© Libro N° 13934. Del Asesinato...
De Quincey,
Thomas. Emancipación. Junio 14 de
2025
Título Original: © DEL ASESINATO Considerado Como
Una De Las Bellas Artes. Thomas De Quincey
Versión Original: © Del Asesinato Considerado Como Una De Las Bellas Artes. Thomas
De Quincey
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Considerado Como Una De Las Bellas Artes
Thomas De Quincey
DEL ASESINATO
Considerado
Como Una De Las Bellas Artes
Thomas De Quincey
Thomas De Quincey:
Del Asesinato Considerado Como Una De Las Bellas Artes
Prólogo de Luis Loayza
El Libro de Bolsillo
Alianza Editorial
Madrid
Título original: Of Murder considered as one of the Fine Arts
Traductor: Luis Loayza
Primera edición en «El Libro de Bolsillo»: 1985
Segunda reimpresión en «El Libro de Bolsillo»: 1994
© De la traducción y el prólogo: Luis Loayza
© Ed. cast.: Alianza Editorial, S. A., Madrid, 1985, 1989, 1994
Calle Juan Ignacio Luca de Tena, 15; 28027 Madrid; teléf. 741 66 00
I.S.B.N.: 84-206-0133-0
Depósito legal: M. 639/1994
Fotocomposición: EFCA
Impreso en Fernández Ciudad, S. L.
Catalina Suárez, 19. 28007 Madrid
Printed in Spain
Prólogo
La idea que preside Del asesinato considerado como una de las bellas
artes recuerda la de Una modesta proposición destinada a evitar que los niños
de Irlanda sean una carga para sus padres y el país en que Swift proponía una
solución radical al exceso de niños irlandeses: cocinarlos y comérselos. El
propio De Quincey menciona este antecedente para justificarse ante quienes lo
acusaban de una extravagancia de mal gusto; nadie pensará seriamente en comerse
a un niño, dice, y en cambio existe una tendencia universal a examinar los
asesinatos, incendios y otros desastres desde el punto de vista estético. Pero
el argumento puede volverse contra él porque tiene doble filo. En efecto, la
monstruosidad del texto de Swift realza su indignación contra los explotadores
de Irlanda; quienes se escandalizan de que se hable de niños asados, y sin
embargo toleran perfectamente el sufrimiento y la muerte de niños ya no
figurados sino reales, son las primeras víctimas de la sátira; el arma feroz
del humor sirve para un combate moral y también social y político. Por el
contrario, lo escandaloso en De Quincey es que el humor gira en torno a sus
obsesiones sin llegar a expresarlas claramente y podría interpretarse como una
adulación al gusto por la violencia. El mismo no debía sentirse muy seguro de
sí a juzgar por sus muchas advertencias y explicaciones, pero el tema lo
preocupaba y después del primer artículo que le dedicó (y además de las muchas
ilusiones al asesinato que se encuentran en su obra) volvió a él, como forzado,
en dos ocasiones, dándole cada vez un tratamiento distinto. Lo que ahora leemos
como un libro son dos artículos, publicados por primera vez en el Blackwood's
Magazine los años 1827 y 1829, y un Post scriptum que añadió De Quincey en 1854
al recogerlos en la edición de sus Obras Completas. El primer artículo se
presenta como una conferencia sobre el tema leída ante la Sociedad de
Conocedores del Asesinato; el segundo, como las actas de una cena conmemorativa
del club; el Posty scriptum es el relato de tres crímenes. Los dos artículos
son una pieza clásica del humorismo inglés. Hay en ellos páginas de gracia e
inteligencia, como la famosa observación de que se empieza por un asesinato, se
sigue por el robo y se acaba bebiendo excesivamente y faltando a la buena educación,
o el aparte sobre los filósofos asesinados en que la pedantería se burla de sí
misma; por el contrario, tampoco faltan momentos en que un temblor nervioso,
casi histérico, traiciona la voz del escritor —pienso en el encuentro entre el
aficionado y el panadero de Mannheim— y al terminar la lectura nos queda la
impresión que algunos aspectos no fueron resueltos artísticamente, como el
desaforado personaje Sapo-en-el-pozo, en quien acaso lo siniestro y lo cómico
no llegan a fundirse del todo. Tal vez De Quincey, detenido menos por temor al
público que por la barrera de sus propias represiones, no se aventuró lo
bastante lejos. En cambio en el Post scriptum (que es la mitad del libro) al
contar los asesinatos de Williams y los M'Kean en tono ya no humorístico sino
trágico, logró al fin la obra maestra, el definitivo exorcismo de sus
fantasmas. Si hasta entonces lo defendió la risa, De Quincey depone ahora sus
defensas, en vez de eludir el horror le hace frente y se atreve a contemplarlo
con la mirada sin párpados del visionario.
Engañado por el título el lector puede creer que en Del asesinato...
encontrará esos pulcros crímenes de las viejas novelas policiales en que se
escamotea el dolor y la angustia de la muerte para convertirla en cifra de un
tranquilo problema intelectual. Nada de eso. A De Quincey no le interesa el
asesinato por su abstracción sino por su tremenda materialidad; censura
expresamente el envenenamiento —novedad lamentable traída sin duda de Italia— y
elige como modelo del género las violencias de Williams, que fulminaba a sus
víctimas de un mazazo antes de degollarlas. A lo sumo concede que el misterio
es un elemento valioso y recuerda, entre otros ejemplos, el asesinato del rey
Gustavo Adolfo de Suecia, muerto cuando mandaba una carga de caballería en la
batalla de Lützen, crimen cumplido a plena luz y en medio de la matanza general
de la guerra, tal como en el Hamlet hay una tragedia dentro de la tragedia. De
Quincey formula en los artículos varias de estas observaciones llenas de
agudeza pero en el Post scriptum intenta algo más, una verdadera recreación de
los asesinatos; antes narraba brevemente los hechos y los juzgaba desde fuera,
ahora el drama se desenvuelve ante nosotros en el teatro de su imaginación. Al
leer la primera escena, que transcurre en un barrio popular de Londres un
sábado por la noche, recordamos que en sus Confesiones... De Quincey cuenta que
solía tomar opio ese día y, poseído por la droga, recorría las mismas calles,
precisamente por esos años, a fin de observar a la muchedumbre de los trabajadores
londinenses en su noche libre del fin de semana. [Por esos años o sea—según las
Confesiones...— entre 1804 y 1812; Williams cometió sus crímenes en diciembre
de 1811 y no en 1812 como repite De Quincey en varias ocasiones.] Es seguro que
al escribir estas páginas debió evocar sus experiencias y preguntarse si alguna
vez no se cruzó con el temible asesinato abriéndose paso entre la gente. Así
descubrimos nosotros a Williams, quien —si creemos a su cronista— tiene ya los
atributos de los héroes malditos de la literatura romántica, se halla excluido
de la comunión de los hombres por la perversidad que denuncian sus rasgos
físicos —palidez cadavérica, mirada vidriosa, pelo teñido de amarillo vivísimo—
y no alcanzan a disimular esas otras características inquietantes que lo
distinguen de un matón cualquiera: la cortesía impecable, la elegancia que
aspira al dandysmo, la «delicada aversión por la brutalidad» en la que insiste
De Quincey. Llegamos con el asesino a casa de las víctimas que ha elegido pero
la puerta se cierra ante nosotros: nos quedamos fuera, nos alejamos con la
criada que ha salido de compras y sólo volveremos con ella cuando el crimen ya
esté consumado. De Quincey cuenta los hechos a través de la criada y luego
descifrando las huellas dejadas por el criminal, que permiten reconstruir sus
movimientos; en el segundo asesinato seguiremos a un testigo que observó a
Williams desde un escondite. En ambos casos lo extraordinario es la alianza de
un ambiente fantástico, de pesadilla, con ciertos detalles muy nítidos y
precisos. En el primero de los asesinatos, por ejemplo, la muchacha tira
angustiada de la campanilla, segura de que ha ocurrido algo terrible y luego,
con un gran esfuerzo, se detiene a escuchar si hay alguna respuesta: en medio
del silencio oye los pasos del asesino que baja la escalera, atraviesa el
corredor «estrecho como un ataúd» y llega al otro lado de la puerta, la
respiración acezante. En el segundo, el joven artesano ya se ha acostado cuando
el estrépito le anuncia que el asesino está en la casa; en vez de huir baja a
su encuentro, llevado por el terror, como en un sueño; por fortuna Williams
está registrando la casa y no repara en él; en cambio —y este es el detalle
alucinante, como los pasos y la pesada respiración que sonaba al otro lado de
la puerta— el joven advierte que los zapatos del asesino hacen ruido y que su
abrigo está forrado con seda de la mejor calidad.
No sé si De Quincey inventó estos hechos o si los recordaba por haberlos
leído en los periódicos; lo cierto es que los transforma e ilumina y que,
dispuestos en un punto de tensión casi intolerable, producen una impresión
sobrecogedora. Estamos muy lejos del humorismo de los artículos. De Quincey ha
hecho suya la escena atroz del crimen asumiendo el propio terror y esta es la
emoción que nos comunica. No hay duda que para ello tuvo que vencer una
profunda resistencia y bastaría señalar que entre los crímenes y la narración
median más de cuarenta años: la imaginación asimiló, fue enriqueciendo
lentamente sus materiales. Disponemos además en este caso de un documento
precioso que nos permite acercarnos al origen del proceso creador. En el
Macbeth, después del asesinato de Duncan, resuenan unos golpes a la puerta; la
escena había intrigado desde niño a De Quincey, quien no acertaba a explicarse
el efecto que le causaba y la recordó de inmediato al enterarse de los golpes a
la puerta de la casa asolada por Williams. Después de mucho consiguió
explicarlo, en un ensayo de 1823 que se cuenta entre lo mejor de su obra: el
asesinato es una transgresión mágica qué suspende el tiempo y crea un mundo
diabólico; los golpes a la puerta marcan el reflujo de lo humano y ahondan por
contraste el horror del crimen. Luego De Quincey intentaría la versión
humorística de sus obsesiones y sólo muchos años más tarde, al escribir el Post
scriptum, completaría la meditación angustiada sobre el asesinato iniciada en
«Los golpes a la puerta en Macbeth». Al leer juntos ambos textos, el ensayo de
1823 y el relato de 1854 se advierte la unidad profunda de la visión crítica y
la intuición narrativa, distintos aspectos de una imaginación apasionada y
poderosa. La crónica de un asesinato ayuda a interpretar a Shakespeare,
Shakespeare es una de las claves de un terror tan cercano. Sólo una de las
claves, pues De Quincey recalca los elementos modernos del relato y en su libro
nos fascina, justamente, la oposición entre la modernidad y la violencia
intemporal, casi ritual, que describe.
Luis Loayza
Primer artículo1
I. Advertencia de un hombre morbosamente virtuoso
Seguramente la mayoría de quienes leemos libros hemos oído hablar de la
Sociedad para el Fomento del Vicio, del Club del Fuego Infernal que fundó el
siglo pasado Sir Francis Dashwood, etc. En Brighton, si no me equivoco, se
estableció una Sociedad para la Supresión de la Virtud. La propia sociedad fue
suprimida, pero lamento decir que en Londres existe otra, de carácter aún más
atroz. En vista de sus tendencias le convendría el nombre Sociedad para la
Promoción del Asesinato, pero aplicándose un delicado se llama la
Sociedad de Conocedores del Asesinato. Sus miembros se declaran curiosos de
todo lo relativo al homicidio, amateurs y dilettanti de las diversas
modalidades de la matanza, aficionados al asesinato en una palabra. Cada vez
que en los anales de la policía de Europa aparece un nuevo horror de esta clase
se reúnen para criticarlo como harían con un cuadro, una estatua u otra obra de
arte. No me daré el trabajo de describir el espíritu que anima sus actividades,
pues el lector podrá apreciarlo mejor en una de las Conferencias Mensuales
leídas ante la sociedad el año pasado. El texto llegó a mis manos por azar, a
pesar de la vigilancia que ejercen los miembros para que el público no se
entere de sus deliberaciones. Al verlo impreso se sentirán alarmados y ésa,
justamente, es mi intención. En efecto, prefiero con mucho que la sociedad se
disuelva tranquilamente ante un llamamiento dirigido a la opinión pública y sin
necesidad de recurrir a los tribunales de policía de Bow Street, para lo cual
habría que citar nombres, aunque si no tengo más remedio emplearé este último
recurso. Mi intensa virtud no puede permitir que ocurran tales cosas en un país
cristiano. Aún en tierra de paganos la tolerancia del asesinato —es decir, los
horribles espectáculos del circo— era, a juicio de un autor cristiano, el más
vivo reproche que podía hacerse a la moral pública. El autor es Lactancio, y
creo que sus palabras se aplican de modo singular a la presente ocasión: «Quid
tam horribile», dice, «tam tetrum, quam hominis trucidatio? Ideo severissimis
legibus vita nostra munitur; ideo bella execrabilia sunt. Invenit tamen
consuetudo quatenus homicidium sine bello ac sine legibus faciat; et hoc sibi
voluptas quod scelus vindicavit. Quod, si interesse homicidio sceleris
conscientia est, et eidem facinori spectator obstrictus est cui et admissor,
ergo et in his gladiatorum caedibus non minus cruore profunditur qui spectat
quam ille qui facit: nec potest esse inmunis a sanguine qui voluit effundi, aut
videri non interfecisse qui interfectori et favit et praemium postulavit.»
«¿Qué cosa tan horrible y tétrica como el matar a seres humanos?» —dice
Lactancio—. «Por ello se protege nuestra vida con leyes severísimas; por ello
son objeto de execración las guerras. Sin embargo, en Roma la costumbre permite
el asesinato al margen de la guerra y de las leyes, y las exigencias del gusto
(voluptas) igualan a las del crimen.» Que la Sociedad de Caballeros Aficionados
lo tenga presente; me permito señalar a su atención, de manera especial, la
última frase, de tanto peso, que intentaré traducir así: «Ahora bien, si sólo
por hallarse presente en un asesinato se adquiere la calidad de cómplice, si
basta ser espectador para compartir la culpa de quien perpetra el crimen,
resulta innegable que, en los crímenes del anfiteatro, la mano que descarga el
golpe mortal no está más empapada de sangre que la de quien contempla el
espectáculo, ni tampoco está exento de la sangre quien permite que se derrame,
y quien aplaude al asesino y para él solicita premios, participa en el
asesinato». Aún no he oído que se acuse a los Caballeros Aficionados de Londres
de «proemia, postulavit», si bien no hay duda de que a ello tienden sus
actividades, pero el título mismo de su asociación entraña el «interfectori favit»,
que se expresa en cada una de las líneas de la conferencia que aparece a
continuación.
X. Y. Z.
II. La Conferencia
Señores: El comité me ha honrado con la ardua tarea de pronunciar la
conferencia en honor de Williams sobre el tema del Asesinato considerado como
una de las Bellas Artes. Quizá la tarea habría sido fácil hace tres o cuatro
siglos, cuando era muy poco lo que se sabía del arte y muy contados los grandes
modelos expuestos, pero en nuestra época no faltan obras maestras de valor
ejecutadas por profesionales y el público exigirá un adelanto igual en el
estilo de la crítica que ha de aplicarse. La práctica y la teoría deben avanzar
pari passu. Empezamos a darnos cuenta de que la composición de un buen
asesinato exige algo más que un par de idiotas que matan o mueren, un cuchillo,
una bolsa y un callejón oscuro. El diseño, señores, la disposición del grupo,
la luz y la sombra, la poesía, el sentimiento se consideran hoy indispensables
en intentos de esta naturaleza. El Sr. Williams ha exaltado para todos nosotros
el ideal del asesinato y con ello ha aumentado la dificultad de mi tarea. Como
Esquilo o Milton en poesía, como Miguel Ángel en pintura, ha llevado su arte
hasta tal punto de sublimidad colosal que en cierta forma, como observa el Sr.
Wordsworth, «ha creado el gusto con el cual hay que disfrutarlo». Esbozar la
historia del arte y examinar sus principios desde el punto de vista crítico es
ahora deber de los conocedores, jueces muy distintos a los que se sientan en
las bancas de los tribunales de Su Majestad.
Antes de comenzar, permítanme dirigir una o dos palabras a ciertos
hipócritas que pretenden hablar de nuestra sociedad corno si su orientación
tuviese algo de inmoral. ¡Inmoral! ¡Júpiter nos asista, caballeros! ¿Qué
pretende esta gente? Estoy y estaré siempre en favor de la moralidad, la virtud
y todas esas cosas; afirmo y afirmaré siempre (cualesquiera sean las
consecuencias) que el asesinato es una manera incorrecta de comportarse, y
hasta muy incorrecta; más aún, no tengo empacho en afirmar que el hombre que se
dedique al asesinato razona equivocadamente y debe seguir principios muy
inexactos de modo que, lejos de protegerlo y ayudarlo señalándole el lugar en
que se esconde su víctima, lo cual es el deber de toda persona bien
intencionada, según afirma un distinguido moralista alemán1, yo suscribiría un
chelín y seis peniques para que se le detuviera, o sea, dieciocho peniques más
de lo que hasta ahora han contribuido a tal objeto los moralistas más
eminentes. ¿Cómo negarlo? En este mundo todo tiene dos lados. El asesinato, por
ejemplo, puede tomarse por su lado moral (como suele hacerse en el pulpito y en
el Old Bailey) y, lo confieso, ése es su lado malo, o bien cabe tratarlo
estéticamente —como dicen los alemanes—, o sea en relación con el buen gusto.
Para demostrarlo me valdré de la autoridad de tres personas eminentes:
S. T. Coleridge, Aristóteles y el señor Howship, el cirujano.
Comenzaré por S. T. C. Una noche, hace muchos años, tomaba té con él en
Berners Street (que, dicho sea de paso, aunque es una calle muy corta, ha sido
extraordinariamente fecunda en hombres de genio). Había otros invitados además
de mi persona y, mientras atendíamos a ciertas consideraciones carnales en
forma de té y tostadas, escuchábamos una disertación sobre Plotino de los
labios áticos de S. T. C. De pronto, se oyeron gritos de «¡Fuego, fuego!», a
los cuales todos nosotros, maestros y discípulos, Platón y
salimos corriendo, ansiosos de presenciar la función. El incendio era en la
calle de Oxford, en el taller de un fabricante de pianos, v, como prometía ser
una conflagración de mérito, lamenté que mis compromisos me obligaran a dejar
al Sr. Coleridge antes de que sobreviniera la crisis. Días más tarde, al
encontrarme con mi platónico anfitrión, le recordé el caso pidiéndole por favor
que me contase cómo había terminado el prometedor espectáculo. «¡Oh, señor!»
—me respondió—, «resultó tan malo a fin de cuentas que todos lo condenamos por
unanimidad.» Ahora bien, ¿acaso se puede pensar que el Sr. Coleridge —que
aunque demasiado grueso para la virtud activa es, sin embargo, un buen
cristiano— que este amable S. T. C., digo, sea un incendiario o tan siquiera
capaz de desear el mal a un pobre hombre y a sus pianos (muchos de ellos, sin
duda, provistos de teclados adicionales)? Por el contrario, lo conozco bien y
apostaría mi cabeza a que, en caso de necesidad, arrimaría el hombro a la bomba
de incendios, aunque en vista de su gordura no debiera someter su virtud a
tales pruebas de fuego. Tratemos de comprender la situación. Lo que se requería
en este caso no eran pruebas de virtud. Al llegar los bomberos, toda moralidad
quedaba a cargo exclusivo de la empresa de seguros. El Sr. Coleridge tenía,
pues, pleno derecho a darse gusto. Había dejado su té. ¿No recibiría nada en
cambio?
Afirmo que, partiendo de estas premisas, el más virtuoso de los hombres
tiene derecho a convertir el fuego en un placer y a silbarlo, como haría con
cualquier representación que despertase las expectativas del público para luego
defraudarlas. Citemos a otra gran autoridad, veamos lo que dice el Estagirita.
Aristóteles (creo que en el Libro Quinto de su Metafísica) describe lo que él
llama es decir, el ladrón perfecto; y por su parte, el señor
Howship, en su obra sobre la Indigestión, no tiene escrúpulos en hablar con
admiración de cierta úlcera que había visto y que califica de «una hermosa
úlcera». ¿Pretenderá alguien que, considerando las cosas en abstracto,
Aristóteles pudiera pensar en un ladrón como en un personaje perfecto o el señor
Howship enamorarse de una úlcera? Aristóteles, como es sabido, fue persona tan
sumamente moral, que, no contento con escribir su Ética a Nicómaco en un
volumen en octavo, escribió también otro sistema, titulado Magna Moralia o Gran
Ética. Es del todo imposible que un nombre que redacta éticas, grandes o
pequeñas, admire a un ladrón per se; en cuanto al señor Howship, nadie ignora
que está en guerra con las úlceras y, sin dejarse seducir por sus encantos,
hace lo posible por desterrarlas del condado de Middlessex. Pero no es menos
cierto que, por más reprobables que sean per se, tanto un ladrón como una
úlcera pueden tener infinitos grados de mérito en relación con otros individuos
de su misma clase. Ambos son, en verdad, imperfecciones, pero como su esencia es
ser imperfectos, la grandeza misma de su imperfección se vuelve una perfección.
Spartam nactus es, harte exorna. Un ladrón como Autólico o el una vez famoso
George Barrington, y una tremenda úlcera fagedénica soberbiamente definida, con
cada una de sus fases naturales bien marcadas, pueden considerarse tan ideales
en su clase como la más impecable rosa de musgo entre las flores, en su
progreso desde el botón hasta la «pura, encendida rosa», o la más bella
muchacha, adornada con todas las galas de la feminidad, entre las flores
humanas. Y así no sólo es imposible imaginar el tintero ideal, como lo demostró
el Sr. Coleridge en su celebrada correspondencia con el señor Blackwood —lo
cual, por lo demás, no creo tan extraordinario, pues un tintero es un objeto
laudable y un miembro valioso de la sociedad—, sino que hasta la imperfección
misma puede tener su estado ideal o perfecto.
Les presento mis disculpas, señores, por hablar tanto y tan seguido de
filosofía; permítanme ahora aplicar lo que he dicho. Cuando un asesinato se
encuentre en el tiempo paulo-postfuturo —o sea, que no se ha cometido ni se
está cometiendo sino que aún ha de cometerse— y tengamos noticia de ello,
tratémoslo moralmente. Supongamos en cambio que ya se ha cometido y que podemos
decir de él , está consumado o (en el durísimo moloso de Medea)
, está hecho, es un «Fait accompli»; supongamos que la pobre víctima ha
dejado de sufrir y que el miserable asesino ha desaparecido como si se lo
hubiese tragado la tierra; supongamos, en fin, que hemos hecho todo lo que
estaba a nuestro alcance, estirando la pierna para poner una zancadilla al
criminal en su huida, aunque sin éxito —«abiit, evasit, excessit, erupit»,
etc.—; suponiendo todo esto me permito preguntar: ¿de qué sirve aún más virtud?
Ya hemos dado lo suficiente a la moralidad: ha llegado la hora del buen gusto y
de las Bellas Artes. No hay duda de que el caso fue triste, tristísimo, pero no
tiene remedio. Hagamos lo que esté a nuestro alcance con lo que nos queda entre
manos, y si es imposible sacar nada en limpio para fines morales, tratemos el
caso estéticamente y veamos si con ello conseguimos algo. Tal es la lógica del
hombre sensato. ¿Cuál es el resultado? Pues que secamos nuestras lágrimas y
quizá tengamos la satisfacción de descubrir que unos hechos lamentables y sin
defensa posible desde el punto de vista moral resultan una composición de mucho
mérito al ser juzgados con arreglo a los principios del buen gusto. Así queda
contento todo el mundo; se confirma el viejo refrán de que no hay mal que por
bien no venga, el aficionado comienza a levantar cabeza cuando ya empezaba a
cobrar un aire bilioso y alicaído por su excesiva atención a la virtud, y
prevalece la hilaridad general. La virtud ha tenido su momento y en adelante la
Virtú, tan parecida que difiere en una sola letra (por la cual no vale la pena
pelearse), la Virtú, digo, y el Juicio Crítico tienen licencia para valerse por
sí mismos. Este principio, señores, será el que oriente nuestros estudios,
desde Caín hasta el Sr. Thurtell. Visitemos cogidos de la mano la gran galería
del asesinato, poseídos de deliciosa admiración, mientras trato de señalar a
ustedes los objetos en que la crítica se ejercita con provecho.
Todos ustedes conocen a fondo el primer asesinato. En tanto que inventor
del asesinato y padre del arte, Caín debió de ser un hombre de genio
extraordinario. Todos los Caínes fueron hombres de genio. Creo que Túbal Caín
inventó la trompa o algo por el estilo. Mas, cualquiera que fuese la
originalidad y el genio del artista, las artes se hallaban entonces en la
infancia, y las obras producidas en los diversos estudios deben criticarse
teniendo en cuenta este hecho. Probablemente la obra de Túbal no ganaría, en
nuestros días, la aprobación general en Sheffield, de modo que no es deshonroso
decir de Caín (me refiero a Caín el padre) que su actuación fue muy mediana. Se
afirma que Milton no compartía esta opinión. Por la manera como relata el caso
parece tratarse de su asesinato preferido, pues lo retoca con evidente voluntad
de aumentar el efecto pintoresco:
Lleno de ira en su interior, mientras hablaban
Lo hirió en el pecho con una piedra
Y le arrancó la vida: palideció, cayó, el alma
Escapó en un quejido, con un chorro de efusiva sangre.
(El Paraíso Perdido, libro XI.)
El pintor Richardson, que tenía buen ojo para tales efectos, comenta así
el pasaje en la página 497 de sus «Notas sobre el Paraíso Perdido»: «Se creía»
—observa— «que Caín dejó en el sitio (como suele decirse) a su hermano
atacándolo con una piedra enorme; Milton acepta esta versión pero añade una
gran herida». En este lugar fue adición muy atinada pues lo rudo del arma, a
menos que la levante y enriquezca un colorido cálido y sanguinario, revela con
exceso la falta de adorno de la escuela salvaje, como si Polifemo hubiese
cometido el crimen sin ninguna ciencia, ni premeditación, ni nada que no fuese
un hueso de carnero. Sobre todo me complace la mejora porque demuestra que
Milton era también un aficionado. En cuanto a Shakespeare, nunca lo hubo mejor,
y ahí están para probarlo sus descripciones del asesinato de Duncan, Banquo,
etc., y sobre todo su incomparable miniatura de la muerte de Gloucester, en
Enrique VI1.
Es lamentable comprobar que, una vez asentados, los cimientos del arte
durmieron durante siglos sin que se lograra ningún progreso. En efecto, ahora
tendré que saltar sobre todos los asesinatos, sagrados y profanos, todos ellos
indignos de la menor atención, hasta bien entrada la era cristiana. Grecia, aún
en la Edad de Pericles, no produjo ningún asesinato, o por lo menos no se
registra ninguno, del más mínimo mérito, y Roma era de muy escasa originalidad
de genio en cualquiera de las artes como para tener éxito donde su modelo no le
indicaba el camino2. Más aún, hasta el latín cede ante la idea misma del
asesinato. ¿Cómo se dice en latín «este hombre ha sido asesinado»? Interfectas
est, interemptus est, que sólo expresa el homicidio; por ello la latinidad
cristiana de la Edad Media se vio obligada a introducir una nueva palabra a la
que no se elevaron nunca, en su debilidad, las concepciones clásicas. Murdratus
est, dice el dialecto más sublime de las edades góticas. Entretanto, la escuela
judía del asesinato mantuvo con vida lo que ya se conocía del arte y lo
transfirió gradualmente al mundo occidental. La escuela judía siempre fue
respetable, aún en sus etapas medievales, como lo demuestra el caso de Hugh de
Lincoln, honrado con motivo de otra obra de la misma escuela por la aprobación
de Chaucer quien, en sus Cuentos de Canterbury, lo celebra por boca de la
Señora Abadesa.
Volviendo, sin embargo, un instante a la antigüedad clásica, no dejo de
pensar que Catilina, Clodio y algunos de esa coterie hubieran podido ser
artistas de primera línea y cabe lamentar, desde todo punto de vista, que la
fatuidad de Cicerón privara a su patria de la única posibilidad de distinguirse
en este aspecto. Nadie mejor que él para sujeto de un asesinato. ¡Señor, y cómo
hubiera aullado de pánico escuchando a Cetego bajo la cama! Verdaderamente
fuera divertidísimo oírlo y estoy seguro, señores, que hubiese preferido lo
utile de deslizarse a un armario, o inclusive a una cloaca, a lo honestum de
enfrentarse con el audaz artista.
Vengamos ahora a la Edad Oscura (término con el cual nosotros, quienes
hablamos con precisión, designamos par excellence el siglo décimo como línea
meridiana más los dos siglos anteriores y posteriores, siendo medianoche
cerrada de A. D. 888 A. D. 1111), Edad que debió ser naturalmente propicia del
arte del asesinato como lo fue a la arquitectura religiosa, los vitrales, etc.,
por lo cual, a fines de este período, surgió un gran personaje de nuestro arte:
hablo del Viejo de la Montaña. Fue en verdad una figura luminosa y no hace
falta añadir que hasta la palabra «asesino» nos viene de él1. Tan buen
aficionado era que en una ocasión, al atentar contra su vida uno de sus
asesinos preferidos, se sintió muy complacido con el talento demostrado y, a
pesar del fracaso del artista, le concedió en el acto el título de duque, con
derecho de sucesión por línea femenina, y le asignó una pensión por tres vidas.
El asesinato de grandes personajes es una rama del arte que requiere por sí
sola una noticia y tal vez le dedique toda una conferencia. Por ahora me
limitaré a observar que, por extraño que parezca, esta rama del arte florece de
manera intermitente. Aquí sólo llueve sobre mojado. En nuestra propia época
podemos citar con satisfacción algunos ejemplos excelentes, como el caso de
Bellingham con el Primer Ministro Perceval, el del Duque de Berri en la Opera
de París y el del Mariscal Bessiéres en Avignon. Por lo demás, hace unos dos
siglos y medio hubo una constelación brillantísima de esta clase de crímenes.
Apenas si es preciso agregar que me refiero a siete obras espléndidas: el
asesinato de Guillermo I de Orange; el de los tres Enriques franceses, o sea
Enrique, Duque de Guisa, que tenía pretensiones al trono de Francia, Enrique
III, último príncipe de la dinastía de Valois que entonces ocupaba el trono, y
en fin Enrique IV, su cuñado, que lo sucedió en el poder como primer príncipe
de la dinastía de Borbón; no habían pasado dieciocho años cuando llegaron al
quinto de la lista, nuestro duque de Buckingham (cuya muerte está
magníficamente descrita en las cartas publicadas por Sir Henry Ellis, del Museo
Británico) y luego el sexto, Gustavo Adolfo y el séptimo, Wallenstein. ¡Qué
gloriosa pléyade de asesinatos! Nuestra admiración crece al comprobar que la
deslumbrante constelación de manifestaciones artísticas, integrada por 3
Majestades, 3 Altezas Serenísimas y 1 Excelentísimo Señor, está ceñida a un
lapso de tiempo muy breve, que va de A. D. 1588 a 1635. Cabe hacer notar de
paso que muchos autores, Harte entre otros, dudan del asesinato del rey de
Suecia; pero se equivocan: sí fue asesinado y, a mi juicio, el crimen es único
por su excelencia, pues el rey cayó al mediodía y en medio del campo de
batalla, original concepción que no se repite en ninguna otra obra de arte que
yo recuerde. La idea de un asesinato secreto por razones privadas, inserto en
un pequeño paréntesis en la gran escena de matanza del campo de batalla, evoca
el sutil artificio de Hamlet, en el que hay una tragedia dentro de una
tragedia. Diré más, el conocedor avanzado puede estudiar con provecho todos
estos asesinatos. Todos ellos son exemplaria, asesinatos modelo, asesinatos
originales, de los que cabe decir:
«Nocturna versate manu, versate diurna»
sobre todo nocturna.
No es de asombrar que se asesine a príncipes y estadistas. A menudo hay
cambios muy importantes que dependen de sus muertes, y en vista de la eminencia
en que se encuentran se hallan particularmente expuestos a la mano de cualquier
artista a quien anime el deseo de lograr un efecto escénico. Pero hay otra
clase de asesinatos que ha prevalecido desde comienzos del siglo diecisiete y
que sí me sorprende: me refiero al asesinato de filósofos. Señores, es un hecho
que durante los dos últimos siglos todos los filósofos eminentes fueron
asesinados o estuvieron muy cerca de ello, hasta tal punto que cuando un hombre
se llame a sí mismo filósofo y no se haya atentado nunca contra su vida,
podemos estar seguros de que no vale nada; por ejemplo, creo que una objeción
insalvable a la filosofía de Locke (si acaso hiciera falta) es que, aunque el
autor paseó su garganta por el mundo durante setenta y dos años, nadie
condescendió nunca a cortársela. Como estos casos de filósofos no son muy
conocidos y, en general, los tengo por interesantes y bien compuestos en sus
detalles, procederé ahora a una digresión sobre el tema, cuyo principal objeto
será mostrar mi propia erudición.
El primer gran filósofo del siglo diecisiete (si exceptuamos a Bacon y
Galileo) fue Descartes, y si alguna vez se dijo de alguien que estuvo a punto
de ser asesinado —a una pulgada del asesinato— habrá que decirlo de él. La
historia es la siguiente, según la cuenta Baillet en su Vie de M. Descartes,
tomo I, págs. 102-3. En 1621, Descartes, que tenía unos veintiséis años, se
hallaba como siempre viajando (pues era inquieto como una hiena) y al llegar al
Elba, ya sea en Gluckstadt o en Hamburgo, tomó una embarcación para Friezland
oriental. Nadie se ha enterado nunca de lo que podía buscar en Friezland
oriental y tal vez él se hiciera la misma pregunta ya que, al llegar a Embden,
decidió dirigirse al instante a Friezland occidental, y siendo demasiado impaciente
para tolerar cualquier demora alquiló una barca y contrató a unos cuantos
marineros. Tan pronto habían salido al mar cuando hizo un agradable
descubrimiento, al saber que se había encerrado en una guarida de asesinos. Se
dio cuenta, dice M. Baillet, que su tripulación estaba formada por «des
scélérats», no aficionados, señores, como lo somos nosotros, sino profesionales
cuya máxima ambición, por el momento, era degollarlo. La historia es demasiado
amena para resumirla y a continuación la traduzco cuidadosamente del original
francés de la biografía: «M. Descartes no tenía más compañía que su criado, con
quien conversaba en francés. Los marineros, creyendo que se trataba de un
comerciante y no de un caballero, pensaron que llevaría dinero consigo y pronto
llegaron a una decisión que no era en modo alguno ventajosa para su bolsa.
Entre los ladrones de mar y los ladrones de bosques hay esta diferencia, que
los últimos pueden perdonar la vida a sus víctimas sin peligro para ellos, en
tanto que si los otros llevan a sus pasajeros a la costa corren grave peligro
de ir a parar a la cárcel. La tripulación de M. Descartes tomó sus precauciones
para evitar todo riesgo de esta naturaleza. Lo suponían un extranjero venido de
lejos, sin relaciones en el país, y se dijeron que nadie se daría el trabajo de
averiguar su paradero cuando desapareciera «(quand il viendrait à manquer)».
Piensen, señores, en estos perros de Friezland que hablan de un filósofo como
si fuese una barrica de ron consignada a un barco de carga. «Notaron que era de
carácter manso y paciente y, juzgándolo por la gentileza de su comportamiento y
la cortesía de su trato, se imaginaron que debía ser un joven inexperimentado,
sin situación ni raíces en la vida, y concluyeron que les sería fácil quitarle la
vida. No tuvieron empacho en discutir la cuestión en presencia suya pues no
creían que entendiese otro idioma además del que empleaba para hablar con su
criado; como resultado de sus deliberaciones decidieron asesinarlo, arrojar sus
restos al mar y dividirse el botín.»
Perdonen que me ría, caballeros, pero a decir verdad me río siempre que
recuerdo esta historia, en la que hay dos cosas que me parecen muy cómicas. Una
de ellas es el miedo pánico de Descartes, a quien se le debieron poner los
pelos de punta, como suele decirse, ante el pequeño drama de su propia muerte,
funeral, herencia y administración de bienes. Pero hay otro aspecto que me
parece aún más gracioso, y es que si los mastines de Friezland hubieran estado
«a la altura», no tendríamos filosofía cartesiana y, habida cuenta de la
infinidad de libros que ésta ha producido, dejaré que cualquier respetable
fabricante de baúles explique cómo nos hubiera ido sin ella.
Pero sigamos adelante: a pesar de su miedo cerval, Descartes demostró
estar dispuesto a luchar y con ello intimidó a la canalla anticartesiana.
«Viendo que no se trataba de una broma» —dice M. Baillet—, «M. Descartes se
puso de pie de un salto, adoptó una expresión severa que estos miserables no le
conocían y, dirigiéndose a ellos en su propio idioma, los amenazó con
atravesarlos de parte a parte si se atrevían a ofenderlo en lo que fuera.» Sin
duda para los viles rufianes hubiese sido honor muy superior a sus méritos el
quedar ensartados como pajaritos en una espada cartesiana, y me alegro que M.
Descartes no cumpliera su amenaza, robándole así sus presas a la horca, sobre
todo cuando pienso que, tras asesinar a la tripulación, no hubiera conseguido
regresar a puerto: habría quedado navegando eternamente en el Zuyder Zee para
que los marineros lo tomaran por el Holandés Errante que volvía a casa. «El
valor que mostró M. Descartes» —dice su biógrafo— «obró como por arte de magia
sobre los bribones. Lo súbito de la sorpresa los hundió en la más ciega
consternación, por fortuna para él, y lo llevaron a su lugar de destino sin más
molestias».
Tal vez, caballeros, crean ustedes que, siguiendo el ejemplo del
discurso de César a su pobre barquero
«Caesarem vehis et fortunas eius»— M. Descartes no tenía sino que decir:
«Perros, no podéis cortarme la garganta, pues lleváis a Descartes y a su
filosofía», después de lo cual ya podía desafiarlos a que hicieran lo que se
les antojase. Un emperador alemán tuvo la misma idea una vez que le aconsejaron
se retirase de la línea de fuego. «¡Vamos, hombre!» —respondió—. «¿Cuándo has
oído que una bala de cañón haya matado a un emperador?»1. No sabría qué
contestar tratándose de emperadores, pero con mucho menos se ha exterminado a
un filósofo, y no cabe duda alguna de que el próximo gran filósofo europeo fue
asesinado. Me refiero a Spinoza.
Bien sé que la opinión más frecuente es que murió en su cama. Tal vez
sea cierto, pero no quita que fuera asesinado. Lo probaré con un libro
publicado en Bruselas en 1731, que lleva por título «La vie de Spinoza, par M.
Jean Colerus», y contiene muchas adiciones tomadas de una biografía que dejó en
manuscrito un amigo del filósofo. Spinoza murió el 21 de febrero de 1677,
cuando tenía poco más de cuarenta y cuatro años. Ya esto parece sospechoso, y
M. Jean admite que cierta expresión usada en el manuscrito biográfico da a
entender «que sa mort n'a pas été tout-à-fait naturelle». Como vivió en
Holanda, país húmedo y país de marineros, podría suponerse que bebió muchos
grogs y sobre todo muchos ponches2, bebida que acababa de inventarse. Sin duda
esto sería posible, pero lo cierto es que no fue así. M. Jean lo llama
«extrêmement sobre en son boire et en son manger». Y aunque circulaban algunas
historias fantásticas sobre el uso que hacía del jugo de mandrágora (pág. 140)
y del opio (pág. 144), ninguno de estos artículos figura en la cuenta de su
boticario. Si vivía con tal sobriedad, ¿cómo es posible que falleciese de
muerte natural a los cuarenta y cuatro años? Oigamos el relato de su biógrafo:
«La mañana del domingo 21 de febrero, antes de que fuera hora de ir a la
iglesia, Spinoza vino a la planta baja y conversó con el dueño y la dueña de la
casa.» Como ustedes ven, en este momento, a eso de las diez de la mañana del
domingo, Spinoza estaba vivo y en buena salud. Parece sin embargo que había
llamado a cierto médico «a quien» —dice el biógrafo— «sólo señalaré con estas
dos letras: L. M.». Este L. M. dio instrucciones de comprar un «gallo viejo» y
ponerlo a hervir para que Spinoza tomase un poco de caldo al mediodía; así se
hizo y comió con buen apetito un poco del gallo viejo después que el dueño de
casa y su mujer volvieron de la iglesia.
«Esa tarde, L. M. se quedó solo con Spinoza, pues la gente de casa
regresó a la iglesia; al salir se enteraron, con gran sorpresa, que Spinoza
había muerto a eso de las tres de la tarde, en presencia de L. M., quien ese
mismo día partió para Amsterdam en la barca de la noche sin hacer ningún caso
del extinto», y probablemente sin hacer ningún caso del pago de su pequeña
cuenta personal. «Seguramente omitió con más facilidad el cumplimiento de sus
deberes por haberse apoderado de un ducado, de una pequeña cantidad de plata y
de un cuchillo con mango de plata antes de desaparecer con el botín.» Como
pueden ver, señores, el asesinato y la manera de cometerlo están muy claros. L.
M. asesinó a Spinoza para apoderarse de su dinero. El pobre Spinoza era flaco,
débil e inválido; como no hubo huellas de sangre, lo más probable es que L. M.
se arrojase sobre él y lo ahogara con los almohadones —el pobre hombre ya
estaría medio sofocado por la comida infernal. Tras masticar ese «gallo viejo»,
que para mí es un gallo del siglo anterior, ¿en qué condiciones podía hallarse
el pobre inválido para luchar con L. M.? Y a todo esto ¿quién era L. M.?
Lindley Murray no puede ser, puesto que yo lo vi en York en 1825; además no
creo que fuese capaz de hacer tal cosa; al menos no elegiría como víctima a un
gramático colega suyo puesto que, como ustedes saben, Spinoza escribió una
gramática hebrea muy respetable.
Hobbes no fue asesinado, nunca he logrado comprender por qué ni en
virtud de qué principio. Esta es una omisión capital de los profesionales del
siglo diecisiete, pues a todas luces se trata de un espléndido sujeto para el
asesinato, salvo que era flaco y huesudo; por lo demás, puedo probar que tenía
dinero y (lo cual es muy cómico) carecía de todo derecho a oponer la menor
resistencia ya que, conforme a su propia tesis, el poder irresistible crea la
más elevada especie de derecho, de modo que constituye rebelión, y de las más
negras, el resistirse a ser asesinado cuando ante nosotros aparece una fuerza
competente. No obstante, si bien no fue asesinado, me complace asegurarles que,
según su propia cuenta, estuvo tres veces a punto de serlo, lo cual nos consuela.
La primera fue durante la primavera de 1640, en que pretende haber repartido un
pequeño manuscrito en defensa del rey contra el Parlamento. Este manuscrito,
dicho sea de paso, no se encontró jamás, pero Hobbes afirma que «si Su Majestad
no hubiera disuelto el Parlamento» (en mayo) «lo habría puesto en peligro de
muerte». De nada valió disolver el Parlamento, pues en noviembre del mismo año
se reunió el Parlamento Largo y Hobbes, temiendo por segunda vez ser asesinado,
huyó a Francia. Esto se parece a la locura de John Dennis, quien creía que Luis
XIV no haría nunca la paz con la reina Ana a menos que se le entregase (a él,
es decir a Dennis) a la venganza francesa y hasta huyó de la costa, tan
convencido estaba del peligro. En Francia, Hobbes logró defender bastante bien
su garganta durante diez años, pero al cabo publicó el Leviathán en homenaje a
Cromwell. El viejo cobarde empezó a morirse de miedo por tercera vez; imaginaba
que las espadas de los caballeros se volvían contra él y recordaba la suerte de
los embajadores del Parlamento en La Haya y Madrid. «Tum» dice de sí mismo en
su vida, que está escrita en un latín para andar por casa:
«Tum venit in mentem mihi Dorislaus et Ascham; Tanquam proscripto terror
ubique aderat.»
Y en consecuencia corrió de vuelta a Inglaterra. Ahora bien, es
innegable que el hombre merecía una paliza por haber escrito el Leviathán y
otras dos o tres por perpetrar un pentámetro que acaba tan villanamente en
«terror ubique aderat», pero nadie pensó nunca que fuese digno de algo más que
una paliza. Toda la historia es una pura invención suya. En una carta
mentirosísima que escribió «a una persona ilustrada» (Wallis, el matemático)
cuenta lo sucedido de manera completamente distinta y dice (pág. 8) que huyó a
casa «porque no estaba seguro con el clero francés», insinuando que podía ser
asesinado a causa de su religión, lo cual en verdad hubiera sido algo de mucha
risa: ¡Tom en la hoguera a causa de su religión! Lo cierto es que, fueran o no
tales historias simples exageraciones, Hobbes temió hasta el fin de sus días
que alguien lo asesinase. Esto lo probaré con lo que voy a contarles; mi fuente
no es un manuscrito, pero como si lo fuera (en las palabras del Sr. Coleridge)
ya que se trata de un libro hoy enteramente olvidado: «El Credo del Sr. Hobbes
Examinado: en una Plática entre él y un Estudiante de Teología», que se publicó
unos diez años antes de morir Hobbes. La obra es de autor anónimo pero la
escribió Tenison, el mismo que unos treinta años más tarde sucedió a Tillotson
como Arzobispo de Canterbury. La anécdota que sirve de introducción es la
siguiente: «Un clérigo» (sin duda el propio Tenison) «solía visitar todos los
años, durante un mes, las diversas regiones de la isla». En una de estas excursiones
(1670) llegó a Derbyshire y fue a un lugar llamado La Cumbre, en parte por la
descripción que de él había hecho Hobbes. Como estaba en los alrededores no
podía dejar de ir a Buxton, y al momento mismo de llegar tuvo la suerte de
encontrarse con un grupo de caballeros que desmontaban a la puerta de la
hostería, entre ellos un hombre alto y delgado que resultó ser el Sr. Hobbes,
venido probablemente a caballo desde Chatsworth1. Al dar con una persona tan
famosa, lo menos que podía hacer un turista en busca de lo pintoresco era
presentarse en su calidad de majadero. Por suerte para él, dos de los
compañeros de Hobbes recibieron aviso de partir con toda urgencia, de modo que
durante el resto de su estancia en Buxton tuvo a Leviathán enteramente para sí
y le cupo el honor de empinar el codo en su compañía varias noches. Parece que
en un primer momento Hobbes se mostró muy reservado, pues no le gustaban los
clérigos, pero esto pasó pronto, se volvió muy sociable y divertido y
convinieron en ir juntos a los baños. Cómo pudo Tenison triscar en la misma
agua con el Leviathán es algo que no alcanzo a explicarme; así sucedió, sin
embargo, y aunque Hobbes fuese más viejo que Matusalén, se pusieron a retozar
como dos delfines, y «en los ratos en que no nadaban ni saltaban» (para
zambullirse) «conversaron de muchas cosas relativas a los baños de los Antiguos
y al Origen de las Fuentes. Así pasaron una hora antes de salir del baño, y
habiéndose secado y vestido se sentaron a esperar la cena que pudieran
servirles en el lugar, con el propósito de refrescarse como los Deipnosophistae
y más de seguir charlando que de beber mucho. Los interrumpió en sus inocentes
intenciones el ruido de una pequeña disputa en la que durante un rato se
enredaron algunos de los personajes más groseros que allí se hallaban. A esto
el Sr. Hobbes se mostró muy preocupado, aunque se encontrase a cierta distancia
de esas personas». ¿Y por qué se preocupaba, señores? Sin duda, piensan
ustedes, por amor dulce y desinteresado de la paz, digno de un anciano y un
filósofo. Escuchemos: «Perdió la calma un buen rato y contó una o dos veces,
como hablando consigo mismo en voz baja y en tono de recelo y hasta de
ansiedad, la manera en que fue asesinado después de cenar Sexto Roscio, cerca
de los Baños Palatinos. Esto recuerda el comentario de Cicerón sobre Epicuro el
Ateo, cuando dice que, entre todos los hombres, era el que más temía lo que
había despreciado: la muerte y los dioses.» ¡Tan sólo por ser hora de cenar y
por hallarse cerca de los baños el Sr. Hobbes debía correr la suerte de Sexto
Roscio! ¡Habían de asesinarlo porque Sexto Roscio fue asesinado! ¿Qué lógica
hay en esto, como no sea para un hombre que siempre está soñando con el
asesinato? Leviathán, que ya no tiene miedo de las dagas de los caballeros
ingleses o del clero francés, se asusta «hasta perder la compostura» porque en
una taberna de Derbyshire se pelean unos cuantos honrados destripaterrones a
quienes su propia figura angulosa de espantapájaros, venida de otro siglo,
hubiera vuelto locos de terror.
Les complacerá saber que Malebranche murió asesinado. El hombre que lo
mató es muy conocido: el Obispo Berkeley. Todos saben la historia, aunque hasta
ahora no se haya contado como es debido. Siendo muy joven Berkeley fue a París
y visitó al Padre Malebranche. Lo encontró cocinando en su celda. Los cocineros
siempre han sido genus irritabile; los autores aún más; Malebranche era ambas
cosas; surgió una discusión; el viejo sacerdote, que ya tenía calor, se agitó
mucho; las irritaciones culinarias y metafísicas se unieron para atacarle el
hígado: cayó en cama y murió poco después. Tal es la versión más corriente de
la historia y con ella «se engañan los oídos de toda Dinamarca». Lo cierto es
que se calló lo sucedido, por consideración a Berkeley quien (observa Pope, con
justicia) tenía «todas las virtudes que existen bajo el cielo». Berkeley,
molesto ante la mala educación del viejo francés, se puso en guardia; siguió un
breve combate en el que Malebranche fue a parar al suelo en el primer round;
esto le bajó los humos y tal vez se hubiera rendido, pero a Berkeley se le
había subido la sangre a la cabeza e insistió en que el viejo francés
retractara su doctrina de las Causas Ocasionales. La vanidad del hombre era
demasiado grande para que accediera a tal petición y fue sacrificado al ardor
de la juventud irlandesa y a su propia terquedad absurda.
Como Leibniz era en todo superior a Malebranche, cabría suponer a
fortiori que fue asesinado y sin embargo no es así. Creo que este descuido lo
indignó y que se sintió insultado por la seguridad con que trasncurrían sus
días. De otra manera no me explico que, al final de su vida, decidiera volverse
muy avaro y acumulara grandes cantidades de oro, que guardaba en su propia
casa. Esto ocurría en Viena, donde murió, y aún se conservan cartas suyas en
las que se describe la infinita ansiedad que le inspiraba el mantener intacta
la garganta. A pesar de ello, su ambición de ser por lo menos víctima de un
atentado era tan grande que no evitaba el peligro. Un pedagogo inglés fabricado
en Birmingham —el Dr. Parr— adoptó en idénticas circunstancias un método más
egoísta. Había amontonado gran cantidad de objetos de oro y plata, que durante
un tiempo guardó en el dormitorio de su casa, en Hatton. Pero como cada día le
daba más miedo que lo asesinaran —lo cual, estaba seguro, no podría soportar,
además de que nunca tuvo la menor pretensión en tal sentido— transfirió sus
bienes a casa del herrero de Hatton, pensando seguramente que para la salus
rei-publicae el asesinato de un herrero pesaría menos que el de un pedagogo.
Sin embargo, sobre esto último se ha discutido mucho y ahora parece haber
acuerdo general en que una herradura bien clavada vale por dos y un cuarto
sermones del Hospital"1
Leibniz no fue asesinado, pero cabe decir que murió en parte de miedo a
que lo asesinaran y en parte de despecho porque no lo asesinaban; Kant, en
cambio —que no manifestó ambición alguna a este respecto— se salvó más
estrechamente de morir asesinado que cualquiera otra persona de quien tengamos
noticia, con excepción de M, Descartes. ¡Tan absurda es la fortuna al repartir
sus favores! Creo que la historia se cuenta en una biografía anónima de este
gran hombre. En un tiempo, por razones de salud, Kant andaba unas seis millas
diarias en el camino real. Esto llegó a oídos de alguien que tenía sus razones
personales para cometer un asesinato y que se sentó en la tercera piedra miliar
a partir de Könisberg a esperar a su «pretendido». Kant llegó a la hora exacta,
puntual como un coche de correo. De no mediar un accidente era hombre muerto.
El accidente estuvo en el carácter escrupuloso y, como diría la señora
Quickley, quisquilloso de la moralidad del asesino. Un viejo profesor, se dijo,
estará abrumado de pecados. No así un niño. Pensando en esto se alejó de Kant
en el momento crítico y poco después dio muerte a una criatura de cinco años.
Tal es al menos la versión alemana de los acontecimientos. Mi opinión es que el
asesino era un aficionado que comprendió lo poco que ganaría la causa del buen
gusto con el asesinato de un metafísico viejo, árido y adusto que no le daría
ninguna oportunidad de lucimiento, puesto que no era posible que, una vez
muerto, se pareciese más a una momia de lo que ya se parecía en vida.
Caballeros, he ido trazando la relación entre la filosofía y nuestro
Arte hasta llegar, casi sin darme cuenta, a la época en que vivimos. No trataré
de distinguirla de aquellas que la han precedido pues, a decir verdad, no tiene
un carácter propio. Los siglos diecisiete y dieciocho, con lo que llevamos
visto del siglo diecinueve, componen en conjunto la Edad Augusta del asesinato.
La mejor obra del siglo diecisiete es, sin discusión alguna, el asesinato de
Sir Edmundbury Godfrey, que apruebo por entero. Todo intento cabal de asesinato
debe estar matizado en una u otra forma por la importantísima cualidad de
misterio, y en este aspecto se trata de una obra excelente ya que el misterio
aún no se ha aclarado. Exhorto a la sociedad a que rechace toda pretensión de
acusar de este crimen a los papistas pues con ello lo perjudicaría, así como
los profesionales de limpiar cuadros han perjudicado algunos famosos
Correggios, y hasta lo arruinaría por completo al trasladarlo a la clase
espúrea de meros asesinatos políticos o de partido, que carecen en absoluto del
animus asesino. La idea está desprovista de todo fundamento y surgió del puro
fanatismo protestante. Sir Edmundbury no se había distinguido entre los
magistrados de Londres por su severidad con los papistas ni por su favor a los
fanáticos que deseaban aplicar las leyes penales contra ciertas personas; no
había provocado contra sí la animosidad de ninguna secta religiosa. En cuanto a
las huellas de velas de cera halladas en las ropas del cadáver cuando se le encontró
en una zanja, y de las que entonces se dedujo que los sacerdotes asignados a la
capilla de la reina papista habían participado en el crimen, se trata de
simples artificios fraudulentos de aquellos que querían fijar las sospechas en
los papistas, o bien toda la prueba —las manchas de cera y las causas de las
manchas— fue una exageración o un invento del Obispo Burnet quien, como solía
decir la duquesa de Portsmouth, era el gran maestro de cuentos y novelas del
siglo diecisiete. Al mismo tiempo cabe observar que en el siglo de Sir
Edmundbury el número de asesinatos no fue muy grande, al menos entre nuestros
propios artistas, lo que tal vez pueda atribuirse a la falta de protectores
ilustrados. Sint Maecenates, non deerunt, Flacee, Marones. Al consultar los
Comentarios a las Listas de Defunciones de Grant (4ta. edición, Oxford 1665)
encuentro que, de las 229.250 personas que murieron en Londres durante un lapso
de veinte años en el siglo diecisiete, tan sólo ochenta y seis fueron
asesinadas, o sea cuatro y tres décimas por año. Exigua cantidad, señores,
sobre la cual fundar una academia; ciertamente, cuando la cantidad es tan
reducida, tenemos derecho a esperar que la calidad sea de primera clase. Quizá
lo fuera, pero soy de opinión que el mejor artista de este siglo no se iguala a
los mejores del siglo siguiente. Por ejemplo, por más digno de elogio que sea
el caso de Sir Edmunbury Godfrey (y nadie aprecia sus méritos mejor que yo) no
admito que se le ponga a la altura del de la Sra. Ruscombe de Bristol, ni por
la originalidad del diseño ni por la audacia y amplitud de la ejecución. El
asesinato de esta buena señora se realizó a comienzos del reinado de Jorge III
que, como ustedes saben, fuera tan propicio a todas las artes. La dama vivía en
el College Green, acompañada por una sola sirvienta. Ninguna de las dos tiene
título alguno a la atención de la Historia, como no sea el derivado del gran
artista cuya creación paso a describir. Una hermosa mañana, cuando todo Bristol
estaba de pie y en movimiento, los vecinos, movidos por ciertas sospechas,
forzaron la puerta de la calle y encontraron a la Sra. Ruscombe asesinada en su
dormitorio y a la sirvienta asesinada en la escalera; esto ocurrió al mediodía
y no faltaba quien hubiese visto con vida tanto a la señora como a la criada
menos de dos horas antes. Si mal no recuerdo, el asesinato se cometió en 1764;
así pues han pasado más de sesenta años y todavía el gran artista no ha sido
descubierto. Las sospechas de la posteridad se han centrado en dos pretendientes,
un panadero y un deshollinador. Pero la posteridad se equivoca; ningún artista
inexperimentado sería capaz de concebir una idea tan audaz como la de un
asesinato al mediodía en el corazón de una gran ciudad. El autor de esta obra
no fue, señores, un oscuro panadero ni un anónimo limpiador de chimeneas. Yo sé
quién fue. (Movimiento general en el auditorio, que culmina en una ovación; el
orador se sonroja y prosigue gravemente.) Por amor al cielo, señores, no me
interpreten mal: no fui yo. No tengo la vanidad de creerme capaz de tal hazaña,
pueden estar seguros de que exageran ustedes mi pobre talento; el caso de la
Sra. Ruscombe fue muy superior a mis escasas habilidades. Si llegué a saber
quien fue el artista es gracias a un famoso cirujano que asistió a su autopsia.
Este caballero poseía un museo privado de su profesión, en una de cuyas
esquinas podía verse el vaciado en yeso de un hombre de proporciones
notablemente armoniosas.
«Eso» me dijo el cirujano, «es un vaciado en yeso del célebre bandido de
Lancashire que durante un tiempo ocultó su oficio a los vecinos enfundando las
patas de su caballo en medias de lana, con las que acallaba el ruido al pasar
por el callejón empedrado que conducía al establo. Cuando lo ejecutaron por
robo en descampado yo estudiaba con Cruickshank, y los rasgos del hombre eran
de una finura tan extraordinaria que no escatimamos dinero ni esfuerzos para
apoderarnos del cadáver lo antes posible. En connivencia con el ayudante del
sheriff lo bajaron de la horca, antes de que pasara el tiempo prescrito, y lo
pusieron en un coche de caballos, de modo que al llegar a manos de Cruickshank
aún no había muerto.
El Sr. ,
entonces joven estudiante, tuvo el
honor de darle el golpe de gracia, cumpliendo así la sentencia de la
ley».
Esta curiosa anécdota, que parece implicar que todos los caballeros
presentes en la sala de disección eran aficionados como nosotros, me impresionó
mucho; en una ocasión se la conté a una señora de Lancashire, quien me dijo que
ella misma había sido vecina del bandolero y recordaba muy bien dos
circunstancias que permiten atribuirle el mérito del caso Ruscombe. Una era el
hecho que en la época del asesinato estuvo ausente durante toda una quincena;
la otra, que, muy poco después, el barrio en que vivía el bandido se vio
inundado de dólares, y se sabe que la Sra. Ruscombe había acumulado dos mil de
estas monedas. En fin, sea quien fuere el artista, el caso sigue siendo hasta
hoy un monumento perdurable a su genio; tal fue la sensación de terror y poder
que dejó la fuerte concepción manifestada en este asesinato que, según me
enteré en 1810, hasta entonces no se habían vuelto a encontrar inquilinos para
la casa de la Sra. Ruscombe.
Pero si bien hago el elogio del caso Ruscombiano, no debe suponerse que
paso por alto los muchos otros ejemplos de extraordinario mérito repartidos a
lo largo de este siglo. Claro está que no me pondré a defender casos como el de
la Srta. Bland, el Capitán Donnellan o Sir Theophilus Boughton. ¡Abajo esos
traficantes de veneno! ¿Por qué no mantienen la vieja y honrada manera de
degollar, sin recurrir a esas innovaciones abominables venidas de Italia? A mi
juicio estos casos de envenenamiento, comparados al estilo legítimo, no valen
más que una figura de cera frente a una escultura o una copia litográfica junto
a un magnífico Volpato. Pero aún dejándolos de lado, subsisten muchas
excelentes obras de arte, ejecutadas en estilo muy puro, que nadie se avergonzaría
de hacer suyas, como lo reconocen todos los conocedores de buena fe. Noten que
digo: de buena fé, pues es preciso ser indulgente; no hay artista que se sienta
seguro de haber convertido en realidad la propia concepción. A veces se
presentan interrupciones molestas; la gente se niega a dejarse cortar la
garganta con serenidad; hay quienes corren, quienes patean, quienes muerden, y
mientras el retratista suele quejarse del excesivo aletargamiento de su modelo,
en nuestra especialidad el problema del artista es, casi siempre, la demasiada
animación. Al mismo tiempo, por más desagradable que sea para el artista, sin
duda esta tendencia del asesinato a excitar e irritar al sujeto es para todo el
mundo una de sus ventajas y no debemos pasarla por alto, pues favorece el
desarrollo de talentos latentes. Jeremy Taylor observa con admiración los
saltos increíbles que da la gente bajo la influencia del miedo. De ello tuvimos
un ejemplo muy interesante en el reciente caso de los M'Kean, en que un
muchacho saltó a una altura que no volverá a saltar hasta el último día de su
vida. El pánico que acompaña a nuestros artistas ha permitido también, en
ciertas ocasiones, desarrollar talentos brillantísimos para dar puñetazos y aún
más, para toda clase de ejercicios gimnásticos —talentos que hasta entonces
estaban sepultados o bien escondidos tras un tupido velo y que no conocían ni
los poseedores ni sus amigos. Recuerdo una curiosa ilustración de este hecho en
un incidente del cual tuve noticia en Alemania.
Cabalgando un día por los alrededores de Munich me encontré con un
distinguido aficionado de nuestra sociedad cuyo nombre, por razones evidentes,
he de callar. Este caballero me informó que, harto de los placeres helados (a
su juicio) de la simple contemplación, había viajado de Inglaterra al
Continente con el propósito de practicar un poco en calidad de profesional. Sus
intenciones lo hicieron dirigirse a Alemania, por suponer que la policía de esa
parte de Europa sería más pesada y soñolienta que las demás. Hizo su debut como
ejecutante en Mannheim y, sabiendo que yo era un colega aficionado, me contó
con toda franqueza su primera aventura. «Frente a mi posada», comenzó diciendo,
«tenía su tienda un panadero, hombre un poco avaro que vivía enteramente solo.
No sé si por la vasta extensión de su cara de luna llena o por algún otro
motivo, lo cierto es que se me "antojaba" y decidí iniciar mis
prácticas en su garganta que, dicho sea de paso, llevaba siempre descubierta,
de manera muy irritante para mis deseos. El panadero cerraba todos los días sus
ventanas a las ocho en punto de la tarde. Una noche que lo vi ocupado en esto
entré de un salto, cerré la puerta con llave y, dirigiéndome a él, le informé
con la mayor urbanidad de mis propósitos, aconsejándole que no hiciera ninguna
resistencia, lo cual sería desagradable para ambos. Mientras hablaba saqué mis
instrumentos y me dispuse a operar. Ante tal espectáculo, el panadero, que al
oír mi primer anuncio pareció atacado de catalepsia, se despertó presa de tremenda
agitación. "No quiero ser asesinado" chilló. "¿Por qué habría de
perder mi preciosa garganta?" "¿Por qué?" —le respondí—; "a
falta de otra razón porque le echa usted alumbre al pan. Pero eso no tiene
importancia; con o sin alumbre, no tengo la menor intención de dejarme
arrastrar a una discusión al respecto: sepa usted que soy un virtuoso en el
arte de asesinar, que deseo perfeccionarme en los detalles y que, enamorado de
la vasta superficie de su garganta, estoy decidido a convertirme en cliente
suyo". "No me diga" contestó: "Pues yo le daré a usted otra
clase de cliente" y diciendo esto se puso en guardia como un experto
boxeador. La sola idea de que boxeara me parecía ridícula. Cierto es que un
panadero de Londres se distinguió en el ring y llegó a ganar fama con el nombre
de Maestro de los Bollos, pero era un hombre joven y ágil, en tanto que ahora
me encontraba ante un monstruoso colchón de plumas de cincuenta años,
completamente fuera de forma. No obstante, a pesar de todo esto y de competir
conmigo, un maestro del arte, se defendió con tal desesperación que muchas
veces temí que se invirtieran los papeles y que yo, el aficionado, acabara
asesinado por el pícaro panadero. ¡Qué situación! Todo espíritu sensible
comprenderá mi ansiedad. Tan grave era el caso que durante los trece primeros
asaltos el panadero tuvo clara ventaja. En el 14° asalto me hinchó de un golpe
el ojo derecho; a fin de cuentas creo que esto fue mi salvación pues sentí
tanta cólera que en el siguiente asalto, y en cada uno de los que vinieron a
continuación, derribé a mi adversario.
»19.º asalto. El panadero parecía cansado y acusaba el castigo. Sus
hazañas geométricas de los cuatro últimos asaltos no mejoraban las cosas. Sin
embargo detuvo con cierta habilidad un mensaje que enviaba yo a su cadavérica
catadura; al entregar el mensaje resbalé y fui a dar al suelo.
»20.º asalto. Al observar al panadero sentí vergüenza de que tal masa
informe de harina me hubiera dado tanto trabajo; ataqué con ferocidad y lo
castigué duramente. Hubo un cuerpo a cuerpo —cayeron ambos— el panadero debajo
—diez a tres en favor del aficionado.
»21.° asalto. El panadero dio un brinco de extraordinaria agilidad. Más
aún, peleaba muy bien y con un magnífico juego de piernas, aunque estuviese
empapado en sudor, pero ya le había cortado el resuello y su valor era simple
efecto del pánico. Era claro que no podía durar mucho. En este asalto apliqué
el sistema de agazaparme para atacar, con gran ventaja, y logré asestarle
golpes en la nariz. Tenía la nariz llena de forúnculos y pensé que le
molestaría que me tomase libertades con ella, como en efecto hice.
»En los tres asaltos siguientes el maestro de los bollos se tambaleó
como una vaca sobre hielo. Dándome cuenta de la situación, en el 24.° asalto le
susurré al oído algo que le sentó como un tiro. Se trataba tan sólo de mi
opinión personal sobre el valor que tendría su garganta en una agencia de
seguros. Este pequeño susurro confidencial lo afectó mucho; hasta el sudor se
le congeló en la cara y durante los próximos asaltos hice lo que me vino en
gana. Al llamarlo para comenzar el asalto 27° estaba tendido en el suelo como
un tronco.»
«Después de lo cual» dije al aficionado, «supongo que cumplió usted su
propósito». —«Tiene usted razón» me respondió tranquilamente; «así fue; y me
dio gran satisfacción el saber que con ello mataba dos pájaros de un tiro», con
lo cual quería decir que había derrotado al panadero antes de asesinarlo. A
pesar de mis esfuerzos no logré ver las cosas de esa manera; por el contrario,
me pareció que le habían hecho falta dos piedras para matar un solo pájaro,
pues primero tuvo que bajarle los humos con los puños y luego usar sus
instrumentos. Pero su lógica no nos importa. La historia tiene interés porque
demuestra cómo la simple posibilidad razonable de ser asesinado fomenta de
manera asombrosa los talentos latentes. Un panadero de Mannheim, torpe,
barrigón y medio cataléptico, luchó de igual a igual durante veintisiete
asaltos con un excelente boxeador inglés, animado por esta única inspiración:
hasta tal punto exalta y sublima el genio natural la presencia estimulante del
asesino.
En verdad, caballeros, al oír estas historias se vuelve tal vez un deber
el suavizar un poco el extremo rigor con que la mayoría de las gentes se
refieren al asesinato. Cuando se les oye hablar se creería que ser asesinado
tiene todas las desventajas e inconvenientes y que no las tiene el no ser
asesinado. Los hombres más prudentes no lo creen así. «Sin duda» dice Jeremy
Taylor, «caer víctima del filo de la espada es un mal temporal menor que morir
de la violencia de una fiebre: y el hacha» (a la que habría podido añadir el
mazo de carpintería y la barra de hierro) «aflige mucho menos que la
estangurria». Muy cierto; el obispo, que seguramente era un aficionado, habla
como un sabio; otro gran filósofo, Marco Aurelio, también se pone por encima de
los prejuicios vulgares cuando dice que «una de las funciones más nobles de la
razón consiste en saber si es o no tiempo de irse de este mundo» (Libro III).
Como se trata del más raro de los conocimientos, es evidente que no hay persona
más filantrópica que quien se esfuerza por instruir gratuitamente a los demás
en esta rama de la ciencia, con riesgo considerable para sí mismo. Todo esto lo
digo a manera de especulación y pensando en futuros moralistas; por lo demás,
reafirmo mi convicción personal de que muy pocos cometen asesinatos llevados
por principios filantrópicos o patrióticos, y repito lo que ya he dicho al
menos una vez: la mayoría de los asesinos son personajes muy incorrectos.
En lo que toca a los asesinatos de Williams, los más sublimes y de más
entera excelencia que se hayan cometido nunca, no me permitiré tratarlos de
manera superficial. Tan sólo una conferencia, o mejor aún una serie de
conferencias, bastaría para exponer sus méritos. Mencionaré sin embargo un
hecho curioso en relación con ellos pues, a mi juicio, parece indicar que el
resplandor del genio de Williams deslumbró por completo a la justicia penal.
Todos ustedes recuerdan seguramente que los instrumentos con que ejecutó su
primera gran obra (el asesinato de los Marr) fueron un mazo de carpintería de
ribera y un cuchillo. Ahora bien, el mazo pertenecía a un viejo sueco, de
nombre John Peterson, y llevaba sus iniciales. Williams lo olvidó en casa de
los Marr, con lo cual la herramienta cayó en manos de las autoridades. La
publicación de este detalle de las iniciales tuvo por consecuencia inmediata la
captura de Williams, y en caso de hacerse antes hubiera impedido su segunda
gran obra (el asesinato de los Williamson) ejecutada doce días más tarde. Sin
embargo los magistrados no lo comunicaron al público durante esos doce días,
hasta que se creó la segunda obra. El anuncio se hizo sólo después del segundo
asesinato, al parecer porque las autoridades estimaban que Williams ya había
hecho lo suficiente por su fama y que su gloria se hallaba fuera del alcance de
todo accidente.
En cuanto al caso del señor Thurtell, no sé qué decir.
Como es natural, me inclino a tener la mejor opinión de mi predecesor en
la cátedra de esta sociedad y pienso que sus conferencias fueron intachables.
No obstante, hablando con franqueza, creo honestamente que se ha exagerado
mucho el valor de su principal composición artística. Cierto es que, en un
primer momento, yo mismo me sentí arrastrado por el entusiasmo general. La
mañana en que la noticia del asesinato llegó a Londres se celebró una reunión
de aficionados como no se había visto desde la época de Williams; ancianos
conocedores que ya no se levantaban de la cama y no hacían sino quejarse, con
aire de desprecio, de que «nunca pasaba nada», vinieron renqueando hasta el
salón de nuestro club: pocas veces he sido testigo de tal hilaridad, de una
expresión tan amable de satisfacción general. En todas partes se veía a gentes
estrechándose las manos, felicitándose mutuamente y formando grupos para cenar
esa noche, y no se oían sino interpelaciones triunfales: «¡Bueno! ¿Qué me dice
usted?» «¿Le parece que esto vale la pena?» «¡Al fin estará usted satisfecho!»
Pero recuerdo que, en medio del tumulto, todos callamos de pronto al oír al
viejo y cínico aficionado L. S., quien avanzaba golpeando el suelo con su pata
de palo. Al entrar a la sala tenía la expresión feroz de costumbre y mientras
llegaba a nosotros siguió gruñendo y mascullando: «Mero plagio, plagio
descarado de mis sugerencias. De estilo áspero como Durero, vulgar como
Fuseli». Muchos atribuyeron entonces su reacción a la envidia y al malhumor;
confieso sin embargo que, pasado el primer momento de entusiasmo, he comprobado
que los críticos más avisados convienen en que había algo de falsetto en el
estilo de Thurtell. Como era miembro de nuestra sociedad no podíamos evitar
cierta parcialidad en el juicio, y el aprecio que sentía por él la «afición» le
dio entre el público londinense una momentánea popularidad que no fue capaz de
justificar a pesar de sus pretensiones, ya que opinionum commenta delet dies,
naturae judicia, confirmat. No obstante, existe un diseño inconcluso de
Thurtell para asesinar a un hombre con un par de pesas de gimnasia que admiro
sobremanera; se trata de un simple esbozo que nunca llevó a la práctica aunque,
a mi parecer, aventaja con mucho a su obra más conocida. Algunos aficionados
lamentaron grandemente que dicho proyecto quedara sin aplicación; en esto no
puedo estar de acuerdo con ellos, pues a menudo los fragmentos y primeros
esbozos trazados a grandes rasgos por artistas originales tienen un brillo que
desaparece cuando es preciso ocuparse de los detalles.
Pienso que la obra de los M'Kean es muy superior a la aplaudida
composición de Thurtell, y aún que está por encima de todo elogio; creo que
guarda con las obras inmortales de Williams la misma relación que la Eneida
tiene con la Ilíada.
Pero ya es tiempo que diga unas cuantas palabras sobre los principios
del asesinato, no con objeto de reglamentar la práctica sino de esclarecer el
juicio. Las viejas y la muchedumbre de lectores de periódicos se conforman con
cualquier cosa siempre que sea lo bastante sangrienta: el hombre de
sensibilidad exige algo más. Hablemos primero del tipo de persona que mejor se
adapta al propósito del asesino; segundo, del lugar apropiado; tercero, del
momento justo y otros pequeños detalles.
En cuanto a la persona, supongo que debe ser un buen hombre, pues de
otro modo él mismo podría estar pensando en la posibilidad de cometer un
asesinato; esos combates en que «diamante corta diamante» pueden resultar
agradables mientras no se disponga de nada mejor, pero, a decir verdad, no son
lo que un crítico se permite llamar asesinatos. Podría mencionar a ciertas
personas (no voy a citar nombres) asesinadas en callejones oscuros; a esto no
hay nada que objetar, pero mirando las cosas más de cerca el público se da
cuenta que, al ocurrir los hechos, la víctima se proponía robar a su asesino
—por lo menos— y aún matarlo si le alcanzaban las fuerzas. Cualquiera sea el
caso —o cualquiera pueda suponerse que fue el caso— hay que despedirse de todo
verdadero efecto artístico. La finalidad última del asesinato considerado como
una de las bellas artes es, precisamente, la misma que Aristóteles asigna a la
tragedia, o sea «purificar el corazón mediante la compasión y el terror». Ahora
bien, podrá haber terror, mas ¿qué compasión sentiremos por un tigre
exterminado por otro tigre?
También es claro que la elección no debe recaer en un personaje público.
Por ejemplo, ningún artista sensato habría intentado asesinar a Abraham
Newland1. Todo el mundo había leído tanto sobre Abraham Newland y tan pocos lo
vieron nunca que la impresión más frecuente era que se trataba de una idea
abstracta. Recuerdo que una vez me ocurrió decir que había cenado en un café
con Abraham Newland y todos me miraron con expresión burlona, como si
pretendiese jugar al billar con el Preste Juan o tener un asunto de honor con
el Papa. Añadiré que también el Papa sería sujeto muy impropio para un
asesinato, pues tiene tal ubicuidad virtual como Padre de la Cristiandad, y se
le oye tanto sin que jamás se le vea (como al cuclillo) que, sospecho, también
ha acabado por convertirse en una idea abstracta a ojos del común de las
gentes. En cambio cuando un personaje público tiene por costumbre ofrecer cenas
«con las más variadas frutas de la estación», el caso es muy distinto: todos
están seguros de que no es una idea abstracta y, por lo tanto, no hay nada
impropio en asesinarlo, aunque el asesinato de grandes personajes forma una
clase especial que no he tratado.
Tercero. El sujeto elegido debe gozar de buena salud; es absolutamente
bárbaro asesinar a una persona enferma, que por lo general no está en
condiciones de soportarlo. Conforme a este principio, no ha de elegirse a
ningún sastre mayor de veinticinco años, ya que pasada esta edad será sin duda
dispéptico. O al menos, si hay quien se empeña en cazar en ese coto, estará
obligado, según la antigua ecuación, a asesinar a gente que cuente sus años por
múltiplos de nueve, digamos 18, 27 ó 36. En esta fina atención nuestra por el
bienestar de los enfermos observarán ustedes el efecto, común a las bellas
artes, de suavizar y refinar los sentimientos. Por lo general, señores, el
mundo es muy sanguinario y todo lo que se exige del asesinato es una copiosa
efusión de sangre; el despliegue ostentoso a este respecto basta para
satisfacer a la mayoría. El conocedor advertido tiene gustos más refinados y
nuestro arte, como todas las demás artes liberales bien asimiladas, humaniza el
corazón; tan cierto es que
«Ingenuas didicisse fideliter artes Emollit mores, nec sinit esse
feros.»
Un amigo de aficiones filosóficas, muy conocido por su bondad y
filantropía, sugiere que el sujeto elegido debe tener también hijos pequeños
que dependan enteramente de su trabajo, para ahondar así el patetismo. Sin duda
tal precaución sería juiciosa, pero no es una condición en la que yo insistiría
demasiado. No niego que el gusto más estricto la requiera, mas, a pesar de
ello, si el hombre es inobjetable en cuanto a moral y buena salud, no impondría
con tan exquisito rigor una limitación que puede tener por consecuencia reducir
el campo de acción del artista.
Esto en lo que se refiere a la persona. En cuanto al momento, el lugar y
los instrumentos, tendría mucho que añadir pero no dispongo de tiempo
suficiente. El sentido común del ejecutante suele orientarlo hacia la noche y
la discreción. Sin embargo no faltan ejemplos en que se ha violado esta norma
con resultados muy felices. El caso de la Sra. Ruscombe, por lo que toca al
momento elegido, constituye una hermosa excepción que ya he mencionado y, tanto
en cuanto al momento como en cuanto al lugar, encontramos también una excepción
magnífica en los anales de Edimburgo (año 1805) que los niños de esa ciudad se
saben de memoria pero que, por razones inexplicables, no ha logrado entre los
aficionados ingleses la fama que en justicia le correspondía. Hablo del caso
del portero de uno de los bancos, asesinado en pleno día mientras llevaba una
bolsa de dinero y al doblar la esquina de High Street, una de las calles más
frecuentadas de Europa; el asesino no ha sido hallado hasta hoy.
«Sed fugit interea, fugit irreparabile tempus Singula dum capti
circumvectamur amore.»
Ahora señores, para terminar, permítanme renunciar otra vez solemnemente
a toda pretensión por mi parte a considerarme un profesional. En mi vida he
intentado asesinar a nadie, salvo en 1801, a un gato —y ese episodio acabó de
manera muy distinta a mis intenciones. Mi propósito, lo admito lisa y
llanamente, era el asesinato. «Semper ego auditor tantum?» me dije, «nunquamne
reponam?» Y a la una de la mañana, una noche oscurísima, bajé en busca del gato
Tom, con el «animus» y sin duda con el aspecto feroz de un asesino. Lo encontré
dedicado a saquear el pan y otros alimentos de la despensa. Con esto cambió por
completo el asunto; como eran tiempos de gran escasez, en que hasta los
cristianos, a falta de nada mejor, tenían que comer pan de patatas, pan de arroz
y toda clase de cosas, un gato que malgastara un buen pan de trigo se hacía
culpable de la más negra traición. En un abrir y cerrar de ojos su ejecución se
convirtió en un deber patriótico y, mientras levantaba y blandía en el aire el
fúlgido acero, sentí que, como Bruto, me erguía deslumbrante en medio de la
hueste de patricios, y al herir
«Pronuncié en voz alta el nombre de Tulio Y grité "¡Salud!" al
padre de la patria.»
Desde entonces toda vaga idea que pueda haber tenido de atentar contra
la vida de un anciano carnero, una vetusta gallina y otro «ganado menor» ha
quedado encerrada bajo llave en los secretos de mi propio corazón, y me
confieso enteramente incapaz de abordar las esferas superiores del arte. Mi
ambición no llega tan alto. No señores: para decirlo con las palabras de
Horacio:
«Fungar vice cotis, acutum Reddere quae ferrum valet, exsors ipsa
secandi.»
Segundo artículo
Hace muchos años, tal vez lo recuerde el lector, me presenté en mi
calidad de dilettante del asesinato. Quizá dilettante sea una palabra demasiado
fuerte. Conocedor se ajusta más cabalmente a los escrúpulos y flaquezas del
gusto público. Espero que esto, al menos, no tenga nada de malo. Nadie está
obligado a meterse los ojos, oídos e inteligencia al bolsillo de los pantalones
cuando se encuentra con un asesinato. Supongo que, de no hallarse en estado
comatoso, cualquiera puede darse cuenta si, en lo que toca al buen gusto, un
asesinato es mejor o peor que otro. Los asesinatos tienen sus pequeñas
diferencias y matices de mérito, al igual que las estatuas, cuadros, oratorios,
camafeos, grabados, etc. Enójense ustedes si un hombre habla demasiado o
demasiado públicamente (niego lo primero: no cabe un exceso en el cultivo del
buen gusto) pero en todo caso permítanle que piense. ¿Lo creerán ustedes? Todos
mis vecinos se enteraron del pequeño ensayo de estética que publiqué y, por
desgracia, tuvieron noticia del club al que pertenecía y de la cena que presidí
—ambas cosas destinadas, al igual que el ensayo, al modesto propósito de difundir
el buen gusto entre los súbditos de Su Majestad — y no tardaron en levantar
contra mí las más bárbaras calumnias. Afirmaban en particular que yo o el club
(lo cual viene a ser lo mismo) ofrecíamos recompensas por los homicidios bien
ejecutados, con una escala de descuento por cualquier falla o defecto, según
tabla comunicada a nuestros amigos personales. Permítanme ahora contarles toda
la verdad acerca de la cena y del club y verán lo malicioso que es el mundo.
Pero antes les diré, en confianza, cuáles son mis verdaderos principios sobre
la cuestión.
En mi vida he cometido un asesinato. Esto lo saben muy bien todos mis
amigos. Para certificarlo podría presentar un documento con muchísimas firmas.
Ya que estamos en eso, dudo que muchas personas puedan presentar un certificado
tan bueno. El mío sería del tamaño del mantel para el desayuno. Cierto es que
un miembro del club pretende haberme sorprendido una noche tomándome libertades
con su garganta cuando los demás se habían retirado. Observen, sin embargo, que
la historia cambia según lo que haya bebido. Si no ha bebido mucho se limita a
decir que lanzaba miradas ansiosas a su garganta, que luego tuve un aire
melancólico durante varias semanas y que el oído fino del conocedor distinguía
en mi voz el sentido de las ocasiones perdidas; pero todo el club sabe que
también él ha sufrido decepciones, y que a veces le tiembla la voz cuando
afirma que viajar al extranjero sin llevar los instrumentos es un descuido
fatal. Por lo demás nadie ignora las muchas asperezas y exageraciones de un
pleito entre aficionados. «Aunque no sea usted un asesino» me dirán ustedes,
«por lo menos habrá fomentado y hasta ordenado un asesinato». No: palabra de
honor que no. Esto es justamente lo que me importa dejar en claro. La pura
verdad es que en todo lo relativo al asesinato soy muy exigente, y que tal vez
llevo mi delicadeza demasiado lejos. El Estagirita, con toda justicia y
pensando seguramente en un caso como el mío, ponía la virtud en el o
sea entre los extremos. Todos hemos de aspirar, sin duda, al justo medio. Pero
ya se sabe lo que va del dicho al hecho, y como mi flaqueza más notoria es una
excesiva dulzura de corazón, me resulta difícil mantenerme en la invariable
línea ecuatorial que pasa entre los polos del exceso de asesinato, de una
parte, y la escasez de otra. Soy demasiado tierno y por culpa mía escapa gente
—y hasta se pasa la vida sin un solo atentado— que no debiera escapar. Creo que
si de mí dependiese apenas tendríamos algún asesinato de año en año. Estoy en
favor de la paz y la tranquilidad, de la más rendida cortesía y del ceder en
todo. En una ocasión tuve que recibir a un candidato al puesto de criado que
estaba vacante en mi casa. El hombre tenía fama de haber practicado un poco
nuestro arte, a juicio de algunos no sin cierto mérito. Para mi sorpresa, daba
por sentado que la práctica del arte se contaría entre sus labores ordinarias a
mi servicio y habló de tenerlo en cuenta en el salario. Esto no lo podía
permitir y respondí en el acto: «Richard (o James, según fuera el caso) se
equivoca usted en cuanto a mi carácter. Si alguien quiere y debe ejercer esta
difícil (y, permítame añadir, peligrosa) rama del arte —si lo impulsa a ello un
genio avasallador— diré solamente que lo mismo da que prosiga sus estudios
hallándose a mi servicio que al de otra persona. A lo sumo le haré notar que la
orientación de una persona de gusto superior al suyo no ha de perjudicarlo a él
ni al sujeto de sus trabajos. Mucho puede el genio, pero el prolongado estudio
del arte otorga siempre el derecho a ofrecer un consejo. Hasta aquí puedo
llegar: me atrevo a sugerir principios generales. Pero, en lo que respecta a
los casos particulares, le advierto de una vez por todas que no quiero saber
nada. No me hable nunca de una determinada obra de arte que esté meditando: me
opongo a ello in toto. Si uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le
da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día
del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas
para el día siguiente. Una vez que empieza uno a deslizarse cuesta abajo ya no
sabe dónde podrá detenerse. La ruina de muchos comenzó con un pequeño asesinato
al que no dieron importancia en su momento. Principiis obsta: tal es mi norma.»
Esto fue lo que dije, ésta fue siempre mi manera de actuar y si esto no es ser
virtuoso me gustaría saber lo que es.
Llego ahora a la cena y al club. En realidad el club no fue creación
mía; al igual que muchas otras asociaciones semejantes para la propagación de
la verdad y la comunicación de nuevas ideas, surgió más de las necesidades de
la época que de la sugerencia de una sola persona. En cuanto a la cena, si hubo
un miembro más responsable de ella que ningún otro, fue el que conocíamos por
Sa-po-en-el-pozo. Se le llamaba así a causa de su disposición sombría y
melancólica, que lo movía a calificar todos los asesinatos modernos de viciosos
engendros que no pertenecen a ninguna verdadera escuela de arte. Gruñía
cínicamente ante las más espléndidas producciones de nuestra época, y su humor
quejumbroso acabó por dominarlo hasta tal punto que se convirtió en un notorio
laudator temporis acti, cuya compañía procuraban evitar casi todos. Ésto lo
volvió aún más feroz y truculento. Rezongaba sin cesar, mascullando entre
dientes, y siempre lo veíamos perdido en el mismo soliloquio, diciendo para sí:
«Charlatán despreciable —ninguna composición— ni un mal par de ideas sobre la
ejecución —ni una sola—» y así hasta perderse de vista. La existencia llegó a
parecerle una carga; hablaba muy poco; parecía conversar con los fantasmas del
aire; su ama de llaves me dijo que todas sus lecturas se limitaban a la
«Venganza de Dios por el Asesinato» de Reynolds y al libro más antiguo de igual
título que menciona Sir Walter Scott en su «Fortunas de Nigel». A veces leía el
«Calendario de Newgate» hasta el año 1788 pero no se dignaba mirar los tomos
más recientes. Aún más, según una teoría suya, la Revolución Francesa era la
causa principal de la degeneración del asesinato. «Dentro de poco, muy señor
mío» solía decir, «se habrá perdido hasta el arte de matar gallinas;
desaparecerán hasta los más toscos rudimentos del arte». El año 1811 se retiró
de toda sociedad. Nadie volvió a ver a Sapo-en-el-pozo en público. Lo echamos
de menos en los lugares que frecuentaba pero «no se le halló en pradera ni en
bosque». A la ribera del albañal se acostaba al mediodía a meditar en el cieno
que pasaba. «Ya ni los perros son lo que eran, señor, ni lo que deberían ser»
decía el moralista meditabundo. «Recuerdo que en tiempos de mi abuelo algunos
perros tenían idea del asesinato. Conocí a un mastín que tendió una emboscada a
su rival: sí señor, y lo asesinó con detalles agradables y de buen gusto. Tuve
también cordial relación con un gato que era un asesino. Ahora en cambio» —y
como el tema se le volvía demasiado doloroso se llevaba la mano a la frente y
se alejaba sin decir más, en dirección a su casa y en busca de su albañal
preferido, donde un aficionado lo vio en tal estado que creyó peligroso
dirigirle la palabra. Poco después se encerró por completo; lo suponíamos
entregado a la melancolía y, al cabo, todos terminamos por creer que
Sa-po-en-el-pozo se había ahorcado.
En eso, como en otras cosas, el mundo se equivocaba. Sapo-en-el-pozo
podía dormir pero no había muerto y pronto lo comprobamos con nuestros propios
ojos. Una mañana de 1812 un aficionado nos sorprendió con la noticia de que
había visto a Sapo-en-el-pozo caminando a paso ligero en medio del rocío
matutino para ir al encuentro del cartero al borde del albañal. Ya esto era una
novedad, y todavía mucho más enterarse de que se había afeitado la barba y,
abandonando sus ropas de colores tan tristes, se había engalanado como un novio
de los viejos tiempos. ¿Qué significaba todo esto? ¿Se había vuelto loco
Sapo-en-el-pozo? Pronto se reveló el secreto y —no sólo en sentido figurado— se
«descubrió el crimen». En efecto, un rato después recibimos los periódicos
londinenses de la mañana, en los que se anunciaba que, sólo tres días antes, se
había cometido en pleno corazón de Londres el más soberbio asesinato del siglo.
Casi no es preciso añadir que se trataba del gran chef-d'oeuvre de exterminio
compuesto por Williams en casa del Sr. Marr, Ratcliffe Highway N.° 29. Ese fue
el debut del artista, o al menos el que conoce el público. Lo que sucedió en
casa del Sr. Williamson doce noches más tarde —la segunda obra del mismo
cincel— fue, a juicio de algunos, todavía superior. Pero Sapo-en-el-pozo se
oponía siempre a tales comparaciones y hasta montaba en cólera: «Este vulgar
goüt de comparaison, como lo llama La Bruyére», señalaba a menudo, «acabará por
perdernos; cada obra tiene sus características propias: cada una es, en sí misma,
incomparable. Una recuerda, tal vez la Ilíada y otra la Odisea: ¿qué se gana
con tales comparaciones? Ninguna ha sido ni será superada y tras discutir horas
enteras se vuelve siempre a lo mismo». No obstante, por más vana que sea la
crítica, afirmó muchas veces que podría escribirse todo un libro sobre cada uno
de los casos; él mismo se proponía publicar un volumen in quarto acerca del
tema.
Entretanto ¿cómo logró Sapo-en-el-pozo enterarse de la gran obra de arte
a horas tan tempranas de la mañana? Había recibido un mensaje urgente,
despachado por un corresponsal de Londres que observaba en su nombre los
progresos del arte, con encargo de mandarle en pliego especial, sin reparar en
gastos, noticia de toda obra digna de estima que apareciese. La carta expresa
llegó por la noche. Sapo-en-el-pozo ya se había acostado, después de mascullar
y gruñir durante varias horas pero, como es de suponer, lo despertaron
inmediatamente. Al leer el mensaje le echó los brazos al cuello al cartero,
llamándolo su hermano y salvador y lamentando que no estuviese en su poder
armarlo caballero en el acto. Nosotros los aficionados, al enterarnos que había
salido a la calle y por lo tanto no se había ahorcado, tuvimos la certeza de
que lo veríamos muy pronto. En efecto, vino poco después; estrechó la mano a
todos, agitándola frenéticamente y repitiendo: «Bueno, bueno, esto ya parece un
asesinato —esto es la verdad— algo auténtico —algo que se puede aprobar,
recomendar a un amigo— lo dirán todos si lo piensan bien —es como debe ser.
Estas son las obras que nos quitan a todos años de encima». Y en realidad el
parecer general es que Sapo-en-el-pozo se habría muerto sin esta regeneración
del arte que él llamaba una segunda época de León Décimo; nuestro deber, añadió
con la mayor solemnidad, era conmemorarla. Por ahora, y en attendant, proponía
que el club se reuniese y los miembros cenasen juntos. Así pues, se ofreció una
cena en el club, a la cual se invitó a todos los aficionados que vivían a cien
millas a la redonda.
En los archivos del club se conservan amplias notas taquigráficas de la
cena, aunque no son completas, y el único taquígrafo que podría darnos un
informe in extenso ha muerto, creo que asesinado. Años más tarde, en una
ocasión igualmente interesante, la aparición de los Thugs y el Thugismo, se
ofreció otra cena. En ella yo mismo tomé notas, por temor que le ocurriera un
nuevo accidente al taquígrafo. Aquí las presento al público.
Debo mencionar que Sapo-en-el-pozo se hallaba presente en la reunión y
hasta constituía uno de sus aspectos sentimentales. Si ya en la cena de 1812
era tan viejo como los valles, en la de 1838 —dedicada a los Thugs— era tan
viejo como las montañas. Había vuelto a usar barba, no sé por qué ni con qué
intención, pero así era. Su apariencia no podía ser más benigna y venerable.
Nada iguala al resplandor angélico que iluminó su sonrisa al preguntar por el
desgraciado taquígrafo (que, según el rumor, él mismo asesinara en un rapto de
arte creativo). El subjefe de policía del condado le respondió, en medio de
estruendosas carcajadas: «Non est inventus». A esto Sapo-en-el-pozo se echó a
reír fuera de toda medida, hasta que llegamos a creer que se ahogaba; y ante la
insistente petición de los comensales, un músico compuso en el acto una
hermosísima melodía que se cantó cinco veces después de cenar, entre aplausos
universales y risas inextinguibles, con la siguiente letra (el coro logró
imitar muy bellamente la risa propia de Sapo-en-el-pozo):
«Et interrogatum est a Sapo-en-el-pozo:
Ubi est ille taquígrafo? Et responsum est cum cachinno: Non est
inventus.»
Coro
«Deinde iteratum est ab ómnibus, cum cachinnatione undulante,
trepidante: Non est inventus.»
Tengo que añadir que unos nueve años antes, al enterarse antes que
nadie, por carta expresa recibida de Edimburgo, de la revolución que cumplieron
Burke y Hare en el arte, Sapo-en-el-pozo se volvió loco y, en vez de conceder
al cartero una pensión vitalicia o de armarlo caballero, trató de practicar en
él los métodos de Burke y hubo que ponerle una camisa de fuerza. Esta fue la
razón por la que entonces no celebramos una cena. Ahora, en cambio, todos
estábamos vivos y coleando, con o sin camisas de fuerza; no faltaba uno solo de
toda la lista. Se hallaban presentes asimismo muchos aficionados extranjeros.
Terminada la cena y levantando el mantel todos pidieron que se cantara otra vez
el Non est inventus, pero como esto hubiera sido contrario a la gravedad requerida
a los comensales durante los primeros brindis, me negué a ello. Tras los
brindis patrióticos el primer brindis oficial fue por El Viejo de la Montaña, y
lo bebimos en solemne silencio.
Sapo-en-el-pozo agradeció en un elegante discurso. Se comparó al Viejo
de la Montaña en unas pocas y breves alusiones que nos hicieron reventar de
risa, y al terminar brindó por:
Por el señor von Hammer, con nuestro agradecimiento por su erudita
Historia del Viejo y sus vasallos los Asesinos.
A esto me puse de pie y dije que sin duda la mayoría de los comensales
tenían presente el lugar tan distinguido que asignaban los orientalistas al
ilustre erudito en cuestiones turcas, von Hammer el austríaco, quien había
hecho las más profundas investigaciones sobre nuestro arte en relación con esos
artistas tempranos y eminentes, los asesinos sirios de la época de las
Cruzadas,y que su obra se había guardado durante muchos años, como un raro
tesoro artístico, en la biblioteca del club. Aún el nombre del autor, señores,
lo anuncia como historiador de nuestro arte: von Hammer.
—«Sí, sí» —me interrumpió Sapo-en-el-pozo— «von Hammer es el hombre para
un malleus hereticorum. Todos sabemos la consideración que sentía Williams por
el martillo o mazo de carpintería, que viene a ser lo mismo. Caballeros, brindo
por otro gran mazo, Carlos el Martillo, el Marteau o, en francés antiguo, el
Martel, que machacó a los sarracenos hasta dejarlos secos».
«Por Carlos el Martillo, con todos los honores.»
La explosión de Sapo-en-el-pozo, junto con los ruidosos vítores por el
abuelito de Carlomagno hicieron que los asistentes se volviesen ingobernables.
Todos exigieron a la orquesta, con los gritos más violentos, que tocase otra
vez la melodía. En previsión de una noche tempestuosa me asigné un refuerzo de
tres camareros a cada lado y ordené que otros tantos rodearan al
vicepresidente. Empezaban a advertirse síntomas de un entusiasmo desbordado y
reconozco que yo mismo me sentí muy excitado cuando la orquesta comenzó su
tormenta de música y se escuchó nuevamente el canto apasionado: «Et
interrogatum est a Sapo-en-el-pozo: Ubi est ille taquígrafo?» El éxtasis de la
pasión se volvió absolutamente convulsivo cuando entró todo el coro: «Et
iteratum est ab ómnibus: Non est inventus».
El brindis siguiente fue por los sicarios judíos.
A lo cual ofrecí a los asistentes una somera explicación: «Señores estoy
seguro de que a todos ustedes les interesará saber que, aunque muy antiguos,
los Asesinos tuvieron una estirpe de antecesores en el mismo país. Durante los
primeros años del emperador Nerón, hubo en Siria, y sobre todo en Palestina,
una banda de asesinos que llevó a cabo sus estudios de manera muy original. En
efecto, no ejercían durante la noche ni en lugares solitarios sino que,
considerando con toda justicia que las grandes multitudes son en sí mismas una
especie de oscuridad, a causa de la presión tan densa que hace imposible saber
quién dio el golpe, se mezclaban en todas partes con las multitudes, sobre todo
al llegar la gran fiesta de Pascua en Jerusalén, ocasión en la que, asegura
Josefo, tuvieron la audacia de llegar hasta el templo y ¿a quién habrían de
elegir para sus operaciones sino al propio Jonatán, Pontifex Maximus? Lo
asesinaron, señores, y tan hermosamente como si lo hubieran encontrado solo en
un callejón oscuro una noche sin luna. Cuando se preguntó quién era el asesino
y dónde se hallaba...»
«Respondieron», me interrumpió Sapo-en-el-pozo, «Non est inventus». Y a
pesar de todo lo que pude hacer o decir, la orquesta tocó otra vez y todos
cantaron: «Et interrogatum est a Sapo-en-el-pozo: Ubi est ille Sicarius? Et
responsum est ab ómnibus: Non est inventus».
Esperé que callara el coro borrascoso y volví a empezar: «Señores,
encontrarán ustedes una crónica muy detallada de los sicarios por lo menos en
tres partes distintas de Josefo: una vez en el libro XX, sec. V, cap. VIII de
sus Antigüedades, una vez en el Libro I de sus Guerras y sobre todo en la sec.
X del capítulo citado en primer lugar, en que puede leerse una descripción
minuciosa de sus instrumentos. En esta página dice así: «Empleaban cimitarras
pequeñas, no muy diferentes de las acinacae persas, aunque más curvas y muy
semejantes a las sicae romanas que tienen forma de media luna.» Señores, la
continuación de la historia es perfectamente magnífica. Tal vez el único caso
de que se tenga memoria en que se congregó un ejército de asesinos, un justus
exercitus, fue el de los sicarios. Tanta fuerza llegaron a tener en los montes
que el propio Festo se vio obligado a marchar contra ellos a la cabeza de sus
legionarios romanos. Se libró una batalla campal y el ejército de aficionados
quedó destrozado en medio del desierto. ¡Cielos, caballeros, qué cuadro tan
sublime! ¡Las legiones romanas —el desierto— Jerusalén en lontananza —un
ejército de asesinos en primer plano!»
A continuación se brindó: «Por el continuo progreso de la
Instrumentación, agradeciendo al Comité por los servicios prestados.»
Dio las gracias el señor L., en nombre del Comité que había presentado
un informe sobre el tema. Acto seguido hizo un interesante resumen del informe,
en que se demostraba la gran importancia que en otro tiempo dieran a los
instrumentos los padres de la Iglesia, tanto griegos como latinos. Confirmó
este hecho tan grato con una curiosa exposición sobre la obra más temprana del
arte antediluviano. El padre Mersenne, erudito católico francés, afirma en la
página mil cuatrocientos treinta y uno1 de su trabajoso comentario al Génesis,
apoyándose en la autoridad de varios rabinos, que la causa de la pelea entre
Caín y Abel fue una muchacha; que, conforme a diversas versiones, Caín se valió
de sus dientes (Abelem fuisse morsibus dilaceratum a Cain); y, con arreglo a
otras muchas, de una quijada de burro, instrumento que prefieren la mayoría de
los pintores. Todo espíritu sensible se sentirá complacido al saber que, a
medida que adelantó la ciencia, se adoptaron puntos de vista más sólidos. Un
autor se inclina por una horquilla, San Crisóstomo por una espada, Ireneo por
una guadaña y Prudencio, poeta cristiano del siglo cuarto, por una podadera de
setos. Este último autor opina que:
«Frater, probatae sanctitatis aemulus, Germana curvo colla frangit
sarculo»,
es decir que su hermano, celoso de su comprobada santidad, lo degüella
con una podadera curva. «Todo lo cual presenta a ustedes respetuosamente el
Comité, no porque resuelva el problema (que no lo resuelve) sino para dejar
grabada en las mentes juveniles la importancia que asignaban a los instrumentos
hombres como Crisóstomo o Ireneo.»
«¡Al demonio con Ireneo!», exclamó Sapo-en-el-pozo poniéndose de pie
para pronunciar el siguiente brindis: «Por nuestros amigos irlandeses;
deseándoles una pronta revolución en los instrumentos que usan, así como en
todo lo que se refiere a nuestro arte.»
«Caballeros, voy a decirles la pura verdad. Todos los días del año
comenzamos a leer en el periódico la crónica de un asesinato. Nos decimos:
¡Esto parece muy bien, es encantador, excelente! Pero ¡atención! apenas
seguimos leyendo cuando la palabra Tipperary o Ballina revela la manufactura
irlandesa. No hace falta para que lo encontremos detestable; llamamos al
camarero y le ordenamos: «Camarero, llévese usted este periódico, échelo fuera:
es un verdadero escándalo para las narices de buen gusto.» Pónganse la mano en
el pecho y díganme si, al descubrir que un asesinato (que, por lo menos, tenía
un aspecto prometedor) es irlandés, no se sienten insultados como si hubieran
pedido Madera y les sirvieran vino del Cabo, o como si al inclinarse a recoger
un hongo comestible arrancaran una seta venenosa. No sé si son los diezmos o la
política pero hay un principio nefasto que empaña los asesinatos irlandeses.
Urge proceder a una reforma, o ya no se podrá vivir en Irlanda, o de seguir
viviendo en ella tendremos que importar nuestros asesinatos.» Sapo-en-el-pozo
volvió a sentarse, gruñendo de cólera contenida, y los asistentes le
manifestaron estruendosamente su acuerdo con una ovación clamorosa.
El próximo brindis: «¡Por la época sublime del Burkismo y el Harismo!»
Bebimos con entusiasmo y un miembro que pidió la palabra sobre el tema
nos hizo una curiosa comunicación: «Señores, creemos que el Burkismo es una
pura invención de nuestro tiempo y, en efecto, no hay un Panciroli que enumere
esta rama del arte al tratar de rebus deperditis. No obstante, he comprobado
que los antiguos conocían esta práctica aunque, al igual que la pintura sobre
vidrio y la fabricación de copas de mirra, se perdió por falta de aliento
durante los siglos oscuros. En la famosa colección de epigramas griegos
compilada por Planudes se lee una historia fascinante de Burkismo: una pequeña
joya del arte. No tengo a la mano el epigrama pero citaré el resumen que de él
hace Salmasio en sus notas a Vopisco: «Est et elegans epigramma Lucilii1, ubi
medicus et pollinctor de compacto sic egerunt ut medicus aegros omnes curae
suae commissos occideret.» Esta es la base del contrato: de una parte el
doctor, por sí y sus cesionarios, se compromete y contrata debidamente a
asesinar a todos los pacientes que se sometan a sus cuidados. ¿Por qué? En esto
radica la belleza del caso: «Et ut pollinctori amico suo traderet polligendos».
El pollinctor, como ustedes saben, era la persona encargada de vestir y
preparar a los muertos antes del entierro. En última instancia la transacción
parece deberse a razones sentimentales. «Era mi amigo» dice el médico asesino,
«yo lo quería mucho» (hablando del pollinctor). Pero la ley, señores, es dura e
inflexible; la ley no atiende a motivos tan tiernos; para que en derecho subsista
un contrato es preciso aducir una «compensación». ¿Cuál era esta compensación?
Pues hasta ahora todo cae del lado del pollinctor: se le pagará muy bien por
sus servicios mientras que el noble, el generoso doctor no recibe nada. ¿Cuál
era, me pregunto, el equivalente que debía percibir el médico, con arreglo a la
ley, a fin de establecer esa «compensación» sin la cual el contrato no es
válido? Ahora lo sabrán ustedes: «Et ut pollinctor vicissim quos
furabatar de pollinctione mortuorum medico mitteret donis ad alliganda vulnera
eorum quos curabat»; es decir que, de manera recíproca, el pollinctor debía
obsequiar al médico (a quien servirían de vendas para sus pacientes) los
cinturones y fajas ()que en el ejercicio de sus funciones lograra robar
a los cadáveres.
«Ahora se aclaran las cosas: todo obedecía a un principio de
reciprocidad que bien pudo mantener el trato para siempre. El médico era un
cirujano: no podía asesinar a todos sus pacientes; algunos había de conservar
intactos y para ellos quería vendas de lino. Por desgracia, los romanos usaban
ropas de lana, razón por la cual se bañaban con tanta frecuencia. En Roma se
podían conseguir telas de lino pero monstruosamente caras, y las o
fajas de lino con que la superstición mandaba vendar los cadáveres iban de
maravilla al cirujano. Así pues, el doctor se compromete por contrato a
proporcionar a su amigo una ininterrumpida sucesión de cadáveres a condición,
esto ha de quedar muy en claro, que el dicho amigo, a su vez, le proporcione la
mitad de los artículos que le entreguen los deudos de las partes asesinadas o
por asesinar. El doctor recomendaba invariablemente a su inestimable amigo el
pollinctor (a quien podemos llamar el enterrador); el enterrador, con igual
respeto por los sagrados derechos de la amistad, recomendaba siempre al médico.
Eran, como Pílades y Orestes, modelos de amistad perfecta; fueron amabilísimos
en vida; esperamos que no los separasen en el patíbulo.
«Señores, me río horriblemente cuando pienso en los dos amigos girando y
contragirando entre sí: "Pollinctor, en cuenta con el Doctor, deudor por
dieciséis cadáveres: acreedor por cuarenta y cinco vendas, dos de ellas
estropeadas". Por desgracia sus nombres se han perdido pero supongo que
eran Quinto Burke y Publio Hare. Y ya que hablamos de esto, señores: ¿se ha
sabido algo de Hare últimamente? Creo que está cómodamente instalado en
Irlanda, muy al oeste, y que trabaja un poco de vez en cuando aunque, como
suele decir con un suspiro, sólo al por menor: ya se acabó el floreciente
comercio mayorista que con tanto descuido se arruinó en Edimburgo. "Ya ve
usted el resultado de abandonar los negocios" es la principal moraleja, la
, como diría Esopo, que Hare deduce de su experiencia.»
Llegamos, por fin, al brindis del día: «Por el Thugerío en todas sus
ramas.»
Los discursos intentados en esta crisis de la cena escapan a toda
cuenta. El aplauso fue tan furioso, la música tan tormentosa y tan incesante el
ruido de copas rotas, debido a la decisión unánime de no beber dos veces en la
misma copa, que no acierto a contar lo que sucedió. Además Sapo-en-el-pozo se
volvió absolutamente inaguantable: se puso a disparar pistolas en todas las
direcciones, mandó a su criado a buscar un trabuco y hablaba de cargar con
bala. Pensamos que su vieja enfermedad se había apoderado de él al oír hablar
de Burke y Hare o que, otra vez cansado de la vida, había resuelto morir en
medio de una matanza general. No estábamos dispuestos a permitir esto último y
por lo tanto nos vimos forzados a echarlo a puntapiés, lo cual se hizo con universal
aprobación: todos los comensales participaron en la empresa, uno pede por así
decirlo, aunque sintiéndolo mucho por sus canas y su sonrisa angelical. Durante
la operación la orquesta tocó nuevamente el coro. Todos cantamos y (fue lo que
más nos sorprendió) Sapo-en-el-pozo se unió a nosotros para cantar
furiosamente:
«Et interrogatum est ab ómnibus:
Ubi est Sapo-en-el-pozo? Et responsum est ab ómnibus: Non est inventus.»
Post Scriptum de 1854
Con una crónica de los asesinatos de Williams y M'Kean
Imposible conciliar a lectores tan saturninos y sombríos que sean
incapaces de hacer suya con abierta cordialidad la alegría ajena, sobre todo
cuando ésta entra un poco en la provincia de lo extravagante. En tales casos la
falta de simpatía impide comprender; los juegos que no divierten parecen chatos
e insípidos o completamente carentes de sentido. Por suerte, después que estas
gentes tan rústicas se retiraron de pésimo humor, quedó aún una gran mayoría
que proclamaba a voces el placer que le procuró mi artículo y daba pruebas de
su sinceridad añadiendo una expresión vacilante de censura. En varias ocasiones
se me ha sugerido que tal vez la extravagancia —aunque sea claramente
intencional y constituya uno de los elementos de jovialidad que animan toda la concepción—
llegó demasiado lejos. Yo no comparto ese parecer y quisiera recordar a mis
amigables censores que entre los fines y propósitos directos de esta bagatelle
se cuenta el llegar al borde mismo del horror y de todo lo que en la realidad
sería lo más repugnante. De hecho, el exceso mismo de la extravagancia sugiere
continuamente al lector el carácter aéreo de la especulación y ofrece el medio
más seguro para desengañarlo del horror que de otra manera podría sentir.
Permítanme quienes formulan tales objeciones recordarles, una vez por todas, la
propuesta del Deán Swift para aprovechar el exceso de niños en los tres reinos,
niños que en ese tiempo se criaban en los orfelinatos de Dublín y Londres, y
que consistía en cocinarlos y comérselos. Esta humorada, aunque más audaz y
groseramente práctica que la mía, no fue causa de ningún reproche, ni siquiera
por el hecho de provenir de un dignatario de la suprema Iglesia de Irlanda; su
propia monstruosidad la disculpaba; la simple extravagancia bastó para perdonar
y acreditar ese pequeño jeu d'esprit, tal como la imposibilidad absoluta de
Lilliput, Laputa, los Yahoos, etc., autorizó esas invenciones. En consecuencia,
si alguien cree que vale la pena embestir contra una pobre burbuja de buen
humor como es la conferencia sobre la estética del asesinato, me refugio por
ahora tras el escudo telamonio del Deán. En realidad —y ésta es una de las
razones por las que detengo al lector con el presente post scriptum— podría
alegar para la extravagancia de mi pequeño artículo una excusa que falta por
completo en el caso de Swift. Nadie que salga en defensa suya podrá pretender,
ni siquiera un momento, que exista en el pensamiento humano una tendencia
ordinaria y natural que convierta a los niños en artículos de dieta; en todas
las circunstancias imaginables esto se consideraría la forma más grave de
canibalismo, un canibalismo aplicado a la parte más indefensa de la especie.
Por el contrario, la tendencia a la evaluación crítica de incendios y
asesinatos es universal. Si nos llaman a ver el espectáculo de un gran incendio
nuestro primer impulso será, por supuesto, ayudar a apagarlo. Este campo de
acción es muy estrecho y no tardan en ocuparlo profesionales especialmente
preparados y equipados para tal servicio. Cuando el incendio consume una
propiedad privada, la compasión por el desastre que afecta a nuestro vecino nos
impide, en un comienzo, tratar el suceso como un espectáculo escénico. Pero el
fuego puede estar limitado a edificios públicos. En todo caso, pagamos tributo
a la calamidad con nuestras lamentaciones y luego, de manera inevitable y sin
sentirnos cohibidos en lo menor, pasamos a apreciarlo como un espectáculo
teatral, mientras la multitud deja escapar arrobada sus exclamaciones de
¡Formidable! y ¡Magnífico! Por ejemplo, cuando ardió Drury Lane, a comienzos de
este siglo, el hundimiento del techo provocó el fingido suicidio del Apolo
protector que dominaba el edificio desde el punto más elevado. El dios estaba
inmóvil, lira en mano, mirando las ruinas de fuego que tan rápidamente se
acercaban. De pronto cedieron las vigas que lo sostenían; durante un instante
la estatua se alzó en una convulsiva exhalación de llamas; luego, como en un
impulso desesperado, la deidad protectora pareció no caer sino arrojarse al
diluvio de fuego, pues se desplomó de cabeza dando en todo la impresión de un
acto voluntario. ¿Qué ocurrió entonces? Pues que de los puentes sobre el río y
los demás espacios abiertos desde donde se veía el espectáculo se levantó un
gran grito de compasión y asombro. Ya unos cuantos años antes había sobrevenido
en Liverpool un incendio prodigioso: el Goree, enorme conjunto de almacenes
cercano a los muelles, quedó completamente destruido por el fuego. El altísimo
edificio de ocho o nueve pisos, lleno de los productos más combustibles —miles
de fardos de algodón, miles de quintales de trigo y avena, así como alquitrán,
trementina, pólvora, ron, etc.— alimentó durante muchas horas el tremendo
incendio. Para agravar aún más el desastre, soplaba un viento muy fuerte; por
suerte para los barcos se dirigía al interior, o sea hacia oriente; hasta
llegar a Warrington, que se encuentra a dieciocho millas de distancia, el aire
estaba iluminado por copos encendidos de algodón, a veces empapados en ron, y
por lo que parecían verdaderos mundos en llamas que inflamaban los recintos
superiores del aire. En un espacio de dieciocho millas a la redonda el ganado
corría por los campos presa del terror. Como es natural, quienes vieron el aire
surcado de estos vórtices flagrantes adivinaron que en Liverpool había ocurrido
un desastre gigantesco y lo lamentaron. Sin embargo, tal sentimiento de
compasión no suprimió en el público la admiración más rendida (y ni siquiera
moderó sus exclamaciones) ante la tormenta que el fuego cargaba de muchos
colores mientras se precipitaba, en alas del huracán, a través de las abiertas
profundidades del aire y las negras nubes del cielo.
Tal es, justamente, el tratamiento que se aplica a los asesinatos. Una
vez pagado el tributo de dolor a quienes han perecido y, en todo caso, cuando
el tiempo ha sosegado las pasiones personales, es inevitable examinar y
apreciar los aspectos escénicos (que podrían llamarse, en estética, los valores
comparativos) de los distintos crímenes. Se compara un asesinato con otro; se
cotejan y valoran las circunstancias que otorgan a uno de ellos la
superioridad, como por ejemplo la incidencia y efectos de la sorpresa, etc. Por
todo ello reclamo para mi extravagancia el terreno ineludible y perpetuo que
surge con la mayor espontaneidad en la mente del hombre. Nadie pretenderá que
sería posible defender a Swift con argumentos semejantes.
Tan importante diferencia entre el Deán y yo es uno de los motivos que
me han llevado a componer este Post scriptum. La segunda razón es presentar al
lector, con todo detalle, tres casos memorables de asesinato que hace tiempo
coronó de laurel la voz de los aficionados, en especial los dos primeros de los
tres, o sea los inmortales asesinatos cometidos por Williams en 1812. El acto y
el actor, cada uno de por sí, son interesantes en el más alto grado y, como
desde 1812 han transcurrido cuarenta y dos años, no cabe suponer que la
generación actual conozca bien ninguno de los dos.
En los anales de la Cristiandad no se ha registrado nunca el acto de un
individuo aislado y solitario que se imponga con tan tremendo poder a los
corazones como el asesinato de exterminio, perpetrado durante el invierno de
1812, en que John Williams arrasó dos hogares, aniquiló en una hora a casi dos
familias y afirmó la propia supremacía sobre todos los hijos de Caín. Sería
absolutamente imposible describir el frenesí de sentimientos que durante la
quincena siguiente se apoderó del corazón del pueblo, el delirio de horror
indignado en unos, el delirio del pánico en otros. Durante doce días
consecutivos, creyendo equivocadamente que el asesino había dejado Londres, el
miedo que sobrecogía a la gran metrópoli se difundió por toda la isla. Yo mismo
me hallaba entonces a unas trescientas millas de Londres y en ese lugar, como
en todas partes, el pánico era indescriptible. Una vecina mía a quien conocía
personalmente, y que en ausencia del marido vivía acompañada de unos cuantos
sirvientes en una casa muy solitaria, no descansó hasta poner dieciocho puertas
(así me lo dijo y pude comprobarlo con mis propios ojos), todas ellas
aseguradas con gruesos cerrojos, barras y cadenas, entre su propio dormitorio y
cualquier posible intruso de forma humana. Llegar a ella, aún en su salón, era
como entrar con bandera blanca a una fortaleza asediada; cada seis pasos había
que detenerse ante una especie de rastrillo. El pánico no alcanzaba tan sólo a
los ricos; más de una mujer de clase humilde murió de terror al sorprender a un
vagabundo que trataba de meterse en su casa, seguramente sin otra intención que
robar, aunque su víctima, confiada en los periódicos de la capital, lo tomara
por el terrible asesino londinense. Entretanto, el solitario artista descansaba
en el centro de Londres, apoyado en la conciencia de la propia grandeza, como
un Atila o «Azote de Dios» de la ciudad; este hombre —que avanzaba en las
tinieblas y (según se supo más tarde) quería valerse del asesinato para ganarse
el pan, vestirse, ser algo en la vida— preparaba en silencio su terrible
respuesta a los periódicos; el decimosegundo día después del asesinato
inaugural anunció su presencia en Londres, y advirtió a todos lo absurdo que
era atribuirle propensiones rurales, dando un segundo golpe y exterminando a
una segunda familia. El miedo provincial quedó algo aliviado con esta prueba de
que el asesino no se había dignado escapar al campo o abandonar ni un momento,
por motivos de temor o de cautela, la gran castra stativa metropolitana de
crímenes gigantescos asentada para siempre en las riberas del Támesis. El gran
artista desdeñaba la fama provincial; sintió, seguramente, una desproporción
ridícula en el contraste entre la ciudad o aldea de provincia y una obra más
durable que el bronce —un — un asesinato de tal calidad que bien
pudiera reconocer por suyo.
Coleridge, a quien vi unos meses después de estos terribles asesinatos,
me dijo que personalmente, aunque entonces residía en Londres, no había
compartido el pánico general; los crímenes lo afectaron en tanto que filósofo,
sumiéndolo en una honda meditación sobre el poder enorme que en un instante
hace suyo cualquiera que logre abjurar de todos los frenos de la conciencia, si
al mismo tiempo no siente ningún temor. Aunque no hacía suyo el miedo del
público, Coleridge pensaba que éste era razonable; señaló, y no le faltaba
razón, que en la enorme metrópoli existen muchos hogares compuestos
exclusivamente de mujeres y niños; muchos otros miles que por necesidad se
encomiendan durante tardes larguísimas a la discreción de una criada, y si la
muchacha se deja engañar con el pretexto de un mensaje de la madre, la hermana
o el novio y abre la puerta, en un abrir y cerrar de ojos la seguridad del
hogar está perdida. Por entonces, y luego durante varios meses, se impuso la
costumbre de echar la cadena a la puerta antes de entreabrirla, costumbre que
fue mucho tiempo el testimonio de la profunda impresión que causó en Londres el
Sr. Williams. Añadiré que en esta ocasión Southey compartió los sentimientos
del público y, una o dos semanas después del primer asesinato, me dijo que era
un hecho privado de tal naturaleza que se elevaba a la dignidad de
acontecimiento nacional1. En fin, habiendo preparado al lector para que aprecie
en su verdadera dimensión este atroz tejido de asesinatos (que por venirnos de
una época que dista de nosotros cuarenta y dos años no podrá conocer a fondo ni
siquiera una persona de cada cuatro) paso a exponer el caso en todos sus
detalles.
Para comenzar, dos palabras sobre el escenario de los asesinatos.
Ratcliffe Highway es una avenida del lado Este —o náutico— de Londres, que por
entonces (1812), cuando no existía un buen servicio de policía, con excepción
de los detectives de Bow Street —admirables en lo que toca a sus propios fines
pero completamente insuficientes para toda la capital—, era un barrio
peligrosísimo. Por lo menos uno de cada tres hombres era extranjero; a cada
paso se encontraban indios, chinos, moros y negros. Y, aparte de las muchas
maldades ocultas bajo los diversos sombreros y turbantes de gentes cuyo pasado
era indiscernible para cualquier ojo europeo, ya se sabe que la marina de la
Cristiandad (sobre todo, en tiempo e guerra, la marina mercante) es seguro
refugio de asesinos y rufianes que tienen en sus crímenes buenas razones para
retirarse durante una temporada de la atención del público. Unos cuantos, a
decir verdad, están calificados para prestar servicios como marineros de
primera, pero sólo una pequeña proporción o núcleo de las tripulaciones está
formada —y en tiempo de guerra más que nunca— por estos hombres de mar,
mientras que la gran mayoría son gentes de tierra sin ninguna experiencia. John
Williams, que en una ocasión navegara en la carrera de la India, fue
posiblemente un buen marinero. En general era hombre diestro e ingenioso,
fértil de recursos ante las dificultades inesperadas, capaz de adaptarse a
todos los cambios de la vida social; fue de estatura mediana (cinco pies y
siete y media a ocho pulgadas), ligero de contextura, tirando para delgado pero
fuerte, de musculatura regular y exento de toda grasa. Una señora que lo vio
mientras lo interrogaban (creo que en la Comisaría de Policía del Támesis) me
asegura que tenía el pelo de color muy vivo y extraordinario, de un amarillo
brillante, entre naranja y limón. Williams había estado en la India, más que
nada en Bengala y Madras, aunque también en la región del Indo. En el Punjab,
como es sabido, los caballos de casta van pintados de violeta azul, verde o púrpura;
tal vez Williams recordó ese uso de Sind o La-nore y se tiñó el pelo para
disfrazarse. En todo lo demás su aspecto era muy normal y —a juzgar por una
mascarilla de yeso que compré en Londres— diría que fue hombre de facciones
ordinarias. Sin embargo, una característica notable confirmaba la impresión de
que tenía un temperamento de tigre, y es que en todo momento su rostro era de
una extrema y aterradora palidez, como sin sangre. «Se hubiese creído» me decía
la persona que lo vio, «que por sus venas no corría la roja sangre que da la
vida e infunde el calor de la vergüenza, la cólera o la piedad, sino una savia
verde que no brotaba de un corazón humano». Tenía los ojos helados y vidriosos,
como si toda la luz convergiera sobre una víctima que se escondía a lo lejos.
Por estas razones su apariencia podía repugnar si bien, de otra parte, el
testimonio unánime de muchas personas, y el testimonio silencioso de los
hechos, indican que sus maneras untuosas e insinuantes de serpiente
contrarrestaban lo repulsivo de su palidez mortal y le ganaban favorable
acogida entre muchachas sin experiencias. Una joven muy encantadora, a quien
seguramente Williams pensaba asesinar, declaró que en una oportunidad,
hallándose a solas con ella, le había dicho: «Srta. R., si yo me apareciese a
media noche al lado de su cama con un gran cuchillo en la mano, ¿qué haría
usted?» — «Oh, Sr. Williams» respondió la confiada muchacha, «si fuese
cualquier otra persona me daría mucho miedo, pero me bastaría oír su voz para
tranquilizarme». ¡Pobre muchacha! Si este breve esbozo del Sr. Williams hubiese
llegado a la etapa de ejecución, algo habría visto en el rostro cadavérico,
algo habría oído en la voz siniestra que le robara para siempre la
tranquilidad. Sólo una experiencia tan terrible podía desenmascarar al Sr.
Williams.
La noche de un sábado de diciembre el Sr. Williams, que sin duda llevó a
cabo su coup d'essai mucho tiempo antes, se abría paso a través de las calles
llenas de gente de este barrio peligroso. Había decidido trabajar. Decir es
hacer, y esta noche se había dicho a sí mismo que ejecutaría un diseño
pergeñado hace tiempo que, una vez compuesto, debía consternar el «poderoso
corazón» de Londres, desde el centro hasta la circunferencia. Más tarde
recordaría que dejó su alojamiento con tan tenebrosas intenciones a eso de las
once de la noche: no es que pensara empezar tan pronto, sino que tenía
necesidad de efectuar un reconocimento. Llevaba sus instrumentos bien sujetos
bajo los sueltos pliegues de la chaqueta. Todos convienen que, en armonía con
la sutileza de su carácter y su delicada aversión por la brutalidad, sus
modales eran de una suavidad exquisita: las entrañas del tigre se ocultaban
bajo el insinuante refinamiento de la serpiente. Quienes lo conocieron afirman
que su disimulación era tan rápida y perfecta que cuando iba por las calles,
que en un barrio tan pobre estaban repletas de gente los sábados por la noche,
si acaso tropezaba con alguien, se detenía en el acto (como a todos constaba)
para presentarle las más caballerescas excusas: su corazón diabólico encerraba
deseos infernales y se hubiera detenido a expresar amablemente la esperanza de
que el mazo que llevaba bajo el elegante abrigo —para usarlo noventa minutos
más tarde en el pequeño asunto que lo aguardaba— no hubiese causado más leve
daño a la otra persona. Creo que el Ticiano, estoy seguro de que Rubens, y tal
vez Van Dyke, solían vestirse de punta en blanco para practicar su arte y
usaban volantes fruncidos, peluca y espada con empuñadura de diamantes; hay
razones para creer que cuando el Sr. Williams salía dispuesto a componer una de
sus grandes matanzas (y se le podría aplicar, en otro sentido, la expresión
Gran Componedor que usan en Oxford) vestía siempre medias de seda negra y
escarpines, y que en modo alguno hubiese consentido a degradar su posición de
artista con un traje de mañana. En su segunda gran actuación, el único testigo
que (como verá el lector) tuvo que asistir desde su escondite, temblando con
las mortales agonías del horror, a todas las atrocidades, contó que le había
llamado la atención que el Sr. Williams llevara una levita azul de la mejor
tela, ricamente forrada de seda. Entre las anécdotas que entonces circularon
sobre él, se dijo también que era cliente del mejor dentista y el mejor
pedicuro y que por ningún motivo hubiera empleado los servicios de un práctico
de segunda clase. No hay duda que, en la peligrosa especialidad a que él mismo
se dedicó, fue el más aristocrático y exigente de los artistas.
Pero ¿quién es la víctima a cuyo hogar se dirigía? ¿Acaso era tan
imprudente como para navegar sin destino seguro hasta que el azar le ofreciera
una persona que asesinar? No por cierto: ya desde tiempo atrás tenía señalada
su víctima, un viejo e íntimo amigo. Una de sus máximas parecer haber sido que
la mejor persona que puede asesinarse es un amigo, y a falta de un amigo
—artículo del que no siempre se dispone— un conocido: de esta manera el sujeto
no sentirá ninguna sospecha al llegar el momento, mientras que un desconocido
puede alarmarse y leer en la cara de su asesino electo un aviso que lo ponga en
guardia. En esta oportunidad su futura víctima unía ambas condiciones: había
sido su amigo y luego, no sin buenas razones, se volvió enemigo suyo. O lo que
es aún más probable, como dijeron otros, todo sentimiento había languidecido de
modo que la relación ya no era de amistad ni de enemistad. El pobre desgraciado
que (en su carácter de amigo o enemigo) fuera elegido como sujeto de la
composición de este sábado por la noche se llamaba Marr. Acerca de las
relaciones entre Williams y Marr se contó por entonces una historia —cierta o
falsa, pero que no impugnó nadie que tuviese autoridad para hacerlo—, y es que
fueron en el mismo barco mercante a Calcuta y se pelearon durante el viaje.
Según otra versión: No, se habían peleado al regreso, y la causa del pleito fue
la Sra. Marr, una preciosa muchacha a cuyos favores fueron pretendientes, lo
cual los hizo rivales y —en un tiempo— enemigos furiosos. No faltan detalles
que den cierta verosimilitud a la historia, aunque suele ocurrir que, cuando se
ignoran las causas de un asesinato, alguien de buen corazón se niega a admitir
que se asesine por los motivos más sórdidos y se toma el trabajo de inventar
una historia, que el público no tarda en aceptar, en la que se atribuyen al
asesino móviles más elevados; al público le inquietaba que Williams hubiese
consumado una tragedia tan espantosa movido sólo por su apetito de lucro y
aceptó de buena gana la versión en que aparecía dominado por un odio mortal,
fruto de una rivalidad más noble y apasionada por una mujer. Hasta cierto punto
cabe dudarlo, sí bien lo más probable es que la Sra. Marr fuese la verdadera
causa, la causa teterrima de la enemistad entre los dos hombres. Pero ya los
minutos están contados, en el reloj de arena se acaban los granos que miden la
duración del pleito sobre la tierra. Esta misma noche todo habrá terminado.
Mañana es el día que llamamos domingo y que en Escocia llaman con el nombre
judaico de «sábado». Con distintos nombres, el día tiene en ambos países las
mismas funciones; en ambos es un día de descanso. También para ti, Marr, será
un día de descanso: así está escrito; también tú, joven Marr, encontrarás el
descanso: tú, y toda tu casa, y el forastero al que hospedas. Descansarás en un
mundo que está más allá de la tumba. De este lado de la muerte ya has dormido
tu último sueño.
La noche era muy oscura. En este barrio humilde de Londres, en noches
claras u oscuras, serenas o tormentosas, las tiendas estaban abiertas los
sábados por la noche por lo menos hasta las doce. Nadie creía en supersticiones
judías, rigurosas y pedantes, sobre los límites exactos del domingo. En el peor
de los casos, el domingo duraba desde la una a.m. de un día hasta las ocho a.m.
del día siguiente, o sea un transcurso de treinta y una horas, lo cual ya es un
día bastante largo. Este sábado por la noche a Marr no le importaría que el
descanso fuese más breve con tal de que llegase antes, pues llevaba trabajando
dieciséis horas detrás de su mostrador. La situación de Marr era la siguiente:
era dueño de una lencería y en montarla y comprar las existencias había
invertido unas 180 libras. Como todos los que se dedican al comercio, pasaba
malos ratos. Siendo apenas un principiante, ya le preocupaban las deudas por
cobrar y se le vencían letras por sumas mayores de lo que conseguía vender.
Pero tenía un carácter alegre y esperanzado; era un hombre de veintisiete años,
joven y fuerte, de buenos colores; algo le inquietaba su futuro comercial
aunque esto no le hiciera perder el buen humor, pues preveía (vanamente) que al
menos esa noche y la noche siguiente podría descansar su cabeza fatigada y sus
cuidados en el seno fiel de su dulce y amable esposa. En casa de Marr vivían
cinco personas: primero, él mismo que, de sufrir un desastre en el limitado
sentido comercial de la palabra, tendría fuerzas para volver a levantarse,
hecho una pirámide de fuego, y elevarse muchas veces sobre las ruinas. Sí,
pobre Marr: así sería si te dejaran tranquilo y librado a tus propias fuerzas;
pero ahora mismo, al otro lado de la cae, alguien nacido en el infierno opone
una negativa perentoria a estas halagadoras perspectivas. La segunda en la
lista de la casa es su linda y encantadora esposa, que es feliz a la manera de
las esposas jóvenes —sólo tiene veintidós años— y que si alguna vez siente
ansiedad es a causa de su hijo querido. Pues en tercer lugar, acostado en una
cuna, a unos nueve pies bajo el nivel de la calle, en la tibia y acogedora
cocina, hay un niño de ocho meses a quien su madre mece de rato en rato. Marr y
la muchacha llevan diecinueve meses de casados y éste es su primer hijo. No
lloremos por el niño que guardará en otro mundo el descanso profundo del
domingo: ¿para qué se demoraría en una tierra cruel y ajena un huérfano hundido
en la miseria al faltarle padre y madre? En cuarto lugar viene un robusto
muchacho de unos trece años, un aprendiz, un chico de Devonshire, bien parecido
como son casi siempre los jóvenes de esa región1, contento con su puesto en el
que no trabaja demasiado; bien tratado y consciente de ser bien tratado por el
amo y su señora. Por último, cerrando en quinto lugar la marcha de esta
tranquila familia, venía la criada, una mujer joven y bondadosa que (como
sucede a menudo en las familias de pretensiones modestas) ocupaba un lugar
fraternal en relación con la dueña de casa. En este momento (1854) y durante
los últimos veinte años está ocurriendo un gran cambio democrático en la
sociedad inglesa. Muchas personas se avergüenzan de decir «mi amo» o «mi ama»,
y poco a poco se difunde el término «mi empleador». Ahora bien, en los Estados
Unidos tal expresión de altivez democrática, aunque desagradable por proclamar
innecesariamente una independencia que nadie pone en tela de juicio, no deja
una mala impresión duradera. Por lo general la «ayuda» doméstica está en vías
de convertirse a su vez, rápida y seguramente, en cabeza de un hogar propio, de
modo que en realidad lo que se hace es no admitir un vínculo que desaparecerá
pasados uno o dos años. En Inglaterra, donde no existe el recurso de contar
siempre con tierras disponibles, esta tendencia al cambio es más bien ingrata,
pues conlleva una expresión tosca y sombría de inmunidad a un yugo que, en todo
caso, era ligero y a menudo benigno. En otro lugar he de aclarar lo que pienso.
En el presente caso, o sea en el servicio de la Sra. Marr, puede apreciarse en
la práctica el principio en cuestión. Mary, la criada, sentía un cordial y
sincero afecto por una señora a la que veía tan dedicada a los deberes de su
casa y que, aún siendo tan joven, no ejercía nunca por capricho la leve
autoridad de que estaba investida y ni siquiera la mostraba abiertamente. Según
el testimonio de todos los vecinos, trataba a su ama con un tono de delicado
respeto y, al mismo tiempo, dando pruebas de la disposición alegre y la buena
voluntad de una hermana, se esmeraba por aliviarla en lo posible del peso de
sus obligaciones maternales.
Faltaban tres o cuatro minutos para la medianoche cuando, desde lo alto
de la escalera, Marr llamó a la criada y le ordenó que saliera a comprar ostras
para la cena familiar. ¡De qué accidentes tan nimios dependen a veces los
tremendos resultados que duran toda la vida! Marr, ocupado en los asuntos de la
tienda y la Sra. Marr, inquieta por un ligero malestar o agitación de su hijo,
se habían olvidado de la cena; quedaba poco tiempo para que la elección fuera
muy variada, y tal vez pensaron en las ostras porque podían comprarse con más
facilidad pasadas las doce de la noche. De esta circunstancia tan trivial
dependía la vida de Mary. Si hubiera salido a comprar, como de ordinario, a las
diez u once, es seguro que no habría sido la única en salvarse, como se salvó,
de la tragedia de exterminio sino que habría compartido la suerte de todos.
Ahora debía proceder con rapidez: tras recibir el dinero de su amo, Mary se fue
de compras con una canasta en la mano y sin bonete. Más tarde se le helaría el
corazón recordando que, al momento de salir, distinguió al otro lado de la
calle, a la luz de un farol, la silueta de un hombre, primero inmóvil y luego
moviéndose lentamente. Era Williams, como lo demuestra un incidente ocurrido un
instante antes o después (ahora no hay manera de saberlo.) Si se tienen en
cuenta el apuro y agitación de Mary en las circunstancias que hemos expuesto,
en que apenas si tenía tiempo para cumplir su encargo, es evidente que debe
haber asociado un sentimiento de misteriosa inquietud con los movimientos del
desconocido, pues de no ser así no le hubiera prestado ninguna atención. Esto
arroja alguna luz sobre lo que le pasó por la cabeza, de manera semiconsciente:
dijo que, a pesar de la oscuridad que no le permitía distinguir las facciones
del hombre o precisar la dirección de su mirada, tuvo la impresión, por su
porte al caminar y por la aparente inclinación de su persona, que estaba en
busca del n.° 29. El pequeño incidente al cual he aludido, y que confirma lo
supuesto por Mary, es que, poco antes de medianoche, el sereno advirtió la
presencia del forastero; lo encontró mirando por la ventana de la tienda de
Marr y esto, así como su apariencia, le pareció tan sospechoso que entró a la
tienda y contó a Marr lo que había visto. Así lo declaró a los magistrados,
añadiendo que poco más tarde, o sea unos minutos después de las doce
(probablemente habían pasado ocho o diez minutos desde que partiera Mary)
volvió frente a la tienda, como lo hacía cada media hora, y Marr le pidió que
lo ayudase a cerrar los postigos. Esta fue la última vez que hablaron; el
sereno le dijo que, al parecer, el forastero se había ido pues no lo había
vuelto a ver. No hay duda de que Williams observó la visita del sereno a Marr y
gracias a ella se dio cuenta de su propia imprudencia, de modo que el aviso no
le valió de nada a Marr y fue Williams quien lo aprovechó. Caben aún menos
dudas de que el sabueso puso manos a la obra un minuto después de que el sereno
ayudara a Marr a cerrar los postigos, por la siguiente razón: lo que impidió a
Williams comenzar más temprano fue
q
ue el interior de la tienda estaba expuesto a las miradas e quienes
pasaban por la calle. Era indispensable que los postigos estuviesen bien
cerrados antes de que Williams pudiese empezar a trabajar con segundad. Una vez
tomada esta primera precaución, no perder ni un minuto con nuevas demoras era
aún más importante de lo que había sido no arriesgar nada por precipitarse.
Todo dependía de entrar en la casa antes de que Marr echase la llave a la
puerta. Cualquier otra manera de entrar (por ejemplo aguardar el regreso de
Mary y pasar junto con ella) significaría renunciar a las ventajas que ayudaron
a Williams, como lo indica el mudo testimonio de los hechos correctamente
interpretado. Williams no pudo menos que esperar a que se alejasen los pasos
del sereno; esperó, quizá, treinta segundos; pasado este peligro, el peligro
siguiente era que Marr cerrase la puerta: una sola vuelta a la llave y el
asesino no habría podido entrar. Así pues, se lanzó al interior y seguramente
dio vuelta a la llave con un rápido movimiento de la mano izquierda, sin que
Marr advirtiese la fatal estratagema. Realmente es asombroso e interesantísimo
seguir los pasos sucesivos del monstruo y observar la seguridad absoluta con
que los silenciosos jeroglíficos traicionan todo el proceso y los movimientos
del drama sangriento, tan segura y cabalmente como si hubiéramos estado
escondidos en la tienda de Marr o hubiéramos contemplado desde los cielos
misericordiosos a este azor infernal que ignoraba el sentido mismo de la
misericordia. Que disimuló su maniobra tan rápida y secreta con la cerradura es
evidente, pues de no ser así alertaría a Marr, sobre todo después de lo que le
había dicho el sereno. Pero, como pronto se verá, Marr no se sintió alarmado.
En verdad, para tener un éxito completo era de la mayor importancia para
Williams el evitar todo grito de agonía de parte de Marr. Un grito, en estas
circunstancias en que sólo paredes delgadísimas los separaban de la calle, se
oye como si se hubiese lanzado en medio de la calzada. Es preciso ahogarlo. Y
en efecto, Williams lo ahogó y pronto comprenderá el lector de qué manera.
Entretanto, llegados a este punto, dejemos al asesino solo con sus víctimas.
Durante cincuenta minutos podrá trabajar a su gusto. La puerta delantera, como
sabemos, está cerrada a todo auxilio. No hay ningún auxilio posible. Vayamos en
una visión en busca de Mary; cuando todo haya terminado regresemos con ella,
levantemos el telón y leamos el horrible relato de lo que pasó durante su
ausencia.
La pobre muchacha, inquieta hasta un punto que ella misma no alcanzaba a
comprender, iba por todas partes buscando una tienda de ostras y, como no
encontró ninguna abierta en las calles que conocía, creyó mejor tentar suerte
en un barrio más alejado. Veía luces que brillaban o parpadeaban a lo lejos
impulsándola a seguir y de este modo, yendo por calles desconocidas y mal
iluminadas1, en una noche tan oscura y en una región de Londres en la que a
cada momento tenía que desviarse para esquivar feroces tumultos, acabó
naturalmente por sentirse desconcertada. Ya no tenía ninguna esperanza de
cumplir el propósito para el cual saliera de casa y no le restaba sino volver
sobre sus pasos. Esto no era fácil, pues el miedo le impedía dirigirse a las
personas que se encontraba por azar y que no distinguía bien en la penumbra. Al
cabo reconoció por su linterna a un sereno que la puso en buen camino y diez
minutos más tarde estaba de vuelta ante la puerta del n.° 29 de Ratcliffe
Highway. Creía haber estado ausente unos cincuenta o sesenta minutos y, en
efecto, a lo lejos había oído una voz que anunciaba la una de la mañana, grito
que comenzó segundos después de la una y se repitió de manera intermitente
durante diez o trece minutos.
Como es natural, en el tumulto de ideas angustiosas que pronto la
asaltaron, le fue difícil recordar con claridad la sucesión de dudas, sospechas
y sombrías inquietudes que entonces sintió. No se acordaba de que al llegar a
casa algo le pareciese verdaderamente alarmante. En muchas ciudades, las
campanillas son el instrumento más empleado para comunicar la calle con el
interior de las viviendas, pero en Londres se usan aldabones. En la puerta de
Marr había aldabón y campanilla. Mary tiró de la campanilla y al mismo tiempo
golpeó suavemente el aldabón. No es que temiera molestar a sus amos, pues
estaba segura de que aún no se habían acostado; en cambio le preocupaba
despertar al niño, que bien podía privar a su madre de otra noche de descanso.
Sabía que tres personas esperaban ansiosamente su regreso, inquietándose tal
vez por la demora, y que bastaría un murmullo para traerlas a la puerta. ¿Qué
es lo que pasa, entonces? Para sorpresa suya —y junto a la sorpresa empezó a
ganarla un horror helado— no oía en la cocina ni el más leve ruido. En este
momento pensó, con súbita angustia, en la borrosa imagen del desconocido,
vestido con un abrigo suelto y oscuro que viera pasar furtivamente a la luz
indecisa del farol, acechando sin duda los movimientos de su amo; y ahora se
reprochó no haberse detenido, a pesar del apuro, a comunicar sus sospechas al
Sr. Marr. La pobre muchacha ignoraba que si este aviso hubiera bastado para
poner en guardia a Marr, ya lo había recibido de otra persona, de modo que no
cabía atribuir mayores consecuencias a su propia omisión, debida a su prisa por
cumplir con el recado. Pero un pánico sobrecogedor devoró ahora todas sus
reflexiones. El solo hecho de que nadie respondiera a su doble llamada fue, en
un instante, la revelación del horror. Una persona podía adormecerse, pero dos
—y tres— era imposible. Aún suponiendo que los tres y el niño estuviesen
dormidos: ¡qué inexplicable este silencio —este silencio total! Un terror
histérico se apoderó de la muchacha, que tiró de la campanilla con toda la
violencia del miedo. Luego se detuvo: aún tenía dominio de sí misma —aunque lo
estaba perdiendo rápidamente— para decirse que, si por un azar extraordinario
tanto Marr como el aprendiz habían salido a buscar un médico en direcciones
distintas —lo que apenas podía imaginarse— quedarían en casa la Sra. Marr y el
niño y, en todo caso, la madre podría responder siquiera con un susurro. Se
detuvo pues, y con un esfuerzo espasmódico, se obligó a guardar silencio para
oír cualquier respuesta a su última llamada. Escucha, pobre corazón tembloroso,
durante veinte segundos escucha callada como la muerte. Esperó, callada como la
muerte, y en el terrible silencio, mientras contenía la respiración para oír
mejor, ocurrió un incidente de terror mortal que resonaría en sus oídos hasta
el último día de su vida. Mary, la pobre muchacha estremecida que se contenía y
callaba en un último esfuerzo por oír la respuesta de su joven señora al
frenético llamado, escuchó al fin, con toda nitidez, un ruido dentro de la
casa. Sí, no hay duda que alguien viene a responder a sus golpes. ¿Qué ha sido
eso? En la escalera —en la que subía a los dormitorios, no en la que bajaba a
la cocina— se oyó un crujido. Luego, con entera claridad, un paso: alguien
bajaba lentamente uno, dos, tres, cuatro, cinco escalones. Las aterradoras
pisadas avanzaron por el estrecho corredor que llegaba a la puerta. Ante la
puerta las pisadas —¡oh cielos!, ¿las pisadas de quién?— se han detenido. Se
oye la agitada respiración del terrible ser que ha acallado en la casa todas
las demás respiraciones. Sólo una puerta se interpone entre él y Mary. ¿Qué
hace, del otro lado? Un paso cauteloso, furtivo, bajó la escalera, recorrió el
corredor —estrecho como un ataúd— y ahora se detiene junto a la puerta. El
asesino solitario —¡qué pesadamente respira!— está de un lado de la puerta,
Mary del otro. Imaginemos que la puerta se abriera con violencia y que la
imprudente muchacha cayera hacia adentro, en brazos del asesino. Es posible
—diré más: es seguro— que si hubiese intentado la treta al momento de llegar
Mary habría tenido éxito: al abrirse la puerta al primer campanillazo Mary se
habría precipitado hacia adentro y perecido. Ahora, en cambio, la muchacha está
sobre aviso. El asesino desconocido y ella tocan la puerta con los labios,
escuchan, respiran acezantes; por fortuna la puerta los separa; al menor
indicio de que se descorrían los cerrojos o se daba vuelta a la llave Mary
habría saltado hacia atrás, al amparo de la oscuridad.
¿Cuál era la intención del asesino al cruzar el corredor y llegar hasta
la puerta? Su intención era ésta: en sí misma, como individuo, Mary no le
importaba absolutamente nada. En tanto que miembro del hogar, si lograba
echarle mano y asesinarla redondearía y llevaría a la perfección la matanza de
toda la familia. La nidada entera caería en la trampa; la destrucción de la
casa sería plena, orbicular: todos los hombres y mujeres, por más que se
agitaran, habrían de inclinarse, inermes y sin aliento, ante las manos
invencibles del poderoso asesino. Le bastaría decir: «Mis recomendaciones están
fechadas en Ratcliffe Highway n.° 29» y la pobre imaginación derrotada
depondría las armas ante su mirada fascinante de serpiente cascabel. Si el
asesino esperó junto a la puerta, con Mary del otro lado, fue con la esperanza
de abrir la puerta sin alarmarla, imitando acaso la voz de Marr para decirle:
«¿Por qué tardó usted tanto?» Se equivocaba: había pasado el momento; Mary,
furiosamente alerta, dio en tirar de la campanilla y en golpear el aldabón con
incesante violencia. El vecino, que se acostara poco antes y se había
adormecido en el acto, despertó con el ruido; los golpes que Mary repetía,
llevada por un impulso delirante e incontenible, le hicieron comprender que algo
muy grave estaba pasando. Echarse fuera de la cama, abrir la ventana, preguntar
airadamente la causa del escándalo, fue cosa de un instante. La pobre muchacha
aún tuvo dominio de sí para explicar rápidamente su ausencia de una hora; su
convicción de que, entretanto, los Marr habían sido asesinados y que en este
momento el asesino se hallaba en la casa.
El vecino, dueño de una casa de préstamos, debía ser hombre de mucho
valor, ya que resultaba peligrosísimo —aunque sólo fuese como prueba de
fortaleza física— enfrentarse a un misterioso asesino que al parecer había
mostrado su fiereza con un triunfo tan completo. De otra parte, sólo con un
gran esfuerzo podía dominar la propia imaginación antes de lanzarse sin vacilar
contra alguien cuya nación, edad y motivos se ocultaban en una nube de
misterio. Pocos serán los soldados llamados a desafiar tan complejos peligros
en el campo de batalla. Si toda la familia de su vecino Marr había sido
exterminada —lo cual era cierto— tanta sangre derramada parecía indicar que
eran dos los asesinos, y si uno sólo fuese responsable del desastre: ¡qué
audacia colosal la suya! ¡qué tremendas su astucia, su potencia animal! Más
aún, el enemigo desconocido (una sola persona o dos) estaría seguramente armado
hasta los dientes. A pesar de tantas desventajas este hombre intrépido corrió a
la casa de su vecino, escena de la carnicería. Se detuvo tan sólo a ponerse los
pantalones y a armarse de un hierro en la cocina y ya estaba en el patio.
Acercándose por este lado tendría más posibilidades de interceptar al asesino
que por el lado de la calle, donde se demoraría en forzar la puerta. Su casa
estaba separada de la de Marr por un muro de 9 o 10 pies de altura. Lo trepó de
un salto y se preguntaba si volver por una vela cuando de pronto advirtió un
débil rayo de luz que brillaba en la casa. La puerta trasera estaba abierta de
par en par. El asesino debía haberla atravesado medio minuto antes. Sin esperar
más, el valiente entró a la tienda donde encontró por los suelos la carnicería
de la noche y tanta sangre derramada que apenas si logró pasar sin mancharse
hacia la puerta de la calle. Aún seguía en la cerradura la llave que diera al
desconocido asesino ventaja mortal sobre sus víctimas. Ya entonces las
estremecedoras noticias que Mary repetía a gritos (pensaba que entre las muchas
víctimas una podía quedar con vida y en tal caso todo dependía de la rapidez
con que la auxiliara un médico) habían congregado, a pesar de la hora, a una
pequeña multitud ante la casa. El prestamista abrió la puerta. Uno o dos
serenos se habían puesto a la cabeza de la turba, pero el desgarrador
espectáculo los detuvo e impuso repentino silencio a las voces, antes tan
clamorosas. El trágico drama leía en voz alta su propia historia y la sucesión
de los hechos, pocos y sumarios. No se sabía quién era el asesino ni se tenía
la menor sospecha, pero ciertos indicios permitían pensar en una persona con la
que Marr tuviese familiaridad. En efecto, había entrado en la tienda abriendo
la puerta que Marr acababa de cerrar y no faltó quien observase, con todo
acierto, que, después de la advertencia del sereno, Marr habría recibido con
actitud de recelo y defensa a un extraño que apareciese, a esa hora y en ese
barrio, de manera tan irregular y sospechosa (es decir, ya cerrada la puerta y
cuando los postigos impedían cualquier comunicación con la calle). Toda señal
de que Marr no se había alarmado anunciaba con seguridad que algo había
sucedido que neutralizó su inquietud y lo hizo deponer, fatalmente, su prudente
desconfianza. Este «algo» sólo podía ser un hecho muy simple, y es que Marr
tuviese una relación frecuente y confiada con quien sería su asesino. Aceptado
este supuesto, llave de todo lo demás, el curso y evolución del drama resulta
claro como la luz: el asesino, de esto no cabe duda, abrió sigilosamente la
puerta de la calle y volvió a cerrarla detrás suyo con el mismo silencio. Luego
avanzó hacia el pequeño mostrador mientras cambiaba con Marr, que nada
sospechaba, un saludo de viejos conocidos. Al llegar al mostrador le pediría un
par de medias de algodón sin blanquear. En una tienda tan estrecha no hay
muchas maneras de disponer los artículos. El asesino conocería su disposición y
estaría seguro de que, para alcanzar el paquete que ahora buscaba, Marr tendría
que darle la espalda y, al mismo tiempo, levantar los ojos y las manos unas
dieciocho pulgadas por encima de su cabeza. Este movimiento lo ponía en la
posición más desventajosa posible respecto de su asesino, quien aprovechó el
momento en que Marr tenía las manos y los ojos ocupados, y la parte de atrás de
la cabeza completamente expuesta, para sacar de bajo el amplio abrigo un pesado
mazo y aturdir de un golpe a su víctima, que ya no pudo hacer el menor gesto de
resistencia. La posición de Marr contaba su historia. Había caído detrás del
mostrador, las manos dispuestas de tal modo que confirmaban la versión de los
hechos que he sugerido. Es muy probable que el primer golpe, el primer indicio
de traición que llegó a Marr, fuese también el último en lo que respecta a la
abolición de la conciencia. El plan del asesino y la lógica del asesinato se
deducen sistemáticamente de provocar en su víctima una apoplejía o al menos de
aturdiría lo suficiente como para dejarla sin conocimiento un buen rato. Con
este comienzo el asesino ya podía sentirse tranquilo. Bastaba, sin embargo, que
su víctima volviera en sí un instante y estaría perdido, por lo que su práctica
usual, a modo de consumación, era degollarla. Todos los asesinatos que cometió
en esta oportunidad se ajustaron al mismo tipo invariable: primero fracturó el
cráneo de sus víctimas, poniéndose a salvo de cualquier represalia inmediata;
luego, para mantener lo ocurrido en eterno silencio, les cortó la garganta. Las
demás circunstancias, que se revelan a sí mismas, fueron las siguientes: es
probable que la caída de Marr provocara un ruido sordo y confuso de lucha que,
por estar cerrada la puerta, no podía confundirse con el rumor de la calle. Aún
más probable es que la señal de alarma llegara a la cocina cuando el asesino
degolló a Marr. Lo estrecho del lugar que ocupaba detrás del mostrador hacía
imposible exponer ampliamente la garganta con la crítica urgencia del caso; la
horrible escena se cumpliría con tajos parciales e interrumpidos; se oirían
hondos gemidos y las otras personas que estaban en la casa subirían corriendo
la escalera. Este era el único momento peligroso de la operación y para él
debió prepararse especialmente el asesino. La Sra. Marr y el aprendiz, ambos
jóvenes y activos, se lanzarían, por supuesto, hacia la puerta; con Mary en
casa se hubieran reunido tres personas para eludir al asesino y tal vez uno de
ellos consiguiera llegar a la calle, pero los terribles mazazos detuvieron al
muchacho y a su ama antes de que alcanzaran la salida. Ambos se desplomaron en
el centro de la tienda, y en cuanto quedaron indefensos el maldito sabueso cayó
sobre sus gargantas, navaja en mano. En la ciega compasión que le inspiraron
los gemidos de su marido, la Sra. Marr no se dio cuenta de lo que convenía
hacer: ella y el aprendiz debieron tratar de huir por la puerta trasera y
hubieran dado la alarma al aire libre, lo que ya es mucho, y distraído la
atención del asesino de otras maneras, lo cual no era posible si permanecían en
la pequeña tienda.
Vanos serían los intentos de pintar el horror que se apoderó de los
espectadores de esta lastimosa tragedia.
La multitud sabía que una persona había escapado, por simple accidente,
a la matanza general, pero que había perdido el habla y probablemente deliraba,
de modo que, compadecida de su triste situación, una vecina se la llevó consigo
para acostarla. Esta fue la razón por la que durante mucho tiempo no hubo en la
casa nadie que conociera a los Marr como para pensar en la suerte de su hijito,
pues el valeroso prestamista había salido en busca del coroner y el otro vecino
estaba en la comisaría presentando un testimonio que creía urgente. De pronto
apareció en la multitud alguien que recordaba al niño de los Marr, quien debía
encontrarse en la cocina o en los dormitorios del piso superior. Un río de
gente se dirigió de inmediato a la cocina, donde al entrar vieron la cuna, pero
con la ropa de cama en un estado de confusión indescriptible. El pabellón que
la cubría, nefasta señal, estaba destrozado y al levantar las mantas hallaron
un charco de sangre. Era evidente que el miserable se había sentido doblemente
estorbado, primero por el pabellón de la cuna, que hundió a mazazos, y luego
por las mantas y almohadas en torno a la cabeza del niño. Impedido <le
golpear libremente, acabó por degollar de un navajazo al pobre inocente y
luego, no se sabe con qué propósito, como si el espectáculo de su propio
ensañamiento lo confundiera, se puso a amontonar la ropa de cama sobre el
cadáver de la criatura. El incidente da a todo lo ocurrido el aspecto de una
venganza y tiende a confirmar el rumor de un pleito entre Williams y Marr,
provocado por una rivalidad amorosa. Afirma un autor que el asesino creyó tal
vez necesario acallar el llanto del niño pensando en su propia seguridad, pero
se le respondió, con razón, que un niño de ocho meses no podía llorar por darse
cuenta de lo que sucedía, sino sólo como lloraba siempre que se ausentaba su
madre y que este llanto, aún si se oía fuera de la casa, era justamente lo que
estaban acostumbrados a escuchar los vecinos, de modo que no les llamara la
atención ni fuera causa de alarma para el asesino. De todo el tejido de
atrocidades nada enconó tanto el furor popular contra el desconocido rufián
como esta insensata matanza de un niño.
Naturalmente, al amanecer cuatro o cinco horas más tarde la mañana del
domingo, el caso era demasiado horrible como para no difundirse en todas las
direcciones, aunque no creo que alcanzara a figurar en ninguno de los muchos
periódicos dominicales. Por lo general, todo hecho que no ocurriese, o del cual
no se tuviese noticia, sino hasta pasados 15 minutos de la una de la mañana del
domingo, sólo llegaba al público en la edición del lunes de los periódicos
dominicales o en la edición normal de los diarios del lunes. Si así fue en esta
ocasión no podía cometerse un error más grave, pues no cabe duda de que, de
haberse satisfecho la demanda pública de detalles el mismo domingo, como se
hubiera hecho muy fácilmente suprimiendo un par de columnas aburridas y reemplazándolas
por un relato minucioso de lo ocurrido —para el cual podían proporcionar
materiales el prestamista o el sereno— se hubiese ganado una pequeña fortuna.
Repartiendo octavillas en todos los barrios de la infinita metrópoli se habrían
vendido 250.000 ejemplares más que de costumbre: hablo de un periódico que
resumiera materiales exclusivos para colmar la viva curiosidad del público que,
excitado por rumores que surgían de todas partes, ardía por poseer una
información más amplia. Al domingo subsiguiente (es decir, el octavo día a
partir de los hechos) se celebró el entierro de los Marr; el propio Marr iba en
el primer ataúd; en el segundo su mujer, con el niño en brazos; en el tercero
el aprendiz. Los sepultaron lado a lado; 30.000 trabajadores siguieron el
cortejo, con el dolor y la pena escritos en las caras.
Todavía no corría ningún rumor que señalase, siquiera de modo
conjetural, al odioso autor de tanta ruina —al mecenas de los sepultureros. Si
el domingo del funeral se hubiera sabido lo que todos supieron seis días
después, la multitud habría ido directamente del cementerio a casa del asesino
para (sin admitir demora de ninguna clase) hacerlo pedazos. Pero, a falta de
alguien en quien pudiera asentarse una sospecha razonable, el público tuvo que
reprimir su cólera. Por lo demás, lejos de mostrar tendencia alguna a
disminuir, la emoción aumentaba día a día de manera notoria, a medida que las
reverberaciones del golpe retornaban de las provincias a la capital. En
todos" los principales caminos del reino se detuvo a muchos vagabundos que
no eran capaces de justificar su presencia, o cuyo aspecto recordaba la
imperfecta descripción de Williams hecha por el sereno.
A esta marea poderosa de piedad e indignación que fluía hacia los
terribles hechos acaecidos se mezclaba en la meditación de los más prudentes
una corriente inferior de temerosas expectativas del futuro. «El terremoto»,
para citar un fragmento del impresionante pasaje de Wordsworth,
«El terremoto no queda satisfecho de una vez».
Todos los peligros se repiten, en particular los malignos. Quien ha
llegado al asesinato por pasión y por apetito lupino de la sangre derramada
como forma antinatural del placer no puede recaer en la inercia. El asesino,
aún más que el cazador de gamuzas de los Alpes, va en procura de peligros de
los que se libra a duras penas, peligros que son el condimento de las insípidas
monotonías de la vida diaria. Aparte de que pudiera contarse con entera
seguridad en sus instintos infernales, que lo incitarían a nuevas crueldades,
estaba claro que el asesino de los Marr —dondequiera que ahora estuviese al
acecho— era hombre necesitado y de los que no buscan ni encuentran el sustento
en el trabajo honrado, que desprecian altivamente y para el cual les faltan los
usos industriosos de que son incapaces los hombres de violencia. Cabía suponer
que, pasado un intervalo razonable, el asesino que todos los corazones se
empeñaban en descifrar resucitaría, aunque sólo fuese por ganarse la vida, en
un nuevo teatro de horror. Aún admitiendo que el asesinato de los Marr se
debiese a impulsos crueles y vengativos, se advertía que el ansia de botín se
había unido a estos sentimientos. También era evidente que el deseo había
quedado burlado: aparte de la pequeña suma que Marr guardaba para los gastos de
la semana, el asesino encontró poco o nada que le aprovechase. Su botín fue,
como máximo, de un par de guineas. Una semana le bastaría para gastarlas y
todos tenían la seguridad que, al cabo de uno o dos meses, cuando se enfriase
un poco la fiebre de la agitación o viniesen a sustituirla nuevos temas de
interés más reciente, y empezara a descuidarse la vigilancia que ahora se
aplicaba, se sabría de un nuevo asesinato igualmente espantoso.
Esto es lo que creía el público. Que el lector se imagine el puro
frenesí de horror cuando, en medio de esta expectativa sobrecogida, mientras se
pensaba que el desconocido golpearía otra vez y se esperaba su golpe, sin creer
realmente que tuviese la audacia de intentarlo, de pronto, ante los ojos de
todos, la decimosegunda noche a partir de los Marr, se dio un segundo caso no
menos misterioso y se perpetró en el mismo barrio un nuevo asesinato regido por
el mismo plan de exterminio. La atrocidad ocurrió el jueves subsiguiente al
asesinato de los Marr y, a juicio de muchos, fue superior a la primera por lo
emocionante de sus aspectos dramáticos. Esta vez las víctimas fueron un tal
Williamson y su familia; la casa no estaba situada en Ratcliffe Highway aunque
sí muy cerca, al doblar la esquina de una calle secundaria y en ángulo recto
con dicha avenida. El señor Williamson era hombre conocido y respetable,
antiguo vecino del barrio; se le creía rico y, más por pasar el tiempo ocupado
que por ganar dinero, mantenía una especie de taberna en la que reinaba un
ambiente patriarcal pues, si bien la frecuentaban por las noches gentes de
fortuna, no se imponía una separación rígida entre ellas y los demás clientes,
en su mayoría artesanos y obreros. Cualquier persona que tuviese buenos modales
podía sentarse y pedir su licor preferido. La clientela era pues muy variada,
en parte estable y en parte cambiante. Vivían en la casa cinco personas: 1, el
señor Williamson, cabeza de la familia, viejo de más de setenta años y de un
carácter que convenía a su oficio, puesto que, siendo cortés y de ánimo afable,
también sabía ponerse firme cuando se trataba de mantener el orden; 2, la
señora Williamson, su mujer, unos diez años menor que él; 3, una nietecita de
nueve años; 4, una criada, de casi cuarenta; 5, un jornalero, de veintiséis,
que trabajaba en una fábrica (no recuerdo en cuál, ni tampoco la nación del
muchacho). En la taberna del señor Williamson era norma establecida que al dar
el reloj las once todos los clientes se retirasen, sin ningún favor ni
excepción. Gracias a tales costumbres el señor Williamson nunca tuvo reyertas
en su casa, aún siendo el barrio tan turbulento. Este jueves por la noche todo
fue como siempre, salvo un ligero detalle sospechoso que llamó la atención a
más de uno. En tiempos menos agitados quizá no se hubiese reparado en ello,
pero por entonces los Marr y su desconocido asesino eran el primer y el último
tema de cualquier reunión, y esa noche no dejó de extrañar que un forastero de
apariencia siniestra, envuelto en un amplio abrigo, entrara y saliera varias
veces de la sala, se retirase de la luz como quien busca los rincones oscuros y
por fin —como lo notaron algunos— se deslizara hacia las habitaciones privadas
de la casa. Se dio por sentado que Williamson debía conocerlo, y en verdad no
era imposible que lo conociera como cliente ocasional de su taberna. Más tarde,
el desconocido de aspecto repulsivo —por su palidez cadavérica, su pelo
extraordinario y sus ojos vidriosos— que apareció de manera intermitente entre
las 8 y las 11 p.m., surgiría en la memoria de quienes lo observaron con el
mismo efecto glacial de los dos asesinos de Macbetb que se presentan aún
humeantes del asesinato de Banquo y cuyos rostros terribles, que brillan
tenuemente en la penumbra del fondo, arruinan las galas del banquete real.
Entre tanto el reloj dio las once; los clientes salieron de la taberna;
la puerta quedó entreabierta y, en este momento de dispersión general, los
cinco habitantes de la casa se ocuparon de la siguiente manera: los tres
mayores, o sea Williamson, su mujer y la criada, se encontraban en la planta
baja. El propio Williamson continuaba sirviendo cerveza a los vecinos en cuyo
favor no cerraba la puerta hasta que sonaran las doce; la señora Williamson y
su sirvienta iban y venían entre la cocina y la sala de recibo; y la nietecita,
cuyo dormitorio se hallaba en el primer piso (término que en Londres designa
siempre el piso al que se sube por un tramo de escalera desde el nivel de la
calle) dormía ya desde las nueve; por último, el jornalero se había retirado a descansar
un rato antes. Era inquilino de la casa y dormía en el segundo piso. Ahora
estaba ya desvestido y acostado. Siendo hombre de trabajo debía levantarse
temprano y quería, como es natural, dormirse lo más pronto posible. Pero esta
noche, la inquietud que le causaban los recientes asesinatos del n.° 29, llegó
a un paroxismo de agitación nerviosa que lo mantuvo despierto. Es posible que
alguien le hablara del sospechoso desconocido o que él mismo hubiese visto sus
furtivas maniobras. Aún cuando así no fuese, había diversas circunstancias que
afectaban peligrosamente la casa en que vivía: la violencia de todo el barrio,
por ejemplo, y el hecho desagradable de que los Marr hubieran vivido unas
puertas más allá, lo cual parecía indicar que tampoco el asesino vivía lejos.
Estas podían ser las causas de la alarma general. Pero había otras razones
propias de la casa y, en particular, la notoria opulencia de Williamson, la
fama, bien o mal fundada, de que acumulaba en sus cofres y armarios el dinero
que constantemente le pasaba por las manos y, por último, el abierto desafío al
peligro que era la costumbre de dejar la puerta entreabierta durante toda una
hora; hora tanto más peligrosa puesto que no había que temer el encuentro con
otros visitantes, ya que los clientes debían retirarse a las once. La regla que
hasta entonces sirviera a la buena reputación y a la tranquilidad de la casa se
tornaba ahora, en vista de las nuevas circunstancias, una sonora proclama de
inseguridad y desamparo durante todo el transcurso de una hora. Muchos decían
que siendo Williamson hombre pesado y de ninguna agilidad —había pasado los
setenta años— más le valdría cerrar la puerta al despedirse de sus clientes.
El jornalero daba vueltas con inquietud a estas y otras causas de alarma
(sobre todo pensando en la vajilla de gran valor que, según se afirmaba, poseía
la señora Williamson) y serían veintiocho o veinticinco minutos para las doce
cuando, de pronto, oyó que alguien cerraba y trancaba la puerta de la calle con
un estrépito anunciador de un brazo de terrible violencia. No podía caber duda
alguna: era el hombre diabólico envuelto en misterio del n.° 29 de Ratcliffe
Road. Sí, no cabía duda que el temible ser que durante doce días ocupara todos
los pensamientos y las lenguas había entrado en la casa indefensa y pocos
minutos después estaría cara a cara frente a cada uno de sus habitantes. Aún
subsistía la duda de si en casa de Marr no habían sido dos los asesinos. En tal
caso ahora también serían dos, y uno de ellos podría subir de inmediato la
escalera y poner manos a la obra, ya que el peligro más grave sería que alguien
diese la alarma desde el piso alto a quienes pasaban por la calle. El pobre
hombre estuvo medio minuto sin moverse de la cama, paralizado de miedo. Al
ponerse de pie su primer movimiento fue hacia la puerta de la habitación. No es
que quisiera asegurarla contra el intruso, pues demasiado bien sabía que esto
era imposible, por carecer la puerta de cerradura y cerrojo: ni tampoco había
en el dormitorio muebles para obstruir la entrada, aún suponiendo que tuviese
tiempo para intentarlo. No fue por prudencia sino por simple fascinación de
horror mortal que abrió la puerta. Un paso más lo llevó al borde de la
escalera; inclinó la cabeza por encima de la balaustrada para escuchar mejor y
en ese instante oyó en la sala el grito desesperado de la sirvienta: «¡Señor
Jesucristo! ¡Nos matarán a todos!» La cabeza de la Medusa acechaba en esas
facciones atroces y sin sangre, en esos ojos rígidos y vidriosos que en verdad
parecían los de un cadáver, puesto que una sola de sus miradas bastaba para
proclamar la sentencia de muerte.
Ya para entonces habían concluido tres encuentros fatales y el pobre
jornalero petrificado, sin tener la menor idea de lo que hacía, ciegamente
sometido al pánico, bajó los dos tramos de la escalera. Su infinito terror le
dictaba el mismo impulso que le hubiera dictado el valor más temerario. Bajó en
camisa de dormir la vieja escalera que crujía bajo sus pies y se detuvo a
cuatro peldaños del suelo. La situación era la más tremenda de que se tenga
noticia. Bastaba que estornudase o tosiese, que respirase con fuerza, y sería
hombre muerto, sin la menor posibilidad de salvarse y ni siquiera de luchar por
su vida. El asesino se encontraba en la pequeña sala de recibo cuya puerta daba
frente a la escalera; la puerta se hallaba entreabierta y, en realidad, mucho
más de lo que se entiende por el término «entreabierta». Del cuadrante o de los
90 grados que describiría la puerta abierta en ángulo recto en relación con el
vestíbulo, quedaban expuestos, por lo menos, unos 55 grados. El joven veía dos
de los tres cadáveres. Y el tercero: ¿dónde estaba? ¿Y dónde se hallaba el
asesino? El asesino iba y venía rápidamente por la sala —podía oírlo pero no
verlo— y parecía atareado en la parte de la habitación que la puerta no
permitía ver. Pronto comprendió, por el ruido, lo que estaba haciendo: probaba
las llaves en el armario, la alacena y el escritorio. Un instante después pudo
verlo; por fortuna, en ese momento crítico, el asesino, demasiado absorto en lo
que hacía, no levantó la vista hacia la escalera, pues de otra manera habría
descubierto la blanca figura del jornalero —a quien el horror tenía clavado en
el sitio— y le habría dado muerte en el acto. El tercer cadáver, el cadáver que
falta, o sea el del señor Williamson, se encuentra en el sótano y el modo de
explicar su situación es problema aparte, entonces muy discutido y nunca
aclarado del todo. Para el joven era indudable que Williamson había perecido,
ya que de otro modo lo oyera moverse o quejarse. Así pues, habían muerto tres
de los cuatro amigos de quienes se había despedido cuarenta minutos antes;
restaba, por lo tanto, un 40 por 100, porcentaje muy elevado como para que
Williams lo descuidase; restaban, de hecho, él mismo y su linda amiguita, la
nieta, que en su inocencia infantil seguía durmiendo sin temor por sí misma ni
dolor por sus viejos abuelos. Ellos han partido para siempre, más felizmente le
queda un amigo (pues se portará como tal si logra salvar a la niña de este
peligro) que está cerca de ella. ¡Ay! Aún más cerca está el asesino. El
jornalero desfallece, no podría dar un paso; se ha transformado en una columna
de hielo; la escena que tiene frente a sí, a una distancia de sólo trece pies,
es la siguiente: al sorprenderla el asesino, la criada se encontraba hincada de
rodillas ante la rejilla del hogar que había estado puliendo con lápiz plomo;
terminada la tarea se puso a llenar la rejilla de leña y carbón, no con el
propósito de encender el fuego esa noche, sino de dejar todo listo para
encenderlo a la mañana siguiente. Las apariencias indican que al llegar el
asesino se hallaba ocupada en esto, y es posible que los hechos se sucedieran
tal como paso a exponerlos. Del terrible grito invocando a Cristo se deduce que
sólo en ese momento se sintió alarmada, y sin embargo el joven no la oyó gritar
hasta un minuto y medio o dos minutos después de que la puerta de la calle se
cerrara de un golpe. Por consiguiente, y aunque parezca imposible, el ruido que
de manera tan terrible como oportuna puso en guardia al joven tiene que haber
sido mal interpretado por las dos mujeres. Se dijo por entonces que la señora
Williamson era un poco dura de oído y se conjeturó que la criada, con la cabeza
casi metida dentro de la rejilla y el ruido de su propia labor en los oídos,
debió pensar que el estrépito venía de la calle o era una broma de muchachos
traviesos. Como quiera que se expliquen las cosas, lo cierto es que, hasta
invocar el nombre de Cristo, la sirvienta no había notado nada sospechoso, nada
que interrumpiera su trabajo. De lo cual se deduce que tampoco la señora Williamson
notó nada, pues habría comunicado su propia alarma a la criada con quien se
hallaba en la pequeña sala. Al parecer lo que ocurrió después de entrar el
asesino fue lo siguiente: probablemente la señora Williamson no llegó a verlo
ya que estaba sentada de espaldas a la puerta y, antes de que nadie advirtiera
su presencia, asestó a la dueña de la casa un golpe tremendo en la nuca y la
derribó sin sentido; el golpe, infligido con una palanca, hundió la parte de
atrás del cráneo. El ruido de la caída (todo fue cosa de un momento) llamó la
atención de la criada quien lanzó el grito que oyera el joven en el piso alto,
pero antes de que pudiese repetirlo, el asesino cayó sobre ella con el arma
levantada y le partió la cabeza. Desmayadas las dos mujeres, que ya nunca
volverían en sí, eran innecesarios nuevos ultrajes y, por lo demás, el asesino
sabía el peligro inminente de cualquier demora; y sin embargo, a pesar de la
prisa, tanto temía que pudiesen recobrar el conocimiento y declarar contra él,
que para impedirlo procedió a degollarlas. Esto explica las circunstancias que
ahora se presentaban. La señora Williamson había caído de espaldas, con la
cabeza en dirección a la puerta; la sirvienta, hincada de rodillas, no fue
capaz de levantarse y se expuso pasivamente a los golpes; luego el miserable no
tuvo sino que llevar la cabeza hacia atrás para descubrir la garganta y el
asesinato quedó consumado. Es notable que el joven artesano, que había estado
paralizado por el miedo, y que durante un momento se sintió fascinado hasta el
punto de ir a meterse en la boca del lobo, lograra sin embargo advertir todos
los detalles importantes. El lector puede imaginárselo observando al asesino
que se inclina sobre el cadáver de la señora Williamson y reanuda la búsqueda
de ciertas llaves importantes. No hay duda de que la situación lo llenaba de
ansiedad pues, a menos de encontrar muy pronto las llaves, la horrible tragedia
sólo tendría por resultado un aumento prodigioso en el horror del público, que
multiplicaría por diez sus precauciones e interpondría nuevos obstáculos entre
el criminal y sus futuras presas. Aún estaba en juego otro factor, de interés
más inmediato: su propia seguridad quedaría comprometida en caso de ocurrir un
accidente, lo cual era muy probable. La mayoría de los que acudían a comprar
licor en la taberna eran niñas o niños aturdidos que al verla cerrada seguirían
descuidadamente en busca de otra, pero bastaría que un hombre o una mujer más
sensatos tocasen en vano la puerta, cerrada un cuarto de hora antes de lo
habitual, para que se despertaran sospechas incontenibles. Darían la alarma al
instante y a partir de entonces todo sería cuestión de suerte. Un hecho curioso
que demuestra la singular incoherencia de este villano —a veces tan
excesivamente sutil y, en otros aspectos, tan temerario e imprudente— es que
ahora mismo, de pie entre los cadáveres que inundaban de sangre la pequeña
sala, Williams debe haber sentido serias dudas sobre si tenía medios de
escapar. Sabía de las ventanas en la parte de atrás de la casa mas al parecer
ignoraba sobre qué terreno se abrían; por lo demás, en un barrio tan peligroso,
era muy posible que las ventanas de la planta baja estuviesen clausuradas, y
aunque pudiese escapar por el piso superior, para ello tendría que dar un salto
demasiado arriesgado. La única conclusión que podía sacar en limpio de todo
esto era apresurarse a ensayar otras llaves para encontrar el tesoro escondido.
Tan intensa absorción en un solo propósito dominante embotó las percepciones
del asesino a todo lo que tenía en torno suyo; de no ser así, habría oído la
respiración del joven que a veces sonaba con un ruido atroz a sus propios
oídos. El asesino volvió a inclinarse sobre el cadáver de la señora Williamson
y, tras registrarle los bolsillos con más cuidado, sacó varios manojos de
llaves, uno de los cuales cayó al suelo y resonó con un ruido áspero y
metálico. Fue en este momento que el testigo secreto, desde su escondite
secreto, advirtió que el abrigo de Williams estaba forrado de seda de la mejor
calidad. También se dio cuenta de un hecho que al cabo tendría una importancia
más inmediata que otras circunstancias mucho más graves de la acusación: los
zapatos del asesino, al parecer nuevos y, lo que es muy probable, comprados con
el dinero del pobre Marr, chirriaban ruidosamente a cada paso. Tras apoderarse
de los nuevos manojos de llaves, el asesino volvió a desaparecer en el sector
oculto de la sala. El jornalero sintió que por fin se le presentaba la
oportunidad de escapar. En probar todas las llaves y luego registrar los
cajones si acaso las llaves servían, o romper las cerraduras en caso de que no
sirvieran, el asesino perdería unos minutos. Contaba, pues, con un breve
intervalo de libertad en que el ruido de las llaves acallaría tal vez los crujidos
de la escalera mientras él volvía a subir. Su plan estaba decidido. Al llegar a
su dormitorio puso la cama contra la puerta para retrasar un instante al
enemigo a fin de tener aviso de su llegada y, en el peor de los casos, tratar
de salvarse con un salto desesperado. Hecho esto con el mayor silencio, cortó
en tiras anchas las sábanas, mantas y fundas de almohada y las trenzó para
formar varias cuerdas que luego anudó entre sí. Pero desde el primer momento se
había dado cuenta de un grave obstáculo a sus labores. ¿Dónde encontrar una
armella, un gancho, una barra o cualquier otro punto fijo del cual sujetar la
cuerda una vez trenzada? Del antepecho, o sea de la parte inferior de la
ventana al suelo hay veintidós pies, de los que pueden restarse unos diez o
doce que es posible saltar sin peligro: digamos que debe preparar unos doce
pies de cuerda. Por desgracia no hay nada que puede servir de apoyo cerca de la
ventana; lo más cercano, lo único que puede utilizar es una alcayata clavada
(no se sabe por qué razón) en el cielo de la cama. Mas al moverse la cama se ha
movido también la alcayata y la distancia que la separa de la ventana que
siempre fue de cuatro pies ahora es de siete. Hay que añadir siete pies a una
cuerda que hubiera sido suficiente sujeta a la ventana. ¡Valor! Dios, según el
proverbio de todos los pueblos cristianos, ayuda a quienes se ayudan a sí
mismos. Nuestro joven amigo lo reconoce agradecido; ya en esa alcayata
encontrada en un lugar donde siempre fue inútil advierte una señal de la Providencia.
Si sólo trabajara por sí mismo no habría en ello el menor mérito, pero no es
así: está sinceramente inquieto por la pobre criatura a la que conoce y quiere;
comprende que con cada minuto que pasa el desastre se acerca a ella; al pasar
ante su puerta estuvo a punto de sacarla de la cama y llevársela en brazos para
compartir la misma suerte. Pensándolo mejor se dijo que al despertarla
súbitamente, sin tan siquiera susurrarle una explicación, la haría gritar y
esta inevitable indiscreción sería fatal para los dos. Tal como los aludes
alpinos suspendidos sobre la cabeza del viajero se precipitan a veces porque un
simple murmullo rompe la quietud del aire, así también pendía de un murmullo la
crueldad asesina del hombre que estaba escaleras abajo. No: sólo hay una manera
de salvar a la niña y consiste en salvarse antes a sí mismo. Ha comenzado bien,
pues temía que la presión arrancase la alcayata de la madera medio podrida y,
sometida a la prueba de su peso, resiste con firmeza. Sin perder un segundo, ata
tres de las tiras que ha fabricado y que miden once pies. Las trenza
sueltamente de modo que en ello sólo pierde unos tres pies. Ata luego unas
segundas tiras del mismo largo, de modo que pronto ha arrojado por la ventana
unos dieciséis pies; ya puede ocurrir lo peor, siempre podrá deslizarse hasta
donde alcance la cuerda y luego dejarse caer. Todo esto ha llevado unos seis
minutos y aún prosigue incesante, afiebrada, la carrera entre los bajos y los
altos. El asesino trabaja de firme en la sala; el jornalero trabaja duro y
parejo en el dormitorio. Al miserable le va muy bien en la planta baja: ya se
ha embolsado un fajo de billetes y está a punto de apoderarse del segundo. Ha
encontrado también un nido de monedas de oro. Todavía no existían los soberanos,
pero las guineas de la época valían hasta treinta chelines cada una y de ellas
ha descubierto una pequeña cantera. El asesino se siente casi feliz y si aún
queda en la casa alguna persona con vida, como astutamente lo sospecha y piensa
comprobar muy pronto, tendrá mucho gusto en beber con ella una copa de
cualquier licor antes de degollarla. ¿Y en lugar de una copa no podría
obsequiarle a la pobre criatura su propia garganta? ¡Oh, no! ¡De ninguna
manera! Una garganta es algo que no se obsequia; es cosa de negocios: hay que
ocuparse de los negocios. En realidad, considerados como hombres de negocios,
los dos rivales tienen mérito. Trabajan el uno contra el otro como coro y
semicoro, estrofa y antiestrofa. ¡Hala jornalero, hala asesino! ¡Hala panadero,
hala demonio! Del jornalero ya podemos decir que se ha salvado. A sus dieciséis
pies de cuerda, de los cuales siete están neutralizados por la distancia de la
cama a la ventana, ha añadido otros seis y para tocar el suelo sólo le faltan
unos diez más, altura insignificante que un hombre o un niño pueden saltar sin
lastimarse. Ya se encuentra a salvo, que es más de lo que puede decirse del
miserable que está en la sala de recibo. No obstante, el miserable no pierde la
calma y la razón de ello es que, a pesar de toda su astucia, por primera vez en
la vida alguien le ha ganado de mano. El miserable ni siquiera sospecha un
pequeño hecho de cierta importancia que el lector y yo conocemos muy bien, a
saber: que durante tres minutos alguien ha podido verlo y estudiarlo, alguien
que (como si leyera un libro de horror, presa de un pánico mortal) ha tomado
notas muy precisas de todo lo que tenía oportunidad, aunque limitada, de ver y
que sin duda dará cuenta de los zapatos que crujen y del abrigo forrado de seda
en cierto lugar donde estos pequeños detalles aprovecharán muy poco al asesino.
Si bien es verdad que el Sr. Williams ignoraba que el jornalero hubiese
«asistido» a su examen de los bolsillos de la Sra. Williamson y, por lo tanto,
no podía sentir ansiedad alguna en cuanto a las ulteriores actividades de dicho
jornalero, y en especial acerca de su nueva profesión de trenzador de cuerdas,
no es menos cierto que tenía razones suficientes para no demorarse. Y sin
embargo se demoró. Al leer sus acciones a la luz de las mudas huellas que
dejara detrás suyo, la policía comprendió que el asesino había perdido el
tiempo. La razón es digna de señalarse, pues nos permite comprobar que no
buscaba el asesinato tan sólo como un medio de lograr un fin, sino también como
un fin en sí mismo. El Sr. Williams llevaba ahora en la casa unos quince o
veinte minutos y durante ese tiempo había despachado, en estilo que juzgaba
satisfactorio, diversos asuntos. Había hecho, como suele decirse, «un negocio
redondo». En dos de los pisos, el sótano y la planta baja, «dio cuenta» de toda
la población. Aún quedaban por lo menos dos pisos y ahora se le ocurrió al Sr.
Williams que, si bien la acogida algo fría del dueño de la casa no le había
permitido conocer a toda la familia, era muy probable que en uno u otro de esos
pisos hubiese algunas gargantas. En cuanto al botín, ya se lo había embolsado.
Era casi imposible que quedasen sobras, por nimias que fuesen, para otro
recogedor. Pero las gargantas —las gargantas— tal vez de ellas quedase algún
resto, algún fruto que recoger. Así fue cómo, en su lupina sed de sangre, el
señor Williams arriesgó el fruto de sus trabajos de esa noche y la vida por
añadidura. Si en este momento el asesino lo supiera todo —si viera la ventana
abierta en el piso superior, lista para la huida del jornalero, si fuese
testigo de la rapidez de vida o muerte con que éste trabaja, si adivinara el
clamor inmenso que dentro de noventa segundos enloquecerá a los habitantes de
todo el distrito populoso— ningún cuadro de un loco que huye presa del pánico o
se precipita a la venganza bastaría para representar cabalmente la angustia con
que se arrojaría a la puerta de calle para intentar la evasión final. Aún
estaba libre esa vía de escape; todavía en ese momento le quedaba tiempo para
huir y dar comienzo a la siguiente revolución en la novela de su vida
abominable. Llevaba en los bolsillos un botín de más de cien libras, o sea que
disponía de los medios para procurarse un disfraz completo. Si esta misma noche
se afeita el pelo amarillo y se oscurece las cejas, si al llegar la mañana
compra una peluca oscura y ropas que le permitan asumir el aspecto de un grave
profesional, eludirá todas las sospechas de policías impertinentes, podrá
embarcarse en cualquiera de las cien naves que se dirigen a un puerto del
enorme litoral de los Estados Unidos Americanos (que tiene más de 2.400
millas), disfrutará, si quiere, de cincuenta años de descansado arrepentimiento
y hasta podrá morir en olor de santidad. De otra parte, si elige la vida
activa, no es imposible que con su sutileza, valor y falta de escrúpulos, una
vez llegado al país en que un simple procedimiento de nacionalización convierte
al extranjero en hijo de familia, pueda aspirar al sillón presidencial; tal vez
le levanten una estatua después de muerto y escriban su biografía en tres
volúmenes in quarto sin volver una sola vez la mirada hacia el número 29 de
Ratcliffe Highway. Todo depende de los próximos noventa segundos. En ese plazo
habrá que elegir el camino: hay el camino bueno y el camino malo. Si su ángel
lo hace elegir el bueno, le irá muy bien en lo que toca a la prosperidad en
este mundo. Pero dentro de pocos minutos lo veremos elegir el malo y Némesis
caerá sobre él con ruina súbita y perfecta.
Entretanto, si el asesino se permite perder el tiempo, otro es lo que
hace el fabricante de cuerdas en el piso alto. Bien sabe que el destino de la
pobre niña está en el filo de la navaja, pues todo depende de que él consiga
dar la alarma antes de que el asesino llegue junto a su lecho.
En este mismo momento, mientras la desesperada agitación casi le
paraliza los dedos, oye el paso siniestro del asesino que se acerca en la
oscuridad. El jornalero había creído (fundándose en el estrépito con que se
cerró la puerta de calle) que, una vez listo para sus trabajos de la planta
alta, Williams vendría corriendo, con galope largo y jubiloso y rugidos de
tigre; y quizá lo hiciera de seguir sus impulsos naturales. Pero esta forma de
acercarse, del más terrible efecto en caso de sorpresa, era arriesgada
tratándose de gente que a estas alturas ya debía estar en guardia. El joven
había oído pasos en la escalera, mas, ¿en qué peldaño? Creía que en el más bajo
y, siendo tan lento y cauteloso el movimiento, aun esto podía ser decisivo: ¿y
si acaso fuera el décimo, el decimosegundo o el decimocuarto escalón? Quizá
nadie sintió nunca tan pesada carga de responsabilidad como en este momento el
artesano al pensar en la niña dormida. Bastaba que perdiera dos segundos por
torpeza o por los embarazos del pánico y para ella la diferencia sería total,
entre la vida y la muerte. Aún había esperanza, y la naturaleza infernal de la
sombra aciaga que ahora oscurece la mansión de la vida —para usar una expresión
de la astrología— se revela espantosamente al enunciar el fundamento de esta
esperanza. El jornalero estaba seguro de que al asesino no le bastaría matar a
la pobre niña mientras estuviese inconsciente. Esto sería contrario a todos los
fines que perseguía al asesinarla. Para un epicúreo del asesinato como Williams,
que la niña bebiera el cáliz amargo de la muerte sin comprender plenamente lo
triste de la situación era privarse del ápice mismo del placer. Por suerte,
esto lo demoraría: la doble confusión de la criatura —primero al ser despertada
a una hora tan extraña, segundo ante el horror de su situación una vez que se
la explicase— la haría desmayarse o perder la noción de las cosas en un primer
momento y esto llevaría mucho tiempo. En suma, la lógica del caso está fundada
en la crueldad excepcional de Williams. Si le bastaba el simple hecho de matar
a la niña, aparte de la pausada expansión de su angustia, entonces no cabía
ninguna esperanza. Pero como nuestro asesino era minucioso en sus exigencias
—crítico severo de la disposición y el decorado escénicos del asesinato— la
esperanza se justificaba, pues todos estos refinamientos de la preparación
toman tiempo. Williams estaba obligado a ir de prisa en los asesinatos que
cometía por necesidad, pero en un asesinato puramente voluptuoso, enteramente
desinteresado, sin testigos inútiles que suprimir, ni un nuevo botín del cual
apoderarse, ni venganza que exigiera satisfacción, es evidente que todo apuro
no haría sino malograr la obra. En fin, si la niña se salva es por
consideraciones meramente estéticas1.
En este instante las consideraciones de toda índole se interrumpen
bruscamente. Se oye un segundo paso en la escalera, todavía apagado y
cauteloso, y un tercero: al parecer la suerte de la niña está echada. Pero
justamente en este instante han terminado los preparativos. La ventana está
abierta de par en par; la cuerda cuelga en el vacío; el jornalero se ha lanzado
y se encuentra en la primera fase de su descenso. Bajó por el simple peso de su
persona, sujetándose con las manos para frenar la caída. El peligro estaba en
que la cuerda se le deslizase entre las manos con demasiada rapidez y él fuera
a estrellarse al suelo. Por suerte, logró resistir al propio impulso y los
nudos de los empalmes le ofrecieron una sucesión de puntos de apoyo. La cuerda
era cuatro o cinco pies más corta de lo que calculara y quedó suspendido en el
aire a diez u once pies de altura, enmudecido por la mucha agitación y temiendo
quebrarse las piernas si se dejaba caer al duro pavimento. La noche no era tan
oscura como la del asesinato de los Marr y, no obstante, para los fines de la
policía criminal, resultaba peor que la noche más negra en que se ocultó un
asesinato o se burló una persecución. Londres estaba cubierto de oriente a
occidente por un espeso palio (venido del río) de niebla universal. Durante
veinte o treinta segundos el joven estuvo colgando en el aire sin que lo viera
nadie, hasta que su blanca camisa de dormir atrajo la atención. Tres o cuatro
personas corrieron a él y lo recibieron en brazos, anticipando ya una noticia
terrible. ¿De qué casa venía? Ni siquiera esto estaba en claro, pero señaló con
el dedo la puerta de Williamson y dijo, con un susurro medio ahogado: «¡El
asesino de Marr, en la casa...!»
Todo se explicó en el acto: el idioma silencioso de los hechos cumplió
su revelación elocuente. El misterioso exterminador del número 29 de Ratcliffe
Highway ha visitado otra casa y sólo una persona —¡aquí está!— vestida de
camisa de dormir ha escapado por los aires a contarlo. Un impulso supersticioso
detenía la persecución de este criminal incomprensible; moralmente, y en
defensa de la justicia vindicativa, todo la promovía, la sostenía, la alentaba.
Sí, el asesino de Marr —el hombre de misterio— había atacado otra vez;
quizá en este momento apagaba una lámpara de vida y no en un lugar muy remoto,
sino aquí mismo, en la casa que tocaban con sus manos quienes escuchaban la
tremenda noticia. Según los muchos artículos aparecidos en los periódicos
durante los próximos días, estalló entonces un caos, un ciego clamor que no
tiene precedentes o bien los tiene en una sola ocasión, los acontecimientos que
siguieron a la absolución de los siete obispos de Westminster en 1688. En el
presente caso lo que se manifestaba era algo más que un entusiasmo apasionado.
El movimiento frenético en que se mezclaban el horror y la exaltación —la
ululación de venganza que en un instante se elevó de esa calle y, por una
especie de contagio sublime, de todas las calles adyacentes— sólo puede
describirse con el arrebatado pasaje de Shelley:
El transporte de una alegría feroz, monstruosa,
Se difundió por las calles multitudinarias, volando
En las alas veloces del miedo: de su torpe locura
Despertó el hambriento y expiró feliz: los moribundos
Que agonizaban confundidos entre los cadáveres
Oyeron la buena nueva y con esperanza
Cerraron los ojos desmayados: de casa en casa
El clamor de los vivos estremeció la bóveda del cielo
Y se llenó de ecos la tierra sorprendida
Algo hubo, en verdad, de inexplicable en la instantánea interpretación
que dio su verdadero significado al grito multitudinario. De hecho, el rugido
mortal de venganza y su sublime unidad sólo podía apuntar en este barrio al
demonio cuya idea había atormentado y tiranizado durante doce días el corazón
general; cada puerta, cada ventana se abrió de golpe como obedeciendo a una
orden y, sin perder tiempo en las vías usuales de salida, las multitudes
saltaron a la calle por las ventanas más bajas; los enfermos se levantaron de
la cama; en un caso, confirmando la imagen de Shelley (versos 4, 5, 6 y 7), un
hombre cuya muerte se esperaba desde hacía tiempo y que, en efecto, murió al
día siguiente, se armó de una espada y se lanzó en camisa a la calle. Era una
oportunidad magnífica, la turba tenía conciencia de ello, para atrapar al perro
rabioso en pleno mediodía y carnaval de sus festejos sangrientos, en el centro
mismo de su carnicería. Durante un momento la muchedumbre quedó desconcertada
ante su propio número y su propia furia. Aun esa furia sintió la necesidad de
dominarse. Estaba claro que sería preciso derribar la maciza puerta de entrada,
puesto que dentro no quedaba nadie con vida que pudiese ayudarlos, como no
fuera una niña. En un minuto se aplicaron hábilmente unas palancas, la puerta
saltó de sus goznes y la multitud entró como un torrente. Cabe imaginar la ira
y el enojo de su furia destructora cuando uno de los notables del barrio ordenó
con un gesto detenerse y guardar absoluto silencio. Todos callaron, esperando
que dijera algo importante. «Escuchemos» —dijo el personaje— «y sabremos si
está en los altos o en los bajos». En ese momento se oyó, en el dormitorio del
piso superior, el ruido de alguien que forzaba una ventana. Sí, no cabía duda
que era el asesino: había caído en la trampa. No conocía la casa de los
Williamson y todo indicaba que de pronto se había encontrado prisionero en un
dormitorio de los altos. La multitud se precipitó impetuosamente. La puerta de
la habitación estaba cerrada y, mientras la abrían, el gran ruido que hicieron
al caer el marco y los vidrios de la ventana anunció que el miserable se les
escapaba. Había saltado a la calle y varios perseguidores, que ardían con la
cólera de todos, saltaron tras él. No pensaron en la naturaleza del terreno, y
una vez que lo examinaron a la luz de las antorchas, dijeron que era una
pendiente, un terraplén de arcilla muy húmeda y pegajosa. Las huellas del
hombre se habían hundido profundamente en el suelo y fue fácil seguirlas hasta
lo alto de la pendiente, pero aquí se dieron cuenta que lo espeso de la niebla
hacía inútil toda persecución. No era posible identificar a un hombre a dos
pies de distancia; si se alcanzaba a alguien no se podía asegurar que fuese la
misma persona que antes se perdiera de vista. En el transcurso de todo un siglo
no habrá otra noche tan propicia para un criminal que huye: ahora le sobraban a
Williams los medios de disfrazarse, y en los alrededores del río había
innumerables guaridas que lo protegerían de toda curiosidad indiscreta. Pero
hacer favores a gente temeraria e ingrata es malgastarlos. Esa noche, en la
encrucijada de su futura carrera, Williams equivocó el camino y, por mera
indolencia, se encaminó a su antiguo alojamiento: el lugar de toda Inglaterra
qué más razones tenía de evitar. Entretanto la multitud había registrado a
fondo la casa de Williamson. Lo primero fue buscar a la nieta. Es evidente que
Williams entró a su dormitorio y, al parecer, allí lo sorprendió el repentino
alboroto de la calle que le obligó a pensar tan sólo en las ventanas, única
retirada que aún tenía abierta. Si logró huir fue gracias a la niebla, a la
prisa del momento y a la dificultad de llegar a la casa por la parte de atrás.
La niña, como es natural, se agitó mucho al ver a tantos extraños y a esa hora
pero, gracias a las precauciones de unos bondadosos vecinos, se le ocultó lo
que había sucedido mientras dormía. A su pobre abuelo sólo lo encontraron al
bajar al sótano, donde estaba tendido en el suelo; el asesino lo había arrojado
desde lo alto de la escalera con tal violencia que le quebró una pierna: se
hallaba del todo indefenso cuando Williams se llegó a él y lo degolló. Algunos
periódicos discutieron mucho la posibilidad de explicar todas estas
circunstancias, suponiendo que hubiesen sido obra de una sola persona. No
obstante, parece fuera de toda duda que sólo hubo un asesino. En casa de Marr
sólo se vio o escuchó a un hombre; en la sala de la señora Williamson el joven
artesano sólo vio a uno, sin duda el mismo, y sólo uno dejó marcadas sus
huellas en el terraplén. Lo más probable es que procediese de la siguiente
manera: entró en casa de Williamson pidiendo una cerveza. El anciano tuvo que
bajar a buscarla al sótano; Williams dejó pasar un instante, cerró de un
portazo y echó la llave como hemos dicho. Williamson subió alarmado al oír el
ruido. En lo alto de la escalera lo aguardaba el asesino, quien lo arrojó al
sótano y bajó tras él para consumar el asesinato en su forma acostumbrada. Todo
esto llevó un minuto o un minuto y medio, lo cual explica el intervalo entre el
ruido alarmante en la puerta de la calle que escuchara el jornalero y el grito
lamentable de la sirvienta. También se advierte la razón por la cual no se oyó
grito alguno de labios de la señora Williamson, y es la posición que ocupaban
las partes, tal como se ha descrito. Al entrar el asesino, la señora Williamson
le daba la espalda y, por lo tanto, no pudo verlo ni —a causa de su sordera—
escucharlo, y el asesino le infligió la abolición total del conocimiento antes
de que advirtiese su presencia. En cambio no logró tan plena ventaja sobre la
criada, testigo inevitable del ataque contra su señora, quien tuvo tiempo a
lanzar una exclamación angustiosa.
Ya se ha dicho que durante quince días ni siquiera se sospechaba quién
pudiese ser el asesino de los Marr, o sea que, antes del asesinato de
Williamson, ni el público en general ni la policía tenían el menor indicio
sobre el cual fundar una sospecha. Sin embargo, había dos excepciones muy
limitadas a esta condición de absoluta ignorancia. Los magistrados guardaban en
su poder un objeto que, examinado de cerca, ofrecía quizás el medio de dar con
el criminal. Pero hasta ahora no se había dado con él. Sólo la mañana del
viernes que siguió a la muerte de los Marr anunciaron las autoridades que se
había encontrado un mazo de carpintero de ribera (que sirvió al asesino para
aturdir y dejar sin defensa a sus víctimas) con las iniciales «J. P.». Por un
extraño descuido, el asesino lo dejó olvidado en la tienda de Marr, y es
curioso señalar que, en caso de darle alcance el valiente prestamista, el
miserable habría estado virtualmente desarmado. La notificación pública se hizo
oficialmente el viernes, trece días después del primer asesinato, y tuvo de
inmediato (como se verá) un resultado importantísimo. Entretanto, en el secreto
de un solo dormitorio de Londres, Williams había sido desde un comienzo —desde
la hora en que ocurrió la tragedia de los Marr— objeto de profundas sospechas
repetidas en voz baja. Lo singular del caso es que las sospechas se debían
enteramente a su propia locura. Williams se alojaba en una posada, donde vivían
muchas personas de diversas naciones. En un gran dormitorio había cinco o seis
camas ocupadas por artesanos, casi todos gentes respetables. Entre ellos se
contaban uno o dos ingleses, uno o dos escoceses, tres o cuatro alemanes y
Williams, cuyo lugar de origen no se conoce con certeza. La aciaga noche del
sábado, a eso de la una y media de la mañana, Williams regresó de sus atroces
labores y encontró a los ingleses y escoceses durmiendo, pero a los alemanes
despiertos: uno de ellos estaba sentado con una vela encendida en la mano y
leía en voz alta para los otros dos. A esto Williams gritó, con tono apremiante
y colérico: «Apaguen esa luz; apáguenla ahora mismo o arderemos todos en la
cama.» De estar despiertos los ingleses, el arrogante mandato habría provocado
un motín. Los alemanes, en cambio, que suelen ser de temperamento dulce y fácil,
le dieron gusto y apagaron la luz. Les pareció sin embargo que, puesto que no
tenían cortinas, en realidad no había peligro alguno, ya que la ropa de cama
bien tirada no arde, como no arden las páginas de un libro cerrado. Concluyeron
pues, para sí, que el Sr. Williams debía tener algún motivo urgente para
sustraer su persona y sus ropas de la observación ajena. Cuál pudiera ser este
motivo quedó atrozmente claro al día siguiente con las noticias que se
difundieron en todo Londres y llegaron, naturalmente, a esta casa, situada a
menos de cuatro cuadras de la tienda de Marr. Como puede suponerse, los
alemanes informaron de sus sospechas a los compañeros de dormitorio. Sin
embargo, todos tenían presente lo peligroso que, con arreglo a las leyes
inglesas, es hacer esta clase de insinuaciones, aunque sean ciertas, cuando no
se dispone de pruebas. Más aún, si Williams hubiese tomado las más elementales
precauciones, si tan sólo hubiese llegado hasta el Támesis (a tiro de piedra de
donde vivía) para arrojar dos de sus instrumentos al río, no fuera posible
aducir en contra suya ninguna prueba concluyente. De esta manera habría logrado
llevar a la práctica el proyecto de Courvoisier (el asesino de Lord William
Russell), o sea procurarse el salario de cada mes con un nuevo asesinato bien
concertado. Mientras tanto, los compañeros de dormitorio se sentían seguros,
pero esperaban contar con pruebas que convenciesen a los demás. Por ello,
apenas se hizo el anuncio oficial acerca de las letras J. P. en el mazo, los
inquilinos reconocieron las iniciales de un honrado carpintero de ribera
noruego, John Petersen, que había trabajado en los astilleros ingleses hasta
ese mismo año y que, al tener oportunidad de visitar su tierra natal, dejó su
caja de herramientas en el desván de la posada. Al registrar el desván se
encontró la caja de herramientas de Petersen, pero no el mazo, y una nueva
búsqueda permitió hacer otro descubrimiento alarmante. El cirujano que examinó
los cadáveres en casa de Williamson era de la opinión que no habían sido
degollados con una navaja, sino con un instrumento de forma distinta. Ahora los
de la posada recordaron que poco antes Williams había pedido prestado un gran
cuchillo francés de factura muy particular; en un montón de leños y trapos no
tardaron en encontrar un chaleco que —podía jurarlo toda la casa— Williams
había usado recientemente y en el chaleco, pegado con sangre al forro del
bolsillo, el cuchillo francés. También era notorio para todos que últimamente
Williams usaba unos zapatos que crujían y un abrigo forrado de seda. No hacían
falta más presunciones. Williams fue detenido de inmediato y brevemente
interrogado. Esto sucedió el viernes. La mañana del sábado (catorce días
después del asesinato de los Marr) compareció ante el juez. Las pruebas indirectas
eran abrumadoras. Williams observó el procedimiento, pero dijo muy poco. Al
cabo se le asignó para ser juzgado en el próximo ejercicio judicial; no es
preciso agregar que, camino de la prisión, lo asaltaron multitudes tan
enardecidas que, en circunstancias normales, habría tenido pocas esperanzas de
escapar a la más sumaria de las venganzas. Pero se le había provisto de una
fuerte escolta y quedó alojado en la seguridad de la cárcel. En ella se tenía
entonces por norma que a las cinco de la tarde se encerraba a todos los
prisioneros de la sección criminal para pasar la noche y no se les
proporcionaba velas. Durante catorce horas (o sea, hasta las siete de la mañana
siguiente) quedaban sin visitas y en la más completa oscuridad. Williams tuvo,
pues, tiempo suficiente para suicidarse, aunque dispusiera de medios muy
escasos. Había en la celda una barra de hierro que (si mal no recuerdo) servía
para colgar la lámpara: se ahorcó en ella, valiéndose de sus tirantes. La hora
no es segura, algunos creen que a medianoche. Precisamente a la misma hora,
catorce días antes, había sembrado el terror y la desolación en la tranquila
familia del Sr. Marr y ahora tuvo que apurar el mismo cáliz, que presentaron a
sus labios las mismas manos malditas.
El caso de los M'Kean, al que he aludido de modo especial, merece
también un breve relato a causa del horror pintoresco que encierran dos o tres
de sus circunstancias. La escena del asesinato fue una posada campestre, a unas
pocas millas (según creo) de Manchester, que por su ventajosa situación dio
origen a las dobles tentaciones del caso. En general se supone que una posada
está rodeada de vecinos y que para ellos ha sido abierta, pero ésta era una
casa solitaria, de manera que no sería de temer una interrupción de nadie que
viviese al alcance de los gritos. Por otra parte, el barrio circunvecino era
muy populoso y una asociación de beneficencia, que celebraba sus reuniones
semanales en el establecimiento, guardaba su dinero bajo la custodia del dueño
en el salón que le estaba destinado. En ocasiones, el fondo alcanzaba sumas
considerables, cincuenta o setenta libras, antes de pasar a manos de un
banquero. Existía, pues, un tesoro, por el cual valía la pena correr un pequeño
riesgo, y en una situación inmejorable. El azar quiso que los M'Kean se
enterasen con todo detalle de estas interesantes circunstancias y, por
desgracia, en un momento de extrema necesidad para ambos. Eran buhoneros de
profesión y hasta poco tiempo antes habían sido personas honradas, pero una
quiebra mercantil los llevó a la ruina más completa y en ella perdieron hasta
el último chelín de su capital. Tan súbito desastre los desesperó: sus escasos
bienes habían desaparecido en una gran catástrofe social y juzgaron que la
sociedad en general era responsable del robo. Al atacar a la sociedad creían
ejercer una salvaje justicia natural de represalia. Cierto es que el tesoro del
que pensaban apoderarse consistía en fondos públicos, ya que era resultado de
muchas suscripciones distintas. Olvidaban, sin embargo, que no podían alegar
este imaginario precedente social para los actos criminales que sin ninguna
duda habían tramado como preliminares del robo. Para enfrentarse a una familia
que parecía casi indefensa contaban, si todo iba bien, con la propia fuerza
física. Eran hombres jóvenes y vigorosos, de veintiocho y treinta y dos años;
algo bajos de estatura, pero robustos, anchos de pecho y espaldas, tan bien
formados por la simetría de sus miembros y articulaciones que después de la
ejecución los médicos del Hospital de Manchester expusieron en privado sus
cadáveres como objetos de interés para la estatuaria. En la casa que se
proponían asaltar vivían cuatro personas: 1, el dueño, un agricultor más bien
fornido, a quien pensaban quitar de en medio con una treta que recién
comenzaban a aplicar los ladrones, dándole a beber un licor que antes drogarían
subrepticiamente con láudano; 2, la mujer del dueño; 3, una joven criada; 4, un
niño de doce o catorce años. El peligro era que las cuatro personas se
encontrasen en lugares distintos de la casa —que tenía dos salidas— y una
lograra escapar, pues conociendo mejor que ellos los senderos vecinos podría
dar la alarma en las casas más próximas, a unas dos cuadras de distancia. Por
último, decidieron dejarse guiar por las circunstancias en cuanto a la manera
de poner en ejecución el plan, si bien, en vista de que para tener éxito sería
indispensable dar la impresión de que no se conocían, se pusieron de acuerdo en
torno a un esbozo general de lo que sucedería, ya que más adelante no podrían
comunicarse ante la familia sin despertar las más violentas sospechas. El
esbozo quedó decidido y comprendía, por lo menos, un asesinato; por lo demás,
sus acciones demostraron que querían lograr su propósito derramando tan poca
sangre como les fuera posible. El día señalado se presentaron en la posada por
separado y a distintas horas. Uno llegó cuando sólo eran las cuatro de la
tarde, el otro a las siete y media. Se saludaron desde lejos con timidez y
aunque cambiaron unas palabras, como entre gente que no se conoce, dieron la
impresión que no deseaban tener relaciones más estrechas. En cambio, cuando el
dueño volvió de Manchester, a eso de las ocho, uno de los hermanos se puso a
conversar con él animadamente y lo invitó a tomar un vaso de ponche; luego,
aprovechando que dejó la sala durante unos minutos, vertió en la bebida una
cucharada de láudano. Un rato más tarde el reloj dio las diez, a lo cual el
mayor de los M'Kean, afirmando estar cansado, pidió que lo condujesen a su
dormitorio —pues los hermanos habían tomado habitación al llegar— y la pobre
criada vino a alumbrarle con un candil el camino a los altos. En este momento
crítico la familia estaba repartida de la manera siguiente: el dueño,
adormecido por el fuerte narcótico, se había retirado a una habitación privada
junto al salón público, con intención de tenderse un instante en el sofá y, por
suerte, para su propia seguridad, los hermanos lo creían incapaz de todo
movimiento. La dueña estaba atendiendo a su marido. En consecuencia, el más
joven de los M'Kean quedó solo en el salón público y, poniéndose de pie
sigilosamente, fue hasta la escalera que su hermano acababa de subir, para
estar seguro de interceptar a cualquiera que escapase del piso superior. El
mayor de los M'Kean entraba en ese momento al dormitorio guiado por la
sirvienta, quien señaló las dos camas, una de ellas ya ocupada a medias por el
muchacho de la posada, la otra vacía; los dos forasteros, dijo, tendrían que
arreglarse para pasar la noche en ellas como mejor les conviniese. Diciendo
esto le entregó el candil, que él puso al instante sobre la mesa para luego,
cortándole la retirada, echarle los brazos al cuello como si quisiera darle un
beso. Esto es lo que tenía previsto la muchacha, quien trató de zafarse. Cabe
imaginar su horror al darse cuenta que la pérfida mano que la cogía del cuello
estaba armada de una navaja y empezaba a degollarla: apenas si consiguió lanzar
un grito antes de caer. El niño, que si bien no dormía tuvo la presencia de ánimo
de cerrar los ojos, fue testigo de la terrible escena. El asesino fue
apresuradamente hasta la cama y examinó con ansiedad la expresión del muchacho:
al parecer no salió de dudas, pues acto seguido le puso la mano sobre el
corazón para comprobar si estaba o no agitado. La prueba fue atroz, y
seguramente se hallaba a punto de descubrir el engaño cuando lo distrajo un
horrible espectáculo. Solemne, en medio de un silencio fantasmal, la pobre
joven asesinada se erguía en su delirio de muerte, y ya de pie avanzó sin
titubear durante un momento en dirección a la puerta. El asesino se dio vuelta
para detenerla y en ese momento el muchacho, comprendiendo que ésta sería su
única oportunidad de huir, saltó fuera de la cama. Uno de los asesinos se
encontraba en el rellano, el otro abajo, al pie de la escalera: ¿quién creería
que el joven tenía ni siquiera la sombra de una posibilidad de escapar? Y no
obstante superó del modo más natural todos los obstáculos. Poseído por su
horror infantil, apoyó la mano izquierda en la balaustrada y dio un gran salto
que lo llevó a la planta baja sin haber tocado un solo peldaño de la escalera.
Esquivó así a uno de los asesinos; cierto es que aún debía librarse del otro, y
esto hubiera sido imposible de no sobrevenir entonces un accidente inesperado.
La señora, al oír el grito desmayado de la criada, acudió en su ayuda y al pie
de la escalera la detuvo el más joven de los hermanos, que en ese momento
forcejeaba con ella. La confusión de esta lucha de vida o muerte permitió que
el muchacho escapase. Por fortuna entró a la cocina en que la puerta de
servicio estaba cerrada con un solo pestillo, que descorrió fácilmente, para
luego echarse a correr a campo traviesa. Ya el hermano mayor estaba libre para
iniciar la persecución, pues la pobre muchacha había muerto. No hay duda que en
su delirio la imagen que ocupó su pensamiento fue la asociación que se reunía
una vez por semana. Debió imaginarse que era uno de esos días y avanzó
tambaleándose hasta la sala de reuniones en busca de protección y ayuda, aunque
en el umbral se desplomó otra vez y murió en el acto. Su asesino, que la había
seguido de cerca, podía correr ahora tras el niño. Todo se hallaba en juego en
este momento crítico: si no lo atrapaba, la empresa había fracasado. Sin detenerse
junto a su hermano y la dueña se precipitó al campo por la puerta de la cocina.
Era demasiado tarde, tal vez por un solo segundo. Bien sabía el muchacho que si
se mantenía a la vista no podría escapar de un hombre tan joven y fuerte, por
lo que corrió a una zanja para arrojarse a ella de cabeza. Si el asesino
hubiese llegado a la zanja más próxima le hubiera sido muy fácil descubrir al
chico, a quien su camisa blanca delataba. Pero se sentía desanimado por no
haberle dado alcance inmediatamente y con cada segundo crecía su desaliento.
Bastaba que el muchacho llegase a las granjas vecinas y no pasarían cinco
minutos sin que se formase una partida; quizá ya ahora les sería difícil a él y
a su hermano impedir que los detuvieran. No quedaba otra cosa que llamar a su
hermano para escapar juntos. Fue así como la dueña de casa, aunque malherida,
salvó la vida y al cabo logró reponerse, mientras el posadero salía ileso
gracias a la poción estupefaciente que había bebido. En fin, los asesinos
burlados tuvieron el dolor de saber que su horrendo crimen no les dejó
beneficio alguno. Ciertamente, el camino que llevaba a la sala de la asociación
estaba libre y en cuarenta segundos se hubieran alzado con la caja del tesoro,
que luego podrían romper y saquear a su gusto, pero el miedo de encontrarse con
sus enemigos fue demasiado fuerte y, sin perder más tiempo, huyeron por la
carretera, pasando sin darse cuenta a unos seis pies de donde se escondía el
muchacho. Al llegar el día durmieron en un bosquecillo, a veinte millas del
teatro de su culpable atentado. La segunda y la tercera noches continuaron su
marcha, descansando otra vez durante el día. Al levantarse el sol la cuarta
mañana, entraban en una aldea cercana a Kirby Lonsdale, en Westmorland. Deben
haberse apartado a propósito de la ruta más directa pues iban a Ayrshire, su
condado natal, y el camino usual los hubiese llevado por Shap, Penrith y
Carlisle. Es probable que tratasen de eludir la persecución de las diligencias,
que durante las últimas treinta horas habían repartido en todas las posadas y
mesones de la carretera unas hojas en las que se describían sus personas y
manera de vestir. Esa cuarta mañana se habían separado (quizá con toda
intención) y entraron a la aldea con un intervalo de diez minutos. Se sentían agotados
y doloridos, y en tal condición fácil fue detenerlos. Un herrero que los
reconoció sin decir palabra comparó su aspecto con la descripción hecha en las
hojas. Se les arrestó separadamente. El proceso se celebró poco después en
Lancaster y se dictó sentencia; tal como se usaba entonces fueron, por
supuesto, ejecutados. Su caso se hallaba dentro de límites que ahora se
considerarían como circunstancias atenuantes, pues si bien el cometer un
asesinato más o menos no bastó para disuadirlos de su propósito, es evidente
que deseaban evitar en lo posible el derramamiento de sangre. Por ello la
distancia que los separa de Williams el monstruo es inconmensurable.
Los hermanos M'Kean perecieron en la horca. Williams, como hemos dicho,
se suicidó y, obedeciendo a una ley entonces vigente, fue enterrado en el
centro de un quadrivium o confluencia de cuatro caminos (en este caso cuatro
calles) con una estaca atravesándole el corazón. Sobre él pasa por siempre el
estrépito de la incesante agitación de Londres.
***

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