© Libro N° 13952. El Ganador. Lawrence, D.
H. Emancipación. Junio 21 de 2025
Título Original: © El Ganador. D. H. Lawrence
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D. H. Lawrence
El Ganador
D. H. Lawrence
Érase una vez, una
mujer hermosa que había empezado la vida con todo a su favor y que, sin
embargo, no tenía suerte. Se casó por amor, y el amor se convirtió en cenizas.
Tuvo unos hijos preciosos; no obstante, sentía que le habían sido impuestos, y
era incapaz de amarlos. Ellos la miraban fríamente, como si la encontraran en
falta. De inmediato ella sentía que debía ocultar algún defecto. Pero jamás
conseguía averiguar qué defecto era ese. Así y todo, cuando sus hijos estaban
presentes, ella sentía que el núcleo de su corazón se endurecía. Esto le
preocupaba, y, a su manera, era excesivamente ansiosa y dulce con los niños,
como si los quisiera muchísimo. Solo ella sabía que en el núcleo de su corazón
había una pequeña zona endurecida que era incapaz de sentir amor; no, por
nadie. Todos los demás decían de ella: “¡Es una madre tan buena! Adora a sus
hijos”. Pero solo ella, y sus hijos, sabían que no era así. Podían leerlo, unas
y otro, en sus respectivas miradas.
Los hijos eran un
varón y dos niñas. Vivían en una casa agradable, con jardín, y tenían unos
sirvientes discretos, y se consideraban mejores que cualquiera de sus vecinos.
Aunque vivían con
lujo, en la casa siempre se percibía cierta ansiedad. Nunca había dinero
bastante. La madre tenía unas pequeñas rentas, y también el padre, pero no eran
las suficientes para la posición social que pretendían mantener. El padre
acudía a la ciudad a trabajar en algún despacho. Pero aunque tenía buenas
perspectivas, estas nunca se materializaron. Siempre existía la agobiante
sensación de la falta de dinero, aunque la posición social que aparentaban
seguía siendo la misma.
Un día la madre
dijo:
—Veré si yo puedo
hacer algo. —Pero no sabía por dónde empezar. Se devanó los sesos, e intentó
una cosa, y otra, pero no obtuvo resultado alguno. El fracaso trazó en su
rostro profundas arrugas. Sus hijos estaban creciendo, y tendrían que ir al
colegio. Haría falta más dinero, haría falta más dinero. El padre, que era un
hombre muy apuesto y tenía gustos caros, parecía que jamás fuese a hacer nada
que valiese la pena. Y la madre, que creía enormemente en sí misma, no lograba
hacer mucho más, a pesar de que sus gustos también eran caros.
De modo que la casa
llegó a estar invadida por aquella frase inexpresada: “¡Haría falta más dinero!
¡Haría falta más dinero!”. Los niños podían oírla a cada instante, aunque nadie
la decía en voz alta. La oían en Navidad, cuando los juguetes caros y espléndidos
llenaban el cuarto de juegos. Detrás del brillante y moderno caballo de
balancín, detrás de la elegante casa de muñecas, una voz empezaba a murmurar:
“¡Haría falta más dinero! ¡Haría falta más dinero!”. Y los niños dejaban de
jugar y escuchaban un momento. Se miraban entre ellos, para ver si los otros
también lo habían oído. “¡Haría falta más dinero! ¡Haría falta más dinero!”.
La frase brotaba
murmurante de los resortes del caballo de balancín, e incluso el caballo,
inclinando la piafante cabeza de madera, podía oírla. La enorme muñeca, sentada
tan sonriente y sonrosada en su nuevo cochecito, la oía con toda claridad, y
parecía que esto la hacía sonreír con picardía aun mayor. El gracioso
cachorrito, que había reemplazado al oso de felpa, parecía todavía más
extraordinariamente gracioso solo porque oía también, por toda la casa, el
murmullo secreto: “¡Haría falta más dinero! ¡Haría falta más dinero!”.
No obstante, nadie
lo decía en voz alta. El murmullo estaba en todas partes, y por ello nadie lo
expresaba, del mismo modo que nadie dice nunca “¡Estamos respirando!”, a pesar
del hecho de que la respiración viene y va a cada momento.
—Madre —dijo un día
Paul, el niño—, ¿por qué no tenemos coche propio? ¿Por qué utilizamos siempre
el del tío, o un taxi?
—Porque somos los
parientes pobres de la familia —dijo la madre.
—Pero ¿por qué,
mamá?
—Bueno, supongo
—dijo ella lenta, amargamente— que es porque tu padre no tiene suerte.
El niño guardó un
instante de silencio.
—¿La suerte es lo
mismo que el dinero, madre? —preguntó con cierta timidez.
—No, Paul. No
exactamente. Es lo que hace que tengas dinero.
—¡Ah…! —dijo
vagamente Paul—. Yo creía que cuando el tío Oscar decía “maldita fortuna”, se
refería al dinero.
—En esa frase se
refería a la suerte —dijo la madre—. Pero tener fortuna significa también
poseer dinero.
—¡Ah…! —dijo el
chico—. Entonces ¿qué es la suerte, madre?
—Es lo que hace que
tengas dinero. Si tienes suerte, tienes dinero. Por eso es mejor nacer con
suerte que nacer rico. Si eres rico, puedes perder tu dinero. Pero si tienes
suerte, siempre obtendrás más dinero.
—¡Ah! ¿De veras? ¿Y
padre no tiene suerte?
—Yo diría que tiene
muy poca —dijo ella con amargura.
El niño la miraba
dubitativamente.
—¿Por qué?
—preguntó.
—No lo sé. Nadie
sabe por qué unas personas tiene suerte y otras no.
—¿No? ¿Nadie, de
verdad? ¿Nadie puede saberlo?
—Tal vez Dios. Pero
Él nunca lo dice.
—Pues debería
hacerlo. ¿Y tú tampoco tienes suerte, madre?
—No puedo tenerla,
si me he casado con un hombre que no la tiene.
—Pero tú, por ti
misma, ¿no la tienes?
—Solía pensar que
sí, antes de casarme. Ahora pienso que no tengo nada.
—¿Por qué?
—Pues… En fin, da
igual. Tal vez sí tenga algo —dijo ella.
El niño la miró
para comprobar si lo decía en serio. Pero vio, por la expresión de sus labios,
que solo estaba intentando ocultarle algo.
—Bueno, de todas
maneras —dijo valientemente—, yo sí tengo suerte.
—¿Por qué? —dijo su
madre rompiendo a reír.
Él la miró
fijamente. Ni siquiera sabía por qué había dicho eso.
—Dios me lo dijo
—afirmó con valentía.
—¡Espero que así
sea, querido! —dijo ella riendo de nuevo, pero con amargura.
—¡Es verdad, madre!
—¡Excelente! —dijo
la madre, utilizando una de las exclamaciones de su marido.
El niño se dio
cuenta de que no le había creído, o, más bien, de que no hacía caso de su
afirmación. Esto, de algún modo, le irritó, despertando en él el deseo de
llamar su atención.
Se alejó por su
cuenta, pensativo, buscando, a su manera infantil, la clave de la “suerte”.
Absorto, sin hacer caso a los demás, vagaba por la casa con una especie de
cautela, buscando la suerte en su interior. Deseaba la suerte, la deseaba, la
deseaba. Cuando sus dos hermanas jugaban a las muñecas en el cuarto de los
niños, él se sentaba a horcajadas sobre su gran caballo de balancín, cabalgando
como un poseso en el espacio, con un frenesí que obligaba a las pequeñas a
observarlo con inquietud. El caballo se mecía salvajemente, el oscuro cabello
ondulado del niño se agitaba en el aire y sus ojos adquirían un brillo extraño.
Sus hermanas no se atrevían a hablarle.
Cuando llegaba al
final de su enloquecido viaje, se bajaba del caballo y se paraba ante él,
mirándole fijamente su cabeza baja. La boca roja estaba ligeramente
entreabierta, los grandes ojos desorbitados, brillantes como cristales.
—¡Ahora! —le
ordenaba silenciosamente el niño a la piafante montura—. ¡Llévame a donde está
la suerte! ¡Llévame ya!
Y fustigaba al
caballo en el cuello con la pequeña fusta que le había pedido a su tío Oscar.
Él sabía que el caballo podía llevarle a donde estaba la suerte, por poco que
lo obligase.
De modo que lo
montaba de nuevo y recomenzaba su furioso galope, con la esperanza de llegar
allí por fin. Él sabía que podía llegar.
—¡Romperás el
caballo, Paul! —dijo la niñera.
—¡Siempre está
cabalgando así! ¡Me gustaría que parase! —dijo su hermana mayor Joan.
Pero él se limitaba
a mirarlas en silencio. La niñera renunció a decirle nada más. No podía hacerle
cambiar. Además, era ya demasiado mayor para ella.
Un día, su madre y
su tío Oscar entraron mientras él estaba en mitad de una de sus furiosas
cabalgadas. Él no les habló.
—¡Hola, pequeño
jockey! ¿Montando a un ganador? —dijo su tío.
—¿No eres demasiado
grandecito para un caballo de balancín? Ya no eres un bebé, ¿sabes? —dijo su
madre.
Pero Paul se limitó
a mirarlos con sus grandes ojos azules, ligeramente juntos. No hablaba con
nadie cuando estaba así de excitado. Su madre lo miraba con expresión de
ansiedad.
Al fin el niño se
detuvo súbitamente, forzando a su caballo a un galope mecánico, y descendió.
—Bueno, ¡ya he
llegado! —anunció con vehemencia, con sus ojos azules aún llameantes y
separando sus fuertes y largas piernas.
—¿Adónde? —preguntó
su madre.
—A donde quería ir
—le contestó él con rotundidad.
—¡Así me gusta,
hijo! —dijo su tío Oscar—. No te detengas hasta llegar allí. ¿Cómo se llama el
caballo?
—No tiene nombre
—dijo el chico.
—¿Y se las arregla
sin él? —dijo el tío.
—Bueno, tiene
nombres diferentes. La semana pasada se llamaba Sansovino.
—Sansovino, ¿eh?
Ganó en Ascot. ¿Cómo lo sabías?
—Siempre habla de
las carreras de caballos con Bassett —dijo Joan.
El tío estaba
encantado de que su pequeño sobrino se interesara en las carreras. Bassett, el
joven jardinero, que había sido herido en el pie izquierdo durante la guerra y
había conseguido su actual empleo a través de Oscar Cresswell, tras haber sido
su bateador, era un gran experto en el tema. Vivía para la hípica, y el pequeño
lo secundaba.
Oscar Cresswell se
enteró de todo por Bassett.
—El señorito Paul
viene a preguntarme, y yo no puedo por menos que responderle, señor —dijo
Bassett, con una expresión terriblemente seria, como si estuviera hablando de
asuntos religiosos.
—¿Y alguna vez
apuesta algo a un caballo que le apetezca?
—Bueno, yo no
quiero delatarle… Es un buen chico… Un chico excelente, señor. ¿Le importaría
preguntárselo usted mismo? Es una cosa que parece gustarle, y tal vez piense
que yo le estoy traicionando. Si no le importa, señor…
Bassett era tan
serio como una iglesia.
El tío fue en busca
de su sobrino y lo llevó a dar una vuelta en coche.
—Paul… Dime, chico,
¿alguna vez apuestas algo a los caballos?
El niño observó a
su tío con atención.
—¿Por qué, crees
que no debo hacerlo? —dijo desafiante.
—¡No he dicho eso!
Pero pensé que tal vez podrías darme alguna pista para el Lincoln.
El coche se
desplazaba velozmente por el campo en dirección a la casa del tío Oscar en
Hampshire.
—¿Me juras no decir
nada? —dijo el sobrino.
—Te juro no decir
nada, hijo —dijo el tío.
—Pues bien:
Daffodil.
—¡Daffodil! Lo
dudo, hijito. ¿Qué me dices de Mirza?
—Yo solo sé el
nombre del ganador —dijo el niño—. Y es Daffodil.
—Daffodil, ¿eh?
Hubo una pausa.
Daffodil, comparativamente, era un caballo secundario.
—¡Tío!
—¿Sí, hijo?
—No dejarás que
salga de aquí, ¿verdad? Se lo prometí a Bassett.
—¡Al diablo con
Bassett, jovencito! ¿Qué tiene él que ver con esto?
—Somos socios.
Somos socios desde el principio. Tío, él me prestó mis primeros cinco chelines,
y los perdí. Le di mi palabra de honor de que sería algo entre él y yo, solo
que tú me diste ese billete de diez chelines y con él empecé a ganar, así que
pensé que me traías suerte. No se lo dirás a nadie, ¿verdad?
El niño miró a su
tío con aquellos ojos grandes, cálidos y azules, demasiado juntos. El tío se
removió en el asiento y rió nerviosamente.
—¡En absoluto,
hijo! Tu información está a salvo conmigo. Daffodil, ¿eh? ¿Cuánto vas a apostar
por él?
—Todo lo que tengo
menos veinte libras —dijo el niño—. Eso lo guardo como reserva.
El tío lo encontró
muy cómico.
—Te guardas veinte
libras como reserva, ¿eh, graciosillo? ¿Cuánto apuestas, entonces?
—Apuesto
trescientas —dijo el niño con gravedad—. ¡Pero eso es entre tú y yo, tío Oscar!
¿Me lo prometes?
El tío lanzó una
inmensa carcajada.
—¡Claro que es
entre tú y yo, pequeño Nat Gould! —dijo, riendo—. Pero ¿dónde están tus
trescientas libras?
—Me las guarda
Bassett. Somos socios.
—Ah, sí, ¿eh? ¿Y
cuánto apuesta Bassett por Daffodil?
—Supongo que no
tanto como yo. Tal vez ciento cincuenta.
—¿Qué, peniques?
—rió el tío.
—Libras —dijo el
niño, mirando sorprendido a su tío—. Bassett siempre se reserva más dinero que
yo.
Entre la sorpresa y
la diversión, el tío Oscar guardó silencio. No volvió a hablar del asunto, pero
decidió llevar consigo a su sobrino a las carreras de Lincoln.
—Bien, hijito
—dijo—, yo voy a apostar veinte libras a Mirza y apostaré cinco libras por ti
al caballo que tú quieras.
—Daffodil, tío.
—¡No, las cinco a
Daffodil no!
—Si fueran mías yo
lo haría —dijo el niño.
—¡Bien, bien!
Tienes razón. Cinco por ti y cinco por mí a Daffodil.
El niño nunca había
estado en las carreras y sus ojos eran como fuego azul. Apretó fuertemente los
labios y observó todo con gran atención. Un francés que tenía delante había
apostado su dinero a Lancelot. Loco de excitación, agitaba los brazos gritando “¡Lancelot!
¡Lancelot!” con su acento francés.
Daffodil llegó el
primero, Lancelot el segundo y Mirza el tercero. El niño, sonrojado y con los
ojos llameantes, estaba curiosamente sereno. Su tío le trajo cuatro billetes de
cinco libras, cuatro a uno.
—¿Qué debo hacer
con esto? —exclamó, agitando los billetes ante los ojos del niño.
—Supongo que
hablaremos con Bassett —dijo el chico—. Creo que ahora tengo mil quinientas, y
veinte de reserva; y estas otras veinte.
Su tío lo miró
atentamente durante unos instantes.
—Escucha, hijito
—dijo—, no hablarás en serio sobre Bassett y esas mil quinientas, ¿verdad?
—Claro que sí. Pero
es un secreto entre tú y yo, tío. ¿Me lo prometes?
—¡Claro que te lo
prometo, hijo! Pero debo hablar con Bassett.
—Si quieres hacerte
socio nuestro, tío, de Bassett y mío, podríamos hacerlo. Solo que tendrías que
darnos tu palabra de honor de que no se lo dirás a nadie. Bassett y yo tenemos
suerte, y tú también debes tenerla, porque gracias a tus diez chelines yo gané
la primera vez…
El tío Oscar se
llevó a Bassett y a su sobrino a pasar la tarde a Richmond Park, y allí
hablaron:
—Verá, señor, la
cosa va así —dijo Bassett—. El señorito Paul me pide que le hable de las
carreras, de sus historias, ¿comprende, señor? Siempre se interesaba en saber
si había ganado o perdido. Ahora va a hacer un año que aposté cinco chelines a
Bush of Dawn en su nombre. Y los perdimos. Luego la suerte se puso de nuestro
lado con esos diez chelines que usted le dio. Estos los apostamos a Singhalese.
Y desde entonces, en general, la suerte se ha mantenido. ¿Usted qué dice,
señorito Paul?
—Nos va bien cuando
estamos seguros —dijo Paul—. Perdemos cuando no estamos del todo seguros.
—Ah, pero en esos
casos vamos con cuidado —dijo Bassett.
—Pero ¿cuándo
estáis seguros? —sonrió el tío Oscar.
—Es el señorito
Paul, señor —dijo Bassett con una voz serena, religiosa—. Es como si se lo
dijeran desde el Cielo. Como ahora con Daffodil, en el Lincoln. Eso era tan
seguro como la salida del sol.
—¿Apostó usted
dinero a Daffodil? —preguntó Oscar Cresswell.
—Sí, señor. Algo
gané.
—¿Y mi sobrino?
Bassett guardo un
silencio obstinado, mirando a Paul.
—Yo gané mil
doscientas libras, ¿verdad, Bassett? Le dije al tío que apostaría trescientas a
Daffodil.
—Así es —dijo
Bassett, asintiendo con la cabeza.
—Pero ¿dónde está
el dinero? —preguntó el tío.
—Lo guardo yo bajo
llave, señor. El señorito Paul puede pedírmelo cuando quiera.
—¿Cómo, mil
quinientas libras?
—¡Más veinte! Más
cuarenta, contando lo que ganó en el hipódromo.
—¡Es increíble!
—dijo el tío.
—Si el señorito
Paul se ofrece a hacerle socio, señor, yo, en su caso, aceptaría. Si permite
que se lo diga —dijo Bassett.
Oscar Cresswell
caviló unos instantes.
—Veamos ese dinero
—dijo.
Regresaron a casa
y, sin vacilar, Bassett acudió a la caseta del jardín con mil quinientas libras
en billetes. La reserva de veinte libras había quedado con Joe Glee en el
depósito de la Comisión Hípica.
—¿Lo ves, tío? ¡No
hay peligro cuando estoy seguro! Entonces jugamos fuerte, todo lo que tenemos.
¿Verdad, Bassett?
—Así es, señorito
Paul.
—¿Y cuándo estás
seguro? —dijo el tío, riendo.
—Bueno, a veces
estoy completamente seguro, como con Daffodil —dijo el chico—, y otras tengo
una idea; y a veces ni siquiera tengo una idea, ¿verdad, Bassett? Entonces
tenemos cuidado, porque en general perdemos.
—Ah, sí, ¿eh? Y
cuando estás seguro, como con Daffodil, ¿qué es lo que te hace estarlo tanto,
hijo?
—Pues… bueno, no lo
sé —dijo el niño, nervioso—. Estoy seguro, tío, eso es todo.
—Es como si se lo
dijeran desde el Cielo, señor —reiteró Bassett.
—¡Ya lo creo! —dijo
el tío.
Pero se hizo socio.
Y cuando se acercaba el Leger, Paul estuvo “seguro” de que ganaría Lively
Spark, que era un caballo bastante mediocre. El chico insistió en apostar mil
libras al caballo, Bassett se decidió por quinientas y Oscar Cresswell por
doscientas. Lively Spark llegó el primero, y las apuestas habían sido de diez a
uno contra él. Paul había ganado diez mil libras.
—Es que estaba
completamente seguro de que ganaría —dijo.
Incluso Oscar
Cresswell había ganado dos mil libras.
—Óyeme bien, hijito
—le dijo a su sobrino—, estas cosas me ponen nervioso.
—¡No tienen por
qué, tío! A lo mejor pasa mucho tiempo antes de que vuelva a estar tan seguro.
—Pero ¿qué vas a
hacer con tu dinero? —preguntó el tío.
—Esto empecé a
hacerlo por mi madre —dijo el niño—. Ella dijo que no tenía suerte, porque mi
padre no la tenía, así que pensé que si yo tenía suerte, dejaría de murmurar.
—¿Qué dejaría de
murmurar?
—Nuestra casa.
Detesto nuestra casa por su murmullo.
—¿Y qué murmura?
—Pues… pues… —El
niño se removió inquieto—. Pues no lo sé. Pero en casa siempre falta dinero,
¿sabes, tío?
—Lo sé, hijo, lo
sé.
—Sabes que a mamá
le envían pagarés, ¿verdad?
—Me temo que sí
—dijo el tío.
—Y entonces la casa
murmura, como si la gente se riese a nuestras espaldas. ¡Eso es horrible! Pensé
que si yo tenía suerte…
—… podrías hacer
algo para impedirlo —añadió el tío.
El niño lo miró con
sus grandes ojos azules, que brillaban con un fuego extraño, pero no dijo una
palabra.
—Pues bien —dijo el
tío—, ¿qué vamos a hacer?
—No quisiera que
mamá supiese que tengo suerte —dijo el niño.
—¿Por qué, hijo?
—Me impediría
jugar.
—Yo no lo creo.
—¡Oh…! —dijo el
chico, y se removió nerviosamente—. No quiero que lo sepa, tío.
—De acuerdo, hijo.
Nos las arreglaremos sin que ella se entere.
Se las arreglaron
con toda facilidad. Paul, a sugerencia de los otros, le entregó cinco mil
libras a su tío, quien las depositó en manos del abogado de la familia. Este
informaría entonces a la madre de Paul de que un pariente le había dado cinco
mil libras, las cuales serían entregadas, a razón de mil al año, a la madre de
Paul, en su cumpleaños, durante los cinco años siguientes.
—Así tendrá un
regalo de cumpleaños de mil libras durante los próximos cinco años —dijo el tío
Oscar—. Espero que eso no se lo ponga más difícil después.
El cumpleaños de la
madre de Paul era en noviembre. La casa había estado murmurando mucho más que
nunca últimamente y, a pesar de su suerte, Paul no podía soportarlo. Estaba
ansioso por ver el efecto que a su madre le causaba la carta de cumpleaños, en
la que se le hablaba de las mil libras.
Ahora, cuando no
había visitas, Paul comía y cenaba con sus padres, ya que era demasiado mayor
para comer en el cuarto de los niños. Su madre iba a la ciudad casi todos los
días. Había descubierto que tenía una cierta habilidad para diseñar modelos de
vestidos y abrigos de piel, de modo que trabajaba secretamente en el estudio de
una amiga que era la “artista” principal de los modistos más importantes.
Dibujaba siluetas de mujeres vestidas de pieles, o de sedas y lentejuelas, para
los anuncios de la prensa. La joven artista amiga suya ganaba varios miles de
libras al año, pero la madre de Paul solo ganaba unos cientos, y seguía
insatisfecha. ¡Tenía tantos deseos de ser la primera en algo…! Pero no lo
conseguía, ni siquiera dibujando modelos para los anuncios de prensa.
La mañana de su
cumpleaños bajó a desayunar. Paul la observaba mientras leía sus cartas. Sabía
lo que diría la carta del abogado. Mientras su madre la leía, su cara se
endureció y se volvió aún más inexpresiva. Luego su boca adoptó una expresión
fría y decidida. Escondió la carta bajo otras muchas y no dijo una palabra
acerca de ella.
—¿No has recibido
algo bonito para tu cumpleaños, mamá?
—Sí, más o menos
—dijo ella, con su voz fría y ausente.
Se fue a la ciudad
sin decir nada más.
Pero por la tarde
apareció el tío Oscar. Dijo que la madre de Paul había tenido una larga
entrevista con el abogado, pidiéndole, si era posible, que le entregara las
cinco mil libras de una sola vez, puesto que tenía muchas deudas.
—¿Tú que opinas,
tío? —dijo el chico.
—Lo dejo en tus
manos, hijo.
—¡Pues entonces que
se las quede! Podemos ganar más con lo que queda —dijo el niño.
—¡Más vale pájaro
en mano que ciento volando, muchacho! —dijo el tío Oscar.
—Pero estoy seguro
de que sabré quién ganará el Grand National, o el Lincolnshire, o si no el
Derby. Estoy seguro de que sabré quién ganará al menos uno de ellos —dijo Paul.
De modo que tío
Oscar firmó el acuerdo, y la madre de Paul cobró las cinco mil libras. Entonces
ocurrió algo muy curioso. De pronto, las voces de la casa enloquecieron, como
un coro de ranas en un anochecer de primavera. Hubo ciertos cambios en la
decoración, y a Paul se le asignó un tutor. Iría de verdad a Eton, el colegio
de su padre, el otoño siguiente. Hubo flores en mitad del invierno, y el lujo
al que la madre de Paul había estado acostumbrada volvió a revivir. Y, sin
embargo, las voces de la casa, tras los ramos de mimosa y los capullos de
almendro, y debajo de los innumerables cojines iridiscentes, sencillamente
trinaban y exultaban en una suerte de éxtasis: “¡Haría falta más dinero! ¡Oooh,
haría falta más dinero! ¡Ahora, ahora! ¡Haría falta más dinero! ¡Más que nunca!
¡Más que nunca!”.
Esto asustaba
terriblemente a Paul. Seguía estudiando latín y griego con su tutor, pero sus
horas más intensas las pasaba con Bassett. El Grand National había llegado y
pasado; él no había “sabido” quién sería el ganador, y había perdido cien
libras. Llegaba el verano. Estaba en ascuas con el Lincoln. Pero tampoco “supo”
quién lo ganaría, y perdió cincuenta libras. Su comportamiento se volvió
extraño, su mirada enloquecida, como si algo dentro de él estuviera a punto de
estallar.
—¡Déjalo estar,
hijo! ¡No te preocupes más! —le aconsejaba el tío Oscar. Pero era como si el
chico no pudiese oírle.
—¡Tengo que saber
para el Derby! ¡Tengo que saber para el Derby! —repetía el niño, con sus ojos
azules brillando en una suerte de locura.
Su madre se dio
cuenta de lo nervioso que estaba.
—Sería mejor que te
fueras a la costa. ¿No te gustaría irte a la costa ahora, en vez de esperar?
—le dijo, mirándolo con ansiedad, con el corazón curiosamente triste a causa de
él.
Pero el niño
levantó sus misteriosos ojos azules.
—¡De ningún modo
podría antes del Derby, madre! —dijo—. ¡Imposible!
—¿Por qué no? —dijo
ella, su voz se había vuelto ominosa al verse contradicha—. ¿Por qué no? Puedes
ir al Derby con tu tío Oscar desde la costa, si es lo que quieres. No es
necesario que esperes aquí. Además, me parece que le das demasiada importancia
a estas carreras. Es una mala señal. La mía ha sido una familia de jugadores, y
no te darás cuenta hasta que seas mayor del daño que eso hizo. Pero lo hizo.
Tendré que despedir a Bassett y pedirle al tío Oscar que no vuelva a hablarte
de las carreras, a menos que prometas que serás razonable en ese aspecto. Vete
a la costa y olvídate de ello. ¡Estás hecho un manojo de nervios!
—Haré lo que
quieras, madre, siempre que no me eches antes del Derby —dijo el chico.
—¿Echarte de dónde?
¿De esta casa?
—Sí —dijo él
mirándola fijamente.
—¡Vaya, qué niño
más curioso! ¿Por qué de pronto te importa tanto esta casa? No sabía que te
gustase.
Él la miró sin
hablar. Poseía un secreto dentro de un secreto, algo que no había contado a
nadie, ni siquiera a Bassett o a su tío Oscar.
Pero su madre, tras
quedarse un momento indecisa, dijo de mala gana:
—¡De acuerdo,
entonces! No vayas a la costa antes del Derby si no quieres. Pero prométeme no
destrozarte los nervios. Prométeme que no pensarás tanto en las carreras ni en
los “acontecimientos hípicos”, como tú los llamas.
—Oh, no —dijo el
chico sin darle importancia—. No pensaré mucho en eso, madre. No tienes por qué
preocuparte. Yo en tu lugar no me inquietaría.
—Si tú estuvieras
en mi lugar y yo en el tuyo —dijo su madre—, me pregunto qué haríamos.
—Pero sabes que no
has de preocuparte, ¿verdad, madre? —repitió el niño.
—Me encantaría
poder estar segura de ello —dijo ella con voz cansada.
—Pues puedes
estarlo, ¿sabes? Quiero decir que deberías saber que no tienes por qué
inquietarte —insistió él.
—¿Debería? Pues lo
intentaré —dijo ella.
El secreto de Paul
era su caballo de madera, el que no tenía nombre. Desde que se emancipó de la
niñera y la gobernanta, había hecho trasladar el caballo de balancín a su
dormitorio en la planta alta de la casa.
—¡Pero si eres
demasiado mayor para un caballo de balancín! —le reconvino su madre.
—Verás, madre,
hasta que pueda tener un caballo de verdad, me gustaría tener algún animal
cerca de mí —fue su peculiar respuesta.
—¿Te parece que te
hace compañía? —dijo ella riendo.
—¡Sí! Es muy bueno,
y siempre me hace compañía cuando estoy allí —dijo Paul.
De modo que el
caballo, en cierto mal estado, permaneció inmovilizado a medio galope en el
cuarto del niño.
Se acercaba el
Derby, y el niño se iba poniendo cada vez más tenso. Apenas oía lo que se le
decía, estaba muy débil y sus ojos asustaban. Su estado despertaba en su madre
súbitos y extraños arranques de preocupación. A veces se pasaba media hora
sintiendo por él una ansiedad que rozaba la angustia. Deseaba correr a su lado
para asegurarse de que estaba bien.
Dos noches antes
del Derby la madre de Paul se encontraba en una gran fiesta en la ciudad cuando
uno de aquellos accesos de ansiedad por su primogénito se apoderó de su corazón
hasta dejarla sin aliento. Luchó contra este sentimiento con todas sus fuerzas,
porque creía en el sentido común. Pero era demasiado fuerte. Tuvo que abandonar
el baile y bajar a llamar a su casa de campo. La gobernanta de los niños se
sobresaltó enormemente al recibir la llamada en mitad de la noche.
—¿Están bien los
niños, señorita Wilmot?
—Sí, sí, están muy
bien.
—¿Y el señorito
Paul? ¿Está bien?
—Se acostó sin
rechistar. ¿Quiere que suba a verle?
—No —dijo la madre
de Paul a su pesar—. ¡No! No se preocupe. Está bien. Vaya a acostarse.
Llegaremos pronto a casa. —No quería que la gobernanta irrumpiese en la
intimidad de Paul.
—Muy bien —dijo la
gobernanta.
Era cerca de la una
cuando los padres de Paul llegaron a su casa. Todo estaba en silencio. La madre
de Paul se fue a su habitación y se quitó el blanco abrigo de piel. Le había
dicho a su doncella que no la esperase despierta. Oyó, abajo, a su marido, sirviéndose
un whisky con soda.
Y entonces, a causa
de aquella extraña ansiedad de su corazón, subió sigilosamente a la habitación
de su hijo. Se deslizó por el pasillo en silencio. ¿Se oía un ligero ruido?
¿Qué era?
Se detuvo, con los
músculos en tensión, al otro lado de la puerta. Se oía un ruido extraño,
pesado, y sin embargo quedo. Su corazón se paró. Era un ruido sin sonido,
aunque poderoso e intenso. Algo enorme se movía, violenta pero ahogadamente.
¿Qué era? ¿Qué era, por Dios? Ella debería saberlo. Sentía que conocía aquel
ruido. Sabía qué era.
Y, no obstante, no
conseguía recordarlo. No podía decir qué era. Y el ruido seguía y seguía, como
una locura.
Suavemente,
paralizada por el miedo y la ansiedad, hizo girar el picaporte.
La habitación
estaba a oscuras. Sin embargo, en el espacio junto a la ventana, oyó y vio algo
que bajaba y subía. Miró hacia allí, asombrada, temerosa.
Entonces, de
pronto, encendió la luz y vio a su hijo, con su pijama verde, cabalgando
enloquecido en su caballo de balancín. El torrente de luz lo iluminó
súbitamente, mientras azuzaba el caballo de madera, y la iluminó a ella, rubia,
con su vestido verde pálido bordado en cristal, de pie junto a la puerta.
—¡Paul! —gritó—.
¿Qué estás haciendo?
—¡Es Malabar!
—gritó él con una voz extraña, poderosa—. ¡Es Malabar!
La miró con ojos
llameantes durante un extraño, insensato segundo, y dejó de azuzar al caballo.
Luego se derrumbó contra el suelo, y ella, sintiendo que la inundaba toda su
maternidad atormentada, se precipitó hacia él para levantarlo.
Pero el chico
estaba inconsciente, y siguió en ese estado, con una suerte de fiebre cerebral.
Deliraba, agitado, mientras su madre permanecía junto a su cama, impasible.
—¡Malabar! ¡Es
Malabar! ¡Bassett, Bassett, lo sé! ¡Es Malabar!
Esto gritaba el
niño, intentando levantarse para azuzar al caballo que le había otorgado la
inspiración.
—¿Qué significa eso
de “Malabar”? —preguntó la madre aterrorizada.
—No lo sé —contestó
el padre, sin expresión en la voz.
—¿Qué significa eso
de “Malabar”? —preguntó la madre a su hermano Oscar.
—Es uno de los
caballos que corren en el Derby —fue la respuesta.
Y, sin poder
evitarlo, Oscar Cresswell habló con Bassett y apostó mil libras a Malabar:
catorce a uno.
El tercer día de la
enfermedad fue crítico: se esperaba un cambio. El niño, con sus largos y
ondulados cabellos, no cesaba de agitar su cabeza sobre la almohada. No dormía,
ni recobraba la consciencia, y sus ojos eran como dos piedras azules. Su madre
seguía a su lado, sintiendo que había perdido el corazón, que este también se
había convertido en piedra.
Aquella tarde,
Oscar Cresswell no fue a la casa, pero Bassett envió un mensaje preguntando si
podría acudir un momento, solo un momento. La madre de Paul se puso furiosa
ante esta intrusión; pero, tras pensarlo mejor, accedió. El chico seguía igual.
Tal vez Bassett pudiera conseguir que recuperara la consciencia.
El jardinero, un
hombre de mediana estatura con un pequeño bigote castaño y agudos ojos oscuros,
entró de puntillas en la habitación, se llevó la mano a una gorra imaginaria
para saludar a la madre de Paul y se acercó a la cama, mirando fijamente con
sus ojillos intensos y brillantes al niño que se agitaba en su agonía.
—¡Señorito Paul!
—susurró—. ¡Señorito Paul! ¡Malabar llegó el primero, y con mucho! Yo hice lo
que me pidió. Ha ganado usted más de setenta mil libras, y ya tiene más de
ochenta. ¡Malabar ganó la carrera, señorito Paul!
—¡Malabar!
¡Malabar! ¿Yo he dicho Malabar, madre? ¿Yo he dicho Malabar? ¿Crees que tengo
buena suerte, madre? Yo sabía lo de Malabar, ¿verdad? ¡Más de ochenta mil
libras! A eso lo llamo yo suerte, ¿eh, madre? ¡Más de ochenta mil libras! ¡Lo
sabía! ¿No es verdad que lo sabía? Malabar ganó la carrera. Si cabalgo mi
caballo hasta que estoy seguro, entonces hazme caso, Bassett: puedes apostar
tanto como quieras. ¿Apostaste todo lo que tenías, Bassett?
—Aposté mil libras,
señorito Paul.
—Madre, nunca te
dije que si puedo montar mi caballo, y “llegar allí”, entonces estoy
absolutamente seguro. ¡Absolutamente! ¿Nunca te lo dije, madre? ¡Tengo suerte!
—No, no me lo
dijiste —respondió la madre.
Pero aquella noche
el niño murió.
Y, mientras yacía
allí, muerto, su madre oyó la voz de su hermano que le decía:
—Dios mío, Hester,
tienes ochenta mil libras más y un hijo de menos. Pero más le ha valido al
pobre dejar una vida en la que debía azuzar a un caballo de juguete para
encontrar un ganador.
*FIN*
“The Rocking-Horse
Winner”,
Harper’s Bazaar,
1926
FIN

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