© Libro N° 13927. No Despertéis
A Los Muertos. Tieck, Johann
Ludwig. Emancipación. Junio 14 de
2025
Título Original: © No Despertéis A Los Muertos. Johann
Ludwig Tieck
Versión Original: © No Despertéis A Los Muertos. Johann Ludwig Tieck
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
https://literaturaalemanaunlp.wordpress.com/wp-content/uploads/2011/05/tieck-johann-l-no-desperteis-a-los-muertos.pdf
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un
medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los
contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la
circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría
corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son
estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los
autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
https://i.pinimg.com/736x/6e/f5/24/6ef524c3671bed5e0dcb02c3c5eb1b1c.jpg
Portada E.O. de Imagen:
https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEg5aGHInB1InGfVQb4vVQ0Em_h-kry_oHIAHzGfnE2HjnvmzY-XK2quRQphEJsNHw_3xCxk4dKPkOOsFMEL5WRPOjgSjz-80J_u0cjLnVga5E4G8C7pfl6hVq-48APJLpU0XEzYjKkId5K6/s1600/muertos.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Johann Ludwig Tieck
No Despertéis
A Los Muertos
Johann Ludwig Tieck
–¿Acaso quieres dormir para siempre? ¿No vas
a despertar más, amada mía, sino a descansar eternamente de tu breve
peregrinación por la tierra? ¿O volverás otra vez, y traerás contigo el alba
vivificadora de la esperanza a este desventurado cuya existencia, desde que te
fuiste, han oscurecido las sombras más tenebrosas? ¡Cómo! ¿Sigues callada?
¿Callada para siempre? ¿Llora tu amigo y no le escuchas? ¿Derrama amargas,
abrasadoras lágrimas, y no haces caso de su aflicción? ¿Está desesperado, y no
abres los brazos y das refugio a su dolor? Entonces di, ¿prefieres el pálido
sudario al velo de novia? ¿Es la sepultura un lecho más cálido que el tálamo
del amor? ¿Acogen tus brazos mejor al espectro de la muerte que a tu esposo
enamorado? ¡Ah!, vuelve, amada; vuelve otra vez a este pecho ansioso y
desconsolado.
Tales eran los
lamentos que Walter exhalaba por Brunhilda, compañera de su amor apasionado y
juvenil; así lloraba sobre su tumba en la hora de la medianoche, cuando el
espíritu que preside la atmósfera turbulenta envía sus legiones de monstruos a
los aires para que sus sombras, al fluctuar con la luna sobre la tierra, envíen
locos, agitados pensamientos a desfilar frenéticos en el pecho del pecador: así
se lamentaba bajo los altos tilos, junto a la sepultura de ella, con la cabeza
apoyada en la fría lápida. Era Walter un señor poderoso de Borgoña que en su temprana
juventud se había prendado de la belleza de Brunhilda; belleza que sobrepasaba
en encantos a la de todas sus rivales: porque su cabellera oscura como el
rostro negro de la noche, derramada sobre sus hombros, realzaba sobremanera el
esplendor de su esbelta figura, y el rico color de sus mejillas, cuyos matices
eran como el cielo encendido y brillante de poniente. No semejaban sus ojos a
esos orbes cuyo pálido brillo adorna la bóveda de la noche, y cuya distancia
inmensurable nos llena el alma de profundos pensamientos de eternidad, sino más
bien a los sobrios rayos que alegran este mundo sublunar y que, a la vez que
iluminan, inflaman de alegría y de amor a los hijos de la tierra. Brunhilda se
convirtió en la esposa de Walter; y estando ambos igual de enamorados y
prendados, se entregaron al goce de una pasión que les volvió indiferentes a
cuanto los rodeaba, al tiempo que los sumía en un sueño fascinante. Su único
temor era que algo los despertase de un delirio que rezaban por que durase
eternamente. Pero ¡qué vano es el deseo de detener los decretos del destino!
Igual podríamos pretender desviar de su órbita los planetas circundantes. Poco
duró esta pasión frenética; no porque se fuera apagando poco a poco hasta
sumirse en la apatía, sino porque la muerte arrebató a su lozana víctima,
dejando viudo el lecho de Walter. Sin embargo, aunque tuvo al principio una
impetuosa explosión de dolor, no se reveló inconsolable; y antes de que pasara
mucho tiempo, otra esposa se convirtió en compañera del joven noble.
Swanhilda era
hermosa también, si bien la naturaleza había formado sus encantos con molde muy
distinto del de Brunhilda. Sus dorados rizos centelleaban como la luz de la
mañana; sólo cuando la excitaba alguna emoción de su alma, un matiz sonrosado
encendía la palidez de sus mejillas; sus miembros eran proporcionados y de la
más exquisita simetría, aunque no poseían esa plenitud exuberante de la vida
animal. Sus ojos brillaban elocuentes, aunque era con la luz suave de la
estrella; y, más que despertar ardor, transmitían una dulzura sosegada. Así
constituida, no podía devolver a Walter su antiguo delirio, aunque hacía
felices sus horas vigiles: tranquila y seria, aunque alegre, procurando en
todas las cosas el placer de su marido, restableció el orden y el bienestar en
su casa, donde su presencia irradiaba una influencia general. Su dulce
benevolencia tendía a moderar la disposición impetuosa y ardiente de Walter,
mientras que, a la vez, su discreción le arrancaba en cierto modo de sus vanos
y turbulentos deseos, de su ansia de goces inalcanzables, reconduciéndolo a los
deberes y placeres de la vida cotidiana. Swanhilda dio a su marido dos hijos,
un niño y una niña; ésta dulce y paciente como su madre, y contenta con sus
juegos solitarios; incluso en estas distracciones mostraba la propensión seria
de su carácter. El chico poseía el natural inquieto y apasionado de su padre,
aunque atemperado por la firmeza de su madre. Y ligado más tiernamente a su
esposa a causa de los hijos, Walter vivió ahora varios años muy dichoso. Es
verdad que sus pensamientos volvían con frecuencia a Brunhilda, pero sin la
antigua violencia, y sólo como nos demoramos en el recuerdo de un amigo de la
infancia que la rápida corriente del tiempo se ha llevado a una región donde
sabemos que es feliz.
Pero las nubes se
disuelven en el aire, las flores se marchitan, la arena de nuestros relojes se
escurre de manera imperceptible... y así mismo se disuelven, se marchitan y se
desvanecen los humanos sentimientos; y con ellos, también la felicidad. El pecho
inconstante de Walter suspiró otra vez por los sueños extáticos de aquellos
días pasados con su romántica, enamorada Brunhilda; otra vez volvió a
presentarse ella a su ardiente imaginación con todo el esplendor de sus
encantos de desposada, y Walter empezó a trazar un paralelo entre el pasado y
el presente. Y como suele suceder, no dejó su imaginación de adornar a la
primera con los colores más brillantes, al tiempo que oscurecía los de la
segunda, de manera que se representaba a la una mucho más rica en placeres, y a
la otra mucho menos de lo que se ajustaba a la realidad. No le pasó por alto a
Swanhilda este cambio de su marido; así que, doblando sus atenciones a él, y
los cuidados a sus hijos, esperó por este medio volver a asegurar el nudo que
se había aflojado; sin embargo, cuanto más se esforzaba en recuperar sus
afectos, más frío se volvía él... y más insoportables le parecían a éste sus
caricias, y con más insistencia le venía Brunhilda al pensamiento. Sólo los
niños, cuyas expresiones de afecto se le hacían ahora indispensables, se
encontraban entre uno y otra como genios preocupados por hacer posible la
conciliación; y, amados por ambos, constituían el nexo entre sus padres. Pero
del mismo modo que el mal no puede ser arrancado del corazón humano sino antes
de que eche demasiada raíz, ya que después tiene sus uñas demasiado firmemente
afianzadas, así la imaginación de Walter estaba demasiado enferma para poder
echar fuera su enfermedad. Y en breve tiempo alcanzó un tiránico ascendente
sobre él. A menudo, por las noches, en vez de retirarse a la cámara de su
esposa, visitaba la tumba de Brunhilda, donde murmuraba su descontento,
diciendo: «¿Es que quieres dormir para siempre?».
Una noche, estando
tendido en la yerba, entregado a su habitual tristeza, entró en este campo de
la muerte un brujo de las montañas vecinas a recoger, para sus hechizos
misteriosos, ciertas yerbas que sólo se crían en la tierra donde descansan los
muertos, y que, como última producción de la mortalidad, están dotadas de
poderoso y sobrenatural influjo. Vio el brujo al doliente, y se acercó a donde
yacía.
–¿Por qué lloras
así, infeliz devoto, lo que ya no es sino horrendo despojo de mortalidad: meros
huesos, y nervios, y venas? Naciones enteras han caído sin que se alzara un
lamento por ellas; incluso mundos, mucho antes de ser creado este globo
nuestro, se han desmoronado sin que nadie los llorase; ¿a qué abandonarte,
entonces, a esa vana aflicción por una criatura nacida del polvo, por un ser
tan frágil como tú mismo y, como tú, criatura de un momento?
Walter se
incorporó:
–Que se lloren los
unos a los otros, a medida que perecen, esos mundos que brillan en el
firmamento –replicó–. Es cierto que, siendo de barro, lloro a mi compañera de
barro; sin embargo, éste es un barro impregnado de un fuego, de una esencia,
que ninguno de los elementos de la creación posee: el amor. Y esa pasión divina
es la que sentía yo por la que ahora duerme bajo esta yerba.
–¿La van a
despertar tus lamentos? Y si pudieran despertarla, ¿no te reprocharía ella
haber turbado ese reposo en el que ahora duerme serena?
–¡Atrás, ser
insensible y frío; tú no sabes lo que es el amor! ¡Ah! ¡Ojalá mis lágrimas
pudieran barrer la colcha de tierra que la oculta de estos ojos, ojalá mi
gemido de aflicción pudiera despertarla de su sueño mortal! No, no volvería
ella a buscar su lecho de tierra.
–Insensato, ¿acaso
crees que podrías mirar sin estremecerte a un ser vomitado por las fauces de la
tumba? ¿Y acaso eres tú, también, el mismo que ella dejó, y que ha pasado el
tiempo sobre tu frente sin dejar huella ninguna? ¿No se convertiría tu amor en
odio y repugnancia?
–Di que antes
dejarían las estrellas ese firmamento, o se negaría el sol a derramar sus rayos
desde el cielo. ¡Ah, ojalá estuviese ella otra vez junto a mí! ¡Ojalá volviera
a descansar sobre este pecho! ¡Qué pronto olvidaríamos entonces que la muerte o
el tiempo se interpusieron una vez entre nosotros!
–¡Delirios! ¡Meros
delirios del cerebro, de la sangre fogosa, como los que emanan de los vapores
del vino! No es mi deseo tentarte, devolverte a tu muerta; de lo contrario, no
tardarías en comprobar la verdad de lo que te digo.
–¡Cómo! ¿Has dicho
devolvérmela? –exclamó Walter, arrojándose a los pies del brujo–. ¡Ah! Si
verdaderamente eres capaz de hacer eso, sé sensible a mi más ferviente súplica;
si vibra en tu pecho un solo latido de humano sentimiento, deja que mis
lágrimas te ablanden: devuélveme a mi amada. Más tarde bendecirás esa acción, y
comprobarás que fue una buena obra.
–¡Una buena obra!
¡Bendecir esa acción! –replicó el brujo con una sonrisa de desprecio–; para mí
no existen el bien ni el mal, puesto que siempre quiero lo mismo. Sólo tú
conoces el mal, cuando quieres lo que no querrías. En mi poder está
efectivamente devolvértela: pero piensa bien si te conviene. Considera, además,
qué profundo abismo se abre entre la vida y la muerte; mi poder puede tender un
puente entre la una y la otra, pero no cegar ese vacío espantoso.
Walter quiso
hablar, tratar de convencer a este ser poderoso con nuevas súplicas; pero el
brujo se lo impidió, diciendo:
–¡Calla! Piénsalo
bien, y ven aquí mañana a la medianoche. Aunque te repito la advertencia: «No
despiertes a los muertos».
Tras estas
palabras, el misterioso ser desapareció. Embriagado con esa reciente esperanza,
Walter no logró conciliar el sueño en la cama; porque la imaginación, con todas
sus más ricas reservas, desplegó ante él una centelleante telaraña de
posibilidades futuras; y sus ojos, húmedos con el rocío del arrobamiento,
revolotearon de una visión de felicidad a otra. Durante el día siguiente vagó
por el bosque, para que los objetos cotidianos no turbasen, trayéndole a la
memoria tiempos más recientes y menos dichosos, la idea feliz de que podía
verla otra vez, estrecharla de nuevo entre sus brazos, contemplar de día su
frente radiante y descansar de noche sobre su pecho. Y, puesto que esta sola
idea ocupaba su imaginación, ¿cómo iba a inquietarle ninguna duda, o a pensar
en la advertencia del hombre misterioso?
En cuanto vio que
se acercaba la hora de la medianoche, se apresuró a acudir al cementerio, donde
el brujo se hallaba ya de pie junto a la sepultura de Brunhilda.
–¿Lo has meditado
bien? –preguntó.
–¡Ah! Devuélveme el
objeto de mi pasión –exclamó Walter con impetuosa impaciencia–. ¡No demores tu
acción generosa, no vaya a ser que muera yo esta misma noche consumido por el
frustrado deseo, y no vea más su rostro!
–Bien; entonces
–contestó el anciano– vuelve aquí mañana a la misma hora. Pero una vez más te
doy este consejo de amigo: «No despiertes a los muertos».
Movido por la
desesperación de la impaciencia, Walter se habría postrado a sus pies y le
habría suplicado que colmase al punto sus deseos, que ahora habían aumentado
hasta la agonía; pero el brujo ya había desaparecido. Deshaciéndose en
lamentaciones con más desconsuelo que nunca, se echó sobre la sepultura de su
adorada, y así permaneció hasta que el alba trazó una raya gris a oriente.
Durante ese día –que le pareció el más largo de cuantos había pasado–, deambuló
de un lado para otro, impaciente, sin objeto al parecer, profundamente abismado
en sus reflexiones, e inquieto como el asesino que maquina su primera acción
sangrienta: y las estrellas vespertinas volvieron a sorprenderle en el sitio
concertado. A la medianoche, el brujo se presentó allí también.
-¿Lo has meditado
bien? –preguntó, como la noche anterior.
–¡Bah!, ¿a qué meditar? –replicó Walter con
impaciencia–. Yo no necesito meditar; lo único que te pido es lo que me has
prometido... que será mi felicidad. ¿O acaso te estás burlando de mí? Si es
así, vete de mi vista, no me venga la tentación de ponerte la mano encima.
–Una vez más te prevengo –contestó el anciano
con imperturbable serenidad–. «No despiertes a los muertos»... y déjala
descansar.
–Descansará, pero no en la tumba fría: lo
hará sobre mi pecho, que arde en deseos de estrecharla.
–Reflexiona: no podrás dejarla hasta la
muerte, aun cuando la aversión y el horror aneguen tu alma. Entonces, sólo te
quedará un remedio espantoso.
–¡Viejo chocho! –exclamó Walter
interrumpiéndole–, ¿cómo voy a odiar a la que amo con tan intensa pasión? ¿Cómo
voy a aborrecer a aquélla por la que arde cada gota de mi sangre?
–Entonces, sea como quieres –contestó el
brujo–; hazte atrás.
El anciano trazó ahora un círculo alrededor
de la sepultura, a la vez que murmuraba palabras de encantamiento. Acto
seguido, la tormenta comenzó a sacudir las copas de los árboles; los búhos
agitaron las alas, y emitieron su canto bajo y ominoso; las estrellas ocultaron
su aspecto dulce y rutilante para no presenciar espectáculo tan impío y
sacrílego; rodó entonces la lápida con cavernoso ruido, y dejó libre acceso a
la habitante de esta espantosa morada. El brujo esparció en las fauces de la
tierra raíces y yerbas de mágico poder y muy penetrante olor, de manera que los
gusanos salieron reptando de la tierra, se agruparon, y se alzaron en forma de
llameante columna sobre la sepultura; entretanto, brotó de dentro un viento
violento que fue apartando la tierra, hasta que finalmente quedó al descubierto
el ataúd. Cayó la luz de la luna sobre él, y saltó la tapa con tremendo ruido.
Después de lo cual, el brujo vertió sangre de un cráneo humano en su interior,
exclamando al mismo tiempo:
–Bebe, durmiente, de este cálido licor, para
que tu corazón pueda latir de nuevo en tu pecho –y tras una breve pausa,
derramando sobre ella otro líquido misterioso, gritó con la voz de un
inspirado–: Sí, otra vez late tu corazón con el fluido de la vida; tus ojos se
han abierto nuevamente a la visión. Así pues, levanta, y sal de la tumba.
Igual que la isla emerge súbitamente de entre
las olas oscuras del océano, levantada del abismo por la fuerza de los fuegos
subterráneos, así se levantó Brunhilda de su lecho terrenal, impulsada por un
poder invisible. Y cogiéndola de la mano, el brujo la llevó a Walter, que
permanecía a cierta distancia, estupefacto, como si hubiese echado raíces en el
suelo.
–Recibe otra vez –dijo– a la que es objeto de
tus apasionados suspiros: ojalá no vuelvas a necesitar mi ayuda; pero si así
fuese, me encontrarás, en el periodo de la luna llena, en las montañas en ese
lugar donde se juntan los tres caminos.
Al punto reconoció Walter en la figura que
tenía ante sí a la que tan ardientemente había amado, y un súbito calor inundó
su cuerpo al verla restituida: pero sentía frío en los miembros, a causa de la
noche, y paralizada la lengua. La estuvo contemplando un rato sin moverse ni
decir palabra; y durante ese tiempo, volvieron a callar y a serenarse los
ruidos, y a centellear esplendorosas las estrellas en el cielo.
–¡Walter! –exclamó la figura; y esta voz
familiar, estremeciéndole el corazón, rompió el sortilegio que lo tenía
inmovilizado.
–¿Es realidad? ¿Es
verdad esto –exclamó él–, o se trata de una mera ilusión engañosa?
–No; no es
impostura: estoy verdaderamente viva. Llévame en seguida a tu castillo de las
montañas.
Walter miró a su
alrededor. Había desaparecido el anciano; pero descubrió a su lado un corcel
negro de ojos llameantes, aparejado para transportarle allá; y sobre su lomo
encontró lo necesario para vestirse Brunhilda, quien no perdió tiempo en
hacerlo. Hecho esto, exclamó:
–Deprisa, vayámonos
antes de que amanezca, ya que mis ojos están demasiado débiles para soportar la
luz del día.
Recobrado de su
estupor, Walter saltó sobre su silla; y cogiendo con una mezcla de placer y
temor a su amada, tan misteriosamente rescatada del poder de la tumba,
emprendió el galope por la desierta región, hacia las montañas, con tanta furia
como si le persiguieran las sombras de los muertos ansiosas por arrebatarle a
su hermana.
El castillo al que
Walter llevaba a su Brunhilda se hallaba en lo alto de una roca, entre otros
picos que se alzaban por encima de él. Aquí llegaron sin que nadie los viese,
salvo un viejo criado, al que Walter ordenó que guardase secreto bajo las más
severas amenazas.
–Aquí nos
quedaremos –dijo Brunhilda–, hasta que pueda yo soportar la luz, y tú mirarme
sin temblar como si tuvieses frío.
Así que procedieron
a hacer de ese lugar su residencia; aunque nadie sabía que Brunhilda vivía,
salvo el viejo criado que les traía la comida. Durante siete días enteros, no
tuvieron otra luz que la de las velas. En los siete días siguientes, dejaron
entrar la luz a través de las altas ventanas sólo cuando el amanecer o el
crepúsculo bañaba las cimas de los montes, y el valle aún permanecía envuelto
en sombras.
Rara vez se
apartaba Walter de Brunhilda: un hechizo desconocido parecía retenerle junto a
ella; incluso el temor que sentía en su presencia, y que le impedía tocarla,
tenía su mezcla de placer; era como la emoción estremecida que experimentaba
cuando le envolvían los acordes de una música sacra bajo la bóveda de algún
templo. Así que, más que tratar de evitar esa sensación, la buscaba. A menudo,
al intentar evocar los encantos de Brunhilda, le parecía que su imaginación
jamás se la había presentado tan hermosa, tan fascinadora, tan admirable, como
la veía ahora realmente. Jamás hasta ahora había sonado su voz con acento tan
dulce, jamás había poseído su discurso tanta elocuencia como ahora, cuando
conversaba con él sobre el pasado; y ésa era la mágica región a la que sus
palabras le conducían de continuo. Hablaba sin parar de los días de su primer
amor, de aquellas horas de deleite que habían compartido, en las que el uno
sacaba todo su goce del otro; y tan gozoso, tan encantador, tan lleno de vida
evocaba Brunhilda ese periodo en la imaginación de Walter, que éste dudaba
haber experimentado nunca con ella tanta felicidad, o haber sido tan
absolutamente dichoso. Y a la vez que le pintaba aquellas horas de pasadas
delicias, describía con colores aún más vivos y encantadores los momentos de
inminente dicha que ahora les esperaban, más ricos en placer que ninguno de los
anteriores. De este modo cautivaba a su rendido oyente con arrobadoras
esperanzas futuras, y lo sumía en sueños de éxtasis por encima de lo mortal, de
manera que, mientras escuchaba este canto de sirena, olvidaba por completo lo
poco feliz que fue el último periodo de su unión, en que a menudo le hicieron
suspirar los modales autoritarios de ella, y su aspereza con él y con toda la
servidumbre. Pero, de haber recordado todo esto, ¿le habría inquietado en su
actual estado de arrobamiento? ¿Acaso no había dejado en la tumba todas las
fragilidades de la condición mortal? ¿No se había refinado y purificado su ser
con este largo sueño en el que ni la pasión ni el pecado la asaltaron siquiera
en sueños? ¡Qué diferente era ahora el tema de su discurso! Sólo cuando hablaba
de su afecto hacia él delataba algo de los sentimientos terrenos: otras veces,
se extendía de manera monocorde en cuestiones sobre el mundo invisible y
futuro; cuando peroraba describiendo los misterios de la eternidad, un torrente
de profética elocuencia brotaba de sus labios.
De este modo habían
transcurrido dos veces siete días, y ahora vio Walter por primera vez al ser
más caro para él a plena luz del día. Había desaparecido de su rostro toda
huella de la tumba; un matiz sonrosado como los rubores del alba encendía ahora
sus pálidas mejillas; el débil husmo de la corrupción se había convertido en
deliciosa fragancia de violetas, único signo terreno que no le desapareció
nunca. Ya no sentía Walter recelo ni temor: la contemplaba a plena luz del día.
Hasta ahora, no le pareció haberla recuperado del todo; e inflamado de su
antigua pasión por ella, quiso estrecharla contra su pecho. Pero Brunhilda lo
rechazó suavemente, diciendo:
–Aún no; guarda tus
caricias hasta que la luna vuelva a llenar el espacio entre sus cuernos.
A pesar de su
impaciencia, Walter se vio obligado a esperar otros siete días. Pero la noche
en que la luna alcanzó su plenitud, fue a Brunhilda, y la encontró más adorable
que nunca. No temiendo topar ahora con impedimento alguno a sus transportes, la
abrazó con el fervor de un rendido y venturoso enamorado. Brunhilda, no
obstante, se negó otra vez a rendirse a su pasión.
–¡Cómo! –exclamó–,
¿es justo que yo, que he sido purificada por la muerte de toda fragilidad
mortal, me convierta en tu concubina, mientras una hija de la tierra ostenta el
título de esposa tuya? No; no lo consentiré: ha de ser entre los muros de tu
palacio, en la cámara donde en otro tiempo goberné como reina, donde obtendrás
el último de tus deseos y mío también –añadió, posando un beso encendido en sus
labios; y desapareció a continuación.
Ardiendo de pasión,
y dispuesto a sacrificarlo todo para satisfacer su deseo, Walter abandonó
inmediatamente el aposento, y el castillo unos momentos después. Cruzó montañas
y páramos con la rapidez de una tormenta, de manera que las pezuñas de su
caballo hacían saltar la yerba. Ni una vez se detuvo hasta que llegó a casa.
Aquí, no obstante,
ni las caricias afectuosas de Swanhilda, ni las de sus hijos, consiguieron
ablandar su corazón o inducirle a reprimir sus ansias furiosas. ¡Ay! ¿Pueden
detener el curso impetuoso del torrente las flores hermosas sobre las que éste
se precipita, cuando exclaman: «Destructor, ten piedad de nuestra desvalida
inocencia y belleza, y no nos aniquiles»? El agua las barre sin miramiento, y
en sólo un instante arrasa el orgullo de todo un verano.
Poco después,
empezó Walter a insinuar a Swanhilda que no congeniaban; que él ansiaba probar
esa vida frenética y tumultuosa que tan acorde estaba con el espíritu de su
sexo, mientras que ella se sentía satisfecha con la esfera reducida de los
placeres domésticos; que él miraba con avidez cualquier novedad prometedora,
mientras que ella se mostraba apegada a lo que el hábito le había hecho
familiar; y por último, que la fría disposición de ella, rayana en la
indiferencia, se conjugaba mal con el ardiente temperamento de él. Por todo lo
cual, era lo más prudente que viviesen separados, dado que juntos no podían
encontrar la felicidad. Un suspiro, y una breve aquiescencia a los deseos de
él, fue toda la respuesta de Swanhilda. Y a la mañana siguiente, al presentarle
Walter el documento de la separación, informándole que estaba en libertad para
regresar a la casa de su padre, lo cogió con toda sumisión. No obstante, antes
de partir, le hizo la siguiente advertencia:
–Demasiado bien
adivino a quién debo nuestra separación. Muchas veces te he visto en la tumba
de Brunhilda, y allí te descubrí la noche en que el cielo ocultó de pronto su
rostro con un manto de nubes. ¿Acaso has osado rasgar temerariamente el velo
espantoso que separa a la mortalidad que sueña de la que no puede soñar? Porque
entonces, hombre desdichado, habrás ligado a tu persona lo que puede traerte
destrucción.
Calló, y Walter no
hizo intento alguno de replicar; porque le vino a la memoria la advertencia
similar del brujo –hasta ahora oscurecida por su pasión– como un relámpago
fugaz en la negrura de la noche, que no logra disipar su oscuridad.
Así pues, salió
Swanhilda a despedirse de sus hijos, dado que, según la costumbre nacional,
éstos pertenecían al padre. Y tras bañarlos con sus lágrimas y consagrarlos con
el agua bendita del amor maternal, abandonó la residencia de su marido, y
emprendió el regreso a casa de su padre.
De este modo fue
obligada la dulce y bondadosa Swanhilda a exiliarse de las salas donde había
gobernado con gran tacto..., salas que ahora fueron nuevamente decoradas para
acoger a otra señora. Por fin llegó el día en que Walter condujo por segunda
vez a Brunhilda a casa como nueva esposa; e hizo saber a la servidumbre que su
nueva consorte había ganado su afecto por el extraordinario parecido con
Brunhilda, su primera ama. ¡Cuán indeciblemente feliz se consideró, al llevar
una vez más a su amada a la cámara que tantas veces había sido testigo de sus
antiguos goces, dorada y adornada ahora en el más costoso estilo! Y entre otros
ornamentos había figuras de ángeles esparciendo rosas, los cuales sostenían las
colgaduras púrpura cuyos amplios pliegues ocultaban el lecho nupcial. ¡Con qué
impaciencia esperó Walter la hora en que debía tomar posesión de aquellos
encantos por los que había pagado ya tan alto precio, y cuyo goce iba a
costarle más aún! ¡Pobre Walter! Inmerso en el placer, no ves el abismo que se
abre a tus pies; embriagado con el perfume voluptuoso de la flor que has
arrancado, no imaginas cuán mortal es el veneno de que está llena, pues en
breve tiempo, su poderosa fragancia confiere nueva energía a todos tus
sentimientos.
Sin embargo, aunque
ahora Walter era dichoso, sus criados estaban muy lejos de serlo igualmente. El
singular parecido entre la nueva señora y la difunta Brunhilda los llenaba de
secreto recelo e indefinible horror; porque no apreciaban ni una sola diferencia
en sus facciones, ni en su gesto, ni en el tono de la voz. Además de estas
misteriosas circunstancias, sus doncellas descubrieron una marca peculiar en su
espalda, exactamente igual a la que había tenido Brunhilda. No tardó en
circular el rumor de que su ama no era otra que la propia Brunhilda, devuelta a
la vida por medio de poderes nigrománticos. ¡Qué horrible se les hacía la idea
de vivir bajo el mismo techo que la que había sido moradora de la tumba, y
verse obligadas a asistirla y reconocerla como su señora! Notaron asimismo en
Brunhilda, –cosa que aumentó la aversión de todas y favoreció su superstición–
que no usaba adornos de oro, como antes engalanaron siempre su persona. Todo lo
que antes había solido llevar de este metal lo mandó hacer ahora de plata:
ninguna joya de ricos y centelleantes colores brillaba sobre ella; sólo las
perlas prestaban su pálido brillo al adorno de su pecho. Y también evitaba
siempre con gran cuidado la luz radiante del sol, y acostumbraba pasar los días
más luminosos en los aposentos más retirados y oscuros: sólo salía a pasear en
el crepúsculo del comienzo y el final del día, aunque su hora preferida era
cuando la luz fantasmal de la luna daba a todos los objetos una apariencia vaga
y un color sombrío. Además, se observaba siempre que con el canto del gallo,
sus miembros sufrían un estremecimiento involuntario. Autoritaria como antes de
su muerte, no tardó en imponer su yugo de hierro a cuantos la rodeaban, si bien
parecía más terrible que nunca, dado que la acompañaba el temor de algún poder
sobrenatural, y aterraba a cuantos se acercaban a ella. Sus ojos parecían
dirigir una mirada maligna y feroz al objeto de su ira; como si quisiera
fulminar a su víctima. En suma, aquellas salas que en tiempos de Swanhilda
fueron morada de risas y alegría parecían ahora la prolongación de una tumba
desierta. Los criados se deslizaban sigilosos por las salas del castillo con el
temor impreso en sus pálidos semblantes. Y en esta mansión de terror, el canto
del gallo hacía temblar a los vivos como si fuesen espíritus de fallecidos;
porque ese canto les recordaba siempre a su ama misteriosa. No había nadie que
no se estremeciera al cruzarse con ella en algún lugar solitario, en la
penumbra del atardecer o a la luz de la luna, circunstancia que consideraban
presagiosa de algún mal; y tan grande era la aprensión de sus doncellas, que
empezaron a languidecer a causa del continuo desasosiego; de manera que, poco a
poco, la fueron abandonando todas. En el transcurso del tiempo, se marcharon
otros criados también, dominados por un horror insoportable.
Las artes del brujo
habían concedido a Brunhilda, efectivamente, una vida artificial, y el alimento
que tomaba mantenía su cuerpo restituido. Sin embargo, este cuerpo no era capaz
de conservar el calor vivificante de la vitalidad y la llama de la que emanan
los afectos y las pasiones, sean de amor o de odio, porque la muerte la había
apagado y extinguido para siempre. Todo lo que Brunhilda poseía ahora era una
existencia insensible, más fría que la de una serpiente. No obstante, se veía
obligada a amar, y a devolver con igual ardor las caricias encendidas de su
cautivado esposo, a cuya pasión debía únicamente su existencia renovada.
Necesitaba un licor mágico que animase el apagado caudal de sus venas y la
despertase al calor de la vida y a la llama del amor, una poción abominable que
no puede nombrarse sin una maldición: sangre humana, que bebía, mientras aún
estaba caliente, de unas venas jóvenes. Éste era el líquido infernal del que
Brunhilda tenía sed; pues, al no participar de los sentimientos más puros de la
humanidad, ni hallar gozo alguno en nada de cuanto interesa a la vida y ocupa
sus diversas horas, su existencia era un mero vacío, salvo cuando estaba en
brazos de su esposo y amante; y ésa era la razón por la que ansiaba sin cesar
la horrible bebida. Con supremo esfuerzo, lograba reprimirse de chuparle la
sangre al propio Walter cuando descansaba junto a ella. Pero cada vez que veía
a un niño inocente, cuya preciosa carita denotaba la exuberancia infantil de su
salud y su vigor, lo atraía a su aposento más secreto con palabras dulces y
caricias afectuosas; allí lo dormía en sus brazos, y chupaba de su pecho el
flujo cálido y púrpura de la vida. Tampoco los jóvenes de ambos sexos se veían
libres de sus horribles ataques: tras exhalar su aliento sobre la desventurada
víctima, que inevitablemente se sumía en profundo letargo, extraía de sus
venas, de manera parecida, el jugo vital. Así, los niños, los jóvenes y las
doncellas se consumían rápidamente como flores roídas por el gusano: la
plenitud desaparecía de sus miembros; un tinte cetrino sucedía a la sonrosada
frescura de sus mejillas, se les empañaba el brillo líquido de los ojos igual
que el río centelleante bajo el roce de la helada, y sus rizos se volvían
lacios y grises, como azotados por la tormenta de la vida. Los padres
observaban con horror esta pestilencia desoladora que devoraba a su progenie,
contra la cual nada podía un simple hechizo, poción o amuleto. La tumba se iba
tragando a uno tras otro; o, si la desventurada víctima lograba sobrevivir, se
volvía cadavérica y arrugada en los mismos albores de la vida. Los padres
presenciaban horrorizados cómo esta devastadora pestilencia se llevaba a sus
hijos... pestilencia que no había yerba por poderosa que fuera, ni hechizo, ni
vela sagrada, ni exorcismo, capaces de conjurar. Veían cómo se les iban a la
tumba un hijo tras otro, o cómo sus cuerpos jóvenes, consumidos por el infernal
y vampiresco abrazo de Brunhilda, adquirían la decrepitud de una súbita vejez.
Finalmente,
empezaron a circular extraños rumores y noticias; se decía que la causa de
todos estos horrores era la propia Brunhilda; aunque nadie sabía de qué manera
destruía a sus víctimas, dado que no encontraban en ellas señales de violencia.
No obstante, cuando los niños confesaron que los acunaba y los dormía en sus
brazos, y los más mayores contaron que les vencía un sueño súbito cada vez que
se ponían a hablar con ella, la sospecha se convirtió en certidumbre. Y
aquellos cuyos hijos habían escapado hasta ahora a ese daño, abandonaron sus
hogares y sus casas –morada de sus padres y herencia de sus hijos–, con unos
pocos enseres, a fin de salvar de tan horrible destino a lo más caro a sus
afectos sencillos de cuanto el mundo les podía dar.
Y así, día tras
día, el castillo fue adquiriendo un aspecto más desolado y, día tras día, sus
alrededores se fueron quedando desiertos: sólo permanecieron unas cuantas
viejas decrépitas y algún criado de cabellos grises, de la en otro tiempo
numerosa servidumbre. Igual que ocurrirá, en los últimos días de la tierra, a
la última generación de mortales cuando dejen de procrear, cuando no se vean ya
más jóvenes, ni venga nadie a reemplazar a los que esperen en silencio su
última hora.
Walter era el único
que no se daba cuenta –o no hacía caso– de la desolación que le rodeaba; no
percibía la muerte, sumergido como estaba en un encendido elíseo de amor. Mucho
más feliz que antes parecía ahora con la posesión de Brunhilda. Todos los caprichos
y contrariedades que a menudo ensombrecieron sus antiguas relaciones habían
desaparecido ahora por completo. Incluso parecía que Brunhilda sentía por él
una pasión como jamás llegó a mostrar en la época feliz de recién casada;
porque en sus venas ardía esa llama de sangre joven que extraía de las venas de
otros. Por la noche, en cuanto Walter cerraba los ojos, exhalaba su aliento
sobre él, infundiéndole un sueño delicioso del que despertaba sólo para
experimentar goces más embriagadores. Durante el día, le hablaba continuamente
de la dicha que los espíritus felices experimentaban al otro lado de la
sepultura, asegurándole que, como su afecto la había sacado de la tumba, ahora
estaban irrevocablemente unidos. Así fascinado por este hechizo perpetuo, le era
imposible notar lo que ocurría a su alrededor. Brunhilda, no obstante, veía con
rabioso pesar que la fuente de su ardor juvenil disminuía de día en día, ya que
en breve tiempo no quedó nadie dotado de juventud, excepto Walter y sus hijos.
Y decidió que fueran éstos sus siguientes víctimas.
Al principio, al
regresar al castillo, había sentido aversión hacia los hijos de otra; así que
los dejó enteramente en manos de las criadas designadas por Swanhilda. Pero
ahora empezó a fijarse en ellos, haciendo que los llevasen a menudo a su
presencia. Las cuidadoras, mujeres de edad, se asustaron al notar estas
muestras de interés por los niños a su cargo, aunque no se atrevieron a
oponerse a la voluntad de su terrible y autoritaria ama. No tardó Brunhilda en
ganarse el afecto de los niños, demasiado ignorantes de lo que era la astucia
para percibir peligro alguno en ella; al contrario, sus caricias los ganaron
por completo. En vez de reprimir constantemente sus alegres retozos, Brunhilda
les enseñaba ahora nuevos juegos; a menudo les recitaba historias de extraños e
insensatos intereses que excedían en todo a los cuentos de sus niñeras. Cuando
se cansaban de jugar o de escuchar sus narraciones, los sentaba sobre sus
rodillas y los arrullaba hasta que se dormían. Entonces, los sueños de los
niños se poblaban de visiones de la más espléndida magnificencia: imaginaban
estar en un jardín donde había flores de todos los colores, en hileras, una
sobre otra, desde las humildes violetas a los altos girasoles, trazando un
bordado multicolor que ascendía hacia las nubes doradas, de las que bajaban
unos angelitos, con alas de reflejos azul y oro, a llevarles alimentos
deliciosos o joyas espléndidas, o a cantarles canciones melodiosas. Tan
paradisíacos se hicieron estos sueños para los niños en poco tiempo, que no anhelaban
otra cosa que dormir en el regazo de Brunhilda, ya que de otro modo no tenían
visiones de seres celestiales. Y así, no hacían sino ansiar lo que iba a ser su
destrucción. Pero ¿no suspiramos todos por lo que nos conduce a la tumba: el
goce de la vida? Los inocentes tendían sus brazos a la muerte que les iba al
encuentro, la cual había adoptado la máscara del placer. Porque, mientras ellos
se sumían en esos sueños extáticos, Brunhilda chupaba de sus pechos el fluido
vital. Es verdad que al despertar se sentían débiles y agotados; sin embargo,
ningún dolor, ninguna señal delataba la causa. Al poco tiempo, empero, las
fuerzas les abandonaron por completo, lo mismo que el arroyo se seca poco a
poco en verano; sus juegos se fueron volviendo menos bulliciosos, sus risas
ruidosas y alegres se convirtieron en sonrisas, el acento vigoroso de sus voces
se apagó hasta volverse mero susurro. Sus cuidadoras estaban aterradas y llenas
de desesperación; demasiado bien sabían la espantosa verdad, aunque no se atrevían
a denunciar sus sospechas a Walter, tan devotamente unido a su horrible
compañera. La muerte había herido ya a su presa: los niños no eran sino mera
sombra de sí mismos. Y en poco tiempo, incluso esta sombra desapareció.
El acongojado padre
lloró amargamente su pérdida. Porque, a pesar de su evidente abandono, estaba
muy unido a ellos; y hasta que no los perdió, no se dio cuenta de lo mucho que
los quería. Su aflicción no pudo por menos de causar disgusto a Brunhilda:
–¿Por qué esas
tiernas lamentaciones –dijo– por dos pequeños? ¿Qué satisfacción podían darte
esos seres sin formar? ¿Acaso guardas aún algún afecto por su madre, y es
todavía dueña de tu corazón? ¿O es que echas de menos a los tres porque estás
hastiado de mi amor y cansado de mis caricias? De haber crecido esos niños, ¿no
habrían atado más estrechamente tu espíritu y tus afectos a este mundo de
barro, a este polvo, y te habrían apartado de la esfera a la que yo, que he
cruzado la sepultura, me estoy esforzando en elevarte? Di, ¿es tu espíritu tan
pesado, o tu amor tan flojo, o tu fe tan tibia, que no consigue conmoverte la
esperanza de ser mío para siempre?
Así expresó
Brunhilda su indignación ante el dolor de su consorte; y le privó de su
presencia. El miedo a ofenderla de manera irreparable, y su deseo de aplacarla,
secaron muy pronto sus lágrimas. Y otra vez se abandonó a su pasión fatal,
hasta que, finalmente, la inminencia de su propia destrucción le despertó de la
quimera en que vivía.
No volvieron a
verse doncellas ni niños dentro de los lúgubres muros del castillo ni en las
tierras contiguas: todos habían desaparecido; porque aquellos a los que la
sepultura no se había tragado habían huido de esta región de muerte. Así que,
¿quién quedaba ahora para apagar la sed espantosa de la mujer vampiro, sino el
propio Walter? Impasible, se atrevió a pensar en su muerte; porque su pecho
desconocía ese divino sentimiento que une a dos seres en un único gozo y un
único dolor. Cuando Walter estuviera en la tumba, sería ella libre de buscar
otras víctimas y saciarse interminablemente con la destrucción, hasta que, el
último día, se consumiera con la misma tierra, como dicta la ley fatal a la que
están sujetos los muertos a los que las artes de la necromancia han despertado
del sueño de la sepultura.
Ahora empezó a
posar sus labios sedientos en el pecho de Walter cuando, sumido en profundo
sueño por el olor a violetas de su aliento, descansaba junto a ella ajeno a la
inminencia de su muerte. Y así, no tardaron sus fuerzas vitales en empezar a
languidecer, y en asomar numerosas canas entre sus negros cabellos. Y con sus
fuerzas, languideció también su pasión: ahora Walter dejaba a menudo a su
compañera para pasar el día entregado al deporte de la caza, esperando
recuperar de este modo su acostumbrado vigor. Y estaba un día descansando en el
bosque, a la sombra de un roble, cuando vio en la copa de un árbol un pájaro
extraño, totalmente desconocido para él; pero antes de que pudiese apuntarle
con su arco, echó a volar y se perdió en las nubes, al tiempo que dejaba caer
una raíz rosácea, la cual fue a parar a sus pies. La recogió inmediatamente. Y
aunque conocía las plantas bastante bien, no recordaba haber visto nunca una
como ésta. Su deliciosa fragancia le indujo a probar su sabor; pero era diez
veces más amargo que el ajenjo: parecía como si se hubiese llevado hiel a la
boca; así que, disgustado con el experimento, la arrojó con impaciencia. Sin
embargo, de haber conocido su milagrosa cualidad, y que actuaba como antídoto
contra el hipnótico perfume de Brunhilda, la habría bendecido pese a su sabor
tan amargo: así arrojan a menudo los mortales con impaciencia el remedio
desagradable que podría devolverles el bienestar.
Cuando Walter
regresó por la noche, y se acostó como siempre junto a Brunhilda, el poder
mágico del pecho de ésta no hizo efecto en él; y por primera vez en muchos
meses, Walter cerró los ojos vencido por un sueño natural. Sin embargo, apenas
se durmió, un dolor agudo, punzante, le sacó de su descanso; y al abrir los
ojos, descubrió, a la luz melancólica de una lámpara que brillaba en el
aposento, algo que por unos instantes le dejó petrificado. Porque era
Brunhilda, que le estaba extrayendo sangre del pecho con sus labios. El grito
de horror que finalmente se le escapó aterró a Brunhilda, que tenía la boca
manchada de sangre caliente.
–¡Monstruo!
–exclamó Walter, saltando de su lecho–. ¿Es así como me amas?
–Sí; así es el amor
de los muertos –replicó ella con malvada frialdad.
–¡Criatura bebedora
de sangre! –prosiguió Walter–: ha terminado el delirio que hasta aquí me ha
tenido ciego. Tú eres el demonio que ha destruido a mis hijos... que ha dado
muerte a los hijos de mis vasallos.
Se levantó
Brunhilda, y lanzándole una mirada que le dejó paralizado, contestó:
–No soy yo quien
los ha matado; yo me veo obligada a saciarme con sangre caliente de jóvenes
para poder satisfacer tu deseo frenético; ¡eres tú el asesino!
Estas palabras
terribles evocaron ante la aterrada conciencia de Walter las sombras
amenazadoras de todos los que habían perecido de ese modo, mientras la
desesperación le ahogaba la voz.
–¿Por qué
–prosiguió ella, en un tono que aumentaba el horror de él–, por qué me
atribuyes palabras como si fuese yo un títere? ¿Tú, que tienes el valor de amar
a los muertos, de llevar a tu lecho a la que dormía en la sepultura, a la que
fue compañera de cama de los gusanos, tú que has estrechado en tus brazos la
corrupción de la tumba, tú, profanador, te atreves a elevar ese llanto
espantoso por el sacrificio de unas pocas vidas? Esas vidas no son más que
hojas arrancadas por la tormenta. Vamos, desecha esas figuraciones idiotas, y
saborea la dicha que tan cara has comprado.
Y diciendo esto,
tendió los brazos hacia él. Pero este gesto sólo hizo que aumentase el terror
de Walter, el cual, exclamando: «¡Criatura maldita!», salió precipitadamente
del aposento.
Ahora que había
despertado del delirio de sus placeres impíos, todos los horrores de una
conciencia culpable y recriminadora se volvieron sus compañeros. A menudo
maldecía su ceguera obstinada, por no haber hecho caso de las advertencias y
amonestaciones de las mujeres que habían estado al cargo de sus hijos, y haber
tomado sus palabras por viles calumnias. Pero su pesar llegaba demasiado tarde;
porque, si bien el arrepentimiento puede conseguir el perdón del pecador, sin
embargo, no puede alterar las sentencias inmutables del destino: no puede hacer
volver de la tumba a los asesinados. Tan pronto como apuntó la primera claridad
del alba, salió hacia su castillo solitario de las montañas, decidido a no
permanecer más tiempo bajo el mismo techo de tan terrible ser. Pero fue inútil
esta huida; porque, al despertar a la mañana siguiente, descubrió que se
hallaba en brazos de Brunhilda, y enredado en sus largos cabellos, que parecían
envolverle, y aprisionarle con los hierros de su destino; la poderosa fascinación
de su aliento le había cautivado una vez más, de manera que, olvidando cuanto
había sucedido, volvió a sus caricias; hasta que, despertando como de un sueño,
huyó horrorizado de su abrazo. Durante el día vagó por las soledades de las
montañas como el criminal que trata de ocultarse de sus perseguidores; y por la
noche buscó refugio en una cueva, ya que temía menos acostarse en tan sombrío
lugar que exponerse al horror de un nuevo encuentro con Brunhilda. Pero, ¡ay!,
en vano se esforzaba por huir de ella. Al despertar, la descubrió otra vez
compartiendo su mísera yacija. Pero, de haberse ocultado en el mismo centro de
la tierra, de haberse empotrado bajo una roca, de haber hecho su alcoba en lo
más profundo del océano, la habría encontrado puntualmente junto a él: porque
al llamarla de nuevo a la existencia, la había convertido en su compañera
inseparable; tan inexorable era el vínculo que ahora los unía.
Luchando con la
locura que empezaba a dominarle, y dándole vueltas sin cesar a las espantosas
visiones que se presentaban a su mente horrorizada, permanecía inmóvil, tumbado
en los rincones más oscuros del bosque, desde que salía el sol hasta que
llegaban las sombras del crepúsculo. Pero tan pronto como la luz del día se
apagaba a poniente y el bosque se inundaba de negrura impenetrable, el temor a
que el sueño le venciera le empujaba a vagar por las montañas. La tormenta
jugaba furiosa con las nubes fantásticas, y con las hojas de los árboles que el
viento hacía golpetear como si algún espíritu del terror se divirtiese con
estas imágenes de la transitoriedad y la desintegración: rugía entre las copas
de los robles como profiriendo gritos de furia, mientras su eco cavernoso,
rebotando en las laderas distantes, parecía el gemido de un pecador en la
agonía o el alarido débil de algún desdichado al caer bajo la mano de su
asesino. El búho, también, profería gritos guturales como augurando la
devastación de la naturaleza. El viento sacudía los cabellos de Walter, cuyos
mechones se agitaban en sus sienes y sus hombros como negras serpientes,
mientras cada uno de sus sentidos estaba atento a captar un nuevo horror. En
las nubes creía ver las figuras de los asesinados; en el ulular del viento oía
sus lamentos y gemidos; en las frías ráfagas sentía el beso de Brunhilda; en el
grito de las aves escuchaba la voz de ella; en las hojas descompuestas olía el
lecho sepulcral del que la había despertado. «¡Asesino de tu propia
descendencia –se recriminaba Walter a sí mismo con una voz que hacía aún más
espantosa la noche y el fragor de los elementos–, amante de un vampiro sediento
de sangre, libertino que se refocila con la corrupción de la tumba!», mientras,
desesperado, se mesaba los cabellos. Justo en ese momento surgió la luna de
detrás de las nubes tempestuosas; y esta visión trajo a su memoria el consejo
del brujo, cuando lo vio estremecerse ante la primera aparición de Brunhilda
tras despertar de su sueño mortal; a saber: que le buscase cuando fuese la luna
llena, en las montañas, en el punto donde se encontraban los tres caminos. No
bien irrumpió este destello de esperanza en su mente aturdida, echó a correr
hacia el lugar designado.
Al llegar, encontró
al anciano sentado sobre una piedra, con la placidez del que disfruta de un día
soleado, indiferente a los truenos que rugían a su alrededor.
–Así que has venido
–exclamó al ver al jadeante desdichado que, arrojándose a sus pies, gritó en
tono angustiado:
–¡Ah, sálvame...
socórreme... rescátame del monstruo que siembra la muerte y la desolación a mi
alrededor!
–¡Cómo!, ¿no te
diste cuenta de cuán saludable era el consejo: «No despiertes a los muertos»?
–¿Por qué hiciste
tu advertencia tan misteriosa? ¿Por qué, en vez de eso, no me revelaste al
punto todo el horror que aguardaba a mi sacrílega profanación de la sepultura?
–¿Acaso podías tú
escuchar otra voz que la de tu pasión desenfrenada? ¿No me tapaba la boca tu
ansiosa impaciencia cada vez que quería advertirte?
–Sí, es verdad: tu
reproche es justo. Pero de nada sirve ahora. Lo que yo necesito es ayuda
inmediata.
–Bien –replicó el
anciano–; aún hay un medio de salvarte. Pero está lleno de horror, y requiere
toda tu resolución.
–Entonces explica
cuál es –dijo–. Porque ¿qué puede haber más espantoso, más horrible, que la
desdicha que ahora soporto?
–Sabe, pues
–prosiguió el brujo–, que sólo en la noche de luna nueva duerme ella el sueño
de los mortales. Entonces la abandona del todo el poder sobrenatural que recibe
de la tumba. En ese momento es cuando deberás matarla.
–¡Cómo! ¿Matarla?
–repitió Walter.
–Sí –replicó el
anciano con serenidad–; le atravesarás el pecho con una daga afilada que yo te
daré. Al mismo tiempo, habrás de renunciar a su memoria para siempre, jurando
no volver a pensar en ella de manera intencionada. Y si lo hicieras
involuntariamente, deberás repetir la maldición.
–¡Horrible! Sin
embargo, ¿qué puede haber más horrible que ella misma?
–Entonces, conserva
esa resolución hasta el próximo novilunio.
–¡Cómo!, ¿tengo que
esperar tanto? –exclamó Walter–. ¡Ah, antes de ese plazo, su rabiosa sed de
sangre me habrá conducido a la noche de la tumba, o el horror a la noche de la
locura!
–No –replicó el
brujo–; eso lo puedo evitar –y a continuación le llevó a una caverna de la
montaña–. Permanece aquí dos veces siete días –dijo–. Durante ese tiempo, podré
protegerte de sus caricias mortales. Aquí encontrarás las provisiones que vas a
necesitar; pero cuida que nada te tiente a abandonar este lugar. Adiós; cuando
la luna se renueve, entonces volveré –dicho esto, el brujo trazó un círculo
mágico alrededor de la cueva, e inmediatamente desapareció.
Dos veces siete
días permaneció Walter en esa soledad, sin otra compañía que su amargo
arrepentimiento y sus aterradas obsesiones. El presente era todo miedo y
desolación; el futuro mostraba la imagen de una acción horrible que debía
llevar a cabo sin remedio, mientras que el pasado se lo envenenaba el recuerdo
de su culpa. Si pensaba en su antigua y feliz unión con Brunhilda, surgía ante
su imaginación la figura horrenda de ella con los labios goteantes de sangre;
si evocaba los días apacibles pasados con Swanhilda, veía su espíritu afligido,
con las sombras de sus hijos asesinados. Tales eran los horrores que le
acompañaban de día. En cuanto a los de la noche, eran aún más espantosos;
porque entonces veía a la propia Brunhilda que, vagando alrededor del círculo
mágico que no podía traspasar, le llamaba por su nombre hasta que la caverna
resonaba entera con el eco de sus voces estremecedoras. «Walter, amado mío
–gritaba–; ¿por qué me huyes? ¿Acaso no eres mío? ¿Mío para siempre... aquí, y
en el más allá? ¿Acaso estás pensando matarme? ¡Ah, no cometas ese acto que nos
arrojaría a la perdición... a ti lo mismo que a mí!» De este modo le
atormentaba su horrible visitante cada noche; y cuando se iba, aún le
arrebataba todo descanso.
Al fin llegó la
luna nueva, negra como la acción que estaba condenado a cometer. El brujo entró
en la caverna.
–Venga –dijo a
Walter–, vámonos de aquí; ha llegado la hora.
Y se lo llevó de la
cueva a lomos de un corcel negro, cuya visión trajo a Walter el recuerdo de la
noche fatal. Entonces refirió al anciano las visitas nocturnas de Brunhilda, y
le preguntó ansioso si se cumplirían los temores de perdición eterna que ella
le había augurado.
–No pueden los ojos
mortales –exclamó el brujo– penetrar los secretos oscuros de otro mundo, ni el
abismo profundo que separa la tierra del cielo.
Walter vaciló en
montar sobre el corcel.
–Sé decidido
–exclamó su compañero–; por esta vez se te concede afrontar la prueba. Si ahora
fallas, nada podrá rescatarte de su poder.
–¿Qué puede haber
más horrible que ella misma? Estoy decidido –y saltó sobre el caballo, y el
brujo montó detrás.
Transportados con
la rapidez de la tormenta que barre la llanura, llegaron en breve espacio al
castillo de Walter. Todas las puertas se abrieron de golpe a una voz de su
compañero; un instante después estaban en la cámara de Brunhilda. Se detuvieron
junto a su lecho. Sumida en un sueño sosegado, descansaba con toda la belleza
que le era innata, limpio su semblante de toda huella de horror. Parecía tan
pura, tan dócil e inocente, que en la memoria de Walter se agolparon las dulces
horas de sus caricias como ángeles intercesores suplicando clemencia para ella.
La turbada mano de Walter era incapaz de coger la daga que el brujo le
presentaba.
–Has de dar el
golpe ahora mismo –dijo éste–; si te retrasas una hora tan sólo, al amanecer la
tendrás sobre tu pecho, sorbiéndote las gotas vitales del corazón.
–¡Horrible!
¡Horrible! –balbuceó Walter temblando; y apartando la cara, hundió la daga en
el pecho de ella a la vez que exclamaba–: ¡Yo te maldigo para siempre! –y brotó
fría la sangre, manchándole la mano. Brunhilda abrió los ojos una vez más;
lanzó una mirada de indecible horror a su esposo y, con voz cavernosa y
agónica, dijo:
–Tú también estás
condenado a la perdición.
–Pon ahora la mano
sobre su cadáver –dijo el brujo–, y pronuncia el juramento.
Walter hizo lo que
se le ordenaba, diciendo:
–Jamás pensaré en
ella con amor, jamás la evocaré deliberadamente; y si su imagen acude a mi
cerebro, la expulsaré gritándole: maldita seas.
–Ya has cumplido
todos los requisitos –declaró el brujo–. Ahora devuélvela a la tierra, de la
que no debiste llamarla insensatamente. Y procura recordar tu juramento; porque
si lo olvidas una sola vez, regresará, y estarás perdido sin remedio. Adiós...
no nos volveremos a ver nunca más –y dichas estas palabras, abandonó el
aposento; y Walter huyó también de esta morada de horror, tras dar primero
instrucciones para que el cadáver fuese enterrado sin tardanza.
De nuevo descansó
la terrible Brunhilda en su sepultura. Pero su imagen acosaba sin tregua el
cerebro de Walter, de manera que su existencia era un continuo suplicio, en el
que luchaba por expulsar de su memoria los fantasmas horrendos del pasado. Sin
embargo, cuanto más grandes eran sus esfuerzos por desterrarlos, más intensos y
vívidos se volvían; como el noctámbulo que, atraído por un fuego fatuo a una
ciénaga o un pantano, se hunde cada vez más en su húmeda sepultura cuanto más
se esfuerza en escapar. Su imaginación parecía incapaz de admitir otra imagen
que la de Brunhilda: una vez imaginaba que la veía expirar, con la sangre
manándole de su hermoso pecho; otra, la hermosa desposada de su juventud le
reprochaba haber turbado el sueño de la tumba; y en ambas, se veía obligado a
proferir las palabras espantosas: «Yo te maldigo para siempre». Continuamente
brotaba de sus labios la terrible imprecación; sin embargo, vivía en el terror
incesante de que se le olvidara, o de pensar en ella y no ser capaz de repetirla;
y luego, al despertar, de descubrir que estaba en sus brazos. O bien recordaba
las palabras de ella al expirar; y espantado ante su terrible significado,
imaginaba que se había pronunciado irrevocablemente la sentencia de su
perdición. ¿Adónde huir de sí mismo? ¿O cómo borrar de su cerebro estas
imágenes y formas espantosas? En el clamor del combate, en el tumulto de la
guerra, en su incesante oscilar de la victoria al desastre y del grito de
angustia al júbilo de la victoria... en estas cosas esperó hallar al menos el
alivio del aturdimiento. Pero también aquí vio frustrada su esperanza. Los
dientes gigantescos del recelo atenazaban ahora al que nunca había conocido el
miedo: cada gota de sangre que le salpicaba parecía ser de la fría sangre que brotó
de la herida de Brunhilda; cada desdichado moribundo que caía junto a él, le
parecía que era ella, cuando exclamó en la agonía: «¡Tú también estás condenado
a la perdición!»; de manera que el aspecto de la muerte le parecía más
aterrador que nada de cuanto le rodeaba, y este terror insuperable le empujaba
a abandonar el campo de batalla. Por último, tras vagar sin rumbo durante mucho
tiempo, regresó a su castillo. Aquí, todo estaba desierto y silencioso, como si
la espada, o una pestilencia aún más mortal, hubiera arrasado la región. Porque
los pocos habitantes que aún quedaban, y hasta los criados que en otro tiempo
se mostraron más fieles, habían huido ahora de él, como si llevase en la frente
el estigma de Caín. Se daba cuenta con horror de que, al haberse unido a los
muertos, se había separado de los vivos, quienes no querían tener relación
alguna con él. A menudo, cuando se detenía junto a las almenas de su castillo y
miraba los campos desiertos, comparaba su actual desolación con el animado
movimiento que solían mostrar bajo la estricta pero benévola disciplina de
Swanhilda. Ahora se daba cuenta de que sólo ella podía reconciliarle con la
vida. Pero ¿podía esperar que le perdonase, y volviese a recibirle aquella a la
que tan profundamente había agraviado? Por último, su impaciencia se impuso a
su temor: fue en busca de Swanhilda y, con la más intensa contrición, reconoció
su complicada culpa. Y abrazado a sus rodillas, le imploró perdón, suplicándole
que regresase a su castillo desolado, a fin de hacerlo otra vez morada de la
alegría y de la paz. Swanhilda se conmovió al ver a sus pies la pálida figura,
apenas una sombra del otrora gallardo esposo.
–La locura –dijo
con mansedumbre–, aunque me ha causado mucho dolor, jamás ha hecho nacer en mí
el resentimiento ni la cólera. Pero, dime, ¿dónde están mis hijos? –durante un
rato, el desesperado padre no tuvo fuerzas para contestar a esta pregunta espantosa;
por último, tuvo que confesar la horrible verdad–. Entonces nos hemos dividido
para siempre –replicó Swanhilda; y todas las lágrimas y súplicas de Walter no
le hicieron revocar su sentencia.
Despojado de su
última esperanza terrena, privado de su último consuelo, hundido en la más
grande desgracia en que un mortal puede caer a este lado de la tumba, Walter
emprendió el regreso. Y cabalgaba absorto en lúgubres meditaciones por el
bosque vecino a su castillo, cuando el súbito sonido de un cuerno le sacó de su
ensimismamiento. Poco después vio aparecer a una dama vestida de negro, montada
sobre un corcel del mismo color; su traje era como el de una cazadora; pero en
vez de halcón, llevaba en la mano un cuervo, e iba asistida por un alegre
tropel de caballeros y damas. Cumplidos los primeros saludos, Walter averiguó
que llevaban el mismo camino que él; y cuando supo ella que estaba cerca el
castillo de Walter, solicitó alojamiento por una noche, dado que la tarde
estaba muy avanzada. De muy buen grado accedió Walter a esta petición, ya que
la aparición de la hermosa desconocida le había sorprendido gratamente: tenía
un parecido prodigioso con Swanhilda, salvo que su cabello era castaño, y sus
ojos oscuros y centelleantes. Agasajó con un suntuoso banquete a sus invitados,
cuyas risas y canciones llenaron de animación las salas hasta ahora
silenciosas. El banquete se prolongó tres días; y tan estimulante resultó para
Walter que parecía haber olvidado todos sus miedos y tristezas. Y no se decidía
a despedir a sus visitantes por temor a que, al irse, el castillo pareciera
cien veces más desolado que antes, aumentando su pesar en la misma proporción.
A ruegos fervientes de él, la desconocida accedió a alargar su estancia siete
días, que luego prolongó con otros siete. Sin serle solicitado, asumió la
dirección de la casa; y empezó a gobernarla con tanta discreción y alegría como
había hecho Swanhilda, de manera que el castillo, que hasta ahora había sido morada
de la melancolía y el horror, se convirtió en residencia de la fiesta y el
placer; y la aflicción de Walter se disipó por completo en medio de tanto
alborozo. Su afecto hacia la hermosa desconocida aumentaba de día en día;
incluso la hizo su confidente; y una noche en que paseaban juntos lejos del
séquito de ella, le contó su espantosa historia.
–Mi querido amigo
–replicó la desconocida cuando él hubo acabado de hablar–, mal se acomoda a un
hombre de tu discreción afligirse por todo eso. Has despertado a un cadáver del
sueño de la sepultura, y has descubierto... lo que era de prever: que los muertos
no simpatizan con la vida. Y ahora ¿qué? No quieres cometer ese error por
segunda vez. Sin embargo, has matado al ser al que habías llamado de nuevo a la
vida; aunque lo has hecho sólo en apariencia: no podías quitarle la vida
propiamente, puesto que ninguna tenía. Además, has perdido una esposa y dos
hijos; aunque, a tus años, tal pérdida puede repararse fácilmente. Hay bellezas
que de grado compartirían tu lecho y te harían padre otra vez. Pero temes la
cuenta después: ir, abrir las sepulturas y preguntar a los durmientes si eso
los turbará.
Y así, la
desconocida lo exhortaba a menudo a que se alegrase, de manera que, en breve
tiempo, su tristeza había desaparecido por completo. Entonces se arriesgó
Walter a declararle la pasión que le había inspirado, y ella no le negó su
mano. Siete días más tarde, se celebraron las nupcias, y los mismos cimientos
del castillo parecieron estremecerse con el tumulto del festín. El vino corría
en abundancia; las copas circulaban sin cesar; el desenfreno alcanzaba los
últimos extremos, en tanto estallaban sonoras risotadas, rayanas en la locura,
entre el séquito numeroso de la desconocida. Por último Walter, enardecido por
el vino y el amor, llevó a su desposada a la cámara nupcial. Pero, ¡horror!,
apenas la tuvo en sus brazos, la vio transformarse en una serpiente monstruosa
que le abrazó con sus anillos horribles, y le estrujó hasta hacerle morir. El
fuego comenzó a crepitar en todos los rincones de la alcoba. Pocos minutos
después, las llamas envolvieron el castillo, y lo consumieron enteramente. Y
mientras los muros se derrumbaban con estrépito tremendo, una voz exclamó muy
alto: «¡No despertéis a los muertos!».
Johann Ludwig Tieck
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario