© Libro N° 13932. Edipo. Seneca, Lucio
Anneo. Emancipación. Junio 14 de 2025
Título Original: © Edipo. Lucio Anneo Seneca
Versión Original: © Edipo. Lucio Anneo Seneca
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Lucio Anneo Seneca
Edipo
Lucio Anneo Seneca
LUCIO ANNEO SENECA
EDIPO
OBRAS MAESTRAS
Libera los Libros
EDIPO, y a continuación YOCASTA.
Edipo. — Una vacilante claridad ha disipado las tinieblas; el sol eleva
tristemente su disco pálido, velado de sombras brumosas, para contemplar el
luto de nuestra villa azotada por un flagelo atroz; el día descubre ante
nuestros ojos la devastación ocurrida durante la noche.
¿Se halla feliz el rey en su trono? Oh! ídolo embustero!, que ocultas
tus miserias tras una apariencia risueña! Pues como a las más altas montañas
azota siempre la mayor furia de los vientos ; como a los agudos peñascos que
dividen los vastos mares, aún en tiempo de calma, incesantes abaten las
aguas: así, contra la mas alta posición
de los reyes se descargan con denuedo los mayores golpes del infortunio.
¡Bien he hecho de huir del reino de mi padre Pólibo!, he estado
exiliado, pero tranquilo, errante, pero exento de alarma. El cielo y los dioses
son testigos de que no he buscado el trono sobre el que ahora estoy sentado.
Una predicción funesta me persigue, temo llegar a ser el asesino de mi propio
padre, los laureles proféticos de Delfos me auguran ese crimen , y otro aún mas
grande. Pero, ¿qué puede haber de más horrendo aun que la muerte de un padre ?
Ay! que infeliz soy! Que desgracia el no poder olvidar esta predicción funesta:
Apolo ha hablado de un lecho incestuoso, y de unas antorchas impías que habrán
de alumbrar la unión de un hijo con su madre! Es este el temor que me ha
alejado de la casa de mi padre. Ya veis que no he abandonado el lugar de mi nacimiento
como un vil desterrado; sino que desconfiando de mi mismo, he puesto a
resguardo tus santas leyes, oh naturaleza! Porque cuando el hombre se estremece
ante la idea de un crimen , aun cuando el mismo no lo crea posible, debe así
mismo permanecer temeroso.
Todo me asusta, y ya no me atrevo a confiar en mi mismo. Se que el
destino me prepara alguna desgracia; pero, que debo pensar al verme solo y a
salvo de la catástrofe que se ha desencadenado sobre el pueblo de Cadmo, y que
ya extiende tan lejos su devastación?. Que
infortunio mayor entonces está reservado para mi? Si en la desolación de esta comarca, en medio
de su gran dolor y de los funerales que renacen sin cesar, yo permanezco de
pie, intacto, sobre los despojos de todo un pueblo. ¿Condenado como estoy por
la boca de Apolo, puedo esperar un
reinado mas feliz, por precio de tan grandes crímenes ?. Soy yo quien envenena
el aire que se respira aquí. El soplo tenue de la brisa no refresca los pechos
jadeantes y afiebrados; los céfiros han
huido, el sol abrasa con todos los fuegos del ardiente Sirio que precede al
terrible León de Nemea, las aguas escapan de los ríos, y el verdor abandona las
hierbas; la fuente de Dirce esta reseca, y no queda mas que un hilo de agua que
apenas lame las arenas de su lecho. La hermana de Apolo pasa invisible a través
del cielo, y las noches serenas carecen de estrellas; un denso y sombrío vapor
se esparce por la tierra; los palacios del Olimpo y las altas moradas de los
dioses se ocultan tras la obscuridad de una noche infernal. Ceres se niega a
fructificar, y allí donde hace un momento alegremente se mecía una espiga
dorada, ahora yace un fruto muerto sobre su tallo reseco.
No hay persona que escape a este infeccioso mal : golpea sin distinción de edades ni sexos,
mata por igual a viejos y a jóvenes, a padres y a niños ; y al mismo
tiempo consume al esposo y a la esposa
en el fuego de una misma pira.
El duelo y los lamentos faltan a estos funerales, porque el obstinado
rigor de este terrible mal ha secado hasta la fuente de las lagrimas; los ojos
permanecen secos. Aquí un padre agonizante, allá una madre extraviada portando
su hijo a las llamas, y tan pronto como se termina con uno, en seguida se va
por otro para cumplir con idéntico deber. La muerte nace de la muerte ;
aquellos que conducen los funerales caen sin vida al lado de quienes eran
portados. Se ve a los infelices dejar sus muertos sobre la pira encendida para
otros cuerpos disputándose las llamas funerarias; la desgracia sofoca todo
sentimiento. Los restos mortales no son sepultados en tumbas separadas, se
contentan con encontrar alguna llama, y
aun las llamas son insuficientes. La tierra escasea para las sepulturas, y los
bosques son insuficientes para tantas piras ; ni ruegos ni cuidados pueden
aplacar la furia de este mal ; los médicos también sucumben, y así la
enfermedad se lleva a aquellos que la debieran combatir. Postrernado al pie del
altar extiendo las manos suplicantes
para rogar que una muerte pronta me lleve antes de ver sucumbir a mi patria y
me salve de ser el ultimo en morir habiendo acompañado el cortejo de todo mi
pueblo.
Crueles dioses!, despiadado destino!, solo a mi me negáis la muerte, tan
activa y despiadada con todo lo que me rodea. Huye!, infeliz!, de este reino
infectado por tus manos culpables; cesa en tus lagrimas, deja estos funerales,
abandona este aire envenenado que tu mismo contaminas allí donde quiera que
pisas. Escapa, apúrate a huir, aunque
sea para encontrar asilo en la casa de tus propios padres.
Yocasta. — ¿De qué
sirve, esposo mío,
agravar nuestros males con
nuestras quejas? Yo creo que lo verdaderamente
digno de un rey es saber hacer frente a la adversidad: cuanto más insegura es la situación y cuanto
más inminente y amena¬zadora es la ruina por la pesada carga del poder, más
necesario se hace afirmar
el pie y
resistir enérgicamente: no es
viril volver la espalda al asalto del Destino.
Edipo. — Lejos está de mí el pecado de miedo, y el mere¬cer el dictado
de cobarde; mi valor desconoce los cobardes temores: ni aun cuando una espada
desvainada viniera contra mí, aunque el horrible furor de Marte se precipitase
sobre mí, me lanzaría animoso al encuentro de los fieros gigantes. La Esfinge
misma y las enigmáticas palabras que insidiosa¬mente profería no me hicieron
huir: soporté la vista de la horrible y sangrante faz de aquella infame
profetisa y no me arredró contemplar el suelo blanquecino por los huesos
calci¬nados, y cuando desde la alto de su roca preparaba sus alas y se azotaba
los flancos con su cola aprestándose amenaza¬dora como un león embravecido, le
reclame su enigma: Re¬sonó su voz horrenda junto a mí; crujieron sus
mandíbulas, e impaciente por la espera, clavaba sus garras en la roca, con la
esperanza de desgarrar luego mis entrañas; y sin embargo, las palabras
enmarañadas de su enigma, los pérfidos y comple¬jos misteriosos del funesto
poema de esa fiera alada, fueron, explicados por mí.
Yocasta. — ¿Por qué ahora, en tu locura, dirigir tan tar¬díamente a los
dioses esos votos de muerte? Podrías haberlo hecho entonces. Este cetro es la
recompensa de tu gloria; éste es el premio que te valió la muerte de la
Esfinge.
Edipo. — Sí; sí; es la espantosa ceniza de ese monstruo astuto lo que se
levanta contra mí y aquella plaga destruida por mí es la que pierde ahora
Tebas. Una sola esperanza de salvación nos queda: ¡la de que Apolo quiera tener
a bien indicarme un medio de salvarnos! (Sale.)
Coro
Coro. —Pereces, generosa descendencia de Cadmo así como tu ciudad
entera. ¡Oh desgraciada Tebas; que ves tas campos yermos de sus labradores! La
muerte ¡oh Baco! llega a tu famoso soldado, aquel que te acompañó hasta las
lejanas Indias y se atrevió a cabalgar en los países de la Aurora, y plantar
tus emblemas al extremo del mundo, vió la Arcadia de bosques ricos en cinamonos
y la huida de los jinetes partos (huida falaz y temible por sus flechas),
penetró hasta las riberas del mar Eritreo, lugar donde el sol hace amanecer el
día, en donde Febo comienza a desplegar su brillo y con sus fuegos dema¬siado
cercanos curte a los indios de desnudo cuerpo.
Hijos de una invencible raza perecemos víctimas de un hado cruel que nos
arrastra; de instante en instante la Muerte preside un nuevo fúnebre cortejo;
interminables filas de una muchedumbre desolada van presurosas al reino de los
manes; y esta triste multitud se atasca porque no son suficientes nues¬tras
siete puertas para dar salida a tantos como se encaminan a sus túmulos
funerarios. Los cadáveres se van amontonando, y sobre cada uno viene a gravitar
el peso del que tras él llega ininterrumpidamente.
El azote alcanzó primero a las tardas ovejas: el lanudo carnero ramoneó
sin apetito los ricos pastos; luego cuando el sacrificador se irguió, alta la
mano para herir con golpe mor¬tal la cerviz del toro, de rutilantes y dorados
cuernos, cayó exánime el animal y al hendir su cuello el acero no se tiño de
roja sangre, sino que de la profunda herida broto un"re¬pugnante pus. El
corcel emperezado cae en una de sus vueltas y al flaquear sus lomos arrastra a
su jinete en la caída.
Tendidos en los campos sestean los ganados sin pastar: ado¬lece el toro
en medio de su vacada moribunda; el pastor ex¬pira entre su mermado rebaño. Los
ciervos, ya no temen a los rapaces lobos; el león no hace ya resonar su furioso
rugi¬do; los peludos osos deponen su fiereza; la sierpe en su es¬condrijo ha
perdido su ponzoña y seco su veneno, se agosta y muere. El bosque, despojado
del follaje que lo adornaba, no difunde por los montes su opaca sombra; el limo
fértil no hace verdeguear los campos, ni la viña doblega sus vas¬tagos bajo el
peso de los dones de Baco: todos los seres han sido inficionados por la peste
que padecemos.
Las barreras del Eber profundo han sido rotas por el tro-pel de las
hermanas armadas con las tartáreas antorchas; el Flegetonte ha cambiado de
riberas y mezclado las aguas de la Estigia con las de la sidonia Tebas. La
sombría Muerte abre de par en par sus fauces ávidas y despliega en toda
exten-sión sus alas; y aquel cuya espaciosa barca surca los sombríos ríos, él
de recia senectud, apenas puede mover sus brazos fati-gados de manejar sin
cesar su timón. Y aún hay quien pretende (que el perro del Tenaro ha roto sus
férreas cadenas, y vaga errante por nuestras tierras; que el suelo ha rugido y
que en los sagrados bosques de los dioses se han visto fantasmas sobre¬humanos
y que el bosque de Cadmea tembló dos veces sacu¬diendo su nieve, y la fuente de
Dirce se enturbió con sangre y que en la noche silenciosa, aullan los perros de
Anfión.
¡Oh, terribles síntomas de una extraña muerte, más pensos que la misma
muerte! Una perezosa languidez se adueña de las articulaciones, que quedan
inertes, y en el semblante aparece un enfermizo carmín; ligeras pústulas
salpican el cutis; luego una ardiente fiebre abrasa con su fuego el cerebro,
ciu-dadela del cuerpo, e hincha las mejillas con una súbita afluen¬cia de
sangre, se quedan inmóviles los ojos; la erisipela de¬vora los miembros; las
orejas se enrojecen y de la nariz que se encorva fluye una sangre negruzca que
se escapa de las venas rotas; un jadeo frecuente y estridente agita el cuerpo
hasta lo más hondo de sus vísceras. Los atacados se abrazan desesperados a las
frías piedras de las estatuas y aquellos a quienes la desesperación de sus
parientes ha dejado en libertad para que puedan salir de sus moradas se sienten
atraídos hacia las fuentes, y su fiebre se nutre con la misma agua que
ingie¬ren. Prosternada al pie de los altares yace una muchedumbre que implora
la muerte, único bien concedido voluntariamente por los dioses; las gentes van
a los templos, no para aplacar, a las divinidades con votos y promesas, sino
porque se sien¬ten complacidos saciándolos con el espectáculo de su propia
muerte.
Mas, ¿quién es ese ser que camina hacia palacio con paso tan rápido? ¿No
es Creonte, ilustre por su nacimiento y sus hazañas? ¿Es una ilusión de mi imaginación, o bien es una realidad? No, ¡es efectivamente Creonte por quien todos
an¬helantes suspirábamos!
EDIPO. — CREONTE
(Edipo sale del palacio al anuncio de la. llegada de Creonte.)
Edipo.—Tiemblo de horror; me pregunto con espanto a dónde va a inclinarse mi
destino: un doble sentimiento con¬mueve mi corazón alarmado: cuando se
entremezclan en la penumbra confundidas felicidad y desgracia, nuestro espíritu
indeciso fluctúa a la vez entre el deseo y el temor de saber. Hermano de mi
esposa, si con tu llegada traes algún alivio a mi aflicción, apresúrate a
hacérmelo saber.
Creonte. — La respuesta del dios se oculta equívoca en un oráculo
enigmático.
Edipo. — Quien da a los afligidos un medio de salvación equívoco es como
si se lo rehusase.
Creonte. — El dios de Delfos acostumbra a velar con oscu¬ros rodeos sus
misteriosos avisos.
Edipo. — Habla, aun cuando la respuesta sea ambigua. Edi-po tiene el
privilegio de descifrar enigmas.
Creonte. — El dios ordena que se castigue con el exilio, la muerte del
rey y que se vengue el asesinato de Layo:
sólo entonces nos será dado ver el día claro y respirar aire puro y
saludable.
Edipo. — Pero, ¿quién fue el que mató a aquel ilustre rey? Dinos a quién
Febo señala como tal, a fin de que reciba el debido castigo.
Creonte. — ¡Ojalá pudiera yo revelar con serenidad hechos horribles de
ver y de oír. Mis miembros se paralizan y la san¬gre se hiela en mis venas.
Apenas mis pies pisaron suplicantes el sagrado templo de Febo, y, siguiendo el
rito imploré piado¬samente a la divinidad prosternado y con las manos
extendidas; las dos nevadas cimas del Parnaso retumbaron con un fragor
horrible; el laurel de Febo se estremeció amenazador, agitó su follaje; y de
repente el agua santa de la fuente Castalia dejó de fluir. La sacerdotisa del
hijo de Latona empezó a sacudir sus cabellos erizados y a recibir delirante la
inspiración de Febo; no había llegado aún al antro profético, cuando un fragor
inmenso y sobrehumano resonaron estas palabras: «La cadmea Tebas verá volver
cielos más clementes si abandonas como fugitivo la fuente Dircea de Ismeno, ¡oh
extranjero culpable de la muerte del rey y conocido de Fébo desde tu primera
infancia! No disfrutarás por mucho tiempo del fruto de esta muerte criminal: te
harás a ti mismo la guerra y se la legarás también a tus hijos, tú, ser infame,
que con tu in¬cesto has vuelto a penetrar en las entrañas maternas.
Edipo. — Lo que yo ahora, ante el mandato de la divinidad me preparo a
cumplir, debió haber sido prestado por vosotros a las cenizas del rey difunto,
para prevenir desde entonces todo pérfido atentado contra la santidad del
cetro. A los reyes es a quienes sobre todo conviene asegurar la protección de
la realeza: nadie se inquieta por vengar la muerte de un monarca a quien en
vida se temía.
Creonte. — La preocupación de castigar aquel asesinato, se dejó a un
lado ante temores más acuciantes.
Edipo. — ¿Qué temor pudo impedir cumplir ese piadoso deber?
Creonte. —El de la Esfinge y el de las amenazas horribles de sus
enigmas.
Edipo. — Que ese crimen sea castigado ahora como lo prescriben los
dioses. ¡Oh vosotros, dioses todos, que contempláis con ojos benignos la suerte
de los reyes; tú, que mantienes en tus manes el imperio del cielo; tú, el más
hermoso orna¬mento del firmamento sereno, que en tu curso arrastras uno tras
otro los doce signos del zodíaco, y que con tu carro veloz vas haciendo girar
los siglos lentos; y tú noctivaga Febe, que al encuentro vas siempre de tu
hermano, y tú, señor de los vientos, que a través del mar profundo conduces tu
cerúleo carro; y tú, que riges la morada horra de luz, sedme todos propicios:
que aquel cuya diestra mató a Layo, no tenga ni un techo donde reposar
tranquilo, ni penates, a cuya sombra pueda estar seguro; que exilado, no
encuentre acogida en tierra hospitalaria; que padezca el dolor de un himeneo
deshonroso y tenga hijos execrables; mate también a su padre con su propia
mano, y cometa (ya que nada puede desearse más horrendo) todas las maldades de
que yo huí! No habrá perdón para él; lo juro por los dos reinos; por el que
ahora rijo aunque extranjero, y por aquel que abandoné; lo juro por mis dioses
domésticos y por ti, venerado Neptuno, cuyas olas vienen a morir a ambos lados
de nuestro suelo donde retozan; sé, también tú, testigo de mis palabras, tú que
animas con tu acento los proféticos labios de la sacerdotisa de Cirra; pueda mi
padre pasar una apacible ancianidad y terminar gratamente sus días en su
excelso trono; que Mépore no conozca otro ma¬trimonio que el de Pólibo (ayudadme)
para que ningún favor arranque de mis manos a ese culpable. Pero, ¿te acuerdas
tú, dónde se cometió aquel infame asesinato? ¿Sucumbió el rey en un ataque
franco o en alguna celada?
Creonte. — Cuando iba al sagrado bosque de Castalia de espesos follajes,
al pisar el suelo de un sendero por entre tupida maleza, cerca del punto donde
el camino para salir al llano se abre en tres ramales, uno que atraviesa la
Fócida, suelo amado de Baco, de donde dejando las tierras labrantías se va
elevando hacia los cielos, por colinas que suben en pendiente suave a la doble
cima del alto Parnaso; otro llega a las tierras (del istmo) de Sísifo, bañado por dos mares, y a los
campos de Oleno; el tercero, serpenteando por un valle profundo va a tocar las
aguas sinuosas y corta el lecho helado del río Iliso.
Precisamente cuando tranquilo y confiado llegaba a este lugar una banda
de ladrones, lo atacó de improviso a mano armada y cometió ese crimen
misterioso. Pero he aquí que en este instante el oráculo de Febo trae a
Tiresias, que llega apresu¬rando su paso tardo y tembloroso: viene acompañado
por Manto, que le guía en su ceguera.
CREONTE — EDIPO — TIRESIAS — MANTO
Edipo. — Mortal consagrado a los dioses, ser que estás más próximo a
Febo, explica su respuesta; dime quién debe ser castigado.
Tiresías. — Si mi lengua tarda en hablar y demanda algún respiro, no
debes sorprenderte, magnánimo rey: a un ser pri¬vado de la vista, quédale
encubierta una buena parte de la verdad. Sin embargo, iré donde me llama la voz
de la pa¬tria y la voluntad de Febo: arranquemos al destino sus se¬cretos. Si
mi sangre fuera todavía joven y cálida, recibiría en mi mismo seno los divinos
oráculos.
Poned al pie de los altares un buey blanco de lucido lomo y una becerra,
cuyos cuellos jamás se hayan doblegado bajo el corvo yugo. Y tú, Hija mía, guía
de un padre privado de la luz, ve dándome cuenta de los signos ciertos de este
sacri¬ficio fatídico.
(Los servidores traen ante Edipo las víctimas.)
Manto. — La opima víctima está ante el altar.
Tiresias. — Dirige fervorosa con las fórmulas rituales, nues¬tras
súplicas a los dioses celestiales en favor de nuestros votos, y colma las aras
con el incienso del Orienté.
Manto. — (Poniendo incienso sobre el altar) Acabo de po¬ner incienso en
la sagrada hoguera de los dioses.
Tiresias. — ¿Y la llama? ¿Ha quemado ya ampliamente las ofrendas?
Manto. — Brilló un súbito resplandor que se extinguió re¬pentinamente.
Tiresias. — ¿La llama clara y brillante se elevó hacia el cielo recta y
pura extendiendo su alto penacho por los aires, o bien serpeó indecisa por los
costados del altar y se abatió deshaciéndose entre volutas de humo?
Manto. — No fue uniforme el aspecto de la móvil llama: a la manera que
la lluviosa Iris envuelve en sí, y en su con¬torno se entremezclan y confunden
variados colores, y abarcan¬do con sus pintadas franjas una vasta parte del
cielo, anuncia, por los matices de sus tonalidades, las lluvias, sin que pueda
saberse qué color tiene o cual no tiene, pasando del azul a los pardos reflejos
o a los rojos de sangre, y por último se desvanece en las tinieblas. Pero de
pronto, el fuego obstinado asciende, y la llama de este único sacrificio se
escinde en dos discordes masas: ¡oh padre mío! me horrorizo viendo lo que veo:
Las libaciones de Baco truécanse en sangre; la ca-beza del rey aparece
circundada por espesa humareda que se torna más densa aún en torno de sus propios
ojos, una densa nube le priva de la
vista de esta sombría luz. Dime, padre ¿qué significa todo esto?
Tiresias. — ¿Cómo voy a poder hablar en medio del tumul¬to que perturba
mi ánimo atónito? ¿Qué podría yo decir? Hay signos de desgracias terribles;
pero aún yacen profunda¬mente en el misterio: la cólera de los dioses se
muestra de costumbre por síntomas inequívocos. ¿Qué secreto es, pues, éste, que
tan pronto quieren como no quieren revelar? ¿Por qué esconden sus temibles
amenazas? ,Los dioses sienten vergüenza de no sé qué. Ven, apresúrate a traer
aquí las víctimas" y a espar¬cir sobre la cabeza de los toros la harina
sagrada, ¿Se someten ellos plácidamente al rito y sé dejan tocar con las manos?
Manto. — El toro, al levantar su altiva cabeza y colocado mirando a
Levante, fue herido por la luz, volvió la cara tem¬blando y esquivó los rayos
del sol.
Tiresias. — ¿Caen los animales
abatidos al primer
golpe?
Manto. — La becerra se lanzó ella misma contra la cuchilla levantada y
cayó al primer golpe; pero el toro, después de recibir dos heridas, vagando de
un sitio a otro se desploma, y va
exhalando, agotado, una vida que obstinada se resiste.
Tiresias. — ¿Brota rápida la sangre de una estrecha herida o bien va
manando lentamente de hondas heridas ?
Manto. — Fluye abundante por la abertura del pecho en ella; las
profundas heridas del toro, tíñense apenas por un como tenue rocío de sangre,
que fluye copiosa por su faz y por sus ojos.
Tiresias. — Los sacrificios infaustos despiertan en mí un terror
inmenso. Pero, ve dándonos los signos más seguros que ofrecen las entrañas.
Manto. — Padre mío ¿qué es esto? Las entrañas no palpi¬tan como de
costumbre agitadas por un leve movimienton; rehusan violentamente las manos
enteras, y de las venas bro¬tan nuevos chorros de sangre. El corazón, todo él
alterado, aparece mustio y se esconde en el fondo del cuerpo; las venas están
lívidas; falta gran parte de las fibras de los pulmones; el hígado corrompido,
despide una espuma de hiél negra (y esto es siempre un presagio amenazador para
la unidad de un reino), he aquí que se elevan dos cabezas iguales por la masa
de sus tejidos, y estas dos cabezas tiene cada una sus lesiones escondidas por
una delgada membrana que las recu¬bre, dejando, sin embargo, entrever sus
secretos: el lado hostil se hincha de una masa sólida, en la cual siete venas
se tienden cortadas por una línea oblicua, que les impide volver hacia atrás.
El orden de la naturaleza está turbado; nada se en¬cuentra en el lugar que le
corresponde; todo está invertido: el pulmón, en la parte derecha no contiene
aire, sino sangre; no está tampoco al lado izquierdo el corazón; ni pliegues
gra¬sosos encubren con su blanda cubierta las membranas de las entrañas; las
partes sexuales están trastocadas; el útero de la novilla, presenta un aspecto
insólito. Investiguemos de dónde procede la causa de esta extraña rigidez en
las visceras.
Pero ¿qué prodigio es éste? Un feto, colocado en un lugar insólito, y no
donde debiera estar, llena con su grandor el vientre de la novilla; mueve sus
miembros exhalando vagidos y su cuerpo débil se agita con trémulas sacudidas;
sangre lí¬vida mancha las fibras negruzcas de las carnes; los cuerpos deformes
de las víctimas intentan escapar, y su masa huera se yergue y amenaza con sus
cuernos a los ministros del sacrifi¬cio; las entrañas se escapan de las manos.
Ese mugido que acaba de sonar en tus oídos no es el mugido grave de un buey, ni
el bramido de espanto de una torada asustada; es el fuego que muge en el altar
y es el hogar que chisporrotea.
Edipo. — Dime, ¿qué es lo que presagian los signos terro-ríficos de este sacrificio?
Escucharé sin temblar tus palabras. Las desgracias excesivas confieren una
especie de seguridad.
Tiresias. —Lamentarás los males que tratas de mitigar.
Edipo. — Dime lo único que los dioses quieren que yo sepa: quién manchó
sus manos con la muerte del rey.
Tiresias. — Ni los pájaros al hender con sus veloces alas las alturas
del cielo, ni las fibras arrancadas de las entrañas palpitantes pueden revelar
ese nombre; para ello es necesario buscar otro medio: hay que evocar al mismo
rey en persona desde la morada de la eterna noche y hacerle subir desde el
Erebo a fin de que sea él quien. designe el autor de su ase¬sinato. Hay que
abrir la tierra; hay que conseguir por im¬precaciones mover la implacable
voluntad de Plutón; hay que arrancar hasta aquí a gente de la Estigia infernal:
di a quién vas a confiar esa misión sagrada, ya que a ti te está prohibido
asistir a la aparición de las sombras, porque en tus manos tienes el poder
supremo.
Edipo. — A ti, pues, Creonte, te corresponde este cuidado, puesto que tú
eres el segundo en reino.
Tiresias. — Mientras nosotros vamos a abrir los profundos abismos, de la
Estigia haced que resuene el himno de nuestro pueblo en honor de Baco.
CORO
Coro.— ¡Oh tú! cuyos sueltos cabellos coronados con tré¬mulos corimbos
de hiedra y cuyos brazos delicados adorna el tirso de Nisa; tú, gloria
deslumbrada del cielo ¡oh Baco! ven a escuchar nuestros votos, los que la noble
Tebas, tu patria, con sus manos suplicantes te dirige. Vuelve propicio a
nosotros tu virginal cabeza; y con tu faz deslumbrante, disipa las nubes y
ahuyenta las amenazas siniestras del Erebo y la suerte ávida. A ti te sienta
bien coronar tu cabellera con flores prima¬verales, ceñir tu cabeza con la
tiria mitra, y ajustar a tu frente serena la guirnalda de hiedra, cargada de
bayas, y dejar flotar tus sueltos cabellos, o recogerlos luego sujetos en
apretado nudo, cual antaño, cuando temeroso de tu irritada madrastra, creciste
disfrazando tus formas, e imitando a las doncellas de rubias guedejas y
sujetando tu vestido con amarillo cinturón. Desde entonces fue de tu agrado
este atuendo afeminado, am¬plio y de flotante cola. Viéronte así sentado en
áurea carroza, escondiendo con tus largas vestiduras tus leones, cuantos viven
en las vastas llanuras del Oriente; los que beben las aguas del Ganges, y
cuantos rompen los hielos del glacial Araxes.
Sigue en pos tuyo en su tardo borriquillo el anciano Sueno, con sus
nevadas sienes, coronadas con guirnaldas de pámpanos; tus lascivos mistas guían
con sus danzas tus misteriosas orgías.
A ti te acompaña unas veces la cohorte de basaridos que pisan ya el Pangeo edonio, ya la cima
del tracio Pindo. Otras es entre las matronas tebanas que se adelanta la impía
mé¬nade, compañera del Baco Origión, ceñidos sus flancos con la piel sagrada
del cervatillo; eri tu honor las matronas, en¬cendido su pecho con tu delirio,
dejaron flotar tus cabellos; luego, después de haber desgarrado los miembros de
Penteo, las Tiadas, cuyas manos agitaban el leve tirso, liberadas del estro que
aguijó su cuerpo, contemplaron su maldad monstruosa como si les fuese extraña.
El reino del mar lo posee la tía del glorioso Baco, e Ino, la tebana, va
rodeada por el coro de los Nereidas; y un niño extranjero es el señor de las
olas del vasto océano, Palemón divinidad venerable, deudo de Baco.
A ti de niño, te raptó una cuadrilla de tirrenos; pero Nereo serenó el
mar embravecido trocando en praderas sus cerúleas aguas: aquí verdea el plátano
con sus hojas primaverales y el laurel, árbol caro a Febo; parleras aves
gorgean entre el ramaje; a los remos se adhiere la vivaz hiedra, y la viña
trepa enroscándose hasta las altas copas; el león del Ida ruge en la proa, y en
la popa se asienta el tigre del Ganges.
Entonces los piratas empavorecidos se lanzan a nado al mar; pero en
cuanto se zambullen en él, cobran una nueva forma; cáenseles primero sus brazos
a los ladrones; su pecho se contrae y únesele al vientre; sus manos minúsculas
penden a sus flancos, su torso se encorva y aguanta las olas; su cola en forma
de media luna hiende las aguas y transformados en delfines van siguiendo las
velas que huyen.
A ti es a quien llevó en sus aguas opulentas el lidio Pac¬tolo de áurea
y rápida corriente. Distendió su arco y abandonó sus géticas flechas el
Masogeta, que mezcla en sus copas la sangre con leche. Los dominios de Licurgo,
el armado de la podadera, sufrió el poderío de Baco . Sintiéronlo también esos
países feroces, y asimismo las naciones que Bóreas toca de cerca, y las que
cambian constantemente de morada; e igualmente aquellas a las que con sus
heladas aguas baña la Meótida laguna; aquellas que contemplan desde sus alturas
celestes, la estrella Arcadia y ambos Carros. Él fue quien some¬tió a los
gelonos, que viven diseminados; quitó sus armas a las doncellas guerreras y las
cohortes del Termodonte, humi¬llada hasta el suelo su cerviz, depusieron al huir
sus saetas ligeras, se convirtieron en ménades.
El Citerón sagrado se inundó con la sangre vertida en el exterminio de
Ofión; y las hijas de Preto hubieron de
huir a los bosques, y Argos dio culto a Baco, a pesar de la presen¬cia de su
madrastra.
Naxos, circundada por el mar Egeo, te dio por esposa a una doncella
abandonada, que compensó el daño del esposo (que había perdido) con un más
glorioso esposo: de árida roca brotó el licor de Nictelio; cantarines
riachuelos corrieron por la grama y la tierra se embebió profundamente con los
dulces jugos, y tersas fuentes de nivea leche y de lésbicos vinos, aromados de
tomillo.
La nueva desposada es conducida al inmenso cielo; Febo canta el himno
nupcial, dejando flotar sobre sus hombros su cabellera y Cupido el dios de la
doble condición , agita las antorchas nupciales, Júpiter depuso sus ígneas
flechas, y la llegada de Baco, le hace odiosos sus rayos. Mientras los astros
brillantes prosiguen su curso en el cielo milenario; mien¬tras el océano tenga
al mundo encerrado en sus olas, que lo ciñen; mientras la luna llena vuelva a
juntar sus fulgores perdidos, mientras la estrella de la mañana anuncie el
naci¬miento matinal del día; mientras la elevada Osa ignore el azul de Nereo,
veneraremos la rutilante faz del hermoso Layo.
Edipo. — Aunque tu semblante muestre señales que hacen presagiar
lamentables noticias, dime qué cabeza debe apaci¬guar a los dioses.
Creonte. — Me ordenas decir lo que el temor me aconseja callar.
Edipo, — Si las ruinas de Tebas no son bastante a moverte, muévate el
cetro, que se escapa de la casa emparentada con la tuya.
Creonte. — Desearás ignorar, lo que ahora tratas por demás saber.
Edipo. —La ignorancia es un remedio ineficaz contra la desgracia. Así
pues ¿pretendes ocultarme lo que puede ser la salvación del Estado?
Creonte.— Cuando el remedio es espantoso, repugna a uno ser curado.
Edipo. — Dime lo que has sabido, o de lo contrario, sabrás cuan temible
es el poder de un rey irritado.
Creonte. — A menudo los reyes se irritan porque se les dice lo que se
les ha ordenado decirles.
Edipo. — Serás enviado al Erebo, vil víctima sacrificada a la salvación
común, si tu voz no me revela los misterios de esta ceremonia.
Creonte.— ¡Ah, séame permitido callar! ¿Se puede im¬plorar de un rey más
humilde libertad?
Edipo. — Muchas veces la libertad del mutismo es más peligrosa que la
palabra misma para un rey y para una realeza.
Creonte. — Si a uno no le está permitido callar ¿qué es entonces lo que
le está permitido?
Edipo. — Es rebelde quienquiera que calla, cuando le or¬denan hablar.
Creonte. — Te ruego que al menos acojas sin cólera las palabras que tú
me obligas a pronunciar.
Edipo. — ¿Se ha castigado alguna vez a alguien por pala¬bras que le han
obligado a decir?
Creonte. — A alguna distancia de la ciudad hay un sombrío bosque de
encinas, en los parajes que riega la fuente de Dirce: en la cumbre de este alto
bosque levantan sus copas los apreses que lo cercan con sus ramas de follaje
siempre verde, y robles añosos que extienden sus ramas tortuosas y carcomidas:
uno de éstos, minado por los años, ha reventado por un costado; otro por haber
cedido sus raíces agotadas, se inclina y se apoya sobre un tronco inmediato. El
laurel de amargas bayas, los leves tilos, el mirto de Pafos, el olmo que
proporciona remos que batirán las olas del vasto mar, y el pino, que de¬tiene a
Febo y opone a los céfiros su tronco liso, rodean a un árbol gigante cuya densa
sombra domina los árboles me¬nores y esparciendo las ramas de su copa en una
vasta exten¬sión, defiende él solo el bosque todo.
A sus pies, tristemente, privada de la claridad de Febo, helada por una
eterna frialdad, brota una fuente cuyas aguas se estancan perezosas en una
laguna fangosa.
En euanto el anciano adivino penetró allí dentro, no tuvo que esperar
nada puesto que el lugar le ofrecía la oscuridad que se precisa para estos sacrificios. Se cavó luego la
tierra y se echaron en ella brasas cogidas de la hoguera de la pira. El adivino
se reviste con fúnebres ropas y mueve su cabeza. Un lúgubre manto le llega
hasta los pies; con este siniestro atavío avanza triste, ceñidos sus blancos
cabellos con una co¬rona de mortífero tejo. En la hoya recién abierta, son
arroja-das ovejas de negros vellones y bueyes de oscuro pelaje. Las llamas
devoran las viandas sagradas y el ganado vivo aún, se estremece junto al fuego
feral. Luego el anciano evoca a los manes y te evoca también a ti, que
gobiernas y custodias las barreras del lago Leteo; recita las fórmulas mágicas,
entona con acento amenazador y voz furiosa, todos los conjuros que apaciguan o
doman a las leves sombras; esparce sobre la ho¬guera cruentas libaciones; quema
enteramente las víctimas e inunda la fosa con copiosa sangre: vierte encima,
como nueva libación, nivea leche y licor de Baco con la mano izquierda, y
repite sus conjuros y encantamientos y con la vista clavada en la tierra, evoca
a los manes con voz atronadora y delirante. La jauría de Hécate ladró por tres
veces; el fondo de los valles resonó con un lúgubre plañido; la tierra toda
tembló con sacudidas que conmovían el suelo. «Me oye, dijo el adi¬vino, he
pronunciado las fórmulas rituales: el tenebroso caos se abre y a los subditos
de Plutón se les permite subir hasta el mundo de los vivos.» Todo el bosque se
inclinó; luego, volvió a alzar su follaje; los robles se hendieron y la
floresta entera se estremeció de horror; la tierra se agrietó y gimió desde lo
más profundo, bien fuera porque el Áqueronte se sintiera irritado, porque se
bucease en sus más hondos abismos, o bien que la tierra misma produjera aquel
fragor para dar paso a los muertos, o bien porque el tricéfalo Cerbero, loco de
rabia, hubiera agitado sus pesadas cadenas. De repente el suelo se abrió,
ahondado en inmensa sima, dejó patente una abertura por donde yo mismo vi entre
las sombras los inmotos lagos, los pálidos dioses y la noche en toda su verdad;
la sangre se me heló y paralizó en las venas: Surgió de pronto amenazadora una
cruel cohorte e irguióse completamente ar¬mada, la raza toda nacida del dragón
de Cadmo, y el ejército de los hermanos engendrados por los dientes del
monstruo de Dirce, con la Peste, plaga ávida del pueblo de Ogigia . Después retumbó la voz horrible de la
feroz Erinia," "resonó la del ciego Furor, la del Horror y la de todo
cuanto crean y esconden a la vez las eternas tinieblas: el Duelo, que se mesa
los cabellos; la Enfermedad, que con dificultad puede soste¬ner su cabeza
fatigada; la Vejez, insoportable consigo misma; el Temor, siempre indeciso. Mi
valor desfallecía. Aquella misma para quien son familiares los ritos y los
sortilegios del anciano, quedó helada de estupor. Pero su padre, a quien su
propia ceguera hace intrépido y audaz, evocó a todo el pueblo exan¬güe del
feroz Plutón, y en seguida vino a respirar el aire libre. Menos numerosas son
las hojas que caen sobre el Erix, que las vio crecer; menos abundantes las
flores que hace nacer el Hibla, mediada la primavera, cuando densos enjambres
se dirigen en ellas en compactos grupos; el mar Jónico no estrella tantas olas
en sus playas, ni son tan numerosas las aves que huyen de las amenazas del
glacial Estimón, hienden las auras cerúleas, para invernar en otros cielos,
cambiando las árticas nieves por el tibio ambiente del Nilo, como numerosas
fueron las multitudes, que al conjuro de la voz del adivino, surgieron y
medrosas se fueron dirigiendo recatadas a los umbrosos reti¬ros de aquel
bosque. Fue el primero en emerger del suelo, Zeto, que llevaba asida de su mano
derecha, el asta de un feroz toro; vino luego Anfión, que en su izquierda mano
traía la cítara de concha, con cuyas sus suaves melodías tras él llevaba a las
rocas; siguió la hija de Tántalo, quien al fin, entre sus hijos, y ya
tranquila, va contando sus sombras. A su lado aparece otra madre menos tierna,
la enloquecida Agave, seguida de toda aquella femenina banda, que descuartizó á
un rey; va en pos de estas bacantes, Penteo, todo lacerado, pero conservando
aún en su rostro su aire retador y amenazador. Por fin, y después de muchas
evocaciones, levanta su frente avergonzado alejándose de toda "aquella
muchedumbre, y pro¬curando esconderse, hasta tal punto que el vate lo amenaza y
redobla sus infernales imprecaciones para conseguir que ven-, ga, a mostrar
bien a las claras los rasgos de su faz, aparece Layo. Me horroriza decirlo: se
yergue horrible con todo su cuerpo cubierto de sangre y los cabellos en
desorden, mancha¬dos por un fango repugnante y exclama con voz furiosa: « ¡ Oh,
casa de Cadmo, que en tu crueldad te complaces siempre en verter sangre de los
tuyos, vibra tus tirsos y con tu mano, movida de un delirio destroza mejor a
tus hijos: el mayor crimen de Tebas es el amor materno! ¡Oh, patria mía, no es
la ira de los dioses, la que destruye, sino un crimen! ¡No es el soplo funesto
del austro el que causa tus duelos; ni la tierra demasiado reseca por falta de
lluvias celestiales la que te abruma con exhalaciones nocivas: es un rey
manchado de sangre, que como recompensa de un cruel homicidio ocupa el trono y
el lecho incestuoso de su padre; hijos odiosos son los suyos, pero el padre es
peor todavía que los hijos, ya que hace que un vientre funesto, conciba de
nuevo, de manera que el hijo vuelve a entrar en las entrañas que le alumbraron
y siembre en su madre progenie impía; y cosa que rara vez acaece ni entre las
mismas bestias feroces, se ha engendrado hermanos! ¡Oh, mal intrincado y
monstruo más complejo que los enigmas de su propia Esfinge! ¡ A ti, a ti, cuya
ensangren¬tada mano empuña el cetro; a ti, es a quien yo, padre aún sin
venganza, voy a perseguir con toda la ciudad y arrastraré conmigo a Erinis,
madrina de tu boda. Azotaré con mi látigo a los culpables, hundiré esta casa
incestuosa y aniquilaré sus penates con guerra impía. Por lo tanto, apresuraos
a lanzar al destierro a vuestro rey, y todo el terreno que él dejare atrás,
reverdecerá tras su funesto paso y recobrará sus galas como en la florida
primavera; el aire vital se tornará sano; los bos¬ques readquirirán su ornato.
La Muerte, la Peste, el Trabajo, la Pena, el Contagio, el Dolor, digno cortejo
suyo, se irán al mismo tiempo que él; y él mismo no pedirá más que huir lo
antes posible de nuestro país; pero yo lo retendré; yo pondré obstáculos
penosos a sus pasos: vagará indeciso sin saber a dónde dirigirse, tanteando ante
él penosamente su camino, con su bastón de anciano. ¡Quitadle la tierra, que
yo, su padre, le privaré del cielo!
Edipo. — Glacial estremecimiento invade mis huesos y mis miembros; me
veo acusado precisamente de los mismos crí¬menes "que temí cometer. La
unión de Mépore con Pólipo destruye la posibilidad de un crimen mío dé incesto;
por otra parte el hecho de que Pólibo viva, absuelve a mis manos del
parricidio: el hecho de que mis padres vivan constituye mi defensa de asesinato
y de adulterio. ¿Qué posibilidad de cri¬men me queda aún? Tebas deploró la
pérdida de Layo mucho antes de que yo hollara con mis pies el suelo de Beocia.
¿Ha podido equivocarse el anciano, o bien la divinidad abruma aún a Tebas? ¡Ah!
¡No! ¡Ya caigo; ya tengo a los cómplices de una pérfida intriga. Con estas
mentiras del adivino se encubre un ardid y con un pretexto divino promete darte
mi cetro!
Creonte. — ¿Pero iba yo a querer ver a mi hermana des¬tronada? Si la
lealtad sagrada que uno debe a un hogar, próxi¬mo al tuyo, no me retuviera
firmemente sujeto a la posición que ocupo ahora, las excesivas amarguras que el
destino ofrece bastarían para atemorizarme. ¡Ojalá consientas, mientras estás
fuera de peligro, soltar el peso del poder, para que no te aplaste! ¡Retírate!
Más seguro estarás en una situación menos elevada.
Edipo.— ¿De modo que aún me exhortas a descargarme espontáneamente de mi
demasiado pesada realeza?
Creonte. — Se lo aconsejaría a cuantos todavía tuvieran una situación
donde poder escoger libremente; pero para ti es necesario ya soportar lo que te
impone tu destino.
Edipo. — Para un ambicioso el camino más seguro de llegar al trono que
desea, es cantar las ventajas de la templanza, predicar las dulzuras del ocio y
ponderar las delicias del sueño tranquilo; los espíritus a quienes inquieta la
ambición son los que más simulan la quietud.
Creonte. — ¿No basta a defenderme de tu acusación un largo pasado de
fidelidad?
Edipo. — La lealtad no es
para el felón
sino un medio, para llegar al crimen.
Creonte. — Libre yo del peso de la realeza, disfruto de sus ventajas; mi
casa se ve honrada constantemente por los home¬najes de gran número de
ciudadanos: no pasa día sin que mis lazos estrechos con el trono valgan a mi
hogar nuevos y abun¬dantes presentes; llevo una vida magnífica; tengo mesa
opu¬lenta y crédito, gracias al cual muchas personas me deben su salvación,
¿qué es lo que falta, a mi modo de ver, a mi felicidad?
Edipo. — ¡Lo que le falta! Jamás los que están en la pros¬peridad saben
moderarse.
Creonte. — ¿ Así que sin saber por qué, voy a perecer como un culpable?
Edipo. — ¿Acaso vosotros me habéis dejado daros cuenta de mi vida?
¿Acaso Tiresias me ha oído defender mi causa? Y sin embargo, a vuestros ojos
soy culpable. Me habéis dado el ejemplo: yo lo sigo.
Creonte.—Pero ¿y si soy inocente?
Edipo. — Un rey teme a un culpable posible, tanto como a un culpable
cierto.
Creonte. — El que teme falsos peligros los merece verda¬deros.
Edipo. — Todo el que ha sido inculpado conserva su odio cuando se le
perdona. ¡Caiga pues todo lo que amenaza pe¬ligro!
Creonte. — Así germinan los odios.
Edipo. — Quien teme los odios en demasía no sabe ser rey: el terror es
el guardián de los tronos.
Creonte. — Quien empuñe el cetro con cruel dureza, teme él mismo a
aquellos que lo temen: el terror se vuelve contra el que se lo ha creado.
Edipo. — (A sus guardias.) Asegurad a este culpable, ence¬rrándolo en
una mazmorra. Yo entre tanto me llegaré a palacio.
CORO
Coro. — No eres tú la causa de nuestros inmensos peligros, y no es a los
Labdácidas a quienes atacan los hados: sino que desde hace tiempo nos persigue
la cólera de los dioses; desde que el bosque de Castalia ofreció su sombra al
huésped venido de Sidón, y desde que en la fuente Dirce se bañaran los colo¬nos
que llegaron de Tiro; es desde cuando el hijo del gran Agenor , cansado de perseguir a través del mundo el
objeto del rapto de Júpiter, se detuvo medroso bajo los árboles a fin de adorar
al mismo que había raptado a su hermana, y adver¬tido por una orden de Apolo
que acompañase a una becerra vagabunda, que no había sido sometida ni al pesado
arado, ni al corvo yugo de una lenta carreta, renunció a su persecución y dio a
nuestra raza un nombre que tomó de esta fatal be¬cerra ; sí, desde aquel momento nuestra tierra ha
producido siempre nuevos monstruos: una vez fue una serpiente, que saliendo del
fondo de nuestros valles, se irguió silbando en las copas de los añosos robles,
o en las cimas de los pinos, o en las más altas ramas de los árboles de Caonia,
o asomó su cabeza azulada, aunque replegando sobre sí misma la mayor parte de
su cuerpo; otra vez fue la tierra, que grávida de monstruosa preñez, hizo
brotar de su seno hombres armados, cuyas trompas de cuerno retorcido
retumbaron, y cuyo corvo clarín de bronce lanzó sus notas estridentes. Nunca
habían probado la agilidad de sus lenguas, y sus bocas que ignoraban la
palabra, se ensayaron primero lanzando un grito de guerra: aquellos ejércitos
de hermanos, se disputaron el terreno, raza digna de la simiente lanzada para
su nacimiento, raza que recorrió el curso todo de su vida en el espacio de un
solo día, y que nacida después de la llegada del matinal lucero, murió antes de
aparecer el vespertino.
El extranjero quedó pasmado por tales prodigios y horro¬rizado por los
combates de ese pueblo que acababa de nacer, hasta que cayó exterminada toda
aquella fiera juventud, y su madre vió volver a su seno, a aquellos hijos que
acababa de dar a luz. ¡Ojalá las guerras civiles pudieran ser terminadas así, y
la Tebas de Hércules no conociera nuevas guerras fraticidas!
Y ¿qué diré del destino del nieto de Cadmo? Los cuernos de un ciervo
vigoroso ocultaron de repente con su frondosidad su frente, y sus propios
perros persiguieron a su dueño. Pre¬cipitó su huida a través de los bosques y
montañas el rápido Acteón, errante y con pies más ágiles todavía, a través de
matorrales y de rocas, temió las plumas movidas por el céfiro, evitó las redes
que él mismo colocara antes que viera sus cuernos y su cabeza de animal
reflejados en el agua de una apacible fuente, en el sitio mismo donde había
refrescado sus miembros virginales la diosa del pudor, sañuda en demasía.
EDIPO. — YOCASTA
Εdipo. — Mi mente pasa revista a todas sus inquietudes y revive todos
sus temores. Los dioses celestes y los infernales pretenden que soy yo el autor
del asesinato de Layo, en tanto que mi alma se sabe inocente y conociéndose
ella misma me¬jor que los dioses, les contradice.
Un recuerdo me asalta: en un estrecho camino, yo di muerte con un golpe
de mi cayado y lo mandé á la morada de Plutón, a un hombre, con quien me
encontré: él era un · hombre de edad, que arrogante me había empujado él
primero con su carroza; yo era joven: ello fue lejos de Tebas, en la comarca de
Fócida, en un paraje en el que el camino se bi¬furca. ¡Oh esposa mía, que tan
al unísono sientes conmigo! ¡Disipa, te lo ruego, la duda en la que mi mente se
debate! ¿En qué; época de su vida estaba Layo cuando pereció?_¿Es-taba aún
verde y en flor de la edad cuando fue muerto, o bien andaba ya abrumado por la
vejez?
Yocasta. — Estaba entre las dos edades; sin embargo, anda¬ba ya más
próximo a la vejez.
Edipo. — ¿Acompañaba al rey una escolta numerosa?
Yocasta. — La mayor parte de sus compañeros se habían extraviado,
equivocándose por los varios ramales del camino; pero un pequeño número, con
celosa solicitud había seguido al pie de la carroza.
Edipo. — ¿Murió alguno más compartiendo el destino del rey?
Yocasta.— Únicamente uno, cuya fidelidad y valor le lle¬varon a
compartir su muerte.
Edipo. — Ya tengo al culpable. Todo concuerda; el núme¬ro, el lugar.
Falta la fecha.
Yocasta. — Actualmente es la décima cosecha a partir de entonces.
(Sale.)
UN ANCIANO DE
CORINTO. — EDIPO.
— ESCLAVOS
Anciano. — El pueblo de Corinto te llama al trono de tu padre Pólibo;
éste disfruta ya del eterno descanso.
Edipo. — ¡De qué manera se encarniza por todos los lados contra mí la
cruel Fortuna! Dime, pues, ¿de qué muerte ha sucumbido mi padre?
Anciano. — En un apacible
sueño, el anciano expiró.
Edipo.— ¡Ah! mi padre yace pues muerto sin que ningún crimen lo haya
matado. Testimonio es este que me permite desde ahora levantar piadosamente mis
manos inocentes hacia el cielo sin temor a que ningún crimen las manche. ¡Pero
queda todavía la parte más temible de mi destino!
Anciano. — Todos tus temores se disiparán en el reino de tu padre.
Edipo. — Volvería con gusto al reino de mi padre; pero mi madre me
espanta.
Anciano.— ¡Cómo! ¿Temes a tu madre, que desea ardien¬temente tu retorno
con terrible ansiedad?
Edipo. — Es mi propio amor filial precisamente el que me hace huir de
ella.
Anciano. — ¿Abandonarás a tu madre en su viudez?
Edipo — Has tocado justamente el
objeto de mis temores.
Anciano. — Dime, ¿qué secreto terror invade tu espíritu? Acostumbro a
guardar los secretos de los reyes con muda lealtad.
Edipo. — Me hace temblar el oráculo délfico que me ha amenazado con unos
desposorios con mi propia madre.
Anciano. — Da de lado esos quiméricos temores, y disípense tus
vergonzosos miedos. Mérope no fue tu verdadera madre.
Edipo. — ¿Qué ventajas esperaba con la suposición de un hijo?
Anciano. — Los hijos son siempre lazos poderosos que afian¬zan la
fidelidad soberbia de los reyes.
Edipo.— Dime, ¿cómo llegó a tu conocimiento este secreto de familia?
Anciano, — Estas manos te presentaron muy niño aún a tu madre.
Edipo—¿Si tú me entregaste a mi madre, quién me en¬tregó a ti?, Anciano.
— Un pastor, al pie de la cima nevada del Citerón.
Edipo. — ¿Qué azar te había llevado a ti a esos bosques?
Anciano. — Apacentaba en aquellos montes a mis rebaños.
Edipo. — Dime aún algunas señales particulares de mi cuerpo.
Anciano. — En tus pies había señales de haber sido agujereados con un
hierro; a su hinchazón y a su deformidad debes tu nombre .
Edipo. — Quisiera saber quién fue el que te hizo el don de mi cuerpo.
Anciano. — Uno que apacentaba los rebaños del rey y tenía a sus órdenes
como inferiores, a todos los demás pastores.
Edipo. — Dime su nombre.
Anciano. — Los recuerdos de antaño se debilitan en los ancianos y la
memoria cansada flaquea y se desgasta.
Edipo. — ¿No podrías reconocer a aquel hombre por sus rasgos y por su
semblante?
Anciano. — Quizá lo reconociera: a menudo un recuerdo sepultado ya, por
el pasado y olvidado, surge gracias a un leve indicio.
Edipo. — (A los esclavos.) Que sean arreados hacia los al¬tares de los
sacrificios, todos mis rebaños, acompañados de sus pastores. Id; apresuraos,
haced, esclavos, que se presen¬ten ante mí todos aquellos en cuyas manos está
el cuidado de todos mis rebaños.
Anciano. — Sea que la razón, sea que el azar haya tenido escondido ese
misterio, deja que quede en la sombra lo que en ella estuvo tanto tiempo.
Ocurre con harta frecuencia que cuando se violenta la verdad, sale a la luz
para desgracia nuestra.
Edipo.-— ¿Puede acaso temerse una desgracia mayor que las que estamos
padeciendo?
Anciano. — Has de saber que lo que exige tan grandes es¬fuerzos es de
gran importancia; se da aquí un doble .conflicto entre la salud pública y la
salud del rey; ambas tienen una importancia igual: manten tus manos apartadas
de uno y otro: incluso sin que tú trates de hacer ninguna averiguación, el
destino se encargará él mismo de revelarlo.
Edipo. — No conviene, es cierto, quebrantar una situación afortunada;
pero nada arriesga uno poniendo en movimiento lo que ya está en un estado
desesperado.
Anciano. — ¿Pretendes acaso un nacimiento más noble que tu real raza?
Ten cuidado, no tenga que pesarte haber encon¬trado a tu madre.
Edipo. — Aun cuando tuviera que arrepentirme de ello, intentaré llegar a
la certeza de mi nacimiento, si es posible dar con esa certidumbre. Aquí tienes
al hombre de edad avan¬zada ahora, bajo cuyas órdenes estaban los pastores de
los re¬baños del rey: su nombre es Forbas) ¿Te acuerdas de ese nombre o de los
rasgos del semblante de este anciano?
FORBAS. ---- LOS
MISMOS
(Forbas se adelanta y el anciano lo examina de cerca.)
Anciano. — Su fisonomía algo dice a mi memoria; pero su semblante no me
es muy familiar, y sin embargo, tampoco me es del todo desconocido.
Edipo. — ¿Cuando Layo ocupaba el trono, no llevaste tú, como esclavo,
sus lucidos rebaños a las pendientes del Citerón?
Forbas. — Sí; es fértil Citerón ofrecía en verano a nuestros
rebaños, sus praderas siempre
cubiertas de nueva yerba.
Anciano. — ¿Y a mí, me reconoces?
Forbas. — Vacila mi fragil memoria..
Edipo. — ¿Tú entregaste un niño a este hombre? Habla. ¿Dudas? ¿Por que
tus mejillas cambian de color? ¿Por qué rebuscas tus palabras? La verdad es
enemiga de rodeos.
Forbas. — Sí; es cierto que entregué a este hombre un re¬de tiempo ha
oscurecido.
Edipo. — Confiesa, si no quieres que sea el dolor quien te fuerce a
decir la verdad.
Forbas. — Sí; es cierto que
entregué a este hombre un re¬cién nacido: no era capaz de disfrutar ni de la
luz ni del cielo.
Anciano.— ¡Ah! ¡Lejos de nosotros este presagio! ¡Vive y deseo que siga
viviendo!
Edipo. — ¿Por qué presumes que el niño que entregaste no ha sobrevivido?
Forbas. — Sus pies estaban unidos por un agudo hierro que los taladraba
y una hinchazón producida por la herida, iba minando su cuerpo infantil con
horrible infección.
Anciano. — ¿Para qué interrogar más? Ya se aproxima tu destino.
Edipo. — ¿Quién era ese niño? Házmelo saber.
Forbas. — La fidelidad jurada me lo impide.
Edipo.— ¡Hola! ¡A ver, alguien! ¡Fuego! Las llamas sabrán triunfar de tu
fidelidad.
Forbas. — Se me quiere arrancar la verdad por tan crueles medios. ¡ Por
favor! ¡ Te suplico!
Edipo. — Si te parezco duro y tiránico, en tu mano tienes la evasión; di
la verdad: ¿Quién era? ¿Qué padre lo engen¬dró? ¿Qué madre lo trajo al mundo?
Forbas.— ¡La madre que lo trajo al mundo es ¡tu esposa!
(Forbas y el Anciano salen.)
Edipo.— ¡Ábrete, tierra; y tú, que gobiernas la tenebro¬sa morada, rey
de las sombras, hunde en el fondo de los abis¬mos del Tártaro a quien ha
trastornado las leyes del nacimiento y de la generación! ¡Ciudadanos, acopiad
piedras, para lapi¬dar mi cabeza culpable; atravesadme con vuestras flechas;
traspásenme con su espada los padres; traspásenme los hijos; que las esposas
armen contra mí sus manos, así como los her¬manos, y que este pueblo
contaminado me lance teas arran¬cadas de las hogueras! ¡ Oprobio del mundo,
objeto del odio de los dioses; destructor de las más santas leyes, voy vagando
merecedor de la muerte, desde el día mismo en que respiré por primera vez!
¡Devuélveme tus sentimientos de entonces, madre mía; atrévete ahora a un acto
digno de tus maldades! ¡Ve, apresúrate; ve con rápido paso a tu palacio;
felicita a tu madre por los hijos con los que acrecentaste tu casa!
CORO
Coro. — Si me fuera permitido forjar a mi voluntad mi destino, templaría
mis velas a favor del leve céfiro, para que mis antenas no se estremecieran al
soplo de un poderoso vien¬to. Quisiera que una brisa suave, de moderado soplo,
hiciera avanzar, sin azotar sus flancos, mi bajel que no tiembla; pu¬diera yo
con toda seguridad seguir el curso de la vida, por el camino medio. Por temor
al rey de Gnoso y dejándose llevar de su loco desvarío, quiso llegar hasta las
estrellas un adoles¬cente , confiando en
su osada invención, trató de vencer a las aves verdaderas; pero pidió demasiado
a sus alas artifi¬ciales y cambió su nombre al mar, que recibió el suyo. Su
viejo padre, el prudente Dédalo, manteniéndose a una altura moderada en su
vuelo, permaneció en las regiones medianas del aire, bajo las nubes y espera a
su hijo-pájaro, y corno un ave auténtica, esquivando a las aves de rapiña, que
congrega a sus crías que el miedo dispersó, hasta que el hijo caído al mar
empezó a agitar sus brazos embarazados por los estorbos con que se había
cargado para emprender su audaz ascensión. ¡Todo lo que sobrepasa la justa
medida queda suspendido sobre un precipicio! Pero ¿qué es esto? Las puertas
crujen. Aquí llega un servidor del rey triste y golpeándose con las manos la
cabeza. Dinos, ¿qué nuevas traes?
MENSAJERO. — CORO
MENSAJERO. — En cuanto se convenció de que las predic¬ciones de los
oráculos se habían cumplido y supo cuál era su nacimiento infame, y en fin, de
qué maldad era responsable, Edipo se condenó a sí mismo, y dirigiéndose al
palacio, lleno de indignación contra si mismo penetró con precipitados pasos en
aquella odiosa morada, cual libre león que, enfurecido vaga a través del campo
sacudiendo sobre su temible frente su ama¬rilla melena, torvo de rabia el
semblante, desorbitado el mirar, exhalando gemidos y sordos lamentos, bañado su
cuerpo en un frío sudor, lanza espuma de su boca, profiere amenazas y el
inmenso dolor escondido profundamente, desborda de su pecho. Cruel consigo
mismo, maquina no sé qué designio formidable en proporción con su destino.
«¿Por qué retardar mi castigo?» exclama; «que este culpable pecho sea
atravesado por la es-pada; que sea consumido por alguna antorcha ardiente, o
quebrantado a pedradas». «¿Qué tigre o qué ave de presa vendrá a cebarse en mis
entrañas?» «Tú mismo, ¡oh fatal Citerón!, que tantas maldades cobijas, azuza
contra mí, las tierras de tus bosques o tus canes rabiosos.» «Ha llegado la
hora de devolverme a Agave.» «¡Alma mía, ¿por qué temer la muerte? Sólo la
muerte puede sustraer al inocente de los avatares de la Fortuna.» Al decir
estas palabras, echa mano al pomo de su espada, la saca de la vaina y dice:
«Pero, ¿con tan breve y expedito castigo es como piensas expiar tan grandes
crímenes, y con un único golpe pretendes compensar todas tus maldades? Mueres;
cierto, y ello bastaría para vengar a tu padre, pero luego ¿qué satisfacción
das a tu madre, a tus hijos, cuyo nacimiento está maldito; qué expiación, te
impon-drás a ti mismo, qué compensación ofrecerás a tu patria, la que por tu
crimen soporta una terrible calamidad?»
«No podrías pagar todo eso: que esta Naturaleza, que para Edipo solo,
trastornó sus inmutables leyes, e imaginó insos¬pechados alumbramientos, que
invente también para mí nue¬vos suplicios.»
«Que se me conceda vivir y morir varias veces seguidas para expiar cada
vez con un suplicio nuevo mis delitos. Sírvete, mísero Edipo, de tu ingenio: si
la repetición del suplicio es imposible, que por lo menos suduración lo supla.
Elegiré una muerte lenta: encontraré un medio de andar errante sin mez¬clarme
entre los muertos y, sin embargo, aislado de los vivos: morir, pero sin llegar
a la muerte ¿Vacilas, alma mía? De repente un llanto copioso inunda mis ojos y
un mar de lágri¬mas baña mis mejillas. Pero ¿basta con llorar? ¿Este leve rocío
será el único que verterán mis ojos? ¡Ah, que arrancados de sus órbitas sigan a
mis lágrimas! ¡Sí; arranquemos estos ojos incestuosos! Y así diciendo salvaje,
y cual si quisieran ellos salirse de sus orbitas, furioso, audaz, feroz, como
sólo lo están los locos, lanzó un gemido y sañudo, hundió sus manos en sus
ojos. Pero sus ojos amenazadores se yerguen a su encuentro tendidos hacia la
mano que los ataca, la siguen y como por propio impulso, se precipitan al golpe
que los hiere. Busca él ávidamente sus órbitas y arranca a la vez los dos
globos de sus ojos desraizándolos por completo; sus dedos escarban en la
cavidad abierta, y hundidos en el fondo, lacera con sus uñas la profundidad de
las órbitas ya vacías; y se encruelece en vanos esfuerzos y se ensaña
inútilmente. Réstale hacer la prueba de la luz. Alza la cabeza recorriendo con
sus órbitas vacías la extensión del cielo y comprueba la absoluta oscuridad, la
noche total. Corta las fibras que cuelgan aún de sus ojos mal arrancados, y
grita victoriosamente a los dioses. «Perdonad ahora a la patria yo os lo
suplico; me he hecho justicia, ya sufrí el castigo que debía, he sabido
encontrar una noche digna de mi fatal himeneo.» ¡Horribles chorros de sangre
ba-ñan su semblante y su cabeza mutilada; de sus venas arran¬cadas brota un
raudal de sangre!
(Sale.)
Coro. — Los hados nos conducen, ceded al destino; nues¬tras inquietudes
no podrían cambiar la trama del huso fatal.
Todo lo que sufrimos, ¡oh raza de los mortales, y todo lo que hacemos,
proviene de allá arriba! El huso de Láquesis, hila un destino del cual ella es
la guardiana y jamás su mano vuelve a enrollar sus hilos.
Todos los seres caminan por un inevitable sendero y el pri¬mero de sus
días determina el último; los dioses mismos no tienen la facultad de modificar
el curso de las cosas, que de-penden de sus propias causas.
El orden de los aconteceres sigue para cada uno, sin que ninguna
plegaria pueda alterar su inmutabilidad; a menudo es el mismo temor el que
pierde a la gente, y más de uno ha encontrado su muerte porque la temía.
Las puertas han chirriado y he aquí al mismo Edipo, que sin guía, de
nadie y huérfano de luz, tantea su camino.
EDIPO. — Luego YOCASTA. — CORO
Edipo. — Está bien: ya está hecho; he pagado a mi pa¬dre mi deuda. Me
gustan estas tinieblas. ¿Qué dios, por fin, clemente conmigo ha esparcido sobre
mi cabeza esta nube de oscuridad? ¿ Qué dios me perdona mis crímenes? He
escapado a la luz, cómplice"del día. A tus manos parricidas nada debes: la
luz ha huído de ti En efecto, sí; éste es el semblante que a Edipo le sienta
bien.
(Yocasta sale de palacio.)
Coro. — ¡ Ah! ¡ He aquí que Yocasta desesperada, fuera de sí sale de
palacio con precipitados pasos, cual la madre tebana, presa de un delirio
alocado, cuando cortó la cabeza de su hijo y se dió cuenta de que era a él a
quien había matado! Duda, a la vez y desea, y teme hablar al desgraciado. Ya su
pudor cedió al exceso de sus males; pero la palabra se corta a flor de sus
labios...
Yocasta.— ¿Con qué nombre, he de llamarte? ¿Hijo mío? ¿Te turbas ? Eres
mi hijo. ¿Te avergüenzas de ese nombre? Aunque este nombre te repugne, hijo
mío, contesta. ¿Por qué vuelves tu cabeza y tus órbitas vacías?
Edipo. — ¿Quién me prohibe disfrutar de las tinieblas? ¿Quién me
devuelve mis ojos? ¡Es mi madre, sí; es la voz de mi madre! ¡ He pues actuado
en vano! Desde ahora ya no nos está permitido encontrarnos. ¡Que la inmensidad
de los mares separe nuestras cabezas malditas: que las más recónditas tie-rras
nos mantengan lejos el uno del otro y que el hemisferio opuesto a éste y vuelto
hacia otros astros y un sol opuesto al nuestro, sea la morada de cada uno de
nosotros !
Yocasta. — La culpa es de los hados: nadie es culpable cuando es víctima
de la fatalidad.
Edipo.— ¡Oh madre mí! Ahorra tus palabras: que no te oigan más mis
oídos, te lo suplico; por los restos de mi cuerpo mutilado, por las
infortunadas prendas de nuestro hi¬meneo, por todos los nombres legítimos o
ilegítimos que pode-mos darnos.
Yocasta. — ¿Por qué te quedas pasmada, alma mía? ¿Por qué, tú, cómplice
de sus crímenes, te niegas a expiarlos? Con tu incesto, has hecho perecer,
confundidas, las leyes humanas más santas: muere, y que el acero te arranque tu
culpable aliento. Ni aun cuando el padre de los dioses trastornara el universo
y con despiadada mano lanzase contra mí sus ardien-tes rayos, nunca sufrí yo,
madre infame, un castigo propor¬cionado a mis maldades. La muerte es mi deseo:
busquemos el medio de morir. Vamos, presta tu brazo a tu madre, si eres
parricida. Aún te queda esta suprema labor: coge esta espada; ella fue la que
mató a mi esposo, ¿qué digo, esposo? ¿Por qué darle ese nombre mentiroso? Fue
mi suegro. Voy a atra¬vesarme el pecho con esta espada o bien la hundiré en mi
abierto cuello. No sabes elegir el sitio donde herirte: atraviesa, ¡oh diestra
mía, atraviesa este vientre, demasiado fecundo, que gestó al marido y a sus
hijos!
(Se mata.)
Coro. — Yace atravesada por el golpe. Su mano moribunda se mantiene en
la herida y la sangre brota a torrentes tan fuertes que con ella escupe la
espada.
Edipo. — ¡ Dios fatídico, dios tutelar de oráculos infalibles, te tomo
por testigo que sólo debí a la fatalidad la muerte de mi padre: ahora bien dos
veces parricida, más culpable aún que lo que temía, he aquí que he matado a mi
madre: mi cri¬men la ha abrumado! ¡Oh Febo, embustero; he ido más allá de mi
destino impío! Seguiré con paso titubeante los fa¬laces caminos osando apenas
posar en tierra la planta de mis pies y guiándome en las tinieblas espesas, con
ayuda de mi temblorosa mano! Vamos, Edipo. Ve al azar, exponiéndote a caer,
andando con pasos inseguros. Ve, huye, anda; —anda—, no; detente, no vayas a
tropezar con el cadáver de tu madre. Vosotros todos, que agotados de cuerpo y
agobiados de males arrastráis vuestros corazones desfallecidos, erguid vuestras
ca¬bezas : ya me voy, ya huyo. Un cielo más puro renacerá en pos mío que todos
aquellos que yacen y cuyo pecho retiene apenas un soplo de vida, respiren
aliviados un aire vivifica¬dor. Id; socorred aún a las personas que consideréis
desahu¬ciadas. Me llevo conmigo todos los gérmenes mórbidos de estas tierras.
¡Oh, muertes violentas, horribles convulsiones de la Enfermedad, de la
Demacración, de la negruzca Pestilencia, de la Desesperación rabiosa, venid
comigo! ¡Venid, sed vosotras el guía que me conviene!

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