© Libro N° 13914. La Epopeya
Cubana. Katz, Claudio.
Emancipación. Junio 7 de 2025
Título Original: © La
Epopeya Cubana. Claudio Katz
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Original: © La Epopeya Cubana.
Claudio Katz
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Claudio Katz
La Epopeya
Cubana
Claudio Katz
LA EPOPEYA CUBANA
Claudio Katz1
Cuba aportó el
mayor ideario de transformación social a varias generaciones de
latinoamericanos. Su revolución conmovió a la juventud, convulsionó a las
organizaciones políticas y sacudió a la izquierda.
En los años 60 el
castrismo rompió todos los dogmas al demostrar que un proceso socialista era
posible en el continente. A 90 millas de Miami introdujo generalizadas
nacionalizaciones para responder a las conspiraciones del imperialismo.
Posteriormente intentó una heroica extensión regional de la revolución.
La decisión cubana
de resistir la restauración capitalista luego del colapso de la URSS generó un
nuevo asombro. La población de una pequeña isla lindante con el centro imperial
afrontó un sofocante aislamiento internacional y realizó inconmensurables esfuerzos
para mantener su independencia.
La perdurabilidad
de ese proceso fue determinante del cambio que ha registrado el escenario
sudamericano. La reinstalación de una colonia estadounidense en Cuba habría
obstruido la resurrección de los procesos radicales y limitado las victorias
logradas contra el neoliberalismo.
Resulta muy difícil
imaginar los avances de Venezuela o Bolivia sin el ejemplo de un país que supo
confrontar con el poderío estadounidense. La repetición en la isla de la
trayectoria seguida por Rusia o Europa del Este habría sepultado, por un largo
período, todas las tradiciones revolucionarias transmitidas al continente.
Pero transcurridas
más de dos décadas del desplome del desplome de la URSS y su bloque económico
internacional (COMECOM) se han registrado importantes transformaciones en Cuba.
Estos cambios contienen enormes posibilidades e incuestionables peligros.
LOGROS Y DESAFÍOS
La principal
enseñanza reciente de lo ocurrido en Cuba es la enorme capacidad de mejora
popular que ofrece un esquema económico-social no capitalista. En medio de la
penuria económica, el aislamiento diplomático, las provocaciones militares, las
presiones financieras y la agresión mediática se logaron preservar parámetros
de esperanza de vida, escolaridad o mortalidad infantil muy superiores al resto
de la región.
Esta extraordinaria
realización resulta incomprensible para los apologistas del capitalismo. Como
no pueden presentar ejemplos equiparables, eluden cualquier mención de esos
logros. Cuba demostró de qué forma se puede evitar el hambre, la delincuencia
generalizada y la deserción escolar con escasos recursos.
El país afronta
actualmente graves dificultades para mantener la gratuidad de los principales
servicios, pero esas limitaciones son muy diferentes a las adversidades que
predominan en los países semejantes.
Cuba no es
Argentina, Brasil o México. Hay que comparar su situación con las economías
latinoamericanas situados por debajo de ese escalón de desarrollo económico.
Ninguno de esos casos puede exhibir el perfil de una isla sin desempleo,
indigencia o pobreza masiva.
En la isla están
cubiertas las necesidades básicas de la población. Todas las familias tienen
acceso a la alimentación, la educación y la salud. La escasez de
abastecimientos o la falta de variedad de los consumos, no incluyen a los
bienes indispensables para garantizar esa cobertura.
Cuba cuenta con un
excelente nivel de escolaridad. Un reciente estudio del Banco Mundial estima
que su sistema educativo mantiene parámetros de formación profesional, en
muchos planos semejantes al nivel de Finlandia, Singapur o Canadá (Lamrani,
2014).
También ha logrado
un índice de esperanza de vida que supera en cinco años al resto del continente
y cuenta con tasas de mortalidad reducidas en todos los grupos etarios.
Consiguió el promedio más bajo de malnutrición de América Latina y uno de los
porcentajes más elevados de conexión de viviendas a las redes de agua potable
(Navarro, 2014).
El país preserva,
además, el índice de seguridad alimenticia más elevado de la región y un
bajísimo nivel pobreza (4%), en comparación a la media de Latinoamérica (35%)
(Vandepitte, 2011). De acuerdo a las estimaciones del Programa de las Naciones
Unidas para el Desarrollo (PNUD) Cuba es uno de los tres países
latinoamericanos que ha logrado ubicarse en el casillero de alto nivel de
desarrollo (PNUD, 2014).
Pero la isla
afronta un serio problema para sostener esos avances. El estancamiento y las
privaciones que siguieron al derrumbe de la URSS se atenuaron, pero obligan a
implementar un giro económico. Toda la sociedad reconoce esa impostergable
necesidad, puesto que nadie ha podido recuperar el patrón de ingresos vigente
en los años 70-80.
El desplome del
sostén soviético fue seguido por un agravamiento del bloqueo estadounidense
(ley Torricelli en 1992 y acta Helms Burton en 1996). Ese cerco obstruye el
comercio y genera costos monumentales. Un barco que toca puerto cubano no puede
amarrar en Estados Unidos y al principal mercado del mundo no puede ingresar un
producto con componentes cubanos.
La isla ha sufrido
periódicas provocaciones que obligan al estado a solventar un gravoso aparato
militar defensivo. El gobierno cubano necesita mantener 600.000 hombres en
condiciones de acción bélica inmediata y debe financiar una estructura armada
totalmente desproporcionada para las dimensiones del país (Isa Conde, 2011).
Además, en los
últimos años el país padeció fuertes adversidades comerciales y climáticas.
Cayó el precio de las exportaciones (níquel) y subió el costo de las
importaciones (alimentos). Hubo huracanes, sequías e inundaciones de gran
intensidad, especialmente entre 1998 y 2008. Estos trastornos no provocaron
tragedias humanas como habitualmente ocurre en el resto del continente, pero
que implicaron costos millonarios. La crisis internacional generó también una
reducción de los ingresos del turismo, a pesar del moderado aumento de los
visitantes.
La economía es
gestionada desde hace varios años con cierto déficit presupuestario y el nivel
de actividad es sostenido al filo de la navaja. El equilibrio comercial es tan
ajustado como la financiación externa.
Cuba resistió la
restauración del capitalismo con el gran sacrificio que implicó el período
especial de los años 90. El impacto económico del desplome de la URSS fue
demoledor. Todo el comercio de la isla estaba asociado con los países del
COMECON y las ventas de azúcar a ese bloque solventaban el conjunto de los
gastos externos.
El país se quedó
sin nada y tuvo que asegurar su defensa y abastecimiento de bienes básicos, en
condiciones de encierro y colapso del transporte, la electricidad y el
combustible. Muy pocos regímenes políticos han logrado sortear adversidades de
esa envergadura.
Un reciente estudio
explica la fuerza de esa resistencia por la memoria de las transformaciones
sociales logradas en los años 60-70. También resalta el rechazo a convertir
nuevamente a la isla en un burdel estadounidense. El trabajo traza una
aleccionadora comparación con la devastación de derechos populares padecida por
los países del COMECON, que reingresaron al capitalismo durante el mismo
período (Morris, 2014).
Pero al cabo de esa
experiencia, Cuba no está en condiciones de continuar el camino precedente al
socialismo. Salta a la vista la imposibilidad de erigir en forma solitaria una
sociedad de abundancia e igualdad, en una pequeña localidad del Caribe. La continuidad
de la revolución permitió defender lo conquistado, pero no asegura el
desarrollo productivo y el bienestar material que supondría la consolidación
del socialismo. Si en la URSS se verificaron dificultades para forjar esa
sociedad cortando lazos con el mercado mundial, es obvio que Cuba ni siquiera
puede concebir esa posibilidad.
El importante
cambio de contexto latinoamericano ha contribuido a revertir el aislamiento del
país. Se aligeraron las privaciones y se normalizó el funcionamiento de la
economía, especialmente a través de la cooperación con Venezuela. Pero este
desahogo sólo ayuda a sostener lo conquistado.
TRES PROBLEMAS
Las mutaciones que
debe encarar Cuba obedecen a tres cambios de largo plazo. En primer lugar, la
nueva realidad geopolítica que introdujo el colapso de la URSS desajustó toda
la estructura productiva. El país había amoldado su economía a una expectativa de
grandes avances pos-capitalistas en el mundo o por lo menos en la región.
Siempre se supo que
un alcance efectivo del socialismo era imposible en una sola isla y por esta
razón se intentaron altos de niveles de complementación con los socios del
Este. Esa conexión fue combinada con la apuesta a una sucesión de victorias
revolucionarias en América Latina.
Esa estrategia
política explica la elevada especialización que desarrolló la isla en médicos,
ingenieros, educadores y militares. En torno a esas actividades se construyeron
los valores de una sociedad que ponderaba a los héroes en combate, a los
brigadistas y a las misiones internacionalistas.
El legado de ese
período se verifica en muchos planos. Cuba aportó sus métodos de
alfabetización, medicina preventiva y preparación militar a numerosos países de
Latinoamérica y África. Este acervo fue particularmente compartido con Angola y
Nicaragua en los años 70-80, con Haití (durante el terremoto) y actualmente con
Venezuela (intercambio de educadores por petrolero) o con Bolivia (médicos y
cirugías de alta complejidad).
Otra prueba
reciente de esta especialización cubana en acciones de socorro y solidaridad es
el cuerpo de médicos enviados al África para lidiar con la epidemia de ébola.
Nada menos que el New York Times dedicó un elogioso editorial a esta acción,
contrastando los riesgos que asumen esos profesionales con la reticencia
estadounidense a enviar misiones al lugar. Más chocante es la negativa de las
compañías de seguros a cubrir el financiamiento de esas operaciones (New York
Times, 2014).
Los ponderados
médicos cubanos son un producto de la educación militante que la revolución
introdujo para apuntalar la expansión internacional del socialismo. Cuando esa
meta se frustró, el país debió afrontar la paradoja de contar con una población
educada y con ambiciones del Primer Mundo, en una frágil economía del Tercer
Mundo.
Una masa de
trabajadores y profesionales con altos niveles calificación y conciencia
laboral se desempeña en una isla con industrias y sectores agrícolas de baja
productividad. Este divorcio entre el alto desarrollo cultural e intelectual de
la sociedad y el estrechísimo basamento económico tiene incontables
manifestaciones. Los receptores del turismo, por ejemplo, cuentan con mayor
preparación profesional que el promedio de los visitantes.
Esta desconexión
genera difíciles problemas para quienes no encuentran trabajo con
remuneraciones acordes a su especialidad. Que un taxista o un camarero
multipliquen con toda facilidad el ingreso de un ingeniero o un médico es la
mayor evidencia de esa extraña situación (Padura, 2010, 2012).
En los últimos 20
años Cuba registró cambios radicales en su economía, que generaron un segundo
tipo de problemas estructurales. El país sobrevivió aceptando el turismo, los
convenios con empresas extranjeras y un doble mercado de divisas, que segmenta
a la población entre receptores y huérfanos de las remesas.
La aparición de
este importante flujo de divisas determinó una transformación económico-social
muy significativa. El grueso de los dólares ingresados no es invertido. Se
transfiere al consumo, produciendo una fractura en el poder de compra entre los
sectores favorecidos o privados de esa moneda.
Algunos analistas
describen cómo este doble mercado creó una importante estratificación social.
Los marginados de ese circuito viven con presupuestos ajustados y se alimentan
con comidas austeras. Los que tienen divisas pueden disponer de mejores vestimentas,
computadoras o teléfonos celulares (Vandepitte, 2011).
Esta brecha surgió
en 1993 con la implantación de un doble mercado que buscó paliar la falta de
divisas. Ese impacto inequitativo fue atenuado con políticas impositivas. Para
adaptar el ideal igualitario a la adversidad externa, el estado acotó con gravámenes
la nueva desigualdad.
Un tercer problema
de la economía cubana deriva de la errónea imitación del modelo ruso de
estatización completa. La fascinación acrítica con la URSS condujo en los años
70 a una inoperante extensión del sector estatal, que impactó en forma muy
negativa sobre la productividad agro-industrial. Esa oleada de estatizaciones
anuló todos los pequeños comercios y fabricantes privados. En 1977 se
eliminaron los últimos vestigios de las actividades por cuenta propia.
Esas medidas
desconocieron que la transición al socialismo sólo es factible mediante un
paulatino avance del plan sobre el mercado, en función de la eficiencia lograda
por el sector estatal en comparación al privado. Cuba repitió la modalidad rusa
de estatización integral, sin considerar la aplicación de las estrategias más
moderadas que adoptaron Yugoslavia o Hungría.
Todos los intentos
para subsanar los inconvenientes creados por la estatización completa fueron
infructuosos. El trabajo voluntario, la zafra de 10 millones o la rectificación
de fines de 80 sólo aportaron paliativos. Tampoco fueron escuchados los cuestionamientos
expuestos en algunos organismos de la época como el CEA (Centro de Estudios
sobre América). El principal efecto negativo de esa estatización fue el declive
de la productividad y la dependencia que mantiene Cuba de la importación de
alimentos.
Seguramente esta
equivocación obedeció a problemas teóricos (incomprensión de la transición al
socialismo) y a manejos burocráticos. Pero también es cierto que no resultaba
fácil compatibilizar la prioridad asignada a la estrategia revolucionaria
continental, con políticas contemplativas hacia el mercado. El primer objetivo
requiere un nivel de idealismo, heroísmo y equidad que choca con la vida
comercial. Para los revolucionarios nunca fue sencillo equilibrar el
romanticismo con el realismo. Lenin y Trotsky enfrentaron problemas muy
semejantes a fines de los años 20 .
LAS REFORMAS EN
CURSO
Para lidiar con
este complejo escenario, el gobierno ha decidido ampliar la gravitación
económica del mercado con el objetivo de favorecer la inversión. Después de
muchas discusiones, y vacilaciones han comenzado a aplicarse las resoluciones
discutidas desde el 2008 y sintetizadas en los lineamientos del 2011. Se
relajan las restricciones vigentes para la pequeña actividad privada, se
autoriza la creación de negocios y la contratación de empleados. También se
anulará la libreta, habrá una paulatina liberalización de los precios y se
buscará eliminar la existencia de dos monedas.
Las medidas
incluyen una mayor autonomía en la gestión de las empresas estatales. Cada
firma podrá manejar en forma descentralizada su presupuesto, adquirir insumos y
vender productos en función de sus propios cálculos (PCC, 2011).
El objetivo
inmediato es el ahorro de divisas. A diferencia de la ex URSS o China, Cuba no
puede sobrevivir en la autarquía. Necesita dólares para adquirir combustibles e
importar alimentos. Por esta razón se ha dispuesto reordenar las cuatro fuentes
de ingreso de moneda dura: turismo, níquel, servicios profesionales y remesas.
Para reanimar la
agricultura se entregarán tierras ociosas a la pequeña producción privada y a
las cooperativas, buscando repetir la expansión que logró China en los años 80.
Pero la isla no sólo enfrenta una escasa disponibilidad de tierras fértiles. También
carga con un altísimo nivel de urbanización que dificulta los incentivos para
trabajar en el sector rural.
El punto más
conflictivo de las reformas es la introducción de un status de trabajadores
disponibles, para todos los afectados por la reorganización de las empresas
públicas. La falta de recursos obliga a transparentar la dura realidad de
compañías deficitarias, que no pueden ser solventadas por el estado. Por esta
razón se elimina el principio de garantía oficial del empleo. Se busca crear un
nuevo segmento de ocupados en el sector privado y cooperativo, que absorba los
recortes del trabajo estatal (Maiki, 2011).
El gobierno ha
pospuesto reiteradamente decisiones que chocan con las aspiraciones de la
revolución y con los valores pregonados durante décadas. Pero entiende que no
le queda otro remedio. Las reformas pro-mercantiles son vistas como el único
camino para superar el crítico estancamiento de la economía.
Estos cambios no
implican por sí mismos un retorno al capitalismo. Este sistema presupone
propiedad privada de las grandes empresas y bancos, formación de una clase
dominante y generalización de la explotación. Las reformas no introducen
ninguna de estas características. Amplían la gravitación de la gestión
mercantil en el marco precedente. Se otorgan concesiones a la acumulación
privada, con límites tendientes a evitar la restauración burguesa.
En los últimos años
comenzaron a implementarse estos cambios. Se han dispuesto numerosas
autorizaciones para la compra-venta de viviendas o automotores y se han
distribuido parcelas cultivables. Aparecieron pequeños negocios (como los
paladares de comidas) y numerosos emprendimientos comerciales.
Ya existe un clima
de mayor actividad privada y se avizoran inversiones en el mejoramiento de las
viviendas. La flexibilización introducida en este sector incluye restricciones
a la propiedad de extranjeros y a la herencia, para evitar una corriente de compras
desde Miami. Los principales convenios con empresas extranjeras están centrados
en la renovación del Puerto de Mariel y en la construcción de una zona
industrial en esa región.
Un punto crítico es
la emigración de trabajadores calificados. Desde la eliminación de las trabas
para viajar al exterior se ha registrado una fuerte corriente de salidas. Esta
expatriación se verifica especialmente entre los graduados universitarios. Mientras
no se genere trabajo para la masa de ingenieros, sociólogos o médicos será
difícil frenar ese drenaje de materia gris.
La reorganización
general del empleo ya comenzó con los 350.000 empleados que dieron el salto
hacia los pequeños negocios. Los trabajadores por cuenta propia conforman una
porción mínima (6%) de la fuerza laboral, pero podrían alcanzar un alto número
en los próximos años.
El peligro de una
gran oleada de corrupción junto a las reformas pro-mercado es una amenaza
conocida. Hay más de 300 funcionarios enjuiciados o encarcelados por este
motivo. Todos saben cómo esa enfermedad desangró a la ex URSS y afecta a China.
Pero el principal desafío es acelerar el ritmo de crecimiento de una economía
que no ha logrado expandirse a más del 2 o 3 % anual. Las inversiones son
escasas y el financiamiento internacional no llega (Rodríguez, 2014).
Las reformas se
desenvuelven hasta ahora en un marco semejante a la NEP ensayada en la URSS en
los años 20 y en China en la era pre-Deng. No traspasan los límites compatibles
con la continuidad de un proyecto socialista. La experiencia ha demostrado que el
salto hacia el capitalismo no se produce por simple extensión del radio
mercantil. Aparece cuando predomina el sector de la burocracia que favorece la
reconversión de las elites en clases dominantes.
Lo ocurrido en la
URSS demuestra que esa decisión política es el factor determinante del retorno
al capitalismo. Las divisas para repetir este proceso de restauración no se
encuentran en Cuba en manos de los funcionarios, sino entre los receptores de
dólares. Pero los dirigentes definen cómo se utilizan esos recursos.
COOPERATIVISTAS Y
ESTATISTAS
La reforma se
debate intensamente en la isla, desmintiendo la imagen de unanimidad o silencio
que existe en el exterior. Todos los mitos sobre la ausencia de discusiones se
basan en el desconocimiento de esas polémicas. Tres corrientes diferentes han
cobrado forma en estos debates. Un planteo destaca la conveniencia de preservar
la preeminencia del estado, otro promueve mayores mecanismos mercantiles y un
enfoque autogestionario postula expandir las cooperativas.
La propia marcha de
las reformas suscita también duros cuestionamientos al alcance previsto para el
trabajo asalariado. Hay reclamos de establecer impuestos compensatorios y
límites más precisos para esa contratación (Piñeiro Harnecker, 2010).
Otros señalamientos
polemizan con medidas que ampliarían la desigualdad social (creación de campos
de Golf, residencias exclusivas) y con iniciativas para permitir la adquisición
de propiedades por parte de extranjeros (Campos, 2011).
Muchos
cuestionamientos son formulados por los partidarios de reforzar las
cooperativas. Promueven alentar las redes de almacenes en los barrios y
reforzar las empresas de autogestión ya existentes (UBPC). Estiman que
reavivará la economía sin fomentar el individualismo (Isa Conde, 2011).
Este modelo
incentiva firmas auto-administradas que aprovechen el conocimiento de cada
territorio y sector. Propone formas de control social por parte de los
ciudadanos y los gobiernos locales sobre esos emprendimientos (Dacal Díaz,
2013).
Este enfoque se
inspira en un balance crítico del ahogo burocrático sufrido por esas empresas.
Recuerda que las UBPC enfrentaron trabas y tuvieron poca capacidad de decisión
en los esquemas organizativos verticalistas del pasado (Miranda, 2011).
Con estos planteos
se busca acotar el apetito por los beneficios que genera la reintroducción del
mercado. Se defienden los valores socialistas, limitando la apertura a la
iniciativa privada (Alonso, 2013).
Pero las
cooperativas no resuelven por sí solas los cuellos de botella que afronta la
economía. Aportan un complemento indispensable a las reformas introducidas para
transformar las divisas atesoradas (o consumidas) en inversión. En el escenario
actual, la creación de este sector de pequeña empresa privada es insoslayable.
China puede aportar créditos y Venezuela petróleo, pero Cuba debe reciclar sus
propias fuentes de ahorro hacia la actividad productiva.
Algunos
cuestionamientos frontales a las reformas desde ópticas puramente estatistas
presentan otro tono. Afirman que las transformaciones actuales abren el paso al
capitalismo, repitiendo el giro que inicio Gorbachov con la Perestroika.
Denuncian las propuestas burguesas de los documentos oficiales, atacan su
contenido anti-socialista e impugnan su proximidad con el neoliberalismo
(Fernández Blanco, 2011; Cobas Avivar, 2010).
Esta mirada retoma
los viejos argumentos de la ortodoxia, sin explicar por qué razón la
estatización completa afectó tan seriamente a la economía cubana. Supone que el
colapso de la URSS obedeció a simples conspiraciones reaccionarias, omitiendo
el rol asfixiante la burocracia y los privilegios que acumuló acallando el
descontento popular. Con esa visión supone que Cuba puede congelar su situación
actual, reciclando el estancamiento.
Este enfoque alerta
contra peligros reales de desempleo y polarización social. Pero no aclara cómo
se podría evitar la pauperización general reforzando un proceso de
estatizaciones sin recursos. Es cierto que existe una posibilidad de gestación
de clases dominantes con la malversación de los fondos estatales. Pero la única
forma de contrarrestar ese escenario es ampliando el control popular.
La reintroducción
del capitalismo no se consumará con el florecimiento de la pequeña propiedad.
Ese fantasma sirvió en el pasado para reforzar comportamientos burocráticos y
sofocar la iniciativa económica individual. No es cierto que la expansión del
comercio derivará en la inmediata creación de grandes riquezas privadas.
Esa secuencia
constituye ciertamente un riesgo, frente a un peligro mayor de colapso por
simple languidecimiento. Cuba enfrenta alternativas de supervivencia que exigen
optar por el mal menor.
Es puro fatalismo
suponer que toda NEP desembocará en el capitalismo como ocurrió con la
Perestroika. En el periodo que sucedió a muerte de Lenin el resultado fue
completamente diferente. Se afianzó la colectivización forzosa y el estatismo
coactivo. El desafío actual es evitar ambos desenlaces.
Los críticos
afirman que las reformas son implementadas por una casta burocrática para
perpetuar sus privilegios sacrificando la revolución. Pero no explican por qué
razón no consumaron ese tránsito luego del colapso de la URSS. En ese momento
tenían más argumentos que en la actualidad para abrazar la causa del
capitalismo.
En los hechos este
enfoque se limita a proponer alguna modalidad de planificación compulsiva, que
en el mejor de los casos conduciría a recrear una situación semejante a la
vigente en Corea del Norte. Cuba ha logrado evitar el encierro militar que
padece ese país. El estatismo extremo aporta más problemas que soluciones a las
disyuntivas que enfrenta el país.
CUESTIONAMIENTOS
DOGMÁTICOS
Una visión
convergente con las críticas del estatismo extremo postulan los enfoques
dogmáticos, que observan el curso actual de Cuba como una ratificación de la
restauración capitalista (Petit, 2011).
Este diagnóstico no
explicita los criterios que utiliza para caracterizar esa regresión y tampoco
expone datos sobre ese proceso. Simplemente constata la existencia de ese
retorno como un hecho que no exigiría mayores explicaciones. También sugiere
que el imperialismo apuntala este proceso, como si la isla no padeciera un duro
acoso estadounidense.
Esa mirada
establece además una analogía con China, suponiendo que el curso capitalista
pos-Deng se reproduce ahora en el Caribe. Con estas afirmaciones despacha el
tema y sanciona el entierro de la revolución.
Otra
caracterización inspirada en fundamentos parecidos ensaya argumentos más
consistentes, polemizando con nuestra visión. Acepta distinguir períodos o
modelos y evita enunciar la simple vigencia de un proceso restaurador. Toma en
cuenta nuestra comparación con la NEP soviética y considera que presentamos un
diagnóstico realista sobre los objetivos de las reformas pro-mercado.
Sin embargo estima
que nuestra mirada es puramente economicista. Considera que introducimos
comparaciones indebidas por la pérdida de una brújula política. Afirma que la
NEP de Lenin podría coincidir con iniciativas semejantes en China o Cuba, pero
estuvo inspirada en políticas revolucionarias ausentes en ambos países (Yunes,
2011).
Este enfoque valida
a Lenin y desecha a Castro, a pesar de reconocer la existencia de orientaciones
económicas parecidas. Justifica en el bolchevique lo que objeta en el
guerrillero por un simple presupuesto previo. Una figura es endiosada y la otra
descalificada, a pesar del rol equivalente que tuvieron en dos extraordinarias
revoluciones socialistas del siglo XX. No se entiende por qué razón esa
diferenciación invalidaría las semejanzas de programas económicos en coyunturas
comparables.
Si la NEP rusa fue
sólo meritoria por su bautismo leninista carece de relevancia como modelo para
la transición socialista. Si por el contrario brinda pautas para combinar el
plan con el mercado, es un esquema que puede ser valorado en distintas situaciones.
Este segundo criterio permite entender su relativa aplicación en varios
momentos de la URSS, China y Europa del Este. Evaluar esa instrumentación no
implica recurrir a ninguna simplificación economicista.
Nuestro objetor
denuncia a la burocracia como el principal enemigo de la revolución dentro de
Cuba. Pero con esta genérica denominación no indica quiénes son exactamente
esos conspiradores. Sugiere que la dirección castrista cumple ese rol de manera
análoga a Gorbachov, como si la resistencia del período especial hubiera sido
liderada por fantasmas.
El crítico denuncia
a los funcionarios que acumulan el dinero que se utilizará en la reconversión
capitalista. Nadie niega ese peligro. Pero de esa advertencia no se deduce la
existencia de una ley de repetición histórica, que augura para Cuba el mismo destino
seguido por la URSS.
Hay que presentar
indicios del cuestionado enriquecimiento para evaluar el alcance de la
involución denunciada. De lo contrario es puro prejuicio. En los últimos veinte
años la dirección cubana dio muestras de ejemplaridad y austeridad y las
principales manifestaciones de desigualdad involucraron más a los receptores de
divisas que a los funcionarios.
Pero si todo el
problema se redujera a señalar quién se enriquece, los dilemas de la economía
cubana quedarían inmediatamente superados difundiendo ese listado. El mayor
problema radica en definir una agenda: ¿Habría que prohibir el ingreso de
divisas desde el exterior? ¿Convendría anular el turismo? ¿Se deberían cortar
las inversiones extranjeras? ¿Habría que impedir el resurgimiento de la pequeña
propiedad?
Frente a estos
escabrosos problemas nuestros críticos optan por el silencio. Consideran que
cualquier definición induce al economicismo y prefieren transitar por la
nebulosa, olvidando que Cuba enfrenta dramáticas disyuntivas de subsistencia.
De sus críticas a las reformas sólo se deduce la promoción de alguna modalidad
de anulación total del mercado (como por ejemplo existió en Albania).
La otra opción
sugerida es la convocatoria a una revolución mundial inmediata, que permitiría
superar todos los dilemas del aislamiento construyendo el socialismo universal.
Pero las propias dificultades que han enfrentado en la última centuria las
corrientes dogmáticas para concretar esas victorias socialistas, ilustran la
complejidad de ese camino.
REALISMO Y
ESCEPTICISMO
Los críticos
depositan grandes expectativas en la democracia soviética para resolver las
asfixias económicas cubanas. Resaltan la centralidad que le asignó Trotsky a
este mecanismo, para superar los problemas de la economía rusa en los años 30.
Sin duda este
aspecto es importante, pero al sobrevalorarlo se termina esperando resultados
mágicos de su aplicación. La isla afronta embargos comerciales, provocaciones
militares, penuria de aprovisionamientos, carencia de recursos y pérdidas de
aliados estratégicos, que no desaparecen (ni se atenúan automáticamente) con
mayores cuotas de democracia interna.
Trotsky era un
político realista y nunca apostó al milagro de la democracia. Enfatizaba sus
críticas a la contrarrevolución stalinista, pero enunció propuestas económicas
muy precisas para Rusia. Se oponía a la estatización forzosa y proponía
combinar el plan con el mercado en sintonía con la NEP. Ese esquema puede
servir de antecedente a las reformas en curso en la isla (Trotsky, 1973; 1991:
55-72).
En el tema de la
democracia hay que ser muy cuidadoso con las comparaciones. Trotsky confrontaba
con Gulags y fusilamientos de bolcheviques que jamás existieron en Cuba. Al
contrario, ese país fue el epicentro del proceso revolucionario con mayor nivel
de democratización y participación popular del siglo XX. Logró consumar
transformaciones sociales ciclópeas con un número reducido de pérdidas humanas.
Además, mantuvo regímenes de excepción muy acotados en comparación a procesos
semejantes, incluido el caso soviético de la era Lenin-Trotsky
Los dogmáticos
ubican a las reformas cubanas pro-mercantiles dentro del paradigma ortodoxo
neoliberal. Estiman que introducen un plan de ajuste, contrapuesto a la
resistencia desarrollada durante el período especial (Yunes, 2010).
Lo más curioso de
esta caracterización no es la ceguera frente al evidente abismo que separa a la
política económica cubana de Thatcher, Merkel o Cavallo. Se presenta un
contrapunto con lo realizado por el mismo gobierno en la década precedente. Los
dirigentes que encabezaron una proeza de lucha contra el imperialismo, ahora
implementarían las recetas de Washington. ¿Cómo se produjo semejante mutación?
La explicación
dogmática habitual señala el comportamiento bonapartista de Castro frente a
la presión de las masas. Pero resulta muy difícil encontrar alguna evidencia
de esa relación, puesto que sobran los indicios opuestos de liderazgo oficial
en la resistencia de los 90. Tampoco es fácil demostrar la existencia de
rechazo popular a la posterior introducción de las reformas.
Los críticos
navegan en una maraña de contradicciones. Cuestionan la baja productividad de
la economía, pero sugieren encierros que acentuarían esa adversidad. Rechazan
el aislamiento, pero objetan la alianza de supervivencia que estableció Cuba en
el pasado con la URSS. Pronostican el fracaso de reformas económicas que recién
comienzan, sin explicar por qué razón las previsiones de colapso cubano
fallaron en los últimas dos décadas. Con ese tipo de miradas no se puede
calibrar la excepcional epopeya cubana de los últimos 50 años.
En otros sectores
del progresismo hay mayor cautela con los pronósticos, escasa preocupación por
la naturaleza social del régimen y gran escepticismo sobre el futuro. Suelen
remarcar el peso de la represión, el declive de la utopía libertaria y la
consolidación de un sistema político autoritario (Stefanoni, 2013).
Pero olvidan que en
las terribles condiciones de hostigamiento que ha padecido la isla se pudo
concretar una revolución con inéditos grados de libertad. Este nivel de
tolerancia no sólo superó los precedentes de Rusia o China, sino también al
grueso de las experiencias nacionalistas radicales. El trasfondo del problema
es la legitimidad de cualquier revolución y sus protecciones defensivas.
No es muy sensato
suponer que los logros en la isla se habrían podido obtener sin sufrimientos,
sacrificios y errores. La valoración de la revolución es particularmente
importante en un momento de tantas presiones para convertir a Cuba en un un
país normal. Con ese engañoso estandarte se puede enterrar todo lo construido
en medio siglo y abrir las puertas para recrear la desigualdad y criminalidad
predominantes en América Latina .
OPORTUNIDADES Y
EXPECTATIVAS
Algunos analistas
registraron en los últimos años la existencia de un clima de entusiasmo con los
cambios en curso. Destacan que Cuba vive una primavera que rompe con el
inmovilismo (Burbach, 2013). Otros partícipes más directos de este proceso
resaltan el impacto positivo del curso actual, pero advierten la necesidad de
adoptar iniciativas de mayor democratización, como la reforma del sistema
electoral y el acceso irrestricto a Internet (Campos, 2011).
En esta misma
evaluación se inscriben las propuestas de nuevos esquemas de difusión de la
información y control popular sobre la estructura estatal. Se remarca la
tardanza en implementar los cambios y también la insensibilidad frente a las
críticas (Dacal, 2013).
Esos desaciertos
tuvieron negativas consecuencias en el pasado. El entusiasmo por un cambio no
dura eternamente. Conviene recordar todas las oportunidades de renovación del
socialismo que se perdieron en los países del Este. La frustración que siguió a
la Primavera de Praga desmoralizó a toda una generación y facilitó la posterior
restauración del capitalismo.
La apatía es el
principal peligro en una sociedad que pasó la prueba del período especial, pero
debe cicatrizar las heridas que dejó ese trauma. En la coyuntura actual hay que
lidiar con la desesperanza que genera la necesidad del cambio y la preocupación
por sus consecuencias. El giro hacia el mercado implica la adopción de medidas
que muy pocos desean y todos comprenden (Guanche, 2011).
Involucrar a los
ciudadanos en el manejo directo de su futuro es el principal antídoto contra
los peligros de las reformas. Este propósito puede lograrse apuntalando la
democracia socialista. La vitalidad de este sistema es un remedio efectivo
contra la apatía. Lo ocurrido en la URSS debe servir de contra-ejemplo. Como la
población se consideraba ajena al régimen político se mantuvo al margen de los
cambios que restauraron el capitalismo.
Cuba cuenta con
niveles de democracia real superiores a cualquier plutocracia capitalista. Sus
líderes no son elegidos por una elite de banqueros e industriales, ni surgen de
la cosmética publicitaria que construyen los medios de comunicación. Tampoco rige
el terror contra la población o la intimidación que impera en varios regímenes
policíacos de Centroamérica. Pero existen incontables manifestaciones de
insuficiencia de la democracia en el sistema político y la prensa. Las reformas
son la oportunidad para corregir esas deficiencias.
Si los cambios
económicos logran combinar acertadamente las cooperativas, la pequeña propiedad
y la primacía estatal, la recuperación de la economía renovará el optimismo.
Las transformaciones productivas y comerciales podrían generar mejoras visibles
en el nivel de vida de la población. El gran desafío es motorizar esos avances
con el mercado, impidiendo al mismo tiempo la restauración del capitalismo.
La clave inmediata
para sortear ese peligro es limitar la desigualdad social, mediante el
mantenimiento de sistemas educativos y sanitarios públicos y únicos. La
ejemplaridad de los dirigentes, junto a este soporte permitirá superar la nueva
encrucijada que afronta el país.
El pueblo cubano ha
demostrado una extraordinaria capacidad para sobreponerse a las dificultades
retomando la confianza en la revolución. Es el país que exige mayor cautela a
la hora de formular pronósticos. Muchas veces se dijo que no soportarían el bloqueo,
las invasiones, las penurias o el aislamiento y siempre salieron airosos.
Seguramente volverán a ganar la partida.
20-11-2014
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LA EPOPEYA CUBANA
Resumen
Cuba aportó un
ideario de transformación social y un ejemplo de resistencia que contribuyeron
a cambiar el escenario latinoamericano. Su esquema igualitario le permite
mantener indicadores sociales muy superiores a cualquier país equivalente. Pero
afronta adversidades geopolíticas que la obligan a introducir un cambio
significativo.
Una economía
moldeada para apuntalar la extensión del socialismo debió adaptarse al
escenario opuesto, modificando su estructura de elevada estatización. Las
reformas en curso están concebidas para ampliar la gravitación del mercado, sin
permitir el retorno al capitalismo.
Mientras que la
extensión del cooperativismo contrapesa el riesgo de enriquecimiento privado,
las propuestas de mayor estatismo agravarían el estancamiento. Muchas denuncias
de restauración capitalista se formulan sin caracterizaciones ni alternativas
viables. Mayores grados de democracia son necesarios, pero no generan milagros.
Hay que valorar la revolución y postular caminos para renovarla.

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