© Libro N° 13950. Hijo De La
Guerra. Raphael,
Ricardo. Emancipación. Junio 14 de
2025
Título Original: © Hijo De La Guerra. Ricardo
Raphael
Versión Original: © Hijo De La Guerra. Ricardo Raphael
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Ricardo
Raphael
Hijo De La
Guerra
Ricardo Raphael
Table of Contents
Sinopsis
En el penal de Chiconautla, un recluso condenado por un delito menor
asegura ser el Zeta 9, uno de los fundadores del cartel más sanguinario de
México. Incrédulo, pero movido por la curiosidad, un periodista acude para
entrevistarse con él, sumergiéndose así en un escenario donde los límites entre
la verdad y el engaño se difuminan. Determinar la identidad de este personaje
inasible, a quien envuelve el más grotesco cinismo, se convierte en un reto que
lo enfrentará consigo mismo y con una sociedad que se desmorona. Hijo de la
guerra reconstruye la gran tragedia de una nación en el que la incertidumbre,
el narcotráfico y la corrupción fueron el caldo de cultivo perfecto para que
militares de élite se convirtieran en el mayor grupo delictivo de un país que vive
los niveles de violencia más altos del mundo. En esta novela, que se debate
entre la ficción y la realidad, la literatura y el periodismo, Ricardo Raphael
nos conduce por una potente historia que retrata la ruina de una sociedad
dividida y herida. El autor ha realizado la autopsia de un país en
descomposición y al mismo tiempo una pieza literaria de la mejor intriga
psicológica.
© Ricardo Raphael, 2025
ISBN 9786073922012
En estas páginas se presenta
una narración basada en hechos reales
que utilizó a la ficción literaria para ser contada.
El siguiente código QR permite acceder a
algunas fuentes consideradas relevantes
por la investigación que dio origen al relato.
Para Enriqueta, María Elena,
Raquel, Rosa y
Elena, por ser las verdaderas madres coraje.
Donde hay poca justicia es
peligroso tener la razón.
QUEVEDO
CAPÍTULO I
1
Todo comenzó por una gota de sangre. Una mancha de un centímetro de
largo por dos milímetros de ancho, escondida en el sardinel de una regadera,
fue la prueba de que el cuerpo de Hugo Alberto Wallace había sido desmembrado
por sus secuestradores. Cuando esos restos hemáticos perdieron credibilidad,
otro crimen, esta vez real, se asomó detrás de esa falsa evidencia.
En noviembre de 2018 yo conducía Espiral, un programa de debate
transmitido todas las semanas a través de la televisión pública. Recién se
había celebrado en el Senado un foro sobre la fabricación de culpables, por lo
que invité a algunos de sus participantes para que compartieran con la
audiencia los principales argumentos del evento.
Entre los invitados, asistió David Bertet, directivo de una organización
canadiense dedicada a defender derechos humanos. Faltando pocos minutos para
que concluyera aquella emisión, él se refirió al secuestro y asesinato de Hugo
Alberto Wallace como un caso inventado.
Recuerdo que lamenté el momento en que llegó ese comentario. Los tres
minutos que faltaban para despedir a las personas invitadas hacían imposible
pedirle que abundara al aire. Ya con las luces y las cámaras apagadas,
interrogué a Bertet sobre esa afirmación. Pidió una dirección de correo y, más
tarde, me envió varios documentos y un libro que, semanas atrás, se había
publicado en formato digital.
Aquella noche dormí poco. Tanto el libro, firmado por una mujer llamada
Guadalupe Lizárraga, como el resto de los papeles hicieron que echaran raíces
en mi cabeza las primeras dudas que tuve sobre el caso del hijo de María Isabel
Miranda de Wallace, la líder social más importante en México entre las víctimas
de secuestro. En 2010, ella había obtenido el Premio Nacional de Derechos
Humanos y en 2012, compitió como candidata a la jefatura de gobierno de la
Ciudad de México.
Lizárraga no fue la primera reportera en denunciar las inconsistencias
de este caso, pero hasta ese momento su relato era el más amplio que se había
escrito para cuestionarlo. Publiqué en la revista Proceso una columna
resumiendo los principales argumentos de su libro, y la señora Wallace replicó
de inmediato con una carta donde advertía que la autora citada en mi texto era
una mentirosa.
Entonces propuse a Lizárraga y a Wallace que visitaran el foro para
discutir públicamente el asunto frente a la audiencia de la televisora. La
periodista no aceptó, ya que, según ella, asistir pondría en peligro su vida.
De su lado, la señora Wallace se negó, argumentando que no estaba dispuesta a
reunirse con una mujer empeñada en lucrar con su dolor.
La producción decidió entrevistar a cada una por separado. Ambas
aceptaron y las citamos el mismo día, pero en horarios distintos. Para ese
momento ya me había devorado el resto del material compartido por David Bertet.
Aún me faltaban muchas horas de vuelo para comprender la magnitud de este
asunto, pero logré prepararme para realizar una entrevista informada.
El encuentro con la señora Wallace no fue fácil. Ella tenía muy bien
ensayado el papel de la madre víctima, por lo que tuve que insistir para que
abriera la puerta al cuestionamiento. Yo estaba consciente de que aún había
mucha gente que creía en ella, por lo que debí formular mis preguntas de manera
que no me acusara de faltarle al respeto a su sufrimiento.
El tema que nos ocupó mayor tiempo fue el del progenitor de Hugo
Alberto. Se enojó cuando me atreví a poner en duda la paternidad de José
Enrique Wallace. Tuve que explicar al aire la importancia de ese dato,
recordándole que la gota de sangre encontrada en el lugar del crimen, al ser
analizada por los peritos genetistas, demostró una coincidencia del noventa y
nueve por ciento con el ADN de su esposo.
Sin embargo, también me vi obligado a mencionar la evidencia documental
que negaba esa paternidad. Mostré entonces en pantalla un acta de nacimiento,
fechada el jueves 15 de enero de 1970, a nombre de Hugo Alberto Miranda Torres.
Ahí se exhibía el nombre del abuelo, Fausto Miranda, como si fuera el padre del
niño. La señora Wallace elevó la voz para precisar que esa información no tenía
nada que ver con su hijo. Aclaró que la única acta válida de nacimiento de Hugo
Alberto era la expedida el miércoles 19 de noviembre de 1975, cuando el niño ya
tenía seis años. Ahí aparecen José Enrique Wallace e Isabel Miranda como sus
padres.
—¿Por qué tomaste tanto tiempo en llevar a tu hijo al registro civil?
—interrogué.
—Porque así lo decidimos —cortó ella tajantemente.
—¿Quiénes?
—Mi marido y yo.
—A los seis años los niños ingresan a primaria —exploré.
—Fue por eso mismo, para inscribirlo en la escuela —respondió aliviada,
porque sin proponérmelo le había brindado una explicación. Sin embargo, también
hice notar que ese otro papel no era un acta de nacimiento:
—Es un acta de reconocimiento —rematé.
—Se trata de lo mismo. Para este caso, el juez ya dictaminó que no hay
diferencia entre presentar o reconocer a un hijo propio.
En esto último, la señora tenía razón. Los jueces que examinaron el caso
habían resuelto que ese acto de reconocimiento confirmaba la paternidad de José
Enrique Wallace.
—O sea que Hugo Alberto sí es hijo de tu marido —subrayé.
—Eso está probado científicamente: José Enrique Wallace es el padre
biológico.
—¿A qué evidencia te refieres? —quise saber.
—La sangre que apareció en el baño donde Hugo Alberto fue descuartizado
coincide con los marcadores genéticos de José Enrique del Socorro Wallace Díaz.
—¿Ésa es la única prueba? —insistí.
—No se necesita ninguna otra.
La entrevistada había puesto a girar en círculos la conversación, así
que opté por probar con otro argumento: en julio de 2005, cuando la señora
Wallace denunció el secuestro de su hijo, dijo al ministerio público que se
había casado con José Enrique Wallace en 1968, un año antes de que naciera Hugo
Alberto. Sin embargo, el acta de matrimonio de los Wallace exhibe una fecha
diez años posterior. Según datos oficiales, José Enrique e Isabel se casaron el
martes 28 de noviembre de 1978; por tanto, ella había incurrido en falsedades.
Entre los papeles que David Bertet me entregó, había también un
certificado religioso del matrimonio entre José Enrique Wallace y María Teresa
Magallanes, fechado el viernes 26 de abril de 1963. Venía acompañado de un acta
de divorcio con sus respectivos nombres, la cual habría sido expedida en 1974.
—¿Cómo es posible que el señor Wallace se haya casado contigo en 1968 si
en esa fecha aún no se había disuelto su vínculo con su primera esposa?
—No voy a revelar aquí, contigo, mi vida privada —frenó la señora
Wallace.
—Perdona, Isabel, que te importune con esto, pero quiero saber si José
Enrique estaba aún casado cuando nació tu hijo.
—Si yo hubiera sido madre soltera, no tendría empacho en decir que mi
hijo no tiene padre —afirmó ella.
Continuamos discutiendo sobre otros aspectos del caso: negó, por
ejemplo, que los secuestradores de su hijo hubieran sido torturados y también
que las pruebas de vida posteriores a la desaparición fueran genuinas. Aquel
intercambio fue áspero y se notó cuando nos despedimos. Con un tono lastimoso,
me reclamó que no hubiera sido sensible frente a su dolor.
Le ofrecí una disculpa, pero insistí con que, además de víctima, ella
era una figura pública obligada a rendir cuentas. No solamente se había
presentado como candidata a la jefatura de gobierno de la capital, también se
había convertido en la principal asesora, para dos administraciones distintas,
en temas de secuestro.
La entrevista fue transmitida el siguiente miércoles a las diez de la
noche, en el horario de mayor audiencia, y también fue subida a la plataforma
YouTube, donde superó las setecientas mil vistas y alcanzó más de cuatro mil
setecientos comentarios. Una semana después sonó el teléfono de mi oficina.
Desde Ensenada llamó una mujer que se identificó como la pareja del doctor
Carlos León Miranda. Me contó que ambos habían visto el programa y que el
médico estaba furioso de haber sido borrado del mapa.
La señora Wallace cometió un error grave al afirmar en cadena nacional
una mentira tan grande. Ella sola se había metido dentro de un pozo del que era
imposible salir: si durante aquel intercambio hubiera aceptado que su marido no
era el padre de Hugo Alberto, habría tenido que admitir la falsedad del
análisis genético. Pero, al insistir en que José Enrique Wallace era el
progenitor, abrió la puerta para que el verdadero padre reaccionara como lo
hizo.
Ante este dilema tan obvio, no alcanzo a comprender por qué aceptó venir
a la televisora. Por mi columna publicada en la revista Proceso, ella sabía que
éste iba a ser uno de los temas que abordaríamos. La única explicación que
puedo darme es que subestimó al doctor Carlos León. Supuso quizá que no se
enteraría de la entrevista, o bien, creyó que ese señor permanecería callado,
como lo había hecho durante mucho tiempo.
Calculó mal: el orgullo herido del médico terminó operando en su contra.
La mujer que me contactó, contó que Isabel se casó con su primo hermano antes
de que naciera Hugo Alberto y que, cuando el niño cumplió un año, acudieron
juntos a registrarlo. Además, me proporcionó la fecha del divorcio de esa
pareja.
Sugirió que corroborara esos datos en los archivos del registro civil.
También me propuso que viajara a Tejupilco, en el Estado de México, el poblado
de donde provienen las familias León y Miranda. Ahí todo mundo se conocía y la
gente podría ayudarme a reconstruir el árbol genealógico de Hugo Alberto.
La única condición que esa persona me impuso fue que no exhibiera al
doctor León ante los medios. Argumentó que tenía un problema de salud que
podría agudizarse si se sentía presionado por este asunto. Cumplí con todo a
cambio de que el padre biológico de Hugo Alberto me recibiera más adelante en
su consultorio de Ensenada.
Con los datos proporcionados, no significó ningún problema conseguir
aquellos documentos. Al día siguiente obtuve las actas de matrimonio y de
divorcio de los primos, así como el acta de nacimiento de Hugo Alberto León
Miranda, la segunda en el tiempo que le otorgó identidad. Visité también
Tejupilco, donde pude completar los huecos. En efecto, las dos familias habían
sido vecinas durante varias generaciones. Logré reconstruir la historia gracias
a varias conversaciones obtenidas después de visitar, el jueves 18 de abril de
2019, un restaurante ubicado en los portales del centro, el hotel más antiguo
de esa población y, finalmente, la farmacia de un pariente del doctor León.
Con las actas y los testimonios escribí mi primer reportaje sobre la
verdadera herencia de sangre de Hugo Alberto. El domingo 28 de abril, el mismo
día en que esa pieza fue publicada, el expresidente Felipe Calderón atacó mi
trabajo a través de sus redes sociales. Este hombre, que había dejado el poder
seis años antes, seguía defendiendo a la señora Wallace como si se tratara de
una integrante de su familia: «Mi solidaridad con Isabel Wallace. Veo saña
contra ella. «Periodismo» relatando temas y cuestiones irrelevantes […] frente
a la tragedia de un hijo secuestrado y asesinado. ¡Qué mezquindad, pobre
México!».
Si la señora Wallace era capaz de mentir impunemente sobre la paternidad
de su hijo, ¿qué más no sería capaz de hacer? No imaginé entonces la magnitud
de este caso: me tomó más de un lustro concluir una investigación cuyas fuentes
son las ciento treinta mil hojas del expediente judicial, una centena de
entrevistas y varios miles de artículos y notas periodísticas publicados a lo
largo de casi veinte años.
Fabricación es el relato de uno de los casos más sorprendentes en la
historia judicial mexicana. Exhibe la injusticia y la crueldad sufrida por sus
víctimas y también el abuso de poder ejercido desde las más altas esferas de la
política. Se trata de una narración cruda sobre la demagogia penal que domina
estos días en México y en el mundo.
2
El martes 12 de julio de 2005, la agente Guadalupe Noria encontró un
remolino de patrullas, uniformados y civiles alrededor de una camioneta Grand
Cherokee. Le sorprendió tanto alboroto. Hacía menos de media hora que su jefe
la había llamado. Debía ponerse a las órdenes de la señora María Isabel Miranda
de Wallace, ya que para la fiscalía era prioritario investigar la posible
desaparición de su hijo.
La madre propuso que se apartaran del bullicio. Caminaron en dirección
opuesta al vehículo. Ella tenía una pista y se mostró impaciente por
comunicarla. Insegura, la agente extrajo de su bolso una libreta barata para
tomar notas. Antes de escucharla, pidió que proporcionara sus datos generales.
Isabel dijo que tenía cincuenta y cuatro años recién cumplidos, que estaba
casada con el señor José Enrique del Socorro Wallace Díaz, que era madre de
Hugo Alberto y de Claudia Wallace Miranda, y que era empresaria.
Salvado el escollo burocrático, la señora recobró el ritmo de su
discurso: Hugo Alberto no se había presentado a trabajar ese martes por la
mañana. Laboraba en la compañía familiar, un negocio dedicado a la publicidad
exterior. Cuando ella llamó a su domicilio, la trabajadora del hogar informó
que tampoco había dormido en su casa. Guadalupe Noria miró el reloj. Aún no
daban las seis de la tarde. Habían transcurrido menos de nueve horas desde que
la madre asumió su ausencia.
Esta vez preguntó por los generales de la persona desaparecida. Entonces
se enteró de que Hugo Alberto era un adulto de treinta y cinco años, divorciado
y que tenía una hija. Isabel continuó: Hugo se había citado el día anterior con
una nueva novia para ir al cine. Esa mujer podía estar involucrada en lo
ocurrido, lo mismo que un conocido de Hugo, Jacobo Tagle Dobín, quien los había
presentado. La agente preguntó por el nombre de la novia, pero Isabel dijo
desconocerlo.
Esa mañana ella había llamado a los amigos de su hijo sin ninguna
suerte. Su familia es extensa y puso a todo mundo —hermanos, primos, tíos— a
buscarlo. Formaron varios equipos. Uno de ellos siguió la pista de la mujer del
cine. El chofer de su hijo, a quien apodaban el Chaparro, recordó que un par de
semanas atrás habían recogido, sobre la avenida de los Insurgentes, a una mujer
guapa, alta y con el busto prominente. Isabel esperó a que la agente Noria
anotara las características físicas de la supuesta novia.
Jorge Ortega Miranda, primo de Hugo Alberto, lideró el grupo responsable
de seguir esa pista. Lo acompañaron el chofer, otro pariente de nombre Daniel y
un amigo del desaparecido, llamado Ricardo González. Calcularon que la mujer a
la que buscaban podía ser mesera de un restaurante cercano, así que ése fue el
primer sitio visitado. Ahí dijeron que no trabajaba ninguna persona con los
rasgos físicos relatados por el chofer. El grupo no perdió ánimo. Se
repartieron las calles vecinas para continuar buscando. El tal Daniel dio con
el vehículo en la colonia Insurgentes Extremadura, cuyas calles llevan el
nombre de antiguos pintores europeos.
Mientras tanto, Isabel buscaba en el centro comercial donde su hijo
solía acudir al cine. Peinó un inmenso estacionamiento sin éxito. Al concluir,
recibió una llamada de su sobrino, quien le anunció el hallazgo de la
camioneta. Le tomó poco tiempo llegar a la dirección proporcionada; más tarde
acudió también su marido, José Enrique Wallace. La agente Noria continuó
garabateando a toda velocidad. Necesitaba registrar todos los nombres y
detalles aportados por su interlocutora, con los que luego redactaría el
informe solicitado por sus superiores.
Entre las personas mencionadas surgió Roberto Miranda, hermano de
Isabel. Tiempo atrás había trabajado como ministerio público. Noria desconocía
las razones por las que aquella mujer parecía tan influyente. Especuló que
quizá ese señor, Roberto, había conservado conexiones en la fiscalía. Era poco
común que sus jefes mostraran tanto interés en un hecho que, por el tiempo
transcurrido, no podía considerarse aún como desaparición, mucho menos como
secuestro.
En la dependencia para la que trabajaba se tenía por norma esperar
setenta y dos horas antes de invertir recursos en un caso de este tipo, ya que
era común que los familiares asumieran la peor catástrofe cuando, en realidad,
el sujeto desaparecido podía andar de fiesta.
Al llegar al sitio donde se encontraba la camioneta, la familia dio con
un primer informante: un sujeto que dijo haber visto el vehículo estacionado
desde la noche anterior. Otro residente contó que, por la madrugada, había
observado a un par de tipos que bajaron por la fuerza a un individuo de la
Grand Cherokee. Ese mismo testigo indicó que los tres hombres habían ingresado
a un inmueble amarillo ubicado a unos ciento cincuenta metros. Además, mencionó
que todo el barrio sabía de la casa de citas que operaba ahí dentro.
La familia, liderada por Isabel, se desplazó en tropel al edificio
marcado con el número 6 de la calle Perugino. Era una caja de zapatos donde
habían acomodado varios departamentos pequeños. Antes de tocar el timbre,
Isabel se aproximó al guardia de seguridad que custodiaba la entrada de un
consultorio médico situado frente a ese inmueble. Él confirmó que ese lugar era
frecuentado por mujeres que vestían de forma llamativa.
Isabel orientó de nuevo al grupo con sus instrucciones. No en balde
dentro de su familia la apodaban la Thatcher. Ni siquiera en esa circunstancia
extrema dejó de ser la mujer ejecutiva que despreciaba las lágrimas. Nada debía
nublar la concentración indispensable para encontrar a Hugo Alberto. Le pidió a
su sobrino Jorge Ortega que se hiciera pasar por un cliente. El joven tocó el
timbre y un chico de unos doce años abrió la puerta. Cuando Jorge preguntó si
podía pasar, el jovencito respondió que eso no sería posible, porque la noche
anterior había ocurrido un problema en uno de los departamentos.
El chico relató que, hacia las cuatro de la mañana, un tipo había sido
atacado con una pistola y salió de ahí chorreando sangre. La mamá del muchacho,
que habitaba la planta baja, tuvo que limpiar los restos. Jorge Ortega
aprovechó la oportunidad para indagar si el menor conocía a una mujer alta y
con el pecho grande. El chico indicó que esa persona vivía justamente en el
departamento donde había sucedido el problema.
Isabel presumió ante la agente Noria la manera como ella y sus
familiares habían atado los cabos en tan poco tiempo. Gracias a la descripción
de la mujer con la que su hijo se había citado para ir al cine, lograron dar
con la camioneta, y a través de ella, hallaron el edificio donde muy
probablemente tenían secuestrado a Hugo Alberto. La señora estaba convencida de
que, con la información proporcionada, la agente Noria la ayudaría para acceder
a la vivienda. Sin embargo, las conexiones políticas que podía tener Isabel no
convencieron a la funcionaria de romper con el protocolo. En ausencia de una
orden judicial, ningún civil tenía permiso para invadir esa propiedad.
La agente ingresó sola al inmueble para interrogar a los vecinos.
Mientras aguardaban en la calle, la señora Wallace y su familia hicieron lo
mismo con quienes durante ese lapso entraron y salieron de la construcción. A
todas esas personas preguntaron si conocían a la mujer descrita por el chofer.
Fueron interceptadas un par de vecinas cuyos rasgos físicos podían coincidir.
Isabel quiso saber si el Chaparro las reconocía. Una de ellas era la inquilina
del departamento 4, el mismo mencionado antes por el menor, pero el chofer no
identificó a ninguna.
Hacia las diez de la noche, la agente Noria anunció que había concluido
con sus tareas de esa jornada. Aún merodeaba alrededor del inmueble en la calle
Perugino una treintena de personas que no partirían hasta que la matriarca lo
instruyera. La funcionaria pidió consideración para los ocupantes de aquel
inmueble. Era momento de dejarlos en paz.
3
No sería esa joven empleada de la fiscalía local quien pondría
obstáculos a la voluntad de una madre dispuesta a hacer cualquier cosa con tal
de que su hijo apareciera. Isabel estaba consciente de que aquellas horas eran
determinantes, y esa burócrata negligente estaba desperdiciando el tiempo. De
manera irresponsable, la agente le había impedido ingresar al inmueble donde su
hijo podía estar recluido o donde, seguramente, habría alguna información para
continuar buscándolo.
Antes de partir, la agente Noria conminó a la señora Isabel para que
presentara una denuncia formal ante las autoridades. No aclaró lo obvio: ella
había acudido al llamado de su jefe por la influencia política de la señora,
pero había llegado el momento de formalizar la búsqueda a través de los canales
legales. Antes de dejarla partir, Isabel insistió en el nombre de Jacobo Tagle
Dobín. Proporcionó también el domicilio donde podría encontrar a ese conocido
de su hijo, quien probablemente estaba involucrado en lo acontecido. Noria
prometió interrogar al sujeto. No dejaría ninguna pista mencionada fuera de su
investigación.
Hacia las once de la noche, aquel grupo rompió filas. Mientras José
Enrique Wallace se dirigió a las oficinas de la fiscalía federal antisecuestro,
Isabel y su hermano Roberto visitaron la casa de Hugo Alberto. La madre pidió a
su acompañante que permaneciera ahí por si su hijo regresaba durante aquella
noche.
José Enrique Wallace repitió en la fiscalía una historia muy parecida a
la narrada por su esposa a la agente Noria. En su denuncia aparecen mencionados
la camioneta Grand Cherokee, los testigos del barrio, la casa de citas, el
niño, la persona baleada y la madre que tuvo que limpiar los restos de sangre.
Cuando se comparan la denuncia y el informe que al día siguiente entregó Noria
a sus superiores, los hechos y los testimonios aparecen relatados por los
esposos Wallace prácticamente con la misma consistencia.
Para incrementar la presión sobre las autoridades, fue idea de Isabel
que el abogado Abraham Pedraza, pareja de su hermana menor, presentara otra
denuncia, esta vez en las oficinas de la Procuraduría General de Justicia del
Distrito Federal. Así, echaría a andar ambas maquinarias —las autoridades
nacionales y las locales— para agilizar la localización de su hijo. La
principal diferencia entre la denuncia de José Enrique Wallace y la presentada
por Abraham Pedraza radica en que el primero refirió un posible secuestro,
mientras que el cuñado notificó solamente una desaparición.
Ya había partido la familia de la colonia con nombres de pintores cuando
dos criminalistas que trabajaban para la ciudad asistieron al sitio donde se
hallaba la camioneta. Las fotografías que integraron en su reporte informan
sobre una serie de objetos sin relevancia encontrados dentro del vehículo y
también que la camioneta estaba correctamente estacionada. Más allá de una
marca circunstancial de neumáticos sobre el asfalto, no se hallaron rastros que
sugirieran violencia. Al concluir con su tarea, los forenses autorizaron que la
Grand Cherokee fuera arrastrada por una grúa hasta las instalaciones de la
procuraduría local. Isabel tuvo que pagar más tarde el costo de ese traslado.
Al día siguiente, cuando los peritos federales llegaron a la misma
dirección, exigieron que trajeran de vuelta aquel vehículo. La noche anterior
se había cometido un error al retirar la Grand Cherokee, por lo que, antes del
amanecer, el personal de la policía científica local recibió órdenes de
devolverla para que esos otros funcionarios pudieran realizar su propia
inspección. El error cometido consistió en que el vehículo fue aparcado en un
sitio distinto a donde se hallaba la noche previa. Las fotografías aportadas
por ambas autoridades demuestran que se perdió la cadena de custodia sobre la
camioneta.
Esos criminalistas también investigaron el edificio de Perugino, sin
encontrar rastros de sangre en las escaleras o los pasillos del inmueble, lo
que provocó el enojo de Isabel. De peor humor la puso que, a pesar de la
evidencia proporcionada, el juez tardara tanto en otorgar la orden de
allanamiento para poder ingresar al departamento 4, referido por el menor como
el sitio donde un hombre habría sido baleado.
4
Gracias a su actividad empresarial, la madre de Hugo Alberto conoció al
abogado Ricardo Martínez Chávez, quien anteriormente la había ayudado con otros
asuntos legales. Era un individuo que sabía moverse dentro de la procuraduría
federal porque había trabajado ahí durante algún tiempo. En esa dependencia
tenía conocidos que le debían varios favores. Fue él quien ayudó para que,
desde la primera noche, el edificio de Perugino estuviera vigilado. Roberto
Miranda, hermano de Isabel, también se ofreció para hacer guardia junto con
otros familiares. No fuera a ser que sacaran a Hugo Alberto de ese inmueble sin
que nadie se diera cuenta.
Tres días después de la desaparición, por fin aterrizaron en Perugino 6
unos hombres vestidos de los pies a la cabeza con trajes blancos. El inquilino
del departamento 6 relató haber visto ingresar al edificio a unos sujetos que
parecían actores de una serie policial de televisión. En ese cateo participaron
doce funcionarios que trabajaban para cuatro dependencias distintas. La orden
emitida por un juez justificaba, ahora sí, su presencia en el lugar. Entre
otros profesionales había criminalistas, fotógrafos y especialistas en
genética. Iban acompañados de un cerrajero que forzó la chapa del departamento
4.
Dentro de ese inmueble, los funcionarios no encontraron una casa de
citas, sino una modesta vivienda habitada por una persona del sexo femenino. Se
trataba de un sitio pequeño, de unos sesenta metros cuadrados, que contaba con
cocina, dos recámaras y un baño. La cocina estaba equipada con lo mínimo. Por
temas de espacio, aquella vivienda no tenía comedor. Mientras que la recámara
principal estaba bien amueblada, la otra contenía un colchón y un pequeño
minibar.
El informe oficial describía el único baño como un espacio en forma de
rectángulo «donde se aprecian muebles propios del lugar». Acompañaba a esa
frase críptica una fotografía donde se distingue, dentro de la regadera, un
tendedero del que cuelgan las bragas de una mujer.
De acuerdo con ese mismo informe, no se hallaron documentos, armas,
dinero, drogas ni rastros de sangre. Nada que permitiera suponer la comisión de
algún delito en esa vivienda. El sitio era lo que era: la morada de una mujer
joven y soltera. No fue difícil dar con el nombre de la inquilina. Dos de los
vecinos que habitaban el edificio de Perugino 6 eran colegas suyos. Trabajaban
para Grupo Clímax, una agrupación musical que se había puesto de moda. La mujer
del departamento investigado era una bailarina que respondía al nombre de Juana
Hilda González Lomelí.
Cuando Isabel tuvo acceso al informe del cateo, desestimó de plano su
contenido. Era obvio que aquellos burócratas habían cumplido con el formalismo
sin hacer realmente su trabajo. No estaba dispuesta a rendirse. Si había dado
con la camioneta, demostraría que también podía hallar a su hijo. A partir de
ese momento entendió que para recuperar a Hugo Alberto tendría que emprender
una búsqueda paralela con sus propios recursos. Estaba más que dispuesta para
sustituir a un gobierno inepto y muy corrupto.
Para empezar, multiplicó la vigilancia sobre aquel inmueble y sus
residentes. La vecina de la planta baja se quejó con la policía porque se
sintió acosada. No solamente le importunaban los vehículos aparcados fuera de
su domicilio, sino también que sus tripulantes la siguieran a todas partes. Lo
dicho por esta mujer fue confirmado por el guardia de seguridad del consultorio
médico que se encontraba al otro lado de la calle. Ese hombre dijo que, durante
varias semanas, los vigilantes persiguieron de día y de noche a quienes
habitaban el edificio. Testimonios similares fueron compartidos con la
autoridad por los ocupantes de los departamentos 1, 2, 5 y 6.
La inquilina de la vivienda marcada con el número 1 aseguró que esos
hombres quisieron llevársela por la fuerza una noche que venía de regreso de su
trabajo. El arrendatario del departamento 5 se quejó de que esa gente hiciera
sonar a cualquier hora el timbre de su casa. Y el del 6 reclamó que lo hubieran
abordado dentro del inmueble para preguntar a dónde se dirigía. También el
vecino del departamento 2 —un cubano que era amigo de Juana Hilda González— se
quejó porque, según narró, esos tipos «andaban bravos y se quedaron tremendo
rato por el barrio».
Además de los servicios del abogado Ricardo Martínez Chávez, Isabel
también contrató a un despacho de investigadores privados para que la ayudara a
conseguir cualquier información que le permitiera dar con el paradero de su
hijo. Ese despacho sugirió analizar los registros de telefonía. Isabel era
dueña de una de las dos líneas de celular utilizadas por Hugo Alberto el día en
que desapareció. Así que, sin problema, consiguió que la compañía proporcionara
el detalle de sus llamadas.
Luego llegó al domicilio de su hijo el estado de cuenta de la otra
línea. Se analizaron, una por una, las treinta y cuatro comunicaciones
realizadas por el desaparecido el lunes 11 de julio de 2005. El sujeto con
quien más tiempo pasó al teléfono durante aquella jornada fue su amigo Ricardo
González, un muchacho con el que jugaba futbol americano. Isabel lo conocía
bien y por tanto lo descartó desde el primer momento como sospechoso.
En cambio, llamó su atención la Vampi, una amiga del grupo de las motos.
Fue la última persona con quien Hugo Alberto se comunicó ese lunes. De acuerdo
con los registros, justo antes de desaparecer, ambos charlaron durante unos
doce minutos. Isabel confió a los investigadores que su hijo tenía un defecto:
le gustaban demasiado las mujeres. Desde que se divorció cambiaba de novia a
cada rato. Ése era obviamente su talón de Aquiles. Quien lo secuestró pudo
haber utilizado como cebo a una de esas mujeres para conducirlo a su trampa.
5
La Vampi dijo que no había luz en su departamento, pero era mentira. Al
menos se anunciaba una lámpara encendida ahí dentro. La amiga de Hugo Alberto
no esperaba que Isabel se presentara en su casa. Sin excusarse, explicó que
llevaba tres días llamándola.
—Déjame entrar para que hablemos —demandó la madre.
La Vampi —cuya corpulencia era el doble comparada con la de su
interlocutora— dio un respingo, aunque no se hizo a un lado.
—Si no hablas conmigo, vas a tener que hacerlo con la policía —apretó
Isabel.
La amiga de Hugo cedió y proporcionó el nombre de una cafetería ubicada
a un par de cuadras de su casa. Le propuso verse ahí en media hora y luego
azotó la puerta con descortesía.
A Isabel nunca le gustó esa muchacha. Representaba todo lo que no era
ella. ¿Por qué la había escogido su hijo como amistad? Igual que el
desaparecido, ella era motociclista. Entablaron relación cuatro años atrás, en
un viaje con otros motonetos. Desde entonces, como lapas, andaban juntos para
todos lados.
La Vampi la hizo esperar más de lo convenido, pero Isabel no estaba ahí
para reclamar puntualidad. Había decidido hablar con todos los cercanos. Alguno
tendría pistas sobre el paradero de su hijo.
Apenas la tuvo frente a ella, fue directo al punto:
—¿Tú sabes dónde está Hugo?
No fue majadería sino hábito cuando la Vampi escondió sus pupilas bajo
el cráneo, dejando visible sólo el blanco de los ojos.
A Isabel le irritó el gesto.
—Señora, estoy igual de preocupada que usted —acotó.
Para no perder el tiempo, Isabel colocó sobre la mesa el listado de
llamadas.
—Este documento va a causarte problemas.
Ella miró el papel y su frente se perló de sudor. Mientras la ansiedad
iba haciendo metástasis, por la cabeza de la Vampi desfilaron todo tipo de
cálculos. Aquella sábana de comunicaciones confirmaba que Hugo llamó al
teléfono fijo de su amiga a las 9:03 p.m. del lunes 11 de julio de 2005. Y
también que ambos habrían conversado durante algún rato.
—Mientras hablaba conmigo, lo hacía también por otra línea —explicó la
Vampi con nerviosismo.
Eso era falso. Los registros de los dos dispositivos que Hugo llevaba
encima la desmentían.
—¿Te dijo si iba a verse con alguien? —indagó Isabel.
La Vampi hizo como si escarbara en la arena de su memoria.
—Ajá.
—¿Con una nueva novia?
La sugerencia cayó de perlas. Hugo siempre estaba saliendo con una nueva
novia.
—Sí.
—¿Al cine?
La amiga volvió a afirmar sin convicción. La Vampi contó que ella y Hugo
habían quedado de verse al día siguiente. Con objeto de evitarse el viaje en
balde hasta su casa, el martes 12 de julio buscó a su amigo. Llamó a su
domicilio y fue la trabajadora del hogar quien le comunicó que, desde la noche
previa, nadie sabía nada de él.
Dejó pasar un par de días antes de llamar a un primo hermano de Hugo,
Jorge Ortega Miranda, el mismo que encontró la camioneta cerca del edificio de
Perugino. De acuerdo con la Vampi, ese familiar fue la primera persona en
informarle que habían secuestrado a su amigo.
—¿Qué sabes de Jacobo Tagle? —cuestionó a bocajarro Isabel.
La Vampi se sorprendió con aquella pregunta, así que tomó tiempo antes
de responder:
—Los viernes y los domingos el grupo de motociclistas nos la pasábamos
en una cantina de la colonia Condesa. Por lo regular ahí rondaba Jacobo. Hugo
siempre le pagaba las cuentas. También caían César Freyre y Ricardo Trevedan.
—No conozco a esos dos. ¿Quiénes son?
—Esa gente andaba metida en cosas gruesas.
—¿A qué te refieres?
—Fue Hugo el que me dijo que andaban en rollos.
—¿En qué rollos?
—En temas de secuestro.
Por fin la historia comenzaba a cuadrar.
Entonces la Vampi sacó una fotografía de entre la ropa de deporte que
llevaba puesta. Luego la colocó a un lado de la sábana de llamadas.
En ella aparece Hugo, el único que sonríe dentro de un elenco de seis
hombres.
Con la uña mordida de su dedo índice, la Vampi identificó a César
Freyre, el peor encarado. Luego señaló a un hombre con mirada turbia que
resultó ser Ricardo Trevedan. También aparece ahí Tony Castillo, quien
trabajaba para Freyre.
—Yo tomé esta fotografía —confesó la amiga de Hugo.
Isabel no desaprovechó la oportunidad para manifestar su desconfianza:
—¿Fuiste tú quien presentó a mi hijo con esa gente?
—Al revés —aclaró la Vampi con prisa—. A ésos los conocí por Hugo. Un
día me pidió que lo acompañara a un convivio con un tipo al que le estaba
vendiendo una motocicleta. Era cumpleaños de Trevedan y se había organizado un
festejo en su tienda.
—¿Cuál tienda?
—Una boutique para autos en la que Freyre y Trevedan eran socios.
Isabel tomó aquella fotografía entre tus manos como si hubiera dado con
la solución para descifrar a una civilización antigua. Ésta era la prueba de
que Hugo conocía a sus secuestradores.
La Vampi respiró cuando la mirada de esa mujer se apartó de ella.
—¿Vendían droga? —avanzó la señora.
—No sabría decirle.
La amiga de Hugo opinó que Freyre era un tipo resentido y prepotente. De
Trevedan, en cambio, tenía una mejor percepción. Ambos eran inseparables, hasta
que se pelearon a muerte.
Lo que pasó con esos dos sujetos lo supo más tarde y por rumores. Un par
de años después de aquel cumpleaños, Freyre y Trevedan vendieron su negocio.
Luego, Trevedan desapareció llevándose todo el dinero. A principios de 2004, la
Vampi volvió a verlo en un evento de la Harley-Davidson que se organizó en el
puerto de Mazatlán. Ahí le contó que había conseguido una concesión de esa
marca de motocicletas y que se había mudado a vivir a San José del Cabo, en la
península de Baja California.
Fue Hugo quien le contó que, a la mala, Freyre intentó recuperar su
dinero, pero las cosas se salieron de control y mataron a su hermano a balazos.
—¿Por qué mi hijo tuvo que enredarse con esos tipos? —interrogó Isabel
con sobresalto.
—Cuando los conoció no sabía a qué se dedicaban.
A lo lejos se escuchó el ruido de la loza dentro de la cocina de la
cafetería.
La amiga de Hugo se equivocó aquella noche al creer que se había librado
de la señora Isabel. Cinco días después, ella presentó un escrito en la
procuraduría acusándola de haber participado en el secuestro de su hijo. Isabel
entregó también a la policía la fotografía que tomó la Vampi en el local de
Freyre y Trevedan. Explicó a las autoridades que esas personas eran muy
peligrosas. Por tanto, no solamente Hugo, sino también ella y su familia
estaban en riesgo.
La fiscalía valoró esa imagen de manera diferente a lo que Isabel
hubiera deseado. Era poco común que las personas integrantes de una banda de
secuestradores plagiaran a un amigo. Es cierto que la narración sobre el
asesinato del hermano de César Freyre merecía investigarse, pero la policía no
tenía indicios de que ese sujeto hubiera estado involucrado antes en algún
delito.
Isabel reventó en improperios cuando la menospreciaron. En unos cuantos
días había logrado reunir indicios sobre la vinculación criminal entre la
Vampi, Jacobo Tagle, César Freyre y Ricardo Trevedan. ¿Qué más podía hacer para
que esos funcionarios la tomaran en serio?
6
De acuerdo con su perfil en línea, Pablo Carstens es asesor en seguridad
y un experto en manejo de crisis. Ofrece servicios de negociación en caso de
secuestro y también brinda protección a personas de alto perfil. Convencida de
que habían plagiado a Hugo Alberto, Isabel contactó a ese profesional. No dudó
en aceptar los honorarios propuestos a cambio de que la ayudara. Había que
darle una prima de entrada y, en caso de éxito, hacerle un segundo pago. Ese
acuerdo podría modificarse en la hipótesis de que se prolongara la negociación,
aunque Carstens aseguró que tal cosa no iba a suceder porque los delincuentes
profesionales preferían concluir rápido estos asuntos.
Aquel hombre llegó a la residencia de la familia Wallace Miranda
acompañado por varias personas de su equipo. Esa gente recuerda el estado de
ánimo en el que se encontraban los parientes de Hugo Alberto. Daba la impresión
de que, en ese hogar, había caído un meteorito. Sin embargo, la hermana, los
tíos y los primos de la víctima recibieron al negociador con ilusión porque era
el hombre que habría de devolverles a su ser querido.
Isabel dispuso que Carstens y su equipo se instalaran en el salón
principal. Ahí colocaron varias grabadoras y pidieron el colchón más grande de
la casa. Serviría para que no se escapara por la puerta ningún sonido fuera del
cuarto de guerra. Ese equipo conocía los estándares de comportamiento que
suelen recorrer quienes se dedican a este tipo de delitos. Hay pautas que
incluyen momentos de negociación alternados con silencio, amenazas y,
finalmente, propuestas para celebrar el intercambio.
El grupo de negociadores esperaba recibir una primera comunicación a las
veinticuatro, máximo cuarenta y ocho horas después de la desaparición. Pero no
sucedió así. El rapto de Hugo Alberto resultó seguir un patrón que Carstens
nunca había observado. La desaparición sucedió la madrugada del 12 de julio y
transcurrieron más de cinco semanas sin que la familia de la víctima recibiera
alguna noticia. Cuando las pautas criminales se salen de la norma conocida es
porque el grupo delincuente enfrenta divisiones internas o cuando sus
integrantes son unos novatos que han visto demasiadas películas.
Al equipo también llamó la atención que José Enrique Wallace no visitara
nunca el cuarto de guerra durante los meses que se apostaron en su casa.
Carstens había resuelto antes un secuestro entre hermanos, el cual le enseñó a
no descartar ninguna hipótesis. Cuando el experto se atrevió a interrogar a
Isabel sobre las razones de esa ausencia, ella tuvo que explicar que su esposo
no era el padre biológico de Hugo Alberto. Luego pidió discreción porque
Claudia, su segunda hija, no lo sabía.
Por fin, el miércoles 17 de agosto de 2005, los plagiarios se pusieron
en contacto con la madre de la víctima. Habían transcurrido treinta y seis días
desde que se denunció la desaparición. Los delincuentes no se comunicaron por
teléfono, como Carstens hubiera esperado. El método también sería novedoso para
los especialistas: montado sobre una bicicleta, el cartero del barrio dejó un
sobre amarillo debajo de la puerta de la empresa de publicidad. Guadalupe
Miranda, la hermana de Isabel que entonces era su asistente personal, fue la
primera en ver las fotografías de Hugo Alberto y también en leer el comunicado
que contenía las exigencias de los secuestradores.
El equipo de Carstens fue testigo de la celebración familiar cuando este
material arribó al cuarto de guerra. Era como si se hubieran sacado la lotería
porque para ese momento la posibilidad de que Hugo estuviera vivo había
prácticamente desaparecido. Isabel se puso a besar las fotografías enviadas
junto con la nota de rescate. No consideró que, al manipular así el material,
podía borrar las huellas del remitente. Aún no adquiría el estatus de experta
en secuestros que más adelante le iba a otorgar tanta fama.
Con esfuerzo, los profesionales lograron que ella aceptara tratar a esos
papeles como potencial evidencia. Se extendieron las fotografías sobre la mesa
de trabajo. Dos de las imágenes representaban tatuajes que ella reconoció como
pertenecientes a su hijo. La tercera mostraba medio cuerpo de Hugo Alberto,
recostado sobre una pared gris. El rostro había sido cubierto por una venda
grande de color blanco.
La experiencia previa apartó emocionalmente a los negociadores. Para
ellos, esas pruebas de vida eran poco creíbles, sobre todo la tercera imagen.
Había sido obviamente manipulado el retrato del cuerpo desnudo y el rostro
vendado. Especularon que la elección de los colores blanco y negro podría ser
para ocultar la palidez marmórea que alcanza la piel de los cuerpos después de
muertos.
El equipo de Carstens decidió no compartir con los familiares sus
preocupaciones. En vez de ello, hicieron la pregunta más científica que surgió
de su cabeza: interrogaron a Isabel sobre lo que decía su instinto materno.
Ella puso de nuevo sus manos sobre aquellas imágenes y dijo que Hugo Alberto
continuaba con vida. Entonces aquel cuarto de guerra tomó un nuevo aliento.
El texto de la comunicación que acompañaba las pruebas de vida contenía
dos piezas importantes de información: una exigencia de novecientos cincuenta
mil dólares a cambio de devolver a Hugo Alberto sano y salvo, y la orden para
que Isabel sacara de la negociación tanto a la policía como a cualquier otro
«agente externo». Además, los plagiarios instruyeron que, una vez reunida la
cantidad solicitada, se publicara una esquela en el periódico El Universal
haciendo referencia a una familia de apellido Zamora Alarcón. Ésa sería la
clave para proceder con el intercambio.
Sin expresar en voz alta sus razonamientos, Carstens propuso una
estrategia distinta de respuesta. Se enviaría al periódico una esquela dedicada
a la familia Zamora Alarcón, tal como habían instruido los plagiarios, pero no
para dar aviso del pago del rescate sino para solicitar una prueba de vida más
creíble que aquellas fotografías. Los negociadores son los verdaderos autores
de ese texto:
FAM. ALARCÓN ZAMORA.
El señor pone a prueba nuestra fe con mensajes a veces confusos.
La fe ciega es para los Santos, aunque el mismo Santo Tomás proclamó
“Ver para creer”.
Sólo el camino de la Luz y la Certeza de escuchar SU palabra nos
permitirá dar todo en nuestro haber con la convicción de encontrar el sendero
que nos lleve a la Verdad.
Isabel.
7
Obviamente, en ese momento de la negociación, se presentó para Isabel
Miranda un dilema difícil de resolver. En caso de que la nota de rescate y las
pruebas de vida fueran genuinas, se corría un riesgo al no cumplir con las
demandas de los plagiarios. ¿Debía echarse fuera a Carstens y su equipo? ¿Era
necesario romper comunicación también con las autoridades que hasta ese momento
habían servido ciertamente de poco? Según explicaría la madre más tarde a la
policía, su marido tuvo miedo de que el incumplimiento pusiera en riesgo la
vida de Hugo.
Cinco días después de que arribó el primer comunicado, Isabel visitó la
fiscalía antisecuestros. No comentó, sin embargo, ni una sola palabra sobre la
nota de rescate, a pesar de que la ausencia de comunicación por parte de los
plagiarios había impuesto dudas en la autoridad a propósito de la veracidad del
secuestro. Y es que, de acuerdo con la ley, sin solicitud de rescate el caso
debía tratarse como desaparición.
En vez de informar sobre esa comunicación importantísima, fiel a su
estilo desafiante, ella presentó un escrito denunciando a Jacobo Tagle Dobín
como uno de los posibles secuestradores de su hijo. Ahí insistió en que esa
persona había presentado a su hijo con la mujer que sirvió de gancho para
conducirlo hacia sus captores.
A finales de agosto fue entregado el segundo comunicado, igualmente por
correo postal enviado a la dirección de la empresa familiar. Cuando Isabel lo
abrió se sintió decepcionada. Contenía el mismo material que el anterior: las
fotografías y el texto de rescate recibidos antes. Era como si aquellos
criminales hubieran mandado una suerte de refacción, previendo que el material
original habría podido extraviarse.
Isabel Miranda volvió a visitar la oficina de la fiscalía. En esa
ocasión decidió cambiar de estrategia y se abrió con las autoridades. Entregó
el contenido del segundo sobre y confesó que ésa no había sido la primera
comunicación. No quedaba ya duda de que su hijo había sido secuestrado. Esos
documentos cambiarían el estatus del caso dentro de la procuraduría. También se
dio aviso a las autoridades de la fiscalía local donde se había abierto una
investigación que seguía su propio curso. Ahí, la denuncia original,
interpuesta por el cuñado de Isabel, Abraham Pedraza, había sido por
desaparición. Con estos nuevos documentos, lo ocurrido a Hugo Alberto tendría
que ser reclasificado como plagio.
Después del segundo comunicado corrieron veintidós días más sin ninguna
señal. En el cuarto de guerra, las grabadoras colocadas sobre la mesa
acumulaban polvo y la gente se picaba los ojos de aburrimiento. Esa actitud de
los plagiarios podía deberse a que la familia no había cumplido con las
demandas. También cabía la posibilidad de que se tratara de un estilo atípico
de los delincuentes para mejorar las condiciones de la negociación. Eso fue lo
que explicó el equipo de Carstens a la familia.
El jueves 22 de septiembre de 2005 —más de setenta días después de la
desaparición— José Enrique Wallace se presentó de nuevo en la fiscalía
antisecuestro. Lo hizo para contradecir las declaraciones de su mujer. Expresó
que hasta ese momento no había recibido nada por parte de los plagiarios.
Declaró textualmente: «No puedo decir que se trate de un secuestro
porque no he recibido exigencias de parte de ninguna persona para liberar a mi
hijo».
Al día siguiente, viernes, volvió de nuevo a esa oficina. Esta vez para
solicitar que no se investigaran más los hechos que él mismo había denunciado
la madrugada del miércoles 13 de julio. Pidió también a las autoridades que
dejaran en paz a su familia. Cuando Isabel regresó para conversar con el
ministerio público, explicó que José Enrique había actuado así por miedo a que
los delincuentes pudieran hacerle daño a su hijo.
A partir de ese momento, el intercambio con los plagiarios se vuelve
complicado de entender. Como dijo Carstens desde el primer día, este tipo de
comportamiento puede explicarse porque los delincuentes han visto demasiada
televisión. Resulta que, casi a la misma hora en que José Enrique asistió a la
fiscalía para informar que no conocía ninguna exigencia de rescate, Isabel
Miranda recibió una llamada en su dispositivo celular. El interlocutor se
presentó bajo el nombre de Juan, quien mencionó que ella conocía las razones
por las cuales la estaba llamando.
Más o menos a esa misma hora llegó a la bandeja de su computadora
personal un correo electrónico con el texto de un tercer comunicado. En él, se
le reclamaba a Isabel haber entregado las fotografías a las autoridades, a
pesar de la advertencia de que no lo hiciera. Con todo, los plagiarios ofrecían
otra oportunidad. Si todavía quería recuperar a su hijo, debía, ahora sí,
cumplir con las instrucciones. En la parte final de ese texto los criminales
incluyeron una cita de Hugo Alberto, quien supuestamente mandaba decir: «No
estés jugando con ellos, mamá, son personas que saben lo que hacen. Para mí
esto es un infierno».
En el expediente judicial hay evidencia de que, además de la llamada
telefónica del tal Juan y del correo electrónico, ese mismo jueves 22 de
septiembre arribó un nuevo sobre amarillo a la empresa de publicidad. Esta vez,
los sellos postales representaban los arrecifes de las costas mexicanas. La
autoridad debió verse obligada a cuestionar por qué medio se habían recibido
realmente las distintas comunicaciones: telefónica, correo electrónico o correo
postal.
Aquella fue la última vez que la familia de Hugo Alberto tuvo noticia de
los plagiarios. Después, fue como si se hubieran ido a vivir al fondo del mar.
Entonces la gente de Carstens propuso utilizar la radio, la televisión y los
periódicos para intentar la recuperación del vínculo con los criminales. La
empresa de publicidad pagó esquelas con las palabras clave y también contrató
unos anuncios que fueron transmitidos en diversos noticiarios. Los negociadores
recomendaron también que se abriera un sitio en internet (www.tesoro.com) cuya
liga fue publicada por esos mismos medios con la esperanza de que los
delincuentes se dignaran a retomar el contacto.
Al final, nada funcionó y la esperanza fue desvaneciéndose. Conforme
transcurrían las semanas, el equipo de especialistas también se fracturó. Esa
gente decidió apartarse porque, debido a lo prolongado de la situación, no se
habían cubierto sus honorarios. Carstens permaneció unos días más con la
expectativa de rescatar el caso, pero al final también optó por apartarse. Los
equipos de grabación que habían llevado los expertos —suponiendo en un
principio que el contacto con los malhechores sería por vía telefónica—
quedaron arrumbados, sin haberse usado nunca, en aquel salón de la familia
Wallace.
CAPÍTULO II
8
¿Por qué la inquilina del departamento 4 abandonó su morada días después
de que Isabel Miranda hubiera señalado ese lugar como el sitio donde su hijo
fue secuestrado? Para ese momento, un par de vecinos ya habían proporcionado su
nombre y su profesión. Esa mujer se llamaba Juana Hilda González Lomelí, era
bailarina y trabajaba para Grupo Clímax.
Cuando la policía interrogó a la administradora del inmueble, ella
explicó que, después del cateo realizado por los agentes de la procuraduría, la
mujer se había molestado al regresar a su domicilio y encontrar todo revuelto.
Ésta fue la explicación que dio para rescindir su contrato de arrendamiento
antes de tiempo. Ni siquiera fue para devolver las llaves personalmente. Las
dejó con la vecina de la planta baja para que fuera ella quien las entregara a
sus propietarios.
La puerta del departamento 4 de Perugino permaneció abierta durante los
siguientes dos meses. El hecho de que los peritos no encontraran nada que
llevara a suponer la comisión de un delito ahí dentro hizo que esa vivienda
perdiera importancia. Durante la inspección quedó claro que no se trataba de
una casa de citas ni de una casa de seguridad, en cuyo interior hubiera sido
privado de la libertad el hijo de la señora Wallace.
Es muy probable que por este motivo la autoridad haya autorizado al
dueño del edificio para que rentara nuevamente su inmueble. La administradora
pidió permiso vía telefónica a un comandante de apellido Franco, quien lo
concedió verbalmente para que un nuevo arrendatario ingresara al departamento.
Habla de la ineptitud de este funcionario el que, a pesar de haber tenido
conocimiento de las notas de rescate enviadas por la banda de secuestradores
durante el mes de septiembre, en esa misma fecha se haya permitido el ingreso a
un desconocido.
El nuevo contrato de arrendamiento se firmó el sábado 1 de octubre de
2005, es decir, casi tres meses después de la denuncia presentada por la
familia Wallace. El plazo inscrito en ese documento fue de un año forzoso. La
persona que lo rentó fue un joven de veinticuatro años de nombre Rodrigo
Osvaldo de Alba Martínez. El nuevo inquilino estaba casado y se mudaría con su
esposa. Solicitó que le permitieran hacer algunas remodelaciones sin costo para
el dueño: tenía intención de cambiar la alfombra y también de pintar las
paredes.
Ninguno de los vecinos recuerda haber conocido a la pareja.
Probablemente porque era gente reservada. En cualquier caso, su estancia duró
poco. En el mes de febrero del año siguiente, cuando el departamento 4 volvió a
cobrar relevancia para esta historia, De Alba Martínez y su esposa se esfumaron
de manera aún más vertiginosa que Juana Hilda, la bailarina de Grupo Clímax.
9
Sin ninguna respuesta por parte de la banda de secuestradores, Isabel
volvió a dedicar tiempo a sus propias investigaciones. Tenía nombres de
personas y contaba también con el rastro que su hijo había dejado en las
llamadas telefónicas realizadas el día de su desaparición. Ya sin los
negociadores ocupando el salón de la casa familiar, el cuarto de guerra volvió
a encontrar actividad.
La investigación no arrancaba de cero y la fe de que su hijo pudiera aún
estar con vida le entregó energía para continuar. Isabel era dueña de una de
las dos líneas de celular que utilizaba Hugo Alberto. Esa misma noche traía
consigo otro dispositivo, cuyo servicio estuvo contratado a nombre de él hasta
la cancelación, ocurrida un día después de que fue presentada la denuncia por
secuestro.
Con las facturas telefónicas de ambas líneas no fue difícil reconstruir
las comunicaciones. El lunes 11 de julio Hugo Alberto participó en treinta y
cuatro llamadas. Veintidós de ellas con la línea contratada a su nombre y doce
con el otro dispositivo. Fue como armar un rompecabezas. Entre las personas
contactadas estaban su chofer, distintos amigos, un primo y obviamente su
madre. Prácticamente todos los números pudieron ser identificados, excepto uno.
Hugo Alberto habría marcado cuatro veces a ese número desconocido el día del
secuestro y, según el detalle de llamadas de las semanas anteriores, un total
de ocho.
¿De quién era ese número de celular? La primera llamada realizada a ese
contacto desconocido estaba fechada doce días antes del secuestro. Luego
aparecen tres más en los siguientes días. La actividad se intensificó justo el
día de la desaparición. Todas las veces habría sido la víctima quien llamó.
Esas comunicaciones tenían que estar relacionadas con la cita para ir al cine.
Para dar con el paradero era muy importante obtener la identidad de la persona
que había recibido las llamadas de Hugo Alberto. Los detectives ayudaron a
localizar un nombre que semanas más tarde fue corroborado —gracias a una
petición de la procuraduría— por los representantes legales de la empresa
telefónica.
El nombre clave era el de Carmen Ortega Becerra. Ella tenía que ser la
mujer con quien Hugo salió al cine y luego se prestó como cebo para
secuestrarlo. La línea había sido activada el miércoles 8 de junio de 2005,
aproximadamente un mes antes de que se cometiera el crimen. Sin embargo, el
teléfono no fue utilizado hasta el domingo 3 de julio por la tarde. Isabel
estaba segura de que Carmen Ortega era en realidad Juana Hilda González Lomelí,
la bailarina de Grupo Clímax y la inquilina del departamento 4 del edificio de
Perugino.
Con igual persistencia que la invertida para descifrar las piezas
aportadas por las facturas telefónicas, la madre se empeñó en encontrar a la
bailarina. Tanto el nombre como los apellidos los obtuvo de las declaraciones
de los vecinos y también gracias a la administradora del edificio de Perugino.
Las oficinas de Grupo Clímax se encontraban en el puerto de Veracruz. Hasta
allá se comunicó haciéndose pasar por una cliente interesada en contratar a la
artista para un evento privado. Se enteró entonces de que Juana Hilda no se
encontraba en México. Había salido de gira a Estados Unidos. Presumiblemente
volvería a México hacia finales de octubre o principios de noviembre.
Para no quedarse sin hacer nada mientras esperaba, Isabel pidió al
despacho de detectives que consiguiera la dirección de la casa donde habitaban
los parientes de la bailarina. Hasta la ciudad de Guadalajara fue a dar Roberto
Miranda, el hermano de la señora Isabel. Seguro se sorprendió por la humildad
de esa vivienda. Visto desde ahí, era evidente que Juana Hilda había hecho un
largo recorrido para ingresar al elenco de un grupo musical que logró colocar
una canción muy exitosa.
Mayor trabajo detectivesco permitió dar también con las coordenadas de
la hija de la bailarina, quien vivía entonces con su padre en Aguascalientes.
Con la cartera abierta para lo que fuera necesario, ese despacho se ofreció a
monitorear las líneas de celulares, tanto de la madre como de la hija, con el
propósito de enterarse del momento preciso en que Juana Hilda pusiera otra vez
los pies en México.
Por fin, durante el mes de noviembre, ella volvió a dar señales de vida
cuando se comunicó por un teléfono mexicano con sus familiares. Gracias a estas
llamadas, Isabel pudo ubicar su nuevo lugar de residencia. La bailarina se
había mudado a escasos quinientos metros de distancia de donde se encontraban
las oficinas de la empresa de publicidad de la madre de Hugo Alberto, el mismo
sitio al que también habían arribado las notas de rescate entre los meses de
agosto y septiembre.
El arduo trabajo comenzaba a dar frutos. Isabel había dado con el número
telefónico y el alias utilizado por la mujer que sirvió como gancho para
plagiar a su hijo. También había encontrado la ubicación para detener a Juana
Hilda González. Con esta evidencia, Isabel presionó a las autoridades para que
la ayudaran a confirmar su hipótesis. Los peritos en telefonía debían contar
con mayor habilidad para establecer el vínculo definitivo entre la bailarina y
Carmen Ortega, la dueña del teléfono con el que Hugo Alberto se había
comunicado el día de su secuestro.
10
La víctima llevaba cuatro meses desaparecida sin que, según la opinión
de su madre, la policía hubiera hecho nada para dar con él, a pesar de toda la
evidencia que ella había compartido con el ministerio público. Isabel Miranda
consiguió que un senador la apadrinara políticamente. El legislador Federico
Döring consiguió una cita y la acompañó a ver a uno de los hombres más
influyentes dentro de la procuraduría. Esa visita lo cambió todo. El fiscal
José Luis Santiago Vasconcelos tenía fama de ser el mejor del país, pero su
talento más importante era que sabía sacar raja política de cada asunto que
pasaba por su escritorio.
Después de las introducciones formales, el senador Döring tomó la
palabra. Dijo que Isabel poseía evidencia de que la banda que había plagiado a
su hijo tenía gente infiltrada dentro de la procuraduría federal. El tercer
mensaje de los secuestradores no dejaba duda al respecto. De otra manera, ¿cómo
explicar que aquellos criminales se hubieran enterado de que ella compartió las
fotografías de los tatuajes de su hijo con las autoridades?
Isabel llevó consigo un arma nuclear. Sin sutilezas, amenazó con subir
una decena de espectaculares en las principales avenidas del país para
denunciar la corrupción en esa dependencia. Aquello pudo haber salido fatal:
¡para extorsionar a un funcionario así de importante se requería de mucha
osadía! Sin embargo, funcionó, y en vez de negar la supuesta infiltración, el
subprocurador mandó llamar a los funcionarios que tenían asignado el
expediente.
Ese día, con el senador como testigo, Isabel logró poner el foco en la
incompetencia burocrática. Dejó de ser relevante la inspección pericial dentro
del edificio, en la que no se encontró nada, la tardanza de los secuestradores
para reclamar el rescate y la más reciente interrupción de las comunicaciones
con los delincuentes.
Ahí se improvisó una reunión de balance sobre el caso. Aun si tenían la
certeza de haber cubierto todas las líneas de investigación, ante el giro que
tomó el expediente los subordinados del fiscal se inhibieron a la hora de
defender su trabajo. Si ese funcionario no hubiera intervenido, el expediente
probablemente habría sido remitido al Distrito Federal para que la procuraduría
local lo enterrara.
Antes Isabel ya había intentado mover sus contactos políticos. Si José
Enrique Wallace pudo presentar la denuncia ante la fiscalía federal
antisecuestro fue porque tuvo acceso a otro fiscal bajo las órdenes de Santiago
Vasconcelos. Este funcionario intervino desde el primer día para que el asunto
recibiera todos los recursos. Ella escribió también una carta a la esposa del
presidente de la República, la cual surtió efecto porque de la oficina de la
primera dama llamaron al procurador para que rindiera cuentas. Sin embargo, de
todas las diligencias emprendidas, la más efectiva fue contactar al senador
para que la apoyara a denunciar la ineptitud.
Tanto el fiscal Vasconcelos como el legislador Döring tenían afinidad
por el mismo partido político, y a ninguno le convenía entregar a la oposición
anuncios publicitarios que señalaran al gobierno en turno de estar asociado con
la delincuencia. No era difícil suponer el efecto negativo que podría causar en
la opinión pública una declaración de la madre de Hugo Alberto, acusando a la
policía de haber filtrado a los plagiarios datos confidenciales sobre la
investigación.
Al concluir la reunión, el fiscal Santiago Vasconcelos reaccionó con
rudeza contra sus empleados por los rezagos. En esa oficina nadie quería poner
en riesgo su carrera, sobre todo cuando, al año siguiente, las elecciones
nacionales podrían cambiar la circunstancia laboral de esos mismos
funcionarios.
Isabel Miranda llegó bien preparada para la pregunta final de aquel
encuentro. Ante la interrogante sobre lo que debía hacerse, mostró una hoja con
un pliego de peticiones que apuntaba las baterías, de nuevo, contra Juana Hilda
González Lomelí y Jacobo Tagle Dobín. Insistió en que ambas personas formaban
parte de la banda de secuestradores que tenían a su hijo en cautiverio desde el
mes de julio.
11
Por las vacaciones navideñas, el caso quedó congelado durante todo el
mes de diciembre. Hacia la segunda semana de 2006 el personal contratado por
Isabel Miranda se apostó afuera del fraccionamiento donde Juana Hilda regresó a
vivir después del viaje que hizo a Estados Unidos. Aquel lugar estaba
circundado por una barda de mampostería pintada de color mamey con puertas de
hierro que daban acceso a peatones y automóviles. Juana Hilda, su novio y su
medio hermano se instalaron en un departamento del edificio C de aquel complejo
habitacional, ubicado en la calzada de los Tenorios número 91. Aquella vivienda
era más amplia que la de Perugino, pero no más lujosa.
Cuando la bailarina tomó consciencia de que la estaban acosando, llamó a
la policía. Dijo que afuera de su casa había un automóvil que la seguía a todas
partes. No sabía que dentro de ese vehículo se encontraban Isabel y Roberto
Miranda. Para evitar que este evento echara a perder el operativo que se venía
cocinando, Isabel tuvo que comunicarse con la oficina del fiscal Santiago
Vasconcelos para que él ordenara a la policía local desatender esa denuncia.
El martes 10 de enero, Isabel y Vasconcelos se citaron a desayunar en un
restaurante próximo al fraccionamiento de la calzada Tenorios. Ambos acordaron
que ese día aprehenderían a Juana Hilda. El subprocurador reconoció el trabajo
realizado por la madre de Hugo Alberto. Sin los datos que ella proporcionó no
habría sido posible dar con ella.
Por el alto cargo que ostentaba, aquel funcionario tenía manos libres
para proceder. Instruyó en ese mismo momento al agente del ministerio público,
Braulio Robles Zúñiga, para que firmara una orden de presentación. Cuando el
subordinado preguntó por el motivo, el jefe respondió que el propósito era
investigar a la mujer denunciada por la señora Isabel.
A las 3:30 p.m., el operativo arribó a la puerta del fraccionamiento.
Ahí, los agentes federales tuvieron que aguardar al menos seis horas hasta que
Armando Cruz Lomelí, medio hermano de Juana Hilda, apareció caminando con unos
amigos. Sin ningún prólogo, la policía lo arrinconó contra un muro, le colocó
esposas y lo llevó a las instalaciones de la procuraduría.
No había ninguna orden en su contra, pero eso no importó. En esas
oficinas mostraron al joven una licencia de manejo a nombre de una mujer
llamada Sandra Gutiérrez; cuando los agentes le preguntaron por la fotografía
que aparecía en ese documento, el joven se vio obligado a corroborar que se
trataba de su media hermana. Así fue como el ministerio público obtuvo la
confirmación de que la bailarina poseía una identificación falsa.
Mientras Armando era interrogado, la policía aprehendió a Juana Hilda en
el fraccionamiento de la avenida Tenorios: venía de visitar a unos amigos de su
novio, César Freyre, y un conocido de ambos la llevaba de vuelta a su casa. Los
agentes la condujeron con mansedumbre a sus oficinas. Al llegar, la bailarina
no sabía que su hermano también estaba siendo hostigado por la autoridad.
Según el parte policial, la detención se hizo en flagrancia, es decir,
al momento de apresarla ella estaba cometiendo un delito: mostró a los
funcionarios la licencia de manejo número 5256270, expedida por la Secretaría
de Transporte del Distrito Federal, a nombre de Sandra Gutiérrez. Las leyes
mexicanas no prohíben la posesión de una identificación apócrifa, lo que está
penado es utilizarla para identificarse, y según los hombres que aprehendieron
a la bailarina, eso fue lo que ella hizo.
Durante varias horas la acribillaron con preguntas que buscaban
vincularla al secuestro de Hugo Alberto. En presencia de una defensora pública,
negó todas las imputaciones que se le hicieron. Rechazó haber mostrado un
documento público falso a la policía, haber secuestrado al joven empresario y
pertenecer a una organización dedicada al crimen organizado.
Repitió muchas veces que era una bailarina profesional y que trabajaba
honradamente para distintos grupos musicales. Aquel cuestionamiento se prolongó
hasta la una de la madrugada. Indagaron sobre varios detalles de su vida
íntima: su infancia, la salida de Guadalajara, el lugar donde conoció a César
Freyre y, lo más importante, todo cuanto hizo durante las jornadas del 11 y 12
de julio de 2005, fechas de la desaparición de Hugo Alberto.
Respecto de aquella noche, declaró que el lunes 11 asistió a una función
de cine acompañada por la hermana del padre de su hija. Relató que al finalizar
el filme volvió sola a casa y que de camino compró unas cervezas porque César
se había quedado en su departamento de Perugino, acompañado por una pareja de
amigos.
También afirmó que el convivio concluyó después del amanecer y que,
mientras ella dormía, César partió del departamento por algún asunto de
trabajo. Juana Hilda confirmó que el martes 12, por la tarde, arribó a Perugino
la señora Isabel Miranda acompañada por un mundo de gente. Dijo haberse topado
con ella porque había salido a la calle para recibir una orden de comida a
domicilio; recordó haberla escuchado mencionar a una mujer de busto grande que
se dedicaba a la prostitución.
Narró también que Isabel la hizo sentir mal respecto de su cuerpo. Con
todo, dejó que el chofer de la víctima, al que apodaban el Chaparro, la
desnudara con la mirada para terminar concluyendo que no era ella la persona a
la que buscaban. Ese mismo martes Juana Hilda pernoctó en casa de una amiga con
quien se iría de gira a partir del día siguiente. Dos semanas después, al
volver al Distrito Federal, encontró su casa patas arriba: enfureció al suponer
que habían vuelto a robarle y llamó a la administradora del edificio de
Perugino para decirle que no quería seguir viviendo ahí.
Durante aquel interrogatorio los agentes trataron de hacer cuadrar los
atributos físicos de la bailarina con el relato que se había venido fraguando
dentro de la fiscalía federal antisecuestro. Preguntaron por sus implantes, ya
que los agentes tenían la instrucción de confirmar el dato proporcionado a
propósito de la mujer «bustona y de buen cuerpo» que engatusó al sujeto
plagiado.
A pesar de la debilidad de los indicios con los que contaba la policía,
el subprocurador José Luis Santiago Vasconcelos presionó para que se retuviera
a Juana Hilda un par de días más, mientras el ministerio público registraba el
departamento que compartía con su novio y su hermano.
12
Durante la inspección, quedó consignado que el departamento de la
calzada de los Tenorios no era una guarida de maleantes. El ministerio público
se refirió al inmueble como una vivienda normal, y acompañó la descripción con
imágenes de los distintos espacios. Sin embargo, fueron incautados un rifle de
asalto, escondido bajo la cama, y una pistola. Ese hallazgo permitió acusar a
César Freyre y a Juana Hilda de estar en posesión de armas prohibidas. Los
investigadores dieron también con una serie de identificaciones falsas a nombre
de Antonio Hernández Lozano, cuya fotografía correspondía en realidad a César
Freyre. El acta de cateo incluyó el hallazgo de una libreta de teléfonos,
perteneciente a la bailarina, con los contactos de su familia, el dentista, la
ginecóloga, las amigas y sus empleadores.
De los cajones de César Freyre se requisaron imágenes que serían útiles
para identificar al difunto Pedro Tagle, padre de Jacobo Tagle Dobín, y a
Jonathan, hermano menor de Freyre. De la mesita de noche de Juana Hilda
igualmente se requisó un universo personal de fotografías. Faltaban aún seis
años para que la red social Facebook llegara a México: a Juana Hilda no le tocó
conocerla en libertad. De lo contrario, hubiera sido una de esas personas que
suelen publicar imágenes de cada momento de su vida.
Prueba de esa compulsión era aquel cajón en su recámara. Ahí los
funcionarios de la fiscalía antisecuestros consiguieron varias fotos de la
hija, del exmarido, de los novios que tuvo antes de Freyre y de sus colegas del
gremio del espectáculo. Entre decenas de impresiones, la policía halló una en
concreto que sería utilizada para identificar a la organización criminal que
pudo haber secuestrado y asesinado a Hugo Alberto: en ella aparece un grupo de
personas posando afuera del santuario religioso de Chalma.
La autoridad halló otra imagen que iba a contribuir para continuar
cavando la tumba de la bailarina. Ahí, Juana Hilda abraza a un sujeto de unos
treinta años, de tez blanca y pelo claro; un hombre cuyo rostro recién se había
vuelto famoso en los medios de comunicación. Era Édgar Valdez Villarreal, alias
la Barbie, un narcotraficante cuyo nombre figuraba entre los más buscados por
la justicia estadounidense y también por la mexicana.
A partir de los hallazgos obtenidos durante el allanamiento, la jueza
Silvia Estrever Escamilla ordenó encerrar por tres meses a la bailarina en un
centro de arraigo: no era una cárcel, sino una suerte de hotel de mala muerte
adaptado para retener a gente sospechosa de haber cometido delitos graves.
Contaba la juzgadora con que ese tiempo alcanzaría para que la policía
encontrara pruebas más sólidas sobre la participación de esa mujer en el
secuestro de Hugo Alberto Wallace.
13
Tres semanas después, el jueves 26 de enero de 2006, fue aprehendido el
policía César Freyre. Los principales noticieros de la noche exhibieron a ese
hombre que medía un metro con noventa centímetros y pesaba más de cien
kilogramos. Las imágenes transmitidas lo mostraron con el torso desnudo, las
manos esposadas en la espalda y una pistola fajada cerca de la hebilla de un
cinturón blanco. Ese inmenso animal había sido por fin vencido. Una voz
femenina ordenó a las cámaras de televisión que retrataran los tatuajes en los
hombros, sobre todo el del rostro de una mujer que más tarde se sabría que era
el de su madre, Rosa Morales.
El hombre estaba evidentemente aturdido. Se hallaba al oriente de la
colonia Polanco, casi frente al hotel Camino Real. Dos sujetos encapuchados le
asían cada brazo por si acaso se le ocurría escapar. Las sombras de la noche
hicieron que nadie, a excepción obvia del detenido, se diera cuenta del
tremendo moretón que traía en su ojo derecho; aún no se sabía que aquella
agresión también le había destrozado el oído interno.
Con todo, el sujeto logró aislar el ruido para enterarse de que estaba
siendo acusado de ser el líder de la banda que secuestró a Hugo Alberto
Wallace. Roberto Miranda, tío de la víctima, no pudo resistirse cuando tuvo
frente a sí los micrófonos con los logos de los medios de comunicación: «Fueron
momentos desesperantes, pero por fortuna logramos capturarlo».
Ciertamente, aquel jueves nació la complicidad entre la ciudadanía e
Isabel Miranda. Esa detención sería el primer peldaño de la fama enorme que
estaba por adquirir. La admiración surgió hacia ella por haberse atrevido,
junto con su hermano, a realizar lo que la autoridad no era capaz: someter a
los criminales y obligarlos a rendir cuentas.
14
Vanessa Figueroa, la inquilina de la planta baja del edificio de
Perugino, fue llamada otra vez para dar su testimonio. Esto fue, según ella, lo
que realmente sucedió en las horas previas y posteriores a la desaparición del
hijo de la señora Isabel: el lunes 11 de julio de 2005 por la tarde se encontró
con Juana Hilda frente a la puerta de su vivienda. Hizo énfasis en el busto
prominente de la bailarina y en que estaba «toda operada». Vanessa llevaba a su
niño de once meses en la carriola y las dos mujeres se pusieron a hablar
durante unos diez minutos. Mientras tanto, Juana Hilda recibió una llamada en
el celular. Alcanzó a escuchar que su vecina quedó en ir al cine. La cita fue
en el centro comercial Plaza Universidad.
Como a las diez de la noche, Jesús Noel, vecino también del edificio de
Perugino, tocó a su puerta. Trajo unos libros que había quedado en prestarle y
después partió. Hacia las once de la noche Vanessa escuchó que una persona se
quejaba, como si la estuvieran golpeando. Le decían «¡Cállate cabrón!» y el
sujeto no podía responder. Parecía que le hubieran tapado la boca. En ese
momento, dentro del departamento de la bailarina, encendieron una televisión y
subieron el volumen.
Vanessa se asustó y por la zotehuela llamó a Jesús Noel. Él se asomó
para aconsejarle que se encerrara y apagara las luces de su departamento. Ella
desobedeció y miró al pasillo. Entonces vio descender por las escaleras a César
Freyre. Ese señor tenía los ojos enrojecidos. Detrás suyo observó a otras
personas abandonar el edificio. Más tarde regresaron con unas bolsas de
plástico y una caja en cuyo interior Vanessa pudo distinguir una sierra de la
marca Black & Decker. Más tarde, Jesús Noel la buscó para tranquilizarla.
Dentro de su departamento, se quedó platicando con ella hasta las tres de la
madrugada. Después de esa hora ella no volvió a escuchar ningún ruido.
Como a las once de la mañana del día siguiente, Juana Hilda llamó a su
puerta y preguntó si podía invitarse a desayunar. Vanessa no pudo recibirla
porque tenía un asunto de trabajo. Entonces la bailarina pidió prestada una
extensión eléctrica. Mientras buscaba el objeto solicitado, Vanessa preguntó
por los ruidos que había escuchado la noche anterior. Juana Hilda respondió que
su novio se había puesto a beber. Así lo hacía desde la muerte de su hermano
Jonathan, que le había afectado mucho.
Cuando salió a despedirla en el pasillo del edificio, Vanessa observó a
Freyre, también a un joven con los pelos parados, y a otra chica. El joven
sudaba mientras todos iban cargando un par de maletas muy pesadas. Una vez en
la calle, subieron el equipaje a un vehículo y se marcharon del edificio.
Durante los días posteriores a la detención de César Freyre, también fue
llamado a declarar Jesús Noel Montaño, el vecino del departamento 2. Acudió
acompañado de un abogado y esa vez comenzó diciendo que no quería tener
problemas con la autoridad ya que temía afectar su situación migratoria, debido
a que él era de nacionalidad cubana.
Los dichos de este testigo varían respecto de los entregados por Vanessa
Figueroa. Según su memoria, el cubano y la vecina estuvieron conversando en el
rellano de la escalera, desde las nueve de la noche del lunes 11 hasta las tres
de la madrugada del martes 12 de julio. En esa deposición afirmó que no había
escuchado nada raro. Tampoco recuerda haber visto aquella vez a Juana Hilda, ni
haberse percatado de que algo extraño hubiera ocurrido en su vivienda.
Jesús Noel aseguró que, durante todo el tiempo que permaneció
conversando con Vanessa, sólo vio pasar a otra vecina del departamento 1, de
nombre Karla, que iba acompañada de su pareja. No recordó haber visto al novio
de Juana Hilda ni a las demás personas referidas por la inquilina de la planta
baja.
15
La señora Rosa Morales quiso visitar a su hijo; César Freyre llevaba una
semana encerrado y no había logrado que la dejaran verlo. Cargó con comida
preparada en su cocina porque él se había quejado por teléfono de que en el
centro de arraigo todo sabía mal. A esa señora la recibió el agente del
ministerio público Braulio Robles Zúñiga, responsable principal del caso
Wallace. Un hombre cuarentón que había nacido con una nariz y unos labios
notoriamente gruesos; llevaba también una mata abundante de pelo negro moteado
aquí y allá por pequeños remolinos grises.
Mientras la señora Rosa llenaba unos papeles para que la dejaran
ingresar, ese funcionario la encerró del lado de los imputados. Cuando el padre
de César no supo nada de su esposa, envió a Julieta, su segunda hija, a
preguntar por su progenitora. A ella también la detuvieron dentro del centro de
arraigo. Las denunciaron por delincuencia organizada y privación ilegal de la
libertad. Según el ministerio público, ellas eran las encargadas de recoger el
dinero de los secuestros. La madre y la hermana de Freyre también fueron
acusadas por el delito de extorsión.
Juana Hilda estaba siendo interrogada en una sala contigua cuando su
suegra y su cuñada fueron aprehendidas. La bailarina vio cómo las llevaban
esposadas. La abogada de oficio, Dolores Vera Murcia, tuvo que multiplicarse
aquella tarde para estar presente en los interrogatorios que les practicaron,
por separado, a esas tres mujeres.
16
El miércoles 8 de febrero de 2006, Juana Hilda González Lomelí decidió
cambiar el sentido de sus declaraciones. Llevaba prácticamente un mes encerrada
en el centro de arraigo cuando finalmente tomó la determinación de reconocer
que sí conoció a Hugo Alberto Wallace y confesó su participación en el
secuestro. Tardó más de doce horas —desde las 4:15 p.m. hasta las 4:30 a.m. del
día siguiente— en revelar con detalle lo que sucedió la madrugada en que
desapareció la víctima y también los eventos que ocurrieron durante los días y
meses posteriores.
Dijo que, en un principio, no sabía hasta dónde llegarían las cosas.
Justificó su actuación como el resultado de la mezcla de amor y miedo que le
provocaba su pareja, el policía César Freyre. A Hugo Alberto lo conoció porque
Jacobo Tagle y su novia, Brenda Quevedo, se lo presentaron, en un restaurante,
un par de semanas antes del secuestro. El lunes en que Hugo Alberto desapareció
fueron al cine y salieron de aquella función hacia la medianoche. El empresario
la invitó a dormir a su casa y ella aceptó, pero antes pidió que la acompañara
a recoger una maleta. Cuando llegaron al domicilio, Juana Hilda quiso que
conociera su vivienda, la cual se encontraba en el cuarto piso de un edificio
pequeño; él obedeció, dejando su camioneta estacionada en la calle.
Al ingresar a la morada de Juana Hilda, el interruptor no habría
encendido las luces, por lo que ella apuró a su invitado para que la siguiera
hasta su recámara. Una vez lejos de la puerta principal, cayó sobre la víctima
una lluvia de golpes. El resto de los atacantes traían pasamontañas para evitar
ser reconocidos. Eran cinco: César Freyre, Jacobo Tagle, Brenda Quevedo y los
hermanos Albert y Tony Castillo.
Para evitar que los ruidos de la trifulca fueran escuchados por los
vecinos, alguien encendió la televisión. Todo esto sucedió hacia la una de la
madrugada. Una vez que pudieron maniatarlo, Hugo Alberto permaneció recostado
sobre un colchón con los ojos vendados y la boca amordazada. Luego, César y
Jacobo descendieron las escaleras de aquel inmueble con la intención de alejar
la camioneta del domicilio de Juana Hilda. Sin embargo, previamente Hugo había
activado un dispositivo para inmovilizar su vehículo; después de intentar
manipularlo sin éxito, César y Jacobo volvieron sobre sus pasos para exigir al
secuestrado que les compartiera el código secreto, pero él se puso necio,
negándose a proporcionarlo.
Entonces César volvió a golpearlo hasta que Hugo Alberto comenzó a
convulsionar. Tony Castillo fue el primero en darse cuenta de que aquel hombre
ya no respiraba: le había dado un paro cardiaco. Intentaron resucitarlo, aunque
de nada sirvió. Según Juana Hilda, Hugo Alberto murió a las tres de la mañana
del martes 12 de julio de 2005.
César y Jacobo volvieron a abandonar el edificio para llamar, a esa hora
de la madrugada, a un servicio de grúas, pues necesitaban resolver el pendiente
de la camioneta. Regresaron una hora después con malas noticias: tampoco los
operarios de la compañía de arrastre habían logrado desactivar el mecanismo
inmovilizador y, por tanto, únicamente fue posible trasladar la camioneta
ciento cincuenta metros más arriba.
Juana Hilda explicó que, en vez de renunciar al plan del secuestro, la
banda decidió proseguir: desvistieron el cadáver y lo llevaron al baño donde
Brenda Quevedo, con su celular, tomó varias fotografías. Jacobo presumió que su
novia era una «chingona» para editar imágenes, así que lograría que Hugo
pareciera vivo. César, Jacobo y Brenda abandonaron después el departamento y se
dirigieron a una tienda de autoservicio que abría las veinticuatro horas. Ahí
adquirieron una sierra eléctrica y otros materiales que utilizaron para hacer
desaparecer el cuerpo.
Hacia las nueve de la mañana de ese mismo martes, Juana Hilda tocó la
puerta de la vecina de la planta baja, Vanessa Figueroa. En este punto el
relato de Juana Hilda es distinto al de la vecina de la planta baja quien,
cuando fue interrogada, declaró no haber permitido a la bailarina quedarse a
desayunar. En cambio, Juana Hilda aseguró que ella necesitaba distraerse y ahí
se alimentó mientras sus cómplices se quedaron trabajando en su casa. Por voz
de Freyre se enteró más tarde de que Albert Castillo, como era médico, supo
cómo separar las extremidades y la cabeza del muerto. César elogió la sangre
fría de Albert, un talento que atribuyó a la experiencia de su profesión. Su
hermano Tony le auxilió en la carnicería.
El descuartizamiento con la sierra eléctrica, adquirida la madrugada
anterior, habría ocurrido entre las nueve y las once de la mañana de ese
martes. Luego, los hermanos Castillo limpiaron a conciencia el baño, mientras
que César, Jacobo y Brenda se hicieron cargo de sacar los miembros cercenados
en dos maletas grandes, las cuales subieron a un automóvil Corsa que pertenecía
a Brenda.
Partieron en dirección al canal de Cuemanco, por el rumbo de Xochimilco,
donde se deshicieron de los restos. Juana Hilda supuso que las
identificaciones, los celulares y la ropa de la víctima fueron llevadas junto
con los restos dentro del vehículo, ya que, cuando regresó a su casa, no
encontró nada que le recordara lo sucedido la noche previa.
A las 5:00 p.m. llegó a su casa un pedido que había ordenado para comer.
Al salir a recogerlo encontró que fuera del edificio había varias patrullas y
muchos policías. En la calle la abordó una señora que dijo ser la madre de Hugo
Alberto. La interrogó para saber si conocía a su hijo y ella respondió
negativamente. La señora Miranda mandó traer a un sujeto que se identificó como
el chofer del desaparecido. Esa persona dijo no reconocerla, probablemente
porque ese día Juana Hilda no se había puesto maquillaje y llevaba el pelo
recogido.
De vuelta en su departamento, llamó a César Freyre para informarle de la
situación. Él le dijo que no se preocupara porque ya se habían desecho del
cuerpo. Le sugirió, sin embargo, que saliera cuanto antes del edificio. Juana
Hilda tomó entonces un taxi que la llevó de vuelta con su novio. Juntos, en el
Corsa de Brenda, se dirigieron a un hotel ubicado en la colonia Doctores donde
permanecieron escondidos durante casi un mes.
Por aquellos días la banda visitaba la casa de la mamá de Brenda, porque
ahí estaba la computadora que usaron para arreglar las fotografías que habían
tomado en la regadera del baño. Con esa máquina también se redactaron los
escritos para solicitar el rescate. César dictó los mensajes y Brenda los
transcribió sobre el teclado. Luego, la novia de Jacobo se disfrazó para acudir
a la oficina del correo postal desde donde realizaron los envíos. Juana Hilda
declaró que en esos textos propusieron a la madre de Hugo Alberto que
respondiera a sus indicaciones a través de la sección de avisos clasificados de
un periódico.
A pesar de que la familia aceptó pagar parte del dinero solicitado,
César se echó para atrás, según explicó a sus socios, porque «dejó de latirle
el asunto» ya que se enteró de que la policía estaba muy involucrada.
Posteriormente, Juana Hilda contactó con el dueño de Grupo Clímax, donde ella
había trabajado por dos años. Su empleador propuso que viajara a la ciudad de
Los Ángeles ya que el grupo estaba por grabar unos videos, antes de celebrar
una gira por distintas ciudades para promocionar su música.
Juana Hilda contó también durante ese interrogatorio que, en el mes de
noviembre de 2005, regresó al Distrito Federal. Entonces se mudó con César
Freyre a un departamento que su pareja había rentado en la calzada de los
Tenorios. Estando en ese domicilio se enteró de que un pariente de Hugo Alberto
había buscado a su madre, la cual vivía en las afueras de la ciudad de
Guadalajara. Cuando le contó a César sobre esto, él le ordenó que rompiera
comunicación con el resto de su familia. Juana Hilda creyó que de esa manera no
iba a sucederle nada, pero eso cambió el día en que la detuvo la policía fuera
de la nueva vivienda. Juana Hilda aprovechó la confesión para aclarar que ella
no recibió pago alguno por el secuestro del empresario.
CAPÍTULO III
17
El domingo siguiente a la confesión de Juana Hilda, la señora Isabel
Miranda citó a los medios de comunicación bajo el mástil donde mandó colgar el
espectacular con la imagen de César Freyre: lo exhibió con el cuerpo medio
desnudo, el rostro golpeado y los brazos amarrados a la espalda. El resto de la
composición de aquel anuncio espectacular completó el mensaje. Bajo su cabeza
puso una etiqueta diagonal que decía «SECUESTRADOR» y también unas palabras
blancas y amarillas que advertían: «Si fuiste víctima de este delincuente,
denúncialo». Proporcionó ahí también un número de contacto.
La madre de Hugo Alberto prometió que nadie vería una lágrima suya en
público. Sus agallas sorprendieron a todo mundo. Era la primera vez que el
familiar de una víctima lanzaba una campaña como ésa. Al igual que avispas
alrededor de una fruta, se apiñaron los periodistas en torno a Isabel; ése fue
su debut.
Nadie preguntó para qué había montado un espectacular pidiendo al
público denunciarlo si, para ese momento, César Freyre ya estaba arraigado.
Resulta que la fiscalía le advirtió a Isabel que no podría sostener una
denuncia por crimen organizado si no había pruebas de que Juana Hilda y su
novio habían participado en más de un secuestro, y también de que la banda
estaba compuesta por al menos tres personas.
Como profesional de la publicidad, Isabel supo calcular el efecto que
esa imagen de Freyre iba a generar. Confió en que pronto lloverían llamadas de
otras víctimas reconociendo al delincuente y a sus cómplices. La gente haría
empatía con su dolor. Si ella estaba convencida de la culpabilidad de ese
fulano, lo mismo sucedería con quienes, al transitar por la avenida más
importante del país, compartieran el temor respecto de un delincuente con la
pinta de ese sujeto.
Durante aquel primer encuentro con la prensa, Isabel se quejó con
resentimiento de la ineficiencia de la burocracia y acusó al gobierno de no
haber hecho nada para ayudarla. Al mismo tiempo, dijo a los reporteros que
había invertido una buena fortuna en pagar a los detectives que la ayudaron a
dar con los criminales. También afirmó que había tenido que vender algunos
bienes para hacer frente al rescate.
Aprovechó ese evento para retar a la policía: antes de ocho días, la
autoridad debía poner tras las rejas a las otras cuatro personas pertenecientes
a la organización que le había arrebatado la vida a su hijo. De lo contrario,
fustigaría a la burocracia ineficiente. Por último, denunció que tanto ella
como su nieta habían recibido amenazas de muerte, imputables a los criminales.
A pesar de que su vida corría peligro, prometió que nada iba a callarla. Ahí
mismo amenazó con colocar más anuncios espectaculares en la capital y otras
poblaciones.
Así fue como ella y su hijo se volvieron tema de conversación. A partir
de aquel día la admiración hacia la señora María Isabel Miranda de Wallace
subió como la espuma. Su osadía la convirtió en el pararrayos de una
indignación social muy grande provocada por la ola de plagios que por aquellos
meses se había desbordado en todo el territorio. En 2006, las compañías que
vendían seguros de secuestro en todo el mundo tenían catalogado a México como
el segundo país más peligroso. De cada cien pólizas reclamadas, veinticinco
provenían de víctimas mexicanas. Durante el mismo año en que ocurrió la
desaparición de Hugo Alberto, fueron denunciados ante las autoridades 564
plagios, al año siguiente la cifra saltó a 608 y en 2007 llegó a 790 casos.
18
El arquitecto Luis Arnal Simón construyó el inmueble de Perugino 6 y
continuaba siendo su dueño. Vivía con su familia en el edificio contiguo, del
cual también era propietario. Cuando adquirió el terreno donde levantó la
construcción que sería escenario del caso Wallace, Arnal llevaba varios años
dedicándose al negocio de los bienes raíces: edificaba departamentos para luego
rentarlos.
Hacia finales de los años ochenta, con bajo presupuesto y pocos metros
de superficie, ahí cimentó varias viviendas pequeñas y un penthouse. En cuanto
la nueva obra alcanzó suficiente altura, Arnal prolongó el inmueble donde él
habitaba con su familia como si fuera un sombrero que el edificio más viejo le
prestó al segundo: ésa es la razón por la que al penthouse de Perugino se
accede desde la construcción vecina.
Su recámara se ubicaba dos pisos arriba de la que ocupó Juana Hilda
cuando Hugo Alberto desapareció. Arnal conocía mejor que nadie los materiales
con los que se habían alzado esas paredes y sabía que en ese lugar el sonido
viajaba en todas direcciones. Sin embargo, nadie desde su domicilio escuchó
ruidos extraños la madrugada del martes 12 de julio de 2005 y tampoco por la
mañana.
El arquitecto tuvo noticia de que en la primera inspección realizada por
la policía no se encontró evidencia de que ahí se hubiera cometido un crimen.
No se halló a la víctima ni dieron con documentos, armas, dinero o drogas. Esto
lo tranquilizó, pues temía que sus demás inquilinos quisieran mudarse. Dos
meses más tarde, la procuraduría liberó el departamento que alquilara Juana
Hilda para que el propietario pudiera rentarlo de nuevo.
Transcurrieron más de cuatro meses de vida normal hasta que, durante la
tercera semana de febrero de 2006, la prensa volvió a otorgar protagonismo al
edificio de la calle Perugino número 6. Según una nota en los periódicos, la
policía científica de la procuraduría federal había roto nuevamente las
cerraduras del departamento número 4 para inspeccionarlo una segunda vez.
A diferencia de lo ocurrido siete meses atrás, en esta ocasión los
peritos encontraron el inmueble completamente vacío.
Luego, Arnal recibió la mala noticia: el departamento quedaría sellado y
bajo resguardo del gobierno porque durante esa segunda inspección se habían
realizado dos hallazgos confirmando el crimen. Dentro de una de las recámaras
apareció una licencia de manejo, expedida por la Secretaría de Transporte del
Distrito Federal, a nombre de Hugo Alberto Wallace.
Los peritos colectaron también, al interior del único baño, siete restos
orgánicos, entre los cuales uno correspondió a la sangre de la víctima: una
minúscula mancha de color café logró permanecer adosada al borde de una
regadera. El documento clave fue un reporte redactado por la especialista Yanet
Montes de Oca. Ahí se lee sin ambigüedades que la sangre hallada en el sardinel
de aquel baño resultó compatible en un noventa y nueve por ciento con la prueba
de ADN.
Todo sucedió muy rápido: el miércoles 8 de febrero de 2006 la supuesta
confesión de Juana Hilda y una semana después el hallazgo de la evidencia que
emplearía el ministerio público para corroborar las declaraciones
autoinculpatorias de la bailarina. La suerte de Isabel Miranda no podía ser
mejor. Durante varios meses la investigación del secuestro de su hijo flotó
como una barca sin remos y de pronto, con menos de ocho días de diferencia,
todos los astros se alineaban a su favor.
19
Enriqueta, la madre de Brenda Quevedo, se sintió miserable cuando el
agente del ministerio público, Braulio Robles Zúñiga, dijo que su hogar era
fruto del dinero que la señora Miranda había pagado como rescate para recuperar
a su hijo. Ella y Omar, el hermano de Brenda, recién regresaban del
supermercado, cargados de bolsas con alimentos, cuando dentro del departamento
los recibió un pelotón de policías vestidos de negro que iban y venían a sus
anchas.
Ninguno de los dos había estado tan cerca de unas armas como las que les
encañonaron aquel día. Omar recién había cumplido dieciocho años y esa escena
lo rebasó. Su rostro se puso lívido y sus labios se pintaron de color blanco.
Estaba obligado a comportarse como el hombre de la casa, frente a una veintena
de sujetos que con su actitud lo hicieron sentir un niño indefenso. Con sus
empellones y rifles, Enriqueta y Omar fueron separados. A ella la condujeron a
un rincón de la sala y a él lo encerraron en su recámara.
Querían que dijera dónde se encontraba su hermana y de paso que aportara
pruebas sobre su involucramiento en la banda de secuestradores. El agente
Braulio Robles interrogó a la señora Enriqueta por el lugar donde su hija había
escondido la sierra eléctrica, empleada para cortar el cuerpo de Hugo Alberto
Wallace.Aquella fue la primera vez que esa señora escuchó aquel nombre. Ella
negó saber de qué le estaban hablando y lo mismo hizo cuando la cuestionaron
sobre el paradero de su hija.
La señora Enriqueta quiso hablar con su marido, que por aquellos días
vivía en Toluca, para que le consiguiera un abogado, pero el agente Braulio la
calló con un grito. De tanto ir y venir, aquellos uniformados no dejaron un
solo cajón sin vaciar. Movieron todos los muebles, desacomodaron las repisas y
revisaron cada alhaja de la señora de la casa. También cargaron con la
computadora de la familia, tres teléfonos celulares viejos, cartas y
fotografías y también con los papeles del automóvil familiar.
Al concluir con aquel cateo, el agente Braulio informó a la señora
Enriqueta que debía acompañarlo para que declarara ante su jefe, en las
oficinas de la procuraduría federal. Antes de ingresar a la oficina de Fermín
Ubaldo Cruz, jefe del agente Braulio Robles, se suscitó una controversia sobre
si el joven hermano de Brenda debía acompañar a su mamá a la entrevista. Para
ese momento el muchacho ya se había recuperado de la sorpresa y se impuso
advirtiendo que por ningún motivo dejaría sola a su madre.
El licenciado Ubaldo saludó con una mano pequeña. Usaba el pelo
engominado y peinado hacia atrás. Poseía una frente amplia y traía un bigote
bien recortado. Junto a él permaneció de pie el agente Braulio Robles. Al
principio de la conversación el superior jerárquico se esmeró en ser agradable.
Dentro de esa oficina, él estaba a cargo y se apresuró para entrar en
materia. Quería saber dónde podía encontrar a Brenda. La madre respondió que no
tenía idea. Aquel funcionario subió un par de peldaños el tono de la
conversación. Lo hizo para aclarar que él no tenía tiempo de andarse con
estupideces. Presumió también que poseía el poder para protegerla, siempre y
cuando Brenda aceptara confesar.
—¿Qué es lo que quiere que mi hija confiese? —reaccionó la señora.
Omar miró al agente Robles Zúñiga tratando de descifrar su silencio.
—Mire —propuso Fermín Ubaldo—, yo puedo hacer que Brenda se convierta en
un testigo protegido. Es la mejor manera para que supere todo esto. Lo que le
ofrezco siempre será mejor a que ella ande de prófuga, o peor, a que la
atrapemos y termine tras las rejas por el resto de su vida.
En vez de responder, la señora Enriqueta interrogó:
—¿Por qué mi hija? ¿Por qué mi casa? ¿Por qué nosotros?
No esperaba que ese fulano fuera a reaccionar así. Aulló que ella no
estaba autorizada a cuestionarlo y que ahí dentro únicamente él hacía las
preguntas. Mientras lo escuchaba vociferar, la señora vio desfilar los peores
augurios. Intuyó que, si su hija caía en las garras de esos sujetos, la iban a
despellejar.
Fermín Ubaldo continuó:
—En esa misma silla donde está sentado su hijo tuve a la hermana de
César Freyre y en el lugar donde está usted lloraba la señora Rosa, su madre.
¿Sabe dónde se encuentran ahora?
La señora Enriqueta negó ladeando la cabeza.
—Tras las rejas.
Madre e hijo cruzaron miradas.
—¿Eso es lo que quiere? Porque también tengo ese poder; si se niega a
ayudar, todos van a acabar en el mismo sitio.
Aquello era una pesadilla.
—Licenciado Robles —ordenó Fermín Ubaldo—, por favor tómele muestras de
pelo y de sangre a esta señora.
—¿Para qué las quiere? —reaccionó el muchacho.
—Para poder identificar el cuerpo de tu hermana ahora que la encontremos
muerta.
—¿Nos está amenazando? —reventó la señora, ya desesperada.
—No es una amenaza, es una realidad que usted podría evitar.
Alguien llamó a la puerta y Fermín Ubaldo salió de aquella oficina
dejando a la madre y a su hijo en compañía del agente Braulio Robles.
El cambio de atmósfera aflojó las lágrimas de Enriqueta y entonces
Robles aprovechó para hacer una pregunta personal:
—¿Tiene usted fe?
La señora Enriqueta asintió.
—Pues le recomiendo que se abrace a ella porque la va a necesitar.
20
Eran las ocho menos cuarto de un lunes por la mañana cuando la hermana
de Jacobo Tagle escuchó ladrar a sus perros. Los falderos son peor de ruidosos
que sus parientes más grandes. Tanta fue la alharaca que esa muchacha de
diecisiete años abandonó la regadera sin terminar de bañarse. Se echó una
toalla encima y con los pies desnudos descendió a la planta baja. Se hallaba
sola en casa. Del otro lado del ingreso principal escuchó los gritos roncos de
un sujeto que ordenaba a sus subordinados derrumbar la puerta. Tras la lámina
que la separaba de aquellas personas, y sobre el ruido de su pequeña jauría,
ella intentó sin suerte hacerse escuchar:
—¡Espere un momento, por favor! —contestó Judith Tagle.
—Abra ahora —devolvió con majadería una voz gruesa—. Tenemos una orden
judicial.
Ella rogó que le dieran tiempo para encerrar a los perros y también para
vestirse. Esto último obviamente no lo dijo.
Un golpe metálico, provocado por algo parecido a un martillo, reventó
sus oídos. Entonces, hizo como pudo: con una mano retuvo la toalla y con la
otra abrió la puerta. Todo esto mientras se interponía entre los perros y la
calle para evitar que aquellos animales escaparan. Acto seguido, ingresó a su
casa una manada incontable de hombres vestidos con chalecos antibalas, cuyos
rostros iban ocultos bajo un pasamontaña. También traían unos rifles
impresionantes, idénticos a los que usan en el ejército.
El agente que lideraba aquella invasión ordenó a la joven que se metiera
en su recámara y ahí guardara también a sus mascotas. En su habitación había un
teléfono fijo desde el cual pudo comunicarse con su madre, Raquel Dobín. Ella
no tardó más de veinte minutos en encontrarse con su hija. Las dos mujeres
permanecieron encerradas tratando de mantener la calma. Hacia la hora de la
comida la madre pegó el rostro a la ventana y la hija vio rodar lágrimas por
sus mejillas. Observaba la inmensa columna plantada en el patio de su casa, la
que sostenía el anuncio publicitario, propiedad de la señora Isabel Miranda,
donde Jacobo Tagle también fue exhibido ante la sociedad como un asesino.
Cuatro años atrás, Raquel tuvo una idea de negocio que compartió con
Pedro Tagle, el padre de sus tres hijos: Jacobo, Salomón y Judith. La casa de
esa familia sería perfecta para colocar una cartelera publicitaria ya que, por
el frente y por detrás, la atravesaban avenidas muy concurridas. Por aquella
misma época, Pedro conoció a Hugo Alberto Wallace, gracias a un grupo de
motociclistas que solía reunirse por el barrio de la Condesa. Tenía una
Harley-Davidson y se había procurado una pinta de pandillero que más de uno
envidiaba: llevaba el pelo al hombro y una barba de candado que lo hacía
parecer más joven. Tampoco Hugo Alberto pasaba desapercibido en esa cofradía
que solía hacer rodadas a la ciudad de Cuernavaca y a veces llegaba en
procesión hasta el puerto de Acapulco.
Pedro soltó la iniciativa en alguna borrachera y Hugo Alberto, que
detectaba a kilómetros un buen negocio, no tardó en visitar el inmueble. De
inmediato puso una primera oferta sobre la mesa: si lo dejaban enterrar en el
patio de la casa un poste de veintidós metros de alto, su compañía estaría
dispuesta a pagar una buena renta mensual. Raquel y Pedro estuvieron de acuerdo
y días después, los operarios de Showposter perforaron un agujero profundo para
hincar aquella columna que conectaba el cielo con la tierra.
Económicamente, a Pedro no le iba mal: compraba, arreglaba y vendía
autos usados, también comerciaba con vajillas y cubiertos que venían de Estados
Unidos. Mientras vivió, a sus hijos no les faltó nada. Sin embargo, en esa casa
todos sabían que el matrimonio estaba a punto de concluir. Pedro y Raquel se
casaron demasiado jóvenes y sus vidas se habían ido divorciando con el tiempo.
Por esa misma razón Raquel concibió su pequeño plan inmobiliario: si Pedro
dejaba de aportar a los gastos de la familia, al menos ella se quedaría con la
renta del anuncio.
No calcularon que aquel trato iba a convertirse en un dolor de cabeza.
Un par de meses después comenzaron a llegar a su domicilio requerimientos y
multas de la ciudad, relacionados con esa estructura.
«Ni diez años de renta del espectacular alcanzarían para cubrir tanto
dinero», reclamó Raquel a Pedro como si él fuera el único responsable de ese
negocio.
La madre se angustió porque esa casa era el único patrimonio que ella
tenía. Aquel asunto se resolvió cuando Pedro y Hugo acordaron que la empresa de
publicidad compraría el pedazo de patio donde había sido enterrada la columna
que sostenía el inmenso espectacular. Antes el empresario exploró si la familia
quería vender todo el inmueble, pero Raquel no estaba lista para dejar ir
aquella casa. El día de la operación acudió Isabel Miranda de Wallace a la
firma del contrato, porque ella era la verdadera dueña de la empresa.
21
El ladrido de los perros obligó a aquellas mujeres a regresar al
presente. La más joven necesitaba ir al baño. Entonces Judith golpeó con fuerza
la puerta de la habitación, pero nadie respondió. ¿Las habían olvidado? No
entendían por qué tardaban tanto aquellos policías. Los oían subir y bajar,
mover muebles, emitir órdenes y también obedecerlas.
La puerta de la recámara por fin se abrió y tras ella ingresó el único
funcionario que no llevaba cubierto el rostro: un licenciado de nombre Braulio
Robles Zúñiga. Éste ordenó a Raquel que la acompañara a visitar el tercer piso
del inmueble. Judith se interpuso. Si su madre iba a salir de ahí, ella la
seguiría. El funcionario miró con condescendencia. Tomó a Raquel del antebrazo
y la arrastró sin que la chica pudiera hacer nada.
Al regresar, Raquel estaba empapada en llanto. «No puede ser… no es
cierto», murmuraba.
Tras el rechinido de las bisagras, las dos quedaron de nuevo confinadas
con sus perros. A la hija le urgía saber lo que estaba sucediendo afuera, pero
no presionó porque su madre necesitaba recuperar el aliento antes de
expresarse.
Cuando Raquel y Pedro se separaron, convirtieron el tercer piso de la
casa familiar en un departamento, con entrada independiente, para que ahí
viviera el exmarido. Así lo hizo hasta que sucedió su accidente. Luego, ese
espacio lo ocupó Jacobo, por un tiempo, antes de que se mudara a vivir lejos de
su madre y sus hermanos.
—Quieren llevarse los cuadros de tu abuelo —pronunció por fin Raquel.
La joven no entendía nada, así que la animó a continuar.
—Las pinturas de los arlequines ya no están en su lugar —insistió.
El abuelo de Judith había migrado al Distrito Federal para escapar de la
invasión alemana sobre Ucrania, su país de origen. Entonces logró traer algunos
objetos de valor que luego le sirvieron para abrir una tienda de antigüedades
cerca de la sinagoga histórica. El hombre no se hizo rico, pero tampoco podría
haberse quejado. Antes de que su hija Raquel se casara con Pedro Tagle, le
regaló un par de pinturas antiguas en las que aparecían unos arlequines. Esos
cuadros valían una pequeña fortuna.
Judith sabía lo que esos objetos significaban para su mamá. Por eso
entendió la desolación. Raquel continuó hablando en voz baja:
—Dicen que en el tercer piso había un ropero, pero que lo quitamos. Les
aclaré que eso es mentira porque el muro es tan pequeño que ahí no cabe ningún
mueble.
—¿Qué importancia tiene eso, mamá? —desesperó Judith.
—No tengo idea de por qué inventan cosas. Ahí no hubo nunca nada.
También es mentira que dentro de ese mueble haya estado secuestrado un niño
pequeño.
Parecía que Raquel deliraba, pero ella solamente repetía lo que alguien
más había afirmado.
—Dice el licenciado que el tercer piso se ocupó como casa de seguridad
de los secuestradores.
Judith sintió en cámara lenta el erizamiento de su piel.
—Eso no es posible. ¡Te habrías dado cuenta!
—Justo eso contesté, pero el licenciado mencionó que, según su
experiencia, las madres somos las últimas en enteramos de lo que hacen nuestros
hijos.
El plural no pudo pasar desapercibido para la hermana de Jacobo y
Salomón Tagle Dobín:
—¿Hijos?
Raquel asintió con un pesar contagioso.
—Sí. Están acusando también a tu hermano Salomón de ser un delincuente.
A través de sus ojos diminutos, los perros miraban a aquellas mujeres
arrasadas.
—Pero si Salomón ni siquiera está en México —refutó Judith.
—Me regañó el licenciado por haber perdido el control sobre mis
muchachos. ¿Te lo puedes creer? Afirma que Salo tuvo encerrado en ese ropero
inexistente a un niño. Además de los cuadros, han cargado con lo que había en
su recámara: fotos, libros, cuadernos escolares, discos, ropa. Lo han metido en
unas cajas que ya sacaron a la calle.
—¿O sea que también van a subir la imagen de Salo a los espectaculares?
—interrogó Judith.
A Raquel no se le había ocurrido esa posibilidad.
—Pusieron sellos en la puerta de acceso al tercer piso y me amenazaron
con que violaríamos la ley si intentamos entrar a ese lugar sin su permiso.
La madre de Salomón no había terminado de hablar cuando regresó el
agente del ministerio público, Braulio Robles, a la recámara. Con una actitud
indolente exigió a Raquel que firmara un papel. Luego se enterarían de que,
gracias a ese documento, la madre había quedado como custodia del tercer piso
de su casa, el cual, según la policía, habría sido utilizado para propósitos
criminales.
Tal como entraron, salieron esos hombres: en vendaval. La casa había
sido arrasada. Tras de sí quedaron vacíos los muros donde antes había unos
arlequines y también el cuarto que fuera de Salomón. Con sellos amarillos
clausuraron el acceso al tercer nivel del inmueble.
22
El ministerio público también emitió una orden para que la policía
localizara al médico responsable de descuartizar con una sierra eléctrica el
cuerpo del hijo de la señora Miranda. Un par de semanas después, los
investigadores contratados por Isabel dieron con Albert Castillo Cruz. Lo
detuvieron fuera del domicilio donde vivía con su madre, María Elena Cruz, y
con su tío, Luis Carrillo.
Agentes de la policía federal lo trasladaron a las oficinas de la
procuraduría. Esa noche no le permitieron llamar a su familia. Como estaba
siendo imputado por el delito de delincuencia organizada, tenía menos derechos
que los criminales comunes. Al día siguiente recibió visita de su tío, Luis
Carrillo. Esta persona trabajaba para el Tribunal Superior de Justicia del
Distrito Federal. El dato alertó a Isabel Miranda. Después de que descubrió que
había delincuentes infiltrados dentro de la procuraduría, se andaba con pies de
plomo. Corrió de nuevo a ver al subprocurador, Santiago Vasconcelos, para
advertirle que en este caso podía haber tráfico de influencias. El funcionario
instruyó a sus empleados para que obtuvieran, cuanto antes, una orden de
arraigo en contra de Albert Castillo.
Esa misma semana, el licenciado Braulio Robles se desplazó a la
dirección donde habían detenido al médico. Lo estaban esperando la madre y el
tío de los hermanos Castillo. En esa vivienda la autoridad también buscó sin
suerte la sierra eléctrica que se habría utilizado para desmembrar a la
víctima, pero no encontró nada.
Luego, el agente Robles se dirigió al municipio de Chimalhuacán. Tenía
información de que Tony Castillo, el hermano de Albert, vivía en esa zona del
Estado de México con una mujer de nombre Gabriela. Regresó con las manos
vacías. Si bien dio con la casa de la suegra, esa señora se negó a proporcionar
la ubicación de su yerno.
Dos semanas después, Robles Zúñiga llamó a Isabel para comunicarle que
Tony Castillo estaba en su oficina esperando para ser interrogado. La madre de
Hugo Alberto no tardó en ingresar a ese despacho para enfrentar al cuarto
criminal de la banda. Halló a Tony acompañado de su propia madre. Por poco esas
dos mujeres se agarran a golpes. De no haber sido por la mediación de Robles
Zúñiga ese encuentro habría terminado fatal.
María Elena, la madre de Tony y Albert Castillo, reclamó a Isabel que
estuviera acusando a sus hijos ser unos delincuentes. Enfurecida, la aludida
contestó que, sin importar lo que tuviera que hacer, ella se encargaría de que
esos dos criminales jamás volvieran a ver la calle. El agente Robles cortó el
pleito con un comentario que descompuso peor a la madre del acusado. Se refirió
a los veinte kilos que Tony había perdido en el último año. Para comprobar su
afirmación mostró a los asistentes la fotografía que se había tomado en el
santuario de Chalma con el resto de los integrantes de la banda.
Tony tuvo que aclarar que, durante los meses anteriores, había estado
enfermo de hepatitis y por tal razón había adelgazado.
—Ya no eres el Panqué —se burló la señora Isabel.
—Usted no es nadie para llamarlo con ese apodo tan espantoso —reviró la
madre del detenido.
Dos días después, Tony Castillo se encontró con su hermano Albert,
dentro del centro de arraigo, acusado de haber descuartizado a Hugo Alberto
Wallace. De acuerdo con información proporcionada por Isabel, los hermanos
Castillo habrían participado también en otros tres secuestros.
23
Un par de meses antes de la detención de Albert y Tony, la fiscalía
antisecuestro de la procuraduría informó a Isabel que no podría continuar la
investigación del plagio de su hijo, a menos de que las personas imputadas
hubieran participado en otros crímenes similares. Esa dependencia únicamente
podía actuar si se probaba la existencia de una banda organizada dedicada de
manera reiterada a secuestrar personas. Aquello fue una pésima noticia porque,
en tal caso, el expediente de Hugo Alberto pasaría a ser responsabilidad sólo
de la procuraduría del Distrito Federal. Isabel protestó por el problema que
tal cosa significaría: si la investigación no se celebraba a nivel nacional, el
asunto iba a perder visibilidad y también tracción política.
Era evidente que los funcionarios federales, encabezados por el
subprocurador Santiago Vasconcelos, habían hecho mucho más por ella que la
autoridad de la ciudad. Isabel no iba a permitir que esos criminales escaparan,
así que pidió tiempo para conseguir otras denuncias en contra de la banda
liderada por César Freyre. A esas alturas ya nadie debía poner en duda sus
arrestos. En menos de veinte días, ella regresó con la información que le
habían solicitado. Para ello sirvieron de nuevo los espectaculares. Isabel
Miranda emplazó varios de esos anuncios en lugares estratégicos, dentro y fuera
del Distrito Federal, para preguntar a la población si reconocía a alguna de
esas personas; en la parte baja de las lonas también ofreció una generosa
recompensa para quien llamara al teléfono anotado.
Antes de que se llevara a cabo la primera audiencia del caso Wallace,
Isabel apiló tres expedientes sobre el escritorio de la fiscalía antisecuestros
de la procuraduría: el primero, relacionado con el plagio y asesinato de un
señor de nombre Jorge Eduardo Contreras; el segundo, vinculado con una mujer
llamada Bárbara Cindy Zurita y su hijo de dos años; y el tercero, con un sujeto
llamado Julio Villegas Cravioto. Isabel Miranda aportó también elementos para
acusar a Salomón Tagle Dobín, hermano de Jacobo Tagle, de haber sido cómplice
en uno de esos secuestros, a pesar de que tenía diecisiete años cuando sucedió.
Además, convenció a la fiscalía de que la señora Zurita y su hijo
pequeño habían sido privados de la libertad en la última planta de la casa
donde aún vivían la mamá y la hermana de los jóvenes Tagle Dobín. Aseguró que
el niño pasó encerrado varios días dentro de un armario ubicado al final de las
escaleras. Por este motivo, la fiscalía antisecuestro dictó una orden de
presentación en contra de Salomón Tagle quien, en ese momento, se encontraba en
Israel estudiando para rabino.
CAPÍTULO IV
24
La geografía escoge a la gente que tiene el carácter para superarla. La
familia Miranda viene de Tierra Caliente. Por generaciones vivieron en el cruce
de una frontera entre dos zonas montañosas atravesadas por el río Balsas. Una
región aislada porque es difícil acceder a ella. Desde que existe memoria, ha
sido conflictiva, violenta y desigual. Tanto los que se quedan como quienes se
van saben que para sobrevivir hay que tener la piel recia y la voluntad fuerte.
Tejupilco es una de las poblaciones más antiguas de esa zona. Ahí nació
el cura Miguel Hidalgo, padre de la independencia mexicana, un hombre que podía
ser tremendamente irascible. Los abuelos de Isabel Miranda se dedicaron al
negocio del transporte. Con sus animales construyeron la primera carretera que
conectó a ese poblado. Una vez que los vehículos motorizados pudieron entrar y
salir, la siguiente generación tomó la decisión de migrar. Fausto Miranda,
padre de Isabel, se instaló en el valle de México hacia finales de la década de
1940. Sabía que en Tejupilco no habría podido sacar adelante a su familia. Tuvo
diez hijos, casi todos nacidos después de abandonar su pueblo.
Antes que Fausto, se había mudado también a la capital su hermana
Guadalupe. Una mujer que se casó a los dieciséis años y cuando no soportó más a
su marido, emprendió la huida cargando a sus cuatro hijos. Resuelta como pocas
mujeres de su época, ella logró autonomía por el éxito de sus negocios. Montó
primero un restaurante modesto, luego puso en renta rocolas y con las ganancias
hizo fortuna prestando dinero por el que cobraba intereses muy altos.
Aquella matriarca contaba con hombres rudos que le ayudaban a cobrar sus
deudas. Nunca le tembló la mano a la hora de recuperar su dinero. Gracias a sus
negocios adquirió varios inmuebles. Prestó uno de ellos, que tenía en la
colonia Agrícola Oriental, a su hermano Fausto. Entre las cosas buenas que se
enseñan en Tejupilco está la de proteger el patrimonio entrañable que significa
la familia.
Fausto se empleó como taxista. Era difícil proveer para tantos con los
ingresos que conseguía trabajando de sol a sol. Para ayudar con las
responsabilidades, la tía Guadalupe propuso a su hermano hacerse cargo de
Isabel. De las hijas e hijos de su hermano, la tercera siempre fue la
preferida. A la edad de catorce años, aquella adolescente dejó la casa paterna
para irse a vivir a la céntrica calle de Monclova, donde la tía Guadalupe tenía
su morada, una vivienda ubicada cerca de buenas escuelas.
Isabel adquirió de su tía el carácter que se necesita para sacar
adelante un negocio. Desde jovencita comenzó a trabajar; mientras cursaba la
preparatoria estudió también para secretaria ejecutiva. Era una chica
atractiva, con buen sentido del humor y bastante lista. Convivió con sus otros
primos hermanos, aunque siempre tuvo una conexión especial con Carlos, el
primogénito. Mientras ella pasaba sus últimos exámenes para graduarse, Carlos
concluyó las materias de la carrera de medicina.
Aquel muchacho tocaba la guitarra, andaba en moto y, porque así le tocó,
participó en el movimiento de estudiantes de 1968. Tuvo la fortuna de llegar
tarde a la Plaza de las Tres Culturas cuando ocurrió la masacre. Sin embargo,
días después sufrió un accidente que casi lo mata. Con todo y motocicleta fue a
dar debajo de un camión y su cabeza se estrelló contra el tubo de escape de ese
armatoste. Los guantes que traía quedaron hechos girones y el pavimento se
pintó con su sangre.
25
Carlos debió ser operado de emergencia y pasó una larga temporada
postrado en la casa de su madre. Quien mejor lo cuidó fue su prima Isabel. Con
el paso de los días la convivencia hizo que su parentesco dejara de ser
importante. Terminaron enamorándose. Sin embargo, ocultaron su noviazgo, porque
sabían que la madre de uno y el padre de la otra reaccionarían mal con la
noticia.
Una vez recuperado, Carlos dejó el Distrito Federal para mudarse al
puerto de Campeche. Allá debía cursar su residencia como médico, así que se
despidió de su prima prometiendo que a su regreso se reencontrarían. A
principios de 1969, Isabel escribió una carta contándole al primo que estaba
embarazada. Aquella misiva iba a provocar un terremoto en la vida de ambos
jóvenes.
Carlos no tardó en devolver una tarjeta postal con un par de frases
asegurando que, en cuanto tuviera una oportunidad, regresaría a la capital para
que se casaran. Siguiendo las costumbres de Tejupilco, visitó a su tío Fausto
acompañado de su padre, al que apenas si había visto en los últimos años. La
tía Guadalupe no participó en aquel ritual, como tampoco lo hizo Isabel. El
novio confiaba en que su tío terminaría por aceptar la situación. Tanto era el
cariño que su madre tenía por la sobrina, como el que sostenían el doctor y su
futuro suegro. Ciertamente no se esperaba la reacción que tuvo la familia de
Isabel. No sólo negaron la mano de la prima, también lo corrieron acusándolo de
ser un hijo de la chingada. El doctor partió de esa casa, que era de su madre,
sintiéndose humillado.
Cuando Carlos León contó a su prima lo que había sucedido, ella
respondió que lo mejor sería hacer maletas y partir a Estados Unidos.
Reflexionó que en ese país nadie iba a juzgarlos. Hablaron durante días sobre
eso. Mientras tanto, tomaron la decisión de casarse a escondidas. Visitaron
Amecameca, un poblado que está a unos sesenta kilómetros del Distrito Federal,
y ahí se presentaron solos ante el juez. Eso pasó seis meses antes de la fecha
prevista para el alumbramiento. No hubo testigos de la boda porque decidieron
ocultar aquel matrimonio hasta que la crisis familiar se hubiera desinflado.
Guadalupe y Fausto se habían querido mucho y este asunto era el primero que les
apartaba, así que los jóvenes contaban con que el conflicto no duraría
demasiado.
Carlos calculó que la opción de abandonar el país no era una buena idea
para su carrera como médico. En Estados Unidos nadie iba a reconocer sus
estudios universitarios y tal cosa implicaría comenzar desde cero. Durante los
meses finales del embarazo, Isabel prefirió permanecer en casa de la tía
Guadalupe porque los médicos y el hospital donde pensaba atenderse estaban más
cerca.
Para esa época, Heriberto Miranda, hermano de Isabel, había conseguido
un puesto en la Policía Federal de Caminos. Andaba siempre armado y acompañado
de colegas poco amigables. Cuando tuvo conocimiento de que Carlos y su hermana
continuaban juntos, visitó al primo para amenazarlo. Juró que, si no se
apartaba de su hermana, lo mataría. Los días posteriores, un auto, con varios
sujetos malencarados, estuvo siguiendo al joven médico. El primo policía se
había convertido en un tipo peligroso.
Carlos explicó que fue por esta razón que no acudió al parto de su hijo.
Prefirió esconderse a provocar la ira de ese familiar. Isabel sufrió mucho la
ausencia y, por más justificaciones que el doctor diera más tarde, ella no pudo
perdonar aquel comportamiento. El doctor pidió mil veces disculpas y suplicó
para que regresaran. No fue sencillo todo aquello. Isabel se encontraba parada
a medio camino entre dos frentes. De un lado estaban sus padres y sus hermanos
y, del otro, la familia con quien había arribado a la edad adulta: su tía
Guadalupe, a la que tanto admiraba, su esposo secreto y el hijo recién nacido.
Hugo Alberto vino al mundo en octubre de 1969. A principios del año
siguiente Isabel se hizo acompañar de su papá, Fausto Miranda, para registrarlo
bajo los apellidos Miranda Torres. Meses después, acudió con Carlos León para
solicitar una nueva acta de nacimiento, ahí quedó asentado que él era el
verdadero padre. Ella firmó el acta como Isabel Miranda y el padre como Carlos
León. Ambos decidieron omitir los respectivos apellidos maternos.
El policía Heriberto Miranda volvió a buscar al médico, esta vez para
advertirle que, además de él, si continuaba con sus necedades quien pagaría
caro sería su madre, la tía Guadalupe. El policía tenía razones que entonces
Isabel desconocía.
26
Después de la última amenaza, Carlos volvió a desaparecer e Isabel
regresó a la casa paterna, acompañada de su hijo. Para ese momento obviamente
don Fausto y su prole ya no vivían en la propiedad de la tía Guadalupe. Aunque
la relación de pareja se interrumpió, el doctor no perdió contacto con su hijo.
Durante un par de años continuó visitándolo cada dos fines de semana. Casi
siempre lo llevaba al parque, vestido como si fuera un muñeco.
Desde el primer día Isabel se encargó de que a Hugo Alberto no le
faltara nada. Había encontrado empleo en una empresa aseguradora y con su
sueldo alcanzaba para cubrir los gastos. Pasado el tiempo, el doctor reclamó a
la madre que impusiera condiciones cada vez más restrictivas respecto de la
visita. Era desagradable pasar a buscar al niño a una casa donde nadie lo
quería, y luego regresarlo muy pocas horas más tarde. Las visitas se detuvieron
la vez que Hugo Alberto se puso a llorar y dijo, a medio paseo, que extrañaba a
su mamá. La ocasión siguiente que fue a buscarlo, Isabel reclamó que el
muchacho no la pasara bien con él.
La última vez que el doctor quiso arreglar las cosas, interceptó a su
prima en la parada de autobús que ella solía utilizar para regresar a casa. La
encontró acompañada de un hombre mucho mayor. No sabía que la madre de su hijo
se había embarcado en una nueva relación. Cuando se aproximó a Isabel, aquel
individuo reaccionó con molestia. La prima tuvo que intervenir para que el
altercado no pasara a mayores. Fatigado por tantos problemas, el doctor optó
por retirarse. No sin antes averiguar el nombre de aquella persona con quien
había encontrado a su prima en la parada de autobús.
Su nombre era José Enrique del Socorro Wallace Díaz, un tipo doce años
mayor que Isabel, de origen nicaragüense, que en ese momento estaba casado y
tenía varios hijos. Tuvo también noticia de que su prima se había enfrentado a
la esposa para exigirle que dejara ir a su futuro marido.
¡Allá Isabel si prefería esa relación! Transcurrieron dos años antes de
que Carlos León volviera a tener noticias de su prima. Ella lo buscó para
pedirle, por la buena, que firmaran el divorcio. El doctor quiso saber de Hugo
Alberto. Ella respondió que no tenía derecho a preguntar ya que no se había
hecho cargo de él prácticamente desde el día en que nació. Carlos León se
resignó y estampó su firma en aquellos papeles asumiendo que, a partir de ese
día, un capítulo de su vida se había cerrado.
Cuando Hugo Alberto León Miranda cumplió seis años, Isabel y su nueva
pareja llevaron al niño al registro civil. Existe un acta firmada por ambos en
la que José Enrique Wallace reconoce a Hugo Alberto como su hijo y, a partir de
ese momento, le entrega su apellido. Ese día se esfumó del planeta Hugo Alberto
León para convertirse en Hugo Alberto Wallace. Poco después nació Claudia, la
segunda hija de Isabel, y tres años más tarde se celebró el matrimonio de sus
padres. Desde ese día Isabel comenzó a ser llamada en público como la «señora
Wallace».
Nada de esto se habría hecho público de no ser porque el caso de
secuestro y asesinato de Hugo Alberto devino en un proceso penal muy visible.
También porque la paternidad biológica de la víctima cobraría importancia para
el juicio.
27
En sólo una década, el poder adquisitivo de aquella familia de clase
media subió varios escalones. La sociedad entre Isabel y el señor Wallace fue
exitosa. Antes de casarse con José Enrique, él había trabajado como contador
para un banco, para una fábrica de textiles y también para una compañía de
seguros; luego, con su segunda mujer, abrió una constructora que no marchó bien
y después intentaron venderle cemento hidráulico al gobierno. Hacia principios
de la década de los ochenta, el matrimonio puso una escuela: el Colegio Aztlán.
De tanto perseverar, un día esa familia encontró, dentro del predio del
colegio, a la gallina de los huevos de oro. La ubicación de ese inmueble era
perfecta para enterrar un anuncio espectacular y la compañía de publicidad a la
que se le ocurrió esta idea le ofreció a Isabel una generosa renta mensual.
Poco tiempo después, la dueña del predio decidió echar a andar su propio
negocio con esa primera estructura que, sin tentarse el corazón, le arrebató al
antiguo propietario: no solamente se quedó con la gallina, sino también con la
experiencia que obtuvo como arrendadora. Así nacieron sus dos empresas de
publicidad Showposter y Showcase S.A. de C.V.
Si bien la familia Miranda llevaba en las venas el talento del
comerciante, era difícil calcular lo bien que marcharía ese negocio. Isabel
resultó buena para descubrir sitios donde ubicar los espectaculares, y también
aprendió a jugar rudo con los arrendadores para evitar que le ocurriera a su
empresa lo mismo que a sus antiguos inquilinos. Las grandes centrales de medios
comenzaron a firmar contratos con esa compañía familiar que, en muy poco
tiempo, pasó de tener un solo anuncio espectacular en el patio de una escuela
para contar con más de sesenta y cinco estructuras por toda la ciudad.
28
Las personas desaparecidas pierden el derecho para identificarse a sí
mismas. Alguien más, no importa cuán próximo sea, usurpa la memoria de quien no
está. Hugo Alberto Wallace no puede usar la primera persona del singular para
contar su propia historia. En su lugar, los recuerdos arbitrarios y subjetivos
de su entorno dotan de contenido los silencios provocados por su ausencia.
Una fotografía de cuando tenía unos cuatro años lo muestra portando un
abrigo elegante, mientras su madre lo abraza junto a un árbol. Fue un niño
querido y protegido por Isabel. Otro retrato lo presenta a punto de dejar la
adolescencia. Ahí aparece José Enrique Wallace, veinte centímetros más alto que
él, trae una barba negra y poblada, y ostenta una frente amplísima. Lleva
colgando al hombro una cámara de turista, así que ese retrato debió haber sido
tomado durante algún viaje familiar.
También están las imágenes de Hugo Alberto cuando fue jugador de futbol
americano. El cuerpo de aquel muchacho, con diecisiete, informa sobre la
disciplina que le impuso este deporte durante muchos años. El periodista Martín
Moreno, autor de El caso Wallace, dice que «tenía la fuerza de un toro».
Después de retirarse de la cancha, Hugo se volvió entrenador de un equipo, los
Escorpiones, al que vestía con sus propios recursos.
Desde muy niño la madre se encargó de que hablara bien inglés. Lo mandó
a escuelas bilingües y también le pagó algunos veranos en Estados Unidos. El
mismo periodista afirma que fue un «buen estudiante en primaria, ya no tanto en
secundaria». Prefería andar en el futbol que dentro del salón de clases. La
preparatoria la cursó en una escuela católica de hermanos lasallistas.
Recién cumplida la mayoría de edad conoció a Claudia Muñoz, cuatro años
menor que él. Esa chica de ojos rasgados, pelo castaño y piel apiñonada se
volvería muy importante en su vida. Claudia buscaba a alguien que le diera
clases de inglés cuando una amiga le recomendó a Hugo Alberto. El muchacho se
había estrenado como profesor de inglés en el Colegio Aztlán. La relación entre
ambos duró casi dieciséis años. En este relato, la voz de Claudia es crucial
para aproximarse a la memoria de Hugo.
Ella cuenta que él era grandote y ella no tanto; siempre fue echado para
adelante, seductor y bromista, mientras que ella era más bien tímida. Ambos
eran listos y les gustaba decirlo. Acepta que en un principio se hicieron
amigos porque tenían en común que estaban un poco solos. Claudia vivía en casa
de unas tías. Su papá había sido un abogado con prestigio que se peleó con un
cliente muy influyente y tuvo que poner tierra de por medio para que no lo
metieran a la cárcel; por la misma razón, la mamá se fue a vivir a Houston y
estando allá conoció a otra persona. Claudia permaneció en México, así que fue
una joven obligada, desde temprano, a arreglarse la vida por sí misma. Hugo
supo acompañarla y por eso ella lo reconocía tanto.
A los veinte el joven profesor de inglés resolvió que no quería seguir
estudiando. La reacción también es relatada por el periodista Martín Moreno:
«Bien —repuso Isabel sin mayor problema—, entonces vas a trabajar».
Recién había echado a andar la empresa de publicidad exterior y ahí fue
donde Hugo Alberto se empleó sin saber que tanto el negocio como su economía
personal iban a prosperar rápido. Nadie, ni siquiera su madre, igualó sus
habilidades para atraer clientes. Él consiguió un gran contrato para
Showposter, firmado con la tienda departamental más grande del país. Ese
cliente sirvió luego de anzuelo para que otras marcas se sumaran. La dedicación
que antes puso en los entrenamientos de futbol le enseñó a trabajar duro.
A diferencia de Isabel, José Enrique intentó hacerlo recapacitar. Estaba
bien que trabajara y consiguiera algo de autonomía, pero no debía dejar a un
lado los estudios. Sin embargo, Hugo estaba decidido a quemar etapas. Recién
cumplidos los veintiuno, el profesor contó a Claudia que se iba a casar. Erika,
así se llamaba la novia, tenía dos años más que él y había quedado embarazada.
Isabel y José Enrique pagaron una boda grande en uno de los restaurantes más
prestigiados del Distrito Federal.
El que hubiera decidido casarse joven y también que hubiera abandonado
la universidad, entre otros motivos, provocaron que el señor Wallace y Hugo
Alberto comenzaran a tener roces. Los pleitos fueron subiendo de tono y
reventaron el día en que intervino el hermano mayor de Isabel. El tío Fausto,
que llevaba el mismo nombre del abuelo, se tomó la libertad de mencionar a
Carlos León: «¿Qué te importa lo que te diga José Enrique si él no es tu
papá?», le recordó.
Claudia tiene memoria de la primera vez que vio a Hugo ahogarse,
literalmente, dentro del jacuzzi que su propio padre montó en la casa de fin de
semana. Había bebido tanto que no pudo salir de ahí por su pie y tampoco, por
mucho que ella lo intentó, sirvió de algo su ayuda; afortunadamente su papá
andaba cerca. Hugo pesaba mucho, así que optaron por acompañarlo hasta que
recuperó autonomía. Mientras los dos hombres conversaban, Claudia fue a
preparar algo de cenar.
Cuando volvió, encontró a Hugo Alberto concentrado en un monólogo que no
se atrevió a interrumpir, a pesar de que se había perdido lo más importante.
Alcanzó a escuchar, sin embargo, que su amigo justificaba el consumo del
alcohol a partir de un argumento relacionado con su mamá. Repetía con lengua de
rastrillo que estaba decepcionado de ella porque le había ocultado cosas
importantes.
Al día siguiente, sin ser imprudente, Claudia intentó que alguno
compartiera con ella la información que se había perdido la noche anterior,
pero ambos hicieron como si nada hubiera ocurrido. No volvieron a hablar del
tema, aunque Claudia fue testigo de la manera en que la relación entre Hugo y
su mamá cambió por aquella época.
Al parecer, Hugo Alberto creció creyendo que su padre biológico había
muerto cuando él era pequeño. No tenía idea de que, en realidad, era primo de
su madre y mucho menos que seguía vivo. Aquella mentira reventó su confianza.
Isabel había sido hasta ese momento el centro de su vida. Estaba fuera de su
comprensión que le hubieran escondido un asunto así de gordo.
La paternidad propia sumó importancia al asunto. ¿Cómo podía traer Hugo
Alberto al mundo a una hija conociendo tan poco sobre su verdadero árbol
genealógico? Volverse padre había provocado un terremoto en su existencia:
preguntas que no se había hecho antes tendrían que encontrar una respuesta a
partir de ese momento.
El tío Fausto proporcionó los datos de contacto de la abuela, Guadalupe
Miranda, y lo animó a buscarla. Ella podía ayudarlo a localizar al doctor
Carlos León, que años atrás se había mudado a vivir a Baja California. La
abuela Guadalupe festejó la llamada de su nieto y lo invitó a visitarla. El
reencuentro ocurrió en la calle de Monclova, bajo el mismo techo donde Hugo
había sido concebido. La genética fue más elocuente que cualquier discurso.
José Enrique no se parecía en nada al joven. Ese contador flaco, alto y barbado
era en todo distinto al hijo de Isabel. En cambio, cuando la abuela mostró
fotografías del doctor Carlos León, Hugo confirmó el parentesco. El parecido
era notorio.
En esa misma visita la abuela comunicó a su nieto con su padre. Al
escucharlo, del otro lado de la línea el médico se echó a llorar y pidió perdón
por haberse alejado de su vida. El joven quiso saber más. En vez de responder
por esa vía, el médico propuso visitarlo cuanto antes en la casa de la abuela.
Así lo hizo. Voló desde Baja California, lugar al que se había mudado poco
después del divorcio con su prima. Aquella cita salió bien. La necesidad de
Hugo para identificarse con aquel hombre coincidió con la disposición del
doctor para superar las razones que lo habían alejado de su hijo por más de
quince años. Aprovechó el médico para justificarse: dijo que si se apartó fue
porque lo amenazaron de muerte.
29
La abuela organizó también una comida para que Hugo Alberto conociera a
sus hermanos. Ésa fue la otra sorpresa, además del descubrimiento de que su
padre biológico no había muerto. En total, el doctor Carlos León tuvo siete
hijos, de los cuales seis vivían; el último falleció al nacer. La casa de
Monclova tiene un jardín y ahí fue donde se organizó la carne asada a la que
asistieron Amílcar, Carlos, Hugo Alberto, Antonio y César. Faltó el sexto de
los hermanos porque habitaba con su padre en Ensenada.
En contraste con la ignorancia de Hugo, para el resto de los hermanos
ese joven era una leyenda: el pariente que había sido apartado de la familia
por razones poco claras. Después de compartir con ellos un rato, la abuela
prefirió dejarlos solos para que pudieran hablar en libertad. Uno de los mitos
en esa familia era que Hugo Alberto había sido el primogénito. Sin embargo,
apenas se pusieron a hacer cuentas, resultó que Amílcar era el verdadero
hermano mayor, y también que Carlos y Hugo Alberto tenían prácticamente la
misma edad.
En realidad, el hijo de Isabel fue el tercero de la descendencia; un año
y medio después que él nació Antonio y ocho años más tarde había llegado al
mundo César. Hugo no conocía aún las cosas buenas de su padre y tampoco las
malas, así que aquel día se explayaron los demás asistentes a la reunión. En
ese grupo de varones corría orgullo masculino a propósito de las conquistas de
Carlos León. Eso mismo provocaba emociones encontradas, ya que aquellos
hermanos eran hijos de cuatro mujeres distintas que en un momento u otro
coincidieron en el tiempo.
El árbol de la descendencia de Carlos León es complicado. Antes de que
la joven Isabel quedara embarazada, el doctor tuvo una relación con la madre de
Amílcar, una mujer llamada Alicia. En ese momento los hermanos descubrieron que
su padre se casó con su prima sin antes haber roto con ella. La misma mujer fue
madre de Carlos, quien es un par de meses mayor que Hugo, y de Antonio, que
nació un año más tarde.
Este hecho explicaría por qué, más allá del argumento del parentesco, el
abuelo Fausto y los hermanos de Isabel se opusieron al matrimonio entre los
primos. El doctor Carlos León tenía otra familia cuando embarazó a su prima
hermana. Pasado el tiempo, también sedujo a la trabajadora del hogar que
atendía la casa de Monclova y ambos engendraron a César, a quien el padre no
vio crecer porque el mismo año de su nacimiento migró a Ensenada acompañado de
su cuarta pareja, la madre del más pequeño de sus hijos.
La promiscuidad del padre no inhibió a Hugo para que se reuniera de
nuevo con el doctor León. Durante la primera visita a Ensenada el joven no hizo
reclamos. Aún estaba digiriendo la montaña de información que su madre le había
escondido, acaso para protegerlo. Cada noche de esa estancia la conversación
duró hasta muy tarde; el padre prefería el tequila y el joven el whisky. Cuando
Hugo regresó al Distrito Federal, el médico contó al resto de su familia que
estaba muy orgulloso de ese muchacho. Hugo continuó viendo a sus hermanos; con
quien mejor amistad trabó fue con Antonio. Jugaban juntos futbol americano en
unas canchas por el rumbo de Texcoco.
CAPÍTULO V
30
César Freyre conoció a Hugo Alberto Wallace en un convivio organizado de
improviso en el local que tenía con su socio, Ricardo Trevedan. En esa misma
época, Hugo le vendió una motocicleta al festejado y por eso cayó a saludar
acompañado de su amiga la Vampi. En ese comercio se vendían aparatos de audio
para automóviles. La fotografía tomada por esa misma mujer permitió fijar un
recuerdo que de otro modo se habría extraviado. Ahí aparecen, además de esos
tres hombres, Tony Castillo y otros trabajadores.
Trevedan y Hugo se habían hecho amigos porque pertenecían a la misma
banda de motociclistas. A Freyre también le gustaba andar en moto, pero él era
integrante de un grupo distinto. Recuerda a la Vampi porque en esa época era
extraño que una mujer participara en un ambiente tan masculino.
Para ese momento Freyre llevaba más de diez años trabajando para la
policía. A diferencia de Hugo, este hombre venía de una familia muy humilde.
Obtuvo su primer empleo como agente de seguridad en una televisora, cuando
apenas tenía veinte. Su corpulencia lo ayudó a conseguir el puesto. Gracias a
un conocido de su padre se enroló después en la policía de Michoacán. De ahí
saltó a la Secretaría de Seguridad Pública del estado de Morelos, donde
ascendió hasta convertirse en comandante. Era un joven ambicioso y, asumiendo
la incertidumbre que domina en ese oficio, apostó por volverse también
comerciante. Los contactos que fue haciendo le permitieron traer mercancía de
Estados Unidos sin pagar impuestos. Compraba allá aparatos de audio para
automóviles que revendía en el Distrito Federal.
En el primer local que montó exhibía sólo cajas vacías para atraer
compradores. El negocio fue prosperando al punto que, pasados los años, pudo
rentar una bodega en el barrio de Tepito, por el centro de la capital, para
almacenar sus productos. Trevedan, mientras tanto, tenía un taller mecánico en
el sur de la ciudad. Ahí trabajó Andrés Freyre, el padre de César. Fue éste
quien presentó a esos dos sujetos que más tarde se volverían amigos
inseparables y socios.
La distribución de las tareas fue desde el principio precisa. Mientras
Freyre se encargaba de proveer la mercancía, Trevedan manejaba los dineros. Era
buen administrador y eso le permitió al policía no dejar de lado su otro
oficio. Llegó a ser director de asuntos internos de la Secretaría de Seguridad
Pública de Morelos.
Freyre y Trevedan rentaron un local grande en el Bazar Pericoapa , el
mejor lugar de la ciudad para vender vehículos usados y autopartes. Los
clientes los visitaban cada vez en mayor número y ninguno de los dos supo
ocultar la bonanza. Acudían a los antros de moda donde pagaban cuentas grandes
y traían vehículos ostentosos y del año. Freyre iba siempre vestido con ropa de
marca. Prefería el estilo vaquero: cinturón caro, cadenas de oro, botas
puntiagudas y las mejores chamarras. Su apariencia provocaba miedo y eso era
justo lo que él quería proyectar.
Cuando mejor iban las cosas, Trevedan le propuso a Freyre que vendieran
el negocio, ya que el local no era propio y la renta se comía una buena parte
de las utilidades; argumentó que con ese dinero podrían adquirir otro espacio
donde instalar de nuevo el taller, ya sin la carga de un arrendador que se
hiciera rico a sus costillas. Freyre le tenía una gran confianza a su socio y
aquello le pareció una idea inteligente.
Ambos quedaron en tomarse un par de semanas de descanso antes de
reanudar actividades. Al concluir ese plazo, Freyre llamó a Trevedan sin
ninguna suerte. Visitó entonces su casa y la de su madre, igual sin conseguir
localizarlo. Su socio había desaparecido con los cuatro millones y medio de
pesos obtenidos por el traspaso del negocio.
31
Tiempo atrás, Freyre había metido a su hermano Jonathan a trabajar en la
policía. Aunque era varios años menor, también ascendió pronto en la jerarquía.
Los comandantes apreciaban el trabajo de los dos hermanos Freyre porque eran
eficaces cada vez que se les encargaba una tarea. Por aquellos mismos años la
seguridad en Morelos comenzó a descomponerse ya que algunos líderes importantes
del narcotráfico se habían ido a vivir a la ciudad de Cuernavaca para dirigir
desde ahí sus negocios.
Después de investigar un poco, César Freyre dio con su exsocio. Se había
mudado a San José del Cabo, en Baja California Sur. César agarró camino hacia
la península y le pidió a su hermano Jonathan que lo acompañara. Estaba furioso
con Trevedan, no sólo por el robo del dinero, sino también porque hubiera
traicionado su amistad.
El tipo había montado un pequeño restaurante de tacos y ahí fue a
encararlo. En Morelos, Freyre denunció el robo y con una orden de arresto bajo
el brazo lo humilló con saña. Tenía intención de cargar con ese sujeto de
vuelta hasta el Distrito Federal, pero Trevedan lo convenció de que sería mejor
para él si le devolvía su dinero. Propuso hacerle en ese momento un depósito en
efectivo y entregarle dos vehículos para cubrir la mitad del adeudo. Prometió
que tres meses después le pagaría el faltante.
Los dos hermanos decidieron dejarlo en paz con la esperanza de que
cumpliera. Noventa días después volvieron a buscarlo y Trevedan pidió que se
extendiera el plazo. Corrieron tres meses más hasta que la paciencia se agotó.
Freyre estaba furioso. Lo rebasó la indolencia de su exsocio. Jonathan, cuyo
carácter era menos sanguíneo, propuso que dejara en sus manos el asunto. Él
visitaría al moroso para colectar el adeudo.
El hermano más joven de los Freyre pidió a un amigo de nombre Jael
Uscanga que lo apoyara. Jonathan cargó con la orden expedida por la policía de
Morelos en contra de Ricardo Trevedan. Si por las buenas aquel sujeto se negaba
a pagar, no dudaría en hacerla valer ante los colegas de aquella otra entidad.
Jonathan y Jael viajaron vía aérea, así que no cargaron con armas dentro
de la pequeña maleta que cada uno llevaba consigo. A las 7:30 p.m. del viernes
5 de noviembre de 2004 arribaron al fraccionamiento Puerta de Hierro, ubicado
en el kilómetro 6.5 de la carretera San José-Los Cabos. Era evidente que a
Trevedan le iba bien porque residía en una zona cara de aquella playa
turística.
Salió a recibirlos una chica muy joven y detrás de ella apareció el
deudor; los hizo pasar tratándolos como si fueran sus mejores amigos. Jonathan
conoció a Trevedan cuando tenía unos doce años, en la época en que ese
individuo le dio empleo a su padre, Andrés Freyre. Por eso no le pareció
extraño cuando el anfitrión los invitó a quedarse en su casa durante el tiempo
que tomaba resolver los asuntos que los habían llevado hasta ahí.
Aquella villa tenía dos recámaras: una la ocupaban Trevedan y su novia,
y la otra sirvió para hospedar a los visitantes. El exsocio prometió realizar
el pago completo antes de que concluyera el fin de semana; el menor de los
Freyre, medio en broma, amagó con que, en caso contrario, se llevarían la
motocicleta Harley-Davidson y una camioneta negra recién comprada que estaban
estacionadas afuera de la casa. Nada hasta ese momento habría hecho pensar que
las cosas se complicarían, aunque ciertamente los visitantes ya habían
considerado apretar si el cobro se enredaba.
Aquel viernes todos se fueron a dormir temprano ya que Jonathan y su
compañero estaban agotados por el viaje. El sábado subieron a la camioneta de
Trevedan, quien les dio un paseo por la ciudad de La Paz y también por San José
del Cabo. Hay edades en las que la diferencia de años puede significar un
trecho largo en materia de experiencia; aunque Jonathan fuera policía, sus
veinticinco años pudieron haber causado que bajara la guardia respecto de las
verdaderas intenciones del anfitrión.
La tarde del sábado, Jonathan pidió prestada la motocicleta
Harley-Davidson y salió a hacer un paseo largo cerca del mar. A su vuelta se
encontró con que Jael no tenía ánimo de salir, así que aceptó de buena gana
cuando se le propuso fumar un poco de hierba y beber dentro de esa villa tan
agradable. Aquella noche Jonathan llamó por teléfono a la madre de su hijo.
Ella escuchó música y una plática animada a través de la línea; más tarde la
novia de Trevedan se despidió de los visitantes porque debía atender la
taquería que ella y su pareja habían montado en la zona turística. A esa misma
hora Jael se retiró a descansar. Recuerda que se quitó las botas, pero no así
la ropa de día que llevaba puesta.
32
Lo despertó un dolor insoportable en el ojo derecho. Jael no era capaz
de ver nada, pero supo que estaba desnudo y también que sangraba en exceso. Un
poderoso instinto de sobrevivencia hizo que se incorporara y abandonara la tina
del baño donde fue a parar. Mientras trataba de no resbalar, el dolor saltó de
la cabeza al brazo y después al pecho. De no haber sido por la adrenalina que
le proporcionó el vigor para abandonar ese lugar, se habría desangrado.
En su camino se topó con Jonathan, que yacía muerto —largo y pesado como
era— bocabajo y también empapado en su propia sangre. Jael logró salir de
aquella casa. Las fuerzas lo abandonaron, en definitiva, cuando se desplomó
sobre una rotonda de césped recién podado. Fue un milagro inexplicable que
ninguno de los nueve tiros recibidos aquella madrugada hubiera tocado sus
órganos vitales. Eso dijeron los doctores.
Sobre la mesa de la sala donde Jael dejó la noche anterior a su
compañero de viaje, la policía encontró restos de marihuana y también de una
manzana utilizada como pipa para fumarla. Junto a la hierba había un teléfono
con noventa y cuatro llamadas perdidas. El resto de la evidencia permitió
reconstruir lo ocurrido durante la madrugada: Trevedan habría disparado doce
balas contra Jonathan Freyre con una pistola tipo Glock de su propiedad; casi
todas atravesaron la humanidad del joven reventándole el hígado, el estómago y
el glúteo izquierdo, entre otras partes del cuerpo. Durante la autopsia el
forense recuperó un par de ojivas que se habían quedado dentro.
Lo que siguió después es un tanto confuso. Jael no fue capaz de
justificar por qué despertó desnudo dentro del baño, si se había acostado
vestido sobre la cama de la habitación para invitados. La única explicación
posible es que después de balearlo, creyéndolo muerto, Trevedan le retiró la
ropa para colocarlo dentro de la bañera donde pretendía deshacerse de sus
restos. Sin embargo, cuando la sirena de la policía se aproximó al
fraccionamiento, el anfitrión abandonó a Jael dentro de la tina donde él retomó
milagrosamente la consciencia.
Si no hubiera sido por la ambulancia de la Cruz Roja que prolongó su
vida, la verdad de lo ocurrido aquella noche jamás se habría conocido. Trevedan
habrá creído que, sin el testimonio de Jael, su versión de los hechos tenía
oportunidad para imponerse; pensó decir que Jonathan fue a Baja California Sur
para secuestrarlo y que, gracias a que se había drogado, él logró recuperar su
pistola para defenderse de ambos criminales.
No obstante, el agente del ministerio público al que asignaron el caso
tuvo problemas para creerle, porque había evidencia que no cuadraba con la
teoría de la legítima defensa: por ejemplo, la metralla de balas, el hecho de
que Jonathan recibió un tiro por la espalda y que hubiera sangre de Jael tanto
en la recámara como en el baño de aquella villa. Nadie podía tampoco explicarse
por qué esa víctima fue hallada sin ropa en el jardín del fraccionamiento,
mientras que el pantalón que llevaba puesto cuando le dispararon fue encontrado
dentro del baño.
César Freyre quedó devastado. Si en vez de enviar a su hermano Jonathan
hubiera él viajado a la península de Baja California, Trevedan no se hubiera
atrevido a matarlo. La culpa lo consumió. Jonathan tenía sólo veinticinco años
y dejó dos hijos huérfanos. ¿Cómo responder a sus padres y a sus hermanas?
Quería estrangular al exsocio con sus propias manos. Tuvo miedo, sin embargo,
de que ese loco quisiera hacer más daño. Tanta fue la ansiedad y luego la
depresión que Freyre fue a ver a un psiquiatra para que le diera tratamiento.
También sintió pena por Jael Uscanga, quien sobrevivió de milagro. Nadie podía
explicar la suerte de ese amigo. Nueve tiros y ninguno lo mató. Perdió, eso sí,
el ojo izquierdo, pero la bala no entró al cerebro.
33
Tres meses después del asesinato, Freyre propuso a Jael que fueran a dar
gracias al Señor de Chalma. Insistió en que llevara también a su esposa y a su
hijo. Cuando el policía se dio cuenta, el grupo que haría la peregrinación
sumaba ya nueve personas. No todas fueron por los mismos motivos. Como en la
camioneta de Freyre no cabían, pidió a Tony Castillo —quien a veces lo apoyaba
como chofer— que consiguiera un vehículo más grande.
A Tony se le hizo fácil solicitar a su propia madre, María Elena Cruz,
que le permitiera usar la camioneta familiar. Una Voyager que tenía justo nueve
asientos. Ella no quería saber nada de Freyre porque le parecía un sujeto
petulante. Después de mucho jaloneo, la mamá aceptó siempre y cuando también
fuera con ellos Albert, el hermano de Tony, que era más juicioso.
Igual invitó César a Jacobo Tagle, que conocía bien a Jael. Éste, a su
vez, le dijo a su novia, Brenda. Ella se apuntó ya que sentía curiosidad por
conocer ese sitio del que había escuchado tanto. No faltó al viaje la novia de
Freyre: Juana Hilda González.
El santuario de Chalma se encuentra a un par de horas de la Ciudad de
México. Pocos lugares religiosos en el país reciben tantos peregrinos al año.
Antes de la llegada de los españoles ya era un sitio ceremonial. En la misma
elevación donde actualmente hay una iglesia se celebraban entonces sacrificios
humanos.
El grupo salió más tarde de lo previsto y no tuvieron mucho tiempo para
pasear, porque la otra condición que impuso la madre de Tony fue que la
camioneta debía estar de vuelta antes de que anocheciera. Brenda aprovechó para
comprar unos escapularios y logró que un sacerdote se los bendijera. Contó que
quería llevar esos recuerdos para su mamá, sus tías y sus primas. Ellas tenían
costumbre de regalarse presentes pequeños de cada lugar que visitaban.
Antes de emprender la vuelta se tomaron una fotografía. Albert iba a ser
el encargado de esa tarea, pero al final un turista comedido lo sustituyó y por
eso el hermano de Tony se incorporó en el último momento. En ese retrato, Tony
aparece hincado en una sola rodilla y sostiene un crucifijo negro de un metro
de alto. Juana Hilda González y César Freyre ocupan el centro de la
composición: ambos llevan lentes para protegerse del sol. Él porta una playera
y una gorra de color negro y ella va vestida con una blusa amarilla entallada
que deja ver su ombligo.
Brenda sale en el extremo izquierdo. Está de pie junto a Jacobo, quien
la sujeta por la cintura. Él todavía trae los pelos parados por el corte que le
hicieron cuando bailó en un espectáculo en Cancún. También se miran Jael, el
sobreviviente, y Paola, su esposa, atrás de un niño de tres años que con una
mano se tapa media cara y con la otra sostiene un muñeco de trapo. A diferencia
del resto, la figura de Albert parece sobrepuesta: no abraza ni tampoco toca a
nadie. Al fondo se asoma la puerta roja y las columnas de piedra que sostienen
la fachada de ese templo religioso.
Es inimaginable la importancia que tal episodio cobró para la vida de
estas personas, precisamente a causa de esa fotografía, ya que, sin
exageración, fue la piedra sobre la que se construyó el caso Wallace. En enero
del siguiente año, la policía entró al departamento donde vivían Freyre y Juana
Hilda. Los agentes cargaron con todo; entre otras cosas, una colección de
retratos que la bailarina tenía dentro de los cajones de su mesa de noche. Los
rostros que aparecen en la fotografía de Chalma se utilizarían en los
espectaculares.
Ocho de las personas que aparecen ahí fueron imputadas por pertenecer a
la misma banda de secuestradores. Únicamente se salvó el niño. Al final también
Paola, la esposa de Jael, logró zafarse. A ella la detuvieron en 2006, pero la
soltaron al año siguiente ya que el juez desestimó las pruebas presentadas en
su contra. Su papá era dueño de varios gimnasios y durante algún tiempo los
investigadores argumentaron que alguno de esos establecimientos había sido
utilizado como casa de seguridad para retener a las víctimas. Ayudó que ese
señor fuera un policía retirado para que la hipótesis fuera desechada.
¡Qué golpe de suerte más formidable fue haber dado con esa fotografía de
Chalma! Ahí, a todo color, hallaron el hilo que unía a los criminales que le
habrían arrebatado la vida a Hugo Alberto Wallace. Se trataba de la banda de
secuestradores más estúpida del mundo: unos creyentes muy desalmados que
mataban y descuartizaban al mismo tiempo que hacían peregrinaciones religiosas.
Y, además, se retrataban juntos.
34
«[Una] enganchadora, [de] senos rebosantes que enseña provocativa, con
el pezón marcado como moneda de un peso»: así describió el periodista Martín
Moreno a Juana Hilda González en su libro El caso Wallace. Desde un principio
los atributos físicos de la bailarina, reales o inventados, gravitaron en su
contra. La descripción que hizo de ella el Chaparro, quien trabajó como chofer
de Hugo Alberto, la convirtió en la mujer del busto grande. Por eso, dentro de
la sala de interrogatorios, una de las primeras preguntas que hicieron los
policías para confirmar su identidad fue si se había hecho implantes.
Arbitrariamente, aquellas siliconas se convirtieron en una pieza principal de
evidencia.
De acuerdo con la hipótesis criminal compartida por Isabel con la agente
Guadalupe Noria, el secuestro de su hijo fue posible gracias a que una mujer lo
enganchó para conducirlo a la trampa de sus captores. En la corroboración de
esa historia, el cuerpo de Juana Hilda debía dejar de ser suyo para coincidir
con el argumento. La bailarina reconoció que se había sometido a una cirugía
siete años atrás. Ocurrió durante la misma época en que decidió incursionar en
el modelaje.
De todas las personas acusadas de pertenecer a la banda de Chalma, ella
fue la que padeció la infancia más precaria. Nació al sur de la ciudad de
Guadalajara, en el municipio de El Salto, donde la mitad de la población vive
en pobreza. A su padre nunca lo conoció y la madre era demasiado joven para
saber qué hacer con ella. Tuvo una infancia nada original —padrastro incluido—
lastrada por la violencia. Juana Hilda estudió hasta la secundaria porque a los
quince años abandonó la casa materna. Desde entonces se valió por sí misma. A
los diecinueve se embarazó y luego contrajo matrimonio. La relación con el
padre de su hija no duró ni dos años.
Desde entonces él se hizo cargo de la niña. Libre de nuevo, Juana Hilda
se puso a estudiar modelaje. No estaba dispuesta a quedarse estancada. Tenía
atributos para incursionar en el mundo artístico. A los veintisiete volvió a
hacer maletas porque se le metió en la cabeza migrar al Distrito Federal.
Llegó a vivir a la capital con las hermanas Gandarilla, que venían
también de Jalisco. Las tres formaron un trío de guapas a quienes las puertas
de los antros de moda se abrieron de par en par. El siglo nuevo recién había
comenzado y con él la marcha mexicana. El Distrito Federal estaba cambiando. Un
nuevo trazado de valores y fronteras morales estaba ocurriendo y Juana Hilda,
como el resto de su generación, se arrojó a explorar límites antes
infranqueables.
Echada para adelante, libre y consciente, ella consiguió trabajo como
bailarina. La contrataron en varios grupos musicales que necesitaban acompañar
de coreografía femenina sus espectáculos. Entre los más conocidos estuvieron La
Arrolladora Banda El Limón y Grupo Clímax. Este último tuvo un gran éxito con
la canción «El Za Za Za (Mesa que más aplauda)». Gracias a ese empleo, pudo
rentar el departamento 4 de la calle de Perugino número 6, donde vivió casi
tres años. Llegó a ese lugar gracias a un colega cubano, Jesús Noel Montaño,
que era compositor y solista de Grupo Clímax. Salió durante algún tiempo con
él, lo mismo que con Jacobo Tagle.
Las giras que hizo como bailarina la llevaron a conocer Acapulco. Ahí le
presentaron a otro novio al que le sobraban los apodos: le decían el Güero, la
Muñeca o la Barbie. Aunque Juana Hilda lo niega, es difícil que no se haya
enterado de las actividades a las que se dedicaba ese individuo. Durante la
primera década del siglo XXI, Édgar Valdez Villarreal fue cabeza de un grupo
criminal que dejó un gran reguero de sangre.
Cuenta Juana Hilda que ese hombre siempre le pagaba el avión y mandaba a
sus empleados al aeropuerto para recogerla. Reconoce también que su gente
andaba armada y traían buenos autos. Entre los retratos que la policía confiscó
en la casa que años más tarde compartió la bailarina con César Freyre fue
encontrado uno donde Juana Hilda y la Barbie posan dentro de una discoteca. Esa
imagen, igual que aquella de la banda de Chalma, aportaron contundencia al
razonamiento de que Juana Hilda utilizaba su cuerpo para delinquir. Aun si no
es lo mismo ser novia de un criminal que enganchadora en una banda de
secuestradores, la policía decidió borrar las distinciones.
La relación con Valdez Villarreal terminó hacia finales del 2003. Un año
más tarde Juana Hilda conoció a César Freyre en la discoteca A Go Go del
Distrito Federal. Fue Jacobo Tagle quien los presentó. Muy probablemente Freyre
supo de la relación que ella tuvo con el mafioso de Acapulco. Al principio no
se prometieron exclusividad. El policía vivía en Morelos y Juana Hilda andaba
siempre de gira. Cuando la policía interrogó a la bailarina, al mostrarle esa
fotografía recuperada de su departamento, ella confesó la relación con Valdez
Villarreal.
En términos procesales aquella era una prueba circunstancial. Sin
embargo, una vez que la fotografía extraída de la mesita de noche llegó a los
medios, la presunción de inocencia de la bailarina estalló por los aires.
Pruebas del delito fueron los implantes de silicona, sus atributos físicos, los
vínculos con la Barbie y que dormía sobre un colchón bajo el cual la policía
descubrió un rifle de asalto.
35
Cuando Brenda conoció a Jacobo, habían transcurrido un par de años desde
la muerte de su padre, Pedro Tagle. Aquel muchacho podía hablar del papá por
horas, y es que aún no era capaz de imaginarse el resto de su vida sin él.
Jacobo era un tipo bien parecido y divertido, pero igual transmitía la
fragilidad de quien necesita ser rescatado.
En vida de Pedro esos dos no se despegaban nunca. Trabajaban vendiendo
cubiertos y autos usados. También se iban de fiesta como dos estudiantes. Antes
de morir, Pedro Tagle formaba parte de un grupo de motociclistas al que
perteneció Hugo Alberto Wallace. Cada sábado pasaban la tarde bebiendo en una
cantina y por la noche salían juntos para rodar por las principales avenidas de
la ciudad. Jacobo tenía entonces unos veintiún años y nunca tuvo dinero para
comprarse una Harley-Davidson, así que los motonetos lo trataban como el pegote
que acompañaba a su papá a todos lados.
La venta del patio de la casa de la familia Tagle a la empresa
Showposter estrechó la amistad entre Pedro y Hugo Alberto. Isabel Miranda, la
madre del empresario, tenía una casa en Acapulco y en alguna ocasión Hugo
invitó a ese amigo. Se hospedaron en esa residencia con vista al mar. Como el
padre no se separaba de su hijo, allá fue también a dar Jacobo. Pedro era unos
diez años más grande que Hugo y el empresario tendría diez más que el muchacho.
A la vuelta, Pedro presumió ante el resto de la familia algo que Hugo le
confió a Jacobo mientras él atravesaba a nado la bahía de Acapulco:
—Cuéntale a tu mamá lo que te dijo el socio.
—Me dijo que a él le habría gustado tener una relación con su papá como
la que yo tengo con el mío —informó Jacobo.
—¿Qué tipo de relación? —reaccionó con incredulidad Raquel, la esposa de
Pedro.
—Pues así, de amigos, de mejores amigos.
Nadie imaginó entonces la transcendencia que ese comentario tendría para
el futuro.
—¿Será que Hugo Alberto se lleva mal con el señor Wallace? —reflexionó
en voz alta Pedro Tagle.
—Ésa es la novedad. Resulta que el señor Wallace no es el verdadero
padre de Hugo —precisó Jacobo.
—¿Quién es, entonces? —interrogó de nuevo Pedro.
—No me lo dijo. Solamente contó, mientras te veíamos nadar, que su papá
también vive cerca del mar.
—Ha de ser una buena persona el señor Wallace, porque le dio su apellido
—valoró Raquel.
Pedro Tagle murió en un accidente de tránsito un año más tarde. Perdió
el control de la motocicleta porque iba pasado de copas. Aunque no eran
cercanos, César Freyre fue el primero en enterarse. Seguro lo supo porque aún
era policía. Estaba en Cuernavaca y, conmovido por el duelo del muchacho,
emprendió el viaje para acompañarlo a reconocer los restos de su padre.
Hugo Alberto también vino al funeral de Pedro Tagle. Pasó todo el rato
hablando con Jacobo. Aunque el empresario no era judío, se puso una kipá en la
coronilla para no desentonar. Más tarde Jacobo comentó al resto de la familia
que ese amigo de su papá le había ofrecido trabajo. Aquello lo animó porque
estaba devastado. Pedro era todo para él: su amigo, su padre y también su
empleador.
Jacobo heredó la amistad que Pedro tuvo con Hugo Alberto y por eso, en
efecto, le ofreció contratarlo. Recién había abierto un taller y una tienda de
motos Harley-Davidson por la zona de Satélite. Ahí entró a trabajar Jacobo por
un rato. Luego vino el episodio de Cancún. En 2004, Hugo Alberto organizó un
concierto del grupo popular Kabah en un hotel frente a la playa. Sucedió que el
elenco de bailarines previsto para el espectáculo llegó incompleto. Entonces
Hugo pidió a Jacobo que se subiera al escenario. Antes lo convenció para que
visitara la estética del hotel con la encomienda de que lo convirtieran en una
estrella; así fue como ese joven consiguió su nuevo corte de pelo. Bailó en
aquel evento con los pelos parados, como si fuera un mohicano.
Al final, aquel evento fue un fracaso económico y Hugo Alberto perdió
mucho dinero: alguien se robó las ganancias y no alcanzó siquiera para pagarle
a Jacobo el boleto del camión de regreso al Distrito Federal. Después de
aquello se enfrió la relación entre ellos. Sin embargo, por razones obvias,
Jacobo no podía permitirse la enemistad con Hugo: la venta del patio de la casa
de su mamá los había vuelto vecinos.
La muerte de Pedro Tagle también acercó a Jacobo con César Freyre. Esa
relación se fundó la noche en que el policía lo acompañó al forense. De otro
modo, difícilmente se habrían vuelto amigos. Además de tener edades distintas,
venían de planetas apartados. No obstante, Jacobo necesitaba una figura paterna
y, parecido a como sucedió en un principio con Hugo Alberto, Freyre estaba
dispuesto a proporcionársela.
A través del amigo policía, Jacobo conoció también a Jael Uscanga. Por
eso lo visitó en el hospital, después de que lo trasladaron a México, desde
Baja California Sur, donde había estado a punto de perder la vida. Le afectó
verlo tuerto y malherido. Cuando Freyre propuso que fueran juntos a Chalma para
agradecer que había sobrevivido, aun si no era creyente, Jacobo los acompañó
sin chistar.
Él tenía entonces unos cuantos meses de salir con Brenda, una chica que
conoció en un antro donde también solían asistir los fines de semana Juana
Hilda y César Freyre. Brenda y Jacobo se flecharon rápido. En cuanto él la
invitó a hacer aquella peregrinación, Brenda aceptó de inmediato: por aquellos
días esos dos querían estar pegados todo el rato.
36
Brenda Quevedo nació en el Hospital San Luis del Distrito Federal, el
domingo 24 de agosto de 1980. El padre es abogado y la madre trabajaba como
asistente de un alto ejecutivo bancario. Fue la primera nieta, querida y
deseada en ambos brazos de la familia. Estudió la primaria en un colegio
público y cuando pasó a secundaria se empeñó para que la inscribieran en una
escuela donde pudiera aprender inglés. Con sacrificio económico para sus padres
cursó en un sistema bilingüe hasta la preparatoria. Luego entró a hacer la
carrera de Ciencias de la Comunicación en una universidad que también era de
paga. Brenda es la única que aparece en la fotografía de la peregrinación a
Chalma que cuenta con estudios universitarios.
Desde el primer semestre, buscó un trabajo de medio tiempo. Una tía suya
la llevó a Clío, una editorial que producía documentales y libros. Durante un
tiempo trabajó ordenando archivos históricos. Cambió después de empleo porque
la llamó el productor de un programa de debate político que se llamaba Zona
Abierta y se transmitía semanalmente por televisión. Ella coordinaba invitados
y por eso coleccionó fotografías donde aparece con algunos intelectuales
importantes, como el escritor Carlos Monsiváis.
Se graduó a los veintidós con buen promedio. Gracias a los ahorros que
hizo en esos años pudo quemar naves y viajar a Inglaterra. Cuando en aquel país
el dinero comenzó a faltar, trabajó como mesera. Con mochila a la espalda
aprovechó también para visitar distintas ciudades europeas. Entonces no era
difícil conseguir un visado de trabajo, así que inició los trámites en Gran
Bretaña hasta que logró que se lo dieran. Volvió a México durante el primer
semestre de 2004 con la idea de visitar a su familia, arreglar papeles y volver
a Londres. Las oportunidades en Europa dependían de que concluyera el trámite
de su titulación y revalidara sus estudios.
En esa tarea estaba cuando le ofrecieron un empleo temporal de
relaciones públicas. Aceptó porque no quería ser una carga para sus padres. A
sus veinticuatro ya sabía cómo sacarle ventaja a su belleza física: iba al
gimnasio casi a diario y aprendió a maquillarse para lucir los ojos grandes. Un
día participó en la audición de una empresa cervecera que la eligió para ser el
rostro oficial de una campaña que estaba por lanzarse. En ese mismo evento
conoció a la chica que ya habían contratado como rostro para anunciar la
cerveza rubia. Aquello le causó gracia: se iban a convertir en la güera y la
morena inseparables. La paga no era mala, además, quedaría libre de compromisos
en la misma fecha en que había previsto regresar a Inglaterra.
Para festejar la suerte fue con una amiga a un antro que entonces estaba
de moda. En el A Go Go conoció a Jacobo Tagle: un muchacho que, de tan guapo,
no podía pasar desapercibido. A su amiga también le gustó, así que cuando él
quiso hacer avances, Brenda tomó distancia. La chica se dio cuenta y propuso
que fuera él quien decidiera. La rivalidad se resolvió a su favor. A Brenda,
para quien hasta ese momento el Distrito Federal había significado estudiar y
trabajar sin descanso, el mundo de Jacobo le abrió una ventana grande. Él
también se buscaba la vida con esfuerzo, pero sabía divertirse; tenía sentido
del humor y con sus ocurrencias no había manera de pasarla mal.
El trabajo con la agencia de publicidad la obligaba a moverse por la
ciudad, así que compró un automóvil. Jacobo, que sabía de eso, la convenció de
adquirir un carro usado, un Corsa que no era tan viejo; argumentó que, llegado
el momento, sería fácil venderlo. Poco después sucedió el viaje a Chalma con
Juana Hilda, César Freyre y el resto del reparto que apareció en la fotografía.
De vuelta con los escapularios, su mamá dijo que quería conocer al chico con el
que salía.
Después de haber vivido libre en el extranjero, a Brenda le costaba
trabajo regresar a las costumbres de su familia. A su madre no le pareció que
cada vez que el nuevo novio venía a buscarla, en vez de tocar el timbre y
presentarse, hacía sonar el claxon de su carro y ella bajaba desbocada hacia la
calle. Así que no pudo negarse cuando su mamá lo invitó a merendar a la casa.
El encuentro fue agradable, sobre todo porque él no tenía nada de tímido.
Cuando ella preguntó, la madre dijo que era guapo, pero que no miraba a los
ojos. Al interrogar a Omar, su hermano, él respondió lo que Enriqueta Cruz se
había callado: no podía entender qué hacía ella con un muchacho que no había
concluido la preparatoria.
Si Jacobo salió apenas aprobado en el examen de su madre, peor le fue a
ella con Raquel Dobín. La mamá de Jacobo no hizo ningún esfuerzo por ocultar
que desaprobaba esa relación. Fue ignorada cuando le tendió la mano para
saludarla. El novio le había explicado que estaban distanciados: primero porque
se mudó con su papá a vivir en el departamento del tercer piso de la casa
familiar, y luego porque, a la muerte de Pedro Tagle, el joven aprovechó la
puerta que lo separaba para mantenerse aparte, no solamente de su mamá, sino de
las reglas impuestas por su religión.
Brenda entendió que para Raquel eran muy importantes sus creencias.
Cuando surgió la idea de vivir juntos en esa propiedad, la señora explotó y de
plano lo corrió de su casa. Madre e hijo ya traían sus problemas, pero en parte
fue por la novia que se agravaron. La única vez que Brenda escuchó mentar el
nombre de Hugo Alberto Wallace fue por esa misma época. De visita en ese tercer
piso observó el tubo clavado en el diminuto patio de la casa de la mamá; Jacobo
le contó que pertenecía a la empresa de un amigo a quien no veía hacía un
tiempo.
Por su trabajo, Brenda acudía a exposiciones, eventos deportivos, ferias
y convenciones. Las jornadas podían ser muy largas. En cada evento patrocinado
por la cervecera ella portaba el uniforme con la marca estampada en el pecho,
los brazos y las piernas. Jacobo resultó un tipo celoso. Habría preferido que
trabajara con él vendiendo cubiertos y vajillas. La novia llegó a ayudarlo con
las compras y los pedidos, pero no estaba dispuesta a perder su autonomía. Para
completar sus ingresos él compraba autos usados, los arreglaba y luego los
revendía a un precio más elevado. Le iba bien con sus negocios.
Un mes después de que fueron a Chalma tuvieron su primer pleito. Fue por
el celo con su trabajo. En un arranque, Jacobo se marchó al puerto de Acapulco
y Brenda decidió alcanzarlo para arreglar las cosas. Lo encontró acompañado de
otra mujer. Ese mismo día ella regresó al Distrito Federal. Tanta tristeza
traía Brenda que tuvo un tremendo accidente de tránsito; sus papás tuvieron que
llevarla al hospital y la compañía de seguros determinó la pérdida total del
automóvil. El médico que la atendió le recetó reposo durante cuatro semanas, ya
que sufrió una lesión en las vértebras del cuello.
Quizá fue por el susto que se llevó Jacobo, o porque estaba realmente
enamorado, el hecho es que después de ese percance él hizo todo lo posible por
recuperarla. Con los planes de reconquista vino de nuevo la propuesta para que
se mudaran a vivir juntos. Fue ahí cuando Brenda decidió que no iba a regresar
a Londres, por lo menos hasta habérsela jugado con Jacobo sin puertas de
escape.
Rentaron un departamento cerca de casa de la mamá de ella. Coincidiendo
con esta decisión, la empresa cervecera le propuso que firmara un contrato de
exclusividad. Esa oferta trajo un mejor sueldo, pero igual se incrementó el
trabajo. Cuando podía, acompañaba a Jacobo a comprar al mayoreo los productos
que luego vendía. Él no tendría estudios, pero de hambre nunca iba a morirse.
Solía decir que ésa fue la verdadera herencia que le dejó su papá.
En la primavera de 2005 ambos se pagaron un viaje a Cancún. La pasaron
bien, excepto la última noche, cuando fueron a cenar con César Freyre y Juana
Hilda: fue una coincidencia que anduvieran por allá. A ella nunca le gustó ese
policía porque era arrogante y echaba bronca fácilmente; tampoco le agradaba
Juana Hilda. Por más que hizo para respetar esa relación, la amistad de Jacobo
con esa gente imponía tensiones dentro de la pareja. Esa vez, con copas encima,
Juana Hilda se puso a coquetear con Jacobo. No fue que le dieran celos —como
los que su pareja tenía por su trabajo—, sino que sintió que ambos le faltaban
al respeto.
Al regresar al hotel, Brenda dijo que se sentía incómoda. No podía
entender por qué mantenía Jacobo tanta consideración hacia esas personas: había
algo turbio que no le daba confianza. Continuó atosigando con preguntas a su
novio hasta que él confesó que había salido con Juana Hilda antes de que Freyre
la conociera. Aquella historia arruinó más su percepción sobre estos amigos de
su novio.
Durante los diez meses que duró aquella relación, Jacobo y Brenda
rompieron en varias ocasiones. En diciembre de 2005, Brenda preguntó a su mamá
si sería posible que regresara a la casa familiar y ella respondió que podía
contar con su antigua recámara cuando quisiera, así que la hija pasó la Navidad
con los suyos.
37
Tony, el que carga la cruz, y Albert, quien no debió salir en la
fotografía de Chalma, vivieron un trauma grande cuando fueron adolescentes:
vieron morir a su padre en un accidente de automóvil, el mismo que desfiguró el
rostro de su mamá. Durante años, María Elena Cruz creyó que, después de aquella
tragedia, a sus hijos no podría ocurrirles nada peor.
A mediados de la década de 1960, María Elena y Nicolás Castillo migraron
a Estados Unidos. Llegaron como la mayoría de los mexicanos de primera
generación: con las manos vacías. Vivieron en California durante dieciocho
años. Nicolás aprendió a trabajar en aguas profundas como operario de la
industria petrolera, un oficio que pagaba bien. En las afueras de Los Ángeles
nacieron Albert y Tony. Ambos estudiaron hasta la secundaria ostentando la
doble nacionalidad.
La pareja compró un par de casas en México calculando que algún día la
familia iba a regresar. No querían que sus hijos rompieran lazos con su país de
origen. El accidente ocurrió durante un viaje que hicieron en automóvil. Cerca
de ciudad Jiménez, en el estado de Chihuahua, una camioneta vieja se incrustó
contra el frente del carro que conducía Nicolás. Él murió de inmediato. Albert,
que entonces tenía quince, se rompió una pierna, y Tony, con trece, recibió un
fuerte golpe en la cabeza.
María Elena fue trasladada de urgencia al hospital con la cara
irreconocible. Dos adultos más, que viajaban detrás del conductor, igual
fallecieron. Tomaría tiempo antes de que la madre de aquellos muchachos pudiera
ponerse de nuevo en pie. La devastó la muerte del marido y también las muchas
cirugías a las que debió someterse.
Un mes más tarde los tres sobrevivientes se instalaron en el Distrito
Federal en una vida que por un buen tiempo navegó a la deriva. Albert y Tony no
se habían recuperado de la pérdida del padre cuando tuvieron que hacerse
fuertes para sacar adelante a una madre muy deprimida. Sólo el alcohol ayudaba
a María Elena para volver tolerable su pérdida. Fue en ese momento que apareció
Luis Carrillo, un primo de ella que se hizo cargo de aquella familia rota.
Albert y Tony se refieren a ese hombre como su segundo padre. Lo llaman
el ángel que Nicolás les envió para superar su ausencia. Entonces, Luis estaba
cursando la carrera de derecho. Tuvo como compañero de estudios a un joven,
poco mayor que sus sobrinos: Ricardo Trevedan. Era un tipo pendenciero que
llegaba armado a la escuela y que en alguna ocasión puso una tremenda golpiza a
la muchacha con la que salía.
Luis dejó de frecuentarlo después de la universidad. Aquel conocido
nunca ejerció como abogado, en cambio el tío entró a trabajar al Tribunal
Superior de Justicia del Distrito Federal. Mientras tanto, su excompañero montó
un taller mecánico y prosperó trayendo mercancía de Estados Unidos que vendía
en sus locales. Alguna vez que la vida volvió a reunirlos, Luis presentó a Tony
con Trevedan. El sobrino andaba en búsqueda de trabajo cuando el socio de ese
sujeto, un policía llamado César Freyre, necesitaba de un chofer que le hiciera
servicios esporádicos.
Desde el punto de vista económico, Nicolás había dejado bien protegida a
su familia y, aunque María Elena se empeñó, ninguno de los muchachos hizo
estudios universitarios. Albert cursó una carrera técnica que le enseñó algo de
contabilidad y también de programación. Para Tony, que era más tímido, la vida
profesional fue siempre complicada. Mientras ayudaba a Freyre con sus mandados,
montó un local cerca de casa de su madre dónde arreglaba teléfonos celulares.
Ese negocio solía pedir más de lo que daba.
A diferencia de Tony, Albert nunca la llevó bien con Freyre. Peor
impresión de esa persona tenía María Elena. El día en que lo conoció, llevaba
puesta una gabardina negra y botas de color blanco; parecía personaje de una
película mala de gánsteres mexicanos. Desde un principio insistió en que su
hijo más joven tomara distancia de ese individuo, pero Tony no le hizo caso.
Trevedan y Freyre pagaban las cuentas cuando él los acompañaba a los antros
donde los trataban como reyes.
Luis se enteró, por voz de su excompañero de universidad, que Trevedan
tuvo problemas con Freyre. De su lado, Tony ocultó a su familia la vez que el
policía pidió que llevara hasta San José del Cabo a su hermana Julieta, y
también a Juana Hilda, su novia, para que reconocieran los restos de Jonathan,
el hermano asesinado por Trevedan.
Cuatro meses después, Tony pidió prestada a su madre la camioneta
familiar porque tenía previsto ir con unos amigos a Chalma y no contaban con
otro vehículo de suficiente tamaño. María Elena se negó en un principio porque
se enteró de que, entre esas personas, iba también Freyre. El hijo más joven
insistió tanto que ella accedió con la condición de que los acompañara Albert.
Aquellos hermanos cumplieron con su compromiso y regresaron temprano porque el
mayor debía trabajar al día siguiente. Albert desempeñaba entonces un puesto
administrativo en un hospital del Instituto Mexicano del Seguro Social. Era
bueno para los números y también para el control de las facturas.
Después, Albert encontró un mejor empleo dentro de una empresa
estadounidense que se encontraba cerca del Reloj Chino de la avenida Bucareli.
Lo habían contratado porque hablaba inglés y tenía habilidades para programar
computadoras. Un día, muy temprano, antes de salir a trabajar vio por la
televisión que César Freyre había sido detenido. Lo acusaban de haber
secuestrado a un empresario. Sentado junto a Albert, estaba Luis Carrillo.
Mientras desayunaban, el tío se preguntó si su excompañero de banca, Ricardo
Trevedan, no estaría también vinculado con aquel crimen.
Luis no dio mayor importancia al evento y Albert guardó silencio sobre
la relación que Tony sostenía de manera intermitente con Freyre. No quiso
preocupar a su madre ni a su tío. Tampoco imaginó que, semanas después, cerca
de su nuevo trabajo, lo iban a detener para acusarlo de haber participado en el
mismo plagio.
CAPÍTULO VI
38
Ámbar Treviño posee buena labia, y si no la toman en serio, tiene
también mucho carácter. Es la oveja negra de una familia que usa bata blanca,
por eso sus padres levantaron una ceja cuando les dijo que quería ser abogada
y, pobres, tuvieron que alzar las dos cuando, todavía siendo pasante, se puso a
sacar borrachos de la cárcel.
En derecho las coincidencias difícilmente ocurren. Sólo así pudo
explicarse por qué escuchó aquella conversación en el centro de arraigo, justo
antes de entrevistarse por primera vez con Juana Hilda González Lomelí.
Mientras escribía su nombre en el registro, se topó con una charla acalorada
entre tres agentes que recién habían salido de trabajar. Una mujer les contaba
a sus compañeros de un accidente y a la abogada se le grabó el nombre Martí, un
colega que murió porque iba manejando. De no ser por el apellido del poeta
cubano, probablemente lo habría olvidado.
«Todo por culpa de esa pinche vieja», reclamó la funcionaria.
Cuando se dieron cuenta de que su conversación había llamado la atención
a esa licenciada, los agentes se apartaron con brusquedad. No podía entonces
saber Treviño que la mujer a la que se referían estaba a punto de ingresar a su
vida para no irse nunca: alguien que no era Juana Hilda.
Aquella mañana, antes de que sacara el cuerpo fuera de las cobijas,
César Freyre la llamó al celular: «Abogada —dijo con su voz gruesa—, madrearon
a mi chava».
Enterada de que esas llamadas eran registradas por la fiscalía, Treviño
prefirió no indagar más y se apuró para visitar el centro de arraigo donde
habían hospedado a sus nuevos clientes. Una vez que tuvo a Juana Hilda frente a
ella, confirmó lo mal que estaba. Llevaba puesto un collarín, traía un brazo en
cabestrillo, la mano izquierda vendada y el rostro arañado. Aquellas mallugadas
eran el resultado de un accidente de tránsito ocurrido pocas horas antes.
Puso dos vasos de agua sobre la mesa, y la mano buena le temblaba como
si tuviera párkinson. No iba a poder contar nada si seguía así. Cuando la
abogada dijo que César Freyre había pedido que fuera a verla, la bailarina
reaccionó con una breve sonrisa y encontró fuerza para hablar: a las 4:45 a.m.
la habían subido a un vehículo grande de policía. Custodiada por cinco agentes,
querían llevarla a una dirección ubicada al sur de la ciudad. Pero a unos tres
kilómetros del centro de arraigo, ese vehículo fue embestido por una camioneta
«como de panadero», según sus propias palabras.
El encontronazo fue bestial y la cabeza del hombre que iba conduciendo
reventó contra el cristal de la ventana. Murió al instante. A pesar de que
viajaba en el asiento ubicado justo detrás de Martí, el chofer, Juana Hilda
salvó la vida.
Lo que vino después puso a temblar de indignación a la abogada. Dos
ambulancias llegaron casi de inmediato y en ellas partieron hacia el hospital
más cercano los cuatro agentes que sobrevivieron. En cambio, a Juana Hilda la
subieron en una patrulla de tránsito para trasladarla de vuelta a su celda.
Escandalizada, la abogada quiso saber por qué no la habían llevado a la misma
clínica.
Su nueva clienta escuchó decir a los agentes que debía ser así para que
los medios de comunicación no hicieran un escándalo. A Treviño no le cuadró
aquel razonamiento. Era ilógico que a una interna la sacaran a esa hora de la
madrugada para hacer una diligencia sin estar acompañada de su abogada. Si la
habían traído de vuelta al centro de arraigo fue porque aquella salida debió
haber sido irregular.
A Juana Hilda se le cortaba la respiración.
—¿Te tomaron radiografías? —interrogó Treviño.
Respondió que no, pero la habían hecho firmar un papel donde liberaba de
responsabilidad a sus custodios:
—De otra manera no me iban a dar medicina para el dolor —completó.
Volvieron a quedarse en silencio. Era como si Juana Hilda estuviera y no
estuviera ahí.
—Estos moretones van a confundirse con los que me hizo anoche el
licenciado Ubaldo —comentó de pronto.
La licenciada no comprendió.
—Ayer me agredieron hasta que confesé no sé cuántas mentiras —informó la
imputada.
—¿Qué fue lo que te hicieron?
Juana Hilda mostró el brazo libre cubierto de rasguños y contusiones.
—Lo del accidente pasó después —aclaró.
Ella dirigió la mirada hacia los pies de la abogada:
—¿Ahora quién va a creer lo que me hizo ese señor?
39
La licenciada Ámbar Treviño no sabía entonces cuánto iba a cambiar su
vida a partir de aquel encuentro en el centro de arraigo con Juana Hilda. Ella
dice que no eligió participar en esta historia, la historia la eligió a ella
porque en el reparto de sus personajes se necesitaba a una abogada joven,
ambiciosa y chingona que se hiciera cargo de una defensa imposible.
Sabía que no iba a ganar dinero, pero fama sí. A la pregunta sobre por
qué tomó este caso, responde sin florituras que fue por vanidad: «Según Al
Pacino, es el peor de los pecados; no lo dijo en El padrino, sino en otra
película, El abogado del diablo», agrega.
Entonces le iba bien porque no perdía un solo caso. Creyó que, por la
derecha, este asunto también lo tenía ganado. Cuando la buscó Rosa Morales, la
mamá de César Freyre, no había nada en contra de su hijo. El ministerio público
había convencido al juez de guardarlo porque le encontraron un rifle en su
casa, pero ese delito no aplicaba, ya que el cliente era policía. Además, lo de
las armas es un pretexto que la autoridad utiliza cuando no tiene algo más
gordo.
La familia de César Freyre estaba desesperada, y es que nadie quería
ayudarlos. Aquello llamó la atención a Treviño porque a los verdaderos mafiosos
les sobran abogados: cuando alguien trae encima el delito de crimen organizado
hacen cola porque ése el trabajo mejor pagado. Treviño visitó al licenciado
Braulio Robles Zúñiga, el agente del ministerio público responsable del
expediente; ese hombre la tuvo todo el día esperando y no fue hasta muy noche
que le dio permiso para ver los documentos. A esa hora revisó hoja por hoja el
interior de una carpeta flaca. Ahí dentro estaban las denuncias de la familia
Wallace, presentadas siete meses atrás, pero en ningún lugar encontró Treviño
el apellido Freyre. También halló el acta del cateo que la policía realizó en
el departamento que César compartía con Juana Hilda, donde aparecieron las
armas, unas fotografías y una licencia de manejo falsa. Esto último tampoco le
pareció grave porque no la había utilizado para identificarse.
Treviño está convencida de que para presionar a Freyre habían detenido a
sus familiares. A Rosa Morales, su madre, y Julieta Freyre, su hermana, les
echaron el carro completo: las denunciaron por delincuencia organizada y
privación ilegal de la libertad. Según el ministerio público, eran parte de la
banda de delincuentes liderada por su pariente: se encargaban de recoger el
dinero de los secuestros. A Rosa la agarraron con cien pesos en la bolsa y un
par de vales de comida con sellos del gobierno. Las dos eran gente humilde, eso
era evidente.
Ámbar ingresó a la oficina del juez para pedir que sacara a esas dos
mujeres del centro de arraigo, pero no tuvo suerte. Cuando regresó con sus
clientas, Rosa estaba más tranquila. Ella era como César: un vehículo
todoterreno. Pero encontró a Julieta en un mar de lágrimas. Tenía razón al
suponer que ahí la única extorsión era la que andaban enderezando contra su
hermano. A ella y a su madre las estaban utilizando como moneda de cambio para
que Freyre se entregara. Rosa había escuchado a los guardias apostar sobre
quién iba a quebrarse primero, si César o Juana Hilda.
40
Las situaciones extremas suelen atraer gente cuya biografía no es común.
Éste es el caso de Luis Miguel Ipiña, mejor conocido entre sus amigos como
Koldo (así llaman de cariño en el país vasco a los Luises). De jovencito fue
militante de ETA, la organización terrorista vasca. Cuando se cansó, migró a
México donde se hizo taxista, y ya mayor se puso a escribir historias sobre
mujeres que habían sido privadas de la libertad. Visitando a una conocida
española que había caído en prisión, a Koldo se le ocurrió crear el blog Cárcel
de mujeres.
Se improvisó como periodista y fue tomando experiencia porque sabía
escuchar y no era torpe a la hora de hacer preguntas. También se le daba la
pluma, así que entre las reclusas y sus familiares agarró buena fama por sus
perfiles empáticos con esas mujeres. El vasco metió las narices en el caso
Wallace gracias a Isabel Miranda. Antes conocía casi nada; sólo había visto los
espectaculares y tenía a la señora como una justiciera a la que adoraba todo el
mundo. Sin embargo, un día vio por televisión a esa madre atormentada hablar
pestes del gobierno, porque se enteró de que la supuesta asesina de su hijo
había tenido sexo con un hombre dentro del reclusorio.
A Koldo le hizo gracia. La señora estaba mal informada: el celibato era
una obligación prevista para las monjas, no así para las mujeres encarceladas.
Era legal, pues, que Juana Hilda González solicitara visita conyugal para poder
acostarse con quien le viniera en gana. Por medio de otra conocida que
compartía pabellón en la cárcel de Santa Martha Acatitla, el vasco consiguió
que la exbailarina aceptara aparecer en su blog.
Ella llegó nerviosa a la conversación porque sería la primera vez que,
lejos de policías, jueces, abogados y tribunales, contaría su versión. Como la
mayoría de las reclusas, aseguró que era inocente, «al cien por ciento». Koldo
había preparado algunas preguntas. No se le daba dirigirse a la gente
hablándole de usted, así que de inmediato la tuteó. Después de abrir con un par
de comentarios intrascendentes, optó por interrogar a propósito de la noche en
que desapareció Hugo Alberto Wallace:
—¿Qué hiciste el lunes 11 de julio de 2005?
—Fui al cine con una amiga, luego regresé a mi casa y ahí me encontré a
mi novio, César Freyre, que estaba pisteando con unos compas. Esa gente tardó
en irse.
Koldo y Juana Hilda hablaron de los vecinos de Perugino, que no
escucharon nada. Ella mencionó a sus amigos, Vanessa y Jesús Noel, que también
fueron amenazados.
El vasco aceleró el interrogatorio:
—Dicen que confesaste.
—Después de lo que me hicieron, cualquiera lo habría hecho.
El entrevistador no pudo introducir a los locutorios su grabadora, así
que anotó como pudo las palabras que la exbailarina iba pronunciando.
—Me confundieron con una prostituta, pero el chofer del desaparecido
aclaró que no era yo. Luego, cuando me detuvieron, ese fulano cambió de
opinión. Todo fue manipulado.
—Cuéntame sobre el día en que te detuvieron.
—No tenía ni un par de meses en México cuando vinieron a buscarme al
nuevo departamento donde recién me había mudado a vivir con mi pareja, César
Freyre, y con mi hermano, Armando. Estaba muy cansada, después de haber grabado
un video en Los Ángeles y de hacer una gira por ciudades distintas de Estados
Unidos.
Koldo sabía que Juana Hilda había trabajado para Grupo Clímax. La letra
de la única canción que le proporcionó fama a ese conjunto musical dio idea al
vasco del tipo de baile que hacía esa mujer: «Za za za / que todo el mundo
aplauda. / Mesa que más aplauda, / le mando, le mando a la niña…».
El video de Grupo Clímax, que sigue colgado en la red, muestra cuerpos
esculturales de mujer moviéndose a un ritmo que parece cubano. La referencia a
la mesa que más aplauda obviamente se relaciona con los table dance, tan de
moda por aquella época. Lo de «la niña» ofrecida a los aplaudidores pareció a
Koldo de pésimo gusto, aunque no se habría atrevido a externar esa opinión
delante de Juana Hilda.
Ella no pensaba abandonar la carrera artística, pero —explicó al vasco—
decidió hacer una pausa. César estaba dispuesto a mantenerla por un tiempo. La
recibió en su nueva casa, un departamento recién amueblado, donde ambos
metieron todas sus pertenencias. De cumpleaños, el policía le regaló un
automóvil deportivo que, luego se enteró, habría adquirido a crédito.
Juana Hilda negó haberse mudado a vivir con su novio de manera forzada.
Si bien, después declaró cosas horribles contra Freyre, asegura que lo hizo
porque la coaccionaron en la procuraduría. Juana Hilda también estaba
agradecida con su pareja porque consiguió trabajo para su hermano menor,
Armando, que ella hizo venir desde Guadalajara porque andaba consumiendo
drogas.
«¿No te parece extraño que Freyre haya rentado un departamento tan cerca
de los negocios de la señora Isabel Miranda?», cuestionó Koldo.
Juana Hilda le juró que no sabía dónde estaba ubicada la oficina de esa
señora.
Poner ambas direcciones sobre un mapa hizo que estallara la cabeza del
bloguero: Tenorios 91 y Brujas 1 estaban a pocos metros de distancia. O bien
esos criminales eran imbéciles, o Freyre escogió la vivienda de Tenorios
desconociendo que se encontraba a seis minutos, a pie, del centro de
operaciones de Isabel Miranda.
El expolicía tenía experiencia de sobra como para saber que los
delincuentes viajan sólo con lo puesto, por si acaso tienen que poner los pies
en polvorosa. No suelen, por tanto, llevar fotografías íntimas ni documentos
personales a su guarida.
«César dijo que había escogido el departamento de Tenorios por la
cercanía con su trabajo, y también con el taller donde Armando había entrado a
laborar», aclaró la exbailarina.
Para Koldo el rompecabezas de plano no encajaba: en la hipótesis de que
Freyre no conociera la dirección de la oficina de Isabel Miranda, ¿cómo
explicar que fue a ese domicilio donde envió por correo postal los tres
comunicados redactados para exigir el millonario rescate a cambio de la
libertad de Hugo Alberto Wallace?
El vasco descubrió que el tema de la dirección no era la única anomalía.
De acuerdo con los periódicos, la detención de Juana Hilda se hizo en
flagrancia, es decir que, al momento de apresarla, ella estaba cometiendo un
delito.
—¿Cuál fue el crimen descubierto en ese momento? —interrogó cada vez más
interesado.
Juana Hilda se burló:
—No me robé una cartera, tampoco apunté con un arma hacia esos agentes,
ni vendía contrabando sobre una banqueta.
—¿Entonces?
Con sus propias palabras, Juana Hilda explicó que el delito cometido en
flagrancia fue haber mostrado a los funcionarios la licencia de manejo número
5256270, expedida por la Secretaría de Transporte del Distrito Federal, a
nombre de Sandra Gutiérrez. Según los hombres que la apresaron aquel día, eso
fue lo que ella hizo; cuando preguntaron por Juana Hilda González Lomelí,
presentó ese cartón plastificado a nombre de Sandra Gutiérrez.
—Tal cosa no puede ser cierta, ya que en ese momento la policía enseñó
la misma identificación a mi hermano Armando dentro de la oficina de la
fiscalía. Puede usted verificarlo en el acta del interrogatorio del ministerio
público y luego comparar con la hora en que me detuvieron. Esa licencia no pudo
estar en dos lugares al mismo tiempo.
Más tarde Koldo corroboró que entre el sitio de la detención y el
edificio de la fiscalía anticorrupción había más de dieciocho kilómetros de
distancia. Si Juana Hilda no traía encima el documento a nombre de Sandra
Gutiérrez cuando la arrestó la policía, ¿cuál fue entonces el delito que
cometió en flagrancia?
Koldo concluyó que aquella detención fue arbitraria porque no hubo
motivo que la justificara. Y, sin embargo, ese documento falso, que tenía el
don de la ubicuidad, fue el pretexto para retener a la bailarina y también para
que los fiscales ordenaran el cateo del departamento de Tenorios.
En la argumentación para convencer al juez de otorgar la orden de
allanamiento, el licenciado Braulio Robles Zúñiga copió la acusación que Isabel
había entregado antes al subprocurador Santiago Vasconcelos. De ahí que la
solicitud de cateo en el departamento de Tenorios sea el primer documento
firmado por una autoridad donde se menciona a la exbailarina como criminal. Ahí
dice textualmente: «…existe la fundada presunción de que Juana Hilda González
Lomelí participó en el secuestro de Hugo Alberto Wallace».
—¿Cómo se llegó a esa conclusión? —cuestionó el vasco.
—Pues por la licencia falsa y también por los implantes de senos…
Koldo se sorprendió:
—¿Por unas siliconas?
Juana Hilda contestó con picardía:
—Porque mi busto coincidía con el de la tipa que el chofer señaló como
la enganchadora.
—¿Qué encontraron en el departamento de Tenorios? —continuó el
entrevistador ruborizado.
—Pues el lugar contaba con sala, comedor, cocina, un baño y dos
habitaciones grandecitas. La mayoría de los muebles eran nuevos porque mi
suegra, Rosa Morales, los había comprado, también a crédito. Eso está
igualmente en el acta. La policía se refirió al inmueble como una vivienda
normal. Lo puede usted ver en las imágenes que levantaron los fotógrafos de la
policía científica.
—Sin embargo, hallaron armas y también algunos retratos comprometedores
—recordó el bloguero.
—Está usted bien informado —reaccionó la exbailarina.
—Todo salió en la prensa. Encontraron, además, identificaciones falsas
donde César Freyre aparece con otro nombre.
—Así es, pero ya explicamos por qué. A mi novio le habían matado a un
hermano: Jonathan. Eso lo afectó muchísimo porque el asesino, Ricardo Trevedan,
que antes había sido su amigo, perdió la cabeza. Teníamos miedo de que
intentara hacernos algo. Por eso César mandó a hacer para los dos falsas
licencias de conducir y credenciales para votar. Pero dichos documentos estaban
guardados en un cajón dentro del departamento.
—¿Cómo se hizo la policía de la licencia de conducir que le mostraron a
tu hermano Armando en la fiscalía?
—Es obvio que entraron a nuestra vivienda antes de que me agarraran.
—¿Quién? —insistió Koldo.
—No lo sé, pero durante los días previos yo me di cuenta de que alguien
me estaba siguiendo. Por eso llamé a la policía. Tenía miedo de que fuera gente
relacionada con Trevedan.
Koldo tomó nota. Era incongruente que la integrante de una banda de
secuestradores, que se había instalado a quinientos metros del lugar donde
fueron recibidas las notas de rescate, llamara a la policía para quejarse de
que alguien la estaba molestando.
El vasco continuó:
—¿Y las armas que la policía halló debajo de tu cama?
—César era policía, así que no es extraño que poseyera armas. Yo conocía
la pistola que estaba en el clóset. Sobre el rifle debajo del colchón, no tenía
idea.
Juana Hilda contaba con una respuesta para cada duda. El tema más
delicado, el que seguramente convenció a la juez de arraigarla, fue la
fotografía donde aparece abrazada, en plan pareja, con uno de los sicarios más
buscados en el país: Édgar Valdez Villarreal.
—Háblame de la Barbie.
—Pues, ¿qué te digo? Me trató bien. Me regalaba boletos de avión para
visitarlo en Acapulco. Allá me la pasaba como una reina, en el reventón. Nunca
supe a qué se dedicaba, porque no pregunté. No conocí entonces su verdadero
nombre y tampoco supe que la policía lo buscaba. No fue hasta que vi su rostro
por televisión cuando me enteré de que era un mañoso pesado.
—…y sanguinario —agregó Koldo.
—Conmigo siempre fue amable —replicó Juana Hilda—. Desde que me
agarraron yo sabía que esa relación era el peor pecado por el que podían
acusarme. Así que, en cuanto hubo oportunidad, conté todo. Hablé de los viajes
y los guaruras, y aclaré que duramos poco.
—¿Cuánto?
—No más de ocho meses.
41
Dos días después de la detención afuera del departamento de Tenorios,
Juana Hilda fue remitida a un centro de arraigo donde permaneció tres meses.
Sirvieron la identificación falsa y el rifle escondido debajo de su cama como
elementos para privarla de la libertad en lo que la policía lograba conseguir
más pruebas de su involucramiento en el secuestro y asesinato del hijo de la
señora Isabel Miranda.
—Me metieron con otras mujeres que sí estaban involucradas en delitos
graves —narró Juana Hilda—. Durante casi un mes no tuve noticias del mundo
exterior, no supe nada de César ni de mi familia, tampoco de mis amigas. Me
mantuvieron incomunicada. El estado de ánimo se me vino abajo. Me sentí sola,
angustiada, incapaz de comprender. Traía los nervios de punta. Sólo importaba
que me sacaran de ahí.
Koldo estaba consciente de que Juana Hilda firmó dos declaraciones donde
repitió la misma versión: que nunca conoció a Hugo Alberto, que no era una
criminal y que la noche en que ese hombre desapareció ella había estado con
amigos. Sin embargo, al final, sucumbió, y la tercera declaración proporcionada
a los fiscales se convirtió en la principal pieza de evidencia para las
investigaciones del caso.
El miércoles 8 de febrero de 2006, sin permiso del juez, la sacaron del
centro de arraigo para llevarla a las oficinas de la fiscalía.
—Ahí estaba esperándome el viejo canalla de Fermín Ubaldo Cruz.
—¿Quién es esa persona? —quiso saber el vasco.
—El cabrón que me obligó a decir mentiras.
—¿Cómo te obligó?
—Ya traía yo el miedo en las tripas. Estaba angustiada por mi hermano
Armando, a quien golpearon la noche de la detención. Querían que declarara en
mi contra, pero sólo dijo lo que sabía, que la licencia de conducir era
hechiza. También en esos días supe que habían maltratado a mi vecina, Vanessa
Figueroa, y que traían en chinga a Jesús Noel, un compañero de trabajo. Luego,
el mero día, vi entrar a una sala de interrogatorios que estaba junto a la mía
a Rosa Morales y a Julieta Freyre, la mamá y la hermana de mi novio: las
llevaban esposadas. El licenciado Fermín Ubaldo me dijo que, a diferencia de
esas dos mujeres, a mí sí podía ofrecerme «beneficios»: siempre y cuando echara
de cabeza a César. Prometió que si lo hacía conseguiría mi libertad.
—¿Qué respondiste?
—Lo mismo que las veces anteriores. Que se estaban inventando una
historia para culpar a gente inocente por un crimen que alguien más había
cometido.
—¿Qué pasó después?
—De tanta agua que me tomé para bajar el nervio, la vejiga comenzó a
reclamarme. Necesitaba orinar y el tal Fermín me llevó a su oficina, después se
metió conmigo en el cuartito de baño que tenía ahí dentro.
Koldo publicó en su blog que Juana Hilda no pudo con la sorpresa cuando
ese hijo de puta la tocó con sus manos pequeñas para saber si sus «chichis»
eran postizas. Ella trató de defenderse, pero él la sometió sin hacer demasiado
esfuerzo. Terminó hincada sobre el piso con su cara cerca de la hebilla del
cinturón de ese hombre. Estaba mareada y le dieron ganas de vomitar. Fermín
Ubaldo simuló que iba a darle un puñetazo, pero al final la dejó a solas,
chille y chille.
De vuelta en la sala de interrogatorios, ella se examinó para confirmar
que ese sujeto le había dejado marcas en el cuello y las muñecas.
—¡Viejo cabrón! —se le salió decir a Koldo.
No se había repuesto del susto cuando el fulano le entregó el auricular
de un teléfono. Una voz al otro lado de la línea la aterrorizó: «Mami, ¿cuándo
vienes?», escuchó decir a su hija.
Después tomó la bocina el papá: hacía tiempo que no hablaba con su
exmarido. Él informó que afuera de su casa había una camioneta negra y unos
sujetos armados.
Juana Hilda entendió de inmediato el mensaje: entre Freyre y su hija no
necesitaba elegir.
—¿Aceptaste darles la confesión que te estaban pidiendo? —inquirió
Koldo.
Juana Hilda asintió.
—¿Tuviste asesoría legal?
—Pedí hablar con la abogada de oficio. Ámbar Treviño aún no se había
hecho cargo de mi defensa. La primera se llamó Dolores Vera Murcia. Dijeron que
venía en camino, pero que no me hiciera ilusiones porque era amiga de esa
gente. La boca se me puso peor de seca y el licenciado Fermín continuó
ofreciéndome vasos con agua.
—¿Te grabaron en video? —interrogó Koldo, quien ya había visto la
declaración que Juana Hilda hizo aquel día ante una cámara.
—Para que no cometiera errores, una mujer había preparado unas
cartulinas con el guion que debía repetir: recibí la orden de actuar lo más
natural posible. Más tarde me hicieron firmar la transcripción de mis nuevas
declaraciones.
—¿Todo ese tiempo estuvo ausente tu defensora? —insistió el
entrevistador, sabiendo que sin la presencia de su abogada aquella confesión no
habría podido presentarse en el juicio.
—La licenciada Vera Murcia entró y salió varias veces mientras yo
hablaba ante la cámara. Cuando escribí mi nombre en la declaración que me
pusieron enfrente, ella también estampó su firma. Traía prisa porque estaba
atendiendo a otros clientes. Prometió que pasaría a verme más tarde, al centro
de arraigo, por si había sucedido algo dentro de aquella sala con lo que yo no
estuviera de acuerdo.
—¿Cuánto tiempo permaneciste ahí dentro?
—Habré llegado a la procuraduría hacia las cuatro de la tarde y no salí
de ese lugar hasta después de las cuatro y media de la mañana del día
siguiente.
42
Juana Hilda asegura que Fermín Ubaldo vertió alguna droga dentro del
agua que le proporcionaron a lo largo del interrogatorio. De otra manera no
puede explicarse cómo fue que se quedó dormida sobre el escritorio de la sala
donde la grabaron hasta que los agentes de la Agencia Federal de Investigación
fueron a buscarla, casi al amanecer.
—¿Cuánto tiempo después ocurrió el accidente? —preguntó el vasco.
—De ese evento recuerdo poco. Estaba tan atontada que mi memoria borró
la mayor parte.
—¿De qué te acuerdas?
—Cuando me sacaron de la procuraduría, supe que no me llevarían de
vuelta al centro de arraigo. Escuché decir que iríamos al gimnasio del papá de
Paola Díaz, la esposa de Jael, el que quedó tuerto por culpa de Ricardo
Trevedan. A esa hora de la mañana querían que señalara ese lugar como una de
las casas de seguridad donde escondíamos a la gente secuestrada.
—¿Fue entonces cuando chocaron?
—De pronto vino el golpe. Una camioneta «como de panadero» se pasó un
alto incrustándose contra la puerta del conductor. Yo venía justo atrás de él.
Si no me morí fue de milagro. Diez centímetros atrás que hubiera sido el
impacto y yo no estaría aquí.
—¿El conductor sí falleció?
—Ajá. Al momento. También se lesionaron los otros agentes que iban en
ese vehículo de policía. Se los llevaron al hospital. A mí, en cambio, me
subieron a una patrulla de tránsito para regresarme al centro de arraigo.
—¿Crees realmente que fue un accidente?
Juana Hilda ladeó la cabeza.
—¡Demasiada casualidad!
—¿A qué te refieres? —inquirió Koldo.
—Una vez que lograron sacarme la confesión ya no les servía de nada.
—¿Piensas que quisieron eliminarte?
—Es muy obvio, ¿no?
—Pues no lograron hacerlo —subrayó el vasco.
—Les falló. No imaginaban que el conductor iba a ser el muerto.
El bloguero regresó sobre un tema anterior:
—¿Por qué no te llevaron al hospital?
—He pensado mucho en eso. Yo creo que querían evitar los análisis
—sentenció Juana Hilda.
El vasco perdió el hilo de la conversación:
—No entiendo.
—Si me sacaban sangre o me tomaban una muestra de orina, los médicos
iban a saber que el tal Fermín Ubaldo puso droga en el agua que estuve tomando
el día anterior.
—¿Qué te explicaron entonces?
—Que no me condujeron al hospital porque querían evitar una
investigación.
—Tiene sentido.
—No contaban con permiso para llevarme al gimnasio del papá de Paola,
pero eso no fue lo grave. Esa gente lo planeó todo. Me drogaron, hicieron que
confesara, y luego intentaron matarme. Cuando no funcionó, se volvió prioridad
que el juez aceptara la confesión. En ese momento era la única prueba que había
en nuestra contra. Si se sabía que me habían drogado se les iba a caer el
teatro.
—El expediente dice que unos días después pasó la señora Isabel Miranda
a verte al centro de arraigo.
—Sí, tal cual. Traía yo puesto un collarín y sentía dolores por todo el
cuerpo. Antes me habían amenazado con que me negarían los medicamentos si no
obedecía.
—¿Qué te pidieron que hicieras? —quiso saber el vasco.
—Primero que nada, debía liberarlos de la responsabilidad del accidente.
También querían que le ofreciera disculpas a la señora. Entonces decidí
seguirles la corriente, porque temí que intentaran terminar conmigo de nuevo.
—¿No ratificaste ante el juez la confesión que hiciste en la fiscalía?
—Claro que no. Me presionaron mucho, pero decidí que no iban a
engañarme.
El vasco Luis Miguel Ipiña fue el primer periodista en dar a conocer la
versión de Juana Hilda. En su caso, decir periodista es ir demasiado lejos.
Koldo apenas se había estrenado en el oficio de la comunicación a través del
formato blog que recién se estaba poniendo de moda.
43
Después de que detuvieron a Juana Hilda, Rosa Morales, madre de César
Freyre Morales, le advirtió a su hijo que cometería un error si se quedaba:
«¡Vete y llévate la camioneta!», le imploró días antes.
César decidió aguardar en el Distrito Federal en lo que lograba sacar a
su pareja del centro de arraigo. Sin embargo, ya habían corrido quince días y
aún no contaba con abogado, tampoco con información. Sólo sabía lo que dijo su
cuñado, Armando Cruz: que a la bailarina la habían arraigado por unas
identificaciones falsas.
Buscó a otra de sus novias, porque necesitaba dinero. Con esa chica
sostuvo una relación al mismo tiempo que con Juana Hilda, por eso ella accedió
a hacerle el préstamo y lo citó afuera de su domicilio trece días antes de que
Juana Hilda entregara su confesión.
Freyre llegó temprano y, como tenía hambre, ingresó a un pequeño local
que vendía tamales. A medio comer, se asomó de nuevo a la calle para
cerciorarse de que su amiga no hubiera pasado de largo en lo que él merendaba.
Estaba distraído cuando un vehículo sin placas montó la banqueta para cerrarle
el paso; de él descendieron varios sujetos armados a quienes únicamente se les
podían ver los ojos. Esas personas lo subieron por la fuerza a una camioneta;
no eran policías, pero estaban bien entrenados.
Freyre asegura que Isabel Miranda estuvo presente en ese momento. Antes
de llevárselo a otro lugar, ella corroboró la identidad del sujeto. Después lo
condujeron a un inmueble abandonado. Tras cruzar una puerta negra de metal, lo
arrojaron al suelo en lo que debió ser un taller mecánico. Ahí le retiraron
toda la ropa y lo entablillaron con unas maderas largas, le pusieron un par de
sábanas encima y ajustaron aquella tela percudida sobre su cuerpo con cinta
aislante.
Los profesionales aplicaron toques eléctricos contra sus pies desnudos.
El expolicía afirma que perdió el conocimiento. Cuando despertó estaba sobre el
cemento frío. Lo volvieron a golpear mientras exigían que dijera dónde tenía
escondido a Hugo Alberto. Dijo que no sabía de qué le estaban hablando y negó
que hubiera participado en su secuestro. El hombre soportó aquella violencia
que, según su versión, habrá durado poco más de dos horas.
Después, lo sacaron de aquel local para subirlo en una patrulla de
tránsito que iba a transportarlo a su siguiente destino. Ya que entendía las
claves de radio, Freyre se enteró de que antes el auto donde viajaba debía
realizar un pequeño desvío. Fue entonces que arribaron a un cruce de calles
donde había sido montado el escenario para presentarlo ante los medios. Ahí, un
tipo alto, moreno y calvo presumió que, sin ayuda de la policía, los hermanos
Isabel y Roberto Miranda habían logrado capturar a ese malhechor.
Freyre estaba evidentemente aturdido. Se hallaba al oriente de la
colonia Polanco, casi frente al hotel Camino Real. Dos sujetos encapuchados lo
tenían agarrado de los brazos. Cuando menos suponía, le fajaron un arma dentro
del pantalón.
Después de la exhibición mediática, el policía fue conducido también a
las oficinas de la fiscalía antisecuestro. Siguiendo la formalidad, un médico
legista reportó el estado físico del detenido. De acuerdo con este profesional,
Freyre presentaba quemaduras múltiples en la espalda baja, la cadera, el coxis
y los pies; también exhibió contusiones en la región abdominal a la altura de
las primeras costillas, en la axila derecha, la espalda media, la pared
posterior del cuello, la barbilla y el pómulo derecho. Esas marcas son la
prueba de que dijo la verdad respecto de su aprehensión: fueron el resultado de
los golpes y la tortura que recibió a manos de sus primeros captores que no
eran realmente policías.
¿Cuáles fueron los argumentos que ubicaron a Freyre como el líder de una
banda criminal? Él no tenía antecedentes penales y en esa fecha no había una
sola prueba que lo vinculara con el plagio de Hugo Alberto Wallace. Esa noche
Juana Hilda no había confesado aún su involucramiento, o el de su pareja, en el
crimen. Y si bien el ministerio público había instruido que se presentara a
declarar, hasta ese jueves ningún juez dictó una orden de aprehensión en su
contra, así que la presencia requerida de Freyre no era en calidad de imputado.
Además, la razón de la comparecencia no tenía relación con el supuesto
secuestro, sino con el fusil escondido bajo su cama. Tal acusación no alcanzaba
para explicar la faramalla frente a las cámaras de los medios y menos aún la
madriza que le pusieron previamente.
CAPÍTULO VII
44
Una vez que Juana Hilda proporcionó su confesión, el ministerio público
emitió órdenes de localización en contra del resto de la banda. Entre ellas la
expedida para buscar al médico responsable de descuartizar con una sierra
eléctrica el cuerpo del hijo de la señora Miranda. El problema de ese documento
es que no contenía el nombre de Albert Castillo Cruz.
Un par de semanas después, los investigadores contratados por Isabel
dieron con ese sospechoso. Albert Castillo tenía entonces treinta y cuatro años
y trabajaba para una compañía dedicada a diseñar programas de computación. Una
tarde, al terminar la jornada laboral, salió acompañado de un par de colegas
del trabajo, de camino a tomar el transporte público, cuando un sujeto lo llamó
por su nombre. Al girar, Roberto Miranda preguntó si era hermano de Tony
Castillo. Albert asintió y, para retenerlo, el interlocutor inventó que su
hermano lo había recomendado como quien podía componer una computadora.
Albert no se creyó ese cuento, porque de ser cierta la historia, Tony
hubiera proporcionado su número celular en vez de darle las coordenadas de la
empresa para la que trabajaba; además, aunque era una compañía dedicada a
desarrollar sistemas, eso no lo convertía en un componedor de computadoras, así
que retomó su marcha dejando atrás al extraño individuo.
No había avanzado ni un metro cuando otras personas le cerraron el paso
y el hermano de Isabel Miranda lo arrinconó, tomándolo con fuerza por el brazo.
—Suéltame —levantó la voz Albert observando a la distancia a sus
compañeros, quienes habían quedado apartados por un cinturón de hombres
fornidos.
—¡Ni madres, cabrón! —reaccionó Roberto.
Albert asegura que a empujones lo subieron a una camioneta. Por la
ventana de ese vehículo reconoció a la señora Isabel. Fue en ese momento que
entendió de qué iba todo aquello. Había visto a esa mujer en los noticieros:
era la madre del tipo secuestrado.
—Me la vas a pagar, de aquí no te zafas, hijo de la chingada —gritó una
vez que tuvo a Albert frente a ella.
Cuando comenzaron a interrogarlo, él dijo que se enteró del mentado
secuestro por televisión, el día en que apareció César Freyre ante los medios;
luego vio los espectaculares. Durante cuatro horas lo trajeron dando vueltas
dentro de ese vehículo. Cuenta Albert que en todo ese tiempo uno de los sujetos
le apuntó con una pistola. No sabría decir qué sucedió con la tal Isabel, pero
asegura que el señor Roberto estuvo presente mientras lo golpeaban. Aquel
maltrato fue porque querían saber dónde estaba su prima Brenda.
—Yo no tengo ninguna pariente con ese nombre —respondió, y cada vez se
pusieron más agresivos—. Soy primo de una chica que vive en la colonia Jardín
Balbuena y de otras que están en Cancún, pero ninguna se llama Brenda.
Cuando aquellos golpes no sirvieron para sacarle información, el hombre
de la pistola se desesperó, cortó cartucho y pegó el cañón contra la sien
derecha de Albert. Una voz lo salvó porque otro de los tripulantes se dirigió a
Roberto Miranda para argumentar que ese «güey» no sabía nada.
En ese momento cambió el sentido de las preguntas:
—¿Dónde está Tony? —quiso saber Roberto.
El nombre de su hermano le devolvió fuerza. En ese caso sí tenía
información, pero estaba decidido a no proporcionarla:
—¡Jálale si quieres, pero no te voy a decir ni madres! —asegura Albert
que respondió envalentonado.
A pesar de que Roberto ordenó que le dieran otra ronda de cachetadas,
Castillo intuyó que lo peor había pasado.
Lo levantaron hacia las seis de la tarde y no fue sino hasta las 10:22
p.m. que la camioneta en que lo torturaron se detuvo cerca de su domicilio. Fue
a unas cuantas cuadras de distancia que aquellos civiles armados entregaron a
la Policía Federal Preventiva a un Albert maltrecho y adolorido. Desde ahí lo
trasladaron a las oficinas de la fiscalía antisecuestros.
Al día siguiente, muy temprano, el agente del ministerio público Braulio
Robles Zúñiga autorizó que Albert llamara a su tío Luis, a quien le comentó que
lo habían detenido porque lo acusaban de ser cómplice de César Freyre. El tío,
que es abogado, no tardó en encontrarse a solas con su sobrino. Cuenta que,
apenas lo tomó del brazo, se dio cuenta de que estaba muy lastimado.
Albert se quebró por primera vez:
—Me amenazaron con que a ti y a mi mamá se los iba a llevar la chingada.
Luis prometió que saliendo de ahí denunciaría ante la Comisión Nacional
de los Derechos Humanos (CNDH).
—Déjalo, tío, así está mejor. Esa gente tiene recursos para rompernos la
madre.
Luis preguntó si lo había revisado algún médico. Albert cambió el tema:
—Saben todo sobre nosotros: dónde vivimos, dónde trabajamos, qué carro
tenemos, con quién anda mi hermano. Están inventando cuanta porquería, pero lo
que en realidad quieren es que entregue a Tony. Dile a mi hermano que yo
aguanto, pero que no vaya a dejarse agarrar, porque lo matan.
Luis lo interrumpió, angustiado, porque quería saber en concreto de qué
acusaban a Albert.
—Figúrate tú, dicen que soy médico y que serruché el cuerpo del hijo de
la señora ésa. Yo, que ni de primeros auxilios sé.
45
Días después, el agente del ministerio público, Braulio Robles,
desembarcó en casa de la mamá de los hermanos Castillo. Ahí lo esperaba ya el
tío Luis, a quien le pareció extraño cuando le preguntaron por el lugar donde
se guardaban las herramientas en esa casa. El funcionario se decepcionó con el
taladro que le mostraron. Lo que en realidad estaba buscando era una sierra
eléctrica.
Una semana después, el mismo agente se desplazó hasta el municipio de
Chimalhuacán, a las afueras de la Ciudad de México, porque allá vivía la suegra
de Tony Castillo, mamá de Gabriela, su novia. El funcionario hizo lo mismo que
en otras ocasiones: llegó acompañado de una legión de policías. Pobre señora: a
su familia también le arruinaron la reputación aquel día en la unidad
habitacional donde ella, su marido y sus hijas habían vivido en paz durante
muchos años.
Confió después la suegra de Tony que ese agente no traía ninguna
autorización para husmear entre sus cosas, y, sin embargo, dentro de su
domicilio la amenazó con que ella y su hija Gabriela, la novia de Tony, iban a
terminar tras las rejas.
Aquella buena mujer aguantó la majadería y, en cuanto pudo, corrió a
buscar a su hija y a Tony, quienes, sin que lo supiera la policía, habitaban en
una colonia vecina. Esa señora le pidió al yerno con firmeza que apartara a su
hija de su problema. Tony prometió que así lo haría y tranquilizó a su novia,
asegurándole que no tenía de qué preocuparse.
María Elena Cruz fue la primera persona a quien su hijo menor contó que
pensaba entregarse. Sucedió a través del teléfono de una vecina que, poniéndose
en peligro, prestó su casa para que la madre y el hijo pudieran comunicarse sin
ser espiados. Cuando ella se dio cuenta de que a Tony le estaba ganando lo
macho, puso un alto. Como decía su tío Luis, en esto había que tener la cabeza
fría, y ambos sabían que cuando se trataba de meter el cerebro al refrigerador
Albert tenía ventajas que Tony desconocía.
Al final de esa comunicación, María Elena y su hijo acordaron que
esperarían un par de días para ver si tenía éxito el abogado que habían
conseguido para sacar a Albert del arraigo; sin embargo, antes de que terminara
la semana apareció el primer espectacular con las fotografías de los dos
hermanos Castillo y una recompensa de cincuenta mil pesos para quien
proporcionara información sobre ellos.
Tony ya había visto por televisión los anuncios donde aparecía César
Freyre, pero jamás imaginó que a él y a su hermano les tocaría vivir esa misma
suerte; sobre todo a Albert, quien no tenía relación de amistad con César
Freyre.
Ver a su hermano exhibido como un vulgar hampón hizo que volviera a
llamar a la vecina para que le ayudara a comunicarse otra vez con su mamá.
Desde que escuchó su voz ella supo que esta vez nada lo haría cambiar de idea.
Tony pidió dos favores: primero, que el día previsto para entregarse lo
acompañara el abogado de su hermano, y segundo, que ella y su tío Luis
acudieran también para darle fuerza. María Elena reaccionó contra la propuesta
de que el tío pisara la fiscalía. Aprovechó para contarle a Tony lo sucedido
con Rosa Morales y Julieta Freyre, la madre y la hermana de César Freyre. Las
dos estaban acusadas de ser parte de una peligrosa banda de criminales. No
fuera a ser que a su tío le hicieran lo mismo si lo acompañaba a la
procuraduría. Con todo, precisó María Elena, ella sí acudiría con él; así los
burócratas se darían cuenta de que Tony tenía madre y una que estaba bien
plantada.
El sentimiento de culpa era grande. ¿Por qué Albert debía pagar por un
error que no cometió? De manera esporádica Tony le hacía mandados a César
Freyre, y con los ingresos de ese trabajo completaba para el gasto. Tony abrió
un local donde reparaba celulares, pero como el negocio todavía no pagaba las
cuentas, se ayudaba con lo que le daba Freyre. Sin embargo, Albert no tenía
nada que ver con esa gente. Pensó que le contaría al juez todo esto y que al
día siguiente podría volver con Gabriela; por eso desoyó el recado que Albert
le envió con su tío, suplicándole que se escondiera.
Al final de aquella conversación, María Elena y Tony acordaron visitar
al ministerio público acompañados del abogado. Cuando entraron a la fiscalía
anticorrupción, una secretaria los hizo esperar durante un par de horas
sentados en unas sillas duras y luego les informó, sin ninguna amabilidad, que
el agente Braulio Robles se encontraba de vacaciones.
Entonces Tony pidió a la asistente que agendara una cita con ese agente
ministerio público para cuando el funcionario tuviera previsto regresar a sus
labores. Contempló volver mientras tanto a casa de su madre, pero antes llamó a
su tío Luis y él aconsejó que no lo hiciera. Recordó que la intención de
presentarse en la procuraduría por su propio pie era dejar asentada la voluntad
de cooperar; si por un mal cálculo se dejaba aprehender lejos de ahí, las cosas
podían terminar peor de enredadas.
Así que María Elena lo acompañó para que rentara un cuarto de hotel de
medio pelo en la calzada de Tlalpan. Ella pagó cuatro noches por adelantado y
lo dejó bien provisto de víveres con la promesa de volverse a ver en la puerta
de la fiscalía el siguiente miércoles por la mañana. Aquellos cinco días fueron
muy largos, tiempo suficiente para fabricar muchas pesadillas.
El día convenido Tony regresó a la procuraduría con María Elena y el
abogado. Los recibió el licenciado Braulio. La madre de los hermanos Castillo
preguntó aguerrida que qué hacía ahí la señora Isabel Miranda; Tony venía por
las buenas, pero ella no estaba obligada a soportar la presencia de la mujer
que había maltratado a Albert, su otro hijo, y que estaba destrozando la vida
de su familia con sus espectaculares.
La señora Miranda se encendió tan rápido como María Elena. Acusó de
asesino a Tony y dijo que se encargaría de que no volviera nunca a pisar la
calle.
—Si te encuentro por ahí, no te hubiera reconocido —terció el licenciado
Robles para meterse en medio de ese choque.
—¿Adelgazó el Panqué? —preguntó la señora Miranda, como si la nueva
apariencia física de Tony fuera su victoria.
—Tuvo hepatitis y por eso bajó de peso —intervino el abogado, que hasta
ese momento permanecía cómodamente sentado en la banca de la reserva.
—No sé quién sea el Panqué —interrumpió María Elena con la sangre aún
corriendo a alta presión por sus venas; le chocaba ese apodo con el que se
referían a su hijo algunos amigos.
Robles Zúñiga abrió la carpeta donde guardaba la orden de aprehensión en
contra de Tony Castillo Cruz, alias el Panqué, y los presentes alcanzaron a ver
la fotografía de Chalma donde él se encontraba arrodillado con una cruz.
También esa otra imagen que la Vampi hubiera entregado a la señora Miranda , la
que tomó durante el festejo de Ricardo Trevedan. En ella, entre otras personas,
aparecen Hugo Alberto Wallace, César Freyre y Tony Castillo.
Gracias a ambos retratos fue posible corroborar que, en efecto, Tony
antes cargaba con unos veinte kilos de más. Ese mismo día durmió en el centro
de arraigo, donde ya habían encerrado a su hermano Albert. De nada sirvió
haberse entregado. Antes de eso, la confesión de Juana Hilda lo había señalado
como una de las dos personas que participaron en el secuestro, la muerte y el
desmembramiento de Hugo Alberto Wallace.
46
Desde que fue señalada como integrante de la banda de secuestradores que
supuestamente plagió y asesinó al hijo de Isabel Miranda, Brenda Quevedo
redactó una serie de notas dónde narra diversos hechos relacionados con la
tragedia que para ella ha significado el caso Wallace. Se incluyen aquí algunos
de esos fragmentos escritos originalmente en primera persona:
«De regreso de Cancún, Jacobo insistió en que lo intentáramos una última
vez. La familia de mi mamá es de Cuernavaca, y una de sus hermanas tenía una
casita cerca de esa ciudad; durante una pausa que tuve en el trabajo le propuse
que fuéramos a pasar un par de semanas por allá.
»Ahí nos encontrábamos cuando mi tía llamó para decirme que le urgía
hablar personalmente conmigo. Me pidió que regresara cuanto antes al Distrito
Federal, pero que no le dijera nada a mi pareja. Cuando nos encontramos, el
semblante de mi tía anunció la gravedad de lo que debía decirme. Sin escalas,
me contó que esa misma mañana un mundo de agentes había desembarcado en casa de
mi mamá para llevarse varias cosas mías, entre ellas una computadora que le
heredé al resto de la familia cuando me fui a vivir a Londres.
»—Necesitamos un abogado en quien confiar —continuó la tía.
»—¿Y yo por qué? —reaccioné sin entender nada.
»En vez de responderme puso frente a mí la primera plana de un
periódico. En la parte central estaba la fotografía de un anuncio gigante con
el rostro de Jacobo. Reconocí la estructura que había sido plantada en el patio
de la casa de su mamá. Se me cerró la boca del estómago. Ahí fue donde me
enteré de que un conocido de mi novio, un tal Hugo Alberto Wallace, había sido
asesinado y su mamá acusaba a Jacobo, entre otras personas, de haber cometido
el crimen. En ese espectacular, la señora ofrecía una recompensa para quien
aportara información relacionada con el paradero de mi pareja.
»Dosificándome la información, mi tía contó que la policía tenía
retenidos a mi madre y a mi hermano. El sentido común dictaba que, cuanto
antes, Jacobo y yo nos presentáramos para aclarar que no teníamos nada que ver;
así lograría que liberaran a mi familia. Debía llamar a mi novio para
convencerlo de que me acompañara.
»—¿Y si la policía tiene intervenidos los teléfonos? —preguntó la tía
con prudencia.
»—Pues entonces voy a marcarle por uno público.
»Jacobo se enteró de todo durante la hora posterior a mi partida de
Cuernavaca. Alguien más le contó de su foto en los espectaculares y también le
advirtió que no fuera a comunicarse con su madre porque podía meterla en
problemas.
»—Vamos juntos con la policía —supliqué.
»Jacobo replicó que él sí debía algo.
»—¿Qué hiciste? —grité sin darme cuenta de que había asustado a un niño
y a su madre, que paseaban cerca de mí.
»Contó que hacía algún tiempo vendió un carro, el cual, sin él saberlo,
resultó robado.
»Me regresó el alma al cuerpo.
»—Eso es una tontería en comparación con lo que anda diciendo la señora
Wallace de ti.
»—No conoces a esa mujer.
»—Ni quiero conocerla, pero no dejemos que siga haciendo acusaciones.
»—Me temo que ya es tarde.
»—¿Cómo que tarde?
»—Quisieron matar a Juana Hilda.
»Aquella noticia me alteró peor.
»—¿Juana Hilda? ¿La novia de Freyre?
»—Sí.
»—¿Y ella qué tiene que ver con todo esto?
»—La encerraron por lo mismo y entiendo que casi se le muere a la
policía.
»—¿Quién quiso hacerle daño? —desesperé, y es que Jacobo podía ser muy
fantasioso.
»—Sólo eso sé.
»—Será como tú dices, pero tenemos que presentarnos. De otra manera
vamos a confirmar que somos culpables.
»—Yo no voy, Brendita —dijo, y con el uso del diminutivo encendió la
pólvora.
»—Si no vienes conmigo, ésta será la última vez que hablemos.
»Pero Jacobo no se conmovió con mis argumentos y, en efecto, aquella fue
nuestra última conversación en libertad».
47
«Mi familia contrató a un abogado que solamente nos sacó dinero; no
quiso siquiera verme para que le contara mi versión de las cosas, y dijo que
iba a promover un amparo que nunca redactó. Ignoro si le dio miedo, se
corrompió o si asumió que mi asunto no tenía remedio. Al principio me negué a
creer que también me estaban buscando. Supuse que me identificaban como la
novia de Jacobo, pero el telón cayó encima de mi cabeza cuando unos fulanos que
andaban en camionetas grandes comenzaron a seguir a mi familia.
»En lo que pensábamos cómo enfrentar las acusaciones, me llevaron a
Guadalajara, donde me hospedó otra tía. Ahora reconozco el enorme riesgo que
ella debió correr: no cualquiera recibe en su casa a una pariente que sale en
las noticias como la peor delincuente. A toda hora veía la televisión y a toda
hora, igual, aparecía la señora Miranda. Me duele el estómago sólo de revivir
aquello. Por la pantalla vi los espectaculares. Primero el de Freyre, luego el
de Jacobo, que ya conocía por el periódico, y después el de los hermanos
Castillo. El último fue el mío. Recuerdo cuando la tía de Guadalajara me
abordó, cruzada por el llanto:
»—Sacaron en las noticias que mañana van a instalar otro anuncio, esta
vez con tu rostro.
»Yo también me puse a chillar. Estaba en shock, sin entender nada. Temía
por mi mamá, también por mi hermano y por mi padre; no podía imaginar lo
angustiados que debían estar.
»Me tocó escuchar al jefe de la policía informando que iban a imprimirse
cinco mil fotografías de Jacobo para asegurar que todas las patrullas del
Distrito Federal llevaran una pegada en sus ventanas. ¿Qué pruebas había
realmente en su contra? Yo sabía que Hugo Alberto y Jacobo se conocían, pero en
todo el tiempo que duró nuestro noviazgo nunca coincidí con él. Aquello era una
farsa enloquecida. No había manera de que Jacobo se hubiera dedicado a
secuestrar a gente sin que yo me diera cuenta.
»Durante aquellos días la comunicación con mi familia fluía mal. Una tía
le hablaba a la otra y esa otra a mi mamá. Luego el teléfono descompuesto hacía
el recorrido inverso. Así fue como me enteré de que Albert Castillo Cruz había
sido detenido. Su familia le contó a la mía que lo habían golpeado duro y que
también lo torturaron para que se declarara culpable. Solamente por
coincidencia Albert y yo llevamos el Cruz como apellido materno; pobre, por esa
razón lo presionaron fuerte. Querían que dijera dónde estaba su prima. El
hombre no sabía nada de mi paradero, tampoco de mi vida, excepto que era novia
de Jacobo. Nos habíamos visto una sola vez, cuando fuimos todos al santuario
del Señor de Chalma.
»Después encarcelaron también a Tony Castillo Cruz, el hermano de
Albert. A él no lo detuvo nadie, ya que se presentó por su propio pie. El pobre
creyó lo mismo que yo le había pedido antes a Jacobo: que si acudía
voluntariamente a la policía quedaría libre y que además lograría sacar de ahí
a su hermano. Al final, a él también lo encerraron.
»Lo de Tony me obligó a pensar las cosas de manera diferente. Jacobo
estaba en lo correcto: nada iba a convencer a esa señora, ni a todos los
ministerios públicos y policías que trabajaban para ella, de que éramos
inocentes. Con este último suceso mi familia tomó una nueva decisión y me
trasladaron a un pueblo chiquito de Michoacán donde también teníamos parientes,
aunque más lejanos. Esos primos eran cristianos, muy creyentes, y pertenecían a
una comunidad bien solidaria.
»Cuando de niña me pasaba algo malo, solía meterme debajo de la cama; no
estaba en edad de hacerlo otra vez, pero la angustia fue demasiada y no salí de
ahí durante tres días. Aun así, mantuve encendida la televisión. Necesitaba
estar conectada con el exterior.
»El morbo de los reporteros era grande. Andaban muy interesados en
divulgar que esta vez la maldad del secuestrador no residía en una banda de
señores porque detrás había una mente siniestra: una femme fatale. Yo hice
subir el rating de aquellos noticieros. La señora Miranda me mencionó por
nombre y dijo que yo había redactado el texto de la nota de rescate que le
enviaron los secuestradores; también aseguró que era la autora de las
fotografías que iban en el mismo sobre, además de ser la responsable de una
amenaza de muerte contra ella y su nieta.
»Aquello era una metralla de mentiras, pero, salvo por un puñado de
personas, el resto ya nos había juzgado. La señora subió el tono reclamando que
yo era una suerte de prostituta dedicada a engatusar a hombres pudientes para
luego secuestrarlos, una puta perversa capaz de cualquier cosa con tal de
salirme con la mía.
»Me caló que en casa tuvieran que soportar esas calumnias. Me preguntaba
al mismo tiempo qué pensaría la gente, más allá de mi círculo familiar, que me
había conocido de antes. Mi mamá había hecho muchísimo esfuerzo para pagarme
una carrera y yo me empeñé en titularme; durante la licenciatura trabajé duro
para lograr mi independencia. ¿Cómo era posible que, de la noche a la mañana,
mi reputación y el honor de mi familia se fueran por la coladera?
»El corazón y el cerebro terminaron por divorciarse el día en que la
señora Miranda mencionó públicamente la dirección donde vivían mi mamá y mi
hermano: aquello fue un llamado sin reservas al linchamiento. Era obvio que, a
partir de ahí, ambos tendrían que abandonar la morada donde habíamos sido
familia durante tantos años. El patrimonio de mi madre, quien trabajó durante
décadas como secretaria en un banco, se desintegró con presionar un solo botón.
»Todavía no me recuperaba de esa noticia cuando volví a escuchar a la
señora, esta vez exigiendo que el ejército me buscara porque las autoridades
civiles no servían para nada. También dijo que, además de haber tomado las
fotos del tal Hugo Alberto y redactar la nota de rescate, yo, personalmente,
había trasladado los restos descuartizados de su hijo para arrojarlos al
desagüe.
»Fue debajo de aquella cama, temblando durante largas horas, que llegué
a la conclusión de que debía desaparecer. Tras de mí y de los míos había una
maquinaria despiadada y la única manera de evitar que sus brazos largos nos
destriparan era si me esfumaba para siempre».
48
«De pie junto al espejo, comencé a cortarme el pelo; cada mechón que
caía era una metáfora de cuanto debía abandonar, por eso me tomó tiempo. Cuando
dejé de manipular las tijeras, el nombre de Brenda Quevedo Cruz se desplomó con
la misma gravedad que aquella mata larga que antes me llegara hasta la cintura.
»Había tomado una decisión que me robaba el aire. Muchas cosas que hasta
ese momento daban sentido a mi entendimiento del mundo estaban a punto de
cambiar. El miedo justificaba que me convirtiera en una fugitiva; no había otra
salida si quería salvarme y, sobre todo, salvar a mi familia. Cuando la amenaza
es superior a tus fuerzas, a tu capacidad para defenderte, como último recurso
queda dejar de ser quien has sido, desechar tu nombre, desaparecer.
»Ahí, frente al espejo, tuve el coraje de reconocer que Brenda llevaba
días desvaneciéndose. Pasaba tantas horas debajo de una cama que sus lágrimas
hicieron nido en el polvo. Suplicaba que la pesadilla terminara, y sin embargo
cada día era más real. La verdad se había distorsionado y una de sus versiones
me sentenciaba por un delito que yo negaba rotundamente.
»Como si la antena del televisor hubiera extraviado la señal, la
contradicción de aquellas versiones alternativas produjo una angustiosa
estática en mi cerebro. El hombre que hablaba desde ese aparato jamás antepuso
el término “presunta” a las palabras secuestradora o asesina. Sin que mediara
un proceso judicial, ni pruebas ni mi propia voz, fui juzgada como culpable en
cadena nacional. Había perdido la batalla. Ni cómo demostrar que se estaba
cometiendo una monstruosa equivocación.
»Temblaba de impotencia, y de nuevo metía mi cuerpo entero debajo de la
cama. “¡Brenda, basta de tus miedos!”, comencé a repetirme en voz baja. “No
tienes por qué temer, tú no hiciste nada”.
»Tan mal me habrá visto aquel día la pariente que me albergó lejos de la
casa de mis padres que me obligó a bañarme, a cambiarme de ropa y a
maquillarme. Después me llevó a ver a su pastor. Habrá supuesto que ya sólo me
quedaba la fe para salir adelante. Era una mujer muy religiosa, así que su
pastor estaba enterado de que me escondía en su casa.
»Aquel hombre fue generoso y dijo que no pusiera en duda la voluntad de
Dios:
»—Él siempre se coloca del lado de la persona que sufre las injusticias
—aseguró.
»Ante ellos dos volví a llorar, pero esta vez las lágrimas me
proporcionaron fuerza».
49
«Con una mochila mediana y otra más pequeña dentro, atravesé el país.
Llevaba conmigo un celular barato en cuyo directorio únicamente había un
teléfono: el de la persona a quien debía llamar cuando estuviera lista para
cruzar la frontera. Llevé también conmigo un poco de maquillaje, doscientos
dólares y una licencia de manejo a nombre de Nadia Vázquez, la persona que a
partir de ese momento iba a ocupar mi cuerpo.
»Con la mirada puesta en un mapa que sólo existía en mi cabeza, tomé un
autobús que me condujo a Piedras Negras. Aquel transporte se detuvo varias
veces en el camino y, en una de las paradas, un grupo de soldados subieron para
inspeccionar a los pasajeros: al mostrar la licencia de Nadia, un joven vestido
de verde recomendó que no viajara sola. Yo asentí con tristeza por no poder
hacerlo acompañada.
»Siguiendo las instrucciones recibidas, logré dar con una casa pequeña y
sucia en un barrio marginal: dentro encontré a una decena de hombres, todos
mayores, que igualmente aguardaban el momento propicio para meter el cuerpo en
el río Bravo y sacar la cabeza del otro lado. Transcurrieron varios días en que
me alimenté de barras de cereal y yogur líquido que unos chiquillos me traían
de la tienda a cambio de una dotación generosa de golosinas; era mejor aquel
alimento que el grasoso caldo de gallina cocinado diariamente por la señora de
la casa. Por las noches escondía la cabeza y abrazaba mi mochila. Alguno de mis
compañeros de viaje se ponía a mirarme de una forma que me incomodaba.
»Por fin, un sábado muy temprano, se presentaron dos sujetos tan jóvenes
como groseros. No tuvieron respeto por nadie. A una orden suya, el grupo salió
a toda prisa por la puerta trasera de la casa; apenas alcancé a cerrar mi
mochila y rogué no haber olvidado nada. Caminamos unos veinte metros por una
brecha que nos condujo al río: jamás imaginé que estuviera tan cerca de Estados
Unidos. Me deslumbró el sol de aquella hora temprana y también el paisaje
desértico. Era yo quien, en fila india, seguía a aquellas personas, pero
también, desde una imaginaria toma aérea, miraba a aquel grupo que, por
distintas razones, apuraba el paso para abandonar su país.
»En el lecho más próximo aguardaba una balsa inflable a la que se nos
ordenó subir. A mí me detuvieron cuando iba a intentarlo porque a los polleros
les pareció demasiado grande la mochila que llevaba. Si quería seguir adelante
debía dejarla, o de lo contrario me quedaría junto a ella mientras el resto
cruzaba esas aguas. Resignada, acepté lo que me pareció un asalto y extraje del
interior la mochila más pequeña; ahí dentro guardé lo indispensable.
»Montamos unas trece personas sobre aquella embarcación improvisada,
once varones y dos mujeres. Una cuenta rápida acerca del negocio de esas
personas me llevó a concluir que aquel transporte representaba una verdadera
fortuna: juntos, los pasajeros les habíamos pagado unos treinta mil dólares.
»El viento acariciaba las mejillas mientras nuestra embarcación surcaba
la corriente. Avanzábamos a contraflujo, enfrentando la ansiedad. No podía
apartar de mi cabeza el escenario que sufriría si aquel experimento salía mal.
En la balsa nadie hablaba, nadie se movía, nadie se miraba. Cerré los ojos para
concentrarme en el rostro de mis padres y de mi hermano, los argumentos
principales para mi fuga. Si yo desaparecía, la policía, fatigada, terminaría
por dejarlos en paz.
»Sin avisar, aquella barca topó con la otra orilla. Los polleros
volvieron a ordenar, esta vez en voz baja, que descendiéramos aprisa. Obedecí,
pero mis piernas respondieron con excesiva torpeza y los pies tardaron en
reconocer la superficie resbaladiza que los recibió. Delante tenía a un hombre
de unos sesenta años y sus canas me recordaron a las de mi padre; lo seguí por
instinto para no romperme la cabeza.
»El paisaje comenzó a cambiar y de golpe nos encontramos rodeados por un
bosque de carrizales. No era aún mediodía cuando alcancé a escuchar el rumor de
una carretera. Los guías avisaron que ahí cerca merodeaba la policía
migratoria; por tanto, debíamos mantenernos quietos. Entre las cosas que
alcancé a salvar estaban una botella pequeña de agua y unas galletas de
salvado. Sin nada más con qué alimentarme, pasé siete horas escondida en el
mismo sitio.
»En algún momento de aquella jornada compartí con el hombre del pelo
cano una de mis galletas. Teníamos prohibido hablar, pero por aburrimiento
vencimos el silencio; mi compañero de viaje contó que recién había nacido su
primera nieta y que su hija no podía llevarla a México para que la conociera,
así que resolvió cruzar, él también, como indocumentado.
»A pesar de que el volumen de nuestra voz se confundía con el silencio
del desierto, vinieron a callarnos y los dos obedecimos. Afortunadamente
sucedió antes de que me viera forzada a mentir sobre las razones de mi propio
viaje. Sin embargo, aquel abuelo dijo una última cosa: propuso que
aparentáramos ser familiares, para que nadie se atreviera a meterse conmigo.
Era obvio que así correría menos peligro. Sonreí agradecida y le entregué mi
confianza.
»Cuando el sol llevaba varias horas de haberse despedido, escuchamos de
nuevo las instrucciones de nuestros custodios. Debíamos avanzar, pero con la
cabeza gacha para evitar ser descubiertos. Atravesamos sin prestar atención a
todo tipo de cactáceas que no le ahorraron a mi piel ni un solo rasguño.
»Sin embargo, no sentí dolor en ese momento. El abuelo me tomó de la
mano cuando nos ordenaron que corriéramos hacia una barda blanca protegida con
púas oxidadas. En un punto encontramos que el obstáculo se había derrumbado,
así que pasamos por encima de los fragmentos de piedra y alambre y yo estuve a
nada de irme de bruces.
»A pocos metros nos iluminaron el rostro los faros traseros de la
camioneta que aguardaba para sacarnos de ahí. Imité a mis compañeros de viaje y
salté sobre la caja del vehículo. Encima de mí cayeron otros cuerpos, mucho más
pesados; por un momento creí que la siguiente parada sería en el hospital,
porque juré que mi columna se había fracturado.
»No tengo idea sobre el tiempo que habrá durado el suplicio hasta que
llegamos a una casa espaciosa. Ahí nos dieron de comer trozos de jamón, pan
blanco y mayonesa, también había refresco de cola para resarcir las largas
horas del ayuno previo. Mientras masticábamos, aquellos sobrevivientes nos
reconocimos con mayor empatía. Traíamos todos la ropa sucia, los pelos hechos
una maraña y la piel lastimada por la saña de las espinas.
»Yo aproveché para remojar algunas de las manchas de mi ropa. Los
custodios propusieron que recuperáramos fuerzas, porque aún no habíamos
terminado la travesía: miré a la otra mujer del grupo y ambas suspiramos. Antes
de cerrar los ojos me felicité por tener al abuelo postizo como compañero en
aquel viaje tan extraño».
50
«La siguiente jornada comenzó igualmente temprano. Tenía ya rato
despierta cuando escuché el sonido de un motor grande fuera de la casa donde
habíamos pernoctado. Sin tocar a la puerta, ingresó un individuo que llevaba
puesto un sombrero texano; a gritos nos hizo saber que teníamos veinte minutos
para irnos. Corrí al baño para maquillarme las ojeras y retirar las últimas
marcas que el desierto me había dejado el día anterior.
»Afuera nos esperaba un remolque para transportar caballos, el cual era
jalado por una camioneta pickup de buen tamaño. Entramos de nuevo los trece, y
por órdenes de aquel señor nos acomodamos con las piernas flexionadas. Cada uno
buscó a qué aferrarse para sortear el movimiento. Antes de poner el cerrojo, el
conductor nos advirtió que cada vez que nos detuviéramos iba a darnos
instrucciones; no podría hablar con nosotros, así que cuando golpeara dos
veces, quería decir que habíamos parado para cargar gasolina. En cambio, si
daba tres golpes, debíamos entender que la policía estaba a punto de
inspeccionar aquel vehículo y, por tanto, en cuanto la puerta se abriera,
teníamos que saltar fuera y echar a correr lo más rápido que pudiéramos.
»El abuelo y yo nos miramos con preocupación. Ambos sabíamos que en ese
escenario él tenía las de perder. De nuevo se hizo el silencio entre nosotros y
así permanecimos durante un par de horas. La primera vez que nos detuvimos
esperamos los tres golpes, pero sólo escuchamos dos. Respiré hondo. Un tanque
de combustible más adelante, el hombre del sombrero texano abrió la puerta y
dio instrucciones para que la otra chica y yo nos mudáramos a la cabina; miré
con inquietud al abuelo y él me devolvió seguridad con un breve gesto de sus
ojos dulces.
»Me puso feliz cruzar un letrero que indicaba la proximidad de Eagle
Pass: entonces me atreví a preguntarle al conductor si ya podíamos estar
tranquilos, y él asintió mientras tamborileaba con los dedos sobre el volante.
Una descarga de entusiasmo electrificó mi cuerpo. Nadia estaba a salvo y con
ella también mi familia.
»No tuve tiempo para saborear esa noticia cuando, por el espejo
retrovisor, me sorprendió el parpadeo de unas luces azules y rojas. El
conductor texano golpeó de nuevo el volante, pero en esta ocasión una sola vez
y con mucha fuerza: estaba tan enojado como nosotras asustadas. La patrulla se
aproximó hasta su ventana y una voz metalizada ordenó que detuviéramos el
vehículo. Pensé que había llegado el momento de golpear tres veces el remolque,
y que probablemente yo sería la encargada de tan ingrata tarea.
»Sin embargo, el control que mostró el conductor sobre sí mismo me
contagió. Con lentitud, el hombre retiró de la guantera los papeles de aquel
transporte y esperó a que alguno de los oficiales viniera a reclamarlos. No
ocurrieron, sin embargo, las cosas como esperaba él: frente a cada puerta se
detuvo un agente y nos ordenaron a los tres que descendiéramos de la pickup. Mi
mandíbula se tensó cuando alcancé a ver que otras dos patrullas estaban por
darnos alcance.
»Apartaron al conductor mientras a nosotras nos exigieron mostrar
nuestros documentos de identidad. Había perdido la oportunidad para marcar los
tres golpes: con tanta policía alrededor, ninguna carrera salvaría a nadie de
la deportación. Me felicité por el tiempo que viví en Inglaterra cuando uno de
los oficiales comenzó a hacerme conversación, y expliqué en su lengua que el
conductor era mi pariente y que me llevaba de visita porque mi hermana había
tenido una niña y yo iba a ayudarla. Me preguntó por qué sólo llevaba conmigo
esa licencia de manejo y respondí que no tenía por costumbre cargar con el
pasaporte por miedo a extraviarlo.
»Mientras tanto, el resto de los oficiales inspeccionaron el motor de la
camioneta y revisaron con unos espejos la parte baja del remolque. Nadie ahí
dentro hizo ruido durante toda la operación. Yo seguí parloteando sobre mi
familia ficticia en Estados Unidos y sobre mi papá, que algún día vendría a
conocer a su nieta. Sabía que todo estaba perdido, pero con mis palabras quería
alargar el momento de la tragedia.
»De pronto vi a nuestro conductor caminar como si nada hacia nosotros,
volvió a ocupar su asiento dentro de la cabina y lo observé paralizada, sin
comprender nada. Arrancó el motor y con un leve movimiento de la mano izquierda
se despidió de los agentes. Nos habíamos salvado porque no fue la policía
migratoria la que nos dio alcance. Diez minutos después nos esperaban dos
camionetas último modelo con los vidrios ahumados. Bajaron del remolque mis
compañeros y nos dividieron en dos grupos. Tardé en darme cuenta de que el
abuelo y yo habíamos tomado caminos distintos: lo lamenté mucho porque no
tuvimos oportunidad para intercambiar nombres ni direcciones. Con su bondad,
aquel hombre amortiguó mis primeros pasos en Estados Unidos. Jamás pude
agradecérselo.
»Aquel trayecto desde Michoacán duró casi un mes, pero yo lo experimenté
como si varios siglos me hubieran atravesado. Días después, por fin llegué a mi
destino: Louisville, Kentucky, la ciudad donde Nadia iba a comenzar su vida».
51
La última vez que alguien de su pasado lo vio con vida fue durante la
semana posterior al pleito con Brenda, es decir, en marzo de 2006. Escondiendo
el rostro bajo la capucha de una sudadera, Jacobo Tagle se presentó afuera del
banco donde trabajaba la mamá de su exnovia. Cuando ella lo vio, le hizo señas
para que se alejara. La mujer era consciente de que también podían estarla
vigilando.
El prófugo no tenía ahorros. En la nueva circunstancia, su único
patrimonio era un automóvil usado y algo de mercancía que guardaba en la
cajuela. Tomó la decisión de esconderse en las afueras de la ciudad. Primero se
instaló en alguna de las últimas colonias fundadas dentro del municipio de
Ecatepec, una demarcación popular con más de dos millones y medio de
habitantes. Para pagarse el sustento vendió su vehículo y compró otro, también
usado; Pedro Tagle, su papá, le había enseñado a vivir de los automóviles.
También adquirió tres actas de nacimiento con nombres distintos y, gracias a
esos documentos, consiguió igual número de identificaciones falsas.
A las pocas semanas de echarse encima esa primera capa de camuflaje, las
patrullas del Distrito Federal pegaron en sus ventanas traseras la misma
fotografía de Jacobo que antes había sido exhibida en los espectaculares de la
señora Isabel. Entonces, además de cambiar de nombre, tuvo que mutar
físicamente. Decidido a que nadie lo reconociera, se sometió a una dieta para
engordar y se dejó crecer el pelo; en una tienda de disfraces adquirió varias
pelucas, una dentadura postiza y un par de chupones de látex para engrosar el
tamaño de sus fosas nasales.
Esta segunda transformación la acompañó con una nueva mudanza. Rentó en
el municipio de Cuautitlán Izcalli, a nombre de Alejandro Salas, un cuarto en
el cual permaneció por varios meses. Luego volvió a migrar. A la autoridad no
se le ocurrió buscarlo en aquellos barrios. No fue sólo incapacidad
burocrática, sino también que la señora Isabel distrajo la búsqueda aportando a
la policía información falsa: dijo que Jacobo se hallaba refugiado en Israel.
«Su familia es de allá —declaró a la prensa— y ese país no tiene acuerdo
de extradición con México».
Lo segundo era cierto, pero lo primero no. Efectivamente, entre México e
Israel no hay tratado para repatriar delincuentes, pero la familia materna de
Jacobo había migrado a México procedente de Ucrania, mientras que la paterna
tenía ascendiencia turca y mexicana. Con todo, un año duró Isabel con la
cantaleta del refugio en aquel país del Medio Oriente.
En diciembre de 2009, la madre de Hugo Alberto declaró a la prensa que,
desde Israel, Jacobo había contratado a unos matones para que la asesinaran.
Invitada a participar en el programa noticioso matutino de mayor audiencia,
explicó que no podía aportar más información, ya que no quería interferir con
una investigación internacional en curso.
Jacobo no era un espectador pasivo de esa narración fantasiosa. Cuando
los reflectores se apartaron hacia otra geografía, comenzó a relajar sus
hábitos. Mientras lo estuvieran buscando al otro lado del planeta, podía dormir
tranquilo. A nadie reveló su verdadero nombre y tampoco recuperó su apariencia,
pero dejó de mudarse cada tres o cuatro meses y empezó a confiar en algunas de
las personas que conoció.
CAPÍTULO VIII
52
Claudia Muñoz fue espectadora de la mutación que experimentó Hugo
Alberto. Con el tiempo, lo vio convertirse en un señor espléndido que gastaba
miles de pesos invitando por igual a amigos y desconocidos en cada parranda. Él
hacía dinero muy fácil y con la misma velocidad se lo gastaba. Hay familias
para las que el dinero es su principal identidad. Como para otras lo son la
comida, viajar o ir de día de campo, para la parentela de Hugo Alberto era
importante mostrar riqueza.
Él no era ostentoso con los relojes o la ropa, pero sí a la hora de
desenvainar las tarjetas bancarias. Claudia lo acompañó varias veces a Acapulco
donde Isabel tenía una casa. Dice que conocían bien a su amigo en los antros
porque era espléndido con las propinas y también porque no solía quejarse
cuando las facturas de otros llegaban a su mesa.
Sin embargo, la forma de vestir de Hugo no compaginaba con sus ingresos.
A diferencia de su hermana —que siempre iba vestida como si estuviera de camino
a la ópera—, él prefería ropa sencilla. En vez de zapatos, acostumbraba usar
unas sandalias baratas, de esas que uno lleva a los baños públicos para evitar
contagiarse de bacterias; elegía también las camisas de manga corta con motivos
de palmeras. Un conocido de Claudia llegó un día a criticarlo utilizando la
palabra «dejado» para referirse al aspecto de Hugo. Ella se enfureció porque
intuía que aquella manera de vestirse era un acto de rebeldía respecto de las
reglas de su familia: una respuesta similar a la adicción que tenía por las
motocicletas, los amigos raros, el alcohol y otras cosas.
La última vez que Hugo Alberto visitó al doctor Carlos León en Ensenada,
llegó acompañado de su esposa Érica y de la hija de ambos. Hay distintas
versiones sobre lo que pudo haber pasado durante aquel viaje. Sólo el médico
sabe realmente qué ocurrió; el problema, cuando se le pregunta, es que Carlos
León elude el tema. Alguno de los hermanos del empresario echa la culpa a que
el padre y el hijo habrían decidido divertirse la última noche consumiendo
droga. Al parecer no se distanciaron por algo que se hubieran dicho entre
ellos, sino por una grosería que la entonces pareja del doctor hizo a la esposa
de Hugo, cuando el grupo se encontraba en estado inconveniente.
Lo único que cuenta el doctor León es que, a medianoche, Hugo le exigió
llevarlos a los tres a la ciudad de Tijuana, ubicada a hora y media de
distancia, porque prefería pernoctar en un cuarto de hotel lejos de la morada
paterna. El médico condujo todo el camino en silencio, con Érica y la nieta en
el asiento trasero y Hugo furioso en el lugar del copiloto. Tan grave habrá
sido la cosa que, a la vuelta, el hijo volvió a cortar relación con sus
hermanos y también dejó de buscar a su abuela Guadalupe.
Muy poco después, Hugo y Érica decidieron divorciarse. Ella se quejó de
la permanente intromisión de la señora Isabel en la vida de la pareja. Después
Hugo y su hija se mantuvieron cerca. Siempre hubo una recámara para la niña en
su casa y casi todos los domingos pasaba a buscarla para ir a comer y muchas
veces acudían después al cine. Durante varios años el empresario vivió en la
misma casa donde creció cuando era niño. La que Isabel y José Enrique
abandonaron en cuanto tuvieron medios para adquirir una residencia en una de
las zonas más caras de la ciudad.
Una vez divorciado, Hugo volvió a buscar a Claudia Muñoz, su antigua
alumna de inglés. Ella bromea con que no aprendió realmente a hablar esa lengua
gracias a él porque, cuando eran más jóvenes, en vez de darle clase ambos se
dedicaban a conversar de otras cosas. Después de divorciado, la hija de Hugo se
quedaba a dormir en casa de Claudia y algunos sábados los tres enfilaban hacia
Cuernavaca, para pasar el fin de semana en la villa del padre de ella.
Interrogada por las razones que podrían haber provocado la separación
entre Hugo y su esposa Érica, Claudia cuenta que con él era frecuente extraviar
los papeles: a veces quería una novia, pero en la mayoría de las ocasiones
pedía que lo trataran como si fuera un niño. Hugo solía tener miedo por las
noches y entonces pedía a Claudia que le leyera una historia, como suelen hacer
las madres con sus hijos. Cuando no estaban juntos, la llamaba y por la línea
de teléfono ella le narraba tonterías —un cuento, una película, una anécdota de
su vida—, cualquier cosa que tuviera a mano para hacer que él se quedara
dormido.
53
Había algo que podía trastornar de manera radical la personalidad de
Hugo Alberto. Para nadie perteneciente al círculo cercano fue un secreto su
alcoholismo. En 2001 ingresó a Alcohólicos Anónimos, pero no duró mucho ahí
dentro. Entonces se multiplicaron las anécdotas de lo que era capaz de hacer
cuando perdía la conciencia. Las fiestas que organizaba en la casa de Coapa
dejaron una fuerte impresión entre algunos de sus conocidos.
Aun si transpiraba alcohol por todos los poros, Hugo aprendió a
aparentar sobriedad. Él se reportaba hasta cuatro o cinco veces al día con su
mamá. A Claudia le tocó que Isabel se comunicara para ver si ya se había
levantado, si se había bañado o si ya iba de camino a la oficina. La primera
llamada ocurría todos los días, entre el cuarto para las siete y las siete de
la mañana. Tras colgar, él repetía siempre el mismo parlamento: explicaba que
debía mentirle para que lo dejara en paz. Y, tal cual, bastaba con que dijera
lo que ella quería escuchar para que la llamada concluyera pronto.
Ciertamente el consumo de alcohol de Hugo era un buen pretexto para
supervisarle la vida. Entre esas dos personas había una suerte de campo
magnético que les hacía orbitar con gravedad, pero al mismo tiempo eran
planetas cuyas personalidades colisionaban. Es impreciso decir que Hugo tenía
una relación atípica con las mujeres, en plural. Su pasión siempre se conjugó
en singular: Isabel.
Tal vez ella lo arrojó a buscar el afecto que no supo darle. Sostenían
una pasión extraña que únicamente esos dos podrían explicar. Los bienes
materiales eran una parte importante de aquel vínculo. Al igual que la casa
donde Hugo vivía, el vehículo en el que se transportaba o el teléfono celular
que utilizaba, el patrimonio del empresario era prestado, ya que se trataba de
bienes a nombre de su mamá o de la empresa de espectaculares.
No fueron pocas las veces que Hugo se quejó con sus amigos acerca de la
jaula con barrotes de oro que su mamá le había regalado. En otras
circunstancias, Hugo pudo haber escapado de esa relación, pero el nexo
financiero se lo impedía. Por ningún motivo estaba dispuesto a renunciar al
dinero que recibía de la compañía familiar. Este tema le iba a provocar más de
un dolor de cabeza, porque, al parecer, Hugo estaría dispuesto a hacer
cualquier cosa con tal de abrirse camino sin depender de Isabel.
54
En el verano de 1998, el Gobierno del Distrito Federal expidió un
reglamento para ordenar la publicidad exterior, ya que los anuncios gigantes se
habían multiplicado de manera caótica. Showposter, la empresa de la familia
Wallace Miranda, ya era una jugadora importante en el sector, no sólo por los
anuncios espectaculares que poseía, sino también porque la madre de Hugo
Alberto lideraba la Asociación de Publicistas en Exterior.
Esto no evitó que llegara a su oficina una orden gubernamental para
retirar varios de sus anuncios, ubicados en zonas que la autoridad consideró
como riesgosas. Uno de esos anuncios, el que originó el problema, estaba
demasiado cerca de unos cables de alta tensión. El citatorio para el desguace
quedó fijado para un jueves por la mañana. Ese día Isabel arribó a las once en
punto al predio donde se encontraba el espectacular; venía acompañada de Hugo
Alberto y de unos veinticinco empleados a quienes ordenó que a toda costa
evitaran el desmantelamiento.
Un puñado de esos operarios montó hasta la parte más alta: la patrona
instruyó que, si alguien ajeno se atrevía a subir, lo lanzaran por los aires.
Esos mismos trabajadores mutilaron los tubos de la escalera de ascenso. La
gente del gobierno arribó prácticamente al mismo tiempo y eran tan numerosos
como los trabajadores de la empresa de publicidad; se hicieron acompañar por
una inmensa grúa hidráulica que podía cargar hasta cincuenta toneladas y cuyo
brazo era capaz de elevarse más de treinta metros. Antes de que ese armatoste
procediera con el retiro del anuncio, aquellos burócratas intentaron hacer
entrar en razón a la dueña de la compañía: la orden era legal y ella no podía
hacer nada.
Después de una eternidad, la grúa se aproximó al mástil que sostenía el
anuncio. Sobre el extremo de su brazo subieron tres empleados del gobierno: si
aquella maniobra no se realizaba por las buenas, iba a ocurrir de cualquier
manera. Cuando la extremidad mecánica alcanzó el mismo nivel donde aguardaban
los trabajadores de Isabel, una nueva negociación comenzó allá arriba.
Según contaron después varios testigos, ella se acercó entonces con una
navaja para cortar las mangueras hidráulicas que hacían funcionar el brazo
retráctil de la grúa: Hugo Alberto estaba a su lado. Ambos conocían el
funcionamiento del aparato, sabían que una fuga del líquido de esas mangueras
haría que la máquina se desplomara.
En cuestión de segundos saltó un fluido en forma de abanico y luego se
escuchó una fuerte explosión: la grúa perdió equilibrio y su extremidad giró
sin control contra el espectacular. La gente del gobierno logró aferrarse;
también los empleados de la empresa sobrevivieron de milagro, porque un mal
golpe contra el mástil del espectacular los habría hecho caer veinticinco
metros.
Los funcionarios no daban crédito a lo que Hugo Alberto y su madre
habían hecho. Primero lo enfrentaron a él, quien a toda velocidad subió a su
coche y salió huyendo de aquel sitio. Lo mismo iba a hacer Isabel, pero un
tumulto rodeó su auto: la gente estaba furiosa y quería lincharla. Un
funcionario de mayor jerarquía exigió calma porque venían ya en camino la
policía y el ministerio público; mientras tanto, ella se atrincheró dentro de
su vehículo.
Había demasiados testigos como para que Isabel pudiera zafarse de la
justicia. Entre otros delitos, la acusaron de tentativa de homicidio. El
viernes 17 de julio de 1998 por la noche Isabel ingresó al Reclusorio Norte,
donde permaneció hasta que un juez le dictó libertad bajo fianza mientras
concluían las investigaciones y se celebraba el juicio. Hugo Alberto fue
también acusado y obtuvo libertad condicionada.
El abogado que tomó la defensa de la dueña de Showposter fue Ricardo
Martínez, el mismo que ocho años después representó a Isabel en el juicio
contra la banda de Chalma. Por aquella época se dedicaba sobre todo a defender
a explotadores sexuales; a él le debió la dueña de Showposter haber salido de
aquel embrollo. Lo que tuvo que hacer para convencer a los magistrados es algo
que sólo el licenciado Martínez podría explicar.
No es cierto que Isabel desconociera lo que podía ocurrir al sabotear
aquel armatoste, llevaba tiempo en el sector de los espectaculares como para no
conocer el funcionamiento de esas grúas: tan es así que por eso estaba enterada
de que al trozar las mangueras hidráulicas iba a inhabilitar dicha maquinaria.
Sólo por suerte aquello no acabó en una tragedia. Sin embargo, los magistrados
que revisaron el caso concluyeron que ni la madre ni el hijo eran responsables:
desde su punto de vista habían actuado con inconsciencia y por tanto sin dolo.
Como no podía probarse la intención homicida, la declararon inocente. El jueves
1 de octubre de 1998 el tribunal de apelación la absolvió de todos los cargos.
La sentencia borró este antecedente. La misma suerte protegió a Hugo Alberto.
55
A Hugo Alberto le encantaban los autos y las motocicletas. El día en que
desapareció tenía estacionadas en su casa cuatro motocicletas Harley-Davidson y
una de carreras; también tres automóviles, entre ellos un Mercedes-Benz y la
Grand Cherokee negra. La pasión por las motos no encajaba con su entorno
familiar. A su madre debió parecerle extraterrestre aquella gente toda tatuada
que traía el pelo sucio y usaba ropa de cuero.
Entre los amigos de ese medio rondaba a la Vampi, también a Raúl
Maldonado, un mecánico casado con una mujer horrible. Y Pedro Tagle, el papá de
Jacobo, quien le vendió un pedazo de su casa para montar un espectacular. Con
ellos Hugo se iba de viaje; le encantaba la rodada. Alguna vez fue a dar hasta
Daytona, en Florida, a una fiesta de motociclistas: de allá regresó con dos
tatuajes bastante feos.
También trajo la idea de montar una concesionaria de la marca
Harley-Davidson en una zona de la ciudad donde no tendría competencia. El
problema vino cuando, justo para independizarse de su madre, fue necesario
pedirle un préstamo grande. Hugo logró convencerla después de que Isabel puso
como condición que no se asociara con ninguno de los compinches de la banda de
motociclistas. Ni Maldonado, ni Tagle ni la Vampi eran bienvenidos en el
negocio que ella había financiado. Hugo mintió porque, por un breve periodo, se
llevó a trabajar a Jacobo.
El taller para arreglar motocicletas, Déjà Vu, fue más exitoso que la
venta de esos vehículos. El empresario había tenido razón: en Ciudad Satélite
no había competencia y, sin embargo, sobraban las personas aficionadas al
motociclismo. Entonces, Hugo comenzó a traer piezas de Estados Unidos sin
tramitar permisos de importación. Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa con
tal de abrirse camino por sí solo.
56
En 2002, Hugo Alberto fue acusado y sentenciado por un delito federal.
El empresario intentó ingresar de contrabando mercancía extranjera por el
aeropuerto del Distrito Federal. Volvía de San Francisco, acompañado por dos de
sus primos; y entre maletas y cajas esas personas trataron de introducir
ilegalmente una decena de bultos. Hugo declaró que la mercancía dentro de su
equipaje tenía un valor que no superaba los mil dólares, e incluso se mostró
dispuesto a pagar contribuciones por ese monto.
Sin embargo, cuando los agentes aduaneros abrieron los paquetes
descubrieron compras por un precio catorce veces superior. Atrapado en su
mentira, en vez de reconocer la falta se enredó peor en sus explicaciones:
acusó a aquellos funcionarios de mezclar el contenido de sus pertenencias y
también de tergiversar las notas de compra.
Entre la mercancía que importaba había una larga lista de artículos
relacionados con el motociclismo: chamarras de la marca Harley-Davidson,
chalecos y pantalones de cuero, gorras, sudaderas, cascos, radios y hasta una
caja profesional de herramientas. Acostumbrados a tratar con contrabandistas,
los aduaneros le preguntaron a Hugo Alberto si era dueño de un establecimiento
donde se vendieran ese tipo de productos. Para esa fecha ya había abierto Déjà
Vu, la boutique de motocicletas Harley-Davidson. Sin embargo, el detenido se
refugió de nuevo en el engaño: dijo que esos objetos —más de cincuenta— eran
para su uso personal o regalos para sus amigos.
Entonces le mostraron diez vestidos de piel y once blusas de tela, todas
prendas para dama, fabricadas por la marca Easy Rider. Después de cuatro horas
de interrogatorio, el contrabandista fue trasladado al ministerio público,
donde los funcionarios de la aduana redactaron una denuncia formal en su
contra. En esa oficina se quedó detenido dos días, al cabo de los cuales lo
dejaron salir porque los abogados de su mamá pagaron una fianza generosa.
Aquel proceso siguió su curso y dos meses después un juez federal lo
declaró culpable de quebrantar a la hacienda pública. Fue sentenciado a pasar
tres meses en prisión. El juez no le impuso la pena más alta; no obstante, fue
puntilloso a la hora de relatar en su resolución las mentiras, las marrullerías
y los engaños empleados por el imputado desde el momento de la detención y a lo
largo de todo el proceso.
57
Con el paso del tiempo la existencia de Hugo se volvió una construcción
con muchas habitaciones, algo así como el castillo de Barba Azul. Claudia vivía
dentro de uno de esos cuartos, pero no estaba encerrada: tenía libertad para
entrar y salir de la vida de Hugo igual que él para hacerlo de la suya. Nunca
hubo exigencias. Se acompañaban donde era posible, y cada uno hacía lo suyo
donde no coincidían. Por eso funcionaron bien. De tanto ser familia, un día
cruzaron la frontera y se volvieron pareja.
Cuando se hicieron novios las reglas no cambiaron; mantuvieron una
relación abierta, incluso después de saber que venía en camino la segunda hija
de Hugo. Dice Claudia que los celos no iban con ella. No consideraron casarse.
Ello no se lo pidió y él tampoco preguntó. Si reflexiona en retrospectiva, se
avergüenza por haber sido tan inocente. Ésta sería la razón por la que después
se obsesionó con averiguar quién había sido Hugo realmente.
Hasta que se embarazó, Claudia no sabía lo aprensiva que podía ser. Las
aventuras de Hugo le importaban poco, pero se encendieron mil alarmas el día en
que cayó por su casa todo alterado porque lo habían atacado. Fue el año
anterior al nacimiento de la niña cuando aterrizó, pálido y sudoroso, y de
manera atropellada contó que unos hombres habían disparado contra su coche.
Necesitaba respirar, así que Claudia lo ayudó a tranquilizarse. Después
de tomar un vaso de agua explicó que estaba sacando la camioneta Aztek del
estacionamiento de su casa de Coapa cuando un grupo de personas le apuntó con
armas largas. En el asiento del copiloto viajaba Israel, el chofer que tuvo
antes de contratar al Chaparro.
La propiedad estaba en una calle cerrada, así que quedaron atrapados.
Peor se puso la cosa cuando sobre sus cabezas apareció un helicóptero. Al
primer tiro, que, según le dijo, se incrustó en la pared, él reaccionó echando
en reversa la camioneta hasta meterla de nuevo dentro de la cochera. Una vez a
salvo subió a la azotea, cruzó sobre la casa de su vecina, Laura Domínguez, y
saltó hacia la avenida colindante con el muro trasero.
Como le tenía estima, Claudia preguntó qué había pasado con Israel, el
chofer, y Hugo respondió que lo dejó dentro de su casa porque a él no lo
andaban buscando. Dijo que no sabía quiénes podían ser esas gentes, y ella lo
percibió tan angustiado que decidió dejarlo en paz. Ese día y esa noche Hugo se
quedó con Claudia en un departamento que ella rentaba por el barrio de
Taxqueña, a unos diez minutos de su casa.
No fue la conciencia sino el instinto lo que obligó a la futura madre a
ver a Hugo de una manera distinta. Antes lo tenía por un hombre fuerte; cada
vez que lo necesitaba, hasta para las cosas más nimias, él solía apoyarla. Pero
había cambiado durante los últimos tiempos. La curiosidad hizo que Claudia
pudiera también conocer la versión de Israel, el chofer, así como la de Laura
Domínguez, la vecina. De acuerdo con ambos, nunca hubo una balacera y tampoco
un helicóptero.
En el relato del chofer, era cierto que unos vehículos apostados al
final de la calle los esperaban, por lo que Hugo reaccionó echando el carro en
reversa y con el control remoto abrió de vuelta el portón del garaje; Israel
dijo que en la maniobra golpeó el poste de la entrada. Luego se metió con prisa
dentro de la casa, dejando al chofer al interior de la camioneta. No tardó en
volver con una pistola que le entregó para que se defendiera en caso de que
esas personas intentaran ingresar.
Israel le contó a Claudia que le dio diarrea, literalmente, porque nunca
había tenido un arma en las manos. Hugo le informó que no tardarían en llegar
los abogados de su mamá: ellos se encargarían de arreglarlo todo. Si se podía
negociar con esos sujetos, entonces la cosa no era tan grave. Israel se
tranquilizó. Tal como su jefe lo prometió, arribaron un rato más tarde al
domicilio de Coapa los enviados de Isabel.
La versión de Laura Domínguez coincide en casi todo con la de Israel.
Ella no era solamente la vecina de Hugo, sino una de sus mejores amigas.
Después de que se divorció, Hugo se quedó a vivir en esa casa de Coapa que
había sido antes de Isabel y su marido. Laura y Hugo tenían más o menos la
misma edad, se habían separado casi al mismo tiempo y estaban criando, ella a
un hijo y él a una hija, siendo los dos todavía muy jóvenes.
Contaba Hugo que, de vez en vez, el día podía terminar en la azotea de
su casa fumando un cigarrillo con Laura, pues en ese nivel no había bardas que
separaran las dos construcciones. Según esto, su relación nunca fue de pareja,
pero a Claudia le consta que Hugo le tenía mucho aprecio.
Laura estaba en su casa cuando sucedió aquel episodio tan extraño, por
eso pudo ayudarlo a escapar por el muro trasero de su vivienda, desde donde
Hugo se echó a correr hasta que llegó a casa de Claudia. Igual que Israel, ella
asegura que nunca hubo balazos y que aquellos hombres no se movieron de la
esquina donde estaban apostados. No pudo descartar que se tratara de policías y
tampoco se quedó con la impresión de que fuera un grupo de criminales.
Respecto del helicóptero, Laura explicó que a unos trescientos metros de
su vecindario hay una base de la Secretaría de Marina desde la cual despegan y
aterrizan a toda hora ese tipo de aeronaves. Según ella, era falso que alguno
hubiera participado en el operativo narrado por su amigo. En conclusión, más de
dos terceras partes de lo que le contó Hugo a Claudia eran una fantasía.
Quizá las razones por las que esa gente fue a buscarlo hasta su
domicilio tuvieron que ver con el asunto por el que la Secretaría de Hacienda
lo había denunciado. En cualquier caso, a partir de aquel episodio algo
definitivo cambió dentro del cerebro de Hugo. Israel recibió instrucciones de
cargar con la pistola para que lo protegiera, aunque el chofer nunca tuvo
intención de aprender a usarla y mucho menos de graduarse como guarura.
Hugo decidió también vender la camioneta Aztek porque, según explicó,
dada la curvatura de los cristales no podía blindarse con el máximo nivel. Fue
entonces que Isabel le compró la Grand Cherokee: ese vehículo sí recibió
tratamiento para convertirse en un tanque de guerra. Por la misma fecha Hugo
dejó la casa de Coapa y se mudó a la calle de Galeana, por el barrio de San
Jerónimo. La nueva vivienda estaba dentro de una privada muy segura donde Hugo
mandó instalar decenas de cámaras dentro y fuera de su domicilio.
58
Cuenta Claudia que, después de años de relación, los dos hombres más
importantes de su vida se habían vuelto cercanos. Hugo llamaba a su papá para
consultarlo acerca de sus negocios y también sobre otras las cosas de la vida.
No se atrevería a decir que lo trataba como a un hijo, pero sí como a un
ahijado. Antes no hubo aviso de que el futuro padre de su hija iba a
comportarse así: la acompañó al ginecólogo desde el primer ultrasonido y tanto
la mamá como la hermana de Hugo estuvieron muy pendientes durante la mayor
parte del embarazo.
Como al sexto mes de gestación, Claudia tuvo un accidente: se resbaló en
la regadera y corrió muy asustada al hospital. Para cuando llegó, ya estaban
ahí su suegra y su cuñada. Al poco rato también arribó Hugo. Todos salieron de
ahí tranquilos cuando el médico afirmó que no había sucedido nada grave.
Recuerda que esa vez Isabel pagó la consulta.
Pocos días después, Hugo pidió hablar con Claudia sobre su otra hija.
Ella sabía que iban a operarla de la columna, pero no esperaba escuchar lo que
entonces le dijo. Según esto, Isabel estaba inquieta por la manera como la
primogénita iba a tomar la noticia de la llegada de una nueva hermana cuando el
ingreso al hospital la tenía tan sensible; proponía, por tanto, que le dijeran
lo del embarazo después.
La idea la dejó incómoda, más que nada porque eso obligaba a que ella
también se ocultara. Ya no había manera de esconder su vientre. Hugo prometió
que la mayor de las niñas sabría todo en cuanto se sintiera mejor. Ella aceptó,
como siempre que Hugo le pedía algo.
Claudia rompió aguas durante la tercera semana de enero de 2003 y de
inmediato buscó a Hugo para avisarle; le hizo dos, tres, siete, doce llamadas,
y nada. El papá la tranquilizó, subieron a su automóvil y él la llevó al
hospital. El episodio de Coapa volvió a pasar por su cabeza. ¿Y si algo malo le
había sucedido de nuevo? Comenzó a imaginarse lo peor y ese estado de ánimo
estresó su cuerpo. Cuando su útero dejó de dilatar, el ginecólogo habló con
ella para pedirle que se concentrara.
Mientras tanto, su padre llamó varias veces a Isabel y también a la
hermana de Hugo, pero ellas no respondieron. Era como si se hubieran puesto de
acuerdo para borrarse de la Tierra. Claudia nunca se imaginó que Hugo pudiera
dejarla sola, durante el parto o en cualquier otro momento. Era como si no lo
conociera; como si durante tantos años hubiera simulado ser otra persona.
Por fortuna la bebé nació sana y bien. Fue el abuelo materno quien la
cargó primero y también quien la colocó sobre el pecho de Claudia. Afirma que
con su mirada le entregó la certeza de que nada iba a faltarles. También
atravesó aquel quirófano un calambre de conciencia respecto al futuro de su
relación con Hugo.
CAPÍTULO IX
59
Desde el día en que Ámbar Treviño conoció a Juana Hilda, no la había
visto tan pálida. Al igual que Freyre y los hermanos Castillo, ingresó esposada
al juzgado. La abogada se acercó para preguntar si estaba bien y ella tomó su
mano con desesperación; luego, como a quien le urge deshacerse de un insecto
repugnante, Juana Hilda le entregó un papel pequeño. Se trataba de un recado
escrito con letra de molde que decía: «Piensa en tu hija».
Lo había recibido de manos de una persona desconocida minutos antes de
ingresar a la audiencia. Treviño dijo que debía mostrárselo al juez; era más
seguro si denunciaba la amenaza. Ella dio un respingo, enderezó la espalda y
miró alrededor. Los muebles de aquel lugar estaban desvencijados y las paredes
no habían recibido pintura en años.
Además de los clientes de Treviño, asistieron a aquel primer día del
juicio la madre de los hermanos Castillo y también la mamá de Brenda Quevedo.
De golpe se abrió la puerta y apareció un montón de gente nerviosa: Isabel
arribó seguida de su hermano Roberto y otros integrantes de su familia. En ese
mismo grupo estaba su abogado y el agente del ministerio público.
En 2006 era común que los jueces no asistieran a las audiencias. Para la
abogada no fue novedad, pero sus clientes se sorprendieron al ver sentado en el
asiento del juez al secretario del juzgado. Albert Castillo preguntó cómo iban
a probar su inocencia si la persona que debía sentenciarlos ni siquiera
conocería sus rostros.
Antes de comenzar, uno de los hombres que acompañaban a Isabel se puso
de pie y caminó directamente hacia Ámbar Treviño. Se presentó como Ricardo
Martínez, representante legal de la señora. La defensora intuyó que ese sujeto
estaba relacionado con la amenaza.
La manera como miró a Juana Hilda hizo que César Freyre se alterara.
—Yo te conozco de antes —soltó ese licenciado.
La acusada respondió que jamás lo había visto.
—Claro que sí, tú bailabas en el Solid Gold.
El Solid Gold era un centro nocturno para hombres ricos que pagaban
grandes cuentas mientras las bailarinas se desnudaban una detrás de la otra.
—En la vida lo he visto —insistió Juana Hilda.
—Claro que sí, también soy representante de los dueños.
Más tarde Treviño averiguó que, entre otros negocios, ese hombre se
dedicaba a conseguir permisos de residencia para extranjeras que trabajaban en
sitios como ése.
—Yo no soy así, no es lo mismo ser bailarina profesional que andarse
quitando la ropa en público —insistió la mujer.
Treviño puso el cuerpo entre su clienta y aquel hombre.
—A usted, licenciado, le importa una chingada dónde haya trabajado ella,
así que déjela respirar —tronó los dedos.
El sujeto hizo una reverencia y se retiró.
¿Por qué Isabel había contratado a semejante hampón? En este negocio el
cliente y el abogado terminan siendo uno mismo, reflexionó Ámbar Treviño para
sus adentros.
El secretario de acuerdos procedió a desahogar la primera diligencia.
José Enrique del Socorro Wallace debía ratificar la denuncia que hizo ante la
fiscalía antisecuestro la madrugada del miércoles 13 de julio de 2005, pero el
marido de Isabel no estaba en la sala. En su lugar, el abogado Martínez explicó
la inasistencia del denunciante principal del caso, y dijo que padecía una
enfermedad grave que lo obligaba a guardar reposo.
—¿Cuándo podrá presentarse? —cuestionó el secretario.
Martínez respondió que no podía proporcionar una fecha cierta porque el
padecimiento era impredecible.
—¿Usted sabe, abogado, lo que es la obstrucción de justicia? —interrogó
el secretario.
Ricardo Martínez asintió.
—¿Cómo quiere que el juicio avance si no me ayuda? —insistió el suplente
del juez e instruyó para que volviera a citarse al principal denunciante. Luego
llamó a comparecer al señor Abraham Pedraza para que ratificara la denuncia
presentada por el mismo caso, ante la Procuraduría General de Justicia del
Distrito Federal.
De nuevo el abogado Martínez tomó la palabra, ahora para hacer del
conocimiento del juzgado que no había sido posible localizar a la persona
mencionada.
La abogada Treviño intervino:
—El señor Pedraza es cuñado de la señora Isabel, ¿cómo es posible que no
se lo pueda localizar?
Aquello no era normal. Dos denuncias sobre un mismo crimen, presentadas
por dos familiares distintos de la misma víctima, ¿y ninguno de ellos estaba
ahí para cumplir con su obligación?
—Le advierto, abogado, que tales tácticas dilatorias no serán permitidas
en este juzgado —sentenció el funcionario.
La asistente del secretario recibió la instrucción para citar nuevamente
a Pedraza.
Vino entonces el momento de preguntar a los imputados si eran culpables
o inocentes.
Primero declararon los hermanos Castillo y ambos dijeron que no tenían
nada que ver con el delito por el que estaban siendo perseguidos.
Después tocó el turno a César Freyre; cuando aquel hombre que media más
de un metro con noventa centímetros se incorporó y con su voz ronca dijo
también que era inocente, Isabel Miranda levantó la voz:
—¿Dónde está el cuerpo de mi hijo?
El secretario intentó sin éxito contener el desorden:
—Señora, por favor…
—Eres un perro del mal, Freyre. Un cabrón sin hombría. Mira lo que
hiciste… —continuó la mujer.
Como si estuvieran en el teatro, la madre de la víctima se quitó de
encima el saco sastre con el que llegó a la audiencia para mostrar una camiseta
estampada que también traía puesta: sobre ella había hecho imprimir una de las
tres fotografías recibidas junto con las notas de rescate, aquella donde el
torso del hijo aparecía desnudo y su rostro cubierto por una venda grande a la
altura de los ojos.
—No eres humano, Freyre, eres un monstruo —insistió.
De nuevo la voz del secretario intentó callar a la señora, ahora con el
argumento de que no estaba autorizada para hablar durante las audiencias.
Freyre, los Castillo y Juana Hilda miraban ese espectáculo con asombro.
Les pareció grotesco eso de imprimir la foto del hijo, supuestamente muerto,
sobre una camiseta.
El expolicía hizo señas porque quería responder a la señora.
No era momento para que él tomara la palabra y la abogada se lo hizo
saber.
También María Elena, la madre de los hermanos Castillo, quiso hablar,
pero el secretario del juzgado la fulminó con la mirada.
Le tocó entonces el turno a Juana Hilda y se declaró inocente, aunque su
caso no era igual al resto porque ella había firmado una confesión detallando
su involucramiento en el crimen y la complicidad de las personas sentadas a su
lado.
Isabel enfureció al escuchar que la exbailarina se retractaba de sus
últimas declaraciones: la llamó prostituta y otras cosas peores, pero la
imputada se sostuvo a pesar de que la amenaza contra su hija volaba sobre su
corazón como si fuera un cuervo.
—Es falso lo que dije antes, me obligaron a culpar a mis coacusados y a
mí misma —argumentó.
Al concluir aquella audiencia, Treviño se aproximó al secretario del
juzgado para pedirle que incluyera en el expediente la amenaza recibida por
Juana Hilda poco antes de ingresar a la audiencia. Aquel funcionario del Poder
Judicial pidió a su asistente que también quedara registro de ese incidente y
prometió que la siguiente vez abordaría la cuestión.
60
Fuera del juzgado esperaba un grupo de reporteros que, a una seña de
Isabel Miranda, la siguieron fuera del edificio. Ámbar Treviño intentó darles
alcance creyendo que la prensa también podría estar interesada en lo que ella
tenía que decir, pero el desequilibrio era evidente: los medios andaban tras
las declaraciones de esa mujer y de nadie más.
La segunda audiencia comenzó donde concluyera la anterior. El secretario
del juzgado mencionó la amenaza que había recibido Juana Hilda y advirtió que
el juez no iba a tolerar ese tipo de intimidaciones. Isabel interrumpió al
funcionario explicando que ni ella ni su familia tenían que ver con ese asunto
y acusó a la imputada de querer distraer la atención.
El secretario respiró hondo, preguntó si esta vez se habían presentado
para ratificar sus respectivas denuncias los señores José Enrique Wallace y
Abraham Pedraza, y ambos habían desobedecido otra vez la orden de ese juzgado.
Molesto, el funcionario se dirigió al abogado Ricardo Martínez para que
exhibiera algún justificante médico confirmando la gravedad del estado de salud
del señor José Enrique. El licenciado prometió que para la siguiente audiencia
presentaría esa documentación.
Respecto del cuñado de Isabel, Martínez informó que continuaba
ilocalizable. Treviño iba a intervenir, pero la cara de molestia del secretario
la disuadió. El representante de Isabel Miranda quedó advertido de que, en caso
de volver a desatender el citatorio, Abraham Pedraza merecería una sanción
económica.
—Usted nos está maltratando —rechinó la madre de Hugo Alberto y luego,
de la nada, cuestionó la honorabilidad del funcionario—: ¿quién le paga?
—No se pase de lista, señora —reventó la defensora—. La que tiene aquí
todas las ventajas es usted. Afuera, la prensa repite sus mentiras sin que
nadie la contradiga. ¿Cómo quiere que este juicio camine si ni su marido ni su
cuñado se dignan a visitar este juzgado?
Aquella fue la primera vez que Ámbar Treviño levantó la voz.
El secretario desoyó el pleito y procedió a desahogar los alegatos que
la defensa presentó contra la denuncia. Primero abordó el hallazgo de la
camioneta Grand Cherokee que, según Abraham Pedraza, se encontró mal
estacionada a un par de cuadras de donde vivía Juana Hilda. Ese vehículo era
algo así como el eslabón perdido; de no haber existido, sus clientes estarían
libres.
—Es falso que la Grand Cherokee se hallara mal estacionada —dijo sin
ningún titubeo.
—Mentirosa —chilló Isabel.
—¿En qué basa su afirmación? —terció el secretario.
Treviño disfrutó el medio minuto de silencio que le tomó acercarle al
funcionario del juzgado la declaración que Isabel hizo once días después de que
fuera denunciada la desaparición de su hijo. Ahí relata que cuando llegó al
lugar donde su sobrino Jorge Ortega había descubierto el vehículo, lo encontró
«correctamente estacionado».
Mientras el secretario corroboraba esas afirmaciones, la defensora
colocó dos documentos más sobre su escritorio: el primero era el informe
policial de la agente Guadalupe Noria, la primera autoridad en acudir a
Perugino. También proporcionó la declaración de un tipo al que le decían el
Chaparro, quien había trabajado para Hugo Alberto. Él declaró igualmente que
esa camioneta no tenía ningún daño.
—Es una lástima —se burló Treviño— que el señor Pedraza no esté aquí
para decirnos de dónde sacó que la Grand Cherokee no estaba bien estacionada.
Como sucedía cada vez que se encontraba en una situación incómoda, la
pierna de Isabel comenzó a moverse con nerviosismo.
—En su declaración —continuó Treviño— el señor José Enrique Wallace
afirma haber hablado con un vecino, el cual le dijo que la noche del lunes 11
de julio de 2005 vio a dos sujetos bajar por la fuerza a un tercero de esa
misma camioneta. Sin embargo, nadie ha podido proporcionar el nombre, la
dirección o alguna seña que permita identificar a ese testigo. Para mí que es
una invención del denunciante y del resto de su parentela.
—Usted no tiene derecho —recriminó el abogado Martínez— a llamar
mentirosos a los integrantes de una familia respetable.
—Permítame continuar, porque ésta no es la única prueba que presentaré
sobre los engaños que sus representados han fabricado.
El secretario del juzgado alentó a la defensora para que continuara.
—Jorge Ortega Miranda, sobrino de la señora, declaró que otra persona
distinta dijo que en Perugino 6 había una casa de citas. Relató que por esa
razón se dirigió al inmueble, acompañado de sus tíos, para indagar si la
víctima se hallaba ahí dentro. Pero ese edificio jamás ha sido un prostíbulo:
así lo reportó también la agente Guadalupe Noria y los peritos que en cuatro
ocasiones inspeccionaron la construcción.
Treviño leyó sus notas y continuó:
—A este segundo vecino, el que dijo que en Perugino había una casa de
citas, tampoco fue posible localizarlo. ¿No es extraño que los testigos
desaparezcan cada vez que este juzgado los necesita?
—Tienen miedo —reaccionó Isabel Miranda con voz metálica.
—¿Miedo de qué? —cuestionó la defensora.
—De que el señor Freyre y sus cómplices puedan hacer más daño.
—¿Habla usted por el cobarde de su marido, o por su cuñado? —desafió la
abogada.
El secretario exigió compostura y Treviño reconoció que se había
excedido. Después continuó con su alegato:
—El señor José Enrique también relató que un menor de unos diez o doce
años abrió la puerta del edificio de Perugino 6. Afirmó que ese niño lo recibió
con la narración de un crimen increíble: que dizque durante la madrugada
escuchó balazos, y que hacia las cuatro de la mañana vio que un hombre bajaba
las escaleras del edificio derramando sangre. Por último, el muchacho confió al
denunciante que su madre, la señora Vanessa Figueroa, se encargó de limpiar el
reguero sobre las áreas comunes.
La defensora temió que para ese momento el secretario del juzgado se
estuviera aburriendo, así que utilizó un recurso que en otras ocasiones le
había sido útil: tosió como si una enorme partícula de polvo hubiera ido a
parar dentro de su garganta y pidió que le regalaran un poco de su agua. Con
amabilidad masculina, el suplente del juez sirvió un vaso mientras Isabel
vaciaba la última gota de su paciencia.
—Es necesario informar a este juzgado que el niño al que se refieren
estas personas también es un fantasma.
La señora se puso de pie y detrás de ella sus monigotes.
—Claro que existe —acotó el licenciado Martínez mientras buscaba un
nombre entre sus apuntes—. Se llama Erick Figueroa Martínez.
Al escuchar ese nombre Treviño aceleró su alegato:
—La madrugada del martes 12 de julio de 2005 no había ningún niño de la
edad referida por José Enrique Wallace en el edificio de Perugino. Erick
Figueroa, el muchacho a quien el licenciado Martínez se refiere, no durmió con
su madre porque se encontraba en casa de su abuela, la cual se halla a más de
seis kilómetros de distancia. Ese chico no visitó el edificio de Perugino sino
hasta bien entrada la mañana de aquel martes; esto quiere decir que no pudo ser
testigo de nada ocurrido durante la madrugada previa. Así quedó asentado en las
declaraciones que el menor hizo ante la agente Guadalupe Noria y también cuando
lo convocaron a declarar en la fiscalía antisecuestro.
El abogado Ricardo Martínez se movió como basilisco.
—Todo se lo inventó esta gente por alguna razón que no soy capaz de
explicar —refirió Treviño.
La defensora tomó un último trago de agua y remató:
—El señor José Enrique mintió, y mientras no venga a ratificar, su
denuncia debería tirarse a la basura.
Un largo barullo asaltó aquella sala antes de que el secretario del
juzgado anunciara la hora y la fecha de la siguiente audiencia.
61
No le sorprendió a Ámbar Treviño la presencia del juez Augusto Octavio
Mejía Ojeda en la siguiente ocasión; Isabel metió intrigas cuando dijo que su
secretario podría ser un corrupto y con eso logró sacarlo de su escondite.
Flaco, calvo, de cejas muy pobladas y ojos grandes, esa figura de autoridad
modificó el ambiente del juzgado. Además de ese señor, otra persona se añadió a
la lista de asistentes: Abraham Pedraza, cuñado de Isabel, el mismo que
presentó la denuncia por desaparición en las primeras horas del miércoles 13 de
julio de 2005.
Antes de que Pedraza cumpliera con su obligación de ratificar, el juez
Mejía tuvo que enviarle notificadores en seis ocasiones distintas porque el
tipo había metido la cabeza en un hoyo. Treviño no sabía entonces que ese
sujeto era empleado del Poder Judicial; seguro que se presentó porque una
sanción habría afectado su carrera.
Mientras el juez vestía un traje gris de dos piezas impecablemente
planchado y portaba un pañuelo blanco que asomaba por el bolsillo superior del
saco, el cuñado de la señora era una de esas presencias refractarias a la
memoria. Cuando llegó el turno para que la defensa lo interrogara, dijo que no
tenía nada que agregar a las declaraciones que efectuara un año atrás ante la
procuraduría de la capital.
Treviño no desaprovechó la ocasión:
—¿Ha visitado usted alguna vez el edificio ubicado en el número 6 de la
calle Perugino?
El denunciante fue ambiguo a la hora de responder.
—¿Cómo se enteró de la desaparición? —apretó la abogada.
—Porque mi esposa me pidió que fuera a presentar la denuncia.
—¿Su esposa es hermana de la señora Miranda de Wallace?
—Sí.
—¿Fue ella quien le contó los hechos relatados en la denuncia?
—Ella y otros familiares.
—Entonces su testimonio es de oídas.
Pedraza, que era abogado, no cayó en la trampa.
—Yo no brindé ningún testimonio, me limité a presentar una denuncia de
hechos.
Casi salía bien librado del interrogatorio, pero la abogada logró
pescarlo:
—Usted no denunció un secuestro, sino una desaparición.
Una chispa nerviosa recorrió aquel inmueble.
—Aquí tengo copia de su denuncia y usted no dijo en ningún momento que
se tratara de un secuestro.
Pedraza asintió y la defensa llamó la atención del juez. Quien realmente
importaba era el otro señor, José Enrique, el marido de la señora: mientras ese
tipo continuara negándose a ratificar su denuncia por secuestro, se estaba ante
un caso de desaparición. El plagio debía ser descartado.
El licenciado Ricardo Martínez se dispuso a intervenir, pero al final no
lo hizo, y es que el juez Mejía Ojeda había enviado tantos exhortos a José
Enrique Wallace como los que recibió Pedraza. En respuesta, el abogado de la
señora entregó al juzgado una receta médica firmada por un cardiólogo; en ella
se manifestaba por escrito que el denunciante sufría de taquicardia y por eso
no podía apartarse de su casa.
Al juez Mejía no le alcanzó con ese pretexto, así que nombró a un doctor
que debía corroborar el estado de salud de ese hombre. Dio también órdenes para
que fuera examinado en un hospital público; sin embargo, el señor José Enrique
volvió a mandar muy lejos al juzgador. Para la defensa eso estaba bien. Sin el
denunciante principal, el caso columpiaba con ventaja sobre su cancha.
62
Durante la siguiente audiencia la abogada Ámbar Treviño llamó a
comparecer al edificio de Perugino 6. Esa construcción tenía tantas cosas que
decir que por eso se la imaginó sentada en el asiento de los testigos: no era
solamente una metáfora, había un mundo de testimonios y documentos que le
permitirían examinar a ese edificio donde supuestamente se había cometido el
más temible de los crímenes.
La vez anterior había logrado desestimar la hipótesis de la casa de
citas. El informe de la agente Guadalupe Noria ayudó a clarificar las cosas.
Comenzó entonces mostrando al juez las fotografías tomadas por los peritos de
la procuraduría para que pudiera ubicarse espacialmente dentro del edificio.
También había mandado hacer una ampliación de los planos para indicar las
viviendas habitadas por los vecinos que testificarían durante el juicio.
En el departamento de la planta baja vivía Vanessa Figueroa Martínez, la
mamá de Erick, el muchacho que supuestamente vio al hombre sangrante. En el
primer piso se localizaba el departamento 1, habitado por Karla Sánchez. El
número 2 había estado rentado por Jesús Noel Montaño, a quien todo mundo
llamaba el Cubano. En el último nivel, Emmanuel Chávez Ledezma y su esposa
vivían en el departamento 5, y Raúl Carvallo en el 6. Al penthouse no podía
accederse por el inmueble de Perugino, sino por un edificio contiguo cuya
entrada principal daba a otra calle.
El promedio de edad de los vecinos rondaba entre los veinticinco y
terinta años, y de acuerdo con los testimonios que recogió la autoridad, se
trataba de personas dedicadas a actividades honestas. No la llevaban bien ni
mal, pero ninguno refería haber atestiguado actividades criminales antes de que
les cayera encima este alboroto.
Cuarenta y ocho horas después de la desaparición de Hugo Alberto,
personal de la procuraduría ingresó al departamento donde hasta ese momento
vivía Juana Hilda. Las fotografías que acompañan el informe de ese cateo niegan
el secuestro. Hay una cocina, una recámara con una cama y otra con un
televisor. También un baño minúsculo, una regadera y un mini tendedero para
secar ropa.
Afuera de la sala del juez Mejía Ojeda esperaban tres testigos cuyas
declaraciones también serían examinadas aquel día: Karla Sánchez, Emmanuel
Chávez Ledezma y Raúl Carvallo. Karla Sánchez era una mujer menuda, bajita y de
buen ver que llevaba suelto el pelo pintado de güero. Comenzó contando con
orgullo que se dedicaba al negocio de lo espectáculos y producía eventos
masivos para una marca popular de refresco.
Cuando la abogada Treviño pidió que describiera el edificio de Perugino,
refirió que el defecto de esa construcción era que resultaba imposible tener
intimidad.
—¿Qué tanto se escuchan los ruidos de los vecinos? —preguntó Treviño.
—La recámara de Hilda estaba justo arriba de mi cocina. La verdad, se
oía de todo; con decirle que cuando César llegaba a quedarse a dormir, me
enteraba hasta de cuando estornudaba.
Por instinto la abogada giró la mirada hacia Juana Hilda, quien alzó las
cejas con picardía.
—¿Percibiste ruido, disparos o algo fuera de lo común la madrugada del
12 de julio de 2005?
—No recuerdo nada que haya llamado mi atención. Por eso, cuando la
señora que está ahí sentada —Karla señaló a Isabel Miranda— llegó acompañada de
toda esa gente, preguntando por balazos y secuestrados, me pareció una
tontería. El lugar es tan pequeño que habría sido imposible no percatarse. Mi
novio José pasó esa noche conmigo y él también puede corroborar lo que estoy
diciendo.
La abogada agradeció a la chica mientras el juez daba la palabra al
licenciado Ricardo Martínez.
—¿Es usted amiga de Juana Hilda? —interrogó el abogado.
—Tenemos tiempo de conocernos, fuimos vecinas y compartimos alguna
amistad en común.
—¿No será por esta razón que ahora la protege?
La defensora protestó y el juez le dio la razón.
—Prosiga sin promover especulaciones —argumentó el juez Mejía.
—¿A qué hora exacta llegó usted esa noche a su casa? —cuestionó
Martínez.
La vecina respondió que no recordaba.
—Si no recuerda ese dato, ¿por qué recordaría algo más? —adelantó él y
fue a sentarse de nuevo un lado de su cliente.
Treviño pidió otra vez la palabra y el juez le reclamó con la mirada
porque pensó que ya había concluido.
—Karla, ¿te topaste aquella noche con alguien más dentro de las áreas
comunes del edificio?
Ella asintió.
—Sí, con Jesús Noel, el vecino del departamento 2.
—¿Te refieres a la persona que los vecinos llaman el Cubano?
Karla Sánchez respondió afirmativamente.
—¿Qué hacía Jesús Noel Montaño fuera de su departamento?
—Pues… —buscó las palabras—, estaba ligando con la vecina de la planta
baja.
—¿Se encontraba coqueteando con Vanessa Figueroa?
—Sí —respondió con seguridad.
—¿Dónde exactamente se hallaban esas personas?
—Estaban sentadas en los primeros peldaños de la escalera. Recuerdo que
tuvieron que moverse para dejarnos pasar.
La abogada aprovechó esa respuesta para mostrar al juez otra fotografía
tomada por el personal de la procuraduría en la que podía distinguirse el sitio
donde el Cubano y la vecina de la planta baja habían sostenido aquella
conversación nocturna. La imagen confirma que se trata de un espacio reducido,
lo cual explicaría por qué ambos tuvieron que apartarse para permitir que Karla
y su novio accedieran a su vivienda. En esa misma fotografía, a escasos
centímetros del primer peldaño, también se distingue la puerta del departamento
de Vanessa Figueroa, quien declaró que esa madrugada había permanecido abierta
ya que dentro de su hogar dormía su hijo de once meses.
—Una última pregunta.
Karla suspiró porque con esa respuesta que estaba por aportar cerraría
un año de incordios relacionados con este caso.
—Si un hombre herido hubiera bajado por esas escaleras, ¿crees que el
Cubano o Vanessa habrían tropezado con él?
El licenciado Martínez pegó un brinco y exigió que la defensora retirara
la pregunta porque también la consideró especulativa. Sin embargo, Karla igual
alcanzó a responder:
—Seguramente sí.
El juez ordenó un receso de media hora. Al regresar tocó el turno a los
dos vecinos que habitaban en el último piso de Perugino.
Primero ingresó Emmanuel Chávez Ledezma, más apacible y también menos
elocuente que Karla Sánchez. Este joven jefe de familia refirió no haber notado
nada inusual la noche en que supuestamente ocurrió el crimen.
El licenciado Martínez preguntó si había escuchado algún pleito en la
calle y Chávez respondió que no.
—¿Tampoco percibió que en el departamento 4 hubiera movimiento de
muebles o que alguien pusiera el sonido de la televisión demasiado alto?
—Mi departamento está justo encima del que habitaba la señorita Juana
Hilda, y puedo asegurarle que si aquella madrugada hubiera sucedido algo
importante me habría dado cuenta.
Los interrogatorios de esa mañana concluyeron con el de Raúl Carvallo,
un profesionista también muy joven cuya memoria del día clave estaba intacta ya
que durante la semana de la desaparición tuvo que convalecer por una lesión de
espalda que le impidió distraerse en otras cosas.
—Estuve postrado desde principios de mes hasta el 14 de julio; por
tanto, no salí ni un minuto de mi departamento. Puedo asegurar que en el
edificio donde vivo, durante todo ese tiempo no hubo balazos ni violencia ni
nada de lo que luego se dijo.
—¿Sabe usted que puede ser acusado por falsedad de declaraciones? —quiso
intimidarlo Ricardo Martínez.
Iba yo a protestar, pero antes lo hizo el juez, quien desestimó ese
comentario y animó a Carvallo para que concluyera.
—No vi ni oí nada.
Aún faltaban dos vecinos por ser interrogados, los testigos principales
del caso: Vanessa Figueroa y Jesús Noel Montaño. Sin embargo, como se había
vuelto ya una tradición en ese juzgado, tampoco se presentaron a ratificar sus
declaraciones previas. Cuatro meses atrás ambos se habían esfumado.
Antes de que tal cosa sucediera, el expediente registraba cinco
declaraciones distintas de Vanessa Figueroa, la vecina de la planta baja. En
las tres primeras podía leerse un relato coherente, mientras que en las últimas
dos se desdijo a partir de una narración difícil de corroborar con el resto de
los indicios.
En las primeras deposiciones la mujer confirmó que había pasado buena
parte de la noche y luego de la madrugada conversando con el inquilino del
departamento 2. Según ella, esa charla, que se llevó a cabo mientras estaban
sentados en el rellano de la escalera, duró entre las nueve y media de la noche
del lunes 11 y las cinco de la mañana del martes 12 de julio. Jesús Noel
confirmó esta versión, aunque difirió en la hora en que se habría retirado a su
vivienda. De acuerdo con el Cubano, ambos se fueron a dormir hacia las tres de
la madrugada.
Jesús Noel recuerda haber visto al novio de Karla Sánchez, José Silva, y
los dos afirman que durante todo el tiempo que permanecieron juntos no
escucharon ningún ruido que les llamara la atención. Añadió el Cubano que
tampoco había percibido nada extraño proveniente de la casa de Juana Hilda.
Vanessa ya había informado a la policía que vivía con su bebé de once
meses y que su otro hijo, Erick, residía, desde que nació, en casa de su
abuela. Insistió otra vez en que era imposible que ese muchacho hubiera sido
testigo de algún crimen; también negó haber limpiado manchas de sangre en el
edificio.
Después de leer en voz alta los párrafos más importantes de estas
declaraciones, la abogada Treviño hizo su mejor esfuerzo para introducir una
mosca en la oreja del juez Mejía:
—Si alguna persona ingresó o salió aquella noche del edificio de
Perugino, tuvo forzosamente que haber sido vista por alguno de estos dos
vecinos. Si ellos reportaron que nada pasó, es que nada pasó.
Caminó hacia su lugar e hizo una pausa antes de continuar con su
alegato:
—Otra vez nos encontramos con personas que se han esfumado. Cuando el
agente del ministerio público le preguntó a la madre de Vanessa Figueroa dónde
se encontraba su hija, Leticia Figueroa afirmó que después de entregar sus
últimas declaraciones, por haber sido amenazada, decidió no volver a participar
en el juicio.
—¿Amenazada por quién? —levantó la voz el licenciado Martínez mientras
Isabel soltaba un bufido.
—Eso me lo puede responder usted, o quizá su clienta, porque
lamentablemente no soy adivina —reviró la defensora.
Entonces el abogado de la señora Miranda con un gesto dramático llamó la
atención hacia los documentos que depositó sonoramente sobre el escritorio del
juez.
—Aquí puede leerse la verdad sobre lo que sucedió aquella noche.
Treviño sabía bien lo que contenían esos papeles. Eran las declaraciones
cuarta y quinta de Vanessa Figueroa, y también la última de Jesús Noel Montaño.
Igual que Juana Hilda, ambos fueron coaccionados para modificar la versión que
originalmente aportaron sobre su participación en los hechos.
CAPÍTULO X
63
En vez de apersonarse, Hugo Alberto envió a Israel, el chofer que
entonces trabajaba para él. Claudia apreciaba a ese muchacho, pero se sintió
ofendida.
—Dice Hugo que no se preocupe por los gastos del hospital. Me pidió
también que le diga a su papá que le va a reembolsar todo lo que haya pagado.
La madre recién parida estuvo a nada de correr al chofer de su casa.
—Hugo no me conoció en la calle, así que no necesito de su limosna.
Israel aguantó un palo que no era para él.
—Quiere que lo disculpe. Tuvo un problema muy fuerte, por eso debió
esconderse.
—Conmigo no necesita mensajeros. Cuando tenga algo que decirme, aquí lo
espero. Y el día que quiera conocer a su hija no tiene más que tocar el timbre.
Israel regresó una semana después cargado de regalos para la niña.
Claudia conocía de sobra esos abusos a la tarjeta de crédito de Hugo, así que
no la conmovieron. Además, estaba convencida de que el motivo de su ausencia
era que andaba ocupado con alguien más, y así se lo hizo saber al recadero.
Ella esperaba una reacción menos honesta:
—No es sólo eso, señorita Claudia.
Casi se tira al piso con lo de «señorita», porque había una niña en la
recámara exigiéndole a cada rato que la amamantara.
—¿Es decir, que sí anda con alguien?
Israel bajó la mirada porque claramente lo había puesto en un
predicamento. Él supo esquivarlo recurriendo a la empatía:
—Yo también voy a ser papá.
La descolocó.
—¿Pronto? —interrogó Claudia.
—Sí, pero mi esposa me tiene amenazado con que no quiere que siga
trabajando con el señor Hugo después de que nazca. De lo contrario, ella y el
niño se irán a vivir a otra parte.
Claudia sintió un tirón en la espalda, a la altura de los riñones, y es
que su cuerpo continuaba acomodándose de manera caprichosa.
—¿Qué tiene de malo trabajar con Hugo? —quiso saber.
—El señor no es la persona que usted piensa —respondió de manera
críptica.
Estaba todavía muy dolida por el engaño. Se le quedó viendo y temió que
una lágrima pudiera escaparse contra su voluntad.
—¿A qué te refieres?
—Yo la conozco, señorita; veo de qué familia viene, la calidad humana de
usted, que es buena gente —se interrumpió, y aunque Claudia estaba sobrepasada,
lo animó a continuar:
—Mejor aléjese de él, no le va a dejar nada bueno. Hugo no es la persona
que usted piensa, ni su familia tampoco.
Sus ojos, su nariz, sus dientes, toda ella se fundió en un signo enorme
y angustiado de interrogación.
—Sólo eso puedo decirle, que Hugo está en otro nivel, uno que usted ni
siquiera imagina.
Ahora fue el hígado el que le dio una patada y eso la animó a replicar:
—Entonces, ¿por qué continúas trabajando para él?
—Por miedo, señorita.
—¿Miedo?
—Sí.
—¿De Hugo?
—No, de Hugo no.
—¿Y luego?
—Miedo de su mamá.
Claudia comenzó a desesperarse con las respuestas mínimas del chofer.
—¡Explícate, por lo que más quieras!
—Es que la señora Isabel me tiene amenazado. Cuando le informé que iba a
renunciar, me advirtió que me lo pensara mejor.
—¿Cómo mejor?
—Pues sí, que ella sabía dónde vivíamos mi esposa y yo, y también el
resto de mi familia.
Vino el tercer entuerto de la tarde.
—¿Por qué no te deja ir?
—Supongo que por todo lo que sé.
En aquel entonces se había puesto de moda en la televisión una serie de
gánsteres y de pronto Claudia se sintió como si fuera la novia de Tony Soprano.
Bromeó con Israel, pero él no entendió su sarcasmo, o bien no quiso restar un
gramo de gravedad a lo que le estaba contando.
—En la familia de Hugo son unos monstruos —sentenció él antes de
despedirse.
Claudia permaneció un largo rato sepultada bajo una manada de peluches
gigantes, una tina para bebé y una carriola elegantísima para sacar a pasear a
su hija.
Después de aquella visita no volvió a saber nada de Israel.
64
Hugo no se cansó de seguir enviando regalos hasta que la convenció de
abrir de nuevo la puerta. No obstante, dice que lo hizo con mayor cautela. Un
día se apareció por casa de Claudia sin avisar, tal como solía hacer cuando se
conocieron y él era su profesor de inglés. Antes de presentarle a la bebé, se
sentaron en la sala. Él quería explicar lo mismo que antes mandó decir con
Israel, su chofer: que había faltado al nacimiento de su hija debido a un
asunto legal que lo obligó a esconderse.
Claudia lo interrumpió para aclarar que no necesitaba justificarse con
ella; él tenía libertad para irse, pero no para cambiar de opinión cada vez. No
iba a permitir que su hija creciera con un padre intermitente. Hugo insistió en
que no faltó por desamor: el asunto que había enfrentado era real, pero ya
estaba resuelto. Juró que a partir de ese momento se haría cargo de las dos.
Hugo no sabía que la bebé había heredado sus rasgos: los mismos ojos,
cejas, la misma boca y hasta el tono de piel. Dicen que los recién nacidos
suelen parecerse al padre durante los primeros meses de vida, pero la hija de
Claudia continuó siendo idéntica a Hugo aun cuando se convirtió en una mujer
adulta.
«Fui un tonto», repetía mientras le daba de besos.
Aquella fue la primera visita de muchas; cuando a aquel hombre se le
metía algo en la cabeza, su necedad podía ser avasallante.
Sabedor de la influencia que el papá de Claudia ejercía sobre ella, lo
invitó a comer para conversar de hombre a hombre. Según se enteró después, el
padre no se la puso fácil: de entrada, se negó a cobrar el dinero que aportó
para el parto. Fue su manera de dejar en claro que Claudia podía superar su
ausencia sin sobresaltos. Luego precisó que, a pesar de la amistad de tantos
años, no pensaba que su presencia le hiciera bien a su hija ni a la recién
nacida.
Hugo no se ofendió. Era consciente de que detrás de ese señor recio
había una buena persona; también sabía que, al final, respaldaría cualquier
decisión que Claudia tomara. Aquella charla concluyó con un buen apretón de
manos, aunque la relación entre esos dos hombres jamás volvió a ser la misma.
Pocos días después Hugo propuso a Claudia que dejara la casa de sus tías
para que pudiera visitarla a ella y a la niña con mayor libertad; si ella
aceptaba, estaba dispuesto a montarle un departamento.
—Estás yendo muy rápido. Hay muchas cosas que deberías arreglar y que no
tienen que ver con nosotras —respondió Claudia.
Hugo bajó la mirada.
—¿Qué puedo hacer para recuperar tu confianza?
—Con la niña vas bien —eludió.
—Quiero que lleve mi apellido.
—No voy a negarle un derecho que es de ella.
Fijaron una fecha y fue idea de Hugo que invitaran a las dos familias;
la visita al Registro Civil sería como una presentación en sociedad, sin el
pretexto religioso. Esa celebración impuso una tregua entre ellos. Él dejó de
sentir que le suplicaba, y Claudia se liberó de tomar una decisión de pareja
para la que le faltaba convicción. Mientras tanto, Hugo entregó las llaves para
entrar libremente a su nueva casa en Galeana, donde a veces llevaba de visita a
la bebé y otras ambos se encontraban a solas.
Un día la sorprendió con un anillo de compromiso: Claudia se confundió
por la cantidad de veces que lo había escuchado decir, después del divorcio con
la mamá de su primera hija, que jamás volvería a casarse.
Otro día Hugo de la nada soltó que planeaba irse a vivir a Estados
Unidos.
El comentario cayó como un misil sobre el puente que apenas estaban
reconstruyendo. Si bien la mamá de Claudia vivía en Houston y desde muy joven
ella le consiguió papeles para residir allá, no la entusiasmaba nada que la
niña creciera lejos de México.
—¿Cuándo pensabas decírmelo? —reclamó.
—Es sólo una idea.
—Cuéntame la verdad, ¿continúas con tus problemas legales? —interrogó.
—No es eso —contestó Hugo.
—¿Entonces?
—Imagínate comenzar una vida nueva, por ejemplo, en San Diego o en
Chicago.
—¿Y tu hija mayor? ¿Crees que su mamá la dejaría venir con nosotros?
Hugo ya había contemplado esa dificultad:
—Para las dos niñas sería una cosa buena y para nuestra futura familia
también. Te propongo que visitemos San Diego y así ves cómo te sientes.
La idea de viajar no desagradó a Claudia. Hugo miró el calendario y
acordaron fijar esa vacación para la semana previa al registro de la recién
nacida. El plan sería cruzar en automóvil desde Tijuana y Hugo se adelantó
porque, según explicó, de última hora tenía un negocio que atender por allá.
Fue a recoger a Claudia al aeropuerto y durmieron la primera noche en un lindo
hotel del lado mexicano.
Todo fue bien hasta que, al día siguiente, cuando se alistaban para
salir, ella descubrió que habían desaparecido su pasaporte y el documento de
residencia. Estaba segura de haberlos guardado dentro de la maleta, los vio
antes de irse a dormir y nadie, excepto ellos dos, entró a esa habitación desde
entonces; Hugo se puso a buscar, voltearon al derecho y al revés los muebles y
la cama.
Claudia aún no se había resignado cuando Hugo anunció que tenía una cita
de trabajo en San Diego. Ella sabía que estaba explorando la compra de una
franquicia para poner un casino, así que pasó sola aquel día y la segunda noche
de su improvisada luna de miel. En su cabeza daba vueltas la convicción de que
Hugo había robado aquellos papeles por algún motivo inconfesable; dudó incluso
de que realmente hubiera cruzado la frontera. Se lo había advertido Israel
meses atrás: el papá de su hija llevaba una doble vida cuyo «lado B» ella
desconocía.
Veinticuatro horas más tarde, Hugo regresó como si nada. Según dijo,
había renunciado a la idea del casino. Claudia lo felicitó, ya que por su
condición era peligroso estar cerca de un lugar donde corrieran el alcohol y
las drogas; a él no le cayó en gracia ese comentario y tampoco el estado agrio
de ánimo que la acompañó durante el último día del viaje.
Claudia volvió a México un tanto frustrada. Le fastidiaba el engorro que
significaría la recuperación de los papeles de residencia, indispensables para
que la niña y ella visitaran a su mamá en Houston. Resignada, se despidió de
Hugo en la puerta de la casa de sus tías con la promesa de que, el día
acordado, él pasaría por Claudia y su hija para llevarlas al juzgado donde
registrarían a la niña.
Llegada la fecha, Claudia vistió a la bebé con su ropa más elegante.
Cuando las manecillas del reloj rebasaron la hora acordada lo llamó, deseando
que el tránsito lo hubiera demorado; no tuvo suerte y volvió a intentarlo cinco
minutos después. Aquello no podía estar sucediendo otra vez. Después del tercer
intento marcó el número de Isabel. Su suegra la tranquilizó, dijo que esa misma
mañana había hablado con su hijo y que quedaron de verse en el juzgado.
Claudia sabía que todas las mañanas, muy temprano, la madre y el hijo se
comunicaban, así que prefirió suponer que se había confundido respecto del
lugar de la cita. Durante el trayecto al juzgado, Claudia y su padre no
cruzaron palabra: él siempre fue un hombre honorable y por eso prefirió
acompañar en silencio aquella humillación.
Al juzgado no llegó nadie de la familia de Hugo. Habían sido invitados
Isabel y Claudia Wallace, su cuñada. Sin embargo, ninguna tuvo la delicadeza de
avisar que los iban a dejar plantados. Ese día Claudia decidió que su hija
crecería con un apellido distinto al de esa tribu tan rara: sería un acto
irreversible para separar el sendero que Hugo y ella habían recorrido juntos
durante tantos años. No fue únicamente que le pareciera tóxico tenerlo en su
vida, lo que más le importaba era el daño que ese señor podía provocarle a la
niña una vez que ella comenzara a tener conciencia del tipo de padre que le
había tocado.
65
Habían transcurrido poco más de dos años sin saber nada de Hugo cuando
Claudia recibió una llamada de su exsuegra Isabel. Dijo que le urgía verla. La
señora Miranda viajaba, como siempre, en una camioneta grande, conducida por un
chofer. Traía un saco de cuadros azules y blancos estilo Chanel y lentes
oscuros, de esos que cambian de color según la luz del sol. La peinadora
personal seguro la había visitado aquella mañana.
Aquella tarde le dolió a Claudia constatar que la niña no existía en la
cabeza de su abuela; sólo la otra hija de Hugo era su descendiente. Ella estaba
consciente de que Hugo adoraba a su primogénita, más que a nada en el mundo,
por eso no puso en duda las afirmaciones de Isabel. Por voluntad propia no la
habría abandonado. Una cosa era que desapareciera durante una semana o varias,
como solía hacer, y otra muy distinta era que se hubiera borrado
deliberadamente del mapa.
En un principio le dijeron a la hija mayor que su papá andaba de viaje,
pero al pasar los días la chiquita puso en duda esa explicación. De haberse ido
de vacaciones, Hugo la habría llevado con él —razonó—, y entonces no quedó de
otra que decirle lo que sabían.
Aquel vehículo era como un tanque disfrazado. Hugo se pasaba horas
hablando de los distintos niveles de blindaje y algo le había enseñado a
Claudia del tema; calculó que aquel transporte debía tener uno de los más
altos, por eso andaba tan despacio. Tomaron camino rumbo al centro de la
ciudad.
En el trayecto Isabel reveló que una integrante de la banda de
criminales recién había confesado el asesinato de Hugo Alberto. Claudia dice
que se sintió como un fósil presionado por el tiempo. Debido al tono utilizado
por su exsuegra, no podía dar crédito a lo que escuchaba. Había algo en su
desapego que desconectó su aparato emocional.
Durante el tiempo que duró la relación con Hugo la acostumbró a vivir
con sus silencios. Ella sabía pelearse con su regreso triunfal, pero no tenía
cómo lidiar respecto de una ausencia definitiva. La última vez que se
disgustaron asumió que iba a ser madre soltera y que tal cosa no debía ser un
problema para la hija, pero en algún rincón deseaba que, milagrosamente, quien
había sido su pareja pudiera soltar todo aquello que le impedía vivir con
ellas.
Isabel no la buscó para darle consuelo. Tampoco se atrevería a pedir que
alguien lo hiciera por ella. Quería que la ayudara a reconocer el rostro de una
mujer. En algún punto del recorrido ordenó a su chofer que detuviera el
vehículo, abrió la puerta trasera y dispuso que bajaran. Sobre sus cabezas
había un anuncio inmenso. Ésa fue la primera vez que vio el rostro de Brenda
Quevedo.
—¿La conoces?
Negó, convencida.
—Es la pareja de Jacobo Tagle.
Claudia tiene buena memoria con los rostros: la chica que andaba con
Jacobo, cuando Hugo y ella solían salir juntos, era rubia, delgada y alta. Nada
tenía que ver con esa morena del espectacular.
Buscó el modo más cuidadoso para cuestionar a Isabel:
—¿Por qué Jacobo querría hacerle daño a Hugo si eran buenos amigos?
La señora Miranda la desestimó con un gesto irritado:
—No es lo que piensa la policía.
La recompensa ofrecida para quien entregara a Brenda Quevedo era de
cincuenta mil pesos y la paga por Jacobo Tagle de doscientos cincuenta mil.
Aunque no terminó la carrera de leyes, Claudia había tomado cursos suficientes
como para concebir lo justo y lo injusto en términos legales. Al subir su
rostro a esos anuncios monumentales, aquellas personas ya habían sido
sentenciadas. No era como si el secuestro le diera credibilidad a la
publicidad, sino que la publicidad había vuelto verdadero el secuestro.
66
Claudia se fue porque podía hacerlo, porque tuvo miedo y porque debió
proteger a su hija. Varias mujeres de este relato tuvieron que hacer maletas y
mudarse de país para sobrevivir. La advertencia de Isabel fue lo que más pesó
en sus decisiones. Venía regresando de Houston, de visitar a su mamá, cuando
Isabel volvió a llamar a casa de sus tías para invitarla a tomar un café.
Aceptó y al día siguiente pasó a recogerla, esta vez acompañada de varios
carros de escolta. Se sintió amedrentada. En unos cuantos meses el aparato de
seguridad de su exsuegra se había multiplicado.
Esa, la última conversación, tuvo sus cosas raras. Isabel comenzó
enumerando la lista de gastos en los que había incurrido desde la desaparición
de su hijo; habló de las investigaciones, los seguimientos, los anuncios
publicitarios, los informes y también del dinero que tuvo que repartir a
funcionarios corruptos.
Claudia la escuchó con atención y por eso no la vio venir cuando, como
quien arroja con descuido una cáscara de naranja, soltó que su hija no iba a
poder reclamar nada del patrimonio de Hugo Alberto. Explicó que él no había
dejado testamento y las pocas cosas que poseía se esfumaron con la búsqueda.
Claudia se sintió ofendida, no tenía ninguna intención de pedirle nada. Si en
vida de Hugo la niña y ella se las arreglaron sin el papá, ¿por qué pelearían
ahora por su herencia? Le repitió lo que tres años atrás dijo a Hugo Alberto:
que afortunadamente nunca le había faltado trabajo ni el apoyo de su familia.
Satisfecha por haberse hecho entender y más aún por la respuesta que
recibió, Isabel pasó al segundo tema de aquella mañana:
—Lo mejor para ti sería que te fueras a vivir con tu mamá a Estados
Unidos.
No era la primera vez que Claudia consideraba esa opción, así que casi
en automático le respondió:
—Aquí está mi vida profesional, mi papá y el resto de mi familia.
Isabel tomó aire y acotó con condescendencia:
—No puedo decirte más, pero estoy inquieta por lo que pueda pasarte a ti
o a la niña.
Claudia guardó silencio y la madre de Hugo Alberto insistió:
—No te conviene estar en medio. Por tu bien, intenta mantenerte al
margen, y lo mejor sería hacerlo fuera del país.
En aquel entonces Claudia tenía un buen empleo, trabajaba para una
fundación grande dedicada a temas culturales, había rehecho su vida y estaba
contenta. Nada más lejos de su deseo que abandonar lo que tenía. Sin embargo,
después de ese encuentro tan extraño, debió computar datos que hasta ese
momento le habían parecido ajenos: lo sucedido con Hugo Alberto no tenía nada
de normal y su madre, que parecía comprender mejor el fondo de las cosas, les
recomendaba emprender la huida. ¿Qué sabía ella que Claudia ignoraba?
El padre enfureció como pocas veces cuando se enteró de que se había
citado fuera de la casa con Isabel; no temía lo que los supuestos
secuestradores de Hugo pudieran hacerle a ella o a la niña, sino el riesgo que
Claudia corría al dejarse ver junto a esa mujer.
67
En julio de 2006 se cumplió el primer año de la desaparición de Hugo.
Para esa fecha aún Claudia no se había decidido a hacer las maletas. Entonces
ocurrió el evento que terminó por convencerla: cinco días antes de ese
aniversario, Guadalupe Miranda Torres, la hermana favorita de Isabel, amaneció
asesinada con un tiro en el cuello. La noticia fue reproducida hasta la náusea
por los medios de comunicación, porque para ese momento la señora Miranda de
Wallace ya se había convertido en un fenómeno de opinión pública.
A pesar de que Guadalupe era siete años menor, la exsuegra de Claudia le
tenía gran confianza: cubría los roles de secretaria, asistente y brazo
derecho, también la nombró socia y probablemente prestanombres. Era propietaria
del cuarenta por ciento de las acciones de Showposter, la empresa de
publicidad. El sesenta por ciento restante estaba a nombre de su excuñada,
Claudia Wallace.
Cuando todavía trabajaba para su hermana, Guadalupe fue quien abrió los
sobres recibidos por correo postal en cuyo interior venían los comunicados
solicitando rescate a cambio de liberar a Hugo. Aun si Isabel dijo que su
hermana se había mantenido alejada del caso, la verdad es que ella jugó un rol
importante, ya que los espectaculares donde se denunció a los supuestos
secuestradores eran también propiedad suya.
Claudia la trató poco. Sabía que estaba casada y era mamá de dos
jovencitas. Cuando murió, la mayor tenía diecisiete y la segunda quince. Ambas
estaban en su recámara cuando sucedió el homicidio; declararon a la policía que
desde ahí escucharon la detonación y también que al salir a la calle vieron a
Gabriel Bobadilla, el padre de las niñas, huir de la escena mientras su esposa
se desangraba en su automóvil.
De acuerdo con el parte médico, Guadalupe Miranda recibió un tiro
mientras sacaba un vehículo de la cochera de su casa. El asesinato habría
ocurrido entre las seis y media y las siete de la mañana. De acuerdo con las
hijas, sus padres sostuvieron una discusión acalorada la tarde anterior;
llevaban diez meses separados y más de siete de haber iniciado los trámites de
divorcio.
La policía descartó que ese evento estuviera relacionado con el
secuestro de Hugo Alberto. Sin embargo, nadie se molestó en explicar por qué
Bobadilla empuñó un arma para asesinar a la madre de sus hijas. Si bien las
chicas aseguraron haber visto al padre, ¿cómo fue que atestiguaron el homicidio
si se encontraban dormidas dentro de su recámara, cuando los hechos sucedieron
fuera de su casa?
Sin indagar más, Gabriel Bobadilla fue señalado como responsable del
homicidio de la tía Guadalupe. Justo cuando se cumplió el primer aniversario de
la desaparición de Hugo, Isabel se comunicó con las autoridades para informar
del paradero del asesino: si la policía quería detenerlo, debía presentarse en
la estación Balbuena del metro. Los funcionarios aseguraron que, al arrestar al
cuñado, casualmente portaba el arma con la que mató a su mujer. Alguna nota de
periódico refirió que él intentó darse a la fuga, pero al final terminó por
entregarse. Una vez en la oficina del ministerio público, ese hombre confirmó
los dichos de sus hijas, narró la riña de la tarde previa y confesó la autoría
del homicidio.
El jefe de la policía propuso darle un premio a Isabel por su ayuda en
la detención de ese peligroso criminal: «Mi reconocimiento ciudadano a la
señora Wallace por el valor con el que ha enfrentado no sólo el caso en que
desafortunadamente su hermana perdió la vida, sino también la búsqueda de la
verdad sobre lo que le ocurrió a su hijo».
No fue la causa principal por la que Claudia abandonó el país, pero sí
la gota que derramó el vaso. Todo alrededor de la familia de Hugo era extraño.
Hacía cortocircuito en su cabeza la coincidencia de la fecha del asesinato de
la tía Guadalupe: ¿y si Gabriel Bobadilla sólo fuera un chivo expiatorio para
encubrir las verdaderas razones del homicidio de su esposa?
Isabel tenía razón en algo: Claudia y su hija debían alejarse de todo
aquello. Era momento de asumir que jamás conocería la verdad y que, más allá de
lo que le hubiera contado Israel, el chofer de Hugo, tampoco sabría a qué se
dedicaba realmente la familia Wallace.
Ante la impotencia se mudó a casa de su mamá en la ciudad de Houston.
Recién había cumplido los treinta, y estaba obligada a reencarnar en otro país
donde tendría que comenzar de cero.
CAPÍTULO XI
68
El juez Mejía Ojeda se ausentó de nuevo durante las siguientes
audiencias y, en vez de mandar en su representación al anterior secretario del
juzgado, envió a otra persona. Después de que Isabel acusó al primer
funcionario de haber sido comprado, el juzgador puso en su lugar a otro
subalterno que no sabía absolutamente nada del caso.
Durante el proceso, el juzgado cambió de secretario en más de diez
ocasiones, cada vez por la misma razón: porque la señora iba a quejarse con
Mejía y muy probablemente más arriba. Usó varios argumentos, uno más absurdo
que el otro, como cuando dijo que el representante del juez había lastimado la
autoestima del agente del ministerio público. ¿Así o más disparatado? En todo
caso, el abogado Ricardo Martínez fue quien colocó en un rincón a ese empleado
de la procuraduría, porque cada vez que debía intervenir le arrebataba la
palabra.
Tanto cambio de interlocutor terminó por frustrar a la defensa. Aun si
todo lo dicho en las audiencias se integró en el expediente, habría sido mejor
que el juez prestara atención a los argumentos en vez de sepultarlos bajo la
losa de papeles que su contraparte solía entregar.
Las notas que Ámbar Treviño preparó entonces sirven para recordar los
detalles más importantes del caso. Por ejemplo, las pruebas de vida que Hugo
Alberto, y el resto de sus familiares, fueron sembrando en el tiempo. Como en
cualquier otro lugar del mundo, el gobierno mexicano tiene una línea telefónica
que sirve para reportar a las personas extraviadas: si se marca a Locatel, ahí
ayudan a ubicar a un familiar que podría estar inconsciente en un hospital,
detenido por la policía o de plano en un congelador de la morgue. Pues resulta
que ningún integrante de la familia de la supuesta víctima se comunicó a ese
servicio en las cuarenta y ocho horas posteriores a la desaparición.
En la Ciudad de México existe otro número de contacto al que también
puede llamarse en caso de que se presuma una desaparición; se trata del Centro
de Apoyo a Personas Extraviadas y Ausentes (CAPEA). Pues tampoco a este lugar
llamó Isabel Miranda ni nadie más perteneciente a su círculo íntimo. ¿Por qué
asumieron tan rápido que se trataba de un secuestro y no de un accidente o una
desaparición? ¿Por qué la madre de Hugo Alberto no esperó ni un minuto para
comunicarse con la fiscalía antisecuestro en vez de hacerlo antes con Locatel o
con el CAPEA?
Este hecho es sólo una de las tantas cosas extrañas que saltan como
resortes de máquina vieja. Con las facturas de sus dos dispositivos celulares
en una mano y los estados de cuenta de sus tarjetas de crédito en la otra,
puede afirmarse que «la víctima» estaba bien mientras su madre acusaba a Jacobo
Tagle Dobín, desde el día uno, de haberlo secuestrado.
El abogado Martínez intentó desestimar las pruebas de vida que Ámbar
Treviño presentó en el juzgado. Advirtió al secretario que los gastos
enlistados en los estados bancarios se habían realizado antes de su
desaparición, pero los documentos proporcionados por las instituciones
bancarias establecen las fechas precisas en que se realizaron las compras.
Por ejemplo, el lunes 11 de julio de 2005 —el día anterior de la
supuesta desaparición— una tarjeta de crédito de Banamex a nombre de Hugo
Alberto Wallace fue utilizada para contratar match.com, un servicio de citas
por internet que entonces era muy popular: cubrió en esa ocasión seiscientos
dos pesos por la prestación. El sábado 15 de octubre, tres meses después de que
el hijo de Isabel se hubiera esfumado, se realizó otro abono a la misma
compañía, pero por una cifra diferente y a través de una tarjeta de crédito
distinta, proporcionada por el banco Santander Serfin. Suena ilógico que los
secuestradores emplearan ese otro plástico para un propósito tan frívolo.
El licenciado Martínez intentó confundir al secretario del juzgado
cuando argumentó que se trataba de pagos recurrentes, pero Treviño demostró con
los papeles de los bancos Banamex y Santander Serfin que eso era falso. Los
pagos recurrentes suelen hacerse sobre la misma tarjeta y en este caso el
primero ocurrió en julio con un plástico y el realizado en octubre con otro;
también los montos difieren, lo cual no es coherente con la hipótesis del
abogado Martínez.
Hay otros cargos igual de sospechosos. Transcurridos catorce días de que
se encontró estacionada la camioneta Grand Cherokee cerca de la calle Perugino
ocurrió una compra, con la misma tarjeta Banamex, en la tienda digital Amazon.
Tampoco en este caso se trata de un pago frecuente.
En la misma hebra sorprenden seis cargos realizados nueve días después
de que José Enrique Wallace presentara la denuncia. En el estado de cuenta de
la tarjeta de Santander Serfin aparece un pago por más de tres mil pesos en un
restaurante de mariscos ubicado al sur del Distrito Federal. También se
incluyen dos compras en una tienda departamental y una más en un
establecimiento de conveniencia. Aún más intrigante es un cobro, por un total
de cinco mil pesos, en un parque para jugar gotcha, localizado a poca distancia
tanto del restaurante como de las tiendas donde se realizaron aquellas compras.
Como lo dijo la defensa ante el juzgado, estos gastos coinciden con los
patrones de consumo reflejados en los estados de cuenta de Hugo Alberto y todos
sucedieron en la zona de la ciudad donde esta persona hacía habitualmente sus
actividades. ¿Qué criminal utilizaría las tarjetas de crédito de la persona que
tiene secuestrada para ir a divertirse a un parque de gotcha o para contratar
un servicio de citas? Estos gastos únicamente pudo haberlos realizado Hugo
Alberto Wallace.
69
Los registros telefónicos corroboran también que nadie privó a esa
persona de su libertad. Del teléfono Nextel salieron ocho comunicaciones
durante la jornada del martes 12 de julio de 2005, cuando supuestamente Hugo
Alberto ya había muerto. Hay evidencia de tres intentos de llamada al teléfono
de Ricardo Gómez, un amigo con quien jugaba futbol americano; tres más a su
primo Jorge Ortega Miranda, quien encontró la Grand Cherokee. Después del
mediodía se reportan dos enlaces frustrados al teléfono del Chaparro, su último
chofer. Hay una llamada más hacia las nueve y media de la noche, a la casa de
Geazul Ponce, la novia de Hugo Alberto por aquella época. A diferencia de los
demás intentos, la llamada de la noche sí obtuvo respuesta y tardó más de un
minuto.
Es muy extraño que la policía no haya investigado estas bitácoras
telefónicas. Un asunto más, relacionado con esta primera línea, es que su dueño
la canceló el jueves 14 de julio de 2005, es decir, dos días después de que
ocurriera el supuesto crimen. Resulta difícil creer que Isabel haya cerrado el
contrato de esta línea, ya que se encontraba a nombre de su hijo de treinta y
cinco años. ¿Por qué la compañía telefónica hubiera aceptado hacerlo sin contar
con evidencia de la ausencia definitiva del dueño? La línea Nextel forzosamente
tuvo que haber sido cancelada por Hugo Alberto Wallace.
El segundo dispositivo que esta persona portaba el día de su pretendida
desaparición sí estaba a nombre de su mamá, o más bien, de la empresa de
publicidad de la que su madre era representante legal. En caso de quererlo así,
ella habría tenido libertad para cancelar y sin embargo no lo hizo, por lo
menos hasta que concluyó aquel año.
Durante los meses posteriores a la desaparición se consultó en dieciocho
ocasiones el buzón de mensajes de la línea Telcel. Estas operaciones únicamente
pudieron ser efectuadas por una persona en posesión del dispositivo, o bien por
alguien que conociera el código de acceso remoto para hacerlo desde otro
teléfono. Cabría especular con que los familiares de Hugo Alberto fueron
quienes realizaron estas consultas; sin embargo, tanto el señor José Enrique
Wallace como Isabel Miranda estarían descartados porque ambos denunciaron como
sospechosa esa misma actividad inscrita en las facturas telefónicas. Es más
probable que haya sido Hugo Alberto el que sostuvo tal interacción con el buzón
de su teléfono.
El jueves 1 de septiembre de 2005, de esa misma línea salió una
comunicación a un teléfono, también celular, asignado a un sujeto de nombre
Jesús García Sepúlveda. Cuando la policía citó a declarar a esa persona, él
negó saber quién era Hugo Alberto, pero dijo que un desconocido recientemente
había dejado un mensaje en el buzón de su línea. Por fortuna aún no lo borraba,
así que lo compartió con la policía.
Al escuchar esta grabación, dos testigos reconocieron la voz del
desaparecido: el guardia de seguridad que cuidaba el condominio de Galeana,
donde residía la supuesta víctima, y un empleado que recién había colocado unas
cámaras de seguridad en el mismo lugar. Geazul Ponce puso en duda que fuera la
voz de Hugo Alberto, aunque ahí reconoció expresiones que él utilizaba cuando
estaba pasado de copas.
70
La abogada Ámbar Treviño se arrojó durante varias madrugadas a devorar
cuanta información —distinta a la contenida en el expediente— pasó frente a sus
ojos: todo lo que se publicaba en los medios de comunicación y también en las
redes sociales. Para entender las acusaciones de Isabel Miranda era necesario
meter la cabeza en los archivos de la hemeroteca. Al hacerlo encontró una nota
de periódico, firmada por uno de los reporteros que cubrieron el caso desde el
comienzo, donde se menciona que ella pagó setecientos cincuenta mil pesos a los
secuestradores de su hijo. Sin embargo, días después ese mismo periodista puso
en duda que se hubiera tratado de un secuestro, ya que los plagiarios no
solicitaron rescate a cambio de liberar a Hugo Alberto.
Treviño decidió investigar los detalles de este asunto. El material
hemerográfico hizo que pusiera atención en el señor José Enrique Wallace. No
podía pasar desapercibido su borramiento. Mientras Isabel salía a toda hora en
televisión, él no pintaba. ¿Podía ser que el señor Wallace actuara de esa
manera porque no era padre biológico de Hugo Alberto? Persiguiendo esta
interrogante, Treviño comenzó a dar pasos fuera del terreno explorado
previamente: ¿por qué los plagiarios se habían tardado más de un mes en comunicarse
con la madre de «la víctima»?
La abogada Treviño revisó con lupa el voluminoso expediente. Ahí
encontró que, siete días después de la desaparición, Moisés Castro Villa, de la
Agencia Federal de Investigación, redactó un primer informe donde refirió que,
hasta ese momento, la familia Wallace no había sido contactada. Setenta y dos
días más tarde otro agente investigador, Raúl Moreno Hernández, entregó a sus
superiores un segundo informe con el mismo argumento: los plagiarios
continuaban guardando silencio.
Si Hugo Alberto realmente hubiera sido secuestrado, el crimen caía fuera
del rango de lo conocido. Cabía la posibilidad de que la señora Isabel hubiera
decidido ocultar a la policía una eventual negociación con los criminales, sea
porque la amenazaron o simplemente por temor a que la situación de su hijo
empeorara. Sin embargo, en ese mismo lapso, comprendido entre julio y
septiembre de 2005, presentó varios escritos denunciando a Jacobo Tagle como el
principal sospechoso del secuestro. Por ejemplo, el lunes 22 de agosto de 2005
firmó un documento exigiendo que el joven Tagle fuera localizado, ya que tenía
responsabilidad en el crimen. Diez días después, el miércoles 31, volvió a
presentarse en la procuraduría reclamando la comparecencia del mismo sujeto por
su participación en el plagio.
A Treviño le pareció evidente la contradicción: de haber habido
negociaciones a espaldas de la autoridad y la condición de los criminales para
entregar a Hugo Alberto hubiera sido no informar a la policía, ¿por qué la
señora se atrevió a denunciar —en esas mismas fechas— por nombre y apellido a
uno de los presuntos líderes de la banda?
Un mes y medio después de la desaparición, la paciencia de la fiscalía
antisecuestro comenzó a agotarse. Sin demanda de rescate y sin ninguna otra
exigencia para liberar a Hugo Alberto, la hipótesis del plagio iba volviéndose
insostenible. Tampoco el modus operandi de la hipotética banda criminal
coincidía con los patrones registrados por la policía. Por tanto, los hechos
denunciados por José Enrique Wallace en julio de 2005 tendrían que ser
reclasificados: no se hablaría más de secuestro, sino de desaparición.
En tal caso, la investigación habría de abandonar el ámbito nacional
para convertirse en responsabilidad de la autoridad local. Esto significaría
que la búsqueda de Hugo Alberto perdería recursos y reflectores; no sería el
cierre de la investigación, pero implicaría restarle relevancia.
Justo cuando las cosas estaban a punto de naufragar, Isabel salvó la
embarcación. Con un sobre de papel manila bajo el brazo visitó al agente del
ministerio público responsable del expediente. Dentro de ese sobre había un
comunicado que los secuestradores habrían enviado, vía correo postal, a la
dirección donde se ubicaba su empresa de publicidad.
La mesa de trabajo de la abogada lucía enloquecida con tantos papeles.
Nada concordaba. La licenciada Treviño se sentía extraviada dentro de ese
laberinto. Al igual que los médicos tienen una letra torcida para que sólo
entre ellos puedan entenderse, los agentes de ministerio público construyen
murallas con papel para impedir la entrada a su castillo.
La pregunta era muy sencilla y una noche la defensora se prometió no
irse a dormir sin tener una respuesta concreta. ¿Y si no fuera relevante la
cuestión del rescate sino el comportamiento contradictorio de los esposos
Wallace a propósito de este mismo tema? Mientras la señora Isabel declaró haber
recibido tres comunicaciones provenientes de los criminales, el esposo negó el
hecho las mismas veces ante el ministerio público. Decidir a cuál de los dos
debía prestarse atención definía el caso de manera radical. Sin rescate no
había secuestro, y sin secuestro no había nada que perseguir. ¿Isabel o José
Enrique? ¡He ahí el dilema!
Detrás del despacho de la abogada Treviño transitaban vehículos de carga
que hacían mucho ruido. Todo le restaba concentración. Sobre aquella mesa
seguían apilándose las dudas. Reventaba su cabeza tanta discordancia. ¿Dónde
había dejado el artículo del periódico que hablaba del pago del rescate? Se
prometió mejorar el método para ordenar aquel material.
Treviño tachó la primera pregunta: la señora no pagó ningún rescate. El
reportero que publicó ese dato no volvió a mencionar el tema y no había nada
más que corroborara la información. Pasó entonces al siguiente asunto: la
autoría de las notas de rescate. La procuraduría no puso en duda el origen de
esas comunicaciones, pero Ámbar Treviño especuló sobre la posibilidad de que la
señora Isabel hubiera fabricado los textos y también las fotografías.
La abogada escuchó ruido en el piso superior y supo que sus vecinos
habían montado una fiesta. Era muy extraño que ese material hubiera sido
enviado por correo postal, algo que ningún delincuente serio habría hecho. Por
otro lado, las fotos de los tatuajes eran muy nítidas. Por aquella época, las
lentes incluidas en los dispositivos celulares no eran capaces de realizar una
captura tan diáfana, es decir que tales retratos tuvieron que haberse obtenido
mediante una cámara de buena calidad.
Un par de tecleos en la computadora le permitieron saber más sobre los
tatuajes. En el hombro izquierdo de Hugo Alberto había una calavera y una
baraja española representando un juego italiano de cartas conocido como la
Escoba. No podía imaginar por qué alguien escogería ese motivo para marcar su
piel. En el hombro derecho el tema era un cráneo de toro de cuyos cuernos
pendía una pluma de ave: se trataba de un emblema entre los grupos originarios
de Nuevo México para designar a los espíritus libres.
Tanto la señora Isabel como el guardia de seguridad que cuidaba la casa
de Hugo Alberto confirmaron que esos trazos sobre la piel pertenecían a la
víctima. En su confesión Juana Hilda González dice que Brenda, la novia de
Jacobo, fue responsable de tomar aquellas imágenes con su celular. Sin embargo,
en esos dibujos se apreciaban pliegues, sombras, volúmenes y bordes que habrían
sido imposibles de capturar sin un buen aparato fotográfico.
El lugar donde fueron tomadas las imágenes también representaba un
problema. Según Juana Hilda, esos retratos se habían hecho en el baño de su
departamento. Sin embargo, había indicios de que pudieron haber sido obtenidos
en otro sitio. Treviño revisó la tercera imagen, muy distinta a las otras dos;
ahí, tanto el cuerpo desnudo como el rostro vendado de Hugo Alberto habían sido
sobrepuestos en una superficie de paredes lisas que parecían de granito gris.
En dicha composición se había truqueado el contorno del sujeto, y eso
podía probarse porque el cuerpo no proyectaba una sombra homogénea sobre la
pared. Detrás de la cabeza vendada se distinguía una juntura blanca de yeso,
pero curiosamente la sombra proyectada por la cabeza no eliminaba la brillantez
de esa raya vertical; era como si ese trazo hubiera sido exagerado
deliberadamente.
También llamó la atención a la abogada el color de los labios de la
víctima: era demasiado oscuro para pertenecer a una persona viva. Si los
secuestradores querían que esa fotografía sirviera como prueba del secuestro,
¿por qué no atenuaron el morado de los labios? Había una verdad alternativa:
que los labios hubieran sido retocados a propósito para simular un cadáver.
Consideró Treviño la posibilidad de que esa fotografía no tuviera la intención
de ser una prueba de vida, sino una evidencia de muerte.
Era obvio que la fotografía había sido fabricada en blanco y negro
porque de otra manera no hubiera logrado engañar. Ese fotomontaje quería
ocultar algo, por ejemplo, el sitio donde esas imágenes fueron tomadas.
Contrario a lo declarado por Juana Hilda, ese retrato no se habría obtenido en
el baño de su antigua morada, sino en otra parte cuya escenografía fue
necesario camuflar eliminando los colores; de ahí que el contorno sombreado del
cuerpo fuera tan notoriamente artificial y también que la juntura blanca
resaltara como si se tratara de la obra del peor maestro albañil.
La abogada apartó entonces las fotografías que acompañaron a los dos
primeros mensajes y dirigió su atención hacia la tercera comunicación, la que
se recibió el jueves 22 de septiembre de 2005: el hecho de que este documento
llegara a su destinataria por tres vías distintas era suficiente para dudar de
su autenticidad. Isabel dijo a un agente de la policía que lo recibió vía
correo electrónico; confió a otro funcionario que la habían llamado por
teléfono, y varios meses más tarde mostró un sobre con sellos postales para
probar que la tercera comunicación también había sido enviada mediante correo
postal.
El contenido del texto también es intrigante: «Como te dije antes no va
a ver [sic] tregua. A partir de hoy a tu hijo se le acaba [sic] todas las
prioridades que se le han dado. Las fotografías que te envié eran indicios de
que tu hijo de verdad lo tengo yo, pero pensaste que era para los expedientes
de los cuerpos policiacos».
¿Cómo se enteraron los secuestradores de que la señora Isabel había
entregado aquellas fotografías a la policía? La respuesta lógica era que tenían
socios dentro de la procuraduría. Si así hubiera sido, llama la atención la
estupidez cometida por los plagiarios al echar de cabeza a sus cómplices.
Barajó la abogada la hipótesis de un pleito dentro de la banda, donde una
facción mantuvo contacto con las autoridades corruptas mientras que la otra se
quedó con la custodia de Hugo Alberto.
Esa solución le pareció rebuscada. Más simple era suponer que el tercer
comunicado tenía como propósito relacionar a la policía con los secuestradores
y de esto último Treviño encontró una prueba irrefutable: la carta que la
señora Isabel envió al fiscal José Luis Santiago Vasconcelos advirtiéndole que
volvería público el nexo criminal entre los funcionarios y los plagiarios. La
prueba de su dicho era justo el tercer comunicado.
Treviño se preparó un café, tomó un breve sorbo que le quemó los labios
y el respingo hizo que varias gotas del líquido hirviente mancharan el material
de trabajo. Ella traía encima la ropa de deporte que algunas veces utilizaba
para trabajar. Necesitaba aire, así que se calzó unos tenis y salió de su
oficina para dar una vuelta a la manzana. Aquella madrugada era igual a
cualquier otra y por ello las calles se mostraban desinteresadas de lo que
pudiera suceder en la intimidad del vecindario. La cabeza de Treviño voló de
nuevo en dirección del señor José Enrique Wallace; seguía sin comprender las
inconsistencias de su comportamiento. ¿A qué se debió que fuera el primero en
presentar la denuncia por secuestro y luego se retractara? Reflexionó si en
alguno de esos dos momentos ese hombre había mentido.
La abogada tenía presente que cada vez que entraba en escena José
Enrique Wallace, se refería a Hugo Alberto como su «hijo». ¿Cómo explicar las
expresiones de afecto que podían percibirse en sus primeras declaraciones, con
su indiferencia posterior respecto de este crimen? ¿Y si José Enrique Wallace
no hubiera abandonado a Hugo Alberto en su momento más trágico, sino que en
realidad dejó de buscarlo porque se dio cuenta de que las notas del secuestro
eran falsas y quizá también de que todo el asunto del plagio era una mentira?
Era difícil explicar por qué la comunicación del 22 de septiembre había
llegado exactamente a la misma hora en que José Enrique Wallace se encontraba
dentro de la fiscalía antisecuestro declarando que los supuestos plagiarios no
habían enviado ninguna nota de rescate. Era como si en ese preciso momento los
señores Wallace hubieran decidido romper la sociedad matrimonial que los unía;
sólo eso explicaría el comportamiento errático tanto del padre adoptivo de Hugo
Alberto como de su madre biológica.
Durante el juicio, la señora Isabel dijo que su marido había negado la
existencia de las notas de secuestro porque tuvo miedo de que los criminales se
dieran cuenta de los tratos que su familia sostenía a escondidas con la
policía. Ese argumento, sin embargo, era como el pez que se muerde la cola: si
los Wallace tenían miedo, ¿por qué tal cosa no impidió, en esos mismos días,
que Isabel Miranda acusara a Jacobo Tagle como uno de los criminales
principales del caso? Nada tenía lógica. Una explicación posible del
comportamiento incoherente de José Enrique, así como de su posterior
apartamiento del caso, es que no estuviera de acuerdo con las maquinaciones de
su esposa.
Quizá se dio cuenta de que ella era la autora de las notas de secuestro
y también de las fotografías que luego mostró a la policía. O peor aún, pudo
haber descubierto que Hugo Alberto participó en la misma maquinación. De lo
contrario, ¿por qué el padre adoptivo aportó evidencia a la procuraduría sobre
las llamadas que Hugo hizo durante las semanas posteriores a la supuesta
desaparición?
71
Hay una anécdota que tuvo a la abogada Treviño varios días nadando en
círculos. Sucedió durante la primera audiencia del juicio, cuando Isabel abrió
los botones del saco sastre que llevaba puesto para mostrar una camiseta
estampada con la fotografía del hijo —una de las tres que dijo haber recibido
junto con las notas de rescate—, donde Hugo Alberto aparece con el torso
desnudo y la cara vendada alrededor de los ojos.
De acuerdo con la confesión de Juana Hilda, Brenda Quevedo tomó esa
fotografía con su teléfono celular para luego manipularla en la computadora;
más tarde la habría enviado, impresa, acompañando los mensajes de rescate. La
abogada consiguió un pequeño teléfono Motorola V300, de esos que se doblaban a
la mitad; tenía integrada una camarita casi de juguete comparada con las que
hoy circulan por todos lados. Según el ministerio público, Brenda había
retratado a la víctima con uno de esos dispositivos.
Tratando de replicar los hechos, Treviño tomó con él una imagen de su
perra, Bruna, y llevó el archivo a un establecimiento dedicado a estampar
fotografías sobre prendas de vestir. La dependienta que la atendió explicó que
ese material era inservible: le recomendó emplear una cámara fotográfica
convencional que ofreciera una mejor resolución la próxima vez que pretendiera
acudir a ese servicio.
Dispuesta a pagar el impuesto de la ingenuidad, aportó entonces una
imagen de Bruna, impresa en papel bond, que antes había obtenido con el
teléfono Motorola. Paciente como monje budista, la chica insistió en que la
única manera de poder atender la petición era contribuir con un archivo digital
que tuviera suficientes pixeles, de lo contrario se plasmaría sobre la playera
una mancha sin ningún parecido con esa perra.
La displicencia de la empleada significó la derrota de Isabel Miranda.
Sin ser consciente de ello, durante esa primera audiencia la madre de Hugo
Alberto sembró una duda grande sobre la versión proporcionada a propósito del
origen de esas fotografías: dada la baja resolución que los teléfonos celulares
poseían en 2005, no habría sido posible derivar una camiseta estampada a partir
de una imagen obtenida con sus lentes.
Aun menos factible habría sido utilizar como insumo una impresión en
papel proveniente de ese mismo archivo digital. ¿Cómo explicar entonces que la
madre haya conseguido una playera con el rostro de su hijo? La respuesta
conduce directo a la fotografía original. Únicamente la persona que contó con
el archivo digital de la imagen —en alta resolución— pudo conseguir la camiseta
estampada presumida durante el juicio. ¿Cómo hizo la tal Isabel para obtener el
archivo original si la imagen fue enviada por los secuestradores en papel? En
caso de que Isabel no hubiera sido la verdadera autora de aquel retrato, ella
debía saber quién fue la persona que tomó esa fotografía, muy probablemente con
una cámara normal.
72
Con sus propios ojos Ámbar Treviño vio a Isabel hacer cosas que iban más
allá de lo comprensible. La sangre que corre por las venas de esa mujer debía
tener la temperatura del mar de Groenlandia. Aun si fuera cierto que le mataron
al hijo, hay comportamientos suyos que no podrían explicarse desde una cabeza
sensata, por ejemplo, el que exhibió la vez que el juez Mejía Ojeda ordenó la
reconstrucción de hechos dentro del departamento de Perugino, donde vivió Juana
Hilda.
En esa ocasión la madre del desaparecido llegó cargando un bulto grande;
ante el asombro de la concurrencia destripó cartón y hule espuma hasta que, del
amasijo, surgió una motosierra. Orgullosa de sí misma, conectó el aparato a la
clavija del único baño de aquella vivienda. La distancia emocional con que
presumió la herramienta hizo que Ámbar Treviño pensara en un talador de montes.
El espacio es tan reducido que sólo la señora, el juez y la motosierra
cupieron dentro. Era obvia la imposibilidad de que en ese sitio los hermanos
Castillo —según se cuenta en la confesión de Juana Hilda— hubieran podido
mutilar un cadáver. ¿Cómo hicieron Tony y Albert, jóvenes robustos, para
manipular ahí el cuerpo de un sujeto como Hugo Alberto, cuya complexión era la
de un exjugador de futbol americano?
Como si el asunto no se tratara del desmembramiento del fruto de sus
entrañas, sino del desmonte de un árbol seco, la señora encendió aquella
máquina; el eco que produjo reventó varios pares de tímpanos. Después, como
quien dirige una obra de teatro guiñol, sacó del baño al juez y metió en su
lugar al licenciado Braulio Robles Zúñiga, quien recibió la motosierra andando,
luego lo encerró tras atrancar la puerta.
Isabel se llevó al juez a la recámara contigua, donde ya tenía preparada
una televisión que encendió para después subir el volumen a su máxima
capacidad. Quería probar algo que no pudo: ni con el escándalo de la televisión
dejó de escucharse el ruido proveniente del baño. La escena tenía algo de
irreal.
Como si esas dos mujeres se disputaran el amor de aquel hombre alto y
flaco, tocó el turno para que la defensora Treviño lo condujera fuera de la
vivienda. Isabel los siguió, tratando todo el tiempo de imponerse.
Según la confesión de Juana Hilda, el descuartizamiento habría sucedido
hacia las nueve de la mañana del martes 12 de julio de 2005; a esa hora la
mayoría de los departamentos del edificio estaban ocupados. En el último piso
se encontraba Raúl Carvallo, quien padecía una lesión en la espalda, así que no
salió en todo el día. Este hombre declaró, al menos dos veces, no haber
escuchado nada, a pesar de que la casa de Juana Hilda estaba debajo de la suya.
Otro vecino, Emmanuel Chávez Ledezma —quien habría abandonado Perugino 6 a la
hora del desayuno—, habitaba también en el tercer piso y, al igual que
Carvallo, dijo no haber percibido ningún ruido.
Sin embargo, el día de la reconstrucción, en el pasillo que conduce
hacia ambos departamentos podía escucharse el ruido de la motosierra recién
estrenada, lo mismo que la televisión. La comitiva bajó luego a la primera
planta, donde vivía Karla Sánchez. Esa chica había dicho en el juzgado que los
muros de aquel inmueble eran tan delgados que cuando Freyre estornudaba en la
recámara de Juana Hilda, ella podía escucharlo en su cocina.
«No es creíble que ninguno de los vecinos se haya percatado. Demasiada
gente tendría que haber conspirado para negar el escándalo que hace la sierra»,
argumentó Ámbar Treviño.
Días después la abogada interrogó al jefe de peritos; quería saber si
aquella motosierra en realidad podía servir para la carnicería propuesta por la
hipótesis criminal. El funcionario refirió que, por las características del
aparato, la sangre y la grasa provenientes de un cuerpo humano habrían
provocado un cortocircuito. También dijo que los huesos hubieran dejado un
montón de virutas imposibles de ocultar durante la inspección realizada tres
días después del supuesto crimen.
Otro detalle relacionado con la motosierra es la nota de compra que
Isabel Miranda presentó en el juzgado para demostrar que Freyre, Jacobo y
Brenda adquirieron ese armatoste. Este papel aporta una incongruencia más:
según Juana Hilda, el infarto que habría arrebatado la vida de Hugo Alberto
sucedió a las tres de la mañana y sólo después de ese hecho tres de los
secuestradores fueron a comprar la motosierra. El conflicto en la línea de
tiempo está en que la adquisición de esa herramienta quedó registrada a las
2:48 a.m. en una tienda ubicada a veinte kilómetros de distancia de Perugino;
es decir, la compra del instrumento criminal se habría realizado doce minutos
antes del supuesto deceso. No tiene ninguna lógica.
Si la muerte de un hijo puede volver loca a una madre, ¿cómo llamar a la
locura que lleva a una madre a inventar la muerte de un hijo?
CAPÍTULO XII
73
Los guardias del Estado Mayor Presidencial impidieron el paso. Una
veintena de personas acompañaban a Isabel Miranda aquella mañana. La mayoría
era gente humilde, víctimas del secuestro; también había reporteros, los más
interesados en su causa. Un capitán de infantería trató de explicar que no
podían presentarse sin aviso y proporcionó un correo electrónico para que ahí
solicitaran una cita con anticipación. Isabel miró el pedazo de papel con
desprecio antes de arengar a la audiencia congregada a su alrededor:
—¡Qué tristeza! No hay mano dura para la delincuencia, y en cambio a los
ciudadanos nos sobajan.
El capitán se sorprendió con esa respuesta. Él había intentado ser
amable.
—Perdone, señora, es que no puedo dejarla pasar sin autorización.
—Voy a colocar un espectacular aquí mismo. Ya veremos si el presidente
no me atiende después de eso —amenazó la madre de Hugo Alberto Wallace.
—Deje ver qué puedo hacer —dijo el militar para ganar tiempo.
No demoró el capitán ni cinco minutos cuando el teléfono celular de la
señora Wallace comenzó a vibrar. Al otro lado de la línea se presentó, con
exceso de amabilidad, el licenciado César Nava, secretario particular del
presidente Felipe Calderón.
Sin titubear, Isabel tomó la llamada y lo trató como si fuera un
integrante más del contingente que tenías frente a ella:
—No me dejan pasar, licenciado. Dicen que no pedí cita, pero eso es un
pretexto, porque así es como el gobierno trata siempre a las víctimas.
Los rostros de los seguidores se encendieron. Con una orden de la mujer,
esas personas habrían pasado por encima de los soldados.
—Sólo quiero entregarle una carta —lo interrumpió.
—…
—Ahí dice lo que estoy pidiendo…
—…
—Busco reunirme con el presidente porque necesito que conozca mejor mi
caso…
—…
—Gracias, licenciado.
Cuando colgó, Isabel estaba más calmada. La dejarían pasar, solamente a
ella, para entregar la carta. Aprovechó para contarle a la prensa sobre el
contenido de la misiva: además de solicitar una cita con el mandatario, quería
que el ejército se hiciera cargo de encontrar los restos de su hijo y también
de dar con el paradero de los criminales aún prófugos.
Ya dentro de Los Pinos, se enteró de que el presidente había salido a
una gira por el norte del país. Más tarde le sorprendería la declaración que
desde Monterrey hizo Felipe Calderón a propósito de su visita: dijo estar muy
apenado por su ausencia y prometió que la recibiría lo antes posible.
Ese mensaje confirmó lo que ella ya sabía. Durante el año anterior se
había vuelto un personaje muy relevante, tanto que los políticos no podían
hacer como si no existiera. Ciertamente, 2006 cambió su vida: desde que colocó
los primeros espectaculares la gente se acercaba a ella porque quería un
autógrafo, una fotografía o simplemente decirle cuánto la admiraba. De buena fe
le pedían que no se rindiera, porque su causa era la de ellos. Fue como si Hugo
Alberto ya no le perteneciera, se volvió la bandera de una sociedad agraviada
por la impunidad.
Ella solita había capturado a cuatro de los seis criminales que mataron
a su hijo; librada a su propio esfuerzo detuvo a Juana Hilda, a César Freyre, a
Albert Castillo y a su hermano Tony. En esta nueva narración ni siquiera su
hermano Roberto Miranda aparecía en escena. Inspirada en las novelas rusas, era
la encarnación mexicanizada de La madre, de Máximo Gorki, el primer motor y
también el último de una revolución contra la delincuencia. En su discurso se
expresaba la enemistad general de la ciudadanía con la política. Era la cuerda
del hartazgo frente a un puñado de gobernantes peleados entre sí y
absolutamente despreocupados por los asuntos de la gente.
Logró que la verdad detrás del mito fuera extirpada de raíz. Ante un
fenómeno tan impresionante como su ascenso al penthouse del poder nacional,
¿qué relevancia podían tener las detenciones arbitrarias de esas personas? Fue
también en 2006 cuando los victimarios abandonaron los papeles principales en
esa narración para convertirse en extras de un elenco cada día más numeroso.
El presidente la citó en su oficina cuarenta y ocho horas después de que
Isabel entregara la carta al licenciado Nava. Aquella fue la primera ocasión
que entró a la oficina principal de Los Pinos, la residencia oficial. La tarde
anterior ensayó su parlamento, porque no quería desaprovechar. Sin embargo,
desde el saludo, lo formal cedió la plaza a la familiaridad:
—Tengo todo el tiempo que usted necesite —le dijo Felipe Calderón.
—Gracias, presidente.
—Me habría gustado atenderla antes, pero andaba fuera de la ciudad.
—Eso me explicó el licenciado Nava, señor.
—¿Qué puedo hacer por usted?
Respiró hondo antes de disparar:
—Vengo a verlo como una madre que ha sufrido mucho, no sólo por la
tragedia que le ocurrió a mi hijo, sino también por la ineptitud de las
autoridades.
Felipe Calderón preguntó si podía tomar notas. Cualquiera diría que fue
un alumno muy aplicado cuando estudió la primaria.
—Cuénteme cómo va su caso.
—Estoy desesperada, presidente, porque continúo sin saber dónde están
los restos de mi hijo.
—Según entiendo, hay varias personas detenidas.
—Sí, cuatro de los criminales están presos, pero la policía no ha
logrado hacerlos hablar. A esa gente la tratan como reyes, mientras que a las
víctimas nos minimizan.
—Todos tenemos derechos….
—Perdone que lo contradiga, presidente; ya estoy cansada de la cantaleta
ésa de los derechos humanos. Son un obstáculo para conseguir que se haga
justicia.
Isabel no podía saber si el presidente estaba de acuerdo con ella porque
no movió ni una ceja. Así que continuó:
—Pero bueno, ese asunto habrá que arreglarlo con los jueces. Lo que yo
vengo a pedirle es otra cosa…
Calderón asintió.
—Necesito una orden de usted para que el ejército me ayude.
De nuevo el mandatario puso cara de apostador profesional.
—Presidente, yo sé que usted recién acaba de hacerse cargo del gobierno…
Él la interrumpió:
—Llevo apenas cinco semanas ocupando esa silla —señaló en dirección a su
escritorio.
—Lo sé, pero la gente que está en la procuraduría, quienes trabajan en
seguridad, la policía, los peritos, los ministerios públicos… todos continúan
siendo los mismos.
—No podría cambiarlos de la noche a la mañana.
—Coincido. El problema es que los nuevos tapan los errores de los de
antes y es por eso por lo que la rueda continúa trabada. Yo estoy al cien con
usted, no vamos a resolver nada si dejamos la solución en manos de funcionarios
corruptos. Por eso vengo a pedirle que el ejército me ayude. ¿Puede imaginarse
lo que significa para una madre no contar con una tumba donde ir a llorar cada
vez que extraño a Hugo Alberto?
—¿Qué puede el ejército hacer por usted?
—Faltan dos, presidente, dos de los criminales que asesinaron a mi hijo
aún están libres. Uno es Jacobo Tagle Dobín, el que ideó el secuestro, y la
otra es su novia, Brenda Quevedo, la más perversa de toda la banda. Ayúdeme, se
lo suplico, para que nos auxilie mi general secretario. Estoy convencida de que
sin intervención militar el caso de mi hijo no va a resolverse.
Isabel calculó correctamente que el presidente recibiría bien la
iniciativa. Ella había gestado la idea un mes atrás, en diciembre de 2006,
cuando vio a Calderón vestido de militar. A diferencia de algunas voces
críticas, a ella no le molestó que el comandante supremo de las Fuerzas Armadas
Mexicanas se disfrazara con ropa de soldado: México necesitaba mano dura y ese
hombre era de los que no se andaban con chiquitas.
La fama que logró amasar en tan pocos meses proporcionó también a Isabel
roces con opiniones políticas sofisticadas. A Felipe Calderón no le preocupaban
tanto los delincuentes como la mitad del país que, en las elecciones del año
previo, votó por otro candidato; sobre todo, estaba preocupado por los
electores que acusaron como fraudulentos los comicios donde se alzó con una
victoria microscópica.
Era lo de menos si le tomaba prestada la ropa a los generales, lo
verdaderamente importante es que también lo hacía con la legitimidad que tenían
las fuerzas armadas. La idea era magnífica. A partir de Calderón, ése sería el
nuevo ritmo del país, el himno marcial de la guerra contra la delincuencia
organizada y también contra los opositores desorganizados.
—La banda que asesinó a Hugo se dedica al crimen organizado y ese tema
le compete al ejército, ¿o no? —interrogó la madre de la víctima.
El mandatario asintió por fin:
—La vamos a ayudar, se lo prometo. Confíe en mí. No la voy a defraudar.
El mandatario se puso en pie y por un teléfono de color rojo se comunicó
con el procurador general de la República. Sin saludos protocolarios, lo
instruyó para que cuanto antes recibiera a la señora Wallace.
Luego regresó con ella y le extendió dos tarjetas de presentación: una
era de César Nava, a quien ya conocía, y la otra de su asistente personal.
—Cualquier cosa que necesite, sin dudarlo, búsqueme a través de estos
colaboradores. Son de mi completa confianza. De ahora en adelante tiene al
presidente de México de su lado.
Antes de abandonar aquella oficina, el mandatario hizo una última
propuesta:
—Usted podría ayudar mucho a mi gobierno si redactara un documento
relatando todas las cosas que ha tenido que atravesar, sobre todo a causa de la
ineptitud burocrática. También me caería bien si me sugiere algunas soluciones
que yo pueda impulsar.
—Lo haré con gusto, presidente.
—Sea mi asesora para combatir el secuestro. El país y yo la necesitamos.
Isabel salió radiante de Los Pinos. Declaró a los reporteros que la
había sorprendido la cercanía del mandatario; habló también de la libreta donde
Calderón tomó notas y presumió que aquella reunión había durado más de una
hora.
—Me siento loca de contenta poque ya no estoy sola en esto: el
presidente me prometió que va a intervenir personalmente para que se haga
justicia a favor de mi hijo. Ahora sí, todo el poder del Estado va a ayudarme
para conseguir justicia.
Un día después de la visita a Los Pinos, dos hombres vestidos con
uniforme color verde y varias medallas en el pecho se presentaron en el
domicilio de Isabel. Ahí ella repitió la solicitud de ayuda y ellos le
agradecieron las generosas palabras empleadas en favor de las fuerzas armadas
cuando se entrevistó con el mandatario.
En contraste, quien recibió mal el reclamo fue el procurador general de
la República, Eduardo Medina Mora. Ese hombre bajito y risueño se portó con
Isabel altivo y arrogante; la amonestó por pedir audiencia con el presidente
antes de solicitársela a él.
—Si usted hiciera bien su trabajo, no habría tenido que acudir con su
jefe —se defendió.
—El mandatario tiene asuntos importantes que atender.
—Le repito: si fui a verlo es porque sus subalternos no hacen bien su
trabajo —cortó ella de tajo.
74
Es muy probable que no se haya sorprendido cuando la invitaron como
oradora. El nuevo gobierno quería adoptarla como vocera porque su visión
coincidía con la de la señora Wallace. La sentaron en el presídium, junto a los
principales dirigentes del partido. A su alrededor circulaba una corriente de
admiración. Nadie hubiera querido estar en sus zapatos, porque la idea de
perder un hijo es insoportable; sin embargo, despertaba fascinación el carácter
con que había enfrentado la desgracia.
Ella sola había aprehendido a los integrantes de la banda que secuestró
a Hugo Alberto. Era un formidable ejemplo para seguir. No supo resignarse a la
ineptitud de los funcionarios, así que se puso a hacer el trabajo de la
policía. Contra la estupidez de la burocracia, la virtud ciudadana: su sola
presencia daba lecciones sobre cómo cambiar el país.
Durante aquel acto público se hizo una evaluación de los primeros cien
días del gobierno del presidente Felipe Calderón. Invitaron a la señora Wallace
para que hablara de seguridad pública: habían transcurrido poco más de
dieciocho meses desde la muerte de Hugo Alberto y ya era considerada en los
círculos de la alta política como una experta en cuestiones de violencia. Le
entregaron quince minutos que no desaprovechó. Al principio hizo sentir
incómoda a aquella audiencia, nadie esperaba que incendiara así el micrófono;
agradeció que el presidente la recibiera en su oficina y reconoció que era un
hombre con buenas intenciones, pero después cargó contra su gabinete:
«El procurador no está haciendo su trabajo y las víctimas de secuestro
necesitamos algo más que promesas».
También dijo que el secretario de seguridad, Genaro García Luna, había
olvidado su caso, porque seguía sin aparecer el cadáver de Hugo Alberto.
Quienes la invitaron temieron haber cometido el peor error político de sus
vidas, no esperaban que la señora Wallace fuera a flagelarlos con tan ingratas
declaraciones: «La autoridad civil se ha visto incompetente, por eso quiero
hacer un llamado para que el ejército intervenga en mi asunto. Habrá quien
diga: “¡Qué exagerada!”, pero a problemas graves, acciones severas».
El público aplaudió al escucharla respaldar la decisión que unas semanas
antes tomara el presidente para que las fuerzas armadas sustituyeran a los
cuerpos de seguridad.
«Debemos cambiar la política y ver qué hacemos para proteger a la
ciudadanía. Si es necesario el toque de queda, no debemos tenerle miedo; pido
también pena de muerte para los secuestradores, más vale que se mueran a que
continúen haciendo daño. Ellos son los delincuentes más cobardes: te levantan
sin dar la cara, te llevan a su guarida, te vendan los ojos y te echan montón.
Esa gente no se puede readaptar. No se trata de inhibir el delito, sino de
utilizar contra ellos un arma drástica».
Afirmó esa vez que las encuestas le daban la razón; una mayoría estaba
de acuerdo con reinstalar la pena capital. Aprovechó también para referirse a
las personas acusadas de pederastia: «Opino que debería colocarse sobre ellas
un dispositivo para que cada vez que suban a un transporte público, cada vez
que tomen un avión o entren a un lugar concurrido, suene una alarma que alerte
a la sociedad sobre el peligro que esa gente representa».
Al terminar la intervención, la concurrencia se puso de pie; sus
palabras habían conectado con el espíritu de la época. Atrás quedaron la
timidez y la hipocresía. Salvo unos cuantos que no comulgaron con sus
propuestas, los demás celebraron la honestidad. Estaban de acuerdo en que el
ejército supliera a los funcionarios civiles porque eran ineficientes y también
corruptos. Y aunque se considerara de mal gusto defender la pena de muerte, las
frases sin florituras de la señora Wallace despertaron las emociones primarias
de aquella clase política.
Las pocas personas que no se rindieron ante ella fueron las que
alcanzaron a percibir en ese discurso un ánimo más cercano a la venganza que a
la justicia, pero la ley del talión siempre ha sido más popular que cualquier
otra y ese día aquella madre se los recordó.
75
Contó la señora Wallace a los periodistas que su nieto gritaba mientras
ella lo abrazaba muerta de miedo por los disparos que reventaron muy cerca.
Dijo que vio a tres hombres descender de un vehículo antes de que comenzaran a
atacarlos. Narró también que uno de los agresores ingresó a su oficina y
lesionó a una empleada.
Gracias a que los guardias estaban cerca, ella salió ilesa del atentado.
Sólo uno de los tres delincuentes fue detenido; sobre el pavimento quedaron
regados los casquillos percutidos. Cuando la prensa entrevistó a la señora
Wallace, ella señaló a César Freyre, el líder de la banda que secuestrara a su
hijo, como responsable de lo ocurrido. Aunque llevaba preso ya dos años,
aseguró que él había contratado a los sicarios que trataron de asesinarla.
¿Qué hubiera sido de la señora Wallace sin los escoltas que el gobierno
le asignó para protegerla? Ella solía quejarse de no tener privacidad, y es que
a toda hora iba acompañada de ellos. Cuando solicitó seguridad a la
procuraduría, comisionaron a esos funcionarios para que velaran por su vida.
También enviaron a dos agentes para vigilar su casa; mandó poner cámaras en su
domicilio y en sus oficinas para detectar cualquier amenaza. Durante poco más
de trece años, ese aparato de protección fue pagado con los impuestos del
pueblo mexicano.
Días después del atentado, el atacante rindió su primera declaración.
Prácticamente nadie prestó oídos a lo que dijo en el juzgado: según su versión
de los hechos, el objetivo no era la señora Wallace ni su nieto, sino uno de
los escoltas, quien minutos antes del tiroteo había ingresado a un cajero
automático para retirar dinero.
Cuando iban a asaltarlo, el guardia se defendió con el arma que portaba.
Después de disparar, el escolta fue a refugiarse dentro de las oficinas de
Showposter, ingresó con tal energía por la puerta que pasó encima de una
empleada. Aunque años después la señora Wallace continuó repitiendo la historia
del atentado, el ladrón fue procesado por robo a mano armada, ya que la policía
no pudo confirmar la hipótesis de la agresión en su contra.
Sin embargo, este episodio ayudó para seguir alimentando la fama de la
señora Wallace como una mujer que despreciaba el riesgo. Al contrario de la
mayoría, estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para enfrentar a la
delincuencia. Por aquel entonces promovió una marcha por las calles de la
capital para exigir, de nuevo, pena de muerte para los secuestradores.
«Iluminemos México» se llamó esa movilización. La señora aprovechó el
entusiasmo creciente de la gente con su causa para confirmar la alianza con los
generales. Respaldó de nuevo la idea de que las fuerzas armadas sustituyeran a
la policía y aprovechó para proponer la creación de una defensoría de los
derechos del personal militar; declaró que se había echado a andar una campaña
para desprestigiar al ejército porque a los criminales no les convenía que los
soldados patrullaran las calles.
Cargó también la señora Wallace contra las organizaciones de derechos
humanos: «Me queda claro que muchos delincuentes se victimizan y buscan el
apoyo de esas organizaciones, pero la protección en México únicamente sirve
para perpetuar la impunidad. Cualquier cosa la hacen pasar como tortura y esos
supuestos defensores siempre lucran con ello».
Con estos y otros argumentos creó su propia organización: Alto al
Secuestro. Se tomó muy en serio la propuesta que le hizo el presidente para ser
su asesora. Comenzó a publicar todos los meses un informe con las cifras de los
secuestros ocurridos en el país. Cuando un gobernador veía que el número de
plagios crecía en su entidad, la invitaba para que lo ayudara a bajar ese
indicador. Si, por el contrario, sus números favorecían a un gobierno, se
organizaba un evento con mucha prensa para que la señora Wallace reconociera en
público la buena gestión.
Muchas veces los datos de Alto al Secuestro no coincidían con las cifras
oficiales; en tales casos nadie se atrevió a contradecir esa información.
Tampoco hubo quien se preocupara por investigar su metodología ni en conocer a
las personas que procesaban los números dentro de las oficinas de la
organización. El dueño de un periódico le prestó una mansión ubicada en un
barrio caro del sur del Distrito Federal, y ahí instaló a los integrantes de la
familia Miranda que laboraban para Alto al Secuestro.
Cinco años después de la desaparición de Hugo Alberto, la reputación de
la señora Wallace tocó el cielo. Ninguna víctima había conseguido tanto
protagonismo, todo mundo quería conocerla y presumir su amistad. Su osadía sin
límite la llevó a promover ante el Senado a un aliado suyo para que fuera
presidente de la CNDH: Raúl Plascencia. Ese espaldarazo le entregó los votos
necesarios para hacerse con dicho cargo público.
Luego, cuando Brenda, Jacobo, Freyre o Albert Castillo denunciaron el
trato inhumano que les daban en la cárcel, la CNDH se encargó de desestimar sus
quejas. Para ese momento, la única versión válida del caso Wallace era la que
ella proporcionaba: toda interpretación alterna quedó enterrada. Su voz se
había convertido en sinónimo de verdad, y quienes se atrevieron a poner en duda
sus dichos merecieron en automático trato de criminales.
76
Los familiares de Brenda, Freyre y los hermanos Castillo trataron de
conseguir que los medios les entrevistaran, pero cada vez la puerta se cerró.
Entonces el cuñado de César Freyre grabó unos videos y los subió a la red; sin
embargo, durante un largo tiempo tuvieron muy pocas vistas. Otros atributos de
las familias pasaron a un segundo plano: que fueran la madre, el tío o la
hermana de un criminal se había convertido prácticamente en el único adjetivo
sobre sus personas. Socialmente fue como si les hubiera caído la lepra. Nadie
quería emplear al familiar de unos asesinos.
Mientras todo en la vida de la señora Wallace iba en ascenso, las suyas
se desplomaban. Era obvio que formaban parte de un mismo molino que, para
girar, requería que algunas de sus aspas miraran al cielo mientras otras lo
hacían hacia la tierra. Aquellos espectaculares, como el instalado en el patio
de la casa de Raquel Dobín, la madre de Jacobo Tagle, habían vuelto famosa a
una mujer que no aparecía en ellos; sin embargo, cualquier noticia sobre la
señora Wallace cargaba de audiencia los programas de televisión y de tinta las
páginas de los diarios. Los periodistas querían montarse en el lomo de su
celebridad porque ella encarnó, como nadie, el reclamo contra los malhechores.
Con su venganza, la madre de Hugo Alberto había sabido tocar las cuerdas
más tensas de una mayoría alejada de la justicia. El colmo fue cuando el jefe
de gobierno de la capital, Alejandro Encinas, felicitó a la señora Wallace por
convocar al linchamiento: dijo que, en una ciudad donde nadie quería denunciar
a los criminales, esa señora se había vuelto un ejemplo de valentía.
Otras personas preferían sus cualidades de madre. La lógica del molino
funcionó bien cuando el protagonismo de la señora Wallace se opuso a los
hombres de la banda, pero el magnetismo de la narrativa subió de nivel una vez
que la controversia comenzó a orbitar alrededor de las mujeres. En un extremo
se hallaba la madre dispuesta a hacer lo que fuera para conseguir justicia a
favor del fruto de sus entrañas, y del otro las arpías, esas hembras que
envenenaban su propia piel para ofrecerla como carnada: las enganchadoras, las
traficantes, las portadoras de un vientre podrido. El caso Wallace es una
epopeya entre la madre y las prostitutas. La virtud del amor materno
—sacrificado, incansable, irrompible, abnegado, tenaz— contra esas hembras
despreciables, frías, hipócritas y manipuladoras.
No muy lejos del círculo del infierno donde la señora Wallace puso a
Brenda y a Juana Hilda, también colocó a las autoridades. Nadie se salvó de su
denuncia: la policía, el ministerio público, los jueces, el procurador, el jefe
de gobierno y los políticos. Aquí sí, todos los adversarios eran varones y ella
la única mujer capaz de confrontarlos. La fuerza de la señora Wallace se
alimentó de la destreza con la que sabía utilizar la lengua para destruir
reputaciones.
La clase política se tiró a sus pies como si debiera agradecer el
maltrato. Ella era una madre ejemplar, una mujer sobresaliente y también una
ciudadana notable; esa triple personalidad proporcionaba aire caliente a su
zepelín. Todo siempre y cuando abajo, en la tierra, sus adversarios —las
mujeres de mal vivir, las autoridades ineptas y los políticos corruptos— se
mantuvieran en la hoguera.
Por todas las vías imaginables la señora Wallace se encargó de que esas
personas no pudieran argumentar en su contra. Cada vez que alguien desafiaba su
verdad, esa persona era arrojada a un caldero de aceite hirviendo. A la madre
de Brenda la acusó de tener también un vientre alegre; a Juana Hilda González
la censuró por su poder seductor; a Luis Carrillo, tío de los hermanos
Castillo, por corromper a las autoridades, y a los periodistas o los políticos
que intentaron entender mejor el caso los acusó de haberse dejado comprar por
los peores criminales.
CAPÍTULO XIII
77
Aquellas audiencias duraban entre ocho y diez horas diarias. La tensión
tenía agotada a Ámbar Treviño. En cambio, el representante de la señora
Wallace, el abogado Ricardo Martínez, se presentaba cada vez como un niño
recién levantado. Quizá fuera por la confianza que tenía en que la iba a
derrotar, o porque no cargaba sobre su espalda la posible condena de cuatro
personas inocentes.
La defensa estaba consciente de que, eliminando la confesión de Juana
Hilda, el caso Wallace se desplomaría; una prueba débil porque no la ratificó
ante el juez, porque esas declaraciones no eran coherentes, porque no estuvo
acompañada todo el tiempo de la defensora de oficio que entonces la asistía, la
licenciada Dolores Vera Murcia, y porque la narración que ahí aparece fue
inducida.
—Inclusive en la época de la Santa Inquisición, cuando era legal
torturar a las personas para que confesaran sus delitos, sólo eran tomadas en
consideración aquellas declaraciones que se ratificaban ante un tribunal
—comenzó ilustrando la licenciada Treviño.
—No venga a lucirse con su cultura, abogada. Si bien la inculpada no
ratificó sus declaraciones ante el juez, las hizo en presencia del agente del
ministerio público y con eso basta —replicó el abogado Martínez.
—La prueba está viciada porque la historia que ahí se cuenta no es
creíble. Alguien con mala imaginación fabricó un parlamento que puso en boca de
mi clienta y la obligó a repetirlo frente a una cámara.
—¿Por qué serían falsas esas declaraciones? —quiso saber Ricardo
Martínez.
Ámbar Treviño presumió de nuevo su cultura, esta vez cinematográfica:
—El guion sobre el que se montó la confesión es sospechosamente parecido
a la película La ventana indiscreta de Alfred Hitchcock; un sujeto que asesinó
a una mujer y la descuartizó durante la madrugada dentro del baño de su
departamento, luego introdujo los restos en una maleta y se deshizo de ellos
arrojándolos a un río. Excepto por lo del río, todo lo demás es observado por
un vecino. Al final del filme el asesino intenta eliminar al testigo, pero
falla; entonces el delincuente, acorralado, confiesa su crimen a la policía.
—Ahórrese sus referencias chabacanas, Treviño, que en este juzgado no
van a servir de nada —insistió Ricardo Martínez.
Sin resignarse, la defensa procedió a desarrollar el primer argumento de
aquella jornada: la ausencia de la licenciada Vera Murcia durante el tiempo que
tomó el interrogatorio de Juana Hilda. La prueba es el video que registró la
confesión:
—Ese material dura poco más de una hora. ¿Por qué no aparece la abogada
defensora en esas imágenes? —cuestionó la defensa.
Ricardo Martínez estaba preparado para responder:
—Una cosa es que no salga en el video y otra que no se hallara presente.
Treviño pidió al operario del juzgado que corriera las imágenes. En
ellas aparecen tres personas, y aunque no se ven, se percibe la presencia de
otras dos. Además de Juana Hilda hay una mujer que transcribe lo que ella va
diciendo, un hombre joven que en algún momento se pone de pie para tomar una
llamada telefónica, y otro sujeto, que es quien estuvo a cargo del
interrogatorio. Es obvio que, además, hay una persona a quien Juana Hilda mira
cada vez que duda sobre lo que debe decir. Según la bailarina, esa persona le
fue mostrando unos cartelones donde estaba escrito el argumento que había de
seguir. En efecto, por ningún lado aparece la abogada de oficio, Dolores Vera
Murcia.
—¿No será que es la mujer araña y se pegó al techo de la habitación? —se
burló la defensora.
—Guarde sus bromas para cuando tome café con sus amigas —insistió con
condescendencia la parte acusadora.
—¿Qué tal si mejor demuestro que esa licenciada andaba en otra parte?
—reaccionó Treviño—. Debo recordar aquí que Rosa Morales y Julieta Freyre
fueron acusadas de extorsión, motivo por el cual las detuvo la policía el mismo
día que Juana Hilda proporcionó las declaraciones que estamos discutiendo.
—¿Qué tiene que ver ese hecho con el tema que hoy nos ocupa? —cortó el
licenciado Martínez.
—La abogada Dolores Vera Murcia, que entonces representaba a mi clienta,
no pudo estar en dos lugares al mismo tiempo: atendiendo a esas mujeres
mientras acompañaba a Juana Hilda en sus declaraciones.
—¡Claro que sí! Pudo haberse desplazado de una sala de interrogatorios a
la otra para cumplir con las dos diligencias —reviró la contraparte.
—El problema, señoría, no es el lugar, sino la hora. Si usted revisa el
documento donde quedó consignada la diligencia en la que participaron las
familiares de César Freyre y lo contrasta con la confesión de mi clienta
encontrará que ambos actos ocurrieron al mismo tiempo.
Entonces Treviño solicitó que el asistente del juez proyectara el video
a partir de la segunda media hora; para mejorar el efecto pidió también al
operario que eliminara el sonido. Un murmullo recorrió a los asistentes.
—Observe por favor, su señoría, cómo mientras Juana Hilda está hablando,
la luz natural de la sala va perdiendo intensidad y por tanto se encienden las
lámparas.
—¿Qué relevancia tiene todo esto? —se quejó el abogado de la señora
Wallace.
—Toda la relevancia —subrayó la defensa—. Según el Servicio
Meteorológico Nacional, en el Distrito Federal, el miércoles 8 de febrero de
2006, el sol se puso entre las seis y media y las siete de la tarde. Esto
prueba que Juana Hilda estaba declarando justo a esa hora sin la presencia de
la defensora Vera Murcia, porque ella se encontraba en otra parte del edificio
asistiendo a la cuñada y a la suegra. Repito lo que ustedes ya saben —subrayó
Treviño, dirigiéndose primero al licenciado Martínez y luego al juez—: sin
abogado, ninguna confesión puede ser considerada como válida.
Treviño aprovechó que había descolocado a su adversario para denunciar
ante el juez la difusión ilegal del famoso video:
—Coincidirá conmigo, señoría, que al dar a conocer públicamente este
video se rompió además el secreto que debe guardarse mientras el proceso
judicial concluye y con ello se vulneró el derecho de mi clienta a la
presunción de inocencia.
El juez debió de saber que en esto la licenciada Treviño tenía razón. La
señora Wallace subió ese material a YouTube y con ello el relato de la perversa
criminal cobró vida propia fuera del juzgado. Como si se tratara de una
telenovela puede verse a la villana, sin una pizca de arrepentimiento, confesar
su participación en el crimen más horrendo. La abogada temió que el impacto
mediático fuera irreversible: ¿cómo se atrevería el juez Mejía Ojeda a declarar
inocente a la imputada si esa evidencia problemática sobre su culpabilidad
había sido divulgada sin ningún aviso del contexto en que fue obtenida?
Treviño logró desentenderse del tremendo dolor que traía en las
lumbares, respiró hondo y se lanzó sobre la siguiente cuesta de aquella
empinada montaña. Sacó de su arsenal lo que ella consideró su arma más
poderosa: la manipulación del video. Esa grabación demuestra también que las
respuestas de Juana Hilda fueron inducidas y que tanto la fotografía como el
sonido fueron alterados:
—Más de la mitad del material tiene cortes de edición donde la pantalla
se va a negros, sin otra excusa que la necesidad de sacar de cauce el flujo de
la narración de mi clienta. Respecto del sonido, son muchos los momentos en que
la voz deja de escucharse y ésta es sustituida por estática. Cada vez que tal
cosa sucede, cada vez que lo que ella dice se vuelve incomprensible, como si se
tratara de una película en lengua extranjera aparecen unos subtítulos
dispuestos para tergiversar el sentido de sus palabras.
—La única que manipula aquí las cosas es usted, abogada Treviño; esa
confesión no deja lugar a dudas —se entrometió el licenciado Martínez.
—Pido permiso, señoría, para mostrar las anomalías que restan
credibilidad a estas imágenes —se impuso la defensa.
Mejía Ojeda asintió.
—Un ejemplo de lo que estoy diciendo se encuentra alrededor del minuto
quince de la grabación; ahí se dice que las supuestas agresiones de Jacobo
Tagle contra Hugo Alberto le habrían provocado un paro cardiaco. Sin embargo,
sin ayuda de los subtítulos no es posible asegurar que tal cosa haya sido
realmente pronunciada por mi representada. Lo mismo sucede entre los minutos
diecinueve y veintidós del video, donde la declarante acusa a los hermanos
Castillo de algún tipo de responsabilidad.
Para demostrar su argumento Treviño pidió al operario que ubicara las
imágenes a las que se refería, donde aparece el siguiente discurso:
JUANA HILDA.—Este Tony, su hermano [estática] que fue el que [estática]
el principal que hizo todo eso.
—¿Qué significan exactamente las frases «fue el que […] el principal que
hizo todo eso»? A lo largo de la filmación hay por lo menos quince momentos
similares, donde la voz de Juana Hilda se vuelve inaudible y su expresión es
sustituida por subtítulos poco fiables.
—¡Miente! —chilló la señora Wallace.
—Diga usted lo que quiera, pero este video no sirve para una chingada
—reventó Treviño porque ya no podía mantenerse en pie.
—Le exijo que se abstenga de utilizar términos soeces en mi presencia
—amonestó el juez.
—Perdone, su señoría. No volverá a pasar.
El tic de la pierna de la señora incrementó su velocidad.
—Otro vicio de este video es la manera como el interrogador conduce las
declaraciones de la imputada. Esta confesión sería válida si hubiera sido libre
y espontánea, pero son muchas las ocasiones cuando ese hombre dirige a Juana
Hilda para que sus expresiones coincidan con una historia que alguien escribió
de antemano. Por ejemplo, cuando Juana Hilda menciona al hermano de Tony
Castillo y el interrogador cuestiona si se trata del «médico». Albert Castillo
Cruz no es doctor, y sin embargo ese funcionario de la procuraduría condujo a
mi cliente para que pronunciara esa mentira. Esta misma táctica se repite al
menos una decena de veces.
El abogado Martínez pidió la palabra y el juez volvió a concedérsela:
—Me parece obvio que el interrogador está ayudando a conseguir mejor
precisión sobre lo que la imputada va narrando. Eso no es «inducir», como dice
la abogada, sino «clarificar».
—¿Qué parte del significado de la palabra «espontánea» no entiende
usted? —insistió la defensa—. Si a la hora de «clarificar» el interrogador
dirige al testigo en una dirección arbitraria, lo que se produce es la
anulación de esa espontaneidad.
—No me interrumpa, abogada.
El juez dio la razón al representante de la señora Wallace y ordenó a la
defensa que dejara continuar a Ricardo Martínez:
—Es evidente que la acusada emitió dos confesiones la tarde del 8 de
febrero. La primera quedó escrita y firmada, y la segunda se produjo más tarde
ante la cámara de video. Durante la grabación el interrogador ayudó a la
imputada a recordar lo que antes había dicho.
—¿Por qué está usted tan seguro de que fueron dos declaraciones?
—cuestionó Treviño.
—Pues porque al principio del video el funcionario pide a Juana Hilda
González que vuelva a contar los hechos —respondió el abogado.
—Difiero. Lo más probable es que el video haya registrado el momento
mismo en que se hizo esta confesión y que cualquier cosa que Juana Hilda haya
dicho antes sucedió fuera del procedimiento legal.
—No puede usted probar lo que está diciendo —refuto el licenciado
Martínez.
—Usted tampoco puede hacerlo respecto a la hipótesis de las dos
declaraciones —remató Treviño.
—Vuelvo a preguntar: ¿cómo explica usted que el funcionario haya pedido
narrar de nuevo los hechos? —terció Martínez.
Ámbar Treviño se acercó al operario de la videocasetera y solicitó que
rebobinara la cinta desde el principio.
—¿Se refiere a la parte donde el funcionario de la procuraduría le dice
a Juana Hilda que cuente otra vez lo sucedido?
—Así es.
El técnico apretó el botón y se escuchó el parlamento tal cual fue
pronunciado:
INTERROGADOR.—Necesitamos que me vuelvas a platicar, pero… así, [de]
corrido, ya sin que nosotros te preguntemos.
Treviño produjo el efecto que esperaba cuando repitió las palabras:
«…sin que nosotros te preguntemos».
Tragó agua y retomó su argumento:
—Traicionando su propia afirmación, el interrogador indujo a mi clienta
todo el tiempo con sus preguntas. Por ejemplo, cuando ella dice «se bajaron» y
el funcionario de la procuraduría cuestiona: «¿A comprar qué?». Y entonces
Juana Hilda responde: «Un serrucho». ¿Un serrucho? La diferencia entre una
sierra eléctrica y un serrucho son como dos mil años de evolución humana —se
desesperó Treviño.
Buscó en ese momento dentro de su bolso un analgésico que le ayudara a
terminar aquella jornada de pesadilla. La espalda la estaba matando.
—¿Algo más que la defensa desee agregar? —cuestionó el juez.
—Sí, su señoría. Hay un tema más.
La señora Wallace se quejó con fatiga.
—Necesito referirme a los letreros.
Juana Hilda le había contado que detrás de la mujer que transcribía en
la computadora su declaración, alguien le mostraba unos carteles con las frases
que debía decir. Esto es evidente porque en el video, cada vez que ella olvida
un dato, para recordarlo aparta la mirada de la persona que la está
interrogando y la fija en el horizonte.
JUANA HILDA.—Hugo me habló un sábado, domingo, lunes, ¿no? Porque creo
que fue un lunes; salí con él un viernes y pasó sábado, domingo y el lunes, me
acuerdo…
En esta parte, mientras la imputada va recorriendo prácticamente todos
los días de la semana, busca desesperadamente inspiración en un punto de fuga
que estaría justo detrás de la computadora. Y cada vez funciona: encuentra
súbitamente los datos extraviados y emprende de nuevo la narración.
—Puras especulaciones, licenciada —reclamó el abogado Martínez.
—El video es la prueba —dijo la defensa e indicó al operario que fijara
la cinta esta vez en el minuto siete.
Surgió entonces la imagen de Juana Hilda reproduciendo justo el gesto
que la abogada acababa de describir: la acusada mira en dirección de algo (o
alguien) detrás de la persona que está transcribiendo sus dichos.
El licenciado Martínez avanzó un par de pasos para bloquear con su
cuerpo el monitor de la sala:
—A la abogada le encantan las conjeturas apresuradas. Hay personas que
cuando intentamos recordar cerramos los ojos, otras echamos la cabeza hacia
atrás, y en el caso de la imputada, muy probablemente prefiere poner la mirada
en el horizonte. Eso no quiere decir que le hayan mostrado letreros, mucho
menos que alguien le haya sugerido un guion.
El dolor la tenía desesperada; era como si cada vez que ese abogado o la
señora Wallace se dirigían a ella, el cuerpo le reclamara. Llevaban demasiados
días de audiencia, y cuando no estaba en el juzgado, pasaba horas revisando
documentos y preparando sus intervenciones. Si Treviño hubiera creído en la
magia negra, se habría explicado ese padecimiento como algún tipo de brujería.
El abogado Martínez aprovechó la pausa tomada por la defensa para
describir, a partir del video, la personalidad de Juana Hilda:
—Se trata de una mujer superficial, frívola, chacotera, incluso cuando
explica los detalles más horrendos de este crimen. En esta grabación no se
observa que haya sido presionada: habla sin parar, como si le estuviera
contando el crimen a un par de amigas dentro de un salón de belleza mientras le
hacen la manicura. Usa el mismo tono de voz para contar la ida al cine que
cuando narra el desmembramiento del cadáver que emprendieron los hermanos
Castillo. La imputada está plenamente consciente de lo que dice, pero no actúa
igual que la mayoría, a quienes esta historia nos parece una abominable
pesadilla.
Sin atender lo que estaba escuchando, Treviño volvió a la carga. Por
fortuna, aquella sería la última intervención del día. Instruyó al operario que
ubicara el video hacia el final de la cinta.
INTERROGADOR.—¿Y luego qué pasó?
JUANA HILDA.—…pero más bien estuve en Los Ángeles; fueron seis, porque
mi abuelita es la que es de Houston. En Los Ángeles…
—¿Cómo explicar las incoherencias evidentes en esta parte de la
confesión? Debo precisar, señor juez, que ninguna de las abuelas de mi clienta
nació en Houston ni visitaron nunca Estados Unidos. Tampoco su madre ni el
resto de su familia. Sólo Juana Hilda cuenta con pasaporte y visa para viajar a
ese país.
—Ahora va a argumentar que la acusada está loca —sentenció la señora
Wallace.
—Hay otras explicaciones posibles. Juana Hilda asegura que un agente de
la fiscalía, un hombre llamado Fermín Ubaldo Cruz, puso algún narcótico en el
agua que se le dio de beber esa tarde. Esta explicación ayudaría a entender el
tono indolente al que ha hecho referencia el licenciado Martínez. Sé que esto
último no lo puedo probar, ya que nadie analizó la sangre ni la orina de la
acusada después del interrogatorio. Sin embargo, me permito recordar aquí otro
hecho que podría validar mi argumento.
—Abrevie, abogada, por favor, que ya todos nos queremos ir a casa
—presionó el licenciado Martínez.
Treviño puso los ojos en el juez para sugerirle que interviniera, pero
Mejía Ojeda la miró con indiferencia.
—La madrugada posterior a la supuesta confesión, mi representada sufrió
un accidente de tránsito en el que casi perdió la vida. El chofer que conducía
el vehículo oficial murió porque su cabeza pegó contra el cristal blindado.
Después, el resto de la tripulación fue trasladada a un hospital; todos excepto
Juana Hilda. ¿Por qué esta tremenda arbitrariedad? Me atrevo a sugerir que mi
clienta fue privada de atención hospitalaria no porque la policía temiera que
el accidente trascendería a los medios; tampoco confío en que se haya tratado
de una medida para ocultar la salida irregular de Juana Hilda del centro de
arraigo. La verdadera razón tiene que ver con que, de haberla conducido también
al hospital le habrían practicado análisis de laboratorio cuyos resultados muy
probablemente confirmarían la versión de mi clienta en el sentido de que fue
drogada durante el interrogatorio en el que se declaró culpable.
78
Los integrantes de la falsa banda de Chalma fueron procesados por un
homicidio sin cadáver. No se encontraron los restos de Hugo Alberto en los
canales de Xochimilco, tampoco hallaron el automóvil donde supuestamente fueron
transportados hasta ese lugar. En algo tenía razón la señora Wallace: el luto
por su hijo quedó postergado porque no estaba oficialmente muerto. Para
corregir ese pequeño detalle, ella consiguió que la autoridad expidiera un
certificado de defunción. Ese papel, a su vez, se basó en el dictamen forense
firmado por Olimpia Patricia Crespo Arellano, una médica adscrita a la
procuraduría.
De acuerdo con ese dictamen:
Hugo Alberto Wallace Miranda fue lesionado por contusiones simples y
complejas, [también] por un intento de asfixia mecánica externa a nivel
cervical en su variedad de estrangulamiento manual, así como asfixia a nivel de
tórax y abdomen por compresión […] aunado a un choque hipovolémico, lo cual en
su conjunto es mortal.
Una cosa es obtener conclusiones a partir de un conjunto de hechos
confirmados y otra muy distinta es producir una ficción para luego hacerla
pasar como verdad. El acta de defunción estaba más cerca de la fantasía que del
derecho. Prueba de ello es que la médica forense haya improvisado tres causas
de muerte contradictorias. Si no tuvo acceso a los restos, ¿cómo hizo para
determinarlas? Pues dio por buenos los dichos emitidos por Juana Hilda González
Lomelí en el contexto de su confesión.
Primero afirmó la forense que Hugo Alberto murió por estrangulamiento,
aunque según la narración de la bailarina él perdió la vida por un paro
cardiaco: César Freyre lo habría golpeado cuando no quiso entregar el código
para desactivar la alarma de su vehículo y esa violencia lo condujo a la muerte
hacia las tres de la mañana del martes 12 de julio de 2005.
La forense también escribió que la víctima padeció un choque
hipovolémico, es decir, una pérdida severa de sangre que impidió al corazón
irrigar el resto del cuerpo. Si Hugo Alberto falleció de un paro cardiaco a las
tres de la madrugada es imposible, médicamente hablando, que a la hora del
desayuno haya vuelto a morir por el desmembramiento realizado con una sierra
eléctrica. Para que un choque hipovolémico le hubiera arrebatado la vida era
necesario que las extremidades fueran destazadas mientras el corazón aún
funcionaba.
Es absurdo que el hijo de la señora Wallace haya perdido simultáneamente
la vida por estrangulamiento, después por un paro cardiaco y al final por un
choque hipovolémico. En su dictamen, la doctora Crespo abusó de términos poco
conocidos para el común de las personas, contando con que sus argumentos
contradictorios pasarían desapercibidos.
El testimonio de Juana Hilda excluye el estrangulamiento, el cual no fue
referido que ocurriera a las tres de la mañana, y también el choque
hipovolémico, ya que el cercenamiento se habría practicado sobre el cadáver y
no sobre un cuerpo vivo. Resulta obvio que tanto el informe pericial de la
doctora como el acta de defunción son documentos hechizos. César Freyre, Juana
Hilda González y los hermanos Tony y Albert Castillo fueron procesados por
haber asesinado a un hombre cuya causa de muerte no pudo determinarse, ya que
el cadáver jamás apareció, y también por las invenciones que la forense
introdujo a pesar de su falta de sustento.
79
Después de que la señora Wallace dedicó tanto tiempo y dinero para
investigar sus vidas, las familias de los acusados tomaron la decisión de hacer
lo mismo para poder defenderse de ella. Cuando Enriqueta, la madre de Brenda, y
María Elena, la madre de los hermanos Castillo, comenzaron sus investigaciones,
contaban con un solo hilo por jalar: la mención que Hugo Alberto le hizo a
Jacobo Tagle acerca de que José Enrique Wallace no era su padre biológico.
Judith, la hermana de Jacobo, recordaba muy bien esa conversación
sostenida en Acapulco mientras Pedro Tagle atravesaba a nado la bahía. Aquellas
madres hicieron equipo para indagar. Al principio, este pequeño dato se
extravió bajo el tsunami que significó el hallazgo de los restos de sangre en
el departamento que fuera de Juana Hilda, los mismos que al analizarse
coincidieron en un noventa y nueve por ciento con el señor José Enrique
Wallace. Sin embargo, si ese hombre no era el padre biológico de Hugo Alberto,
¿cómo explicar que esa mancha diminuta encontrada en la supuesta escena del
crimen perteneciera a un hijo suyo?
El Registro Civil fue el sitio donde esas mujeres se pusieron a buscar.
Una vez que se metieron ahí dentro salieron peor de confundidas porque hallaron
dos actas de nacimiento y otra de reconocimiento, todas relacionadas con Hugo
Alberto. Como los apellidos de aquel hombre no coincidían en esos documentos,
al menos dos de las actas debían ser apócrifas.
Detrás de esos papeles se asomaba una historia que entonces no fueron
capaces de desenterrar. Una periodista dio a conocer esos pedazos sueltos de
papel, lo cual le salió caro a la madre de Brenda, porque el fiscal Rodrigo
Archundia la mandó traer y la hizo pasar un muy mal trago. A ella también le
quitaron la ropa durante la clásica revisión médica, y un subordinado le pegó
de gritos exigiendo que dejara en paz las mentadas actas.
Tuvo que pasar tiempo para que apareciera la persona que descifraría la
conexión entre esos papeles del Registro Civil y la biografía de Hugo Alberto.
Paradójicamente, fue la señora Wallace quien ayudó a encontrar a Carlos León
Miranda, testigo clave de esta historia.
80
Costaba creer que la prueba más importante, la pieza definitiva para
confirmar la confesión de Juana Hilda, fuera una minúscula mancha de color café
que logró permanecer siete meses adosada al borde de una regadera utilizada por
el inquilino que rentó el departamento 4 de Perugino, después de Juana Hilda.
El documento redactado por la perito Yanet Montes de Oca dice sin
ambigüedades que la sangre hallada en el sardinel de aquel baño era compatible
en un noventa y nueve por ciento con la prueba de ADN que se obtuvo del señor
José Enrique del Socorro Wallace. También está escrito que la coincidencia
genética con la señora Wallace es superior al noventa y cinco por ciento. En
otras palabras, los restos hallados durante la inspección de febrero de 2006
confirmarían que un individuo descendiente de estas dos personas había dejado
un rastro para la posteridad en el baño inspeccionado.
Sin embargo, el mismo reporte de Montes de Oca contiene un argumento que
pone en duda la principal hipótesis. Las mujeres son el sexo homogamético, lo
cual se expresa con las letras XX. La sorpresa vino cuando los restos hallados
junto al sardinel exhibieron la misma característica, es decir, que también
eran homogaméticos. En efecto, la perito estableció en su reporte que la gota
correspondía a una mujer y no a un varón.
Ámbar Treviño se convenció de que alguien, queriéndose pasar de listo,
metió de contrabando un chisguete de sangre de una pariente de Hugo Alberto
dentro del edificio de Perugino, y la única sujeto homogamética que podía al
mismo tiempo coincidir con la señora y su esposo era Claudia Wallace Miranda,
la media hermana del desaparecido; por tanto, la gota de sangre muy
probablemente había sido sembrada.
Cuando terminó de redactar las notas para su intervención del día
siguiente, Treviño sintió que la adrenalina corría con fuerza por sus venas. En
el tribunal de su cabeza el caso se había resuelto, se merecía un aplauso y sus
representados una disculpa pública. Sólo faltaba que en el último tramo del
filme aparecieran proyectadas, en dorado, las tres letras de la palabra FIN.
No obstante, durante la audiencia para la que tanto se preparó, las
cosas se desarrollaron de una manera distinta. Cuando el licenciado Martínez
llamó a la perito Yanet Montes de Oca para que aclarara el punto, ella aseguró
haber cometido un error de dedo: dijo que escribió por equivocación la doble
equis femenina donde debió poner las letras XY.
—¡A ver, espéreme! —casi gritó la defensa—. ¿Sabe usted que de su
dictamen podría depender la libertad de mis clientes?
Montes de Oca asintió.
—No mienta entonces cuando dice que se descuidó al poner una X en vez de
una Y; éste no es un error de dedo, sino de conclusión.
—Sostengo lo que dije. Aunque escribí XX, los marcadores de amelogenina
de la muestra corresponden a la sangre de un sujeto varón.
La señora Wallace aplaudió con ritmo pausado pero sonoro.
Después de lo anterior, ni cómo argumentar que esos restos fueron
sembrados en el baño o que provenían de la otra hija. La abogada Treviño cambió
de estrategia porque le quedaba un solo recurso: solicitar que se realizara un
nuevo análisis, desde cero.
—Su señoría —se dirigió con su mejor solemnidad al juez Mejía Ojeda—,
estos errores de dedo no pueden admitirse en un proceso judicial serio. Le
ruego que considere autorizar a la defensa para que se lleve a cabo un peritaje
alterno.
El juzgador asintió y luego miró a la perito Montes de Oca, quien
respondió sin ningún remordimiento:
—Eso no será posible.
—¿Cómo? —reventó la abogada.
—La muestra se agotó.
El dolor de espalda regresó sobre Treviño como un huracán de la peor
categoría.
—¿Me está usted diciendo que la defensa debe conformarse con su palabra?
—¿Qué quiere que hagamos si no hay más sangre que analizar? —sentenció
el abogado Martínez.
—Esto es inadmisible, señor juez; si encontraron restos en esa regadera,
los peritos podrían rescatar más sangre en el mismo sitio. Bastaría con abrir
la coladera para conseguir otras muestras hemáticas, algún fragmento de hueso,
de piel o de tendones. Si se supone que ahí fue descuartizado un cuerpo humano,
resulta ridículo que nada, excepto una minúscula mancha, haya sobrevivido a la
carnicería.
—La acusación rechaza esa posibilidad —declamó con voz engolada el
licenciado Martínez—. Este juzgado debe sentenciar con las pruebas presentadas
en el expediente. No se justifica buscar nueva evidencia, porque tal cosa
implicaría prolongar innecesariamente el juicio.
Treviño se había imaginado un desenlace distinto.
—Con la declaración que hizo la perito Montes de Oca es suficiente —se
pronunció el juzgador y su voz sirvió para apretar unos clavos que, de la nada,
se habían vuelto irrompibles.
La columna vertebral de la abogada se movió como una víbora enfurecida;
casi se derrumbó del dolor.
81
El periódico Centro publicó en su portada que la policía había
encontrado, dentro de la computadora incautada en casa de la madre de Brenda
Quevedo, fotografías y materiales coincidentes con las notas de rescate
recibidas por Isabel Miranda. En realidad se encontraron fragmentos digitales
poco confiables.
Cuando Brenda estudiaba la licenciatura, su madre, Enriqueta Cruz,
compró aquella computadora para que ella hiciera sus tareas; una vez que se
graduó y se fue a vivir a Inglaterra, la heredó a su hermano Omar. De ahí que
los peritos refieran haber hallado programas y documentos, cargados desde que
el aparato era nuevo, y otros archivos —imágenes, canciones, trabajos de
escuela, conversaciones y búsquedas por internet— generados por un par de
jóvenes que se estrenaron en la computación durante la década de 1990.
¿Cómo fue que dentro de esa computadora fueron halladas las pruebas
utilizadas para involucrar a Brenda como cómplice del secuestro y la muerte de
Hugo Alberto Wallace? Hay argumentos para suponer que esta evidencia fue
sembrada. El primero de ellos es el plazo sospechosamente largo transcurrido
entre la incautación de la máquina y el análisis forense de su contenido. La
procuraduría no exploró el disco duro de ese aparato sino hasta dieciocho meses
después, justo cuando sus funcionarios procedieron a solicitar la extradición
de Brenda ante un juez en Estados Unidos y necesitaron pruebas para convencerlo
de mandarla de vuelta a México.
Esta información importa ya que pone en duda la cadena de custodia de la
computadora. ¿Dónde fue almacenada la máquina durante todo ese tiempo? ¿Quién
estuvo a cargo de su resguardo? Si una gota de sangre fue sembrada en el baño
del departamento de Juana Hilda, no debe descartarse que lo mismo haya sucedido
con el disco duro de aquella máquina.
Cuando la abogada Ámbar Treviño pidió acceso a ese material digital, la
procuraduría refirió no haber hallado nada en la computadora incautada ya que
el dispositivo fue reformateado y por tanto se extravió el material que
contenía. Con posterioridad se utilizó un programa diseñado para recuperar los
archivos borrados. Estos fueron entregados a la defensa en dos volúmenes de
alta densidad, tipo DVD; cada uno contenía, supuestamente, una copia exacta del
disco duro de la computadora.
De los más de diecisiete mil archivos recuperados sólo ocho sirvieron
para relacionar a Brenda con el caso. Según los agentes del ministerio público,
entre otras cosas, esos archivos probarían que ella había tomado las
fotografías del cadáver con su teléfono celular que más tarde editó. Ahí dentro
también se localizó un mapa de la colonia donde vivía la Hugo Alberto y
fragmentos del texto de rescate. Dijeron los técnicos que, por medio de esa
máquina, se accedió igualmente a la página de internet www.tesoro.com, abierta
por Isabel Miranda para comunicarse con los secuestradores.
Una primera sorpresa ocurrió cuando, al analizarlos, se descubrió que,
en realidad, el contenido los dos discos no era el mismo. Prueba de ello fue
que cuatro de los archivos, presuntamente inculpatorios, no aparecen en el
primer DVD; por ejemplo, el que supuestamente contenía el texto del comunicado
de rescate; tampoco están ahí el mapa del barrio donde se localiza la casa de
Hugo Alberto, la cookie que comprobaría el ingreso de la computadora al sitio
www.tesoro.com, ni la imagen del cuerpo de Hugo Alberto dentro del baño.
¿Cómo es posible que, siendo copias idénticas del disco duro de la
computadora confiscada, no se hayan encontrado esos restos digitales tan
relevantes en el primer volumen? Los metadatos de ese mismo DVD cuentan lo que
posiblemente sucedió: los archivos originales habrían sido alterados para
introducirlos luego en el segundo disco.
Destaca el documento denominado «Tangrandeeselmiedo(2)» que, en el
primer dispositivo, remite a la letra de una canción muy popular cantada en
2005 por un dueto argentino cuyo nombre artístico es, coincidentemente,
Miranda! En el segundo volumen hay un documento cuyos metadatos son casi
idénticos y que contendría palabras que, según la procuraduría, fueron
utilizadas en uno de los mensajes de rescate. ¿Cómo fue que la letra de una
canción popular derivó en el texto redactado por los secuestradores? Muy probablemente
se extrajo del primer volumen el archivo con la letra de la canción para luego
intervenirlo y reintroducirlo dentro del segundo volumen como huella
relacionada con el rescate.
En igual circunstancia se encuentra el archivo que sirve para rastrear
la actividad de la computadora en internet. De acuerdo con los técnicos de la
procuraduría, gracias a una cookie fue posible determinar que el jueves 1 de
diciembre de 2005, desde la computadora de la familia de Brenda, se ingresó a
la página www.tesoro.com. Vuelve a ser extraño que en el primer DVD no aparezca
dicha cookie. Existe, sin embargo, otro archivo creado el mismo día y a la
misma hora, del mismo tamaño y, a excepción del nombre, que contiene la misma
información. Esa otra cookie identificó a la computadora inspeccionada cuando
accedió al sitio www.bravenet.com, al que el hermano de Brenda habría acudido
varias veces antes de la fecha del secuestro y por tanto previamente a que la
página. www.tesoro.com fuese subida a la red. Es obvio que quien fabricó la
falsa cookie lo hizo a partir de otra realmente existente para hacerla pasar
como legítima.
Respecto al plano que aparece únicamente en el segundo disco hay que
precisar que mintió la procuraduría cuando dijo que en él puede localizarse la
casa donde vivía Hugo Alberto. En realidad, se trata de un mapa digitalizado de
una guía con las calles del Distrito Federal, que los funcionarios de la
policía científica debieron encontrar junto con otros cientos de mapas,
imágenes de la Guía Roji que entonces usaban sobre todo los taxistas para
ubicarse.
La silueta del retrato de Hugo Alberto en el baño es otro archivo más
que aparece exclusivamente en el segundo DVD; lo que en realidad se encontró
fue un trazo casi infantil cuya curvatura requiere de muchísima imaginación a
la hora de hacerla coincidir con el retrato de la víctima. Fue falso lo que
publicó el periódico Centro: en la computadora de la mamá de Brenda jamás
apareció esa fotografía, lo más cercano que se encontró fue esa línea extraña
que alguien, con dolo, hizo pasar como evidencia.
En contraste, hay cuatro archivos que sí se encuentran en los dos
discos. La procuraduría dice que fueron empleados para simular las paredes del
baño de Juana Hilda, y también alguna parte del cuerpo de Hugo Alberto.
Contienen imágenes que, sin embargo, varían notoriamente cuando se contrastan
los contenidos del primero y el segundo volumen: es evidente que en la segunda
versión alguien hizo aparecer puntos, rayas, sombras y figuras, todas
calculadamente imprecisas, para hacerlas coincidir con alguna de las
fotografías recibidas por la madre de Hugo Alberto junto con las notas de
rescate.
En este punto de la investigación de nuevo es necesario hacer referencia
al teléfono celular que la policía decomisó de casa de la mamá de Brenda: se
trata de un aparato Motorola V300 que entonces era muy popular. Este tenía una
camarita con pocos pixeles que podía tomar imágenes en baja resolución, pero no
podía editarlas.
Como la licenciada Treviño hizo notar durante el juicio, las personas
que elaboraron este material cometieron un error muy básico: dos de estos
últimos archivos aparecen como creados alrededor de las 5:30 a.m. del martes 12
de julio de 2005, la fecha en que Hugo Alberto habría muerto. Luego, los
metadatos de esos mismos documentos digitales advierten que fueron editados
menos de cinco minutos después. Esto no tendría mayor importancia de no ser
porque es imposible que Brenda Quevedo haya estado en dos lugares al mismo
tiempo.
Según la confesión de Juana Hilda, esa mañana, a esa hora, ella se
encontraba en el edificio de Perugino. El problema está en que el teléfono
Motorola V300 con el que supuestamente tomó las imágenes del cadáver de Hugo
Alberto no cuenta con la función necesaria para modificar imágenes; por tanto,
ella tendría que haber obtenido esos retratos con el celular y trasladarse a
casa de su mamá —a más de veinte minutos de distancia— para poder
transformarlos. De nuevo se confirma la mentira, dado que hay dos o tres
minutos de diferencia entre la hora de creación y el momento en que fueron
editados los archivos; por un asunto de temporalidad es irreal que tales
archivos hayan sido editados en la computadora.
Si cuatro de los archivos digitales con los que acusan a Brenda no
fueron localizados en uno de los dos dispositivos de alta densidad y todos
fueron manipulados, esos vestigios digitales no debieron ser considerados por
la procuraduría —mucho menos por el juzgador— porque son chatarra informática.
82
El jueves 31 de agosto de 2006, al mismo tiempo que la señora Wallace
llevó a la fiscalía antisecuestro las notas de rescate que recibió a través del
correo postal, entregó una carta en la que solicitó que se investigara a la
persona propietaria del teléfono celular número 22 28 64 48 90. De acuerdo con
ese mismo escrito, esa línea pertenecía a una mujer llamada Carmen Ortega
Becerra.
La empresa telefónica corroboró más tarde el dato proporcionado por la
madre de Hugo Alberto. En un informe firmado por el representante legal, la
compañía establece que dicha mujer activó el teléfono el segundo miércoles de
junio de 2005, aunque no realizó llamadas hasta el domingo 3 de julio, ocho
días antes de la desaparición del empresario. La señora Wallace aseguró
entonces que ésa fue la línea utilizada para enganchar a su hijo. Afirmó
también que Juana Hilda González había proporcionado el nombre falso de Carmen
Ortega para contratar el servicio.
Conforme se fueron acumulado páginas en el expediente, esa hipótesis se
convirtió en una verdad repetida por agentes del ministerio público y jueces.
Sin embargo, no existe un solo documento que pruebe el vínculo entre Juana
Hilda y Carmen Ortega. Se citó un peritaje que confirmaría las afirmaciones de
la señora, pero ese documento no aparece por ningún lado.
Una investigación independiente aportó aún mayor confusión respecto de
este asunto: entre los años 2004 y 2008, la línea 22 28 64 48 90 estuvo
asignada a una mujer de apellido Landeros, con residencia en el Estado de
México, y no a Carmen Ortega Becerra, vecina del Distrito Federal, como se dice
en el expediente.
Igual que con el resto de la evidencia sobre la que se sostiene este
caso, aparece la fabricación cada vez que se pone la lupa. Esta línea llevó a
que la señora Wallace apuntara su dedo contra Juana Hilda como la persona que
condujo a su hijo con sus captores. De no haberse presentado dicha prueba en la
fiscalía antisecuestro, nada habría ligado a la bailarina con Hugo Alberto,
excepto el hecho circunstancial de que la camioneta Grand Cherokee apareció
estacionada a unos ciento cincuenta metros del edificio donde vivía.
Otra prueba igual de endeble es el vehículo supuestamente utilizado por
César Freyre, Jacobo Tagle y Brenda Quevedo para transportar los restos de Hugo
Alberto a los canales de Cuemanco. En el guion que Juana Hilda repitió para
inculparse, ella refirió a un automóvil Corsa, perteneciente a Brenda Quevedo
Cruz. No existe, sin embargo, nada que corrobore este dicho ya que el vehículo
se esfumó. A excepción del testimonio de la bailarina, no hay confirmación de
que haya tenido algún papel en esta trama.
En sentido inverso, es poco creíble lo dicho por Juana Hilda ya que el
automóvil sufrió un accidente antes del presunto plagio de Hugo Alberto. El
seguro contratado por Brenda reconoció el reembolso considerando la pérdida
total del valor del vehículo. Si esto ocurrió en el mes de mayo, ¿cómo explicar
entonces que el Corsa haya cargado con las extremidades desmabradas del hijo de
Isabel en julio de ese mismo año?
83
No es una pregunta filosófica sino científica: ¿cómo es posible que
alguien sea culpable e inocente al mismo tiempo? Se trata de una flecha con dos
cabezas, la primera apuntando en un sentido y la otra en un rumbo
diametralmente opuesto. Si se camina en una dirección, la banda de Chalma es
culpable. Al recorrer el trayecto inverso, esas mismas personas se convierten
en víctimas. Es como si los términos culpable e inocente fueran reversibles. El
significado de la palabra «reversible» se refiere a una acción mediante la cual
las cosas vuelven al estado en que se encontraban originalmente. Si Hugo
Alberto no murió en la calle Perugino número 6, ¿cuál fue realmente el crimen
que se cometió en ese domicilio?
CAPÍTULO XIV
84
Raquel Dobín tuvo una conversación decepcionante con la directora del
jardín de niños para el que llevaba trabajando más de una década. La jefa fue
empática y hasta cariñosa, pero le hizo saber que la escuela estaba teniendo
problemas con algunos padres de familia. Unos de manera más velada y otros, de
plano, sin ningún pudor, habían externado preocupación por tener a la madre de
un delincuente al cuidado de sus menores. Así que, de común acuerdo, Raquel y
la directora decidieron que aquel semestre sería el último en el que la mamá de
Judith laboraría para ese centro educativo.
Por esos mismos días Judith dormía poco y por eso no se despertó con el
mensaje que llegó a su celular hacia las dos de la madrugada. Alguien de la
comunidad lo había mandado por Facebook: se trataba de una fotografía suya
acompañada de una etiqueta que la acusaba, a ella también, de ser una criminal.
Al día siguiente corrió a contarle al rabino de su mamá. Después de escucharla,
aquel hombre prometió que investigaría. Días después, por él se enteró que la
cuenta desde donde había salido aquella comunicación pertenecía a una mujer de
la comunidad que afirmaba haber extraviado el teléfono un día antes de que se
emitiera el mensaje.
Cuando Judith le narró a su madre lo sucedido, ella encontró la
oportunidad para contarle que alguien que laboraba en la escuela donde estudió
desde niña le advirtió que en ese plantel no iban a recibirla para cursar el
último año de preparatoria. Tenía que ser un error: había sacado las mejores
notas de su generación y sus maestras, desde preescolar, le tenían cariño.
Judith no tardó ni un día en visitar a la directora porque sabía que ella la
defendería, pero se encontró con que esa mujer no trabajaba más en el centro
escolar. En su lugar halló a una señora malencarada que confirmó lo dicho por
Raquel. El pretexto que le dieron carecía de sentido: era falso que el periodo
de inscripciones hubiera cerrado. Ninguna se atrevió a pronunciar en voz alta
el nombre de Jacobo, y sin embargo ambas sabían que él era la verdadera razón
de lo que ocurría.
Aquella vez fue la última que visitó las aulas donde trascurrieron sus
años más felices. En el Distrito Federal únicamente había otra escuela donde
podría concluir sus estudios, pero ahí también le bloquearon la entrada, en
este caso sin esmerarse siquiera en elaborar una excusa. El argumento era el
mismo, aunque tampoco se expresó. No cabía entonces en la cabeza de Judith
acudir a una preparatoria donde no asistieran mujeres de su comunidad, así que
por un tiempo abandonó la escuela y al final terminó consiguiendo el título de
bachillerato en una institución que ofrecía cursos a distancia.
De golpe sus expectativas se vinieron abajo. Desde que cumplió quince
años se le metió la idea de que quería estudiar criminología: le encantaban las
historias de detectives, y le gustaban la química y otras ciencias que debían
servir para convertirla en una forense con buena fama. Nadie podría haber
profetizado entonces que en esta vida no iba a tocarle investigar crímenes,
sino vivir uno tremendo desde su núcleo más oscuro. Ése fue, paradójicamente,
el motivo por el que no pudo hacer una licenciatura, además de que no hubiera
contado con los medios económicos para solventar los estudios.
El portazo de la escuela no fue el único, también las amigas de la
infancia le dieron la espalda. Hasta que sucedió lo de Jacobo, había sido
irrelevante que uno de sus cuatro abuelos no fuera judío. De parte de Raquel
cumplía con todos los méritos, pero del lado de su papá era diferente; sus
abuelos maternos eran migrantes europeos que llegaron a México escapando de la
invasión nazi sobre Kiev, y la mamá de su papá era descendiente de judíos
sefaradíes venidos de Turquía. En cambio, el abuelo paterno no tenía el mismo
origen: su familia era católica. Después del episodio de Jacobo, las dudas
sobre la pureza de su linaje cobraron fuerza; era como si el apellido Tagle
hubiera alcanzado una categoría de irrefutable a la hora de explicar por qué su
hermano se había convertido en un monstruo. Esa sospecha, repetida de mesa en
mesa, hizo las veces de una bomba nuclear que terminó arrasando con la honra de
toda su familia, justo a la edad en que la mayoría de sus amigas, como es
costumbre entre las suyas, comenzaron a contraer matrimonio.
Judith afirma que las pocas invitaciones que tuvo para salir con algún
pretendiente concluían incendiadas por el morbo de aquellos que querían
escuchar de primera mano su versión sobre el hermano malvado que había
descuartizado a Hugo Alberto Wallace. Al principio, replicaba que Jacobo era
inocente, pero nadie quería escucharla; mientras tanto, la fábula seguía
creciendo. Amigas y conocidos hablaban del tema sin que hubiera una sola
persona, fuera del círculo familiar, que pensara diferente.
Todavía alcanzó invitación para asistir a las bodas de las amigas que se
casaron primero. Sin embargo, en ninguno de esos festejos se sintió bien
acogida. Aun si coincidía con alguno de sus primos, por lo general la
ignoraban. Muy pronto llegó a la conclusión de que era injusto exigirles a esas
chicas tan jóvenes que defendieran la amistad sostenida en la infancia
precisamente en el momento en que ellas se integraban a otra familia.
Judith aprendió a vivir con ello. Sin embargo, fue duro ver cómo esas
vidas tomaban un rumbo aparte. Podían arrebatarle la escuela, las amigas, los
novios o cualquier otra cosa, pero nada lograría separarla de su identidad.
Antes de que las aplastara el infundio, Raquel ya era una mujer muy religiosa;
ése fue el principal problema que tuvo con su exmarido. Con los eventos más
recientes se volvió aún más ortodoxa y Judith no encontró motivos para
perseguir otros pasos que no fueran los de su madre. Con Pedro muerto, Salomón
estudiando para rabino y Jacobo desaparecido, Raquel y su abuela materna
significaban el único asidero. Judith jamás se habría atrevido a sumar otra
herida sobre la familia. La sociedad donde nació la proscribió y sólo le
quedaba el núcleo más íntimo.
85
No había nada que Omar, el hermano de Brenda Quevedo, disfrutara más que
jugar futbol. Los dos hacían deporte, pero él era el más dedicado. Durante la
adolescencia entrenaba tres y hasta cuatro veces a la semana. Entre ellos hay
seis años de diferencia, así que cuando Brenda decidió esconderse, Omar estaba
por cumplir la mayoría de edad. Para conseguir la ubicación de la hermana, el
agente Braulio Robles optó por presionarlo. Un día llegó a su casa una
acusación en su contra por falsedad de declaraciones: decían que había mentido
cuando dijo que Brenda no pertenecía a una banda de secuestradores. Enriqueta,
la madre, se desesperó porque ningún abogado quería tomar su defensa: era como
si todos los despachos de la ciudad hubieran recibido una advertencia sobre la
radioactividad de esa causa.
El acoso contra Omar Quevedo no provino solamente de la autoridad,
alguien comenzó a meterse en su vida privada. Recibió un correo electrónico
desde la dirección de la chica con la que salía; al principio no dudó del
remitente, pero conforme fue leyendo el texto se extrañó por las preguntas. Lo
interrogaban a propósito de la verdadera opinión que tenía sobre Brenda y
también sobre el lugar donde ella podía estar escondida. Cuando el muchacho se
dio cuenta de que se trataba de una trampa, apagó espantado la computadora.
Durante los días posteriores continuaron entrando mensajes provenientes de esa
misma cuenta, pero éstos se habían vuelto amenazantes. El hermano de Brenda
llamó a su amiga y juntos concluyeron que alguien había hackeado el correo de
ella.
A pesar de que su mundo se desmoronaba, Omar y su madre trataron de
continuar con la vida como si fuera normal. Él atendía el último año de la
preparatoria y ella intentaba concentrarse en su trabajo. Cuando fue acusado
por falsedad de declaraciones, a Enriqueta Cruz se le ocurrió un acto tan
ingenuo como desesperado: le escribió al presidente de México —también por
correo electrónico— para pedir que intercediera por su familia.
Después de tres o cuatro comunicaciones enviadas desde el servidor
institucional del banco, el jefe la mandó llamar para informarle que de otra
área habían tenido que entregar sus estados financieros por órdenes de la
procuraduría. Luego le reclamó que utilizara el correo del trabajo para enviar
mensajes privados. Ambos sabían de qué se trataba: en treinta y tantos años que
tenía de trabajar ahí nunca le habían llamado así la atención.
Después del cateo en su casa y la acusación contra Omar, Enriqueta tomó
la decisión de vender el departamento que compró con tanto esfuerzo. En una
sola semana ella y su hijo se mudaron a otro lugar. En parte se debió a la
acusación que hizo el agente Braulio Robles en el sentido de que podría haber
adquirido ese inmueble gracias al pago del rescate que hizo la madre de Hugo
Alberto Wallace. También consideró que no debían permanecer ahí porque la
policía continuaría acosándolos; sobre todo, urgía contar con dinero para pagar
la defensa de su hija.
No se cambiaron lejos. Omar necesitaba estar cerca de la escuela y de su
entrenamiento de futbol, y la madre no quería alejarse del banco. La siguiente
vez que su jefe la citó fue para anunciarle que, por órdenes superiores, sería
necesario cambiarla de área. Le prometió que le guardaría el puesto para que
volviera a ocuparlo en cuanto el asunto de Brenda se hubiera resuelto. Confesó
que se sentía fatal; sin embargo, no era cosa suya. Para Enriqueta Cruz aquello
fue demasiado. Esa institución bancaria significaba mucho: ingresó cuando era
muy joven y era su principal seguridad.
Pocos días después, los nuevos vecinos convocaron a una reunión para
comentar sobre unos hombres que habían ingresado ilegalmente al inmueble
disfrazados con uniformes de la compañía de teléfonos. Enriqueta y Omar no
dijeron nada, aunque ambos coincidieron en que ese hecho podía tener que ver
con la cacería desatada en su contra. Tampoco descartaron la posibilidad de que
esas personas hubieran sembrado cámaras y micrófonos dentro de su nueva
vivienda.
Por aquellos mismos días se estacionó enfrente una camioneta grande,
tripulada por tres sujetos que hacían guardia de día y de noche. No había
servido mudarse para escapar de esa gente. Luego vino el espectacular que la
señora Wallace mandó instalar con el rostro de Brenda a unos cuantos pasos de
la escuela a la que asistía Omar; a su mamá le tocó ser testigo cuando los
operarios del gobierno podaban los árboles de una avenida grande para despejar
la visibilidad del anuncio.
Una camioneta idéntica a la apostada afuera de la casa familiar paró
también frente a la preparatoria donde asistía el muchacho. Un par de días
después, los hombres de aquel vehículo entraron a la oficina del director para
comunicarle que era urgente interrogarlo. Aquel viejo maestro tenía particular
consideración sobre el alumno, y antes de acceder exigió que le mostraran una
orden judicial.
Esas personas se molestaron y prometieron que regresarían con el papel
solicitado. Seguramente, como los operarios de la compañía de teléfonos, esa
gente se estaba haciendo pasar por quienes no eran. En cuanto se enteró, la
madre corrió a la escuela. El director prometió que ayudaría a Omar, pero para
poder hacerlo pidió que abandonara esa institución por un tiempo. Aquello era
una pésima idea, a Omar le faltaba sólo medio año para concluir su
bachillerato; ¿cómo iba a conseguir el certificado si no asistía a clases? Para
aprovechar el tiempo libre, el joven se preparó para aprobar el examen de la
Universidad Nacional Autónoma de México y logró que lo aceptaran.
Durante el año siguiente, Omar y Enriqueta navegaron montados sobre una
lancha pequeña, tratando de no estrellarse contra las rocas que los amenazaban.
Les dio tranquilidad que Brenda se encontrara en otro país, pero era obvio que
sobre el resto de las cosas que importan, se habían vuelto unos parias. Omar
sufrió delirio de persecución, ya no podía concentrarse en otra cosa; se sentía
observado todo el tiempo.
Luego vino el episodio que lo forzó a abandonar también el país. El
hermano de Brenda trató de ocultarlo, pero se quebró durante una reunión
familiar. Una prima buscó a Enriqueta para avisarle que él había sufrido una
agresión muy fea cerca de su casa: varios sujetos lo abordaron cuando se
dirigía a su entrenamiento de futbol, le dieron golpes en la cabeza, le
quitaron el celular y le exigieron que le dijera a su mamá que ya «le bajara de
huevos». Es muy probable que la amenaza estuviera relacionada con los correos
electrónicos que ella envió para solicitar el auxilio presidencial.
Omar se prometió no alarmar a sus papás, pero la angustia lo llevó a
contar el episodio y gracias a ello la madre pudo reaccionar: corrió a la
Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal para denunciar el acoso
en su vivienda, el espectacular, la vigilancia afuera de la escuela y la
agresión más reciente en contra su hijo. Gracias a esta gestión, se emitió un
documento que fue útil cuando Omar pidió asilo fuera de México.
Enriqueta Cruz ya había entrado en contacto con la abogada Ámbar
Treviño, quien conocía el caso gracias a que casi desde el principio representó
a la familia Freyre y también a Juana Hilda. Después de escuchar el relato de
la violencia sufrida por Omar, Treviño le sugirió que lo sacara cuanto antes
del país. Así fue como el muchacho terminó tomando un avión rumbo a Canadá que
lo obligó a dejar atrás a la madre y su vida en México.
86
Brenda continúa así su relato redactado en primera persona:
«Quince meses pude esconderme bajo el nombre de la venezolana Nadia
Vázquez. Durante ese tiempo llegué a creer que lo peor había pasado, pero un
miércoles, después del mediodía, dos agentes del FBI ingresaron al restaurante
de Louisville donde trabajaba. Volvió el horror cuando mi jefe se aproximó, con
el rostro lívido, para informarme que esos hombres querían hablar conmigo.
»Por la manera cómo iban vestidos, no encajaban con el resto de la
concurrencia del Mojitos. Minutos antes les había preguntado si querían ver el
menú; dijeron que esperaban a alguien. Aquello fue un pretexto para asegurarse
de que mi rostro correspondiera al de la fotografía que me mostrarían más
tarde. Cuando mencionaron el nombre de Brenda Quevedo Cruz entendí que no
estaban ahí por cuestiones migratorias.
»Ambos se pusieron de pie, indicándome que no fuera a hacer teatro; uno
tomó mi brazo para conducirme hacia la pequeña oficina del gerente del
restaurante. Ahí dentro acepté que el nombre de Nadia Vázquez era falso. Una
vez confirmado ese dato me leyeron mis derechos, igual como se ve en las series
policiales, y luego me esposaron. Atravesada por la vergüenza, crucé miradas
con mi jefe y el resto de las compañeras; la verdad es que había hecho buenos
amigos en ese restaurante.
»Fuera del local encontré una caravana de camionetas de color negro y un
grupo grande de agentes que portaban chamarras azules estampadas con las letras
amarillas del FBI. Después me enteré de que la señora Wallace presenció la
escena parada del otro lado de la acera. Los policías le cerraron el paso para
que no me abordara porque si se aproximaba a mí podía afectar la legalidad de
la detención. Todo sucedió en cámara lenta, como cuando te caes de una
bicicleta y antes de darte de bruces crees que el accidente puede todavía
revertirse.
»La puerta del vehículo se cerró y alguien puso un aparato celular en mi
oreja. Al otro lado de la línea había un hombre que llamaba para burlarse:
“¿Qué? —preguntó—. ¿Creíste que no te agarraríamos?”.
»Mi mamá supone que esa persona era el jefe de todos los fiscales, José
Luis Santiago Vasconcelos, responsable de cazarnos a quienes salimos en la
fotografía de Chalma. Era ocioso preguntarme cómo habían dado conmigo. Una
persona en todo Louisville conocía mis circunstancias; nos hicimos amigas
porque ambas trabajábamos en el Mojitos. Ella era venezolana, igual que Nadia
Vázquez, a quien tomé prestada la identidad. Un día se nos hizo fácil compartir
la renta de un departamento, y también la soledad que implicaba comenzar una
vida nueva lejos de casa.
»Cometí un error cuando le conté parte de mi historia. Ella investigó en
internet hasta dar con la señora Wallace, y ahí se enteró de la recompensa
ofrecida a quien ayudara a mi captura. Todo esto ocurrió alrededor de la fiesta
de Halloween donde quienes trabajábamos para el Mojitos nos disfrazamos: a mí
me tocó vestirme de conejita dark, una especie de modelo de Playboy que hubiera
resucitado para pasar la noche entre los vivos. Esa vez se tomaron varias
fotografías y una de ellas, conmigo de cuerpo entero, fue enviada a México por
correo electrónico para corroborar que mi compañera decía la verdad. Era el
mismo retrato que traían los dos agentes que me detuvieron dentro del
restaurante. Nunca volví a saber de la chica venezolana.
»La oficina internacional de la procuraduría integró la solicitud de
extradición apoyada por la gente que la señora Wallace contrató para dar
conmigo. Al fiscal gringo le presentaron dos piezas de evidencia en contra mía:
la confesión de Juana Hilda, registrada en video, y los archivos digitales
supuestamente encontrados en la computadora confiscada en casa de mi mamá.
»Esa evidencia, aseguraron, demostraba que yo había tomado las
fotografías de un muerto para hacerlo pasar por vivo; también que escribí las
notas de rescate, las cuales envié después por correo postal. Por último, me
acusaban de haber conducido el vehículo dentro del cual fueron trasladados los
restos del hijo de la señora para arrojarlos a un cárcamo de aguas negras.
»Aunque el FBI hubiera puesto en duda la evidencia proporcionada por las
autoridades mexicanas, lo que al gobierno gringo realmente le importaba era mi
estatus ilegal dentro de su país; así se lo hicieron saber a la señora Wallace,
quien viajó acompañando a los funcionarios de la procuraduría mexicana porque
no quiso perderse el momento de mi detención. En el relato que ella repitió
años más tarde, una de sus principales medallas sería su participación en las
aprehensiones relacionadas con el caso de su hijo.
»Aquella misma mañana, antes de que llegaran los agentes al Mojitos, el
FBI se reunió con la señora para conocer su testimonio. Durante ese encuentro
dijo que deseaba estar presente durante el operativo y ahí mismo le aclararon
que no sería posible porque el hecho podría ser utilizado en la corte como una
irregularidad; sin embargo, aquel día todo mundo entendió que a esa señora era
difícil decirle que no. Sin importar las razones, se apersonó en el restaurante
—según declaró después ante la prensa mexicana— suponiendo una fuga que sólo
ella estaba dispuesta a evitar; señora mentirosa, lo que quería era sumar otra
fotografía a su colección de caza.
»En la oficina del FBI, a distancia me tocó presenciar el reclamo de los
agentes gringos, indignados porque ella los había desobedecido. Mientras tanto,
otro funcionario puso frente a mí un papel para que lo firmara: ese sujeto no
esperaba que fuera a leer aquel documento línea por línea. Habrá supuesto que
no hablaba inglés y que por tanto no iba a darme cuenta de que había rellenado,
en mi nombre, un formulario para solicitar voluntariamente mi deportación a
México.
»Estaba desconcertada y no lograba entender por qué tanta gente se
ocupaba de mí, pero nada de eso afectó la conciencia que tenía sobre lo que
sucedía. Si estampaba mi firma, renunciaba a cualquier protección que pudiera
brindarme la justicia estadounidense. Entonces comprendí lo que en realidad
estaba aconteciendo: mientras la señora Wallace distraía a los agentes del FBI
con un rollo intraducible sobre sus derechos como víctima, un cómplice suyo
intentaba meterme a su ratonera. No encontré mejor manera de hacerme respetar
que pegar un grito para denunciar que ese individuo me estaba acosando: los
gringos regresaron donde me encontraba para apartar a ese individuo, quien
salió de ahí como un hámster asustado.
»Cuando por fin me tocó el turno de ser interrogada, referí al FBI mi
situación de la manera más detallada posible. Era verdad que me agencié una
identidad falsa para permanecer en Estados Unidos, pero lo había hecho por
razones justificadas. La señora apostada afuera me seguía difamando, acusándome
de un crimen que no cometí: yo no conocí nunca a su hijo y mucho menos estaba
asociada a una banda de secuestradores. Sin embargo, había sido perseguida sin
respetar uno solo de mis derechos, hasta el punto en que no me quedó otra
opción que cruzar la frontera para esconderme con un nombre que no era el mío.
Al término de mi intervención solicité asilo político, ya que si regresaba a
México corría el riesgo de ser torturada, igual que Albert Castillo y César Freyre.
»Aunque atendieron pacientemente mis explicaciones, no logré conmover a
aquellos agentes. Insistieron en lo que habían explicado aquella tarde: no
estaba detenida por participar en un secuestro en México, sino por haber
violado las leyes migratorias del país. Pasadas las diez fui trasladada a la
cárcel del condado de Louisville. Aquella noche fue miserable: la celda donde
me encerraron tenía las paredes acolchadas como en los manicomios. Ahí dentro
me dejaron sola, muerta de frío y con unos espasmos horribles porque ese mismo
día me había venido la regla.
»Tengo memoria de haber gritado por horas sin que nadie respondiera; ni
un alma me proporcionó medicamento para ayudarme con los calambres ni ropa
limpia, porque la que llevaba puesta se había manchado. La madrugada de aquel
jueves 29 de noviembre de 2007 me arrebataron la dignidad que implica ser una
persona libre, para convertirme en un objeto sucio y prescindible. Comenzó
entonces para mí una nueva vida, si es que puedo llamarla así, mayormente
encerrada entre cuatro paredes».
87
«A los pocos días de la detención me trasladaron a una cárcel en
Chicago. En esa ciudad se llevó a cabo la primera audiencia del juicio para
extraditarme a México. Con el dinero del departamento que vendió mi mamá, ella
logró convencer a un abogado para que la acompañara hasta allá; después de dos
años, por fin alguien se atrevía a representarme. Ese licenciado no hablaba
inglés, así que puso como condición que mi mamá pagara también el hotel y los
traslados para su hermano.
»Durante la audiencia pensé que cuando menos abrazaría a Enriqueta, a
quien no veía desde que debí esconderme. Sin embargo, fue frustrante cuando
sólo pude verla en un monitor de televisión. Por esa misma vía conocí también
al abogado Juan Carlos Durán.
»Para los gringos es muy penado decir mentiras en un proceso como ése,
pero a la señora Wallace no le importó inventarse ahí dentro una grande. Cuando
pidieron a las partes que nos identificáramos, mi abogado presentó una carta
demostrando que yo no tenía ningún antecedente penal. Lo mismo hizo la
acusación, pero en ese caso el documento era falso; la tontería fue que nos
enteramos tiempo después. Hugo Alberto Wallace había sido investigado y
sentenciado por el delito de contrabando, y la señora Miranda fue denunciada
por tentativa de homicidio.
»Quizá si el licenciado Durán hubiera investigado a esas personas en los
archivos judiciales, ese mismo día mi caso habría sido desestimado. Tiempo
después, ese abogado presentó su renuncia. A pesar de que cobró sus honorarios,
se quedó callado prácticamente durante toda la audiencia. Cuando mi mamá lo
presionó para que diera alguna explicación, dijo que tenía miedo de que lo
fueran a matar; dio a entender que lo amenazaron mientras hacía turismo con su
hermano por la ciudad de Chicago.
»Así fue como Ámbar Treviño llegó a nuestras vidas. Nadie conocía mejor
el caso. Ella trató de convencer al juez de que yo corría peligro si regresaba
a México. Sin embargo, desde el principio ella nos advirtió que sería difícil
conseguir asilo en Estados Unidos, y es que yo había ingresado de manera ilegal
a ese país. Uno a uno fui perdiendo todos los recursos hasta que, finalmente,
el juez emitió la orden de extradición. El viernes 25 de septiembre de 2009 me
trajeron de vuelta al Distrito Federal en un avión de la procuraduría; ese día
conocí a Braulio Robles Zúñiga, el agente del ministerio público responsable
del caso. Desde Chicago salí vestida con un overol color naranja y viajé
esposada todo el tiempo. Una vez en tierra, por la ventana de la nave alcancé a
ver una pancarta que decía: “¿Dónde está mi hijo?”. Era la señora Wallace quien
la cargaba. Acudió a recibirme acompañada por un mundo de gente.
»Pregunté dónde estaba mi abogada y el licenciado Braulio me informó que
no había venido porque nadie sabía de mi extradición. La presencia de la señora
Wallace refutó su mentira. Nadie avisó a mi familia de mi arribo, pero bien que
ella supo dónde y a qué hora debía presentarse. Fui conducida hacia unas
oficinas dentro del hangar de la procuraduría. Ahí dentro un médico revisó que
estuviera bien. Luego me interrogó una persona que venía de la CNDH. Dije que
había venido a México para defenderme, insistí con que era inocente y que mi
familia y yo éramos víctimas de una persecución.
»Salieron todas esas personas de la oficina y me quedé sola, acompañada
únicamente por los agentes de la policía. Cuando me di cuenta, tenía ya frente
a mí a la señora Wallace. No perdió tiempo para proponerme el trato que traía
entre manos: me dijo que podía ofrecerme “beneficios” a cambio de que
testificara contra el resto de los plagiarios. Quería que confesara mi
participación en el crimen y también que le dijera dónde estaba escondido
Jacobo. Si aceptaba sus condiciones conseguiría que los jueces me dejaran en
libertad.
»Al escucharla se me subió lo Cruz a la cabeza, y levanté la voz para
preguntarle cómo se atrevía a dirigirme la palabra después de todo el daño que
nos había causado:
»—Hágale como quiera —le dije—, porque usted sabe perfectamente que
jamás conocí a su hijo y también que soy inocente.
»—No sabes con quién te estás metiendo —amenazó—. Me voy a encargar de
que te pudras cien años dentro de la cárcel.
»—Pues no tendré el dinero que usted tiene, pero me voy a defender.
»Su cara se puso roja y pensé que ahí mismo se me iba a echar encima.
»—¡Me la vas a pagar y tu madre también! —volvió a elevar el tono.
» La licenciada Treviño me aleccionó para que, en caso de que me
trajeran de vuelta al país, no hablara con nadie, pero no pude hacerle caso.
Tratando de dominar la ansiedad exigí que me sacaran de inmediato de ese sitio.
La señora abandonó antes que yo el hangar, seguida por un séquito de
subordinados.
»Del aeropuerto me llevaron a Almoloya, en el Estado de México, a una
cárcel conocida popularmente como “Santiaguito”: era un reclusorio estatal
donde encerraban a las peores delincuentes. Un mes atrás había cumplido
veintiocho años y ahí dentro iba a encontrarme con una mayoría de mujeres de mi
edad. Al recibirme, las reclusas sabían quién era; algunas habían visto por
televisión las imágenes del avión y la pancarta de la señora.
»Al día siguiente recibí mi primer golpe de realidad en tierra mexicana:
las notas de los diarios me recordaron que ante la opinión pública yo ya había
sido juzgada.
»Martín Moreno, el periodista que escribió El caso Wallace, me acusó de
plano de ser una prostituta: “la morena que les coqueteaba y que, a la menor
provocación, se agachaba para dejar descubiertos sus muslos posteriores y
enseñar el contorno de las nalgas redondas, incitando a la delectación
puberta”.
»Mi mamá y yo presentamos una denuncia por difamación en contra de ese
sujeto, que tampoco prosperó.
»La única ventaja de volver fue que pude ver a mi familia otra vez.
Omar, mi hermano, no vivía ya en el país, pero entre las primeras visitas
aparecieron mi papá, mis tíos, mi abuela y, desde luego, mi mamá. Gracias a que
los míos ayudaron con dinero, la cárcel me trató mejor en comparación con mis
nuevas compañeras. Lo primero que hice fue comprar un colchón para no dormir en
el suelo».
88
«Transcurrieron un par de meses sin que supiera nada de la señora
Wallace. Esa tregua concluyó el viernes 27 de noviembre de 2009. Hay testigos
que pueden confirmar lo que me pasó, porque aquella noche en Santiaguito no
habría podido suceder sin que muchos se hubieran puesto de acuerdo.
»Poco antes de la cena estaba jugando volibol con un grupo de compañeras
cuando la jefa Uriarte, la mandamás entre las custodias, fue a buscarme a la
cancha. Ordenó que me aseara, ya que asistiría a una audiencia; a diferencia de
mí, porque todavía era muy ingenua, mis compañeras se sorprendieron. Nadie ahí
era conducido a una “audiencia” sin haber recibido antes una notificación
oficial.
»Descolocada, le dije a la jefa Uriarte que la licenciada Treviño no me
había informado nada. Ella levantó los hombros y aclaró que sólo recibía
órdenes. Me condujo primero a las regaderas para que me bañara y cambiara de
ropa, y luego caminamos fuera del área donde nos encontrábamos las reclusas. Al
darme cuenta de que no conocía aquella zona de la prisión comencé a ponerme
nerviosa; la jefa Uriarte se dio cuenta y para tranquilizarme relató que
entendía bien mi situación porque tenía un pariente que también estaba
encerrado.
»Por instinto me aferré a su brazo y le rogué que no fuera a dejarme
sola; ella insistió en que no tenía de qué preocuparme. Quiero todavía creer
que la jefa tampoco sabía lo que estaba a punto de pasar. Las dos entramos a
una sala grande que en medio tenía una mesa de esas que se utilizan para los
interrogatorios, y sobre ella alcancé a ver un maletín de cuero que parecía el
de un médico. Ahí dentro estaban dos hombres con el rostro cubierto. Eran más
altos que yo, iban vestidos con ropa negra y llevaban guantes.
»Antes de que me diera cuenta, la jefa Uriarte había abandonado esa
sala. Grité hasta que lograron amordazarme, después me vendaron los ojos y me
esposaron.
»Vinieron entonces las majaderías.
»—¿Sabes por qué estamos aquí? —preguntó un tipo que tenía la voz
tipluda.
»Asentí, con la memoria fija en la señora Wallace.
»El otro, con un tono más neutro, recitó los nombres de mi mamá, mi
papá, mi hermano y mi abuela. Luego precisó:
»—Si no cooperas, van a sufrir por tu culpa.
»—Dinos dónde están los restos de Hugo —soltó el primero.
»Negué con la cabeza para reiterar mi desconocimiento sobre el paradero
de esa persona.
»Vino entonces el primer golpe con la palma abierta: la cabeza me dolió
como si hubiera recibido un tablazo. Después cayó el segundo y el tercer
mazazo. No tenía cómo esquivar aquella agresión. Entendí que, para no dejar
huellas en mi rostro, aquellos verdugos escondían su violencia detrás de mi
pelo, que después de un par de años había crecido de nuevo.
»El de la voz aguda aplaudió contra mis oídos, dejándome sorda. Luego me
retiró la mordaza. Aproveché para pegar un nuevo grito que, estoy segura, debió
escuchar la jefa Uriarte.
»De pronto, mi cabeza entera nadó en el interior de una bolsa de
plástico. Con la falta de aire sentí que me desmayaba, pero una nueva agresión
me regresó la conciencia. Poseedor de la fuerza de un simio, uno de los
verdugos retiró la bolsa de plástico y jaló mi pelo con tal fuerza que la silla
en que estaba sentada perdió equilibrio y terminé tumbada en el suelo.
»—Para que veas lo que sintió Hugo —refirió su pareja, como si yo
supiera de qué me hablaba. Acto seguido, el cómplice me dio una patada en las
costillas y otra en el estómago.
»Había imaginado antes que podrían hacerme daño, pero hasta ese momento
ninguna pesadilla se asemejaba. Aquellos sujetos levantaron de nuevo la silla y
volvieron a meter mi cabeza dentro de la bolsa. Después retiraron la venda que
me habían puesto sobre los ojos: querían que viera las manos sucias del hombre
de la voz desagradable recorrer lascivamente mi cuerpo.
»—Tú sabes que podemos hacer contigo lo que se nos dé la gana —amenazó.
»Estaba paralizada. Entendí de pronto lo obvio: esa gente tenía permiso
para volarse todos los límites. Sólo en ese momento lamenté haberme enfrentado
a la señora en el aeropuerto. Si dentro de la cárcel podían abusar de esa
manera, no quería imaginar lo que fuera de ella serían capaces de hacer con mi
familia.
»Esos profesionales de la crueldad habían colocado sobre la mesa un
papel y una pluma. Tenía la vista nublada por la rabia y también por las
lágrimas, y sin embargo alcancé a leer que se trataba de una suerte de
confesión. No tengo idea de dónde recuperé fuerzas, pero cuando me acercaron la
pluma negué enfáticamente con la cabeza.
»—Lo único que tienes que hacer es proporcionar los nombres de tus
amigos, los secuestradores —dijo el más grande.
»—Si aceptas colaborar —terció el otro—, te vamos a dejar en paz.
»—Piensa en tu familia. Piensa en tu hermano, el que está en Canadá.
»Sacaron entonces de la maleta una jeringa que contenía un líquido rojo;
aseguraron que se trataba de sangre con sida.
»En ese momento un hombre abrió la puerta de la sala, vio lo que sucedía
y volvió a salirse. Aproveché una vez más para gritar. Un minuto después
ingresó al lugar un grupo de guardias y supuse que ése sería el final; sin
embargo, mis verdugos se asustaron, a toda velocidad recogieron sus cosas y se
escabulleron dejándome atada a la silla. Permanecí así un par de horas más,
sola y humillada.
»Cuando regresé a la celda, mis compañeras se dieron cuenta del estado
en que la jefa Uriarte me había devuelto. Mi rostro estaba limpio de golpes,
pero el resto de mi cuerpo era un mapamundi de lesiones. Hay varias compañeras
de aquella época que pueden confirmarlo. Recuerdo que cuando me preguntaron,
sólo atiné a explicar que la señora estaba loca.
»—¿Qué señora? —cuestionó alguna.
»—La misma que me quiere muerta».
89
«Al día siguiente me llevaron a la enfermería de Santiaguito. Ahí el
médico registró las lesiones que sufrí la noche anterior: patadas en el
vientre, excoriaciones en los brazos y quemaduras por choques eléctricos. Se
tomó al menos dos horas para redactar en su computadora lo que estaba escrito
en mi piel. Una vez vaciada la información, todo lo que me hicieron esos
hombres desapareció; no quedó siquiera rastro de que hubiera estado en la
enfermería. Si mis compañeras no conservaran el recuerdo de cuánto sufrí,
podría resbalar en la tentación de creerme loca.
»Fueron esas mismas reclusas quienes, por medio de sus familiares,
informaron a mis papás. El fin de semana los dos ingresaron a Santiaguito sin
pedir ningún permiso especial, e igual constataron las huellas de la violencia.
Cuando Enriqueta exigió el reporte médico para presentar una queja ante la
CNDH, nos enteramos de que la evidencia que sustentaba mi verdad había sido
destruida. Mi papá quiso hablar con la dirección del penal, pero esa concesión
tampoco era para gente como nosotros.
»Ese mismo sábado les propuse que buscáramos a la prensa: quizá algún
reportero se interesaría en lo que nos estaban haciendo. Mi mamá me devolvió
una mirada resignada. Durante tres años, ella y el resto de mi familia ya
habían intentado ese camino. Con palabras suaves me explicó que los medios eran
incapaces de prestar atención a nada que no fuera la señora Wallace.
»—¿De plano nadie? —insistí.
»Fue entonces cuando Enriqueta mencionó a un bloguero español, a quien
describió como “ya mayorcito”, que había entrevistado a Juana Hilda y publicado
su testimonio en un blog llamado Cárcel de mujeres. Quise saber más de él. Ella
contó que en realidad no era periodista, sino un conductor de taxi que se había
convertido en escritor; desde hacía algún tiempo recogía historias de mujeres
presas por el simple hecho de que merecían conocerse, según él.
»Para vencer mis dudas mi mamá dijo que era, hasta entonces, el único en
haber tratado con dignidad a Juana Hilda, y también el único en poner el caso
Wallace en duda. Intrigada por el personaje, acepté que Enriqueta concertara
una cita con él. Por algún lugar debíamos comenzar si queríamos defendernos más
allá de los juzgados. Un par de semanas después, Luis Miguel Ipiña vino a
visitarme. Lo encontré un hombre recio y a la vez muy humano; me gustó que
fuera directo. Antes de dejarme entrevistar, lo entrevisté yo.
»Me pidió que lo llamara Koldo, porque allá en su tierra así se les dice
a los Luises. Contó que llevaba casi treinta años en México y que había viajado
desde España escapando de una vida que no iba para ningún lado. De jovencito
había sido pescador y, también por aquella época, se enroló en las filas de
ETA. En 1980, un año antes de que yo naciera, decidió venirse a México.
»Aquella conversación se benefició de que él hubiera entrevistado antes
a Juana Hilda. Los detalles generales de la historia ya los conocía, así que
pudimos concentrarnos en mi propia experiencia. Hablamos de mi huida a Estados
Unidos, el tiempo que trabajé en el Mojitos, la traición de mi examiga
venezolana allá en Louisville, y de los dos años que pasé encerrada en Chicago.
También le conté de la pancarta de la señora Miranda y, sobre todo, de la
tortura que recién había vivido ahí en Santiaguito. Sus ojos me miraban con
atención, sin que nada interrumpiera el flujo de mi relato. Sentí como si su
cerebro se convirtiera en la barca que salvaría del naufragio una memoria
amenazada; por más que el mundo conspirara en mi contra, Koldo sería la prueba
de que había una alternativa frente al gran borrado».
CAPÍTULO XV
90
El hermano de Jacobo, Salomón Tagle Dobín, quería ser rabino. Lo decidió
antes de terminar la preparatoria y con ayuda de su abuela compró un boleto
para irse a vivir a Tierra Santa. Lo admitieron en una yeshivá prestigiada de
Jerusalén y ahí fue tan buen estudiante como durante toda su vida.
Un año más tarde comenzaron las acusaciones en su contra. Fue después
del cateo que la procuraduría hizo en la casa donde vivían Judith y Raquel:
primero se inventó la autoridad que el tercer piso de esa construcción había
sido utilizado para retener contra su voluntad a los plagiados de la banda de
secuestradores. Luego, la señora Wallace afirmó que Salomón era parte de ese
grupo de criminales liderado por su hermano Jacobo.
A pesar de que prácticamente desde el primer interrogatorio Raquel
informó a la policía que Salomón tenía previsto estudiar fuera, la señora lo
acusó de haberse fugado del país para escapar de la justicia. Cuando la
procuraduría emitió una orden de presentación contra él, Raquel buscó a la
abogada Ámbar Treviño para que los ayudara y ella tramitó un amparo contra ese
acto de autoridad. Resultaba absurdo que ese muchacho, buen estudiante y con
vocación religiosa, fuera señalado como criminal.
Cuando el agente Braulio Robles confirmó que el hermano de Jacobo
continuaba viviendo en Israel, la señora Wallace pidió una cita con el
embajador de ese país en México y, al salir de la reunión, declaró a la prensa
que colocaría en aquella nación varios espectaculares con los rostros de los
hermanos Tagle Dobín. Dijo que tenía evidencia de que Jacobo se encontraba
escondido allá y pidió al gobierno israelí que cooperara para hacerlo venir.
Por medio de sus contactos en la procuraduría, la señora consiguió también que
la Interpol emitiera una ficha internacional ordenando la búsqueda de ambos
delincuentes.
Al terminar sus cursos, Salomón aceptó la invitación que le hicieron sus
primos del lado materno para asistir a una boda en Panamá. Además de que
extrañaba estar en familia, en ese lugar podría conocer a su futura esposa:
para convertirse en rabino ya sólo le faltaba casarse. Al concluir la
celebración, uno de sus parientes propuso que lo acompañara a un viaje de
negocios a República Dominicana, y a él le entusiasmó conocer otro país antes
de volver a Israel.
Aquel viaje transcurrió sin sobresalto hasta que Salomón y su primo se
disponían a tomar el vuelo que debía llevarlos de vuelta a Panamá: al mostrar
su pasaporte, la ficha roja de la Interpol hizo sonar las alarmas. Mientras lo
interrogaban, el primo llamó a Judith, la hermana menor, para contarle que
habían retenido a Salomón por algo relacionado con un secuestro, y a partir de
ahí comenzaron los trámites para trasladarlo.
La gente de la procuraduría no tardó ni un día en visitar Santo Domingo,
la capital dominicana, para presionar en favor de la extradición del aspirante
a rabino. En diciembre de 2009 concluyó el papeleo y Salomón fue llevado en un
avión del gobierno mexicano a la ciudad donde nació; viajó esposado y, al
descender por la escalerilla, la prensa lo presentó como otro más de los
integrantes de la banda de Chalma.
91
Judith corrió a la procuraduría para recibir a su hermano, y lo halló en
estado de shock. Ella mostró el amparo obtenido tres años atrás, pero el
ministerio público lo desestimó con el argumento de que ese documento protegía
a Salomón respecto de las imputaciones relacionadas con Hugo Alberto Wallace,
pero no servía para los otros casos en que la banda de secuestradores hubiera
participado.
Salomón fue identificado como el Blanco: se le relacionó con el plagio
de una señora de nombre Bárbara Zurita y de su hijo de cuatro años. De acuerdo
con esta acusación, ambas víctimas fueron privadas de la libertad en el tercer
piso de la casa de la familia Tagle Dobín. La señora Wallace contó después a la
prensa que, en ese mismo lugar, los plagiarios habían abusado sexualmente de la
mujer. Mientras tanto, el Blanco entretenía al niño jugando PlayStation.
En 2004 Salomón tenía diecisiete años y no faltó un solo día a la
escuela durante aquel curso escolar. El director de la preparatoria fue llamado
a declarar y dijo que el muchacho se pasaba la jornada entera preparándose para
ser admitido en la yeshivá de Jerusalén; llegaba al centro escolar a las siete
de la mañana y salía a las siete de la tarde. Habría sido imposible que
participara en el delito que le imputaban: por un lado, los horarios no
cuadraban, y por otro, mencionó el director, su personalidad recta y orientada
a los demás era contraria a lo que se necesitaba para convertirse en criminal.
A pesar de que tenía ya veintiún años a la fecha de su detención, Ámbar
Treviño consiguió que Salomón fuera recluido en un centro para menores porque
no era adulto en el momento en que se cometió el delito imputado. Si bien el
Blanco no había tenido nada que ver con el caso Wallace, la señora Isabel
impugnó la decisión del juez. Al final, la abogada Treviño se salió con la suya
porque había antecedentes que apoyaban su argumento.
Durante los casi cinco años que duró el juicio, la señora Wallace no se
perdió una sola audiencia; parecía tan obsesionada con que lo condenaran que
todas las veces asistió como público. También la cabeza de Salomón fue exhibida
como trofeo en sus espectaculares. El más grande fue colocado afuera del centro
donde estaba recluido, para que nadie ahí dentro dudara de su culpabilidad.
Judith Tagle reventó el día en que vio a su otro hermano sentenciado en
el tribunal de la publicidad exterior. Tomó el teléfono para exigir que la
entrevistaran en los medios de comunicación; llamó a la radio, a los periódicos
y a la televisión sin obtener nada. Igual que sucediera antes con los demás
familiares, el derecho al micrófono también le fue negado. Era obvia la
estrategia de la señora Wallace. Ella, que sí tenía el privilegio de ser
escuchada, declaró varias veces que la detención de Salomón debía servir para
dar con el paradero de Jacobo. El joven rabino era, en efecto, una mera carnada
para atrapar al «principal implicado en el plagio» de su hijo.
Con Pedro muerto, Jacobo desaparecido y Salomón detenido, Raquel y
Judith tuvieron que asumir su impotencia. Lo que sucedía era demasiado grande
para ellas. La hija corrió a pedir consejo al rabino y éste le recomendó que
buscara a la gente del Comité Central. El nombre de ese órgano era como de
partido político, pero así se llama también la instancia más encumbrada de la
comunidad judía mexicana.
Se acercaba el sabbat y a Judith le preocupó que su hermano lo pasara
encerrado. Llamó entonces a todos los números de teléfono que le proporcionó el
rabino hasta que logró que alguien respondiera; estaba consciente de que su
familia no era rica ni influyente dentro de la comunidad, pero ella y su madre
se encontraban entre las más ortodoxas.
Para cuando estableció la comunicación, alguien había visitado antes al
presidente de ese órgano para acusarlo de proteger a los hermanos Tagle Dobín.
Según se enteró después, la señora Wallace dio de golpes en su escritorio para
exigir que entregaran a los dos prófugos. Amenazó también con que, de no
cooperar, haría pública su demanda. Por esta razón, Judith fue maltratada:
antes de terminar de explicar la situación de Salomón le dijeron que su familia
«apestaba». Judith no se resignó. Argumentó que su hermano era inocente.
«No te vamos a ayudar y punto».
Judith suplicó, lloró y trató cuanto pudo de que no le colgaran el
teléfono.
Se cortó la línea.
Una a una las puertas se iban cerrando. ¿Qué habían hecho ellas para
volverse unas apestadas?
92
Llegó el viernes y transcurrió el sabbat. El domingo sonó el aparato
celular de Judith y al responder, quien llamaba era la misma persona que la
había agraviado antes. Sin embargo, el tono había cambiado. Era como si el
ritual religioso hubiera adelgazado el grosor de su corazón. El interlocutor
sugirió el nombre del señor Eduardo Margolis para que las auxiliara en el
asunto; ella le dio las gracias, colgó y corrió a despertar a su mamá. Cuando
escuchó a su hija, Raquel tomó con escepticismo la noticia. Había escuchado
mentar al tal Margolis y no recordaba que fuera con buenos adjetivos.
Durante las tres horas siguientes, ambas llamaron a sus conocidas para
indagar sobre el hombre propuesto por la comunidad para sacar a Salomón del
atolladero. En poco rato se enteraron de muchas cosas: ese sujeto contaba con
buenos amigos en el gobierno y sobre todo dentro del ejército. Alguna le dijo a
Raquel que había hecho dinero vendiendo pintura para los cuarteles militares de
todo el país y que contaba con un establecimiento dedicado al blindaje de
automóviles. También era propietario de una empresa de seguridad que
proporcionaba personal armado y entrenado para proteger a las familias judías
más adineradas. Se rumoraba que solía dar empleo a agentes retirados del Mosad,
la temida central de inteligencia del gobierno israelí.
Mientras más averiguaban, más nerviosas se iban poniendo; la vida las
había colocado a la entrada de un universo para ellas incomprensible. El
segundo lunes de diciembre de 2009 sonó de nuevo el aparato de Judith. Era el
señor Margolis, quien al primer respiro ya estaba dando órdenes:
—No quiero hablar contigo, niña; pásame a tu mamá.
Raquel no estaba en ese momento en casa y así se lo hizo saber.
—Dile que venga a verme a la oficina.
—¿Cuándo?
—Que llame a mi secretaria y ella le dirá cuándo estoy disponible.
—Ahí estaremos.
—Ya te dije, niñita, que no es a ti a quien quiero ver.
Sin esperar respuesta, Margolis colgó y una sensación de pequeñez volvió
a apoderarse de Judith. Le pasó el recado a su mamá y también le dijo que ese
hombre no le daba confianza:
—Es un arrogante. ¡No vayas, por favor!
Raquel no quiso ir sola y tampoco se atrevió a desafiar la desinvitación
impuesta contra su hija, así que terminó yendo acompañada por su madre. La
oficina de Margolis estaba en el mismo local donde tenía el negocio de blindaje
para vehículos. Era obvio que el anfitrión no escatimaba en lujos.
Al recibirlas, no fue más amable con Raquel de lo que había sido con
Judith. Lenguaraz y prepotente, desde el saludo las trató con desconsideración.
Raquel se dispuso a contarle sobre las circunstancias de Salomón, pero él la
interrumpió con grosería para aclararle que estaba al tanto de todo.
Calvo, con los ojos hinchados y una nariz fina y prominente, Margolis
rondaba los sesenta años. Su voz no era grave, pero tampoco aguda; en cualquier
caso, sonaba autoritaria.
—No veo cómo evitará usted que su hijo se pudra en la cárcel.
El cerebro de Raquel se electrificó.
—¿Por qué dice eso? Mi hijo no cometió ningún delito.
—Yo tengo otra información.
La mamá de Raquel hablaba poco, pero cuando lo hacía, solía cambiar el
curso de las conversaciones:
—Dudo que sepa realmente de lo que está hablando. Salomón es un buen
muchacho que estaba por convertirse en rabino —reconvino esa mujer cuya edad
merecía respeto.
—Créame, señora, que sé de lo que hablo.
Raquel no encontraba todavía el momento para que ese señor tan engreído
aceptara escuchar lo que venía a decirle. A diferencia de Jacobo, Salomón no
estaba siendo acusado por el caso Wallace. Además, el delito por el que lo
detuvieron en República Dominicana tuvo lugar cuando era menor de edad.
Margolis continuó hablando sin atender lo que aquellas mujeres
necesitaban decirle:
—Me parece importante que sepan —prosiguió— de mi relación con Isabel
Miranda de Wallace. Ella es mi amiga, y desde que mataron a su hijo la he
venido apoyando.
Ya era demasiado tarde cuando Raquel y su madre tomaron conciencia de lo
que acababan de escuchar. Judith estaba en lo correcto cuando dijo que no tenía
buena pinta esa reunión.
—¿Qué quiere decir con eso? —interrogó Raquel para no salir corriendo de
esa imponente oficina.
—La señora Wallace va diciendo que ella detuvo a los integrantes de la
banda que secuestró a su hijo, pero eso no es verdad. Ella me contrató para que
yo los investigara. Fue mi gente quien agarró a César Freyre, a uno de los
hermanos Castillo, y a Juana Hilda.
—¿También participó en lo de Salomón? —interrogó la abuela.
Margolis la ignoró y siguió de largo:
—Mi agencia de seguridad tiene a la mejor gente para ubicar
delincuentes.
Raquel intuyó que las camionetas con guaruras estacionadas afuera de su
casa podían pertenecer a ese hombre. Luego le vino a la mente la imagen de
César Freyre en la televisión, muy golpeado el día en que fue detenido.
La abuela hizo que su hija volviera a lo que estaban:
—¿Cómo nos va a ayudar con el asunto de Salomón?
—Si ustedes hablan bien de mí con la comunidad, veré qué puedo hacer.
—Necesitamos pagar el abogado —se atrevió a decir Raquel.
—Con eso no puedo hacer nada, pero conozco a alguien que quiere
ayudarles.
Cuando Margolis desapareció tras una puerta a su espalda, las mujeres
quedaron desconcertadas. Un par de minutos después volvió acompañado de la
señora Wallace.
Primero la abuela y después la madre de Judith se pusieron en pie: nadie
les avisó que iban a sufrir esa humillación. Se disponían a abandonar la
oficina cuando Margolis bloqueó con su corpulencia el camino a la salida.
—Escuchen primero lo que esta señora tiene que decirles.
Raquel y su mamá se quedaron de una pieza. La madre de Judith conocía a
esa mujer de la vez que celebraron la compraventa del pedazo de patio donde se
sembró el anuncio maldito.
Siempre parecida a sí misma, la señora Wallace evitó los rodeos. Tenía
un trato que proponer a la madre de los hermanos Tagle Dobín:
—Mire, Raquel, si quiere conseguir la libertad de Salomón, lo que puede
funcionar es que me entregue a Jacobo.
—No entiendo —balbuceó Raquel.
—Claro que entiende: un hijo por el otro.
—Lo que me pide es imposible; primero, porque no sé dónde está Jacobo, y
segundo, porque, aun si supiera, no lo haría.
—Pues entonces Salomón va a quedarse donde está.
—Pero él es inocente y eso usted lo sabe.
—A mí lo único que me importa es que uno de sus hijos pague por lo que
le hicieron al mío.
—Mis hijos no tuvieron nada que ver —replicó Raquel tratando de no
llorar.
—Usted es responsable por haber educado a criminales —lanzó la señora.
—Ni Jacobo ni Salomón son lo que usted anda diciendo.
—¿Y su hija? —cuestionó.
—¿Mi hija? ¿Qué tiene que ver Judith con todo esto?
—Recuerde que ella todavía está libre. Si quiere que no le pase nada,
tráigame a Jacobo.
Raquel buscó refugio en la mirada de hiena con la que Margolis observaba
aquel intercambio. Hasta ese momento comprendió por qué ese fulano se había
opuesto a que Judith asistiera a la reunión: ¿qué le iba a explicar a la
comunidad si algo le pasaba a su hija?
—¡Está usted loca! —dijo en voz alta la abuela y salió azotando la
puerta de aquel lugar, no sin antes tomar del brazo a Raquel para llevársela
con ella.
93
Un hijo por el otro, ésa es una sentencia macabra. ¿Salomón por Jacobo?
¿O Jacobo por Hugo Alberto? Puestos en una hipotética balanza, ¿quién valía
más, el alumno del rabinato, el huérfano desbalagado o el hijo de la señora
Wallace? Únicamente a ella pudo ocurrírsele una proposición como ésa. «Alguien
tiene que pagar por lo que le sucedió a mi hijo», dijo en la oficina de Eduardo
Margolis. ¿Qué fue realmente lo que le ocurrió a ese hijo? ¿Por qué los
hermanos Tagle Dobín estarían relacionados con ese hipotético crimen? Jacobo
cometió un error: el de haberse amigado con César Freyre y Hugo Alberto a la
vez. Suponiendo que no supo elegir a sus compañeros de fiesta —cuestión que
Judith le reclamaba entonces—, ¿cómo fue que tal cosa lo convirtió en un
asesino?
¿Y Salomón? ¿Qué pecado había cometido el otro hermano de Judith? A
Salomón lo habían nombrado públicamente como el Blanco, pero más allá del
sobrenombre, no escapó de las páginas de los periódicos el dato de su religión
y tampoco que vivía en Israel. Luego vino otro golpe bajo cuando la señora
Wallace acusó a la comunidad de ocultarlos, y fue entonces que ésta le pidió a
Eduardo Margolis que entrara en escena.
No era la primera vez que se encargaba a este señor la misión de limpiar
el batidillo de otros. Él se movía en el mismo nivel de juego que la señora
Isabel: tenía conexiones políticas. Era también un macho de manual, de esos que
ostentan a toda hora el largo de la corbata. La misión de Margolis era
domesticar la impertinencia de esas mujeres; había que silenciarlas por la
buena. En ningún momento ese sujeto se vio a sí mismo como intermediario entre
las dos madres, la mediación que le tocaba administrar era entre los intereses
de la comunidad y los de la señora Isabel, y para ello era imperioso que Raquel
y su hija dejaran de rebelarse frente a hechos consumados.
A Raquel le dolió cuando la señalaron como responsable de que Salomón y
Jacobo fueran unos delincuentes, le hizo daño porque esa acusación la
equiparaba con la señora Wallace. No solamente se trataba del intercambio de un
hijo por otro, sino de una madre por la otra: juzgar a Raquel por haber tenido
un mal vientre tenía como único propósito rescatar la irredimible maternidad de
esa mujer. De Hugo Alberto se decían muchas cosas, pero ninguna que hubiera
sido investigada por todos esos periodistas que escribieron pestes sobre los
hermanos Tagle Dobín.
94
Salomón Tagle Dobín estuvo encerrado durante casi cinco años en un
centro de detención para adolescentes. En un principio la abogada Ámbar Treviño
creyó que iba a conseguir la libertad del aspirante a rabino porque las
acusaciones no tenían ni pies ni cabeza: no era creíble que el tercer piso de
la casa de Raquel Dobín se hubiera utilizado como guarida de una banda
criminal, y aún más absurdo, que Salomón se encargara de vigilar a un niño
secuestrado dentro de un ropero inexistente. Era también una mentira que la
mamá del niño lo reconociera como su secuestrador.
Treviño logró separar esa acusación para que no se mezclara con las
denuncias presentadas contra los demás imputados, ya que Salomón nunca fue
vinculado al caso Wallace. El hermano de Judith niega haber sido torturado,
pero Raquel no confía en que tal cosa sea verdad; conoce a su hijo y sabe que
sería capaz de mentir con tal de ahorrarle más preocupaciones. Su personalidad,
a la vez reservada y prudente, no es compatible con la victimización y tampoco
se habría atrevido a arrojar más angustias sobre su hermana y su madre.
Raquel y Judith cuentan que durante la estancia de Salomón en el centro
de detención, se convirtió en un mentor para varios de los muchachos con
quienes convivió; dado que eran en promedio unos diez años más jóvenes que él,
lo buscaban para pedirle consejo. Aunque para ese momento su vocación religiosa
comenzaba a cuartearse, el estudiante del Talmud hizo mucho bien dentro de esa
comunidad de adolescentes: Judith asegura que aquellos chicos lo adoraban y los
custodios también le tomaron cariño porque enseñó a leer y escribir a varios de
los internos.
Judith y Raquel lo visitaban con regularidad y acudieron a todas las
audiencias del juicio. Fue una ventaja que el juzgado se encontrara en un
edificio anexo al centro de detención. Sin embargo, cada vez tenían que
aguardar de pie durante varias horas en el pasillo de acceso a la sala;
aprendieron a tener paciencia, porque la jueza que llevaba el caso era muy
impuntual. En cambio, la señora Wallace podía entrar y salir cuando le viniera
en gana y siempre tenía un lugar en primera fila. Dado que la denuncia contra
Salomón no estaba relacionada con el expediente de su hijo, esa mujer no tenía
nada que hacer ahí: sin embargo, no se perdió ninguna audiencia. Judith cuenta
que un día la vio firmar un cheque y entregárselo a un asistente de la jueza. A
partir de entonces tuvo la convicción de que las cosas iban a salir mal para
Salomón.
En efecto, después de aquel juicio el segundo de sus hermanos recibió
una sentencia condenatoria como cómplice de secuestro, con una pena de cinco
años de prisión; pero al computar el tiempo que llevaba encerrado en el centro
de detención y constatar que era mayor al previsto por la pena, la juez
permitió que fuera liberado ese mismo día.
El joven recibió la noticia con ambigüedad. Por un lado, lo hacían
culpable de un delito que no cometió, pero del otro, la juzgadora le devolvía
la libertad. La misma noche que pisó de vuelta la calle, un grupo de amigos con
los que había cursado la preparatoria le organizaron una fiesta. Judith lo
acompañó, contenta por el cariño que esa gente le tenía a su hermano; no
obstante, Salomón estuvo mentalmente ausente desde que llegaron hasta que se
fueron de ahí.
Tres días después de recuperar la libertad, montó en un avión que lo
regresó a Panamá. A pesar de la tristeza que eso le provocó a Raquel, el joven
no quería pasar una hora más en el país donde nació: tenía miedo de que le
inventaran otro delito, y es que había experimentado en carne propia lo injusta
que podía ser la ley mexicana.
95
El blog Cárcel de mujeres estaba firmado por Koldo Mikel; sabía que
algunas de las historias ahí contadas podían implicar cierto riesgo y por eso
utilizaba ese seudónimo. Con todo, el vasco pagó caro haber dado voz a las
víctimas del caso Wallace. Cuando la policía lo detuvo, constató cuán grande
podía ser el castigo por contradecir en público a la señora Wallace. El martes
17 de mayo de 2011 tocó a la puerta de su departamento un fulano interesado en
comprar una motocicleta. La visita agarró a Koldo ocupado, así que con ánimo de
quitarse de encima el fastidio despachó al desconocido, aclarándole que ahí no
se vendía nada.
Desde que llegó a México, Koldo vivía en un barrio popular conocido como
El Gallito. En esa zona de la ciudad había que andarse con cuidado, y ésa era
la razón por la que el taxista guardaba su vehículo de trabajo dentro de una
jaula improvisada sobre la banqueta, igual que el resto del vecindario cuidaba
sus automóviles. A las cinco y media del viernes 20 de mayo de 2011, como solía
hacer todas las mañanas, Koldo caminó hacia el taxi. Antes de que pudiera abrir
el candado, un sujeto le ordenó que levantara los brazos. Cuando giró la cabeza
se encontró rodeado por cuatro hombres armados, y lo primero que cruzó por su
mente es que lo iban a secuestrar.
«Tírate al piso, Ipiña», le ordenaron.
¿Cómo sabían su apellido? Koldo pegó de gritos para despertar a los
vecinos. Los atacantes no esperaban que, en unos cuantos segundos, se
encendieran las luces y que la gente se asomara para saber qué pasaba.
Como no quiso obedecer, aquellos hombres lo obligaron: no les fue fácil
porque Koldo es un individuo fuerte al que se le da con facilidad la mentada de
madre. Alguno de sus vecinos creyó que se trataba de un narcotraficante, y es
que muy rápido muchos carros de la policía rodearon el vecindario; quienes
sometían al vasco no eran delincuentes, o si lo eran, tenían permiso para hacer
lo que estaban haciendo.
Su ingreso a la procuraduría fue similar al de cualquier otro criminal.
Lo revisó un médico que constató su estado de salud, después lo ficharon y
terminó en una sala de interrogatorios donde se negó a responder hasta que le
permitieran comunicarse con su abogado. Insistió en que tenía derecho a una
llamada telefónica, a lo que el funcionario respondió que ése era un cuento de
las películas: la gente denunciada por delincuencia organizada no tenía derecho
a nada.
A punto de perder de nuevo la paciencia, Koldo preguntó al funcionario
que tenía enfrente si sabía de qué iba todo aquello. La autoridad se limitó a
responder que debió pensársela dos veces antes de meterse con quien no debía;
luego, sin transición, le informó que el gobierno mexicano estaba enterado de
que pertenecía a un grupo terrorista. El vasco no podía creerse lo que
escuchaba: hacía treinta años que no tenía nada que ver con ETA, y si algún
delito le hubiera quedado pendiente allá en España, a esas alturas ya habría
prescrito.
Entonces ingresó a la sala una mujer que apestaba a alcohol. Dado que no
eran siquiera las diez de la mañana, Koldo temió lo peor, sobre todo cuando se
enteró de que ella era la licenciada designada para defenderlo. La abogada le
propuso firmar un documento donde él confesaba dedicarse a la venta de armas
prohibidas por internet; esto lo hacía en nombre del grupo terrorista, que se
deshacía de su artillería dentro del mercado negro. Todo era ridículo. Koldo
afirma que jamás en su vida había visto un rifle como el que describían, y que
ETA no se dedicaba al tráfico de armas.
Asumió que le estaban haciendo lo mismo que a Juana Hilda y a Brenda,
así que se preparó para el maltrato físico que vendría después. El día continuó
corriendo y el humor del detenido fue coleccionando demonios. Después de la
hora de la comida se puso a pegar de gritos mientras golpeaba la mesa para
dejar en claro que no iba a firmar ninguna confesión y que sería capaz de hacer
cualquier cosa con tal de que le permitieran llamar a su abogado.
Antes de que terminara aquella larga jornada, Koldo consiguió su
propósito: cuando tuvo enfrente al defensor que él escogió, contó que no lo
habían detenido por un tema de armas, sino por el blog que escribía sobre
mujeres encarceladas. Si bien había ahí casi sesenta relatos, dos en particular
podían ser el motivo detrás de lo que le ocurría, ambos relacionados con el
caso Wallace.
Esa noche el vasco durmió en el sótano de aquel edificio y a la mañana
siguiente volvió su abogado con malas noticias. Contó que había visitado su
departamento en el barrio El Gallito y lo encontró desvalijado; no halló la
computadora ni los archivos relacionados con las entrevistas que hacía a las
prisioneras. En la red tampoco dio con el blog. Era como si alguien hubiera
eliminado cualquier rastro de Cárcel de mujeres.
Tres días después el vasco fue trasladado a la prisión de Chiconautla,
una de las más miserables del país: un reclusorio que el gobierno construyó
donde antes había un basurero municipal que nunca cerró. Por esta razón ahí
dentro apestaba a podrido, sobre todo en la temporada de lluvias. Lo peor eran
las cucarachas. También era ingrato el hacinamiento: en celdas diseñadas para
cuatro personas, los custodios llegaban a meter hasta veinte reclusos.
En esas condiciones Koldo vivió un año y medio de su vida. Durante el
proceso judicial las acusaciones en su contra fueron cayéndose, y es que el
ministerio público fue incapaz de probar la existencia de la presunta red de
tráfico de armas a la que el taxista pertenecía . Pocas semanas antes de
concluir 2012, el juez absolvió al vasco. Cuando regresó a su casa, lo que más
lamentó fue que le hubieran robado la computadora. También descubrió que la
policía se había llevado El caso Wallace, el libro del tal Martín Moreno, aquel
periodista macho que tanto detestaba a Brenda y Juana Hilda. Para Koldo no
cabía ninguna duda, la fabricación tuvo como propósito hacer que se esfumara el
blog donde aparecían esos testimonios. Ese desplante también sirvió para
amedrentar a cualquier otra persona, sobre todo periodistas, que se atrevieran
a meter la nariz en los asuntos de la señora Wallace.
CAPÍTULO XVI
96
Tenía treinta y ocho años recién cumplidos y en los tribunales Ámbar
Treviño era ya conocida por ser una buena penalista. Hacia la mitad del proceso
todavía estaba convencida de que iba a lograr la libertad de sus clientes, no
sólo porque tenía razón, sino porque sus argumentos eran sólidos. Sin embargo,
ésa fue su oportunidad para aprender que no basta con tener la verdad, y
tampoco con ser la mejor abogada. Nada se sostiene cuando se impone la
influencia de los que mandan. La historia de Vanessa Figueroa, la vecina de la
planta baja de Perugino, sería una de las varias lecciones que Treviño recibió
durante aquel juicio.
Del montón de gente que aparece en los noventa tomos del expediente
Wallace, una madrugada el fantasma de Vanessa vino a sentarse en el borde de su
cama. Era la chica que había pasado la noche noviando con su vecino cubano
cuando supuestamente sucedió el crimen. El insomnio la sacó de las cobijas y,
como tantas veces por aquella época, lo aplacó visitando el archivo del caso.
Ella había declarado en cinco ocasiones, tres de ellas a favor de Juana Hilda y
otras dos en su contra. Primero dijo que en Perugino 6 no había sucedido nada y
luego cambió de opinión; lo mismo hizo el Cubano, Jesús Noel Montaño, el
inquilino del departamento 2. Durante las primeras veces defendió a Juana Hilda
con un tono que pareció tan sincero como desenfadado. En cambio, en la última
—cuando le dio la espalda a su exvecina— sus palabras se leían más bien tiesas
y falsas. ¿Qué fue lo que la hizo modificar su testimonio?
Treviño no pudo llamar como testigos a estas personas porque, al igual
que otros —incluido el marido de la señora Wallace—, de la noche a la mañana se
esfumaron. Por más que su despacho intentó dar con ellos, no hubo poder humano
que pudiera encontrarlos, así que en este punto su defensa se había quedado
flaca. Fue entonces cuando dio con la declaración de Leticia Figueroa, madre de
Vanessa: la vez que el ministerio público la interrogó, ella dijo que la hija
se había sentido amenazada. Aunque la acusación no cuadraba, la señora Wallace
señaló a César Freyre como responsable de esa intimidación.
Ámbar continuó leyendo hasta que halló un párrafo perdido dentro de la
declaración número 4 de Vanessa: en esas líneas ella acusaba a Roberto Miranda
de agredirla. ¡Bendito insomnio, que la puso sobre la pista correcta! Aun si la
chica se había volatilizado, quedaba la mamá, cuyo domicilio estaba también en
el expediente. Ese mismo día se apersonó en la dirección indicada; ahí le
informaron que Leticia Figueroa se había mudado. Tuvo mejor suerte cuando se
puso a buscar a los otros hijos de esa señora; ellos tenían amigos a los que
Treviño conocía y así fue como logró conseguir una cita con esa mujer.
La halló con ganas de hablar, pero también fue cauta. No se había
retirado aún, vendía autos en una agencia, y presumió que durante varios años
había ganado el primer lugar entre sus compañeros. Tenía un carácter resuelto y
voluntarioso, era menuda y poseía unos ojos guapos. Estaba dispuesta a
responder todas sus preguntas siempre y cuando la abogada prometiera que no la
llamaría a comparecer en el juicio: no quería saber nada más de la señora
Wallace o de los fiscales. Treviño prometió que respetaría su voluntad, pero
suplicó que le contara las razones por las que Vanessa se sintió intimidada.
Llevaba consigo una grabadora, así que la abogada registró todo cuanto
le contó aquel día y luego transcribió sus palabras. Como ése fue el
compromiso, no pudo presentar su testimonio en el juzgado, pero desde entonces
supo que algún día esa grabación iba a servir para narrar este eslabón clave en
la historia del caso.
97
Durante casi siete meses, unos señores estuvieron molestando a Vanessa
Figueroa. Ella había visto en varias ocasiones al señor Roberto Miranda rondar
afuera de su casa, aunque nunca tan de cerca como cuando se puso a perseguirla.
La muchacha echó la carrera hacia la avenida, calculando que el bullicio la
protegería, pero el sujeto no se detuvo. Entonces se refugió dentro de una
papelería; el dependiente la conocía, así que la ayudó a saltarse el mostrador
para refugiarla detrás de la máquina fotocopiadora. Vanessa llevaba un estuche
con las joyas que vendía para sacar adelante a sus hijos.
El fulano entró gritando que Vanessa era una asesina. Otra clienta que
andaba por ahí pidió auxilio, y en unos cuantos minutos se juntó un grupo de
curiosos afuera del local. Roberto Miranda trató de arrastrar a Vanessa, pero
ella le reventó una cachetada, y eso sirvió de pretexto para que él la
violentara de vuelta. Con valentía, el señor de la papelería intentó
defenderla. Mientras ellos se hacían de palabras, Vanessa llamó por teléfono a
su madre. Leticia estaba tomando una clase de pintura a unos quince minutos de
ahí; dejó botadas las acuarelas y salió disparada. Para cuando llegó a la
papelería, además del gentío, había varias patrullas. Se abrió paso hasta que
alcanzó a su hija.
Leticia sintió que moría cuando la vio con las muñecas esposadas; a un
lado iba un sujeto malencarado que no le quitaba los ojos de encima. Como pudo,
Vanessa pidió a su madre que recuperara el estuche de bisutería que había
escondido detrás de la fotocopiadora, Leticia hizo caso y luego buscó al
oficial de más alto rango entre los que la habían detenido. A ese hombre le
exigió una explicación y el funcionario señaló al sujeto parado junto a
Vanessa; cuando los agentes acudieron al llamado de los vecinos esa persona
mostró una orden para que Vanessa fuera presentada ante la policía. No sabía
todavía aquel oficial de qué se la acusaba, pero prometió que cuidaría bien de
ella durante el traslado.
Leticia se subió a su automóvil y persiguió a la caravana de patrullas.
En lo que conducía llamó a otra de sus hijas, la mayor, para que consiguiera a
un abogado. También se comunicó con el papá de su nieto, el más pequeño; debía
avisarle que Vanessa no pasaría a buscar a Moisés sino hasta el día siguiente.
La verdad es que nunca le cayó bien ese yerno, así que no le dio mayor
explicación. Además, debido a la deteriorada relación que sostenían esos dos,
supuso que Vanessa no habría querido avisar a su expareja de los problemas. Al
llegar al búnker encontró que, además de su hija, aquellos agentes también
habían cargado con el dependiente de la papelería.
98
Leticia no sabía entonces que el búnker tenía muy mala fama porque ahí
torturaban gente. Nada le impidió colarse en medio de los hombretones que
rodeaban a su hija; cuando se dieron cuenta, ya estaba abrazando a Vanessa. Uno
de los agentes dijo que bajarían a su muchacha al sótano: le entró miedo y,
todavía sin saber lo que podía pasar ahí dentro, pepenó a Vanessa y le dijo que
no fuera a abrir la boca hasta que llegara el abogado que su hermana estaba
buscando. La chica temblaba y se puso peor cuando la metieron a un cuarto sin
luz natural; ahí sujetaron sus muñecas a la silla donde la sentaron.
Pasó una hora sin que tuvieran ninguna noticia. Mientras, Vanessa
aprovechó para contarle a su mamá cosas que ella aún no sabía. Según la vecina
de la planta baja, no había razón para tanto alboroto porque se trataba de una
equivocación. Era falso que alguien hubiera disparado un arma dentro del
edificio donde vivía.
En lo que Leticia la escuchaba descubrió los moretones que le habían
hecho en los brazos y el cuello. Un médico vino a buscarla y la acompañó a la
enfermería: ahí el doctor confirmó las lesiones sufridas durante la detención.
En el acta quedó escrito que no habían sido los policías quienes le causaron
aquellas marcas, sino el tal Roberto Miranda. Leticia se puso furiosa y,
aprovechando que su hija estaba en manos del médico legista, buscó a alguien
que pudiera darle una buena explicación de lo que pasaba.
No tardó en dar con el mismo agente de policía que conoció antes, el que
le prometió que nada malo iba a pasarle a su hija dentro de la patrulla. Lo
primero fue preguntarle por qué la trataban como la peor criminal, y por él se
enteró de que Vanessa estaba acusada de haber proporcionado declaraciones
falsas. Aquel funcionario también le contó que, con ese pretexto, alguien había
pagado buen dinero para que la llevaran al búnker. Entonces se ofreció a
interceder con sus jefes, en caso de que ella también aceptara aportar algún
estímulo económico: no podía creer lo que escuchaba, pero Leticia dio a
entender que accedería a lo que fuera con tal de sacar a la muchacha de ahí.
De vuelta en la sala donde tenían a Vanessa, la encontró hablando con un
licenciado que no había visto antes:
—He dicho muchas veces que pasé casi toda la noche hablando con mi
vecino y que nadie desconocido entró al edificio. Tampoco hubo ruidos ni
balazos, mucho menos sangre ni gente herida. ¿Qué más quieren de mí? —reventó
la muchacha.
Al parecer el funcionario venía preparado para esa respuesta, porque les
enseñó un documento que contenía letras muy pequeñas. Sus manos continuaban
atadas, por lo que la madre ayudó a su hija para que pudiera leerlo. Era el
reporte de una llamada a la policía, realizada la misma noche en que
desapareció el tal Hugo Alberto.
Sin hacerse la remolona, Vanessa reconoció que ella había marcado, desde
su celular, para reportar una riña callejera y después olvidó el asunto.
—¿Después de qué? —quiso saber aquel funcionario.
—Después de que me puse a platicar con el Cubano.
—El vecino del departamento 2 —agregó la madre, porque nunca le ha
gustado llamar a la gente por su apodo.
—¿Por qué no mencionó nada de esto antes?
Vanessa le explicó después a su madre que no le dio importancia a
aquella llamada, en primer lugar, porque el reporte fue anónimo; segundo,
porque lo originó un pleito de barrio entre borrachos afuera del edificio; y
tercero, porque supuso que si mencionaba el tema iba a alimentar la teoría
equivocada de que algo malo había ocurrido dentro de los departamentos de
Perugino.
—¿Se da cuenta de que sus declaraciones son discordes?
Era la primera vez que ambas mujeres escuchaban esa palabra y la persona
se dio cuenta.
—No coinciden, pues —repitió para que comprendieran.
—Omití mencionar ese reporte porque nadie me preguntó
—aclaró Vanessa—, y no veo por qué ese hecho, como usted afirma,
chocaría con el resto de las cosas que he dicho antes.
Cuando Leticia se dio cuenta de que su hija había recuperado control
sobre sí misma, le volvió el alma al cuerpo. El funcionario se puso de pie y
las dejó solas. Leticia lo siguió por el pasillo. Eran casi las ocho de la
noche y a esa hora, en los sótanos del búnker, conoció a la señora Wallace.
Leticia Figueroa la vio conversando con el fulano cacarizo y desgarbado
que lastimó a Vanessa en la papelería. También estaban ahí el comandante de
policía que le pidió dinero y el agente responsable del interrogatorio. La
señora daba las órdenes:
—A mí no me importa cómo tengan que hacerle, lo único que quiero es que
se retracte —alcanzó a escuchar la madre de Vanessa Figueroa.
Leticia tuvo razón cuando supuso que alguien más, tras esos muros,
dirigía las preguntas. Alcanzó a ver cuándo esa mujer entregó un teléfono
celular al interrogador para que ella pudiera escuchar lo que sucedía en la
sala.
Víctor Palemón, como se llamaba el agente que hacía las preguntas,
regresó cinco minutos después y puso sobre la mesa aquel aparato de
comunicación.
—Necesito ir al baño —informó la detenida.
Palemón aceptó acompañarla al sanitario siempre y cuando la señora
Leticia los esperara dentro de aquella sala.
La madre no entendió la razón hasta que el corrupto comandante aprovechó
la oportunidad para colarse en la sala y retomar la charla que dejaron
pendiente; sin preámbulos, insistió en que podía encargarse de que esa misma
noche Vanessa abandonara el búnker. Explicó luego, como si fuera idea suya, que
sus jefes habían accedido toda vez que su hija se retractara de sus
declaraciones previas. También recordó la idea de apoyar con algo de dinero a
los policías encargados de la investigación.
A Leticia todavía le restaba fuerza para pelear:
—Mi hija cree que la chica que era su vecina es inocente.
—¿Y de qué le ha servido hasta ahora esa equivocación?
—No veo cómo pueda convencerla.
—Mientras más defienda a esa persona, peores se van a poner las cosas
para ustedes.
El plural obligó a que Leticia pensara en sus nietos.
—¿Qué es lo que tendríamos que hacer para que la dejen en paz?
—Usted no se preocupe. Nada que vaya a incriminarla…
—¿Pero de qué servirá que se retracte si el resto de los vecinos han
dicho cosas parecidas?
El comandante negó con la cabeza.
—Solamente nos interesan las declaraciones de su hija y del otro fulano,
el cantante cubano. Por cierto, ese sujeto ya aceptó firmar.
Vanessa reingresó a la sala y un guardia ató de nuevo sus muñecas a los
postes de la silla.
—¿Podría traer algo de beber para mi hija, por favor? —pidió Leticia al
comandante, quien accedió, y tras él salió también el agente Palemón, dejando
el celular sobre la mesa.
La madre no esperó para contarle a Vanessa la propuesta que recién le
habían hecho. Dado que la hermana no había logrado contactar a ningún abogado
que a esa hora aceptara asesorarlas, ambas concluyeron que tenían muy poco
margen.
—Está bien —dijo Vanessa—. Firmo lo que quieran siempre y cuando me
prometan que la policía me dejará en paz, lo mismo que la señora ésa y su
hermano.
El agente Palemón regresó, pero había olvidado el vaso de agua; para ese
momento la detenida llevaba ocho horas sin tomar ni comer nada. El funcionario
portaba un fólder con unos documentos que entregó a la señora Leticia sin decir
nada. Las mujeres se miraron como buscando aprobación mutua antes de ponerse a
leer; evidentemente alguien había trabajado duro mientras Vanessa aguardaba
entre aquellas paredes.
Meses más tarde, la abogada Treviño tuvo acceso a la ampliación de
declaraciones donde la chica se retractó de sus testimonios anteriores. Al leer
ese texto fue que le vino a la cabeza la similitud de este caso con La ventana
indiscreta, la película de Alfred Hitchcock. Esos funcionarios corruptos le
propusieron a Vanessa que se convirtiera en James Stewart, es decir, en el
vecino capaz de atestiguarlo todo.
De acuerdo con la nueva versión, ella se enteró de que Hugo Alberto
Wallace y Juana Hilda habían quedado en ir al cine; también escuchó ruidos
siniestros provenientes del departamento de la bailarina a pesar de que se
encontraba dos pisos arriba del suyo. A la mañana siguiente vio bajar, por la
escalera del edificio, un par de maletas muy pesadas que fueron subidas a un
automóvil Corsa.
En estas nuevas declaraciones Vanessa y el Cubano ya no pasaron la noche
en el rellano de la escalera, por lo que era posible que otras personas
hubieran paseado por el edificio sin que ellos se dieran cuenta. La ventaja de
esta nueva relación de hechos es que dejaba fuera a su hijo Erick, ya que ahí
no se hablaba más del tipo que recibió un balazo ni del rastro de sangre que
ella habría supuestamente limpiado; tampoco se hace referencia a la casa de
citas ni a las vecinas que se dedicaban a la vida alegre. Era como si el
guionista de la película hubiera sido despedido para contratar en su lugar a
otro mucho peor.
—Esto no se lo va a creer nadie —reaccionó Vanessa cuando terminó de
leer.
Leticia miró alrededor y constató que el celular se encontraba cerca.
—Con todo respeto, señorita, eso a usted no le importa —respondió el
agente Palemón.
—Si Jesús Noel no corrobora lo que estoy diciendo aquí, de nada va a
servir que firme estos papeles.
—De eso nos encargaremos nosotros —reaccionó lacónico el comandante de
policía, quien, acto seguido, propuso a su colega que se apartaran para dejar
que esas dos mujeres pudieran meditar con libertad.
—¿Dónde está el abogado que iba a traer mi hermana? —interrogó Vanessa y
Leticia alzó los hombros, tan frustrada como ella.
Ambas sabían que estaban arrojadas a su propio criterio. De negarse a
firmar esa nueva declaración, Vanessa podría terminar en el centro donde, según
estaba enterada, desde hacía veinte días se encontraba arraigada Juana Hilda.
Leticia le aseguró a su hija que no entregaría el dinero solicitado por el
comandante hasta estar segura de que habían abandonado aquel edificio tan
sórdido: ésa era su verdadera póliza de seguro.
Al volver, el agente Palemón mostró satisfacción cuando le informaron
que Vanessa estaba dispuesta a firmar. Sin embargo, antes de esto la chica puso
una condición: quería que en ese mismo papel quedara escrito que el señor
Roberto Miranda la había violentado. El agente habrá calculado que, si
abandonaba aquel sitio para consultar, cabía el riesgo de que Vanessa se echara
para atrás, así que aceptó que ella, de su puño y letra, agregara aquella
información.
Sin beber una gota de agua en más de diez horas, Vanessa recuperó la
libertad. Fuera del búnker su hermana mayor las esperaba dentro del automóvil
familiar; llevaba quince mil pesos en efectivo que Leticia entregó al
comandante. Ya se marchaba cuando aquel hombre le cerró el paso para informarle
que todavía faltaba una última cosa antes de dar por concluido el asunto.
—Vanessa tiene que volver en unos días para ratificar las declaraciones
que hizo hoy.
Sin poder controlar su reacción, Leticia Figueroa caminó lo más rápido
que pudo hacia el vehículo donde estaban sus hijas y les ordenó que se fueran
de ahí cuanto antes.
Transcurrieron diez días en los que el estado de ánimo de Vanessa y
también el de Leticia no dejaron de fluctuar. Esa fue la razón por la que la
madre decidió acudir a la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal
para denunciar el acoso y la extorsión que sufrieron.
Luego se arrepintió de haber procedido así, y es que vieron por
televisión los espectaculares con los rostros de Juana Hilda y de su novio
César. Vanessa tuvo la convicción de que ella sería la siguiente en ser
exhibida. Por esta razón Leticia volvió a ponerse en contacto con el
comandante, quien a esa hora ya estaba enterado de la queja presentada ante la
Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal.
—Si quiere arreglar las cosas, reúnase conmigo para que platiquemos.
Venga a verme sólo usted, sin su hija —ordenó a través de la línea.
Cuando llegó a la cita, Leticia no vio por ninguna parte al comandante;
en el restaurante donde la convocó estaban, en cambio, un par de abogados bien
vestidos que se presentaron como representantes de la señora Wallace.
Leticia enfureció por haber caído en aquella ratonera. Sin embargo, esa
gente no la hizo sentirse intimidada. Los abogados llevaban una nueva
propuesta: si Vanessa estaba dispuesta a reconocer al resto de los
secuestradores, recibiría un apoyo económico importante.
—¿La están queriendo comprar?
—De ninguna manera —reaccionó uno de los licenciados—. Solamente se
trata de un apoyo para compensar las molestias.
—¿Y si no aceptamos?
El otro abogado alzó los hombros:
—Pues la policía podría suponer que su hija es cómplice de los
delincuentes.
Narra Leticia que salió de esa reunión decidida a preparar la fuga. Más
tarde llamó al comandante para decirle que Vanessa contaba solamente con dos
horas para firmar la ratificación, que pusieran ahí lo que les viniera en gana
mientras no la involucraran en el crimen. También advirtió que, si en esas dos
horas no salía del búnker, mostraría a la prensa la queja presentada días atrás
ante la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal
Al final, casi todo salió como estaba planeado. Vanessa acudió con el
comandante, firmó los nuevos papeles, abandonó aquel lugar de pesadilla y se
fue, acompañada de su madre, al aeropuerto de la ciudad de Toluca; desde ahí
volaron con rumbo al norte del país, hasta Monterrey. En esa población las
esperaba una pariente que contaba con residencia en Estados Unidos, una mujer
físicamente muy parecida a Vanessa. Sin esperar un solo minuto, madre e hija
tomaron prestado el automóvil de su familiar y cruzaron a Texas. En la frontera
Leticia se identificó con una visa de turista y Vanessa con la mica de
residente que le había prestado su prima. Una vez a salvo, Vanessa continuó
sola el viaje hasta la costa oeste. Un par de meses después allá la alcanzó
Erick, su hijo adolescente; él también tuvo que cambiar de nombre por temor a
que los persiguieran.
99
Apenas salió de la cárcel, Julieta Freyre, la hermana de César Freyre
Morales, se puso a organizar a los familiares de los encarcelados para
denunciar el atropello. La abogada Ámbar Treviño la presentó con Enriqueta, la
madre de Brenda, y también con María Elena, la mamá de los hermanos Castillo.
Las tres convocaron a la primera conferencia de prensa donde contaron su
versión de la historia. También grabaron videos para internet donde decían que
sus parientes eran las verdaderas víctimas del caso Wallace.
En septiembre de 2010, Julieta se enteró de que una senadora iba a dar
una charla por el rumbo de Coapa, cerca de donde vivían sus padres. Cuando la
legisladora, Rosario Ibarra de Piedra, terminó su intervención, Julieta pidió
la palabra: frente a un auditorio numeroso contó que ella y su mamá fueron
imputadas por un delito falso y que las habían metido a la cárcel para
presionar a su hermano. Además de su familia, otras personas estaban sufriendo
por este caso, que se había vuelto muy político: «Nosotras solas no podemos
hacer nada contra la señora que nos ha destrozado la vida», dijo señalando a
Enriqueta y a María Elena.
Aquella fue la primera vez que los clientes de Ámbar Treviño tuvieron
oportunidad de hacerse escuchar por una persona influyente. Habían transcurrido
más de cuatro años desde la detención de Julieta y Rosa, y hasta entonces nadie
que pudiera hacer contrapeso les prestó atención.
Al salir del evento, la senadora prometió que sus asesores revisarían el
asunto. El lunes 11 de octubre de 2010 las tres mujeres fueron atendidas en su
oficina; Rosario Ibarra no estuvo presente. Dos de sus colaboradores las
recibieron en su representación. María Elena y Enriqueta dejaron que Julieta
hablara, porque era la más elocuente.
No obstante, a diferencia de otras ocasiones, apenas comenzó a
expresarse, sus palabras surgieron en desorden. Tenía tantas cosas por decir
que no logró articular un flujo coherente: de manera atropellada narró la
desgracia que había caído sobre su familia, las detenciones arbitrarias, el
secuestro inventado y los meses transcurridos en la cárcel.
A media historia, cuando hizo referencia a sus hijas de siete y cinco
años, comenzó a llorar; los funcionarios la interrumpieron para recomendar que
se tranquilizara. Era evidente que esa conversación la sobrepasaba. En algún
momento las frases se volvieron incomprensibles. Fue entonces que Enriqueta
intentó tomar el relevo, aunque ya era demasiado tarde. Mientras hacía ruidos
muy extraños, Julieta extendió los brazos hacia la madre de Brenda y se
desplomó sobre su regazo.
Los asesores de la senadora quedaron paralizados: sólo Enriqueta pareció
darse cuenta de la gravedad de la situación. Julieta había perdido el
conocimiento y su falda se encontraba empapada. A gritos, Enriqueta pidió que
trajeran a un médico. Subieron a Julieta a una ambulancia, y Enriqueta y María
Elena la acompañaron en un traslado que tardó una eternidad porque el vehículo
las condujo a un hospital que se encontraba muy lejos. Aún sin recuperar la
conciencia, en el trayecto repitió dos palabras varias veces: «Soy inocente».
En cuanto ingresaron a la sala de urgencias, el médico ordenó a las
acompañantes que desvistieran a Julieta porque era imperioso realizar una
tomografía. Después de ese estudio, el diagnóstico quedó confirmado: aquella
paciente había sufrido un derrame cerebral. El doctor consideró que, sin
dilación, debía practicarse una cirugía para detener la hemorragia dentro del
cráneo.
Ámbar Treviño llegó a este caso porque Julieta y Rosa fueron quienes
primero la contactaron. Entonces no imaginó lo que habrían de terminar
viviendo: a ambas las acusaron por un delito absurdo. En febrero de 2006, para
poder cubrir sus honorarios, ellas visitaron al empleador de César para pedirle
dinero prestado. No hay manera de considerar eso como un acto de extorsión, y
sin embargo, por ese motivo las arraigaron y luego las metieron al reclusorio
de Santa Martha Acatitla.
Julieta se deprimió mucho durante ese periodo. No soportó que la
apartaran de sus hijas, lloraba todas las noches. Sin preguntar, el papá de las
niñas decidió enviarlas a Huichapan, en el estado de Hidalgo, a más de dos
horas de distancia; en esa población vivían los otros abuelos, que en ese
momento eran la única familia dispuesta a hacerse cargo de las niñas, ya que él
necesitaba seguir trabajando si es que quería hacer frente a los muchos gastos
que aquella circunstancia imponía.
Ámbar Treviño hizo todo lo que pudo para enfrentar la arbitrariedad
cometida contra esas dos mujeres. Logró que el juez las desvinculara del caso
Wallace, la supuesta extorsión contra el patrón de César no estaba en modo
alguno relacionada con el secuestro del hijo de la señora Wallace; esa batalla
la ganó. A pesar de que el supuesto agraviado nunca acudió al juzgado para
ratificar la denuncia por la presunta extorsión, el juez las sentenció como
culpables en primera instancia. Apelaron esa decisión y no fue hasta que una
magistrada revisó el asunto que obtuvieron la absolución. En total, el proceso
enderezado contra ellas tomó poco más de tres años.
Una vez declarada inocente, Julieta demandó a la Secretaría de Educación
Pública para que la reinstalaran en el puesto que ocupaba en esa dependencia
cuando sucedió su arraigo. Para ese momento podría decirse que Julieta casi
había recuperado su vida. Rescató su trabajo, volvió a ocuparse de sus hijas y
rehízo la relación con su pareja. Sin embargo, no estaba dispuesta a dejar que
su hermano se pudriera en la cárcel, sobre todo después de que César le contó
que vivía aislado en una celda sucia y diminuta, donde con frecuencia lo
torturaban.
Julieta tomó la defensa pública de las verdaderas víctimas del caso
Wallace en una época en que muy pocas personas estaban enteradas de esta
injusticia. El círculo de esta historia se cierra con la visita a los asesores
de la legisladora Rosario Ibarra de Piedra. Nadie imaginó que aquel lunes de
octubre, en esa precisa oficina del Senado, Julieta sufriría un accidente
vascular tan grave. Tampoco que once días después habría de dejar huérfanas a
sus hijas por segunda ocasión. No logró recuperarse de la intervención
quirúrgica y el viernes 22 de octubre de 2010 murió a la edad de terinta y seis
años.
Devastado, su marido decidió irse a vivir lejos, por lo que Rosa Morales
no volvió a ver a sus nietas sino hasta que cumplieron la mayoría de edad.
César Freyre, por su parte, cuenta que sufrió la peor tortura el día en que su
hermana perdió la vida. Sus verdugos fueron quienes le dieron la fatal noticia
porque decidieron aprovechar la situación para ver si por fin se confesaba como
el líder de la supuesta banda de secuestradores.
CAPÍTULO XVII
100
Primero los enterraron dentro de un ataúd de madera, luego en uno de
acero, y por último al interior de una bóveda de banco. Tres jueces distintos,
uno después del otro, decidieron condenar a los integrantes de la falsa banda
de Chalma. El jueves 24 de diciembre de 2009, víspera de Navidad, se dio a
conocer la primera sentencia: en ella el juez Octavio Mejía Ojeda declaró
culpables a César Freyre, Juana Hilda González y los hermanos Castillo Cruz. Al
expolicía le cayeron cuarenta y siete años de prisión, a la bailarina
veintiocho y a los falsos descuartizadores treinta. Compartieron imputaciones
por secuestro y delincuencia organizada; César y Juana Hilda añadieron años por
las armas que la policía encontró en su morada de la calzada de los Tenorios.
Para esa fecha Jacobo Tagle aún se encontraba escondido y el juicio de Brenda
recién había dado comienzo, así que ese veredicto no los incluyó.
Fue sorpresiva la reacción de la señora Wallace cuando conoció la
decisión: amenazó con que denunciaría penalmente al juez por haber dictado
penas «tan bajas». Declaró a la prensa:
A la familia Wallace el juez Mejía Ojeda nos dio migajas porque le
faltaron tamaños. Su sentencia no refleja lo mucho que agravia a la sociedad
mexicana el delito de secuestro. También pone en duda la capacidad de algunos
integrantes del Poder Judicial.
De cumplirse cabalmente el castigo, Freyre no abandonaría la cárcel
antes de cumplir ochenta y dos años, Tony y Albert setenta y Juana Hilda
cincuenta y ocho. Este nuevo capítulo de la madre tratada con injusticia, ahora
por los tribunales, permitió a la señora Wallace seguir siendo la estrella.
Cuando apeló la decisión, se desató una competencia entre jueces, todos
tratando de complacer su insaciable necesidad de venganza. Mientras esa señora
actuaba su berrinche, dijo cosas inolvidables: «Me siento muy frustrada y
desilusionada porque después de haber visto a la gente más importante del país,
estoy igual que al principio».
Más frustrados quedaron Juana Hilda, Freyre y los hermanos Castillo,
quienes jamás habrían podido soñar con un milímetro de la influencia de esa
poderosa mujer. El que se tratara de un crimen tan mediático los afectó desde
el primer día: únicamente María Elena Cruz, madre de Tony y Albert, logró que
una declaración suya fuera publicada en los periódicos: «Al juez sí le tembló
la mano, pero para dictar libertad por falta de elementos».
Experta en escalar las cosas, la señora Wallace pidió que el caso fuera
atraído por la Suprema Corte: quería que desde ahí se elevara el castigo contra
sus víctimas. En ese otro episodio las personas inculpadas tuvieron suerte,
porque el ministro que revisó el asunto bateó de vuelta la pelota en dirección
a los jueces inferiores.
Aunque las pruebas presentadas eran endebles, las sentencias que
vinieron después serían mucho más duras. Durante los treinta meses que tardó el
juicio, la licenciada Ámbar Treviño hizo su mejor esfuerzo para exhibir las
torceduras de la imputación. Habló tantas veces con el juez Mejía Ojeda que
estuvo segura de que también él experimentó dudas sobre la culpabilidad de sus
clientes, pero eso en nada ayudó: él y los demás juzgadores gastaron casi tres
mil hojas de papel en asegurarse de que la versión de la señora Wallace
aplastara. Se encargaron de que prevaleciera como la única verdad. En vez de
dejar que las pruebas contaran la historia, su historia se impuso sobre las
pruebas.
Nunca debió considerarse como secuestro la desaparición de Hugo Alberto
Wallace la madrugada del 12 de julio de 2005. El grueso de la evidencia apunta
en esa dirección: al día siguiente, desde su teléfono salieron varias llamadas
a sus amigos y a su chofer, también se comunicó a casa de su novia. No resulta
creíble que esos telefonazos los realizaran los plagiarios. En septiembre del
mismo año dejó un mensaje en el buzón de un celular ajeno: al escuchar la
grabación, tres personas reconocieron que se trataba de él.
También están los cargos realizados a dos de sus tarjetas de crédito
nueve días después del supuesto secuestro: incluyen una comida en un
restaurante caro de mariscos ubicado muy cerca de su domicilio, boletos para
jugar en un parque de gotcha, y diversas compras en una tienda departamental y
otra de conveniencia, ambas localizadas en la misma zona de la ciudad.
El lunes del supuesto plagio, Hugo Alberto hizo el pago de una
inscripción a un servicio de encuentros amorosos por internet, el cual se
repitió en octubre y noviembre del mismo año. Los jueces asumieron que se
trataba de cargos automáticos; sin embargo, eso tampoco es cierto, ya que los
montos variaron de manera importante.
Es obvio que este caso jamás habría prosperado si la confesión de Juana
Hilda se hubiera eliminado del expediente. Pero los tres jueces que
sucesivamente lo revisaron fueron indiferentes ante la acusación de la
bailarina de haber sido coaccionada, así como a que su relato fuera inverosímil
y a que no contara con una defensa legal adecuada.
Se suma a esto el testimonio contradictorio de Vanessa Figueroa, la
vecina de la planta baja de Perugino. Tres veces declaró que la noche del
supuesto secuestro no sucedió nada dentro de ese edificio. Primero la
descalificaron diciendo que no era confiable porque era amiga de Juana Hilda,
luego, cuando cambió de opinión, tomaron con seriedad sus últimas deposiciones
porque ahí apoyaba el guion de la película inventada. Nadie mencionó, sin
embargo, las razones por las que esa mujer modificó su parecer: Roberto Miranda
la agredió físicamente y logró que la esposaran durante muchas horas en la
central de policía.
Igual desestimaron las declaraciones de la madre de Vanessa, Leticia
Figueroa, quien dijo que su hija no estaba dispuesta a ratificar nada de lo que
afirmó porque tenía miedo de la familia Wallace. Para embutir un clavo más, el
juez Mejía Ojeda arrojó al cubo de la basura los testimonios del resto de los
vecinos, que dijeron no haber escuchado nada dentro de una construcción donde
el ruido podía difícilmente pasar desapercibido.
¿Cómo explicar que a las nueve de la mañana de ese martes 12 de julio,
con una sierra eléctrica, fuera descuartizado un cuerpo humano dentro de un
baño diminuto sin que nadie —excepto Vanessa, bajo coacción— se hubiera
percatado? A esa hora, dentro del edificio de Perugino, había al menos cinco
personas adultas cuyo testimonio refuta la versión de Juana Hilda.
Tampoco Jesús Noel Montaño, conocido ahí como el Cubano, corroboró el
secuestro, a pesar de haber modificado también sus declaraciones originales: al
igual que Vanessa, después de que la familia Wallace lo denunciara por falsedad
de declaraciones, tomó sus maletas y desapareció.
La adquisición de la supuesta sierra es otro asunto inquietante. Según
la bailarina, el hijo de la tal Isabel murió hacia las tres de la mañana de un
paro cardiaco. Sin embargo, la señora presentó el recibo de compra de una
sierra marca Black & Decker adquirida diez minutos antes del supuesto
deceso. Si César Freyre estaba comprando esa herramienta a dieciocho kilómetros
de distancia del departamento de su novia, no pudo haber participado en la
muerte de Hugo Alberto. La incongruencia de tal línea de tiempo debió bastar
para desechar ese documento. En vez de ello, los jueces especularon sobre la
mala memoria de la bailarina.
Para que exista secuestro debe haber una exigencia de rescate, y este
otro elemento también quedó a deber. De acuerdo con José Enrique Wallace, su
familia nunca tuvo comunicación con los criminales. Así lo afirmó en tres
ocasiones, la primera fechada en julio y las otras dos en septiembre de 2005.
En la última dijo: «Probablemente ocurrió una desaparición, pero no podría
afirmar que se trate de un secuestro».
¿Por qué los jueces no tomaron en consideración lo dicho por el marido,
nada menos? ¿Por qué desestimaron también su negativa a ratificar en el juzgado
la denuncia que presentó antes que nadie en la procuraduría? Hay que recordar
que el sobre con las fotos y el mensaje de rescate tardó más de cuarenta y
cinco días en llegar. Esos papeles fueron obviamente fabricados.
Luego vino el error cometido por la señora Wallace cuando apareció en
una de las audiencias vestida con una camiseta sobre la que mandó estampar la
imagen del hijo con el rostro vendado y el cuerpo desnudo: ese estampado no
podía provenir de las impresiones en papel fotográfico que supuestamente
llegaron a su oficina. La única explicación posible es que ella contara con el
archivo digital original y por tanto hubiera simulado también esa pieza de
evidencia.
Tampoco fueron relevantes para los tribunales los arrestos arbitrarios
de César y Albert, que Tony acudiese a la procuraduría en dos ocasiones por su
propio pie, ni la mentira a propósito de que Albert era médico. Desecharon
también que ni Tony ni Albert habían contado con asistencia consular, a pesar
de que tenían la nacionalidad estadounidense.
Los jueces se negaron a considerar la asimetría del debate público
respecto de este caso: no ponderaron el abuso de los anuncios espectaculares,
la influencia brutal de la señora Wallace sobre los medios de comunicación ni
la sumisión de la política y de los funcionarios respecto de su causa. En
resumen, la presunción de inocencia jamás fue un derecho que las personas
imputadas merecieran.
Ciertamente las cosas se complicaron cuando, además de la confesión de
la bailarina, la procuraduría anunció el hallazgo de una mancha de sangre de un
centímetro de largo por dos milímetros de ancho dentro del baño abandonado por
Juana Hilda siete meses atrás: para los jueces, ésa fue la prueba definitiva de
que el cuerpo de Hugo Alberto había sido desmembrado en ese sitio. Cuando el
laboratorio entregó los resultados del análisis genético se estableció que la
sangre perteneció a una persona del sexo femenino, lo cual fue arbitrariamente
descartado. Ya corría también el rumor de que José Enrique Wallace no era el
padre biológico, aunque entonces no pudo probarse, como tampoco se logró
desacreditar la licencia de manejo vencida que los peritos hallaron debajo de
la alfombra. Esos dos elementos ayudaron mucho a darle veracidad a una historia
falaz.
Fue frustrante cuando Ricardo Paredes Calderón, magistrado del tribunal
unitario, después de revisar por última vez la evidencia, concluyó sin titubeos
que Hugo Alberto había sido secuestrado y asesinado por el expolicía, la
bailarina, el falso médico y su hermano dentro del departamento de Perugino.
Si bien en la primera instancia el juez Mejía Ojeda los declaró
culpables, no impuso en su sentencia la pena máxima, ya que ninguno de los
clientes de la abogada Treviño tenía antecedentes penales. Cuando la señora
Wallace impugnó esa sentencia, Jacinto Ramos Castillejos, el juez a quien le
tocó revisar esas penas, optó por elevar el castigo imponiendo, parejo,
dieciséis años más contra las personas condenadas. Pero la madre de Hugo
Alberto volvió a impugnar: había prometido que nunca volverían a caminar en
libertad y por eso convenció al último magistrado, Paredes Calderón, de tapar
cualquier orificio. Este juzgador demostró que la abyección puede no tener
límites. Haciendo gala de su apellido, con una resolución de más de mil páginas
selló los muros de la bóveda donde arrojó los cuerpos de las personas
imputadas.
Para que no fueran también a acusarlo de entregar migajas, ordenó que la
condena de Juana Hilda pasara de veintiocho a setenta y ocho años, la de los
hermanos Castillo de treinta a noventa y tres y la de César Freyre de cuarenta
y siete a ciento treinta años de prisión. Estos castigos son elocuentes a la
hora de describir la demagogia que siempre ha estado detrás de este asunto.
Aunque la señora Wallace no pudo conseguir para estas personas la pena capital,
porque las leyes mexicanas se lo impidieron, sí se aseguró de que se pudrieran
en vida.
Con el paso de los años, al material que presentó la defensa durante el
juicio se han sumado otros elementos que confirmarían las mentiras del caso. Si
bien entonces los jueces no se tentaron el corazón, Ámbar Treviño hizo su mejor
esfuerzo para dejar sembradas distintas pistas a lo largo del expediente con el
propósito de que, pasado el tiempo, otros ojos pudieran desnudar una narración
fraudulenta.
101
Carlos León Miranda se enteró del secuestro porque su tío, Fausto
Miranda Romero, visitó en el otoño de 2005 la casa en la calle de Monclova. No
sabía el papá de la señora Wallace que Guadalupe Miranda comenzaba a tener
síntomas de demencia. Si bien esa mujer no había perdonado nada, es probable
que se haya negado a recibir a su hermano porque al momento de la visita no
recordaba su existencia; lo dejó esperando durante un buen rato en la sala y al
final la trabajadora del hogar se encargó de decirle a ese hombre mayor que
mejor regresara otro día. Don Fausto partió, pero antes dejó el mensaje que
portaba: Hugo había desaparecido.
En algún momento posterior de lucidez que la señora Guadalupe aún
conseguía de vez en cuando, ella tomó el teléfono para contarle a su hijo. El
padre de Hugo afirma que no fue por indolencia sino por convicción que no se
preocupó: sabía que muy pronto Hugo aparecería. Quizá había tenido problemas
con alguno de sus socios, pero, al igual que el resto de la familia Miranda, su
hijo tenía las agallas para enfrentar cualquier complicación.
Corrieron varios meses sin que don Carlos tuviera más noticias hasta que
un día pasaron en la televisión imágenes de los espectaculares que Isabel mandó
colocar en varias avenidas del Distrito Federal. Al padre de Hugo esa solución
le pareció equivocada, calculó que cientos de vivales llamarían para tratar de
conseguir la recompensa.
Una semana después el doctor recibió otra llamada en su casa de
Ensenada. Se sorprendió cuando escuchó la voz de su prima al otro lado de la
línea: tenía casi treinta años sin saber nada de ella. Sin saludar, la madre de
Hugo preguntó si estaba enterado de la mala noticia. Carlos temió que se
hubiera comunicado para informarle que habían hallado el cadáver.
Para romper el hielo, el doctor narró la visita del tío Fausto a su
madre. Sin darle mucha importancia, la señora Wallace dijo que no estaba
enterada. Luego transmitió que la policía había dado con los restos de una
persona y le pedían ayudar con su identificación para corroborar si se trataba
de Hugo; el doctor propuso un análisis genético para despejar las dudas.
«Justo para eso te hablo —informó la señora—. Quiero pedirte que vengas
al Distrito Federal para que proporciones una muestra de tu sangre. Si aceptas,
te mandaría el boleto de avión hoy mismo».
Aun si estaba convencido de que esos restos no pertenecían a su hijo, el
doctor jamás se habría negado a atender esa petición. Un tanto ofendido por la
oferta del pasaje, desestimó la generosidad de su prima y propuso que en cuanto
estuviera en casa de su madre le devolvería la llamada. Un par de días más
tarde arribó a la calle de Monclova; antes vio el espectacular enorme que la
señora Wallace había instalado a muy poca distancia de ese domicilio, al otro
lado del Viaducto.
En cuanto la llamó, la prima dijo que no perdieran tiempo y lo citó en
las oficinas de la procuraduría. Cuando el doctor se enteró de que los restos
referidos eran en realidad una minúscula gota de sangre se sintió muy
decepcionado: aquel viaje iba a ser una pérdida de tiempo.
—Después de siete meses a la intemperie las partículas hemáticas se
desnaturalizan —intentó explicar el doctor a su pariente—, pierden minerales,
les entran hongos y bacterias. Esa materia ya no sirve.
—De eso yo no entiendo, pero puede que los peritos de la procuraduría
sepan más que tú, ¿no crees?
A partir de este argumento, Isabel logró que Carlos entregara un par de
tubos con su sangre. Mientras se la extraían, la prima contó que ella había
pasado por el mismo procedimiento una semana atrás, de modo que la comparación
de la muestra hallada en el departamento de Perugino se realizaría con el ADN
de ambos.
Al retirar la aguja del brazo, Isabel sacó de su bolso un cabestrillo y
ordenó al padre de su hijo que se lo colocara.
—No es para tanto —opinó el médico, extrañado.
—¡Póntelo! —ordenó de nuevo ella con un tono que él no había olvidado.
Se sorprendió al constatar que Isabel se parecía en mucho a su propia
madre; explica el doctor que en la familia Miranda todos saben dar órdenes.
Antes de abandonar aquel cubículo, un funcionario puso frente a los ojos
del médico un documento que debía ser firmado. Como el cabestrillo atrapaba su
mano derecha estuvo a punto de retirárselo, y entonces la señora Wallace lo
sujetó con fuerza para que no lo hiciera.
—¡Tú estás lastimado, así que firmaré por ti!
Al doctor aquello le pareció muy extraño, pero no quiso contradecir a su
prima en presencia de ese burócrata y se limitó a echar una mirada al texto
donde ella estampó la firma. En ese momento alcanzó a distinguir que, en vez de
su nombre, en el papel aparecía el de José Enrique del Socorro Wallace Díaz:
supuso que ésa no era la primera vez que Isabel suplantaba la identidad de su
segundo marido.
En cuanto pisaron la calle, el doctor manifestó el enojo que le producía
aquel engaño. Lo había hecho venir desde Ensenada para hacerlo pasar por el
imbécil ese con el que se había casado:
—¿Qué pensaría Hugo si se enterara de lo que estás haciendo? —demandó.
Sin proporcionar mayores explicaciones, la señora Wallace dejó a Carlos
plantado sobre la banqueta, todavía portando el ridículo cabestrillo, para
alejarse subida en una de sus enormes camionetas seguida de varias patrullas de
policía.
El médico volvió a la calle de Monclova y encontró en un buen momento a
su madre, se hallaba aún en esa fase inicial de la demencia en que las memorias
van y vienen como la marea sobre la playa.
Molesto aún con lo ocurrido, le contó la historia de la falsificación de
la firma:
—Eso es un delito —subrayó el médico—. ¿Para qué hizo tanto teatro?
—Conozco a Isabel mejor que tú. Te aseguro que detrás de todo esto hay
un negocio grande —propuso la mujer mayor.
Carlos se quedó meditando antes de reaccionar:
—¿Crees que quiera cobrar algún seguro de vida?
—No lo sé, pero ella siempre piensa en metálico —afirmó la primera
maestra de Isabel en el tema de los negocios.
Aun si Carlos León se enteró después de que la prueba genética había
resultado positiva, continuó creyendo que Hugo estaba bien porque aquel examen
había sido tan falso como la presunta muerte de su hijo. El doctor no sabía por
qué Hugo se hallaba escondido, pero estaba convencido de que un día aparecería.
Mientras tanto, la demencia de la señora Guadalupe continuó avanzando hasta
que, en 2012, su mente y su cuerpo se desconectaron definitivamente.
102
Si la gota de sangre era fabricada, lo mismo pudo haber sucedido con la
licencia de manejo descubierta en una de las recámaras: de otra manera no podía
explicarse cómo fue que ese documento sobrevivió a la mudanza y los arreglos
que realizó el inquilino nuevo. Además, esa licencia estaba vencida; según la
Secretaría de Transporte, caducó en febrero de 2005 y en esa misma fecha fue
remplazada por una nueva. Si Hugo Alberto contaba con una identificación
actualizada, ¿por qué habría cargado con la anterior el día en que
presuntamente salió al cine con Juana Hilda?
Hay una cuerda que relaciona directamente a Isabel con la fabricación
del crimen: la persona que rentó el departamento de Perugino entre octubre de
2005 y febrero de 2006, Rodrigo Osvaldo de Alba Martínez.
Este sujeto no entró en escena sino tres meses después de que fue
denunciado el secuestro de Hugo Alberto: él arrendó el departamento a partir
del 1 de octubre. ¿Por qué el arquitecto Simón Arnal, dueño del edificio, tuvo
permiso para rentar el inmueble donde se encontraba la escena del crimen?
Volviendo atrás, hay que recordar que dos días después de la denuncia por
secuestro los peritos de la procuraduría ingresaron por primera vez al
departamento que aún ocupaba Juana Hilda sin encontrar nada relevante. Durante
el cateo del viernes 15 de julio de 2005 se descartó que en ese inmueble se
hubiera cometido algún delito. Juana Hilda narra que después de esa inspección
decidió abandonar Perugino, ya que durante la diligencia le robaron varios
objetos; hizo maletas y le regaló la mayoría de sus muebles a la vecina de la
planta baja.
La vivienda permaneció abierta y sin sellos durante los siguientes dos
meses. Por esta razón el arquitecto Arnal, por medio de la persona que
administraba sus propiedades, se comunicó con el comandante Franco, responsable
del caso en la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal, y este
funcionario respondió que podía arrendar de nuevo el departamento. Llama la
atención esta respuesta porque la primera nota de rescate llegó supuestamente a
la oficina de la señora Wallace un mes antes de que el dueño solicitara la
recuperación del inmueble; esto podría significar que Franco menospreció la
veracidad de los mensajes y por tanto la ocurrencia del secuestro.
Rodrigo de Alba era entonces un joven de veinticuatro años recién
casado. A la firma del contrato de arrendamiento solicitó al casero que le
permitiera cambiar la alfombra y también pintar las paredes. En algún momento
de ese mismo octubre, su esposa y él habrían mudado sus pertenencias y
comenzaron a hacer uso de las instalaciones, incluida la regadera del baño
donde después apareció la gota de sangre.
Tres meses y medio más tarde, el martes 14 de febrero de 2006, la
policía volvió a irrumpir en el departamento 4. En el acta de cateo de esa
segunda diligencia se refiere que el inmueble estaba deshabitado. La
administradora del edificio de Perugino explicó que, a pesar de haber signado
el contrato de arrendamiento por un año, el locatario decidió abandonar la
propiedad cuando se sintió amedrentado por la policía. Cabe también la
posibilidad de que jamás haya vivido ahí.
Si Hugo no murió en Perugino, ¿cuál fue realmente el crimen que se
cometió en el departamento 4? El joven inquilino ayuda a responder esta
pregunta. En septiembre de 2005 quedó asentado en los libros contables de
Showposter un pago a favor de Rodrigo Osvaldo de Alba Martínez. Entonces la
directora de esa empresa era la señora Wallace y las accionistas Claudia
Wallace y Guadalupe Miranda, es decir, la madre, la media hermana y la tía de
Hugo Alberto. El hecho de que el arrendatario que ingresó al departamento donde
vivió Juana Hilda, fuera al mismo tiempo empleado de Showposter, hace suponer
que él participó en el sembrado de los restos de sangre y de la licencia
vencida.
El vínculo entre la señora Wallace y el señor De Alba no se agota ahí.
Showcase Publicidad, la otra empresa de la familia de Hugo, inscribió a esta
misma persona como su trabajador ante el Instituto Mexicano de Seguro Social en
febrero de 2010. También aparece registrado en 2011 como empleado del Colegio
Aztlán, otro de los negocios de la familia Wallace. Luego, en 2014, Rodrigo de
Alba se casó con Gabriela Ortega Miranda, prima hermana de Hugo Alberto y
hermana de Jorge Ortega, el testigo que supuestamente encontró la camioneta
Grand Cherokee estacionada a un par de cuadras del edificio de Perugino. Ambos
tuvieron una hija en 2018.
No hay mucho más que agregar. La señora Wallace, en complicidad con este
empleado que años más tarde se integraría a su familia, pudo haber sembrado
evidencia en el departamento de Juana Hilda para simular la muerte.
CAPÍTULO XVIII
103
Judith Tagle Dobín no podía concebir que Jacobo hubiera decidido
esfumarse sin antes hacerle llegar algún mensaje. Por más enredadas que
estuvieran las cosas —era cierto, la religión se había impuesto como obstáculo
entre su madre y su hermano— le costaba comprender el silencio, sobre todo
después de que apareció su rostro en los espectaculares. Pero Jacobo tuvo otras
consideraciones; temió que los teléfonos de casa de Raquel hubieran sido
intervenidos y también que la morada donde creció estuviera bajo vigilancia.
Jacobo se enteró de la aprehensión de Salomón en República Dominicana.
Ésa era su peor pesadilla, que la señora Wallace se ensañara con su familia. Él
vivía tranquilo, entre otras razones, porque sabía que su hermano menor se
había ido al extranjero; no le cabía en la cabeza que Salomón se hubiera puesto
en riesgo al cruzar de vuelta el Atlántico. Calculó, sin embargo, que en
cualquier momento lo dejarían libre, ya que su hermano nunca convivió con Hugo
Alberto y tuvo muy poco que ver con las otras personas que estaban siendo
acusadas.
Durante la primavera de 2010, Jacobo conoció a una mujer que trabajaba
en un centro nocturno. La primera vez contrató sus servicios porque le pesaba
la soledad; la chica le cayó bien y volvió a citarse con ella, ya no en plan de
prestación de servicios, sino para ir al cine y luego conversar. Edith Nava
tenía hijos y él se encariñó con aquellos niños tanto como con la madre. No
ganaba dinero en abundancia, pero con su discreto negocio de compra y venta de
autos le alcanzó para proponerle que cambiara de empleo.
En tal conversación se hallaban cuando ella quedó embarazada. Contrario
a toda lógica, Jacobo se ilusionó con la noticia: era como si una vida distinta
fuera todavía posible. Por esta razón le propuso a Edith mudarse a vivir todos
juntos. La pareja consiguió una casa en renta cuyo contrato fue firmado a
nombre de Alejandro Salas.
Jacobo nunca fue bueno para leer a las personas; de lo contrario Judith,
Salomón y su madre se habrían salvado de tanta tragedia. Pero con nadie se
equivocó como con Edith Nava. La urgencia por huir de la soledad lo llevó a
elegir a una delatora. Jacobo tiene una opinión distinta y argumenta que, al
haberle ocultado su verdadera identidad, arrojó a Edith a la desconfianza.
El fugitivo tenía escondidos dentro de una maleta deportiva objetos que
lo relacionaban con su pasado, y otros que le permitían apartarse de él. Dentro
de ese equipaje estaban, por ejemplo, su licencia original de manejo junto con
otras identificaciones apócrifas. Además, había guardado ahí las pelucas, la
dentadura postiza y las prótesis nasales.
Un viernes que él salió de casa para visitar a un cliente, Edith
descubrió el contenido de la maleta y, mordida por la curiosidad, se puso a
averiguar en una computadora quién era realmente su pareja. Albergaba dudas
sobre la verdadera identidad de Alejandro Salas, pero no hubiera podido
imaginar lo que estaba a punto de descubrir: cuando tecleó el nombre de Jacobo
Tagle Dobín, los resultados arrojados por la búsqueda fueron incontables y uno
tras otro le confirmaron que había metido a un asesino a la vida de sus hijos.
Sin detenerse a reflexionar, subió a un taxi y cargando la maleta con
las pruebas se dirigió a la estación de policía más próxima; en ese edificio
tuvo que permanecer durante varias horas porque al principio ningún funcionario
le creyó. Los registros del sistema utilizado por los agentes de investigación
indicaban que Jacobo Tagle había abandonado el país cuatro años atrás y desde
entonces vivía en Israel.
Las horas transcurrían, pero Edith no renunció a la denuncia que había
ido a presentar. En internet dio también con la recompensa que la señora
Wallace había ofrecido tiempo atrás para quien proporcionara información sobre
el principal responsable de la muerte de su hijo, un dinero que le era
necesario para continuar pagando la renta de la casa nueva y también para
cubrir los gastos del parto.
Conforme se acercaba la noche, Edith llamó a un familiar para pedirle
que sacara a sus hijos de aquella casa, porque debía protegerlos de lo que
estaba a punto de suceder. Una hora más tarde Jacobo regresó a su domicilio y
no se sorprendió al encontrarlo vacío, ya que supuso que su nueva familia se
hallaba visitando a la madre de Edith. Descubrió entonces que el refrigerador
estaba vacío y volvió a salir para comprar unos refrescos. Caminando de regreso
a su morada, vio que dos hombres descendieron de un taxi nuevo: la intuición lo
condujo a apretar el paso y eso provocó que aquellos sujetos le ordenaran
detenerse.
Jacobo no creyó que fueran policías, pero en sus muchas noches de
insomnio se había preparado por si una situación como ésa le sucedía, así que
aventó la bolsa con refrescos y echó a correr lo más aprisa que pudo; lo que no
calculó fue que esa gente estaba dispuesta a detenerlo a tiros, así que el
miedo se apoderó de sus piernas cuando las balas comenzaron a reventar muy
cerca de sus pasos.
Primero se puso de rodillas y luego, siguiendo órdenes, se recostó
bocabajo, colocando las manos contra la nuca. No fueron dos, sino un tumulto de
gente el que acudió para someterlo. Lo patearon, lo esposaron y le colocaron
una funda negra sobre la cabeza; después hicieron que se montara en un vehículo
amplio en el que lo pasearon durante un tiempo que le pareció una eternidad.
Jacobo no supo entonces que en esa misma camioneta de color blanco viajaba
también Edith Nava, la futura madre de su hijo.
104
La captura de Jacobo echó a perder la primera vacación que Judith Tagle
Dobín había podido tomarse en años. Se encontraba en Costa Rica visitando a
unos familiares cuando la noticia fue transmitida por la televisión de aquel
país; sorprendida, se preguntó por qué el caso Wallace podía importar también
en el extranjero. Volvió a México en el primer vuelo disponible. Después del
amargo episodio de su hermano Salomón, había aprendido a lidiar con los
funcionarios de la procuraduría, así que en esa segunda ocasión no se amilanó
cuando tuvo que saltar los obstáculos que la separaban del sitio donde se
hallaba recluido el primogénito de la familia.
Al mirarlo de frente sintió lástima porque su cuerpo desprendía un olor
terrible. No se había mudado de ropa en un par de días y sus pantalones estaban
chorreados —según le contó— porque no pudo contenerse cuando lo golpearon.
Judith sentía curiosidad a propósito de lo sucedido con su hermano a partir de
que desapareció, pero Jacobo iba a guardarse esa parte de la historia para
relatarla en otro momento. Los hechos más recientes lo tenían avasallado y se
le había metido en la cabeza que sus horas estaban contadas, de ahí que
necesitara de forma compulsiva denunciar a sus verdugos.
Se había convertido en otra persona, no sólo físicamente, sino también
porque la ansiedad y la paranoia lo tenían con los nervios al borde; quedaba
poco de aquella personalidad segura y condescendiente con la que antes solía
dirigirse a su hermana. No le fue sencillo a Judith procesar el flujo de
información que él quería comunicar. Ese día narró que, después de
aprehenderlo, lo tuvieron con la cabeza cubierta dentro de un vehículo grande
mientras lo agredían brutalmente. «¡Ya te cargó la chingada, tenemos órdenes de
matarte!», sentenciaron.
Más tarde, ya en las oficinas de la policía, la señora Wallace acudió
acompañada de su hija Claudia. Jacobo las reconoció de inmediato; no parecían
la madre y la hermana de una víctima, sino unas funcionarias con mucho poder.
Sin introducciones, la mayor preguntó dónde estaban los restos de su hijo.
Tagle juró que no lo sabía. Ante el rostro impertérrito de esas mujeres afirmó
que no había tenido nada que ver con el secuestro de quien, durante una época,
fuera su amigo. La señora ignoró sus palabras y lo amenazó con el daño que
sufrirían él y su familia si se negaba a cooperar.
Habían pasado unas doce horas desde la captura de Jacobo cuando la
señora Wallace hizo una llamada desde su celular, y al recibir respuesta,
encendió el altavoz del aparato para que nadie en ese cuarto dudara de la
importancia de la persona que había atendido a su comunicación:
—¿Señor presidente? —la escuchó decir todo mundo dentro de esa sala.
—¿Qué tal, Isabel?
El timbre de voz era inconfundible. Se trataba realmente del presidente
Felipe Calderón.
—Le llamo para informarle de la detención de Jacobo Tagle, el último
criminal que participó en el asesinato de mi hijo.
Del otro lado de la línea el mandatario la felicitó y ordenó que se
pusiera al teléfono la persona encargada de conducir el interrogatorio; ella
apagó el altavoz y le pasó el dispositivo a un individuo canoso parado detrás
del detenido. A pesar de que el volumen se redujo, el hermano de Judith alcanzó
a escuchar cuando el presidente dio la orden para que se asegurara de que ese
reo fuera a dar a la cárcel.
Al concluir la llamada, la señora irradiaba satisfacción. Aprovechó para
anunciarle a Jacobo que pronto ella tendría un puesto público importante y que
por tanto no le convenía ponerse en su contra. Lo dejó entonces bajo la
custodia del comandante canoso y de otro individuo, que le apuntó con el cañón
de una pistola durante las siguientes horas.
Jacobo no olvidará lo que vino más tarde. El policía utilizó los dedos
pulgares para presionar con fuerza los globos de sus ojos: entonces no tenía
idea del dolor que puede provocarse con ese método. Fue como si le hubiera
atacado la peor de las migrañas; en cada ocasión su cabeza se partía en dos
mitades.
Luego vinieron golpes en los oídos, chorros de agua, presión con los
codos sobre el abdomen y toques eléctricos en los pies desnudos, todo mezclado
con amenazas que iban cargando de culpa la conciencia del detenido a propósito
de lo que podría sufrir su familia si no obedecía.
Por fin Jacobo se quebró y aceptó firmar un documento que, dada la
ceguera provocada por la tortura, estaba impedido para leer; asegura que
Claudia Wallace fue quien redactó ese papel. Ahí aceptaba haber participado en
el secuestro y asesinato de Hugo Alberto. Accedió también a repetir frente a
una cámara de video algunos fragmentos de la confesión. El hermano de Judith
cuenta que, además de la hija de la señora Isabel, participó un sobrino,
encargado de operar la cámara con la que lo grabaron.
Igual que cuatro años antes con las declaraciones de Juana Hilda, la
secuencia de video de Jacobo fue editada. Alguien dictaba lo que debía decir y
luego lo obligaban a repetir tres o cuatro veces cada parlamento; él relata que
no podía equivocarse, porque el tipo del pelo cano volvía a lastimarlo con los
pulgares.
Así fue como surgieron, escena tras escena, las declaraciones
presentadas al día siguiente a los medios de comunicación. La señora Isabel
citó a una conferencia de prensa en la que ningún reportero tuvo autorización
para realizar preguntas: en la sala únicamente hicieron uso de la voz el fiscal
y la señora. También Jacobo, que fue presentado como el peor de los
malhechores: cabello largo y graso, barba de varios días, exceso de peso,
rostro abotagado, ojeras que le ocupaban media cara y los ojos rojos, como si
se hubiera drogado justo antes del evento. Al escuchar su versión, Judith
comprendió por qué en las imágenes transmitidas por la televisión él tenía los
párpados hinchados. A pesar de que el video divulgado había sido evidentemente
alterado, ningún reportero puso en duda su veracidad.
Al concluir la proyección, la señora Isabel lo interrogó para asegurarse
de que ratificara frente a la prensa sus declaraciones. Fue cuando el hermano
de Judith respondió con una frase críptica:
—¡Estamos en lo dicho!
Después la señora felicitó a las autoridades por la captura del
delincuente, la única, según dijo, ocurrida sin su participación. Dio también a
conocer el testimonio de Jacobo sobre la responsabilidad de su exnovia en el
secuestro:
—Jacobo confirma que Brenda Quevedo tomó las fotografías del cadáver,
redactó las notas de rescate y las envió por correo postal.
Por último, ordenó a la policía que desnudaran el torso del detenido;
acto seguido, los guardias retiraron el chaleco antibalas y después la camisola
que Jacobo llevaba puesta.
—Quiero que comprueben que no ha sido golpeado, porque después los
delincuentes andan diciendo que fueron torturados.
Tanto el discurso de la señora Wallace como las declaraciones de Jacobo
proyectadas en el video ocuparon al día siguiente las portadas de los diarios.
Cada medio subrayó la parte que supuso más escandalosa: la narración del
descuartizamiento, las cartas de rescate o el ocultamiento de los restos de
Hugo Alberto. Ahí mismo la madre de Hugo Alberto dijo que mantenía la esperanza
de recuperar el cuerpo mutilado de su hijo. Afirmó que, con la cooperación de
Jacobo, podría finalmente darle sepultura.
El día de la conferencia de prensa Jacobo fue revisado por un doctor; el
dictamen firmado por el médico de guardia confirmó las lesiones sufridas. Ese
reporte iba a servir después para que la CNDH reconociera que, en efecto,
padeció tortura a manos de sus captores.
105
La señora Wallace mandó traer pizza para dar de comer al mundo de gente
que se puso a buscar los restos de su hijo; había policías, peritos, reporteros
y trabajadores que ella llevó hasta el Barrio 18 de Xochimilco para que la
ayudaran a escarbar. Estaba también Jacobo Tagle, protagonista de la búsqueda.
Cuando éste se enteró de que sólo había pizza de pepperoni se quejó, ya que no
podía consumir carne de cerdo. No se debía a su origen judío, porque hacía más
de una década que se había apartado de la religión; el problema era de su
aparato digestivo, que reaccionaba fatal con ese alimento.
—No comes marrano y sin embargo fuiste capaz de destazar a Hugo Alberto
—se burló la señora Wallace.
Durante la jornada ella trató a Jacobo con un tono familiar que
sorprendió a la concurrencia. Salvo Claudia Wallace, que no se despegaba de su
madre, las demás personas ignoraban que el detenido y Hugo Alberto fueron
amigos.
Jacobo sonrió ante la mirada intrigada de las muchas personas que
presenciaron la escena:
—Ay, señora, usted sabe que eso no es cierto.
Una de esas personas fue Miguel Ángel, un obrero de la construcción que
se sumó a la cuadrilla encargada de hallar los restos. Además del relato de
Jacobo sobre aquel recorrido en los alrededores del Canal de Cuemanco, el
testimonio de Miguel Ángel permite completar la narración de los hechos.
Algún sujeto que trabajaba para Showcase, una de las empresas de la
familia Wallace, le ofreció a este albañil pagarle bien si les echaba la mano.
Seis individuos integraron la cuadrilla dedicada a cavar; a excepción de Miguel
Ángel, el grupo estaba formado por empleados que en días normales instalaban
las lonas de los espectaculares.
El albañil recuerda la caravana de unos veinte vehículos que arribó al
Barrio 18 el lunes 6 de diciembre de 2010. Los estrobos azules y rojos, el
ruido de los motores y el vocerío avisaron al vecindario entero de que algo muy
importante estaba a punto de suceder. Miguel Ángel distinguió a Jacobo porque
llegó montado en la caja trasera de una pickup de la policía; iba custodiado
por un par de agentes encapuchados que portaban armas largas.
«Al chavo se le veía bien espantado», confió Miguel Ángel.
Detrás de la pickup venía el vehículo en que la señora viajaba
acompañada de su hija Claudia. Como era su costumbre, traía varios teléfonos
celulares desde los cuales ametrallaba con sus instrucciones. Los automóviles
que lo seguían eran tripulados por funcionarios de la procuraduría y al final
venía la gente de la prensa.
El recorrido inició en el perímetro del vaso regulador, que captura el
agua de lluvia procedente de la montaña; después el convoy se aproximó al Canal
de Cuemanco, donde los equipos profesionales de remo suelen darse cita los
fines de semana. Aquel nudo de vehículos parecía una araña a la que le hubieran
arrancado una pata, se retorcía sin ninguna predicción.
La señora Wallace ordenó que Jacobo descendiera de la pickup porque
quería conversar con él en privado. La autoridad no se opuso y el joven subió a
la camioneta de la señora. Jacobo le contaría después a Judith que ahí le dio
instrucciones sobre el lugar al que debía dirigir el convoy; para que pudiera
ubicar la ruta, Claudia Wallace desplegó un mapa del Barrio 18 y señaló un
punto preciso cerca del canal de canotaje.
De vuelta en la pickup, Jacobo señaló hacia delante y en pocos minutos
el operativo arribó a la coordenada aportada por la media hermana de Hugo
Alberto.
«Era evidente que el tipo no sabía dónde estaba parado», asegura Miguel
Ángel.
Ya fuera de los transportes, la señora Wallace ayudó al presunto
delincuente a salir del pasmo. Le recordó el terreno baldío que había marcado
antes en el mapa; entonces el imputado se encaminó hacia la esquina que hacen
las calles Canal Hierba Buena y Canal Tezhuilo.
La prensa publicó al día siguiente que Jacobo reveló el sitio donde
escondió las bolsas que contenían los restos descuartizados de Hugo Alberto.
Nadie reparó en la contradicción entre las declaraciones: según Juana Hilda
González, los miembros cercenados fueron lanzados al agua dentro de unas bolsas
de color negro. Sin embargo, Jacobo había modificado la versión.
Representó un problema que en el terreno por él indicado hubiera sido
edificado recientemente un salón de belleza. La señora Wallace ordenó a sus
trabajadores que buscaran a la dueña de la propiedad, ya que necesitaba permiso
para escarbar debajo.
Aquel lunes se detuvo la búsqueda. Miguel Ángel cuenta que, al día
siguiente, la madre de la víctima volvió a citarlos temprano para retomar la
tarea. El morbo que despertó el operativo hizo que un número mayor de medios
acudiera durante la jornada posterior, el olfato de los editores condujo a la
convicción de que por fin se conocería el paradero de Hugo Alberto Wallace.
El martes, los trabajadores hallaron un inmenso trascabo de color
amarillo frente al salón de belleza; la propietaria del establecimiento dio
permiso para que esa máquina rascara debajo de la construcción. Una hora y
media después hubo un hoyo de por lo menos cinco metros, cuya entrada se abría
como la boca de una pequeña caverna.
Entonces fue que entró en acción la cuadrilla de Miguel Ángel. Él
recuerda que la tierra estaba lodosa y fría, seguramente debido a la época del
año y también a la proximidad con el canal. Por turnos, con sus palas, aquellos
hombres ampliaron la talla de la excavación hasta que dieron con unas bolsas de
plástico transparente atadas con cinta canela. La declaración de ese día fue
macabra: la señora Wallace dijo que, durante la edificación del local, las
piernas y los brazos de su hijo resbalaron fuera de aquellas bolsas y por tanto
era necesario cavar más hondo.
Nadie recordó tampoco que Juana Hilda había referido en su confesión que
las bolsas utilizadas por los criminales eran de color oscuro. Los fotógrafos
fueron autorizados para captar, en todos sus ángulos, esos plásticos que
milagrosamente abandonaron el color negro para volverse traslúcidos.
Pasado el mediodía se autorizó un receso para comer; fue cuando la
señora mandó traer pizzas de pepperoni para alimentar a los trabajadores.
Miguel Ángel afirma que después de escucharla cuestionar a Jacobo por no comer
carne de cerdo, comenzó a pensar que todo aquello era un teatro. ¿Qué tipo de
madre puede bromear sobre el cuerpo descuartizado de su hijo y mezclar en el
mismo argumento el disgusto del supuesto perpetrador por la carne de marrano?
Miguel Ángel narra que se aproximó a Jacobo para preguntarle, «al
chile», si realmente sabía dónde se encontraba el cuerpo que andaban buscando.
«Yo sólo estoy haciendo lo que la señora y la policía me indican»,
refirió Jacobo con resignación.
En ese intercambio de palabras se encontraban los dos cuando una voz
masculina pegó un grito: debajo del salón de belleza había aparecido una
osamenta. Los reporteros corrieron a retratar la nueva evidencia.
«Hallaron, en efecto, un montón de huesos», recordó Miguel Ángel.
Los peritos de la procuraduría se llevaron aquel material para
analizarlo. Entre tanto, la prensa especulaba. Una nota de esa misma semana
afirmó que la osamenta estaba desprovista de carne porque «el cuerpo de las
personas obesas se descompone más rápido, por los niveles de grasa».
Días después, los resultados del forense fueron negativos. Los restos no
pertenecían a un ser humano sino a un animal cuadrúpedo, muy probablemente un
perro. Fue sobre todo una mala noticia para los excavadores, ya que habrían de
continuar removiendo tierra por varias jornadas. Tras el descubrimiento de la
osamenta del canino, la señora Wallace se ausentó de la búsqueda. Algún
trabajador que tenía tiempo laborando para sus empresas le contó a Miguel Ángel
que ella viajaba con frecuencia al extranjero; dijo que ignoraba el motivo,
pero no descartaba la posibilidad de que esas ausencias estuvieran relacionadas
con su hijo.
Relata también Miguel Ángel que en cuanto la señora se marchaba, el
grupo dejaba de trabajar. Sin ella la prensa perdía interés, y sin periodistas
no había público para los excavadores. Esos días de ocio permitieron que el
obrero de la construcción se amigara con los demás operarios. La mayoría
llevaban años laborando para Showcase y por eso conocían los rumores que
rondaban a la señora.
También tenían información sobre Hugo Alberto: le platicaron a Miguel
Ángel que le gustaba excederse con el alcohol y tenía fama de mujeriego. Cuando
el albañil se decidió finalmente a preguntar por lo obvio, uno de los
rastreadores improvisados respondió que dentro de la compañía la gente dudaba
del secuestro: «En concreto, me contaron que podía estar vivo y que habría
abandonado el país».
106
A pesar de que Judith la había preparado para la sorpresa, cuando Raquel
se encontró con Jacobo le costó trabajo reconocer a su propio hijo, no sólo por
el terrible olor que desprendía o porque había engordado tanto: sobre todo
desconoció aquellos ojos que encontró tan vacíos. Tenía los párpados hinchados,
como si recién le hubieran practicado una cirugía. Además, la saliva se le
acumulaba en las comisuras de la boca al hablar:
—Perdón, perdón, perdón —repetía, como si no conociera otra palabra—.
Jamás hubiera querido que vivieran esto. Perdón por la ropa, me oriné y llevo
tres días así.
—No tienes que disculparte conmigo —reaccionó Raquel, aún sin salir de
su asombro.
—Discúlpame por andar con amigos que no debía.
Raquel pensó en César Freyre, pero Jacobo la corrigió:
—No me imaginé que la amistad con Hugo Alberto Wallace iba a provocarnos
tanto daño.
Raquel atrapó la mano derecha de su hijo y la apretó con fuerza.
—¿Cómo está Salomón? —quiso saber Jacobo.
A la madre se le mojó la mirada.
—¿Crees que algún día pueda perdonarme? —insistió.
La mujer guardó silencio porque no quería mentir.
—Sé que lo escogieron como carnada, pero me iban a matar en cuanto
asomara la cabeza, ¿entiendes? A él lo van a soltar un día, pronto, ya verás.
No tienen nada en contra de mi hermano. Él no tuvo relación con Hugo Alberto y
tampoco con Freyre.
Raquel no hallaba qué responder.
—¡Ayúdame!
—Lo que tú me pidas —reaccionó la madre.
—Ayúdame a terminar.
Raquel creyó equivocarse con lo que escuchaba.
—Me dijeron que tenían secuestrada a Judith dentro de un carro amarillo,
y que si no decía todo lo que me dictaban la iban a matar, y después a ti.
—¿Un carro amarillo? —interrogó Raquel—. Nosotras ya ni carro tenemos.
—También me amenazaron con lastimar a Salomón.
Para enjugarse las lágrimas, Raquel tuvo que soltarlo.
La tarde anterior había escuchado, por voz de Judith, sobre los toques
eléctricos y la presión contra los ojos. Pero Jacobo no lo sabía, así que
sometió a su madre, esta vez de propia voz, a la tortura de la narración
detallada de todo cuanto le hicieron para forzarlo a firmar.
Sobrepasada, Raquel se refugió en un rincón de su cabeza para tratar de
poner en orden el relato enrevesado que Jacobo intentaba compartirle.
Durante una breve pausa en la narración, se atrevió a preguntar:
—¿Quién es la mujer que te denunció?
Ahora fue el turno de que Jacobo mirara en otra dirección.
—Vas a ser abuela —agregó después de un breve silencio.
Un hormiguero de confusión hizo que Raquel se sintiera mareada.
—¿La mamá del niño fue quien llamó a la policía?
Jacobo asintió.
—Me agarraron afuera de la casa donde vivía con ella y sus hijos.
—¿Por qué no me avisaron que te detuvieron ese mismo día? —interrogó
Raquel.
Jacobo miró su propio cuerpo con condescendencia y aprovechó para
contarle sobre la llamada que la señora Wallace le hizo al presidente. La
primera vez que la escuchó, a su madre esa historia le pareció fantasiosa.
—¡Me quieren matar! —soltó de nuevo, aterrado—. No importa lo que diga o
haga, ya tienen mi confesión. Lo que sigue es eliminarme; van a hacerme lo
mismo que a Juana Hilda. Por eso me traen de un lado para el otro, montado en
una pickup de la policía. Voy a morirme en un accidente de tránsito, estoy
seguro.
Raquel necesitaba que su hijo se callara, así que se le colgó al cuello
y se puso a besarlo. Detrás de ellos, la voz de un custodio, cuya presencia
ambos habían olvidado, les recordó que esos gestos de afecto no estaban
permitidos ahí dentro.
—¡Ayúdame para que no sean ellos quienes me quiten la vida! Tengo ese
derecho.
—¿Cómo crees que me voy a prestar a una cosa así? No podría luego vivir
con mi conciencia, tú me conoces.
—Ayúdame, por favor. Consígueme unas pastillas, lo que sea —susurró en
voz baja.
Raquel cambió de estrategia y preguntó por el hijo que esperaba. Jacobo
logró salir de su torbellino y aseguró, con absoluta certidumbre, que se
llamaría David.
—¿Cuándo nacerá?
—En abril, creo.
—Tienes que resistir para poder conocerlo.
La madre sabía bien quién era su hijo. Si Pedro había sido la persona
más importante para él, ahora tocaba que Jacobo lo fuera en la vida de ese
niño. Del bolsillo sucio del pantalón él extrajo una carta escrita con una
caligrafía espantosa, a juicio de Raquel. En esas páginas Edith Nava, la futura
madre, se esmeró en explicarle las razones por las que acudió con la policía:
no fue por la recompensa, que jamás le pagaron, sino por el susto que le
provocó enterarse de que el padre de su hijo no se llamaba Alejandro Salas,
sino que en realidad era un asesino al que ella había presentado con sus hijos
mayores.
En esas líneas le suplicaba comprensión; Jacobo debía entender las
contradicciones que la arrinconaron. De un lado, ella sería responsable de que
David no pudiera crecer al lado de su padre; del otro, debía proteger del
engaño a sus otros hijos.
Cuando terminó de leer esas páginas, Raquel quedó en blanco. No sabía
qué sentir ni qué pensar. Tan cierta era la noticia de que iba a ser abuela
como podía ocurrir que David creciera lejos de la familia Tagle Dobín.
«¿Debía perdonar a la delatora?». Esa pregunta le provocó aún mayor
incomodidad cuando Jacobo pidió que buscara encontrarse con ella:
—Dile por favor que entiendo y que también la perdono. Mantenla cerca de
la familia. Hazlo por mí, por el niño, por lo que más quieras.
Raquel aceptó, aun sin estar convencida. Entre auxiliar a Jacobo para
que se quitara la vida y buscar a la madre de su futuro nieto no había una
verdadera elección.
—Sólo si resistes —exigió la madre.
—¿Resistir? Si ya me quebraron. No sólo tienen una confesión firmada,
también me grabaron incriminándome en no sé cuántos delitos.
—Tu hermana dice que no podrán utilizar esa confesión en el juicio.
—¿Y cómo voy a probar que me torturaron?
—Ten confianza.
—¿En quién, mamá? A estas alturas, ¿en quién puedo tener confianza?
Antes de responder, Raquel se forzó a recordar que ella y Jacobo ya no
creían en el mismo Dios, así que cambió la respuesta en el último segundo:
—En tu hermana y en mí. No vamos a dejarte solo.
Después del 15 de diciembre de 2010, Jacobo Tagle Dobín fue ingresado al
penal federal de Nayarit.
Por esas fechas, el entonces presidente Felipe Calderón entregó a Isabel
Miranda el Premio Nacional de Derechos Humanos por ser un ejemplo para la
sociedad mexicana contra la impunidad.
CAPÍTULO XIX
107
Ámbar Treviño recibió la primera amenaza poco después de que el juez
Mejía Ojeda emitió su sentencia. Una voz al otro lado del teléfono dijo que la
matarían si no «le bajaba de huevos». A los pocos días también comenzaron a
llegar comunicaciones por correo electrónico. Aún conserva alguna de ellas:
«Pinche abogadita, muérete con tu amante Freyre, y como no te apartes, también
vamos a matar a tus padres».
Uno no educa a su temperamento, el temperamento lo educa a uno. Nació
orgullosa y hasta ese momento tal rasgo de personalidad le había traído buenos
réditos. Así que, en vez de preocuparse, de momento decidió —negligentemente—
desentenderse de esas advertencias.
Un par de semanas después ingresaron dos personas armadas a su casa; se
encontraba sola, trabajando en el comedor. Como tenía una estrella grande nunca
la habían asaltado, así que tardó en reaccionar. Esos hombres portaban el mismo
recado de antes:
—¿Sabes por qué estamos aquí?
No respondió.
—¡Ya bájale, cabrona!
Supone que reaccionó distinto a como esa gente esperaba, porque antes de
partir le lastimaron la mano. Mientras lavaba la herida intentó convencerse de
que no iban a poder con ella. Aunque después de esa visita comenzaron los
insomnios, pasaron varias jornadas sin que cambiara la rutina. No consideró
abandonar a sus clientes porque estaba preparando la apelación contra la
sentencia de Mejía Ojeda.
El día en que esa gente se metió en su intimidad, cumplía cuatro años de
haberse involucrado con el caso. Terminó siendo abogada de casi todos: fue
representante de Freyre y Juana Hilda, así como de la hermana y la mamá del
expolicía, de Salomón, hermano menor de Jacobo, y, hacia el final, de Brenda
Quevedo. Aunque los hermanos Castillo prefirieron contratar al licenciado Mario
Hernández, él y ella formaban parte del mismo equipo. Durante las audiencias,
él la dejaba hablar en su nombre y todos los escritos los redactaron juntos.
Con algunos de los familiares fue construyéndose un nexo que superó la
frontera de lo profesional. Dice Enriqueta, la mamá de Brenda, que ella la
eligió el día en que la vio alegar a favor de Juana Hilda.
Aquellos hombres regresaron quince días después. Esa vez la hallaron en
la oficina; el despacho está ubicado en un inmueble de varios pisos en cuyo
sótano se encuentra el estacionamiento. Fue ahí donde su ropa terminó sobre un
charco de aceite, de un solo golpe esas bestias la arrojaron al suelo y luego
le apuntaron con el cañón de una pistola. Uno de esos individuos preguntó si ya
había olvidado el recuerdito que le dejaron en la mano. Mientras negaba con
resignación, el tipo continuó hablando:
—¿Ya sabes de dónde venimos?
De nuevo la insensatez se apoderó de su lengua floja:
—¿Me vas a meter un plomazo aquí?
—¿Por qué no lo haríamos?
—¡Hay más gente en el edificio! —gritó para que la oyeran los vecinos.
Es mucha la adrenalina que produce el cuerpo cuando se sabe que de la
actitud que se tome en un momento dado dependerá el resto de la vida.
—Dame las llaves de tu carro —exigió otro de los fulanos.
—¿Para qué las quieren?
—Porque nos vamos de paseo.
Obedeció con docilidad, pues en cuanto escuchó esa instrucción vio una
oportunidad de escape. Tomó de su bolsa el llavero y, sin que se dieran cuenta,
separó la llave del dispositivo para desconectar la alarma; hoy esas dos
funciones suelen venir integradas en el mismo aparato, lo que hace quince años
era diferente. Cuando el sujeto trató de echar a andar el motor, el coche de la
abogada lanzó un pitido que se multiplicó por cien gracias al eco en el sótano.
Mientras intentaba incorporarse con un desagradable dolor de rodilla,
los muy cobardes corrieron lejos, pero antes de abandonar el estacionamiento
uno de ellos alcanzó a pronunciar una frase que permanece hasta hoy en su
cabeza:
—¡Ya estás pagada, así que nos vemos pronto, hija de puta!
Era obvio que alguien había pagado para sacarla de en medio. Fue una
ingenua al creer que con ella no se meterían. Después de haber atestiguado
tanta fregadera, ¿a qué hora se le ocurrió que podría escapar de la maldad?
Había llegado el momento de podar su ego.
Visitó al magistrado Ricardo Paredes Calderón para contarle lo que esa
gente le había hecho. No era común que los abogados de la defensa fueran
atacados de esa manera, y sin embargo ese funcionario del Poder Judicial hizo
como si no le creyera. Saliendo de su oficina concluyó lo obvio: estaba
arrojada a su propia suerte.
Ámbar no era de esas que se quiebran. Antes había visto a otras personas
tener ataques de pánico y las despreciaba porque le parecían débiles, pero
después de lo ocurrido en el estacionamiento algo se rompió por dentro. Apenas
cerraba los ojos, volvía a ver la pistola con la que le habían apuntado;
también escuchaba la frase «¡Ya estás pagada!» y entonces le entraban mareos.
«Dejé de ser yo para convertirme en una lagartija asustadiza», confiesa.
Le implicaba un esfuerzo enorme salir a la calle y no se atrevía
siquiera a asomarse por la ventana. Todo era amenazante: el sonido del timbre
de la vecina, el repartidor montado en su bicicleta o la llamada del banco.
Perdió la cabeza y con ella la concentración. Era como si no contara con sus
piernas para volver a caminar. Se le hizo imposible continuar a cargo del
despacho y de los clientes.
Se comunicó con César y Juana Hilda para informar que iba a dejar el
caso. Ella lo entendió, pero él se sintió traicionado. Creyó que la habían
comprado, igual que sucedió con la primera abogada pública. No tenía fuerzas
para contradecir al expolicía. Si después de las cosas que pasaron juntos era
incapaz de creerle, ¿qué podía hacer?
Llamó también a Raquel, la madre de Salomón, y tampoco le cayó bien la
noticia. Con quien más dificultad tuvo fue con Enriqueta Cruz, no sólo porque
en su caso ella era la tercera abogada que la dejaría tirada, sino también
porque en su fuero interno Ámbar sabía que todo ese teatro tenía que ver con
Brenda.
Una vez cumplida la obligación moral, llevó al juez un escrito
renunciando a su cargo; no debió dar explicaciones porque durante la visita
anterior ya lo había hecho. Tenía entonces la certeza de que, con su salida,
los clientes terminarían representados por la defensoría pública, y eso le
producía desconfianza sobre su porvenir. Conocía como nadie el expediente y,
modestia aparte, dudaba que otros licenciados pudieran librarlos de tanta
injusticia. La consumía, por tanto, el egoísmo que había ganado en las
vencidas, pero aquello no tenía remedio.
A pesar de las cartas de renuncia continuó con el insomnio y los ataques
de angustia la visitaban varias veces al día. Su mamá decidió tomar cartas en
el asunto; no iba a permitir —dijo— que siguiera así. Tenía que hacer algo para
enfrentar la fobia al exterior que desarrolló de la noche a la mañana. Su
progenitora afirmó que había cumplido con todo lo que le pidieron, así que no
tenía razones para temer. Con estos argumentos, el martes 9 de marzo de 2010 la
convenció de acompañarla, junto con su papá, a la ciudad de Toluca; obviamente,
el propósito principal era dar un paseo.
«Cuando subí al carro, sentí que el corazón quería echar a correr calle
abajo», recuerda.
Trató de controlarse y se dejó conducir, como los adultos suelen hacer
las pocas veces que los padres vuelven a hacerse cargo. Tomaron carretera por
el rumbo de La Marquesa, el bosque estaba pálido porque en esa época del año no
llueve. Cuando el auto cruzó el río Lerma, justo antes de entrar a Toluca, una
manada de camionetas les cerró el paso, obligando al vehículo en el que
viajaban a estacionarse sobre el acotamiento.
Ámbar reconoció de inmediato los emblemas de la Procuraduría General de
la República; aquello la alarmó por lo que esa gente podría hacer con sus
viejos. Apenas tuvo oportunidad, exigió que le mostraran el papel donde se
autorizaba su detención y le entregaron un documento firmado por el agente del
ministerio público Braulio Robles Zúñiga. En realidad, se trataba de un
citatorio para que se presentara a declarar, ya que había sospechas de que ella
formaba parte de una banda dedicada al secuestro, y también se le acusaba de
haber falsificado pruebas y mentirle a la autoridad.
Calculó que, de no haber viajado con sus padres, esos agentes habrían
sembrado droga y armas dentro del vehículo; supuso que la había librado porque
iba acompañada. No era lo mismo presentarla como delincuente que acusar de
traficantes a dos médicos respetables. Un par de horas después compareció ante
el juez. Sin mayor trámite, ese señor decidió enviarla al mismo centro de
arraigo donde, cuatro años atrás, conoció a Juana Hilda.
De camino a su encierro, volvió a preguntarse por los motivos que la
condujeron a asumir la defensa de los imputados de este caso maldito. Entonces,
como al principio de esta historia, se respondió que lo había hecho por
vanidad.
«Con todo lo que esta experiencia me enseñó, cambié de parecer: la
vanidad no es el peor de los pecados, el más detestable de todos es la
crueldad», agregaría más tarde.
108
Braulio Robles Zúñiga la miraba con cara de burla.
—¡Bravo, licenciado! Hasta que lo lograste. ¡Qué pocos huevos tienes! No
sé cómo le haces para dormir.
—Usted se la buscó, abogada.
—No pueden encerrarme por cumplir con mi trabajo.
—La va a tener difícil. Es lo único que puedo decirle.
—¿Qué quieren de mí?
El agente del ministerio público tomó la orden de aprehensión con la
punta de los dedos y la mostró a manera de respuesta. Para ingresarla al centro
de arraigo también le imputaron el delito de delincuencia organizada. Era de no
creerse: recién había renunciado a defender a unos supuestos secuestradores y,
sin ningún trámite de por medio, se convirtió en su cómplice.
—Lic, ya dejé el caso. ¿No era eso lo que querían? Pregúntele al
magistrado Paredes Calderón, hace un par de semanas que se lo hice saber.
Braulio Robles volvió a mofarse:
—Eso ya no importa.
—¿Entonces?
—Hizo trampa, Treviño.
El funcionario se puso de pie y con un movimiento perezoso de la mano la
dejó en ascuas.
Tantas veces que había visitado ese centro de arraigo no le sirvieron
para imaginar el infierno que vive la gente ahí dentro.
«No es como si te encerraran en una cárcel normal, porque ese sitio es
literalmente un hotel de mala muerte donde esperas mientras te envían a otro
lugar peor. Si durante la estancia en esa especie de purgatorio no logras
probar que eres inocente, te conviertes en enemiga de la sociedad; lo más
jodido es que le vales madres a esa sociedad que supuestamente quieren
proteger. Ahí dentro nadie te oye ni te ve, dejas de ser una persona para
convertirte en un bulto».
Roberto, el esposo de Ámbar Treviño, intentó no interferir en su trabajo
a pesar del riesgo que significaba enfrentar con las manos desnudas a la señora
Wallace. No obstante, trazó un límite cuando se metieron a su casa y, luego,
cuando atacaron a su pareja en el estacionamiento de la oficina. El pánico que
le entró a Ámbar después de ese segundo episodio también tuvo que ver con el
cálculo sobre lo que pudiera pasarle a él.
Cosa rara, apenas ingresó al arraigo se esfumó el horror. Otra vez la
adrenalina la sacó adelante. Ámbar entendió que la abogada Treviño era la única
persona capaz de liberarla: «A ver, mi reinita, aquí no se vale chillar. Si
fuiste buena para meterte en este problema, pues ahora vas a tener que
demostrar que también lo eres para salir de aquí», se dijo.
Obvio que mientras estuviera encerrada no podía hacerse cargo de la
defensa; alguien tenía que redactar los escritos, visitar al juez y demostrar
que le estaban tendiendo una trampa. Por eso Ámbar llamó al licenciado Mario
Hernández, que por aquella época todavía era abogado de los hermanos Castillo.
Le tenía confianza por el tiempo que hicieron mancuerna y porque sabía que
llevaría la defensa tal como ella se lo ordenara.
Al desmenuzar las imputaciones, resultó que el único delito relevante
era el de fabricación de documentos; lo demás era una pirámide de basura que
iba a caer por su propio peso. Resulta que durante los meses más tensos del
juicio, Ámbar tuvo unos dolores terribles de espalda; había días en que no
podía mantenerse de pie. En vez de escuchar el reclamo de su cuerpo y asistir a
ver a un doctor, un día que se sentía fatal se comunicó con su hermano: como el
resto de su familia, también es médico. Él le recomendó a un alumno suyo que en
ese momento hacía su residencia como ortopedista en el Hospital General de
Balbuena, lo llamó y aquel joven amablemente le dijo que enviara a un chofer
por la receta médica para que no tuviera que moverse de la cama. Aprovechando
el viaje, a la abogada se le hizo fácil pedirle un justificante para ausentarse
del juzgado, ya que más tarde debía acudir a una audiencia presidida por el
juez Mejía Ojeda.
Aquel episodio quedó enterrado en su memoria sin que el juez ni ella le
dieran mayor importancia. No esperaba que cuatro años después alguien se parara
en el Hospital General de Balbuena para corroborar que aquel día efectivamente
había asistido a una consulta presencial, según decía aquel papelito; dado que
su nombre no constaba en los registros y el residente que la atendió vía
telefónica ya no laboraba ahí, el ministerio público denunció a Ámbar por
presentar una prueba simulada durante el juicio.
Aun si faltaban tres meses para que esta falta prescribiera, sus peores
enemigos montaron aquel teatro absurdo.
«Reconozco que fue una mala decisión y que en esta vida una nunca
termina de aprender. Sin embargo, fue una exageración que por un justificante
médico me metieran a vivir con los narcos más pesados».
Por cierto que, con algunas de las amantes de esos señores hizo buena
relación, porque las ayudó a redactar escritos para su defensa. Ahí dentro no
es de buen gusto andar preguntando si eres inocente: todas lo eran, o por lo
menos, así se trataban entre sí.
Durante alguna de sus visitas, el marido contó a Ámbar que la gente de
la procuraduría se había metido a su despacho para llevarse unos documentos.
Confirmó entonces lo que antes ya sabía: quienes la condujeron al arraigo no
estaban interesados en el resto de los acusados. Los papeles que se robaron
tenían que ver con el nuevo juicio contra Brenda Quevedo.
Por aquel tiempo, la señora Wallace organizó una conferencia de prensa
para hablar mal de Ámbar, tergiversó las cosas y por la tarde los reporteros
repitieron su mensaje como loros. Hubo un periodista que, en la televisión, se
atrevió a decir que ella había falsificado un papel de la ONU. Aquello le
habría dado risa de no ser porque con tanta basura estaban destruyendo una
reputación profesional que le había costado muchos años conseguir. ¿Quién iba a
querer contratar a una abogada con antecedentes delictivos?
Las cosas se pusieron peores cuando también se le fueron encima a Mario
Hernández, el licenciado que la ayudaba con la defensa; ni siquiera se atrevió
a decirle a la cara que la abandonaría. Por Roberto, su esposo, supo que lo
amenazaron de muerte. Ése fue el motivo por el que los hermanos Castillo
terminaron también en manos de un defensor público.
109
Como a los dos meses volvió a visitarla el licenciado Braulio Robles. Le
reclamó que aún la tuvieran ahí dentro y él respondió que, según la ley, podían
retenerla hasta por noventa días. Ámbar había guardado un último recurso para
tal emergencia y decidió ponerlo sobre la mesa: le contó a Robles que muy al
principio, cuando él apenas investigaba el caso, César Freyre le habló de la
existencia de una maleta en cuyo interior había dinero. Freyre insistió
entonces en que ese objeto era la verdadera razón por la que Juana Hilda y él
estaban siendo acusados; mientras fue su abogada no podía divulgar dicha
información, pero eso había cambiado.
La sorprendió que el tema no fuera relevante para Robles; al parecer,
hacía tiempo que el agente del ministerio público estaba enterado de aquella
maleta y lo tenía sin cuidado. Entonces Ámbar lamentó no haber cuestionado a su
cliente sobre la verdadera relación entre ese objeto y la persecución
emprendida en su contra.
El viernes anterior a que se cumpliera el límite del arraigo fue
informada de que sería trasladada a un verdadero reclusorio. La sacaron de su
celda y, sin darle nada de beber ni de comer, la tuvieron aguardando en una
salita durante nueve horas. Estaba ocurriendo igual que con Juana Hilda, a ella
también le negaron alimento la jornada posterior al accidente contra la
camioneta de panadero.
En su caso, tuvo suerte de que la jefa de custodias abogara por ella. Da
fe de que esa funcionaria era la más dura de todo el centro, pero le había
agarrado respeto porque ayudaba a sus compañeras. Hacia las once de la noche,
volvió el licenciado Braulio para mostrar la orden de traslado: la llevarían a
un penal del norte del país.
—¿Todo por un justificante médico?
—A la autoridad no se le miente —respondió el muy cínico.
—No eres mejor que yo.
—Le recomiendo que se comporte, abogada.
—Eres un vendido, licenciado. Un recadero, un lacayo de la señora.
El funcionario se retiró sonriendo.
En ese momento Ámbar volvió a tener un ataque de pánico: ¿y si era
mentira que querían llevarla a otro reclusorio?
—Agarra tus cosas —ordenó la jefa de custodias.
—Está bien, pero quiero salir de aquí vestida con mi propia ropa.
La jefa aceptó. En caso de morirse, no deseaba que su familia la viera
con el uniforme del centro.
—¿Puedo despedirme?
—Hágalo rápido.
Era casi medianoche, pero eso no impidió que recorriera las celdas de
las mujeres con las que había hecho migas durante las últimas semanas.
«En ese lugar, sin importar si te quedas o te vas, toda despedida sabe
mal», reflexionaría después.
Supuso que también podría convencer a los guardias de que no la
esposaran; sabía que Roberto, su marido, acampaba afuera de ese edificio y
quería ahorrarle esa imagen denigrante. Si ella no era una vulgar delincuente,
tampoco tenía por qué parecerlo.
De nada sirvieron las súplicas. Roberto vio cómo la subían a una
camioneta con vidrios polarizados. Aquel vehículo arrancó haciéndose notar, y
detrás otro idéntico la fue siguiendo. El marido pensó en alcanzar al convoy
para averiguar a dónde la llevaban, pero un agente de policía le recomendó que
no lo hiciera, ya que los custodios de su esposa podían creer que quería
rescatarla y con ese pretexto cabía que le dispararan.
Una hora y media después arribaron al hangar que la procuraduría tenía
en el aeropuerto de Toluca. Ahí la esperaba un jet al que la hicieron subir
como si fuera la peor delincuente: de la nada se había convertido en el Chapo
Guzmán. Cuatro de los agentes que la escoltaron subieron con ella a esa nave
que voló a medianoche hacia Durango. No podía comprender que su persona
justificara el despliegue de tanta gente.
«Tamaño desperdicio de recursos públicos en esta humilde ciudadana no
tenía explicación», juzgaría.
Al aterrizar la subieron a otra camioneta; desde el asiento delantero,
el conductor y el copiloto la saludaron con un gesto compasivo. Debió de ser la
primera vez que topaban con una mujer tan vigilada. Entre los asientos alcanzó
a ver que el copiloto revisaba el expediente con sus papeles: sin percatarse de
que Ámbar lo espiaba, encendió una lamparilla y los fue recorriendo con
irritación. Al final se quejó con su compañero de que desde el Distrito Federal
hubieran enviado sólo fotocopias.
—Así no la van a recibir —sentenció.
—Aquí en Durango son muy estrictos, a ver si no tenemos que llevarla a
otra parte —completó el conductor.
Ámbar imaginó que esa «otra parte» podía ser un descampado, o la cuneta
de una carretera. Asustada, miró el asiento detrás de ella, donde dos sujetos
cargaban un par de fusiles. Por la ventana trasera constató que los seguían más
vehículos. Se puso a rezar, pidió a Dios que si le pasaba algo no le fuera a
doler, que sucediera rápido y le ahorrara dolor a su familia.
«Soy aries y por eso me acusan de exagerar, aunque en ese momento todo
pintaba fatal».
Fijó la mirada en la luna llena; creyó que ésa sería la última vez que
la vería.
«Ningún abogado puede ganarle al Creador, así que me concentré. El
último amparo que me quedaba era el suyo: “Neta, Dios, ya no tengo a nadie
más”».
El horizonte comenzaba a clarear cuando llegaron al reclusorio, tuvo
suerte porque el subdirector se había quedado de guardia. Mientras esperaba en
una salita anexa a su oficina, lo escuchó refunfuñar por el caos de los papeles
que habían viajado con ella.
—A todo esto, ¿por qué tanto desmadre por esta pinche vieja?
Algo murmuraron los agentes federales que Ámbar no logró escuchar. En
reacción, aquel funcionario volvió a tronar:
—¿Cuántos cabrones son ustedes?
De nuevo, la respuesta de los agentes fue inaudible.
—¡Me vale madres! No se la van a llevar. Se quedará aquí hasta que un
juez revise su caso —replicó a gritos el funcionario.
«Nunca imaginé que un ángel del Señor pudiera tener un cargo tan
siniestro».
En dos segundos el subdirector se dio cuenta de que había algo chueco
con su traslado, y tomó la iniciativa de hospedarla en su prisión hasta que una
autoridad judicial resolviera.
«Me había salvado de morir asesinada por la espalda en un descampado».
Ese santo varón también le permitió avisarle a su familia que se
encontraba en Durango; durante las siguientes horas pudo dormir en paz.
Más tarde aterrizaron sus hermanas en aquella ciudad. Ellas asistieron a
la audiencia, celebrada el lunes temprano. Como no tenía quien la representara,
decidió hacerlo Ámbar misma. Ella expuso al juez la lista de inconsistencias y
concluyó anunciándole que ya había prescrito el delito por el que la acusaban;
el juez la escuchó con atención y no tardó en decidirse. El lunes 10 de mayo de
2010 Treviño recuperó la libertad gracias a ese otro juzgador y volvió a casa
en un avión comercial. Tenía los nervios destrozados.
CAPÍTULO XX
110
Judith y Raquel viajaron a Nayarit preocupadas por el estado de ánimo de
Jacobo. Si bien no lo creían capaz de quitarse la vida, debían asumir que pudo
haber cambiado durante los años en que lo dejaron de ver. Esa vez se cruzaron
por primera vez con Edith Nava. Raquel había intentado localizarla sin
resultado; se conmovieron al saludar a aquella mujer embarazada de siete meses.
De saber que coincidirían en el penal, la habrían invitado a viajar juntas en
el autobús.
Durante el breve encuentro, Edith reaccionó con timidez. La futura madre
ingresó primero al penal; cuando tocó el turno para Judith y Raquel de salvar
los innumerables filtros, ella se había esfumado. Hallaron a Jacobo muy
mejorado, le había caído bien la reconciliación. Tal como previó Raquel, el
niño se convirtió en una razón para seguir adelante.
Otro motivo para no rendirse eran las noticias que llevó Edith a
propósito de la señora Wallace. Narró que, días después de la detención de
Jacobo, sus hijos llegaron llorando a casa porque un hombre los maltrató en la
calle. Más tarde, el mismo individuo se presentó en el pequeño lugar de comida
casera que Edith atendía en su barrio.
—Mi hermana tiene que hablar contigo —dijo a bocajarro Roberto Miranda.
—¿Sobre qué tema? —interrogó Edith.
—Sobre tu situación legal.
—Quizá usted no lo sepa, pero fui yo quien denunció a Jacobo.
—Si no quieres que te involucren a ti también, más vale que me
acompañes.
—¿Tengo opción? —cuestionó ella.
—Ninguna.
Edith dijo haber accedido contra su voluntad; puso como condición que
jamás volviera a acercarse a sus hijos. Asegura que en el trayecto iba muerta
de miedo, temiendo que ese hombre no le permitiera regresar a su casa. El viaje
fue largo porque las oficinas de Alto al Secuestro se encontraban a más de una
hora de distancia. No pasa desapercibido el hecho de que haya sido conducida de
manera forzada a la sede de una organización supuestamente dedicada a combatir
el secuestro.
Edith contó que la señora Wallace fue ruda; quería imperativamente que
declarara en contra de Jacobo. El recluso estaba fuera de sí, lo desquiciaba la
posibilidad de que le pasara algo a su pareja. Raquel no lo dijo entonces, pero
respiró con alivio porque su hijo se había aferrado de nuevo a la vida. Judith
aprovechó para insistirle a su hermano que denunciara todo aquello.
Después de esa primera visita al penal, de nuevo Raquel trató de
contactar a Edith, pero todas las veces ella se hizo la perdediza. El niño
nació en abril de 2011. Cumpliendo el pacto, fue registrado con el nombre que
sus padres acordaron: David Tagle Nava. Pedro David era el nombre compuesto del
papá de Jacobo. Cuando él supo que Edith acudiría de nuevo a la prisión, esta
vez acompañada del niño, llamó a Raquel y a su hermana para que coincidieran en
la visita; hicieron maletas y volvieron a realizar aquel viaje por carretera
que tomaba más de doce horas.
No lograron ver al niño, y encontraron otra vez desconsolado a Jacobo
porque Edith había sido portadora de una terrible noticia. El interno mostró
dos imágenes: una de David y otra de su hermano gemelo, que nació muerto. Nadie
en la familia tenía noticia de que en el vientre de Edith se gestaron dos niños
idénticos y mucho menos de que el segundo perdió la vida.
Esa información nubló la felicidad; de encontrarse libre Jacobo el día
del alumbramiento, probablemente los dos bebés estarían con vida. El hijo de
Raquel contó que, contraviniendo las reglas de visita, quiso abrazar a Edith,
pero ella se negó a que la tocara: lo culpaba de la tragedia.
Mientras amamantaba a David, ella relató que la señora Wallace le ayudó
con los gastos del parto y luego la hizo firmar unos papeles.
—¿Los leíste al menos?
La respuesta de Edith fue ambigua.
No era difícil suponer el contenido de esos documentos.
Cuando Edith y el niño abandonaron la cárcel, Jacobo se decidió a
contarlo todo. Primero denunció ante el juzgado; después aceptó que su madre y
su hermana fueran entrevistadas por un periodista que quería publicar su
historia. Le escribió también una larga carta a Edith, suplicándole que se
reuniera con el reportero y ella aceptó. Enriqueta Cruz, la madre de Brenda, se
encargó de organizar el encuentro, y por tanto le tocó estar presente; también
asistió la esposa del periodista Jorge Carrasco. Aunque el contenido de esa
conversación jamás vio la luz, porque la entrevista no se publicó, ambas
mujeres coinciden en cuanto a la narración que Edith efectuó.
Cuando Jacobo se enteró de su contenido, quedó devastado: entendió por
qué durante las visitas que la madre de su hijo hizo a la prisión, ella se negó
a que la abrazara. Edith confesó que la señora Wallace se las arregló para que
las autoridades penitenciarias la dejaran entrar con un micrófono escondido
debajo de la ropa: llevaba la consigna de conseguir alguna declaración de
Jacobo que ayudara a inculparlo. De hecho, todas las veces que viajó a Nayarit
fue transportada en un avión privado que la señora rentó para acompañarla. Ésta
era la razón por la que cada vez se escabullía de su suegra y su cuñada.
La peor información vino al último, cuando le dijo al periodista que
jamás existió el gemelo muerto; David llegó solo al mundo y la fotografía de su
supuesto hermano era en realidad una imagen truqueada. Aseguró que la idea fue
de la señora Wallace, quien con esa mentira quería quebrar psicológicamente a
Jacobo. Edith se deslindó de ese acto de crueldad y dijo que, si había
aceptado, fue porque la acorralaron.
La mamá del niño era una persona voluble, lo mismo podía denunciar a
Jacobo que escribirle una carta pidiéndole perdón, o bien conspirar a partir de
una mentira atroz. Tales cambios podían ser un signo de su carácter, pero cabía
también explicarlos como el resultado de una relación económica. Confirmaría
esta versión el hecho de que haya recibido dinero del gobierno a partir de que,
por un tiempo, su nombre quedó inscrito en una lista de testigos protegidos.
111
Fragmento de los escritos redactados por Brenda Quevedo:
«Durante cuarenta y ocho horas nadie supo nada de mí, fue como si me
hubieran llevado los extraterrestres. No pude despedirme de mis compañeras: en
menos de diez minutos me obligaron a recoger mis pocas pertenencias. Únicamente
quedó una cajita con artículos de baño a nombre de “Brenda”. Mi mamá se volvió
loca, temió que hubieran vuelto los encapuchados. Mis vecinas de celda
supusieron, en cambio, que me enviaban a otra prisión. Corría el rumor de que
se estaba construyendo un nuevo penal en Nayarit y que pronto nos trasladarían
ahí.
»El jueves 7 de octubre de 2010, mi familia presentó una denuncia por
desaparición. Mientras tanto, yo volaba en dirección a las Islas Marías. Cuando
me enteré del destino tuve miedo: en México, desde que eres niña, sabes que a
esa prisión van a dar los peores criminales. Durante el viaje me atreví a
preguntar a los policías si sabían por qué yo era la única pasajera, y uno de
ellos respondió que se hacía la misma pregunta; dijo que a Islas Marías
solamente iban a dar quienes ya habían sido sentenciados. No era mi caso y esa
gente lo sabía. Mi juicio apenas comenzaba. Otro custodio mencionó que me
estaba volviendo muy mediática, y que por eso se tomó la decisión de apartarme
de los reporteros: así escuchó decir a sus jefes. Yo no era responsable de
tanta publicidad, la señora Wallace era la experta en hacerse notar.
»En cuanto aterricé pasé la revisión de rigor para asegurar que no
hubiera traído de Santiaguito nada que en Islas Marías estuviera prohibido.
Luego me condujeron al campamento El Zacatal, un sitio alejado de la mayoría de
las reclusas. No pasé ni dos días ahí. Durante la segunda noche, dos guardias
ingresaron a mi celda mientras dormía y con gritos me obligaron a apartarme de
la cama. Dijeron que alguien dio aviso de que yo escondía droga en aquella
celda. Revisaron cada centímetro de aquel diminuto espacio hasta que dieron con
un blíster de carbamazepina, un medicamento recetado a las personas que padecen
epilepsia. Yo nunca había visto esas pastillas así que sólo había una
explicación: las mismas custodias que armaron ese escándalo pusieron aquel
fármaco debajo del colchón.
»Antes de que amaneciera, las dos custodias me sacaron de El Zacatal
para llevarme a una celda de castigo conocida como La Borracha. Nombrar ese
sitio es perturbador: un cuarto pequeño, sucio y sin ventanas que sirve para
sancionar a quienes se portan mal. Sabía que nada justificaba ese escarmiento,
y sin embargo ahí te sientes culpable incluso de lo que jamás hiciste. Dos
largos días permanecí en La Borracha, comiendo y bebiendo poco. Lloré porque
ahora sí estaba total, completa y absolutamente sola. Podía morirme y nadie iba
a enterarse».
112
El martes 12 de octubre de 2010, día del aniversario número cuarenta y
uno de Hugo Alberto, un avión procedente del Distrito Federal aterrizó cerca
del penal de Puente Grande; de esa nave oficial descendió el agente del
ministerio público Braulio Robles Zúñiga acompañado de otras personas. En esa
otra cárcel de alta seguridad habían encerrado meses atrás a Albert Castillo
Cruz.
Un custodio al que luego enviaron a Islas Marías contó sobre la
manipulación de las cámaras de vigilancia. Esa persona corrobora lo que Albert
Castillo relataría años después a propósito de la brutal tortura a la que fue
sometido: dice que lo entregaron amarrado de pies y manos a un grupo de hombres
encapuchados. Aun si llevaba el rostro cubierto, Albert Castillo asegura que
uno de ellos era el agente del ministerio público Braulio Robles Zúñiga, lo
reconoció por su voz y su corpulencia.
Las cosas que le hicieron ese día habrían quebrado a cualquier ser
humano. Lo envolvieron en una sábana mojada para golpearlo sin misericordia,
usaron una toalla para estrangularlo y le cubrieron la cabeza con una bolsa de
plástico. Cuenta el reo que entre pausas le prometían una hipotética liberación
siempre y cuando declarara contra sus cómplices.
Dice que sobre el techo de ese siniestro lugar había un paso de gato a
través del cual podía atestiguarse la agresión. Vino otra tunda, y luego esa
gente le aplicó choques eléctricos. Mientras tanto, insistían en que confesara:
Albert respondió todas las veces que no iba a aceptar la culpabilidad de un
crimen en el que no participó. Entonces aplicaron contra su piel un fierro
electrificado que galvanizó su cuerpo. Está cien por ciento seguro de que,
entre tanto, reconoció por encima de su cabeza a la señora Wallace.
Narra que varias veces sintió que no podía más, pero que concentrarse en
Tony lo ayudó a soportar; sabía que, si se quebraba, los dos pasarían la vida
encerrados. No puede decir cuánto tiempo duró todo aquello. Para cuando recostó
la cabeza dentro de su celda, ésta se encontraba divorciada de su cuerpo. Al
día siguiente, muy temprano, los custodios de Puente Grande volvieron a sacarlo
con las muñecas y los tobillos amarrados. Estaba seguro de que lo someterían de
nuevo a una sesión de sufrimiento, pero no fue así.
En la zona de locutorios lo esperaba la señora Wallace, acompañada de su
hermano Roberto Miranda: los identificó de cuando lo detuvieron cerca del lugar
donde trabajaba. Ahí estaba también un juez y el licenciado Braulio Robles,
ahora vestido de gente normal. Los hechos de la tarde anterior habían agotado
sus fuerzas y, sin embargo, dio un respingo cuando la señora insistió en la
misma cantaleta:
—No tengo mucho tiempo para esto. Declárate culpable para que pueda
ayudarte a salir de aquí.
—Ni mi hermano ni yo le hicimos ningún daño a su hijo —respondió Albert
mirando al juzgador.
—Será como dices, pero ya estás aquí y te chingas —intervino Roberto
Miranda.
—Lo que la señora te está ofreciendo es que te vuelvas testigo protegido
—explicó el licenciado Robles Zúñiga.
—Prefiero morirme —contestó Albert.
—Me parece que no estás entendiendo tu situación —añadió la señora.
Albert decidió no decir una palabra más. Por esta razón volvieron a
torturarlo brutalmente el día después.
Aquel episodio en Puente Grande no fue el único. Todas las veces que lo
interrogaron, Albert negó su participación en el crimen que le habían colgado.
Algo debe significar esa firmeza. De ser culpable, ¿no habría sido más fácil
aceptar la oferta que recibió en la prisión de Puente Grande?
113
Continuación de las notas de Brenda Quevedo:
«Lo ocurrido a Albert Castillo en Puente Grande se relaciona con lo que
iba a pasarme al día siguiente. Mientras estaba encerrada, el mismo avión que
aterrizó en aquel penal distante volvió a tomar vuelo para dirigirse a Islas
Marías. A las tres de la madrugada del miércoles 13 de octubre de 2010, un
comandante y dos custodias vinieron a buscarme a La Borracha. Me sacaron de esa
celda de castigo para subirme a la caja de un vehículo sin toldo; aterrada,
pregunté a dónde íbamos. Una de las mujeres respondió que había un grupo de
personas que querían hablar conmigo.
»—¿A esta hora? —cuestioné sin conseguir respuesta.
»La ropa que llevaba no me ayudó con la brisa fría, pero ésa no fue la
razón por la que mi cuerpo comenzó a temblar. Cruzamos la zona conocida como El
Aserradero y más adelante el campamento de Las Buganvilias. Recuerdo que una
custodia tomó mi mano y cuando le devolví el gesto me prometió que no iba a
sucederme nada. Después de unos cuarenta minutos el transporte se detuvo en la
playa Delfines, frente a una caseta de vigilancia recién remodelada que
pertenecía a la Secretaría de Marina. Aquella construcción estaba vacía y aún
se sentía fresco el cemento.
»Ahí me abandonaron a mi suerte. Faltaban horas para que amaneciera. La
puerta de la construcción no tenía chapa y el viento se colaba por todas
partes. Estaba tan aterrada que busqué con la mirada una cama para meterme
debajo. Tuve que conformarme con unas cobijas que hallé por ahí: tendí una de
ellas sobre el piso y con la otra cubrí mi cuerpo, cuando una rata brincó sobre
mis piernas.
»No sabía qué esperar. Traté de mantenerme despierta, aunque el miedo me
venció y dormité hasta que el ruido de un motor me devolvió la conciencia. Miré
por la ventana cuando un vehículo grande se estacionaba frente a la caseta; de
su interior descendieron seis hombres vestidos con playera blanca y zapatos
negros. Todos llevaban el rostro cubierto.
»Primero ingresó a la construcción un tipo muy robusto y detrás de él
reconocí a uno de los individuos que me torturaron en el reclusorio de
Santiaguito. Los seguían otros tres.
»—¿Creíste que nos habíamos olvidado de ti? —interrogó el de la voz
desagradable.
»Un tipo obeso ayudó a sacarme los zapatos y a retirarme el resto de la
ropa. Los demás me envolvieron con una de las cobijas tiradas en el suelo;
luego usaron cinta adhesiva para amortajarme como si fuera un cadáver.
»—Ora sí ya chingaste a tu madre —sentenció con un chillido el líder de
aquella banda de orangutanes, quien ordenó también que me vendaran los ojos.
»En esa playa apartada del mundo se escuchaba fuerte el atronar de las
olas.
»Ya ciega, sentí cómo vertían sobre mí una cantidad incalculable de agua
helada. Después cayeron las primeras patadas.
»—¿Ya sabes de parte de quién venimos? —se burló la misma voz.
»Igual que hacen los carniceros con las reses sin vida, así manipularon
mi cuerpo ahí dentro. Creí que moriría ahogada. Una tunda de codazos se ensañó
contra mi estómago, riñones e hígado; era como si un cangrejo gigante clavara
sus pinzas sobre aquella mortaja empapada.
»—Esto es de parte del señor Hugo.
»Vino entonces la primera descarga. Me habían amarrado un alambre al
dedo gordo del pie: mi cuerpo hizo un arco en contra de mi voluntad.
»—¿Sabes por qué estamos aquí?
»Tenía la lengua atorada porque se repitió varias veces el incendió por
dentro.
»—Responde —exigió el de la voz tipluda.
»—Por lo del secuestro —tartamudeé.
»Los tipos se envalentonaron con sus majaderías:
»—¿A poco creíste que te podrías escapar de nosotros, pinche puta?
»Como no respondía me pusieron una bolsa de plástico en la cabeza
mientras me encajaban una rodilla en el tórax.
»—¿Ya te acordaste, estúpida perra? ¿Ahora sí vas a decir lo que te
preguntamos?
»De nuevo, estuve a nada de desmayarme.
»—Vas a grabar un mensaje pidiéndole perdón al señor Hugo, ¿comprendes?
» Le había prometido a mi mamá que en ninguna circunstancia confesaría
falsedades: después de la declaración de Juana Hilda, conocía bien las
consecuencias.
»Como si leyera la mente, el fulano de la voz sacó a colación el nombre
de mi madre:
»—¿Supiste que operaron a tu mamá hace unos días?
» Negué, sorprendida.
»—Durante la cirugía de cataratas pudo haberse quedado ciega, pero nos
dio lástima.
»Esa gente tenía claro qué botones apretar.
»—La próxima vez vamos a arrancarle las uñas.
»Entonces las manos gordas del hombre robusto arrancaron las tiras con
pegamento que sujetaban aquellas cobijas a mi cuerpo; de ese bulto salí hecha
un témpano de hielo. La única prenda que me dejaron puesta fue la venda
colocada alrededor de mis ojos. Luego, el sujeto inmenso se montó sobre mi piel
desnuda: mientras fingía lamer mi cuello, comenzó a golpearme el vientre. Lo
hizo con mucha fuerza, varias veces. Al final introdujo su puño dentro de mi
vagina, reventándome por dentro».
114
«No me atreví a mirar hasta que aquellas bestias abandonaron el lugar.
Tuve nauseas al toparme con la sangre que había manchado el piso. Con esfuerzo
localicé las prendas esparcidas sobre el suelo; luego, a gatas, logré asomarme
por la puerta de la construcción. La luz del día me informó sobre las varias
horas transcurridas desde que el comandante y las custodias me condujeron a esa
playa.
»En ese momento descubrí la Punta del Morro. Aún recuerdo con nitidez
esa protuberancia extrañísima, cocida por siglos de sol y sal. Me identifiqué
con ella porque los pájaros que hacen sus necesidades sobre ese montículo
guardan algún parecido con los reptiles que recién me habían atacado. Entre la
caseta y ese montículo hay un risco. Pensé en saltar: así terminaría de una vez
con todo. Era sólo correr, tomar aire y arrojarme al vacío. Aún no sé qué me
detuvo.
»Entre sorprendidas y culpables, las custodias me ayudaron a subir al
transporte donde me trasladaron de vuelta al campamento. Hacía un calor
infernal. Conforme transcurrieron las horas, los dolores del cuerpo cobraron
venganza. Rogué para que me dieran algún medicamento, pero ellas respondieron
que tenían prohibido proporcionarme cualquier asistencia.
»Lloré durante días. Las cobijas mojadas con las que me cubrieron
ayudaron a que no se formaran moretones. Sin embargo, me dolían los órganos
internos, sobre todo el vientre. Por las noches me imaginaba que esa gente
regresaría a Islas Marías, y es que así lo prometieron.
»En un descuido de las custodias se acercó a mi ventana un hombre que me
había escuchado llorar durante la noche. Era un reo al que tenían limpiando las
celdas. Nunca le vi el rostro y sin embargo tuve confianza cuando dijo que me
ayudaría a comunicarme con mi familia. Coincidió que, la mañana posterior, me
permitieron salir de la celda para tomar agua de una pileta que estaba cerca.
Alguien había olvidado papel y una pluma que tomé prestados. En cuanto regresé
a mi encierro escribí el teléfono mi abuela paterna, que me sabía de memoria, y
una sola frase:
»“Volvió a suceder lo de Santiaguito”.
»Luego envolví una piedra con el recado y lancé el bulto por la ventana.
El recluso aprovechó su llamada semanal para comunicarse con los míos. Fue un
golpe de suerte: en cuanto se enteró, mi mamá corrió a la CNDH para presentar
una queja. Días después, esa dependencia mandó a las Islas Marías a una doctora
que confirmó las lesiones. Ha pasado mucho tiempo y aquella médica aún recuerda
el estado de shock en el que me encontró.
»Esa queja hizo que también se abriera una investigación a cargo del
órgano nacional que administraba los reclusorios; varias de las personas
involucradas fueron interrogadas.
»Alguien dijo que la fuente de mi relato era Los muros de agua, la
novela de José Revueltas, que describe la playa Delfines y también la Punta del
Morro. Luego entendí que, al referirme a ese islote blanco, supieron que yo
decía la verdad. Si apenas llevaba una semana en ese reclusorio, ¿cómo explicar
mi conocimiento sobre aquella piedra gigante cubierta por excremento de ave?
»Al final, toda esa evidencia sirvió de poco. El primer informe de la
CNDH fue redactado de tal manera que, sin negar mi relato, concluía que ninguna
autoridad había sido responsable de lo ocurrido. Lo mismo desapareció la otra
investigación: a pesar de que las custodias fueron llamadas a declarar junto
con la directora del penal y varios de sus subordinados, el resumen del órgano
que administraba los reclusorios federales igual se esfumó como si jamás
hubiera existido.
»Con todo, algo bueno salió de ello: la CNDH reclamó al gobierno que me
hubieran trasladado a Islas Marías, donde únicamente podían ser internadas
personas con sentencia. Como no era mi caso, después de un tiempo fui
trasladada a una cárcel en Nayarit. Ahí volví a encontrarme con varias de mis
compañeras de Santiaguito».
CAPÍTULO XXI
115
Continuación de las notas de Brenda Quevedo:
«Cuando la maldad no tiene límites, sólo resta el poder de Dios, aunque
hay veces que no logro explicarme por qué permitió que sucedieran cosas tan
horribles. Meses después de mi llegada a la prisión de Nayarit, viví un
episodio que me hizo temer por mi salud mental; las custodias tuvieron que
sujetarme porque me encontraron golpeando violentamente los barrotes de mi
celda con la cabeza. Nadie ahí dentro quiso escuchar mi versión, era la época
en que me mantenían apartada del resto de las reclusas y yo imaginaba todo el
tiempo que los verdugos de la playa volverían por mí. Una noche, antes de la
hora de la cena, se apagaron las luces de la zona donde me encontraba recluida,
y tuve entonces la convicción de que había llegado el momento.
»La amenaza, cuando está a punto de cumplirse, provoca mucho miedo. No
hay peor tortura que saber con certeza que serás agredida. Fue entonces cuando
perdí los estribos y proyecté violentamente la frente contra el metal
despostillado; no recuerdo nada más. Cuando recobré la conciencia me encontraba
en la enfermería y una mujer vestida de blanco se dirigía a mí como si yo fuera
una niña tonta. Intenté explicarle, pero ella me ignoró convencida de que me
había inventado ese teatro para dormir un par de noches fuera de mi celda.
»Esa gente no tenía idea. Habría dado cualquier cosa por ser capaz de
continuar con mi vida, aunque fuera dentro de ese lugar, pero lo que me
hicieron en esa playa me dejó devastada. Me había convertido en Alicia, la del
cuento, la niña que cayó por un agujero a un mundo habitado por seres muy
extraños. Ahora vivía en el país de las pesadillas, donde todo ocurría en
blanco y negro.
»Comencé a despertarme a mitad de la noche con la ropa empapada en
sudor, soñando con ratas que arañaban mi pelo. Aún soporto mal el ruido que
hacen las olas al chocar con la playa y el corazón se me acelera cuando me
estoy bañando, porque al verme desnuda vuelvo a sufrir en mis genitales aquel
puño que me hizo sangrar. No tolero las charlas de las compañeras cuando se
ponen a contar historias de sexo, me entra urgencia por apartarme, y pienso que
jamás podré estar de nuevo con un hombre. Después de tantos años, no me ayuda
seguir encerrada. Me volví desconfiada, he perdido la habilidad para conversar
y tengo pocas amistades; me enojo fácil y cualquier sonido me irrita. Es así
porque la agresión no se ha marchado. Soy un objeto guardado dentro de una caja
con piso de cemento, muros de piedra y puertas de metal.
»La cárcel me arrebató a mi familia, sobre todo a mis padres, que van
envejeciendo. Aquí estás privada de las fiestas de cumpleaños, de una cena con
vino, de visitar una montaña nevada o de ver otra vez las luces de una ciudad
extranjera. Este castigo es desproporcionado, no sólo porque soy inocente, sino
porque ninguna persona debería merecer tanta humillación. De todos los
castigos, el más insoportable es la negación de la verdad. Yo tengo los
documentos que certifican mi relato. La doctora que envió la CNDH, después de
que mi mamá se quejara, confirmó todo lo que dije sobre lo ocurrido en Islas
Marías; sin embargo, el gobierno hizo como si no oyera. Esa desmemoria es
también un tormento.
»La tortura es poderosa porque es secreta. Aquellos sujetos hicieron
conmigo lo que les vino en gana porque estaban seguros de que no les pasaría
nada. Su victoria fue el silencio, porque, excepto mi familia, a mí nadie me
creyó. Durante las horas de insomnio, de mi garganta hacen erupción gritos que
sólo yo escucho. Soy juez, fiscal, abogada y acusada de un tribunal en cuyo
interior no hay nadie más. Ahí muestro las pruebas, narro las tribulaciones,
acuso a los responsables, y al final soy declarada culpable. ¿Quién en mi
situación hubiera soportado las miserias que me impusieron esa madrugada? Desde
entonces, en mi mente se instaló una voz dedicada a hacerme sentir culpable. Es
para librarme de esa voz que necesito dar a conocer mi verdad».
116
Hay hechos y cosas que si los viéramos de frente harían que nuestro
corazón se petrificara. Cada uno sabe cuánto es capaz de soportar. Con el
tiempo Judith, la hermana de Jacobo Tagle, aprendió a soslayar las peores
escenas de la tragedia familiar; cuando conversa, ella insinúa, advierte,
sugiere, pero evita mencionar detalles que son innombrables. Nadie ve a Edipo
arrancarse los ojos con las agujas de Yocasta —su madre-esposa—, porque no es
necesario exhibir esa escena para saber qué ocurrió.
A Jacobo le han sucedido cosas absurdamente obscenas, escenas que
ninguna persona debería atestiguar, y es que hay acontecimientos capaces de
extinguir la más mínima partícula de empatía. Por eso, cuando se interroga a
Judith sobre la experiencia de Jacobo en Villa Aldama, suele responder de
manera oblicua: ha transcurrido más de una década de todo aquello y sin embargo
su hermano continúa sin soportar que el agua caiga sobre su rostro cuando se
baña, y tampoco puede dormir bocabajo; ambas cosas provocan que la frecuencia
de su corazón enloquezca.
El miedo que lo visita por las noches tiene más capas que su versión de
día, por eso sufre insomnio, se come las uñas y reacciona con exageración
cuando crecen las víboras de su paranoia. Si alguna vez llegó a sentir
arrepentimiento por haberse retractado de su confesión, fue por el sufrimiento
medieval al que lo sometieron en la cárcel de Villa Aldama, donde fue enviado
en castigo.
Judith y Raquel han intentado acompañarlo, pero hay un puerto en este
viaje a partir del cual la experiencia de Jacobo se vuelve incomunicable; en la
coordenada última es necesario apaciguar la sensación de culpabilidad que suele
resentir quien vive libre. ¿Cómo explicar que Jacobo, entre miles de millones
de seres humanos, haya sido privado del derecho a tener una existencia normal?
Los verdugos insisten en que Raquel y Judith son la verdadera causa; se les
acusa, en concreto, de haberlo convencido de modificar sus declaraciones. Si
tan sólo hubiera ratificado su primera confesión ante el juez, las cosas no
habrían tenido que llegar tan lejos.
Cuando Jacobo arribó a la cárcel de Villa Aldama ya había transcurrido
un lustro desde que su rostro fue difundido en todas las patrullas del Distrito
Federal. Ahí cumplió 33 años. Pasó el primer mes encerrado en una celda de
castigo donde lo amarraron de pies y manos. Cuenta que los custodios le
arrojaban la comida al suelo y que no contaba con lavamanos, tampoco con
regadera; sólo había una taza de baño que Jacobo debió utilizar para saciar la
sed.
Lo peor fueron las pesadillas que rondaban como murciélagos dentro de su
mente. El horror de saber que sería torturado —de nuevo— fue tan aterrador como
la tortura misma. Un buen día lo sacaron de la celda de castigo y lo llevaron a
otro cuarto dentro de la prisión donde lo esperaban cinco personas con el
rostro cubierto. No le dio tiempo de reaccionar cuando esa manada lo atacó con
unas pistolas eléctricas de color amarillo. El episodio hizo que evocara a los
pacientes de los psiquiátricos, cuyo cerebro se apaga con relámpagos aplicados
por hombres de ropas blancas.
Jacobo no pudo defenderse cuando esos sujetos lo desnudaron y luego le
lanzaron gas pimienta. Afirma que el ardor provocado por ese compuesto químico
es insoportable. Mientras las lágrimas y la saliva del reo humedecían el piso,
aquellos sujetos se burlaron de su virilidad. Después agregaron: «Si quieres
que paremos, háblanos de Brenda Quevedo», dijo uno de los verdugos.
Esa gente le mostró un papel que debía firmar. Entre otras cosas, ahí se
señalaba a su expareja de ser parte de la banda de secuestradores. Fue
levantado del suelo y colocado bocabajo sobre una mesa larga. Jacobo estaba
consciente de que, si accedía a lo que le pedían, esa gente se inventaría otras
razones para continuar haciéndole daño. Los motivos de aquella tortura iban más
allá del falso testimonio con el que querían agravar la situación de Brenda: el
móvil verdadero era mostrar un poder insaciable, brutal y definitivo.
El informe que varios años más tarde emitió la CNDH afirma que en esa
ocasión Jacobo fue penetrado con un garrote de policía. Ésta es la escena que
Judith prefiere eludir: «Me abrieron el trasero y me metieron un tolete en el
recto, desgarrándome fuertemente de un lado a otro […]. Mientras tanto dijeron
que la señora Isabel enviaba saludos».
La CNDH reconoció como violaciones graves a los derechos humanos las
vejaciones sufridas por Jacobo Tagle Dobín durante el fin de semana de su
detención, y subrayadamente en las semanas posteriores a cuando fue ingresado
al reclusorio de Villa Aldama: «De las evidencias expuestas se aprecia que el
maltrato fue claramente intencional […] [Son señalados] personal de la
Procuraduría General de la República y de distintos centros de prevención y
readaptación social […]. Se exige que se investigue de manera exhaustiva a los
responsables de estos actos».
117
Si bien esta historia fue una explosión que cobró muchas vidas, hay un
individuo que sufrió más que el resto: el expolicía, el novio de la bailarina,
el hombretón que infundía miedo con su uno noventa de estatura y sus ciento
quince kilogramos de peso. A César Freyre Morales le correspondió ser el
enemigo de este relato, el mal a vencer, la intersección de todos los pecados
juntos.
Hoy, de esa persona queda muy poco. A sus cincuenta y cuatro años
extravió casi la mitad de su corpulencia y su rostro hace pensar en los
enfermos terminales de tuberculosis. Es un hombre medio sordo, con problemas de
presión y con el testículo izquierdo arruinado. Tiene cicatrices provocadas por
quemaduras de cigarro en distintos lugares del cuerpo y sufre la enfermedad de
Raynaud, por lo que se le cierran los vasos sanguíneos cuando es sometido a
bajas temperaturas o a situaciones de estrés. En el extremo se le congelan las
manos y los pies al punto de la gangrena. En cualquier momento pueden nacerle
trombos que le revienten el corazón o el cerebro.
Si bien los psicólogos dicen que conserva sus facultades mentales, sufre
con frecuencia de ataques de ansiedad y paranoia. Los detonantes, también en su
caso, están conectados con la brutalidad sufrida dentro de la cárcel.
Enloquece, por ejemplo, si escucha el ruido de los radios de intercomunicación,
también es obsesivo a la hora de elegir los alimentos que ingiere. Todo el
tiempo teme ser envenenado.
Estos y otros síntomas aparecen reseñados en la evaluación médica
encargada en 2022 por la CNDH. No ha nacido actor en el mundo que pueda
inventarse durante tantos años un rosario así de padecimientos. El trastorno de
estrés postraumático es imposible de falsear por tan largo tiempo.
Las agresiones contra Freyre sucedieron desde el momento en que fue
detenido. En las imágenes de enero de 2006, transmitidas por televisión, su
físico ya se aprecia lamentable. Antes de llevarlo al centro de arraigo lo
tuvieron retenido seis días en la procuraduría donde, según relata, le habrían
privado de alimento y agua. Desde un principio fue obvio que, de todas las
personas señaladas, Freyre iba a ser el más difícil de quebrar. Por eso, los
agentes detuvieron también a su madre y a su hermana. Cada vez le exigían que
dijera donde estaba Hugo Alberto y cada vez él decía desconocer su paradero.
En el arraigo se encontró con un antiguo colega de la policía. Cuando
éste se enteró de que lo estaban matando de sed, se compadeció de Freyre. Fue
él quien le advirtió de su verdadera circunstancia: «Traes un pedo que viene de
muy arriba. Disculpa si fuimos amigos, pero está fuerte la cosa. La señora
cuenta con relaciones bien pesadas».
Al día siguiente de esa conversación se apareció el fiscal José Luis
Santiago Vasconcelos por el centro de arraigo. Freyre recuerda bien lo que le
dijo: «Te doy tu libertad, y la libertad de tu madre y tu hermana, si me dices
dónde está Hugo Alberto».
El detenido repitió lo que había mencionado docenas de veces: no podía
proporcionar información que desconocía.
Cuando lo metieron al penal de máxima seguridad del Altiplano corrió la
voz sobre una hipotética recompensa de setecientos cincuenta mil pesos a quien
le sacara información. Aquello fue un llamado al linchamiento dentro de una
cámara de eco. Los peores años que Freyre vivió en prisión transcurrieron en
los pabellones conocidos con el nombre eufemístico de «Tratamientos
Especiales». También lo mantuvieron bajo vigilancia en la zona COC (Celdas de
Observación y Clasificación).
No abundan los casos dónde un recluso haya pasado más de siete años en
esas áreas carcelarias alejadas del resto de la población. Narra Freyre que las
celdas ubicadas en el área de tratamientos especiales tienen techos muy bajos,
piso de tierra y no cuentan con luz natural ni ventilación. Durante todo ese
tiempo rogó sin suerte para que le proporcionaran un colchón y también cobijas
limpias para soportar el frío.
Bajo el pretexto de que era un criminal peligroso, la autoridad
restringió al mínimo las visitas familiares. Únicamente Rosa —después de que
obtuvo la libertad condicional— logró acceder a su hijo. Cada vez que regresaba
de la visita ella se refería con desolación: «Primero fue la muerte de
Jonathan, después la injusticia de César, luego el fallecimiento de Julieta y,
al final, la familia que se fracturó para siempre».
En un principio, las tres mujeres de la familia Freyre se empeñaron en
rescatar a César. Mientras Rosa llevaba la relación con la abogada Ámbar
Treviño, Ivonne se asesoró para presentar una queja ante la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos y Julieta intentó volver pública la
injusticia ante los medios de comunicación.
Al tiempo que ellas libraban cada una sus batallas, hubo otra mujer que
visitó sin restricción y muchas veces a César: «Tengo luz verde para venir y
hacer lo que quiera», dice Freyre que lo amenazó la señora Wallace.
Añade el expolicía que ella nunca andaba sola. Una comitiva de
achichincles fue testigo de las humillaciones. No sólo le gritaba majaderías y
le escupía, también llegó a pegarle de cachetadas. El expolicía recuerda con
mortificación cuando le mostró una fotografía de la tumba de su hermano
Jonathan y también la vez que llevó una imagen de la casa donde vivía su mamá.
Entendió entonces que él no era el único integrante de su familia bajo
observación. ¿Quién le había entregado luz verde a la tal Isabel? Aunque fuera
falso, los guardias de aquella cárcel actuaban como si la orden viniera desde
la presidencia.
Cuando se interroga a Freyre sobre aquellos primeros años, él responde
con un relato íntimo de sus tribulaciones: «Un día me di cuenta de que todo era
apócrifo. Te descubres infectado de un virus mortífero. Lloras y nadie lo sabe.
Limpias el piso de la celda y sólo tú te enteras de que estaba sucio. Continúas
viviendo sin saber bien por qué».
Hay una sola cosa de lo que Freyre se siente arrepentido: haber sido
policía. Dice que todo habría sido distinto para él y los suyos si, en vez de
enrolarse como funcionario, se hubiera conformado con ser comerciante.
El tema se presta para interrogarlo sobre las tareas que desempeñaba en
la Secretaría de Seguridad Pública de Morelos: «Me dedicaba a perseguir
secuestradores. Yo lideré grupos de agentes con los que desmantelamos varias
bandas. Algo que me pareció detestable, desde siempre, es el hacer negocio con
la libertad de otras personas».
Es un mal chiste que haya sido acusado de cometer el delito que más
desprecia. Era también difícil imaginar que terminaría, él mismo, siendo la
víctima de una injusta, prolongada y arbitraria privación de la libertad. Por
Freyre igual han pedido rescate; en su caso no se trata de dinero sino de algo
más difícil de conceder: una declaración de culpabilidad.
César tuvo como ventaja que, como policía, conoció los mecanismos
empleados para reventar a la gente. Por la misma razón sabía que una
declaración entregada para salir del paso podía terminar enterrándolo por el
resto de sus días. No sirvió, sin embargo, todo el esfuerzo invertido en
resistir a las presiones. El jueves 24 de diciembre de 2009 Freyre fue
condenado. Al juez le bastó con la falsa declaración de su exnovia y un par de
pruebas fabricadas para mandarlo a envejecer entre cuatro paredes.
118
César Freyre cuenta que aprendió a vivir sabiendo que, en cualquier
momento, podían volver por él. No dormía, no se distraía y no bajaba la
guardia. Tenía la ingenua pretensión de estar al mando de una circunstancia
donde, en la realidad, su voluntad no contaba para nada. Una vez sentenciado,
dejó de importar lo que tuviera por decir sobre su participación en el
secuestro, porque lo fundamental iba a ser que incriminara a Brenda y a Jacobo,
cuyo proceso apenas comenzaba.
El sábado 2 de octubre de 2010 ingresó a su diminuta celda un grupo de
hombres encapuchados. La coincidencia de la fecha y también la vestimenta
podrían hacer pensar en la misma gente que visitó a Albert Castillo, diez días
después, en la prisión de Puente Grande, y a Brenda, en las Islas Marías. Le
vendaron los ojos para luego conducirlo a un lugar indeterminado. Los estragos
físicos que hoy exhibe Freyre son mayormente el resultado de esa sesión salvaje
de tortura y de otra más que ocurrió antes de que terminara ese mismo mes.
Cuando relata aquel sufrimiento, sus memorias parecen muy recientes: «Te
meten en agua y luego viene la electricidad. La cabeza va dentro de bolsas con
amoniaco para que los pulmones se contraigan. Entonces temes un paro
respiratorio o un infarto».
El reporte de la CNDH de 2022 recupera las notas médicas posteriores a
los dos eventos de 2010: «Que, a la entrada, donde se encuentra la aduana, hay
una bodega con costales y hay [también] un cuartito en donde le retiraron toda
su vestimenta, incluida la ropa interior y sólo le dejaron los zapatos.
[Después] lo envolvieron con una sábana y lo vendaron con cinta gris, [en] todo
el cuerpo. De ahí lo subieron a un helicóptero, donde lo sujetaron sólo de los
tobillos. Una vez que la nave despegó lo arrojaron al vacío».
Afirma César que esa misma madrugada, mientras iba y regresaba del
desmayo, aquellos hombres le informaron sobre la muerte de su hermana Julieta,
ocurrida pocas horas antes. Entendió después que la fecha de aquel tormento no
había sido elegida al azar. Ese mes de octubre fue el más cruel: «Hay luz verde
para hacer contigo como nos venga en gana», insistió la voz, esta vez del autor
material de la barbarie, mientras la mirada de Freyre apuntaba en vertical
hacia la tierra.
Para Rosa Morales la historia del helicóptero fue el punto de inflexión.
Se convenció de que, si no hacía algo definitivo, César alcanzaría pronto en el
cementerio a Jonathan y a Julieta. Era el momento de recalcular, desde cero, la
situación de su hijo.
Resulta irrelevante saber quién tuvo primero la idea, aunque de los dos,
César siempre la superó en terquedad. En cualquier caso, fue Rosa quien tomó el
teléfono para comunicarse a la oficina de Alto al Secuestro. Minutos después,
la secretaria de la señora Wallace devolvió la llamada ofreciendo que en ese
mismo instante podía enviar un vehículo para recogerla. Rosa respondió que
prefería llegar por sus propios medios —según explica— porque temió que fueran
a raptarla para luego sacar ventaja contra su hijo.
Las negociaciones tomaron tiempo porque incluyeron varios temas
complicados. El más importante para Rosa era sacar a César del COC. Ella no
estaba dispuesta a tolerar que su hijo pasara más tiempo aislado. A cambio se
le exigió a César que firmara una carta dirigida al juez. Hay varios párrafos
destacables en ese texto, por ejemplo, dónde el expolicía confiesa haber
«conspirado» para alegar tortura. Ahí también Freyre se desiste de las
diligencias emprendidas por su hermana Ivonne ante la Comisión Interamericana
de Derechos Humanos.
No obstante, el punto central de esa misiva es la incriminación que hizo
de Jacobo y Brenda en el delito cometido contra Hugo Alberto. La narración de
hechos supuestamente ocurridos la madrugada del martes 12 de julio de 2005 es
muy similar a la proporcionada por Juana Hilda. Ahí se habla, entre otros
temas, de la compra de la sierra eléctrica y del viaje que habrían hecho los
criminales al sur de la ciudad para arrojar los restos de la víctima a través
de la ventanilla de un automóvil que era propiedad de Brenda.
César añadió un detalle macabro que nadie había mencionado con
anterioridad. Según esta versión, el expolicía habría escondido la cabeza y las
manos del hijo de la señora Wallace en el domicilio de un santero que era su
padrino. Esos restos permanecieron cinco días en ese lugar, pero se
descompusieron y por ello César y Brenda regresaron a buscarlos.
Afirma César que la señora Wallace exigió también que participara en una
reconstrucción de hechos por la zona de Xochimilco, donde más tarde habría
llevado a pasear a Jacobo Tagle.
La situación del expolicía mejoró, una vez cumplidos los acuerdos. La
señora Wallace entregó entonces a la prensa una declaración incomprensible para
el resto y sin embargo coherente con lo pactado: «Es momento para la
excarcelación de Freyre, porque ya confesó todo lo que pasó en el secuestro de
mi hijo y aceptó finalmente haberlo matado».
A Freyre obviamente no lo excarcelaron, pero sí lo sacaron del COC.
Siete años después de que fue aprendido, abandonó por fin los pabellones de
castigo para ser hospedado con el resto de la población.
Para ese momento Felipe Calderón había dejado de ser presidente.
Rosa y César no midieron la reacción del resto de su familia respecto de
los acuerdos logrados con la señora Wallace. Hubo quien no fue capaz de
entender que la sobrevivencia de César dependía de ese acto aparente de
traición. Tanto que había hecho Ivonne ante la Comisión Interamericana de
Derechos Humanos y sin embargo su hermano lo había echado todo a perder. Fue
también insoportable que hubiera dado la espalda a la terrible muerte de
Julieta, cuyo fallecimiento es indisociable de la persecución.
Las decisiones de César y Rosa tuvieron consecuencias atómicas. A partir
de ellas, Ivonne no quiso volver a saber nada de su madre ni de su hermano. Lo
mismo ocurrió con Andrés, el marido de Rosa. El trato con el monstruo había
destripado para siempre a la familia.
Con todo, aquel acuerdo no le ahorró a César un último episodio de
brutalidad. En noviembre de 2016, los sujetos del rostro cubierto volvieron a
visitarlo, esta vez para advertirle que debía ratificar las acusaciones
realizadas tiempo atrás contra Brenda y Jacobo. «Me tiraron al piso e hicieron
revisión corporal. Aplicaron gas pimienta con un extintor al que le habían
colocado una suerte de bazuca. No tuvieron piedad con el taser y me patearon
hasta cansarse».
Resulta obvio que las agresiones, tanto de 2010 como de 2016, nunca
tuvieron que ver con su responsabilidad en el crimen. De Freyre, la señora
Wallace necesitaba otra cosa: que incriminara a quienes aún no habían sido
juzgados, «…que señalara a mis coprocesados como partícipes del asesinato de su
hijo».
Esta última ocasión el expolicía decidió volver a la actitud resistente,
tal como había hecho durante los primeros años.
En septiembre de 2016, ante el juez de la causa acusó que le habían
coaccionado para involucrar a gente inocente: «Por Jacobo Tagle meto las manos
al fuego y no tengo tampoco conocimiento de que Brenda sea culpable de algún
asunto», rectificó.
La señora Wallace estuvo presente en esa audiencia judicial y al
terminar reventó furiosa contra el expolicía: «Están desesperados, pero nunca
han podido probar que fueron torturados. Es una estrategia muy socorrida por
quien trata de evadirse. Aunque antes no habían dicho nada de eso».
A lo largo de esta historia son rosario las denuncias por coacción
física y psicológica en contra de los acusados. La primera fue presentada por
Juana Hilda. Luego hicieron lo mismo Brenda y Jacobo, Tony, Albert, Freyre,
Vanessa Figueroa y Luis Miguel Ipiña, entre tantas víctimas.
«De Juana Hilda, en cambio, no tengo nada que decir. A ella no la
conozco del todo», añadió Freyre.
Esta frase es un acertijo. ¿Por qué no confirmar la inocencia de su
expareja? ¿La consideraría culpable de algún modo? ¿O no le perdona que los
haya acusado falsamente? Tampoco Rosa Morales guardó buena impresión de la
bailarina. Vivió convencida de que la tragedia sufrida por su hijo era
principalmente responsabilidad de ella.
Cada cuál necesita sus propios culpables. Un chivo expiatorio para
otorgar coherencia al horror caótico: «Llego a casa y grito a sus retratos
—refirió antes de morir la señora Rosa—. Necesito que me expliquen por qué me
abandonaron».
En 2022 Rosa Morales falleció sola, enferma y tremendamente desgastada.
No pudo cumplir con la promesa que se había hecho de sacar a su muchacho de la
cárcel. Sólo la cicatriz del miedo la sobrevivió.
CAPÍTULO XXII
119
¿Por qué las peores torturas sufridas por tres de los integrantes de la
supuesta banda de Chalma sucedieron durante el mes de octubre de 2010 (Albert
el martes 12, Brenda el miércoles 13 y César el sábado 2 y el viernes 22 de
octubre)? Para esas fechas Juana Hilda, César Freyre, Albert y Tony Castillo ya
habían recibido una sentencia condenatoria. Hay una explicación que, por
perversa, podría sonar exagerada. En octubre de 2010 la CNDH, encabezada
entonces por Raúl Plascencia, aliado incondicional de la señora Wallace,
anunció que postularía a la madre de Hugo Alberto para que recibiera el premio
otorgado por esta dependencia todos los años.
Cabe la posibilidad de que esas torturas hayan coincidido en el tiempo
porque la señora Wallace quería recibir dicho premio habiendo antes cerrado el
caso que la catapultó. Quería contar con las confesiones firmadas por los
acusados para que no quedara duda de la culpabilidad de todos, sobre todo de
Brenda y Jacobo, quienes no habían sido sentenciados aún. La incoherencia es
extraordinaria, pero es la mejor respuesta posible: se habrían violado los
derechos humanos de los imputados para obtener de su boca los testiminios que
permitirían a la señora Wallace recibir el galardón de manos del presidente
Felipe Calderón.
Alrededor de esa misma fecha, la revista Time consideró nombrarla entre
las personas más influyentes del año. El periodista León Krauze escribió que
merecía ese reconocimiento porque en aquellos tiempos difíciles era una
mexicana extraordinaria: «Lo auténticamente notable es que doña Isabel se
volvió una experta legal y, junto con otros que han sufrido lo indecible, se
dispuso a modificar las leyes del Estado mexicano para mejorar al país».
Antes de esa nominación, también la revista El País Semanal, publicada
en España, la seleccionó entre las cien personas más destacadas del mundo; su
nombre apareció junto con el de la presidenta de Chile, Michelle Bachelet, el
escritor portugués José Saramago y el tenista español Rafael Nadal. En las
páginas de esa publicación, bajo a su fotografía se imprimió un texto firmado
por la actriz mexicana Patricia Reyes Spíndola. Entre las varias alabanzas que
ella le dedicó, destaca uno de los episodios más intrigantes del caso Wallace:
«No deja de asombrarme la rapidez con la que su instinto de madre despertó en
ella la fatal sospecha: antes de veinticuatro horas había descubierto el lugar
donde se encontraba la furgoneta de Hugo, descubrió a los secuestradores, los
denunció y […] continuó con zozobra buscando el cadáver de su hijo».
Releyendo las cosas formidables que se dijeron de la señora Wallace, uno
puede perderse dentro de un laberinto con paredes de espejo. Ella se convirtió
en una inmensa pantalla de cine para magnificar a la vez frustraciones y
anhelos: frustración y enojo ante la violencia, y por tanto con la incapacidad
de la política para resolverla. Anhelo también, impreso en la figura de una
madre cuyos talentos casi mágicos pretendían ser el antídoto contra la
desesperanza. El País, Time o el presidente Calderón coincidían en algo: más
que reconocerla por sus méritos, la habían convertido en la encarnación del
espíritu humano en lucha contra una época violenta.
Pocas personas pudieron entonces imaginar la disonancia que años después
se haría evidente: los elogios desbordados eran opuestos a las narraciones que
Jacobo Tagle hizo sobre lo que sufrió en las horas posteriores a su detención.
También lo eran respecto de las denuncias que presentaron César Freyre, Albert
Castillo o Brenda Quevedo por lo que les hicieron en la cárcel.
La irrelevante pequeñez de esas personas frente a la inmensa estatura de
la señora Wallace fue el argumento principal para que su verdad tardara en ser
respetada. Ninguno de ellos habría soñado con el poder que ella logró amasar.
Cuando la señora Wallace ungió a Raúl Plascencia como presidente de la CNDH,
demostró que estaba por encima del resto.
Ese hombre le devolvió luego el favor haciéndola merecedora al Premio
Nacional de Derechos Humanos. La ceremonia de entrega se llevó a cabo el
miércoles 15 de diciembre de 2010 en el salón Adolfo López Mateos de la casa
presidencial. Felipe Calderón ofreció el discurso principal en un evento
abarrotado por senadores, diputados, funcionarios, generales y secretarios de
Estado. Entre los asistentes reapareció su esposo, José Enrique Wallace: tantas
veces que el juez lo citó y las mismas que ella lo justificó por un supuesto
mal cardiaco.
Durante el evento, el presidente Calderón aconsejó que el resto de la
ciudadanía la imitara. Recordó los anuncios gigantescos, aquellos que colgó
para denunciar el asesinato de su hijo. El mandatario también hizo eco de su
reclamo a propósito de que en México los criminales tenían más derechos que las
víctimas. La felicitó por las leyes que propuso y por las nuevas unidades
antisecuestro que, por su insistencia, estaban siendo creadas en todo el país.
Este es un extracto de su discurso:
Es un honor para mí, no sólo como presidente de la República, sino como
mexicano, el poder participar en este evento y entregar el Premio Nacional de
los Derechos Humanos 2010 a una gran mexicana.
Hoy recibe merecidamente este alto reconocimiento la señora Isabel
Miranda de Wallace, una mujer admirada, una mujer respetada por promover una
mejor impartición de justicia que acabe con la impunidad que agravia a la
sociedad entera.
Su historia es una lección de orgullo, de coraje, de dignidad para todos
los ciudadanos.
Ante la pérdida de su hijo, por la cobarde acción de un grupo de
secuestradores, ella emprendió una verdadera cruzada para identificar, para
localizar y para llevar ante la justicia a los culpables de este terrible
suceso.
Yo, como miles de mexicanos, me sorprendí el día en que […] vi los
espectaculares […].
Para mí fue un momento de asombro, de reflexión, fue un impacto similar
al que generó entre muchos […].
La primera reflexión que hice aquel día fue: «¡Ojalá lo encuentre!». Y
fue un acto totalmente inédito porque convocaba la señora Wallace a la
ciudadanía. Todavía hace unos días… fue detenido uno más de los responsables de
este crimen infame [Jacobo Tagle Dobín].
Su caso ha puesto de manifiesto la barbarie con la que actúan estos
criminales, [y] la urgencia de que los mexicanos cerremos filas para poner un
alto a la delincuencia y a la impunidad, particularmente en el delito de
secuestro.
También evidencia la falta de atención, de sensibilidad, la lentitud, la
ineficacia; son muchas las expresiones que pueden caracterizar a las
autoridades […].
Por eso, señora Wallace, la causa que usted abandera […] es la causa de
todos los mexicanos, porque es una causa que sacude la conciencia nacional para
frenar a la delincuencia y a la impunidad que la hace posible.
Doña Isabel convirtió una amarga experiencia personal en una poderosa
fuente de inspiración. No sólo para evitar que la muerte de su hijo quedara
impune, sino también para contribuir a la construcción de un México más seguro
[…].
La señora Wallace con una mano señaló a los delincuentes, y con la otra
exigió a las autoridades cumplir con su deber […]. Al poner el dedo en la
llaga, evidenció también la imperiosa necesidad de promover una cultura de la
legalidad, de estimular la denuncia ciudadana, de fomentar la prevención del
delito, de perfeccionar los sistemas de impartición de justicia.
También puso de relieve […] la importancia vital —que comparto
totalmente— de defender a las víctimas del secuestro, las grandes olvidadas de
la procuración de justicia, durante años y durante décadas en el país.
La nuestra ha sido una legislación que se ha concentrado en los derechos
del procesado. No ha sido hasta recientemente […] que se ha iniciado el
reconocimiento formal de los derechos de las víctimas […].
[…] el hecho de que las víctimas tengan voz, y tengan una voz clara, que
sea protegida, que tengan derechos que se reconozcan, y que se mueva el aparato
de justicia no únicamente para garantizar los derechos de quien es acusado,
sino y sobre todo para garantizar los derechos de quien ha sido víctima, es a
mi juicio uno de los mayores desafíos aún pendientes del sistema de procuración
de justicia.
Con su tenacidad, con su fortaleza de espíritu y su elevada estatura
moral, la señora Wallace ha enviado un mensaje fuerte y claro a toda la
sociedad: que nadie, bajo ningún motivo, bajo ningún pretexto, bajo ninguna
circunstancia debe escapar de la acción de la justicia.
La imagen que todos tenemos de Isabel Miranda de Wallace es la de una
mujer íntegra, de una mujer valiente y una mujer decidida. La definen palabras
de amor y coraje. Y ese coraje y ese amor, no sólo por los suyos, sino por los
valores en los que cree, nos presentan a una mujer que es congruente.
Congruente entre lo que piensa, entre lo que dice y entre lo que hace […].
Por todas estas razones, señora Isabel Miranda de Wallace, es un gran
honor entregarle este máximo reconocimiento en materia de derechos humanos.
Aquí está, a mi juicio, una prueba indiscutible del enorme poder que tiene la
ciudadanía para transformar a México.
Señora, usted es una fuente de inspiración de millones y millones de
mexicanos […] usted es una fuente de inspiración también para mí. Un testimonio
de entrega, de valor. Su perseverancia nos inspira, a mí en lo personal, para
seguir avanzando día con día, para seguir buscando y luchando por cambiar a
nuestro país […] un México distinto donde la gente pueda verdaderamente
caminar, y convivir, y estudiar y trabajar libremente sin miedo, sin temor […]
[a] las calles dominadas por los delincuentes.
Cuente conmigo, señora Wallace, en ese empeño. Yo sé que cuento con
usted. Y enhorabuena por este merecidísimo reconocimiento. Por este Premio
Nacional de Derechos Humanos.
120
Mismo mástil, misma avenida, misma esquina: ahí donde la señora Wallace
debutó seis años atrás, decidió lanzar su campaña electoral para ser jefa de
gobierno del Distrito Federal. Esta vez no colgó en el espectacular la imagen
de César Freyre, sino una consigna de campaña: «Vota por ti, llegó tu momento».
El discurso de esa mañana no pasó desapercibido. Se refirió a los héroes
ciudadanos que, como ella, son capaces de cambiar la historia.
Durante los años previos había domesticado con habilidad el argumento de
la superioridad moral: «Yo no creo en la política. No creo que a través de ella
puedan solucionarse los problemas, porque desgraciadamente el sistema no lo
permite».
También recurrió al parlamento de la mano dura. Prometió que como
gobernante erradicaría el secuestro; crearía una policía capaz de atrapar a
esos delincuentes para luego condenarlos a muerte: «No podemos darle ningún
beneficio al secuestrador, porque de lo contrario estaríamos mandando el
mensaje equivocado. En esto no hay que tentarse el corazón, ¡más vale que se
mueran! La pena capital evitará que en las cárceles perfeccionen sus
estrategias y continúen lastimando a la sociedad».
Si con estos argumentos se volvió un personaje célebre, la señora
Wallace daba por sentado que también con ellos conseguiría el triunfo en las
urnas. Prácticamente todos los partidos le ofrecieron cargos públicos: le
preguntaron si aceptaría ser diputada, jefa de gobierno, gobernadora y hasta
procuradora de la capital. Por un tiempo dijo que no. Cuando un presentador de
la televisión le preguntó si querría ser presidenta de México, ella abrió la
puerta a la modestia y contestó que no se sentía preparada: «No tengo el
conocimiento ni la fuerza ni las ganas», expresó.
Por esas mismas fechas Felipe Calderón dijo que él y su partido, Acción
Nacional, estaban abiertos a postular a un candidato «ciudadano» para sucederlo
en 2012. La señora Wallace respaldó de inmediato la iniciativa; afirmó que el
siguiente presidente de la República no debía ser un político de carrera, sino
un integrante destacado de la sociedad civil.
«Yo estoy convencida de que es la única manera para que las cosas
cambien, porque no creo que un buen mandatario pueda salir de los partidos».
Un día Felipe Calderón la llamó para preguntar si estaría dispuesta a
postularse como jefa de gobierno de la capital. La señora negó después que la
oferta hubiera venido de la casa presidencial, pero no quiso engañar a su
familia: ahí contó que el mandatario había mencionado las encuestas y que en
ellas aparecía con una buena ventaja.
Se escucharon rumores sobre un eventual pago que la señora recibió a
cambio de aceptar; se decía que la contrataron como se hace con las actrices de
las películas. Aunque no hay forma de confirmar esa versión, sí hubo una
recompensa. La señora Wallace mandó traer a su sobrino Andrés, hijo de su
hermana Asunción —el cual se encontraba estudiando en Inglaterra—, para que se
inscribiera como candidato a diputado. En esa fecha el joven tenía veintisiete
años y su experiencia política era muy precaria. La aspirante a gobernar la
capital defendió que de eso se trataba: para sacar a la vieja clase política
había que aportar sangre nueva.
Consiguió un lugar seguro para que Andrés ingresara al Congreso local;
con ello lastimó a quienes compitieron con ella por la jefatura de gobierno y
creyeron que, como recompensa a su disciplina, conseguirían una mejor silla en
el Legislativo. La suma de quejas entre los dirigentes partidarios comenzó a
abultarse.
«Yo no soy la candidata del presidente, soy una candidata ciudadana»,
insistió cada vez. «No estoy aquí por haber levantado la mano. A mí me
ofrecieron esto; no me pidieron nada a cambio ni yo tampoco. Creo que vieron en
mí una oportunidad para reconciliarse con la ciudadanía».
Al presidente le habrá sentado mal cuando la señora Wallace afirmó que
el crimen tenía infiltrado el aparato de su gobierno. Tampoco fue sensible con
las convicciones conservadoras del electorado que tradicionalmente votaba por
Acción Nacional: contrario a las preferencias de su militancia, ella se
pronunció a favor del aborto y de los matrimonios entre personas del mismo
sexo.
El partido tardó una eternidad para apoyarla con dinero, y cuando los
recursos llegaron la candidata contó sólo con gorras y camisetas que ni su
nombre traían para distribuirlos en los actos de campaña. El síntoma más agudo
del abandono político fue el edificio donde instaló a su equipo: un inmueble
fantasma que ni siquiera ella visitaba. La señora Wallace quiso manejar su
candidatura como había hecho con todo lo demás en su vida: confiando únicamente
en sus familiares.
El primer gran descalabro sucedió durante la segunda semana de mayo de
2012, cuando la invitaron a dar una conferencia en una universidad donde
asisten los hijos de las familias adineradas. Ahí se equivocó al creer que
caería bien su opinión, un tanto clasista, sobre las razones por las que la
gente votaba por la izquierda, y explicó que esos electores eran víctimas del
analfabetismo: «No saben leer ni escribir, por eso votan por el Partido de la
Revolución Democrática», tituló algún matutino, ciertamente con un dejo
amarillista.
No pudo quitarse de encima a los oponentes que la acusaron de
discriminadora. Días después, cuando visitó otra universidad —ésta más
popular—, fue abucheada desde que llegó hasta que salió de ahí. Antes siquiera
de que intentara pronunciar la primera palabra, un estudiante se paró a su lado
con un letrero que decía: «El muerto al pozo y el vivo al gozo». La alusión
vinculaba sin sutileza la nueva carrera política con la sepultura de Hugo
Alberto.
La señora Wallace dio un paso adelante para defenderse: «He vivido toda
mi vida en la capital, vengo de una familia de escasos recursos, prueba de ello
es que mi padre trabajaba doble jornada como taxista para cubrir los gastos del
hogar. Yo soy proletaria porque fui a escuelas públicas, me subo al metro y no
tengo ningún problema con eso».
Mientras más hablaba, peor se ponía el ambiente; los estudiantes
lanzaron majaderías. Roberto Miranda, que acompañó a su hermana a ese
infortunado evento, decidió sacarla en volandas, temiendo una agresión física.
«¡En Iztapalapa no somos analfabetas!», gritaban unos, mientras otros
exigían que se largara.
Para ese momento era obvio que la candidatura de la señora Wallace tenía
problemas, ya no sólo para despegar, sino para evitar el hundimiento
definitivo.
También en esta aventura José Enrique Wallace, el esposo, la dejó sola.
Cuando la prensa comenzó a cuestionar su ausencia, ambos se dejaron ver en la
Catedral Metropolitana, donde el cardenal Norberto Rivera acostumbraba presidir
la misa principal de los domingos; llevaron con ellos reporteros y fotógrafos.
Al concluir el oficio, el prelado echó a caminar a toda prisa en lugar de
acercarse, cabe suponer que para evitar la trampa de convertirse en un
personaje de esa campaña política, sobre todo después de que la señora Wallace
se manifestó a favor del aborto.
«Yo no avisé y no tenía por qué hacerlo. Vine como cualquier feligrés a
escuchar al cardenal, igual que lo hago cada ocho días; no quería hacer un
espectáculo, incluso les dije a los reporteros que esperaran afuera porque era
un evento privado».
Interrogada sobre su vida religiosa, la señora aprovechó para contar que
todos los días comenzaba su jornada a las cinco y media de la mañana y que
rezar era lo primero que solía hacer: «Sé que esto es algo que, a nivel
personal, es muy difícil de entender, pero confío en Él. Tuve conflictos con
Dios, reproches, pero un día me dijo en Su bondad: “¿Quién eres tú para venir a
cuestionarme? Yo soy el dueño de todo. Te doy y te quito cuando quiero”».
Aquel evento religioso tampoco produjo buenos réditos a la campaña. Era
un poco tarde para acercarse a los conservadores votantes de Acción Nacional.
El último balde de agua fría cayó encima un mes antes de las elecciones, cuando
la revista Proceso puso a la señora Wallace en su portada con una fotografía
proveniente de una ficha penal de la policía elaborada una década atrás, cuando
fue acusada por intento de asesinato. Ella negó aquella imputación, aunque
sabía que esa imagen era genuina.
121
En el mundo abundan personajes públicos que, como la señora Wallace,
prometen a los votantes mano dura; políticos que ofrecen construir cárceles
inmensas para arrojar cual desperdicio a miles de jóvenes nacidos en los
barrios más pobres, o líderes que sueñan con nuevos campos de concentración
para encerrar a todos los migrantes indocumentados. Ella entendió temprano el
rédito que proporciona esta demagogia penal.
Nada la ha frenado a la hora de desacreditar a los tribunales cuando
protegen derechos. Ha declarado más de una vez que el problema del secuestro
tiene que ver con que los jueces dejan libres a los delincuentes. También
reventó contra Amnistía Internacional cuando denunció al ejército como la
dependencia que enfrentaba el mayor número de quejas por tortura. Para ella,
que alguien haya atravesado por tormento físico o psicológico no lo convierte
en inocente. La tiene sin cuidado que, en la inmensa mayoría de las ocasiones,
sin las declaraciones obtenidas mediante tortura, no hay nada más con qué
acusar a la persona, tal como sucedió en los casos de Juana Hilda, Jacobo o
César Freyre.
Durante su campaña a jefa de gobierno del Distrito Federal, la señora
Wallace se distrajo con el caso de una francesa exhibida como secuestradora, a
pesar de que su detención fue notoriamente arbitraria. El expediente de
Florence Cassez llegó hasta la Suprema Corte al mismo tiempo que ella pedía el
voto de la ciudadanía. No desaprovechó la ocasión para utilizarlo en favor de
sus argumentos.
A cuanto programa de radio y televisión la invitaron, acudió para hablar
mal de la francesa. En su opinión, era irrelevante que la policía la hubiera
privado de la libertad durante más de doce horas de manera ilegal; tampoco dio
importancia a que la escena de su captura fue montada con el propósito de
teatralizar la eficacia de la policía ni que su supuesto cómplice, Israel
Vallarta, fue torturado frente a una cámara de televisión después de que ya
había sido sometido.
La señora Wallace abordó el caso Cassez con una energía similar a la que
antes empleó para denunciar el secuestro de su hijo. Esa decisión tenía lógica:
en los dos expedientes se inventaron testimonios y evidencia para crear una
hipotética banda de secuestradores. Las personas que participaron en los
montajes fueron prácticamente las mismas, destacadamente Eduardo Margolis, el
hombre que, según sus propios dichos, había ayudado a la señora a dar con el
paradero de Juana Hilda, Albert Castillo y César Freyre.
Mientras estaba distraída litigando este tema, el semanario político
Proceso publicó en su portada una ficha penal con el rostro de la señora
Wallace. Esa imagen informó a sus votantes potenciales, y al resto de México,
que la gran defensora de las personas secuestradas, la implacable vengadora
ciudadana, tenía oscuros antecedentes. La candidata reaccionó rápido para
aclarar que la fotografía y la ficha eran una fabricación, dijo que sus
adversarios optaron por una guerra sucia:
«¡No soy yo!», reclamó, y luego dio a conocer un documento oficial
negando esos hechos.
¿Cómo se le ocurrió confiar en que una cosa así no saldría a la luz en
la competencia política? La historia que la señora Wallace trató de ocultar
sucedió efectivamente en 1998 y, aunque fue absuelta, la obligó a pasar varias
noches en la cárcel. Pocos episodios de su biografía dicen tanto sobre su
carácter como la vez que, auxiliada por su hijo Hugo Alberto, cortó las
mangueras de una grúa hidráulica provocando un accidente que pudo haber matado
a varias personas.
De no haber sido por la asesoría legal del licenciado Ricardo Martínez,
probablemente ambos habrían sido procesados por el delito de intento de
homicidio. Aunque un tribunal terminó por absolverla, porque supuestamente
había actuado sin dolo, cuando ingresó a la prisión le tomaron fotografías de
frente y perfil para elaborar la ficha criminal.
Si bien los cargos fueron desechados, dentro de los archivos sobrevivió
aquel documento que, como es natural en las campañas electorales, se hizo
público y mostró con ello las contradicciones de la señora Wallace. El problema
fue que mintió al afirmar que aquel episodio de su vida era falso. En vez de
explicar el origen de esa ficha, negó las acusaciones que sí existieron en su
contra. La candidata que inició su carrera política denunciando la corrupción
de los jueces, se había beneficiado de ese mismo sistema torcido.
122
Regresó a Iztapalapa para cerrar su campaña; no podía resignarse al
rechazo que provocó en esa zona de la ciudad, la más poblada de todas. El
evento de clausura fue el peor: no asistieron ni ciento cincuenta personas. La
mayoría de las sillas aportadas por el partido que la postuló se quedaron
vacías. Cuando tocó el turno para que tomara la palabra, la candidata volvió
con necedad sobre el tema que antes le costara tan caro: increpó a las personas
que por ignorancia vendían su voto. Con soberbia dijo que se merecía ganar
porque era la única candidata honesta. Aquel no era su público, pero no tuvo la
sensibilidad para entenderlo. Tampoco se dejó ayudar.
La fecha en que se celebraron los comicios, la candidata asistió a misa
antes de ir a la casilla. Como antes lo hiciera en la Catedral Metropolitana,
quería dejar en claro que era una mujer religiosa. Luego se presentó a sufragar
con su esposo, José Enrique. Los acompañaron los reporteros que le habían
seguido el paso durante los últimos tres meses.
El día después fue terrible. Nunca en la historia reciente del Partido
Acción Nacional los resultados en el Distrito Federal habían sido tan malos;
consiguió apenas el trece punto seis por ciento del voto. El fracaso fue
tremendo. Desde su fundación en 1946, esa fuerza política había sabido crecer
su preferencia en la capital del país; si bien seguía sin ganar la jefatura de
gobierno, Acción Nacional se mantenía en segundo lugar. Esa derrota hundió al
resto de las candidaturas: de los treinta y tres distritos locales, el partido
que la apoyó únicamente obtuvo dos, y de las dieciséis delegaciones se quedó
sólo con una.
Quien sí consiguió asiento en el Congreso local fue su sobrino Andrés,
el hijo de su hermana Asunción. Esto encendió peor los ánimos dentro de la
militancia del partido. Sus dirigentes calificaron esa candidatura como la
consecuencia de un acto irresponsable y autoritario de Felipe Calderón, quien
todavía era presidente; a la señora Wallace la acusaron de dar la espalda a los
valores del partido y de haberse portado con arrogancia a pesar de que no
contaba con ninguna experiencia política. Se arrepintieron, pues, de haberla
postulado sin la preparación para enfrentar un desafío tan complejo.
Prueba de que la señora Wallace estaba en la luna fueron las
declaraciones que hizo al conocer los resultados: «Yo ya gané, y si perder es
ganar, ya gané», explicó de manera críptica.
Presumió que se trataba de un triunfo para la sociedad civil que la
respaldó, ya que con su candidatura demostró que era posible conseguir votos a
pesar de contar con una hoja de vida limpia.
123
Antes su fama sólo había ido en aumento, pero con la derrota electoral
de 2012 esa trayectoria comenzó su declive. Su protagonismo fracturó la
legitimidad de sus motivaciones y a partir de este episodio aparecieron los
detractores. Quienes antes la admiraban reclamaron que haya utilizado una causa
noble para propósitos electorales; hubo cuestionamientos por el uso que hizo de
la muerte de su hijo y también por los negocios que consiguió gracias a la
influencia obtenida a partir de los temas que defendía.
Semanas antes de la elección, la señora Wallace acusó al candidato que
le ganó, por casi cincuenta puntos, de haberse vendido al propietario de otra
empresa dedicada a la publicidad exterior. Envió a un grupo de trabajadores de
su compañía —vestidos con un chaleco que llevaba las siglas de Showcase— a
reventar uno de los actos de campaña de su adversario con pancartas donde se le
señalaba de corrupto.
Igual se hizo público un supuesto acuerdo al que llegó con el partido
que la apoyó para que, una vez integrada la nueva legislatura, se promoviera
una ley que habría de beneficiar a sus empresas de publicidad. Si bien ella
respondió con una carta aclaratoria, su reputación, que venía en picada, volvió
creíble ese rumor. Es que fue muy notorio el crecimiento de sus negocios
durante el periodo que corrió entre la desaparición de Hugo Alberto y la
celebración de aquellos comicios; aunque declaró que se había apartado del
sector de la publicidad exterior cuando comenzó a buscarlo; sus competidores
afirman que tal cosa es mentira.
En 2005 la señora Wallace era propietaria de unos sesenta y cinco
anuncios espectaculares, la mayoría ubicados en el Distrito Federal, y para
2012 ese número se había multiplicado tres veces. Lo más importante es que
logró sumar a su patrimonio espectaculares localizados sobre las vialidades
mejor cotizadas. Si ya era una mujer rica cuando el presunto secuestro de su
hijo, sus cuentas bancarias se hicieron más grandes gracias a los contactos que
consiguió luchando supuestamente contra las bandas de secuestradores. Ése fue
su mejor negocio: ninguna autoridad que apreciara su propia trayectoria dentro
del sector público estuvo dispuesta a enfrentarse con ella.
La publicidad exterior también ha sido muy generosa con su familia:
Claudia, su hija; sus hermanos Roberto, Asunción y Guadalupe; los sobrinos
Jorge Ortega y Luis Alberto Miranda, entre otras personas de su entorno, han
cobrado buenos sueldos en la nómina de dichos negocios. Hay, sin embargo, una
anomalía que merecería ser explicada. A pesar de que en distintas ocasiones la
señora Wallace refirió que Hugo Alberto fue fundador y dueño de esas empresas,
esto no puede confirmarse en el papel.
Showposter S. A. de C. V. aparece como propietaria de las estructuras
espectaculares, y sin embargo Hugo no estuvo jamás registrado como socio ni
como empleado de esa empresa. No aparece como accionista en el acta
constitutiva y tampoco hay rastro suyo en los libros contables. Según el
organigrama, Claudia Wallace fue gerente de ventas y Asunción ocupó otro cargo
directivo relevante; antes de desaparecer, sin embargo, su hijo varón ya era un
fantasma dentro de la compañía. Si bien hay testigos que confirman los
servicios que prestaba a los negocios familiares, llama la atención que su
nombre no haya estado vinculado formalmente.
CAPÍTULO XXIII
124
Su familia suele llamarla «Vane». Mejor nombrarla así para distinguirla
de la otra Vanessa de esta historia, la vecina de la planta baja del edificio
de Perugino: Vanessa Figueroa. El apellido de Vane es Bárcenas y fue también
pareja de Hugo. Ella y Hugo se llevan quince años y eso fue parte del problema;
a la chica la tomó desprevenida la asimetría entre experiencias.
En 2004 la mamá de esta chica trabajaba como corredora de bienes raíces,
y entre las propiedades que promovía se encontraban un par de casas ubicadas
dentro de una privada de la calle Galeana en el barrio de San Jerónimo Lídice.
Hugo la conocía porque sus hijos habían estudiado en el Colegio Aztlán cuando
él daba clases de inglés en esa escuela, patrimonio de su familia.
El día en que supuestamente unos hombres dispararon afuera de su casa de
Coapa —cuando sucedió la historia del escape por la azotea de la vecina—, Hugo
decidió cambiar de domicilio. Optó por las casas de la privada de Galeana
porque le parecieron más seguras: ocupó una de ellas y otra más fue adquirida
por Isabel y su esposo, José Enrique Wallace.
Claudia Muñoz tardó varios años en confirmar que había compartido a Hugo
Alberto con Vane. Desde la época en que viajaron juntos a Tijuana, el padre de
su hija ya sostenía una relación con esa chica, que era entonces una jovencita
de veinte años muy bonita y que no había dejado aún la casa familiar. Sus
padres tenían una posición económica holgada; era la princesa del papá y la
consentida de la mamá. Ninguno se opuso a la relación de noviazgo entre su hija
y ese hombre.
Para describir el estado de ánimo de Vane durante las primeras semanas
de la relación con Hugo, sus amigos utilizan palabras como «endiosada» o
«embobada», y es que él hizo lo que se le daba muy bien: seducir. Los adultos
que intentaron hablar con ella para que no fuera tan rápido con el noviazgo se
toparon con un muro altísimo.
Para ese momento Hugo había acelerado el ritmo de su vida por encima de
cualquier límite recomendable y, sin saberlo, Vane se subió al asiento de
junto. Ella hizo maletas y se las llevó a Galeana. Se convirtió en la señora de
una casa donde comenzó a llegar publicidad para novias; durante un partido de
futbol americano, Hugo le regaló un anillo de compromiso.
La velocidad sólo puede generar violencia, y en cuestión de días Hugo y
Vane cayeron a un barranco. Ella refiere que los pleitos comenzaron porque Hugo
multiplicó el consumo de alcohol y drogas. Vane se quejó del «estilo de vida
ligero» que Hugo llevaba: al parecer le irritaban las fiestas donde acudía un
mar de gente que ella desconocía. A pesar de su juventud, Vane no se asustaba,
tampoco era una mojigata, pero no se divertía con el sexo como Hugo, quien
empujaba cada vez más lejos el límite de sus francachelas.
El punto de quiebre fue la noticia de que Vane estaba embarazada. Ella
contó que su pareja se puso muy contento con la noticia y ratificó la propuesta
de matrimonio. Igual que había hecho con Claudia Muñoz, prometió que a su bebé
no iba a faltarle nada. No obstante, un nuevo descalabro vino cuando a él se le
metió en la cabeza que el niño podía no ser suyo.
Una madrugada con lluvia, Vane arribó a la casa de sus papás convertida
en un amasijo de golpes y lágrimas. No fue sino hasta ese momento que la madre
de la chica tuvo noticia sobre la persona en que se había convertido el antiguo
profesor de inglés: antes de ese momento lo tenía por un hombre trabajador, un
empresario exitoso y, por encima de todo, un tipo encantador que se desvivía
por su niña.
En lugar de apartarse de él, Vane optó por convertirse en una estatua de
sal que la fuerza destructora de su novio iba a derrumbar. En cuanto recuperó
un poco de energía volvió a meterse a la casa de Galeana, donde armó un
alboroto atestiguado por los vecinos. Como una chiquilla, se puso a lanzar
huevos contra las ventanas y amenazó a voz en cuello con que si Hugo no la
dejaba ingresar iba a cortarse las venas.
Después de aquel drama logró que le abriera la puerta. Sin embargo, los
celos de Hugo no tardaron en gobernar otra vez la relación. Una nueva tunda
condujo a Vane al hospital; la madre le curó cada golpe, porque el dolor en el
cuerpo fue grande, pero más grave fue la pena por la pérdida del bebé. La
versión que dio a la policía sobre el aborto es distinta a la que cuentan sus
amigos: cuando fue llamada a declarar, dijo que había tropezado en las
escaleras de la casa familiar. A esa chica le sucedió como a la mayoría de las
mujeres violentadas, que prefieren ocultarse en lugar de sufrir la humillación
de la condescendencia. Si para alejarse de su antiguo maestro Vane necesitaba
un relato más terso, el maquillaje sobre las heridas era un recurso legítimo.
Cuatro meses después de ir a dar al hospital, Hugo la buscó. Esto fue en
abril de 2005, faltaban noventa días para su desaparición. Por fin, Vane pudo
decirle a la cara que no quería saber más de él, y mejor noticia fue que
lograra salir entera después. Por aquellos días Hugo colocó cámaras dentro y
fuera de su casa diciendo que así, si se presentaba aquella loca, podría llamar
a la policía para evitarse otro mal trago; ella, en cambio, narró que Hugo
tenía problemas relacionados con algo parecido al narcotráfico, y aseguró que
fue él quien se lo había contado.
125
Geazul Ponce fue la última novia que los amigos de Hugo trataron antes
de que el empresario se esfumara. La conoció cuando ambos consultaban al mismo
ortopedista. Esa vez Hugo acudió al médico acompañado de Vane, la pareja
previa; tal cosa no le impidió conseguir el teléfono de quien al año siguiente
se sumaría a la lista de sus conquistas.
En Galeana el servicio bromeaba con lo fácil que era confundirlas por
teléfono, ya que las voces de ambas eran muy parecidas. Cuando salieron por
primera vez, él dijo que todavía estaba dolido por su relación anterior. Geazul
fue tolerante con Hugo a pesar de que cada día estaba peor con la bebida; igual
que otras hicieron antes que ella, siempre había que ayudarlo con la resaca.
Geazul niega que Hugo haya sido una persona violenta, dice que nunca le levantó
la mano. No obstante, se quejó por el coqueteo enfermizo de Hugo con otras
mujeres y también de que tardara tanto tiempo para reportarse a los mensajes y
las llamadas.
En este contexto fue cuando su novio le habló de la Barbie. Según ella,
las conversaciones de Hugo con esa persona la irritaban porque cada vez se
alejaba para evitar ser escuchado. Dice que un día no pudo más y le reclamó por
esa falta de respeto:
—¿No sabe la tal Barbie que tienes novia?
Hugo estalló en risas, lo cual puso a Geazul de peor humor.
—¿Por qué te burlas de mí?
—Te tomo más en serio de lo que crees —reprendió Hugo mientras marcaba
un número de teléfono.
Geazul se sumó a la burla cuando al otro lado de la línea no respondió
una mujer sino un hombre.
—Perdón, es que estoy aquí con mi novia, que te tiene celos —comentó
Hugo con su interlocutor.
Después de colgar, ella interrogó por el apodo:
—Debe ser muy guapo tu amigo para que le digan así.
Cuenta Geazul que Hugo levantó los hombros y dijo que a la Barbie
también le gustaba el futbol americano.
Esta persona no fue la única que sembró dudas en su cabeza. La fidelidad
en su relación se parecía al destello arbitrario de una luciérnaga y eso
terminó por cansarla. La vez que quiso romper fue porque Hugo le habló sobre el
negocio del table dance; al parecer había sustituido la idea del casino por un
centro nocturno para caballeros.
No fue el negocio lo que incomodó a Geazul, sino la coartada para
emborracharse con bailarinas en bares caros. Era absurdo que no contara aún con
un local para poner su antro y, sin embargo, ya estuviera celebrando
audiciones. Aquello era un pretexto y por eso le pidió que dejaran de verse.
El sábado anterior a la desaparición de Hugo, un amigo del exnovio la
llamó por teléfono después de la medianoche; se sobresaltó, temiendo que algo
malo le hubiera pasado. Cuando Geazul tomó conciencia de que ese tipo estaba
ebrio, comprendió que andaba de parranda con Hugo. Alterada por el abuso,
estuvo a punto de colgar el teléfono.
—No seas así. No quiero perderte —dijo esta vez Hugo Alberto.
—Llama cuando estés sobrio.
—Es que tengo una herida y necesito que vengas a curarme.
—¿Ahora qué te pasó?
—Me lastimé el pie y me duele mucho.
Geazul esperó a la mañana siguiente para visitarlo. Dice que lo encontró
en un estado desastroso. En el trayecto se detuvo en una farmacia y compró
suero para rehidratarlo, también llevó desinfectante y una gasa para limpiar la
lesión que tenía en el dedo pequeño del pie. Según entendió, se había dado un
golpe feo contra la pata de una mesa.
Una vez que lo dejó roncando debajo de sus cobijas interrogó al
compinche, quien le narró las aventuras de la noche anterior. Hugo había cenado
con dos mujeres muy atractivas que no quisieron seguir la fiesta, así que ambos
hombres optaron por tomarse una botella de whisky en la casa de Galeana.
—De veras que está muy triste porque rompiste con él.
Geazul alzó los hombros indignada y abandonó el lugar cuestionándose si
quería regresar con esa persona.
El lunes siguiente, día de la desaparición, hacia las 8:20 p.m., Hugo
llamó a Geazul para decirle que esa noche vería a otra de las bailarinas que
pensaba contratar.
—Creo que es la más guapa de todas —se atrevió a comentar.
No fue fácil explicar esta historia a los comandantes que interrogaron a
Geazul más tarde. Ella sabía, por boca de Hugo Alberto, que a esas citas acudía
armado: «Así me protejo en caso de que la chava tenga un novio celoso o un
padrote que se crea dueño de la mercancía», le había explicado anteriormente.
Cuando Geazul conoció la hipótesis de la prostituta que enganchó a Hugo
para luego secuestrarlo, consideró que, de haberse citado con una mujer así,
habría llevado encima alguna de sus pistolas. Para corroborar esa versión fue a
buscar la maleta a la casa de Galeana, y ahí descartó que la noche anterior se
hubiera citado con una desconocida. La bolsa con las pistolas estaba intacta en
la parte superior del armario.
La trabajadora del hogar también estaba alterada con la noticia de la
desaparición. La chica llevó a Geazul al baño para mostrarle que Hugo no se
duchó antes de salir; aquello era extraño porque recién había regresado del
gimnasio con la ropa sudada. Para confirmar que no llegó a dormir, la empleada
mostró la cama sin destender y también las prendas deportivas que él dejó sobre
el piso del baño.
—¿Cómo estaba de ánimo antes de irse? —quiso saber Geazul.
—Andaba preocupado. Le di de cenar en la cocina y me dijo que se iría a
dormir temprano. Entonces recibió una llamada que lo alteró —contó la
trabajadora del hogar.
—¿Alcanzaste a escuchar si la persona que llamó era una mujer?
—No, pero el guardia que cuida la privada me dijo que, después de que se
fue, el señor Hugo llamó para informarle que iría al cine con una vieja.
Geazul sintió un pinchazo, pero luego reflexionó que aquello no
cuadraba. Hugo era vanidoso. Si se hubiera citado con una nueva amiga, una dama
de compañía o con una bailarina de table dance, no habría acudido sin bañarse
antes. Por otra parte, si el encuentro implicara algún riesgo, hubiera cargado
con la pistola. Aquello no tenía sentido, a no ser que su exnovio saliera
aquella noche para encontrarse con alguien a quien le tenía mucha confianza, es
decir, un buen amigo, o quizá un integrante de su familia: alguien tan cercano,
pues, como para no tener que bañarse al regresar del gimnasio.
Después de conversar con la trabajadora, Geazul fue a la planta baja de
la casa, donde Hugo Alberto tenía su despacho. Al abrir la puerta se encontró a
Claudia Wallace, su excuñada, con quien Hugo no se hablaba por aquel tiempo;
incluso había dado órdenes para que ella no ingresara a la casa en su ausencia.
Geazul prefirió no meterse en problemas, pero no consiguió ser amable. Tampoco
Claudia Wallace la trató con cercanía. Para mejorar la temperatura del
encuentro, Geazul preguntó si la familia ya había llamado a Locatel, el número
telefónico del gobierno para reportar, entre otros asuntos, a personas
extraviadas. La hermana respondió con indolencia que desconocía si su mamá o
alguien más lo hizo.
Entre los papeles de Hugo que su hermana revolvía, Geazul distinguió
correspondencia a su nombre: eran los estados de cuenta de una tarjeta de
crédito que llegaban a la casa de su exnovio. Así que, sin dar mayor
explicación, tomó esos papeles y partió de la casa de Galeana.
Ese mismo martes 12 de julio de 2005, a las 9:15 p.m., entró al teléfono
fijo de la casa de Geazul una llamada realizada desde uno de los dos
dispositivos celulares que Hugo llevaba consigo la noche anterior, cuando
supuestamente fue plagiado. Para ese momento, según la confesión de Juana
Hilda, Hugo llevaba más de dieciocho horas muerto. A pesar de su enorme
importancia, nadie indagó después sobre esta llamada, que habría durado más de
un minuto.
Geazul niega que esa comunicación haya tenido lugar, pero las facturas
de la línea de Nextel eliminan cualquier duda. Tanto si fue Hugo quien llamó a
casa de Geazul, como si fue otra persona —pretendidamente sus plagiarios—,
habría sido fundamental para la investigación conocer los detalles de esa
comunicación.
126
Geazul Ponce cree que, de no haber sido por el comandante Franco —quien
de tanto convivir terminó tomándole cariño—, probablemente también la habrían
puesto tras las rejas. Ayudó, además, que contara con el apoyo de su papá y,
sobre todo, con un abogado que él contrató.
Entre los muchos asuntos que ella debió abordar durante los
interrogatorios, tres fueron los más relevantes: la maleta, la Barbie y la
herencia:
—¿Cómo sabe que dentro de esa maleta había armas? —interrogó el
comandante Franco.
—Es la cuarta vez que respondo a esa pregunta: ¡lo sabía porque cuando
éramos novios me las enseñó!
El comandante hizo pasar a un colega que puso sobre la mesa una maleta
negra de las que suelen utilizarse para ir al gimnasio, pero un poco más
grande.
—Aquella maleta, ¿se parecía a esta otra?
Geazul negó con la cabeza.
—La de Hugo que contenía las pistolas es más ancha y tiene otros
dibujos.
—Mírela bien —ordenó el agente.
A Geazul le pareció que, al cuestionarla, esos sujetos actuaban para
alguien más.
—La maleta con las pistolas es diferente —insistió.
—Te vas a meter en problemas si no nos dices la verdad —dijo un agente
de apellido Palemón.
—¿Qué verdad? —se atrevió a preguntar Geazul, mirando directamente a los
ojos del funcionario.
—¿Tú sabes dónde está la maleta con el dinero?
Esa fue la primera noticia que Geazul tuvo sobre ese otro equipaje.
—No sé de qué me habla.
—Del dinero, niñita.
—¿Qué es realmente lo que están buscando? —cuestionó ella.
Palemón bajó la voz:
—Una maleta con billetes —se aventuró a soltar.
Geazul sintió un escalofrío. Lo que estaba preguntando ese señor
implicaba que el secuestro podría tener relación con los problemas en los que
Hugo había estado antes involucrado.
Fue el comandante Franco quien zanjó el primer asunto, dando por bueno
que Geazul no sabía nada al respecto. Entonces Palemón, en su papel de policía
malo, procedió a cuestionarla sobre la Barbie.
Con desparpajo, Geazul repitió la anécdota del individuo con sobrenombre
de mujer.
—¿Conociste a esa persona?
—De conocerlo, nada. Hugo se comunicaba con él por teléfono.
Fue también en ese búnker que Geazul se enteró de que la Barbie era un
narcotraficante muy buscado por la policía. Un tipo de origen mexicano, pero
con nacionalidad estadounidense, cuyo verdadero nombre era Édgar Valdez
Villarreal. El mismo que, se sabría más tarde, fue pareja de Juana Hilda.
Aún abrazada por el asombro, Geazul miró con detenimiento una fotografía
que pusieron frente a sus ojos.
—Jamás lo había visto —repitió mientras consideraba que a ese hombre no
lo habían apodado la Barbie por guapo.
Ella supuso que aquella sesión interminable por fin concluiría: no tenía
idea de alguna maleta con dinero, y tampoco conoció a ese amigo de su exnovio.
Sin embargo, antes de dejarla en paz los agentes le entregaron un papel que
debía firmar. Después de leerlo Geazul se sintió humillada: para liberarla,
ella tenía que renunciar a cualquier pretensión de heredar bienes de su
exnovio.
—¿Por qué suponen que Hugo está muerto? —cuestionó sin comprender. No
habían trascurrido suficiente tiempo de la desaparición y esa gente ya estaba
hablando de herencias.
Los comandantes hicieron como si no la hubieran escuchado. Para ese
momento ella había perdido la cuenta de las horas que la tuvieron encerrada.
Por fin, como por arte de magia, después de estampar su nombre en esos
papeles la dejaron al margen, al grado de que en el expediente no guardó
registro de los interrogatorios sostenidos por el comandante Franco y el agente
Palemón sobre los temas más delicados. Obviamente tampoco quedó rastro del
documento que aquellos policías la obligaron a firmar.
127
Geazul Ponce cuenta que no le fue fácil superar a Hugo porque estaba
enamorada y también por la manera tan desagradable como la trataron la policía
y la señora Wallace. Entonces creyó que nada peor iba a pasarle. No obstante,
cuando menos lo esperaba —después de varios meses de la desaparición—, el
exnovio volvió a meterse en su vida: «Hay un Starbucks por División del Norte y
calzada de las Brujas, yo iba manejando y lo vi en el asiento del copiloto de
una camioneta grande; detrás lo seguía otro carro con guaruras. Él también me
miró. Sentí como si el estómago se me escurriera a los pedales. Hugo levantó la
mano para saludar y luego alzó los hombros como quien pide una disculpa; más
bien, como quien dice “ni hablar, me cachaste”».
Su camioneta siguió de frente en cuanto el semáforo cambió a verde. En
sentido contrario, Geazul tuvo que hacer lo mismo porque los carros detrás de
ella no le tuvieron consideración. Poco tardó en tomar conciencia del lugar y
la hora; aquel cruce de avenidas estaba a unos cuantos metros del Colegio
Aztlán, la escuela a la que acudía la hija mayor de Hugo. Era justo el horario
de la salida de clases.
Cuando Geazul llegó a casa, su corazón seguía encabritado. ¿Quién iba a
creerle? Probó primero con sus padres, que no hicieron ningún esfuerzo por
ocultar su escepticismo. Asumieron que el deseo por saber vivo a Hugo le había
provocado aquel error de percepción. Ella enfureció: no le cabía duda de que el
tripulante de aquel vehículo era su novio. De otra manera, ¿cómo explicar que
hubiera reaccionado con ese gesto de disculpa?
Todo se habría agotado en una breve anécdota de no ser porque poco
después sonó el teléfono de su casa y escuchó la voz de un hombre cuyo acento
no era mexicano. Afirma que pudo haber sido colombiano o quizá venezolano; en
cualquier caso, seguro que era extranjero. El sujeto anunció que tenía un
mensaje importante para ella y que por favor no se asustara.
Esa comunicación le provocó una sensación de triunfo; siempre supo que
Hugo estaba vivo. No tenía otro argumento que su intuición, y por eso continuó
buscándolo hasta que sus pesquisas tuvieron consecuencias nefastas. De no ser
por el abuso que sufrió en el búnker, habría seguido indagando hasta dar con
él.
—Quiere verla —resumió el interlocutor.
—A mí también me gustaría —respondió Geazul.
—Nos ha pedido que organicemos una cita.
—¡Está bien!
—Hay algunas condiciones…
Geazul se burla de sí misma al narrar los detalles de esa llamada, que
la hizo sentir como protagonista de una película de espías.
—Pasaríamos a buscarla a su casa cuando usted diga.
De nuevo fue la intuición la que le proporcionó agallas para aceptar. En
el fondo de su corazón, afirma, asumió que Hugo le propondría irse con él al
lugar donde se hallaba escondido.
Cambió el rumbo que tomaban esos eventos su propia incapacidad para
dejar a sus padres al margen de la decisión que iba a tomar. Ellos tuvieron que
recordarle cuánto sufrió por culpa de Hugo: ¿había olvidado las acusaciones que
hizo la señora Wallace en su contra y las interminables horas que pasó aislada
mientras la interrogaban? El padre se atrevió también a mencionar la fortuna
que debió pagar al abogado que la ayudó a salir del atolladero.
¿Y si aquella cita era otra trampa? Si era cierto que Hugo vivía, cabía
contemplar que esa gente quisiera borrarla del mapa por la mala suerte de
haberse topado con él frente al colegio de su hija. Además, no podía estar
segura de que en realidad fuera Hugo quien proponía el encuentro.
Veinticuatro horas después, tal como acordaron durante la llamada,
acudió a su domicilio una camioneta que a ella le pareció idéntica a la que vio
antes frente al Colegio Aztlán. Fue su padre quien se encargó de despachar a
esos señores con la exigencia de que no volvieran a molestar. Por la ventana de
su habitación, Geazul vio cómo se alejaba la última oportunidad de recuperar a
Hugo.
Durante las semanas posteriores consideró informar a la policía. Aún
conservaba los datos del comandante Franco. Antes de equivocarse quiso
consultar con su abogado, y se reunieron en un café dentro del centro comercial
donde también estaban las salas de cine a las que ella y Hugo acudían cuando
eran novios.
Como si el destino quisiera corroborar su arbitrariedad, Geazul creyó
ver a Hugo justo cuando le contaba al licenciado sobre el encuentro en aquel
cruce de calles y la llamada telefónica. Sin explicar nada, echó a correr
porque esa vez sí estaba dispuesta a encararlo; tenía tantas cosas que decirle.
¿Quién se creía para engañar a gente inocente mientras él se paseaba campechano
por los mismos lugares de siempre?
Geazul asegura que, como la ocasión anterior, Hugo no andaba solo: lo
custodiaban dos tipos altos y robustos cuya corpulencia imitaba cada paso dado
por su exnovio. Ella acepta que cometió un error al gritar su nombre antes de
darle alcance. Al percatarse, aquellos hombres apretaron el paso escondiéndose
en el tumulto. De tenerlo a unos cuantos metros, Hugo simplemente desapareció.
Cuando volvió a la mesa donde dejó plantado al abogado, Geazul tuvo el
pudor de ahorrarse la explicación real de su exabrupto. Con paciencia, el
licenciado concluyó que era mejor acudir juntos a la procuraduría: si por algún
motivo estaban intervenidos el teléfono de Geazul o el de la persona que se
comunicó a casa de sus papás, la policía podría necesitar una explicación. Sin
embargo, de nada sirvió la denuncia. Como tantas otras cosas que ella declaró,
nada que pusiera en duda la desaparición o la muerte de Hugo Alberto permaneció
en el expediente. Afirma que después de esa última visita a la procuraduría
nadie volvió a importunarla. Sus padres creen que fue Hugo quien giró órdenes
para que la dejaran en paz; ése fue su gesto de despedida.
Ella no sería la única mujer a la que Hugo contactara durante aquellos
meses. Laura Domínguez cuenta un episodio muy parecido al de Geazul; sin
embargo, ella sí acudió a la cita organizada por los hombres de acento
extranjero.
CAPÍTULO XXIV
128
Laura Domínguez, la que fue su vecina, se refiere al resto de las amigas
de Hugo como «las viudas», porque ese hombre les cambió la vida. Él es la zona
cero desde donde tuvieron que volver a ponerse en pie. No fue su aparición lo
que las marcó, tampoco su desaparición: el verdadero vórtice fue su
reaparición. Hugo no resucitó al tercer día, sino después del tercer mes, y
continuó haciendo visitas sin regularidad durante más de un año. Casi las
vuelve locas porque al mismo tiempo que daba señales, su madre y el gobierno
obligaban a darlo por muerto.
Nadie se merecía todo aquello y Laura menos que el resto, porque fue la
amiga más leal, pero a esa mujer también la metieron desnuda a un sótano para
tomarle fotografías: la señora Wallace la acusó públicamente de ser una
criminal y la policía la investigó junto a su novio de entonces, José Luis
Moya, por el delito de extorsión. Han pasado años desde eso, aunque como el
resto de «las viudas» conversa sobre aquellos hechos como si hubieran sucedido
ayer:
Luego de fotografiarla, fue trasladada a una sala de interrogatorios
donde la aguardaban dos altos funcionarios de la procuraduría. Para ese
momento, Laura conocía bien a esos sujetos ya que se encontraban en la cima de
la cadena de mando, reportando directamente al poderoso fiscal José Luis
Santiago Vasconcelos.
Laura no posee una personalidad manipulable ni parece fácil de quebrar.
«No tengo nada que esconder», se dijo para darse ánimo. Primero le preguntaron
por el origen de su relación con Hugo, y luego quisieron saber si habían sido
pareja. Laura afirmó que entre ellos nunca hubo una relación romántica, pero
eran cercanos en muchos otros terrenos.
Los padres de ella no lo querían porque temían que la atrajera a sus
desmanes, aunque él tuvo siempre la capacidad de defenderla incluso de sí
mismo. Después de divorciarse, Hugo habitó varios años en la casa contigua a la
de los padres de Laura. Desde ahí, en 2003, tuvo que huir por la azotea de su
vecina. Después de ese episodio se mudó a la casa de Galeana, en el barrio de
San Jerónimo Lídice. Casi al mismo tiempo, Laura y su hijo se instalaron con
José Luis Moya. Aun así, los antiguos vecinos continuaron frecuentándose. Ella
relató a los interrogadores que la última vez que lo visitó en su nuevo hogar
lo encontró muy deprimido; en aquella ocasión Hugo Alberto le dijo que no podía
más.
Laura se enteró de la desaparición porque una hermana de la señora
Wallace, la tía Nini, se lo informó. Esa mujer, cuyo nombre de pila es
Asunción, era también su vecina. Laura quedó devastada. Se inventó todo tipo de
historias. No puso en duda el secuestro, pero fue más abierta que la familia de
Hugo Alberto para explorar otras razones sobre lo ocurrido con su amigo.
Laura asegura que, de no haber sido en ese momento pareja de José Luis
Moya, habría dejado el episodio por la paz:
—Habría vivido mi duelo y hasta ahí —comentó con los agentes del
ministerio público.
—Explíquese.
—Yo no tenía los mismos alcances que Moya, entonces, me hubiera pasado
lo mismo que a la mayoría: resignarme. Sin medios para investigar, habría
seguido adelante con mi vida.
José Luis Moya es mayor que Laura; por aquella época rondaría cuarenta y
cinco y ella no había aún cumplido los treinta. Moya había estudiado derecho en
la misma universidad que el presidente Felipe Calderón, y estaba bien conectado
con gente que ocupaba puestos importantes en el gobierno. Además, le gustaba la
investigación y tenía idea de dónde buscar, así que no dudó en prestarle ayuda
a su novia en cuanto ella se lo pidió.
Antes de indagar por su lado, Laura se reunió con la señora Wallace, a
quien conocía desde su adolescencia. Dice que fue gracias a Moya que la mamá de
Hugo entró en contacto con el senador Federico Döring, quien a su vez la
presentó con el fiscal Santiago Vasconcelos. Sin embargo, al seguir Laura los
pasos de la señora Wallace como si fuera su sombra, comenzó a albergar las
primeras dudas; así se lo confesó a los funcionarios de la procuraduría. No es
que desconfiara del plagio, sino que la señora se había arrojado a la invención
de un mito desapegado de la biografía de Hugo. Era como si la madre tuviera
prisa por lavar los pecados del hijo antes de inmortalizarlo.
Luego recibió el primero de los mensajes que la obligaron a cambiar de
opinión:
—El cumpleaños de Hugo Alberto es el 12 y el mío el 19 de octubre. Desde
siempre, pasara lo que pasara, nos llamábamos alrededor de esas fechas. Por
obvias razones creí que ese ritual ya no se repetiría; sin embargo, me envió un
mensaje de texto.
—¿Cómo puede estar segura de que esas líneas fueron redactadas por Hugo
Alberto Wallace?
—En un principio creí que los secuestradores habían conseguido mi número
para extorsionarme también.
—¿Por qué no nos reportó el hecho inmediatamente?
—Iba a hacerlo, pero el tono de la comunicación me dejó dudosa.
—¿A qué se refiere?
—Lo comenté con Moya, porque él entiende mejor que yo de estas cosas.
Nos preguntamos por qué, si el saludo provenía de los criminales, no sonaba
amenazante.
—¿Qué le decían?
—Que cómo estaba.
—¿Qué hizo entonces?
—Tomé el consejo de mi novio y comencé a formular preguntas sobre datos
y hechos respecto de los cuales únicamente Hugo y yo teníamos conocimiento.
—¿Como qué? —preguntó uno de los fiscales.
—Fechas, cosas, sólo eso.
—Denos un ejemplo.
—Concretamente, le pregunté por un anillo y la fecha que llevaba grabada
por dentro.
—¿Respondió?
—Sí, de inmediato, y nadie más, aparte de mí, tenía esa información.
Después de cuatro o cinco comunicaciones no dudé más. Quien me felicitaba por
mi cumpleaños era el Hugo de siempre. Todos esos mensajes quedaron registrados
en mi teléfono y también en el de Moya, a quien le envié copia de los archivos.
Si no me creen, pregúntenle. Lo tuve como testigo de todo esto.
—Ya lo hicimos —sentenció uno de los fiscales.
—Entonces, ¿saben de qué hablo?
Ambos asintieron como si el asunto no tuviera importancia, pero Laura no
se rindió.
—Después llegó el primer mensaje de voz. Me asusté porque era él y
también porque reconocí el tono que empleaba cuando estaba intoxicado. Era
evidente que a Hugo se le habían salido las cosas de las manos.
Laura se lo había advertido. No fueron una ni dos veces, aunque de nada
sirvió que le implorara dejar la fiesta, que se apartara de esa mierda y que
abandonara a esos amigos.
—¿Tenía amigos narcotraficantes? —interrumpió uno de los interrogadores.
—Nunca me lo dijo —respondió lacónica—, pero algunos no eran gente
buena.
—¿Qué hizo usted después?
—¿Después de recibir los mensajes de voz?
Los funcionarios asintieron.
—Pues lo mismo que había hecho antes, hablé con Moya. Él me recomendó
que buscáramos a un alto funcionario de la procuraduría del Distrito Federal
que era su amigo. Teníamos que decirle lo que suponíamos, que Hugo se había
escondido por su propia voluntad.
129
Moya convenció al subprocurador del Distrito Federal, para que les
permitiera revisar el expediente. Era la primera vez que Laura Domínguez se
enfrentaba al horrible lenguaje de los abogados; nada la detuvo porque estaba
segura de que al otro lado de ese legajo asomaría la cabeza de Hugo. Si existía
alguna manera de reconciliar la versión del secuestro con los mensajes de su
teléfono, la encontraría dentro de esas páginas.
Después de varios días de gastarse los ojos, Laura llegó al mismo puerto
del que había partido: el caso estaba bordado por un número desproporcionado de
incongruencias. Era imposible que a Hugo lo hubieran plagiado. ¿Por qué Isabel
se había inventado tan tremenda historia?
«Tú, como madre, si secuestran a tu hijo, no vas a saber dónde encontrar
el carro; sin embargo, en este caso no habían pasado ni doce horas cuando la
señora ya sabía dónde estaba estacionada la camioneta, en qué departamento lo
habían secuestrado y quiénes eran los plagiarios. Tanta coincidencia sólo puede
ser inventada».
Laura razonó que debía enfrentar a la madre de Hugo para hablar de lo
que descubrió en el expediente y también sobre los mensajes recibidos. El
encuentro sucedió en una cafetería del sur de la ciudad. Al llegar a la cita,
encontró blindado el sitio por un contingente grande de guaruras; si bien en un
principio la inhibió aquel despliegue de testosterona y armas, era tan grande
su decisión de encontrar la verdad que pasó por alto aquella circunstancia.
Llevaba una carpeta con documentos a partir de la cual intentó abrirse
paso, mostrando los huecos que hallara en el expediente. La madre de Hugo
recibió fatal aquel discurso. En vez de prestar atención, la señora Wallace
preguntó con acritud con quién más había hablado del tema. Sin frenarse ante la
interrupción, Laura continuó mostrando el resto de sus hallazgos. Dijo que le
pareció extraña la mentira a propósito de la paternidad de José Enrique
Wallace. Si todas las personas cercanas a Hugo sabían que su papá era otra
persona, ¿cuál fue el propósito de engañar a la autoridad?
Reclamó también que ocultara a la policía el alcoholismo de Hugo y su
adicción a las drogas. Si antes de desaparecer Hugo le había dicho que ya no
podía más, cabía suponer que lo mismo hizo con su mamá. Otra cosa que la
autoridad debía saber era que su amigo tenía trato con gente peligrosa; no
debía descartarse la posibilidad de que uno de esos conocidos le hubiera hecho
algo malo. ¿Qué tal si tuvo que esconderse?
Isabel estalló contra la insolencia de Laura. ¿Quién era ella para poner
en duda la honorabilidad de su hijo? Hugo fue secuestrado en el edificio de
Perugino, y por el susto que le dieron murió de un paro cardiaco. Entonces lo
descuartizaron y tiraron sus restos en Xochimilco. La bailarina Juana Hilda
González confesó todo, hasta el último detalle, y no faltaba mucho para que el
resto de la banda confirmara lo dicho por ella.
—Isabel, estás confundiendo a la policía —dice Laura que insistió—;
inventaste una historia que sólo está en tu imaginación.
—Mi hijo no es ningún delincuente.
—Yo no he dicho eso, pero tiene amigos metidos en asuntos turbios y tú
lo sabes —refutó Laura.
—Tú eres esa amistad nociva que mi hijo jamás debió frecuentar —opuso la
señora Wallace.
Ambas habían extraviado los papeles cuando Laura decidió mostrar su
última flecha: las comunicaciones sostenidas con Hugo durante los meses
posteriores a su desaparición. Isabel frenó en este punto la conversación, se
puso en pie y la dejó sola en el local.
Pocos días después la señora Wallace denunció a Laura y a José Luis Moya
por haber querido extorsionarla: según información recogida por la prensa, le
habrían exigido diez mil dólares a cambio de no revelar información que pondría
en aprietos el proceso judicial.
130
El lunes 12 de junio de 2006, mientras circulaba en su automóvil, Moya
fue detenido por la policía. La noticia apareció en algún diario bajo el
titular «Cae presunto extorsionador». Lo interrogaron durante varias horas sin
autorización de un juez. Aquella gente no tenía una sola prueba en su contra;
si la señora lo había acusado, debía tener evidencia que lo incriminara, pero
eso era un pretexto y Moya lo sabía. No lo dejaron libre hasta que prometió que
regresaría acompañado por Laura.
El martes 13 ambos se presentaron pasadas las siete de la mañana. Laura
asegura que en su caso los agentes no fueron amables: fue conducida como si se
tratara de una delincuente a un sótano donde le ordenaron que se desnudara. El
protocolo aplicado con ella no estaba previsto para los testigos, y menos aún
contra personas que acudían a ese lugar por su propio pie. Sin embargo, le
tomaron fotografías y se le practicó un examen tan exhaustivo como vejatorio
que la dejó temblando.
Se le prohibió estar acompañada por Moya o por cualquier otra persona
que le prestara asesoría legal, tampoco le permitieron llamar a sus padres.
Aquella sesión hostil comenzó a las siete de la mañana y concluyó a las nueve
de la noche. Mientras Laura respondía a las preguntas sobre el origen de su
relación con Hugo, no dejaba de pensar en Juana Hilda González. Había leído las
declaraciones de la bailarina, incluida aquella en que supuestamente confesó su
participación en el secuestro; también tenía en mente el escrito donde se
retractó argumentando que fue torturada. Si así la maltrataban a ella, la mejor
amiga de Hugo, no podía imaginar cuántas cosas debieron hacerle a esa muchacha.
La principal razón de su angustia era el nombre de uno de los dos
sujetos que la interrogaban, ya que él mismo estuvo presente durante la
supuesta confesión de Juana Hilda y luego puso su firma al calce para
certificar aquellas declaraciones.
Cuando llegó al punto en que debía denunciar los mensajes que Hugo dejó
en su celular, imaginó que esa gente cambiaría sus modales, pero ambos
funcionarios ya tenían noticia de tales comunicaciones.
—¡Ahí está la prueba de que Hugo vive! —reformuló Laura alzando la voz.
En ese momento uno de los fiscales abandonó la sala para regresar con el
teléfono de Laura. Al reconocer el dispositivo, a ella se le iluminó el rostro:
—Todo está ahí dentro, permítanme mostrarles.
Como si fueran siameses, aquellos hombres bajaron en simultáneo la
mirada.
—Este aparato se quedará aquí para que la policía científica lo analice
—informaron.
La esperanza que segundos antes la mordiera se transformó en depresión.
Temió estar a punto de volverse loca. ¿Por qué a esa gente no le parecía
relevante que Hugo estuviera vivo? ¿Por qué no prestaban atención a la
evidencia que ella quería mostrarles? Consideró por un momento que jamás la
dejarían salir de ahí. Odió también a Moya. Nunca debió dejarse arrastrar así a
la boca del monstruo.
Tan ensimismada estaba que tardó en darse cuenta de que los funcionarios
se habían puesto en pie. ¿Acaso la pesadilla iba por fin a terminar? Ambos
anunciaron que la dejarían tomar un descanso antes de proseguir con el
interrogatorio. Laura continuaba sin entender nada.
La soledad sirvió para devolverle claridad y también coraje. Si la
querían acusar de algo, mejor que se apuraran, porque de lo contrario llevaría
a juicio a esos dos señores. Moya debía de estar afuera de esa oficina,
seguramente acompañado de un abogado. Quizá también se encontraba su padre, que
en ninguna circunstancia la dejaría sola.
Volvió a abrirse la puerta de la sala y Laura, muy sorprendida, vio a la
madre de Hugo atravesar aquel umbral de pálida luz amarilla. La ira la envolvió
desde su cabellera hasta la parte baja de la espalda, como el caparazón de una
inmensa tortuga. ¿Qué hacía la señora Wallace ahí dentro?
Apenas la escuchó hablar, tuvo la impresión de hallarse frente a una
persona que desconocía. Era como si esa mujer manifestara a la peor bestia que
habitaba en su interior:
—¡Entrégame a mi hijo! —dice que le gritó.
Laura pegó un brinco hacia la pared.
—Tú eres madre, tú sabes del dolor que se siente; regrésame a mi hijo.
—¿De qué hablas, Isabel?
—No lo niegues. Eres una criminal, igual que el resto de tus cómplices.
Haré que paguen por todo lo que me han hecho.
Laura relata que, al escuchar aquella barbaridad, en vez de amilanarse
le regresó la seguridad para hablar. Ahora era su turno para desahogarse:
—Conmigo no tienes por qué actuar. Se te está cayendo el teatro —afirmó.
—Cuando tu hijo crezca y tú no estés para cuidarlo, te vas a arrepentir
—amenazó la señora Wallace.
—No me hables de maternidad. Si alguien sabe cuánto hiciste sufrir a
Hugo, ésa soy yo. Estás muy lejos de ser la madre perfecta que te has
inventado.
—¡Cállate, criminal!
—¿Dónde estabas en las crisis de angustia de Hugo? ¿Dónde te escondiste
cuando dijo que ya no podía más? Si tuvo que salir huyendo fue por tu culpa. Tú
eres su madre y sabes dónde buscarlo.
Aquella sala de interrogatorios vio inflamarse un inmenso hongo de
palabras. Con todo, Laura consiguió lo que buscaba: alguna de sus lanzas había
tocado el corazón de la adversaria, quien abandonó el sitio llevándose su
furia.
Un minuto después volvió a abrirse la puerta. Entonces, un nutrido grupo
de hombres encapuchados rodearon las cuatro paredes, arrojando a Laura al
diminuto centro que sus corpulencias dejaron libre. Aquella había sido una
victoria efímera. De esos bultos humanos únicamente alcanzaba a distinguir sus
miradas inexpresivas; era evidente que tenían bien ensayada su coreografía.
Mientras tanto, la incertidumbre la dejó paralizada. En esa especie de limbo
maléfico transcurrieron los últimos veinte minutos dentro de la sala de
interrogatorios.
Cuando menos lo esperaba volvió uno de los dos fiscales, quien ordenó a
esos hombres que abandonaran la sala. Luego informó a Laura que era libre de
pasar a la recepción para firmar su salida, ahí le entregarían sus objetos
personales, todo excepto su teléfono celular.
Antes de las diez de la noche llegó en taxi a su casa. No encontró a
Moya y tampoco a su hijo; marcó el número de su padre, quien no tardó en estar
a su lado para abrazarla. Nada de lo que declaró aquel día frente a los
fiscales fue registrado en el expediente. Según el aparato de justicia, Laura
no fue detenida contra su voluntad, tampoco tuvo un pleito explosivo con la
señora Wallace ni le arrebataron el dispositivo celular. De no ser porque Moya
fue víctima y testigo de los mismos hechos, Laura pudo haber sido acusada de
inventárselo todo.
131
Después de aquel interrogatorio, Laura tuvo que ser atendida por un
psiquiatra para controlar la ansiedad; el problema vino cuando le prescribió
medicamentos que, en vez de tranquilizarla, la pusieron peor. Su mamá creyó que
había querido quitarse la vida, pero eso era falso. La receta la tumbó en cama
durante varios días.
Mientras tanto, José Luis Moya la presionó para que denunciara a esos
funcionarios de la procuraduría, también propuso que hicieran públicos los
hallazgos que juntos habían realizado a propósito del falso secuestro de Hugo.
—¿Ante quién podemos denunciar? —se burló Laura.
—No estoy hablando de la policía, llevemos el asunto con la prensa
—precisó Moya.
Laura era consciente de que su pareja sabía mejor cómo lidiar con tales
asuntos. Él le habló del periodista Ciro Gómez Leyva, a quien entonces
consideraba su amigo.
—Vamos a su programa de radio, es la única manera de evitar que esa
señora vuelva a meterse contigo. Si la denunciamos públicamente, no se atreverá
después a hacerte daño. Piénsalo como si fuera una vacuna: en caso de que te
llegara a pasar algo, todo mundo le echaría la culpa. Sería demasiado obvio,
pues —insistió Moya.
A diferencia de las otras víctimas del caso Wallace, que esperaron
muchos años para que un periodista quisiera escucharlas, los vínculos de Moya
con Gómez Leyva le consiguieron un micrófono con buen volumen para que la
versión de Laura fuese atendida. Aún es posible recuperar fragmentos de esa
conversación en la plataforma YouTube; ahí puede constatarse que Laura habló
poco, mientras que Moya no perdió un solo segundo al aire para decir todo lo
que la gente desconocía. En dicho espacio afirmó que Hugo no fue secuestrado y
que tampoco estaba muerto.
—¿Qué pruebas tienes de lo que están diciendo? —cuestionó el conductor
del programa.
—Para empezar, Ciro, debo decirte que las personas acusadas de ser
secuestradoras eran en realidad amigos de Hugo Alberto. ¿Dónde se ha visto que
delincuentes tan profesionales como los que ha presentado la señora Wallace
escojan a un amigo como víctima? —preguntó Moya.
Al tiempo que la pareja de Laura hablaba, mostró al conductor una
fotografía donde Hugo y Jacobo aparecen juntos.
—También es mentira —añadió Moya— que el señor José Enrique Wallace sea
el padre de Hugo Alberto. Esto es relevante porque en el departamento donde
supuestamente murió este hombre apareció un rastro de sangre que, al
analizarlo, hizo match con el ADN del señor Wallace.
—Y usted, Laura, ¿qué tiene por decir? —desvió la conversación el
periodista.
—Yo sólo quiero que mi amigo aparezca —respondió tímidamente.
Temiendo que la oportunidad se les escapara, Moya volvió a tomar la
palabra:
—Además, Hugo Alberto no es la blanca paloma que todos pintan: trae
encima una sentencia por contrabandista y su mamá también ha tenido problemas
con la justicia.
Las imágenes de esa entrevista delatan el efecto que los medicamentos
habían tenido sobre Laura: a diferencia de Moya, en ese intercambio ella parece
ausente.
Ninguno esperaba lo que ocurrió después. A mitad de la entrevista, Ciro
Gómez Leyva anunció que la señora Wallace había llamado por teléfono al
programa solicitando derecho de réplica, y dijo también que no podía negarse a
esa petición. Después de saludar, el conductor lanzó a bocajarro una primera
pregunta para la madre de Hugo Alberto:
—¿Cómo explicas, Isabel, la fotografía aportada hace un momento por José
Luis Moya? ¿Es cierto que Jacobo Tagle y tu hijo eran amigos?
—Se trata de una noticia vieja —atajó ella—. Yo misma proporcioné ese
retrato a las autoridades. Claro que Jacobo puso a mi hijo en manos de César
Freyre y del resto de la banda, que se conocieran no frenó a ese delincuente a
la hora de hacerle daño.
—No es cierto —interrumpió Moya— que eso haya ocurrido así. Quien puso a
Jacobo para que fuera señalado como criminal fue la señora Wallace.
Isabel se desesperó:
—Si me permites, Ciro, ahora me toca hablar a mí: desde que sucedió esta
tragedia, que tanto ha lastimado a mi familia, me he encontrado con mucha gente
vividora, con estafadores, con personas muy sucias; quiero preguntarle al señor
Moya y a la señora Laura, ¿cuál es el interés de ellos en este asunto? Y es que
a mí no me queda claro, ¿cómo puede ella llamarse amiga de Hugo si se atreve a
negar el sufrimiento que hemos tenido?
Moya intentó volver a intervenir:
—Hugo no es quien usted dice…
—En primer lugar, Hugo, lo puedo probar, es un empresario con una
trayectoria impecable; ustedes no pueden mancharlo con sus calumnias. Esta
situación es ruin y juro que voy a tomar medidas contra sus bajezas.
Cuando la entrevista concluyó, Laura temblaba. No podía quitarse a su
propio hijo de la cabeza; estaba convencida de que, apenas pusiera un pie en la
calle, la policía estaría afuera para llevársela de nuevo. Esa misma tarde,
Laura hizo sus maletas y regresó a casa de sus padres.
132
Pocos días después de asistir a aquel programa de radio, Hugo volvió a
salir de su escondite para comunicarse con Laura. Los mensajes llegaron a su
nuevo dispositivo: ella dice que sintió un escalofrío cuando él propuso que se
encontraran. En algún lugar, la alivió confirmar que no se había vuelto loca;
por eso aceptó sin cuestionar nada a pesar de que Hugo fijó varias condiciones
para verla. Primero, tendría que confiar en las instrucciones que iba a darle;
segundo, no debía decirle nada a nadie, y tercero, aceptaría que unas personas
desconocidas la llevaran al lugar donde iban a encontrarse.
Un par de horas después, sobre la avenida Acoxpa, pasó a buscarla una
camioneta grande en cuyo interior encontró a varios hombres vestidos de traje y
corbata que hablaban español, pero con un acento que no era del país. Uno de
esos sujetos, con amabilidad, pidió que se colocara sobre la cabeza una
capucha, ya que otra de las condiciones era que ella no pudiera reconocer el
sitio donde se celebraría la reunión con Hugo.
La única pista que obtuvo sobre el lugar al que la llevaron fue el ruido
de aviones, por este motivo supone que la condujeron cerca del aeropuerto. Tal
como prometiera, ahí estaba Hugo: se abrazaron porque no lo habían hecho en
mucho tiempo. Laura tenía tantas cosas que preguntarle, pero fue su amigo quien
tomó la batuta del encuentro. Ella afirma que no se veía bien, estaba más
delgado y parecía triste; Laura se convenció de que era una víctima más del
caso Wallace. Hugo estaba enterado del interrogatorio al que la habían sometido
los fiscales, también de los pleitos que traía con su mamá, y por ambas cosas
le ofreció una disculpa.
El motivo de ese encuentro —explicó— era pedirle que dejara de buscarlo;
dijo que todo estaba bien, aunque si seguía investigando, las cosas podrían
complicarse para ambos. Laura no se resignó a guardar silencio. Había aceptado
las reglas impuestas por Hugo a cambio de conseguir respuestas: ¿quiénes eran
esos hombres que la habían traído hasta ahí? ¿Por qué se escondía?
Las interrogantes eran tantas que Laura terminó por abrumarlo; era obvio
que Hugo no podía responderlas todas. Sin ninguna transición, él viró
bruscamente de tema para proponer que lo acompañara a Estados Unidos. Las
personas que lo estaban ayudando no tenían inconveniente con que ella viajara
también.
«¿Por qué a Estados Unidos?», insistió Laura.
Hugo aclaró que no se trataba de migrar definitivamente, porque
volverían en cuanto las cosas estuvieran más calmadas.
Laura confiesa que se sintió tentada por la oferta. Quería muchísimo a
Hugo y sabía que con él no iba a faltarle casi nada. No obstante, ese casi era
lo que ella más quería en el mundo: su hijo. No viajaría sin llevarse al
muchacho.
Hugo se puso triste. Eso no sería posible. Explicó que para él también
estaba siendo difícil dejar a su hija mayor en México; Laura debía tener claro
que sólo se trataba de una mudanza temporal mientras la vida de ambos se
apartaba del riesgo. Al escuchar esta última frase, las alertas en la cabeza de
Laura se encendieron: dice que levantó la voz para exigir una explicación sobre
lo que acababa de oír. Entendía bien que Hugo pudiera tener problemas, ¿pero
ella por qué? El amigo buscó tranquilizarla. Aun si decidía quedarse en México,
él iba a protegerla.
«¿Qué es lo que verdaderamente está pasando contigo?», presionó Laura,
todavía angustiada.
De tanto insistir, una respuesta se coló en la conversación. Hugo le
confió que su situación era similar a la de un testigo al que era necesario
inventarle una nueva identidad.
«¿Eres un testigo protegido?», apretó Laura.
Hugo asintió.
Narra que en ese momento de la conversación fueron interrumpidos por uno
de los hombres que la llevaron hasta esa casa: el individuo informó que el
encuentro había terminado. A Laura le entró tristeza y se colgó al cuello de
Hugo; él le devolvió el gesto con el abrazo de un exjugador de futbol
americano.
Jamás imaginó que ésa iba a ser la última vez que lo vería. Hugo mintió
cuando dijo que la ausencia sería temporal. Han pasado muchos años desde ese
día y Laura aún se pregunta cómo habría sido su vida si en aquella ocasión
hubiera aceptado seguirlo.
Cuando esos hombres la depositaron de vuelta a unos pasos de la casa
donde creció, Laura tomó la decisión de contar lo menos posible sobre aquella
cita tan extraña. A Moya sí le dijo que vio a Hugo cerca del aeropuerto, sin
proporcionar más detalles, pero con sus padres no compartió una sola palabra.
Hugo cumplió con el compromiso de protegerla. Después de esa cita la señora
Wallace no volvió a molestarla: se desactivó la denuncia por extorsión y
ninguna autoridad se apareció de nuevo por su vida.
Laura supo que su padre, por otro lado, se había reunido con la vecina
de la casa de enfrente, Asunción Miranda —hermana de la señora—, para pactar
una suerte de tregua: negoció que su hija no abriría más la boca a cambio de
que dejaran a la familia en paz. Laura está convencida de que fue Hugo quien
habló con su mamá para que dirigiera sus baterías hacia otras víctimas.
Si bien el periódico El Universal dio cuenta del encuentro entre Laura y
Hugo, presumiblemente porque Moya pasó la información a alguno de sus
reporteros, ningún otro medio atendió las denuncias ni reprodujo la
conversación sostenida por ambos con Ciro Gómez Leyva.
La versión de que Hugo no estaba muerto fue enterrada bajo el argumento
de que tanto Laura como Moya habían mentido para chantajear a la señora
Wallace. A pesar de que ella afirma haber sido interrogada por los fiscales, en
ninguno de los voluminosos archivos que llegaron a manos de los jueces
federales aparece mencionado ese evento.
133
Claudia Muñoz tenía permiso de residencia en Estados Unidos y su mamá
contaba con la nacionalidad, por lo que no fue difícil la decisión de mudarse
con ella cuando la señora Wallace le recomendó abandonar México. Ella y la hija
de Hugo llegaron a Houston en el mes de julio de 2006.
La mamá de Claudia vivía con su marido y ambos las recibieron felices de
tener a la niña en su casa. Aunque iban a extrañar la vida en México, les
hicieron fácil la mudanza. La mamá supo todo lo sucedido y coincidió con que
debía apartar a su nieta de la familia paterna.
Una tarde de aquel verano, hacia la hora de la cena, sonó el teléfono en
casa de su madre. Claudia estaba cerca y por eso pudo ver el rostro
descompuesto cuando escuchó la voz al otro lado de la línea: ella cubrió la
bocina y susurrando le dijo que era Hugo quien llamaba. Claudia sintió que su
estómago se reducía al tamaño de un átomo. «Alguien con muy mala fe se hacía
pasar por el papá de su hija», fue lo primero que pensó, así que estuvo a punto
de negarse a tomar el aparato. Sin embargo, la mamá insistió.
En cuanto escuchó el timbre de su voz confirmó que su madre tenía razón;
Hugo y ella se conocían demasiado bien como para que un tercero pudiera
engañarla. Tardó en cobrar conciencia de que Hugo no la llamaba desde el más
allá. Estaba vivo y, como si nada hubiera pasado, la saludó pausado:
—¿Cómo estás?
—¿Cómo estás tú? —respondió cautelosa.
—Llamo para saber de ti y de la niña.
—¿Quién te proporcionó este número? —demandó.
—No fue difícil. ¿Desde cuándo vives en Houston?
—Hace poco.
—¿Van a quedarse ahí?
—No lo sé aún. ¿Tú dónde estás?
—También de este lado de la frontera —eludió.
—¿Qué está pasando contigo? En México todo mundo piensa que estás
muerto.
—Te llamo para pedirte perdón.
Claudia sintió que sus mejillas se incendiaban.
—Además de tus disculpas, haría falta una buena explicación —reclamó.
—Lo sé, por eso quiero que nos veamos. También me gustaría visitar a la
niña.
En ese momento Claudia entendió que aquella llamada no era únicamente
para saludar.
—Primero resuelve tus asuntos —frenó en seco.
—Déjame explicarte.
—¿Explicarme qué, Hugo?
—Te ruego que me permitas ver a la niña.
No fue hasta ese momento que Claudia se dio cuenta del estado en que su
expareja se encontraba; a través de la línea arrastraba las palabras. Era obvio
que había tenido el coraje de llamar porque estaba intoxicado.
—Así no vuelvas a buscarnos —sentenció—. Y si lo haces, más vale que
hayas aclarado tus problemas con la justicia.
No podía Hugo simular que nada había pasado.
—Dame una oportunidad —suplicó.
—No, hasta que pongas tu vida en orden.
Llegados a ese punto la conversación perdió rumbo. Hugo resopló fuerte y
después colgó.
La llamada duró unos cuantos minutos. Con los ánimos arrojando humo,
Claudia recordó el fin de semana que ella y Hugo pasaron juntos en Tijuana, un
par de años atrás; supuso que ya entonces el papá de su hija andaba metido en
alguna cosa gorda. Al día siguiente amaneció con la intención de avisarle a la
señora Wallace sobre la llamada: Hugo estaba vivo y ella merecía saberlo. Optó
por buscar a su hermana Asunción; con esa tía de Hugo se sentía menos
amenazada. A Nini, como se le conocía con cariño dentro de la familia, le dio
gusto saber de ella, y antes de mencionar el motivo de la llamada, Claudia dejó
que hablara: contó que recién había visitado Chicago porque Isabel pidió que la
acompañara a un viaje de trabajo. Entonces, una intriga con alas de avispa se
metió en los oídos de Claudia: ¿y si Hugo la había llamado desde esa misma
ciudad? No se atrevió a ir más lejos en sus especulaciones, porque con
sinceridad no le interesaba averiguarlo. En vez de ello, contó a Nini de la
comunicación que tuvo el día anterior con el papá de su hija.
La tía no se sorprendió; trató el asunto con desapego, igual que habría
hecho con la recepción de un paquete procedente de la tintorería.
—Te pido que se lo cuentes a Isabel —remató.
—Prometo que así lo haré, seguro que de inmediato te llama. Lo que dices
va a interesarle mucho —concluyó Nini.
Colgaron y Claudia esperó todo el día cerca del teléfono. Transcurrió
una semana, y luego un mes. Entonces comprendió que la familia de Hugo estaba
metida en el mismo enredo.
CAPÍTULO XXV
134
Los rastros que Hugo Alberto Wallace dejó durante las horas previas y
posteriores a su desaparición cuentan parte de la historia sobre lo que pudo
realmente haber ocurrido con él. Las facturas de sus dos teléfonos celulares,
el testimonio del personal de servicio y la bitácora de ingresos y salidas de
la privada donde se encontraba su domicilio proponen pistas contrarias a la
versión contada por la señora Wallace.
El lunes 11 de julio de 2005, Hugo Alberto regresó a su casa hacia las
siete de la tarde, después de haber acudido al gimnasio. Apenas entró, se
comunicó con Ricardo Gómez, un amigo con el que jugaba futbol americano. Al
concluir, la trabajadora del hogar observó que estaba a la vez molesto y
preocupado: «Ese día en particular lo noté muy raro», añadió.
Luego de cenar, Hugo Alberto dijo que se iría a dormir temprano porque
se sentía cansado. Subió entonces a su recámara y desde ahí realizó varias
llamadas más. Volvió a comunicarse con Ricardo Gómez, por un lapso mayor a ocho
minutos. También llamó a un dispositivo que estaba a nombre de una mujer
llamada Liz Hernández, así como al teléfono 55 2864 4890, que la señora Wallace
identificó como perteneciente a Carmen Ortega. Enlazó también con su exnovia,
Geazul Ponce.
Algo en esas conversaciones provocó que cambiara de opinión porque se
quitó de encima la ropa de deportes y, sin ducharse, se vistió con una camisa
de flores rojas y un pantalón de mezclilla azul marino, abandonando las otras
prendas sobre el suelo. No apagó la luz del baño, bajó de nuevo y salió por la
entrada principal. El guardia abrió el portón de la privada y lo vio partir,
sin despedirse, en su camioneta negra modelo Grand Cherokee. El conductor iba
distraído con una llamada cuando enfiló hacia la calle. Por la hora registrada,
debió de estar en ese instante al teléfono con Liz Hernández.
Según declaró el guardia de la privada, al poco rato el empresario llamó
para pedirle que cuidara de su casa mientras él iba al cine con una «vieja».
También marcó el número de su amiga la Vampi, con quien habló unos doce
minutos. Ella afirmó que durante la conversación Hugo había hecho una cita para
ir al cine con una novia nueva. Antes de concluir aquella jornada, el conductor
contactó de nuevo al teléfono de Liz Hernández.
A la mañana siguiente —cuando según la confesión de Juana Hilda el
cuerpo de la víctima estaba siendo desmembrado— del dispositivo Nextel a nombre
de Hugo Alberto salió una llamada dirigida al teléfono de Ricardo Gómez, que no
logró concretarse. El análisis de telefonía identificó otras comunicaciones
similares entre las 9:00 a.m. y las 12:30 p.m. Marcó dos veces más a esa misma
persona, también a su primo, Jorge Ortega y a su chofer, el Chaparro; quedó
igualmente registro de una llamada, por la noche, a la casa de Geazul Ponce,
que rebasó el minuto de duración.
¿Por qué Ricardo Gómez no fue convocado a declarar durante la fase
indagatoria si esta persona se comunicó más que ninguna otra con Hugo Alberto
durante la jornada en que supuestamente fue secuestrado? El día previo, el
antiguo colega del futbol sostuvo doce llamadas con la víctima. Él debió saber
por qué Hugo Alberto estaba preocupado antes de abandonar su domicilio. También
tuvieron que haber sido tomadas en consideración las comunicaciones con la tal
Liz Hernández, de quien a la fecha no se sabe absolutamente nada.
Para los investigadores tuvieron mayor relevancia las llamadas que
celebró el hijo de la señora Wallace al teléfono asignado supuestamente a
Carmen Ortega. A pesar de que nunca se encontró relación entre ese número
telefónico y Juana Hilda González, tales comunicaciones, cuya duración sumada
no excedió los siete minutos, formaron parte de la evidencia presentada en el
juicio contra la bailarina.
El resumen de estos hechos lleva a concluir que Hugo Alberto estaba
molesto antes de abandonar su domicilio. ¿Algo que dijo Ricardo Gómez causaría
ese estado de ánimo? O bien, ¿conoció ese individuo las razones por las que su
colega del futbol se encontraba preocupado? ¿Por qué Hugo decidió salir otra
vez de casa si antes quería irse a dormir? Intriga también el motivo por el que
no se bañó antes de la pretendida cita romántica. Quizá, en la realidad, agendó
con alguien a quien tenía suficiente confianza como para reunirse sin haberse
aseado. Tal cosa descartaría a la novia nueva.
La versión de que Hugo Alberto tenía previsto verse con una mujer para
ir al cine se sostuvo por las declaraciones que hicieron la Vampi y el guardia
de la privada de Galeana. Resta confianza el que el guardia no haya compartido
dicha información con la procuraduría sino hasta tres meses después de la
desaparición. El testimonio de este empleado de la familia pudo ser manipulado
para calzar la explicación presentada por la señora Wallace. De su lado, la
afirmación de la Vampi sucedió después de que la señora la acusara de ser parte
de la banda de secuestradores. Bien pudo la amiga de Hugo mentir para quitarse
de encima las imputaciones arrojadas en contra suya.
Lo más importante son las siete llamadas realizadas la mañana posterior
a la desaparición. ¿Por qué los secuestradores no emplearon la línea Nextel de
Hugo Alberto para contactar directamente a la madre y pedir la recompensa? La
última comunicación también es una pieza fundamental de este rompecabezas: esa
llamada se recibió después de las nueve de la noche en la casa de Geazul y tuvo
una duración mayor a los sesenta segundos. ¿De qué hablaron esas dos personas
aquel martes por la noche? Esta conexión telefónica probaría que, veinticuatro
horas después de su desaparición, Hugo Alberto estaba vivo y libre para llamar
a quien le viniera en gana.
Podría suponerse que los enlaces de la mañana no fueron exitosos porque,
a diferencia del último, nadie respondió. No pasa desapercibida la coincidencia
que significa el que las llamadas realizadas entre las 9:04 a.m. y las 12:38
p.m. hayan tenido como destinatarios a tres de los cuatro individuos que
encontraron la camioneta Grand Cherokee a la vuelta de Perugino: Ricardo Gómez,
Jorge Ortega y el Chaparro. Esos intentos, supuestamente fallidos, bien
pudieron ser la señal con la que Hugo Alberto dio aviso a sus cómplices de que
el plan para simular el secuestro ocurriría tal como había sido previsto.
135
Las declaraciones de los testigos que no forman parte de la familia
Wallace y el informe que Guadalupe Noria, la agente de la procuraduría del
Distrito Federal entregó a sus jefes, aportan también luz sobre los hechos
ocurridos realmente el día en que Hugo Alberto desapareció.
De acuerdo con la trabajadora del hogar, hacia las 10:30 a.m. del martes
12 de julio ella recibió una llamada de la señora Wallace, quien le ordenó que
revisara la recámara de su hijo para corroborar si la noche anterior había
dormido en casa. La empleada respondió que la cama continuaba tendida y que el
señor había dejado el lunch que debía llevarse al trabajo sobre los muebles de
la cocina.
Una hora más tarde, la Vampi se comunicó también a la casa de Hugo
Alberto ya que ese martes habían quedado de verse hacia el mediodía, y no
quería desplazarse sin estar segura de que él la esperaba. Fue entonces cuando
ella se enteró de que su amigo no había llegado a dormir. Afirmó que ese día no
tuvo más noticias sobre el paradero de Hugo Alberto.
A las tres de la tarde, Karla Sánchez, vecina del departamento 1 de
Perugino, encontró a cuatro personas «muy alteradas» alrededor de la camioneta
Grand Cherokee que se encontraba estacionada a ciento cincuenta metros del
inmueble donde ella habitaba. Los vio discutiendo acaloradamente mientras
llamaban por teléfono.
A las cinco de la tarde, la agente Guadalupe Noria entrevistó frente a
ese vehículo a la señora María Isabel Miranda de Wallace. La madre informó que
su hijo había desaparecido y soltó el nombre de Jacobo Tagle Dobín como alguien
que podría proporcionar datos a propósito de su paradero. La señora narró
igualmente haber hablado con la Vampi, quien le informó supuestamente que su
hijo tuvo una cita la noche anterior con una amiga nueva para ir al cine.
A las siete de la tarde, la agente Noria interrogó a Vanessa Figueroa,
vecina de la planta baja de Perugino. Ella se quejó de que los integrantes de
la familia Wallace entraron al edificio sin autorización señalando a su hijo,
Erick Figueroa, de haber sido testigo, la madrugada previa, de un crimen
inexistente. Precisó, además, que ese muchacho de doce años vivía con su abuela
y por tanto no durmió en el edificio.
En esta narración hay cuatro temas que despiertan sospecha: el primero
es la contradicción entre las declaraciones de la Vampi y la señora Wallace; el
segundo es la hora en que los familiares de Hugo Alberto arribaron al sitio
donde se encontraba la camioneta Grand Cherokee; el tercero es el señalamiento
que hizo la señora Wallace sobre Jacobo Tagle; y, el cuarto, es la mentira
sobre el hijo de Vanessa Figueroa, quien en ningún momento pudo haber visto a
un hombre baleado.
De acuerdo con la Vampi, la noticia de que Hugo Alberto no había llegado
a dormir la noche del lunes le fue proporcionada por la trabajadora del hogar
que laboraba en la casa de Galeana y no así por la señora Wallace: «Pregunté
por Hugo, a lo que [la empleada] contestó que, si yo no sabía nada de él, ya
que no había llegado a dormir […] señalé que no, entonces me pide que si
llegara a saber algo le avisara, colgando, desde ese momento no llegué a saber
de Hugo».
La Vampi y la señora Wallace no tuvieron ningún contacto el día de la
desaparición, sino hasta tres días después, cuando la madre de su amigo cayó
por sorpresa en su domicilio para interrogarla sobre el paradero de Hugo
Alberto. ¿Por qué la señora Wallace afirmó —el mero día de la desaparición— que
ella había hablado personalmente con la Vampi? Si la amiga no tuvo contacto con
la señora Wallace aquel día, no pudo ser esa mujer quien hizo referencia a la
cita para ir al cine con una nueva novia.
Es también intrigante la reunión reportada por la vecina de Perugino,
Karla Sánchez, a propósito del hallazgo de la camioneta Grand Cherokee. Si,
como esta otra persona declaró, cuatro varones —Jorge Ortega, el Chaparro,
Ricardo Gómez y un tipo de nombre Daniel— encontraron el vehículo hacia las
tres de la tarde, tal cosa querría decir que, entre la llamada que hizo la
señora Wallace a la casa de su hijo para averiguar si había llegado a dormir y
el hallazgo del vehículo transcurrieron únicamente cuatro horas y media.
De acuerdo con las declaraciones del Chaparro, convencidos de que algo
grave sucedió, Jorge Ortega y el chofer acudieron antes a buscar a Hugo Alberto
a casa de dos amigas; luego los cuatro varones visitaron un restaurante de la
avenida Insurgentes, suponiendo que la nueva novia trabajaba en ese
establecimiento como mesera; por último, recorrieron las calles de la colonia
Extremadura Insurgentes hasta que dieron con la Grand Cherokee, la cual se
encontraba a por lo menos quinientos metros de distancia del restaurante.
Ante la duda sembrada por la habilidad investigativa de estos detectives
improvisados cabe pensar en una versión alternativa: que los integrantes de
este comando de búsqueda supieron de antemano dónde se encontraba estacionada
la camioneta y por ello dieron con ella tan rápido. Las llamadas perdidas en
sus celulares, ocurridas horas antes, podrían haber dado aviso para que
comenzara a simularse el recorrido por aquel vecindario.
También es sorprendente la influencia política que se necesitó para que,
sin denunciar formalmente, la fiscalía local enviara al lugar a la agente
Guadalupe Noria. Según esta funcionaria, a su arribo se encontraba ya presente
la madre del desaparecido. En ese encuentro la señora Wallace afirmó que Jacobo
Tagle presentó a la mujer que acudió con su hijo al cine la noche anterior.
También proporcionó la dirección donde vivía ese joven, indicando que él podría
conocer el paradero de Hugo Alberto.
Si el secuestro fue un invento, se estaría ante otra pieza de la
fabricación. No sólo la camioneta habría sido sembrada en las proximidades de
la casa de Juana Hilda González, sino también el nombre de una de las personas
que semanas después fue señalada directamente como líder de la banda. El relato
fraudulento del secuestro habría sido planeado con antelación, a sabiendas de
que la policía terminaría armando el rompecabezas. En esta misma hebra se une
el tercer montaje de esa tarde, denunciado por Vanessa Figueroa ante la agente
Noria. La vecina de la planta baja desestimó el relato del sujeto que habría
sido baleado y, sobre todo, que el testigo de esos hechos habría sido su hijo
Erick, ya que el muchacho no durmió en el edificio de Perugino aquella noche.
Una teoría criminal alternativa indicaría que las llamadas perdidas, el
hallazgo de la Grand Cherokee, la falsa llamada entre la Vampi y la señora
Wallace, el nombre de Jacobo Tagle y las declaraciones adjudicadas al menor
fueron elementos de una maquinación urdida mucho antes de que la desaparición
ocurriera.
136
La agente Guadalupe Noria no dejó fuera de su reporte un solo dato,
incluida la decisión que más molestó a la señora Wallace: impedirle ingresar al
edificio de la calle Perugino número 6. Adentro la funcionaria no encontró
evidencia sobre la víctima baleada: en los escalones había polvo suficiente
como para afirmar que el sitio no había sido aseado en varios días. Entrevistó
a la pareja que habitaba el departamento 1. Karla Sánchez y José Silva
ratificaron la versión de la vecina de la planta baja: dentro de ese inmueble,
la noche anterior había sido tan pacífica como cualquier otra.
—Nos habríamos enterado de los disparos porque en este edificio todo se
escucha; nos damos cuenta hasta cuando alguien deja caer una moneda —explicó
Karla.
—¿Durmieron aquí?
—Llegamos tarde porque yo trabajé hasta muy noche —respondió la vecina.
—¿Qué tan tarde?
—Nos habremos ido a acostar como a las dos de la mañana —precisó el
joven.
Noria preguntó si conocían a la persona que vivía en el departamento 4.
Ambos se miraron sin sorpresa.
—La mamá del tipo que está desaparecido nos preguntó lo mismo —contestó
ella—. Primero quería saber si yo habitaba ese departamento. Le aclaré que no,
pero conozco a Hilda.
—¿Hilda?
—La chica que vive en el 4 se llama Juana Hilda González Lomelí.
—¿Qué más dijiste a las personas que están afuera?
—La señora que da las órdenes preguntó a su chofer si me reconocía, pero
el tipo respondió que no.
—Esa gente está molestando a los vecinos —denunció José Silva.
—La señora está desesperada —explicó Karla a manera de justificación.
Después de conversar con la pareja, la agente Noria volvió a quedarse
sola. ¿Cabía la posibilidad de que hubiera una persona secuestrada en el
departamento 4? Superó a pequeños saltos los escalones que la apartaban de esa
vivienda y apretó la oreja contra la puerta. Del otro lado escuchó el sonido de
un televisor encendido y supo que ya pasaban de las ocho de la noche, porque
reconoció el programa que se estaba transmitiendo. Llamó al timbre y luego
golpeó la puerta con la palma abierta. Transcurrió un momento sin que nadie
respondiera.
Juana Hilda explicó después que en ese momento estaba en casa de una
amiga, con quien partiría al día siguiente de gira, y que cuando se iba de
viaje acostumbraba dejar la televisión prendida para aparentar que su
departamento estaba habitado.
Al salir del edificio, la agente volvió a toparse con los rostros
expectantes de la familia Wallace. Entre policía y civiles, Noria calculó más
de treinta personas. Ella preguntó quién había encontrado la camioneta Grand
Cherokee en aquel barrio, y la señora Wallace respondió que a esas horas sólo
había permanecido un sobrino.
Jorge Ortega Miranda no habría cumplido aún los treinta años, era un
muchacho robusto, de estatura mediana y tenía la piel blanca.
—¿Cómo dieron con la camioneta? —interrogó la agente.
—Cuando Hugo no llegó a trabajar recordé que hace unos días mi primo
comenzó a salir con una mujer que le presentó Jacobo Tagle, así que nos pusimos
a buscarla —contestó el sobrino.
—¿Qué sabes de esa mujer?
—Pues eso, que Hugo Alberto la conoció apenas, que era bonita y que
llevaban unos cuantos días saliendo.
—¿Cómo conseguiste su dirección?
—Le pregunté al chofer de Hugo Alberto porque él es el único que sabía
dónde encontrarla.
—¿Y luego?
—El Chaparro nos dijo que la vio una sola vez, cuando Hugo pasó a
recogerla a un restaurante que está cerca de aquí.
—¿El Chaparro?
—Así le decimos al chofer.
—¿Y luego?
—Pues que primero visitamos ese restaurante, asumiendo que quizá
trabajaba como mesera, pero en ese sitio no hallamos nada. Entonces nos pusimos
a recorrer las calles. Como éramos cuatro, nos repartimos el vecindario y dimos
con la camioneta.
—La Grand Cherokee está a unos ciento cincuenta metros de aquí —precisó
la agente Noria.
—Tocamos las puertas de los vecinos hasta que alguno nos contó que
llevaba estacionada en el mismo sitio desde la madrugada. Otro tipo nos dijo
que había visto a dos sujetos empujar contra su voluntad al conductor de ese
vehículo. Interrogamos a un tercero para saber si conocía a una mujer alta,
rubia, con el busto grande y de buen cuerpo que vivía por aquí.
—¿Cómo obtuviste la descripción de la mujer?
—También la proporcionó el chofer de Hugo. Nos informaron que en el
edificio amarillo de la calle Perugino había una casa de citas.
La agente Noria descartó que ese inmueble fuera un prostíbulo.
—¿Dónde puedo encontrar a la persona que te habló de la camioneta?
—Después de que charlamos con él lo perdimos de vista.
—¿Y el otro, el individuo que mencionó haber visto al tripulante del
vehículo arrastrado calles abajo?
—Tampoco sabría decirle dónde está.
A Noria se le seguían complicando las cosas.
—¿Fue entonces que decidieron entrar al edificio? —apuró la agente
señalando la construcción que tenían enfrente.
—Sí, y salió a recibirnos un niño, como de unos doce años. Fui yo quien
le pregunté si podía encontrar muchachas en ese lugar, como para pasar a
verlas; quería saber, en especial, de una que era rubia y alta. El niño me
contó que la mujer que buscaba vivía en el departamento 4, pero que no podía
pasar a verla porque la noche anterior había habido problemas. Él me habló del
hombre que salió sangrando del edificio; dijo también que su mamá tuvo que
limpiar después las escaleras.
—¿Hablaste con la madre del menor? —continuó la agente.
—Cuando esa mujer se dio cuenta de que estaba cuestionando a su hijo se
puso como fiera, porque según esto no teníamos derecho de estar dentro de la
propiedad.
—¿Algo más? —interrogó la agente sin saber aún qué hacer con las
incongruencias. Jorge Ortega negó y Noria se sintió exhausta. Antes de irse a
descansar, la funcionaria realizó un par de diligencias más: para redactar su
informe necesitaba hablar con el chofer del desaparecido y también debía
visitar a Jacobo Tagle.
A ese rompecabezas le faltaba contorno. Sería difícil hacer empatar las
distintas versiones en un mismo relato.
El informe de la agente Guadalupe Noria fue entregado a sus jefes el
miércoles 13 de julio de 2005. En la última entrada puede leerse el siguiente
párrafo: «Se entabló comunicación vía telefónica con Raquel Dobín Rosenthal,
quien es la madre de Jacobo Tagle Dobín. Ella señaló que desde hace dos semanas
no sabe nada de su hijo. Cree que salió de vacaciones, pero no conoce su
paradero ya que tiene mala relación con él».
137
Cuánto daño ha causado la ficción a las ciencias penales. Hay que
desconfiar cada vez que Sherlock Holmes se atreve a afirmar de manera
categórica: «¡Lo mató el ama de llaves, con el candelabro, en la recámara
principal!». Es una fantasía infantil pensar que, al final de cada caso, se
puede llegar a una conclusión irrefutable sobre los hechos.
La aproximación a la verdad en términos de una investigación criminal no
suele suceder así. En la vida práctica se hace a tientas, como si se utilizara
un bastón para invidentes. Se valoran las pruebas, se separan las falsas de las
verdaderas y, al cerrar, se presenta una hipótesis que, eso sí, debe resistir
las dudas y los cuestionamientos más ostentosos.
El caso Wallace es muy complejo porque de él no se deriva una, sino tres
hipótesis criminales —excluyentes entre sí—, cada una confrontada por la
evidencia disponible: la primera es aquella que relata el episodio de un hombre
que fue baleado dentro del edificio de Perugino; la segunda es la que Juana
Hilda desarrolló durante su confesión; y la tercera es la que considera como
falso el caso Wallace. Cada una propone un crimen distinto y también motivos
propios, así como circunstancias alternas de modo, tiempo y lugar.
La primera hipótesis fue presentada ante la autoridad la tarde del 12 y
la noche del 13 de julio de 2005. Cinco personas declararon en el mismo sentido
para darle veracidad: los esposos Wallace, el primo Jorge Ortega Miranda, el
tío Abraham Pedraza y el Chaparro, chofer de Hugo Alberto. Todas coincidieron
en el relato del vecino que vio a un sujeto descender por la fuerza de la
camioneta Grand Cherokee y citaron al niño que, hacia las cuatro de la
madrugada, habría observado a la víctima sangrante bajar las escaleras del
edificio.
Es posible poner en duda un testimonio, acaso dos, pero desestimar la
misma narración repetida por cinco personas resulta difícil. Sin embargo, la
misma tarde en que se denunció la desaparición de Hugo Alberto, la agente
Guadalupe Noria se topó con las afirmaciones de los vecinos cuyo contenido fue
de plano incompatible con todo lo expresado por la familia Wallace: el edificio
de Perugino no era una casa de citas, el niño Erick Figueroa no pudo haber sido
espectador de nada, no hubo rastros de sangre en las escaleras y ningún
inquilino corroboró haber escuchado balazos provenientes del departamento 4;
tampoco apareció el fulano que dijo haber visto la camioneta estacionada desde
la noche anterior, ni el otro que afirmó haber visto al conductor bajar contra
su voluntad.
Siete meses después de haber sido expresada la primera hipótesis, ésta
se reveló completamente falsa. Así ocurrió cuando Juana Hilda González dijo que
Hugo Alberto descendió de la camioneta por su propia voluntad, ingresó al
edificio acompañado por la bailarina, no fue baleado, ni bajó las escaleras
dejando un reguero de sangre, tampoco abandonó el edificio antes del amanecer,
no hubo un niño que atestiguara esos hechos, ni una madre que hubiera trapeado
el piso del inmueble.
Si la confesión de Juana Hilda fuera cierta, habrían sido fabricadas las
declaraciones proporcionadas por la señora Wallace a la agente Guadalupe Noria
el día de la desaparición; así como las afirmaciones de José Enrique Wallace y
Abraham Pedraza emitidas ante la autoridad ministerial.
La cuestión se complica aún más cuando resulta que tampoco la segunda
hipótesis criminal sobrevive el examen impuesto por la evidencia: un caudal
voluminoso de pruebas confluye para desestimarla, a la vez que esboza las
premisas que darían origen a la tercera hipótesis, la cual proclama que el caso
Wallace fue fabricado.
Asumiendo que las dos primeras son equivocadas, es necesario responder
varias preguntas antes de defender la tercera hipótesis como definitiva: ¿por
qué el entorno de Hugo Alberto —su madre, el señor Wallace, el primo, el tío y
el chofer— se puso de acuerdo para mentir, primero ante la policía y luego ante
las fiscalías, respecto al tipo herido en el edificio de la calle Perugino
número 6? ¿Qué era realmente lo que esa gente estaba buscando en el
departamento que entonces habitaba Juana Hilda? ¿Por qué, sabiendo que Hugo
Alberto no se hallaba dentro de ese inmueble, la familia Wallace contrató
personal para que durante varios meses se apostara fuera del edificio y
siguiera a sus inquilinos? Y la más importante de las interrogantes: ¿por qué,
una vez que la primera versión fue insostenible, se echó a andar el artificio
de la segunda hipótesis criminal?
¿Si no se estaba buscando a Hugo Alberto en el departamento de Perugino,
entonces qué se quería encontrar realmente ahí dentro? Es un hecho que la
señora Wallace enfureció con la agente Guadalupe Noria cuando ella impidió a su
familia el acceso al edificio. También lo es que la señora manifestó
elocuentemente su decepción cuando los peritos de la procuraduría reportaron
que dentro de la vivienda de Juana Hilda no hallaron «joyas ni dinero» y ningún
otro elemento que llevara a concluir la comisión de un crimen.
Tan difícil de explicar, como la invención de la primera hipótesis, es
la vigilancia que la familia Wallace impuso sobre el edificio y los vecinos de
Perugino. Si después del ingreso de la procuraduría al inmueble se corroboró la
ausencia de Hugo Alberto, ¿para qué montar un aparato de supervisión que
funcionó veinticuatro horas, los siete días de la semana, durante más de siete
meses?
Este sistema de vigilancia se prolongó después de que la señora Wallace
tuvo noticia de que Juana Hilda se encontraba en Estados Unidos, así que ella
no fue la razón por la que se habría mantenido tanto tiempo. Tampoco tendría
sentido haberlo sostenido con la esperanza de que César Freyre volviera al
lugar, ya que el expolicía nunca vivió en Perugino; este aparato de vigilancia
se prolongó inclusive después de que el empleado de Showposter, Rodrigo Oswaldo
de Alba Martínez, rentó el departamento 4.
Quizá la supervisión sobre el inmueble no tuvo como objetivo a una
persona o a un grupo de individuos, sino a un objeto. Al menos tres testimonios
hacen referencia a una maleta extraviada que eventualmente podría ser la razón
del acecho. Geazul Ponce afirmó haber sido interrogada de manera hostil por la
policía a propósito de una valija con dinero. Cuando ella cayó en cuenta de que
no le estaban preguntando por el bolso donde el exnovio escondía sus pistolas,
entendió que había un equipaje distinto, el cual podía tener que ver con la
desaparición del empresario.
Otro de los testimonios lo aporta uno de los agentes que interrogó a
Geazul y que confirmó la referencia compartida por esa mujer. Desde la
jerarquía más alta instruyeron a este funcionario para que la cuestionara, a
ella y a otras personas, sobre el paradero de dicho equipaje. Se suma a estos
dos argumentos el de Ámbar Treviño, quien recuerda que, durante los primeros
días como defensora de César Freyre, su cliente mencionó una maleta con
efectivo. La abogada mantuvo fresco este recuerdo porque el expolicía contó que
podía relacionarse con el móvil del plagio.
¿Será que la necesidad por encontrar esta maleta fuera tan grande que la
familia Wallace haya inventado la primera hipótesis criminal con la esperanza
de que la policía les permitiera ingresar de forma legal y segura al
departamento? Si así fuera, ¿por qué esa maleta se encontraría dentro de la
vivienda de Juana Hilda? El antiguo vínculo sentimental de ella con la Barbie
podría responder esa pregunta. ¿Alguien pudo haberse apropiado a la mala de ese
bulto con dinero? ¿Ese alguien fue el expolicía César Freyre o la bailarina,
ambos vinculados de algún modo con el narcotraficante?
Si bien es posible argumentar que la señora Wallace y su familia
fabricaron la primera hipótesis y también que ella quería ingresar a como diera
lugar al departamento 4, por el resto de la evidencia disponible cabe asumir
que ni una cosa ni la otra tenían como propósito dar con Hugo Alberto. La
dichosa maleta ayuda a llenar el paréntesis que este relato deja en blanco.
Algo había dentro de ese equipaje que era fundamental recuperar, algo por lo
que fue necesario inventarse la primera versión del plagio y someter a
vigilancia el edificio durante un largo periodo.
El tema de la maleta no conduce demasiado lejos. Después de que Geazul
fue interrogada, perdió relevancia. Cuatro años más tarde, cuando Ámbar Treviño
habló de la cuestión con el agente del ministerio público Braulio Robles, el
funcionario dio a entender que para ese momento la maleta ya no tenía
importancia. En cambio, el tema del plagio subsistió como punto de partida para
la fabricación de la segunda hipótesis criminal.
138
Cinco meses después de la denuncia por secuestro, fue intervenida la
línea telefónica de la Vampi. Esa grabación no sirvió para sumar a esta mujer a
la lista de personas acusadas; en cambio, añadió sospechas sobre las
actividades ilícitas a las que pudo haberse dedicado Hugo Alberto.
La primera intervención tuvo lugar hacia las cuatro de la tarde del
viernes 16 de diciembre de 2005. Se trata de una charla entre Karla Zamudio,
alias la Vampi, y un sujeto llamado Enrique Rocha, que entonces se dedicaba al
diseño de modas:
LA VAMPI.—…me dicen que pagaron cinco millones. ¿Por qué la mamá no dijo
nada?
ENRIQUE.—¿Crees que lo hayan encontrado y se haya ido a esconder a otra
parte?
LA VAMPI.—Quién sabe, porque a mí el Güero me dijo que andaba en muy
malos pasos.
ENRIQUE.—A lo mejor se escondió solo, ¿me entiendes?
LA VAMPI.—Lo he soñado, que aparece tiempo después.
ENRIQUE.—Andaba en malos pasos y desapareció. Inventaron todo eso, o a
la mejor sí lo secuestraron y se fue de México asustado.
El Güero al que se refiere la Vampi es Víctor Bobadilla, un conocido de
Hugo Alberto que pertenecía al mismo grupo de motociclistas. Una hora después
de la llamada telefónica con Eduardo Rocha, la Vampi se comunicó con el Güero
para regresar sobre el mismo tema:
EL GÜERO.—¿Y qué has sabido de Hugo?
LA VAMPI.—Nada, Güero, ¿por qué preguntas?
EL GÜERO.—¡Pues nomás!
LA VAMPI.—Se me hace que tú sabes algo y no me lo quieres decir.
EL GÜERO.—No, pues, quiero saber qué onda con él, a ver qué pasó.
LA VAMPI.—¿Tú crees que yo no quiero saber?
EL GÜERO.—¡Si llantas, cruje!
LA VAMPI.—¿Qué es eso?
EL GÜERO.—¡Que ésta cruje!
«¡Si llantas, cruje!» debe de ser una expresión entre motociclistas
similar al refrán que dice «Si el río suena, es que agua lleva». ¿A qué pudo
referirse el Güero cuando dijo que Hugo Alberto andaba en malos pasos? Lo
primero que viene a la cabeza son sus adicciones. Durante los años previos a
que desapareciera, cayó en un consumo excesivo de alcohol y cocaína. Así lo
confirmaron Israel, el chofer que trabajó con él hasta el año anterior a la
desaparición; Vanessa Bárcena, su penúltima pareja; Laura Domínguez, su mejor
amiga; la Vampi, compañera de las motos; y Carlos León, su padre biológico,
quien dijo que Hugo no era de los que se compraban sólo una rayita.
Geazul Ponce relató que el sábado anterior a su desaparición, Hugo
Alberto se encontraba en tal estado de intoxicación que sufrió una herida en el
pie. Confirmarían esa borrachera el guardia de la privada de Galeana y también
el amigo con quien se bebió una botella entera de whisky.
El doctor Carlos León asegura haber sostenido una última conversación
telefónica con su hijo el mismo año en que se esfumó. En ella Hugo le dijo que
estaba pensando en migrar a Estados Unidos porque ya no aguantaba más: «Pa,
ando mal», recitó con la voz quebrada.
Un comentario similar hizo a Laura Domínguez por esa misma fecha.
Semanas después de que fue acusado como contrabandista por la policía
aduanal, Hugo tuvo que escapar por el techo de la casa de su vecina, Laura
Domínguez, ya que, según él, un grupo de sujetos armados dispararon contra su
automóvil. De acuerdo con Israel, el chofer de entonces, la señora Wallace se
encargó de resolver el problema con los supuestos pistoleros. Éste fue el
motivo por el que Hugo Alberto se mudó de casa y adquirió un vehículo blindado
con el más alto nivel, la famosa camioneta Grand Cherokee.
Vanessa Bárcenas hizo notar que por esas mismas fechas se volvió un
hombre violento. Después de que la golpeara, su familia debió acompañarla al
hospital, donde fue atendida por un aborto. Hay noticia de que el hijo de la
señora Wallace colocó cámaras dentro y fuera de su nuevo domicilio de la calle
de Galeana. Él explicó a sus conocidos que era para prevenir la visita
inesperada de esa exnovia; Vanessa, en cambio, narró que Hugo Alberto Wallace
tenía problemas relacionados con algo parecido al narcotráfico, y aseguró que
fue él quien se lo había contado.
Los «malos pasos» también podrían involucrar el vínculo que Hugo Alberto
habría sostenido con Édgar Valdez Villarreal, un criminal muy peligroso al que
apodaban la Barbie. Geazul Ponce habló de él cuando la policía la interrogó a
propósito de esta amistad. Se trata del mismo individuo con quien Juana Hilda
González confesó haberse relacionado sentimentalmente. Geazul afirmó no haber
conocido personalmente a este sujeto y sólo lo escuchó hablar vía telefónica.
Dijo que entonces no sabía que se trataba de un narcotraficante.
139
Édgar Valdez Villarreal nació en Laredo, Texas, en 1973. A diferencia de
la mayoría de los mafiosos que operan las empresas criminales dedicadas al
comercio de drogas entre Estados Unidos y México, este individuo nació entre
sábanas de seda. Cuenta con ambas nacionalidades porque sus padres son
migrantes mexicanos que progresaron económicamente. Igual que Hugo Alberto
Wallace, Valdez Villarreal fue de joven jugador de futbol americano. Por su
estatura ocupaba posiciones defensivas: mide un metro con ochenta centímetros.
El entrenador lo apodó primero la Muñeca, por los ojos azules y su complexión
delgada; más tarde este mote dio paso al de la Barbie; dentro del medio del
narcotráfico lo llamaban también el Güero o el Gringo.
Solía ostentar relojes caros, ropa de marca y autos último modelo.
Mientras se hacía pasar como empresario, alternó con artistas, cantantes y
funcionarios públicos. Se le conocen tres relaciones con mujeres vinculadas al
medio del espectáculo: Arleth Terán, actriz de televisión; Priscila Montemayor,
con quien contrajo matrimonio; y Juana Hilda González Lomelí, bailarina de
Grupo Clímax, acusada de participar en el asesinato de Hugo Alberto Wallace.
El ascenso de la Barbie a la cúpula del narcotráfico se debió al apoyo
de Arturo Beltrán Leyva, operador principal del Cártel de Sinaloa. Se convirtió
en uno de los hombres de mayor confianza de este mafioso sinaloense. En 2004,
la Barbie tuvo bajo su cargo las operaciones de esa empresa criminal en el
puerto de Acapulco y en 2005 se mudó a la ciudad fronteriza de Nuevo Laredo,
desde donde emprendió una guerra en la que empleó recursos en extremo
violentos.
Valdez Villarreal también comandó la distribución de narcóticos en
distintas ciudades de Estados Unidos. Mientras tanto mantuvo control firme
dentro de México. Cobraba deudas a los compradores mayoristas de droga, reclutó
a funcionarios públicos que sirvieron como sicarios y corrompió autoridades,
sobre todo en Guerrero y Morelos, para asegurarse de que el gobierno no
afectara sus negocios.
Su fama de sanguinario ganó notoriedad. Se le conoce como el pionero en
la filmación de la tortura que aplicaba contra sus víctimas, una práctica que
años más tarde se generalizaría en todo México. En 2009, Valdez Villarreal
comenzó a tener problemas con su jefe, Arturo Beltrán Leyva. Cuando este líder
criminal sinaloense murió en una emboscada en la ciudad de Cuernavaca, la
empresa para la que trabajó señaló a la Barbie como responsable de la celada.
En agosto de 2010, Édgar Valdez fue detenido en una cabaña ubicada en
los límites de los estados de Morelos y México. No se disparó una sola bala en
ese operativo. El presidente Felipe Calderón presumió esta aprehensión como si
se tratara de un trofeo de guerra. En la presentación de la Barbie ante los
medios de comunicación apareció sonriente y confiado. Años más tarde confesaría
que se entregó voluntariamente para evitar ser asesinado por los hermanos de su
exjefe.
Valdez ingresó en septiembre de 2010 a la prisión federal de máxima
seguridad del Altiplano. Para evitar que tuviera contacto con la población
general fue encerrado en la zona conocida como COC (Celdas de Observación y
Clasificación). Ahí dentro convivió, entre otros reclusos, con Joaquín «el
Chapo» Guzmán, fundador del Cártel de Sinaloa, y también con César Freyre
Morales, acusado de liderar la banda que secuestró y asesinó a Hugo Alberto
Wallace.
140
En la prisión del Altiplano, antes de entrar al área de tratamientos
especiales, del lado izquierdo se encuentra el pasillo que conduce a las celdas
de observación. La mayoría de esos espacios tienen una puerta de acero que
impide mirar hacia afuera, a excepción de una pequeña esclusa que se abre desde
el exterior.
Édgar Valdez Villarreal estuvo encerrado en la celda 16 de esa zona
durante los años en que fue prisionero del gobierno mexicano. Todo ese tiempo
tuvo derecho a una pequeña televisión, su único contacto con el resto del
mundo. Para esa fecha César Freyre llevaba cuatro años enclaustrado en esa
misma zona del reclusorio. El expolicía conoció de las actividades de la Barbie
porque fue funcionario de la Secretaría de Seguridad Pública de Morelos al
mismo tiempo que Arturo Beltrán escogió Cuernavaca como la ciudad desde donde
comandó sus negocios. En aquellos años era imposible no saber quién era la
Barbie dentro del mundillo criminal.
Las noches y los días son largos en el COC, así que, al menor descuido
de los custodios, los presos se ponían a conversar a través de los muros de las
celdas. Antes de que Valdez fuera extraditado a Estados Unidos, Freyre relató a
sus compañeros de encierro los motivos por los que se encontraba en ese lugar.
Más de uno escuchó la conversación sostenida por el expolicía y la Barbie:
—Seré responsable de otras cosas en mi vida, pero no del secuestro y
mucho menos del asesinato de Hugo Alberto Wallace —refirió Freyre.
—Sé muy bien de quién hablas —respondió la Barbie.
—¿Conociste a Wallace?
—Sí.
—¿Puedes decirme algo más de él? —insistió el expolicía.
—Nos compraba mercancía que luego distribuía entre sus conocidos.
—¿Qué tipo de mercancía?
—Sobre todo polvo —informó la Barbie.
—¿Tienes idea de lo que pudo pasar? —se aferró el líder de la falsa
banda de Chalma.
—Se nos perdió.
—¿Qué quieres decir?
—Se peló sin pagarnos más de una tonelada —sentenció Valdez.
—¿Ustedes lo levantaron?
—No supimos más de él y nunca cubrió su deuda —concluyó la Barbie.
La Barbie se volvió un personaje temido dentro del crimen organizado
porque fue también uno de los primeros delincuentes capaces de infligir daño
contra los familiares de aquellos adversarios que no se sometían. Muy pocos se
atrevieron a desafiarlo durante los años que duró su reinado: igual que
ostentaba joyas lo hacía con su violencia.
Si es cierto que Hugo Alberto Wallace contrajo una deuda grande con este
mafioso y no la pudo cubrir, el riesgo de la represalia se habrá extendido más
allá del moroso; la familia Wallace pudo haberse convertido también en objetivo
de la empresa defraudada. Falta una explicación que ayude a comprender por qué
el hijo de la señora Wallace no honró sus compromisos, sabiendo que el acreedor
no era cualquier individuo. El parlamento sostenido en el Altiplano entre
Freyre y Valdez Villarreal ayudaría a imaginar la angustiosa situación en la
que se metió Hugo Alberto y, por su mediación, sus familiares.
En la teoría penal, la fabricación de un delito suele tener como
propósito el ocultamiento de un crimen mayor. Los dichos de la Barbie en la
cárcel del Altiplano confirmarían esta teoría: la ambición de Hugo Alberto lo
habría llevado a meterse en un negocio ilícito que lo superó. Se habría ligado
con un delincuente de altos vuelos que no iba a tolerar el incumplimiento. No
hay evidencia del plazo en el que se acumuló la deuda. Cabe suponer que esta
actividad comenzó en 2004, cuando el hijo de la señora Wallace visitaba con
frecuencia Acapulco, y coincide con la época en que la Barbie era jefe de plaza
en ese mismo puerto.
Las fotografías de este personaje del hampa en los antros nocturnos de
esa ciudad corresponden al mismo periodo. En 2005, la Barbie se desplazó a
Nuevo Laredo, así que la relación con el hijo de la señora Wallace debió de
haberse relajado hasta que, a mediados de ese año, regresó sobre Hugo Alberto
la urgencia para que saldara las cuentas pendientes.
141
El recurso fue ingenioso: esconderse simulando un plagio perpetrado por
personas conocidas por la Barbie. Esto explicaría el reparto en el montaje: la
exnovia, el expolicía de Morelos y Jacobo Tagle, quien era amigo de ambos.
(Brenda y los hermanos Castillo se agregaron al elenco después, cuando apareció
la fotografía de la falsa banda de Chalma). Antes de esto, Hugo Alberto había
dicho a la Vampi que Freyre y Ricardo Trevedan se dedicaban a secuestrar
personas. Así lo comunicó esa amiga a la señora Wallace y la madre a la
policía. La historia del asesinato de Jonathan Freyre añadió veracidad al
relato de la organización de secuestradores.
Para completar el rompecabezas se maquinaron las notas de rescate. Tal
cosa coincidió con el deslinde de José Enrique Wallace. ¿Por qué el padre
adoptivo de Hugo Alberto acudió a la procuraduría para negar la comunicación
con los plagiarios y también para exigir que fuera desechada la denuncia que él
mismo presentó? Durante esas visitas a la fiscalía antisecuestro, José Enrique
Wallace entregó las facturas telefónicas de los dispositivos de Hugo Alberto y
también la bitácora de entradas y salidas de la privada de Galeana: documentos
que ponen en duda el pretendido secuestro. A caso ésa fue la manera que
encontró el contador para salirse del clan comandado por su esposa.
La actuación aparentemente errática del marido de la señora Wallace pudo
haber puesto en peligro el teatro, o peor aún, la vida de sus seres queridos.
Fue en ese contexto que la señora escribió una carta a la esposa del
expresidente Vicente Fox solicitando ayuda y, tiempo después, envió otra misiva
a la procuraduría pidiendo que la policía le proporcionara seguridad. Si la
Barbie, o sus socios, intentaban algo en contra suya, tendrían que enfrentarse
a la misma institución que andaba tras su paradero.
El mayor triunfo de la señora Wallace fue convencer al fiscal José Luis
Santiago Vasconcelos sobre la importancia de su causa. Sin el apoyo político de
este funcionario no habría funcionado la estratagema. Esa intervención fue
clave para eliminar del expediente los apartados contradictorios, que eran
muchos, y consolidar la versión del plagio. Una vez en marcha la invención del
caso Wallace, no hubo nada que pudiera detenerlo. Como un meteorito se volvió
imparable.
La idea de montar los espectaculares incrementó la visibilidad de la
señora Wallace quien, en un principio, difícilmente pudo haber calculado la
fama que iba a conseguir. Su fabricación se había vuelto materialmente
irreversible. Cualquier cosa que pudiera poner en duda la credibilidad de su
causa crecía los costos y los riesgos para ella. Por ese motivo debió de ser un
fastidio grande cuando Hugo Alberto comenzó a contactar con gente de su
entorno. Los gastos realizados con sus tarjetas de crédito y las llamadas a
Laura Domínguez y Claudia Muñoz fueron una gran tontería explicable sólo por la
pérdida de conciencia que le provocaban sus adicciones.
La comunicación a Houston con la madre de su segunda hija fue la última
noticia que se tuvo de él. Los dichos de Laura Domínguez y Geazul Ponce harían
pensar que aceptó ingresar a un programa de protección de testigos, aunque no
hay mayor evidencia de ello. Podría haber abandonado México para esconderse con
otro nombre en el extranjero. De esto tampoco hay comprobación, excepto los
viajes frecuentes de la señora Wallace a Estados Unidos.
El asesinato de Guadalupe Miranda, la tía de Hugo Alberto, ocurrido
prácticamente un año después de la desaparición, podría leerse bajo la misma
lógica: ¿fue una víctima colateral del conflicto entre su sobrino y el cártel
al que pertenecía la Barbie? Pone en duda esta posibilidad el hecho de que las
hijas de la difunta acusaron a su propio padre como autor material del
homicidio.
La participación de Hugo Alberto en la fabricación del caso Wallace
produjo varias pistas. Además de las llamadas y los gastos, la maquinación de
las notas de rescate necesitó de su intervención directa. La obtención de las
imágenes de los tatuajes y el montaje de la fotografía de su cuerpo desnudo
tuvieron que haber contado con su ayuda. Lo mismo que la gota de sangre
depositada en el sardinel del baño que pertenecía a Juana Hilda. Esos restos
hemáticos tuvieron que ser de Hugo Alberto. Sólo así se explica que la prueba
de ADN haya dado positivo cuando se comparó con las muestras de sangre tomadas
al doctor Carlos León y que la señora Wallace falsificó como si su dueño fuera
José Enrique Wallace.
¿Todo esto lo habría planeado Hugo Alberto para salvar la vida? Su madre
podría afirmar lo mismo, que fabricó el caso Wallace para proteger a su hijo y
al resto de su familia. Se trataría de una invención perversa que destruyó, a
su vez, la existencia de muchas otras personas.
CAPÍTULO XXVI
142
La señora Wallace debió de estar desesperada para viajar hasta Ensenada.
Desde 2006, cuando pidió a su primo Carlos León que le proporcionara una
muestra de sangre, la misma que hizo pasar como si fuera de José Enrique
Wallace, los primos no volvieron a tener contacto. La madre del doctor murió en
2012 y, a pesar de la importancia que tuvo en la vida de la empresaria, la
señora Wallace no asistió al funeral con el pretexto de que estaba ocupada en
los eventos de su campaña política. Tampoco acudió el doctor León al velorio
del tío Fausto, el padre de Isabel.
Después del nacimiento de Hugo Alberto el vínculo entre las dos familias
jamás se recompuso. Por eso sorprendió tanto aquella visita. Era evidente que a
la señora Wallace le preocuparon las declaraciones realizadas ante el juez por
el doctor Carlos León, en donde él confirmó su paternidad biológica y acusó a
su prima de falsificar los documentos relacionados con la prueba de sangre.
Sólo así se explica que, personalmente, haya acudido a ese consultorio médico
para intimidar al padre de su hijo.
El historial de violencia que alimenta el mito de la señora Wallace es
suficiente para andarse con cuidado. Carlos León no pone en duda las torturas
sufridas por los integrantes de la falsa banda de Chalma y también entrega
credibilidad a las declaraciones emitidas por las víctimas colaterales.
Contrasta, en cambio, que las fiscalías General de la República y de la Ciudad
de México, con varias cajas que contienen evidencia al respecto, no hayan
procedido contra ella. Hay constancia de que obstruyó el curso de la justicia,
fabricó pruebas y traficó con influencias; aún más grave, pesan sobre ella
acusaciones por haber incitado tratos inhumanos contra media docena de
personas.
¿Cómo es posible que ella siga gozando de impunidad? El año anterior a
que la señora Wallace visitara a su exmarido, declaró a un reportero de
Notimex, la agencia pública de noticias: «Yo los pude haber mandado matar, no
nada más golpear. Yo los puede haber levantado, como hicieron ellos con mi
hijo. Los hubiera desaparecido de la faz de la Tierra…».
Durante el gobierno del presidente Felipe Calderón, María Isabel Miranda
de Wallace amasó tal cantidad de poder que, en efecto, habría podido ordenar la
muerte de César Freyre, Juana Hilda González, Jacobo Tagle, Brenda Quevedo o de
los hermanos Albert y Tony Castillo, sin que la policía, el ministerio público
o los jueces la persiguieran. Tenía a todos en su bolsa, incluidos varios
políticos muy influyentes.
Contó, como otros privilegiados de la vida pública mexicana, con las dos
armas que colocan a una persona por encima de la ley: dinero y poder político.
Sólo así se explican las aberraciones continuadas durante casi dos décadas en
el caso Wallace. Es cierto que, con Enrique Peña Nieto —el presidente que
sucedió a Felipe Calderón—, el grado de su influencia disminuyó un poco. Cambió
por ejemplo el que no se permitiera a la señora Wallace acceder de manera
irregular a los penales.
Sin embargo, aún entonces los funcionarios vinculados al tema de la
seguridad, en particular a la política antisecuestro, la trataban con sumisión.
Nadie quería quedar mal con ella, incluidos los secretarios de Estado, los
gobernadores y el primer mandatario. Su influencia política perdió otra vez
durante la siguiente administración encabezada por Andrés Manuel López Obrador.
No obstante, las relaciones que la señora Wallace sembró en el pasado le
sirvieron para estancar el caso y también garantizaron la inacción de las
fiscalías respecto de los delitos por los que ella podría ser acusada. El apoyo
más importante en el presente lo recibe de servidores públicos que en su día
fueron sus cómplices, en distinto grado, respecto de los crímenes relacionados
con la fabricación del secuestro de su hijo. Esos individuos están conscientes
de que la verdad detrás de este expediente echaría a andar una larga cadena de
consignaciones que podría darles alcance. Por ello han preferido continuar
sosteniendo la mentira.
143
Notas personales de Brenda Quevedo:
«Muchas veces desperté rogando que no fuera cierto. Del otro lado del
sueño tenía que estar la realidad, pero cada vez, al abrir los ojos, la
realidad era una pesadilla. El pánico se instaló en mi cuerpo. De la nada
comenzaba a sentir náusea, escalofríos, y mi corazón amenazaba con detenerse.
Entonces estaba de vuelta en la Punta del Morro y las garras de aquellos
monstruos volvían a apoderarse de mí. Sabía que regresarían, y por años esa
profecía me mantuvo secuestrada.
»Mi mamá contrató a un abogado para forzar a que me proporcionaran
tranquilizantes. También fuimos con el juez para que me cambiaran de pabellón;
durante más de diez años me tuvieron recluida con las criminales más
peligrosas. Por eso estaba prohibido que saliera por las noches, así que todo
ese tiempo la pasé sin ver una sola estrella. Tampoco me permitían hacer
ejercicio al aire libre, a diferencia de otras reclusas.
»¿Por qué la señora Wallace me agarró tanta fobia? Esta pregunta también
me provoca insomnio. Su odio por las mujeres no alcanza para explicar la
cantidad de energía invertida en destruirme. Soy una imperfección en su
historia. Una falla que necesita resolverse arrojando un carro enorme de
basura. Nada en mi biografía es coherente con la película que se inventó. De la
banda de Chalma soy la única que cuenta con estudios universitarios y que de
adulta vivió fuera de México. Tenía además un trabajo por el que me pagaban
bien. ¿Cuál sería entonces el motivo por el que me convertí en una perversa
homicida?
»Para hundirme, ella necesitaba sumar razones. Como si estuviéramos en
una telenovela barata, me acusó de haber nacido con un corazón malvado,
irredimible, brutal e instintivamente asesino. Yo tomé las fotografías del
muerto y las edité en la computadora, yo redacté el comunicado de rescate y
luego imprimí los materiales, yo envié los sobres por correo postal, yo la
amenacé de muerte. Con estas declaraciones, la señora Wallace me despojó de mí
misma. Se apoderó de los significados de mi persona para sustituirlos con
adjetivos horribles. Me convirtió en el demonio de la fatalidad, en la medusa
de la cabellera de serpientes, una mujer dedicada a petrificar hombres
incautos.
»Una vez que te encierran en la cárcel, la posibilidad de defenderte se
reduce al mínimo. Necesitas vivir la experiencia para entender hasta qué punto
pueden anularte. Antes yo era igual a cualquier otra persona, hacía oídos
sordos y ojos ciegos ante lo que pasa en las cárceles; ahora, todos los días me
invento excusas para escapar de este lugar. Doy clases de inglés a mis
compañeras, aprendí a tocar la batería y hasta participé en una obra de teatro.
Hago ejercicio y escribo, lo que sea con tal de recuperar control sobre lo que
realmente soy. Ése ha sido el mejor remedio para mantener a raya los ataques de
ansiedad.
»Por extraño que parezca, también me da calma revisar mi expediente; a
pesar de que es voluminoso lo he recorrido varias veces y siempre me sorprende.
Entiendo poco de cuestiones jurídicas, pero cuando caes en un hoyo como el mío,
algo de la jerga de los abogados se te pega. Ese expediente es el cuerpo del
delito cometido por la señora Wallace. ¿Suena absurdo lo que digo? El cuerpo
del delito es el conjunto de cosas que confirman la existencia de un crimen. No
es el cuerpo del muerto, pero si ese cuerpo presenta señales de homicidio,
entonces se vuelve parte de la evidencia del crimen, lo mismo que la pistola,
las huellas dactilares o el plomo en la mano de la persona que disparó.
»Para demostrar los abusos que se han cometido contra nosotros no es
necesario ir muy lejos, todo está en el expediente que se integró para
acusarnos; es una paradoja y sin embargo es cierto. En esas páginas está
alojado lo necesario para denunciar la arbitrariedad: la constancia de la
tortura, la fabricación de los testimonios y las pruebas, la crueldad, la
corrupción, el abuso de poder y todas las armas con las que nos destruyeron.
»Cada vez que me atrevo a compartir mi historia con alguna amiga de aquí
adentro, casi de inmediato surge la misma pregunta: ¿por qué la señora Miranda
inventó esta monstruosidad? Sinceramente no lo sé, pero tengo confianza en que
algún día se derrumbará el engaño con el que esa señora engatusó a mucha gente.
Mientras tanto, el único camino hacia la puerta de salida de esta cárcel es
convencer a la juez que tiene mi expediente, sobre la falsedad de las pruebas».
144
No fue hasta mediados de 2019 que la suerte de las víctimas comenzó a
cambiar. Hubo relevos y llegaron nuevos funcionarios al Instituto Federal de
Defensoría Pública: un grupo de abogados jóvenes se convenció de la inocencia
de sus representados y por tanto también de la fabricación de las acusaciones.
Frente a la lentitud del proceso penal en los tribunales mexicanos, esos
defensores llevaron el caso ante instancias internacionales. Lograron que el
grupo de trabajo de detenciones arbitrarias de la ONU estudiara los expedientes
de Brenda Quevedo y Jacobo Tagle. En agosto de 2020, ese grupo de la ONU
reconoció que ella sufrió tortura y tratos inhumanos dentro de los penales de
Santiaguito y de las Islas Marías. De ahí que haya recomendado al gobierno de
México considerar su calidad de víctima y también que se haya solicitado para
ella la continuación del proceso penal fuera de la cárcel.
Dos meses después, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH)
admitió otra queja presentada por los mismos abogados. La instancia coincidió
en el reclamo contra el Estado mexicano a propósito del tiempo excesivo que
Brenda había pasado en la cárcel sin sentencia y concluyó por tanto que esta
mujer se encontraba privada arbitrariamente de la libertad. También valoró que
las pruebas presentadas en su contra podrían ser falsas y que los testimonios
utilizados para acusarla fueron obtenidos mediante coacción física y
psicológica empleada sobre su coacusados.
El viernes 21 de junio de 2024, el magistrado federal Jorge Vázquez
Aguilera ordenó que Brenda Quevedo abandonara la prisión de máxima seguridad
donde estaba retenida. Casi de inmediato arribó a casa de su madre, Enriqueta
Cruz; ahí permanecerá confinada hasta que concluya su juicio. Diecisiete años
han transcurrido ya desde que Brenda Quevedo fue detenida en la ciudad de
Louisville, ¿cuántos más tendrá que atravesar en prisión domiciliaria?
En los muchos años que lleva andando este caso la madre de Brenda,
extravió todo su patrimonio. Cuando comenzaron a perseguir a su familia debió
rematar su departamento; ese dinero voló en unos cuantos meses porque enfrentó
gastos monumentales. Además, perdió el puesto en el banco para el que había
trabajado desde joven, lo cual implicó que tampoco pudo conseguir la jubilación
que se merecía.
Actualmente Brenda vive con su madre en una construcción menor a los
cincuenta metros cuadrados. Pesa sobre su corazón la posibilidad de que, en
cualquier momento, la envíen de vuelta a la cárcel. Enriqueta quiso muchas
veces ocultarle a su hija lo que sucedía fuera de la prisión. Administró las
malas noticias y, más que todo, el sufrimiento que le tocó vivir. Aunque
ocurrió en pequeñas dosis, Brenda terminó enterándose de todo. Por ejemplo, de
la migración de su hermano Omar a Canadá, el primer país donde solicitó asilo.
Hasta allá fue a perseguirlo la señora Wallace. Una entrevista que ella
ofreció a un medio canadiense bastó para que le negaran el refugio a Omar. Por
eso el joven tuvo que viajar después a Francia, donde lleva viviendo casi
quince años como asilado político. En todo este tiempo, aunque se comunican
varias veces a la semana, el hijo y la madre se han encontrado presencialmente
una sola vez, porque el viaje a Europa es un lujo impagable. Además, Omar
Quevedo no puede regresar a México hasta que el gobierno de ese país le
confirme el estatus de refugiado. Lleva casi diecinueve años sin ver a su
hermana y apenas hace dos que la autoridad carcelaria le permitió un encuentro
con ella a través de la pantalla de una computadora.
No es exagerado decir que Enriqueta Cruz ha sido la líder de la
resistencia. La principal antagonista frente a la señora Wallace. Ella es su
opuesto: no es estridente, nunca grita, agrede ni violenta. La inhiben los
reflectores. Su tesón y el del resto de los familiares logró convencer a los
primeros periodistas que miraron a los falsos victimarios desde un balcón
distinto. Enriqueta no se salvó del maltrato, pero logró sobreponerse. También
la acusaron de delincuente, la humillaron y la persiguieron, pero nunca se
detuvo. El universo quiso que alguien tuviera la entereza para salvar a su hija
y con ella al resto de los acusados.
145
Raquel y Judith también se quedaron sin nada. La gente de la
procuraduría les quitó la casa donde vivían porque, supuestamente, en ese lugar
Jacobo y Salomón retenían a sus secuestrados. Antes Raquel había perdido su
trabajo, y a Judith le impidieron terminar con los estudios. Acusadas
injustamente de pertenecer a una familia «apestosa», su historia fue la de una
doble discriminación: las aplastó la sociedad mexicana y también la comunidad a
la que siguen perteneciendo.
Al igual que Brenda, Jacobo lleva más de una década sin sentencia en
primera instancia. Los jueces que llevan su caso no han cerrado aún la
instrucción porque se trata de un expediente complicado. La CNDH analizó las
quejas interpuestas por los abogados de Jacobo. La recomendación emitida por
esta instancia no deja lugar a dudas: fue torturado en dos ocasiones. Así quedó
confirmado por los peritos que le practicaron el protocolo de Estambul, el cual
sirve para determinar objetivamente si una persona sufrió tratos inhumanos.
Jacobo se encuentra actualmente en un penal de máxima seguridad ubicado
a las afueras de la ciudad de Tapachula, en Chiapas. Raquel y Judith no tienen
recursos para visitarlo con regularidad. En autobús, el viaje desde la Ciudad
de México hasta esa cárcel es de trece horas y tanto el boleto de avión como
los gastos de hospedaje son prohibitivos para esas dos mujeres cuyo patrimonio
se redujo al mínimo debido a las arbitrariedades derivadas de los procesos
seguidos contra los dos hijos varones de Raquel.
Salomón propuso a su mamá y a su hermana que migraran a Panamá dónde la
familia tiene parientes que podían ayudarlos a empezar de nuevo. Raquel se negó
porque tal cosa implicaría abandonar a Jacobo. De su lado, a Judith no le
pareció mala idea, pero no estaba dispuesta a dejar sola a Raquel en la Ciudad
de México.
Pocos meses después de instalarse en aquel país centroamericano, Salomón
se matriculó en la carrera de Administración de Empresas; pudo pagar esos
estudios porque alternaba las clases con un trabajo que consiguió en un gran
almacén comercial. Cuando Raquel lo cuestionó sobre su vocación religiosa,
Salomón confesó que desde que lo ingresaron al centro de detención perdió las
ganas de ser rabino. ¿De qué le sirvió pasar la mitad de su vida rezando,
siempre agradeciendo las cosas buenas, para recibir al final el trato de un
vulgar delincuente?
Con todo, no abandonó su identidad judía. En Panamá conoció a una joven
nacida cristiana y que estuvo dispuesta a convertirse para poder casarse con
él. Con ella formó familia y tuvo un hijo, el segundo nieto de Raquel. Desde
que Salomón regresó a Panamá no volvió a abandonar ese país.
Judith cuenta que a su hermano los aviones le provocan angustia; después
de la traumática experiencia con la Interpol, agarró fobia contra los viajes.
Alguna vez que por teléfono Judith bromeó con la idea de invitarlo a México, en
la eventualidad de que ella se casara. Salomón respondió con toda seriedad que
jamás volvería a poner un pie en el país. Ella y Raquel lo lamentaron porque
eso cosa significa que, mientras no cuenten con recursos para visitar Panamá,
también el niño de Salomón crecerá lejos de ambas.
La madre de Judith no reclama nada. Al revés, está tranquila porque ese
otro hijo sí logró rehacer su vida. Cuando se le pregunta, Raquel presume con
mucho orgullo que él tiene un puesto importante dentro de una cadena grande de
tiendas de ropa.
Respecto del otro nieto, David Tagle Nava, Raquel ha vuelto a saber muy
poco. Edith, la madre del menor, afirma que el niño se parece mucho a Jacobo y
por eso prefiere mantenerlo lejos de la familia paterna. La última vez que
visitó a su padre, David tenía menos de dos años.
146
María Elena, la madre de Tony y Albert, cuenta que la pauperización de
su familia llegó a tal punto que se ponía a juntar moneditas para pagar el
pasaje que la llevaba a visitar a sus hijos a la cárcel. En el Reclusorio
Norte, la primera prisión donde fueron encerrados, la exprimieron hasta dejarla
en bancarrota. Al principio, a cada rato la llamaban Albert o Tony para
contarle que algún preso los había amenazado de muerte. Sin entender todavía
cómo se movían las cosas ahí dentro, fueron víctimas de extorsión. Varias veces
María Elena depositó dinero en las cuentas de aquellos presos para evitar que
hicieran daño a sus hijos, y aun así les dieron unas palizas tremendas. Aquello
se detuvo cuando Albert anunció que su familia se había quedado en la calle con
tanto gasto y que no entregarían nada más.
147
La enfermedad de Raynaud tiene a César Freyre amenazado de muerte, ya
que en cualquier momento un coágulo puede provocarle un infarto de corazón o de
cerebro. No se perdona el expolicía el asesinato de su hermano Jonathan, a
manos de su exsocio Ricardo Trevedan, y tampoco el fallecimiento de Julieta, su
hermana. Suma a la tragedia la pérdida reciente de su madre, Rosa Morales, a
quien se la llevó la muerte sin haber logrado que su hijo recuperara la
libertad.
Los otros dos integrantes de su familia nuclear se apartaron de César
cuando éste, junto con su madre, decidió pactar con la señora Wallace para que
detuvieran las torturas. Desde entonces, el expolicía no ha vuelto a saber nada
de su padre, Andrés Freyre, y tampoco de su hermana Ivonne.
Atrás quedaron los años en que permaneció encerrado dentro de una
pequeña celda de piso de tierra, condenado a dormir sobre el suelo y a hacer
sus necesidades en un hoyo. También pertenecen al pasado las torturas que
tatuaron su piel y su memoria. Freyre insiste con que jamás habría secuestrado
a una persona a cambio de dinero. También repite que es inocente del delito por
el que le arrebataron la vida. Por otras cosas quizá podrían haberlo imputado,
pero jamás de haber plagiado y asesinado a Hugo Alberto Wallace.
148
Juana Hilda González fue también abandonada por su familia. Ella, sin
embargo, ha sabido lidiar con la depresión. Conserva la esperanza de que un día
la verdad la sacará de la cárcel. La exbailarina se encuentra en un reclusorio
federal de máxima seguridad en el estado de Morelos. Al igual que los hermanos
Castillo y César Freyre, se amparó contra la sentencia del juez Ricardo Paredes
emitida en 2011.
A diferencia del resto de los coacusados, sus defensores lograron que
ese recurso fuera atraído por la Suprema Corte de Justicia. El ministro ponente
es Alfredo Gutiérrez Ortiz Mena, quien lleva dos años estudiando el caso sin
que aún haya propuesto fecha para el análisis del expediente por el resto de
sus pares.
Si el amparo de Juana Hilda llegara a prosperar, la situación de Freyre
y los hermanos Castillo tendría que ser resuelta en el mismo sentido. Cabe
también suponer que las sentencias en primera instancia, tanto de Brenda como
de Jacobo, permanecerán suspendidas hasta que el máximo tribunal resuelva el
amparo de Juana Hilda.
149
Hace ya seis años que Luis Miguel Ipiña, mejor conocido como Koldo,
regresó a España. Como taxista mexicano no tuvo derecho a ningún tipo de
jubilación. En cambio, en su país de origen le reconocieron los años que cotizó
cuando era un joven pescador y con eso le alcanzó para vivir con mejor dignidad
sus años de vejez. Cuando aterrizó en el aeropuerto de Barajas fue detenido por
la policía. Sin embargo, un juez lo liberó de inmediato ya que los delitos por
los que alguna vez fue perseguido en su país habían prescrito. A pesar de eso,
le retiraron el pasaporte, razón por la cual no puede viajar de vuelta a
México. Enriqueta Cruz, la madre de Brenda, mantiene comunicación con él. Es de
los que cree que un día se hará justicia. Un necio, pues, al que las víctimas
quisieran creerle.
150
Vanessa Figueroa, la vecina de la planta baja del edificio de Perugino,
no sólo tuvo que dejar atrás su país, a su madre y a sus hermanas; tampoco
volvió a ver a Moisés, que en julio de 2005 tenía un año y medio. Cuando el
padre del bebé se enteró de que la había detenido la policía, dijo que era
inconveniente para el niño crecer cerca de su madre, así que ambos
desaparecieron sin que ella haya sabido del pequeño desde entonces. Lo vio por
última vez en febrero del 2006; ahora tendrá unos dieciocho años.
Desde el año 2006 Vanessa Figueroa no ha vuelto a poner un pie en
México. Vive en Estados Unidos con Erick, su otro hijo. En fechas recientes se
enteró de que jamás fue acusada como cómplice en el crimen cometido
supuestamente contra Hugo Alberto Wallace. Cuando decidió huir de México las
autoridades le hicieron creer que la habían imputado igual que a su vecina
Juana Hilda.
151
Jesús Noel Montaño Gainza, vecino del departamento 2 de Perugino, a
quien apodaban el Cubano, abandonó México poco después de que lo acusaron por
falsedad de declaraciones y lo tuvieron, al igual que a Vanessa, declarando por
varias horas dentro del búnker de la procuraduría de la Ciudad de México.
Actualmente habita en Estados Unidos. No volvió a entrar en contacto con Juana
Hilda y prefirió mantenerse al margen de la injusticia cometida contra quien
fuera su amiga.
152
Ricardo Trevedan logró evadir la acción de la justicia: estuvo detenido
un año en La Paz, Baja California Sur, acusado de haber asesinado a Jonathan
Freyre y de tentativa de homicidio en contra de Jael Uscanga. A pesar de que
las pruebas en su contra eran contundentes y que el ministerio público presentó
un caso robusto ante el juez, al final Trevedan logró librarse de una sentencia
condenatoria gracias a que convenció de que había matado a Jonathan Freyre y
disparado contra Jael Uscanga en defensa propia.
La mecánica criminal descrita en ese expediente refuta ambas
aseveraciones, por lo que cabe suponer que Trevedan contó también con apoyo de
orden político para convencer al juez de que lo liberara.
153
El abogado Ricardo Martínez Chávez, representante legal de la señora
Wallace, murió asesinado el miércoles 4 de enero del 2017 en la ciudad de Nuevo
Laredo, Tamaulipas. En esa fecha se desempeñaba como coordinador general de la
procuraduría local. De acuerdo con el reporte policial, falleció hacia las once
de la noche cuando fue emboscado y acribillado con armas calibre .50 mientras
se dirigía a su domicilio. Se desconoce quién pudo haber ordenado su muerte,
tampoco se hicieron públicas las motivaciones de sus asesinos.
154
El agente del ministerio público Braulio Robles Zúñiga postuló para ser
fiscal anticorrupción de la Fiscalía General de la República. En marzo de 2017
la Comisión de Justicia del Senado denunció que el ensayo presentado por este
candidato era similar al de otra aspirante al mismo puesto, Angélica Palacios
Zárate. Antes de que fuera acusado por plagio, Robles Zúñiga decidió presentar
su declinación al puesto. Desde entonces no hay registro público que informe de
su paradero.
155
Édgar Valdez Villarreal, alias la Barbie, fue extraditado a Estados
Unidos en septiembre de 2015. Después de declararse culpable por los cargos de
tráfico de cocaína y lavado de dinero, un tribunal de Atlanta lo sentenció a
cuarenta y nueve años de prisión. No podrá dejar la cárcel antes de cumplir los
noventa.
Con esta sentencia los jueces de ese país quisieron ser ejemplares y
enviaron un mensaje al resto de los líderes del crimen organizado en el sentido
de que no habría tolerancia hacia sus actividades delictivas.
Tiempo después, la Barbie hizo pública una carta en la que dijo en la
realidad no fue capturado por la autoridad sino que, para evitar ser asesinado
por sus enemigos, se entregó a la DEA del gobierno de Estados Unidos. Acusó
también a la policía mexicana de estar coludida con el crimen organizado; en
particular, señaló a Genaro García Luna, quien fue secretario federal de
Seguridad durante la administración de Felipe Calderón.
Los abogados de la Barbie argumentaron durante el juicio de su cliente
que él sirvió como informante de la DEA entre 2008 y 2010, los dos años previos
a su detención. No es posible corroborar si tal cosa es cierta.
156
En julio de 2007 Claudia Muñoz, la madre de la segunda hija de Hugo
Alberto, consiguió trabajo en una ciudad ubicada en el corazón de Estados
Unidos. Es una paradoja que su primer empleo formal en ese país haya sido como
asistente de un alguacil de policía. Sin haberlo deseado, terminó como
investigadora criminal para esa oficina. Los años que pasó dentro de las aulas
de la Facultad de Derecho en México le entregaron una buena base para
sobresalir en ese trabajo.
Ocupó el mismo puesto durante más de trece años; en ese tiempo no volvió
a saber nada más de su expareja. Tampoco tuvo noticias del caso Wallace: para
Claudia Muñoz se quedó atrás, igual que su vida mexicana. Acepta que quizá fue
un mecanismo de defensa frente al riesgo que significaba para su hija la
cercanía con la familia de su papá.
En 2019, mientras navegaba en la red, se topó con una noticia donde se
hablaba de las personas acusadas de haber matado a Hugo Alberto; fue entonces
que tomó conciencia de la importancia de la información en su poder. El
desaparecido llamó a casa de su mamá un año después de su supuesto asesinato:
ahí estaba la prueba que esa gente necesitaba para confirmar su inocencia.
Entonces decidió buscar a los abogados de las víctimas: debía contarles
lo que sabía para ayudar a liberarlos. Ya no importaba lo que la señora Wallace
intentara hacer en contra suya, esa mujer no podría hacerles daño porque su
hija y ella se habían hecho fuertes y también porque en el extranjero se
sentían más seguras.
La segunda hija de Hugo Alberto tiene veintiún años. En una visita
reciente que hizo a México abrazó a Enriqueta Cruz, la madre de Brenda, y ella
le devolvió ese gesto humano de reconciliación.
157
El doctor Carlos León Miranda continúa viviendo en el puerto de
Ensenada. Se emocionó y lloró el día en que se enteró de que Brenda Quevedo
salió de prisión para instalarse en casa de su madre. Está convencido de dos
cosas: de la inocencia de los integrantes de la falsa banda de Chalma y de que
su hijo Hugo Alberto continúa vivo.
La probabilidad de que el padre biológico de Hugo Alberto fuera el
primero en romper el silencio era minúscula y, sin embargo, Carlos León colocó
el peldaño inicial de la escalera para que las víctimas pudieran recuperar
esperanza. Afirma que durante años tuvo miedo de que el resto de su familia
saliera lastimada. Cuando se cansó de estar callado, primero buscó a los
periodistas que denunciaron los abusos; lo más importante, sin embargo, fue
cuando acudió al juzgado para declarar contra la fabricación de la gota de
sangre. A partir de ese momento todo comenzó a cambiar. A pesar de tener a la
opinión pública, a la procuraduría y a los jueces en su contra, el testimonio
del padre de Hugo Alberto fracturó la lápida bajo la cual aún se encuentran las
personas acusadas.
158
La licenciada Ámbar Treviño narra que fue difícil levantarse de nuevo.
La rehabilitación tardó más que un árbol en dar sus primeras semillas; tomó
tiempo espantar los malos sueños y aprender a concentrarse en no concentrarse.
Afirma que, para sanar, hay que aferrarse a la familia y cumplir la promesa de
no volverles a hacer daño.
«Si pudiera hablar con mi yo del pasado, le diría que mejor pasara de
largo. Le recomendaría, sobre todo, que evitara mentarle la madre a la señora
Wallace».
Después de su detención en el centro de arraigo, Ámbar Treviño
únicamente mantuvo contacto con Enriqueta y Brenda. De ellas fue incapaz de
apartarse. Afirma que la tenacidad de esas dos mujeres ha alimentado su
curación.
«No me juzguen por mis contradicciones: administrarlas ha sido también
parte de este largo aprendizaje. Tengo convicción de que esta historia aún no
ha terminado».
159
La señora Wallace afirma que la Suprema Corte de Justicia de la Nación
atrajo el amparo presentado por Juana Hilda González porque el crimen
organizado sobornó al presidente del máximo tribunal. Teme, y con razón, que de
esa resolución pueda derivarse un acto final de justicia para sus víctimas.
También estará consciente de que, en caso de que salgan libres, ella podría ser
señalada como victimaria.
Sin embargo, lo sucedido en este caso no tiene como única responsable a
la señora Wallace. Jamás habría sido tan excesiva en su crueldad sin la
complicidad del periodismo sesgado, de los agentes del ministerio público y los
policías corruptos, de los jueces que no supieron enfrentar la presión
política, de los custodios que permitieron la tortura dentro de la prisión, de
la indiferencia generalizada de la sociedad y, más que todo, del poder que le
entregaron los expresidentes Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto.
Este caso es uno de los más documentados en la historia judicial de
México: se han escrito miles de páginas en la prensa y tanto la radio como la
televisión han transmitido sin fatiga imágenes y acusaciones en exceso
denigrantes hacia las personas imputadas. En revancha, el grueso de la opinión
pública guardó silencio cómplice respecto de la injusticia y la fabricación.
Las víctimas de la señora Wallace se volvieron objetos. La misma gente
que les negó justicia decidió borrarlos como se hace con los malos recuerdos.
No es cierto que haya pruebas, hechos, ni mucho menos testimonios que confirmen
su culpabilidad. Tampoco es verdad que sus destinos estén en manos del Poder
Judicial. Los tribunales no distinguen entre inocentes y culpables. Llevan casi
dos décadas encerrados porque el sistema es jodidamente lento. En todo este
tiempo, el Estado jamás los consideró como inocentes.
Más allá de las personas acusadas, también las familias fueron un paño
desgarrado, heridas que no volvieron a cicatrizar. Las madres, los padres, las
hermanas y los hermanos, todos viven temiendo que algo peor pueda llegar a
sucederles. Se trata de una sensación de incertidumbre que se instaló casi
desde el primer día.
160
El caso Wallace desnuda una disputa feroz de nuestra época dónde la
justicia importa menos que el poder a la hora de descifrar la verdad. Trata de
una víctima de secuestro que muy probablemente jamás fue secuestrada, de un
muerto que continuó dando testimonio de vida después de su asesinato, de una
defensora de derechos humanos que torturó para fabricar culpables, de una banda
de criminales inexistente y de una acción de la justicia tremendamente injusta.
Prácticamente toda violencia humana encuentra su origen en un pleito por
la verdad y este caso judicial no es excepción. Puestas sobre la balanza las
pruebas de cargo y las de descargo, el juez que juzgó esta causa debió dejar en
libertad a Juana Hilda y su novio César Freyre, así como a los hermanos Albert
y Tony Castillo que supuestamente les ayudaron en el horrendo crimen.
Sin embargo, a la hora de emitir la sentencia prevaleció la verdad de la
señora Wallace sobre las verdades alternativas. Por ello, en 2010, cuatro
personas fueron condenadas, en conjunto, a más de trescientos años de prisión.
Hay otras dos personas acusadas por el mismo crimen, Brenda Quevedo y Jacobo
Tagle, las cuales llevan más de tres lustros sin haber sido siquiera
sentenciadas en primera instancia, debido a la misma debilidad de las pruebas.
A estos seis victimarios —que en rigor son víctimas— se suma una
treintena de personas cuya vida fue también desgarrada por el caso Wallace. Se
trata de individuos torturados para testificar con falsedad, familias
perseguidas, parientes que tuvieron que solicitar asilo fuera de México y un
largo etcétera de violencia que aún no se ha dado a conocer a la opinión
pública.
El caso Wallace debería llevar el nombre de las personas perjudicadas y
no el de la victimaria. Tendría que ser el caso Quevedo, Castillo, Tagle,
Freyre o González Lomelí, que son los verdaderos caídos de este expediente. Sin
embargo, la señora Wallace logró ganar también en el terreno de la opinión
pública y en el de la alta política. Por su lucha como madre vengadora, el
entonces presidente de México le entregó el Premio Nacional de los Derechos
Humanos. Por su habilidad para convencer a la clase gobernante, esta ciudadana
fue candidata del partido conservador para la jefatura de gobierno de la Ciudad
de México. Por los servicios prestados al poder, ella ha jugado un papel muy
importante en la política criminal de México durante las primeras décadas del siglo
XXI.
El caso Wallace también sirve para relatar la manera como se construye
la verdad jurídica en una época donde el espectáculo mediático y los intereses
de la política son más verdad que la verdad misma. Desde hace dos años, la
Suprema Corte de Justicia de la Nación tiene guardado el recurso de amparo
interpuesto por Juana Hilda González Lomelí, la bailarina que supuestamente
sirvió de cebo y prestó el departamento donde habría ocurrido la muerte de Hugo
Alberto.
A diferencia de otros tiempos, hoy la opinión pública no apoya más a la
señora Wallace. Esta circunstancia debería ofrecer un grado de imparcialidad
que el caso no había conocido antes. Tanto las pruebas contenidas en el
expediente como aquellas que han aparecido con el paso de los años anuncian una
obligada liberación de Juana Hilda. Cuando ella salga libre, tocará el turno a
las voces de las víctimas del caso Wallace para que se escuchen por todo lo
alto. Ése será el mayor acto de justicia que hayan merecido. Fabricación es un
relato que tiene como propósito entregarles esa otra justicia: el fin de su
silencio y la alternancia de la palabra.
161
¿Puede la crueldad sola, sin ningún otro argumento, ser el móvil para
cometer un crimen? Aunque es infantil todo relato que separa con maniqueísmo a
la raza humana entre personas buenas y malvadas, la literatura universal
alberga toneladas de historias donde la crueldad se presenta como explicación
única de nuestros peores actos.
Sin embargo, nuestra naturaleza es más compleja. Fabricación es un
relato que exhibe esa complejidad y, por tanto, recorre otras motivaciones
detrás de los crímenes denunciados, no solamente en contra de quienes aún
permanecen privados de la libertad, sino también de aquellos cuya existencia se
vio dramáticamente trastocada por el caso Wallace.
Si en vez de haber empleado palabras, esta tragedia se hubiera valido
del pincel y del lienzo para ser narrada, tendría que haberse inspirado en
alguno de esos cuadros dedicados a salvar del olvido masacres tremendas como
las que plasmaron Goya o Picasso.
En el Guernica de Picasso aparece una mujer que clama al cielo mientras,
sobre su regazo, se desparrama el cuerpo sin vida de su hijo. Durante algún
tiempo esa imagen pudo haber sido reivindicada por María Isabel Miranda de
Wallace. Tardaría en saberse que otras eran las madres y otras las hijas y los
hijos de esta misma batalla. La historia contada aquí también es la de la
crueldad ejercida por una madre y su hijo en contra de otras madres y su
respectiva descendencia.
¿Cómo explicarse la deshumanización de las verdaderas víctimas?
Concediendo veracidad a la hipótesis que lleva a concluir que la fabricación
del secuestro y la muerte de Hugo Alberto fueron actos cometidos para
protegerlo, a él y a su familia, no se explica por qué se procedió sin ninguna
piedad a la hora de destruir la dignidad y la existencia de sujetos que, se
sabía, eran inocentes.
La falta de empatía es condición necesaria, pero insuficiente, para la
manifestación de la crueldad; además se requiere de sadismo y, en este caso, de
una sociedad cómplice de las atrocidades. Si la perpetradora no conoció el
remordimiento, aún menos la masa que la acompañó con admiración en su vengativa
cruzada.
Por otro lado, resulta obvio decir que, sin la dimensión política de
esta crueldad, el daño habría sido menor. La combinación fue funesta: ella
propuso el mal y el poderoso decidió acompañarla.
Este relato comenzó a escribirse cuando la madre apócrifa del cuadro
negó la verdadera genealogía de su hijo. Ese error abrió una rendija para que
la razón de las víctimas y las mentiras de los victimarios se hicieran
públicas.
Queda como moraleja de esta narración que el único antídoto para
defenderse de la crueldad es la práctica necia, rigurosa y sistemática de la
empatía.
Acerca del autor
RICARDO RAPHAEL. Es académico, periodista y escritor. Columnista del
periódico El Universal, conductor del programa de televisión Espiral en el
Canal 11 del IPN y comentarista de los noticiarios Enfoque y Nocturno de
Proyecto 40, se ha desempeñado también como profesor durante más de quince años
en el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE).
Ha escrito varios libros entre los que se encuentran La institución
ciudadana (2007), Los socios de Elba Esther (Planeta, 2007) y El otro México
(Temas de hoy, 2011), además de coordinar El México Indignado (Destino, 2011) y
el Reporte sobre la discriminación en México (CIDE-Conapred, 2012).

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