© Libro N° 13943. Notas
Escépticas De Un Republicano. Muñoz Molina,
Antonio. Emancipación. Junio 14 de
2025
Título Original: © Notas Escépticas De Un
Republicano. Antonio Muñoz Molina
Versión Original: © Notas Escépticas De Un Republicano. Antonio Muñoz Molina
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NOTAS ESCÉPTICAS DE UN
REPUBLICANO
Antonio Muñoz Molina
Notas
Escépticas De Un Republicano
Antonio Muñoz Molina
En España, país desmemoriado, se ha puesto de moda la memoria. Es una
memoria singularmente selectiva: borra o desfigura la parte del pasado más
cercana al presente y se remonta a una lejanía hasta hace poco no muy
frecuentada, salvo por los aficionados a la historia y los historiadores
profesionales, y por algunos novelistas que educamos nuestra imaginación en los
relatos cautelosos sobre la República y la guerra que escuchamos de nuestros
mayores en la infancia. La historia es un saber difícil que requiere largas
investigaciones, ofrece muchas incertidumbres y da a veces amargas noticias. La
memoria no se investiga, sólo se recupera, sin exigir mucha disciplina,
incluso, muchas veces, con un propósito de afirmación personal o colectiva que
nadie está autorizado a discutir, ya que la memoria, por definición, le
pertenece al que la posee. La memoria, si no es vigilada por la razón, tiende a
ser consoladora y terapéutica. Modificar los recuerdos personales para que se
ajusten a los deseos del presente es una tarea legítima, aunque con frecuencia
tóxica, a la que casi todos nosotros somos proclives.
Cuando la memoria se convierte en un simulacro colectivo su efecto
empieza a ser más alarmante. Su primacía desaloja a la historia del debate
público, porque la historia es mucho menos maleable, y con frecuencia puede
desmentir las buenas noticias sobre el pasado que a todos nos gusta regalarnos.
Al filtrarse a través del recuerdo, y también del olvido, el pasado se
convierte en ficción y en materia novelesca. Pero a la novela no le exigimos
fidelidad a los hechos privados o públicos que puedan haberla inspirado. La
responsabilidad de la novela es estética y moral: la de los discursos públicos,
casi como la de la ciencia, debería estar sujeta a las exigencias más severas
del conocimiento.
Como novelista y como ciudadano, la negligencia o el silencio que
durante muchos años envolvieron el recuerdo de la Segunda República, de la
Guerra Civil y de la resistencia antifranquista me parecieron desoladores. La
falta de conexión entre el presente iniciado en la transición y las tradiciones
progresistas españolas que fueron interrumpidas por la guerra y sepultadas por
el franquismo ha sido una de las debilidades mayores de nuestro sistema
democrático: ha alimentado nuestro raquitismo cívico y nuestra profunda penuria
cultural, así como una contumaz injusticia hacia quienes lucharon contra la
dictadura o fueron víctimas de lo que Paul Preston ha llamado la "política
de la venganza". Quienes ya éramos adultos a principios de los años
ochenta sabemos que la razón de tanto olvido público no era el chantaje de una
derecha franquista que siguiera vigilando desde la sombra. Desde 1982 el
Partido Socialista gobernaba con mayoría absoluta, y sus dirigentes, empeñados
en la tarea necesaria de modernizar plenamente el país, optaron por ocuparse
más del futuro que del pasado, con un entusiasmo en el que había una parte de
arrojo verdadero y otra de frivolidad y cosmética. De pronto la épica de la
resistencia se había quedado antigua, tan obsoleta como las barbas y como las
chaquetas de pana. Cambios verdaderos y profundos sucedían mientras tanto, pero
muchos nos sentimos agraviados en aquellos años por la amnesia atolondrada de
los que mandaban, por la falta de escrúpulos y una propensión al favoritismo y
al descuido de la moral pública que habrían de acabar en los escándalos de
corrupción de los primeros años noventa.
La historia proscrita por el franquismo fue una historia simplemente
abandonada por la democracia. Abandonada por el Estado central y sustituida por
mitologías más o menos lunáticas en los sistemas educativos de los gobiernos
autónomos, consagrado cada uno a la tarea de inventar pasados gloriosos que
fatalmente acabarían malogrados por una pérfida invasión española. La mezcla de
la pedagogía posmoderna y del nacionalismo identitario pueden conducir a
resultados pintorescos o alarmantes, a una confusa aleación de ignorancia y
adoctrinamiento muy peligrosa para la vida civil pero muy útil para la
demagogia política.
A algunos nos parecía que el estudio atento de la República y de la
Guerra Civil era a la vez una reparación parcial de las injusticias del olvido
y una búsqueda de esos valores sustantivos cuya debilidad resultaba tan dañina
para nuestro sistema democrático. Al leer obsesivamente libros sobre entonces
―los diarios de Azaña, las memorias de Barea, las novelas de Max Aub, los
estudios de Hugh Thomas o de Jackson, la sobrecogedora historia oral de Ronald
Fraser― revivíamos una y otra vez un drama que no nos apasionaba ni nos hacía
sufrir menos porque conociéramos de sobra su triste final. Nos indignaba el
escándalo de la indiferencia de las democracias hacia la suerte de la República
española, el modo en que aceptaron sacrificarla queriendo apaciguar a Hitler.
Pero también nos producía un íntimo dolor, semejante a una derrota personal, la
incapacidad de las fuerzas políticas del bando leal para unirse eficazmente
contra el enemigo común. Al cobrar conciencia política en los últimos años de
la dictadura, sentíamos una nostalgia doble del porvenir y del pasado, del
mañana en el que podríamos respirar y vivir en libertad y del lejano ayer en el
que la libertad existió brevemente. Igual que saltábamos sobre la cultura del
pasado inmediato para vincularnos a una tradición de heroica modernidad
literaria y estética que interrumpió la guerra y dispersó el exilio, queríamos
buscar nuestra legitimidad política en aquella República que era el reverso
exacto del régimen siniestro en el que habíamos crecido.
Por eso había un fondo de desconsuelo al ver que la democracia
restaurada no se esforzaba demasiado en honrar a los perseguidos, a los
silenciados, a los encarcelados y asesinados por el franquismo, a los que
salieron de España al final de la guerra y continuaron combatiendo al nazismo
en Europa, a los cautivos y supervivientes de los campos alemanes. Hubiéramos
querido que se les hiciera justicia mientras estaban vivos, y también que los
valores que ellos defendieron tuviesen más presencia en la política española:
un sentido de la austeridad y la decencia, de la ciudadanía solidaria y
responsable, una vocación franca de justicia social, un amor exigente por la
instrucción pública, un verdadero laicismo, un respeto a la ley entendida como
expresión de la soberanía popular.
No es eso lo que hemos visto tanto como habría sido necesario, y si no
lo hemos visto no ha sido por la presión de una derecha torva y de vocación
autoritaria o por la existencia de un rey. Pero a pesar de esas deficiencias
-de las cuales los únicos responsables son la clase política y la ciudadanía,
cada uno en su escala de acción- en 30 años España ha cambiado tan
prodigiosamente que ni siquiera los que hemos vivido este tránsito somos
capaces de comprender su magnitud y su calado. Nos hace falta el testimonio
deslumbrado de quienes nos han visto desde fuera, y no hemos sido capaces de
hacer conscientes a nuestros hijos de la novedad y la fragilidad de lo que
nosotros no tuvimos y ellos dan casi desganada o despectivamente por supuesto.
Hemos pasado de la dictadura a la democracia, del centralismo al federalismo,
del tercer mundo al primer mundo, del aislamiento internacional a la plena
ciudadanía europea. Nos hemos dado un sistema educativo y sanitario públicos
que con todas sus deficiencias sólo puede valorar quien ha viajado algo por el
mundo y sabe lo que significa que la salud y la escuela sólo sean accesibles a
quien puede pagarlas. Y sin embargo nadie o casi nadie siente lealtad hacia el
sistema constitucional que ha hecho posibles tales cambios, y en lugar de
compartir una concordia basada en la evidencia de lo que hemos podido construir
entre todos nos entregamos a una furia política en la que cada cuál parece
guiado por un propósito de máxima confrontación.
En una pelea de baja ley cualquier objeto puede convertirse en un arma
arrojadiza: la más reciente, en España, es la memoria, la República olvidada
que de pronto regresa a las primeras páginas, la Guerra Civil que se usurpa a
los historiadores y al recuerdo doloroso de quienes la sufrieron para
desfigurarla a la medida de los intereses políticos de unos y otros y a la
voluntad de cizaña de los enemigos más descarados de la democracia. Para
quienes hemos pasado muchos años no queriendo aceptar la obligación del olvido
es alentadora la idea de que de pronto tantas personas coincidan en el recuerdo
de un tiempo decisivo de la historia de España: pero no deja de ser llamativo
que el recuerdo llegue tan tarde, y que coincida tan oportunamente con una
nueva amnesia -ahora, sobre la transición- y con diversos proyectos de
desmantelar el sistema político fundado por la Constitución de 1978.
Cada uno tiene sus lealtades íntimas y sus nostalgias personales, y para
muchos de nosotros el 14 de abril y la bandera tricolor, el coraje republicano
de Antonio Machado, el patriotismo cívico y sereno de los diarios de Manuel
Azaña, mantienen un resplandor indeleble, vinculado a nuestros sueños juveniles
de libertad y a nuestros más firmes ideales del presente. Pero la lealtad
sentimental no debería cegarnos, precisamente porque entre los valores
republicanos más altos está la primacía de la racionalidad sobre el delirio
romántico. Y hace falta mucho cinismo intelectual, mucha malevolencia, para
empujar al campo de los añorantes del franquismo a quienes no se dejan llevar
por esta oleada entre dulzona e interesada de memoria nostálgica y prefieren no
olvidar lo que han aprendido en los libros de Historia y en los testimonios de
quienes vivieron de cerca aquel tiempo.
En los diarios del tiempo de la guerra, en esa desolada obra maestra de
la literatura en español que es La velada en Benicarló, Manuel Azaña cuenta su
amargura ante el sectarismo, la incompetencia y la deslealtad a la República de
muchos de los que deberían haberla defendido. En el desmoronamiento del Estado
que sobrevino tras la intentona militar del 18 de julio, cada fuerza política o
sindical, cada gobierno autónomo se entregó con ceguera suicida a la
persecución de sus propios intereses, como si la guerra, más que una crisis
terrible que los amenazara a todos por igual, fuese una oportunidad de oro para
alcanzar fines -la independencia, la revolución, el comunismo libertario,
etcétera- que nada tenían que ver con la legalidad republicana. Leyendo a los
historiadores y a los memorialistas más eminentes, uno tiene la sensación de
que la República, en un cierto momento de la guerra, no tenía más defensores
sinceros que Manuel Azaña, Juan Negrín, el general Vicente Rojo y Max Aub.
No creo que sea de ese sectarismo insensato del que se tiene nostalgia,
ni que en aquella tentativa breve y maltratada de democracia hubiese algo de lo
que no disfrutemos ahora. Ni una sola de las libertades que afirmaba la
Constitución de 1931 está ausente de la de 1978, del mismo modo que las
valerosas iniciativas de justicia social, educación e igualdad de aquel régimen
no pueden compararse, por la enorme diferencia de los tiempos históricos, con
los progresos del Estado de bienestar que disfrutamos ahora. ¿Fueron entonces
más iguales las mujeres y los hombres? ¿Hubo mejor protección para los parados,
recibieron mejor atención pública los enfermos? ¿Estuvieron más respetadas las
minorías? ¿Fue más autónoma Cataluña con el estatuto de 1932 que con el de 1980?
¿Podemos excluir de nuestra genealogía democrática a Adolfo Suárez o al general
Gutiérrez Mellado, que tan gallardamente se mantuvieron en pie frente a la
zafia agresión de los golpistas del 23 de febrero de 1981?
Parecen preguntas idiotas, pero es necesario formularlas, al menos para
deslindar el reconocimiento histórico de las mejores iniciativas de entonces de
esa nostalgia gaseosa que se va volviendo más densa cada día y no nos deja ver
los secos perfiles de lo que ocurre ahora mismo, las señales de alarma que
deberían empezar a inquietarnos. Algo distingue -o distinguía al menos hasta
hace poco- a la mayor parte de los discursos políticos surgidos del 78 sobre
los del 31: la idea de que el adversario no es necesariamente el enemigo, y de
que por encima de las discrepancias más radicales está la fidelidad a unos
cuantos principios comunes que son el entramado básico de la democracia.
En 1931 España era un país de terribles diferencias sociales, en una
Europa desgarrada por la crisis económica y los fanatismos políticos. En una
época en la que tan rara era la templanza, puede ser comprensible -aunque no
deje de ser lamentable- que con tanta frecuencia los discursos políticos
derivaran hacia un pavoroso extremismo. Pero si estos tiempos son tan
visiblemente otros, ¿de dónde nace la furia verbal que uno observa ahora en
España, y que lo golpea a uno como un puñetazo al conectar la radio o mirar los
titulares de un periódico, la voluntad desatada y al parecer casi unánime de
eliminar cada uno de los espacios de concordia en los que se han basado estos
treinta años de democracia y progreso? ¿Tenemos que seguir eligiendo entre
lamentar el asesinato del teniente Castillo o el de José Calvo Sotelo, entre
callar la matanza de la plaza de toros de Badajoz o la de la Cárcel Modelo de
Madrid?
Manuel Azaña imaginó un patriotismo basado "en las zonas templadas
del espíritu". Una manera de conmemorar ese deseo es vindicar los modestos
ideales que lo hacen posible: defender la instrucción pública y no la
ignorancia, el respeto a la ley frente a los mangoneos de los sinvergüenzas y
los abusos de los criminales, el acuerdo cívico y el pluralismo democrático por
encima de los lazos de la sangre o la tribu, la soberanía y la responsabilidad
personal y no la sumisión al grupo o la impunidad de los que se fortifican en
él. Estos son mis ideales republicanos: espero que se me permita no incluir
entre ellos la insensata voluntad de expulsar al adversario de la comunidad
democrática ni el viejo y renovado hábito de repetir consignas en vez de
manejar razones y acusar de traición a quien se atreve a disentir de la
ortodoxia establecida, o a no seguir la moda ideológica del momento.
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