© Libro N° 13933. Fourier. Ponce, Aníbal.
Emancipación. Junio 14 de 2025
Título Original: © Fourier. Aníbal Ponce
Versión Original: © Fourier. Aníbal Ponce
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
Librodot.com
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un
medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los
contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la
circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría
corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son
estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los
autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
https://i.pinimg.com/736x/6e/f5/24/6ef524c3671bed5e0dcb02c3c5eb1b1c.jpg
Portada E.O. de Imagen:
https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjO1iy2noSVhwLieyjQA27dTKnAHmEz04Q6rxFukarDQdC0hdAT4QdL7l_69L37wexM0hgK-y9WGs6JTd02Nc4Gv10ew7FJeyB1xrNx6UKy7Wej-7xP_qUbUoQ-WkC4YqRLerzlkSbnsWYd/s1600/f-m-charles-fourier-granger.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Aníbal
Ponce
Fourier
Aníbal Ponce
Era un viejecillo, movedizo y
frágil, con una hermosa corona de cabellos blancos. La frente abovedada
recordaba a Sócrates; en los ojos azules, maliciosos o ausentes según las
ocasiones, se encendían por momentos la chispa del humorista o la llamarada del
profeta.
Minucioso hasta la manía,
correcto hasta el escrúpulo, descendía a la misma hora, todas las mañanas, de
su modesto granero en la calle de Saint Pierre Montmartre: sin una arruga la
levita azul, sin una mancha la corbata blanca. Con la alegría de un niño que
concurre a una parada, marchaba luego con paso vivo hasta las Tullerías y una
vez allí, entre el montón de los curiosos, aguardaba emocionado el relevo de
las tropas, feliz de tantos tambores y clarines. Con el último redoble,
retomaba el camino de su café favorito en el Palais Royal, rebosante de fuerza
su corazón de buen francés de 1830, para quien sólo existían en el mundo dos
enemigos de temer: Inglaterra y los judíos.
Sobre la mesa del café, la misma
mesa desde hacía muchos años, desplegaba en seguida una carta geográfica de
Europa que en gran parte tenía recorrida
en su juventud andariega , y una vez que había soñado un largo rato,
franqueando a sus anchas las fronteras y los ríos, comenzaba a leer uno por uno
los periódicos que estaban a su alcance.
Cuando muchacho había pasado, no
sin brillo, por las humanidades, y algunos versos de Horacio y de Virgilio
irrumpiendo en su memoria, le sorprendían a veces con un rumor de alas. Pero de
los estudios remotos sólo había retenido, entre un puñado de recuerdos
aislados, una agresiva antipatía por las aulas y los libros. En los cuarenta
años que siguieron a su bachillerato, su única lectura la constituían los
periódicos. A los grandes escritores de la época los conocía por extractos,
referencias o resúmenes; y si por descuido le caía alguno entre las manos,
precipitaba la lectura salteando al azar capítulos y párrafos. Las gacetas, en
cambio, le daban regocijo, y como sabía descubrir el oculto sentido de las
noticias y los sucesos, satisfacía de ese modo, en lo posible, su curiosidad de
antiguo trotamundos condenado ahora a la quietud.
Entre el mapa y los periódicos se
le iba la mañana. Pero tan pronto se acercaba el mediodía abandonaba
bruscamente las gacetas y emprendía nervioso el camino de su casa, hablando en
alta voz, gesticulante y absorto. Casi de un salto trepaba hasta su habitación
en el tejado: fría habitación de solterón envejecido, sin otra alegría que las
macetas de flores, sin otra amistad que la de sus gatos discretos. Frente al
espejo ponía en orden su cabellera crespa, cepillaba un poco su levita, daba un
toque final a su corbata y se sentaba después a esperar la gran visita.
Cada paso en la escalera le hacía
saltar el corazón; cada golpe en la puerta le anudaba la garganta. Cinco años
hacía que esperaba esa visita; cinco años más la continuó esperando en vano,
hasta que un día del mes de octubre de 1837
hace hoy exactamente un siglo la
conserje de la casa, sorprendida de no haberle visto pasar esa mañana, le
encontró muerto junto a su lecho, manchada por vez primera la corbata blanca,
arrugada por vez primera la levita azul.
Este hombre extraordinario ignorante y megalómano genial y medio
loco arrastró, como pocos, a lo largo de
sus muchos años, la tragedia tremenda de las vidas dobles. Educado en un
ambiente de comerciantes y especuladores que le repugnaba hasta las náuseas,
había descubierto a los seis años son
palabras suyas , "el contraste que existe entre el comercio y la
verdad". Asqueado, a esa edad, de las mentiras que sorprendía en el
negocio de sus padres, con todas precauciones se esforzaba en denunciarlas a la
propia clientela que llegaba hasta la tienda.
Pero un mal día, uno de los
favorecidos por su misma franqueza cometió la indiscreción de ponerlo en
descubierto, y ese día, claro está, el chiquillo descubrió la más histórica
paliza de su infancia. La humillación de aquel castigo, tan escandalosamente
injusto desde el punto de vista de su moral precoz, le inspiró desde entonces
no sólo el odio del comercio, sino el deseo desesperado de evadirse, tan pronto
fuera grande, de ese mundo del tráfico y del fraude.
Dos veces lo intentó en la
adolescencia: a los diecisiete años, en Lyon, a la puerta misma del banquro que
debía comunicarle los secretos del oficio; a los diecinueve años, en Ruan, de
casa de un negociante a donde la madre lo había consignado. Para su desdicha,
inútiles fueron las dos deserciones: una fuerza más poderosa que su voluntad se
oponía y doblegaba su rencor y su desprecio. Hijo de negociantes, nieto de
especuladores, el muchacho sentía en torno suyo la tenaz opresión de la
familia. Y la tercera vez que la madre lo condujo hasta la casa de un banquero,
se le apagaron las rebeldías. Comerciantes habían sido todos los Fourier de
Besançon; comerciante sería también este último llegado. Y a partir de ese
instante, hasta muy pocos años antes de su muerte, Charles Fourier vivió, odió
y soñó entre comerciantes.
Las mentiras que a los seis años
descubrió en el negocio de sus padres, las vio después centuplicadas abarcando
con su malla a todo el mundo. La época de la Revolución y, aún más, la del
Directorio, trajo una fiebre de especulación como nunca se había visto. Pero
fue bajo el Imperio, con motivo del bloqueo continental que Napoleón impuso,
cuando las cosas llegaron a su colmo. Las condiciones lo recuerdan ustedes no podían ser más duras; el comercio con
Inglaterra quedó prohibido; las mercaderías inglesas, confiscadas. Para suplir
la ausencia de materias primas, la joven industria de Francia recurrió a los
sucedáneos más inverosímiles: la soda artificial, el vinagre de madera, el
azúcar de remolacha, el café de achicoria, nacieron por entonces. Y al mismo
tiempo, como hermanos gemelos, el mercader y el agiotista se apoderaban y
destruían los aprovisionamientos existentes para duplicar o triplicar el precio
de los productos. La Compañía Oriental de Amsterdam la historia parece de hoy quemó públicamente depósitos enteros de
canela.
Amante del buen vino y de la
buena mesa, el ahora "viajante de comercio", monsieur Charles
Fourier, sufría en sus gustos de gourmet con tantas falsificaciones, como el
moralista que llevaba escondido se indignaba con los acaparadores y agiotistas.
Y es de imaginar lo que sería para el empleado estricto e impasible que había
resuelto ser, no sólo contemplar, sino presidir, por cuenta de otros, algunas
de esas maniobras que le encolerizban. Con qué sordo rencor ha narrado una vez
la "infame operación" que le tocó dirigir en el puerto de Marsella, y
con qué temblor de humillación y de vergüenza debió escribir esta línea tan
trágica en su mismo fatalismo resignado: "¡yo he hecho un día arrojar al
mar veinte mil quintales de arroz".
Con la valija del "agente
viajero" que corre media Europa ofreciendo telas "excelentes casimires y castores",
de "calidad Segovia" para las gentes de pro, de "calidad
Berry" para la gente común o desde
el escritorio de la casa americana
Curtis and Lamb de Nueva York, rue du Mail núm. 29 en donde por 1.500 francos al año atendía la
correspondencia, Fourier llegó a conocer como muy pocos los más secretos
entretelones del comercio, las más turbias especulaciones de la bolsa, la más
sabia estrategia de la piratería y de la bancarrota. Perspicaz en la
observación y certero en el descubrimiento de los rasgos grotescos, aquel
viajante irreprochable y este cajero ejemplar fueron amontonando, a través de
una experiencia directamente vivida, los materiales copiosísimos que elaborados
en seguida por su ingenio harían más tarde de Fourier el más lúcido retratista
de la burguesía mercantil y uno de los más grandes escritores satíricos de la
literatura universal.
Con la misma letra caligráfica
que ponía en sus libros de empleado de comercio
rasgos pequeños y elegantes, no menos pulcros y cuidados que su corbata
y su levita , este enemigo del fraude y del abuso se sentaba a escribir todos
los días, y tan pronto se libertaba de su empleo, la increíble montaña de
cuadernos que hasta hov sólo en parte conocemos. Extraordinariamente preciso en
los detalles, pero confuso en el desarrollo y en el plan, Fourier nos ha dejado
en una prosa salpicada de expresiones originales, a menudo sibilinas, y a
través de la más endiablada sucesión de preámbulos, transámbulos, postámbulos,
secciones, episecciones, preludios y postludios, la crítica más penetrante de
la burguesía de su tiempo y la más rica galería de caracteres y de tipos.
Frente a una clase social que algunos años atrás agitó como bandera "los
derechos del hombre", Fourier ponía al descubierto la infinita miseria
material y moral que las grandes palabras encubrían. Rouget de l'Isle, el
músico que dio a la Revolución su gran canto de guerra, ¿no era el mismo Rouget
de l'Isle que varias décadas después compuso el Canto de los industriales?. La
revolución que se había iniciado con un llamado clamoroso a los "hijos de
la patria", había terminado en beneficio exclusivo de los "hijos de
la industria"... ¿Lo negaban acaso los mismos burgueses triunfadores cada
vez que las circunstancias exigían una declaracián terminante? En 1821, con
motivo de una ley que restringía la importación de trigo y amenazaba, por lo
tanto, con aumentar el precio del pan, un diputado declaró que "la
carestía del pan era un bien para los obreros, porque los obligaba a trabajar
con más ardor para vivir".
Esa contradicción injuriosa entre
la forma y la intención; esa simulación de altruísmo y simpatía en el mismo
momento en que se tramaba un novísimo atentado contra las masas sufridas, es lo
que inspiraba a Fourier sus páginas mejores de una ironía acerba. La historia
de la humanidad se divide para él en cuatro fases: el salvajismo, la barbarie,
el patriarcado y la civilización. En las cuatro descubre, en vez del
"progreso indefinido" grato a
los ideólogos de la burguesía , un
proceso ascendente y un proceso descendente ligado al contraste de las fuerzas
opuestas: proceso universal de afirmaciones y de negaciones en que se descubre
un eco de Hegel y un presentimiento de Marx. "Toda sociedad asegura
lleva en sí la facultad de engendrar la que vendrá, y llega a la crisis
del alumbramiento cuando ha alcanzado la plenitud de sus caracteres
esenciales". En la última fase de la historia humana, la "civilización" que corresponde a la sociedad burguesa ,
Fourier hace anotar que el mundo se agita entre contradicciones que no sabe
superar: "todo es vicioso en este mundo al revés" dice. Y con una clara intuición de la
dialéctica, subraya que en "el sistema industrial" "la pobreza
nace de la misma abundancia".
Esas contradicciones de una
sociedad que él conocía en sus detalles y de describió como teórico parasitismo del comercio, miseria de las
masas, estragos de la competencia, tiranía de los acaparadores y los banqueros,
sometimiento de los políticos, corrupción de los científicos son las mismas contradicciones que denuncia
en la manera como la burguesía "organiza" la familia y en el modo
como impone a la mujer una situación indigna y subalterna. A Fourier se debe,
por vez primera, el enunciado de este pensamiento generoso: se puede apreciar
el grado de emancipación de la humanidad por el grado de emancipación de la
mujer. Crítico implacable del matrimonio burgués, empavesado de principios
morales y corrompido por el interés y el mutuo engaño, Fourier ha dejado el
análisis más penetrante del envilecimiento del amor entre las manos de la
burguesía. Con una gracia inapreciable ha puesto en claro el carácter de clase
que corresponde a la moral y cómo frente a cada moral dogmática, que nadie
cumple, hay mil "contra morales" que la desmienten. El dogma de la
fidelidad en los esposos, renegado a cada paso en la diaria experiencia del
matrimonio burgués, da a Fourier asunto más que suficiente para algunas
consideraciones magistrales y le dicta como conclusión del largo análisis este
aforismo famoso: "Así como en gramática dos negaciones equivalen a una
afirmación, en los negocios conyugales dos prostituciones equivalen a una
virtud".
La bancarrota y el adulterio, he
ahí en su opinión "las dos mayores infamias" de la burguesía
comercial. Pero como este hombre minucioso y puntual tenía hasta el fanatismo
el amor de las clasificaciones
preámbulos, transámbulos, postámbulos
su análisis de la bancarrota terminó en una clasificación de los
fallidos, como su análisis del adulterio en una clasificación de los cornudos.
Su "Jerarquía de la bancarrota"
"serie libre" de órdenes y géneros con 36 especies , como su
"Jerarquía del cornudaje" 49 especies
de "orden simple", 31 de "orden compuesto" , son dos
páginas clásicas de la literatura costumbrista y entroncan por la ironía, la
vivacidad y el desenfado, en la mejor tradición del siglo XVIII.
*
A los seis años, lo vimos ya,
Fourier, había comenzado la crítica negativa de la burguesía mercantil; a los
veintiseis se puso en el camino que a Campanella condujo a la Ciudad del sol y
que a él lo llevaría hasta su deslumbrante Falansterio. Pero como todo en
Fourier tiene comienzos desusuales, anotemos también que si su crítica del
"mundo al revés" nació de una paliza, su sueño del "mundo al
derecho" nació de una manzana...
Análisis cabal de la burguesía
mercantil, sátira sin parangón, de cornudos y fallidos, la obra de Fourier
presenta otro aspecto, el más tentador y llamativo, en el cual han logrado su
expresión entre anticipaciones geniales
y boberías pueriles todos los sueños de
las pequeñas burguesías asfixiadas, todas las ilusiones de los reformadores
utopistas.
Se encontraba un día en el
restaurante Février, de París, en compañía nada menos que de Brillat
Savarin incomparable amistad para un
gourmet como él , cuando vio que al futuro autor de la Fisiología del Gusto se
le cobraba catorce sueldos por una sola manzana. En sus recientes andanzas de
agente de comercio, Fourier había atravesado ciudades no lejanas en donde por
el mismo precio se hubiera podido comprar una centena. "Me quedé tan
sorprendido dice de esta diferencia de precios entre regiones
de igual temperatura, que comencé a sospechar un desorden fundamental en el
mecanismo industrial, y de ahí nacieron las investigaciones que al cabo de
cuatro años me hicieron descubrir la teoría de las series de los grupos
industriales y, por consiguiente, las leyes del movimiento universal que Newton
no alcanzó".
La manzana de Fourier, la manzana
de Newton... Vamos acercándonos, ahora, a través de las mismas palabras del
autor, hasta el mundo secreto en que Fourier vivió lo mejor de su vida y que en
la extravagancia de esas líneas comienza a apuntar y a perfilarse. Porque este
empleadillo de comercio, de una ignorancia aterradora, pero de un orgullo de
alienado, ha venido a caer en la idea singular de que a través de esa manzana
el mismísimo Dios se ha dignado sonreírle. Poseedor del libro de los Destinos
comienza a ser, ahora, y lo seguirá siendo hasta su muerte, el cajero
insospechable que durante doce horas al día se inclinará sin un mal gesto sobre
los libros de comereio de una sucursal americana.
La doble vida va a ir adquiriendo
proporciones gigantesces, pero ninguno de los dos mundos gravitará sobre el
otro, y nadie hubiera sospechado, al conversar con él sobre negocios, que ese
hombre correctísimo, tan exacto y medido en sus funciones mezquinas, era al
mismo tiempo un visionario sin control que escondía amorosamente entre los
pliegues de su alma, el más extravagante de los delirios, la más prodigiosa de
las locuras. Los cuadernos en que día a día derramaba sus observaciones y sus
críticas comienzan a guardar ahora, y al mismo tiempo, la anotación pertinente
y el designio alocado. Y como la dicha de ser el secretario de Dios le había
traído el justificado temor de ser plagiado, una suspicacia cada vez más
agresiva le va llevando a encerrarse en un aislamiento hostil para defender así
sus extraños proyectos de humo y ventolera.
En los años juveniles que vivió
en Lyon debió vincularse, con seguridad, a algunas de las sectas místicas y
sociedades ocultas que pululaban durante la Revolución y el Directorio. Por
conversaciones, mucho más que por lecturas, debieron llegar hasta él las nuevas
corrientes del pitagorismo en que desempeñaban un papel de primer plano todas
esas pretendidas correspondencias de los números que tanto han seducido y
seducen todavía a los espíritus indisciplinados y a las imaginaciones
aventureras. Una obra de ciencia justamente clásica, como que marcó una fecha
en la concepción del Universo, Las Armonías del Mundo, de Kepler, publicada
casi dos siglos atrás, en 1619 libro
extraño y genial en que alternaban la mecánica más rigurosa y los sueños más
locos llegó hasta Fourier por esos
mismos años, vaya Dios a saber de qué manera, y tuvo, como es lógico, una
influencia tan decisiva sobre este pitagórico infatuado, que el obscuro agente
de comercio, habitualmente desdeñoso de los libros, no se desprendió jamás de ese
tratado. ¿Qué le sedujo más en él? ¿Acaso las leyes de las elipsis, de las
áreas y de las revoluciones, o aquellas otras desconcertantes fantasías en que
el astrónomo Kepler se figuraba a los planetas conducidos por los ángeles hasta
el místico concierto en donde Venus hacía de contralto, Júpiter de bajo,
Mercurio de falsete? La respuesta no es dudosa. Para su incultura casi total y
su inventiva desarreglada, Kepler sólo podía actuar como un estímulo que lo
llevaría al descubrimiento de extravagantes «armonías».
Eso fue lo que ocurrió. Puesto
que hay unidad en todo lo que existe, la "ciencia" de Fourier se
propuso encontrar las analogías que vinculan en secreto a la totalidad de lo
real, y le bastó, por supuesto, analizar a fondo una de las formas de
existencia la sociedad humana para reconstruir el mismo plan de Dios. En la
jerarquía del Universo ¿cómo no iba a
existir una jerarquía del Universo, cuando la hay rigurosa y precisa hasta en
los fallidos y en los cornudos? Fourier
llegó a "comprobar" que hay estrechas correlaciones entre los hombres
y los planetas, entre los planetas y los soles. El cuerpo del hombre es un
fragmento del cuerpo del planeta: su alma, una emanación del alma planetaria, y
aunque el hombre es la más pequeña de las "criaturas de armonía", de
él depende precisamente a causa de esas correlaciones misteriosas, el orden, o
la anarquía de los mundos. Cuando las sociedades no están reguladas en
conformidad a las leyes de la atracción universal que es lo que ocurre "en
civilización" el Universo sufre, se
resiente y se enferma. Pero bastaria que el hombre comprendiera las nuevas
leyes de la "atracción pasional" que Fourier acababa de añadir a las
de Newton manzana por manzana para que el Universo entero, de jerarquía en
jerarquía, empezara a florecer en una juventud eterna. No solo el hombre
conocería, por fin, la felicidad anhelada, sino que hasta nuevas plantas y
animales y planetas aumentarían, desde entonces, eso que Fourier llamaba con
expresión muy suya, "el mobiliario del Universo".
¿De qué manera transformar la
sociedad humana para salir de una vez de los "limbos obscuros" y
colaborar así con Dios en la recreación del Universo? Años y años trabajó en su
"ley del doble impulso": impulso "subversivo" contra
impulso de "armonía". Y en vez de llegar a la conclusión fácil y
vulgar de que es necesario estrangular al "impulso subversivo",
Fourier genial siempre hasta el
delirio enunció esta verdad que Hegel
descubría también en esos mismos años y que Marx habría de llevar hasta la
plenitud de su riqueza: puesto que "no hay equilibrio sin fuerzas
opuestas", es necesario "utilizar las discordias, ya que es imposible
destruirlas".
Algunos artículos de periódicos,
entre 1800 y 1804, anticipan los primeros esbozos de su solución. Pero es
recién en 1808 cuando aparece su Teoría de los cuatro movimientos y de los
destinos generales, con este subtítulo expresivo: "Prospecto y anuncio del
descubrimiento".
Tan pronto retira de la imprenta
los primeros ejemplares, escribe en uno de ellos una dedicatoria que es un
himno y se lo envía a Napoleón. Napoleón no contesta. Es su primera decepción,
la primera decepción de este visionario candoroso que se sabe destinado a
transformar el universo y que no se explica cómo apenas terminada la lectura de
su libro no vienen hasta él los recursos que precisa. Porque si bien ya está el
Inventor, falta ahora lo que él llama el Candidato.
Discípulos, no le interesan. Le
molestan más bien; les desconfía. Con los años se le irán acercando hasta
algunos hombres de la talla de Victor Considerant; pero los recibe sin
cordialidad. Para colmo, su admirador más fanático y su discípulo más fiel
Justo Muiron, padece de una sordera tan perfecta, que la señalan ya como a un
ejemplo. ¿Se imaginan ustedes la impaciencia de un legislador del Universo
obligado a hablar a gritos con un apóstol absolutamente sordo?
Diez millones, ni uno más ni uno
menos, es lo que Fourier necesita para llevar a la práctica la "primera
sociedad en armonía" que su libro ha presentado con prospecto y
descripción.
¿Para qué podrían servirle los
discípulos, pobres como él casi todos, y, además, indisciplinados, difíciles y
sospechosos? A falta de la réclame, que su estrechez no puede costear ¿cómo pagar 120 francos por cada cien líneas
en los periódicos? , tolera un poco a sus discípulos por la bulla que hacen en
torno de su invento y por el auxilio económico que entre todos empiezan a
prometer para sus libros. Pero los millones que precisa sólo podría
conseguirlos de un rey, de un ministro o de un filántropo.
Después de Napoleón, ha empezado
a escribir a todos los ministros del Imperio detalladas cartas de cuarenta
páginas. Y aunque el resultado ha sido idéntico, cuando cae el Imperio repite
análoga experiencia con las ministros de la Restauración. No desespera por el
nuevo fracaso. Conoce la suerte de los inventores y continúa tozudo llamando a
la puerta de los grandes.
En 1822 publica su segundo libro,
el Tratado de la asociación doméstico agrícola. En los años transcurridos desde
que apareció la Teoría de los cuatro movimientos, el proyecto ha madurado, y
está ahora tan a punto que Fourier, no sólo no tiene una sola duda sobre el
éxito inmediato, sino que traza por anticipado el desarrollo de su
"sociedad en armonía".
En ese mismo año de 1822 se harán
los preparativos para el ensayo; en 1823 será la instalación definitiva; en
1824 el modelo será imitado por todos los civilizados; en 1825 vendrá la
adhesión de los bárbaros y de los salvajes; en 1826, organización de la
jerarquía en el mundo, y en 1827, colonización de los desiertos...
Si su seguridad continúa
inalterable, ha habido, sin embargo, un cambio en la táctica. Al final de su
nuevo libro no lo espera todo, como antes, de un solo Candidato. Le bastaría,
ahora, un hombre de importancia para ponerlo al frente de una suscripción. Ese
hombre, que se transformaría de inmediato en un "jefe accionista y
fundador titular", debe estar, tiene que estar en la lista de cuatro mil
figuras de relieve que Fourier ha compuesto con los personajes contemporáneos
más representativos de América y de Europa: desde el duque de Devonshire, en
Inglaterra, hasta el "libertador" Bolívar, en Colombia...
A todos les escribió su gruesa
carta o de algún modo trató de interesarlos. Y como les quería evitar, además,
la molestia de una contestación, resolvió citarlos por los diarios en su propia
casa, a las doce en punto de cualquier día que les fuera cómodo.
Y de ahí por qué, desde ese
momento hasta su muerte, y tan pronto se acercaba el mediodía, los vecinos de
su casa de Saint Pierre Montmartre lo veían llegar apresurado y casi a saltos,
subir las escaleras. Frente al espejo ordenaba, después, su cabellera; daba un
toque final a la corbata, cepillaba la levita azul y se sentaba después a
esperar la gran visita.
*
Supongamos que un buen día, el
Candidato hombre o mujer hubiera llegado hasta su puerta, y que
después de escuchar a Fourier, imposible saber por cuántas horas, hubiera
aceptado convertirse en "jefe accionista y fundador titular del
Falansterio". Al día siguiente el sueño se hubiera echado a caminar sobre
la tierra, y en 2.300 hectáreas que el Inventor ya tenía en vista entre Poissy
y Meulan, todo hubiera estado pronto para la primera "sociedad en
armonía", su famoso Falansterio.
A qué se reduce lo más esencial
del Falansterio, es lo que vamos a ver ahora antes de concluir.
El análisis de la psicología
humana había llevado a Fourier a reconocer en el hombre cinco pasiones
sensitivas, cuatro afectivas y tres distributivas. Las pasiones sensitivas
están ligadas a los cinco sentidos y nos inclinan al lujo. Las pasiones
afectivas amistad, amor, ambición y
paternidad nos llevan a formar
agrupaciones. Las pasiones distributivas desatan, en cambio los grupos formados
por las pasiones anteriores y son, en el idioma de Fourier, las pasiones que
llama "mariposeante", "cabalista" y "composista".
La primera, mariposeante, es esa necesidad del cambio periódico que nos salva
de la monotonía y del fastidio. La segunda, cabalista, corresponde al atractivo
de la rivalidad y de la intriga. La tercera, composista, es la pasión exaltante
que nace del goce simultáneo de varios placeres de los sentidos y del alma.
En estado de
"civilización" las doce pasiones conducen al hombre a una guerra
permanente consigo mismo y con los demás. La ambición, por ejemplo, contraría a
la amistad y el interés personal nos mueve al fraude y la mentira.
En estado de "armonía"
la doble guerra desaparecerá. Asegurar al hombre su desarrollo pleno es lo que
Fourier se propone como fin de su sociedad "natural e integral".
Para que todos disfruten de las
pasiones ligadas a los cinco sentidos, es menester asegurar a todos un grado
elevado de salud corporal y bienestar económico. La industria y la ciencia han
creado precisamente los resortes necesarios para fundar un régimen social
incompatible con la pobreza y la ignorancia.
Las pasiones afectivas amistad, amor, ambición, paternidad exigen una atmósfera limpia de duplicidad y
de prejuicios. La nueva sociedad no impondrá al hombre el hipócrita deber de
dominar sus pasiones. Les quitará las trabas y utilizará para el bien de todos
hasta las mismas pasiones que en otras épocas han sido reprobadas.
Las pasiones distributivas,
finalmente mariposeante, cabalista y
composista , consideradas como vicios "en civilización", asumirán
"en armonía" una función directriz y tendrán por misión armonizar las
pasiones afectivas y sensitivas no sólo dentro del mismo individuo, sino en sus
relaciones con los demás. De modo tal que cada uno, al seguir su propio
interés, sirva al mismo tiempo los intereses de la masa.
Salud, bienestar, libertad y
armonía, es lo que Fourier se propone asegurar. El análisis de las pasiones le
continuará ayudando en sus descubrimientos. De las doce pasiones fundamentales
ha llegado a establecer, mediante sucesivas subdivisiones, una clasificación de
los hombres en 405 caracteres. Pero como esos caracteres tienen matices
diferentes, según los sexos más fuertes
en el hombre, más dulces en la mujer , el cuadro completo de los caracteres
humanos asciende, por lo tanto a 810. Mas como ya hemos visto que una sociedad
ideal debe llevar en su seno un especimen por lo menos de cada carácter humano,
para sacar provecho de las mismas diferencias, Fourier aconseja que sobre el
terreno ya escogido cortado de colinas y
a lo largo de un río 1.600 personas como
mínimo, 2.000 como máximo accionistas o
no tengan la gloria de formar la primera
"falange" y de construir la primera "sociedad en armonía".
El Falansterio venía a ser, en
resumidas cuentas, algo así como una colonia de agricultura, con dos o tres
industrias adjuntas, y amplios edificios para la habitación, las fiestas, las
comidas en común. La tierra es propiedad común, pero en el Falansterio
subsisten las diferencias de fortuna, y, de acuerdo con esas diferencias, hay
también habitaciones y salas desiguales. Dentro de la concepción de Fourier las
desigualdades de fortuna son una condición de la armonía social, pero el
bienestar de que goza en la falange permite a la clase pobre un nivel de vida
superior a la de la más desahogada pequeña burguesía de la
"civilización".
Diferencias de fortuna, por otra
parte, no quiere decir explotadores y explotados. En el Falansterio todo el
mundo trabaja y todo el mundo se asocia espontáneamente según sus preferencias.
Para facilitar los vínculos, una serie de distintivos llevados ostensiblemente
por cada "societario" permite reconocer fácilmente el carácter y
estrechar vínculos de mutua simpatía. Y como cada miembro del Falansterio
formará parte de muchos grupos y pasará de uno a otro varias veces en el día,
la "pasión mariposeante" hará del trabajo no un martirio, sino un
juego entretenido y saludable.
La pasión de la
"cábala", además, que "en civilización" sólo lleva a la
rivalidad mezquina, provocará "en armonía" la más generosa emulación.
En el cultivo de la tierra y en la manufactura, no serán los individuos, sino
los grupos , los que se lanzarán constantes "desafíos" de innegable
provecho para todos. Y como ya hemos dicho que cada miembro pertenece a grupos
muy distintos, los que eran rivales hace un rato serán camaradas una hora
después.
De acuerdo con los servieios
prestados a la colectividad, el Falansterio honrará a sus "atletas
industriales", y en vez de estimular la vanidad subalterna, despertará en
todos el anhelo de acrecentar el lujo y el bienestar de la falange.
Deseoso de aprovechar en
beneficio de la colectividad los gustos más variados, Fourier recurre, como
experto psicólogo, a las desiguales afinidades de los tres sexos. No se alarmen
ustedes: para Fourier, los niños son el tercer sexo... Y puesto ya sobre esta
vía, aquel hombre endemoniado en el cual es difícil distinguir a veces al
humorista y al orate, resuelve sus problemas con verdaderos hallazgos. ¿Quién
va a querer ocuparse de esas sucias tareas a que nuestra vida nos obliga?
¿Quién va a tomar por su cuenta tantos oficios repugnantes y penosos? Puesto
que es regla del Falansterio arrancarie al trabajo su traje de presidiario,
Fourier entrega esas funciones a aquel de los tres sexos que más goza y se
divierte con lo sucio y con lo innoble. Organizados en pequeñas hordas, los
niños del Falansterio cumplirán el servicio de todos esos cuidados de la
higiene social en que tanto se complacen: destrucción de alimañas, matanza de
bestias para el consumo, limpieza de las habitaciones y de los caminos.
Ya señalamos, hace un rato, en
homenaje a la memoria de Fourier, el elevado concepto del Inventor sobre el
papel social de la mujer. Señalemos ahora, de pasada, la consideración que los
niños le merecen. Porque esos mismos chiquillos que participan, de acuerdo con
sus gustos, en la vida de la falange, reciben, tan pronto terminan sus breves
jornadas de trabajo, la más variada y prolija de las educaciones: desde la
gimnasia rítmica hasta las prácticas de los oficios en talleres miniaturas. Y
puesto que no hace mucho se ha hablado en México de la urgencia de la enseñanza
musical en las escuelas, releamos un siglo después de que Fourier las escribió,
estas líneas tan hermosas como exactas: "la ópera es una escuela de moral
que educa a la juventud en el horror de todo lo que hiere la verdad, la justeza
y la unidad. Ningún favor puede excusar al que falsea la voz o la medida, el
gesto o el paso. El hijo de un príncipe debe someterse, en las figuras y en los
coros, a la crítica motivada de la masa. Es en la ópera en donde aprende a
subordinarse a las conveniencias unitarias, a los acordes generales. La ópera
es, bajo este aspecto, la imagen del espíritu divino, el verdadero sendero de
moral".
Todos los sexos, todas las clases
colaboran, pues, en el Falansterio, como que éste no es, al fin y al cabo, sino
lo que ahora llamaríamos una federación de cooperativas que han incorporado
todos los servicios sociaies. Capital hay en la falange, pero no capitalista en
el sentido de explotadores y de ociosos. O para decirlo en el lenguaje grato a
la pequeña burguesía, todo el mundo "en armonía" será capitalista,
con lo cual el capital habrá dejado de ser una amenaza; las clases se habrán
íntegramente fusionado y ya no habrá motivo, por lo tanto, para el laberinto de
las discordias anteriores, con "su escala ascendente de odios, su escala
descendente de desprecio".
*
Detengo aquí la descripción del
Falansterio. Si la compañía de Fourier resulta casi siempre tentadora,
doblemente lo es cuando se pone a contar lo que ha de ocurrir "en
armonía". Tantos años vivió acariciando su proyecto, que al Falansterio lo
pobló de seres imaginarios con bellos nombres de égloga: "Filis y
Araminta, Cloris y Celimanta, Galatea y Endimión... Criaturas de la imaginación
que habían adquirido para él la plenitud del relieve corporal, y cuyos
caracteres conocía y cuyas emulaciones animaba. Y como aquel mundo
extraordinario digno de Dickens o de Balzac
le planteaba casi a diario problemas nuevos, su Falansterio se
complicaba sin cesar y adquiría cada vez más una alucinante realidad.
Personaje de Pirandello antes de
Pirandello, a solas conversaba por la calle con sus 1.600 societarios, y tan
pronto abandonaba los libros de caja de la sucursal americana, se refugiaba,
radiante, en su mundo de sueños. Nada le recordaba allí su existencia mezquina,
su genialidad incomprendida, su sensualidad insatisfecha. Verdadero legislador
y demiurgo, se paseaba a su antojo sobre ese plano de la fantasía en el que
había transpuesto, con sus resentimientos personales, las esperanzas y los
sueños de la pequeña burguesía en un momento de la historia en que aún no se
conocían las soluciones verdaderas.
Porque eso es lo que hace del
Falansterio, de Fourier, algo más que el puro delirio de un reformador alienado
y genial. Con maravilloso don de síntesis, Marx y Engels que no ocultaron jamás cuánto lo amaban han señalado en pocas líneas del Manifiesto
Comunista la exacta posición del Falansterio junto a las otras utopías de su
tiempo: "Ycaria" de Cabet; "Colonias interiores", de Owen,
para no recordar nada más que a las ilustres.
Hijos de una época en que el
capitalismo comercial se afirmaba y en que el proletariado de la gran
industria, poco desarrollado, no había entrado todavía en lucha franca con la
burguesía, los utopistas descubrieron los elementos que disgregaban ya a la
sociedad en que vivían, pero no acertaron a reconocer en el proletariado su
misión histórica revolucionaria. Reemplazaron, por eso, la acción social por la
propaganda personal, y como no se habían formado por entonces las premisas
objetivas, que son condiciones necesarias de la liberación del hombre, forjaron
por entero en su imaginación el mundo que habrá de venir y el camino que habría
de llevarlos hasta él.
Por la importancia que seguía
asignando a la propiedad privada, por el papel predominante que reservaba a la
agricultura, por su desconocimiento absoluto de las luchas de clase, por su fe
en la posibilidad de llegar hasta "armonía" gracias a la generosidad
de un millonario, y de transformar la faz del mundo mediante pequeñas colonias
de economía cerrada. Fourier se incorpora a las filas nutridas de esos
visionarios generosos a cuyo frente marcha el ilustre Tomás Moro,
"canciller de la Utopía".
Pero por su crítica lúcida de la
sociedad "civilizada", por su aguda comprensión de las
contradicciones que la desgarran, y por su afirmación de que toda sociedad
lleva la posibilidad de engendrar la que vendrá, Fourier se coloca entre los
precursores del marxismo y lo anticipa a veces en sus concepciones obscuras y
en su prosa desquiciada... (México, 1937)
***

No hay comentarios:
Publicar un comentario