© Libro N° 13912. Inhibiciones
Y Dificultades En La Pubertad. Klein,
Melanie. Emancipación. Junio 7 de 2025
Título Original: © Inhibiciones Y Dificultades En La
Pubertad. Melanie Klein
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Original: © Inhibiciones Y
Dificultades En La Pubertad. Melanie Klein
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INHIBICIONES Y DIFICULTADES
EN LA PUBERTAD
Melanie Klein
Inhibiciones
Y Dificultades En La Pubertad
Melanie Klein
Biblioteca Melanie Klein
Inhibiciones y dificultades en la pubertad
(1922)
Es bien sabido que al entrar en la pubertad los
niños presentan con mucha frecuencia dificultades psicológicas y notables
cambios en su personalidad. Mis reflexiones, en este trabajo, se centrarán
sobre los problemas de los varones, dejando para otra ocasión los problemas del
desarrollo en las niñas.
Las dificultades de los varones pueden
adecuadamente ser atribuidas a la falta de un equipamiento psíquico necesario
para manejar su maduración sexual y los cambios físicos que implica. Abrumado
por su sexualidad, se siente a merced de sus deseos y de impulsos que no puede
satisfacer. Debe soportar una pesada carga psicológica. Pero esta explicación
es insuficiente para una completa comprensión de las preocupaciones y problemas
profundos y variados que encontramos en esta edad.
Algunos varones que tenían un carácter confiable y
alegra se tornan de pronto, o bien gradualmente, desafiantes, misteriosos, se
rebelan en el hogar o en la escuela y permanecen inmunes tanto a la ternura
como a la severidad. Algunos pierden la ambición y el placer de aprender y sus
fracasos escolares son motivo de preocupación, así como otros preocupan por sus
malsanos accesos de aplicación. Los maestros con experiencia conocen que, tras
ambas conductas, hay una autoestima tambaleante o dañada.
La pubertad pone de relieve un gran número de
conflictos de variada intensidad, muchos de los cuales ya existían tenuemente y
por ello permanecían ocultos; ahora pueden aparecer en forma extrema e incluso
alcanzar manifestaciones tales como el suicidio o actos criminales. Si además
tanto padres como maestros no son capaces de responder a las aumentadas
exigencias de este periodo, el daño que sufre el púber será aun mayor. Muchos
padres serán permisivos con sus hijos cuando lo que necesitan es que se les pongan
límites, o bien fallarán al no alentarlos cuando buscan su apoyo. Muy a menudo
ciertos maestros, que sólo toman en cuenta el éxito en los exámenes, descuidan
investigar las causas de los fracasos y carecen de comprensión frente al
esfuerzo que éstos significan.
No hay duda de que los adultos comprensivos
facilitan el progreso del niño, pero también es un error sobrestimar los
efectos del ambiente en la resolución
de las dificultades.
Todos los esfuerzos
de los padres
más amantes y comprensivos pueden fracasar debido a la ignorancia de qué
es lo que atormenta al niño; del mismo
modo, los maestros más experimentados y hábiles se verán desorientados
si no saben qué es lo que subyace tras los problemas del adolescente.
Por lo tanto, resulta urgente investigar más allá
de los acontecimientos físicos y mentales obvios, en áreas que son desconocidas
tanto para el adulto como para el propio niño; en otras palabras, se deben
descubrir las causas inconscientes mediante la inapreciable ayuda del
psicoanálisis, que tanto nos ha enseñado al respecto.
Freud reconoció, al tratar adultos neuróticos, la
enorme importancia de la neurosis infantil. Tanto él como sus discípulos
recogieron, a lo largo de muchos años de tratar adultos, pruebas convincentes
de que la etiología de la enfermedad mental debe buscarse en la temprana
infancia. Es en esa época cuando se forma el carácter y se establecen los
factores patológicos que más tarde provocan la enfermedad, cuando determinadas
situaciones la desencadenan actuando sobre una estructura psíquica inestable.
Es así como niños que parecían sanos o a lo sumo algo nerviosos pueden sufrir
después serios quebrantos en condiciones de cierta exigencia. En esos casos se
pone de manifiesto que la frontera entre "sano" y
"enfermo", "normal" y "anormal" nunca ha sido
bien definida. Esta fluidez de los límites es un carácter general que
constituye uno de los más importantes descubrimientos de Freud, quien
estableció que la diferencia entre "normal" y "anormal" es
sólo cuantitativa y no de estructura, hallazgo empírico constantemente
confirmado en nuestro trabajo.
Como consecuencia de nuestro prolongado desarrollo
cultural, estamos dotados desde el nacimiento de la capacidad de reprimir los
instintos, los deseos y su imaginería, es decir, radiarlos de la conciencia y
hundirlos en nuestro inconsciente. Allí permanecen vivos y activos, con toda su
potencialidad de provocar, si la represión fracasa, una amplia variedad de
enfermedades. Las fuerzas de la represión actúan principalmente sobre los
instintos más prohibidos, especialmente los sexuales. La "sexualidad"
debe ser comprendida en su sentido más amplío, tal como la ha definido el
psicoanálisis. La teoría de Freud nos enseña que la sexualidad es activa
desde el
comienzo de la
vida, buscando el
placer en sus
comienzos mediante los "instintos parciales", sin estar al
servicio de la procreación como en el adulto.
Los deseos sexuales infantiles y sus fantasías se
vinculan con los objetos más cercanos y significativos, es decir, los padres,
especialmente el del sexo opuesto. Todo niño normal experimentará un apasionado
amor por su madre y declarará su deseo de desposaría, por lo menos alguna vez
entre los tres y los cinco años de edad. Si tiene una hermana, ésta reemplazará
pronto a la madre como objeto deseado (1).
Estas declaraciones, que nadie toma en serio,
evidencian deseos y pasiones que, aunque inconscientes, tienen gran importancia
para su desarrollo. Su naturaleza incestuosa evoca una severa constricción
social, dado que su realización causaría regresión y disolución culturales. Por
consiguiente, están destinadas a ser reprimidas y a formar en el inconsciente
el complejo de Edipo, al que Freud denominó complejo nuclear de las neurosis.
La mitología y la poesía (2)demuestran la universalidad de los deseos que condujeron
a Edipo a matar a su padre y a cometer incesto con su madre, y el
psicoanálisis, tanto de personas enfermas como sanas, revela que existe en la
vida fantasiosa de todos.
La tempestuosa corriente instintiva que surge en la
pubertad incrementa las dificultades del adolescente con sus complejos y
entonces éste puede desfallecer.
La batalla entre los deseos y fantasías que tratan
de ser admitidos en la conciencia y las fuerzas represivas del yo agotan sus
fuerzas. El fracaso del yo puede causarle problemas e inhibiciones de toda
índole y aun enfermedades. En circunstancias favorables, las fuerzas en lucha
logran un cierto equilibrio. El resultado final determinará para siempre las
características de su vida sexual, siendo por consiguiente decisivo para su
futuro desarrollo, sobre todo si tenemos en cuenta que la tarea a cumplir durante
la pubertad es organizar los incoherentes instintos parciales del niño hacia
las funciones procreativas. Pari passu el niño debe desligarse internamente de
los lazos incestuosos que lo unen a su madre, si bien ellos constituirán la
base del modelo de su futuro amor. También es necesario un cierto grado de
separación externa de su fijación a los padres, para convertirse en un hombre
activo, vigoroso e independiente.
No es extraño pues que el individuo que en la
pubertad debe realizar la onerosa tarea propuesta por su desarrollo psicosexual
pueda llegar a sufrir de inhibiciones más o menos duraderas. Muchos maestros
experimentados me informan que los niños difíciles, cuando maduran y se tornan
buenos, amables y trabajadores, parecen sufrir de una disminución de su
vitalidad, curiosidad y receptividad previas.
¿Qué pueden hacer los padres y maestros para ayudar
a los niños en su lucha? El hecho de comprender los motivos de sus problemas
tiene por sí mismo un efecto
favorable sobre el
trato. El dolor
y la irritación lógicamente causados por sus
actitudes desafiantes, su desamor y mala conducta, serán más tolerables. Los
maestros reconocerán la transferencia hacia ellos de la rivalidad edípica del
niño con su padre. En el análisis de varones púberes se puede observar con
cuánta frecuencia los maestros se convierten en objetos de excesivo amor y
admiración, así como de odio y agresión inconscientes. El remordimiento y la
culpa que les ocasionan estos últimos sentimientos también forman parte de la
relación con el maestro.
La oscuridad y confusión de sus emociones pueden
causar en el niño un disgusto que a veces llega hasta el martirio por la
escuela y Por todo lo que sea aprendizaje. La bondad y comprensión del maestro
pueden ayudarlo, y la inalterable confianza de éste puede fortalecer la
autoestima del niño y moderar sus sentimientos de culpa.
Una situación favorable en estas circunstancias se
produce cuando tanto los padres como los maestros han podido lograr un clima de
libertad para hablar sobre los problemas sexuales, siempre y cuando el niño
desee. Las advertencias amenazadoras sobre cuestiones sexuales, especialmente
la masturbación, práctica universal durante la pubertad, naturalmente deben ser
evitadas. Es mucho mayor el daño que ellas causan que cualquier beneficio
concebible.
Lily Braun, en su magnífico libro Memorias de una
socialista, describe cómo trató durante su embarazo de crear una relación
amistosa con sus hijos adolescentes para esclarecerlos sexualmente. Sus
intentos fueron rechazados burlonamente, y ésa puede ser la suerte que corran
los más talentosos intentos de educación sexual. El rechazo o la reserva pueden
ser insuperables. Las oportunidades
de educar a
los niños tempranamente nunca volverán a presentarse,
pero si se intenta, es posible aliviar y hasta hacer desaparecer muchas
dificultades.
Habiendo agotado estos recursos nada más pueden
hacer los padres y maestros, por lo que deberá buscarse entonces una asistencia
más eficaz. Esta se encontrará en el psicoanálisis, cuya ayuda permitirá buscar
la causa de los problemas
y remover sus
malsanas consecuencias. La
técnica psicoanalítica, afinada a través de los años, permite descubrir
las causas, hacerlas conscientes y ayudar así a lograr un equilibrio entre las
demandas conscientes e inconscientes.
Mi trabajo con niños me ha convencido de que el
psicoanálisis de niños y de adolescentes, correctamente conducido, no es más
peligroso para un niño que para un adulto. La tan extendida preocupación de que
el psicoanálisis disminuye la espontaneidad de los niños es refutada por la
práctica. Por lo contrario, muchos niños han recuperado su alegría, perdida en
el pozo de sus conflictos, gracias al análisis. Aun a una edad muy
temprana el análisis
no causa daño
ni convierte a
los niños en
seres asociales e incivilizados, sino que, inversamente, al liberarlos
de sus inhibiciones, les permite el pleno uso de todos sus recursos emocionales
e intelectuales, puestos al servicio de su desarrollo cultural y social.

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