© Libro N° 13931. Aline Y
Valcour O La Novela Filosófica. De Sade D. A.
F. , Marqués. Emancipación. Junio
14 de 2025
Título Original: © Aline Y Valcour O La Novela
Filosófica. D. A. F. Marqués De Sade
Versión Original: © Aline Y Valcour O La Novela Filosófica. D. A. F. Marqués De Sade
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
O
LA NOVELA FILOSÓFICA
D. A. F.
Marqués De Sade
Aline Y
Valcour
O
La Novela
Filosófica
D. A.
F. Marqués De Sade
ALINE Y VALCOUR
o
La Novela
Filosófica
____________________________
Digitalizado por Dolmancé para
El Divino Marqués
(http://www.sade.iwebland.com)
NOTA PRELIMINAR
El autor considera
su deber avisar que, habiendo cedido su manuscrito cuando salió de la Bastilla,
se vio, por este motivo, en la imposibilidad de retocarlo. ¿Cómo es posible
que, después de este inconveniente, la obra, escrita hace siete años, esté al día?
Ruega, pues a sus
lectores que tengan en cuenta la época en que fue compuesta y así encontrarán
cosas muy extraordinarias. Asimismo les invita a que no la juzguen hasta
después de haberla leído con la mayor exactitud de principio a fin: en un libro
como este no se puede formar una opinión basándose en la fisonomía de tal o
cual personaje ni en tal o cual sistema aislado. El hombre imparcial y justo
solamente se pronunciará sobre el conjunto.
Nam veluti pueris
absinthia tetra medentes,
Cum dare conantur
prius oras pocula circum,
Contingunt mellis
dulci flavoque liquore
Ut puerum aetas
improvida ludicifetur
Labrorum tenus;
interea perpotet amarum
Absintiae laticem
deceptaque non capiatur,
Sed potius tali
tacta recreata valescat.
Luc. lib. IV*
ADVERTENCIA DEL
EDITOR
Es justificado
contemplar la presente colección de cartas como una de las obras más picantes
que hayan aparecido desde hace mucho tiempo. Se puede afirmar que nunca trazó
el mismo pincel contrastes más singulares y, si en ellas la virtud se hace
adorar por la forma atractiva y sincera con que es presentada, con toda
seguridad los espantosos colores que ha utilizado para pintar el vicio harán
que sea detestado. Es difícil describirlo bajo una fisonomía horrible.
Del ensamblaje de
tantos caracteres diferentes, que continuamente están interfiriendo los unos
con los otros, debían resultar aventuras inauditas. Así, podemos afirmar que
ninguna anécdota real... ninguna memoria, ninguna novela contiene peripecias
más singulares y en ninguna otra parte, sin duda, se verá aumentar el interés y
sostenerse con tanta destreza como vigor. Quienes gusten de los viajes
encontraran con que satisfacerse y se les puede garantizar que nada hay tan
exacto como las dos diferentes vueltas al mundo que, en sentido contrario,
viven Sainville y Léonore.
Nadie ha llegado
aún al reino de Butua, situado en el centro de África. Solamente nuestro autor
ha penetrado en estos climas bárbaros. No se trata ya de una novela, son las
notas de un viajero preciso, culto y que solamente cuenta lo que ha visto. Si
en Tamoé quiere consolar a sus lectores de las crueles verdades que se ha visto
obligado a describir en Butua recurriendo a ficciones más agradables, ¿se le
debe reprochar? Solamente vemos aquí una cosa lamentable, que todo lo que hay
de más horrible se encuentre en la naturaleza y que sea solamente en el país de
las quimeras en donde se puede hallar lo justo y lo bueno.
Sea como fuere el
contraste de estos dos gobernantes no dejará de agradar y estamos perfectamente
convencidos del interés que debe despertar. Esperamos el mismo efecto de las
relaciones de todos los personajes que se presentan a través de estas cartas de
la artística conjugación de los unos con los otros a pesar de su asombrosa
desproporción.
Sus principios
debían ser opuestos, como sus fisonomías y si el autor se ha permitido
pintarlas con trazos vigorosos ha sido solamente para mostrar con que
ascendiente y al mismo tiempo con que facilidad, el lenguaje de la virtud
pulveriza siempre los sofismas del libertinaje y de la impiedad. La idea de
suavizar algunos discursos y algunos matices se ha presentado más de una vez,
lo confesamos, ¿pero hubiéramos podido hacerlo sin diluir? Por muy pronunciado
que sea el vicio, solamente debe ser temido por sus partidarios y, si triunfa
sólo consigue inspirar más horror a la virtud: nada hay tan peligroso como
suavizar sus tintas. Pintarlo a la manera de CrébiIlon significa hacer que se
le ame y faltar, por consiguiente, a la finalidad moral que todo hombre de bien
debe proponerse al escribir.
Otro rasgo singular
de esta obra consiste en haber sido escrita en la Bastilla. La forma en que,
aplastado por el despotismo ministerial, nuestro autor preveía la Revolución es
sumamente extraordinaria y debe conferir a su obra un vivo interés. Con tantos
derechos para excitar la curiosidad del público, con un estilo puro, siempre
florido y universalmente original, con la reunión en la obra de tres géneros:
cómico, sentimental y erótico, estamos absolutamente seguros de que esta
edición nos la van a quitar de las manos. Los pedidos llegaran de todas partes
porque la pluma del autor es muy conocida. Apenas si podremos servir a París y
ya lamentamos no haber hecho una tirada mayor. Rogamos a quienes no hayan
podido procurarse ejemplares que tengan un poco de paciencia, la segunda
edición esta ya en la imprenta.
No obstante,
tendremos críticos, contradictores y enemigos, estamos seguros de ello:
Amar a los hombres
es peligroso,
Instruirles es una
equivocación.
Tanto peor para,
quienes condenen esta obra y no perciban el espíritu en que ha sido concebida:
esclavos de los prejuicios y del hábito demostrarán que solamente son sensibles
a las ideas preconcebidas y que jamás serán iluminados por la antorcha de la filosofía.
CARTA PRIMERA
Déterville a
Valcour
París, 3 de Junio
de 1778
Ayer cenamos,
Eugénie y yo, en casa de tu divinidad, mi querido Valcour... ¿Qué hacías tú?...
¿Eran los celos?... ¿EI enojo?... ¿EI temor?... Tu ausencia fue para nosotros
un enigma que Aline no pudo o no quiso explicarnos y cuya clave nos costó mucho
esfuerzo descifrar. Iba a solicitar noticias tuyas cuando dos grandes ojos
azules que reflejaban a la vez el amor y la decencia, vinieron a fijarse en los
míos rogándome que disimulase... Me callé; poco después me acerqué; quise
inquirir la razón de ese misterio. Las únicas respuestas que obtuve fueron un
suspiro y un signo con la cabeza. Eugénie no fue tampoco más afortunada; no
presionamos más; pero Mme. de Blamont suspiro y yo la oí, esa mujer es una
madre deliciosa, amigo mío; no creo que sea posible tener mas ingenio, un alma
mas sensible, tanta gracia en los modales ni tanta amenidad en las costumbres.
Es extremadamente raro que con tantos conocimientos alguien sea al mismo tiempo
tan amable. He observado casi siempre que las mujeres instruidas tienen en el
mundo una cierta rudeza; una especie de afectación que hace que se compre muy
caro el placer de su compañía. Parece como si solamente quisiesen mostrar su
ingenio en su gabinete o que, al no encontrarlo nunca en cantidad suficiente en
aquellos que las rodean, no se dignasen rebajarse a mostrar el que ellas
poseen.
¡Pero qué diferente
de este retrato es la adorable madre de tu Aline! En verdad no me extrañaría
que una mujer así despertase aun grandes pasiones, a pesar de haber alcanzado
los treinta y seis años.
Por lo que hace a
M. de Blamont, ese indigno esposo de una mujer demasiado digna, fue tajante,
sistemático y desabrido como si estuviese administrando justicia en nombre del
rey; desencadenó una serie de invectivas contra la tolerancia , hizo la
apología de la tortura, nos habló con una especie de regocijo de un desgraciado
a quien sus colegas y él iban a infligir, al día siguiente, el suplicio de la
rueda ; nos aseguró que el hombre era malo por naturaleza y que no había nada
que debiera evitarse para hacerlo encadenar; que el temor era el resorte más
poderoso de las monarquías y que un tribunal encargado de recibir delaciones
era una obra maestra de la política. Seguidamente nos habló de unas tierras que
acababa de comprar, de la sublimidad de sus derechos y, sobre todo, del
proyecto que abriga de instalar en ellas una casa de fieras de las que, te lo
garantizo, él será el animal más peligroso.
Pocos minutos antes
de que fuese servida la cena llegó otro individuo, corto y cuadrado, cuyo
espinazo se adornaba con una casaca de paño verde oliva, guarnecida de arriba a
abajo con un bordado de ocho pulgadas de anchura cuyo dibujo me recordó al que
llevaba Clovis en su manto real. Este hombre pequeño poseía un pie muy grande
asentado sobre unos tacones altos en medio de los cuales se apoyaban dos
piernas enormes. Si se intentaba buscar su cintura no se encontraba más que un
vientre. ¿Interesaba una idea de su rostro? no se percibía más que una peluca y
una corbata de cuyo centro se escapaba a veces un falsete discordante que
permitía dudar si el gaznate del que emanaba era efectivamente el de ser humano
o el de una vieja cotorra. Este ridículo mortal, absolutamente fiel al retrato
que de el he trazado, se hizo anunciar como M. Dolbourg.
Un capullo de rosa
que, en ese mismo instante, Aline lanzaba a Eugénie, vino a perturbar
desafortunadamente las leyes de equilibrio que se había impuesto el personaje
con la intención de deducir de ellas su reverencia de entrada. Tropezó con el
capullo de rosa y definitivamente llegó hasta nosotros con la cabeza por
delante. Este golpe inesperado, este súbito derrumbamiento de las masas,
descompuso un poco sus postizos atractivos, la corbata voló por un lado, la
peluca por otro y el infeliz, desparramado y desguarnecido de esta guisa,
provocó a mi loca Eugénie un ataque de risa tan espasmódico que nos vimos
obligados a conducirla a una sala contigua en donde llegue a creer que se
desvanecería... Aline se contuvo, el presidente se enfadó, Mme. de Blamont se
mordía los labios para no reventar de risa y se deshacía en señas de interés...
Dos lacayos levantaron al hombrecillo que, como una tortuga volteada, no podía
recobrar la elasticidad necesaria para restablecer su verticalidad. Se le
enfundó en su peluca y se rehizo artísticamente el nudo de su corbata, Eugénie
apareció y el anuncio de la cena vino a restaurar el orden general al obligar a
cada cual a ocuparse en una sola idea.
Las exageradas
cortesías del presidente hacia el hombrecillo, la noticia que recibí
ulteriormente de que tenía cien mil escudos de renta, cosa que hubiera apostado
con sólo verle la cara; el fastidio de Aline, el gesto afligido de Mme. de
Blamont, los esfuerzos que hacía para distraer a su querida hija, para impedir
que los demás percibiesen el malestar que la embargaba; todo me convenció de
que ese desgraciado banquero era tu rival y rival tanto más peligroso por
cuanto me pareció que el presidente estaba entusiasmado con él.
¡Amigo mío, qué
alianza!... ¡Unir un mortal tan prodigiosamente ridículo a una joven de
diecinueve años hecha como las Gracias, lozana como Hebe y más bella que Flora!
Atreverse a sacrificar a la estupidez en persona el espíritu más dulce y más
agradable; adaptar a un abultado volumen de materia el alma más sutil y más
sensible; reunir la inactividad más plúmbea con un ser cuajado de talentos,
¡que atentado, Valcour!... ¡Oh! no, no..., o la Providencia es insensible o no
lo permitirá jamás... Eugénie se lleno de tristeza en cuanto adivino la
fechoría. Loca, atolondrada, e incluso un poco cruel, pero dispuesta a inmolar
su sangre en aras de la amistad, pasó rápidamente de la alegría a la cólera mas
extremada desde el momento en que la hice partícipe de mis sospechas... Miro a
su amiga y las lágrimas vinieron a bañar sus mejillas rosas que la alegría
acababa de encender. Aconsejó a su madre que se retirase temprano; no podéis
soportarlo y si esa fechoría era real, no había nada, decía golpeando el suelo
con sus pies, que ella no hiciera para impedirlo. Pero Aline se obstinaba en su
silencio... Mme. de Blamont se limitaba a suspirar cuando yo la interrogaba; y
optamos por retirarnos.
He aquí, mi querido
Valcour, el estado en que dejé las cosas; en prenda de mi sincera amistad debes
instruirme de todo lo que puedas averiguar; espéralo todo de la mía y de la de
Eugénie y convéncete de que la felicidad que nos aguarda no puede realmente ser
perfecta mientras sepamos que hay obstáculos entre la de Aline y la tuya.
CARTA II
Aline a Valcour
6 de Junio
¿De qué expresiones
me serviría yo? ¿Cómo suavizaría el golpe que necesariamente he de asestaros?
Mis sentidos se nublan, mi razón me abandona, si existo es solamente por el
sentido de mi dolor ¿Por qué os habré visto?, ¿por qué me habéis arrastrado al
abismo con vos?, ¿por qué esos rasgos cautivadores han penetrado en mi alma?
¡Ay!, ¡qué breves han sido nuestros instantes de dicha! ¿Quién sabe, ¡Dios
mío!, quién sabe cuales serán los límites de los que nos aguardan? Amigo mío,
es imperativo que no nos veamos más... Ya ha sido pronunciada la frase cruel,
¡he podido escribirla sin morir!...
Emulad mi valor. Mi
padre me ha hablado como un amo quiere ser obedecido. Se presenta un partido,
ese partido le conviene, eso basta. No pide mi consentimiento, consulta su
interés y a sus caprichos debo inmolar por completo todos mis sentimientos. No
acuséis a mi madre, ella no ha dicho nada, no ha hecho nada, ni siquiera lo
imagina aún...Vos sabéis cómo ama a su hija y no ignoráis tampoco los
sentimientos de ternura que despertáis en ella... Nuestras lágrimas han corrido
parejas... El muy bárbaro las ha visto y no le han conmovido en absoluto...
¡Oh, amigo mío! creo que el habito de juzgar a los demás hace necesariamente a
las personas duras y crueles.
– Es un partido
conveniente, ha dicho enfurecido a mi madre, no soportaré que mi hija lo
pierda. Dolbourg es amigo mío desde hace veinticinco años y tiene una renta de
cien mil escudos, ¿acaso pueden todas vuestras pequeñas consideraciones
contrarrestar, un argumento tan poderoso? ¿Es que actualmente la gente se casa
por amor?... Lo hace por interés; esa es la única ley que debe estrechar los
lazos del himeneo. ¡Qué importa el amor siempre que uno sea rico! ¿Acaso el
amor proporciona la consideración en el mundo? No por cierto, señora mía, es la
fortuna, y no se puede vivir sin consideración. Además, ¿Qué tiene mi amigo
Dolbourg que puede inspirar el distanciamiento de vuestra hija? (¡Oh, Valcour,
quisiera que le vieseis!) ¿Es acaso porque no es uno de esos mequetrefes de hoy
en día que, haciendo creer a una joven que se han prendado de ella únicamente
porque saben que es muy rica, se casan con la dote y dejan a la chica? ¿O
quizás os sentís seducida por el talento y el ingenio? ¿Eh? ¿Porque un hombre
haya hecho algunas comedias, algunos epigramas, porque haya leído a Homero y a
Virgilio va a poseer, por eso sólo hecho todo lo necesario para la felicidad de
vuestra hija?
Veréis, amigo mío,
a quien iba destinado este último sarcasmo; pero el muy cruel, temiendo que no
le hubiésemos entendido aún:
− Os ruego, replicó
encolerizado, que escribáis al punto a M. de Valcour y le comuniquéis que sus
visitas me honran infinitamente, sin duda, pero que, no obstante, me
complacería que las suprimiese; no quiero entregar mi hija a un hombre que no
tiene nada.
− Su cuna,
respondió mi madre, es más alta que la mía.
− Lo sé de sobras;
ya apareció, como siempre, el orgullo de los aristócratas, para ellos el
nacimiento lo es todo. ¿Queréis que a mi hija le suceda con su Valcour lo que a
mí me ha sucedido con vos? ¿Casarse con unos pergaminos?... ¿De qué me sirve,
decidme, el que me habéis dado?... Preferiría veinticinco mil francos anuales
que todas esas genealogías que, como los gusanos de luz, solamente brillan
gracias a la oscuridad, que solamente son ilustres porque no podemos divisar su
origen y de las que se puede afirmar lo que se quiera porque carecen de
principio. Valcour es de buena casa, lo sé; además tiene a vuestros ojos un
gran merito, le apasiona la literatura; pero yo, que no me conmuevo ante estas
consideraciones, quiero dinero... Y no tiene un céntimo. Esta es su sentencia,
comunicádsela, os lo aconsejo.
Con estas palabras
desapareció y nos dejó, a mi madre y a mí, anegadas en el llanto.
No obstante, amigo
mío, porque es necesario que alivie con un poco de bálsamo las heridas que
acabo de infligiros, la esperanza no ha abandonado mi corazón, y esa madre
respetable, que yo idolatro y que os ama, me encarga positivamente que os diga,
que no desea que desesperéis... Esta casi segura de poder ganar tiempo y en
circunstancias como las presentes el tiempo supone mucho. Rendíos, pues, a las
órdenes de mi padre; no volváis, pero escribidnos. Un caso de suma importancia
mantendrá al presidente en París durante todo el verano, y creo que mi madre
conseguirá la autorización de pasar esta estación sola conmigo en su pequeña
posesión de Vertfeuille, cerca de Orleáns; único bien que aportó a mi padre
que; como veis, se lo reprocha con crueldad. Su objeto es conseguir del
presidente que no precipite nada; se encargará, dice, de disponerme a todo y de
vencer mi repugnancia, siempre que no se ejerza presión alguna y que se nos
permita pasar algunos meses solas en Vertfeuille... Amigo mío, si lo consigue, os
confieso que lo consideraré como una victoria a medias; el tiempo lo es todo en
estas crisis tan terribles, tanto tenerlo como obtenerlo lo significa todo.
Adiós, no os
alarméis, amadme, pensad en mí, escribidme... Que yo ocupe todos vuestros
instantes al igual que vos llenáis mi corazón... ¡Oh, amigo mío! Pocas cosas
harían falta para separarnos para siempre; pero lo que al menos me consuela en
mi desgracia es la certeza que poseo de que ninguna fuerza, divina o humana,
conseguirá impedirme que os ame.
CARTA III
Valcour a Aline
7 de Junio
Si, la he leído,
esa frase cruel... ¡He recibido el golpe que ha de quebrantar mi vida, y todas
las facultades que la componen no se han desvanecido! ¡Oh, mi Aline! ¿cuál ha
sido el arte que habéis empleado para asestarlo? ¡Me dais la muerte y queréis
que yo viva!... ¡Destruís mi esperanza y, al mismo tiempo, la reanimáis!... No,
no moriré... No se que voz se deja oír en el fondo de mi corazón... No sé qué
órgano secreto parece decirme que viva y que todos los instantes de la
felicidad no se han extinguido aun para mi... No, no se que es esa emoción,
pero cedo ante ella... ¡No veros más, Aline!.. ¡No embriagarme mas en esos ojos
que adoro, con el delicioso sentimiento de mi amor!... ¿Sois vos quien me lo
ordena?... ¡Ah! ¿Qué habré hecho yo para merecer tal suerte?... ¡Renunciar yo
al encanto de poseeros un día! No, no me lo decís vos. Mi infortunio acrecienta
mis inquietudes, alimenta aún las quimeras que vuestras confortadoras palabras
intentan hacer menos horribles. Sólo nos hace falta tiempo, decís; tiempo,
Aline... ¡Oh cielos! ¿imagináis como es el tiempo que transcurre lejos del ser
amado?... ¿En el que no se puede oír su voz, en el que no se puede gozar de su
mirada? ¿no es pedir a un hombre que exista separado de su alma?... Yo estaba
preparado para este golpe fatal, Déterville, me habéis puesto sobre aviso, pero
ignoraba que las cosas hubieran llegado tan lejos y, sobre todo, que vuestro
padre exigiría que yo no os viera ya nunca más... ¿Quién ha podido informarle
de nuestros secretos? ¡Ah! ¿es que cabe esconderse cuando se ama? Si ha
sorprendido nuestras miradas habrá averiguado nuestro amor... ¿Qué haré, ¡ay!
durante esta terrible ausencia?... ¿Qué queréis que haga de mi persona? ¡Si al
menos hubiera podido deciros cuánto os amo!... Me parece como si no os lo
hubiera dicho nunca... Oh no, no os lo he dicho nunca tal y como lo siento...
¿Y cómo lo hubiera conseguido? ¿Qué palabra podría encerrar este fuego divino
que me devora? Ora aniquilada por la fuerza misma de este sentimiento que me
absorbe... ora abrasada por vuestras miradas... mi alma sentía sin poder
expresar; todas las presiones me parecían demasiado débiles... Y ahora lamento
haber perdido tantas ocasiones o haberlas aprovechado tan mal. ¡Cómo voy a
añorar esos momentos tan breves y tan dulces! Aline, Aline, ¿creéis que yo
pueda vivir sin ellos? Y sin embrago lloraréis... ¡vuestra alma se anegará en
el dolor y yo no podré compartir sus angustias! Que, al menos, no tenga lugar
ese cruel himeneo... Considero lo que decís como un juramento de que no se
realizará jamás... El bárbaro os sacrifica... ¿y a qué?... a su ambición, a su
interés... ¡Y además tiene la osadía de hallar sofismas en que apoyar sus
horribles sistemas!... "El amor, dice, no hace la felicidad en los lazos
del himeneo". ¿Y cuáles son esos lazos cuando el amor no los forma? Un
pacto mercenario y vil, un tráfico vergonzoso de fortunas y de nombres que sólo
encadena a las personas, abandonando el corazón a todos los desórdenes de la
desesperación y del despecho. ¿En qué se convierten entonces esos bienes tan
anhelados? ¿Son destinados a los hijos que ya no serán sino el fruto del azar o
del interés? Se disipan, se pierden con mayor presteza que con que se
adquirieron y la necesidad que ambos experimentan de sacudirse la cadena que les
oprime, abre el abismo espantoso que los devorará en un solo día sin remedio.
¿Dónde está, pues, el provecho y la dicha de esos matrimonios de conveniencia,
ya que las mismas fortunas que han estrechado los nudos desaparecen ya sea para
aflojarlos, ya para deshacerlos?
Pero concebir la
esperanza de conducir a vuestro padre a opiniones razonables es empresa
semejante a la de hacer que un río remonte a sus fuentes. Independientemente de
los prejuicios de su condición, prejuicios cruelmente odiosos, sin duda, tiene
además aquellos (excusadme la expresión) de una cabeza estrecha y un corazón
frío; y este tipo de personas ama demasiado el error como para que quepa la
esperanza de conseguir que renuncien a él.
¡Qué respetable el
comportamiento de Mme. de Blamont en todo este asunto y cuánto la adoro! ¡Qué
conducta, qué prudencia! ¡Qué amor por vos! Adorad a esta madre, sólo su sangre
lleváis vos... Es imposible, es moralmente imposible que una sola gota de la de
ese hombre cruel fluya por vuestras venas... Dulce y divina amiga de mi
corazón, hay ocasiones en las que me complazco en imaginar que si habéis
recibido la existencia en el seno de esta madre adorable, ha sido gracias al
hálito de la divinidad; ¿no admitís la mitología de los griegos este tipo de
existencias?; ¿no las hemos recibido nosotros en nuestras opiniones religiosas?
Pero hubiera sido necesario un milagro... ¿Y por quién, Dios mío, por quién lo
haría la naturaleza si no por mi Aline?... ¿No es, ella misma un milagro?...
Dejadme esta opinión, mi divina amiga, me consuela... Aumenta, me parece, aún
más el culto que os profeso... ¿Sí, Aline?... si, sois la hija de un dios o,
mejor, sois vos misma un dios y a través de vuestras miradas la naturaleza entera
recibe la existencia: purificáis todo lo que os toca, vivificáis todo lo que os
rodea; la virtud solamente es grata cerca de vos, solamente se la conoce en
donde vos estáis; sostenida por el imperio de la belleza, cautiva gracias a
vuestros rasgos, seduce a través de vos; y nunca me siento más honrado que
cuando me acerco a vos o cuando os dejo. ¿Quién animará ahora en mi corazón
estos sentimientos que nacen cerca de vos... quien me fortificará durante el
resto de mi vida? Mi alma va a marchitarse separada de la vuestra, le sucederá
lo que a esas flores que se secan a medida que se alejan de ellas los rayos del
astro que las hizo nacer... ¡Oh, mi querida Aline! ya no habrá para mí en la
tierra un solo instante de felicidad... Pero os escribiré, al menos... ¿Me lo
permitís?... Podré hacerlo... ¡Ay!, es un consuelo, sin duda, pero ¡qué lejos
está del que yo deseo, del que yo necesito! ... Y ¿cuando será ese viaje? ¡qué!
¿no os veré ya antes de que partáis y, por primera vez en mi vida, desde hace
tres años que os conocí, voy a pasar una temporada entera lejos de vos?...
¡Orden bárbara!... ¡padre cruel! Aliviad, Aline, esta terrible y funesta
decisión... Haced que pueda veros aún un solo día... sólo una hora ¡ay! no
deseo otras cosa para poder vivir un año; en esa hora preciosa recogeré todo lo
que mi alma necesite para existir durante siglos... Madre adorable, permitid
que os implore; solicito esta gracia besando vuestros pies... Recordad esa
indulgencia tan activa y tan dulce que os caracteriza; esa bondad, esa
humanidad que os hacen tan sensible a la suerte amarga del infortunio. ¡Ay!
jamás habréis socorrido a un desgraciado cuyos males fueran más agudos. Que la
naturaleza me agobie con todos los que quiera, pero que me deje los ojos de
Aline y su corazón... Espero vuestra respuesta; la espero como los criminales
esperan el golpe fatal. ¡Ah! si la temo es que la adivino... Pero una hora,
Aline... una sola hora... o, de lo contrario no habréis amado jamás... Alejad,
cuando menos, a ese hombre... que no vaya con vos al campo... No os pido que
rechacéis los lazos con que os ofrece uniros a él. No, Aline, no os lo pido;
hay algunos casos en los que una simple recomendación es un ultraje y creo que
este es uno de ellos. Sí, me atrevo a estar seguro de vos porque me habéis
dicho que yo no os era del todo indiferente y que no queríais arrancar el
corazón de vuestro amigo.
CARTA IV
Aline a Valcour
9 de Junio
Os agradezco
vuestra resignación, amigo mío, aunque no sea completa; no importa, no abuséis
de lo que voy a deciros, pero mi reconocimiento hubiera sido menor si hubieseis
obedecido de mejor grado. Que vuestras penas se aplaquen, mi querido Valcour,
en la certeza de que las comparto. Ignoro lo que mi madre haya podido decir a
su marido, pero M. Dolbourg no ha vuelto a aparecer desde la noche aquella en
que cenó aquí. He creído adivinar, menos severidad en los ojos de mi padre; no
vayáis a creer que de ello se deriva que sus primeros proyectos se han anulado,
os amo demasiado sinceramente como para dejar nacer en vuestro corazón una
esperanza que perderíais pronto. Pero las cosas no serán tan rápidas como yo lo
temía, y en unas circunstancias como éstas, os lo repito, es todo obtener algún
aplazamiento.
Nuestro viaje a
Vertfeuille está decidido: mi padre se muestra de acuerdo en que vayamos mi
madre y yo durante el verano; en cuanto a él sus asuntos le obligan a quedarse
en París: nos dejará solas y tranquilas; pero no os oculto, amigo mío, que una
de las cláusulas de este permiso, es que vos no aparezcáis. Juzgad, por esta
severidad, si sería posible concederos la hora que solicitáis con tanta
insistencia.
Al interés que mi
madre tenía de saber por qué razón habíais resultado tan sospechoso al
presidente, el le contesto:
"Que nunca se
hubiera imaginado, cuando os presentasteis en su casa, que osaseis poner
vuestras miradas sobre su hija; que únicamente a título de conocimiento y
amistad social os había acogido; pero dándose al final cuenta de nuestros
sentimientos mutuos, este descubrimiento fatal le había determinado a elegir
prontamente un yerno que a un seductor sin la esperanza de desviar a su hija de
sus deberes, y que no había encontrado nada mejor que Dolbourg, hombre muy rico
y su amigo desde hacia mucho tiempo."
Mi madre, muy
contenta de llevarle poco a poco a una explicación, sin combatir en absoluto su
proyecto, le preguntó los motivos de su alejamiento para con vos. La falta de
fortuna fue enseguida su argumento indestructible, y no pudiendo, dijo,
rechazar vuestras cualidades (como si su orgullo estuviera desolado por una
confesión que le resultaba imposible omitir), se ha lanzado de entrada sobre
vuestros defectos, y el que os reprocha con más acritud es la falta de
ambición, la sorprendente despreocupación que mostráis hacia vuestra fortuna y
el nefasto error que, en su opinión, habéis cometido al abandonar el servicio
siendo tan joven. Mi madre quiso oponer a esto vuestros talentos, vuestro amor
por las letras, que; absorbiendo toda otra afición, os ha aislado, por así
decirlo, para poder estudiar más detenidamente. A esto el presidente, enemigo
capital de todo lo que se denomina Bellas Artes se ha excitado una vez más... −
¿Y qué hacen esos miserables para alcanzar la felicidad de la vida, señora?
replicó enardecido, ¿acaso habéis visto a lo largo de vuestra existencia que
las artes o incluso las ciencias hayan hecho la fortuna de un solo hombre?...
Yo, al menos, no lo he visto jamás, ya no es como en otros tiempos, en que, con
una hipótesis, un silogismo, un soneto o un madrigal, se da a conocer uno en el
mundo y se llega a todo; los Horacios no encuentran ya un Mecenas, ni los
Descartes, una Cristina. Lo que hace falta es dinero, señora mía, dinero. Esa
es la única llave de los cargos y de los honores y vuestro querido Valcour no
lo tiene. Es joven, tiene ingenio y un cierto mérito −observad, amigo mío, la
escasa alegría con que se ha dignado concederos un cierto mérito- con estas
ventajas, continuó, ¿qué le estaría vedado? El templo de la Fortuna está abierto
a todo el mundo; solamente hay que cuidar de no dejarse aventajar por la
muchedumbre que se abre paso a codazos y que quiere llegar antes que vos... A
los treinta años, con su fecha, el nombre que lleva y las alianzas que puede
hacer valer, sería hoy mariscal de campo si lo hubiese querido.
¡Oh! amigo mío; os
pido perdón; pero estos reproches, ¿no son merecidos? ¡No os imaginéis que es
mi corazón el que os recrimina, que no soy dueña de mi mano! que no puedo
probaros al instante hasta que punto estos prejuicios son viles a mis ojos,
pero, amigo mío, vos mismo me lo habéis repetido cien veces, la consideraci6n
es, necesaria en el mundo y si ese publico es lo bastante injusto como para no
querer concedérsela mas que a quienes ostentan honores, el hombre prudente, que
concibe la imposibilidad de vivir sin ella, debe hacer todo lo posible para
adquirir lo necesario para merecerla.
¿No habrá un poco
de repugnancia, un poco de misantropía en esa despreocupación que se os
reprocha? Quisiera que me aclaraseis todo esto, pero no justificándoos; pensad
que habláis a la mejor amiga de vuestro corazón.
CARTA V
Valcour a Aline
12 de Junio
Si, Aline, estoy en
un error y vos me lo hacéis sentir; la confianza es la más dulce prueba de amor
y tengo el aspecto de quien os la ha negado al no relataros las desdichas de mi
vida; pero ese silencio por mi parte desde que os conozco tiene su origen en
dos principios que espero no censuraréis, el temor de aburriros con historias
que sólo a mí me interesan y mi vanidad, que sufriría con su narración. Uno
quisiera elevarse incesantemente a los ojos del ser amado y guarda silencio
cuando lo que puede decir de si no tiene nada de halagador. Si el azar me
hubiese unido a otra persona, quizás me hubiera mostrado menos orgulloso; pero
supisteis inspirarme tanto desde el momento en que creí haber despertado
vuestra sensibilidad, que, desde ese instante, me hicisteis avergonzarme de mí
mismo y de mi audacia de colocar en vuestras cadenas a un esclavo tan poco
digno de vos ¡Me sentía tan lejos de lo que juzgaba necesario para merecerlo! y
prefería dejaros creer que era digno de vos que mostraros vuestro error.
Ahora exigís
confidencias que yo prefería callar; no os culpéis sino a vos misma si en ellas
veis motivo para estimarme menos y que mi franqueza o mi obediencia me hagan
recuperar en vuestro corazón lo que la verdad me arrebate. Todas mis faltas son
anteriores al instante en que os vi por vez primera. ¡Ay! es mi única excusa;
desde ese momento dichoso no he conocido más que el amor y la virtud; ¿y cómo
hubiera osado después mancillar con nuevos extravíos el corazón en donde
reinaba vuestra imagen?
Historia de Valcour
No voy a hablaros
mucho de mi nacimiento, ya lo conocéis; solamente os relataré los errores a los
que me ha inducido la ilusión de un origen vano del que casi siempre nos
enorgullecemos injustificadamente, ya que esta ventaja se debe exclusivamente
al azar.
Relacionado, por
parte de mi madre a todo cuanto de grandeza pudiera haber en el reino; unido,
por mi padre a todo lo que podía haber de más distinguido en la provincia de
Languedoc; nacido en París en medio del lujo y de la abundancia, creí, desde
que tuve use de razón, que la naturaleza y la fortuna se habían unido para
colmarme con sus dones; lo creí porque otros cometieron la estupidez de
decírmelo y este prejuicio ridículo me hizo altivo, despótico e iracundo;
parecía como si todo debiera ceder ante mí, como si el universo entero debiera
atender mis caprichos y como si a mí no me correspondiese más que concebirlos y
satisfacerlos; solamente os relataré un rasgo de mi infancia para convenceros
del peligro que encerraban los principios que, con toda ineptitud, dejaban
germinar en mí.
Nacido y educado en
el palacio de un príncipe ilustre con quien mi madre tenía el honor de estar
emparentada y que tenia, poco mas o menos mi edad, se afanaban en que me
reuniese con el a fin de que, siéndole conocido desde mi infancia, pudiese yo
encontrar su apoyo en todos los instantes de mi vida; pero mi vanidad de
aquella época, que no entendía aún nada de estos cálculos, se sintió herida un
DIA en nuestros juegos infantiles porque el quería disputarme algo, y mucho más
aún por que, con muy justos títulos, sin duda, él se creía autorizado por su
rango para hacerlo. Me vengue de sus resistencias mediante golpes muy
numerosos, sin que ninguna consideración lograse detenerme y sin que nada que
no fuese la fuerza o la violencia consiguiese separarme de mi adversario.
Fue aproximadamente
en esa época cuando mi padre recibió el encargo de llevar a cabo las
negociaciones; mi madre le siguió y yo fui enviado a casa de una abuela en
Languedoc cuyo cariño excesivamente ciego alimentó en mí todos los defectos que
acabo de confesar.
Volví a París a
realizar mis estudios bajo la tutela de un hombre fuerte y dotado de mucho
ingenio, muy adecuado, sin duda, para formar mi juventud, pero que, para mi
desgracia, no conserve durante mucho tiempo. Se declaró la guerra, en el afán
de hacerme servir se interrumpió mi educación y salí para el regimiento en
donde había sido empleado, a una edad en que, de haber seguido las cosas su
curso natural, solamente se debería ingresar en la Academia.
Quiera Dios que se
reflexione sobre el vicio dominante en nuestros días y que se vea que el objeto
esencial no consiste en tener militares muy jóvenes, sino en tenerlos muy
Buenos; y que, según el prejuicio actual, resulta de todo punto imposible que
esta clase de ciudadanos tan útil pueda ser perfecta nunca mientras se siga el
criterio de ingresar- joven, ignorando si se poseen los requisitos para ser
admitido y sin comprender que es imposible poseer las virtudes necesarias
mientras no se conceda a los jóvenes aspirantes la posibilidad de adquirirlas a
través de una educación prolongada y perfecta.
Se iniciaron las
campanas y me atrevo a afirmar que las hice bien. Esa impetuosidad natural de
mi carácter; esa alma de fuego que la naturaleza me había otorgado no hacía
sino incrementar la fuerza y la actividad de esa virtud feroz que recibe el
nombre de valor y que, cometiendo un grave error, sin duda, se considera como
la única necesaria en nuestra profesión.
Nuestro regimiento,
aplastado en la penúltima campaña de esta guerra, fue enviado a una guarnición
de Normandía; ahí es donde comienza la primera parte de mis desdichas.
Acababa de cumplir
la edad de veintidós años; perpetuamente arrastrado hasta entonces por los
trabajos de Marte, no conocía mi corazón y tampoco sospechaba que fuese
sensible, Adélaïde de Sainval, hija de un antiguo oficial retirado en la ciudad
donde nos encontrábamos, supo convencerme sin tardanza de que todos los fuegos
del amor debían abrasar fácilmente un alma como la mía; y que, si no habían
ardido hasta entonces, era porque ningún objeto supo cautivar mis miradas. No
voy a describiros a Adélaïde; sólo uno era el género de belleza destinado a
despertar el amor en mí, siempre fueron unos los rasgos que iban a permitirle
penetrar en mi alma y lo que me embriagó en ella fue el esbozo de las bellezas
y las virtudes que idolatro en vos. La amaba porque debía adorar necesariamente
todo lo que estuviese relacionado con vos; pero esta razón que legitima mi
derrota, constituye el crimen de mi inconstancia.
En las guarniciones
está muy extendido el uso de que cada cual elija una amante y de no
considerarla, desdichadamente, más que como una especie de divinidad a quien se
deifica para matar el tiempo, que se cultiva en apariencia y que se abandona en
el instante en que se despliegan las banderas. Al principio creí de buena fe
que esto no ocurriría jamás, que yo amaría a Adélaïde; la forma en que se lo
aseguré la persuadió; exigió juramentos, se los hice; quería escritos, se los
firmé y al hacerlo creí que no la engañaba. A salvo de los reproches de su
corazón, creyéndose quizás incluso inocente, ya que había cubierto su debilidad
con todo lo que le parecía apto para legitimarla, Adélaïde cedió y yo osé
hacerla culpable al no pretender más que encontrarla sensible.
Seis meses
transcurrieron en esta ilusión sin que nuestros placeres alterasen nuestro
amor; en la embriaguez de nuestros éxtasis llegó un momento incluso en que
quisimos huir; inseguros de la libertad de formar nuestras propias cadenas,
quisimos ir a forjarlas juntos al otro extremo del universo... La razón
triunfó; yo convencí a Adélaïde y desde ese momento fatal fue evidente que la
amaba menos. Adélaïde tenía un hermano, capitán de infantería a quien
esperábamos iniciar en nuestros propósitos... Lo esperábamos, pero no llegó. El
regimiento salió, nos despedimos, corrieron los ríos de lágrimas; Adélaïde me
recordó mis juramentos, los renové entre sus brazos... y nos separamos.
Ese invierno mi
padre me llamó a París, volé hacia él; se trataba de un matrimonio; su salud
flaqueaba, deseaba verme establecido antes de entregar el alma; ese proyecto,
los placeres ¿qué os diría yo? esa fuerza irresistible de la mano del destino
que nos lleva siempre a nuestro pesar a donde sus leyes quieren que estemos,
todo borró poco a poco a Adélaïde de mi corazón. No obstante, hablé a mi
familia de este compromiso; el honor me obligaba a ello y lo hice; pero la
negativa de mi padre legitimó muy pronto mi inconstancia; mi corazón no
presentaba objeción alguna y cedí sin combatir sofocando mis remordimientos.
Adélaïde no tardó mucho en saberlo... Es difícil expresar su tristeza; su amor,
su sensibilidad, su grandeza, su inocencia, todos esos sentimientos que poco
antes hicieran mis delicias llegaban a mí como palabras apasionadas sin que
ninguna alcanzase mi corazón.
Dos años pasaron
así, para mí los hilaron las manos el placer, para Adélaïde quedaron marcados
por el arrepentimiento y la desesperación.
Un día me escribió
pidiéndome como único favor que obtuviese para ella una plaza en las
Carmelitas; que se lo hiciese saber tan pronto la hubiese conseguido; que ella
se escaparía de la casa de su padre y vendría a enterrarse viva en el ataúd que
me rogaba le preparase.
Perfectamente
tranquilo entonces, osé responder con algunas chanzas a ese horrible proyecto
del dolor y, rompiendo al fin todo comedimiento, exhorté a Adélaïde a que
olvidase en el seno del matrimonio los delirios del amor.
Adélaïde no me
escribió más. Pero tres meses después supe que se había casado; y liberado así
de todos mis lazos, sólo pensé en imitarla.
Un acontecimiento,
terrible para mí, vino a estorbar mis proyectos; tal parece que el cielo
quisiera vengar ya a Adélaïde del infortunio al que yo la había arrojado. Mi
padre murió, poco después le siguió mi madre y con veinticinco años me vi solo,
abandonado en el mundo a todas las desgracias y todos los accidentes que
persiguen ordinariamente a un joven de mi carácter a quien corrompen los falsos
amigos y a quien la experiencia no esclarece aún y que, en el colmo de su
ceguera, se atreve a menudo a tomar como un golpe de suerte el acontecimiento
que le convierte en su propio dueño, sin considerar; ¡ay! que los mismos frenos
que le mantenían cautivo servían también para sostenerle y que, desde el
instante en que se rompen, no es sino como esas plantas ligeras, liberadas por
la caída del álamo añoso que protegía sus jóvenes ímpetus y que no tardan en
sucumbir por falta de asidero. No solamente perdía unos padres amantes y
preciosos; no sólo quedaba sin apoyo alguno en la tierra, sino que todo se
eclipsaba, todo se esfumaba con ellos; esa gloria vana que me había seducido
quedó convertida en una sombra que se desvanecía con los rayos que la
modificaban. Los aduladores huyeron, los cargos se otorgaron, las protecciones
se perdieron, la verdad desgarró el velo que la mano del error extendía sobre
el espejo de la vida y finalmente me vi tal y como era.
Sin embargo no
sentí inmediatamente mis pérdidas. Para apreciarlas, era necesaria la horrible
catástrofe que me aguardaba. Aline, Aline, permitid que mis lágrimas fluyan aún
sobre las cenizas de esos padres queridos; quiera Dios que mi eterno
arrepentimiento sea su venganza de esa voz funesta e involuntaria que, en el
fondo de mi alma, se atrevió a gritar: "¿De qué te lamentas?, ¡eres
libre!". ¡Oh justo cielo! ¿Quién pudo inspirar esa voz salvaje, cuál es el
sentimiento falso y cruel que la hizo nacer? ¿Dónde se encuentran en el mundo
amigos que puedan sustituir al padre y a la madre? ¿Quién nos mostrará un
interés más real y más vivo? ¿Quién nos excusará? ¿Quién nos aconsejará? ¿Quién
sostendrá para nosotros el hilo en ese dédalo oscuro al que nos arrastran las
pasiones? Algunos aduladores nos extraviarán, los falsos amigos nos engañarán.
Solamente trampas se abrirán a nuestros pies y ninguna mano compasiva nos
impedirá caer en ellas.
Era esencial poner
un poco de orden en los bienes de mi padre, que había vivido muy lejos de sus
posesiones; los gastos que habían acarreado los años pasados en las
negociaciones los habían mermado considerablemente; antes de pensar en
establecerme, mi interés me obligaba a acudir sin tardanza a Languedoc para
tomar al menos noticia de lo que me pudiera corresponder. Obtuve permiso y
emprendí el viaje.
La magnificencia de
la ciudad de Lyon, que se encontraba en mi camino, me incitó a permanecer en
ella varias semanas para admirarla. El azar, que me hizo encontrar a algunos
antiguos conocidos terminó por consolidar y amenizar este proyecto y juntos
compartimos los placeres que ofrece esa altiva rival de París cuando una tarde,
al salir de un espectáculo, uno de mis amigos, llamándome por mi nombre en muy
alta voz, me propuso ir a cenar a casa del intendente y se perdió entre la
muchedumbre antes de que yo pudiese responderle.
Al oír el nombre de
Valcour un oficial vestido de blanco y que parecía salir del mismo lugar que
nosotros me abordó con el rostro oculto por su sombrero y me preguntó
visiblemente turbado si había oído bien y si Valcour era mi nombre.
Poco inclinado a
responder abiertamente a una pregunta formulada con tanta brusquedad y altivez,
le pregunté con arrogancia qué necesidad había de aclarar este extremo.
– ¿Qué necesidad,
señor? la más grande.
– ¿Y qué más?
– La de reparar un
ultraje infligido a una familia honrada por un hombre de ese nombre, la de
lavar en la sangre de ese hombre o en la mía la virtud de una hermana
adorada... Responded o de lo contrario os consideraré un hombre de mala fe.
− Os conozco y os
oigo; ¿sois el hermano de Adélaïde?
– Si, lo soy y
desde el instante fatal que nos la arrebató...
– ¿Que decís? ¿ella
ya no vive?
– No, cruel, tus
indignos procedimientos hundieron una daga en su corazón y desde ese momento te
busco para arrancar el tuyo o para morir bajo tu espada. Ven, sígueme, lamento
cada instante de demora en mi venganza.
Llegamos
rápidamente a la parte trasera del teatro, atravesamos el Ródano y nos perdimos
en los paseos que se encuentran en la orilla opuesta, frente a la ciudad, nos
disponíamos a batirnos cuando, aguijoneado por el poderoso interés que aún me
inspiraba esa amante desdichada
– Sainval, dije
embargado por la emoción, voy a daros satisfacción; si la suerte es justa es
posible que pronto esta sea mayor, porque yo soy el culpable y soy yo quien
debe morir; pero no os neguéis a relatarme, antes de que nos separemos para
siempre, la historia fatal de esa mujer respetable... que yo engañé, lo
confieso, pero a quien no he dejado de apreciar.
– Ingrato, me
respondió Sainval, murió adorándote; murió suplicando al cielo que jamás
castigase tu crimen. Confesó a mi padre la falta a la que supiste inducirla;
éste acababa de obligar a Adélaïde a sepultarla en los brazos de un esposo...
Obsesionada por toda la familia, la desdichada había obedecido al punto... No
pudo resistir la violencia del sacrificio. Cada día, cada instante la
arrastraba a la muerte, la recibió entre mis brazos. Desde ese instante fatal
no he cesado de buscarte por todas partes. He seguido tus pasos hasta esta
ciudad sin estar seguro de encontrarte en ella. Ya he dado contigo, apresúrate
a convencerme de que, al menos, no convive en ti la cobardía junto con la más
bárbara seducción.
Nos batimos; el
combate fue breve. Sainval tenía más valor que destreza y más razón que suerte.
Cedió bajo mis primeras estocadas y tuve el dolor de ver cómo caía muerto a mis
pies. Apenas me hube convencido de ello, me arrojé, envuelto en lágrimas sobre
el cuerpo ensangrentado de este infortunado joven cuyos rasgos, cuya voz,
acababan de recordarme tan dolorosamente a su desdichada hermana. ¡Dios cruel!
¿es así como brilla tu justicia? ¿no era yo el único culpable?... ¿no era yo
quien debía sucumbir? Al incorporarme deliraba:
"Asesino vil,
me decía a mí mismo, ve a colmar tu horrible victoria; no basta con que tu
abandono ruin la haya precipitado a la tumba, además ha sido necesario que
quites la vida a su infortunado hermano. ¡Triunfo horrible! ¡Remordimientos
desgarradores! Ve, corre, en el éxtasis que te agita, suma a todas tus víctimas
el jefe desdichado de esta honrada familia... Aún vive... Este único hijo era
el sólo consuelo que podía aliviar la pérdida de la hija que idolatraba, tu
crueldad acaba de arrebatárselo; termina, hunde tu espada en su corazón."
Me precipité una
vez más sobre el cadáver ensangrentado e intente reanimarle, devolverle el
aliento vital aún a costa de mi propia existencia que hubiera querido
sacrificar.
Era demasiado
tarde... me incorporé extraviado; dejé que mis pasos me condujesen a la deriva;
las gentes habían oído el ruido del combate. Me vieron huir; me persiguieron;
me alcanzaron, me detuvieron y me llevaron sin tardanza ante el comandante de
la ciudad. Mi desorden, mi atuendo ensangrentado, el informe de que un hombre
había muerto, una carta que se encontró sobre M. de Sainval por la que su padre
le ordenaba que me buscase hasta los mismos confines de la tierra, todo ello
dispuso a M. de XXX, que, en aquella época gobernaba Lyon, a actuar con
precaución y severidad.
– Por grave que sea
su caso, señor, me dijo, no obstante, con esa honradez militar, voy a obrar con
vos como lo haría con mi propio hijo. Residiréis en una regia mansión y mañana
iré yo a recomendaros en persona. Acallaré todo esto con el mayor cuidado. Si
de hache a tres meses no surge nada, os devolveré la libertad; pero, en el caso
contrario, es imprescindible que os tenga a mi disposición a fin de que, si el
tribunal o la familia decidiesen perseguiros, pudiese probar, al menos, que he
cumplido con mi deber. Sin embargo no os preocupéis; voy a poner tanto esmero
en acallar todo, que pronto, así lo espero, seréis dueño de vuestros actos.
Con estas palabras
salio para impartir las órdenes y fui conducido al castillo de Pierre-en-Cise,
lugar que había elegido como mi destino particular para estar siempre en
condiciones de disponer secretamente de mi persona y de una forma que pudiera
resultarme agradable.
No voy a relataros
lo que paso por mi alma al llegar a este lugar fatal. Algunas cortesías del
oficial que mandaba el puesto y todo el horror de mi situación se presentó a
mis ojos... Los primeros efectos de mi desesperación hicieron estremecerse a
quienes me rodeaban. No hubo medio que no utilizase para intentar quitarme la
vida. ¡Qué dicha encontrar en semejantes circunstancias un hombre de ingenio y
conocedor del corazón humano! Es imposible repetir todo lo que ese respetable
mortal, en cuyas manos me había depositado mi buena estrella, hizo para
calmarme... Ora se dirigía a mi razón, ora apelaba a mi corazón extrayendo
siempre del suyo los argumentos que empleaba; supo devolverme a mí mismo y a la
vida que hubiera perdido infaliblemente sin su ayuda.
¡Oh, vosotros,
viles mercenarios que, en puestos semejantes contempláis a quienes os son
confiados como animales con cuya sangre cebaros... que los atormentaríais y los
haríais expirar si os indemnizasen generosamente su pérdida! Dirigid vuestros
ojos al virtuoso amigo de quien os hablo y sabed que ese mismo puesto en el que
sólo veis ocasión de practicar el vicio, puede ofreceros el goce de mil
virtudes; pero hace falta un alma e ingenio en el lugar en que la naturaleza
airada, que sólo os ha creado para la desgracia de los demás, no ha puesto más
que avaricia y estupidez.
Un mes transcurrió
sin que se hablase de este asunto; mi gente seguía en el albergue en que me
había alojado y siguiendo mis órdenes mantenían el más impenetrable secreto.
Finalmente apareció el comandante de la ciudad...
– No ha trascendido
nada, me dijo, he hecho enterrar a M. de Sainval con la mayor discreción
posible; a través de un mensaje indirecto he comunicado a su padre su muerte,
omitiendo la causa que lo ha llevado a la tumba... He guardado los papeles que
se encontraron sobre el y no verán la luz a menos que me vea obligado a ello...
Estos son los servicios que he podido prestaros... pero no voy a detenerme
aquí... Salid esta noche sigilosamente de esta prisión y de esta ciudad...
Vuestra gente, vuestra silla y un pasaporte os esperan en la primera posta en
dirección a Ginebra... Llegad hasta allí a pie y sin despertar sospechas;
dirigíos a Suiza o a Saboya y, si me hacéis caso, permaneced escondido hasta
que vuestros amigos os comuniquen desde París que giro ha tornado vuestro
asunto. Sólo me resta ofreceros mi bolsa, usadla como si fuera la vuestra.
– Oh, señor,
respondí arrojándome a los brazos de este jefe respetable y rechazando esta
última oferta, ¿cómo he podido merecer tanta bondad?... ¿Cuál es el motivo que
así os obliga a servir al desdichado?...
– Mi corazón, me
respondió M. de XXX, siempre ha sido el asilo de los infelices y el amigo de
quienes se os parecen.
Imaginad mi
agradecimiento, Aline, yo sólo podría describíroslo muy pálidamente; abracé a
los dos fieles amigos que una feliz estrella puso en mi camino; acudí con la
mayor presteza a la cita que me había sido fijada, allí encontré a mi gente y,
envuelto en lágrimas, me encerré en el coche; dejé a mi ayuda de cámara que se
ocupase de los detalles; le dije que nos dirigíamos a Ginebra, volamos, y yo me
hundí en mis pensamientos.
No dudo que os
resultará fácil adivinar hasta qué punto este desgraciado suceso, por bueno que
fuese el sesgo que estuviese tomando, perjudicaba empero mis intereses
pecuniarios; me resultaba imposible ir a tomar posesión de mis bienes,
imposible regresar una vez expirado mi permiso y más imposible aún publicar las
razones de huida por temor de desencadenar los acontecimientos que la
motivaban. Los hombres de negocios iban a devastar mis pertenencias; el
ministro iba a nombrar a otro que ocupase mi puesto. Sin embargo, estas dos
crueles desgracias eran las que menos temor me inspiraban porque, si, a pesar
de todo esto, reaparecía, ¿qué suerte me aguardaría?
Una vez llegado a
Ginebra mi primera preocupación fue escribir a Déterville, el único amigo
verdadero que poseía. Su respuesta encajaba a la perfección con los consejos de
M. de XXX. Nada había trascendido, decía, pero se atravesaba una época de rigor
frente a los duelos y, aunque debiese perderlo todo, sería mil veces mejor para
mí exponerme a ello que correr el riesgo de ir a parar a la cárcel, quizás de
por vida, al presentarme antes de estar seguro de que había pasado todo
peligro.
Esta opinión me
pareció demasiado prudente como para ser desoída y rogué a Déterville que me
escribiese regularmente todos los meses a Ginebra de donde no me proponía
salir, ya que carecía de fondos suficientes como para viajar. Hice volver a una
parte de mi sequito después de haberles hecho prometer que guardarían el
secreto y esperé en paz lo que el cielo me tuviese destinado. Durante esta
cruel inactividad fue cuando la afición por la literatura y las artes vino a
reemplazar en mi alma a esa frivolidad, ese impetuoso ardor que antes me habían
arrastrado a placeres mucho menos dulces y mucho más peligrosos. Rousseau
vivía, fui a verle; había conocido a mi familia; me recibió con esa amabilidad
y esa honesta franqueza que son las compañeras inseparables del genio y de los
talentos superiores. Alabó y alentó el proyecto que le expuse de renunciar a
todo para entregarme por completo al estudio de las letras y de la filosofía;
guió a través de ellas mis juveniles pasos y me enseñó a separar la verdadera
virtud de los sistemas odiosos que a menudo la sofocan...
– Amigo mío, me
decía un día, desde el momento en que los rayos de la virtud iluminaron a los
hombres, estos, deslumbrados por su brillo, opusieron a este raudal de luz los
prejuicios de la superstición. No quedó para ellos más santuario que el fondo
del corazón del hombre honrado. Detesta el vicio, se justo, ama a tus
semejantes, ilústrales; sentirás que la virtud reposa mansamente en tu alma y
ella te consolará cada día del orgullo del rico y de la estupidez del déspota.
Gracias a la
conversación de este filosofo profundo, de este amigo sincero de la naturaleza
y de los hombres, nació en mí esta pasión dominante que desde siempre me ha
llevado hacia la literatura y las artes y que hace que hoy las prefiera a todos
los demás placeres de la vida, excepto al de adorar a Aline. ¿Y quién podría
renunciar a este placer después de haberlo conocido? Quien pueda fijar sus ojos
en ella sin estremecerse turbado por el amor no merece ya la calidad de hombre;
la deshonra y la envilece si permanece insensible a tales encantos.
Sin embargo, las
cartas de Déterville eran siempre casi iguales; nada había trascendido, pero mi
ausencia extrañaba a todo el mundo y mucha gente se permitía comentarla de una
manera tan falsa como cargada de calumnias. Mi amigo sabía que el desconcierto
se había apoderado de mis bienes y estaba casi seguro de que mi compañía iba a
ser asignada y, a pesar de todo eso, me exhortaba enérgicamente a no abandonar
mi asilo. Finalmente llegó esa última desgracia. Yo le escribí para prevenirle,
pretexté un viaje indispensable al extranjero.
Todos mis recursos
fueron baldíos y el ministro dispuso de mi cargo.
Estas son, querida
Aline, las crueles razones que motivan el reproche inmerecido que vuestro padre
me hace, reproche tanto más injusto por cuanto que ignora las razones que me
obligan a recibirlo. ¿Entraña esta desgracia algo que me pueda hacer perder vuestra
estima o que me pueda alejar de la suya? Me atrevo a ponerlo en duda.
Habían transcurrido
dos años de exilio voluntario, creí que podría acercarme a mis posesiones. Salí
hacia Languedoc. Pero ¿qué fue lo que encontré? ¡Ay! Casas demolidas, derechos
usurpados, tierras sin cultivar, granjas sin administradores y desorden, miseria
y abandono por todas partes. Dos mil escudos de renta fue todo lo que pude
recoger de cuatro fincas que antaño valían más de cincuenta mil libras anuales.
Hube de contentarme con ello y arriesgarme a reaparecer por fin. Lo hice sin
ningún riesgo; y cada día es más probable que nunca sea perseguido por ese
duelo. Pero esa catástrofe horrible no dejará por eso de estar grabada con
sangre durante toda mi vida en mi corazón. Mi empleo ha sido concedido a otro,
mis bienes han sido devastados... todos mis amigos me han abandonado...
¡Desgraciado de mí! ¿después de tantos reveses pretendo a la divinidad que
adoro?... Aline, olvidadme... abandonadme... despreciadme... no veáis ya en
vuestro adorador más que a un temerario indigno de los deseos que osa formular.
Pero si me tendéis una mano auxiliadora, si concedéis alguna respuesta a los
sentimientos que en vuestro nombre me abrasan, no juzguéis mi corazón a través
de los desvaríos de mi juventud y no temáis la inconstancia allí donde
encendisteis el fuego del amor. Es tan imposible dejar de amaros como
defenderse de vos. Mi alma, modificada solamente por las impresiones de
vuestros rasgos, no puede sustraerse a su dominio, y antes me arrancarían mil
veces la vida sin conseguir por ello destruir mi amor. Espero mi sentencia y mi
perdón... Aline, Aline, lo espero todo de vuestra compasión.
CARTA VI
Aline a Valcour
15 de Junio
¡Oh, amigo mío!,
¡cómo me conmueve vuestra confesión! ¡Cuánto aprecio vuestra constancia!...
¿Abandonaros yo, renunciar a vos? ¡cruel! ... ¡Ah!, ¡Cuánto mayor haya sido
vuestra desgracia, con tanto mas ardor se entrega mi alma al placer de amaros!
Soy yo, amigo mío, soy yo quien fue escogida por el cielo para aliviar vuestros
males; será mi mano la que los aplaque... ¡Ah!, Valcour ¡cómo ha aumentado el
cariño que os profeso desde que conozco vuestro infortunio! No pienso que no
hayáis cometido errores... pero los sentís con excesiva viveza como para que
sea yo quien os los reproche. Fuisteis débil... fuisteis inconstante, quizás
incluso seductor, pero habéis sido valeroso y noble, todos esos reveses os han
arrojado a un abismo del que mi cariño y los cuidados de mi madre quieren
salvaros a cualquier precio... No, no estoy celosa de Adélaïde, me compadezco
de ella con toda mi alma, su historia ha conmovido profundamente mi corazón.
Pero no temo ya que reine en el vuestro, y soy suficientemente vanidosa como para
estar segura de ocuparlo por completo.
Vuestra carta ha
hecho llorar a mi madre... Os envía un abrazo... Se alegra mucho de conocer
vuestra historia... Y, sin comprometeros a nada, ella contará, al menos, dice,
con armas para defenderos; tened la certeza de que las usará.
Solamente os
escribo unas letras. Nos vamos, escribidnos en los primeros días del próximo
mes.
Escribiréis
vuestras cartas de forma que se puedan leer en alta voz. Sin embargo no os
prohíbo que de tanto en tanto incluyáis un pequeño billete para mí, en el que
sólo me hablaréis del sentimiento que nos deleita; mi madre, que conoce
vuestras intenciones, y que las aprueba, me entregará esos billetes fielmente.
Si tenéis que decirme algo más secreto, os dirigiréis a Julie, esa muchacha que
me sirve desde su infancia, os ama, dice, como si un día hubieseis de
convertiros en su amo. ¿Será posible todo esto, amigo mío? No lo sé, pero tengo
presentimientos que a veces me consuelan, por su deliciosa ilusión, de las
penas de la realidad.
Llevamos con
nosotros a Folichon . ¿Cómo no lo querría si sois vos quien lo ha educado? Ese
animal encantador os ama hasta tal extremo que cada vez que oye vuestro nombre
parece que la esperanza y la alegría animen sus rasgos; y cuando se disipa su
error, se duerme sobre mi regazo con un gran suspiro que hace que lo cubra de
besos.
CARTA VII
Déterville a
Valcour
París, 17 de Junio
Si hay algo que
pueda aliviar los tormentos de un alma honrada y sensible como la tuya, mi
querido Valcour, es la satisfacción de los seres que estimas. Por ello, me
atrevo a poner en tu conocimiento mi enlace con Eugénie. Todas las dificultades
que nos separaban han sido vencidas y dentro de veinticuatro horas seré el más
feliz de los esposos. No me atrevo a decir de los hombres, la ausencia de tu
felicidad impide la mía. Y jamás podré creerme verdaderamente dichoso mientras
que el mejor de mis amigos sea desgraciado. Pero tengo puestas mis esperanzas
en las prórrogas que obtiene Mme. de Blamont. Te ama; su hija te adora; espera
todo del corazón de estas dos maravillosas mujeres. Sabes que Eugénie, su madre
y yo hemos salido de viaje para Vertfeuille; imagínate si nos ocuparemos y si
no buscaremos todos los medios posibles para adelantar tu dicha. Ten la
certeza, mi querido Valcour, de que solamente nos ocuparemos de esto. Pero te
ruego que tengas valor y paciencia. Sacar de la cabeza de un leguleyo una idea
que se ha introducido en ella, no es una empresa fácil. Quisiera que estudiases
un poco a ese Dolbourg; o ignoro cómo se debe juzgar a un hombre o ese absurdo
mortal debe ocultar un hermoso vicio que, sacado a la luz del día, enfriaría
quizás un poco el entusiasmo del querido presidente. Sé perfectamente que esta
es una de esas argucias de guerra para las que nada sirve tu maldita
delicadeza; pero, amigo mío, hay que valerse de todo en el caso en que te
encuentras; sopesemos incluso, si quieres, este procedimiento en la balanza de
tu justicia. En la hipótesis de que Dolbourg adoleciese de algún defecto
capital que hubiera de acarrear la desgracia de su mujer, ¿no sería tu deber
prevenirla?
Adiós; el trajín de
las vísperas de una boda me impide concederte mas tiempo. ¡Oh, amigo mío!
¿cuándo podré compartir contigo todos los trabajos de la tuya? Si crees que
puedo serte de alguna utilidad en la circulación de tus misivas, dispón de mí.
Eugénie me encarga que te ofrezca asimismo sus servicios; pero imagino que ya
habréis tomado todas vuestras precauciones; cuando alguien se ama con el ardor
que lo hacéis vosotros, nada escapa en la búsqueda de todo lo que pueda hacerse
para el alivio de sus penas.
CARTA VIII
Valcour a
Déterville
París, 19 de Junio
La noticia de tu
boda me produce la misma alegría que si fuese la mía, y te felicito muy
sinceramente por esta unión, ya que es difícil encontrar una mujer cuyo
maravilloso carácter se amolde mejor al tuyo. De estas relaciones dichosas nace
toda la felicidad de la vida. ¡Ay! yo también he encontrado las que pueden
hacer la felicidad de la mía... pero ¡cuántas dificultades, amigo mío! ¡Ah!
jamás alardeo de haberlas vencido; y además... no sé si decírtelo. ¿Te
confesaría una delicadeza más que lo vas a considerar una niñería? La brillante
fortuna de Aline, el precario estado de la de tu amigo, todo esto, querido
amigo, me hace temer que la gente imagine que mis sentimientos se basan
exclusivamente en el deseo de concluir lo que en el mundo se conoce como un buen
negocio. Si algún día llegase a pensarlo, si esta horrible idea llegase en
algunos instantes de calma a presentarse al espíritu de mi Aline... ¡Oh, mi
querido Déterville! huiría de ella para no volverla a ver jamás... ¡Ah! ¡cómo
deseo ahora lo que siempre he despreciado ! ... ¡Cómo quisiera tener honores,
tesoros, y todo lo que pudiera hacerme digno de aquella a quien adoro!
Incluso suponiendo
que mis dificultades se desvaneciesen y que yo alcanzase lo que considero la
única felicidad de mi vida, ¿no acabaría con mi felicidad la pesadumbre de no
haber aportado una fortuna digna de ella? Cuando se disipe la ilusión de los
placeres, ¿no he de temer que ella misma conciba un día estas quejas? ¡Oh,
amigo mío! ocúltale mis temores, ella no me perdonaría haberlos albergado.
No, no apruebo tus
secretas investigaciones sobre Dolbourg; hay una especie de traición que no
concuerda con la franqueza de mi ánimo; no quiero deber sino a mí mismo la
preferencia de Aline; me parece que sería humillante triunfar gracias a los
vicios de mi rival. Si los tiene y pueden acarrear la desdicha de Aline, su
madre sabrá descubrirlos con presteza para prevenir su unión. Entonces, todo
será como es debido. Ella abr cumplido con su deber y yo habré evitado
incumplir el mío.
No aceptaré tus
ofertas para este viaje, ya hemos adoptado nuestras medidas y no por ello va a
disminuir mi agradecimiento... ¡Ah! como envidio la felicidad, amigo mío, la
verás todos los días... en cada instante tus ojos podrán detenerse en los
suyos; respirarás el mismo aire que ella; disfrutarás de esas mezclas de
rasgos... mezclas encantadoras que a todas horas vienen a dibujarse en su
delicioso rostro... Porque, obsérvalo, un sentimiento... un comentario... una
influencia en el ambiente... una comida... cada una de estas cosas modifica sus
rasgos de una forma diferente. Su belleza en una hora determinada no es igual a
la de otro momento; en todos los días de mi vida no he visto una fisonomía tan
excitante y tan diversamente expresiva. Acepto que hace falta estar enamorado
para estudiar, para captar todos estos matices. Pero, amigo mío, el corazón
lleva todas las de ganar, no hay una sola de esas variaciones que no legitime
mil razones para amarla más aún.
Adiós... te estoy
molestando... estoy robando minutos de tu felicidad... disfruta... disfruta,
afortunado amigo... no es mi intención marchitar las rosas del himeneo con las
amargas lágrimas del amor desdichado; de ahora en adelante sólo me ocuparé de
tu felicidad... ¡Ah! puedes tener la certeza de que el amigo más sincero que
tienes en el mundo la comparte intensamente.
CARTA IX
El presidente
Blamont a Dolbourg
París, 1 de Julio
Me parece, mi
querido Dolbourg, que, hasta el momento, tus éxitos no han sido sonados y
¿cómo, por todos los diablos, me arriesgaría yo a llevarte al campo después de
los fracasos cosechados en la ciudad? Mirándolo bien, te detestan... ¿Qué
importa? Como bien sabes, desde hace mucho tiempo forma parte de nuestros
principios el no preocuparse en absoluto del corazón de una mujer siempre que
se cuente con su persona y con su dinero. No obstante, si no demuestras más
pericia en el futuro, me temo que tendremos que tomar la ciudadela al asalto.
Yo te ayudaré a batir la brecha y, mientras tú montas tus ataques, yo te
organizaré escaramuzas a retaguardia. A menudo sucede que cuando se pretende
conquistar una plaza hay que apoderarse necesariamente de las alturas... se
establece uno de los puntos dominantes y desde allí se cae sobre el objetivo
sin temer las resistencias.
O si no tú
negocias... tú truecas... tú trastocas.
Con esperanza y
dicha poco a poco la arropas.
Y, en cuanto haya
caído, por su credulidad
La castigas al
punto con gran severidad.
Tu estúpida
franqueza te impide entender nada de todo esto; no se trata de que no seas un
zorro hecho y derecho, pero te pierde tu buena fe. Si una puerta no se te abre
de par en par eres incapaz de imaginar que existan otros medios para forzar las
barricadas; te lo he dicho cientos de veces, amigo mío, no hay nada como
nuestro oficio para aprender el arte de fingir y de engañar a los hombres.
Hecha un vistazo a la infinidad de recursos que sabemos poner en práctica
cuando se trata, por ejemplo, de hacer morir a un inocente. A la cantidad de
falsedades, de mentiras, de falacias, de trampas y de maniobras insidiosas que
empleamos hábilmente en semejantes circunstancias y comprobarás que todo esto
nos forma en el oficio de las artimañas y en la ciencia de llevar los
acontecimientos a la finalidad que nos proponemos. Me reiría muy a gusto de ti
si te hubiera tocado emprender solo esta gran aventura y si tuvieras que
triunfar tú solo. La afrontarías con tal candor... tal sinceridad... ¡ni
siquiera un maldito enigma, ni un solo gesto , ni un simulacro de finta! ¡No
tardarías mucho en ver desestimadas tus ridículas pretensiones!... Querido
Dolbourg, hoy en día para abrirse paso en el mundo hace falta picardía; y ya
que el más feliz de todos es el que mejor engaña, hay que intentar adquirir
destreza en el arte de engañar bien... En realidad la culpa de esto la tienen
las mujeres; a fuerza de querer ser listas han conseguido hacernos falsos. ¡Las
muy locas! ¡cómo me gusta verlas debatirse ante mí! es el cordero entre los
dientes del león... Les doy diez sobre dieciséis y siempre estoy seguro de
ganarles por cuatro tantos de ventaja... Finalmente se abre la campaña... Las
amazonas se pertrechan... los salvajes van a atacarlas... Veremos quien se
lleva los laureles de la victoria; pero que nada de todo esto vaya a estorbar
en lo más mínimo nuestras diversiones; hay que saber luchar en varios frentes a
la vez y el proyecto de los placeres que aún no podemos disfrutar sólo puede
nacer en medio de aquellos que gozamos ahora... Te espero en casa de nuestras
diosas. En verdad que hacía siglos desde que no realizábamos un arreglo tan
sabio como el presente.
CARTA X
Aline a Valcour
Vertfeuille, 15 de
Julio
Ya nos hemos
instalado, Valcour, y nuestra jornada ha quedado decidida; es libre y
encantadora; sólo faltáis vos, amigo mío, para hacerla deliciosa; esta
privación, que los demás ya han sentido, la experimenta con más viveza mi
corazón.
Dejadme que os
cuente como vivimos, sé que estos detalles os agradan, a través de ellos me
seguiréis, estaré más presente en vuestra imaginación y ellos harán que la
ausencia os resulte menos cruel.
El palacio de
Vertfeuille, al que, antes de nada tiene que transportarse vuestro espíritu, no
es magnífico, pero es cómodo y extremadamente pulcro; está situado a cinco
leguas de Orléans, a orillas del Loira.
El cercano bosque,
cuya sombra nos procura adorables paseos; las verdes y frescas praderas,
pobladas siempre por rebaños orondos y saltarines, están adornadas por doquier
con pueblos y casas de campo; los jardines agradablemente divididos por
límpidos canales, por bosquecillos aromáticos animados por una sorprendente
multitud de ruiseñores; la inmensa cantidad de flores que se suceden durante
nueves meses al año; la abundancia de la caza y de los frutos; el aire puro y
sereno que se respira... todo eso, amigo mío, contribuye, aunque el objeto sea
de poca importancia, a convertirlo en una residencia digna de adornar el Eliseo
y es mil veces preferible a todas las hermosas posesiones de M. de Blamont,
absolutamente uniformes y en las que el aburrimiento corre parejo a la
regularidad.
Aquí nos levantamos
todos los días a las nueve y, siempre que el tiempo lo permite, la cita para el
desayuno se realiza en un bosquecillo de lilas en donde todo se encuentra
dispuesto desde que uno llega. Allí cada cual toma lo que desea y mi madre pone
buen cuidado de que haya casi todo lo que sabe que puede gustar a alguien. Esta
primera ocupación nos retiene hasta las diez; entonces nos separamos para pasar
los momentos de más intenso calor en algunas habitaciones frescas junto a un
buen libro; no nos volvemos a reunir hasta las tres. Entonces se nos sirve un
excelente almuerzo, tanto más amplio por cuanto que es la única comida por la
que nos sentamos a la mesa.
A las cinco
salimos, es la hora de los grandes paseos, cada cual coge su bastón o su tocado
y ¡Dios sabe dónde nos llevarán nuestros pasos! A menos que el tiempo sea
adverso la costumbre es de hacerlo a pie y siempre muy lejos, sin más objeto
que el de andar mucho; a esto le llamamos salir a la aventura. Déterville es el
único hombre que nos acompaña y, a juzgar por la manera en que nos perdemos, no
tengo la menor duda de que llegaremos a vivir las aventuras que pretendemos
buscar.
Mme. de Senneval,
que antes parece la hermana mayor de Eugénie que su madre, llama a esto las
imprudencias y Mme. de Blamont, mi querida y deliciosa mamá, más alocada que
ninguna de nosotras afirma gravemente que lo peor que nos puede pasar es
encontrar a algunos caballeros de la Tabla Redonda, venidos a las Galias en
busca de laureles, a Gauvain, el senescal de Queux o al valiente Lancelot du
Lac; que estos hombres de bien, protectores natos del sexo débil, no han hecho
jamás daño a las mujeres y que, por tanto, estamos a salvo.
Volvemos al morir
el día; nos echamos sobre los canapés, cansados, como podréis imaginar, y se
sirven frutas, helados, jarabes o algún vino español y pastas; esta ligera
colación, cada cual en su butaca, da principio a lo que llamamos la velada.
Déterville o mi madre, nuestros dos mejores lectores, se apoderan de algunas
obras recientes y la lectura se prolonga hasta la media noche, hora en que nos
separamos para restaurar las fuerzas necesarias para volver a empezar el día
siguiente; esta vida, arreglada en la forma que os he explicado, tiene la
virtud de hacer que los días pasen para nosotros con tal rapidez que, excepto
yo, amigo mío, que encuentro siempre demasiado largos los instantes que debo
existir sin vos, todos los demás tienen la impresión de que están aquí desde
ayer.
Salimos a la
aventura. Os dejo; ¿qué diríais vos, amigo mío, si algún gigante, Ferragus, por
ejemplo, el azote del valeroso caballero Valentín, si, decía, ese incivil
personaje os privase de vuestra Aline?... ¿Os armaríais hasta los dientes para
combatir al desleal?... ¡Sí!... ¿Y si Aline fuese ya la mujer del gigante?
¡Oh, amigo mío, que
triste estoy esta tarde, yo no sé por qué, pero mi madre es tan amable!... ¡La
ternura que me profesa es tan viva!... ¡Me consuela tan bien!... Deja nacer en
mi corazón con tanta bondad la dichosa esperanza de pertenecer un día a aquel a
quien amo, que alivia un poco la pena de la separación.
Ayer me decía :
"Si vuestro padre os desheredase, al menos no podría quitaros esta pequeña
posesión; tened por seguro que será vuestra sin que nada pueda privaros de
ella; he aquí el motivo de que yo la arregle, la cuide y la embellezca; quiero
que os obligue a pensar en mí cuando yo ya no esté a vuestro lado..." Y
yo, desesperada y turbada ante esta idea, yo, que no puedo admitirla sin
estremecerme... me precipito en sus brazos y le digo:
"Mamá, no me
habléis de esta forma, me vais a hacer morir..." y nuestras lágrimas
inundan nuestros pechos y nos juramos amarnos y morir ambas a un tiempo... No
creáis que mi alegría me ha abandonado, únicamente deseaba relataros
detalladamente estas circunstancias... Adiós, amadme y escribidnos.
CARTA XI
Valcour a Aline
París, 20 de Julio
Os escribo con
prisa, en la horrible inquietud que me embarga, prolongar mi billete supondría
retrasar su envío y ardo de impaciencia por saber que está en vuestras manos.
La descripción de la vida que hacéis es deliciosa, vuestra felicidad se dibuja
en ella, esta idea me consuela; pero esos grandes paseos me espantan, ellos son
el objeto de mi carta; pienso como Mme. de Senneval; son una locura y os
suplico que les pongáis freno, o, si deseáis hacerlos, si os distraen, llevad,
al menos a más de un hombre con vos... haced que os sigan; por mucho que confíe
yo en el valor de mi querido Déterville, convendréis conmigo en que le sería
imposible defenderos solo contra un grupo armado... Aline, tenemos enemigos
poderosos; me fío poco de lo que dicen, su falsedad me asusta menos de lo que
me tranquilizan sus promesas; no cometáis imprudencias, se lo ruego a Mme. de
Blamont a quien suplico acepte el testimonio sincero de mi respetuoso afecto.
CARTA XII
Madame de Blamont a
Valcour
Vertfeuille, 25 de
Julio
Sí, soy yo la que
he recibido esa carta apresurada y soy yo la que río con toda el alma de ese
ridículo temor que refleja. Podéis estar tranquilo, nuestros paseos no entrañan
ningún peligro; una violación, un rapto es, pienso yo, lo peor que nos podía suceder
y en esos fatales percances, ¿no tenemos con nosotras al valiente Déterville
que, aunque solo, antes rompería doce lanzas, podéis estar seguro, que permitir
que se llevasen a su mujer o a las dos amigas de su amigo? Respecto a las
gentes que hacen promesas, tengo más confianza que vos en su palabra; si me han
jurado que este verano tendría tranquilidad, sé que la tendré. La confianza,
aunque este erróneamente depositada, calma la sangre, no me privéis del placer
que me procura.
Acaba de llegar
aquí un hombre a quien conocéis y que se interesa siempre mucho por vos. Es el
conde de Beaulé; su ascendiente en la provincia, la vecindad de nuestras
fincas, la antigua amistad que me profesa, todas esas razones le han incitado a
venir a compartir algunos días con nosotros; siempre que veo a este honrado y
valiente militar, a cuyas órdenes hicisteis vos vuestras primeras armas,
experimento una especie de emoción respetuosa; es la única persona en Francia
que aún nos describe las sinceras virtudes de la antigua caballería; su
atuendo, su porte, su forma de expresarse, todo anuncia en él al ferviente
partidario de esas leyes tan prodigiosamente olvidadas en nuestros días... de
esas leyes preciosas que han sido sustituidas por la impertinencia y los
vicios... ¿Pero a quién pertenece esa pequeña cabeza que se acerca a la mía?...
¿Habéis visto nunca semejantes modales?... Basta que me hayan visto coger mi
escritorio para que inmediatamente aparezca un rostro por encima de mi
hombro... y luego esas risas porque la sorprendo y me enfado.
− Pero, mamá, lo
que pasa es que esa correspondencia me concierne, lo habéis dicho vos misma.
− Pues bien,
señorita, he cambiado de opinión, espero que al menos un día me permitáis
disfrutar de vuestros placeres.
− ¡Oh, mamá...!
Y cesan las risas.
Qué ser tan singular es una jovencita que ha entregado su corazón.
− Tened, señorita,
vamos a intercambiar los papeles, vuestro padre quiere que yo escriba a M.
Dolbourg, hacedlo vos.
− ¿A M. Dolbourg,
mamá?
− Al mismo.
− ¿Y qué tengo yo
en común con ese hombre?
− ¡Como! ¿No es
acaso él mi futuro yerno?
− ¡Oh! amáis
demasiado a vuestra Aline para sacrificarla así.
− ¡Es cierto! ¿pero
vuestro padre?
− Vos le venceréis.
− No respondo de
ello.
− ¿He de morir
entonces?
− Entonces venid y
permitidme que os bese una vez más antes de esa muerte a la inglesa y dejad que
termine mi carta.
Vino a cubrir de
lágrimas el papel en el que estaba escribiendo. Ya lo veis, tengo que cambiar
de página y la muy picara ríe y llora a la vez, mientras me cubre de besos...
Finalmente se sienta y puedo escribir.
Aquí disfrutamos de la imagen misma de la
felicidad. Eugénie, a quien no deberíamos llamar más que Mme. Déterville, ama
apasionadamente a su marido y él la adora. En este asilo de reposo y de
inocencia que es el campo, mi querido Valcour, es en donde la felicidad de
amarse sabe mejor, en mi opinión, y en donde resulta más agradable su
espectáculo... Pero en París, en ese abismo de perversidad, en donde las malas
costumbres están al orden del día, en donde la indecencia es una gracia, la
falsedad una sutileza y la calumnia, ingenio, se ignora todo lo que dicta la
naturaleza y se permanece siempre al margen o más allá de sus emociones; allí
es más fácil encontrar la chanza que el sentimiento, porque para la primera
basta con un poco de jerigonza, mientras que para el otro haría falta un
corazón cuyas sensaciones, enardecidas por la licencia y corrompidas por el
libertinaje, son incapaces de recuperar su energía. Allí se pone en solfa a un
marido que al cabo de un mes estuviese aún enamorado de su mujer... ¡Oh! ¡cómo
odio ese tono! ¡Oh! ¡cómo os odiaría a vos si no estuvieseis enamorado de la
vuestra al cabo de veinte años! Adiós, mantened vuestra palabra, sed prudente,
todo irá bien.
CARTA XIII
Aline a Valcour
Vertfeuille, 6 de
Agosto
El conde acaba de
dejarnos; vamos a reanudar nuestra antigua vida; había sido necesario
interrumpirla. M. de Beaulé se pasea poco, y, a pesar de su insistencia para
que no nos molestásemos por él, nos hemos visto obligados a hacerle compañía;
no os alarméis por esta reanudación. Os lo repito, nuestros paseos no tienen
nada de peligroso, tened la seguridad de que renunciaríamos a ellos si hubiese
motivos para temer cualquier cosa.
Mi madre habló el
otro día a su antiguo amigo sobre nuestros proyectos comunes. Él los aprueba
con ese talante abierto y franco que revela que el sí que se otorga sale del
corazón y no es una salida de circunstancias; pero teme que no logremos vencer
al presidente. Ha sonreído al decir que Dolbourg y él estaban íntimamente
unidos y ha sonreído de una forma que me hace temer que esta indigna asociación
esté basada sobre el vicio. Por frágiles que sean esas sociedades, quizás sean
más difíciles de romper que aquellas que sostiene la virtud y temo
asombrosamente sus efectos; según dicen unen entre sí a sus amantes al igual
que lo están ellos mismos y ese perverso cuarteto, me han dicho a espaldas de
mi madre, es indisoluble; guardadme el secreto; ¿ese Dolbourg?... ¡una
amante!... ¿Y quién es, pues, la criatura abandonada? Es cierto que cuando se
tiene dinero... ¡Amigo mío, ese hombre tiene una querida! y, si esto fuese
cierto, ¿por qué quiere casarse conmigo?... ¿Pero, podéis entender estas
costumbres? ¿A qué viene entonces el tomar ahora una esposa? ¿Es un mueble que
se compra?... ¡Ah! ya lo entiendo, es una cosa que se tiene en la habitación
como quien tiene una porcelana encima de la chimenea... ¡es un asunto de
conveniencias y yo seré la víctima de estos manejos! ¡yo tengo que romper los
nudos que me son tan queridos para ser la mujer de ese hombre! ¿Cómo os
imaginaríais a vuestra desdichada Aline en esta fatal circunstancia si el cielo
decidiese que ha de correr esta suerte?
Déterville quisiera
hacer algunas investigaciones sobre las costumbres depravadas de este
financiero, me ha hablado de vuestra delicadeza, no puedo sino aprobarla, y
ahora la mía me impone una ley semejante; porque si esta unión viciosa entre mi
padre y Dolbourg se confirma, Déterville no podría revelar los desmanes de uno
sin sacar a luz los del otro... ¿Debo hacerlo? Mi madre es desgraciada y me
apenaría mucho que un descubrimiento tan triste viniese a aumentar el horror de
su situación; no temo que sufra su corazón, después de la manera en que la ha
tratado M. de Blamont, sería, sin duda, difícil que su mujer pudiese amarle
afectuosamente y, además, ¡su edad es tan diferente! pero haya o no haya amor,
no por ello se dejan de compartir los errores del marido y tampoco sufre menos
nuestro orgullo por los vicios que se encuentren en él. Las penas que este
sentimiento herido puede provocar son quizás tan dolorosas como las que nos
inflige el amor... Sin embargo, no lo creo y, como no hay sensación más vivida
que la del amor, no puede haber nada cuyos tormentos sean tan sensibles... No
sé... ya no estoy tan alegre, sobre mi espíritu se ciernen nubes sombrías, mi
padre nos ha dicho que este verano tendríamos calma. Pero, ¿si cambiase de
opinión, si se presentase con su querido Dolbourg?... Eugénie lo teme, a mí me
dan escalofríos. ¡Oh! mi querido Valcour, se lo he dicho a mi madre; pero si
ese hombre llegase yo huiría... que no cuente con mi presencia, yo no
resistiría el horror de la suya. Distraedme, Valcour, alejad de mí estas
tristes ideas, estorban mi reposo y yo no sé vencerlas; pero ¿me vais a
consolar vos, vos que debéis temblar tanto como yo?...
CARTA XIV
Valcour a Aline
París, 14 de Agosto
¿Tranquilizaros?...
¿quién, yo? ¡Ah! tenéis razón, tiemblo tanto como vos; el carácter del hombre
en cuestión está hecho para alarmarnos a ambos; esa seguridad que os ha
proporcionado su promesa encierra quizás una trampa en la que quiere
sorprenderos. Querrá comprobar si es cierta vuestra soledad, si no tengo
intención de interrumpirla... y ¡quién sabe si no llevará consigo a su
Dolbourg! Sin embargo, no es probable que os exija enseguida un juramento que
os produce tanta repugnancia; ¿no había quedado en concederos un plazo?... Si
os obligase a ello, no lo dudéis, esa madre que os adora y que nosotros
apreciamos tanto, se pondrían de vuestro lado con tanto ardor que obtendría
para vos nuevas prorrogas... ¡Ay! os tranquilizo y yo mismo tiemblo; pretendo acallar
la confusión que me devora, quiero consolar a Aline y estoy más afligido que
ella.
Es cierto que me he
opuesto a las investigaciones que me proponía Déterville y, después de lo que
me habéis contado me opondré aun con más energía, podemos padecer a manos de
aquellos a quienes la naturaleza nos ha sometido, pero debemos respetarlos. Si Mme.
de Blamont no estuviese unida, como nosotros, en esa investigación, me
atrevería a decir que es cosa que a ella concierne; pero si la asociación que
sospechamos es cierta, no puede hacer nada. No es que no debiese, si fuera
incierta; pero si es cosa probada debe guardar silencio. ¿Qué hacer? ¿cómo
actuar? ¿qué imaginar, Dios mío? Al menos me queda vuestro corazón, Aline, me
atrevo a estar seguro de reinar en él. ¡Qué dulce es para mí este consuelo! no
existiría sin él. Conservad para mí ese sentimiento que supone mi felicidad;
sed siempre el único árbitro de mi suerte; opongamos a esa multitud de
obstáculos la firmeza que proporciona la constancia y un día venceremos. Pero
si vaciláis, si las persecuciones os doblegan, si la desgracia os abate, Aline,
enviadme la muerte; me resultará menos cruel.
CARTA XV
Déterville a
Valcour
Vertfeuille, 26 de
Agosto
Lo habías
adivinado, mi querido Valcour, forzosamente tenía que sucedernos una aventura
durante esos paseos prolongados tan apreciados por Mme. de Blamont y que tu
prudencia te hacía reprobar; pero no te inquietes, ninguna disminución ha
venido a mermar el número de nuestros anfitriones, nada le ha sucedido a
ninguno de ellos. Lo único que hemos hecho ha sido hacer un nuevo
reclutamiento... y un reclutamiento sumamente singular; y para que tu
imaginación, que sé impaciente y fogosa, no vaya por delante de la verdad y no
la cambie inmediatamente en espantosas desgracias, escucha antes de prever.
Desde que los días
son más cortos comemos antes en Vertfeuille con el fin de tener poco más o
menos el mismo número de horas de paseo. Por consiguiente, a pesar del intenso
calor, salimos a las tres y media con la intención de atravesar un pequeño
ángulo del bosque detrás del cual hay una aldea encantadora en donde tu Aline
tiene una amiga llamada Colette que todos los días le proporciona una leche
deliciosa... Queríamos ir, pues, a saborear la leche de Colette; pero teníamos
que apresurarnos; no queríamos regresar de noche por el bosque y temíamos que
la noche extendería sus lúgubres velos por el bosque a las siete. Hay dos
leguas desde Vertfeuille hasta la casa de Colette; de forma que no podíamos
perder ni un instante. Todo iba a las mil maravillas hasta la aldea; llegamos a
las cinco y media a casa de la bella lechera: bebimos su leche. Aline, que
llevaba los bolsillos llenos de chucherías que le había hecho para contentarla,
fue recibida como tú imaginas; pero todos los relojes marcaban las seis, había
que salir a toda prisa... Nos despedimos refunfuñando y diciendo que apenas si
teníamos tiempo para respirar... que yo estaba más asustado que las mujeres y
otras mil bromas de parecido talante que no me desconcertaron, porque, si
estaba alarmado, las queridas señoras tenían que advertir que era solamente por
ellas; así que no me enfadé y nos fuimos.
Apenas nos habíamos
internado por el camino del bosque que desemboca en las avenidas de Vertfeuille
oímos unos gritos penetrantes que nos parecía procedían de uno de los caminos
diagonales que se pierden en el centro del bosque. Todo el mundo se paró... ya
era de noche. El asombro dio paso al miedo y todas nuestras heroínas quedaron
tan espantadas que una, Eugénie, cayó desmayada en mis brazos y las otras tres,
habiendo perdido en absoluto el control de sus piernas, se dejaron caer al pie
de un árbol.
Si yo deseaba
evitar que nos encontrásemos de noche en medio del bosque es porque preveía lo
que iba a suceder al mínimo incidente y las molestias que para mí se iban a
derivar. Tranquilizar, investigar, defender, estas eran mis tareas y me
preocupaban mucho más las dos primeras que la tercera. Las calmé, pues, lo
mejor que pude y, sin perder un minuto, corrí al lugar de donde venían los
gritos. No fue fácil dar con el lugar de su procedencia; la infeliz que los
profería estaba fuera del camino, parecía que se encontraba en la espesura y
por mucho ruido que hiciera yo, aunque la llamase... demasiado ocupada en su
dolor, la infortunada no me respondía. No obstante, al fin pude distinguir con
más precisión, dejé el camino, me adentré en la espesura y finalmente encontré
sobre un montón de helechos, al pie de un gran roble, a una joven que acababa
de dar a luz a una desdichada criaturilla, cuyo espectáculo, unido a los
grandes dolores que acababa de padecer la madre, hacían proferir a esta
lamentables gritos acompañados de lágrimas abundantes. Mi entrada, con la
espada en la mano, la asustó, como te puedes imaginar; pero la escondí debajo
de mi ropa tan pronto me percaté que solamente se trataba de una mujer, me
acerqué a ella y hablándola con suavidad, conseguí tranquilizarla enseguida.
− Perdón, le dije,
señorita, no tengo tiempo para escucharos ni para socorreros, debo reunirme con
unas damas que me esperan cerca de aquí y que no puedo abandonar cuando ya ha
caído la noche, las habéis asustado con vuestros gritos; vuestra posición me parece
sumamente embarazosa; seguidme; coged a esa criatura, tomad mi brazo y vayamos.
− Quienquiera que
seáis, me dijo la desconocida, aprecio mucho vuestra ayuda, pero no me atrevo a
aceptarla, quisiera ir al pueblo de Berseuil, hacedme el favor de mostrarme el
camino, estoy segura de que allí me socorrerán.
− No conozco ningún
pueblo que se llame Berseuil en estos alrededores, en este momento no puedo
ofreceros más que lo que acabo de deciros, aceptadlo, creedme, o me veré
obligado a abandonaros.
Entonces la pobre
muchacha recogió a su niño y le besó:
− Desgraciada
criatura, dijo mientras lo envolvía en un pañuelo y lo colocaba en su regazo,
fruto de mi vergüenza y de mi deshonor, ¡cómo iba a saber yo que te iba a
faltar un techo desde el momento mismo de venir a este mundo!
Luego se apoyó en
mi brazo y, andando con dificultad, llegamos cuanto antes al lugar en donde
había dejado a las damas. No tardamos en avistarlas, pero ¡en qué estado! Las
dos hijas estaban abrazadas a sus madres y, aunque ellas mismas eran presa de
una agitación prodigiosa, se esforzaban en tranquilizarlas. Imaginarás el
efecto de mi regreso: al no ver más que a una persona de su sexo y percibiendo
mi aspecto tranquilo, todo se calmó y corrieron hacia mí. En dos palabras les
conté cómo la había encontrado. La joven, sumamente confusa, presentó sus
respetos como pudo. Examinaron y acariciaron al niño; Mme. de Blamont quería
conceder al menos unos instantes de reposo a la madre, en parte por humanidad y
en parte para instruirse más detenidamente en lo que pudiese arrojar luz sobre
una aventura tan singular. Pero hice observar a las damas que la noche cada vez
era más cerrada y que nos quedaban tres cuartos de legua por andar y decidí que
lo más conveniente era salir cuanto antes. Aline quiso llevar al niño para
aliviar a la madre que se apoyaba en mi brazo; Eugénie ofreció los suyos a las
dos damas y salimos rápidamente del bosque.
− Nada de
interrogatorios hasta que no estemos en el palacio, dije a Mme. de Blamont que
no cesaba de hacer preguntas, fatigarían a esta joven que ya está muy abatida;
esta noche sólo nos ocuparemos de llegar y socorrerla.
Aprobaron mi
consejo y finalmente llegamos a puerto. Oportunamente, porque la pobre joven a
quien ayudaba a caminar apenas si podía arrastrar los pies. Esto hizo que Mme.
de Blamont comentase que seguramente hubiera muerto de haber persistido en su
proyecto de ir a ese pueblo llamado Berseuil, cuya situación ignoraba yo y que
se encontraba a seis leguas largas del lugar en donde la habíamos encontrado.
La primera preocupación de la dueña de la casa fue instalar a esa desdichada en
una de las mejores habitaciones del castillo junto con su hijo y, después de
hacerle ingerir un caldo y luego, dos horas más tarde, un asado al vino de
Borgoña, la dejamos reposar.
Como no se le había
pedido ninguna explicación esa noche para no fatigarla, la aventura, como
supondrás, fue interpretada en las formas más diversas: cada cual dijo su
opinión y, debido a una fatalidad bastante común en esta clase de situaciones,
nadie se aproximo siquiera a una verdad que resultó ser más importante de lo
que se pensaba.
Al día siguiente
por la mañana, es decir, hoy vamos a ir a la habitación de la bella aventurera
en cuanto la sepamos despierta para o ir de ella el relato de su historia si la
comadrona que hemos enviado a buscar la encuentra lo bastante mejorada como para
permitirle que nos la cuente. Esta narración será el tema de mi próxima carta;
el correo sale, Mme. de Blamont me dice que me apresure. Un abrazo.
CARTA XVI
Déterville a
Valcour
Vertfeuille, 28 de
Agosto
Como el correo no
salió ayer he tenido que esperar hasta hoy para reanudar la narración de
nuestra aventura... ¡Oh, amigo mío, qué ideas va a provocar todo esto en ti y
que singulares sospechas se forman aquí en todas las mentes! ¿Será posible que
el azar haya querido poner en nuestras manos el primer anillo de una cadena
cuya extremidad puede proporcionarnos la explicación que tan ardientemente
anhelábamos? Pero como es demasiado pronto para afirmar nada, contentémonos, yo
con contarte y tú con sospechar, conjeturar e incluso investigar, si lo deseas.
La comadrona que
visitó ayer a la joven en su habitación, nos dijo poco después que la noche
había sido agitada, que había tenido un poco de fiebre, pero que, como estos
accidentes no tienen nada de extraño en estas circunstancias, podíamos entrar
si lo deseábamos y escuchar todo lo referente a la muchacha; ella había
aceptado relatárnoslo. Sólo fuimos admitidos Mme. de Senneval, Mme. de Blamont
y yo; no creímos decente llevar a Aline. ¡Dichoso el carácter que modela
siempre sus deseos sobre sus deberes! esa privación no le costó esfuerzo
alguno, su curiosidad no pudo más que su pudor... Eugénie le hizo compañía.
Entramos después de algunas cortesías mutuas. Estos fueron, mi querido Valcour,
los términos en que se expresó nuestra aventurera:
Historia de Sophie
Me llaman Sophie,
señora, dijo refiriéndose a Mme. de Blamont, pero me encontraría en un apuro si
hubiera de daros cuenta de mi nacimiento, sólo conozco a mi padre e ignoro los
detalles de mi venida al mundo. Fui educada en el pueblo de Berseuil por la mujer
de un viñador llamada Isabeau; iba a reunirme con ella cuando me encontrasteis.
Ella fue mi nodriza y, desde que tuve uso de razón, me dijo que no era mi madre
y que estaba en su casa como pupila. Hasta la edad de trece años no recibí más
visita que la de un señor que venia de París, el mismo, por lo que decía
Isabeau, que me había llevado a su casa y que secretamente me aseguró que era
mi padre. Nada más simple ni más monótono que la historia de mis primeros años
hasta la época fatal en que me arrancaron de este refugio de la inocencia para
precipitarme, a pesar mío, en el abismo del desenfreno y del vicio.
Iba a cumplir los
trece años cuando el hombre del que os hablo vino a verme por última vez con
uno de sus amigos de la misma edad que él, es decir, cerca de cincuenta años.
Dijeron a Isabeau que se retirase y me examinaron ambos con la mayor atención.
El amigo del que yo debía considerar como mi padre hizo grandes elogios de
mí... Según él yo era encantadora, bella como una pintura... ¡Ay! era la
primera vez que oí semejantes cosas, no imaginaba que estos dones de la
naturaleza fuesen a convertirse en el origen de mi pérdida... ¡qué fuesen la
causa de todas mis desgracias! El examen de los dos amigos estaba entremezclado
de ligeras caricias; incluso hubo momentos en que se permitieron algunas que
estaban vedadas por el más mínimo respeto a la decencia... luego hablaron ambos
en voz baja... oí incluso cómo se reían... ¿Es que la alegría puede nacer en
donde se medita el crimen? ¿acaso el alma puede encontrar una expansión en
medio de los complots formados contra la inocencia? ¡Tristes efectos de la
corrupción! ¡qué lejos me encontraba yo de poder augurar sus consecuencias!
Iban a ser muy amargas para mí. Llamaron de nuevo a Isabeau...
– Vamos a llevarnos
a su joven pupila, dijo M. Delcour (ese era el nombre del que me habían dicho
que considerase como padre); ha agradado a M. de Mirville, dijo señalando a su
amigo, va a llevarla a casa con su mujer que cuidará de ella como de su propia
hija...
Isabeau se puso a
llorar y arrojándome en sus brazos tan apenada como ella, mezclamos nuestros
lamentos y nuestro llanto...
– ¡Ah! señor, dijo
Isabeau dirigiéndose a M. de Mirville, es la inocencia y el candor en persona,
no le conozco ningún defecto... Os la confío, señor, sería presa de la
desesperación si le sucediese alguna desgracia...
– ¿Alguna
desgracia? interrumpió Mirville, si os separo de ella es para hacer su fortuna.
Isabeau: Que, al
menos, el cielo la guarde de hacerla a costa de su honor.
Mirville: ¡Cuánta
sabiduría en la buena nodriza!
Isabeau a M.
Delcour: Pero vos me habíais dicho, señor, en vuestra última visita, que me la
dejaríais al menos hasta que hubiese cumplido sus primeros deberes religiosos.
Delcour:
¿Religiosos?
Isabeau: Si, señor.
Delcour: ¡Y bien!
¿es que eso no ha sucedido aún?
Isabeau: No, señor,
aún no esta preparada: el Sr. cura lo ha aplazado al año próximo.
Mirville: ¡Oh, está
claro! sin embargo, no vamos a esperar hasta entonces, le he prometido a mi
mujer que se la llevaría mañana... y quiero... Pero ¿no se pueden cumplir esos
deberes en cualquier sitio?
Delcour: En
cualquier sitio y lo mismo es allí que aquí. ¿No creéis, Isabeau, que pueda
haber en la capital tan buenos directores de jóvenes como en Berseuil?...
Y luego,
dirigiéndose a mí.
– ¿Sophie,
quisierais poner obstáculos a vuestra fortuna? Cuando se trata de
conseguirla... el más pequeño retraso...
– ¡Ay! señor, le
interrumpí ingenuamente, ya que me habláis de fortuna, me gustaría más que se
la procurarais a Isabeau y que me permitieseis no dejarla jamás.
Y me arrojé a los
brazos de esa dulce madre... y la inunde con mi llanto...
– Hale, mi niña,
hale, decía ella estrechándome contra su pecho, te agradezco tu buena voluntad,
pero no me perteneces... Obedece a tus superiores y que tu inocencia no te
abandone jamás. Si la desgracia cae sobre ti, acuérdate de la madre Isabeau,
siempre encontrarás en su casa un pedazo de pan; si te cuesta algún esfuerzo
ganarlo, al menos lo comerás puro... no estará bañado por las lágrimas de la
pena y la desesperación...
– Buena mujer, me
parece que ya es bastante, dijo Delcour arrancándome de los brazos de mi
nodriza, esta escena de llanto, por patética que pueda ser, retrasa nuestros
deseos... vayámonos...
Me cogieron y nos
precipitamos a una berlina que rasgaba el aire y que nos depositó en París esa
misma tarde.
Si hubiese tenido
un poco más de experiencia, lo que veía, lo que oía y lo que percibía debía
haberme persuadido antes de llegar de que los deberes a que se me destinaba
eran bien diferentes de los que desempeñaba en Berseuil, que los proyectos eran
muy distintos al de servir a una dama en el destino que me esperaba y que, en
una palabra, esa inocencia que tan fervientemente me recordaba mi buena nodriza
estaba casi a punto de ser olvidada. M. de Mirville a cuyo lado estaba en el
coche me puso pronto en condiciones de no poder dudar de sus horribles
intenciones: la oscuridad favorecía sus designios, mi simplicidad les daba
alas, M. Delcour se divertía con ellos y la indecencia había alcanzado su punto
culminante... Mis lágrimas corrieron profusamente...
– Peste de niña,
dijo Mirville..., esto iba a las mil maravillas... yo creía que antes de
llegar... Pero no me gusta oír berrear...
– ¡Y bien!
respondió Delcour, ¿acaso se asusta el guerrero del fragor de su victoria?...
Cuando el otro día fuimos a buscar a tu hija cerca de Chartres, ¿acaso me
alarmé como tú lo haces ahora? Hubo también una escena de lágrimas... y no
obstante, antes de entrar en París ya tenía el honor de ser tu yerno...
– ¡Oh! pero a
vosotros los togados, dijo M. de Mirville, los lamentos os excitan; os parecéis
mucho a los perros de caza, no os encarnizáis jamás si antes no habéis forzado
al animal. Nunca en la vida he visto almas tan duras como la de estos secuaces
de Bartolo. Si os acusan de tragar la caza cruda para tener el placer de
sentirla palpitar entre los dientes, no es ciertamente una gratuidad...
– En verdad, dijo
Delcour, que a los financieros se les supone un corazón mucho más sensible...
– A fe mía, dijo
Mirville, no hacemos morir a nadie; si sabemos desplumar la gallina, al menos
no la degollamos. Nuestra reputación es bastante más sólida que la vuestra y en
el fondo no hay nadie que no diga que somos buenas personas...
Semejantes
simplezas y otras afirmaciones que no comprendí porque no las había oído jamás,
pero que me parecieron aun más horribles tanto por las expresiones que las
enlazaban como por la indignidad de las acciones con que Mirville las
acompañaba, semejantes horrores, decía, nos condujeron a París y por fin
llegamos.
La casa en donde
bajamos no estaba precisamente dentro de París, yo ignoraba su posición; ahora,
más instruida, puedo deciros que estaba situada cerca de la puerta de los
Gobelinos. Eran casi las diez cuando nos detuvimos en el patio; bajamos... El
coche fue despedido y entramos en una sala en donde la cena parecía estar
preparada para ser servida. Las únicas personas que nos esperaban eran una
vieja y una muchacha de mi edad; y con ellas nos sentamos a la mesa; no me
costó mucho trabajo comprobar durante la cena que esa muchacha, llamada Rose,
era para M. Delcour lo que según me parecía M. de Mirville quería que yo fuese
para él. En cuanto a la vieja, estaba destinada a ser nuestra ama de llaves; su
empleo me fue explicado enseguida y al mismo tiempo se me dijo que esa casa era
donde yo iba a vivir junto con mi joven compañera, que precisamente era esa
hija de M. de Mirville que M. Delcour y él afirmaban que habían ido a buscar
recientemente cerca de Chartres. Esto prueba, señora, que esos dos caballeros
se habían dado recíprocamente sus hijas como queridas, sin que ninguna de esas
dos desgraciadas criaturas conociese mejor que la otra la segunda parte de los
lazos que las unía a estos dos padres.
Me permitiréis que
silencie, señora, los indecentes detalles de esta cena y de la horrible noche
que le siguió; otro salón más pequeño y más artísticamente amueblado fue
destinado a estos vergonzosos manejos. Rose y M. Delcour pasaron a él con
nosotros; ésta, enterada ya, no opuso ninguna resistencia; su ejemplo me fue
propuesto para suavizar el rigor de la mía; y para hacerme sentir su
inutilidad, se me hizo temer la fuerza, en caso que tuviese intenciones de
prolongarla... ¿Qué le diría yo, señora? temblé... lloré... nada detuvo a esos
monstruos y mi inocencia fue mancillada.
Hacia las tres de
la madrugada los dos amigos se separaron; cada cual ocupó su habitación para
pasar en ella el resto de la noche y nosotros seguimos a quienes nos estaban
destinados.
Allí M. de Mirville
terminó de desvelarme la suerte que me aguardaba.
– No debéis pensar
ya, me dijo duramente, que os he cogido para manteneros; vuestra situación
acaba de seros aclarada de una manera que no deja lugar a dudas. Sin embargo,
no esperéis una fortuna muy brillante ni una vida muy disipada; el rango social
que ese caballero y yo ostentamos nos obliga a adoptar precauciones que
convierten vuestra soledad en una obligación. La vieja que habéis visto con
Rose y que se ocupará igualmente de vos nos responde de vuestra conducta, una
locura... una evasión, serían severamente castigadas, os lo advierto; por lo
demás, conmigo habréis de ser honrada, perseverante y bondadosa y si la
diferencia de nuestras edades se opone a un sentimiento vuestro que sólo
despierta en mi un interés mediocre, quiero, a cambio del bien que os haga,
encontrar cuando menos en vos toda la obediencia que me correspondería si
fueseis mi mujer legítima. Seréis alimentada, vestida, etc., y recibiréis cien
francos mensuales para vuestros caprichos; no es mucho, lo se, pero ¿de qué os
serviría el excedente en el retiro que forzosamente he de imponeros? Además
tengo otros asuntos que me están arruinando. No sois mi única mantenida... este
es el motivo por el que no os veré más que tres veces por semana, el resto del
tiempo os mantendréis tranquila; os distraeréis aquí con Rose y la vieja
Dubois; tanto una como otra tienen, dentro de su género, cualidades que os
ayudaran a llevar una vida apacible, y podéis tener la certeza, amiga mía, de
que acabaréis siendo feliz.
Pronunciada esta
hermosa arenga, M. de Mirville se acostó y me ordenó que ocupase mi lugar a su
lado.
Correré un velo
sobre el resto, señora, hay bastante ya para haceros ver cual era la horrible
suerte que me había sido destinada; mi infelicidad aumentaba con el hecho de
que me resultaba imposible sustraerme a ella ya que la única persona que tenía
autoridad sobre mí... mi propio padre, me obligaba a aceptarla y me daba el
ejemplo del desorden.
Los dos amigos nos
dejaron a mediodía, yo trabé un conocimiento más profundo con mi guardiana y mi
compañera; las circunstancias de la vida de Rose no diferían apenas de las de
la mía; tenía seis meses más que yo. Como yo, había vivido en un pueblo, había
sido educada por su nodriza y estaba en París desde hacia tres días; pero la
enorme distancia que separaba el carácter de esta muchacha y el mío fue siempre
un obstáculo a que estableciese relación alguna con ella; era atolondrada,
carente de corazón, de delicadeza y de cualquier clase de principios, el candor
y la modestia que me había dado la naturaleza se arreglaban mal con tanta
indecencia y vivacidad; estaba obligada a vivir con ella, los lazos del
infortunio nos unieron, pero jamás los de la amistad.
Por lo que respecta
a la Dubois, tenia los vicios propios de su condición y de su edad;
autoritaria, liante, malvada y mucho más inclinada hacia mi compañera que hacia
mí: como veis no había nada que me acercase excesivamente a ella y durante el
tiempo que pasé en esa casa estuve casi siempre en mi habitación entregada a la
lectura, que me gusta mucho y que no me planteaba grandes problemas ya que M.
de Mirville había ordenado que jamás me faltasen los libros.
Nada más regular
que la vida que allí llevábamos; nos paseábamos a voluntad por un bellísimo
jardín, pero nunca salíamos de sus límites; tres veces por semana los dos
amigos, que solamente se dejaban ver en semejantes ocasiones, se reunían,
cenaban con nosotros y se entregaban a sus placeres el uno delante del otro
durante dos o tres horas después de cenar, a continuación iban a pasar el resto
de la noche, cada uno con su amante, a sus habitaciones que también eran las
nuestras durante el resto del tiempo...
– ¡Que indecencia!,
interrumpió Mme. de Blamont..., ¡los padres a la vista de sus hijas!
– Mi querida amiga,
dijo Mme. de Senneval; no profundicemos más en ese abismo de horror, esta
desdichada nos mostraría quizás atrocidades muy distintas.
– ¿Cómo sabéis vos
si no es esencial que lo averigüemos?, dijo Mme. de Blamont... Señorita,
prosiguió esta dama verdaderamente honrada y respetable, cubriéndose de rubor,
no se como plantearos mi pregunta... pero ¿no sucedieron nunca cosas peores?
Y como vio que
Sophie no acababa de comprenderla, me pidió que le explicase en voz baja el
significado de su pregunta.
– Una especie de
celos que dominaban a ambos amigos son quizás el único freno que les haya
contenido en eso que queréis decir, señora, respondió Sophie, al menos no puedo
suponer más que este sentimiento como causa de una moderación... que, en tales
almas, no obedecería ciertamente jamás a los postulados de la virtud. Ya sé que
está mal juzgar de esta forma al prójimo, sin pruebas, pero otras
desviaciones... tantas otras bajezas han sabido convencerme tan bien de la
depravación de costumbres de estos dos amigos, que, a buen seguro, no debo
atribuir su prudencia en lo que vos decíais más que a un sentimiento más
imperioso que su desenfreno; pues bien, no he visto ninguno que fuese más
poderoso que sus celos.
– Resultan un poco
incongruentes con esa comunidad de placeres de la que nos hablabais, dijo Mme.
de Senneval.
– Y sobre todo con
esas otras mantenidas mencionadas por M. de Mirville, añadió Mme. de Blamont.
Lo reconozco,
respondió Sophie, quizás sea este uno de los casos en los que el choque
violento de dos pasiones sólo permite triunfar a la más viva; pero lo que es
seguro es que el deseo de conservar cada cual su pertenencia, deseo nacido de
sus celos, demasiado evidentes como para ponerlos en duda, prevalecerá siempre
sobre su corazón y les impedirá ejecutar... horrores... que mi compañera, lo
sé, hubiera respondido entre risas y que a mí me hubieran parecido más
horribles que la propia muerte.
– Proseguid, dijo
Mme. de Blamont, y no censuréis que el interés que me habéis inspirado me haga
temblar por vos.
– Quedan pocas
cosas que no sepáis hasta el suceso que me ha valido vuestra protección,
continuo Sophie dirigiéndose siempre a Mme. de Blamont. Desde que estuve en esa
casa mi asignación me fue pagada con la mayor exactitud y; al no tener ningún
motivo para gastarla, la guardaba con la intención de encontrar quizás un día
la ocasión de hacérsela llegar a mi buena Isabeau, cuyo recuerdo perduraba en
mí ininterrumpidamente. Me atreví a comunicar esta intención a M. de Mirville,
convencida de que él mismo se ocuparía de buscar la forma de ejecutar mis
deseos... ¡Inocente! ¿Adonde iba yo a buscar compasión? ¿Es que acaso ha podido
nunca sobrevivir en el seno del vicio y del libertinaje?
– Debéis olvidar
todos esos sentimientos pueblerinos, me respondió brutalmente M. de Mirville,
esa mujer ha sido pagada con exceso por las pequeñas molestias que hayáis
podido ocasionarle; no le debéis nada.
– ¿Y mi
agradecimiento, señor, ese sentimiento tan dulce de alimentar y cuyo eclosión
es tan deliciosa?
– Ya está bien, qué
quiméricos son todos esos agradecimientos. Nunca he visto que reportasen ningún
provecho y sólo me gusta alimentar los sentimientos que me aportan algo. No
hablemos más de ello o, ya que tenéis demasiado dinero, dejaré de daros más.
Rechazada por uno
quise acudir a otro y hablé de mi proyecto a M. Delcour. Él lo desaprobó más
enérgicamente aún, me dijo que si estuviese en el lugar de M. de Mirville no me
daría un céntimo, ya que sólo pensaba en tirar el dinero por la ventana. Hube de
renunciar a esta buena obra a falta de medios con que realizarla.
Pero antes de
llegar a lo que dio lugar a la aciaga catástrofe de mi historia, es preciso que
sepáis, señora, que ambos padres se habían cedido recíprocamente delante de
nosotras su autoridad sobre sus hijas, rogando el uno al otro el olvido de toda
indulgencia en caso de que su hija cometiese algún desatino y esto con el fin
de inspirar en nosotras el comedimiento, la sumisión y el temor que, de acuerdo
con sus deseos, iban a ser nuestras cadenas; imaginad el abuso que ambos
cometían con esta autoridad respectiva; M. de Mirville, extraordinariamente
brutal, me trataba sobre todo con una dureza inaudita al menor capricho de su
imaginación; y aunque obrase delante de M. Delcour, éste no asumía mi defensa
como tampoco M. de Mirville asumía la de su hija cuando M. Delcour la
maltrataba de igual forma, lo que sucedía con la misma frecuencia. No obstante,
señora, he de confesároslo, completamente culpable, enteramente cómplice del
inicuo comercio al que me vi arrastrada, la naturaleza traicionó mi deber y mis
sentimientos e hizo germinar en mi seno la prenda de mi deshonor. Fue poco más
a menos entonces cuando mi compañera, fatigada de la vida que llevaba, me
confesó que meditaba una evasión.
– No quiero
emprenderla sola, me dijo un día, he encontrado los medios para interesar al
hijo del jardinero... Es mi amante... me propone devolverme la libertad; tú
eres libre de compartir mi suerte... quizás valdría mas que esperases a después
del parto... no por eso dejaré de preparar tu liberación, yo te conseguiré un
amigo, vendrá a sacarte de aquí y si lo deseas nos reuniremos.
Este último plan de
unión no me convenía y si yo deseaba recuperar mi libertad era para llevar una
clase de vida bien diferente a la que iba a dedicarse mi compañera. No
obstante, acepté su oferta, estuve de acuerdo con ella en que más valía no
ejecutar la fuga hasta después del parto; le rogué que no me olvidase y
dispusiese todo para ese momento. No obstante, por mucha que fuera su prisa,
los preparativos de su proyecto exigían unas demoras y no se pudo arreglar todo
hasta dos meses antes del término de mi embarazo. Había llegado el momento,
ella iba a evadirse, cuando un día, la víspera del que había escogido para su
salida y víspera igualmente de aquel en que tuve la dicha de encontraros,
mientras ella subía a su cuarto para ir a buscar algún dinero destinado al
jardinero que debía ocuparse de buscarle un alojamiento amueblado, me pidió que
me quedase con ese joven que, deseoso de salir, parecía que no quería
detenerse, y que le hiciese esperar un minuto... ¡Época fatal de mi infortunio!
o más bien de mi fortuna, ya que esa misma circunstancia fue la que me sacó de
esa sima; mi suerte quiso que sucediese entonces lo que nunca había sucedido en
tres años. M. de Mirville entró solo y tropezó conmigo antes de que hubiera
tenido tiempo de esconder al joven para evitar que lo viera. No obstante, salió
enseguida, pero no sin ser visto. Nada hay que pueda describir el acceso de
cólera que se apoderó de Mirville en aquel mismo instante; su bastón fue la
primera arma que utilizó y, sin miramientos hacia mi estado, sin investigar si
yo era culpable o no, me abrumó de injurias, me arrastró por todo el cuarto
cogida de los pelos, me amenazó con patear el fruto que llevaba en mi seno y
que ya no consideraba más que como un testimonio de su vergüenza. Iba ya a
expirar bajo sus golpes, de los que aún conservo las magulladuras, si la Dubois
no hubiese acudido y me hubiese arrancado de sus manos. Entonces su ira se hizo
más fría...
– No disminuirá
esto la crueldad de mi castigo, dijo... que cierren las puertas... que nadie
entre y que esta prostituta suba inmediatamente a su habitación...
Rose, que había
oído todo y que estaba muy contenta de librarse, gracias a este malentendido,
de lo que ella sola había merecido, se guardó muy bien de decir una sola
palabra y la tempestad se desencadenó solamente sobre mí... Pronto me siguió mi
tirano; sus ojos llameaban con mil sentimientos diferentes entre los cuales
creí descubrir algunos más temibles que la cólera y cuyas impresiones,
dislocando los músculos de su odiosa fisonomía, hicieron que me pareciera aún
más horrible... ¡Oh!, señora ¡cómo relataros las nuevas infamias de que fui
objeto! atentan simultáneamente contra la naturaleza y contra el pudor, jamás
podré describíroslas... Me ordenó que me despojase de mis vestidos... me arrojé
a sus pies, le juré veinte veces mi inocencia, intenté ablandarle mediante el
funesto fruto de su indigno amor; el desdichado, agitando mi seno con sus
palpitaciones pareció inclinarse ya a los pies de su padre... parecía que
implorase mi gracia... Mi estado no conmovió a Mirville, lo interpretaba, según
decía, como una prueba más de la infidelidad que él sospechaba; todo lo que yo
alegaba no era sino impostura, estaba seguro de lo que decía, lo había visto,
nada le convencería... Me puse, pues, como él deseaba, en cuanto me tuvo así
unos bárbaros lazos respondieron de mi compostura.
Fui tratada con esa
especie de ignominia escandalosa que el pedantismo se permite hacia la
infancia... Pero con una crueldad... con un rigor... Finalmente palidecí... me
tambaleé sobre mis ataduras... mis ojos se cerraron, ignoro la continuación de
su barbarie... Sólo recuperé el uso de mis sentidos en los brazos de la
Dubois... Mi verdugo iba y venía por mi cuarto a grandes pasos, apresuraba los
cuidados que yo recibía... no por piedad... el monstruo... sino para deshacerse
más rápidamente de mi...
– Vamos, gritó,
¿está lista ya?
Y viéndome aún tan
desnuda como el había deseado que lo estuviese:
– Vestidla,
vestidla, señora, y que desaparezca...
Me pidió mis
llaves, recuperó todo lo que me había dado y dándome dos escudos:
– Tened, me dijo,
os sobra dinero para ir a casa de una de esas mujeres públicas que llenan la
ciudad y que recibirá, sin duda, complacida a una criatura culpable de la
conducta que habéis observado en mi casa...
– ¡Oh, señor!
respondí yo entre lágrimas, sin poder soportar ya este último envilecimiento,
yo no he cometido nunca más que una falta y sois vos quien me la hizo cometer.
Apreciad mi arrepentimiento a través de mis desdichas y no me ultrajéis en el
infortunio.
Ante estas
palabras, que deberían haberlo ablandado si el alma de los tiranos fuese
receptiva a la compasión, si el crimen que la corrompe no la cerrase siempre a
los gritos de la inocencia, me cogió por el brazo, me llevó al extremo de la
casa y me arrojó a una calle apartada que daba una de las puertas del jardín...
que su alma sensible imagine mi situación, señora, sola a la caída de la noche,
cerca de una ciudad absolutamente desconocida para mí, en el estado en que me
encontraba, sin contar apenas con medios, destrozada, herida en todo mi cuerpo
y sin contar siquiera con el recurso de las lágrimas, ya que, por desgracia, me
resultaba imposible derramarlas.
Sin saber a dónde
dirigir mis pasos me eché en el umbral de esa puerta que acababan de cerrar a
mis espaldas... Me precipité sobre las mismas huellas de mi sangre, dispuesta a
pasar la noche allí. "El bárbaro, me decía, no me escatimará el aire que aún
tengo la desgracia de respirar... No me arrebatará el refugio de los animales y
el cielo se apiadará de mis desdichas y quizás me permita morir en paz".
Hubo un momento en que me creí perdida. Oí como alguien pasaba cerca de mí...
¿me había mandado a buscar?... ¿quería acabar su crimen, quería arrebatarme lo
que quedaba de una vida que yo detestaba? ¿o, sintiendo el remordimiento
finalmente en su alma de fango, había dejado paso a la compasión? Quienquiera
que fuese pasó rápidamente a mi lado; llegó el día, me levanté e inmediatamente
decidí volver a casa de mi querida Isabeau, segura de que ella no me negaría el
asilo que siempre me había ofrecido... Salí, pues... y había llegado a mi
cuarto día de marcha, arrastrándome como podía, molida a golpes, palpitando de
temor, fatigada por la carga que llevaba en mi seno, sin atreverme apenas a
tomar alimento temiendo que el escaso dinero de que disponía no me llegase
hasta Berseuil; creí estar cerca cuando me perdí y cuando los dolores me
detuvieron. Allí fue donde tuve la dicha de encontrar a este caballero, dijo
Sophie señalándome, y, por espantosa que sea mi situación, prosiguió poniendo
los ojos en Mme. de Blamont, la contemplo como una gracia del cielo, ya que me
garantiza el apoyo de una dama cuya compasión me tranquiliza y cuyas bondades
harán que vuelva a encontrar a la que llamo mi madre. Soy joven, me atrevería a
añadir que soy buena, si he cometido una falta, Dios es testigo de que ha sido
en contra de mi voluntad... La repararé... la lloraré toda mi vida... Ayudaré a
mi buena Isabeau en las tareas domésticas y, aunque no tenga unas comodidades
como las que me había procurado el crimen, encontraré, al menos, la
tranquilidad y me veré libre de remordimientos.
En este punto
corrieron las lágrimas de todos los presentes; Sophie, demasiado conmovida como
para contener las suyas, nos suplicó que la dejásemos sola un momento. Nos
retiramos para ir a renovar nuestras conjeturas y como el correo sale, me veo
obligado, mi querido Valcour, a dejarte con las tuyas asegurándote que mi
primera preocupación será la de comunicarte detalladamente lo que hayamos
podido descubrir sobre esta malhadada aventura.
CARTA XVII
Déterville a
Valcour
Vertfeuille, 30 de
Agosto, por la tarde.
Sophie, que no se
había atrevido aún a enseñar a su enfermera las sangrientas marcas que la
cubrían se arriesgó a hacerlo tan pronto hubo hecho su confesión y a partir del
veintiocho, como había pasado muy mala noche, rogó a esta mujer que examinase
sus contusiones y que las aliviase.
Ésta encontró
tantos desordenes y magulladuras tan graves que no quiso asumir ninguna
responsabilidad y Mme. de Blamont, habiendo sido consultada, envió
inmediatamente a que trajesen a Dominic, su cirujano de Orléans, al que no
condujo hasta la enferma sino después de haberle hecho jurar el secreto. El
artista hizo su examen y su diagnostico fue que, habiéndose realizado el
alumbramiento en el séptimo mes, se trataba con toda seguridad de un parto
forzado, consecuencia de los accidentes padecidos por la enferma, aunque el
niño hubiese nacido vivo; aparte de un golpe muy violento a la altura de los
riñones había veintiún más tanto sobre los brazos, como sobre los hombros o el
resto del cuerpo de esta desdichada y cada uno de ellos había dado lugar a una
contusión que necesitaba un vendaje inmediato. Los efectos del segundo acceso
de la cólera meditada de Mirville eran de una extensión prodigiosa, pero el
instrumento de su barbarie, que entonces era, sin duda, de mucha flexibilidad,
contusionaba infinitamente menos aunque las marcas fuesen más visibles y los
peligros de este segundo tratamiento, aunque haya sido llevado al extremo no
eran tan peligrosos como los del otro.
De acuerdo con esta
exposición, Dominic prescribió una sangría del pie, el mayor reposo y algunas
bebidas. Sólo se retiro al cabo de veinticuatro horas, después de haber
observado el buen resultado de su tratamiento; ha dejado su receta a la
comadrona y volverá a principios de la próxima semana; espera mucho, dice, de
la edad y del buen temperamento de la joven. Le ha parecido oportuno que se la
separe de su hijo, decisión afortunada, ya que esa pobre criaturilla murió poco
después de haber sido separado de su madre y esa pérdida, si la hubiese
averiguado, quizás la hubiese enviado a la tumba. Le hemos ocultado esta
noticia, y, aunque hoy se siente un poco mejor, no está aún en condiciones de
recibirla. Esta es, amigo mío, la historia del veintiocho.
Ayer, veintinueve,
Mme. de Blamont me rogó que fuese al pueblo de Berseuil a verificar las
declaraciones de Sophie. Fui hasta allí a caballo y, provisto de una carta de
Mme. de Blamont, me dirigí a casa del cura. Es un hombre de cerca de cincuenta
años cuyo carácter parece sostenido por su porte y su honestidad. Me recibió
muy bien, me invitó a comer en su casa y, esperando la hora del almuerzo, me
llevó a casa de Isabeau que era tal y como nos la había descrito Sophie. Ambos
recordaban perfectamente a la joven; el cura se acordaba muy bien de haberle
enseñado la religión.
Por lo que se
refiere a Isabeau, al principio lloró de alegría cuando le dije que su pupila
vivía, la quería y deseaba verla; y poco después, de pena, cuando le expliqué
su estado. Insistí poco en los detalles, ya que Mme. de Blamont me había
convencido de la necesidad de disimularlos y, como ella, estaba persuadido de
la necesidad de este secreto. Me limité a dejar sentado que la situación de
Sophie no era grave y a convenir con esas buenas gentes que ambos acudirían a
la próxima invitación que les hiciese la señora que me enviaba, la cual no
retrasaría el placer de verles más que por motivo de la salud de Sophie, que no
estaba aún en condiciones de saludar a personas tan queridas. Almorcé en casa
del cura y allí, así como las gestiones que habíamos realizado, vi que era un
hombre dotado de un gran sentido común; el suceso que me había llevado a su
casa hizo que la conversación recayese sobre la depravación de las costumbres,
causa única, pretendía, de todas las atrocidades que diariamente se cometían.
– ¡Oh! señor, me
dijo el honrado eclesiástico con ese entusiasmo cálido que confiere la virtud,
continuamente veo surgir un fárrago de escritos ininteligibles, una plétora de
proyectos ineptos sobre la mendicidad, sobre los medios de que disponemos para erradicarla
de Francia, proyectos atroces cuyo único y malhadado principio es la
desesperación en que el rico se encuentra porque se ve obligado a contemplar el
infortunio en su prójimo, desesperación por verse obligado a entregar algún
socorro cuando cree que su oro solamente está hecho para pagar sus vergonzosos
deleites. Quisiera sustraerse a estas tristes obligaciones, quisiera alejar de
sus ojos el espectáculo enternecedor de la miseria que hiela sus indignos
placeres, que le hace ver al hombre desde demasiado cerca, que, devolviéndolo a
las abrumadoras ideas de la desgracia, aniquila, a pesar suyo, el inmenso
intervalo que su orgullo se atreve a colocar entre hombre y hombre. Estas son,
señor, las únicas causas de estos lamentables escritos; no le quepa duda, son
los dictados de la avaricia, el orgullo y la inhumanidad... No se quieren ver
pobres en Francia; ¡pues bien! que, para conseguirlo, se ocupen de buscar los
medios para reformar las costumbres y de preservar sobre todo a la juventud de
su pérfida corrupción; que se reforme el lujo, ese lujo pernicioso que arruina
y altera al rico sin aliviar al miserable y que arroja, más bien, a éste al
abismo a través de su loca pretensión de alcanzar lo que no puede anhelar sin
acarrear su pérdida. Que vuestras gentes de letras se ocupen de estos planes,
señor, que ofrezcan al gobierno proyectos rectificados, y del éxito de estas
primeras operaciones, nacerá pronto esta reforma de mendigos tan deseada por
vuestra capital. Que ese lujo tan peligroso no atraiga a vuestros talleres de
baratijas o a la parte trasera de vuestros magníficos coches al hijo de ese
buen campesino que, abandonado por lo mejor de su prole, pronto irá a mendigar
con los que le quedan a la puerta misma de la mansión en donde su hijo, engreído
a causa de una levita engalanada, se atreve a mirarle insolentemente, sin
dignarse siquiera a reconocerle y a confortarle. Disminuid los impuestos,
honrad, estimulad la agricultura , preferid sobre todo al honesto individuo que
se dedica a ella a ese impertinente plumífero que, disfrazado con un faldón
negro ha abandonado la carreta de su padre para venir a engordar a la ciudad
gracias a las divisiones intestinas del ciudadano. Clase abyecta, venenosa, tan
inútil como despreciable que las buenas leyes deberían confinar en sus hogares
o asignar, desde el instante en que saliesen de ellos, a los trabajos públicos,
en los cuales, más útiles, al menos, que en el estrado o en el foro, servirían
a la patria en lugar de destruirla, en lugar de minarla sordamente con sus
prevaricaciones, sus rapiñas y sus escandalosas estafas. Si no queréis ver
mendigos en Francia, no explotéis al desdichado labrador con impuestos que
superan sus posibilidades, no explotéis a vuestros aparceros para estar en
mejores condiciones de bordar vuestros trajes y de adornar vuestro peinado; y
los mendigos, desdichada excrescencia de todos estos abusos, no fatigarán
vuestras miradas; pero no los desterréis, no los molestéis dejándoos llevar por
una compasión bárbara e insultante; no los sepultéis como cadáveres en las
fosas del horror y de la fetidez; pensad que son hombres como vos, que el sol
luce también para ellos y que tienen derecho al mismo pan... ¡No queréis
mendigos! no bebáis en las capitales los ríos de oro de vuestras provincias; que
la circulación sea libre y la dosis de felicidad, equitativamente repartida
entre todos los ciudadanos, o os mostrará ya a uno en el pináculo y al otro en
los harapos de la miseria; ¿por qué es necesario que haya una parte de hombres
que rebosan oro mientras que la otra no puede siquiera cubrir sus primeras
necesidades?; ¿por qué han de existir solamente dos o tres ciudades bellas en
Francia, mientras que el infortunio asola y despuebla las otras?... Os parecéis
a esos niños que hacen un solo castillo con las cartas que se les ha entregado,
¿qué sucede? El edificio se derrumba. Esa es vuestra imagen. Vuestra moderna
Babilonia quedará aniquilada como aquella de Semíramis, se desvanecerá de la
superficie del globo terráqueo como desaparecieron las florecientes ciudades de
Grecia que, como ella, entraron en decadencia solamente a causa del lujo, y el
Estado, debilitado por embellecer a esta nueva Sodoma, desaparecerá como ella,
bajo sus doradas ruinas .
Hubiera podido
responder al cura, porque sabes que no pienso como él sobre ese lujo que tú a
veces censuras también con tanta energía; pero el tiempo se me echaba encima,
yo preveía la inquietud de nuestras damas y me separé, pues, sin tardanza de
este buen clérigo prometiéndole discutir otro día con más calma los temas que
hasta el momento nos habían ocupado. Le hice prometer que acudiría puntualmente
con Isabeau a casa de Mme. de Blamont cuando ésta enviase un coche a
recogerlos.
A la vuelta de ese
viaje fue cuando encontré muerto al hijo de Sophie y a la madre, un poco mejor.
Nadie vio inconveniente en que le diese noticias de su buena nodriza; ella me
lo agradeció con expresiones del más cariñoso reconocimiento. En verdad el carácter
de esta joven es encantador: si el destino le reservaba la desdichada situación
de mantenida, ¡qué pena que no haya caído en manos de un solterón honesto y
formal! lo hubiera hecho feliz gracias a su prudencia y su dulzura. Pero parece
que las intenciones de Mme. de Blamont respecto a esta pobre chica son tan
ventajosas, que probablemente no tendrá ocasión de arrepentirse de su cambio de
condición, ya que no hubiera podido perpetuar su estado sino a costa de su
honor y de su conciencia y, en lugar de esto, podrá vivir en aquel que se le
destina conservando toda la pureza de su alma.
Apenas hube
comunicado a nuestra enferma las noticias de su buena Isabeau cuando ya ardía
en deseos de verla; pero cuando le hube demostrado que su salud exigía que se
privase aún durante unos días de este placer, se rindió y, con lágrimas en los
ojos, me encargó que transmitiese a Mme. de Blamont hasta qué punto era
sensible a las bondades que de ella había recibido.
– ¡Ay! señor, decía
con voz dulce y halagadora, los efectos del agradecimiento de una desdichada
como yo son bien triviales para Mme. de Blamont, pero mi corazón es tan puro
que sus deseos serán escuchados por el Eterno y si puedo salvar mi vida,
emplearé todos los instantes en implorar al cielo por su felicidad y por la de
todas las personas que la rodean.
Regaba mis manos
con sus lágrimas, me pedía una y mil veces perdón por todas las molestias que
dignábamos tomarnos por una pobre muchacha que no lo merecía. La voz
acariciante de esta muchacha, los bellísimos ojos henchidos de sentimiento, el
aspecto inocente, la verdad que emana de toda su fisonomía y que, por así
decirlo, coloca su alma en los rasgos de su hermoso rostro... todo eso, amigo
mío, hace que, involuntariamente, se despierte el interés hacia ella. Sus
desgracias terminan de enternecerle a uno y es realmente imposible no desear
que sea feliz. Aline, a quien se explicó la aventura de Sophie hasta donde lo
permitía la decencia, experimenta por ella una singular amistad; hay que
arrancarla de la cabecera de la cama; quiere darle ella misma los caldos y se
acostaría con ella si se lo permitiésemos. Pero hay una cosa más
extraordinaria, ¡oh, Valcour! resulta imposible dejar de observar entre estas
dos jóvenes un aire de familia: es impresionante. Eugénie y Mme. de Senneval
han hecho la misma observación; yo lo había notado antes que ellas. Mme. de
Blamont se había sentido conmovida por esto desde la primera vez que la vio. Si
te describo sus rasgos comunes te imaginarás aún mejor a Sophie. Para empezar
tienen absolutamente el mismo tono de voz, exactamente la misma forma de
rostro, la misma boca y exactamente el mismo aspecto en su conjunto. Sophie,
como tu Aline, tiene esos soberbios cabellos color castaño claro, tirando un
poco a rubio y el mismo brillo en su piel y finalmente ambas parecen tener el
mismo carácter. Sophie adora a Aline y le pide insistentemente que deje de
preocuparse tanto por ella al mismo tiempo que se le trasluce toda la pena que
le daría si esta accediese a su petición.
Al comprobar todas
estas cosas Mme. de Senneval, Mme. de Blamont y yo creemos muy probable que los
nombres de Mirville y de Delcour sean nombres ficticios que oculten quizás
otros verdaderos mucho más interesantes para Mme. de Blamont. Sin embargo, aún
no nos atrevemos más que a adelantar algunas conjeturas... recapitulemos sus
fundamentos.
La educación de
Sophie en un pueblo tan cercano a la finca a donde viene todos los anos M. de
Blamont a ver a su mujer... ese singular parecido... la relación de los dos
amigos, tan semejante a la de los señores Blamont y Dolbourg... su edad... las
descripciones hechas por Sophie y por su nodriza en donde se encuentran todos
los rasgos de los originales... sus profesiones, un togado y un financiero...
Aquí se presenta una ligera objeción, me doy cuenta. M. Delcour ha estado
varias veces en casa de Isabeau y nunca se ha dicho que viniese de Vertfeuille;
¿será posible que, si M. Delcour y M. de Blamont son una misma persona, no sea
conocido en un pueblo tan cercano a la finca de su mujer? Pero esta objeción se
desvanece ante un examen más detenido: en primer lugar al ver llegar a M.
Delcour a Berseuil se puede ignorar su lugar de procedencia; además es posible
que siempre que haya venido lo haya hecho desde París. En segundo lugar a M. y
Mme. de Blamont se les conoce en Berseuil solamente de oídas; ignoran en absoluto
su aspecto, luego puede tratarse del mismo hombre; hay, pues, motivos para
apostar que se trata del mismo hombre y, si la combinación es justa, ya ves
quien es esa odiosa persona, quien es el perverso que se atreve a ofrecerse a
tu Aline. Porque si Delcour es Blamont, no dudemos que Mirville sea Dolbourg.
En esta espinosa
situación Mme. de Blamont no sabe que decidir... Si convence a Sophie para que
haga una denuncia en contra de M. de Mirville supone hacerla también contra M.
Delcour. ¡Y, si nos dejamos engañar por los nombres, ya ves a quien puede comprometer
con esta denuncia! Esta idea la detiene.
Sin embargo, ¡qué
arma está dejando escapar! si no aprovecha todo esto para librarse de las
persecuciones de un yerno, que, a buen seguro, es indigno de ella, si es
culpable de la infamia que investigamos, ¿encontrará jamás una ocasión tan
propicia? Si es cierto que esos nombres esconden a quien sospechamos, ¿no se
arrepentirá toda la vida de no haber aprovechado este suceso para poner freno a
las intenciones de un hombre cuya alianza la deshonraría? Si deja correr lo que
el azar le ofrece, si triunfa M. de Blamont y, poniendo en juego su autoridad y
acudiendo a las leyes, consigue poner a Aline en los brazos de Dolbourg; ¿no
morirá Mme. de Blamont de pena por haber dispuesto de todo lo necesario para
detener ese horrible sacrificio y no haberlo hecho? Estas consideraciones,
sobre las que creí oportuno hacer énfasis, la decidieron por fin a presentar
una denuncia a Orléans, pero una denuncia secreta que ella puede controlar en
todo momento. Por consiguiente, el juez ha acudido esta mañana a la invitación que
ella le ha hecho; como Sophie se encontraba un poco mejor, le ha recibido y él
ha tomado nota de su exposición del hecho simple y puro:
"De un ultraje
cometido en su persona, embarazada por el que dice ser M. de Mirville,
financiero de París, que era el autor del embarazo y que la había venido a
buscar al pueblo de Berseuil con uno de sus amigos hace aproximadamente tres
años para mantenerla como amante, cosa que realizó hasta el momento en que la
trató indignamente, aunque estaba encinta, y la puso a la puerta de su casa,
etc., etc., etc."
Firmamos todos,
ella como parte y nosotros en calidad de testigos, Dominic firmará en Orléans y
la denuncia será guardada por el magistrado hasta que Mme. de Blamont desee
activarla.
Todo esto se hacía
a regañadientes y jamás se hubiera llevado a cabo de no ser por mí; pero
consideré que era sumamente necesario. El excelente carácter de Sophie
rechazaba la idea de una denuncia.
Mme. de Blamont
temblaba por miedo a comprometer al personaje que creía implicado bajo el
nombre de Delcour; no nos atrevíamos a comunicar al juez ninguna de estas
consideraciones; yo creí encontrar el sesgo adecuado al no nombrar para nada a
M. Delcour en la denuncia que se ha depositado exclusivamente en contra de M.
de Mirville.
Ya ves ahora, amigo
mío, el motivo que ha determinado mis operaciones, solamente he contemplado tu
interés y tu felicidad. Si me equivoco corrígeme; pero sea cual sea el exceso
de tu delicadeza, dudo que te hubiera llevado a proceder de otra forma y creo
que aprobarás lo que he hecho.
Voy a exponerte
ahora otra idea, consecuencia necesaria de nuestras primeras gestiones y que
quizás discrepe más aún con la rectitud de tu espíritu, pero cuya ejecución me
parece indispensable.
– Señora, dije a
Mme. de Blamont inmediatamente después de la salida del magistrado, me parece
que el objeto esencial es conocer ahora al héroe de nuestra aventura.
– ¿A dónde nos
llevará este descubrimiento?
– Al mismo motivo
que me inclinó a aconsejaros que presentaseis una denuncia; necesitáis armas,
el azar os las ofrece.
– ¿Y si esos dos
individuos no tienen nada que ver con los que nos interesan?
– Al menos sabréis
a que ateneros y todo quedará entonces entre nosotros.
– ¿Y sin son ellos?
– Os encontraréis
en la misma situación... Seguiréis siendo siempre la dueña de la denuncia de
Sophie. ¡Oh! señora, si Mirville es Dolbourg, ¿acaso le entregaríais vuestra
hija?
– Esa idea me
repugna, os ruego que no me la mencionéis más.
– Y si vos no
aclaraseis este asunto y el malvado fuese Dolbourg y vuestro esposo alcanzase
la meta que se propone, ¿imagináis los remordimientos que os atormentarían?
– No sobreviviría.
– Por consiguiente,
hay que evitarlos.
– Déterville,
confío en vos; haced todo lo que creáis conveniente, pero, os lo ruego, actuad
con la mayor discreción.
A mi entender se
trata de acudir a los mismos lugares y de intentar ganar a la dueña Dubois a
fin de que nos proporcione datos. Estoy convencido de que puede
suministrárnoslos en gran cantidad. Hay tres medios que nos pueden llevar hasta
la fiel guardiana: podría ir yo a corromperla, podrías ir tú y finalmente
podríamos destacar a un tal Saint-Paul, antiguo domestico de Mme. de Blamont,
singularmente apegado a su señora y que es uno de los mejores criados de los
que pueda honrarse la servidumbre de Francia.
El primero de esos
medios me repugna un poco; estoy seguro de que no te encargarías del segundo;
hemos adoptado, pues, el tercero sin que tú te veas mezclado y sin que ni
siquiera Saint-Paul te vea en París.
Está decidido que
sale mañana con cincuenta luises en su bolsillo y que no va a volver sin la
vieja o sin toda la información que ésta posea. Como tiene órdenes de no
comunicarse más que con nosotros seremos nosotros quienes te contaremos todos
los detalles; estate tranquilo, sé discreto y déjate ver lo menos posible
mientras actuamos.
En el momento de
salir la carta.
Sophie va mejor;
Aline está cansada, ayer tuvo un poco de jaqueca y hemos conseguido que guarde
cama. Eugénie le ha prometido que cuidará de Sophie como ella misma. Mme.
Blamont está muy agitada; Mme. de Senneval y yo llevamos la casa y nos ocupamos
de todo.
Aline no quiere que
cierres esta carta sin probarte en dos líneas que su indisposición carece de
importancia.
Aline a Valcour
P.S. ¡Cuántos
acontecimientos!... ¡Cuántas sospechas!... ¡Cuántas conjeturas!... ¡Ah! ¡si el
cielo ha escogido todo esto para esclarecernos no dejará imperfecta su obra!
Ojalá que todo esto redunde en nuestra felicidad sin enturbiar la de la persona
que me dio la vida. Su tranquilidad me resulta más preciosa que mi propia
satisfacción y jamás dejaré de respetarla. Adiós, quedad tranquilo, escribidnos
y contad con el cariño de vuestra Aline, que siempre será inexpresable.
CARTA XVIII
Déterville a
Valcour
Vertfeuille, 3 de
Septiembre.
Aline está
completamente bien hoy, disfruta de la tranquilidad de su amiga, de la
felicidad que ayer le supuso la visita de su Isabeau. Dominic había vuelto el
día uno y como encontró a su paciente en el mejor estado, creyó que no había
inconveniente en dejarle abrazar a su nodriza. Se envió, pues, un coche al cura
de Berseuil con la invitación de que trajese a Isabeau, y, como salieron muy
temprano, nuestros rústicos compañeros estaban con nosotros para la hora del
almuerzo.
Apenas hubo oído
Sophie el ruido de la carroza quiso levantarse y volar a los brazos de su
nodriza. La contuvimos. Mme. de Blamont, que deseaba gozar de esta conmovedora
escena sin testigos que pudieran enfriarla dejó al cura un momento con Mme. de
Senneval y nos trajo a Isabeau... Todos nuestros cuidados resultaron inútiles
desde el momento en que Sophie oyó la voz de su buena madre (así la llama). Se
precipitó en la habitación y cayó a los pies de Isabeau.
La emoción fue tan
viva que nos vimos obligados a volver a meterla en la cama en donde permaneció
algunos minutos, sin conocimiento. La buena mujer se echó sobre ella y la
reanimó con sus caricias. Ambas se abrazaron mezclando sus lágrimas que manaban
abundantes con las expresiones de mutuo cariño.
– ¡Y bien! mi
querida niña, le dijo Isabeau, en cuanto la emoción que las embargaba les
permitió entenderse, ¿no te había dicho yo que serías desgraciada en cuanto
dejases de ser buena?
Sophie: ¡Los muy
crueles! me engañaron: ¿por qué me entregasteis a ellos?
Isabeau: ¿Acaso
tenía yo algún derecho sobre ti?... ¿Es que no hubo falta por tu parte?
Sophie: Lo único
que he sido es desgraciada y seducida, toda la culpa fue suya.
Isabeau: Y, ¿por
que no volviste a mi casa? bien sabías que estaba abierta a la inocencia.
Sophie: ¡Oh, mi
buena, mi buena Isabeau! no dejéis de amar a vuestra Sophie; jamás ha olvidado
vuestros consejos, siempre han estado grabados en su corazón.
Isabeau: ¡Pobre
criatura!
Luego, volviéndose
hacia mí envuelta en lágrimas:
– ¡Oh, señor! no os
extrañéis de que la ame; la considero como a una hija mía, no tengo más hija
que ella. Y esos malvados, ¿me la quitaron sólo para perderla?... ¡Ven, Sophie!
ven, siempre encontrarás la dicha y la tranquilidad en casa de Isabeau, porque
la virtud y la religión no saldrán jamás de ella.
Y se lanzaron la
una a los brazos de la otra y sus lágrimas volvieron a bañar sus pechos.
Mme. de Blamont,
temiendo que una emoción demasiado prolongada pudiera perjudicar a su querida
enferma, hizo subir al cura; este se acercó a la cama de Sophie y la reconoció
enseguida.
Ésta le pidió su
bendición; le pidió las más sinceras excusas por la mala conducta que había
observado desde que se la llevaron.
Una de las cosas
que siempre le había causado remordimientos, dijo, era haber sido arrancada a
su pastor antes de que hubiese podido cumplir con sus deberes de religión.
– ¿Es posible que
hayan descuidado los deberes religiosos? dijo el cura con la mayor sorpresa.
– ¡Ah! señor, dijo
Mme. de Senneval, ¿acaso los libertinos sumidos en el vicio piensan aún en los
deberes de la religión?
– Esto será la
primera cosa que hará en cuanto su estado de salud se lo permita, dijo Mme. de
Blamont, permitid la espera, señor, que nosotros nos ocuparemos de lo segundo.
Luego, sentándose
en el borde de la cama y dirigiéndose a Isabeau y al cura, esta mujer adorable
les expuso las siguientes condiciones:
– Varias razones
personales me impiden, dijo, conservar en mi casa a esta joven tanto tiempo
como quisiera; en cuanto recupere su salud la enviaré a su casa, Isabeau, y
para que no os suponga una carga...
– ¡Ella, una carga!
no, no, mi niña no puede molestarme; todo lo que tengo le pertenece y os digo
ya desde ahora que no acepto nada de lo que veo que estáis dispuesta a
ofrecerme; estoy en deuda con ella por no haberla salvado del crimen: dejadme
que la pague.
– Bien, Isabeau, os
lo concedo, pero no me impediréis que provea lo necesario para su futuro.
Luego, dirigiéndose
al cura y entregándole unos papeles:
– Aquí, señor, le
dijo, adjunto cuarenta mil francos en billetes pagaderos dentro de un año; mi
intención es que esta suma sirva de dote a Sophie. Os ruego, señor, que durante
este tiempo le busquéis un esposo digno de ella y que, en vuestra opinión, junto
a las virtudes que le hagan merecedor de una mujer así, posea la dicha de
resultarle agradable, porque quisiera amarle siempre y ser para él como una
madre. Si sucediese que el sujeto escogido no le conviniese os ruego que
pongáis vuestros ojos en otro hombre. La cláusula más esencial de la unión que
proyecto para esta querida niña es que ame a su marido y que sea amada por él;
al querer hacer su felicidad no me perdonaría haberla entregado a un esposo que
quizás la despreciase por una falta que no ha cometido. Por lo tanto, será
prevenido de la desgracia de la muchacha que se le destina, le haréis sentir
hasta qué punto es inocente y no los reuniréis sino en el caso de que esta
fatalidad no inspire ningún distanciamiento al esposo. Como Isabeau sufriría si
hubiese de separarse de su adorada niña, incluiréis en el contrato la cláusula
de que los esposos vivirán en su casa.
– Y a eso se
añadirá, interrumpió Isabeau llena de alegría, que todo lo que poseo será para
ellos. Señora, continuó, no estoy del todo falta de recursos, tengo un buen
pedazo de tierra en donde los dos jóvenes podrán ganarse la vida y con lo que
vos habéis tenido la gentileza de darles tengo la certeza de que no pasarán
apuros. Si se administran bien sus hijos serán ricos.
Mientras tanto,
Sophie sollozaba: había cogido una de las manos de Mme. de Blamont y la bañaba
con las lágrimas de su agradecimiento, le faltaban las expresiones para
describirlo.
El cura se encargó
de todo. Cubrió de alabanzas a Mme. de Blamont que le contestó que no
comprendía como unas acciones tan naturales y que proporcionaban tanto placer
podían merecer elogios... Aline se precipitó en los brazos de su madre y la
colmó de caricias.
Esa imagen de la
inocencia desgraciada, del más rendido agradecimiento por una y otra parte, la
del cariño filial, de la compasión, de la virtud, inundaban el alma con
impresiones tan deliciosas y la llenaban de emociones tan delicadas y tan
dulces...
¡Oh, amigo mío! ¡si
existen las alegrías celestiales han de estar compuestas de sensaciones
semejantes!
Nos separamos;
tantas y tan diversas emociones habían debilitado el ánimo de Sophie, la
enfermera nos pidió que le dejásemos sola y nos fuimos a comer. La buena
Isabeau quería ir a comer al office. Mme. de Blamont y Mme. de Senneval
hicieron que se sentase entre ellas. Se mostró decente, honesta y cortés. Es
muy cierto que la virtud nunca está fuera de lugar en ningún sitio. No hay una
sola mesa, amigo mío, que no se honre más con una invitada como esa que con una
de esas impúdicas conocidas como pequeñas amantes que, en lugar de las
reflexiones simples y llenas de candor, de estos discursos ingenuos, imagen de
la naturaleza, no hubiera aportado más que la jerga del crimen que las deshonra
y ultraja.
Después de la
comida Isabeau quiso abrazar una vez más a su hija.
Le dijo que iba a
preparar su alojamiento, pero que, como ahora era mayor y además, añadió
riéndose, como era una joven casadera, quería cederle la habitación principal.
– ¡Estaríamos bien!
¡A mí! no quiero ninguna que no sea la que siempre he tenido; y no quiero en su
casa otro empleo que el que desempeñaba. Si me priváis de esta dicha, si no me
creéis ya digna de serviros me haréis creer que mis faltas me han hecho perder
méritos a vuestros ojos y no me consolaría jamás.
Esta muchacha es
encantadora, tiene una especie de espíritu natural que confiere un increíble
atractivo a todo cuanto le inspira su hermosa alma.
Se levantó acta de
todo cuanto había sucedido. Mme de Blamont quiso retener a sus huéspedes; pero
las tareas domésticas de una y los deberes religiosos del otro, se oponían al
deseo, que ellos mismos tenían de quedarse, y salieron en el mismo coche.
¡Y bien! Valcour,
¿quién, en tu opinión, ha de disfrutar de la calma más pura, quien debe pasar
las noches más tranquilas, el malvado que ha deshonrado y maltratado a esta
pobre hija o el ser sensible y honrado que se deleita en reparar tan
generosamente todos sus males? Que vengan, que aparezcan esos apóstoles de la
indecencia y del vicio, que legitiman todos los errores, que los ven a todos en
la naturaleza, porque la creen tan corrompida como sus almas, que están más
cómodos ignorando los más santos instrumentos de esta ley sagrada que viéndose
obligados a despreciarse a sí mismos, que prefieren no ver crimen en ningún
sitio que verse forzados a temblar ante el aspecto de los que los enfangan,
que, en pocas palabras, compran su tenebrosa tranquilidad al precio de sofocar
todos sus remordimientos... ¡que vengan, digo, que vengan y que se pronuncien!
Son libres de tomar partido, que comparen si se atreven, entre el de la
respetable protectora de Sophie y el de su perseguidor.
Las declaraciones
de Isabeau no nos enseñaron nada especial: Sophie parecía tener tres semanas de
edad cuando M. Delcour llegó de París llevándola en una cuna en la parte
delantera de su coche. Se apeó en la hostería de Berseuil y pidió una nodriza.
Avisaron a Isabeau. Le prometió una pensión que aumentaría con la edad de la
niña. Pidió que se la enseñase a coser, a escribir y a leer; que no se le diese
más nombre que el de Sophie y que cuando él no pudiese traer en persona el
dinero de la pensión se ocuparía de hacerlo llegar puntualmente.
Cumplió con
exactitud, Isabeau fue pagada con regularidad. Solamente hizo cuatro visitas a
Sophie durante los trece años que estuvo de pupila en casa de Isabeau. Llegaba
siempre por la carretera de París, paraba en la hostería, veía a la niña
durante una hora o dos, examinaba sus pequeños talentos y se iba.
– Pero fue idea
mía, dijo Isabeau, hacerle aprender la religión y ponerla como alumna del Sr.
cura, porque él no preguntó jamás sobre este extremo y cuando yo le hablaba
decía:
– Coser, coser y
leer, señora, me respondía, eso es, todo lo que necesita una muchacha.
Esta forma de
pensar, añadió graciosamente la buena mujer, le hizo pensar que se trataba de
un hugonote.
Luego vino a
recogerla con su amigo y ya conocéis lo demás. Esperamos noticias de las
gestiones que estamos realizando en París y no te escribiré hasta que no las
tengamos.
CARTA XIX
Valcour a
Déterville
París, 8 de
Septiembre.
Como el singular
acontecimiento que acabas de relatarme adoptaba en tus cartas la forma de un
diario he creído conveniente dejar que terminase para que mi carta responda a
todas las tuyas.
¡Oh! amigo mío,
¡qué sorpresa la mía, cuántas cábalas he hecho! Me parece seguro que los
nombres de Delcour y Mirville ocultan otros más interesantes para nosotros y
este es el motivo por el que desapruebo la denuncia. Mme. de Blamont ha de
vérselas con un marido tan hábil como corrompido; si llegase a descubrir esa
denuncia quizás se sirviese de ella para divulgar que su mujer quiere perderlo
y que ella ha fraguado toda la historia con el fin de buscar en el defectos
suficientemente graves como para privarle de la autoridad que tiene sobre su
hija; y a partir de ese momento, en lugar de disponer de armas contra él, le
habremos proporcionado a él armas contra nosotros. Además esta denuncia no
sirve para nada respecto a la indemnización que se le debe a Sophie; la
generosidad de Mme. de Blamont se ha ocupado ya de esto de una forma sumamente
noble. Después de estas consideraciones, ¿no opinas que todo lo que se asemeje
a un proceso está fuera de lugar y puede resultar peligroso? ¿Ignoras, amigo
mío, el arte con el que estos malvados dirigen sobre los demás lo que estos
intentan hacerles a ellos? y sobre todo, esa especie de tunantes redomados a
quienes su dinero confiere una autoridad, legal o no, y que piensan que no hay
ocasión más legítima para usarla que cuando la ponen al servicio de sus
pasiones... ¡Dios quiera que me equivoque! Me ha conmovido mucho el
comportamiento de Mme. de Blamont, el corazón de esta respetable madre alberga
todas las virtudes y su más dulce manera de disfrutar es hacer felices a todos
los que la rodean.
Estoy preocupado
por la salud de Aline, confío en ti, amigo mío, permíteme que ponga por un
momento todas las preocupaciones del amor en las dulces manos de la amistad.
Para evitar los
encuentros y para seguir mejor tus consejos hace ocho días que no salgo;
observaré la misma circunspección hasta el desenlace de todo esto... Pero
¡cuánto me cuesta no ir a rendir homenaje a la sublime actuación de Mme. de
Blamont, no poder caer a sus pies con Aline, no poder colmarla, junto con esa
hija encantadora, de todas las alabanzas que merece! Descríbele, al menos, mi
estado de ánimo, las molestias y la turbación de estos sucesos me hacen temer
por las dos. Convéncelas de que deben reposarse, al menos durante el periodo de
calma que todo esto os va a dejar y no salgáis a la aventura hasta horas tan
avanzadas. Quizás no le sucedan a Mme. de Blamont aventuras tan agradables como
esta. Digo agradables porque ha sabido encontrar en ella una de esas ocasiones
para hacer el bien que su corazón tanto anhela.
¡Oh! amigo mío, ¡a
dónde nos lleva la embriaguez de las pasiones! ¡ah! ¡si cuando se comienza a
ceder a todo, cuando se da el primer paso en su peligrosa carrera se pudiese
sentir con qué rapidez se dará el segundo y que el abismo nos aguarda en el
último! ¡si se pudiese ver la imperceptible filiación de nuestros errores, cómo
todos se encadenan, como nacen todos los unos de los otros, como la ruptura del
freno más pequeño conduce pronto al quebrantamiento de lo más sagrado! ¿Qué
hombre no se estremecería? ¿Quién se atrevería a permitirse la más ligera
desviación cuando de esta primera falta puede nacer un hábito de vencer
cualquier obstáculo, cuyos peligros son tan manifiestos? Quisiera que todos los
hombres, en lugar de esos muebles de fantasía que no producen una sola idea,
tuviesen consigo una especie de árbol en relieve en el que cada rama llevase el
nombre de un vicio y que pudiesen observar que, comenzando por el tropiezo más
leve se llega gradualmente hasta el crimen originado por el olvido de los deberes
más elementales. ¿No es indiscutible la utilidad de semejante cuadro moral? ¿no
es mucho mejor que un Teniers o un Rubens? Adiós, no me hagas esperar el final
de esta aventura, hay demasiados sentimientos de mi alma implicados en ella
como para que no desee ardientemente su desenlace.
CARTA XX
Valcour a Aline
París, 8 de
Septiembre
¡Cómo me hubiera
gustado recibir una palabra más de Aline en esta última carta de mi amigo! ¡Si
ya es arduo estar separado de vos todo el tiempo cuanto más cruel se hace esta
ausencia cuando me priva del espectáculo de vuestra alma en el ejercicio de sus
virtudes! La actuación de vuestra honorable madre ha hecho correr mis lágrimas.
¡Ah! qué dulces son las que se derraman por compasión. Mucho me temo que esa
desdichada niña, por cuya suerte resulta imposible no interesarse, os sujete
con lazos más apretados de lo que cabe imaginar; vuestro cariño los reforzará,
os conozco; pero que estas preocupaciones no vayan en detrimento de vuestra
salud, os lo suplico, Aline. Pensad que no os debéis al amante más apasionado
que considera como un favor los cuidados que concedéis a vuestra persona. No me
neguéis esto, ya que me está vedado veros... ¡Veros, Aline!... ¡Ah! que
imperioso es en mí ese deseo cuando una virtud adicional viene a haceros aún
más digna de admiración... Sophie os ama, ¿quién podría resistir al imperio
universal que ejercéis sobre los corazones? La necesidad de adoraros se hace
sentir desde el momento en que se os ve y hay que dejar de ser o bien ceder al
culto que merecéis. Solamente yo me veo privado de rendíroslo... ¡yo, que me
atrevería a creerme tan digno si las alabanzas se juzgasen por la delicadeza
del corazón que quiere ofrecerlas! Me parece que veo a Aline... sus bellas
mejillas bañadas de lágrimas, guiando los pasos de su madre asustada y
estrechando contra su pecho a esa personilla cuyos gritos desgarradores
penetran tan profundamente en su alma y la conmueven... La sigo hasta la cama
de Sophie, celosa de los cuidados que se le prodigan, deseosa de dárselos ella
misma, porque Sophie ha sufrido... porque es desgraciada y porque la dulce y la
buena Aline sólo se satisface haciendo el bien... ¡Cómo podría dejar de
adorarla! ¿cómo no idolatrar a esta hija celeste mil veces más bella aún por
sus virtudes que por sus atractivos... a esta criatura angelical que parece
haber sido creada por el cielo para ser el hechizo de sus amigos, el refugio
del desgraciado y la delicia de su amante?... ¡Ah! todas las expresiones son
pálidas, ninguna refleja mi sentir... cruel efecto de las pasiones demasiado
violentas... Naturaleza avara de los dones que nos otorgas ¿por qué al
inspirarnos un sentimiento tan vivo nos privas de la facultad de expresarlo y
por qué todo lo que inventamos para describirlo queda siempre tan por debajo de
él?
Si el nombre de
esos dos aventureros nos engaña... si efectivamente... ¡Me estremezco ante mis
sospechas! me repugnan y no puedo alejarlas de mi mente... ¡Qué! ¿será ese el
monstruo que se atreve a pretender a mi Aline? ... ¡él, Dios mío!... ¡Haría
falta que no quedase ya una sola gota de sangre en mis venas para que tal
infamia se consumase!... Hombre vil y bárbaro, ¿cómo has podido mirar a mi
ángel sin que tu corazón se hiciese honrado? ¿cómo puede el libertinaje
mancillar, aunque sólo sea un instante, al individuo que ha podido respirar el
aire que mi Aline purifica? ¿Tú la has visto y los horrores envenenan tu
alma?... ¿Te atreves a aspirar a ella mientras tus manos se hunden en la
infamia? ¿Existen, pues, seres sensibles sobre quienes el amor y la virtud
carecen de influjo?... ¡Ah! yo creía que cerca de los dioses el crimen
resultaba imposible.
El estado de mi
corazón es inconcebible... embargado por el temor, o las sospechas, abocado al
más amargo dolor, inquieto por todo lo que sucede, destrozado por vuestra
ausencia... Os he de dejar... lo percibo; mis pensamientos, mis expresiones,
todo llevaría la huella de mi dolor, todo se resentiría de mi turbación; y no
deseo aumentar la vuestra.
CARTA XXI
Déterville a
Valcour
Vertfeuille, 10 de
Septiembre
Sophie está ya
completamente bien, ayer se levantó y como hacía buen tiempo tomó el aire un
momento en la terraza; había escogido este lugar porque sabía que en él se
encontraba la dueña de la casa y quería que su primer deber fuese un acto de
agradecimiento. Al avistar a estas damas desde lejos, leyendo bajo un
bosquecillo, se precipitó hacia ellas y vino a caer a los pies de Mme. de
Blamont, bañando con sus lágrimas el regazo de su bienhechora, buscando las
palabras y no encontrándolas y llegando a ser más expresiva a través de este
silencio del sentimiento que a través de todas las frases del espíritu. Mme. de
Blamont la levantó, la abrazó con todo su corazón y la hizo sentarse a su lado;
está débil, está pálida, pero este abatimiento no perjudica sus poderosos
atractivos.
– Es más bonita que
vos, dijo riendo Mme. de Blamont a su hija...
– ¡Ojalá pueda
llegar a ser más feliz! respondió Aline besándola.
Esa noche cenó con
nosotros, sus modales, su aspecto y su decencia nos han encantado a todos. Pero
tengo que contarte cosas mucho más interesantes, permite que dejemos por el
momento a Sophie para reanudar la historia de sus perseguidores.
Era imposible
encontrar un momento mejor para seducir a la vieja Dubois y para desentrañar, a
través de ella, todo el nudo de esta infame intriga... Expulsada, despedida
también ella, el despecho y la necesidad la arrojaron a los brazos de
Saint-Paul y, bajo el pretexto de presentarla, como si fuese pariente suya, en
una casa excelente, la condujo fácilmente hasta Vertfeuille; está aquí, pero
aún no ha visto a Sophie. En cuanto a las astucias que ha usado nuestro hombre,
voy a ahorrártelas, bástate saber que han dado resultado; voy a relatarte ahora
lo que hemos descubierto gracias al éxito de esta operación.
Apenas Mirville
hubo puesto a Sophie en la puerta cuando llegó Delcour: era el día de su cena;
el primero enfurecido aún, puso a su amigo al corriente de la operación que
acababa de realizar y como su diálogo es bastante curioso voy a transcribírtelo
palabra por palabra de acuerdo con las declaraciones de la vieja que no perdió
una sola sílaba.
El presidente
Delcour: ¡Voto a Judas!, amigo mío, esa es una causa mal juzgada, habéis
olvidado los derechos que tengo sobre esa p..., y sólo debisteis castigarla en
mi presencia; os hubiera ayudado de todo corazón. Soy inflexible sobre los
atentados del crimen, ningún lazo me retiene en estos casos y los derechos de
la naturaleza se anulan cuando se han infringido los de la gente. ¿Dónde está?
El financiero
Mirville: No creo que haya ido muy lejos... Si quieres darte el gusto...
Delcour: Sí, por
cierto, que corran a buscarla y que le digan que aún ha de recibir una
corrección suplementaria a manos de su padre.
¡Oh! amigo mío, ¿ha
habido nunca atrocidades meditadas, combinadas, tan grandes como estas? La
cocinera salió y, de buena fe, busco a Sophie y, aunque esta estaba en el
umbral de la puerta pequeña del jardín, afortunadamente no la descubrió. Esa
fue la causa del ruido que la desdichada oyó en medio de su dolor y que redobló
tan oportunamente su espanto. Como no había visto nada, la cocinera volvió y
dijo que, sin duda, la criminal se había evadido. Una reflexión súbita asaltó
inmediatamente al presidente. Prosigamos con nuestra manera de reflejar su
enérgica conversación:
Delcour: ¿Estás
seguro, Mirville, de que Sophie es realmente culpable?
Mirville: La he
encontrado con el delincuente, me pareció que era más que suficiente para
legitimar su estupidez.
Delcour: Las
apariencias engañan tan a menudo, amigo mío... Las manos de un juez gotean
continuamente con la sangre que las apariencias le hacen derramar.
Afortunadamente, estamos por encima de estas miserias y un ser de menos en el
mundo no supone para nosotros un asunto excesivamente grave. Además, lo que
digo no es para desculpar a Sophie, sino porque me gustaría mucho tener, como
tú, un culpable para castigarlo. Examinemos los hechos y hagamos comparecer a
los testigos; comencemos por interrogar a la Dubois, creo que es cómplice. ¿Hay
pistolas?
Mirville: Sí.
Delcour: Coge una y
yo la otra; se trata de asustar, no te imaginarías lo que se obtiene asustando:
te estoy enseñando los secretos de la profesión.
Mirville: ¡Quién
los ignora! Pero estas pistolas... amigo mío, están cargadas.
Delcour: Eso es lo
que hace falta, y ¿qué importa una cabeza cuando se trata de conseguir lo que
llamamos indicios? Mil víctimas para descubrir a un culpable, éste es el
espíritu de la ley.
Mirville: De la
ley, de acuerdo, yo no conozco muy bien la ley y aún menos la justicia. Yo sigo
los dictados de mi corazón y rara vez me engaña. Vas a ver cómo los golpes de
bastón y los correazos que propiné a tu hija, han sido debida y legítimamente
aplicados. Por lo demás si hiciera falta una reparación, ¿qué podría hacer?
esas cosas no se corrigen. ¿Dónde la encontraría, cómo lo repararía?
Delcour: ¡Oh! pero,
en estos casos, digo yo, no procede la reparación. Harás como nosotros. Nadie
ofende como los discípulos de Themis y nadie repara tan poco como ellos. Has
captado mal el sentido de mi discurso; lo que yo me propongo no es hacer que realices
una buena acción, sino procurarme el placer de realizar una mala. Tu ejemplo me
ha tentado... y no conozco nada peor que el ejemplo; interroguemos, ese es
nuestro objeto.
Y la Dubois, que
hubiera deseado estar muy lejos, fue convocada al instante, introducida en una
misteriosa habitación que solamente se utilizaba para las grandes aventuras.
Prodigiosamente asustada, como te imaginarás, al sentir los dos cañones de las
pistolas apoyados sobre sus sienes y al verse conminada a decir la verdad o, de
lo contrario, a perder la vida, declaró que Rose era la única culpable y que
ella no había tenido jamás noticia de que Sophie hubiese cometido falta alguna.
– ¡Voto a tal!,
exclamó Mirville, creo que siento remordimientos.
– ¡Pues bien! dijo
Delcour furioso, los aplacarás ayudándome a vengarme: comencemos por decidir la
suerte de esta intrigante... Y amenazándola con la pistola, añadió: No sé qué
me contiene...
Ésta protestó en
vano su inocencia, los dos amigos le dijeron que después de semejante conducta,
no podían depositar en ella ninguna confianza y que debía irse esa misma
tarde... Y, como ves, antes de castigar a la culpable, como a buen seguro el
castigo no era muy legal, quisieron verse libres de testigos... Desafortunada
circunstancia, ya que nos priva por completo de las consecuencias de esta
funesta aventura y hurta a nuestras miradas atrocidades cuyo descubrimiento
bien pudiera sernos necesario un día. La Dubois devolvió, pues, sus llaves,
cogió sus cosas y salió. Gracias a un afortunado azar se hospedó cerca del
portazgo en una especie de pequeña posada a donde precisamente llegó nuestro
Saint-Paul dos o tres días después. En la casa sólo quedaban la delincuente y
la cocinera. Ésta, interrogada por Saint-Paul la víspera de su salida para
Vertfeuille, dijo que en cuanto la Dubois salió, Rose fue llamada y acudió. Que
cenó muy tranquilamente con los dos amigos y que ella, una vez servida la cena,
se retiró como de costumbre y que no vio nada de particular; pero que al día
siguiente por la mañana, cuando quiso ir a servir el desayuno según su
costumbre vio que todos habían salido sin que hubiese oído nada diferente a los
otros días y sin que encontrase desorden en ninguna de las habitaciones. Esto
rompe nuestro hilo y ya ves que ahora nos resulta imposible saber de que
naturaleza pudo ser la venganza que recayó sobre Rose.
Al día siguiente
por la mañana, un lacayo de Mirville vino a pedir a la cocinera los vestidos y
los efectos de la joven; pero fue incapaz de responder a ninguna de las
preguntas que la sirviente le hizo. Seguidamente la casa fue cerrada por el
hombre de Mirville, que dijo a su camarada que podía estar tranquila, que un
viaje que esos señores iban a realizar al campo iba a interrumpir sus cenas, al
menos durante un mes... Solamente podemos, pues, hacer conjeturas sobre la
suerte de la desgraciada compañera de Sophie. La viva imaginación de Mme. de
Blamont ha forjado enseguida las más siniestras. Las de la Dubois, que yo
adopto por encontrarlas más naturales, son que el presidente ha hecho encerrar
a Rose, tal y como le había amenazado para el caso en que se viese obligado a
ello en virtud de sus desmanes. Esto es, amigo mío, todo lo que hemos podido
averiguar por esta parte... Veamos ahora el resto.
Ya no hay dudas, mi
querido Valcour, sobre la personalidad de nuestros dos desconocidos; la Dubois,
engañada por Saint-Paul y sin saber a quien estaba hablando, dijo a Mme. de
Blamont
– El que se hace
llamar Delcour, señora, es el presidente de Blamont, que tiene una de las
mujeres más amables de París; el otro es un tal señor Dolbourg, financiero
riquísimo y amigo suyo desde hace treinta años y que va a casarse con su hija.
Estos señores vivieron primero, con dos famosas cortesanas, continuó nuestra
dueña, de las que quizás la señora haya oído hablar.
– ¿Las Valville?
– Si, señora, dos
hermanas; uno tenía a la mayor y el otro a la menor, casi al mismo tiempo
tuvieron ambos una hija de sus amantes; pero la de M. de Blamont murió al cabo
de ocho días; el presidente ocultó la muerte a su amigo y le enseñó otra niña
de la misma edad que la que acababa de perder ya que la llevó al pueblo de
Berseuil en donde hizo que la criasen.
– ¡Qué! interrumpió
Mme. de Blamont sumamente turbada, ¿y esa niña de Berseuil no será la de la
Valville?
– No, señora,
respondió la Dubois, la niña de la Valville murió con toda seguridad y la que
fue llevada a Berseuil era una hija legítima que el señor presidente había
tenido de su mujer y que habían mandado criar en Pré-Saint-Gervais. Al
retirarla él mismo de este pueblo, entregó cincuenta luises a la nodriza a fin
de que propalase la muerte de esa criatura, que, según decía, quería sustraer
por razones secretas a su madre; y se fingió enterrar una niña en la parroquia
de Pré-Saint-Gervais.
– ¡Santo cielo!
exclamó Mme. de Blamont que no podía contenerse ya, efectivamente yo perdí una
hija en aquella época; y se estaba criando en el mismo sitio que decís... ¿Será
posible? ¡Sophie!... ¡Mi querido Déterville!... ¡qué multitud de crímenes!... ¿qué
objeto podría perseguir?
En este momento la
Dubois se dio cuenta de quién era la dueña de la casa y cayó a los pies de Mme.
de Blamont suplicándole compasión...
– Tranquilizaos, le
dijo esa desdichada esposa..., estáis a salvo; pero no me ocultéis nada; no os
abandonaré jamás. Y entonces esa mujer continuó y a través de sus respuestas
supimos que ambos amigos, al nacer hijas que habían tenido de sus amantes se habían
prometido mutuamente utilizar a esas niñas para reemplazar a sus antiguas
sultanas y prostituírselas recíprocamente en cuanto hubiesen alcanzado la edad
núbil; pero el presidente, al ver que se desvanecían sus derechos sobre la hija
de Dolbourg con la muerte de la suya, había decidido silenciar esa muerte y
sustituir a la pequeña bastarda por una hija legítima ya que era lo bastante
afortunado como para tener una en ese momento. Esa era la historia de Sophie;
ésta era la causa que explicaba su asombrosa semejanza con Aline; así verás que
el poco delicado Dolbourg, gracias a las diabólicas maquinaciones del
presidente, hubiera tenido, si todo sale bien, a una de las hijas de Mme. de
Blamont como amante y a la otra como mujer. Por añadidura, puedes reconocer
aquí el alma tierna y delicada del querido presidente que, aunque estaba
persuadido de que Sophie era su hija legítima, ríe y se divierte con su
pérdida, con los malos tratos que ha recibido y se ofrece incluso, con una
barbarie atroz, a hacerla víctima de nuevos tormentos. Si hay en este mundo
rasgos que dibujen mejor el carácter abominable... si los conoces, te ruego que
me lo digas a fin de que los reserve para describir al primer malvado que haya
de pintar... Esta es, no obstante, la conducta de todos aquellos que deshonran,
encarcelan, torturan y atormentan a los desdichados... culpables de algunas
debilidades, sin duda, ¡pero la vida de diez de estos desdichados no mostraría
semejantes refinamientos en el crimen y en la infamia!
La Dubois añadió
que sus dos amos tienen otra casa de placer, parecida a la de Gobelinos, en la
parte de Montmartre, en ella se reunían para almorzar tres veces por semana al
igual que lo hacían en la otra para las tres cenas; como no había sido introducida
en este segundo nido no estaba muy al corriente de las orgías que en el
celebraban; pero a grandes rasgos sabía que todo era más indecente y más
abundante que en la casa que ella regentaba.
– Allí tienen,
dijo, un serrallo compuesto por doce jovencitas de las que la mayor no tendrá
más de quince años y las renovaban a razón de una cada mes.
Las sumas que
gastan en esto, dice la vieja, son enormes y, por muy ricos que sean, no
comprende como no han disipado ya toda su fortuna.
Puedes imaginar el
estado en que se encuentra Mme. de Blamont. No obstante, había que tomar una
decisión respecto a esta mujer; no podía permitir que se quedase ni que Sophie
la viese; le propuso que buscase una casa en Orléans y que, mientras la encontraba,
le indemnizaría todos los gastos con una gratificación de veinticinco luises
que le pagaría en el acto. La Dubois, encantada, colmó a Mme. de Blamont con
expresiones de gratitud. Saint-Paul salió esa misma tarde para llevarla a
Orléans, en donde se colocó poco tiempo después.
Creo que supondrás,
mi querido Valcour, quien iba a ser el objeto de los primeros arrebatos de Mme.
de Blamont: apenas hubo concluido con los asuntos de la Dubois cuando ardía ya
en deseos de verse cerca de Sophie...
– ¡Oh, tú, cuya
muerte me costó tantas lágrimas, exclamó precipitándose a los brazos de esta
atractiva criatura... ¡me has sido devuelta! mi querida hija... y ¡en qué
estado, Dios mío!
– ¿Vos mi madre?...
¡Oh, señora! ¿es eso cierto?
– Aline, comparte
mi alegría... besa a tu hermana... el cielo me la devuelve... me fue arrebatada
de la cuna... ¿por quién? Nada hay que pueda expresar lo que siento.
Amigo mío, renuncio
a describirte la situación... era sumamente emocionante. Mme. de Senneval,
Eugénie y yo mezclamos nuestras lágrimas a las de esta encantadora familia y el
resto del día lo dedicamos a disfrutar de este inesperado acontecimiento que proporcionó
regocijo a una madre tan dulce.
Inmediatamente hice
observar a Mme. de Blamont las armas que este acontecimiento nos proporcionaba
contra las odiosas e ilegítimas pretensiones del presidente; ella asintió, pero
al mismo tiempo vio que nuestras gestiones exigían el misterio y los más delicados
preparativos... ¿Quién podía impedir a M. de Blamont afirmar que todo esto no
era más que una patraña? ¿Reconocería a Sophie como hija legítima? ¿era
siquiera probable que diese muestras de conocerla? ¿Qué pruebas tendría
entonces Mme. de Blamont para convencerle? La muerte de su hijita, bautizada
con el nombre de Claire, había sido comprobada. M. de Blamont había conseguido
un testimonio del cura; la nodriza, que se había prestado a todo, había
colocado con toda probabilidad un tronco, en lugar de la niña, en el ataúd que
se había enterrado; mientras tanto, Claire, bajo el nombre de Sophie, había
sido transportada a casa de Isabeau por el mismo presidente... Y además,
¿podríamos encontrar a la nodriza de Pré-Saint-Gervais? ¿Suponiendo que la
encontrásemos, confesaría su crimen? Todo esto multiplicaba las dificultades,
hacía tambalearse los derechos de Mme. de Blamont; porque si Claire, a quien
continuábamos dando el nombre de Sophie, no suponía para ella un arma poderosa
contra su esposo, éste, invirtiendo los términos, se encontraba en posición de
superioridad respecto a su mujer; desde ese momento Sophie no sería ya más que
una desdichada bastarda que había recibido todos los cuidados que le
correspondían y que había sido seducida por Mme. de Blamont y llevada a su casa
para que le sirviese de pretexto para perjudicar a su marido y para privarle
del derecho que él, con razón, pretendía tener sobre Aline y del que quería
hacer uso para entregársela a su amigo. Todo lo que no favorecía ya a Mme. de
Blamont se ponía inmediatamente en su contra. Todas esas consideraciones la
impresionaron; su primera idea fue respetar lo convenido con Isabeau,
imaginando que esa pobre desgraciada sería más afortunada si permanecía oculta
que si se quedaba en su casa.
Pero yo me opuse a
esa manera de abordar las cosas e hice observar a Mme. de Blamont que, si el
presidente deseaba investigar sobre Sophie comenzaría sin duda por el pueblo de
Berseuil y que además, aislándola en esa oscura aldea y en un estado tan inferior
al que le correspondía, le resultaría casi imposible servirse de ella
decentemente y con eficacia para rechazar las indignas pretensiones de M.
Dolbourg: Convinimos, pues, que lo mejor sería que se quedase con nosotros; que
debíamos conseguir informaciones más seguras sobre la antigua nodriza de Sophie
y que había que forzar a esta criatura a confesar su crimen. Esto no era seguro
ni fácil, de acuerdo, pero era no obstante la única solución adecuada a las
circunstancias... De acuerdo con todo esto te encargamos a ti esta importante
investigación; no dejes de hacer nada que permita que la realices con tanta
celeridad como exactitud. La antigua nodriza de Claire vivía en
Pré-Saint-Gervais, el pueblo no es muy grande y las investigaciones serán
fáciles; fue allí donde Sophie pasó las tres primeras semanas de su vida, en
casa de una aldeana llamada Claudine Dupuis y en esa parroquia fue donde se
celebraron los funerales; de ese pueblo salió el presidente la noche del 15 de
Agosto de 1762 llevando a una niña pequeña en una cunita verde en la parte
delantera de un coche gris sin lacayos. Esto es todo lo necesario, mi querido
Valcour, para dirigir tus informaciones; actúa inmediatamente y prescinde de
cualquier tipo de reflexiones por tu parte. Piensa que no estás actuando contra
Blamont ni contra Dolbourg, sino únicamente en favor de una madre desolada que
te adora y que solamente puede confiarte a ti estos trabajos; no hay delicadeza
alguna que pueda detenerte en estas circunstancias. Si encuentras a la mujer que
buscamos creemos que es conveniente que emplees métodos de extremada suavidad
para hacerla confesar lo que hizo, y que intentes que te reconozca delante de
algunos testigos. Si se niega a confesar será necesario ponerla en manos de la
justicia, ya que toda consideración debe ceder ante la importancia de comprobar
la legitimidad de Sophie; no hay recurso que no deba emplearse para alcanzar el
éxito ya que del reconocimiento de esta legitimidad penden todas nuestras
esperanzas y que, probando por una parte esta legitimidad y, por otra, el
comercio de Dolbourg con esta muchacha, conseguiremos destruir todos los
proyectos que tiene para perjudicarte. Adiós, acelera tus gestiones, infórmanos
y cuenta siempre con la exactitud de nuestros cuidados.
CARTA XXII
Aline a Valcour
Vertfeuille, 15 de
Septiembre
Solamente os
escribo unas palabras y ¡Dios sabe la agitación que me embarga! Ayer por la
tarde todo estaba tranquilo... esperábamos noticias vuestras; Sophie estaba
cada día mejor; yo me encontraba entre la mejor de las madres y esta hermana
querida e infortunada a quien amo con pasión; a ambas las colmaba de caricias.
Esta pobre Sophie, consolada de todos sus males, feliz por su nueva situación,
mezclaba sus lágrimas con las nuestras; Eugénie, Déterville y Mme. de Senneval
leían en el otro extremo del salón, dejando que de vez en cuando sus miradas
cayesen emocionadas sobre el cuadro que les ofrecíamos; de repente Mme. de
Senneval, que estaba cerca de una ventana que daba al patio, dejo su libro y
exclamó asustada:
– Oigo un coche.
Escuchamos, no se
equivocaba... Mi madre se apresuró a esconder a Sophie en la habitación de una
de sus doncellas; apenas hubo bajado cuando una silla de postas entró
efectivamente; trajeron antorchas... Amigo mío, era mi padre... era el cruel
Dolbourg... Mi mano tiembla al trazar estos nombres... se han presentado a
pesar de su promesa. ¿Por qué motivo? ¿saben que tenemos a Sophie? ¿qué es lo
que quieren?... ¿qué exigen? Toda mi sangre se trastorna... Sólo tengo fuerzas
para besaros y para entregar este billete a Déterville que se encargará de que
lo recibáis.
Post scriptum de
Déterville
Lo envío con la
diligencia, porque los postillones que han traído hasta aquí a estos malvados
van a encargarse de hacerlo pasar de mano en mano de forma que lo recibirás
tres días antes. No temas nada, actúa; prefiero que estén aquí a que estén en
París durante tus operaciones: de momento no hay caras largas y sólo percibo
honestidad y decencia. Mme. de Blamont se encuentra en un estado horrible...
pretexta una jaqueca. Mme. de Senneval, Eugénie y yo estamos preparados para
todo, nos ocupamos de todo. Voy a reanudar el diario, sabrás todo lo que suceda
minuto a minuto.
¡Santo cielo! si
los hombres supieran al entrar en la vida las penas que les esperan y si de
ellos dependiese volver a la nada, no habría uno sólo que quisiera emprender
esta carrera.
CARTA XXIII
Déterville a
Valcour
Vertfeuille, 20 de
Septiembre
¡Oh Valcour! ¿hay
un punto en donde el vicio, confundido, se detiene? ¿Existe un medio para
adivinar en los ojos del hombre corrompido si lo que dice, si lo que hace,
emana verdaderamente de su corazón o si sus acciones y sus discursos proceden
exclusivamente de su falsedad? ¿Qué procedimientos pueden, en pocas palabras,
darnos la clave del alma de un malvado y cómo, habituado, como lo está a
fingir, puede distinguirse cuando engaña o no? Me resulta verdaderamente
imposible asegurarte que haya nada cierto sobre las consecuencias de lo que he
de decirte hasta que hayamos solucionado este problema; yo contaré y tú
combinarás.
El catorce por la
tarde nuestros viajeros fatigados se limitaron a algunas vagas cortesías,
algunas noticias, la cena y la cama. Por nuestra parte, el billete que te
escribimos, temores y una noche sin sueño... La virtud se atormenta y se agita
allí donde el vicio reposa seguro.
El quince por la
mañana el presidente llevó a su amigo a la habitación de Aline; ésta se había
levantado temprano para venir a deslizar bajo mi puerta, como habíamos
convenido la víspera, el billete al que yo añadí algunas palabras; pero se
había vuelto a acostar.
Extremadamente
sorprendida por una visita tan matinal, respondió a su padre que le preguntaba
si ya era de día, que lamentaba mucho no poderle abrir, pero que nadie había
entrado hasta entonces en su habitación. El presidente, poco escrupuloso,
insistió...
– Cuando se trata
de recibir a un padre y a un esposo, dijo a través de la puerta, no se debe
andar con tantos miramientos: abrid, Aline y no temáis.
– Es cierto que no
puedo, estoy en la cama.
– Qué importa,
habéis de abrir, hija mía, o me enfadaré.
Pero la prudente
Aline no pudo oír esta última frase; envuelta en un salto de cama se había
evadido con presteza por la pequeña escalera que comunica su cuarto con la
habitación de Mme. de Blamont, y estaba ya sumamente alarmada a los pies de la
cama de su madre, cuando el presidente, poco acostumbrado a la resistencia
frente a sus deseos, declaró que si no se le abría al instante derribaría la
puerta... Ya estaba resuelto a ello cuando una doncella que le había sido
enviada con rapidez, le propuso pasar a la habitación de su mujer en donde iban
a servir el desayuno.
Desgraciadamente he
de representar a dos libertinos; es, pues, necesario que te prepares a leer
detalles obscenos y que me perdones por referirlos. Ignoro el arte de pintar
sin color; cuando el vicio cae bajo mis pinceles lo esbozo con todas sus
tintas, y si éstas desagradan, mejor; presentarlo bajo una luz hermosa es el
medio de hacer que se le ame y esto no entra en mis proyectos.
La embajadora era
bonita, muy blanca, con ojos muy vivos, nueva en la casa y había sido enviada
porque fue la primera que se presentó. El presidente la cogió de la mano y,
como la puerta del cuarto que ocupaba se encontraba un poco alejada empujó
hasta allí a la muchacha, seguido de Dolbourg, y se dispuso a encerrarse cuando
la ágil criada, adivinando sus intenciones, se escapó y fue a reunirse con su
ama. No tardaron en seguirla sus dos asaltantes; creyeron prudente aparecer
enseguida a fin de que las quejas de quien se les había escapado fuesen tomadas
a broma.
Libre ya de sus
enemigos, Aline había subido de nuevo a su cuarto; gracias a lo cual estos
señores sólo encontraron a la presidenta.
– Vuestras mujeres
son auténticas Lucrecias, señora, dijo Blamont al entrar, en verdad que son
estas virtudes romanas. Yo imaginaba... Ya sabéis que yo doy poca importancia a
esas pamplinas; cuando, con todos los riesgos de aburrimiento que entraña el campo,
uno se atreve a sacar a un amigo de la ciudad, es preciso entretenerle...
¿Cuanto tiempo hace que tenéis a esa orgullosa vestal?... (y ella estaba
presente). Está muy bien... ¿Qué edad tenéis, señorita?
– Diecinueve años,
señor.
– No está mal, en
verdad; me gustan sus ojos, dicen toda clase de cosas.
Y Mme. de Blamont,
confusa:
– Salid, salid,
Augustine, ¿no veis que el señor se está burlando de vos?
– Pero, señora,
vuestro rigor es excesivo... hacéis que parezca un crimen el homenaje rendido a
la belleza.
– Eso no significa
que yo sea severa... ¡Y bien! ¿No os sentáis?... mi hija va a bajar... la
habéis despertado... ¡menudo susto!... ha venido corriendo hacia mí... Yo me he
reído de sus temores y la he enviado a vestirse.
– ¿Vestirse? ¡qué
extravagancia! ¿es que hay que vestirse para un padre?... ¿desde cuándo tantos
miramientos estando en el campo?
– La honradez está
de moda en todas partes.
– Tenéis razón,
señora, dijo Dolbourg... Perdonad, pero si creyese a vuestro marido, a veces
¡me haría hacer unas cosas!...
– ¡Oh! esto merece
que me siente, dijo el presidente, dejándose caer en una butaca... si, voy a
sentarme, Dolbourg va a predicar y hace ya tiempo que tengo curiosidad por oír
el sermón de un recaudador de impuestos... Vamos, prosigue, Dolbourg, te escucho;
analízanos un poco, te lo ruego, las virtudes cívicas y las virtudes morales...
sí, que haya mucha virtud en tu discurso; ¡es asombroso lo que me gusta la
virtud!
– ¿Preferís tomar
el desayuno aquí o pasar al salón? interrumpió la presidenta.
– Iremos a donde os
plazca... ¿Dónde está mi hija?
– Está terminando
de vestirse y acudirá a donde se le diga que estamos.
– Pues decidle, os
lo ruego, que cuando vaya a verla por la mañana con mi amigo, no quiero que se
haga la mojigata...
– Pero hay cosas
que la decencia...
– ¡Decencia!... ¡ya
salió la palabra que las mujeres siempre tienen en los labios! hace ya mucho
tiempo que intento penetrar la significación de esta palabra bárbara sin
haberlo conseguido; confieso que en vuestra opinión, los salvajes deben ser
bien indecentes; porque siempre van desnudos y podéis estar perfectamente
segura de que entre los Californianos o entre los Ostiagos cuando un padre
quiere ver a su hija por la mañana ésta no le cierra la puerta bajo el ridículo
pretexto de que está en camisón.
– Señor, respondió
Mme. de Blamont, con tanta amabilidad como modestia, la decencia no es ideal,
puede ser arbitraria; puede ser relativa según los diferentes climas, pero su
existencia no es por ello menos real; es hija del sentido común y de la prudencia,
debe regir nuestras acciones de acuerdo con nuestras costumbres y con nuestros
sentimientos y si en Francia la moda fuese ir como en el Paraguay, la decencia,
al servicio de otros deberes más esenciales no dejaría por ello de ser
respetada.
– ¡Oh! os digo que
hay países en donde no existe nada de lo que decís, en donde vuestros deberes
son quimeras y vuestros crímenes excelentes acciones.
– Basta este
razonamiento para condenaros, porque, a fin de cuentas, sean cuales fueren los
vicios de ese pueblo del que habláis, ¿admitís cuando menos que existen? y esos
vicios, cualesquiera que sean, los evita y los castiga: he aquí, pues, un freno
reconocido en razón de la clase de clima o de gobierno. Y, ¿habiendo nacido en
éste, por qué no aceptar igualmente sus principios?
– Pero nada de eso
es cierto.
– No, para quien
está ciego; pero os digo que, por lo que a mí respecta, no tengo necesidad de
argumentos ni de disertaciones para convencerme del verdadero carácter de una
cosa y para entregarme a ella si está bien o para detestarla si está mal.
– ¿Y cuál es esa
guía infalible?
– Mi corazón.
– No hay órgano más
mentiroso, cada cual puede hacer de su corazón lo que quiera y os aseguro que a
fuerza de sofocar su voz pronto se consigue extinguirla.
– Esto supone,
cuando menos, un instante en que se la ha oído aún sin quererlo.
– De acuerdo.
– Luego se ha sido
virtuoso cuando esa voz se dejaba oír y se ha dejado de serlo a partir del
momento en que se intenta sofocarla. El bien y el mal tienen, pues, diferencias
bien acusadas que vos mismo definís esforzándoos en suprimirlas.
Dolbourg: Me parece
que tenéis razón, señora, es muy cierto que el vicio es una cosa que... y
además, siempre lo he dicho, nada como la virtud...
El presidente,
entre risotadas: ¡Ah! a fe mía, si el lógico Dolbourg interviene, estoy
vencido; vamos, señora, salvémonos; os temo demasiado aliada a semejante
campeón; vayamos a desayunar: decid a Aline que baje.
Todo el mundo se
reunió en el salón. Aline, confusa, apareció; el presidente le dijo unas
cuantas frases agrias a propósito de la historia de la mañana que terminaron
por ruborizarla y gracias a la habilidad de Mme. de Senneval, la conversación
paso a otros temas.
Durante el almuerzo
M. de Blamont obligó a su hija a colocarse entre Dolbourg y él y le repitió a
menudo:
– Señorita, habéis
de ser cortés con mi amigo, ambos habéis nacido para conoceros pronto más
íntimamente.
No fue una tarea
fácil para mi suegra y para mí interrumpir a cada instante la conversación y
volver a introducirla dentro de los límites de la decencia de donde el
presidente, más que Dolbourg, se empeñaba en sacarla una y otra vez.
Al retirarse el
presidente dijo a su hija que debía estar sola al día siguiente por la mañana
en su habitación porque tenía algo que decirle que solamente podía ser oído por
Dolbourg. Ante esta orden las damas se unieron para combatirla.
- En verdad, señor,
dijo Mme. de Senneval, he estado casada durante dieciséis años y jamás mi
marido ha deseado hablar con mi hija sin mí; sean cuales fueren los lazos que
una muchacha pueda tener con los hombres, no es decente que los reciba sola; y
aunque os enfadéis siempre me oiréis decir, señor, que no hay nada más
deshonesto que la orden que dais ahora a vuestra hija y que, si yo fuera Mme.
de Blamont, a buen seguro que no lo toleraría.
– Hace veinte años,
señora, respondió el presidente con acritud, Mme. de Blamont hace lo que yo
quiero; yo lo manifiesto y ella me satisface. Se siente tan bien así, dentro de
esta correspondencia que quizás le sentase mal el procedimiento contrario. Nunca
he querido saber lo que M. de Senneval hace en vuestra casa; aceptad, pues, que
ruegue a su respetable esposa que no se meta en nada de lo que suceda en la
mía.
Mme. de Senneval,,
que, como tú sabes no es ni muy suave, ni muy sufrida, quiso replicar, pero
Mme. de Blamont, que preveía una escena que deseaba evitar, dijo, mientras
llamaba a la servidumbre para que trajesen luz.
– Aline, habéis
oído las órdenes de vuestro padre, esperadle mañana por la mañana levantada en
vuestro cuarto a la hora en que le plazca pasar.
El día dieciséis, a
las ocho de la mañana, ambos amigos se presentaron efectivamente en la puerta
de Aline; estaba levantada; estaba vestida.
¿Reconoces en esto,
amigo mío, el pudor y la timidez de esta encantadora muchacha?... no se había
acostado... ¡Hombres odiosos! ¡hasta qué punto habéis llegado a ser
despreciables en el seno de vuestra propia familia ya que la desconfianza que
inspiráis induce a semejantes precauciones!
– ¿Levantada ya?
dijo M. de Blamont.
– Vuestras órdenes
son leyes para mí.
– Os pregunto que
por qué estáis ya levantada.
– ¿No me dijisteis
que M. Dolbourg...?
Dolbourg: ¡Oh! por
mí, señorita, no valía la pena molestarse...
M. de Blamont: Le
hubiera gustado tanto encontraros en la cama como levantada. ¿No va a veros en
ella dentro de poco?
Aline: Había
imaginado, padre mío, que teníais algo que decirme.
– ¡Cómo está hecha!
dijo M. de Blamont, rodeando con sus dos manos el talle de Aline, ¿has visto
jamás proporciones semejantes? ¡Cómo! ¿Lleváis un corsé estando en el campo?
– Lo llevo siempre.
– Pero este
pañuelo, prosiguió Blamont lanzando con una mano la prenda sobre la cama y
sujetando a su hija con la otra, este pañuelo nos lo vais a dispensar.
Y Aline, confusa y
desolada, cruzando sus manos sobre su pecho:
– ¡Oh! padre mío,
¿era esto lo que teníais que decirme?
– Permitidme,
señorita, dijo Dolbourg separando una de las manos con que Aline trataba de
ocultar lo que su padre acababa de descubrir... permitidme, a vuestro padre le
complace que yo mire todo esto como algo mío y es lo bastante juicioso como
para no concluir un trato antes de que me haya cerciorado de que no hay
fraude... Estas tonterías se ven sin dificultad... bien, si fuese así... pero
esto... vemos tantas...
– ¡Oh, señor, a vos
os debo la vida! exclamo Aline escapándose con presteza, no imaginéis que mi
respeto y mi obediencia llegan hasta el punto de traicionar mi deber y ya que
vos olvidáis el vuestro hasta el extremo, me siento autorizada a desoír sentimientos
que os negáis a merecer.
Tarda más el rayo
en preceder al trueno que lo que tardó esta dulce y honrada criatura en
precipitarse a la alcoba de su madre. Llegó a ella anegada en llanto, se lanzó
a los pies de esa madre adorable; le suplicó que la llevase a un convento, le
dijo que la desesperación la cegaba, que no respondía de sí misma y después de
algunas palabras de consuelo, Mme. de Blamont, habiéndola dejado al cuidado de
Eugénie y de Mme. de Senneval, fue a reunirse con su marido.
Su papel en todo
esto resultaba tanto más difícil por el temor que sentía por Sophie; aun no se
había resuelto a tomar partido, aunque presentía el objeto del viaje. Sin
embargo, no se atrevía a informarse y esperaba que su esposo se explicase en
primer lugar. Su natural timidez, las circunstancias, todo la obligaba a obrar
con tiento. Se contuvo, pues, y, al encontrar confundidos a los dos amigos como
consecuencia de la súbita huida de Aline, le preguntó amablemente a M. de
Blamont que había hecho a su hija que la hacia derramar tan copiosas lágrimas.
Blamont, un poco confuso por su parte, y considerando que aún no había llegado
el momento de hablar, sonrió, bromeó y dijo que su hija se había asustado de
una caricia completamente inocente que Dolbourg había querido hacerle. Todo se
aplacó; Augustine, que vino a anunciar que el desayuno estaba servido, desvió
la atención y el presidente rogó a su mujer que tranquilizase a Aline y que le
dijese que podía presentarse, que ya no habría nada que pudiera hacerla enfadar.
Mme. de Blamont se retiró y Augustine, que estaba arreglando algo, se vio
gracias a ello a solas con nuestros dos héroes. Los detalles de esta segunda
escena no llegaron a nuestros oídos, pero sus consecuencias son suficientemente
elocuentes. Augustine, fascinada por el oro, fue, sin duda menos cruel que la
víspera. Lo cierto es que estos señores no aparecieron para desayunar, que no
volvimos a ver a Augustine durante todo el día y que desapareció al día
siguiente. Hay cosas muy desagradables que, en determinadas circunstancias, son
bienvenidas, este suceso es una de ellas. Al menos logró aplacar a nuestros
libertinos y todo el resto del día fue tranquilo.
Pero el diecisiete
por la mañana, tan pronto como se supo que Augustine se había ido, la inquietud
de Mme. de Blamont creció considerablemente; podía haber hablado de Sophie;
aunque no se le hubiese contado a ella, conocía de la historia todo aquello que
no había podido ocultarse en la casa; ¿no sería esto excesivo si había sido
indiscreta? Sumida en esta horrible perplejidad la presidenta se decidió a
preguntar a su marido qué podía haber hecho a esa muchacha y cuál era la causa
de su evasión. Incluso le hostigó un poco para descubrir si había algo sobre
sus temores y le convencieron de que su doncella había sido corrompida y que la
desdichada había ido a París a esperar los efectos de la liberalidad de sus
seductores y las nuevas pruebas de su fantasía hacia ella.
Durante todo el día
anterior y gran parte del presente había habido una sensible confusión entre
padre e hija. Ésta había deseado ardientemente permanecer en su habitación,
conseguimos que renunciase a este proyecto y se había presentado como de
costumbre limitándose a ruborizarse ligeramente.
Durante la jornada
del diecisiete el presidente, que seguía afanándose en quedarse a solas con
Dolbourg y Aline, propuso un paseo por el bosque al que se opuso toda la
concurrencia cuando percibimos que, gracias al arte con que había dispuesto los
recorridos y los coches, Aline, en lo más espeso del bosque iba a verse a
merced de sus dos perseguidores. Al contemplar el fracaso de sus planes el
presidente dijo que quería ir a recorrer los bosques solo con su amigo; este
último proyecto se ejecutó y ya no les vimos hasta la cena. Nosotros no nos
habíamos movido del palacio durante esta ausencia y yo había logrado convencer
a Mme. de Blamont a romper el hielo; el asunto era penoso, pero se hacía
necesaria una explicación; como el presidente no decía nada, podía albergar
secretamente el proyecto de llevarse a su hija; no bastaba con limitarnos a
estudiar su conducta, había que desvelar sus designios. Decidí, pues, una
aclaración para el día siguiente por la mañana sin falta y preparé todo con la
intención de conferir a la escena el patetismo que juzgaba necesario con el fin
de conmover, si ello era posible, los resortes de ese alma marchita. Ya es hora
de describir detalladamente este acontecimiento que tuvo lugar en el segundo
salón en cuyo lado izquierdo hay un pequeño gabinete para escribir en el que
había hecho que se escondiese Sophie que ya estaba prevenida. Una vez que
hubimos tomado el chocolate nos dirigimos al salón del que lo he hablado y Mme.
de Blamont comenzó así:
– Concededme,
señor, que me proporcionáis, si fuera malvada, muy justos motivos para quejarme
de vuestra conducta.
M. de Blamont: ¿De
qué habláis?
Mme. de Blamont:
¿Qué significa este rapto? ¿No merece mayor respeto el asilo de vuestra
familia?
M. de Blamont:
¡Vaya! ya ves, Dolbourg, las amonestaciones que recibo por tu culpa, todo lo he
hecho por ti y mira como me riñen como si yo fuese el delincuente.
M. Dolbourg: ¿Me
hubiera atrevido yo a incurrir en semejante ofensa si tú no compartieras mi
culpabilidad?
Mme. de Blamont:
¡Oh! es una pérdida que no me entristece en absoluto.
Mme. de Senneval:
Las desordenadas costumbres de esa criatura no han debido daros la oportunidad
de lamentar su pérdida... ¡Dos hombres casados!
M. de Blamont: Poco
importa el sacramento en este caso; no digo que, tomándolo como es debido, no
pueda exaltar a veces la mente, pero, en verdad, que no la calma jamás. Además
Dolbourg no está ya sujeto por ningún lazo, es el más feliz de los hombres, está
ya en su tercera viudedad.
Mme. de Senneval:
Creía que estaba casado.
M. de Blamont: Creo
que dentro de cuatro días eso dejará de ser una mera presunción.
Mme. de Blamont:
¿Acaso intentáis contraer nuevos lazos?
M. de Blamont:
¡Menuda ignorancia! ¿se debe al misterio o quizás a la falsedad?
Mme. de Blamont:
Será lo que vos queráis, pero no conozco nada tan simple como ignorar los
propósitos de las personas que apenas si se conocen.
M. de Blamont: Ya
habrá tiempo para conocerse y en cuanto al interés que debéis tomaros en ello,
me cuesta concebir que lo ocultéis después de lo que sabéis sobre este asunto.
Mme. de Blamont:
Hay cosas que se pueden repetir cien veces sin que se lleguen a comprender
jamás.
M. de Blamont: De
acuerdo, pero cuando suceden, al menos no se puede alegar ignorancia.
Mme. de Blamont: Me
confundís en lugar de explicarme. Quería una solución y me proponéis un enigma.
M. de Blamont: ¡Ah!
¡Vive Dios! estoy dispuesto a daros la clave de éste.
Mme. de Senneval:
Nos encantará escucharla.
M. de Blamont: Pues
bien, se trata de que voy a entregar mi hija a este caballero, he ahí todo el
misterio.
Aline: ¿Padre,
habéis decidido sacrificarme de esa forma?
M. de Blamont: He
decidido haceros feliz y conozco lo bastante el carácter de este caballero como
para estar seguro de que tiene todo cuanto hace falta para conseguirlo.
Mme. de Blamont:
Pero en un asunto como este, ¿quién puede juzgar mejor que ella misma? Si os
asegura que a pesar de todas las cualidades del señor Dolbourg le resulta
imposible alcanzar la felicidad con él, ¿que objeción podríais hacerle?
M. de Blamont: Que
lo que no llega un día llegará otro. No se trata de saber si mi hija debe
creerse feliz en el matrimonio que le propongo, se trata solamente de aceptar
que el hombre que le destino tiene todo lo necesario para hacerla dichosa.
Mme. de
Blamont: ¡Oh! señor, ¿cómo podéis
razonar así?
M. de Blamont: ¿Qué
pretendéis que haga ante sus caprichos si tengo la intención de no ceder ante
ellos?
Mme. de Blamont: No
afirméis, pues, que deseáis la felicidad de vuestra hija.
M. de Blamont: Dado
el actual estado de nuestras costumbres una muchacha que dice que teme no
encontrar la felicidad en los lazos del himeneo me hace reír. ¿Quién la obliga
a buscarla ahí? Un esposo de la edad de mi amigo sólo pide algunas
consideraciones... algunas asiduidades... algunas observaciones de la práctica
y si, una vez satisfechas estas nimiedades, la mujer piensa que puede encontrar
algo mejor... ¡pues bien! cierra los ojos. ¿Qué hombre sería lo bastante tirano
como para escandalizarse al ver que su mujer va a buscar un bien que él no
puede proporcionarle?
Mme. de Blamont: Si
las costumbres son depravadas, ¿creéis que lo son todas las mujeres?
M. de Blamont: Esta
depravación es solamente ideal, el delito solamente afecta al marido y queda
anulado desde el momento en que éste lo tolera o lo niega. Desde el momento en
que él no se opone a nada a cambio de ciertas condiciones puramente físicas, ¿cuál
puede ser el crimen de la mujer?
Mme. de Senneval:
Yo tendría en bien poca estima al esposo que hiciese conmigo ese tipo de
arreglos.
M. de Blamont: La
estima... la estima, ese es otro de esos sentimientos quiméricos que no
concuerdan con mi filosofía. ¿Qué es la estima?... La aprobación de los tontos
concedida a los seguidores de sus pequeños y ruines prejuicios... tiránicamente
negada al hombre genial que los censura. Decidme, os lo ruego, cómo pretendéis
que alguien pueda estar deseoso de merecer semejante sentimiento. Por lo que a
mí respecta, no os lo oculto, el hombre de mundo que prefiero es aquel a quien
menos se estima y siempre le supondré más ingenio que a todos los demás... No,
no, ese fantasma no es el que hace la felicidad. Jamás el hombre prudente
fundamenta la suya en lo que los demás le pueden dar y le pueden quitar al más
ligero movimiento de sus caprichos; solamente la basa en sí mismo, en sus
opiniones, sus gustos, e ignora toda consideración ulterior. Dejemos todos esos
goces ilusorios. Creedme, un marido rico, amable, complaciente, que nunca exige
más que lo que se le puede dar, que disculpa todo lo metafísico, ese es un
hombre que puede hacer feliz a una mujer: si él no lo consiguiese, señoras
mías, confieso que no puedo imaginarme lo que pedís.
Mme. de Blamont:
Simplifiquemos, señor, porque vuestros análisis están demasiado alejados de
nuestros principios como para que jamás podamos ponernos de acuerdo;
atengámonos, pues, a los hechos. Aline, ¿creéis que la unión que os propone
vuestro padre pueda haceros feliz?
Aline: Estoy tan
segura de que no es así que ruego a mi padre que me traspase mil veces el
corazón antes que sujetarme con semejantes nudos.
M. de Blamont: ¡ah!
esas son vuestras lecciones, señora, estos son vuestros preceptos. De haber
actuado yo como debiera no hubierais educado vos a esta criatura... Separada de
vos desde su nacimiento, no habiendo conocido nunca más que el convento, alejada
de vuestros indignos prejuicios, no hubiera encontrado ninguna respuesta cuando
se tratase de obedecerme.
Mme. de Blamont:
Una criatura arrancada a su madre desde la misma cuna no alcanza ciertamente la
felicidad.
M. de Blamont,
conmovido y balbuciente: Al menos su espíritu no se vería estorbado por los
malos principios.
Mme. de Blamont:
Pero se pervertirían sus costumbres en medio de la infamia y el que debería ser
el protector de su inocencia es a menudo el corruptor.
M. de Blamont:
Ciertamente estas afirmaciones son...
– Ven Sophie,
prosiguió con ardor Mme. de Blamont abriendo la puerta del gabinete, ven a
explicárselas tú misma a tu padre, ven a precipitarte a sus pies, ven a pedirle
perdón por haber podido merecer su odio desde el primer día de tu nacimiento.
Luego, dirigiéndose
rápidamente a Dolbourg:
– Y vos señor,
¿osaréis hundir aún más el puñal en el corazón de una madre desdichada?
¿Osaréis desear como mujer una de sus hijas después de haber convertido la otra
en vuestra amante?
Luego, captando la
turbación de su marido a cuyos pies se encontraba Sophie:
Dejad que hable
vuestro corazón, señor, lo sabemos todo, no os neguéis a abrir vuestros brazos
a esta desdichada Claire que me arrebatasteis de la cuna; hela aquí, señor,
hela aquí víctima de vuestros manejos. Engañada sobre su nacimiento, que no
siga viendo en vos al corruptor de sus primeros años y mostradle el corazón de
un padre para hacerle olvidar a su verdugo.
En este momento,
amigo mío, el arte de la maldad más refinada vino a disponer los músculos de la
fisonomía de estos dos indignos mortales. En este momento pudimos convencernos
de que el alma de un libertino no tiene una sola facultad que no esté al servicio
de su cabeza y que todos los movimientos de la naturaleza ceden en semejantes
corazones ante la pérfida corrupción del espíritu.
– ¡Oh! a fe mía,
señora, dijo el presidente con la mayor serenidad mientras rechazaba a Sophie,
si estas son las armas con que queréis batirme, ciertamente no triunfaréis...
Y alejándose aún
más de Sophie:
– ¿Qué casualidad
ha traído a esta muchacha hasta aquí?... ¿Te hubieras imaginado, Dolbourg, que
la casa de mi mujer iba a servir de refugio a nuestras putillas?
– ¡Oh! querida, no
esperes ya nada más de este hombre atroz, dijo Mme. de Senneval furiosa, quien
rechaza a la naturaleza con tanta energía sólo puede inspirarte temor. Ve a
implorar a las leyes, su templo está abierto a tus quejas, nunca hubo tantos
motivos para acudir, nunca hubo tanto derecho a su auxilio...
– ¿Querellarme yo
contra mi mujer?, respondió Blamont lleno de dulzura y amabilidad... ¿aturdir
al público con discusiones tan minuciosas como estas?...eso no lo veréis jamás.
Luego, dirigiéndose
a mí.
– Déterville,
añadió, haced que se retire la gente joven, os lo ruego, volved enseguida,
explicaré el enigma, pero sólo quiero hacerlo ante estas dos damas y vos.
Sophie, desolada,
Aline y Eugénie pasaron a la habitación de Mme. de Blamont y en cuanto volví el
presidente, que nos había pedido que nos sentásemos y le escucháramos nos dijo
que entre Sophie y él no había habido jamás lazo alguno de parentesco; que la
idea de esta alianza era absurda. Confesó que había tenido una hija de la
Valville, confesó el deseo que había formulado de sustituirla por otra para
conservar los derechos que su pérfido convenio le otorgaba sobre la hija
natural de su amigo; añadió que como la muerte, muy real, de su hija Claire, le
había llevado a Pré-Saint-Gervais, en donde había sido confiada a una nodriza,
después de haber cumplido los últimos deberes para con esa hijita, había
pensado en procurarse alguna niña bonita que pudiera ocupar el lugar de la que
había tenido de la Valville y que la hijita de la nodriza, que tenía justamente
la edad necesaria, le había convenido y que pagó cien luises a la madre y la
llevó seguidamente el mismo al pueblo de Berseuil en donde había sido educada hasta
la edad de trece años, pero que en todo esto no había habido más mal que el de
haber querido engañar a su amigo, pero nunca el de haber corrompido a su propia
hija o habérsela arrebatado a su mujer. Seguidamente nos preguntó cómo había
llegado esa muchacha hasta Vertfeuille.
Mme. de Blamont,
siempre dulce, siempre honrada y sensible, creyendo ver alguna sinceridad en lo
que estaba oyendo y prefiriendo renunciar al placer de volver a encontrar a su
hija ante la necesidad de ver a su marido culpable de tantos crímenes, si Sophie
le pertenecía realmente y, como no tenía nada positivo que objetar, porque tú
no habías aclarado nada... Mme. de Blamont, decía, confesó todo de buena fe. El
presidente se arrojó a los brazos de su mujer y abrazándola con la mayor
ternura:
– No, no, querida,
le dijo... no, no, no vamos a desunirnos por una cosa semejante, soy culpable
de algunos desvaríos, sin duda, mi debilidad por las mujeres es horrible, no
puedo ocultarlo, pero un error no es un crimen y yo sería un monstruo si fuese
culpable del crimen que me acusáis. Nada hay más cierto que la muerte de
vuestra hija, soy incapaz de haberos engañado hasta el punto de fingir esa
muerte si no hubiese sido real. Sophie es hija de una campesina, es hija de la
nodriza de vuestra Claire, pero no os pertenece en absoluto. Estoy dispuesto a
jurároslo frente a los altares, si fuese necesario. El parecido es singular, lo
confieso, hace tiempo que he observado los rasgos comunes de Sophie y de
vuestra Aline, pero se trata solamente de un capricho de la naturaleza que no
debe engañaros... En señal de reconciliación, prosiguió estrechando las manos
de su mujer, os concedo la prórroga que pedís para vuestra Aline. El matrimonio
que pido haría mi felicidad, no obstante me habéis pedido tiempo para disponerlo,
os concedo hasta mi vuelta a París, como habíamos convenido en un principio,
pero que acepte después, me atrevo a suplicaros. Sobre todo que el temor de un
crimen no sea lo que os retenga. Dolbourg ha podido ser el amante de Sophie,
pero os aseguro que jamás lo ha sido de la hermana de Aline. No hay ninguna
prueba que no pueda proporcionaros, no hay juramento que no pueda haceros,
disfrutad en paz con vuestros amigos del tiempo que os dejo para convencer a mi
hija de lo que constituye la meta de mis anhelos. Os suplico que os ayuden a
obtener de ella lo que espero y que estén bien seguros que solamente me
preocupa su felicidad.
Mme. de Blamont,
que sólo pensaba en ganar tiempo para Aline... que lo obtenía, que no podía
refutar las afirmaciones de su marido o que no podía oponerle más que las de la
Dubois, que no tenían nada que las hiciese preferibles a las del presidente...
que, madre o no de Sophie, seguía estando en condiciones de hacerle mucho bien,
encontró en su corazón la respuesta que le dictaban nuestros ojos. Convenció a
su esposo de la fe que otorgaba al discurso que acababa de pronunciar y añadió
que, ya que el cielo había hecho que Sophie cayese en sus manos, se le
concediese la gracia de conservarla.
Dolbourg: No merece
el bien que queréis hacerle, he vivido cinco años con ella, debo conocerla y la
conozco bien, creed que sería indigno del honor que pretendo de convertirme un
día en vuestro yerno si hubiese maltratado a esa muchacha como lo hice sin que
ella me hubiera dado los más serios motivos para ello. Quizás me haya dejado
llevar por mi cólera, pero podéis tener la certeza de que es culpable.
Mme. de Blamont: Se
nos ha asegurado insistentemente que no.
Dolbourg: ¡Ah! ya
lo veo, señora, Sophie no ha sido la única que ha caído en vuestras manos y esa
criatura que la encubría y era cómplice de sus desórdenes se encuentra
igualmente en ellas.
Mme. de Blamont: Es
cierto que he visto a la Dubois.
El Presidente:
Ahora ya no hay impostura que pueda asombrarnos, esa es la persona que os ha
inducido a caer en los errores sobre el objeto que nos ocupa. Pero no le creáis
nada: si queréis conocer la verdad ninguna mujer en el mundo es capaz de
disfrazarla con tanto arte, ninguna puede llevar tan lejos la mentira y la
atrocidad.
Mme. de Blamont: ¿Y
qué ha sido de esa otra criatura de la que ambos habéis aceptado que ha sido la
amante de mi marido y la hija de Dolbourg?
El Presidente,
alterado: ¿Qué ha sido de ella?
Mme. de Senneval:
Sí.
El Presidente:
¡Pues bien! nada más simple, era culpable, al igual que Sophie... culpable de
la misma clase de falta... Dolbourg castigó a una; yo quería castigar
igualmente a la otra... se me escapó... no os oculto nada, podéis ver mi
sinceridad... es como el corazón de un niño.
Mme. de Blamont:
¡Oh! amigo mío, ¡contemplad a dónde os lleva el libertinaje! Cuántas penas,
cuántas inquietudes son siempre la consecuencia de ese vicio espantoso; ¡ah! si
la felicidad hubiese sido menor en vuestra casa, creed, al menos, que entre
vuestra Aline y yo hubiese sido mil veces más pura.
M. de Blamont:
Dejemos de lado mis faltas, necesitaría siglos para repararlas. La
imposibilidad de conseguirlo me llevaría a la desesperación. Debe bastaros la
seguridad de que no las agravaré más...
Y las lágrimas
escaparon de los ojos de la crédula Mme. de Blamont.
– A falta de la
felicidad real, la certeza de no ver aumentar sus males, resulta un consuelo
para el infortunado. Concededme la gracia completa, dijo esa desdichada esposa
anegada en llanto, no penséis más en ese matrimonio desproporcionado.
El Presidente:
Tengo compromisos que no puedo romper, ignoráis hasta qué punto son fuertes, ya
no soy dueño de mi palabra; ni siquiera Dolbourg podría liberarme. No obstante
puedo concederos una prórroga, él no se negará, su alma es demasiado delicada
como para pretender la mano de Aline sin merecerla. Dos meses, tres meses, si
fuese necesario, os los concedo... pero deberíais devolvernos a esa Sophie,
deberíais permitir que fuese tratada como merece.
Mme. de Blamont: Su
desgracia le garantiza mi compasión, la quiero simplemente porque sufre... ya
no puede ofenderos, dejádmela. Es joven, puede arrepentirse... se arrepiente
ya. La haríais entrar en un convento por la fuerza, yo la convenceré por las buenas
para que realice el mismo sacrificio y seréis vengado igualmente.
El Presidente: Sea,
pero desconfiad de su dulzura, temed sus virtudes ya que sólo las adopta para
esconder el alma más traidora.
Dolbourg: No hay
falta que no haya cometido respecto a nosotros.
El Presidente: Hubo
incluso algunas que hubieran merecido la atención de la ley. El hijo que
llevaba en su seno no era de mi amigo con seguridad; nos robaba para su amante,
es capaz de todo; esa segunda muchacha de la que acabáis de hablarnos sólo nos
engañaba a instancias suyas. Seduce, engaña, finge sentimientos y todo con el
único objeto de llegar siempre a sus fines, siempre criminales, como su
corazón.
Mme. de Blamont:
Pero no hay bien que no le haya atribuido la mujer que la crió.
Dolbourg: Esa mujer
sólo la conoció de niña y fue en París, con la Dubois, donde se pervirtió. No
protejáis a esa serpiente, creedme, señora, no tardaríais en arrepentiros.
Al observar que
Mme. de Blamont estaba a punto de desfallecer, clavé en ella mis ojos; ella me
entendió, se mantuvo firme, alegó que la caridad y la religión la obligaban a
no abandonar a esa desdichada después de haberle prometido su protección y los
dos amigos no se atrevieron a insistir más sobre las ganas que tenían de
recobrarla. Se firmó la paz bajo la condición de que no se harían reproches por
ninguna de ambas partes, que Sophie se quedaría con Mme. de Blamont y que se
concedería a Aline un plazo hasta el invierno para decidirse al matrimonio que
se exigía de ella.
– Además querría
pediros aún, en nombre de la honestidad y de la decencia, dijo Mme. de Blamont,
que no abuséis más de esa infeliz que sedujisteis ayer en mi casa.
– En verdad,
respondió el Presidente, por lo que hace al crimen, ya es demasiado tarde...
está cometido... Tantas ganas de ceder... tan poca resistencia... todo esto no
debería ser motivo de tristeza.
– Al menos no la
retengáis, colocadla... puede volver a ser honrada... que no encuentre en vos
el apoyo seguro de sus desórdenes.
– ¡Bien! os lo
juro... Vamos, llamad a Aline y a Eugénie y ya que no nos quedan más que
veinticuatro horas de estancia aquí, que los placeres sustituyan a las penas y
que reine la alegría.
Mme. de Blamont fue
a buscar ella misma a su hija, no dio ninguna explicación a Sophie; ¿qué
hubiera podido decirle dada la incertidumbre que la embargaba? La acarició, la
consoló, la confió a sus doncellas y volvió a reinar la tranquilidad. Hasta el
día siguiente por la tarde las cosas fueron mejorando continuamente y el día
veinte por la mañana, ambos amigos con el rostro tranquilo, quizás mucho más
que sus corazones, se despidieron colmando de elogios y de expresiones de
amistad a todos los habitantes del palacio.
¿Qué piensas ahora
de esto, mi querido Valcour? ¿debemos creer?... ¿debemos desconfiar?... Mme. de
Blamont, harta de desgracias, se aferra ávidamente a la ilusión que se le
presenta. Es un momento de reposo del que quiere disfrutar, su alma honesta
encuentra tanto placer en ver reflejadas sus virtudes en los demás. Su querida
hija se le parece, ambas se han abandonado a las más dulces esperanzas, Eugénie
las comparte, porque es buena y sensible, como su amiga. Los únicos incrédulos
somos Mme. de Senneval y yo, pero lo somos de verdad, lo confieso. Su partida
ha sido rápida, las circunstancias la imponían de tal forma que creemos que
solamente obedece a ellas. El tiempo se encargará de desengañarnos... y,
además, ¿qué ha prometido el Presidente?... una prórroga de algunos meses,
¿debemos darnos por satisfechos con eso? ¿cuando hayan experimentado esos
plazos, cuando haya tenido tiempo de recuperarse del breve momento de confusión
en que todas estas cosas consiguieron sumirle, no volverá con el mismo ímpetu?
No obstante hemos
acordado mi suegra y yo dispensar a nuestras amigas de estas reflexiones, sólo
servirían para turbar su momentánea calma. Si ha de confirmarse esa calma en la
que no creemos, ¿por qué mostrarles nuestros temores? Si se equivocan, se trata
de un bello sueño de cuyo disfrute no podemos privarlas. No podemos prevenir
nada, ningún suceso depende de nosotros. ¿De qué serviría nuestra desconfianza?
¿qué necesidad hay de mostrársela? por lo tanto, solamente me atrevo a
manifestártela a ti. Acelera las investigaciones sobre Sophie, muchas cosas
dependen de ello si nos han mentido a este respecto, nos habrán engañado sobre
todo lo demás. Entonces significa que están tramando algo horrible. Solamente
nos conceden tiempo para poder conseguirlo y, en ese caso, debemos disipar la
ilusión. Si no nos han engañado respecto a Sophie y las mentiras proceden de la
Dubois; si es cierto, cosa que no puedo creer, que esa joven Sophie es culpable
de todas las faltas de las que le acusan... en una palabra, si han dicho la
verdad, entonces exclamaré lleno de alegría que ésta es la influencia de la
virtud, que hay momentos en los que el vicio, absorbido por ella, se ve
obligado a humillarse, confundirse, implorar gracia y desaparecer... ¿Pero
acaso los vicios mimados pueden doblegarse de esta manera... los vicios
alimentados desde hace tantos años? No..., quizás cedería así la fogosidad de
la juventud o el error del momento, pero jamás el crimen arraigado y sostenido
por las ideas. La mayor desgracia del hombre consiste en fundamentar sus
desvaríos con sus teorías, una vez que ha conseguido que sean lo
suficientemente seguras como para legitimar su conducta, todo lo que la haría
condenable en el corazón de los demás sirve para fijarla para siempre en el
suyo. Esto es lo que hace que las faltas de las personas jóvenes carezcan de
importancia; solamente han transgredido sus principios, volverán a ellos, pero
el hombre maduro peca por reflexión, sus faltas emanan de su filosofía, ésta
las fomenta, las alimenta en él y, como ha creado sus principios sobre los
escombros de la moral de su infancia, en estos principios invariables encuentra
las leyes de su depravación.
Como quiera que
sea, todo está tranquilo: tenemos cuando menos hasta el invierno, ha dicho Mme.
de Blamont, la suerte del infortunado consiste en disfrutar del presente sin
preocuparse del porvenir y, ¿qué instantes serían estos para ella, si, junto a
los tormentos que la abruman incesantemente no pudiese disfrutar, al menos, de
los goces que le proporciona la ilusión?
– Lo que llamamos
felicidad, nosotros los desgraciados, me decía ayer, es solamente la ausencia
del dolor. Por triste que sea esta miserable situación, que nuestros amigos nos
dejen disfrutar de ella.
En cuanto a Sophie,
sigue teniendo los mismos derechos, fundados o no, hasta que se aclare la
situación. Sería demasiado duro despojarla de ellos y la crueldad no tiene
albergue en un alma como la de nuestra amiga. No obstante, si algo turba a esta
respetable mujer es el silencio aparente que guardamos sobre ti... ¿es natural?
¿No es, por el contrario, uno de los motivos del viaje informarse si tú no has
aparecido? Algunas preguntas que formularon en la casa y que inmediatamente
llegaron a nuestro conocimiento prueban que estas investigaciones formaban
parte de sus planes. ¿Por qué, pues, se callaron delante de nosotros? ¿por qué,
incluso, en el momento de la reconciliación, no lo mencionaron abiertamente?
¿No es este un aspecto turbio de la conducta del Presidente? Además, estamos
seguros de que hasta el último instante se aferró al deseo de recuperar a
Sophie. La buscaron por el palacio. Intentaron introducirse en el cuarto en
donde suponían que estaba encerrada: un hombre del presidente estuvo al acecho
todo el día que precedió a su salida. Este es un misterio más en la conducta de
este esposo que parece arrepentido. Mme. de Blamont sabe todo esto; dice que el
deseo de recuperar a Sophie, si efectivamente no es hija suya, es independiente
de lo que les atañe a Aline y a ella; que es muy comprensible que, si Sophie no
es pariente suya, quiera vengarse de una criatura que, según él, ha cometido
tantos desmanes; que esto no es prueba de que quiera afligir a su mujer o hacer
desgraciada a su hija... No me atrevo a responder nada; pero no por eso dejo de
pensar; no por eso dejo de temer que todo esto no sea más que un letargo cuyo
despertar sea quizás terrible... Adiós, haz como yo, escribe, consuela y no
provoques ningún alboroto, a menos que tus investigaciones te obliguen a ello;
todo depende de las luces que esperamos que nos proporciones... Pero si ese
hombre pérfido ha sido lo suficientemente hábil como para aliar la mentira a la
verdad... para dar a una la apariencia de la otra... si quiere engañar a estas
dos respetables mujeres... ¡si quiere hacerlas eternamente desgraciadas! ¡Oh!
amigo mío, entonces diré que el cielo es injusto, porque jamás creó seres que
fuesen acreedores de mayor felicidad; nunca hubo dos criaturas que la
mereciesen con más justo título si esta manera de existir es el patrimonio de
quienes son virtuosos y sensibles, si es debida a quienes saben transmitirla
tan bien a todos cuantos les rodean.
CARTA XXIV
Valcour a
Déterville
París, 20 de
Septiembre
El día catorce, mi
querido Déterville, recibí la carta en la que me recomendabas las gestiones en
Pré-Saint-Gervais y, a pesar de la diligencia que he puesto en ello, no he
podido alcanzar ningún resultado hasta ayer. ¡Oh, amigo mío! ¡qué estudio tan
interesante nos proporciona, cada día, el corazón del hombre! ¿Cómo negar la
influencia que la divinidad ejerce sobre él cuando se contempla la fatalidad
con que el que tiende las trampas es casi siempre el primero en caer en ellas y
como el vicio, en perpetua oposición consigo mismo, se traspasa a sí mismo con
los tiros con que pretende alcanzar a la virtud? El presidente es culpable en
conciencia y no lo es de hecho; engaña odiosamente a su mujer; la engaña con la
más insigne falsedad y, sin embargo no le miente. Te ruego que me leas con
atención y mi enigma quedará desvelado .
El día quince me
dirigí al pueblo indicado y, habiéndome alojado en la posada, pregunté si el
cura era persona honrada, si le querían sus parroquianos, si era un individuo
sociable.
– Es un hombre
íntegro, me aseguraron, viejo y hace ya veinticinco años que está en posesión
de su curazgo. Si tenéis algo que tratar con él, quedaréis realmente contento.
– Si, es cierto, le
dije, tengo algo que comunicar a ese pastor. Y ya que sois tan amable como para
informarme, sedlo también, os lo ruego, para ir a preguntarle si un honrado
ciudadano de París no le incomodaría solicitándole audiencia...
Mi hombre salió y
la respuesta fue una invitación para que acudiese al presbiterio en donde
encontré a un eclesiástico de más de sesenta años, de rostro dulce y atento que
me preguntó en primer lugar a que debía la dicha de poderme ser de alguna
utilidad. Explique mi comisión, rebuscamos en los registros y encontramos la
muerte que buscábamos tan bien constatada como podría estarlo y todas las
pruebas de un servicio celebrado en la parroquia el 15 de Agosto de 1762 a
Claire de Blamont, hija legítima de M. y Mme. de Blamont, domiciliados en la
rue Saint-Louis, en el Marais.
– Bien, señor, le
dije al cura clavando mis ojos en él, para no perder nada de los movimientos de
su fisonomía, esa Claire de Blamont que enterrasteis el 15 de Agosto de 1762,
hoy, 17 de Septiembre de 1778, se encuentra mejor que vos y que yo...
Aquí nuestro hombre
se estremeció y retrocedió... por un momento le creí culpable, pero lo que vino
después no tardó en convencerme de mi error.
– Lo que me decís
es muy difícil de creer, señor, me respondió el cura, es necesario
profundizar... el asunto bien lo vale. Pero permitidme que antes os pregunte:
¿a quién tengo el honor de dirigirme?
– A un hombre
honrado, señor, le respondí con dulzura, ¿no basta este título para esclarecer
una traición?
– Pero esto puede
dar lugar a un proceso y yo debo saber...
– No habrá proceso,
señor, estáis lejos de ser considerado sospechoso; nuestra intención es
solucionar esto amistosamente y podéis confiar en mi palabra de que no
trascenderá nada de lo que hagamos aquí. Soy amigo de Mme. de Blamont, he
venido a veros de su parte, por consiguiente puedo garantizaros el secreto que
se guardará sobre todo este asunto y lo lejos que estamos de querellarnos.
– Pero, si esa
Claire existe, como me decís, ¿dónde se encuentra actualmente?
– En los brazos de
su madre. Solamente pretendo verificar una superchería de la nodriza e
investigar discretamente las razones que la motivaron. Estáis obligado a ello
para prevenir estos desórdenes en el futuro, el ministro de Dios no debe
limitarse a escuchar la confesión del crimen, sino que debe incluso prevenirlo.
Nuestro hombre,
sentándose, se sumió en profundas reflexiones. Le dejé en ellas por dos o tres
minutos y finalmente le pregunté cual era su decisión.
– La de abrir la
tumba, señor, me dijo levantándose... intentaremos buscar ahí las primeras
pruebas del fraude antes de tomar ninguna otra decisión.
– Buena idea, le
dije, cerrad todo, en esta expedición sólo podemos estar el enterrador y
nosotros, os lo repito, el secreto es esencial...
Llegó el
enterrador, cerramos la iglesia y pusimos manos a la obra. El lugar estaba
mencionado en los registros, además había una inscripción en el ataúd, no nos
equivocamos.
Extrajimos un
cofrecillo de plomo que debía contener el cuerpo de Claire y el examen de los
huesos, que se llevó a cabo con la mayor exactitud, nos llevó a la conclusión
de que se trataba de los restos de un perro, cuya cabeza, en perfecto estado
aún, probaba evidentemente el fraude. El cura se sobresaltó: no obstante se
recuperó enseguida y recobrando la serenidad de una persona honrada que ha sido
engañada, pero que es incapaz de haber tomado parte en semejante treta, me
propuso que se tirasen los restos del animal. Me opuse a ello y, habiéndole
convencido de la necesidad de dejar todo como estaba, ya que estábamos actuando
en secreto, comenzamos a trabajar en ello desde ese mismo momento. Volvimos a
dejar la caja en su lugar, él impuso silencio a su hombre y regresamos al
presbiterio.
– Señor, me dijo el
cura al cabo de unos instantes, a pesar de lo que digáis yo podría pasar por
culpable en esta aventura, es esencial que me justifique.
– De ninguna forma,
respondí, conocemos a los malhechores. No albergamos en absoluto ninguna
sospecha contra vos, os lo confirmo una vez más.
Entonces le dije
que la nodriza y el padre eran los únicos autores de la superchería, que el
segundo lo negaba todo y que se trataba de interrogar a la nodriza.
– ¿Su nombre?
– Claudine Dupuis.
– ¿Claudine?, aún
vive; su casa está aquí cerca, lo sabremos todo.
– Enviad a por
ella, señor, en los asuntos que tratemos con ella deben reinar la dulzura y la
amabilidad y deben quedar envueltos en el silencio más inviolable.
Llegó Claudine; era
una campesina gorda, muy lozana, de cerca de cuarenta años y viuda desde hacia
cuatro.
– ¿Qué hay seor
cura?, dijo alegremente.
El cura: Sentaos,
Claudine, tenemos que plantearle algunas preguntas serias, cuyas respuestas, si
son ciertas, pueden valeros una recompensa.
Claudine: ¿Una
recompensa? Pos cuanto m'alegro, buena falta me hace; ¡ay! cuanta razón llevan
cuando icen qu'una casa sin hombre 'sun corazón sin alma; cachis, ende que se
murió el mío cá dia estoy peor.
El cura: Os
acordáis, Claudine, de haber criado durante tres semanas, hace dieciséis años,
a una niña llamada Claire, que pertenecía al presidente M. de Blamont.
Claudine: Sí, sí
que m'acuerdo, murió de cólicos la creatura; era más bonita que toas las cosas
vediez. Os pagaron el funeral como si juese la hija d'un préncipe y
l'anterrastís en la iglesia, delantico mismo de la capilla'la Virgen, m'acuerdo
como si juera ayer.
El cura: ¿Sabéis lo
que se dice, Claudine?
Claudine: ¿Por
qu'es lo que icen, seor cura?
El cura: Dicen que
esa niña no está muerta.
Claudine: Andalá,
pos si que pué ser qu'haya resucitao. Ya resucitó Cristo ¿no?, Dios lo pué to.
El cura: No, no me
refiero a eso, se sospecha que perpetrasteis alguna superchería.
Claudine: ¿Yo? ¿y
qu'habría ganao yo con to eso? ¡mia qu'hay malas lenguas! ¿no m'habría
prejudicao yo misma si habría hecho eso que decís?
El cura: ¿Y si os
hubiesen pagado bien?
Claudine: Que no,
que no, que yo no paso por ahí, cachislá, pá que luego te cuelguen después.
Aquí suprimo el
resto del dialogo, aunque aún fue muy largo. E1 hecho es que Claudine no
confesó nada en esa primera visita y que todo lo que pudimos obtener de ella,
al no querer convencerla aún por la fuerza de los hechos, fue que se retirase
calmada y sobre todo con la promesa de no decir nada de lo que acababa de
pasar.
– Marchaos, señor,
me dijo el cura en cuanto ella salió, le garantizo que investigaré a fondo todo
esto con esa mujer. Es menester que la vea a solas, vuestra presencia le
incomoda. Dejadme una dirección y volveréis aquí para recibir su última
respuesta.
Como vi que este
hombre tenía tanta simpatía como ganas de agradarme, consentí en sus arreglos,
le dejé las señas de un amigo y volví a esperar noticias suyas con la firme
resolución de llevar enérgicamente adelante el asunto si no me escribía
enseguida.
El quinto día
comenzaba a impacientarme cuando mi amigo me envió una carta que acababa de
recibir a mi nombre, a través de la cual el cura me invitaba a almorzar en su
casa al día siguiente para ponerme al corriente, por boca de la propia
Claudine, de acontecimientos muy extraordinarios y que yo distaba mucho de
imaginar.
– Me ha costado
esfuerzo, me dijo el buen hombre en cuanto me vio, me ha costado promesas y
hasta he tenido que ponerme severo, pero lo he averiguado todo. Por fin tenemos
el secreto, no tardaréis en saberlo.
– Señor, le
respondí, vuestros compromisos serán atendidos, todas las recompenses que
hayáis podido prometer serán pagadas. Pero por secretas que hayan sido nuestras
operaciones y a pesar de que os garantizo que esto no llegará a los tribunales,
es necesario tomar algunas precauciones. Designad, pues, a dos de vuestros
parroquianos, gentes notables, discretas y de buena reputación que colocaremos,
si no permitís, cerca del sitio en que vayamos a escuchar a Claudine con el fin
de que puedan dar fe de sus confesiones en caso de necesidad.
– No veo
inconveniente alguno, me dijo el cura y al momento mandó a buscar a dos
granjeros que le merecían confianza, les hizo jurar el secreto y los escondió
detrás de una cortina ante la cual se colocó la silla destinada a Claudine;
ésta llegó y al exigirle el pastor que remitiese delante de mí las mismas cosas
que le había dicho, admitió en mi presencia los hechos siguientes:
1.- Que M. de
Blamont se había dirigido a su casa el 13 de Agosto, antevíspera de la
pretendida muerte de Claire y le había dicho que destinaba a esa hija una
suerte sumamente ventajosa, pero que su mujer era una arpía que no veía con
buenos ojos la situación que él proyectaba para su hija porque se trataba de ir
a las Indias; que como no quería hacer perder a su hija el rico matrimonio que
le destinaba, ni enfrentarse abiertamente con los deseos de su mujer, había
imaginado hacer pasar a la pequeña por muerta, educarla secretamente en París y
no declarar el fraude a su mujer más que cuando la joven estuviese casada. Pero
para ello era necesario el consentimiento de la nodriza, por tanto le pedía
encarecidamente que no se opusiera a esta ligera treta de la que sólo se
derivaría un bien. Que como ella no veía en todo es esto nada que fuese en
contra de su conciencia, había consentido en propalar la falsa noticia de la
muerte de esa Claire a cambio de lo cual el presidente la indemnizaría, cosa
que hizo inmediatamente mediante un presente de cincuenta luises y desde el día
siguiente ella había preparado todo para el buen fin de la ficción.
2.- Que, habiendo
reflexionado profundamente durante toda la jornada del catorce en el feliz
destino que el presidente le había dicho que debía gozar la pequeña Claire y
como su propia hija tenía un parecido muy singular con la del presidente, había
imaginado colocar a una en el lugar de la otra con el fin de conseguir la
felicidad para su hija. Que, consecuentemente con esta resolución, había
preparado dos supercherías a la vez había puesto a su pequeña hija en la cuna
de Claire y que había enviado a Claire, haciéndola pasar por su hija, a casa de
uno de sus vecinos pretextando que el aire de la casa estaba infestado y que no
quería exponer a su hija. Una vez arreglada esta primera escena, se había
ocupado de la otra. Había divulgado la enfermedad de la hija de M. de Blamont
y, poco después, su muerte; que había puesto el cadáver de un perro en la caja
de plomo delante mismo del presidente, que había venido de París ante la
noticia de la enfermedad de su hija; que, en consecuencia, se celebraron los
funerales en la parroquia y que M. de Blamont, engañado en la misma forma que
él había querido engañar a los demás se había llevado esa misma noche a la hija
de Claudine en lugar de la suya.
3.- Que, no
habiéndosele retirado aún la leche, había solicitado criaturas que alimentar y
que ocho días después del entierro que acabamos de mencionar, Mme. la condesa
de Kerneuil, que había venido de Bretaña a París para recoger una sucesión
esencial en la que su presencia era más necesaria que la de su marido, había
dado a luz a una hija nada más llegar, que esta hija había quedado confiada al
partero, que protegía a Claudine y que este la condujo a casa de Claudine al
dia siguiente para que se criase allí entre los mayores cuidados. Cuando esta
niña llegó a Pré-Saint-Gervais había recibido una sola vez la visita de su
madre. Ésta, que se había visto obligada a salir muy deprisa para Rennes, había
encomendado muy encarecidamente su hija a Claudine, asegurándole que la
enviaría sin falta un coche y una mujer para recoger a la pequeña dentro de dos
años entregando una fuerte recompensa a la nodriza. Pero que al cabo de tres
meses esa pequeña, llamada Elisabeth, había muerto y que ella, Claudine, para
no perder la recompensa prometida y como no tenía mucho apego a la pequeña
Claire que le había quedado del presidente Blamont, había urdido una nueva
patraña cuando vino la mujer de la condesa de Kerneuil. Entonces puso a Claire
en el lugar de Elisabeth y divulgó que quien había muerto era su hija: que
había sostenido este fraude, esencial para el comportamiento de los demás,
incluso frente al cura a quien había hecho enterrar a Elisabeth de Kerneuil
bajo el nombre de su hija.
Esta exposición,
como ves, mi querido Déterville, establece la existencia presente o pasada de
tres niñas:
1.- Claire de
Blamont a quien se dio por muerta y que realmente ocupó el lugar de Elisabeth
de Kerneuil y que debe vivir actualmente en Rennes bajo ese nombre. Ahí es
donde está la hija de M. de Blamont.
2.- Jeanne Dupuis,
hija de Claudine, raptada por el presidente y criada en Berseuil bajo el nombre
de Sophie y que actualmente se encuentra en Vertfeuille.
3.- Y finalmente,
Elisabeth de Kerneuil, efectivamente muerta a los tres meses en casa de
Claudine y enterrada en la parroquia de Pré-Saint-Gervais bajo el nombre de la
hija de Claudine... de esa hija que ella ya había cedido al presidente y que
sólo vivía ficticiamente en su casa bajo el nombre de Claire de Blamont y que
seguidamente fue entregada a Mme. de Kerneuil.
Esos son los
fraudes y las supercherías de esta criatura de escasa probidad; pero como
estábamos obligados a actuar delicadamente fingimos reírnos de sus atrocidades
y la despedimos entregándole diez luises después de haberle hecho firmar su
declaración y el juramento sobre el Evangelio de que no desfiguraba la verdad.
Los testigos firmaron también. Te envío los originales de estas actas, cuando
hubo terminado todo nos juramos mutuamente guardar el secreto reservándonos el
derecho de establecer jurídicamente nuestras pruebas solamente si el caso to
requería.
El cura quiso que
escribiese a la condesa de Kerneuil.
– Eso corresponde a
Mme. de Blamont, le dije, voy a informarle y ella actuará como lo crea
conveniente: nuestro papel consiste en confirmar, si fuese necesario, todo lo
que sabemos y en no revelar nada.
Cedió ante mis
razones y nos despedimos.
La imposibilidad en
que actualmente me encuentro para dar consejos a Mme. de Blamont, en este flujo
y reflujo de acontecimientos prodigiosos, me obliga a silenciar mis
reflexiones; pero sin embargo me atrevería a decirle que debe continuar
escuchando a su compasión y a su corazón en todo lo que respecta a la
desdichada Sophie, con la precaución muy especial de no entregarla ni al
presidente ni a su madre: dos seres que, a buen seguro, no conseguirían hacerla
feliz. Por lo que respecta a Claire, reclamarla, privar de ella a Mme. de
Kerneuil, junto a la cual es, sin duda, muy feliz y eso para entregarla a un
padre que ya había conspirado contra ella cuando se encontraba en la cuna
¿supondría eso trabajar para su felicidad? Mme. de Blamont debe, en mi opinión,
informarse solamente de la suerte de esa muchacha y si esa suerte es como debe
ser, esa joven, que pertenece a una mujer noble, establecida en la capital de
una gran provincia, debe continuar disfrutándola, sea cual sea el sacrificio
que esto suponga para el corazón de nuestra amiga. Porque si se querella,
ganará, sin duda, pero, por rica que sea ¿podría dar a esta hermana menor la
situación que le haría perder en calidad de heredera única de la casa de
Kerneuil, título certificado por Claudine?... No, no podría compensarle. Que
piense, pues y que actúe después en consecuencia, sin olvidar nunca el enorme
peligro que supondría poner de nuevo a esa muchacha entre las manos de su
marido. Pondera estas razones, Déterville: sé muy bien que hay una especie de
fraude deshonesto en el hecho de permitir que subsista el de la nodriza, que
consiste en frustrar a los verdaderos herederos de Mme. de Kerneuil y adoptar,
por consiguiente, una postura culpable. Pero si adoptamos la otra ¡cuántos
nuevos crímenes habría que temer! ¿Es, pues contrario a la conciencia de un
hombre honrado elegir de entre dos males ciertos, aquel que le parezca menos
peligroso? Porque, por lo que se refiere al presidente verás, amigo mío, que el
crimen no deja por ello de estar en su alma y que, si no lo ha cometido, es,
porque se lo ha impedido el crimen perpetrado por Claudine. Como si fuese una
de las leyes de la fortuna que las pequeñas fechorías deban suprimir siempre
los efectos de las más grandes... Verdad terrible que nos hace ver la espantosa
necesidad del mal sobre la tierra y que nos demuestra que los grandes males
solamente pueden inhibirse a través de los pequeños. Sucede lo mismo con
algunos insectos que nos molestan y sin embargo su útil existencia nos impide
ser incomodados por otros más venenosos.
Sea como fuere me
produce horror que se haya mancillado a Sophie con acusaciones graves para
despojarla incluso de las generosas atenciones de su protectora. Siempre se
intenta hacer odiosos a aquellos a quienes se maltrata a propósito, para
aplacar los remordimientos y legitimar las injusticias... Pero esos dos
bribones no se contentan con una mentira, a ella unen la más notoria calumnia.
¿Es que acaso parece que esa muchacha honrada, sensible y dulce, sea cual fuere
su cuna, pueda ser culpable de lo que se le acusa?... La Dubois, cuyas
declaraciones parecían tan verdaderas y que solamente se ha callado sobre lo
que era imposible que supiese, no dijo nada que se pareciese a esto. Contempla,
pues, cómo la maldad se alimenta por sus propios efectos; cuanto más se le da,
más exige y cada vez que se le permite romper un freno solamente se consigue
incrementar aún más el deseo que tiene de quebrantar otros.
Estoy convencido,
amigo mío, que el vicio puede conducir al hombre a tal punto de depravación que
debe resultar casi imposible a quien lo cultiva en sí concebir la misma idea de
la virtud. Desde ese instante o bien su vida le parece fastidiosa o ha de envenenar
cada minuto con esa ponzoña que le gangrena. Llegado a este punto ya no se
contenta con hacer simplemente el mal sino que pretende incluso no hacer jamás
el bien y su corazón, embebido en una perversidad habitual, experimenta, ante
las impresiones de la virtud, la misma clase de dolor que siente el alma del
justo ante la sola idea de la fechoría. ¿Y cuál es el primer vicio que nos
lleva a todo esto?... El libertinaje... no lo dudemos, es inaudito lo que
extingue, lo que deteriora, lo que envenena. Es inexpresable hasta qué grado
relaja la energía del alma... hastía la conciencia, obligándola a convertir en
placeres las molestas consecuencias de sus errores y esto es sin duda lo que
esta pasión tienen de más peligroso que ninguna de las demás que devoran al
hombre, ya que el recuerdo de las acciones a las que las otras le arrastran son
agudos remordimientos, que en este caso se convierten en horribles goces.
El presidente, es
por tanto todo lo culpable que puede ser. Lo digo con pena, me duele arrancar
el velo de los ojos de nuestra amiga, pero su marido la engaña indignamente.
Dice que Sophie no es su hija y a buen seguro que está persuadido de que lo es.
Por convencido que esté de ello, la desea, quiere recuperarla. ¿Y por qué, si
no es, para vengarse de que el azar le haya dado por asilo a esa infeliz la
casa de su esposa? Que Mme. de Blamont no dude que él intentará todo para
sacarla de su casa y que escuche a su corazón cuando éste le dicte las medidas
necesarias que haya que adoptar para oponerse a esa nueva fechoría.
¡Qué cuadro, amigo
mío, el de la dulce y virtuosa Aline entre las manos de esos dos libertinos!
creí ver a Susana sorprendida en el baño por los ancianos... El velo del pudor
arrancado por un padre... ¿Imaginas tú esa atrocidad?, ¿te imaginas que sus infames
deseos no se inflamarían ante esa impudicia? ¡Ah!, perdona mis temores. Pero
sea cual fuere el motivo que le haya podido contener con Sophie, la amante de
su amigo a quien creía su hija, créeme que ninguno le detendrá en este asunto y
que la esposa de Dolbourg será pronto la víctima del incestuoso ardor de
Blamont.
¡Oh, mi querido
Déterville! impidamos esos horrores. Me parece que, después de ese odioso golpe
ha disminuido mi delicadeza en lo que concierne a ese hombre. Le perseguiré por
todas partes si es necesario. Desentrañaré hasta el más secreto repliegue de su
conciencia. El rapto de esa Augustine me parece otra de sus infernales
maquinaciones. ¿Crees que es el simple placer de corromper a una muchacha lo
que les hace cometer ese horror? A ellos, que saborean trescientas veces al año
los indignos placeres de esas seducciones, a ellos que... Apuesto a que esto se
debe a otra cosa, no perdamos de vista a esa muchacha.
En cuanto a los
remordimientos que ha manifestado el presidente, puedes estar bien seguro de
que sus promesas son solamente el fruto de su confusión. Esta emoción saca al
alma de sus registros ordinarios y la mantiene prolongadamente nerviosa, no
obstante creo en las prórrogas, lo que temo es el instante de la reunión.
Todo esto no
consolida los derechos de Mme. de Blamont si se ve obligada a querellarse. El
presidente ha querido realizar una mala acción, sin duda, al proyectar el rapto
de su hija, pero la acción no ha tenido lugar y como Sophie resulta ser
realmente la hija de Claudine, sostendrá que lo sabía y que no se la hubiera
llevado sin ese requisito. Y Claudine, cuya voluntad puede comprarse con un
poco de oro, se pondrá fácilmente de su parte. Es cierto que tenemos una prueba
de las malas intenciones de este hombre, ha querido hacer pasar a Claire por
muerta. Todo esto está bien probado y podemos probarlo jurídicamente cuando
queramos, pero no son estas las armas que nos darán el triunfo; no son estas
las cosas de las que no pueda defenderse si lo necesita y que incluso no pueda
negar si lo desea. Quizás hubiera valido más que Sophie hubiese sido realmente
su hija: los derechos de Mme. de Blamont contra ese pérfido esposo serían mucho
más fuertes. ¿Pero qué ha habido aquí? un crimen premeditado, de acuerdo, pero
que ha quedado anulado por las circunstancias. Solamente ha entregado a su
amigo una campesina y ¿cómo se defendeos Mme. de Blamont cuando la acuse de
haber seducido a esa criatura y de haberla recogido en su casa para procurarse
un medio poco honrado con el fin de privarle de la autoridad que tiene sobre su
hija mayor? Todo el resto de esta novela no influye para nada en nuestro
asunto, si Claire pasa actualmente por ser la hija de Mme. de Kerneuil, no es
por su culpa, sino por la de Claudine: él proporcionó a través de sus gestiones
el primer impulso a esta falta, lo concedo, pero no la ha cometido y esto no va
a impedirle que consiga casar a su hija según sus deseos. Opinas como yo en
todo esto o quizás ambos veamos las cosas demasiado negras. ¿Sabes?, amigo mío,
el amor y la amistad se alarman con facilidad, este último sentimiento es el
origen de tu temor, el otro alimenta el mío. No abandones, te lo suplico, a esa
desdichada madre. Temo su soledad, su alma, animada por los consejos,
fortificada por el encanto de la agradable compañía de tu suegra y de tu mujer,
será menos propicia a sucumbir a sus tormentos que si estuviese abandonada a sí
misma. Adiós, no puedo resistirme al placer de escribir unas palabras a mi
querida Aline y voy a incluirlas en tu carta.
CARTA XXV
Valcour a Aline
París, 22 de
Septiembre
Os he compadecido,
Aline, habéis llegado a ser aún más querida para mí mientras sufríais. Hay que
amar como yo lo hago para sentir lo que he experimentado. ¡Santo cielo!
¿precisamente aquel que por su condición debe ser el guardián de la virtud de
su hija se convierte en su corruptor? ¿A dónde nos llevarán los desórdenes de
una mente extraviada y de un corazón sin principios?... Ellos triunfaban, los
muy monstruos, mientras que triste y abandonado, presa de las más punzantes
inquietudes, la sola idea de la felicidad que estaban arrebatando ni siquiera
hubiera osado presentarse a mi espíritu... Aline, perdonadme una pregunta...
Habitualmente la gente no imagina las tiernas solicitudes del enamorado, no
suponen hasta donde llega su curiosidad... Pero, en esa emoción que os hizo
huir, ¿había un poco de amor junto a la decencia? ¿estabais tan enfadada por el
insulto al pudor como por el ultraje que se hacia al enamorado? Lo primero os
hace muy respetable a mis ojos, pero ¡cuánto más adorable aún os haría lo segundo!
Y quizás, en el cruel estado en que me encuentro, preferiría ver en vos una
virtud de menos a cambio de un poco más de amor. Pero ¿a dónde se dirige mi
imaginación? ¿No son acaso las virtudes lo que amo? ¿y no es acaso el ídolo de
mi amor más que la reunión de todas ellas? ¡Ah!, huid, Aline, escapad siempre
al crimen cuando éste os persiga. Ya sea por amor o por prudencia, no le dejéis
jamás que se acerque a vos. No puede afectaros, sin duda, pero que ni siquiera
se atreva a aproximarse a vuestra persona. Imponedle respeto con vuestras
miradas, obligadle con vuestros discursos, alejadle con vuestras virtudes y que
su existencia sea imposible en todos los lugares que vos adornáis.
Os quito una
hermana, Aline, una hermana que ya es vuestra compañera, para devolveros otra a
doscientas leguas de distancia y a la que quizás no veáis en vuestra vida. Pero
si la desdichada Sophie no os pertenece ya por los lazos de la naturaleza, que
los lazos de la compasión aumenten vuestro apego por ella. Cuanto mayor sea su
recaída en el infortunio, tantos mayores cuidados le debéis. La necesidad en
que os veréis de separaros de ella os conducirá quizás a la idea de
devolvérsela a su madre. No le deseéis semejante suerte; guardaos mucho de
entregársela, terminaría de corromperse. El motivo por el que Claudine la quiso
alejar de si era excusable, sin duda; creía que gracias a esta picardía haría
pasar a su hija la fortuna inmensa que vuestro padre aseguraba que un día
pertenecería a la suya. Pero Claudine no se paró ahí, es claramente culpable de
otra superchería que revela la bajeza de su alma, además es muy interesada.
Viendo que sus proyectos se habían desvanecido quizás intentase por vías menos
honestas hacer que su hija entrase en posesión de la fortuna que no había
podido procurarle su primer fraude. El pueblo en que habita es uno de esos
asilos pestilentes a donde la corrupción de la capital acude a cubrirse con las
sombras del secreto. No la enviéis allí. Os aseguro que no estaría segura
durante mucho tiempo. Los compromisos contraídos con Isabeau tienen escollos,
Déterville los ha percibido: sería ahí donde el presidente haría sus primeras
pesquisas si es que persiste, como parece, su extremado deseo de tenerla. Ved,
pues, junto con vuestra buena madre, qué es lo mejor para esta infortunada y
dadme vuestras órdenes si creéis que puedo seros útil en todo esto. No obstante
ahora estáis tranquila hasta el final del viaje; así lo imagino, al menos; permitidme
que me aproveche de este intervalo para utilizar vuestros hermosos talentos;
sea cual fuere el estado que la suerte os destine los encontraréis
continuamente. Ellos harán que alcance su plenitud la flor de vuestros días
felices si el cielo, como espero, os los concede después de tantas desdichas;
calmarán vuestros ratos de hastío si por una horrible fatalidad, las espinas
han de alfombrar eternamente vuestro camino. Debéis, pues, cultivarlos en todas
circunstancias; solamente veo quizás una en la que serían inútiles, aquella en
que, destinados el uno al otro, no pudiera haber un instante en que tuviéramos
necesidad de distraernos de los sentimientos que experimentásemos.
Perdonadme los
ligeros temores que aún se perciben en mi carta. Los releo con dolor y no me
atrevo a borrarlos. Sin embargo no deben asustaros, atribuidlos exclusivamente
al estado de mi alma. ¿No tiembla uno siempre por aquello que ama?
CARTA XXVI
El presidente
Blamont a Dolbourg
París, 26 de
septiembre
No, no intervengas
en la educación de esta muchacha; haz de ella lo que quieras en otro orden de
cosas, pero déjame a mí el trabajo de guiarla... Es un tesoro esta encantadora
Augustine... Tiene todo lo que hace falta para llegar; no te inquietes, te lo suplico,
todo se perderá si tú te encargas de ello. Tú no entiendes nada del gran arte
de calentar una mente joven. Esa ciencia sublime que nos hace dueños de las
energías del alma mediante la influencia de las pasiones, que nos enseña a
mover poco a poco a aquella que ha de surtir el efecto deseado. Este estudio
experto del corazón humano que, revelándonos sus más recónditas costumbres, nos
muestra al mismo tiempo cuál es la tecla que hay que tocar, los diferentes usos
que hay que hacer de la alabanza y del halago, la indulgencia que hay que
mostrar aún ante determinados prejuicios, cuáles de ellos no son perjudiciales,
cuál es esencial desarraigar, los nuevos aspectos bajo los que hay que
presentar todos los objetos, la filosofía que hay que inspirar, la clase de
delicadeza que hay que emplear en razón de la edad, el sexo o la educación del
sujeto que se desea corromper, hasta qué punto es posible apoyarse en lo
físico, la manera de manejar el orgullo, de aprovecharse de las debilidades
halladas, de extenderlas o de cambiar su objeto, la forma de sofocar los
remordimientos, de reemplazarlos por sensaciones agradables y de emplear
finalmente en el vicio que se desea hasta las virtudes que se descubren. Todas
esas profundas sutilezas del gran secreto de la seducción son, en una palabra,
cosas que tú ignoras. No intervengas, pues en ello, amigo mío, déjame hacer y
yo lo conseguiré.
Aquí hay una cosa
sumamente singular y es que la ciencia de interrogar jurídicamente nace de la
de seducir criminalmente. Porque ¿qué son nuestros interrogatorios capitales?
¿qué son sino espantosas subordinaciones y seducciones?
Éste resulta ser
uno de esos casos gratos en los que el arte de nuestra virtud aparente, que nos
eleva y nos hace respetables, conduce al arte del crimen secreto que nos
degrada y que nos envilece. ¿Son acaso estos los extremos que se tocan?... No
son los hombres que se depravan, son los abusos de la civilización... de esta
civilización tan mentada que devuelve al hombre al estado del animal antes que
rescatarlo de él, que le somete, que le esclaviza bajo el pesado yugo del
opresor consiguiendo hábilmente que toda la cantidad de felicidad de que priva
al otro pase a este en el nombre de Farinacius, de Jousse y de Cujas ... Qué
importa, aprovechémonos de ello y callémonos. Cuando el camello baja sus
riñones y se arrodilla el viajero se monta sobre él y lo gobierna sin
preocuparse de calcular sus fuerzas, se limita a asombrarse del animal, que no
conoce las suyas. Pero volvamos al tema.
A todas las armas
indicadas añadiría, como bien sabes, el móvil poderoso del interés, vehículo
seguro para estos seres subalternos que jamás conciben el crimen a gran escala
que solamente consienten en arriesgarse a ir al patíbulo ante la esperanza de
hacer una fortuna. Por lo que se refiere a Sophie, confieso que me calienta los
cascos: ir a buscar refugio en casa de mi mujer... y esa respetable esposa que
no me advirtió enseguida, que se organizó en secreto para poder dominarme...
Pues no, no,
encanto, no sois vos quien va a dárselas de lista conmigo; defendeos y no
combatáis, una sola de mis tretas haría fracasar, si me tomo la molestia, todas
las que vos alumbraseis en diez años.
¡Oh! son estos
delitos demasiado graves como para ser perdonados, el bienestar de la sociedad
exige un ejemplo. He de responder de mi conducta ante toda la corporación de
los maridos... Sería un hombre marcado, tachado de la lista, como decía
Linguet, si dejase impunes estas calaveradas... ¡Dichoso error! Qué fuente de
delicias voy a hallar en tu castigo... cada rama es un placer... Tranquilízate,
pues, Dolbourg, te lo repito, come, bebe... y duerme. Yo meditaré sobre tus
placeres y sobre nuestra mutua tranquilidad. ¿No te sientes sumamente feliz de
tener un segundo como yo, un amigo que se ocupa de que sólo tengas que coger
los frutos de todas las fechorías que tiene la amabilidad de cometer para tu
felicidad. Es cierto que arriesgo menos que tú, lo confieso para que tu corazón
se tranquilice y para liberarle de una parte del vivo agradecimiento que, sin
esto, le embargaría.
Consideración,
amigo mío, crédito, dinero, un cargo, eso es lo que hace falta para hacer todo
lo que uno quiera... Sí, digo bien, un cargo... sí, un cargo en el que
protegerse cuando sea necesario... porque en los cargos como el mío, por
ejemplo, no me exigen que me conduzca bien, sino solamente que obligue a los
demás a que lo hagan.
A poco que se haya
logrado atormentar magistralmente a media docena de desdichados, se puede
conseguir serlo veinte veces uno mismo, si se desea, sin el menor peligro. Y
eso es lo que hace que yo ame a Francia con locura. Esta impunidad que aquí se
consigue con un poco de consideración, esa garantía de poder hacerlo todo bajo
la negra armadura que es la toga y la caricatura ampulosa, envarada y rigorista
que es necesaria para engañar al vulgo, es algo que siempre me hará preferir
nuestra buena patria a esos malditos reinos del norte donde nuestro crédito se
pierde, donde nuestras prevaricaciones se castigan, donde los pueblos,
esclarecidos por la antorcha de la filosofía, comienzan a creer que pueden
gobernarse sin nosotros y en donde presumen de ser felices sin la pena de
muerte.
CARTA XXVII
Madame de Blamont a
Valcour
Vertfeuille, 28 de
Septiembre
¡Cuántas
variaciones! ¡cuántas cosas! me parece que el cielo sólo me ha dado un corazón
sensible para ponerlo a prueba en los más rudos combates... Sería mucho más
feliz si no sintiese nada. ¡Qué lejos estoy ahora de creer que un alma dulce es
uno de los dones más preciosos de la naturaleza! solamente nos ha sido dada
para nuestro tormento... ¿Qué digo? ¿Qué blasfemia he osado proferir? ¿No es
una injusticia por mi parte pretender una felicidad sin sombra? ¿Es que eso
existe en este mundo?... Lo más fácil es haber nacido para las contrariedades.
¿No somos como jugadores alrededor de una mesa?... ¿Acaso la fortuna favorece a
todos los que hay en ella? ¿Y con qué derecho se atreven a acusarla los que
dilapidan su oro en lugar de recogerlo? Hay una suma más o menos igual de
bienes y de males suspendidos sobre nuestras cabezas por la mano del Eterno,
pero es indiferente a quien correspondan. Podía ser feliz igual que soy
desgraciada. Es cosa del azar y la mayor de las equivocaciones es quejarse...
Además, ¿es que se supone que no hay algún gozo... incluso en el exceso de
desgracia? A fuerza de aguzar nuestra alma ésta incrementa nuestra
sensibilidad, las impresiones que deja sobre ella, al desarrollar de una manera
más enérgica todas las formas de sentir le hacen experimentar placeres
desconocidos a personas frías, lo bastante desdichadas como para haber vivido
siempre en la calma y en la prosperidad. ¡Hay lágrimas tan dulces en nuestras
situaciones! Esos momentos, amigo mío, esos instantes deliciosos en los que se
abandona el universo en los que se penetra en un antro oscuro o en lo más
espeso del bosque para llorar a gusto... en las que uno se repliega con todos
los sentidos sobre su desdicha, en los que se recuerda todo lo que la agrava,
en las que se prevé todo lo que va a aumentarla, en los que uno se embebe y se
alimenta de ella... Esos tiernos recuerdos de los días de nuestra infancia, en
los que aún no conocíamos esas largas y penosas reminiscencias sobre los
diversos acontecimientos que nos han puesto en semejante estado, esos sombríos
temores al sentir que nos acompañarán hasta la muerte, al ver nuestro ataúd
abierto por las lívidas manos del infortunio... y junto a todo esto la
dulcísimo esperanza de un Dios consolador, a cuyos pies irán a secarse nuestras
lágrimas y comenzarán todas nuestras alegrías... ¿Amigo mío, acaso no son
placeres todos estos? Son los placeres de un alma dulce, los de un corazón
delicado. Permitid que, por un momento, los disfrute con vos.
Sacrificada muy
joven a un esposo que no tenía nada que
me gustase y que apenas conocía , no por ello dejé de formar en el fondo de mi
alma el plan de mis más rigurosos deberes... Dios sabe que jamás los infringí.
Vi cómo mis cuidados se pagaban con dureza, mis atenciones con brusquedades, mi
fidelidad con crímenes y mi sumisión con horrores.
¡Ay! me creí la
única culpable, solamente me reprochaba a mí el no ser amada, a pesar de las
alabanzas que me embriagaban cada día. Prefería imaginar en mí defectos o
errores que suponer que mi esposo era injusto. Y, contenta de haber obtenido en
mi seno pruebas de su estima, quizás de su amor, todos mis sentimientos
confluyeron desde entonces en esas prendas sagradas... ¡Y bien!, me decía, seré
la amiga de mis hijas ya que no he sido suficientemente dichosa como para ser
la amiga de mi esposo. Ellas me consolarán de sus brusquedades y encontraré en
sus brazos la felicidad que me arrebatan.
¡Cuántos proyectos
no llegué a formar desde entonces para su dicha! Sólo estas ideas lograban
apaciguar mis males, solamente ellas podían cerrar mis párpados, sólo ellas
conseguían que durmiese apaciblemente... No veía ya contrariedades desde que
creí haber hallado lo que debía hacer felices a mis hijas. El cielo no deseaba,
amigo mío, que esa fuese ya para mí la fuente de la felicidad. Tuve dos hijas,
una me fue arrebatada en la cuna, la encuentro cuando jamás podré volver a
verla... Pretenden que la otra sea tan desdichada como yo y que... ¿quién me
asalta con todos estos males? ¿quién me hace beber, hasta las heces, la copa
amarga del infortunio? Aquél a quien siempre he respetado... querido; aquél que
me fue dado para que fuese el báculo de mi vida y que solamente ha sido su
destructor... aquel que se ha permitido todo conmigo... conmigo, que hubiera
preferido perder la vida a faltarle en cualquier cosa... aquel que yo
consideraba como a mi padre, después de la pérdida del mío... como mi amigo,
como mi esposo y que solamente era mi tirano y mi perseguidor.
Bueno, me callo,
Valcour... me callo. Lloráis al leerme, lo veo, bien quisiera mezclar mis
lágrimas con las vuestras, amigo mío, pero no quiero que las derraméis si mi
mano no puede enjuagarlas... ¡Oh! qué felices hubiésemos sido, sin embargo...
Vos... mi Aline... y yo. ¡Cuántos días serenos hubieran transcurrido para los
tres!... ¡Con qué calma hubiera llegado en vuestra compañía hasta el término de
mi vida! Mi vejez hubiera sido una primavera, cerrados los ojos por la dulce
mano de la amistad, hubiera descendido al féretro con la tranquilidad que
confiere la dicha. En lugar de esto descenderé sola y ningún amigo se dignará a
prestarme su ayuda, ya no los tendré cuando llegue al borde de la tumba...
¡Vaya! ved como a pesar de todo esto, vuelvo a caer en los tonos sombríos que
deseaba evitar... No... en vano cerraría la fuente de mi llanto, corre a pesar
mío... Mil nuevas ideas me atormentan... Si sois desdichado es por mi culpa. No
debía haber permitido que naciese en vos una pasión que no podía satisfacer. No
debía haberos permitido que conocierais a Aline y a su triste madre. Hoy
tendríamos todos menos penas y uno no se consuela jamás de las que hace pasar a
los demás... Pero no todo es desesperado, no, Valcour, no todo lo es. Recibid
aún un poco de esperanza de vuestra buena y sincera amiga, de quien, con tanto
ardor, desearía merecer este título ante vos... No Valcour, no todo está
perdido... Ese bárbaro esposo puede reflexionar, ese monstruo que le sigue a
todas partes y que os persigue con tanta furia, sentirá quizás que ninguno de
los placeres que espera puede alcanzarse con una persona que sólo siente odio
por él. Tengo necesidad de pensarlo y de creerlo así. La ilusión es al
infortunio como la miel con que se frotan los bordes del vaso lleno de ajenjo
salutífero que se presenta al niño, se le engaña, pero el error es dulce.
Cómo ha abusado de
mí este hombre... Yo lo creía ¡uno se entrega tan apresuradamente a lo que
desea! El desdichado que naufraga agarra con tanta diligencia el brazo que le
tienden para salvarle... ¿Puede imaginar que es para volver a empujarle al
abismo? ¡Ay! tenéis razón, me engañaba hasta donde podía hacerlo, debía creer
que Sophie era su hija, nada podía disuadirle de ello y en esos corazones la
naturaleza no suele hacer milagros:.. Creía que era su hija y juraba que no lo
era. El crimen es, pues, completo y lo que he obtenido de su falsedad no es más
que el fruto de su vergüenza... Ese sentimiento lleva al despecho y el despecho
a todo, en esa clase de almas... Como quiera que sea tengo parientes, no estoy
del todo abandonada. Me arrojaré a sus brazos y ellos me salvarán, les
imploraré por mi Aline y por mí, no querrán perdernos a las dos... Pero
cambiemos de tema, Valcour, dejad que os cuente mis proyectos y mis gestiones
porque con el lenguaje de las lamentaciones mi corazón se altera incesantemente.
Imagináis bien que
no he podido resistir al deseo de recibir cuanto antes noticias de Elisabeth de
Kerneuil. Sea cual fuere la suerte que disfrute, me interesa demasiado como
para no tener deseos de averiguarla. Déterville ha escrito inmediatamente a uno
de sus parientes en Rennes. Le suplica que nos proporcione cuanta información
le sea posible sobre esa joven... esperamos. Mi situación en este caso es muy
embarazosa... lo habéis advertido. Tengo, sin duda, grandes deseos de poseer a
esa muchacha, pero ¿qué derecho tendría a su corazón?
El sólo título de
madre que podría alegar ¿sería suficiente para ganarme su cariño? ¿No se debe
toda entera a los padres que la han criado?... Y además ¿trabajaría yo en favor
de la felicidad de Elisabeth si consiguiese recuperarla? ¿EI destino que tiene
o que le está reservado no será siempre preferible al que yo le podría dar como
hermana menor?... ¿Y los inconvenientes de devolverla a un padre que quizás no
quiera reconocerla o que solamente vea en ella una víctima de su más insigne
libertinaje... esos peligros espantosos no cuentan nada, Valcour?... No,
prefiero dejarla en donde está, me basta con saber solamente que es feliz, que
puedo conocerla, verla una vez, amarla siempre y me consideraré excesivamente
dichosa. Pero si este pobre gozo es negado a mi dulce alma... ¡oh!, Valcour,
seré aún más desgraciada. Afortunadamente sé serlo y mi corazón se encuentra en
tal estado de abatimiento que una sacudida más o menos no significa
absolutamente nada para él. Luego esta ese asunto de los bienes que ensombrece
un poco mi conciencia. ¿Puedo permitir que mi hija disfrute de una fortuna que
no le pertenece? ¿Debo privar de ella a los herederos legítimos? No, sin duda.
Esa circunstancia os ha chocado tanto como a mí. Amigo mío, yo diría también
como vos que, entre dos males terribles, escogemos el menor. Respecto a Sophie,
voy a contaros lo que hemos hecho, ignoro si lo aprobareis.
Pertenezca o no al
presidente, Déterville objetaba siempre el peligro cierto que supondría su
regreso a Berseuil y la imposibilidad de devolverla allí se hace tanto más
fastidiosa, por cuanto la variación de su suerte había hecho que le pareciese
muy agradable el destino que le habíamos preparado en el pueblo. Yo objetaba a
Déterville que no había encontrado obstáculos al establecimiento de esa
muchacha en Berseuil en los primeros momentos en que imaginamos eso, cuando no
creímos que fuese su hija legítima y que no entendía cómo los encontraba ahora
que sabíamos que no pertenecía ni al marido ni a la mujer. Me respondió que
había desaprobado radicalmente esa decisión en todas las circunstancias, pero
que cuanto más evidentes se hacían las investigaciones del presidente, mayor
peligro veía en Berseuil. Fuese o no su hija no debíamos dudar en este momento
del deseo que tenía de recuperarla; que, en cuanto supiese que estaba fuera de
Vertfeuille, no dejaría de enviar a alguien a casa de Isabeau y que entonces, en
vez de salvar a Sophie, estaba claro que la sacrificaba... Me rendí, hemos
decidido pues, un convento en Orléans en donde nos esforzaremos para que se
aficione a la vida recogida y para que al cabo de unos años se ate con los
votos si no ve nada objetable en ello. Y esta suerte, por dura que pueda ser,
al evitarle esa otra, más enojosa sin duda, que hubiera supuesto la venganza de
sus dos perseguidores, nos pareció decididamente la más prudente de todas.
Se trataba de
prevenir a esa desdichada de los cambios de su suerte y de su nacimiento.
Preveía que esto causaría demasiada pena como para querer encargarme yo misma.
Nuestro amigo se ocupó de ello. Después de muchas lágrimas, como imaginareis,
manifestó en primer lugar el deseo de ser devuelta a su madre. Convencida
finalmente del peligro que supondría esta decisión, reclamó a su querida
Isabeau. Renunciaba gustosa a la dote y al matrimonio, pero quería vivir con
Isabeau... Le explicamos los nuevos peligros y admitió finalmente que eran
mayores.
– Hay que
sustraeros al presidente, le dijo Déterville, es seguro que os busca, no
podemos dudarlo. Es evidente que os tratará mal si os descubre. Un retiro
perpetuo es la única alternativa que puede protegeros de sus ardides y de sus
iras. Allí no seréis tanto una protegida como una pariente de Mme. de Blamont y
disfrutaréis de una pensión de cien doblones. Este destino no es comparable al
de ser su hija, pero ya que unas circunstancias desdichadas os privan de esta
dulce satisfacción, estaréis mejor allí que en ningún otro sitio.
– ¡Está bien! iré,
exclamó envuelta en lágrimas, soy una carga para todo el mundo. No puedo
encontrar refugio en la tierra. Que me lleven a donde quieran, en todas partes
estaré llena de agradecimiento a la bondad de la dama que no desea
abandonarme...
En cuanto supe que
se encontraba en este estado corrí a abrazarla, ella se precipitó a mis brazos
anegada en llanto y me dedicó las más dulces y halagadoras expresiones. En
verdad, amigo mío, hay momentos en que mi corazón ignora las realidades que nos
comunicasteis... Es imposible que las virtudes de esta alma encantadora se
hallen en la hija de una campesina depravada, tal y como nos habéis descrito a
esa Claudine, pero hay que atenerse a las pruebas y separarla de ella. Así
pues, Aline y yo la llevamos antes de ayer a las Ursulinas de Orléans a cuya
superiora conozco; la recomendé como una pariente y la inscribí con el nombre
de Isabelle de Ganges con mil libras de renta cuya acta le fue entregada al
momento. No oculté los motivos de mi secreto a la superiora; para ello, apelé a
su religión y a su compasión; ella sólo se pondrá en contacto conmigo para todo
lo que se refiera a esta joven y ocultará su existencia a todo el resto de la
gente. Pero veré a esa muchacha querida... Se lo prometí, ella me lo pidió
insistentemente, me dijo que antes renunciaría a todo el bien que yo le hacía
que a este compromiso. Me pidió permiso para escribirme y sobre todo de poder
entregar todos los años una parte de su pensión a Isabeau. Estas dos peticiones
honraban demasiado su alma afectuosa como para ser rechazadas; se las concedí
de todo corazón y nos despedimos... Cuando me vio preparada a abrir la puerta
del locutorio, su alma se desbordó, lanzó sus hermosos brazos a través de la
reja y pidió insistentemente el favor de besar una vez más las manos de su
bienhechora. Volvimos sobre nuestros pasos y quedó sofocada por el dolor al
abrazarnos a las dos... Esta es la persona que el presidente acusa de falsedad,
impostura y crimen. ¡Ah! ¡ojalá fuera tan puro como esta persona a la que así
calumnia para hacer así felices a los suyos!
Nos retiramos, y os
respondo que Aline no se encontraba mejor que yo. Sin embargo sólo abandonamos
la ciudad al día siguiente, después de habernos enterado que esta pobre
muchacha estaba todo lo bien que su situación le permitía. Ella había adivinado
por sí misma la muerte de su hijo, cuando había visto que no se le hablaba de
él. Pero Déterville le hizo reflexionar tan hábilmente sobre este asunto, que
su dolor fue mucho menos vivo de lo que hubiéramos creído.
Mientras yo me
ocupaba de esto, Déterville se encargaba por su parte de romper los compromisos
que habíamos contraído en Berseuil. La buena Isabeau estaba muy afligida, no
pude resistir la tentación de entregarle una pequeña suma del dinero que me
había devuelto el cura. Así como otra a este buen pastor para los necesitados
de su parroquia. ¡Es tan dulce, amigo mío, hacer un poco de bien! ¿Y de qué
serviría que la suerte nos haya tratado favorablemente si no es para satisfacer
todas las necesidades del infortunado? Nuestras riquezas son patrimonio del
pobre y el que no sienta el placer de confortarle ha vivido sin conocer la
verdadera razón de haber nacido en una situación más acomodada que otros y los
más dulces encantos de la vida.
Terminadas todas
nuestras operaciones, nos miramos como lo haría alguien que, de la tranquilidad
hubiera pasado súbitamente a la angustia y la tribulación y que finalmente ve
renacer la calma... Digo la calma porque creo en ello y no veo absolutamente nada
que pueda turbarla hasta nuestro regreso a París. Entonces mi intención es
solicitar una nueva prórroga, contener al presidente lo mejor que sepa con los
escasos medios de que yo dispongo para esto y poner finalmente en pie de guerra
a mis parientes si fuese necesario. Porque, estad bien seguro, solamente la
fuerza podrá decidirme a sacrificar mi hija al malvado que la desea... Y si
gano mi causa, ¿en favor de quien será?... ¿Conocéis el hombre a quien la
destino?... Es el más digno de poseerla... es el mejor amigo de mi corazón.
CARTA XXVIII
Aline a Valcour
Vertfeuille, 8 de
Octubre
¡Ah! Valcour,
habéis compartido mis penas... ¡Han penetrado en vuestro corazón! ¡Qué
preciosos son para mí los testimonios que de ello me dais! Perdono menos a mi
padre todo lo sucedido que su funesta alianza con ese hombre malvado. Si
pudiese perder a ese desafortunado amigo, estoy segura de que sería más
honrado, tiene más ingenio que ese monstruo y, sin embargo, éste le arrastra.
¡Pérfido efecto del vicio!... Lo odiaba tanto que pensaba que, para seducir,
debería tener, cuando menos, algún encanto. ¡Me equivocaba, Santo Dios! ya lo
habéis visto, lo consigue mostrando al desnudo su fealdad.
Me preguntáis;
amigo mío; si el amor ha contribuido tanto como la decencia en el arrebato que
me hizo huir. ¡Ah! ¿cómo queréis que distinga entre esos dos efectos? Lo que
creo, lo que siento es que el amor los hermana, los confunde tan perfectamente
en mí, que no existe un solo pensamiento de mi mente, ni una sola emoción de mi
corazón que no se deba a ese primer sentimiento. Dirigirá siempre todos los
pasos que me veáis dar y cuando me exijáis que os revele los motivos, no podré
mostraros nunca más que mi corazón.
He llorado mucho a
esa pobre Sophie; qué golpe... ¡Ay! se creía mi hermana, miradla hoy, hija de
una campesina tan indigna de ella que no nos atrevemos siquiera a devolvérsela.
No perderá nada: mi madre me ha prometido considerarla siempre como hija suya.
Le he jurado llamarla siempre mi hermana y conservar siempre para ella todos
los sentimientos que por este título le corresponden... y a aquella a quien
realmente se los debo... ¿No la veré jamás?... ¡Quién sabe! Déterville ha
escrito, esperamos. ¡Ah! ¡qué a gusto haría el viaje hasta Bretaña para ir a
abrazarla! ... Pero no quisiera que supiese que la pertenezco. Quisiera
conocerla accidentalmente, para ver si nuestros caracteres armonizan... si
terminará amándome... Por lo que a mí respecta, siento que ya la amo... ¡Ah!
¡son sólo quimeras! apostaría que no la veré en toda mi vida... ¡Qué fatalidad!
¡cuántas molestias... cuántos desórdenes causa a una familia la ambición de una
desdichada nodriza! No soy severa; pero concededme, amigo mío, que semejante
falta no debería quedar sin castigo.
El conde de Beaulé
ha vuelto a vernos, lo amo, os estima. ¡Oh, amigo mío, qué título para ganar mi
aprecio! Yo era de la opinión de que mi madre le confiase nuestras penas...
Quizás lo haga. A buen seguro él nos serviría con todas sus fuerzas. Julie me decía
ayer que era un antiguo amante de mi madre... ¡Qué historia! yo me reí, el
conde es bastante más viejo, pero aún era joven cuando mi madre entró en
sociedad y se conocen desde entonces... ¡Ah! si alguna vez esa mujer respetable
hubiera tenido que apartarse de los penosos y rigurosos deberes que le imponía
el cielo, seguro que la elección del conde hubiera excusado sobradamente sus
errores. ¡Oh, amigo mío! dejad que ría un minuto con vos. La alegría entra tan
pocas veces en mi corazón que debéis tener un poco de indulgencia en los breves
momentos que me entrego a ella. Pero si esa locura que acabo de mencionar fuese
cierta, ¿si yo fuese la hija del conde de Beaulé?... Apuesto a que lo
preferiríais. Vamos... no quiero decir ya más extravagancias, mi alegría no se
ha repuesto aún lo bastante... y éstas son tan quiméricas que he creído que
podría permitírmelas para distraeros un instante. ¡Si hay una mujer en el mundo
que merezca legítimamente los títulos de casta y de virtuosa, se puede afirmar
que es ésta! ¡Y qué mérito tenía al merecerlos!... Ya lo sabéis, amigo mío...
¿cuántas veces la he visto lamentar en mis brazos el peso de la carga que la
abrumaba?... Si este hombre cruel se hubiese contentado con olvidarla, ella
hubiese hallado en su indiferencia hacia él razones para perdonar esa falta.
Pero el muy perverso... Cambiemos de tema, es mi padre y debo respetar en él
hasta sus desviaciones... ¡Ay! lo haría de buen grado si esos desmanes no
ultrajasen a la mejor de las madres. Pero lo que a ella le debo me hace olvidar
a veces lo que él exige y la obligación de odiar al perseguidor de la que me ha
llevado en su seno, me libera a menudo de los sentimientos que debo a quien me
coloco allí. Adiós, amigo mío, mi mente se entristece; no quiero aburriros.
Nuestras aventuras... la temporada que finaliza, todo esto estorba un poco
nuestro plan de vida y nuestros paseos... ¡Oh, cuánto tiempo hace que no os
veo!... Casi siete meses. Si queréis os lo diré también en días, en horas y en
minutos. Estos espantosos intervalos los considero como instantes en los que no
vivo... ¡Ah! si se prescindiese de los momentos de la vida en los que no nace
ningún placer, ¿viviríamos en suma más de cuatro años?
CARTA XXIX
El caballero de
Meilcourt a Déterville
Rennes, 12 de
Octubre
Querría, querido
Déterville, poder responder extensamente y de una manera más satisfactoria a la
carta que tuvisteis la amabilidad de escribirme, pero, atado por
consideraciones de las que dependo esencialmente, no puedo arrojar más luz
sobre el objeto de vuestras pesquisas que la que contienen las pocas líneas que
vais a leer.
Elisabeth de
Kerneuil, dotada con todas las gracias del cuerpo y del espíritu, pero hija de
una madre que no podía soportarla, respondió, aún joven, a los sentimientos del
conde de Karmeil, uno de los primeros gentilhombres de Bretaña. Los obstáculos
invencibles que uno y otro encontraban para llevar a cabo la unión deseada
originaron dos desgracias que perdieron para siempre a ambos jóvenes. El conde
se expatrió, sirvió durante algún tiempo en Rusia... Se le da por muerto. Antes
de que la noticia se divulgase, Mlle. de Kerneuil había terminado su vida de
una manera aún más horrible: se mató en cuanto vio la imposibilidad de
pertenecer jamás al objeto de su ardor... Su padre había muerto hacia tiempo.
Su madre terminó sus días dos años después del suceso que interrumpió la vida
de su hija y como Mlle. de Kerneuil era hija única, los bienes han pasado a los
colaterales... Esto es todo cuanto puedo deciros. A quienquiera que
interrogaseis en nuestra provincia no os respondería con tanta franqueza.
Alteraría los hechos, y con verosimilitud, ya que se han propalado los rumores
más diversos respecto a esta desafortunada aventura... Sin duda hubierais
deseado más detalles, pero los lazos que me unen a ambas familias me impiden
ser más explícito. Adiós, querido primo, exijo vuestra palabra que lo que os
digo sólo será revelado a las personas que os encargan escribirme y a quienes
os ruego que exijáis el más absoluto secreto.
CARTA XXX
Mme. de Blamont a
Valcour
Vertfeuille, 16 de
octubre
Leed y llorad
conmigo... ¿no sabía yo ya que no volvería a encontrar esa hija durante un
minuto si no era para añorarla eternamente?... Era desdichada... ¡Ah! ¡cómo la
hubiera amado!... Se mató de desesperación... Era odiada... ¡Siniestro error!
¿Hubiera sucedido todo esto sin la infamia de esa nodriza? ¿Sin el espantoso
proyecto de mi esposo? Hubiera querido más detalles, pero, ¿de qué me hubieran
servido? ¡La he perdido!... ¡No la veré jamás!... Hay que sofocar todas las
emociones de mi corazón. ¡Ah! después de tantos años de violentarlas sé que un
sacrificio más no debería costarme... Valcour, escribidme... calmadme, no
imagináis cómo necesito cartas, mi corazón, siempre desengañado, ansía los
auxilios de la amistad, necesita un sentimiento real para consolarse de todas
las ilusiones que lo extravían. En verdad es una gran desgracia no estar
organizado tan groseramente como otras personas. Por uno o dos gozos mejores se
encuentran veinte tormentos más.
El exceso de
precauciones que nos vemos obligados a adoptar, nos impedirá quizás escribiros
con la misma frecuencia que hasta el momento. Este hombre cruel se hace
informar de todo. Y no hay una sola de sus maniobras que no me haga temblar.
Sin embargo, no os inquietéis en absoluto, no sucederá nada serio que vos no
sepáis inmediatamente. Adiós, compadecedme y no dejéis de amarme.
CARTA XXXI
Valcour a Mme. de
Blamont
París, 22 de
octubre
Sí, señora, lo
confieso, un exceso de sensibilidad es uno de los más crueles presentes que la
naturaleza puede otorgarnos. En este instante ese exceso supone vuestra
desdicha. Vuestra alma es de una delicadeza tal que siempre parece volar más
allá de todas las informaciones para componerse suplicios. Se diría que le
agrada alimentarse de ellos y que esta manera de existir, al ser más viva, es
la que mejor se le acomoda. ¿Qué os importa esa hija a la que jamás
conocisteis? Ya es bastante llorar sobre los males reales sin añorar los
placeres que no se han podido gozar. Con esta manera de pensar todo nos
causaría pena y seríamos sumamente desgraciados. Sin duda el cariño que
sentimos por nuestros hijos debería estar en relación con el que ellos
experimentan hacia nosotros. Me parecería tan inoportuno amar a un hijo que os
odiase, como insensato, perdonadme la expresión, amar a uno que no vais a ver
jamás. El amor supone relaciones. ¿Y cuáles son las que pueden existir entre
nosotros y un ser desconocido? Quizás encontréis que mis consuelos son algo
duros, pero es imprescindible privar a un corazón tan sensible como el vuestro
de la perpetua facilidad que tiene para afligirse. Buscad en Aline, en esa
Aline que os adora los gozos que os arrebata la muerte de Claire. ¡Ah! ¡vuestra
salud me inquieta mucho más que esa pérdida que no debería causaros realmente
ninguna impresión! Eso es algo real en que ocuparos y no debe ser desplazado
por puras quimeras. Pensad que os debéis a vos misma, a una hija que sólo vive
por vos, a los amigos en cuyo nombre me atrevo a intervenir y que quedarían
desolados por la menor alteración de una salud que aprecian tanto. Me entero
con dolor que vais a estar algún tiempo sin darme noticias vuestras. Os
agradezco el instante que habéis escogido para comunicármelo. Mi corazón,
ocupado exclusivamente por vuestras penas, apenas si siente las que sobre él
descarga esta amenaza... Ocupaos solamente de vos, señora, pensad solamente en
vos, os lo suplico. Daré todo por bien empleado, ¿qué digo? me consideraré
feliz cuando sepa que sufrís menos. Esto es lo único que os suplico que me
informéis sin falta.
CARTA XXXII
Valcour a Aline
París, 5 de
Noviembre
¡Qué silencio! no
me he atrevido a turbarlo pero, ¿estaba por ello más tranquilo?... Si pudiese
veros sufriría mucho menos por esta ausencia de cartas... ¡Pero vivir sin oíros
y sin contemplaros, Aline!... ¿Imagináis la violencia de este suplicio? ¿Y por
qué no he de veros? ¿Por qué no me concederéis un minuto? Soy consciente de la
amplitud de mi petición y recuerdo temblando que ya me ha sido denegada. Pero
en la fuerza de mi amor hallo el valor de volverla a formular... Durante estas
largas veladas... llegaría disfrazado... El más impenetrable secreto ocultaría
estos propósitos... Me arrojaría un instante... un solo instante a los pies de
vuestra respetable madre y a los vuestros. ¡Qué calma supondría este minuto de
dicha para el resto de días aciagos que aún debo pasar lejos de vos! ¿Podéis
exigir que esos días... esos días infortunados que os consagro se malgasten así
en las lágrimas y el dolor? ¡Ah, ojalá pudiera comprar con mi sangre este favor
que me atrevo a suplicar!... que lo pague con mi vida si es necesario. No
quiero existir más que ese instante y abandono, sin dolor, todos los momentos
que han de seguirlo. ¡Que significan para mí los instantes que estoy condenado
a vivir sin vos! En vano, Aline... en vano hago todo lo que puedo para alejar
de mí este violento deseo, renace sin cesar en mi corazón, todas mis ideas lo
traen a mi espíritu, debo morir o satisfacerlo... Lo que antes me distraía,
ahora me resulta tedioso. Contemplo las bellezas de la naturaleza... la
estudio, intento sorprender sus secretos y ella solamente me muestra a mi
Aline. ¡Tened piedad de vuestra obra, no me castiguéis por mi amor!... No
intentéis, sobre todo calmarme con razones, mi corazón solamente escucha los
sentimientos que lo arrebatan. Si no los satisfacéis, Aline, vais a reducirlo a
la desesperación... Y no escaparéis a vuestros remordimientos... Vuestro exceso
de rigor habrá hecho nacer dos seres desdichados, sin que ninguna conveniencia
a la que inútilmente os hayáis sacrificado os hayan otorgado una virtud de más.
CARTA XXXIII
Mme. de Blamont a
Valcour
Vertfeuille, 12 de
Noviembre
Sí, soy yo quien
responde, vuestra Aline está demasiado débil como para hacerlo por sí misma, la
hacéis llorar... me causáis penas, os las causáis a vos mismo y esto es, en mi
opinión, todo lo que resulta de esos breves momentos de efervescencia que no habéis
podido contener. ¿No percibís la imposibilidad de vuestra proposición y, en las
circunstancias en que nos encontramos, podéis exigir algo semejante? Decís que
me amáis; si esto es así no intentéis hacerme más desgraciada de lo que soy.
¿Pensáis acaso que la tormenta no caería sobre mí si se descubriese el asunto?
¡Ah, amigo mío! apelad en socorro de vuestra razón a esa delicadeza que
caracteriza tan bien al corazón que me sedujo... Consultadla, veréis si os
permite comprar un instante de dicha, al precio de la de quien os ama como
nadie en el mundo. ¿Creéis que eso sería ignorado? Supongamos que sucede ¿sería
menos culpable por haber consentido a pesar de la promesa que hice de oponerme?
Sé muy bien que nada he de temer de vos, vuestra honradez, vuestras virtudes,
me tranquilizan y el enamorado que es tan delicado como para no pedir una cita
de su amada si no es en presencia de su madre, no se convertirá jamás en el
seductor de la que ama. Así, no temo por ella, sino por vos... alejaríais
vuestra felicidad... ¿qué digo? la destruiríais para siempre. Trabajemos antes
para obtenerla un día entera, que para disfrutarla así, en porciones, que para
arriesgar por un instante dicha que, quizás no tendría lugar, la certitud de
saborearla pronto en su integridad... No, me opongo a esta fantasía. Haré más,
exijo que, al menos, de aquí a cierto tiempo, no me habléis más de ello... Vos
que invitáis a los demás a tener valor... ¿es esa la forma en que lo
manifestáis?... Os perdonaría si tuvieseis motivos para estar celoso, pero sois
amado con exclusividad. Nada debe agitar vuestra alma, nada debe llevarla a la
desesperación. Pensad que yo... yo que quizás os ame como ella, que yo os
prohíbo desesperar y que es a mí a quien vais a apenar si no me prometéis que
vais a ser más prudente. ¡Oh! ¡Pobre filosofía! ¿es esa la manera en que
cautivas el corazón del hombre? ¿es así como llegas a ser la dueña de sus
pasiones?... Aquí está esa querida Aline... aquí está, cerca de mí, llorando
como una niña... "Pero mamá, dice con sus grandes ojos bañados de
lágrimas... me parece que un cuartito de hora..." ¡Pues bien ! ya lo veis,
no la riñáis, lo desea tan ardientemente como vos. Que esta certeza sirva para
calmaros... Pero esto no es posible, creedme que si yo misma no viera en ello los
mayores peligros hubiese sido quizás la primera en imaginarlo. ¿O creéis que no
sé lo que puede convenir al amor? Jamás he conocido, a Dios gracias, esa
especie de delirio, pero lo imagino. Estad, pues, tranquilo, sois amado, sí, he
querido que esta palabra fuese escrita por la misma persona que, al hacerlo,
sigue los dictados de su corazón. Sois amado, nos ocupamos de vos, trabajamos
para vos, pero no destruyáis el fruto de nuestros desvelos y no intentéis
perderlo todo a cambio de un instante de satisfacción que quizás sólo serviría
para sumirnos de nuevo en un abismo de tormentos y de males... ¡Oh, amigo mío!
perdonadme... me doy perfectamente cuenta de que os hago desgraciado, amadme lo
bastante como para decirme que no... Como para asegurarme que ya habéis
renunciado a esa extravagancia. Sí, decídmelo, prefiero que la victoria sea el
fruto de vuestra razón que el de mis argumentos. Junto al bien que hago,
siempre me quedaría la pena de imaginar que os atormento. Mi felicidad sería
completa. Estaría segura de que habéis sido razonable merced a vuestras solas
reflexiones y me vería libre del calvario de tener que destrozar vuestra alma
escribiéndoos las mías.
CARTA XXXIV
Déterville a
Valcour
Vertfeuille, 15 de
Noviembre
Hace ya bastante
tiempo que debes haber observado; querido Valcour, que cuando las cartas son
mías se trata siempre de nuevas catástrofes... ¡Pues bien! ya tenemos la cabeza
a pájaros... la filosofía salida de sus casillas, como decía el día pasado
cierta dama que tú conoces, a propósito de tu ridículo proyecto... ¡Ya no hay
tranquilidad, ni principios, ni sentido común! Qué pocas cosas son necesarias
para convertir a un hombre razonable en un loco y a menudo a una persona llena
de sentido común en la más extravagante de las criaturas. Ganas me dan de
exasperarte... Veamos... calculemos por una parte todos los sucesos que debes
considerar venturosos; en segundo lugar todos los que pueden contrariarte;
finalmente, todos los que te resultan indiferentes. Es seguro que lo que he de
contarte está en una de estas tres clases. Formulémoslos. Sería posible, en
primer lugar que el presidente hubiese vuelto, que Aline hubiese sido
raptada... es posible que el presidente hubiese entrado en razón y que lo
estuviésemos esperando para una boda... es extremadamente simple que unos
desconocidos hubiesen llegado casualmente a Vertfeuille y que nos hubiesen
relatado cosas muy extraordinarias. ¿No es cierto, querido mío, que todos estos
incidentes están en la categoría de las cosas posibles? ¡Pues bien! calma tus
temores sobre el primero; no te abandones por completo a la dulce esperanza del
segundo y escucha pacíficamente el tercero.
La tarde en que te
escribió Mme. de Blamont estábamos ella, Aline, Eugénie y yo razonando sobre tu
locura. M. de Beaulé jugaba al ajedrez con Mme. de Senneval. Serían
aproximadamente las ocho de la tarde, el cielo, muy oscuro, apenas si acababa
de recuperarse de un espantoso huracán, cuando súbitamente oímos a un hombre, a
caballo, que hacía estremecer el patio con sus latigazos... con sus gritos y
que pedía auxilio con todas sus fuerzas... Se abrieron las puertas, los criados
acudieron corriendo. Alumbraron, Mme. de Blamont se estremeció; Aline y ella se
imaginaron que iban a volver a ver al terrible objeto de sus temores. El mismo
conde, aunque esta ya muy jaque mate corrió conmigo detrás de los criados. Y
finalmente introdujimos en la primera antecámara a un desdichado doméstico
calado hasta los huesos, enfangado hasta la coronilla, que nos pregunta si está
en el camino de Orléans y si le queda mucho camino que hacer para llegar a esta
ciudad.
– Mucho, ¿de dónde
venís?
– De Lyon, nos
dirigimos a París en etapas cortas. Mi amo, que me sigue con su mujer quiso
pasar por el camino de Orléans, y ese maldito capricho es la causa de que ahora
estemos perdidos. Conozco el otro camino, pero este, en absoluto... La noche se
nos echó encima... un tiempo endemoniado. Cabalgando delante del coche,
extravié el postillón que me seguía, porque me había extraviado yo mismo, y
ahora no sé donde nos encontramos.
– Entre gente de
bien.
– Ya lo veo, pero
preferiríamos estar en la posada, porque mi amo, que viaja de incógnito,
¿comprendéis? no quiere molestar a nadie y a buen seguro que no aceptará jamás
el asilo que vais a tener la cortesía de ofrecerle.
– ¿Y dónde está
vuestro amo?
– A doscientos
pasos de aquí, en la esquina de la avenida. Si hubiese habido solamente una
choza se hubiera detenido, pero solamente hay árboles. Me ha enviado por
delante para ver si obtengo alguna información sobre la ruta que debemos
seguir.
– Id a buscarle, le
dijo el conde, y decidle que la Sra. presidenta de Blamont, en cuyas posesiones
se encuentra, se enojaría mucho si no le hiciese el honor de venir a cenar a su
casa.
– A fe mía, señor,
nos devolvéis a la vida. ¡Vivan las gentes honradas, pardiez! Si hubiese caído
en una cueva de ladrones no me hubiesen recibido con tanta amabilidad.
Y el fiel jinete
voló en pos de su amo mientras que el conde se apresuraba a comunicar a Mme. de
Blamont la libertad que acababa de tomarse, al ofrecer su casa a unos viajeros
perdidos. Esta mujer encantadora a quien se hace un servicio cuando se le proporciona
el placer de hacer una buena obra, llamó, como imaginarás, enseguida para dar
órdenes. Se encendieron antorchas y corrieron al encuentro del coche para
conducirlo a la casa con más seguridad. Un cuarto de hora después se abrieron
las puertas del salón, y vimos aparecer a un joven de alrededor de veinte años
y que nos presentó, como suya, a una mujer de diecisiete a dieciocho años.
Ambos, junto a unos rasgos de lo más dulce y regular, mostraron hacia nosotros
la mejor y más honrada actitud.
– Gracias debo dar
a la fortuna, señora, dijo el joven a la dueña de la casa, del accidente que
nos ha acaecido, ya que solamente a él debo el inesperado honor de presentaros
mis respetos. Sólo os pediría un guía, señora, si mis caballos no estuviesen rendidos
y si me atreviese a privar a vuestro corazón del placer que veo que experimenta
con la hospitalidad que nos brinda.
Mientras tanto, la
joven se expresaba con más encanto y desenvoltura aún. Iba vestida a la
inglesa, con un elegante sombrero de paja que le cubría los ojos. Su talle era
esbelto y bien formado, sus cabellos negros, bellísimos, estaban atados con una
cinta rosa, una extraordinaria vivacidad animaba sus ojos, la nariz era
ligeramente aquilina, los dientes hermosos, tenía detalles encantadores y una
finura asombrosa en los rasgos... Nos sentamos, charlamos unos instantes y
pasamos a la mesa...
– ¿Ibais a París,
señor? dijo Mme. de Blamont al joven.
– No, señora,
conduzco a mi mujer junto a su familia, en la provincia de Mans y me
incorporaré a mi unidad después de haberla dejado allí.
– ¿Sois acaso uno
de los nuestros? dijo el general Beaulé, ¿servís en la caballería?
– No, señor, soy
capitán en el regimiento de Navarra y voy a incorporarme a él en Calais,
después de haber dejado a mi mujer con su madre. Venimos de ver, en el
Delfinado, a un viejo tío mío que quería abrazarnos antes de morir y que, nos
ha dejado doce mil libras de renta.
– Ese si que es un
viaje provechoso, dijo Mme. de Senneval.
– Sí, señora, si
hay algo que pueda compensar la muerte de las personas amadas y que nos
aprecian tanto.
Durante los
postres, Léonore, así se llama esta encantadora aventurera, sufrió un ligero
desmayo; Sainville, su esposo, acudió prontamente a su lado.
– No os alarméis,
señora, dijo a Mme. de Blamont, son accidentes propios de una recién casada que
no deben sorprender en los primeros años del matrimonio. Os pedimos permiso
para retirarnos...
Subieron ambos a la
habitación que les había sido destinada. Como Léonore no había traído doncellas
consigo, Mme. de Blamont le envió las suyas. Ella les dio las gracias de todo
corazón y no hizo uso de sus servicios.
Recuperados todos
de la primera impresión de esta aventura nos resultó imposible dejar de ver
contradicciones en el relato de nuestros viajeros. En primer lugar el criado
nos había dicho que venían de Lyon y que se dirigían a París. El amo, bien
porque había olvidado la orden que había dado a su criado o porque quizás no le
había dado ninguna, nos aseguraba, por el contrario, que venia del Delfinado y
que sus pasos se dirigían hacia el Maine. Además el aspecto de la joven nos
pareció un poco sospechoso. Sin duda tiene maneras graciosas y corteses y
parece haber recibido una excelente educación, pero, examinándola un poco
mejor, se ve que hay más artificio que naturalidad en todos esos atributos
externos de pertenecer a la buena sociedad. Sus modales son estudiados, sus
gestos cuidados, su pronunciación bella, pero afectada. Sus movimientos son
acompasados y a través de todo esto, no obstante se transparentan el candor y
la modestia. El joven es de muy buena facha, castaño, levemente bronceado, de
porte ágil, con hermosos ojos y soberbios cabellos. Su tono es menos amanerado
que el de su acompañante, pero se ve que tiene mundo y que posee las cualidades
necesarias para triunfar. Cuando estábamos en estas reflexiones, el conde buscó
el nombre de Sainville en la nómina del regimiento de Navarra y no lo encontró.
Nuestras sospechas se redoblaron... Preguntamos que instrucciones habían dado a
sus criados. Les habían dicho que se informasen del momento en que Mme. de
Blamont estaría visible al día siguiente, que les avisasen una hora antes y que
saldrían inmediatamente después de haberse despedido de la dueña de la casa.
– Pardiez, dijo el
conde de Beaulé, estos son dos aventureros, apuesto a que sí. Nos tendrán que
pagar nuestra hospitalidad con el relato de su historia.
Durante unos
instantes, por delicadeza, Mme. de Blamont se opuso a este proyecto, temía que
eso los enojase.
– Cuantas más
contradicciones hay en lo que dicen, más claro está que su intención es
ocultarse. El criado esta en el ajo, nos ha dicho que su amo viajaba
clandestinamente. No le obliguemos a desvelar su secreto. Esta hospitalidad que
les hemos concedido solamente nos obliga a ser considerados con ellos... opino
que la quebrantaríamos si les forzamos a explicarse.
– Pero sólo se
trata de proponérselo, dijo Mme. de Senneval, si esto les aflige, les dejaremos
marchar sin hablar más de ello y si, por el contrario, consienten, ¿por qué
privarnos de esta distracción?
Eugénie propuso
interrogar a sus criados, pero Mme. de Blamont no quiso y definitivamente se
adoptó la decisión de que la dueña de la casa fuese a ver personalmente a la
joven al día siguiente por la mañana, que comenzase por invitarles a descansar
unos días en Vertfeuille y que, disimuladamente le dejase entrever el interés
que tendría en conocerla más detenidamente... Pero, tímida, como ya sabes que
es, no se atrevió a hacer sola esa visita y fui designado para acompañarla.
Como había ordenado decir expresamente que estaría levantada a las nueve, con
el fin de estar segura de encontrarlos levantados a las ocho y media, nos
dirigimos a sus habitaciones a esa hora. Habían terminado de arreglarse y se
disponían a bajar... Manifestaron su embarazo porque nos habíamos anticipado a
ellos. El intercambio de cortesías fue recíproco. Mme. de Blamont encauzó la
conversación con mucha habilidad. El marido y la mujer, muy inteligentes ambos,
adivinaron sus intenciones y, lejos de negarse a lo que de ellos se pedía, manifestaron
espontáneamente que se consideraban muy afortunados de poder agradecer, a
través de un acto de obediencia tan leve, todas las atenciones que habían
recibido.
– Como no
suponíamos que os pudiéramos interesar hasta tal punto, señora, dijo Sainville,
nos perdonareis que ayer, al llegar a su casa, disfrazásemos un poco la verdad.
Hay cosas que se pueden esconder sin ofender en nada a la persona ante quien se
mantienen ocultas. Sin negarnos hoy a las explicaciones que nos pedís quizás
nos veamos obligados, sin embargo, a introducir algunas restricciones. Pero
como no mermarán en nada la singularidad de nuestro relato nos las perdonareis,
señora, en la seguridad de que la mayor exactitud regirá en todos los demás
detalles...
Contenta de lo que
había obtenido, Mme. de Blamont no se atrevió a insistir más y quedamos de
acuerdo que se haría un desayuno copioso que, al permitirnos prescindir de la
comida, nos facilitase una jornada más larga y, con ella, el tiempo necesario
de prestar toda nuestra atención a las aventuras que íbamos a escuchar. Nos
sentamos temprano a la mesa y en cuanto volvimos al salón la concurrencia se
dispuso en semicírculo alrededor de ambos jóvenes y Sainville comenzó su relato
en los siguientes términos.
El correo va a
salir, ya no queda tiempo, me permitirás, querido Valcour, que esta prolongada
exposición sea el tema de mi próxima carta. Un abrazo.
CARTA XXXV
Déterville a
Valcour
Vertfeuille, 16 de
Noviembre
[Historia de
Sainville]
Después de haber
manifestado a esta querida esposa la embriaguez que me producía el haberla
encontrado, después de haber pasado veinticuatro horas ocupados exclusivamente
en nuestro amor y en la felicidad que nos producía el poder darnos mil pruebas
de él, le pedí que me relatase los sucesos que le habían acaecido, desde el
fatal instante que nos había separado.
Pero estas
aventuras, señoras, dijo Sainville al terminar las suyas, tendrán, creo, más
atractivo si las cuenta ella en mi lugar. ¿Permitís que así sea?
– Claro que sí,
dijo Mme. de Blamont, en nombre de toda la concurrencia, nos encantara
escucharla, y...
¡Santo cielo!
¿quién me impide proseguir? ¿qué espantoso ruido ha conmovido repentinamente
los cimientos de la casa? ¡Oh, Valcour! ¿seguirán los cielos conspirando contra
nosotros?... Derriban las puertas, las ventanas se erizan de bayonetas... las
mujeres se desmayan... ¡Adiós, adiós, desdichado amigo!... ¡Ah! ¿es que
solamente voy a tener que contarte desgracias?
CARTA XXXVI
Déterville a
Valcour
Vertfeuille, 17 de
Noviembre
¿No es odioso,
querido Valcour, que un desdichado joven exclusivamente culpable del
sentimiento que es origen de todas las virtudes... después de haber recorrido
la tierra, después de haber resistido todos los peligros que se pueden afrontar
solamente encuentre escollos, tormentos y desgracias a las puertas de su patria
y después en el centro mismo de esa patria, que sólo puede volver a ver
maldiciéndola?... Sí, me atrevo a decirlo, estas fatalidades dan lugar a muchas
reflexiones y prefiero callar a revelarlas. La amistad que inspira el
infortunado Sainville las impregnaría de una amargura excesiva.
Porque el objeto de
esa expedición eran Aline y él, Valcour... ¿Aline y él? te escucho decir. ¡Eh!
¿qué extravagancia los une? Escucha, todo se explicará.
Es inútil que te
describa el horror de nuestras damas cuando vieron que la casa se llenaba de
alguaciles, de espías, de guardias, de toda esa canalla repugnante cuyo
despotismo asusta a la humanidad a expensas de la justicia y de la razón, como
si el gobierno necesitase más seguridad que la que confiere la virtud y el
hombre más lazos que los que emanan del honor... No necesito decirte en qué se
convirtió esa agradable reunión, cuando vimos aparecer, en medio de la
confusión general a un hombrecillo feo, corto y gordo, completamente alelado,
temblando de los pies a la cabeza, con la espada en una mano y la pistola en la
otra, que dijo ser consejero del Rey y además, oficial superior del tribunal de
la Sûreté de París y afirmando que, en nombre de la seguridad del Estado, debía
prender a un oficial que hacia llamarse Sainville, nombre usurpado, como se
vería en la orden de que era portador; que, encontrándose el susodicho M. de
Sainville en el palacio de Vertfeuille, cerca de Orléans, le había sido ordenado
a él, Nicodéme Poussefort, oficial superior, prender al susodicho militar en el
susodicho castillo así como a una señorita, raptada por este oficial y que
hacía pasar por su mujer, todo ello en orden a ponerlos a ambos a buen recaudo
en un lugar que se indicaba en su orden .
Por este preámbulo
adivinarás lo que todo el mundo pudo pensar. Sólo voy a contarte lo que siguió
y la parte que el presidente tiene en todo esto.
Una vez que hubo
soltado estos cumplidos, el hombrecillo quedó sudoroso, palpitante y apestando
como un capuchino que baja del púlpito, nuestras damas habían vuelto en sí a
fuerza de cuidados y el desdichado Sainville y su mujer entremezclaban sus
lágrimas y sus gemidos, entonces el conde de Beaulé avanzó hacia el alguacil y
le ordenó con esos aires de nobleza y de superioridad con que antaño había
conducido a los franceses hacia el enemigo, le ordenó, decía, que envainase sus
armas y que hiciese salir a su gente del salón y le preguntó cómo se le había
ocurrido entrar de manera tan brusca en el palacio de una mujer honrada.
Ante esta pregunta,
ante el porte señorial de quien la formulaba, ante los títulos y las
condecoraciones que la respaldaban, Nicodéme Poussefort, oficial superior de la
Sûreté de París respondió, un tanto confuso que se había creído autorizado en
sus gestiones por su orden y por las diferentes consignas particulares que
había recibido de las personas interesadas en ello. Pero el conde, después de
haberle reprendido una segunda vez y de haberle dicho que las órdenes de los
padres no se anunciaban como si fuesen de Mandrin, sino que se ejecutaban a
través de los oficiales delegados en cada distrito a este efecto y que, como la
quimérica preponderancia o la ilusoria autoridad del tribunal de la Sûreté de
París no tenia jurisdicción más allá de las puertas de la ciudad, le preguntó
además si sabía de quién procedía la orden y quién la había solicitado...
Por toda respuesta
el alguacil le entregó sus papeles, y el conde, después de recibirlos, le dijo
sin mirarlos:
– Estad tranquilo;
señor, yo me encargo de todo...
Luego, dirigiéndose
a los señores de Sainville:
– Ahora sois mis
prisioneros, les dijo, dadme vuestra palabra de honor de no ausentaros de esta
casa sin mí...
– Os equivocáis,
señor, dijo precipitadamente el oficial de policía, esta dama a quien exigís la
palabra no es la persona a quien debo prender. La que corresponde a la
descripción que me han dado, prosiguió señalando a Aline, es esta señorita. Y
ella debe ser Mme. de Sainville...
– Sois vos quien
cometéis el error, respondió el conde, o la descripción que os han dado es
falsa. La joven que designáis es la hija de Mme. de Blamont.
Y señalando a
Léonore:
– Ella y sólo ella
es Mme. de Sainville...
– Sr. conde,
respondió el alguacil, lo que decís es muy poco probable, ya que esta
descripción en la cual me baso, es obra del presidente de Blamont. ¿Me hubiera
dado la de su hija? Confrontémoslo, señor, porque la traigo aquí.
Creo que era
difícil describir a Aline con más precision y, como no se parece en absoluto a
Léonore, era imposible equivocarse.
– ¡Ah! ahora me doy
cuenta de todo, dijo impetuosamente Mme. de Blamont.
Luego, dirigiéndose
al alguacil:
– Terminad, señor,
terminad de aclarar esto. ¿Tenéis alguna orden particular referente a esta
joven?
– La de dejarla en
el convento de las Benedictinas al pasar por Lyon, respondió el alguacil.
Decirle que espere ahí a su familia que pronto vendría a disponer de ella y
proseguir mi ruta con M. de Sainville hasta la isla de Sainte Marguerite en
donde se le encerrará por diez años.
– ¿Y quienes os han
dado las diferentes comisiones? preguntó a su vez Mme. de Blamont.
– En primer lugar
recibí, señora, respondió el alguacil, una orden general y vaga del magistrado
de acomodarme a todo to que me fuese ordenado por el padre de M. de Sainville
quien no ha querido correr con la responsabilidad de hacer prender a su hijo en
casa de Mme. de Blamont en donde sabía que estaba, sin ponerse previamente de
acuerdo con el señor presidente. Como consecuencia de esta delicadeza y como no
se llegó a ninguna conclusion ese mismo día, se me citó al día siguiente por la
mañana; entonces encontré reunidas a las dos personas con quienes había de
tratar. Y de ellas recibí los diferentes detalles que necesitaba para actuar.
Esto es, mi querido
Valcour, todo lo que hemos podido averiguar sobre este lance, y como aún no se
ha aclarado nada, imagino que antes de haber terminado la lectura de mi carta
vas a entregarte a mil cábalas. Formulemos, pues, algunas contigo antes de proseguir
con las cosas interesantes que aún he de relatarte.
En primer lugar
parece bastante claro que M. de Blamont se ha confiado al padre de Sainville;
que le ha pedido insistentemente, sin duda, dirigir contra su hija, mucho más
culpable que Léonore, la orden de detencion destinada a esa Léonore. Que, como
ésta no estaba actualmente reclamada por nadie, él se encargaría de responder
de ello. Que lo importante era separarla de Sainville, lo que se conseguía
igualmente, ya que Mme. de Blamont la retendría probablemente en su casa y que,
poco despues iría a buscarla él mismo para colocarla en algun convento en donde
se la podría encontrar siempre que fuese requerida. Que el padre de Sainville
apenas si tenía interés en esta Léonore y como sólo deseaba separarla de su
hijo, estuvo de acuerdo en todo con el presidente, siempre que éste permitiese
hacer prender al joven en el palacio de Vertfeuille. Y finalmente que, Aline
detenida de esta forma y conducida a Lyon, no tardaría en convertirse en la
mujer de Dolbourg, que hubiera acudido rapidamente a su lado junto con el presidente.
Éstas son mis conjeturas, amigo mío, iguales a las del resto de la
concurrencia. Volvamos ahora a los detalles que ya no pueden tolerar más
demoras.
– Podéis iros,
señor, dijo el conde al alguacil, en cuanto este hubo terminado con sus
explicaciones, id a decir a quienes os hayan enviado que el conde de Beaulé,
comandante de Orléans y teniente general de los ejércitos se hace cargo de
vuestros prisioneros, os libera de vuestras obligaciones respecto a ellos y os
da su palabra de llevarlos ante el ministro antes de tres días.
– Senor conde, dijo
el alguacil inclinándose hasta tocar el suelo, obedezco sin replicar, pero ya
conocéis nuestros cargos y corro el peligro de perder el mío si no tenéis la
bondad de hacerme un recibo.
El general pidió
recado de escribir y firmó sin dificultad lo que el alguacil deseaba. Despues
de lo cual, éste y su tropa desalojaron el palacio, no sin escamotear, afanar y
robar, todo lo que cayó en sus manos .
Apenas hubieron
salido, comenzamos a razonar intensamente sobre las maniobras sordas e infames
del presidente pero como todo lo que se dijo te lo acabo de consignar, paso
rápidamente a las consecuencias esenciales de esta aventura.
Restablecida la
calma y realizadas todas las reflexiones, el conde abrió la orden y, después de
haber recorrido rápidamente algunas líneas
– ¡Cómo!, señor,
dijo con sorpresa a Sainville, ¿sois el conde de Karmeil?, conozco mucho a
vuestro padre.
– ¡El conde de
Karmeil!, exclamó Mme. de Blamont visiblemente turbada, ¿Habéis leído bien? ¿No
os equivocáis?.. Cielos... Léonore, no, no resisto a estos renovados embates de
la fortuna... Desdichada niña... abre tus brazos... reconoce a tu madre.
Y, demasiado
conmovida por lo que acababa de suceder, emocionada por una escena tan
enternecedora, se desvaneció en los mismos brazos de Léonore.
– Santo Dios, dijo
ésta, la bondad de esta amable dama la engaña sin duda. ¿Qué ha querido
decir?... ¿yo su hija?... ¡Ojalá lo hubiera sido!
– Lo sois,
señorita, dije yo entonces, auxiliemos a Mme. de Blamont... No está equivocada,
ni mucho menos. Tenemos todo lo necesario para convenceros... Sainville,
ayudadnos a devolver a vuestra esposa la más adorable de las madres.
Te dejo imaginar la
confusion reinante. El conde, que no conocía los hechos, ignoraba incluso de
qué se trataba. Mme. de Senneval, más informada, aseguraba a Léonore que no nos
engañábamos. Finalmente, Mme. de Blamont auxiliada por Aline, que no sabía a quien
atender, recuperó el uso de sus sentidos y se lanzó de nuevo a los brazos de
Léonore. Todo se aclaró, exhibí, por una parte, la carta del caballero de
Meilcourt, y, por otra, las declaraciones recogidas en Pré-Saint-Gervais y,
como todas las piezas encajaron reforzandose mutuamente, resultó imposible a
Claire de Blamont, a quien en adelante seguiremos llamando Léonore, para la
mejor comprension de esta historia, le resultó imposible, decía, ignorar
durante más tiempo su nacimiento.
– Este es entonces
el motivo de que fuese odiada por Mme. de Kerneuil, dijo la joven, arrojándose
a los pies de su verdadera madre, por eso me detestaba... ¡Oh!, señora,
continuó, pero con más amaneramiento que verdadera emoción (éste es un rasgo de
su carácter que no hay que perder de vista) ¡oh! señora, permitidme que, de
rodillas, os pida para mi los sentimientos que mi desafortunado destino me
impidió conocer. Mi alma estaba hecha para recibirlos y la más bárbara de las
mujeres le negó siempre este goce. Sainville, corre a precipitarte, como yo a
los pies de esta dulce madre. Pídele perdón por nuestros desvaríos y no sueñes
ya con tenerme si no es con su consentimiento.
Entonces este
interesante joven, bastante más afectado que su mujer, bañó los pies de Mme. de
Blamont con sus lágrimas y prosternado ante ella:
– ¡Oh!, señora,
dijo, ¿os dignaréis perdonar mi crimen?... ¡mis crímenes!...
– Oh, Dios santo,
dijo enseguida esa madre delicada y sensible, no los habéis cometido, toda
vuestra culpa es haberla amado. Yo la hubiera amado como vos. Levantaos,
Sainville... Hela aquí, deseo que la recibáis de mi propia mano...
Renuncio a
describirte la situación de esa mujer adorable en medio de esa encantadora
pareja... Aline besaba ya a su madre, ya a su hermana... No, amigo mío, harían
falta los colores de la misma naturaleza para reproducir este cuadro, el arte
no lograría imitarlo.
Durante este
tiempo, explicamos, lo más sucintamente posible, toda esta historia al conde de
Beaulé.
– Son estas
aventuras muy singulares, dijo acercándose a Mme. de Blamont, mi querida y
antigua amiga, continuó, cogiendo sus manos, me interesan enormemente... Pero
sois excesivamente misteriosa... ¿Por qué no me lo dijisteis antes? Ahora este
Sainville se ha convertido en mi hijo. Y esa desdichada Aline con quien también
se han ensañado... ¡Qué horror! Vamos, vamos, que todo el mundo se calme, acojo
a los tres bajo mi protección y, si la menor desgracia les amenaza aún, antes
perdería mi cabeza que ver sufrir a cualquiera de ellos.
Y, al unísono,
todos los brazos se tendieron hacia ese militar sensible y honrado. Lo
rodeamos, le manifestamos nuestro agradecimiento, lo acariciamos. Mme. de
Blamont, dejándose llevar por su alegría, le saltó al cuello y le dijo:
– ¡Oh!, mi querido
conde, o no me habéis amado jamás o libraréis de la desgracia a estas tres
conmovedoras criaturas.
– Os doy mi
palabra, respondió el conde emocionado, y ¿cómo podría dejar de intentarlo
cuando veo a mi alrededor, el himeneo, el amor y la amistad que me suplican en
nombre de todos sus derechos? Karmeil es amigo mío desde hace treinta años,
hemos guerreado juntos en Alemania, en Córcega... Lo que le desespera son los
cien mil escudos... ¿Pero entonces os habéis hecho pasar por muertos los dos?,
continuó dirigiéndose a los Sres. de Sainville.
– Es cierto, señor,
respondió el joven enamorado de Léonore, esta es una de las circunstancias de
nuestra historia que consideré conveniente silenciar. Léonore había escrito a
sus padres que, como no podía resistir el horror de su situación, se había escapado
del convento para reunirse con el elegido de su corazón. Que, luego, retenida
por la decencia, no se había atrevido a llevar a cabo sus designios. Y que como
su conducta la situaba entre la pérdida de todo lo que amaba y el deshonor,
había adoptado la decisión de poner fin a sus días. Para que no se dudase de lo
que anunciaba, había colocado esta carta en el fondo de una caja oculta en uno
de sus vestidos que ordenamos fuese arrojado al río. Pensamos que encontrarían
el paquete, reconocerían la prenda, leerían la carta, que sospecharían, sin
duda, que el cuerpo había sido devorado y que no quedarían dudas en la
provincia sobre su muerte. Por lo que a mi respecta, escribí a mi padre que me
marchaba a Rusia cegado por la desesperación y que jamás oiría hablar del que
intentaba convertir en su víctima. Para certificar mejor mi pérdida total, a
fin de poner término a sus investigaciones, rogué a un amigo que tenía en este
país que al cabo de tres meses anunciase mi muerte al conde de Karmeil. Supe
que lo había hecho así y que mi padre se había consolado mucho antes de mi
desaparición que de la de los cien mil escudos que yo le había quitado.
– Entonces es esto,
dijo el conde, lo que legitima la carta del caballero de Meilcourt. Valor,
valor, amigo mío, añadió el general con ese talante abierto que le gana todos
los corazones, valor, ya nos ocuparemos de todo esto. Veis, os lo acababa de
decir, lo que preocupa a vuestro padre son los cien mil escudos, ¡pardiez! ¡si
hubiésemos podido recuperar solamente la mitad de los lingotes dejados a la
Inquisición... qué seguridad tendría de hacerle cambiar de opinión!... Pero no
renuncio a estos lingotes, en verdad que no. Hablaré al ministro... Hay que
escribir... es una infamia. El rey de España ha de repararla... ha de hacerlo.
Y volviéndose hacia
Aline:
– ¡Oh!, por lo que
a ti se refiere, hija mía, no te inquietes. No cabe duda de que, de los tres,
eres la menos afectada. El recurso del presidente es un subterfugio que no se
sostiene en cuanto se ha comprendido el error. No hay carta de detención contra
ti. La única que existe es contra Mme. de Sainville y, por tanto, no has de
temer nada. La descripción que dieron en el tribunal es un error que no resiste
un ligero examen. El único peligro es el que amenaza a Léonore... y yo respondo
de él.
En este instante
comenzaron a brotar de nuevo las efusiones de agradecimiento y, como había
llegado la hora de la cena, nos sentamos a la mesa, en donde la esperanza no
tardó en despertar en todas las almas los sentimientos que tantos
acontecimientos aciagos habían borrado, lo que hizo que la tranquilidad y la
alegría afloraran en todos los rostros.
A la mañana
siguiente decidimos que ocultaríamos cuidadosamente al presidente todo lo
relacionado con Léonore; que esta joven pasaría en público por la hija de la
condesa de Kerneuil; que había sido criada por ella, que llevaba su nombre y
que debía reclamar sus bienes; que después de haber arreglado en Versalles la
historia de la orden de arresto, cosa que el conde suponía que, como mucho,
sería cuestión de veinticuatro horas, se buscaría a un hombre de negocios
inteligente y seguro que saldría con los jóvenes hacia Rennes para ocuparse de
la recuperación de los bienes de Léonore.
– Podéis tener la
conciencia tranquila, dijo el conde a Mme. de Blamont, al ver que le
desagradaba este arreglo, imagino vuestra delicadeza, Pero la considero fuera
de lugar. Entre dos males inevitables el hombre prudente debe siempre preferir
el menor. O bien hay que declarar que Léonore es vuestra hija, lo que resulta
impracticable con un hombre como el presidente que, después de haber conspirado
desde la cuna contra la felicidad de esta desdichada, si la volviese a
encontrar sería solamente para atormentarla de alguna otra forma, o bien es
preciso que se haga reconocer por lo que siempre se creyó que era y, en, ese
caso, debe reclamar los bienes.
– ¿Pero si entre
los herederos de Mme. de Kerneuil, dijo Mme. de Blamont, hubiese algunos
desdichados a quienes esta maniobra llevase a la ruina?
– Sería una
desgracia, dijo el conde, pero una desgracia muy fácil de reparar mediante
sacrificios que Léonore haría seguramente y, en cualquier caso, mucho menor que
la de devolver a Léonore al presidente. ¿Pensáis, continuó, en la multitud de
explicaciones indecentes que habría que dar al público si adoptásemos esta
postura? El presidente no tiene ninguna necesidad de tener una hija más. Cree
que tiene una en Sophie, ha abusado de ella para cosas horrorosas. No
despertemos nada semejante en esa alma perversa. ¿Que Léonore, desgraciada ya
con una madre quimérica, no lo sea más aún con un padre real. ¿Y, además, qué
fortuna le daríais a esta joven? ¿Sabéis hasta qué punto me interesa? ¿Creéis
que voy a tolerar que disminuyeseis la dote de Aline, esa dote que supone la
fortuna de nuestro querido Valcour, el más honrado y el mejor de los
hombres?...
– ¡Oh!, señor,
exclamó Aline, no permitáis que os detenga esta consideración. Valcour no desea
mis bienes y yo misma no los quiero si no es para compartirlos con mi hermana.
– No, respondió el
conde, Léonore no aceptaría esta generosa oferta de su hermana mayor más que en
el caso en que no tuviese otra fortuna. Pero tiene medios para vivir sin
necesidad de acudir a vos. Es preciso que reclame la herencia de Mme. de
Kerneuil y que disfrute de ella. Confiad en lo que os he dicho y dejemos las
cosas como están, vale más así.
– Pero esos
herederos a quienes despojamos me inquietan, dijo una vez más la buena
presidenta.
– ¡Pues bien!
pardiez, dijo el conde, ¡pues bien!, les subrogaremos en nuestros derechos
sobre los lingotes de Madrid.
Esta salida provocó
las risas generales y todo el mundo coincidió finalmente en esta opinión por lo
que convinimos los tres puntos siguientes:
1.- Que, en primer
lugar, había que ocuparse del levantamiento de la orden, sin albergar
absolutamente ninguna inquietud por Aline, a quien esta orden sólo concierne
gracias a una superchería demasiado grosera como para no poder ser destruida
por el menor impulso de reflexión. Que, por el honor del presidente, sería
incluso prudente silenciar esta artimaña condenable, con la seguridad de que
sería el primero en esconderla con el mayor cuidado a partir del momento en que
conociese el poco éxito obtenido.
2.- Que era preciso
hacer aprobar al conde de Karmeil la boda de Sainville y Léonore y revestirla
enseguida de las formalidades religiosas y civiles, a falta de las cuales, ésta
carecía de validez.
3.- Que era
necesario probar que Elisabeth de Kerneuil, dada por muerta, sólo había sido
raptada por su futuro esposo y que había que proclamarla heredera legítima de
los bienes del conde y de la condesa de Kerneuil.
Adoptadas estas
resoluciones y después de haber hecho algunas reflexiones unánimes sobre la
singularidad de la suerte de Léonore, proscrita desde su nacimiento por su
padre y que, por así decirlo, ha renacido de nuevo solamente para volver a caer
en otra trampa de ese malvado y una vez que, por una y otra parte, se
intercambiaron graciosamente manifestaciones de afecto, de ternura y de
gratitud sólo nos ocupamos del placer de escuchar las aventuras de la bella
Léonore, que, si lo permites, dada la cantidad de cosas que me hacen escribir a
propósito de todo esto, te llegarán en mi próxima carta.
CARTA XXXVII
El presidente
Blamont a Dolbourg
París, 18 de
Noviembre
Y bien, Dolbourg, a
pesar de tus falsas teorías, a pesar de tus absurdos razonamientos, estarás de
acuerdo en que el cielo favorece a menudo a eso que llamas el crimen y que
abandona frecuentemente a eso que denominas la virtud. ¿Dónde diablos habías
aprendido lo contrario? En lo que se refiere al honor tienes aún ciertos
prejuicios de clase que hacen que me avergüence de ti todos los dias. No
importa que repita que eres mi alumno, en cuanto te oyen hablar dejan de
creerme. Últimamente te procuro buenas compañías, académicos, adeptos del
Liceo, te presento en medio de los Sócrates y de las Aspasias del siglo... ¡Y
he de contemplar como subes a la cátedra para demostrarnos la existencia de
Dios!... La gente se echo a reír, me miraron... Como eres más viejo que Herodes
no puedo excusarte por tu edad, no me quedó más remedio que renegar de ti...
Fórmate, te lo ruego... Guerra abierta a todas las estúpidas quimeras que aún
te ofuscan y no me expongas más a afrentas semejantes.
Comoquiera que sea,
dime si has visto en tu vida algo más gracioso que la llegada de esa hermosa
aventurera a casa de mi mujer, que la santa y conmovedora hospitalidad que le
concede mi buena y querida esposa, que la manera súbita en que me informaron de
todo ello, que ese padre, ese buen gentilhombre bretón que solicita mi
consentimiento para detener a su hijo en casa de mi mujer en donde ha
averiguado que está gracias a los rumores y finalmente que esta ocasión
singular de hacer capturar con completa naturalidad a nuestra encantadora
Aline, en lugar de la dulcinea del hijo de nuestro airado gentilhombre. ¿Eh,
qué dices a todo esto?... ¿Te atreves a decir ahora que no es una mano divina
la que viene a poner simultáneamente en nuestros lazos a estas dos conmovedoras
criaturas?
Como en este
momento estamos en plena batalla y no dudo en absoluto de que la ganemos, es
oportuno que te indique el camino y que te esboce un plan de nuestros
proyectos.
De acuerdo con mis
cálculos Aline estará el 21 o el 22 en las Benedictinas de Lyon. Como yo he
escrito a la abadesa, que es una de mis amigas, para que la vigilen muy de
cerca hasta nuestra llegada, la dejaremos una semana o dos para ocuparnos de la
otra. El viejo conde bretón no me parece que se preocupe nada en absoluto de
esa señorita de Kerneuil que su hijo decidió raptar. Siempre que yo le libre de
ella estará contento y siempre que no tenga que pagar una pensión, será feliz.
Esta hermosa muchacha es lo que se llama una verdadera criatura abandonada, ni
padre ni madre... Dada por muerta en su patria... una mala conducta... sin
apoyo... ya me entiendes... ¿No se trata de una hermosa anguila que ha caído en
nuestras redes de acuerdo con todas las reglas?... ¿No sería una injusticia no
aprovecharnos de ella cuando el cielo la pone de tal forma en nuestro
camino?... y además bella como un ángel y de dieciocho años... No saborearemos
sus primicias, es cierto, pero hay tantas formas de desquitarse. Hay una clase
de libertinos para los cuales todas estas miserias deben ser indiferentes. ¿No
es seguro que se disfrutarán siempre placeres nuevos y picantes si los únicos
que proponemos son de esta clase?
A fin de evitar dar
muestras de una prisa excesiva no iremos a Vertfeuille hasta dentro de cuatro o
cinco días y allí, con toda la decencia imaginable, con todas las cortesías
requeridas, raptaremos a la querida Léonore de Kerneuil, que mi mujer, asombrada
por la equivocación, habrá albergado por conveniencia e inmediatamente la
conduciremos a la casita de Montmartre en donde la víctima quedará depositada
hasta que sus sacrificadores tengan a bien ofrecerla a Venus.
Habrá aún una
escena en Vertfeuille, espero que lo comprenderás, la Senneval chillará, el
virtuoso Déterville fruncirá la ceja izquierda montando el labio inferior sobre
el otro y la presidenta llorará... me pedirá una vez más que le devuelva su
hija, me tratará de tirano y de... todos los bonitos epítetos que las damas
prodigan cuando nuestras fantasías y nuestros gustos no se adaptan a la
estúpida monotonía de los suyos...
¿Y qué papel
desempeñas tú en todo esto? ¿Fingir? ¿Para qué?... ¿Acaso el cazador sigue
tendiendo trampas cuando la pieza, entre los dientes del perro, sólo espera que
su mano la coja? Era preciso que la boda se celebrase, diría yo decididamente,
vos poníais continuamente nuevos obstáculos, he debido superarlos... Vuestra
hija no está muerta, volveréis a verla... Pero sólo bajo el nombre de Mme.
Dolbourg... Que grite, que llore, que haga lo que quiera, poco me importa.
Resistiremos, eso es lo principal.
Despachadas estas
diligencias, con la señorita de Kerneuil a buen recaudo, nuestra ya, si
quieres, volamos a Lyon, se celebra la boda y se consuma el acto en mi
impenetrable castillo de Blamont a donde llegaremos en una sola etapa desde los
bordes frescos y floridos del Ródano. ¡Y bien! ¿Te gusta el proyecto? Lyon Lo
encuentras bien razonado? Gracias a estas nuevas disposiciones, la señorita
Augustine de cuyas facultades comenzaba a estar muy contento, nos resulta
bastante inútil, como ves. No importa, es un asunto a tratar, hay muchas
ocasiones en la vida en que se necesita una muchacha segura como esta. Una
malvada redomada no es nunca un trasto inútil para dos libertinos como
nosotros. No te imaginas, amigo mío, hasta qué punto me obsesiona esa bella bretona.
No lo sé, pero siento por ella algo mucho más vivo que por cualquier otra
mujer. Y, sin conocerla, sin haberla visto, una voz secreta parece decir a mi
corazón que ninguna voluptuosidad sensual lo habrá deleitado tanto jamás. Las
inspiraciones de la naturaleza son una cosa sumamente graciosa. Un filósofo que
se dedicase a estudiarlas encontraría algunas bien extraordinarias: ¿no es ya
sumamente singular que nos excite interiormente, de una manera inexpresable,
ante el simple deseo del mal que proyectamos? ¡En dónde quedan, pues, las leyes
del hombre si la naturaleza nos deleita con el mero proyecto de infringirlas!
Bien, pues, siempre
un poco de moral; sería motivo de orgullo ante otra persona, pero contigo es un
esfuerzo inútil. Disfrutas la mitad que yo haciendo el mal, porque no lo
razonas y porque sólo es verdaderamente delicioso cuando se le trama y se le
saborea. Solamente entonces nos deja recuerdos voluptuosos que nos permiten
gozar de él mil años después de haberlo cometido.
No pienses que
todos estos proyectos me van a hacer olvidar a Sophie, los nuevos deseos no
anulan jamás en mí a los antiguos. Floto indiferente en los más apetecibles,
como la abeja entre las flores, mancho y profano lo que tengo más a mi alcance,
dejo el resto para las horas de ocio y siempre me las arreglo para que sean
pocas. Buscaremos, acecharemos y descubriremos, puedes estar seguro, a esta
encantadora fugitiva.
Cuando la
encontremos te imaginarás que, como ejemplo, sea tratada con todo rigor. Yo soy
muy aficionado al ejemplo, lo confieso. Más de veinte veces en mi vida he dado
mi opinión para hacer morir a un desdichado con el único designio de dar un
ejemplo. ¡Cuántas rehabilitaciones desde que se atormenta y se ahorca todos los
días! Solamente nosotros somos inmunes a ese maldito ejemplo. ¿Sabes por
qué?... porque a nosotros no nos ahorcan, porque ni siquiera se atreven a
acusarnos. De ahí nace una impunidad que es sumamente deliciosa para almas como
las nuestras .
Además me parece
esencial castigar severamente a la compasiva Mme. de Blamont que ha concedido
así la hospitalidad a todas las jóvenes en apuros que han aparecido por la
provincia. La gente terminará hablando de ello y todo buen esposo, además de su
reputación, ha de ocuparse además de la de su mujer.
Bueno, esto es todo
por hoy, adiós, son las dos de la madrugada y me caigo de sueño.
CARTA XXXVIII
Deterville a
Valcour
[Historia de
Léonore]
Ya conocéis el
resto, señora, dijo Léonore, el cielo, al compensarme tantas desgracias a
través de una plétora de prosperidades inesperadas, ha querido unir al milagro
de encontrar a mi esposo el de devolverme una madre... ¡Oh! ¡señora! añadió
arrojándose a los brazos de la presidenta, esto hace olvidar todos los males...
Aquí la bella
esposa de Sainville dejó de hablar y, como era tarde, después de intercambiar
recíprocas manifestaciones de ternura y de afecto, todo el mundo se retiró,
excepto la presidenta y el conde de Beaulé que pasaron una parte de la noche
decidiendo todo to que había que hacer para completar la felicidad de estos
esposos.
Estas decisiones,
que tuvieron a bien comunicarme te las contaré en mi próxima carta. Me parece
que la longitud de las últimas exigiría una disculpa si no fuese porque lo que
contienen compensa un poco, en mi opinión, el tiempo que se pierde en leerlas.
Un abrazo.
CARTA XXXIX
Déterville a
Valcour
Vertfeuille, 24 de
Octubre
Ya estamos solos,
mi querido Valcour. Ya no hay ilusiones, nuestros dos ilustres viajeros se han
ido, ahora podemos juzgarlos con toda tranquilidad. Pero como estas reflexiones
estorbarían quizás un poco el placer que para ti supone el saber lo que se decidió
sobre ellos, voy a comenzar por explicártelo. Se fueron ayer con el conde de
Beaulé, en cuya casa de París se hospedarán, hasta el momento de su salida para
Bretaña. Su primera preocupación será anular la orden de arresto obtenida por
el padre de M. de Karmeil. De esto se encargará el conde. Luego los jóvenes
seran presentados en la corte que se interesará por ellos gracias a su manera
de ser y a la singularidad de su aventura. El conde supone que deban alcanzar
una especie de renombre y que excitaran el interés y la curiosidad. Además
todas las disposiciones que te expliqué en mi carta del diecisiete se
mantendrán irrevocablemente. No se informará al presidente acerca del
nacimiento de Léonore. Se continuará ignorando lo que había exigido sobre la detención
de una de las hermanas en lugar de la otra, atrocidad que más vale callar que
revelar. Seguidamente los jóvenes, escoltados por un consejero excelente,
saldrán para Rennes, en donde se ejecutarán al pie de la letra todos los planes
que te comuniqué. Las cosas no quedarán ahí. M. de Beaulé, que se interesa
infinitamente por ellos, va a convencer al ministro para que escriba a España a
fin de obtener al menos todo lo que se pueda de los lingotes confiscados por la
Inquisición. Y si esto se consigue, lo mismo que la restitución de los bienes
de Mlle. de Kerneuil ya ves la inmensa fortuna de que podrán disfrutar antes de
un año. ¿Son dignos de ella?... Él, lo creo, ella, no te lo ocultaré, no me ha
seducido tanto como su esposo. Mme. de Blamont a quien, en un principio, gustó
bastante, porque el alma de esta mujer encantadora esta hecha para amar sin
reflexión a todos los que le pertenezcan y a todos los desgraciados, Mme. de
Blamont, decía, había forjado algunas ilusiones sobre esta nueva hija. Pero, sin
perder nada del afán que tiene de serle útil, ahora comienza a verla
infinitamente mejor.
Falta mucho, en mi
opinión, para que las contrariedades padecidas por Léonore, hayan servido para
formar su espíritu o su corazón: en primer lugar es cierto que ha perdido todo
el sentimiento religioso que le ha sido imbuido desde la infancia. Dice que lo
había anulado antes de sus aventuras, pero creo que las gentes que ha
frecuentado en sus viajes le han perjudicado más que todas las lecturas que
hubiese podido hacer antes. En este punto es de una firmeza sorprendente para
su edad y como su marido le deja la mayor libertad de conciencia además ella
alega en defensa de sus principios razones que, desafortunadamente son muy
poderosas y como se refugia en la imposibilidad en que se encuentra de remediar
lo que ha hecho, ha resultado muy difícil atacarla en este tema, a pesar de las
consideraciones que debe a todos los que estamos aquí. A pesar del enorme
interés que tendría, cuando menos, en fingir, se ha negado obstinadamente a
realizar prácticas piadosas generales. Anteayer, por ejemplo, era un día de fiesta.
Se la avisó para que fuese a misa, ella contestó al lacayo con sequedad que no
iba jamás y que la Sra. presidenta sabía perfectamente las razones.
Cuando volvimos se
excusó gentilmente, pero no obstante de forma que dejaba de manifiesto que sus
principios eran invariables. Y desgraciadamente creo que van más allá de la
inobservancia del culto de su país. Le han calado hasta la médula. Yo supongo
que es atea en su fuero interno, varios de sus razonamientos me inclinan a
ello: sus refutaciones de los sentimientos de Clementine, sus confesiones a la
Inquisición, todo esto son solamente cosas de circunstancias que no me engañan
en absoluto . No cree en nada, amigo mío, estoy seguro de ello. No obstante
ella solamente se explica entre risas sobre este último punto. Dice que los
servidores de Dios le han dado tan malos ejemplos, que han hecho nacer en ella
grandes dudas sobre la realidad de su señor. Si se intenta probarle que este
razonamiento es débil y que los defectos de la obra no demuestran nada en
contra de la existencia de su hacedor, se lo toma a broma y dice que cree tanto
como se quiera en esa existencia y que se convencerá aún más cuando sea rica y
no tenga más desgracias que temer. Pero todo esto no impide que se la adivine y
que se la juzgue.
Examinemos sus
virtudes. No veo ni siquiera haya adoptado todas las que, mediante el ejemplo,
le mostraron los bandidos que ha frecuentado y su alma o bien es, por
naturaleza, poco sensible, o bien, demasiado trastornada por el infortunio
(hasta tal punto es cierta, se diga lo que se diga, la afirmación de que la
escuela de la desgracia es la mas peligrosa de todas para el alma) su alma,
decía, se cierra a todo lo que la conmueve y no admite ninguna de las delicias
de la beneficencia. Su compasión, su agradecimiento, su generosidad, sus
facultades afectivas, excepto las que tienen a su marido por objeto, todos los
sentimientos que nacen del alma, en una palabra, son en ella más amanerados que
sinceros. Si despojamos a su persona de ese barniz mundano que disimula tan
bien los defectos de una mujer de ingenio, es posible que encontrásemos en ella
mucha crueldad. La insensibilidad no es natural en un alma como ésa . Léonore
no puede ser indiferente, es preciso que tenga grandes virtudes o grandes
vicios y, como sus virtudes son en ella obra de la naturaleza y sus vicios de
sus principios, y como no adopta jamás ninguno sin razonarlo, si antes de los
dieciocho años tiene ya un estoicismo suficientemente meditado como para
extinguir en ella la compasión, es posible que llegue más lejos a los cuarenta.
La prudencia, que solamente está sostenida por el orgullo, cede ante pasiones
más fuertes que este sentimiento y, cuando los principios no suponen un freno,
cuando tienden a romperlos, cuando los defectos del espíritu no encuentran
ningún dique en las cualidades del corazón y cuando, por el contrario, la
sólida apatía de éste deja escapar osadamente al otro sobre todo lo que le
irrita o le deleita, una mujer puede llegar a desórdenes aún más peligrosos que
los de las Teodoras o las Mesalinas, porque estos solamente infringen las
costumbres mientras que aquellos conducen insensiblemente a los crímenes .
El otro día vio a
Mme. de Blamont ayudar, según su costumbre, a los pobres que venían a implorar
su socorro y se burló de este acto con una dureza que no agradó a nadie. Llegó
incluso hasta negarse a imitar a su madre. Mme. de Blamont le preguntó el motivo
con un poco de humor.
– Vos misma habéis
sido desdichada, le dijo esa mujer dulce y compasiva, ¿cómo es posible que
semejantes pruebas no os hayan enseñado a socorrer al infortunado?
Ella respondió que
obraba por principios, como en todas las demás ocasiones de su vida. Que no
había nada más peligroso que las limosnas. Que solamente servían para mantener
la miseria y la holgazanería, para multiplicar en el Estado esa plaga espantosa
conocida bajo el nombre de mendicidad que lo mancha y lo deshonra. Que si todos
los corazones estuviesen cerrados como el suyo a esta inútil compasión, estos
desdichados, seguros de vivir a costa de los inocentes, no abandonarían su
oficio, su patria y sus padres, a quienes hacen desgraciados al privarles de su
socorro... que un hombre, dotado de todo lo necesario, para ser un excelente
obrero se convertía en un vago gracias a la costumbre de ser socorrido sin
hacer nada. Que le resultaba mucho más fácil aprovecharse de sus males que
ponerse en condiciones de no padecerlos, de donde resultaba que lo que se creía
una buena obra, se convertía entonces en una muy mala.
– Precisamente
porque he sido desdichada, continuó, he podido ver que cabía mejorar la propia
suerte sin tener necesidad de los demás, y si las ayudas que a veces he
encontrado, como las de Gaspar o Bersac, me hubiesen sido negadas, hubiera
desarrollado más destreza y más actividad para contrariar los golpes de la
fortuna y tornarlos en mi favor. ¿Sabéis vos, prosiguió dirigiéndose a su
madre, en qué se convertirá el hombre a quien habéis dado esa limosna? Si algún
día le falta vuestra caridad se convertirá en ladrón. Acostumbrado al ocio,
habituado a ver como le llegaba el dinero sin más molestia que la de pedirlo
honradamente, lo exigirá pistola en mano cuando no cedáis a sus súplicas.
– Todo esto son
sofismas del espíritu, respondió Mme. de Blamont, pueden ser ciertos, pero no
me gusta verlos en vuestro corazón. Aunque el hombre que me pide sea pobre o
no, aunque la limosna que yo le haya dado esté bien o mal empleada, me ha
emocionado vivamente con su súplica, me ha hecho experimentar un goce sensible
al socorrerlo y este es motivo suficiente para que yo ceda. Si ese desgraciado
es un vago, es aparentemente porque le cuesta trabajar, de esta forma yo le
proporciono una alegría mayor aún. Ahora bien, el placer que yo siento al dar
depende del que proporcione, luego esto no me hace ser menos feliz. ¿Qué digo?
Me hace mucho más feliz ya que he proporcionado al vago que he socorrido una
alegría mayor de la que proporcionaría al laborioso. Pero supongamos por un
instante que, como decís, sea un mal el sostener la holgazanería, ¿no es un mal
mucho mayor no ayudar al infortunado? Pues yo prefiero incurrir en un mal
pequeño para prevenir uno enorme que cometer un daño enorme por haber temido uno
pequeño.
– No existe ese
daño enorme en no confortar al infortunado, respondió Léonore, solamente existe
el inconveniente de dejarle todas sus energías junto a los peligros muy reales
que acabo de explicaros. El daño enorme que produce es el de llevar todos los días
al cadalso a unos cuantos desgraciados. Es, pues, enorme ese mal, no podría ser
mayor. Pero sea como fuere lo cometéis, según decís, porque os proporciona
placer.
En primer lugar se
puede negar ese placer o, al menos, no sentirlo como vos. Pero admitiéndolo,
¿qué bien habéis realizado en esta acción ya que solamente habéis trabajado
para vos? ¿Acaso el egoísmo es una virtud? ¿Y no se convierte en un vicio muy
peligroso cuando puede ser causa de la muerte casi inevitable del infortunado
que acaba de serviros proporcionándoos ese placer? Prosigamos, voy a suponer
que hoy tenéis cien luises que tirar por la ventana. Por una parte, podéis
comprar una joya, por la otra, llega un desdichado. Después de haber
reflexionado un instante renunciáis a poseer la joya y socorréis con este
dinero al hombre que viene a imploraros, ¿creéis que habéis realizado una buena
acción? Lo que habéis hecho es ceder, sin duda, a la emoción más imperiosa. Os
sentíais más satisfecha con el placer de sacar a ese hombre de la miseria, de
merecer su gratitud que por el de procuraros la joya, habéis escogido lo que os
producía mayor contento y solamente habéis trabajado en vuestro provecho, luego
la limosna que acabáis de hacer no es ninguna gran acción... una voluptuosidad
satisfecha que ni siquiera tiene la apariencia de una virtud. Pero, ¿en qué
quedará esta decisión cuando, después de haberos probado que nada tiene de
bueno, se os haga ver todo lo que puede tener de funesto? Al pagar la joya
mantenéis a la industria, estimuláis las artes. Al preferir la limosna
solamente habéis hecho un holgazán, un ingrato o un libertino que, si, como
acabo de deciros, no encuentra mañana una bolsa abierta como la vuestra, irá a
hacérselas abrir a golpes de puñal. Vuestra negativa, vuestra resistencia,
todas las emociones verdaderamente virtuosas que preferís calificar de dureza,
devolverían a ese desdichado la energía que la limosna le arrebata. Si todo el
mundo le rechazase como vos iría a buscar trabajo y vuestra pretendida dureza
recuperaría un hombre para el Estado, mientras que vuestra beneficencia mal
entendida lo envía tarde o temprano al cadalso. Pero vamos a dejar de comparar
esa joya con la supuesta limosna, vayamos más lejos, supongamos que se trata
del placer soso e imbécil de hacer con este dinero cabrillas sobre el agua.
¡Pues bien! afirmo que dedicándoos a esta puerilidad habréis cometido sin duda
un mal menor que sosteniendo la holgazanería, ya que, tanto en una como en otra
suposición, el dinero está perdido para vos, pero en el primer caso, sin ningún
inconveniente, mientras que en el segundo los inconvenientes son legión, sea
cual sea vuestra destreza para disfrazar esta segunda acción con los nombres
pomposos de beneficencia y de humanidad. Como si el espíritu de esas virtudes
no consistiese mucho más en ser duro en un momento dado para salvar a los
hombres que en ser compasivo para destruirlos.
– Todo lo que
queráis, dijo Mme. de Blamont, pero estáis discutiéndome la clase de placer que
se experimenta al confortar al desdichado y no me gusta que lo hagáis.
– ¿Y por qué,
señora? respondió vivamente Léonore, ¿acaso todas nuestras almas están hechas
de la misma manera? ¿deben todas sentir las mismas cosas? La compasión sólo
actúa sobre ellas en función de su blandura. Cuanto más vigor tenga el
individuo, menos susceptible es de esta clase de conmoción, de donde
resultaría, como habréis de concederme, que el alma menos abierta a la
compasión sería indiscutiblemente la mejor organizada. Pero analicemos esos
sentimientos que en nuestros días se adornan con nombres tan soberbios y que,
no obstante, se sienten menos que nunca. La prueba de que esta emoción
pusilánime sólo actúa sobre nosotros de una forma física, que el choque moral
que imprime está absolutamente subordinado al de los sentidos, es que
compadeceremos mucho más el mal que se realiza ante nuestros ojos que el que
sucede a cien leguas de distancia. Y que si, por ejemplo, veis a este
caballero, dijo señalándome, cortarse el dedo con una navaja y si vieseis
correr su sangre, este accidente os conmovería mucho más, solamente porque lo
habríais presenciado, que lo que os conmovería la noticia de que este señor
acaba de romperse una pierna a doscientas leguas de aquí. Esta última desgracia
al actuar de una manera distante sobre vuestra alma, la conmovería sensiblemente
menos que el del dedo cortado ante vuestros ojos, aunque el primero de estos
males, el que hubierais compadecido más, no sea nada y que el segundo, que os
hubiera conmovido menos, sin duda sea más importante. Esta es, pues, la
compasión, una debilidad y en forma alguna una virtud, ya que solamente actúa
sobre nosotros en razón de la impresión recibida, de las vibraciones que
alcanzan las fibras de nuestra alma gracias a la mayor o menor distancia de la
desgracia acaecida. ¿Y por qué no queréis que me defienda de una debilidad que
nunca es buena para los demás y que solamente nos aporta pesar?
– Esta
insensibilidad es espantosa, dijo Mme. de Blamont.
– Sí, en un alma
común, respondió Léonore, pero no en las que tienen un cierto temple. Hay almas
que solamente parecen duras a fuerza de ser susceptibles a la emoción, y estas
llegan en ocasiones bien lejos. Lo que en ellas se califica de despreocupación
o crueldad es solamente una forma de sentir más intensamente que los demás que
sólo ellas conocen. Hay sensaciones que no están al alcance de todo el mundo.
Ahora bien, los refinamientos sólo proceden de la delicadeza. Por tanto, es
posible tener mucha a pesar de ser sensible a cosas que parecen excluirla .
¿Qué digo? Este tipo de cosas puede llegar a ser lo que más irrite en almas que
han llegado a este último exceso de finura. De forma que habría aún un desorden
pronunciado, una sorprendente contrariedad entre las sensaciones del alma
simplemente organizada y las que quiero describir. De este desorden resultaría
quizás que lo que a una afectaría intensamente en un sentido, afectaría a la
otra en sentido opuesto. Esta acusada diferencia en la organización es la
excusa de los sistemas al igual que lo es de las costumbres, la causa de los
vicios y el motivo de las virtudes. Una vez admitido esto, es tan fácil que yo
sea completamente insensible a lo que os conmueve, como que resulte
extraordinariamente excitada por lo que os hiere.
No por ello dejamos
de ser sensibles una y otra, las cosas violentas trastornan por igual nuestras
almas. Pero lo que llega a la mía no es, de la misma clase que lo que conviene
a la vuestra. ¿Además, cuántas veces no recibimos nuestras impresiones solamente
gracias al hábito creado por los prejuicios? ¿Cómo entonces las sensaciones de
un alma acostumbrada a vencer los prejuicios y a liberarse de las cadenas del
hábito, serán semejantes a las de un alma entregada al imperio de estas causas?
En ese caso bastaría con tener filosofía como para recibir impresiones muy
singulares y, por consiguiente para extender asombrosamente la esfera del
propio placer.
Es increíble lo que
quizás se encuentre después de haber roto definitivamente esos frenos vulgares.
Mientras sometamos la naturaleza a nuestras pequeñas miras, mientras la
encadenamos a nuestros viles prejuicios, confundiéndolos siempre con su voz,
jamás aprenderemos a conocerla. ¿Quién sabe si no es preciso superarla en mucho
para oír lo que quiere decirnos? ¿Comprenderíais los sonidos del ser que os
habla si vuestras manos oprimen su garganta? Estudiemos la naturaleza,
sigámosla hasta sus límites más remotos, esforcémonos para hacerlos retroceder,
pero no se los pongamos nunca. Que nada la oculte a nuestras miradas, que nada
estorbe sus impresiones. Sean como fueren debemos respetarlas a todas. No somos
nosotros quienes hemos de analizarlas. Solamente estamos hechos para seguirlas.
En ocasiones hemos de saber tratarla como una presumida a esta naturaleza
ininteligible, hemos de atrevernos finalmente a ultrajarla para conocer mejor
el arte de gozar de ella.
– Desdichada, dijo
Mme. de Blamont, arrojándose a los brazos de Léonore, deja de adoptar los
errores de quienes te han hecho desgraciada. Quienes te han precipitado al
abismo al negarte el esposo que amabas, estaban imbuidos de estos sistemas.
Estas máximas eran las de los malvados que quisieron venderte, al precio de tu
honor, los magros auxilios que deseabas en Lisboa. Impregnaban el corazón de
quienes te arrojaron a los calabozos de Madrid. Si detestas a estos monstruos,
si tienes motivos para odiarlos, ¿por qué quieres parecerte a ellos?
¡Oh, Léonore!
prefiere la moral de quienes te aman, abjura de los principios cuyo fruto,
estéril y amargo, solamente nos proporciona horribles placeres... quizás
sostenidos momentáneamente por el delirio... carcomidos pronto por los
remordimientos... ¿Qué asilo encontrarías en la tierra si todas las almas
fuesen como la que describes? Tu triste ceguera sobre nuestros dogmas
religiosos es solamente una consecuencia de esa perversidad que se establece
insensiblemente en tu corazón. Que el sentimiento opere en ti lo que la
persuasión no es capaz de hacer. Mira a tu desdichada madre que, entre
lágrimas, te suplica que ames el bien porque tu felicidad depende de ello. Mira
como te implora que le permitas disfrutar de la esperanza de ver cómo se
prolonga esta dicha incluso más allá del final de la vida. ¿Le arrebatarías
este consuelo? Agobiada por sus males, en vísperas quizás de descargar esta
cruz en el fondo de su féretro, ¿quieres que piense que si le ha caído en
suerte la sensibilidad ha sido solamente para la desesperación de su triste
existencia? ¿que una vez entregada el alma este sentimiento le será prohibido?
¡Ah! no me presentes un porvenir tan doloroso. Deja que me consuele de mis
penas en la certeza de verlas terminar junto a ese Dios que adoro. "Ser
divino y consolador, abre esta alma que rechaza tu sublimidad. No la castigues
por un endurecimiento que solamente se debe a su infortunio."
Luego,
estrechándola contra su pecho:
– Ven, hija mía,
ven a captar la idea de este Ser supremo en la ternura de una madre que te
adora. Ve en su alma dilatada por tu presencia la imagen de este Dios que te
llama. Que sean los sentimientos de amor quienes presentan ante tus ojos sus
rasgos y ya que no estamos destinadas a vivir juntas, no sofoques al menos la
dulce esperanza de reunirme un día contigo al pie de su trono de gloria.
Había de todo en
este discurso, la elocuencia que arrastra, la sensibilidad que seduce y, sin
embargo, no consiguió nada. Léonore besó fríamente a su madre y le dijo con
mayor sequedad aún que consideraría siempre como un deber adquirir sus virtudes
y que si lamentaba no estar destinada a vivir con ella, es porque veía que su
conversión solamente podía ser obra de una madre tan amable... Y Mme. de
Blamont, que vio que las ardientes chispas de su corazón no habían alumbrado
nada en el de su hija, cogió llorando el brazo de Aline y ambas se alejaron.
¡Oh! amigo mío ¡qué
diferencia hay entre estas dos muchachas! ¿Cómo encontrar en Léonore siquiera
la apariencia de las virtudes que a cada instante manan del corazón de tu
Aline? A buen seguro que es imposible ser hermanas y parecerse menos.
Quizás opines que
los rasgos que aquí te doy del carácter de Léonore no concuerden perfectamente
con sus discursos a la compañera cuyos errores trataba de refutar.
– Solamente se
trataba, responde ella cuando se le hace esta objeción, de establecer con esta
imprudente amiga los principios relativos a la continencia. Esos eran casi
siempre los temas de nuestras discusiones. Yo no he cambiado de opinión sobre
estos principios, pero no exigen necesariamente los otros, no obligan a
someterse a esos errores. En una palabra, se puede ser prudente por carácter,
por espíritu, por temperamento, sin verse obligada a adoptar por ello mil
sistemas absurdos que nada tienen que ver con esta virtud.
La llevaron a ver a
Sophie, Aline iba con ella, le contaron la historia de esta criatura
infortunada y tan digna de una suerte mejor. Ella escuchó flemáticamente los
sucesos de la vida de esta muchacha, que tan singularmente concuerdan con su
experiencia y que, solamente por eso, debían interesarla. Pero no le habló en
todo el tiempo que estuvieron juntas más que en un tono impregnado de orgullo y
superioridad.
La inmensa fortuna
que la espera podía hacerla proclive a ofrecer una ayuda, incluso debía haber
disputado este honor a Mme. de Blamont. Ni siquiera pasó esa idea por su mente.
Sainville reparó en este imperdonable olvido. Su alma, infinitamente más sensible
o sensible de otra forma, raramente deja escapar la ocasión de hacer una buena
obra. Quizás tenga la misma manera de pensar que su mujer sobre muchos temas,
pero a buen seguro que no tiene su corazón. Mme. de Blamont rechazó las ofertas
de Sainville. Dijo que Sophie seguía siendo su hija querida y que no quería
abandonarla jamás. Y esta desdichada, siempre conmovedora, dijo a tu Aline
estrechándole las manos entre un mar de lágrimas:
– ¡Oh! señorita,
¿entonces esta es vuestra hermana ... Es más dichosa que yo, ¡ojalá sepa sentir
su felicidad!
Como quiera que sea
y a pesar de la poca alegría que Mme. de Blamont ha sacado de este
descubrimiento, está decidida a no negar a Léonore nada de todo lo que pueda
ayudarla a recuperar la fortuna de Mme. de Kerneuil. Ella y sus amigos pondrán,
sin duda a su disposición todo su poder, aunque ella sienta siempre una especie
de repugnancia que emana del hecho de que considera ilegítimo este
procedimiento. Por lo que respecta a Aline, a pesar de que perciba el extremo
alejamiento que hay entre el carácter de Léonore y el suyo, no deja da amarla
con la mayor ternura. Un alma honesta no encuentra jamás en los defectos de
quienes debe amar, razones que enfríen sus sentimientos. Llora en silencio y no
se enfría.
Imagino que cuando
recibas esta carta ya habrás visto a su protagonista y que probablemente la
habrás juzgado como nosotros.
Adiós, mi querido
Valcour, debes estar contento conmigo este verano. Creo que era imposible
mantener una correspondencia más sostenida y más detallada. No esperes nada
más, salimos para París y pronto sólo hablaremos ya de viva voz.
CARTA XL
Valcour a Madame de
Blamont
París, 30 de
Noviembre
Después de haber
recibido tantas noticias interesantes de vuestra tierra, señora, ahora me toca
a mí dároslas desde París. Ayer fui a casa del conde de Beaulé en donde tuve el
honor de saludar a los condes de Karmeil. Ambos me han invitado a que acuda mañana
de madrugada para asistir a las formalidades religiosas de su boda. Las
ceremonias que habían sido omitidas se celebrarán en Saint-Roch en presencia y
con la aprobación de M. de Karmeil, padre del joven. Y como se ha acordado
guardar el secreto, no se mencionarán vuestros nombres en todo esto. Solamente
se os pide vuestro consentimiento tácito.
La anulación de la
orden de detención ha sido cuestión de veinticuatro horas. El conde de Karmeil
se rindió con la mayor facilidad ante las opiniones y los consejos de M. de
Beaulé. Ambos fueron a ver juntos al ministro y la anulación se obtuvo
inmediatamente.
Sainville, me
permitiréis que conserve ese nombre, estuvo encantado de abrazar y de volver a
ver a su padre a quien siempre ha amado en el fondo de su corazón. Y éste no
recibió sin lágrimas las efusiones del cariño de su hijo. Sin embargo seguía
recordando los cien mil escudos. Pero M. de Beaulé le ha convencido de que los
lingotes de España deberían hacerle olvidar esa bagatela y, de acuerdo con el
ministro, escribieron inmediatamente para intentar recuperarlos.
Los bienes de Mlle.
de Kerneuil están muy divididos. Hay un número muy elevado de colaterales y,
aunque la presencia de esta joven debe arreglarlo todo, tememos que se entablen
algunos procesos.
Siguiendo vuestro
consejo, les hemos dado a Bonneval como abogado. Les acompañará a Bretaña, a
donde M. de Karmeil iba a regresar cuando su hijo llegó a París. Ahora volverá
con la joven pareja. Sus antiguos procesos han acabado, lo que destruye con la
mayor seguridad los obstáculos que oponía a la elección de su hijo. Se han
negado rotundamente a que corráis con los gastos, señora. M. de Karmeil
adelantará todo lo necesario y luego se arreglará con Sainville. La fortuna de
estos jóvenes puede ser considerable: el ministro ha respondido de que
devuelvan, cuando menos, dos millones sobre el valor de los lingotes, eso
supone cien mil libras de renta, la sucesión de Mme. de Kerneuil nos da
cincuenta mil más y la de M. de Karmeil, otro tanto, eso arroja un total de
cuando menos, doscientas mil libras de renta y mucho más si los lingotes
vuelven completos. Léonore, al vernos el otro día hacer esta cuenta, no pudo
ocultar un cierto estremecimiento de alegría, lo que prueba que le gusta el
dinero.
Solamente se ha
presentado en la Ópera, en donde sus aventuras, contadas de boca en boca,
hicieron que todos los ojos se fijasen en ella. La encontraron muy bonita, ella
se dio cuenta y no pareció ser insensible a ello. Es cierto que tiene una
figura viva y animada, es graciosa, y posee un talle delicioso y mucho ingenio.
Quizás sea un poco pretenciosa... incluso melindrosa y hay muchos sofismas en
sus razonamientos... Pero, perdón, señora, cuando hablo de algo vuestro, aunque
mi espíritu sólo encuentre defectos... mi mano, que sigue mi corazón, solamente
debería pintar cualidades.
Como fui su
acompañante en la Ópera, M. de Beaulé quiere que lo sea en los demás
espectáculos. Ella desea el Padre de Familia en el Francés y Lucille en los
Italianos, le gustarán. Me complace el motivo que le hizo desear el Padre de
Familia, ama todo lo que le recuerde el dichoso instante en que recuperó a su
ser amado. Esto es una muestra de sensibilidad.
Pero no acabaría
nunca, señora, si pretendiese detallar todas las virtudes que he encontrado en
M. de Sainville. El conde de Beaulé quiere que sea su amigo, en verdad que el
esfuerzo no será grande: dulzura, amenidad, gracias, talentos, ingenio... tiene
todo lo necesario para ser el amigo de todo el mundo y el amante de todas las
mujeres.
¡Ah! señora,
solamente yo soy desgraciado, solamente yo, entre el temor y la esperanza, veo
cómo se marchitan entre lágrimas y dolor mis mejores días. ¿Tendré cuando
menos, ocasión de presentaros en breve mis respetos? y, ¿cuando estemos en la
misma ciudad me será permitido arrojarme a vuestros pies? En vuestras solas
manos pongo los intereses de mi felicidad. ¿Quién mejor que vos sabe si mis
sufrimientos merecen una compensación? Pero, ¿cómo voy a quejarme cuando aún
cuento con vuestras bondades y con el corazón de Aline? Consolado por tales
dones no debería creer en las desgracias si la mayor de todas no fuese conocer
el precio de estos favores y no disfrutar de ellos.
Adiós, señora,
enviadme vuestras órdenes, las transmitiré, a pesar del torbellino en que nos
sumiremos dentro de unos instantes y me atrevo a aseguraros que será siempre un
dulce deber plegarse a vuestras intenciones.
CARTA XLI
Madame de Blamont a
Valcour
Vertfeuille, 5 de
Diciembre
Si no supiese que
Déterville os ha contado todo esperaría a veros para desahogar mi corazón en el
vuestro... ¿Qué decís de esa infame artimaña que a punto estuvo de privarnos de
Aline?.. ¡Cómo me engañaba el muy traidor!... ¡Y cómo se burla continuamente de
mí! ¡Oh, amigo mío, debemos estar más atentos que nunca! Dejemos de pensar en
esos horrores... Es necesario que vea las cosas con más detenimiento. Luego
razonaré mejor con vos.
¡Y bien! ¿esa nueva
hija... os ha gustado, no? Oh, mi querido Valcour, a mí no me ha hecho tan
feliz como me imaginaba. Tiene más ingenio que sentimiento, más vanidad que
prudencia y un amor excesivo hacia su marido, de acuerdo; ha llegado a extremos
que superan la fuerza humana con el fin de conservarse pura para él... ¿Pero
por qué es preciso que todo esto sea obra del orgullo? ¿por qué no encontré
nada cuando quise sondear su corazón? ¿y por qué he de desesperarme al ver que
jamás nacen en ella las cualidades que no encontré? Oh, amigo mío, aquella que
convierte la insensibilidad en sistema, el ateísmo en principio y la
indiferencia en razonamiento... podrá quizás no incurrir jamás en error, pero
nunca germinará en ella la virtud... y si la razón de esta muchacha cruel cede
ante el ejemplo... ante el fuego de las pasiones... ¡qué precipicio se abre
entonces ante sus pies! ¡Qué cerca estamos de hacer el mal, cuando no
encontramos atractivo en hacer el bien! Los desvaríos del espíritu son bastante
menos peligrosos que los del corazón; la edad, que calma los primeros, exacerba
siempre estos últimos.
Si las
contrariedades no han podido formar el alma de esta joven es de temer que la
hayan hecho malvada. Y esas riquezas de que va a disfrutar terminarán de
corromperla... Pero hablemos de vos, amigo mío... Por fin me acerco... Esta es
mi última carta desde Vertfeuille. ¿En qué estado voy a encontrar todo lo que
nos interesa?... ¿Qué postura adoptaré frente a mi marido? Después de este
nuevo horror, si prosigue con sus sórdidas maniobras, ¿cómo las adivinaré?
¿cómo las impediré? Comoquiera que sea os veré aquí o allá. Tengo que
abrazaros, decid a Léonore que estaré sin falta en París el día 10, quiero
verla una vez más antes de que se vaya. Los recibiré como personas que han
pasado casualmente por mis posesiones al regresar de su aventura. La historia
de su detención en mi casa ha levantado demasiado revuelo como para que pueda
permitirme ignorarla. La única cosa que hay que ocultar es que es mi hija, os
respondo que mi corazón no me delatará... Hemos llorado mucho vuestra Aline y
yo, todo lo que no es dulce y delicado como ella, le parece tan gigantesco...
Sin embargo, ama a Léonore, este heroísmo de fidelidad conyugal es un mérito
que la encanta. Dice que con esa virtud, se pueden adquirir todas las demás...
Y a vos os agrada mucho que haya dicho esto, ¿no es cierto, Valcour? Por este
motivo os lo cuento... ¡Ah! ¡cómo la adoro y qué bien me lo paga! Mi corazón
oscila entre el orgullo, cuando la miro a ella... y entre la humillación cuando
veo todos los defectos de su hermana... ¡Ah! ¡es un designio divino, hubiera
estado demasiado orgullosa si hubiera tenido dos hijas como Aline! El cielo ha
querido disminuir mi triunfo sobre una y ha redoblado mi amor por la otra...
Será para vos la que amo, es el más bello presente que puedo hacer a mi amigo,
es el lazo más dulce que me puede atar a él. Adiós, merecedla, amaos y no me
escribáis ya al campo.
CARTA XLII
Aline a Valcour
París, 15 de
Diciembre
Al fin estoy cerca
de vos... pero sin que me sea permitido veros, no obstante es un consuelo, me
doy cuenta. Aunque el amor una las almas sea cual fuere su alejamiento y aunque
todas las distancias deban, en virtud de esto, ser iguales, es, no obstante, muy
dulce respirar el mismo aire que el objeto de mi adoración. Veo con dolor,
amigo mío, que seguiremos así quizás todo el invierno. Sé que os apeno al
deciros esto. ¿Pero imagináis que yo estoy más tranquila? ¿Creéis que no
comparto este dolor cruel? ¡Ah! ¡qué mal conoceríais mis sentimientos si os
vieseis obligado a suponerlos!
Cuando volví a ver
esta casa a donde acudíais con tanta libertad en otro tiempo... cuando me
acordé del encanto de vuestras antiguas visitas, sentí una vez más esa emoción
deliciosa que me agitaba al esperaros... experimenté esa divina turbación del
choque de los rayos de nuestros ojos... erré de butaca en butaca, me complacía
en reconocer las que habíamos utilizado... Sentada en una de ellas,
imaginándoos en otra, os dirigía a veces la palabra como si hubieseis podido
oírme y engañada con estas ilusiones tan dulces, me creí feliz durante algunos
instantes. Pero vayamos a los detalles, los exigís, es justo que os los
proporcione.
El presidente,
advertido, esperaba a mi madre. La recibió de maravilla. Incluso manifestó
interés y le prodigó algunas caricias... Frente a mí se mostró al principio un
tanto embarazado, pero pronto se recuperó y me dijo las cosas más dulces,
asegurándome que me vela muy poco. Sainville y Léonore fueron el tema de
nuestra primera conversación, así como hoy lo son de todas las de París. Pero
él no se atrevió a decir una sola palabra de la canallada que quería hacer. Se
guardó mucho de reconocer que, a través de una atrocidad sin precedentes,
intentaba apoderarse, de golpe, de Léonore y de mí. Y mi madre, que había
previsto que lo negaría... que eludiría el tema si se sacaba a colación,
decidió no mencionarlo. Nos hizo mil elogios de Léonore. Le gusta mucho, me
parece... ¡Cuando pienso que sin el fraude de la nodriza de Pré-Saint-Gervais
sería ella a quien hubiera prostituido con Dolbourg! ¡Santo cielo! ¿Cómo se
hubiera avenido el orgullo de Léonore con semejante tratamiento?
¡Oh, Valcour!
Existe algo más singular que todo esto. ¿Lo creeríais? Esta primera noche la ha
pasado casi toda con su mujer... Es un renacimiento de la ternura... o de la
falsedad, muy asombroso y completamente inconcebible. Mi madre, a la mañana
siguiente, estaba muy embarazada conmigo. Moría de ganas de contármelo y de
reírse de ello. No sabía como hacerlo... Hacia ya más de cinco años... quiso
rehusarse... estas escenas tienen tan poco atractivo para ella. Un hombre que
solamente ha sido un tirano y un libertino ha de ser tan poco delicado a la
hora de actuar como esposo... No obstante, hubo de someterse... someterse. ¿No
es esa la palabra, amigo mío? hubierais tachado la palabra colaborar si me
hubiese atrevido a utilizarla. Mi madre aprovechó esos instantes para
reprocharle su corrupción, para recomendarle una conducta más conveniente para
su salud y para su reputación. Le recordó la historia de Augustine, le hizo
sentir que era espantoso por su parte no haber aparecido en Vertfeuille más que
para seducir a una de sus criadas. En realidad, dijo el presidente, me
arrepiento además porque es una muchacha verdaderamente estimable.
La había engañado,
pretendía, para convencerla de que dejase Vertfeuille. Le había prometido una
brillante fortuna sin que hubiese de correr ningún riesgo. Pero en cuanto ella
vio de que se trataba, se defendió como una romana y su Dolbourg, así como él,
edificados por la conducta de esta muchacha la habían metido en un convento
hasta el regreso de mi madre, a quien él debía rogar con insistencia que la
volviese a coger. Efectivamente no hubo argumento que no utilizase ante su
mujer en favor de esto... y ella, no solamente consintió, sino que incluso
deseó vivamente que se le devolviese esa muchacha.
Si realmente
Augustine se ha conducido así, merece bondad e indulgencia y mi madre debe
volver a abrirle su casa... pero, no sé por qué, desconfío de esta última
idea... ¿Qué objeto tiene que mi padre quiera hacer volver a esa muchacha si
ella se hubiese rendido a él?... Preferiría conservarla fuera... aunque sólo
fuera por la mayor facilidad... En fin, ya veremos lo que ella cuenta... tendrá
que ser muy astuta para que no desentrañemos todo.
Al día siguiente el
presidente no dejó de traernos a Dolbourg. No ocultó a mi madre que estaba más
empeñado que nunca en sus antiguos proyectos y que le gustaría mucho que
hubiese algo definitivo antes del verano. Pero estas proposiciones no tienen
ya, al menos, el aspecto de una amenaza, desea, pero no ordena. En verdad,
Valcour, creo que ha habido un cambio en su conducta. No sé cuál es el motivo,
pero existe. Es imposible equivocarse. Esta variación hace nacer una brizna de
esperanza para nosotros... ¡Ah!, ¡debemos abandonarnos a ella? ¡Es tan dulce
avistar la aurora de una felicidad!... Ese hombre malvado, ese basto Dolbourg
se acercó subrepticiamente a mí y me preguntó si me había divertido en el
campo. Me encontró más gorda, lo que no es cierto... quiso besarme la mano,
pero no consiguió hacerlo.
Pero a pesar de
estas apariencias de buena conducta, debemos estar alerta, amigo mío, mi madre
os lo recomienda. Habéis de evitar sobre todo con el mayor cuidado aparecer por
la casa. Mi madre os verá en casa del conde de Beaulé que, como sabéis da dos o
tres almuerzos por semana. Pero yo no iré jamás, lo hemos acordado así. Ahora
voy a explicaros cómo haremos para vernos a hurtadillas y para entregarnos
nuestras cartas. Todos los domingos acudiréis sin falta a la misa de doce en
los Capuchinos. Yo me colocaré siempre a la derecha en donde me visteis algunas
veces el año pasado... Allí, por mal que esté, amigo mío, y aunque siento
alguna repugnancia al permitirme esta pequeña indecencia, robaremos algunos
minutos a lo que debemos al Ser supremo... Nos diremos algunas palabras... nos
entregaremos nuestras cartas y no saldremos jamás sin jurarnos amor eterno y
sin pedir perdón a Dios por atrevernos a decirlo allí... Pero ese Dios bueno ve
el fondo de nuestros corazones... ve que si deseamos estar unidos es para
amarle, para servirle y para glorificarle al unísono... ¿Sabéis, amigo mío, que
considero que una de nuestras ocupaciones más delicadas será dar juntos gracias
al Eterno? Me parece que el culto que emana de dos corazones inflamados de amor
debe ser necesariamente más dulce y más puro. El más santo de los seres no
quiere ser servido por almas indiferentes. Un amor honesto y legítimo debe
hacer a los corazones más dignos de serle ofrecidos.
Pero, a propósito,
si estuviese celosa, ¿con qué ojos vería todas esas salidas a espectáculos con
mi hermana? Sabéis sin duda que ambos han salido para Bretaña. Mi madre les
invitó a cenar dos veces antes de su partida. En ambas ocasiones estaban
presentes Dolbourg y mi padre y yo hice singulares reflexiones al respecto. La
primera vez que Léonore vio a M. de Blamont se acercó a mí y me dijo con su
habitual soltura:
– ¿Este es, pues,
mi padre, el presidente?
– Sí, le dije.
– ¡Pues bien!,
continuó ella, he aquí un defecto más que la naturaleza ha puesto en mí, porque
no me dice absolutamente nada en favor de ese hombre.
Pero como la
naturaleza tampoco le dice apenas nada en favor de su madre, esa pequeña
indiferencia no me sorprendió en absoluto.
En general no creo
que a Léonore, orgullosa y altiva, le agradaría mucho verse en la obligación de
renunciar a ser hija de una condesa para convertirse en hija de una presidenta
y creo que, al volver a Francia hubiera preferido ser Elisabeth de Kerneuil que
Claire de Blamont... Esa querida hermana... la quiero, pero en verdad tiene
muchos defectos y desgraciadamente todos están en su corazón. Desmiente de una
forma bien auténtica lo que se atrevió a decir, que las mayores virtudes van
siempre unidas a la falta de compasión. Si esas virtudes se manifiestan en ella
en algunos aspectos hay otros en que el brillo que despiden se ve obscurecido
por defectos muy serios.
Aunque no pueda ver
a mi amado en casa de mi madre estoy encantada de haber vuelto... Pero no sé,
esta alegría es sombría, tiene un cierto carácter de tristeza que me alarma.
Una voz tumultuosa e interior parece decirme que soy como los marineros que se regocijan
mientras la tormenta se cierne sobre ellos... Adiós, aguantemos nuestras
contrariedades si se presentan, reunamos nuestras fuerzas para sufrir y para
amarnos.
CARTA XLIII
Aline a
Valcour
París, 17 de
Diciembre
Vuestra
resignación, siempre íntegra, me complace, me conmueve y me atrae... Esa es la
forma de amar, Valcour. A otros enamorados menos delicados y menos hechos a los
sacrificios que nosotros, les costaría un mayor esfuerzo persuadirse de ello.
Pero qué nos importa la opinión de la gente fría siempre que nuestras almas,
más ardientes y más nobles que las suyas, sepan disfrutar de lo que ellos no
perciben. Sin embargo una de las cosas que más me impacientan es ver que poca
gente hay en el mundo que, si me permitís la expresión, hable el mismo lenguaje
que nosotros. ¿Por qué si la naturaleza nos ha destinado a vivir juntos, no nos
ha dado a todos un alma parecida? ¿Por qué no tenemos todos la misma manera de
sentir? Dentro del fastidio que me inspiran determinados seres no sé si me
desagradarían tanto aquellas personas que, como mi querida hermana, van mucho
más allá de los límites por un exceso de delicadeza, como aquellas que no
sienten nada. Al menos las primeras compensan, merced a un espíritu penetrante
y extraordinario, todas las inconsecuencias de su corazón, mientras que las
otras no tienen nada que contrarreste su plúmbea apatía. Son una especie de
autómatas que, en mi opinión, ejercen sobre nosotros el mismo efecto que esos
días sofocantes de verano en los que la organización de todas nuestras
facultades, abotargadas por el volumen del aire que las absorbe, queda
desdibujada... ¿No es justa mi comparación? ¿Acaso un tonto no os ha producido
jamás una especie de dolor físico? ¿No habéis percibido en su proximidad, en
sus discursos, una conmoción parecida a la que os refiero?
¡Oh!, amigo mío, ya
os habré visto para cuando leáis esta carta. La mano que os la entregue habrá
sentido el placer de estrechar la vuestra, nuestros ojos se habrán hablado y
nuestras almas se habrán entendido. ¡Ojalá nadie interrumpa esta inocente manera
de vernos este invierno!
El presidente sigue
siendo el mismo. Mi madre no sabe a qué atribuir estas ansias. Dedica a ello
una buena parte de la noche y os aseguro que esto no hace más feliz a su mujer.
Ella preferiría la más profunda indiferencia que esas emociones casi siempre desordenadas,
fruto del desarreglo de la mente, más que de los sentimientos del corazón, que,
colocándola siempre en una especie de inferioridad y de humillación, solamente
le permiten desempeñar el triste papel de la paloma bajo las agudas garras del
halcón. Pero ella necesita hacer gala de arte y de política, si pudiese atarle
y vencerle a fuerza de complacencia, dice que no hay nada que no haría con sumo
grado para la felicidad de su querida Aline.
Augustine ha sido
perdonada: se arrojó a los pies de la presidenta, le pidió perdón por su mala
conducta, le suplicó que lo olvidase y ya os imaginaréis que el alma tierna y
dulce de mi madre no pudo resistir esta escena. Abrazó cariñosamente a esa
muchacha, la levantó y le devolvió toda su confianza y protección... El
presidente estaba casi conmovido. Por otra parte es extremadamente comedido
respecto a esta muchacha.
Pero mi madre está
muy preocupada por Sophie: no sabe en absoluto en que tono hablarle de ella al
presidente. La última vez que estuvieron en Vertfeuille sabéis que mi padre
sostuvo que no era su hija. En ese momento mi madre no podía imaginar que, sin
quererlo, le estaba diciendo la verdad. Ahora que está segura de que Sophie no
le pertenece ¿no sería lo mismo no decir nada y dejar ver que creyó lo que su
marido le dijo?
Además el interés
que siente por esta desdichada no puede ser el mismo que cuando creía que era
hija suya. Y ha de ocuparse de los intereses de dos hijas verdaderas que no
sacrificará, dice, a los de una persona a la que se siente unida por la
compasión. De forma que prefiere no decir nada y dejar que su marido continúe
en el error. Le ocultará siempre el destino de esa pobre muchacha y seguirá
ocupándose de ella. ¿No cumple así todos sus deberes?
CARTA XLIV
El presidente de
Blamont a Dolbourg
París, 10 de enero
de 1779
Sophie es
nuestra... El asunto se ha llevado a cabo con la mayor agilidad. La abadesa ha
reclamado en vano a Mme. de Blamont, había una orden de arresto y no había más
remedio que ceder... No obstante, cuando pienso en ello, esas órdenes son una
cosa bien cómoda. Están al servicio de las pasiones más diversas, el amor, el
odio, la venganza, la ambición, la crueldad, los celos, la avaricia, la
tiranía, el adulterio, el libertinaje, el incesto. Con ellas se deshace uno del
marido que estorba, de un rival temido, de una amante abandonada, de un
pariente incómodo... ¡Oh! no terminaría nunca si lo detallase la totalidad de
los diferentes servicios que proporciona esa bendita institución. Aún no
comprendo porqué mis colegas se quejan: quedo confundido al oírles decir que va
en contra de las leyes del Estado, como si el Estado tuviese algo que fuese más
sagrado que la felicidad de sus jefes y como si pudiese haber algo más grato
Para ellos que es a manera asiática de enviar a los corchetes. Sé perfectamente
que los que denigran esta deliciosa costumbre, los que la tratan de abuso
tiránico, pretenden, para apoyar su opinión, que el poder del soberano se
debilita al dividirse, se estrecha cuando cree extenderse mediante el
despotismo y se degrada al proteger los crímenes... ¿Qué si esta arma
peligrosa, para una o dos veces por siglo que es oportuna, estremece quinientas
veces en el mismo siglo el tronco, destrozando las ramas? Todo eso son los
sofismas de quienes las padecen o las han padecido. El débil se ha quejado siempre...
es su suerte, así como la nuestra es la de no escucharle... Yo me pregunto ¿qué
sería una autoridad cuyos rayos bienhechores no brillasen un poco sobre los
pilares del trono? Únicamente los tiranos llevan solos su espada, los reyes
justos y buenos comparten su peso. Y ¿valdría la pena sostenerla sin hacer uso
de ella de cuando en cuando? ¿No es indecente que tu amante... mi hija , porque
ha querido escapar de nosotros o ponerse en situación de ser despedida vaya a
vivir a expensas de mi mujer? ¿Es que le corresponde a ella pagar esas cosas?
Yo adoro las conveniencias, es algo inaudito como las respeto. Sí, quiero que
la honradez reine hasta en medio del mismo desorden. Cuando se enteren de
esto... se van a enfadar conmigo... Dios lo sabe. Se asombrarán de mi ardor...
"¿No es espantoso, dirán, buscar placeres con una mujer a quien se colma
de disgustos?" Ella no se da cuenta de lo que hay detrás de todo esto, la
buena señora. No entiende, en primer lugar, que en las mujeres la conmoción provocada
por un disgusto sobre la masa de los nervios inclina inmediatamente los átomos
del fluido eléctrico al placer y que una persona de este sexo no es nunca tan
voluptuosa como cuando es poseída entre lágrimas. Aunque no fuese más que por
esto, un viejo marido como yo debería ser disculpado por emplear con su dulce
esposa todas las artimañas que puedan devolverle lo que ya no puede alcanzar
con su vigor... Esto en lo referente al piano físico, pero la pequeña maldad de
dar un disgusto proporciona otro goce moral... que, advierto, no es percibido
por tu torpe espíritu... Dilo... confiésalo... ¿comprendes que pueda decir en
mi fuero interno a una mujer, mientras la someto a mi ardor: "Si supieses
que el placer que busco contigo solamente se alimenta del punzante atractivo de
engañarte... que tu error... que tu candidez... que la manera en que te
convierto en víctima, son toda la sal que encuentro en los placeres que me
embriagan... y que esos placeres serían nulos para mí sin el aguijón de la
perfidia?" ¿Eh, Dolbourg, a ti todo esto te suena a griego? Como el asno
que pace la hierba fina de una verde pradera sin distinguir las preciosas
plantas medicinales del junco salvaje, devoras indiferentemente todo lo que tu
boca encuentra, sin examen y sin análisis, sin adoptar principios sobre nada y
sin disfrutar jamás de tus principios. ¿No soy, pues, más feliz que tú, al
refinarlo todo como hago, al no procurarme jamás goces físicos que no vayan
acompañados de un pequeño desorden moral? ¿Por mucha variedad que ponga en mis
amores con la presidenta, por muy bonita que sea aún, por bizarros que puedan
ser mis placeres... en qué quedarían, te pregunto, si para inflamarlos no
contase con las ideas nacidas de los pérfidos designios que tú sabes (porque
hay que volver a esos malditos designios ya que el proyecto de Lyon no tuvo
éxito)? También desde que adopté esa decisión, desde que fue firme, ¡es una
sensación tan violenta!... Lo que me divierte es que la buena mujer cree que
todo esto se debe a sus encantos... Sin embargo, debería ser muy consciente de
que éstos no participan en absoluto en los motivos de mi éxtasis... Es
imposible que no vea que tengo otras cosas en mente: en algunas ocasiones no me
doy cuenta de lo que digo... En estos instantes en que deliro y en los que
quien delira más es generalmente quien tiene más ingenio... se me escapan cosas
muy expresivas y ella debería entenderlas... Cuando antes había un poco más de
buena fe por mi parte... había mucho menos entusiasmo; debería acordarse. ¿De
dónde puede nacer, pues, este nuevo delirio? ¿De la indecencia del acto? Hace
ya tiempo que estoy habituado a las singularidades, ella debe saberlo. Y al ver
que esto no es lo que me inflama, ella debería preguntarse de qué se trata...
sorprenderse... incluso temblar. La seguridad de las mujeres es una cosa
curiosa.
Tú, que eres un
poco naturalista, dime, ¿no hay una especie de animal feroz que no ruge nunca
tanto a su hembra como cuando se dispone a devorarla? Hace poco me asombraba la
seguridad de las mujeres. Ahora lo que no entiendo es su orgullo. Demasiado
felices por tener... demasiado contentas por recuperar lo que estaban
perdiendo, siempre, según ellas, el efecto del milagro se debe a su arte, a su
magia. Y las muy inocentes, engañadas por el culto de su sacrificador, se
colocan en el altar como diosas, cuando sólo deberían ser víctimas.
Comoquiera que sea,
Sophie, arrancada por orden del rey al convento de las Ursulinas de Orléans
está confinada en el Castillo de Blamont, en donde mi portero la ha encerrado
en el fondo de una habitación segura y bien cerrada y me responde de ella con
su vida. Me han dicho que esa querida personita ha llorado prodigiosamente. Que
no vaya a perder todas sus lágrimas, la jugarreta que nos ha hecho merece que
le hagamos derramar unas cuantas más. Pero como está allí y como tenemos muchas
cosas que hacer aquí, me contentaré con ir a dar una vuelta, para disponerla a
que nos reciba esta primavera. Hasta entonces hay demasiadas cosas que nos
retienen en París a los dos.
Por lo demás, es
notable como ha sido aceptada la rehabilitación de la señorita Augustine. Yo
estaba ahí, dejaba que de vez en cuando mis ojos se empañasen, con el fin de
que pensaran que aún tengo corazón... y tuvieron la simpleza de creerlo. ¡Una
vez más, amigo mío, qué buenas son las mujeres! Ahora esa muchacha está
soberanamente instalada. Por muy seguros que estemos de ella, comprenderás, no
obstante, que ya que es el alma del proyecto, no hay que perderla de vista.
¿Reconocerás que soy buen fisonomista? Apenas la hube visto en todos los
sentidos en Vertfeuille, cuando te dije: "Ésta es la que necesitamos; ésta
es la persona que la suerte pone en nuestras manos para ejecutar sus
caprichos..."
¿Y ves cómo,
después de haberse plegado a nuestras primeras intenciones dócilmente, coopera
con inteligencia en la consumación de las segundas? En verdad necesitábamos un
poco esto para compensarnos de la pérdida real que supone Léonore... ¡Ah! ¡qué
digna de nosotros era esa encantadora mujercita, amigo mío! Ese conde de Beaulé
que me estorba en todo desde hace algún tiempo, comienza a impacientarme. Si
ese hombre no gozase de influencias, algunos de mis amigos y yo le hubiéramos
montado sin tardanza un buen proceso criminal. Sé que cena en ocasiones con
muchachas, nuestro querido conde... eso es, ya más de lo que hacía falta en
este siglo para llevarlo derecho al cadalso. Solamente se trata de inventar, de
suponer... sobornar a algunos querellantes, algunos espías, algunos alguaciles
y ya tenemos a un hombre en el tormento. Desde hace treinta años hemos visto
más de una de estas escenas. Casi preferiría ser acusado hoy de una conspiración contra el gobierno que de
irregularidades con las putillas. Y en verdad esa manera de llevar las cosas es
respetable... Honra a la patria. Si cuando se tienen ganas de perder a un
hombre hubiese que esperar a que atentase contra el Estado, no se terminaría
nunca. Mientras que hay muy pocos mortales que no cenen con prostitutas.
Por tanto, está muy
bien que las trampas se hayan colocado en donde están. Esta especie de
inquisición establecida sobre la conducta del ciudadano que se encierra con una
muchacha. Esta obligación en que se coloca a estas criaturas de dar cuenta
exacta del acto lujurioso de este hombre, es en verdad una de las más bellas
instituciones francesas. Inmortaliza para siempre al ilustre arconte que la instauró en París. Es uno de esos
entretenimientos agradables y, no obstante, prudentes, que no habría que dejar
nunca que cayese en desuso. Todo lo que se hace para fomentar las delaciones de
las sacerdotisas de Venus es poco. Es extremadamente útil al gobierno y a la
sociedad, saber cómo un hombre se conduce en tales casos. Hay miles de
inducciones, segurísimas todas ellas, que se pueden extraer sobre su carácter.
El resultado de esto, lo concedo, es una colección de impurezas que puede ser
excitante para el juez que las escucha. Espiar y recoger las acciones
libertinas de Pedro para estimular la intemperancia de Juan no es hacer un
servicio a las buenas costumbres, dicen los enemigos de este sistema. Se trata
de una forma de encadenar al ciudadano, un recurso para sojuzgarlo, para
perderlo cuando se desea y esto es lo esencial.
Adiós, la
presidenta me agota. Nadie ha servido a su mujer con tanta asiduidad. Te
encargo del cuidado de mis placeres mientras que yo me sacrifico por los tuyos.
Piensa, sobre todo, que necesito que me sirvan platos picantes en las comidas
que me preparas. Advierte a las niñas del amor con que tienen que despertar las
sensaciones extinguidas en los santos desórdenes del himeneo.
CARTA XLV
Madame de Blamont a
Valcour
París, 12 de Enero
Saboreaba ya el
placer de almorzar hoy en casa de nuestro querido conde y de veros, así como a
Déterville, pero no saldré de mi casa... Lo que he averiguado me ha dejado
anonadada, no hay una sola facultad de mi alma que no esté quebrantada, ni un
sentimiento que no esté comprometido... ¡El muy canalla... me engañaba con sus
caricias!... yo esperaba reducirlo a fuerza de arte, enternecerlo con mis
cuidados y cuando lo creía encadenado, cuando lo suponía mío, en realidad me
estaba doblegando yo bajo el yugo imperioso del muy pérfido... ¡Ya no hay nada
sagrado, ya no hay leyes ni virtudes, todo puede infringirse hoy impunemente!
¡Qué siglo! me ruborizo de haber tenido la desgracia de nacer en él. El 6 de
Enero a las nueve de la mañana fueron a presentar una orden a la Sra. abadesa
de las madres Ursulinas de Orléans que le conminaba a entregar inmediatamente
al portador de esa orden a una muchacha llamada Sophie que le había sido
confiada por Mme. de Blamont... Prevenida por mí, sospechando algún horror, dijo
al principio que no conocía a esa muchacha... que realmente no se encontraba en
su casa bajo ese nombre... Este subterfugio no engañó a nadie, le dijeron que
entrarían en la clausura si trataba de entretenerlos durante más tiempo. Muerta
de miedo, la buena mujer no se atrevió a negarse a lo que le pedían y esa
desdichada muchacha salió para ser arrojada de nuevo al seno del libertinaje...
por orden de los que pregonan la decencia... Probadme una depravación más
completa... más peligrosa y dejaré de quejarme al punto .
Sophie fue
conducida al castillo de Blamont, allí se encuentra detenida bajo la vigilancia
de un portero en una habitación en donde no puede ver ni hablar a nadie...
Y las razones que
el presidente ha dado para obtener fraudulentamente esta odiosa orden son las
siguientes:
Dijo que yo me
oponía desde hace mucho tiempo a un matrimonio muy ventajoso para su hija. Que
a través de mis pérfidos consejos impedía a esta hija que le obedeciese y que,
uniendo la astucia a las maniobras abiertas, fui a dar con una muchacha con
quien el amigo destinado a su hija había vivido en efecto varios meses. Que
hice venir a esa dulcinea a mis posesiones y que después de haberla instruido
debidamente, la hacía pasar por hija mía raptada por él cuando era pequeña con
la abominable intención de prostituirla a su amigo. Que a través de este
artificio y como ese amigo era el mismo que él quería convertir en su yerno,
éste no podría serlo ya, porque entonces resultaría que habría tenido relación
carnal con las dos hermanas. Fábula execrable, añadió, que solamente pudo haber
sido sugerida a su mujer por un espíritu diabólico que quiere perderle a él y a
su familia. Ese espíritu infernal sois vos, Valcour. Estas son las favorables
impresiones que empieza a propalar sobre vos para, a continuación, llegar a
algo más grave. Estemos alerta... Temo cualquier cosa. Ahora, para apoyar sus
afirmaciones, para demostrar todas mis imposturas, ha hecho público el
certificado que conocéis de la pretendida muerte de Claire de Blamont.
"Así, añade, si mi hija Claire está realmente muerta, como lo prueba el
siguiente extracto de los registros de la parroquia, no puede ser la misma
Sophie que reclamo. Y esta Sophie que se hace llamar Claire de Blamont y a
quien se atreven a presentarme como tal, no es, por tanto, más que una
aventurera instruida por mi mujer que la dirige contra mí, procedimiento que
merecería la atención de los jueces si quisiera armar escándalo y si tuviese la
intención de pelear con una mujer a quien quiero y respeto aún a pesar de su
debilidad por el hombre a quien se obstina en entregar a mi hija, en contra de
mi voluntad".
Por consiguiente ha
solicitado a Sophie y, para que yo no pueda encontrarla jamás, ha obtenido el
derecho de hacer que la lleven secretamente a donde a él le plazca, bajo la
sola condición de pagarle una pensión suficiente para mantenerla. Esta muchacha
esta solamente en su casa a modo de depósito y, cuando haya tenido tiempo para
despistarme, dice, mandará que la metan en un convento en el otro extremo de
Francia.
Estas son las
mentiras que el muy canalla ha utilizado para vengarse de esta pobre hija, para
castigarla porque su desafortunada estrella la condujo a mi casa... para
someterla, sin duda de nuevo a su odiosa intemperancia. Y cuando hace todo
esto... examinad a fondo el horrible carácter de este hombre... cuando actúa
así, está convencido, aunque afortunadamente esto no sea cierto, está
convencido decía, de que Sophie es su hija. Y me llena de caricias y pasa
noches enteras conmigo diciéndome que sus sentimientos renacen y que alberga
aún en su corazón todos los de los primeros días de nuestro matrimonio.
Este es el hombre
con quien he de vérmelas. Este es el peligroso mortal de quien depende hoy mi
suerte. ¡Oh, padre mío!, ¡cuando tejisteis estos lazos os atrevisteis a
prometerme felicidad! Mirad ahora lo que significan para mí.
Sin embargo, otras
preocupaciones más valiosas me obligan a seguir fingiendo. Estoy decidida a no
cambiar mi conducta frente a él. Es preciso que continúe en su error. Es
preciso que ni siquiera se le ocurra la idea de investigar y esto en interés de
Aline y de Léonore que en este momento me importan mucho más que Sophie. En
realidad no tiene en sus manos más que a la hija de una campesina y si se la
arrebato me quitará a la mía.
Lo único que mi
probidad me exige ahora consiste en hacer saber al ministro la verdad exacta de
todo. El conde de Beaulé se encarga de ello. Esta verdad concordará en muchos
puntos con la del presidente. Se trata de una aventurera que no tiene ninguna
relación de parentesco, yo también lo afirmaré. No negaré que quise hacerla
pasar por mi hija. Si lo creí, si lo dije en un momento probaré a través de
todo lo que me indujo a ese error que obraba de buena fe, pero que ya que
Claire de Blamont está muerta como queda demostrado, no tengo nada que reclamar
y le dejaré intacta su ilusión para que no descubra nada sobre el nacimiento de
Léonore, para que no sepa nunca que era Claire de Blamont, que cree que es
Sophie, es actualmente la señorita de Kerneuil, porque con el carácter que el
cielo le ha dado, solamente podría perjudicar todo lo que hacemos para que
Léonore entre en posesión de los bienes de quien presuntamente es su madre ante
la opinión pública.
No obstante, esto
no hace disminuir mi repugnancia por haber aceptado ere arreglo con el conde de
Beaulé. Porque a fin de cuentas con esta maniobra estamos privando a los
colaterales de Mme. de Kerneuil de lo que les corresponde. No imagináis,
Valcour, hasta qué punto esta manera de obrar ofende mi delicadeza. Es ilegal y
estoy indignada. Pero si no ignoro estas consideraciones, si descubro el
nacimiento de Léonore, ¿qué nuevas desgracias y qué inconvenientes aún más
terribles no se abalanzarían sobre mí? y aunque es la mujer del marqués de
Karmeil, ¿qué persecuciones no urdiría el presidente para aplastar a esa
desdichada Léonore? Y lo que no pueda hacer contra ella, su ánimo vengativo lo
emprenderá contra Aline y yo me veré sumida en un abismo de infortunios. Al
obrar como lo hago prefiero un mal pequeño a un mal grande, pero no deja de ser
un mal y estoy sumamente contrariada con todas estas cosas que alarman mi
conciencia. Hay otra cosa que aflige intensamente mi delicadeza y me hace
derramar en secreto lágrimas bien amargas, al abandonar a Sophie, abandono a
una honrada y dulce criatura, una muchacha llena de virtud y de religión en
favor de otra que dista mucho de tener esas cualidades. Pero una de ellas es mi
hija y la otra no es nada para mí. Salvar a Sophie de las manos de este hombre,
¿cómo imaginarlo? ¿en virtud de que título actuaría? Ya que consiento en dar a
la casa de Kerneuil una heredera que en realidad no lo es, ¿no puedo dar
igualmente al presidente una hija que jamás le perteneció? Cuando se trata de
arrebatar al infortunado de las garras de la injusticia y de la crueldad, ¿no
es lícito acudir a un subterfugio?
Además si
continuase afirmando que Sophie es hija mía, tendría un arma que supondría una
eficaz ayuda en la oposición a los proyectos del huraño amigo de mi esposo. Con
ello no quito nada a Léonore, a quien no reconoceré jamás, que no tiene ninguna
necesidad de ser reconocida, devolveré la libertad a Sophie y garantizaré la
dicha de Aline. ¡Ah! sería en vano, siempre me pondría por delante esa
certificación parroquial y solamente podría demostrar su inautenticidad
perjudicando a mi Léonore. ¡Qué apuro! yo que me regocijaba de los días en que
había traído al mundo a mis hijas, ¿Tendré que situar ahora esos días entre los
más funestos de mi vida?
.No, no cederé,
abandonaré a Sophie. Por mucho que lo piense no puedo actuar de otra forma. No
puedo socorrer a esa infortunada sin menoscabar la felicidad de mis dos hijas.
He de renunciar a ello... he de hacerlo. ¿Es posible que haya circunstancias
fatales en las que el cielo favorezca escasamente a la virtud a fin de que
resulte imposible rescatarla del infortunio? Ojalá pudieran ignorar
perpetuamente estas verdades fatales, muchas jóvenes llegarían a la conclusión
de que esa vía espinosa en que las coloca la educación no merece ser recorrida
ya que en ella se cae antes en las trampas de la intemperancia y del vicio.
Además, si no me
enfado por todo lo que acaba de suceder, si cedo en todo al hombre que me
engaña, si continuo observando frente a él la misma conducta, ¿quizás llegaría
a ablandarle? ¿quizás esa entrega completa por mi parte le haga desistir de sus
indignas pretensiones sobre Aline? Pero, por otra parte, ¿estará dispuesto a
creer que abandono a la ligera los intereses de aquella que durante tanto
tiempo he considerado como hija mía? ¡Bien! entonces explicaré mi resignación a
través de mi bondad. Le diré: "Esa muchacha me interesa. Ahora sois su
amo, os la recomiendo y os suplico que la hagáis feliz''.
Ahora me pesa no
haber enviado a Sophie a casa de su buena nodriza de Berseuil.....estaría
casada. ¿Qué digo? frente a las intrigas de un traidor que no escatima ni su
influencia ni el dinero cuando se trata de servir a sus pasiones, ¿no sería
todo igual hoy?... Habría un crimen más... Me interrumpen... terminaré mi carta
mañana.
Día 13
¿Lo creeríais? ayer
por la tarde se presentó como de costumbre para obtener, según dijo suavemente,
"los tributos del himeneo ofrecidos por las manos del amor". Y como
observó una ligera alteración en mi rostro, aunque me esforzaba por contenerme,
se me adelantó. Todo lo que había hecho, explicó, era para bien y, en verdad,
él no había hecho casi nada, fue Dolbourg quien, al pretender emparentar
conmigo, se avergonzaba de saber que una de sus antiguas amantes estaba entre
mis manos y fue él quien quiso recuperarla.
– Mi única falta
consiste, prosiguió, en no haberos prevenido. Pero como estabais convencida de
la loca idea de que se trataba de vuestra hija, os hubierais opuesto. Y como yo
evito con tanto cuidado todo lo que pueda enturbiar nuestras relaciones, como deseo
tan intensamente reparar mis antiguos errores, debéis perdonarme este pequeño
secreto que obedecía al deseo supremo de conservar vuestra estima. No hay nada,
continuó, que me haga sentirme tan sinceramente celoso... Hay pocas mujeres que
reúnan tantas gracias... junto a atractivos tan divinos, virtudes tan raras...
¿Pelear con vos... yo?, ¿querellarme?... ¿Cómo podría hacerlo?
– Pero ella está en
vuestra casa, le dije, interrumpiendo sus zalamerías.
– Sí, respondió,
sorprendido de verme tan bien informada... sí, es verdad, está en mi casa, no
he podido negar mi castillo a Dolbourg que quería recibirla en él durante unos
instantes.
– ¿Y que hará de
ella después?
– La enviará, me
dijo con ese tono misterioso que emplean tan hábilmente los impostores para
conferir a sus mentiras el colorido de la verdad, la enviará a un convento
perdido en la Gascuña... Estará bien... Le dará una buena pensión... ¡Oh! no
conocéis a Dolbourg... Jamás he visto que le hagáis justicia. ¡Es de una
simplicidad de costumbres tan grande... de una franqueza tan rara... de una
naturaleza tan auténtica... de una ingenuidad tan preciosa! ¡Ah!, creedme que
el único hombre que está llamado a hacer la felicidad de nuestra Aline. ¡Bueno!
¿Estáis convencida ahora de que todo lo que creíais sobre esto era puro
cuento?... (Yo me callé)... Hay una enormidad de gente que esta sumamente
interesada en engañaros... y que lo hace... Aunque sólo fuese ese Valcour...
desconfiad de él... os lo digo yo. Es el más peligroso de los bribones.
– Un momento,
señor, le dije, porque no podía soportar tantas falsedades y movida por la
curiosidad de ver hasta donde podía llegar... un momento... Ya que estáis
justificando vuestra conducta, ¿me explicaréis la razón de esa comisión secreta
confiada al alguacil que vino a detener a Léonore a Vertfeuille? ¿Por qué
disponía ese hombre de una orden vuestra basada en una descripción para detener
a mi hija en lugar de la esposa de Sainville?
Y en ese momento,
amigo mío, el arte de fingir acudió a componer a su antojo todos los rasgos de
ese odioso rostro.
– ¿Yo? respondió,
¿yo dar órdenes para poner a Aline en el lugar de Léonore?... Pero pensad, por
favor, que si yo me he enterado de la aventura de Sainville en Vertfeuille fue
por boca de terceros, circunstancia que me colocó en una situación muy embarazosa,
que incluso hizo que me enfadase un poco con vos por no haberme advertido nada,
ya que no sabía qué responder a todas las preguntas que se me formulaban al
respecto.
– ¿Lo negáis
entonces? le dije levantándome enfurecida.
– Vamos; vamos;
respondió él sonriendo, ahora veo que estáis bromeando. Pero si proseguís, me
enfadaré... Ya tengo bastante con los errores verdaderos que he cometido, no
inventéis otros nuevos. Dormid en paz por lo que respecta a Aline... No os la
arrebataré... Os la pido... y no pasaré de ahí, y espero que después de un poco
de reflexión ya no me la negaréis...
Me volví a sentar.
Me di cuenta del error que acababa de cometer al romper el silencio sobre un
tema que me había propuesto mantener en secreto y cuyo recuerdo evocaba en vano
ya que., a buen seguro, lo negaría todo...
– Os creo, dije con
una tranquilidad fingida. Sí, os creo... Pero si me acusáis de tener enemigos,
también los debéis tener vos... La perfidia que os echo en cara os ha sido
atribuida en público, y...
– ¡Enemigos,
enemigos! ¿Quién no los tiene?... Solamente los tontos no tienen nunca
enemigos. Pero todas esas calumnias... las desprecio hasta el extremo de que,
por mi honor, ni siquiera me informaré de aquellos que han pretendido
indisponerme con vos.
Y animándose y
acalorándose por mi causa, sin darme tiempo de responderle se puso a repetirme
sus halagos... a exigir finalmente... lo que estaba dispuesta a seguir
concediéndole, ya que estaba decidida a fingir... Nunca le vi tan apasionado,
tan depravado, debería decir. El amor o el sentimiento en esas almas es
solamente el exceso del desorden. ¡Pero qué siniestro es el espíritu de este
hombre, incluso en medio de sus placeres mas dulces!... Escucha algunas de sus
palabras :
– ¡Qué bella sois!
me dijo examinándome sin velos, no, jamás la muerte se atreverá a destruir esta
obra de arte. No quedaréis sometida a la ley que rige sobre los demás... Este
bello cuerpo no se corromperá. Nada se alterará nunca en vos. Y en el último reposo
de la naturaleza, aún le serviréis de modelo.
Y gracias a esta
idea alcanzó la cúspide de su placer. Esta idea, delicadamente horrible, sumió
a sus sentidos en la embriaguez.
¡Oh, amigo mío! ¡no
sé, todo esto me alarma, este cambio tan evidente en su conducta, este afán por
obtener cosas que ya no deberían apasionarle!... Incluso en los primeros años
de nuestro matrimonio, no me festejaba con tanta asiduidad. ¿Qué significaba
este retorno?... ¿Si verdaderamente me amase, si desease reparar sus errores...
los agravaría? Me halaga y, sin embargo, me engaña. Me acaricia, y me aflige...
¡Ay! ¡tiemblo! ¿Qué pretende? ¿Qué necesidad tiene de utilizar la astucia
conmigo? ¿No es el más fuerte?... Solamente hay que engañar a quienes tememos.
La astucia es el arma del esclavo. Solamente está permitida a los débiles.
Envilece a los más fuertes si se atreven a utilizarla. ¡Ah! aunque me
ennoblezca, aunque me humille, aunque me alabe o aunque me degrade, siempre
seré su víctima. Nada hay que pueda impedir que lo sea... ¡Oh, mi Aline!...
Quizás lo seas tú también... y yo ya no estaré para arrancarte de su mano
cruel... Valcour, las lágrimas fluyen en contra de mi voluntad. Mi cabeza se
nubla... mi alma, fatigada de desgracias, se irrita ante el temor de otras
nuevas. Llega un punto en que ya no podemos soportar el horrible peso de
nuestras cadenas, en que se prefiere mil veces el fin de la existencia a la
renovación del infortunio... Oh, Valcour, si yo hubiera de faltaros... si yo no
estuviese y Aline fuese desdichada... derramad toda vuestra sangre, si es
preciso, amigo mío, para liberarla de los horrores que amenacen su frágil
existencia... Tened siempre presente a la madre que os la entrega... Repetid a
menudo: "Me amaba... deseaba mi felicidad y la de su hija. La providencia
se opuso a ello... Pero a ambas debo mi amor y mi pena... Debo quererlas más
allá de la tumba o perecer con ellas".
Adiós, estoy
demasiado triste esta noche como para continuar escribiéndoos... Intentad
almorzar el jueves en casa del conde, haré todo lo posible para veros allí.
CARTA XLVI
Valcour a Madame de
Blamont
París, 20 de Enero
Acabo de recibir
una extraña visita, señora. Lo que ha sucedido me parece de tan alta
importancia que he creído que me permitiríais que os lo comunicase al instante.
Serían las diez de la mañana y me disponía a salir cuando me anunciaron al Sr.
presidente de Blamont.
– ¿Puedo saber, le
dije, señor, a qué debo el honor de tal atención de vuestra parte?
– Debéis suponerlo.
– Lo ignoro, pero
si deseáis tomar asiento, estaríais más cómodo para explicármelo.
– No vengo aquí ni
para haceros cumplidos ni para recibirlos.
– Si es así,
permanezcamos de pie. Pero explicaros rápidamente porque hay asuntos que
reclaman mi presencia.
– Me tomaré el
tiempo que necesite y vos tendréis la bondad de escucharme. No hay ningún
asunto que sea tan urgente para vos como el que vengo a exponeros.
– ¡Y bien! ¿De qué
se trata? Explicaos.
– Vengo a daros un
consejo.
– No me agradan.
– El deber de un
hombre prudente es seguirlos cuando son buenos.
– El hombre más
prudente aún no los da jamás.
– De este depende
vuestra seguridad.
– Un hombre de bien
la halla en su conducta.
– Modificad
entonces la vuestras si deseáis que esta seguridad sea perfecta.
– Me parece, señor,
que este no es precisamente el tono de un consejo.
– La superioridad
da en ocasiones algunos consejos que no están formulados en el tono de la
amistad.
– ¿La
superioridad?...
– ¿Preferiríais que
dijese la fuerza?
– Ninguna de las
dos cosas os convienen, sois el hombre más innoble y tenéis todo el aspecto del
más débil.
– Mi posición...
– Es una de las más
mediocres del Estado, a menudo una de las más tristes y siempre una de las
menos consideradas. Pensad que con cien bolsas de mil francos mi criado puede
ser mañana vuestro igual.
Dejándose caer en
un sillón, dijo:
– M. de Valcour,
vuestra conducta os pierde y por consideración hacia vos mismo, deberíais
cambiarla.
Sentándome enfrente
de él:
– No comprendo como
mi conducta puede ofender al público o a vos.
– Seducir a mi hija
es ofenderme y citarla en una iglesia es ofender al público.
– Vuestro reproche
es falso en dos puntos: no intento seducir a vuestra hija y jamás la he citado
en ninguna parte. Sabed además que entre una muchacha de su edad y un hombre de
la mía no hay más seductor que el amor y que si la encuentro de vez en cuando
en la iglesia es por pura casualidad.
– Con estas
respuestas se arregla todo.
– Solamente
pretendo decir la verdad.
– ¡Y bien! si es
como decís, ¿cuáles son vuestros sentimientos hacia mi hija?
– Los del respeto
más profundo y al amor más inviolable.
– No podéis amarla
ya.
– ¿Qué ley me lo
impide?
– Mi voluntad que
se opone a ello.
– Esperaremos.
Levantandose
enfurecido:
– ¿Esperaréis?
Entonces toda vuestra felicidad se basa en el fin de mi existencia.
– No, me agradaría
mucho llamaros padre y recibir a Aline de vuestra mano.
Paseándose por la
habitación a grandes zancadas:
– No contéis con
ello.
– ¿En ese caso hago
mal al deciros que esperaremos? un hombre menos honrado no os lo diría.
– Pero significa
decirme claramente...
– Significa deciros
que deseamos que os hagáis adorar como padre o que os hagáis olvidar como
enemigo.
– Tendría gracia
que un hombre no pudiera disponer de su hija.
– Puede hacerlo,
sin duda, mientras sus intenciones tengan en cuenta la felicidad de esta hija.
– Esas
restricciones son sofísticas, los derechos de un padre sobre sus hijos no lo
son.
– Hay muchas cosas
que existen aunque sean injustas.
– No cambiaréis las
leyes.
– Tampoco
extinguiréis vos mi amor.
– Haré cesar sus
efectos.
– Conseguiréis que
os odien quienes deben amaros.
– Hay que burlarse
de los sentimientos de las personas cuyos errores hay que castigar.
– No es un error
amar a vuestra hija.
– Pero si lo es
apartarla del esposo a quien se la he destinado.
– Aunque dejase de
pensar para siempre en mí, impedir que se una a un libertino es hacerle un
favor.
– ¡Ah! ¿Son estas
las impresiones que suscitáis en ella? ¿Son estos los sentimientos que sugerís
en mi mujer?
– Es lícito avisar
a los amigos cuando están a punto de ser engañados, tranquilizaos, sin embargo.
Instado por otras personas que no son ni vuestra mujer ni vuestra hija, para
que aclarase la conducta del monstruo con quien queréis unirla, me negué a ello.
Pero la providencia quiso que sus desvaríos se descubriesen naturalmente y
deberíais avergonzaros de un proyecto que os deshonra.
– M. de Valcour; no
me obliguéis a llegar a extremos que me enojarían, más vale que emprendamos un
camino menos escabroso. Tened, dijo, poniendo diez cilindros encima de la mesa,
no sois rico; lo sé; he aquí quinientos luises y firmadme una renuncia al matrimonio
que pretendéis.
Cogiendo los
cilindros y arrojándolos a la antecámara:
– Hombre vil,
¿olvidas que estas en mi casa? ¿Olvidas la bajeza de tu existencia, la escasa
dignidad de tu situación, el envilecimiento en que te sumergen tus vicios y los
derechos que la virtud y la naturaleza me confieren sobre tu despreciable
persona?
– Me insultáis,
señor.
– Lo haría en
cualquier parte, pero como estáis en mi casa me contento con pediros que os
marchéis.
– Os tomáis las
cosas muy a pecho.
– ¿Y por qué he de
merecer ser humillado con tanta crueldad? ¿Quién puede induciros a
subestimarme? ¿Renunciar por dinero al sentimiento más precioso de mi vida?
¡Cobarde! si soy pobre, pero la sangre de mis antepasados corre por mis venas y
me duelen menos las faltas que me han hecho perder mi patrimonio que lo que me
sonrojaría el poseer unos bienes cuya adquisición me cubriría de vergüenza.
Mueran mil veces quienes solamente pueden aportar, para compensar las virtudes
que no posee, sacos de oro de origen inconfesable. Los escasos bienes de que
disfruto son míos y los del hombre que destináis a vuestra hija son la dote de
la viuda, el patrimonio del huérfano, la sangre del pueblo. Estremeceos dar a
vuestros nietos riquezas adquiridas a costa del honor... tesoros que podrían
ser devorados instantáneamente por el infortunio si reinase la equidad en este
tribunal envilecido al que os jactáis de pertenecer.
– ¿Entonces no
deseáis renunciar a mi hija?
– Lo haré cuando
ella lo exija y cuando me diga que no soy digno de ella.
– La haréis
desdichada, mi palabra está dada y no la retiraré.
– ¿Y, por qué
horrible injusticia la felicidad de un amigo os es más preciosa que la de
Aline?
– Estimo ambas por
igual y haría felices a ambos si no trastornaseis la cabeza de mi hija.
– Si para que esa
muchacha sea feliz, consideración única ante la cual toda otra debe ceder, es
absolutamente necesario que se sacrifique alguien ¿no es más justo que sea
Dolbourg, a quien ella no ama, y no que lo haga yo que la adoro y que me
enorgullezco de no parecerle indiferente?
– Si Dolbourg no es
el preferido ¿por qué queréis que haga un sacrificio? A quien corresponde hacer
un sacrificio por ella es al que la ama.
– Un sacrificio
hecho a expensas del corazón de Aline sería un sacrificio mal entendido.
– Pero Dolbourg no
pretende su corazón, lo deja en libertad, solamente aspira a la alianza y es lo
suficientemente equitativo como para estar convencido de que a su edad no se
puede cautivar ya el corazón de una joven. No tiene pretensión alguna sobre los
sentimientos de Aline, se casa con ella, eso es todo. Nadie pone ya en el
matrimonio esa grotesca caballerosidad de que alardeáis. Uno se casa con una
mujer por sus relaciones, por su dinero, para hacer uso de ella alguna vez en
caso de necesidad. Entonces es preciso que, por las buenas o por las malas, la
mujer muestre a su marido toda la obediencia que le debe. Ha de manifestarle
una sumisión ciega y por lo demás, que le ame o que no le ame, que esté
contenta o triste al concederle lo que de ella se pretende, y que sea legítimo
o no... siempre que se obtenga... ¿qué importa todo lo demás para la felicidad?
Vosotros, las personas de grandes sentimientos situáis la felicidad en quimeras
metafísicas que solamente existen en vuestras huecas cabezas. Analizad todo
esto, y el resultado es: nada. Ya me gustaría que me dijeseis de qué sirve el
amor de una mujer siempre que se pueda gozar de ella. Y si se goza de ella ¿qué
puede aportar el amor a la sensación física?
– Suponiendo que
vuestro Dolbourg sea lo bastante despreciable como para pensar así, si vuestra
hija es delicada la haréis desgraciada.
– ¿Y por qué, si no
se exige de ella nada que no pueda dar?
– Esos dones son
horribles cuando no los hace el corazón.
– Bien, serán,
supongo, dos momentos un poco duros cada día, le quedan veintidós horas para
hacer lo que quiera.
– Una mujer
virtuosa no se encuentra solamente ligada en el instante de los deberes, lo
está siempre y cuando ese instante es cruel, sus cadenas se hacen insoportables
porque su recta conciencia no le permite recurrir a los medios infamantes con
que podría aligerarlas.
– Todo eso son
principios de jovenzuelos recién salidos de la escuela. Ya veréis, M. de
Valcour, como a mi edad preferiréis las ideas menos intelectuales a todos esos
sofismas del amor. Si al marido para ser feliz le basta con lo físico, la mujer
debe serlo sin lo moral.
– ¿Y suponéis que
un marido puede ser dichoso si prescinde del corazón?
– Sostengo que lo
será más. El amor es solamente la espina del goce, solamente lo físico es la
rosa... Os sorprendería si os dijese que se pueden saborear placeres más
intensos con una mujer que nos odia que con una que nos ama. Esta da... a la
otra hay que arrancárselo. ¡Que diferencia en la sensación física! así tiene
siempre el atractivo picante de la violación, es el fruto de la victoria ya que
es preciso combatir y vencer, por consiguiente es cien veces más deliciosa.
Pensad que en la vida del hombre hay veinte años en que este desea aún gozar
todos los días y no obstante es seguro que sólo inspirará repugnancia. ¿Cómo
podría ser feliz cuando ya no puede dar amor, si solamente el amor hiciese la
felicidad? Y sin embargo lo es, luego es posible ser feliz sin proporcionar
ningún placer y es muy posible recibirlos sin devolver nada a cambio.
– Las ideas de una
mujer de dieciocho años no son las de un hombre de cincuenta.
– Pero ¿estáis
seguro de que se tengan ideas a los dieciocho años? Creedme, la edad en que
solamente se escucha al corazón no es nunca la de las ideas. Extraviado por un
guía absurdo uno se engaña acerca de las sensaciones y pretende que la
sensibilidad saboree lo que solamente es bueno cuando se la ultraja. Por lo que
a mí respecta, lo confieso que hace menos de diez años que disfruto, hace menos
de diez años que sé qué es lo que hay que excluir y qué es lo que hay que
sofocar para mejorar un placer. Es inaudito lo bien que se percibe lo que
creemos que estamos a punto de perder. Cuanto menos seguro está uno de poder
repetir, más se saborea lo que se obtiene. Es preciso haber conocido mucho para
opinar sobre lo que es bueno... ¿Y qué se conoce a los dieciocho años? A esa
edad uno estima aún sus principios, cree en la virtud, admite la existencia de
los dioses... quimeras... estando apegado a todos estos prejuicios ¿puede
concebirse esas divinas desviaciones fruto del hastío y de la depravación,
puede concebirse la idea de esas investigaciones deliciosas, nacidas en el seno
de la impotencia? Hay que envejecer, os digo, para ser voluptuoso... De joven
solamente se puede estar enamorado y no es solamente en Citeres en donde el
placer desea que se le rinda culto... Pero terminemos, M. de Valcour, os estoy
sermoneando y no os convenzo... ¿Cuál es vuestra última decisión?
– Morir antes mil
veces que renunciar a mi Aline.
– Os haréis
acreedor a muchos males.
– Si ella me ama,
los afrontaré todos.
– ¿Es entonces esta
vuestra última respuesta?
– Es la única quo
obtendréis de mí.
Levantándose
enfurecido, dijo:
– ¡Pues bien! No os
sorprendáis de las medidas qué voy a adoptar... de las fuerzas que armaré
contra vos.
– Si actuáis como
un hombre vil, me daréis el derecho de despreciaros y disfrutaré de él en toda
su extensión.
– Acordaos, sobre
todo, señor, que mi casa os está vedada... que haré vigilar a mi hija y que, si
continuáis escribiéndole o dándole citas apelaré a las leyes y a través de ella
sabré haceros observar el respeto qué debéis a uno de sus ministros.
Salió enfurecido
recogiendo sus cilindros y protestando quo mi obstinación no tardaría en
producirme remordimientos.
Esto es lo que
pasó, señora. Quisiera haberme mostrado más sociable en esta visita. Reconozco
quo me duele por vos la acritud que manifesté, pero no pude soportar que me
tratasen como lo hizo... ¡Proponerme que vendiese mi amor por Aline! ¡Santo
cielo! todas las gotas de mi sangre derramadas una tras otra no me harían
renunciar a ella; aunque el trono del universo fuese el precio de mi
sacrificio, aunque la alternativa fuesen los más horribles tormentos, no
vacilaría un minuto.
Espero vuestras
órdenes, señora, pero no sin inquietud, no sin sentir, como vos, en el fondo de
mi alma, el presentimiento del infortunio... Yo que quería daros ánimo... ¡Ay!
advierto que necesito el vuestro... Ocultad esta escena a vuestra Aline. Aumentaría
sus inquietudes... ¿Volveremos a conocer algún día los instantes dichosos del
reposo y de la felicidad?
CARTA XLVII
Madame de Blamont a
Valcour
París, 26 de Enero.
No trató de
ocultarme la visita que os hizo. Yo esperaba... Me habló de ella antes de ayer
y como el tono no había variado, no quise decir nada para no ser descubierta.
Pero no me dijo una sola palabra de los quinientos luises y aún menos de cual
había sido el estado de ánimo. Se contentó con decirme que quiso veros para
persuadiros a renunciar a pretensiones que no os convenían en modo alguno y que
no pudo venceros. Me rogó que me ocupase de ello y, sin dureza, sin acritud, me
dijo que era mi deber oponerme a ciertas citas de cuya existencia no tenía la
menor duda... Conocía estas entrevistas, amigo mío, y espero que estéis
convencido de que yo no las ignoraba. No hubierais querido que Aline os las
propusiera a mis espaldas. Estoy segura de que son muy sencillas y nada más
lejos de mi intención que prohibíroslas si vuestros propios intereses no me
obligasen a ello. Pero eso no basta, Valcour, hay que evitar cuidadosamente
salir de aquí, hasta que la tormenta haya amainado. No tengo pruebas ciertas de
la ira del hombre a quien tememos, pero con un carácter como el suyo con tanta
ruindad, ni siquiera la calma debe engañarnos. Ninguno de sus sistemas me
sorprende, me ha mostrado ya de una forma excesivamente explícita hasta dónde
puede conducir a un corazón como el suyo el abandono de los principios. Esto me
hace comprender el caso que hay que hacer a sus caricias. Pero si solamente las
hace por falsedad... que esté bien seguro de que yo solamente las recibo por
política y que lo trataría como merece de no verme forzada por el interés de
mis hijas.
Imagino el esfuerzo
que os habrá costado conteneros y, sin embargo, aún he de deciros que os
excedisteis. Me lo oculta y eso me inquieta. Salió ayer para Blamont,
asegurándome que Sophie ya no estaba allí, aunque muy cierto que ella está.
Hace algunos días recibí una carta suya, desde su encierro, que me fue
entregada en el mayor secreto. No os la envié porque solamente contenía las
particularidades de su secuestro, que ya conocíais. He encontrado la forma de
establecer una correspondencia segura con Blamont: me harán llegar las cartas
de esta desdichada muchacha y me informarán puntualmente de todo lo que la
afecte. En estos momentos ella se encuentra en Blamont y el presidente se
dirige allí... va a Blamont y me asegura que ella no está allí... y sus intenciones
para conmigo no disminuyen... ¡Oh!, amigo mío, ¿están comprobadas esas
desviaciones? ¿son manifiestas esas falsedades?... ¿Y no hemos de temblar? ¡Oh,
cielos! todo está hecho para inspirarnos los más vivos temores... Antes de
cerrar mi carta quiero saber si Dolbourg va con él...
Ya llega... No, no
va con él, el presidente sale solo y Dolbourg ni siquiera va a moverse de
París... ¿Cuál es el objeto de esta visita?... Desdichada Sophie, ¿Podrán los
títulos que se te atribuyen protegerte de las iras de este libertino? ¿No se
arrepentirá de haberte convertido en la amante de Dolbourg? y, rotos ya esos
lazos, ¿no inflamará su imaginación?... la idea del crimen, afortunadamente
imaginario.
Es preciso que os
hable de mi Aline, mi mente necesita descansar en virtud ya que se ha visto
obligada a imaginar el crimen... Os abraza, está ligeramente inquieta... Ignora
todo lo referente a vuestra escena... pero, como su madre, ve en todo esto algo
turbio... Consolada de veros un instante todas las semanas le desagrada verse
obligada a renunciar a ello. No obstante os exhorta a que mostréis el mismo
valor que ella y ambas os abrazamos.
CARTA XLVIII
Léonore a Madame de
Blamont
Rennes, 22 de Enero
Faltaría a todo lo
que os debo, mi querida mamá, si no os comunicase el feliz comienzo de todas
nuestras gestiones. Mi retorno a Bretaña ha sorprendido a mucha gente y ha
afligido a algunos. Una multitud de pequeños primos oscuros que se habían
repartido la herencia de la condesa de Kerneuil opinan que es una contrariedad
que venga a arrebatársela y la desesperación de estos desdichados campesinos es
tanto más amarga por cuanto no ven ninguna posibilidad de sostener ya sus
ridículas pretensiones. Nada me divierte tanto como el desconcierto que crean
esas pequeñas fortunas disipadas por mi presencia, como el aguilón que derriba
las plantas parásitas que nacen en un día y quedan destruidas en un instante.
Vais a decirme que soy mala, que tengo mal corazón, pero, reproches aparte, me
concederéis que hay ocasiones en que el mal que cae sobre los demás resulta a
veces bien agradable ¿No cabe incluir
entre ellas aquellas en que nos enriquece?
El conde de Beaulé
nos ha enviado una respuesta de España que nos garantiza una rápida y segura
restitución de una parte de los lingotes y esto, unido a lo demás, va a
convertir nuestra casa en una de las más ricas de Bretaña. Pero no será en
provincias en donde consumamos esta brillante fortuna, viviremos en la capital:
el centro de los placeres y el lugar que conviene a las riquezas. Y desde el
momento en que se pueden satisfacer todos los caprichos, hay que preferir como
lugar de residencia aquel en donde se renueven con más frecuencia. Además este
proyecto nos acerca a vos ¿qué más queremos para decidirnos? ¿No habíais
emprendido mi conversión? Es preciso que os reconozca el mérito... ¡Qué
desvelos! y ¡cuánto temo veros fracasar! Apelaré a mi corazón para que acuda en
socorro de mi espíritu... pero ambos, según decís, son tan malos... Sin embargo
no admito ninguna condena sobre el primero y mi sensibilidad sigue siendo muy
activa cuando se trata de quereros .
Destinada a
efectuar encuentros singulares he encontrado como directores de espectáculo en
Rennes a M. y Mme. de Bersac. Me vieron en una parte de mi gloria y mi pequeño
orgullo quedó muy halagado. Esta aventura me ha dado una idea sobre esa pequeña
Sophie que me hicisteis ver en Orléans... Es hermosa, mis antiguos amigos se
han ofrecido a formarla bien, si lo aprobáis. Me parece que eso siempre será
mejor que un convento y cuando se tiene un rostro como el suyo, ¿no es
infinitamente más sensato ser útil a los hombres que inútil a Dios? Si no
obstante este proyecto escandaliza a la fiera virtud de mi bonita mamá, le
ofrezco un puesto en mi casa en cuanto nos hayamos establecido. Cuando uno es
joven hay que trabajar: establecer una pensión para que rece a Dios y murmure
enterrada en un convento es emplear mal el dinero. No pretendo enfriar vuestra
compasión, pero si esa muchachita no quiere hacer nada, en verdad que yo la
abandonaría sin escrúpulo. Ya os lo dije, creo que no hay nada peor que
fomentar la holgazanería. Eso significa infringir las leyes de la sociedad,
infringirlas todas.
Espero que toméis
una decisión y me comuniquéis vuestras órdenes, sean cuales fueren me honraré
con ellas y para mi será una norma el cumplirlas fielmente. Sainville y yo
abrazamos a la dulce Aline y os presentamos nuestros respetos.
CARTA XLIX
Sophie a Madame de
Blamont
Castillo de
Blamont, 29 de Enero
¡Oh!, señora, ¿por
qué mi sino ha de ser el de referiros infamias? ¿por qué el cielo me ha dado la
existencia para ser siempre la víctima del infortunio?... Pero, ¿cómo me atrevo
a hablar así cuando quien me hace sufrir es una persona tan cercana a vos? Habéis
tenido a bien leer mi primera carta, vuestra respuesta, que guardo en lo más
profundo de mi corazón, me dice que os habéis dignado llorar a causa de mis
males. Voy a confiároslos una vez más, voy a implorar de nuevo vuestra
protección, me veo amenazada por desgracias mayores que las que hasta ahora he
padecido. ¡Oh! señora, ¡dignaos librarme de ellas! No os pido ya que tengáis
las mismas atenciones hacia mí, sé que son imposibles, pero tratad solamente,
os lo suplico, de hacer que pueda salir de este lugar. Me iré a vivir ignorada
a alguna parte de la tierra y ya nunca se oirá hablar más de mí. Mis
desdichadas manos proveerán lo necesario para mi subsistencia. No pido más
ayuda que la libertad de poder trabajar. La gente se apiadará de mi miseria, protegerán
mi juventud; no todos los corazones están endurecidos. Solamente pido el fruto
de mi trabajo, lo mereceré por mi conducta y mi actividad. Pero pasemos a los
detalles, señora, ya que me permitís que os los refiera .
El Sr. Presidente
llegó aquí en la diligencia el día 25 por la tarde. Eran aproximadamente las
ocho cuando entró en la casa. Le habían encendido el fuego y le habían servido
la cena en sus habitaciones, en la parte de arriba. Subió enseguida y en cuanto
estuvo preparado mando decirme que me presentase ante él... Una hoja agitada
por la tormenta hubiera temblado menos que yo. Su lacayo cerró cuidadosamente
al salir todas las puertas. La única comunicación que quedó libre fue la que
unía nuestras habitaciones, casi no me atrevía a avanzar... Estaba sobre una
poltrona, en el fondo de la habitación, enfrente de la puerta por la que yo
entraba.
– Acercaos, me
dijo, imagino vuestros temores, habéis de temblar al verme después de la
tontería que hicisteis... Estaréis persuadida, espero, que si he venido aquí es
solamente para haceros llorar. Pero ante todos escuchadme y que la verdad guíe
vuestras respuestas. ¿Qué motivos pudieron induciros a buscar la casa de mi
mujer como refugio?
– El azar, señor,
estad bien seguro de ello, es la única causa de este suceso. Huía hacia
Berseuil. Expulsada por vuestro amigo iba a implorar el socorro de la mujer que
me había criado. Mme. de Blamont me encontró en el bosque y me llevó a su
palacio sin que yo supiese que estaba en casa de alguien tan cercano a vos.
– ¿Pero le
contasteis todo lo que sucedía en la casa que compartíamos mi amigo y yo?
– Ignoraba a quien
estaba hablando.
– No deberíais
haberlo hecho en ningún caso.
– Después de haber
sido expulsada de una manera tan cruel creí que era lícito que me quejase.
– Merecisteis el
tratamiento que se os infligió.
– No, señor.
– Sois una
desvergonzada y traicionasteis a mi amigo.
– ¿Qué juramento os
convencería de lo contrario?
– No me engañaréis,
sois una putilla... y lo que es más, nos robasteis al salir.
– ¿Yo, señor?...
¡Santo cielo!
Y arrojándome a sus
pies:
– ¡Oh, señor! soy
una desgraciada, pero la indigencia no excluye ni la franqueza ni la
honradez... Creed el juramento que os hago de mi inocencia en todos los puntos
de vuestra acusación.
– No será en este
momento... no, no será en el instante en que vengo a castigar severamente
vuestras faltas cuando me haréis creer que éstas no existen.
Y entonces se
levantó y se paseó algún tiempo por la habitación. Yo me levanté también me
mantuve en silencio sin atreverme a levantar la vista hacia mi juez y temblando
cada vez que se detenía... Entonces se acerco a mí y, obligándome a erguir la
cabeza, que levantó y abarcó con una de sus manos, me dijo:
– Os han
trastornado la cabeza; os han dicho que erais bonita. Es imposible serlo menos.
Os han dicho que os parecíais a Aline: sería muy enojoso para ella que fuese
tan fea como vos... Algunos rasgos, si se quiere... lo que explica que,
bromeando, os llamase hija mía. Pero espero que estéis bien convencida de que
no nos une parentesco alguno.
– ¡Oh! sí, señor,
ahora sé cuál es mi cuna.
– ¿Lo sabéis?
– Sí, señor.
– ¿Cuál es?
Y en este punto,
señora, no creí cometer una imprudencia al confesar que sabía que no era más
que la hija de Claudine Dupuis de Pré-Saint-Gervais.
– ¿Y quién ha
investigado esto? preguntó entonces sumamente sorprendido.
– ¡Ay! señor, no lo
sé, pero eso me dijeron en el palacio.
– Os engañaron,
nadie sabe mejor que yo quien sois. Fuisteis criada durante algún tiempo por
esa mujer, pero no sois nada suyo.
Luego, sujetando mi
garganta con una de sus manos mientras con la otra aferraba mi cabeza para
poder contemplarme desde más cerca, me dijo:
– Ha de bastaros
con saber que no sois hija mía y que, aún cuando lo fueseis, no por ello
tendría menos derecho a castigaros rigurosamente y a reduciros a la sumisión
que quiero que me mostréis... Desnudaos...
Ya se ocupaba él
mismo de ello... Pero cuando vio que yo retrocedía bajando la cabeza y con
aspecto de implorarle, se lanzó sobre mí como un loco y arrancándome la ropa
obtuve el mismo tratamiento que había recibido de su amigo cuando fui expulsada
de su casa . Ni las lágrimas ni las oraciones fueron capaces de enternecerle.
Al contrario, se diría que mis esfuerzos por desarmarle le encendían aún más. Y
prolongando estos crueles preliminares con acciones más indecentes aún, me
sometió, durante la mitad de la noche a todo lo que el delirio de su mente y la
perversidad de su corazón pudieron sugerirle.
Al día siguiente me
hizo llamar cuando se despertó.
– Todo lo que hice
ayer no es, me dijo, más que una leve muestra de lo que os reserva mi amigo. A
él traicionasteis y a él le corresponde, pues, la venganza. Os lo traeré
enseguida, preparaos a recibirle y sobre todo intentad ablandarle como lo
intentasteis ayer conmigo con esos dos ojazos azules inundados con un torrente
de lágrimas cuyo efecto, como pudisteis comprobar, no fue excesivamente
eficaz... Nosotros los hombres de leyes tenemos la desgracia de estar un poco
de vuelta de todos esos bellos secretos femeninos... ¿No podría decirse que os
he pulverizado?... Veamos...
Entonces su mirada
se cebó en los vestigios de su intemperancia. Los contempló durante largo
tiempo con una curiosidad feroz... Luego volvió a
empezar.......................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................
Luego llamó al hombre que me vigila y le recomendó que lo hiciese con más
cuidado que nunca y sobre todo que me privase de cualquier medio de comunicarme
verbal o epistolarmente con quienquiera que fuese. Añadió que pronto volvería
con su amigo y subió de nuevo a su silla.
Si he cometido
alguna imprudencia, dignaos decírmelo, señora, a fin de que la repare con todas
mis fuerzas, pero no me abandonéis, os lo suplico. Los únicos apoyos con que
cuento son el cielo y vos, séame permitido implorar a ambos... ¡que ambos me
concedan un poco de reposo después de tantas desgracias! Me atrevo a arrojarme
a los pies de la señorita Aline y a presentarle mis respetos... ¡Qué dichosos
instantes aquellos en que pude llamarla mi hermana! ¡Dulce ilusión, cómo te has
desvanecido!... ¡Entonces hay seres en el mundo que no han nacido más que para
el infortunio y el dolor!... ¡Qué sería de ellos si la consoladora esperanza en
un Dios justo no viniese a mitigar su tormento!
¡Pero ay! mi
juventud me hace estremecer, lo que para otra sería motivo de dicha es la
desgracia de la pobre Sophie. ¡Cuántos años me quedan de sufrir en la tierra!
¡Dichosos los que ya están cerca del féretro!... ¡los que, después de haber
languidecido bajo las cadenas de la vida, ven finalmente las tijeras de Parca
dispuestas a poner fin a sus males! ¡Con qué tranquilidad contemplan el
instante que va a reunirles con el ser que los creó! contentos de ir a
glorificarle en paz... dichosos de renacer en el seno de su poder, ¡con qué
alegría han de despojarse de los harapos de su humanidad! ¡Por qué hube de
nacer! ¿Para qué sirvo en este mundo? Desconocida, despreciada, una carga para
todo el mundo... ¿valía la pena nacer? ¿Se trata de pruebas, Dios mío? os las
ofrezco y como precio de mi sumisión solamente os pido que destruyáis pronto la
desdichada existencia de una criatura que solamente aspira a volar de nuevo
hacia vos para serviros y adoraros.
Perdón, señora,
¿por qué he de fatigaros con mis lamentaciones? ¡Ay! serán quizás las últimas
que pueda dirigiros... ¡Quién sabe lo que me esta reservado! ... ¡quién sabe
como acabaré! Dios todopoderoso, haced que la desdichada Sophie no llegue a los
pies de vuestro trono sobre una cruz de dolor .
CARTA L
Madame de Blamont a
Valcour
París, 1 de Febrero
Os envío dos cartas
bien diferentes que acabo de recibir a la vez y ambas me han afligido por
motivos bien distintos. Una ha sido bañada por mis lágrimas, tengo la certeza
de que hará fluir las vuestras. La segunda... ¡ay! prefiero no hablar de ella,
leedla.
¡Bien! ¿debemos
dudar ahora de la realidad de los males que se acumulan sobre nuestras
cabezas?... ¡Qué canalla es ese hombre, qué cruel!... observad que cree que es
su hija y que, para desengañarse, cuenta solamente con una afirmación de ella
cuya certeza no le consta y que no ha podido destruir sus primeras opiniones
que, como es natural, deben prevalecer... cree que es su hija y ved cómo la
trata... ¡y el rayo no cae sobre un hombre así!... Me hubiera gustado que
hubieseis visto la calma con que volvió de esta admirable expedición; como el
hábito de fingir impedía que vacilase su frente... Ni un falso tono en las
inflexiones de su voz, ni una respuesta turbia... Nunca gozó el crimen de tanta
seguridad. Las mismas caricias, los mismos afanes. Pretendió pasar dos o tres
horas conmigo, como viene haciendo desde hace algún tiempo... Y yo, que nada
sabía... yo, que ignoraba esas manos criminales... ¡Ay! permití que se
acercaran a mí... y ahora tiemblo de espanto... ¿Podré sostener hasta el final
el papel que me he impuesto?... ¿podré refrenar el temblor cuando simplemente
sus ojos se fijen en los míos? Pero, ¿qué hacer?... ni siquiera tengo fuerzas
para imaginar... ¿cómo las tendría para actuar?
No obstante me
parece esencial que vayáis a ver al cura de Pré-Saint-Gervais y que averigüéis
si el presidente no ha emprendido alguna acción basada en las afirmaciones de
Sophie y que prevengáis a ese eclesiástico de lo que le rogamos que diga en el
caso en que alguien vaya a informarse. Yo no diría nada a Sophie: que continúe
respondiendo como lo ha hecho sin entrar en ninguna clase de detalle: debe
ignorarlos todos. En el fondo su respuesta es indiferente, no debe saber nada,
que diga lo que quiera. ¿Qué haremos ahora con esa desdichada? ... Abandonarla
es muy duro... y protegerla, muy peligroso... Como no tengo ninguna necesidad
de reconocer jamás a Léonore, ¿si continuase reclamando a Sophie?... ¿Pero
puedo hacerlo después de lo que ha dicho?...
¡Oh! amigo mío,
aconsejadme, lo necesito. Los sentimientos del corazón perjudican a los
razonamientos de la mente, lo siento y no sé que decidir. Imagino cien recursos
para salvar a esa infortunada y entre todo lo que pasa por mi mente quizás haya
cosas peligrosas. Hacer hablar a Dolbourg significa otorgarle una confianza de
la que seguramente abusará. El conde está encargado de una negociación tan
importante para Léonore que no me atrevo a encomendarle nuevos trabajos...
Además, ¿qué puedo hacer ahora por Sophie que no vaya en contra de mi marido?
Al defender a uno ataco al otro... al conservar a uno, pierdo al otro... Hay
casos en los que la trama del crimen están tan bien urdida que resulta
imposible romperla.
¿Qué me decís de la
tranquilidad de Léonore en despojar a esos desdichados colaterales? En verdad
que me arrepiento más que nunca de la decisión que adoptamos. Siempre sentí
algo turbio en el fondo de mi conciencia. Os lo dije cuando adoptamos la
postura de reclamar esa sucesión... El conde lo quiso, ya no hay tiempo para
echarse atrás. ¿Por qué reducir a esos desgraciados a la indigencia?... ¿No
podría contentarse con los bienes de su marido? ¿O, cuando menos, podía haber
dispensado a los más pobres? ¿Y la indiferencia con que me habla de Sophie?...
Convertirla en una cómica o en una doncella... Así es como la compasión habla
en el fondo de ese corazón... tan parecido al del hombre que es causa de todos
nuestros males... Adiós, mi cabeza está demasiado fatigada esta tarde como para
continuar escribiéndoos. Aconsejadme... iluminadme y sobre todo, acelerad esas
gestiones que os pido.
CARTA LI
Valcour a Madame de
Blamont
París, 4 de Febrero
Teníais razón,
señora, al sospechar que el presidente deseaba poner en claro este asunto, como
si tuviese prisa por saber si su crimen era real o no, como si hubiese temido
no cargar al punto su conciencia con este nuevo horror. La primera cosa que
hizo a su vuelta de Blamont fue dirigirse a toda prisa a Pré-Saint-Gervais.
Preguntó por Claudine Dupuis y le dijeron que había muerto. Se vio obligado a
recurrir al cura. Este buen hombre, que se acordaba de nuestras operaciones,
nos sirvió como si hubiésemos estado allí para animarle.
– ¿Que deseáis de
mí, señor?, le dijo.
– Saber, le
respondió el presidente, qué ha sido de Claire de Blamont que estaba criándose
aquí en tal época y con tal mujer.
– Murió y yo os
entregué entonces los certificados pertinentes.
– No, señor, no
murió, yo tenía razones para sustraer a esa niña a mi mujer y me puse de
acuerdo con la nodriza para fingir su muerte y me la llevé de aquí de noche.
– Y, de ser así,
¿qué deseáis? ¿quién, mejor que vos, puede conocer el destino de esa muchacha?
– Pero la nodriza
puede haberme engañado. Le dije que reservaba a esa niña el futuro más dichoso.
Quizás deseó que fuese la suya quien lo disfrutase y pudo dármela en su lugar y
conservar a la que yo iba a llevarme, lo que tendría como consecuencia que ahora
yo tuviese en mis manos a su hija en vez de la mía.
– Esas cosas no se
hacen.
– ¿Qué ha sido de
la hija de Claudine?
Y el cura, captando
hábilmente la oportunidad de la muerte real de Elisabeth de Kerneuil, traspasó
a la hija de Claudine (Sophie) la suerte de Elisabeth y le dijo que había
muerto. Como entretanto no había hablado de la tercera niña contra quien fue
cambiada Claire de Blamont, dejó que el presidente siguiese en el error y
absolutamente convencido de que la hija de Claudine murió y que la persona que
es Sophie es decididamente su hija.
Es seguro que si
estas cosas pudiesen sostenerse judicialmente sin inconveniente, de no ser por
el escándalo que tratáis de evitar, el único medio que tendríais para salvar a
Sophie sería el de reclamarla como vuestra hija. Como Léonore no tiene ningún interés
en desmentirnos, no lo haría y quizás tuvieseis éxito. Pero para esto es
necesario un proceso y no lo deseáis y yo, por mi parte, tampoco os lo
aconsejo. Todo os obliga, pues, a escuchar menos en este momento a vuestro
corazón que a vuestros intereses. Este otoño os aconsejaba casi lo contrario,
pero desde entonces han variado las circunstancias. No hay que ver las cosas
demasiado negras. ¿No es más simple imaginar que ambos amigos, después de
algunas orgías más alejarán a esa muchacha de vos y la colocaran en algún
convento de provincias? ¿No es más simple creer esto que suponer una atrocidad
tan estéril como inverosímil? Hay crímenes gratuitos que son demasiado
horribles como para ser imaginados y que ni siquiera el exceso de la
perversidad humana puede admitir. El que podéis temer sería uno de ellos, no lo
imaginéis...
Para estar más
seguro de los hechos el presidente propuso al cura la exhumación del pretendido
cuerpo de Claire, asegurándole que en el féretro no debía hallarse ningún
rastro de un cadáver de niña...
El cura, que sabia
a que atenerse, le dijo que esta investigación era inútil, que como había
ordenado el fraude, debía estar seguro de que había sido ejecutado, que ya
estaba bastante mal haber abusado así de las ceremonial de la Iglesia como para
unir a esta indecencia la exhumación propuesta.
– Además, añadió,
no puedo hacerlo sin permiso del arzobispo. ¿Reconoceríais este fraude ante él?
Creedme, dejemos que se olvide todo esto. La niña que os llevasteis está en
vuestras manos, no dudéis de que sea vuestra hija...
– Pero, una vez
más, repitió el presidente, deseoso de procurarse todas las pruebas que le
permitiesen comprobar mejor su crimen, ¿qué ha sido de la hija de Claudine
Dupuis?
Y el cura le
repitió que estaba muerta y terminó de convencerle enseñándole el extracto
mortuorio de Elisabeth de Kerneuil, enterrada bajo el falso nombre de la hija
de Claudine gracias a una superchería de esta nodriza que ya supisteis con
motivo de mis anteriores investigaciones. Os lo repito, el presidente está más
seguro que nunca de que Sophie es su hija y que todo lo que haya podido decirse
ulteriormente es solamente chismorreo de criadas que no debe tener un grado de
realidad superior que lo que le han probado. Un hombre honrado, recordando en
este instante las indignidades que, en un momento de furor, pudo descargar
sobre su hija, hubiera muerto de remordimientos y de dolor. El presidente,
perfectamente tranquilo en el mal... el presidente, que solamente deseaba estas
informaciones para gozar con certeza de haber cometido este crimen... el
presidente, decía, se marchó satisfecho, dejando que su rostro reflejase esa
perversa alegría que la convicción de la atrocidad cometida despierta en los
hombres malvados. Di al cura mil gracias por habernos servido tan bien y ambos
convinimos que lo había hecho sin faltar a sus obligaciones ya que no había
cometido ningún engaño, se había limitado a ocultar un secreto que le había
sido confiado y aprovecharse de los engaños de los que el mismo había sido
víctima.
Estos son los
hechos, señora. No me atrevo a asumir la responsabilidad de aconsejaros de
nuevo que abandonéis a Sophie a la providencia. Mi corazón sufriría demasiado
obligándoos a ello. Pero sea cual fuere el interés que os inspire, dignaos
reflexionar que habéis de ocuparos de dos hijas y un esposo. Para la aclaración
jurídica haría falta el testimonio del cura. Desde ese momento no salvaréis a
Sophie y recuperaréis a Léonore. Por hábil que sea esta joven, le expondréis,
no obstante los negros designios de ese padre atroz, capaz de sacrificar hasta
a Sainville en el momento en que solamente vea en él un obstáculo a las
infamias que concebirá infaliblemente sobre esta nueva hija inmolada ya desde
la cuna en su pérfida imaginación. Si os querelláis y perdéis, lo que es
seguro, sacrificaréis Aline a Dolbourg... desde entonces ya no habrá medio
alguno que pueda liberarla de sus garras, ya que Sophie no será ya su hermana.
Y, ganéis o perdáis, habrá alboroto, París entero se ocupará de vos y todo esto
por una muchacha que no es pariente vuestra y por la cual ya habéis hecho todo
lo que podría dictaros el más generoso sentimiento de compasión...
Hay casos
desafortunados, señora, y veréis que mi comparación pone todo en lo peor, ya
que supone atrocidades imposibles... pero aunque fueran ciertas... hay casos
desafortunados en los que el pastor sensato sacrifica una oveja perdida, antes
que arriesgar a todo el rebaño al pretender proteger a esa fugitiva. El
presidente emplea el fingimiento con vos. Usad las mismas armas. Debéis hacer
todo lo posible para no molestarle. Su presencia y sus atenciones os
repugnan... lo imagino, pero negaros a ello sería peligroso. Seguid vuestro
primer plan, cuanto más cerca de vos lo tengáis, mejor adivinaréis sus pasos y
mejor preparada estaréis para prevenirlos. Si lo alejáis de vos aumentará su
falsedad, sus maniobras serán las mismas y os resultará más difícil descubrirle.
Durante este tiempo trabajad firmemente para que la suerte de Aline se decida
en una asamblea de parientes. Allí alegaréis todas las razones que obstaculicen
el enlace que vuestro esposo desea y allí, si vuestro corazón sigue albergando
las mismas bondades hacia mi persona, osaréis mencionar mi nombre y hacer valer
los sentimientos de Aline. Mi comedimiento y mi delicadeza se oponen a que
insista más sobre este último punto. ¡Oh! ¡en qué buenas manos estará mi causa
si vos os dignáis defenderla!
Por lo demás, me
someto a vuestros consejos, voy a aislarme por completo ya que lo consideráis
necesario. Este sacrificio costará muy poco a aquel que solamente respira por
el dulce objeto que ya no puede ver ni encontrar en ninguna parte. Me privaré
de la dicha de ir a rezar a su lado al Dios que puede poner fin a nuestros
males. ¡Sin embargo, me resultaba tan dulce edificarme a su lado! Cuando, en el
fervor de sus invocaciones, veía a veces cómo sus hermosas mejillas se
coloreaban con el fuego de un santo ardor, cuando veía que se inundaban con las
lágrimas de la piedad y de la compunción, me decía con tanta alegría: ¿cómo es
posible que el Dios que la anima en este momento no satisfaga sus deseos? Está
en ella, desciende a ella, ella le implora, él la escuchará. E imaginándome
entonces, al prosternarme ante ella, adorar al mismo Dios en su más divino
santuario, dirigía a ese Dios todos los sentimientos de un alma encendida...
¡Bien! me privaré de esas delicias, pero el homenaje permanecerá siempre igual...
siempre presente en mi imaginación, la adoraré en el silencio del reposo y de
la soledad. Ella y ese Dios confundidos en mi alma solamente serán una sola y
misma cosa en donde convergirán a cada instante todos los sentimientos del amor
más violento.
CARTA LII
El presidente de
Blamont a Dolbourg
París, 6 de Febrero
¿Dónde te has
metido Dolbourg? En verdad creo que te estás haciendo sensato. Si es así, me
callo, nada me conmueve tanto como una conversión y creo tan poco en ellas que
siempre he querido presenciar una sin haberlo logrado hasta el momento. Sin
embargo es cierto que hay que llegar a esto... Se puede retroceder lo que se
quiera, esas malditas pasiones nos trastornan... nos ciegan. En la juventud son
violentas, a nuestra edad, son depravadas. Cuanto más envejecemos, más nos
dominan. Los gustos están formados, los hábitos, arraigados. A fuerza de
ultrajes hemos conseguido tener la conciencia tranquila, hemos llegado a
comprender que esas reminiscencias fastidiosas que en ocasiones la atormentan
se extinguen a medida que se las alimenta y que la forma más segura de
aniquilarlas consiste en darles doble ració6n. Entonces, en vez de detenernos,
los redoblamos. El exceso de la víspera inflama los deseos y solamente nos
sirve para inventar nuevos proyectos para el día siguiente. Y así llegamos al
borde de la tumba sin habernos ocupado de la caída ni un solo instante. Una vez
ahí, ¿qué hacemos? Renacen todos los prejuicios y expiramos desesperados.
Este será tu fin.
Desde aquí te veo rodeado de curas que te probarán que el diablo esta ahí y te
espera y tú temblarás, palidecerás, te santiguarás, abjurarás de tus gustos, de
tus amigos y luego te irás como un imbécil. ¿Y por qué harás eso?... Porque no
te has formado principios, te lo he dicho, solamente escuchas a tus pasiones
sin razonar su causa, nunca has tenido la filosofía necesaria para someterlas a
un sistema que pueda identificarlas en ti. Has saltado por encima de todos los
prejuicios sin intentar destruir ninguno. Los has ido dejando detrás de ti y
todos se presentarán para desesperarte cuando ya no haya forma de combatirlos.
Yo, infinitamente
más sensato, he apoyado mis desvaríos con razonamientos. No me he permitido la
menor vacilación. He vencido, he desarraigado, he destruido en mi corazón todo
lo que podía estorbar a mis placeres... ¿Qué pasaría si tuviera que abandonarlos?
Me molestaría tener que perderlos, pero sin arrepentirme por haberlos amado y
me dormiría en paz en el seno de la naturaleza. He acatado su voluntad, me
diría, he seguido sus inspiraciones. Lo que he hecho le agradaba, sin duda, ya
que ella despertaba el deseo en mí... ¿Qué horror podría despertar entonces en
mí el fin de mi existencia? ¿Debo temer el castigo por haber cedido mansamente
al dulce yugo de las leyes que me arrastraban?... moriré tranquilo, todo
terminará conmigo... todo se extinguirá cuando mis ojos se cierren y todos los
momentos que sigan a la aparición que he hecho en este mundo serán semejantes a
aquellos en que mi existencia era nula. No debo temblar más por lo que sigue
que por lo que precedía. Nada es mío, nada sucede conmigo, guiado siempre por
una fuerza ciega, ¿qué me importa dónde me lleve?
No dudes, amigo
mío, de que mi fin no sea tranquilo con unos sentimientos así. Te lo repito, no
se trata de ignorar, hay que vencer, subyugar, aniquilar. Un solo prejuicio
detrás de nosotros basta para nuestra desolación y hay que declarar guerra
abierta a todos, amigo mío, incluso a aquellos que parecen más respetables a
los ojos de los hombres.
Sea como fuere, a
mi regreso de Blamont lo más urgente era verificar las afirmaciones de esa
pequeña. Me agradaba la idea de estar unido a ella de tantas maneras, y
reconozco que me hubiera desesperado al ver que uno de esos lazos no confería
un encanto al otro. Ya no te temía, tus pretensiones se habían esfumado.
Solamente me frenaba un título... ¡Y bien! me conoces, Dolbourg, lo que me
hacía temblar era el temor de ver que mis placeres se desvanecían. Pero todo ha
sido reconocido, me cabe efectivamente el honor de haber puesto en el mundo a
Sophie, lo que debe hacer que el recuerdo de los placeres que saboreaste con
ella sea más delicioso. Es seguro que es legítima y hermana de la que te ha
sido destinada . Afortunado esposo de toda mi familia, te voy a hacer degustar
los placeres de los dioses , solamente te queda mi mujer. No puedes imaginarte
las ganas que tengo de verte mancillar las palmas de la virtud conyugal de las
que mi altiva esposa está tan orgullosa... ¿Quieres que aventure la
proposición?... Tú serás durante veinticuatro horas el amante apasionado y si
no se rinde, cosa que es probable, yo acudiré en tu ayuda... ¡Ah!, deja que me
ría de la idea, te lo ruego, me parece que es una de las más locas que se me
han ocurrido en mucho tiempo. Sí, quisiera verte convertido en el amante de mi
mujer. Mientras tanto prepárate para el viaje proyectado. Hay mil razones, a
cada cual mejor, que hacen que sean indispensable adoptar cuanto antes medidas
respecto a Sophie. Ya hablaremos en el camino sobre la forma de hacerlo, ya
que, por lo que hace al plan adoptado, no pienso que haya que abandonarlo.
Esa Mme. de Blamont
es peligrosa. Hay que desconfiar de ella. Aunque no diga gran cosa sobre este
tema, ahora ya no me engaña... La muy bribona es como una araña, cuando mejor
trabaja es cuando lo hace en silencio... Tenemos que adelantarnos a ella, privarle
de todo medio de reclamar a esa muchacha, de propagar por doquier que, como ha
sido tu amante, es imposible que su hermana sea tu mujer. ¿Te das cuenta de la
necesidad de poner freno a todas esas calumnias? Hay una infinidad de beatos
que montarían en cólera ante este proyecto incestuoso. En el mundo solamente se
ven personas que hacen el mal y que continuamente censuran el mal de los demás,
como si a través de ese pedantismo pensasen cubrir los desvaríos en que están
inmersos. Te espero entonces en mi casa el 21 por la mañana sin falta. Te
anuncio esta cita con antelación para que la recuerdes mejor. Nada de lo que
sabes se echará a perder durante nuestro viaje. Haré como los grandes
generales, mientras ataco al enemigo por un lado sabré debilitarle por el otro.
Y quizás al volver de concluir una buena operación nos encontremos con una
derrota mejor. Sobre todo que ningún placer te haga descuidar nuestros deberes
esenciales. Temo que, dejándote llevar por un asunto del momento, vayas a
fallar cuando se trate de trabajar. César, infinitamente más amable, pero mucho
menos versátil que tú, dejaba todo por una batalla. Adiós.
CARTA LIII
Déterville a
Valcour
13 de Febrero
He estado dos veces
en tu casa hoy por la mañana y no he dado contigo, mi querido Valcour. Por lo
tanto he decidido dejar una carta en tu portería con el encargo de que te sea
entregada sin falta cuando vuelvas... Toma precauciones... estate alerta... evita
estar solo durante algún tiempo. El presidente te tiende emboscadas. Aún no han
podido decirme qué clase de peligro has de temer, pero será indiscutiblemente
funesto desde el momento en que semejante monstruo está de por medio. Piensa en
todos los motivos que le guían... en su carácter... en sus riquezas... en la
impunidad en que creen vivir esos viles bribones y tiembla. Voy a hacer todo lo
que esté en mi mano para descubrir lo que trama. Entretanto, por ti mismo y por
tus amigos, debes adoptar precauciones. Cuando quieras que te acompañe hazme
llegar una palabra y acudiré volando...
Estos malvados
castigan con todo rigor los delitos más leves, deshonran, marcan y asesinan por
una miseria a los mejores ciudadanos del Estado, mientras que ellos, que son
sus heces, que no le servirán jamás, que lo trastornarán y lo traicionarán
siempre al abrigo de la espada que sostienen sus despreciables manos, merecen
en todo instante ser golpeados con ella.
¡Oh! qué ganas me
dan de irme a vivir con los osos cuando pienso en esta multitud de abusos
peligrosos y en esta plétora de inconsecuencias intolerables, que, con algunas
óperas cómicas y algunas canciones, parecen pasar completamente inadvertidas.
CARTA LIV
Valcour a Madame de
Blamont
Desde mi lecho, 25
de Febrero
¿Qué consuelo más
dulce puede haber para mí, señora, que el interés que me manifestáis? Ya no
siento el dolor ni la inquietud desde que sé que vos y mi querida Aline os
habéis dignado derramar vuestras lágrimas sobre mis males. He querido
escribiros yo mismo para probaros que estoy todo lo bien que se puede estar con
dos estocadas en el cuerpo. Ni una ni otra son peligrosas. Una de ellas perforó
la parte superior del hombro izquierdo, la otra se hundió en las carnes del
brazo derecho... apenas lo siento... Esa misma mano es la que os escribe...
ella os referirá el suceso... Perdonaréis el estilo y la letra, la mente que
dirige al primero está ligeramente enferma y la mano que traza la segunda está aún muy débil.
Ayer por la noche,
al volver de cenar de casa de la condesa de Farres a donde me dirigí para
despedirme, ya que, de acuerdo con vuestro consejo, deseaba romper con todos
mis amigos... iba a pie... la noche estaba clara, torcí por la calle de Buci
para coger la calle Mazarin: era alrededor de la media noche... Cuatro hombres,
espada en mano, atravesados en la calle, cayeron sobre mí a tal velocidad que
recibí el primer golpe antes de haber tenido tiempo para defenderme. Paré los
otros apoyándome contra una casa... Mientras tanto, mi criado, uno de los mozos
más valientes que he conocido, saltó sobre una de esas personas y le propinó un
rodillazo en el vientre que lo tumbó en la cuneta. Iba a agarrar a otro cuando
recibí mi segunda herida. Al ver que estaba probado que se trataba de unos
asesinos sólo pensé en batirme en retirada, parando siempre lo mejor que podía,
aunque mi brazo se había entumecido por la sangre que estaba perdiendo...
Entonces pedí auxilio y como vi que la guardia acudía y que mis asesinos huían,
depuse tranquilamente mi espada... Mi lacayo llegó corriendo. Me vendó, como
pudo, las heridas con nuestros pañuelos y, cerca ya de mi casa, me retiré
felizmente sin ningún escándalo. Mi valeroso criado está un poco herido... y,
de no haber sido por las atenciones de Déterville, quizás me hubiese llegado a
sentir incómodo en mi pequeño hogar de soltero. Pero ese afectuoso y querido
amigo vino con dos de sus hombres que me sirven y él mismo no me deja un solo
minuto.
Si hubiese seguido
sus consejos quizás no me hubiese acaecido esta desgracia... Me riñe.... me
cuida... me consuela... me habla de vos. ¿Qué desgracia no se olvidaría así?
Sin el accidente que tuve quizás no disfrutaría tan plenamente de estas
delicias: tanta amistad lo hace muy estimable.
Ambos hacemos mil
cábalas sobre este acontecimiento. Él le atribuye un origen que yo no admito en
forma alguna... Me cuesta tanto creer lo que repugna a mi corazón... Estoy tan
lejos de suponer lo que yo no me permitiría... Lo más verosímil es un malentendido...
la idea de un canalla, en una palabra, cualquier cosa menos el horror que mi
amigo supone. El cariño que siente por mí le ciega... no le imitéis, señora, os
lo suplico... vuestra alma sensible sufriría demasiado con una suposición que
queda desmentida por su improbabilidad.
CARTA LV
Aline a Valcour
París, 24 de
Febrero
¡Oh, cielos! ...
¿qué me han dicho?... Me lo ocultaban... Tú, mi amado, tú a quien quiero adorar
eternamente... ¡ídolo de mi corazón... has corrido peligros y yo no estaba
cerca de ti!... Tu sangre se derrama... la has derramado por mí... por mi
causa... ¡y yo no puedo curarte! No puedo cuidarte ni socorrerte. Quiero correr
a tu lado, me lo impiden. Sin embargo, no tendré reposo ni tranquilidad hasta
que te haya visto. Aunque mi honor... mi vida, lo más preciado que tengo, se
viesen comprometidos, he de verte... es preciso que mis ojos me digan que no me
engañan y que tú vida está segura.
Bárbaro padre... si
creyese que habíais sido vos, el amor sofocaría la voz de la naturaleza...
pero, ¿dónde me lleva mi funesto estado? Mis lágrimas fluyen y no me alivian,
mi corazón está en tal opresión que todos mis sentidos han quedado anulados...
¿cuál es el motivo de este funesto accidente?... quiero averiguarlo o morir.
¡Ah! ¡cómo te amo, Valcour! ¡cómo inflaman tus males mi cariño! ¡Ese hierro
fatal ha traspasado mi corazón... la sangre que de él arranca se mezcla con las
lágrimas que inundan lo que escribo! ¿Cómo estás tú?... ¿Cuál es tu estado?...
Quiero estar informada continuamente... a todas horas mandaré gente a tu
casa... excepto durante las de tu reposo... de ese reposo que querría ir a
proporcionarte yo misma, a costa del mío y de mi vida... ¿Por qué no he de ir?
¿Qué he de temer?... ¿Qué he de recelar?... Solamente me asustan tus dolores...
Todo me es igual sin ti. Deberes, respetos, sentimientos, decencia, frías y
vanas consideraciones, no sois nada en comparación con mi amor... ¡Qué afortunados
son los que te cuidan! ... ¿Qué no daría yo por compartir su suerte? ¿Qué digo?
¡Ah! Si me cupiese esa dicha, nadie que no fuese yo te prestaría servicio
alguno, estaría celosa de todos aquellos cuidados que pretendiesen impedirme
que te diera... ¿Podrás leerme, podrás comprender de estos rasgos?... El fuego
de esta mente extraviada por la desesperación... las expresiones de este
corazón perdido de amor, todo lo que siento, ¿llegará a tus oídos? Hay momentos
en que mi alma me abandona para ir a unirse con la tuya... momentos en los que
no respiro más, en los que, de mi existencia, sólo queda una triste máquina y
todos sus resortes parecen residir en el fondo de tu corazón. Mi madre quiere
consolarme... quiere secar mis lágrimas... ¡Ay! ¿qué mano sería más indicada si
mi inquietud fuese susceptible de alivio?... Apenas la oigo, apenas la veo... a
ella, que es el objeto más dulce de mi vida...
¡Oh, alma querida!
¡Oh, dulce esperanza de mis días aciagos!... ¿Por qué no han caído sobre mí
esos golpes crueles que han destrozado a mi enamorado? Padecería mucho menos
con mis propios males que con los tuyos... Ser eterno... véngalo... venga el
amor ultrajado... a costa de quien sea. Tu delicadeza te oculta al verdadero
autor de este crimen. La mía, absorbida por tu desdicha, no me permite las
mismas ilusiones... Lo veo, a ese tirano, lo veo armar la mano de los
desalmados que te ultrajaron. ¡Eh! dirige hacia mí ese cruel acero... ¡hombre
desnaturalizado!... traspasa el pecho que le idolatra... ¡ábrelo, te digo, si
quieres desterrar de él el amor que lo abrasa!... ese amor violento que me
anima es el único principio de mi vida, solamente cesará con ella... ¿y por qué
ibas a tener reparo en derramar mi sangre cuando has derramado la de
Valcour?... ¿Acaso ignoras que es la misma? ¿Ignoras que es mi vida lo que
circula por sus venas, y que al abrirlas, es mi vida la que haces expirar?
Termina de arrancarla, puedes hacerlo, pero no esperes que nos separemos. Estas
almas cuyos lazos quieres romper estarán unidas para siempre. Dios sólo las ha
creado para estar juntas. A cada una de ellas ha dado como existencia una
porción del alma del otro. Estas mitades han de reunirse a despecho del
monstruo que pretende separarlas aquí...
Entran... vienen de
tu casa... me dicen que vas bien, no lo creo, me engañan... todo el mundo se ha
puesto de acuerdo para engañarme. Si estas mejor, ¿por qué no me escribes? Tu
estado puede haber cambiado desde que te dejaron... Volved, bárbaro... volved,
decidle que trace una sola palabra con su mano para su Aline, que diga que va
mejor... y que la ama... Pero como todo el mundo permanece frió ante mis
lágrimas, como todos los corazones son insensibles a lo que padezco...
Solamente mi madre me entiende... solamente su alma se parece a la mía... ¡Qué
cruel soy! ella me besa y yo la rechazo... le pregunto por Valcour,... le
pregunto por qué no quiere conducirme ante él. Si vos me lo negáis es que ya no
existe... y me lo ocultáis... teméis que le siga... ¡Ah! no lo dudéis...
vuestros esfuerzos serían superfluos... nada hay que pueda retenerme... ¿Yo...
vivir sin Valcour?... ¿existir en un mundo que no cuente ya con su ornato?...
¡Ah! ¿qué haría en la tierra después de él?... Envíame a Déterville, solamente
confiaré en él... que venga... que vuelva... que te lleve mis ardientes
suspiros... que te vea... que me tranquilice o que me de la muerte.
CARTA LVI
Madame de Blamont a
Valcour
París, 23 de
Febrero
Calmaos, Aline está
mejor. La primera impresión fue terrible. Una carta que salió en contra de mi
parecer y que no quisieron mostrarme os ha convencido sin duda del espantoso
estado en que la ha sumido vuestro accidente. Ha estado veinticuatro horas con unos
espasmos que nos han inquietado, pero ahora está todo lo bien que puede
estar... Creedlo, porque soy yo quien os lo digo. Quiso tener correos perpetuos
a vuestro lado... los tuvo... y finalmente les creyó. Ya sabéis cuál era su
deseo y me conocéis lo bastante como para estar seguro de que si ese deseo
hubiese podido ser satisfecho... no hubiera encontrado obstáculo alguno por mi
parte. Pero, ¡cuántos peligros! Espero que no dudéis de que somos espiadas.
Imaginad las consecuencias después de lo que acabáis de padecer... ¡Oh, amigo
mío!... la ilusión nos está vedada en adelante... toda palabra... toda
indiscreción... toda información secreta... todo proyecta una horrible luz
sobre esta terrible aventura... y nuestra desdichada posición es tal que no nos
está permitido ni estallar ni quejarnos. ¿Atentaríais contra el honor del padre
de vuestra Aline?... ¿Mancillaría yo el nombre de mi esposo?
Sin embargo no ha
tenido la audacia de exigirme placeres, después de haberme infligido semejantes
pesares. Y en verdad ha hecho bien... creo que me resultaría imposible
disimular más.
¡Oh, amigo mío!
temo nuevas artimañas... temo que estén conspirando contra vuestra libertad...
Sin embargo no os asustéis aún. Tengo amigos leales que no pierden de vista los
pasos que da mi marido y que me pondrán al corriente de todo. Esperad nuevas explicaciones
y no penséis más que en vuestra salud... ¡El muy malvado! urdía dos tramas a la
vez y mientras intentaba deshacerse del enamorado de su hija, se deshacía de
una desdichada, igualmente temible para la ejecución de sus pérfidos proyectos.
¡Cómo podemos
esperar sortear tantos escollos!... Estamos rodeados del mayor peligro, jamás
tendremos fuerzas suficientes como para librarnos de él y a pesar de la
justicia de la providencia el vicio aplastará a la virtud. ¿Qué advertencias
recibo en la historia de los diversos sucesos de esa desdichada Sophie?...
Escuchadlos y si podéis, calmad mis sospechas, disipad mis temores, intentad
hacerme ver que son quiméricos. Sólo pido que me tranquilicen. Pero, ¡qué
sospechas!... ¿Cómo no creer?... ¡Oh, amigo mío! que trastornada estoy... si lo
que sospecho es cierto... si fuese capaz de ese horror supremo, mi seguridad,
la de Aline, exigirían que nos separásemos inmediatamente de él... Escuchad,
escuchad y decidid vos mismo.
El presidente y
Dolbourg salieron el veintiuno a las seis de la mañana para Blamont. Llegaron a
las siete de la tarde. A partir de ese momento Sophie cambio de habitación y le
fue imposible comunicarse ya a través de la ventana con el hombre de confianza
que tengo en el pueblo. Ese hombre, que tiene motivos personales para serme
leal, hizo, desde entonces, todo lo que estaba en su mano para observar lo que
pasaba y empleó en ello a todos sus amigos. Este es el resultado de sus
maniobras: os envío la carta a fin de que estéis en mejores condiciones para
juzgar, siempre que el velo impenetrable que esos malvados han tenido el arte
de echar sobre su conducta os lo permita.
CARTA LVII
A Madame de Blamont
Desde el castillo
de Blamont, 26 de Febrero
Obedezco vuestras
órdenes, señora, y sin más preámbulos, paso al diario que me habéis pedido.
El veintiuno por la
tarde el Sr. Presidente y su amigo llegaron al castillo entre las siete y las
ocho. Esa era la hora en que habitualmente yo veía luz en la habitación de
Sophie... Ya no la vi más... Las habitaciones de la parte superior, en donde
sabéis que el señor se aloja preferentemente, estaban muy iluminadas. Agucé el
oído, pero, a pesar de la tranquilidad reinante, la distancia y la altura me
impidieron oír y no distinguí nada. Volví tres veces bajo la ventana de Sophie
y no vi luz jamás: seguramente cambió de habitación desde ese día.
El veintidós por la
mañana supe que nuestros viajeros no llevaban consigo más que un lacayo, el
mismo que habían traído consigo últimamente. También supe que el portero les
preparaba la comida y que nadie entraba en el castillo, ni siquiera el
jardinero, que es quien me ha proporcionado estos detalles. Tenía que hablar
con el señor por un asunto urgente y no pudo obtener audiencia. Por seis veces
durante ese día repetí mis señales bajo la ventana de vuestra protegida sin que
nadie me respondiese.
Hubo mucho
movimiento en las habitaciones superiores... el fuego ardió sin cesar y por la
noche hubo muchas luces. A las nueve las ventanas se abrieron y cerraron las
contraventanas, las ventanas y los postigos y todo quedó en una oscuridad tal
que me resultaba imposible saber incluso si había luz en esas habitaciones.
Viendo que mi presencia era inútil, me retiré. Esa tarde pedí a cuatro de mis
amigos que fuesen a colocarse cada uno en uno de los cuatro caminos que llevan
a Blamont y les hice prometerme que se quedarían allí hasta que recibiesen un
aviso mío para volver. Su consigna era examinar con la más escrupulosa atención
todos los coches que fuesen o volviesen por esos caminos e informarme con la
mayor exactitud de las personas que viajasen en ellos.
El veintitrés por
la mañana se abrieron las ventanas de la habitación de Sophie, pero solamente
apareció el portero. Dejó las ventanas abiertas hasta después de la salida de
esos caballeros. Esa tarde no hubo fuego ni apariencia de luz en las
habitaciones del señor en donde habían estado la víspera y el día anterior.
Pero lo que me sorprendió mucho fue observar en diferentes ocasiones un ir y
venir de luces por las aspilleras que
están cerca de los subterráneos. Me acerqué lo más posible hasta el extremo de
que entre ellas y yo solamente estaba el foso. Pero nunca oí nada. El silencio
fue tal durante todo el resto de la tarde que creí que todo el mundo había
salido. No obstante, al retirarme mandé que dos hombres se quedasen vigilando
alrededor del castillo como había hecho la víspera. Su informe fue que el
silencio había sido el mismo.
El veinticuatro la
jornada fue igualmente tranquila. Tengo la certeza de que durante el día no se
encendió el fuego en ninguna habitación. Absolutamente nadie entró o salió de
la casa. Me presenté en ella bajo el pretexto de saludar al señor presidente. El
portero me dijo que me equivocaba, que no estaba en el castillo.
El veinticinco, a
las dos de la mañana un postillón trajo tres caballos al paso, le abrieron
rápida y sigilosamente. Aparejó la misma silla que había traído a esos señores
y todo el mundo salió antes que fuese el día. Desde detrás de un árbol les vi
subir a ambos al coche, estoy seguro de que no llevaron consigo a ninguna
mujer. Les hice seguir. Los llevaron muy despacio hasta el final de la avenida
y solamente a partir de ahí se pusieron al galope. A partir de ese instante di
a mis cuatro amigos la orden de que volviesen y, mientras tanto, continué
examinando el castillo. Nadie apareció en ninguna ventana. Era imposible que
hubiesen podido ocultar Sophie al jardinero, él sabía que estaba allí, lo había
reconocido ante mí. Fui en su busca y le pregunté por qué no veíamos ya a esa
joven y qué creía que había sido de ella. Al principio se hizo el misterioso,
luego me dijo que había salido el veinticuatro por la tarde en un coche junto
con una dama que había venido a buscarla desde París. No me atreví a decirle que,
como no había abandonado los alrededores del castillo desde hacía cuatro días,
estaba absolutamente seguro de lo contrario. Pero os aseguro señora, que ningún
coche se acerco por allí desde el veintiuno al veinticinco. Durante este tiempo
no entró absolutamente nadie en la casa excepto el postillón que os he
mencionado y estoy absolutamente seguro de que no salió nadie. Al ver que el
jardinero no quería hablar más y que incluso intentaba desviar la conversación,
le dejé y me fui a interrogar a mis amigos: por tres de los cuatro caminos
mencionados solamente pasaron carretas y un cabriolé en el que iban dos viejos
curas. Por la otra, la de Lorena, pasó el veinticuatro por la tarde un coche
muy ligero con dos caballos, sin equipaje, conducido al paso por un postillón
vestido de paisano. En ese coche viajaba una dama anciana, vestida de aldeana y
una joven con un justillo blanco que tenía aproximadamente la edad y el aspecto
de Sophie. Mi amigo, para poder darme detalles más precisos sobre la fisonomía de
estas dos mujeres, se hizo el borracho y se dejó caer casi bajo las ruedas del
coche. Ellas gritaron, el campesino detuvo los caballos y ambas viajeras
bajaron para ver si no le había sucedido ninguna desgracia al borracho.
Entonces mi amigo se levantó e hizo algunas payasadas para hacerlas hablar: la
mujer mayor se puso a reír y respondió a sus sandeces. La joven, con una
pronunciación exacta, como corresponde a una joven de buena familia, le dijo:
– Estoy muy
contenta, caballero, de que no os hayáis hecho daño.
Pero no sonrió en
ningún momento, no participo en lo más mínimo en la grosera alegría de la vieja
que, al cabo de unos instantes, le dijo bruscamente:
– Vamos, hemos de
subir, nada os alegra. Me vais a hacer morir con vuestra tristeza.
Y la joven volvió a
subir suspirando.
Cuanto mayor
parecía ser la coincidencia entre esta joven viajera y Sophie, más interrogué a
mi amigo. Mil cosas prueban que es ella y mil otras lo desmienten
absolutamente... Si hubiese de apostar mi fortuna la arriesgaría para
convenceros de que no es ella. O, si lo es, es que salió del castillo por los
aires. De no haber estado íntimamente convencido de que no es ella, hubiera
montado inmediatamente a caballo y hubiera perseguido a ese coche. Pero estaba
tan seguro de lo que digo que ni siquiera se me ocurrió. Estas son mis
actuaciones, señora, he seguido fielmente vuestras órdenes y espero estas para
intervenir de nuevo en el interior o en el exterior.
Post-scriptum de
Madame de Blamont
Bueno, Valcour,
decidid ahora... Efectuad, si estáis en condiciones de hacerlo, un juicio
cierto sobre este asunto. Sophie ha estado en el castillo de Blamont, no se ha
ido y, sin embargo, ya no se la ve. ¿Dónde está? ¿Qué han hecho de ella?... ¿Es
cierto que está aún con vida?... ¡Me detengo, mi desdichada situación me
prohíbe toda conjetura! Cuanto más me esfuerzo en ignorar el mal, más evidente
se hace a mi espíritu todo lo que legitima la realidad de su existencia y
apenas ha terminado mi corazón de destruir todas mis sospechas cuando mi razón
las renueva. Era preciso haber seguido a esa muchacha, había que verificar de
quién se trataba... ¡Oh! ¡en circunstancias tan delicadas es preciso actuar por
sí mismo!
A su regreso, a
pesar del fastidio, a pesar de las palabras que dejaba caer, que probaban
sobradamente su participación en vuestra aventura, quise preguntarle sobre el
resto. El viaje a Blamont, que no me había sido ocultado, autorizaba mis
preguntas... Me dijo que Sophie había salido, que la llevaban a un convento de
Alsacia en donde estaría estupendamente, ya que Dolbourg la recomendaba
encarecidamente a la superiora que era pariente suya. Esto hace renacer mi
incertidumbre. La muchacha que vieron en el camino de Lorena pudo ser muy bien
la que va a Alsacia. Por otra parte, hay quien está seguro de que no es ella.
No tengo ningún motivo para dudar de la exactitud de las gestiones del hombre
que me informa... ¡Ah! si fuese Sophie, ¿no me hubiera escrito?... En medio de
esta confusión me atreví a redoblar mis preguntas:
– ¿A quién habéis
confiado esa joven?, le dije al presidente.
– A un hombre
seguro, me respondió... Hubiéramos preferido una mujer, eso hubiera sido más
conveniente pero no se presentó ninguna que pudiese compararse al hombre leal a
quien se la confiamos.
– ¡Oh! señor,
disculpad mis preguntas... es una puerilidad por mi parte... es que he tenido
un sueño espantoso sobre esta desdichada y vuestras respuestas podrían disipar
mis funestas ilusiones. ¿En que coche salió?
– En un faetón muy
ligero, arrastrado por caballos de alquiler.
– ¿Cómo iba
vestida?
– Con una levita
azul... pero, en verdad, vuestras preguntas...
– Perdonad, no os
haré ninguna más. La infeliz de mi sueño estaba en manos de una mujer e iba
vestida de blanco.
¡Oh! amigo mío,
decidlo vos, yo no me atrevo... Es el mismo coche, los mismos caballos,
solamente el acompañante y el vestido son diferentes... Quisiera disipar mi
confusión con esa multitud de cuestiones y solamente consigo aumentarla. Si
escribís a Aline, no lo digáis nada de todo esto... se lo estamos ocultando.
Está demasiado preocupada por vuestro estado... no soportaría esta segunda
revolución. Es inútil que sepa nada, ya tiene motivos suficientes para temer a
su padre, no aumentemos los motivos que tiene para odiarle... Sabe, en términos
generales, que Sophie ha sido raptada y conducida a un convento de Alsacia, no
es necesario que sepa más.
El presidente
parecía preocupado por el aspecto de su hija; fingió ignorar los motivos y
Dolbourg no apareció en toda la semana. Adiós, por la confusión en que me veis
adivinaréis la impaciencia con que espero vuestra respuesta .
CARTA LVIII
Madame de Blamont a
Valcour
París, 6 de Marzo
...................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................Todo
va maravillosamente en Bretaña... Antes de tres meses Mlle. de Kerneuil habrá
entrado en posesión de los bienes de su pretendida madre y, para completar la
dicha de ambos, el rey de España ha hecho responder qua se podía contar con dos
millones. El Inquisidor ha protestado ante el mismo rey, diciendo qua los
lingotes encontrados en las maletas de Valcour no representaron jamás una suma
más importante. A pesar de la falsedad de esta respuesta estamos muy contentos
con obtener esto. Sainville me ha escrito dos o tres cartas con un sentimiento
bien diferente del de su querida esposa. Se ha comportado de igual manera con
el conde de Beaulé, que no dejará de servirle con sumo interés. Por lo que
respecta a la joven, aunque sigue siempre tan amanerada, tan ingeniosa y con un
corazón bien frío, ha hecho allí una pequeña villanía que terminará por demostrarnos
cómo es su alma. Aunque está perfectamente segura de contar siempre con
doscientas o trescientas mil libras de renta y aunque sabe que van a ser
devueltos una parte de los lingotes de España, pone la soga al cuello de un
desdichado colateral que había heredado una renta de seiscientas libras a la
muerte de Mme. de Kerneuil. Este desgraciado que prácticamente sólo cuenta con
este legado para vivir, está condenado a morir de hambre si lo pierde. De
acuerdo con la ley debe perderlo, solamente puede salvarle la voluntad de la
legítima heredera... Pero mi querida hija ha declarado formalmente que no iba a
perdonar a nadie, ni a ese ni a ningún otro. De donde resulta que el infeliz,
que seguramente vale más que ella, se va a ver obligado a renunciar a una boda
que ese legado le permitía hacer y va a verse obligado a volver al arado o a
alistarse para poder vivir.
Ese gesto es
infame, corresponde sin duda a la hija del presidente de Blamont, pero lamento
mucho que lo haya hecho una hija mía... ¿Cómo es posible ser tan dura cuando se
ha sido tan desgraciada? Yo creía que el infortunio ensanchaba el alma; que, al
rememorar los males padecidos, el corazón se hacia más sensible a los males que
veía padecer... Me equivocaba, la desgracia endurece, a fuerza de hastiarse de
los propios dolores uno se acostumbra a no conmoverse de los dolores de los
demás y al permanecer impasible ante los golpes recibidos, se mantiene la misma
actitud ante los que alcanzan al prójimo. Ahora estoy aún más enojada de haber
consentido ese nefasto arreglo. Nunca os repetiré suficientemente cuánto me
desagrada... ¿Pero, que habría sido de Léonore sin esto? Al existir razones
demasiado poderosas para no reconocerla, ¿podía ser otra cosa que Mlle. de
Kerneuil? y al serlo es preciso que herede los bienes de esa casa. Cuando
referí al presidente el gesto horrible que acabo de contaros... alabó a la heroína
durante una hora.
– No hay ningún
caso, nos dijo, en que haya que dejar a los demás en posesión de nuestros
bienes. No se trata de saber si los necesitan o no, nos pertenecen y eso basta
y, de acuerdo con eso, es una equivocación cederlos. Hace seis meses que hice
algo bastante peor en Blamont. Se trataba de un rincón de tierra que necesitaba
para prolongar una terraza, objeto de lujo, como veis, y bastante inútil en el
fondo. Esa pequeña parcela formaba parte desde hacia sesenta años del
patrimonio de una familia muy pobre que vivía cerca del castillo. Busqué mis
títulos, sospechaba una usurpación... Era evidente... Hice desalojar
rápidamente a mi hombre y a toda la comitiva de esposa e hijos que le
acompañaba y, a pesar de sus gritos y de sus quejas, que ni siquiera me hicieron
vacilar, yo construí mi terraza y ellos abandonaron el país.
– Llevasteis a esos
desgraciados a la desesperación.
– Lo que gustéis,
pero tengo mi terraza... Hay que razonar todas estas cosas... Yo razono todo,
esa es mi desgracia... Someto todo a la historia de las sensaciones. En mi
opinión es la manera más segura de juzgar... La privación del embellecimiento
que supondría mi terraza sería una sensación dolorosa para mí. La privación del
terreno que debía contribuir a este embellecimiento supondría lo mismo para el
desgraciado campesino... Decidme ahora, os lo ruego, ¿por qué si entre Pierre o
yo hemos de recibir una sensación desagradable, por qué, decía, queréis que
caritativamente la acepte yo para librar de ella a ese hombre que no es nada
para mí? Cualquier persona sensata me tomaría por loco si fuese capaz de actuar
de esa forma.
– Pero el cálculo
no es justo. Al comparar las sensaciones hay que comparar las necesidades. Las
de Pierre eran vitales, no se puede prescindir de ellas. Las vuestras eran una
simple fantasía, fácilmente hubierais podido renunciar a ellas.
– Os equivocáis,
señora, el hábito de las fantasías es, para nosotros los ricos, una necesidad
tan imperiosa como pueda serlo el vivir para esos bribones. Y además, para
decidir en mi favor, no es en absoluto necesario que las necesidades sean
iguales. El dolor de Pierre es nulo para mí, no afecta a mi alma en forma
alguna. Que Pierre coma o no coma es algo que no puede causarme a mí ningún
pesar y la privación de mi terraza, en cambio, sí. Entonces, ¿por qué queréis
que impida a un hombre sufrir una cosa que no siento a costa de una que he de
padecer? Sería un defecto de razonamiento imperdonable por mi parte... Cuando
cedéis al sentimiento de la compasión en vez de oír los consejos de la razón,
cuando escucháis al corazón más que al espíritu os estáis sumiendo en un abismo
de errores ya que no hay órganos más falsos que los de la sensibilidad, ningún
otro nos lleva a cálculos tan tontos, ni a actitudes tan ridículas.
– ¡Oh!, señor,
dejadme ser una tonta toda mi vida, si tonto es quien escucha a su corazón.
Vuestros crueles sofismas no me proporcionaran jamás la cuarta parte del placer
que me procura una buena acción. Y prefiero ser imbécil y sensible que poseer
el genio de Descartes si hubiese de adquirirlo a costa de mi corazón.
– Todo eso depende
de los órganos, respondió el presidente, esas diferencias morales están
completamente sometidas a la física... Pero lo que os suplico es que no
concluyáis jamás, como sé que os sucede a veces, que uno es un monstruo porque
no llora como vos una tragedia o porque no realiza sacrificios en favor de
algún patán. Concededme que se puede existir sin parecerse a vos y yo, que soy
galante, os cederé que solamente puede ser amable quien se parezca a vos...
Luego una caricia
muy falsa... un vistazo al reloj... una llamada... la orden de preparar los
caballos y a la Ópera... Ese es el hombre, amigo mío, ese es el ser peligroso
con quien hemos de vérnoslas... Pero os lo repito, no os inquietéis hasta que
esté mejor informada. Es seguro que algo se trama. Es cierto que atentó contra
vuestra vida, que está desesperado por haber fallado. Aún es más seguro que
intenta compensar la torpeza de los malvados que se atrevió a enviar contra
vos. Y a pesar de todo ello puedo responderos que no pasará nada sin que estéis
perfectamente informado.
CARTA LIX
Madame de Blamont a
Valcour
París, 15 de Marzo.
Afortunadamente, mi
querido Valcour, el perfecto restablecimiento de vuestra salud os permite
escuchar sin riesgo todo lo que ha sucedido desde que os escribí. Me acaban de
dar la opinión más segura sobre el asunto que os afecta. Los quinientos luises
que os fueron ofrecidos no han tropezado en otros sitios con almas tan
delicadas. Han sido el precio de una orden que, con toda seguridad, ha sido
obtenida contra vuestra libertad... Os buscan, salid de París... No debéis
perder un solo instante. Emprended cualquier viaje... Italia, por ejemplo: hace
mucho tiempo que lo deseabais. Representará a la vez un motivo de distracción,
de formación y de seguridad. No penséis que nos quedaremos en París cuando os
vayáis. Concediendo una infinidad de cosas he obtenido algunas. Creo que lo que
le ha movido a ceder ante mis peticiones es la esperanza que tiene de
deshacerse pronto de vos. No importa, me he aprovechado de ello... estas son
las cláusulas:
1. No emprenderé
ninguna pesquisa sobre Sophie. Ya me han dicho donde se encuentra y debo estar
tranquila... y aquí tenían muchas ganas de hacerme firmar que renunciaba a la
idea de suponerla mi hija. Me he guardado mucho de hacerlo.
2. No os recibiré
en el campo, a donde he pedido ir enseguida... ¡Qué canallada!... ¡el muy
traidor exige esta cláusula cuando tiene en el bolsillo lo necesario para
haceros prender!
3. No prescindiré
de Augustine... Libertinaje, espionaje, todo lo que queráis suponer de más
espantoso, al principio no lo creía, ahora tengo pruebas irrefutables... ¡Qué
torpeza!
4. El próximo mes
de Septiembre, sin más demoras, concederé mi consentimiento a la boda de
Dolbourg y Aline.
Gracias a estas
cuatro cláusulas obtengo...: en primer lugar una prórroga, como veis, y esto ya
es mucho en mi opinión. 2. Salir inmediatamente para Vertfeuille en donde
siempre estaremos más tranquilas que aquí. 3. Hasta la época de mi
consentimiento al matrimonio no verle ni a él ni a su amigo y esta condición,
os lo confieso es una de las más dulces para mí. Todo ha sido firmado por una y
otra parte y M. de Beaulé ha salido fiador de las dos partes.
Una vez hecho esto
y como el conde estaba informado de todo, dijo al presidente que le resultaba
imposible ocultarle que había gente que sospechaba de él dos cosas y que le
suplicaba que se justificase para la tranquilidad de sus amigos: la primera
consistía en haber querido asesinar a Valcour, la segunda en haber obtenido una
orden para hacerlo encerrar... Es inimaginable la desvergüenza con que este
hombre, acostumbrado al crimen se defendió de las dos acusaciones.
– Soy un
magistrado, dijo, tengo veinte años más que M. de Valcour, pero a pesar de esas
consideraciones estad absolutamente seguro de que si tuviera ganas de
deshacerme de él no emplearía medios tan indignos como los que osáis
atribuirme... Iría a proponerle unas pistolas y ya que me obligáis a explicar
mi actitud respecto a él... llegaré a ese extremo si no desiste de unas
pretensiones que me desagradan o si se atreve a poner el menor obstáculo a los
arreglos que estamos acordando hoy.
– No negaréis la
existencia de la orden de detención, le dijo el conde, he sido advertido hoy
mismo en el despacho.
– Os han engañado,
señor, respondió el presidente... o quizás han querido hablaros de la obtenida
contra Sophie, pero yo no he solicitado ninguna más.
– Si es así,
replicó el conde, hacednos a todos el favor de escribir ante mí al ministro que
se os acusa de conspirar contra la libertad de Valcour y que me suplicáis que
le aseguré que esto es falso.
– Creía que
tratándose de cosas como estas, dijo furioso el presidente, os bastaría mi
palabra.
Y quiso retirarse.
Entonces el conde, a quien no preocupaba la idea de romper... que solamente
quería convencerse y que, dado el aspecto de las respuestas y de la conducta
del presidente, estaba tan seguro del hecho como era posible... le dijo
fríamente.
– Os creo, señor,
solamente me enoja que no queráis darme satisfacción en una cosa tan simple
como esta quo os pido, si es verdad que no habéis actuado contra nuestro común
amigo. Pero sea o no cierto lo que nos habéis dicho, sabed que siempre me
tendrá como defensor.
Las cosas quedaron
ahí y el conde, seguro de que el presidente tiene en su bolsillo una orden
contra vos es el primero en aconsejaros que os marchéis. Que se vaya, me
encarga literalmente que os diga, y que confíe en mí sobre las medidas que
adoptaré en este intervalo para garantizar su dicha y su felicidad.
Nuestros proyectos
están aprobados ahora por nuestro común amigo: emplearé los cuatro primeros
meses en el perfeccionamiento y afianzamiento de mis proyectos con todas mis
baterías dispuestas. A finales de Julio volveré súbitamente a París y emplearé
el último mes de tranquilidad que me queda según las cláusulas firmadas, en
poner todo en movimiento. Será sonado... Ya no vacilo más... Toda mi familia me
apoya. Sacaremos a la luz la conducta del presidente... Desvelaremos sus
odiosas intrigas con Dolbourg... que son el motivo de que quiera entregarle a
Aline. Haremos valer la extrema repugnancia de esta desdichada muchacha hacia
ese hombre horrible. Publicaremos las razones en que se basa esa repugnancia.
En una palabra, reclamaré a Sophie como hija mía... Será mi familia quien haga
esta gestión ya que yo me he comprometido a no hacerla. El paso es delicado, lo
sé, pero es seguro. Estamos seguros de que, una vez iniciado el asunto, el
presidente, confundido por la simple mención de este nombre, se prestará a todo
lo que queramos para evitar la demanda. Además no nos veremos obligados nunca a
llegar a los hechos... Ya veis, amigo mío, que hay personas que están muy
seguras de que no le resultaría fácil encontrar a esa criatura si un día le
obligasen a mostrarla.
Pero sea lo que
fuere lo que la gente imagine sobre este punto, en realidad yo dudo de ese
horror. Es muy difícil comprender cosas tan repugnantes y lo que más me agrada
es que el candor y la franqueza del conde de Beaulé tampoco las admiten.
Siempre he hecho una observación muy curiosa: que las personas siempre
dispuestas a sospechar un crimen de determinada clase son siempre las más
propensas a cometerlo. Resulta extremadamente fácil concebir lo que uno admite
y no lo es tanto comprender lo que uno rechaza. No habría ni diez condenas a
muerte por siglo si durante ese siglo el colegio de jueces estuviese
enteramente compuesto de personas honradas. En lugar de sostener, como hacen
esos bellacos, que hay que suponer siempre que un individuo que ha resultado
una vez culpable de una clase de delito, será durante toda su vida culpable de
delitos de la misma clase, lo que es una paradoja abominable, me atrevería a
afirmar que, por el contrario, un hombre que ha sido castigado o amonestado por
una clase de delito cualquiera no volverá a cometerlo en su vida. Esa es la
opinión de las buenas personas, la otra es la de aquellos que, sabiéndose
malvados y capaces, por consiguiente, de reincidir, imaginan que los demás
deben parecérseles. Estas personas no deben juzgar a los hombres, juzgaran
siempre con severidad... La severidad es muy peligrosa. Es infinitamente mejor
salvar a un culpable por exceso de indulgencia que condenar a un inocente por
exceso de severidad. El mayor peligro de la indulgencia consiste en salvar al
culpable, es un peligro leve. El inconveniente de la severidad es hacer morir
al inocente, eso es espantoso .
Ahora, amigo mío,
he de pediros un favor. ¿Puedo esperar que me améis lo bastante como para que
no haya de temer una negativa? Mientras estáis leyendo esta carta hay en
vuestra antecámara un hombre de confianza, le he encargado que os entregue mil
luises. ¿No es posible que, en vísperas de una salida tan precipitada, no
tengáis los fondos necesarios para emprender el viaje que os aconsejo?... ¿A
quién corresponde en ese caso el derecho de prevenir vuestras necesidades, si
no es a vuestra mejor amiga?
Valcour, os
conozco... esa negativa que finjo no temer... me la estáis dando... lo veo...
Pero escuchad, el hombre que va a hablaros exigirá de vos un recibo... y lo que
os dará es un adelanto sobre la dote de mi hija... ¡Amigo cruel! ¿osareis
rechazarlos ahora?
CARTA LX
Valcour a Madame de
Blamont
París, 16 de Marzo.
¡Cómo aumentan
vuestros derechos a mi agradecimiento, señora! ¿Es necesario multiplicar los
títulos que tenéis sobre mí? Casi me hacéis apreciar mis desdichas ya que, al
padecerlas, obtengo pruebas tan dulces de vuestra excesiva bondad... ¡Hábil
subterfugio... dichosa esperanza!... ¡Cuánta delicadeza sabéis poner al
obligar!... Sí, señora, voy a alejarme... y desde este mismo momento, ya que mi
seguridad os interesa voy a ocuparme de ella alojándome en casa de un amigo en
donde permaneceré de incógnito hasta el momento de mi salida.
¡Oh!, señora ¿he de
confesároslo?, vuestras bondades me llenan de audacia, me dan el valor de
pediros una prueba más: alejarme de vos... alejarme durante tanto tiempo... sin
veros, sin que me sea permitido arrojarme a los pies de quien adoro... ¿Seréis
tan rigurosa como para condenarme a ello? Para pediros esta gracia apelo a todo
el encarecimiento que mi corazón es capaz de dar... En los primeros días de
vuestra llegada a Vertfeuille... mientras estéis sola... una hora... un solo
minuto... Pero desarraigarme... abandonar mi patria sin gozar de la dicha de
ver un instante a todo lo que me une a ella... no, no lo exigiréis, no me
condenareis a una privación que me resultaría más dura que la
muerte...Indicadme las precauciones que he de adoptar... señaladme la ruta a
seguir. Haré todo, obedeceré en todo, nada hay a lo que no me sometiera para
obtener la gracia que imploro. Espero mi sentencia... pronunciadla... y
convenceos de que una sola palabra basta para convertirme en el más afortunado
de los hombres o en el más desdichado de los enamorados.
CARTA LXI
Valcour a Aline
París, 16 de Marzo.
Después de todo el
interés que he podido hacer nacer en vuestra alma sensible ¿me negaréis, Aline,
la nueva prueba que me atrevo a imploraros?... Adivináis lo que os pido,
vuestro corazón, animado del mismo deseo sabe captar fácilmente la gracia que
encarecidamente os solicito... Este favor me fue negado el pasado año, lo
recuerdo con dolor, pero dignaos pensar en ello, Aline, las circunstancias en
que os dejo esta vez son muy diferentes a las que reinaban entonces. Desconfío
de esta calma aparente. No me he atrevido a decirlo, pero me parece que esta
nueva prórroga se ha concedido con demasiada facilidad. ¿Es coherente esta
tranquilidad prometida con todas las precauciones que adoptan, con las
indignidades que se permiten? ¿Y, si no tuviesen intenciones de presionar,
armarían tantas baterías para alejar los obstáculos? ¡Ah! ojalá sean falsos mis
presentimientos, pero, al alejarme me estremezco. No puedo ocultároslo y cuanto
más horribles son mis temores, más violento es el deseo de veros... ¡Si fuesen
a engañarnos a todos! ¡Si las odiosas maniobras de este hombre cruel fuesen a
arrebatarme a quien idolatro!... Esta funesta idea penetra en mi corazón como
un hierro ardiente que lo destroza... entra en él con el escalofrío de la
muerte... He de veros antes, Aline, he de hablaros una vez más de mi amor.
Satisfecho al ver que me echáis de menos, dichoso de llevar conmigo vuestro
corazón, podré, al menos, soportar mejor vuestra ausencia. Con la sangre
derramada por vos escribo, llorando, este deseo desenfrenado de mi alma... Si
me lo negáis... Aline... me iré, es preciso, pero no me veréis nunca más...
Creedlo por muy quimérica que pueda ser esta idea, me absorbe y no puedo
impedir que surja.
En una palabra, es
preciso que os vea, la necesidad que tengo de ello es tal que, por primera vez
en mi vida, ignoro incluso si os obedeceré en el supuesto de que me
prohibieseis acudir. Sí, preferiría desobedeceros y veros que morir
obedeciéndoos... Amo esta vida cruel desde que despertasteis en mí tanto
interés. ¡Oh, mi Aline! ved a vuestro enamorado a vuestros pies implorar,
encarecidamente, regándolos con sus lágrimas, la gracia de veros un minuto;
vedlo, palpitando aún bajo el hierro del autor de vuestros días, esperar que
solamente este favor compense todos sus males... ¿A dónde queréis que vaya sin
haberos visto? Debilitado por mi desesperación, extraviado por mi amor, ¿qué
será de mí, ¡ay! sin el consuelo que ansío? O no me habéis amado jamás o lo obtendréis
de vuestra madre. A ambas os lo pido y quiero abrazar a ambas o morir.
CARTA LXII
Madame de Blamont a
Valcour
París, 20 de Marzo
A dos leguas del
palacio que alojará a vuestras amigas en Orléans y Vertfeuille, en el lindero
del bosque, hay una aldea que se llama Haut-Chêne. En la extremidad de esa
aldea hay una pequeña colina aislada en la que hay una choza habitada por una
vieja que solamente tiene consigo una hija llamada Colette... una amiga de
Aline de la que ya os hablamos el año pasado... De ahí volvíamos cuando
encontramos a esa desdichada Sophie. Estad en casa de esa mujer el 15 de Abril
entre las tres y las cuatro de la tarde, disfrazado de cazador... ella estará
sobre aviso. Allí veréis a las dos personas que más os quieren en el mundo...
dos amigas que ceden a vuestras peticiones a pesar de todos los peligros que
las rodean... Salimos el día primero del mes próximo... hasta entonces el mayor
silencio... Dejad París cuanto antes, el peligro aumenta de día en día...
Poneos en camino antes de pasar por el lugar que os indicamos y de allí salid
de Francia sin perder un instante. Adiós.
CARTA LXIII
Aline a Valcour
París, 20 de Marzo
¿Debo amar a esta
madre encantadora, debo quererla eternamente? Ved lo que ha hecho por mí. Voy a
veros... y todo es obra de ella... a ella debemos este favor y el alma de
vuestra dulce Aline, henchida de amor y de agradecimiento a la vez, no sabrá a
qué sentimiento entregarse en ese dichoso día... Pero, amigo mío, ¡qué breve
será esta alegría... y qué espantosos tormentos seguirán quizás a esta dicha!
¡Ah! creed que esta separación cruel me alarma tanto como a vos. Estoy de
acuerdo que desde hace mucho tiempo deberíamos estar acostumbrados a vivir el
uno sin el otro, pero respirábamos el mismo aire, vivíamos en el mismo país. ¡Y
qué horribles barreras van a tenderse ahora entre nosotros!
¡Oh! ¿cómo soportar
este alejamiento?... cuanto más pienso en ello, menos capaz me imagino...
¡Cuántas cosas pueden pasar durante una ausencia tan prolongada! Aunque estemos
separados el uno del otro, cuando estáis cerca de mí me siento con más
fuerzas... sufro con más resignación... Pero ahora, ¿quien me infundirá el
valor? ¿quién será el alma de mi vida... y el báculo de mis desdichas? ¡Oh,
Valcour! no me comuniquéis vuestros presentimientos... otros igualmente crueles
acuden asimismo a destrozarme... Alejémoslos... partid ya que es preciso,
partid, seguro de mi amor... Os seguiré... mi corazón volará sobre vuestras
huellas. Mis ojos, siempre fijos sobre los Alpes, franquearán, como mis deseos,
sus cimas que se elevan hacia las nubes. Cuando lleguéis a la más alta de las
cúspides volved vuestra mirada sobre esta tierra en la que habéis dejado a
vuestra Aline y decid: ahí respiran dos criaturas que me aman que se interesan
por mí, que cuentan mis pasos y ordenan mis días, que desean con tanto ardor
como yo que llegue el instante en que pueda reunirme con ellas... el instante
de esa dicha tan dulce...
¡Oh! amigo mío, si
estuviese escrito en los cielos que jamás habremos de disfrutar de esa dicha...
si todos nuestros proyectos fueran quiméricos... ¿haríamos mal en fijar en ese
caso nuestras ideas, como en algunas ocasiones os he dicho, exclusivamente sobre
esa felicidad celestial que necesariamente ha de alcanzar la virtud?
Qué dignos de
compasión son, amigo mío, quienes no cuentan en sus penas con la halagüeña
esperanza de la religión, quienes, viéndose abrumados por los hombres, no
puedan decir en el fondo de su corazón: hay un Dios justo y bueno que me
compensará de lo que me han hecho sufrir, su seno, abierto a los desgraciados,
recogerá mi alma afligida y mereceré su compasión confortadora a cambio de los
males que me hayan hecho.
Sí, si me lo
permitís, el conocimiento de un Ser supremo es uno de los más dulces presentes
que la naturaleza nos ha dado. No hay un solo instante en la vida en la que
esta idea no sea querida y preciosa. No hay uno solo en que no nos depare un
torrente de delicias... ¿Quién es lo bastante bárbaro como para poder imaginar
que cabe arrebatárselo a los hombres? ¡El muy cruel, privándose a si mismo de
la esperanza más dulce de la vida, ¿no se ha dado cuenta de que estaba aguzando
el hierro del tirano... armando el brazo de la iniquidad... que, al mancillar
el premio de todas las virtudes, estaba abriendo la puerta a los vicios y que
estaba cavando, finalmente, el abismo al que acabarían arrojándole sus
sistemas?... ¿Qué clase de hombre es el desdichado que nos arrebata la idea del
Ser justo que recompensa el bien y castiga el mal? ¿Es opulento? ¿Domina a sus
semejantes? Que tiemble... que se estremezca, roto el freno de aquel a quien
quiere atar, aburrido de sus cadenas, indignado por el yugo que le oprime, al no
existir Dios, ¿qué puede perder ese esclavo infortunado? ¿qué peligro corre al
hundir el puñal en el pecho del déspota orgulloso que quiere dominarle?... ¿Es
inferior o pobre ese impío sectario de las siniestras quimeras del ateísmo?
¿Quién le socorrerá en su miseria? ¿Quién salivará sus tormentos? ¿Quién le
ofrecerá una mano compasiva cuando arrebata a los hombres la esperanza de ser
recompensados por el bien que hayan hecho? Pero esa servidumbre de que se
queja, esas calamidades que le descorazonan, ¿por qué no se multiplicarían, ya
que el tirano que las ocasiona no ha de temer a un vengador? No sirve, pues,
para nada ese sistema espantoso y triste. ¿Qué digo? Es peligroso para los
hombres de todas clases, fatal para el opresor, siniestro para el oprimido. La
verdadera filosofía debe contemplar el momento en que este sistema se apodera
de los espíritus como esos años de desolación en que el aire infectado de un
veneno pestilente viene a aniquilar sordamente a las generaciones que pueblan
la tierra.
¿Perdonaréis, amigo
mío, este pequeño arrebato racional de vuestra Aline? Temo que me encontréis
melancólica... Ese matiz lúgubre emana a mi pesar. Oscurece todo lo que pienso
y todo lo que imagino. Creo iluminarlo un instante cuando os hablo y los trazos
que dibuja mi mano están impregnados de pena en contra de mi voluntad. Las
lágrimas corren a borrar mis líneas a medida que las escribo... ¿Por qué
manan?... ¿Por qué se escapan? Mi madre me ama... mi enamorado me adora, está
próximo el momento en que voy a verle y, no obstante, lloro... Un tupido velo
parece extenderse sobre el porvenir. Mis tristes ojos no pueden penetrarlo. Si
mis dedos lo rasgan un instante, todos los atributos de la muerte se me
presentan detrás de él...
¡Oh, amigo mío!...
¡si llegaseis a perder a esta Aline a quien tanto queréis!, ¡si, aunque muy
joven aún, el cielo quisiese disponer de ella!... ¿Tendríais el valor de
soportar esta pérdida?... ¿Encontraríais en vuestra alma la fuerza necesaria
para no caer abatido?... Cuando nos veamos exigiré de vos que me juréis que
pase lo que pase... soportareis esta desgracia con resignación. ¡Valcour!
¿Quién puede responder de un momento de la vida?... Frágiles criaturas,
respiramos aquí durante un abrir y cerrar de ojos; el día que nos ve nacer es
contiguo al que nos extingue. Y esta serie de instantes fugaces que nada fija,
que nada detiene, se precipita al abismo de la eternidad como el caudal de un
torrente impetuoso lo hace en las inmensas llanuras del océano. Si son breves
esos instantes en que respiramos, si son fáciles de destruir, esto puede
suceder en cualquier momento. ¿Por qué entregar entonces todo nuestro amor a
criaturas tan frágiles?...
Si, amigo mío,
quisiera que, impregnado de estas razones, os convirtieseis más bien en el
amante de esa alma que ha de seguirme que en el de estos perecederos atractivos
que un soplo puede marchitar al instante. A menudo os he reñido por poner un
precio demasiado elevado a estas bellezas efímeras y lo vuelvo a hacer ahora.
¡Oh, Valcour! ama
en mí solamente aquello que no puedas perder. Quiere solamente a esta alma a la
que la tuya habrá de unirse un día... Créeme, renuncia a todo lo demás antes de
que los hombres o la muerte te obliguen a hacerlo... Percibe bien la acusada
diferencia entre los dos objetos que ofrezco a tu amor: si estuvieses quince
años sin verme, te desafiaría a que me describieses, por el contrario, las
emociones de mi alma, los pensamientos que te expresa no saldrán jamás de tu
memoria. Prefiere, pues lo que puedas conservar perpetuamente a aquello que se
escapa con rapidez.
Piensa que,
amándome así, me añorareis mucho menos si me pierdes. ¿Qué importa que
desaparezca lo perecedero cuando tenemos la deliciosa certeza de que lo que no
ha de alterarse nunca no podremos perderlo jamás? ¿Qué amarás de mi persona, te
pregunto, cuando esta masa, convertida en polvo, deje solamente en el fondo del
féretro los restos de un esqueleto? Suponiendo incluso que estos atractivos
desfigurados puedan reconstruirse bajo tus sentidos, solamente reaparecerían
para tu desesperación. Mientras que las expresiones de esta alma que yo quiero
que prefieras vendrán a gravitar sobre la tuya para expandirla y vivificarla.
Y hay más, me
parece que yo te amaría más aún si consintieras en no amarme más que así.
Purificaría tanto los sentimientos del alma que es el origen de tu felicidad
que el culto que ella te rindiese sería entonces absolutamente semejante al que
ofrece a su Dios... Ya no habría separación... ni nada que pudiese turbarnos,
dividirnos o extinguirnos y nuestro amor, al residir entero en el ser que nunca
perece, duraría tanto como ese Dios.
Te dejo... De nada
vale que deponga o que vuelva a coger la pluma... embebida siempre, a pesar
mío, en la hiel de la melancolía, en vez de fortificar tu espíritu, lo alarma.
No consigo consolarte y lo único que hago es afligirme más.
CARTA LXIV
El presidente de
Blamont a Dolbourg
París, 29 de Marzo
Es preciso que te
vea... ¿Lo creerías? esa Augustine... tiembla cuando ha llegado el momento de
actuar... Cualquiera diría que estamos exigiéndole cosas extraordinarias... Yo
creía que tenía presencia de ánimo... no la tiene... es una imbécil... Qué cierto
es que, cuando se trata de cosas importantes solamente se puede confiar en
personas importantes: ella pretende que yo vaya a Vertfeuille... dice que
actuaría en mi presencia, con más valor... ¡La muy tonta! te das cuenta, como
yo, de la necesidad de enderezar ese espíritu débil. Es preciso que cene con
ella en tu casita de las afueras, lo más tarde mañana por la noche, ya que
salen al día siguiente, y allí triunfaremos, espero, sobre sus necios
escrúpulos. En ocasiones he visto la necesidad de que el temperamento encienda
la estrecha cabeza de una mujer para que haga esta clase de cosas. Es inaudito
lo que se puede obtener de ellas en esos momentos de embriaguez. Su alma, más
próxima al estado de maldad para el que las ha creado la naturaleza, acepta entonces
con más facilidad todos los horrores que sea preciso proponerles. Claro está
que ni tú ni yo vamos a encargarnos de esa burda tarea: nuestros principios
sobre el placer, nuestra edad, nuestra manera de ser, en una palabra, todo eso
no concuerda con las desmedidas exigencias de una muchacha de dieciocho años a
la que hay que trastornar el seso... Pero tengo un ayuda de cámara que es único
en ese tipo de justas... actuará sobre lo físico sin sospechar nada de
nosotros... al recibirla ya encendida de sus manos, trabajaremos con éxito su
moral.
Nada hay peor que
esta clase de oscilaciones. Y sin embargo hay que estar preparado para ello
cuando se emplea a mujeres en asuntos como el presente. Tímidas por naturaleza,
en ellas el ingenio es siempre el resultado de los síncopes del corazón. Hace
ya mucho tiempo que afirmo que las mujeres sólo son buenas en la cama y ¡aun en
eso!... en lo demás no se puede contar con ellas para nada. Falsas o débiles,
pérfidas o descuidadas si tenemos la desgracia de encomendarles un proyecto...
lo hacen abortar por desidia o lo traicionan por maldad. Seguramente se refería
a ellas Maquiavelo cuando dijo que, o bien había que evitarlas como cómplices o
bien era urgente deshacerse de ellas en cuanto hubiesen actuado . Lamento mucho
que no hayamos encargado este trabajo a ese capellán sinvergüenza que me ha
servido durante tres años... Emprendedor... bribón... diestro... hipócrita...
hubiera puesto en la operación tanto vigor como falsedad. Nunca he visto nada
tan seguro como los principios de ese truhán. Solamente a él debo más aventuras
de las que a mí, como juez, me bastarían para enviar a treinta tunantes al
cadalso. Ya sabes, querido amigo, la gran diferencia que entre nosotros existe
entre lo que nos vemos obligados a defender y lo que nos gusta hacer. La
equidad con que nos adornamos se funde, como la cera sometida a los ardientes
rayos del sol, ante nuestros hirvientes arrebatos. Pero eso no es motivo para
que no censuremos lo que adoptamos, ni para que dejemos de castigar lo que nos
gusta. Solamente ostentando con escrúpulo esa rigidez para con la moral de los
demás conseguimos ocultar artísticamente toda la depravación de la nuestra. En
realidad solamente se trata de engañar: ya que no podemos hacerlo con nuestras
virtudes al menos que sea con nuestros rigores.
Estoy desesperado
de que hayan fallado con Valcour ... Sin embargo eran unos canallas bien
hábiles, capaces de otras mil gentilezas... a los que hice absolver a condición
de que se encargasen de ésta... ¡Los muy imbéciles! ... Sea como fuere ya nos
hemos librado de él, le habrá entrado tanto miedo que seguramente no se
atreverá a volver a asomarse hasta que todo esto esté decidido.
No te veré esta
tarde... es el día destinado a la despedida conyugal y ya te imaginas por qué
quiero que sea especialmente dulce... Cuando dos personas se separan... por un
cierto tiempo... ¡Qué idea tan agradable! Estoy encantado de haberla
imaginado...
A menudo es
placentero ver hasta dónde puede llegar la propia alma. No te imaginarias lo
contento que estoy de la mía. Todo esto me aporta una sensación que no está del
todo desprovista de placer... ¡Qué cosa tan extraña es el análisis del corazón
humano! Ahora estoy perfectamente seguro de que se hace con él todo lo que se
quiere. Fácil receptor de las impresiones de la mente, no tarda en rechazar
todo lo que no sean sus emociones y así se va gangrenando uno voluptuosamente
de un extremo a otro sin que nada se oponga a la circulación del veneno.
Apresurémonos... te
lo advierto... todo retraso podría ser funesto. Desconfío de la presidenta y, a
pesar de las cláusulas firmadas, apostaría a que esta actuando bajo cuerda con
su adorable protector... ese conde encantador... ¡El otro día pretendía aturdirme!
No hay nada que me divierta tanto como esos seres bonachones que creen engañar
a desalmados profesionales como nosotros. Por lo que dicen el ascendiente de la
virtud nos aplasta, peor si esa virtud es una quimera, si la contemplamos
siempre como tal, entonces el choque no puede ser ya muy peligroso.
Adiós, tierno y
delicado esposo: ya me parece verte en los brazos del himeneo, robando besos...
quizás inundados de lágrimas, al principio, pero que, secadas pronto gracias al
ardor de tu llama, perderán, bajo el delirio de tus besos, toda la acritud de la
resistencia.
No te pongas
celoso, te lo suplico. Hay que renunciar a esa extravagancia que en otra época
nos impedía mezclar nuestros placeres y nuestras amantes. Acuérdate de que una
de las cláusulas del contrato es que yo presto sin ceder... Es lo menos que me
debes por todas las preocupaciones que me he tornado desde hace tanto tiempo
para la satisfacción de tus deseos. No te imaginas, amigo mío, las ganas que
tengo de poseer a esa querida Aline: creo que ha de tener unos detalles
sumamente picantes... ¡Qué delicia poseerla entre lágrimas! ¡Sophie estaba
bien, pero Aline!... Y además no llegaremos con esta tan lejos como con la
otra... a la sangre. A la virtud se le debe una especie de consideración. Sin
embargo no juremos nada, porque los efectos del extravío, en mentes como las
nuestras, son, como sabes, incalculables.
CARTA LXV
Valcour a
Déterville
Dijon, 20 de Abril
He llegado aquí y
salgo mañana, quizás hubiera ido inmediatamente a Saboya si mi salud lo hubiera
permitido, pero necesito unos días de descanso.
¡Oh! mi querido
Déterville, ¡qué funesta separación! ... El horror que la acompañó, mis heridas
mal curadas... la espantosa agitación de mi alma... los horribles
presentimientos, consecuencia de los detalles de este cruel adiós... todo...
todo, amigo mío, me hace imposible proseguir. Y antes de que vaya más lejos es
preciso que vierta un momento en tu corazón toda la voraz tristeza que
atormenta el mío.
Escucha las
lúgubres circunstancias de esta última entrevista y dime si no ves en ella,
como yo, la sentencia del cielo escrita con trazos de sangre.
Después de haberte
abrazado el día ocho por la tarde, para disimular aún mejor mi salida de París,
decidí salir con el traje de cazador que me había sido propuesto para la cita.
Así fue como viajé solo y a pie hasta Orléans, mientras que mi lacayo, escoltando
mi equipaje, iba a esperarme a Montargis. No sabía exactamente qué camino debía
tomar para ir desde Orléans al pueblo indicado, pero imaginaba no obstante que
disponía de más tiempo del necesario para encontrarme allí a la hora prescrita.
Salí de la ciudad el día quince a las siete de la mañana... Pero cuál no sería
mi sorpresa, después de haber andado por el bosque hasta mediodía... cuando al
preguntar a un leñador si estaba lejos de Vertfeuille, me dijo que no conocía
ningún lugar con ese nombre...
¡Cielos! me dije,
ellas van a esperarme... Al ver que no acudo su inquietud será terrible. Y eso
bastó para que yo mismo me viese impregnado de toda la inquietud que sus almas
sensibles iban a dignarse sentir por mí... ¿Qué hacer en semejante circunstancia?
En tres leguas a la redonda no había una casa en donde pudiese obtener la más
insignificante brizna de información... me encontraba en el centro de un
bosque, en una región que no conocía... Hubo un momento en que quise volver a
la ciudad... un instante después esta idea se desvanecía y renacía la esperanza
de encontrar a alguien mejor informado. En esta cruel alternativa rogué al
campesino que acababa de interrogar que me condujese a la casa más próxima.
– Me guardaré mucho
de hacerlo, me respondió... ¿Sois cazador furtivo, no es cierto? Y la casa a la
que queréis que os conduzca está llena de guardias que no os lo perdonarían.
No, yo no seré el causante de vuestra pérdida... Más vale que os alejéis, es lo
mejor que podéis hacer.
Entonces comprendí
que este disfraz que no tenía ningún peligro en los alrededores de Vertfeuille,
no resultaba tan inocente en otros sitios y sobre todo ante la imposibilidad de
identificarme. Me despedí de mi hombre y caminé aún cuatro leguas orientándome
como pude sin encontrar a nadie cuando súbitamente el cielo se oscureció. Como
no veía nada en los alrededores y viajaba siempre al azar de los caminos
apartados del bosque, no me quedó más remedio que subirme a un árbol si quería
ver un poco más lejos y observar si no había algún refugio... No vi ninguno...
Sin embargo mis fuerzas se agotaban... la cruel agitación de mi alma me impedía
sentir hambre, pero estaba destrozado por la fatiga. Me di cuenta de que me
resultaba imposible ir más lejos y, como no quería dormir en el camino, me
adentré en el espesor del bosque... Apenas hube llegado cuando la noche más
oscura extendió sus velos por todos los rincones del bosque. Poco a poco la
bóveda atmosférica se cubrió de nubes que aumentaron el espanto de la oscuridad.
Aunque la estación era ya un poco avanzada, los relámpagos que surcaban la nube
me anunciaron una horrible tormenta. Los vientos soplaban... su prodigioso
esfuerzo rompía los árboles a mi alrededor... el fuego celeste brillaba por
doquier... veinte veces cayó a mi lado... veinte veces me creí tan afortunado
que había llegado a mi última hora, cuando súbitamente el sonido de una
infinidad de lúgubres campanas vino a añadir a esta dolorosa escena todo el
horror de que era susceptible. Negras quimeras terminaron de extraviar mi
razón... Este desencadenamiento de toda la naturaleza... ese silencio espantoso
solamente interrumpido por el mugido del aire, por los estallidos del relámpago
y por ese ruido majestuoso del bronce, tristemente proyectado hacia el cielo,
me hizo temer que no era el único que ese día se veía amenazado por la cólera
divina...
¡Desgraciado!
exclamé... está muerta. Y ese siniestro tañido, cuyos lastimeros acentos
martirizan mis oídos, se refiere a mi Aline... Entonces parecía que mil
fantasmas estuviesen revoloteando a mi lado... entre ellos creí distinguir el
espíritu querido que idolatro y cuando quise precipitarme hacia ella, un
torrente de llamas la envolvió y la hizo desaparecer ante mis ojos... Rodé por
tierra, quise que ese suelo inundado que me sostenía, se abriese para
recibirme. Mi razón me abandonó completamente y permanecí el resto de la noche
en esa actitud de dolor y desesperación.
Finalmente se
calmaron los vientos, brillaron las estrellas... el cielo se iluminó... y mi
alma, que acababa de ser juguete de los airados elementos, como los robles que
me rodeaban, se atrevió a renacer a la esperanza, al igual que sus ramas,
curvadas bajo el impetuoso aquilón, se alzaban, majestuosas, hacia el cielo.
Me puse en camino,
con el único proyecto de retornar a la ciudad... Llegué a ella el dieciséis a
las seis de la madrugada. Habiendo descansado un poco, volví a salir a las ocho
acompañado por un guía que se comprometió a llevarme en menos de cinco horas al
pueblo de Haut-Chêne.
Llegué, en efecto,
a él sin novedad y, como no quería que ese hombre presenciase lo que iba a
hacer, lo despedí en cuanto me mostró la aldea.
– ¡Oh! señor, me
dijo la madre de Colette en cuanto me vio entrar en su casa, ¡con qué
impaciencia os esperaron ayer esas damas! Les habéis causado mucha inquietud.
No se fueron hasta la noche y envueltas en llanto. Y estoy segura de que no
llegaron a casa antes de la tormenta... Corre, corre, Colette, añadió
dirigiéndose a su hija a avisarles, hija mía. Ya sabes qué encarecidamente lo
pidieron. Quítate los zuecos para ir más deprisa... y vos, buen hombre,
descansad mientras tanto... ¡Ay! continuó esa buena mujer ofreciéndome todo lo
que tenía, somos muy pobres, señor, y no podemos ofreceros gran cosa, pero lo
hacemos de todo corazón. ¡Ah! sin la caridad de la señora y de la señorita,
haría quizás mucho tiempo que no estaríamos en este mundo ni mi hija ni yo,
pero ¡son dos personas tan buenas, señor! Hay gente que espera que el
desdichado se acerque a ella para socorrerle. Pero éstas lo buscan. No vivirían
si no lo confortasen... También hay que ver lo que nosotros las queremos. Si
necesitasen nuestra sangre, la derramaríamos inmediatamente hasta la última
gota y aún pensaríamos no haber hecho nada.
Mi corazón se
ensanchaba al escuchar tales palabras... dulces lágrimas inundaban mis ojos...
¿Hay una felicidad más viva que la de oír las alabanzas de las personas amadas?
Finalmente llegó
Colette jadeando. ¡Había hecho las cuatro leguas corriendo y en menos de dos
horas!
– Vienen detrás de
mí, dijo la pobre niña cubierta de sudor... vienen detrás de mí, señor. Les he
dado una buena alegría. Madre, añadió arrojándose al cuello de la anciana,
están tan contentas que la señora me ha dicho que me iba a dar las diez ovejas
que necesito para casarme con Colas. Me casaré con él, madre, me casaré con él
¿verdad?
No pude resistir la
inocente alegría de esa jovencita.
– Sí, sí, os
casareis con él, mi niña, le dije, tomad diez luises, es todo lo que llevo
encima, reservadlos para el ramo de novia. Es justo que comparta la gratitud
por un servicio que es para mí aún mucho más precioso que para las amigas que
me anunciáis...
Apenas hube
pronunciado estas palabras cuando entraron esas damas...
Madame de Blamont
se arrojó a mis brazos y Aline, envuelta en llanto, le siguió poco después.
Después de haber estrechado contra mi corazón a esas personas tan queridas,
después de haber colmado a ambas de deliciosas caricias que prodiga el alma y
que la mente no puede describir, la conversación se hizo más tranquila... nos
sentamos... Esa madre respetable me dio los mejores y más sensatos consejos...
me comunicó sus esperanzas y sus proyectos para hacerlas realidad. Me dijo todo
lo que había hecho... las posibilidades que aún percibía... las medidas a
adoptar para alcanzar el éxito... en una palabra, a juzgar por lo que decía
debía considerar que mi dicha era segura para este otoño... Me ordenó que
volviese entonces... Arreglamos el intercambio de correspondencia, lo decidimos
sobre el mapa teniendo en cuenta las ciudades por las que debía pasar... ambas
me hicieron prometer ser puntual en mis respuestas. Quise hablar un instante a
Mme. de Blamont sobre mis temores por el interés que ella se tomaba por mí. ¿No
podía eso acarrearle nuevas desgracias?... Se podía temer cualquier cosa de un
marido furioso a quien tanto enojaban los sentimientos que en mí despertaba su
hija. Y le describí de la manera más viva mi inquietud por todos los males que
padecía por mi culpa. Ella volvió hacia mí sus bellos ojos inundados de
lágrimas...
– ¿Qué importa
amigo mío, me dijo, que importa ser un poco más o menos desdichada? Lo sería
igualmente sin vos. Al menos tengo el consuelo de que lo soy por serviros...
Una de sus manos
estrechó la mía mientras pronunciaba estas palabras y mi boca se imprimió sobre
esa boca adorada y grabó en ella los besos de la amistad y de la más viva
gratitud...
– Amigo mío me dijo
Aline, atrayéndome hacia sí, ¿me prometéis escribirme... me prometéis ser muy
puntual?
– ¡Cielos! ¿Acaso
podéis dudarlo?...
– ¡Pues bien!,
continuó esa muchacha adorada entregándome una soberbia cartera... tened,
quiero que esto sólo sirva para mis cartas... os prohíbo que lo empleéis para
otra cosa...
Cogí ese precioso
objeto... lo besé... lo devoré, saltó un resorte y el retrato de mi Aline vino
a embriagar a la vez mi alma y mis ojos. En la parte inferior de ese adorado
retrato, su sangre... la sangre de la divinidad que idolatro había trazado dos
líneas que inmediatamente se grabaron en mi alma. De ahí las recojo, de ese
santuario en donde reina para siempre su imagen con el fin de ofrecerlas a tu
mirada: PENSAD SIEMPRE EN MÍ Y QUE ESTA IDEA SEA LA BASE DE TODAS VUESTRAS
ACCIONES. Éstas son esas líneas queridas, éstas son, Déterville. Que la mano
del Eterno me convierta en polvo en el instante en que su contenido no sea la
ley de mi vida.
– La sangre que he
utilizado para escribir estas palabras procede de aquí, me dijo Aline poniendo
mi mano sobre su corazón, son las expresiones de este corazón que os adora
grabadas por la sangre que lo agita... Deseo que todo esto os resulte grato
amigo mío, y no olvidéis a una desdichada muchacha que, a los pies de su madre,
os jura que sólo vivirá para vos... Con esas palabras cayó de sus hinojos y esa
madre respetable, conmovida, al igual que todos los de allí estábamos tomó la
mano de su hija; la puso en la mía... y me dijo:
– Sí, Valcour... es
vuestra, que el cielo sea testigo de que mi consentimiento no será jamás para
otro.
Inmediatamente me
arrojé a los brazos de esas dos amigas tan queridas y en este punto, mi
silencio, más elocuente que mis palabras les convenció de que mi alma encendida
se unía a las suyas para residir allí hasta el último día de mi vida.
No obstante la
noche se nos echaba encima... había que separarse. Madame de Blamont creyó
tener la fuerza para señalar el momento. Se levantó sin mirarme... su hija la
oyó... quiso hacer lo mismo... sus rodillas fallaron y cayo en su silla entre
sollozos... Entonces Madame de Blamont le dijo con noble firmeza:
– Pierdo, como vos,
un amigo, hija mía... Me sostiene la esperanza de volverlo a ver y tengo valor
para separarme de él.
Pero Aline ya no
escuchaba nada, se había abandonado entre mis brazos. Mezclaba sus lágrimas con
las mías y ya no dejaba oír más que los amargos gritos de dolor y los sollozos
de la desesperación...
Madame de Blamont
se volvió a sentar... tomó una mano de su hija y la besó arrebatada. Esta
intensa caricia produjo inmediatamente en el alma de Aline la diversión
prevista por esa mujer espiritual y sensible... Se volvió hacia su madre... se
escondió en su seno, allí derramó un nuevo torrente de lágrimas... y Madame de
Blamont levantándose enseguida... llevándola en sus brazos, por decirlo así
intentó franquear el umbral de la puerta; mientras tanto, a una señal suya, yo,
desaparecí en otra habitación... Sagrado impulso de un alma impetuosa... cruel
presentimiento que aún impregna la mía de confusión y de hielo: esa niña
adorada se volvió hacia el lugar donde habíamos estado, suponiéndome aún
allí... Al no verme, se liberó de los brazos de su madre, franqueó de un salto
el espacio que nos separaba, llegó como el rayo a la habitación en donde me
escondía y cayó inerte a mis pies...
Entonces estalló mi
corazón... no había ya ninguna consideración que pudiese calmar su
efervescencia... Me precipité sobre esta querida amiga, la estreché contra mi
pecho... nuestros cuerpos, unidos como nuestras almas, parecían formar una masa
que ningún esfuerzo podría separar y mi razón no retornó sino por el deseo de
devolver a la vida a quien está destrozando la mía... a quien suspende, a
través del dolor, todas las facultades de mi existencia.
– ¡Huid! dijo
madame de Blamont, mientras hacía que tendiesen a su desdichada hija sobre una
cama... huid, más vale que al volver en sí no os vea ya... Marchad, divino
amigo, continuó ella tendiéndome la mano... acordaos de esta escena, recordad
cómo se os ama y si creéis que quiero a mi hija, persuadíos... que, o bien me
quitan la vida o bien sólo será vuestra.
Después de
prosternarme ante esta mano adorada, después de haberla bañado con las lágrimas
de mi gratitud y de mi cariño, me atreví a alzar los ojos una vez más sobre el
ídolo adorado de mi corazón. Le dirigí sin ser oído, las últimas expresiones de
mi amor y corrí hacia el bosque, con la intención de llegar a Orléans esa misma
tarde... Ellas me contarán, espero, las consecuencias de esta triste
separación. Te ruego que obtengas para mí su relato con el mayor detalle...
Terminemos con lo que me concierne.
No había andado dos
leguas cuando la noche, que cayó de golpe, me hizo temer que me perdería, como
el día anterior. Además, el estado en que me encontraba no permitía a mi
espíritu la posibilidad de guiarme, por lo que decidí esperar al pie de un
árbol que el astro, al venir a consolar a la tierra, devolviese, si esto era
posible, un poco de calma a mi agitado corazón. Me tendí al pie de un añoso
roble y, perdiéndome en mis ideas, abandonándome a la lúgubre melancolía que
parecía lastrar a la vez todos mis sentidos, encontré, a través de la misma
violencia de mi pesar, la posibilidad de un instante de reposo... que, de haber
estado mi alma menos destrozada y siendo más leve la presión del dolor, no
hubiera alcanzado.
Me dormí... Apenas
lo hube hecho cuando inmediatamente un espantoso fantasma se ofreció a mis
sentidos desencadenados... Aún lo veo... Digo que soñaba, pero no me atrevería
a sostenerlo... la impresión fue demasiado viva... No, amigo mío, no soñaba...
Yo vi ese fantasma... iba vestido de negro... tenía un aspecto que describiría
sin vacilar... el del padre de Aline... en su mano ... perdona el desorden...
sostenía por los cabellos la cabeza de esa hija querida... la sacudía sobre mi
pecho... mezclaba el torrente de sangre que de ella manaba con la que fluía de
mis heridas, de nuevo abiertas... mientras me ofrecía este espantoso
espectáculo me decía... sí, amigo mío, me lo decía... sus palabras llegaron a
mis oídos, no estaba dormido... me decía el muy cruel: – "Aquí está a la
que quieres como esposa... tiembla, ya no la verás más". Lancé mis brazos
contra ese fantasma, quise arrebatarle esa preciosa cabeza y llevarla,
ensangrentada, a mis labios, pero mis manos sólo agarraron una sombra. Todo desapareció
en un instante. Solo el terror y la desesperación seguían siendo reales.
Me levanté presa de
una agitación mortal... Proseguí mi camino al azar. Diferentes sombras
gigantescas, producidas por los reflejos de la luna sobre los árboles que me
rodeaban, parecían conferir aún más realismo a la visión lúgubre que acababa de
tener. En ese momento cruel hubiera dado mi vida por oír aún una sola palabra
de mi Aline, por retener un instante su mirada. Emocionado a un tiempo por mil
pensamientos diferentes... presa de mil diversos tormentos, ora quería volver
sobre mis pasos, ora quería poner fin a mis días para no sobrevivir, cuando
menos, a aquella que mi imaginación me había pintado muerta... Finalmente salió
el sol y guiado más por el azar que por la imprecisión de mis vacilantes pasos,
volví a la ciudad de donde salí al cabo de unas pocas horas para ir a reunirme
con mi criado en Auxerre y llegar como pude a Dijon, desde donde te escribo...
de donde saldré asimismo pronto para abandonar finalmente Francia y merecer, a
través de la exacta ejecución de las órdenes recibidas, la estima y la
confianza de las dos sinceras amigas que han tenido a bien dármelas. Adiós,
larga carta es ésta y llena de detalles atroces, pero para calmar los propios
males es preciso verterlos en el pecho de un amigo. No tardes en ir a ver a
esos dos objetos de mi ternura, infórmame de su suerte... refiéreles la mía...
tráeme hasta sus más insignificantes pensamientos y piensa que los verdaderos
desvelos de la amistad consisten en servir al amor desesperado.
CARTA LXVI
Aline a Valcour
Vertfeuille, 22 de
Abril
¿Por qué es preciso
que la primera carta que os escriba después de vuestra marcha haya de ser
escrita con mano temblorosa? ¡Oh, no! ¡jamás las expresiones de mi corazón
llegarán hasta vos sino entre sollozos, siempre habrá un torrente de lágrimas
que las acerque hasta vos! Pero pasemos a los detalles del instante fatal en
que os separasteis de vuestras desdichadas amigas. El espantoso estado en que
me encontraba obligó a mi madre a dormir en casa de Colette. Ella pasó la noche
conmigo. Enviamos recado al palacio, para que no se inquietasen y regresamos a
él al día siguiente para la hora de comer... Esa protegida de mi padre, esa
Augustine de la que os he hablado en ocasiones, pareció ser la más sorprendida
por esa breve ausencia y, ni mi madre ni yo pudimos dejar de observar, que en
sus preguntas había mucha más curiosidad que interés... A partir de ese momento
no tuvimos ya dudas de que era la vigilante que el presidente había colocado a
nuestro lado... No obstante nos abstuvimos de despedirla, mi madre quiere ser
fiel a lo convenido... pero desconfiamos de ella... No sé... desde que estamos
aquí... observo que esa criatura tiene la mirada perdida... posee unos ojos
soberbios y, sin embargo, causan horror. Antes tenía candor... una especie de
decencia y honestidad en el porte que aumentaban el brillo de sus atractivos...
de todo eso no queda hoy más que el orgullo, la indecencia y la inmodestia...
¡Oh! ¡cómo afea el vicio! Esa desdichada, cuando era sensata era bella... sigue
teniendo la misma cara y ya resulta imposible mirarla sin repugnancia... Esa
es, pues, la obra de la seducción... del desenfreno. Y el carácter del crimen
es hasta tal punto enemigo de la naturaleza que, allí donde se impriman los
odiosos rasgos del primero, todos los atractivos de la segunda desaparecen o se
marchitan.
Todo permaneció
tranquilo hasta el dieciocho, ese día, hacia las tres, mi madre se sintió
indispuesta... Al día siguiente tuvo fiebre, acompañada de dolores de cabeza,
pesadez y un poco de irritación en las entrañas. El veinte se encontró mejor,
su médico dijo que no era nada. Al no ver peligro de ninguna clase, se limitó a
prescribir los remedios indicados para un poco de empacho y se fue. Durante
todo el día veintiuno reinó la calma... Hoy se renuevan los dolores, a pesar de
que ha observado el régimen más estricto... la fiebre es más fuerte que el
primer día... los dolores de cabeza más agudos, los dolores de las entrañas,
más vivos. Esperamos al médico... pero la hora del correo me obligará a echar
esta carta antes de que haya podido comunicaros el resultado de esta visita.
Acaban de
entregarle un billete muy cariñoso de mi padre... hace poco, dice, se había
enterado de su estado... su inquietud es extrema. A no ser por el temor de
violar lo convenido, acudiría a su lado... Le pide permiso para no escuchar, en
este momento, más que a su corazón. He respondido, en nombre de mi madre, que
era dueño de hacer lo que quisiera, pero que ella suponía que su indisposición
era demasiado ligera como para que eso valiese la pena de obligarle a hacer un
viaje.
¡Oh, Valcour!, ¡en
qué confusión se encuentra vuestra Aline! ¿Os imagináis el tormento que la
agita?... ¡Suponéis el estado de su alma? Afortunadamente nada me anuncia aún
la desgracia que me hace temblar, pero ¡si alguna vez llegase!, ¡si hubiese de
perder a esa dulce amiga!... ¡si la mano del cielo fuese a romper los más
tiernos lazos de mi vida! Vais a reñirme... lo merezco... vais a decirme que mi
imaginación, siempre lúgubre, vuela por delante de las desgracias y que las
realiza a su antojo.
¡Pues bien! pensad
lo que os plazca, pero no las tengo todas conmigo cuando escribo estas líneas,
un involuntario estremecimiento guía las palabras que traza mi mano... me las
dicta o las veta...
Amigo mío, ¿creéis
que yo pueda sobrevivir a la autora de mis días?... ¿Vos, que sabéis como la
amo, podéis suponerlo por un instante? Si a través de esta horrible pérdida me
viese privada a un tiempo de la esperanza de consagrarle mi vida y de la de pasarla
con vos... imagináis que... ¡Oh, no, no! estar seguro, os lo juro de que no
sobreviviré un solo minuto... preferiría interrumpir el curso de una vida que
ya no podría ofrecerme más que dolor.
No creo, amigo mío,
que haya mal alguno en poner fin a sus días cuando ya no pueden servir a
nuestra felicidad ni a la de los demás. ¡Ah! ¡la vida ya no es entonces más que
un fardo que hemos de arrastrar bien a pesar nuestro! Esa alma... imagen del
Dios que la ha creado, al liberarse un poco antes de sus ataduras, no dejará de
volar pura al seno de su Padre. Si las almas están cerradas durante unos
instantes en nuestros cuerpos sólo para languidecer, si su verdadero destino
está cerca del Dios del que emanan, ¿por qué no reunirlas allí? ¿Acaso el afán
de unirse con su autor puede ser jamás tachado de crimen? Solamente aquel que
crea que todo muere con él... aquel cuya pobre imaginación no pueda elevarse
hasta el dogma sublime de la inmortalidad del alma, debe temer la muerte y ha
de estremecerse ante la idea de dársela. Pero quien contempla la grosera
envoltura que encierra esa brillante porción de su Dios como una prisión en la
que nada le obliga a permanecer, puede destruir los lazos cuando estos se hacen
demasiado dolorosos... Quien no ve esta vida más que como un tránsito puede
regresar al hospicio cuando han sembrado su camino con espinas... ¿Qué daño
recibe entonces ese alma inmortal? ¿Acaso pueden perjudicarle los golpes que la
liberan? Desorganizan un poco de materia cuya forma es igual a la naturaleza.
¿Qué importa que los elementos que nos componen existan de tal o cual manera?
No está en nuestra mano el destruirlos. No aniquilamos nada al darnos la
muerte; solamente hacemos variar las modificaciones y este derecho que nos
confiere la naturaleza no contraría ninguna de sus leyes ya que no atenta
contra sus fundamentos... esos elementos indestructibles que ella misma
modifica cada día bajo mil formas diferentes.
Pero supongamos por
un momento que yo me encontrase en semejante situación, que me fuese imposible
vivir sin ser la causa de una multitud de crímenes y sin poder evitar ser
obligada a cometerlos yo misma. ¿Creéis, amigo mío, que ese estado perpetuo de
desorden y de desesperación no irritaría bastante más a la divinidad que el
leve daño que causaría dándome la muerte? Y, en todas las suposiciones
posibles... un crimen, si queréis considerarlo como tal, ¿no es preferible a
doscientos? Y si no cometo ninguno al matarme, estoy firmemente convencida de
que ha de ser lícito que me libere de mis cadenas cuando me molestan, mientras
que la acción que me sustrae a millones de crímenes ciertos, ¿no es, por el
contrario, loable? ¿No se convierte en un título merecedor de las bondades del
Eterno? ¿Es tan preciosa nuestra existencia como para que una criatura de más o
de menos en el universo pueda ser considerada como algo realmente importante?
En nombre de un
Dios de paz un general del ejército podrá sacrificar a veinte mil hombres en un
solo día, volverá de esta carnicería cubierto de honores y de laureles, ¿y
cargareis de censuras y de oprobio al infeliz que perjudicándose sólo a sí
mismo... que, deseoso de gozar de la luz celestial... que, ansioso de abandonar
rápidamente esta morada de la falsedad, el egoísmo, el libertinaje y el crimen,
haya destruido su frágil existencia para volar cuanto antes junto a su Dios? ¿A
quién puede pertenecer mi vida sino a mí? ¿Quién podrá disponer de ella si no
soy yo? Si esta vida es un don de Dios, no puede exigir que considere o que
respete ese don como conveniente para mí, más que en la medida en que nada me
impida considerarlo así. Pero cuando este presente se hace oneroso, cuando pesa
en lugar de ser útil, puedo devolverlo sin temor a quien me lo dio. Sería, sin
duda, una ingrata si, al querer disfrutar de este don, mancho de crímenes este
camino que sólo es lícito seguir para glorificar a Quien me ha colocado en él.
Pero si, por el contrario, el temor de verme expuesta a cometerlos me obliga a
devolver el don que profanaría al conservarlo, a buen seguro de que no obro mal
al deshacerme de él.
Amigo mío,
perdonadme estas ideas... un poder más fuerte que yo me las inspira... Si esa
voz que me las dicta fuese a obligarme a seguirlas... si fuese a dejaros sobre
la tierra... si fueseis a perder a quien tanto habéis amado, ¿adoraríais
siempre su memoria?... ¿os ocuparíais de esta dulce Aline? ¿Viviría ella
siempre en vuestros pensamientos? ¿Sería sin cesar el alma de vuestra vida...
el elemento de vuestra existencia?
¡Oh! mi querido
Valcour, si el Dios a quien imploro se dignase escucharme... le pediría la
gracia de que el aliento que otrora animó el cuerpo de la que amasteis pueda
acudir de vez en cuando a agitar el vuestro. Y si obtengo ese favor, observad
los días en que me améis mejor... estad atento los días en que os parezca más
presente... Esos días, amigo mío, serán aquellos en los que el alma de vuestra
Aline haya conseguido revivir en vos, aquellos en que sólo estaréis animado por
ella...
Mi madre llama...
Había aprovechado un momento de reposo para escribiros... Se despierta...
¡Dios! está peor que nunca: escalofríos... vómitos... Desgraciada de mí... ya
no hay nada oscuro para mí en el futuro. Ya se ha desgarrado ese velo oscuro
que separaba mi vida, todos los horrores que adivinaba detrás de él avanzan
hacia mí bajo la guadaña de la muerte... el ángel de las tinieblas entreabre el
féretro y vuestra desdichada Aline sólo ha de dar un paso para descender a él.
CARTA LXVII
Déterville a
Valcour
Vertfeuille, 6 de
Mayo
Pasaron ya los días
felices en que mi mano, ocupada en transmitirte hechos interesantes, empleaba
días enteros en disipar tus penas distrayéndote con los mismos relatos que
hacían las delicias de los objetos de tu cariño. Contempla ahora los trazos de
esta pluma fúnebre como otras tantas serpientes crueles que han de destrozarte
el corazón. Tiembla al abrir este paquete. No te diré que te armes de valor...
no te induciré a consolarte. Te conocería mal o te tendría en poco si esos
fuesen los acentos de la voz que te habla... No... lee y muere... No te retengo
ya en una existencia demasiado cruel para ti después de las pérdidas que acabas
de padecer... Renuncia a la vida, Valcour, ya sólo puede ofrecerte espinas. Une
tu alma a las de tus amigas... Una vez más te digo, lee y desciende a la tumba.
Apenas me hube
enterado del estado de Mme. de Blamont, corrí a Vertfeuille. Me habían enviado
un hombre a caballo para rogarme que no perdiese un instante. El mismo correo
me traía una carta para el conde de Beaulé a quien invitaban a venir conmigo.
Acababa de salir el día anterior para realizar unas inspecciones urgentes en
las costas. Puse su carta en el correo dentro de una carta mía y el día
veinticuatro llegué solo. Encontré, como te imaginarás, a todo el mundo presa
de la más extrema desolación. El accidente de nuestra respetable amiga revestía
suma gravedad. La recaída del veintidós había presentado síntomas tan regulares
como espantosos y el médico me dijo en voz baja que si no había una evolución
favorable al día siguiente, no respondía de la enferma ni tres días más. Me
guardé mucho de anunciar esta noticia a tu Aline, los presagios de su corazón
eran más que suficientes. Como, según me dijeron, su madre me esperaba con
impaciencia, me acerqué inmediatamente a ella para recibir sus órdenes y manifestarle
mi preocupación por su estado. En cuanto me vio me tendió su mano y
estrechándomela dijo:
– ¡Oh! amigo mío,
temo que vayamos a separarnos.
Pero cuando vio que
la tranquilizaba:
– Bueno, sea como
fuere, respondió, he querido veros para confiaros mis últimas voluntades.
– Esa preocupación
es aún inútil, ¿por qué ensombrecer la imaginación cuando aún hay tantas
esperanzas?
– Eso no mata a
nadie, amigo mío... eso no mata a nadie y tranquiliza.
Diciéndome estas
palabras me entregó un papel y me rogó que lo leyese.
Como ese escrito
contiene muchas cláusulas que, sea cual fuere el interés que puedas tener en
esta noble mujer, son, sin embargo, de poca importancia, sólo lo mencionaré las
más importantes.
Casada, separada de
bienes y pudiendo disponer de lo que tenía, dejaba todo a su hija Aline bajo la
estricta condición de que se casase contigo. Como única y última gracia pedía a
su marido no contrariar la voluntad de su hija en un asunto del que dependía
absolutamente la felicidad o la desdicha de su vida. En el caso en que Aline
fuese obligada a realizar otro matrimonio, no la privaba de sus bienes, pero
quería que fuese ella sola quien dispusiera de ellos y esos bienes no entrarían
a formar parte de la comunidad... Fundaba un hospital de seis camas en
Vertfeuille destinado exclusivamente a los habitantes del lugar, el dinero
necesario para la creación de este establecimiento se encontraba en poder de su
notario... Pedía un entierro sumamente simple en la parroquia del lugar, pero
deseaba que todos los pobres que hubiese en el ámbito de sus posesiones, fuesen
alimentados durante nueve días, mañana y tarde y servidos por sus criados en la
sala grande del palacio... Quería que una cajita que contiene su retrato
engarzado en pedrería por un valor de quince mil francos te fuese enviada
inmediatamente desde el día siguiente a su muerte... Quería que sus soberbios
cabellos fuesen cortados y entregados a su hija... Dejaba una joya de doce mil
francos a Léonore y a Sainville otra hermosa caja de su retrato.
Este escrito
terminaba con sabios consejos para su Aline, consejos repletos de moral y de
piedad. A continuación suplicaba a esa dulce hija que no eligiese nunca una
sepultura distinta a aquella en que reposaba su madre... Me nombró ejecutor
testamentario de sus legados y voluntades y, en nombre de la amistad que
siempre nos había unido, me exigió la más completa exactitud en el cumplimiento
de todas las cláusulas contenidas en el escrito que me entregaba.
En cuanto vio que
lo hube leído me pregunto ansiosamente si le juraba cumplir lo que me pedía...
Se lo prometí
estrechando sus manos.
Me sonrió, me dijo
que esto era una prueba de mi amistad, y que, segura de esto, se encontraba
mucho más tranquila.
Efectivamente
durmió cerca de tres horas durante la noche del veinticuatro al veinticinco.
Pero al despertarse hacia las dos de la madrugada llamó a Aline, que nunca
quiso separarse de la cabecera de su cama, la estrechó contra su pecho y le
dijo que se encontraba peor.
Esta dulce hija
rompió en llanto. Entonces Mme. de Blamont se contuvo para no afectar
excesivamente a aquella que tan cruelmente compartía sus dolores. Le suplicó
que se tomase unos instantes de descanso, le aseguró que yo la sustituiría.
Pero Aline no quiso ceder a nadie la satisfacción que experimentaba al cuidar a
su madre. Dijo que no confiaría en nadie... que los hombres no entendían este
tipo de cosas y, ni ruegos, ni súplicas, ni órdenes pudieron hacer que
abandonase su sitio.
¡Qué atractiva
resultaba, amigo mío, en el cumplimiento de sus sagrados deberes!... Pálida...
ojerosa... despeinada, con una pobre bata de tela... rodeada de un gran
delantal de doncella... Parecía que la piedad filial quisiera disputar a las
Gracias el deber conmovedor de embellecerla.
Pero al aumentar el
dolor Mme. de Blamont no pudo seguir fingiendo... El médico, que no había
abandonado su puesto, me dijo, acercándose a mí después de haberla observado:
– Esto es lo que me
temía, está perdida.
– ¡Oh! ¡cielos!
respondí espantado... ¿Perdida... a esta edad... con tantos recursos... tanta
sensatez y tanta salud?
– Está perdida.
– ¿Cuál es entonces
su enfermedad? ¿Cuál es la causa de este accidente imprevisto?
– Una causa ante la
que fracasaran todos los secretos del arte: ha sido envenenada...
– ¡Envenenada!
¡Santo cielo!
– Sí, envenenada.
Decid, ¿qué queréis que haga?
– Escribir a su
marido y ocultárselo cuidadosamente a ella, a su hija y a toda la casa. Esto es
lo que me parece más prudente...
El médico
certificó, firmó su opinión y la carta salió secretamente, encomendada a un
correo especial.
No obstante los
dolores de las entrañas oscilaron varias veces durante el día... En una de las
crisis más violentas, Aline hizo brotar las lágrimas de todos los presentes.
Fue a arrojarse a los pies del médico.
– ¡Oh! señor, dijo
en un espantoso acceso de dolor, ¡Oh! señor, ¡salvad a mi madre! Todo lo que
poseo es vuestro, os lo doy públicamente.
Pero cuando vio que
el medico retrocedía, cubriéndose los ojos con un pañuelo y sin responderle,
volvió a precipitarse a los pies del lecho de su madre... invocó al Eterno con
una compunción, con un fervor tan ardiente que la violencia de la emoción terminó
con sus fuerzas y la hizo caer en mis brazos sin sentido...
La llevamos a una
cama... cuando hubo recuperado el conocimiento, le hice comprender lo mejor que
pude que debía calmarse, que el abandono al que se entregaba perjudicaría su
salud y que dañaría incluso la de su madre: creí observar que esos razonamientos
la tranquilizaban un poco, quise intentar prepararla para el terrible
acontecimiento que la amenazaba. Pero me interrumpió violentamente a la primera
frase.
– ¡Santo cielo!...
exclamó, ¿está muerta?...
Y escapándose de
mis brazos, salió disparada de la cama en donde yo intentaba retenerla hasta
los pies de la de su madre en donde cayó de rodillas y con las manos juntas.
Mme. de Blamont,
que se encontraba un poco mejor hizo que se levantase y la riñó dulcemente por
haberse exaltado tanto y besándole los ojos le dijo:
– ¿Es que no
quieres que charlemos tranquilamente las dos?
– ¡Oh, mi querida y
dulce madre! respondió Aline entre lágrimas, ¿acaso no sabéis cuánto os amo?
¿Ignoráis hasta qué punto vuestra suerte está irrevocablemente unida a la mía?
– Si me amas,
pruébalo calmándote...
– Bueno, bueno,
estoy tranquila, mamá, estoy tranquila...
Entonces Mme. de
Blamont, que quería olvidar sus males y los de su hija, hizo que le trajesen
los diamantes a su cama y jugó con ellos durante dos horas poniéndoselos ella o
aderezando a Aline, pero, más propensa a caer en el lado lúgubre de sus ideas
que a realizar el proyecto de aliviarlas por un momento, me dijo:
– Mirad,
Déterville... ¡qué bien hubiera estado mi Aline el día de su boda!... Así es
como la hubiera enjoyado...
Y esa idea
desgarradora hizo que ambas derramasen sendos torrentes de lágrimas.
Sin embargo, en
toda esta casa, que en otras ocasiones había sido tan tranquila, tan deliciosa,
sólo había dolor, sólo afloraban la tristeza y la inquietud... por todas partes
se veía gente que venía, se informaba, se iba... la desolación era general.
En medio de la
multitud que circulaba por las habitaciones vimos entrar súbitamente a una
muchacha con los brazos alzados y la cara inundada de llanto... Era la pequeña
Colette en cuya casa os despedisteis. Quisieron contenerla, pero ella se
resistió.
– ¡Dejadme,
dejadme! dijo, quiero ir a ver a la protectora de los pobres, quiero ir a ver a
mi buena madre...
Se arrojó de
rodillas a los pies de la cama, suplicó a su querida señora que le diese su
bendición, besó la tierra y se retiró entre lágrimas.
– ¡Bien! dijo esa
mujer adorable una vez que hubo salido la joven, ¿no es cierto que se
encuentran satisfacciones haciendo el bien? ¿No creéis que el homenaje del
pobre vale tanto como todas las caricias de la fortuna?
Como se sintiese
fatigada el veinticinco por la tarde, nos retiramos antes de medianoche. Pero
por mucho que rogué a Aline, no quiso dejar a su madre. Me pidió que me
encargase de todos los cuidados exteriores, que ella se encargaría de los
interiores. La ayudaban dos mujeres de Verfeuille que se relevaban por turnos.
Todas se disputaban este honor, no había una sola, ni siquiera entre las más
acomodadas, ni en el pueblo ni en los alrededores, que no solicitase como un
favor la gracia de velar a esa mujer angelical.
¡Oh, amigo mío!
¡esos son los efectos de la beneficencia, esos son los deliciosos frutos de la
compasión y la prudencia! Parece como si el Eterno, deseoso de recompensar al
hombre, quisiese hacerle saborear en la tierra la imagen de los placeres
celestes que premiaran sus virtudes.
El veintiséis,
desde el alba, día espantoso, amigo mío, día en que la voluntad de Dios
permitió que la inocencia sucumbiese bajo el crimen, para probar a los hombres
o para humillarlos... nos anunciaron ya por la mañana que Augustine acababa de
evadirse... que no había dicho nada a nadie y que no podían imaginarse qué
había sido de ella. En ese momento se rasgo el velo... ya no podía dudar...
Recomendé que se guardase el máximo secreto y me abstuve de toda investigación.
Debía mirar por el
honor de Aline. ¿Iba a emprender algo que no salvaría la vida de su madre y que
daría con su indigno padre en el cadalso?... Subí... la noche había sido
terrible, espasmos... convulsiones... todos los síntomas de un fin tan cruel
como próximo indujeron al médico a decirme que mi deber era advertir a Mme. de
Blamont... Me acerqué a la cama de la enferma... había escogido un momento en
que Aline había ido a buscar unos papeles por orden de su madre y había
encargado al médico que la retuviese a la vuelta para que yo tuviese tiempo de
actuar...
Mme. de Blamont
sonrió al verme... ¡sublime tranquilidad de un alma honesta y apacible!... ¡Oh,
dulce reposo de una conciencia pura!
– ¿Estoy muy mal,
no es cierto, amigo mío? me dijo... ¿No veré nunca la felicidad de mi hija?
¡Ay! sólo deseo la vida para hacer su felicidad... no la disfrutaré nunca... el
cielo no lo quiere...
En ese momento
pensé que nada sería tan expresivo como mi silencio... bajé los ojos y me
callé.
– ¿No me
respondéis, Déterville?...
Tomé una de sus
manos y la acerqué a mis labios.
– ¿No me
respondéis? replicó una segunda vez...
En este punto, la
naturaleza pudo más que el valor. Tuvo una violenta crisis y, tendiéndome los
dos brazos, exclamó:
– Estoy preparada,
amigo mío... estoy preparada... Pero esa querida Aline... ¿voy a abandonarla
entonces? ... ¡voy a dejarla desamparada en medio de los peligros que la
rodean!... No hubiese creído que el cielo lo permitiera... No importa, no soy
yo quien para examinar esas órdenes, sólo he de acatarlas...
Entonces me rogó
que hiciese venir a su confesor y que me encargase por completo de Aline
durante dos horas, sin permitirle que entrase.
Ese encargo no era
fácil... envié enseguida a que llamasen al cura y, asegurando a Aline que su
madre estaba mejor, le supliqué que viniese conmigo a dar un paseo por el
jardín, y que debía decirle algo absolutamente esencial... Pero ya sabía yo que
no era fácil manejar un carácter como el suyo. Me respondió decididamente que
no iría antes de haber visto a su madre, que hacia ya más de una hora que la
había dejado y que después de tanto tiempo no confiaría más que en sus ojos
para saber cómo se encontraba. Subió a llevarle los papeles que ésta le había
pedido. Bajó poco después. Me di cuenta de que Mme. de Blamont no le había
dicho nada y que, sin duda se había limitado a recomendarle que viniese a
hablar conmigo.
Al principio y con
frases imprecisas me la llevé mucho más allá del jardín y cuando finalmente
llegamos a un bosquecillo, le supliqué que me escuchase.
– ¡Bien! me dijo
sin sentarse y presa de una terrible excitación... ¿qué tenéis que decirme?...
Ya veo que hacéis mucho misterio... ¿Voy a perderla?...
– Quizás no, le
dije, ¿pero si llegase esa desgracia?...
– No sería la única
víctima y no tardaría en compartir su suerte.
– ¡Oh, cielos! ¿Es
esto lo que se ha de esperar de una piedad y una virtud como las vuestras?
¿Pensáis en lo que os debéis a vos misma, en lo que debéis al hombre que os
adora?
– ¿Valcour?... Ya
lo he perdido... ¿Cómo podéis pensar que pueda ser suya algún día? Pero no me
habléis de eso, os lo ruego, ni siquiera el sentimiento de lo que debo a Dios
prevalecería hoy sobre lo que sólo corresponde a mi madre. No quiero pensar más
que en ella, sólo quiero ocuparme de ella. No hay una sola idea que pueda
vencer a la suya en mi corazón... ¿Es eso todo lo que tenéis que decirme?
añadió emprendiendo la huida como si hubiese contado todos los momentos que la
separaban del objeto de su idolatría.
Pero, reteniéndola
por una mano y viendo que con un alma como esa más valía dar la mala noticia
enseguida que emplear consideraciones que sólo servirían para destrozarla,
exclamé:
– ¡Aline!... ¡mi
querida Aline!... esa madre que adoramos... ese dulce objeto de nuestras mutuas
inquietudes... vamos a perderla irremisiblemente...
El golpe había
caído sobre la parte más sensible de su alma y, por así decirlo, la había
petrificado. Clavo sus ojos en mí... De pronto su mirada se extravió, la
estupidez apareció en su rostro, su respiración se hizo viva y pesada y su
cabeza se trastornó completamente...
Me arrepentí de
haber sido tan brusco. Reconocí que no estaba en forma alguna preparada y que,
a pesar de sus palabras, siempre se había hecho ilusiones... Me acerqué a ella,
me rechazó con un gesto furioso y, extraviándose más y más... me dijo balbuciente
que fuese a buscar a su madre... que la comida estaba servida en el bosquecillo
donde nos encontrábamos... ¡Ay! desgraciadamente era el mismo que solíamos
emplear antaño para estos menesteres...
– Sé perfectamente
que no acudirá, continuó... luego, señalando el suelo, añadió, quiere ir
allí... allí, allí, pero no se irá sin mí... Déterville, id a buscarla, ya veis
que la estamos esperando...
Entonces, inundado
con mis propias lágrimas, la estreché contra mi pecho.
– ¡Oh dulce niña!,
exclamé, recuperad vuestra razón y vuestros sentidos. Reconoced al más sincero
de vuestros amigos y escuchadle...
Pero liberándose
bruscamente de mis brazos, me dijo, siempre extraviada, que ya que no quería ir
a buscar a su madre, iba a hacerlo ella misma...
– No, le dije,
reteniéndola... está cumpliendo unos piadosos deberes que no debéis estorbar.
Estas palabras
golpearon de nuevo su alma, porque, por crueles que fuesen no destruían
completamente la esperanza... estas palabras, decía, la retornaron a la
realidad... la razón volvió, pero como el choque había trastornado
excesivamente sus nervios, cayó víctima de un violento ataque de convulsiones.
Cayó a tierra... se revolcó... todos sus miembros temblaban... quizás hubiese
sucumbido en ese instante fatal si un diluvio de lágrimas no la hubiese
aliviado... Contento al verla llorar, le tendí los brazos... Se lanzo a
ellos...
– ¡Oh, amigo mío!
me dijo, ¿es preciso entonces que me sea arrebatada? ¿He de perder el consuelo
de mi vida... la amiga preferida de mi corazón... el árbitro de mi destino...
la que yo adoro... cuya dulzura hacía toda mi felicidad... y que podía haber conservado
aún durante cincuenta años? ¿Y queréis que yo la sobreviva?... ¡Ah! ¿qué será
de mí en este mundo cuando ya no esté conmigo? No, no, no me pidáis tal
sacrificio... no me lo exijáis, amigo mío, no podría prometéroslo.
Al verla más
afligida, sin duda, pero no obstante algo más razonable, destaqué los motivos
de consuelo que nos podía dictar la prudencia... Todo en vano... cuanto más
intentaba resignarla más se me escapaba; lo que debería calmarla, la sublevaba
casi de inmediato, y no llegaba a su alma abatida más que para agravar su
desesperación. Sin embargo, ella se impacientaba; ardía en deseos de acudir al
lado de su madre... Me vi obligado a llevarla allí y a dejar incompleta la
tarea que se me había encomendado. Mme. de Blamont había terminado con la
suya... Entramos... Aline se lanzó a los brazos del dulce objeto de su corazón,
le preguntó por que las habían separado durante tanto tiempo.
– Ciertas
obligaciones...
– Esas obligaciones
no son necesarias aún, respondió Aline enojada, aún no ha llegado el momento...
Entonces Mme. de
Blamont, abrazando cariñosamente a su hija, le dijo entre amargas lágrimas:
– Aline, Aline,
hemos de separarnos.
Y ambas abrazadas
se quedaron así, sin moverse, durante varios minutos. Pero cuando Aline se
deshizo del abrazo, volvió a caer sobre la cama de su madre presa de un nuevo
ataque de espasmos que nos hizo temer por su vida. Sin embargo, a fuerza de
cuidados y como esa dulce hija no quería perder los últimos momentos que le
quedaban, se calmó y el médico permitió a Mme. de Blamont que tomase un poco de
crema de arroz que parecía desear.
Aline, más
tranquila, porque siempre se ilusionaba cuando no estaba desolada, compartió
estos últimos alimentos pegada al pecho de su madre.
¡Qué cuadro, amigo
mío! nunca vi nada más conmovedor y mis lágrimas son demasiadas como para que
intente describírtelo.
A las tres nuestra
enferma se sintió horriblemente debilitada. Solamente pudimos volverla en sí
gracias a los más violentos cordiales... En cuanto volvió a abrir los ojos
pidió que la dejaran sola durante media hora con su hija y conmigo. El médico,
al ver que podía hablar, la fortaleció con unas gotas más de esencia y nos
dejó:
Ella hizo que ambos
nos colocásemos cerca de su cama, pero Aline sólo quiso escucharla de
rodillas... En esto postura, apoyó sus manos en las de su madre e inclinando su
cabeza sobre la cama, la escuchó con el más santo respeto.
– Amigos míos, nos
dijo esa divina mujer, estoy ya dispuesta a separarme de vosotros para siempre.
A los treinta y seis años debería tener una vida más prolongada, pero con las
desgracias que gravitaban sobre mí, dudo que hubiese sido más útil para la salvación
de mi alma. El momento que he de vivir es cruel, uno no se acostumbra a
contemplarlo de una manera suficiente en este mundo y sea cual fuere nuestra
conducta, cuando llega, nos asusta. Plenamente convencida de la existencia de
un Dios justo, me atrevo a volar sin temor a sus brazos. Le pido sinceramente
perdón por mis ofensas. Me hubiera gustado llevarle un corazón más puro... al
menos se lo ofrezco sin crimen. Sin embargo os engañaría si os dijese que no he
cometido muchas faltas: ¡con cuánta impaciencia soportaba el yugo que tuvo a
bien echar sobre mis espaldas! Fui sacrificada muy joven y sabéis lo que he
sufrido. Me quejé y no debí hacerlo. Debí contemplar lo que me sucedía como la
voluntad del cielo... cada despecho era una rebelión de la que debería acusarme
como de un crimen... Quizás también sea culpable de demasiado amor propio, pero
la culpa la tiene esta querida Aline... Durante mucho tiempo me sentí orgullosa
de haberla traído al mundo y, como todo mi cariño era suyo, también coloqué en
ella mi orgullo. El excesivo amor que he tenido por esta hija me distrajo sin
duda del que debía a Dios. Su felicidad era mi única ocupación. Contemplé la
posibilidad de conseguirla como un consuelo de todos mis males... No pude
hacerlo. Debía cargar también con esta cruz, era preciso que apurase hasta las
heces la copa del dolor. Ahora la acechan peligros que me hacen temblar por
ella... y ya no estaré yo para apartarlos de su camino... mi mano no podrá
enjuagar las lágrimas que derrame su corazón... ¡Oh, hija mía, ahora hemos
perdido toda esperanza! El último consejo que he de darte es que obedezcas a tu
padre y que aceptes ciegamente lo que él te dé...
Y como viese que
Aline hacia un gesto de horror.
– ¡Bien! continuó,
ya que temes los crímenes que inevitablemente acompañarían a semejante unión,
te queda la alternativa del convento. Arrójate a los brazos del Esposo sin
mancha, los placeres celestiales que Él te promete son mucho más valiosos que
las engañosas alegrías de un mundo en el que solamente encontrarás
contrariedades... En ese caso, Déterville, sería preciso hacer que mi marido
reconociese a Léonore y todos mis bienes serían suyos. Léonore, protegida por
un esposo que la ama no tendría nada que temer de un padre vicioso y cruel y,
al desaparecer todas las razones que hubieran podido legitimar un arreglo...
que no dejaba de ocasionarme muchos remordimientos, al desaparecer estas
razones, decía, si mi Aline se entrega a Dios, sería necesario devolver a su
hermana la existencia que le corresponde y hacerla renunciar a los bienes que
hoy reclama que quedarán generosamente recompensados por los míos y los de su
padre. Os confío esta tarea, Déterville, dependiendo de la decisión que adopte
Aline y, de acuerdo con esta decisión introduciréis los cambios necesarios en
el acta que os he entregado. Os autorizo plenamente...
Luego, levantándose
con gran trabajo.
– Se acerca el
momento, amigos míos, continuó... Dentro de poco compareceré a los pies del
Eterno... dentro de poco intercederé ante Él por mi Aline... Levántate, hija
mía, levántate... ¿no es una gran dicha que tenga la suerte de expirar en tus
brazos?... ¿No ha podido serme arrebatada? Déjame que te bendiga y que te
abrace... Déterville, os la confío. Adiós.
Entonces arrojó sus
brazos alrededor de su Aline, la estrechó fuertemente contra su pecho... sufrió
una ligera convulsión... y el alma más pura que haya salido de las manos del
Ser supremo voló de nuevo hacia su autor.
Renuncio a
describirte mi estado, Valcour, ya te lo imaginas... Apenas si tenía fuerzas
para levantar los ojos. Pero había importantes ocupaciones que me exhortaban a
tener valor, mi primera preocupación fue correr hacia Aline, estaba inclinada
sobre su madre. ¡Ay! era difícil saber cuál de las dos vivía aún. Esa querida
niña carecía de pulso, de respiración y de calor y cuando, con grandes
esfuerzos, conseguí arrancarla de los brazos que la enlazaban, cayó sobre la
cama sin conocimiento. Acudieron, se dividieron los cuidados, pero la
infortunada madre ya no los necesitaba... Se encontraba ya en la morada que el
Eterno destina a la virtud... ya la adornaba.
Llevaron a Aline a
su habitación confiada a los cuidados de su querida Julie y del médico... Al
cabo de una hora volvió en sí y, al verme en la cabecera de su cama, me
preguntó por su madre... extraviada me dijo que era yo quien se la
arrebataba... que yo le impedía verla y que apelaría ante el tribunal de Dios
por todas las injusticias de las que era objeto.
La cogí en mis
brazos y ella se esquivó, volviendo enseguida emocionada, me pidió mil perdones
por los reproches que me dirigía. Me dijo que había perdido la cabeza, que
sabía de sobra la horrible pérdida que acababa de experimentar, pero que, si la
amaba, le permitiría la dicha de abrazar una vez más a su dulce madre.
Diciendo esto se
escapó y, a pesar de los esfuerzos de Julie, se hubiera abalanzado
infaliblemente sobre el cadáver que acababa de ser expuesto sobre el lecho
mortuorio si afortunadamente Julie, corriendo el riesgo de ser derribada, no le
hubiera opuesto su cuerpo, no la hubiera cogido y conducido sin tardanza a su
cama.
Entonces sus
lágrimas manaron copiosamente. Profirió gritos de dolor que hubieran desgarrado
el alma del más insensible mortal... Pero, como una silla de postas llegaba al
patio, me vi precisado a abandonarla, después de haberla confiado a Julie y
hube de ocuparme en otras cosas.
Esa silla era la
del presidente, con él solamente había un criado. Se paró en la primera sala y
por los lúgubres acentos que hirieron sus oídos... por los gemidos... por los
llantos generales, pudo comprobar que su abominable fechoría se había
consumado... que el ángel no estaba ya en el templo, y que el Eterno lo había
llamado a su seno...
Lo abordé... me
abrazó con la mayor serenidad... agradeció mis cuidados, dándome a entender
hábilmente que mi presencia en el palacio era ya inútil. Yo hice como que no
comprendía, como tenía en mi cartera lo necesario para justificar mi presencia.
Permití que dijese lo que quisiera... Me rogó que le llevase al lugar en donde
reposaba su mujer, lo llevé a la sala mortuoria y, como estaban amortajando el
cuerpo, éste estaba desnudo, cubierto solamente por un velo que se habían
apresurado a echar por encima cuando nos oyeron entrar. Hizo señas de que se
retirasen.
Cuando estuvo solo
conmigo... se acercó a la cama, y, levantando el velo, el muy monstruo dijo
como Nerón cuando quiso mancillar a Agripina:
– ¡En verdad que
está bella aún!
Quizás hubiera
seguido hablando si no me hubiera visto estremecerme de horror... Se acercó...
miro con atención el rostro...
– Pero no veo
ningún síntoma de veneno, dijo... ¿Qué es lo que pretende vuestro médico? Es un
loco o un hombre peligroso que merecería que lo hiciese castigar. Eso supone un
perjuicio para todas las personas honradas entre las que ha muerto... y vos
mismo no deberíais haberlo consentido.
– ¿Yo? no solamente
lo he consentido, sino que he ordenado que os escribieran.
– No veo que eso
sea un signo de vuestra prudencia.
– Quizás no haya
tenido más en toda mi vida.
Y conteniéndome,
añadí.
– ¿A quién había
que quejarse? ¿A quién había que comunicar un hecho cierto sino a aquel que
debe vengarlo?
– ¿Cierto? no; y ya
que no lo era hubiese valido mucho más no decir nada; eso es lo que yo llamaría
prudencia.
– Una muchacha se
ha escapado.
– ¿Qué?
– Augustine.
– ¡Bueno, esa es
una zorra! La conozco bien. Ha sido seducida por uno de mis criados, no le
gustaba su ama... enferma o no, ha decidido escaparse de todas formas... Ambos
están muy lejos. Imaginaréis que he despedido al criado. ¿Son esas vuestras
pruebas?
– Podría reunir
más.
– Vamos, vamos,
dejemos todo esto. Estos horrores no deben suponerse jamás en una casa, creer
en ellos es comprometer a todas las personas que la habitan. ¿Dónde está Aline?
Contento de cambiar
de tema y como no quería ir más lejos de acuerdo con las firmes decisiones que
había adoptado, le describí el estado de esa querida niña y le dije que
consideraba prudente dejarla tranquila durante algunos días.
– ¿Algunos días? me
dijo socarronamente. Sin embargo, cuento con llevármela mañana. Dolbourg la
espera en Blamont y vamos a dar fin a este asunto inmediatamente.
– ¿Qué me dice,
señor? Estando aún abierta la tumba de su madre.
– ¡Bueno! ¡Eso son
pequeñeces! Una mujer que acaba de morir no impide que se ponga a otra en
condiciones de dar la vida... Por el contrario, es una especie de reparación
que debemos a la naturaleza y cada minuto de retraso es una infracción de sus
leyes. Una madre es sagrada, si queréis... cuando vive... cuando está muerta ya
no es nada... Mirad, acabo de venir de París y ayer por la tarde sucedió algo
muy semejante aunque no exactamente igual, pero que, sin embargo, os hará ver
que, cuando se trata de cosas serias, no hay que pararse en sentimentalismos
estúpidos que solamente están hechos para el pueblo. M. de Mezane que tiene un
asunto pendiente con la Audiencia de Aix y esa Audiencia es una de las más
prudentes, más íntegras y mejor compuestas del reino no quiso arreglarse con la familia de su
mujer, por lo que la única alternativa era una prolongada detención, M. de
Mezane, decía, se escondía desde hace años, pero movido por la estúpida
delicadeza de acudir a París a prodigar los últimos cuidados a una madre
agonizante, acudió a pesar de los peligros. Apenas había puesto el pie en la
casa de la difunta cuando la familia de su mujer le hizo detener. Protestó
contra ese procedimiento... se rieron de él en sus propias narices y lo
arrojaron a un calabozo de la Bastilla en donde tranquilamente puede deplorar a
la vez la pérdida de su libertad, la muerte de su madre y la bárbara estupidez
de sus parientes. Me parece que si el gobierno nos da semejantes ejemplos,
podemos seguirlos.
– ¡Oh! señor, lo
que decís me horroriza, dije, sin duda el hombre de quien habláis era culpable
de alta traición.
– No, por cierto,
algunos escritos contra nosotros... contra los reyes, predicciones, algunas
aventuras de juventud, bien perdonables a los veintisiete años. Cosas que
hacemos nosotros mismos todos los días, pero que no queremos que hagan los
demás.
– En ese caso,
señor y permitidme que os lo diga, me parece una atrocidad incurrir en tal
crimen para castigar un delito ordinario. Porque entonces la virtud no ha
ganado nada y una execrable fechoría más viene a aumentar la masa de los
errores del Estado .
Y el muy indigno,
desviando la conversación, prosiguió:
– ¿Sobre qué basáis
la legitimidad de ese dolor que sentimos al perder a los seres queridos? ¿Qué
utilidad puede tener un sentimiento que no aporta ninguna variación al estado
de quien ya no existe y que trastorna o desarregla la salud del que queda?
– Esas cosas no se
razonan, señor, se sienten y ¡ay de quien no las sienta!
– No, señor, todo
debe someterse al análisis, lo que no es susceptible de ello, es falso. Ahora
bien, decidme, os lo ruego, si, de acuerdo con mis sistemas materialistas...
si, de acuerdo con la perfecta certeza que poseo de que la muerte termina con
todos nuestros males y no debemos temer ninguno más, si, de acuerdo con esto,
decía, mi mujer, que no era en absoluto feliz en este mundo, no se encuentra
ahora en un reposo preferible al estado de perpetuo dolor en que vivía aquí
abajo... ¿Y si es así, por qué habría de lamentarlo yo? Mi pena sería como
decirle: deploro que ya no seáis desgraciada... me desespera ver que ya no vais
a sufrir más, ¿y esta pena... os pregunto... os parece delicada?
Renunciando por un
momento a mis sistemas, si adopto los vuestros, si creo que mi mujer está en un
mundo mejor, mi pena por no verla más en este en que sufría ¿no es insultante
ya que soy yo su único objeto? Me concederéis que este egoísmo es repugnante...
Me enfado porque me veo privado de ella y mi única aflicción es por la pérdida
que experimento al no tenerla ya, sin pensar en la ganancia que para ella
supone no tenerme más. Si actúo de esta forma sólo pienso en mí... y en modo
alguno en ella y parece como si consintiese tácitamente en que ella perdiese el
bien que posee para que viniese a devolverme el que pierdo yo. Por lo que
concluyo que es una grave injusticia lamentar la muerte de los seres queridos,
porque, al quedar excluido el infierno, o no son nada, lo cual no es un estado
peor o están mejor, lo que supone un estado más agradable. Y en ambos casos es
un error desear que vuelvan a la vida, lo que supondría un empeoramiento. Por
eso no hemos de extrañarnos de que haya países enteros en donde reine la
costumbre de reunirse para regocijarse por la muerte de los parientes y
lamentar el nacimiento de los niños. No conozco costumbres mejores que éstas .
Hay que compadecer a quienes nacen al dolor, hay que imitarlos y llorar como
ellos cuando ven la luz del día. Cuando nos abandonan son afortunados, sin
duda, y no debemos afligirnos.
– Pero supongamos
por un momento que ese dolor sea solamente para nosotros el instinto delicioso
de un alma sensible, ¿no sería bárbaro resistirse?
– La verdadera
filosofía se acostumbra a las privaciones y no debe resultar afectada por
ninguna. Además no estoy de acuerdo con vos en que esa exagerada sensibilidad
sea un bien. Quizás me resultase muy fácil probaros lo contrario. Lo que es
seguro es que si esa emoción es una dicha, al menos no lo es para todo el
mundo, porque os aseguro que no la he experimentado jamás... ¡Ay! señor, ¡es
tan fácil volver a llenar el vacío que deja una mujer, una querida, un pariente
o un amigo! Si su pérdida nos afecta tan intensamente es por la idea que
tenemos de que jamás podremos encontrar en otra persona las cualidades que se
nos escapan en aquel que nos arrebata la muerte. Esta idea no solamente es
personal, sino que es quimérica. Es la costumbre, que nos ata mucho más que esa
relación o esa conveniencia de cualidades y, si nos preocupásemos,
advertiríamos que la pena experimentada con la pérdida es solamente la
sensación física de un hábito interrumpido. Luego el hombre más desgraciado es,
sin duda aquel que, al no conocer el arte de revolotear igualmente sobre todos
los placeres... de probarlos todos sin apegarse a ninguno, se crea un hábito
tan fuerte en algunas cosas que ya no puede renunciar a ellas sin dolor. Usemos
todo y no nos apeguemos a nada y entonces las pérdidas no nos afectarán jamás,
un amigo nuevo reemplazara al antiguo, una nueva querida, a la que acabamos de
perder y el torbellino de los placeres nos arrastrará sin darnos tiempo a
pensar y no tendremos que experimentar jamás el dolor de lamentar la pérdida de
las cosas que sepamos reemplazar con tanta prontitud.
– Ese vacío es
espantoso, su sola idea produce horror, eso supone embrutecer nuestra alma,
supone sofocar en ella la más dulce de las facultades. ¡Oh! señor, sea cual
fuere el placer que podáis ofrecerme ahora, ¿existe uno solo que pueda comparar
con lo que para mí supone la sensación de llorar a la amiga que acabo de
perder?
– Pero si amáis
vuestro dolor, este se convierte en un placer y en ese caso, me concederéis que
el placer que consuela es mucho mejor que el que aflige.
– El uno
corresponde a un alma de hierro, el otro, a un corazón delicado y sensible.
– ¿Y de dónde
sacáis, señor, que valga más estar organizado en vuestro sentido que en el mío,
si ambos experimentamos placeres?
– Los míos son los
de la virtud, los vuestros conducen a todos los crímenes.
– Ahora habría que
saber (dejando de lado las convenciones sociales) qué proporciona más placer,
si el vicio o la virtud.
– ¿Cómo puede
discutirse una cosa semejante?
– Os devuelvo la
pregunta, porque si caracterizáis al placer, esa sensación excitante recibida
por el alma y debida a una causa cualquiera, esa conmoción, mucho más violenta
cuando es causada por el vicio, dará infaliblemente origen a más placer que la
que fuese efecto de la virtud. Y en ese caso el hombre perfectamente feliz
podría ser perfectamente quien, derribando todas vuestras ideas sociales,
convirtiese vuestros vicios en virtudes y todas vuestras virtudes, en vicios.
– Señor, dije
enfurecido al no poder aguantar más esos sofismas tan crueles, mandaríais
colgar, y con razón, al desdichado que pensase como vos.
– De acuerdo,
respondió ese desalmado, pero la felicidad de estar por encima de los demás
confiere el derecho de no pensar como ellos. Ese es el primer efecto de la
superioridad. El segundo consiste en abusar de ellos, para dirigir las propias
acciones de acuerdo con la picante singularidad de los propios sistemas
filosóficos. Esto es lo que permite que un hombre traicione al Estado, amase
una fortuna y abandone el ministerio diciendo que está arruinado , que otro
destruya el comercio interior de Francia porque su absurdo proyecto le costó
dos millones , que cien otros se pongan de acuerdo para atraer hacia sí la
sustancia del pueblo y para hacer morir de hambre a continuación a ese mismo
pueblo vendiéndole diez veces por encima de su valor ese alimento que acaban de
robarle. ¿Creéis que esas gentes son menos felices por no haber amado, como
vos, ese fantasma ideal de la virtud?
– ¿Felices? No
pueden serlo; la verdadera felicidad solamente reside en la virtud y los
remordimientos de los sinvergüenzas de que habláis deben vengarnos de todos sus
crímenes ya que no lo hace la espada de Themis.
– ¿Remordimientos?
No me hagáis reír. Creedme que el hábito del mal los ha debilitado hace ya
tiempo en semejantes almas. Si alguno de ellos volviese a tener una recaída es
un tonto a quien sus compañeros deberían despojar al instante y que, al menos,
es objeto de sus bromas más crueles, si es que no se atreven a molestarlo en
forma diferente. Pero mirad, señor, ya veo que no nos vamos a poner de acuerdo
en toda la tarde. Ordenad, os lo ruego, que nos sirvan la cena, yo no he
almorzado para venir más deprisa y tengo un hambre feroz. Ya filosofaremos a
los postres si lo deseáis...
Di las órdenes y él
se sentó a la mesa y cenó con una tranquilidad que me hizo comprender que era
preciso que ese desalmado hubiera adquirido un arraigado hábito en el crimen
para que pudiese permanecer tan tranquilo después de cometerlos. Como imaginaras,
yo no comí, me contenté con hacerle compañía levantándome de vez en cuando para
ocuparme de los detalles propios de mi cometido, pero no fui a la habitación de
Aline a quien mi presencia irritaba en lugar de calmar y a quien no quería
informar si no al día siguiente de la cruel continuación de sus desdichas.
El médico no se
había ido aún, estaba descansando un poco. El presidente quiso verle, le
preguntó descaradamente que cuál era la causa de la muerte de su esposa.
– El veneno,
respondió audazmente éste.
– Pero, doctor,
¿acaso pensáis?...
– Hay una forma
segura de convenceros, señor, cuando queráis procederemos a abrir el cuerpo.
– No, por favor,
esas operaciones me han disgustado siempre. No son seguras y además opino que
tienen algo de cruel... No disequemos, enterremos.
Un poco sorprendido
por esta respuesta, el medico le preguntó si no creía conveniente formular una
denuncia en regla.
– ¿Contra quién?
dijo el presidente.
– Pero, señor, esas
cosas no deben quedar impunes. Vos, que castigáis hasta la más leve sospecha,
debéis saber mejor que nosotros la necesidad que hay de perseguir estos
horrores.
– De acuerdo, dijo
el presidente, pero como no admito en absoluto vuestra sospecha, que al ser
formulada compromete inevitablemente a todas las buenas personas que ha habido
alrededor de mi mujer desde hace tres meses y como, desprovistos como estamos
de pruebas, sólo conseguiríamos armar mucho ruido y no dar un escarmiento,
estoy plenamente convencido que lo más sensato es permanecer en silencio y
concluir, como yo, que un crimen así, sin fundamentos y sin motivos, es
inadmisible.
Inmediatamente
cambió el tema de la conversación evitando, con el mayor cuidado hablar de
Augustine. Después de cenar fue a acostarse... pero para colmo de horror...
¿por qué es preciso que haya de revelar aún esta última torpeza, por qué una
carta que solamente dedicaría a la tristeza ha de verse manchada por relatos
infames?
El presidente no
viaja jamás sin uno de esos sirvientes, celosos de los placeres de su amo que,
para procurárselos, sacrifican todo, deberes, religión, honor y todas las
virtudes que caracterizan a un hombre honrado. En cuanto el patrón está en
alguna parte, este famoso agente lanza inmediatamente sus ojos a su alrededor y
descubre con una habilidad y presteza singulares el objeto que pueda convenir a
los sucios deseos de quien lo emplea. El lugar, las circunstancias, el dolor
general... esa impresión de profundo respeto grabada profundamente en todos los
que allí estaban, nada consideraron sagrado estos dos monstruos. Uno ordenó
acción y el otro trabajo. Y entre todas las jóvenes campesinas atraídas por la
piedad y el agradecimiento a los pies de su respetable señora, una, más débil o
menos afectada, se atrevió a escuchar las proposiciones que se le hicieron. Se
trataba de una joven huérfana de catorce años que está casi sola en el mundo.
El celoso sirviente se la mostró a su amo, éste aprobó la elección. Por la
tarde se la llevó a las habitaciones de este horrible esposo y el traidor se
atrevió a consumar la fechoría junto a los restos, aún palpitantes de esa
desdichada mujer cuyos días acababa de abreviar de forma tan odiosa. Se quedó
con ella durante toda la noche. Yo me enteré solamente después de su marcha...
En verdad que no lo hubiera tolerado de haber sido advertido.
En cuanto se retiró
me ocupé de los tristes deberes que me habían sido encomendados. Lo que más me
preocupaba era la manera en que prevendría a la pobre Aline de las nuevas
desgracias que la esperaban.
La orden era
precisa, el presidente me la había repetido antes que nos separásemos. Y cuando
le hube mostrado las últimas voluntades de su mujer al respecto, dijo que no
eran más que desatinos a los que, por compasión, se podía prestar oídos en el
momento en que ella los dictaba, pero que después había que reírse de ellos...
– Por lo que hace a
los bienes muebles e inmuebles, nada tengo que reclamar, señor, me dijo, todo
pertenece a mi mujer y ella pudo adoptar las disposiciones que le pareciesen
convenientes. Pero por lo que respecta a mi hija, ésta me pertenece. Os ruego que
la advirtáis que es preciso que salgamos mañana sin falta.
Debía prepararla,
pues. Para no turbar su sueño, que ya imaginaba muy intranquilo, no fui a sus
habitaciones hasta el alba. Ella no se había desvestido ni acostado. Sus
accesos de dolor habían sido crueles... y tanto más por cuanto su desesperación
era muda. Sus lágrimas al no poder encontrar el camino hacia el exterior,
volvían a caer sobre su corazón en forma de gotas de sangre. Pedía
incesantemente ir a besar a su madre y se irritaba violentamente ante la
obligada resistencia que se le oponía. Cuando me vio se recuperó un poco. Me
pregunto por qué la había dejado sola durante tanto tiempo. Me disculpé
hablándole de los deberes correspondientes a mi situación y, después de haber
concedido todo lo que me fue posible a la aflicción que embargaba su alma, intenté
adueñarme de ella. Se le escapó un gesto de amistad... la cogí... la estreché
en mis brazos y lloró...
– ¡Oh, amiga mía!,
le dije entonces... armaos de valor... debo notificaros nuevas desgracias...
Me miró con un
gesto de espanto que me hizo temblar... y todas sus ideas se dirigieron hacia
ti.
– ¡Oh, cielos!
exclamó, ¿Valcour está con mi madre? ¿Han sido derribados por el mismo golpe?
En semejantes
circunstancias es agradable que la persona a quien se ha de dar una noticia
espantosa vaya más allá de la verdad, cogí una de sus manos y, sonriéndole
amistosamente, le dije:
– No, Valcour está
perfectamente bien y estoy seguro de que solamente se ocupa de vos, pero lo que
he de deciros es quizás más cruel que lo que temíais... Vuestro padre está
aquí... sale hoy mismo con vos y quiere que os convirtáis inmediatamente en la
esposa de Dolbourg...
En mi vida he visto
una emoción tan violenta como la que embargo a esa muchacha valerosa a
infortunada a la vez...
– ¡Oh, amigo mío!,
me dijo levantándose, ¡ya no hay nada en el mundo que pueda impedirme que me
reúna con mi madre!
– Sentaos Aline, le
respondí, creí encontrar en vos la fuerza y solamente me mostráis la
desesperación. Nada puede revocar las decisiones de vuestro padre, pero os
quedan medios para escapar a los lazos que os destina.
– ¿Cuáles son?
– Escuchadme y,
sobre todo, calmaos.
Se sentó y me
prestó toda su atención.
– No os aconsejaría
la reclusión en un convento, le dije entonces, vuestro intento sería en vano, a
buen seguro se os negaría, pero esto es lo que os dicta la amistad. En primer
lugar vuestra sumisión debe doblegar a vuestro padre, durante el viaje mostradle
obediencia y respeto. Una vez en el castillo intentad hablar a solas con
Dolbourg, mostradle enérgicamente la insuperable aversión que experimentáis por
este matrimonio. Describidle las desgracias que con toda seguridad se derivarán
para ambos, interesadle, en fin. Emplead todo: la naturaleza os ha conferido
gracias, una elocuencia suave y persuasiva a la que resulta difícil resistir.
Como es menos violento que vuestro padre, no me extrañaría que se rindiese. Si
esto sucede, como supongo, convencedle con el mismo ardor para que rompa lo que
quizás haga. Pero pongamos las cosas en lo peor y supongamos que no
encontrarais ningún medio de evitar la suerte que os ha sido destinada. Vuestra
fiel Julie irá con vos, eso ya está decidido. Escapad con ella. Tomad cien
luises que os doy para los gastos que esto origine. Acudid a casa de Mme. de
Senneval, estará sobre aviso, irá a esperaros expresamente a su propiedad
cercana a París que ya conocéis. Desde allí me avisaréis. Eugénie y yo nos
encargaremos de vos. Os sacaremos de Francia, os llevaremos a los brazos del
esposo que os destinaba vuestra madre y haremos que disfrutéis allí en paz la
fortuna que os deja.
¡La más ligera
apariencia de felicidad es tan halagadora para un corazón desesperado! Esa
querida niña cayó en una dulce entonación, le pregunté que le pasaba.
– ¡Oh, Déterville!,
me dijo, vuestros procedimientos me confunden, pero permitidme una reflexión,
amigo mío, si es cierto que tenéis ganas de librarme de los males que me
amenazan, como me han demostrado vuestras conmovedoras bondades ¿por qué no
comienzan aquí vuestras atenciones? ¿por qué no me evitáis ese horrible viaje
con mi padre?
– ¿Es eso posible?
respondí yo con dulzura, vuestro padre esta aquí en este momento, estáis en su
poder... Si desaparecierais significaría que yo os he raptado y, sin que esta
gestión sirva para salvaros, perderéis con ella al mejor amigo de que podíais disponer.
Si salís de Blamont, ninguna sospecha puede recaer sobre mí, vuestra huida será
obra exclusivamente vuestra y las atenciones que tengamos seguidamente para con
vos no serán ya el fruto de una seducción, sino la protección que os
concedemos, un servicio que os prestamos. En ese caso vuestro padre habrá
incurrido en faltas reales de las que simplemente no querréis ser víctima,
mientras que hasta el momento sus faltas hacia vos no justifican la huida. Aquí
sólo ha habido malas maneras, en Blamont hay horrores. Escaparos de aquí es, en
una palabra, una decisión violenta. Hay decisiones más simples que pueden tener
éxito y una ley de la prudencia aconseja no emplear jamás métodos excesivos más
que cuando los otros no ofrezcan ninguna esperanza.
Ella volvió a
sumirse en sus reflexiones... Luego al cabo de un tiempo me dijo:
– Déterville, me
siento más fuerte de lo que hubiera imaginado. Vuestras bondades me han
conmovido y voy a aprovecharlas... Sí, amigo mío, voy a aprovecharlas, continuó
levantándose, en donde me resulte imposible... luego añadió con violencia...
Pero posible o no, no seré jamás la esposa de Dolbourg.
Y cociéndome ambas
manos:
– Ahora decidme,
amigo mío, si creéis que hay en el mundo una criatura más desdichada que yo.
– Seguro que sí, le
dije, y si bien es verdad que vuestra desgracia es desesperada quizás haya que
compadeceros hoy menos de lo que hubiera creído ayer.
– Amigo mío, dijo
volviéndose hacia la ventana, es de día. Lo más probable es que nos separemos
pronto. ¡Mi querido Déterville!, exclamó lanzándose a mis brazos, este nuevo
golpe será terrible para mí, pero antes de que me destroce no me neguéis el
favor que voy a pediros.
– ¿Qué queréis,
Aline? ¿No conocéis los derechos que tenéis sobre mi corazón?
– Quiero besar una
vez más a mi madre... O no me habéis amado jamás o me concederéis este
consuelo.
– Os temo, le dije,
vuestra mente es demasiado viva, vuestro corazón, demasiado apasionado... ese
espectáculo es doloroso, no podréis soportarlo jamás...
Pero conteniéndose
con un valor que me resulta imposible describir, respondió:
– No, os
equivocáis, es un santo deber y no voy a marcharme sin cumplirlo. Pero no
temáis nada, la religión y la piedad combatirán el dolor. Mi alma, abatida por
un número excesivo de choques, encontrará en medio de la multitud de sacudidas
la fuerza que cada una de ellas le arrebato... Vayamos... guiad mis vacilantes
pasos y no temáis.
Luego, sin darme
tiempo para responder, cogió mi brazo y avanzamos hacia la cámara mortuoria.
Mme. de Blamont
estaba sobre una cama de damasco azul en donde había hecho que la prepararan
convenientemente ya que quería que al día siguiente los habitantes de sus
posesiones tuviesen la satisfacción de verla, cosa que pedían entre torrentes
de lágrimas. Llevaba un vestido de gros de Tours blanco, sus cabellos, en su
color natural, estaban debidamente peinados bajo un gran gorro, su cabeza
reposaba sobre una almohada adornada con encaje y su actitud era la de una
mujer que duerme. Alrededor de la cama ardían ocho cirios y las cortinas de
ésta estaban sujetas con grandes lazos de cinta blanca. Dos curas modestamente
recogidos recitaban oraciones en voz baja.
Desde la puerta por
la que entramos pudimos contemplar todo el cuadro... Tu desdichada Aline, en
cuanto lo advirtió, dio un paso atrás y cayó en mis brazos... pero la
convicción de que no disponía más que de un momento, el temor de perderlo, la
extrema resignación que la embargaba, todo la sostuvo y avanzamos. Los curas se
retiraron un instante. Aline, más libre, se arrojó a los pies de su madre y los
besó con respeto... se levantó, fue a ambos lados de la cama, cogió cada una de
las dos manos e imprimió en ellas sus labios con la compunción que confiere el
más vivo dolor... Se acercó a la cabecera, contempló un instante la calma pura
que emanaba de los rasgos de esa mujer... admiró la belleza que aún la
adorna...
En este instante su
alma se desgarró. Lanzó sus brazos al cuello de esa madre adorada, la regó con
sus lágrimas, la colmó de besos y le dirigió palabras tan dulces... le hizo
preguntas tan conmovedoras que el temor de verla sucumbir ante este exceso de sensibilidad
hizo que me acercase a ella y que la suplicara que no se abandonase así. Pero
como ella se resistía, como no escuchaba... ya que sólo tenía oídos para su
dolor, acudió el cura y le hizo las mismas súplicas.
Entonces temió
haber faltado al respeto. Esa dulce niña, perpetuamente consciente de sus
deberes y que siempre sacrifica las pasiones más ardientes de su alma, se
retiró con los ojos bajos y se arrodilló a los pies de la cama para compartir
un instante las oraciones con los honrados eclesiásticos que se ocupaban de
esta tarea. En ese momento le anuncié en voz baja el legado de los cabellos que
le había hecho su madre. Le dije que iba a cortarlos para entregárselos
enseguida. Esta noticia la reconfortó.
– Ella me da sus
cabellos, dijo, esa buena madre... esa dulce madre... ha pensado en mí... ¡Ah!,
dádmelos... dádmelos enseguida... los conservaré toda mi vida...
Me acerqué a la
cama para proceder a esta operación... pero Aline se volvió, no quiso ver como
actuaba, le agradaba la idea de poseer sus cabellos, pero le enojaba que fuesen
cortados. Parecía que esto fuese para ella una prueba más de la muerte de su madre
y quizás alimentase en este momento la ilusión de creerla dormida. Además, en
cierta forma esto significaba desarreglar ese cuerpo que ella idolatraba. Todas
estas ideas ensombrecieron sin duda el triste placer que le causaba este regalo
y cuando se lo entregué lo recibió al principio con un estremecimiento... Sin
embargo enseguida lo cubrió de besos y, volviéndose para abrir su vestido, los
colocó debajo del pecho izquierdo prometiendo a los pies de su madre que jamás
los pondría en otro lugar.
– Mi querida amiga,
dije al cabo de media hora de esta cruel visita, debemos irnos. Este momento ha
de aumentar vuestra aflicción, más valdría que no hubiésemos venido.
Ella se estremeció
y se hubiera dicho que yo estaba arrancando la parte más sensible de su alma,
pero siempre firme y valerosa, después de haber renovado una vez más sus besos
en las manos y en la frente, se inclinó respetuosamente y salió llorando con la
cabeza escondida en mis brazos. Yo la abrace en cuanto estuvimos fuera.
– Estoy mucho más
contento de vos de lo que hubiera creído, le dije, esto me llena de esperanzas
para el porvenir... ¡Oh!, mi querida amiga, habéis de ser fuerte, prudente,
sagaz... y estad segura de que todo saldrá bien.
Volvimos a su
habitación. Me preguntó dónde sería enterrada su madre con una especie de
emoción que me alarmó. Le conté las últimas disposiciones de la difunta y
cuando vio que Mme. de Blamont deseaba expresamente que su hija fuese colocada
un día en su mismo féretro, dijo:
– ¡Ah! ¡Cómo me
consuela eso! ¿Se hará así, no es cierto, Déterville? ¿Se hará así? ¿Nadie
puede oponerse, no?
– No, ciertamente,
le dije...
Luego, como
distraída, añadió:
– ¿Os encargareis
vos de ello, amigo mío?
– Niña adorable,
respondí, la naturaleza no va a modificar sus leyes para que yo me ocupe de esa
tarea. Pensad que tengo doce anos más que vos.
– ¡Oh! qué importa,
se puede morir a cualquier edad. Prometedme que si me sobrevivís os encargareis
de ponerme junto a mi madre.
– Os lo juro, pero
a condición de que nos ocupemos de otra cosa.
– ¡Oh! de todo lo
que queráis después de esa promesa.
– ¡Pues bien!,
exijo que toméis algún alimento.
– Si, crema de
arroz, como ayer, con aquella que he perdido. ¿No es así, amigo mío, como ayer?
Y, ligeramente
extraviada...
– ¡Pero ella ya no
estará aquí... ya no será con ella... ya no la veré más!
Sin responder
directamente dije:
– ¿Queréis que vaya
a buscaros algún alimento ligero?
– No, de verdad.
Y no obstante, a
fuerza de insistir, le obligue a tomar un huevo fresco en el que había batido
unas gotas de elixir. Empleamos seguidamente el poco tiempo que nos quedaba en
asegurar nuestras medidas. Convine con ella que, en cualquier caso, Julie me
contaría detalladamente lo que pasase en el castillo de Blamont desde que Aline
entrase en él. Aline me prometió por su parte escribirme con la mayor
frecuencia posible y observar con exactitud lo que había sido convenido entre
nosotros. El tiempo apremiaba, se vistió. Cuando le presentaron el vestido
negro lo besó arrebatada.
– ¡Ah!, amigo mío,
dijo mirándome, este será el último color que lleve en mi vida...
Apenas estuvo
preparada cuando el presidente me avisó que me esperaba en las salas de abajo y
que me rogaba que llevase allí a su hija.
– ¡Bien!, le dije,
¿Cómo va ese corazón?
– Mejor de lo que
hubiera creído, me respondió ella tomando mi brazo, pero sobre todo, amigo mío,
no me dejéis hasta que haya subido al coche.
Se lo prometí y
bajamos... En cuanto oyó la voz del presidente que hablaba con algunos
habitantes de Vertfeuille, se estremeció.
– Valor, le dije,
respeto y silencio.
Entró, saludó a su
padre sin decir una palabra. M. de Blamont se acercó a ella y la exhorto
fríamente a que se consolara. Le dijo que el luto la sentaba de maravilla y que
jamás la había visto tan bonita. Ella continúo de pie con los ojos bajos sin
responder ni una palabra.
– Como ejecutor
testamentario todo esto va a daros mucho trabajo, me dijo el presidente. Hizo
bien en escogeros, pienso que nadie lo haría mejor que vos... ¿Ha comido mi
hija?
– Si señor, dije,
seguro de que esta respuesta complacería a Aline. ¿Habéis ordenado que os
sirvan?
– Si, he dicho que
pongan dos perdices. Me gustan con locura las perdices de Vertfeuille, son
mucho más sabrosas que las de Blamont. ¿Tomaréis una, Aline?
– No, padre mío.
– El viaje será
largo, es una travesía de veinticinco leguas. Haremos seis relevos, no nos
pararemos. Tendremos galletas en el coche, pero eso no alimenta.
Sirvieron, el
presidente comió sus dos perdices, bebió otras tantas botellas de vino de
Borgoña y habló con las diferentes personas que llenaban la sala mientras que
Aline y yo nos fuimos a un rincón a hablar aún durante un momento.
Terminé de
fortalecer su corazón. Ella me prodigó mil caricias... y como, al abrirse a la
amistad, su corazón estaba a punto de derrumbarse, yo hice que no veía nada. Me
rogó que te escribiese y apenas hubo aflorado tu nombre en sus labios cuando
sus ojos se inundaron... Puse término una vez más a esas nuevas efusiones,
temía una horrible crisis. Cuando llegó el momento de salir no vi, para evitar
ese trance, más alternativa que afligirla con mi frialdad. Me estaba
destrozando a mí mismo al obrar así, pero era preciso. Abordé al presidente,
ella me oyó y se contuvo...
Vinieron a avisar
que los caballos estaban puestos... Vi cómo se estremecía, pero no me acerque
más a ella... El presidente salió... Seguidamente Julie... Ella salió en último
lugar. En cuanto la vieron la gente formó dos hileras en medio de las cuales se
vio obligada a pasar.
Allí ese ángel
celestial recibió involuntariamente los homenajes de todos los presentes. Unos
elevaban sus manos al cielo deseándole toda suerte de prosperidades... Otros
lloraban y se volvían como para no ver como se la arrebataban, finalmente otros
se arrojaban a sus pies, le daban las gracias por los favores que habían
recibido e imploraban su bendición... Ella atravesó la multitud mirando al
suelo y sin reflejar en su frente más que no fuese el dolor y la humildad.
El presidente subió
al coche, Julie le siguió... Entonces Aline volvió sus ojos hacia mí para
dirigirme un adiós cruel que hubiera abierto la fuente de lágrimas que yo me
esforzaba por contener... Pero al no poder distinguirme ya, por las
precauciones que había tomado, aunque yo no la perdía de vista, ella se metió
súbitamente en el coche. Éste se alejó con la rapidez de un rayo... y yo
confundido... anonadado... creí que el astro desaparecía para siempre de los
cielos y que el mundo iba a verse condenado a vivir eternamente en las
tinieblas.
Entré en la casa
seguido por el pueblo que lloraba incesantemente. Como no quería enterrar a
Mme. de Blamont hasta que hubiesen pasado treinta y seis horas, de acuerdo con
los reiterados deseos de su hija, hice abrir la habitación en que se encontraba
expuesta, después de haber tomado la precaución de rodear la cama con una
balaustrada cubierta de paño negro. No hubo nadie que no viniese a prosternarse
a los pies de aquella persona que tanto habían amado, todos la bendijeron y la
adoraron...
¡Oh, gentes del
siglo! vosotros que vivís como el monstruo que la sacrifica, ¿obtendréis
semejantes homenajes cuando la Parca ponga fin a vuestros días?... ¿Tendréis,
como esta divina mujer, en el seno del Padre, en donde la han colocado sus
virtudes, el dulce consuelo de vivir aun en el corazón de los hombres y de
verles ofreceros el sagrado tributo de su amor y su agradecimiento?
Estas tareas
ocuparon todo el día veintisiete. Al día siguiente a las diez de la mañana vino
el cortejo para tomar el cuerpo y llevarlo a su última morada. Todo el mundo se
disputaba el honor de llevar esa preciosa carga y sus gentes acabaron
cediéndola a duras penas a los seis más notables del lugar.
Se la llevaron y
llegó a la parroquia al triste son de las campanas... armonioso murmullo que
hacían aún más lúgubre los llantos y los gemidos de todos los que la
acompañaban. Pero la desesperación se hizo tan violenta cuando la vieron
desaparecer y hundirse en las entrañas de la tierra... los gritos de dolor
fueron tales, que las bóvedas del templo se estremecieron. Se hubiera dicho que
todos los allí presentes hubiesen estado unidos a ella por algún lazo...
parecía que todos fuesen sus hijos, todos la lloraban como a una madre.
Yo volví y pasé sin
duda el día más cruel de mi vida: liberado de las tareas más importantes ya
sólo tenía oídos para mi dolor.
¡Oh, amigo mío, qué
espantoso fue! La obligación de contenerme reprimiendo hacia mi corazón las
lágrimas que yo mismo me negaba había derribado todos sus resortes, la máquina
se había derrumbado... Me paseaba solo a grandes zancadas por esas habitaciones
en donde antaño había reinado la decencia, la dulce alegría y la honestidad y
sólo encontraba un vacío horrible y señales de luto.
Ya se ha ido ella,
me decía, la que hacía la felicidad de los demás. El cielo no quiso dejarla más
que un instante sobre la tierra... sólo ha estado aquí para hacer el bien... Y
le apliqué esas soberbias palabras que inspiró a Fléchier la celebre duquesa
d’Aiguillon : "Solo ha sido grande para servir a Dios, rica, para asistir
a los pobres, ha vivido para prepararse a morir."
Esa es, mi querido
Valcour, la primera parte de las desdichas que he de notificarte. Omito los
detalles que me mantuvieron ocupado los días siguientes para llegar cuanto
antes al triste relato que he de transmitirte y que no destrozara más tu
corazón de lo que destrozo el mío cuando lo leí.
El 3 de Mayo por la
tarde volvía de la iglesia a donde no he dejado de ir a llorar dos horas al día
sobre la tumba de mi desdichada amiga desde que tuvimos la desgracia de
perderla, cuando me advirtieron que un hombre a caballo solicitaba
insistentemente hablar conmigo. Acudí corriendo al lugar en donde me dijeron
que estaba con el corazón palpitando de espanto. Encontré a un desconocido que
me entregó al instante un paquete de cartas... Lo abrí precipitadamente...
pregunté... leí sin comprender, finalmente reconocí la letra de Aline precedida
de un diario exacto escrito por Julie. Te lo envío todo... lee, Valcour, y
respira, si puedes, hasta la última línea.
CARTA LXVIII
Julie a Déterville
Desde el castillo
de Blamont, 1 de Mayo
Ejecuto vuestras
órdenes y las de mi señora. Ojalá podáis leer estos tristes caracteres que mis
lágrimas borran a medida que mi mano los traza. Exigís los detalles por
dolorosos que sean, yo obedezco.
El Sr. presidente
se durmió en cuanto el coche se puso en movimiento y sólo se despertó en la
primera parada. Hizo algunas preguntas a su hija que solamente le respondió con
monosílabos, entonces le preguntó con un tono severo si pensaba seguir de mal
humor.
– Solamente tengo
tristeza, señor, respondió ella, pienso que mis desgracias me confieren ese
derecho.
A eso el Sr.
presidente respondió que la mayor de todas las locuras era apenarse y que era
preciso saber elevar el alma a una especie de estoicismo que nos haga
contemplar con indiferencia todos los acontecimientos de la vida. Que él, lejos
de afligirse de nada, disfrutaba con todo. Que si se examinaba con atención lo
que, a primera vista, debiera apenarnos cruelmente, se percibiría enseguida un
lado agradable. Que se trataba de captar éste, de olvidar el otro y que con ese
sistema se llegaría a convertir en rosas todas las espinas de la vida... que la
sensibilidad era simplemente una flaqueza de fácil curación rechazando con
violencia todo lo que pretendiese afectarnos de muy cerca y reemplazando
rápidamente con una idea voluptuosa o consoladora las estocadas con que la
tristeza pretendiese alcanzarnos... que ese pequeño ejercicio era cosa de pocos
años al cabo de los cuales uno conseguía endurecerse hasta un punto en que nada
le podía afectar. Y aseguró a la señorita que sería siempre desgraciada mientras
no adoptase esa prudente filosofía...
Aline no respondió
nada y el señor, volviéndose hacia mí, me hizo en alta voz preguntas sumamente
indecentes sobre la señorita.
Cuando vio que yo
bajaba los ojos sin responder me increpó enojado. Me dijo que me irían mal las
cosas si yo también quería hacerme la mojigata. Que el tono de su casa era bien
distinto al de la que yo dejaba y que había que acomodarse a él o hacerse a la
idea de no permanecer en ella durante mucho tiempo. Seguidamente me repitió las
preguntas indiscretas que acababa de hacer sobre su hija, añadiendo que, ya que
iba a casarla, era preciso que conociese esos extremos, que era esencial que
supiese si la mercancía carecía de defectos. Pero que ya que yo me negaba a
decírselo... él registraría los fardos por sí mismo para apreciar su valor. Y
después de esto dijo a la señorita que hacía mucho calor y que le aconsejaba
que se quitase todos los tocados y manteletas que la agobiaban.
Pero Aline, que
había preferido viajar en el traspontín, estaba inclinada sobre la portezuela
con la cabeza escondida entre sus manos y no respondía a nada...
Entonces el Sr.
presidente me pidió que le proporcionase los mismos informes que quería que le
diese sobre la señorita y acompañó sus preguntas con gestos tan deshonestos...
con acciones tan indecentes que le amenacé con llamar o con saltar fuera del
coche. Me dijo que ya sabría hacerme entrar en razón. Que me equivocaba
ampliamente si pensaba que me llevaba consigo para agradar a su hija y que a
buen seguro me hubiera dejado a no ser por mi juventud y mi bonita figura; que,
ya que yo me hacía la difícil, esperaría, pero que me advertía que sería
preciso llegar ahí y que en Blamont contaba con medios infalibles para vencer
la resistencia de las muchachas.
Poco después volvió
a dormirse y no volvió a hablar en casi todo el día. Cuando estábamos casi a un
cuarto de legua de Sens se rompió una rueda y llegamos como pudimos al albergue
de la posta en donde debíamos pasar la noche bien a pesar nuestro. El señor
habló él mismo a la dueña de la casa y, poco después subimos a una habitación
con dos camas a donde hizo llevar el equipaje de noche de la señorita
diciéndome que esa era su habitación y la de su hija y que yo no tenía más que
pedir una para mí. Pero Aline me tomó por el brazo y dijo que iba a pedir una
para ella y para mí, porque no podía prescindir por la noche de su doncella de
cámara.
– ¡Bueno! dijo el
presidente, pondrán aquí una tercera cama, pero vos no pasaréis la noche en
otro sitio.
– Os pido perdón,
padre, dijo Aline abriendo bruscamente la puerta y saliendo conmigo al pasillo.
Entonces llamó a la
dueña de la casa y le pidió una habitación. Esa mujer, guiada por los ojos del
presidente que consultó enseguida, respondió que no podía ofrecerle más cama
que la que se encontraba en la habitación del presidente y que su casa estaba llena.
– ¿Pero alojaréis a
esta muchacha en algún sitio?
– Si, señorita,
pero esa habitación no es digna de vos.
– No importa, no
importa, dormiré con ella. Todo es bueno siempre que sea decente y nada lo es
menos, señora, que hacer que una hija duerma en la habitación de su padre.
– Sin embargo eso
nos sucede todos los días.
– Espero que no os
importe que conmigo no sea así.
La posadera no se
atrevió a replicar y abrió un cuartito bastante malo en el otro extremo del
pasillo y entramos en él sin que el presidente, que nos observaba desde su
puerta, se atreviese a pronunciar una sola palabra.
La señorita pidió
un caldo para ella y un pollo para mí. Pidió insistentemente a la posadera que
guardase ella misma la llave de nuestra habitación y que no nos abriese al día
siguiente más que cuando su padre quisiese salir.
Apenas estuvimos
encerradas recordé a Aline la conducta de su padre durante este día y le dije
que, con todos los peligros que corríamos con un hombre semejante, quizás fuese
prudente intentar huir de donde estábamos. Le recordé que una vez en el castillo
quizás no dispusiéramos de los medios que encontrábamos en ese momento.
Pero la señorita,
que no se acordaba en absoluto del castillo de Blamont, a donde sólo había ido
una vez con su madre cuando era niña, me dijo que le parecía imposible que no
encontrásemos allí los mismos recursos que aquí; que esperaba doblegar a Dolbourg,
obtener de él la renuncia a sus proyectos y que, favorecida por M. Déterville,
no quería apartarse en nada de los consejos que había recibido.
– Señorita, le
dije, M. Déterville, que habló delante de mí, dijo, según me parece, que para
legitimar vuestra huida era preciso que vuestro padre cometiese alguna falta.
Lo que ha dicho... sus proyectos de hoy... ¿no anuncia todo esto los horrores
que nos esperan?
– Julie, dijo esa
inestimable ama, ¿no sabes lo que es acusar a un padre? No sientes lo que a un
alma como la mía le cuesta divulgar las faltas de esta clase cometidas por
aquel que me dio la vida. Preferiría morir que atreverme a algo semejante. Y
además en todo esto no hay aún nada real que yo pueda probar y nada que él no
pueda combatir... ¡Oh, mi querida amiga! esperemos, quizás las cosas
transcurran mejor de lo que crees, tengo gran confianza en Dolbourg... Sea como
fuere, añadió cogiendo mi mano con un gesto que me hizo estremecer, no temas
nada, Julie, no traicionaré jamás a aquél que amo, jamás haré una elección
distinta a la de mi madre y si esos monstruos necesitan una víctima, esta es la
mano que abrirá su costado...
Seguidamente se
tendió en la cama sin desvestirse y pasó la noche llorando.
Al día siguiente
por la mañana vinieron a avisarnos para seguir viaje. Salimos enseguida y
fuimos a colocarnos ante la puerta de la habitación del señor sin entrar en
ella. Apareció, bajamos con él y ocupamos en el coche las mismas plazas que la
víspera.
El señor no dijo
una sola palabra. Nosotras imitamos su silencio y llegamos hacia el mediodía al
castillo de Blamont cuyos alrededores tenebrosos y aislados sorprendieron y
asustaron a la señorita que, como acabo de decir, no se acordaba ya de su
situación. El coche entró hasta el patio interior y allí encontramos a M.
Dolbourg que ofreció su brazo a la señorita para que bajase del coche. Ella
acepto esa cortesía y le hizo una reverencia llena de dulzura.
El coche se retiró
y entramos en la sala de la parte inferior. Todo es triste en ese horrible
castillo, en él todo ensombrece la imaginación, todo inspira el terror. Y esa
horrible casa tiene más el aspecto de una fortaleza que la de una casa de
campo. Sólo se ven bóvedas, rejas y gruesas puertas.
En cuanto hubimos
entrado, el señor me dijo que llevase el equipaje de su hija a la habitación
que se me indicase, pero la señorita me detuvo y pidió encarecidamente a esos
dos señores que permitiesen que yo estuviera siempre con ella.
– ¡Oh!, pardiez,
dijo bruscamente M. de Blamont, sin embargo ella no va a comer y dormir con
vos. Me parece que una muchacha está segura cuando esta con su padre y con el
esposo que le ha sido destinado.
– No tenéis nada
que temer, señorita, dijo M. Dolbourg, creedme, por favor y permitid que se
vaya vuestra Julie...
Aline no se atrevió
a resistir. Yo fui a hacer lo que me habían ordenado y volví enseguida al
salón. La señorita estaba sentada entre los dos señores y pude averiguar que,
excepción hecha de algunas palabras fuera de lugar, porque era imposible que
personas como esas no las profiriesen, solamente se había hablado en esa
entrevista de cosas indiferentes. En cuanto Aline vio que yo volvía, pidió
permiso para retirarse. Le fue concedido, el señor le ofreció el brazo para
conducirla a su habitación. Cuando ella entró allí y al ver que solamente había
una cama pidió encarecidamente que instalasen otra para mí.
– Eso es imposible,
le respondió el presidente, pero estará cerca de vos y aquí están las
campanillas que utilizaréis cuando sea preciso.
Dicho esto se
retiró y nos instalamos en esa habitación. Al revisar los diferentes rincones
pudimos ver en el hueco de la ventana la siguiente inscripción hecha a lápiz:
Aquí fue donde la desdichada Sophie... La frase estaba inacabada...
– ¡Oh, cielos!,
dijo Aline asustada... entonces fue aquí a donde trajo a esa pobre chica. Yo no
lo sabía, me habían dicho que estaba en un convento... ¿Y qué ha hecho con
ella? ¿Por qué la trajo a este castillo?... ¿Por qué no pudo terminar de
escribir esta línea?... ¡Oh, Julie! todo esto me hace estremecer...
Estábamos así
cuando vinieron a avisar a la señorita que el almuerzo estaba servido. Segura
de que la forzarían a presentarse, no se atrevió a poner excusas. Se repuso
como pudo de su turbación y bajo.
Entonces vio que el
grupo se componía de los dos amigos, una señora mayor, una joven de quince a
dieciséis años, bastante bonita y un joven abad. La conversación fue general
mientras los criados sirvieron, pero cuando fueron despedidos después de los
postres, adoptó un tono muy diferente.
– Aline, dijo el
presidente, esa joven que veis ahí es la hija de esta señora. Es mi querida, os
la recomiendo, espero que os llevéis bien con ella... Ese tunante de Dolbourg
fue mi rival durante un cierto tiempo, pero ahora que está atado por el sacramento,
me ha prometido que sólo encenderá los fuegos del amor en los brazos del
himeneo. Esta hermosa niña y su madre serán los testigos de vuestra boda y la
celebrará el señor abad, circunstancia a la que ha pensado oponerse Dolbourg,
porque el abad es un conquistador y vuestro anciano marido es celoso como un
italiano.
La señorita, con
los ojos constantemente bajos, no respondió una sola palabra. Se levantaron de
la mesa y en cuanto hubieron salido, saludó respetuosamente a su padre y se
retiró. Pretextó estar fatigada a fin de dispensarse de la cena y después de
haber revisado ambas todos los rincones de la habitación para asegurarnos de
que nadie podría entrar allí por sorpresa, se encerró conmigo y pasó la noche
poco más o menos como la anterior, pero más agitada aún a causa de esa línea
imperfecta escrita por la mano de Sophie cuyo sentido no podía descifrar. Esa
fue la historia del veintiocho.
Al día siguiente el
presidente llamó a las nueve. Le abrimos, me ordenó que me retirase y, después
de decir a su hija que le escuchase con atención, le preguntó si estaba
decidida a obedecerle y a casarse con Dolbourg.
La señorita le dijo
que no podía recuperarse de la sorpresa que la embargaba al ver que se le hacía
semejante proposición antes de que su madre estuviese siquiera enterrada. El
señor, viendo que dominaba a su víctima, respondió con términos duros que se reía
de esas consideraciones, que quería ser obedecido y que venía a pedirle su
palabra de que lo haría así o de lo contrario la arrojaría a un calabozo del
que no saldría en toda su vida.
La señorita no se
alarmó, su valor fue enorme. Dijo que confiaba demasiado en la bondad de su
padre como para temer ser tratada así. Pero ya que se exigía de ella un
sacrificio tan cruel, pedía encarecidamente poder hablar con Dolbourg a solas.
Ese favor no le fue negado.
El presidente salió
y M. Dolbourg entró poco después... No hubo nada que Aline dejase de hacer,
nada que no utilizase para alejarlo de ese himeneo. El amor y la desesperación
conferían energía a su discurso, al que era imposible resistir... Dolbourg fue inquebrantable.
Finalmente esa muchacha admirable se arrojó a los pies de su tirano anegada en
llanto a fin de rogarle que renunciase a sus proyectos... Todo fue inútil... le
dijo fríamente que se levantase... que se haría lo que se había decidido... que
no quería de ella más que su persona... en forma alguna su corazón y que una
vez convertida en su mujer, sabría vencer sus repugnancias o reírse de ellas si
aumentaban... que respecto al odio que ella le manifestaba, era la cosa del
mundo que menos le asustaba. Que la haría vivir en tal soledad y en una
subordinación tan completa que no tendría porqué temer los efectos de su
antipatía. Dijo que eso le recordaba a su primera esposa a quien se había visto
obligado a tomar al asalto, como ya veía que tendría que hacer con ella y que a
pesar de toda la altivez del carácter de esa mujer, a pesar de la invencible
repugnancia que ella sentía por él, había sabido reducirla en pocos meses a la
mayor sumisión. Que se acordaba perfectamente de los medios empleados y que,
por violentos que fuesen sabría servirse de ellos...
Entonces la
señorita, confundida por haberse rebajado hasta la suplica con semejante
monstruo, le dijo altivamente
– Bien, señor, ya
se ha dicho todo, mi padre puede venir a buscar mi palabra, seré vuestra mujer
mañana.
Cuando regresó M.
de Blamont ella repitió delante de Dolbourg las mismas promesas con una
expresión firme y tranquila. Le pidió como única gracia que no se la obligase a
bajar y que se la dejase sola durante veinticuatro horas para prepararse a una
acción que le costaba tanto.
El presidente
vaciló, dijo que no correspondía al esclavo dictar las leyes a sus amos.
– Ya veis,
respondió ella con presteza, que solamente os pido una gracia.
– Sí, sí, dijo
Dolbourg, llevándose al presidente, dejémosla enfadarse durante veinticuatro
horas ya que eso la divierte. Además ¿acaso no hay cosas en que haya de
ocuparse necesariamente una muchacha que va a dejar de serlo?, continúo con un
tono de chanza tan impertinente como ridículo... Sí, sí, niña mía, añadió
intentando cogerla por la barbilla, sí, sí, haced todo eso y que yo sólo pueda
alabar la casa cuando tu papá me dé las llaves.
Entonces el señor,
pretendiendo mantener ese tono de broma grosera, dijo que lo normal era barrer
las habitaciones antes de admitir en ellas a un huésped nuevo, que, cuando
menos, era preciso orearlas y que esa tarea le incumbía solamente a él.
– Es verdad, dijo
Dolbourg, no soy celoso, ya lo sabes. Haz lo que quieras, amigo mío. Aunque te
comas la ostra no puedes evitar que yo encuentre la concha y eso es todo lo que
precisa un esposo examinador y que desdichadamente no es nada más que eso.
Animado por estas
palabras insulsas y odiosas, el presidente avanzó impúdicamente hacia su hija y
tomándola de un brazo, le dijo:
– Salvaje criatura,
ya no hay defensa que valga, ya no tienes una madre en cuyo seno puedas
refugiarte.
Ante esas crueles
palabras la señorita cayó boca arriba sobre un sofá y sus lágrimas y sollozos
la hubieran sofocado infaliblemente si Dolbourg, mucho más asustado que su
amigo, no me hubiera llamado enseguida. Yo, que estaba escondida en un rincón
fuera de la habitación y no había perdido nada, acudí. La señorita estaba sin
conocimiento, aflojé inmediatamente los lazos de su vestido... Pero los muy
malvados... me estremezco al escribir estas indignidades... se atrevieron a
posar sus ojos en ese seno de alabastro, agitado por los suspiros del dolor...
inundado por las lágrimas de la desesperación... Se atrevieron a... ¡Oh!,
señor, no exijáis más detalles, sus execraciones no conocieron límite...
Entretanto me sujetaron.
La señorita, al
recuperar el conocimiento, se dio cuenta de todo.
– ¡Ah! mi querida
Julie, exclamó, ¿Qué han hecho esos señores?
– ¡Ay!, respondí
yo, deshaciéndome en lágrimas, ese es el precio que exigen por concederos las
veinticuatro horas...
– Bueno, respondió
ella con una firmeza que me sorprendió, no necesito más tiempo.
Y acercándose a la
ventana, consideró su altura, la midió con sus ojos, era de más de ochenta pies
y debajo había un foso de tres toesas de ancho y completamente lleno de agua...
– Bueno, Julie, me
dijo después de haber reflexionado un poco, ya ves que nuestros proyectos son
imposibles.
– Más de lo que
pensáis, respondí yo con dolor, se nos observa por todas partes, eso es lo que
hace que nuestra suerte sea horrible... Mirad, le dije, mostrándole el otro
lado del foso, observad que hay allí dos hombres que nunca pierden de vista
nuestra ventana y si ando por la casa hay otros dos que me siguen a todos
lados. Nuestra situación es espantosa.
– Ya me doy cuenta,
respondió Aline, de forma que sólo me queda una cosa que hacer...
Como no comprendí
lo que quería decir, me atreví a decirle que, dadas las circunstancias en que
nos encontrábamos, la única alternativa era obedecer... pero sin escuchar más
me rechazo airada.
– Creía que eras mi
amiga, me dijo, pero ya veo que no lo eres. ¿Ya te has vendido a mis tiranos?
¿Son ellos los que te obligan a hablarme así? ¿Estoy ya sola en el mundo? ¿Me
han abandonado? ¿Estoy rodeada de enemigos por todas partes?...
– ¡Oh, cielos!
exclamé arrojándome a sus pies, ¿cómo habéis podido concebir semejante
sospecha? ¿Traicionaros yo... abandonaros yo? ¡Podéis contar conmigo hasta la
muerte!
– ¡No tardaré en
saber si lo que me dices es cierto y ya verás si el último recurso que me queda
no me libera de mis perseguidores!
– ¡Qué! ¿Pensáis
escaparos?
– Sí, dijo ella
sonriendo con un gesto que he recordado después y que no me chocó excesivamente
entonces, sí; Julie, voy a escaparme... volveré a la casa de mi madre... No es
cierto, como han dicho, que su seno no me servirá ya de refugio... Me servirá, Julie...
me servirá aún.
Y después de dar
dos veces la vuelta a la habitación a gran velocidad, me pidió un vaso de agua.
– Este es, dijo al
tomarlo, el último alimento que voy a tomar en Blamont.
– Señorita, dije
yo, que creía que se había recuperado un poco y suponiendo que, tenía los
medios para huir y que me los iba a comunicar, esa comida no os dará muchas
fuerzas si queréis ir muy lejos.
– Ciertamente, me
dijo con un talante abierto y libre, ciertamente, mi buena amiga, me iré muy
lejos. ¡No se puede huir demasiado lejos de semejante morada! ...
Me pidió su
escritorio, se lo entregué... Me dijo que la dejase tranquila hasta que
llamase.
Obedecí y escribió
hasta las siete... Entonces me hizo entrar y después de haberme dicho que me
sentara:
– Mira las señas de
estas cartas, me dijo...
Las leí. En una
decía: A mi mejor amigo.
– Apuesto, le dije,
que esta es para M. Déterville...
– Así es...
Leí la otra, decía:
A aquel que idolatraré incluso más allá de la tumba...
– ¡Oh! a esta, le
dije, le pondré el nombre cuando queráis.
Ella sonrió...
La tercera decía: A
los manes de mi madre.
– ¿Quieres
entregar esta?, me dijo.
– ¡Oh, señorita!
– ¡Bueno!, ya la
llevaré yo, niña mía... la entregaré yo misma...
Se levantó presa de
una agitación prodigiosa... ¡Oh! ¿por qué se me escaparon esas emociones...
todas esas palabras?...
Poco después me
dijo que, desde que habíamos salido de Vertfeuille, no nos habíamos acordado de
rezar un instante por su madre.
– Es cierto, le
dije.
– Reparemos eso,
Julie.
Se puso de rodillas
y me ordenó que adoptase la misma postura y que recitase en mi libro el Oficio
de Difuntos lentamente y de forma que pudiese seguirme y oírme. Cumplió este
deber con un fervor... una compunción que hizo que se me saltasen las lágrimas.
Seguidamente quiso que recitásemos juntas el salmo veinticuatro, Dominus,
illuminatio mea, cuyo sentido es que, sea cual fuere el número de enemigos que
nos acosen, no se ha de temer nada cuando Dios es nuestro protector y la vida
eterna nuestra esperanza. Pero cuando llegó al tercer versículo: Mi padre y mi
madre me han abandonado solo el Señor se ocupa de mí, sus ojos se llenaron de
lágrimas... y ella se sumió en el más profundo dolor. Poco después se levantó.
– Ahora estoy más
tranquila, me dijo, es inaudita la satisfacción que experimenta un alma
sensible al rezar por los que ama. Esa pobre madre; esa dulce madre... ¡cómo me
amaba, cómo me cuidaba cuando era niña! ... ¡más adelante mi felicidad era su
única preocupación!... ¡cómo me estrechaba entre sus brazos unas horas antes de
expirar! ¡No me queda nada, he perdido todo en este mundo, he perdido todo,
Julie! no me queda nada...
Y prorrumpió de
nuevo en llanto. No obstante eran casi las once. Me preguntó si quería velar
con ella... Era lo que yo quería y acepté.
– Bueno, me dijo,
sin embargo no pasaremos toda la noche, un poco antes de que vengan a buscarme
me apetecería tomarme unas horas de descanso. Quiero estar bonita para la
ceremonia... quiero estar tan bonita como me lo permita la naturaleza... ¡ah!,
me dijo después de un instante de reflexión... están cenando... están sumidos
en la alegría y los placeres... no me oirán, dame la guitarra...
La cogió, la afinó
e improvisó a continuación los versos que siguen imitando la romanza de Nina:
Melodía: Romanza de
Nina
Madre adorada en un
momento
La muerte te aleja
de mi cariño.
Tú estás vivo, ¡oh
mi amor!
Vuelve a consolar a
tu amada. ¡Ah! que venga (bis) ¡Ay! ¡Ay!
Pero el bienamado
no vuelve ya.
Como la rosa en la
dulce primavera
Se abre al soplo
del céfiro
Ante estos suaves
acentos
Mi alma se abriría
al delirio
En vano escucho
¡Ay! ¡Ay!
El bienamado no
habla ya.
Vos que vendréis a
llorar
Sobre la tumba en
que repose
Gimiendo sobre mis
dolores
Decid al amante que
los causa
Que fue siempre
¡Ay! ¡Ay!
El bienamado hasta
la muerte.
En cuanto hubo
terminado:
– ¡Vete, dijo
rompiendo enfurecida su guitarra contra el muro, vete lejos de mí, instrumento
inútil! Después de haber cantado por última vez a aquel que amo no debes servir
ya para nada.
No me atrevía a
hablarle porque la veía sumamente turbada y agitada... Ora se levantaba y
cruzaba la habitación a grandes zancadas, ora se volvía a sentar y, sumiéndose
en su dolor, sólo dejaba o ir gritos y gemidos.
Sonaron las once...
contó las campanadas.
– Solamente me
quedan esas horas... Vendrán a las diez. Y reuniendo sus cartas las puso en un
sobre con vuestra dirección.
– ¿No te pidió
Déterville, me pregunto, un diario exacto de todo lo que pasase aquí?
– Sí, señorita.
– Pues bien, tienes
que hacerlo y, cuando se lo envíes, no te olvides de enviarle también este
paquete.
Me lo dio y me hizo
jurar que os lo enviaría sin falta.
Hecho esto, se
calmó. Hablamos dos o tres horas tranquilamente. Parecía inquieta por la suerte
de Sophie. No comprendía cómo había llegado al castillo ni por qué su nombre
estaba escrito en esta habitación. Como no conocía la huida de Augustine ni las
espantosas sospechas que esa aventura nos había inspirado, continué
ocultándoselas de acuerdo con vuestras órdenes. Hablamos de temas sin
importancia, pero ella entremezclaba siempre en sus palabras alusiones
siniestras que me asustaron mucho. En ocasiones me preguntó durante cuánto
tiempo se conservaba intacto un cuerpo después de haber exhalado el último
suspiro... o si creía que una persona que se abriese las venas tardaría mucho
en morir. Otras veces si pensaba que, en el caso en que muriese en Blamont, su
padre le negaría la gracia de ser colocada junto a su madre. Si creía que
Valcour se enojaría mucho al saber su muerte... Y otras mil cosas semejantes a
las que no presté toda la atención que debiera.
Finalmente dieron
las tres, se estremeció...
– Cómo pasa el
tiempo, dijo; cuando se acerca un gran acontecimiento, parece que los instantes
transcurran con más rapidez. Cuando hoy por la tarde suene esta misma hora
habrán pasado muchas cosas.
Luego, volviéndose
hacia mí, me miró durante algún tiempo sin decir nada. Seguidamente contó los
años que habían transcurrido desde que estábamos juntas. Observó cariñosamente
que yo estaba con ella desde que tenía uso de razón.
– Eras tan niña
como yo, me dijo, ya me acuerdo... Eres una buena persona, continuó mientras me
abrazaba, y nunca he podido hacer nada por ti... Hubiera remediado esto si me
hubiese casado con Valcour... Te confío a Déterville...
Estas palabras
fueron de las más fuertes que me dijo, en ellas su proyecto parecía traslucirse
mejor sin que ella se diese cuenta.. ¡Funesta voluntad del cielo! esto no bastó
para que tomase precauciones, estaba convencida de que quería escaparse y que solamente
atentaría contra su vida si ese proyecto se frustraba. Entonces me decidí a no
perderla de vista. Ella recordó todo lo que había hecho desde que estuvimos
juntas, sus esperanzas, sus temores, sus inquietudes, sus deseos, sus penas,
sus momentos de dicha... No olvidó nada...
– Oh, me dijo
cuando hubo terminado, ¡qué corta es la vida!... Parece que todo esto no haya
sido más que un sueño.
Dieron las cuatro.
– Sal con cuidado,
me dijo entonces, vete a ver si es posible huir. Examina el camino hasta las
puertas del castillo. Si está libre ven a buscarme y nos escaparemos.
– ¿Pero no sería
mejor, señorita que vinieseis conmigo?
– No, si nos
vigilan, irían a decir que queríamos escaparnos y ellos vendrían enseguida para
someterme a nuevas violencias...
Salí... Apenas
había llegado a la esquina del pasillo, siempre bien iluminado, cuando dos
hombres de la casa se presentaron, bruscamente ante mí y me preguntaron a dónde
iba, qué pretendía y por qué estaba aún levantada. Pretexté la necesidad de
tomar el aire. Me dijeron, mientras me empujaban hacia atrás que esas no eran
horas y que debía volver inmediatamente o que despertarían al señor.
Volví a contar a la
señorita el triste resultado de mi misión.
– Vamos, mi buena
amiga, hay que resignarse... que se haga la voluntad de Dios... Ve a tomarte
unas horas de descanso, a mí no me molestaría dormir un poco...
Luego, con la mayor
tranquilidad (y esto fue lo que me despisto).
– Van a venir a las
diez, entrarás a mi habitación a las nueve, necesito por lo menos una hora para
arreglarme...
Sin embargo me
opuse a esta atención hacia mí. Le dije que no necesitaba en absoluto descansar
y que prefería quedarme y cuidar de ella.
– No, no, me dijo,
llevándome hacia la puerta, eso no me dejaría dormir. Estamos hablando y no
terminaríamos nunca... Vete, amiga mía, vete y sobre todo no dejes de entrar
una hora antes que ellos, ya te imaginarás que no deseo que me encuentren en la
cama.
Ya iba a plegarme a
sus deseos cuando ella se dio cuenta de que olvidaba sobre la mesa su paquete
de cartas. Volvió a cogerlo llena de inquietud y lo escondió en mi pecho.
Salí... ella me
detuvo... paso sus brazos alrededor de mi cuello y me estrechó contra sí
envuelta en llanto. No tardó en darse cuenta de que ese acceso de dolor me
afectaba con demasiada violencia, entonces se contuvo, continuó llevándome
suavemente hacia la puerta mientras me pedía que no olvidase nada de lo que me
había dicho.
Me retiré... pero
se apoderó de mí una inquietud que no podía dominar. Me fui a mi habitación en
donde, como imaginareis, no dormí nada... Varias veces fui sigilosamente a su
puerta a escuchar, dispuesta a entrar si cuchaba el menor ruido. Pero nunca oí nada
y cuando dieron las nueve me precipité hacia su habitación con una inquietud
inexpresable.
¡Oh, señor!... ¡qué
espectáculo!... me resulta imposible describirlo... Esa ama querida... ese
ángel del cielo que lloraré toda mi vida... estaba en el suelo... estaba bañada
en sangre... tenía delante de sí las trenzas de los cabellos de la señora, en medio
de las cuales había colocado el retrato en miniatura que poseía de esa madre
respetable. Al parecer se había apuñalado ante estos objetos, tan próximos a su
corazón y, a medida que la pérdida de sangre le iba privando de sus fuerzas,
había caído hacia atrás sobre sus rodillas. En esa postura la encontré. El arma
que había empleado era el brazo de unas largas tijeras de las que se servia
para su toilette. Había separado este brazo del otro y lo había hundido tres
veces en su seno izquierdo. La sangre había manado en abundancia por estas tres
heridas y encharcaba la habitación. Las ganas de socorrerla, si es que aún
había tiempo, prevalecieron sobre mi miedo. Volé hacia ella, pero ya estaba
fría, las sombras de la muerte oscurecían ya los rasgos de su hermoso rostro,
sus ojos se habían cerrado ya a la luz. El mundo había perdido ya su adorno más
bello.
La tomé en mis
brazos regándola con mis lágrimas y la extendí sobre la cama. Al poner mis ojos
sobre la mesa encontré en ella el siguiente escrito que copié rápidamente en
mis tablillas antes de hacer subir a nadie... Lo transcribo palabra por
palabra:
"Pido
humildemente perdón a mi padre por la acción que voy a cometer en su casa y por
el enojo que le he causado con mi resistencia a sus órdenes. Era preciso que
los motivos que justificasen esa resistencia fuesen muy violentos, ya que
prefiero la muerte a lo que me estaba destinado. Como última gracia imploro que
me coloquen junto a mi madre, como ella lo deseó y que pongan conmigo en el
féretro este retrato y estos cabellos en donde se imprimen mis labios al perder
la vida."
ALINE DE BLAMONT
Después de copiar
el billete, llamé... El Sr. presidente llegó. ¿Lo creeríais, señor?... ¿Podrá
vuestra alma sensible imaginar los excesos de inhumanidad de este hombre?...
Ese cuadro lúgubre solamente inspiro su ira... pero fue terrible... La tomó
conmigo. Me llenó de invectivas... Me arrojó por los suelos y mientras me
pateaba, me decía que yo había matado a su hija... Hundida en mi dolor,
soportándolo todo sin encontrar fuerzas para responder le mostré con el dedo el
billete que estaba sobre la mesa. Lo leyó rápidamente y, obligado a
justificarme pareció despreocuparse de mí. Se paseó a grandes zancadas por la
habitación sin que el dolor se reflejase nunca sobre su frente, sin que pudiese
verse otra cosa que el furor y la ira. Al cabo de algunos minutos volvió a
bajar y enseguida reapareció con Dolbourg... Este se estremeció... leyó el
billete... volvió a poner sus ojos sobre Aline... y rompió en llanto... Luego,
dirigiendo altivamente la palabra al presidente, le dijo:
– Señor, esto es
demasiado. Este suceso espantoso me abre por fin los ojos sobre los desórdenes
de mi vida. Solamente por mis vicios he inspirado el horror a esta desdichada.
Ya estoy cansado de no ser más que un objeto de horror y de desprecio en este mundo.
Los últimos rayos de esta virtud sin tacha llaman a mi corazón, lo iluminan y
lo desgarran. ¡Oh, hija celestial! continuó tomando una de las manos de mi ama
y cubriéndola con sus lágrimas, perdona el crimen que he provocado. Dígnate
interceder ante el Eterno, a quien ahora glorificas por entero, para que me lo
perdone también. Voy a expiarlo en el dolor. Voy a llorarlo el resto de mi
vida... Adiós, señor, ya no compartiré vuestras orgías. A partir de este
momento voy a enterrarme en un severo retiro para siempre... No me sigáis y no
volváis a verme en vuestra vida.
Después de decir
esto salió y una hora después estaba lejos del castillo.
Pero el espíritu de
M. de Blamont no se conmovió con tanta facilidad. Estaba aún más furioso por la
pérdida de su amigo que por la de su hija y la tomó de nuevo conmigo. Me dijo
que si hubiese vigilado a Aline esto no hubiese tenido lugar. Le rogué que recordase
que me había prohibido dormir en la habitación de la señorita y que no obstante
había pasado en ella parte de la noche a pesar de sus órdenes y que esa
desgracia había sucedido de madrugada, en un momento en que Aline me había
pedido expresamente que me retirase.
Salió furioso y
poco después subió con la señora mayor y con el abad. Este dijo melindrosamente
y pellizcando su camisa que eso era horrible, pero que era importante seguir el
hilo de esta aventura, que a buen seguro había ramificaciones de todo esto que
no se descubrirían jamás si no detenían a la cómplice y habló en voz baja con
el presidente.
Mientras tanto la
señora, muy conmovida, leía el billete y contemplaba a la señorita. Se acercó
al presidente:
– Señor, le dijo,
si hacéis caso de mis consejos, creo que lo más prudente y honrado que podéis
hacer es meter a Aline en un ataúd y enviarla a Vertfeuille para ser enterrada
allí junto a vuestra esposa, como ella desea y hacer que la acompañe con la mayor
discreción esta pobre chica que a buen seguro no es culpable. Os ruego que me
perdonéis, señor, pero si decidís otra cosa, imitaré a Dolbourg y ni mi hija ni
yo permaneceremos un minuto más en vuestra casa.
– ¡Está bien! ¡Iros
todos al diablo! dijo el presidente enfurecido... Pero estamos ante un crimen
cierto y quiero conocer su origen. Esta criatura es la única que puede
esclarecerlo y se niega a decírmelo. No veo más recurso que ponerla en manos de
la justicia.
– Seguro, dijo el
abad, no hay otra alternativa, esto es lo razonable y lo prudente.
– No lo creo, dijo
la señora con mucha fuerza y sangre fría, porque esta muchacha no ha hecho nada
y no confesará nada. Una vez fuera de vuestras manos se quejará y aireará un
suceso terrible que tenéis gran interés en silenciar.
Ante estas palabras
el presidente, sin responder, salió refunfuñando. Le siguieron y me quedé sola
sumida en mi dolor y mi inquietud.
Estas son, señor,
todas las cosas horribles que había de referiros. Ahora solamente voy a
ocuparme de la forma de hacer que os lleguen estas cartas, terminaré la mía en
el momento en que crea que puedo enviárosla sin contratiempos.
Post-scriptum de
Julie
El consejo de la
señora prevaleció sin duda, todo se prepara para la salida. Aline será
conducida a Vertfeuille en un coche cerrado que se me confiará a mí y a un
criado que llevará los caballos. Pasará como un coche de muebles que el señor
envía a las tierras de la señora y va dirigido a vos. El señor, que sabe que os
escribo y que me ha proporcionado los medios para que os llegue mi carta os
ruega que nos esperéis y que no abandonéis Vertfeuille hasta después de haber
satisfecho respecto a Aline los mismos deberes que tuvisteis a bien asumir
respecto a Mme. de Blamont. De forma que volveréis a ver a vuestra desdichada
amiga... pero ¡en qué estado! ¿Lo habríais imaginado?
Tenía preparada
otra carta menos detallada. La hubierais recibido si el Sr. presidente hubiese
querido ver lo que yo escribía, pero no me lo ha pedido. Os envío el verdadero
diario...
Adiós, señor, el
dolor me sofoca y sólo me queda manifestaros mi respeto.
Julie
Post-scriptum de
Déterville
La espero... para
bañar su féretro con las amargas lágrimas de mi desesperación y para ocuparme
de los últimos cuidados. Te envío este funesto diario así como sus cartas
póstumas. Que estos crueles escritos alimenten eternamente tu dolor. Si eres
capaz de sobrevivir a aquella que te supo amar así... al menos añórala
perpetuamente, que aliente todos los pensamientos de tu vida y conságrale cada
momento de tu existencia. No te permito más distracciones que las que pueda
ofrecerte la piedad... Pero si alguna vez, sean cuales fueren los consejos que
ella te dé, el mundo te vuelve a ver después de semejante pérdida, diré:
Valcour no era digno de Aline y tampoco lo es de Déterville.
CARTA LXIX
Aline a Déterville
Desde el castillo
de Blamont, 29 de Abril
Os sorprenderá la
decisión que he tomado, señor, pero tened la certeza que no me queda otra ya
que me he visto obligada a adoptar ésta. Creed que si hubiese podido aprovechar
vuestras amables ofertas lo hubiera hecho sin duda. Julie os dirá que la huida solamente
fue posible en un momento en que no estaba de acuerdo ni con vuestros consejos
ni con mi deber.
Pido muy
encarecidamente ser colocada junto a mi madre, recordad su voluntad. Si la
crueldad de quienes ahora me albergan llegase hasta la negación de esta gracia,
reclamadme, señor, os lo ruego. Pensad que he sufrido demasiado en esta vida
como para que no me sea otorgado cuando menos este favor después de mi muerte.
Este paquete os
llegará antes de que hayáis recibido mis tristes cenizas, os ruego que hagáis
poner en el féretro de mi madre la carta que le está dirigida y de hacer llegar
la otra a Valcour. Decidle, señor que muero para conservarme para él... Su
delicadeza me entenderá. No me queda más alternativa que la que adopto o la de
ser una criatura infame... ¿Podía vacilar?
Os ruego que
tengáis a bien evocar mi recuerdo ante mi querida Eugénie y su respetable
madre. Si me condenan, vos me defenderéis, confío todos mis derechos a la
amistad, a ella le ruego que me excuse sin comprometer sobre todo a aquel a
quien la naturaleza me obliga a respetar sean cuales fueren sus errores.
¡Cuántas bondades
habéis tenido para mi madre y para conmigo, señor! ¡Y cuánta indiscreción por
nuestra parte haberos causado tantas molestias! Sin embargo os ruego que no me
neguéis vuestras últimas atenciones. Os lo ruego en nombre de ese sentimiento puro
que tantas veces me habéis jurado.
¿Os acordáis de
esas encantadoras veladas de algunos de nuestros inviernos en París entre vos,
mi madre, vuestra familia y Valcour en las que me decíais que sería yo la que
os sobreviviese a todos y que a mí me correspondería el epitafio del grupo? Ese
pronóstico me entristeció, os acordaréis. ¡Qué felizmente se ha desmentido! ...
Sí, señor, digo felizmente. La persona que, quedándose sola en el mundo, se ve
en situación de tener que llorar a los seres queridos debe ser considerada como
la más digna de compasión... El que muere lo es mucho menos y, conociendo
vuestra sensibilidad, me aflijo mucho más por vos que por mí. Pero no me
lloréis, señor, la felicidad a la que ahora me atrevo a aspirar está muy por
encima de la que me esperaba en este mundo. Dignaos emplear estos argumentos
para consolar a Valcour, temo sus primeras reacciones... ¡Ojalá estuvieseis con
él para prodigarle vuestros cuidados! ¡Oh! señor, tengo pocas cosas, pero al
menos nadie puede quitarme lo que es mío. Quiero, pues, que mis pequeñas labores
y mis dibujos sean enviados a Valcour porque sé que le gustan. Este regalo le
complacerá. Y a vos, señor, os ruego que aceptéis mis libros. Por lo demás os
suplico que repartáis el resto de mis pertenencias y mi dinero entre los pobres
de Vertfeuille y Julie. Os confío a esa muchacha, haced que participe en los
legados píos de mi madre, lo merece tanto por su conducta, como por todas las
atenciones que ha tenido conmigo hasta el último momento.
Adiós, señor,
acordaos alguna vez de Aline, nunca tuvisteis una amiga mejor ni más sincera.
CARTA LXX
Aline a los manes
de su madre
Desde el castillo
de Blamont, 29 de Abril
¡Oh, vos que me
disteis la vida!... ¡vos, cuyos restos mortales beso al trazar estos últimos
caracteres... querida sombra que adivino... que oigo... y que me inspira el
valor de reunirme con vos, dentro de pocas horas estaremos juntas!... En la paz
del seno materno, los crímenes y las crueldades de los hombres no podrán
alcanzar ya a vuestra desdichada hija. Allí encontrará la calma y el reposo que
no ha podido encontrar en el mundo... Abrid los brazos, madre mía, abridlos
para recibirme... Dignaos acoger a vuestra hija en el asilo en que reposáis...
Muramos juntas ya que no hemos podido vivir así...
¡Los muy bárbaros!
quisieron inmolarme sobre vuestra tumba... Aún no se habían enfriado vuestras
cenizas cuando el crimen ya anidaba en sus corazones... ¿Qué digo? ¡quizás
cortaron ellos el hilo de vuestra vida para seguir mejor el de su odiosa
trama!...
Resistí, madre mía
y sin embargo ya no soy digna de vos. Nuestras carnes van a reposar y a
marchitarse juntas... Por muy poco me habréis precedido en el abismo de la
eternidad... yo me sumerjo en él tras vos llena de confianza en la bondad del
Eterno junto al cual os encontráis ya... Me atrevo a esperar que no me
castigará por mi falta. Llego a su lado sostenida por vuestras virtudes: ellas
ganarán para mí la compasión que no me atrevería a esperar en su ausencia.
Sí, sois vos, madre
mía, sois vos quien me conducirá ante el trono de Dios... Le diréis: "He
aquí una víctima de los hombres, pero su corazón fue siempre vuestro templo.
Habéis querido que muera como Moisés, vuestra voluntad la transporto a la montaña y la hizo ver la tierra prometida que no
habito jamás. Feliz por haber visto extinguida la llama de su vida justo en el
momento en que se alumbraba, no le reprochéis, señor, por haberse atrevido a
apagarla... no la castiguéis por haber roto los lazos de un vida perecedera
para pediros una vida eterna en donde la dicha de serviros no será interrumpida
por las lágrimas."
¡Oh, Dios mío! esta
alma, pura cuando salió de vuestras manos, ¿estará manchada por haber estado
durante algún tiempo en el cuerpo frágil en que la encerrasteis? Allí no
conoció otra cosa más que la desesperación y el llanto... se escapa de ellos
para volar de nuevo hacia vos... Quizás sea una debilidad... quizás le falte
valor... En vez de rebelarse contra las cadenas... en vez de sublevarse contra
su freno, si os hubiese llamado en medio de sus tribulaciones quizás hubiese
obtenido vuestra ayuda ... No la castiguéis por su debilidad, tuvo más amor que
esperanza, más deseos de reunirse con vos que fuerzas para pedíroslo... Son
estos los crímenes de un alma dulce, dignaos no castigarlos. Cuando la
creasteis a vuestra imagen el don de amar fue la primera virtud que
imprimisteis en ella. No la castiguéis por haberse entregado a él... no la
condenéis al dolor por haber temido esas sensación, haced, por el contrario que
repose en la gloria porque ha deseado conocer la vuestra y ha querido franquear
rápidamente el abismo profundo de las miserias humanas para encontrarse cuanto
antes en la inmensidad de vuestra gloria. ¡Oh, Dios mío! ¡no hagáis nada por
mí! concededme vuestro perdón solamente por las lágrimas de esta madre adorada
que nunca dejó de conoceros y de serviros. Miradnos como dos flores desecadas
por el veneno de la serpiente que el soplo puro de vuestra alma celestial puede
reanimar en el seno de la inmortalidad.
CARTA LXXI
Aline a Valcour
Desde el castillo
de Blamont, 29 de Abril.
El tiempo de mi
permanencia sobre la tierra ha terminado; soy como la tienda del pastor que ya
recogen para su traslado.
Ezequías, Cánticos.
Se ha desvanecido
esa dulce ilusión, se ha disuelto como el humo que arrastra el aire... Has
perdido a la que amabas, sus días han huido como la sombra y se ha secado como
la hierba . ¡Engañosa alegría! ¡esperanza frívola! ¡sólo habéis entretenido su
corazón para hacer que vuestra privación resulte más cruel! ¡Oh, Valcour! ya no
existe la que te habla, su voz frágil, elevándose del seno de los sepulcros es
como esos meteoros que escapan al ojo que los sigue... ¿Me equivocaba al
pedirte que despreciaras este vaso de arcilla que solamente debía durar un
instante? Que tus ojos penetren la nube de muerte que ahora me envuelve, que
vean estas facciones, antaño queridas, desfiguradas por los horrores de la
disolución y en las que solamente persiste el sello del sentimiento
indestructible que mi alma imprimió en cada una... Pero si todo ha
desaparecido, si ya no queda de mí más que el polvo, esta alma que te amó
subsiste; si no fuese ya inmortal por la pureza de su esencia, lo sería como
obra de tu llama y el ser que supiste animar en Aline, que creó... que vivificó
tu amor, debe ser eterno como éste. Verás ese alma enamorada, cobrará realidad
en tus vigilias... aparecerá en tus sueños... revoloteará a tu alrededor e,
identificándose a la tuya, regulará sus emociones, como la mano de Dios dirige
los astros en las inmensas llanuras del espacio.
¡Oh, amigo mío!
¡cuántos cambios han aportado unos pocos días a nuestra situación! Hace tres
semanas forjábamos nuestros planes de placeres, proyectos, intercambio de
correspondencia... esa madre dulce que yo he perdido y que tú idolatrabas se
ilusionaba al vernos unidos y nos permitía creerlo con ella!... ¡Frágiles
juguetes de los decretos supremos... qué enorme intervalo acaban de poner entre
nosotros esos pocos instantes! Como el piloto insensato que se alegra de ver
puerto y que el impetuoso huracán arroja inmediatamente sobre el arrecife que
creía haber evitado... nos imaginábamos próxima ya la felicidad cuando lo
cierto es que jamás existirá para nosotros. ¡Así son los proyectos de los
hombres! ¡Éstos son los tristes resultados de sus vacilantes decisiones! Sus
impotentes deseos, como los débiles rayos del sol bajo los helados signos del
Zodíaco van a destruirse ineficaces contra las voluntades del Eterno, al igual
que aquellos se disipan sin calor entre las ondas condensadas del aire.
Pero supongamos que
todo nos hubiese salido bien, admitamos por un instante que nuestros días
hubiesen transcurrido en un jardín de delicias en donde las rosas hubieran
nacido bajo nuestros pasos, en donde el cedro perfumado siempre nos hubiese
ofrecido su sombra al borde de arroyos de leche y cerca de frutos de la
palmera...
¿Somos inmortales,
amigo mío, no tendríamos que abandonar como Eva esa dulce morada de la
felicidad? ¿Te imaginas que esa separación no hubiese sido más cruel entonces
que lo que hoy nos parece, cuando nuestros pasos solamente han tropezado con
espinos? Nuestros lazos se hubieran multiplicado y el incremento de nuestro
amor, al hacer que cada día nos pareciesen más queridos, ¿no hubiera hecho
horrible la necesidad de romperlos? Agradezcamos al Eterno que nos haya
presentado el cáliz antes de que fuese más amargo. Hubieras tenido que llorar a
la vez a la esposa querida, a la amiga complaciente y dulce y a la madre de
esos tiernos frutos que tu amor hubiera hecho surgir en mi seno. En cambio hoy
derramas tus lágrimas por una amante que apenas conoces... ¿Quién sabe si por
el ardiente deseo de agradarte, no hubieran nacido en mí algunas virtudes
nuevas que, encadenándote con más fuerza aún, te hubieran hecho más dolorosa mi
pérdida...?
¡Ah, amigo mío!
permíteme que me detenga con complacencia sobre una idea que mi desdicha me
arrebata en el mismo instante en que la concibe mi corazón... Si esas prendas
sagradas de las que hablo hubiesen venido a estrechar nuestros nudos, ¡con qué
encanto hubiera dirigido yo esos tiernos frutos de tu cariño y del mío! ¡Con
qué alegría hubiera imbuido en sus almas inocentes ese fuego divino que tú me
haces sentir! ¡Cómo me hubiera gustado ver que te dirigiesen a ti las
expresiones de mi amor! ¿Qué tenían de condenables esos placeres dulces y puros
que Dios se complace en arrebatarme?... Pero no escrutemos sus designios... No
habíamos nacido el uno para el otro... Adorémosle y sometámonos.
¡Oh, Valcour! ahora
debería justificar ante tus ojos el recurso criminal que empleo para dejar esta
vida... ¡Ah! si he adoptado esta terrible alternativa... si me he visto
obligada a destrozar tu ídolo en el templo en que tú lo adorabas, créeme que
ninguna otra solución me hubiera librado de la infamia. Infórmate antes de
condenarme y no me censures sin escuchar lo que al respecto han de decirte...
¡En qué estado habría de encontrarme para renunciar al bien más querido de mi
vida y para provocar la pena más grande de la tuya?... Sí, he preferido la
muerte a la certeza de no ser nunca el uno para el otro... He preferido la
cesación de mi vida al doble oprobio que debía mancillarla. Esta alternativa es
horrible, sin duda, ya que nos separa para siempre... ¡para siempre! ¡Qué
palabra, amigo mío! es demasiado verdadera... estamos separados para siempre.
Ahora es imposible que nunca seamos el uno del otro. Los años se acumularán...
las generaciones presentes y futuras se derrumbarán en el abismo del tiempo... los
crímenes y las virtudes se mezclarán, se cruzarán, se multiplicarán sobre la
faz de la tierra. Todo variará, todo renacerá, todo se destruirá bajo la bóveda
de los cielos, sin que ninguna de esas circunstancias pueda conducirnos a la
que haya de devolver Aline a Valcour.
No, amigo mío...
todas las gotas de agua del océano multiplicadas cien millones de veces por sí
mismas no darían aun ni la más pálida idea de la multitud de siglos que han de
constituir el inmenso intervalo que va a separarnos. Y mientras dura este horrible
intervalo, no hay una sola combinación, ni un solo acto de autoridad, aunque
emanase de Dios, que pudiera reanudar esos lazos terrestres en que teníamos la
locura de complacernos.
Pero junto a esta
idea, ¡con qué dulzura viene a presentarse la del Ser infinito en cuyo seno han
de reunirse nuestras almas!... Hay, pues, una forma de volver a verte y esta
forma, concebida por la existencia de ese Ser adorable, ¿no hace que sea para nosotros
más querido y más precioso?... Sí, Valcour, te esperaré a sus pies... No
precipites el instante de esta reunión deseada, llora sobre mi falta, pero no
la imites. Déjame que prepare a ese santo ser para que se digne recibirte un
día. Déjame implorarle por ti y pedirle un sitio para ti en medio de todos los
Ángeles que le alaban. No me arrebates la halagadora esperanza de imaginar que
mis oraciones contribuirán quizás a tu eterna felicidad. He de intentar
obtenerla en el cielo ya que no he podido hacerlo en la tierra. Tú... continúa
ejerciendo esas virtudes que te ganaron mi corazón. Cada una de ellas, en
cuanto sea recogida por tu Aline, será presentada al sagrado tribunal de este
gran Ser.
Dios todopoderoso,
me atreveré a decirle, está borrando, a fuerza de buenas acciones, el crimen de
la que le amó. No lo alejéis de vuestro seno y que a través de sus buenas obras
obtenga a la vez de vos mi perdón y su felicidad... Os amaremos... os querremos...
os glorificaremos... juntos tejeremos las coronas de mirtos que depositaremos a
vuestros pies... osaremos hacer resonar juntos las azules bóvedas de vuestro
templo, cantaremos en Sion el nombre del Señor y en Jerusalén publicaremos sus
alabanzas .
¡No, amigo mío; no
me compadezcas, no me compadezcas! Piensa en lo poco que pierdes, piensa en lo
que puedes encontrar... en lo que te espera en el seno del Eterno. Pero, para
merecer ese fin celestial, no te alejes del mundo, Valcour. Estás hecho para ser
su adorno y yo no te condeno a abandonarlo. Solamente exijo de ti que continúes
viviendo en él honestamente. Cuantas más ocasiones de caída nos ofrezca nuestra
permanencia en él mas bello es no manifestar más que virtudes. En medio de este
mundo perverso hay una soledad profunda... es el corazón de un hombre
prudente... allí desciende, en él se recoge y en él encuentra las fuerzas para
resistir a la corrupción. ¡Que mi imagen embellezca esa soledad a donde te
exilo! haz que reine incesantemente en ella, amigo mío, aún tengo suficiente
orgullo como para creer que servirá de dique al vicio y que jamás nada
vergonzoso podrá penetrar en el santuario erigido a esa imagen querida. Cuando
el verdadero cristiano quiere ejercitar en sí mismo actos de amor por el Dios
que adora, cuando quiere oponer ese amor que le abrasa a la tentación que le
seduce, pone sus ojos en la imagen doliente de ese Dios bueno que se inmoló por
él... Recuerda los dolores de ese Dios. Se dice: murió por mí. Si ese
pensamiento no basta para mantener tu alma en el camino del bien, si, por bello
que sea, no puede llenarla... posa tus ojos sobre el retrato de Aline y,
mirándolo, repite: Y ella que me amó, también murió por mí, se inmoló para
evitar el crimen. Muera yo, si es preciso mil veces antes que cometerlo. Con
esta fe y con esta fuerza nos volveremos a ver, amigo mío, reviviremos de nuevo
en la eternidad. Unidos por la mano del Ser supremo, los rasgos envenenados de
la maldad de los hombres, humillados sobre sus propios pechos, no serán ya para
nosotros más que lo que, en otro tiempo, fueron los del Príncipe de las
tinieblas contra el dios que le precipitó.
Hemos de
separarnos, Valcour, y esta separación es muy diferente de la que hace tan poco
tiempo vivimos sobre la colina de Colette. Entonces esperábamos volver a
vernos, nos separábamos solamente para reunirnos... Y ahora es para siempre...
Esta Aline de la que estabas tan orgulloso no se presentará ya a tus ojos,
inmersa en la oscuridad de las tumbas, dentro de poco ya sólo se hablará de
ella como si nunca hubiese existido... ya sólo vivirá en tu corazón. Al recibir
estas letras, al bañarlas con tus lágrimas, tu imaginación, afectada por quien
las escribe quizás la represente aún ante tus sentidos, pero no existirá ya.
Hará entonces mucho tiempo que se halle sumergida en el abismo y si tu ilusión
te la presenta ya no será más que como los rayos de luz que colorean aún las
cimas de los Alpes aunque el astro se haya sumergido ya en las ondas.
Ámame, Valcour,
ámame... quiere siempre a aquella que prefirió la muerte al deshonor y
permanécele fiel hasta el último instante de tu vida... El mundo te ofrecerá
criaturas más bellas, pero no serán más dulces... Ninguna de las caricias que
te embriaguen en los brazos de otra se podrá comparar con un suspiro del
ardiente amor de tu Aline y en el mismo instante que las recibieras quedarías
destrozado por los remordimientos... Acuérdate a menudo de nuestros antiguos
amores e intenta encontrar en el recuerdo de los placeres pasados la fuerza
necesaria para soportar los males presentes...
¡Adiós, Valcour! ha
llegado el momento de pronunciar esa palabra... Mis lágrimas fluyen... mi
sangre se hiela al escribirla... mis ojos se vuelven hacia ti... te buscan y ya
no te encuentran... Soy como el joven cervatillo que arrancan al seno de su
madre... ¡Cómo es que tu mano no descarga el golpe fatal? ¿Por qué no puedo
expirar entre- tus brazos? ¿Por qué al exhalar el alma, ésta no puede unirse
inmediatamente a la tuya a través del ardor de mis últimos suspiros?... ¿Por
qué he de morir fríamente y sola en medio de mis enemigos?... ¿Por qué mi
cuerpo, que quizás profanen sus indignas miradas, no tiene al tuyo como escudo?
¿Por qué las últimas palabras que profiero, impresas en tus labios, no son las
más exaltadas expresiones de mi cariño?... No puedo... no... pero muero por ti
y esta idea me da las fuerzas que mi amor me iba a arrebatar... Adiós.
CARTA LXXII
Valcour a
Déterville
17 de Mayo de 1779
¡He leído estos
funestos escritos... los he leído y aún respiro! El sentimiento de mi amor es
tan vivo que incluso al perder a la que es su objeto, me resulta imposible
truncar una vida que ella anima y que inflamará hasta el último momento... Haré
mucho más que morir, viviré, Déterville, me alimentaré con las serpientes de la
vida... beberé la hiel que exhalan. E1 sacrificio es más espantoso que si me
inmolase a mi mismo. El que no puede soportar las desgracias que se abaten
sobre él y escapa de ellas privándose de la vida ¿no es infinitamente más débil
que el que consiente en vivir en medio de los males y de los tormentos? El uno
teme el dolor y se somete a él, el otro lo afronta y se resigna... No es que,
al decir eso desapruebe la horrible decisión adoptada por Aline: me arrebata lo
que más quería... y, sin embargo no podría reprochárselo... Pero mi postura es
diferente, me permite la elección de los medios y prefiero el que debe mantener
mi dolor que el que me obligaría a perderlo. Un profundo retiro me va a
enterrar para siempre, me arrojaré a los brazos de Dios... me arrojaré a
ellos... y sólo adoraré a mi Aline.
Abandonado desde mi
infancia y habiendo vivido solamente para sufrir... habiendo conocido solamente
el infortunio, sin ver brillar en cada instante de mis malhadados días nada que
no fueran las siniestras luces de la antorcha de las Furias, debería saber
perfectamente que ninguna de las horas de mi vida podría transcurrir sin
contratiempos... Pero no esperaba este... no había lugar en mi corazón para
admitirlo un solo minuto... ¿Qué asilo iré a buscar? ¿Dónde podré ir para
escapar? ¿Qué lugar no me ofrecerá su imagen?... La veré en todas partes... me
perseguirá en mi retiro, se me presentará bajo los rasgos de ese Dios en cuyo
seno yo hubiera esperado la felicidad...
¡Oh, amigo mío!
ábreme la tumba que la encierra... solamente allí puedo vivir. Déjame que vaya
a regarla cada día con las amargas lágrimas de mi desesperación. ¿Quién sabe si
esa alma ardiente y sensible, abrasada solamente por el fuego del amor, no volverá
a encenderse con toda la violencia del mío? Ábreme su féretro, te digo, para
que la devuelva a la vida o para que muera... Dejo de escribir... mi razón se
extravía. Mi amargura es demasiado violenta y pronto sería estúpido o cruel...
Adiós... Quiéreme... olvídame y, sobre todo, no intentes jamás saber dónde
estoy. Si, a pesar de todas mis precauciones... tu amistad descubre mi retiro,
contemplaré tu recuerdo como una prueba de desprecio antes que como una muestra
del cariño que ya no debes a aquel que abjura, a partir de ahora mismo y para
siempre, de todo lo que pueda recordarle un mundo al que la feroz mano del
destino sólo le arrojó para el llanto.
NOTA DEL EDITOR
La correspondencia
termina aquí y nos resultaba muy difícil transmitir al lector la continuación
de esta historia. Pero el vivo deseo de agradarle, el interés que suponemos que
tiene por los personajes con los que acaba de vivir y la información que nos ha
facilitado M. Déterville, nos han permitido proporcionar algunas aclaraciones
que esperamos sepan agradecernos.
El 2 de Mayo, por
la tarde, el cuerpo de Aline salió misteriosamente del castillo de Blamont
escoltado por Julie a quien el presidente impuso el más riguroso silencio.
Llegaron a Vertfeuille el 6 de Mayo y Aline fue enterrada inmediatamente, de
acuerdo con sus deseos, en la misma tumba que su madre.
Déterville tomó a
Julie en su casa en donde aun se encuentra, junto a su mujer, con una renta de
cien pistolas y la seguridad de que terminará allí sus días. Pero no se
conformó con estas pequeñas atenciones. Otros asuntos más importantes le
ocuparon enseguida. Pensando que los crímenes del presidente eran demasiado
horribles como para quedar impunes, devorado por el deseo de vengar a esas
dulces amigas, en cuanto hubo despachado sus asuntos en Vertfeuille salió a
buscar al conde de Beaulé a donde su deber le había retenido a pesar suyo. Este
oficial lleno de mérito y que gozaba de fuertes influencias, juro a Déterville
que lo ayudaría a vengarse del monstruo que acababa de privarles a ambos de dos
mujeres a quienes tanto querían. Volvieron enseguida a París. Su primera
preocupación fue encargar que se hiciesen las más exactas pesquisas sobre el
paradero de Augustine, cómplice de las fechorías de M. de Blamont. La
encontraron en otra finca de ese desalmado, en Champagne, en donde esperaba
tranquilamente la recompensa de sus indignos servicios. El conde y Déterville,
decididos ambos a no provocar ningún escándalo a causa de Léonore, a quien, de
acuerdo con los deseos de Mme. de Blamont, deseaban hacer entrar en posesión de
los bienes que le destinaba su verdadero nacimiento, renunciando a aquellos
otros sobre los que no tenía ningún derecho, se contentaron con hacer
interrogar secretamente a Augustine ante personas designadas por el ministro.
Ésta confesó todo y fue condenada al instante a ser recluida de por vida, podrá
llorar durante mucho tiempo los horribles extravíos de su juventud.
Como el cuerpo del
delito contra M. de Blamont estaba completo gracias a las declaraciones de
Augustine y a través de las de los testigos designados por la muchacha y que
fueron escuchados en secreto como ella, el ministro expidió sin más tardanza,
una orden para detenerlo. Ese hombre, siempre que había sido tan vigilante como
astuto y criminal no había contemplado las gestiones de los amigos de su mujer
sin maniobrar igualmente. No había sido lo bastante afortunado como para
interrumpirlas, pero había sido lo suficientemente hábil como para adelantarse.
Se había evadido.
El conde pensó que
no era conveniente llevar las cosas más lejos. Una vez que se habían deshecho
de este indigno mortal ya sólo se ocuparon de hacer entrar a Sainville y a
Léonore en posesión de los bienes de la casa de Blamont, legitimando el
nacimiento de Claire, al probar, por medio de todas las actas que poseían, que
era realmente la hija de M. y Mme. de Blamont y no de la condesa de Kerneuil, a
cuya sucesión renunció públicamente, cosa que no afligió a los colaterales.
Estos esposos se encuentran ahora en posesión de las tierras de Vertfeuille,
que han convertido en su más agradable morada, y, gracias a los dos millones
que el rey de España devolvió a cambio de los lingotes de Sainville y a la
fortuna considerable de la casa de la que ahora forman parte, es claro que son
infinitamente ricos. Pero la humanidad ya no se ofenderá por el empleo que esa
joven haga desde ahora de sus riquezas.
El horrible destino
del padre, de la madre y de la hermana de Léonore han conmovido más a ese
carácter duro y altivo que todas las desgracias que le acaecieron durante sus
viajes. Y el primer efecto de su vuelta a la beneficencia fue hacer buscar con
el mayor cuidado el refugio de su padre. Lo descubrió en Estocolmo y mandó
decirle que tomase una residencia fija, en donde le haría disfrutar de unos
bienes que ella había aceptado solamente para ocuparse de él, mejorar su
situación y disfrutar del delicado placer de transferirle anualmente las
rentas... cosa que hizo con la mayor exactitud. Y el presidente, que no se
había corregido, pero que, sin duda, será más prudente, gozó en paz durante
algunos años de una renta de más de cincuenta mil libras en Londres, que había
escogido como residencia. Pero el cielo, que nunca deja impune el crimen,
permitió que ese malvado fuese asesinado por unos ladrones cuando se dirigía a
visitar el norte de Inglaterra.
Sainville, siempre
honrado y sensible, quiso compartir de otra forma la piedad filial de su
querida esposa. Hizo erigir a Aline y a su madre un soberbio mausoleo en la
iglesia de Vertfeuille cuyos atributos son la Constancia, la Piedad, la Fe
conyugal y el Amor colocando coronas de mirtos y de rosas sobre las cabezas de
estas dos mujeres infortunadas que se estrechan mutuamente en los brazos.
Dolbourg,
completamente arrepentido de sus desmanes, vive en un pueblecito, lejos de
París, en donde lleva una vida de lo más regular con una fortuna muy mediocre
ya que dejó todo lo que poseía a sus parientes y a los pobres. M. Déterville,
su querida Eugénie, Mme. de Senneval y el conde de Beaulé continúan yendo, como
en otro tiempo, a pasar una parte del verano a Vertfeuille, contentos de haber
vengado, sin derramar sangre a personas a quienes tanto querían. Disfrutan
tranquilamente de la grata compañía de los nuevos habitantes de Vertfeuille a
donde no van jamás sin ofrecer un nuevo tributo de lágrimas y de oraciones a
los manes de esas dos mujeres virtuosas que todos amaron y respetaron.
En cuanto a M. de
Valcour, después de unos horribles arrebatos de desesperación, después de haber
estado seis semanas entre la vida y la muerte, se arrojó a los brazos de Dios y
terminó sus días, al cabo de dos años, en la abadía de Sept-Fonds, en donde dio
ejemplo de una resignación, un candor y una austeridad de las más severas.
Solamente cuando murió fue descubierto su retiro. Ninguna de las gestiones de
M. Déterville había podido dar con él hasta entonces y quizás siguiese siendo
un misterio de no ser porque M. de Valcour, al expirar, le dirigió una carta en
la que le encomendaba sus últimas disposiciones. Gracias a esta carta supo M.
de Déterville donde estaba su amigo cuando era demasiado tarde para socorrerle.
Ese amante dulce y delicado no había dejado nunca de llevar sobre su corazón el
retrato de su amada: allí lo encontraron cuando murió.
Clementine sigue en
Vizcaya, es feliz con su marido y escribe regularmente a Léonore a la que viene
a ver cada dos años. Ignoramos la suerte de los demás personajes. Excepto por
Sophie, de la que nos duele no poder decir nada, no creemos que los demás tengan
una importancia suficiente como para que el lector lamente no ser informado de
sus andanzas, a no ser por Zamé, que, sin duda, después de una prolongada
carrera, habrá muerto en medio de un pueblo que le idolatraba, llevándose
consigo a la tumba la añoranza, la estima, el amor y el agradecimiento de todos
los que estaban a su alrededor, halagadoras recompensas de la virtud, del
hombre de bien y del legislador.
FIN

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