© Libro N° 13949. El Chinago. London, Jack.
Emancipación. Junio 14 de 2025
Título Original: © El Chinago. Jack London
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Jack London
El Chinago
Jack London
EL CHINAGO*
Jack London
El coral aumenta, la palmera
crece, pero el hombre parte.
(Proverbio tahitiano.)
Ah Cho no entendía el
francés. Estaba sentado en la abarrotada sala del tribunal, muy cansado y
aburrido, escuchando el incesante y explosivo francés que pronunciaba ora un
funcionario, ora otro. Para Ah Cho aquello era un parloteo sin sentido, y le
asombraba la estupidez de los franceses que tardaban tanto en averiguar quién
había matado a Chung Ga, si es que llegaban a averiguarlo. Los quinientos culis
de la plantación sabían que lo había matado Ah San, y sin embargo, ni siquiera
habían detenido a Ah San. Era cierto que todos los culis se habían puesto en
secreto de acuerdo para no declarar unos contra otros; pero la cosa resultaba
tan fácil que los franceses deberían de haber sido capaces de descubrir que el
asesino era Ah San. Desde luego, estos franceses eran muy estúpidos.
Ah Cho no había hecho nada
de lo que tener miedo. No había intervenido en el asesinato. Era cierto que
estaba presente y que Schemmer, el capataz de la plantación, se había dirigido
a toda prisa a los barracones inmediatamente después y le había cogido allí
junto a otros cuatro o cinco culis. Pero, ¿y eso qué? Chung Ga sólo había
recibido un par de puñaladas. Eso indicaba que los que le habían dado las dos
puñaladas no podían ser cinco hombres. Pues, si cada hombre le había dado
únicamente una puñalada, sólo podían haber sido dos.
Así era como razonaba Ah Cho
cuando, junto a sus cuatro compañeros, había mentido y divagado y confundido
las cosas durante su declaración ante el tribunal referida a lo que había
pasado. Habían oído ruidos como de lucha y, lo mismo que Schemmer, se
dirigieron al sitio de donde procedían. Habían llegado antes que Schemmer...,
eso era todo. Cierto, Schemmer había declarado que, atraído por el ruido de la
pelea cuando pasaba casualmente por allí delante, se había quedado esperando,
al menos cinco minutos, fuera; que después entró y se encontró a los detenidos
allí dentro; y que, éstos no podían acabar de entrar porque él se había quedado
junto a la única puerta de los barracones. ¿Y eso qué? Ah Cho y los otros
cuatro detenidos habían declarado que Schemmer estaba equivocado. Al final los
dejarían marcharse. Todos confiaban en eso. No les iban a cortar la cabeza a
cinco hombres por un par de puñaladas. Además, ninguno de aquellos extranjeros
del demonio había visto el asesinato. Pero estos franceses eran tan
estúpidos... En China, como bien sabía Ah Cho, el magistrado habría ordenado
que los torturasen a todos y se enteraría de la verdad. Pero estos franceses no
torturaban... ¡valientes idiotas eran! Y por si fuera poco, jamás averiguarían
quién había matado a Chung Ga.
Pero Ah Cho no entendía
nada. La Compañía Inglesa, propietaria de la plantación, había traído a Tahití
a los quinientos culies, y eso le había costado mucho. Los accionistas exigían
dividendos, y la compañía todavía no les había pagado ninguno; por lo tanto, la
compañía no quería que sus carísimos trabajadores empezaran a practicar el arte
de matarse unos a otros. Además, estaban los franceses deseosos de imponer a
los chinagos las excelencias y virtudes de las leyes francesas. Había que
sentar un precedente, y de una vez por todas; y además, ¿para qué servía Nueva
Caledonia, más que para proporcionar hombres cuya vida transcurriera en la
miseria y el dolor como castigo por ser humanos y débiles?
Ah Cho no entendía nada de
eso. Estaba sentado en la sala del tribunal y esperaba la estúpida sentencia
que los dejaría, a él y a sus camaradas, libres para volver a la plantación y
cumplir con su contrato. Dictarían la sentencia enseguida. Las diligencias
estaban terminando. Lo notaba. No quedaban más testigos, no habría más
parloteos sin sentido. Aquellos franceses del demonio también estaban cansados,
y sin duda esperaban la sentencia. Y mientras esperaba Ah Cho recordó su vida.
El momento en que había firmado el contrato y zarpó en el barco rumbo a Tahití.
Los tiempos eran duros en el poblado costero donde vivía, y cuando se
comprometió a trabajar durante cinco años en los Mares del Sur por cincuenta
centavos mejicanos al día, se consideró afortunado. En su poblado había hombres
que sudaban la gota gorda el año entero por sólo diez dólares mejicanos. Y
había mujeres que tejían redes todo el año por cinco dólares, mientras que en
las casas de los dueños de las tiendas había criadas que cobraban cuatro
dólares por todo un año de trabajo. Y resulta que él iba a cobrar cincuenta
centavos diarios. ¡Por un día, por sólo un día de trabajo, iba a cobrar aquella
suma principesca! ¿Qué importaba lo duro que fuera el trabajo? Al cabo de los
cinco años volvería a casa —tal y como establecía el contrato—, y ya no tendría
que trabajar nunca más. Sería rico para toda la vida, con casa propia, y una
mujer y unos hijos que le venerarían. Sí, y en la parte de atrás de la casa
tendría un jardincillo, un sitio para meditar y reposar, con carpas doradas en
un estanque, y campanillas que sonarían con el viento en los árboles, y habría
un muro muy alto alrededor para que no le molestaran ni en su meditación ni en
su reposo.
Bueno, ya habían pasado tres
de aquellos cinco años. Ya era un hombre rico (en su país) gracias a lo que
había ganado, y sólo quedaban dos años entre la plantación de algodón de Tahití
y la meditación y el reposo que le esperaban. Pero precisamente ahora estaba
perdiendo dinero debido a que tuvo la desgracia de estar presente cuando
mataron a Chung Ga. Lo habían tenido tres semanas en la cárcel, y cada uno de
los días de aquellas tres semanas había perdido cincuenta centavos. Pero ahora
pronto dictarían sentencia y podría volver al trabajo.
Ah Cho tenía veintidós años.
Estaba contento, tenía buen carácter, y le resultaba fácil sonreír. Mientras su
cuerpo, como el de los asiáticos, era delgado, su cara era regordeta. Era
redonda, como la luna, e irradiaba una amable complacencia y una dulce bondad
que resultaban inusuales entre sus compatriotas. Su comportamiento no lo
desdecía. Jamás causaba problemas, nunca tomaba parte en las peleas. Tampoco
jugaba. No tenía el alma tan dura como la que debe tener un jugador. Disfrutaba
de las cosas de poca importancia y de los placeres sencillos. El silencio y la
quietud de las horas más frescas del día, después del agotador trabajo en el
campo de algodón, le proporcionaban una infinita satisfacción. Era capaz de
pasarse horas sentado contemplando una solitaria flor y filosofando sobre los
misterios y enigmas del ser. Una garza azul sobre una pequeña duna de la playa,
el chapoteo plateado de un pez volador, o un crepúsculo de perla y rosa al otro
lado de la laguna, le proporcionaban el olvido absoluto del duro transcurso de
sus monótonos días y del pesado látigo de Schemmer.
Schemmer, Karl Schemmer, era
una mala bestia, la bestia más bestia de todas las bestias. Pero se ganaba su
paga. Les sacaba hasta la última gota de energía a cada uno de los quinientos
esclavos; pues esclavos eran hasta que cumplieran los años del contrato.
Schemmer trabajaba a fondo para sacarles sus fuerzas a aquellos quinientos
cuerpos sudorosos y para transformarlas en balas de plumoso algodón listas para
ser exportadas. Su autoridad tiránica, su primigenia brutalidad de hierro, eran
lo que permitían llevar a cabo esa transmutación. También contaba con la ayuda
de un grueso cinturón de cuero, de unos ocho centímetros de ancho y un metro de
largo, que siempre llevaba cuando cabalgaba y que, en su momento, dejaba caer
sobre la espalda desnuda de un culi perezoso con un ruido como de disparo. Y
estos ruidos eran frecuentes siempre que Schemmer cabalgaba por el campo de
algodón.
Una vez, al comienzo del
primer año del contrato, había matado a un culi de un puñetazo. De hecho, no le
había roto la cabeza como si fuera una cáscara de huevo, pero el puñetazo había
bastado para destrozar lo que tenía dentro, y después de pasar una semana muy
grave, el culi había muerto. Pero los chinos no se habían quejado a los
franceses del demonio que gobernaba en Tahití. Era asunto suyo. Schemmer era su
problema. Ellos debían evitar su ira lo mismo que evitaban el veneno de los
ciempiés que acechaban entre la hierba o trepaban las noches de lluvia hasta
las tablas donde dormían. Los chinagos
—como eran llamados por los indolentes habitantes de piel oscura de la
isla— comprendían que no debían hacer que Schemmer se enfadara demasiado. Lo
que equivalía a proporcionarle una buena ración de eficiente trabajo. Aquel
puñetazo de Schemmer le había costado miles de dólares a la compañía, y no le
supuso ningún problema a Schemmer.
Los franceses, carentes de
instinto para la colonización, inútiles en su juego infantil de explotar los
recursos de la isla, estaban muy contentos al ver que la compañía inglesa iba
bien. ¿Qué importaban Schemmer y sus terribles puñetazos? ¿Y el chinago que
había muerto? Bueno, sólo era un chinago. Además, había muerto de insolación,
como decía el certificado médico. Cierto, en toda la historia de Tahití nunca
había muerto nadie de insolación. Pero fue eso, precisamente eso, lo que hizo
que la muerte de ese chinago fuera algo único. El médico lo había dicho en su
certificado. Era muy franco. Había que pagar dividendos, o si no se añadiría
otro fracaso a la larga historia de fracasos de Tahití.
No había modo de entender a
estos blancos del demonio. Ah Cho consideraba lo inescrutables que resultaban
mientras seguía sentado en la sala del tribunal en espera del veredicto. No
sabría decir lo que pasaba en el fondo de sus mentes. Había conocido a unos
cuantos de estos blancos del demonio. Todos eran iguales: los oficiales y
marineros del barco, los funcionarios franceses, los distintos blancos de la
plantación, incluido Schemmer. Pensaban de un modo misterioso que no conseguía
entender. Se enfadaban sin causa aparente, y su enfado siempre era peligroso. A
veces parecían bestias salvajes. Se preocupaban de cosas sin importancia, y en
ocasiones eran capaces de tener más aguante que un chinago. No eran sobrios
como lo eran los chinagos; eran glotones, comían de modo prodigioso y bebían de
modo aún más prodigioso. Un chinago, nunca sabía cuando les gustaba lo que
hacía o si eso mismo provocaría una explosión de ira. Un chinago jamás lo
podría decir. Lo que les gustaba una vez, a la siguiente podía provocar una
explosión de ira. Había un parapeto tras los ojos de los blancos del demonio
que impedía que los chinagos vieran el fondo de sus mentes. Y además, encima de
todo, estaba aquella terrible eficiencia de los blancos del demonio, aquella
habilidad para hacer cosas, para hacer que las cosas funcionaran, para que se
trabajara, para someter a su voluntad a todas las cosas que se movían o
arrastraban, y a las propias fuerzas de los mismos elementos. Sí, los hombres
blancos eran extraños y asombrosos, y eran unos demonios. Sólo había que mirar
a Schemmer.
Ah Cho se preguntaba por qué
tardaban tanto en emitir el veredicto. Ninguno de los detenidos le había puesto
la mano encima a Chung Ga. Lo había matado Ah San solo. Lo había hecho Ah San.
Le había echado la cabeza hacia atrás agarrándole la coleta con una mano, y con
la otra mano, le había hundido el cuchillo en el cuerpo. Le había dado dos
puñaladas. Allí en la sala del tribunal, con los ojos cerrados, Ah Cho vio el
asesinato una vez más: la discusión, los insultos que se cruzaron, las
maldiciones lanzadas a incontables generaciones de antepasados, el ataque de Ah
San a Chung Ga agarrándole de la coleta, el cuchillo que se hundía un par de
veces en la carne, la puerta que se abría violentamente, la irrupción de
Schemmer, la carrera hacia la puerta, la fuga de Ah San, el cinturón de
Schemmer que obligó a los demás a quedarse en un rincón, y el disparo de
revólver con el que Schemmer pedía ayuda. Ah Cho se estremeció al volverlo a
vivir. Un golpe del cinturón le había magullado la mejilla arrancándole parte
de la piel. Schemmer había señalado la marca del cinturón en su cara cuando, en
el banquillo de los testigos, había identificado a Ah Cho. Lo que pasaba era
que las señales ya no resultaban visibles. Había sido un buen golpe. Faltó
menos de un centímetro para que le hubiera sacado un ojo. Luego, Ah Cho olvidó
todo lo sucedido gracias a la visión del jardín de meditación y reposo que
tendría cuando volviera a su país.
Estaba sentado con rostro
impasible mientras el juez leía la sentencia. También los rostros de sus cuatro
compañeros resultaban impasibles. Y siguieron impasibles cuando el intérprete
les explicó que a los cinco los consideraban culpables del asesinato de Chung
Ga, y que a Ah Chow, le cortarían la cabeza; Ah Cho estaba condenado a veinte
años de cárcel en Nueva Caledonia, Wong Li a doce años, y Ah Tong a diez. No
servía de nada inquietarse por aquello. Hasta el propio Ah Chow permaneció tan
inexpresivo como una momia, aunque le iban a cortar la cabeza. El juez añadió
unas palabras, y el intérprete explicó que como la cara de Ah Chow era la que
había resultado más magullada por la correa de Schemmer, había sido
identificado con toda seguridad, y que dado que debía morir un hombre, a él le
tocaba ser ese hombre. También, que el hecho de que la cara de Ah Cho hubiera
sido igualmente magullada, lo que demostraba su presencia en el lugar del
asesinato y su indudable participación en él, le hacían merecedor de veinte
años de cárcel. Y fueron explicando los motivos de cada condena hasta llegar a
los, diez años de Ah Tong. De ese modo, los chinagos nunca olvidarán la
lección, dijo finalmente el juez, pues aprenderán que en Tahití deben cumplirse
las leyes aunque se hundan los cielos.
Llevaron a los cinco
chinagos de vuelta a la cárcel. No estaban sorprendidos ni molestos. Aquellas
inesperadas condenas eran algo a lo que estaban acostumbrados en sus tratos con
los blancos del demonio. Un chinago raramente esperaba otra cosa que lo
inesperado. El duro castigo por un crimen que no habían cometido no les
resultaba más extraño que las incontables cosas extrañas que hacían los blancos
del demonio. En las semanas que siguieron, a veces Ah Cho observaba a Ah Chow
con cierta curiosidad. Le iban a cortar la cabeza en la guillotina que estaban
instalando en la plantación. Para él ya no habría años de descanso, ni jardines
de tranquilidad. Ah Cho filosofaba y especulaba sobre la vida y la muerte. En
cuanto a sí mismo, tampoco estaba inquieto. Veinte años sólo eran veinte años.
Por mucho que su jardín se alejara de él, no eran más que eso. Era joven, y la
paciencia de Asia corría por sus venas. Podría esperar esos veinte años, y
durante aquel tiempo los latidos de su corazón seguirían tranquilos y estaría
mejor preparado para habitar aquel jardín de deliciosa tranquilidad. Pensaba en
cómo llamarlo; lo llamaría el Jardín de la Tranquilidad Matutina. Había pasado
feliz el día entero pensando en eso, y terminó por sentir la inspiración que le
hizo pronunciar una máxima moral acerca de la virtud de la paciencia, máxima
que les proporcionó un gran consuelo, en especial a Wong Li y a Ah Tong. Ah
Chow, sin embargo, no sintió interés por la máxima. Le iban a cortar la cabeza
dentro de muy poco y no necesitaba ninguna paciencia para esperar el momento.
Fumaba bien, comía bien, dormía bien, y no le preocupaba el lento transcurrir
del tiempo.
Cruchot era un gendarme.
Llevaba veinte años de servicio en las colonias, desde Nigeria y Senegal a los
Mares del Sur, y todos aquellos veinte años no le habían avivado la mente.
Seguía tan retrasado y estúpido como en sus tiempos de campesino en el sur de
Francia. Sabía de disciplina y de miedo a la autoridad, y la única diferencia
que existía entre Dios y el sargento de gendarmes, con todas las demás
categorías intermedias, residía en la cantidad de obediencia ciega que les
debía. En honor a la verdad, para él el sargento era mucho más importante que
el mismo Dios, excepto los domingos cuando los portavoces de Dios hablaban.
Dios habitualmente le resultaba muy remoto, mientras que el sargento por lo
general lo tenía al alcance de la mano.
Cruchot fue el que recibió
la orden del juez dada al carcelero que decía que este funcionario debía de
entregar a Cruchot la persona de Ah Chow. Pues bien, sucedió que el juez había
dado una cena la noche antes en honor del capitán y de los oficiales del buque
de guerra francés. Le temblaba la mano cuando firmó la orden, y le dolían tanto
los ojos que no la releyó. En resumidas cuentas, sólo se trataba de la vida de
un chinago. Conque no se dio cuenta de que había omitido la letra final del
nombre de Ah Chow. En la orden ponía «Ah Chow», y cuando Cruchot presentó la
orden al carcelero, éste volvió con Ah Cho. Cruchot cogió al chinago y lo sentó
junto a él en el pescante de una carreta tirada por unas mulas, y se alejó.
Ah Cho estaba contento de
volver a ver la luz del sol. Iba sentado junto al gendarme y sonreía. Sonrió
con más ganas que nunca cuando notó que las mulas se dirigían al sur, hacia
Atimaono. Era indudable que Schemmer había mandado a buscarle. Schemmer quería
que volviera a trabajar. Muy bien, pues trabajaría. Schemmer no tendría motivo
de queja. Era un día tórrido. Los vientos alisios habían cesado. Las mulas
sudaban. Cruchot sudaba, y Ah Cho sudaba. Pero Ah Cho era el que soportaba el
calor con menos molestias. Había trabajado agotadoramente tres años bajo el sol
de la plantación. Sonreía y sonreía de tal modo que hasta el torpe cerebro de
Cruchot fue sacudido por el asombro.
—Estás muy contento —dijo al
fin.
Ah Cho asintió y sonrió con
más ganas. A diferencia del juez, Cruchot le hablaba en lengua kanaka. Ah Cho,
lo mismo que todos los chinagos y todos los extranjeros del demonio, la
entendía.
—Te ríes demasiado
—refunfuñó Cruchot—. Uno debiera de llorar en un día como éste.
—Me alegra salir de la
cárcel.
—¿Eso es todo? —el gendarme
se encogió de hombros.
—¿No es bastante? —fue la
respuesta.
—¿Te alegra que te corten la
cabeza?
Ah Cho le miró perplejo y
dijo:
—¿Y por qué motivo? Vuelvo a
Atimaono a trabajar para Schemmer en la plantación. ¿No me llevas a Atimaono?
Cruchot se pasó pensativo la
mano por sus largos bigotes. Finalmente, dijo al tiempo que azuzaba a la mula.
—Bueno, así que no lo sabes,
¿verdad?
—¿Saber qué? —Ah Cho
empezaba a sentirse vagamente alarmado—. ¿Es que Schemmer no quiere que vuelva
a trabajar para él?
—Desde luego que no a partir
de hoy —Cruchot se rió con ganas. Era un buen chiste—. Verás, no creo que a
partir de hoy puedas trabajar. Un hombre sin cabeza no puede trabajar, ¿no te
parece? —le dio un codazo al chinago y se rió ahogadamente.
Ah Cho se quedó sin aliento
mientras las mulas corrían trotando otro ardiente kilómetro. Luego habló:
—¿Va a cortarme la cabeza
Schemmer?
Cruchot hizo una mueca y
asintió.
—Es un equivocación —añadió
Ah Cho seriamente—. Yo no soy el chinago al que le van a cortar la cabeza. Yo
soy Ah Cho. El honorable juez decidió que pasara veinte años en Nueva
Caledonia.
El gendarme rió. Era un buen
chiste, este absurdo chinago trataba de escapar a la guillotina. Las mulas
trotaron durante medio kilómetro a través de un bosque de cocoteros y cuando
llegaron cerca del resplandeciente mar, Ah Cho habló otra vez.
—Te digo que yo no soy Ah
Chow. El honorable juez no dijo que me cortaran la cabeza.
—No tengas miedo —dijo
Cruchot con la intención filantrópica de hacerle las cosas más fáciles a su
prisionero—. No resulta difícil morir de esa manera —chasqueó los dedos—. Es
muy rápido... así, ¡chas! No es lo mismo que colgar en el extremo de una soga y
patalear y retorcerse durante cinco minutos. Es como matar un pollo con un
cuchillo. Se le corta la cabeza, eso es todo. Y a los hombres les pasa lo
mismo. ¡Zas! Y se acabó. No duele. Ni siquiera podrás pensar en que duele. No
se piensa. Te quedas sin cabeza y no puedes pensar. Está muy bien. Es del modo
en que yo quiero morir... rápido, muy rápido. Tienes suerte de morir de ese
modo. Podrías coger la lepra e ir cayéndote a cachos poco a poco, una vez un
dedo, otra el dedo gordo, y también los dedos de los pies. Conocí a un tipo que
cayó en agua hirviendo. Tardó dos días en morir. Se le podía oír gritar desde
un kilómetro de distancia. En cambio tú. ¡Facilísimo! ¡Zas! La cuchilla te
corta el cuello así. Y se acabó. La cuchilla a lo mejor hace cosquillas. ¿Quién
lo sabe? Nadie que haya muerto volvió para decírnoslo.
Consideró que esto último
era un chiste agudísimo y se rió convulsivamente durante medio minuto. Parte de
su hilaridad era fingida, pero consideraba que tenía la obligación de animar al
chinago.
—Pero le digo que yo soy Ah
Cho —insistió el otro—. No quiero que me corten la cabeza.
Cruchot frunció el ceño.
Aquel chinago estaba llevando la broma demasiado lejos.
—¡Ya basta! —interrumpió el
gendarme. Sacó el pecho y se esforzó por parecer feroz.
—Le digo que no lo soy
—empezó de nuevo Ah Cho.
—¡A callar! —gritó Cruchot.
Después de eso avanzaron en
silencio. Había unos treinta y cinco kilómetros entre Papeete y Atimaono, y ya
habían cubierto la mitad de esa distancia cuando el chinago se aventuró a
hablar de nuevo.
—Le vi a usted en la sala
del tribunal, cuando el honorable juez meditaba sobre nuestra culpabilidad
-empezó—. Muy bien. ¿Y no se acuerda usted de que Ah Chow, al que tienen que
cortarle la cabeza... no se acuerda de que él, Ah Chow, era muy alto? Míreme a
mí.
De repente se puso en pie y
Cruchot vio que era bastante bajo. Y, también de repente, Cruchot recordó a Ah
Chow, y se dio cuenta de que era alto. Para el gendarme todos los chinagos eran
iguales. Una cara era igual que otra. Pero distinguía a alguien alto de alguien
que era bajo, y se dio cuenta de que allí, al lado de él en el asiento, llevaba
a un hombre equivocado. Tiró de las riendas bruscamente, lo que hizo que la
lanza de la carreta avanzara más que las mulas.
—Ya ve. Era una equivocación
—dijo Ah Cho sonriendo encantadoramente.
Pero Cruchot estaba
pensando. Ya se había puesto a lamentar el haber detenido la carreta.
Desconocía el error del juez que había firmado la orden, y no tenía modo de
verificarla. Pero sí sabía que le habían entregado a aquel chinago para que lo
llevase a Atimaono y que su deber era llevarlo a Atimaono. ¿Qué importaba que
fuera un hombre equivocado y que le cortaran la cabeza? Sólo era un chinago, y,
después de todo, ¿qué era un chinago? Además, a lo mejor no era un error. No
sabía lo que pasaba dentro de la cabeza de sus superiores. Ellos sabían lo que
hacían. ¿Quién era él para ponerse a pensar por ellos? Una vez, hacía
muchísimo, había tratado de pensar por ellos y el sargento le había dicho:
«Cruchot, ¡eres un idiota! Cuanto antes lo aprendas, mejor te irán las cosas.
No tienes que pensar. Tienes que obedecer y dejar que los que mandan piensen.»
Recordó la observación. Y además, si regresaba a Papeete, retrasaría la
ejecución en Atimaono, y si estaba equivocado y tenía que volver recibiría una
reprimenda del sargento que estaba esperando por el prisionero. Y, por si todo
eso fuera poco, también podría recibir otra reprimenda en Papeete.
Dio un latigazo a las mulas
y siguió. Miró su reloj. Iba con una media hora de retraso, y el sargento se
enfadaría. Hizo que las mulas trotaran con más rapidez. Cuanto más insistía Ah
Cho en exponer el error, más obstinado se volvía Cruchot. Saber que llevaba a
un hombre equivocado no le ponía de mejor humor. Saber que él no cometía un
error le confirmaba en la creencia de que lo equivocado que estaba haciendo era
lo correcto. Y antes de quedar mal delante del sargento, prefería asistir a la
ejecución de una docena de chinagos equivocados.
En cuanto a Ah Cho, después
de que el gendarme le hubiera pegado con el mango del látigo y de que le
ordenara a gritos que se callara, no tenía más remedio que callar. Continuaron
el camino en silencio. Ah Cho pensaba en las extrañas costumbres de aquellos
extranjeros del demonio. No se las conseguía explicar. Lo que le estaban
haciendo a él concordaba con todas las demás cosas que hacían. Primero
consideraban culpables a cinco hombres inocentes, y después le cortaban la cabeza al hombre, al que incluso ellos, en su
terrible ignorancia, habían declarado que merecía solo veinte años de prisión.
Y no podía hacer nada. Sólo podía seguir allí sentado, impotente y aceptar lo
que aquellos amos de la vida y de la muerte decidían. En una ocasión sintió
pánico y se puso a sudar frío; pero se esforzó por pensar en otra cosa. Trataba
de asumir su destino recordando y repitiendo determinados pasajes del Yin Chib
Wen (El sendero de la vida silenciosa); pero en lugar de eso, continuó viendo
su soñado jardín de meditación y reposo. Se sentía inquieto, pero al fin se
abandonó a su fantasía y se encontró sentado en el jardín escuchando el sonido
de las campanillas que colgaban de los árboles. Y de pronto, sentado así, en su
ensueño, pudo recordar y repetir los pasajes de El sendero de la vida
silenciosa.
Así transcurrió
agradablemente el tiempo hasta que llegaron a Atimaono y las mulas trotaron en
dirección al pie del patíbulo a cuya sombra esperaba el impaciente sargento. Ah
Cho fue llevado a toda prisa hasta la escalerilla del patíbulo. Debajo, a uno
de los lados, distinguió a todos los culis de la plantación. Schemmer había
decidido que el acontecimiento podía servirles de lección, y por eso había
convocado a los culis de los campos obligándoles a estar presentes. Cuando
vieron a Ah Cho hicieron comentarios en voz baja entre ellos. Sabían que era
una confusión, pero se lo guardaron para sí mismos. Era indudable que aquellos
blancos del demonio habían cambiado de opinión. En vez de quitarle la vida a un
inocente, se la quitaban a otro inocente. Ah Chow o Ah Cho, ¿y qué más daba?
Jamás conseguirían entender a aquellos perros blancos, lo mismo que aquellos
perros blancos jamás los entenderían a ellos. Iban a cortarle la cabeza a Ah
Cho, pero ellos, cuando pasaran los dos años que les quedaban, volverían a
China.
El propio Schemmer había
construido la guillotina. Era un tipo mañoso, y aunque jamás había visto una
guillotina, los funcionarios franceses le habían explicado cómo funcionaba. Fue
una sugerencia suya lo que hizo que ordenaran que la ejecución tuviera lugar en
Atimaono en lugar de Papeete. El lugar del crimen, había explicado Schemmer, es
el mejor sitio para la ejecución, y además ejercía una saludable influencia
sobre el medio millar de chinagos de la plantación. Schemmer se había ofrecido
voluntario como verdugo, y ahora, subido al patíbulo, estaba probando el
aparato que él mismo había fabricado. Había puesto debajo de la guillotina el
tronco de un platanero del tamaño y la consistencia del cuello de un hombre. Ah
Cho lo miró con ojos alucinados. El alemán, dando vueltas a una manivela, subió
la cuchilla hasta el cabestrante que había instalado en la parte de arriba.
Tiró de una sólida cuerda y la hoja cayó y cortó limpiamente el tronco de la
palmera.
—¿Qué tal funciona? —el
sargento, tras subir al patíbulo, había hecho la pregunta.
—Estupendamente —fue la
exultante respuesta de Schemmer—. Se lo voy a demostrar.
Dio nuevamente vueltas a la
manivela y la cuchilla subió. Luego tiró de la cuerda y la cuchilla volvió a
caer cortando dos tercios de su circunferencia.
—No servirá —dijo el
sargento torciendo el ceño.
—Lo único que necesita es
más peso —añadió al borde del patíbulo y ordenó al herrero que trajese un trozo
de hierro de unos quince kilos. Mientras el alemán se dedicaba a sujetar el
trozo de hierro a la parte de arriba de la cuchilla, Ah Cho miró al sargento y
vio que aquella era su oportunidad.
—El honorable juez dijo que
a quien había que cortar la cabeza era a Ah Chow —empezó.
El sargento asintió
impaciente. Estaba pensando en los veinte kilómetros que le esperaban aquella
tarde hasta la parte de la isla, protegida del viento, y en Berthe, la hermosa
mulata hija de Lafiere, el comerciante de perlas, que le estaba esperando allí.
—Bien, pues yo no soy Ah
Chow. Yo soy Ah Cho. El honorable carcelero ha cometido un error. Ah Chow es
alto, y como ve yo soy bajo.
El sargento le miró y
comprendió el error.
—¡Schemmer! —llamó
imperativamente—. Venga aquí.
El alemán gruñó, pero
continuó dedicado a su tarea hasta que el trozo de hierro quedó atado a su
plena satisfacción.
—¿Está listo el chinago?
—preguntó.
—Fíjese en él —fue la
respuesta—. ¿Es el chinago?
Schemmer estaba sorprendido.
Soltó maldiciones durante unos segundos, y miró con pena hacia el aparato que
había fabricado con sus propias manos y que ansiaba ver en funcionamiento.
—Verá —dijo al fin—, no
podemos retrasar este asunto, Ya he perdido tres horas de trabajo de estos
quinientos chinagos. No puedo permitir que se vuelvan a perder otras tres.
Continuemos como si no hubiera pasado nada. Sólo es un chinago.
El sargento recordó el largo
camino que les esperaba. También a la hija del comerciante de perlas, y se
debatía internamente.
—Le echarán la culpa a
Cruchot... si es que la cosa se descubre... —dijo apresuradamente el alemán—.
Pero hay pocas oportunidades de que lo descubran. Ah Chow no dejará que se
enteren, a ningún precio.
—En cualquier caso, no le
echarán la culpa a Cruchot —dijo el sargento—. Debe tratarse de un error del
carcelero.
—Entonces continuemos. Nadie
nos puede echar la culpa. ¿Quién es capaz de distinguir a un chinago de otro?
Podemos decir que seguimos las instrucciones y nos ocupamos del chinago que nos
trajeron. Además, yo no puedo permitir, de verdad que no puedo, que todos estos
culis dejen de trabajar otra vez por la misma causa.
Hablaban en francés, y Ah
Cho, que no entendía ni palabra, supo que estaban decidiendo su destino.
También sabía que la decisión la tomaría el sargento, y su vista estaba clavada
en los labios del militar.
—Muy bien —anunció el
sargento—. Continuemos. Sólo es un chinago.
—Voy a hacer otra prueba,
sólo para estar seguro —Schemmer movió el tronco de platanero debajo de la
cuchilla, a la que había izado hasta lo alto del cabestrante.
Ah Cho trataba de recordar
máximas de El sendero de la vida silenciosa. «Vive en armonía» acudió a su
mente, pero no resultaba aplicable. No iba a vivir. Iba a morir. No, eso no
servía. «Perdona la maldad»... sí, pero no había ninguna maldad que perdonar.
Schemmer y los demás estaban haciendo las cosas sin maldad. Para ellos formaba
simplemente parte de su trabajo, lo mismo que formaban parte de su trabajo
limpiar la selva, depurar el agua y plantar algodón. Schemmer tiró de la
cuerda, y Ah Cho olvidó El sendero de la vida silenciosa. La cuchilla cayó con
un ruido sordo cortando un trozo de tronco.
—¡Perfecto! —exclamó el
sargento, deteniéndose en el acto de encender un cigarrillo—. ¡Perfecto, amigo
mío!
A Schemmer le agradó la
alabanza.
—Vamos, Ah Chow —dijo en
idioma tahitiano.
—Pero yo no soy Ah Chow...
—empezó Ah Cho.
—¡A callar! —fue la
respuesta—. Si vuelves a abrir la boca te parto la cabeza.
El capataz le amenazó con el
puño cerrado, y Ah Cho se mantuvo en silencio. ¿De qué servía protestar?
Aquellos extranjeros del demonio hacían las cosas a su manera. Dejó que lo
ataran a la tabla vertical, que era del tamaño de su cuerpo. Schemmer apretó
las cuerdas... tanto que le cortaron la carne y le hicieron daño. Pero no se
quejó. El dolor no iba a durar mucho. Sintió que ponían la tabla en posición
horizontal, y cerró los ojos. Y en ese momento tuvo una postrera visión de su
jardín de meditación y reposo. Le pareció que las campanillas de los árboles
sonaban suavemente. Además, los pájaros cantaban soñolientos, y desde más allá
del alto muro le llegó el lejano ruido del poblado.
Entonces se dio cuenta que
la tabla estaba en reposo, y debido a las tensiones musculares comprendió que
le habían tumbado de espaldas. Abrió los ojos. Justo encima de él vio la
cuchilla soltando destellos al sol. Vio también el peso que le habían añadido,
y notó que uno de los nudos de Schemmer se había desecho. Entonces oyó que la
voz del sargento daba un orden perentoria. Ah Cho cerró los ojos al instante.
No quería ver cómo bajaba la cuchilla. Pero la notó... Durante un larguísimo
momento muy fugaz. Y en ese momento recordó a Cruchot y lo que le había dicho
Cruchot. Pero Cruchot estaba equivocado. La cuchilla no hacía cosquillas. Esto
fue todo lo que supo antes de dejar de saber.
FIN

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