© Libro N° 13948. Liminar. Liscano, Juan.
Emancipación. Junio 14 de 2025
Título Original: © Liminar. Juan Liscano
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Juan Liscano
Liminar
Juan Liscano
Vicente Cochocho, ahora lo comprendo tras de releer Las Memorias de Mamá
Blanca cincuenta y cuatro año después de su apasionada y primera lectura en
1933, actuó como el líquido revelador en la fotografía: frente a él no sólo se
precisan determinados rasgos del carácter de otros protagonistas de esta
deliciosa narración, entre ellos los padres de Blanca Nieves, la negra
trinitaria Evelyn, las niñas, primo Juancho, sino el país, esa Venezuela
decimonónica de economía agraria, sublevaciones de caudillos, grandes haciendas
de café, cacao y caña de azúcar, minorías aristocráticas afrancesadas,
campesinos desnutridos y analfabetos, tesoro público exhausto e industrias
inexistentes.
En esa Venezuela revoltosa y a la vez estancada nacieron mis padres. Ana
Teresa Parra Sanojo y mi madre, aunque mayor esta última, fueron amigas.
De niño conocí y sobre todo vi a esa mujer cuya belleza y elegancia
perturbaban mi libido infantil. Mi madre era zalamera, cuando se lo proponía, y
delante de mí, y llamándome la atención, elogiaba la hermosura y la
inteligencia de Ana Teresa. El gradual descubrimiento de la fémina, para el
temperamento heterosexual, empieza casi en la cuna. Es un instinto regido por
un polo de atracción misterioso.
En el balneario de Macuto temperaba la «gente bien» de Caracas. Para mí
eran días inolvidables: los uveros de playa y su frutilla roja, las palmeras y
los cocos, el litoral rocoso por donde uno se aventuraba a ver romper las olas
y correr los cangrejos, el parque con palomares y palomas, las casas de grandes
patios, algunas de estilo victoriano solemne, el malecón de todos los
encuentros.
Mi infancia corre aún por él como ese día en que Ana Teresa Parra y mi
madre platicaban y yo, para lucirme ante la amiga, intenté saltar por sobre un
banco de piedra. Mis seis o siete años no pudieron con el obstáculo que quería
vencer. Tropecé con el filo de duro cemento y me abrí la rodilla entre los
consiguientes gritos de dolor y llantos. Ana Teresa y mi madre me cubrieron de
mimos y cuidados. Muchos años después, en la Costa Vasca francesa, escribí un
poema largo titulado Meditación en Ciboure. Este episodio surgió del fondo de
mi memoria no sé por qué y lo usé como elemento de introspección, de
ahondamiento en la propia herida carnal, física y metafísica. Ciboure está
situado frente a Saint-Jean-de-Luz. Descubro ahora, en este regreso a la
lectura de Teresa de la Parra, que en el epistolario inserto en el volumen
consagrado a ella por la Biblioteca Ayacucho, publicado en 1982, figura la
Costa Vasca como el lugar inolvidable de su relación con Gonzalo Zaldumbide. En
1927 le dice en una carta: «Querido Gonzalo: Acabo de salir y como de costumbre
estoy
pensando en ti: Guethary, luego Bayona todos nuestros queridos pueblos
de amor y automóvil». En otra, de 6 de noviembre de 1928, escribe: «Bien, me he
puesto la sortija y su peso, y su continuo choque con la sortija vecina, pone
un rin rin que se parece a ti. Creo que estoy aún en San Juan de Luz».
La coincidencia de meditar entre los puertos pesqueros de Ciboure y de
Saint-Jean-de-Luz, hacia 1962 o 1963 cuando viví en Hendaye, a 21 kilómetros de
Bayonne y cerca de Guéthary, y recibir la memoria lejanísima del episodio de
Macuto, sin que supiera que para Ana Teresa Parra, esa región de los Bajos
Pirineos franceses tuviera significación alguna, me parece más interesante que
el muy literario encuentro imaginado por Lautréamont para describir
la belleza, y adoptado por los surrealistas, de una máquina de coser y
un paraguas sobre una mesa de disección. El inconsciente y los mecanismos de la
psiquis actuando con libertad logran asociaciones tan inexplicables como la que
menciono, pues nada suscitaba en mí la imagen de la autora de Las Memorias de
Mamá Blanca, en aquel sitio, aquella estación, aquella fecha y aquel paisaje.
* * *
Desandando el tiempo me veo a los 17 años, interno en L’Ecole des
Roches, cerca de Evreux, en Normandía, Francia. Esta escuela copiaba el modelo
inglés y tenía por meta formar élites plutocráticas y aristocráticas para
Francia. Allí´viví una de las más injustas experiencias de discriminación, la
cual culminó con mi expulsión. La escuela no contaba con un solo edificio sino
que se repartía en varias construcciones centrales y muchos pabellones que
albergaban a los alumnos. Desde un principio me segregaron en pabellones de muy
pocos alumnos. Las instalaciones cubrían varias hectáreas de campo. En
Normandía llueve mucho y solía sentir la nostalgia del trópico. Un invierno, el
de 1933, recibí inesperadamente Las Memorias de Mamá Blanca.
La dedicatoria rezaba: «A mi
querido Juan Liscano: Para que trate de recordar aquellos tiempos en que él era
el diablo principal de Macuto y yo no era todavía «autora». Su vieja amiga,
Teresa». Estaba fechada en «Leysin, Enero 1933».
Devoré el libro. Me conmovió muchísimo. En el invierno normando y entre
las páginas de la narración veía y sentía el trópico de mis nostalgias. Y
conviví con seres del campo que me recordaban a los que conocía. Rememoré los
corrales, los patios, los helechos, a Miguel Machado, jardinero de mi casa, sus
paseos nocturnos con una vela en la mano, recorriendo el jardín como en un
ensalmo protector, a los campesinos que acudían de madrugada al mercado de San
Jacinto para vender sus hortalizas traídas de los sembradíos vecinos. Esas
evocaciones se mezclaban con la figura de quien firmaba el libro como Teresa
de la Parra. Fragmentos de anécdotas biográficas referidas por mi madre
la ponían en movimiento, vestía como diez años antes, iba tocada con un
sombrero de anchas alas, los ojos verdes fulgían en la sombra que estas últimas
daban.
Reapareció un país de haciendas. Esas haciendas de Mamá Blanca y sus
hermanas, esa hacienda en el Valle de Caracas donde Teresa pasó su primera
infancia y cuya presencia remota, de fines de siglo pasado, recreó en 1926,
escribiendo Las Memorias... Teresa de la Parra no es solamente Ifigenia, la
señorita bien que se fastidia y se casa, perdida el alma, vaciada de sí como el
vestido de novia sobre el sillón que parece abrazarlo, entregada al rito del
matrimonio más conveniente, sino esa niña de la hacienda que descubre la
naturaleza y la modestia rústica de Vicente, el peón, las labores del trapiche
y la invasión de los invitados que le quitan por un momento la atención de la
madre.
El tiempo de Teresa de la Parra es el de una Venezuela desaparecida. El
de una aristocracia vapuleada por las guerras civiles pero depositaria de una
cultura de salón y viajes a Europa. El de una ciudad capital pueblerina rodeada
de fundos y de siembras. Teresa pertenece a ese mundo por la infancia y la
tradición familiar, pero también pertenece a Europa por el conocimiento, la
lectura, la inteligencia, la sensibilidad que hacia el final de su vida, cuando
la enfermedad inicia su demolición, la induce a una revisión de su quehacer, de
su seducción, de sus experiencias, de su modo de vivir.
En 1931 queda detectada la tuberculosis. Empieza una larga lucha con
ella. Se refugia en la amistad, «no amor» precisa en el diario que fue
publicado mucho más tarde. En esa época final, ella y mi madre vuelven a verse.
Mi madre se ha casado en segundas nupcias con Luis Gregorio Chacín Itriago,
también viudo. Desde 1929, el matrimonio con los hijos de sus respectivas bodas
anteriores viaja a Europa. Chacín Itriago, quien fue el mejor de los
padrastros, desde 1930 desempeñará un alto cargo diplomático en Suiza y en la
Sociedad de las Naciones. En Ginebra conocen a Gonzalo Zaldumbide. Éste
frecuenta a mi madre en procura constante de noticias de Teresa. Efectuó un
matrimonio interés. Hizo carrera: diplomático, brillante escritor académico.
Ejerce un donjuanismo desencantado y melancólico. Lo recuerdo hundido en el
sillón de las confidencias, frente a mi madre. La insta a preparar con ella un
encuentro. No la puede olvidar. Quiere ver a la enferma amada, única, que sigue
una cura en el Sanatorio de Leysin. Teresa y mi madre hablan por teléfono. Ella
se niega.
Alega que ha engordado mucho y quiere que Zaldumbide conserve de ella la
imagen de hace años. Fue quizás en ese trato con mi madre y en ese año de 1933,
cuando se acordó de mí y me obsequió Las Memorias de Mamá Blanca.
Le escribí una carta vehemente, expresando la admiración que me causaba
el libro y todo lo que removía en mí. Hojeando este ejemplar advierto que
subrayé muchas líneas, párrafos y también páginas. He tratado de revivir las
razones y emociones que me animaron a esas marcaciones. Una me divierte e
inquieta. Figura en las páginas iniciales: «Adán y Eva pecaron por soberbia de
la inteligencia. Como represalia, Dios encerró en ella la mayoría de nuestros
dolores y miserias. Libre de la inteligencia y de sus goces maléficos, la
humanidad se verá libre de una especie de cofre lleno de serpientes». Subrayé
también, en la narración sobre Vicente Cochocho, lo siguiente: «Yo creo que el
cuerpo suele adornarse con detrimento del espíritu. Es una convicción cruel que
profeso con tristeza, pues me duele muchísimo el pensar que la amable, la
divina elegancia del cuerpo, es una ladrona linda y vil que para bien adornarse
dejó el alma sin ropas ni pan, sumida en la miseria». Y cuando concluye un
capítulo sobre el conmovedor peón tiré una raya por debajo de estas líneas:
«Su alma desconocía el odio. Siendo casi del mundo de los vegetales
aceptaba sin quejarse las iniquidades de los hombres y las injusticias de la
naturaleza.
Hundido en la acequia o adherido a las lajas, zahiriéranlo o no, seguía
como buen vegetal dando impasible sus frutas y sus flores».
Muchos otros pasajes de la inolvidable descripción de Cochocho señalé
con paréntesis enérgicos. También destaqué el episodio del trapiche con Evelyn.
La lectura del libro de Teresa de la Parra marca un hito en mi
adolescencia, como Doña Bárbara de Rómulo Gallegos. En la melancolía de los
campos
lluviosos de la Escuela, reencontraba la imagen del paisaje cálido de mi
país, decantado por la magia de la escritura literaria. Pero si Doña Bárbara
nada
suscitaba en mí, en relación con el autor, el libro de Teresa me
devolvía a ella, a una vivencia imborrable asociada con el poema de Ciboure
pero también
recuerdo confuso de infancia, de una «dama alta y enlutada», vista al
regresar del colegio, una tarde invadida por los ardientes crepúsculos de
Caracas, quien
«dijo mi nombre entre sus velos tristes». No puedo, ahora, apartar esos
versos de la fotografía de Teresa, después de la muerte de su protectora Emilia
Ibarra
de Barrios Parejo, en 1924.
* * *
Fechada en Leysin, el 14 de febrero de 1933, recibí la contestación de
Teresa a mi carta. He conservado esa misiva preciosamente. No sólo porque ya
era ella una gran escritora y yo un adolescente con pretensiones de
intelectual, sino porque confirmaba en mí tendencias digamos idealistas que con
los años desembocaron en un interés constante por los temas del espíritu. Tras
de manifestarme la satisfacción de encontrar tanta acogida por su libro,
elogiaba la independencia que presentía en mi carácter así como mi entusiasmo
por Venezuela, pero me ponía en guardia contra una carencia de cultura moral,
no intelectual, «sobre todo en los hombres», propia de toda Latinoamérica. Hoy
sé lo que contenía esa advertencia. Surgía de lo más profundo de su feminidad
crítica, de su experiencia y conocimiento. La historia de María Eugenia Alonso
no era propiamente la suya pero sí la de miles de mujeres latinoamericanas, las
unas conscientes y las otras no, de una condición subalterna social creada por
el patriarcalismo y eso que se llama, vulgarmente, machismo. Los caminos del
machismo son muchos. Uno de ellos es la seducción fatua, el engaño donjuanesco.
María Eugenia Alonso aceptó el sacrificio nupcial.
No Teresa de la Parra. Pero ¿acaso escapó a la seducción, a esa forma de
narcisismo de Don Juan, tan estéril como aparentemente enamorado de la mujer?
«Escríbeme dos palabritas siempre que puedas. No sabes cómo se parecen a tus
besos lindos. Es más largo ese beso de los ojos con palabras escritas que el de
los cuatro labios; y me dejan a mí un rastro más pegajoso que el del rojo
Guerlain que por lo menos se quita con jabón y agua. Tu rojo no se me ha ido,
Lillito, desde anoche…» Seducciones en entrelazamientos. El matrimonio de
Zaldumbide, su donjuanismo d’annunziano, su decadencia inteligente,
implicó o entrañó un abandono autoctestructivo. Se lamentaba después.
Lloraba frente a mi madre mientras arrastraba hacia el suicidio a otra bella
amante venezolana. El machismo tenía guante de seda. Y carecía de ética, de esa
ética espiritual que Teresa descubre cuando la enfermedad la toca y purifica.
«Ya lo verás, decía al adolescente que era yo, cuando te encuentres de
golpe en aquel ambiente tan agradable y seductor en todos los otros sentidos.
Como yo creo que la verdadera superioridad humana no es la intelectual sino la
ética, te recomiendo que trates de fortificar aquí todas las cualidades nobles
de tu alma, imprégnate bien de lo elevado que tienen estas viejas culturas de
modo que se diga de ti siempre no sólo que eres un intelectual sino que eres un
caballero ». Se despedía con: «algún día tal vez, si Dios me da vida, la
releeremos juntos en Venezuela…»
* * *
En la «Advertencia» de Las Memorias de Mamá Blanca, Teresa de la Parra
consignó un esbozo sin pretensión, muy subjetivo y personal de «arte de
escribir», donde habla de frescura, de naturalidad, de limpidez, de abandono,
de obras contemporáneas cuyo esplendor hermético de espaldas a la naturaleza
engendran formas desapacibles, vacíos, rechazo. Habla del pecado de soberbia de
Adán y Eva y del cofre de serpientes que encierra la inteligencia. Contrapone a
la modernidad entendida según Octavio Paz como «autodestrucción creadora», la
«sana alegría» y «la pasión de la dicha ajena» de Mamá Blanca. Transcribo una
de sus frases: «La escuela de lo hermético, unida a la falta de tiempo,
condición que gobierna todas las horas de nuestros días, ha logrado colocar los
placeres del espíritu y la sonrisa de la idea al alcance de nadie. Creo que por
medio de esta alianza, combinada con la multiplicación de las máquinas, se
inicia la etapa final de nuestra Redención, que consiste, a mi entender, en
matar el pensamiento con la fuerza hercúlea del
pensamiento».
De modo que la humanidad, libre de pensar, de ese inmenso rebuscamiento
como espiral girando sobre sí misma, cuyos goces maléficos pervierten, podrá
volver a una suerte de inocencia original. Se trata de humorada. Las Memorias
de Mamá Blanca fueron escritas entre 1926 y 1928, un período de gran actividad
mundana y vida literaria social de Teresa. El hermetismo al cual alude en la
«Advertenc¡a» no es precisamente el esoterismo tradicional de alta inspiración
espiritualista que defendió René Guenón en esos años, rescatando la enseñanza y
la simbología de lo que eran para él desviaciones
del ocultismo y de la contrainiciación, sino los «ismos» que florecieron
después de la Primera Guerra Mundial cuyo vástago último fue el surrealismo (el
Manifiesto aparece en 1924) y la búsqueda de lo supranormal espiritista. Teresa
está dividida entre su heredad afectiva compuesta por la nostalgia de un país
de haciendas y ciudades envueltas y penetradas por la vegetación, de un tiempo
decimonónico de burgueses apacibles y normas patriarcales, y una modernidad
relativa más sentida que pensada y teorizada, consecuencia existencial,
biográfica, que la movió a escribir, a asomarse a otro mundo social menos
conformista, formado por gente internacional de la «high», diplomáticos,
intelectuales, artistas, periodistas. La imagen de Teresa es la de una mujer
moderna de los años 20. Fuma con boquilla, viste pijamas, es elegante. Pero en
el fondo de ella persiste un apego de infancia al descubrimiento de la
naturaleza, de los fundos con casona y servidumbre casi familiar, de un sentido
tradicional de la vida. Mamá Blanca se opone a esa modernidad del cubismo, del
dadaísmo, del surrealismo, de las modas literarias. Teresa, a través de esa
personificación de su ser interior y de su memoria, se aleja ya de lo que está
viviendo, en procura de una suerte de clasicismo espiritual, de escritura
directa, simple, auténtica, que transparentara la vida, «las alas de la vida».
En 1931 comienza su enfermedad. Cinco años después falleció.
El estilo, la escritura, los modos de decir, condicionan y caracterizan
la literatura desde el momento mismo en que el autor se siente tal, firma,
afirma su personalidad. Los contenidos, con ser fundamentales, tienen menos
variedad. El fenómeno lingüístico ocupa, hoy, un sitio determinante. Se piensa
que la literatura no es sino un lenguaje y que éste no es Verbo revelado sino
función cerebral humana. La relación habla y escritura desplazó la de forma y
fondo.
De modo que, desde el romanticismo, la literatura no es principalmente
sino creación de estilo que desplaza a otro estilo en un movimiento de oleaje
incesante.
En una Venezuela atrasada en que la literatura se compartía entre
epígonos del romanticismo español y del modernismo latinoamericano, con su
carga de decadentismo finisecular y vagas intuiciones americanistas, la
narrativa de Teresa de la Parra, junto con la de José Rafael Pocaterra
(1888-1945) y Rómulo Gallegos (1884-1969) significó una reacción contra la
estética modernista que tuvo en Manuel Díaz Rodríguez (1868-1927) su más
aventajado cultivador. Pocaterra fue seducido por el naturalismo y el realismo,
los cuales en Gallegos alcanzaron la
transmutación de lo épico y simbólico. Teresa contó la vida de las casas
pudientes, penetró en la intimidad de las mujeres asfixiadas por el
patriarcalismo, de la infancia de las niñas ricas en las haciendas, de la
feminidad universal, inaugurando así una vertiente literaria que hasta entonces
se confinaba, en el Cono Sur, a la poesía ardiente y erotizada de poetisas
notables. En Teresa no hay clamor sino confesión, no hay furor sino ironía. Su
escritura se niega a cualquier énfasis, fluye despojada de adornos retóricos,
ceñida a la vida interior de los personajes, casi transcripción digna del habla
cotidiana a la escritura. María Eugenia Alonso es una señorita bien que escribe
por fastidio, develando con gracia, ironía y hasta dramatismo parco, los comportamientos de su entorno
social. En ningún momento se siente autora ni pretende hacer literatura.
Tampoco insurge desde el fondo de un ego exigente y atormentado. Es una
espectadora de sí misma y, por falta de voluntad de ruptura, se pliega a
casarse deseando a un hombre que no es libre. Gallegos cuando escribe canta,
clama, impreca, saluda, exalta. Pocaterra da tajos de vivisección, denuncia,
descubre tumores y putrefacciones del alma. Teresa cuenta en un diario íntimo,
en un lenguaje íntimo, con una escritura blanca y transparente, la vida
sentimental, anímica, sensible de las criollas, a principios de siglo, sin
intención sociológica, política o psicológica. Su admirable dominio estilístico
reposa sobre la sencillez, la eficacia del contar, la fidelidad al habla y a
los sentimientos. Inmensa poda adjetival para alcanzar lo sustantivo
proteiforme pero natural. Acción interior de gente determinada por un medio,
una historia y unas normas que constituyen el fondo vislumbrado, preciso en su
imprecisión, viviente pero nunca fijado por la autora, delineado, acentuado,
estudiado, descrito. Narración de sucesos interiores cuya importancia no pasa
de lo subjetivo. Pero esa misma distancia concede a las narraciones de Teresa
de la Parra su universalidad y transparencia global. Nunca el árbol ciega la
visión del bosque. Y el bosque es, simplemente, la vida, el vivir, el estar
viviendo.
FIN

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