© Libro N° 13940. Nación
Española, Naciones Catalana Y Vasca: Algunas Reflexiones. Del Río
Aldaz, Ramón. Emancipación. Junio
14 de 2025
Título Original: © Nación Española, Naciones
Catalana Y Vasca: Algunas Reflexiones. Ramón Del Río Aldaz
Versión Original: © Nación Española, Naciones Catalana Y Vasca: Algunas
Reflexiones. Ramón Del Río Aldaz
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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NACIÓN ESPAÑOLA, NACIONES
CATALANA Y VASCA:
ALGUNAS REFLEXIONES
Ramón Del Río Aldaz
Nación
Española, Naciones Catalana Y Vasca:
Algunas
Reflexiones
Ramón Del Río Aldaz
NACIÓN ESPAÑOLA, NACIONES CATALANA Y VASCA:
ALGUNAS REFLEXIONES
Ramón del Río Aldaz []
No he pretendido en este artículo hacer un estudio en profundi-dad de
los orígenes y fundamentos históricos de las actuales reivindica¬ciones
nacionales española, catalana y vasca. Mi ob-jetivo es distinto y bastante más
modesto: consiste en invitar a reflexio¬nar sobre el origen de la nación
española, con el fin de, si es posible, dar alguna respuesta a esas
contradic¬ciones, al parecer insalva¬bles, que existen actual¬mente entre los
binomios nación española/na¬ción catalana y nación española/na¬ción vasca.
Ya sé que mentar, hoy en día, la nación española en Cataluña o en el
País Vasco suele provocar el que algunas personas co-mien¬cen a afilarse las
uñas. Por ello, los historiadores preferi-mos a veces no ahondar demasiado en
el tema para evitar atizar los nuevos fuegos inquisito¬riales, tanto de
aquéllos que hubie-ran preferido que nunca hubiese existido una nación española
-o que niegan su existencia-, como de aquéllos que, por el con-tra¬rio, si
sospecha¬sen que esta nación estaba en peligro de ex-tinción, tratarían de
levantar una nueva cruzada nacional. Pero, con todo, asumiré el riesgo.
Tengo que decir que, en principio, suelo sentirme más cerca de los que
escuchan con recelo el concepto de nación española, ya que, comúnmente, se
vincula la nación española con milita¬ris-mo y nacional-catolicis¬mo. Sin
embargo, no siempre la nación española se definió por estas detestables
ideologías. Muy al contrario, en la primera mitad del siglo XIX significaba
revolu-ción y progreso frente al absolutis¬mo, frente al Trono y el Al-tar, lo
mismo que en la Francia y en la Italia revoluciona¬rias.
El origen moderno de la nación española
Las naciones, en sentido moderno -y desde el rigor históri¬co-, son
construcciones históricas recientes. Nacen con las revolu-ciones liberales, por
mucho que la idealización del pasado lleve después a hablar de don Pelayo o de
los Reyes Católicos, por un lado, y del Milenario por otro. En este sentido, la
nación espa-ñola surge con la Constitu¬ción de 1812 aprobada el 19 de marzo en
Cádiz, como la francesa nace con la Declaración de los De-rechos del Hombre y
del Ciudadano de 1789.
Pero las naciones liberales no basaban sus principios funda-menta¬les en
la lengua o en la cultura. Por ejemplo, en la Consti-tución de Cádiz, aunque se
sobrentienda que la lengua oficial española es el castellano, lo cierto es que
no se señala expre-samente en ningún artículo. En realidad, no hay una sola
refe-rencia a la lengua en los 384 artículos de la Pepa.
Y es que las naciones liberales, más que hacer referen¬cia a la lengua o
la cultura, se definían por ser la reunión de los ciuda-danos libres del nuevo
Estado liberal en contraposición al reino de los vasallos de los regímenes
señoria¬les. Una nación que, al nacer, asumía la soberanía, poniendo fin al
poder absoluto de los monarcas del Antiguo Régimen. Por ello, las naciones
libe-rales nacen en el mismo marco territorial que tenían antes las monarquías
absolutas -casos de Francia y España- o, incluso, en un marco territorial más
amplio, como en los de Alemania o Italia.
Es decir que, generalmente, las naciones liberales se construyen sobre
realidades pluriculturales y plurilingüísticas: por ejem-plo, en Italia, además
de la lengua florentina -es decir, el ita-liano-, estaban el piamontés, el
lombardo o el siciliano; en Francia, el bretón, el alsaciano, el lorenés, el
vasco o el catalán, además del francés; y, en España, como es más conocido,
junto al castellano -el español- estaban y están el gallego, el bable, el vasco
o el catalán.
Teniendo en cuenta, por tanto, que la nación española signifi-caba no
una autoafirmación lingüística o cultural, sino la reunión de los ciudadanos
libres frente al reino de los vasallos, se entiende que tuviera el respaldo de
vascos y catalanes libera-les. Como el diputado guipuzcoano Joaquín María
Ferrer, que aseguró en las cortes salidas de la revolución de 1836 que,
“mien¬tras que en España (...) no consigamos que no haya sino una ley en toda
ella, mientras que no haya unidad en el go-bierno de las provincias, no habrá
Estado, será una confu¬sión». O el navarro Agustín Armendá¬riz, que apostaba
por una inte-gra¬ción de Navarra «amplia, absoluta, íntima, con la nación
española..., porque somos españoles y queremos unirnos de veras a los demás”.[
]
Y no era para menos, ya que, en el inicio de la nación española, la
Constitución de Cádiz se convirtió en la Ley Fundamental más democrática de la
Europa de la primera mitad del siglo XIX. Por un lado, establecía un sufragio
universal masculino casi tan democrático como el de la Constitución jacobina
fran-cesa de 1793. Y, por otro, al igual que la anterior francesa de 1791,
introducía un régimen unicameral en el que el monarca podía vetar una ley en
sólo dos legislaturas, aprobándose auto-máticamente en la tercera. Si tenemos
en cuenta que, a la altura de 1820, la mayor parte de Europa estaba bajo el
absolu¬tismo y que los regímenes liberales de Francia e Inglaterra tenían
su-fragio ultracensitario, dos cámaras -la alta no elegida por su-fragio- y
posibilidad de veto absoluto de sus monarcas a las leyes aprobadas, no nos
extrañará que los gobiernos de Europa enviasen en 1823 a los Cien Mil Hijos de
San Luis para acabar con el régimen español, convirtiendo así el ¡viva la Pepa!
en un grito subversivo.
El surgimiento de los nacionalismos catalán y vasco
Pero, a finales del siglo XIX, la nación española fue cuestiona-da por
el nacimiento de las ideologías nacionalistas catalana y vasca. Aunque, en
realidad, más estrictamente, el proyecto na-ciona¬lista e independentista
insurreccional se da en el caso vas-co, mientras que en el catalán no hay
plantea¬mien¬tos indepen-dentistas e, incluso, la definición nacionalista es
menos nítida, al confluir en el movimiento diversas y distintas ideologías,
como el federalis¬mo y el regionalismo.
Los naciona¬listas catalanes o vascos no negaban la existen¬cia de la
nación española, pero limitaban su alcance geográfico. Y, además, sin que, en
estos años, los dos naciona¬lismos nuevos se mostrasen excesivamente solidarios
entre sí. Así, comúnmente, para los nacionalistas catalanes, España abarcaba el
Estado es-pañol exceptuando Cataluña, aunque, de forma más erudita, los
dirigentes como Prat de la Riba sí señalasen la existencia de «quatre pobles»
en la Península: “el català, el castellà, el galle-go-portuguès i el basc”.[ ]
Sin embargo, para Sabino Arana, España era el Estado español menos Euskadi:
“Llámase, en este país, maketo al natural de Maketania e islas
adyacentes (...). Y se entiende por Maketania (...) al país que confina al
norte con Francia, Euskeria y el mar Cantábrico; al oeste, con Portugal, y al
sur, casi con Africa (...). Make¬to es no solamen¬te el castellano li-beral,
sino todos los castellanos en igual grado, y no so-lamente el castella¬no, sino
también, y con la misma can-tidad de maketismo, todos los españoles (...).
Total, que al occi¬dente de Europa hay cuarenta y tantas provincias de
make¬tos, así como al oriente hay un reino turco. ¡Qué falta hacen otros
bárbaros como los del siglo V para civilizar a esas pobres gentes dejadas de la
mano de Dios!”.[ ]
Y, desde luego, para Arana Cataluña era una parte de Maketa-nia:
“Cataluña padece por ingratitud de su propia madre España, Bizkaya es
presa de una nación extraña, que es patria común de catalanes, baleares,
gallegos”.[ ]
Lógicamente, el surgimiento de los nacionalismos vasco y cata-lán hay
que encuadrarlo en el marco más amplio del contexto internacional de finales
del siglo XIX, en el que diversos pue-blos -o naciones en sentido cultura¬l,
lingüís¬tico o racial- co-menzaron a asumir, aunque de forma particular, el
concepto liberal de soberanía nacional y a exigir un Estado propio. De forma
particular porque el nuevo nacionalismo, a diferencia del nacionalis¬mo
liberal, tendrá en «la etnicidad y la lengua» los elementos fundamentales de su
definición como nación, tal y como ha puesto de manifiesto recientemente el
historiador bri-tánico Hobsbawm.[ ]
Así, algunos pueblos de los Balcanes, pueblos que todavía en las
revoluciones de 1848 no habían cuestionado el imperio aus-tríaco e incluso
alguno de ellos, como el croata, había colabo-rado con el ejército imperial
para someter a los húngaros, reivindicarán ahora un Estado propio, aunque
todavía de forma conjunta para los eslavos del sur: servios, croatas y
eslovenos. Un Estado que conseguirán en 1918 y que ha sobrevivido más de 70
años.[ ]
Pero, además del nuevo movimiento nacionalista en el contexto
internacional de finales del siglo XIX, hay también circunstan-cias internas
que explican el surgimiento de los nacionalismos catalán y vasco. Y, aunque
sorprenda a algunos, entre ellas des-tacan las debilida¬des e insufi¬ciencias
de la españoli¬za¬ción du-rante el siglo XIX, especialmente si comparamos el
caso espa-ñol con el francés, tal y como ha puesto de manifies¬to
recien-temente el historiador Borja de Riquer.[ ] en un estudio, polé-mico para
algunos, pero riguroso para bastantes más.
Podría pensarse que, entre estas circunstancias internas, debió tener un
peso importante el hecho de que el naciona¬lismo espa-ñol estuviera perdiendo
sus iniciales planteamien¬tos progresis-tas, al ser acaparado por el
milita¬ris¬mo y el catolicis¬mo ultra. Pero no está tan claro, porque, por un
lado, todavía el republi-canismo español -incluido gran parte del federalista-
mantenía la idea de nación española unida a un planteamiento progresista y
laico, cuando no anticlerical; y, por otro, los nuevos naciona-lismos no
hicieron gala de planteamientos progre¬sistas y laicos. Así, Arana aseguraba
que, “si yo fuese español, sería tradicio-na¬lista integrista”,[ ] mientras que
Prat de la Riba se alegraba en 1898 de “l’afirma¬ció, avui més robusta que mai,
de l’autoritat pontifí¬cia» y del «renaixement del Rosari”.[ ] Por no indicar
la mentalidad colonialista del mismo Prat de la Riba, cuando, por ejemplo, en
1906 aseguraba que “els pobles bàr-bars,
o els que van en sentit contrari a la civilitza¬ció, han d’ésser sotmesos de
grat o per la força a la direcció i al poder de les nacions civilitza¬des. Les
potències cultes tenen el deure d’expansionar-se sobre les poblacions
endarreri¬des”.[ ]
Es decir que, al igual que no siempre el nacionalismo español significó
militarismo y nacional-catolicismo, tampoco los na-ciona¬lismos catalán y vasco
se definie¬ron en todos los momen-tos por el progre¬sismo y el antifascismo.
Más influencia en el surgimiento de los nuevos nacionalismos
alternativos pudo tener el contexto económico y social en que se produjeron.
Porque, en Cataluña, la Renaixença no pasó de ser un movimiento reivindica¬tivo
político y cultural de unas minorías intelectua¬les, con propues¬tas de
representación políti-ca, como las incluidas en las Bases de Manresa, que,
redactadas entre otros por Prat de la Riba, estaban más cerca de las cortes
estamentales del Antiguo Régimen que del sufragio liberal. Por ello, el salto
cualitativo y cuantitativo que representa la funda-ción en 1901, y con Prat de
la Riba a la cabeza, de la Lliga re-gionalista, adquiriendo el nacionalismo
catalán unas dimensio-nes sociales y políticas respeta¬bles, no debió ser ajeno
a ese contexto económico y social.
Un contexto de grandes dificultades para que la industria textil
catalana ampliara su mercado, y con un ejército español no sólo incapaz de
competir en el reparto colonial africano, sino inclu-so de mantener Cuba,
Puerto Rico y Filipinas. Y es sólo tres años después de la pérdida de las
colonias españolas cuando se funda la Lliga regionalista. También el contexto
económico y social debió incidir en el surgimiento del nacionalismo vasco.
Pero, en este caso, no como una respuesta a la reducción de mercados de la
industria moderna, sino, por el contrario, como resistencia por parte de los
pequeños talleres al desarrollo en Vizcaya de la industria siderúrgica moderna.
Esto explica, no sólo la escasa participación de la alta burgue-sía
vasca en la formación del Partido Nacionalista Vasco, sino también el carácter
más racista y menos integrador de la ideo-logía nacionalista vasca en relación
a la catalana. El naciona-lismo catalán es consciente de que Cataluña
necesitará, cada vez más, la llegada de inmigrantes para trabajar en su
indus-tria,[ ] por lo que su obsesión será integrarlos y catalani¬zar¬los por
medio de la lengua, como forma de salvaguardar la pureza nacional. Sin embargo,
los nacionalistas vascos, que ven su nación invadida por la llegada de unos
emigrantes que, además, van a trabajar a una industria siderúrgica que los
arruina y amenaza con la proletarización, tendrán una actitud distante y
despreciativa con los recién llegados, evitando mezclarse con una raza
inferior: componente sanguíneo, cráneo e, incluso, ¡trasero! son todavía hoy
mencionados por algunos nacionalis-tas vascos, aunque ya no tanto como muestra
de una supuesta superio¬ridad racial -o, al menos, así deseo creerlo-, pero sí
de una diferen¬cia racial vasca. Por ello, la raza, más que la lengua, es el
elemento clave del discurso de Arana:
“Muchos son los euskerianos que no saben euskera. Malo es esto. Son
varios los maketos que lo saben. Esto es peor”.[ ]
Recapitulación
Pero es hora de recapitular. Decía al comienzo del artículo que, desde
el rigor histórico, las naciones son productos históri¬cos recientes, que
surgen en unas circunstancias concre¬tas. Y, en este sentido, la nación
española y las naciones catalana y vasca surgieron en circuns¬tan¬cias
históricas distin¬tas: La primera, en el contexto de las revoluciones liberales
europeas, como una revolución en el conjunto de la monarquía hispánica en favor
de la libertad individual y de la soberanía de los ciudadanos libres frente al
monarca absoluto. Las segundas, en el contexto internacional de los nuevos
nacionalis¬mos, como un deseo legí-timo de autoafirmación por las evidentes
diferencias lingüísti-cas y culturales, aunque bastante menos legítimo y
evidente en el caso de la pretensión racial vasca.
En este sentido, creo que los binomios nación españo¬la/na¬ción catalana
y nación española/nación vasca no debieran ser tan incompatibles, ya que
corresponden a procesos históricos inter-nacionales diferentes, tanto en sus
objetivos como en su crono-logía. Como no sería incompatible, para mí, ser a la
vez ciuda-dano de una hipotética nación europea, si ésta llega a crearse un día
en un contexto y circunstancias diferentes a las que lle-varon al surgimiento
de la nación liberal española, por un lado, y de las naciones catalana y vasca
por otro.
Ahora bien, si he dicho que las naciones son productos históri-cos
recientes, también tendría que añadir: abiertos. O, dicho con otras palabras,
que no hay ninguna ley que determine que la nación española no pueda
desmembrarse e incluso desapare¬cer, como no hay ninguna ley que determine que,
necesariamente, Cataluña deba acabar convirtiéndose en un Estado
independien-te. El futuro está abierto, precisa¬mente porque -como señalaban
las Constitu¬ciones liberales cuando nacieron los Estados-naciones- la soberanía
reside en la nación, en la voluntad de cada una de esas naciones.
Pero, eso sí, siempre que entendamos nación no en sentido abs-tracto,
esencialista y, por ello, antidemocráti¬co, sino, en el sen-tido original
liberal, como reunión de los ciudadanos libres, que deciden con su voto y con
su voluntad indivi¬dual.
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