no
abandonar nunca las verdades necesarias y eternas para sostener los misterios;
no sea que los enemigos de la
San Atanasio, uno de los más
ilustres padres de la Iglesia, nació en Alejandría en 296, fué adversario de
Arrio en el Concilio de Nicea, y murió siendo Patriarca de Alejandría en 373.
La mejor edición grecolati-na de San Atanasio es la de D. Montfaucon, 1696,
París, 3, vol. in fol.
94
TEODICEA
religión aprovechen la ocasión para desacreditar la religión y los
misterios.
23. La distinción que es costumbre
hacer entre lo que es superior a la razón y lo que es contrario a ella,
concuerda perfectamente con la que acabamos de hacer entre las dos especies de
necesidad. Porque lo que es contrario a la razón, lo es a las verdades
absolutamente ciertas e indispensables; y lo que es superior a la razón, es
contrario sólo a lo que acostumbrarnos a experimentar y comprender. Por este
mo-tivo me sorprende que haya personas de claro entendimiento que combatan esta
distinción, y que M. Bayle sea una de ellas No cabe duda alguna de que está
bien fundada. Una verdad es superior a la razón, cuando nuestro espíritu (y aún
todo espíritu creado) no la puede comprender; como sucede, a mi parecer, con la
Santa Trinidad; con los milagros reservados sólo a Dios, como, por ejemplo, la
creación; con la elección del orden del universo que depende de la armonía
universal y del conocimiento distinto dé una infinidad de cosas a la vez. Pero
una verdad no puede nunca ser contraria a la ver-dad, y lejos de ser
incomprensible un dogma combatido y vencido por la razón, puede decirse que
nada es más fácil de comprender ni más manifiesto que el absurdo que él
encie-rra. Porque ya he observado al principio, que por razón no entendemos
aquí las opiniones y los discursos de los hom-bres, ni tampoco el hábito que
han tomado de juzgar las cosas según el curso ordinario de la naturaleza, sino
el enca-denamiento inviolable entre las verdades.
24. Pasemos ahora a la gran
cuestión que M. Bayle ha suscitado recientemente, a saber, si una verdad, sobre
todo
95
GODOFREDO G. LEIBNITZ
una verdad de fe, podrá estar sujeta a objeciones insolubles. Este
excelente autor sostiene resueltamente la afirmativa, citando teólogos
importantes de su secta, y también de la de Roma, que al parecer dicen lo que
él pretende; y filósofos que han creído que hay también verdades filosóficas
cuyos defensores no pueden responder a las objeciones que se hacen a las
mismas. Cree que son de esta naturaleza, la doc-trina de la predestinación en
teología, y la de la composición del continuum, en filosofía. Son estos, en
efecto, dos labe-rintos que han ocupado mucho en todo tiempo a teólogos y a
filósofos. Liberto Fromondus, teólogo de Lovaina (gran amigo de Jansenio, como
que fue el que publicó el libro póstumo de este titulado, Au-gustinus) que
escribió mucho sobre la gracia, y expresamente un libro titulado: Labyrinthus
de compositione continui, expuso con acierto las dificultades de ambos puntos;
y el famoso Ochin60 ha mostrado muy bien lo que él llama los laberintos de la
predestinación.
25. Pero estos autores no han
negado la posibilidad de hallar un hilo en este laberinto, y si han reconocido
la difi-cultad, no han pasado de lo difícil para ir hasta declararlo imposible.
Por mi parte, sostengo que no puedo seguir la opinión de los que mantienen que
a una verdad pueden ha-cerse objeciones invencibles; porque ¿son éstas otra
cosa que argumentos cuya conclusión contradice nuestra tesis? Un argumento
invencible ¿no es una demostración? Pues, ¿có-mo puede conocerse la certeza de
las demostraciones, sino
Bernardino Ochin, monje católico
que se hizo protestante, na ció en Siena en 1487, y murió en 1564 en Moravia.
Su libro Laberinthi de libero e vero servo arbitrio, es muy curioso. Puede
verse un análisis de él en el Tratado de las facultades del alma, de M. A.
Garnier, L. V. c. I. párf. 6°.
96
TEODICEA
examinando el argumento al pormenor, la forma y la mate-ria, a fin de
ver si la forma es buena, y después si cada premi-sa es reconocida o probada
por otro argumento de igual fuerza hasta que no haya ya necesidad más que de
premisas aceptadas? Ahora bien: si se puede hacer una objeción se-mejante a
nuestra tesis, es preciso decir que la falsedad de ésta queda demostrada, y que
es imposible que podamos tener razones suficientes para probarla; de otra
manera, dos proposiciones contradictorias serían verdaderas a la vez. Es
preciso ceder siempre ante las demostraciones, ya se pro-pongan para afirmar,
ya se las presente en forma de objecio-nes. Y es injusto e inútil querer
debilitar las pruebas del adversario, so pretexto de que no son más que
objeciones; puesto que aquél, en uso del mismo derecho, puede cam-biarlas
denominaciones, honrando sus argumentos con el nombre de pruebas, y dando a los
nuestros para rebajarlos, el despreciativo de objecciones.
26. Es una cuestión distinta la de
si estamos siempre obligados a examinar las objeciones que se nos puedan hacer
y a abrigar dudas respecto de nuestra opinión, o lo que se llama formidinem
oppositi, hasta que se haya hecho este examen. Me atrevo a decir que no, porque
de otra manera jamás se llegaría a la certidumbre y nuestra conclusión sería
siempre provisional; y creo que los geómetras entendidos no tomarán mucho en
cuenta las objeciones de José Escalígero61
José Escalígero, hijo de Julio
César Escalígero (ilustre sabio del siglo XVI), filólogo eminente, nació en
Agen en 1540, y murió en Leyden en 1609. Puede decirse que fundó la filología
en su célebre libro De emen-datione temporum. No sabemos en cuál de sus
innumerables obras se encuentran las objeciones contra Arquímedes.
97
GODOFREDO G. LEIBNITZ
contra Arquímedes, o las de M. Hobbes contra Euclides; pero esto nace de
que están bien seguros de sus demostra-ciones. Sin embargo, es bueno a veces
dignarse examinar algunas objeciones, porque además de que puede servir esto
para sacar a alguien de su error, también podemos acaso alcanzar nosotros
mismos algún provecho; porque los para-logismos especiosos encierran con
frecuencia alguna indica-ción útil, y dan ocasión a resolver ciertas
dificultades graves. Por esta razón he gustado siempre de examinar las
objecio-nes ingeniosas que se han hecho a mis propias opiniones, y nunca lo he
hecho sin fruto; de ello son un testimonio las que M. Bayle dirigió contra mi
sistema de la armonía prees-tablecida, para no hablar de las que M. Arnauld, el
abate Foucher y el padre Lami62, benedictino, me han hecho sobre el mismo
punto. Mas, volviendo a la cuestión principal, debo concluir, en vista de las
razones que acabo de exponer, que cuando se propone una objeción contra alguna
verdad, siempre es posible responder a ella como es debido.
27. Puede suceder que M. Bayle no
tome las objecio-nes insolubles en el sentido que acabo de exponer, y observo
que varía, por lo menos, en las expresiones de que se sirve; porque en su
respuesta póstuma a M. Le Clerc, no concede que puedan oponerse demostraciones
a las verdades de fe. Al parecer, sólo considera las objeciones invencibles con
relación a las luces que tenemos al presente, y no pierde la
Dom Francisco Lami, benedictino
(que no debe confundirse con el P. Lami, del Oratorio), nació en Montreoux,
cerca de Chartres, en 1636. Conocemos su Tratado del conocimiento de sí mismo,
6 vol. en 12º, París, 1694-98; 2ª edic. 1700, más completa; y El nuevo ateísmo
comba-tido o Refutación de Espinoza, París, 1696, en 12°.
98
TEODICEA
esperanza de que alguien pueda hallar con el tiempo una solución poco
conocida hasta ahora. Más adelante hablare-mos nuevamente de esto. Sin embargo,
mi opinión, que qui-zá sorprenda, es que esta solución se ha encontrado ya, no
siendo ni siquiera de las más difíciles, y que un genio media-no que sea capaz
de fijar su atención y de emplear debida-mente las reglas de la lógica vulgar,
puede responder a la más embarazosa objeción que se haga contra la verdad,
cuando esa objeción se hace en nombre de la razón, y se pretende que es una
demostración. Cualquiera que sea el menosprecio que al vulgo de los escritores
modernos inspire hoy día la lógica de Aristóteles, preciso es reconocer que
enseña los medios infalibles de rechazar el error en estas ocasiones; porque
con examinar el argumento según las reglas, habrá siempre el medio de ver si
claudica en la forma, o si hay premisas que no estén todavía debidamente
probadas por un buen argumento.
28. No es lo mismo cuando se trata
sólo de probabili-dades, porque el arte de juzgar por razones probables, no
está aún formado; de suerte que nuestra lógica, en este pun-to, es todavía muy
imperfecta, y hasta ahora sólo tenemos el arte de juzgar por demostración. Pero
esto basta, porque cuando se trata de oponer la razón a un artículo de fe,
nadie fija la atención en las objeciones que sólo conducen a lo probable,
puesto que todo el mundo conviene en que los misterios son contra las
apariencias, y que nada tienen de probable cuando sólo se los mira por el lado
de la razón; pero basta que no haya en ellos nada de absurdo. Y así, para
refutarlos, se necesitan demostraciones.
99
GODOFREDO G. LEIBNITZ
29. De este modo, sin duda, debe
entenderse el pasaje de la Sagrada Escritura, en que se dice que la sabiduría
de, Dios es una locura a los ojos de los hombres así como cuan-do San Pablo
observa que el Evangelio de Jesucristo es una locura para los griegos y un
escándalo para los judíos; porque en el fondo una verdad no puede estar en
contradicción con otra, y la luz de la razón no es menos un don de Dios que lo
es la revelación. Y así es cosa corriente entre los teólogos que saben lo que
traen entre manos, que los motivos de cre-dibilidad justifican, de una vez para
siempre, la autoridad de la Sagrada Escritura delante del tribunal de la razón,
a fin de que ésta ceda ante aquélla, como ante una luz nueva, sacrifi-cando
todas las apariencias o probabilidades; del mismo mo-do, más o menos, que un
nuevo delegado enviado por su príncipe debe mostrar su despacho o nombramiento
a la Asamblea que ha de presidir después. A esto tienden mu-chos y muy buenos
libros que tenemos sobre la verdad de la religión, tales como los de Agustín
Steuchus63, de Du-Plessis-Mornay64 o de Grocio, pues es preciso que nuestra
religión tenga los caracteres de que las falsas carecen; porque de otra manera
Zoroastro, Brahma, So-monacodom y Mahoma serían tan dignos de crédito como
Moisés y Jesu-
Agustin Steuco, teólogo católico,
nació en la Umbría en 1491, y murió en Venecia en 1549. Escribió, entre otras
obras, una Cosmopeia, comentario sobre la creación conforme al Génesis; y un
tratado, De perenni philosophia, donde pretende que se hallan en los filósofos
paga-nos todas las ideas cristianas.
64 Mornay (Du Plessis), personaje ilustre en la política y en la guerra,
amigo de Enrique IV. Escribió entre otras obras, un Tratado de la ver-dad de la
religión cristiana, Amberes, 1680, en 8°; también unas Memo-rias (4 vol. en
4º), y Cartas (1624) muy interesantes.
100
TEODICEA
cristo. Sin embargo, la misma fe divina, cuando se mantiene viva en el
alma, es algo más que una opinión, y no depende de las ocasiones o motivos que
la han hecho nacer, como que va más allá del entendimiento, y se apodera de la
volun-tad y del corazón, para hacernos obrar con calor y con gusto, como la ley
de Dios lo exige, sin que haya ya necesidad de pensar en las razones, ni de
detenerse en las dificultades de razonamiento que el espíritu pueda entrever.
30. Y así lo que acabamos de decir
sobre la razón hu-mana, que unos exaltan y otros rebajan, muchas veces sin
regla ni medida, puede hacernos ver cuán poca es nuestra exactitud, y cómo
somos cómplices de nuestros errores. Se-ría cosa facilísima terminar estas
disputas sobre los derechos de la fe y de la razón, si los hombres quisieran
someterse a las reglas más vulgares de la lógica y razonaran con atención por
escasa que fuera. En vez de esto, se enredan empleando expresiones oscuras y
ambiguas, que les da campo ancho para declamar y hacer valer su ingenio y su
doctrina; de suerte que, al parecer, no sienten el deseo de ver la verdad pura
y desnuda, quizá porque temen que les sea más desa-gradable que el error, todo
por desconocer la belleza del autor de todas las cosas, que es la fuente misma
de la verdad.
31. Este descuido es un defecto
general de la humani-dad, que no debe achacarse a nadie en particular.
Abunda-mus dulcibus vitüs, como Quintiliano decía del estilo de Séneca: nos
complacemos en extraviarnos. La exactitud es para nosotros una traba, y las
reglas nos parecen puerilida-des. Por esta razón la lógica vulgar (la cual
sirve, sin embar-go, casi para el examen de los razonamientos que tienden a
101
GODOFREDO G. LEIBNITZ
la certidumbre) se la deja a los estudiantes, y ni siquiera ha ocurrido
ocuparse de la que debe arreglar el peso de las pro-babilidades, que tan
necesaria sería en las deliberaciones de importancia. Es indudable que nuestras
faltas, en su mayor parte, proceden del desconocimiento o de los defectos del
arte de pensar; porque nada más imperfecto que nuestra lógica, cuando va más
allá de los argumentos necesarios, y los filósofos más eminentes de nuestro
tiempo, como los autores del Arte de pensar, de la Indagación de la verdad y
del Ensayo sobre el Entendimiento, han estado muy lejos de señalarnos los
medios verdaderos y propios para auxiliar esta facultad, a fin de poder pesar
las apariencias de lo verdadero y de lo falso; y prescindo del arte de
inventar, que es más difícil, y del cual sólo existen algunos ensayos muy
imper-fectos en las matemáticas.
32. Una de las cosas que más han
debido contribuir a que M. Bayle creyera que no se puede satisfacer a las
dificul-tades que la razón opone contra la fe, es que, al parecer, exi-ge este
escritor que Dios se justifique de una manera igual a la que emplea ordinariamente
el abogado que defiende al que es acusado ante un juez. Pero no tiene en cuenta
que en los tribunales de los hombres, que no siempre pueden llegar al
conocimiento de la verdad, se ve el juez muchas veces obli-gado a atenerse a
indicios y probabilidades, y sobre todo a presunciones o prejuicios; mientras
que todos convienen - como ya hemos observado- en que los misterios no son
ve-rosímiles. Por ejemplo, M. Bayle no cree que se pueda justi-ficar la bondad
de Dios en lo referente al permiso del pecado, porque la probabilidad sería
contraria a un hombre
102
TEODICEA
que se hallase en un caso que nos pareciera igual a éste. Dios prevé que
la serpiente engañará a Eva, si se coloca a ésta en las circunstancias en que
se halló después, y, sin embargo, la colocó en ellas. Ahora bien, si un padre o
un tutor hicieran otro tanto respecto del hijo o del pupilo, o un amigo
res-pecto de un joven que se le encomendara, el juez no se satis-faría con las
excusas que alegara el abogado, diciendo que sólo habían permitido el mal, pero
sin hacerlo ni quererlo; sino que tomaría este permiso mismo por una señal de
mala voluntad, y lo consideraría como un pecado de omisión que le haría
cómplice del pecado de comisión cometido por el otro.
33. Pero es preciso tener en
cuenta, que cuando se ha previsto el mal, y no se le ha impedido, aunque
parezca que se ha podido evitar fácilmente, y se han ejecutado cosas que lo han
facilitado, no por eso se sigue de aquí necesariamente que sea uno cómplice; no
es más que una presunción muy fuerte que ocupa de ordinario el lugar de la
verdad en las cosas humanas, pero que se destruiría sometiendo el hecho a un
examen exacto, si fuéramos capaces de hacerlo con rela-ción a Dios; porque
llaman presunción los jurisconsultos a lo que debe tenerse por verdad
provisionalmente, mientras no se pruebe lo contrario; y significa más que
conjetura, aunque el Diccionario de la Academia no haya aclarado la diferencia.
Ahora bien, da lugar a creer indudablemente que se sabría por medio de este
examen, si se pudiera hacer, que razones muy justas y más fuertes que las que
aparecen en contrario, han obligado al ser más sabio a permitir el mal y hasta
hacer
103
GODOFREDO G. LEIBNITZ
cosas que lo han facilitado. Más adelante volveremos sobre este punto.
34. Reconozco que no es muy fácil
que un padre, un tutor o un amigo puedan tener tales razones en el caso de que
se trata. Sin embargo, la cosa no es absolutamente impo-sible, y un novelista
de ingenio podría quizás encontrar un caso extraordinario, en que quedaría
hasta justificado un hombre en las circunstancias que acabo de expresar; pero,
respecto de Dios, no hay necesidad de imaginarse o valerse de razones
particulares, que pudieran inclinarle a permitir el mal, pues bastan las
razones generales. Es sabido que Dios cuida de todo el universo, cuyas partes
están perfectamente enlazadas, y de esto debe inferirse que ha tenido una
infini-dad de consideraciones, cuyo resultado le ha hecho estimar conveniente
no impedir ciertos males.
35. Hasta debe decirse, que
necesariamente ha debido haber esas grandes, o más bien, invencibles razones
que han inclinado a la divina Sabiduría a permitir el mal con tanta sorpresa
nuestra, por lo mismo que este permiso ha tenido lugar; porque nada puede
proceder de Dios que no sea per-fectamente conforme a su bondad, a su justicia
y a su santi-dad. Y así podemos juzgar por el resultado (o a posteriori), que
este permiso era indispensable, aunque no nos sea posi-ble demostrarlo(a
priori) con el pormenor de las razones que Dios haya podido tener para ello,
como tampoco es necesa-rio que nosotros lo demostremos para justificarle. El
mismo M. Bayle dice muy bien sobre este punto (Resp. a un Prov., cap. 145, T.
III, p. 1.067): el pecado se ha introducido en el mundo, por con-siguiente,
Dios ha podido permitirle sin
104
TEODICEA
contradecir sus perfecciones; ab actu ad potentiam valet consequentia.
En Dios esta consecuencia es buena; El lo ha hecho, luego lo ha hecho bien.
No es, por tanto, que tengamos nosotros alguna noción de la justicia en
general que no pueda convenir también a la de Dios; ni tampoco que la justicia
de Dios tenga otras reglas que la conocida entre los hombres, sino que lo que
sucede es que el caso de que se trata es absolutamente diferente de los que son
comunes entre aquéllos. El derecho universal es el mismo para Dios y para los
hombres; pero el hecho es ab-solutamente diferente en el caso en cuestión.
36. Podemos hasta suponer o
aparentar, como ya he observado, que entre los hombres haya algo semejante a
este caso que tiene lugar respecto de Dios. Podría un hombre dar pruebas tan
grandes y tan fuertes de su virtud y de su santi-dad, que todas las razones,
hasta las más verosímiles, que se intentaran hacer valer contra él, acusándole
de un supuesto crimen, por ejemplo, de un robo, de un asesinato, debieran ser
desechadas como calumnias de algún testigo falso, o co-mo un juego
extraordinario del azar, que hace que aparezcan a veces como sospechosos los
hombres más inocentes; de suerte que, así como cualquier otro en igual
situación corre-ría el peligro de ser condenado o sometido al tormento, se-gún
la legislación del país, este hombre a que nos referimos, sería absuelto por
los jueces por unanimidad. En este caso, que es raro en efecto, pero no
imposible, podría decirse en cierta manera (sano sensu), que hay oposición
entre la razón y la fe, y que las reglas del derecho son con relación a este
personaje distintas de lo que son respecto del resto de los
105
GODOFREDO G. LEIBNITZ
hombres. Pero bien explicado esto, significaría tan sólo que las
apariencias de razón cedían aquí a la fe que se debe a la palabra y a la
probidad de este grande y santo hombre, que es privilegiado respecto de todos
los demás, no porque haya otra jurisprudencia para él, o porque no se atendiese
a lo que es la justicia cuando se trata de él, sino porque las reglas de la
justicia universal no encuentran en este caso la aplicación que reciben en
todos los demás, o más bien porque le favo-recen, lejos de perjudicarle, puesto
que hay cualidades tan admirables en este personaje, que, en virtud de los
sanos principios lógicos acerca de las probabilidades, debe darse más fe a su
palabra que a la de los demás.
37. Puesto que es permitido
inventar ficciones posi-bles, ¿no podremos imaginarnos que este hombre
incompa-rable es poseedor de la bendita piedra que puede por sí sola enriquecer
a todos los reyes de la tierra, y que hace todos los días gastos prodigiosos
para alimentar y sacar de la miseria a una infinidad de pobres? Ahora bien, si
hubiera todos los testigos y todas las apariencias que se quiera, que tendiesen
a probar que este ilustre bienhechor del género humano aca-baba de cometer un
robo, ¿no es cierto que todo el mundo se burlaría de la acusación, por
especiosa que pudiera ser? Pues bien, Dios es infinitamente superior en bondad
y en poder a este hombre, y, por consiguiente, no hay razones, por aparentes
que sean, que puedan ir contra la fe, es decir, contra aquella seguridad y
aquella confianza en Dios con que podemos y debemos decir, que El ha hecho todo
como es debido. Por lo tanto, las objeciones no son insolubles. Se fundan sólo
en prejuicios y en apariencias de verdad, pero
106
TEODICEA
que son arruinadas por razones incomparablemente más fuertes. Tampoco es
preciso decir que lo que llamamos justi-cia, no es nada con relación a Dios,
que es dueño absoluto de todas las cosas, hasta el punto de poder condenar a
los inocentes sin mengua de su justicia, o que la justicia es una cosa
arbitraria respecto de El; expresiones temerarias y peli-grosas, a que han
llegado algunos con ofensa de los atributos de Dios, puesto que en este caso no
habría motivo para ala-bar su bondad y su justicia; y esto sería como si el más
ma-ligno espíritu, el príncipe de los malos genios, el principio del mal de los
maniqueos, fuese el único dueño del universo, como ya hemos notado en otra
parte. Porque, ¿qué medio habría para discernir el verdadero Dios del falso de
Zoroas-tro, si todas las cosas dependiesen del capricho de un poder arbitrario
sin regla ni consideración a cosa alguna?
38. Es clarísimo, por tanto, que
nada nos obliga a se-guir una doctrina tan singular; puesto que basta con decir
que nosotros no conocemos bien el hecho, cuando se trata de responder a las
apariencias de verdad que parecen poner en duda la justicia y la bondad de
Dios, y que se desvanece-rían si el hecho nos fuese bien conocido. Tampoco
tenemos necesidad de renunciar a la razón para atender a la fe, ni de sacarnos
los ojos para ver con claridad, como decía la reina Cristina; basta desechar
las apariencias ordinarias, cuando son contrarias a los misterios; lo cual no
es contrario a la razón, puesto que en las mismas cosas naturales salimos por
medio de la experiencia o por razones superiores del error a que nos conducen
las apariencias. Pero anticipamos todo esto sólo para que se comprenda mejor en
qué consisten el
107
GODOFREDO G. LEIBNITZ
defecto de las objeciones y el abuso de la razón en el caso presente, en
que se pretende que ésta combate la fe con más fuerza. Entraremos muy pronto en
la discusión rigurosa de todo lo relativo al origen del mal y al permiso del
pecado con sus consecuencias.
39. Por ahora será bueno que
continuemos examinan-do la importante cuestión del uso de la razón en la
teología, y que hagamos algunas reflexiones sobre lo que M. Bayle ha dicho
acerca de este punto en diversos pasajes de sus obras. Como en su Diccionario
histórico y crítico se propuso ex-poner pon claridad las objeciones de los
maniqueos y de los pirrónicos -y esto fue censurado por algunas personas
celo-sas por la religión-, añadió una disertación al final de la se-gunda
edición de aquél, en la cual trataba de mostrar con ejemplos, autoridades y
razonamientos, la inocencia y utili-dad de su procedimiento. Estoy convencido
(como ya dije antes) de que las objeciones especiosas que se pueden opo-ner a
la verdad son muy útiles, y que sirven para confirmarla y aclararla, dando
ocasión a las personas inteligentes para hallar nuevas razones o para hacer
valer más las antiguas. M. Bayle, por lo contrario, busca una utilidad
enteramente opuesta, como sería la de hacer ver el poder de la fe, mos-trando
que las verdades que ella enseña no pueden resistir a los ataques de la razón,
pero que no deja por eso de mante-nerse en el corazón de los fieles. M. Nicole,
según parece, llama a esto el triunfo de la autoridad de Dios sobre la razón
humana, si hemos de juzgar por la cita que de él hace M. Bayle (en el tercer
tomo de su Respuesta a un provinciano, capítulo 117, página 120). Pero como la
razón es un don de
108
TEODICEA
Dios, lo mismo que lo es la fe, decir que se combaten, equi-valdría a
poner a Dios en lucha consigo mismo; y si las obje-ciones de la razón contra
algún artículo de fe son insolubles, será preciso decir que este supuesto
artículo será falso y no revelado; no será más que una quimera del espíritu
humano, y el triunfo de semejante fe puede compararse a las lumina-rias que se
hacen después de una derrota En este caso están la doctrina de la condenación
de los niños no bautizados, que M. Nicole considera como una consecuencia del
pecado original, y la de la condenación eterna de los adultos que hubieren
carecido de las luces necesarias para alcanzar la salvación.
40. Sin embargo, no hay necesidad
de que todo el mundo entre en discusiones teológicas, y las personas cuyo
estado es poco compatible con las indagaciones rigurosas, deben contentarse con
las enseñanzas de la fe sin curarse para nada de las objeciones; y si por acaso
les ocurre alguna dificultad grave, apartar de ella su espíritu, ofreciendo a
Dios el sacrificio de su curiosidad; porque cuando uno está seguro de una
verdad, no hay ni siquiera necesidad de dar oídos a las objeciones. Y como hay
gentes cuya fe no es tan segura ni está tan arraigada que pueda pasar por esta
clase de prue-bas peligrosas, creo que no debe presentárseles lo que sería para
ellos un veneno; y si no se les puede ocultar por ser demasiado público, es
preciso unir el antídoto, es decir, que la solución acompañe a la objeción, en
vez de suponerla imposible.
41. A los pasajes de los
excelentes teólogos que hablan de este triunfo de la fe, puede y debe dárseles
un sentido que
109
GODOFREDO G. LEIBNITZ
sea conforme con los principios que acabo de exponer. En algunos asuntos
de fe se encuentran dos cualidades que son capaces de hacerla triunfar de la
razón: la una es la incom-prensibilidad; la otra, la escasa verosimilitud. Pero
es preciso guardarse bien de unir a éstas la tercera, de que habla M. Bayle, y
decir que lo que se cree es insostenible; porque esto sería hacer que triunfara
la razón a su vez de una manera que destruiría la fe. La incomprensibilidad no
nos impide creer en las mismas verdades naturales; así, por ejemplo (como ya he
hecho notar), no comprendemos la naturaleza de los olo-res y de los sabores y,
sin embargo, estamos persuadidos por una especie de fe que debemos al
testimonio de los sentidos, de que estas cualidades sensibles se fundan en la
naturaleza de las cosas y que no son ilusiones.
42. También hay cosas contrarias a
las apariencias, y que, sin embargo, admitimos, cuando están bien comproba-das.
Según un adagio tomado del español, no hay que creer siempre aquello que se ve.
¿Qué cosa más verosímil que la mentira del falso Martín Guerra, que se hizo
reconocer por la mujer y por los parientes del verdadero marido, e hizo dudar
por mucho tiempo a los jueces y a los parientes, aún después de haberse
presentado el verdadero esposo? Sin embargo, la verdad se descubrió, y fue
reconocida. Lo mis-mo sucede con la fe. Ya he dicho, que lo que se puede
opo-ner a la bondad y a la justicia de Dios, no son más que apariencias que
podrían ser fuertes contra un hombre; pero que son nulas cuando se trata de
Dios, y cuando se las pone en parangón con las demostraciones que nos
garantizan la perfección infinita de sus atributos. Por eso la fe triunfa de
110
TEODICEA
las falsas razones por medio de las sólidas y superiores que nos han
obligado a abrazarla; pero no triunfaría si la opinión contraria tuviese en su
favor razones tan fuertes, o más fuertes aún que las que constituyen el
fundamento de la fe, es decir, si hubiese objeciones invencibles y
demostrativas contra ella.
43. Es bueno observar aquí que lo
que M. Bayle llama triunfo de la fe, es en parte un triunfo de la razón
demostra-tiva contra razones aparentes y engañosas que se oponen indebidamente
a las demostraciones. Porque es preciso con-siderar que las objeciones de los
maniqueos son tan contra-rias a la teología natural como a la teología
revelada. Y aun cuando prescindiéramos -ante sus ataques- de la Sagrada
Escritura, del pecado original, de la gracia de Dios en Jesu-cristo, de las
penas del infierno y de los demás artículos de nuestra religión, no por esto
nos veríamos libres de sus obje-ciones; porque no podría negarse que hay en el
mundo un mal físico (es decir, padecimientos), y un mal moral (es decir,
crímenes), y que el primero no se distribuye en esta tierra en proporción del
segundo, como, al parecer, lo exige la justicia. Por consiguiente, queda en pie
esta cuestión de la teología natural: cómo un principio único, absolutamente
bueno, absolutamente sabio y absolutamente poderoso, ha podido admitir el mal
y, sobre todo, cómo ha podido admitir el pe-cado, y cómo ha podido resolverse a
hacer con frecuencia dichosos a los malos y desgraciados a los buenos.
44. Ahora bien; no tenemos
necesidad de la fe revela-da para saber que existe ese principio único de todas
las co-sas, perfectamente bueno y sabio. La razón nos lo enseña
111
GODOFREDO G. LEIBNITZ
por medio de demostraciones infalibles y, por consiguiente, todas las
objeciones tomadas del curso de las cosas, en que notamos imperfecciones, no
están fundadas más que en fal-sas apariencias. Porque si fuéramos capaces de
conocer la armonía universal, veríamos que lo que estamos dispuestos a criticar
está ligado con el plan más digno de merecer la pre-ferencia; en una palabra,
veríamos, y no sólo creeríamos, que lo que Dios ha hecho es lo mejor. Entiendo
aquí por ver lo que se conoce a priori por las causas; y por creer lo que sólo
se juzga por los efectos, aunque lo uno sea conocido con tanta certidumbre como
lo otro. Y puede aplicarse al caso lo que dice San Pablo (II. Cor. V. 7);
porque andamos por fe, no por visión; pues siéndonos conocida la sabiduría
infinita de Dios, creemos que los males que experimentamos han debido ser
permitidos, y lo creemos por el efecto mismo o a posteriori, es decir, porque
existen. El mismo M. Bayle lo reconoce, y debería darse por satisfecho, sin
pretender que hayan de hacerse cesar las falsas apariencias en contrario. Es
como si se exigiera que no hubiera ensueños ni ilusiones ópticas.
45. No hay que dudar que esta fe y
esta confianza en Dios, que nos permiten entrever su bondad infinita y nos
preparan para amarle a pesar de las apariencias da dureza que puedan chocarnos,
es un ejercicio excelente de las virtudes de la teología cristiana, cuando la
divina gracia en Jesucristo excita estos movimientos en nosotros. Esto es lo
que Lutero ha expuesto muy bien contra Erasmo, diciendo que el colmo del amor
consiste en amar a aquel que parece tan poco ama-ble a la carne y a la sangre,
tan riguroso contra los desgracia-
112
TEODICEA
dos, y tan pronto a condenar -por males de que es él, al pa-recer, causa
y cómplice- a aquellos que se dejan alucinar por falsas razones. De suerte que
puede decirse que el triunfo de la verdadera razón, iluminada por la gracia
divina, es al mis-mo tiempo el triunfo de la fe y del amor.
46. M. Bayle parece haber tomado
esto en otro senti-do, y así se declara contra la razón, cuando debía
contentarse con atacar el abuso que de ella se hace. Cita las palabras de
Cotta, de que habla Cicerón, el cual llega hasta decir que si la razón fuese un
presente de los dioses, la Providencia mere-cería ser vituperada por haberla
concedido, puesto que la convierte en nuestro mal. M. Bayle cree también que la
ra-zón humana es un principio de destrucción, y no de edifica-ción (Dic. pág.
2026, col. 2 ), que es una corredora que no sabe dónde detenerse, y que, como
otra Penélope, destruye ella misma su propia obra.
Destruit, aedificat, mutat quadrata rotundis. (Destruye, edifica, cambia
lo cuadrado en redon-
das).
(Respuesta a un provinciano. Tomo 3°, página 722). Pe-ro lo que hace
sobre todo, es amontonar muchas autorida-des, para hacer ver que los teólogos
de todas las sectas desechan el uso de la razón lo mismo que él, y que no
de-senvuelven las luminosas acusaciones que se dirigen contra la religión más
que para sacrificarlas a la fe por una simple negativa, y sin contestar más que
a la conclusión del argu-mento que se les dirige. Comienza M. Bayle por el
nuevo
113
GODOFREDO G. LEIBNITZ
Testamento. Jesucristo se contentaba con decir: "Sígueme"
(Luc. V, 27, IX, 59). Los apóstoles decían: "Cree, y te salva-rás"
(Act. XVI, 3). San Pablo reconoce que su doctrina es oscura (I Cor. XII, 12);
que no se puede comprender, a no ser que Dios comunique un discernimiento
espiritual, sin lo cual pasará por una locura (I Cor. II, 14); y exhorta a los
fieles a estar en guardia contra la filosofía (I Cor. II. 8) y a evitar las
contiendas de esta ciencia que había hecho perder la fe a algunas personas.
47. En cuanto a los padres de la
Iglesia, M. Bayle nos remite a las muchas citas de los mismos contra el uso de
la filosofía y de la razón reunidas por M. de Launoy65; (De varia Aristotelis
Fortuna, c. II), y particularmente los pasajes de San Agustín, recogidos por M.
Arnaud (contra Mallet), que hacen ver que los juicios de Dios son
impenetrables; que porque nos sean desconocidos, no son por eso menos jus-tos;
que es un abismo profundo que no es posible sondear. sin exponerse a caer en el
precipicio; que es una temeridad querer explicar lo que Dios ha querido
mantener oculto; que su voluntad no puede menos de ser justa; que por haber
intentado muchos dar razón de esta profundidad incom-prensible, han incurrido
en vanas imaginaciones y en opinio-nes llenas de errores y de extravíos.
Juan de Launoy, doctor de la
Sorbona, nació en Valderic (diócesis de Coutances), en 1603, y murió en 1678;
es autor de numerosos escritos teológicos. Su obra curiosa, De varia
Aristotelis in Academia parisina fortuna, se publicó en 1553.
114
TEODICEA
48. Lo mismo han dicho los
escolásticos. M. Bayle re-fiere un precioso pasaje del Cardenal Cayetano66
(Primera parte. Sum., cuestión 22, artículo 4°), en este sentido: "Nuestro
espíritu, dice, descansa, no en la evidencia de la verdad conocida, sino en la
profundidad inaccesible de la verdad oculta. Y como dice San Gregorio, el que
sólo cree, en lo tocante a la divinidad, lo que puede medir con su espí-ritu,
empequeñece la idea de Dios. Sin embargo, no sospe-cho que haya precisión de
negar ninguna de las cosas que sabemos, o que vemos que pertenecen a la
inmutabilidad, a la actualidad, a la certidumbre, a la universalidad, etcétera,
de Dios; pero creo que hay aquí algún secreto, ya respecto a la relación que
hay entre Dios y el suceso, ya respecto de lo que liga el suceso mismo con su
previsión. Y así, considerando que el intelecto de nuestra alma es como el ojo
del mochue-lo, no encuentro que pueda hallar reposo sino en la ignoran-cia.
Porque vale más, en obsequio de la fe católica y de la fe filosófica, confesar
nuestra ceguera, que no asegurar como cosa evidente lo que no tranquiliza
nuestro espíritu, puesto que la evidencia es la única que produce esa
tranquilidad. No por esto acuso de presunción a todos los doctores que,
bal-buceando, han tratado de insinuar, como han podido, la in-movilidad y la
soberana y eterna eficacia del entendimiento, de la voluntad y del poder de
Dios, por medio de la infalibi-
Hay dos Cardenales con este
nombre. El primero, que es al que se refiere Leibnitz es el más célebre como
teólogo, y fuá adversario de Lutero. Nació en Gaeta en 1469 y murió en Roma en
1534. Defendió, como Belarmino las doctrinas ultramontanas en su Tratado de la
autori-dad del Papa (Opúsculos, Lyon, 1562). Escribió además un Comentario
sobre la Suma de Santo Tomás.
115
GODOFREDO G. LEIBNITZ
lidad de la elección y de la relación divina con todos los su-cesos.
Nada de esto empece a la sospecha que tengo, de que hay alguna profundidad
oculta para nosotros." Este pasaje de Cayetano es tanto más atendible,
cuanto que era un autor capaz de profundizar la materia.
49. El libro de Lutero contra
Erasmo está lleno de ob-servaciones punzantes dirigidas a los que quieren
someter las verdades reveladas al tribunal de nuestra razón. Calvino ha-bla
muchas veces en el mismo tono contra la audaz curiosi-dad de los que intentan
penetrar en los consejos de Dios. En su tratado de la Predestinación, declara
que Dios ha tenido justos motivos para condenar a una parte de los hombres,
pero que son para nosotros desconocidos. Por último, M. Bayle cita muchos
escritores modernos que han hablado en el mismo sentido (Respuesta a un
provinciano, capítulo 160 y siguientes).
50. Pero todas estas citas y otras
muchas semejantes no prueban que sean insolubles las objeciones contrarias a la
fe, que es lo que se proponía M. Bayle. Es cierto que los consejos de Dios son
impenetrables; pero no hay objeciones invencibles que obliguen a concluir que
son injustos. Lo que parece injusticia del lado de Dios, y locura del lado de
la fe, no es más que aparente. El célebre pasaje de Tertuliano (De carne-
Cristhi): mortuus est Dei Filius, credibile est, quia ineptum est; et sepultus
revixit, certum est, quia impossibile (es creíble que murió el Hijo de Dios,
porque es absurdo; y es cierto que resucitó después de sepultado, porque es
impo-sible), es un dicho que sólo puede entenderse con relación a las
apariencias de lo absurdo. Otros semejantes hay en el
116
TEODICEA
libro de Lutero, como cuando dice en el capítulo 174: Sí placet tibi
Deus indignos coronans, non debet displicere immeritos damnans (Si te agrada
Dios coronando a los in-dignos, no debe desagradarte conde-nando a los que no
lo merecen). Lo cual, reduciéndolo a términos más moderados, quiere decir: Si
aprobáis el que Dios dé la gloria eterna a los que no son mejores que los
demás, no debéis desaprobar el que abandone a los que no son peores que los
otros. Y para creer que sólo habla de las apariencias de injusticia, no hay más
que tomar en cuenta otras palabras suyas, sacadas del mismo libro: "En
todo lo demás, dice, reconocemos en Dios una majestad suprema, y sólo es su
justicia la que nos atre-vemos a poner en duda, y no queremos creer
provisional-mente (tantisper) que es justo, no obstante habernos prometido que
llegará un día en que, revelada toda su gloria, todos los hombres verán
claramente que lo ha sido y que lo es."
51. Se hallará también que cuando
los Padres han en-trado en polémica, no han rechazado simplemente la razón.
Cuando disputan contra los paganos, lo que de ordinario se proponen hacer ver,
es que el paganismo es contrario a la razón, y cuán grande es la ventaja que en
este punto tiene sobre él la religión cristiana. Orígenes67 probó contra
Celso68
Orígenes, ilustre teólogo de
Alejandría, nació en esta ciudad en 185 y murió en 253, no sin haberse hecho
sospechoso de herejía. La mejor edición de sus obras completas es la de París,
4 vol. in fol. 1759. Oríge-nes ocupa uno de los primeros puestos en la historia
de la metafísica cristiana. Defendió el cristianismo contra Celso.
Celso, filósofo del segundo siglo
de la Era Cristiana, conocido sobre todo por su polémica contra el
cristianismo. No conocemos su Discurso
117
GODOFREDO G. LEIBNITZ
que el cristianismo era racional, y probó el por qué a pesar de esto la
mayor parte de los cristianos deben creer sin exa-men. Celso se había burlado
de la conducta de los cristianos, "que no queriendo, decía, escuchar
vuestras razones ni dar las que ellos tienen para creer, se contentan con
decir: no examinéis, creed solamente; o bien, vuestra fe os salvará; y
sostienen la máxima de que la sabiduría del mundo es un mal."
52. Orígenes responde como hombre
entendido que era (L. I. Cap. II), de una manera conforme a los principios que
acabamos de sentar. Y es que la razón, lejos de ser con-traria al cristianismo,
sirve de fundamento a esta religión, y hará que la acepten todos los que puedan
llegar a examinarla. Pero como son pocos los capaces de hacerlo, el don celeste
de una fe pura que conduce al bien basta para la generalidad. "Si fuese
posible, dice, que todos los hombres abandonasen los negocios de la vida y se consagraran
al estudio y a la me-ditación, no habría necesidad de seguir otro camino para
hacerles aceptar la religión cristiana. Porque sea dicho sin ánimo de ofender a
nadie (indica que la religión pagana es absurda, pero no quiere decirlo
claramente), no se encontra-rá en la religión cristiana menos exactitud que en
cualquiera otra cosa, ya se trate de la discusión de sus dogmas, ya de las
aclaraciones de las expresiones enigmáticas de sus profetas, ya de la
explicación de las parábolas de sus Evangelios y de otra infinidad de cosas
acaecidas u ordenadas simbólica-mente. Pero ya que ni las necesidades de la
vida ni los acha-
verdadero, que es el más importante de sus escritos polémicos; pero
Orígenes cita los pasajes más esenciales en su refutación al mismo.
118
TEODICEA
ques permiten a los hombres, fuera de un corto número, dedicarse al
estudio, ¿qué medio puede encontrarse más provechoso para el resto del mundo
que el que Jesucristo quiso que se empleara para alcanzar la conversión de los
pueblos? Yo deseo que se me diga, con respecto al gran nú-mero de los que
creen, y que por eso han salido del cenagal de los vicios en que antes estaban
sumidos, si no vale más que hayan cambiado de esta suerte sus costumbres y
corre-gido su vida, creyendo sin examen que serán penados los pecados ya,
recompensadas las buenas acciones, que no el que hubiesen esperado, para
convertirse, hasta haber, no sólo creído, sino examinado con cuidado los
fundamentos de estos dogmas. Ciertamente que si se siguiera este método, serían
muy pocos los que llegarían allí donde su fe simple y pura los conduce, y que
la mayor parte continuarían viviendo en la corrupción."
53. M. Bayle (en sus comentarios a
las objeciones de los maniqueos69, que aparecen al final de la segunda edición
del Diccionario), toma estas palabras, en que Orígenes ex-presa que la religión
está sometida a la prueba de la discusión de sus dogmas, como si esto no se
entendiera con relación a la filosofía, sino sólo con relación a la exactitud
con que se afirman la autoridad y el verdadero sentido de la Sagrada Escritura.
Pero nada hay en ellas que autorice esta restric-ción. Orígenes escribía contra
un filósofo que no la hubiera
Maniqueos, herejes que admiten dos
principios: el del bien y el del mal. Fué fundada esta secta por Manes o
Maniqueo, que nació en Carcub, en la Hazitidia (Persia), en 242, y murió en 277
por orden de Varasdes I, Rey de Persia. Manes combinó las ideas cristianas con
las ideas de Zo-roastro.
119
GODOFREDO G. LEIBNITZ
admitido. Y lo que este Padre quiso expresar fue, que los cristianos no
son menos rigurosos que los estoicos y otros filósofos que fundan sus doctrinas
ya valiéndose de la razón, ya de la autoridad, como hacía Crisippo, quien
apoyaba su filosofía hasta en los símbolos de la antigüedad pagana.
54. Celso hace también otra
objeción a los cristianos en el mismo pasaje: "Si se encierran, dice, como
hacen de ordinario en su "no examinéis, creed solamente", es preciso
que me digan por lo menos cuáles son las cosas que quieren que yo crea."
En esto tiene razón, sin duda, y va dirigido contra aquellos que, diciendo que
Dios es bueno y justo, sostienen, sin embargo, que no tenemos ninguna noción de
la bondad o de la justicia, cuando le atribuimos estas perfec-ciones. Pero no
hay que exigir siempre lo que yo llamo no-ciones adecuadas, las que no
envuelven nada que no pueda explicarse; puesto que ni las mismas cualidades
sensibles, como el calor, la luz, la dulzura, pueden darnos tales nocio-nes. Y
así, convenimos en que los misterios son susceptibles de explicación, pero que
ésta es imperfecta. Basta que ten-gamos algún conocimiento analógico de un
misterio, como la Trinidad o la Encarnación, a fin de que al aceptarlos no
pronunciemos palabras enteramente destituídas de sentido; y no es necesario que
la explicación vaya todo lo lejos que podría desearse, es decir, que llegue
hasta la comprensión del misterio y del cómo.
55. Parece, pues, tan extraño que
M. Bayle recurra al tribunal de las nociones comunes en el tercer tomo de su
Respuesta a un provinciano, página 1062 y 1140, como si no se debiera atender a
la idea de bondad, cuando se refuta a los
120
TEODICEA
maniqueos; siendo así que él mismo se explica de una mane-ra muy
distinta en su Diccionario; y conviene ciertamente que los que disputan sobre
si hay un solo principio bueno, o si hay dos, uno bueno y otro malo, se
pusieran de acuerdo en lo que significan los términos bueno y malo. Entendemos
que se dice algo con el término unión, cuando se nos habla de la de un cuerpo
con otro cuerpo, o de una sustancia con su accidente, de un sujeto con su
adjunto, del lugar con el cuerpo que se mueve, del acto con la potencia; así
como también cuando hablamos de la unión del alma con el cuer-po para
constituir una sola persona. Porque aun cuando yo no sostengo que el alma
cambie las leyes del cuerpo, ni el cuerpo las del alma, y me he valido de la
armonía preestable-cida para evitar esta confusión, no por eso dejo de admitir
entre el alma y el cuerpo una verdadera unión, que constitu-ye su sostén. Esta
unión conduce a la metafísica, mientras que una unión. de influencia lleva a la
física. Pero cuando hablamos de la unión del Verbo de Dios con la naturaleza
humana, debemos satisfacernos con un conocimiento analó-gico, como, por
ejemplo, el que la comparación de la unión del alma y el cuerpo puede darnos;
contentándonos, por lo demás, con decir que la Encarnación es la unión más
estre-cha que puede existir entre el Creador y la criatura, sin que haya
necesidad de caminar más adelante.
56. Lo mismo sucede con los demás
misterios, con respecto a los cuales los espíritus moderados y prudentes
encontrarán siempre una explicación suficiente para creer, pero jamás la que se
necesita para comprender. Nos basta con saber, así, de un cierto modo, lo que
es (tí ésti) ; pero el
121
GODOFREDO G. LEIBNITZ
cómo (pôs) sobrepuja a nuestros medios, y no nos es tam-poco necesario.
Puede decirse de las explicaciones de los misterios que ocurren por ahí, lo que
la reina de Suecia hizo escribir en una medalla, puesta sobre la corona que
había renunciado: non mi bisogna, e non mi basta.
Tampoco tenemos necesidad (según he observado ya) de probar los
misterios a priori, o de dar razón de ellos; nos basta con que la cosa sea así
(tò öti) sin saber el por qué (tò dióti), que Dios se ha reservado. José
Escalígero compuso sobre eso estos preciosos y célebres versos:
Ne curiosus quaere causas omnium, Quaecumque libris vis prophetarum
indidit Afflata coelo, plena veraci Deo: Nec operta sacri supparo silentii
Irrumpere aude, sed pudenter praeteri.
Nescire velle, quae Magister optimus
Docere non vult, erudita inscitia est.
(No indagues curioso las causas de todas las cosas,
Que en los libros escribiera la virtud de los profetas
Inspirada por el cielo, saturada por la veracidad de Dios;
Ni las cosas cubiertas por el velo del silencio sagrado
Te atrevas a penetrar, sino modestamente pásalas por
alto.
Querer ignorar las cosas que el mejor Maestro No quiere enseñar, es
sabia ignorancia).
122
TEODICEA
M. Bayle, que los menciona (Respuesta a un provincia-no. Tomo III,
página 1055), cree muy probable que Escalí-gero los hizo con motivo de la
disputa entre Arminius70 y Gomarus71. Creo que M. Bayle les ha citado de
memoria, porque pone sacrata en lugar de afflata; pero, en cambio, debe de ser
una errata de imprenta el poner prudenter en vez de pudenter (es decir,
modestamente), que es la palabra que pide el verso.
57. Nada más en su lugar que el
consejo que estos ver-sos encierran, y M. Bayle tiene razón en decir (página
729) "que los que pretenden que en la conducta de Dios, respecto del
pecado y de las consecuencias del mismo, no hay cosa alguna cuya razón no
puedan ellos dar, se entregan a merced del adversario." Pero ningún motivo
hay para juntar aquí dos cosas que son muy diferentes, cuales son: dar razón de
una cosa y sostenerla contra las objeciones que se hagan; y eso es lo que él
mismo hace cuando añade: "Se ven obligados a seguir al adversario por
todas partes a donde quiera condu-cirlos; retrocederían vergonzosamente y
pedirían cuartel si
Santiago Arminio o Harmensen,
célebre teólogo holandés, fundador de la secta de los arminianos, que ha hecho
un gran papel en la historia de los Países Bajos. Nació en 1560 en Oude-Water y
murió en Leyden en 1609. Su doctrina se inclinaba al pelagianismo; es decir, a
la rehabilitación del libre albedrío contra los supralapsarios, que exageraban
el dogma del pecado original. Los principales puntos de su doctrina se
encuentran en las Remontrances, presentadas en 1610 en los Estados de Holanda
por sus discípulos, de donde les vino el nombre de Remontrants. Sus sermo-nes y
controversias teológicas han sido publicadas en Leyden, en 4°, 1629.
Francisco Gomar, adversario de
Arminio, y su colega en la Universi-dad de Leyden, defendió el calvinismo
contra éste; a sus discípulos se les llamó Contre-Remontrants. Se publicaron
sus obras en Amsterdam, en 1645.
123
GODOFREDO G. LEIBNITZ
confesaran que nuestro espíritu es demasiado débil para sa-tisfacer
plenamente a todas las exigencias de un filósofo."
58. Parece, pues, que, según M.
Bayle, dar razón de una cosa es menos que responder a las objeciones, puesto
que impone al que emprenda lo primero la obligación de caminar hasta lo
segundo. Mas precisamente sucede todo lo contrario: un sustentante (respondens)
no está obligado a dar razón de su tesis, pero está obligado a satisfacer las
objecio-nes del contrincante. El demandado a juicio no está obligado (por regla
general) a probar su derecho ni a presentar el tí-tulo de su posesión, pero sí
lo está a responder a las razones del demandante. Cien veces me ha sorprendido
el ver que un autor tan grave, exacto y perspicaz como M. Bayle, mezcle aquí
repetidamente cosas entre las que hay tanta diferencia, es decir, estos tres
actos de la razón: comprender, probar y responder a las objeciones; como si
cuando se trata del uso de la razón en teología, lo uno valiera tanto como lo
otro. Así es que, en sus Conversaciones póstumas, dice: "No hay principio
que M. Bayle haya inculcado tanto como éste: que la incomprensibilidad de un
dogma y la insolubilidad de las objeciones que se hacen al mismo, no son
razones legítimas para rechazarlo." Pase con respecto a la
incomprensibilidad, pero no está en el mismo caso la insolubilidad. Porque vale
tanto como si se dijera que una razón invencible que se adu-ce contra una
tesis, no es una razón legítima para rechazarla. ¿Cuál puede serlo para
desechar una opinión, si un argu-mento invencible en contrario no lo es? ¿Qué
medio habrá entonces para demostrar la falsedad y hasta lo absurdo de una
cualquiera?
124
TEODICEA
59. Conviene también observar que
el que prueba una cosa a priori, da razón de ella por la causa eficiente; y el
que puede dar tales razones de una manera exacta y suficiente, está igualmente
en estado de comprender la cosa. Por esta razón los teólogos escolásticos
censuraron a Raymundo Lu-lio por haber intentado demostrar la Trinidad por la
filoso-fía. Esta supuesta demostración aparece en sus obras, y Bartolomé
Keckerman72, autor célebre entre los reformados que hizo una tentativa igual
sobre el mismo misterio, fue criticado también por algunos teólogos modernos.
Así, pues, se censurará y reprenderá a los que pretendan dar razón de este
misterio tratando de hacerlo comprensible, pero se ala-bará a los que trabajen
por mantenerle contra las objeciones de los adversarios.
60. Ya he dicho que los teólogos
distinguen general-mente lo que es superior a la razón y lo que es contrario a
ella. Ponen por encima de la razón lo que no puede com-prenderse, y de que no
se puede dar razón. Pero será contra-ria a la razón toda opinión que resulte
combatida por argumentos invencibles, o bien cuando la contradictoria puede
probarse de una manera precisa y firme. Reconocen, por lo tanto, que los
misterios son superiores a la razón, pero no conceden que sean contrarios a
ella. El autor inglés de un libro ingenioso, pero que ha sido condenado, cuyo
título es: Cristianity not mysterious, quiso combatir esta dis-tinción, pero
salió mal de su empresa. M. Bayle tampoco se
Bartolomé Keckermann, profesor en
Dantzig, murió en 1609. Escribió sobre todas las ramas de la filosofía, de la
teología y de las ciencias, bajo este título: Systema Systematum. Sus obras
completas se imprirnieron en Ginebra en 1614.
125
GODOFREDO G. LEIBNITZ
manifestó contento con ella tal como era comúnmente aceptada. He aquí lo
que dice (Tomo III, Respuesta a un provinciano, capítulo 158). Primeramente
(página 998) dis-tingue, como hace M. Saurin73, estas dos tesis: una, todos las
dogmas cristianos concuerdan con la razón; otra, la razón humana conoce que
concuerdan con la razón. M. Bayle ad-mite la primera y niega la segunda. Yo soy
de la misma opi-nión, si al decir que un dogma conforma con la razón, se
entiende que es posible dar la razón de él o explicar el cómo por la razón;
porque Dios podría hacerlo, sin duda alguna, y nosotros no podemos. Pero creo
que es preciso afirmar am-bas tesis, si por "conocer que un dogma
concuerda con la razón", se entiende que podemos demostrar, caso
necesario, que no hay contradicción entre este dogma y la razón, recha-zando
las objeciones de los que pretenden que aquél es ab-surdo.
61. M. Bayle se explica en este
punto de un modo que no satisface. Reconoce que nuestros misterios son
confor-mes a la razón suprema y universal que reside en el entendi-miento
divino o a la razón en general; sin embargo, niega que parezcan conformes a esta
porción de razón de que el hombre se sirve para ,juzgar las cosas, pero como
esta por-ción de razón que poseemos es un don de Dios, y consiste
Elías Saurin. Hay muchos de este
apellido. Conjeturamos que el que cita Leibnitz no es el célebre predicador
(Santiago Saurin, 1677-1703), sino el teólogo adversario de Jurieu. Nació en
1639, en el Delfinado, y murió en 1703. Conocemos como suyos: Examen de la
teología de Ju-rien. 2 vol., en 8º, La Haya, 1694; Defensa de la verdadera
doctrina re-formada, 2 vol., en 8° Utrecht, 1697; Reflexiones sobre los
derechos de la conciencia, Utrecht, 1697, en 8º; Tratado del amor de Dios,
Utrecht, 1701, en 8º.
126
TEODICEA
en la luz natural que nos ha quedado en medio de la corrup-ción, ella es
conforme con el todo, y sólo difiere de la que se da en Dios, a la manera que
una gota de agua difiere del Océano, o más bien, como lo finito difiere del
infinito. Y así, los misterios pueden ser superiores a ella, pero no
contrarios. No podían ser contrarios a una parte, sin serlo por esto mismo al
todo. Lo que contradice una proposición de Eucli-des es contrario a los
elementos de Euclides. Lo que en no-sotros es contrario a los misterios, no es
la razón, ni la luz natural, ni el encadenamiento de las verdades; sino que es
corrupción, error o preocupación, tinieblas.
62. M. Bayle (página 1002) no se
satisface con la opi-nión de Josua Stegman y de M. Turretin74, teólogos
protes-tantes que enseñan que los misterios sólo son contrarios a la razón
corrompida. Pregunta, burlándose, si por recta razón se entiende quizá la de un
teólogo ortodoxo, y por razón corrompida la de un hereje; y dice que la
evidencia del miste-rio de la Trinidad no era mayor en el alma de Lutero que en
la de Socino75. Pero -como M. Descartes ha hecho notar
Turrettini. Hay muchos teólogos
protestantes de este nombre, todos pertenecientes a una familia italiana que se
fijó en Ginebra después de la reforma. Los más célebres son: Francisco
Turrettini, que nació en 1623, sin que se sepa la época de su muerte, y es
autor de las Institutrones theológicae, Ginebra, 1679, 3 vol., en 8°, y Juan
Alfonso Turrettini, 1671-1737.
Socino. Hay dos y ambos han
contribuido a fundar la secta sociniana o antitrinitaria que interpretaba la
reforma en un sentido racionalista. El primero, Lelio Socino, nació en Siena en
1525, y murió en Zurich en 1562. No se conoce de él ninguna obra, salvo que sea
suya tratados teo-lógicos (1654, en 16º, Eleutheropoli). El segundo, Fausto
Socino sobrino del precedente, desenvolvió y propagó la doctrina de su tío. En
Polonia fué donde principalmente se establecieron las iglesias socinianas. Los
escritos de Socino forman los dos primeros volúmenes de la Bibliotheca
127
GODOFREDO G. LEIBNITZ
oportunamente- el buen sentido es un don concedido a to-dos los hombres,
así que es preciso creer que los ortodoxos y los herejes están dotados de él.
La recta razón es un enca-denamiento de verdades; mientras que la razón
pervertida está mezclada de prejuicios y de pasiones. Para discernir la una de
la otra, basta proceder con orden, no admitir ninguna tesis sin prueba y no
admitir ninguna prueba que no esté aducida en debida forma según las reglas más
vulgares de la lógica. No hay necesidad de otro criterio ni de otro juez en
asuntos de razón. Por no guardar esta moderación, se han dado armas a los
Escépticos, y por eso en la misma teología, Francisco Verón76 y algunos otros
que han llevado más allá de lo razonable la disputa contra los protestantes,
llegando hasta el enredo y la sofistería, se han arrojado a cuerpo des-cubierto
en el escepticismo, para probar la necesidad de aceptar un juez exterior,
infalible, lo cual no ha merecido la aprobación de los hombres más ilustres, ni
aun de los de su misma secta. Calixto y Daillé se han burlado de esto, como era
de suponer, y el Cardenal Belarmino ha razonado de una manera muy distinta.
63. Veamos ahora lo que M. Bayle
manifiesta sobre la distinción de que se trata. "Me parece, dice, que se
ha desli-
fratrum polonorum, Irenopoli (Amsterdam, 1656, en fol., 8 vol). Véase el
Diccionario de Bayle.
Francisco Verón, controversista
católico, nació en París, hacia el año 1575; murió siendo párroco de Charenton,
en 1649. Escribió contra los protestantes y los jansenistas. Sus principales
obras son: Tratado del Poder del Papa, París, 1626. en 8º; Del primado de la
Iglesia París, 1641, en 8º; Compendio de las controversias, París, 1630, en
24º; El medio de la paz cristiana, París, 1609, en 8º; Método para tratar las
controversias de religión, París, 1638, en fol.
128
TEODICEA
zado un equívoco en la famosa distinción que se hace entre las cosas que
son superiores a la razón y las que son contra-rias a ella. Los misterios del
Evangelio son superiores, suele decirse, pero no contrarios a la razón. Creo
que no se da a la palabra razón el mismo sentido en la primera parte de este
axioma que en la segunda; y que se entiende, en aquélla, la razón del hombre o
la razón in concreto, y en la segunda, la razón general o la razón in
abstracto. Porque, suponiendo que se entienda siempre la razón en general o la
razón su-prema, la razón universal que se da en Dios, es igualmente cierto que
los misterios evangélicos no son superiores a la razón, y que no son contrarios
a la razón. Pero si se entiende en ambas partes del axioma la razón humana, no
veo cierta-mente la solidez de la distinción, porque los más ortodoxos
confiesan que no conocemos la conformidad de los miste-rios con las máximas de
la filosofía. Así nos parece que no son conformes con nuestra razón. Ahora
bien, lo que nos parece que no es conforme con nuestra razón, lo creernos
contrario a ella; en la misma forma que lo que no nos parece conforme con la
verdad, lo creemos contrario a la misma; ¿por qué entonces no ha de poder
decirse de igual modo, que los misterios son contra nuestra débil razón y que
están por encima del frágil razonamiento humano?" Respondo, como ya lo
hice antes, que la razón aquí es el encadena-miento de las verdades que
conocemos por la luz natural, y en este sentido el axioma recibido es
verdadero, sin que contenga ningún equívoco. Los misterios son superiores a
nuestra razón, porque contienen verdades que no están comprendidas en este
encadenamiento; pero no son contra-
129
GODOFREDO G. LEIBNITZ
rias a nuestra razón, ni contradicen ninguna de las verdades a que este
encadenamiento puede conducirnos. No se trata, por lo tanto, aquí de la razón
universal que reside en Dios, sino de la nuestra. Y con respecto a la cuestión
de si cono-cemos la conformidad de los misterios con nuestra razón, respondo
que, por lo menos, jamás conocemos que haya disconformidad ni oposición alguna
entre los misterios y la razón; y como podemos siempre salvar esta supuesta
oposi-ción, si se llama a esto conciliar o concordar la fe con la ra-zón, o
conocer la conformidad entre ellas, es preciso decir que podemos conocer esta
conformidad y este acuerdo. Mas si la conformidad consiste en una explicación
racional del cómo, no podremos nosotros conocerla.
64. M. Bayle hace una objeción
ingeniosa, tomando un ejemplo del sentido de la vista. "Cuando una torre
cuadrada, dice, nos parece redonda desde lejos, nuestros ojos no sólo deponen
muy claramente que nada cuadrado perciben en esta torre, sino también que
descubren una figura redonda, incompatible con la figura cuadrada. Puede, por
tanto, decir-se que la verdad, que es la figura cuadrada, no sólo es supe-rior,
sino también contraria al testimonio de nuestra débil vista." Es preciso
reconocer que esta observación es exacta, y aunquesea cierto que la apariencia
de la redondez nace sólo de no aparecer los ángulos a causa del alejamiento, no
por eso deja de ser cierto que lo redondo y lo cuadrado son co-sas opuestas.
Respondo, pues, a esta objeción, que la repre-sentación de los sentidos, aun
cuando hagan éstos todo lo que de ellos depende, es muchas veces contraria a la
verdad; pero no sucede lo mismo con la facultad de razonar, cuando
130
TEODICEA
cumple su cometido, puesto que un razonamiento exacto no es otra cosa
que un encadenamiento de verdades. Y en cuanto al sentido de la vista en
particular, es bueno conside-rar que hay también otras falsas apariciones, que
no proce-den de la debilidad de nuestros ojos, ni de lo que desaparece a causa
del alejamiento, sino de la naturaleza de la visión misma por perfecta que ella
sea. Así, por ejemplo, el círculo visto de lado se cambia en una especie de
óvalo que los geómetras llaman elipse, y algunas veces en parábola o en
hipérbole, y hasta en línea recta, como sucede con el anillo de Saturno.
65. Los sentidos externos,
hablando con propiedad, no nos engañan. Nuestro sentido interno es el que nos
hace caminar demasiado de prisa, y esto se observa igualmente en las bestias,
corno cuando un perro ladra a su imagen repre-sentada en un espejo; porque los
animales tienen hechos enlazados de percepción que imitan al razonamiento, y
que se encuentran también en el sentido interno de los hombres, cuando éstos
obran sólo como empíricos. Pero las bestias nada hacen que obligue a creer que
tengan lo que puede lla-marse propiamente un razonamiento, como ya he
demostra-do en otra parte. Ahora bien; cuando el entendimiento emplea y sigue
la falsa determinación del sentido interno (como cuando el célebre Galileo
creyó que Saturno tenía dos asas), se engaña a causa del juicio que forma del
efecto de las apariencias, e infiere de ellas más de lo que realmente llevan
consigo; porque las apariencias de los sentidos no nos pre-sentan absolutamente
la verdad de las cosas, como no nos la presentan los ensueños. Nosotros somos
los que nos enga-
131
GODOFREDO G. LEIBNITZ
ñamos por el uso que de ella hacemos; es decir, por las con-secuencias
que sacamos. Esto consiste en que nos dejamos llevar de argumentos probables, y
nos sentimos inclinados a creer que los fenómenos que hemos visto muchas veces
ligados, lo están siempre. Y así, como sucede de ordinario que lo que nos
aparece sin ángulos, no los tiene, creemos fácilmente que siempre es así.
Semejante error es perdona-ble, y a veces inevitable, cuando hay que obrar con
prontitud y escoger lo más aparente; pero cuando tenemos tiempo bastante para
recogernos, cometemos una falta, si tomamos por cierto lo que no lo es. Así,
pues, es cierto que las apa-riencias son muchas veces contrarias a la verdad;
pero nues-tro razonamiento no lo es nunca cuando es exacto y conforme a las
reglas del arte de razonar. Si por razón se entiende, en general, la facultad
de razonar bien o mal, reco-nozco que nos puede engañar y, en efecto, nos
engaña, y que las apariencias de nuestro entendimiento son muchas veces tan
engañosas como las de los sentidos; pero aquí se trata del encadenamiento de
las verdades y de las objeciones hechas en debida forma, y en este sentido es
imposible que la razón nos engañe.
66. Se ve, pues, por todo lo que
se acaba de decir, que M. Bayle lleva demasiado lejos lo de estar por encima de
la razón, suponiendo que encierra en sí la insolubilidad de las objeciones;
porque según él (Respuesta a un provinciano, Tomo III, capítulo 130, página
651), "desde el momento en que un dogma es superior a la razón, la
filosofía no puede explicarlo, ni comprenderlo, ni responder a las dificultades
que se le opongan." Lo admito en cuanto al comprender;
132
TEODICEA
pero ya he demostrado que los misterios son susceptibles de una
explicación necesaria por las palabras, para que no sean sine mente son
palabras que no significan nada, así como también que es preciso que se pueda
responder a las obje-ciones, porque en otro caso habría que rechazar la tesis.
67. Alega M. Bayle autoridades de
teólogos que, al pa-recer, reconocen la insolubilidad de las objeciones contra
los misterios. Lutero es uno de los principales; pero ya he res-pondido en el
párrafo 12 al pasaje en que parece decir que la filosofía contradice a la
teología. Hay otro (Da el albedrío esclavo, capítulo 246), donde afirma que la
injusticia apa-rente de Dios se prueba por argumentos, tomados de la suerte
adversa de los hombres de bien y de la prosperidad de los malos, a los cuales
ninguna razón ni luz natural pueden resistir (Argumentis talibus traducta,
quibus mulla ratio aut lumen natura potest resisters). (Puesta de manifiesto
con tales argumentos, a los que ninguna razón o luz de la natu-raleza puede
resistir). Pero hace ver un poco más adelante, que esto sólo lo dice respecto
de los que ignoran la existen-cia de otra vida, puesto que -añade- una sencilla
palabra del Evangelio disipa esta dificultad, al decirnos que hay esa otra vida
en la que el que no ha sido castigado o recompensado en ésta lo será allí
irremisiblemente. La objeción no es, por tanto, invencible, y aun sin el
auxilio del Evangelio podría ocurrirse esta misma respuesta. Se alega
igualmente (Res-puesta a un provinciano, Tomo III, página 652), un pasaje de
Martín Chemnice, criticado por Vedelius y defendido por Juan Museus, donde ese
célebre teólogo dice claramente que hay en la palabra de Dios verdades que son,
no sólo superio-
133
GODOFREDO G. LEIBNITZ
res sino también contrarias a la razón; pero sólo debe enten-derse esto
respecto de los principios de la razón conforme al orden de la naturaleza, y
así lo explica Museus.
68. Es cierto, sin embargo, que M.
Bayle encuentra al-gunas autoridades que le son favorables, y una de las
princi-pales es la de M. Descartes. Este hombre ilustre dice termi-nantemente
(Parte 1ª de sus Principios, artículo 41), que nin-gún trabajo nos cuesta
resolver la dificultad (la de conciliar la libertad de nuestra voluntad con el
orden de la Providencia eterna de Dios) "si observamos que nuestro
pensamiento es finito, mientras que la ciencia y la omnipotencia de Dios, por
virtud de las que, no sólo ha conocido desde toda eternidad, todo lo que ha
sido y lo que es, sino que también lo ha que-rido, son infinitas, lo cual hace
que tengamos suficiente inte-ligencia para conocer clara y distintamente que
esta ciencia y este poder se dan en Dios; pero no tenemos la que se nece-sita
para comprender su extensión de tal manera que poda-mos saber cómo tales
atributos dejan las acciones de los hombres enteramente libres e
indeterminadas. Sin embargo, el poder y la ciencia de Dios no nos impiden creer
que te-nemos una voluntad libre, puesto que haríamos mal en du-dar de lo que
percibimos interiormente y conocemos por experiencia que existe en nosotros
mismos, porque no com-prendamos otra cosa que sabemos es incomprensible por su
naturaleza."
69. Este pasaje de M. Descartes,
cuyo contenido han adoptado sus sectarios (a los cuales raras veces se les
ocurre dudar de lo que él afirma), me ha parecido siempre extraño. No
contentándose con decir que no ve el medio de conciliar
134
TEODICEA
los dos dogmas, pone a todo el género humano, y hasta las criaturas
racionales todas, en el mismo caso. Sin embargo, ¿es posible que haya una
objeción invencible contra la ver-dad? Semejante objeción no puede ser más que
un encade-namiento necesario de otras verdades, cuyo resultado sería contrario
a la verdad que se sostiene, y, por consiguiente, habría contradicción entre
las verdades, lo cual es grande-mente absurdo. Por otra parte, aunque nuestro
espíritu sea finito y no pueda comprender lo infinito, no deja por eso de haber
demostraciones sobre lo infinito, cuya fuerza o debili-dad comprende; pues,
¿por qué no ha de poder comprender la de las objeciones? Y puesto que la
sabiduría y el poder de Dios son infinitos y lo comprenden todo, no es posible
du-dar de su extensión. Además, M. Descartes pide una libertad de que no hay
necesidad, al pretender que las acciones de la voluntad de los hombres son
enteramente indeterminadas, cosa que no sucede jamás. Por último, M. Bayle
sostiene que esta experiencia o sentimiento interior de nuestra indepen-dencia,
sobre el cual funda M. Descartes la prueba de nuestra libertad, no constituye
tal prueba, puesto que del hecho de no percibir nosotros las causas de que
dependemos, no se sigue que seamos independientes. Pero este punto lo
trata-remos en otro lugar.
70. M. Descartes reconoce también,
al parecer, en otro pasaje de sus Principios, que es imposible responder a las
objeciones sobre la división de la materia hasta lo infinito, y,
135
GODOFREDO G. LEIBNITZ
sin embargo, la tiene por verdadera. Arriaga77 y otros esco-lásticos
vienen a confesar esto mismo; pero si se tomaran el trabajo de dar a las
objeciones la forma que deben revestir, verían que pecan por la consecuencia, y
a veces que hay en ella falsas suposiciones que embarazan. He aquí un ejemplo:
un hombre muy entendido me hizo un día esta objeción: córtese la línea recta B
A en dos partes iguales por el punto C, y la parte C A por el punto D, y la
parte D A por el punto E, y así hasta el infinito; todas las mitades B C, C D,
D E, etcétera, forman en conjunto el todo B A; luego es preciso que haya una
última mitad, puesto que la línea recta B A concluye en A. Pero esta última
mitad es absurda, puesto que siendo también una línea, se la podrá dividir, asimismo,
en dos. Luego no puede admitirse la división hasta lo infini-to. Pero yo le
hice notar que no hay razón para inferir que haya precisamente de haber un
último punto A, porque este último punto cuadra a todas las mitades de su lado.
Y mi amigo lo reconoció, cuando trató de probar esta ilación por medio de un
argumento en forma. Por lo contrario, por lo mismo que la división va hasta lo
infinito, no hay ninguna mitad última. Y aunque la línea recta A B sea finita,
no se sigue de ahí que la división que de ella se hace tenga su últi-mo
término. La misma dificultad se encuentra en las series de números que van
hasta el infinito. Se concibe un último término, un número infinito o
infinitamente pequeño; pero todo esto no es más que una ficción. Todo número es
finito
Célebre filósofo español del siglo
XVI, perteneciente a la Compañía de Jesús y autor de Cursus Philosophicus. Está
considerado como uno de los escolásticos más rígidos.
136
TEODICEA
y asignable, y toda línea lo es igualmente; y los infinitos o
infinitamente pequeños sólo significan las magnitudes que se pueden tomar tan
grandes o tan pequeñas como se quiera, para demostrar que un error es menor que
el que se ha asig-nado; es decir, que no hay ningún error; o bien se entiende
por lo infinitamente pequeño el estado de desvanecimiento o de comienzo de las
magnitudes ya formadas.
71. Conviene, sin embargo,
considerar la razón que M. Bayle alega para probar que no se pueden rebatir las
obje-ciones que la razón opone a los misterios. Las aduce al ex-poner la
doctrina de los maniqueos (página 3.143, segunda edición del Diccionario).
"Me basta, dice, con que se reco-nozca unánimemente que los misterios del
Evangelio son superiores a la razón. Porque resulta de aquí, por necesidad, que
es imposible resolver las dificultades que presentan los filósofos, y por
consiguiente, que una disputa en que sólo se empleen las luces naturales.
terminará siempre con la derrota de los teólogos, quienes se verán forzados a
poner pies en polvorosa y a refugiarse bajo el canon de la luz
sobrenatu-ral." Me sorprende que M. Bayle hable en términos tan
gene-rales, puesto que él mismo ha reconocido que la luz natural depone en pro
de la unidad del principio contra los mani-queos, y que la bondad de Dios es
probada invenciblemente por la razón. Sin embargo, he aquí cómo prosigue:
72. "Es evidente que la razón
no puede alcanzar nunca lo que está por encima de ella. Ahora bien: si pudiera
dar respuestas a las objeciones que se oponen al dogma de la Trinidad y al de
la unión hipostática, penetraría estos dos misterios, los dominaría y los
sometería a todo género de
137
GODOFREDO G. LEIBNITZ
confrontación con sus primeros principios o con los aforis-mos que nacen
de las nociones comunes, hasta que llegase por fin a concluir que concuerdan
con la luz natural. Haría, pues, la razón lo que supera a sus fuerzas, y se
saldría de sus límites, lo cual es manifiestamente contradictorio. Por
consi-guiente, es preciso decir que no podrá responder a sus pro-pias
objeciones, las cuales, por tanto, quedan victoriosas mientras no se recurra a
la autoridad de Dios y a la necesidad de hacer cautivo al entendimiento en
obsequio de la fe." No veo que este razonamiento tenga fuerza alguna.
Nosotros podemos llegar a alcanzar lo que está por encima de noso-tros, no para
penetrarlo, sino para sostenerlo; al modo que podemos llegar al cielo con la
vista y no con el tacto. Tam-poco es necesario que para responder a las
objeciones que se hacen contra los misterios, se dominen estos misterios, y que
se los someta a la confrontación con los primeros principios que nacen de las
nociones comunes; porque si el que res-ponde a las objeciones debiera ir tan
lejos, sería preciso que el que propone las objeciones fuese el primero en
hacerlo; ya que al que objeta es a quien toca plantear la cuestión, y al que
responde le basta decir sí o no, tanto más cuanto que en lugar de distinguir,
es suficiente en rigor con que niegue la universalidad de cualquiera de las
proposiciones sentadas o combata su forma; y una y otra cosa puede hacerlas sin
pe-netrar más allá de la objeción. Cuando alguno me propone un argumento que
supone invencible, yo puedo callar obli-gándole sólo a probar en debida forma
todos los enunciados que él hace y que me parecen un tanto dudosos; y
tratándose sólo de dudar, no tengo necesidad de penetrar en el interior
138
TEODICEA
de la cosa; antes, por el contrario, cuanto más ignorante sea yo, tanto
más derecho tengo para dudar. M. Bayle continúa de esta manera:
73. "Tratemos de hacer esto
más claro. Si algunas doctrinas son superiores a la razón, están fuera de su
alcance, y la razón no puede llegar a ellas, y si no puede llegar, no puede
comprenderlas." (Podía comenzar aquí por el com-prender, diciendo que la
razón no puede comprender lo que está por encima de ella). "Si no puede
comprenderlas. no puede encontrar en ellas ninguna idea; (non valet
conse-quentia, porque para comprender una cosa, no basta tener algunas ideas de
ella; es preciso tener todas las de todo lo que entra en la misma, y que todas
estas ideas sean claras, distintas y adecuadas. Hay en la Naturaleza mil
objetos, de los que conocemos algo, pero no a pesar de eso los com-prendemos.
Tenemos algunas ideas de lo que son los rayos de la luz, y hacemos con ellas
demostraciones hasta cierto punto; pero siempre falta algo que nos hace
confesar que no comprendemos aún toda la naturaleza de la luz); "ni
princi-pio alguno que sea origen de la solución." (¿Por qué no se han de
encontrar principios evidentes, mezclados con cono-cimientos oscuros y
confusos?) Y por consiguiente, las obje-ciones que la razón haya hecho,
quedarán sin respuesta." (Nada de eso; la dificultad está más bien del
lado del argu-mentante, a quien corresponde buscar un principio evidente que
sea origen de la objeción; y tanto más trabajo le costará hallar semejante
principio, cuanto más oscura sea la materia; y cuando lo haya encontrado, le
será más difícil todavía el mostrar la oposición entre el principio y el
misterio; porque
139
GODOFREDO G. LEIBNITZ
si resultara que el misterio era manifiestamente contrario a un
principio evidente, sería, no un misterio oscuro, sino un absurdo manifiesto;)
"o lo que es lo mismo, se responderá a las objeciones, haciendo alguna
distinción que sea tan oscura como la tesis misma atacada." (Pueden
evitarse las distincio-nes rigurosas negando alguna premisa o alguna
consecuen-cia; y cuando se duda del sentido de un término empleado por el
argumentante, se le puede exigir que dé la definición del mismo. De manera que
el sustentante no tiene necesidad de poner nada de su cosecha, cuando se trata
de responder a un adversario que pretende presentar un argumento invenci-ble.
Pero si el actuante, por pura complacencia, o por abre-viar, o porque se
considera fuerte, quisiera tomar a su cargo mostrar la equivocación oculta en
la objeción y desvanecerla haciendo alguna distinción, ninguna necesidad hay de
que ésta conduzca a algo que sea más claro que la primera tesis, puesto que el
actuante no está obligado a aclarar el misterio mismo.)
74. Ahora bien: "lo cierto es
(continúa diciendo M. Bayle), que una objeción que se funda sobre nociones
dis-tintas y claras subsiste igualmente victoriosa, lo mismo cuan-do no
respondéis nada de ella, que si dais una contestación que nadie comprende.
¿Puede ser igual la lucha entre un hombre que os objeta lo que vos y él
concebís claramente, y vos que sólo podeis defenderos con respuestas que ni él
ni vos comprendéis?" No basta que la objeción esté fundada en nociones
bien distintas; es preciso además que se haga la aplicación de las mismas
contra la tesis. Cuando yo respondo a uno negándole cualquier premisa, para
obligarle a probarla,
140
TEODICEA
o alguna consecuencia, para precisarle a que presente en la debida
forma, no puede decirse que no respondo, o que res-pondo una cosa que no es
inteligible. Porque como la premi-sa dudosa del adversario es la que yo niego,
mi negación será tan inteligible como su afirmación. Por último, cuando tengo a
bien explicarme valiéndome de alguna distinción, basta que los términos de que
me sirvo tengan algún sentido, como en el misterio mismo, con lo cual se
comprenderá algo de mi respuesta; pero no hay necesidad de que se comprenda
todo lo que ella envuelve, porque entonces se comprenderá tam-bién el misterio.
75. M. Bayle continúa de esta
manera: "Toda disputa filosófica supone que los contrincantes convienen en
ciertas definiciones" (esto sería de desear; pero, por lo común, sólo se
verifica en el curso de la polémica si a ello obliga la nece-sidad), "y
que admiten las reglas de los silogismos y las seña-les por las que se conocen
los malos razonamientos. Después de esto, todo consiste en examinar si una
tesis es conforme, mediata o inmediatamente, con los principios que se ha
convenido (lo cual se verifica por los silogismos del que objeta), si las
premisas de una prueba (propuesta por el argumentante), son verdaderas, si la
consecuencia ha sido bien deducida, si se ha empleado un silogismo de cuatro
términos, si no se ha violado algún aforismo del capítulo de oppositis, o de
sophisticis elenchis, etcétera (basta, para de-cirlo en pocas palabras, negar
cualquiera premisa o cualquie-ra consecuencia o, finalmente, explicar o hacer
explicar algún término equívoco); "y se consigue la victoria, ya
demostran-do que el punto que se discute no tiene ningún enlace con
141
GODOFREDO G. LEIBNITZ
los principios en que están convenidos; (es decir, mostrando que la
objeción no prueba nada, y entonces el que defiende la tesis triunfa), ya
reduciendo al absurdo al sustentante (cuando todas las premisas y todas las
consecuencias están bien probadas); y se le puede reducir al absurdo, ya
hacién-dole ver que las consecuencias de su tesis son el sí o el no, ya
precisándole a responder sólo cosas inteligibles (este último inconveniente
puede evitarlo siempre, porque no tiene nece-sidad de presentar nuevas tesis).
"El fin de esta especie de disputa es aclarar las oscuridades, y llegar a
la evidencia (este es el fin del contradictor, porque quiere hacer evidente que
el misterio es falso, pero no puede serlo del sustentante, por-que, al admitir
el misterio, conviene en que no se le pueda demostrar con evidencia); de donde
nace la creencia de que durante el curso de la polémica, la victoria se declara
más o menos por el sustentante o por el argumentante, según que hay más o menos
claridad en las proposiciones del uno que en las del otro." (En esto se
parte del supuesto de que ambos deben estar igualmente al descubierto, siendo
así que el sus-tentante es como el comandante de una plaza sitiada que está
protegida por obras de fortificación, cuya destrucción toca llevar a cabo al
que ataca. El sustentante no tiene necesidad de la evidencia, ni tampoco la
busca; el argumentante es el que debe buscarla contra aquél, y abrirse paso por
entre sus baterías, para conseguir que no se ponga a cubierto.)
76. "Finalmente, se cree que
la victoria se declara contra aquel cuyas respuestas son tales, que no se
compren-de nada de ellas"; (es ésta una señal muy equívoca de la
vic-toria; porque sería preciso preguntar a los oyentes si
142
TEODICEA
comprenden algo de lo que se ha dicho, y opinarían muchas veces de
distinto modo. El orden de las disputas formales consiste en proceder empleando
argumentos en debida for-ma, y responder a ellos negando o distinguiendo),
"y que confiesa que son incomprensibles." (Es lícito al que sostiene
la verdad de un misterio, confesar que éste es incomprensi-ble; y si esta
confesión bastase para declararle vencido, no habría necesidad de objeción. Una
verdad podrá ser incom-prensible; pero no lo será lo bastante para que quepa
decir que no se comprende absolutamente nada de ella. Sería en este caso lo que
las antiguas escuelas llamaban Scindapsus o Blityri (San Clemente de
Alejandría, Strómata, capítulo 8°), es decir, palabras vacías sin sentido).
"Se le condena enton-ces conforme a las reglas de la adjudicación de la
victoria; y en el acto mismo que no puede ser perseguido en medio de la niebla
en que se ha envuelto, y que forma una especie de abismo entre él y sus
antagonistas, se le considera batido completamente, y se le compara a un
ejército que, después de haber perdido la batalla, gracias a la oscuridad de la
noche se libra de la persecución del vencedor." (Oponiendo una alegoría a
otra alegoría, diré que el sustentante no puede considerarse vencido mientras
permanezca a cubierto en sus atrincheramientos, y si se aventura a hacer una
salida más allá de lo necesario, le es dado retirarse volviendo a su fuerte,
sin que por esto merezca ser reprendido.)
77. Me he tomado el trabajo de
hacer la anatomía de este largo pasaje, en que M. Bayle consigna lo más fuerte
y razonado que podía decir para sostener su opinión; y espero haber hecho ver
claramente la alucinación que ha padecido
143
GODOFREDO G. LEIBNITZ
este hombre excelente. Esto sucede con mucha facilidad a personas muy
capaces y muy penetrantes, cuando dan rienda suelta al espíritu, y no tienen la
paciencia que es necesaria para ahondar hasta los fundamentos de su sistema.
Los pormenores en que hemos entrado aquí servirán de res-puesta a otros
razonamientos sobre este mismo punto, que se encuentran dispersos en las obras
de M. Bayle; como cuando dice en su Respuesta a un Provinciano, capítulo 133,
tomo III, página 685: Para probar que se ha hallado el acuerdo entre la razón y
la religión, es preciso demostrar, no sólo que hay máximas filosóficas que son
favorables a nues-tra fe, sino también que las máximas particulares con que se
nos arguye por no ser conformes con nuestro catecismo, lo son efectivamente de
una manera que se conciba distinta-mente." Yo no veo que haya necesidad de
todo esto, a no ser que se pretenda llevar el razonamiento hasta el cómo del
misterio. Cuando se contenta uno con sostener su verdad, sin meterse en querer
hacerla comprensible, no es preciso recurrir para la prueba a las máximas
filosóficas, generales o particulares, y cuando otro nos opone algunas, no
somos nosotros los que debemos probar de una manera clara y distinta que estas
máximas son conformes con nuestro dog-ma, sino que a nuestro adversario es a
quien corresponde probar que son contrarias. M. Bayle prosigue diciendo en el
mismo pasaje: "Para este efecto tenemos necesidad de una respuesta que sea
tan evidente como la objeción." Ya he demostrado que esto sucede cuando se
niegan las premisas; mas no es necesario que el que sostiene la verdad del
miste-rio ponga siempre por delante proposiciones evidentes,
144
TEODICEA
puesto que la tesis principal, la relativa al misterio mismo, no es
evidente. Añade también: "Si es preciso replicar y contra-rreplicar, no
debemos quedarnos atrás ni pretender que ha-yamos llegado al término de nuestro
propósito, mientras que nuestro adversario nos replique con cosas tan evidentes
co-mo pueden serlo nuestras razones." Pero no corresponde al sustentante
alegar razones; le basta responder a las de su adversario.
79. El autor concluye así:
"Si para rebatir una objeción evidente, se pretendiera que basta una
respuesta que sólo podemos dar como una cosa posible, y que no comprende-mos,
esto sería injusto." Esto lo repite en sus diálogos pós-tumos contra M.
Jaquelot78. Yo no soy de esta opinión. Si la objeción fuese de una perfecta
evidencia, quedaría ella victo-riosa y la tesis destruída. Pero cuando la
objeción sólo se funda en apariencias o en casos que suceden frecuentemen-te, y
el que la hace quiere deducir de ellos una conclusión universal y cierta, el
que sostiene el misterio puede responder alegando la mera posibilidad, puerto
que esto es suficiente para demostrar que lo que se quería inferir de las
premisas no es cierto ni general; y basta al que defiende el misterio demostrar
que es posible, sin que tenga necesidad de soste-ner que es probable. Porque,
como ya he dicho muchas ve-ces, es preciso convenir en que los misterios son
contrarios a las apariencias. El que sostiene el misterio, ni siquiera tiene
Isaac Jaquelot, teólogo
protestante, nació en Vassy (Champagne) en 1647, y murió en Berlín (después de
la revocación del edicto de Nantes) en 1708. Escribió una Disertación sobre la
existencia de Dios. La Haya, 1697, en 4°, segunda edición, París, 1744, 3 vol.,
en 12º Obra importante que no ha perdido su interés.
145
GODOFREDO G. LEIBNITZ
necesidad de apelar a dicho recurso; y si lo hace, puede de-cirse que es
una supererogación, o un medio de batir mejor al adversario.
80. Hay pasajes en la respuesta
póstuma que M. Bayle ha dado a M. Jaquelot, que me parecen también dignos de
ser examinados. "M. Bayle, se dice (páginas 36 y 37), sienta
constantemente en su Diccionario, siempre que el asunto lo consiente, que
nuestra razón es más capaz de refutar y de destruir, que de probar y de construir;
y que no hay apenas materia filosófica o teológica sobre la que no ponga
grandes dificultades; de manera que si se quisiera seguirla con un espíritu de
oposición todo lo lejos que puede ir, nos encon-traríamos muchas veces
envueltos en lamentables embara-zos; y, finalmente, que hay doctrinas
ciertamente verdaderas, que la razón combate con objeciones insolubles."
Creo que lo que aquí se dice en contra de la razón se vuelve en su pro. Cuando
ella destruye una tesis, edifica la tesis opuesta. Y cuando parece que destruye
al mismo tiempo las dos tesis opuestas, entonces es cuando os promete algo que
es pro-fundo, con tal que la sigamos todo lo lejos que ella pueda ir, no con un
espíritu de oposición y para prolongar la disputa, sino con un deseo ardiente de
buscar y distinguir la verdad, el cual será siempre recompensado con la
consecución en gran parte de nuestro propósito.
81. M. Bayle prosigue diciendo:
"Es preciso entonces burlarse de estas objeciones, reconociendo los
límites estre-chos del espíritu humano." Y yo creo, por el contrario, que
es preciso ver en esto las señales de la fuerza del espíritu humano, que
permite a éste penetrar en el interior de las
146
TEODICEA
cosas. Son nuevos caminos y, por decirlo así, rayos de la aurora que nos
prometen una luz más grande. Así lo entien-do respecto de las materias
filosóficas o de teología natural; pero cuando estas objeciones se hacen contra
la fe revelada, basta con que se las pueda rechazar, con tal que se haga con un
espíritu de sumisión y celo, y con el designio de mantener y exaltar la gloria
de Dios. Y cuando se consiga esto respecto de su justicia, se sentirá uno
igualmente impresionado por su grandeza y encantado con su bondad, las cuales
aparecerán al través de las nubes de una razón aparente, alucinada por lo que
ve, a medida que el espíritu se vaya elevando por la ver-dadera razón a lo que
es para nosotros invisible y que no es menos cierto.
82. "Y así, continúa diciendo
M. Bayle, se verá obliga-da la razón a rendir las armas y a hacerse cautiva,
prestando obediencia a la fe; lo cual puede y debe hacer en virtud de algunas
de estas máximas incontestables; y así, al renunciar a algunas de esas máximas,
no por eso dejará de obrar según lo que ella es, es decir, en razón." Pero
es preciso tener en-tendido que "las máximas de la razón a que es preciso
re-nunciar en este caso, son sólo las que nos hacen juzgar por las apariencias o
según el curso ordinario dé las cosas", cosa que la razón nos ordena hasta
en las materias filosóficas, cuando hay pruebas invencibles en contrario. Así,
estando seguros, en virtud de demostraciones, de la bondad y de la justicia de
Dios, despreciamos las apariencias de dureza y de injusticia que contemplamos
en esta pequeña parte de su reino a que algunas de nuestras miradas. Hasta aquí
nos sen-timos iluminados por la luz de la naturaleza y por la de la
147
GODOFREDO G. LEIBNITZ
gracia, pero no todavía por la de gloria. En este mundo ve-mos la
injusticia aparente, pero creemos y sabemos al mismo tiempo la verdad de la
justicia oculta de Dios; sólo que no la veremos sino cuando el sol de la
justicia se muestre tal como es.
83. Es seguro que M. Bayle sólo ha
querido referirse a las máximas aparentes que deben ceder ante las verdades
eternas, porque reconoce que la razón no es verdaderamente contraria a la fe. Y
en sus diálogos póstumos contra M. Ja-quelot (página 73), se queja de que se le
achaque la creencia de que nuestros misterios son verdaderamente contrarios a
la razón, y que se pretenda (página 9, contra M. Le Clerc), que el que sienta
que pueden hacerse objeciones insolubles a una doctrina, reconoce por esto,
como una consecuencia necesa-ria, su falsedad. Sin embargo, habría razón para
hacerle ese cargo, si la insolubilidad fuese más que aparente.
84. Es posible que después de
haber disputado tanto con M. Bayle a propósito del uso de la razón, resulte por
conclusión que sus opiniones no están en el fondo tan dis-tantes de las
nuestras como lo han podido hacer creer su modo de expresarse, que es el que ha
dado motivo a nuestras reflexiones. Es cierto que las más de las veces parece
supo-ner M. Bayle en absoluto que no se puede nunca responder a las objeciones
que hace la razón contra la fe, y que pretende que, para que fuera posible,
sería preciso comprender cómo el misterio tiene lugar o existe. Sin embargo,
hay pasajes en los que suaviza sus afirmaciones, contentándose con decir que le
son desconocidas las soluciones de estas objeciones. He aquí uno bien claro que
tomamos de su crítica de los
148
TEODICEA
maniqueos que se encuentra al final de la segunda edición de su
Diccionario: "Para que sirva de amplia satisfacción a los lectores más
escrupulosos, quiero declarar aquí, escribe (pá-gina 3.148), que por más que
diga en mi Diccionario que tales o cuales argumentos son insolubles, no deseo
que se persuadan los demás de que lo son efectivamente. Quiero decir tan sólo
que me parecen insolubles. De esto no se pue-de deducir ninguna consecuencia, y
cada cual puede creer, si le parece bien, que si yo juzgo así, es a causa de mi
poca pe-netración." No es esto lo que yo me imagino, porque conoz-co y
mucho, su gran penetración; pero creo que habiéndose dirigido con todo su
espíritu a reforzar las objeciones, no le ha quedado bastante atención para
pensar en lo que sirve para resolverlas.
85. M. Bayle confiesa, en otra
parte de su obra póstu-ma contra M. Le Clerc, que las objeciones contra la fe
no tienen fuerza demostrativa. Sólo, por tanto, ad hominem, o bien ad homines,
es decir, con relación al estado en que se encuentra el género humano, cree que
estas objeciones son insolubles y la materia inexplicable. Hasta hay un pasaje
en el que da a entender que no desespera de que se pueda encon-trar la solución
o la explicación en nuestros mismos días. Porque he aquí lo que dice en la
respuesta póstuma a M. Le Clerc (página 35): "M. Bayle ha podido esperar
que su tra-bajo excitara el amor propio de algunos de esos grandes ge-nios que
forman nuevos sistemas, y que pudieran inventar una solución desconocida hasta
hoy." Parece que entiende por solución o desenlace una explicación del
misterio que
149
GODOFREDO G. LEIBNITZ
llegue hasta el cómo; pero esto no es necesario para respon-der a las
objeciones.
86. Muchos han tratado de hacer
comprender este cómo, y probar la posibilidad de los misterios. Cierto autor,
que se llama Thomas Bonartes Nordtanus Anglus, en su Concordia Scientiae cum
Fide, lo ha intentado. Esta obra me pareció ingeniosa y sabia; pero difícil y
embarazosa, y con-tiene opiniones insostenibles. Supe por la Apología
Cyriaco-rum del padre Vicente Baron79, dominicano, que el libro de Bonartes ha
sido condenado en Roma, que el autor ha sido jesuita, y que está arrepentido de
haberlo publicado. El reve-rendo padre Bosses, que actualmente enseña la
teología en el colegio de los jesuitas de Hildesheim, y que, además de una
erudición poco común, tiene una gran penetración de que ha dado muestras en sus
trabajos de filosofía y teología, me ha dicho que el verdadero nombre de
Bonartes es Tomás Bar-ton, y que habiéndose separado de la compañía, se retiró
a Irlanda, donde murió de una manera que obliga a juzgar favorablemente las
opiniones que abrigaba últimamente. Compadezco a las personas entendidas que se
acarrean dis-gustos por su trabajo y por su celo. Algo de esto aconteció en
otro tiempo a Pedro Abelardo80, a Gilberto de la Porree y
El P. Vicente Varon. teólogo
católico, nació en Martres (diócesis de Reims) y murió en 1674. Además de su
obra, escribió una Theo logia moralis, París, 1665 y 1667, 5 vol., en 8°; y una
Ethica christiana, París 1673, en 8°.
Abelardo, ilustre filósofo y
teólogo de la Edad Media, nació en Pelais, cerca de Nantes, en 1079 y murió en
1142. Su vida, por lo romántica, la sabe todo el mundo, y él mismo la ha
contado en su Historia calamita-tum. Publicó su correspondencia con Eloisa:
Petri Abelardi et Heloisae conjugis ejus opera, París, 1666, en 4°. Abelardo
fue uno de los reforma-
150
TEODICEA
a Juan Wiclef, y en nuestros días a Tomás Albins, inglés, y algunos
otros que se han metido demasiado a explicar los misterios.
87. Sin embargo, San Agustín (y lo
mismo hace M. Bayle), no desespera de que pueda hallarse en este mundo la
solución que se desea, pero este Padre cree reservado esto a algún santo que
sea iluminado por una gracia por completo particular: "Est aliqua causa
fortassis occultior, quoe melio-ribus sanctioribusque reservatur, illius gratia
potius quam meritis illorum" (in Genes. ad litteram, L. XI. c. IV). (Tal
vez existe una causa más oculta, que se reserva a los mejores y más santos, más
bien por gracia de El (de Dios) que por los merecimientos de ellos). Lutero
reserva el conocimiento del misterio de la elección a la academia celeste (De
servo arbi-trio, c. CLXXIV). "Illic (Deus) gratiam et misericordiam
spargit in indignos, hic iram et severitatem spargit in imme-ritos; utrobique
nimios et iniquus apud homines, sed justus et verax apud se ipsum. Nam quomodo
hoc justum sit ut indignos coronet incomprehensibile est modo, videbimus autem,
cum illuc venerimus, ubi jam non credetur, sed reve-lata facie videbitur. Ita
quomodo hoc justum sit, ut immeri-tos damnet, incomprenhensibile est modo,
creditur tamen, donec revelabitur filius hominis. (Allí (Dios) derrama gracia y
misericordia sobre los indignos, aquí derrama ira y severidad sobre los que no
las merecen; en ambas partes inmoderado e inicuo para los hombres, pero justo y
veraz en sí mismo. Pero cómo es justo que coronea los indignos, es ahora in-
dores de la filosofía y de la lógica en la Edad Media. Sus Obras
comple-tas han sido publicadas por Víctor Cousin, 2 vol. en 4°.
151
GODOFREDO G. LEIBNITZ
comprensible, pero lo veremos cuando lleguemos allá, donde ya no se
creerá, sino que se le verá cara a cara. Y así, cómo sea justo que condene a
los que no lo merecen, es ahora incomprensible, pero es creído, sin embargo,
hasta que sea descubierto el hijo del hombre). Es de esperar que M. Bayle se
encuentre al presente rodeado por esas luces que nos fal-tan en este mundo,
puesto que hay motivos para suponer que ha sido un hombre de buena voluntad.
Candidus insueti miratur limen Olympi,
Sub pedibusque videt nubes et sidera Daphnis
VIRGILIO.
(Admira el cándido Dafnis la entrada del insólito Olim-
po,
Y contempla bajo sus pies las nubes y las estrellas) .
...Illic postquam se lumine vero Implevit, stellasque vagas miratur et
astra Fixa polis, vidit quanta sub nocte jaceret Nostra dies.
LUCANO.
(...Allí después de haber sido alumbrado con la luz ver-dadera, admira
las estrellas errantes y los astros fijos en el cielo, y observa bajo qué
intensa noche yace nuestro día).
152
TEODICEA
ENSAYOS
SOBRE LA BONDAD DE DIOS, LA LIBERTAD DEL
HOMBRE,
Y EL ORIGEN DEL MAL
PRIMERA PARTE
1. Determinados ya los derechos de
la fe y de la razón de una manera que hace que la razón sirva a la fe, lejos de
serle contraria, veamos cómo los ejercen para mantener y concordar a la vez lo
que la luz natural y la luz revelada nos enseñan de Dios y del hombre con
relación al mal. Las difi-cultades a que esto puede dar lugar son de dos
clases. Unas nacen de la libertad del hombre, que parece incompatible con la
naturaleza divina, y que, sin embargo, se tiene por necesaria para que el
hombre pueda ser juzgado como cul-pable y justiciarle. Las otras son relativas
a la conducta de Dios, que al parecer toma demasiada parte en la existencia del
mal, aun cuando el hombre sea libre y la tome también en él. Semejante conducta
parece ser contraria a la bondad, a
153
GODOFREDO G. LEIBNITZ
la santidad y a la justicia divinas, puesto que Dios concurre al mal,
tanto físico como moral, y concurre a ambos así de una manera moral como de una
manera física, mostrándose al parecer, estos males, tanto en el orden de la
naturaleza como en el de la gracia, y lo mismo en la vida futura y eterna que
en la vida pasajera de este mundo.
2. Para presentar estas objeciones
en resumen, debe tenerse en cuenta, que la libertad se ve combatida (en
apa-riencia) por la determinación o por la certidumbre, cualquie-ra que ella
sea; y sin embargo, el dogma comúnmente admitido por nuestros filósofos conduce
a que la verdad de los futuros contingentes está determinada. La presciencia de
Dios hace que todo el porvenir sea cierto y determinado; pero su providencia y
su preordenación, en la que parece fundada la presciencia misma, hacen aún más;
porque Dios no es como un hombre que puede mirar los sucesos con indiferencia y
suspender su juicio, puesto que nada existe que no sea consecuencia de los
decretos de su voluntad y por virtud de la acción de su poder. Y aun cuando se
haga abstracción del concurso de Dios, todo está perfectamente ligado en el
orden de las cosas; puesto que nada puede suce-der sin que haya una causa
dispuesta como es menester para que se produzca el efecto; lo cual tiened
lugar, no sólo en las acciones voluntarias, sino también en todas las demás.
Su-puesto esto, el hombre, al parecer, se ve precisado a practicar el bien y el
mal que hace; y por consiguiente no merece ni castigo, ni recompensa, lo cual
destruye la moralidad de las acciones y choca completamente con la justicia
divina y hu-mana.
154
TEODICEA
3. Pero aunque se conceda al
hombre esta libertad, conque se engalana para su daño, la conducta de Dios no
dejaría por eso de dar lugar a la crítica, sostenida por la pre-suntuosa
ignorancia de los hombres que gustarían de discul-parse en todo o en parte a
expensas de Dios. Se objeta que toda la realidad, y lo que se llama la
sustancia del acto, en el pecado mismo, es una producción de Dios, puesto que
todas las criaturas y todas sus acciones reciben de él lo que tienen de real;
de donde podría inferirse, no sólo que es la causa física del pecado, sino
también la causa moral, puesto que Dios obra muy libremente y nada hace sin un
perfecto cono-cimiento de la cosa y de los resultados que puede producir. Y no
basta decir que Dios se ha impuesto como ley el con-currir a las voliciones o
resoluciones del hombre, ya en la opinión común, ya en el sistema de las causas
ocasionales, porque además de parecer extraño que se haya dado seme-jante ley,
cuyos resultados no podía ignorar, la dificultad principal consiste, al
parecer, en que la misma mala voluntad no puede existir sin algún concurso y
aún sin alguna prede-terminación por su parte, que contribuya a crear esta
volun-tad en el hombre o en cualquier otra criatura racional; puesto que una
acción, porque sea mala, no por eso depende menos de Dios. De donde querrá
inferirse que Dios lo hace todo indiferentemente, el bien y el mal, a no ser
que quiera decirse con los maniqueos que hay dos principios, uno bueno y otro
malo. Además, según la opinión común de los teólogos y de los filósofos, siendo
la conservación una creación continua, puede decirse que el hombre es creado de
continuo corrom-pido y pecador. También hay cartesianos en nuestros días
155
GODOFREDO G. LEIBNITZ
que afirman que Dios es el único actor, siendo las criaturas tan sólo
órganos puramente pasivos de él, y M. Bayle no deja de apoyar está doctrina.
4. Pero aunque Dios debiera
concurrir a las acciones sólo de un modo general, o de ninguno, si se quiere,
por lo menos respecto de las acciones malas, basta, se dice, para que quepa la
imputación y para hacerle causa moral el hecho de que nada sucede sin su
permiso. Así, prescindiendo de la caída de los ángeles, Dios conoce todo lo que
sucederá si pone al hombre en tales o cuales circunstancias, después de haberle
creado; y no por eso deja de ponerle en ellas. El hombre se verá expuesto a una
tentación, a la que se sabe que habrá de sucumbir, y que será por lo mismo
causa de males terribles; que por efecto de esta caída, todo el género humano
que dará infectado y puesto en una especie de nece-sidad de pecar, que es lo
que se llama el pecado original; el mundo por este medio se verá sumido en la
más extraña confusión; la muerte y las enfermedades serán su lote, con otras
mil desgracias y miserias que afligen ordinariamente a los buenos y a los
malos; la maldad reinará por todas partes, y la virtud se verá oprimida en este
mundo. Por tanto, no parece que una Providencia gobierna todas las cosas. Y
to-davía es peor cuando se considera la vida futura, puesto que serán muy pocos
los hombres que se salven, y todos los de-más perecerán para siempre; además de
que esos destinados a salvarse habrán sido separados de la masa corrompida, por
virtud de una elección arbitraria o sin razón, ya se diga que Dios ha tenido en
cuenta al elegirlos sus buenas o malas acciones futuras, su fe o sus obras; ya
se pretenda que ha
156
TEODICEA
querido dotarles de estas buenas cualidades y de estas accio-nes por
haberles predestinado para la salvación. Porque, dígase lo que se quiera, en el
sistema más moderado, de que Dios ha querido salvar a todos los hombres, y
aunque se convenga, con las opiniones comúnmente recibidas, en que ha hecho a
su hijo tomar la naturaleza humana, en expiación de los pecados de los hombres,
de suerte que los que crean en él con una fe viva y permanente habrán de
salvarse, siem-pre resulta cierto que esta fe viva es un don de Dios; que
estamos muertos para todas las buenas obras; que es preciso que una gracia
previa excite nuestra voluntad, y que Dios nos dé el querer y el obrar. Y ya
tenga esto lugar por una gracia que sea eficaz por sí misma, es decir, por un
movi-miento divino interior que determine enteramente nuestra voluntad al bien,
ya haya tan sólo una gracia suficiente, pero que no deja de producir efecto y
de llegar a ser eficaz por virtud de las circunstancias internas y externas en
que se encuentre el hombre y en que Dios lo ha colocado; siempre es preciso
volver a lo mismo, esto es, que Dios es la última razón de la salvación, de la
gracia, de la fe y de la elección en Jesucristo. Y ya sea la elección causa o
resultado del designio de Dios al darle la fe, siempre resulta que concede la
fe o la salvación a quien bien le parece sin que aparezca la razón de su
elección, la cual recae sólo sobre un corto número de hombres.
5. De suerte que es un juicio
terrible el que Dios, des-pués de dar su único Hijo para bien de todo el género
hu-mano, y siendo el único autor y árbitro de la salvación de los hombres,
salve, sin embargo, tan pocos, y abandone todos
157
GODOFREDO G. LEIBNITZ
los demás al diablo, su enemigo, que los atormenta eterna-mente y les
hace que maldigan de su Creador, cuando todos han sido creados para mostrar y
manifestar por todas partes su bondad, su justicia, y las demás perfecciones; y
esto pro-duce tanto más horror, cuanto que todos esos hombres son desgraciados
por toda una eternidad sólo porque Dios ha expuesto sus padres a una tentación
a que sabía que no po-drían resistir; que este pecado es inherente a los
hombres, y se les imputa antes que su voluntad haya tenido parte en él; que
este vicio hereditario determina su voluntad a cometer pecados al presente; y
que una infinidad de hombres, niños y adultos, que jamás han oído hablar de
Jesucristo, Salvador del género humano, o no han oído lo bastante, mueren antes
de recibir los auxilios necesarios para apartarse de esta sima del pecado, y se
ven condenados a ser rebeldes a Dios por siempre, y abismados en las más
horribles miserias, en com-pañía de las más depravadas de todas las criaturas,
aunque en el fondo tales hombres no hayan sido peores que los demás, y muchos
de ellos hayan sido quizá menos culpables que una parte de los elegidos y
salvados por una gracia sin motivo y que gozarán por lo mismo de una felicidad
eterna que no habían merecido. He aquí, en resumen, las dificultades que muchos
han propuesto, pero que M. Bayle ha desenvuelto muy principalmente, como
aparecerá en el curso de esta obra, cuando examinemos los pasajes de la suya.
Por ahora creo haber dicho lo más esencial de estas objeciones; pero me ha
parecido conveniente abstenerme de emplear algunas expresiones y exageraciones
que habrían acaso escandaliza-
158
TEODICEA
do, y que no por eso habrían dado fuerza a su argumenta-ción.
6. Volvamos ahora la medalla, y
figurémonos lo que puede responderse a estas objeciones, siendo imprescindible
dar mayor amplitud a nuestras explicaciones; porque es muy fácil amontonar
dificultades en pocas palabras, mas para discutirlas, es preciso extenderse.
Nuestro objeto es alejar a los hombres de esas falsas ideas, en virtud de las
cuales se representa a Dios como un príncipe absoluto, en ejercicio de un poder
despótico, poco propio y poco digno de ser ama-do. Estas nociones son tanto
peores con relación a Dios, cuanto que lo esencial de la piedad es, no sólo
temerle, sino también amarle sobre todas las cosas; lo cual sólo se consi-gue
conociendo las perfecciones que pueden excitar el amor que merece y que
constituye la felicidad de los que le aman. Y animados como estamos de un celo
que no puede menos de serle grato, debemos esperar que nos iluminará y hasta
nos ayudará a la ejecución de un designio emprendido en obsequio de su gloria y
consultando el bien de los hombres. Una causa tan buena inspira confianza, y si
en contra hay apariencias plausibles, también hay en favor verdaderas
de-mostraciones, y así me atrevería a decir al adversario: "Aspi-ce, quam
mage sit nostrum penetrabile tellum." (Mira cuanto más penetrable sea
nuestro dardo).
7. Dios es la primera razón de las
cosas, porque las que son limitadas, como todo lo que vemos y experimenta-mos,
son contingentes, y nada hay en ellas que haga necesa-ria su existencia; siendo
muy claro que el tiempo, el espacio y la materia, homogéneos y uniformes en sí
mismos e indife-
159
GODOFREDO G. LEIBNITZ
rentes a todo, podían muy bien recibir cualesquiera otros movimientos y
figuras y en un orden distinto. Por consi-guiente, es preciso buscar la razón
de la existencia del mun-do, que es el conjunto todo de las cosas contingentes
y es necesario buscarla en la sustancia que tenga en sí misma la razón de su
propia existencia y que sea por lo mismo necesa-ria y eterna. Es preciso
también que esta causa sea inteligen-te; porque siendo contingente este mundo
que existe, y siendo igualmente posibles una infinidad de otros mundos, y
aspirantes también a la existencia, por decirlo así, lo mismo que aquél, es
imprescindible que la causa del mundo haya tenido en cuenta o consideración
todos estos mundos posi-bles al determinar uno. Y esta consideración o relación
de una sustancia existente respecto a las simples posibilidades, no puede ser
otra cosa que el entendimiento en que se dan las ideas de todas ellas, y el
determinar la existencia de una, no significa otra cosa que el acto de la
voluntad que escoge; y el poder de esta sustancia es el que hace que esa
voluntad sea eficaz. El poder se encamina al ser, la sabiduría o el
en-tendimiento a lo verdadero, y la voluntad al bien. Y esta cau-sa inteligente
debe ser infinita en todos conceptos, y absolutamente perfecta en poder, en
sabiduría y en bondad, puesto que alcanza a todo lo que es posible. Y como todo
se liga, no da lugar a admitir más que una. Su entendimiento es él origen de
las esencias, y su voluntad es el origen de las existencias. He aquí en pocas
palabras la prueba de un Dios único con sus perfecciones, y por su medio el
origen de las cosas.
160
TEODICEA
8. Ahora bien: esta suprema
sabiduría, unida a una bondad no menos infinita que ella, no ha podido menos de
escoger lo mejor; porque como un mal menor es una especie de bien, lo mismo que
un menor bien es una especie de mal si sirve de obstáculo a un bien mayor,
habría algo que corre-gir en las acciones de Dios, si hubiera medio de hacer
cosa mejor. Y así como en matemáticas cuando no hay máximo ni mínimo, nada
distinto, todo se hace de una manera igual, o cuando esto no puede hacerse, no
se hace nada absoluta-mente, lo mismo puede decirse, respecto de la perfecta
sabi-duría que no es menos precisa que las matemáticas, que si no hubiera
habido lo mejor (optimum) entre todos los mundos posibles, Dios no hubiera
producido ninguno. Llamo mundo a toda la serie y colección de todas las cosas
existentes, para que no se diga que podrían existir muchos mundos en
dife-rentes tiempos y en diferentes lugares; porque sería preciso contarlos
todos a la vez como un mundo, o si se quiere, co-mo un universo. Y aun cuando
se llenaran todos los tiempos y todos los lugares, siempre resultaría que se
les habría podi-do llenar de una infinidad de maneras, y que hay una infini-dad
de mundos posibles, de los cuales es imprescindible que Dios haya escogido el
mejor, puesto que nada hace que no sea conforme a la suprema razón.
9. Algún adversario, no pudiendo
responder a este ar-gumento, combatirá quizá la conclusión valiéndose de uno
contrario, diciendo que el mundo ha podido existir sin peca-do y sin
padecimientos; pero niego que entonces hubiera sido el mejor. Porque es preciso
tener entendido que todo está ligado en cada uno de los mundos posibles; que el
Uni-
161
GODOFREDO G. LEIBNITZ
verso, cualquiera que sea, es todo de una pieza, como un Océano; el
menor movimiento hace sentir su efecto a todas las distancias, aunque se haga
menos sensible a proporción de la misma; de suerte que Dios lo ha ordenado todo
de antemano de una vez para siempre, habiendo previsto los ruegos u oraciones,
las buenas y las malas acciones, y todo lo demás; y cada cosa ha contribuído
idealmente antes de su existencia a la resolución que ha tomado sobre la
existencia de todas. Así que nada puede mudarse en el Universo (como no se
puede en un número), salvo su esencia o, si se quiere, salvo su individualidad
numérica. Por lo tanto, si llegara a fallar el menor mal que sucede en el
mundo, ya no sería este mundo, que, tomándolo todo en cuenta el Creador que lo
ha escogido, ha encontrado que era el mejor.
10. Es cierto que pueden
imaginarse mundos posibles sin pecado ni miserias, haciendo con ellos novelas y
utopías; pero esos mismos mundos serían muy inferiores en bien al nuestro. No
puedo hacerlo ver al por menor, porque, ¿pue-do yo conocer ni representaros los
infinitos ni compararlos entre sí? Pero debéis formar vuestro juicio como yo,
ab effectu, puesto que Dios ha escogido este mundo tal cual es. Por otra parte,
sabemos que un mal causa un bien que no habría tenido lugar sin esto mal. Hasta
sucede con frecuencia que dos males constituyen un gran bien:
Et si fata volunt, bina venena juvant.
(y si quieren los dioses, dos venenos aprovechan).
162
TEODICEA
Como dos licores producen a veces un cuerpo seco, por ejemplo, el
espíritu de vino y el de orina, mezclados por Van-Helmont, o como dos cuerpos
fríos y tenebrosos pro-ducen un gran fuego, testigo el licor ácido y el aceite
aromá-tico combinados por M. Hofman. Un general comete a veces una falta
afortunada que es causa de que gane una gran bata-lla; y en la víspera de la
Pascua, en las Iglesias del rito roma-no, se canta:
O certe necessarium Adae peccatum
Quod Christi morte deletum est!
O felix culpa, quae talem ac tantum
Meruit habere redemptorem!
(¡Oh ciertamente necesario pecado de Adán, que fue destruido por la
muerte de Cristo! ¡Oh culpa feliz, que mere-ció tener tal y tan grande
redentor!
11. Los ilustres prelados de la
Iglesia galicana, que han escrito al Papa Inocencio XII81 contra el libro del
cardenal Sfondrate82 sobre la predestinación y que profesan los prin-cipios de
San Agustín, han dicho cosas muy propias para ilustrar este punto interesante.
El cardenal parece preferir el
Inocencio XII (Antonio
Pignatelli), Papa en 1692, sucedió a Alejandro VIII, nació en Nápoles en 1615,
y murió en 1'700. Puso término a la querella que la Asamblea de 1662 había
provocado entre el Papa y Fran-cia.
Sfondrate, Cardenal, nació en
Milán en 1649, y murió en Roma en 1691. El libro de que habla Leibnitz es el
Nodus praedestinationis dissolutus, Roma, 1696, en 4° Bossuet y el Cardenal de
Noailles pidieron que se le condenara. Escribió otras muchas obras teológicas.
163
GODOFREDO G. LEIBNITZ
estaco de los niños que mueren sin bautismo al mismo rei-nado de los
cielos, en razón de que el pecado es el mayor de los males, y ellos han muerto
inocentes de todo pecado ac-tual. Más adelante tocaremos este punto. Los
prelados han observado oportunamente que semejante opinión es infun-dada. El
apóstol -dicen ellos (Rom. lI. 8)-, tiene razón para desaprobar que se haga el
mal con objeto de que se produz-ca el bien; pero no puede desaprobarse el que
Dios, por su eminentísimo poder, haga que, mediante el permiso de los pecados,
se verifiquen bienes mayores que los que han teni-do lugar antes de aquéllos.
Esto no es decir que debamos complacernos con el pecado, ¡Dios nos libre, sino
que cre-emos en lo que dice el mismo apóstol! (Rom. V. 20): que donde el pecado
ha sido abundante, la gracia es superabun-dante; y recordamos que hemos
obtenido a Jesucristo mismo con ocasión del pecado. Y así se ve que la opinión
de estos prelados va dirigida a sostener que una serie de cosas en que entra el
pecado, ha podido ser y ha sido efectivamente mejor que otra en que no entrara
éste.
12. En todos tiempos se han
empleado las compara-ciones tomadas de los gustos de los sentidos, mezcladas
con lo que aproxima al dolor, para hacer ver que hay algo seme-jante en los
placeres intelectuales. Cosas que son un poco ácidas, agrias o amargas, agradan
muchas veces más que el azúcar; las sombras hacen que resalten los colores, y
una disonancia colocada en lugar oportuno, da realce a la armo-nía. Deseamos
que nos den miedo los bailarines de cuerda que están a punto de caer, y
queremos que las tragedias nos hagan casi llorar. ¿Nos complacemos lo bastante
en gozar de
164
TEODICEA
salud y damos por ello las debidas gracias a Dios, si no he-mos estado
nunca enfermos? Y muchas veces, ¿no es preciso que un poco de mal haga más
sensible el bien, es decir, le haga mayor?
13. Pero se dirá que los males son
grandes y numero-sos en comparación de los bienes. Esto no es exacto. Por falta
de atención parecen menores los bienes, y es preciso que aquella se despierte
por virtud de la mezcla de males. Si estuviéramos ordinariamente enfermos y
raras veces sanos, sentiríamos maravillosamente este gran bien, y advertiríamos
menos nuestros males; y sin embargo, ¿no vale más que la salud sea lo ordinario
y la enfermedad lo raro? Suplamos por nuestra reflexión lo que falta a nuestra percepción
para hacer que el bien de la salud sea más sensible. Si no tuviéramos
conocimiento de la vida futura, creo que habría pocas perso-nas que en el
momento de la muerte no se manifestaran dis-puestas a recobrar la vida a
condición de gozar de los mismos bienes y males, con tal, sobre todo, que no
fueran de la misma especie. Nos contentaríamos con variar, sin exigir una
condición mejor que aquélla en que hubiésemos vivido.
14. Cuando se considera la
fragilidad del cuerpo hu-mano, se admira la sabiduría y la bondad del autor de
la na-turaleza, que lo ha hecho tan durable, y tan aceptable su condición. Por
esto he dicho muchas veces, que no me sor-prende el que los hombres estén
enfermos alguna vez, y sí el que lo estén tan pocas y que no lo estén siempre.
Por esta razón también debemos estimar más el artificio divino del mecanismo de
los animales, que el autor de la naturaleza ha convertido en máquinas tan
delicadas y tan sujetas a la co-
165
GODOFREDO G. LEIBNITZ
rrupción, y sin embargo tan capaces de conservarse, porque la naturaleza
es la que nos cura más bien que la medicina. Ahora bien: esta fragilidad misma
es un resultado de la natu-raleza de las cosas, a no ser que se quiera que este
especie de criaturas que razonan y que están vestidas de carne y hueso, no
estén en el mundo. Pero esto al parecer constituiría un defecto que algunos
filósofos de otro tiempo hubieran lla-mado vacuum formarum, un vacío en el
orden de las espe-cies.
15. Los que se complacen en alabar
su naturaleza y su fortuna, en vez de quejarse, aun cuando no sean los más
afortunados, me parecen preferibles a los otros; porque además de ser
infundadas tales quejas, es murmurar de las órdenes de la Providencia. No debe
uno formar fácilmente al lado de los descontentos en la república en que se
vive, y no se debe ser eso en modo alguno en la ciudad de Dios, por-que no se
puede serlo sin incurrir en injusticia. Los libros sobre las desdichas humanas,
como los del Papa Inocencio III83, no me parece que sois de los más útiles; se
multiplican los males, haciendo que se fije en ellos la atención que debe-ría
apartarse de los mismos para volverla del lado de los bie-nes que los superan
en mucho. Apruebo todavía menos los
Inocencio III, uno de los Papas
más ilustres de la Edad Media, y uno de los más ardientes promotores del poder
pontificio, nació en 1161; fue elegido Papa en 1198, y murió en 1216. El libro
de que habla Leibnitz es el De Contemptu mundi, seu de miseria homínis, libri
tres. La más inte-resante de sus obras es la serie de Cartas, publicadas por
Baluze, París, 2 vol. en fol. 1632. Laporte - Dutheil ha dado a conocer otras
nuevas en las Diplomata ad res Francorum spectantía, París. 1791, en fol.
166
TEODICEA
libros como el del abate Esprit84: De la falsedad de las virtu-des
humanas, de que últimamente nos ha dado un compen-dio, libro en que se ve todo
por el lado malo, y que sirve para hacer a los hombres tales como él los
representa.
16. Es preciso reconocer, sin
embargo, que hay desór-denes en esta vida, que se encuentran particularmente en
la prosperidad de muchos malos y en la infelicidad de muchos hombres de bien.
Hay un proverbio alemán que concede la ventaja a los malos, como si fuesen
ordinariamente los más dichosos:
Je Krümmer Holz, je bessre Krücke:
Je arger Schalck, je grosser Glücke.
(Cuanto más torcido el leño, la muleta tanto más fuerte, Cuanto más
pillo el hombre, tanto más grande su suer-te).
Sería de desear que este dicho de Horacio fuese verda-dero para
nosotros:
Raro antecedentem scelestum
Deseruit pede poena claudo.
(Rara vez abandonó la pena de un pie cojo al antecedente melvado).
Santiago Esprit, o el abate
Esprit, aunque nunca se ordenó nació en Bezières en 1611, y murió en esta
ciudad en 1678. Era miembro de la Academia Francesa. Su obra principal,
imitación de la de Larochefou-cauld, es la Falsedad de las virtudes humanas;
París, 2 vol., 1678.
167
GODOFREDO G. LEIBNITZ
Sin embargo, sucede también muchas veces, aunque no las más,
Que a los ojos del Universo el cielo se justifica.
Y puede decirse con Claudiano85
Abstulit hunc tandem Rufini paena tumultum, Absolvitque Deos.
(Al fin la pena de Rufino disipó este tu insulto y absolvió a los
dioses).
17. Pero aun cuando no suceda esto
así, siempre tiene lugar el remedio en la otra vida. La religión y la misma
razón nos lo dicen, y no debemos murmurar contra un pequeño plazo que la
sabiduría suprema ha tenido por conveniente dar a los hombres para arrepentirse.
Sin embargo, aquí es donde crecen las objeciones por otro rumbo, cuando se
piensa en la salvación y en la condenación; porque, al pare-cer, es extraño que
en la misma eternidad del porvenir deba el mal sobrepujar al bien, bajo la
suprema autoridad de quien es el bien soberano, puesto que habrán de ser muchos
los
Claudiano, poeta latino de la
decadencia bajo el reinado de Teodosio, de Arcadio y de Honorio, nació en
Alejandría, en Egipto. Una de las innumerables ediciones de sus obras es la de
Gessner. 2 vol., en 8º, Leip-zig, 1759.
168
TEODICEA
llamados y pocos los escogidos Es cierto que, a juzgar por unos versos
de Prudencio86 (Hymn. ante somnum),
Idem tamen benignos
Ultor retundit iram,
Paucosque piorum
Patitur perire in oevum,
(El mismo benigno vengador empero reprime la ira, y sufre que pocos
piadosos perezcan eternamente).
muchos han creído en su tiempo que el número de los malos que se habrán
de condenar será muy pequeño; y, según algu-nos, se creía entonces en un
término medio entre el infierno y el paraíso, y el mismo Prudencio habla como
satisfecho de este término medio a que Gregorio de Nysa87 se inclina, así como
San Jerónimo88, quien indica también la opinión de
86 Prudencio, poeta latino, cristiano, nació en España en 348. No hay
datos respecto de su muerte, pero al parecer vivió durante una buena parte del
siglo V. Las obras de Prudencio forman parte de las Poètae christiani (Venecia,
1501, Alde). Entre las más recientes es notable la de D. Elzevier, Amsterdam,
1667, 2 tomos en 1 vol., en 12º con las notas de Nicol, Heinsius. (Según otros,
nació en Tarragona en 348 y murió en 405; N. T.).
Gregorio de Nysa, hermano de San
Basilio, nació en Sebaste hacia el año 331, y murió en el 392 al 400; fué
obispo de Nysa desde 371 o 372. Sus principales obras son: El Hexameron
(continuación de la de San Basilio), Tratado de la formación del hombre, Escritos
contral los here-jes. Sus obras completas han sido publicadas en París en 1615,
2 volú-menes, en fol.
San Jerónitno nació en 321 en
Stridon (Parmenia), y murió en 420, en Bethlem. Son de todos conocidas su
profunda ciencia en las Sagradas Escrituras que ha traducido y comentado, la
historia de sus austeridades, la fundación de su convento de Bethlem, sus
luchas contra los herejes y
169
GODOFREDO G. LEIBNITZ
que todos los cristianos habrán de ser al cabo admitidos a la Gracia.
Una palabra de San Pablo, que él mismo tiene por misteriosa, en la que dice que
todo Israel se salvará, ha dado lugar a numerosas reflexiones. Muchas personas
piadosas y también sabias, pero temerarias, han resucitado la opinión de
Orígenes, quien pretende que el bien triunfará a su tiempo en todo y en todas
partes, y que todas las criaturas racionales se harán santas y serán
bienaventuradas, hasta los malos án-geles. El libro del Evangelio eterno89,
publicado hace poco en Alemania, y defendido en una sabia obra, titulada
'Apo-katástasis pánton (Retorno de todas las cosas a su estado primitivo), ha
metido mucho ruido a propósito de esta gran paradoja. M. Le Clerc ha abogado
ingeniosamente por la causa de los secuaces de Orígenes, pero sin declararse en
su favor.
18. Hay un hombre de talento, que,
llevando mi prin-cipio de la armonía hasta llegar a suposiciones arbitrarias
que yo de ninguna manera apruebo, ha formado una teología casi astronómica90.
Cree que el desorden presente de este mundo comenzó cuando el ángel presidente
del globo de la tierra, la cual era entonces todavía un sol (es decir, una
estrella fija y luminosa por sí misma), cometió un pecado con algunos ángeles
menores de su departamento, quizá sublevándose indebidamente contra un ángel de
un sol mayor; que al mis-
la influencia que ejerció sobre muchas romanas ilustres, sobre Santa
Paula particularmente. Sus obras completas han sido mu-chas veces publicadas.
La mejor edición es la de 1704, París, S vol., en folio, por D. Matianay.
El
Evangelio eterno, célebre libro místico del siglo XIII.
Teología
astronómica. - No sabemos quién sea su autor.
170
TEODICEA
mo tiempo, por virtud de la armonía preestablecida entre los reinos de
la naturaleza y de la gracia y, por consiguiente, merced a causas naturales
acaecidas al tiempo preciso, nues-tro globo se cubrió de manchas, se hizo opaco
y se vio arro-jado del sitio que ocupaba, lo cual le obligó a convertirse en
estrella errante o planeta, es decir, satélite de otro sol, del mismo quizá a
que pertenecía el ángel cuya superioridad no quiso reconocer; que en esto
consiste la caída de Lucifer; que al presente, el jefe de los ángeles malos,
que la Sagrada Es-critura llama príncipe y hasta dios de este mundo, envidioso,
así como los ángeles de su comitiva, del animal racional que se pasea por la
superficie del globo, y que Dios ha puesto en él quizá para resarcirse de la
caída de aquéllos, trabaja para hacerle cómplice de sus crímenes y partícipe de
sus desdi-chas. Entonces es cuando Jesucristo vino para salvar a los hombres.
Es el hijo eterno de Dios, en tanto que es hijo único; pero habiéndose (según
algunos antiguos cristianos y según el autor de esta hipótesis) revestido, en
el principio de las cosas, de la más excelente de las naturalezas creadas para
perfeccionarlas a todas, ha venido a colocarse entre ellas; y esta es la
segunda filiación en virtud de la cual Jesucristo es el primogénito entre todas
las criaturas; que los cabalistas lla-maban Adam Cadmón. Quizá había
establecido su taberná-culo en este gran sol que nos ilumina, mas al fin vino a
este globo que nosotros habitamos, nació de la Virgen y tomó la naturaleza
humana para sacar a los hombres de manos del que es enemigo de ellos y suyo. Y
cuando se acerque el día del juicio, y el estado presente de nuestro globo vaya
a pere-cer, volverá de nuevo de un modo visible, para llevarse a los
171
GODOFREDO G. LEIBNITZ
buenos trasplantándolos quizás al sol; y para castigar a los malos y a
los demonios que los han seducido. Entonces la tierra comenzará a arder, y se
convertirá quizá en un cometa. Este fuego durará yo no sé cuántos Aeones91: la
cola del cometa aparecerá humeando incesantemente, según el Apo-calipsis; y
este incendio será el infierno o la segunda muerte de que habla la Sagrada
Escritura. Mas al fin y al cabo, el infierno entregará sus muertos, la muerte
misma aparecerá destruida, y la razón y la paz comenzarán a reinar de nuevo en
los espíritus que habían sido pervertidos. Sentirán su error, adorarán a su
Creador, y comenzarán a amarle tanto más, cuanto que verán la magnitud del
abismo de donde han salido. Al mismo tiempo (en virtud del paralelismo armónico
entre el reino de la naturaleza y el de la gracia), este incendio largo e
inmensa purgará al globo de la tierra de sus manchas; volverá a ser sol; su
ángel presidente recobrará su puesto, a la vez que los ángeles de su comitiva;
los hombres condena-dos serán, como ellos, del número de los buenos ángeles;
este jefe de nuestro globo rendirá homenaje al Mesías, jefe de las criaturas; y
la gloria de este ángel reconciliado será mayor que lo fue antes de su caída,
Inque Deos iterum fatorum lege receptus
Aureus aeternum noster regnabit Apollo.
Y de nuevo admitido entre los dioses por la ley de los destinos
(Haiónes),
siglos.
172
TEODICEA
reinará nuestro dorado Apolo
en el Olimpo eternamente.
La visión me parece entretenida y digna de un partidario de Orígenes;
pero no tenemos necesidad de semejantes hi-pótesis y ficciones, en las cuales
tiene más parte la imagina-ción que la revelación, y ni la misma razón queda en
su debido lugar- Porque tampoco parece que haya en el Univer-so conocido un
sitio principal que merezca ser, con prefe-rencia a todos los demás, el asiento
de la primogénita de las criaturas; y, por lo menos, el sol de nuestro sistema
no lo es.
19. Ateniéndose, pues, a la
doctrina establecida, de que el número de los condenados por toda una eternidad
será incomparablemente mayor que el de los que se salvan, es preciso decir que
no por eso deja de ser el mal poco más que nada, si se le compara con el bien,
cuando se considera la verdadera grandeza de la ciudad de Dios. Coelius
Secundas Curio92 ha escrito sobre esto un pequeño libro, De amplitu-dine regni
coelestis, que ha sido reimpreso no ha mucho, pero; que está muy distante de
haber comprendido la exten-sión del reino de los cielos. Los antiguos tenían
ideas mez-quinas de las obras de Dios, y San Agustín, como no conocía los
descubrimientos modernos, se veía en gran apuro cuando
Coelius Secundas Curio nació en
San Chirico, en el Piamonte, en 1503. Es uno de los pocos italianos que se
hicieron protestantes. Murió en Basilea 1568. Entre otras obras citaremos como
relacionadas con la filosofía: Araneus, sive de Providentia Dei (Basilea, 1554,
en 8°); De Amplitudine beati regni Dei dialogi, sive líbrí duo. 1554, en 8°, y
en Francfort, 1517, en 8°, y un Pasquillus extaticus; Ginebra, 1554, en 8°,
traducido al francés bajo este título: Les visions de Pasquille, 1547, en que
el autor hace su profesión de fe.
173
GODOFREDO G. LEIBNITZ
se trataba de excusar el predominio del mal. Los antiguos creían que
sólo nuestra tierra estaba habitada, y hasta les causaban espanto los
antípodas, constituyendo, según ellos, el resto del mundo, algunos globos
luminosos y algunas esfe-ras cristalinas. Hoy día, cualesquiera que sean los
límites que se supongan o no se supongan al universo, es preciso reco-nocer que
hay un número infinito de globos, que son tan grandes o mejores que el nuestro,
y los cuales tienen tanto derecho como él para estar habitados por seres
racionales, aunque no se siga de aquí que hayan de ser hombres. El nuestro no
es más que un planeta, es decir, uno de los seis satélites principales de
nuestro sol; y como todas las estrellas fijas son soles igualmente, se ve cuán
poca cosa es nuestra tierra con relación a las cosas visibles, puesto que no es
más que un apéndice de uno de ellos. Puede suceder que todos los soles estén
habitados por criaturas bienaventuradas, y nada nos obliga a creer que haya
muchos condenados, por-que pocos ejemplos y pocas muestras bastan para probar
la utilidad que el bien saca del mal. Por otra parte, como no existe razón
alguna que obligue a admitir que hay estrellas por todas partes, ¿no puede
acontecer que haya un gran es-pacio más allá de la región de las estrellas? Que
sea éste el cielo empíreo o no, siempre resulta que este espacio inmen-so, que
rodea toda esa región, puede estar lleno de felicidad y de gloria. Puede
concebírsele como el Océano a donde van a parar los ríos de todas las criaturas
bienaventuradas cuando han alcanzado toda su perfección en el sistema de las
estre-llas. Y ¿qué papel representarán en tal caso nuestro globo y sus
habitantes? ¿No será una cosa incomparablemente me-
174
TEODICEA
nor que un punto físico, puesto que nuestra tierra no es más que un
punto en comparación con la distancia de algunas estrellas fijas? Y así como la
porción de la parte del universo que conocemos, se pierde casi en la nada
comparada con lo que nos es desconocido, y que, no obstante, tenemos motivo
para admitir, y no siendo todos los males con que se nos puede objetar más que
ese casi nada, puede suceder que to-dos los males sean casi nada, comparados
con los bienes que se dan en el universo.
20. Pero es preciso resolver
también las objeciones más especulativas y metafísicas de que se ha hecho
mención, y que tocan a la causa del mal. Se pregunta por lo pronto: ¿de dónde
nace el mal? Si Deus est, unde malum? si non est, unde bonum? Los antiguos
atribuían la causa del mal a la materia, que creían increada e independiente de
Dios; pero los que pensamos que todo ser procede de Dios, ¿dónde encontraremos
el origen del mal? La respuesta es, que debe buscarse en la naturaleza ideal de
la criatura, en tanto que esta naturaleza se halla encerrada en las verdades
eternas que están en el entendimiento de Dios, independientemente de su
voluntad. Porque es preciso considerar que hay una im-perfección original en la
criatura antes del pecado, porque la criatura es limitada esencialmente, y de
aquí nace que no puede saberlo todo, y que puede errar e incurrir en otras
faltas. Platón dice en el Timeo, que el mundo tuvo su origen en el
entendimiento unido a la necesidad. Otros han unido a Dios con la naturaleza. Puede
darse a esto un sentido acep-table. Dios será el entendimiento; y la necesidad,
es decir, la naturaleza esencial de las cosas, será el objeto del entendi-
175
GODOFREDO G. LEIBNITZ
miento, en tanto que consiste en las verdades eternas. Pero aquí este
objeto es interno, y se encuentra en el entendi-miento divino. Y allí se
encuentra, no sólo la forma primitiva del bien, sino también el origen del mal;
es preciso colocar la región de las verdades en lugar de la materia, cuando se
trata de buscar el origen de las cosas. Esta región es la causa ideal; del mal
(por decirlo así), lo mismo que del bien; pero, ha-blando con toda propiedad,
lo formal del mal no tiene nada de eficiente, porque consiste en la privación,
como vamos a ver; es decir, en aquello que la causa eficiente no hace. Por esta
razón los escolásticos acostumbran a llamar deficiente a la causa del mal.
21. El mal puede ser metafísico,
físico y moral. El mal metafísico consiste en la simple imperfección, el mal
físico en el padecimiento, y el mal moral en el pecado. Ahora bien; aunque el
mal físico y el mal moral no sean necesarios, basta con que, por virtud de las
verdades eternas, sean posibles. Y como esta región inmensa de las verdades
contiene todas las posibilidades, es preciso que haya una infinidad de mundos
posibles, que el mal entre en muchos de ellos, y que hasta en el mejor se
encuentre también; y esto es lo que ha determi-nado a Dios a permitir el mal.
22. Pero dirá alguno: ¿por qué nos
habláis de permitir? ¿No hace Dios el mal y no lo quiere? Es indispensable
expo-ner aquí lo que es la permisión o el permiso, a fin de que se vea que no
sin razón empleamos esta palabra. Pero es preci-so explicar antes la naturaleza
de la voluntad, la cual tiene sus grados. Tomada en sentido general, puede
decirse que la voluntad consiste en la inclinación a hacer una cosa en pro-
176
TEODICEA
porción del bien en ella encerrado. A esta voluntad se la lla-ma
antecedente cuando está desligada, y considera cada bien aparte en tanto que es
bien. En este sentido puede decirse que Dios tiende a todo bien en tanto que es
bien, ad perfec-tionem simpliciter simplicem, hablando en términos
escolás-ticos, y esto por virtud de una voluntad antecedente. Dios tiene
inclinación real a santificar y a salvar a todos los hom-bres, a excluir el
pecado y a impedir la condenación. Puede hasta decirse que esta voluntad es
eficaz de suyo (per se), es decir, de tal suerte que el efecto se seguiría, si
no hubiese una razón más fuerte que lo impidiera; porque esta voluntad no llega
hasta el último esfuerzo (ad summum conatum), puesto que si llegara, no dejaría
nunca de producirlo plenamente, siendo Dios dueño de todas las cosas. El éxito
entero e infa-lible sólo pertenece a la voluntad consecuente, como se la llama.
Esta es la plena, teniendo lugar respecto de ella la si-guiente regla: que
jamás deja de hacerse lo que se quiere cuando se puede. Ahora bien; esta
voluntad consecuente, final y decisiva, resulta del conflicto entre todas las
volunta-des antecedentes, tanto de las que tienden al bien como las que
rechazan el mal, y del concurso de todas estas volunta-des particulares, nace
la voluntad total; al modo que en la mecánica, el movimiento compuesto resulta
de todas las tendencias que concurren en el mismo cuerpo móvil, y satis-face
igualmente a cada una, en tanto que es posible hacerlo todo a la vez. Es como
si se dividiese el cuerpo móvil entre estas tendencias, según he demostrado en
otra ocasión en uno de los diarios de París (7 de setiembre de 1693), al
ex-poner la ley general de las composiciones del movimiento.
177
GODOFREDO G. LEIBNITZ
En este sentido es como puede decirse que la voluntad ante-cedente es
eficaz en cierta manera, y hasta efectiva con re-sultado.
23. De aquí se sigue, que Dios
quiere antecedente-mente el bien, y consiguientemente lo mejor; y respecto al
mal, Dios no quiere de ningún modo el mal moral, y no quiere de una manera
absoluta el mal físico o los sufrimien-tos; y por esto no hay una predestinación
absoluta a la con-denación; y puede decirse del mal físico, que Dios le quiere
muchas veces como una pena debida por la culpa y con fre-cuencia también como
un medio propio para un fin; esto es, para impedir mayores males, o para
obtener mayores bienes. La pena sirve también para producir la enmienda y para
ejemplo, y el mal sirve muchas veces para gozar más del bien, y en ocasiones
contribuye a que alcance mayor perfec-ción el que lo padece, al modo que el
grano que se siembra experimenta una especie de corrupción para germinar:
pre-ciosa comparación de que el mismo Jesucristo se ha servido.
24. Con respecto al pecado o mal
moral, aunque pue-da con frecuencia servir de medio para obtener un bien o para
impedir un mal, no es esto lo que le constituye en ob-jeto suficiente de la
voluntad divina, o bien en objeto legíti-mo de una voluntad creada; sólo puede
ser admitido o permitido en cuanto se le considera como un resultado cierto de
un deber indispensable, de suerte que el que quisie-ra permitir el pecado en
otros, faltaría a lo que se debe a sí mismo; como, por ejemplo, si un oficial
que debe guardar un puesto importante lo abandonase, sobre todo en tiempo de
178
TEODICEA
peligro, para impedir una querella en la ciudad entre dos soldados de la
guarnición dispuestos a matarse.
La regla que dice: non esse
facienda mala, ut eve-niant bona, y que veda hasta el permitir un mal moral
para obtener un bien físico, lejos de ser violada, aparece aquí con-firmada, y
se muestra su origen y su sentido. No se aprobaría que una reina intentase
salvar al Estado cometiendo un cri-men, y ni siquiera permitiéndolo. El crimen
es cierto y el mal del Estado es dudoso; además de que esta manera de
autori-zar los crímenes, si se la admitiera como buena, sería por que la
rebelión de un país; la cual sin esto ya tiene lugar con una frecuencia que
quizá sería mayor si se escogiese semejante medio para impedirla. Pero con
relación a Dios, nada es du-doso, ni hay nada que pueda ser opuesto a la regla
de lo mejor, la cual no consiente excepción ni dispensa. Y este es el sentido
en que se dice que Dios permite el pecado, porque faltaría a lo que se debe a
sí mismo, a lo que debe a su sabi-duría, a su bondad y a su perfección, si no
siguiese las gran-des consecuencias de todas sus tendencias al bien, y si no escogiese
lo que es absolutamente mejor, no obstante el mal de culpa que vaya envuelto en
ello por la suprema necesidad de las verdades eternas. De donde se infiere que
Dios quiere todo el bien en sí antecedentemente, quiere lo mejor
conse-cuentemente como un fin, quiere lo indiferente y el mal físi-co algunas
veces como un medio, pero sólo permite el mal moral a título de sine qua non o
de necesidad hipotética, que le liga con lo mejor. Por esta razón la voluntad
consecuente de Dios que tiene por objeto el pecado, no es más que per-misiva.
179
GODOFREDO G. LEIBNITZ
26. Importa también considerar que
el mal moral es sólo un gran mal porque es origen de males físicos, y por darse
en una de las criaturas más poderosas y capaces de hacerlo. Porque una mala
voluntad es en su departamento lo que el principio malo de los maniqueos sería
en el universo; y la razón, que es una imagen de la divinidad, suministra a las
almas depravadas grandes medios de causar mucho mal. Un Calígula o un Nerón han
lecho más daño que un temblor de tierra. Un hombre malo se complace en hacer padecer
y en destruir, y demasiadas ocasiones se le presentan para ello. Pero siendo
Dios movido a producir el mayor bien posible, y estando dotado de toda la
ciencia y de todo el poder que son necesarios para el caso, es imposible que
quepa en él falta, culpa, ni pecado; y cuando permite el pecado, es porque es
sabio y bueno el permitirlo.
27. Es indudable, en efecto, que
es preciso abstenerse de impedir el pecado de otro cuando no podemos hacerlo
sin pecar nosotros mismos; pero alguno dirá quizá que es Dios mismo quien obra
y hace todo lo que hay de real en el pecado de la criatura. Esta objeción nos
lleva a considerar el concurso físico de Dios con la criatura, después de haber
examinado el concurso moral que nos embarazaba tanto. Algunos han creído con el
célebre Durand de Saint-Portien93 y con el cardenal Aureolus94, famoso
escolástico, que el con-
Guillermo Durand de Saint-Portien
o Saint Pourcain, de los hermanos predicadores, nació en Aubernia, fuá obispo
de Puy en 1318 y de Meaux en 1.326, y murió en 1333. Escribió un Comentario del
libro de las sen-tencias, 1508, en folio, o 1515, 1569, 1586, en folio.
Pedro Auriolus u Oriol, nació en
Picardía a principios del siglo XIII; fué profesor en la Universidad de París,
y murió en 1322 o 1345. Escri-
180
TEODICEA
curso de Dios con la criatura (me refiero al concurso físico), es sólo
general y mediato; que Dios crea las sustancias, y les da la fuerza que
necesitan, y que, hecho esto, las deja obrar, y no hace más que conservarlas
sin ayudarlas en sus acciones. Esta opinión ha sido refutada por la mayor parte
de los teó-logos escolásticos, y parece haber sido condenada en otro tiempo en
la persona de Pelagio95. Sin embargo, un capuchi-no, llamado Luis Pereir de
Dole, allá por el año de 1630 pu-blicó un libro adrede para resucitarla, por lo
menos con respecto a los actos libres. Algunos escritores modernos se
inclinaron en su favor, y M. Bernier la sostiene en un peque-ño libro sobre lo
libre y lo voluntario. Pero no es posible decir, con relación a Dios, lo que es
conservar, sin venir de nuevo a la opinión común sobre esta cuestión. Es
preciso considerar que la acción de Dios, al conservar, debe tener relación con
lo conservado tal como es, y según el estado en que esté, y así no puede ser
general e indeterminada. Estas generalidades son abstracciones que no se
encuentran en la verdad de las cosas singulares, y la conservación de un
hom-bre que está de pie es diferente de la conservación de un hombre sentado.
No sería así, si sólo consistiese en el acto de impedir o apartar cualquiera
causa extraña que pudiera destruir lo que se quiere conservar, como sucede
muchas veces cuando los hombres conservan alguna cosa; pero además de que
algunas veces estamos obligados a alimentar
bió los Comentarios sobre el libro de las sentencias; Roma, 1595-1605; 2
vol., en folio.
Pelagio, célebre heresiarca del
siglo IV, muy hostil al pecado original y favorable al libre albedrío. Fué
combatido por San Agustín. No se sabe que haya escrito obras.
181
GODOFREDO G. LEIBNITZ
las mismas cosas que conservamos, es preciso tener en cuenta que la
conservación de Dios consiste en esta influen-cia inmediata y perpetua que la
dependencia de las criaturas reclama. Esta dependencia tiene lugar, no sólo
respecto de la sustancia, sino también de la acción, y quizá no puede
expli-carse con mayor claridad esta dependencia, que diciendo con la generalidad
de los teólogos y de los filósofos, que es una creación continua.
28. Se objetará que Dios crea
entonces al presente al hombre pecador; él, que lo creó inocente en un
principio. Pero aquí conviene decir, en cuanto a lo moral, que siendo Dios
soberanamente sabio, no puede dejar de observar cier-tas leyes, y de obrar según
las reglas, tanto físicas como mo-rales, que en su sabiduría ha escogido; y la
misma razón que le ha hecho crear al hombre inocente, pero capaz de delin-quir,
le hace crear de nuevo al hombre cuando delinque; puesto que su ciencia hace
que lo futuro sea para él como lo presente, y no podría retractar las
resoluciones tomadas.
29. Y en cuanto al concurso
físico, debe tenerse en cuenta esta verdad, que tanto ruido ha hecho en las
escuelas desde que San Agustín la ha preconizado: que el mal es una privación
del ser, mientras que la acción de Dios va a lo po-sitivo. Esta respuesta pasa
por un efugio, y hasta por una cosa quimérica para muchas personas; pero he
aquí un ejemplo bastante patente que deberá sacarlas de su error.
30. El célebre Képler y M.
Descartes (en sus cartas) han hablado de la inercia natural de los cuerpos; y
esto es una cosa que se puede considerar como una perfecta imagen y hasta como
un ejemplar de la limitación original de las
182
TEODICEA
criaturas, para mostrar que la privación constituye lo formal de las
imperfecciones y de los inconvenientes que se en-cuentran, lo mismo en las
sustancias que en sus acciones. Supongamos que la corriente de un mismo río
arrastra mu-chos barcos, que sólo se diferencian los unos de los otros por la
carga, llevando unos madera, otros piedra, unos más, otros menos. Sentado esto,
sucederá que los barcos más cargados marcharán más lentamente que los otros, en
el su-puesto de que no los auxilien ni el viento ni los remos, ni ningún otro
medio semejante. No es propiamente la pesan-tez causa de este retardo, puesto
que los barcos descienden en lugar de subir, sino que es la misma causa que
aumenta también la pesantez en los cuerpos que tienen más densidad; es decir,
que son menos esponjosos, y están más cargados de la materia que les es propia,
porque la que pasa a través de los poros, como no recibe el mismo movimiento,
no debe tenerse en cuenta. Esto nace, por tanto, de que la materia es llevada
originariamente al retardo o lentitud de movimiento, o sea, a la privación de
la velocidad, no para disminuirla por sí misma cuando ya ha recibido esta
velocidad, porque esto sería obrar, sino para moderar, por virtud de su
receptibili-dad, el efecto de la impresión cuando debe recibirla. Por
consiguiente, como cuando el barco está más cargado, hay más materia movida por
la misma fuerza de la corriente, es preciso que marche más lentamente. Las
experiencias en el choque de los cuerpos, examinadas a la luz de la razón, muestran
que es preciso emplear doble fuerza para dar una misma velocidad a un cuerpo de
la misma materia, pero dos veces mayor, lo cual no sería necesario, si la
materia fuese
183
GODOFREDO G. LEIBNITZ
absolutamente indiferente al reposo y al movimiento, y si no tuviese
esta inercia natural, de que acabamos de hablar, en virtud de la que tiene una
especie de repugnancia a ser mo-vida. Comparemos ahora la fuerza que la
corriente ejerce sobre los barcos, y que les comunica, con la acción de Dios,
que produce y conserva lo que hay de positivo en las criatu-ras, dándoles
perfección, ser y fuerza; comparemos, digo, la inercia de la materia con la
imperfección natural de las cria-turas, y la lentitud del barco cargado con la
falta que se en-cuentra en las cualidades y en la acción de la criatura, y
encontraremos que nada es tan exacto como esta compara-ción. La corriente es la
causa del movimiento del barco, pero no de su retardo; Dios es la causa de la
perfección de la na-turaleza y de las acciones de las criaturas, pero la
limitación de la receptividad de la criatura es la causa de los defectos que
hay en su acción. Y así, los platonianos, San Agustín y los escolásticos han
tenido razón al decir que Dios es la cau-sa de lo material del mal, que
consiste en lo positivo, y no de lo formal, que consiste en la privación; a la
manera que pue-de decirse que la corriente es la causa de lo material del
re-tardo, sin serlo de lo formal; es decir, es la causa de la velocidad del
barco, sin ser la causa de los límites de esa ve-locidad. Y Dios está tan
distante de ser la causa del pecado, como lo está la corriente del río de ser
la causa del retardo del barco. Además, la fuerza es respecto de la materia, lo
que el espíritu es respecto de la carne; el espíritu está pronto y la carne
está enferma, y los espíritus obran
. . . Quantum non noxia corpora tardant.
184
TEODICEA
(En cuanto no los retardan los cuerpos dañosos).
31. Una relación igual hay entre
esta o aquella acción de Dios, y esta o aquella pasión o recepción de la
criatura que sólo se perfecciona en el curso ordinario de las cosas a medida de
su receptividad, como se la llama. Y cuando se dice que la criatura depende de
Dios en tanto que es y en tanto que ella obra, y que la conservación es una
creación continua, es lomismo que decir que Dios da siempre a la criatura y
produce continuamente lo que hay en ella de posi-tivo, de bueno y de perfecto,
puesto que todo lo perfecto procede del padre de las luces; mientras que las
imperfeccio-nes y los defectos de las operaciones proceden de la limita-ción
original que la criatura no ha podido menos de recibir en el primer origen de
su existencia, por virtud de las razo-nes ideales que la limitan. Porque Dios
no podía darle todo sin hacer de ella un Dios; así que era preciso que hubiese
diferentes grados en la perfección de las cosas, y que hubiera también
limitaciones de todas clases.
32. Esta consideración servirá
también para contestar a algunos filósofos modernos que llegan hasta decir que
Dios es el único actor. Es cierto que Dios es el único cuya acción es pura y
sin mezcla de lo que se llama padecer, pero esto no obsta a que la criatura
tenga parte también en las acciones, puesto que la acción de la criatura es una
modifica-ción de la sustancia que se vacía naturalmente en ellas, y que
encierra una variación, no sólo en las perfecciones que Dios ha comunicado a
aquélla, sino también en las limitaciones que tiene en sí misma, por ser ella
lo que es. Lo cual hace ver
185
GODOFREDO G. LEIBNITZ
igualmente que hay una distinción real entre la sustancia y sus
modificaciones y accidentes, contra lo que opinan algu-nos escritores modernos,
y particularmente el difunto duque de Buckingham96, que se ha ocupado de este
punto en un pequeño discurso sobre la religión, impreso recientemente. El mal
es, por consiguiente, como las tinieblas; y, no sólo la ignorancia, sino
también el error y la malicia, consisten for-malmente en una especie de
privación. He aquí un ejemplo del error, de que ya nos hemos servido. Veo una
torre que parece redonda desde lejos, aunque es cuadrada. El pensa-miento de
que la torre es lo que aparece, nace naturalmente de lo que veo; y cuando me
fijo en este pensamiento, resulta una afirmación, un juicio falso; pero si
llevo más allá el exa-men, y la reflexión me hace ver que las apariencias me
enga-ñan, saldré de mi error. Permanecer en cierto sitio o no caminar más
adelante sin tratar de hacer alguna observación, no son más que privaciones.
33. Lo mismo sucede respecto de la
malicia o de la mala voluntad. La voluntad, al tender al bien en general, de-be
caminar hacia la perfección que nos conviene, y la supre-ma perfección se da en
Dios. Todos los placeres tienen en sí mismos algún sentimiento de perfección;
pero cuando se limita uno a los placeres de los sentidos o a otros, con
per-juicio de bienes mayores, como la salud, la virtud, la unión con Dios, la
felicidad, en esta privación de una tendencia
Jorge Villiers de Buckingham. hijo
del célebre favorito de Jacobo I y Carlos I, y él mismo ministro y favorito de
Carlos II, nació en Londres en 1627, y murió en 1688. Sus obras: un Discurso
escrito para demostrar cuán racional es tener una religión; 1685, en 4º.
Pruebas de la Divinidad, 1687, en 8°.
186
TEODICEA
ulterior es en lo que consiste la falta. En general, la perfec-ción es
positiva, es una realidad absoluta; el defecto es priva-tivo, nace de la
limitación, y tiende a privaciones nuevas. Y así hay un dicho que es tan
verdadero como antiguo: Bonum est ex causa integra, malum ex quo libet defectu
(El bien procede de una causa total (esto es totalmente buena); como igualmente
el que dice:
Malum causam habet non efficientem, sed deficientem. (La causa del mal
no es eficiente, sino deficiente). Creo que se comprenderá mejor el sentido de
estos axiomas después de lo que acabo de decir.
34. El concurso físico de Dios y
de las criaturas con la voluntad contribuye también a las dificultades que
ocurren sobre la libertad. En mi opinión nuestra voluntad no sólo está exenta
de coacción, sino que también está libre de la necesidad. Aristóteles ha
observado ya que hay dos cosas en la libertad, a saber: la espontaneidad y la
elección, y en esto consiste nuestro imperio sobre nuestras acciones. Cuando
obramos libremente, no se nos fuerza, como sucedería si nos arrastrasen aun
precipicio o si nos arrojasen desde gran altu-ra; no deja de ser libre el
espíritu cuando deliberamos, como sucedería, si nos diesen un brevaje que nos
privara del juicio. La contingencia se encuentra en mil acciones de la
naturale-za, pero cuando no hay juicio en el que obra, no hay libertad, y si
tuviéramos un juicio que no fuera acompañado de nin-guna inclinación a obrar,
nuestra alma sería un entendi-miento sin voluntad.
35. No hay que imaginarse, sin
embargo, que nuestra libertad consiste en una indeterminación o en una
indiferen-
187
GODOFREDO G. LEIBNITZ
cia de equilibrio, como si fuera preciso que nos inclinásemos igualmente
del lado afirmativo o del negativo o del lado de diferentes resoluciones cuando
sean muchas las que puedan tomarse. Este equilibrio en todos sentidos es
imposible; por-que si nos viéramos igualmente inclinados por las soluciones A,
B y C, no podríamos inclinarnos igualmente por A o por no A. Este equilibrio es
además absolutamente contrario a la experiencia, y cuando se examina de cerca,
se ve que siempre ha habido alguna causa o razón que nos ha inclinado hacia el
partido que hemos tomado, aunque muchas veces no nos hagamos cargo de qué es lo
que nos mueve; al modo que no nos damos cuenta cuando salimos por una puerta de
por qué echamos el pie derecho antes que el izquierdo, o el izquierdo antes que
el derecho.
36. Pero pasemos a examinar los
argumentos que se hacen sobre esto. Los filósofos convienen hoy en que la
verdad de los futuros contingentes está determinada, es de-cir, que los futuros
contingentes son futuros, esto es, que serán y sucederán, porque tan seguro es
que lo futuro será, como que lo pasado ha sido. Era cierto, hace ya cien años,
que yo escribiría hoy, como será cierto dentro de cien años, que yo he escrito.
Así, lo contingente, por ser futuro, no es menos contingente; y la
determinación, que se llamaría certi-dumbre, si fuese conocida, no es
incompatible con la con-tingencia. Se toma muchas veces lo cierto y lo
determinado por una misma cosa, porque una verdad determinada está en estado de
ser conocida, pudiendo decirse que la determina-ción es una certidumbre
objetiva.
188
TEODICEA
37. Esta determinación nace de la
naturaleza misma de la verdad, y no puede dañar a la libertad; pero hay otras
de-terminaciones que vienen de otra parte, y en primera línea de la presciencia
de Dios, que muchos han creído contraria a la libertad, porque afirman que lo
que está previsto, no puede dejar de existir, y dicen verdad; pero no se sigue
de aquí que sea necesario, porque la verdad necesaria es aquella en que lo
contrario es imposible o implica contradicción. Ahora bien; esta verdad que
lleva consigo el que yo escribiré mañana, no es de esta naturaleza, no es
necesaria. Pero supuesto que Dios la prevé, es necesario que suceda; es decir,
la conse-cuencia es necesaria, porque se sabe que ella existe, porque ha sido
prevista, porque Dios es infalible, y esto es lo que se llama una necesidad
hipotética. Pero no es esta la necesidad de que se trata; es, una necesidad
absoluta la que debe exigir-se, para poder decir que una acción es necesaria,
que no es contingente, que no es efecto de una elección libre. Y, por otra
parte, es muy fácil creer que la presciencia en sí misma no añade nada a la
determinación de la verdad de los futuros contingentes, sino sólo en cuanto
esta determinación es co-nocida; lo cual no aumenta la determinación o la
futurición (como se la llama) de estos sucesos, cosa en que hemos con-venido
desde luego.
38. Esta respuesta está
indudablemente muy en su lu-gar, toda vez que se conviene en que la presciencia
en sí misma no hace la verdad más determinada; está prevista porque está
determinada, porque es verdadera; pero no es verdadera porque esté prevista; y
en esto el conocimiento de lo futuro nada tiene que no se halle también en el
conoci-
189
GODOFREDO G. LEIBNITZ
miento de lo pasado y de lo presente. Pero he aquí lo que un adversario
podrá decir: os concedo que la presciencia en sí misma no hace que sea la
verdad más determinada; pero la causa de la presciencia es la que la hace tal;
porque es preciso que la presciencia de Dios tenga su fundamento en la
natu-raleza de las cosas, y como este fundamento hace que la ver-dad sea
predeterminada, la impedirá ser contingente y libre.
39. Este argumento ha dado lugar a
que se formaran dos partidos: el de los predeterminadores97 y el de los
defen-sores de la ciencia media98. Los dominicanos y los agustinos son
partidarios de la predeterminación; los franciscanos y los jesuitas modernos lo
son más bien de la ciencia media. Estos dos partidos surgieron a mediados del
siglo XVI, y un poco después. El mismo Molina99 (que es quizá uno de los
prime-ros, a la vez que Fonseca100, que dio forma de sistema a este punto, y de
quien los demás han tomado el nombre de moli-nistas), dice en el libro que
escribió sobre la concordia del
La Predeterminación o Premoción
física de los tomistas consiste en decir que Dios obra inmediatamente en
nosotros, "para que nos resol-vamos en cierto sentido, pero que nuestra
determinación no deja de ser libre, porque Dios quiera que lo sea.. (Bossuet,
Du Libre, art. C. VIII).
La ciencia media o condicionada
consiste en decir que Dios ve cierta-mente los actos libres a condición de que
sean determinados por la gra-cia. (lb., C. VII).
Luis Molina, teólogo español,
nació en 1535, en Cuenca; murió en Madrid en 1601. Su libro, De liberi arbitrii
cum gratia donis concordia (Lisboa, en 49, 1548), es muy célebre y se le
considera como el funda-mento de la opinión de los molinistas, adversarios de
los jansenistas. Los primeros concedían más al libre albedrío los segundos a la
gracia. Escri-bió también un tratado De justitia et jure (Maguncia, 1659, 6
volúmenes en folio).
Pedro de Fonseca, llamado el
Aristóteles portugués, nació en 1528, en Cartizada, y murió en 1599. Pasa con
Molina por inventor de la Ciencia media. Escribió un Comentario sobre la
metafísica de Aristóteles.
190
TEODICEA
libre albedrío con la gracia, hacia el año 1570, que los docto-res
españoles (alude principalmente a los tomistas) que ha-bían escrito en los
últimos veinte años, no encontrando otro medio de explicar cómo Dios podía
tener conocimiento cierto de los futuros contingentes, introdujeron las
prede-terminaciones como necesarias para las acciones libres.
40. Molina creyó haber encontrado
otro medio. Con-sidera que son tres los objetos de la ciencia divina, los
posi-bles, los sucesos actuales, y los sucesos condicionales, los cuales
tendrían lugar a consecuencia de cierta condición, si ésta llegaba a realizarse.
La ciencia de las posibilidades es lo que se llama ciencia de simple
inteligencia; la de los sucesos que se verifican actualmente en el curso del
universo, se lla-ma ciencia de visión. Y como hay una especie de medio en-tre
lo simplemente posible y el suceso puro y absoluto, a saber: el suceso
condicional, podrá decirse también, según Molina, que hay una ciencia media
entre la de la visión y la de la inteligencia. Cítase el famoso ejemplo de
David, quien preguntó al oráculo divino si los habitantes de la ciudad de
Kegila, en que tenía intención de encerrarse, le entregarían a Saúl, en caso de
que éste pusiera sitio a la ciudad. Dios res-pondió que sí, y entonces David
tomó otro paro. Algunos defensores de esta ciencia consideran que Dios,
previendo lo que los hombres harían libremente en caso de que se halla-sen en
tales o cuales circunstancias, y sabiendo que usarían mal de su libre albedrío,
acuerda no concederles gracias ni circunstancias favorables; y puede justamente
resolverlo así, puesto que estas circunstancias y estos auxilios no les
hubie-ran servido de nada. Pero Molina se contenta con encontrar
191
GODOFREDO G. LEIBNITZ
en esto, en general, una razón de los decretos de Dios, fun-dada sobre
lo que la criatura haría en tales o cuales circuns-tancias.
41. No entro en todos los
pormenores de esta contro-versia, pues me basta hacer indicaciones. Algunos
autores antiguos, de quienes San Agustín y sus primeros discípulos no estaban
satisfechos, abrigaban, al parecer, opiniones pa-recidas a las de Molina. Los
tomistas y los que se llaman dis-cípulos de San Agustín pero a quienes sus
adversarios dan el nombre de Jansenistas101, combaten esta doctrina filosófica
y teológicamente. Algunos pretenden que la ciencia media debe estar comprendida
en la ciencia de simple inteligencia. Pero la principal objeción va
derechamente contra el funda-mento de esta ciencia. Porque, ¿qué fundamento
pudo tener Dios para ver lo que harían los kegilitas? Un simple acto
contingente y libre sólo puede dar un principio de certidum-bre, si se le
considera como predeterminado por los decretos de Dios y por las causas que de
él dependen. Por consi-guiente, la dificultad que se encuentra en las acciones
libres y actuales, se encontrará igualmente en las acciones libres
con-dicionales, es decir, que Dios sólo las conocerá bajo la con-dición de sus
causas y de sus decretos, que son las causas
Jansenistas, secta célebre del
siglo XVII, llamada así del nombre de su fundador, Jansenio, obispo de Iprés,
que nació en Holanda en 1585 y murió en 1638. Su libro célebre, el Augustinus,
publicado en 1640, fué la ocasión del famoso cisma que agitó a la Iglesia por
espacio de ciento cincuenta años. En este libro, en que pretendía expresar las
opiniones de San Agustín, el autor exagera la doctrina de la gracia y se
aproxima al calvinismo. Los promotores del jansenismo han sido en Francia el
abate de Saint Cyran (Dubergier de Hauranne), Arnault, Nicole, Pascal, el P.
Quesnel. Véase el Port-Royal. de M. Sainte-Beuve.
192
TEODICEA
primeras de las cosas. Y no se las podrá desliar de ellas para conocer
un suceso contingente de una manera que sea inde-pendiente del conocimiento de
las causas. Por consiguiente, sería preciso reducirlo todo a la
predeterminación de los decretos de Dios, y, por lo tanto, esta ciencia media
(se dirá) no remediará nada. Los teólogos partidarios de San Agustín pretenden
y sostienen también que el procedimiento de los molinistas conduce a encontrar
el origen de la gracia de Dios en las buenas cualidades del hombre, lo cual
estiman ellos que es contrario al honor de Dios y a la doctrina de San Pa-blo.
Sería largo y enojoso examinar
aquí las réplicas y contrarréplicas que ha habido por ambas partes; bastará con
que yo explique cómo concibo que hay algo de verdadero de uno y otro lado. Para
ello vuelvo a mi principio de la infini-dad de mundos posibles, representados
en la región de las verdades eternas; es decir, en el objeto de la inteligencia
divi-na, y en que es preciso que todos los futuros condicionales estén
comprendidos. Porque el caso del sitio de Kegila es de un mundo posible, que
sólo difiere del nuestro en todo lo que tiene enlace con esta hipótesis, y la
idea de este mundo posible representa lo que sucedería en este caso. Por
consi-guiente, tenemos un principio del conocimiento cierto de los futuros
contingentes, ya se verifiquen actualmente, ya deban verificarse en cierto
caso; porque en la región de los posibles, los futuros contingentes están
representados tales como son; es decir, contingentes libres. Por tanto, no es
la presciencia de los futuros contingentes, ni el fundamento de la certi-dumbre
de esta presciencia, lo que nos debe entorpecer o
193
GODOFREDO G. LEIBNITZ
perjudicar la libertad. Y aun cuando fuese cierto que los fu-turos
contingentes, que consisten en las acciones libres de las criaturas racionales,
fueran enteramente independientes de los decretos de Dios y de las causas
externas, habría un me-dio de preverlos, porque Dios los vería tales como son
en la región de los posibles antes de decretar su admisión a la existencia.
43. Pero si la presciencia de Dios
nada tiene de común con la dependencia o independencia de nuestras acciones
libres, no sucede lo mismo con la preordenación de Dios, con sus decretos y con
el curso de las causas que -creo yo-, contribuyen siempre a la determinación de
la voluntad. Y si estoy conforme con los molinistas en el primer punto, lo
estoy con los predeterminadores en el segundo, pero obser-vando siempre que la
predeterminación no sea necesitante. En una palabra, soy de opinión que la
voluntad se inclina siempre más por el partido que ella toma, pero que jamás
está en la necesidad de adoptarlo. Es cierto que ella seguirá este camino, pero
no es necesario que ella lo siga. Sucede aquí algo análogo a lo del famoso
dicho: Astra inclinant, non necessitant (Los astros inclinan, pero no imprimen
necesi-dad), aunque el caso no sea absolutamente semejante; por-que el suceso
que anuncian los astros (hablando, como lo hace el vulgo, como si la astrología
tuviera algún fundamen-to), no siempre se verifica, mientras que la solución a
que se inclina más la voluntad, nunca deja de tomarse. Además, los astros sólo
pondrían una parte de las inclinaciones que con-curren al suceso; pero cuando
se habla de la mayor inclina-ción de la voluntad, se habla del resultado de
todas las
194
TEODICEA
inclinaciones, lo mismo sobre poco más o menos que, según hemos dicho
antes, la voluntad consecuente de Dios resulta de todas las voluntades
antecedentes,
44. Sin embargo, la certidumbre
objetiva o la determi-nación no constituye la necesidad de la verdad
determinada. Todos los filósofos lo reconocen, confesando que la verdad de los
futuros contingentes está determinada, sin que por eso dejen de continuar siendo
contingentes. Ninguna contradic-ción implicaría la cosa en sí misma, si el
objeto no se siguie-se; y en esto consiste la contingencia. Para entender mejor
este punto, es preciso considerar que nuestros razonamien-tos tienen dos
grandes principios: el uno el de contradicción, que hace ver que de dos
proposiciones contradictorias, la una es verdadera y la otra falsa; y el otro,
el de la razón de-terminante, que consiste en que jamás se verifica un suceso
sin que haya una causa, o, por lo menos, una razón determi-nante, es decir,
algo que pueda servir para dar razón a priori de por qué existe esto de esta
manera más bien que de otra. Este gran principio tiene lugar en todos los
sucesos, y nunca se dará un ejemplo en contrario; y aunque la mayor parte de las
veces estas razones determinantes no nos sean bastante conocidas, jamás
dejaremos de entrever que las hay. Sin este gran principio, nunca podríamos
probar la existencia de Dios, y perderíamos una infinidad de razonamientos muy
exactos y muy útiles de que consta aquel fundamento y sin que sufra ninguna
excepción, puesto que en este caso se debilitaría su fuerza. Además de que nada
es tan débil como esos sistemas en que todas son vacilaciones y excepciones;
defecto de que carece el que yo sostengo, en el que todo
195
GODOFREDO G. LEIBNITZ
marcha conforme a reglas generales, que a lo más se limitan las unas por
las otras.
45. No hay, por tanto, que
imaginarse, con algunos es-colásticos un poco dados a vanas quimeras, que los
futuros contingentes libres sean privilegios o excepciones de esta regla
general de la naturaleza de las cosas. Siempre hay una razón preferente que lleva
a la voluntad a hacer su elección; y para conservar la libertad, basta que esta
razón incline sin necesitar. Esta es también la opinión de todos los
pensado-res antiguos, como Platón, Aristóteles y San Agustín. Jamás la voluntad
se ve arrastrada a obrar si no es por la represen-tación del bien,. que
prevalece sobre todas las representacio-nes contrarias. Y lo mismo se reconoce
respecto de Dios, de los ángeles buenos y de las almas bienaventuradas, sin que
por eso sean menos libres. Dios no deja de escoger lo mejor, pero no se ve
precisado a hacerlo, y ni siquiera hay necesidad respecto al objeto de la
elección de Dios, porque es igual-mente posible cualquier otro orden de cosas.
Por esta misma razón, la elección es libre e independiente de la necesidad,
puesto que se hace entre muchos posibles, y la voluntad no es determinada sino
por la bondad preferente del objeto. Esto no es, por tanto, un defecto con
relación a Dios y a los santos; antes, por el contrario, lo sería muy grande, o
más bien, sería un absurdo manifiesto el que sucediera de otra manera, hasta
con respecto a los hombres de este mismo mundo, si fuesen capaces de obrar sin
ninguna razón incli-nante. Jamás se verá un ejemplo de esta clase; y cuando se
toma una resolución por capricho o por hacer alarde de su
196
TEODICEA
libertad, el placer o la ventaja que creemos hallar en esta afectación
es una de las razones que mueven a obrar así.
46. Hay, pues, una libertad de
contingencia o en cierta manera de indiferencia, con tal que se entienda por
indife-rencia que nada nos obliga o nos necesita en uno u otro sen-tido; pero
nunca se da una indiferencia de equilibrio, es decir, en que todo sea
perfectamente igual de una y otra parte, sin que haya más inclinación hacia una
de ellas. Con-curren en nosotros una infinidad de movimientos, grandes y
pequeños, internos y externos, de que muchas veces no nos damos cuenta; y así,
como ya he dicho, cuando se sale de una habitación, nunca faltan razones que
nos obligan a echar delante un pie con, preferencia al otro, sin que se fije en
ello la reflexión; porque no se encuentra en todas partes un es-clavo, como en
la casa de Trimalción, según Petronio, que nos grite: el pie derecho delante.
Todo lo que acabamos de decir concuerda perfectamente con las máximas de los
filó-sofos que enseñan que una causa no puede obrar sin tener una disposición a
la acción; y esta disposición es la que con-tiene una predeterminación, ya la
haya recibido el agente de fuera, ya la haya tenido en virtud de hechos propios
anterio-res.
47. Y así no hay necesidad de
recurrir, como hacen al-gunos nuevos tomistas, a una predeterminación nueva
inme-diata de Dios, que saque la criatura libre de su indiferencia, aun decreto
que Dios dictara para predeterminarla, y que le. proporcione el medio de
conocer lo que ella hará; porque basta que la criatura sea predeterminada por
su estado pre-cedente, el cual la inclina en un sentido más bien que en
197
GODOFREDO G. LEIBNITZ
otro; y todos estos enlaces entre las acciones de la criatura y entre
las criaturas todas estaban determinados en el enten-dimiento divino, y eran
conocidos de Dios por la ciencia de simple inteligencia antes de que decretara
darles la existencia. Lo cual muestra que para dar razón de la presciencia de
Dios no hay necesidad de recurrir, ni a la ciencia media de los molinistas, ni
a esa predeterminación que un Bañes102 o un Alvarez103 (autores, por otra
parte, muy profundos) han en-señado.
48. Esa falsa idea de una
indiferencia de equilibrio ha producido muchas dificultades a los molinistas.
Se les pre-guntaba, no sólo cómo es posible conocer a qué puede de-terminarse
una causa absolutamente indeterminada, sino también cómo es que de esto resultara
al fin una determina-ción que careciera de prueba y origen, porque decir con
Mo-lina que ese es el privilegio de la causa libre, no es decir nada; es darle
el privilegio de existir a un ente quimérico. Da gusto el ver cómo se
atormentan para salir de un laberinto que no tiene ninguna salida. Algunos
enseñan que esto se verifica antes de que la voluntad se determine virtualmente
para salir de su estado de equilibrio; y el padre Luis del Dole, en su libro
sobre el Concurso de Dios, cita a los molinistas que tratan de salvarse por
este medio, porque se ven precisados a
102 Domingo Bañes, teólogo español, nació en Valladolid y murió en 1604.
Es autor de muchas obras teológicas y de comentarios sobra Aris-tételes.
Alvarez, dominicano español, nació
en Castilla la Vieja, y fué defensor de las doctrinas tomistas contra los
molinistas. Escribió: De Auxiliis divinae gratiae, Lyón, 1611, en fol.; De
Concordia liberi arbitii cum prae-destinatione, Lyón, 1622, en 89. Parece ser
el autor de la doctrina del Poder próximo, que tanto critica Pascal en sus
Provinciales.
198
TEODICEA
reconocer que la causa tiene que estar dispuesta a obrar. Pe-ro nada
ganan con esta respuesta, porque no hacen más que apartar la dificultad, puesto
que se les puede preguntar de igual modo, cómo la causa libre llega a
determinarse virtual-mente. Jamás saldrán de este conflicto sin confesar que
hay una predeterminación en el estado precedente de la criatura libre, la cual
le inclina a determinarse.
49. Por esto el caso que se cita
del asno de Buridán104, colocado entre dos prados, igualmente inclinado hacia
el uno que hacia el otro, es una ficción que no puede tener lugar en el
universo, en el orden de la naturaleza, aunque M. Bayle sea de otra opinión. Es
cierto que si el caso fuera posible, sería preciso decir que el asno se dejaría
morir de hambre; pero en el fondo, la cuestión recae sobre lo imposible, a no
ser que Dios lo produjera adrede. Porque el universo no puede ser partido al
medio por un plano tirado por el centro del asno, cortándole verticalmente en
el sentido de su longitud, de suerte que todo sea igual y semejante de uno y
otro lado como una elipse o cualquiera figura en un plano, de las que yo llamo
arfidextras, es partida de este modo en dos por medio de una línea recta que
pase por el centro. Porque ni las partes del universo, ni las vísceras del
animal son seme-jantes, ni están igualmente situadas por ambos lados en este
plano vertical. Habrá, pues, siempre muchas cosas en el asno y fuera del asno,
aunque no nos aparezcan, que le inclinarán y determinarán a ir a un lado más
bien que al otro. Y aunque
Juan Buridan, célebre escolástico,
discípulo de Ockam, vivió en el silo XIV. Nada se sabe de su nacimiento ni de
su muerte. Se conocen sus Comentarios sobre Aristóteles, París, 1518, en folio.
Era de la secta de los nominalistas.
199
GODOFREDO G. LEIBNITZ
el hombre sea libre, lo cual no es el asno, nunca deja de ser muy
cierto, por la misma razón que en el hombre el caso de un perfecto equilibrio
entre dos partidos es imposible, y que un ángel o, por lo menos, Dios podría
dar razón siempre de la resolución que el hombre ha tomado, designando una
causa o una razón inclinante que le ha llevado verdadera-mente a adoptarla,
aunque esta razón sería muchas veces complicada e inconcebible para nosotros,
porque el encade-namiento de las causas que se ligan las unas a las eras va muy
allá.
50. Por esto, la razón que M.
Descartes aduce para probar la independencia de nuestras acciones libres por un
supuesto sentimiento vivo e intenso, no tiene fuerza. Noso-tros no podemos
sentir propiamente nuestra independencia, ni nos apercibimos siempre de las
causas, con frecuencia imperceptibles, de que depende nuestra resolución. Es
como si la aguja imantada tuviera gusto en girar hacia el Norte, porque creyera
que giraba independientemente de ninguna otra causa, no apercibiéndose de los
movimientos insensibles de la materia magnética. Sin embargo, más adelante
veremos en qué sentido es muy cierto que el alma humana es por completo su
propio principio natural con relación a sus ac-ciones, dependiendo de sí misma,
y siendo independiente de todas las demás criaturas.
51. Con respecto a la volición
misma, es un tanto im-propio el decir que es un objeto de la voluntad libre.
Noso-tros queremos obrar, hablando con exactitud, pero no queremos querer; de
otra manera podríamos decir que que-remos tener la voluntad de querer, y así
iríamos hasta el infi-
200
TEODICEA
nito. No seguimos siempre el último juicio del entendi-miento práctico,
al determinarnos a querer; pero seguimos siempre, al querer, el resultado de
todas las inclinaciones que proceden, tanto del lado de las razones, como del
de las pa-siones, lo cual tiene lugar muchas veces sin un juicio claro del
entendimiento.
52. Todo es, por lo mismo, cierto,
y está determinado de antemano en el hombre, como en todas las demás cosas, y
el alma humana es una especie de autómata espiritual, aun-que las acciones
contingentes en general y las acciones libres en particular no sean por esto
necesarias por virtud de una necesidad absoluta, que sería verdaderamente
incompatible con la contingencia. Y así, ni la futurición en sí misma, por
cierta que ella sea, ni la previsión infalible de Dios, ni la pre-determinación
de las causas, ni la de los decretos de Dios, destruyen esta contingencia ni
esta libertad. Se está de acuer-do en esto con respecto a la futurición y a la
previsión, según hemos explicado ya; y puesto que el decreto de Dios consiste
únicamente en la resolución que ha tomado, después de ha-ber comparado todos
los mundos posibles, de escoger el mejor y de darle la existencia por la
omnipotente palabra del Fiat (hágase), junto con todo lo que este mundo
contiene, es claro que este decreto no muda nada en la constitución de las
cosas, y que las deja tales como eran en el estado de pura posibilidad, es
decir, que no muda nada, ni en su esencia o naturaleza, ni siquiera en sus
accidentes, representados ya perfectamente en la idea de este mundo posible. Y
así, lo que es contingente y libre, libre y contingente queda, lo mismo bajo
los decretos de Dios, que bajo la previsión.
201
GODOFREDO G. LEIBNITZ
53. Pero Dios mismo (se dirá) no
podrá entonces mu-dar nada en el mundo. Seguramente no podría mudarlo al
presente, salvo su sabiduría, puesto que ha previsto la exis-tencia de este
mundo y de lo que en él se contiene, y también puesto que tomó la resolución de
darle la existencia, como que no puede ni engañarse ni arrepentirse, y que no
era pro-pio de él tomar una resolución imperfecta atendiendo a una parte y no
al todo. Y así, estando todo ordenado desde el principio, sólo esta necesidad
hipotética, en la que todo el mundo conviene, es la que hace que después de la
previsión de Dios o después de su resolución nada pueda mudarse; y sin embargo,
los sucesos en sí mismos subsisten siendo con-tingentes. Porque (poniendo
aparte esta suposición de la futurición de la cosa y de la previsión o de la
resolución de Dios, suposición que da por sentado que la cosa sucederá, y
conforme a la cual es preciso decir: Unumquodque, cuando est, oportet esse, aut
unumquodque, siquidem erit, oportet futurum esse) -cuando una cosa existe, es
necesario que exista; puesto que una cosa existirá, es necesario que enton-ces
exista-, porque, repito, el suceso nada tiene en sí que le haga necesario y que
no permita concebir que cualquiera otra cosa podía suceder en su lugar. Y en
cuanto al enlace de las causas con los efectos, él inclina sólo al agente libre
sin nece-sitarle, como acabamos de explicar; así que no constituye siquiera una
necesidad hipotética sino uniéndose a ella algu-na cosa exterior, a saber, esta
máxima misma, que la inclina-ción preferente triunfa siempre.
54. También se dirá, que si todo
está ordenado, Dios no puede hacer milagros. Pero es preciso tener en cuenta
202
TEODICEA
que los milagros que suceden en el mundo estaban ya incluí-dos y
representados como posibles en este mismo mundo, considerado en estado de pura
posibilidad; y Dios, que los ha hecho después, había ya decretado el hacerlos
cuando escogió este mundo. Se dirá también que las súplicas y las oraciones,
los méritos y los deméritos, las buenas y malas acciones, de nada sirven,
puesto que nada puede mudarse. Esta objeción es la que más preocupa al vulgo,
y, sin embar-go, no es más que un puro sofisma. Esas oraciones, esas súplicas,
esas buenas o malas acciones que se verifican hoy, existían ya ante Dios cuando
tomó la resolución de ordenar las cosas. Las que tienen lugar en este mundo
actual, estaban ya representadas en la idea de ese mismo mundo cuando era
todavía sólo posible a la vez que sus efectos y sus resultados, y estaban
atrayéndose la gracia de Dios, sea natural, sea so-brenatural, exigiendo
castigos y reclamando recompensas; todo en la misma forma que sucede realmente
en este mun-do después que Dios lo ha escogido. La oración y la acción buena
eran entonces ya una buena causa o condición ideal, es decir, una razón
inclinante que podía contribuir a la gracia de Dios o a la recompensa, como
contribuye al presente de una manera actual. Y como todo está ligado sabiamente
en el mundo, es claro que Dios, previendo lo que libremente su-cedería, ha
arreglado el resto de las cosas de antemano, o (lo que es lo mismo) ha escogido
este mundo posible donde todo estaba arreglado de esta manera.
55. Esta consideración destruye al
mismo tiempo el argumento que los antiguos llamaban sofisma perezoso, Lo-gos
argos, cuya conclusión era que no debía hacerse nada;
203
GODOFREDO G. LEIBNITZ
porque, se decía, si lo que yo quiero debe suceder, sucederá aunque yo
no haga nada; y si no debe suceder, nunca sucede-rá por más que me tome el
trabajo de obtenerlo. Esta nece-sidad que se imagina en los sucesos, desligada
de sus causas, puede llamársela fatum mahometanum, como más arriba se ha dicho,
porque se cuenta que ese argumento hace que los turcos no se aparten de los
lugares donde la peste hace estra-gos. Mas la respuesta es muy fácil; siendo
cierto el efecto, la causa que lo habrá de producir, lo es igualmente; y si el
efecto tiene lugar, será resultado de una causa proporciona-da. Y así vuestra
pereza hará quizá que no obtengáis nada de lo que deseáis, y que os sobrevengan
los males que hubiérais evitado, obrando con cuidado. Se ve, pues, que el
enlace de las causas con los efectos, lejos de determinar una fatalidad
insoportable, proporciona más bien un medio de evitarla. Hay un proverbio
alemán que dice que la muerte quiere siempre tener una causa; y no hay cosa más
verdadera. Mori-réis tal día (supongamos que sea así y que Dios lo prevé), sí,
sin duda; pero será porque haréis lo que os conducirá a ello. Lo mismo sucede
con los castigos de Dios, que dependen también de sus causas, y aquí cuadra
bien citar el famoso pasaje de San Ambrosio105, (in. cap. I. Lucae): Novit
Domi-nus mutare sententiam, si tu noveris mutare delictum, (Dios sabe mudar su
sentencia, si tú supieres mudar tu delito), lo cual no debe entenderse de la
reprobación, sino de la con-minación, como la que Jonás hizo de parte de Dios a
los
San Ambrosio. uno de los Padres de
la Iglesia latina, nació en 340, murió en 397, y fué obispo de Milán en 364. La
mejor edición completa de sus obras es la de los benedictinos, 2 vol. en folio,
1686 y 90.
204
TEODICEA
ninivitas. Y este dicho vulgar: Si non praedestinatus, fac ut
praedestineris (Si no has sido predestinado, haz que seas predestinado), no
debe tomarse a la letra, pues su verdadero sentido es, que el que dude de si
está predestinado, no tiene más que hacer lo que debe, para serlo por la gracia
de Dios. El sofisma que concluye en que no se debe tomar trabajo alguno por
nada de este mundo, será quizá útil a veces para conducir ciegamente a ciertas
gentes al peligro, lo cual se ha dicho en particular de los soldados turcos;
pero quizá el Maslach ha tenido más parte en esto que el sofisma; además muchos
niegan, hoy en día, este espíritu determinado y re-suelto de los turcos.
56. Un sabio médico de Holanda,
llamado Juan de Be-verwyck, ha tenido la curiosidad de escribir un libro De
ter-mino vitae, y de reunir muchas respuestas, cartas y discursos de algunos
pensadores de su tiempo sobre este asunto. Este folleto está impreso, y
sorprende el ver cómo se alucinan las gentes, y de qué manera se enredan con un
problema que, en realidad, es lo más fácil del mundo. Visto esto, no deben
chocarnos las muchas dudas de que el género humano no puede salir. La verdad
es, que el hombre se complace en extraviarse, y como que se da una especie de
paseo el espíritu que no quiere sujetar la atención, ni someterse al orden y a
las reglas. Parece que estamos como acostumbrados a la broma, y que miramos
como asunto de diversión las ocupa-ciones más serias, cuando menos pensamos en
ello.
57. Me temo que en la última disputa entre los teólogos de la confesión
de Augsbourg, de termino penitentiae pe-remptorio, que ha dado ocasión a muchos
tratados en Ale-
205
GODOFREDO G. LEIBNITZ
mania, se haya deslizado algún error, pero de distinta natu-raleza. Los
términos prescritos por las leyes se llaman fatalia entre los jurisconsultos.
Puede decirse en cierta manera, que el término perentorio prescrito al hombre
para arrepentirse y corregirse, es cierto respecto de Dios, respecto de todo lo
que es cierto.
Dios sabe cuándo un pecador estará tan empedernido, quea nada cabe hacer
por él; pero no que sea imposible el que haga penitencia o que sea preciso que
le sea rehusada la gracia suficiente, después de cierto tiempo, gracia que no
falta jamás, sino porque habrá un tiempo tras el cual no se aproximará ya a las
vías de la salvación. Pero nosotros nunca tenemos señales ciertas para conocer
este término, ni tene-mos tampoco derecho a considerar que un hombre esté
ab-solutamente abandonado, porque esto sería formar un juicio temerario. Vale
más tener siempre derecho a esperar, y es esta, entre otras mil, una de las
ocasiones en que nuestra ignorancia puede ser útil.
Prudens futuri temporis exitum Caliginosa nocte premit Deus.
(El Dios prudente envuelve en noche caliginosa el re-sultado del tiempo
futuro).
58. Todo el porvenir está
determinado, sin duda; pero como no sabemos el cómo, ni lo que está previsto y
resuelto, debemos cumplir con nuestro deber, siguiendo a la razón que Dios nos
ha dado y observando las reglas que nos ha
206
TEODICEA
prescrito, y luego debemos mantener el espíritu en reposo, dejando a
cargo de Dios mismo el cuidado del resultado, porque jamás dejará de hacer lo
mejor, no sólo en general, sino también en particular para los que tengan
verdadera confianza en él, es decir, una confianza que en nada se dife-rencie
de la verdadera piedad, de la fe viva y de la caridad ardiente, y que no nos
permita omitir nada de lo que puede depender de nosotros en cumplimiento de
nuestro deber y en su servicio. Es cierto que ningún servicio podemos ha-cerle,
porque de nada tiene necesidad; pero es servirle, en nuestro lenguaje, cuando
nos proponemos cumplir su pre-sunta voluntad, concurriendo al bien que
conocemos en aquello en que podemos contribuir, porque debemos presu-mir
siempre que a eso es a lo que se dirige su voluntad, hasta que el suceso nos
haga ver que ha tenido Dios razones más fuertes, aunque quizás desconocidas
para nosotros, que le han hecho posponer este bien que nosotros buscábamos, a
otro mayor que él mismo se haya propuesto, y que no habrá dejado o no dejará de
efectuar.
59. Acabo de demostrar como la
acción de la voluntad depende de sus causas, que no hay nada tan propio de la
naturaleza humana como esta dependencia de nuestras ac-ciones, pues de otra
manera se caería en un fatalismo absur-do e intolerable, es decir, en el tatum
mahometanum, que es el peor de todos, porque destruye la previsión y el buen
con-sejo. Sin embargo, conviene hacer ver cómo esta dependen-cia de las
acciones voluntarias no impide que haya en el fondo, en nosotros, una
espontaneidad maravillosa que hace al alma, en cierto sentido, independiente en
sus resoluciones
207
GODOFREDO G. LEIBNITZ
de la influencia física de todas las demás criaturas. Esta
es-pontaneidad, poco conocida hasta ahora, que levanta nuestro imperio sobre
nuestras acciones todo cuanto es posible, es un resultado de la armonía
preestablecida, de la que es nece-sario dar aquí alguna explicación. Los
filósofos de la escuela creían que había un influjo físico recíproco entre el
cuerpo y el alma, pero desde que se ha previsto que el pensamiento y la masa
extensa no tienen ningún enlace entre sí y que son criaturas que difieren toto
genere, muchos pensadores mo-dernos han reconocido que no existe semejante
comunica-ción física entre el alma y el cuerpo, aunque la comunicación
metafísica subsista siempre, lo cual hace que el alma y el cuerpo compongan un
mismo agente, o lo que se llama una persona. Esta comunicación física, si la
hubiese, haría que el alma mudase el grado de la velocidad y la línea de
dirección de los movimientos que se dan en el cuerpo, y viceversa, el cuerpo
cambiaría el curso de los pensamientos que se dan en el alma. Pero es imposible
deducir este efecto de ninguna noción que se conciba en el cuerpo y en el alma,
aunque nada sea para nosotros mejor conocido que el alma, puesto que nos es
íntima, es decir, es íntima a sí misma.
60. M. Descartes ha querido
capitular y hacer que de-penda del alma una parte de la acción del cuerpo.
Creía co-nocer una regla de la naturaleza que, según él, consiste en que la
misma cantidad de movimiento se conserva en el cuerpo. No le parecía posible
que la influencia del alma vio-lase esta ley de los cuerpos, sino que creía que
el alma puede mudar la dirección de los movimientos que tienen lugar en el
cuerpo; en la misma forma, más o menos, que un jinete, aun
208
TEODICEA
cuando no da fuerza al caballo que monta, no deja de gober-narle,
dirigiendo esta fuerza del lado que le conviene. Pero como esto se hace por
medio del freno, del bocado, de las espuelas y de otros auxilios materiales, se
concibe bien cómo pueda suceder esto; pero no hay instrumentos de que el alma
pueda servirse con este objeto; no los hay ni en el alma ni en el cuerpo, es
decir, ni en el pensamiento, ni en la masa, que puedan servir para explicar
este cambio del uno por el otro. En una palabra: que el alma mude la cantidad
de fuerza y que mude la línea de dirección, son dos cosas igualmente
inexplicables.
61. Además, después de Descartes
se han descubierto dos verdades importantes sobre este punto. La primera es,
que la cantidad de fuerza absoluta que en efecto se conserva, es diferente de
la cantidad de movimiento, como ya lo he demostrado en otra parte. El segundo
descubrimiento es, que se conserva también la misma dirección en todo el
con-junto de cuerpos que se supone que obran entre sí, cualquie-ra que sea la
manera en que se choquen. Si M. Descartes hubiera conocido esta regla, hubiese
hecho a la dirección de los cuerpos tan independiente del alma, como su fuerza;
y creo que esto le hubiera conducido en derechura a la hipóte-sis de la armonía
preestablecida, a la que me han conducido estas mismas reglas.
Porque además de ser esa influencia física de una de es-tas sustancias
sobre la otra inexplicable, me ha parecido que a menos de tener lugar un
desorden completo en las leyes de la naturaleza, el alma no podía obrar
físicamente sobre el cuerpo. Y he creído que no debía darse oídos a ciertos
filó-
209
GODOFREDO G. LEIBNITZ
sofos, muy entendidos por otra parte, que hacen que concu-rra Dios; para
que se produzca tal efecto, a la manera que se hace uso de la tramoya en el
teatro para llegar al desenlace de la pieza, sosteniendo que Dios se ocupa
expresamente en mover el cuerpo como lo quiere el alma, o en dar al alma las
percepciones que pide el cuerpo; en cuanto este sistema, que se llama de las
causas ocasionales (porque enseña que Dios obra sobre el cuerpo con ocasión del
alma o viceversa), además de introducir el milagro perpetuo para sostener el
comercio entre estas dos sustancias, no evita en las leyes naturales,
establecidas con cada una de estas mismas sustan-cias, el desorden que su
influencia mutua causaría para la opinión común.
62. Y así, estando persuadido del
principio de la ar-monía en general, y por consiguiente de la preformación y de
la armonía preestablecida entre todas las cosas, entre la natu-raleza y la
gracia, entre los decretos de Dios y nuestras ac-ciones previstas, entre todas
las partes de la materia, y hasta entre el porvenir y el pasado, en conformidad
todo con la soberana sabiduría de Dios, cuyas obras son todo lo armóni-cas que
es posible concebir, yo no podía menos de venir a parar a este sistema, según
el cual Dios ha creado el alma al principio de tal manera, que debe producir y
representarse ordenadamente lo que pasa en el cuerpo, y el cuerpo de tal
manera, que debe ejecutar de suyo lo que el alma ordena. De suerte que las
leyes que ligan los pensamientos del alma en el orden de las causes finales y
según la evolución de las per-cepciones, deben producir imágenes que coincidan
y con-cuerden con las impresiones que hacen los cuerpos sobre
210
TEODICEA
nuestros órganos; y las leyes de los movimientos que se veri-fican en
los cuerpos, que se unen y siguen en el orden de las causas eficientes, se
encuentren también y concuerden de tal manera con los pensamientos del alma,
que el cuerpo sea llevado a obrar cuando el alma quiere.
Y lejos de venir esto en daño de
la libertad, no pue-de concebirse cosa más favorable a ella. M. Jacquelot ha
de-mostrado muy bien en su libro, De la Conformidad de la Razón con la Fe, que
es como si uno que supiera todo lo que yo había de ordenar a mi criado durante
todo el día de ma-ñana, construyera un autómata que se pareciera perfecta-mente
a este criado, y que ejecutase puntualmente durante todo el día cuanto yo le
ordenara; lo cual no me impediría a mí el ordenar libremente todo lo que
quisiera, aunque la ac-ción del autómata que me sirviese, no tendría nada de
libre.
Por otra parte, dependiendo todo
lo que pasa en el alma sólo de ella misma, según este sistema, y procediendo su
estado siguiente sólo de ella y de su estado presente, ¿qué mayor independencia
se le puede dar? Es cierto que aún queda en pie cierta imperfección en la
constitución del alma. Todo lo que le sucede, depende de ella; pero no depende
siempre de su voluntad: esto sería demasiado. Ni siquiera es siempre conocido
por su entendimiento o apercibido distin-tamente; porque en ella hay, no sólo
un orden de percepcio-nes distintas que constituyen su poder o imperio, sino
también una serie de percepciones confusas o de pasiones que forman su
esclavitud; y no hay que extrañarlo, porque el alma sería una divinidad, si
sólo tuviese percepciones distin-tas. Sin embargo, algún poder tiene también
sobre estas per-
211
GODOFREDO G. LEIBNITZ
cepciones confusas; si bien de una manera indirecta, porque aun cuando
no pueda mudar sus pasiones de golpe, puede trabajar por conseguirlo
paulatinamente, y crearse pasiones nuevas, y hasta hábitos. También tiene un
poder semejante sobre las percepciones más distintas, pudiendo crearse
indi-rectamente opiniones y voluntades, y también impedir el tener tales o
cuales, y suspender o adelantar su juicio; porque podemos buscar de antemano
medios que nos sirvan para detenernos en ocasiones, cuando estemos para dar un
paso resbaladizo en el sentido de un juicio temerario; podemos hallar algún
incidente que nos haga diferir nuestra resolu-ción, aunque esté preparado el
negocio para el fallo; y aun-que nuestra opinión y nuestro acto de querer no
sean directamente objetos de nuestra voluntad (como ya he ob-servado), no por
eso dejamos de tomar a veces medidas para querer, y hasta para creer con el
tiempo lo que no se quiere o no se cree al presente; tan grande es la
profundidad del espí-ritu del hombre.
65. En fin, para concluir con este
punto de la espon-taneidad, es preciso decir, que tomando las cosas en rigor,
el alma tiene en sí el principio de todas sus acciones y hasta de todas sus
pasiones; y que lo mismo sucede respecto de todas las sustancias simples
desparramadas por toda la naturaleza, aunque sólo se da la libertad en las que
son inteligentes. Sin embargo, en el sentido popular, y juzgando por las
aparien-cias, debemos decir que el alma depende en cierta manera del cuerpo y
de las impresiones de los sentidos, a la manera que en el uso ordinario
hablamos como Tolomeo y Tycho
212
TEODICEA
Brahe, y pensamos como Copérnico, cuando se trata de la salida y de la
puesta del sol.
66. Puede, sin embargo, entenderse
en un sentido ver-dadero y filosófico esta dependencia mutua que concebimos
entre el alma y el cuerpo. Y es que una de estas sustancias depende de la otra
idealmente, en tanto que la razón de lo que se hace en la una corresponde a lo
que se da en la otra, lo cual ha tenido lugar en los decretos de Dios desde el
acto que dispuso de antemano la armonía que había de regir entre ellas; a la
manera que el autómata arriba citado, que hiciera las funciones de criado,
dependería de mí idealmente, en virtud de la ciencia del que, siendo sabedor de
las órdenes que yo había de dar, le hubiese hecho capaz de servirme
puntualmente durante todo el día siguiente. El conocimiento de mis voliciones
futuras habría movido a este gran artesano, el cual formaría en seguida el
autómata: mi influencia sería objetiva y la suya física. Porque en tanto que el
alma tiene perfección y pensamientos distintos, Dios ha acomodado el cuerpo al
alma, y ha hecho de antemano que el cuerpo se vea arrastrado a ejecutar sus
órdenes; y en tanto que el alma es imperfecta y que sus percepciones son
confusas, Dios ha acomodado el alma al cuerpo, de suerte que el alma se deja
influir por las pasiones que nacen de las representaciones corporales; lo cual
produce el mismo efecto y la misma apa-riencia que si el uno dependiese del
otro inmediatamente y por medio de una influencia física. Y hablando
propiamente, por medio de sus pensamientos confusos es como el alma se hace
presente a los cuerpos que la rodean. Y lo mismo debe entenderse de todo lo que
se concibe sobre las acciones de
213
GODOFREDO G. LEIBNITZ
unas sustancias simples sobre las otras. Y la razón de esto es, que cada
una tiene que obrar sobre la otra en la medida de su perfección, aunque sólo
sea idealmente y en la razón de las cosas, esto es, en cuanto Dios ha arreglado
desde el principio la influencia de una sustancia sobre otra, según la
perfección o imperfección que hay en cada cual; si bien la acción y la pasión
son siempre mutuas en las criaturas, porque una parte de las razones que sirven
para explicar distintamente lo que se hace, y que han servido para darles la
existencia, están en una de las sustancias, y otra parte de estas razones se da
en la otra, estando las perfecciones y las imperfecciones siempre mezcladas y
repartidas. Por esta razón atribuimos la acción a la una y la pasión a la otra.
67. Pero, en fin, cualquiera que
sea la dependencia que concibamos en las acciones voluntarias, y aun cuando se
suponga una necesidad absoluta y matemática (lo cual no es cierto), no se
seguiría de ahí el que no habría tanta libertad como la que es necesaria para
que sean las recompensas y los castigos justos y racionales. Es cierto que
comúnmente se habla, como si la necesidad de la acción hiciera cesar todo
mérito o demérito, todo derecho de alabar y de condenar, de recompensar y de
castigar, pero es preciso reconocer que esta consecuencia no es absolutamente
justa. Estoy muy distante de seguir las opiniones de Bradwardin106, de Wiclef,
Tomás Bradwardin, arzobispo de
Canterbury, nació en hartfield en 12917 y murió en Lambeth en 1348. La más
célebre de sus obras es la Da Causa Dei contra Pelagium, en la que los
protestantes han creído encontrar su doctrina de la gracia. Se conocen además
como suyas: una Geometría especulativa, París, 1531, y una Aritmética
especulativa, París, 1502.
214
TEODICEA
de Hobbes y de Espinoza, quienes sostienen, al parecer, esta necesidad
completamente matemática, que creo haber refu-tado lo suficiente, y quizá con
más claridad que lo han hecho otros; mas, sin embargo, es preciso dar siempre
testimonio de la verdad, y no imputar a un dogma lo que no ce deduce de él.
Además, esos argumentos prueban demasiado, puesto que probarían lo mismo contra
la necesidad hipotética, y justificarían el sofisma perezoso; porque la
necesidad abso-luta del resultado de las causas no añadiría nada en este punto
a la certidumbre infalible de una necesidad hipotética.
68. Es preciso, en primer lugar,
por tanto, convenir en que matar a un furioso cuando no hay otro medio de
defen-derse de él, es lícito. También se reconocerá que es permiti-do, y muchas
veces hasta necesario, destruir los animales venenosos o muy dañinos, aunque no
lo sean por falta suya.
69. En segundo lugar, se castiga a
una bestia, aunque esté destituida de razón y de libertad, cuando se cree que
esto puede servir para corregirla; y así se hace con los perros y los caballos,
produciendo muy buenos resultados. Las re-compensas nos sirven también para
gobernar a los animales, y así, cuando uno de éstos tiene hambre, el alimento
que se le da hace que se pueda obtener de él un trabajo, que sin eso no se
alcanzaría.
70. En tercer lugar, también
podría imponerse la pena capital a las bestias (donde no se trata ya de la
corrección de la bestia castigada), si esta pena pudiera servir de ejemplo o
causar terror a las demás para evitar los daños que pudieran hacer. Rorarius,
en su libro sobre la Razón de las bestias, dice que en Africa se crucificaba a
los leones para alejar a los
215
GODOFREDO G. LEIBNITZ
demás de su especie de las ciudades y de los sitios frecuenta-dos; y
que, pasando por el país de Juliers, observó que se ahorcaba a los lobos para
mayor seguridad de los apriscos. Hay gentes en las aldeas que clavan las aves
de rapiña a las puertas de las casa, por creer que otras semejantes no
concu-rrirán allí tan fácilmente. Y estos procedimientos deberían estimarse
siempre procedentes, si sirvieran.
71. Por tanto, y en cuarto lugar,
puesto que es seguro y se sabe por experiencia que el temor a los castigos y la
es-peranza de las recompensas sirven para hacer que se absten-gan los hombres
del mal y que obren el bien, habrá razón y derecho para servirse de estos
medios, aun suponiendo que obraran los hombres necesariamente por cualquiera
especie de necesidad que pueda imaginarse. Se objetará que si e1 bien o el mal
son necesarios, es inútil emplear medios para obtenerlos o impedirlos; pero a
esto ya respondimos antes al hablar del sofisma perezoso. Si el bien y el mal
fuesen nece-sarios sin esos medios, serían éstos inútiles; pero no hay nada de
eso. Estos bienes y estos males no se verifican sino por virtud de la
asistencia de esos medios; y si esos hechos fue-sen necesarios, los medios
constituirían una parte de las cau-sas que los harían necesarios, puesto que la
experiencia muestra que muchas veces el temor o la esperanza impiden el mal o
anticipan el bien. Esta objeción apenas difiere del sofisma perezoso, que se
opone a la certidumbre lo mismo que a la necesidad de los sucesos futuros. De
suerte que puede decirse que estas objeciones lo mismo se dirigen con-tra la
necesidad hipotética, que contra la necesidad absoluta,
216
TEODICEA
y que prueban lo mismo contra la una que contra la otra, es decir, no
prueban absolutamente nada.
72. Ha tenido lugar una gran
disputa entre el obispo Bramhall y M. Hobbes, que comenzó cuando estaban ambos
en París, continuó después de la vuelta de ambos a Inglate-rra, y se halla toda
contenida en un volumen en 4º, que se publicó en Londres en 1656. Está escrita
en inglés, y no ha sido traducida, que yo sepa, ni se ha insertado en las obras
latinas de M. Hobbes. Tuve en otro tiempo en mi poder este escrito, y después
he vuelto a dar con él; y observé desde luego que no probó Hobbes en modo
alguno la necesidad absoluta de todas las cosas, pero que hizo ver con bastante
claridad que la necesidad no destruiría todas las reglas de la justicia divina
o humana, ni impediría enteramente el ejerci-cio de esta virtud.
73. Hay, sin embargo, una especie
de justicia y cierta clase de recompensas y de castigos, que no parecen que
se-rían aplicables a los que obrasen por una necesidad absoluta, si la hubiese.
Esta especie de justicia es la que no tiene por objeto la enmienda, ni el
ejemplo, ni siquiera la reparación del mal: Esta justicia está sólo fundada en
la conveniencia que pide cierta satisfacción para expiar una acción mala. Los
socinianos, Hobbes y algunos otros, no admiten esta justicia penal que es
propiamente vindicativa, y que Dios se ha re-servado en muchas ocasiones; pero
que al mismo tiempo ha comunicado a los que tienen derecho a gobernar a los
de-más, y por cuyo medio Dios la ejerce con tal que obren por razón y no por
pasión. Los socinianos creen que carece de fundamento, pero está siempre
fundada en una relación de
217
GODOFREDO G. LEIBNITZ
conveniencia, que satisface no sólo al ofendido, sino también a los
sabios que lo ven, del mismo modo que una buena armonía o una buena
arquitectura contentan a los espíritus bien formados. Y como el sabio
legislador ha amenazado y prometido, por decirlo así, un castigo, a su firmeza
corres-ponde el no dejar la acción enteramente impune, aun cuando la pena no
sirve ya para corregir a nadie. Pero aunque no hubiere prometido nada, basta
con que medie la convenien-cia que le hubiera obligado a hacer la promesa,
puesto que el sabio sólo promete lo que es propio o conveniente. Y puede hasta
decirse que en este caso hay una especie de reparación para el espíritu, al
cual el desorden ofendería, si el castigo no contribuyese a restablecer el
orden. Puede consultarse sobre este punto lo que Grocio ha escrito contra los
socinianos sobre la satisfacción de Jesucristo, y lo que Crellius107 ha
res-pondido.
74. Por esto las penas de los
condenados continúan, aun cuando no sirven ya para apartar del mal; así como
las recompensas de los bienaventurados continúan, aun cuando ya no sirven para
asegurarse en el bien. Puede decirse, sin embargo, que los condenados se atraen
siempre nuevos do-lores por virtud de nuevos pecados; y que los
bienaventura-dos se atraen siempre nuevos goces por virtud de nuevos progresos
en el bien; estando fundadas ambas cosas en el principio de la conveniencia,
que ha hecho que las cosas
Juan Crellius, teólogo sociniano,
nació cerca de Nuremberg, en 1590, y murió en Cracovia en 1633. Escribió:
Ethica Aristotélica ad sacra. litt. normara emendata, 1656, en 4° De Deo et
attributis ejus. Cracovia, 1630 -Vinditiae pro religionis libertate, 1637 en 8°
bajo el pseudónimo de junio Bruto Potano. traducido por Naigeon (Londres, 1769,
en 12°).
218
TEODICEA
estén arregladas de manera que la acción mala traiga consigo un castigo.
Porque hay motivo para creer, según el paralelis-mo entre los dos reinos, el de
las causas finales y el de las causas eficientes, que Dios ha establecido en el
Universo una conexión entre la pena o la recompensa y entre la acción mala o la
buena, de manera que la primera sea siempre atraí-da por la segunda, y que la
virtud y el vicio se procuren su recompensa y su castigo a consecuencia del
curso natural de las cosas, el cual contiene, por así decirlo, otra especie de
armonía preestablecida además de la que aparece en el co-mercio del alma con el
cuerpo. Porque, en fin, todo lo que Dios hace es armónico en perfección, como
ya he observa-do. Es posible, pues, que esta conveniencia cesase con rela-ción
a los que obraran sin verdadera libertad, exenta de la necesidad absoluta, y en
este caso la única justicia que ten-dría lugar, sería la correccional y no la
vindicativa. Esta es la opinión del célebre Conringius en una disertación que escri-bió
sobre lo que es justo. Y, en efecto, las razones de que Porriponazzi se ha
servido en su libro Del Destino, para probar la utilidad de los castigos y de
las recompensas, aun cuando en nuestras acciones todo sucediese por una fatal
necesidad; hacen relación a la enmienda, y no a la satisfac-ción Jálasin, ou
timorían. Y a esto responde la destrucción de los animales cómplices de ciertos
crímenes, y el arrasar las casas a los rebeldes, es decir, que se hace sólo
para causar terror; es un acto de justicia correccional, y en que no tiene
parte la justicia vindicativa.
75. Ya es tiempo de suspender esta
discusión, que es más curiosa que necesaria, toda vez que hemos demostrado
219
GODOFREDO G. LEIBNITZ
que existe tal necesidad en las acciones voluntarias. Sin em-bargo,
convenía hacer ver que sólo la libertad imperfecta, es decir, la que está
exenta únicamente de la coacción, bastaría para fundar este especie de castigos
y de recompensas, que tienden a evitar el mal y a la enmienda. Se ve asimismo
por esto, que algunos hombres de inteligencia, que creen que todo es necesario,
no tienen razón para decir que nadie de-ber ser alabado ni vituperado, ni
recompensado, ni castigado. Aparentemente sólo lo hacen para lucir su ingenio,
y el pre-texto que toman para ello es que, siendo todo necesario, nada está en
nuestro poder. Pero este pretexto es infundado, porque a las acciones
necesarias todavía estarían en nuestro poder, por lo menos, en tanto que
podríamos hacerlas u omitirlas, cuando la esperanza o el temor de la alabanza o
de la reprobación, del placer o del dolor movieran a nuestra voluntad, sea que
la movieran necesariamente, sea que al hacerlo dejasen a salvo por entero la
espontaneidad, la con-tingencia y la libertad. De suerte que las alabanzas y
las re-prensiones, las recompensas y los castigos tendrían siempre una gran
parte de su utilidad, aun cuando hubiere una verda-dera necesidad en nuestras
acciones. Podemos alabar o criti-car también buenas o malas cualidades
naturales, en que la voluntad no tiene parte, en un diamante o en un hombre; y
el que dijo de Catón de Utica, que obró virtuosamente por efecto de su bondad
natural, y que le era imposible conducir-se de otra manera, creyó con esto
alabarle más.
76. Las dificultades que hasta
aquí hemos procurado resolver, son, casi todas ellas, comunes a la teología
natural y a la revelada. Ahora será necesario que nos fijemos en un
220
TEODICEA
punto de la revelación, que es la elección o la reprobación de los
hombres, junto con la economía o el empleo de la gracia divina con relación a
estos actos de la misericordia o de la justicia de Dios. Pero al responder a
las objeciones prece-dentes, hemos abierto un camino para resolver las demás.
Lo cual confirma la observación que hemos hecho antes (Dis-curso preliminar, §
43), de que hay oposición entre las ver-daderas razones de la teología natural
y las falsas razones de las apariencias humanas, más bien que entre la fe
revelada y la razón. Porque apenas hay ninguna objeción contra la re-velación,
sobre esta materia, que sea nueva, y que no se deri-ve de las que pueden
oponerse a las verdades conocidas por la razón.
77. Ahora bien: como los teólogos
de casi todos los partidos están divididos sobre este punto de la
predestina-ción y de la gracia, y muchas veces dan respuestas distintas a las
mismas objeciones, de conformidad con sus diversos principios, no puede uno dispensarse
de decir algo sobre las principales diferencias que hay entre ellos. Puede
decirse en general, que los unos consideran a Dios de una manera más
metafísica, y los otros de una manera más moral; y como queda dicho en otro
lugar, los contrarremostrantes tomaron el primer partido, y los
reinostrantes108, el segundo. Mas, para obrar bien, es preciso sostener
igualmente, de una parte, la independencia de Dios y la dependencia de las
criaturas; y de otra, la justicia y la bondad de Dios, que le hacen depender
108 Los partidarios de Arminio se llamaban así de la remonstrantia, o
representación que elevaron a los Estados de Holanda y Frisia, que con-tenían
un sumario de su fe en cinco artículos. -N. del T.
221
GODOFREDO G. LEIBNITZ
de sí mismo, de su voluntad, de su entendimiento y de su sabiduría.
Algunos autores entendidos y bien
intencionados, queriendo presentar la fuerza de las razones de los dos
parti-dos principales, para persuadirlos a que se toleren mutua-mente, creen
que toda la controversia se reduce a este punto capital: a saber, cuál ha sido
el fin principal de Dios al dictar sus decretos con relación al hombre; si los
ha dado única-mente para demostrar su gloria, manifestando sus atributos, y
formando, para conseguirlo, el gran proyecto de la creación y de la
providencia; o si se ha fijado más bien en los movi-mientos voluntarios de las
sustancias inteligentes que tenía intención de crear; considerando lo que ellas
querrían o ha-rían en las diferentes circunstancias y situaciones en que
po-drían hallarse, a fin de tomar una resolución que fuese la conveniente.
Paréceme que las dos respuestas que se dan a esta gran cuestión, estimándolas
opuestas entre sí, son fáciles de conciliar; y, por consiguiente, que los dos
partidos se pondrían de acuerdo en el fondo, sin necesidad de apelar a la tolerancia,
si todo se redujese a este punto. A la verdad, Dios, al formar el designio de
crear el mundo, únicamente se ha propuesto manifestar y comunicar sus
perfecciones de la manera más eficaz y más digna de su grandeza, de su
sabidu-ría y de su bondad. Pero esto mismo le ha precisado a consi-derar todas
las acciones de las criaturas, aun en el estado de posibilidad, para formar el
proyecto más conveniente. Obra a la manera de un gran arquitecto que se propone
como fin la satisfacción y la gloria de haber construido un magnífico edificio,
y que tiene en cuenta todo lo que debe entrar en la
222
TEODICEA
edificación del mismo, la forma y los materiales, el sitio, el
emplazamiento, los medios, los operarios, el gasto, antes de tomar una decidida
resolución. Porque un sabio, al formar sus proyectos, no puede separar el fin
de los medios; ni se propone un fin, sin saber si tiene los medios de llevarlo
a cabo.
79. Yo no sé si quizá hay todavía
personas que se ima-ginan que, siendo Dios dueño absoluto de las cosas, se
pue-de inferir de ahí, que todo lo que está fuera de él le es indiferente, que
sólo ha atendido a sí mismo, sin cuidarse de los demás, y que ha hecho a unos
dichosos y a otros desgra-ciados, son motivo, sin elección y sin razón para
ello. Mas enseñan una cosa semejante de Dios, es arrancarle la sabidu-ría y la
bondad. Basta que veamos que Dios atiende a sí mismo, que no olvida nada de lo
que se debe a sí mismo, para que nos convenzamos de que atiende también a sus
criaturas, y que las emplea de la manera más conforme con el orden. Porqueun
grande y bondadoso príncipe, cuanto más atienda a su gloria, tanto más pensará
en hacer dichosos a sus súbditos, aun cuando se le suponga el más absoluto de
todos los monarcas, y aun cuando fuesen sus súbditos escla-vos de nacimiento u
hombres tenidos en propiedad (como dicen los jurisconsultos), en fin, gentes
sometidas entera-mente a un poder arbitrario.
El mismo Calvino y algunos otros de los más decididos defensores del
decreto absoluto, han dicho, con mucha ra-zón, que Dios ha tenido poderosas y
justas razones para hacer la elección y dispensación de sus gracias, aunque el
pormenor de estas razones nos sea desconocido; y que es
223
GODOFREDO G. LEIBNITZ
preciso juzgar caritativamente que los más rígidos predesti-nadores
están dotados de demasiada razón y demasiada pie-dad para apartarse de esta
opinión.
80. No habrá, pues (yo lo espero),
que mantener con-troversia con personas tan poco razonables sobre este pun-to.
Pero la habrá siempre, y empeñada, entre los que se llaman universalistas y
particularistas, respecto de lo que enseñan con relación a la gracia y ala
voluntad de Dios. Sin embargo, me inclino algo a creer que, por lo menos, la
dis-puta tan acalorada que sostienen sobre la voluntad de Dios de salvar a
todos los hombres, o sobre lo que de ella depen-de (prescindiendo de la de
Auxiliis, o de la asistencia de la gracia), consiste más bien en el modo de
expresarse que en la cosa misma. Porque es preciso considerar que Dios, como
cualquiera otro sabio benéfico, se siente inclinado a hacer todo el bien que
sea factible, y que esta inclinación es pro-porcionada a la excelencia de este
bien, y esto (tomando el objeto precisamente y en sí) por una voluntad
antecedente, como se la llama, pero que no tiene siempre un completo resultado;
porque este sabio debe tener además otras muchas inclinaciones. Y así, el
resultado de todas las inclinaciones juntas es lo que constituye su voluntad
plena y decretoria, como hemos explicado antes. Puede, por tanto, decirse con
los antiguos, que Dios quiere salvar a todos los hombres según su voluntad
antecedente, y no según su voluntad con-secuente, la cual jamás deja de
producir su efecto. Y si los que niegan esta voluntad universal no quieren
admitir que se llame voluntad a la inclinación antecedente, lo que hacen es
embarazarse con una cuestión de palabras.
224
TEODICEA
81. Pero hay una cuestión más real
respecto a la pre-destinación a la vida eterna y a cualquier otro destino
acor-dado por Dios; a saber, si éste es absoluto o respectivo. Hay destinación
al bien y al mal, y como el mal es moral y físico, los teólogos de todos los
partidos convienen en que no hay destinación al mal moral, es decir, que nadie
está destinado a pecar. En cuanto al mayor mal físico, que es la condenación,
puede distinguirse entre la destinación y la predestinación, porque la
predestinación parece encerrar en sí un destino absoluto y anterior a las
buenas o malas acciones de aquellos a quienes afecta. Y así puede decirse que
los reprobados están destinados a la condenación, porque son conocidos como
impenitentes. Pero no puede decirse de igual modo que los reprobados están
predestinados a la condenación, porque no hay reprobación absoluta, siendo su
fundamento la impenitencia final prevista.
82. Hay autores, ciertamente, que
pretenden que, que-riendo Dios manifestar su misericordia y su justicia por
ra-zones dignas de él, pero que nos son desconocidas, ha escogido los elegidos,
y desechado, por consiguiente, los reprobados, antes de toda consideración del
pecado, incluso el de Adán; que, después de esta resolución, ha tenido a bien
permitir el pecado para poder ejercer estas dos virtudes, y que ha decretado
gracias en Jesucristo a los unos para sal-varlos, y negádolas a los otros para
poderlos castigar; y por esto se les llama a estos autores supralapsarios,
porque el decreto de castigar precede, según ellos, al conocimiento de la
existencia futura del pecado. Pero la opinión más común hoy día entre los que
se llaman reformados, y que está apo-
225
GODOFREDO G. LEIBNITZ
yada en el Sínodo de Dordrecht, es la de los infralapsarios, que
conforma bastante con la opinión de San Agustín, quien dice que habiendo
resuelto Dios permitir el pecado de Adán y la corrupción del género humano por
razones justas, pero ocultas, su misericordia le ha hecho escoger a algunos,
sa-cándolos de la masa corrompida para salvarlos gratuitamente por el mérito de
Jesucristo, y que su justicia le hace resolver-se a castigar a otros mediante
la condenación que merecen. Por esta razón los escolásticos llamaban
praedestinati a los escogidos, y praesciti a los reprobados. Es preciso
reconocer que algunos infralapsarios y otros hablan algunas veces de la
predestinación a la condenación, al modo de Fulgencio y del mismo San Agustín;
pero esto significa para ellos tanto co-mo destino; y de nada sirve disputar
sobre palabras aunque en otro tiempo esto dio lugar a que se maltratara a
Godes-calco, que hizo mucho ruido hacia mediados del siglo IX, y que tomó el
nombre de Fulgencio para indicar que imitaba a este autor.
83. En cuanto al destino de los
elegidos para la vida eterna, los protestantes, lo mismo que los de la Iglesia
roma-na, disputan mucho entre sí sobre si la elección es absoluta, o si se
funda en la previsión de la fe viva final. Los llamados evangélicos, es decir,
los de la confesión de Augsbourg, están por la última opinión; creen que no
debe acudirse a las cau-sas ocultas de la elección mientras pueda encontrarse
una causa manifiesta consignada en la Sagrada Escritura, que es la fe en
Jesucristo, y les parece que la previsión de la causa es igualmente la causa de
la previsión del efecto. Los llamados reformados son de otra opinión; reconocen
que la salvación
226
TEODICEA
procede de la fe en Jesucristo, pero observan que muchas veces la causa,
anterior al efecto en la ejecución, es posterior en la intención, como cuando
la causa es el medio, y el efecto es el fin. Y así, la cuestión es, si es la fe
o la salvación la que es anterior en la intención de Dios, es decir, si Dios ha
tenido más bien en cuenta salvar al hombre, que hacerle fiel.
84. Por esto se ve, que la
cuestión entre los supralap-sarios y los infralapsarios en parte, y después
entre éstos y los evangélicos, viene a parar en concebir debidamente el orden
en que se dan los decretos de Dios. Quizá podría de-saparecer esta disputa de
una vez, diciendo que, tomándolo todo en cuenta, todos los decretos de Dios de
que se trata, son simultáneos, no sólo con relación al tiempo, en lo cual todos
convienen, sino también in signo rationis y en el orden de la naturaleza. Y, en
efecto, la fórmula de concordia, con-forme a algunos pasajes de San Agustín,
comprende en el mismo decreto de la elección la salvación y los medios que
conducen a ella. Para probar esta simultaneidad de los desti-nos o de los
decretos de que se trata, es preciso volver al expediente de que me he servido
más de una vez, en el que se hace ver que Dios, antes de decretar nada, ha
considera-do, entre otras series posibles de cosas, la que ha aprobado desde
entonces, en cuya idea está representado cómo los primeros padres pecan y
corrompen a su descendencia; có-mo Jesucristo rescata al género humano; cómo
algunos, au-xiliados por tales o cuales gracias, alcanzan la fe final y la
salvación, y cómo otros, con o sin tales o cuales gracias, no las alcanzan,
permanecen en el pecado y son condenados; cómo Dios no da su aprobación a esta
serie, sino después de
227
GODOFREDO G. LEIBNITZ
haber atendido a todos sus pormenores, y que por lo mismo nada decide en
definitiva sobre los que serán salvados o condenados, sin haberlo pesado todo y
hasta comparado con todas las demás series posibles. Y así, la resolución de
Dios toma en cuenta toda la serie a la vez, sin que haga más que decretar su
existencia. Para salvar a otros hombres o hacerlo de otro modo, habría sido
preciso elegir otra serie general, porque todo está ligado en cada una. Y
tomando las cosas de este modo, que es el más digno del más sabio de los seres,
en el que están las acciones todo lo ligadas que es posible, bastó un solo
decreto total, que es el de crear un tal mundo y no otro, y este decreto total
comprende igualmente todos los decretos particulares, sin necesidad de que haya
orden entre ellos; aunque, por otra parte, pueda decirse que cada acto
particular de voluntad antecedente que entra en el resultado total, tiene su
valor y su orden en la medida del bien a que este acto inclina. Pero estos
actos de voluntad antecedentes, no se llaman decretos, puesto que no son
infalibles, en cuanto depende el éxito del resultado total. Y tomando en este
sentido las cosas, todas las dificultades que pueden sus-citarse se reducen a
las que ya hemos planteado y resuelto al examinar el origen del mal.
85. Sólo falta discutir un punto
importante que tiene algunas dificultades particulares, que es el de la
dispensación de los medios y de las circunstancias que contribuyen a la
salvación y a la condenación, la cual comprende, entre otras, la materia de los
auxilios de la gracia (de auxiliis gratiae), so-bre la que Roma (después de la
disputa que tuvo lugar entre dominicanos y jesuitas en la congregación de
Auxiliis bajo
228
TEODICEA
Clemente VIII)109, no permite fácilmente que se publiquen libros. Todo
el mundo tiene que convenir en que Dios es perfectamente bueno y justo, que su
bondad hace que con-tribuya lo menos posible a que los hombres se hagan
culpa-bles y todo lo posible a que se salven (digo posible, salvo el orden
general de las cosas); que su justicia le impide conde-nar a los inocentes y
dejar las buenas acciones sin recompen-sa, y que guarda al mismo tiempo una
justa proporción en los castigos y en los premios. Sin embargo, esta idea que
debe tenerse de la bondad y de la justicia de Dios, no apare-ce lo bastante en
lo que conocemos de sus acciones con re-lación a la salvación y a la
condenación de los hombres; y de aquí las dificultades que surgen con respecto
al pecado y a su remedio.
86. La primera dificultad es, cómo
el alma ha podido ser infectada del pecado original, que es la raíz de los
peca-dos actuales, sin que haya habido injusticia por parte de Dios al
exponerla a cometerlo. Esta dificultad ha dado ocasión a tres opiniones sobre
el origen del alma misma; la de la pre-existencia de las almas humanas en otro
mundo o en otra vida, en donde ellas habían pecado y habían sido condenadas a
ser encerradas en la prisión del cuerpo humano; opinión de los pla-tonianos,
que se atribuye a Orígenes, y que hoy día no carece de partidarios. Enrique
Moro, doctor inglés, sos-tuvo en parte este dogma en un libro que escribió
adrede para esto. Algunos de los que sostienen esta preexistencia han ido a
parar a la metempsicosis. M. Van-Helmont, el hijo,
109 Clemente VIII, o Felipe Aldobrandini, fué elegido Papa en 1592 y
murió en 1605.
229
GODOFREDO G. LEIBNITZ
era de esta opinión, y el autor ingenioso de algunas medita-ciones
metafísicas, publicadas en 1678 bajo el nombre de Guillermo Wander parece
inclinarse a ella. La segunda opi-nión es la de la traducción como si el alma
de los niños fuese engendrada (per traducem) del alma o de las almas de los que
engendran el cuerpo. San Agustín se inclinaba a esta opinión para salvar mejor
el pecado original. Esta doctrina se enseña también por la mayor parte de los
teólogos de la con-fesión de Augsbourg. Sin embargo, no era generalmente
admitida por todos ellos, puesto que las Universidades de Jena, de Helstadt y
otras, hace bastante tiempo que sostienen una contraria. La tercera opinión,
que es la más seguida hoy, es la de la creación; la cual se enseña en la mayor
parte de las escuelas cristianas, pero es la que suscita mayores dificulta-des
con relación al pecado original.
87. En esta controversia de los
teólogos sobre el ori-gen del alma humana, va envuelta la disputa filosófica
sobre el origen de las formas. Aristóteles y la escuela, de conformi-dad con
él, han llamado forma a lo que es un principio de acción y se encuentra en el
mismo que obra. Este principio interno es, o sustancial, y se llama alma,
cuando está en un cuerpo orgánico; o accidental, al cual es costumbre llamar
cualidad. El mismo filósofo ha dado al alma el nombre gené-rico de entelequia o
acto. Esta palabra, entelequia, se deriva de una palabra griega que significa
perfecto, y por esta razón el célebre Hermolaus Barbarus110 la expresó en latín
literal-
Hermolao Barbaro, ilustre sabio
del siglo XVI, nació en Venecia en 1454 y murió en Roma en 1493. Se conocen
como suyos los libros si-guientes: Compendium ethicorum librorum, en 8°
-Venecia, 1544-. Compendium scientiae naturalis in Aristoteles, en 8º -Venecia,
1545-.
230
TEODICEA
mente diciendo perfectihabia, porque el acto es una realiza-ción de la
potencia; y en verdad que ninguna necesidad tenía de consultar al diablo, como
lo hizo -según se dice-, para no aprender más que esto. Ahora bien, según el
filósofo Estagi-rita, hay dos especies de actos, el acto permanente y el acto
sucesivo. El acto permanente o durable no es otra cosa que la forma, sustancial
o accidental; la forma sustancial (como el alma, por ejemplo), es por completo
permanente -por lo menos según mi opinión-, y la accidental no lo es más que
por un tiempo dado. Pero el acto enteramente pasajero, cuya naturaleza es
transitoria, consiste en la acción misma. He demostrado en otra parte que la
noción de la entelequia no debe desestimarse enteramente, y que, siendo permanente,
lleva en sí, no sólo una simple facultad activa, sino también lo que se puede
llamar fuerza, esfuerzo, o conatus, al que debe seguirse la acción, si no hay
algo que lo impida. La fa-cultad no es más que un atributo, o bien a veces un
modo; pero la fuerza, cuando no es un ingrediente de la sustancia misma (es
decir, la fuerza que no es primitiva, sino derivati-va), es una cualidad que es
distinta y es separable de la sus-tancia. He demostrado igualmente cómo puede
concebirse que el alma es una fuerza primitiva, que es modificada y cambiada
por las fuerzas derivativas o cualidades, y puesta en ejercicio en las
acciones.
88. Ahora bien, los filósofos se
han atormentado mu-cho con el origen de las formas sustanciales. Porque decir
que el compuesto de forma y de materia es producido, y que
Themistii paraphrasis in Aristotelis posteriora analytica latine versa.
- París, 1511.
231
GODOFREDO G. LEIBNITZ
la forma no es más que comproducida, era lo mismo que no decir nada.
Según la opinión común, las formas salen de la potencia de la materia, a lo que
se llama educcción; y tampo-co se decía nada con esto; pero se la aclaraba en
cierta mane-ra comparándola con las figuras, porque la de una estatua se
produce quitando el mármol que sobra. Esta comparación podría tener lugar, si
la forma consistiese en una simple li-mitación como la figura. Algunos han
creído que las formas vienen del cielo, y que son hasta creadas después, cuando
están ya producidos los cuerpos. Julio Escalígero insinuó que podría suceder
que las formas saliesen de la potencia activa de la causa eficiente (es decir,
o de la de Dios en el caso de la creación, o de la de las otras formas, en el
caso de la genera-ción) más bien que de la potencia pasiva de la materia, y
esto es volver otra vez a la traducción, cuando se verifica una generación.
Daniel Sennert, médico y físico de Wittemberg, sostuvo esta opinión, sobre todo
con relación a los cuerpos animados que se multiplican por los gérmenes. Un
cierto julio César della Galla, italiano, que vivía en los Países Bajos, y un
médico de Groninga, llamado Juan Freitag111, escribie-ron contra él de una
manera muy violenta; y Juan Sperling112, profesor en Wittemberg, hizo la
apología de su maestro, y
Juan Freitag, médico, nació en
Niederwesel, en el Gran Ducado de Cleves, en 1581, y murió en 1641. Escribió un
tratado De formarum origine.
Juan Sperling nació en Leuchfeld
en Turingia en 1603, y murió en 1658. Fue rector de la Universidad de
Wurtemberg, y escribió las si-guientes obras: De origine formarum; De Morbis
totius sustantiae; De-fensionem de Origine formarum; De calido innato; los tres
pro Sennero contra Freitagium.
232
TEODICEA
trabó una gran disputa con Juan Zeisold113, profesor en Jena, que
defendía la creación del alma humana.
89. Pero la traducción y la
educación son igualmente inexplicables, cuando se trata de hallar el origen del
alma. No sucede lo mismo con las formas accidentales, puesto que no son más que
modificaciones de la sustancia, y su origen pue-de explicarse por la educción;
es decir, por la variación de las limitaciones, en la misma forma que el origen
de las figuras. Pero otra cosa es, cuando se trata del origen de una sustancia
cuyo comienzo y destrucción son igualmente difíciles de explicar. Sennert y
Sperling no se han atrevido a admitir la sustancia y la indestructibilidad de
las almas de las bestias o de otras formas primitivas, aunque las reconozcan
por indi-visibles e inmateriales. Pero esto nace de que confunden la
indestructibilidad con la inmortalidad, por la que, respecto del hombre, se
entiende que subsiste, no sólo el alma, sino la personalidad; esto es, que al
decir que el alma del hombre es inmortal, se hace subsistir lo que hace que sea
la misma per-sona, la cual retiene sus cualidades morales, conservando la
conciencia o el sentimiento reflexivo interno de lo que ella es, lo cual la
hace capaz de castigo y de recompensa. Pero esta conservación de la
personalidad no tiene lugar en el alma de las bestias, y por esto yo prefiero
decir que son im-perecederas, y no que son inmortales. Sin embargo, esta
equivocación ha sido, al parecer, causa de una gran inconse-cuencia en las
doctrinas de los tomistas y de otros buenos
Zeisold nació cerca de Altembourg
en 1599; fué profesor de física en Jena y murió en 1667. Escribió: Dissert de
amina; humanae propagatio-ne; Anthropologiam physicam; Responsionem ad
Sperlingii programma, publicado en 1650; De creatione animae rationalis.
233
GODOFREDO G. LEIBNITZ
filósofos, que han reconocido la inmaterialidad o la indivisi-bilidad de
todas las almas sin querer reconocer la indestruc-tibilidad de las mismas, lo
cual viene en gran perjuicio de la inmortalidad del alma humana. Juan Scot114,
es decir, el Es-cocés (lo que significaba en otro tiempo el Hibernés o el
Erígines), autor célebre del tiempo de Luis el Piadoso y de sus hijos, defendió
la conservación de todas las almas; y no veo por qué ha de haber menos
inconveniente en hacer du-rar los átomos de Epicuro115 o de Gassendi, que en
hacer subsistir todas las sustancias verdaderamente simples e indi-visibles,
que son los únicos y verdaderos átomos de la natu-raleza. Y Pitágoras tenía
razón para decir, en general, con Ovidio:
Morte carent animae.
(las almas carecen de muerte).
90. Pues bien, como yo gusto de
las máximas que se sostienen entre sí, y que tengan las menos excepciones
posi-bles, he aquí lo que me ha parecido más razonable en todos sentidos sobre
esta importante cuestión. Sostengo que las
Juan Scot, llamado también Scot
Erígenes, filósofo ilustre del siglo IX, impregnado en las ideas alejandrinas,
vivió en Francia, bajo Carlos el Calvo. Su principal obra es De divisione
naturae, publicada en Oxford en 1681, por T. Gale, en folio. - M. Schister ha
publicado en Alemania una nueva edición.
Epicuro, filósofo ilustre de la
antigüedad, nació en Atenas en 391 (antes de J. C.), y murió en 270. - La mayor
parte de sus obras se han perdido; se han encontrados algunos fragmentos en el
Herculanensium voluminum quae supersunt, t. II, Nap. 1809. T. X, Nap. 1850). -
Puede consultarse a Gassendi: De vita moribus et doctrina Epicuri, en 4°, Lyón,
1607. y Syntagma philoaophiae Epicuri, en 4º, La Haya, 1655.
234
TEODICEA
almas, y en general las sustancias simples, sólo pueden co-menzar por
creación y concluir por aniquilación; y como la formación de los cuerpos
orgánicos animados no parece que pueda explicarse en el orden de la naturaleza,
sino suponien-do una preformación ya orgánica, he inferido de aquí, que lo que
llamarnos generación de un animal no es más que una transformación y aumento; y
así, puesto que el mismo cuer-po era ya animado y tenía la misma alma, creo lo
mismo, viceversa, de la conservación del alma; que una vez que es creada, se
conserva el animal y, por consiguiente, la muerte aparente no es más que un
envolvimiento, no habiendo tra-zas de que en el orden de la naturaleza existan
almas separa-das de todo cuerpo, ni que lo que una vez comienza a existir
naturalmente, pueda cesar por las fuerzas de la naturaleza.
91. Después de haber establecido
un orden tan bello y reglas tan generales respecto a los animales, no parece
racio-nal que el hombre sea excluído de él por entero, y que todo se haga por
milagro con relación a su alma. He hecho ver más de una vez, que es propio de
la sabiduría de Dios el que sean armónicas todas sus obras y que la naturaleza
sea para-lela a la gracia. Y así debo creer que las almas, que serán un día
almas humanas, como las de las demás especies, han existido en los gérmenes y
en los antepasados hasta Adán, y que han existido, por consiguiente, desde el
principio de las cosas, y siempre en un como cuerpo organizado; en lo cual
están, al parecer, conformes con mi opinión M. Swammer-dam, el reverendo padre
Malebranche116, M. Bayle, M.
Nicolás Malebranche, filósofo
ilustre del siglo XVII, nació en París en 1638 y murió en 1715. Era del
Oratorio y afecto a la filosofía de Des-
235
GODOFREDO G. LEIBNITZ
Pitcarne117, M. Hartsoeker118 y otras muchas personas muy ilustradas y
entendidas. Y esta doctrina ha sido confirmada por las observaciones
microscópicas de M. Leeuwenhoek y de otros buenos observadores. Pero me parece
también pro-pio, por muchas razones, el sentar que no existían entonces las
almas sino como almas sensitivas o animales, dotadas de percepción y de
sentimiento y destituídas de razón; y que han permanecido en este estado hasta
el acto de la genera-ción del hombre, a que debían pertenecer, recibiendo
enton-ces la razón; sea porque haya un medio natural de elevar un alma
sensitiva al grado de alma ra-cional (lo cual no concibo fácilmente), sea
porque Dios haya dado la razón a esta alma por una operación particular o (si
se quiere) por una especie de transcreación; cosa que es tanto más admisible,
cuanto que la revelación enseña otras muchas operaciones inmedia-tas de Dios
sobre nuestras almas. Esta explicación remueve, al parecer, las dificultades
que se presentan en este punto en filosofía o en teología, puesto que la del
origen de las formas cesa enteramente, y puesto que es más propio de la
justicia
cartes; pero es también autor de una filosofía original. Sus obras son:
La indagación de la verdad, en 12°, París, 1674. - Conversaciones metafísi-cas
y cristianas, en 12º, París, 1677. - Tratado de la naturaleza y de la gracia,
en 12º, Amsterdam, 1643. - Meditaciones metafísicas y cristianas, en 124, Col.,
1683. - Tratado de moral, en 12°, 1684. - Con-versaciones sobre la metafísica,
en 12º, 1688.
Pitcarne (Archibaldo), médico
escocés, profesor en Leyden en 1692. Escribió Opuscula medica
Hartsoeker, matemático holandés,
nació en Holanda, en 1656, fué nombrado miembro de la Academia de Ciencias en
1699 y murió en 1725. Sus numerosas obras están consagradas a cuestiones de
matemáti-cas y de física, pero no sabemos en cuál de ellas trató el punto de
que habla Leibnitz, a no ser que sea en su Carta sobre las patas que vuelven a
crecer en los cangrejos cuando se les han roto.
236
TEODICEA
divina dar al alma, corrompida ya física y animalmente por el pecado de
Adán, una nueva perfección, que es la razón, que no poner un alma racional por
creación, o de otra manera, en un cuerpo en que debe corromperse moralmente.
92. Ahora bien, una vez puesta el
alma bajo la domi-nación del pecado, y dispuesta a cometer pecados actuales
desde el momento en que se halla en estado de usar de su razón, se presenta una
nueva cuestión: la de si esta disposi-ción del hombre que no ha sido regenerado
por el bautismo, basta para que se condene, aun cuando no llegue nunca al
pecado actual, como puede suceder, y sucede muchas veces, ya porque muera antes
de alcanzar la edad de la razón, ya porque se haga imbécil e incapaz antes de
usar de ellas. Se dice que San Gregorio Nacianceno119 lo niega (Oratio de
Baptismo); pero San Agustín está par la afirmativa, y sostiene que sólo el
pecado original basta para que se merezcan las llamas del infierno; aunque esta
opinión sea muy dura, por no decir otra cosa. Cuando hablo aquí de la
condenación y del infierno, entiendo los dolores, y no una simple privación de
la felicidad suprema; entiendo pcenam sensus, non damni. Gregorio de Idímini,
general de los Agustinos, con algunos otros muy contados, ha seguido a San
Agustín contra la opi-nión recibida en las escuelas de su tiempo, y por esto se
le llamaba el verdugo de los niños, tortor infantium. Los esco-
San Gregorio Nacianceno, uno de
los más ilustres padres de la Iglesia griega, nació en Aciance, cerca de
Naziance, en Capadocia, en 328, fué obispo de Constantinopla, y murió hacia el
año 389. Escribió gran núme-ro de sermones, de cartas, de poesías y de
discursos contra el emperador Juliano. - Sus obras completas fueron publicadas
en Basilea en 1550. Los
237
GODOFREDO G. LEIBNITZ
lásticos, en lugar de enviarles a las llamas del infierno, les han
señalado expresamente un limbo, donde no padecen, y son castigados tan sólo con
la privación de la visión beatífica. Las revelaciones de Santa Brígida120 (como
se las llama), muy estimadas en Roma, vienen en apoyo de este dogma.
Salme-rón121 y Molina, siguiendo a Ambrosio Catharin122 y a otros, les conceden
una cierta beatitud natural; y el cardenal Sfon-drate, hombre de saber y de
piedad, lo aprueba y Última-mente ha llegado hasta preferir en cierta manera el
estado de los niños sin bautismo, que es el estado de una dichosa ino-cencia,
al de un pecador salvado, como se ve en su Nodus prsedestinationis solutus,
pero esto parece que es ya dema-siado. Es cierto que un alma, iluminada como es
debido, no querría pecar, aun cuando por este medio pudiera obtener todos los
placeres imaginables; pero eso de escoger entre el pecado y la verdadera
beatitud, es un caso quimérico, y vale
benedictinos de San Mauro comenzaron una edición grecolatina, de la que
sólo ha aparecido el primer tomo.
120 Santa Brigida nació en Suecia, de familia real, en 1302, ymurió en
Rozna de vuelta de una peregrinación a la Tierra Santa en 1373. Sus
Revelaciones, referidas por el monje Pedro, prior de Albactre, y por Matías,
canónigo de Linkoping, fueron vivamente atacadas por Gerson. - El cardenal
Torquemada hizo que se aprobaran en el Concilio de Basilea. Fueron impresas en
Roma en 1475 y 1488 y traducidas al francés en 1536.
Salmerón, jesuita de Toledo, nació
en 1516. Fué uno de los primeros compañeros de Ignacio de Loyola, asistió al
Concilio de Trento, y murió en 1585. Sus obras han sido publicadas en 16
volúmenes.
Catharin, jurisconsulto y teólogo,
conocido con el nombre de Lance-lot Pólitus, nació en Siena en 1487, y murió en
Roma en 1553 Pasa por un teólogo independiente y es bastante atrevido en sus
opiniones. Su Tratado de la gracia se aproxima al luteranismo.
238
TEODICEA
más obtener la beatitud (aunque sea después de la peniten-cia), que
verse privado de ella para siempre.
93. Muchos prelados y teólogos de
Francia, muy dis-puestos a alejarse de Molina y a seguir a San Agustín, se
in-clinan, al parecer, a la opinión de este gran doctor, que condena a las
llamas eternas a los niños muertos en la edad de la inocencia antes de haber
recibido el bautismo. Así apa-rece de la carta citada antes, que cinco insignes
prelados de Francia escribieron al Papa Inocencio XII contra el libro póstumo
del cardenal Sfondrate, pero en la que no se atre-vieron a condenar la doctrina
de la pena puramente privativa de los niños muertos sin bautismo, al ver que
había sido aprobada por el venerable Tomás de Aquino y por otros hombres
grandes. Yo no hablo de los que de un lado son llamados jansenistas, y de otro
discípulos de San Agustín, porque se declaran por entero y resueltamente en
favor de la opinión de este Padre. Pero es preciso reconocer que esta opinión
no tiene fundamento bastante, ni en la razón, ni en la Escritura, y que
envuelve una dureza por demás chocante. M. Nicole excusa de una manera poco
conveniente esta opi-nión en su libro sobre la Unidad de la Iglesia, escrito
contra M. Jurieu, aunque M. Bayle se ponga de su parte (capitulo 178 de la
Respuesta a un provinciano. Tomo III). M. Nicole alega como pretexto, que hay
otros dogmas en la religión cristiana que parecen también duros. Pero,
prescindiendo de que no es una consecuencia admisible el que hayan de
multi-plicarse estas durezas sin prueba, es preciso tener en cuenta que esos
otros dogmas que M. Nicole aduce, que son el pe-cado original y la eternidad de
las penas, sólo son duros e
239
GODOFREDO G. LEIBNITZ
injustos en apariencia, mientras que la condenación de los niños muertos
sin pecado actual y sin regeneración lo sería verdaderamente, puesto que seria,
en efecto, condenar a inocentes. Y esto me hace creer, que el partido que
sostiene esta opinión no prevalecerá, ni aún en la misma Iglesia ro-mana. Los
teólogos evangélicos acostumbran a hablar con bastante moderación sobre este
punto, y abandonan estas almas al juicio y a la clemencia de su creador. No
conocemos todas las vías extraordinarias de que puede servirse Dios para
iluminarlas.
94. Puede decirse que los que
condenan sólo por el pecado original, y condenan por lo mismo a los niños
muertos sin bautismo o fuera de la alianza, caen, sin pensar en ello, en cierto
modo de entender la predisposición del hombre y la presciencia de Dios que
ellos desaprueban en otros. No quieren que Dios rehuse sus gracias a los que
pre-vé que habrán de resistirlas, ni que esta previsión y esta dis-posición
sean causa de la condenación de estas personas; y, sin embargo, pretenden que
la disposición que constituye el pecado original, y en la que Dios prevé que el
niño pecará en el momento que entre en el uso de la razón, baste para con-denar
a este niño de antemano. Los que sostienen lo uno y rechazan lo otro, no
guardan bas-tante la uniformidad y el enlace entre sus principios.
95. Apenas si es menor la
dificultad respecto de los que llegan a la edad de la discreción y se sumergen
en el pe-cado, siguiendo la inclinación de la naturaleza corrompida, si no
reciben el auxilio de la gracia necesaria para detenerse en la pendiente del
precipicio, o para salir del abismo en que
240
TEODICEA
están sumidos. Porque parece duro condenarles eternamente por haber
hecho lo que no estaba en su poder impedir. Los que condenan hasta a los niños
incapaces de discreción, les importan menos los adultos, y podría decirse que
se han endurecido a fuerza de pensar en los sufrimientos de los demás. Pero no
sucede así con los de opinión contraria, y yo estaré siempre con los que
conceden a todos los hombres una gracia suficiente que los sacará de! mal, con
tal que ten-gan bastante disposición para aprovecharse de este auxilio y no
rechazarlo voluntariamente. Se objeta que ha habido y hay aún una infinidad de
hombres en los pueblos civilizados y entre los bárbaros, que jamás han tenido
nunca este cono-cimiento de Dios y de Jesucristo que es necesario para sal-varse
por las vías ordinarias. Pero sin excusarlos por la pretensión de un pecado
puramente filosófico, y sin atener-nos a una simple pena de privación, cosas
que no es este el lugar en que deben discutirse, puede ponerse en duda el
he-cho, porque, ¿sabemos nosotros si acaso reciben auxilios ordinarios o
extraordinarios que nos son desconocidos? La máxima: Quod facienti quod in se
est, non denegatur gratia necessaria (Al que hace lo que está en su mano, no se
le nie-ga la gracia necesaria), me parece de una verdad eterna. To-más de
Aquino, el arzobispo Bradwardin y otros han indicado que en este punto pasan
cosas que nosotros no sabemos. (Thom. quaest. 14. De Veritafe, art. II ad I et
alibi. Bradwardin, De causa Dei, non procul ab initio). Y muchos teólogos que gozan
de gran autoridad en la misma Iglesia romana, han enseñado que un acto sincero
de amor a Dios sobre todas las cosas, basta para salvarse, cuando la gracia de
241
GODOFREDO G. LEIBNITZ
Jesucristo le excita. El padre Francisco Javier123 respondió a los
japoneses que si sus antepasados habían hecho buen uso de sus luces naturales,
Dios les habrá dado las gracias nece-sarias para salvarse; y el obispo de
Ginebra, Francisco de Sales124, aprueba mucho esta respuesta (L. IV, Del amor
de Dios, capítulo V).
96. Esto es lo que yo contesté en
otro tiempo al exce-lente M. Pélisson, haciéndole ver que la Iglesia romana,
yen-do más lejos que los protestantes, no condena en absoluto a los que están
fuera de su comunión, ni siquiera a los que están fuera del Cristianismo, al
medirlos precisamente sólo por la fe explícita; lo cual Pélisson no ha
rechazado, propia-mente hablando, en la atenta respuesta que me dirigió y que
ha insertado en la parte cuarta de sus Reflexiones, dispen-sándome el honor de
haber unido a ella mi escrito. Le mani-festé entonces que se enterara de lo que
había dicho un célebre teólogo portugués, llamado Jacobo Payva Andradius,
enviado en el Concilio de Trento, en un escrito que dirigió contra Chemnice
durante el mismo Concilio. Y ahora mis-mo, dejando a un lado a otros muchos
autores, me contenta-ré con nombrar al padre Federico Spee, jesuita, uno de los
hombres más excelentes de su compañía, que ha sostenido igualmente la opinión
común de la eficacia del amor de Dios,
San Francisco Javier, célebre
misionero, uno de los primeros discípu-los de Ignacio de Loyola, nació en
Navarra en 1508, se le llamó el Apóstol de las Indias, y murió en 1552. Se
conocen como suyos cinco libros de Cartas, 1631, en 84, Un catecismo y Unos
opúsculos.
San Francisco de Sales, obispo de
Ginebra, nació en el cas-tillo de Sales, en Saboya, en 1567, y murió en Lyón en
1622. Escribió: Introduc-ción a la vida devota, 1608, en 8°; Tratado dcl ranor
de Dios. Lyón, 1616, en 8°; Conversaciones espirituales, 1629, en 8°.
242
TEODICEA
según aparece del prefacio de un precioso libro que escribió en alemán
sobre las virtudes cristianas. Habla de esta obser-vación como de un secreto de
piedad muy importante, y se extiende muy distintamente sobre la fuerza del amor
divino para borrar el pecado sin la intervención de los sacramentos de la
Iglesia católica, con tal que no se les menosprecie, lo cual no sería
compatible con ese amor. Un elevadísimo per-sonaje, que ocupaba una de las
importantes posiciones que se pueden alcanzar en la Iglesia romana, fue el
primero que me dio a conocer este libro. El padre Spee era de una familia noble
de Westfalia (sea dicho de pasada), y murió en olor de santidad, según el
testimonio del que ha publicado este libro en Colonia con la aprobación de los
superiores.
97. La memoria de este excelente
hombre debe ser muy estimada por todas las personas de saber y de buen sentido,
por la circunstancia de ser autor del libro titulado: Cautio criminales circa
processus contra sagas, que ha meti-do mucho ruido, y ha sido traducido a
muchas lenguas. Supe por boca del gran elector de Maguncia, Juan Felipe de
Schonborn, tío del actual, que sigue para gloria suya los pa-sos de aquél su
digno predecesor que, como se encontrara el padre Spee en Franconia, cuando
había furor por quemar a los supuestos hechiceros, y habiendo acompañado hasta
la hoguera a muchos cuya inocencia conocía por la confesión y por las
indagaciones que hizo, de tal manera se conmovió que, a pesar del peligro que
había entonces en decir la ver-dad, se resolvió a escribir esta obra (sin poner
su nombre), que metió mucho ruido, y que convirtió en este punto al elector,
que entonces era un simple canónigo, y después
243
GODOFREDO G. LEIBNITZ
obispo de Wurzbourg, y, por último, arzobispo de Maguncia, quien hizo
cesar tales hogueras en el momento en que ocu-pó la regencia; en lo cual le
imitaron los duques de Bruns-wick y después la mayor parte de los príncipes de
los Estados de Alemania.
98. Esta digresión me ha parecido
oportuna, porque este autor merece ser más conocido de lo que lo es. Vol-viendo
al punto principal, añadiré que, suponiendo que hoy el conocimiento de
Jesucristo, según la carne, es necesario para salvarse, lo cual es lo que con
más seguridad se puede enseñar, podrá decirse que Dios lo dará a todos aquellos
que hagan lo que dependa humanamente de ellos, aunque hubie-re de hacerse por
medio de un milagro. Además, no poder-nos saber lo que pasa en las almas en el
momento de la muerte; y si muchos teólogos sabios y sesudos sostienen que los
niños reciben una especie de fe en el bautismo, aunque después no se acuerden
cuando sobre ello se les interroga, ¿por qué se ha de pretender que no pueda
tener lugar una cosa semejante, y quizá más clara, en los moribundos, a quienes
no podemos interrogar después de su muerte? De modo que hay para Dios una
infinidad de caminos abiertos que le proporcionan el medio de satisfacer a su
bondad; y todo lo que se puede objetar es que no sabemos de cuál se sirve, lo
que constituye una valiosa objeción.
99. Pasemos a aquellos que no
carecen de poder para corregirse, pero sí de buena intención. Son inexcusables,
sin duda; pero queda siempre una gran dificultad respecto a Dios, puesto que
depende de él el darles esta misma buena voluntad. Dios es dueño de las
voluntades y de los corazo-
244
TEODICEA
nes de los reyes, así como los demás hombres están en su mano. La
Sa-grada Escritura llega hasta decir que endurece algunas veces a los malos,
para mostrar su poder al castigar-los. Este endurecimiento no debe entenderse
como si Dios imprimiera extraordinariamente una especie de antigracia; es
decir, una repugnancia al bien, y hasta una inclinación al mal, así como la
gracia que él da es una inclinación al bien; sino que atendiendo Dios al curso
de las cosas que ha establecido, ha creído conveniente, por razones superiores,
permitir que Faraón, por ejemplo, se viese en circunstancias que aumen-tasen su
maldad, y que la Divina Sabiduría ha querido sacar un bien de este mal.
100. Y así todo viene a parar con
frecuencia a las cir-cunstancias que constituyen una parte del encadenamiento
de las cosas. Hay una infinidad de ejemplos que muestran cómo las pequeñas
circunstancias sirven para convertir o para pervertir. Nada tan conocido como
el tolle lege, que San Agustín oyó procedente de una casa vecina, cuando
de-liberaba sobre el partido que debía tomar entre los cristianos divididos en
sectas, y diciendo:
¡Quod vitae sectabor iter!
(¡Qué género de vida seguiré!)
abrió el azar los libros de la Sagrada Escritura, que tenía delante,
leyendo en ellos lo que se le presentó a la vista; pa-labras que fueron las que
acabaron de decidirle a abandonar el maniqueísmo. El bueno de M. Stenonis
Danois, obispo titular de Titianopolis, y vicario apostólico (según suele de-
245
GODOFREDO G. LEIBNITZ
cirse) en Hannóver y sus cercanías, cuando se hallaba allí de regente un
duque que era de su religión, refería que le había pasado a él una cosa
semejante. Era gran anatómico y estaba muy versado en el conocimiento de la
naturaleza; pero aban-donó en mala hora el estudio de ésta, y de un gran físico
se convirtió en un teólogo mediano. Ya apenas quería hablar de las maravillas
de la naturaleza, y habría sido preciso un man-dato expreso del Papa in virtute
sancta: obedientize, para obtener de él las observaciones que M. Thevenot le
pedía. Pues bien, nos refirió que lo que le decidió a pasarse al parti-do de la
Iglesia romana fue la voz de una señora de Floren-cia, que le gritó desde una
ventana: «No sigáis por donde vais, caballero; id por el otro lado.» Esta voz,
dice, me sor-prendió, porque en aquel momento estaba meditando sobre la
religión. La señora sabía que él buscaba un hombre en la casa en que ella se
hallaba, y viéndole tomar un camino por otro, quería mostrarle la habitación de
su amigo.
El Padre Juan Davidius125,
jesuita, escribió un libro, titulado Veridicus Christianus, que es una especie
de biblio-mancia, donde se toman los pasajes a la aventura, como en el caro del
tolle lege de San Agustín, y es como un juego de devoción. Pero los azares en
que nos vemos envueltos, a pesar nuestro, contribuyen demasiado a lo que quita
o da la salvación a los hombres. Figurémonos que de dos niños gemelos, polacos,
el uno es cogido por los tártaros, vendido a los turcos, inducido a la
apostasía, sumido en la impiedad y
El P. Davidius, jesuita de
Courtray, murió en Amberes en 1613. Es autor de un gran número de obras
teológicas de títulos místicos: Haereti-cum araneum, Horologium passionis, Fuga
spiritualis, Alphabetum spi-rituale, Vividarium rituum y Hortulus deliciarum
animae.
246
TEODICEA
que muere en la desesperación; y que el otro se salva por cualquiera
casualidad, cae en buenas manos y recibe una instrucción conveniente, se
penetra de las verdades más sóli-das de la religión, se ejercita en las
virtudes que ella nos re-comienda, y muere abrigando los sentimientos de un
buen cristiano. Habremos de la- mentarnos de la desgracia del primero, a quien
una pequeñísima circunstancia le ha impe-dido salvarse como a su hermano, y
habrá de sorprendernos el que este pequeño azar haya decidido de su suerte con
rela-ción a la eternidad.
102. Es posible que alguno diga
que Dios ha previsto por la ciencia media que el primero habría sido malo y se
hubiese condenado si hubiera permanecido en Polonia. Hay quizá lances en que
puede tener lugar algo de esto. Pero ¿puede decirse que sea ésta una regla
general, y que ninguno de los paganos que se han condenado se hubiera salvado
si hubiese vivido entre los cristianos? ¿Y no sería esto contra-decir a Nuestro
Señor, que dice que Tiro y Sidón hubieran aprovechado sus predicaciones más que
Cafarnaum si hubie-sen tenido la felicidad de escucharlas?
103. Mas aunque se concediese,
contra todas las apa-riencias, en este caso ese uso de la ciencia media, ésta
siem-pre supone que Dios considera lo que el hombre haría en tales o cuales
circunstancias, y entonces siempre resultaría cierto que Dios pudo ponerle en
otras más saludables y pro-curarle auxilios internos o externos, capaces de
vencer el mayor fondo de malicia que pudiera encontrarse en un alma. Se me dirá
que Dios no está obligado a ello, pero esta res-puesta no basta; es preciso
añadir que razones más podero-
247
GODOFREDO G. LEIBNITZ
sas le impiden hacer sentir toda su bondad a todos. Y así, es necesario
que haya elección; pero yo no creo que haya de buscarse la razón absolutamente
en el natural bueno o malo de los hombres; porque si se supone con algunos, que
Dios, al escoger el plan que produce el mayor bien, pero que lleva envueltos en
sí el pecado y la condenación, se ha visto preci-sado por su sabiduría a
escogerlos dotados de mejor natural para hacerles objeto de su gracia, parece
que la gracia de Dios no será bastante gratuita, y que el hombre se distinguirá
él mismo por una especie de mérito innato, lo cual está muy distante de los
principios de San Pablo y hasta de los de la razón soberana.
104. Es cierto que hay razones
para la elección que hace Dios, y que es preciso que la consideración del
objeto, es decir, la índole del hombre, se tenga en cuenta; pero no parece que
semejante elección pueda ser sometida a una re-gla que podamos nosotros
concebir, y que pueda lisonjear al orgullo de los hombres. Algunos teólogos
célebres creen que Dios ofrece más gracias, y de una manera más favorable, a
los que prevé que habrán de resistirlas menos, y que aban-dona a los demás a su
terquedad. Pareciera que así sucede muchas veces, y este expediente de los que
hacen que el hombre se distinga por lo que tenga de favorable en su ín-dole
natural, se aleja lo más posible del pelagianismo. Sin embargo, tampoco me
atreveré a convertirlo en una regla universal. Para que no tengamos motivo para
gloriarnos, es preciso que ignoremos las razones en que se funda Dios para
hacer la elección, tanto más cuanto que son demasiado varias para que estén a
nuestro alcance, y puede suceder que Dios
248
TEODICEA
algunas veces muestre el poder de su gracia venciendo la más terca
resistencia, a fin de que nadie tenga motivo para deses-perarse, como nadie
debe tenerlo para lisonjearse. Y San Pablo, al parecer, ha tenido este
pensamiento, ofreciéndose en este punto él mismo como ejemplo: Dios, dice, me
ha tenido misericordia, para dar un gran ejemplo de paciencia.
105. Quizá en el fondo todos los
hombres son igual-mente malos, y, por consiguiente, sin poderse distinguir
ellos mismos por sus buenas o menos malas cualidades naturales; pero no son
malos de la misma manera, porque hay una di-ferencia individual originaria
entre las almas, como la armo-nía preestablecida lo demuestra. Unos son más o
menos inclinados hacia un bien o un mal determinados, o hacia sus contrarios, y
en todos los casos según sus disposiciones na-turales; pero, como el plan
general del universo que Dios ha escogido por razones superiores, hace que los
hombres se hallen en diferentes circunstancias, los que se encuentran en las
más favorables a su natural, serán más fácilmente los me-nos malos, los más
virtuosos, les más dichosos; pero siempre por virtud de la asistencia de las
impresiones de la gracia interna que Dios une a aquéllas. Algunas veces sucede
en el curso ordinario de la vida, que un natural más excelente al-canza menos
por falta de cultura o de ocasiones. Puede de-cirse que los hombres son
escogidos y colocados, no tanto según su natural excelencia, como conforme a la
convenien-cia que tienen con el plan de Dios; a la manera que en un edificio, o
cosa parecida, se emplea una piedra peor porque es la mejor para llenar cierto
hueco.
249
GODOFREDO G. LEIBNITZ
106. En fin, todas estas
tentativas de razones, en que no hay necesidad de fijarse enteramente
tratándose de ciertas hipótesis, sólo sirven para concebir que hay mil medios
de justificar la conducta de Dios, y que todos los inconvenien-tes que vemos,
todas las dificultades que nos salgan al paso, no impiden el creer
racionalmente, aun cuando no pueda hacerse demostrativamente, como ya hemos
manifestado y como se mostrará más en el curso de la obra, que nada hay tan
elevado como la sabiduría de Dios, nada tan justo como sus fallos, nada tan
puro como su santidad, y nada más in-menso que su bondad.
250
TEODICEA
SEGUNDA PARTE
107. Hasta aquí hemos procurado
hacer una exposi-ción amplia y clara de toda esta materia, y aunque no hemos
hablado aún de las objeciones de M. Bayle en particular, he-mos tratado de
prevenirlas y de proporcionar los medios de responder a ellas. Pero habiéndonos
encargado de exami-narlas al pormenor, no sólo porque habrá quizá pasajes que
necesitarán aclaración, sino también porque sus impugna-ciones revelan su
inteligencia y erudición, y sirven para dar mayor claridad a esta controversia,
será bueno citar las prin-cipales que se hallan dispersas en sus obras, uniendo
a ellas nuestras soluciones. Hemos observado, en primer lugar, "que Dios
concurre al mal moral y al mal físico, y a ambos de un modo moral y de un modo
físico, y que el hombre concurre a él también moral y físicamente de una manera
libre y activa, que le hace merecedor de censura y de casti-go." Hemos
demostrado que cada punto tiene su dificultad; pero la mayor es el sostener que
Dios concurre moralmente al mal moral; es decir, al pecado, sin ser autor de
éste y aún sin ser cómplice del mismo.
251
GODOFREDO G. LEIBNITZ
108. Dios lo hace permitiéndolo
justamente, y diri-giéndole sabiamente al bien, como hemos demostrado de una
manera al parecer bastante inteligible. Pero como M. Bayle se apoya en esto en
primer término para combatir a los que sostienen que nada hay en la fe que no
pueda concor-darse con la razón; en esto es en lo que particularmente de-bemos
fijarnos para demostrar, empleando la alegoría de que él se sirve, que nuestros
dogmas están defendidos por una muralla fortificada, y hasta por razones
capaces de resistir el fuego de sus fuertes baterías. El ha dirigido éstas
contra no-sotros en el capítulo 144 de su Respuesta a las presuntas de un
provinciano, tomo III, página 812, donde expone la doc-trina teológica en siete
proposiciones, y donde opone a la misma diecinueve máximas filosóficas, como
otros tantos cañones de grueso calibre para abrir brecha en nuestra mu-ralla.
Comencemos por las proposiciones teológicas.
109. I. "Dios, dice, el Ser
eterno y necesario, infinita-mente bueno, santo, sabio y poderoso, posee desde
toda la eternidad una gloria y una beatitud, que no pueden crecer ni disminuir
jamás." Esta proposición de M. Bayle no es menos filosófica que teológica.
Decir que Dios posee una gloria cuando es solo, es una cosa que depende de la
significación del término. Puede decirse con algunos, que la gloria es la
satisfacción que encuentra uno en el conocimiento de sus propias perfecciones,
y en este sentido Dios la posee siem-pre, pero cuando la gloria significa que
los demás han de tener conocimiento de ella, puede inferirse de aquí que Dios
sólo la adquiere cuando se da a conocer a las criaturas inteli-gentes; aun
cuando sea cierto que Dios no por esto adquiere
252
TEODICEA
un nuevo bien, y que mejor puede decirse que son las criatu-ras
racionales las que lo adquieren en el acto mismo de con-templar, como es
debido, la gloria de Dios.
110. II. "Dios se resolvió
libremente a producir las criaturas, y escogió entre una infinidad de seres
posibles los que le plugo, para darles la existencia y componer el univer-so, y
dejó a todos los demás en la nada." Esta proposición es, como la
precedente, muy conforme también con esta parte de la filosofía que se llama
teología natural. Es preciso fijarse un poco sobre lo que dice aquí, de que
escogió los seres posibles que le plugo. Porque debe tenerse en cuenta que
cuando yo digo: esto me place, es lo mismo que si dijera: yo lo encuentro
bueno. Y así, la bondad ideal del objeto es la que agrada y la que hace que se
le escoja entre otros muchos que no placen, o que placen menos, es decir, que
encierran menos de esa bondad que me conmueve. Es así que sólo los verdaderos
bienes son capaces de agradar a Dios, luego lo que más agrada a Dios y que es
digno de ser escogido, es lo mejor.
111. III. "Habiendo sido la
naturaleza humana uno de los seres que quiso producir, creó un hombre y una
mujer, y les concedió, entre otros favores, el libre albedrío; de suerte que
tuvieron el poder de obedecerle, pero les amenazó con la muerte, si desobedecían
la orden que les dio de abstenerse de comer cierta fruta." Esta
proposición es en parte revelada, y debe admitirse sin dificultad, con tal que
el libre albedrío se entienda como debe entenderse, es decir, según nosotros lo
hemos explicado.
253
GODOFREDO G. LEIBNITZ
112. IV. "Comieron de esa
fruta, sin embargo, y desde entonces se vieron condenados ellos y toda su
descendencia a las miserias de esta vida, a la muerte temporal, y a la
con-denación eterna, y quedaron sometidos a una inclinación tal al pecado, que
se abandona a él casi sin fin y sin término." Hay motivo para creer que el
acto prohibido arrastró tras sí este mal resultado en virtud de una
consecuencia natural, y que por esto, y no por un decreto puramente arbitrario,
es por lo que Dios impuso la prohibición; sobre poco más o menos, como se
prohibe el uso de los cuchillos a los niños. El célebre Fludd o Fluctibus,
autor inglés, escribió en otro tiempo un libro de Vita, Morte et Resurrectione,
bajo el nombre de R. Otreb, en el que sostiene que la fruta del árbol prohibido
era un veneno, pero nosotros no podemos entrar en este pormenor. Basta que Dios
haya prohibido una cosa dañosa, y no hay necesidad de imaginarse que Dios haya
hecho simplemente en este punto el papel de legislador que dicta una ley puramente
positiva, o de un juez que impone un castigo por simple acuerdo de su voluntad,
sin que haya conexión entre el mal de culpa y el mal de pena. Y no es necesario
figurarse que Dios, justamente irritado, haya ino-culado adrede la corrupción
en el alma y en el cuerpo del hombre por virtud de una acción extraordinaria
para casti-garle, a la manera que los atenienses daban la cicuta a los
criminales. M. Bayle lo toma en este sentido, y habla como si la corrupción
original hubiera sido puesta en el alma del primer hombre por una orden o por
una operación de Dios. Esto es lo que le hace objetar (Respuesta a un
provinciano, capítulo 178, página 1218, tomo III ), que la razón no apro-
254
TEODICEA
baría la conducta de un monarca, que para castigar a un re-belde, le
condenase a él y a sus descendientes a sentirse in-clinados a rebelarse."
Pero este castigo alcanza naturalmente a los malos sin ninguna ordenanza del
legislador, como que tienen gusto en el mal. Si los que se embriagan
engendrasen hijos inclinados al mismo vicio, como resultado natural de lo que
pasa en los cuerpos, éste sería un castigo de sus proge-nitores, y no sería una
pena de la ley. Algo parecido a esto es lo que pasa en las consecuencias del
pecado del primer hombre. Porque la contemplación de la Divina Sabiduría nos
mueve a creer que el reino de la naturaleza sirve al de la gra-cia, y que Dios,
como arquitecto, lo ha hecho todo como convenía a Dios considerado como
monarca. Nosotros no conocemos lo bastante ni la naturaleza de la fruta
prohibida, ni la de la acción, ni sus efectos, para juzgar al pormenor este
asunto. Sin embargo, es preciso hacer a Dios la justicia de creer que encerraba
algo más que lo que los pintores nos representan.
113. V. "Dios, por su
infinita misericordia, ha tenido a bien librar a un pequeño número de hombres
de esta conde-nación, y al dejarlos expuestos durante esta vida a la
corrup-ción del pecado y a la desdicha, les ha prestado auxilios que les ponen
en estado de obtener la beatitud del Paraíso que no concluirá jamás."
Muchos escritores antiguos han dudado de si el número de los condenados es tan
grande como se imagina, según ya he observado antes; y al parecer, han creí-do
que hay cierto término intermedio entre la condenación eterna y la perfecta
beatitud. Pero no tenemos necesidad de apelar a estas opiniones; basta con que
nos atengamos a las
255
GODOFREDO G. LEIBNITZ
doctrinas recibidas en la Iglesia, donde se ve que esta propo-sición de
M. Bayle debe entenderse según los principios de la gracia suficiente, que es
dada a todos los hombres, y que les basta, con tal que tengan buena voluntad. Y
aunque M. Bayle pertenezca al partido opuesto, ha querido (como lo dice al
margen) evitar los términos que no podrían convenir con el sistema de los
decretos posteriores a la previsión de los suce-sos contingentes.
114. VI. "Ha previsto
eternamente todo lo que suce-dería, ha arreglado todas las cosas y las ha
colocado cada una en su lugar, y las dirige y gobierna continuamente según su
voluntad, de tal manera que nada sucede sin su permiso o contra su voluntad, y
puede impedir según le parezca, y to-das las veces que quiera, todo cuanto no
le agrade y, por consiguiente, el pecado, que es la cosa que más le ofende y
que más detesta, y producir en cada alma humana todos los pensamientos que
merecen su aprobación." Esta tesis es puramente filosófica, es decir,
asequible a las luces de la ra-zón natural. Así como, al ocuparnos en la
segunda tesis, lla-mamos la atención sobre la frase: lo que le plugo, importa
hacer aquí lo mismo respecto de esta otra: lo que le parece bien, es decir,
sobre lo que Dios encuentra que es bueno ejecutar. Puede evitar o apartar, como
bien le parezca, todo lo que no le agrada; sin embargo, es preciso considerar
que algunos de los objetos que aleja, como ciertos males, y sobre todo el
pecado que su voluntad antecedente rechazaba, no han podido ser desechados por
su voluntad consiguiente o decretoria, sino en tanto que a ello le conducía la
regla de lo mejor que el más sabio de los seres debía escoger después de
256
TEODICEA
haberlo tenido todo en cuenta Cuando se dice que el pecado es lo que más
le ofende y lo que más detesta, lo que se hace es emplear una manera humana de
expresarse. Porque, pro-piamente hablando, Dios no puede sentirse ofendido, es
decir, incomodado, inquieto o colérico, como que no detesta nada de lo que
existe, si es que detestar una cosa significa mirarla con abominación y de una
manera que nos cause disgusto, que nos cause pena, que ofenda a nuestro
corazón; porque Dios no puede experimentar disgusto, ni dolor, ni incomodidad,
como que está siempre perfectamente con-tento y a gusto. Sin embargo, estas
expresiones, tomadas en su verdadero sentido, son fundadas. La soberana bondad
de Dios hace que su voluntad antecedente rechace todo mal, y el mal moral más
que ningún otro, como que sólo le admite por razones superiores invencibles y
con grandes correctivos que reparen con ventaja sus malos efectos. Es cierto
también que Dios podría producir en cada alma humana todos los pensamientos que
aprueba, pero esto sería obrar por mila-gro, cosa que su plan, concebido del
modo mejor que es posible, no consiente.
115. VII. "Dios ofrece
gracias a personas que sabe que no han de aceptarlas y que habrán de hacerse
por su negativa más criminales de lo que lo serían si no se les hubiesen
ofre-cido; les hace saber que desea ardientemente que las acepten, pero no les
da las gracias que sabe que ellos aceptarían." Es cierto que estas
personas se hacen, por virtud de su negativa, más criminales de lo que serían
si nada se les hubiese ofreci-do, y que Dios no sabe muy bien; pero vale más
permitir su crimen que obrar de una manera que haría merecedor de
257
GODOFREDO G. LEIBNITZ
vituperio al mismo Dios, y que daría ocasión a que los cri-minales
tuviesen algún motivo para quejarse, diciendo que no les era posible obrar
mejor aunque lo hayan o lo hubiesen querido. Dios quiere que reciban las
gracias de que son capa-ces y que las acepten, y quiere darles particularmente
aquellas que prevé que ellos aceptarán, pero es siempre por una vo-luntad
antecedente, desligada o particular, cuya ejecución no podría tener siempre
lugar dentro del plan general de las cosas. Esta tesis es también una de
aquellas que afirma la filosofía no menos que la revelación; lo mismo que otras
tres de las siete que acabamos de recorrer, pues sólo la tercera, la cuarta y
la quinta han tenido necesidad de la revelación.
116. He aquí ahora las diecinueve
máximas filosóficas que M. Bayle opone a las siete proposiciones teológicas:
I. "Como el Ser infinitamente perfecto encuentra en sí mismo una
gloria y una beatitud que no pueden jamás au-mentar ni disminuir, su bondad es
la única que le ha deter-minado a crear este Universo; sin que la ambición de
ser alabado ni motivo alguno interesado, como el de conservar o aumentar su
beatitud y su gloria, hayan tenido en ello parte alguna.»Esta máxima es muy
buena; las alabanzas de Dios no le sirven a él de nada, pero sirven a los
hombres que lo ala-ban, y Dios ha querido su bien. Sin embargo, cuando se dice
que la bondad sola ha determinado a Dios a crear este Uni-verso, conviene
añadir que su bondad le ha conducido ante-cedentemente a crear y producir todo
el bien posible; pero que su sabiduría es la que ha hecho la elección, y ha
sido causa de que haya escogido lo mejor consiguientemente, y,
258
TEODICEA
en fin, que su poder le ha dado el medio de ejecutar actual-mente el
gran designio que ha formado.
II. "La bondad del Ser
infinitamente perfecto es in-finita, y no sería infinita si se pudiera concebir
una bondad mayor que la suya. Este carácter de infinitud conviene a to-das las
demás perfecciones de Dios, a su amor por la virtud, a su odio del vicio,
etcétera, las cuales deben de ser las más grandes que puedan concebirse. (Véase
a M. Jurieu126, en las tres primeras secciones del Juicio sobre los métodos,
donde razona continuamente acerca de este principio, como sobre una primera
noción. Véase también en M. Wittichius127, de Providentia Dei, número 12, estas
palabras de San Agustín, lib. 1º, De doctrina Christi, capítulo VII: Cum
cogitatur Deus, ita cogitatus, ut aliquid, quo nihil melius sit atque
sublimius. Et paulo post: Nec quisquam inveniri potest, qui hoc Deum credat
esse, quo melius aliquid est." (Cuando se piensa en Dios, se le considera
como algo mejor y más su-blime fuera del cual no existe cosa alguna).
Esta máxima es muy de mi gusto, y de ella deduzco la consecuencia de que
Dios hace lo mejor que es posible; de otra manera, sería limitado el ejercicio
de su bondad, lo cual
Jurieu, célebre teólogo
protestante nació en User, cerca de Blois, en 1637, fué profesor de la Academia
de Sedan, y murió en Rotterdam en 1713. Escribió una Historia del calvinismo,
Rotterdarn 1682, 2 vol. en 4°. El cuadro del socinianismo, La Haya, 1691, en
12°. Se le atribuyen tam-bién: Los suspiros de la Francia esclava, en 4°,
1689-1690; célebre y violento folleto contra Luis XIV.
Wittichius, teólogo reformado,
introdujo el cartesianismo en las es-cuelas. Nació en Brieg, y murió en Leyden
en 1687. Su principal obra es: Consensus veritatis revelatis cum veritate
philosophica a Cartesio delecta, Leyden, en 4°, 1682. Escribió también un
Anti-Spinoza, Amsterdam, 1690, en 4°.
259
GODOFREDO G. LEIBNITZ
sería limitar su misma bondad, si ella no le llevara a ese ejer-cicio,
si él careciera de buena voluntad; o bien, sería limitar su sabiduría y su
poder, si careciese del conocimiento nece-sario para discernir lo mejor y para
encontrar los medios de obtenerlo; o si careciese de las fuerzas necesarias
para em-plear estos medios. Sin embargo, es ambigua la frase de que el amor por
la virtud y el odio al vicio son infinitos en Dios, porque si esto fuera cierto
absolutamente y sin restricción, en el ejercicio mismo, no había vicio en el
mundo. Mas aun-que cada perfección de Dios es infinita en sí misma, sólo se
ejercita en proporción del objeto, y según la naturaleza de las cosas lo
permite; y así el amor a lo mejor, en el conjunto, sobrepuja a todas las demás inclinaciones
u odios particula-res; él es el único cuyo ejercicio es absolutamente infinito,
no habiendo nada que pueda impedir a Dios el decidirse por lo mejor, y si algún
vicio se encuentra ligado con el mejor plan posible, Dios lo permite.
118. III. "Siendo una bondad
infinita la que ha dirigi-do al Creador en la producción del mundo, todos los
carac-teres de ciencia, habilidad, poder y grandeza, que brillan en su obra,
están destinados a la felicidad de las criaturas inteli-gentes. Sólo ha querido
dar a conocer sus perfecciones, a fin de que esta especie de criaturas
encuentre su felicidad en el conocimiento, en la admiración y en el amor del
soberano Ser." Esta máxima no me parece del todo exacta. Concedo que la
felicidad de las criaturas inteligentes es lo que princi-palmente ha influido
en los designios de Dios, porque son aquellas las que más se le parecen; pero
no veo, sin embargo, cómo pueda probarse que sea este su fin único. Es cierto
260
TEODICEA
que el reino de la naturaleza debe servir al reino de la gracia, pero
como todo está ligado en el gran designio de Dios, es preciso creer que el
reino de la gracia está también en cierto modo acomodado al de la naturaleza,
de tal manera, que éste mantiene el mayor orden y la mayor belleza para
constituir un compuesto que es el más perfecto que sea posible. No hay motivo
para creer que Dios, porque hubiera un mal mo-ral cualquiera de menos, habría
de trastornar todo el orden de la naturaleza. Todas las perfecciones o
imperfecciones de la criatura tienen su valor, pero no hay ninguna que tenga un
infinito. Y así el bien y el mal moral o físico de las criaturas racionales no
supera infinitamente al bien y al mal que sólo es metafísico, es decir, aquel
que consiste en la perfección de todas las demás criaturas; lo cual sería
preciso admitir si la presente máxima fuera rigurosamente verdadera.
Cuando Dios dijo al profeta Jonás la razón del perdón que había
concedido a los habitantes de Nínive, tuvo en cuenta hasta el interés de las
bestias, las cuales se hubieran visto envueltas en la ruina de esta gran
ciudad. Ninguna sus-tancia es, en absoluto, despreciable ni preciosa a los ojos
de Dios. El abuso o la extensión exagerada de la presente má-xima, parece ser,
en parte, el origen de las dificultades que M. Bayle propone. Es seguro que
Dios hace más aprecio de un hombre que de un león, y, sin embargo, yo no sé si
podría asegurar que Dios prefiere un hombre solo a toda la especie de leones en
todos conceptos; pero aun cuando fuese así, no se seguirá de ahí que el interés
de cierto número de hombres debiera prevalecer sobre la consideración de un desorden
general que alcanzara a un número infinito de criaturas. Esta
261
GODOFREDO G. LEIBNITZ
opinión sería un vestigio de la antigua máxima, harto desa-creditada, de
que todo se ha hecho sólo para el hombre.
119. IV. "Los beneficios que
Dios comunica a las criaturas que son capaces de alcanzar la felicidad, sólo
tien-den a su bienestar. No permite, por tanto, que sirvan para hacerlas
desgraciadas, y si el mal uso que de ellos hubieren de hacer fuese capaz de
perderlas, les daría medios seguros para hacer siempre buen uso de ellos;
porque sin esto no serían verdaderos beneficios, y la bondad de Dios sería más
pequeña que la que podemos concebir en cualquier otro bienhechor. (Quiero
decir: en una causa que, a la par de sus dones, facilitara el arte seguro de
servirse bien de ellos.)
He aquí ya el abuso o mal efecto de la máxima prece-dente. No es,
rigurosamente hablando, cierto (aunque parez-ca plausible) que los beneficios
que Dios comunica a las criaturas que son capaces de felicidad, tiendan sólo a
su bie-nestar. Todo está ligado en la naturaleza, y si un artesano hábil, un
ingeniero, un arquitecto, un político sabio hacen con frecuencia que una misma
cosa sirva para muchos fines, y de un solo tiro matan dos pájaros, cuando esto
se puede hacer cómodamente, puede decirse que Dios, cuya sabiduría y cuyo poder
son perfectos, hace eso siempre. Esto es, eco-nomiza el terreno, el tiempo, el
lugar, la materia, que son, por decirlo así, las cosas que Dios gasta. Y así
Dios tiene más de una mira en sus proyectos. La felicidad de todas las cria-turas
racionales es uno de sus fines; pero no es el único ni el último. Y he aquí la
razón de que la desgracia de alguna de estas criaturas pueda tener lugar por
concomitancia y como un resultado de otros bienes mayores. Esto ya lo he
explica-
262
TEODICEA
do en otra parte, y M. Bayle lo ha reconocido en cierto mo-do. Los
bienes, en tanto que son bienes, considerados en sí mismos, son el objeto de la
voluntad antecedente de Dios. Dios mostrará, en el universo, toda la razón y
todo el cono-cimiento que consienta su plan. Puede concebirse un térmi-no medio
entre una voluntad antecedente completamente pura y primitiva, y una voluntad
consecuente y final. La vo-luntad antecedente primitiva tiene por objeto cada
bien y cada mal en sí, desligados de toda combinación, y tiende a atentar el
bien y a impedir el mal. La voluntad media se fija en las combinaciones, como
cuando se liga un bien con un mal, y entonces la voluntad tendrá alguna
tendencia en el sentido de esta combinación, cuando el bien supera al mal; pero
la voluntad final y decisiva resulta de la consideración de todos los bienes y
de todos los males que entran en nuestra deliberación, resulta de una
combinación total. Esto muestra que una voluntad media, aunque pueda pasar por
consecuente en cierta manera, con relación a una voluntad antecedente, pura y
primitiva, debe considerársela como antecedente con relación a la voluntad
final y decretoria. Dios da la razón al género humano, y de eso resultan
desgra-cias por concomitancia. Su voluntad antecedente, pura, tien-de a dar la
razón como un gran bien y a impedir los males de que se trata; pero con
relación a los que acompañan a este presente que nos ha hecho Dios al darnos la
razón, el com-puesto. el que resulta de la combinación de la razón y de estos
males, será objeto de una voluntad media de Dios, que tenderá a producir o
impedir este compuesto, según que el bien o el mal prevalezcan en él. Pero aun
cuando resultase
263
GODOFREDO G. LEIBNITZ
que la razón causa más mal que bien. a los hombres (cosa que yo no
concedo), en cuyo caso la voluntad media de Dios la rechazaría con estas
circunstancias, podría suceder, sin embargo, que fuese más conveniente a la
perfección del uni-verso el dotar a los hombres de razón, no obstante todos los
malos resultados que ella pudiera tener en este concepto, y por consiguiente la
voluntad final o el decreto de Dios, re-sultado de todas las consideraciones
que pudiera tener en cuenta, sería el dotarles con ella. Y lejos de merecer
Dios vituperio por ello, lo merecería si obrara de otra manera. Y así el mal, o
la mezcla de bienes y de males en que prevalezca el mal, sólo tiene lugar por
concomitancia, porque está liga-do con otros bienes mayores que están fuera de esta
mezcla. Esta mezcla, pues, o este compuesto, no se le debe conside-rar como una
gracia o como un presente que Dios nos haya hecho; pero el bien que va con él
mezclado, nunca dejará de ser un bien. Tal es el presente que Dios hace de la
razón a los que usan mal de ella. Siempre es un bien en sí; pero la combinación
de este bien con los males que proceden de su abuso, no es un bien con relación
a aquéllos que se hacen así desgraciados. Sin embargo, esto sucede por
concomitancia, puesto que este mal sirve para un mayor bien con relación al
universo, y sin duda ésta es la causa de que Dios haya queri-do dar la razón a
los que la han convertido en un instru-mento de su desgracia; o, hablando con
más exactitud, según nuestro sistema: habiendo encontrado Dios entre los seres
posibles algunas criaturas racionales que abusan de su razón, ha dado
existencia a las que están comprendidas en el mejor plan posible del universo.
Y así nada obsta a que admitamos
264
TEODICEA
que Dios ha creado bienes que se convierten en un mal por culpa de los
hombres, lo cual les sucede muchas veces en justo castigo por el abuso que han
hecho de sus gracias. Alo-ysius Novarinus128 ha escrito un libro: De occultis
Dei bene-fficis; y podría también hacerse otro: De ocultis Dei poenis; este
dicho de Claudiano podría tener lugar respecto de algu-nos,
Tolluntur in altum,
Ut lapsu graviore ruant.
(Son elevados a lo alto,
para que su caída sea más pesada).
Pero decir que Dios no ha debido dar un bien de que sabe que una mala
voluntad habría de abusar, cuando el plan gene-ral de las cosas exige que se le
dé; o bien decir, que debía dar, para impedirlo, medios seguros que serían
contra-rios a este mismo orden general, es querer (como ya he ob-servado) que
Dios mismo se haga merecedor de vituperio, pera impedir que el hombre lo sea.
Objetar, como se hace en este caso, que la bondad de Dios sería menor que la de
cual-quiera otro bienhechor que hiciese un presente más útil, es olvidarse de
que la bondad de un bienhechor nunca puede graduarse por un solo beneficio.
Puede suceder muy fácil-
Aloysio Novarinus, teólogo
italiano, nació en Verona en 1594, y mu-rió en esta ciudad en 1650. Además de
numerosas obras místicas, con títulos muy raros, se citan como suyas: Omníum
scientinrum anima, seu axiomataphysico-Theologica, que al parecer tiene cierto
carácter filosófi-co.
265
GODOFREDO G. LEIBNITZ
mente, que el presente de un particular sea mayor que el de un príncipe,
pero todos los presentes de este particular serán muy inferiores a todos los
presentes del príncipe. Y así no pueden estimarse debidamente los bienes que
Dios hace, si no se tiene en cuenta toda su extensión con relación al uni-verso
entero. Por lo demás, puede decirse que los presentes que se dan previendo que
habrán de dañar, son los presentes de un enemigo,
Hostibus eveniant talia dona meis.
(que tales regalos vengan a manos de mis enemigos).
Pero esto se entiende cuando hay malicia o culpa en el que hace el
presente, como sucedía con aquel Eutrapelus de que habla Horacio, que hacía
bien a las gentes para propor-cionarles el medio de perderse; su intención era
mala, mien-tras que la de Dios no puede ser mejor de lo que es. ¿Habrá razón
para rebajar su sistema, y será preciso que tenga me-nos belleza y haya menos
perfección y menos razón en el universo, porque se encuentren personas que
abusen de la razón? Aquí vienen bien los dichos vulgares: Abusus non tollit
usum (El abuso no quita el uso). Hay el scandalum datum y el scandalum acceptum
(Escándalo dado y escán-dalo aceptado).
120. V. "Un ser maléfico es
muy capaz de colmar de dones magníficos a sus enemigos, cuando sabe que harán
de ellos un uso que habrá de perderlos. No puede, pues, conve-nir a un Ser
infinitamente bueno dar a las criaturas el libre albedrío, cuando sabe con toda
certeza que harán de él un
266
TEODICEA
uso que los hará desgraciados. Por consiguiente, al libre al-bedrío une
el arte de servirse de él oportunamente, y no permite que olviden la práctica
de este arte en ningún caso; y si no tuviere un medio seguro para afianzar el
buen uso de este libre albedrío, más bien debería privarles de esta facul-tad,
que no consentir que sea causa de su desgracia. Esto es tanto más claro, cuanto
que les ha dado el libre albedrío par un acto de su propia elección, sin que
ellos lo reclamasen; de suerte que sería Dios más responsable de la desgracia
que les causara, que si les hubiera concedido esta gracia después de ser
importunado con sus súplicas."
Debe repetirse aquí lo que se ha dicho al final de la contestación sobre
la máxima precedente, y basta para con-testar a ésta. Por otra parte, se da
siempre por supuesta la falsa máxima, de que ya se ha hecho mención en la
tercera objeción, según la cual, la felicidad de las criaturas racionales es el
fin único que Dios se propone. Si esto fuese así, no tendría lugar el pecado,
ni habría desdichas, ni siquiera por concomitancia; Dios habría escogido una
serie de posibles de la que estarían excluidos todos estos males. Pero Dios
faltaría a lo que debe al universo, es decir, a lo que se debe a sí mismo. Si
no hubiese más que espíritus, existirían sin el enlace necesario, sin el orden
de los tiempos y de los lugares. Este orden pide materia, movimiento y leyes, y
al ordenarlos con los espíritus en la mejor forma posible, viene a resultar
nuestro mundo. Cuando se miran las cosas sólo en grande, se conciben como
factibles mil cosas que no podrían tener lugar cual conviene. Querer que Dios
no de el libre albedrío a las criaturas racionales, es querer que no haya tales
criatu-
267
GODOFREDO G. LEIBNITZ
ras, y pretender que Dios les impida abusar de él, es preten-der que
sólo haya esas criaturas y lo que se hubiere hecho sólo para ellas. Si Dios no
tuviese en cuenta más que estas criaturas, sin duda impediría el que se
perdieran. Puede de-cirse, sin embargo, en cierto sentido, que Dios ha dado a
estas criaturas el arte de servirse siempre bien de su libre albedrío, puesto
que la luz natural de la razón constituye este arte; sólo que sería preciso que
tuvieran siempre la voluntad de obrar bien, pero muchas veces falta a las
criaturas el me-dio de darse esta voluntad que deberían tener, y hasta les
falta con frecuencia la voluntad de servirse de los medios que procuran
indirectamente una buena voluntad, y de que ya he hablado más de una vez. Hay
precisión de reconocer este defecto, y tratar de reconocer también que Dios
hubiera podido quizá eximir de él a las criaturas, puesto que nada impide que
haya sólo las que por naturaleza deban tener siempre una buena voluntad. Pero
yo respondo que no es necesario, y que no era factible que todas las criaturas
racio-nales tuviesen una perfección tan grande que las aproximaría tanto a la
divinidad. Hasta puede suceder que esto sólo fuera posible por una gracia
divina especial; pero en este caso, ¿sería propio que Dios se la concediera a
todos, es decir, que obrara siempre milagrosamente con relación a todas las
criaturas racionales? Nada sería menos irracional como esos milagros perpetuos.
En las criaturas hay grados, porque el orden general así lo exige. Y al orden
del gobierno divino conviene que el gran privilegio del afianzamiento en el
bien se de más fácilmente a los que han tenido una buena volun-tad en medio de
un estado más imperfecto, en un estado de
268
TEODICEA
lucha y de peregrinación, in Ecclesia militante, in statu viato-rum (en
la Iglesia militante, en el estado de viadores). Los mismos ángeles buenos no
han sido creados impecables. Sin embargo, no me atreveré a asegurar que no haya
criaturas que han nacido siendo bienaventuradas, o que sean impeca-bles y
santas por naturaleza. Hay, quizá, personas que con-ceden este privilegio a la
Santísima Virgen, puesto que la Iglesia romana la pone hoy día por encima de
los ángeles. Pero no basta con que el Universo sea muy grande y muy vario, y
querer limitarlo es mostrar que se le conoce poco. Pero M. Bayle dice además
que Dios ha dado el libre albe-drío a las criaturas capaces de pecar, sin que
ellos le pidiesen esta gracia; y que el que hiciese un presente semejante,
sería más responsable de la desgracia que produciría a les que se sirvieran de
él, que si la hubiese concedido después de ser importunado por sus súplicas.
Pero lo importuno de las sú-plicas nada hace cerca de Dios, que sabe mejor lo
que nos hace falta y que sólo concede lo que conviene al todo. M. Bayle hace
consistir, al parecer, el libre albedrío en la facultad de pecar; y, sin
embargo, en otra parte reconoce que Dios y los santos son libres sin tener esa
facultad. Sea lo que quiera, ya he demostrado suficientemente que Dios,
haciendo lo que su sabiduría y su bondad unidas ordenan, no es responsable del
mal que permite. Los hombres mismos, cuando cumplen su deber, no son
responsables de los sucesos, ya los prevean, ya no los prevean.
VI. "Tan seguro medio de
quitar la vida a un hom-bre es el darle un cordón de seda cuando se sabe con
certeza que se servirá de él para ahorcarse, como asesinarle por me-
269
GODOFREDO G. LEIBNITZ
dio de un tercero. Lo mismo se quiere su muerte cuando se sirve del
primer modo que cuando se emplea el segundo; y hasta parece que se quiere con
más mala intención en el pri-mer caso, puesto que se tiende a hacer que recaiga
sobre el muerto toda la pena y toda la falta de su pérdida."
Los que tratan de los deberes (De Officiis), como Cice-rón, San
Ambrosio, Grocio, Opalenius129, Sharrok130, Rache-lius131, Puffendorf, lo mismo
que los casuistas, enseñan que hay casos en que no se está obligado a devolver
el depósito al que lo ha entregado; por ejemplo, no se devuelve un puñal cuando
se sabe que el que lo ha dejado en depósito quiere asesinar con él a alguno.
Supongamos que tengo yo entre mis manos el tizón fatal de que la madre de
Meleagro se servirá para hacerle morir; la azagaya encantada que Céfalo
empleará, sin saberlo, para matar a Procris; los caballos de Teseo que
despedazarán a Hipólito, su hijo. Se me piden estas cosas, y tengo derecho a
negarme a darlas, sabiendo como sé el uso que se va a hacer de ellas. Pero,
¿qué sucede-rá si un juez competente me manda restituirlas y yo no pue-
129 Lúcas Opalenim u Opalinski, célebre polaco, vivía a principios del
siglo XVII. Escribió, bajo el nombre de Pablo Neoceli, tres libros De officis,
Dantzig, 1673.
130 Roberto Sharrok nació en Buckingham y murió en 1684. Escribió sobre
diversas materias de derecho natural, y entre otras obras la Hipo-thesis de
officio secundum jus naturae, contra Hobbesium. Se ocupó también de botánica y
escribió: Propagation and improvement of vege-tables.
Samuel Rachel nació en 1628 en
Lunden, fué profesor de moral en Helmstadt, y de derecho natural en Kiel, y
murió en Hamburgo en 1691. Escribió gran número de obras sobre derecho natural
y sobre moral, entre otras: Comentarius en tres libros De Officiis Ciceronis;
Examen probabilitatis jesuiticae; Introductio ad philosophiam moralem.
270
TEODICEA
do probar lo que sé respecto de los malos resultados que habrá de
producir la restitución; si me ha dado Apolo el don de la profecía, como a
Casandra, a condición de que no se me ha de creer? Me veré obligado a restituir
los depósitos, no pudiendo dispensarme de hacerlo sin que me pierda; y de esta
manera no puedo evitar el contribuir al mal. Otra com-paración: prometen
Júpiter a Semelé, el sol a Faetonte y Cu-pido a Psiquis concederles la gracia
que pidan. Juran todos por la laguna Estigia:
Di cujus jurare timent et fallere Numen.
(Cuya divinidad temen jurar y engañar los dioses).
Querrían suspender la promesa, apenas oída, pero ya es tarde:
Voluit Deus ora loquentis
Opprimere; exierat jam vox properata sub auras
(Quiso Dios cerrar las bocas de los que hablaban; ya la voz había salido
apresurada bajo los vientos).
Se querría retroceder después de hecha la petición, la-mentándose
inútilmente, pero se os apura y se os dice:
¿Hacéis juramentos para no cumplirlos?
271
GODOFREDO G. LEIBNITZ
La ley de la laguna Estigia es inviolable, es preciso sufrir su yugo; si
se ha faltado a ella al prestar juramento, se faltaría más todavía no
cumpliéndole; es necesario realizar la prome-sa por perniciosa que pueda ser al
que la exije. Seria perni-ciosa para vos si no la cumpliéseis. La moraleja de
estas fábulas hace ver que una suprema necesidad puede obligar-nos a
condescender con el mal. Dios ciertamente no conoce otro juez que le pueda
obligar a dar aquello que puede con-vertirse en mal; no es como Júpiter, que
temía la laguna Esti-gia. Pero su propia sabiduría es el juez más grande que
puede encontrar; sus juicios no tienen apelación, son las sentencias de los
destinarlos. Las verdades eternas, objeto de su sabidu-ría, son más inviolables
que la laguna Estigia. Estas leyes, este juez, no ejercen coacción; pero son
más fuertes, porque persuaden. La sabiduría no hace más que mostrar a Dios el
mejor ejercicio de su bondad que es posible; y así, el mal que sobreviene es un
resultado indispensable del mejor plan es-cogido. Digo más: permitir el mal
como Dios lo permite, acusa el mayor grado de bondad.
Si mala sustulerat, non erat ille bonus.
(El no era bueno, si había suprimido los males).
Sería preciso tener un espíritu muy torcido para decir, visto esto, que
es más maligno el dejar a uno toda la pena y toda la falta de su pérdida.
Cuando Dios la deja a alguno, le pertenece ya antes de su existencia, como que
desde enton-ces estaba ya en su idea aún puramente posible, antes del
272
TEODICEA
decreto de Dios que hace que exista; y, ¿podría Dios dejarla o darla a
un tercero? No es necesario decir más.
122. VII. "Un verdadero
bienhechor da pronto, y no espera para dar a que aquellos a quienes ama hayan
padecido grandes desdichas a causa de la privación de lo que ha podi-do él
darles, desde luego con facilidad y sin la menor inco-modidad por su parte. Si
la limitación de sus fuerzas no le permite hacer bien sin causar dolor o
cualquiera otra inco-modidad, transige, (Véase el Diccion. hist. y critiq. pág.
2261 de la segunda edición), perca no sin pena, y no emplea jamás esta manera
de ser útil, cuando puede serlo sin mezclar nin-guna clase de mal con sus
favores. Si el provecho que pudie-ra sacarse de los males que él hiciese
sufrir, hubiera de nacer de un bien puro tan fácilmente como de estos males,
tomaría la vía del bien completamente puro, y no la vía oblicua que conduciría
al bien por el mal. Si colma de riquezas y de ho-nores, no lo hace para que, al
perderlas los que han gozado de ellas, se vean afligidos de un modo tanto más
sensible cuanto que estaban acostumbrados a gozar de ellos; y, por lo mismo,
serán más desgraciados que los que jamás han dis-frutado de tales ventajas. De
otro modo un ser maligno lle-naría de bienes a las personas a quienes tuviera
más odio. En este punto puede citarse el pasaje de Aristóteles (Rhet. I. II,
cap. 23)
oï on eì doín än tis tinì ï na àfelómenos lerpése özen kaì taût' eï
rmtai,
Polloï s ò daímon où kat' eùnoían féron
273
GODOFREDO G. LEIBNITZ
Mégala dìdosin eütujémat' all'ï na Tàs sumforàs lábosin èpifanestéras,
(A veces el ser maligno o el demonio divinizado del poeta, colma de
bienes a los mortales y cuando los ve acostumbra-dos a las comodidades que les
proporcionan los mismos, los priva súbitamente complaciéndose en la aflicción
que les causa.)
id est: veluti si quis alicui aliquid det, ut (postea) hoc (ipsi)
erepto (ipsum) afficiat dolore. Unde etiam illud est dictum:
Esto es: como si alguno diese a otro una cosa, para (después)
apesadumbrarlo, privándolo de ella. Por lo cual también se ha dicho:
"Bona magna mullís non amicus dat Deus, Insigniore ut rursus his
privet malo."
(Un Dios no amigo otorga a muchos grandes bienes, para de nuevo privarlo
de ellos con un mal más gra-
ve).
Todas estas objeciones giran casi sobre el mismo sofis-ma, cambian y
trastornan el hecho, y sólo refieren las cosas a medias. Dios cuida de los
hombres, ama al género humano, y quiere el bien para él; nada más cierto. Sin
embargo, deja delinquir a los hombres; muchas veces les deja hasta perecer, les
d a bienes que se convierten en su daño, y cuando hace a
274
TEODICEA
alguno dichoso, es después de muchos padecimientos: ¿dón-de está
entonces su afecto, dónde su bondad, o bien, dónde está su poder? Son éstas
vanas objeciones, en que se suprime lo principal, y en que se olvida que es de
Dios de quien se habla. No parece sino que es una madre, un tutor, un ayo, cuyo
cuidado único está limitado a la educación, a la conser-vación y al bienestar
de la persona de quien se trata, y que desatienden sus deberes. Dios cuida del
universo, no aban-dona ni olvida nada, escoge lo mejor en absoluto. Si alguno
es malo y desgraciado por esto, es que le tocaba el serlo. Dios, se dice, podía
dar la felicidad a todos, podía darla pronto y fácilmente y sin ninguna
incomodidad por su parte, porque todo lo puede. Pero, ¿debe hacerlo? El no haberlo
hecho es una prueba de que no ha debido obrar de otra ma-nera. Inferir de aquí
que es a pesar suyo o por carecer de fuerzas, si no hace a los hombres
dichosos, ni da el bien desde luego y sin mezcla de mal; o bien que carece de
buena voluntad para darlo puro y de veras, es comparar a nuestro verdadero Dios
con el Dios de Herodoto, lleno de envidia, o con el demonio del poeta, de que
habla Aristóteles, y cuyos yambos hemos traducido más arriba al latín; esto es,
que da bienes para tener la complacencia de afligir más arrancán-dolos después.
Esto es burlarse de Dios, valiéndose de esos perpetuos antropomorfismos; es
representarle como un hombre que debe consagrarse por entero al asunto de que
se trata, que debe aplicar el ejercicio principal de su bondad sólo a los
objetos que nos son conocidos y, por último, que carece de capacidad y de buena
voluntad. Dios no carece de nada de esto; podría hacer el bien que nosotros
deseáramos,
275
GODOFREDO G. LEIBNITZ
y hasta lo quiere, tomándolo desligado de lo demás, pero no debe hacerlo
con preferencia a otros bienes mayores que se oponen a ello. Por lo demás,
ningún motivo hay para quejar-se porque de ordinario sólo se llegue a alcanzar
la salvación pasando muchos sufrimientos y llevando la cruz de Jesu-cristo;
estos males sirven para hacer a los elegidos imitadores de su maestro y para
aumentar su felicidad.
123. VIII. "La gloria mayor y
más real que puede al-canzar el que es dueño de los demás, consiste en mantener
entre éstos la virtud, el orden, la paz y el contentamiento del espíritu. La
gloria que pudiera resultarle de la desgracia de todos ellos, no sería sino una
falta de gloria."
Si conociéramos la ciudad de Dios tal como ella es, ve-ríamos que es el
estado más perfecto que ha podido inven-tarse; que la virtud v la felicidad
reinan en ella todo lo que es posible, conforme a las leyes de lo mejor; que el
pecado y la desgracia (que por razones de un orden superior no ha sido posible
excluir enteramente de la naturaleza de las cosas) no son nada en comparación
del bien, y hasta sirven para que se produzcan mayores bienes. Pero puesto que
estos males debían existir, era preciso que algunos estuviesen sujetos a ellos,
y estos algunos somos nosotros. Si fueren otros, ¿no resultaría la misma
apariencia de mal?, o mejor dicho: estos otros, ¿no serían lo que se llama
nosotros? Cuando Dios hace que resulte para él una gloria del mal por haberle
hecho servir para un mayor bien, es porque así debía de ser. Esta no es, por
tanto, una falsa gloria, como sería la de un prínci-pe que trastornase su
Estado para tener después la gloria de reconstruirlo.
276
TEODICEA
124. IX. "El mayor amor que
este Señor puede atesti-guar per la virtud, es hacer, si puede, que sea
practicada siempre sin ninguna mezcla de vicio. Si le es fácil procurar a sus
súbditos esta ventaja y, sin embargo, permite al vicio levantar la cabeza, sin
perjuicio de castigarle después de ha-berlo tolerado por largo tiempo, su amor
por la virtud no es el mayor que se puede concebir, no es infinito."
Aun no hemos llegado a la mitad de las diecinueve má-ximas, y estoy
cansado ya de refutar y contestar siempre a la misma cosa. M. Bayle multiplica
sin necesidad esas supuestas máximas que opone a nuestros dogmas. Cuando se
desligan las cosas que están ligadas, cuando se separan las partes de su todo,
el género humano del universo, unos atributos de Dios de los otros, y el poder
de la sabiduría, cabe que uno se permita decir que Dios puede hacer que la
virtud se ejercite en el mundo sin ninguna clase de vicio, y hasta que puede
hacerlo fácilmente. Pero puesto que él ha permitido el vicio, es preciso que el
orden de universo que ha merecido la pre-ferencia sobre cualquiera otro plan,
lo exija así. Es necesario juzgar que no es posible obrar de otra manera, puesto
que no es posible obrar mejor por una necesidad hipotética, una necesidad
moral, la cual, deje de ser contraria a la libertad, es un resultado de su
elección. lux rationi contraria sunt, ea nec fieri a sapiente posse credentum
est. (Ha de creerse que ni el sabio puede hacer las cosas que son contrarias a
la razón). Se objeta que el amor de Dios por la virtud no es el mayor que puede
concebirse, que no es infinito. Ya se ha contestado a esto, al refutar la
segunda máxima, diciendo que el amor de Dios por una cosa creada, cualquiera
que ella sea, es propor-
277
GODOFREDO G. LEIBNITZ
cionado al valor de la misma. La virtud es la cualidad más noble de las
cosas creadas; pero no es la única buena cuali-dad de las criaturas; hay otra
infinidad de ellas que atraen la inclinación de Dios, resultando de todas estas
inclinaciones el mayor bien posible; y se halla que si no hubiese más que
virtud, si sólo hubiese criaturas racionales, resultaría menos bien. Midas se
encontró con que era menos rico cuando no tuvo más que oro. Además de que la
sabiduría debe variar. Multiplicar únicamente la misma cosa, sea la que sea,
sería una superfluidad, sería una pobreza; tener mil Virgilios bien
encuadernados en su biblioteca, cantar siempre los aires de la ópera de Cadmus
y de Hermione, romper todas las porcela-nas para sólo tener vajilla de oro,
tener sólo botones de dia-mantes, comer sólo perdices, beber sólo vino de
Hungría o de Shiras, ¿podría considerarse una cosa razonable? La natu-raleza ha
tenido necesidad de animales, de plantas, de cuer-pos inanimados; hay en estas
criaturas, no racionales, maravillas que sirven para ejercitar la razón. ¿Qué
haría una criatura inteligente, si no hubiese cosas no inteligentes? ¿En qué
pensaría, si no tuviese movimiento, ni materia, ni senti-dos? Si sólo tuviese
pensamientos distintos, sería un Dios, y su sabiduría no tendría límites; éste
es uno de los resultados de mis meditaciones. Desde el momento en que hay una
mezcla de pensamientos confusos, aparecen los sentidos y la materia. Porque
estos pensamientos confusos nacen de la relación que todas las cosas tienen
entre sí según la duración y la extensión. Por esto, en mi filosofía no hay
criatura ra-cional sin cuerpo orgánico, y no hay espíritu creado que esté
enteramente desprendido de la materia. Pero estos cuerpos
278
TEODICEA
orgánicos no difieren menos en perfección que los espíritus a que
pertenecen. Por consiguiente, puesto que la sabiduría de Dios necesita un mundo
de cuerpos, un mundo de sus-tancias capaces de percepción e incapaces de razón
y, en fin, puesto que era preciso escoger, entre todas las cosas, lo que
produjese un efecto mejor en conjunto, y por esta puerta se ha entrado el
vicio, Dios no hubiera sido perfectamente sa-bio, si le hubiera excluido.
125. X. "El mayor
aborrecimiento que puede mostrar-se por el vicio, no consiste en dejarle reinar
por largo tiem-po, y después castigarle; sino en ahogarle antes de que nazca,
es decir, impedir que aparezca en parte alguna. Un rey, por ejemplo, que tuviese
tan perfectamente arregladas las rentas públicas, que nunca se llevara a cabo
malversación alguna, demostraría más odio a la injusticia de los asentistas,
que si, después de consentir que estos engordasen con la sangre del pueblo, los
hiciese ahorcar."
Siempre la misma canción; siempre dentro de un puro an-tropomorfismo.
Una ley, por lo general, nada debe desear tanto como librar a sus súbditos de
toda opresión. Una de las cosas que más le interesan, es poner en buen orden la
Hacienda pública. Sin embargo, hay tiempos en que se ve obligado a tolerar el
vicio y los desórdenes. Se está compro-metido en una gran guerra, faltan los
recursos, no hay gene-rales de quien valerse, y hay que contemplar a los que
hay y que tienen una gran autoridad entre los soldados, a un Brac-cio, a un
Sforza, a un Walstein. Falta dinero para las necesi-dades más urgentes, y es
preciso recurrir a banqueros que tienen su crédito establecido, y es preciso
transigir al mismo
279
GODOFREDO G. LEIBNITZ
tiempo con sus malversaciones. Es cierto que esta desgracia-da necesidad
nace la mayor parte de las veces de faltas pre-cedentes. Nada de esto su-cede
respecto de Dios. El no tiene necesidad de nadie, ni comete ninguna falta, y
hace siempre lo mejor. Ni siquiera puede desearse que las cosas marchen mejor,
cuando se conocen bien; y sería un defecto en el au-tor de las cosas, si
quisiera excluir el vicio que en ellas se halla. Este Estado, regido por un
gobierno perfecto, en el que se quiere y se hace el bien, en tanto que es
posible, y el mal mismo en cuanto sirve para un mayor bien, ¿puede compararse
con el de un príncipe, cuyos asuntos están en completo desarreglo, y que sólo
procura salvarse como pue-da?, ¿o con la de un príncipe que favorezca la
opresión para castigarla, y que se complace en ver a los pequeños por las
puertas y a los grandes subir al cadalso?
126. XI. "Un Señor,
consagrado a promover los inte-reses de la virtud y el bien de sus súbditos,
pone todo su empeño en buscar la manera de que aquéllos jamás desobe-dezcan sus
leyes; y, si es preciso castigarlos por su desobe-diencia, procura que la pena
les cure la inclinación al mal, y que se restablezca en su alma una firme y
constante disposi-ción al bien; tan distante está de querer que la falta les
incline a lanzarse más y más hacia el mal."
Para hacer a los hombres mejores, Dios hace todo lo que debe, y hasta
todo lo que por su parte puede, en cuanto debe hacerlo. El fin más común de la
penalidad es la en-mienda; pero no es el fin único, ni el que nos proponemos
siempre con ella. Ya dije antes algo sobre este punto. El pe-cado original que
hace que los hombres se inclinen al mal,
280
TEODICEA
no es una simple pena por el primer pecado; es un resultado natural del
mismo. Ya hemos dicho algo acerca de esto, al contestar a la cuarta proposición
teológica sobre este punto. Sucede lo que con la embriaguez, que es una pena,
resultado del exceso en la bebida, y al mismo tiempo es una conse-cuencia
natural que conduce a nuevos pecados.
127. XII. "Permitir el mal
que podría impedirse, es no cuidarse de que se cometa o no se cometa, y hasta
desear que se cometa."
Nada de eso; ¿no permiten muchas veces los hombres males que podrían
impedir, si hicieran un esfuerzo en este sentido? Pero otros cuidados más
importantes se lo impiden. Raras veces se dictarán resoluciones para corregir
los desór-denes del sistema monetario, mientras se está comprometido en una
guerra grave. La conducta que en este punto observó el Parlamento inglés, un
poco antes de la paz de Ryswyck, será más alabada que imitada. ¿Y puede
concluirse de aquí, que el Estado no se cuida de este desorden y aun que lo
de-sea? Dios tiene una razón más fuerte y más digna de él para tolerar los
males. No sólo saca de ellos mayores bienes, sino que los encuentra ligados con
los mayores de todos los bie-nes posibles, de suerte que sería una falta el no
permitirlos.
128. XIII. "Es un gran
defecto en los que gobiernan el no cuidarse de que haya o no desórdenes en sus
Estados. Y la falta es todavía más grave, si quieren y desean el desorden. Si
por vías ocultas o indirectas, pero infalibles, provocasen una sedición en sus
Estados para ponerlos a dos dedos de la ruina, con el fin de procurarse la
gloria de hacer ver que tie-nen toda la prudencia y el valor que son necesarios
para sal-
281
GODOFREDO G. LEIBNITZ
var un gran reino que está a punto de perecer, serían unos hombres muy
dignos de vituperio. Pero si excitasen esta sedición por no haber otro remedio
de prevenir la ruina total de sus súbditos, y para afirmar sobre nuevo
fundamento y por muchos siglos la felicidad de los pueblos, sería preciso
lamentar esta desgraciada necesidad a que se hubieran visto reducidos, y serían
dignos de alabanza por el uso que hubie-ren hecho de ella."
Esta máxima, lo mismo que varias de las anteriores, no es aplicable al
gobierno de Dios. Además de que se refieren a una pequeñísima parte de su reino
los desórdenes que aquí se citan, es falso que no se cuide de los males, que
los desee, que los haga nacer para tener la gloria de ahogarlos. Dios quiere el
orden y el bien; pero sucede a veces que lo que es desorden en la parte, es
orden en el todo. Ya hemos recor-dado este axioma jurídico: Incivile est nisi
tota lege inspecta judicare. (Es injusto juzgar, sin tener en cuenta toda la
ley). El permitir los proviene de una especie de necesidad moral, y Dios se ve
obligada a ello por su sabiduría y su bondad; y esta necesidad es dichosa, en
lugar de que la del príncipe de que habla la máxima es desgraciada. Su Estado
es uno de los más corrompidos, y el gobierno de Dios es el mejor Estado
posible.
129. XIV. "El permiso de
cierto mal sólo es excusable cuando no es posible remediarlo sin introducir un
mal ma-yor; pero no puede ser excusable en los que tienen en su mano un medio
eficacísimo contra este mal y contra todos los demás que puedan nacer de la
supresión del que se trata."
282
TEODICEA
La máxima es verdadera, pero no puede alegarse, contra el gobierno de
Dios. La suprema razón le obliga a permitir el mal. Si Dios escogiese lo que no
fuese mejor absolutamente y en conjunto, resultaría un mal mayor que todos los
males particulares que pudieran impedirse por este medio. Esta mala elección
arruinaría su sabiduría o su bondad.
130. XV. "El Ser
infinitamente poderoso y creador de la materia y de los espíritus, hace lo que
quiere con esta ma-teria y con estos espíritus. No hay situación ni figura que
no pueda comunicar a los espíritus. Por tanto, si permitiese un real físico o
un mal moral, no sería porque sin esto sería ab-solutamente inevitable otro mal
físico o moral todavía ma-yor. Ninguna de las razones derivadas de la mezcla
del bien y del mal que se fundan en la limitación de la fuerza de los
bien-hechores, podría convenir al Ser infinitamente podero-so."
Es cierto que Dios hace con la materia y con los espíri-tus lo que
quiere; pero es al modo que un buen escultor sólo quiere hacer con un pedazo de
mármol lo que cree ser lo mejor, y hace bien. Dios hace con la materia la más
preciosa de todos las máquinas posibles, y hace con los espíritus el más bello
de todos los gobiernos concebibles; y por encima de todo esto establece, por
virtud de la unión de ambas co-sas, la más perfecta de las armonías según el
sistema que yo he propuesto. Y ya que el mal físico y el mal moral se
en-cuentran en esta obra tan acabada, debe creerse (contra lo que M. Bayle
asegura), que sin esto un mal mayor todavía hubiese sido absolutamente
inevitable. Este mal tan grande consistiría en que Dios habría escogido mal, si
hubiese obra-
283
GODOFREDO G. LEIBNITZ
do de manera distinta que la escogida. Es cierto que Dios es
infinitamente poderoso, pero su poder es indeterminado, y la bondad y la
sabiduría unidas le determinan a producir lo mejor. M. Bayle, por otra parte,
haca una objeción que le pertenece en particular, y que deduce de las opiniones
de los cartesianos modernos, quienes dicen que Dios pudo dar a las almas los
pensamientos que quisiera sin hacerles depender de ninguna relación con los
cuerpos; por cuyo medio se ha-bría ahorrado a las almas un gran número de males
que sólo nacen del desarreglo de los cuerpos. Ya hablaremos más adelante de
esto; por ahora bástanos saber que Dios no po-día crear un sistema mal enlazada
y lleno de disonancias. La naturaleza del alma está destinada en parte a
representar a los cuerpos.
131. XVI. «Lo mismo es uno causa
de un suceso, cu-an-do se procura que tenga lugar por procedimientos mora-les,
que cuando por procedimientos físicos. Un ministro de Estado que, sin salir de
su gabinete y sirviéndose sólo de las pasiones de los directores de una cábala,
trastornase todos los complots de éstos, no sería menos el autor de la ruina de
esta cábala, que si la destruyese por un golpe de mano."
Nada tengo que decir contra esta máxima. Se imputa siempre el mal a las
causas morales, y no siempre se imputa a las causas físicas. Sólo observaré,
que si yo no pudiese impe-dir el pecado del otro, sin cometer yo mismo uno,
tendría razón para permitirlo, sin aparecer por eso como cómplice, ni ser causa
moral del hecho. En Dios toda falta tendría el carácter de pecado; y aún sería
más que pecado, porque des-truiría la divinidad. Ahora bien: sería el mayor
defecto en
284
TEODICEA
Dios el no escoger lo mejor. Esto ya lo he dicho muchas veces. Impediría
por tanto el pecado por medio de una cosa que sería el peor de todos los
pecados.
132. XVII. "Lo mismo es
emplear una causa necesaria que emplear una causa libre, si se escogen los
momentos en que se conoce ya su determinación. Si supongo que la pólvo-ra tiene
el poder de encenderse o de no encenderse cuando se la prende fuego, y si yo sé
con certeza que se encenderá de suyo a las ocho de la mañana, seré lo mismo
causa de sus efectos aplicando el fuego en aquella hora, que lo sería en la
suposición verdadera de que es una causa necesaria. Porque respecto de mí no
será ya una causa libre; porque yo la toma-ré en el momento en que sé que está
necesitada por su pro-pia elección. Es imposible que un ser sea libre o
indiferente respecto de aquello a que está ya determinado, y respecto del
tiempo en que está determinado. Todo lo que existe, existe necesariamente
mientras existe." "Necesse est id quod est, quando est, esse; et id
quod non est, quando non est, non esse." (Arist., De Interpret. cap. IX).
(Es necesario que exista lo que existe, cuando existe; y que no exista lo que
existe, cuando no existe). "Los nominalistas han adoptado esta má-xima de
Aristóteles. Scot y otros muchos escolásticos la re-chazan; pero en el fondo,
sus distinciones van a parar a lo mismo. (Véanse los jesuitas de Coimbra132
sobre este pasaje de Aristóteles, pág. 380 y siguientes.)"
Los jesuitas de Coimbra, célebres
comentadores de Aristóteles. Los principales comentarios son los de Fonseca
sobre la Introducción de Porfirio, y principalmente sobre la Metafísica de
Aristóteles; Los co-mentarios sobre la lógica, Lyon, en 4º, 1607; El curso de
filosofía gene-
285
GODOFREDO G. LEIBNITZ
Esta máxima puede pasar también; sólo me ocurre cambiar algo las frases.
No tomaré lo libre y lo indiferente por una misma cosa, y no pondré en
oposición lo libre con lo determinado. Nunca es uno completamente indiferente
con una indiferencia de equilibrio; siempre se inclina uno más y, por
consiguiente, aparece más determinado, hacia un lado que hacia otro; pero jamás
se ve uno necesitado a hacer la elección que hace. Hablo de una necesidad
absoluta y metafísica, porque es preciso reconocer que Dios, que el sabio, es
llevado a hacer lo mejor por una necesidad moral. También hay que reconocer,
que se ve uno precisado a la elección por una necesidad hipotética, cuando se
hace la elección actualmente; y hasta antes es uno necesitado por la verdad
misma de la futurición, puesto que se verificará. Es-tas necesidades
hipotéticas no perjudican. De esto ya he di-cho lo bastante más arriba.
133. XVIII. "Cuando todo un
pueblo se ha hecho reo de rebelión, no se tiene la bastante clemencia si se
perdona a una cienmilésima parte y se condena a muerte a todos los demás, sin
exceptuar a los niños de pecho."
Al parecer, se supone aquí que hay cien mil veces más condenados que
salvados, y que los niños muertos sin bau-tismo están entre los primeros. Hemos
negado ambas cosas y, sobre todo, la condenación de los niños. Ya he hablado de
esto antes. M. Bayle vuelve a la misma objeción en otra par-te. (Respuesta a un
provinciano, capítulo 178, página 1223, tomo III) y dice: "Vemos
claramente que un soberano que
ral, de Manuel Goes, Colonia, en 4°, 1599, resumen de todas las
doctri-nas de esta escuela.
286
TEODICEA
quiere ejercer la justicia y la clemencia, cuando una ciudad se subleva,
debe contentarse con castigar a un pequeño número de amotinados y perdonar a
todos los demás; porque si el número de los primeros está en la proporción de
mil a uno con el de los segundos, no puede pasar por bondadoso, y antes bien se
le tendrá por cruel. Pasaría seguramente por un tirano abominable, si escogiese
castigos de larga duración y si economizase el derramamiento de sangre sólo
porque creye-ra que se preferiría la muerte a pasar una vida desgraciada; o si
el deseo de vengarse tuviese más parte en sus rigores que el de hacer servir al
bien público la pena que impusiera a casi todos los rebeldes. Se estima que los
malhechores que mue-ren en el cadalso expían sus crímenes con la pérdida de la
vida de un modo tan completo, que el público no pide más, hasta el punto de que
se indigna con los verdugos cuando son torpes. Serían apedreados, si se supiese
que daban adre-de muchos hachazos; y no dejarían de correr peligro los jue-ces
que asistieran a la ejecución, si se creyera que se complacían en este juego
infame, o que bajo cuerda habían influido para ello. (Nótese que en rigor no
debe entenderse esto respecto de todos los casos, pues los hay en que el
pue-blo aprueba que se haga morir a fuego lento a ciertos crimi-nales, como
cuando Francisco I hizo morir a algunas personas acusadas de herejía, después
de los famosos edictos del año 1534. Ninguna compasión hubo para Ravillac, que
fue horriblemente atormentado y de muchas maneras. Véase el Mercurio Francés,
tomo I, f. m. 455 y sig. Véase igual-mente la obra de Pedro Mathieu, Historia
de la muerte de Enrique IV, y nótese lo que dice en la página 99, en punto a
287
GODOFREDO G. LEIBNITZ
lo que los jueces discutieron respecto al suplicio de este regi-cida).
En fin, es de una notoriedad que no tiene igual, que si los soberanos se
atemperasen a lo que dice San Pablo, quiero decir, si condenasen al último
suplicio a todos los que él condena a la muerte eterna, pasarían por enemigos
del géne-ro humano y por destructores de las sociedades. Es innega-ble que sus
leyes, lejos de ser propias, conforme al fin que se proponen los legisladores,
para mantener la sociedad, produ-cirían su total ruina. (Aquí tienen aplicación
estas palabras de Plinio, el joven133; Epist. XXII, libro VIII: Mandemus
me-moriae quod vir mitissimus, et hoc quoque maximus, Thra-sea crebo dicere
solebat: qui vitia odit, homines odit). (Epístola 22, libro 8º. Recordemos lo
que solía decir aquel varon tan modesto y por eso ciertamente grande, Tráseas:
El que odia los vicios, odia a los hombres.") Añade que se decía de las
leyes de Dracón, legislador de Atenas, que habían sido escritas, no con tinta,
sino con sangre, porque castigaba to-dos los pecados con pena capital; y que la
condenación eter-na es un suplicio infinitamente mayor que la muerte. Pero es
preciso considerar que la condenación es un resultado del pecado, y yo respondí
con otro tiempo, a un amigo, que me objetó con la desproporción que hay entre
una pena eterna y un crimen limitado, que no hay injusticia, cuando la
conti-nuación de la pena no es más que el resultado de la conti-
Plinio, el joven, sobrino de
Plinio el antiguo, naturalista, y uno de los mejores escritores latinos de los
tiempos del imperio, nació en Como en el año 51 después de J. C., y murió en el
103. La mitad de sus obras se han perdido. Nos quedan de él sus Cartas y El
panegírio de Trajano, traducidos por Lacy. La edición prncipal de sus Cartas es
la de 1571, y la de las obras completas es de 1508.
288
TEODICEA
nuación del pecado. De esto hablaremos de nuevo más ade-lante. Con
respecto al número de los condenados, aunque fuese incomparablemente mayor que
el de los que se salvan, esto no obsta a que las criaturas bienaventuradas en
el uni-verso superen infinitamente en número a las desgraciadas. En cuanto al
ejemplo de un príncipe que sólo castiga a los jefes de la rebelión o del
general que diezma a sus soldados, no vienen aquí a cuento. El propio interés
obliga al príncipe y al general a perdonar a los culpables, aun cuando sigan
siendo malos, Dios no perdona sino a los que se hacen me-jores; y él puede
discernirlo; y esta severidad se conforma más con la justicia perfecta. Pero si
alguno pregunta por qué Dios no da a todos la gracia de la conversión, suscita
otra cuestión que no tiene relación con la máxima en que ahora nos ocupamos. Ya
hemos respondido a esto en cierta mane-ra, no para hallar las razones de Dios,
sino para demostrar que es imposible que falten y que no hay en contrario
ningu-na que sea válida. Por lo demás, sabemos que en ocasiones se destruyen
ciudades enteras y se pasa a cuchillo a sus ha-bitantes, para infundir terror a
los demás. Esto puede servir para abreviar una guerra peligrosa o una rebelión,
y se eco-nomiza la sangre, derramándola de esta manera, sin necesi-dad de
diezmar a los criminales. Ciertamente, nosotros no podemos asegurar que se
castiga con tanta severidad a los malos que habitan nuestro globo para
intimidar a los habi-tantes de otros y para hacerlos mejores; pero pueden
bastar para probar esto, otras razones fundadas en la armonía uni-versal y que
ignoramos por que no conocemos suficiente-mente la extensión de la ciudad de
Dios ni la forma de la
289
GODOFREDO G. LEIBNITZ
república general de los espíritus, así como tampoco cono-cemos toda la
estructura de los cuerpos.
134. XIX. "El médico que,
teniendo a mano muchos remedios para curar a un enfermo, y entre ellos muchos
de que está él seguro que aquél los tomaría con gusto, escogiera, sin embargo,
precisamente lo que está seguro de que el en-fermo rehusará tornar, sin
esperanzas de poderlo vencer con súplicas y exhortaciones, daría justo motivo
para creer que no tiene deseo alguno de curarlo, porque si tal intención
tuviera, habría escogido una de las medicinas buenas que sabía que el enfermo
tomaría sin la menor repugnancia. Y si a esto se agrega que el médico supiera
que la negativa a to-mar el remedio que le ofrecían habría de agravar su
enfer-medad hasta el punto de hacerla mortal, no podría uno menos de decirle
que a pesar de todas sus exhortaciones, no dejaba por eso de desear la muerte
del enfermo."
Dios quiere salvar a todos los hombres; esto es, los sal-varía si ellos
mismos no lo impidiesen y no rehusaran aceptar sus gracias; y no está obligado
ni precisado en razón a vencer siempre la mala voluntad de los hombres. Lo
hace, sin em-bargo, algunas veces cuando motivos superiores lo permiten, y
cuando su voluntad consecuente y decretoria, la que resulta de todas sus
razones, le determinan a la elección de un cierto número de hombres. Dios
presta a todos auxilios para que se conviertan y perseveren en el bien, y estos
auxilios son sufi-cientes para los que tienen buena voluntad; pero no siempre
lo son para suministrarla. Los hombres obtienen esta buena voluntad, ya por
medio de auxilios particulares, ya por medio de las circunstancias que hacen
eficaces los auxilios genera-
290
TEODICEA
les. No obsta esto a que Dios ofrezca remedios que sabe que habrán de
ser rehusados, haciéndose así los hombres más culpables; pero, ¿se quiere que
Dios sea injusto para que el hombre sea menos criminal? Además, las gracias que
no sirven siempre a la integridad del plan formado por dios, que es el mejor
que puede concebirse. ¿Habría Dios de negarnos la lluvia porque haya lugares
bajos a los que pueda perjudi-car? ¿No habría de lucir el sol todo lo que es
necesario, en general, porque haya parajes demasiado secos? En fin, todas estas
comparaciones de que se habla en estas máximas de M. Bayle: de un médico, de un
bienhechor, de un ministro de Estado, de un príncipe, son demasiado chocantes;
porque se conocen los deberes de todos ellos y lo que puede y debe ser objeto
de sus cuidados. Todo ello se reduce a un solo nego-cio, y muchas veces caen en
falta por negligencia o por mali-cia. El objeto de Dios tiene algo de infinito,
sus cuidados abrazan el universo; lo que nosotros conocemos de éste, es casi
nada, y ¿pretenderemos medir su sabiduría y su bondad por nuestro conocimiento?
¡Qué temeridad, o más bien, qué absurdo! Las objeciones caminan bajo un
supuesto falso; es ridículo juzgar del derecho, cuando no se conoce el hecho.
Decir con San Pablo: O altitudo divitiarum et sapientiae (¡Oh profundidad de
sabiduría y de riquezas!) no es renun-ciar a la razón, sino más bien emplear
las razones que cono-cemos; porque ellas nos enseñan esa inmensidad de Dios de
que habla el apóstol; pero es confesar nuestra ignorancia respecto de los
hechos; es reconocer, sin embargo, antes de ver, que Dios lo hace todo del modo
mejor que es posible, conforme a la sabiduría infinita que regula sus acciones.
Es
291
GODOFREDO G. LEIBNITZ
cierto que de esto ya tenemos pruebas y muestras delante de los ojos,
cuando vemos algún todo completo en sí y aislado entre las obras de Dios. Es un
todo de esta clase, formado - por decirlo así- por la mano de Dios, una planta,
un animal, un hombre. Jamás podremos admirar lo bastante la belleza y el
artificio de la estructura de estos seres. Pero cuando ve-mos un hueso roto, un
pedazo de carne animal o del tallo de una planta, parece un puro desorden,
hasta que un excelente anatómico los examina, y ni éste mismo advertiría cosa
algu-na en ellas si antes no hubiese visto trozos semejantes unidos a su todo.
Lo mismo sucede con el gobierno de Dios; lo que de él podemos ver hasta aquí,
no es un trozo bastante grande para que podamos reconocer en él la belleza y el
orden del conjunto. Y así la naturaleza misma de las cosas hace que este orden
de la Ciudad divina, que no vemos desde este punto, sea objeto de nuestra fe,
de nuestra esperanza, de nuestra confianza en Dios. Si hay hombres que piensan
de otra manera, tanto peor para ellos; serán los descontentos en el Estado del
más grande, del mejor de todos los monarcas, y yerran al no aprovecharse de las
muestras que les ha dado de su sabiduría y de su bondad infinita para darse a
conocer, no sólo como digno de ser admirado, sino también como digno de ser
amado sobre todas las cosas.
135. Creo que se reconocerá que no
ha quedado por contestar ninguna de las diecinueve máximas de M. Bayle que
acabamos de recorrer. Parece que habiendo meditado anteriormente muchas veces
sobre esta materia, habrá esfor-zado cuanto ha podido sus razones contra la
causa moral del mal moral Sin embargo, todavía se encuentra en distintos
292
TEODICEA
pasajes de sus obras algo que será bueno no pasar en silen-cio. Exagera
con mucha frecuencia la dificultad que cree él que hay en poner a Dios a
cubierto de la imputación del pecado (Respuesta a un provinciano capítulo 161,
página 1024), que Molina ha concordado el libre albedrío con la presciencia,
pero no la bondad y la santidad de Dios con el pecado. Alaba la sinceridad de
los que confiesan franca-mente -y dice que así lo ha hecho Piscator134-, que
todo viene a recaer al fin sobre la voluntad de Dios, y pretenden que Dios no
dejaría de ser justo, aun cuando fuese el autor del pecado, y aun cuando
condenase a los inocentes. En cambio, en otros pasajes parece que aplaude más
las opiniones de aquellos que salvan su bondad a costa de su grandeza, como
hace Plutarco135 en su libro contra los estoicos136: "Era más razonable
(dice) decir (con los epicúreos) que las partes in-numerables (o los átomos que
revolotean al azar en el espa-cio infinito), venciendo, por virtud de su
fuerza, la debilidad de Júpiter, han hecho, a pesar de éste y contra su
naturaleza
Piscator, teólogo reformado, nació
en Strasburgo en 1546, y murió en Hesborn en 1626. Escribió gran número de
obras teológicas, y entre otras: Analyses logicae theologicae, comentarios y
trabajos sobre la gracia y la predestinación.
Plutarco, de Cheronea vivió en la
segunda mitad del primer siglo de la era cristiana y parte del segundo. Es
conocido principalmente por su obra: Vidas de los hombres ilustres. Escribió
además gran número de tratados filosóficos y morales. Entre las ediciones
completas de sus obras filosóficas es la más conocida la de Wittenbach (5 vol.
en. 8°, Oxford 1795-1810) y la de los clásicos griegos de Fermín Didot. Es
también muy conocida la traducción de Amyot, 6 vol. en 8° París 1574.
Los estoicos, célebre escuela
filosófica de la antigüedad fundada por Zenon de Citio (264-166). Los
principales estoicos son Cleanto y Crísi-po. Más tarde se desenvolvió el
estoicismo en Roma, bajo el imperio y tuvo por principales representantes a
Séneca, Epicteto y Marco Aurelio.
293
GODOFREDO G. LEIBNITZ
y voluntad, muchas cosas malas y absurdas, que no convenir en que no hay
confusión ni maldad de que no sea autor el mismo Júpiter." Lo que puede
decirse por estos dos parti-dos, el de los estoicos y el de los epicúreos,
parece haber conducido a Bayle al epejein de los pirronianos, a suspender su
juicio con relación a la razón, poniendo aparte la fe, a la que -según declara-
se somete sinceramente.
136. Sin embargo, continuando en
sus razonamientos, ha llegado hasta querer casi resucitar y reforzar los de los
sectarios de Manés, hereje persa del siglo III del cristianismo, o de un cierto
Pablo137, jefe de los maniqueos en Armenia, en el siglo VII, de quien tomaron
el nombre de paulicianos. Todos estos herejes renovaron lo que un antiguo
filósofo del Asia alta, conocido con el nombre de Zoroastro, había ense-ñado,
según se dice, sobre los dos principios inteligentes de todas las cosas, el uno
bueno y el otro malo; dogma proce-dente quizá de fe India, donde tiene todavía
muchos partida-rios este error, muy propio para sorprender la ignorancia y la
superstición Humana, puesto que ruchos pueblos bárbaros y hasta de América han
aceptado esta doctrina, sin haber teni-do necesidad de la filosofía. Los
eslavos (según Helmold) tenían su Zenebog, es decir, su Dios negro. Los griegos
y los romanos, a pesar de su ilustración, tenían un Vejovis o Anti-Júpiter,
llamado por otro nombre Plutón, y otras muchas divinidades maléficas. La diosa
Némesis se complacía en
Pablo(de Samosata) jefe de la
secta de los pauliciano, vivía en el siglo III de la era cristiana. Combatió la
Trinidad y la divinidad de Jesucristo. En la Biblioteca de los Padrres (t. XVI)
se encuentran las diez cuestiones que pablo propuso a San Dionisio de
Alejandría, pero se duda acerca de su autenticidad.
294
TEODICEA
abatir a los que eran demasiado dichosos; y Herodoto insi-núa en algunos
pasajes, que a su juicio, toda divinidad es envidiosa, lo cual, sin embargo, no
con- cuerda con la doc-trina de los dos principios.
137. Plutarco, en su Tratado de
Isis y Osiris, no cono-ce otro autor más antiguo que haya enseñado esta
doctrina que Zoroastro el Mago, como él le llama. Trogus o Justino dice que fue
rey de los bactrianos, vencidos por Nino o Se-míramis, y le atribuye el
conocimiento de la astronomía y la invención de la magia, la cual era
probablemente la religión de los adoradores del fuego. Parece que consideraba
la luz o el calor como el buen principio; pero admitía también el malo, es
decir, la opacidad, las tinieblas, el frío. Plinio dice que un cierto
Hermippe138, intérprete de los libros de Zo-roastro, era discípulo en el arte
mágico de un llamado Azo-nace, con tal que este nombre no sea, corrompido, el
de Oromase de que hablaremos luego, y quién Platón supone, en el Alcibíades,
que es padre de Zoroastro. Los orientales modernos llaman Zerdust al que los
griegos llamaban Zo-roastro; y se le identifica con Mercurio, porque el martes
tiene su nombre en algunos pueblos. Es difícil averiguar su historia y el
tiempo en que vivió. Suidas supone que vivió quinientos años antes de la toma
de Troya, y los antiguos, según Plinio y Plutarco, lo extienden diez veces más.
Paro Xanthus, el Lidio (en el prefacio de Diógenes Laer-cio), sólo lo hace
anterior en seiscientos años a la expedición do Jerjes. Platón declara en el
mismo pasaje -como M. Bayle observa-, que la magia de Zoroastro no era otra
cosa que el estudio de
Hermipo,
el peripatético, escribió De arte mágica.
295
GODOFREDO G. LEIBNITZ
la religión. M. Hyde139, en un libro sobre la religión de los antiguos
persas, trata de justificarla y de librarla, no sólo del crimen de impiedad,
sino también del de idolatría. El culto del fuego estaba admitido entre los
persas y los caldeos; se cree que Abraham lo abandonó al salir de Ur, en
Caldea. Mithra era el sol y era igualmente el Dios de los persas, y, según
refiere Ovidio, se le sacrificaban caballos.
Placat equo Persis radiis Hyperionem cinctum, No detur celeri víctima
tarda Deo.
Al Dios Hiperión ceñido de rayos ofrecen los persas no tardía víctima,
pues lo aplacan con ligeros caballos.
Pero M. Hyde cree que se servían en su culto del sol y del fuero sólo
como símbolos de la divinidad. Quizá es pre-ciso distinguir como en otros
casos, entre los sabios y el pueblo. En las admirables ruinas de Persépolis o
de Tschel-minaar (que significa cuarenta columnas), hay esculpidas
representaciones de sus ceremonias. Un embajador de Ho-landa hizo que las de
dibujara, ocasionándosele crecidos gastos, un pintor que empleó mucho tiempo en
ello; pero yo no sé por qué accidente estos dibujos cayeron en manos de
Hyde, filólogo y teólogo inglés,
nació en Shrpopshire en 1636 y murió en 1703. Escribió mucho sobre las
antigüedades orientales. Su obre Veterum Persarum et magorum religionis
historia, en 4º, Oxford, 1700 y 1760, ha sido un verdadero acontecimiento en la
historia de la ciencia filosófica y religiosa.
296
TEODICEA
M. Chardin140, muy conocido por sus viajes, según él mismo refiere, y
sería una desgracia que se perdiesen. Estas ruinas son uno de los más antiguos
y preciosos monumentos de la tierra, y me asombra la poca curiosidad que
despiertan en un siglo tan indagador como el nuestro.
138. Los antiguos griegos y
orientales modernos con-vienen en decir que Zoroastro llamaba al Dios bueno
Oro-ma, o más bien Oromasdes, y al Dios malo Arimanius. Cuando he considerado
que grandes príncipes del alta Asia han llevado el nombre de Hormisdas, y que
Irmin o Hermin ha sido el de un Dios o héroe antiguo de los Celto-Escitas, es
decir, de los germanos, me ha venido al pensamiento la idea de que este
Arimanius o Irmin pudo haber sido un gran conquistador muy antiguo, procedente
del Occidente, como lo han sido después Gengis Khan y Tamerlán, procedentes de
Oriente. Ariman debió proceder en tal caso del occidente boreal, es decir, de
la Germania y de la Sarmacia, pasando entre los Alanos y los Masagetas, para
invadir los Estados de un Hormisdas, gran rey en el alta Asia, así como otros
escitas lo han hecho después en tiempo de Ciajares, rey de los me-dos, al decir
de Herodoto. Nada más natural como el que el monarca que gobernaba pueblos
civilizados, y se esforzaba por defenderlos contra los bárbaros, haya pasado a
la poste-ridad, para aquéllos, por el Dios bueno; y que el jefe de los que han
arrasado los países, se haya hecho el símbolo del principio malo. Y por esta
mitología misma se ve que estos
140 Chardin, célebre viajero del siglo XVII, nació en París en 1644, y
murió en Londres en 1713. Publicó él mismo sus Viajes en 1711, 3 vo-lúmenes en
4º y 10 vol. En 12º, con 78 láminas.
297
GODOFREDO G. LEIBNITZ
dos principios han combatido por largo tiempo, sin que nin-guno de ellos
haya conseguido ser vencedor. Y así ambos se han sostenido, de igual modo que
los dos principios se han dividido el imperio del mundo, según la hipótesis
atribuida a Zoroastro.
139. Falta probar que un antiguo
Dios o héroe de los germanos se ha llamado Herman, Ariman o Irmin. Tácito
refiere que los tres pueblos que componían la Germania, los Ingevones, los
Istevones y los Herminones o Hermiones, han recibido estos nombres de los tres
hijos de Mannus. Sea esto cierto o no, siempre ha querido indicar que ha habido
un héroe llamado Hermin, de quien se dijo que los Hermi-nones tomaron su
nombre. Herminons, Hermenner, Her-munduri, son la misma cosa, y quieren decir
soldados. Más tarde también los Arimanni eran viri militares, y se encuentra un
feudum Arimandiae en el derecho lombardo.
140. He demostrado en otra parte
que, al parecer, se dió el nombre de una parte de la Germania a toda ella, y
que de estos Herminones o hermunduri recibieron todos los pueblos teutónicos el
nombre de Hermanni o Germani; por-que la diferencias entre estas dos palabras
sólo consiste en la fuerza de la aspiración; como difieren los Germanos de los
latinos de los Hermanos de los Españoles, o como el Gammarus de los latinos del
Hummer (es decir, cangrejo de mar) de los Alemanes. Es muy frecuente el que una
parte de una nación dé el nombre al todo, como sucede con los Germanos, a todos
los cuales han dado el nombre de Alema-res los franceses, no obstante
pertenecer este nombre, según el antiguo estilo, sólo a los Suabos y a los
Suizos. Y aunque
298
TEODICEA
Tácito no conocía muy bien el origen del nombre de los Germanos, algo ha
dicho que viene en apoyo de mi opinión, cuando observa que era un nombre que
causaba terror, to-mado o dado ob metum (por el medio). Y es que significa un
guerrero: Heer, Hari, quiere decir ejército, de donde procede Hariban o
llamamiento de Haro; esto es, una orden general para encontrarse en el
ejército; luego se ha corrompido, con-virtiéndose en Arriéreban. Y así Hariman
o Ariman, Ger-man, Guerreman, es un soldado. Porque así como Hari, Heer, es
ejército, así wehr significa armas, wehren, combatir, hacer la guerra; y las
palabras guerre, guerra, proceden, sin duda, del mismo origen. Ya he hablado
del feudam ari-mandia, y no sólo los nombres Herminones o Germanos no querían
decir otra cosa, sino que a este antiguo Herman, que se supone hijo de Mannus,
se le ha llamado así probable-mente porque se le quiso denominar guerrero por
excelencia.
141. Pero no es sólo el pasaje de
Tácito el que nos in-dica este Dios o héroe; puesto que no podemos dudar de que
haya habido uno de este nombre entre estos pueblos, toda vez que Carlo Magno
encontró y destruyó, cerca de Weser, la columna llamada Irmin-Sul, erigida en
honor de este dios. Y esto, unido al pasado de Tácito, nos autoriza a creer que
no era al célebre Arminius enemigo de los roma-nos, sino a un héroe más grande
y más antiguo a quien se tributaba este culto. Arminius llevaba el mismo
nombre, como hacen aún hoy día los que llevan el de Herman. Armi-nius no ha
sido bastante grande, ni bastante dichoso, ni bas-tante conocido por toda la
Germanía para alcanzar el honor de un culto público hasta por parte de pueblos
distantes
299
GODOFREDO G. LEIBNITZ
como los Sajones, que vinieron mucho tiempo después al país de los
Queruscos. Y nuestro Arminius, esto es, el Dios malo de los Asiáticos, confirma
más y más mi opinión. Por-que en estas materias, las conjeturas se confirman
las unas a las otras, sin ningún rodeo lógico, cuando sus fundamentos tienden a
un mismo fin.
142. No es increíble que el Hermes
(es decir, Mercu-rio) de los griegos, sea el mismo Hermin o Ariman. Pudo haber
sido el inventor o promotor de las artes y de una vida un poco más civilizada
en su nación y en los países de que era dueño; a la par que pasaba por autor
del desorden en raedlo de sus enemigos, ¿Quién sabe si acaso llegó hasta el
Egipto, como los escitas que persiguieron a Sesostris, llegan-do cerca de aquel
país? Theut, Menes y Hermes han sido conocidos y honrados en el Egipto. Podrían
ser Thuiscon, su hijo Mannus, y Herman, hijo de Mannus, según la genealogía de
Tácito. Menes pasa por el rey más antiguo de los egipcios, y Theut era un
nombre de Mercurio entre ellos. Por lo me-nos, Theut o Thuiscon, de quien
Tácito dice que descienden los germanos, y del cual tornan los Tutones,
Tuitsche (es decir, germanos) hoy su nombre, es el mismo que el Teuta-tes que,
según Lucano, era adorado por los galos y que César tomó pro Dite Patre, por
Pluión, a causa de la semejanza de su nombre latino con el de Theut o Thiet,
Titan, Theodon, que significaba antiguamente hombres, pueblos y también un
hombre excelente (como la palabra barón), en fin, un prínci-pe. Y hay
autoridades que aducir en apoyo de todas estas significaciones, pero no hay
necesidad de que nos detenga-
300
TEODICEA
mos en este punto. M. Otto Sperling141, conocido per varias obras
sabias, y que está a punto de dar a luz otras muchas, ha discurrido en una
disertación, escrita adrede, sobre el Teuta-tes, dios de los celtas; y algunas
observaciones que yo le co-muniqué acerca de este punto, se han publicado en
las Noticias literarias del mar Báltico, a la vez que su respuesta. Este
escritor da un sentido algo distinto del que yo le doy a este pasaje de Lucano:
Teutates, pollens que feris altaribus Hesus
Et Taranis Scythicae non mitior ara Dianae.
(Teutates (Mercurio) y Hesus (Marte), rico en altares inhu-manos, y
Taranis (Júpiter), no más crueles que el ara de la escita Diana).
Hesus era, al parecer, el Dios de la guerra, que los grie-gos llamaron
Ares, y los antiguos germanos Erich, de cuya palabra viere una que subsiste
aún, la de Erich-tag, Martes. Las letras R y S, que pertenecen a un mismo
órgano, se mu-dan fácilmente; por ejemplo: Moor y Moos, Geren y Gesen, Er war y
Er was, Fer, Hierro, Eiron, Eisen; lo mismo que Papisius, Valesius, Fusius, en
lugar de Papirius, Valerius, Furius, entre los antiguos romanos. Con respecto a
Taramis o quizá Taranis, es sabido, que Taran era el trueno, o el dios
Otto Sperling. Hay dos sabios de
este nombre: el uro, médico y natu-ralista, nació en Hamburgo en 1602 y murió
en Copenhague, después de
años de cautiverio, en 1631.
Escribió mucho sobre botánica. El otro, hijo del precedente, anticuario y
numismático, nació en Bergen en 1634 y murió en 1715. Ha escrito mucho sobre
las antigüedades escandinavas.
301
GODOFREDO G. LEIBNITZ
del trueno, entre los antiguos celtas, el Tor de los germanos
septentrionales, de donde se deriva la palabra que conservan todavía los
ingleses, Thursday, Jueves, diem Jovis. Y el pasaje de Lucano quiere decir que
el altar de Taran, dios de los cel-tas, no era menos cruel que el de la Diana
Taurica; Taranis aram non mitiorem ara Dianae Scithicae fuisse.
143. Tampoco es imposible que haya
habido un tiem-po en que los príncipes occidentales o celtas se hayan hecho
dueños de la Grecia, del Egipto y de una buena parte del Asia, y que su culto
haya quedado en estos países. Cuando se considera la rapidez con que los Hunos,
los sarracenos y los tártaros se han apoderado de una gran parte de nuestro
con-tinente, no debe sorprendernos esto; y este número tan grande de palabras
de la lengua alemana y de la lengua célti-ca, que tanto convienen entre sí, lo
confirman. Calímaco142, en un himno compuesto en honar de Apolo, parece
insinuar que los celtas que atacaron el templo Délfico, bajo el mando de su
Brenno o jefe, eran descendientes de los antiguos tita-nes y gigantes que
hicieron la guerra a Júpiter y a los otros dioses, es decir, a los príncipes de
Asia y de la Grecia. Puede suceder que el mismo Júpiter descendiera de los
titanes o Theodones, es decir, de los príncipes celto-escitas anteriores; y lo
que el difunto padre La Charmoye ha recogido en sus orígenes célticos concuerda
con esto, aunque, por otra parte, aparecen en la obra de este sabio autor
opiniones que no me parecen probables, particularmente cuando excluye a los
Calímaco, poeta y crítico célebre,
nació en Cyrene en el siglo III antes de J. C., y murió en Alejandría en 230.
Fué bibliotecario de Alejandría, y además de sus célebres Himnos, escribió
numerosas obras bibliográficas.
302
TEODICEA
germanos del grupo de los celtas, por no haber tenido pre-sente lo
bastante las autoridades de los antiguos, y por no haber conocido
suficientemente la relación de la antigua lengua gala con la germánica. Ahora
bien, los supuestos gi-gantes que querían escalar el cielo, eran nuevos celtas
que siguieron la pista de sus antepasados; y Júpiter, aunque era su padre, por
decirlo así, se vio obligado a resistirles; al modo que los visigodos en las
Galias se opusieron, unidos con los romanos, a otros pueblos de la Germanía y
de la Escitia, que vinieron después de ellos, bajo el mando de Atila, dueño
entonces de las naciones escitas, sármatas y germánicas, des-de las fronteras
de la Persia hasta el Rhin. Pero el placer que se experimenta cuando cree uno
hallar en las mitologías de los dioses algún rastro de la antigua historia de
los tiempos fabulosos, me ha llevado demasiado lejos, y no puedo asegu-rar si
he acertado más que lo han hecho Goropius Becanus, Schrieckius143, M.
Rudbeck144 y el padre La Charmoye.
144. Volvamos a Zoroastro, que nos
ha llevado a Orosmasdes y a Arimanius, autores del bien y del mal; y
su-pongamos que los haya considerado como dos principios eternos, opuestos el
uno al otro, aunque hay motivo para dudarlo. Se cree que Marción145, discípulo
de Cerdón, sostu-
Adriano Schriek, filólogo y
jurisconsulto, nació en Brujas, en 1559, y murió en 1621. Escribió en lengua
alemana: Del comienzo de los primi-tivos pueblos de la Europa, y Del origen de
los Países Bajos.
Olaüs Rudbek médico y anticuario,
hijo de un teólogo del mismo nombre, nació en Arosa, en Suecia, en 1630, y
murió en 1702. Escribió sobre medicina y sobre antigüedades escandinavas.
Marción, heresiarca del siglo II,
nació en Sinope, en Paplagonia. En-señaba la doctrina de los dos principios, y
sostenía que la ley de Moisés era debida a la acción del mal principio. Se
ignora la época de su muerte.
303
GODOFREDO G. LEIBNITZ
vo esta opinión antes que Manés. M. Bayle reconoce que estos hombres han
razonado de una manera lastimosa, pero cree que no han conocido lo bastante las
ventajas que tenían por su parte, ni han sabido manejar su principal máquina,
que es la dificultad referente al origen del mal. Se imagina que un hombre
hábil de esa escuela hubiera podido poner en gran apuro a los ortodoxos, y a lo
que parece, él mismo, a falta de otro, ha querido, en opinión de muchas
personas, tomarse ese cuidado tan necesario. "Todas las hipótesis, dice
(Diccionario. Artículo sobre Marción, página 2039), que los cristianos han
sentado, paran mal los golpes que se les han dirigido; triunfan cuando toman la
ofensiva, pero pierden la ventaja alcanzada cuando tienen que sostener el
ataque." Confiesa que a los dualistas (como los llama con M. Hyde), es
decir, los defensores de los dos principios, se les ahuyenta bien pronto cuando
se les combate con razones a priori to-madas de la naturaleza de Dios; pero
cree que en cambio triunfan a su vez cuando se les ataca con razones a
posterio-ri, tomadas de la existencia del mal.
145. Entra sobre esto en grandes
pormenores en su Diccionario, en el artículo Maniqueos, página 2025, y preciso
es penetrar un tanto en ellos para aclarar esta materia. "Las ideas más
seguras y más claras del orden nos hacen ver, dice, que un ser que existe por
sí mismo, que es necesario, que es eterno, debe ser único, infinito,
omnipotente y estar dotado de toda clase de perfecciones." Este
razonamiento merecía bien que se le hubiera desenvuelto un poco más. "Es
preciso ver ahora -prosigue- si los fenómenos de la naturaleza se pueden
explicar cómodamente dentro de la hipótesis de un
304
TEODICEA
solo principio." Ya lo hemos explicado nosotros lo bastante,
demostrando que hay casos en que algún desorden en la parte es necesario para
producir un orden mucho mayor en el todo. Pero M. Bayle, al parecer, exige
demasiado; pues querría que se le mostrase al pormenor cómo el mal está ligado
con el mejor proyecto posible del universo, lo cual sería una explicación
perfecta del fenómeno; pero nosotros no intentamos darla, ni estamos obligados
a ello, porque no podemos estar obligados a hacer lo que es imposible en la
situación en que nos hallamos en este mundo; bástanos ha-cer ver que nada obsta
a que un cierto mal particular esté ligado con lo que es mejor en general. Esta
explicación im-perfecta, y que deja algo que habrá de descubrirse en la otra
vida, es suficiente para la solución de las objeciones, pero no para comprender
la cosa.
146. "Los cielos y todo el
resto del universo, añade M. Bayle, predican la gloria, el poder y la unidad de
Dios"; de donde debía deducir esta consecuencia (como ya he obser-vado
antes), que eso tiene lugar porque en estos objetos se ve algo entero y
aislado, por decirlo así, y siempre que vemos una obra semejante de Dios, la
encontramos tan completa, que no se puede menos de alabar su belleza, mientras
que cuando no se ve la obra entera, cuando sólo se examinan trozos y fragmentos
de ella, no es extraño que no aparezca con claridad el buen orden que en ella
existe. Nuestro siste-ma planetario constituye una obra aislada y perfecta,
cuando se la considera en sí misma; cada planta, cada animal, cada hombre le
procuran un cierto punto de su perfección; se reconoce en él el maravilloso
arte del autor; pero el género
305
GODOFREDO G. LEIBNITZ
humano, en lo que nos es conocido, no es más que un frag-mento y una
pequeña porción de la ciudad de Dios o de la república de los espíritus. Tiene
ésta demasiada extensión para nosotros y la conocemos muy poco, para que
podamos observar su orden maravilloso. "Sólo el hombre, dice M. Bayle,
esta obra maestra de su Creador entre las cosas visi-bles, el hombre sólo
suministra las mayores objeciones con-tra la unidad de Dios." Claudiano ha
hecho la misma observación, desahogando su corazón en estos conocidos versos:
Sapo mihi dubiam traxit sententia mentem, etcétera.
(Muchas veces esa doctrina sedujo mi mente indecisa).
Pero la armonía que se halla en todo lo demás, constitu-ye una gran
presunción de que se encontraría lo mismo en el gobierno de los hombres, y
generalmente en el de los espí-ritus, si el todo nos fuese conocido. Sería
preciso juzgar de las obras de Dios tan discretamente como Sócrates juzgó las
de Heráclito, cuando dijo: lo que he oído de ellas me agrada; y creo que el
resto no me complacería menos, si lo oyese.
147. Otra razón particular del
desorden aparente, con respecto al hombre, es que Dios le ha hecho un presente
al hacerle imagen de la divinidad, dándole la inteligencia. Le-deja obrar en
cierta manera en su pequeño departamento, ut Spartam quam nactus est ornet.
(Para que adorne la Esparta que ha logrado). Dios entra en él de una manera
oculta, por-que suministra ser, fuerza, vida, razón, sin dejarse ver. Allí es
donde el libre albedrío hace su papel; y Dios goza (por de-
306
TEODICEA
cirlo así) con estos pequeños dioses que ha tenido por con-veniente
producir, como gozamos al ver los niños en medio de ocupaciones que favorecemos
o impedimos bajo de cuer-da, según nos cuadra. El hombre es, por consiguiente,
como un pequeño Dios en su propio mundo o Microcosmos que gobierna a su modo;
en él hace maravillas a veces, y su arte imita frecuentemente a la naturaleza.
Jupiter in parvo cum cerneret aethera vitro, Risit, et ad Superos talia
dicta dedit; Huccine mortalis progressa potentia, Divi? Jam meus in fragili
luditur orbe labor. Jura poli rerumque fidem legesque Deorum Cuneta Syracusius
transtulit arte Senex, Quid falso insontem tonitru Salmonea miror? Aemula
naturae est parva reperta manus.
Mirando Júpiter el éter
de un pequeño lente al través una sonrisa en su faz se dibujó y a los
dioses siderales
tales palabras dirigió:
¿A esto, ¡oh, dioses!, a parar ha venido el poder a los mortales
concedido? Ahora de mis sudores el objeto
en el frágil mundo se divierte:
del cielo los derechos, de las cosas la fe, de los dioses las leyes en
concreto, Arquímedes hábilmente invierte.
307
GODOFREDO G. LEIBNITZ
No me admira que Salmoneo el inocente por el engañado rayo
herido fuera impunemente. Hállase en la humana inteligencia
de la natura no pequeña competencia.
Pero también comete grandes faltas, porque se abando-na a las pasiones,
y porque Dios le abandona a sus sentidos; también le castiga, ya como el padre
o preceptor que enseña o castiga a los niños; ya como el juez justo que castiga
a los que le abandonan; y el mal tiene lugar la mayor parte de las veces,
cuando estas inteligencias o sus pequeños mundos chocan entre sí. El hombre se
encuentra mal en ellos a me-dida que yerra; pero Dios, por un maravilloso arte,
hace que todos los defectos de estos pequeños mundos se conviertan en el mayor
ornamento de su gran mundo. Sucede como con esas invenciones de perspectiva, en
las que ciertos preciosos dibujos parecen sólo confusión hasta que se les mira
desde el verdadero punto de vista, o se les ve por medio de cierto cristal o
espejo. Colocándolos y sirviéndose de ellos cual conviene, se los convierte en
ornamento de un gabinete. De igual modo las deformidades aparentes de nuestros
peque-ños mundos se reúnen y se convierten en bellezas en el grande, y nada hay
en ellas que se oponga a la unidad de un principio universal infinitamente
perfecto; por lo contrario, aumentan la admiración de la sabiduría que hace que
sirva el mal al mayor bien.
148. M. Bayle prosigue diciendo
"que el hombre es malo y desgraciado; que por todas partes hay prisiones y
308
TEODICEA
hospitales; que la historia no es más que un tejido de críme-nes y de
infortunios del género humano." Yo creo que hay en esto exageración; hay,
sin comparación, más bien que mal en la vida de los hombres, como hay, sin
comparación, más casas que prisiones. Respecto de la virtud y del vicio, reina
en el mundo un cierto término medio. Maquiavelo decía que hay pocos hombres muy
malos o muy buenos, y que esto da lugar a que se malogren muchas grandes
empresas. Es, a mi juicio, una falla en los historiadores el que se inclinen
más a notar el mal que el bien. El fin principal de la historia, lo mismo que
el de la poesía, es enseñar la prudencia y la virtud por medio de ejemplos, y
presentar después el vicio de una manera que cause aversión, y que sirva para
evitarlo.
149. M. Bayle reconoce: "que
por todas partes se en-cuentra el bien moral y el bien físico, algunos ejemplos
de virtud y algunos ejemplos de bienestar, y de aquí nace la difi-cultad.
Porque si sólo hubiese hombres malos y hombres desgraciados, dice, no habría
necesidad de recurrir a la hi-pótesis de los dos principios." Me admira
que hombre tan excelente se manifieste tan inclinado a esta opinión de los dos
principios; y me sorprende que no haya considerado que esta novela de la vida
humana, que constituye la historia uni-versal del género humano, ha sido
inventada en el entendi-miento divino junto con otra infinidad de ellas, y que
la voluntad de Dios es la que ha decretado la existencia de ésta, porque este
enlace de sucesos es el que mejor cuadraba con el resto de las cosas, para que
de esta manera resultara lo mejor. Y estos defectos aparentes del mundo entero,
estas manchas de un sol, del cual es el nuestro sólo un rayo, real-
309
GODOFREDO G. LEIBNITZ
zan su belleza, lejos de disminuirla, y contribuyen a ella pro-curando
un mayor bien. Hay verdaderamente dos principies, pero ambos se dan en Dios, a
saber: su entendimiento y su voluntad. El entendimiento suministra el principio
del mal sin mancharse, sin ser malo; se hacen presentes las naturale-zas como
se encuentran en las verdades eternas; contiene en sí la razón de que el mal
sea permitido, pero la voluntad va siempre dirigida al bien. Añadamos un tercer
principio, que es el poder, el cual hasta precede al entendimiento y a la
vo-luntad, pero obra como el uno lo muestra y como la otra lo exige.
150. Algunos (como Campanella) han
llamado a estas tres perfecciones de Dios, las tres primordialidades. Muchos
han creído que había en esto una secreta relación con la Santísima Trinidad;
que el poder se refiere al padre, es decir, a la Divinidad; la sabiduría al
Verbo Eterno, que se llama logos por el más sublime de los Evangelistas; y la
voluntad y el amor al Espíritu Santo. Casi todas las expresiones o
com-paraciones tomadas de la naturaleza de la sustancia inteli-gente, tienden a
esto.
151. Paréceme que si M. Bayle
hubiera considerado lo que acabamos de decir sobre los principios de las cosas,
hu-biese respondido a sus propias preguntas, o por lo menos, no habría
insistido en lo que pide por medio de esta interro-gación: "Si el hombre
es obra de un solo principio sobera-namente santo, soberanamente poderoso,
¿puede estar expuesto a las enfermedades, al frío, al calor, al hambre, a la
sed, al dolor y a las penas? ¿Puede tener inclinaciones tan malas? ¿Puede
cometer tantos crímenes;? ¿Puede la soberana
310
TEODICEA
santidad producir una criatura desgraciada? El soberano po-der, unido a
una bondad infinita, ¿no colmará de bienes su obra, y no alejará de ella todo
lo que pueda ofenderle o dis-gustarle?" Prudencio ha presentado la misma
dificultad en su Hamartigenia:
Si non vult Deus esse malum, sur non vetat? inquit.
Non refert auctor fuerit, factorve malorum.
Anne opera in vitium sceleris pulcherrima verti,
Cum possit prohibere, sinat? quod si velit omnes
Innocuos agere Omnipotens, ne sancta voluntas
Degeneret; facto nec se manus inquinet ullo?
Condidit ergo malum
Dominus, quot spectat
ab
alto,
Et patitur, fierique probat, tanquam ipse crearit.
Ipse creavit enim, quod si discludere possit,
Non abolet, longoque sinit grassari usu.
Si no quiere Dios que el mal exista, ¿por qué no lo prohibe?, añade, no
importa si como autor asista
o de los males en fautor se convirtiera.
Acaso pudiendo evitarlo no dejare
que en crimen la acción buena se invirtiera?
como Omnipotente si determinare
que su voluntad santa no se altere
a los mortales todos en innocuos convirtiera:
¿Se mancharán acaso sus manos con acción aleve? Luego Dios hizo el mal y
lo tolera,
311
GODOFREDO G. LEIBNITZ
pues desde lo alto ve y aprueba
que se haga, como si él lo cometiera.
El lo ha creado, ya que pudiendo suprimirlo lo deja avanzar por el
continuo uso
sin molestarse en abolirlo.
(Si no quiere Dios que el mal exista, dice, ¿por qué no lo prohibe? No
importa que hubiese sido autor y fautor del mal... ¿Por ventura no permite que
obras bellísimas se con-viertan en crímenes, cuando puede impedirlo? Porque si
quiere el Omnipotente hacer a los hombres innocuos, para que no degenere la
santa voluntad, no se manche las manos con acción ninguna.
El Señor, pues, creó el mal, en cuanto que contempla desde arriba, y
sufre y aprueba que se haga como si él mismo lo hubiese creado. El lo creó,
porque si puede impedirlo, no lo impide, y permite que se agrave con el uso
repetido.)
Pero ya hemos respondido suficientemente a todo esto. El hombre es él
mismo origen de sus males; tal como es, así se daba en las ideas. Dios, movido
por razones indispensa-bles de su sabiduría, ha decretado que pasara a la
existencia tal cual es. M. Bayle se habría quizá hecho cargo de este ori-gen
del mal que yo afirmo, si hubiera unido la sabiduría de Dios a su omnipotencia,
a su bondad y a su santidad. Añadi-ré de paso, que su santidad no es otra cosa
que el supremo grado de bondad, así como el crimen, opuesto a ella, es lo peor
que se encuentra en el mal.
312
TEODICEA
152. M. Bayle pone en pugna a
Meliso146, filósofo grie-go, defensor de la unidad del principio (y quizá
también de la unidad de sustancia), con Zoroastro, como primer autor del
dualismo. Zoroastro confiesa que la hipótesis de Meliso es mis conforme con el
orden y con las razones a priori; pero niega que lo sea con la experiencia y
con las razones a poste-riori. "Yo os aventajo en la explicación de los
fenómenos, que es lo que principalmente caracteriza un buen sistema."
Pero, a mi parecer, no es una gran explicación de un fenó-meno, el asignarle un
principio adrede: al mal un principium maleficum, al frío, un primum frigidum;
esto es muy fácil y muy cómodo. Es casi como si uno dijera que los
peripatéti-cos aventajan a los nuevos matemáticos cuando explican los fenómenos
de los astros, al darles inteligencias peculiares que los conducen, pues así es
muy fácil concebir por qué los planetas marchan con tanta exactitud; en vez de
que se nece-sita saber mucha geometría y meditar mucho para compren-der cómo de
la gravedad de las planetas que los lleva hacia el sol, unida a algún
torbellino que los arrastre o a su propia impetuosidad, puede proceder el
movimiento elíptico de Képler que satisface perfectamente a las apariencias. Un
hombre que sea incapaz de hallar gusto en las especulaciones profundas,
aplaudirá desde luego a los peripatéticos, y consi-derará a nuestros
matemáticos como unos visionarios. Algún antiguo galenista147 hará otro tanto
con relación a las faculta-des de la escuela; admitirá en ella una quilifica,
una quimifica
Melíso, filósofo griego de la
escuela de Elea, nació en Samos, y flore-ció hacia el año 444 antes de J. C.,
Sus Fragmentos han sido recopilados por M. Brandis.
Discípulo
de Galeno, quien admitía numerosas causas ocultas.
313
GODOFREDO G. LEIBNITZ
y una sanguifica, y asignará una expresamente a cada opera-ción; creerá
haber hecho maravillas, y se burlará de las que él llamará extravagancias de
los modernos, que pretenden ex-plicar mecánicamente lo que pasa en el cuerno de
un animal.
153. La explicación de la causa
del mal por un princi-pio, per principium maleficum, es de la misma naturaleza.
El mal no tiene necesidad de ella, como no lo tienen el frío ni las tinieblas;
no hay primum frigidum, ni principio de las tinieblas. El mal mismo sólo
procede de la privación; lo po-sitivo sólo entra en él por concomitancia, como
lo activo entra por concomitación en el frío. Vemos que el agua, al congelarse,
es capaz de romper un cañón de fusil en que esté encerrada; y, sin embargo, el
frío es cierta privación de fuer-za, y sólo procede de la disminución de un
movimiento que separa las partículas cle los fluidos. Cuando este movimiento
separatista se debilita en el agua por el frío, las partículas del aire
comprimido, ocultas en el agua, se reúnen, y, haciéndose mayores, se hacen más
capaces de obrar al exterior por su elasticidad. Porque la resistencia que las
superficies de las partículas del aire encuentran en el agua, y que se opone al
esfuerzo que estas partes hacen para dilatarse, es mucho menor, y, por
consiguiente, el efecto del aire es mayor en las grandes burbujas de aire que
en las pequeñas, aun cuando estas pequeñas, unidas, formarían tanta masa como
las gran-des; porque las resistencias, es decir, las superficies, crecen como
los cuadrados; y los esfuerzos, es decir, los contenidos, o la solidez de las
esferas de aire comprimido, crecen como los cubos de los diámetros. Así que la
privación envuelve la acción y la fuerza por accidente. Ya he demostrado antes
314
TEODICEA
cómo la privación basta para causar el error y la malicia; y cómo Dios
es llevado a tolerarlos, sin que por eso haya en él malignidad. El mal procede
de la privación; lo positivo y la acción nacen de él por accidente, como la
fuerza nace del frío.
154. Lo que M. Bayle pone en boca
de los paulicianos, página 2323, no es concluyente; a saber, que el libre
albedrío debe proceder de los dos principios, a fin de que pueda diri-girse
hacia el bien y hacia el mal; porque siendo simple en sí mismo, debería
proceder de un principio neutro, si fuera fundado este razonamiento. Pero el
libre albedrío marcha al bien, y si encuentra al paso el mal, es por accidente,
porque el mal está oculto bajo el bien y como enmascarado. Estas palabras que
Ovidio pone en boca de Medea,
Video meliora proboque,
Deteriora sequor,
(Veo lo mejor y lo apruebo,
y sigo lo peor).
significan que el bien honesto es sobrepujado por el bien agradable, y
que éste causa más impresión en las almas cuan-do están agitadas por las
pasiones.
155. Por lo demás, M. Bayle mismo
suministra una buena respuesta a Meliso, aunque en seguida la combate. He aquí
sus palabras, página 2055: "Si Meliso consulta las no-ciones del orden,
responderá que el hombre no era malo cuando Dios le creó; dirá que el hombre
recibió de Dios un
315
GODOFREDO G. LEIBNITZ
estado dichoso, pero que, no habiéndose guiado por las lu-ces de la
conciencia que, según la intención de su autor, de-bía conducirle por el camino
de la virtud, se hizo malo, y ha merecido que Dios, que es soberanamente bueno,
le hiciera sentir los efectos de su cólera. Por consiguiente, Dios no es la
causa del mal físico, es decir, del castigo del mal moral; castigo que, lejos
de ser incompatible con el principio sobe-ranamente bueno, emana necesariamente
de uno de sus atri-butos, quiero decir, de su justicia, que no es en él menos
esencial que su bondad. Esta respuesta, la más racional que Meliso podía dar,
es en el fondo preciosa y fundada, pero se la puede combatir con algo más
especioso y más deslumbra-dor. Y es que Zoroastro objeta que el principio infinitamente
bueno debía crear al hombre, no sólo sin el mal actual, sino también sin la
inclinación al mal; que, habiendo previsto Dios el pecado con todas sus
consecuencias, debió impedir-lo; que debía determinar y encaminar al hombre al
bien mo-ral, y no dejarle fuerza alguna que le condujera al crimen." Hasta
aquí es Bayle quien habla. Fácil es decir esto, pero no es factible según los
principios del orden, como que no po-dría ejecutarse sin milagros perpetuos. La
ignorancia, el error y la malicia son imprescindibles, naturalmente, en los
ani-males hechos como somos nosotros. ¿Debería faltar esta especie en el
universo? Yo no dudo que ella es demasiado importante, a pesar de todas sus
debilidades, para que Dios hubiera podido consentir su abolición.
156. M. Bayle, en el artículo
titulado Paulicianos, de su Diccionario, prosigue lo que ya dijo en el artículo
de los Ma-niqueos. Según él (página 2330, Rem. H.), los ortodoxos, al
316
TEODICEA
parecer, admiten dos primeros principios al hacer al diablo autor del
pecado. M. Becker148, antes ministro de Amster-dam, autor del libro titulado El
mundo encantado, ha hecho valer este pensamiento, para hacer comprender que no
debe darse al diablo un poder y una autoridad que le pondrían al igual de Dios;
en lo cual tiene razón; pero lleva demasiado adelante las consecuencias. Y el
autor del libro titulado Apo-catástasi pánton (El retorno de todas las cosas a
su primer principio ), cree que si el diablo no fuera nunca vencido ni
despojado, si conservase siempre su presa, si mereciera el título de
invencible, esto vendría en daño de la gloria de Dios. Pero es una ventaja bien
miserable el quedarse con aquellos que han sido seducidos, para verse siempre
castiga-do a la par que ellos. En cuanto a la causa del mal, es cierto que el
diablo es el autor del pecado; pero el origen del mal viene de más lejos,
puesto que está en la imperfección pri-mitiva de las criaturas; lo cual hace
que sean capaces de pe-car, y hay circunstancias en el curso de las cosas en
que esta potencia se convierte en acto.
157. Los diablos eran ángeles como
los demás, antes de su caída, y se cree que su jefe era uno de los principales;
pero la Escritura no se explica lo bastante sobre este punto. El pasaje del
Apocalipsis, que habla del combate con el dra-gón como de una visión, deja
muchas dudas y no desenvuel-ve suficientemente una cosa de que los demás
autores sagrados apenas hablan. No es este el momento oportuno
Baltasar Becker, teólogo
reformado, nació en Frisia, en 1634, y murió en Amsterdam en 1698. Escribió la
mayor parte de sus obras en holan-dés. La que cita Leibnitz se titula De
Betoverde weereld. (Leuwarden 7690, en 8°).
317
GODOFREDO G. LEIBNITZ
para entrar en esta discusión, mas es preciso confesar que en esta
materia la opinión común se acomoda mejor con el texto sagrado. M. Bayle
examina algunas soluciones de San Basilio149, de Lactancio150 y de otros sobre
el origen del mal; pero como recaen sobre el mal físico, dejo para más adelante
el tratar de ellas; y continuaré examinando las dificultades sobre la causa
moral del mal, que se encuentran en muchos pasajes de las obras de nuestro
ilustrado autor.
158. Combate el permiso de este
mal, y pretende que se reconozca que Dios lo quiere. Cita estas palabras de
Cal-vino (sobre el Génesis, cap. III): "Jamás se han ofendido los oídos de
nadie por oír decir que Dios lo ha querido. Pero, os suplico, ¿este permiso del
que tiene derecho a prohibir, o más bien, que tiene en su mano el poder
hacerlo, qué otra cosa es más que un querer?" M. Bayle explica estas
palabras de Calvino y otras que las preceden, como si confesara que Dios ha
querido la caída de Adán, no en tanto que era un crimen, sino bajo otra noción
que no nos es conocida. Cita a casuistas un poco laxos, que dicen que un hijo
puede desear la muerte de su padre en tanto que es un bien para sus here-deros.
(Respuesta a un provinciano, capítulo 147, página
San Basilio, uno de los más
ilustres padres de la Iglesia nació en Cesa-rea, en Capadocia, en 329; fué
obispo de esta ciudad desde 370 y murió en 379. - Se conocen como suyas las
Homilias, Discursos Morales, Cinco libros contra Eunomio y más de 300 Cartas
sobre diversos asuntos. La mejor edición de sus obras fue la hecha por D.
Garnier, 3 vol., 1721-1750. - Sus Cartas y Sermones han sido traducidos por el
abate Bellegar-de, y su Moral por M. Hermant, 1661, en 12°, y Leroy, 1663, en
8°.
Lactancio, apologista cristiano,
nació en Africa hacia mediados del siglo III, y murió hacia el 325. - Su
principal obra: Las instituciones divi-nas, tiene por objeto combatir el
politeísmo. Su tratado: la Obra de Dios, es una refutación del epicureismo.
318
TEODICEA
850). Encuentro que Calvino sólo dice que Dios ha querido que el hombre
sucumba por una cierta causa que nos es des-conocida. En el fondo, cuando se
trata de una voluntad deci-siva, es decir, de un decreto, estas distinciones
son inútiles; se quiere la acción con todas sus cualidades, si es cierto que se
la quiere. Pero cuando es un crimen, Dios sólo puede querer permitirlo; el
crimen no es fin ni medio, solamente es una condición sine qua non; y así no es
el objeto de una vo-luntad directa, como he demostrado más arriba. Dios no lo
puede impedir sin obrar contra lo que se debe a sí mismo, sin hacer algo que
sería peor que el crimen del hombre, sin violar la regla de lo mejor; lo cual
sería destruir la divinidad, como ya hemos observado. Dios, por consiguiente,
está obligado por una necesidad moral, que se encuentra en él mismo, a permitir
el mal moral de las criaturas. Precisamente es este el caso en que la voluntad
de un sabio es sólo permi-siva. Ya lo he dicho: se ve uno precisado a permitir
el crimen de otro cuando no puede impedirle sin faltar uno a lo que se debe a
sí mismo.
159. Pero "entre todas las
combinaciones infinitas, di-ce M. Bayle, página 853, ha querido Dios escoger
una en que Adán debía pecar, y la ha hecho futura por virtud de su de-creto,
con preferencia a todas las demás." Muy bien; esto es hablar como yo lo
hago, con tal que se entienda de las com-binaciones que componen todo el
universo. "Nunca podréis, por tanto, hacer comprender -añade- que Dios no
ha queri-do que Eva y Adán pecasen, puesto que desechó todas las combinaciones
en que éstos no hubieran pecado." Pero la cosa es fácil de comprender en
general, atendido todo lo que
319
GODOFREDO G. LEIBNITZ
acabamos de decir. Esta combinación, que constituye el uni-verso, es la
mejor; Dios, por lo mismo, no puede dispensarse de escogerla sin incurrir en
falta, y primero que escoger una combinación que fuera absolutamente
inconveniente, per-mite el pecado del hombre que va envuelto en esta
combina-ción, que es la mejor.
160. M. Jacquelot, y lo propio
pasa a otros distingui-dos escritores, no está distante de mi opinión, como
cuando dice en la página 286 de su Tratado de la conformidad de la fe con la
razón: "Los que se sienten perplejos con estas difi-cultades, acreditan
tener muy corta la vista, y quieren reducir todos los designios de Dios a sus
propios intereses. Cuando Dios formó el universo, no tuvo en cuenta otra cosa
que a sí mismo y su propia gloria; de suerte que, si tuviéramos cono-cimiento
de todas las criaturas, de sus diversas combinacio-nes y de sus diferentes
relaciones, comprenderíamos, sin dificultad, que el universo responde
perfectamente a la sabi-duría infinita del Omnipotente." Y en otra parte
dice: "Su-puesto, porque otra cosa sería imposible, que Dios no haya
podido impedir el mal uso del libre albedrío, sin anonadarlo, habrá de
convenirse en que habiéndole determinado su sabi-duría y su gloria a formar
criaturas libres, esta poderosa ra-zón debía sobreponerse a los malos
resultados que pudiera tener esta libertad."
Por mi parte, he procurado desenvolver esto todavía más por la razón de
lo mejor y por la necesidad moral que hay en Dios de hacer la elección, a pesar
de estar unido a ella el pecado de algunas criaturas. Creo haber cortado por la
raíz la dificultad; mas, para dar mayor claridad a la materia, estoy
320
TEODICEA
dispuesto a aplicar mi principio de las soluciones a las difi-cultades
particulares de M. Bayle.
161. He aquí una, propuesta en
estos términos (capí-tulo 148, página 856): "¿Sería una prueba de bondad
en un príncipe, el que, 1º diese a cien mensajeros todo el dinero necesario
para hacer un viaje de doscientas leguas; 2°, que prometiese una recompensa a
los que terminasen su viaje sin haber pedido prestado y amenazase con prisión a
todos aquellos a quienes no hubiere alcanzado el dinero; 3°, que eligiese cien
personas, sabiendo con certeza que sólo dos merecerán la recompensa, y que los
noventa y ocho restantes habrán de encontrar en el camino algún jugador, u otra
cosa, que les obligue a hacer gastos y que el mismo príncipe hu-biese preparado
en algunos parajes del camino; y 4°, que redujera a prisión actualmente a esos
noventa y ocho tan pronto como estuviesen de vuelta? ¿No es de una completa
evidencia que la bondad del príncipe para éstos sería nula y, por lo contrario,
que no estaban destinados a obtener una recompensa, sino a la prisión? Ellos la
merecerían: sea así; pero el que quiso que la mereciesen, y que les puso en el
camino infalible para merecerla, ¿se habrá hecho digno de que se llame bueno,
so pretexto de que ha recompensado a los otros dos?" Sin duda que no sería
esta la razón de que el príncipe mereciera el título de bueno; pero pueden
concurrir otras circunstancias capaces de hacerle digno de alabanza, como el
haberse servido de este artificio para conocer a estas genets y para hacer un
espurgo, como Gedeón se sirvió de ciertos medios extraordinarios para escoger
los más valientes y los menos delicados entre sus soldados. Y cuando el prín-
321
GODOFREDO G. LEIBNITZ
cipe conociese ya el natural de estos mensajeros, ¿no puede someterlos a
esta prueba, para darles a conocer también a todos los demás? Aunque estas
razones no sean aplicables a Dios, sirven para hacer comprender que una acción
como la de este príncipe puede parecer absurda, cuando se la desliga de las
circunstancias que pueden mostrar su causa. Con más razón debe creerse que Dios
ha obrado bien y que nosotros lo veríamos así, si conociésemos todo lo que él
ha hecho.
162. M. Descartes, en una carta
escrita a la princesa Isabel, se ha servido de otra comparación para poner de
acuerdo la libertad humana con la omnipotencia de Dios. "Supone un monarca
que ha prohibido los duelos, y que, sabiendo con certeza que dos caballeros
habrán de batirse si se encuentran, toma medidas que infaliblemente harán que
se encuentren. Así sucede, en efecto, y se baten: su desobe-diencia a la ley es
un resultado del libre albedrío, y se hacen merecedores de castigo. Lo que un
rey puede hacer en esto, añade, respecto de algunas acciones libres de sus
súbditos, Dios, que tiene una presciencia y un poder infinitos, lo hace
infaliblemente respecto de todas las acciones de los hom-bres. Y antes de
habernos enviado a este mundo, ha sabido exactamente cuáles serían todas las
inclinaciones de nuestra voluntad; es él mismo quien las ha puesto en nosotros;
él quien ha dispuesto todas las demás cosas que están fuera de nosotros, para
hacer que tales o cuales objetos se presenten a nuestros sentidos en tal o cual
tiempo; con cuya ocasión ha sabido que nuestro libre albedrío nos determinaría
a tal o cual cosa, y él mismo así lo ha querido; pero no por esto ha querido
precisarnos a ello. Y así como pueden. distinguirse
322
TEODICEA
en el rey de que se trata dos diferentes grados de voluntad, uno por el
que ha querido que estos caballeros se batiesen, puesto que ha hecho que se
encuentren, y otro por el que no lo ha querido, puesto que ha prohibido los
duelos; de igual modo, los teólogos distinguen en Dios una voluntad abso-luta e
independiente, por la que quiere que todas las cosas se hagan como se hacen, y
otra que es relativa, y que se refiere al mérito o demérito de los hombres, por
la que quiere que se obedezcan las leyes," (Descartes, carta 10, primer
volu-men, paginas 51 y 52. Compárese esto con lo que M. Ar-nauld, tomo II,
página 288 y sig. de sus Reflexiones sobre el sistema de Malebranche, dice de
Tomás de Aquino sobre la voluntad antecedente y consiguiente de Dios).
163. He aquí lo que M. Bayle
responde (Respuesta a un provinciano, capítulo 154, página 943): "Este
gran filóso-fo se equivoca mucho, a mi parecer. En este monarca no habría
ningún grado de voluntad, ni pequeño ni grande, de que estos dos caballeros
obedeciesen a la ley y no se batie-sen. Querría plena y únicamente que se
batiesen. Esto no les disculparía, porque sólo seguirían su pasión e ignorarían
que se conformaban a la voluntad de su soberano; pero ésta sería verdaderamente
la causa moral del duelo, y no lo desearía más plenamente si él les inspirase
el deseo de tenerlo o les diese la orden de batirse. Representaos dos
príncipes, cada uno de los cuales desea que su hijo mayor se envenene. El uno
emplea la fuerza, el otro se contenta con dar ocasión clandestinamente a un
disgusto tal que sabe que es suficiente para que lleve a su hijo a envenenarse.
¿Pensarían que la vo-luntad del último era menos completa que la voluntad del
323
GODOFREDO G. LEIBNITZ
primero? M. Descartes, por tanto, supone un hecho falso y no resuelve la
dificultad."
164. Preciso es reconocer que M.
Descartes habla un poco secamente de la voluntad de Dios respecto al mal, al
decir, no sólo que Dios ha sabido que nuestro libre albedrío nos determinaría a
tal o cual cosa, sino también que así lo ha querido, aunque no por esto haya
querido ejercer coacción. No habla con menos dureza en la carta octava del
mismo volumen, al decir que no entra en el espíritu del hombre pensamiento
alguno, ni el más pequeño, que Dios no quiera y no haya querido desde toda la
eternidad que entrase. Calvi-no jamás dijo una cosa tan dura, y todo esto sólo
puede ex-cusarse sobreentendiéndose que se habla de una voluntad permisiva. La
solución de M. Descartes viene a parar a la distinción entre la voluntad del
signo y la voluntad del gusto (inter voluntatem signi et beneplaciti), que los
modernos han tomado de los escolásticos, en cuanto a los términos; pero a la
que han dado un sentido que no es el que de ordinario le dan los antiguos. Es
cierto que Dios puede mandar una cosa, sin querer que se haga, como cuando
ordenó a Abraham sacrificar a su hijo; quería la obediencia y no quería la
acción. Pero cuando Dios manda la acción virtuosa y prohibe el pecado, quiere
verdaderamente lo que ordena; pero sólo es por una voluntad antecedente, como
repetidamente hemos dicho.
166. Por tanto, la comparación que
emplea M. Des-cartes no es satisfactoria; sin embargo, puede hacerse que lo
sea. Sería preciso para eso cambiar un poco el hecho, inven-tando alguna razón
que hubiese obligado al príncipe a hacer
324
TEODICEA
o permitir que los dos enemigos se encontrasen. Es necesa-rio, por
ejemplo, que se hallen juntos en el ejército o en el desempeño de otras
funciones indispensables, sin que el príncipe mismo pueda impedirlos sin riesgo
del Estado, co-mo, por ejemplo, si la ausencia del uno o del otro pudiera
causar una deserción de sus partidarios o dar ocasión de murmurar a los
soldados, y produjera algún gran desorden. En este caso puede decirse que el
príncipe no quiere el due-lo; lo sabe y, sin embargo, lo permite, porque
prefiere per-mitir el pecado de otro a cometerlo él mismo. Y así la
comparación, de este modo rectificada, puede servir con tal que se note la
diferencia que hay entre Dios y el príncipe. Este se ve obligado a permitir el
hecho a causa de su impo-tencia; un monarca más poderoso no tendría necesidad
de tales miramientos; pero Dios, que puede todo lo que es po-sible, sólo
permite el pecado, porque es absolutamente im-posible a quien quiera que sea
obrar mejor. La acción del príncipe no carece quizá de inquietud y de pena.
Esta nace de su imperfección, que sobradamente conoce, y en esto es en lo que
consiste la desazón. Dios es incapaz de tenerla, ni tampoco hay motivo para
ello; siente infinitamente su propia perfección, y puede decirse que la
imperfección de las criatu-ras, miradas en por menor, se convierte en
perfección con relación al todo, constituyendo un acrecentamiento de gloria
para el Creador. ¿Qué más puede quererse, cuando se posee una sabiduría
inmensa, cuando se es tan poderoso como sabio, cuando se puede todo y cuando se
tiene lo mejor?
166. Después de comprendidas todas
estas cosas, me parece que estamos bastante preparados para contradecir las
325
GODOFREDO G. LEIBNITZ
objeciones más fuertes y más vivas. En nada las hemos des-virtuado, pero
hay algunas que tocaremos sólo ligeramente porque son demasiado odiosas. Los
remonstrantes y M. Ba-yle (Respucsta a un provinciano, capítulo 152, pág. 999,
to-mo III), citan estas palabras de San Agustín: crudelem esse misericor-diam
velle aliquem miserum esse ut ejus miserearis (Es cruel misericordia querer que
alguno sea desgraciado para compadecerse de él); así como otras, que muestran
el mismo sentido, de Séneca (De Benefficio, libro 6°, capítulos 36 y 37 ).
Confieso que habría alguna razón para oponer esto a los que creen que Dios no
ha tenido otro medio para per-mitir el pecado, que el designio de ejercer la
justicia castiga-dora contra la mayor parte de los hombres, y su misericordia
respecto de un pequeño número de elegidos. Pero es preciso creer que Dios ha
tenido, para permitir el pecado, razones más dignas de él y más profundas
respecto de nosotros. Ha habido quien ha osado comparar el procedimiento de
Dios con el de un Calígula, que hacía escribir sus edictos en letra menuda, y
los hacía fijar en un lugar tan elevado, que no era posible leerlos; a la
conducta de una madre que descuidará el atender al honor de su hija para
realizar sus fines interesados; a la de la reina Catalina de Médicis, la cual,
según se dice, se hizo cómplice de las galanterías de sus camaristas, para
ente-rarse de las intrigas de los grandes; y hasta a la de Tiberio, quien, por
el ministerio extraordinario del verdugo, impidió que la ley que prohibía
someter una doncella al suplicio or-dinario, dejara de cumplirse respecto de la
hija de Sejano. Esta última comparación ha sido empleada por Pedro Ber-
326
TEODICEA
tius151, arminiano entonces, y que después pasó a la comu-nión romana. Y
se ha hecho un páralelo chocante entre Dios y Tiberio, que por extenso refiere
M. Andrés Caroli, en su Memorabilia Ecclesiatica, del siglo pasado, como M.
Bayle observa. Bertius lo empleó contra los gomaristas. Yo creo que esta clase
de argumentos sólo puede aducirse contra los que pretenden que la justicia es
una cosa arbitraria con rela-ción a Dios; o que tiene un poder despótico que
puede llegar hasta condenar a los inocentes; o, en fin, que el bien no es el
motivo de sus acciones.
167. Por este tiempo se publicó
una sátira ingeniosa contra los gomaristas, titulada Fur praedestinatus, De
gepre-destineer de Dief, donde se supone un ladrón condenado a la horca, que
atribuye a Dios todo lo malo que ha hecho, que se cree predestinado a la
salvación, no obstante sus malas acciones, que se imagina que esta creencia le
basta, y que, valiéndose de argumentos ad hominem, bate a un ministro
contrarremonstrante llamado para prepararle a morir; mas este ladrón al fin fue
convertido por un antiguo pastor, de-puesto por profesar el ar-minianismo y que
el alcaide, movi-do a compasión por el criminal y viendo el escaso valor del
otro ministro, había introducido ocultamente en la prisión. Se refutó este
libelo; pero las respuestas a las sátiras jamás agradan tanto como las sátiras
mismas. M. Bayle (Respuesta a un Provinciano, capítulo 155, tomo III, página
938), dice que este libro se imprimió en Inglaterra en tiempo de
Bertius, historiógrafo de Luis
XIII, nació en Beveren, en Flandes, en 1565 Y murió en 1629. Habiéndose puesto
de parte de Arminio contra Gomaro, se vio precisado a refugiarse en Francia,
donde se hizo católico. Escribió principalmente obras geográficas.
327
GODOFREDO G. LEIBNITZ
Cromwell, y al parecer, no sabía que ésta no era sino una traducción del
original flamenco, que es mucho más antiguo. Añade que el doctor Jorge
Kendal152 publicó una refutación en Oxford en 1857, con el título de Fur pro
Tribunali, in-sertándose con él el diálogo. Este diálogo supone, contra la
verdad, que los contrarremonstrantes hacen a Dios causa del mal, y que enseñan
una especie de predestinación a la mahometana, según la cual es indiferente
obrar bien o mal, y basta para ser predestinado imaginarse que uno lo es. No
van tan allá, sin embargo; es muy cierto que entre ellos hay algunos
supralapsarios, y otros que hallan dificultad en expli-car bien la justicia de
Dios y los principios de la piedad y de la moral del hombre, porque admiten un
despotismo en Dios, y exigen que el hombre se persuada sin razón de la
certidumbre absoluta de su elección, lo cual está sujeto a consecuencias
peligrosas. Pero todos los que reconocen que Dios produce el mejor plan, el
cual ha escogido entre todas las ideas posibles del universo; que en él se
encuentra al hombre, por la imperfección original de las criaturas, dis-puesto
a abusar de su libre albedrío y a sumirse en la miseria; que Dios impide el
pecado y la desdicha en cuanto lo con-siente la perfección del universo, que es
una derivación de la suya; estos, digo, muestran más distintamente que la
inten-ción de Dios es la más recta y más santa del mundo, que sólo la criatura
es culpable, que su limitación o imperfección ori-
Jorge Kendal, predicador inglés
presbiteriano, nació cerca de Exeter, en 1610, y murió en 1663. Combatió el
arminianismo y el socinianismo en los escritos siguientes: Vindicatio doctrinae
vulgo receptae de speciali gratia et favore electis a Deo Christi morte
destinatis. - De impossibilitate novorum actuum immanentium in Deo.
328
TEODICEA
ginal es la fuente de su malicia, que su mala voluntad es la causa única
de su desgracia, que no es posible estar destina-do a la salvación sin estarlo
también a la santidad propia de los hijos de Dios, y que toda la esperanza que
es posible te-ner de ser elegido, sólo puede fundarse en la buena voluntad que
se siente por la gracia de Dios.
168. También se oponen
consideraciones metafísicas a nuestra explicación de la causa moral del mal
moral; pero nos embarazan menos, puesto que nos hemos descartado ya de las
objeciones tomadas de las razones morales que eran más fuer- tes. Estas
consideraciones metafísicas tocan a la naturaleza de lo posible, y de lo
necesario, y atacan el fun-damento que hemos sentado de que Dios ha escogido el
mejor de los universos posibles. Ha habido filósofos que han sostenido que no
hay nada posible más que lo que efectiva-mente sucede. Son los mismos que han
creído o podido cre-er que todo es necesario absolutamente. Algunos han seguido
esta opinión, porque admitían una necesidad bruta y ciega en la causa de la
existencia de las cosas; y a estos son a los que tenemos más interés en
combatir. Pero hay otros que si incurren en error, es porque equivocan los
términos. Con-funden la necesidad moral con la necesidad metafísica; se
imaginan que no pudiendo Dios dejar de hacer lo mejor, esto le quita la
libertad, y da a las cosas esta necesidad que los filósofos y los teólogos
tratan de evitar. La cuestión con estos autores está reducida a una disputa de
palabras, con tal que concedan efectivamente que Dios escoge y hace lo me-jor.
Pero hay otros que van más allá y creen que Dios hu-biera podido hacerlo mejor,
opinión que debe desecharse,
329
GODOFREDO G. LEIBNITZ
porque aunque no suprime absolutamente la sabiduría y la bondad de Dios,
como hacen los autores de la necesidad ciega, sin embargo, ponen límites a
aquellas, lo cual viene en daño de su suprema perfección.
169. La cuestión de la posibilidad
de las cosas que no suceden, ha sido ya examinada por los antiguos. Parece que
Epicuro, para conservar la libertad y evitar la necesidad ab-soluta, sostuvo,
como lo había hecho Aristóteles, que los futuros contingentes no eran capaces
de una verdad deter-minada. Por-que si hubiese sido cierto ayer que yo
escribiría hoy, no podría dejar de verificarse, y entonces el acto sería ya
necesario, y por la misma razón lo era ya de toda eternidad. Por tanto, todo lo
que sucede es necesario, y es imposible que pueda ser de otra manera. Pero si
no fuera así, se segui-ría, según él, que los futuros contingentes no tienen
verdad determinada.
Para sostener esta opinión, Epicuro llega hasta negar el primero y más
grande principio de las verdades de razón; negaba que toda enunciación es
verdadera o falsa. He aquí cómo trataba de probarlo: negais que era verdadero
ayer que yo escribiría hoy, luego era falso. No pudiendo el buen hombre admitir
esta conclusión, se vio obligado a decir que no era ni verdadero ni falso.
Después de esto ya no hay ne-cesidad de refutarle, y Crisipo153 pudo
dispensarse del trabajo que se tomó para confirmar el gran principio de
contradic-
Crisipo, uno de los fundadores de
la escuela estoica, nació en Soli, en Sicilia, hacia el año 280 antes de J. C.,
y murió hacia el 199. Diógenes Laercio (L. III, c. 180), cita los títulos de
300 volúmenes de lógica y 400 de moral. Véase a Petersen, Philosophiae
Chrysippeae fundamenta, Al-tona, en 4º, 1827.
330
TEODICEA
ción, según refiere Cicerón en su libro De Fato: "Contendit omnes
nervos Crysippus ut persuadeat omne (Axioma) aut verum esse, aut falsum. Ut
enim Epicurus veretur ne, si hoc concesserit, concedendum sit, fato fieri
quarcumque fiant; si enim alterum ex aeternitate verum sit, esse id etiam
certum; si certum, etiam necessarium; ita et necessitatem et fatum confirmari
putat; sic Crysippus metuit, ne non, si non obti-nuerit omne quod enuncietur
aut verum esse aut falsum, omnia fato fieri possint ex causis aeternis rerum
futurarum." ("Extiende Crisipo todos los nervios para persuadir que
todo axioma es verdadero o falso. Porque temiendo Epicuro que si concedía eso,
debía concederse que todas las cosas ocu-rren por destino; porque si lo uno es
verdadero desde la eternidad, también sería cierto; si cierto, también
necesario; de este modo estima que la necesidad y el destino se confir-man; y
así temió Crisipo que, si no hubiese logrado que todo lo que se enuncia es
verdadero o falso, todo ocurriría por fatalidad por causas eternas.") M.
Bayle observa (Dicc. art. Epicuro, let. I. pág. 1141) que "ninguno de
estos dos grandes filósofos (Epicuro y Crisipo), han comprendido que la ver-dad
de esta máxima: toda proposición es verdadera o falsa, es independiente de lo
que se llama fatum: y no podía por consiguiente servir de prueba a la
existencia del fatum, como Crisipo pretendía y Epicuro temía. Crisipo no
hubiera podi-do conceder, porque le hubiese perjudicado, que hay propo-siciones
que no son verdaderas ni falsas, pero nada ganaba con sentar lo contrario;
porque, que haya causas libres o que no las haya, es igualmente cierto que esta
proposición: el gran Mogol irá mañana de caza, es verdadera o falsa. Ha
331
GODOFREDO G. LEIBNITZ
habido razón para considerar como ridícula esta proposición de Tiresias:
todo lo que yo diga, sucederá o no, porque el gran Apolo me ha concedido la
facultad de profetizar. Si, lo que es imposible, no hubiese Dios, sería sin
embargo cierto que todo lo que el hombre más loco predijese, sucedería o no
sucedería. Esto es lo que ni Crisipo ni Epicuro tenían en cuenta." Cicerón
(libro I De Nat. Deorum) ha dicho con razón de los epicúreos (como M. Bayle
observa al final de la misma página), que sería menos vergonzoso confesar la
im-posibilidad de contestar a su adversario, que recurrir a se-mejantes
respuestas. Sin embargo, veremos que el mismo M. Bayle ha confundido lo cierto
con lo necesario, cuando ha supuesto que la elección de lo mejor hacía las
cosas necesa-rias.
170. Pasemos ahora a la
posibilidad de las cosas que no suceden, y transcribamos las mismas palabras de
M. Ba-yle, aunque son un poco prolijas. He aquí lo que sobre esto dice en su
Diccionario (art. Crisipo, let. S., página 929): "La famosísima disputa
sobre las cosas posibles y las cosas impo-sibles, nació con motivo de la
doctrina de los estoicos to-cante al destino. Se trataba de saber, si entre las
cosas que jamás han existido y que nunca existirán, las hay que son posibles; o
si todo lo que no existe, todo lo que no ha existi-do nunca, y todo lo que
jamás existirá, es imposible. Un cé-lebre dialéctico, de la secta de Megara,
llamado Diodoro154,
Diódoro (de Megara) o Crono, nació
en Jalos, en la Caria, en la se-gunda mitad del siglo IV, antes de J. C. Es
célebre sobre todo como dialéctico y por sus argumentos contra el movimiento.
Véase a Diógenes Laercio, y en los tiempos modernos a Deyks, De Megáricorum
doctrina,
332
TEODICEA
sostuvo la negativa sobre la primera de estas dos cuestiones, y la
afirmativa en la segunda; pero Crisipo le combaje fuer-temente. He aquí dos
pasajes de Cicerón; (Epist. 4, libro IX, ad familiam). perí dinatón me scito
catá Diódoron jrinein. Quapropter si venturus ese, scito necesse esse te
venire. Nunc vide, utra te crysis magis delectet, Crysip-eia ne, an hrec; quam
noster Dioduros (un estoico que vivió mu-cho tiempo en casa de Cicerón), non
concoquebat. (Sepas que yo juzgo acerca de los posibles de acuerdo a Diodoro.
Por lo cual, si tú has de venir, sepas que es necesario que tú vengas. Mira
ahora cuál de las dos posturas te agrada más, si la afir-mativa o la que
nuestro Diodoro no podía digerir). Esto está tomado de una carta que Cicerón
escribió a Varrón. Expone más ampliamente todo el estado de la cuestión en el
peque-ño libro De Fato. Vamos a citar algunos trozos: Vigila, Chrysippe, ne
tuam causam, in qua tibi cum Diodoro valente dialectico, magna luctatio est,
deseras. . . omne quod falsum dicitur in fu-turo, id fieri non potest. At hoc,
Chrysippe, minime vis, maxi-meque tibi de hoc ipso cum Diodoro cer-tamen est.
Ille enim id solum fieri posse dicit, quod aut sit verum, aut futurum siti
verum; et quicquid futurum sic, id dicit fieri necesse esse; et quicquid non
sit futurum, id negat fieri posse. Tu etiam quae non sint futura, posse fieri
dicis, ut frangi hanc gemmam, etiamsi id nunquam futurum sit: neque necesse
fuisse Cypselum refinare Corinthi, quamquam id millesimo ante anno Apollinis
oraculo editum esset. . . Placet Diodoro, id solum fieri posse, quod aut verum
sit, aut verum
en 8°, Bonn, 1827, y la Escuela de Megara, por D. Henne, en 8º, París,
1843.
333
GODOFREDO G. LEIBNITZ
futurum sit; qui locus attingit hanc quaes-tionem, nihil fieri, quod non
necesse fuerit; et quicquid fieri possit, id aut esse jam, aut futurum esse;
nec magis commutari ex veris in falsa ea posse qum futura sunt, quam ea quae
fasta sunt: sed in factis inmutabilitatem apparere: in futuris quibus-dam, quia
non apparent, ne inesse quidem videri; ut in eo, qui mortife-ro morbo urgeatur,
verum sit, hic morietur hoc morbo; at hoc ídem si vere dicatur in eo, in quo
tanta vis morbi non appa-reat, nihilominus futurum sit. Ita fit ut commulatio
ex vero in; falsum, ne in futuro quidem ulla fieri possit. (Vigila, Crisipo; no
abandones tu causa en la cual sostienes gran lu-cha con el insigne dialéctico
Diodoro. . . nada lo que se dice falso en el futuro, puede suceder. Pero esto,
Crisipo, tú de ninguna manera lo quieres, y principalmente acerca de eso mismo
es tu contienda con Diodoro. Porque éste dice que sólo puede tener lugar lo que
es verdadero o lo que ha de ser verdadero; y dice que lo que quiera que ha de
existir, ha de suceder necesariamente; y lo que no ha de existir, niega que
pueda tener lugar. Pero tú dices que pueden tener lugar tam-bién las cosas que
no han de existir, por ejemplo, que se rompa esta gema, aunque nunca haya de
ocurrir, y que no ha sido necesario que Cipselo reine en Corinto, a pesar de
que eso ha sido profetizado por el oráculo de Apolo con un mi-lenio de
anticipación... A Diodoro satisface que solamente puede tener lugar lo que es
verdadero o lo que ha de ser ver-dadero; este pasaje toca a la cuestión de que
nada tiene lugar que no hubiere sido necesario; y que todo lo que puede tener
lugar, o ya existe, o ha de existir; y que no pueden mudarse de verdaderas en
falsas las cosas que han de existir mejor que
334
TEODICEA
las que ya han sido hechas; antes bien, en las cosas hechas aparece la
inmutabilidad; en algunas futuras, porque no apa-rece, no se ve que exista;
cono es verdadero que quien es atacado de una enfermedad mortal, se morirá de
esa enfer-medad; pero esto mismo de ninguna manera ha de ser, si se dice
verdaderamente, en el que no se observa enfermedad tan grave. De aquí que no
pueda darse mutación alguna de lo verdadero a lo falso, ni siquiera en lo
futuro). Cicerón da a comprender lo bastante que Crisino se encontraba muchas
veces perplejo en esta disputa, y no hay que extrañarlo, por-que la solución
que adoptó no estaba ligada con su dogma del destino, y si hubiera razonado
consecuentemente, hubie-se aceptado de buen grado toda la hipótesis de Diodoro.
Se ha visto antes, que la libertad que atribuía al alma y su com-paración con
el cilindro no impedían que en el fondo todos los actos de la voluntad humana
fuesen consecuencias ine-vitables del destino; de donde resulta que todo lo que
no sucede es imposible, y que sólo es posible lo que se verifica actualmente.
Plutarco (De Stoicor; repugn, páginas 1053 y 1054), le combate en toda regla,
tanto en este punto como en su disputa con Diodoro, y sostiene contra él que su
opi-nión de la posibilidad es absolutamente opuesta a la doctrina del fatum.
Obsérvese que los estoicos más ilustres escribie-ron sobre esta materia; pero
no siguiendo el mismo camino. Arriano155 (in Epict. 1. II. c. XXIX p. m. 166),
cita cuatro,
155 Arriano, historiador, geógrafo y filósofo del primer siglo de la era
cristiana. Fué discípulo de Epicteto y redactó todos los pensamientos de este
gran filósofo en dos obras célebres: El Manual y las Pláticas..
335
GODOFREDO G. LEIBNITZ
que son Crisipo, Cleantes156, Arquidemo157 y Antipater158. Manifiesta
gran menosprecio por esta disputa, y no tenía para qué citarle M. Menage como
un escritor que habló (Menage in Laertio, I, 7, 341) en términos honrosos de la
obra de Crisipo, perí dynatón porque seguramente estas pa-labras: guégrafe de
cai Jrísivos Taumastós, etcétera, de his rebus mira scripsit Chrisippus,
etcétera, no son en este lugar un elogio. Así resulta de lo que precede y de lo
que sigue. Dionisio de Halicarnaso159, (De collocatione, verborum, ca-pítulo
XVII, p. m. II), hace mención de dos tratados de Cri-sipo, en los que, bajo un
título que prometía otras cosas, invadió el terreno de los lógicos. La obra se
titulaba: perí tes syntáseos tu lógu merón de partium orationis collocatione, y
sólo trataba de las proposiciones verdaderas o falsas, posi-bles e imposibles,
contingentes y ambiguas; materia que
Cleantes, filósofo estoico, nació
en Anos, en Asia menor, 300 años antes de J. C., y murió hacia el 220 o 225.
Diógenes Laercio nos ha transmitido los títulos de sus principales obras: Sobre
el tiempo, Sobre la fisiología de Zenón, Exposición de la filosofía de
Heráclito, Sobre el Deber, La Política del reinado. Escribió también una
colección de admi-rables versos bajo el título de Himno a Júpiter.
Arquiderno, de Tarso, filósofo del
siglo II, antes de J. C., dialéctico que disputó mucho con el estoico
Antipater. (Véase Cicerón, Academiae quaestiones, libro II, capítulo 47).
Antipater, de Tarso, filósofo
estoico del segundo siglo antes de J. C., discípulo de Diógenes el Babilonio,
maestro de Panetio y contemporá-neo de Carnéades, a quien combatió en sus
escritos.
Dionisio de Halicarnaso vivió a
fines del primer siglo antes de J. C. Vino a Roma en el año 30 y publicó sus
Antigüedades romanas, en el año 7. Escribió además un Tratado de la colocación
de las palabras; Una retórica; Juicios abreviados sobre los antiguos escritores
griegos, repro-ducidos por Quintiliano; Examen crítico de Lysias Isócrates,
Isco y Di-narco; Carta sobre el estilo de Platón; Tratado de la elocuen-cia de
Demóstenes. Edición de Oxford, 1704, 2 volúmenes, en 8°.
336
TEODICEA
nuestros escolásticos han debatido hasta la quinta esencia. Nótese que
Crisipo- reconoció que las cosas pasadas eran necesariamente verdaderas, cosa
que Cleantes no había que-rido admitir (Arriam ubi supra, p. m. 165): oú ván de
pare-lyletós aletés anagcáion estí, catáoer oi perí Kleánten férestai docousí.
Non omne praeteritum ex necessitate verum est, ut illi qui Cleanthem sequuntur
sentiunt. (No todo lo pasado es verdadero por necesidad, como opinan los que
siguen a Cleantes). Ya hemos visto antes (página 562, columna 2), haberse dicho
que Abelardo enseñaba una doctrina parecida a la de Diodoro. Yo creo que los
estoicos se empeñaron en dar más extensión a las cosas posibles que a las cosas
futuras, para suavizar las consecuencias odiosas y funestas que se sacaban de
su dogma de la fatalidad."
Parece, con bastante claridad, que Cicerón, al escribir a Varrón160 lo
que acabamos de copiar (libro IX. Epístola IV, ad familiares), no comprendía lo
bastante la consecuencia de la opinión de Diodoro, puesto que la encontraba
preferible. Expone muy bien las opiniones de los autores en su libro De Fato;
puro es lástima que no siempre se haya ocupado en las razones de que ellos se
servían. Plutarco, en su tratado sobre las contradicciones de los estoicos, y
M. Bayle se sorprenden de que Crisipo no fuera de la opinión de Diodoro, puesto
que es favorable a la fatalidad. Pero Crisipo, y lo mismo su maestro Cleantes,
eran en este punto más razonables de lo que se piensa, como se verá más
adelante. Se presenta la
Varrón, polígrafo célebre de la
antigüedad, contemporáneo de Cice-rón, escribió un libro De philosophia,
algunos de cuyos fragmentos nos ha trasmitido San Agustín. Compuso también
entre otros escritos un tratado De Lingua latina, y otro De Antiquitatibus
rerum divinarum.
337
GODOFREDO G. LEIBNITZ
cuestión de si lo pasado es más necesario que lo futuro. Cleantes ha
sido de esta opinión. Se objeta que es necesario ex hypothesi que lo futuro
suceda, como es necesario ex hipothesi que lo pasado haya sucedido. Pero hay
esta dife-rencia; que no es posible obrar sobre el estado pasado, por-que
envuelve una contradicción; pero es posible producir algún efecto sobre el
porvenir; y sin embargo, la necesidad hipotética es en uno y otro caso la
rnisma; lo uno no puede mudarse, lo otro no lo será, y sentado esto, no podrá
mudar-se tampoco.
S 171. El famoso Pedro Abelardo ha sostenido una opi-nión análoga a la
de Diodoro, cuando ha dicho que Dios no puede hacer sino lo que hace. Fue la
tercera de las catorce proposiciones sacadas de sus obras, que fueron
censuradas en el Concilio de Sens. Se la tomó del libro 3° de la Intro-ducción
a la Teología, donde trata particularmente del poder de Dios. La razón que
daba, era que Dios sólo puede hacer lo que quiere; es así que no puede querer
hacer otra cosa que lo que hace, porque es necesario que él quiera todo lo que
es conveniente; luego todo lo que no hace no es conveniente, no puede querer
hacerlo, y por consiguiente no puede ha-cerlo. Abelardo reconoce que es ésta
una opinión particular suya, apenas seguida por ningún otro, que parece
contraria a la doctrina de los santos y a la razón, y que destruye la gran-deza
de Dios. Se cree que este autor tenía demasiada tenden-cia a pensar libremente,
separándose de la opinión común, porque en el fondo no era esto más que una
logomaquia, y sólo se cambiaba el significado de los términos. El poder y la
voluntad son facultades diferentes, cuyos objetos son tam-
338
TEODICEA
bién diferentes, y es confundirlos decir que Dios no puede hacer más que
aquello que quiere. Todo lo contrario; entre muchos posibles, sólo quiere lo
que encuentra que es lo mejor. Porque se consideran todos los posibles como
objeto de su poder, mientras que se consideran las cosas actuales y existentes
como los objetos de su voluntad decretoria. El mismo Abelardo lo ha reconocido
así. Se hace a sí mismo esta objeción: un reprobado puede salvarse; pero esto
no es posible a menos de que Dios le salve. Dios, por consiguien-te, puede
salvarle y, por lo tanto, hacer una cosa que no ha-ce. Responde a esto, que
puede muy bien decirse que este hombre puede salvarse con relación a la
posibilidad de la naturaleza humana, que es capaz de salvación; pero que no
puede decirse que Dios pueda salvarle con relación a Dios mismo, porque es
imposible que Dios haga lo que no debe hacer. Mas puesto que confiesa que se
puede muy bien decir en un sentido, absolutamente hablando y dejando a un lado
la suposición de la reprobación, que uno que está condenado puede ser salvado,
y que por lo mismo muchas veces lo que Dios no hace puede hacerse, podía muy
bien hablar como todos los demás, que no entienden otra cosa cuando dicen que
Dios puede salvar a este hombre, y que puede hacer lo que no hace.
172. La supuesta necesidad de
Wiclef, condenado por el Concilio de Constanza, sólo procede, al parecer, de
esta mismo equivocación. Creo que los hombres entendidos se hacen un daño a sí
mismos y a la verdad, cuando afectan emplear sin necesidad expresiones nuevas y
chocantes. En nuestros días, el famoso M. Hobbes ha sostenido esta misma
339
GODOFREDO G. LEIBNITZ
opinión: que lo que no sucede es imposible. Lo prueba, di-ciendo que
jamás acontece que todas las condiciones reque-ridas para una cosa que no
existirá, omnia rei non futura requisita, se encuentren juntas, y es claro que
la cosa no pue-de existir sin esto. Pero, ¿quién no ve que esto sólo prueba la
imposibilidad hipotética? Es cierto que una cosa no puede existir cuando falta
una condición indispensable. Pero así como pretendemos poder decir que la cosa
puede existir, aunque no exista, también pretendemos poder decir que las
condiciones requeridas pueden existir, aunque no existan. Y así, el argumento
de H. Hobbes deja las cosas como están. Esta opinión que se tiene de que Hobbes
enseñaba la nece-sidad absoluta de todas las cosas, le ha desacreditado mucho,
y le hubiera hecho daño aún cuando hubiese sido éste su único error.
173. Espinoza ha ido más lejos.
Parece que ha soste-nido terminantemente una necesidad ciega, habiendo negado
el entendimiento y la virtud al autor de las cosas, imaginán-dose que cl bien y
la perfección sólo hacen relación a noso-tros, y no a él. Es cierto que la
opinión de Espinoza sobre este punto tiene algo de oscura, porque atribuye
pensa-miento a Dios después de haberle quitado el entendimiento, cogitationem,
non intellectum conc cdit Deo. Hay pasajes en que suaviza lo dicho sobre la
necesidad. Sin embargo, en cuanto pude comprendérsele, no reconoce la bondad de
Dios, propiamente hablando, y sostiene que todas las cosas existen por la
necesidad de la naturaleza divina, sin que Dios haga ninguna elección. No nos
detendremos en rebatir aquí una opinión tan mala, y al mismo tiempo tan
inexplicable. La
340
TEODICEA
nuestra descansa en las naturalezas de las cosas posibles, es decir, de
las cosas que no implican contradicción. No creo que un espinocista diga que
todas las novelas que pueden imaginarse, existen realmente al presente, o que
han existido, o que existirán aún en algún paraje del universo; sin embar-go,
no puede negarse que novelas como las de la señorita Scudery161, o como la
Octavia, no sean posibles. Opongá-mosle, pues, estas palabras de M. Bayle, que
son muy de mi gusto, página 390: "hoy día, dice, es para los espinocistas
un gran embarazo el ver que, según su hipótesis, ha sido tan imposible de toda
la eternidad el que Espinoza, por ejemplo, no muriese en La Haya, como
imposible que dos y dos ha-gan seis. Conocen claramente que es una consecuencia
nece-saria de su doctrina, pero consecuencia que repugna, que espanta y que
subleva los espíritus por el absurdo que encie-rra, que es diametralmente
opuesto al sentido común. No les gusta que se sepa que destruyen una máxima tan
universal y tan evidente como ésta: todo lo que implica contradicción, es
imposible, y todo lo que no implica contradicción, es po-sible."
174. Puede decirse de M. Bayle:
ubi bene, nemo me-lius (cuando habla bien, ninguno mejor), aunque no puede
decirse de él lo que se decía de Orígenes: ubi male, nemo
161 La señorita Scudery, escritora célebre del siglo XVII, hermana de
Jorge Scudery, pero muy superior a él; nació en Havre en 1607 y murió en París
en 1701, a la edad de 94 años. Sus principales obras sun: Ibra-him o el ilustre
Bassa, 4 vol. en 8°, París, 1641; Artamenes o EI Gran Ciro, 10 vol., en 8°,
1650; Clelia, 10 vol. en 8°, París, 1656; Las mujeres ilustres, París, 1665, en
12°; Conversaciones sobre diversos objetos, 1680, 2 vol., en 12°; Nuevas
conversaciones, 1684, 2 vol. En 12°; Con-versaciones morales, 1686; Pláticas de
moral. 1692, etcétera.
341
GODOFREDO G. LEIBNITZ
pejus (cuando habla mal, nadie lo hace peor). Sólo añadiré que lo que se
acaba de sentar como una máxima, es al mis-mo tiempo la definición de lo
posible y de lo imposible. Sin embargo, M. Bayle añade al final una palabra que
echa a per-der un poco lo que ha dicho con tanta razón. "Ahora bien: ¿qué
contradicción habría en que Espinoza hubiera muerto en Leyden? ¿La naturaleza
hubiera sido por eso menos per-fecta, menos sabia, menos poderosa?"
Confunde aquí lo que es imposible, porque implicaría contradicción, con lo que
no puede suceder porque no es como debía ser para ser escogi-do. Es cierto que
no hubiera habido contradicción en la su-posición que Espinoza hubiese muerto
en Leyden y no en La Haya; nada más posible, y la cosa era indiferente con
rela-ción al poder de Dios. Pero no hay que imaginarse que pue-da concebir
suceso alguno, por pequeño que sea, como indiferente con relación a su
sabiduría y a su bondad. Jesu-cristo ha dicho divinamente que todo está
contado, hasta los cabellos de nuestra cabeza. Y así la sabiduría de Dios no
permitiría que este suceso de que habla M. Bayle sucediera de otra manera que
como ha sucedido; no porque por sí mismo mereciera más el ser preferido, sino a
causa del enlace que tiene con esta serie final del universo que ha merecido
ser preferida por Dios. Decir que lo que ha sucedido no inte-resaba a la
sabiduría de Dios, y deducir de aquí que no es, por tanto, necesario, es un
supuesto falso, e inferir mal de él una conclusión verdadera. Es confundir lo
que es necesario por necesidad moral, es decir, por el principio de la
sabiduría y de la bondad, con lo que es de necesidad metafísica y bru-ta, que
tiene lugar cuando lo contrario implica contradicción.
342
TEODICEA
Además, Espinoza buscaba una necesidad metafísica en los sucesos, y no
creía que Dios se determinara por su voluntad y por su perfección, las cuales
consideraba este autor como quimeras con relación al universo, sino por la
necesidad de su naturaleza; a la manera que el semicírculo está obligado a
comprender sólo ángulos rectos, sin tener de ello conoci-miento ni voluntad;
porque Euclides ha demostrado que todos los ángulos comprendidos entre dos
líneas rectas, tira-das desde las extremidades del diámetro a un punto del
cír-culo, son necesariamente rectos, y que lo contrario implica contradicción.
175. Hay personas que han ido a
parar al otro extre-mo, y con el pretexto de librar a la naturaleza divina del
yugo de la necesidad, han querido hacerla absolutamente indife-rente, con una
indiferencia de equilibrio; no considerando que todo lo que la necesidad
metafísica tiene de absurdo con relación a las acciones de Dios ad extra, otro
tanto la necesi-dad moral es digna de él. Una dichosa necesidad es la que
obliga al sabio a obrar bien, mientras que la indiferencia con relación al bien
y al mal sería señal de una falta de bondad o de sabiduría. Además, la
indiferencia que mantuviese la vo-luntad en un perfecto equilibrio, sería una
quimera, según hemos demostrado anteriormente, como que chocaría con el gran
principio de la razón determinante.
176. Los que creen que Dios ha
establecido el bien y el mal por un decreto arbitrario, caen en esta extraña
opinión de una pura indiferencia y en otros absurdos más graves todavía. Quitan
a Dios el título de bueno; porque ¿qué moti-vo habrá para alabarle por lo que
ha hecho si también hu-
343
GODOFREDO G. LEIBNITZ
biera obrado bien haciendo cualquiera otra cosa? Con fre-cuencia me ha
sorprendido el ver que muchos teólogos su-pralapsarios, como, por ejemplo,
Samuel Retorfort, profesor de teología en Escocia, que escribió cuando las
controversias con los remonstrantes estaban más en boga, hayan podido incurrir
en tan extraño pensamiento. Retorfort, en su ejerci-cio apologético sobre la
gracia, dice terminantemente que nada es injusto o moralmente malo con relación
a Dios, an-tes de prohibirlo él; y así, si no fuera por esta prohibición, sería
indiferente asesinar o salvar a un hombre, amar a Dios o aborrecerle, alabarle
o blasfemar de él.
Nada más irracional, y ya se diga que Dios ha estableci-do el bien y el
mal en una ley positiva, ya se sostenga que hay algo que es bueno y justo con
anterioridad a su decreto, pero que no está Dios precisado a conformarse con
ello, y que nada le impide obrar injustamente y condenar quizá hasta a
inocentes; todo ello significa lo mismo, y se deshonra casi igualmente a Dios.
Porque si la justicia ha sido establecida arbitrariamente y sin ningún motivo;
si Dios lo ha resuelto así por una especie de azar, como cuando se saca una
cosa a la suerte, no se mostrarían su bondad ni su sabiduría, ni nada que se
lígue con ellas. Y si ha establecido o hecho por un decreto puramente
arbitrario y sin razón alguna lo que lla-mamos justicia y bondad, es claro que
puede deshacerlas o mudar su naturaleza, de suerte que no es posible prometerse
que las observará siempre; como puede decirse con verdad que lo hará, cuando se
supone que están fundadas en razo-nes. Sería lo mismo, sobre poco más o menos,
que si su jus-ticia fuese diferente de la nuestra, es decir, si, estuviera
344
TEODICEA
escrito, por ejemplo, en su código, que es justo hacer a los inocentes
eternamente desgraciados. Según estos principios, nada precisaría a Dios
mantener su palabra, ni estaríamos seguros de su cumplimiento. ¿Por qué la ley
de justicia que afirma que las promesas racionales deben cumplirse, había de
ser en este punto más inviolable que todas las demás?
177. Todos estos dogmas, aunque un
poco diferentes entre sí, a saber: primero, que la naturaleza de la justicia es
arbitraria; segundo, que es fija, pero que no es seguro que Dios la observe; y
tercero, que la justicia que nosotros cono-cemos no es la que Dios cumple,
destruyen la confianza en Dios, base de nuestra felicidad. Nada obsta a que un
Dios semejante se erija en tirano y enemigo de los hombres de bien, y que se
complazca en hacer lo que nosotros llamamos mal. ¿Por qué no Habría de ser, por
tanto, lo mismo el prin-cipio malo de los maniqueos que el único principio
bueno de los ortodoxos? Por lo menos, Dios permanecería neutral y como
suspendido entre dos, o sería tan pronto el uno como el otro; lo cual vendría a
ser lo mismo que si dijera alguno que Oromasdes y Arimanius reinan
alternativamente, según que el uno o el otro sea más fuerte o más diestro;
sobre poco más o menos a la manera que aquella mujer Magulla, que, habiendo
oído decir, al parecer, que en otro tiempo, bajo Gengis-Khan y sus sucesores,
su nación había sido dueña de la mayor parte del Septentrión y del Oriente,
dijo última-mente a los Moscovitas, cuando Isbrand fue a China de parte de
aquél por el país de estos tártaros, que el Dios de los Mugallos había sido
arrojado del cielo, pero que llegará un día en que recobrará su puesto. El
verdadero Dios siempre
345
GODOFREDO G. LEIBNITZ
es el mismo; la religión natural exige que sea esencialmente bueno y
sabio tanto como poderoso; y es casi tan contrario a la razón y a la piedad
decir que Dios obra sin conocimiento, como el pretender que time un
conocimiento, entre cuyos objetos no se hallan las reglas eternas de la bondad
y de la justicia; o, en fin, que tiene una voluntad que no atiende a estas
mismas reglas.
178. Algunos teólogos que han
escrito acerca del dere-cho de Dios sobre las criaturas, han pretendido
concederle un derecho sin límites, un poder arbitrario y despótico. Han creído
que colocaban a la divinidad en el punto más alto de grandeza y de elevación
que puede imaginarse, quedando de esta manera anonadada la criatura delante del
Creador hasta el punto de no hallarse éste ligado a ninguna especie de leyes
respecto de aquélla. Hay pasajes en Twisse, en Retorfort y en algunos otros
supralapsarios en que insinúan que Dios no puede pecar, haga lo que quiera,
porque no está sujeto a nin-guna ley. El mismo Bayle cree que esta doctrina es
mons-truosa y contraria a santidad de Dios (Diccionario V. paulicianos, página
2362, initio); pero me imagino que la intención de algunos de estos autores no
ha sido tan mala como parece. Probablemente entienden por derechos
ánuoeutunían, un estado en que no es uno responsable a nadie por aquello que
hace. Pero no habrán negado que Dios se debe a sí mismo lo que la bondad y la
justicia recla-man. Puede verse sobre esta materia la apología de Calvino hecha
por M. Amyraud162. Es cierto que Calvino parece or-
Amyraud, teólogo reformado, nació
en Bourgueil, en Anjou, en 1596, y murió en 1664. Pertenece a la escuela de
Saumur. Sus principales obras
346
TEODICEA
todoxo en este punto, y que de ninguna manera es de los supralapsarios
exagerados.
179. Así, cuando M. Bayle dice en
algún pasaje de su obra, que San Pablo funda la predestinación en el derecho
absoluto de Dios y en la incomprensibilidad de sus miras, debe sobreentenderse
que si se las comprendiera se encon-traría que eran conformes con la justicia y
que no podía Dios usar de otra manera de su poder. El mismo San Pablo dice que
es una profundidad, pero de sabiduría (altitudo sapien-tiae), y la justicia
está comprendida en la bondad del sabio. Veo que M. Bayle, en otro lugar, habla
muy bien de la aplica-ción de nuestras nociones de la bondad a las acciones de
Dios (Respuesta a un provinciano, capítulo 131, página 139). "No hay que
pretender, dice, que la bondad del Ser infinito no esté sometida a las mismas
reglas que la bondad de la criatura; porque si hay en Dios un atributo que
pueda llamar-se bondad, es preciso que los caracteres de la bondad en general
le cuadren. Ahora bien: cuando reducimos la bondad a la más general
abstracción, encontramos en ella la voluntad de hacer el bien. Dividid y
subdividid en cuantas especies os acomode esta bondad general: en bondad
infinita, en bondad finita, en bondad real, en bondad paternal, en bondad
con-yugal, en bondad de amo, encontraréis en todas y cada una, como un atributo
inseparable, la bondad, el hacer el bien."
180. Encuentro igualmente que M.
Bayle rebate con acierto la opinión de los que pretenden que la bondad y la
son: De la soberanía de los reyes; Tratado de las religiones contra Ios
que las creen indiferentes; Moral cristiana, vol. 6 en 8°; Del gobierno de la
Iglesia; Consideraciones sobre los derechos, según los que la naturaleza ha
ordenado los matrimonios; Vida de Francisco de Noue.
347
GODOFREDO G. LEIBNITZ
justicia dependen únicamente de la elección arbitraria de Dios, y que se
imaginarle que si Dios se hubiera determinado a obrar por la bondad de las
cosas mismas, sería un agente enteramente necesitado o forzado en sus acciones,
lo cual no puede ser compatible con la libertad. Al decir esto se con-funde la
necesidad metafísica con la necesidad moral. He aquí lo que M. Bayle opone a
este error: (Respuesta a un provinciano, capítulo 189, página 203): "La
consecuencia de esta doctrina será, que antes de resolverse Dios a crear el
mundo, no veía en la virtud nada que fuera mejor que en el vicio, y que sus
ideas no le mostraban que aquella fuese más digna de su amor que éste. Así se
borra toda distinción entre el derecho natural y el derecho positivo; no habrá
nada in-mutable o indispensable en la moral; y hubiera sido tan posi-ble a Dios
mandar a los hombres ser viciosos, como mandarles ser virtuosos; y tampoco se
podría ya estar seguro de que algún día no fuesen derogadas las leyes morales
como lo fueron las leyes ceremoniales de los judíos. Esto, en una palabra, nos
conduce, derechos a creer que Dios ha sido el autor libre, no sólo de la bondad
y de la virtud, sino también de la verdad y de la esencia de las cosas. He ahí
lo que una parte de los cartesianos pretenden, y confieso que su opinión (véase
la Continuación de los pensamientos sobre los come-tas, página 554), podría ser
de alguna utilidad en ciertas oca-siones; pero cabe combatirla con tantas
razones y está sujeta a consecuencias tan graves (véase el capítulo 152 de la
mima Continuación), que apenas si hay extremos que no sean pre-feribles a
arrojarse a seguir semejante opinión. Ella abre la puerta al pirronismo más
exagerado; porque lleva hasta sos-
348
TEODICEA
tener que esta proposición: tres y tres hacen seis, sólo es verdadera
mientras la voluntad de Dios lo quiera; que es quizá falsa en algunas partes
del universo; que acaso lo será entre los hombres del año que viene; pues todo
lo que de-pende del libre albedrío de Dios puede haber sido limitado a ciertos
lugares y a ciertos tiempos, como las ceremonias ju-daicas. Esta consecuencia
se extenderá también a todas las leyes del Decálogo, si las acciones que ellas
ordenan están por su naturaleza tan privadas de toda bondad, como las acciones
que las mismas prohiben."
181. Y decir que habiendo resuelto
Dios crear al hombre tal como es, no ha podido menos de exigir de él la piedad,
la sobriedad, la justicia y la caridad, porque es impo-sible que los desórdenes
capaces de trastornar y perturbar su obra le puedan agradar, es volver
realmente a la opinión co-mún. Las virtudes sólo son virtudes, porque
contribuyen a la perfección o impiden la imperfección de los que son
virtuo-sos, y aun de los que tienen que ver con ellos. Y son esto por su
naturaleza y por la naturaleza de las criaturas racionales, antes que Dios haya
decretado crearlas. Juzgar de otra mane-ra, sería como si alguno dijera que las
reglas de las propor-ciones y de la armonía son arbitrarias con relación a los
músicos, porque no tienen lugar en la música sino cuando se ha resuelto uno a
cantar o a tocar algún instrumento. Pero esto es precisamente lo que se llama
esencial a una buena música, porque esas reglas le convienen ya en el estado
ideal, cuando nadie piensa en cantar, puesto que se sabe que ha-brán de convenirle
necesariamente desde el momento en que se cante. De igual modo, las virtudes
cuadran al estado ideal
349
GODOFREDO G. LEIBNITZ
de la criatura racional, antes que Dios haya decretado crearla, y por
esto mismo sostenemos que las virtudes son buenas por su naturaleza.
182. M. Bayle escribió adrede un
capítulo en su Conti-nuación de los pensamientos diversos (el 152), donde hacer
ver "que los doctores cristianos enseñan que hay cosas que son justas con
anterioridad a los decretos de Diosa Teólogos de la confesión de Augsbourg han
criticado a algunos refor-mados que al parecer eran de otra opinión, y han
considera-do este error como un resultado del decreto absoluto, cuya doctrina
parece Hacer extraña la voluntad de Dios a toda clase de razones, ubi stat pro
ratione voluntas (cuando la voluntad está en favor de la razón). Pero, como ya
he obser-vado más de una vez en esta obra, el mismo Calvino ha re-conocido que
los decretos de Dios son conformes con la justicia y la sabiduría, aunque las
razones que pudieran mos-trar al pormenor esta conformidad nos sean
desconocidas. Y así, según él, las reglas de la bondad y de la justicia son
ante-riores a los decretos de Dios. M. Bayle, en el mismo lugar, cita un pasaje
del célebre M. Turretin en que se distinguen las leyes divinas naturales y las
divinas positivas. Las leyes morales son de la primera especie, y las
ceremoniales de la segunda. M. Samuel Des Marets163, teólogo célebre en otro
Samuel Des Marets, teólogo
protestante, nació en Picardía en 1599, y murió en Groninga en 1673. Pertenece
también a la escuela de Saumur. Escribió gran número de obras, la principal de
las cuales es: Collegium theologicum, sive breve systema universae theologiae,
en 4°, cuatro ediciones, 1645, 49, 56 y 73.
350
TEODICEA
tiempo de Groninga, y M. Strimesius164, que lo es aún en Francfort sobre
el Oder, han enseñado la misma doctrina; y creo que es la opinión más aceptada
entre los reformados. Tomás de Aquino y todos los tomistas han sido del mismo
parecer, junto con el común de los escolásticos y de los teó-logos de la
Iglesia romana. Los casuistas lo son igualmente, y entre los más eminentes de
ellos cuento a Grocio, a quien han seguido en este punto todos sus
comentadores. M. Puffendorf parece que fue de otra opinión, que ha sostenido
contra las censuras de algunos teólogos, pero no se le debe tomar en cuenta
mediante a que no ha profundizado lo bas-tante esta materia. Clama de un modo
terrible contra el de-creto absoluto en su Fecialis divinus y, sin embargo,
aprueba lo peor que se encuentra en las opiniones de los defensores de este
decreto, y sin lo cual este decreto (como otros re-formados lo explican) se
hace todavía soportable. Aristóteles ha sido muy ortodoxo sobre este punto de
la justicia, y le ha seguido la escuela, distinguiendo ésta, lo mismo que lo
hacen Cicerón y los jurisconsultos, entre el derecho perpetuo, que obliga a
todos y en todas partes, y el derecho positivo, que es sólo para ciertos
tiempos y ciertos pueblos. Yo leí en otra ocasión con gusto el Eutifron de
Platón, quien en boca de Sócrates sostiene la verdad de esta doctrina, y M.
Bayle llama también la atención sobre este pasaje.
183. Sostiene M. Bayle esta verdad
con mucha fuerza en cierto lugar, y será bueno copiarle todo entero, aunque es
164 Strimesius, teólogo reformado, nació en 1648, en Koenigsberg, y
murió en 1730. Escribió gran número de obras teológicas y filosóficas, y entre
ellas: Tractatus de fundamentalibus fidei christianae articulis; De justicia
Dei et hominis; Praxiología apodictica contra Hobbesium.
351
GODOFREDO G. LEIBNITZ
largo. (Tomo II, Continuación de los pensamientos diversos, capítulo
152): "Según la doctrina de una infinidad de autores respetables, dice,
hay en la naturaleza y en la esencia de cier-tas cosas un bien o un mal moral
que precede al decreto divino. Prueban principalmente la verdad de esta
doctrina por las consecuencias horribles que se siguen del dogma contrario;
porque si el no dañar a otro fuese una acción bue-na, no en sí misma, sino por
virtud de una disposición arbi-traria de la voluntad de Dios, se seguiría de
ahí que Dios ha podido dar al hombre una ley directamente opuesta en todos sus
puntos a los mandamientos del Decálogo, lo cual causa horror. Pero he aquí una
prueba más directa tomada de la metafísica. Es una cosa cierta que la
existencia de Dios no es un efecto de su voluntad. Dios no existe porque quiere
exis-tir, sino por la necesidad de su naturaleza infinita. Su poder y su
ciencia existen por virtud de la misma necesidad. No es omnipotente ni conoce
todas las cosas porque lo quiere, sino porque son atributos necesariamente
identificados con él. El imperio de su voluntad sólo toca al ejercicio de su
poder, y al exterior sólo produce actualmente lo que quiere, dejando todo lo
demás en la pura posibilidad. De aquí nace que este imperio sólo se extiende
sobre la existencia de las criaturas, y no se extiende sobre sus esencias. Dios
ha podido crear la materia, un hombre, un círculo, o no sacarlos de la nada;
pero no ha podido producirlos sin darles sus propiedades esenciales. Fue
necesario que hiciese del hombre un animal racional, y que diese a un círculo
la figura redonda, puesto que, según sus ideas eternas e independientes de los
decretos libres de su voluntad, la esencia del hombre consistía en los
352
TEODICEA
atributos de animal y de racional, y la esencia del círculo con-sistía
en una circunferencia cuyas partes todas están, igual-mente distantes del
centro. Esto es lo que ha obligado a los filósofos cristianos a reconocer que
las esencias de las cosas son eternas, y que hay proposiciones de una eterna
verdad y, por consiguiente, que las esencias de las cosas y la verdad de los
primeros principios son inmutables. Esto debe entender-se, no sólo de los
primeros principios teóricos, sino también de los primeros principios prácticos
y de todas las proposi-ciones que contienen la verdadera definición de las
criaturas. Estas esencias, estas verdades, emanan de la misma necesi-dad de la
naturaleza que la ciencia de Dios, y así como por la naturaleza de las cosas
Dios existe, es omnipotente y lo co-noce todo de un modo perfecto, así por la
naturaleza de las cosas también la materia, el triángulo, el hombre, ciertas
ac-ciones del hombre, etcétera, tienen tales o cuales atributos esencialmente.
Dios ha visto de toda eternidad y de toda necesidad las relaciones esenciales
de los números y la iden-tidad del atributo con el sujeto en las proposiciones
que contienen la esencia de cada cosa. Ha visto de la misma ma-nera, que el
término justo está encerrado en los siguientes: estimar lo que es estimable,
ser agradecido a su bienhechor, cumplir lo convenido en un contrato, y otras
muchas propo-siciones de moral. Hay, por tanto, razón para decir que los
preceptos de la ley natural suponen la bondad y la justicia de lo que se manda,
y que sería un deber para el hombre practi-car lo contenido en ellos, aun
cuando el mismo Dios hubiera tenido la condescendencia de no ordenar nada en
este punto. Tened presente, os lo suplico, que ascendiendo por virtud de
353
GODOFREDO G. LEIBNITZ
nuestras abstracciones al instante ideal en que Dios no ha decretado
todavía nada, hallaremos en las ideas de Dios los principios de moral bajo
términos que implican una obliga-ción. Concebimos éstas máximas como ciertas y
derivadas del orden eterno e inmutable: es digno de la criatura racional el
conformarse con la razón; una criatura racional que se conforma con la razón,
es laudable, así copio es reprensible cuando no se conforma. No os atreveréis a
decir que no imponen un deber al hombre, con relación a todos los actos
conformes con la recta razón verdades como éstas: es preci-so estimar todo lo
que es estimable; volver bien por bien; no hacer daño a otro; honrar a su
padre; dar a cada uno lo que ese le debe, etcétera. Puesto que por la
naturaleza misma de las cosas, y con anterioridad a las leyes divinas, las
verdades morales imponen al hombre ciertos deberes, es claro que Tomás de
Aquino y Grocio han podido decir que si no hu-biera Dios, no dejaríamos de
estar obligados a conformarnos con el derecho natural. Otros han dicho que, aun
cuando todas las inteligencias pereciesen, las proposiciones verdade-ras
permanecerían siendo verdaderas. Cayetano ha sostenido que si quedara él solo
en el universo, anonadándose todas las demás cosas sin ninguna excepción, la
ciencia que él tuviese de la naturaleza de una rosa, no dejaría de
subsistir."
184. El difunto M. Jacobo
Thomasio, célebre profesor en Leipzig, ha hecho observar, no sin razón, en sus
declara-ciones de las reglas filosóficas de Daniel Stahlius165, profesor
Daniel Stahlius, filósofo, nació
en Hamelbourg, en 1589; fué profesor de lógica y e metafísica en Jena, y murió
en 1654. Escribió: Compendium metaphisicae; Institutiones logicae; Philosophia
moralis; Tractatus logicus contra sofismatum solutionem, etcétera.
354
TEODICEA
en Jena, que no es conveniente llevar las cosas más allá de Dios, y que
no debe decirse con algunos escotistas, que las verdades eternas subsistirían
aun cuando no hubiera enten-dimiento, ni el del mimo Dios. Porque, a mi
parecer, el en-tendimiento divino es el que crea la realidad de las verdades
eternas, aunque su voluntad no tenga parte alguna en ello. Toda realidad debe
fundarse en algo existente. Es cierto que un ateo puede ser geometría; pero si
no hubiese Dios, la geometría carecería de objeto. Sin Dios, no sólo no habría
nada existente, sino que tampoco habría nada posible. Esto no impide, sin
embargo, que los que no conocen el enlace de unas cosas con otras y con Dios,
no puedan entender ciertas ciencias, sin conocer la primera fuente de ellas que
está en Dios. Aristóteles, aunque tampoco se haya apenas dado cuenta de ello,
no ha dejado de decir algo parecido y muy bueno, cuando ha reconocido que los
principios de fas cien-cias particulares dependen de una ciencia superior que
sumi-nistra la razón de ellas, y esta ciencia superior debe tener por objeto el
ser, y por consiguiente a Dios, origen del ser. M. Dreier, de Kónigsberg166, ha
observado oportunamente, que la verdadera metafísica que Aristóteles buscaba, y
que llama-ba tén zetonménen, su desideratum, era la teología.
185. Sin embargo, el mismo M.
Bayle, que tan buenas cosas dice para probar que las reglas de la bondad y de
la justicia, y las verdades eternas en general, subsisten por su naturaleza, y
no por virtud de una elección arbitraria de Dios; ha hablado de ellas de una
manera muy indecisa en
Pedro Dreier vivió hacia el año
1670, y escribió: De natura rnetaphyi-cae; De natura logicae; De illustribus
quaestionibus philosophiae.
355
GODOFREDO G. LEIBNITZ
otro pasaje (Continuación de los pensamientos, tomo II, capítulo 124,
hacia el final). Después de exponer la opinión de M. Descartes y de algunos de
sus sectarios, que sostienen que Dios es la casa libe de las verdades y de las
esencias, añade (página 554): "He hecho todo lo que he podido para
comprender bien este dogma, y para encontrar la solución de las dificultades de
que está rodeado. Os confieso ingenua-mente que no he llegado todavía a
conseguirlo por comple-to. Esto no me desanima, e imagino, como lo han hecho
otros filósofos en otros casos, que el tiempo aclarará esta bella paradoja.
Hubiera deseado que el P. Malebranche hu-biese tenido por conveniente el
sostenerla, pero se marchó por otro rumbo." ¿Es posible que el gusto de
dudar tenga tanto poder sobre este hombre ilustre, hasta el punto de desear y
esperar poder creer que el no encontrarse nunca juntas dos contradictorias sólo
es porque Dios se lo ha prohibido, y que pudo haberles ordenado que fuesen
siem-pre en compañía? ¡Esta sí que es una preciosa paradoja! El Reverendo Padre
Malebranche obró muy sabiamente al to-mar distinto rumbo.
186. No puedo imaginarme que M.
Descartes haya podido abrigar de veras esta opinión, aunque haya tenido
sectarios que así lo hayan creído, siguiéndole buenamente a donde él no hizo
más que hacer como que iba. Probable-mente esto no fue más que uno de esos
rodeos, uno de esos ardides filosóficos de que se valía, preparándose a buscar
una escapatoria, como la que halló para negar el movimiento de la tierra,
cuando era un decidido copernicano. Sospecho que en esta materia ha usado de un
medio de hablar extraordina-
356
TEODICEA
rio, obra de su invención, que era el decir, que las afirmacio-nes y las
negaciones y, en general, los juicios internos, son operaciones de la voluntad.
Por medio de este artificio, las verdades eternas, que hasta Descartes habían
sido objeto del entendimiento divino, se vieron convertidas de repente en un
objeto de su voluntad. Ahora bien: los actos de la volun-tad son libres, luego
Dios es la causa libre de las verdades. He aquí el desenlace de la pieza.
Spectatum admissi. Un pe-queño cambio en la significación de los términos ha
causado todo este trastorno. Pero si las afirmaciones de las verdades
necesarias fuesen acciones de la voluntad del espíritu más perfecto, estas
acciones serian todo menos libres, porque no hay materia para escoger. Parece
que M. Descartes no se explicaba con claridad la naturaleza de la libertad, y
que tenía de ella una noción bastante extraordinaria, puesto que le daba una
gran extensión, hasta creer que las afirmaciones de las verdades necesarias
eran libres en Dios. Esto era lo mis-mo que conservar sólo el nombre de
libertad.
187. M. Bayle, que sostiene con
otros la libertad de in-diferencia que Dios ha tenido para establecer, por
ejemplo, las verdades de los números, y ordenar que tres veces tres fuesen
nueve, habiendo podido lo mismo mandar que fuesen diez, concibe y encuentra que
tendría opinión tan extraña, si hubiera medio de defenderla, yo no sé con qué
ventaja con-tra los es-tratonianos. Estratón fue uno de los jefes de la escuela
de Aristóteles y sucesor de Teofrasto; sostuvo, según refiere Cicerón, que este
mundo fue formado tal como es por la naturaleza o por una causa necesaria
destituida de conocimiento. Reconozco que esto podría ser, si Dios hu-
357
GODOFREDO G. LEIBNITZ
biera formado antes la materia del modo que es preciso para que se
produjera después ese resultado sólo por las leyes del movimiento. Pero sin
Dios, no habría siquiera razón alguna que explicara la existencia, y menos aún
tal o cual existencia de las cosas; así que el sistema de estratón no es
temible.
188. Sin embargo, M. Bayle se
encuentra embarazado con él; no quiere admitir las naturalezas plásticas
destituídas de conocimiento, que M. Cudworth y otros habían introdu-cido por
temor de que los estratonianos modernos, es decir, los espinocistas se
aprovecharan de este elemento. Esto le compromete a entrar en polémica con M.
Le Clerc. Preveni-do por este error: que una causa no inteligente no puede
producir nada en que tenga cabida el artificio, no quiere con-cederme la
performación que producen naturalmente los órganos de los animales, y el
sistema de una armonía que Dios ha preestablecido en los cuerpos para hacer que
res-pondan por sus propias leyes a los pensamientos y voliciones de las almas.
Pero era preciso tener en cuenta que esta causa no inteligente que produce tan
buenas cosas en las semillas y en los gérmenes de las plantas y de los
animales, y que pro-duce las acciones de los cuerpos según la voluntnd lo
orde-na, ha sido formada por las manos de Dios, que es infinitamente más hábil
que un relojero, el cual, sin embargo, hace máquinas y autómatas que son
capaces de producir efectos bastante buenos, y como si tuviesen inteligencia.
189. Y volviendo sobre lo que M.
Bayle recela de los estratonianos, en caso de que se admitan verdades
indepen-dientes de la voluntad de Dios, teme, al parecer, que estos utilicen
contra nosotros la perfecta regularidad de las verda-
358
TEODICEA
des eternas, porque, procediendo esta regularidad sólo de la naturaleza
y de la necesidad de las cosas, sin ser dirigida por ningún conocimiento, M.
Bayle terne que pueda inferirse de aquí con Estratón, que el mundo ha podido
también hacerse regular por una ciega necesidad. Pero es fácil dar respuesta a
esto: en la región de las verdades eternas se encuentran to-dos los posibles, y
por consiguiente, tanto lo regular como lo irregular, y es preciso que haya una
razón que obligue a pre-ferir el orden y lo regular, y esta razón sólo puede
encontrar-se en el entendimiento. Además, estas verdades mismas no existen sin
que haya un entendimiento que tenga conoci-miento de ellas, porque no
subsistirías si no hubiese un en-tendimiento divino en que se encuentren, por
decirlo así, realizadas. Por esto Estratón no consigue su objeto, que es el
excluir el conocimiento de lo que se da en el origen de las cosas.
190. La dificultad que M. Bayle se
ha figurado, con respecto a Estratón, parece demasiado sutil y demasiado
rebuscada. Esto se llama timere, ubi non est timor. Otra objeción pone que no
tiene más fundamento, y es que Dios estaría sometido a una especie de fatum. He
aquí sus pala-bras (página 555): "Si hay proposiciones de una eterna
ver-dad, que son tales por su naturaleza y no por institución de Dios, y si no
son verdaderas por un decreto de su voluntad, sino que. por lo contrario, las
ha conocido necesariamente verdaderas, porque tal era su naturaleza; he aquí
una especie de fatum a que está sometido, he aquí una necesidad natural
absolutamente insuperable. Resulta también de esto, que el entendimiento
divino, en la infinidad de sus ideas, ha en-
359
GODOFREDO G. LEIBNITZ
contrado siempre y de primer golpe, la perfecta conformidad de las
mismas con sus objeto, sin que ningún conocimiento le dirigiese, porque sería
una contradicción el que ninguna causa ejemplar hubiera servido de plan a los
actos del enten-dimiento de Dios. Jamás por este medio podrían encontrarse ni
ideas eternas ni una inteligencia primera. Será preciso, por tanto, decir que
una naturaleza que existe necesariamente, encuentra siempre su camino, sin
necesidad de que se le muestre; y entonces, ¿cómo es posible vencer la
terquedad de un estratoniano?"
191. También es fácil contestar a
esto: ese supuesto fatum, que obliga hasta a la divinidad, no es otra cosa que
la propia naturaleza de Dios, su propio entendimiento, que suministra las
reglas a su sabiduría y a su bondad; es una dichosa necesidad, sin la cual no
sería ni bueno ni sabio. ¿Se pretende por ventura que Dios no estuviera
obligado a ser perfecto y dichoso? ¿Es nuestra condición, que nos hace capaces
de pecar, digna de ser envidiada? ¿o nos daríamos por satisfechos si pudiéramos
cambiarla por la impecabili-dad, si esto dependiera de nosotros? Es preciso
estar muy disgustado de sí mismo para desear la libertad de perderse, y para
lamentarse de que la divinidad no tenga libertad seme-jante. En esta forma
razona M. Bayle en otro pasaje contra los que exaltan hasta las nubes una
libertad exagerada, que ellos imaginan en la voluntad, en el acto mismo en que
la querrían independiente de la razón.
192. Por lo demás, M. Bayle se
sorprende de: "que el entendimiento divino encuentre siempre, y de primer
golpe, en la infinidad de sus ideas, la conformidad perfecta de ellas
360
TEODICEA
con sus objetos, sin que ningún conocimiento le dirija." Esta
objeción carece en absoluto de todo valor. Toda idea distinta es por esto mismo
conforme con su objeto, y en Dios sólo existen citas ideas distintas; además de
que el objeto al prin-cipio no existe en ninguna parte, y cuando llegue a
existir, será formado sobre esta idea. Por otra parte, M. Bayle sabe muy bien
que el entendimiento divino no tiene necesidad del tiempo para ver el enlace
entre las cosas. Todos los razona-mientos se dan eminentemente en Dios, y
guardan un orden entre sí en su entendimiento, lo mismo que en el nuestro; pero
en él hay sólo un orden y una prioridad de naturaleza, mientras que en nosotros
es una prioridad de tiempo. No hay, por tanto, que extrañarse de que el que
penetra todas las cosas de un golpe, deba acertar siempre, desde luego, y no
debe decirse que consigue esto sin que ningún conocimiento le dirija. Al
contrario, por lo mismo que su conocimiento es perfecto, lo son sus acciones
voluntarias también.
193. Hasta aquí hemos mostrado que
la voluntad de Dios no es, independiente de las reglas de la sabiduría; aun-que
es muy extraño que nos hayamos visto obligados a razo-nar este punto y a
discutir por una verdad tan grande y tan reconocida. Pero no es menos extraño
que haya personas que crean que Dios sólo observa a medias estas reglas, y no
escoge lo mejor, aunque su sabiduría se lo haga reconocer; en una palabra, que
haya autores que sostengan que Dios podría obrar mejor. Rste viene a ser el
error del famoso Al-fonso, rey de Castilla, elegido rey de los romanos por
algu-nos electores, y promotor de las tablas astronómicas que llevan su nombre.
Se supone que este príncipe dijo que si
361
GODOFREDO G. LEIBNITZ
Dios se hubiera asesorado de él, cuando hizo el mundo, le hubiese dado
muy buenos consejos. Probablemente el siste-ma de Ptolomeo, que era el admitido
entonces, le desagrada-ba. Así creía que hubiera podido hacerse una cosa más
concertada, y tenía razón. Pero si hubiese conocido el siste-ma de Copérnico y
los descubrimientos de Képler, aumenta-dos ahora con el conocimiento de la
gravedad de los planetas, habría reconocido claramente que la invención del
verdadero sistema es maravillosa. Se ve, pues, que sólo se trataba del más y
del menos, que Alfonso sólo pretendía que pudo hacerse mejor, y que su juicio
ha sido censurado por todo el mundo.
194. Sin embargo, hay filósofos y
teólogos que se atreven a sostener dogmáticamente un juicio parecido; y me ha
sorprendido cien veces el ver que personas ilustradas y piadosas hayan sido
capaces de poner límite a la bondad y ala perfección de Dios. Porque afirmar
que Dios sabe lo que es mejor, que lo puede hacer, y que no lo hace, es lo
mismo que confesar que sólo dependía de su voluntad hacer el mundo mejor de lo
que es; pero esto es lo que se llama care-cer de bondad, y es obrar contra este
axioma citado más arriba: Minus bonum habet rationem mali (lo menos bueno tiene
razón de mal). Si algunos alegan la experiencia, para probar que Dios pudo
obrar mejor, se erigen en censores ridículos de sus obras, y se les dirá lo que
se responde a to-dos los que critican el procedimiento de Dios y que de esta
misma suposición, es decir, de los supuestos defectos del mundo, querrían
inferir que hay un Dios malo, o por lo me-nos un Dios neutro entre el bien y el
mal. Si juzgamos a la
362
TEODICEA
manera que lo hizo el rey Alfonso, digo que se nos respon-derá: No ha
tres días que conocéis el mundo; no veis en él más allá de vuestras narices, y
encontráis materia para censu-rar. Aguardad a conocerle más, y considerad en él
sobre todo las partes que presentan un conjunto completo (como suce-de con los
cuerpos orgánicos), y encontraréis un artificio y una belleza que exceden lo
que se puede imaginar. Saquemos de aquí consecuencias en favor de la sabiduría
y de la bon-dad del autor de las cosas, aún respecto de aquellas que no
conocemos. Encontramos en el universo algunas que no nos agradan, pero tengamos
en cuenta que aquél no se ha hecho para nosotros solos. Está, sin embargo,
criado para nosotros si somos prudentes; nos acomodará, si nosotros nos
acomo-damos en él, y seremos en él dichosos, si queremos serlo.
195. Alguno dirá que es imposible
producir lo mejor, porque no hay criatura perfecta, y siempre es posible
produ-cir una que lo sea más. Respondo, que lo que puede decirse de una
criatura o de una sustancia particular, que puede ser siempre superada por otra,
no debe aplicarse al universo, el cual, como ha de extenderse a toda la
eternidad futura, es infinito. Además, hay una infinidad de criaturas en la
partí-cula más pequeña de materia a causa de la división actual del Continuum
hasta el infinito. Y el infinito, es decir, el con-junto de un número infinito
de sustancias, propiamente ha-blando, no es un todo, como no lo es tampoco el
número infinito mismo, del cual no puede decirse si es par o impar. Esto mismo
sirve para refutar a los que hacen del mundo un Dios, o que conciben a Dios
como el alma del mundo; pues
363
GODOFREDO G. LEIBNITZ
no puede considerarse el mundo o el universo como un animal o como una
sustancia.
196. No se trata, por tanto, de
una criatura, sino del universo; y el adversario se verá obligado a sostener
que un universo posible puede ser mejor que otro hasta el infinito; pero en
esto precisamente se engañaría, y no podría probar-lo. Si esta opinión fuera
verdadera, se seguiría que Dios no había producido ninguno; porque es incapaz
de obrar sin razón. Es como si se imaginara que Dios había decretado hacer una
esfera material, sin tener razón alguna para hacerla de tal o cual magnitud.
Este decreto sería inútil, y llevaría consigo algo que haría imposible su
efecto. Otra cosa sería si Dios decretara tirar de un punto dado una línea
recta hasta otra línea recta dada, sin que hubiese determinación alguna del
ángulo ni en el decreto, ni en sus circunstancias; porque en este caso la
determinación nacería de la naturaleza de la cosa; la línea sería
perpendicular, y el ángulo sería recto, por-que esto es lo único determinado, y
que se distingue. De este modo debe concebirse la creación del mejor de los universos
posibles, tanto más cuanto que Dios, no sólo acuerda crear un universo, sino
que resuelve también crear el mejor de todos; porque no decreta sin conocer, y
no da decretos sueltos, los cuales sólo serían voliciones antecedentes, que ya
hemos explicado y distinguido suficientemente de los verda-deros decretos.
364
TEODICEA
197. M. Diroys167, a quien conocí
en Roma, teólogo del cardenal d'Estrées168, escribió un libro titulado: Pruebas
y prejuicios en favor de la religión cristiana, y que se publicó en Paris el
año de 1683. M. Bayle (Respuesta a un provincia-no, capítulo 262, página 1058,
tomo III), cita la objeción que este teólogo se hace a sí mismo. "Hay una
dificultad, dice, a la que importa tanto satisfacer como a las precedentes,
puesto que produce más angustia a los que juzgan de los bienes y de los males
por consideraciones fundadas en las más puras y elevadas máximas. Consiste en
decir, que siendo Dios la sabiduría y la bondad soberana, les parece que
debe-ría hacer todas las cosas como las personas sabias y virtuosas desearían
que se hiciesen, según las reglas de sabiduría y de bondad que Dios hubiere
impreso en ellas, y como estarían obligados a hacerlo ellos mismos si aquéllas
dependiesen de ellos; y así, al ver que los asuntos del mundo no marchan tan
bien como deberían marchar, a su parecer, y como marcha-rían si ellos
intervinieran, concluyen de aquí que Dios, que es infinitamente mejor y más
sabio que ellos, o más bien, que la sabiduría y la bondad misma no tienen parte
en ello."
198. M. Diroys dice acerca de este
punto muy buenas cosas, que yo no repito, porque ya hemos contestado lo
bastante a esta objeción en más de un pasaje, puesto que ha sido el principal
objeto de todo nuestro discurso. Pero sienta
Francisco Diroys acompañó a Roma
al cardenal d'Estrées, en 1672; murió en 1691. Ha escrito: Pruebas y prejuicios
en favor de la religión cristiana y católica contra las falsas religiones.
París, 1683.
El cardenal d'Estrées nació en
París en 1628 y murió en la misma ciudad en 1714. Fué embajador en Roma y
concurrió a las elecciones de
365
GODOFREDO G. LEIBNITZ
algo con lo que yo no puedo estar de acuerdo. Pretende que la objeción
prueba demasiado. Es preciso citar sus propias palabras, como hace M. Bayle
(página 1059). "Si cuadra a la sabiduría y a la bondad soberanas el hacer
lo que es mejor y más perfecto, se sigue de ahí que todos los seres son
eternos, inmutables y esencialmente todo lo perfectos y buenos que es posible,
puesto que nada puede mudar como no sea pa-sando de un estado peor a otro
mejor, o de uno mejor a otro peor. Esto no puede suceder si cuadra a Dios el
hacer lo que es mejor y más perfecto cuando puede hacerlo; y es preciso, por
tanto, que todos los seres estén eterna y esencialmente dotados de una virtud,
de un conocimiento tan perfectos como Dios pueda darles. Pero todo lo que es
eterno y esen-cialmente todo lo perfecto que Dios puede hacer, procede
esencialmente de él y, por consiguiente, es Dios como él. He aquí a dónde
conduce esta máxima: que repugna a la justicia y a la bondad soberana el no
hacer las cosas todo lo buenas y perfectas que es posible. Porque es esencial a
la bondad apartar todo lo que le repugna en absoluto. Por tanto, es preciso
sentar como una primera verdad, tocante a la con-ducta de Dios, respecto de las
criaturas, que nada hay que repugne a esta bondad y a esta sabiduría en hacer
cosas me-nos perfectas de lo que podrían ser, ni en permitir que los bienes que
han producido cesen enteramente de existir, o que se muden y se alteren; puesto
que no repugna a Dios que haya otros seres distintos de él; es decir, seres que
pue-
cuatro Papas. Sus Negociaciones en Roma (1672-1687) se conservan en la
Biblioteca imperial.
366
TEODICEA
dan no ser lo que son, y no hacer lo que hacen, o hacer lo que no
hacen."
199. A M. Bayle le parece esta
respuesta lamentable; pero yo encuentro que lo que él opone no deja de ser
emba-razoso. Pretende que los partidarios de los dos principios se fundan
principalmente en la suposición de la soberana vo-luntad de Dios; porque si se
viere precisado a producir todo lo que puede, produciría también los pecados y
los dolores; y entonces los dualistas no podrían deducir de la existencia del
mal cosa alguna contra la unidad del principio, si este princi-pio estuviera
predispuesto lo mismo al mal que al bien. Pero en esto es, precisamente, en lo
que M. Bayle lleva demasiado lejos la noción de la libertad; porque, aunque
Dios sea sobe-ranamente libre, no se sigue de ahí que esté en una indife-rencia
de equilibrio, y aunque Dios esté inclinado a obrar, no se sigue que está
precisado por esta inclinación a producir todo lo que puede. Sólo producirá lo
que quiere, porque su inclinación le lleva al bien. Convenimos en la soberana
li-bertad de Dios, pero no la confundimos con la indiferencia de equilibrio,
como si pudiera obrar sin razón. M. Diroys cree que los dualistas, al querer
que el principio único del bien no produzca ningún mal, piden demasiado; porque
por la misma razón deberían exigir también, según él, que pro-dujese el mayor
bien, puesto que el bien menor es una espe-cie de mal. Yo sostengo que los
dualistas no tienen razón respecto del primer punto, y que la tendrían en
cuanto al segundo, en el que M. Diroys los censura sin motivo; o más bien, que
se puede conciliar el mal o el menor bien de algu-nas partes con lo mejor del
todo. Si los dualistas exigiesen
367
GODOFREDO G. LEIBNITZ
que Dios hiciese lo mejor, no pedirían demasiado, Más bien se engañan al
pretender que lo mejor del todo esté exento del mal de las partes y, por
consiguiente, que lo que Dios ha hecho no es lo mejor.
200. Pero M. Diroys supone que si
Dios produce siempre lo mejor, producirá otros dioses; pues de otro modo cada
sustancia que produjese no sería ni la mejor ni la más perfecta. Pero se
equivoca por no tener en cuenta el orden y enlace de las cosas. Si cada
sustancia, tomada aparte, fuese perfecta, serían todas semejantes, lo cual no
es ni conve-niente ni posible. Si fuesen dioses, no hubiera sido posible
producirlos. El mejor sistema de las cosas no contendría, por tanto, dioses;
será siempre un sistema de cuerpos (es decir, de cosas ordenadas según los
lugares y los tiempos) y de almas que se hagan presentes y perciban los
cuerpos, y que por su medio se gobiernen los cuerpos en gran parte. Y así como
el plan de un edificio puede ser el mejor de todos con relación al fin, al
gusto y a las circunstancias, y con unos cuerpos figurados que se os
entregasen, se puede hacer la mejor composición posible; es fácil concebir de
igual modo que una estructura del universo puede ser la mejor de todas, sin que
por eso se haga de ella un Dios. El enlace y el orden de las cosas hacen que el
cuerpo del animal y de la planta estén compuestos de otros animales y de otras
plantas, o de otros seres vivos y orgánicos y, por consiguiente, que haya entre
ellos subordinación, y que un cuerpo y una sustancia sirvan a otros y, por lo
tanto, su perfección no puede ser igual.
368
TEODICEA
201. M. Bayle cree (página 1063)
que M. Diroys ha confundido estas dos proposiciones que son diferentes; la una,
que Dios debe hacer todas las cosas como los hombres sabios y virtuosos
desearían que se hiciesen, según las reglas de sabiduría y de bondad que Dios
hubiere impreso en ellas, y como ellos mismos estarían obligados a hacerlas, si
de ellos dependiese; y la otra, que no cuadra a la sabiduría y a la bon-dad
soberana el no hacer lo que es mejor y más perfecto. M. Diroys (a juicio de M.
Bayle) hace una objeción con la pri-mera proposición, y responde a la segunda.
Pero en esto tiene razón, a mi parecer; porque estas dos proposiciones están
enlazadas, siendo la segunda una consecuencia de la primera: hacer menos bien
del que se puede, es faltar a la sabiduría y a la bondad. Ser lo mejor y ser lo
deseado por los más virtuosos y más sabios, son una misma cosa. Y puede decirse
que si nos fuese dado conocer la estructura y econo-mía del universo,
encontraríamos que está hecho y goberna-do como los más sabios y los más
virtuosos podrían desearlo, no siendo posible para Dios el dejar de hacerlo
así. Sin embargo, esta necesidad no es más que moral, y confieso que si Dios se
viera precisado por una necesidad metafísica a producir lo que hace, produciría
todos los posibles, o no produciría nada; y en este sentido la consecuencia de
M. Bayle sería muy exacta. Pero como no todos los posibles son compatibles
entre sí en una misma serie de universos, por esto no han podido ser producidos
todos, y debe decirse que Dios no se ha visto necesitado, metafísicamente
hallando, a crear este mundo. Puede afirmarse que, desde el acto en que Dios ha
decretado crear algo, hay un combate entre los po-
369
GODOFREDO G. LEIBNITZ
sibles, todos los cuales aspiran a la existencia; y que los que juntos
envuelven más realidad, más perfección y más inteli-gibilidad, vencen a los
demás. Es cierto que todo este com-bate sólo puede ser ideal, es decir, sólo
puede ser un conflicto de razones en el entendimiento más perfecto, que sólo
puede obrar de la manera más perfecta, y, por consi-guiente, que no puede sino
escoger lo mejor. Sin embargo, Dios está obligado por una necesidad moral a
hacer las cosas de modo que no quepa otro mejor, pues de no ser así, otros
tendrían motivo para criticar lo que él hace, y lo que es más, se acusaría a sí
mismo por la imperfección, lo cual es contra la soberana felicidad de la
naturaleza divina. Este senti-miento continuo de su propia falta o imperfección
sería para él una fuente inevitable de pena, como M. Bayle dice en otro lugar
(página 953).
202. El argumento de M. Diroys
camina sobre un su-puesto falso, cuando dice que ninguna cosa puede mudar sino
pasando de un estado peor a otro mejor, o de uno me-jor a otro peor; y que, por
lo tanto, si Dios hace lo mejor, este producto no podía experimentar mudanza,
porque sería una sustancia eterna, un Dios. Pero no veo por qué una cosa no ha
de poder mudar de especie con relación al bien y al mal, sin mudar de grado. Al
pasar del gusto que causa la mú-sica al que produce la pintura, o viceversa,
del placer de los ojos al de los oídos, el grado de uno y otro podrá ser el
mis-mo, sin que el último tenga en su favor otra ventaja que la novedad. Si se
hiciese la cuadratura del círculo, o lo que es lo mismo, la circulatura del
cuadrado; es decir, si el círculo se mudase en un cuadrado de la misma
magnitud, o el cuadrado
370
TEODICEA
en un círculo, sería difícil decir, hablando en absoluto y sin
aplicación a ningún uso particular, si en ello se había perdido o ganado. Y
así, lo mejor puede cambiarse en otra cosa, que ni sea inferior, ni le
sobrepuje; pero habrá entre ellos un or-den, y el mejor orden que sea posible.
Tomando en cuenta toda la serie y enlace de las cosas, lo mejor no tiene igual;
pero una parte de la serie puede ser igualada por otra parte de la misma serie.
Además podría decirse que toda la serie de las cosas, hasta el infinito, puede
ser la mejor posible, aun cuando lo que existe en todo el universo, en cada
parte del tiempo, no sea lo mejor. Podría suceder, por tanto, que el universo
marchase siempre de mejor a mejor, si la naturaleza de las cosas fuese tal, que
no fuese permitido arribar a lo mejor de un golpe. Pero éstos son problemas de
que nos es difícil formar juicio exacto.
203. M. Bayle dice (página 1064)
que la cuestión de si Dios ha podido hacer cosas más perfectas que las que ha
hecho, es muy difícil, y que las razones en pro y en contra son muy fuertes.
Pero, a mi parecer, esto equivale a poner en cuestión si las acciones de Dios
son conformes con la mayor bondad. Y es una cosa bien extraña, que sólo con
mudar un poco los términos, se haga dudoso lo que, bien entendido, es lo más
claro del mundo. Las razones contrarias, como se fundan sólo en la apariencia
de los efectos, carecen de toda fuerza; y la objeción de M. Bayle, que tiende a
probar que la ley de lo mejor impondría a Dios una verdadera necesidad
metafísica, no es más que una ilusión nacida de la equivoca-da inteligencia de
los términos. M. Bayle tuvo en otro tiempo distinta opinión, cuando aplaudía la
del reverendo padre
371
GODOFREDO G. LEIBNITZ
Malebranche, que se aproxima bastante a la mía. Pero cuan-do escribió M.
Arnauld contra este padre, M. Bayle mudó de parecer, y me imagino que la
tendencia que hay en él a du-dar, y que con la edad va en aumento, ha
contribuido a ello. M. Arnauld ha sido un gran hombre, sin duda alguna; su
autoridad es de gran peso, y ha hecho muy buenas observa-ciones en sus escritos
contra el padre Malebranche; pero no ha tenido razón para combatir lo que éste
ha dicho, y que se aproxima a lo que nosotros decimos sobre la regla de lo
mejor.
204. El excelente autor de la
indagación de la verdad, pasando de la filosofía a la teología, publicó al fin
un precio-so tratado sobre la naturaleza y la gracia, e hizo ver a su ma-nera,
como M. Bayle lo ha explicado en sus Pensamientos diversos sobre los cometas,
capítulo 234, que los sucesos que nacen de la ejecución de las leyes generales
no son objeto de una voluntad particular de Dios. Es cierto que cuando se
quiere una cosa, se quiere también en cierta manera todo lo que está
necesariamente ligado con ella; y, por consiguiente, Dios no podría querer las
leyes generales sin querer también en cierto modo todos los efectos
particulares que deben nacer necesariamente de ellas; pero siempre resulta
cierto que no se quieren estos sucesos particulares a causa de ellos mismos; y
esto es lo que se pretende dar a entender cuando se dice que no se les quiere
por una voluntad particular y directa. No hay duda de que cuando Dios se
resolvió a obrar exteriormente, eligió una manera de obrar que fuese digna del ser
soberanamente perfecto, es decir, que fuese infinita-mente simple y uniforme,
sin dejar de ser de una infinita
372
TEODICEA
fecundidad. Puede hasta imaginarse que esta manera de obrar por
voluntades generales, le pareció preferible, aunque hubiesen de resultar
algunos sucesos superfluos, y si se quie-re, malos, tomados aparte (esto lo
añado yo), a una manera más compuesta y más regular, según este padre. Nada más
propio que esta suposición (en opinión de M. Bayle, cuando escribía sus
pensamientos sobre los cornetas), para resolver mil dificultades que se
suscitan contra la Providencia divina. "Exigir de Dios, dice, por qué
razón ha hecho cosas que sirven para hacer a los hombres peores, sería lo mismo
que preguntar por qué Dios ha ejecutado su plan, que no puede menos de ser
infinitamente bello, por las vías más simples y más uniformes; y por qué no ha
impedido, por medio de una complicación de decretos, que se entrecruzasen
incesante-mente, el mal uso del libre albedrío del hombre. Añade que, siendo
los milagros voluntades particulares, deben tener un fin digno de Dios."
205. Partiendo de estos
fundamentos, hace muy bue-nas reflexione; (capítulo 231), tocantes a la
injusticia de los que se quejan de la prosperidad de los malos. "No tengo
reparo, dice, en sentar que todos los que encuentran extraña la prosperidad de los
malos han meditado muy poco sobre la naturaleza de Dios y han reducido las
obligaciones de una causa que gobierna todas las cosas a la medida de una
provi-dencia por completo subalterna, propia de un espíritu men-guado. Pues
que, ¿sería preciso que Dios, después de haber creado las causas libres y lis
causas necesarias por virtud de una mezcla infinitamente propia para que
brillaran las mara-villas de su sabiduría infinita, hubiese establecido leyes
con-
373
GODOFREDO G. LEIBNITZ
formes a la naturaleza de las causas libres, pero tan faltas de fijeza,
que al menor contratiempo que acaeciera a un hom-bre, éste pudiera destruirlos
por entero, arruinando la liber-tad humana? Un gobernador de provincia sería un
objeto de burla si mudara sus reglamentos y sus órdenes tantas veces cuantas se
complaciera alguno en murmurar de él; y Dios, cuyas leyes afectan a un bien tan
universal que se extiende a todo lo que alcanzamos a ver, y que no es más que
como un pequeño accesorio, se verá obligado a derogar sus leyes por-que no
agraden hoy a uno y mañana a otro; porque un su-persticioso, creyendo
falsamente que algún monstruo presagia alguna cosa funesta, pase de su error a
un sacrificio criminal, o porque una buena alma, que, sin embargo, no se preocupa
mucho con la virtud por creerse que es bastante castigo el no tenerla, se
escandalice de que un hombre malo se haga rico y goce de una vigorosa salud.
¿Es posible for-mar una idea más falsa de una providencia general? Y puesto que
todo el mundo conviene en que esta ley de la naturaleza: lo fuerte vence a lo
débil, ha sido establecida con muy buen acuerdo, y que sería ridículo pretender
que cuando una pie-dra cae sobre un vaso frágil, que constituye el encanto de
su dueño, Dios derogara esta ley para ahorrar a aquél este dis-gusto, ¿no es
preciso reconocer que es también ridículo pre-tender que Dios derogue la misma
ley para impedir que un hombre malo se enriquezca a costa de un hombre de bien?
Cuanto más se sobrepone el hombre malo a las inspiraciones de la conciencia y
del honor, tanto más supera en fuerza al hombre de bien; de suerte que si la
emprende con éste, es preciso, según el curso de la naturaleza, que le arruine;
y si
374
TEODICEA
ambos están empleados en negocios económicos, es preciso, según el mismo
curso de la naturaleza, que el malo se enri-quezca más que el hombre de bien,
en la misma forma que un fuego violento devora más leña que un fuego de paja.
Los que querrían que un hombre malo cayera enfermo, son a veces tan injustos
como los que quisieran que una piedra que cae sobre un cristal no le rompiese;
puesto que, dada la ma-nera en que el hombre malo tiene compuestos sus órganos,
ni los alimentos que toma ni el aire que respira son capaces, según las leyes
naturales, de perjudicar a su salud; lo mismo que los que se quejan del estado
de ésta, se quejan de que Dios no viole las leyes que ha establecido, en lo
cual son tanto más injustos cuanto que, por virtud de combinaciones y
encadenamientos que sólo Dios ha sido capaz de producir, sucede muchas veces
que el curso de la naturaleza conduce al castigo del pecado."
206. Es muy de lamentar que M.
Bayle haya abando-nado tan pronto el camino en que tan afortunadamente ha-bía
entrado al razonar en favor de la Providencia; porque hubiese: alcanzado
óptimos frutos, y al decir cosas bellas, habría dicho otras buenas al mismo
tiempo. Estoy de acuer-do con el reverendo padre Malebranche, en que Dios hace
las cosas de la manera más digna de él. Pero yo voy un poco más adelante que
este padre respecto de las voluntades parti-culares y generales. Como Dios no
puede hacer nada sin razón, ni siquiera cuando obra milagrosamente, se sigue de
ahí que no tiene sobre los sucesos individuales ninguna vo-luntad que no sea
una consecuencia de una verdad o de una voluntad general. Y así diré que Dios
jamás tiene voluntades
375
GODOFREDO G. LEIBNITZ
particulares en la forma en que lo entiende Malebranche, es decir,
particulares primitivas.
207. Creo que los milagros mismos
no tienen en esto nada que los distinga de los demás sucesos; porque razones de
un orden superior al de la naturaleza conducen a Dios a hacerlos. Y así yo no
diré con este padre, que Dios deroga las leyes generales, siempre que lo exige
el orden, puesto que no deroga una ley sino por virtud de otra ley más
aplicable, y lo que el orden pide no puede menos de ser conforme a la regla del
orden mismo, que es una de las leyes generales. El carácter de los milagros
(tomado en su sentido más riguroso) consiste en que no se les puede explicar
por la naturaleza de las cosas creadas. Por esta razón, si Dios hiciese una ley
ge-neral en virtud ce la cual los cuerpos hubieran de atraerse los unos a los
otros, sólo podría obtenerse su ejecución por me-dio de milagros perpetuos. En
igual forma, si Dios quisiera que los órganos del cuerpo se conformasen con las
volicio-nes del alma, según el sistema de las causas ocasionales, esta ley
tampoco podría ejecutarse sino por medio de milagros perpetuos.
208. Por tanto, es preciso creer
que entre las reglas ge-nerales que no son absolutamente necesarias, Dios
escoge lasque son más naturales, aquellas de que es más fácil dar razón, y que
sirven también para darla de las demás cosas. Esto indudablemente es lo más
bello y lo más ventajoso; y aun cuando el sistema de la armonía preestablecida
no fuera, por otra parte, necesario, Dios, al descartar los milagros
su-perfluos, indudablemente lo hubiera escogido, porque es lo más armónico. Las
vías de Dios son las más simples y las
376
TEODICEA
más uniformes, y es que él escoge las reglas que menos se limitan las
unas a las otras. ¡Son también las más fecundas con relación a la simplicidad
de las vías. Es como si se dijera que una casa ha sido la mejor que ha podido
hacerse con el mismo gasto. Pueden todavía reducirse estas dos condicio-nes, la
simplicidad y la fecundidad, a una sola ventaja, que es la de producir la mayor
perfección posible; y por este medio, el sistema del reverendo padre
Malebranche viene a coincidir en este punto con el mío. Porque si se supusiera
el efecto mayor, pero las vías menos simples, creo que podría decirse que,
teniéndolo todo en cuenta, el efecto mismo sería me-nor, estimando, no sólo el
efecto final, sino también el efecto medio. Porque el más sabio obra hasta donde
es posi-ble, de modo que los medios sean también fines en cierta manera; es
decir, deseables, no sólo por lo que hacen, sino también por lo que son. Las
vías muy compuestas ocupan demasiado terreno, demasiado espacio, demasiado
lugar, demasiado tiempo, los cuales habrían podido emplearse mejor.
209. Ahora bien, reduciéndose todo
a la mayor perfec-ción, se viene a parar a nuestra ley de lo mejor. Porque la
perfección comprende no sólo el bien moral y el bien físico de las criaturas
inteligentes, sino también el bien metafísico, el cual afecta también a las
criaturas destituidas de razón. Se sigue de aquí que el mal que se da en las
criaturas racionales sólo se da por concomitancia, no por voluntades
antece-dentes, sino por una voluntad consecuente, como envuelta en el mejor
plan posible; y el bien metafísico, que lo abraza todo, es causa de que haya de
admitirse en ocasiones el mal
377
GODOFREDO G. LEIBNITZ
físico y el mal cloral, como ya he explicado más de una vez. Los
antiguos estoicos no han estado muy distantes de este sistema. M. Bayle lo ha
hecho notar en su Diccionario, en el artículo de Crisipo. Importa transcribir
sus palabras, para argüirle con ellas; y hacer que vuelva a las buenas ideas
que tenía en otro tiempo. "Crisipo (dice él, página 930), en su Obra de la
Providencia, examinó, entre otras cuestiones, la siguiente: ¿La naturaleza de
las cosas, o la Providencia que ha hecho el mundo y al género humano, ha hecho
también las enfermedades a que los hombres están sujetos? Responde que el
principal designio de la naturaleza no ha sido hacerles enfermizos, porque esto
no cuadraría a la causa de todos los bienes; pero al preparar y producir muchas
cosas grandes, muy bien ordenadas y muy sutiles, halló que resultaban de ello
algunos inconvenientes, los cuales, por lo mismo, no han sido conformes con su
plan primitivo ni con su propó-sito; han aparecido como resultado de la obra;
sólo han exis-tido como consecuencias. Al tratar de la formación del cuerpo
humano, decía, la idea más delicada y la utilidad misma de la obra exigían que
la cabeza se compusiera de un tejido de huesos menudos y sueltos, pero por esto
mismo debía tener la incomodidad de no poder resistir a los golpes. La
naturaleza preparaba la salud, mas a la vez fue preciso, por una especie de
concomitancia, que se abriera la puerta a las enfermedades. Lo mismo sucede
respecto a la virtud; la acción directa de la naturaleza que la hizo nacer, produjo
de rechazo la laza de los vicios. No he traducido literalmente, y por esta
razón voy a poner el latín mismo de Aulo Gelio, en obsequio de los que
entienden esta lengua (Aul. Gell. 1. VI,
378
TEODICEA
c. I). Idem Crisippus in eod. lib. (quarto, perí pronoías) trac-tat
consideratque, dignumque esse id quaeri putat, eí oí ton antrópon nósoi katá
fúsin gínontai. Id est naturane ipsa re-rum, vel providentia quae compagem hanc
mundi et genus hominum fecit, morbos quoque et debilitates et aegritudines
corporum, quas patiuntur homines, fecerit. Existimat autem non uisse hoc
principale natura consilium, ut faceret homi-nesmorbis ohnoxios. Nunquam enim
hoc convenisse natura auctori parentique rerum omnium bonarum. Sed quum multa,
inquit, atque magna gigneret pareretque aptissima et utilissima, alía quoque
simul agnata sunt incommoda iis ipsis, quae faciebat cohaerentia; eaque non per
naturam sed per sequelas quasdam necessaria, facta dicit, quod ipse appellat katá
parakoloútesin. Sicut, inquit, quum corpora hominum natura fingeret, ratio
subtilior et utilitas ipsa operis postulavit ut tenuissimis minutisque
ossiculis caput compingeret. Sed hane utilitatem reí majoris alía quxdam,
incommoditas ex-trinsecus consecuta est; ut fieret caput tenuiter munitum et
ictibus offensionibusque parvis fragile. Proinde morbi quo-que et aegritudines
partae sunt, dum salus paritur. Sic, Her-cle, inquit, dum virtus hominibus per
consilium natura; gignitur, vitia ibídem per affinitatem contrariam nata
sunt." "Yo no creo que un pagano haya podido decir cosa más
ra-zonable, dada la ignorancia en que se estala de la caída del primer hombre,
caída que hemos sabido por la revelación, y que es la verdadera causa de
nuestras desgracias; y si tuvié-ramos muchos extractos semejantes de las obras
de Crisipo, o más bien, si tuviéramos sus obras, formaríamos de la belle-za de
su genio una idea más ventajosa que la que tenemos."
379
GODOFREDO G. LEIBNITZ
210. Veamos ahora el reverso de la
medalla en el mis-mo M. Bayle. Después de haber expuesto en su Respuesta a las
pregunta de un provinciano, capítulo 155, pág. 992, tomo III), estas palabras
de M. Jaquelot, que son muy de mi gusto: "mudar el orden del Universo, es
infinitamente de más alta importancia que la prosperidad de un hombre de bien;
aña-de: este pensamiento tiene algo de deslumbrador; el padre Malebranch le ha
dado una claridad admirable, y ha conven-cido a alguno de sus lectores de que un
sistema simple y fecundísimo es más propio de la sabiduría de Dios que otro más
compuesto y en proporción menos fecundo, pero más capaz de prevenir las
irregularidades. M. Bayle ha sido uno de los que creen que el padre Malebranche
dio con esto una maravillosa solución (téngase presente que es el mismo M.
Bayle el que habla), pero es casi imposible darse con esto por satisfecho,
después de haber leído los libros de M. Arnauld contra este sistema y de haber
considerado la idea vasta e inmensa del Ser soberanamente perfecto. Esta idea
nos en-seña que nada es más fácil para Dios como el seguir un plan simple,
fecundo, regular y cómodo al mismo tiempo para todas las criaturas."
211. Hallándome en Francia,
entregué a M. Arnauld un diálogo que había yo escrito en latín sobre la causa
del mal y sobre la justicia de Dios; lo cual tuvo lugar antes de sus disputes
con el padre Malebranche, y aún antes de haberse publicado el libro de la
Indagación de la verdad. Este princi-pio que sostengo aquí, a saber: que el
pecado ha sido permi-tido a causa de ir envuelto en el mejor plan del Universo,
ya aparecía en dicho diálogo; y, al parecer, no espantó a M. Ar-
380
TEODICEA
nauld. Pero las pequeñas disputas que ha sostenido después con aquel
padre, le han dado ocasión para examinar esta materia con más atención,
juzgándola más severamente. Sin embargo, no estoy del todo contento de la
manera con que se expresa aquí M. Bayle, pues no soy de la opinión de que un
plan más compuesto y menos fecundo sea más capaz de prevenir las
irregularidades. Las reglas son las voluntades generales: cuanto más se
observan las reglas, más regularidad hay: la simplicidad y la fecundidad son el
fin de las reglas. Se objetará que un sistema muy igual y sencillo carecería de
irregularidades. Respondo que sería una irregularidad el ser demasiado
homogéneo, porque chocaría con las reglas de la armonía. Et citharaedus ridetur
chorda qui semper oberrat cadem. (Y el cantor que acompaña a la cítara, es
burlado por la misma cuerda que siempre yerra). Creo, por consiguiente, que
Dios puede seguir un plan simple, fecundo, regular; pero no creo que el mejor y
el más regular sea siempre cómodo al mismo tiempo a todas las criaturas, y
formo mi juicio a pos-teriori, en vista de que el escogido por Dios no lo es.
Sin embargo, lo he demostrado también a priori con ejemplos tomados de las
matemáticas, y bien pronto presentaré uno. Un origenista que quiera que las criaturas
que son racionales sean al fin dichosas, será todavía más fácil de contentar.
Di-rá, a imitación de lo que dice San Pablo de los sufrimientos de esta vida,
que, siendo las criaturas finitas, no pueden en-trar en comparación con una
felicidad eterna.
212. Lo que induce a error en esta
materia es, como ya he observado, el sentirse uno inclinado a creer que lo que
es mejor en el todo es también lo mejor posible en cada parte.
381
GODOFREDO G. LEIBNITZ
Así se razona en geometría cuando se trata de maximis et minimis. Si el
camino de A a B que se propone es el más corto posible, y si este camino pasa
por C, es preciso que el camino de A a C, parte del primero, sea también el más
corto posible. Pero la consecuencia de la cantidad a la cuali-dad no siempre es
legítima, como no lo es la que se saca de los iguales para los semejantes;
porque los iguales son aque-llos cuya cantidad es la misma, y los semejantes
son aquellos que no difieren por las cualidades. El difunto M. Sturmius,
célebre matemático de Altdorf, estando en Holanda cuando era joven, hizo
imprimir allí un pequeño libro con el título de Euclides Catholicus, en el que
trató de dar reglas exactas y generales en materias que no son matemáticas, a
lo cual le excitó el difunto M. Erhard Weigel, que había sido su maes-tro. En
este libro transfiere a los semejantes lo que Euclides había dicho de los
iguales, y formula este axioma: Si simili-bus addas similia, tota sunt similia
(Si a los semejantes aña-des semejantes, todos son semejantes); pero han sido
precisas tantas limitaciones para excusar esta regla nueva, que hubiera sido
mejor, a mi parecer, enunciarla desde luego con restricción, diciendo: Si
similibus similia addas similiter, tota sunt similia. (Si a los semejantes
añades semejantes de modo semejante, todos son semejantes). Los geómetras
acostumbran a exigir non tantum similia, sed et similiter po-sita (no sólo
semejantes, sino también colocados de manera semejante).
213. Esta diferencia entre la
cantidad y la cualidad apa-rece aquí en nuestro caso. La parte del camino más
corto entre clon extremos, es también el camino más corto entre
382
TEODICEA
los extremos de esta parte; pero la parte del todo mejor no es
necesariamente lo mejor que pueda hacerse de esta parte, puesto que la parte de
una cosa bella no es siempre bella, en cuanto puede tomarse del todo o sacarse
del todo de una manera irregular. Si la bondad y la belleza consistiesen
siem-pre en algo absoluto y uniforme, como la esencia, la materia, el oro, el
agua y otros cuerpos que se suponen homogéneos o similares, sería preciso decir
que la parte de lo bueno y de lo bello sería buena y bella como el todo, puesto
que sería semejante al todo; pero no sucede así en las cosas relativas. Un
ejemplo tomado de la geometría servirá para explicar mi pensamiento.
214. Hay una especie de geometría
que M. Jungius, de Hamburgo169, uno de los hombres más excelentes de su tiempo,
llamaba empírica. Esta geometría se sirve de expe-riencias demostrativas, y
prueba muchas proposiciones de Euclides, particularmente las relativas a la
igualdad de las dos figuras, dividiendo la una en partes y uniendo estas partes
para formar la otra. De esta manera, dividiendo, como es debido, en partes los
cuadrados de los dos catetos del trián-gulo rectángulo, y acomodando estas
partes como es me-nester, se forma el cuadrado de la hipotenusa; lo cual es
demostrar empíricamente la proposición 47 del 1. I de Eu-clides. Ahora bien, si
suponemos que algunas de estas partes tomadas de los dos cuadrados menores se
pierden, faltará
Joaquín Junge, filósofo y sabio
del siglo XVII, nació en Lubeck, en 1587, y murió en 1657. Sus obras son:
Geometría empírica, Hamburgo, 1681, e 8°; Logica hamburgensis, Hamburgo, 1681,
en 8°. Su discípulo Vaget ha publicado después de su muerte muchas obras de él
sobre física y botánica.
383
GODOFREDO G. LEIBNITZ
algo al cuadrado mayor que debe formarse; y este compuesto defectuoso,
lejos de agradar, presentará una fealdad chocan-te. Y si las partes que han
quedado, y que componen el compuesto defectuoso, se las tomara sueltas, sin
pensar en el cuadrado mayor que deben contribuir a formar, se las orde-naría de
otra manera en relación las unas con las otras, para formar un compuesto
pasadero. Pero desde el momento en que las partes extraviadas se encuentren, y
que con ellas se llene el vacío del compuesto defectuoso, resultará una cosa
bella y regular, que es el gran cuadrado entero; y este com-puesto completo
será mucho más bello que el compuesto pasadero, que se había hecho sólo con las
piezas que no se habían perdido. El compuesto completo corresponde al uni-verso
todo y entero, y el compuesto defectuoso, que es una parte del compuesto
completo, corresponde a aquella parte del universo, en que encontramos defectos
que el autor de las cosas ha permitido; porque de otra manera, si hubiera
querido reformar esta parte defectuosa y hacer un com-puesto pasadero, el todo
no hubiera sido tan bello; porque las partes del compuesto defectuoso,
colocadas mejor para formar un compuesto pasadero, no hubieran podido ser
empleadas para formar el compuesto total y perfecto. Tomás de Aquino entrevió
esto cuando dijo: "Ad prudentem gu-bernatorem pertinet, negligere aliquem
defectum bonitatis in parte, ut faciat augmentum bonitatis in toto."
(Thom. contra gent., lib. II, cap. LXXI). Tomás Gatakerus170, en sus notas al
Tomás Gataker, teólogo y crítico
inglés, nació en Londres en 1574 y murió en 1654. Su obra más importante para
la filosofía es la Edición y traducción de los Pensamientos de Marco Aurelio,
con comentarios y discursos preliminares sobre la filosofía estoica.
384
TEODICEA
libro de Marco Aurelio (1. V, cap. VIII de las obras de M. Bayle), cita
también pasajes de autores, que dicen que el mal de las partes es muchas veces
el bien del todo.
215. Volvamos a lo que dice M.
Bayle. Se figura un príncipe (pág. 963) que hace construir una ciudad, y que
dando prueba de mal gusto, prefiere que tenga aires de mag-nificencia y un
carácter arquitectónico atrevido y singular, mejor que proporcionar a sus
habitantes toda clase de co-modidades. Pero si este príncipe tiene verdadera
grandeza de alma, preferirá la arquitectura cómoda a la arquitectura
mag-nífica. Este es el juicio de M. Bayle. Yo creo, sin embargo, que hay casos
en que se preferir con razón la belleza de la estructura de un palacio a la
comodidad de algunos criados. Pero reconozco que la estructura sería mala, por
bella que pudiera ser, si causara enfermedades a los habitantes con tal que
fuese posible hacer una mejor, teniendo en cuenta la belleza, la comodidad y la
salud, todo a la vez. Porque puede suceder que no sea posible que tenga a la
vez todas estas ventajas, y que habiendo de resultar el castillo de una
es-tructura insoportable, si se quisiera construir del lado sep-tentrional de
la montaña, que es el más sano, cae prefiriera hacerlo mirando al Mediodía.
216. M. Bayle objeta también que
es cierto que nues-tros legisladores no pueden inventar reglamentos que sean
cómodos para todos los particulares: "Nulla lex satis commoda ómnibus est;
id modo qaeritur, si majori parti et in summam prodest." (Ninguna ley es
bastante cómoda para todos; solamente se busca esto, si aprovecha en suma a
ma-yor parte). (Catón en «el Livio», libro 34 hacia el principio).
385
GODOFREDO G. LEIBNITZ
Esto nace de la limitación de sus luces que les precisa a deci-dirse por
leyes que, teniéndolo todo en cuenta, son más úti-les que dañosas. Nada de esto
puede convenir a Dios, que es tan infinito en poder y en inteligencia, como lo
es en bondad y en verdadera grandeza. Respondo, pues, que escogiendo Dios lo
mejor posible, no se le puede objetar con limitación alguna de sus
perfecciones; y en el universo no sólo el bien supera al mal, sino que también
el mal sirve para aumentar el bien.
217. Observa también M. Bayle que
los estoicos han deducirlo una impiedad de este principio, al decir que era
preciso soportar con paciencia los males, visto que son nece-sarios no sólo a
la salud y a la integridad del Universo, sino también a la felicidad,
perfección y conservación de Dios que le gobierna. lato es lo que dice Marco
Aurelio en el ca-pítulo octavo del libro quinto de sus Soliloquios:
"Duplici ratione (dice), diligas oportet, quicquid evenerit tibi; altera
quod tibi natum et tibi coordinatum et ad te quodammodo affectum est; altera
quod universi gubernatori prosperitatis et consummationis atque adeo
permansionis ipsius procuran-doe tés eúdías kai tés sunteleías kai tés somnones
aútes ex parte causa est." (Por dos motivos es necesario que ames lo que
te sobrevenga; uno, que ha nacido para ti, ha sido coor-dinado a ti, y en
cierto modo te afecta a ti; el otro, que en parte es causa de procurar
prosperidad, perfección y, por lo tanto, permanencia al gobernador del
universo). Este pre-cepto no es el más razonable de los de este gran emperador.
Un diligas oportet no vale nada; una cosa no se hace amable por ser necesaria o
por estar destinada o afecta a alguien; y lo
386
TEODICEA
que sería un mal para mí no dejará de serlo porque sea un bien para mi
amo, si este bien no refluyese sobre mí. Lo que hay de bueno en el Universo es,
entre otras cosas, que el bien general se hace efectivamente el bien particular
de los que aman al autor de todo bien. Pero el error principal de este
emperador y de los estoicos consistía en que se imagi-naban que el bien del
Universo debía dar gusto a Dios mis-mo, porque concebían a Dios como el alma
del mundo. Este error nada tiene de común con nuestro dogma. Dios, según
nosotros, es intelligentia extramundana, como Marciano Capella la llama, o más
bien, supramundana. Por otra parte, Dios obra para hacer el bien y no para
recibirlo. Melius est dare quam accipere: su beatitud es siempre perfecta, y no
puede recibir ningún aumento ni interior ni exteriormente.
218. Pasemos a la principal
objeción que M. Bayle nos hace, conforme con M. Arnauld. Es complicada, porque
pretenden que si Dios se ha visto obligado a crear lo mejor, se ha visto
precisado a obrar necesariamente, o por lo me-nos, que habría sido impotente,
si no hubiese podido en-contrar un expediente mejor para excluir los pecados y
los demás males. Esto es lo mismo que negar que este universo sea el mejor, y
que Dios se haya visto obligado a resolverse por lo mejor. Ya hemos contestado
a esta objeción en más de un pasaje, probando que Dios no puede dejar de
producir lo mejor; y supuesto esto, se sigue que los males que experi-mentamos
no pudieron ser racionalmente excluidos del uni-verso, puesto que están en él.
Veamos, sin embargo, lo que estos dos excelentes hombres nos dicen, o veamos lo
que M.
387
GODOFREDO G. LEIBNITZ
Bayle objeta, ya que confiesa haberse aprovechado de los razonamientos
de M. Arnauld.
219. "¿Será posible, dice
(capítulo 151 de la Respuesta a un provinciano, tomo III, pág. 890), que una
naturaleza cuya bondad, santidad, sabiduría, ciencia y poder son infini-tos,
que asna la virtud soberanamente, como su idea clara y distinta nos lo da a
conocer, y como casi todas las páginas de la Escritura lo afirman, no haya
podido hallar en la virtud ningún medio conveniente y proporcionado a sus
fines? ¿Será posible que sólo el vicio le haya proporcionado este medio? Debe
creerse, por lo contrario, que ninguna cosa pudo convenir mejor a esta
naturaleza que el establecer en su obra la virtud con exclusión de todo
vicio." M. Bayle exagera las cosas. Se concede que algún vicio ha sido
ligado con el mejor plan del Universo, pero no se concede que Dios no haya
podido encontrar en la virtud ningún medio proporcio-nado a sus fines. Esta
objeción tendría lugar si no existiera la virtud y si el vicio ocupara el lugar
de ésta por todas partes. Dirá M. Bayle que basta con que el vicio reine y con
que la virtud comparativamente sea poca cosa. Pero voy no puedo concederle
esto, y creo que efectivamente, tomándolo todo en cuenta, hay, sin comparación,
más bien moral que mal moral en las criaturas racionales, de las cuales sólo
conoce-mos un cortísimo número.
220. Este mal no es tan grande en
los hombres como se supone: sólo ciertas gentes que tienen un natural maligno o
que se han hecho misántropos a consecuencia de desgra-cias sufridas, como el
Timón de Luciano, encuentran la mal-dad por todas hartes y emponzoñan las
mejores acciones por
388
TEODICEA
virtud de la interpretación que ellos les dan; y hablo de aque-llos que
lo hacen seriamente para deducir malas consecuen-cias, porque lo tienen de
costumbre; pero los hay también que lo hacen para dar pruebas de su
penetración. Por esto se ha hecho un cargo a Tácito; y es también lo que M.
Descar-tes (en una de sus cartas) achaca a M. Hobbes por su libro De Cive, en
ocasión en que sólo habían sido impresos pocos ejemplares con destino a los
amigos, y que después aumentó el autor en la segunda edición que conocemos.
Porque aun cuando M. Descartes reconoce que el autor de este libro es un hombre
de talento, observa que contiene principios y máximas muy peligrosas en cuanto
se supone que todos los hombres son malos o que se les da motivos para serlo.
El difunto Jacobo Tomhasius decía en sus preciosas Tablas de la Filosofía
práctica que el próton pseudos, el principio de los errores de este libro de M.
Hobbes, era que tomaba sta-tum legalem pro naturali, es decir, que el estado
corrompido le servía de medida y de regla mientras que fue el estado na-tural
más conveniente a la naturaleza humana el que Aristó-teles tuvo en cuenta.
Porque, según Aristóteles, se llama natural lo que conviene más con la
perfección de la naturale-za de la cosa, al paso que M. Hobbes llama estado
natural al que tiene en sí menos arte, por no considerar quizá que la
naturaleza humana lleva en su perfección el arte consigo. Pero la cuestión de
nombre, es decir, de lo que puede lla-marse natural, no sería de gran
importancia si Aristóteles y Hobbes no ligaran con ella la noción del derecho
natural, cada uno según la significación respectiva. Ya he dicho antes que en
el libro de la Falsedad de las virtudes humanas se
389
GODOFREDO G. LEIBNITZ
encuentra el mismo defecto que el que M. Descartes ha en-contrado en el
de Cive de M. Hobbes.
221. Pero supongamos que el vicio
supera a la virtud, así como se supone que el número de los condenados supera
al de los elegidos; de ninguna manera se sigue de ahí que el vicio y la miseria
sobrepujan a la virtud y a la felicidad en el universo; antes bien debe creerse
todo lo contrario, porque la ciudad de Dios debe ser el más perfecto entre
todos los Estados posibles, puesto que ha sido formado y está siempre gobernado
por el más grande y mejor de los monarcas. Esta respuesta confirma lo que ya
decía más arriba al hablar de la conformidad de la fe con la razón, a saber:
que uno de los principales orígenes del paralogismo de las objeciones es que se
confunde lo probable con lo verdadero; lo probable, digo, no absolutamente tal
como resultaría de una discusión exacta de los hechos, sino tal como sale de la
pequeña extensión de nuestras experiencias; porque sería irracional querer
oponer probabilidades tan imperfectas y tan poco fundadas a las demostraciones
de la razón y a las revelaciones de la fe.
222. Por lo demás, ya hemos
observado que el amor a la verdad y el odio al vicio, que tienden
indefinidamente a procurar la existencia de la virtud y a impedir la del vicio,
no son más que la voluntad de proporcionar la felicidad de to-dos los hombres e
impedir su desgracia. Estas voluntades antecedentes; sólo son una parte de
todas las voluntades antecedentes de Dios tomadas en conjunto, cuyo resultado
constituye la voluntad consecuente o el decreto de crear lo mejor; y por virtud
de este decreto, el amor por la virtud y la felicidad de las criaturas
racionales, que es indefinido de su-
390
TEODICEA
yo, y va todo lo lejos que puede ir, recibe algunas pequeñas
limitaciones a causa de la atención que es preciso prestar al bien en general.
De este modo debe entenderse que Dios ama soberanamente la virtud y aborrece
soberanamente el vicio, y que, sin embargo de esto, algún vicio debe ser
per-mitido.
223. M. Arnauld y M. Bayle
pretenden, al parecer, que este método de explicar las cosas y de establecer un
plan mejor catre todos los del universo, sin que pueda ser supera-do por ningún
otro, limita el poder de Dios. "¿No habéis visto, dice M. Arnauld al padre
Malebranche (en sus indaga-ciones sobre cl nuevo sistema de la Naturaleza y de
la Gra-cia, t. II, pág. 385 ), no habéis visto, repito, que al sentar tales
cosas, arruinais el primer artículo del símbolo, según el cual hacemos
profesión de creer en Dios Padre Todopoderoso?" Y antes había dicho (pág.
362): "¿Es posible pretender, sin cerrar uno mismo los ojos a la luz, que
una conducta que no ha podido tener lugar sin que le siguiera tan terrible
resulta-do, esto es, sin que la mayor parte de los hombres se pier-dan, lleva
impreso tal carácter de la bondad de Dios, más que otra que habría Hecho, si
Dios la hubiera seguido, que todos los hombres se salvaran?" Y como M.
Jaquelot no está distante de profesar los principios que acabamos de sentar, M.
Bayle le hace objeciones semejantes (Respuesta a un pro-vinciano, capítulo 161,
página 900, tomo III). "Si se adoptan semejantes aclaraciones, dice, se ve
uno precisado a renun-ciar a las nociones más evidentes acerca de la naturaleza
del ser soberanamente perfecto. Ellas nos enseñan que todas las cosas que no
implican contradicción, son posibles para él y,
391
GODOFREDO G. LEIBNITZ
por consiguiente, que le es posible salvar a personas que no salva,
puesto que ninguna contradicción podría resultar de que el número de los
elegidos fuese mayor de lo que es. Ellas nos enseñan que puesto que Dios es
soberanamente dicho-so, no hay en él voluntades que no se puedan ejecutar. ¿Y
qué medio hay de comprender que no pueda? Buscábamos alguna luz que nos sacase
del embarazo en que nos encon-tramos al comparar la idea de Dios con el estado
del género humano, y he aquí que se nos dan aclaraciones que nos su-men en
tinieblas todavía más espesas."
224. Todas estas oposiciones se
desvanecen con la ex-plicación que acabamos de dar. Estoy de acuerdo con el
principio de M. Bayle, que también es el mío, de que todo lo que no implica
contradicción es posible. Pero nosotros, que sostenemos que Dios ha hecho lo
mejor que era posible o que no podía obrar mejor que como ha obrado, y que
cre-emos que pensar otra cosa de su obra total sería ofensivo a su bondad o a
su sabiduría, debemos decir que implica con-tradicción el hacer algo que supere
en bondad a lo mejor. Sería lo mismo que si uno pretendiera que Dios pudo tirar
de un punto a otro una línea más corta que la línea recta; y acusase a los que
lo nieguen, de que arruinaban el artículo de la fe según el cuál creemos en
Dios Padre Todopoderoso.
225. La infinitud de los posibles,
por grande que sea, no lo es más que la de la sabiduría de Dios, que conoce
to-dos los posibles. Puede hasta decirse que si esta sabiduría no supera a los
posibles extensivamente, puesto que los objetos del entendimiento no pueden ir
más allá de lo posible, que en cierto sentido es lo inteligible, le supera
intensivamente a
392
TEODICEA
causa de las combinaciones infinitamente infinitas que ella forma con
ellos y de otras tantas reflexiones que hace en consecuencia. La sabiduría de
Dios, no contenta con abrazar todos los posibles, los penetra, los pesa y los
compara los unos con los otros, para apreciar los grados de perfección o de
imperfección de cada uno, lo fuerte y lo débil, el bien y el mal; va más allá
aún de las combinaciones finitas, forma una infinidad de otras infinitas, es
decir, una infinidad de series posibles del universo, cada una de las cuales
contiene una infinidad de criaturas; y por este medio la sabiduría divina
distribuye todos los posibles: que había ya examinado aparte en otros tantos
sistemas universales, los compara los unos con los otros, y el resultado de
todas estas comparaciones y reflexiones es la elección del mejor de todos estos
sistemas posibles, la cual hace la sabiduría para satisfacer plenamente a la
bondad; y he aquí precisamente el plan del universo ac-tual. Y todas estas
operaciones del entendimiento divino, aunque haya entre ellas un orden y una
prioridad de natura-leza, tienen siempre lugar en conjunto sin que haya entre
ellas ninguna prioridad de tiempo.
226. Considerando atentamente
estas cosas, es de es-perar que se tenga una idea de la grandeza de las
perfeccio-nes divinas, y sobre todo de la sabiduría y de la bondad de Dios, que
no podrán tener los que suponen que obra Dios como al azar, sin motivo y sin
razón. Y no veo cómo puedan libertarse de opinar de modo tan extraño, salvo que
reco-nozcan que Dios tiene razones para hacer la elección, y que estas razones
nacen de su bondad; de donde se sigue necesa-riamente que lo escogido ha tenido
sobre lo no escogido la
393
GODOFREDO G. LEIBNITZ
ventaja de la bondad y, por consiguiente, que es lo mejor entre todos
los posibles. Lo mejor no puede ser superado en bondad, y no se limita el poder
de Dios porque se diga que no puede hacer lo imposible. ¿Es posible, decía M.
Bayle, que no haya un plan mejor que el que Dios ha ejecutado? Se responde que
es muy posible y hasta necesario, a saber: que no lo hay; porque en otro caso
Dios le hubiera preferido.
227. Hemos sentado, y fundadamente
a mi parecer, que entre todos los planes posibles del universo, hay uno que es
mejor que todos los demás, y que Dios lo ha escogi-do. Pero M. Bayle pretende
inferir de aquí, que entonces Dios no es libre. He aquí lo que dice: (ubi
supra, capítulo 151, pág. 899): "Creíamos discutir con un hombre que
supo-nía con nosotros, que la bondad y el poder de Dios son infi-nitos, lo
mismo que lo es su sabiduría, y nos encontramos con que, propiamente hablando,
supone que la bondad y el poder de Dios están encerrados dentro de límites muy
estre-chos." En cuanto a esto, ya lo hemos contestado: no se po-nen
límites al poder de Dios, puesto que se reconoce que se extiende ad maximun, ad
omnia, a todo lo que no implica contradicción; y no se ponen a su bondad,
puesto que ésta se dirige a lo mejor, ad optimum. Pero M. Bayle prosigue
di-ciendo: "No hay, por tanto, libertad alguna en Dios, puesto que se ve
necesitado o forzado por su sabiduría a crear, y después a crear precisamente
una obra dada, y, por último, a crearla precisamente por determinadas vías.
Estas son tres servidumbres que constituyen un fatum, que lo es más que el
estoico, y que hace imposible todo lo que no cae dentro de su esfera. Según
este sistema, Dios, al parecer, pudo decir,
394
TEODICEA
antes de dictar estos decretos: yo no puedo salvar a este hombre, ni
condenar a aquel "quippe vetor fatis" (porque me lo veda la
necesidad), mi sabiduría no lo permite.
228. Respondo a esto, que la
bondad lleva a Dios a crear a fin de comunicarse; y esta misma bordad, unida a
la sabiduría, le conduce a crear lo mejor; y aquí está compren-dida toda la
sorie total, su resultado, y las vías adoptadas. Su bondad le conduce a esto
sin forzarle, porque no hace impo-sible lo que no hace que se escoja. Llamar a
esto faturn, es tomarlo en un sentido que no es contrario a la libertad. Fa-tum
viene de fari, que significa hablar, pronunciar; significa un juicio, un
decreto de Dios, un fallo de su sabiduría. Decir que no se puede hacer una
cosa, sólo porque no se la quiere, es equivocar el significado de los términos.
El sabio sólo quiere el bien, y ¿es una servidumbre el que la voluntad obre
conforme a la sabiduría?, y, ¿se puede ser menos esclavo que cuando se obra por
propia elección según la más perfecta razón? Aristóteles decía que se halla en
servidumbre natural (natura servus) el que time mala conducta y que tiene
necesi-dad de ser gobernado. La esclavitud procede de fuera, lleva hacia lo que
desagrada, y sobre todo, a lo que desagrada con razón; la fuerza ajena y
nuestras propias pasiones nos hacen esclavos. Dios jamás es movido por cosa
alguna que esté fuera de él, ni está sujeto a pasiones internas, ni se dirige
nunca a lo que pueda causarle pena. Parece, pues, que M. Bayle da nombres
odiosos a las coses mejores del mundo, y trastorna las nociones al llamar
esclavitud al estado de la mayor y más perfecta libertad.
395
GODOFREDO G. LEIBNITZ
229. M. Bayle ya había dicho un
poco antes (capítulo 151, página 891). "Si la virtud, o cualquiera otro
bien hubie-ran tenido tanta conveniencia como el vicio con los fines del
Creador, el vicio no habría sido preferido; es preciso pues que él haya sido el
único medio de que el Creador ha podido servirse, y ha sido por consiguiente
empleado por pura nece-sidad. Como Dios ama su gloria, no por virtud de una
liber-tad de indiferencia, sino necesariamente, es preciso que ame
necesariamente todos los medios sin los cuales no podía manifestar su gloria.
Ahora bien, si el vicio, en tanto que vicio, ha sido el único medio de llegar a
este fin, se seguirá de esto, que Dios ama necesariamente el vicio, en tanto
que es vicio; lo cual no se puede pensar sin horror, además de que la
revelación nos enseña todo lo contrario." Observa al mis-mo tiempo M.
Bayle, que ciertos doctores supralapsarios (como Retofort, por ejemplo) ha
negado que Dios quiera el pecado, como tal pecado, al paso que han confesado
que quiere permisivamente el pecado, en tanto que es penable y perdonable; pero
M. Bayle les objeta que, una acción no puede ser objeto de castigo o de perdón,
sino en tanto que es viciosa.
230. M. Bayle camina bajo un
supuesto equivocado en lo que acabamos de transcribir y deduce de ello falsas
conse-cuencias. No es cierto que Dios ame su gloria necesaria-mente, si se
entiende por esto que se ve necesariamente precisado a procurarse su gloria por
medio de las criaturas. Porque si esto fuera así, se proporcionaría esta gloria
siempre y en todas partes. El decreto de crear es libre: Dios se dirige a todo
bien; el bien, y aun lo mejor, le inclina a obrar; pero
396
TEODICEA
no le fuerza o necesita, porque su elección no hace imposi-ble lo que es
distinto de lo mejor; no hace que aquello que Dios omite implique
contradicción. Hay en Dios una liber-tad exenta, no sólo de coacción, sino
también de necesidad. Me refiero a la necesidad metafísica; porque es una
necesi-dad moral el que el sabio esté obligado a elegir lo mejor. Lo mismo
sucede con los medios que Dios escoge para alcanzar su gloria. Con respecto al
vicio, ya se ha demostrado antes que no es objeto del decreto de Dios, como
medio, sino como condición sine qua non; y que por esto mismo es so-lamente
permitido. Todavía hay menos derecho para decir que el vicio es el único medio;
porque a lo más será uno de ellos pero uno de los de menos monta entre una
infinidad de otros distintos.
231. "Otra consecuencia
horrible (prosigue M. Bayle) es la fatalidad que resulta en todas las cosas; no
ha sido libre Dios de disponer de otra manera los sucesos, puesto que el medio
que ha escogido de manifestar su gloria era el único que cuadra a su
sabiduría."
Esta supuesta fatalidad o necesidad no es más que mo-ral, como acabamos
de probar; no compromete su libertad, sino que por el contrario supone su mejor
uso, no hace que los objetos que Dios no elige, sean imposibles.
"¿A qué se reducirá, dice, el libre albedrío del hombre? ¿No hubo
necesidad y fatalidad en que Adán pecara? Si no hubiera pecado, habría
trastornado el plan único que Dios se había formado necesariamente."
Aquí también se equivocan los términos. Dios vio entre las ideas de los
posibles a Adán pecando libremente, y Dios
397
GODOFREDO G. LEIBNITZ
decretó admitirle a la existencia tal como lo había visto; este decreto
no muda la naturaleza de los objetos, ni hace necesa-rio lo que era contingente
en sí, ni imposible lo que era posi-ble.
232. M. Bayle prosigue (página
892): "El sutil Scoto afirma con mucho juicio, que si Dios no tuviera
libertad de indiferencia, ninguna criatura podría tener esta especie de
libertad." Estoy de acuerdo en esto, con tal que no se en-tienda una indiferencia
de equilibrio, en que no haya ninguna razón que incline de un lado más que de
otro. M. Bayle re-conoce (más adelante, capítulo 168, página 4), que lo que se
llama indiferencia no excluye las inclinaciones y los placeres agradables.
Basta, por consiguiente, con que no haya necesi-dad metafísica en la acción que
se llama libre, es decir, basta con que se escoja entre muchos partidos
posibles.
233. Prosigue aún (capítulo 157,
página 893): "Si Dios es determinado a crear el mundo, no por un
movimiento libre de su voluntad, sino por los intereses de su gloria, que ama
necesariamente, y que es la única cosa que ama, porque no es diferente de su
sustancia, y si el amor que se tiene a sí mismo le ha forzado a manifestar su
gloria por el medio más conveniente, y si la caída del hombre ha sido este
medio, es evidente que esta caída ha tenido lugar de toda necesidad, y que la
obediencia de Eva y Adán a las órdenes de Dios era imposible."
Siempre el mismo error. El amor que Dios se tiene a sí mismo es
esencial, pero el amor de su gloria o la voluntad de procurársela no lo es en
manera alguna; el amor que se tiene a sí mismo no le ha precisado a las
acciones exteriores, por-
398
TEODICEA
que han sido libres, y puesto que existían planes posibles, en los que
los primeros padres no pecarían; su pecado no era, por lo tanto, necesario. Por
último, nosotros decimos efecti-vamente lo que Bayle reconoce aquí; que Dios
resolvió crear el mundo por un movimiento libre de su voluntad, y añadi-mos que
este mismo movimiento le ha llevado a crear lo mejor.
234. La misma respuesta se puede
dar a lo que M. Ba-yle dice (capítulo 165, página 1074): "El medio más
propio para llegar a un fin es necesariamente único (esto es cierto, por lo
menos en los casos en que Dios ha escogido); luego si Dios ha sido llevado
invenciblemente a servirse de este me-dio, se ha servido de él
necesariamente." Ha sido llevado ciertamente, ha sido determinado, o más
bien, se ha deter-minado: pero lo que es cierto no siempre es necesario o
ab-solutamente invencible; la cosa podría marchar de otra manera, pero no se ha
realizado, y se supone que hay una causa para ello. Dios ha escogido entre
diferentes partidos, todos posibles: y así, metafísicamente hablando, podía
esco-ger o hacer lo que no fuese lo mejor; pero no podía hacerlo, moralmente
hablando. Valgámonos de una comparación tomada de la geometría. El mejor camino
de un punto a otro (hecha abstracción de los impedimentos y demás
considera-ciones accidentales del medio) el mejor camino, repito, de un punto a
otro es único, es el que sigue la línea más corta, que es la recta. Sin
embargo, hay una infinidad de caminos que van de un punto a otro. No hay
necesidad alguna que me obligue a ir por la línea recta; pero desde el momento
en que yo escojo el mejor, me veo determinado y resuelto a marchar
399
GODOFREDO G. LEIBNITZ
por él, aunque ésta no sea más que una necesidad moral en el sabio; y
ésta es la razón por qué las consecuencias que luego se han deducido no son
procedentes. "Luego Dios solo ha podido hacer lo que ha hecho; luego lo
que no ha sucedido o jamás sucederá, es absolutamente imposible." (Estas
consecuencias, repito, no son fundadas, puesto que hay muchas cosas que jamás
han sucedido ni nunca sucede-rán, y que sin embargo son concebibles
distintamente, y no implican ninguna contradicción, ¿cómo puede decirse que son
absolutamente imposibles? M. Bayle refutó esto mismo en el pasaje en que
atacaba a los espinocistas, y que hemos citado más arriba, y en él reconoce
repetidas veces que sólo es imposible lo que implica contradicción; y ahora
cambia de estilo y de lenguaje). "Luego la perseverancia de Adán en la
inocencia ha sido imposible; luego su caída fue absoluta-mente inevitable y
hasta anterior al decreto de Dios, porque implicaría contradicción que Dios
pudiera querer una cosa opuesta a su sabiduría; en el fondo es lo mismo decir:
esto es imposible a Dios que decir: Dios podría hacerlo si quisiera, pero no
puede quererlo." (Se hace mal uso de los términos en un sentido, al decir
aquí: se puede querer, se quiere que-rer; el poder se refiere aquí a las acciones
que se quieren. Sin embargo, no implica contradicción el que Dios quiera
(di-recta o permisivamente) una cosa que no la implique, y en este sentido es
permitido decir que Dios puede quererla).
235. En una palabra: cuando se
habla de la posibilidad de una cosa, no se trata de las causas que deben hacer
o im-pedir que la cosa exista actualmente; de otra manera, se cambiaría la
naturaleza de los términos, y se haría inútil la
400
TEODICEA
distinción entre lo posible y lo actual; como decía Abelardo, y como
Wiclef parece haberlo hecho después, lo cual les condujo, sin ninguna
necesidad, a emplear expresiones ex-trañas y chocantes. Por esta razón, cuando
se pregunta si una cosa es posible o necesaria, y se tiene en cuenta la
considera-ción de lo que Dios quiere o escoge, se cambia la cuestión. Porque
Dios escoge entre los posibles, y por esto escoge libremente, y no se ve
forzado o necesitado; no habría elec-ción ni libertad, si sólo hubiera un
partido posible.
236. Conviene responder a los
silogismos de M. Bayle para que no olvidemos nada de cuanto éste hombre ilustre
ha expuesto en esta cuestión. Estos silogismos aparecen en el capítulo 151 de
su Respuesta a un provinciano, página 901, tomo III.
Primer silogismo
"Dios no puede querer nada que se oponga al amor ne-cesario que
tiene a su sabiduría;
Es así que la salvación de todos los hombres es opuesta al amor
necesario que Dios tiene a su sabiduría;
Luego Dios no puede querer la salvación de todos los hombres."
La mayor es evidente por sí misma, porque no se puede querer cosa alguna
cuya opuesta sea necesaria. Pero no se puede aprobar la menor; porque aun
cuando Dios ame nece-sariamente su sabiduría, las acciones a que su sabiduría
le conduce, no dejan de ser libres, y los objetos a que su sabi-duría no le
lleva, no dejan de ser posibles. Además, su sabi-
401
GODOFREDO G. LEIBNITZ
duría le ha conducido a querer la salvación de todos los hombres; pero
no por virtud de una voluntad consecuente y decretoria. Y no siendo esta
voluntad consecuente otra cosa que un resultado de las voluntades libres
antecedentes, no puede menos de ser también libre.
§237.
Segundo silogismo
"La obra más digna de la sabiduría de Dios comprende, entre otras
cosas, el pecado de todos los hombres y la con-denación eterna de la mayor
parte de ellos;
"Es así que Dios quiere necesariamente la obra más digna de su
sabiduría;
"Luego quiere necesariamente la obra que comprende, entre oirás
cosas, el pecado de todos los hombres y la con-denación eterna del mayor número
de los mismos."
Pase la mayor; pero negamos la menor. Los decretos de Dios son siempre
libres, aunque sea llevado siempre a dic-tarlos por razones que consisten en la
mira del bien: porque ser necesitado o precisado moralmente por la sabiduría,
ser obligado por la consideración del bien, es ser libre, no es ser necesitado
metafísicamente. Y la necesidad metafísica, como hemos observado repetidas
veces, es la única que es opuesta a la libertad.
238. No examino los silogismos que
M. Bayle forma en el capítulo siguiente (capítulo 152) contra el sistema de los
supralapsarios y particularmente contra el discurso que Teo-doro de Beze hizo
en la conferencia de Montbeliard el año
402
TEODICEA
de 1586. Estos silogismos tienen poco más o menos el mis-mo defecto que
los que acabamos de examinar; pero confie-so que el sistema mismo de Beze no
satisface. Semejante conferencia sólo sirvió para aumentar la acritud entre las
sectas. "Según Beze, Dios creó el mundo para su gloria, su gloria no es
conocida si no aparecen su misericordia y su justicia, y por esta razón Dios
destinó algunos hombres por pura gracia a la vida eterna, y algunos por un
juicio justo a la condenación eterna. La misericordia presupone la desdicha; la
justicia presupone la culpa (pudo añadir que también la desdicha supone la
culpa). Sin embargo, siendo Dios bueno, o más bien la bondad misma, ha creado
al hombre bueno y justo, pero mudable y pudiendo pecar por su libre voluntad.
El hombre no ha caído, como quien dice, de trompón o temerariamente, o por
causas ordenadas por otro Dios como dicen los maniqueos, y sí por la
providencia de Dios, pero de tal manera que Dios no aparece envuelto en la
falta, en cuanto el hombre no se ha visto forzado a pecar."
239. No tiene gran mérito este
sistema, ni es muy pro-pio para mostrar la sabiduría, la justicia y la bondad
de Dios, y es una fortuna que hoy día esté casi abandonado. Si no hubiera otras
razones más profundas, capaces de mover a Dios a permitir la culpa, origen de
la desdicha, no habría ni culpa ni desdicha en el mundo, porque las que aquí se
alegan no bastan. Aparecería mejor su misericordia impidiendo la desdicha, y
aparecería mejor su justicia, impidiendo la culpa, favoreciendo la virtud y
recompensándola. No puede com-prenderse cómo quien no sólo hace que un hombre
pueda caer, sino que además dispone las circunstancias de suerte
403
GODOFREDO G. LEIBNITZ
que contribuyan a hacerle caer, deje de ser culpable, salvo que tenga
otras razones que le obliguen a obrar así. Mas cuando se considera que Dios,
perfectamente bueno y sabio, debe haber producido toda la virtud, toda la
bondad y toda la felicidad de que es capaz el mejor plan del universo, y que
muchas veces un mal en algunas partes puede servir para un gran bien en el
todo, se concibe fácilmente que Dios haya podido dar cabida a la infelicidad y
permitido la culpa, como lo ha hecho, sin que se le pueda por eso censurar.
Este es el único remedio que llena el vacío de todos los sistemas, cual-quiera
que sea la manera en que se dispongan u ordenen los decretos. San Agustín era
favorable a estas ideas y puede decirse de Eva lo que el poeta dice de la mano
Mucio Esce-vola:
Si non errasset, fecerat illa minus.
(Si no hubiese errado, ella (la mano) habría hecho menos).
240. Hallo que el célebre
prelado171 inglés que ha es-crito un libro ingenioso sobre el origen del mal,
algunos de cuyos pasajes ha combatido M. Bayle en el segundo tomo de su
Respuesta a un provinciano, aunque se aleja en algún punto de las opiniones que
yo sostengo, puesto que parece recurrir algunas veces a un poder despótico,
como si la vo-luntad de Dios no siguiera las reglas de la sabiduría respecto
M. King, arzobispo de Dublín,
nació en Antrins en 1650 y murió en 1629. Escribió sobre el Estado de los
protestantes en Irlanda, y un libro De Origine mali, sobre el cual ha escrito
Leibnitz algunas reflexiones.
404
TEODICEA
del bien y del mal, como si resolviese arbitrariamente que tal o cual
cosa deba pasar por buena o mala, y como si la misma voluntad de la criatura,
en tanto que libre, no escogiese por parecerle el objeto bueno, sino por una
determinación pu-ramente arbitraria, independiente de la representación del
objeto; este obispo, repito, no deja de consignar en otros pasajes cosas más
favorables a mi doctrina que a lo que pa-rece contrario en la suya. Dice que lo
que una causa infini-tamente sabia y libre ha escogido, es mejor que lo que no
ha escogido. ¿No es esto reconocer que la bondad es el objeto y la razón de su
elección? En tal sentido, puede decirse muy bien:
Sic placuit superis; quaerere plura nefas.
(Así plugo a los dioses; no se puede pedir más).
405
GODOFREDO G. LEIBNITZ
TERCERA PARTE
241. Henos aquí desembarazados ya
de la causa moral del mal moral. El mal físico, es decir, los padecimientos,
las desdichas, nos entorpecerán menos siendo, como son, un resultado del mal
moral. Poena est malum pasionis, quod infligitur ob malum actionis, según
Grocio. (La pena es el mal del padecimiento, que es infligido a causa del mal
de la acción). Se padece, porque se ha obrado; se siente el mal, porque se ha
hecho el mal.
Nostrorum causa malorum
Nos sumus.
(Somos nosotros
la causa de nuestros males).
Es cierto que se padece muchas veces a causa de las malas acciones de
otros; pero cuando uno no tiene parte en el crimen, debe estarse cierto de que
estos padecimientos nos prepara una mayor felicidad. La cuestión del mal
físico,
406
TEODICEA
es decir, del origen de los padecimientos, tiene dificultades que son
comunes con la del origen del mal metafísico de que los monstruos y otras
irregularidades aparentes del universo son ejemplos. Pero es preciso tener
entendido que los dolo-res y los monstruos están dentro del orden, y es bueno
con-siderar que no sólo valía más admitir estos defectos y estos monstruos, que
que no violar las leyes generales, como razo-na algunas veces el Reverendo
Padre Malebranche, sino también que estos monstruos mismos están dentro de las
reglas, y se dan en conformidad con las voluntades generales, aunque no seamos
capaces de discernir esta conformidad. Sucede lo que algunas veces acontece con
las apariencias de irregularidad que se ad-vierte en las matemáticas, que vienen,
por último, a parar en un gran orden, cuando llega a profun-dizarlas; y por
esta razón he dicho antes que, según mis prin-cipios, todos los sucesos
individuales, sin excepción, son resultado de voluntades generales.
242. No hay que extrañar que trate
yo de aclarar estas cosas por medio de comparaciones tomadas de las
matemá-ticas puras, donde todo marcha en orden, y donde hay me-dio de
discernirlas mediante una exacta meditación, que hace que gocemos, por decirlo
así, de la vista de las ideas de Dios. Puede proponerse una serie de números
completamente irregulares en la apariencia, en la que crecen y disminuyen
aquellos en forma variable, sin que aparezca en ellos orden alguno; y sin
embargo, el que conozca la clave, el origen y la construcción de esta serie de
números, podrá dar una regla, que bien entendida, hará ver que la serie es
completamente regular y que hasta está dotada de bellas propiedades. Se
407
GODOFREDO G. LEIBNITZ
puede ver esto todavía rnás claro en las líneas; una línea pue-de tener
vueltas y revueltas, altos y bajos, puntos de retroce-so y puntos de inflexión,
interrupciones y otras variedades, de manera que no se vea en ella ni ritmo ni
razón, sobre todo cuando se considera una parte de la línea, y sin embar-go,
puede suceder que sea posible dar la ecuación y cons-trucción en las que un
geómetra encontrará la razón y la conveniencia de todas estas supuestas
irregularidades. Pues he aquí el juicio que debe formarse de las causas de los
monstruos y de otros supuestos defectos del universo.
243. Este es el sentido en que
puede emplearse el pre-cioso dicho de San Bernardo172 (Epistol. 275, ad Eugen.
III)
Ordinatissimum est, mines interdum ordinate fieri ali-quid.
(Orderadísimo es que a veces se haga una cosa menos ordenadamente). Entra en el
gran orden el que haya algún pequeño desorden; y puede hasta decirse que este
pequeño desorden no es más que aparente en el todo, y no es ni aún aparente con
relación a la felicidad de aquéllos que caminan por la vía del orden.
244. Al hablar de monstruos, me
refiero también a otros muchos defectos aparentes. Nosotros aperas conoce-mos
más que la superficie de nuestro globo, sólo penetramos en su interior algunos
metros, y lo que encontramos en la corteza de aquél aparece como resultado de
algunos grandes trastornos. Al Parecer, este globo estuvo algún día incandes-
San Bernardo, doctor ilustre de la
Edad Media, nació en Fontaigne, en Borgoña, en 1091, y murió en la Abadía de
Clairvaux, en 1153: predicó la segunda cruzada. Sus principales obras son: De
la consideración, dirigida al Papa Eugenio III; De las costumbres y de los
deberes de loa obispos; De la gracia y dal libre albedrío; Sermones y cartas
408
TEODICEA
cente, y las rocas que forman la base de esta corteza de la tierra, son
escorias, restos de una gran fusión; en sus entra-ñas se encuentran
producciones de metales y de minerales que se parecen mucho a las que proceden
de nuestros hor-nos; y la mar entera puede ser unn especie de oleum per
deliquium (aceite por deslizamiento), al modo que el aceite de tártaro se forma
en un lugar húmedo. Porque cuando la superficie de la tierra se enfrió, después
del gran incendio, la humedad que el fuego lanzó al aire, ha caído sobre la
tierra, ha lavado su superficie, ha disuelto y embebido la sal fija que había
quedado en las cenizas, y ha llenado, por último, esta gran cavidad que se
encuentra en la superficie de nuestro globo, para formar el Océano lleno de
agua salada.
245. Pero después del fuego, debe
creerse que la tierra y el agua no han producido menos estragos. Quizá la
corteza formada por el enfriamiento, y bajo la cual habían grandes cavidades,
se derrumbó, de suerte que habitamos sobre rui-nas, como ha observado, entre
otros, M. Tomás Burnet173, capellán del difunto rey de la Gran Bretaña; y
muchos dilu-vios e inundaciones han dejado sedimentos de que se en-cuentran
rastros y restos, que hacen ver que el mar ha estado en sitios muy lejano del
punto en que se halla hoy. Pero es-tos trastornos cesaron por último, y el
globo ha tomado la forma que ahora vemos. Moisés indica estos grandes
tras-tornos en pocas palabras: la separación de la luz de las tinie-
Tomás Burnet, geólogo y teólogo
escocés, nació en Croft, en 1635, y murió en 1715. Escribió: Thelluris theoria
sacra, en 4°, 1680-89, admira-da y analizada por Buffón en su Teoría de la
tierra. Archaeologia philo-sophica, sive de rerum originibus (1692 ), obra que
excitó un vivo descontento entre el clero anglicano.
409
GODOFREDO G. LEIBNITZ
blas señala la fusión causada por el fuego; y la separación de lo húmedo
y de lo seco marca los efectos de la inundación. Pero ¿quién no ve que esos
desórdenes han servido para traer las cosas al punto que se encuentran al
presente, que a esto debemos nuestras riquezas y comodidades, y que por su
medio se ha hecho este globo propio para ser cultivado por nuestros cuidados?
Estos desórdenes han conducido al or-den. Los desórdenes, verdade-ros o
aparentes, que vemos de lejos, son las manchas del sol y de los cometas, pero
no sa-bemos el uso que pueden prestar, ni lo que haya de sujeto a regla en
ellos. Hubo un tiempo en que los planetas pasaban por estrellas errantes, y
ahora se sabe que su movimiento es regular; quizá suceda lo mismo con los
ccmetas; la posteri-dad lo sabrá.
246. Entre los desórdenes no se
cuenta la desigualdad de condiciones, y M. Jaquelot tiene razón para preguntar
a los que querrían que todo fuese igualmente perfecto, ¿por qué las rocas no
están vestidas de hojas y de flores? ¿Por qué las hormigas no son pavos reales?
Si fuera precisa la igualdad en todas las cosas, el pobre reclamaría contra el
rico y el criado contra su amo. No es preciso que en un órgano sean todos los
tubos iguales. M. Bayle dirá que hay diferencia entre una pri-vación de bien y
un desorden; entre un desor-den en las cosas inanimadas, que es puramente
metafísico, y un desorden en las criaturas racionales, que consiste en el
crimen y en los padecimientos. Tiene razón para distinguir-los, pero también la
tenernos nosotros para unirlos y juntar-los. Dios no desprecia las cosas
inanimadas; ellas son insensibles, pero Dios es sensible por ellas. Dios no
despre-
410
TEODICEA
cia los animales, y si no ticnen inteligencia, Dios la tiene por ellos.
Se echaría en cara Dios a sí mismo el menor defecto verdadero que se encontrara
en el Universo, aun cuando nadie lo hubiera notado.
247. M. Bayle, al parecer, no
aprueba que los desórde-nes que pueden tener lugar en las cosas inanimadas
entren en comparación con los que turban la paz y la felicidad de las criaturas
racionales, ni que se funde en parte el permiso del vicio para evitar el
desarreglo de las leyes del movimiento. De aqui podría concluirse, en su
opinión (Respuesta póstu-ma a M. jaquelot, página 183 ), "que Dios sólo ha
creado el mundo para demostrar su conocimiento infinito de la arqui-tectura y
de la mecánica, sin que el atributo de bueno ni el de amigo de la virtud hayan
tenido parte alguna en la construc-ción de esta gran obra. Este Dios sólo
presumiría de científi-co, y preferiría dejar perecer a todo el género humano a
permitir que algunos átomos caminaran con más rapidez o con más lentitud de la
que las leyes generales permiten." M. Bayle no hubiera hecho esta objeción
si se hubiese informa-do de mi sistema de la armonía general, el cual hace ver
que el reinado de las causas eficientes y el de las causas finales son paralelos
entre sí; que Dios tiene la cualidad del mejor monarca a la par que del más
grande arquitecto; que la mate-ria está dispuesta de tal manera, que las leyes
del movimiento sirven para el mejor gobierno de los espíritus, y que habrá de
reconocerse por consiguiente que él ha obtenido el mayor bien que es posible,
con tal que se tomen en cuenta a la vez los bienes metafísicos, físicos y
morales.
411
GODOFREDO G. LEIBNITZ
248. Pero (dirá M. Bayle) pudiendo
Dios evitar infini-dad de males por medio de un pequeño milagro, ¿por qué no le
emplea? ¿No presta tantos auxilios a los hombres caídos? Pues con uno pequeño
de esta naturaleza que hubiese dado a Eva habría impedido su caída, y hubiera
hecho ineficaz la tentación de la serpiente. Ya hemos contestado a esta clase
de objeciones por medio de esta respuesta general: que Dios no debía elegir
otro universo, puesto que ha escogido el mejor, empleando sólo los milagros que
eran necesarios. Se le respondió que los milagros mudan el orden natural del
universo; y él replica, que es una ilusión, y que el milagro de las bodas de
Canaán (por ejemplo), no verificó otro cambio en el aire de la habitación que
el de hacer que en lugar de recibir en sus poros algunos corpúsculos de agua,
recibiera corpúsculos de vino. Pero es preciso considerar que una vez escogido
el mejor plan de las cosas, nada puede mudarse en ellas.
249. En cuanto a los milagros (de
los cuales ya hemos dicho algo anteriormente), no son todos quizá de la misma
clase; hay muchos que procura Dios por el ministerio de algunas sustancias
invisibles, como los ángeles, y así lo dice también el Reverendo Padre
Malebranche; y estos ángeles o estas sustancias obran según las leyes
ordinarias de su natu-raleza, estando unidos a cuerpos más sutiles y más
vigorosos que los que nosotros podemos manejar. Estos milagros sólo lo son
comparativamente y con relación a nosotros; a la ma-nera que nuestras obras las
tendrían por milagrosas los ani-males, si fuesen capaces de hacer sobre este
punto observaciones. El cambio del agua en vino podría pasar por
412
TEODICEA
un milagro de esta especie. Pero la creación, la encarnación, y algunas
otras acciones de Dios superan a la fuerza de las criaturas y son
verdaderamente milagros, y si se quiere miste-rios. Sin embargo, si el cambio
del agua en vino en Canaán fuese un milagro de la primera clase, Dios hubiera
mudado, al hacerlo, todo el curso del universo a causa de la conexión que se da
entre los cuerpos; o bien se hubiera visto precisado
impedir milagrosamente tam-bién
esta conexión y a hacer obrar a los cuerpos no interesa-dos en el milagro, como
si éste no hubiera tenido lugar, y pasado el milagro, habría sido necesario
volverlo todo, en los mis-mos cuerpos interesados, al estado en que estarían
sin el milagro; después de lo cual todo volvería a su primitivo cauce, y así
este milagro llevaba consigo más de lo que parece.
250. Con respecto al mal físico de
las criaturas, es de-cir, de sus padecimientos, M. Bayle combate fuertemente a
los que tratan de justificar con razones particulares la con-ducta que Dios ha
observado en este punto. Dejo a un lado los padecimientos de los animales, pues
veo que M. Bayle insiste principalmente sobre los de los hombres, quizá por-que
cree que las bestias no tienen sensación, y quizá para evitar la injusticia,
que habría con respecto a los dolores de las bestias, muchos cartesianos han querido
probar que no son más que máquinas, quoniam sub Deo justo nemo inno-cens miser
est; porque, es imposible que un inocente sea desdichado bajo un amo tal como
es Dios. El principio es bueno, pero no creo que pueda inferirse de él que las
bestias no tienen sensación, porque creo que, propiamente hablan-do, la
percepción no basta para causar la desdicha, si no va
413
GODOFREDO G. LEIBNITZ
acompañada de reflexión. Lo mismo sucede con la felicidad; sin reflexión
no la hay.
¡O fortunatos nimium, sua qui bona norint! (¡Oh afortunados sin medida,
los que hubieren conocido sus bienes!)
No puede dudarse, racionalmente pensando, que se da el dolor en los
animales; pero sus placeres y sus dolores, al parecer, no son tan vivos como en
el hombre; porque, como carecen de reflexión, no son susceptibles ni del
disgusto que acompaña al dolor, ni de la alegría que acompaña al placer. Los
hombres a veces se hallan en un estado que los aproxi-ma a las bestias, y en el
que sólo obran por instinto y por las impresiones de las experiencias
sensuales; estado en el que sus placeres y sus dolores son muy mezquinos.
251. Pero dejemos ahora las
bestias, y volvamos a las criaturas racionales. Con relación a éstas, M. Bayle
agita la siguiente cuestión: si hay más mal físico que bien físico en el mundo
(Respuesta a un provinciano, capítulo 75, tomo II). Para resolverla, es preciso
explicar en qué consisten estos bienes y estos males. Convenimos en que el mal
físico no es otra cosa que el disgusto, y comprendo en esto el dolor, la pena y
toda clase de incomodidad. Pero, ¿consiste el bien físico única-mente en el
placer? M. Bayle parece ser de esta opinión; pero la mía es que consiste
también en un estado medio, como el de la salud. Se está bastante bien, cuando
no se tiene mal, y es un grado de la sabiduría el no incurrir en locuras:
414
TEODICEA
Sapientia prima est,
Stultitia caruise.
(La primera sabiduría es
carecer de locura).
Así como es uno digno de alabanza cuando no se le pue-de reprender con
justicia:
Si non culpabor, sat mihi laudis erit.
(Si no soy inculpado, esto será para mí sobrada alabanza).
Por lo mismo, todas las sensaciones que no nos desa-gradan, todo
ejercicio de nuestras fuerzas que no nos inco-moda, y cuyo impedimento nos
incomodaría, son bienes físicos, aun cuando no nos causen ningún placer, porque
su privación es un mal físico. Así no nos apercibimos del bien de la salud y de
otros semejantes, sino cuando nos vemos privados de ellos. En este concepto me
atrevo a sostener que en esta vida los bienes superan a los males, que nuestras
co-modidades superan a nuestras incomodidades, y que M. Descartes ha tenido
razón para decir (tomo I, carta IX) que la razón natural nos dice que tenemos
más bienes que males en esta vida.
252. Es preciso añadir que el uso
demasiado frecuente y la magnitud de los placeres serían un grandísimo mal. Hay
entre ellos, algunos, que Hipócrates ha comparado con la epilepsia, y Scioppio
quiso, sin duda, hacer como que des-pertaba la envidia en los gorriones, para
burlarse agradable-
415
GODOFREDO G. LEIBNITZ
mente de ellos en una obra más sabia que festiva. Las vian-das de
refinado gusto perjudican a la salud y disminuyen la delicadeza de la situación
exquisita. Generalmente los place-res corporales son una especie de gasto en
los espíritus174, aunque tenga lugar la reparación más en unos que en otros.
253. Sin embargo, para probar que
el mal supera al bien, se cita a M. La Mothe le Vayer (carta 134) quien no
hubiera querido volver de nuevo a este mundo, si hubiese de desempeñar el mismo
papel que la Providencia le había asig-nado en esta vida. Pero ya he dicho que,
en mi juicio, acepta-ríamos la proposición del que quisiera reanudar el hilo de
la Parca, si se nos prometiera un nuevo papel, aun cuando no fue-se mejor que
el primero. Y así de lo que La Mothe le Vayer dice, no se deduce que no le
hubiera gustado el papel que había desempeñado ya, si hubiese sido nuevo.
254. Los placeres del espíritu son
los más puros y los que mejor sirven para hacer duradera la alegría. Cardán,
siendo ya anciano, estaba tan contento con su estado, que protestó con
juramento que no le cambiaría por el de un joven, por rico que fuese, si era
ignorante. La Mothe le Va-yer lo refiere sin criticarlo. Parece que el saber
tiene encantos que no pueden concebir los que no los han gustado. No hablo de
un simple saber de hechos sin el de las razones, sino de uno como el de Cardán,
que era efectivamente un hombre grande a pesar de todos sus defectos y que sin
ellos hubiera sido incomparable.
Felix, qui potuit rerum cognoscere causas!
Partes
más sutiles y volátiles de los cuerpos.
416
TEODICEA
Ille metus omnes et inexorable fatum Subjecit pedibus.
(¡Feliz el que pudo conocer las causas de las cosas! El sujetó bajo sus
pies
todos los medios y la fatalidad inexorable).
No es poco el estar contento de Dios y del Universo, no temer lo que nos
está destinado, ni qusjarse de lo que pueda sucedernos. El conocimiento de los
verdaderos principios nos da esta ventaja, pero es muy distinta de la que los
estoi-cos y los epicúreos sacaban de su filosofía. Hay tanta dife-rencia entre
la verdadera moral y la suya, como la que hay entre la alegría y la paciencia;
porque su tranquilidad se fun-daba sólo en la necesidad, y la nuestra debe
estarlo en la per-fección y belleza de las cosas y en nuestra propia felicidad.
255. Pero ¿qué diremos de los
dolores corporales? ¿No pueden ser bastante duros para interrumpir esta
tran-quilidad del sabio? Aristóteles lo cree así; los estoicos eran de otra
opinión y lo mismo los epicúreos. M. Descartes ha re-novado la de estos filósofos;
y dice en la carta que se acaba de citar: "que entre los rnás tristes
accidentes y los dolores más acerbos puede el hombre mantenerse contento, con
tal que sepa hacer uso de la razón." M. Bayle dice sobre este punto, que
esto no es decir nada, y que no es más que indi-car un remedio cuya
pre-paración casi radie sabe. Yo sosten-go que no es esto tan imposible, y que
los hombres podían llegar a conseguirlo a fuerza de meditación y de ejercicio.
Porque prescindiendo de los verdaderos mártires y de los
417
GODOFREDO G. LEIBNITZ
que han sido asistidos extraordinariamente desde lo alto, han habido
falsos mártires que los han imitado; y el esclavo es-pañol que mató al
gobernador cartaginés para vengar a su amo, y que mostró mucha alegría en medio
de los mayores tormentos, puede avergonzar a los filó-sofos. ¿Por qué no se ha
de poder ir tan allá como este hombre? Lo mismo puede decirse de una ventaja
como de una desventaja:
Cuivis potest accidere, quod cuiquam potest.
(A cualquiera puede acontecer, lo que puede a uno).
256. Pero aun hoy día, naciones
enteras, como los hu-rones, los iroqueses, los galibis y otros pueblos de
América, nos dan una lección en este punto; no puede leerse sin asombro la
intrepidez y casi la insensibilidad con que des-precian a sus enemigos que los
fríen a fuego lento y se los comen en trozos. Si tales gentes pudieran
conservar las ven-tajas del cuerpo y del corazón, y unirlas a nuestros
conoci-mientos, nos superarían en todos conceptos,
Extat ut in mediis turris aprica casis.
(Sobresale como una elevada torre entre las cabañas).
Serían con respecto a nosotros lo que es un gigante respecto de un
enano, o una montaña de una colina:
Quantus Eryx, et quantus Athos, gaudetque nivali Vertice se attollens
pater Apenninus ad auras.
418
TEODICEA
(Cual el Erice, y cual el Atos, posee también el padre Apenino nevada
cumbre, elevándose hasta los vientos).
257. Todo lo que un maravilloso
vigor de cuerpo y de espíritu hace que sea eso para estos salvajes una
singularísi-ma cestión de honra, podría ser adquirido por nosotros por medio de
la educación, de mortificaciones oportunas, de una alegría dominante fundada en
la razón, y de un gran ejercicio dirigido a conservar cierta presencia de
espíritu en medio de las distracciones y de las distracciones y de las
impresiones más capaces de turbarle. Algo parecido a esto se cuenta de los
asesinos, súbditos y discípulos del viejo, o más bien del Señor (Senior) de la
Montaña. Semejante escuela (pero diri-giéndose a un fin más noble; sería buena
para los misioneros que quisieran entrar de nuevo en el Japón. Entra los
gimno-sofistas de los antiguos hindúes sucedía algo de esto; y este Calanus175,
que dio al gran Alejandro el espectáculo de dejar-se quemar vivo, fue
indudablemente animado por los gran-des ejemplos de sus maestros, y debió estar
acostumbrado a sufrir grandes padecimientos para no temer el dolor. Las mujeres
de esos mismos hindúes, que aun hoy día piden permiso para echarse en la
hoguera en que se queman los cuerpos de sus maridos, dan muestras de tener algo
del valor de aquellos antiguos filósofos de su país. No espero que se funde tan
pronto una orden religiosa cuyo fin sea elevar al hombre al punto más alto de
perfección, como que tales individuos estarían muy por encima de los demás, y
hasta se
Calanus, gimnosofista hindú, de
cuya teoría hablan Arriano, Plutarco, y Quinto Curcio.
419
GODOFREDO G. LEIBNITZ
harían temibles a los poderes públicos. Como es raro verse uno expuesto
a esas situaciones tan extremas en que se re-quiere tal fuerza de espíritu, no
es fácil que quiera nadie ha-cer provisiones de tales esfuerzos a costa de
nuestras comodidades originarias, aunque en ello la ganancia sería
incomparablemente mayor que la pérdida.
258. Sin embargo, esto mismo es
una prueba de que el bien supera al mal, pues que no hay necesidad de apelar a
este gran remedio. Eurípides176 lo ha dicho también:
Pleío jrestá tón kakón einai Brotoís
Mala nostra longe judico vinci a bonis.
(Yo creo que nuestros males son harto superados por los bienes).
Homero y otros muchos poetas eran de otra opinión, y el vulgo les ha
seguido. Esto nace de que el mal excita más nuestra atención que el bien; pero
esta misma razón confir-ma el que el mal es más raro. No hay que dar crédito a
las expresiones sentimentales de Plinio, que considera a la natu-raleza como
una madrastra, y pretende que el hombre es la más desdichada y la más vana de
todas las criaturas. Estos dos epítetos no concuerdan entre sí, puesto que no
se es bastante desdichado, cuando se vive orgulloso de sí mismo. Es cierto que
los hombres desprecian demasiado la naturale-za humana, y al parecer es porque
no ven otras criaturas
Eurípides, ilustre trágico griego,
nació en 480 antes de J. C., y murió, el parecer, en el mismo día que Dionisio
el antiguo alcanzó la tiranía
420
TEODICEA
capaces de excitar su emulación; pero se estiman en ucho, y se conectan
con demasiada facilidad en particular. Así que estoy conforme con Meric
Casaubón, quien, en sus notas sobre el Jenófanes177 de Diógenes Laercio178,
alaba mucho los bellos sentimientos de Eurípides, hasta atribuir haber dicho
cosas quae spirant teópneuston pectus (divinamente inspirado). Séneca (lib. IV,
cap. V, De benefic.), habla elo-cuentemente de los bienes con que nos a colmado
la natura-leza. M. Bayle, en su Diccionario, art. Jenófanes, opone a esto
muchas autoridades, y entre otras, la del poeta Ditilus179, en la colección de
Stobeo180, quien, traduciendo del griego al latín, dice así:
Fortuna cyathis bibere nos datis jubens,
Infundit uno terna pro bono mala.
Jenófanes, filósofo griego,
fundador de la escuela de Elea, nació en Colofón, en el Asia menor, hacia el
año 640 antes de J. C., y vivió cerca de un siglo. Compuso un poema del que
sólo existe un centenar de ver-sos que se encuentran en: las Pilosophorum
graecorurm veterum reli-quiae, de Karsten (en 8°, Amsterdam, 1830).
Diógenes Laercio, en Cilicia,
vivía según todas las probabilidades en el siglo III de nuestra era. La única
obra que conocemos de él es el célebre escrito titulado: Vidas, doctrinas y
sentencias de los filósofos ilustres, mina inestimable para la historia de la
filosofía en la antigüedad. (Edición con notas de Casaubón y de Menage,
Amsterdam, 2 vol. en 4°, 1692-98, y Leipzig, 4 vol. en 8°, 1828-1831.
Difilus, poeta cómico griego,
floreció en la Olimpíada 118. Se dice que compuso cien comedias. Terencio le
imitó en sus Adelphes, Plauto en su Casina y en su Rudens.
Stobeo, compilador griego, que
vivió hacia el siglo V de nuestra era. Su Colección, que nos ha transmitido un
número considerable de ex-tractos de poetas y de filósofos antiguos, se divide
en dos partes. Oxford,
vol.
en 8°, edición de Gaisford, 1828-1850.
421
GODOFREDO G. LEIBNITZ
(Al ordenarnos la Fortuna beber en los vasos que nos da, infunde en
ellos tres males por cada uno de los bienes).
259. M. Bayle cree que si sólo se
trata del mal de culpa o del mal moral de los hombres, terminaría bien pronto
el proceso sentenciándolo en favor de Plinio, y que Eurípides perdería el
pleito. No digo que no, puesto que nuestros vi-cios superan, sin duda, a
nuestras virtudes, lo cual es resulta-do del pecado original. Sin embargo, es
cierto que en este punto el vulgo exagera las cosas, y que hasta hay teólogos
que rebajan de tal modo la especie humana, que ofenden a la Providencia del
autor del hombre. Por esta razón no estoy conforme con aquellos que han creído
honrar a la religión, diciendo que las virtudes de los paganos no eran más que
splendida pecata, vicios brillantes. Este es un arranque de San Agustín, que no
está fundado en la Sagrada Escritura y que choca con la razón. Pero aquí sóla
se trata del bien y del mal físico, y es preciso comparar en particular las
propieda-des y adversidades de esta vicia. M. Bayle quería casi descar-tar la
consideración de la salud, y la compara con los cuerpos enrarecidos que no se
dejan servir, como el aire, por ejem-plo; pero compara el dolor con los cuerpos
que tienen mu-cha densidad y pesan mucho en poco volumen. Mas el dolor mismo da
a conocer la importancia de la salud, cuando nos vemos privados de ella. Ya he
observado que el exceso de los placeres corporales es un mal verdadero, y no
puede ser otra cosa, porque importa demasiado que el espíritu se mantenga
libre. Lactancio (Divin. instit, lib. III, cap. XVIII), decía que los hombres
son tan delicados, que se quejan del
422
TEODICEA
menor mal, como si él solo absolviera todos los placeres de que han
gozado. M. Bayle dice sobre este punto, que basta que los hombres sean de esta
opinión, para crer que se en-cuentran mal, puesto que esta opinión es la que
constituye la medida del bien y del mal. Pero yo respondo que la opinión actual
es nada menos que la verdadera medida del bien y del mal, pasado y futuro.
Estoy conforme en que se está mal mien-tras se hacen estas reflexiones tristes,
pero esto no obsta a que se haya estado bien antes y a que tomándolo todo en
cuenta, no supere el bien al mal.
260. No extraño que los paganos,
poco contentos con su dioses, se hayan quejado de Prometeo y de Epimeteo, por
haber aplaudido la fábula del viejo Sileno, ayo de Baco, el cura, conic fuera
hecho prisionero por el rey Midas, como precio de su rescate le enseñó esta
supuesta preciosa senten-cia: que el primero y más grande de los bienes era no
nacer, y el segundo abandonar esta vida. (Cicer., Tuscul., lib. I). Pla-tón
creía que las almas habían vivido antes en un estado más dichoso, y muchos de
los antiguos, entre ellos Cicerón en su obra De Consolatione (según refiere
Lactancio), suponían que habían sido encerradas en los cuerpos por sus pecados
como en una prisión. De esta manera daban una razón de nuestros males, y
confirmaban su preocupación contra la vida humana; no hay prisión que sea
hermosa. Pero, además de que, según estos mismos paganos, los males de esta
vida están contrabalanceados y son superados por lo bienes de las vidas pasadas
y futuras, me atrevo a añadir que examinando las cosas sin prevención,
encontraremos que, compensándo-se lo uno con lo otro, la vida humana es
pasadera por lo
423
GODOFREDO G. LEIBNITZ
general; y si unimos a esto los motivos derivados de la reli-gión,
debemos darnos por contentos con el orden que Dios ha establecido en ella. Para
juzgar mejor nuestros bienes y nuestros males, será bueno leer a Cordan: De
utilitate ex adversis capienda, y a Novarini: De Occultis Dei beneficiis.
261. M. Bayle se ocupa mucho en
las desgracias de los grandes que pasan por ser los más afortunados: el uso
conti-nuo del lado favorable de su condición les hace insensibles al bien, pero
muy sensibles al mal. Alguno dirá: tanto peor para ellos. Si no saben disfrutar
de las ventajas de la naturaleza ni de las de la fortuna, ¿tienen la culpa ésta
ni aquélla? Sin em-bargo, hay grandes muy prudentes que saben sacar provecho de
los favores que Dios les ha dispensado, que se consuelan fácilmente de sus
desgracias, y que saben utilizar sus mismas faltas. M. Bayle no hace aprecio de
esto, y prefiere irse con Plinio, el cual dice que Augusto, príncipe de los más
favore-cidos por la fortuna, experimentó tanto mal como bien. Re-conozcó que
tuvo grandes motivos de disgusto en el seno de la familia, y que el
remordimiento de haber oprimido a la república debió quizá atormentarle; pero
creo también que era demasiado pru-dente para afligirse por lo primero, y que
Mecenas le hizo probablemente concebir la idea de que Ro-ma tenía necesidadde
un amo. Si Augusto no hubiese estado convencido en este punto, jamás Virgilio
hubiera dicho de un condenado:
Vendidit hic auro patriam, Dominumque potentem.
Imposuit, fisit leges pretio atque refixit.
424
TEODICEA
(Este vendió a la patria por oro y al poderoso Señor.
Impuso leyes, las estableció y anuló por soborno).
Augusto habría creído que él y César eran los designa-dos en estos
versos en que se habla de un señor impuesto a un Estado libre. Pero hay trazas
de que tan distante estuvo de suponer que esto se aplicaba a su reinado, al
cual conside-raba él compatible con la libertad y como remedio necesario a los
males públicos, como lo están los príncipes de aplicarse a sí mismos lo que
dice M. Cambray181 de los reyes censura-dos en el Telémaco. Todo el mundo se
cree con razón. Tá-cito, autor desinteresado, hace la apología de Augusto en
dos palabras al principio de sus Anales. Pero Augusto pudo juz-gar mejor que
nadie de su felicidad y al parecer murió con-tento, como lo prueba el término
de su vida; porque al tiempo de morir recitó a sus amigos un verso griego que
significaba tanto como el plaudite que se acostumbraba a decir cuando concluía
una pieza de teatro que había sido bien desempeñada. Suetonio lo refiere:
Dóte króton kai pantes úmeís meta jazás ktupésate.
(Aplaudamos todos, cantemos himnos y hagamos estrépito con regocijo).
Fenelón, arzobispo de Cambray,
nació en Perigord en 1650 y murió en 1715. Es sabido que fué preceptor del
duque de Borgoña. Fué conde-nado en Roma por sus Máximas de los Santos, y cayó
en desgracia con Luis XIV a causa de su Telémaco. - Sus principales obras
filosóficas son: El tratado sobre la existencia de Dios; Examen del sistema del
P. Male-branche; Cartas sobre la predestinación y la gracia.
425
GODOFREDO G. LEIBNITZ
262. Pero aun cuando hubiese
tocado en suerte más mal que bien al género humano, basta, con relación a Dios,
con que haya incomparablemente más bien que mal en el universo. El rabino
Maimónides182 (cuyo mérito no se reco-noce lo bastante con decir que es el
primero de los rabinos que no ha dicho necedades) ha examinado muy bien esta
cuestión sobre la superioridad del bien sobre el mal en el mundo. He aquí lo
que dice en su Doctor perplexorum (p. 3, cap. XII): "Se han suscitado
muchas veces en el espíritu de personas poco instruidas pensamientos que les
hacen creer que hay más mal que bien en el mundo; y se encuentra en las poesías
y canciones de los paganos la idea de que es como por milagro si se verifica
algo bueno, en vez de que los males son ordinarios y continuos. No sólo se ha
apoderado este error del vulgo, sino que los que quieren pasar por sabios han
caído también en él. Un autor célebre, llamado Alrasi, en su Sepher Elobuth o
Teosofía, ha sentado, entre otros mu-chos absurdos, que hay más males que
bienes, y que compa-rando los entretenimientos y los placeres de que el hombre
goza en tiempo de tranquilidad, con los dolores, los tor-mentos, las
turbaciones, las faltas, los disgustos, las penas y las aflicciones con que se
ve abrumado, resultará que nuestra vida es un gran mal y una verdadera pena que
se nos ha im-puesto para castigarnos." Maimónides añade que la causa de
182 Maimónidés o Moisés Ben-Maimoun, ilustre doctor israelita de la Edad
Media, nació en Córdoba en 1185 y murió en 1204 en el Cairo; fué médico del
sultán Saladino. Ha dejado un gran número de escritos sobre el Talmud y sobre
la medicina, pero su principal obra filosófica es el More Neboukim, guía de los
extraviados, obra escrita en árabe y muchas
426
TEODICEA
este error extravagante consiste en que se imaginan que la naturaleza
sólo ha sido creada para ellos, y que no toman para nada en cuenta todo lo que
sea distinto de su persona, de donde infieren que cuando sucede alguna cosa
contra su gusto, todo marcha mal en el universo.
263. M. Bayle dice que esta
observación de Maimóni-des no viene a cuento, porque la cuestión es, si entre
los hombres el mal supera al bien. Mas, considerando las pala-bras del rabino.
veo que la cuestión que formula es general, y que ha querido refutar a los que
la resuelven por una razón particular, tomada de los males del género humano,
como si todo estuviera hecho para el hombre; y, al parecer, el autor a quien él
refuta ha hablado igualmente del bien y del mal en general. Maimónides tiene
razón para decir que si se tomara en cuenta la pequeñez del hombre, con
relación al universo, se comprendería con evidencia, que la superioridad del
mal, aun cuando se encuentre entre los hombres, no por esto debe extenderse ni
a los ángeles, ni a los cuerpos celestes, ni a los elementos, y compuestos
inanimados, ni a muchas es-pecies de animales. Ya he demostrado en otra parte
que, aún suponiendo que el número de los condenados superase al de los que se
salvan (suposición que no es, sin embargo, abso-lutamente cierta) podría
concederse que hay más mal que bien con relación al género humano que nos es
conocido. Pero debe tenerse en cuenta, como tengo ya manifestado, que esto no
obsta a que haya incomparablemente más bien moral y físico en las criaturas
racionales en general, y a que la
veces traducida al hebreo. El texto árabe con traducción francesa acaba
de darlo a luz M. Munk.
427
GODOFREDO G. LEIBNITZ
ciudad de Dios, que comprende todas estas criaturas, sea el más perfecto
Estado; así como, considerando el bien y el mal metafísico que se en-cuentra en
todas las sustancias, ya estén dotadas o destituídas de inteligencia, y que,
tomados con esta latitud, comprenden el bien físico y el bien moral, es preciso
decir que el universo, tal como es actualmente, debe ser el mejor de todos los
sistemas.
264. Por lo demás, M. Bayle no
quiere que se tome en cuenta nuestra culpa, cuando se habla de nuestros
padeci-mien-tos. Tiene razón cuando se trata simplemente de esti-mar estos
dolores, pero no la tiene cuando se pregunta si es preciso atri-buirlos a Dios;
lo cual es el punto principal de las objeciones de M. Bayle, cuando opone la
razón o la expe-riencia a la religión. Yo sé que él acostumbra a decir que de
nada sirve recurrir a nuestro libre albedrío, puesto que sus objeciones tienden
también a probar que el abuso del libre albedrío nodebe imputarse menos a Dios
que le ha permiti-do y que ha concurrido a él; y sienta como una máxima, que
por una dificultad más o menos, no debe abandonarse un sistema. Esto afirma
particularmente en favor del método de los rígidos y del dogma de los
supralapsarios. Porque M. Bayle se imagina que puede uno adherirse a la opinión
de éstos, aunque deje todas las dificultades en pie, porque los otros sistemas,
aun cuando resuelven algunas, no pueden resolverlas todas. Por mi parte,
sostengo que el verdadero sistema que yo he explicado satisface a todos; sin
embargo, aun cuando no fuese así, con-fieso que jamás podré aprobar esta máxima
de M. Bayle, pues preferiré siempre un sistema que resuelva una gran parte de
las dificultades al que no re-
428
TEODICEA
suelve ninguna. Y la consideración de la maldad de los hom-bres, la cual
les acarrea casi todas las desgracias, muestra, por lo menos, que no tienen
ningún derecho para quejarse. La justicia no puede tomarse el trabajo de
averiguar el origen de la malicia de un malvado, cuando sólo se trata de
castigarle; otra cosa es cuando se trata de impedir que haga mal. Sobra-damente
se sabe que la índole natural, la educación, la con-versación y muchas veces el
azar, tienen en ello mucha parte: mas, ¿será por esto menos punible?
265. Confieso que aún queda en pie
otra dificultad; porque si Dios no está obligado a dar a los malos razón de su
maldad, parece que se debe a sí mismo, y a los que le hon-ran y le aman, la
justificación de su procedimiento respecto del permiso del vicio y del crimen.
Pero Dios ya ha satisfe-cho a esto en cuanto es necesario en este mundo; y al
darnos la luz de la razón nos ha suministrado los medios de satisfa-cer a todas
las dificultades. Espero haberlo demostrado en este discurso y haber aclarado
el asunto en la parte prece-dente de estos ensayos casi hasta donde puede
hacerse por razones generales. Después de esto, y una vez justificado el
permiso del pecado, los demás males que son su resultado no ofrecen yaninguna
dificultad; y estamos facultados para limitarnos aquí al mal de culpa, para dar
razón del mal de pena, como hacela Sagrada Escritura, y como hacen casi todos
los Padres de la Iglesia y los predicadores. Y a fin de que no se diga que esto
sólo es bueno por predica, basta considerar que, después de las soluciones que
hemos dado, nada más justo ni más exacto que este método. Porque ha-biendo
encontrado Dios entre las cosas posibles, antes ya de
429
GODOFREDO G. LEIBNITZ
sus decretos actuales, al hombre abusando de su libertad y labrándose su
desgracia, no ha podido menos de darle la existencia, porque así lo exigía el
mejor plan general; de suerte que no habrá necesidad de decir con M. Jurieu que
es preciso dogmatizar como San Agustín y predicar como Pela-gio.
266. Este método, que consiste en
derivar el mal de pena del mal de culpa, y que no es posible censurar, sirve
sobre todo para dar razón del mal físico mayor que existe: la condenación.
Ernesto Sonerus183, profesor en otro tiempo de filosofía en Altdorf (Universidad
establecida en la Repú-blica de Nuremberg), que pasaba por un excelente
aristotéli-co, pero que al último fue reconocido como sociniano disimulado,
escribió un pequeño discurso titulado Demos-tración contra la eternidad de las
penas. Fundábala en el principio, que ha sido rebatido suficientemente, de que
no hay proporción entre una pena infinita y una culpa finita. Me la envió
impresa estando yo en Holanda; respondí que era preciso tener presente una
consideración que M. Sonerus no tuvo en cuenta; y era que bastaba decir que la
duración de la culpa era causa de la curación de la pena; que como los
con-denados subsisten siendo malos, no podían ser sacados de su desdicha, y que
para justificar la continuación de sus sufri-mientos, no había necesidad de
suponer que el pecado se
Ernesto Soner, filósofo y médico,
nació en Nuremberg a mediados del siglo XVI y murió en Altdorf en 1612. Publicó
un comentario de la metafísica de Aristóteles, y escribió contra la eternidad
de las penas en sus Demonstrationes quid aeterna impiorum supplicia non arguant
Dei justitiam sed injustitiam. Escribió también sobre medicina: Epistolae
medicae; De Teophrastro Paracelso.
430
TEODICEA
hacía de un valor infinito en razón del objeto infinito ofen-dido, que
es Dios: tesis que yo no había aminado lo bastante para dar sobre ella mi
parecer. Yo sé que la opinión común de los escolásticos, de acuerdo con el
Maestro de las senten-cias, es que en la otra vida no hay mérito ni demérito;
pero creo que no puede pasar por un artículo de fe si se toma en todo rigor. M.
Fechtio184, teólogo célebre de Rostock, la ha refutado muy bien en su libro
sobre el estado de los conde-nados. Es falsa, dice (§ 59); Dios no puede mudar
de natu-raleza; la justicia le es esencial; la muerte ha cerrado la puerta de
la gracia, pero no la de la justicia.
267. He observado que muchos
teólogos distinguidos han dado razón de la duración de las penas de los
condena-dos en la forma en que yo acabo de hacerlo. Juan Gerhard185, teólogo
célebre de la confesión de Augsbourg (in Locis Theol. loco de inferno, § 60),
aduce, entre otros argumentos, que los condenados tienen siempre mala voluntad,
y carecen de la gracia que podría hacerla buena. Zacarías Ursino186, teólogo de
Heidelberg, formula esta pregunta, en su tratado de Fide: ¿por qué el pecado
merece una pena eterna?, y des-pués de alegar la razón vulgar de que el
ofendido es infinito, aduce también esta otra: quod non cessante peccato non
184 Juan Fechtio, teólogo reformado, nació en Helzbourg en Bisgau y
murió en 1716. Fué profesor de teología en Rostock. Escribió numerosas obras
teológicas. - Véase el Léxico de Jocher.
Juan Gerhard, célebre teólogo
reformado, nació en Quendlinbourg en 1582 y murió en 1637. Sus obras no son
menos numerosas que las de Fechtio.
Zacarías Ursino, teólogo
protestante, nació en Breslau en 1534 y murió en Heidelberg en 1583. Escribió
unos Comentarios sobre la Santa Escritura y sobre Aristóteles.
431
GODOFREDO G. LEIBNITZ
potest ces-sare poena. (No habiendo cesado el pecado, no puede cesar la
pena). Y el P. Drexelius187, jesuíta, dice en su libro titulado Nicetas o La
incontinencia vencida (lib. II, cap. XI, § 9): "Nec mirum damnatos semper
torqueri, continue blasphemant, et sic quasi semper peccant, semper ergo
plectuntur." (No es de admirar que los condenados sean atormentados
siempre, pues blasfeman continuamente, y así como pecan siempre, del mismo modo
siempre son castiga-dos). La misma razón da y admite en su obra de la Eternidad
(lib. II, cap. XV), diciendo: "Sunt qui dicant, nec displicet reponsum:
scelerati in locis infernis semper peccant, ideo semper puniuntur." (Hay
quienes digan, y no desagrada la respuesta: los malvados siempre pecan, por eso
son castiga-dos siempre). Con lo cual da motivo para pensar que esta opinión es
bastante común entre los doctores de la Iglesia romana. Es cierto que alega
también una razón más sutil, que toma del Papa Gregorio el Magno188 (1. IV,
Dial. cap. XLVI): que los condenados son castigados por toda una eternidad,
porque Dios ha previsto por una especie de cien-cia media que habrían pecado
siempre, si siempre hubiesen vivido sobre la tierra. Pero es esta una hipótesis
sobre la que hay mucho que decir. M. Fechtio cita también muchos céle-
El P. Drexel, jesuita, nació en
Augsbourg en 1581 y murió en Munich en 1638. - Escribió un Gymnasium
patientiae; Rhetorica caelestis; Gazo-phylacium Christi, y otras obras de
títulos no menos singulares.
Gregorio
I el Magno, o San Gregorio, fué Papa en 590 y murió en
Fué uno de los más grandes
Pontífices de la Iglesia romana, y de él recibió su nombre el calendario
gregoriano. - Sus Obras completas, co-leccionadas por la congregación de San
Maure, se imprimieron en París en 4 vol. en folio, 1705. - Contienen las Morales
sobre Job, además las Homilias y, sobre todo, catorce libros de Cartas.
432
TEODICEA
bres teólogos protestantes que sostienen la opinión de M. Gerhard,
aunque también hace mención de otros que man-tienen una distinta.
268. El mismo M. Bayle en
distintos puntos de su obra me ha suministrado pasajes de dos distinguidos
teólo-gos de su partido, que se relacionan bastante con lo que aca-bo de decir.
M. Jurieu, en un libro de la Unidad de la Iglesia, escrito contra el que M.
Nicole había publicado sobre este asunto, cree (pág. 379) "que la razón
nos dice que una criatu-ra que no puede cesar de ser criminal, no puede cesar
tam-poco de ser desdichada." M. Jaquelot, en su libro (De la fe y de la
razón) (p. 220), dice que "los condenados deben sub-sistir eternamente
privados de la gloria de los bienaventura-dos, y que esta privación deberá ser
origen y causa de todas sus penas, mediante las reflexiones que estas
desgraciadas criaturas harán sobre los crímenes que les han privado de una
felicidad eterna. Todo el mundo sabe qué punzantes disgustos y qué pena causa
la envidia a los que se ven priva-dos de un bien yde una felicidad inmensa que
se les había ofrecido y que han rechazado, sobre todo cuando ven a otros que
están gozando de ella." Este sentido es un poco diferente del de M.
Jurieu, pero convienen ambos en que los condenados son causa ellos mismos de la
continuación de sus tormentos. El origenista M. Le Clerc no se aleja
entera-mente de esta opinión, cuando dice en la Biblioteca Escogida (t. VII, p.
341): "Dios, que ha previsto que el hombre caería, no le condena por esto,
y sí porque pudiendo levantarse, no se levanta; es decir, que conserva
libremente sus malos há-bitos hasta el fin de la vida." Si M. Le Clerc
lleva este razo-
433
GODOFREDO G. LEIBNITZ
namiento más allá de la vida, atribuirá la continuación de las penas de
los malos a la continuación de su culpa.
269. M. Bayle dice: "que este
dogma del origenista he-rético, en cuanto enseña que la condenación no se funda
simplemente en el pecado, sino en la impenitencia volunta-ria." ¿Pero esta
impenitencia voluntaria no es una continua-ción del pecado? No quisiera yo que
se dijera simplemente que es por-que pudiendo levantarse el hombre, no se
levan-ta; y yo aña-diría que es porque el hombre no se ayuda con el auxilio de
la gracia para levantarse. Pero después de esta vi-da, aunque se suponga que
este auxilio cesa, siempre hay en el hombre que peca, en el acto mismo que está
condenado, una libertad que le hace culpable y una potencia, aunque lejana, de
levantarse, por más que no llegue nunca a conver-tirse en acto. Y nada empece
decir que ese grado de libertad, exento de necesidad, pero no exento de
certidumbre, sub-siste en los condenados lo mismo que en los bienaventura-dos.
Además que los condenados no tienen necesidad del auxilio de que necesitan en
esta vida, porque demasiado sa-ben lo que es preciso creer acá abajo.
270. El ilustre prelado de la
Iglesia anglicana, que re-cientemente ha publicado un libro acerca del Origen
del mal, sobre el cual hace M. Bayle observaciones en el segundo tomo de su
Respuesta a un provinciano, habla con mucho ingenio de las penas de los
condenados. El autor de las Nue-vas de la república de las letras (junio 1703),
presenta la opi-nión de este prelado, como si viniera a hacer de los condenados
otros tantos dementes que sienten vivamente sus desdichas, y que, sin embargo,
celebran su propia con-
434
TEODICEA
ducta, y prefieren existir, y existir como existen, a no existir
absolutamente. Aman su situación, por desgraciada que sea, al modo que los
encolerizados, los enamorados, los ambicio-sos y los envidiosos se complacen en
aquellas cosas que no hacen sino aumentar su desdicha. Se añade que los impíos
habrán de tal manera acos-tumbrado su espíritu a formar falsos juicios, que
añadirán constantemente otros nuevos y pasando eternamente de error en error,
no podrán menos de desear siempre cosas de que no podrán gozar, y cuya
priva-ción les producirá desesperaciones inconcebibles, sin que la experiencia
les pueda hacer jamás más sabios para el porve-nir, porque por su propia falta
tendrán del todo corrompido su entendimiento, y se habrán hecho in-capaces de
juzgar sanamente cosa alguna."
271. Ya los antiguos concibieron
la idea de que el dia-blo vive alejado de Dios voluntariamente en medio de sus
tormentos, y que no querría libertarse sometiéndose. Han supuesto que un
anacoreta, en una visión, arrancó de Dios la palabra de que recibiría en su
gracia al príncipe de los malos ángeles si se prestaba a reconocer su falta; y
que el diablo rechazó a este medianero de la manera más extraña. Por lo menos,
los teólogos convienen por lo común en que los diablos y los condenados
aborrecen a Dios y blasfeman de él, y semejante estado no puede menos de llevar
consigo la continuación de la desdicha. Puede leerse sobre esto el sabio
tratado de M. Fechtió sobre el estado de los condenados.
272. Hubo un tiempo en que se
creyó que no era im-posible que un condenado se salvara. Todo el mundo cono-ce
la anécdota o cuento que se refiere del Papa Gregorio el
435
GODOFREDO G. LEIBNITZ
Magno, de haber sacado del infierno, mediante sus súplicas, el alma del
emperador Trajano, cuya bondad era tan celebra-da, que lo que se deseaba
respecto de los nuevos emperado-res, era que superaran a Augusto en felicidad y
a Trajano en bondad. Y se suponía que esta circunstancia fue origen del acto de
piedad del Santo Padre: y Dios accedió a sus súpli-cas, según se dice, pero le
prohibió hacer otras semejantes en lo sucesivo. Según esta fábula, las súplicas
de San Gregorio tuvieron la misma fuerza que los remedios de Esculapio, quien
hizo que Hipólito volviera de los infiernos; mas si hu-biera repetido tales
súplicas, Dios se hubiera enojado, como Júpiter, según dice Virgilio:
At Pater omnipotens aliquem indignatus ab umbris
Mortalem infernis ad lumina surgere vitae,
Ipse repertorem Medicinae talis et artis
Fulmine Phoebigenam Stygias detrusit ad undas.
Mas el Padre omnipotente, indignado de que un mortal surgiese de las
sombras infernales a la luz de la vida, con un rayo precipitó en la laguna
Estigia a Febigena (hijo de Febo), autor de tal medicina y arte).
Godescalco189, monje del siglo IX, que dio mucho que hacer a los
teólogos de su tiempo y aun a los del nuestro, pretendía que los réprobos
debían pedir a Dios que se hicieran sus penas mas llevaderas; pero nadie tiene
derecho a creerse
Godescalco, monje alemán,
benedictino del siglo IX, defensor de la predestinación; murió en 870, y
escribió: Libellus de praedestinatione.
436
TEODICEA
réprobo mientras viva. Lo que se dice en la Misa de difuntos es más
racional, pues se pide la disminución de las penas de los condenados; y,
conforme a la hipótesis que nosotros acabamos de exponer, sería preciso
desearles meliorem mentem. Como Orígenes se sirviera de un pasaje del salmo 77,
vers. 9: "Dios no se olvidará de tener compasión, y no suprimirá todas sus
misericordias en medio de su cólera", San Agustín responde (Enchirid,
capítulo CXII), que puede suceder que las penas de los condenados duren eternamente,
y que sean, sin embargo, mitigadas. Si el texto del salmo lle-gara hasta este
punto, la disminución iría hasta el infinito en cuanto a la duración; y, sin
embargo, tendría un non plus ultra en cuanto a la magnitud de la disminución,
al modo que hay figuras asíntotas en geometría en las que una longitud infinita
sólo forma un espacio finito. Si la parábola del rico malo representara el
estadode un verdadero condenado, las hipótesis que los suponen tan locos y tan
malos, no serían exactas. Pero la caridad que enella se le atribuye respecto de
sus hermanos, no parece convenir con el grado de maldad que se supone a los
condenados. San Gregorio el Magno (IX, Mor. 39) cree que aquél temía que la
condenación de sus hermanos aumentase la suya; pero este temor no cuadra con la
condición natural de un malvado impenitente. Buena-ventura190, siguiendo al
Maestro de las sentencias, dice que el
San Buenaventura, o Juan de
Fidenza, ilustre místico del siglo XIII, nació en Baguarea, en Toscana, y murió
en 1214 en Cellano. Entró en 1243 en la orden de los hermanos menores, fué
obispo de Cellano y cardenal. - Las principales de sus obras son: Theologica
mystica, Eccle-siastica hierarchica, Itinera mentis ad Deum, Comentarios sobre
las sen-tencias. - Las obras de San Buenaventura han sido publicadas muchas
437
GODOFREDO G. LEIBNITZ
rico malvado hubiera deseado ver condenado a todo el mundo; y que no
siendo esto posible, deseaba con preferen-cia la salvación de sus hermanos a la
de los demás. No hay mucha solidez en esta respuesta. Por lo contrario, la
misión del Lázaro, que él deseaba, hubiera servido para salvar a mu-chos; y el
que se complace tanto en la condenación de otro y desea la de todo el mundo,
deseará quizá la de unos más que la de otros; pero, absolutamente hablando, no
se sentirá in-clinado a querer salvar a nadie. Sea lo que quiera, es preciso
confesar que todo este pormenor es problemático, puesto que Dios nos ha
revelado sólo lo que es preciso para temer la mayor de las desgracias, y no lo
que es preciso para com-prenderla.
273. Ahora bien, puesto que no es
ya dado recurrir al abuso del libre albedrío y a la mala voluntad para dar
razones de los demás males, después de haber justificado el permiso divino de
este abuso de una manera bastante evidente, el sistema común de los teólogos
resulta justificado al mismo tiempo. Ahora sí que podemos ya buscar con toda
seguridad el origen del mal en la libertad de las criaturas. La primera maldad
nos es conocida, es la del diablo y de sus ángeles: el diablo peca desde el
principio y el Hijo de Dios ha aparecido para deshacer las obras del diablo.
(I. Juan, III, 8). El diablo es el padre de la maldad, fué homicida desde el
principio, y no permaneció en la verdad. (Juan, VIII, 44). Y por esto Dios no
perdonó a los ángeles que han pecado, sino que atándolos con cadenas de
oscuridad, los arrojó al abismo
veces: en Roma, 1586-96, 7 vol. en 8°; Lyón, 1668; Venecia, 1752-56, 14
vol. en 4°.
438
TEODICEA
para ser atormentados y reservados para el día del juicio (II. Ped., II,
4). Tiene reservados en oscuridad con cadenas eter-nas (es decir durables)
hasta el juicio del gran día, a los án-geles que no han guardado su propia
estancia. (Jud., V, 6). Es fácil observar que una de estas dos cartas debió ser
vista antes por el autor de la otra.
274. Al parecer, el autor del
Apocalipsis quiso aclarar lo que los otros escritores canónicos dejaron en la
oscuridad, y nos da cuenta de una batalla que se dio en el cielo. Miguel y sus
ángeles lidiaban con el dragón, y lidiaban el dragón y sus ángeles. Pero éstos
no fueron los más fuertes, y nunca más fue hallado su lugar en el Cielo. Y el
gran dragón, aquella serpiente antigua llamada diablo y Satanás, que sedujo a
todo el mundo, fué lanzado fuera y arrojado en tierra, y sus ánge-les lo fueron
con él. (Apoc., XII, 7, 8, 9). Porque aunque se ponga esta relación a
continuación de la huída de la mujer al desierto, y se haya querido indicar con
esto alguna revolu-ción favorable a la Iglesia, parece que el plan del autor ha
sido designar a un mismo tiempo la antigua caída del primer enemigo y una caída
nueva de un enemigo nuevo. La menti-ra o la maldad nace de lo que es propio del
diablo, éktón ídion, esto es, de su voluntad, porque estaba escrito en el libro
de las verdades eternas, el cual contiene los posibles todos antes de todo
decreto de Dios, que esta criatura se inclinaría libremente hacia el mal, si
era creada. Lo mismo sucede con Eva y Adán; han pecado libremente, aunque el
diablo les haya seducido. Dios entrega a los malos a un ré-probo sentido (Rom.,
I, 28), abandonándoles a sí mismos y
439
GODOFREDO G. LEIBNITZ
rehusándoles una gracia que no les debe y que hasta debe negársela.
275. Se dice en la Escritura, que
Dios endurece (Exod. IV, 21, y VII, 3; Es., LXIII, 17), que Dios envía un
espíritu de mentira (Reg., XXII, 23); una eficacia de error para creer en la
mentira (II, Thess., II, 11); que ha engañado al profeta (Ezch., XIV, 9); que
ha mandado a Zemei maldecir (II, Sa-muel, XVI, 10); que los hijos de Elías no
quisieron escuchar la voz de su padre, porque Dios quería hacerles morir (I,
Samuel, Il. 25); que Dios ha quitado sus bienes a Job, aunque haya sido por la
malicia de los bandoleros (Job, I, 21); que ha hecho surgir a Faraón, para
mostrar en él su poder (Exod., IX, 16; Rom., IX, 17); que es como un alfarero
que hace un vaso para un uso vil (Rom., IX, 21); que oculta la verdad a los
sabios y a los entendidos (Mateo, IX, 25); que habla por parábolas, a fin de
que los que están fuera, viendo, no vean, y oyendo, no comprendan, porque de
otra manera podrían convertirse y sus pecados les podrían ser perdonados
(Marc., IV, 12; Luc., VIII, 10); que Jesús fué entregado por determi-nado
consejo y providencia de Dios (Act., II, 23); que Pon-cio Pilatos y Herodes,
con los gentiles y el pueblo de Israel, hicieron lo que la mano y el consejo de
Dios había antes resuelto (Act., IV, 27, 28); que procedía del Eterno el que
los enemigos endurecieran su corazón para presentarse en bata-lla contra Yorad,
a fin de destruirlos sin dispensarles ninguna gracia (Jos., XI, 20); que el
Eterno ha derramado en medio de Egipto un espíritu de vértigo, y le ha hecho
errar en todas sus obras, como un hombre embriagado (Es., XIX, 14); que Roboan
no escuchó la palabra del pueblo, porque la cosa era
440
TEODICEA
ya conducida así por el Eterno (I, Reg., XII, 15); que mudó los
corazones de los egipcios, de manera que sintieron odio contra el pueblo
escogido (Ps., c. V, 25).
276. Mas todas estas expresiones y
otras semejantes sólo indican que las cosas que Dios ha hecho sirven de
oca-sión a la ignorancia, al error, a la malicia y a las malas ac-ciones, y
contribuyen a ellas; pero es todo previsión de Dios y designio suyo el servirse
de ellas para sus fines, puesto que razones superiores de su perfecta sabiduría
le han determi-nado a permitir estos males y hasta a concurrir a ellos. Sed non
sineret bonum fieri male, nisi Omnipotens etiam de malo posset facere bene
(Pero no permitiría el Omnipotente que el bien se ejecutase malamente, si él
mismo no pudiese sacar bien del mal), como dice San Agustín. Pero esto ya lo
hemos explicado ampliamente en la segunda parte.
277. Dios ha hecho al hombre a su
imagen (Gen., I, 20); le ha hecho justo (Eccles., VII, 30); pero también le ha
hecho libre. El hombre ha usado mal de la libertad y ha caí-do; pero subsiste
siempre cierta libertad después de la caída. Moisés dice de parte de Dios:
"Pongo hoy por testigo a los cielos y a la tierra contra vosotros, de que
he puesto delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición;
escoge, pues, la vida. (Deut., XXX, 8). Y así ha dicho el Eterno: yo pongo
delante de vosotros el camino de la vida y el de la muerte (Jer., XXI, 8). Ha
dejado al hombre con todo el po-der de su consejo, dándole sus ordenanzas y sus
manda-mientos; si quieres, guardarás los mandamientos (o ellos te guardarán).
Ha puesto delante de ti el fuego y el agua, para que extiendas tu mano a donde
tú quieras." (Sirac., XV, 14,
441
GODOFREDO G. LEIBNITZ
15, 16). El hombre caído y no regenerado, está bajo el domi-nio del
pecado y de Satanás; porque se complace en ello; es esclavo voluntario por su
concupiscencia. Por eso el libre albedrío y el siervo albedrío son una misma
cosa.
278. "Nadie diga: yo soy
tentado por Dios; sino que cada uno es tentado, arrastrado y adormecido por su
propia concupiscencia. (Jac., I, 14). Y Satanás contribuye a ello, "ciega
los sentimientos de los incrédulos." (II, Cor., IV, 1). Pero el hombre se
entrega al demonio por sus mismos vi-cios; el placer que encuentra es el
anzuelo por el que se deja prender. Platón lo ha dicho ya, y Cicerón lo repite:
Plato voluptatem dicebat escam malorum. La gracia opone a aquel placer otro
mayor, como ha observado San Agustín. Todo placer es el sentimiento de alguna
perfección; se ama un ob-jeto a medida que se advierten en él sus perfecciones;
mas nada sobrepuja a las perfecciones divinas, de donde resulta que la caridad
y el amor de Dios producen el placer más grande que puede concebirse a medida
que los hombres se dejan penetrar por estos sentimientos que no son ordinarios
en ellos, porque están preocupados y como sumidos en ob-jetos referentes a sus
pasiones.
279. Ahora bien; como nuestra
corrección no es ab-solutamente invencible, y como no pecamos por necesidad,
aún estando bajo la esclavitud del pecado, es preciso decir también que tampoco
nos vemos auxiliados invenciblemen-te; y por eficaz que sea la gracia divina,
hay motivos para afirmar que se la puede resistir. Pero cuando ella venza en
efecto, se puede anticipar como cosa cierta e infalible que cederá a sus
atractivos, ya reciba ella la fuerza de sí misma, ya
442
TEODICEA
cuente el medio de triunfar en la coincidencia de las cir-cunstancias.
Es preciso, por tanto, distinguir siempre entre lo infalible y lo necesario.
280. El sistema de los que se
llaman discípulos de San Agustín, no se aleja enteramente de esta opinión, con
tal que se descarten ciertas cosas odiosas que se hallan ya en las ex-presiones
de que se sirven, ya en los dogmas mismos. En cuanto a las expresiones,
encuentro que en el uso de los tér-minos, necesario o contingente, posible o
imposible, es prin-cipalmente lo que da ocasión a disputas que causan mucho
ruido. Por esta razón, como M. Loescher191, el joven, ha ob-servado en una
disertación sobre el decreto absoluto, Lutero, en su libro De servo arbitrio,
ha tratado de hallar una palabra que cuadrara mejor a lo que quería explicar
que la de necesi-dad. Generalmente hablando, parece ser más racional y más
propio decir que la obediencia a los preceptos de Dios es siempre posible aún a
los no regenerados; que la gracia pue-de siempre resistirse aún por los más
santos, y que la libertad está exenta, no sólo de coacción, sino también de
necesidad, aunque jamás existe sin la certidumbre infalible o sin la de-terminación
inclinante.
281. Sin embargo, hay, por otra
parte, un sentido en el que se puede decir que en ciertas ocasiones el poder de
obrar bien falta muchas veces aún a los justos; que los pecados son con
frecuencia necesarios hasta para los regenerados; que es
Valentín Ernesto Loescher, teólogo
reformado, hijo de Gaspar Loes-cher, también teólogo. Nació en 1672 y murió en
1749. Entre otras mu-chas obras teológicas y filosóficas escribió: De Claudii
Pasoni doctrina, Oratio contra Lockium et Thomasium, Proenotiones theologicoe
contra naturalistas et fanáticos, De paroxiymis decreti absoluti.
443
GODOFREDO G. LEIBNITZ
imposible a veces el no pecar; que la gracia es irresistible, y que la
libertad no está exenta de necesidad. Pero estas expre-siones son menos exactas
y menos convenientes en las cir-cunstancias en que hoy día nos encontramos; y
hablando en absoluto, están sujetas a equivocaciones, además de tener, por otra
parte, algo de lenguaje popular, en el que los térmi-nos se emplean con mucha
latitud. Hay, sin embargo, cir-cunstancias que las hacen aceptables, y si se
quiere, útiles, y encontramos que autores santos y ortodoxos, y hasta las
Santas Escrituras, se han servido de frases en uno y otro sentido, sin que haya
entre ellas una verdadera oposición, como no la hay entre el apóstol Santiago y
San Pablo, y sin que por esto resulte error por una u otra parte a causa de la
ambigüedad de los términos. Y de tal manera estamos acos-tumbrados a estas
diversas maneras de hablar, que muchas veces se encuentra dificultad en decir
precisamente cuál es el sentido más natural y que esté más en uno (quis sensus
ma-gis naturalis, obvius, intentus). A veces se encuentran en un mismo autor
miras distintas en diferentes pasajes, siendo unas mismas maneras de hablar más
o menos recibidas o aceptables antes o después de la decisión de algún hombre
grande o de una autoridad que merezca respeto y que se siga; lo cual es causa
de que se autoricen o se destierren ciertas expresiones según la ocasión y
según los tiempos; pero esto no afecta nada al sentido, ni a la fe, si se
procura explicar suficientemente los términos.
282. No se necesita más que
fijarse bien en las distin-ciones, como las que nosotros hemos hecho entre lo
necesa-rio y lo cierto, y entre la necesidad metafísica y la necesidad
444
TEODICEA
moral. Y lo mismo sucede con la posibilidad y la imposibili-dad, puesto
que el suceso cuyo opuesto es posible, es con-tingente; como aquel cuyo opuesto
es imposible, es necesario. Con razón se distingue también entre un poder
próximo y un poder remoto; y según estos diferentes senti-dos, se dice que una
cosa o se puede, o no se puede. Cabe decir en cierto sentido, que es necesario
que los bienaventu-rados no pequen; que Dios mismo escoja lo mejor; que el
hombre siga el partido que más le impresione; pero esta ne-cesidad no es
opuesta a la contingencia, porque no es la que se llama lógica, geométrica, o
metafísica cuyo opuesto impli-ca contradicción. M. Nicole se sirvió en cierta
ocasión de una comparación que no es mala. Se tiene por imposible que un
magistrado sabio y formal, que no ha perdido el sentido, incurra públicamente
en una gran extrava-gancia, como sería, por ejemplo, el correr por las calles
desnudo para dar que reír. Lo mismo sucede en cierta manera con los
bienaventu-rados; son también capaces de pecar, y la necesidad que se lo
prohibe es de esta misma especie. En fin, encuentro también que la voluntad es
un término tan equivoco, como el de po-der y el de necesidad. Porque he
observado que los que se sirven de este axioma: que no deja de hacerse aquello
que se quiere cuando se puede, y que infieren de aquí que Dios no quiere la
salvación de todos, entienden o hablan de una vo-luntad decretoria; y sólo en
este sentido puede sostenerse esta proposición: que el sabio nunca quiere
aquello que sabe que no habrá de suceder. En cambio, puede decirse, to-mando el
término voluntad en un sentido más general, y más conforme con el uso, que la
voluntad del sabio está inclinada
445
GODOFREDO G. LEIBNITZ
antecedentemente a todo bien, aunque al último resuelva hacer lo que es
más conveniente. Y así sería un gran error rehusar a Dios esta inclinación
formal y fuerte a salvar a to-dos los hombres, de que habla la Sagrada
Escritura, y aun el atribuirle una aversión primitiva que le aleje desde luego
de desear la salvación de mucho, odium antecedaneum. Debe sostenerse más bien
que el sabio tiende a todo bien en tanto que es bien en proporción de sus
conocimientos y de sus fuerzas, pero que sólo produce lo mejor realizable. Los
que admiten esto y no dejan al mismo tiempo de negar la volun-tad antecedente
en Dios de salvar a todos los hombres, sólo pecan por el mal uso del término,
con tal que reconozcan, por otra parte, que Dios da a todos los auxilios
suficientes para que puedan salvarse, si quieren servirse de ellos.
283. En los mismos dogmas de los
discípulos de San Agustín, no puedo aceptar la condenación de los niños no
regenerados, ni, en general, la que procede únicamente del pecado original. Yo
no puedo creer, tampoco, que Dios condene a los que carecen de las luces
necesarias. Puede creerse con muchos teólogos, que los hombres reciben mu-chos
auxilios que nosotros ignoramos, aun cuando sólo sea en el acto de la muerte.
Tampoco parece necesario que los que se salvan, lo sean siempre por una gracia
eficaz por sí misma, independiente de las circunstancias. Tampoco creo que haya
necesidad de decir que todas las virtudes de los paganos eran falsas, y que
todas sus acciones eran pecados; aunque sea cierto que lo que no procede de la
fe o de la rec-titud del alma ante Dios está inficionado de pecado, cuando
menos virtualmente. En fin, sostengo que Dios no puede
446
TEODICEA
obrar como al azar por un decreto absolutamente absoluto, o por una
voluntad independiente de motivos racionales. Y estoy convencido de que en la
dispensa de sus gracias se mueve por razones en que entra la naturaleza de los
objetos, porque de otra manera no obraría conforme a su sabiduría; pero
concedo, sin embargo, que estas razones no están liga-das necesariamente a las
buenas o menos malas cualidades naturales de los hombres, como si Dios sólo
diera estas gra-cias según estas buenas cualidades; aunque sostengo, como ya he
dicho más arriba, que se toman en cuenta como todas las demás circunstancias,
puesto que nada puede quedar en olvido cuando se trata de las miras de la
suprema sabiduría.
284. Excepto en estos puntos y
algunos pocos más, en que San Agustín parece oscuro y hasta chocante, creo yo
que podemos acomodarnos a su sistema. Sienta que de la sustan-cia de Dios sólo
puede salir un Dios, y que la criatura, por tanto, ha salido de la nada.
(Augustin, De lib. arb., lib. I. c. II). Esto es lo que hace al hombre
imperfecto, defectuoso y corruptible. (De Genes. ad litt, c. XV; contr.
Epistolam Ma-nichaei, c. XXXVI). El mal no procede de la naturaleza, sino de la
mala voluntad. (En todo el Libro de la naturaleza del bien). Dios no puede
mandar nada que sea imposible. "Fir-missime creditur Deum justum et bonum
imposibilia non potuise praecipere. (Lib. de Nat. et Grat., c. XLIII. c. LX) .
Nemo peccat ira eo, quod caveri non potest. (Lib. III, de lib. arb. c. XVI, X
VII, 1. I: Retract. c. XI, XII, XV)". Bajo un Dios justo nadie puede ser
desgraciado, si no lo merece, neque sub Deo justo miser esse quisquam, nisi
mereatur, potest (Lib. I, c. XXXII). El libre albedrío no puede realizar
447
GODOFREDO G. LEIBNITZ
los mandatos de Dios sin el auxilio de la gracia. (Ep. ad Hi-lar.
Caesaraugustam). Sabemos que la gracia no se da según los méritos. (Ep. 106,
107, 120). El hombre en el estado de integridad tenía el auxilio necesario para
poder obrar bien, si quería, pero el querer dependía del libre albedrío;
"habebat adjutorium, per quod posset, et sine quo non vellet, sed non
adjutorium quo vellet." (Lib. de corrupt., c. X, XI y XII). Dios ha dejado
a los ángeles y a los hombres que ensayaran lo que pudiesen hacer por su libre
albedrío, y después lo que pudiesen su gracia y su justicia. (D. c. X, XI,
XII). El pecado ha apartado al hombre de Dios, para torcerle hacia las
criatu-ras. (Lib. I, qu, 2 ad Simpl.). Complacerse es tener la libertad de un
esclavo. (Enchir., c. CIII). "Liberum arbitrium usque adeo in peccatore
non periit, ut per illud peccent maxime omnes, qui cum delectatione
peccant." (De tal modo no pereció en el pecador el libre albedrío, que con
él principal-mente pecan todos los que pecan con deleite.) (Lib. I, ad Bonifac.
c. II, III).
285. Dios dice a Moisés: tendré
misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré
clemente. (Exod., c. XXXIII, 19). Luego no es del que quie-re, ni del que
corre, sino de Dios, que tiene misericordia (Rom. IX, 15, 16). Lo cual no
impide que todos aquellos que tienen buena voluntad y que perseveran en ella,
se salven. Pero Dios les da el querer y el obrar. Tiene misericordia de quien
quiere, y al que quiere endurece. (Rom. IX, 29). Sin embargo, el mismo apóstol
dice que Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento
de la ver-dad; lo cual yo no pretendo interpretar, cómo lo hace San
448
TEODICEA
Agustín en algunos pasajes, como si significase que sólo se salvan
aquellos cuya salvación quiere Dios, o como si quisie-se salvar non singulos
generum, sed genera singulorum. Yo prefiero decir que no hay ninguno cuya
salvación no quiera Dios, en cuanto lo permiten razones más poderosas, que
hacen que Dios salve sólo a aquellos que aceptan la fe que les ha ofrecido, y
que se someten a ella por virtud de la gra-cia que les ha sido dada, según
convenía a la integridad del plan de sus obras, el cual no ha podido ser
concebido de modo mejor.
286. En cuanto a la predestinación
a la salvación, ella comprende también, según San Agustín, la disposición de
los medios que habrán de conducir a ese fin. "Praedestinatio sanctorum
nihil aliud est, quam praescientia et praeparatio beneficiorum Dei, quibus
certissime liberantur, quicumque liberantur. (La predestinación de los santos
no es otra cosa que la presciencia y preparación de los beneficios de Dios, con
los cuales ciertísimamente se libran los que se libran). (Lib. De Predest., c.
XIV). No la concibe, por tanto, como un decreto absoluto; quiere que haya una
gracia que no pue-de desechar ningún corazón endurecido, porque Dios la da
principalmente para quitar la dureza de los corazones (Lib. De Praedest., c.
VIII; 1° de Grat., c. XIII, XIV). Yo no en-cuentro, sin embargo, que San
Agustín exprese con bastante claridad que esta gracia, que somete al corazón,
es siempre eficaz por sí misma. Y no sé si se habría podido sostener, sin que
le chocara, que un mismo grado de gracia interna triun-fara en uno cuando es
ayudado por las circunstancias, y no en otro.
449
GODOFREDO G. LEIBNITZ
287. La voluntad es proporcionada
al sentimiento que tenemos del bien, y le sigue según predomina. "Si
utrumque tantumdem diligimus, nihil horum dabimus. Item, quod am-plius nos
delectat, secundum id operemur necesse est." (Si igualmen-te amamos una y
otra cosa, ninguna de las dos daremos. Del mismo modo, es necesario que obremos
de acuerdo a aquello que más nos deleita). (In. C. V, ad Gal.) He explicado ya
cómo mediante todo esto tenemos verdade-ramente un gran poder sobre nuestra
voluntad. San Agustín discrepa algo de esto, aun-que no es mucho lo que se
separa, como cuando dice que nada hay que esté tanto en nuestro poder como la
acción de nuestra voluntad, dando una razón de ello que casi es idéntica;
porque, dice, esta acción está dispuesta en el momento que nosotros queremos:
"Nihil tam in nostra potestate est, quam ipsa voluntas, ea enim mox ut
volumus praesto est." (Nada está tanto en nuestra potestad, como la misma
voluntad, porque aquélla está dispuesta en el momento en que queremos). (L.
III, De Lib. arb., c. III, 1. V de Civ. Dei, c. X). Pero esto sólo significa
que nosotros que-remos cuando queremos, y no que queremos lo que desea-mos
querer. Hay motivo para decir con él: Aut voluntas non est, aut libera dicenda
est. (O la voluntad no existe, o debe ser libre). (D. I, III, c. III), y que lo
que lleva la voluntad al bien infaliblemente, o ciertamente, no la impide de
ser libre." Perquam absurdum est, ut ideo dicamus non pertinere ad
voluntatem (libertatem) nostram, quod beati esse voluntatem (libertatem) sed
necessitatem habere justitiae quia non potest velle peccar. Certe Deus ipse
numquid quia peccare non potest, ideo liberum arbitrium habere negandus est?
(Es su-
450
TEODICEA
mamente absurdo, digamos, que no corresponde a nuestra voluntad (a la
libertad) el querer ser bienaventurados, porque o podemos no querer lo
absolutamente por no sé qué buena contrición de la naturaleza. Ni nos atrevemos
a decir que Dios no tiene voluntad (libertad), sino necesidad de justicia,
porque no puede querer pecar. ¿Por ventura ha de negarse que Dios tiene libre
albedrío, porque ciertamente no puede pecar?) (De Nat. et Grat., c. XLVI,
XLVII, XLVIII, XLIX). Dice además, con mucha razón, que Dios da el primer
im-pulso bueno, pero que después el hombre obra también. Aguntur ut agant, non
ut ipsi nihil agant (Son impulsados a que obren, pero no para que no hagan
nada). (De Corrup., c. II).
288. Hemos sentado que el libre
albedrío es la causa próxima del mal de culpa y luego del mal de pena; si bien
es cierto que la imperfección originaria de las criaturas, que está
representada en las ideas eternas, es la primera y la más leja-na. Sin embargo,
M. Bayle se opone siempre a este uso del libre albedrío y no quiere que se le
atribuya la causa del mal; así que es preciso oír sus objeciones, pero será
bueno antes aclarar más la naturaleza de la libertad. Hemos hecho ver que la
libertad, tal como se explica en las escuelas de teología, consiste en la
inteligencia, que envuelve un conocimiento distinto del objeto de la
deliberación; en la espontaneidad, con la que nos resolvemos, y en la
contingencia, es decir, en la exclusión de la necesidad lógica o metafisica. La
inteligen-cia es como el alma de la libertad, y el resto es como el cuer-po y
la base. La sustancia libre se determina por sí misma, y esto, según el motivo
del bien, percibido por el entendi-
451
GODOFREDO G. LEIBNITZ
miento, que la inclina necesitarla; y todas las condiciones de la
libertad están comprendidas en estas pocas palabras. Con-viene, sin embargo,
mostrar que la imperfección que se en-cuentra en nuestros conocimientos y en
nuestra espontaneidad, y la indeterminación infalible que va envuelta en
nuestra contingencia, no destruyen ni la libertad ni la contingencia.
289. Nuestro conocimiento es de
dos clases: distinto o confuso. El conocimiento distinto, o la inteligencia,
tiene lugar en el verdadero uso de la razón; pero los sentidos nos suministran
pensamientos confusos. Y podemos decir que estamos libres de esclavitud en
tanto que obramos con un conocimiento distinto, pero que estamos sometidos a
las pasiones en tanto que nuestras percepciones son confusas. En este sentido
es cierto que no tenemos toda la libertad que sería de desear, y podemos decir
con San Agustín, que es-tando sometidos al pecado, tenemos la libertad de un
escla-vo. Sin embargo, un esclavo, esclavo y todo, no deja de tener la libertad
de escoger, atendida la situación en que se en-cuentra, por más que se halle
muchas veces en la dura nece-sidad de escoger entre dos males, porque una
fuerza superior no le permite alcanzar los bienes a que aspira. Y lo que el
vínculo y la coacción hacen en este esclavo, se verifica en nosotros por las
pasiones, que ejercen una violencia dulce, pero no por eso menos perniciosa.
Queremos en verdad sólo lo que nos agrada, pero por desgracia lo que nos agrada
al presente, es muchas veces un verdadero mal que nos de-sagradaría si
tuviéramos abiertos los ojos del entendimiento. Sin embargo, este mal estado en
que se halla el esclavo y en
452
TEODICEA
que nos hallamos nosotros, no impide que podamos hacer una elección
libre (como la hace el esclavo), de lo que nos complazca más en la situación a
que nos vemos reducidos, según nuestras fuerzas y nuestros conocimientos
presentes.
290. Con respecto a la
espontaneidad, nos pertenece en tanto que tenemos en nosotros el principio de
nuestras acciones, como Aristóteles lo comprendió muy bien. Es cierto que las
impresiones de las cosas exteriores nos apartan muchas veces de nuestro camino,
y que comúnmente se ha creído que, por lo menos en este punto, una parte de los
principios de nuestras acciones estaba fuera de nosotros, y confieso que
acomodándose al lenguaje del vulgo, se ve uno obligado a hablar así en cierto
sentido sin faltar a la verdad; pero cuando trata de expresarse de una manera
exacta, sos-tengo que nuestra espontaneidad no experimenta excepción, y que las
cosas exteriores no tienen influencia física sobre nosotros, hablando con todo
el rigor filosófico.
291. Para entender mejor este
punto, es preciso saber que una espontaneidad exacta es común a nosotros y a
todas las sustancias simples, y que en la sustancia inteligente o li-bre, la
espontaneidad se hace o viene a ser el imperio sobre sus acciones. Lo cual sólo
puede explicarse satisfactoria-mente por el sistema de la armonía
preestablecida que yo he propuesto hace ya muchos años. En él hago ver que
natu-ralmente cada sustancia simple tiene percepción, y que su individualidad
consiste en la ley perpetua que forma la serie de las percep-ciones que son
propias de ella, y que nacen naturalmente las unas de las otras, para hacerse
presente el cuerpo que le ha sido asignado, y por su medio el universo
453
GODOFREDO G. LEIBNITZ
entero, según el punto de vista propio de esta sustancia sim-ple, sin
que tenga necesidad de recibir ninguna influencia física del cuerpo; así como
el cuerpo igualmente, por su parte, se acomoda a las voliciones del alma por
sus propias leyes y, por consiguiente, sólo le obedece en en cuanto estas leyes
lo permiten. De donde se sigue que el alma tiene en sí misma una perfecta
espontaneidad, de manera que sólo de-pende de Dios y de sí misma en sus
acciones.
292. Como este sistema no ha sido
conocido antes, se han buscado otros medios para salir de este laberinto, y los
mismos cartesianos se han visto preocupados con respecto al libre albedrío. No
se dieron por satisfechos con las facul-tades de la Escuela, y creyeron que
todas las acciones del alma, al parecer, son determinadas por lo que procede de
fuera, según las impresiones de los sentidos y, por último, que todo está
dirinido en el universo por la providencia de Dios. Pero de aquí nacía
naturalmente la objeción de que no hay libertad. A esto Descartes respondía que
estamos segu-ros de la existencia de esta providencia por la razón, pero que
estamos seguros también de nuestra libertad por la expe-riencia interior que
tenemos de ella, y que es preciso creer en una y otra, aunque ignoremos el
medio de conciliarlas.
293. Esto era cortar el nudo
gordiano y responder a la conclusión de un argumento, no resolviéndole, sino
opo-niéndole otro contrario; lo cual no es conforme a las leyes que deben
presidir a los debates filosóficos. Sin embargo, la mayor parte de los cartesianos
se han acomodado a este mo-do de pensar de Descartes, aunque se ve que la
experiencia interior que alegan no prueba lo que ellos pretenden, según
454
TEODICEA
M. Eayle lo ha demostrado perfectamente. M. Regis (Philos., t. I. Metal,
1. II, parte II, cap. XXII), parafrasea de esta ma-nera la doctrina de M.
Descartes: "La mayor parte de los filósofos, dice, han caído en error, en
cuanto los unos, no pudiendo comprender la relación que hay entre las acciones
libres y la providencia de Dios, han negado que Dios fuese la causa eficiente y
primera de las acciones del libre albedrío, lo cual es un sacrilegio; y los
otros, no pudiendo concebir la relación que hay entre la eficacia de Dios y las
acciones li-bres, han negado que el hombre esté dotado de libertad, lo cual es
una impiedad. El medio que hay entre estos dos ex-tremos consiste en decir (Id.
ibid., p. 474) que aun cuando no podamos comprender todas las relaciones que
hay entre la libertad y la providencia de Dios, no por eso dejamos de estar
obligados a reconocer que somos libres y dependientes de Dios, porque estas dos
verdades son igualmente conoci-das, la una por la experiencia y la otra por la
razón, y que la prudencia aconseja que no se abandonen verdades que se tienen
por seguras, porque no puedan concebirse las rela-ciones que tienen con otras
que se conocen."
294. M. Bayle observa al margen,
"que estas expresio-nes de M. Regis no indican que conozcamos relaciones
entre las acciones del hombre y la providencia de Dios que nos parezcan
incompatibles con nuestra libertad." Añade que éstas son expresiones
amañadas que no muestran el estado de la cuestión. "Los autores suponen
-dice- que la dificultad nace tan sólo de que nos faltan luces; cuando debieron
decir que nace principalmente de las luces que tenemos y que no podemos
concordar (en opinión de M. Bayle) con nuestros
455
GODOFREDO G. LEIBNITZ
misterios." Esto es justamente lo que yo he dicho en el prin-cipio
de esta obra: que si los misterios fuesen irreconciliables con la razón, y si
hubiese objeciones insolubles, lejos de en-contrar el misterio incomprensible,
comprenderíamos su falsedad. Es cierto que aquí no se trata de ningún misterio,
sino sólo de la religión natural.
295. He aquí cómo combate M. Bayle
estas experien-cias internas sobre las cuales los cartesianos sientan la
liber-tad; pero comienza haciendo reflexiones con las que yo no puedo estar
conforme. "Los que no examinan a fondo, dice, (Diccionario, art. Helen.)
lo que pasa en ellos, se convencen fácilmente de que son libres, y que si su
voluntad se dirige al mal, es por su falta, es por una elección que son dueños
de hacer. Los que forman otro juicio, son personas que han estudiado con
cuidado los resortes y las circunstancias de sus acciones, y que han
reflexionado debidamente sobre el pro-greso del movimiento de su alma. Estas
personas, por lo ordinario, dudan de su libre albedrío, y llegan hasta
persua-dirse de que su razón y su espíritu son esclavos que no pue-den resistir
a la fuerza que les arrastren adonde no querrían ir. Esta clase de personas es
principalmente la que atribuye a los dioses la causa de sus malas
acciones."
296. Estas palabras me recuerdan
las del canciller Ba-cón, que dice que la filosofía conocida someramente nos
aleja de Dios; pero que, profundizándola, nos vuelve a la religión. Lo mismo
sucede con los que reflexionan sobre sus acciones; les parece de pronto que
todo lo que hacemos nace de impulso de ogro; y que todo lo que concebimos viene
de fuera por los scntidos, y se graba en el vacío de nuestro espí-
456
TEODICEA
ritu, tanquam in tr:bula rasa. Pero una meditación más pro-funda nos
hace ver, c;ue todo (lo mismo las percepciones que las pasiones) nace de
nuestro propio fondo con una plena espontaneidad.
297. Sin embargo, M. Bayle cita
poetas que pretenden disculpar a los hombres haciendo que caiga la falta sobre
sus dioses. Medea habla así en Ovidio:
Frustra, Medea, repugnas.
Nescio quis Deus obstat, ait.
(En vano luchas, Medea.
No sé qué Dios es el que resiste, dice).
Y un poco después Ovidio le hace decir:
Sed trahit invitam nova vis, aliudque cupido
Mens aliud suadet: video meliora proboque,
Deteriora sequor.
(Nueva fuerza arrastra, una cosa aconseja la pasión, y otra la mente;
veo lo mejor y lo apruebo. Sigo lo peor).
Pero puede citarse a Virgilio en sentido opuesto, cuando hace decir a
Nisus con más razón:
Dine hunc ardorem mentibus addunt, Euryale, an sua cuique Deus fit dira
cupido?
457
GODOFREDO G. LEIBNITZ
(¿Por ventura los dioses infunden este ardor en la mente, Eurialo, o su
propia funesta pasión se convierte en Dios para cada cual?)
298. M. Wittichius creyó al
parecer, que en efecto nues-tra independencia no es más que aparente. Porque en
su diser-tación, De Providentia Dei actuali (número 61), hace consistir el
libre albedrío en vernos llevados de tal ma-nera hacia los objetos que se
presentan a nuestra alma para afirmarlos o negarlos, amarlos o aborrecerlos,
que no senti-mos que fuerza alguna exterior nos determine a ello. Y añade que
cuando el mismo Dios produce nuestras voliciones, en-tonces es cuando obramos
más libremente; y cuanto más eficaz y poderosa es la acción de Dios sobre
nosotros, tanto más dueños somos de nuestras acciones. "Quia enim Deus
operatur ipsum velle, quo efficacius operatur, eo magis vo-lumus; quod autem,
cum volumus, facimus, id maxime ha-bemus in nostra potestate. (Pues Dios es el
que produce en nosotros el querer, queremos tanto más in-tensamente, cuanto él
obra más eficazmente; mas lo que hace-mos, cuan-do queremos, lo tenemos
principalmente en nuestra potes-tad). Es cierto que cuando Dios produce una
volición en nosotros, produce una acción libre; pero me parece que aquí no se
trata de la causa universal, o de esta producción de la vo-luntad que le
conviene en tanto que es una criatura, cuya parte positiva es en efecto creada
continuamente por el con-curso de Dios, como cualquiera otra realidad absoluta
de las cosas. Aquí se trata de las razones de querer y de los medios ele que
Dios se vale cuando nos da una buena voluntad, o nos permite tener una mala.
Siempre somos nosotros los que
458
TEODICEA
la producimos buena o mala, porque es nuestra acción; pero siempre hay
razones que nos ponen en el caso de obrar sin daño de nuestra espontaneidad, ni
de nuestra libertad. La gracia no hace más que dar impresiones que contribuyen
a querer por motivos adecuados tales como pueden ser una atención, un dic cur
hic, un placer agradable. Se ve clara-mente que esto de ninguna manera daña a
la libertad, como no la dañaría tampoco un amigo que aconsejara y suministra-ra
motivos de obrar. Y así M. Wittichius no ha respondido bien a la cuestión, como
no lo ha hecho tampoco M. Bayle, y el concurso de Dios aquí de nada sirve.
299. Pero veamos otro pasaje más
racional del mismo M. Bayle, donde combate mejor ese supuesto nacimiento vivo
de la libertad con que se prueba ésta, según los cartesia-nos. Sus palabras son
sumamente notables y dignas de con-sideración, y se encuentran en la Respuesta
a un provinciano, capítulo III (tomo III, página 761 y siguientes). Fue aquí lo
que dice: "Por el sentimiento claro y distinto que tenemos de nuestra
existencia, no discernimos si existimos por nosotros mismos o si recibimos de
otro lo que somos. Sólo por medio de la reflexión discernimos esto, es decir,
meditando sobre la impotencia en que estamos de conservarnos todo lo que
quisiéramos, y de librarnos de la dependencia de los seres que nos rodean,
etcétera. iEs bien seguro que los paganos (lo mismo debe decirse de los
socinianos, puesto que niegan la creación), jamás han llegado al conocimiento
del dogma ver-dadero de que hemos sido hechos de la nada y que de la nada somos
sacados en cada momento de nuestra duración. Han creído falsamente que todas
las sustancias que hay en el
459
GODOFREDO G. LEIBNITZ
Universo existen por sí mismas y que nunca pueden ser ano-nadadas; y
que, por tanto, no dependen de ninguna otra cosa más que respecto de sus
modificaciones, que están sujetas a ser destruídas por la acción de una causa
externa. ¿No nace este error de que no sentimos la acción creadora que nos
conserva y de que sólo sentimos que existimos, do que lo sentimos -digo yo- de
una manera que nos mantendría eter-namente en la ignorancia de la causa de
nuestro ser, si no hubiera habido otras luces que nos auxiliaran? Digamos
igualmente que el sentimiento claro y puro que tenemos de los actos de nuestra
voluntad no nos permite discernir si lo debemos a nosotros mismos o si lo
recibimos de la misma causa que nos da la existencia. Y así, es preciso
recurrir a la reflexión o a la meditación para hacer este discernimiento. Ahora
bien: siento como un hecho que por medio de medi-taciones puramente filosóficas
jamás puede llegarse a una certidumbre bien fundada de que somos nosotros la
causa eficiente de nuestras voliciones; porque toda persona que examine bien
las cosas, conocerá evidentemente que si sólo fuéramos un sujeto pasivo
respecto de la voluntad, tendría-mos los mismos sentimientos de experiencia que
tenemos cuando creemos ser libres. Supóngase, por gusto, que Dios haya
arreglado de tal manera las leyes de la unión del alma con el cuerpo, que todas
las modalidades de aquélla, sin ex-ceptuar ninguna, estén necesariamente
ligadas entre sí con la interposición de Ias modalidades del cerebro; se
comprende que no nos sucederá más que lo que ahora experimentarnos, y habrá en
nuestra alma el mismo enlace de pensamientos, desde la percepción de los
objetos de los sentidos, que es la
460
TEODICEA
primera etapa, hasta las voliciones más fijas, que son la últi-ma. Habrá
en esta serie el sentimiento de las ideas, el de las afirmaciones, el de las
irresoluciones, el de las veleidades y el de las voliciones. Porque sea que el
acto de querer haya sido impreso en nosotros por una causa exterior, sea que lo
pro-duzcamos nosotros mismos, siempre resultará igualmente cierto que queremos
y que sentimos que queremos; y como esta causa exterior puede mezclar todo el
placer que quiera en la volición que nos imprime, podemos sentir algunas ve-ces
que los actos de nuestra voluntad nos agradan infinita-mente y que nos conducen
en el sentido de la pendiente de nuestras más fuertes inclinaciones. No
sentiremos coacción, y ya conocéis la máxima: Voluntas non potest cogi. ¿No
comprendéis claramente que si a una veleta se la imprimiese siempre y a la vez
(de suerte, sin embargo, que la prioridad de naturaleza, o si se quiere, una
prioridad de instante real, cuadrase con el deseo de moverse) el movimiento
hacia un cierto punto del horizonte y el deseo de girar en ese sentido, estaría
muy persuadida de que se movía de suyo para ejecutar los deseos que ella
formase? supongo que ella ignoraría que había vientos y que una causa extraña
hacía cambiar a la vez su situación y sus deseos. Pues noeotros nos hallamos
natu-ralmente en este mismo estado; no sabemos si una causa invisible nos
obliga a pasar sucesivamente de un pensa-miento a otro. Por consiguiente, es
natural que los hombres se convenzan de que ellos son los que se determinan y
se resuelven por sí mismos. Mas falta exami-nar si se engañan en esto como en
otra infinidad de cosas que afirman por una especie de instinto y sin haber
acudido a las meditaciones
461
GODOFREDO G. LEIBNITZ
filosóficas. Y puesto que hay dos hipótesis sobre lo que pasa en el
hombre; la una, que dice que éste no es más que un sujeto pasivo; la otra, que
tiene virtudes activas; no se puede racionalmente preferir la segunda a la
primera, mientras sólo se aleguen pruebas de sentimiento; porque nosotros
senti-remos con igual fuerza que queremos esto o aquello, ya ha-yan sido todas
nuestras voliciones impresas en nuestra alma por una causa exterior o
invisible, ya las formemos nosotros mismos."
300. Aquí aparecen muy preciosos
razonamientos, que tienen mucha fuerza contra los sistemas ordinarios; pero que
carecen de ella respecto del de la armonía preestablecida, el cual nos lleva
más lejos de lo que podíamos ir antes. M. Ba-yle sienta como un hecho, por
ejemplo, "que por medio de me-ditaciones puramente filosóficas no se puede
llegar a una certidumbre bien fundada de que somos la causa eficiente de
nuestras voliciones"; pero yo no puedo concederle esto, porque la base de
este sistema prueba indudablemente, que en el curso de la naturaleza cada
sustancia es la causa única de todas sus acciones, y que está libre de toda
influencia físi-ca procedente de cualquiera otra sustancia, excepto el
con-curso ordinario de Dios. Este sistema hace ver que nuestra espontaneidad es
verdadera, y no sólo aparente, como W. Wittichius creía. M. Bayle sostiene
igualmente por las mis-mas razones (capítulo 170, página 1132), que si hubiera
un Fatum Astrologicum, no destruiría la libertad; y yo se lo con-cedería, si consistiese
ésta sólo en una espontaneidad apa-rente.
462
TEODICEA
301. La espontaneidad de nuestras
acciones no puede por tanto ponerse en duda, y Aristóteles la ha definido muy
bien, diciendo que una acción es espontánea cuando su prin-cipio está en la
persona que obra. Spontaneum est, cujus principium est in agente. Y por esto
nuestras acciones y nuestras voliciones dependen enteramente de nosotros. Es
cierto que no somos dueños de nuestra voluntad directa-mente aunque seamos su
causa; porque escogemos las voli-ciones, como escogemos nuestras acciones por
nuestras voliciones. Sin embargo, tenemos cierto poder aún sobre nuestra
voluntad, porque podemos contribuir indirectamente a querer otra vez aquello
que queríamos querer al presente, como ya lo he demostrado más arriba, lo cual,
propiamente hablando, no es una veleidad; y es también en esto en lo que
tenemos un imperio particular y hasta sensible sobre nues-tras acciones y sobre
nuestras voliciones, el cual resulta de la espontaneidad unida a la
inteligencia.
302. Hasta aquí hemos explicado
las dos condiciones de la libertad de que habla Aristóteles, es decir, la
esponta-neidad y la inteligencia, que se ven unidas en nosotros en la
deliberación, mientras que las bestias carecen de esta segun-da condición. Pero
los escolásticos exigen aún una tercera que llaman la indiferencia. Y en
efecto, es preciso admitirla, si indiferencia significa tanto como
contingencia, porque ya dije antes que la libertad debe excluir la necesidad
absoluta y metafísica o ló-gica. Pero, como ya he explicado más de una vez,
esta indi-ferencia, esta contingencia, esta no necesidad - si se me permite
decirlo así-, que es un atributo característico de la libertad, no impide el
que se tenga inclinaciones más
463
GODOFREDO G. LEIBNITZ
fuertes por el partido que se escoge; y de ninguna manera exige que se
sea absoluta o igualmente indiferente, en medio de los dos partidos opuestos.
303. Por consiguiente, sólo admito
la indiferencia en un sentido, en cuanto significa lo mismo que contingencia o
no necesidad. Pero, según he dicho ya más de una vez, yo no admito una
indiferencia de equilibrio, y creo que nunca se elige cuando se es absolutamente
indiferente. Semejante elección sería una especie de puro azar, sin razón
determi-nante, ni manifiesta, ni oculta. Pero un azar semejante, una casualidad
absoluta y real de tal especie, es una quimera que jamás se encuentra en la
naturaleza. Todos los sabios con-vienen en que el azar no es más que una cosa
aparente, co-mo la fortuna; la ignorancia de las causas lo determina. Pero si
hubiese esa indiferencia vaga, o bien, si se escogiese sin que hubiera nada que
nos llevara a escoger, el azar sería ya algo real, semejante a aquella pequeña
declinación de los átomos que tiene lugar sin motivo y sin razón, y que Epicuro
introdujo para evitar la necesidad, de que tanto se burló Ci-cerón con mucha
razón.
304. Esta declinación tenía una
causa final en el espí-ritu de Epicuro, en cuanto se proponía libertarnos del
desti-no; pero no puede tener una causa eficiente en la naturaleza de las
cosas, y es una quimera de las más imposibles. M. Ba-yle la rebate muy bien,
como veremos luego; y sin embargo, sorprende ver que, a lo que parece, el mismo
Bayle admite en otro pasaje algo semejante a esta supuesta declinación. Porque
he aquí lo que dice hablando del asno de Buridán (Diccionario, art. Buridan,
cit. 13): "Los que sostienen el
464
TEODICEA
libre albedrío propiamente dicho, admiten en el hombre el poder de
dirigirse a la derecha o a la izquierda en el acto mismo en que los motivos son
perfectamente iguales por parte de los dos objetos opuestos. Porque pretenden
que nuestra alma, sin tener otra razón que el hacer uso de su libertad, puede
decir: prefiero esto a aquello, aun cuando no veo nada que sea más digno de mi
elección en lo uno que en lo otro."
305. Todos los que admiten el
libre albedrío propia-mente dicho, no por esto concederán a M. Bayle esta
deter-minación procedente de una causa indeterminada. San Agustín y los
tomistas creen que todo está determinado. Ya se ve que sus adversarios recurren
igualmente a las circuns-tancias que contribuyen a nuestra elección. La
experiencia de ninguna manera favorece esa quimera de una indiferencia de
equilibrio; y puede aquí aplicarse el razonamiento que el mi-mo M. Bayle
empleaba contra la manera en que los cartesia-nos querían probar la libertad
por el sentimiento vivo de nuestra independencia. Porque aun cuando yo no vea
siem-pre la razón de la inclina-ción que me hace escoger entre dos partidos que
parecen iguales, habrá siempre alguna impre-sión, aunque imperceptible, que me
determinará. Querer hacer simplemente uso de la libertad, nada tiene de
específi-co o que nos determine a la elección por uno u otro partido.
306. M. Bayle prosigue diciendo:
"hay por lo menos dos vías por las que el hombre puede desprenderse de los
lazos del equilibrio. La una ya la he expuesto, y consiste en hacerse la grata
ilusión de que es uno dueño de sí mismo, y de que no de-pende de los
objetos." Este camino está cerra-
465
GODOFREDO G. LEIBNITZ
do; por mucho que uno quiera echársela de que es dueño de sí mismo esto
no suministra nada que sea determinante, y no favorece más a un partido que a
otro. M. Bayle prosigue: "ejecutaré este acto; quiero preferir ésto a
aquéllo, porque es mi gusto obrar así." Pero estas palabras: porque es mi
gusto obrar así, porque así me place, encierran ya una tendencia hacia el
objeto que agrada.
307. M. Bayle no tiene, por tanto,
derecho para decir en seguida esto: "y entonces lo que le determinará, no
nacerá del objeto; el motivo sólo se tomará de las ideas que tienen los hombres
de sus propias perfecciones o de sus facultades naturales. La otra vía es la de
la suerte del azar; echar pajas para decidir."
Este camino tiene su salida, pero no llena el objeto; esto no es más que
cambiar la cuestión, puesto que en este caso no es el hombre el que decide; o
bien, si se preterde que siempre es él el que decide por la suerte, ya el
hombre no está en equilibrio, porque la suerte no lo está, y el hombre se liga
con ella. Siempre hay en la naturaleza razones que son causa de lo que sucede
por azar o por virtud de la suerte. Me sorprende algo que un espíritu tan
penetrante como el de M. Bayle haya podi-do alucinarse de este modo. Ya he
explicado en otra parte la verdadera respuesta que debe darse al sofis-ma de
Buridán; esto es, que el caso de perfecto equilibrio es imposible, no pudiendo
darse el universo como partido por la mitad de suerte que todas las impresiones
sean equivalen-tes por una y otra parte.
308. Veamos lo que el mismo M.
Bayle aduce en otro lugar contra la indiferencia quimérica o absolutamente
inde-
466
TEODICEA
finida. Cicerón dice (en su libro De Fato) que Carnéades había
encontrado algo más sutil que la declinación de los átomos, al atribuir la
causa de una supuesta indiferencia ab-solutamente indefinida a los movimientos
voluntarios de las almas, porque estos movimientos no tienen necesidad de una
causa externa, pues que proceden de nuestra naturaleza. Pero M. Bayle
(Diccionario, art. Epicuo, página 1143), repli-ca con razón, que todo lo que
nace de la naturaleza de una cosa está determinado; y así la determinación
subsiste siem-pre, y la evasiva de Carnéades no sirve de nada.
309. Demuestra en otra parte
(Respuesta a un provin-ciano, capítulo 90, tomo II, página 229) 2que una
libertad muy distante de este supuesto equilibrio es incomparable-mente más
ventajosa. Hablo, dice, de una libertad que siga siempre los juicios del espíritu
y que no pueda resistir a ob-jetos claramente conocidos como buenos. Yo no
conozco a nadie que deje de convenir en que la verdad claramente co-nocida
impone (más bien, determina, a no ser que se hable de una necesidad moral), el
consentimiento del alma, y la experiencia así nos lo enseña. En las escuelas se
enseña constantemente, que así como lo verdadero es el objeto del
entendimiento, el bien es el objeto de la voluntad; y que así como el
entendimiento sólo puede afirmar lo que se le muestra bajo la apariencia de la
verdad, de igual modo la voluntad no puede amar nunca sino lo que le aparezca
como bueno. Jamás se cree en lo falso, ni se ama nunca el mal co-mo mal. Hay en
el entendimiento una determinación natural a lo verdadero en general, y a cada
verdad particular clara-mente conocida. Hay en la voluntad una determinación
na-
467
GODOFREDO G. LEIBNITZ
tural al bien en general; de donde muchos filósofos deducen que desde el
momento en que los bienes particulares nos son conocidos claramente, nos vemos
forzados a amarlos. El entendimiento suspende estos actos sólo cuando los
objetos se muestran oscuramente, de manera que da lugar a dudar si son
verdaderos o falsos; y de aquí muchos infieren que la voluntad sólo está en
equilibrio cuando el alma está incierta respecto de si el objeto que se le
presenta es un bien para ella; pero que también tan pronto como se resuelve por
la afirmativa, se liga necesariamente a este objeto, hasta que otros juicios
del espíritu la determinan en otro sentido. Los que explican de esta manera la
libertad, encuentran en ella amplio campo para que tenga lugar el mérito y el
demérito, porque suponen que estos juicios del espíritu proceden de una
aplicación libre del alma para examinar los objetos, compararlos y hacer el
discernimiento de los mismos. No debo olvidar que hay hombres muy sabios (como
Belarmino, libro III De gratia et libero arbitrio, capítulos 7 y 9; y
Came-rón192 in responsione ad Epistolam Viri Docti, id est, Epis-copi) que
sostienen con razones muy valiosas, que la voluntad sigue siempre
necesariamente el último acto prácti-co del entendimiento."
310. Es preciso hacer algunas
observaciones sobre este razonamiento. Un conocimiento bien claro de lo mejor
Camerón teólogo protestante, nació
en Glasgow, hacia 1580, pasó a Francia en 1600, fué profesor en Sedán y en
Saumur, y murió en Mon-tauban, en 1676. Sus principales obras son: Pralectiones
thelogicoe, Saumur, 1626 3 vol., en 4°; Defensio de gratia et libero arbitrio,
Saumur, 1674, en 8°; Del juez soberano de las controversias en materias de
reli-gión, en inglés, Oxford, 1628, en 4°.
468
TEODICEA
determina la voluntad; pero no la necesita, propiamente ha-blando. Es
preciso distinguir siempre entre lo necesario y lo cierto o lo infalible, como
ya hemos hecho ver más de una vez, y distinguir además la necesidad metafísica
de la necesi-dad moral. Creo también que sólo la voluntad de Dios es la que
sigue siempre el juicio del entendimiento; todas las cria-turas inteligentes
están sujetas a algunas pasiones, o por lo menos, a percepciones que no
consisten enteramente en lo que llamo o ideas adecuadas. Y aunque estas
pasiones tien-dan siempre a verdadero bien en los bienaventurados, en virtud de
las leyes de la naturaleza y del sistema de las cosas preestablecidas con
relación a ellos, esto, sin embargo, no tiene lugar siempre, de suerte, de
suerte que tengan un per-fecto conocimiento de eIIo. Les sucede lo mismo que a
no-sotros, que no conocemos siempre la razón de nuestros instintos. Los ángeles
y los bienaventurados son criaturas lo mismo que nosotros, y en todos hay
siempre alguna percep-ción confusa, mezclada con conocimientos distintos.
Suárez ha dicho algo parecido respecto de ellos. Cree (Tratado de la Oración,
libro I, capítulo II) que Dios ha arreglado las cosas de antemano de manera que
las opciones, cuando se hacen con una voluntad plena, son siempre oídas; esto
es como una muestra de una armonía preestablecida. En cuanto a nosotros, además
del juicio del entendimiento, del cual te-nemos un conocimiento claro, se
mezclan con él las percep-ciones confusas de los sentidos de las que nacen
pasiones y hasta inclinaciones insensibles de que no nos apercibimos siempre.
Estos movimientos ponen obstáculos muchas veces al entendimiento práctico.
469
GODOFREDO G. LEIBNITZ
311. En cuanto al paralelo entre
la relación del enten-dimiento con lo verdadero, y de la voluntad con el bien,
es preciso saber que una percepción clara y distinta de una ver-dad contiene en
sí actualmente la afirmación de esta verdad; y así el entendimiento se ve por
este medio necesitado. Pero cualquiera que sea la percepción del bien, el
esfuerzo para obrar conforme al juicio, que a mi parecer constituye la esencia
de la voluntad, es muy distinto; y así, como se nece-sita tiempo para que éste
esfuerzo llegue a su colmo, puede ser suspendido, puede mudarse por una nueva
percepción o inclinación que se atraviese, que fuerza al espíritu y que le
obligue algunas veces a formar un juicio contrario. Por esta causa nuestra alma
tiene tantos medios para resistir a la ver-dad que conoce, y por esto hay mucho
camino desde el espí-ritu al corazón; sobre todo cuando el entendimiento en
gran parte sólo procede por pensamientos sordos, poco capaces de conmover, como
ya he explicado en otra parte. Y así el enlace entre el juicio y la voluntad no
es tan necesario como podría creerse.
312. M. Bayle prosigue diciendo
(página 221): "ya no puede ser un defecto en el alma del hombre el carecer
de la libertad de indiferencia en cuanto al bien en general; sería más bion un
desorden, una imperfección extravagante, el que pudiera decir uno
verdaderamente: "me importa poco ser dichoso o desgraciado; no tengo
ninguna determinación ni para amar el bien, ni para aborrecerle; puedo hacer lo
mismo lo uno que lo otro. Ahora bien: si es una cualidad laudable y ventajosa
el verse determinado en cuanto al bien en general, no puede ser un defecto el
verse necesitado res-
470
TEODICEA
pecto a cada bien particular reconocido manifiestámente como nuestro
bien. Y hasta parece ser una consecuencia necesaria, que si el alma no tiene
libertad de indiferencia en cuanto al bien general, no la tenga con respecto a
los bienes particulares, mientras juzgue con-tradictoriamente que son bienes
para ella. ¿Qué pensaríamos de un alma que habiendo formado este juicio, se
alabase con razón de tener fuerza para no amar estos bienes, y basta para
aborrecerlos, y que dijera: conozco claramente que son bienes para mí, tengo
todas las luces necesarias sobre este punto, y, sin embargo, no quiero amarlos,
quiero aborrecerlos; tengo tomado mi partido y lo llevo a cabo; no hay razón
ninguna (es decir, ninguna otra razón fuera de la del puro capricho), que me
comprometa a ello, sino que me place obrar así. ¿Qué pensa-ríamos, digo, de
semejante alma? ¿No la consideraría-mos más imperfecta y más desgraciada que si
no tuviera esta li-bertad de indiferencia?"
313. "No sólo la doctrina que
somete la voluntad a los últimos actos del entendimiento da una idea más
ventajosa del estado del alma, sino que demuestra también que es más fácil
conducir al hombre a la felicidad por esta camino que por el de la indiferencia;
porque bastará ilustrar al espíritu sobre sus verdaderos intereses, y la
voluntad se conformará bien pronto con los juicios que la razón haya
pronunciado. Pero si hay una libertad independiente de la razón y de la
cualidad de los objetos claramente conocidos, será el hom-bre el más
indisciplinado de todos los animales, y no se po-drá jamás estar seguro de que
se le hará tomar el buen camino. Todos los consejos, todos los razonamientos
del
471
GODOFREDO G. LEIBNITZ
mundo, serán por completo inútiles; le ilustraréis, convence-réis su
espíritu y, sin embargo, su voluntad será indómita y permanecerá inmóvil como
una roca. Virgil. Aen. libro VI, versículo 470."
Non magis incoepto vultum sermone movetur, Quam si dura sillex, aut stet
Marpasia cautes.
(No más se mueve el rostro por el discurso comen-
zado,
que si fuese dura piedra o roca de mármol).
"Un antojo, un vano capricho, le hará inflexible ante to-da clase
de razones; le desagradará amar su bien claramente conocido, y se complacerá en
aborrecerle. ¿Creéis, amigo mío, que semejante facultad sea el más rico
presente que haya po-dido Dios hacer al hombre y el instrumento único de
nuestro bienestar? ¿No es más bien un obstáculo que se opone a nuestra
felicidad? ¿Será motivo para gloriarse el poder decir: he despreciado todos los
juicios de mi razón, y he seguido un camino del todo diferente sin más motivo
que mi capricho? ¿Qué terribles remordimientos atormentarán su alma, si la
determinación que hubiere tomado fuese dañosa? Semejante libertad sería, por
consiguiente, más perjudicial que útil a los hombres; porque el entendimiento
no presen-taría ya toda la bondad de los objetos lo bastante para quitar a la
voluntad la fuerza de desecharlos. Valdría más infinita-mente al hombre verse
determinado necesariamente y siem-pre por el juicio del entendimiento, que
permitir a la
472
TEODICEA
voluntad suspender su acción, porque por este medio llegaría con más
facilidad y más certidumbre a su verdadero fin."
314. Observo también sobre este
razonamiento, que es muy cierto que una libertad de indiferencia indefinida, y
que careciera de toda razón determinante, sería tan dañosa y hasta chocante
como es impracticable y quimérica. El hom-bre que quisiera usar en aquélla de
esta manera, o hacer co-mo que obraba sin motivo, pasaría seguramente por un
extravagante. Pero es muy cierto también que la cosa es im-posible, cuando se
la toma con todo el rigor de la suposición; y así en el momento en que se
quiere presentar un ejemplo, se separa de lo supuesto y se viene a poner al
caso de un hombre que no se determina sin motivo, pero que se deter-mina por
inclinación o por pasión más bien que por juicio. Porque desde el momento en
que se dice: "Yo desprecio los juicios de mirazón sin otro motivo que mi
capricho, me pla-ce obrar así"; es lo mismo que si se dijera: prefiero mi
incli-nación a mi interés, mi placer a mi utilidad.
315. Es como si algún hombre
caprichoso, creyendo vergonzoso seguir el dictamen de sus amigos o de sus
servi-dores, prefiere la satisfacción de contradecirles a la utilidad que
pudiera sacar de seguir su consejo. Puede suceder, sin embargo, que en un negoció
de poca importancia, un hom-bre prudente obre irregularmente y contra su
interés, para resistir a otro que le quiere gobernar, o para confundir a los
que observan su conducta. Es bueno a veces imitara Bruto ocultando su espíritu
y hasta hacerse el insensato como hizo David delante del rey de los Filisteos.
473
GODOFREDO G. LEIBNITZ
316. M. Bayle añade también muy
buenas cosas para hacer ver que obrar contra el juicio del entendimiento sería
una grave imperfección. Observa (p. 225) que según los mo-linistas, el
entendimiento que cumple bien su misión señala cuál es lo mejor. M. Bayle
presenta a Dios (c. 91, p. 227), dirigiéndose a nuestros primeros padres en el
Edén: "Os he dado mi conocimiento, la facultad de juzgar las cosas, y un
poder pleno de disponer de vuestras voluntades. Os daré instrucciones y
órdenes; pero el libre albedrío que os he co-municado es de tal naturaleza que
tenéis una fuerza igual (según las ocasiones) para obedecerme o desobedecerme.
No os faltarán tentaciones; si hacéis buen uso de vuestra libertad seréis
dichosos; si lo hacéis malo, seréis desgracia-dos. A vosotros toca ver si
queréis exigirme una nueva gra-cia, el que os permita abusar de vuestra
libertad cuando adoptéis una resolución, o el que os lo impida. Pensadlo bien,
os doy veinticuatro horas... Comprenderéis claramente (añade M. Bayle) que su
razón, no oscurecida todavía por el pecado, les hubiera hecho conocer la
necesidad de pedir a Dios, como el colmo de los favores con que hubieran sido
honrados, que de ninguna manera permitiera que se perdie-ran por virtud del mal
uso de sus fuerzas. ¿Y no debemos reconocer que si Adán, haciendo cuestión de
honor el diri-girse a sí mismo, hubiera rehusado una dirección divina para
poner a salvo su felicidad, hubiese sido el original de los Faetones y de los
Icaros? Habría sido casi tan impío como el Ajax de Sófocles, que quería vencer
sin la asistencia de los dioses, y decía que los más cobardes harían huir a sus
enemi-gos con semejante auxilio."
474
TEODICEA
317. M. Bayle hace ver igualmente
(cap. 80) que el hombre no celebra menos, y hasta aplaude más, el haber sido
asistido de lo alto, que no el ser deudor de su felicidad a su elección. Y si
se encuentra que uno ha hecho bien cuando ha preferido un instinto tumultuoso,
suscitado en el alma repentinamente, a razones maduramente examinadas,
enton-ces se siente una alegría extraordinaria; porque se imagina, o que Dios o
nuestro Angel de la Guarda, o un yo no sé qué que se presenta bajo el nombre
vago de fortuna, nos ha con-ducido a tan feliz situación. En efecto, Sila y
César se gloria-ban más de su fortuna que de su conducta. Los paganos, y
particularmente los poetas, sobre todo Romero, suponían a sus héroes
determinados por el impulso divino. El héroe de la Eneida marcha siempre bajo
la dirección de un dios. Era un elogio muy delicado decir a los Emperadores,
que sus victorias las debían a sus tropas y a sus dioses que inspiraban a sus
generales: Te copias, te consilium et tuos praebente Divos, dice Horacio. Los
generales combatían bajo los aus-picios de los Emperadores, como descansando en
su fortu-na, porque los auspicios no pertenecían a los subalternos. Se celebra
el verse favorecido por el cielo, porque se estima más el ser dichoso que el
ser hábil. No hay quien se considere tan dichoso como los místicos, porque se
imaginan que se man-tienen en reposo, y que es Dios el que obra en ellos.
318. Por otra parte, M. Bayle
añade (cap. 133): "Un filósofo estoico, que todo lo achaca a una fatal
necesidad, es tan sensible cómo cualquier otro hombre al placer de haber
escogido bien. Y todo hombre de juicio hallará que, lejos de celebrar que se
haya deliberado largo tiempo y escogido al
475
GODOFREDO G. LEIBNITZ
fin el partido más honrado, es una satisfacción increíble el estar
persuadido de que se está tan firme en el amor a la vir-tud, que sin necesidad
de resistir, se está dispuesto a rechazar una tentación. Un hombre a quien se
proponga la ejecución de un acto opuesto a su deber, a su honor y a su
conciencia, y que responde sobre la marcha que es incapaz de semejante crimen,
y que en efecto lo es, está mucho más contento de sí mismo que si pidiera
tiempo para pensarlo, y se mostrara irresoluto durante algunas horas acerca del
partido que debe tomar. Se encuentra uno molesto en muchos lances por no
poderse resolver entre dos partidos, y nos gustaría que el consejo de un buen
amigo o algún auxilio de lo alto nos lle-vara a hacer una buena elección."
Todo esto muestra la ventaja que un juicio determinado tiene sobre esa
indiferen-cia vaga que nos deja en la incertidumbre. Pero, en fin, he-mos
probado ya suficientemente que sólo la ignorancia o la pasión nos mantienen en
suspenso, y por esta misma razón jamás puede suceder esto en Dios. Cuanto más
nos aproxi-mamos a él, la libertad es más perfecta, y mejor se resuelve por el
bien y por la razón. Y siempre se preferirá la índole natural de Catón, de
quien Velleius decía que era incapaz de hacer una acción indigna, a la de un
hombre que fuese capaz de titubear.
319. Hemos tenido complacencia en
exponer y apoyar estos razonamientos de M. Bayle contra la indiferencia vaga,
tanto para ilustrar la materia como para oponerla a él mismo, haciéndole ver
que no debía llevar a mal la supuesta necesi-dad impuesta a Dios de escoger lo
mejor posible. Porque o Dios obra por una indiferencia vaga y al azar, u obra
por
476
TEODICEA
capricho o por alguna otra pasión, o, por último, debe obrar por una
inclinación predominante de la razón que le lleva naturalmente a lo mejor. Pero
las pasiones, que proceden de la percepción confusa de un bien aparente, no
pueden tener cabida en Dios, y la indiferencia vaga es upa cosa quimérica. Por
consiguiente, sólo la razón más fuerte es la que puede regular la acción de
Dios. Es una imperfección de nuestra libertad el que podamos escoger el mal en
lugar del bien, un mal mayor en vez de uno menor, el menor bien en vez de uno
mayor. Esto nace de las apariencias del bien y del mal que nos engañan; en
cambio, Dios se dirige a lo verdadero y al bien mayor, es decir, al bien
absolutamente verdadero que no puede menos de conocer.
320. Esta falsa idea de la
libertad, formada por los que, no contentos con librarla, no digo de la
coacción, sino hasta de la necesidad misma, querrían también librarla de la
certi-dumbre y de la determinación, es decir, de la razón y de la perfección, no
ha dejado de agradar a algunos escolásticos, gentes que se enredan muchas veces
en sus sutilezas, y que toman la paja de los términos por el grano de las
cosas. Con-ciben alguna noción quimérica de la que se figuran sacar alguna
utilidad, y procuran sostenerla valiéndose de argucias. La plena indiferencia
es de esta naturaleza; concederla a la voluntad, es darle un privilegio
semejante al que algunos cartesianos y algunos místicos dan a la naturaleza
divina: el de poder hacer lo imposible, poder producir absurdos, poder hacer
que dos proposiciones contradictorias sean verdaderas al mismo tiempo. Querer
que una determinación nazca de una plena indiferencia absolutamente
indeterminada, es que-
477
GODOFREDO G. LEIBNITZ
rer que nazca naturalmente de la nada. Se supone que Dios no da esta
determinación; ni tampoco nace del alma, ni del cuerpo, ni de las
circunstancias, puesto que todo se supone indeterminado; y he aquí, sin
embargo, que ella aparece y existe, sin preparación, sin disposición, sin que
un ángel, sin que Dios mismo pueda ver o hacer ver cómo ella existe. Esto es,
no sólo salir de la nada, sino además salir de ella por sí misma. Esta docena
da entrada a una cosa tan ridícula como la declinación de los átomos de
Epicuro, de que ya hemos hablado, quien pretendía que uno de estos pequeños
cuerpos caminaba en linea recta, se torcía y se apartaba de su camino sin
ningún motivo, y únicamente porque la voluntad lo manda. Y nótese eue no ha
habido recurso de que no se haya echado mano para salvar esta supuesta libertad
de plena indiferencia, quimera que al parecer es muy antigua, pudien-do decirse
con razón: Chimaeram parit.
321. He aquí cómo la ha explicado
M. Marchetti193, en su preciosa traducción de Lucrecio, en versos italianos,
ver-sión que aun no se ha dado a luz (Lib. II):
Ma ch'i principi poi non corram punto
Della lor dritta vía, chi veder puote?
Si finalmente ogni lor moto sempre
Insieme s'aggruppa; e dall'antico
Marchetti, traductor italiano de
Lucrecio, nació en 1633 en Pentorrro (castillo de Toscana) y murió en este
mismo castillo en 1714. Era miem-bro de la Academia de la Crusca. Se ocupó
también de matemáticas y de física, y se cita como suyo un tratado De Resistencia
solalidorum, 1669, en 4°. - Las poesías de Marchetti han sido publicadas bajo
este título: Saggio de rime eroico; Florencia, 1704, en 4°.
478
TEODICEA
Sempre con orden certo il nuovo nasce;
Ne tracciando i primi semi, fanno
Di moto un tal principio, il qual poi rompa
Y decreti del faro; accio non segua
L'una causa dell'altra in infinito;
Onde han questa, dichi'io, del fato sciolta
Libera voluntá, per cui ciascuno
Va dove piú l'agrada? Y moti ancora
Si declinan sovente, e non in tempo
Certo, ne certa region, ma solo
Quando e dove commanda il nostro arbitrio;
Poiche senz'alcun dubbio a queste cose
Da sol principio il volar propio, e quindi
Van poi scorrendo per le membra i moti.
Es muy gracioso que un hombre como Epicuro, des-pués de haber descartado
a los dioses y a todas las sustancias incorpóreas, haya podido imaginar que la
voluntad, que él mismo supone compuesta de átomos, haya podido dominar a los
átomos mismos, hasta el punto de torcerlos de su ca-mino, sin que pueda decir
el cómo.
322. Carnéades, sin llegar hasta
los átomos, quiso en-contrar desde ludo en el alma del hombre la razón de esa
supuesta vaga indiferencia, tomando por razón de la cosa aquello mismo cuya
razón Epicuro buscaba. No por esto Carnéades194 adelantó nada, y sólo consiguió
engañar con
Carnéodes de
Cyrene, filósofo griego, nació en el año 27 y murió en el
Fué discípulo de Arcesilao,
fundador de la nueva Academia, que redujo el platonismo a un semiescepticismo.
- Véase sobre Carnéades el Diccionario de Bayle y de Foucher (Historia de los
académicos).
479
GODOFREDO G. LEIBNITZ
facilidad a las gentes poco reflexivas, transfiriendo el absurdo de un
sujeto, en que es sobrado patente, a otro sujeto en que es más fácil embrollar
el asunto, es decir, del cuerpo al alma; porque la mayor parte de los filósofos
tenían nociones poco distintas de la naturaleza del alma. Epicuro, que la
suponía compuesta de átomos, tenía por lo menos razón para buscar el origen de
su determinación en lo que creía ser origen del alma misma. Así que Cicerón y
M. Bayle no han sido justos acusándole tanto, y disculpando, y hasta alabando a
Carnéa-des, que no es más razonable; y yo no comprendo cómo M. Bayle, que era
tan perspicaz, se dejó alucinar por este absur-do disfrazado, hasta el punto de
llamarle el mayor esfuerzo que el espíritu humano l!a podido hacer sobre esta
materia; como si el alma que es el asiento de la razón, fuese más ca-paz de
obrar que el cuerpo sin ser determinada por alguna razón o causa interna o
externa; o como si el gran principio, según el cual nada sucede sin causa, sólo
tuviera aplicación al cuerpo.
323. Es cierto que la forma o el
alma tiene sobre la materia la ventaja de ser el origen de la acción, y que
tiene en sí el principio del movimiento o del cambio; en una palabra, tó
aútokineton como Platón la llama; en vez de la materia que es solamente pasiva,
y tiene necesidad de ser impulsada para obrar, agitur, ut agat. Pero si el alma
es activa por sí misma, como lo es en efecto, esto mismo hace ver que no es de
suyo absoluamente indiferente a la acción, como lo es la materia, y que debe
encontrar en sí misma elementos para determinarse. Y según el sistema de la
armonía preestableci-da, el alma encuentra en sí misma y en su naturaleza
ideal,
480
TEODICEA
anterior a la existencia, las razones de sus determinaciones, acomodadas
a todo lo nue habrá de rodearla. Por eso estaba ya determinada de toda la
eternidad, en su estado de pura posibilidad, a obrar libremente, como lo hará
con el tiempo cuando llegue a alcanzar la existencia.
324. M. Bayle observa
perfectamente que la libertad de indiferencia, tal como es preciso admitirla,
no excluye las inclinaciones, ni exige el equilibrio. Hace ver ampliamente
(Respuesta a un provinciano, cap. 139, p. 748), que puede compararse el alma a una
balanza en que las razones y las inclinaciones hacen el oficio de pesas. Y,
según él, puede ex-plicarse lo que pasa en nuestras resoluciones por la
hipótesis de que la voluntad del hombre es como una balanza en re-poso, cuando
las pesas de ambos platillos son iguales, y que se inclina siempre de un lado o
de otro según que uno u otro de los platillos esté más cargado. Una nueva razón
constituye un peso superior, una nueva idea alumbra más vivamente que la vieja;
el temor de un grave pesar sobrepuja a algunos placeres; cuando dos pasiones se
disputan el terreno, la más fuerte siempre queda dueña de él, salvo que sea
auxiliada la otra por, la razón o por cualquiera otra pasión combinada. Cuando
se arrojan las mercancías para salvar la vida, la ac-ción que las escuelas
llaman mixta, es voluntaria y libre; y, sin embargo, el. amor a la vida supera
indudablemente al amor a los bienes. El disgusto procede del recuerdo de los
bienes que se pierden, y tanta más dificultad hay para determinarse, cuanto más
se aproximan a la igualdad las razones opuestas, al modo que la balanza se
determina más prontamente cuan-do hay más diferencia entre los pesos.
481
GODOFREDO G. LEIBNITZ
325. Sin embargo, como con
frecuencia hay muchos partidos que tomar, podría en lugar de la balanza,
comparar-se el alma con una fuerza que empuja al mismo tiempo por distintos
lados, pero que sólo obra allí donde encuentra más facilidad o menos resistencia.
Por ejemplo, si el aire está fuertemente comprimido en un recipiente de vidrio,
lo rom-perá para salir. El esfuerzo lo hace sobre todos los puntos, pero
siempre rompe por el más débil. Del mismo modo las inclinaciones del alma que
tienden a todos los bienes que se presentan, son voluntades antecedentes; pero
la voluntad consiguiente que es su resultado se determina por lo que más le
afecta.
326. No obstante, este predominio
de las inclinaciones no impide el que el hombre sea dueño de si mismo, con tal
que sepa usar de su poder. Su imperio es el de la razón, y lo que tiene que
hacer es prepararse con tiempo para resistir a las pasiones; entonces será
capaz de detener la impetuosidad de las más furiosas. Supongamos que Augusto,
dispuesto a dar la orden de matar a Fabio Máximo, se sirve, como acos-tumbraba,
del consejo que le había dado un filósofo, de re-citar el alfabeto griego antes
de hacer nada bajo el primer impulso de la cólera; esta reflexión será capaz de
salvar la vida de Fabio y la gloria de Augusto. Pero sin alguna dichosa
reflexión, que se debe a veces a un acto de bondad divina completamente
particular. o sin alguna precaución tomada de antemano, como la de Augusto, que
sirva para que nos hagamos reflexiones convenientes en tiempo y lugar, la
pa-sión vencerá a la razón. El cochero es dueño de los caballos, si los
gobierna como debe hacerlo y como puede; pero hay
482
TEODICEA
ocasiones en que se descuida, y entonces será preciso por un tiempo
abandonar las riendas:
Fertur equis auriga, nec audit currus habenas.
(El coche es conducido por el cochero
y los caballos no oyen al sonido de las flautas).
327. Es preciso reconocer que
tenemos siempre bas-tante poder sobre nuestra voluntad, pero no se tiene
siempre el buen acuerdo de emplearlo. Esto muestra, según hemos observado más
de una vez, que el poder del alma sobre sus inclinaciones es un poder que sólo
puede ser ejercido de una manera indirecta, sobre poco más o menos al modo que
Be-larmino quería que los Papas tuviesen derecho sobre el po-der temporal de
los reyes. A la verdad, las acciones externas que no superan a nuestras
fuerzas, dependen absolutamente de nuestra voluntad; pero nuestras voliciones
no dependen de nuestra voluntad sino por virtud de ciertos rodeos maño-sos que
nos proporcionan el medio de suspender nuestras resoluciones o de cambiarlas.
Nosotros somos dueños de nosotros mismos, no como Dios lo es en el mundo, donde
no tiene más quehablar; sino como un príncipe sabio lo es en sus Estados, o
como un buen padre de familia lo es res-pecto de su casa. M. Bayle lo toma en
otro sentido a veces, como si fuese un poder absoluto, independiente de las
razo-nes y de los medios que deberíamos tener en nosotros mis-mos, para
alabarnos por nuestro libre albedrío. Pero Dios mismo no lo tiene ni debe
tenerlo en este sentido con rela-
483
GODOFREDO G. LEIBNITZ
ción a su voluntad. Dios no puede mudar su naturaleza, ni obrar fuera
del orden; ¿cómo podría transformarse de golpe? Ya lo he dicho: el imperio de
Dios, el imperio del sabio, es el de la razón. Sin embargo, sólo Dios tiene
siempre las volun-tades más deseables y, por consiguiente, no tiene necesidad
del poder de mudarlas.
328. Si el alma es dueña de sí
misma (dice Bayle, p. 753), no tiene más que querer, y en el momento este
dis-gusto y esta pena que acompañan a la victoria sobre las pa-siones, se
desvanecerán. Para esto bastaría, a su parecer, hacerse indiferente respecto de
los objetos de las pasiones (p. 758). ¿Por qué, entonces, los hombres no
adquieren esta indiferencia, dice, si son dueños de sí mismos? Pero esta
objeción es justamente como si yo preguntara, ¿por qué un padre de familia no
se proporciona oro cuando tiene necesi-dad de él? Puede adquirirlo, pero
valiéndose de su industria, y no como en el tiempo de las hadas o del rey
Midas, por un simple mandato de la voluntad o por una imposición de ma-nos. No
bastaría ser dueño de sí mismo, sino que sería preci-so ser dueño de todas las
cosas, para procurarse todo lo que quisiere, porque no todo se encuentra en sí
mismo. Traba-jando de esta manera sobre sí mismo, es preciso hacerlo como
cuando se trabaja sobre otra cosa; es preciso conocer la constitución y las cualidades
de su objeto, y acomodar a ellas lo que se obra. No se corrige y se adquiere
una voluntad mejor en un momento de arrebato o por un simple acto de voluntad.
329. Es bueno, no obstante,
observar que los disgus-tos y las penas que acompañan a la victoria sobre las
pasio-
484
TEODICEA
nes, se convierten a veces en placeres por el gran contenta-miento que
encuentran los hombres en el sentimiento vivo de la fuerza de su espíritu y de
la gracia divina. Los ascetas y los verdaderos místicos pueden hablar por
experiencia; y algo puede decir sobre esto también un verdadero filósofo. Es
posible llegar a este dichoso estado, como que es uno de los principales medios
deque se vale el alma para afianzar su imperio.
330. Si los escotistas y los
molinistas favorecen, al pa-recer, la indiferencia vaga (digo: al parecer,
porque dudo que lo hagan de veras, después que hayan examinado bien el punto),
los tomistas y los agustinianos son partidarios de la predeterminación. Porque
es de necesidad optar por lo uno o lo otro. Tomás de Aquino es un autor que
acostumbra a marchar con pulso; y el sutil Escoto, al buscar ocasiones de
contradecirle, oscurece muchas veces las cosas, en vez de aclararlas. Los
tomistas siguen ordinariamente a su maestro, y no admiten que el alma se
determine sin que haya alguna predeterminación que contribuya a ello. Pero la
predetermi-nación de los nuevos tomistas no es quizás precisamente la que se
necesita. Durando de San Porciano, que muchas ve-ces forma escuela aparte, y
que no ha aceptado el curso es-pecial de Dios, se manifiesta favorable a cierta
predeterminación, y ha creído que Dios ve en el estado del alma y de lo que la
rodea, la razón de sus determinaciones.
331. Los antiguos estoicos han
sido, sobre poco más o menos, en este punto de la opinión de los tomistas; se
han declarado al mismo tiempo en favor de la determinación y en contra de la
necesidad, aunque se ha supuesto que lo ha-
485
GODOFREDO G. LEIBNITZ
cían todo necesario. Cicerón dice en su libro De Fato, que Demócrito,
Heráclito195, Empédocles196 y Aristóteles han creído que el destino llevaba
consigo una necesidad; que otros han rechazado esto (alude quizá a Epicuro y a
los aca-démicos), y que Crisipo ha buscado un término medio. Creo que Cicerón
se engaña respecto de Aristóteles, quien reco-noció muy bien la contingencia y
la libertad, y aun ha ido demasiado lejos dicien-do (por inadvertencia, según
yo creo) que las proposiciones sobre los futuros contingentes no te-nían verdad
determinada; en cuyo punto no ha sido seguido, y con razón, por la mayor parte
de los escolásticos. Cleanes mismo, maestro de Crisipo, aunque sostuvo la
verdad de-terminada de los sucesos futuros, negaba su necesidad. Si los escolásticos,
persuadidos como es-taban de esta determina-ción de los futuros contingentes
(como lo estaban, por ejemplo, los padres de Coimbra, autores de un curso
célebre de filosofía), hubiesen visto el enlace de las co-sas, tal como el
sistema de la armonía general le da a conocer, hubieran creído que no se podía
admitir la certidumbre propia o la determinación de la futurición sin admitir
una predetermi-nación de la cosa en sus causas y en sus razones.
Heráclito, filósofo griego,
llamado el Oscuro, nació en Efeso hacia el año 544 antes de J. C. Se ignora la
época de su muerte. Compuso un tratado, Perí físeos que parece haber sido la
primera obra filosófica es-crita en prosa. Sobre Heráclito, véase a Diógenes
Laercio, 1. IX, y entre los modernos a Schleiermacher, Berlín, 1868.
Empédocles de Agrigento floreció
hacia el año 444 antes de J. C. Escribió numerosos poemas, uno de ellos el Perí
físeos del cual tenemos importantes fragmentos reunidos por Start en 1805, por
Peyrón en 1810, y por Simón Karten en su obra titulada: Empedoclis Agrigentini
carmi-num reliquioe; De vita ejus et studiis disseruit, fragmenta explicuit,
philo-sophiam ilustravit Simon Karsten.
486
TEODICEA
332. Cicerón ha tratado de
explicarnos el término me-dio de Crisipo; pero justo Lipsio197 ha observado en
su filo-sofía estoica, que el pasaje de Cicerón estaba truncado, y que Aulio
Gelio198 nos ha conservado todo el razonamiento del filósofo estoico (Hoct.
Att. 1. VI. c. II), y hele aquí en com-pendio. El destino es la conexión
inevitable y eterna de to-dos los sucesos. A esto se replica que entonces
resulta que los actos de la voluntad serán necesarios, y que viéndose los
criminales forzados al mal, no se les debe castigar. Crisipo responde, que el
mal procede de la primera constitución de las almas, la cual constituye una
parte de la serie fatal; que las que están bien constituídas naturalmente,
resisten mejor a las impresiones de las causas externas; pero que aquellas
cuyos defectos naturales no ha corregido la disciplina, se dejan pervertir.
Luego distingue, según Cicerón, entre las causas principales y las accesorias,
y se sirve de la comparación de un cilindro, cuya volubilidad y velocidad o
facilidad de mo-vimiento nace principalmente de su figura, mientras que si es
áspero y tosco sufre retardo. Sin embargo, tiene necesidad de ser impulsado,
como el alma tiene precisión de ser solicitada
Justo Lipsio, o más bien Joost
Lipos, ilustre erudito del siglo XVI, nació cerca de Bruselas en 1547 y murió
en 1616. - Sus principales es-critos filosóficos son: De Constantia Francfort,
1591, en 4°; Manudoc-trinis ad Stoicam philosophiam tres libri; Physiologiae
stoicorum tres libri, Amberes y París, en 4° y en 8°; Politicorum sive civilis
doctrinae libri sex, en 8°. Sus obras completas han sido publicadas en Amberes,
4 vol. en 8° y en Wesel en 1675.
Aulio Gelio, gramático y crítico
del siglo III, vivía en Roma bajo los reinados de Adriano y de Antonino, y
murió al principio del de Marco Aurelio. Su principal obra es Noctes Atticoe,
Roma, 1469; hay también una edición elzeviriana, Amsterdam, 1651, en 12°.
487
GODOFREDO G. LEIBNITZ
por los objetos de los sentidos, y recibe esta impresión según la
constitución en que se encuentra.
333. Cicerón cree que Crisipo se
confunde de tal ma-nera que, quiera o no quiera, viene a confirmar la necesidad
del destino. M. Bayle es, más o menos, de la misma opinión (Diccionario, art.
Crisipo, letra H.) Dice que este filósofo no sale el atascadero, puesto que el
cilindro es liso o tosco según el obrero lo ha hecho, y que, por tanto Dios, la
providencia, el destino, son las causas del mal, de tal modo que le harán
necesario. Justo Lipsio responde que, según los estoicos, el mal procede de la
materia; lo cual es, a mi parecer, como si diera que la piedra sobre que el
obrero ha trabajado, era al-gunas veces demasiado grosera o demasiado desigual
para que pudiera salir de ella un buen cilindro. M. Bayle cita con-tra Crisipo
los fragmentos de Onomaüs199 y de Diogenianus que Eusebio nos ha conservado en
la Preparación Evangéli-ca (libro VI, capítulo 8), y sobre todo, utiliza la
refutación de Plutarco en su libro contra los estoicos (art. Paulicianos letra
G), Pero esta refutación no es gran cosa. Plutarco pretende que valdría más
quitar el poder a Dios, que dejarle que per-mita los males; y no quiere admitir
que el mal pueda servir para un mayor bien. Puesto que, como ya hemos hecho
ver, Dios no deja de ser omnipotente, aun cuando sólo puede hacer lo mejor, en
lo cual va embebido el permiso del mal; y hemos demostrado más de una vez, que
el inconveniente que pueda encontrarse en una parte, puede servir para la
perfección del todo.
Onomaüs y Diogenianus,
conocidos sólo por los fragmentos citados por Eusebio
488
TEODICEA
334. Crisipo había ya hecho notar
algo de esto, no sólo en su libro IV, de la Providencia (en Aulio-Gelio, libro
VIII, capítulo 1), donde pretende que el mal sirve para hacer conocer el bien
(razón que no es suficiente en este caso), y más todavía, cuando se sirve de la
comparación de una pieza dramática, en su segundo libro de la naturaleza (como
el mismo Plutarco lo refiere), diciendo que hay algunas veces pasajes en una
comedia, que no valen nada por sí mismos, y que no dejan, sin embargo, de dar
gracia a todo el poema. Llama a estos pasajes, epigramas o inscripciones. No
cono-cemos bastante la naturaleza de la antigua comedia, para comprender este
pasaje de Crisipo; pero, puesto que Plutar-co está de acuerdo en el hecho se
puede creer que esta com-paración no era mala. Plutarco responde, en primer
lugar, que el mundo no es como una pieza escrita para recreo; pero esta es una
mala respuesta, porque la comparación recae sólo sobre esto: que una mala parte
puede hacer que el todo sea mejor. En segundo lugar, responde, que ése mal
pasaje que cita Crisipo, no es más que una parte de la comedia, al paso que la
vida humana es un hormiguero de males. Esta res-puesta tampoco vale nada,
porque debiera considerar que lo que nosotros conocemos es también una pequeñísima
parte del universo.
335. Pero volvamos al cilindro de
Crisipo. Tiene razón en decir que el vicio procede de la constitución orgánica
de algunos espíritus. Se le objeta que Dios los ha formado, y Crisipo sólo pudo
replicar que la imperfección nace de la materia, lo cual no ha permitido a Dios
hacerlo mejor. Pero esta réplica no vale nada, porque la materia en sí misma es
489
GODOFREDO G. LEIBNITZ
indiferente a todas las fuerzas, y Dios la ha hecho. El mal nace más
bien de las formas mismas, pero abstractas, es de-cir, de las ideas que Dios no
ha producido por un acto de voluntad, corno tampoco los números y las figuras
ni, en una palabra, todas las esencias posibles, que deben tenerse por eternas
y necesarias; porque se dan en la región ideal de los posibles, es decir, en el
entendimiento divino. Dios, por tanto, no es autor de las esencias, mientras no
son más que posibilidades; pero nada hay actual sin que Dios por su de-creto le
haya dado la existencia; y ha permitido el mal porque va envuelto en el mejor
plan que se encuentra en la región de los posibles que la sabiduría suprema no
podía menos de escoger. Esta noción satisface al mismo tiempo a la sabidu-ría,
al poder y a la bondad de Dios, sin impedir la entrada del mal. Dios da la
perfección a las criaturas en cuando puede consentirlo el Universo. Se impulsa
el cilindro, pero lo que tiene de áspero en su superficie pone límites a la
prontitud de su movimiento. Esta comparación de Crisipo no es dife-rente de la
nuestra, la del barco cargado que la corriente del río hace marchar, pero tanto
más lentamente cuanto mayor es la carga. Estas comparaciones tienden al mismo
fin, y esto hace ver que si conociéramos lo bastante las opiniones de los
antiguos filósofos, encontraríamos que eran más racionales que lo que se cree.
336. M. Bayle (art. Crisipo, letra
T.), alaba el pasaje de Crisipo, que Aulio Gelio expone en el mismo lugar, y en
el que este filósofo pretende que el mal viene por concomitan-cia. Esto se pone
también en claro en nuestro sistema; por-que hemos demostrado que el mal que
Dios ha permitido no
490
TEODICEA
fue un objeto de su voluntad, ni como fin ni como medio, sino tan sólo
como condición, puesto que debía ir envuelto en lo mejor. Sin embargo, es
preciso reconocer que el cilin-dro de Crisipo no contesta a la objeción de la
necesidad. Porque era preciso añadir, en primer lugar, que es debido a la
elección libre de Dios el que algunos posibles existan; y, en segundo, que las
criaturas racionales obran también libre-mente, conforme a su naturaleza
original, la que se encon-traba en las ideas eternas; y, por último, que el
motivo del bien inclina a la voluntad sin necesitarla.
337. La ventaja de la libertad que
se da en la criatura, está sin duda eminentemente en Dios; pero esto debe
enten-derse en cuanto es en verdad una ventaja, y en cuanto no presupone una
imperfección. Porque el poder engañarse y extraviarse es una desventaja; y
tener imperio sobre las pa-siones, es en verdad una ventaja, pero que presupone
una imperfección, a saber: la pasión misma de que es incapaz Dios. Escoto ha
tenido razón al decir que si Dios no fuese libre y no es-tuviese exento de la
necesidad, ninguna criatura lo sería. Pero Dios es incapaz de estar
indeterminado en ninguna cosa; no puede ignorar, no puede dudar, no puede
suspender su juicio; su voluntad siempre es fija, y no puede menos de estar
siempre por lo mejor. Dios no puede tener jamás una voluntad particular
primitiva, es decir, indepen-diente de las leyes o de las voluntades generales,
porque sería irracional. No puede determinarse o resolverse respecto de Adán,
de Pedro, de Judas, de ningún individuo, sin que exista una razón de esta determinación,
y esta razón conduce necesariamente a alguna enunciación general. El sabio obra
491
GODOFREDO G. LEIBNITZ
siempre por principios, obra siempre por reglas, y jamás por
excepciones, y sólo cuando las reglas concurren entre sí por tendencias
contrarias, es cuando la más fuerte supera a la otra; porque de otro modo, o se
impedirían ellas mutua-mente, o resultaría una tercera cosa, y en todos estos
casos, una regla sirve de excepción a otra, sin que haya jamás ex-cepciones
originales respecto de aquél que obra siempre regularmente.
338. Si hay gentes que creen que
la elección y la re-probación se verifican de parte de Dios por medio de un
poder absoluto despótico, no sólo sin ninguna razón visible, sino sin ninguna
verdadera, sostienen una opinión que des-truye a la vez la naturaleza de las
cosas y las perfecciones divinas. Semejante decreto absolutamente absoluto, por
de-cirlo así, sería sin duda insoportable; pero Lutero y Calvino han estado muy
distantes de esto; el primero espera que la vida futura nos hará comprender las
justas razones de la elección de Dios; y el segundo declara expresamente que
estas razones son justas y santas, aunque nos sean descono-cidas. Ya hemos
citado sobre este punto el tratado de Calvi-no sobre la predestinación; he aquí
sus propias palabras: "Dios, antes de la caída de Adán, había deliberado
sobre lo que tenía que hacer, y esto por causas que nos son descono-cidas...
Así, pues, ha tenido justas causas para condenar a una parte de los hombres,
pero están ocultas para nosotros."
339. Esta verdad, que todo lo que
Dios hace es racio-nal y no pude menos de ser lo mejor, tiene desde luego el
asentímiento de todos los hombres de buen sentido y, por decirlo así, arranca
su aprobacién. Sin embargo, es una fata-
492
TEODICEA
lidad ver a los más sutiles filósofos, sin pensar en ello y lle-vados
del calor de la polémica, chocar algunas veces con los primeros principios del
buen sentido, envolviéndolos en su terminología de modo que se desconocen. Ya
hemos visto cómo el excelente M. Bayle, no obstante toda su penetra-ción, no ha
dejado de combatir este principio que acabamos de sentar, principio que es un
resulta-do cierto de la perfec-ción suprema de Dios: ha creído que de-fendía la
causa de Dios, y le libraba de una necesidad imagina-ria, dejándole la libertad
de elegir, entre muchos bienes, el me-nor. Ya hemos hablado de M. Diroys y de
otros que han incu-rrido igual-mente en esta extraña opinión, y que ha tenido
de-masiados adeptos. Los que la sostienen no reparan en que eso es que-rer
conservar, o más bien, dar a Dios la falsa libertad de obrar irracionalmente.
Eso es sujetar sus obras a corrección, y ponernos en la imposibilidad de decir,
y aun de esperar, que pueda decirse cosa alguna que sea racional sobre el
per-miso del mal.
340. Esta extravagancia ha hecho
mucho daño a los ra-zonamientos de M. Bayle, y le ha privado del medio de salir
de muchos embarazos. Y esto tiene también lugar res-pecto de las leyes del
reino de la naturaleza. Las cree arbitra-rias e indiferentes, y objeta que Dios
habría podido llegar mejor a la consecución de su fin en el reino de la gracia,
si no se hubiera atenido a estas leyes, si se hubiera creído dispen-sado más
veces de seguirlas o, si se quiere, si hubiese forma-do otras. Lo mismo creía
respecto a la ley de la unión del alma con el cuerpo, porque está convencido,
como los carte-sianos modernos, de que las ideas de las cualidades sensibles
493
GODOFREDO G. LEIBNITZ
que da Dios (según ellos) al alma, con ocasión de los movi-mientos del
cuerpo, nada tienen que represente estos movi-mientos o que se les parezca; de
manera que era puramente arbitrario en Dios el darnos las ideas de calor, de
frío, de luz, etcétera, que experimentamos, o darnos otras absolutamente
distintas con esta misma ocasión. Me ha sorprendido mu-chas veces el ver que
personas tan entendidas hayan sido capaces de tener opiniones tan poco
filosóficas y tan contra-rias a las máximas fundamentales de la razón, porque
nada prueba tanto la imperfección de una filosofía como el verse el filósofo en
la necesidad de confesar que, según su sistema, pasa algo sin razón alguna, lo
cual vale tanto como la decli-nación de los átomos de Epicuro. Obre Dios u obre
la natu-raleza, la operación tendrá siempre sus razones. En las operaciones de
la naturaleza, estas razones dependerán, o de las verdades necesarias, o de las
leyes que Dios ha estimado más razonables; y las operaciones de Dios dependerán
de la elección de la suprema razón que le hace obrar.
341. M. Regis, célebre cartesiano,
sostuvo en su meta-física (Parte II, libro II, capítulo 29), que las facultades
que Dios ha dado al hombre son las más excelentes de que era capaz según el
orden general de la naturaleza. "Considerando sólo, dice, el poder de Dios
y la naturaleza del hombre en sí mismos, es muy fácil concebir que Dios haya
podido hacer al hombre más perfecto; pero si se considera tal hombre, no en sí
mismo y separado del resto de las criaturas, sino como un miembro del universo
y como una parte sometida a las leyes generales del movimiento, se verá uno
precisado a reconocer que el hombre es tan perfecto como ha podido serlo."
Y
494
TEODICEA
añade, "que nosotros no concebimos que haya podido Dios emplear un
medio más propio que el dolor para conservar nuestro cuerpo." M. Regis
tiene razón en general para decir que Dios no puede obrar mejor de lo que ha
obrado con relación al todo. Y aunque probablemente hay en algunos puntos del
Universo animales racionales más perfectos que el hombre, puede decirse que
Dios ha tenido razón para crear toda clase de especies, unas más perfectas que
otras. Y no es quizá imposible que en algún punto haya una especie de animales
muy semejantes al hombre, que sean más per-fectos que nosotros. Y hasta puede
suceder, que el género humano llegue con el tiempo a alcanzar una perfección
mu-cho mayor que la que podemos imaginarnos al presente. Por tanto, las leyes
del movimiento no impiden que el hombre se haga más perfecto; pero el puesto
que Dios le ha asignado en el espacio y en el tiempo, limita las perfecciones
que ha podido recibir.
342. Dudo también con M. Bayle,
que el dolor sea ne-cesario para advertir a los hombres del peligro. Pero este
autor lleva demasiado allá su objeción. (Respuesta a un pro-vinciano, cap. 27,
tomo II, página 104). Cree al parecer que un sentimiento de placer podría
causar el mismo efecto, y que para impedir a un niño aproximarse demasiado al
fuego, Dios podía darle ideas de placer a medida que de él se aleja-ra. Este
expediente no parece muy practicable respecto de todos los males, como no fuera
por milagro; está más en el orden que lo que causaría mal, si estuviese más
próximo, cause cierto presentimiento del mal; cuando lo está un poco menos. Sin
embargo, reconozco que este presentimiento
495
GODOFREDO G. LEIBNITZ
podría ser algo menos que el dolor, y así sucede ordinaria-mente. De
manera que parece que el dolor no es necesario para evitar el peligro presente;
suele servir más bien de casti-go cuando se está efectivamente comprometido en
el mal, y de aviso para no volver a caer en él. Hay también muchos males
dolorosos, que no depende de nosotros el evitarlos. Y como una solución de la
continuidad de nuestro cuerpo es resultado de muchos accidentes que nos pueden
sobrevenir, es natural que esta imperfección del cuerpo sea representada por
algún sentimiento de imperfección en el alma. Sin em-bargo, yo no trato de
responder que no pueda haber en el universo animales cuya estructura fuese
bastante complicada para hacer que esta solución vaya acompañada de un
senti-miento indiferente, como cuando se corta un miembro gan-grenado, y hasta
de un sentimiento de placer, como si uno no hiciera más que rascarse, porque la
imperfección que acompaña a la solución del cuerpo podría dar lugar al
senti-miento de una perfección más grande, que se viese suspen-dida o detenida
por la cesación de la continuidad, y en este concepto el cuerpo sería como una
prisión.
343. Nada obsta igualmente a que
haya animales en el Universo, semejantes al que Cyrano de Bergerac encontró en
el sol. El cuerpo de este animal seria una especie de flúido compuesto de una
infinidad de pequeños animales capaces de colo-carse según los deseos del gran
animal, el cual por este medio se transformaba en un momento según quería,
haciéndole la solución de continuidad el mismo daño que el que cause al mar el
choque del remo. Mas estos animales no son hombres; no están en nuestro globo,
en el siglo en que
496
TEODICEA
vivimos, y el plan de Dios no ha podido menos de colocar en este mundo
un animal racional vestido de carne y hueso, cuya estructura hace ver que es
susceptible de dolor.
344. Pero M. Bayle se opone a esto
además por otro principio, de que ya hemos dicho algo. Cree, al parecer, que
las ideas que el alma concibe con relación a las sensaciones del cuerpo, son
arbitrarias; y, por tanto, que Dios pudo hacer que la solución de continuidad
nos causase placer. Pretende hasta que las leyes del movimiento son enteramente
arbitra-rias. "Desearía saber, dice (capítulo 166, tomo III, página 108),
si Dios ha establecido por un acto de su libertad de independencia las leyes
generales de comunicación de los movimientos, y las le-yes particulares de la
unión del alma humana con un cuerpo organizado. En este caso, ha podido
establecer otras leyes completamente distintas, y adoptar un sistema en que no
estuvieran incluídos ni el mal moral, ni el mal físico. Y si se responde que
Dios se ha visto precisado por la soberana sabi-duría a establecer las leyes
que ha esta-blecido, he aquí por entero el fatum de los estoicos. La sabi-duría
habrá señalado a Dios un camino, del que le hubiera sido tan imposible
separarse como el destruirse a sí mismo." Esta objeción ya ha sido
rebatida suficientemente; esta nece-sidad no es más que moral, y es siempre una
necesidad di-chosa el verse obligado a obrar según las reglas de la perfecta
sabiduría.
345. Por otra parte, me parece que
la razón que hace creer a muchos que las leyes del movimiento son arbitrarias,
nace de que son pocos los que se han consagrado a estu-diarlas. Sabemos ya que
M. Descartes se ha equivocado y
497
GODOFREDO G. LEIBNITZ
mucho al establecerlas. Yo he hecho ver de una manera de-mostrativa, que
la conservación de la misma cantidad de movimiento no puede tener lugar; pero
hallo que se conser-va la misma canti-dad de fuerza, tanto absoluta como
direc-tiva y respectiva, total y parcial. Mis principios, que en este punto
llegan hasta donde se puede llegar, no han sido aún publicados íntegramente;
pero los he comunicado a algunos amigos muy capaces de juzgarlos; y les han
prestado su aprobación, y han convertido a algunas otras personas de saber y de
reconocido mérito. He descubierto al mismo tiempo, que las leyes del movimiento
que se encuentran efectivamente en la naturaleza, y están comprobadas por
experiencias, no son en verdad ab-solutamente demostra-bles, como lo sería una proposición
geo-métrica, y no hay necesidad de que lo sean. No nacen ellas enteramente del
principio de la necesidad, sino que nacen del principio de la perfección y del
orden, como que son un efecto de la elec-ción y de la sabiduría de Dios. Puedo
demostrar estas leyes de muchas maneras, pero siempre es preciso suponer algo
que no es de una necesidad absolutamente geométrica. De manera que estas
preciosas leyes son una prueba maravillosa de la existencia de un ser
inteligente y libre contra el sistema de la necesidad absoluta y bruta de
Estratón o de Espinoza.
346. Yo hallo que se puede dar
razón de estas leyes, suponiendo que el efecto siempre es igual en fuerza a su
causa, o lo que es lo mismo, que la misma fuerza se conserva siempre; pero este
axioma de una filosofía superior no se puede demostrar geométricamente. Pueden
emplearse otros principios de naturaleza semejante; por ejemplo, el de que la
498
TEODICEA
acción es siempre igual a la reacción, el cual supone en las cosas una
repugnancia al cambio externo, y que no podría salir ni de la extensión ni de
la impenetrabilidad; y este otro principio, que un movimiento simple tiene las
mismas pro-piedades que podría tener un movimiento compuesto que produzca los
mismos fenómenos de traslación. Estas suposi-ciones son muy plausibles, y
sirven para explicar las leyes del movimiento; nada más conveniente que esto,
tanto más cuanto que se encuentran juntas; pero ninguna necesidad absoluta hay
aquí que nos fuerce a admitirlas, como se ve uno forzado a admitir las reglas
de la lógica, de la aritmética y de la geometría.
347. Teniendo en cuenta la
indiferencia de la materia respecto del movimiento y del reposo, parece que el
cuerpo mayor en reposo puede ser arrastrado sin ninguna resistencia por el
cuerpo menor que esté en movimiento; en cuyo caso habrá acción sin reacción, y
un efecto mayor que su causa. Ninguna necesidad hay tampoco de decir del
movimiento de una bola que corre libremente sobre un plano horizontal y liso
con cierto grado de velocidad, llamado A, qué este mo-vimiento debe tener las
propiedades del que ella tendría si marchase menos veloz en una barquilla que
se moviese por sí misma en la misma dirección con el resto de la velocidad,
para hacer que el globo, mirado desde la otra orilla, avance con el mismo grado
de velocidad A. Porque aun cuando resulte la misma apariencia de velocidad y de
dirección por medio de la barquilla, no por eso es la misma cosa. Sin em-bargo,
sucede que los efectos del concurso de los globos en la barquilla, cuyo
movimiento en cada uno aparte, unido al
499
GODOFREDO G. LEIBNITZ
del barco, da la apariencia de lo que sucede fuera de él, da igualmente
la apariencia de los efectos que estos mismos globos concurrentes harían fuera
del barco. Esto es muy bello, pero no se ve que sea absolutamente necesario. Un
movimiento en los dos catetos del triángulo rectángulo, componen un movimiento
en la hipotenusa; pero no se si-gue de aquí que un globo movido en la
hipotenusa, deba hacer el efecto de dos globos de su magnitud movidos en los
dos catetos; sin embargo, esto resulta verdadero. Nada más conveniente que este
resultado, y Dios ha escogido las leyes que le producen; pero no se ve en ello
ninguna necesidad geométrica. No obstante, esta falta misma de necesidad
real-za la belleza de las leyes que Dios ha escogido, en las que se encuentran
muchos preciosos axiomas reunidos, sin que pueda decirse cuál es el más
primitivo.
348. He hecho ver también que aquí
tiene lugar esta preciosa ley de continuidad que quizá he sido yo el primero en
mostrarla, y que es una especie de piedra de toque cuya prueba no podrían
soportar las reglas de M. Descartes, del padre Fabry, del padre Pardies200, del
padre Malebranche y otros, como he hecho ver en parte en otra ocasión, en las
Nuevas de la república de las letras de M. Bayle. En virtud de esta ley es
preciso que se pueda considerar el reposo co-mo un movimien-to que se desvanece
después de haberse
P. Pardies, geómetra del siglo
XVII, nació en 1636 en Pau, y murió en 1673, a la edad de 37 años. Escribió:
Disertatio de motu et natura come-tarum, Burdeos, 1665, en 12°; Discurso sobre
el movimiento social, París, 1670; Discurso sobre el conocimiento de las
bestias, 1672, en 12°; Carta de un filósofo a un cartesiano, 1672, en 12°;
Estática o ciencia de las fuerzas motrices, 1673, en 12°.
500
TEODICEA
disminuido continua-mente; y la igualdad, como una desi-gualdad que se
desvanece asimismo, como sucedería por la disminución continua del ma-yor de
los dos cuerpos desi-guales, mientras que el menor conservaba su magnitud; y es
preciso que como resultado de esta consideración, la regla general de los
cuerpos en movimiento sea aplicable a los cuerpos iguales o a los cuerpos, uno
de los cuales está en reposo, como a un caso particular de la regla, lo cual se
veri-fica conforme a las verdaderas reglas de los mo-vimientos, y no se logra
dentro de ciertas leyes inventadas por M. Des-cartes y otros pensadores
entendidos, que sólo por esto in-curren en ciertos desconciertos, de manera que
puede predecirse que la experiencia no vendrá en su apoyo.
349. Estas consideraciones
muestran que las leyes de la naturaleza que regulan los movimientos, no son ni
abso-lutamente necesarias, ni enteramente arbitrarias. Hay que tomar un término
medio, y decir que son una elección de la más perfecta sabiduría. Este gran
ejemplo de las leyes del movimiento hace ver patentemente la diferencia que hay
entre estos tres casos, a saber: primero, una necesidad abso-luta, metafísica o
geométrica, que se puede llamar ciega, y que no depende de las causas
eficientes; segundo, una nece-sidad moral, que nace de la elección libre de la
sabiduría con relación a las causas finales; y tercero, algo de absolutamente
arbitrario dependiente de una indiferencia de equilibrio que se imagina, pero
que no puede existir, y en lo que no hay razón alguna suficiente, ni en la
causa eficiente, ni en la causa final. Por consiguiente, no hay motivo ninguno
para con-fundir lo que es absolutamente necesario con lo que es de-
501
GODOFREDO G. LEIBNITZ
terminado por la razón de lo mejor, para confundir la liber-tad que se
determina por la razón con una in-diferencia vaga.
350. Justamente esto resuelve la
dificultad de M. Bayle, el cual teme que si Dios se ve siempre determinado,
podría la naturaleza pasarse sin él, y producir el mismo efecto que se atribuye
a Dios por la necesidad del orden de las cosas. Esto sería cierto si, por
ejemplo, las leyes del movimiento y todo lo demás tuviesen su origen en una
necesidad geomé-trica de causas eficientes; pero nos encontramos con que en el
último aná-lisis nos hemos visto obligados a recurrir a algo que depende de las
causas finales o de la conveniencia. Y esto arruina el fundamento más especioso
de los naturalistas. El doctor Juan Joaquín Becherus201, médico alemán,
conoci-do por sus libros de química, escribió una oración que debió
satisfacerle cumpli-damente. Comenzaba: O Sancta mater Natura, aeterne rerum
ordo (Oh Santa Madre naturaleza, eterno orden de las cosas); y venía a parar en
que esta natu-raleza debía perdonarle sus defectos, puesto que ella misma era
la causa de ellos. Pero la naturaleza de las cosas, tomada sin inteligencia y
sin elección, no tiene nada que sea bastante determinante. M. Becher no
consideraba que es imprescin-dible que el autor de las cosas (Natura naturans)
sea bueno y sabio, y que nosotros podemos ser malos, sin que sea él cómplice de
nuestras maldades. Cuando existe un hombre malo, es preciso que Dios haya
encontrado en la región de los posibles la idea de semejante hombre, la cual
entraba en
Juan Joaquín Becherus, nació en
Espira en 1635 fué profesor de me-dicina en Maguncia en 1668, y murió en
Londres en 1682. Escribió sobre toda clase de asuntos: Organon philologium;
Edipus chimicus; Psycho-sophia; Physica subterranea.
502
TEODICEA
la serie de cosas cuya elección ha sido exigida por la mayor perfección
del universo, en el cual las faltas y los pecados son, no sólo castigados, sino
también reparados con ventaja, y contribuyen a un bien mayor.
351. M. Bayle, sin embargo, ha
dado una extensión un poco excesiva a la elección libre de Dios; y al hablar
del peri-patético Estratón (Respuesta a un provinciano, capítulo 180, página
1239, tomo III), quien sostenía que todo habrá sido pro-ducido por la necesidad
de una naturaleza destituída de inte-ligencia, dice, que si a este filósofo se
le hubiera pre-guntado por qué un árbol no tiene fuerza para formar hue-sos y
venas, habría podido preguntar él a su vez: "¿Por qué la materia tiene
precisamente tres dimensiones? ¿Por qué no le han bastado dos? ¿Por qué no
tiene cuatro? Si se le hubiese respondido que la materia no puede tener ni más
ni menos de tres dimensiones, hubiera preguntado cuál era la causa de esta
imposibilidad." Estas palabras dan lugar a pensar que M. Bayle sospechaba
que el número de las dimensiones de la materia dependía de la elección de Dios,
como ha dependido de él el hacer o no hacer que los árboles produjesen
anima-les. En efecto: ¿quién sabe si hay globos planetarios, o tierras colocadas
en algún paraje más lejano del Universo, en donde las fábulas de los bernachos
de Escocia (pájaros que se decía que nacían de los árboles), sea verdadera, y
si hay países donde pueda decirse:
. . . Populos umbrosa creavit
Fraxinus, et feta viridis puer excidit alno?
503
GODOFREDO G. LEIBNITZ
(. . . ¿Creó el umbroso fresno a los pueblos, y salió del frondoso álamo
el tierno niño?)
Mas no sucede así con las dimensiones de la materia; el número ternario
está determinado, no por la razón de lo mejor, sino por una necesidad
geométrica; porque los geó-metras han demostrado que sólo hay tres líneas
rectas per-pendiculares entre sí que puedan cortarse en un mismo punto. Nada
pudo escogerse mas propio que esto para hacer ver la diferencia que hay entre
la necesidad moral, que crea la elección del sabio, y la necesidad bruta de
Estrabón y de los espinocistas, que niegan a Dios el entendimiento y la
volun-tad, y que hace que se advierta la diferencia que hay entre la razón de
las leyes del movimiento y la razón del número ternario de las dimensiones,
puesio que consiste la primera en la elección de lo mejor, y la segunda en una
necesidad geométrica y ciega.
352. Después de haber hablado de
las leyes de los cuer-pos, es dCcir, de las reglas del movimiento, pasemos a
las leyes de la unión del alma y del cuerpo, en las que M. Bayle cree hallar
alguna indiferencia vaga, algo absoluta-mente arbitrario. He aquí cómo habla de
ellas en su Res-puesta a un provinciano (capítulo 84, página 173, tomo III):
"Es una cuestión embarazosa la de si los cuerpos tienen al-guna virtud
natural de causar mal o bien al alma del hombre. Si se responde que sí, es
meterse en un intrincado laberinto, puesto que, siendo el alma del hombre una
sustancia inmate-rial, habría que decir que el movimiento local de ciertos
cuerpos es una causa eficiente de los pensamientos de un
504
TEODICEA
espíritu, lo cual es contrario a las nociones más evidentes de la
filosofía. Si se responde que no, se verá uno precisado a reconocer que la
influencia de nuestros órganos sobre nues-tros pensamientos no depende ni de
las cualidades interiores de la materia ni que las leyes del movimiento, sino
de una institución arbitraria del Creador. Será preciso confesar que ha
dependido absolutamente de la libertad de Dios el ligar tales pensamientos de
nuestra alma con tales o cuales modi-ficaciones de nuestro cuerpo, después de
haber fijado todas las leyes de la acción de unos cuerpos sobre otros. De donde
resulta que en el Universo no hay ninguna porción de la materia, cuya vecindad
nos pueda perjudicar, sino en cuanto Dios lo quiere así; y, por consiguiente,
que la Tierra, lo mis-mo que cualquier otro punto, es capaz de ser la estancia
del hombre dichoso. En fin, es evidente que para impedir las malas elecciones
de la libertad, no hay necesidad de trans-portar al hombre fuera de la Tierra.
Dios podría hacer en la Tierra y respecto de todos los actos de la voluntad, lo
que hace en cuanto a las buenas obras de los predestinados, cuando fija su
feliz resultado, sea por medio de gracias efica-ces, sea por medio de gracias
suficientes, que, sin causar nin-gún perjuicio a la libertad, van siempre
seguidas del consentimiento del alma. Tan fácil le sería producir en la Tierra
como en el cielo la determinación de nuestras almas a una buena elección."
353. Estoy de acuerdo con M. Bayle
en que Dios pudo poner un orden tal en los cuerpos y en las almas sobre este
globo de la Tierra, ya valiéndose de vías naturales, ya de gra-cias
extraordinarias, que hubiera sido un paraíso perpetuo y
505
GODOFREDO G. LEIBNITZ
un precursor del estado celeste de los bienaventurados; y nada empece
que existan tierras más afortunadas que la nuestra; pero Dios ha tenido muy
buenas razones para que-rar que la nuestra sea tal como es. Sin embargo, para
probar que un estado mejor hubiera sido posible en este mundo, M. Bayle no
tenía necesidad de recurrir al sistema de las causas ocasionales, sistema lleno
de milagros y de suposiciones y que carece de toda razón, según confiesan sus
mismos auto-res, resultando en él dos defectos que le alejan mucho de la
verdadera filosofía. Sorprende, en primer lugar, que M. Bayle no se haya
acordado del sistema de la armonía preestableci-da, que había examinado en otro
tiempo, y que tan a propó-sito venía en este caso. Pero como en este sistema
todo está ligado y es armónico, todo marcha fundado en razones y nada se deja
en blanco o a la temeraria discreción de la pura y plena indiferencia, esto no
acomodaba a M. Bayle, preve-nido hasta cierto punto en favor de estas
indiferencias, que, sin embargo ha combatido tan bien en otras ocasiones.
Por-que M. Bayle pasaba fácilmente de lo blanco a lo negro, no por mala
intención o contra su conciencia, sino porque no tenía todavía en su espíritu
ideas fijas sobre la cuestión de que se trataba. Tomaba lo que le parecía para
salir al en-cuentro del adversario que tenía en frente, no siendo otro su fin
que el poner en aprieto a los filósofos y hacer ver la debi-lidad de nuestra
razón; y creo que ni Arcesilao ni Carnéades sostuvieron nunca el pro y el
contra con más elocuencia ni con más ingenio. Pero, en fin, jamás se debe dudar
por du-dar, aunque es preciso que las dudas nos sirvan como de paso para llegar
a la verdad. Esto mismo dije muchas veces
506
TEODICEA
al difunto abate Foucher, el cual, en algunos pasajes, tuvo propósito de
hacer en favor de los académicos lo que Lipsio y Scioppio202 habían hecho en
favor de los estoicos, M. Gas-sendi por Epicuro, y lo que M. Dacier ha
comenzado a hacer por Platón, o es justo que se eche en cara a los verdaderos
filósofos lo que el famoso Casaubón respondió a los que le enseñaban la sala de
la Sorbona diciéndole que allí se había discutido durante algunos siglos: ¿y
qué conclusiones se sa-caron?, les contestó:
354. M. Bayle prosigue diciendo
(página 166): "Es cierto que después que han sido establecidas las leyes
del movimiento en la forma que las vemos en el mundo, es de toda necesidad que
si con un martillo se golpea sobre una nuez, la rompa, y que si una piedra cae
sobre el pie de un hombre, le cause alguna contusión o alguna dislocación. Pero
he ahí todo lo que puede seguirse de la acción de esta piedra sobre el cuerpo
humano. Si queréis que además de esto excite un sentimiento de dolor, es
preciso suponer el establecimiento de otro código distinto del que regula la
acción y la reacción de unos cuerpos sobre otros; es preciso, digo, recurrir al
sistema particular de las leyes de la unión del alma con ciertos cuerpos, Ahora
bien: corno este sistema no está necesariamente ligado con el otro, la
indiferencia de Dios no cesa con relación al uno, después de la elección que ha
hecho del otro. Ha combinado, por tanto, estos dos sis-temas con plena
libertad, como dos cosas que no se subsi-
Scioppius o Schoppe (Gaspar),
nació en New-Marck, en el alto Palati-nado, en 1576. Escribió: Elementa
philosophice stoicae moralis, en 8°, Maguncia, 1606; Fragmenta poedagogiae
regiae, en 4°, Milán, año 1621.
507
GODOFREDO G. LEIBNITZ
guen naturalmente. Por consiguiente, por medio de un de-creto arbitrario
ha ordenado que las heridas del cuerpo exci-ten el dolor en el alma con el
cuerpo. Pudo elegir uno en el que las heridas excitasen sólo la idea del
remedio, y un deseo vivo, pero agradable, de aplicarlo. Pudo establecer, que
todos los cuerpos capaces de romper la cabeza de un hombre o de herirle el
corazón, excitaran una viva idea del peligre, y que esta idea fuese causa de
que el cuerpo se trasladase pronta-mente a otro punto fuera del alcance del
golpe. Todo esto se habría hecho sin intervención del milagro, puesto que todo
elle se hubiera arreglado por leyes generales. El sistema que nosotros
conocemos por experiencia, nos dice que la deter-minación del movimiento de
ciertos cuerpos, cambia en virtud de nuestros deseos. Ha sido, pues, posible
que hubiera habido una combinación entre nuestros deseos y el movi-miento de
ciertos cuerpos por la que los jugos nutritivos se modificasen de tal manera,
que jamás experimentara altera-ción la buena disposición de nuestros
órganos."
355. Se ve que M. Bayle cree que
todo lo que se verifi-ca por leyes generales, se hace sin milagro. Pero ya he
de-mostrado claramente, que si la ley no está fundada en razón, y no sirve para
explicar el suceso por la naturaleza de las cosas, sólo puede ejecutarse por
milagro. Así, por ejemplo, si Dios hubiera ordenado que los cuerpos se movieran
en línea circular, hubiera necesítado de milagros perpetuos o del mi-nisterio
de los ángeles, para ejecutar esta orden, porque es contrario a la naturaleza
del movimiento, según el cual el cuerpo abandona naturalmente la línea
circular, para conti-nuar en la recta tangente, si nada le contiene. No basta,
por
508
TEODICEA
lo tanto, que Dios ordene simplemente que una herida excite una
sensación desagradable; es preciso encontrar medios naturales para esto. El
verdadero medio que Dios emplea para que el alma tenga sensación de lo que pasa
en el cuerpo, nace de la naturaleza de aquélla, que es representativa de los
cuerpos, y está hecha de antemano de tal manera, que las representaciones que
nazcan en ella, las unas de las otras, por una serie natural de pensamientos,
corresponden al cambio de los cuerpos.
356. La representación tiene una
relación natural con lo que debe ser representado. Si Dios hiciese representar
la figura redonda de un cuerpo por la idea de un cuadro, sería una
representación poco adecuada; porque aparecerían án-gulos o eminencias en la
representación, mientras que todo sería igual y uniforme en el original. La
representación, cuando es imperfecta, suprime muchas veces algo en los objetos;
pero no puede añadir nada, porque esto no la haría más perfecta, sino
contrahecha. Además de que la supresión jamás es completa en nuestras
percepciones, y que hay en la representación, en tanto que confusa, más de lo
que vemos en ella. Y así se podría creer que las ideas del calor, del frío, de
los colores, etcétera, no hacen más que representar los pequeños movimientos
excitados en los órganos, cuando se sienten estas cualidades, aunque la
multitud y la pequeñez de estos movimientos impiden tener una representación
distinta de ellos. Sucede poco más o menos como cuando no distin-guimos lo azul
y lo amarillo que entran así en la representa-ción como en la combinación del
verde, cuando el
509
GODOFREDO G. LEIBNITZ
microscopio hace ver que lo que parece verde se compone de partes azules
y amarillas.
357. Es cierto que la misma cosa
puede ser represen-tada diferentemente; pero tiene que haber siempre una
rela-ción exacta entre la representación y la cosa, y, por consi-guiente, entre
las diferentes representaciones de una cosa. Las proyecciones de perspectiva
que convierten el círculo en sec-ciones cónicas, hacen ver que un mismo círculo
puede ser re-presentado por una elipse, por una parábola, por una hipérbola y
hasta por cualquier otro círculo, y por una línea recta o por un punto. No
puede darse cosa más diferente ni más desemejante que estas figuras, y, sin
embargo, hay una cierta relación exacta de cada punto con cada punto. De igual
modo es preciso reconocer que cada alma se representa el universo según su
punto de vista, y mediante una relación que le es propia; pero subsiste siempre
en ella una perfecta armonía. Y si Dios hubiera querido hacer representar la
so-lución de continuidad del cuerpo por una sensación agrada-ble en el alma, no
habría dejado de hacer que esta solución misma sirviera a alguna perfección en
el cuerpo, dándole un nuevo alivio, como cuando se alivia a uno de algún peso,
o se le libra de alguna ligadura. Pero esta clase de cuerpos or-ganizados,
aunque posibles, no se encuentran en nuestro globo, el cual carece, sin duda,
de una infinidad de invencio-nes que Dios ha podido poner en práctica en otros
puntos; sin embargo, basta con que, atendido el lugar que nuestra Tierra ocupa
en el Universo, no se haya podido hacer por ella cosa mejor que lo que Dios ha
hecho. El se sirve lo me-jor que es posible de las leyes de la naturaleza que
ha estable-
510
TEODICEA
cido y (como M. Regis lo ha reconocido en el mismo pasaje), "las
leyes que Dios ha establecido en la naturaleza, son las más excelentes que es
posible concebir."
358. Unamos a lo dicho la
observación consignada en el Diario de los Sabios de 16 de marzo de 1705, que
M. Ba-yle ha insertado en el cap. 152 de la Respuesta a un provin-ciano, (t.
III, p. 1038). Se trata del extracto de un libro moderno, muy ingenioso, sobre
el Origen del mal, de que ya hemos hablado antes. Dice "que la solución
general respecto del mal físico que este libro da, consiste en que es preciso
considerar el Universo como una obra compuesta de diver-sas piezas que forman
un todo; que según las leyes estableci-das en la naturaleza, algunas partes no
podían ser mejores sin que otras fuesen peores, y sin que dejara de resultar un
sis-tema entero menos perfecto. Este principio, se dice, es bue-no; pero si no
se le añade nada, no parece suficiente. ¿Por qué Dios ha establecido leyes de
que nacen tantos inconve-nientes? -dirán los filósofos difíciles de contentar-.
¿No ha podido establecer otras que no estuvieran sujetas a tales de-fectos? Y
acortando razones, ¿por qué se ha prescrito Dios a sí mismo leyes? ¿Por qué no
obró sin leyes generales valién-dose de todo su poder y de toda su bondad?
"El autor no ha llevado la dificultad hasta este punto, y no es
porque discerniendo sus ideas no se encontrara quizá el medio de resolver la
duda; pero él no lo ha desenvuelto por sí."
359. Imagino que el entendido
autor de este extracto, cuando creyó que se podía resolver la dificultad, tuvo
en su mente algo aproximado en este punto a mis principios, y si
511
GODOFREDO G. LEIBNITZ
hubiera querido explicarse en este pasaje, es seguro que ha-bría
contestado probablemente como M. Regis, que R las leyes que Dios ha establecido
son las más excelentes que era posible establecer; y hubiese reconocido al
mismo tiempo, que Dios no podía menos de establecer leyes y sentar regias,
porque las leyes y las reglas son las que constituyen el orden y la belleza;
que obrar sin reglas, sería obrar sin razón, y que por haber Dios puesto en
acción toda su bondad, por eso el ejercicio de su omnipotencia ha sido conforme
con las leyes de su sabiduría, para obtener el mayor bien a que era posible
aspirar; y,en fin, que la existencia de ciertos inconvenientes particulares,
que nos llaman la atención, es una señal cierta de que el mejor plan no
permitiría que se suprimieran, como que sirven para la realización del bien
total; razonamiento con el que está de acuerdo M. Bayle en muchos pasajes.
360. Ahora que hemos hecho ver
claramente que todo se hace por razones determinadas, no puede ya encontrarse
dificultad respecto del fundamento de la presciencia de Dios; porque aun cuando
estas determinaciones no fuerzan o ne-cesitan, no dejan por eso de ser ciertas
y de hacer que se prevea lo que habrá de suceder. Es cierto que Dios ve de un
golpe toda la trabazón del universo cuando lo escoge, y que por tanto, no tiene
necesidad del enlace de los efectos con las causas para prever estos efectos.
Pero haciéndole su sabi-duría escoger una serie perfectamente ligada, no puede
me-nos de ver una parte de la serie en la otra. Una de las reglas de mi sistema
de la armonía general es, que lo presente está preñado de lo porvenir, y que el
que lo ve todo, ve en lo que existe lo que existirá. Pero más aún; he afirmado
de una ma-
512
TEODICEA
nera demostrativa que Dios ve en cada parte del Universo el Universo
todo entero, a causa de la perfecta conexión que hay entre las cosas. Dios es
infinitamente más penetrante que Pitágoras, que formó juicio de la talla de
Hércules por la medida de la huella de su pie. No hay que dudar que los efectos
se siguen de sus causas de una manera determinada, no obstante la contingencia
y aun la libertad, las cuales no dejan de sub-sistir con la certidumbre o
determinación.
361. Durando de San Porciano,
entre otros, ha obser-vado muy bien esto mismo, cuando dice que los futuros
contingentes se ven de una manera determinada en sus cau-sas, y que Dios, que
lo sabe todo, viendo todo lo que podrá estimular o re-pugnar la voluntad, verá
por ello el partido que ella tomará. Podría citar otros muchos autores que han
dicho lo mismo; ni tampoco permite la razón que se piense de otra manera. M.
Jaquelot indica también (conform. p. 310), como M. Bayle observa (Respuesta a
un provinciano, cap. 142, t. III, pág. 796), que las disposiciones del corazón
humano y las de las circunstancias hacen que Dios conozca infaliblemente la
elección que el hombre hará. M. Bayle aña-de que algunos molinistas dicen lo
mismo, y remite al lector a los que se citan en la Suavis concordia de Pedro de
Saint-Joseph, en las páginas 579 y 580.
362. Los que han confundido esta
determinación con la necesidad, han forjado monstruos a fin de combatirlos
después. Para evitar o apartar una cosa racional que han en-mascarado, dándole
una fisonomía horrible, han caído en los mayores absurdos. Temerosos de verse
obligados a admitir una necesidad imaginaria, o por lo menos, distinta de ésta
de
513
GODOFREDO G. LEIBNITZ
que se trata, han admitido algo que sucede sin que tenga ninguna causa
ni razón alguna; lo cual equivale a la declina-ción ridícula de los átumos, que
Epicuro hacía que tuviera lugar sin razón que lo justificara. Cicerón, en su
libro de la Adivinación, ha visto claramente que si la causa pudiera pro-ducir
un efecto respecto del cual fuese enteramente indife-rente, resultaría un
verdadero azar, una verdadera fortuna, un caso fortuito positivo, es decir, que
lo sería, no sólo con relación a nosotros y a nuestra ignorancia, según la
cual, puede decirse:
Sed te
Nos facimus, fortunam, Deam, coeloque locamus,
(Pero a ti
te convertimos en fortuna, en Diosa, y te colocamos en el cielo).
sino también con relación a Dios y a la naturaleza de las co-sas, y, por
consiguiente, sería imposible prever los sucesos juzgando del porvenir por el
pasado. Dice también con ra-zón en el mismo pasaje: "Qui potest providere,
quicquam futurum esse, quod neque causam habet ullam, neque no-tam, cur futurum
sit?" (¿Quién puede prever que ha de ocu-rrir una cosa, que no tiene causa
alguna ni ésta es conocida, ni por qué ha de ocurrir?), y un poco después:
"nihil est tam contrarium rationi et constantioe, quam fortuna; ut mihi ne
in Deum quidem cadescit, ceerte illud evenient; sin certe evenient, nulla
fortuna est." (nada es tan contrario a la razón
514
TEODICEA
y a la constancia como la fortuna; que yo no vea que efecti-vamente va a
aparecer a Dios, que éste sepa que una cosa ha de ocurrir por casualidad y
fortuitamente. Porque si lo sabe, ciertamente acaecerá; si ciertamente ha de
acaecer, no hay ninguna fortuna). Si lo futuro es cierto, no hay fortuna o
azar. Pero añade indebidamente: "Est autem fortuna; rerum igitur
fortuitarum nulla praesensio est." (Pero existe la fortu-na; pues no se da
presentimiento alguno de las cosas fortui-tas). Hay una fortuna o azar cuyos
sucesos futuros no pueden ser previstos. Más bien debía concluir que, estando
determinados y previstos los sucesos, no hay fortuna o azar. Pero Cicerón
hablaba entonces contra los estoicos, aunque dirigiéndose a un académico.
363. Los estoicos deducían ya de
los decretos de Dios la previsión de los sucesos. Porque, como Cicerón dice en
el mismo libro: "Sequitur porro nihil Deos ignorare, quod om-nia ab iis
sint constituta." (Se sigue con verdad que los dioses nada ignoran, que
todo ha sido creado por ellos). Y según mi sistema, habiendo Dios visto el
mundo posible que ha re-suelto criar, todo lo ha previsto de manera que puede
decirse que la ciencia divina de visión no difiere de la ciencia de simple
inteligencia, sino en cuanto añade ésta a la primera el convencimiento del
decreto efectivo de escoger este encade-namiento de cosas que la simple
inteligencia daba ya a cono-cer, pero sólo como posible; y este decreto
constituye al presente el universo actual.
364. Y así no puede excusarse a
los socinianos cuando niegan a Dios la ciencia cierta de las cosas futuras,
sobre todo de las resoluciones futuras de una criatura libre. Porque
515
GODOFREDO G. LEIBNITZ
aunque se imaginaran que hay una libertad de plena indife-rencia, de
suerte que la voluntad puede escoger sin motivo, y que este efecto no pudiese
ser visto en su causa (lo cual es un gran absurdo), deberían considerar que
Dios pudo prever este suceso en la idea del mundo posible que resolvió criar.
Pero la idea que ellos tienen de Dios, es indigna del autor de las cosas, y
corresponde muy poco a la habilidad y a la inteli-gencia de que los escritores
de esta secta dan muestras en algunas discusiones particulares. El autor del
cuadro del so-cinianismo tiene razón cuando dice que el dios de los soci-nianos
sería ignorante, impotente, como el dios de Epicuro, desmentido a cada momento
por los sucesos, viviendo al día, y sabiendo sólo por conjetura lo que los
hombres habrán de querer.
365. Toda la dificultad consiste
en la falsa idea que se tiene de la contingencia y de la libertad, la cual se
creía que necesitaba de una indiferencia plena o de equilibrio; cosa imaginaria
de que no hay ni idea ni ejemplo, ni lo habrá ja-más. M. Descartes, al parecer,
fue imbuído en su juventud en esta doctrina, en el colegio de la Fleche, y por
esto dijo (pri-mera parte de sus Principios, art. 41): "Nuestro
pensamiento es finito, y la conciencia y la omnipotencia de Dios por cu-yos
atributos no sólo ha conocido de toda la eternidad todo lo que existe o que
puede existir, sino que también lo ha querido, son infinitos, lo cual hace que
tengamos nosotros bastante inteligencia para conocer clara y distintamente que
este poder y esta ciencia se dan en Dios; pero no tenemos la bastante para
comprender su extensión en términos que podamos saber cómo ellos dejan las
acciones de los hombres
516
TEODICEA
enteramente libres e indeterminadas." Lo que sigue a esto ya lo
hemos dicho antes. La frase: enteramente libres, está per-fectamente; pero todo
lo echa a perder al añadir esta otra: enteramente indeterminadas. No hay
necesidad de una cien-cia infinita para ver que la presciencia y la providencia
de Dios dejan la libertad a nuestras acciones, puesto que Dios las ha previsto
en sus ideas tales como ellas son, es decir, libres. Y aunque Laurencio Valla,
en su diálogo contra Boe-cio (del que presentaremos luego un extracto) que
trata muy oportunamente de conciliar la libertad con la presciencia, cree que
no puede conseguir conciliarla con la providencia; me parece que no hay
dificultad en ello, porque el decreto que hace que exista esta acción, no
cambia su natu-raleza, como no la cambia el simple conocimiento que de ella se
tiene. Pero no hay ciencia, por infinita que sea, que pueda conciliar la
ciencia y la providencia de Dios con las acciones de una causa indeterminada,
es decir, con un ente quimérico e imposible. Las acciones de la voluntad se
encuentran deter-minadas de dos maneras: por la presciencia o providencia de
Dios, y también por las disposiciones de la causa particular pró-xima, que
consisten en las inclinaciones del alma. M. Descartes seguía a los tomistas en
este punto; pero es sabido que escribía siempre con cierta táctica, para no
ponerse en pugna con ciertos teólogos.
366. M. Bayle (Respuesta a un
provinciano, cap. 442, p. 804, t. III), refiere que el P. Gibieuf del Oratorio
publicó un tratado latino, De la libertad de Dios y de la criatura, en el año
de 1639; que levantó gran polvareda contra él, sacándose setenta contradicciones
tomadas del primer libro de su obra;
517
GODOFREDO G. LEIBNITZ
y que veinte años después, el P. Annat, confesor del rey de Francia, en
su libro De Incoacta libertate (ed. Rom., 1654, en 4°), le echó en cara el
silencio que seguía guardando. ¿Quién podría creer, añade M. Bayle, después del
fracaso de las con-gregaciones De Auxiliis, que los tomistas habían de enseñar
cosas relativas a la naturaleza del libre albedrío enteramente opuestas a la
opinión de los jesuitas? , sin embargo, cuando se consideran los pasajes que el
P. Annat203 ha sacado de las obras de los tomistas (en un libro titulado
Jansenius a Tho-mistis, gratia per se ipsam efficacis defensoribus,
condem-natus, impreso en París en el año de 1654, en 4°), no se ve en el fondo
más que disputas de palabras entre las dos sec-tas. La gracia eficaz por sí
misma de los unos, deja al libre albedrío tanta fuerza para resistir como las
gracias congruas de los otros. M. Bayle cree que casi lo propio puede decirse
del mismo Jansenio. Era, dice, un hombre muy hábil; de espíritu sistemá-tico, y
muy laborioso. Trabajó por espacio de veintidós años su Augustinus. Una de sus
miras fue refu-tar a los jesuitas sobre el dogma del libre albedrío y, sin
em-bargo, aun no ha podido decidirse si desecha o adopta la libertad de
indiferencia. Sácase de su obra una infinidad de pasajes en pro y en contra de
esta opinión, corno el P. Annat ha hecho ver en la obra que acaba de citarse:
De incoacta libertate. Tan fácil es derramar la oscuridad sobre este asun-to,
corno M. Bayle lo dice al concluir este discurso. En
El padre Annat, jesuíta célebre,
nació en Rhodez en 1607, fué confe-sor de Luis XIV en 1655, y murió en 1670.
Fué el más enérgico adversa-rio del jansenismo. Sus obras latinas y francesas
han sido publicadas en 1666, París, 3 vol. en 4°. El más notable de sus
escritos es el Rabat Joíe des Jansénistes. Pascal le dirigió dos de sus
Provinciales, la 17 y la 18.
518
TEODICEA
cuanto al P. Gibieuf204, es preciso reconocer que cambia muchas veces la
significación de los términos y, por consi-guiente, que no satisface
completamente a la cuestión, aun-que en ocasiones dice cosas muy buenas.
367. En efecto, la confusión sólo
procede la mayor parte de las veces de equivocar los términos y del poco
cui-dado que se pone en formar nociones distintas de ellos. De aquí nacen esas
polémicas eternas, a menudo mal compren-didas, sobre la necesidad y la
contingencia, sobre lo posible y lo imposible. Pero con tal que se conciba que
la necesidad y la posibilidad, tomadas metafísicamente y en rigor, dependen
únicamente de esta cuestión: de si el objeto en sí mismo, o lo que le es
opuesto, implica contradicción o no; y que se con-sidere que la contingencia
concuerda muy bien con las incli-naciones o razones que contribuyen a que la
voluntad se determine; y con tal también que se sepa distinguir entre la
necesidad y la determinación o certidumbre; entre la necesi-dad metafísica, que
no da lugar a ninguna decisión, y sólo presenta un solo objeto posible, y la
necesidad moral, que obliga al más sabio a escoger lo mejor; y, en fin, con tal
que se eche a un lado la quimera de la plena indiferencia, que sólo puede encontrarse
en los libros de los filósofos y sobre el papel (porque no podrían ni siquiera
concebir ni hacer entrar la noción de ella en la cabeza, ni hacer ver la
realidad de la misma en ningún ejemplo en las cosas), con tal que todo esto se
tenga en cuenta, se saldrá fácilmente de un labe-
El P. Gibieuf, doctor de la
Sorbona, sacerdote del oratorio, nació en Bourges, y murió en 1650. Era amigo
de Descartes y del P. Mersenna. Escribió el libro: De libertate Dei et
creatura, en 4°, París, 1630.
519
GODOFREDO G. LEIBNITZ
rinto en el que el espíritu humano ha sido el desgraciado Dédalo, y que
ha causado una infinidad de desórdenes, lo mismo entre los antiguos que entre
los modernos, hasta el punto de incurrir los hombres en el ridículo error del
sofis-ma perezoso, que apenas si difiere del fatalismo a la turca. No me
sorprende el que tomistas y jesuítas, y hasta molinis-tas y jansenistas,
convengan en el fondo sobre este punto más de lo que se cree. Un tomista, y
hasta un jansenista dis-creto, se contentará con la determinación cierta sin
llegar hasta la nece-sidad; y si alguno llega a este punto, el error quizá sólo
estará en las palabras. Un molinista prudente se contentará con una
indiferencia opuesta a la necesidad, pero que no excluirá las in-clinaciones
preferentes.
368. Sin embargo, estas
dificultades han llamado mu-cho la atención a M. Bayle, más inclinado a
hacerlas valer que a resolverlas, y eso que hubiese podido hacerlo tan bien
como cualquier otro, si hubiera querido dirigir su espíritu en este sentido. He
aquí lo que dice en su Diccionario, art. Jan-senius, let. G, p. 1626: "Ha
dicho alguien que las materias de la gracia son un Océano que no tiene ni
ribera ni fondo. Quizá hubiera sido mejor decir que se las debe comparar con el
faro de Mesina, donde siempre se tiene el peligro de caer en un escollo cuando
se trata de evitar otro."
Dextrum Scylla latus, laevum implacata Charybdis Obsidet.
(Escila ocupa el lado derecho;
el izquierdo la implacable Caribdis).
520
TEODICEA
"En fin, todo se reduce a lo siguiente: ¿Adán ha pecado libremente?
Si respondéis que sí, se os dirá, luego su caída no ha sido prevista. Si
respondéis que no, se os dirá: luego no es culpable. Podréis escribir cien
volúmenes contra cualquiera de estas consecuencias y, sin embargo, confesaréis,
o que la previsión infalible de un suceso contingente es un misterio imposible
de concebir, o que la manera en que una criatura que obra sin libertad peca, es
absolutamente incomprensi-ble."
369. O me engaño mucho o estas dos
supuestas in-com-prensibilidades cesan enteramente dentro de nuestras
solu-ciones. Ojalá fuera tan fácil responder a la pregunta de cómo deben
curarse bien las fiebres, y cómo es preciso evi-tar los escollos de las dos enfermedades
crónicas que pueden resultar, la una de no curar la fiebre, y la otra de
curarla mal. Cuando se pretende que un suceso libre no puede ser pre-visto, se
confunde la libertad con la indeterminación o con la indiferencia plena y de
equilibrio; y cuando se quiere que la falta de libertad impediría al hombre ser
culpable, se entien-de una libertad exenta, no de determinación o de
incerti-dumbre, sino de necesidad y de coacción. Esto muestra que el dilema no
está bien planteado, y que entre los dos escollos hay un paso amplio y franco.
Por consiguiente, se responde-rá que Adán ha pecado libremente, y que Dios le
ha visto pecante en el estado de Adán posible, y que de posible se ha
convertido en Adán actual en virtud del decreto del permiso divino. Es cierto
que Adán se determinó a pecar en virtud de ciertas inclinaciones predominantes;
pero esta determinación no destruye la con-tingencia ni la libertad, y la
determinación
521
GODOFREDO G. LEIBNITZ
cierta que hay en el hombre a pecar, no le impide el poder de no pecar
(absolutamente hablando), y puesto que peca, el de ser culpable y de merecer el
castigo; tanto más cuanto que este castigo puede servir para él y para otros,
porque contri-buirá a que en otra ocasión no peque. Y esto sin hablar de la
justicia vengadora que va más allá de la reparación y de la enmienda, y en la
que nada hay que choque con la determi-nación cierta de las resoluciones
contingentes de la voluntad. Puede decirse, por lo contrario, que las penas y
las recom-pensas serían en parte inútiles y faltarían a uno de sus fines, que
es la enmienda, si no pudiesen contribuir a determinar la voluntad a obrar
mejor en lo sucesivo.
370. M. Bayle continúa diciendo:
"En punto a libertad, hay que tomar uno de estos dos partidos: o decir que
todas las cosas distintas del alma que concurren con ella le dejan la fuerza de
obrar o de no obrar; o decir que ellas la determi-nan de tal manera a obrar que
no puede menos de hacerlo. El primer partido es el de los molinistas, el otro
el de los tomistas y jansenistas y de los protestantes de la Confesión de
Ginebra. Sin embargo, los tomistas han sostenido a coro y a voz en grito que no
son jansenistas y éstos han sostenido, con el mismo calor, que en punto a la
libertad no eran calvi-nistas. Por otra parte, los molinistas han pretendido
que San Agustin no ha enseñado el jansenismo. Y así los unos, al no querer
confesar que estaban conformes con personas que pasaban por heréticas; y los
otros, al no querer confesar que eran contrarios de un santo doctor, cuyas
opiniones han pasado siempre por ortodoxas, han hecho mil ejercicios de cuerda
floja, etcétera."
522
TEODICEA
371. Los dos partidos que M. Bayle
distingue aquí, no excluyen uno tercero que diga que la determinación del alma
no procede únicamente del concurso de todas las causas distintas del alma, sino
tan. bién del estado del alma misma y de sus inclinaciones, que se mezclan con
las impresiones de los sentidos y las aumentan o las debilitan. Ahora bien,
todas las causas internas y externas, tomadas en conjunto, hacen que el alma se
determine ciertamente, pero no que se deter-mine ne-cesariamente, porque no implicaría
contradicción el que se de-terminase de otra manera, pudiendo verse la
vo-luntad inclinada, y no pudiendo verse necesitada. No entro en la discusión
de la diferencia que hay entre los jansenistas y los reformados sobre esta
materia. Quizá no están siempre de acuerdo ni aun los de un partido, tanto
respecto a las co-sas, como respecto al modo de expresarlas, siendo como es
materia en que muchas veces se pierden los contendientes en sutilezas
embarazosas. El P. Teófilo Raynaud205, en su libro titulado Calvinismus religio
bestiarum, ha querido provocar a los dominicanos sin nombrarles. Por otra
parte, los que se decían partidarios de San Agustín acusaban a los molinistas
de pelagianos, o por lo menos, de semipelagianos; y algunas veces se han
exagerado las cosas por ambas partes, ya defen-diendo una indiferencia vaga y
dando demasiado al hombre, ya enseñando determinationem ad unum secundum
qualita-
El P. Teófilo Raynaud, jesuíta,
nació en Sospello, condado de Niza en 1583, y murió en Lyón en 1663, después de
una vida bastante agitada. Se han publicado sus obras completas en 20
volúmenes, en folio, Lyón, 1665-1669. Se encuentran en ellas algunos escritos
singulares: De ortu infantium contra naturan per sectionem caesaream;
Heteroclita spiritua-lia; Eteromata de bonis et bonis libria, libro curioso y
lleno de erudición.
523
GODOFREDO G. LEIBNITZ
tem actus licet, non quoad ejus substantiam (Es lícito (ense-ñar) la
determinación hacia una cosa en cuanto a la cualidad del acto, no en cuanto a
la sustancia de éste), es decir, una determinación al mal en los no
regenerados, como si no hi-ciesen más que pecar. En el fondo, creo que sólo a
los secta-rios de Hobbes y de Espinoza puede echárseles en cara que destruyen
la libertad y la contingencia; porque creen que lo que sucede es sólo posible y
que debe suceder por una nece-sidad bruta y geométrica. Hobbes todo lo hace
material, y lo somete únicamente a las leyes matemáticas; Espinoza quita
también a Dios la inteligencia y la elección, y le deja un po-der ciego, del
cual emana todo necesariamente. Los teólogos de ambos partidos protestantes
también se muestran celosos por refutar una necesidad insoportable; y aunque
los afectos al Sínodo de Dordrecht enseñan algunas veces que basta que la
libertad esté exenta de coacción, parece como que la nece-sidad que éstos le
dejan no es más que hipotética, o bien lo que se llama más propiamente
certidumbre o infalibilidad; de manera que muchas veces las dificultades sólo
nacen de los términos. Lo mismo digo de los jansenistas, aunque no es mi ánimo
excusar en todo a los que siguen esta opinión.
372. Entre los cabalistas hebreos,
Malcuth o el rei-no,que es la última de las Sephiroth, significaba que Dios lo
gobierna todo de una manera irresistible, pero suavemente y sin violencia, de
manera que el hombre cree seguir su vo-luntad, mientras que no hace más que
ejecutar la voluntad de Dios. Decían que el pecado de Adán había sido truncatio
Malcuth al caeteris plantis; es decir, que Adán había echado a un lado la
última de las Sefires, formando un imperio en el
524
TEODICEA
de Dios, y atribuyéndose una libertad independiente de él; pero que su
caída le había enseñado que no podía subsistir por sí mismo, y, que los hombres
tenían necesidad de ser regenerados por el Mesías. Esta doctrina es susceptible
de un sentido muy bueno. Pero Espinoza, que estaba versado en la cábala de los
autores de su nación, y que dice (Tr. polit., c. II, n. 6) que los hombres al
concebir la libertad como lo ha-cen, crean un imperio en el imperio de Dios, ha
exagerado las cosas. El imperio de Dios, según Espinoza, no es otra cosa que el
imperio de la necesidad, y de una necesidad ciega (como para Estratón), en
virtud del cual todo emana de la naturaleza divina, sin que haya ninguna
elección en Dios y sin que la elección del hombre le exima de la necesidad.
Añade que los hombres para establecer lo que se llama impe-rium in imperio, se
imaginaban que su alma era una produc-ción inmediata de Dios, sin poder ser
producida por causas naturales y que ella tiene un poder absoluto de
determinarse, lo cual es contrario a la experiencia. Espinoza tiene razón en
declararse en contra de un poder absoluto para determinarse, es decir, sin
ningún motivo; porque esto ni a Dios mismo cuadra. Pero no tiene razón en creer
que un alma, una sus-tancia simple, pueda ser producida naturalmente. Al
parecer, para él el alma no es más que una modificación pasajera, y cuando
quiere hacerla duradera y hasta perpetua, sustituye a ella la idea del cuerpo
que es una simple noción, y no una cosa real y actual.
525
GODOFREDO G. LEIBNITZ
373. Lo que M. Bayle refiere de
Juan Bredenbourg206, ciudadano de Rotterdam (Dic., art. Espinoza, let. M, p.
2774). es curioso. Publicó un libro contra Espinoza titulado: Enervatio
Tractatus Theologico-politici, una cum demons-tratione Geo-metrico ordine
disposita, Naturam non esse Deum, cujus effati contrario praedictus Tractatus
unice inni-titur. Llamó la atención el ver que un hombre que no hacía profesión
de científico y que carecía de estudios (escribió su libro en alemán, e hizo
que lo tradujeran después al latín), pudiera penetrar tan sutilmente los
principios de Espinoza, y rebatirlos con fortuna, y esto, después de reducirlos
por un análisis, hecho de buena fe, a un estado en que aparecían con toda su
fuerza. Se me ha referido, añade M. Bayle, que ha-biendo reflexionado este
autor infinitas veces sobre su res-puesta y sobre el principio de su
adversario, halló al fin que se podía reducir este principio a una
demostración. En su vista emprendió la prueba de que no hay otra causa de todas
las cosas que la naturaleza que existe necesariamente, y que obra por una
necesidad inmutable, inevitable e irrevocable. Observó en todo el método de los
geómetras, y después de haber construido su demostración, la examinó por todos
los lados imaginables. Procuró buscar la parte débil, y no pudo nunca inventar
ningún medio de destruirla, ni de debilitar la demostración. Esto le causó una
verdadera pena; de ello se dolió, y suplicó a los más hábiles de sus amigos que
le auxi-liaran para descubrir los defectos de esta demostración. Sin
Juan Bredenbourg, de Rotterdam,
combatió al principio a Espinoza en su Enervatio tractatus theologico-politici,
en 4°, Rotterdam, año 1675. Después, convertido a las ideas que había
combatido, se refutó a sí mis-mo en una segunda obra escrita en alemán.
526
TEODICEA
embargo, no le gustaba que se sacaran copias de su obra. Pero Francisco
Cuper207, sociniano (que había escritor el libro titulado: Arcana Atheismi
revelata, contra Espinoza, Rotterdam, 1676, c. 4°), se hizo con una copia, la
publicó tal como estaba, es decir, en alemán, con algunas reflexiones, y acusó
al autor de ser ateo. El acusado (Bredenbourg) se de-fendió en la misma lengua.
Orobio208, médico judío muy hábil (aquel a quien refutó M. De Limborch209, al
cual res-pondió,según he oído decir, en una obra póstuma no impre-sa), publicó
un libro contra la demostración de M. Bredenbourg, titulado: "Certamen
philosophicum propug-natm veritatis devinae ac naturalis, adversus J. B.
principia." Amsterdam, año 1684. Y M. Aubert de Versé escribió igualmente
contra él en el mismo año, bajo el nombre de Latinus Serbattus Sartensis210. B.
Bredenbourg protestó de que estaba convencido del libre albedrío y de la
religión, pero que deseaba se le facilitara un medio de responder a su
demostración.
207 Francisco Cuper, filósofo holandés, partidario tímido de Espinoza.
Escribió la obra titulada Arcana atheismi revelata, en 4°, Rotterdam, 1676. Fué
combatido por Enrique Moro (obras fil., 1679, T. I, página 596).
208 Orobio escribió contra la segunda obra de Bredenbourg, Refutatio
demostrationum Joh. Bredenbourg, pequeño escrito impreso a continua-ción de la
supuesta Refutation de Boulainvilliers.
209 De Limborch, teólogo arminiano, nació en Amsterdam en 1633, y murió
en esta ciudad en 1712. Publicó estas obras: Praestantium inter Remonstrantes
virorum epistolae theologicae; Theologia cristiana; Amica collatio cum erudito
Judoeo da veritate religiones christianae.
210 Auberto de Versé nació en Mans, de padres católicos, se pasóa la
religión protestante, y volvió en 1690 a la católica. Murió en París en 1714.
Escribió El impío convencido; Disertación contra Espinoza y El antisociniano.
527
GODOFREDO G. LEIBNITZ
374. Me alegraría de ver esta
supuesta demostración y de saber si conduce a probar que la naturaleza
primitiva, que lo produce todo, obra sin elección y sin conocimiento. En este
caso confieso que la demostración era espinocista y pe-ligrosa. Pero si entendía
quizá que la naturaleza divina está determinada a producir lo que produce por
su elección y por la razón de lo mejor, no hay motivo para afligirse por esta
supuesta necesidad inmutable, inevitable e irrevocable. Esta necesidad no es
más que moral, que es una dichosa necesi-dad, y lejos de destruir la religión,
da a la perfección divina el mayor grado de esplendor.
375. Con este motivo diré que M.
Bayle hace constar la opinión de los que creen que el libro titulado Lucii
Antistii Constantis de jure Ecclesiasticorum liber singularis, publica-do en
1665, es de Espinoza; pero yo tengo motivo para du-darlo, aunque M. Colerus,
que ha escrito una relación o historia de este judío célebre, sea también de
esta opinión. Las letras iniciales L. A. C. me hacen creer que el autor de este
libro ha sido M. de la Court o Vanden Hoof211, famoso por el Interés de la
Holanda, la Balanza política, y otros mu-chos libros que publicó (en parte con
las iniciales V. D. H.) contra el poder del gobernador de Holanda por creerse
en-tonces peligroso a la República, estando como estaba fresca la memoria de la
empresa del príncipe Guillermo II sobre la ciudad de Amsterdam. Y como la mayor
parte de los ecle-siásticos de Holanda eran del partido del hijo de este
prínci-
Van den Hoof, o Hoven, o (Pedro o
Manuel de la Court), escribió: Politike Weegschaal (La balanza política, 1660);
Politike refiexien, Ams-terdam, en 8°; Interest van Holande, 1669, en 4°.
528
TEODICEA
pe, que entonces era menor de edad, y sospechaban que M. de Witt y la
llamada facción de Louvestein favorecían a los arminianos, a los cartesianos y
a otras sectas que se temían todavía más, y trataban de excitar al populacho
contra ellos, y no sin efecto, como lo han acreditado sucesos que han tenido
lugar, era muy natural que M. de la Court publicase este libro. Es cierto que
raras veces se guarda el justo medio en las obras que se publican por interés
de partido. Diré de pasada, que se acaba de dar a luz una versión francesa del
Interés de la Holanda de M. de la Court, bajo el título enga-ñoso de Memorias
del gran pensionario de Witt, como si los pensamientos de un particular, que
pertenecía en efecto al partido de Witt y era persona entendida, pero que no
tenía bastante conocimiento de los negocios públicos, ni bastante capacidad
para escribir como hubiera podido hacerlo este gran ministro de Estado,
pudieran pasar por producciones de uno de los primeros hombres de su tiempo.
376. Vi a M. de la Court, así como
a Espinoza, a mi vuelta de Francia por Inglaterra y por Holanda, y supe por
ellos muy buenas anécdotas sobre los negocios de aquel tiempo. M. Bayle dice
(p. 277 v.) que Espinoza estudió la lengua latina bajo la direccíón de un
médico llamado Fran-cisco Vanden Ende; y cuenta al mismo tiempo; con
referen-cia a M. Sebastián Kortholt212 (quien habla de él en la segunda edición
del libro de su difunto padre, De Tribus
Sebastián Kortholt, hijo de
Cristian Kortholt, célebre teólogo protes-tante, 1633-1694, nació en Kiel en
1670 y murió en 1740. Es autor de las siguientes obras: Disquisitio de
enthusiasmo poetico (Kiel, año 1696, en fol.); De poetis episcopis, 1699, en
4°; De puellis poeticis, 1700; De studio senili, 1701, en 4°, y otras disertaciones
literarias.
529
GODOFREDO G. LEIBNITZ
Impostoribus, Herberto, L. B. de Cherbury, Hobbes y Espi-noza), que una
hija enseñó el latín a Espinoza, y que se casó ella después con Kerkering, que
era su discípulo al mismo tiempo que aquél. Supe después que esta joven era
hija de Van-den-Ende, y que ayudaba a su padre en la enseñanza. Van-den-Ende,
que se llamaba también A finibus, fué des-pués a París, donde tuvo pensionistas
en una casa del barrio de Saint-Antoine. Pasaba por muy entendido en didáctica,
y me dijo cuando fui a verle, que apostaba a que sus oyentes estaban siempre
muy atentos a lo que él dijese. Tenía enton-ces consigo una hija joven que
hablaba latín y hacía de-mostraciones de geometría. Había entrado en relaciones
con M. Arnauld, y los jesuitas comenzaban a envidiar su reputa-ción. Pero poco
después se perdió, habiéndose mezclado en la cons-piración del caballero de
Rohán.
377. Hemos demostrado con bastante
claridad, a mi parecer, que ni la presciencia ni la providencia de Dios pue-den
dañar a su justicia ni a su bondad, ni a nuestra libertad. Sólo queda la
dificultad que nace del concurso de Dios en las accio-nes de la criatura, que
parece ser lo que más interesa, y también de su bondad con relación a nuestras
acciones ma-las, y de nuestra libertad con relación a las buenas lo mismo que a
las demás. M. Bayle hace valer esta cuestión con su ingenio de siempre.
Trataremos de aclarar las dificultades que surgen sobre este punto, y hecho
esto, estaremos ya en posición de concluir esta obra. He sentado ya que el
concur-so de Dios consiste en darnos continuamente lo que hay de real en
nosotros y en nuestras acciones, en cuanto va en-vuelta en ello la perfección;
pero lo que hay de limitado y de
530
TEODICEA
imperfecto es un resultado de las limitaciones precedentes que se dan
originaria-mente en la criatura. Y como toda ac-ción de la criatura es un
cambio de sus modificaciones, es claro que la acción nace de la criatura con
relación a las li-mitaciones o negaciones que ella encierra y que se
encuen-tran modificadas por este cambio.
378. Ya he dicho más de una vez en
esta obra, que el mal es un resultado de la privación, y creo haber explicado
esto de una manera bastante inteligente. San Agustín ya hizo valer este
pensamiento, y San Basilio algo aproximado dice en su Hexaëmeron, Homil. 2:
"el vicio no es una sustancia viva y animada, sino una afección del alma
contraria a la virtud, procedente del bien; de manera que no hay necesidad de
buscar un mal primitivo." M. Bayle, al citar este pasaje en su Diccionario
(art. Paulicianos, 1. D, p. 2325), aprueba la observación de M. Pfanner213 (a
quien llama teólogo alemán, pero que sólo fue jurisconsulto de profesión y
consejero de los duques de Sajonia), el cual critica a San Basilio por no
querer confesar que Dios es el autor del mal físico. Lo es, indudablemente,
cuando se supone el mal moral ya existente; pero absolutamente hablando, puede
sostenerse que Dios ha permitido el mal físico como una consecuencia del
permiso del mal moral, que es su fuente. Los estoicos, al parecer, reconocieron
cuán miserable es la entidad del mal. Estas palabras de Epicteto lo prueban:
Sicut aberrandi causa meta non ponitur, sic nec natura mali in mundo existit.
(Así como
213 Tobías Pfanner, jurisconsulto y teólogo protestante, nació en
Augsbourg en 1641 y murió en 1736. Ha escrito, entre otras obras: His-toria
pacis Westphaliae; Systema theologiae purioris, etcétera.
531
GODOFREDO G. LEIBNITZ
no se pone límite para errar, del mismo modo tampoco existe en el mundo
la naturaleza del mal).
379. Ninguna necesidad había, por
tanto, de recurrir a un principio del mal, como San Basilio observa muy bien.
Tampoco hay necesidad de buscar el origen del mal en la materia. Los que han
creído en el caos, antes de que Dios tomara mano en ello, han buscado en él el
origen dal desor-den. Era ésta una opinión que Platón consignó en su Timeo.
Aristóteles le criticó por ello (en su tercer libro Del Cielo, cap. II), porque
según esta doctrina el desorden sería origina-rio y natural, y el orden
aparecería introducido contra la na-turaleza. Este inconveniente le evitó
Anaxágoras214, dejando descansar la materia hasta que Dios la ha puesto en
movi-miento; y Aristóteles le alaba en el mismo pasaje. Según Plutarco (de
Iside y Osiride, y Tr. de animae procreatione ex Timeo), Platón reconocía en la
materia una cierta alma o fuerza maléfica rebelde a Dios; era un vicio real, un
obstá-culo a los proyectos de Dios. Los estoicos creyeron igual-mente que la
materia era el origen de los defectos, como Justo Lipsio lo demostró en el
primer libro de la Fisiología de los estoicos.
380. Aristóteles tuvo razón para
desechar el caos; pero no es fácil siempre discernir la opinión de Platón, y
menos la de algunos otros filósofos antiguos, cuyas obras se han per-dido.
Képler, matemático moderno de los más excelentes, ha
Anaxágoras de Clazomenes floreció
hacia el año 500 antes de J. C. Se dice que fué maestro de Pericles. Acusado de
impiedad, fué desterrado de Atenas y murió en Lampsaco en 426. Es uno de los
primeros filóso-fos que han escrito. Sólo tenemos de él fragmentos reunidos
bajo este título: Anaxagorae Clazomenii fragmenta, en 8°, Leipzig, 1827.
532
TEODICEA
reconocido una especie de imperfección en la materia, hasta cuando no
hay en ella movimiento desarreglado; es lo que él llama su inercia natural, la
cual le da una resistencia al movi-miento en virtud de la cual una masa mayor
recibe menos velocidad de una misma fuerza. Hay solidez en esta observa-ción, y
yo me he servido útilmente de ella más arriba para obtener una comparación que
mostrase cómo la imperfec-ción original de las criaturas pone límites a la
acción del Creador que tiende al bien. Pero como la materia misma es un efecto
de Dios, sólo proporciona una comparación o un ejemplo, y no puede ser el
origen mismo del mal y de la im-perfección. Ya hemos demostracto que este
origen se en-cuentra en las formas o ideas de los posibles, porque debe ser eterna,
y la materia no lo es. Ahora bien, habiendo hecho Dios toda la realidad
positiva que no es eterna, hubiera he-cho el origen del mel, si no consistiese
éste en la posibilidad de las cosas o de las formas, única cosa que Dios no ha
he-cho, puesto que no es el autor de su propio entendimiento.
381. Sin embargo, aunque el origen
del mal consiste en las formas posibles, anteriores a los actos de la voluntad
de Dios, no deja de ser cierto que Dios concurre al mal en la ejecución actual
que introduce estas formas en la materia; y esto origina la dificultad de que
aquí se trata. Durando de San Porciano, el cardenal Aureolus, Nicolás Taurelus,
el P. Luis de Dole, M. Bernier y algunos otros, al hablar de este concurso, han
querido que sólo sea general, por temor de que venga en daño de la libertad del
hombre y de la santidad de Dios. Pre-tenden, al parecer, que habiendo dado Dios
a las criaturas la fuerza de obrar, se contenta con conservarla.
533
GODOFREDO G. LEIBNITZ
Por otra parte, M. Bayle, siguiendo a algunos autores mo-dernos, lleva
el concurso de Dios demasiado lejos y parece como temeroso de que la criatura
no es bastante depen-diente de Dios. Llega hasta negar la acción a las
criaturas, y no admite siquiera la distinción real entre el accidente y la
sustancia.
382. Hace hincapié principalmente
sobre esta doctrina recibida en las escuelas: que la conservación es una
creación continua. Como consecuencia de esto, la criatura puede de-cirse que no
existe jamás, que está siempre naciendo y mu-riendo, como el tiempo, el
movimiento y otros seres sucesivo. Platón lo ha creído así respecto de las
cosas mate-riales y sensibles, diciendo que están en un flujo perpetuo, semper
fluunt, nunquam sunt. Pero de otra manera ha opi-nado respecto a las sustancias
inmateriales, a las que conside-raba como únicas ver-daderas; en lo cual no iba
del todo descaminado. Pero la creación continúa afecta a todas las criaturas
sin distinción. Muchos buenos filósofos han sido contrarios a este dogma, y M.
Bayle dice que David de Ro-dón, filósofo célebre entre los franceses adheridos
a Gine-bra, la ha refutado adrede. Los armi-nianos tampoco la aprueban, porque
no están mucho por estas sutilezas metafí-sicas; y nada diré de los socinianos,
a quienes gusta todavía menos tal opinión.
383. Para examinar si la
conservación es una creación continua, sería preciso considerar las razones en
que este dogma se apoya. Los cartesianos, siguiendo el ejemplo de su maestro,
se sirven para probarlo de un principio que no es muy concluyente. Dicen:
"que no teniendo los momentos
534
TEODICEA
del tiempo ningún enlace necesario entre sí, no se sigue de que yo
exista en este momento, que habré de subsistir en el siguiente, si la misma
causa que me da el ser en el primer momento, no me lo da también en el
siguiente." El autor del diccamen sobre el cuadro del socinianismo se ha
servido de este razonamiento; y M. Bayle (que es quizá de la misma opinión), le
cita. Puede responderse, que a la verdad no se sigue necesariamente de que yo
exista, que existiré, pero se sigue naturalmente, es decir, de suyo, per se, si
nada lo impi-de. Esta es la diferencia que se encuentra entre lo esencial y lo
natural; al modo que el mismo movimiento dura natural-mente, si alguna nueva
causa no lo impide o le hace mudar, porque la razón que le hace cesar en este
instante, si no es nueva, le hubiera hecho ya cesar más pronto.
384. El difunto M. Erhard Weigel,
matemático y filó-sofo célebre de Jena, conocido por su Analysis Euclidea, su
filosofía matemática, algunas invenciones mecánicas de bas-tante valor y, por
último, por el trabajo que se tomó en hacer que aceptaran los príncipes
protestantes del imperio la idea de la reforma del almanaque, cuyo éxito, sin
embargo, no pudo ver; M. Weigel, digo, comunicaba a sus amigos ciertas
demostraciones de la existencia de Dios, que conducían en efecto a esta
creación continua. Y como tenía costumbre de hacer paralelos entre contar y
razonar, de lo cual es testimo-nio su moral aritmética razonada
(rechenschaftliche sitten-lehre), decía que el fundamento de la demostración
era el principio de la tabla pitagórica: una vez uno es uno. Estas unidades
repetidas eran los momentos de las existencias de las cosas, cada una de las
cuales dependía de Dios, que resu-
535
GODOFREDO G. LEIBNITZ
cita, por decirlo así, a cada momento todas las cosas que están fuera de
él. Y como ellas a cada instante desaparecen, necesitan siempre alguno que las
resucite, el cual no puede ser otro que Dios. Pero es menester una prueba más
exacta para llamar a esto una demostración. Sería preciso probar que la
criatura sale siempre de la nada, y que en el mismo instante cae en la nada; y
en particular es necesario hacer ver que el privilegio de durar más de un
momento por su natu-raleza es propio únicamente del ser necesario. Las
dificulta-des sobre la composición del continuara entran de lleno en esta
materia. Porque este dogma parece que convierte el tiempo en momentos, mientras
que otros miran los mo-mentos y los puntos como simples modalidades del
conti-nuum, es decir, como extremidades de las partes que se pueden asignar a
él, y no como partes constitutivas. No es este lugar para que entremos en
semejante laberinto.
385. Lo que puede decirse con
seguridad sobre esta materia, es que la criatura depende continuamente de la
ope-ración divina, y que no depende menos después que ha co-menzado esta misma
operación que en el comienzo mismo. Esta misma dependencia hace ver que no
continuaría exis-tiendo si Dios no continuase obrando, y que esta acción de
Dios es libre. Porque si fuese una emanación necesaria, co-mo las propiedades
del círculo, que se derivan de su esencia, habría que decir que Dios ha
producido desde el principio la criatura necesariamente; o hien sería preciso
hacer ver cómo, una vez creada, se ha impuesto la necesidad de conservarla.
Nada obsta a que a esta acción conservadora se la llame pro-ducción, y si se
quiere, creación; porque siendo la dependen-
536
TEODICEA
cia tan grande en el primer acto de la creación como en los sucesivos,
la denominación extrínseca de ser o no nueva, no cambia en nada su naturaleza.
386, Admitamos, pues, en este
sentido que la conser-vación es una creación continua. Veamos lo que M. Bayle
parece inferir de aquí (p. 771), conforme a lo dicho por el autor del dictamen
sobre el cuadro del socinianismo, opuesto a M. Jurieu. "Paréceme, dice
este autor, que debe inferirse de esto que Dios lo hace todo y que en las
criaturas no hay ni causas primeras ni segundas, ni siquiera ocasiona-les, como
es fácil probarlo. Porque en este momento mismo en que estoy hablando, yo soy
tal como soy, con todas mis circunstancias, con tal pensamiento, con tal
acción, sentado o de pie. Y si Dios me crea en este momento tal como yo soy,
como debe necesariamente decirse en este sistema, me crea con tal acción, tal
movimiento y tal determinación. Pero no puede decirse que Dios me crea
puramente, y que des-pués de creado produce conmigo mis movimientos y mis
determinaciones. Esto es insostenible por dos razones: la primera es, que
cuando Dios me crea y me conserva en este instante, no me conserva como un ser
sin forma, como una especie, o cualquiera de los universales de la lógica. Yo
soy un individuo; me crea y conserva como tal; siendo todo lo que yo soy en
este instante con todas mis dependencias. La segunda razón es, que creándome
Dios en este instante, si se dice que en seguida produce conmigo mis acciones,
será preciso concebir necesariamente otro instante para obrar. En este caso
tendremos dos instantes donde sólo suponemos uno. Por consiguiente, resulta de
esta hipótesis que las cria-
537
GODOFREDO G. LEIBNITZ
turas no tienen ni más enlace ni más relación con sus accio-nes que las
que tuvieron con su producción en el primer momento de la primera
creación." El autor de este dictamen deduce de esto consecuencias graves,
como puede imaginar-se, y dice al final que merecería nuestra gratitud el que
ense-ñara a los partidarios de este sistema a librarse de tan espantoso
absurdo.
337. M. Bayle aún apura más el
argumento. "Ya sabéis, dice (p. 775 ), que en las escuelas se demuestra
(cita a Arria-ga, disp. 6, phys. sec. 9 y 3) que la criatura no puede ser ni la
causa total ni la causa parcial de su conservación, porque si lo fuese,
existiría antes de existir, lo cual es contradictorio. Ya sabéis que se razona
de esta manera: lo que se conserva obra; es así que lo que obra existe, y nada
puede obrar antes de tener su existencia completa; luego si una criatura se
con-servase, obraría antes de existir. Este razonamiento no está fundado sobre
probabilidades, sino sobre los primeros prin-cipios de la metafísica (non entis
nulla sunt accidentia, opera-ri sequitur esse) (el que no existe no posee
ningún accidente, el obrar sigue al ser), claros como la luz. Sigamos más
ade-lante: si las criaturas concurriesen con Dios (hablo de un concurso activo
y no un concurso de instrumento pasivo) para conservarse, obrarían antes de
existir; esto ya está de-mostrado. Ahora bien, si concurriesen con Dios a la
produc-ción de cualquiera otra cosa, obrarían igualmente antes de existir y,
por lo tanto, es tan imposible que ellas concurran con Dios a la producción de
cualquier otra cosa (como el movimiento local, una afirmación, una volición,
entidades realmente distintas de su sustancia, según se pretende) como
538
TEODICEA
a su propia conservación. Y puesto que su conservación es una creación
continua, y que todos los hombres que hay en el mundo deben reconocer que no
pueden concurrir con Dios en el primer momento de su existencia, ni para
produ-cirse ni para darse ninguna modalidad, porque sería obrar antes de
existir (nótese que Tomás de Aquino y otros mu-chos escolásticos enseñan que si
los ángeles hubieran pecado en el primer momento de su creación, Dios sería el
autor del pecado; y ved también a Pedro de Saint-Joseph, p. 318 y sig., suavis
concordia humanae libertatis; lo cual es señal de que reconocen que en el
primer instante la criatura no puede obrar en cosa alguna) se sigue de aquí,
evidentemente, que las criaturas no pueden concurrir con Dios en ninguno de los
momentos siguientes, ni para producirse ellas mismas, ni para producir ninguna
otra cosa. Si pudieran concurrir en el segundo momento de su duración, nada las
impediría el con-currir en el primer momento."
388. He aquí cómo deberá
responderse a estos razona-mientos. Supongamos que la criatura sea producida de
nue-vo a cada instante; concedamos también que el instante ex-cluya toda
prioridad de tiempo, siendo indivisible; pero sin excluir la prioridad de naturaleza
o lo que se llama anteriori-dad in signo rationis, la cual basta. La
producción, o acción por virtud de la que Dios produce, es anterior en
naturaleza a la existencia de la criatura que es producida; la criatura, tomada
en sí misma con su naturaleza y sus propiedades necesarias, es anterior a sus
acciones; y, sin embargo, todüs estas cosas se encuentran en el mismo momento.
Dios pro-duce la criatura en conformidad a la exigencia de los instan-
539
GODOFREDO G. LEIBNITZ
tes precedentes, según las leyes de su sabiduría, y la criatura obra en
confornnidad con esta naturaleza que él le da creán-dola siempre. Las
limitaciones e imperfecciones nacen aquí de la naturaleza del sujeto que limita
la producción de Dios; es la consecuencia de la imperfección original de las
criatu-ras; pero el vicio y el crimen nacen por la operación interna libre de
la criatura, en cuanto puede tener lugar en el instante mismo, y que se hace
notable por la repetición.
389. Esta anterioridad de
naturaleza es corriente en fi-losofía, y así se dice que los decretos de Dios
guardan un orden entre sí. Y cuando se atribuye a Dios (como es justo) la
inteligencia de los razonamientos y de las consecuencias de las criaturas, de
tal manera que conoce todas las demos-traciones y todos sus silogismos, y se
encuentran eminente-mente en él, se ve que en las proposiciones o verdades que
él conoce, hay un orden de naturaleza, sin ningún orden o in-tervalo de tiempo,
que le haga avanzar en conocimiento ni pasar de las premisas a la conclusión.
390. Nada encuentro en los
razonamientos que se acaban de exponer, que no pueda satisfacerse con esta
con-sideración. Cuando Dios produce la cosa, la produce como un individuo y no
como un universal de lógica; lo reconoz-co; pero produce su esencia antes que
sus accidentes, produ-ce su naturaleza antes de sus operaciones, según la
prioridad de su naturaleza, e in signo anteriore rationis. Por donde se ve cómo
la criatura puede ser la verdadera causa del pecado, sin que la conservación de
Dios lo impida; y que Dios se atempera al estado precedente de la misma
chatura, para seguir las leyes de su sabiduría, no obstante el pecado que va
540
TEODICEA
a ser producido desde luego por la criatura. Pero es muy cierto que Dios
no pudo crear el alma en un principio en un estado en que hubiera pe-cado desde
el primer momento, como han observado muy bien los escolásticos; porque rada
hay en las leyes de su sabiduría que le hubiese podido llevar a hacer eso.
391. Esta ley de la sabiduría es
también causa de que Dios reproduzca la misma sustancia, la misma alma; y esto
es lo que pudo responder el abate que M. Bayle introduce en su Diccionario
(art. Pyrrhon215 letra B., página 2432). Esta sabi-duría constituye el enlace
de las cosas. Concedo, por lo tan-to, que la criatura no concurre con Dios a su
conservación (de la manera que se acaba de explicar la conservación); pero no
veo nada que la impida concurrir con Dios a la produc-ción de cualquiera otra
cosa, y particularmente de su opera-ción interna, como un pensamiento, una
volición, cosas que son realmente distintas de la sustancia.
392. Pero he aquí que volvemos de
nuevo a encon-trarnos en frente de M. Bayle. Pretende que no hay tales
accidentes distintos de la sustancia: "Las razones, dice, de que nuestros
filósofos modernos se sirven para demostrar que los accidentes no son seres
realmente distintos de la sustancia, no son simples dificultades, sino que son
argu-mentos que aplanan, y que no es posible resolverlos. To-
215 Pirrón, célebre escéptico de la antigüedad, ha dado su nombre al
escepticismo. Nació en Ellis y floreció hacia el año 340 antes de J. C. No
escribió nada, pero sus opiniones han pasado a su escuela, que nos las ha
transmitido.
541
GODOFREDO G. LEIBNITZ
maos el trabajo, añade, de buscarlos en el padre Maignant216, o en el
padre Malebranche, o en M. Caillé (profesor de filo-sofía en Caen), o en la
Accidentia profigata del padre Sa-guens, discípulo del padre Maignan, cuyo
extracto se encuentra en las Nuevas de la República de las letras, junio de
1762, o si os dais por satisfechos con un solo autor, esco-ged a Dom. Francisco
Lami, religioso benedictino y uno de los más decididos cartesianos que ha
habido en Francia. En-contraréis entre sus cartas filosóficas, impresas en
Trevoux en el año 1703, una, en la que por el método de los geóme-tras
demuestra "que Dios es la única verdadera causa de todo lo que es
real." Desearía ver todos estos libros, y con res-pecto a esta última
proposición, que puede ser verdadera tomada en cierto sentido. Dios es la causa
principal de las realidades puras y absolutas, o de las perfecciones, causes
secundes egunt in virtute primae. Pero cuando se compren-den las limitaciones y
las privaciones bajo el nombre de rea-lidades, puede decirse que las causas
segundas concurren a la producción de lo que es limitado. De otro modo, Dios
sería la causa del pecado, y hasta la causa única.
393. Importa tener en cuenta, que
si se confunden las sustancias con los accidentes, y se quita la acción a las
sus-tancias creadas, se corre el peligro de caer en el espinocismo, que es un
cartesianismo exagerado Lo que no obra, no me-rece el nombre de sustancia; si
los accidentes no se distin-
guen de las
sustancias; si la
sustancia creada es
un ser
El padre Maignan nació en Tolosa
en 1601 y murió en la misma ciu-dad en 1676. Escribió: Cursus philosophicus;
Philosophia sacra; De usu licito pecuniae.
542
TEODICEA
sucesivo como el movimiento; si no dura más allá de un momento, y no se
encuentra siendo la misma (durante una parte asignable del tiempo) como tampoco
sus accidentes; si no obra más ni menos que una figura de matemáticas o un
número, ¿por qué no decir, como Espinoza, que Dios es la única sustancia, y que
las criaturas no son más que acciden-tes o modificaciones? Hasta aquí se ha
creído que las sustan-cias permanecen y que los accidentes cambian; y creo que
debemos atenernos a esta antigua doctrina, pues los argu-mentos que me acuerdo
haber leído, no prueban lo contra-rio, o si prueban, prueban demasiado.
394. "Uno de los absurdos,
dice M. Bayle (página 779), que se deducen de la supuesta distinción que se
quiere admi-tir entre las criaturas y sus accidentes, es que si las criaturas
produjesen accidentes, tendrían un poder creador y aniquila-dor; de manera que
no se podría ejecutar la menor acción sin crear un número infinito de seres
reales, y sin reducir a la nada otra infinidad de ellos. Con sólo mover la
lengua para gritar o para comer, se crean tantos accidentes como movi-mientos
de las partes de la lengua hay, y se destruyen tantos accidentes como partes
hay en lo que se come, y que pierden su forma y se convierten en quilo, en
sangre, etcétera." Este argumento no es serio. ¿Qué mal resulta de que una
infini-dad de movimientos, una infinidad de figuras nazcan y desa-parezcan en
cada momento en el universo, y si se quiere, en cada parte del universo? Puede
demostrarse además que así debe de ser.
395. Con respecto a la supuesta
creación de los acci-dentes, ¿quién no ve que no hay necesidad de ningún poder
543
GODOFREDO G. LEIBNITZ
creador para mudarle de lugar o de figuras, para formar un cua-drado o
un cuadrilátero, o cualquiera otra figura táctica para el movimiento de los
soldados que hacen el ejercicio; lo mismo que para formar una estatua quitando
algunos trozos de la pieza de mármol, o para hacer alguna figura en relieve,
mudando, disminuyendo o aumentando un trozo de cera? A la producción de las
modificaciones jamás se ha llamado creación, y esto no es más que confundir los
términos para asustar a la gente. Dios produce sustancias de la nada, y las
sustancias producen acci-dentes por virtud de los cambios de sus mismas
limitaciones.
396. Con respecto a las almas o
formas sustanciales, M. Bayle tiene razón en añadir: "nada más incómodo
para los que admiten las formas sustanciales, que la objeción que se les hace
de que sólo pueden ser producidas por una ver-dadera creación, y da lástima oír
a los escolásticos cuando tratan de responder a ella." Pues precisamente
nada más cómodo para mí y para mi sistema que esta misma objeción, puesto que
sostengo que todas las almas, entelequias o fuer-zas primitivas, formas
sustanciales, sustancias simples o mó-nadas, cualquiera que sea el nombre que
se les dé, no pueden nacer naturalmente ni perecer. Concibo las cualidades o
las fuerzas derivativas, o las que se llaman formas accidentales, como
modificaciones de la enteIequia primitiva, así como las figuras son
modificaciones de la materia. Por eso estas modi-ficaciones están en un cambio
perpetuo, mientras que la sustancia simple permanece la misma.
397. Ya hice ver antes (parte I, §
86 y siguiente), que las almas no podían nacer naturalmente, ni salir las unas
de
544
TEODICEA
las otras, y que es preciso, o que la nuestra sea creada, o que sea
preexistente. Hasta he mostrado un cierto medio entre una creación y una
preexistencia completa, habiéndome pa-recido oportuno decir que el alma,
preexistente en las semi-llas desde el principio de las cosas, no era más que
sensitiva; pero que ella ha sido elevada al grado superior, que es la razón,
cuando el hombre, a que debe pertenecer esta alma, ha sido concebido, y el
cuerpo organizado, que acompaña siempre a esta alma desde su origen, pero
experimentando muchos cambios, ha sido destinada para formar el cuerpo humano.
He creído también que podría atribuirse esta eleva-ción del alma sensitiva (que
la hace llegar a un grado esencial más sublime, es decir, a la razón) a la
operación extraordina-ria de Dios. Sin embargo, será bueno añadir que yo
preferiría prescindir del milagro en la generación del hombre, como en los
demás animales; y esto se podrá explicar, concibiendo que de este gran número
de almas y de animales, o por lo menos de cuerpos organizados vivos que están
en las semi-llas, sólo estas almas destinadas a llegar un día a la naturaleza
humana, encierran la razón que aparecerá en ellas, y que sólo los cuerpos
orgánicos están preformados y predispuestos a tomar un día la forma humana;
siendo los demás pequeños animales o vivientes seminales, donde nada de esto
está pre-establecido, esencialmente diferentes y no habiendo en ellos nada que
no sea inferior. Esta producción es una manera de traducción, pero más
aceptable que la que se enseña vulgar-mente, porque no saca el alma de un alma,
sino sólo un ser animado de un ser animado, y evita los milagros frecuentes
545
GODOFREDO G. LEIBNITZ
de una creación que haría entrar una alma nueva y limpia en un cuerpo
que había de corromperle.
398. Sin embargo, yo opino como el
Reverendo Padre Malebranche, de que en. general la creación, entendida como
debe entenderse, no es tan fácil de admitir como se piensa, y que va envuelta
en cierto modo en la noción de la depen-dencia de las criaturas. "Cuán
estúpidos y ridículos son los filósofos, exclama (Meditaciones cristianas, 9,
n° 3), cuando se imaginan que la creación es imposible, porque no conci-ben que
el poder de Dios sea bastante grande para hacer de la nada cosa algu-na. ¿Pero
conciben mejor que el poder de Dios sea capaz de mover una paja?" Añade
también perfec-tamente (N° 5): "Si la materia fuere increada, Dios no
podría moverla ni formar con ella ninguna cosa; porque Dios no puede mover la
materia ni ordenarla con sabiduría sin cono-cerla. Ahora bien: Dios no puede
conocerla sin darle el ser, y sus conocimientos sólo pueden salir de sí mismo,
como que nada puede obrar sobre él ni iluminarle."
399. M. Bayle, no contento con
decir que somos crea-dos continuamente, insiste también sobre esta otra
doctrina que pretende deducir de la anterior: que nuestra alma no puede obrar.
He aquí lo que dice (capítulo 112, página 765): "Conoce demasiado el
cartesianismo (se refiere aquí a un ilustre adversario) para ignorar con qué
fuerza se ha sosteni-do en nuestros dices que no hay criatura que no pueda
pro-ducir el movimiento, y que nuestra alma es un sujeto puramente pasivo
respecto de las sensaciones, y de las ideas, así como de los sentimientos de
dolor y de placer, etcétera. Si no se ha llevado el principio hasta las
voliciones, fué debi-
546
TEODICEA
do a las verdades reveladas; sin esto los actos de la voluntad se
hubieran tenido por tan pasivos como los del entendi-miento. Las mismas razones
que prueban que nuestra alma no forma nuestras ideas, ni mueve nuestros
órganos: proba-rían también que no puede formar nuestros actos de amor, ni
nuestras voliciones, etcétera." Podría añadir: nuestras ac-ciones
viciosas, nuestros crímenes.
400. La fuerza de estas pruebas,
que M. Bayle alaba, no es tan fuerte como él cree, puesto que probarían
dema-siado. Ellas harían a Dios autor del pecado. Reconozco que el alma no
puede mover los órganos por una influencia físi-ca, porque creo que el cuerpo
ha debido ser formado con anterioridad de tal manera que hará en tiempo y en
lugar lo que responda a las voliciones del alma; aunque, sin embargo, es cierto
que el alma es el principio de la operación. Pero decir que el alma no produce
sus pensamientos, sus sensa-ciones, sus sentimientos de dolor y de placer, es
lo que yo no veo que se funde en ninguna razón. En mi opinión, toda sustancia
simple (es decir, toda sustancia verdadera), debe ser la verdadera causa
inmediata de todas sus acciones y pasio-nes internas; y hablando en rigor
metafísico, no tiene otras que las que ella produce. Los que son de otro
parecer, y ha-cen a Dios único actor, se crean dificultades por emplear
expresiones que les costará gran trabajo explicar sin chocar con la religión,
además de chocar absolutamente con la ra-zón.
401. He aquí, sin embargo, sobre
lo que M. Bayle se funda. Afirma, que no hacemos aquello que no sabemos cómo se
hace; pero éste es un principio que yo no le conce-
547
GODOFREDO G. LEIBNITZ
do. Sigue diciendo en su discurso (página 767 y siguiente): "es
cosa sorprendente, que casi todos los filósofos (es preci-so exceptuar los
intérpretes de Aristóteles, que admiten un intelecto universal, distinto de
nuestra alma, y causa de nuestras intelecciones; véase en el Diccionario
histórico críti-co, obs. E., art. Averroes), es cosa sorprendente, digo, que
casi todos los filósofos hayan creído con la multitud que nosotros formamos
activamente nuestras ideas. ¿Quién es el hombre que no sepa, por una parte, que
ignora absoluta-mente cómo. se forman las ideas, y por otra, que no podría
coser dos puntos, si ignora cómo se debe coser? ¿Es que coser dos puntos es en
sí una obra más difícil que pintar en el espíritu una rosa, desde el primer
momento en que se la ve, sin que jamás se haya aprendido esta clase de pintura?
¿No parece, por lo contrario, que este retrato espiritual es en sí una obra más
difícil que trazar sobre la tela la figura de una flor, lo cual no podríamos
hacer sin haberlo aprendido? Es-tamos todos convencidos de que de nada nos
servirá una llave para abrir un cofre, si ignoramos cómo debe emplearse; y, sin
embargo, nos figuramos que nuestra alma es la causa eficiente del movimiento de
nuestros brazos, aunque no se sepa ni dónde están los nervios que deben servir
para verifi-car este movimiento, ni dónde deben tomarse los espíritus animales
que han de circular por estos nervios. Todos los días vemos por experiencia,
que las ideas que quisiéramos recordar no se nos ocurren, y que en cambio se presentan
de suyo cuando menos lo pensamos. Si esto no nos impide cre-er que somos su
causa eficiente, ¿qué valor puede tener la prueba de sentimiento que parece tan
demostrativa a M.
548
TEODICEA
Jaquelot? ¿La autoridad sobre nuestras ideas, no es por lo común más
corta que la autoridad sobre nuestras voliciones? Si nos fijamos bien,
encontraremos en el curso de nuestra vida, más veleidades que voliciones, es
decir, mayores testi-monios de la servidumbre de nuestra voluntad que de su
imperio. ¿Cuántas veces un mismo hombre sabe por expe-riencia, que no podría
formar ciertos actos de voluntad (por ejemplo, un acto de amor a aquél de quien
acaba de recibir una ofensa, un acto de desprecio por un precioso soneto que él
mismo haya escrito, un acto de aborrecimiento por su querida, un acto de
aprobación a un epigrama ridículo; y nótese bien que sólo hablo de actos
internos, expresados por un: yo quiero, como yo quiero despreciar, aprobar,
etcétera), aunque se tratara de ganar sobre la marcha cien doblones, y se
ansiara obtenerlos, y aun cuando se sintiera animado por la ambición de
convencerse por una prueba experimental de que es dueño de sí mismo?."
402. "Para resumir en pocas
palabras toda la fuerza de lo que acabo de decir, observaré que es cosa
evidente para todos los que profundizan las cosas, que la verdadera causa
eficiente de un efecto debe conocerlo y saber de qué manera ha de producirlo.
Esto no es necesario cuando no es uno más que instrumento de esta acción o el
sujeto pasivo de su acción; pero no es posible concebir que no sea esto
necesa-rio en un verdadero agente. Ahora bien: si lo examinamos bien, habremos
de convencernos de que, independiente-mente de la experiencia, nuestra alma
sabe tan poco lo que es una volición como lo que es una idea; y que, después de
una larga experiencia, no sabe mejor cómo se forman las
549
GODOFREDO G. LEIBNITZ
voliciones que lo sabía antes de haber querido algo. ¿Y qué otra
conclusión cabe en este caso sino afirmar que el alma no puede ser la causa
eficiente de sus voliciones, como tam-poco lo es de sus ideas ni del movimiento
de los espíritus que hacen mover nuestros brazos? (Nótese que aquí no se
pretende decidir absolutamente este punto, y sólo se le con-sidera con relación
a los principios de la objeción)."
403. ¡Vaya un modo de razonar muy
singular! ¿Qué necesidad hay de saber siempre cómo se hace aquello que se hace?
¿Saben las sales, los metales, las plantas, los animales y otros mil cuerpos
animados o inanimados cómo se hace lo que hacen, ni tienen necesidad de
saberlo? ¿Hay precisión de que una gota de aceite o de grasa entienda la
geometría para redondearse sobre la superficie del agua? Coser puntos es una
cosa muy distinta, porque se obra para un fin y es preci-so saber los medios.
Pero nosotros no formamos nuestras ideas porque queremos; se forman en
nosotros, se forman por nosotros, no en consecuencia de nuestra voluntad, sino
conforme a nuestra naturaleza y a la de las cosas. Y así como el feto se forma
en el animal y otras mil maravillas de la na-turaleza se producen por un cierto
instinto que Dios ha puesto en ellas, es decir, en virtud de la preformación
divina que ha creado estos admirables autómatas propios para pro-ducir
mecánicamente tan preciosos efectos, es fácil concebir en igual forma que el
alma es un autómata espiritual, todavía más admirable, y que por virtud de la
preformación divina produce estas bellas ideas, en las que nuestra voluntad no
tiene parte, y a las que nuestro arte no podía alcanzar. La operación de los
autómatas espirituales, es decir, de las al-
550
TEODICEA
mas, no es mecánica; pero contiene eminentemente lo que hay de precioso
en la mecánica; los movimientos desen-vueltos en los cuerpos, están
reconcentrados allí por la re-presentación, como en un mundo ideal, que explica
las leyes del mundo actual y sus consecuencias; con la diferencia, res-pecto
del mundo ideal perfecto que se da en Dios, que la mayor parte de las
percep-ciones en los otros mundos sólo son confusas. Porque es pre-ciso saber,
que toda sustancia simple envuelve el universo porsus percepciones confusas o
sus sensaciones, y que el enlace de esas percepciones está ordenado por la
naturaleza particular de esta sustancia, pero de una manera que expresa siempre
toda la naturaleza uni-versal, y toda percepción presente tiende a una
percepción nueva como todo movimiento por ella representado tiende a otro
movimiento. Pero es imposible que el alma pueda co-nocer distintamente toda su
naturaleza, ni apercibirse de cómo este número infinito de pequeñas
percepciones, amontonadas o más bien concentradas, se forman en ellas. Para eso
sería preciso que conociese perfectamente todo el universo envuelto en ellas,
es decir, que fuese un dios.
404. Con respecto a las
veleidades, no son más que unaespecie muy imperfecta de voliciones
condicionales. Querría, si pudiera, liberet, si liceret: y en el caso de una
ve-leidad, no queremos propiamente querer, sino poder. Por esto no hay tales
veleidades en Dios, y no hay que confun-dirlas con las voluntades antecedentes.
Ya he explicado sufi-cientemente en otra parte que nuestro imperio sobre las
voliciones sólo puede ejercerse de una manera indirecta, y que seríamos
desgraciados si pudiéramos ser dueños de no-
551
GODOFREDO G. LEIBNITZ
sotros mismos, si pudiéramos querer sin motivo, sin ton ni son. Quejarse
de no tener semejarte imperio, sería lo mismo que razonar como Plinio, que
encuentra qué objetar al poder de Dios, porque no puede destruirse a sí smismo.
405. Tenía intención de concluir
aquí después de ha-ber contestado, a mi parecer, satisfactoriamente a todas las
objeciones que sobre este asunto ha hecho M. Bayle en sus obras. Pero habiendo
recordado el Diálogo de Lorenzo Valla sobre el libre albedrío contra Boecio, de
que queda hecha mención, he creído que sería oportuno exponer aquí lo
sus-tancial conservando la forma de diálogo, y después continuar yo la ficción
donde él la concluye; y esto lo hago, no tanto por amenizar la materia como por
explicarme a la conclusión de mi discurso, de la manera más clara y popular que
me sea posible. Este diálogo de Valla y sus libros sobre el placer y el
verdadero bien muestran que era tan buen filósofo como humanista. Sus cuatro
libros corresponden a los cuatro pri-meros De consolatione, de Boecio, y el
Diálogo al quinto. Un tal Antonio Glarea, español, le pidió explicaciones sobre
el libre albedrío, cuestión tan poco conocida como digna de serlo, de la que
dependen la justicia o injusticia, el castigo o la recompensa en esta vida y en
la otra. Valla le respondió que en cuestión tan delicada es preciso consolarse
con una ignorancia que es común a todos, a la manera que nos con-formamos con
no tener alas corno los pájaros.
406. Antonio: -Sé bien que me
podéis dar estas alas como otro Dédalo para salir de la prisión de la
ignorancia y llevarme hasta la región de la verdad que es la patria de los
espíritus. Los libros que he examinado no me han satisfecho,
552
TEODICEA
y ni aun el célebre Boecio lo ha conseguido a pesar de mere-cer la
aprobación general. No sé si llegó él mismo a com-prender bien lo que dice del
entendimiento de Dios y de la eternidad superior. Os ruego que me digáis
vuestra opinión sobre su manera de concordar la presciencia con la libertad.
Lorenzo: -Temo chocar con muchos al refutar al gran Boecio. Sin embargo,
no dudo posponer este temor a la con-sideración que me merecen las súplicas de
un amigo, con tal de que me prometáis. . .
Antonio: -¿Qué?
Lorenzo: -Que si coméis en mi casa, no exijáis de mí que os dé de cenar;
es decir, que deseo os contentéis con la solución que os dé a la cuestión que
proponéis, pero que no provoquéis otra alguna.
407. Antonio: -Os lo prometo. He
aquí la dificultad. Si Dios ha previsto la traición de Judas, era necesario que
Judas fuese traidor; era imposible que no lo fuese; y a lo imposible ninguno
está obligado. Por consiguiente, Judas no pecó, y no merecía ser castigado.
Esto destruye la justicia y la religión a la vez que el temor de Dios.
Lorenzo: -Dios ha previsto el pecado, pero no ha forza-do al hombre a
cometerlo; el pecado es voluntario.
Antonio. -Esta Voluntad era necesaria, puesto que era prevista.
Lorenzo: -Si mi ciencia no hace que las cosas pasadas o presentes
existan, mi presciencia tampoco hará que las cosas futuras existan.
408. Antonio: -Esta comparación es
engañadora; si ni lo presente ni lo pasado pueden mudarse, son ya necesarios,
553
GODOFREDO G. LEIBNITZ
pero lo futuro, mudable en sí, se hace fijo y necesario por efecto de la
presciencia. Supongamos que un dios del paga-nismo se alabe de saber el
porvenir y que le pregunte qué pie echaré primero; en seguida hago yo lo
contrario de lo que haya predicho.
Lorenzo: -Este Dios sabe lo que vos queréis hacer.
Antonio: -¿Cómo ha de saberlo si yo haré lo contrario de lo que él dice,
y supongo que él dirá lo que piensa?
Lorenzo: -Vuestra ficción es falsa; Dios no os responde-rá, o si os
respondiese, os apresuraríais por la veneración que os inspiraría a hacer lo
que os hubiese dicho; su predicción sería para vos un mandato. Pero hemos
pasado de una cues-tión a otra. No se trata de lo que Dios predice, sino de lo
que prevé. Volvamos, pues, a la presciencia y distingamos entre lo nece-sario y
lo cierto. No es imposible que lo que es previsto no su-ceda, pero es infalible
que sucederá. Puedo hacerme militar o sacerdote, pero no me haré.
409. Antonio: -Aquí os tengo
cogido. Conforme a la regla de los filósofos, todo lo que es posible puede ser
con-siderado como existente. Pero si aquello que decís ser posi-ble, es decir,
si un suceso diferente del que ha sido previsto, se realizase actualmente, Dios
se habría engañado.
Lorenzo: -Las reglas de los filósofos no son oráculos para mí.
Particularmente esa que decís no es exacta. Las dos contradictorias muchas
veces son ambas posibles, y ¿prueba esto que ambas pueden existir? Para aclarar
más el punto, supongamos que Sexto Tarquino, yendo a Delfos a consultar el
oráculo de Apolo, hubiera recibido esta respuesta
554
TEODICEA
Exul inopsque cedes irata pulsus ab urbe.
Pobre y desterrado de tu patria, perderás la vida.
El joven Sexto se lamentará y dirá: -Os he traído ¡oh Apolo! un presente
real, y vos me anunciáis una muerte tan desgraciada! Apolo le responderá:
-Agradezco vuestro pre-sente, y hago lo que exigís de mí porque os digo lo que
os sucederá. Yo sé el porvenir, pero el porvenir no es obra mía. Id a quejaros
a Júpiter y a las Parcas. Si Sexto, después de oír esto, continuase quejándose
de Apolo, su queja sería infun-dada; ¿no es así?
Antonio: -El dirá: os doy gracias ¡oh santo Apolo! por haberme
descubierto la verdad. ¿Pero de dónde nace que Jú-piter sea tan cruel para
conmigo, preparando un destino tan duro a un hombre inocente, a un adorador
religioso de los dioses?
Lorenzo: -¿Vos, inocente? dirá Apolo. Sabed que seréis soberbio, que
cometeréis adulterios, que seréis traidor a la patria. Sexto podría replicarle:
vos sois la causa, oh Apolo, vos me forzáis a obrar así previéndolo!
Antonio: -Declaro que él hubiera perdido el sentido, si hubiera dirigido
a Apolo semejante réplica.
Lorenzo: -Luego el traidor Judas, por la misma razón, tampoco puede
quejarse de la presciencia de Dios. Aquí te-néis la solución a la cuestión que
en un principio me propu-sísteis.
410. Antonio: -Me habéis
satisfecho más de lo que yo deseaba, habéis hecho lo que Boecio no pudo hacer,
y os estaré por ello reconocido toda mi vida.
555
GODOFREDO G. LEIBNITZ
Lorenzo: -Sin embargo, prosigamos un poco más nues-tra historieta. Sexto
dirá: -No, Apolo, yo no quiero hacer lo que me decís.
Antonio: -¿Cómo es eso? Dirá el Dios. ¿Por ventura soy yo un embustero?
Os lo repito, haréis lo que acabo da decir.
Lorenzo: -Sexto suplicaría quizá a los dioses, que cam-biasen su
destino, que le dieran un corazón mejor.
Antonio: -Se le respondería: Desine fata Deum flecti spe-rare precando.
(Deja de esperar que se cambie el destino ro-gando a Dios). El no podría hacer
que mintiera la pres-ciencia divina. ¿Pero qué dirá entonces Sexto? ¿No
pro-rrumpirá en quejas contra los dioses? Cómo, ¿no soy yo libre? ¿No está en
mi poder el seguir el camino de la virtud?
Lorenzo: -Apolo le responderá quizá: Sabed, mi pobre Sexto, que los
dioses hacen a cada uno tal como es. Júpiter ha hecho al lobo rapaz, a la
liebre tímida, al asno necio y al león valiente. Os ha dado un alma mala e
incorregible, obra-réis conforme a vuestro natural, y Júpiter os tratará como
vuestras acciones lo merezcan, porque así lo ha jurado por la laguna Estigia.
411. Antonio: -Os confieso que, a
mi parecer, Apolo, al excusarse, acusa a Júpiter más que le acusa Sexto, y
Sexto le respondería: Luego Júpiter condena en mí su propio cri-men, cuando él
solo es el culpable. Pudo Júpiter hacerme de otra manera, pero habiéndome hecho
como soy, debo obrar como ha querido que obre. ¿Por qué, pues, me castiga?
¿Po-día resistir yo a su voluntad?
Lorenzo: -Os confieso que me encuentro tan embaraza-do como vos para
salir de este conflicto. He hecho compa-
556
TEODICEA
receren la escena a les dioses Apolo y Júpiter, para daros a conocer la
diferencia que hay entre la presciencia y la provi-dencia divinas. He hecho ver
por Apolo, que la presciencia no daña a la libertad, pero no me es posible
satisfaceros so-bre los derechos de la voluntad de Júpiter, es decir, sobre las
órdenes de la Providencia.
Antonio: -Me habéis sacado de un abismo, y me habéis sumido en otro
mayor.
Lorenzo: -Acordáos de nuestro convenio; os he dado de comer, y ahora
exigís de mí que os dé de cenar.
412. Antonio: -Ahora advierto
vuestra travesura; me habéis sorprendido, y éste no es un contrato de buena fe.
Lorenzo: -¿Qué queréis que yo haga? Os he dado vino y viandas de mi
cosecha, único recurso que mi escasa fortuna puede suministrar, mas si queréis
néctar y ambrosía, pedí-dselos a los dioses, porque este alimento divino no se
en-cuentra entre los hombres. Escuchemos a San Pablo, que fué transportado
hasta el tercer cielo, donde oyó palabras inex-plicables; él os responderá,
valiéndose de la comparación del alfarero, con la incomprensibilidad de las
vías de Dios, y con la admiración de la profundidad de su sabiduría. Sin
embar-go, es bueno observar, que no debe preguntarse por qué Dios prevé las
cosas, porque esto se da ya por sentado; es porque se habrán de realizar; lo
que se pregunta es, por qué están ordenadas de esta manera, por qué endurece el
cora-zón de unos y tiene compasión de otros. Nosotros no cono-cemos las razones
que pueda tener Dios; pero nos basta saber que es muy bueno y muy sabio, para
suponer que son muy buenas. Y como también es muy justo, se sigue de ahí
557
GODOFREDO G. LEIBNITZ
que sus decretos y sus operaciones no destruyen nuestra libertad.
Algunos han querido penetrar estas razones. Han dicho que estamos formados de
una masa corrompida e impura de cieno. Pero Adán y los án-geles estaban
formados de plata y oro, y no por eso dejaron de pecar. Algunas veces han
aparecido corazones endurecidos después de la regene-ración. Es preciso, pues,
buscar otra causa del mal, y dudo que los ángeles mismos la sepan, No dejan de
ser dichosos y de alabar a Dios. Boecio ha hecho más apre-cio de la res-puesta
de la filosofía que de la de San Pablo; y en esto con-siste su falta. Creamos
en Jesucristo; él es la virtud y la sabiduría de Dios; él nos enseña que Dios
quiere la salvación de todos, y que no quiere la muerte del pecador. Fiemos,
pues, en la misericordia divina, y no nos hagamos incapaces de ella por nuestra
vanidad y nuestra malicia.
413. Este diálogo de Valla es muy
precioso, aunque se le pueden poner algunos reparos; pero su principal falta
con-siste en cortar el nudo, y parece condenar la Providencia bajo el nombre de
Júpiter, a quien casi hace autor del peca-do. Desenvolvamos por lo mismo el
diálogo en esta forma:
Sexto deja a Apolo y a Delfos, y va en busca de Júpiter a Dodona, y
después de hacerle algunos sacrificios le expone sus quejas:
-¿Por qué me habéis condenado, ¡oh, gran Dios!, a ser malo, a ser
desgraciado? Mudad mi suerte y mi corazón, o re-conoced vuestra injusticia.
Júpiter: -Si queréis renunciar a Roma, las Parcas os asig-narán otro
destino; os haréis sabio y seréis dichoso.
558
TEODICEA
Sexto: -¿Por qué debo renunciar a las esperanzas de una corona? ¿No
podría ser yo un buen rey?
Júpiter: - No, Sexto, yo sé mejor lo que te conviene. Si vas a Roma, tu
ruina es infalible.
No pudiendo Sexto resolverse a hacer tan grande sacri-ficio, salió del
templo y se abandonó a su destino. Teodoro, el gran sacrificador que había
presenciado el diálogo del dios con Sexto, dirigió estas palabras a Júpiter:
Vuestra sabiduría es adorable, ¡oh, gran padre de los dioses! Habéis
convenci-do a este hombre de su error, es preciso que desde ahora impute su
desgracia a su mala voluntad; este hombre no tie-ne defensa. Pero vuestros
fieles adoradores están atónitos; desearían admirar vuestra bondad, como
admiran vuestra grandeza; ¿por qué no habéis dado a Sexto otra voluntad?
Júpiter le respondió: -Id a mi hija Pallas; ella os enseñará lo que yo debía
hacer.
414. Teodoro hizo el viaje a
Atenas, y se le ordenó que se hospedase en el templo de la diosa. Entregado al
sueño, se encontró transportado a un país desconocido. Había allí un pa-lacio
de una esplendidez inconcebible y de una grandeza inmensa. La diosa Pallas se
presentó a la puerta rodeada de rayos de una majestad déslumbradora:
Qualisque videri
Coecolis et quanta solet.
(Tal cual suele ser contemplada por los habitantes del cielo).
559
GODOFREDO G. LEIBNITZ
Tocó el semblante de Teodoro con un ramito de oliva que tenía en la
mano; y de esta manera le hizo capaz de re-sistir la luz divina de la hija de
Júpiter, y de conocer todo lo que tenía que enseñarle. Júpiter que os ama, le
dice, os ha recomendado a mí para instruiros. Ved aquí el Palacio de los
Destinos, cuya guarda está a mi cargo. En él hay representa-ciones, no sólo de
lo que sucede, sino también de todo lo que es posible; y Júpiter, antes de dar
existencia al mundo que conoces, pasó revista a todos los mundos posibles, y
eligió el mejor de todos ellos. De cuando en cuando viene a visitar estos
lugares, para tener el gusto de recapitular las cosas y renovar su propia
elección en la que no puede menos de complacerse. Basta una palabra mía para
que veas todo un mundo que mi padre podría producir, donde aparecerá
representado todo cuanto pueda apetecerse, y por este me-dio se puede saber
también lo que sucedería, si tal o cual posibilidad hubiera de llegar a
realizarse. Y aún cuando las condiciones no sean bastante determinadas, habrá
cuantos mundos se quieran, mundos diferentes entre sí que respon-derán también
diferentemente a la misma pregunta de todas las maneras que sea posible.
Habéis aprendido la geometría, cuando erais joven, co-mo todos los
griegos bien educados. Sabéis, por lo tanto, que cuando las condiciones de un
punto que se pide no le determinan lo bastante, y hay una infinidad de ellos,
caen todos en lo que los geómetras llaman un lugar, y este lugar por lo menos
(que muchas veces es una línea) se verá deter-minado. De igual modo podréis
figuraros una serie ordenada de mundos que contendrán todos y cada uno por sí
el caso
560
TEODICEA
de que se trata, variando sus circunstancias y consecuencias. Pero si
suponéis un caso, que no difiere del mundo actual más que en una cosa definida
y en sus resultados, os respon-derá a ello un cierto mundo determinado: Todos
estos mun-dos están aquí, es decir, están en ideas. Os mostraré uno donde
aparecerá, no precisamente el mismo Sexto que ha-béis visto (esto no es
posible, porque lleva siempre consigo lo que él será), sino Sextos aproximados,
que tendrán todo aquello que conocéis ya del verdadero Sexto, pero no todo lo
que se halla en él, sin que de ello se aperciba, ni por consi-guiente todo lo
que aún tiene que sucederle. Encontraréis en un mundo un Sexto muy dichoso y
encumbrado por la for-tuna, en otro un Sexto contento con su mediana suerte,
Sextos de todas especies y de una infinidad de maneras.
415. En seguida la diosa condujo a
Teodoro a una de las habitaciones. Cuando entramos, vi que aquello no era una
habitación, era un mundo,
Solemque suum, sua sidera norat.
(Había visto su sol, sus estrellas).
Por orden de Pallas se vio aparecer a Dodona con el templo de Júpiter y
a Sexto, que salía de él diciendo que obedecería al dios. Héle aquí que va
derecho a una ciudad, situada entre dos mares, semejante a Corinto. Compra allí
un pequeño jardín, y cultivándole, encuentra un tesoro; se hace rico, querido y
respetado de todos, y muere de una edad avanzada en medio de una estimación
general. Teodoro vio toda su vida como de una ojeada y como una representación
561
GODOFREDO G. LEIBNITZ
de teatro. En este departamento había un gran legajo de do-cumentos
escritos. Teodoro no pudo contenerse y preguntó a la diosa qué querían decir
estos documentos. Es la historia, le contestó la diosa, del mundo que en este
momento esta-mos visitando; es el libro de sus destinos. ¿Habéis visto en la
frente de Sexto un número? Pues buscad en este libro el puesto que le
corresponde. Teodoro lo buscó y encontró allí la historia de Sexto más amplia
que la que había visto en compendio. Poned el dedo sobre la línea que queráis,
le dice Pallas, y veréis representado en efecto con todos sus porme-nores lo
que la línea indica en grande. Teodoro obedeció y vio aparecer todas las
particularidades de una parte de la vida de este Sexto. Pasaron a otro
departamento, y aparecieron otro mundo y otro Sexto, el cual saliendo del
templo re-suelto a obedecer a Júpiter, va a Tracia. Allí se casa con la hija
del rey, única que tenía, es sucesor de éste y vive adora-do por sus súbditos.
Desde allí pasaron a otras habitaciones, y nuevas escenas se presentaban por
todas partes.
Los departamentos estaban colocados en forma de pi-rámide, e iban
aumentando en belleza a medida que se subía acercándose a la cúspide,
representando en la misma grada-ción mundos más bellos. Se llegó en fin al
último que ocu-paba el mismo vértice, y era el más precioso de todos, porque la
pirámide tenía principio, pero no se veía su fin; tenía cúspide, pero carecía
de base e iba ensanchándose hasta lo infinito. La razón de esto es, según
explicó la diosa, que entre una infinidad de mundos posibles, hay uno que es el
mejor de todos, pues de no ser así, Dios no se hubiera determinado a crear
ninguno; pero no hay ni uno que no
562
TEODICEA
tenga otros menos perfectos por bajo de sí, y por esto la pirámide
desciende hasta lo infinito. Teodoro, al entrar en este departamento supremo,
se encontró absorto y extasia-do; necesitó el auxilio de la diosa, y una gota
de un licor di-vino que le aplicó a los labios, le restituyó el sentido. No
sabía ío que le pasaba de puro gozo. Estamos en el verdade-ro mundo actual,
dijo la diosa, y aquí estáis en la fuente de la felicidad. He aquí lo que
Júpiter os prepara si continuáis sir-viéndole fielmente. Ved a Sexto tal como
es, y tal como será actualmente. Sale colérico del templo, y desprecia el
consejo de los dioses. Vedle volar a Roma introduciendo en todo el desorden, y
violando la mujer de su amigo. Vedle después expulsado con su padre de la
ciudad, abatido y miserable. Si Júpiter hubiera puesto en su lugar el Sexto
dichoso de Co-rinto o al rey de Tracia, entonces ya no sería este mundo. Y, sin
embargo, no pudo menos de escoger este mundo, que sobrepuja en perfección a
todos los demás y ocupa el vértice de la pirámide. De otra manera, Júpiter
hubiera renunciado a su sabiduría, me hubiera desterrado a mí que soy su hija.
Ya veis que mi padre no ha hecho a Sexto malo; él lo era de toda la eternidad,
lo era siempre libremente. Júpiter no ha hecho más que darle la existencia, que
su sabiduría no podía rehusar al mundo de que él forma parte, haciéndole pasar
de la región de los posibles a la de los seres actuales. El crimen de Sexto
sirve para grandes cosas; será origen de la aparición de un imperio poderoso que
presentará grandes ejemplos. Pero esto no es nada, si se compara con el valor
total de este mundo, cuya belleza admiraréis, cuando, después del tránsito
563
GODOFREDO G. LEIBNITZ
feliz de este estado mortal a otro mejor, los dioses os pongan en
posesión de conocerle.
En este momento, Teodoro despierta, da gracias a la dio-sa, hace
justicia a Júpiter, y, penetrado de todo lo que ha visto y oído, continúa
desempeñando las funciones de gran sacrificador, con todo el celo de un
verdadero servidor de su Dios, con toda la alegría de que un mortal es capaz.
Me pa-rece que esta continuación de la ficción puede aclarar la difi-cultad que
no se atrevió Valla a resolver. Si Apolo ha representado bien la ciencia divina
de visión que correspon-de a las existencias, espero que Pallas no habrá
desempeñado mal el papel de lo que se llama ciencia de simple inteligencia, que
corresponde a todos los posibles, y a la que en último término hay que recurrir
en busca del origen de las cosas.
FIN

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