© Libro N° 13941. Nacionalismo
Y Marxismo. Palomar
Vozmediano, Jesús. Emancipación.
Junio 14 de 2025
Título Original: © Nacionalismo Y Marxismo. Jesús
Palomar Vozmediano
Versión Original: © Nacionalismo Y Marxismo. Jesús Palomar Vozmediano
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Jesús Palomar Vozmediano
Nacionalismo
Y Marxismo
Jesús Palomar Vozmediano
Nacionalismo Y Marxismo
Por Jesús Palomar Vozmediano,
Profesor De Filosofía.
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«Nosotros sólo deseamos el bien del pueblo. El pueblo es soberano, dueño de su destino,
pero para que este destino se cumpla el pueblo debe romper las cadenas y luchar
por su libertad. Sólo así podrá al fin erradicar todos los males que le afligen»
Fragmento de un discurso político
¿Quién ha escrito este texto? ¿Qué tipo de ideología respalda estas
palabras? Por extraño que parezca este texto podría ser subscrito por un líder
marxista o por un líder nacionalista. Tanto el marxismo como el nacionalismo
desean el bien del pueblo, consideran al pueblo soberano y animan a la lucha
por la libertad. El objetivo final de esta lucha es erradicar los males del
pueblo. Y, sin embargo, nacionalismo y marxismo son ideologías antagónicas que
nacen en el siglo XIX, como consecuencia de los cambios sociales, políticos y
económicos que origina la Revolución francesa. Es decir, son enemigas
naturales. Y, por tanto, esencialmente distintas. Entonces, ¿dónde está la
trampa?
Borges tiene un estupendo cuento titulado Pierre Menard, autor del
Quijote, donde nos presenta a un escritor que pretende elaborar una novela
original y única. Sin embargo, el libro de Pierre Menard se titula igual que el
libro de Cervantes, tiene sus mismos capítulos, los mismos puntos y comas, las
mismas frases y palabras. A pesar de todo, Pierre Menard insiste en que es otro
libro. La aparente paradoja se debe a que las frases y las palabras tienen
significados distintos. La historia que narra Pierre Mennad, tras la pertinente
aclaración sobre lo que quiso decir con esta o aquella expresión, es otra muy
diferente a la de Cervantes.
Nacionalistas y marxistas se proclaman emancipadores del pueblo, e
igualmente consideran que el pueblo es el único soberano legítimo de la tierra
donde habita. Ambos desean el bien del pueblo y rechazan los males presentes.
Pero la cuestión es que lo que cada una de las ideologías entiende por pueblo,
soberanía popular, emancipación, bien o mal del pueblo es totalmente distinto.
Así pues, diciendo idénticas palabras, unos y otros se refieren a cosas
radicalmente diferentes, opuestas y excluyentes. Y con los mismos vocablos
escriben distintos quijotes.
Para los nacionalistas el pueblo es la nación. El término nación viene
del verbo latino nascor, que indica nacimiento, en el sentido de brote o
generación. De modo que el conjunto de personas que constituyen una nación es
vivido por los nacionalistas cómo una realidad que brota o se genera, dotada de
naturaleza. Es decir, dotado de un modo de ser inamovible que la define, la
identifica y la diferencia de otras naciones. Los rasgos comunes que aportan
esta identidad no son accidentales. Son esenciales. A saber, la lengua, la raza
o la religión, o las tres a la vez; hábilmente aderezadas por las costumbres,
las tradiciones, la herencia de un arcano pasado o una oscura y fantástica
mitología. Puesto que hay naciones diferentes, y estas diferencias no son accidentales,
hay diferencias esenciales entre las personas de una nación y las de otra.
Sin embargo, los marxistas interpretan el término pueblo más bien como
población de un territorio, y más precisamente como la masa obrera, el
proletariado, la población que constituye mayoría y está explotada por una
clase minoritaria. Para los marxistas las diferencias entre individuos son
siempre accidentales. No hay pueblos esencialmente distintos a otros. Pues si
admitiesen esta diferencia esencial deberían admitir que cada pueblo podría
llegar a normas y leyes peculiares que reflejasen, a su vez, una idea de
justicia totalmente opuesta. El concepto de esencia fue duramente criticado por
Marx, no ya en relación con la esencia de las naciones sino con la esencia del
género humano. Una de las críticas a Feuerbach se centra en este concepto. Ni
siquiera hay esencia genérica de lo humano, lo único propio del hombre es su
capacidad transformadora de la naturaleza para satisfacer sus necesidades. Es
decir, la esencia del hombre es funcional, no estructural. Esto constituye su
ser económico y material, y este modo de ser tiene su propia lógica de
desenvolvimiento en la historia (materialismo histórico) que afecta,
ineludiblemente, a todos los hombres. Ahora bien, si no hay esencia de lo
humano, ¿cómo podría haberla de los pueblos?
De modo que cuando se habla de liberar al pueblo, el nacionalista se
refiere a desvincularlo de la nación opresora que supuestamente reprime su
identidad, sin atender especialmente a la justicia social que se ha de
establecer entre los miembros de la misma nación, pues no existen clases, solo
naciones. Sin embargo, para el marxista la libertad del pueblo supone romper la
dependencia con la clase opresora que fomenta la injusticia social sin
distinguir si esta clase opresora es de una u otra nación. Pues no existen
naciones, solo clases.
Cuando ambas ideologías proclaman que la soberanía reside en el pueblo
siguen diciendo cosas diferentes. Los nacionalistas quieren decir que reside en
su pueblo, es decir, en su nación, y no en otras naciones competidoras y
represoras de la identidad colectiva. De modo que desde el nacionalismo toda
proclama soberanista es siempre una declaración de guerra a la nación invasora
o a la nación amenazante, y un intento de secesión o de invasión, según el
caso. Cuando el marxista proclama que la soberanía reside en el pueblo quiere
decir que es el pueblo, la mayoría de los habitantes de un territorio,
generalmente explotados y oprimidos, los que tiene el derecho de sustituir en
el poder a la minoría opresora, a saber, aristócratas o burgueses.
Para el nacionalista el mundo está constituido por diferentes naciones
con similares afanes de hegemonía. El mal supremo es la pérdida de identidad, y
el único que puede realizarlo es otra nación más poderosa. Por tanto, el
enemigo natural de una nación es otra nación, y la historia es la guerra entre
naciones. Para el marxista el supremo mal es la injusticia social. Y la minoría
opresora, dueña de los medios de producción, el principal enemigo. En
consecuencia, la única lucha que cabe concebir es la de clases. El marxismo es
internacionalista.
La nación, en cuanto que es una realidad natural que nace, es semejante
a un organismo vivo. Pero esta idea está en liza con el ideal igualitario de
los marxistas. Considerar la nación como un organismo es aceptar,
implícitamente al menos, que pueden existir distintas clases o estratos en su
seno, con distintas misiones por realizar, análogamente a lo que ocurre en un
cuerpo donde la cabeza, la mano o el riñón, aunque persiguen el mismo fin,
hacen cosas diferentes. Desde luego, esta idea no es incompatible con la
división de la sociedad en trabajadores y burgueses. Y está a años luz de una
visión igualitaria, no ya de la Humanidad o de la sociedad, sino incluso entre
los individuos de la misma nación.
El nacionalismo se nutre del romanticismo decimonónico alemán. Y, por
tanto, es esencialmente sentimentalista. Para el nacionalista la nación tiene
que ver con sentimientos y emociones exaltadas y está íntimamente relacionada
con términos como heroísmo, destino glorioso y otros de similar catadura. En
cambio, el marxismo es racionalista e hijo de la Ilustración, y la intervención
de los hombres en la historia debe estar orientada por el conocimiento de las
leyes dialécticas del devenir. La acción es reflexiva y científica, y está
encaminada a una sociedad sin clases.
La nación posee un espíritu colectivo o Volksgeist, es decir, un
espíritu del pueblo. Para el nacionalismo, no exento de religiosidad, el
espíritu es más importante que el cuerpo, ergo el espíritu del pueblo es más
importante que el pueblo mismo. Los marxistas son materialistas y sólo pueden
ver en los discursos demasiado espirituales un instrumento de alienación
ideológica al servicio de la clase dominante. En lugar de espíritu del pueblo
el Volksgeist sólo puede ser, como la religión misma, el opio del pueblo.
Febrero de 2004
jepavoz@hotmail.com

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