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Libro N° 13944. Orígenes Del Nacionalismo Vasco. Hermosilla, Ignacio.


© Libro N° 13944. Orígenes Del Nacionalismo Vasco. Hermosilla, Ignacio.  Emancipación. Junio 14 de 2025

  

Título Original: © Orígenes Del Nacionalismo Vasco. Ignacio Hermosilla

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda


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ORÍGENES DEL NACIONALISMO VASCO

Ignacio Hermosilla

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Orígenes Del Nacionalismo Vasco

Ignacio Hermosilla

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A raíz de la publicación en octubre de 1997 de «El bucle melánco-lico. Historias de nacionalistas vascos», libro de Jon Juaristi, que obtuvo el Premio Espasa hoy, hemos decidido publicar un breve serial acerca de los orígenes y desarrollo del nacionalismo vasco. Jon Juaristi (Bilbao 1951) es catedrático de Filología Española en la Universidad del País Vasco y ocupa, en la actualidad la Cátedra Rey Juan Carlos I de España en la New York University. Fue mili-tante etarra y hoy en día es uno de los más radicales detractores del «fascismo abertzale». Como tal, forma parte destacada del «Fo-ro de Ermua».

El escritor bilbaíno hace un recorrido a través de los personajes más significantes del nacionalismo vasco y su realidad histórica y cultural de los poco más de 100 años de historia, hasta los conmo-vedores e imborrables dos días de julio (del 10 por la tarde al 12 de madrugada, cuando se confirma el asesinato de Miguel Angel Blanco a manos de ETA) en que nace de nuevo un pueblo vasco que no quiere arrodillarse más ante el victimismo abertzale.

 

Este serial constará de tres partes:

1- - Orígenes del nacionalismo vasco.

2- - Un país invadido; la patria y los enemigos. «El dramón     nacionalista».

3- - El nazismo en el nacionalismo vasco.

 

 

Capítulo 1

Arana, Gallastegi «Gudari», José Álvarez Txillardegi

 y la actual ETA

 

El nacionalismo vasco nace a finales del siglo xix. El «fundador» del nacionalismo en Euskadi es Sabino Arana Goiri, que coinci-diendo con los desastres de Cuba y Filipinas para el imperio espa-ñol, comienza a elaborar el cuerpo ideológico y fustes teóricos que perdurarán con múltiples matices a lo largo de los cien años de nacionalismo vasco. ¿Pero: habían otros antes «abertzales»? En Sabino Arana se produce una ruptura respecto a lo que algunos, sin mucha fortuna, han nombrado precursor del nacionalismo vas-co.

¿En ciertos círculos abertzales goza de prestigio el vasco-francés Joseph-Augustin Chao (1811-1858) como típico representante de un nacionalismo romántico inspirado en ideas republicanas? Pues bien, Chao afirma que las guerras carlistas escondían en vasconia una especie de movimiento nacionalista de carácter revolucionario. Y en ningún momento los carlistas se sienten identificados con semejante característica. Para los carlistas la guerra es una unión de los católicos y los visigodos para salvar el antiguo sistema tradicio-nalista, reencarnado en el infante Carlos María Isidro frente al en-tendimiento de Isabel con los liberales.

Los nuevos nacionalistas radicales quieren presentar a Zumalacá-rregui como el primer héroe de la patria, cuando era un general absolutista y español a la vieja usanza tradicionalista. Chao era un francés que supo promocionar turísticamente la región vascofran-cesa con la atracción del romanticismo cercano a casa: un país de ancestrales tradiciones y donde, no muy lejos de las adorables pla-yas y palacetes de verano para la aristocracia, un grupo de guerre-ros autóctonos se está matando. Un representante ejemplar del esoterismo francés de mediados del siglo XIX y un reinventor y falsificador del folklore vasco en los concursos de poesías que, para la aristocracia, organizaba en Biarritz, San Sebastián o Zarauz (la figura de Aitor, padre de todos los vascos, es creación exclusiva de Chao). Políticamente sus ideas fueron totalmente despreciadas por los propios carlistas.

Por otra parte, la defensa de los Fueros no fue nunca la principal reivindicación de los carlistas, que era la unidad ideológica y de poder de lo católico (la Iglesia), representados por los curas y los pequeños nobles rurales asociados a un modo de vida tradicional. Los vascos apoyaron y se sumaron al ejército del pretendiente Car-los como muchos gallegos, catalanes y castellanos pertenecientes al pueblo rural.

Sin embargo Sabino Arana Goiri establece una nueva tesis sobre la que construir unas nuevas relaciones: la lucha por recuperar la Pa-tria vasca, nación que había sido privada de su realización por si-glos y siglos de opresión por parte del imperio español. Pero en-tonces ¿qué bases tiene el joven Sabino para dar semejante salto hasta defender la raza vasca por sus ocho apellidos vascos, su fe católica y su comunidad euskara (lengua, costumbres,...)?

Por un lado está el declive y definitivo desastre del imperio espa-ñol con la pérdida de Cuba y Filipinas, imperio del cual tanto cata-lanes como extremeños, gallegos y por supuesto vascos habían sido un fiel soporte. Por otro lado está el paso de los astilleros madereros, que fabricaban barcos de madera (como los derrotados en Cuba) al imperio de la California Bilbaína: el ferrocarril, la me-talúrgica y los barcos de metal. Arana, familia de astilleros madere-ros, ve la ruina familiar provocada por el desastre de Cuba y el estallido minero-metalúrgico (Barakaldo, Gallarta, Ortuella,...) Y es en la antigua Bilbao proletaria y la pequeña y mediana empresarial Abando, donde se fragua el nacimiento del nacionalismo vasco (Arana) y el socialismo nacional (Unamuno). Pero el miedo hacia los herederos de minas y ferrerias rurales que trastocaron en un par de décadas unos medios de vida que habían resistido casi cua-tro siglos de vida, sumieron en la angustia a la tímida burguesía mercantil bilbaína. Los Chavarri o los Vizana poco entendían de patrias y de nacionalismos: sólo se guiaban por cómo aumentaban sus beneficios.

Una vez establecido el pacto para explotar a la clase obrera espa-ñola, el nacionalismo vasco podrá ya, sin un capitalismo vasco que lo cobije, desarrollar y llevar casi hasta el extremo su natural victi-mismo. Es en la Vizcaya menos étnica, la vizcaya más castellanó-fona, donde nació el nacionalismo vasco. El pequeño empresario patriota comenzó a elaborar y a extender furibundamente las teo-rías de un país invadido, ocupado por una nación enemiga. A es-tablecer la división racial entre maketo (inmigrante español) y vas-co. El límite está situado ya entre la comunidad nacional vasca y el resto (españoles, maketos, advenedizos e invasores). Nunca se perdió una patria, sino un imperio en donde la pequeña burguesía nacional tenía un hueco y sus braconadas y carlotadas, su sitio.

 

 

Capítulo 2

El dramón nacionalista: un país invadido,

la patria y los enemigos

 

Tras la muerte, a primeros de siglo, de Sabino Arana Goiri, el pa-dre de la idea nacionalista, empieza a extenderse y desarrollarse el nacionalismo. En la formación de la oligarquía española, en tiem-pos de la Restauración, toma parte activa la gran burguesía indus-trial y financiera vasca. Un principio de siglo que vendrá marcado por la primera Gran Guerra, que no hace sino reforzar la relación de alianza y de dependencia respecto al imperialismo inglés y au-mentar el emporio y beneficios de la llamada «California del Hie-rro» (Bilbao).

En este panorama se desarrolla el Partido Nacionalista Vasco (PNV), toma cuerpo y se dota de un proyecto nacional y de un amplio apoyo social que llega a zonas antes reservadas para los carlistas. También es ahora cuando se dan las primeras divisiones en el nacionalismo, entre los posibilistas y los radicales.

 

El drama nacionalista se va complicando en un camino lleno de traiciones. ¿Existe una burguesía nacional vasca? Desde el abertza-lismo radical (lease izquierda abertzale) se dice que no existe una burguesía vasca. Existe el imperialismo español que explota y oprime al pueblo y a la nación vasca. Dicha afirmación pone de manifiesto o bien la ignorancia o bien la demagogia nacionalista. ¿Acaso alguien puede negar a los Chavarri, Lizana, Zubiría, Gan-darias, etc., su condición de vascos? ¿Acaso no son éstos los here-deros legítimos de las herrerías rurales y las minas vascas?¿No es pues De La Sota uno de los principales soportes del Partido Na-cionista Vasco? Bien, pues.

Donde hay una burguesía vasca que explota una mano de obra, en su mayoría inmigrante (maketa), no hay colonialismo, por mucho que los nacionalistas radicales se empecinen en decir que los capi-talistas vascos no son vascos. Y es que en el desarrollo del nacio-nalismo vasco lo que se ha ido imponiendo es que el único criterio fiable para distinguir entre vascos y españoles es el de las lealtades políticas.

 

En la época de la Restauración el gran capital vasco pasa a formar parte de la oligaquía española financiera y terrateniente, aliada y dependiente al imperialismo. No importa a cual durante la Primera Guerra. El que se declare España neutral permite a cada sector oligárquico hacer negocios con cualquiera de los bandos. Es ésta una época de acumulación de capital. Unos los hicieron con Ale-mania, otros con Inglaterra. Ramón de la Sota, luego Sir Ramón de la Sota, fue uno de los notables vizcaínos que con su flota na-viera abasteció Inglaterra burlando la vigilancia de los submarinos alemanes y engordando sus beneficios.

También existe una mediana y pequeña burguesía vasca, heredera de las derrotas carlistas que habían deteriorado las fortunas fami-liares. Habían pasado de hidalgos rurales y de dueños de las pro-vincias a clases medias urbanas. Quedan colocados entre el gran capital y el proletario industrial.

 

El nacionalismo vasco, patrimonio de la burguesía

Lo que es un hecho es que el desarrollo de la gran burguesía in-dustrial y financiera permite y potencia el nacionalismo. Sin ella no sería nacionalismo, sería carlismo. La existencia de unos medios de producción propios y el desarrollo de los mismos, permite alentar la idea de una nación vasca. Son de hecho los propios oligarcas, neguríticos (de Neguri, barrio residencial de la burguesía vasca), los llamados «euskalerriacos», quienes concentran la dirección del PNV, al que en 1916 cambian el nombre oficial por el de Comu-nión Nacionalista Vasca.

Los más ligados al imperialismo inglés son quienes financian la Sociedad Euskalerria, la revista cultural Hermes y el diario Euskadi. Representan la línea oficial, la posibilista: ir conquistando cada vez mayor autonomía pactando con quien convenga en cada momen-to, pero sin romper la ley. El primero de los hijos de «Sir Ramon de la Sota» es presidente de la diputación de Bizkaia entre 1917 y 1919 y lidera, junto con los catalanes, la campaña por los estatutos de autonomía en su relación con las otras burguesías.

 

El nacionalismo secesionista también es de la burguesía: la peque-ña y mediana burguesía propietaria y mercantil, representadas por Gallastegi, Meabe, Juala,... habla ya en 1921 de preparar la guerra por la independencia. Es el auge de las nacionalidades (en 1916 estalla la rebelión republicana irlandesa). Buscan la creación de un capitalismo nacional vasco basado en la pequeña empresa y que tenga asegurado y protegido un mercado. Un verdadero naciona-lista vasco deberá en primer lugar aislarse de los «maketos», aun-que éstos pertenezcan a su misma clase. Defienden una política aislacionista, con un intacto sentimiento de

Con todo, el nacionalismo lo que consigue es hacer que el conflic-to se desvíe de la lucha de clases a la lucha entre razas y naciones. Por mantener los privilegios unidos a las peculiaridades de lengua, raza, comunidad nacional, o bien por conquistar la independencia. No es de extrañar que sea Bilbao la cuna del nacionalismo y del nacionalismo radical, donde las contradicciones entre los diferentes sectores de la burguesía más se agudizan. Una burguesía vasca industrial y financiera exportadora, y una mediana y pequeña bur-guesía comerciante y propietaria de origen rural totalmente despla-zada por la primera.

 

La rebelión irlandesa de 1916 y la división nacionalista

Es en 1916 cuando se fragua la división nacionalista que llegará hasta nuestros días. De un lado están los llamados posibilistas, con De la Sota a la cabeza y el sector oficial del partido. Y del otro lado Elias Gallastegi, así como la mayor parte de miembros de Juventud Vasca que habían sido adoctrinados por Luis Arana Goi-ri, hermano de Sabino Arana: los aranistas radicales. En la transi-ción de primeros de siglo el reparto de poder se resolvía sin mayo-res problemas, confiando a los aranistas para los cargos internos del partido y a los euskalerriacos (posibilistas) la representación política en los ayuntamientos y la diputación.

En torno a 1907 los jóvenes influidos por el sector más sabiniano excedió en sus ataques y enfrentamientos a liberales y socialistas «españoles», en reacción a que la dirección jelkide dedidiera acatar la legalidad del Estado español, azuzados desde la revista «Aberri» (órgano de expresión del radicalismo abertzale) por Santiago Mea-be, cuyo seudónimo Geyme era un acróstico de «Gora Euzkadi y Muera España». En estos años ingresó en Juventud Vasca Elias Gallastegi.

El concepto central de la cultura nacionalista de la época es la pu-reza: pureza de raza y lengua, y por supuesto de costumbres. Y es que el joven Gallastegi pronto hará llamamientos al aislamiento racial y al rechazo a las voces románicas en un euskera que nunca llegará a hablar ni escribir; y también censura a «chiquiteros», el baile agarrao y la camaradería entre sexos. Fruto del desarraigo, no hablan ni conocen el euskera en su casa, no han conocido la vida del caserio (la vida miserable, la crisis endémica del campo viz-caíno). Se radicaliza como joven nacionalista según el cánon sabi-niano: «puro de raza, casto, abstemio, trabajador, católico practi-cante,...»... y eterno estudiante de euskera. Su radicalización le lle-vará más tarde a someter el ideal religioso al patriótico.

Las burguesías que promueven la primera Gran Guerra del siglo empiezan a agitar su propaganda patriótica, con un lenguaje mar-cadamente religioso. Gallastegi «Gudari» será quien invertirá los valores nacionalistas dándole por fin línea de masas al nacionalis-mo. Todo al servicio de Euzkadi. El sector posibilista de Ramón de la Sota condena la rebelión irlandesa sin ahorrarse ni un solo adjetivo. Sota estaba viendo crecer su imperio fruto de su colabo-ración con los británicos mientras duraba la guerra, mientras que para el sector aranista la independencia de Irlanda era interpretada como una victoria propia. Para el nacionalismo vasco supuso la ruptura «definitiva» entre quienes proponen la conquista de la in-dependencia de manera gradual, adquiriendo cada vez más auto-nomía, y los que exigen la ruptura de todos los vínculos con Es-paña y empezar ya la lucha por la independencia.

Igancio Hermosilla

 

 

Capítulo 3

El nacionalismo vasco y el frente popular

 

Lo cierto es que, aunque algunos digan lo contrario, a las fuerzas sublevadas (requetés, mercenarios rifeños, legionarios italianos y aviadores nazis), les costó casi un año llegar a Bilbao desde Vito-ria, hoy a menos de una hora en coche. Los gudaris defendieron su tierra, Euskadi, codo con codo con milicianos socialistas, co-munistas y anarquistas y con tropas del ejército leal a la República. Y lo hicieron heróicamente, sabiendo que defender la República era defender su tierra y su libertad. En este número pretendemos desentrañar qué factores fueron los que hicieron posible que na-cionalistas dieran su vida y se mantuvieran firmes en defender la legalidad republicana. Y por qué fue el PCE quien más y mejor defendió la necesidad de un gobierno Vasco.

El movimiento nacionalista vasco no se puede entender si no es desde la situación de la lucha de clases a nivel internacional, na-cional y cuáles son los intereses que la burguesía nacional vasca defiende.

La situación de la época va a estar marcada por dos cuestiones principalmente y que afectarán a España y a Euskal Herria. Por un lado, la gran depresión ha provocado que las burguesías monopo-listas y las oligarquías terratenientes o financiero-industriales opta-ran por el fascismo como última tabla de salvación.

De otro lado la política salida del VIIº congreso de la Internacio-nal propone la alianza contra el fascismo al conjunto de la clase obrera y también a la pequeña burguesía y ciertos sectores de la burguesía media. Es dentro del Frente Popular donde se hace po-sible el primer Estatuto de Autonomía y el primer gobierno vasco. Jose Antonio Aguirre, en su primer discurso como presidente del gobierno vasco dirá: «Frente-popular-vasco, amplia conjunción de fuerzas democráticas sociales, frente a la reacción y el fascismo, por encima de su ideología partidista y de sus intereses de clase». Tal fue el espíritu que se vivió el 7 de octubre de 1936.

En Euskadi, la burguesía nacional vasca se vió necesitada de apo-yar y mantener su lealtad al gobierno republicano. Fue el PNV, como representante de esta clase, quien tuvo que entrar en alianza con el PCE y los socialistas y el conjunto de fuerzas de Euskadi. Lo que estaba en juego era la defensa de la libertad política para poder organizarse como clase y defender sus intereses y su pro-grama de soberanía.

 

Características vascas

Un primer hecho es que en Euskadi no existen los terratenientes; no hay latifundios y por tanto el clero, salvo en Navarra, no está ligado a la defensa de grandes latifundios. Lo que es más decisivo son las aspiraciones de soberanía que la burguesía defiende para sí, un proyecto que corresponde a los intereses de una burguesía in-dustrial que es principalmente exportadora, y que quiere para sí un «Estado» para defender y perpetuar sus intereses.

Por otro lado, tanto el partido socialista como las juventudes so-cialistas son de marcada tendencia prietistas (de Indalecio Prieto), más moderadas que Largo Caballero. Los republicanos son pocos pero con gran influencia y prestigio entre intelectuales y demás. Y los anarquistas se manifiestan con bastante pulcritud ante la legali-dad vigente. Se unifican en el mantenimiento de los pactos auto-nómicos.

 En la contradicción entre proletariado y burguesía, principalmente concentrado en Bilbao y en Eibar, existe ya una tradición de nego-ciaciones y pactos para resolver los conflictos, tras las huelgas re-volucionarias de 1905 y 1907. También el aumento de la renta per cápita dentro de la clase obrera inmigrante actúa como amorti-guante: la «droga del salario». La situación privilegiada es un arma que la burguesía utiliza para cuñar y silenciar y dividir la lucha de la clase obrera.

En otro lado están tanto los carlistas como el sector ortodoxo y tradicional del PNV, (Luis Arana, Guda, Aintzo,É). El partido carlista, con fuerte implantación en Navarra y en algunas zonas rurales de Guipúzcoa, se va a declarar a favor de la conspiración fascista y van a ser utilizados sus batallones como principal fuerza de choque. Donde más arraigo tiene es en Navarra, anclada en los antiguos privilegios que la hicieron una de las zonas rurales más ricas de España. En otro ámbito, existe una minoría dentro del Partido Nacionalista Vasco, un sector radical, atado al racismo y chovinismo de su fundador Sabino Arana Goiri, y sus posiciones -afirman que es una disputa entre españoles¬ les llama a permanecer al margen de la disputa. Lo minoritario de estas posiciones acaba con la expulsión de Luis Arana del partido.

 

Comienza la guerra popular

Una vez comenzado el levantamiento fascista, se forma el «comi-sariado de defensa de Vizcaya» en el cual el PNV está ausente. La burguesía nacional vasca como tal se centra en dos cuestiones: por un lado arma los gudaris para la defensa de las iglesias en Bilbao. El PNV tiene sus esfuerzos concentrados en la negociación del Estatuto de Autonomía y en el primer gobierno vasco con el go-bierno de la República.

Es un hecho que son los batallones de los sindicatos los que to-man la iniciativa en la defensa de Guipúzcoa y Vizcaya. Los Gu-daris son sólo un tercio de los batallones que combaten en el fren-te. En Bilbao se forman milicias de gudaris para la defensa de la Iglesia y para mantener la producción. El comisariado comienza las conversaciones con el PNV para que se sume al frente y tome la iniciativa. El principal aliado que encuentra el PNV es el Partido Comunista, que agarra firmemente la formación del Frente Popu-lar, incluyendo a la burguesía media, para frenar al fascismo.

El Gobierno republicano del socialista Largo Caballero ofrece la cartera de obras públicas a Aguirre. Pero el PNV se mantiene fir-me en el pacto por la autonomía que no tardaría en llegar: es el 7 de octubre de 1936. En medio de las conversaciones, un sector del PNV mantendrá contactos con el general sublevado Mola, a las que el lehendakari Aguirre responderá con energía, tachándoles de cobardes que sólo buscan cómo mantener sus haciendas. Éste será un sentimiento común entre los nacionalistas vascos que empiezan a lanzarse ya sin reservas a la defensa del frente norte. Desde oc-tubre de 1936 y hasta junio de 1937, cuando cae Bilbao, el PNV cuenta con 22 batallones, el partido Socialista con 14, el Partido Comunista 7 batallones, la CNT 6 batallones, ANV (Acción Na-cionalista Vasca) 2 batallones y los republicanos cuentan con 2 batallones en total.

 

La alianza de clase

Fue el Partido Comunista quien mejor entendió las necesidades de los nacionalistas vascos. La necesidad como clase de defender sus intereses pasaba por la libertad política y de organización. Una necesidad que inevitablemente llevó a que el PNV defendiera a la República española. Y que moderó con un talante progresista al PNV de la época y en particular al primer lehendakari, el lehenda-kari Aguirre.

 

 

Ignacio Hermosilla

                                                                                                                            

 

 

 

 

 

 

 

 

 




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