© Libro N° 13928. Chertapkanof
Y Tredopuskin. Turgueniev,
Iván. Emancipación. Junio 14 de
2025
Título Original: © Chertapkanof Y Tredopuskin. Iván
Turgueniev
Versión Original: © Chertapkanof Y Tredopuskin. Iván Turgueniev
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Iván Turgueniev
Chertapkanof
Y Tredopuskin
Iván Turgueniev
En una cálida
mañana de estío, volvía de caza acompañado de Jermolai.
Mecido por el
movimiento de la “telega” estaba él adormecido y sacudía la cabeza sin poderse
despertar.
Los perros roncaban
tranquilamente junto a nosotros y escapaban a los tábanos que atormentaban al
pobre caballo.
Nos rodeaba una
nube de polvo. El cochero tomó un camino boscoso. Las ruedas del carro
tropezaban a cada instante con la maleza crecida.
Jermolai acabó por
despertarse y dijo:
—Pero por aquí ha
de haber gallos silvestres.
Con esta noticia
bajamos y penetramos en la espesura.
Bien pronto mi
perro encontró una banda de gallos silvestres, sobre los que Jermolai y yo
descargamos nuestros fusiles.
Nos preparábamos a
disparar de nuevo, cuando la enramada, abriéndose junto a mí, dejó pasar a un
caballero.
—¿Con qué derecho,
señor, caza usted en mis tierras? —preguntó con altanería.
El personaje que
hablaba de esta suerte pronunciaba por la nariz y por accesos,
precipitadamente. Lo observé con atención. Nunca en mi vida se me había cruzado
semejante persona. Imagínese un hombrecito rubio, de nariz respingona, torcida
y de largos mostachos colorados. Tenía metido hasta las cejas un bonete persa.
Llevaba un traje amarillo gastado con adornos de galones de plata en todas sus
costuras. Todo denunciaba el largo uso, pues estaba sembrado de zurcidos; un
cuerno de caza colgaba de sus hombros. De su cintura salía la punta de un
puñal.
El caballo era
flaco, hético, y asimismo los dos perros que lo acompañaban.
Aspecto, miradas,
movimientos y expresión del desconocido mostraban una loca audacia y un
indomable orgullo. Los ojos, de un verde azulado, daban vidriosos destellos;
miraban al azar, como los de un hombre ebrio.
La cabeza hacia
atrás, inflaba los carrillos, se sacudía como un gallo de la India. El conjunto
de sus modales recordaba muchísimo al pavo. Repitió su pregunta.
—Ignoraba que
estuviese prohibido cazar en este bosque —le respondí.
—Está usted en mis
tierras, señor.
—Según sus deseos,
voy a retirarme.
—Permita usted, ¿es
un noble a quien tengo el honor de hablar?
Me presenté.
—En ese caso
—agregó—, continúe usted cazando. Me honra satisfacer el gusto de un
gentilhombre. Soy Pantalei Chertapkanof.
Dicho esto, mi
interlocutor se inclinó; afirmándose en los estribos dio a su caballo un recio
latigazo. El pobre animal se encabritó, echó espuma y le quebró la pata a uno
de los perros, que lanzó lamentables ladridos.
Pantalei, fuera de
sí, redobló el castigo al animal. Luego, saltando al suelo, examinó la pata del
perro, escupió sobre la herida y la empujó. Se agarró enseguida a las crines de
su caballo y puso el pie en el estribo.
El animal alargó el
pescuezo y al rato desaparecían en la espesura.
Oí los latigazos
que Chertapkanof seguía dando a su pobre caballo, y luego su cuerno de caza,
con cuyo sonido vibrante llenaba los bosques.
En ese momento
salió del matorral, cerca de mí, otro personaje: un caballero bajo y grueso,
que montaba un caballo bayo. Me preguntó si no había visto a un caballero que
montaba un animal zaino colorado. Y como le respondiese afirmativamente:
—¿Hacia dónde
enderezó?
—Por allí.
—Se lo agradezco
humildemente, monseñor.
Espoleó su
cabalgadura y se alejó en la dirección que le había indicado. Lo seguí con los
ojos hasta que su casquete puntiagudo no se vio más entre las ramas.
Este segundo
personaje parecía exactamente opuesto al primero, por su aspecto: la cara
hinchada, redonda como una bola; su expresión era de bondad y timidez; venitas
azules le surcaban la nariz espesa; en la parte delantera de la cabeza no tenía
un solo cabello; en lo bajo de la nuca, un cerco de pelo feamente rubio. Sus
ojos, que no cesaban de guiñar nerviosamente, daban la impresión de haber sido
horadados por un taladro, y en sus labios gruesos y colorados flotaba una
continua sonrisa. Vestía sobretodo verde con botones de cobre; los pantalones
de paño no le llegaban más que a las rodillas y dejaban al descubierto la caña
de sus botas y lo rechoncho de sus pantorrillas.
—¿Este quién es?
—pregunté a Jermolai.
—Ivano Ivanovich
Tredopuskin, que vive con Chertapkanof.
—Debe de ser un
pobre hombre.
—No es rico, y
tampoco lo es Chertapkanof. No tienen un céntimo.
—¿Por qué viven
juntos?
—Por afecto. El uno
va adonde va el otro. Como dice el proverbio: Por donde pasa el caballo con su
casco, el cangrejo pasa con sus pinzas.
Salimos del
matorral. Cerca de nosotros dos perros ladraron, y entre la maleza corrió una
liebre grande.
Tras ella se
lanzaron los galgos. Luego llegó Chertapkanof. Procuraba en vano dirigir la
jauría. De su ancha boca escapaban sonidos inarticulados e ininteligibles; se
enfadaba con su cabalgadura y la hartaba de latigazos. Los lebreles buscaban,
la liebre torció camino y cruzó como una flecha delante de Jermolai. Los perros
salieron para otro lado.
—¡Guarda: fuego!
—gritó Chertapkanof.
Jermolai disparó el
arma, la liebre rodó como una bola sobre la gramilla seca; saltó un perro y la
atrapó.
Chertapkanof, en un
abrir y cerrar de ojos se apeó, y sacando su puñal lo hundió hasta el mango en
el cuerpo de la presa. Lanzó un grito de victoria y se llenó de orgullo cuando
vio llegar a Tredopuskin.
—Debiéramos
privarnos de la caza en esta estación del año —dije a Chertapkanof, señalándole
un vecino campo de avena.
—Ese campo me
pertenece —respondió con sequedad.
Le cortó las patas
a la liebre y se la ató a la silla.
Y dijo a Jermolai:
—Según las leyes de
la caza, te debo el tiro, querido. En cuanto a usted, señor —dijo recalcando
cada sílaba—, le quedo agradecido.
Montó de nuevo.
—¿Me permite
preguntar su nombre?
Se lo dije otra
vez.
—Me place haberlo
conocido. Cuando la ocasión se presente, hágame el placer de visitarme.
Luego, con un
ademán de impaciencia:
—Pero ¿dónde está
Fomka?
—Su caballo ha
caído y reventó —dijo Tredopuskin.
—¿Cómo? ¿Reventó
Orbacane? ¡Pfon pfi! ¿Dónde está?
—Más allá del
bosque.
Chertapkanof salió
al galope.
Tredopuskin me
saludó dos veces, por su amigo y por él; y, como de ordinario, se alejó al
trote a través de la maleza.
Me pregunté por qué
dos seres tan diferentes por carácter y maneras podían vivir juntos, y
comuniqué mi asombro a Jermolai. Este me dio noticias que permiten, junto con
otras, formarnos una idea completa sobre ambos personajes.
Pantalei Tremeich
Chertapkanof tiene en el país reputación de atolondrado, de hombre peligroso y
fantástico. Y con todo, es orgulloso como Artaban y un perdonavidas de lo peor.
Sirvió en el ejército; motivos desagradables lo obligaron a dimitir, y salió con
graduación de teniente. Su familia tenía en otro tiempo grandes propiedades y
vivía como viven los grandes señores de la estepa. Siempre estaba servida la
mesa del castillo, nadie pedía hospitalidad sin obtenerla, y hasta los caballos
de los extraños eran cuidados y alimentados a lo grande. La casa de estos ricos
castellanos era numerosa: músicos, cantores, y en los días de fiesta toda la
turba de los criados se hartaban de aguardiente. Iban durante el invierno a
Moscú, en sus espaciosas “kolymagues”. A veces, de vuelta de la ciudad, se
quedaban sin un céntimo y se veían en caso de vivir con los productos de la
granja y los establos.
Pantalei, es decir,
Eremei Lukich, había heredado una tierra ya empobrecida, pero no llevaba una
vida menos alegre. No dejó a su hijo, al morir, más que la aldea de Beztonow,
cuya población se componía de 30 hombres y 70 mujeres, todos esclavos de la corona.
Le correspondía también el octavo de las tierras de Kolobradova. Como no quería
saber nada de los mercaderes, con los salteadores, como él decía, el difunto
había enseñado a sus siervos un gran número de oficios.
Se arruinó,
precisamente, por persistir en esta mala combinación. Al menos satisfizo todas
sus excentricidades. Quiso tener un día un carruaje desmesurado. Y lo tuvo, en
efecto. Para hacerlo andar hubo necesidad de requisar todos los caballos y
todos los hombres de la aldea. Pero al primer ensayo se abrió y se deshizo.
Eremei Lukich hizo
levantar en el lugar un monumento y ya no se preocupó más del asunto. Tuvo
enseguida la fantasía de edificar una iglesia sin ayuda de un arquitecto. Se
encargó él mismo de diseñar los planos y fundamentos.
Para fabricar los
ladrillos se quemó una selva íntegra. Luego se pusieron los cimientos. Por su
solidez y extensión, aquello podía soportar una catedral. Los muros se
elevaron, después la cúpula… Pero luego se derrumbó. “No es nada”, pensó
Eremei. “Que se empiece de nuevo.” De nuevo se construyó la cúpula, de nuevo se
derrumbó.
“El número 3 es
divino”, pensó Lukich. “Ensayemos una tercera vez.” Y el mismo accidente se
repitió, más terrible y más peligroso. Grandes grietas surcaron los muros de la
iglesia y amenazaron su solidez.
—Han puesto algún
maleficio en esta construcción —dijo el propietario—. Las brujas de la aldea
tienen la culpa.
Y de acuerdo con
sus órdenes, fueron azotadas todas las viejas del lugar. Después de
reflexionarlo, desistió de edificar el templo. Solo quedaron sus ruinas, que
atestiguaban una fantasía del señor Lukich. Poco después decidió reconstruir
todas las casas de la aldea sobre un modelo uniforme. Las juntó de tres en
tres, en forma de triángulo. En el medio del triángulo había un poste que
remataba en un nido de estornino.
Diariamente tenía
nuevas extravagancias. Ya se hacía preparar una sopa de lampazo, ya le daba por
hacer cortar las colas de todos los caballos para fabricar casquetes a sus
criados. A veces quería reemplazar el lino por ortigas y alimentar los puercos
con hongos. Habiendo leído un día, en un periódico de Moscú, un artículo
concerniente a la buena moral de las aldeas, decretó que todo el mundo
aprendiese este artículo de memoria y lo recitara con frecuencia.
En aquella misma
época, por motivos de “orden y regularidad”, Eremei quiso que todos sus
súbditos tuviesen un número y lo llevasen marcado sobre el cuello del traje.
Cada vez que un campesino se encontraba con su amo, gritaba: “Número 21.”
“Número 7.” Y el amo respondía: “Dios te guarde.”
—A pesar de sus
buenas medidas, Eremei llegó a una situación muy embarazosa. Se vio en el caso
de hipotecar todas sus tierras y tuvo que venderlas al poco tiempo. La última
aldea suya, donde estaba la iglesia sin cúpula, fue rematada por el Estado. Tal
acontecimiento ocurrió después de su fallecimiento. Meses antes había muerto en
su castillo, rodeado de su servidumbre, bajo los ojos del médico. El pobre
Pantalei no recibió, como herencia, más que el caserío de Beszonovo.
Cuando la
enfermedad de su padre se declaró, Pantalei estaba en el regimiento y tenía
diecinueve años. Criado por una madre débil e indulgente, pudo satisfacer
siempre todos sus caprichos. Las esperanzas de su madre, Vasilia Vasilievna, no
se realizaron, porque su Pantalei se hizo un franco holgazán.
El padre había
descuidado la educación del hijo, absorbido por sus extravagancias y reformas
económicas. Solo en cierta ocasión le administró un buen castigo. Ese día, es
verdad, lo había puesto de malísimo humor un accidente sufrido por uno de sus
galgos.
Vasilia Vasilievna
nunca hizo mayores gastos para la educación de su hijo. Había desenterrado como
preceptor a un viejo alsaciano inválido, llamado Birkopf. Hasta en sus últimos
días temblaba al suponer que este mentor pudiese renunciar al empleo. Birkopf
se aprovechaba de semejante disposición, bebía como un agujero y se lo pasaba
durmiendo desde la mañana a la noche y desde la noche a la mañana. Pantalei
terminó su educación en falso, y entró en el ejército.
Grande fue su
sorpresa para Pantalei cuando llegó con licencia, para los funerales de su
padre, y vio que su fortuna se hallaba reducida a nada. Con la desesperación,
Pantalei cambió completamente. Ya no se le reconocía. Había sido hasta entonces
perezoso, pero bueno y honesto. A partir de entonces fue violento y
pendenciero, peleó con sus vecinos, ricos o pobres, y se mostró descortés con
las autoridades civiles.
—Soy —decía en
cualquier ocasión— un noble chapado a la antigua.
Al “stanovoi” un
día casi lo mata porque no se quitó el sombrero al encontrarse con él.
Le devolvían la
pelota, por cierto, y aquello era una contienda sin fin. Los funcionarios
siempre temían tener que dirimir asuntos con Chertapkanof. Que le hicieran una
observación a disgusto suyo, y él proponía arreglar la cuestión con un duelo a
muerte. “¡Vaya! —decía—. Yo no tengo apego a la vida. Además, soy un noble
chapado a la antigua.”
Por otra parte, su
probidad era perfecta, y siempre tomaba la defensa de sus campesinos cuando su
causa era justa. Los amparaba hasta el último extremo. “Que yo no sea
Chertapkanof si no aplasto al temerario que se atreva a invadir el derecho
ajeno.”
Tikone Tredopuskin
no podía, como su amigo, enorgullecerse de su nacimiento. Su padre pertenecía
al común y no adquirió la nobleza sino al precio de cuarenta años de un
servicio asiduo e irreprochable. Pertenecía al número de esos hombres a quienes
la mala suerte combate con una pertinacia que parece odio personal.
Durante sesenta
años tuvo que luchar contra todas las miserias que son la herencia de la gente
ínfima. Se debatía como un pez en el hielo; vivía al día, nunca durmió su
borrachera completa.
El pobre hombre
pasó así una existencia de mártir y murió en algo como un granero, sin dejar un
solo céntimo a sus hijos. Luchó vanamente contra la desgracia, como una liebre
caída en la red; todos sus esfuerzos lograban solamente que se enredase más en la
malla.
Bueno y honesto, la
gente se aprovechaba de ello. Casado con una tísica, tuvo varios hijos que
murieron temprano. Sobrevivieron dos, Tikone y su hermana Matrona.
Se casó esta, joven
todavía, con un abogado retirado de los negocios.
Por lo que se
refiere a Tikone, logró su padre hacerlo entrar como supernumerario en una
administración. No permaneció mucho tiempo en ella; la situación precaria que
había sobrellevado, de continua lucha con el frío y el hambre, el ver los
sufrimientos de su madre, los desesperados esfuerzos de su padre, las duras
exigencias de los propietarios y de los proveedores, todo concurrió a darle un
carácter tímido y reservado.
A la vista de un
superior caía en síncope, como un pajarillo que se siente atrapado. Con
frecuencia, la naturaleza adjudica aptitudes y gustos contrarios a los que
necesitaríamos a fin de cumplir con los deberes de nuestra condición.
De esta suerte
había hecho que Tikone, hijo de un pobre empleado, fuese persona dulce,
benévola, inclinada a los goces, dotada de un gusto y de un olfato
admirablemente finos… Le desarrolló estas disposiciones y, sin embargo, lo
condenó a nutrirse de repollos agrios y de carne podrida. No por eso dejó de
hacerse hombre. Pero desde entonces, su papel en el mundo resultó de lo más
curioso.
El destino, que tan
cruelmente había martirizado al padre, no fue más clemente con el hijo, y le
hizo su juguete. No lo llevó ni una sola vez a la desesperación, ni a las
profundas angustias; pero lo zarandeó a través de todas las Rusias, lo hizo amo
y criado, lo sometió a funciones ridículas.
Tan pronto se le
encontraba con cargo de mayordomo en casa de alguna protectora biliosa y
exigente, como se le podía descubrir comensal de un rico mercader, avaro hasta
la médula. O sí no, tenía la cancillería de un gentilhombre de ojos rasgados y
pelo cortado a la inglesa, o era semibufón de un propietario aficionado a la
caza.
En suma: había
pasado por todas las miserias de las posiciones dependientes. Infinidad de
veces, por la noche, al retirarse a su habitación, decidió, avergonzado y con
lágrimas en los ojos, escaparse y procurarse otra ocupación en la ciudad
próxima, y dejarse morir de hambre si no hallaba empleo.
Pero
invariablemente su timidez lo vencía, le presentaba las ideas de la víspera con
apariencia triste, y lo obligaba a renunciar a sus proyectos. ¿Era probable,
por otra parte, que pudiese hallar una colocación? “No me aceptarían”,
murmuraba el infeliz, y se agachaba a ponerse el collar de sus miserias.
La situación de
Tikone era, pues, deplorable; desde luego porque carecía de las cualidades
propias del bufón. No era capaz de bailar hasta caer rendido de cansancio, ni
de gastar mil monerías, abundar en bromas y frases graciosas, bajo la amenaza
sorda de un castigo; no podía reír y cantar desnudo y expuesto a un frío de
veinticinco grados bajo cero; era imposible que bebiese aguardiente con tinta o
comiese hongos venenosos.
Sabe Dios lo que
hubiera sido del pobre Tredopuskin sí su último amo no hubiese escrito en el
testamento: “Doy a Zezé (por otro nombre Tikone) y a sus herederos, la aldea de
Bésriélendéefka.”
Pasado algún
tiempo, el honesto legatario murió de apoplejía. Puso la justicia sus sellos y,
al cabo de quince días se reunían los parientes del difunto. Se llamó a
Tredopuskín, que compareció enseguida.
Los herederos
conocían las funciones de Tikone en casa del pariente muerto. Y así fueron los
silbidos y los gritos cuando lo vieron entrar en la sala.
—¡Señor
terrateniente! Amigos, ¡aquí está el nuevo amo!
—Sí —dijo uno que
se pagaba de ingenioso—, este señor es perfecto, se sabe lo que es. Justamente…
es un… un… ¿un señor?
Y estalló en una
risa olímpica.
El pobre bufón no
quería creer que fuese verdad tanta dicha. Fue preciso mostrarle la pertinente
disposición testamentaría. Se sonrojó, guiñó los ojos, abrió la boca y acabó
por ponerse a llorar.
Con tales
demostraciones, los espectadores lanzaron un ¡hurrah! y los vidrios temblaron
como en un día de tormenta.
Bésriélendéefka no
era, al fin y al cabo, más que una aldea de veintidós almas. Y los presentes no
la tenían en mucho. Pero, puesto que la ocasión era buena, ¿por qué no
divertirse? Cierto señor Rostilaf Adamych Stoppel discurrió más. Se aproximó a
Tikone hasta rozarle la cadera y le dijo con desdén:
—Usted, señor,
desempeñaba, creo, en casa del difunto Fedorych, funciones de bufón. ¿Era usted
su criado favorito?
El señor Stoppel
era un fino conversador, y dijo con la mayor desenvoltura estas palabras.
Tikone, pasmado, no sabía qué responder. Escuchaban los herederos al hombre
espiritual, que repitió su pregunta. Pero Tredopuskin, con la mirada perdida,
no sabía qué responder.
—Lo felicito a
usted —dijo Stoppel—. Lo felicito, nuevo señor. Verdad que pocas personas se
avendrían a emplear sus medios de hacer fortuna. Pero cada uno tiene sus
gustos, ¿no?
Alguien, en el
fondo de la sala, hizo oír una exclamación de asombro. El señor Stoppel supuso
que semejante burla era una alabanza, e insistió con ganas:
—¿Podría usted
decirnos qué clase de mérito le ha hecho a usted digno del pequeño legado? Aquí
estamos en familia, hable usted sinceramente.
No comprendió
Tíkone las palabras del señor Stoppel, se limitó a menear la cabeza. Otro
heredero, hombre joven, con la frente llena de placas amarillas, gritó:
—Sí, sí, tiene
usted razón. Usted seguramente sabe caminar con las manos, o bailar con las
piernas al aire.
—O imita el canto
del gallo.
Y otro, después de
una risotada:
—O tal vez baila
sobre esa nariz.
Una voz gritó al
fin:
—¡Basta! ¿No les
avergüenza atormentar a este pobre hombre?
Todos se volvieron.
Era Chertapkanof. Pariente lejano del difunto, lo habían convocado también.
Según su costumbre, se había mantenido apartado y no conversaba con nadie.
—¡Basta! —gritó
moviendo la cabeza, furibundo.
El elegante
Stoppel, al ver en el interruptor un hombre de escasa apariencia, no lo tomó en
serio.
—¿Quién es?
—preguntó.
—Cualquier cosa —le
dijeron al oído. Confirmada su sospecha, le habló con altanería:
—¿Desde cuándo
tenemos un inspector general supremo? ¿Qué clase de pájaro es usted?
Chertapkanof saltó
como un cohete y gritó tartamudeando de coraje:
—¿Quién soy yo?
Pantalei Chertapkanof, de la más rancia nobleza. Mi bisabuelo estuvo en el
sitio de Kazán, bajo el Terrible. Y tú, ¿eres noble siquiera?
Adamych palideció.
La interpelación, tan espontánea y viva, lo había turbado. Chertapkanof se
adelantó impetuosamente hacia él, que retrocedió asustado.
—¡Quiero dos
pistolas! ¡Armas, pronto! A tres pasos de distancia. O pídeme perdón y lo mismo
a este pobre hombre.
—Dele explicaciones
—clamó la asamblea—. Es un loco. ¡Cuidado!
—Perdón —balbuceó
Stoppel—. Yo no sabía…
—Y a él, a él,
pídele perdón —le impuso Chertapkanof con una voz firme.
—Perdóneme usted
también —añadió el otro, que pasaba por el espantoso trance.
Pantelei tomó de la
mano al antiguo bufón y cruzó la sala con él. La asamblea, tan ruidosa momentos
antes, se había calmado como por ensalmo.
A partir de ese día
tan fértil en emociones, los dos señores terratenientes ya no se separaron.
Tikone, débil y fofo, profesaba a su amigo una especie de culto. Consideraba a
Pantalei un hombre instruido, inteligente, extraordinario.
Y, sin duda, su
educación, aunque deficiente y mala, era muy superior a la de Tikone. Hablaba
el ruso y mal el francés. En materia de grandes espíritus rusos, estimaba a
Dervajine y tenía pasión por Marlinski.
* * *
Días después de mi
encuentro con los dos amigos, fui a visitar a Chertapkanof en Bezsonovo. Desde
lejos se veía su casa, edificada en un sitio sin árboles, sobre una tierra
alta, y parecía un nido de águilas en las rocas inaccesibles.
Las dependencias de
la finca formaban cuatro cuartos: el establo, la cochera, los baños y el
cobertizo.
Ni foso ni
empalizada rodeaban la propiedad ni señalaban el límite del señorío.
Al llegar cerca del
cobertizo hallé cuatro o cinco perros ocupados en despedazar el cadáver de un
viejo caballo. Uno de ellos levantó un momento su hocico teñido de sangre, miró
y volvió a devorar. Junto a los perros había un muchacho de cara pálida, vestido
a la manera cosaca. Amenazaba a los animales con un largo látigo.
—¿Está tu amo? —le
pregunté.
—Llame con las
manos.
Bajé del coche y
entré por la galería.
No tenía apariencia
de lujo la casa de Chertapkanof. Las vigas de la armazón, ennegrecidas por el
tiempo, habían cedido en más de un lugar; las chimeneas estaban en ruinas. Los
pequeños cristales, de azulados reflejos, tenían cierto aspecto melancólico, y
encajados en aquellos muros amarillentos, antiguos, daban la impresión de ojos,
ojos turbios de viejas malvadas.
Llamé y nadie
respondió.
Adentro hablaban,
sin embargo. Y oí las siguientes palabras de una voz gritona:
—A. B. C. D. Vamos,
pues, imbécil.
Volví a llamar y la
misma voz gritó:
—Entre, entre.
Di con una
antecámara oscura, inmediata a una pieza con la puerta abierta. Allí estaba
Pantalei, abrigado con un batán que se abría sobre largos pantalones y sentado
en una vieja silla. Con una mano cerraba el hocico a un perro de aguas y con la
otra le acercaba a la nariz un pedazo de pan.
—¡Ah! —dijo con
dignidad—, encantado de verlo. Estoy dando una lección a Vinzov. ¡Tikone! Ven
aquí, hay una visita.
—¡Voy! —respondió
Tikone.
—¡Eh, María, dame
el látigo!
Y reanudó
tranquilamente la lección de su perro.
Mientras tanto, yo
examinaba la habitación. Una mala mesa de cuatro patas disparejas y seis sillas
desfondadas componían todo el moblaje. Las paredes, blanqueadas de cal, tenían
manchitas que representaban estrellas. Bajo un velo de polvo un antiguo espejo.
Y telas de araña colgando del cielo raso resquebrajado.
—A. B. C. D.
—pronunciaba lentamente Chertapkanof. Luego exclamó de repente, haciendo una
contorsión—: ¡Bestia estúpida, come!
Modestamente, el
pobre animal estaba sentado sobre sus patas traseras; manso y bueno, atendía
cada movimiento de su amo y procuraba cumplir enseguida sus órdenes. Pantalei
le ofrecía de comer, gritando:
—¡Come, pues,
animal!
Al ver que no se
decidía a comer, le dio un puntapié. El perro se alejó sin quejarse, aunque
debió de dolerle que lo tratasen tan mal delante de una visita.
Se abrió la puerta
contigua y entró Tredopuskin haciendo reverencias.
Me levanté y fui
hacia él.
—Por favor, se lo
ruego, no se levante.
Nos sentamos
juntos, mientras Chertapkanof se iba a otra pieza.
—¿Hace tiempo que
está en nuestra tierra de Canaán? —me preguntó Tredopuskin, después de toser
discretamente, apoyando la punta de los dedos sobre su labio superior.
—Hace pocas
semanas.
—¡Ah, bravo! ¡Qué
hermoso día el de hoy!… Los cereales prosperan. Una bendición.
Y me miró con un
gesto agradecido y como si conviniera que me diese aquellas informaciones. Y
prosiguió:
—Ayer Pantalei mató
dos liebres. Tuvimos contratiempos. Pero ¡qué liebres!
—¿Tiene buenos
perros el señor Chertapkanof?
—Sí, excelentes
—respondió Tredopuskin con entusiasmo—. Son los mejores de la jurisdicción,
porque cuando el propietario de Bezsonovo desea algo, todo ha de ceder.
Entró en ese
instante Pantalei y el semblante de Tikone, iluminándose, parecía decir: “¡Vea
usted mismo si sería posible encontrar un hombre semejante a este!”
Hablamos los tres
de cacerías.
—¿Quiere ver una
jauría? —me preguntó Chertapkanof. Y sin aguardar a que le respondiese llamó a
su criado Karp, que apareció enseguida, muchacho vestido con traje de nankín,
adornado de anchos botones blasonados.
—Di a Foma que me
traiga a Ammalat y Saiga. Pero en forma… ¿comprendes?
Una sonrisa
contrajo la boca de Karp. Meneó la cabeza, como signo de inteligencia, y
desapareció. A los pocos minutos Foma venía con los dos perros atrahillados.
Chertapkanof
escupió en las narices de uno, que se quedó quieto. Se siguió conversando y mi
huésped fue dejando su fanfarronería y pareció más simpático. De pronto me miró
y dijo con cierta ingenuidad:
—Pero ¿por qué se
queda sola? ¿Por qué no aprovecha su buena compañía? ¡Eh, María, ven!
Hubo un movimiento
en la sala contigua, pero ninguna voz respondió.
—Ma…a…ría, ven con
nosotros —dijo suavemente Pantalei.
Entró una mujer que
tendría alrededor de veinte años, alta, esbelta. Tenía el cutis cetrino de las
bohemias. Sus ojos almendrados estaban rasgados de amarillo y sombreados de muy
negras pestañas. Los dientes tenían blancura de marfil y tocaban el coral de
los labios. Negros los cabellos, caían sueltos sobre sus espaldas. Vestía de
blanco y llevaba un chal celeste, echado artísticamente; levantado sobre uno de
los hombros, dejaba ver un brazo fino, terminado por la mano, de línea
aristocrática. Avanzó algunos pasos y pareció cohibida.
—Permítame que le
presente a María, mi mujer, si usted quiere.
Ella se sonrojó
algo cuando la saludé. Me agradaba mucho con su nariz afilada, las mejillas
pálidas, medio sumidas y los rasgos, en fin, que denunciaban pasiones fuertes y
una perfecta despreocupación.
Se sentó junto a la
ventana. A fin de no aumentar su cortedad, me puse a conversar con
Chertapkanof. De tiempo en tiempo ella me echaba ojeadas que parecían dardos de
serpiente.
Tikone se sentó a
su lado y le dio conversación. Ella sonreía, y los labios, levantándose,
hicieron la expresión de su cara, no digo felina, tampoco leonina, y menos
angelical. Una expresión realmente extraordinaria y muy hermosa de contemplar.
—Bueno, María —dijo
el dueño de casa—, ¿no tienes algunos refrescos para nuestro huésped?
—Hay algo de
confitería.
—Pues, dánoslo, y
también aguardiente. Y trae tu guitarra y canta.
—No, no quiero.
—¿Por qué?
—Pues, porque no
tengo ganas.
—Pero ¿por qué?
—No sé.
—¡Qué loca! En fin,
trae lo que te he pedido.
Fue y volvió; puso
las golosinas en la mesa y nuevamente se sentó junto a la ventana. Ahora su
fisonomía era perversa, se alzaban y recaían sus pestañas como las antenas de
una avispa. Por sus miradas ariscas tenía yo la impresión de que habría
tormenta. De pronto se levantó. Bajo la ventana pasaba una mujer. Le gritó:
“¡Axinia!” Parece que, al volverse, la mujer resbaló y cayó. María retrocedió
para que desde abajo no la vieran y rompió a reír a carcajadas. Resonaron
agradablemente a los oídos de Chertapkanof las notas argentinas de aquellas
carcajadas y lo alegraron de nuevo. La tormenta se disipó.
Con atmósfera
calma, desde ese momento, nos dimos a jugar locos de contento y a charlar como
colegiales. María rivalizaba con nosotros en alegría, sus ojos echaban
alternativamente claridad y sombra, su cuerpo tenía ondulaciones de ola, su
naturaleza salvaje se revelaba íntegra.
Una inspiración la
hizo correr a buscar su guitarra, y quitándose el chal entonó una romanza. Pura
su voz, como el cristal resonaba en nuestro corazón. Notas fuertes, como el
ruido del mar, alternaban con una cadencia suave, con gorjeo de ruiseñor. Después
un aire de danza bohemia, con el refrán: “Ai jghi, govori, al jghi.”
Chertapkanof se
dejó llevar por el ritmo de la danza, Tredopuskin zapateaba. María exaltada,
inspirada, hacía volar las notas melodiosas y fascinantes. Exhausta, al fin,
interrumpió su canto y dejó correr sus dedos ligeramente sobre las cuerdas de
la guitarra. Sin embargo, con un último ímpetu, lanzó todavía vigorosas notas.
Y Pantalei, que había relajado el paso, recomenzó con más brío, casi tocaba el
cielo raso, gritando: “¡Rápido! ¡Rápido!”
Dejé Bezsonovo a
medianoche, contento de mi visita y de mis amigos.
FIN
Relatos de un
cazador, 1852

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