© Libro N° 13910. Un Billete De
Lotería. Verne, Julio.
Emancipación. Junio 7 de 2025
Título Original: © Un Billete De Lotería. Julio
Verne
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Original: © Un Billete De
Lotería. Julio Verne
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UN BILLETE DE LOTERÍA
Julio Verne
Un Billete De
Lotería
Julio Verne
Julio Verne
UN BILLETE DE LOTERÍA
El número 9672
(1886)
-¿Que
hora es? -preguntó la señora Hansen, despues de sacudir la ceniza de su pipa,
cuyas últimas bocanadas se perdieron entre las vigas coloreadas del techo.
-Las ocho, madre-contestó Hulda.
-No es probable que lleguen viajeros durante la
noche; el tiempo es demasiado malo.
-No creo que venga nadie. En todo caso, las
habitaciones están preparadas, y oiré muy bien si llaman desde afuera.
-¿No ha llegado tu hermano?
-Aún no.
-¿Ha dicho si volvería hoy?
-No, madre. Joel ha ido a acompañar un viajero al
lago Tinn, y como se ha marchado muy tarde, no creo que esté de regreso a Dal
hasta mañana.
-Entonces, ¿pasará la noche en Moel?
-Sí, sin duda, a menos que no llegue hasta Bamble a
hacer una visita al granjero Helmboe...
-¿Y a su hija?
-Sí, a Siegfrid, mi mejor amiga, a la que quiero
como a una hermana -contestó la muchacha sonriendo.
-Bien, cierra la puerta, Hulda, y vámonos a dormir.
-¿Se encuentra usted mal, madre?
-No, pero mañana tengo que levantarme temprano.
Tengo que ir a Moel...
-¿Para que?
-Y pues, ¿no tenemos que renovar nuestras
provisiones para la próxima temporada?
-¿Ha llegado ya el mensajero de Cristianía, con su
carro de vinos y comestibles?
-Sí, Hulda, esta tarde-contestó la señora Hansen-.
Lengling, el encargado del aserradero, lo ha encontrado y me ha avisado al
pasar. Ya no nos queda
gran cosa de nuestras conservas de jamón y salmón
ahumado, y no quiero exponerme a hallarme desprevenida. De un día a otro, sobre
todo si el tiempo mejora, los turistas pueden empezar sus excursiones al
Telemark. Es necesario que nuestra hostería se halle en condiciones de
recibirlos y que encuentren aquí todo lo que puedan menester durante su
estancia. ¿No ves, Hulda, que estamos ya al 15 de abril?
-¡Al 15 de abril!-murmuró la muchacha.
-Entonces -prosiguió la señora Hansen-, mañana me
ocuparé de todo esto. En dos horas haré todas mis compras, que luego el
mensajero nos traera aqui, y regresar‚ con Joel en su kariol (1).
(1) Especie de calesa sin capote, muy usada en
Noruega.
-Madre, Si por casualidad tropieza con el cartero
no se olvide de preguntarle si trae alguna carta para mí.
- ¡Y sobre todo para ti! Es muy posible, ya que la
ultima carta de Ole es de hace un mes.
- ¡Sí! ¡Un mes...! ¡Un largo mes!
-No te acongojes, Hula. Este retraso no debe
extrañamos. Por otra parte, si el correo de Moel no nos trae nada, lo que no ha
llegado por Cristianía puede llegamos por Bergen.
-Sin duda-contestó Hulda- eso espero ¿Que quiere
usted, madre? Si tengo pena es porque están tan lejos de aquí las pesquerías de
Terranova. Todo el mar de por medio, ¡y con el mal tiempo ademas! Hace cerca
de un año que mi pobre Ole se marchó y ¿Quién puede decimos cuándo volverá a
Dal?
-¡Y
si nos encontrará a su regreso! -murmuró la señora Hansen, pero tan bajo que su
hija no pudo oirla.
Hulda cerró la puerta de la posada, que se
levantaba en el camino de Vestfjorddal. No se preocupó de dar la vuelta a la
llave. En aquel hospitalario pais de Noruega, estas preocupaciones no son
necesarias.
Conviene, ademas, que cualquier viajero pueda
entrar, tanto de día como de noche, en la casa de los gaards y de los soeters,
sin que nadie tenga que acudir a abrirle las puertas.
No son de temer las visitas de vagabundos ni
malhechores, ni en los pueblos ni en las aldeas mas recónditas de la provincia.
Ningún atentado criminal contra los bienes o las personas del lugar ha turbado
jamás la seguridad de sus habitantes.
La madre y la hija ocupaban dos habitaciones en el
primer piso de la parte delantera de la hosteria -dos habitaciones claras y
limpias, amuebladas modestamente, es verdad, pero tan bien aseadas que
demostraban el cuidado de una buena ama de casa. En el piso superior se hallaba
la habitación de Joel, cuya ventana estaba enmarcada en madera labrada con
arte. A través de la ventana la vista podia recorrer un extenso horizonte de
montañas y descender hasta el fondo de un angosto valle, por el cual se
deslizaban el Maan, mitad río, mitad torrente. Una escalera de madera, de
recios peldaños encerados, subia de la gran sala de la planta baja hasta los
pisos superiores. Nada mas atractivo que el aspecto de la casa, en donde el
viajero hallaba un confort poco comun en los demas albergues de Noruega.
Hulda y su madre ocupaban, pues, el primer piso.
Allí se retiraban pronto, cuando se hallaban solas.
La señora Hansen, alumbrándose con un candelabro de cristal multicolor, empezó
a subir los primeros escalones, cuando de pronto se detuvo:
Llamaban a la puerta. Oyeron una voz que gritaba:
-¡Eh! ¡Señora Hansen! Señora Hansen.
La señora Hansen volvió a bajar.
-¿Quién puede ser, tan tarde?-dijo.
-¿Quizá le habrá ocurrido un accidente a
Joel? -añadió vivamente Hulda.
E inmediatamente se dirigió hacia la puerta.
Era un muchacho-uno de esos chiquillos que hacen el
oficio de skydskart, que consiste en colgarse detrás de los kariols y conducir
el caballo a la posta
cuando se ha terminado la etapa. Este había venido
andando, y permanecía de pie en el umbral.
-¿Que quieres a estas horas?-dijo Hulda.
-Primeramente desearos buenas noches -contestó el
muchacho.
-¿Esto es todo?
-=No! Esto no es todo, pero ¿no debe empezarse
siempre por ser bien educado?
-Tienes razón. Bueno, ¿Quién te envía?
-Vengo de parte de vuesiro hermano Joel.
-¿Joel...? ¿Y por que? -preguntó la señora Hansen.
Se había acercado a la puerta, con este andar lento
y mesurado que caracteriza a los habitantes de Noruega.
No obstante, la respuesta del muchacho era evidente
que había causado alguna emoción a la madre, pues se apresuró a preguntar:
-¿Le ha ocurrido algo a mi hijo?
-¡Sí...! Ha llegado una carta que el correo de
Cristianía había traído de Drammen...
-¿Una carta que viene de Drammen? -exclamó
vivamente la señora Hansen bajando la voz.
-No lo sé-contestó el chico-. Lo único que sé es
que Joel no puede venir hasta mañana y me ha enviado aquí para que os entregue
esta carta.
-¿Es muy urgente?
-Así parece.
-Dame-dijo la señora Hansen, con una voz que
denotaba una gran inquietud.
-Aquí esta, bien limpia y sin arrugas. Pero esta
carta no es para usted.
La señora Hansen respiró aliviada.
-¿Y para quien es?-preguntó.
-Es para su hija.
-¡Para mí! -dijo Hulda-. Es una carta de Ole,
estoy segura, una carta que habrá llegado por Cristianía. ¡Mi hermano no habrá
querido hacerme esperar!
Hulda había cogido la carta y acercándose a la luz
del candelabro, que había depositado encima de la mesa, miró la dirección.
-¡Sí...! ¡Es de el...! ¡Es de el...!
¡Ojalá me anuncie el regreso del Viken!
Entretanto, la señora Hansen decía al muchacho:
-¿No quieres entrar?
-Sólo un minuto. Debo volver esta noche a casa,
porque estoy comprometido para mañana por la mañana para un kariol.
-Pues bien, te encargo que digas a Joel que tengo
pensado ir a su encuentro. Que me espere.
-¿Mañana por la noche?
-No, durante la mañana. Que no se vaya a Moel sin
haberme visto antes. Dile que regresaremos juntos a Dal.
-De acuerdo, señora Hansen.
-Vamos, ¿tomarás un vasito de brandevin?
-Con mucho gusto.
El muchacho se había acercado a la mesa y la señora
Hansen le ofreció un poco de este aguardiente, reconfortante contra la humedad
de la noche. Se lo bebió de un trago sin dejar una sola gota en el fondo del
vaso. Luego dijo:
-¡God aften!
-¡God aften, muchacho!
Es el buenas noches noruego. Pronunciadas estas
palabras simplemente, sin una inclinación de cabeza, el muchacho salió, no
preocupándole la larga caminata que debía hacer. El ruido de sus pasos perdióse
pronto entre los árboles del sendero que corre a lo largo del río.
Hulda continuaba contemplando la carta de Ole sin
apresurarse a abrirla. Esta frágil hoja de papel había tenido que atravesar
todo el Océano para llegar
hasta ella, todo este extenso mar, en el cual se
pierden los ríos de la Noruega occidental. Examinaba los diferentes sellos que
la cubrían. Echada al correo el
15 de marzo, esta carta no había llegado a Dal
hasta el 15 de abril.¡Cómo! ¡Hacía un mes ya que Ole la había escrito! ¡Cuántos
acontecimientos habían podido ocurrir durante este mes en aquellos parajes de
Terranova! ¿No estaban aún en período de inviemo, poco peligroso de los
equinoccios? Estos lugares de pesca son los peores del mundo, con sus
formidables vendavales, que les llegan del Polo a través de las llanuras
canadienses. Oficio penoso y peligroso es el oficio de pescador, que era el de
Ole. Y si lo hacía era sólo para entregarle todos sus beneficios a ella, su
prometida, con quien debía casarse a su regreso. ¡Pobre Ole! ¿Que le diría en
aquella carta? Sin duda, que la amaba como siempre, así como Hulda lo amaría
siempre también, que sus pensamientos se confundían en uno solo, a pesar de la
distancia, y que ya quería ver llegado el día de su regreso a Dal.
¡Sí! Seguramente diría todo esto- Hulda estaba
segura de ello. Pero, quizá añadiria que su regreso estaba ya muy
próximo, que esta campaña de pesca,
que arrastra a los marinos de Bergen tan lejos de
su tierra natal, ya tocaba a su fin. ¿Quizá Ole le diría que el Viken
acababa de estibar su cargamento y que se preparaba a aparejar, que los últimos
días de abril los verían ya reunidos en su feliz hogar de Vestfjorddal? ¿Y
Quizá también le diría, en fin, que podían fijar ya la fecha en que el
cura llegaría a Moel para darles su bendición en la modesta capilla de madera,
cuyo campanario emergía por entre el espeso ramaje de los árboles, a
algunos centenares de pasos de la posada de la señora Hansen?
Para saberlo, era suficiente tan sólo romper el
sello del sobre, sacar la carta de Ole, leerla, incluso a través de las
lágrimas de pena o de alegría, que su
contenido podría provocar en los ojos de Hulda. Y,
sin duda, mas de una impaciente muchacha del Mediodía, de Dinamarca o de
Holanda, sabría ya lo que la joven noruega no sabía aún. Pero así lo quiere. Y
cuántas veces lamentamos despertar, al sufrir la decepción de la realidad.
-Hija mía -dijo la señora Hansen-, esta carta que
te ha enviado tu hermana, ¿es una carta de Ole?
-¡Sí! He reconocido su letra.
-Pues bien, ¿es que esperas a mañana para leerla?
Hulda miró por última vez el sobre. Luego, despues
de abrirlo sin apresurarse sacó una carta, pulcramente escrita, y leyó lo
siguiente:
Saint Pierre-Miquelon, 17 de marzo de 1862.
Querida Hulda:
Estarás contenta de saber que nuestras operaciones
de pesca han prosperado y que terminarán dentro de breves días. ¡Sí! Estamos
llegando al fin de la campaña. despues de un año de ausencia, que feliz seré
al volver a ver y encontrar la única familia que me queda, y que es la tuya!
Mi parte en los beneficios es muy buena.
Servirá para establecer nuestro hogar. Nuestros armadores de Bergen están
ya advertidos que el Viken llegará probablemente entre el 15 y el 20 de
mayo. Ya puedes prepararte a verme en estas fechas, lo mas tarde dentro de
algunas semanas.
Querida Hulda, espero hallarte aún mas bonita que a
mi partida y, al igual que tu madre, en buena salud. Y en buena salud también
espero hallar a mi
entrañable amigo, mi querido primo Joel, tu
hermano, aunque no desea otra cosa que serlo mío también.
Haz llegar mi afecto también a tu madre, la señora
Hansen, que ya veo desde aquí sentada en su sillón de madera, cerca de la vieja
estufa, en el salón de
tu casa. Repítele que la quiero dos veces, primero
porque es tu madre y luego porque es mi tía.
Sobre todo no os molestéis por venirme a esperar a
Bergen. Es muy posible que el Viken llegue mucho antes de lo que digo. Sea como
sea, a las veinticuatro horas de haber desembarcado, mi querida Hulda, ya
puedes contar que me tendrás en Dal. Pero no te sorprendas mucho si llego
antes.
Hemos sufrido muchos y fuertes temporales durante
este inviemo, el peor que nuestros marinos han pasado. Por suerte el gran banco
de bacalao nos ha
surtido abundantemente. El Viken lleva una carga de
cerca de cinco mil quintales, para entregar en Bergen, y que ya han sido
comprados por adelantado.
En fin, lo que debe interesar a la familia es que
hemos tenido mucho éxito y que las ganancias serán muy buenas para mí.
ademas, si no es precisamente la fortuna lo que te
traigo, tengo como una idea, o mejor aún, como un presentimiento, de que ésta
me esperará a mi regreso. ¡Si! La fortuna... sin contar con la felicidad.
¿Cómo...? ¡Ah!, éste es mi secreto, queridísima
Hulda, y debes perdonarme de tener un secreto para ti.
¡Es el único! Y también te lo he de decir...
¿cuándo. . . ? Pues bien, cuando sea el momento; antes de nuestra boda, si ésta
tuviera que aplazarse por
causas imprevistas; despues, si llego en la fecha
indicada y si, dentro de la semana siguiente a mi regr eso a Dal, tú te
conviertes en mi mujer, que es lo que mas deseo.
Te envío un abrazo, querida Hulda. Besa de mi parte
a la señora Hansen y a mi primo Joel. Un beso, ademas, para tu frente, sobre la
cual la radiante corona de las desposadas del Telemark se convertir en la
diadema de una santa. Por última vez, adiós, querida Hulda, ¡adiós!
Tu prometido,
OLE KAMP.
CAPITULO II
DAL se compone sólo de algunas casas, unas a lo
largo de una carretera que a decir verdad es mas bien un sendero, las otras
diseminadas por los alrededores. Todas las casas miran hacia el angosto valle
del Vestfjorddal, de espaldas a las colinas del Norte, al pie de las cuales se
desliza el Maan. En conjunto de aquellas construcciones formaría uno de los
gaards tan corrientes en el país, si estuvieran bajo la dirección de un único
propietario de cultivos o de un granjero a sueldo. Pero tiene derecho a ostentar,
si no el nombre de villa, por lo menos el de aldea. Una pequeña capilla
construida en 1855, cuya cúspide está adomada con dos estrechas ventanas con
cristales de colores,levanta no muy lejos, a través del ramaje de los
árboles, su campanario cuadrado, todo de madera. Aquí y allí, por encima
de los arroyos que desembocan en el río, se levantan pequeños puenteS de
madera, recortada en festones. A lo lejos se oye el rechinar de uno o dos
aserraderos rudimentarios, que funcionan movidos por el torrente, con una rueda
para accionar la sierra y otra para mover el madero.
A poca distancia, la capilla, los aserraderos, las
casas, las cabañas, todo parece bañado por una suave atmósfera de verdor,
oscura con los abetos, glauco con los abedules, que dibujan los árboles,
aislados o en grupos, desde las sinuosas orillas del Maan hasta la cumbre de
las altas montañas del Telemark. Esta es la aldea de Dal, fresca y sonriente,
con sus pintorescas viviendas, pintadas unas con colores suaves -verde manzana
o rosa pálido- y otras coloreadas por vivos colores, amarillo brillante o rojo escarlata.
Los tejados, hechos de corteza de abedul, recubiertos de verde césped, que
siegan en otoño, están sembrados de flores naturales. Todo ello es una delicia
que pertenece al país mas hermoso del mundo.
Por decirlo de una vez, Dal está en el Telemark, el
Telemark está en Noruega, y Noruega es como Suiza, pero con varios miles de
fiordos que permiten que el mar llegue hasta lamer el pie de sus montañas.
El Telemark está comprendido en esta porción
hinchada del enorme cuemo que representa Noruega entre Bergen y Cristianía.
Esta bailía -una dependencia de la prefectura de Batsberg- posee montañas y
glaciares como Suiza, pero no es Suiza. Tiene enormes cataratas como
Norteamérica, pero no es Norteamérica. Posee paisajes con sus casitas pintadas
y procesiones de habitantes, vestidos con atuendos de otros tiempos, como
algunos pueblos de Holanda,pero no es Holanda. El Telemark es mucho mejor que
todo esto, es el Telemark, país único en el mundo, quizá , por las
bellezas naturales que contiene. El autor ha tenido el placer de visitarlo. Lo
ha recorrido en kariol con caballos de posta -cuando encontraba-. Y se ha
llevado una impresión de encanto y de poesía tan viva aún en su memoria, que
quisiera impregnar con ella este relato.
En la época en que transcurre esta historia
-1862-Noruega no estaba aún atravesada por el ferrocarril que permite
actualmente ir de Estocolmo a Drontheim por Cristianía. En la actualidad una
inmensa red de vías férreas se ha extendido a través de estos dos países
escandinavos, poco inclinados a vivir una vida en común. Pero, encerrado en
estos vagones de ferrocarril, si el viajero va mas rapido que en kariol, no
puede ver nada, en cambio, de la originalidad de los caminos de antaño. Se
pierde la travesía de Suecia meridional por el curioso canal de Gotha, cuyos
barcos de vapor, elevándose de esclusa en esclusa, suben hasta trescientos pies
de altura. En fin, no puede detenerse ni en las cataratas de Trollentann, ni en
Drammen, ni en Konsberg, ni ver todas las maravillas del Telemark.
En aquella época el ferrocarril era sólo un
proyecto. Cerca de veinte años debían transcurrir antes que pudiera atravesarse
el reino de Escandinavia de parte a parte- en cuarenta horas-, e ir hasta el
cabo Norte, con billetes de ida y vuelta por el Spitzberg.
Precisamente Dal era entonces -y que lo sea por
mucho tiempo!- este punto central que atrae a los turistas extranjeros o
indígenas; estos últimos, estudiantes de Cristianía en su mayor parte. Desde
allí, pueden dispersarse por toda la región del Telemark y de Hardanger, subir
por el valle de Vestfjorddal entre el lago Mjos y el lago Tinn, y llegar a las
maravillosas cataratas del Rjukan. Sin duda sólo existe una única posada en
esta aldea; pero es la mas atractiva, la mas confortable que pueda desearse, la
mas importante también, ya que tiene cuatro habitaciones a disposición de los
viajeros. En una palabra, es la posada de la señora Hansen.
Algunos bancos rodean la parte inferior de sus
muros color de rosa, aislados del suelo por unos sólidos cimientos de granito,
las vigas y las planchas de
madera de abeto de sus paredes han adquirido con el
tiempo una dureza tal que el acero de un hacha se embotaría en ellas. Entre los
maderos, dispuestos
horizontalmente unos encima de otros, se ha formado
una junta de musgo mezclado con arcilla que impide a las mas violentas lluvias
de inviemo penetrar en el interior. Los techos de las habitaciones están
pintados en rojo y negro, contrastando con los colores mas alegres de las
paredes. En un rincón de la gran sala de estar, una estufa circular, cuyo tubo
se pierde en el
oscuro hueco de la chimenea de la cocina. Aquí
también la caja del reloj pasea sobre un ancho cuadrante esmaltado las agujas
labradas y va pautando los segundos con su sonoro tictac. mas all se
encuentra el viejo escritorio de molduras oscuras cerca de un trípode macizo.
Sobre una repisa se halla el candelabro de tierra cocida. Los mejores muebles
de la casa adoman esta estancia: la mesa de raíz de abedul, de patas robustas,
el cofre-baúl, de historiadas cerraduras, donde se guardan los hermosos trajes
de las fiestas y de los domingos, el gran sillón duro como una losa de iglesia,
las sillas de madera pintada, la rueda rústica, adomada con tonos verdes que
resaltan
vivamente sobre la falda roja de las hilanderas.
Luego, aquí y allí, el tarro para conservar la mantequilla, el rodillo para
comprímirla, la caja de tabaco y de rapé, de marfil esculpido. En fin, encima
de la puerta abierta que da a la cocina, un ancho estante exhibe sus hileras de
utensilios de cobre y latón, de bandejas y platos esmaltados, de cerámica y de
madera, la pequeña muela de afilar, medio hundida en su caracol bamizado, la
huevera, antigua y solemne, que podría usarse como caliz; y las paredes tan
alegres, cubiertas de tapicerías representando asuntos bíblicos, coloreadas con
todos los colores de la estampería de Epinal. En cuanto a las habitaciones de
los viajeros, no por ser mas sencillas son menos confortables, con sus pocos
muebles extremadamente limpios, sus cortinas verdes que cuelgan desde el techo,
su ancha cama cubierta de blancas sábanas de fresco lienzo de akloede y sus
artesonados, de los que cuelgan versículos del Antiguo Testamento, escritos en
tinta amarilla sobre fondo rojo.
No debemos olvidar que el suelo de la sala de
estar, así como el de las habitaciones de la planta baja y del primer piso,
están cubiertos de ramitas de abedul, de abeto, de enebro, cuyas hojas llenan
la casa con su vivificante perfume.
¿Cabe imaginarse una posada mas agradable en Italia
o en España? No! Y la oleada de turistas ingleses no había provocado aún un
alza en los precios,
como en Suiza-por lo menos en aquella época-. En
Dal, no era la libra esterlina, ni la onza de oro que desaparecían pronto de
los bolsillos del viajero, ló que circulaba, sino los species de plata, de un
valor aproximado a los cinco francos, y sus subdivisiones el marco, que valía
un franco, el skilling de cobre que no debemos confundir con el shilling
británico ya que
equivale a diez céntimos tan sólo. Tampoco ios
turistas podía hacer uso abusivo de los billetes de banco en Telemark. Allí
sólo existe el billete de un specie, que es blanco, el de cinco que es azul, el
de diez que es amarillo, el de cincuenta que es verde y el de cien que es rojo.
Con sólo dos mas se obtendrían todos los colores del arco iris.
Ademas -y esto no puede menospreciarse en esta
hospitalaria casa- , la alimentación es muy buena, cosa rara en la mayor parte
de las posadas de la región. En efecto, el Telemark justifica plenamente su
sobrenombre de El País de la leche cuajada". Ni en Tiness, Listhus,
Tinoset, ni en muchos otros lugares, se encuentra nunca pan, y cuando se
encuentra es de tan mala calidad que es mejor pasarse sin el. Lo sustituye una
especie de torta de avena, el flatbrod, seca, negra y dura como el cartón, o
bien una especie de pastel ordinario, hecho con una sustancia sacada de la
corteza de abedul mezclada con lique o paja trinchada. Encontrar huevos también
es raro, a menos que las gallinas hayan puesto ocho días antes. Pero en cambio
abundan la cerveza de clase inferior, la leche cuajada, dulce o agria, y a
veces un poco de café pero tan espeso que mas parece hollín hervido que el
delicioso brebaje de Moka, de Borbón o de Río Núñez.
En la casa de la señora Hansen, al contrario, la
bodega y la despensa estaban convenientemente provistas. ¿Que mas pueden desear
los turistas mas exigentes? Salmón cocido, salado o ahumado, hores, salmón de
los lagos que no ha conocido nunca las aguas amargas, peces de los ríos del
Telemark, aves, ni demasiado duras, ni demasiado secas, huevos preparados de
mil maneras, finas galletas de centeno y de cebada, frutas y muy
particularmente fresas, pan moreno, pero de excelente calidad, cerveza y viejas
botellas de vino de Saint-Julien, que propaga hasta aquellas lejanas tierras la
fama de dos viñedos de Francia.
La buena reputación de la posada de Dal se extendía
por todos los países del norte de Europa.
Cosa que puede comprobarse, ademas, hojeando las
amarillentas hojas del libro en el cual los viajeros se complacen en estampar
su nombre al pie de mas de un cumplido dedicado a la señora Hansen. La mayoría
de estos son suecos y noruegos, llegados de todos los puntos de Escandinavia.
No obstante, también los ingleses abundan; y uno de
ellos, por haberse tenido que esperar una hora para contemplar la cumbre del
Gusta despejada de
las brumas matinales, escribió británicamente en
una de sus páginas:
Patientia omnia vincit.7,
también hay algunos franceses, uno de los cuales,
que es mejor no nombrar, se permitió escribir:
No tenemos mas que alabamos de la recepción
que se nos ha hecho en esta posada.
Aun con faltas gramaticales y todo, esta frase de
reconocimiento rinde homenaje a la señora Hansen y a su hija, la simpática
Hulda del Vestfjorddal.
CAPITULO III
Sin estar muy versado en la ciencia etnográfica,
puede afirmarse, de acuerdo con ciertos sabios, que existe un parentesco entre
las altas familias de la
aristocracia inglesa y las antiguas familias del
reino escandinavo. Se encuentran numerosas pruebas de ello en muchos nombres de
antepasados, que son idénticos en ambos países. Y no obstante, no existe una
aristocracia en Noruega. Pero aún cuando domine la democracia ello no obsta
para que sean aristócratas en alto grado. Todos son iguales por lo alto, en vez
de serlo por lo bajo. Hasta en las mas humildes cabañas vemos el árbol
genealógico, que no ha degenerado por haberse arraigado en tierra plebeya. En el
se resaltan los blasones de las familias nobles de la época feudal de los
cuales descienden estos sencillos campesinos.
Lo mismo ocurría con los Hansen de Dal, parientes,
en grado remoto, sin duda, de estos pares de Inglaterra, creados despues de la
invasión de Rollón
de Normandía. Y, si no poseían ya la situación y la
riqueza, habían conservado por lo menos el orgullo primitivo, o mejor aún, la
dignidad, que la sustituye
en todas las condiciones sociales.
-¡Ademas,
poco importaba! Aún cuando sus antepasados fueran de alta alcumia, no dejaba de
ser Harald Hansen el posadero de Dal. Había heredado la casa de su padre y de
su abuelo, cuya situación en el país se complacía en recordar. Despues, su
mujer había continuado ejerciendo esta profesión de manera que se hizo
merecedora del afecto general.
¿Había hecho fortuna Harald, en aquel oficio?
Nadie lo sabía. Pero había podido educar a su hijo
Joel y a su hija Hulda, sin que ninguno de los dos tuviera que sentir la dureza
de la vida. E incluso había acogido a un hijo de una hermana, Ole Kamps, a
quien la muerte de sus padres había dejado huérfano. Y al cual había educado
como a sus propios hijos.
Sin su tío Harald, este muchacho no hubiera vivido
mucho, y Ole Kamp sentía por sus padres adoptivos un agradecimiento y un afecto
filial. Nada debería romper jamás este lazo que le unía a la familia Hansen. Su
boda con Hulda lo estrecharía mas y atándole a ellos para toda la vida.
Harald había muerto hacía aproximadamente unos
dieciocho meses. Sin contar la posada de Dal, al morir dejó a su viuda un
pequeño soeter situado en la montaña. El soeter es como una granja aislada de
un rendimiento generalmente mediocre, cuando no nulo. Y las últimas temporadas
no habían sido muy buenas. Todos los cultivos habían sufrido, incluso los
pastos. Hubo muchas de aquellas noches de hierro, como las llaman los
campesinos noruegos, noches de viento y de helada, que destrozan los cultivos
hasta las simientes. De aquí proviene la ruina de los cultivadores del Telemark
y de Hardanger.
Pero, si la señora Hansen sabía muy bien a que
atenerse sobre su situación, no lo había manifestado nunca a nadie, ni aún a
sus hijos. De carácter frío y
tacitumo, era poco comunicativa, de lo que Hulda y
Joel sufrían visiblemente. Pero, con aquel respeto para el cabeza de familia,
innato en los países del norte, se mantenían también en una reserva que no
dejaba de serles penosa. Por otra parte, la señora Hansen no pedía nunca ayuda
ni consejo, estando siempre absolutamente convencida de la seguridad de su
juicio, siendo, en este aspecto, muy noruega.
La señora Hansen tenía a la sazón cincuenta años.
Si la edad había blanqueado su cabeza, no podía
decirse que hubiera encorvado su talle, ni menguado la vivacidad de su mirada,
de un azul intenso, color que había heredado los ojos de su hija. Inicamente su
cutis se había vuelto amarillento como un viejo pergamino, y algunas arrugas
empezaban a surcar su frente.
La señora, como dicen en los países escandinavos,
iba vestida invariablemente con una falda negra, a grandes pliegues, en señal
de luto desde la muerte de Harald. Su corpiño oscuro ceñíase sobre una blusa de
algodón crudo. Cubría sus espaldas una pañoleta oscura, que cruzaba sobre su
pecho, cubriendo parte del ancho delantal que se ataba a la espalda. Su cabeza
iba siempre cubierta por un gorrito de gruesa seda negra, especie de cofia que
va desapareciendo de los tocados de moda. Sentada muy derecha, en su sillón de
madera, la grave hostelera de Dal no abandonaba su rueca mas que para fumar una
pequeña pipa de corteza de abedul, cuyas volutas de humo la envolvían en
ligeras nubes.
En verdad, la casa hubiera parecido quizá muy
triste sin la presencia de los dos muchachos.
Joel Hansen era un chico estupendo. De veinticinco
años, fomido, alto, como todos los montañeses noruegos, arrogante sin
fanfarronería, atrevido sin ser
temerario. Era de un rubio castano, con unos ojos
azul oscuro, casi negros. Su vestido haca resaltar sus anchos hombros, que no
se doblaban fácilmente, su
ancho pecho, dentro del cual funcionaban
admirablemente sus buenos pulmones de guía de las montañas, sus brazos
vigorosos, sus piemas acostumbradas a las ascensiones mas difíciles de las
altas cumbres del Telemark. Su chaqueta azul, ceñida a la cintura, se cruzaba
sobre el pecho en dos tiras verticales y estaba adomada con dibujos de colores
en la espalda parecidos a los de algunas túnicas celtas de Bretaña.
El cuello de la camisa se abría ampliamente. Sus
calzones amarillentos estaban recogidos debajo de la rodilla por unas ligas con
bucles. Cubría su cabeza un sombrero oscuro de anchas alas, con bordes rojos, y
sus piemas con polainas o con botas altas, de gruesa suela, de tacón plano,
parecidas a las botas de mar.
Joel había escogido el oficio de guía de la bailía
del Telemark y hasta de lo mas hondo de las montañas del Hardanger. Siempre
dispuesto a partir, infatigable, merecía comparársele a estos héroes noruegos
como Rollón-el-Andador, celebre en las leyendas del país. Acompañaba a los
cazadores ingleses que acudían a cazar el riper, ave marina mayor que la de las
Hébridas, el jerper, perdiz mas delicada que la de Escocia. Llegado el inviemo,
la caza de lobos lo atraía, cuando estos animales carniceros empujados por el
hambre, se aventuraban por las superficies de los lagos helados. Luego, en
verano, era la caza del oso, cuando este animal, seguido por sus crias, viene a
buscar su alimento de hierba fresca, y que debe perseguirse a través de las
mesetas, a uma altura de mas de mil pies, mas de una vez Joel no perdió la vida
gracias a su prodigiosa fuerza, que le hacía capaz de resistir los terribles
abrazos de estas formidables bestias, y a su imperturbable sangre fría, que le
permitía desprenderse de ellas.
En fin, cuando no había ni turistas para guiar al
valle del Vestfjorddal, ni cazadores para acompañar a los fields (2), Joel se
ocupaba del pequeño soeter, situado algunas millas lejos, en la montaña. La
señora Hansen tenía empleado alli a un joven pastor, que estaba encargado de
guardar una media docena de vacas y una treintena de ovejas, ya que el soeter
sólo disponía de pastos, ninguna clase de cultivos.
Por su carácter amable y servicial, Joel era
conocido en todos los gaards del Telemark, lo que quiere decir que todos le
querían. Por su parte, el adoraba
sobre todo a tres personas, que eran su madre, su
primo Ole y su hermana Hulda.
Cuando Ole Kamp se había marchado de Dal para
embarcarse por última vez, Joel sintió mas que nunca no poder dar una buena
dote a Hulda que le hubiera permitido no separarse ya de su prometido.
Verdaderamente, si hubiera estado en condiciones de hacerse a la mar, no habría
dudado en embarcarse en lugar de su primo. Pero para casarse era necesario
disponer de algún
dinero, y como la señora Hansen no se habia comprometido con el joven, Joel
comprendió que por el momento no podía sacar nada de los bienes familiares. Por
tanto, Ole tuvo que partir a lo lejos, mas allá del Atlántico. Joel lo había
acompañado hasta el límite del valle, por la carretera de Bergen, y se despidió
de el con un fuerte abrazo, deseándole un buen viaje y un feliz regreso. Luego
había vuelto a su casa para consolar a su hermana, a quien quería con un amor a
la vez fratemal y patemal.
Hulda tenía a la sazón dieciocho años. No se
trataba de una piga, nombre que se da a las sirvientas de las hosterías
noruegas, sino de una verdadera froken, la señorita, del mismo modo que su
madre era la señora de la casa. ¡Que carita mas simpática la suya, encuadrada
por sus rubios cabellos, casi dorados, que le caían por la espalda en largas
trenzas! que fino era su talle, ceñido por el corpiño de paño rojo a rayas
verdes, adornado con bordados de colores, entreabierto por delante, y del que
salía la blusa blanca, cuyas mangas se ceñían a las muñecas anudadas con cintas
de color! Cuán graciosa era su figura, cuando se ponía el cinturón verde con
cierres de filigrana de plata, que sostenía la falda verde también cubierta por
un delantal de bordados multicolores, y bajo el cual asomaban las lindas piemas
enfundadas en blancas medias. ¡Sí!, la novia de Ole era encantadora, con esta
fisonomía un poco melancólica de las muchachas del Norte, pero sonriente al
mismo tiempo. Su presencia evocaba el recuerdo de Hulda la Rubia, de la cual
ella llevaba el nombre, que la mitología escandinava ha creado como un hada
feliz que vela en el hogar doméstico.
Su aire modesto y reservado no le quitaba la gracia
con que sabía acoger a los huespedes de un día, que se detenían en el albergue
de Dal. Ya era conocida
en el ambiente turístico. ¿No era ya una atracción
el poder cambiar con Hulda un cordial apretón de manos?
Y luego decirle:
Gracias por esta comida. ¡ ack for mad !
Y que mas agradable que oírla contestar con su voz
fresca y sonora:
¡Que os sea provechoso. ll ed bekomme!
CAPITULO IV
HACIA un año que Ole Kamp se había marchado.
Tal como había dicho en su carta, aquella campaña
de invierno en los parajes de Terranova era sumamente ruda. ¡Bien es verdad que
se llega a ganar
mucho dinero, cuándo se gana! Claro que hay
también los vendavales del equinoccio, que sorprenden las embarcaciones a lo
largo de las islas y pueden
destruir en pocas horas toda una flotilla pesquera.
Pero el pescado abunda en aquellas alturas de
Terranova, y las tripulaciones, cuando tienen suerte, hallan una buena
compensación a las fatigas y peligros
pasados.
Por lo demas, los noruegos son en general buenos
marinos. No rehuyen el trabajo. Por entre los fiordos del litoral, desde
Cristianía hasta el cabo Norte,
entre los arrecifes de Finmark, a través de las
Loffoden, las ocasiones no les falta de familiarizarse con el furor del océano.
Cuando atraviesan el Atlántico
Norte para dirigirse a las lejanas aguas de
Terranova, ya dan muestras de su valor. Durante su infancia, todos los golpes
que han recibido de los huracanes, en la costa europea, les ha preparado para
afrontar los rudos golpes de las mismas tempestades en el gran banco de
Terranova.
Los noruegos tienen, sin embargo, a quien
parecerse. Sus antepasados fueron siempre intrépidos marinos y gente de mar, en
la época en que las Hansas
habían acaparado el comercio de la Europa
septentrional. Quizá también fueron un poco piratas antiguamente, pero la
piratería era entonces aceptada. Sin duda, el comercio se ha moralizado desde
entonces, aunque creemos queda aún bastante que hacer.
Sea como sea, los noruegos han sido, son y serán
siempre, audaces navegantes. Ole Kamp no era hombre que desmintiera las
promesas de su origen. Su aprendizaje, su iniciación en aquel duro trabajo los
debía a un viejo lobo de mar de Bergen. Toda su infancia había transcurrido en
aquel puerto, uno de los mas frecuentados de Escandinavia. Antes de hacerse a
la mar, había sido uno de los mas audaces chiquillos de los fiordos,
descubriendo pájaros acuáticos y pescando los innumerables peces que servían
para fabricar el stock-fish. Luego, se enroló de grumete y navegó por el
Báltico y por el mar del Norte, llegando incluso hasta el océano rtico. De esta
forma realizó varios viajes a bordo de las grandes embarcaciones de pesca y
obtuvo el grado de capitán, cuando tuvo veintiún años. Ahora ya tenía
veintitrés.
Entre sus campañas, no dejaba nunca de visitar la
familia que tanto quería, la única que le quedaba en el mundo.
Y, cuando se hallaba en Dal, era un digno camarada
de Joel. Le seguía en todos sus recorridos a través de las montarias, hasta las
mas elevadas mesetas del Telemark. Los felds, despues de los fiordos, le
convenían a aquel joven marinero, y nunca se quedaba atrás, a no ser que fuera
para hacer un rato de compañía a su prima Hulda.
Una fuerte amistad establecióse poco a poco entre
Ole y Joel. Y, como era de suponer, este sentimiento tomó otra forma con
respecto a la muchacha.
Y, ¿cómo no había de animarle Joel? ¿Dónde
encontraría su hermana, en toda la provincia, un muchacho mejor, mas simpático,
mas abnegado, de mas buen corazón que el? Con Ole por marido, la felicidad de
Hulda estaba asegurada. Fue, pues, con el consentimiento de su madre y de su
hermano, que la joven se dejó llevar por la inclinación natural de sus
sentimientos. No porque las gentes del Norte sean poco demostrativas, puede
tachárselas de insensibilidad. ¡No! Es su manera de ser.
En fin, un día que los cuatro se hallaban reunidos
en el salón, Ole dijo sin preámbulos:
-Tengo una idea, Hulda.
-¿Cual? -contestó la muchacha.
-¡Me parece que deberiamos casamos!
-Yo también lo creo así.
-Sería conveniente, en verdad -añadió la señora
Hansen, como si se tratara de un asunto discutido desde mucho tiempo antes.
-Efectivamente, y entonces, Ole -replicó Joel-, yo
me convertiría en tu cuñado.
-Sí-dijo Ole-, y es probable, Joel, que aún te
quisiera mas...
-¡Si es posible!
-¡Ya lo verás!
-A fe mía que no deseo nada mejor -contestó Joel,
estrechando la mano de Ole.
-Entonces, ¿queda convenido así, Hulda? -preguntó
la señora Hansen.
-Sí, madre-contestó la joven.
-Piénsalo bien, Hulda-contestó Ole-. Hace ya mucho
tiempo que te quiero, sin decírtelo.
-¡Yo también, Ole!
-Cómo empezó, no puedo decírtelo.
-Ni yo tampoco.
-Sin duda, Hulda, fue al verte cada día mas guapa,
mas buena...
-¡Exageras, querido Ole!
-¡Oh, no! Y no enrojezcas si te digo esto, ya que
es verdad. Señora Hansen, ¿usted no se había dado cuenta de que amaba a Hulda?
-Un poco.
-¿Y tú, Joel?
-¿Yo? ¡Ya lo creo!
-Francamente -prosiguió Ole, sonriendo- creo que
habrías tenido que avisarme.
-Pero, Ole-preguntó la señora Hansen-, ¿no te
parecerán demasiado penosos tus viajes cuando estés casado?
-Tan penosos -contestó Ole- que ya no viajaré mas
despues de casado.
-¿No viajarás mas?
-No, Hulda. ¿Crees que me sería posible dejarte
durante estos largos meses?
-Entonces, ¿es la última vez que te vas a la mar?
-Sí; pero, con un poco de suerte, este viaje me
permitirá disponer de cierta cantidad, ya que los señores Haelp Hermanos me han
prometido formalmente darme la parte entera...
-¡Son unas excelentes personas!-dijo Joel.
-Como no hay otras-añadió Ole-, y bien conocidas y
apreciadas por todos los marinos de Bergen.
-Querido Ole-dijo entonces Hulda-, ¿Que es lo que
harás cuando no navegues?
-Entonces seré el compaíiero de Joel. Tengo buenas
piemas, y si aún no lo fueran bastante, haría que lo fuesen adiestrándome poco
a poco, ademas, he
pensado en un asunto que puede ser un buen negocio.
¿Por que no establecemos un servicio de mensajerías
entre Drammen, Konsberg y los gaards del Telemark? Las comunicaciones no son ni
fáciles ni regulares y quizá sería una manera de ganar dinero. En fin,
tengo mis ideas sin contar...
-¿Que?
-¡Nada! Ya lo veremos cuando regrese. Pero, os
advierto que estoy decidido a hacer todo lo posible para que Hulda sea la mujer
mas envidiada del país.
¡Sí! ¡Bien decidido!
-Si supieses, Ole, lo fácil que será -contestó
Hulda cogiéndole la mano-. ¿No está casi hecho ya?
¿Existe otra casa mas feliz que la nuestra de Dal?
La señora Hansen volvió la cabeza un instante.
-Entonces -continuó Ole alegremente-, ¿es asunto
concluido?
-Sí -contestó Joel.
-¿Y ya no hay nada mas que hablar?
-Nada mas.
-¿No te arrepentirás, Hulda?
-Nunca querido Ole.
-En cuanto a señalar la fecha de la boda, creo que
es mejor esperar a tu regreso- añadió JoeL
-Sea, pero sería muy desgraciado si antes de un año
no estoy de vuelta para conducir a Hulda a la iglesia de Moel, donde nuestro
amigo el cura Andresen no rehusará damos su bendición.
Y así fue cómo quedó decidida la boda de Hulda
Hansen con Ole Kamp.
Ocho días mas tarde el joven marinero debía
embarcarse en Bergen. Pero, antes de separarse, los novios se habían prometido
de acuerdo con la conmovedora costumbre de los países escandinavos.
En Noruega se tiene la costumbre de celebrar el
compromiso, incluso cuando la boda no deba celebrarse hasta tres o cuatro años
despues. Pero no vayan a creer que la petición de mano, como llamamos nosotros
al compromiso de noviazgo, sea un simple cambio de promesas, cuyo valor sólo se
basa en la buena fe de los contrayentes. ¡No! El compromiso es mucho mas
serio, y aunque este acto no sea reconocido por la ley, lo está por la
costumbre, ley natural.
Se trataba, pues, en el caso de Hulda y de Ole
Kamp, de organizar una ceremonia presidida por el cura Andresen. No había
ministro del Señor en Dal,
ni en la mayoría de los gaards de los alrededores.
En Noruega se encuentran ciertos pueblos que llevan el nombre de la población
de domingo, en la cual se levanta el presbiterio, el proestegjelb. Allí se
reúnen para el oficio las principales familias de la parroquia.
Algunas poseen incluso pequeños aposentos para
permanecer las veinticuatro horas, o sea el tiempo necesario para cumplir con
sus deberes religiosos. Despues vuelven a sus casas, como si volvieran de un
peregrinaje. Aún cuando existía una capilla en Dal, el cura sólo iba cuando así
se le solicitaba, para efectuar ceremonias de orden privado.
Despues de todo, Moel no estaba lejos. Sólo una
media milla proximadamente diez kilómetros- desde Dal hasta el extremo del lago
Tinn. En cuanto al cura Andresen, era un hombre servicial y un buen andarín. El
cura fue invitado para acudir a la ceremonia del noviazgo, en su doble calidad
de ministro y de amigo de la familia Hansen. Hacía muchos años que se conocían.
Había visto crecer a Hulda y a Joel y los quería tanto como quería también al
joven lobo
de mar, Oie Kamp. Nada podía complacerle mas que
aquella boda. Era algo que alegraría todo el valle del Vestfjorddal.
Y una mañana, el buen cura Andresen cogió su
breviario y partió bajo un cielo bastante nublado. Joel fue a recibirle a mitad
del camino y juntos llegaron a
la hostería. No hay que decir cómo fue recibido por
los Hansen, que le habían reservado la mejor habitación de la planta baja,
adornándola con ramas de
enebro recién cortadas, que la perfumaban como una
capilla.
A la mañana siguiente, a primera hora, se abrió la
pequeña capilla de Dal. Allí, ante el cura y en presencia de varios amigos y
vecinos de la hostería, Ole juró
sobre el breviario que se casaría con Hulda y Hulda
juró que se casaría con Ole, cuando regresara del último viaje que el joven
marino iba a emprender. Un año de espera es largo, pero pasa al fin, cuando uno
está seguro del otro.
Ahora Ole no podría ya repudiar, sin un motivo
grave, a la mujer con quien se había prometido; y Hulda no podría traicionar la
fidelidad que había jurado a Ole. Y si Ole Kamp no hubiera tenido que marcharse
pocos días despues del noviazgo, habría podido disfrutar de los derechos que
éste le otorgaba:
poder visitar a la joven cuando lo deseara,
escribirle siempre que quisiera, acompañarla en sus paseos, cogidos del brazo,
incluso sin la presencia de los familiares de la muchacha, obtener preferencia
sobre todos los demas para bailar con ella en las fiestas y demas ceremonias.
Pero Ole Kamp tuvo que regresar a Bergen. Ocho días
despues, el Viken partía para la campaña de pesca de Terranova. Hulda sólo
tenía que esperar entonces las cartas que su novio le había prometido le
enviaría por todos los correos de Europa.
Y estas cartas, esperadas con tanta impaciencia, no
faltaron nunca. Siempre traían un poco de felicidad a la casa entristecida
desde la marcha de Ole. El
viaje iba efectuándose en las mas favorables
condiciones. La pesca era fructífera y los beneficios serían grandes. Y luego,
al final de cada carta, Ole hablaba siempre de cierto secreto y de la fortuna
que éste debería asegurarle. Este secreto, Hulda hubiera querido descubrirlo, y
también la señora Hansen.
Y es que la señora Hansen volvíase cada día mas
preocupada, mas inquieta y encerrada en sí misma.
Y una circunstancia, de la cual no habló a sus
hijos, vino aún a aumentar sus preocupaciones.
Tres días despues de la llegada de la última carta
de Ole, el 19 de abril, la señora Hansen volvía sola del aserradero donde había
ido a encargar un saco de viruta al contramaestre Lengling, y se encaminaba
hacia su casa. Un poco antes de llegar a la puerta, un desconocido le salió al
paso y la interpeló así:
-¿Es usted la señora Hansen?
-Sí-contestó ella-, pero no le conozco a usted.
-Oh, poco importa! -contestó el hombre-. He
llegado esta mañana de Drammen y vuelvo allí.
-¿De Drammen? -exclamó vivamente la señora Hansen.
-¿No conocería usted por casualidad a un cierto
señor Sandgoist, que vive allí...?
- El señor Sandgoist!-repitió la señora Hansen,
palideciendo al oír este nombre-¡Sí . . . le conozco!
-Bueno, pues cuando el señor Sandgoist ha sabido
que venía a Dal, me ha rogado que la saludara a usted de su parte.
-Y... ¿nada mas...?
-Nada mas, sólo decirle que probablemente vendrá a
verla el mes próximo. Buena suerte y buenas noches, señora Hansen.
CAPITULO V
HULDA, en efecto, estaba muy extrañada de la
insistencia de Ole en hablarle siempre en sus cartas de aque]la fortuna que
esperaba hallar a su regreso. ¿En que fundaba sus esperanzas? Hulda no podía
adivinarlo, y ansiaba saberlo. Esta impaciencia natural era muy excusable.
¿Vana curiosidad por su parte? De ninguna manera. Pero este secreto le concemía
un poco a ella. No es que aquella honrada y sencilla muchacha fuera ambiciosa,
ni que sus aspiraciones para el porvenir se elevaran a lo que se llama la riqueza.
El afecto de Ole bastaba, y le bastaríam siempre. Si la fortuna llegaba, la
acogería sin grandes demostraciones de alegría. Pero si no venia, se pasaría
sin ella sin disgusto.
Esto era precisamente lo que se decían Hulda y
Joel, al día siguiente de recibir la última carta de Ole.
En aquello, como en todo lo demas, pensaban de la
misma manera.
Y Joel añadió:
-¡No! No es posible, hermanita. ¡Tú me escondes
algo!
-¡Yo...! ¿Esconderte?
- ¡Sí! ¡Que Ole se haya marchado sin decirte al
menos algo de su secreto... es increíble!
-¿Te ha dicho algo a ti, Joel? -contestó Hulda.
-No, hermanita. Pero yo no soy tú.
-Sí, tú eres como yo.
-Yo no soy el prometido de Ole.
-Casi -dijo la muchacha-; y si le ocurriera alguna
desgracia, si no volviera de este viaje, tú te desesperarías como yo y tus
lágrimas serían tan amargas como las mías.
- ¡Ah, hermanita! -contestó Joel-. ¡Te prohibo
que tengas estas ideas! ¡No volver Ole de este último viaje! ¿Hablas en serio,
Hulda?
-No, no, Joel. Y, no obstante, no sé... No puedo
ahuyentar ciertos presentimientos... horribles sueños.
-Sin duda, pero ¿de dónde salen?
-De nosotros mismos y de mas arriba. Temes, y son
tus temores los que te persiguen en sueños. Por lo demas, siempre ha ocurrido
así, cuando se ha deseado ardientemente una cosa y se acerca el momento en que
los deseos van a realizarse.
-Ya lo sé, Joel.
-En verdad, te creía mas fuerte, hermanita. ¡Sí!
mas enérgica. ¿Cómo es posible? Acabas de recibir una carta en la que Ole te
dice que el Vilken estar
de regreso antes de un mes y te llenas la cabeza de
preocupaciones.
-¡No... no es la cabeza; es el corazón, Joe!
-De hecho -añadió Joel-, estamos ya a 19 de abril.
Ole debe llegar hacia el 15 ó 20 de mayo. No estaría de mas que empezaras ya a
hacer los preparativos para la boda.
-¿Lo crees asi, Joel?
- ¡Sí, lo creo, Hulda! Creo incluso que quizá
hemos tardado demasiado. Piensa tú! Una boda que va a alegrar no solamente a
todo Dal sino a todos los gaads vecinos. Quiero que sea algo muy hermoso, y voy
a ocuparme yo mismo de preparar las cosas.
Y es que la preparación de una ceremonia de esta
clase en los campos de Noruega, y especialmente en Telemark, es un asunto
importane que lleva mucho barullo y mucho quehacer.
Por esto, aquel mismo día Joel habló de ello con su
madre, pocos minutos despues, precisamente, del encuentro que había
impresionado tan vivamente a la señora Hansen. Al marcharse el desconocido que
le había anunciado la próxima visita del Señor Sandgoist, de Drammen, la señora
Hansen había entrado en la casa y, sentándose en el gran sillón del salón,
maquinalmente daba vueltas a la rueca, absorta en sus pensamientos.
Joel se dio cuenta de que su madre estaba mas
preocupada que de costumbre, pero, como cuando se le preguntaba que tenía,
contestaba invariablemente que no tenía nada, su hijo no quiso hablarle mas que
de la boda de Hulda.
-Madre-dijo-, ya sabéis que Ole nos anuncia en su
última carta que probablemente estará de regreso a Telemark dentro de pocas
semanas.
-Todos lo deseamos-contestó la señora Hansen- y
quiera Dios que no se retrase.
-¿Tendría usted algún inconveniente en fijar la
fecha de la boda para el día 25 de mayo?
-Ninguno, si Hula consiente.
-Su consentimiento lo tengo ya. Y ahora, quisiera
preguntarle, madre, si tiene usted la intención de hacer bien las cosas en esta
ocasión.
-¿Que quieres decir por hacer bien las
cosas.-contestó la señora Hansen sin levantar la vista de su rueca.
-Quiero decir, si me lo permite, madre, que la
ceremonia tiene que estar a la altura de nuestra situación en el lugar. Debemos
invitar a nuestros amigos
y, si nuestra casa no es suficiente para
albergarlos a todos, siempre encontraremos algún vecino que se prestará a
cederles alguna habitación.
-¿Y quiénes serían los huespedes, Joel?
-Bueno, creo que deberíamos invitar a nuestros
amigos de Moel, de Tiness, de Bamble, ya me cuidaría yo de ello. Me parece
también que la presencia de los
señores Help, los armadores de Bergen, hará honor a
la familia y, con su consentimiento, repito, les propondría venir a pasar un
día a Dal. Son unas personas estupendas, que quieren mucho a Ole y estoy seguro
que aceptarían.
-¿Crees que es necesario dar tanta importancia a
esta boda?-repuso la señora Hansen.
-Sí, lo creo, madre, y ademas me parece que sería
bueno también para nuestra hostería de Dal, que no ha desmerecido, que yo sepa,
desde la muerte de nuestro padre.
-¡No... Joel. .. no!
-¿No es nuestro deber conservarla al menos en el
mismo estado en que el la dejó? Por esto creo conveniente dar bastante
resonancia a la boda de mi hermana.
-Sí, Joel. -ademas, ¿no es hora ya de que Hulda
emiece sus preparativos, a fin de que nada se retrase por su parte? ¿Que
contestáis, madre, a mi proposición?
-Que Hulda y tú hagáis lo que sea necesario...
-contestó la señora Hansen.
Tal vez se crea que Joel se apresuraba demasiado, y
que hubiera sido mas conveniente esperar el regreso de Ole para señalar la
fecha de la boda y, sobre todo, empezar a hacer los preparativos. Pero, como
decía el,
lo que estaria hecho ya no tendría que volverse a
hacer. Y, ademas, el ocuparse de los mil detalles que una ceremonia de esta
clase lleva consigo, distraería también a Hulda. Era preciso no dejarla sola
con sus
presentimientos, que nada justificaba ya.
En primer lugar, debían pensar en la dama de honor.
Pero no había que inquietarse: ya la habían escogido. Era una simpática
muchacha de Bamble,
amiga íntima de Hulda. Su padre, el granjero
Helmboe dirigía uno de los gaards mas importantes de la provincia. Este hombre
poseía cierta fortuna. Hacía tiempo que apreciaba el carácter generoso de Joel,
y no podemos negar que su hija Siegfrid también lo apreciaba a su manera. Era
muy posible, pues, que, en un futuro próximo, despues que Siegfrid hubiera
hecho de dama de honor de Hulda, Hulda a su vez sería su dama. Es una cosa
corriente en Noruega. A menudo esas funciones se reservaban para las mujeres
casadas. Era un poquito de derogación en provecho de Joel, que Siegfrid Helmboe
asistiera a la boda de Hulda Hansen en su calidad de dama de honor.
Tanto para la novia como para la dama de honor, la
cuestión mas importante era el vestido que se pondrían el día de la ceremonia.
Siegfrid, una rubia encantadora de dieciocho años,
tenía la intención de presentarse con una toilette que realzara su belleza.
Prevenida por Hulda- por medio de una carta que Joel mismo se cuidó de
entregarle en sus propias manos -se puso inmediatamente a la obra para realizar
este trabajo, que tanto preocupa a las mujeres.
Se trataba, en efecto, de la confección de un
corpiño cuyos bordados hacían un dibujo que reseguiria el talle de Siegfrid,
encerrándolo como en un estuche.
Luego la falda, que llevaba encinna de una serie de
enaguas, cuyo número estaría en concordancia con la fortuna de Siegfrid, pero
sin que por ello perdiera nada de su gracia natural. Y en cuanto a las joyas
era cuestión de saber elegir el collar de filigrana de plata engarzado de
perlas, los broches del corpiño de plata dorada o de cobre, los pendientes en
forma de corazón, con discos colgantes, los botones dobles para abrochar el
cuello de la camisa, el cinturón de lana o de seda roja, del cual cuelgan cuatro
cadenitas los anillos, las pulseras de plata labrada; en fin, todas las joyas
corrientes en aquellas tierras, en las cuales a decir verdad, el oro no abunda,
la plata es de estaño, las perlas son de vidrio soplado y los diamantes de
cristal. Pero era preciso que el conjunto alegrara la vista. Y si fuere
necesario, Siegfrid no vacilaría en recorrer las ricas tiendas del señor
Benett, de Cristianía, para realizar sus compras. Su padre no se opondría a
ello. Al contrario. El buen hombre dejaba de buena gana que su hija hiciera su
voluntad. Siegfrid de todos modos, era lo bastante razonable para no abusar del
bolsillo de su padre. En fin, lo que importaba por encima de todo, era que
aquel día Joel la encontrara mas bella que nunca.
Y en cuanto a Hulda, le ocurría lo mismo. Pero las
modas son implacables y proporcionan muchas preocupaciones a las novias cuando
se trata de escoger
su ajuar de boda.
Hulda ya no llevaría mas las largas trenzas que se
le escapaban de su cofia de jovencita, ni tampoco el ancho cinturón con
broches, que sostenía el delantal
sobre la falda roja. Ya no llevaría los lazos de
prometida que Ole le había regalado al marcharse, ni el cordón del cual cuelgan
estos saquitos de cuero bordado que encierran la cuchara de plata, de mango
corto, el cuchillo, el tenedor, el alfiletero-todos estos objetos de uso
constante por una mujer en el hogar.
¡No! El día de la boda, la cabellera de Hulda
caería libremente sobre sus hombros, y era tan abundante, que sería necesario
añadirle aquellos postizos
de lino, que usan las jóvenes noruegas menos
favorecidas por la naturaleza. En resumen, tanto para su traje como para sus
joyas, Hulda sólo tenía que abrir el baúl de su madre. Efectivamente, estos
elementos del tocado se transmiten de boda en boda a todas las generaciones de
la misma familia. Así vemos reaparecer el jubón bordado de oro, el cinturón de
terciopelo, la falda de seda, lisa o de colores, las medias de tadmet, la
cadena de oro del cuello y la corona- esta famosa corona escandinava, conservada
en el mejor sitio del cofre, o engalanada de hojas, en fin, la equivalente a la
corona de azahar de los demas países de Europa. Lo que es bien cierto es que
este nimbo reluciente, con sus delicadas filigranas, sus colgantes sonoros, sus
cristales de colores, encuadraría deliciosamente la bonita cara de Hulda. La
novia coronada, como se dice, haría honor a su esposo. El también sería digno
de ella, con su flamante traje de boda- chaqueta corta, con botones de plata
muy unidos, camisa almidonada, con cuello alto, chaleco de seda, calzón
estrecho ceñido a la rodilla con lazos de lana, sombrero de fieltro, botas
amarillas y, colgando del cinto, con su vaina de cuero, el cuchillo
escandinavo, el dolknif, que el verdadero noruego no abandona nunca.
Así, pues, tanto de una parte como de otra, tenían
mucho trabajo que hacer. No seran muchas las semanas que faltaban, si quería
que todo estuviera listo
antes de la llegada de Ole Kamp. Despues de todo,
si Ole estaba de regreso un poco antes de lo que había anunciado y Hulda no
estaba aún a punto, no sería Hulda la que se quejaría, ni Ole tampoco.
Con estas ocupaciones pasaron las últimas semanas
de abril y las primeras de mayo. Por su parte, Joel había ido personalmente a
hacer las invitaciones,
aprovechando que su profesión de guía le dejaba
entonces bastantes ratos libres. Realmente tenía muchísimos amigos en Bamble,
pues era allí donde
iba mas a menudo. Aún cuando no había ido a Bergen
para invitar a los señores Help, les había escrito al efecto. Y, tal como
pensaba, estos honrados armadores habían aceptado gustosos la invitación de
asistir a la boda de Ole Karp, el joven pescador del Viken.
Y llegó el día 15 de mayo. De un día a otro
esperaban ver bajar a Ole de su kariol, abrir la puerta y gritar con alegría:
- ¡Soy yo...! ¡Ya estoy aquí!
Sólo hacía falta un poco de paciencia. Ya todo
estaba listo. Siegfrid, por su lado, sólo necesitaba una señal para comparecer
al punto engalanada con todos sus adomos.
Pasó el día 16 y 17, sin recibir ninguna otra carta
de Terranova.
-No debes extrañarte, hermanita-le repetía
continuamente Joel-. Un barco de vela puede tener muchos retrasos. La travesía
es larga desde Saint Pierre
Miquelon a Bergen. ¡Ah!, porque no sería un buque
de vapor, ese Viken, y yo la máquina. ¡Cómo le empujaría contra viento y
marea, aun cuando tuviera que estallar al llegar a puerto!
Decía todo esto, porque veía que la inquietud de
Hulda aumentaba de día en día.
Precisamente tenían muy mal tiempo en Telemark.
Un fuerte viento azotaba los altos fields, y
aquellos vientos que soplaban del Oeste venían de América.
-¡Este viento debería favorecer la marcha del
Viken!-se repetía a menudo la muchacha.
-Sin duda -contestaba Joel-, pero si es demasiado
fuerte, puede entorpecerla también y obligarle a hacer frente al huracán. ¡No
puede hacerse lo que
se quiere en el mar!
-Entonces, ¿tú no estás inquieto, Joel?
- ¡No, Hulda, no! Es desagradable este retraso,
pero, es natural. No. No estoy nada inquieto y, verdaderamente, no existe
motivo para estarlo.
El día 19 llegó a la hostería un viajero que
solicitó los servicios de un guía. Se trataba de conducirle hasta el límite del
Hardanger, pasando por las montañas. Aún cuando le contrariaba dejar sola a
Hulda en aquellos instantes, Joel no podía rehusar lo que le pedían. Estaría
ausente unas cuarenta y ocho horas todo lo mas, y Joel esperaba hallar a Ole
cuando regresara. La verdad es que
el muchacho empezaba a preocuparse.
Pero, así y todo, partió a la madrugada, con
el corazón en un puño.
A la mañana siguiente, precisamente una hora
despues del mediodía, llamaron a la puerta de la hostería.
-¡Será Ole!-exclamó Hulda.
Y corrió a abrir.
En el umbral de la puerta se hallaba un hombre
cubierto con un abrigo de viaje, que le era completamente desconocido.
CAPTULO VI
ES esta la hostería de la señora Hansen?
-Sí, señor-contestó Hulda.
-¿Está la señora Hansen en casa?
-No, pero va a venir.
-¿Pronto?
-Al instante, si usted necesita hablarle...
-Ah, no. No tengo nada que decirle.
-¿Quiere usted una habitación?
-¡Sí, la mejor de la casa!
-¿Quiere usted comer?
-Lo mas pronto posible; y procure que me sirvan de
lo mejor que haya.
Estas fueron las palabras que se cruzaron entre
Hulda y el viajero, antes de que éste hubiera descendido del kariol que lo
había conducido hasta el corazón del Telemark, a través de los bosques, los
lagos y los valles de Noruega.
Ya conocemos el kariol, este instrumento de
locomoción tan querido por los escandinavos. Dos largas varas entre las cuales
se mueve un caballo, dirigido
por unas simples riendas de cuerda que pasan, no
por su boca, sino por su nariz; dos grandes ruedas delgadas, cuyo eje, sin
muelles, sostiene una pequeña caja coloreada, apenas lo suficiente grande para
que quepa una persona, sin capota, sin guardabarros, sin estribo, y detrás de
la caja un pequeño saliente, en el cual se instala el skydskarl. En conjunto
tiene la
apariencia de una enorme araña, cuya doble tela
estara formada por las dos ruedas del raro vehículo.
Y con esta máquina rudimentaria pueden hacerse
recorridos de quince a veinte kilómetros, sin gran fatiga.
A una señal del viajero, el muchacho vino a sujetar
el caballo. Entonces, aquel personaje se levantó, se sacudió y puso pie a
tierra, no sin bastantes esfuerzos que se tradujeron en una serie de
imprecaciones de pésimo mal humor.
-¿Pueden albergar mi kariol?-preguntó con rudeza,
deteniéndose a la entrada de la casa.
-Sí, señor-contestó Hulda.
-¿Y dar de comer a mi caballo?
-Voy a ponerlo en el establo.
-¡Que lo cuiden bien!
-Así lo haremos. ¿Puedo preguntarle si estará usted
muchos días en Dal?
-No lo sé.
El kariol y el caballo fueron conducidos a un
pequeño cobertizo situado bajo la protección de los árboles, al pie de la
montaña. Era el único establo que
tenían en la hostería, pero era suficiente para el
servicio de los huespedes.
Momentos despues, el viajero se había instalado en
la mejor habitación, tal como había solicitado.
Una vez allí, quitóse el abrigo y se calentó junto
al fuego que había pedido le encendieran. Mientras tanto, con el fin de
satisfacerle, Hulda recomendaba a la piga que le preparase la mejor comida
posible.
La piga era una fuerte muchacha de los alrededores
que durante la temporada de verano ayudaba a la cocina y a los trabajos de la
hostería.
El recién llegado era un hombre fornido, aún cuando
hubiera pasado de los sesenta. Delgado, un poco encorvado, de altura mediana,
cabeza huesuda,
rostro imberbe, nariz puntiaguda, ojos pequeños de
mirada penetrante, tras unos grandes lentes, frente fruncida, labios delgados,
demasiado para que se escapara de ellos alguna buena palabra, manos largas y
ganchudas; era el verdadero tipo del prestamista o usurero. Hulda tuvo el
presentimiento de que este viajero no traería nada bueno a la casa de la señora
Hansen.
No podía dudarse que era noruego, pero del tipo
escandinavo había cogido sobre todo la parte vulgar.
Su atuendo de viaje esiaba compuesto de un sombrero
plano, de anchas alas, un traje de paño blancuzco, americana cruzada, calzón
ceñido a la rodilla por
una correa de cuero y encima de todo una especie de
pelliza oscura, forrada de piel de cordero, abrigo necesario a causa de las
noches muy frías, aún en las mesetas y en los valles del Telemark.
En cuanto al nombre de aquel personaje, Hulda no se
lo había pedido. Pero no tardaría en saberlo, ya que tenía que inscribirse en
el libro de la hostería.
En aquel momento, la señora Hansen entró. Su hija
le anunció la llegada de un viajero que había pedido la mejor habitación y la
mejor comida. En cuanto a saber si prolongaría su estancia en Dal, lo ignoraba,
ya que nada le había dicho al respecto.
-¿Y no ha dicho su nombre?-preguntó la señora
Hansen.
-No, madre.
-¿Ni de dónde venía?
-No.
-Seguramente es algún turista. Lástima que Joel no
esté aquí para ponerse a su disposición. ¿Que haremos si nos pide un guía?
-No creo que sea un turista-contestó Hulda-.
Es un hombre ya de edad...
-Si no es un turista, ¿Que viene a hacer a Dal?
-dijo la señora Hansen, mas para sí misma que para su hija, y con una
entonación que traslucía su inquietud.
Hulda nada podía decirle sobre esto, ya que el
viajero no le había dado a conocer sus proyectos.
Una hora despues de haber llegado, aquel hombre
entró en el gran salón contiguo a su habitación. Al ver a la señora Hansen, se
detuvo en el umbral.
Evidentemente, tan desconocido era para la señora
Hansen como ella lo era para su huesped. Acercóse hacia ella y, despues de
haberla mirado por encima de sus lentes, le dijo, sin hacer ningún ademán para
quitarse el sombrero de la cabeza:
-¿La señora Hansen?
-Sí, señor-contestó ésta.
Y, en presencia de aquel hombre, experimentó, al
igual que su hija, una turbación que no pudo ocultar.
-Entonces ¿es usted verdaderamente la señora
Hansen, de Dal?
-Sin duda, señor. ¿Tiene usted que decirme algo de
particular?
-Nada. Sólo quería conocerla. ¿No soy su huesped? Y
ahora, procure que me sirvan la comida en seguida.
-Su comida está a punto-contestó Hulda-. Si quiere
usted pasar al comedor...
-Sí, quiero.
Y habiendo dicho esto, el viajero, se encaminó
hacia la puerta que le indicaba la muchacha. Un instante despues estaba sentado
cerca de la ventana, ante una pequeña mesa servida con esmero.
- La comida, indudablemente, era buena. Ningun
turista -incluso el mas exigente- hubiera tenido nada que objetar. No obstante,
aquel personaje, poco acomodaticio, no ahorró ademanes y palabras de
descontento-sobre todo ademanes, ya que no parecía muy locuaz. Verdaderamente,
había que preguntarse si sus exigencias eran debidas al mal estado de su
estómago o a
su mal caracter. El potaje de cerezas y grosellas
sólo le convenció a medias, a pesar de ser excelente. Sólo probó con los labios
el salmón y el arenque escabechado. El jamón crudo, medio pollo muy apetitoso,
las legumbres bien aliñadas, no le gustaron nada. Incluso mostróse descontento
de la botella de vino de Saint-Julien y de la media botella de champaña, a
pesar de que provenían de las mejores bodegas de Francia.
Y sucedió que, una vez terminada la comida, el
viajero no tuvo un solo tack for mad para la patrona.
Cuando hubo acabado de comer, aquel grosero
personaje prendió fuego a su pipa, salió del salón y fue a pasearse por las
orillas del Maan.
Una vez al borde del río, volvióse para contemplar
la hostería. Parecía estudiarla por todos lados, como si quisiera calcular su
valor. Contó las puertas y ventanas. Luego, acercándose a las vigas que
formaban el zócalo de la casa, hizo dos o tres cortes a las mismas con la punta
de su dolknif, como si quisiera darse cuenta de la calidad de la madera y de su
estado de conservación. ¿Quería saber lo que valía realmente la hostería de la
señora ansen? ¿Pretendía comprarla, aún cuando no estuviese en venta? Por lo
menos su actitud era muy rara. Despues de la casa le tocó el turno al pequeño
cercado, del cual contó los árboles y los arbustos. Luego tomó la medida
de sus dos lados con pasos calculados, anotando en su carnet las medidas
tomadas.
Continuamente inclinaba !a cabeza y fruncía
las cejas, exhalando ¡hum!, en señal de desaprobación.
Durante estas idas y venidas, la señora Hansen y su
hija lo observaban a través de la ventana del salón.
¿Con que extraño personaje tenían que tratar? ¿Que
finalidad tenía el viaje de aquel maniático? Verdaderamente, era lamentable que
todo esto pasara durante la ausencia de Joel, ya que aquel viajero iba a pasar
toda la noche en la hostería.
-¿Y si se tratara de un loco?-dijo Hulda.
-¿Un loco...? ¡No! -contestó la señora Hansen-.
Pero al menos es un hombre muy raro.
-Siempre es desagradable no saber a quién acoges en
tu propia casa-dijo la muchacha.
-Hulda-contestó la señora Hansen-, antes que este
viajero vuelva a entrar, no te olvides de llevarle a su cuarto el libro
registro de la casa.
-Sí, madre.
-¡Quizá se decidirá a poner su nombre!
Hacia las ocho la noche era ya muy oscura, y una
fina lluvia empezó a caer, llenando el valle con un velo de niebla que mojaba
hasta media montaña. El
tiempo era poco propicio a los paseos. Por esto, el
nuevo huesped de la señora Hansen, despues de haber subido por el sendero hasta
el aserradero, volvió a la hostería, pidiendo un vasito de brandevin. Sin decir
una palabra mas, sin desear las buenas noches a nadie, tomó el candelabro de
madera, cuya bujía estaba encendida, y penetró en su habitación, corriendo el
cerrojo de la puerta, y ya no se le oyó en toda la noche.
El skydskarl se había refugiado sencillamente en el
cobertizo. Allí, entre las varas del kariol, dormía ya a piema suelta, al lado
del caballo amarillo, sin preocuparse de la borrasca.
A la mañana siguiente, la señora Hansen y su hija
se levantaron al amanecer. Ningún ruido salía de la habitación del viajero, que
todavía descansaba. Poco
despues de las nueve, penetró en el salón, con un
aspecto mas sombrío que la víspera, si cabe, quejándose de que la cama estaba
dura, y que el ruido que hacían en la casa le había despertado; todo esto sin
saludar a nadie. Luego, abrió la puerta y contempló el cielo.
El tiempo era mediocre. Un aire frío soplaba desde
la cumbre del Gusta, perdida entre los vapores de la niebla, y penetraba en el
valle con ráfagas violentas.
El viajero no se atrevió, pues, a salir. Pero no
perdió el tiempo. Mientras fumaba su pipa, andaba por la hostería, procurando
averiguar la disposición interior, recorrió algunas habitaciones, examinó el
mobiliario, abrió las alacenas, los armarios, sin ningún miramiento, como si se
hallara en su propia casa. Parecía un tasador procediendo a una comprobación
judicial. Decididamente, si el hombre era singular, sus procedimientos eran
cada vez mas sospechosos.
Despues de examinarlo todo, sentóse en el gran
sillón del salón y, con voz seca y áspera, hizo algunas preguntas a la señora
Hansen. ¿Cuánto tiempo hacía que la hostería había sido construida? ¿Había sido
su marido quien la había hecho construir o la había heredado? ¿Habían tenido
que hacer algunas reparaciones? ¿Cu ál era la cabida del recinto y del
soeter adjunto? ¿Tenía buena clientela? ¿Que promedio de turistas pasaban por
allí a la temporada? ¿Permanecían uno o varios días?, etcétera.
Era evidente que el viajero no se había apercibido
del libro que le habían dejado en su habitación, ya que éste le hubiera
informado, por lo menos, sobre su última pregunta.
Efectivamente, el libro estaba aún en el mismo
sitio en que Hulda lo había dejado la víspera y el nombre del viajero no
constaba en el.
-Señor -dijo entonces la señora Hansen-, no
comprendo bien cómo y por que todas estas cosas pueden interesarle. Pero si
usted quiere saber cómo van nuestros asuntos, nada es mas fácil. Sólo tiene que
consultar el libro de la hostería. Y le ruego que quiera inscribir su nombre,
como es costumbre...
-¿Mi nombre...? Ciertamente que pondré mi nombre,
señora Hansen... ¡Lo pondré en el mismo momento en que me despida de usted!
-¿Tenemos que reservarle su habitación?
-¡Es inútil! -contestó el viajero, levantándose-.
Partiré despues del desayuno, a fin de estar de regreso a Drammen mañana por la
noche.
-¿A Drammen? -exclamó vivamente la señora Hansen.
- ¡Sí! Así, pues, ordene que me sirvan al
instante.
-¿Vive usted en Drammen?
-Sí! ¿Que hay de extraño en que yo viva en
Drammen?
Así, pues, despues de haber permanecido medio día
apenas en Dal, o, mejor, en la hostería, este viajero volvíase sin haber visto
nada del país. No iba mas
allá del valle. No se preocupaba del Gusta, del
Rjukafos, de las maravillas del valle del Vestfjorddal. No era por placer, sino
por negocios que había salido de Drammen, donde vivía, y parecía que su viaje
no tenía otro motivo que visitar en detalle la casa de la señora Hansen.
Hulda observó que su madre estaba profundamente
turbada. La señora Hansen se había sentado en el gran sillón y, apartando su
rueca, permanecía inmóvil, sin pronunciar palabra.
Mientras el viajero habíase instalado en el comedor
y sentábase delante de su mesa.
Tampoco el desayuno, tan bien preparado como lo
había sido la cena de la víspera, pareció dejarle satisfecho Por tanto comió
con apetito y bebió abundantemente, sin precipitarse. Su atención parecía
detenerse especialmente en el valor de la plata -lujo que tienen en gran estima
los montañeses de Noruega-, algunos cubiertos que se transmiten de padres a
hijos y que se guardan cuidadosamente con las joyas de la familia.
Entretanto el skydskarl hacía también los
preparativos de marcha en el cobertizo. A las once en punto, el caballo y el
kariol estaban dispuestos delante de la puerta de la hostería.
El tiempo continuaba tapado, el cielo gris y
ventoso. A veces la lluvia golpeaba los cristales de las ventanas como si fuera
metralla. Pero el viajero, bajo su gran capote forrado de piel, no era hombre
que se inquietara por las ráfagas.
Terminado el desayuno, bebió un último vaso de
brandevir, encendió su pipa, cubrióse con su hopalanda, penetró en el salón y
pidió su cuenta.
-Voy a prepararla -contestó Hulda, sentándose
frente a un pequeño escritorio.
-¡No se entretenga!-dijo el viajero-. Entretanto
deme el libro para que inscriba mi nombre.
La señora Hansen se levantó, fue a buscar el libro
y lo puso encima de la gran mesa.
El viajero tomó una pluma y miró por última vez a
la señora Hansen, por encima de sus lentes. Luego, con grandes caracteres,
escribió su nombre en el libro y lo cerró.
En aquel momento Hulda le trajo la cuenta.
La tomó, examinó los artículos, refunfuñando;
luego, comprobó los cálculos.
- ¡Hum! -dijo-. ¡Esto sí que es caro! ¿Siete
marcos y medio por una noche y dos comidas?
-Hay también el skydskarl y el caballo-le hizo
notar Hulda.
-No importa. ¡Lo encuentro caro! ¡Es verdad, no
me extraña que se hagan buenos negocios en esta casa!
-¡Usted no nos debe nada, señor!-dijo entonces la
señora Hansen, con una voz tan turbada que apenas se le oía.
Acababa de abrir el libro y había leído el nombre
inscrito en sus páginas, y repitió, cogiendo la cuenta que rompió en pedazos:
-¡Usted no debe nada!
-¡Esto creo yo!-contestó el viajero.
Y, sin dar los buenos días al salir, como no había
dado las buenas noches al llegar. Subió a su kariol mientras el chico saltaba
detrás agarrándose a la plataforma del vehículo. Minutos despues, desaparecía
por un recodo del camino.
Cuando Hulda abrió el libro, sólo leyó ese nombre:
Sandgoist, de Drammen.
CAPITULO VII
HASTA el día siguiente por la tarde, no debía
regresar Joel de Dal, despues de haber acompañado hasta la carretera que
conducía a Hardanger, al turista a quien servía de guía.
Hulda, sabiendo que su hermano volveria siguiendo
las mesetas del Gusta, por la orilla izquierda del Maan, había ido a esperarle
al paso del impetuoso río.
Sentóse cerca del pequeño pontón que servía de
embarcadero del pequeño bote, sumida en sus reflexiones. A la gran inquietud
que le causaba el retraso del Viken se añadía ahora una mayor ansiedad. Esta
ansiedad había sido causada por la visita de este Sandgoist y por la actitud de
su madre hacia el. ¿Por que, cuando descubrió su nombre, su madre había roto la
cuenta y rehusado cobrarle lo que debía? Era un secreto, grave sin duda, que
ella ignoraba.
La llegada de Joel sacó a Hulda de sus reflexiones.
Lo percibió en seguida, apareciendo y
desapareciendo a través de los claros de la montaña, por entre los árboles
caídos o quemados. Tan pronto desaparecía bajo las ramas de los pinos, abedules
y hayas, como asomaba por entre las hierbas de los setos. Al fin llegó a la
orilla opuesta y subió al bote. Con cuatro golpes de remo franqueó los
violentos remolinos del curso de agua, y de un salto alcanzó la orilla, al lado
mismo de su hermana.
-¿Ha regresado ya Ole?-le preguntó.
Fue en Ole en quien había pensado antes que nada.
Pero su pregunta quedó sin respuesia.
-¿Ni una carta de el?
-¡Ni una!
Y Hulda prorrumpió en sollozos.
-No-exclamó Joel-; no llores, querida hermana, no
llores... ¡Tus lágrimas me hacen daño...! ¡No puedo consentir que llores...!
¡Veamos! ¡Dices que no
ha habido carta...! Desde luego, esto empieza a ser
inquietante. ¡Pero no es para desesperarse! Mira, si quieres, iré a Bergen. Me
informará... Veré a los señores Help Hermanos. Quizá ellos tengan
noticias de Terranova. ¿Por que el Viken no puede encontrarse anclado en algún
puerto a causa de averías o por la necesidad de huir del mal tiempo? Es cierto
que el viento sopla en borrascas hace mas de una semana.
Muchas veces se ha visto que buques de Terranova se
han refugiado en Islandia o en las Feroe. A Ole mismo le ocurrió, hace dos
años, cuando se hallaba a bordo del Strenna. ¡Y no se dispone de correo todos
los días para escribir! Te lo digo tal como lo pienso, hermanita. ¡Cálmate...
! Si me haces llorar a mi también, ¿Que es lo que vamos a hacer?
- ¡Es mas fuerte que yo, Joel!
-¡Hulda...! ¡Hulda...! No te descorazones...! ¡Te
aseguro que yo, por mi parte, no desespero!
-¿Debo creerte, Joel?
- ¡Sí, debes creerme! Pero, para tranquilizarte,
¿quieres que vaya mañana a Bergen...? ¿Esta noche, si quieres?
-¡No quiero que me dejes...! ¡No...! ¡No lo
quiero! Contestó Hulda, abrazándose a su hermano como si no tuviera a nadie mas
en el mundo.
Los dos tomaron el camino de la hosteria, pero
empezó a llover y el viento era tan violento, que tuvieron que refugiarse en la
cabaña del barquero, a un centenar de pasos de la orilla del Maan.
Allí, esperaron que la tempestad se calmara un
poco. Joel tenía necesidad de hablar. El silencio le parecía mas desesperante
de lo que el podía decir,
aún cuando no fueron palabras alentadoras.
-¿Y nuestra madre?-dijo.
-iCada día mas triste! -contestó Hulda.
-¿No ha venido nadie durante mi ausencia?-preguntó
Joel.
-Sí, un viajero, que ya se ha marchado.
-Entonces, ¿en este momento no tenemos ningún
turista en la hostería y nadie ha pedido por un guía?
-No Joel.
-Mejor, pues prefiero no dejarte ahora. Por otra
parte, si continúa el mal tiempo, me temo que este año los turistas renunciaran
a recorrer el Telemark.
-¡Sólo estamos en abril, hermano!
-Sin duda, pero tengo el presentimiento de que la
temporada no será buena para nosotros. ¡En fin, ya lo veremos! Pero, dime,
¿fue ayer cuando este viajero se marchó de Dal?
-Sí, por la mañana.
-Y, ¿Quién era?
-Un hombre que venía de Drammen, donde vive, al
parecer, y que se llama Sandgoist.
-¿Sandgoist?
-¿Lo conoces?
-No-contestó Joel.
Hulda se había preguntado si explicaría a su
hermano todo lo que había pasado en la hostería durante su ausencia. Cuando
Joel supiese con que desfachatez se había comportado aquel hombre, como parecía
calcular el valor de la casa y del mobiliario, la actitud que la señora Hansen
había tomado al respecto, ¿que se imaginaría? ¿No pensaría que su madre debía
tener razones muy fuertes para comportarse como lo había hecho? Y, ¿cuáles eran
estas razones? ¿Que podía haber en común entre ella y aquel Sandgoist? En todo
ello existía un secreto amenazador para toda la familia. Joel querría
conocerlo, interrogaría a su madre, la colmaría de preguntas... La señora
Hansen, tan poco comunicativa, tan refractaria a las efusiones, querría guardar
silencio tal como lo había hecho hasta entonces. La situación entre ella y sus
hijos, ya bastante triste, volveríase mas penosa todavía.
Pero ¿podía Hulda tener secretos para Joel? Hubiera
sido como una paja en la amistad de hierro que los unía el uno al otro. ¡No!
Nada podía hacer que esta amistad se rompiera.
-¿Tú no oiste nunca hablar de este Sandgoist,
cuando ibas a Drammen?-prosiguió ella.
-Nunca.
-Pues bien, debes saber, Joel, que nuestra madre lo
conocía ya, al menos de nombre.
-¿Conocía a Sandgoist?
-Sí, hermano.
-Pero, si nunca le he oído pronunciar este nombre.
-Pues lo conocía aun cuando nunca lo había visto
antes de su visita de anteayer.
Y Hulda le contó todos los incidentes que habían
marcado la permanencia del viajero en la hostería, sin olvidar el acto singular
de la seriora Hansen en
el momento de la partida de Sandgoist. Y al
finalizar su relato apresuróse a añadir:
-Pienso, Joel, que es mejor no preguntar nada a
nuestra madre. Ya la conoces. Esto la haría mas desgraciada aún. El tiempo nos
dirá, sin duda, lo que esconde en su pasado. ¡Que el Cielo nos devuelva pronto
a Ole, y si existe alguna aflicción que amenace nuestra familia que al menos
seamos tres a compartirla!
Joel había escuchado a su hermana con profunda
atención. ¡Sí! Entre la señora Hansen y aquel Sandgoist debían de existir
razones graves que ponían a la una a merced del otro. ¿Podía dudarse que aquel
hombre había venido a inventariar la hostería de Dal?
¡Por supuesto que no! Y la cuenta rota en el
momento de su marcha -que a el le había parecido la cosa mas natural-¿Que podía
significar?
-Tienes razón, Hulda-dijo Joel-, no hablaré de nada
con nuestra madre. Quizá se arrepienta de no haberse confiado a nosotros.
¡Mientras no sea demasiado tarde! ¡Cómo debe sufrir, pobre madre! ¡Pero es
obstinada! ¡No comprende que el corazón de sus hijos está hecho para recibir
sus penas!
-Un día llegará a comprenderlo, Joel.
-Sí. Por esto debemos esperar. ¡Pero hasta
entonces, nadie me impedirá que averigue quién es este individuo! ¿Quizá
el señor Helmboe lo conoce? Se lo
preguntaré la primera vez que vaya a Bamble y, si
es necesario, me llegaré hasta Drammen. Allí, no me será difícil saber al menos
lo que hace este hombre, a que género de negocios se dedica, que piensa la
gente de el...
-Nada bueno, estoy segura -comentó Hulda-.
Tiene una expresión maligna en su cara, su mirada
es perversa. Me sorprendería mucho que tuviera un alma generosa bajo su aspecto
grosero.
-Vamos -repuso Joel-, no debemos juzgar a las
gentes por su apariencia. Me parece que si lo contemplaras cogida del brazo de
Ole, le encontrarías una
cara mas agradable a este Sandgoist.
-¡Mi pobre Ole!-murmuró la muchacha.
-¡Volver , ya vuelve, ya está en camino!
-exclamó Joel-. Has de tener confianza, Hulda. Ole ya no está muy lejos ahora,
y le reñiremos cuando regrese por haberse hecho esperar tanto.
La lluvia había cesado. Los dos hermanos salieron
de la cabaña y subieron por el sendero hacia la hostería.
-A propósito-dijo entonces Joel-, mañana me vuelvo
a marchar.
-¿Vuelves a marcharte?
-Sí, a la madrugada.
-¿Tan pronto, hermano?
-Es preciso, Hulda. Al salir de Hardanger uno de
mis camaradas me ha avisado que un viajero venía del Norte a través de las
altas mesetas del Rjukanfos, donde debe llegar mañana.
-¿Quién es este viajero?
-A fe mía, que ignoro su nombre. Pero es necesario
que esté allí para traerlo a Dal.
-Vete, pues, ya que no puedes hacer otra cosa!
-contestó Hulda dando un hondo suspiro.
-Mañana, a punta de día, me pondré en camino ¿Te
apena esto, Hulda?
-Sí, hermano. ¡Estoy mucho mas intranquila cuando
me dejas... aunque sea sólo por algunas horas!
- ¡Pues bien, esta vez, para que lo sepas, no me
iré solo!
-¿Y quién te acompañará?
-¡Tú, hermanita, tú! Debes distraerte, y voy a
llevarte conmigo.
-¡Oh, gracias, querido Joel!
CAPITULO VIII
A la mañana siguiente los dos hermanos salieron de
la hostería al alba. Unos quince kilómetros de Dal a las celebres cataratas, y
otros tantos para regresar, para Joel sólo si nificaba un paseo, pero tenía que
procurar que Hulda no se fatigase. Por eso Joel había alquilado el kariol del
contramaestre Lengling que, como todos los kariol, sólo tenía una plaza. Pero,
como aquel buen hombre era tan gordo, tuvieron que hacerle un asiento a su
medida y éste era suficiente para que Joel y Hulda pudieran sentarse uno al
lado del otro. Y si el viajero anunciado se hallaba en Rjukanfos se sentaría en
el sitio de Joel, y éste volvería a pie o montaría en la plataforma de detrás.
El camino de Dal a las cataratas era delicioso, a
pesar de los baches. Indudablemente, era mas un sendero que una carretera. Cada
cien pasos aproximadamente, el camino está cortado por arroyos afluentes del
Maan, que deben atravesarse por medio de tablones rudamente echados sobre los
mismos formando puente. Pero los caballos noruegos están acostumbrados a pasar
por encima de ellos sin caerse, y, si el kariol no tiene muelles, sus largas
varas, un poco elásticas, atenúan en cierta medida los golpes del suelo.
El tiempo era magnifico. Joel y Hulda corrian a
buen trote a lo largo de aquellas verdes praderas, bañadas a su izquierda por
las claras aguas del Maan.
Algunos millares de abedules sombreaban aquí y allí
el camino soleado. El rocío de la noche se deshacía en pequeñas gotas que
colgaban de la punta de las altas hierbas. A la derecha del torrente, a dos mil
metros de altura, las placas de nieve del Gusta lanzaban al espacio un intenso
resplandor luminoso.
Durante una hora el kariol marchaba rápidamente.
La subida era insensihle apenas. Pero pronto el
valle se iba estrechando. Los arroyos lban transformándose en turbulentos
torrentes. Aún cuando el camino volvíase sinuoso, no podía evitar todos los
desniveles del suelo. Ello hacía que hubiese lugares verdaderamente difíciles
de pasar, pero de los cuales Joel sabía salir airoso siempre. A su lado, Hulda
nada temía.
Cuando el traqueteo era demasiado acentuado, se
agarraba al brazo de su hermano. La frescura de la mañana coloreaba sus
mejillas, tan pálidas desde hacía algún tiempo.
Pero aún tenían que alcanzar una altura mas
elevada. El valle sólo permitía el paso del curso del rio Maan, entre dos
murallas cortadas a pico. En los
campos vecinos aparecían una veintena de casas
aisladas, ruinas de soeters o de gaards, abandonados, cabañas de pastores,
perdidas entre los abedules y
las hayas. Pronto no les fue posible ver el río,
pero lo oían rugir sonoramente entre las rocas. El paisaje había tomado un
aspecto grandioso y salvaje a la vez, ensanchándose hasta la cresta de las
montañas.
Despues de dos horas de marcha, llegaron a la vista
de un aserradero, al borde de una catarata de mil quinientos pies. Las cascadas
de esta altura no son raras en el Vestfjorddal; pero el volumen de sus aguas es
poco considerable. En esto las gana la del Rjukanfos.
Al llegar al aserradero, Joel y Hulda descendieron
del kariol.
-¿Media hora de andar no te fatigará mucho,
hermanita?-le preguntó Joel.
-No, hermano, no estoy cansada, y creo incluso que
me hará bien andar un poco.
-¡Un poco...! ¡Di mas bien mucho, y siempre
subiendo!
-¡Me apoyaré en tu brazo, Joel!
Allí, en efecto, habían tenido que dejar el kariol,
que no hubiera podido pasar por los empinados senderos, los estrechos pasajes,
los declives sembrados
de rocas bamboleantes, cuyos caprichosos contornos,
tan pronto sombreados por los árboles como completamente desnudos,
anunciaban la gran catarata.
Ya veían levantarse a lo lejos una especie de vapor
espeso en medio del líquido azul. Eran ias aguas pulverizadas del Rjukan, cuyas
volutas se desplegaban a una gran altura.
Hulda y Joel tomaron un sendero muy conocido por
los guías, que desciende hasta lo mas angosto del valle. Tenían que deslizarse
por entre los árboles y los arbustos. Instantes despues, se hallaban
sentados los dos sobre una roca tapizada de musgo amarillento, casi enfrente de
la catarata. Por este lado no podían acercarse mas.
Si los dos hermanos hubieran hablado, habrían
tenido gran dificultad en oírse, debido al enorme ruido del agua. Pero sus
pensamientos eran de la naturaleza de los que pueden comunicarse por el corazón
sin que los labios formulen una sola palabra.
El volumen de la catarata del Rjukan es enorme, su
altura considerable, su ruido grandioso. A novecientos pies el lecho del Maan
se interrumpe, a medio
camino aproximadamente entre el lago Mjos y el lago
Tinn. Novecientos pies, es decir, seis veces la altura del Niágara.
Allí, el Rjukanfos tiene extraños aspectos,
difíciles de ser reproducidos por una descripción. Incluso la pintura sería
insuficiente para representarlos. Existen algunas maravillas naturales que es
necesario verlas para comprender toda su belleza, entre las cuaies cabe contar
esta catarata, la mas celebre de todo el continente europeo.
Y en esta agradable tarea se hallaba ocupado un
turista, sentado en la parte izquierda del Maan. Desde aquel lugar podía
contemplar el Rjukanfos mas cerca y de mas arriba.
Ni Joel ni su hermana lo habían visto aún, a pesar
de estar muy visible. No era la distancia, sino un efecto de óptica especial en
los lugares de la montaña,
que lo hacía parecer muy pequeño y, en
consecuencia, mas alejado de lo que realmente estaba.
En aquel momento el viajero acababa de levantarse y
se aventuraba muy imprudentemente por la cresta rocosa que se redondea como una
cúpula hacia el lecho del Maan. Era evidente que lo que aquel curioso quería
ver eran las dos cavidades del Rjukanfos, una a la izquierda, llena con el
bullicio de las aguas, la otra a la derecha, completamente llena de espeso
vapor.
Quizá buscaba también la manera de averiguar
si existía una tercera cavidad inferior a media altura de la catarata. Sin
duda, ello explicaría por que Rjukan
despues de penetrar en la cavidad, rebota de nuevo
arrojando, a intervalos, sus desbordantes y tumultuosas aguas que parecen
lanzadas cubriendo con sus burbujas los campos de su alrededor.
Pero el turista seguía avanzando por aquella cresta
de piedra resbaladiza, sin una raiz, sin una mata, que lleva el nombre de
Paso-de-María o Marislien.
El curioso imprudente ignoraba la leyenda que ha
dado celebridad a aquel lugar. Un día, un joven llamado Eystein quiso alcanzar
por este peligroso camino a la hermosa Maria de Vestfjorddal. Desde el otro
lado del camino su prometida le tendía los brazos. De pronto le falló el pie,
resbaló, cayó sin poder agarrarse a aquellas rocas pulidas como el hielo,
desapareció en el abismo, y las aguas del Maan no devolvieron nunca su cadaver.
Lo que le había ocurrido al desgraciado Eystein,
¿iba a ocurrirle también a aquel temerario viajero que se había metido por
entre las vertientes del Rjukanfos?
Era de temer. Y, efectivamente, el mismo se dio
cuenta del peligro, pero demasiado tarde. De pronto, el punto de apoyo le falló
y, dando un grito, rodó una veintena de pasos, teniendo sólo el tiempo de
agarrarse al saliente de una roca, casi al borde del abismo. Joel y Hulda aún
no lo habían visto, pero
oyeron su grito.
-¿Que ocurre?-dijo Joel, levantándose.
-¡Un grito! -contestó Hulda.
-¡Sí...! ¡Un grito de auxilio!
-¿Por que lado...?
- ¡Escuchemos...!
Los dos miraron de izquierda a derecha de la
catarata, pero no pudieron ver nada. No obstante, habían oído claramente estas
palabras: ¡A mí! ¡A mí!, en
medio de uno de estos raros momentos de silencio
que duran casi un minuto entre cada salto del Rjukan.
El grito repitióse de nuevo.
-¡Joel-dijo Hulda-, hay algún viajero en peligro
que está pidiendo socorro! ¡Debemos acudir en su auxilio!
-¡Sí, hermana, y no puede estar lejos! Pero, ¿por
que lado...? ¿Dónde está...? ¡No veo nada!
Hulda subió por la vertiente, por detrás de la roca
en la que estaban sentados, agarrándose a las pocas hierbas que cubrían aquella
orilla izquierda del Maan.
-¡Joel! -gritó por fin.
-¿Ves algo?
-¡Allí..., allí!
Hulda señlaba al imprudente, suspendido
encima mismo del abismo. Si sus pies, apoyados contra el ligero saliente de la
roca, le fallaban; si resbalaba un poco; si se dejaba prender por el vértigo,
estaba perdido.
- ¡Debemos salvarle! -dijo Hulda.
- ¡Sí, sin pérdida de tiempo! -contestó Joel-, Con
sangre fría podremos llegar hasta el.
Joel dio un largo grito. El viajero lo oyó y volvió
la cabeza hacia el. En pocos instantes Joel calculó la manera mas rápida y mas
segura para sacarlo de
aquel mal paso.
-Hulda-dijo-, ¿no tienes miedo?
-No, hermano.
-¿Conoces bien la Maristien?
-La he pasado varias veces.
-Pues bien, sube por arriba de la cresta y acércate
al viajero tanto como te sea posible. Entonces dejate resbalar suavemente hasta
el y agárrale la mano de manera que le sujetes bien. ¡Pero que no trate de
subir todavía! El vértigo lo arrastraría, y a ti con el, y estaríais perdidos.
-¿Y tú, Joel?
-Yo, mientras tú vas por arriba, me arrastraré por
debajo a lo largo de la arista, del lado del Mann.
Estaré allí cuando llegues y, si resbalais,
quizá pueda cogeros a los dos.
Luego con voz retumbante, aprovechando un momento
de calma del Rjukanfos, Joel gritó:
- ¡No se mueva, señor...! ¡Espere...! ¡Vamos a
socorrerle!
Hulda había desaparecido ya detrás de las rocas, a
fin de descender lateralmente por la otra vertiente de la Maristien.
Joel no tardó en ver de nuevo a la valiente
muchacha, que apareció a la vuelta de los últimos árboles.
Por su parte, arriesgando su vida, empezó a
arrastrarse lentamente a lo largo de la porción del redondo declive saliente
que bordea el Rjukanfos. ¡Que maravillosa sangre fría! ¡Cuánta seguridad en
los pies y en las manos eran necesarias para bordear este abismo, cuyas paredes
se humedecían con los efluvios de la catarata!
Paralelamente a el, pero a un centenar de pies mas
arriba, Hulda avanzaba de lado, de manera que pudiese ganar mas fácilmente el
lugar donde el viajero
permanecía inmóvil. En la posición en que se
hallaba no podía verle la cara, que permanecía vuelta hacia el lado de la
catarata.
Joel, al llegar debajo de el, se detuvo. Despues de
apoyarse sólidamente en una fisura de la roca, gritó:
- ¡Eh, señor...!
El viajero volvió la cabeza.
- ¡Eh, señor! -repitió Joel-. ¡No se mueva lo
mas mínimo, y aguántese firme!
-¡Esté tranquilo, me aguanto firme, amigo mío!
-contestó con un tono que tranquilizó a Joel-. Si
no me mantuviera firme haría un cuarto de hora ya que estaría en el fondo del
Rjukanfos.
-Mi hermana descenderá hasta usted -continuó Joel-
y le tomará la mano. ¡Pero no intente subir hasta que yo esté allí! ¡Sobre
todo, no se mueva!
- ¡Estaré inmóvil como una roca!-dijo el viajero.
Hulda ya había empezado a descender por su lado,
buscando los puntos menos resbaladizos de la cresta, colocando los pies en las
grietas de las rocas donde podía hallar un apoyo mas sólido. Y, tal como había
gritado Joel, ella también gritó:
-¡Aguantese bien, señor!
-Sí, ya me aguanto... y ¡me aguantaré, se lo
aseguro, tanto como pueda!
Como se ve, las recomendaciones no le faltaban.
Venían de arriba y de abajo.
- ¡Sobre todo, no tenga miedo! -añadió Hulda.
-¡No tengo miedo!
-¡Le salvaremos! -gritó Joel.
-¡Así lo espero, pues, por san Olaf, no podría
salvarme solo!
Era evidente que aquel viajero había conservado
absolutamente su presencia de ánimo. Pero, despues de caer, sin duda, brazos y
piernas habían rehusado
funcionar, y todo lo que podía hacer ahora era
sostenerse en el pequeño repecho que le separaba del abismo.
Mientras tanto, Hulda continuaba descendiendo.
Instantes mas tarde llegaba al lado del viajero. Entonces, apoyando el pie en
la grieta de una roca, le
prendió la mano.
El viajero intentó enderezarse un poco.
-¡No se mueva, señor...! ¡No se mueva usted...!
-dijo Hulda-. Me arrastraría con usted, y yo no
tendría bastante fuerza para retenerle. ¡Debe esperar a que llegue mi hermano!
Cuando se haya colocado
entre nosotros y el Rjukanfos, entonces podrá
intentar levantarse a fin de...
- ¡Levantarme, hija mía! ¡Es mas fácil de decir
que de hacer, y mucho me temo que no ser cosa fácil!.
-¿Está usted herido, señor?
-¡Hum! No tengo nada roto, espero, pero sí al
menos una grande y hermosa herida en la pierna.
Joel se hallaba ya a unos veinte pies del lugar que
ocupaba Hulda y el viajero. La curva de la cresta le había impedido acercarse
directamente. Ahora tenía
que remontar aquella superficie lisa y redonda.
Era lo mas difícil y también lo mas peligroso.
Exponía su vida.
- ¡No
hagas un solo movimiento, Hulda!-le gritó por última vez-. Si resbalais los
dos, como ahora no estoy en buena posición para reteneros, estaríamos
perdidos.
- ¡No temas, Joel! contestó Hulda-. ¡Piensa sólo
en ti y que Dios te ayude!
Joel empezó a subir arrastrándose sobre el vientre
con verdaderos movimientos de reptil. Por dos o tres veces experimentó la
sensación de que le fallaba el punto de apoyo. Pero, al fin, a fuerza de
destreza alcanzó a llegar hasta el lado del viajero.
Este, que era un hombre ya de edad, pero de
complexión vigorosa, tenía una fisonomía agradable, amable y sonriente. En
verdad, Joel esperaba mas bien
hallarse en presencia de algún jovenzuelo audaz que
se hubiera propuesto franquear la Maristien.
-¡Es una imprudencia lo que ha hecho usted
señor!-le dijo, deteniéndose un momento para tomar aliento.
-¡Una imprudencia! -replicó el viajero-. Ya puede
usted decir que ha sido una cosa absurda.
-Ha puesto en peligro su vida...
-¡Y les he hecho peligrar la suya!
-Oh, yo... esto forma parte de mi oficio-contestó
Joel. Y añadió, enderezándose: Ahora se trata de alcanzar la cima de la cresta,
pero lo mas difícil ya está hecho.
-Sí, señor, lo mas difícil era llegar hasta usted.
Ahora sólo tenemos que subir por una pendiente
menos pronunciada.
-Hará usted muy bien en no contar conmigo para
nada, muchacho. Tengo una pierna que no me servirá de nada ni ahora ni durante
algunos días quizá .
-¡Pruebe de levantarse!
-¡Con mucho gusto, si me ayuda usted!
-Agárrese al brazo de mi hermana. Yo le sostendré
por la cintura y le empujaré.
-¿Seguro?
-Seguro.
-Bueno, amigos míos, me fío de vosotros. Ya que
habéis tenido la idea de sacarme del apuro, me confío en vuestras manos.
Tal como había dicho Joel, las cosas se hicieron
con mucha prudencia. Aún cuando la subida por la resbaladiza pendiente
presentaba un cierto peligro, los tres salieron airosos de la empresa y mucho
mas rápidamente de lo que esperaban. Por lo demas, la piema del viajero no
estaba ni rota ni dislocada, sino que simplemente había sufrido una fuerte
desolladura, por eso pudo ayudarse con sus piemas mucho mejor de lo que creía,
no sin experimentar algun dolor, sin embargo. Diez minutos despues, estaba a
salvo, al otro lado de la cresta.
Pero no se detuvo a descansar bajo los
primeros abetos que bordean el field superior de Rjukanfos, pues Joel le
suplicó que hiciera un último esfuerzo a fin de llegar hasta una cabaña perdida
entre los árboles, un poco mas allá de la roca en la cual su hermana y el se
habían detenido al llegar a la catarata.
El viajero intentó realizar el esfuerzo que
se !e pedía y lo consiguió, sostenido de un lado por Hulda y de otro por Joel,
pudiendo llegar sin mucha pena hasta la puerta de la cabaña.
-Entremos, señor -le dijo entonces la
muchacha-; y allí dentro podréis descansar un instante.
-¿Este instante podría durar un buen
cuarto de hora?
-Sí, señor; y luego tendrá usted que
acceder a acompañamos hasta Dal.
-¿A Dal...? ¡Pues si es precisamente a Dal
adonde me dirigía!
-¿Sería usted por casualidad el turista que
viene del Norte -preguntó Joel-y que me indicaron en Hardanger?
-Precisamente.
-¡Caramba!, pues no había tomado usted el
buen camino
-Ya me lo parece.
-Y si hubiera podido prever lo que ha
sucedido habría acudido a esperarle al otro lado del Rjukanfos.
- ¡Ah, esto hubiera sido una buena idea,
muchacho! ¡Me habríais ahorrado una imprudencia, imperdonable a mi edad!
-¡A cualquier edad, señor!-contestó Hulda.
Los tres entraron en la cabaña, que estaba habitada
por una familia de campesinos, el padre, la madre y sus dos hijas, que se
levantaron para acoger del mejor modo posible a los recién llegados.
Joel pudo apreciar entonces que el viajero se
había desollado la piema mas arriba de la rodilla.
Esto representaría por lo menos una buena
semana de reposo; pero la piema no estaba rota, el hueso no había sido tocado,
y esto era lo esencial.
Los tres aceptaron encantados la exlcelente leche,
las fresas abundantes y el pan negro que les ofrecieron. Joel no trataba de
disimular su enorme apetito,
y si bien Hulda apenas probó bocado, el viajero
hizo la competencia a su hermano.
-Verdaderamente dijo-, este ejercicio me ha abierto
el estómago. ¡Debo reconocer que tomar el camino por la Maristien ha sido mas
que imprudente!
¡Querer hacer el papel del desgraciado Eystein,
cuando podría ser su padre... e incluso su abuelo...!
- Ah¡ ¿Conoce usted la leyenda? -preguntó Hulda.
-¡Si la conozco...! Mi nodriza me la contaba para
hacerme dormir, en la feliz edad en que todavía tenía nodriza. Sí, la conozco,
muchachita valerosa, y por
esto soy mas culpable aún... ¡Ahora, amigos míos,
Dal está un poco lejos para un inválido como yo! ¿Cómo podráis transportarme
hasta allí?
-No se preocupe por nada, señor-contestó Joel-.
Nuestro kariol nos espera al pie del sendero. Solo
tendremos que andar unos trescientos pasos. .
- ¡Hum...! ¡Trescientos pasos!
-Descendiendo-añadió la muchacha.
-¡Ah!, si todo es de bajada, ya irá bien, amigos
míos, y el apoyo de un brazo será suficiente...
-¿Y por que no de dos? -contestó Joel-. Ya que
tenemos cuatro a su disposición.
-¡Vaya por dos, vaya por cuatro! De todas maneras
no me saldrá mas caro, ¿verdad?
-No le costará nada.
-¡Sí! Al menos un agradecimiento por brazo, y
ahora me doy cuenta de que aún no os he dado las gracias...
-¿De que, señor?-contestó Joel.
-¡Sencillamente, de haberme salvado la vida,
exponiendo la vuestra!
-Cuando quiera podemos partir... -dijo Hulda.
Despues de abonar a los campesinos la comida que
habían tomado, el viajero, sostenido un poco por Hulda y mucho por Joel, empezó
a descender por el sinuoso sendero que conducía hacia la orilla del Maan para
alcanzar la carretera de Dal.
El descenso se efectuó en medio de gemidos que
acababan siempre en risa.
Por fin llegaron al aserradero y Joel se ocupó de
enganchar el caballo al kuriol
Cinco minutos despues, el viajero estaba instalado
en el asiento con la muchacha a su lado.
-¿Y usted? -preguntó a Joel-. Me parece que le he
quitado el sitio...
-Un sitio que le cedo de todo corazón.
-Quizá si nos apretamos un poco...
- ¡No... No...! ¡Tengo mis piernas, señor,
buenas piernas de guía! ¡Valen mas que las ruedas...!
-¡Y famosas, muchacho, famosas!
Partieron siguiendo el camino que va acercándose
poco a poco al Maan. Joel iba a la cabeza del caballo, guiándolo por las
riendas, a fin de atenuar el fuerte traqueteo del kariol.
El regreso se efectuaba alegremente, al menos por
parte del viajero. Les hablaba ya como un viejo amigo de la familia Hansen.
Antes de llegar, los dos hermanos le llamaban señor Sylvius y el señor Sylvius
los llamaba ya Hulda y Joel, como si los tres se conocieran desde largo tiempo.
Hacia las cuatro, el pequeño campanario de Dal
asomó su fina punta por entre los árboles de la aldea.
Instantes despues el caballo se detenía ante la
hostería.
El viajero apeóse del kariol con bastante trabajo.
La señora Hansen había acudido a recibirles a la puerta y, aun cuando el
viajero no había pedido la mejor habitación de la casa, fue ésta la que le
destinaron.
CAPITULO IX
SYLVIUS Hog fue el nombre que aquella noche se
inscribió en el libro de viajeros y precisamente debajo del nombre de
Sandgoist. El mismo contraste
de estos dos nombres resaltaba entre los dos
hombres que respectivamente los llevaban. Entre ellos no existía ninguna
afinidad, ni física ni moral. Generosidad por un lado, avidez por el otro. Uno
era la bondad misma, el otro carecía de alma.
Sylvius Hog tenía apenas sesenta años. Y no lo
parecía. Alto, tieso, bien constituido, tan sano de espíritu como de cuerpo,
agradable desde el primer momento por su simpático y amable rostro, bajo los
cabellos grisáceos, un poco largos, con dos ojos siempre sonrientes, como sus
labios, su frente ancha tras la cual los mas nobles pensamientos circulaban sin
pena, su ancho pecho dentro del cual el corazón latía acompasadamente. A todas
estas cualidades se unía un fondo inagotable de buen humor, una fisonomía fina,
una naturaleza capaz de todas las generosidades como de todos los desvelos.
Era Sylvius Hog, de Cristianía -esto ya lo
explicaba todo-. Y no solamente era conocido, apreciado, amado, honrado en la
capital noruega, sino también en
todo el país-el país noruego, claro está-. En
efecto, los sentimientos que le profesaban no eran los mismos en la otra mitad
del reino escandinavo, en Suecia.
Pero la afirmación que hemos hecho requiere una
explicación. Sylvius Hog era profesor de leyes en Cristianía. En otros Estados,
ser abogado, ingeniero, médico, comerciante, quiere decir ocupar el primer
puesto de la escala social. En Noruega no sucede así. Ser profesor quiere decir
estar en la cúspide.
Sí, en Suecia existen cuatro clases: la nobleza, el
clero, la burguesía y el campesino- pero en Noruega solo hay tres: falta la
nobleza. No se encuentra ningún representante de la aristocracia, ni entre los
funcionarios. En este país privilegiado, en el cual no existen los privilegios,
los funcionarios son los humildes servidores del público. En resumen, una
igualdad social perfecta, sin distinciones políticas.
Y Sylvius Hog, siendo uno de los hombres mas
importantes de su país, no debe extrañamos que fuese miembro del Storthing. En
esta gran asamblea privada y pública, ejercía una influencia que llegaba hasta
los diputados campesinos.
Desde la Constitución de 1814, con razón podía
decirse que Noruega era una república con el rey de Suecia como Presidente.
Es natural que esta Noruega, tan celosa de sus
prerrogativas, haya sabido conservar su autonomía. El Storthing no tiene nada
que ver con el parlamento
sueco. Así se comprenderá que uno de sus
representantes mas influyentes y mas patriotas no fuera bien visto al otro lado
de aquella frontera ideal que separa Suecia de Noruega. Este era Sylvius Hog.
De carácter muy independiente, no deseando nada, se vio obligado a rehusar
muchas veces entrar en el Ministerio. Defensor de todos los derechos de
Noruega, se había opuesto constante y firmemente a las usurpaciones de Suecia.
Y tanta es la separación moral y política de los
dos países, que el rey de Suecia -entonces Uscar XV-, despues de hacerse
coronar en Estocolmo, tuvo que hacerse coronar en Drontheim, la antigua capital
de Noruega. Tanta es, pues, la reserva mezclada de desconfianza de los noruegos
en los negocios, que el Banco de Cristianía no acepta los billetes del Banco de
Estocolmo. Tanta es, en fin, la demarcación entre los dos pueblos, que la
bandera sueca no ondea ni en los edificios ni en los buques noruegos.
En uno, el fondo azul atravesado por una cruz
amarilla; en el otro, la cruz azul sobre fondo rojo.
Sylvius Hog estaba entregado en cuerpo y alma a
Noruega. Defendía sus intereses en todas las ocasiones. Por esto, cuando en
1854 el Storthing planteó la cuestión de prescindir del virrey como jefe del
país, ni como gobemador, el fue uno de los que intervimeron en la discusión con
mas ardor y lograron que este principio triunfara.
Así se concibe, pues, que si no era muy apreciado
en el este del reino, lo era en cambio en el oeste, incluso en lo mas hondo de
los gaards mas alejados del país. Su nombre corría de boca en boca por la
montañosa Noruega desde las tierras de Cristianía hasta las rocas extremas del
cabo Norte. Digno de esta popularidad de buena ley, ninguna calumnia había
podido salpicar ni al diputado, ni al profesor de Cristianía. Por lo demas, era
un verdadero noruego, pero un noruego de sangre ardiente, que no tenía nada de
la flema tradicional de sus compatriotas, resuelto en sus pensamientos y en sus
actos, cosa que no comporta el temperamento escandinavo. Esto se notaba en
seguida por sus rápidos ademanes, por el ardor de sus palabras, la viveza de
sus gestos. De haber nacido en Francia, le hubieran llamado en seguida un
"hombre del Mediodía", si puede hacerse tamaña comparación, que puede
aplicársele con bastante exactitud.
La situación de fortuna de Sylvius Hog le permitía
vivir con desahogo, a pesar de que no se había aprovechado nunca de su
posición. De un natural desinteresado, nunca pensaba en sí mismo, sino en los
otros continuamente. Por esto desdeñaba las grandezas. Ser diputado le
satisfacía. Y no quería nada mas.
En aquel momento, Sylvius Hog disfrutaba de unas
vacaciones de tres meses para reponerse del cansancio producido por un año de
laboriosos trabajos legislativos. Hacía seis semanas que había salido de
Cristianía con la intención de recorrer todas las tierras que se extienden
hasta Drontheim, Hardanger, Telemark, los distritos de Konsberg y de Drammen.
Quería visitar aquellas provincias que aún no conocía. Un viaje de estudio y de
placer.
Sylvius Hog había recorrido ya una parte de esta
región, y fue al volver de las bahías del Norte cuando quiso admirar la celebre
catarata, una de las maravillas del Telemark. Despues de haber examinado en el
mismo lugar el proyecto, en estudio todavía, de un ferrocarril de Drontheim a
Cristiana, solicitó un guía para que lo condujera a Dal, y esperaba encontrarlo
en la orilla izquierda del Maan. Pero, sin esperarlo, atraído por estos
maravillosos parajes de la Maristien, se había aventurado por aquel peligroso
camino.
¡Rara imprudencia! De poco le cuesta la vida. Y no
podemos negar que, sin la intervención de Joel y de Hulda Hansen, el viaje
habría terminado con la caída
del viajero a los abismos del Rjulanfos.
CAPITULO X
La gente es muy instruida en estos países
escandinavos; no solo los habitantes de las ciudades, sino en pleno campo
también. Esta instrucción va mas allá de saber leer, escribir y contar. El
campesino aprende con placer. Su inteligencia es abierta. Se interesa por las
cosas publicas. Interviene en los asuntos políticos y comunales. En el
Storthing, las gentes de esta condición están en mayoría. A veces asisten a las
sesiones con el traje de su provincia. Se les señala, con justicia, por su gran
razón, su buen sentido práctico, su justa comprensión -aunque sea un poco
lenta-, y sobre todo por su incorruptibilidad.
No debemos extrañamos, pues, que el nombre de
Sylvius Hog fuera conocido por toda Noruega y pronunciado con respeto hasta en
aquella región un poco
salvaje del Telemark.
Por eso, la señora Hansen, al recibir un huesped de
tanto valor, creyó conveniente decirle como se sentía honrada de poderlo tener
bajo su techo algunos días.
-No sé si esto le procurará a usted algún honor,
señora Hansen-contestó Sylvius Hog-; pero lo que sí sé es que a mí me complace
mucho. ¡Oh, hace mucho tiempo que mis alumnos me han hablado de esta
hospitalaria hostería de Dal! Por esto había previsto venir a descansar aqui
durante una semana. ¡Pero que san Olaf me abandone si nunca había pensado
llegar a la pata coja!
Y el excelente profesor estrechó cordialmente la
mano de su patrona.
-Señor Sylvius -dijo Hulda-, ¿quiere que mi hermano
vaya a buscar un médico a Bamble?
-¡Un médico, pequeña Hulda! ¡Pero, no querrás que
pierda el uso de mis dos piemas ahora!
- ¡Oh, señor Sylvius !
-¡Un médico! ¿Y por que no mi amigo el doctor Boek
de Cristianía? ¡Y todo por un arañazo...!
- ¡Pero, un arañazo, si está mal cuidado-contestó
Joel- puede convertirse en algo grave!
-¡Ah, ah, Joel! ¿Y por que quiere usted que esto
se convierta en algo grave?
-No lo quiero, señor Sylvius-contestó el
muchacho-, ¡Dios me libre!
-Bueno, pues Dios os librará de ello, y a mí
también, y a toda la casa de la señora Hansen, sobre todo si esta simpática y
gentil Hulda quiere consentir en cuidarme...!
-¡Claro que sí, señor Sylvius!
- ¡Espléndido, amigos míos! Cuatro o cinco días
mas y ya habrá desaparecido. ademas, ¿cómo es posible no curarse en una
habitación tan bonita? ¿Donde podría estar mejor cuidado que en la hostería de
Dal? ¡Y esta estupenda cama, con sus divisas, que valen tanto como las
horribles fórmulas de la Facultad! ¡Y esta magnífica ventana, que se abre
sobre el valle del Maan! ¡Y el murmullo de las aguas que se desliza hasta el
fondo de mi alcoba! ¡Y el olor de los viejos árboles, que perfuma toda
la casa! ¡Y este aire tan bueno, el aire de la montaña! ¡Ah! ¿No es éste el
mejor de los médicos? ¡Cuando lo necesitamos, solo tenemos que abrir la
ventana, y entra, nos rejuvenece y no nos pone a dieta!
Sylvius Hog decía con tanta gracia todas estas
cosas, que parecía que con el había entrado un poco de felicidad en la casa. Al
menos, esta era la impresión
de los dos hermanos, que le escuchaban, dejándose
llevar los dos por la misma emoción.
Primeramente depositaron el profesor en la
habitación de la planta baja. Medio echado en un gran sillón, con la piema
tendida sobre un taburete, recibía los cuidados de Hulda y de Joel. solo quiso
una compresa de agua fría como único remedio. Y en realidad, ¿necesitaba otra?
-Bueno, amigos míos, bueno -les decía-. No debe
abusarse de las drogas. Y ahora, ya sabéis que sin vuestra ayuda hubiera visto
desde demasiado cerca las maravillas del Rjukanfos. Resbalaba por el abismo
como una simple piedra. Iba a añadir una nueva leyenda a la leyenda de la
Maristien, y yo no tenía ninguna excusa. ¡Mi prometida no me esperaba a la
otra orilla, como al desgraciado Eystein!
-Que pena mas grande hubiera sido para la señora
Hog!-dijo Hulda-. Nunca se hubiera consolado...
-¿La señora Hog? -replicó el profesor-. ¡Oh, la
señora Hog no hubiera vertido ni una lágrima!
-¡Oh, señor Sylvius...!
-¡No, se lo aseguro, y por la sencilla razón que
no existe ninguna señora Hog! Y no puedo ni imaginarme como hubiera sido una
señora Hog, gorda o flaca, baja o alta...
-Hubiera sido amable, inteligente y buena, puesto
que sería su mujer-contestó Hulda.
-¡Ah! ¿De veras, señorita? ¡Bueno, bueno, bueno,
la creo, la creo!
-Pero, al tener noticia de la desgracia, sus
parientes, sus amigos, señor Sylvius...-dijo Joel.
-Parientes, no tengo, muchacho. Amigos, sí, creo
que tengo unos cuantos, sin contar los que acabo de hacer en casa de la señora
Hansen, y vosotros les habéis evitado el dolor de llorar mi muerte. A
propósito, decidme, hijos míos, ¿podría quedarme varios días aquí?
-Tantos como usted quiera, señor Sylvius- contestó
Hulda-. Esta habitación le pertenece. -Ademas, como también tenía la intención
de permanecer en Dal, como hacen los turistas, para poder hacer excursiones al
Telemark.. Pero no haré las excursiones... o las haré mas adelante, y ya está.
-Antes de que termine la semana -respondió Joel-,
espero que estará usted restablecido.
-¡Yo también lo espero!
-Y ya desde ahora me ofrezco para conducirle por
todas partes donde le plazca en esta comarca.
-Ya veremos, Joel! Ya hablaremos de ello cuando no
me encuentre tan magullado. Tengo un mes de vacaciones por delante todavía, y
aun cuando tuviera que pasarlo enteramente en la hostería de la señora Hansen,
no podría quejarme. Tendré que visitar el valle del Vestfjorddal entre los dos
lados, tendré que hacer la ascensión del Gusta, tendré que volver al
Riukanfos. ¡Pues, a pesar de que por poco me caigo
dentro, no pude verlo en absoluto... y me interesa verlo!
-¡Ya volverá usted allí, señor Sylvius! -contestó
Hulda.
-Volvereremos todos juntos, con esta buena señora
Hansen, si quiere hacer el honor de acompañarnos. Y, ahora que me acuerdo,
amigos, tendré que
enviar una carta a Kate, mi fiel cocinera, y a
Fink, mi anciano criado de Cristianía. ¡Estarían muy inquietos si no
recibieran noticias mías, y a mi vuelta
me reñirían! Y ahora, voy a confesaros algo: las
fresas, la leche, son muy refrescantes, pero no es suficiente, ya que no quiero
oír hablar de dieta... ¿A que hora se come en esta casa?
- ¡Oh, poco importa, señor Sylvius...!
- ¡Al contrario, importa mucho! ¿Pensáis, pues,
que durante mi permanencia en Dal voy a aburrirme comiendo solo y en mi cuarto?
¡No! ¡Quiero comer
con vosotros y con vuestra madre, si la señora
Hansen no tiene inconveniente!
Naturalmente, la señora Hansen, a pesar de que
hubiera preferido continuar apartada, según su costumbre, cuando se enteró de
los deseos del profesor
no pudo mas que acceder. Sería un honor para ella y
para los suyos el tener a la mesa a un diputado del Storthing.
-Entonces, queda convenido -continuó Sylvius Hog
-que comeremos juntos en el gran salón...
-Sí, señor Sylvius-contestó Joel-. Yo le empujaré
el sillón tan pronto la comida esté servida...
-¡Bueno, bueno, señor Joel! ¿Y por que no llevarme
en kariol? ¡No! Con el apoyo de vuestro brazo ya llegaré. ¡No estoy amputado
de ningún miembro, que yo sepa!
-Como usted quiera, señor Sylvius-contestó Hulda-.
¡Pero no haga imprudencias inútiles, se lo ruego... porque entonces Joel irá
inmediatamente a buscar al médico!
-¡Me amenazas! Bueno, pues, sí ya ser‚ prudente y
dócil. Y, desde el momenío en que no me ponéis a dieta, seré el mas obedieníe
de los ancianos. ¡Ah!
pero, ¿es que no tenéis apetito, amigos míos?
-Sólo le pedimos que espere un cuarto de hora
-contestó Hulda- y le serviremos una sopa de grosellas, una trucha del Maan, un
pollo que ayer trajo Joel de Hardanger y una buena botella de vino francés.
-¡Gracias, muchacha, gracias!
Hulda marchóse a vigilar la comida y poner la mesa
en el gran salón, mientras Joel se fue a devolver el kariol al contramaestre
Lengling.
Sylvius Hog quedóse solo. ¿Con que podía pensar
sino en aquella honrada familia, de la cual era ahora huesped y deudor? ¿que
podría hacer para recompensar los servicios, los cuidados de Hulda y de Joel?
Pero no tuvo tiempo de abandonarse a sus
reflexiones, pues al cabo de diez minutos se hallaba ya sentado en el sitio de
honor de la mesa grande. La comida era excelente. Justificaba la fama de la
hostería y el profesor comió con mucho apetito.
Despues pasaron la velada en animada charla, en la
cual Sylvius Hog llevaba la voz cantante. Ya que la señora Hansen no quiso
tomar parte en la conversación, el profesor hacía hablar a los dos hermanos. La
gran simpatía que sentía por los dos iba acrecentándose, y sentíase conmovido
al ver la profunda amistad que los unía el uno al otro.
Ya muy entrada la noche, Sylvius Hog regresó a su
habitación, con la ayuda de Joel y de Hulda, a los que deseó unas buenas
noches, con frases amables, a las que correspondieron los dos hermanos. Apenas
echado en la cama se durmió inmediatameníe.
A la mañana siguiente, Sylvius Hog se despertó con
el alba y empezó a pensar, antes de que llamasen a su puerta.
No -decíase-, no sé cómo resolver esto. No
puedo dejarme salvar, cuidar, sanar y marcharme dándoles simplemente las
gracias! ¡Estoy en deuda
con Hulda y con Joel, esto es evidente! ¡Pero,
caramba, estos servicios no pueden pagarse con dinero...! Por otra parte esta
familia de buenas gentes parece dichosa y nada podría yo añadir a su felicidad.
En fin, hablaré con ellos, y quizás hablando...
Por esto, durante los tres o cuatro días que el
profesor tuvo que permanecer con la piema extendida sobre el taburete, no
cesaron de hablar los tres. Desgraciadamente, los dos hermanos lo hacían con
cierta reserva. Ni el uno ni el otro querían decir nada de su madre, de cuya
actitud fría y preocupada Sylvius Hog se había dado cuenta pronto. Luego, por
otro sentimiento de discreción, dudaban en hacerle partícipe de las inquietudes
que les causaba el retraso de Ole Kamp. No querían exponerse a alterar el buen
humor de su huesped al contarle sus pesares.
-No obstante-le decía Joel a su hermana-,
quiza deberíamos confiarnos al señor Sylvius. Es un hombre de gran
experiencia y, por sus relaciones, podría saber seguramente si en el
Departamento de Marina se ocupan de lo que le haya podido suceder al Viken.
-Tienes razón, Joel-contestó Hulda-. Creo que
haremos mejor en contárselo todo. Pero esperemos que esté completamente curado.
-Sí, y esto no puede tardar-contestó Joel.
Al terminar la semana, Sylvius Hog ya no necesitaba
ayuda para salir de su cuarto a pesar de que aún cojeaba un poco. Iba a
sentarse en uno de los bancos de delante de la casa, a la sombra de los
árboles.
Desde allí podía divisar la cúspide del Gusta, que
resplandecía bajo los rayos del sol, mientras el Maan, transportando gran
cantidad de troncos a la deriva,
mugía a sus pies.
También miraba pasar la gente por la carretera de
Dal al Rjukanfos. La mayoría eran turistas, algunos de los cuales se detenían
una o dos horas en la hostería de la señora Hansen para comer o cenar. Pasaban
también muchos estudiantes de Cristianía, con la mochila a la espalda y la
pequeña escarapela noruega en la gorra.
Estos reconocían al profesor y era un continuo
cambio de cordiales saludos, que demostrahan que Sylvius Hog era muy apreciado
por aquella juventud.
-¿Usted aquí, señor Sylvius?
- ¡Yo aquí, amigos míos!-¡Usted, a quien creíamos
en el fondo del Hardanger!
-¡Error! ¡Es en el fondo del Rjukanfos donde
debería estar!
-Bueno, pues, ya diremos a todo el mundo que se
encuentra usted en Dal.
-Sí, en Dal, con una piema herida.
-¡Ha tenido usted suerte en hallar un buen
albergue y buenos cuidados en la hostería de la señora Hansen!
-¡No cabe imaginarse otra mejor!
-¡No hay!
-¡Y de gente mejor!
- ¡Tampoco hay!-repetían alegremente los turistas.
Y todos bebían a la salud de Hulda y de Joel, tan
conocidos por todo el Telemark.
Entonces el profesor contaba su aventura.
Confesaba su imprudencia. Relataba cómo había sido salvado. Y explicaba que
todo se lo debía a sus salvadores, a los que estaba eternamente reconocido.
- ¡Y si permanezco aquí hasta que haya pagado mi
deuda -añadía-, mi curso de legislación quedará cerrado por mucho tiempo,
amigos míos, y podréis tomaros una vacaciones ilimitadas!
-Bueno, señor Sylvius -decía la alegre banda de
muchachos-, ¡es la hermosa Hulda quien le retiene en Dal!
- ¡Una hermosa muchacha, amigos míos, y simpática
también, y yo sólo tengo sesenta años, por san Olaf!
-¡A la salud del señor Sylvius!
-¡Y a la vuestra, jovencitos! ¡Corred por el
país, instruíos, divertíos! ¡Todos los días son buenos cuando se tiene vuestra
edad! ¡Pero, desconfiad de los
pasajes de la Maristien! Joel y Hulda no estarán
siempre allí para salvar a los imprudentes que se aventuren por aquel lugar.
Y se marchaban haciendo resonar todo el valle con
sus alegres God aften.
Sin embargo, una o dos veces Joel tuvo que
ausentarse para servir de guía a algun turista que quería efectuar la ascensión
del Gusta. Sylvius Hog hubiera
querido acompañarles. Pretendía que ya estaba
curado, ya que la herida de su piema empezaba a cicatrizarse. Pero Hulda le
prohibía terminantemente exponerse a una fatiga todavía demasiado fuerte para
el y, cuando Hulda ordenaba algo, era preciso obedecerla.
El Gusta es una montaña bien curiosa cuyo cono
central, rodeado de barrancos llenos de nieve, emerge de un bosque de abetos
como de un verde collar que se extiende hasta su base. ¡Y que radio de visión
se obtiene desde la cumbre! Por el Este, la bahía del Numedal; por el Oeste,
todo el Hardanger y sus glaciares grandiosos; luego, ai pie de ia montaña, ei
sinuoso valle del Vestfjorddal entre los lagos Mjos y Tirm, Dal y sus casas en
miniatura, como una verdadera caja de juguetes, y el curso del Maan, luminosa
cinta que reluce a través de las verdes llanuras.
Para realizar esta ascensión, Joel salía a las
cinco de la madrugada, y no volvía hasta las seis de la tarde. Sylvius Hog y
Hulda salían a su encuentro. Le
esperaban cerca de la cabaña del barquero. Tan
pronto los turistas y su guía desembarcaban del bote, se daban cordiales
apretones de manos y los tres juntos acababan de pasar la velada
agradablemente. El profesor cojeaba un poco todavía, pero no se quejaba.
Verdaderamente, diríase que no llevaba ninguna prisa en curarse, lo que quiere
decir que no deseaba marcharse de la hospitalaria casa de la señora Hansen.
Por otra parte, el tiempo transcurría rápidamente.
Sylvius Hog había escrito a Cristianía diciendo que permanecería todavía algún
tiempo en Dal. El rumor
de su aventura en el Rjukanfos se había extendido
por todo el país. Los periódicos la habían publicado, algunos dramatizándola a
su manera. Y entonces no cesaron de recibirse cartas en la hostería, sin contar
los libros y los periódicos. Tenía que leerlo todo. Tenía que contestar.
Sylvius Hog lo hacía, y los nombres de Hulda y de Joel, mezclados con esta
correspondencia, corrían ya por Noruega entera.
Pero su permanencia en casa de la señora Hansen no
podía prolongarse indefinidamente, y Sylvius Hog se hallaba igual que a su
llegada en lo que se refiere a la manera de saldar su deuda. De todos modos,
empezaba a sentir que no todo era allí como como al principio había podido
creer. La impaciencia
con que los dos hermanos esperaban cada día el
correo de Cristianía o de Bergen, su desencanto, su pesar mismo, al ver que
nunca había cartas, todo ello era mas que significativo.
Y es que estábamos al 9 de junio. ¡Y continuaban
sin noticias del Viken! ¡Un retraso de mas de dos semanas sobre la fecha
señalada para su regreso! ¡Ni
una sola carta de Ole! ¡Nada que pudiera atenuar
la tortura de Hulda! La pobre muchacha se desesperaba y Sylvius Hog notaba sus
ojos enrojecidos cuando venía a verle por las mañanas.
¿Que ocurre?-se decía-. Una desgracia que temen y
me esconden. ¿Será un secreto de familia, en el cual un extraño no puede
intervenir? Pero, ¿es que
aún soy un extraño para ellos? No, ahora lo deben
saber.
En fin, cuando les anuncie mi partida quiza
comprenderán que es un verdadero amigo quien se va.
Y, aquel día, les dijo:
-¡Amigos míos, se acerca el momento, muy a pesar
mío, en que tendré que dejarles!
- ¡Ya, señor Syivius, ya! -exclamó Joel.
-¡Ah, el tiempo pasa muy aprisa a vuestro lado! ¡Hace
ya diecisiete días que estoy en Dal!
- ¡Cómo...! ¡diecisiete días! -dijo Hulda.
-Sí, querida niña, y se acerca el final de mis
vacaciones. No puedo perder ni una semana, si quiero acabar este viaje por
Drammen y Konsberg. Y, por tanto, si es gracias a vosotros que el Storthirlg no
ha tenido que buscar sucesor para mi asiento de diputado, ni el Storthirlg ni
yo sabemos cómo reconocer...
-¡Oh, señor Sylvius...! -contestó Hulda,
intentando taparle la boca con su pequeña mano.
-De acuerdo, Hulda. Me está prohibido hablar de
esto, al menos aquí...
-¡Ni aquí ni en otra parte! -dijo la muchacha.
-¡Sea! Yo no soy dueño de mí y tengo que obedecer.
Pero, ¿no vendréis Joel y tu a verme a Cristianía?
-¿Venir a verle, señor Sylvius...?
-¡Sí! Venir a verme... pasar algunos días en mi
casa... ¡con la senora Hansen, se entiende!
-Y si nos marchamos todos de la hostería, ¿Quién la
guardará durante nuestra ausencia?-contestó Joel.
-Al contrario, amigos míos, será muy fácil. ¡No me
contestéis que no! ¡No aceptaré esta respuesta!
Y, entonces, cuando os tendré allí conmigo,
instalados en la mejor habitación de mi casa, entre mi vieja Kate y mi viejo
Fink, seréis como mis hijos y entonces deberéis decirme de veras que es lo que
yo puedo hacer por vosotros.
-¿Lo que usted puede hacer, señor Sylvius?-contestó
Joel, mirando a su hermana.
-¡Hermano! -dijo Hulda, que había comprendido el
pensamiento de Joel.
- ¡Habla, hijo mío, habla!
- ¡Pues bien, señor Sylvius, usted podria hacemos
un gran honor!
-¿Cuál?
-Sería, si esto no le estorba mucho, que quisiera
asistir a la boda de mi hermana Hulda...
-¡Su boda! -exclamó Sylvius Hog-. ¡Cómo !¡Mi
pequeña Hulda se casa...! ¡Y no me habíais dicho nada todavía...!
-¡Oh, señor Sylvius... ! -contestó la joven, cuyos
ojos se llenaron de l grimas.
-¿Y cuándo tendrá lugar esta boda...?
-¡Cuando Dios quiera devolvernos a Ole, su
prometido!-contestó Joel.
CAPITULO XI
ENTONCES Joel contó toda la historia de Ole Kamp a
Sylvius Hog, muy emocionado por aquel relato, le escuchaba con profunda
atención. Ahora lo sabía todo.
Acababa de leer la última carta que anunciaba el
regreso de Ole, y Ole no regresaba. ¡Cuántas inquietudes, cuanta angustia para
toda la familia Hansen!
¡Y yo que creía estar entre gente feliz!, pensaba.
No obstante, despues de reflexionar bien, le
pareció que los dos hermanos se desesperaban cuando todavía podían conservar
alguna esperanza. A fuerza de contar aquellos días de mayo y junio, su
imaginación exageraba la cifra, como si los hubieran contado dos veces.
El profesor quiso darles sus razones-no razones de
encargo-sino muy serias y muy plausibles, y discutir con ellos la importancia
de este retraso del Vilken.
Pero su fisonomía se había vuelto grave. La pena
que experimentaban Joel y Hulda le había impresionado profundamente.
-Escuchadme, hijos míos -les dijo-. Sentaos a mi
lado y hablemos.
-¡Ah!, ¿Que podrá usted decimos, señor Sylvius?
-contestó Hulda, desbordante de dolor.
-Os diré lo que me parece justo -prosiguió el
profesor-, y es esto: acabo de reflexionar sobre todo lo que me ha contado
Joel. Pues bien, me parece que
vuestra inquietud rebasa de la medida. No quisiera
daros una seguridad ilusoria, pero es necesario que las cosas vuelvan a su
lugar verdadero
-¡Ay, señor Sylvius! -contestó Hulda-¡Mi pobre Ole
se habrá perdido con el Vilken...! ¡Ya no lo veré mas!
-¡Hermana! ¡Hermanita! -exclamó Joel-. Cálmate
por favor, y dejame que le explique al señor...
- ¡Y sobre todo conservemos la serenidad, hijos
míos! Vamos a ver: el regreso de Ole a Bergen estaba señalado del 15 al 20 de
mayo, ¿no es cierto?
-Sí-dijo Joel-, del 15 al 20 de mayo, tal como nos
dice en su carta, y estamos ya a 9 de junio.
-Esto significa un retraso de veinte días respecto
a la fecha de regreso indicada para el Viken. Son muchos días, no puedo
negarlo. No obstante, no podemos exigir de un velero lo que podríamos esperar
de un barco de vapor.
-Esto es lo que le estoy repitiendo a Hulda, y lo
que vuelvo a repetirle ahora.
-Y haces bien, hijo mío-prosiguió Sylvius Hog-
ademas, es posible que el Viken sea una vieja embarcación, que navegue mal como
la mayoría de las
embarcaciones de Terranova, sobre todo cuando van
excesivamente cargadas, ademas, ha habido muchas borrascas en las últimas
semanas. Quizá Ole no pudo embarcarse en la fecha indicada en su carta.
En este caso, son suficientes ocho días de retraso para que el Viken no haya
llegado todavía y para que vosotros no tengáis ninguna noticia de el. Todo lo
que os digo es el resultado de serias reflexiones. ademas, ¿sabéis si las
instrucciones dadas al Viken no le han dejado un margen para poder llevar su cargamento
a algún otro puerto, según la demanda del mercado?.
-¡Ole nos lo hubiera escrito! Contestó Hulda, que
no podía acogerse a esta esperanza.
-¿Que prueba que no haya escrito?-prosiguió el
profesor-. Y si lo ha hecho, no sería el Viken quien estaría retrasado, sino el
correo de América. ¡Suponed
que el buque de Ole ha tenido que ir a algún puerto
de los Estados Unidos, esto explicaría el porqué‚ ninguna de sus cartas no ha
llegado aún a Europa!
-¿A los Estados Unidos... señor Sylvius?
-Esto ocurre muchas veces, y con sólo fallar un
correo se deja a los amigos sin noticias durante largo tiempo... En todo caso,
puede hacerse una cosa muy
sencilla, que es pedir noticias a los armadores de
Bergen. ¿Los conocéis?
-Sí-contestó Joel-, son los señores Help Hermanos.
-¿Help Hermanos?-exclamó Sylvius Hog.
-Sí.
-Pero si yo también los conozco, el mas joven,
Help junior, como lo llamamos, a pesar de que tiene mi edad, es mi
buen amigo. Hemos comido juntos muchas veces en Cristianía. Help
Hermanos, ¡hijos míos!¡Ah! Ellos me dirán todo lo que hace referencia al
Viken. Hoy mismo voy a escribirles y, si es necesario, iré a verles.
-¡Que bueno es usted, señor Sylvius! -contestaron
a coro Hulda y Joel.
Hah, no me hagáis cumplidos, ¡por favor! ¡Os lo
prohíbo! ¿Es que no os debo nada? ¿Olvidais gracias, yo, por todo lo que
hicisteis por mí....? Ahora que tengo ocasión de devolveros una pequeña parte
de lo que os debo, no
exageréis el valor de este pequeño servicio.
-Pero usted quería marcharse para volver a
Cristianía-observó Joel.
-Bueno, pues me marcharé para Bergen, si es
indispensable que vaya a Bergen.
-Va usted a dejamos, señor Sylvius-dijo Hulda.
-¡Pues no, no os dejaré, querida niña! Soy libre
de mis actos, supongo, y, mientras no haya sacado en claro esta situación, a
menos que me pongáis en la puerta...
-¿Que dice usted?
-Mirad, tengo muchas ganas de quedarme en Dal hasta
que Ole regrese. Quiero conocer al prometido de mi pequeña Hulda. Debe de ser
un buen muchacho de la misma clase que Joel.
-¡Sí! ¡Igual que el!-contestó Hulda.
- ¡Estaba seguro de ello! -exclamó el profesor,
cuyo buen humor había vuelto a asomar en sus palabras.
-Ole se parece a Ole, señor Sylvius -contestó
Joel-, y esto es suficiente para que sea una excelente persona.
-Es posible, mi querido Joel, y esto me da mas
deseos de conocerle. ¡Oh! ¡esto no puede tardar! Algo me dice que el Viken
llegará muy pronto.
-¡Dios le
oiga! -¿Y
por que no tendría que oírme? Tiene el oído muy fino. ¡Sí! Quiero asistir a la
boda de Hulda, ya que estoy invitado. Al Storthilg le costará sólo prolongar
mis vacaciones por algunas semanas. Mucho mas las habría tenido que prolongar
si me hubieseis dejado caer al fondo del Rjukanfos, como merecía.
-¡Señor Sylvius-dijo Joel-, que bueno es oírle
hablar así, y cuánto bien nos hacen sus palabras!
-No tan grande como desearía, amigos míos, ya que
os lo debo todo, y no sé cómo...
-¡No...! No insistiré. ¡Vaya! ¿Fui yo acaso quien
me libré de las garras de la Marisrier? ¿Y yo quien he arriesgado mi vida para
salvarme? ¿He sido yo quien he subido hasta la hostería de Dal? ¿Y he sido yo
quien me he cuidado y curado sin apelar a la Facultad de Medicina? Os advierto
que soy tan testarudo como una mula y me he metido en la cabeza asistir a la
boda de Hulda y Ole Kamp y, por san Olaf, asistiré!
La confianza es comunicativa. ¿Cómo, pues, resistir
a la que mostraba Sylvius Hog? Este lo comprendió en seguida cuando vio que una
debil sonrisa iluminaba las facciones de la pobre Hulda. La joven sólo anhelaba
creer... sólo anhelaba esperar.
Sylvius Hog continuó cada vez mas animado.
-Tenemos que pensar que el tiempo pasa pronto. ¡Vamos,
empecemos con los preparativos de la boda!
-Ya están empezados, señor Sylvius -contestó
Hulda-, hace ya tres semanas.
-¡Estupendo! ¡Cuidado con interrumpirlos!
-¿Interrumpirlos?-exclamó Joel-. ¡Pero, si todo
está a punto!
-¿Cómo? ¿La falda de la novia, el corpiño con los
cierres de filigrana, y los colgantes?
-¡Incluso los colgantes!
-¿Y la corona radiante, que os cubrirá como a una
santa, pequeña Hulda?
-Sí, señor Sylvius.
-¿Y habeis cursado ya las invitaciones?
-Todas han sido expedidas ya-contestó Joel-, incluso
la que mas nos interesa: ¡la de usted!
-¿Y la dama de honor ha sido escogida ya entre las
muchachas mas prudentes del Telemark?
-Y entre las mas hermosas, señor Sylvius-contestó
Joel-, ya que se trata de la señorita Siegfrid Helmboe, de Bamble.
-Con que tono lo dices, muchacho-observó el
profesor-, ¡y cómo has enrojecido al decirlo! ¡Eh, eh! ¿Por casualidad la
señorita Siegfrid Helmboe,
de Bamble, está destinada a convertirse en la
señora Joel Hansen, de Dal?
-Sí, señor Sylvius -contestó Hulda- Siegfrid, que
es mi mejor amiga.
- ¡Vaya! ¡Otra boda! -exclamó Sylvius Hog-.
Y estoy seguro que también se me invitará y no
podré por menos que asistir. Decididamente, será necesario que dimita de mi
cargo de diputado del Storthilg, pues no tendré tiempo de asistir a las
sesiones. Vamos, querido Joel, quiero ser tu padrino de boda, despues de
haberlo sido de tu hermana, si me lo permitís. Decididamente, ¡hacéis conmigo
todo lo que queréis! ¡Abrázame, pequeña Hulda! ¡Y tú también, muchacho! Y
ahora vamos a escribir a mi amigo Help junior, de Bergen.
Los dos hermanos salieron de la habitación, que el
profesor hablaba ya de alquilar a perpetuidad, y volvieron a sus ocupaciones
mas esperanzados.
Sylvius Hog se había quedado solo.
-¡Pobre muchacha, pobre muchacha!-murmuraba-. ¡Sí!
Por un instante, he podido engañar su dolor...! ¡Le he proporcionado un rato
de sosiego...!
¡Pero verdaderamente es un retraso muy prolongado,
y en aquellos mares, me da muy mala espina en esta época...! ¡Si el Viken
hubiera naufragado...! ; ¡Si Ole no regresara jamás!
Instantes despues el profesor escribía a los
armadores de Bergen. En su carta pedía los máximos detalles sobre todo lo que
se refería al Viken y su campaña de pesca. Quería saber si alguna
circunstancia, prevista o imprevista, le había obligado a cambiar su puerto de
destino. Le interesaba saber lo mas pronto
posible cómo se explicaban este retraso los
comerciantes y marinos de Bergen. En fin, rogaba a su amigo Help junior darle
una información exacta a ser
posible a vuelta de correo.
En esta carta tan apremiante, Sylvius Hog explicaba
también por que se interesaba tanto por el joven del Viken, los servicios que
le había prestado su prometida y la alegría que tendría si podía proporcionar
alguna esperanza a los hijos de la señora Hansen.
Tan pronto terminó de escribir esta carta, Joel
mismo se cuidó de llevarla a la estafeta de Moel, para que saliera a la mañana
siguiente. El día 11 de junio
llegaría a Bergen, y el 12 por la noche o el 13 por
la mañana a lo mas tardar, el señor Help junior ya podía haberla contestado.
¡Cerca de tres días para recibir la respuesta! ¡que
largos les parecían! Pero, a fuerza de palabras tranquilizadoras, de animosas
razones, el profesor logró
que esa espera fuese menos penosa. Ahora que
conocía el secreto de Hulda, tenía siempre un buen tema de conversación y ¡que
consuelo era para Joel y para su hermana el poder hablar del ausente en todo
momento!
-¿No soy ya de la familia ahora?-repetía Sylvius
Hog-. ¡Si, algo así como un tío que os hubiera llegado de América, o de otra
parte!
Y, ya que era de la familia, no debían tener mas
secretos para el.
Tampoco le había pasado por alto la actitud de los
dos hermanos para con su madre. La reserva en que se mantenia la señora Hansen
debía tener, según le
parecía, otro motivo que la inquietud de sus hijos
por la suerte de Ole Kamp. Creyó, pues, que debía hablar de ello a Joel, este
no supo que contestarle.
Entonces quiso sondear a la señora Hansen al
respecto, pero ella mostróse tan impenetrable, que tuvo que renunciar a conocer
sus secretos. El tiempo se
los haría conocer, sin duda.
Tal como había previsto Sylvius Hog, la respuesta
de Help junior llegó a Dal por la mañana del día 13.
Joel había partido a la madrugada a buscar el
correo, y fue el mismo quien trajo la carta al salón, en donde se hallaba el
profesor, con la señora Hansen y su hija.
Hubo un momento de silencio. Hulda, palidísima, no
podía ni hablar de la emoción, que le aceleraba los latidos de su corazón.
Cogió solamente la mano de su hermano, gue estaba tan emocionado como ella.
Sylvius Hog abrió el sobre y leyó la carta en voz
alta. Muy a pesar suyo, aquella contestación de Help junior sólo contenía
indicaciones vagas y el profesor no
pudo disimular su contrariedad a los jóvenes que le
escuchaban con lágrimas en los ojos.
El Viken había salido efectivamente de Saint-Pierre
en la fecha indicada en la útima carta de Ole Kamp. Lo sabían formalmente por
otros buques que habían llegado a Bergen viniendo de Terranova.
Estos buques no lo habían visto durante su ruta.
Pero todos habían experimentado muy mal tiempo durante su navegación por aguas
de Islandia. Pero, no obstante, habían podido salir sanos y salvos. Entonces,
¿por que el Viken no habría podido hacer otro tanto? Quizá se hallaba haciendo
escala en otra parte. Por lo demas, se trataba de un buque excelente, muy
sólido,
bien dirigido por el capitán Frilel, de
Hammersfest, y montado por una vigorosa y veterana tripulación.
Pero este retraso no dejaba de ser inquietante, y,
si se prolongaba, era posible temer que el Viken se hubiese perdido con
tripulación y cargamento.
Help junior sentía no poder dar mejores noticías
del joven pariente de los Hansen. En lo que se refería a Ole Kamp, lo
consideraba un muchacho excelente, digno de todas las simpatías que inspiraba a
su amigo Sylvius.
Help junior acababa su carta testimoniando su
afecto al profesor y añadiendo afectuosos saludos para la familia. En fin, le
prometía que le haría saber
inmediatamente cualquier noticia que pudiera
recibir sobre el Viken en cualquier puerto de Noruega.
La pobre Hulda, desfallecida, se había desplomado
en una silla, mientras Sylvius Hog leía la carta; y al acabar su lectura,
rompió en sollozos.
Joel, con los brazos cruzados, había escuchado sin
decir palabra, y sin atreverse a mirar a su hermana.
La señora Hansen, cuando Sylvius Hog hubo terminado
su lectura, se retiró a su habitación. Parecía que esperaba aquella desgracia,
como esperaba muchas mas.
El profesor entonces hizo un gesto para atraer
hacia el a los dos hermanos. Quería hablarles otra vez de Ole Kamp, decirles
todo lo que su imaginación
le sugería de mas o menos plausible y se expresó
con una seguridad maravillosa, sobre todo despues de la carta de Help junior. ¡No!
Tenía un presntimiento, no hábía que desesperar aún. ¿No había muchos ejemplos
de retrasos mas prolongados en la navegación por aquellos mares que se
extienden desde Noruega a Terranova? ¡Sí, sin duda alguna! ¿era el
Viken una sólida embarcación, bien obencada; con
una buena tripulación, por consiguiente, en mejores condiciones que las demas
embarcaciones que habían
regresado a puerto? Indudablemente.
-Esperemos, pues, hijos míos -añadió-, esperemos.
Si el Viken hubiera naufragado entre Islandia y Terranova los innumerables
buques que siguen constantemente esta ruta para regresar a Europa hubieran
encontrado restos del naufragio. ¡Y no ha sido así!
Ni un despojo ha sido descubierto por aquellos
parajes tan frecuentados. Pero, no obstante, tenemos que actuar, tenemos que
obtener detalles mas exactos. Si
durante toda la semana no tenemos noticias del
Viken, o no recibimos ninguna carta de Ole, volveré a Cristanía, me dirigiré a
la Marina, que hará las búsquedas necesarias, y estoy convencido de que darán
un buen resultado a entera satisfacción de todos.
Joel y Hulda se daban perfecta cuenta que, a pesar
de la confianza que quería mostrar el profesor, sus palabras no eran las mismas
que antes de haber recibido la carta de Bergen, carta cuyos términos no dejaban
mucha esperanza. Sylvius Hog no se atrevería ya a hacer alusión alguna a la
próxima boda de
Hulda con Ole Kamp. Y, no obstante, repitió con una
fuerza que imponía:
-¡No! ¡No es posible! ¡Que Ole no regrese a casa
de la señora Hansen! ¡Que Ole no se case con Hulda!
¡Nunca creeré que sea posible tanta desgracia!
Esta convicción era puramente personal. La sacaba
de la energía de su carácter, de su naturaleza, que nada ni nadie podía
doblegar. Pero, ¿cómo podía hacerla compartir a los demas, y sobre todo a
aquellos a quien la suerte del Viken les tocaba de tan cerca?
Pasaron algunos días. Sylvius Hog, completamente
restablecido, realizaba largos paseos por los alrededores. Obligaba a Hulda y a
su hermano a acompañarlo, con el fin de no dejarles solos con sus pensamientos.
Un día, subían los tres por el valle del Rjukan. A la mañana siguiente,
descendían hacia Moel y el lago Tinn. Una vez estuvieron veinticuatro horas
ausentes. Fue el día que prolongaron su excursión hasta Bamble, en donde el
profesor trabó conocimiento con el granjero Helmboe y su hija Siegfrid.
¡Que afectuosa acogida hizo Siegfrid a la pobre
Hulda, y que palabras de ternura halló para consolarla!
Allí, aún, Sylvius Hog comunicó un poco de
esperanza a aquellas buenas gentes. Había escrito a la Marina de Cristianía. El
gobiemo se ocupaba del Viken. Lo hallarían. Ole volvería. Incluso era posible
que regresara de un día a otro. ¡No!, la boda no sufriría seis semanas de
retraso. El excelente profesor parecía tan convencido que todos se rendían mas
a su convicción que a sus argumentos.
Esta visita a la familia Helmboe hizo un gran bien
a los hijos de la señora Hansen. Y, al regresar a su casa, estaban mas
tranquilizados que cuando salieron de ella.
Estaban entonces a 15 de junio. El Viken llevaba ya
un mes de retraso. Y, como se trataba de esta travesía relativamente corta de
Terranova a la costa de
Noruega, era verdaderamente un retraso fuera de la
medida, incluso para un barco velero.
Hulda no vivía. Su hermano no llegaba a encontrar
palabras que la consolasen. Ante aquellos pobres seres, el profesor sucumbía a
la tarea que se había señalado de conservar un poco de esperanza en sus
corazones. Hulda y Joel no se movían de la puerta de la casa si no era para
otear hacia Moel, o para vigilar
la carretera del Rjukanfos.
Ole Kamp tenía que venir por Bergen; pero podía
suceder también que regresara por Cristianía, si la ruta del Viken había sido
modificada. El ruido de un kariol, que pasaba bajo los árboles, un grito
lanzado al aire, la sombra de un hombre dibujándose por el recodo del camino,
todo esto les sobresaltaba, pero inútilmente. La gente de Dal también vigilaba
por su parte. Iban al encuentro del cartero, arriba y abajo del Maan. Todos se
interesaban por aquella familia tan querida en todo el país, por aquel pobre
Ole, que casi era un hijo del Telemark. Y no llegaba ni una sola carta de
Bergen o de Cristianía que les trajera alguna noticia del ausente.
El día 16 tampoco hubo noticia alguna. Sylvius Hog
no podía contenerse ya. Comprendió que tenía que hacer algo personalmente. Por
esto les anunció que
a la mañana siguiente, si tampoco se recibía nada
marcharía a Cristianía y se aseguraría directamente que se había practicado la
búsqueda. Cierto que le
costaría separarse de Hulda y de Joel; ¡pero era
necesario, y volvería tan pronto hubiera terminado sus gestiones!
El día 17 pareció mas triste que nunca. La lluvia
no había cesado de caer desde el amanecer. El viento azotaba los árboles. Las
ráfagas de viento hacían retumbar los cristales de las ventanas que daban al
lado del Maan.
El día transcurrió triste y penoso. Hacia las siete
de la tarde terminaron de comer en silencio como si se hallaran en presencia de
un muerto. Sylvius Hog
no había podido tampoco iniciar ningún tema de
conversación. Le faltaban las palabras y las ideas. ¿que podía decir que no
hubiera dicho cien veces? ¿No
sentía el también que esta ausencia prolongada
hacía inaceptables sus argumentos de antes ?
-Mañana marcharé a Cristianía -dijo-. Joel, ocúpate
de hallarme un kariol. Podrás conducirme hasta Moel, para volver en seguida a
Dal.
-Sí, señor Sylvius -contestó Joel-. ¿No quiere
usted que le acompañe hasta mas lejos?
El profesor hizo un signo negativo indicando a
Hulda, a la que no quería dejar privada de su hermano.
En aquel momento, un ruido, sensible apenas,
percibióse por el lado de la carretera, viniendo de Moel.
Todos escucharon. Pronto no hubo lugar a dudas, era
el ruido de un kariol. Y, al parecer, se dirigía r pidamente hacia Dal.
¿Sería algún viajero que venía a
pasar la noche en la hostería? No era probable, y
raramente los turistas llegan a una hora tan avanzada.
Hulda se levantó temblorosa. Joel fue hacia la
puerta, la abrió y miró en la oscuridad.
El ruido se acercaba. Eran ciertamente los pasos de
un caballo y el chirrido de las ruedas de un kariol.
Pero era tal la violencia de la tempestad, que
tuvieron que cerrar la puerta.
Sylvius Hog iba y venía por la sala. Joel y su
hermana permanecían apretados uno al lado del otro.
El kariol sólo debía hallarse a unos veinte pasos
de la casa. ¿Se detendría o pasaría de largo?
El corazon les latía a todos horriblemente.
El kariol se deuvo. Una voz llamó desde fuera...
¡No era la voz de Ole Kamp!
Casi inmediatamerlte llamaron a la puerta.
Joel abrió. Un hombre se hallaba en el umbral.
-¿El señor Sylvius Hog -preguntó?.
-Soy yo -contesto el profesor, adelantándose-.
-¿Quién es usted, amigo mío?
-Un correo que viene enviado de Cristianía por el
Director de la Marina.
-¿Trae usted una carta para mí?
-¡Aquí está!
Y el recadero le tendió un gran sobre en el cual
estaba impreso el membrete oficial.
Hulda no tenia fuerzas suficientes para tenerse en
pie. Su hermano acababa de hacerla sentar en un taburete. Ni el uno ni la otra
se atrevían a pedir a Sylvius Hog que se apresurase en abrir la carta.
Al fin, éste leyó lo que sigue:
Señor profesor:
En contestación a Su última carta, le envío adjunto
un documento que ha sido recogido en alta mar por un buque danés, en fecha 3 de
junio último.
Desgraciadamene este documento no deja lugar a
dudas sobre la suerte ocurrida al Viken...
Sylvius Hog, sin perder tiempo en acabar de leer la
carta, sacó el documento del sobre... Lo miraba...
Le daba vueltas...
Era un billete de la lotería que llevaba el número
9672.
Al dorso del billete, podlan leerse estas líneas:
3 mayo- ¡Querida Hulda, el Viken está
naufragando...! ¡Sólo tengo este billete por toda fortuna...!
¡Lo confío a Dios para que te lo haga llegar, y, ya
que yo no estaré presente, te ruego que estés tú cuando se realice el
sorteo...! ¡Recibelo con mi último pensamiento por ti...! ¡Hulda, no me
olvides en tus oraciones...! ¡Adiós, mi querida prometida, adiós... !
CAPíTULO XII
¡Es era el secreto del joven marino! ¡Esta era la
suerte con la que contaba para traer una fortuna a su prometida! ¡Un billete
de la lotería, comprado
antes de su partida...! ¡Y en el momento en que el
Viken naufragaba, lo había metido en una botella y tirado al mar, con un último
adiós para Hulda!
Esta vez Sylvius Hog quedó anonadado. Sus ojos iban
de la carta al documento, pero no pronunciaba ni una palabra. ¿Que hubiera
podido decir? Ademas,
¿Que duda podía existir ahora sobre la catástrofe
del Viken, sobre la pérdida de todos sus tripulantes que volvían a Nruega?
Mientras Sylvius Hog leía la carta, Hulda había
podido resistir su angustia. Pero, despues de las últimas palabras
del billete de Ole, cayó desmayada en
brazos de Joel. Tuvieron que transportarla a su
cuarto, donde su madre le dio los primeros auxilios. Al volver en sí, quiso que
la dejasen sola y, entonces
arrodillada a los pies de la cama, rogó fervorosa y
largamente por el alma de Ole Kamp.
La señora Hansen había regresado al salón. Dio unos
pasos hacia el profesor, como si quisiera dirigirle la palabra, pero, despues,
dio media vuelta y
desapareció por la escalera.
Joel, despues de dejar a su hermana en su
habitación, salió en seguida también. Se ahogaba en aquella casa que parecía
abierta a todos los malos vientos.
Necesitaba respirar el aire fresco del exterior el
aire de la tempestad, y durante buena parte de la noche erró solitario por las
orillas del Maan.
Sylvius Hog se había quedado solo Pasado el primer
momento, fue recobrando poco a poco su habitual energía. Despues de dar dos o
tres vueltas por el salón, escuchó por si la joven llamaba; pero como no se oía
nada, se sentó al lado de la mesa y dió curso a sus reflexiones.
¡Pobre Hulda! -se decía-. ¡Hulda ya no
verá mas a su prometido! ¡Es posible una desgracia tan grande...! ¡No...! ¡Sólo
al pensarlo, todo se revuelve en mí! ¡El Viken ha
naufragado, sí! Pero, ¿tenemos una certeza absoluta de la muerte de Ole? ¡No
puedo creerlo! En todos los casos de naufragio, el tiempo sólo puede afirmar
que nadie ha podido sobrevivir a la catástrofe. ¡Sí! ¡Dudo, quiero dudar
todavía, aun cuando ni Hulda, ni Joel, ni nadie mas comparta esta
duda conmigo! Ya que el Viken ha naufragado, ¿puede
explicarse que no se hayan encontrado los restos en el mar...? ¡No...! Y no
se ha encontrado nada mas que esta botella en la cual el pobre Ole ha querido
encerrar su último pensamiento y, con ella, todo lo que le quedaba en el mundo!
Sylvius Hog conservaba el documento entre sus
manos, lo miraba, lo estrujaba, le daba vueltas. ¡Aquel pedazo de papel en el
que el pobre muchacho había
levantado toda una esperanza de fortuna!
No obstante, el profesor quería examinarlo aún mas
atentamente, y, levantándose, escuchó nuevamente si oía a la pobre Hulda
llamando a su madre
o a su hermano, y, convencido de que todo estaba en
silencio, penetró en su habitación.
Aquel billete era de la lotería de las Escuelas de
Cristianía, una lotería muy popular entonces en Noruega. El primer premio era
de cien mil marcos. El
valor total de los demas premios se elevaba a
noventa mil marcos. El número de billetes de la emisión era de un millón, todos
vendidos.
El billete de Ole Kamp llevaba el número 9672.
Pero, ahora, tanto si el número era bueno como no,
si el joven marino tuviera alguna razón secreta para confiar en el, ya no
estaría allí en el momento del
sorteo de aquella loteria, que debería efectuarse
el 15 de julio próximo, es decir dentro de veintiocho días.
Hulda, siguiendo su última recomendación, debería
presentarse en su lugar y responder por el.
Sylvius Hog, a la luz del candelabro, leía y releia
con atención las líneas escritas al dorso del billete como si quisiera
descubrir en aquellas palabras un sentido oculto.
Las líneas estaban escritas con tinta. Era evidente
que la mano de Ole no temblaba mientras la escribía. Esto demostraba que el
joven marino conservaba toda su sangre fría en el momento del naufragio. Esto
le ponía en condiciones de poder aprovechar cualquier medio de salvacion que se
presentara, un madero flotante, un tronco a la deriva, si no se había hundido
todo con el buque.
A menudo, estos documentos recogidos en alta mar
dan a conecer aproximadamente el lugar en donde se ha producido la catástrofe.
En aquel, no constaba ni la latitud ni la lonjitud, nada que pudiera indicar
cual era la tierra mas cercana, el continente o las islas. Era de pensar, pues,
que ni el capitán ni nadie de la tripulación sabía dónde se hallaba entonces el
Viken. Arrastrado sin duda por una de aquellas tempestades a las cuales no
puede resistirse, debería haber sido empujado fuera de su ruta y el estado del
cielo no les permitió obtener una indicación solar, y no pudieron sin duda
consignar la posición durante algunos días. Por esto es probable que no se
supiera nunca en que parte del Atlántico norte, a lo largo de Terranova o de
Islandia, se había abierto el abismo que había engullido al Viken.
Esta circunstancia era suficiente para eliminar
toda esperanza, incluso a los que no querían desesperar.
En efecto, con una indicación, por vaga que fuera,
se habrían podido efectuar búsquedas, enviar algún barco al lugar de la
catástrofe, quizá. pudieran encontrarse algunos despojos reconocibles. ¿Quién
sabe si uno o varios de los supervivientes de la tripulación había conseguido
llegar a un punto cualquiera sin auxilio de ninguna clase y sin ninguna
posibilidad de repatriarse?
Esta era la duda que poco a poco iba tomando cuerpo
en el espíritu de Sylvius Hog, duda inaceptable para Hulda y Joel, duda que el
profesor vacilaba ahora
a infiltrarles ya que la desilusión, muy probable,
hubiera sido mas que dolorosa.
Y, no obstante se decía, si el documento no nos
facilita ninguna indicación, sabemos por lo menos en que lugar se recogió la
botella. La carta no lo dice, pero en el Deartamento de Marina, en Cristianía,
no pueden ignorarlo. ¿No es ya un indicio que podría ser aprovechado aqui?
Estudiando la dirección de las corrientes, la de los vientos generales,
calculando el día aproximado del naufragio, ¿no sería posible...? En fin, voy a
escribir de nuevo. ¡Es necesario que se active la búsqueda, por pocas
posibilidades de éxito que tengamos! ¡No! ¡Nunca abandonaré a esta pobre
Hulda! ¡Nunca! ¡Mientras no tenga una prueba absoluta no creeré en la muerte
de su prometido!
De esta forma razonaba Sylvius Hog. Pero, al propio
tiempo, tomó la decisión de no hablar a nadie de las gestiones que iba a
emprender de los esfuerzos
que iba a provocar usando de toda su influencia. Ni
Hulda ni su hermano supieron nada de lo que escribió a Cristianía. Ademas, la
partida que tenía fijada para el día siguiente, resolvió aplazarla
indefinidamente o, mejor dicho, partiría dentro de algunos días, pero sería
para ir a Bergen. Allí sabría por boca de los señores Help todo lo que concemía
al Viken; preguntaría directamente a la gente de mar su opínión y determinaría
la manera cómo deberían ser efectuadas las primeras pesquisas.
No obstante, por los detalles suministrados por el
Departamento de Marina, los periódicos de Cristianía primero, y despues los de
Noruega, Suecia y de toda
Europa al fin, se habían amparado de aquel hecho
del billete de lotería convertido en un documento. Había algo conmovedor en
aquel último envío de un muchacho a su promerida, y la opinión pública se
emocionó con razón.
El decano de la prensa de Noruega, el Morgen-Bild
fue el primero en relatar la historia del Viken y de Ole Kamp. De los treinta y
siete periódicos que se
publicaban en el país por aquel entonces ni uno
solo omitió detalle al contar la historia, cón términos llenos de ternura. El
IUstreret-Nyedsland publicó
un dibujo ideal de la escena del naufragio. En el
se veía el Viken desamparado, con las velas hechas trizas, sus mastiles rotos,
a punto de desaparecer entre
las olas. De pie en la proa, se veía a Ole
arrojando su botella al mar, con un último pensamiento para Hulda, mientras
encomendaba su alma a Dios. En una esquina, en forma alegórica y dibujandose en
medio de tenue neblina, se veía como una ola arrojaba la botella a los pies de
su prometida. Todo ello encuadrado por aquel billete, cuyo número se destacaba
en extremo. Era una imagen inocente, sin duda, pero que tuvo un gran éxito en
aquellas tierras, tan compenetradas con las leyendas de las ondinas y las valkyrias.
Este hecho fue reproducido y comentado en Francia,
en Inglaterra, hasta en los Estados Unidos de América. Con los nombres de Hulda
y de Ole, su historia se popularizó por medio del lápiz y de la pluma.
Esta joven noruega de Dal, sin saberlo, tuvo el
privilegio de apasionar a la opinión pública. La pobre muchacha no podía
imaginarse el alboroto que se
formaba a su alrededor. Por otra parte, nada podía
distraerla del dolor en el cual se absorbía enteramente.
Y ahora no debemos extrañamos del efecto que se
produjo en los dos continentes, efecto muy explicable, teniendo en cuenta que
la naturaleza humana se deja llevar fácilmente por la pendiente de las cosas
supersticiosas. Un billete de lotería, recogido en
tales circunstancias, con el número 9672, arrancado a las olas de una forma tan
providencial, no podía dejar de ser un billete predestinado. Entre todos los
demas, ¿no estaba milagrosamente indicado para ganar el primer premio de cien
mil marcos? ¿No valía una fortuna, aquella fortuna con la cual contaba el
infortunado Ole Kamp?
Por esto no debemos extrañamos que de todas partes
llegasen a Dal serias ofertas de compra de aquel billete, si Hulda Hansen
consentía en venderlo.
En principio, los precios ofrecidos eran mediocres;
pero iban aumentando de día en día. Podía preverse incluso que con el tiempo y
a medida que se acercara
el día del sorteo, se presentarían serias
contraofertas.
Estas ofertas se producían no sólo en aquellos
países escandinavos, tan propensos a aceptar la intervención de las potencias
sobrenaturales en las cosas de este mundo, sino también en el extranjero,
incluso en Francia. Los ingleses, muy flemáticos, también intervinieron, y
despues de estos, los americanos, cuyos dólares no acostumbraban a gastarse en
estas fantasías tan poco prácticas. Una gran cantidad de cartas fueron enviadas
de todas partes a Dal. Los periódicos no olvidaron de dar a conocer la importancia
de las propuestas hechas a la familia Hansen. Puede decirse que se estableció
una especie de pequeña bolsa, cuyos puntos variaban, pero siempre en alza.
Llegaron a ofrecerse varios centenares de marcos
por aquel billete que, en resumen sólo tenía una millonésima posibilidad de
ganar el primer premio.
Era absurdo, sin duda, pero nadie razona con las
ideas superticiosas. Por esto, las imaginaciones trabajaban incesantemente y
con la fuerza adquirida
podían y debían ir mas lejos todavía.
Y es lo que se produjo. Ocho días despues de aquel
acontecimiento, los periódicos anunciaban que el valor del billete pasaba ya de
mil, de mil quinientos e incluso de dos mil marcos. Un inglés de Manchester
había llegado a ofrecer cien libras esterlinas, o sea dos mil quinientos
marcos. Un americano, de Boston subió la oferta y propuso la adquisición del
númeo 9672 del sorteo de la lotería de las Escuelas de Cristianía, por la
cantidad de mil dólares.
Inútil decir que Hulda no se preocupaba lo mas
mínimo de lo que apasionaba hasta aquel punto a cierto sector público. De las
cartas llegadas a Dal
referentes al billete, no había querido ni
enterarse.
No obstante, el profesor era de la opinión de que
no podían dejarla en la ignorancia de las propuestas que se le hacían, ya que
Ole Kamp le había legado la propiedad de aquel número 9672.
Hulda rehusó todas las ofertas. Aquel billete era
la última carta de su prometido.
Y no se crea que la pobre muchacha pensaba en los
premios de la lotería que podría sacar con el.
¡No! Ella sólo veía en el el supremo adiós del
naufrago, una última reliquia que quería conservar como una cosa preciosa. No
pensaba siquiera en la posibilidad de obtener una fortuna que no podría
compartir con Ole. ¡Que podía haber de mas conmovedor, de mas delicado, que
aquel culto a un recuerdo!
De todos modos, al enterarla de las diversas
propuestas de compra que le eran dirigidas, ni Sylvius Hog ni Joel pretendían
influir en Hulda. Ella sólo debía seguir los dictados de su corazón. Y ya
sabemos lo que su corazón le había aconsejado.
Joel, por lo demas, aprobaba absolutamente la
actitud de su hermana. El billete de Ole Kamp no debía ser cedido a nadie, por
ningún precio.
Sylvius Hog hizo algo mas que aprobar la posición
de Hulda: la felicitó por no prestar oídos a todo aquel comercio. ¿Era posible
vender aquel billete a cualquiera, para ser revendido a otro, pasando de mano
en mano, transformado en una especie de billete de banco, hasta el momento en
que el sorteo de la lotería lo convirtiese en un pedazo de papel sin valor?
Y Sylvius Hog aún iba mas lejos. ¿Por casualidad
sería también superticioso? No, sin duda alguna. Pero si Ole Kamp hubiese
estado allí, probablemente habría dicho:
Guarde su billete, muchacho- guárdelo. Ha sido
salvado de un naufragio, y usted también. Bueno, ¡ya veremos...! ¡Nunca se
sabe...! ¡Ho... ! ¡Nunca se
sabe...!
Y cuando Sylvius Hog, profesor de legislación,
diputado en el Storthig, pensaba así, ¿podía sorprender a alguien el
apasionamiento del público? No, y nada mas natural que el número 9672 saliera
ganador.
En la casa de la señora Hansen no hubo nadie que
protestara, pues, contra el sentimiento, tan digno de respesto, que movía a la
joven; nadie, salvo la madre.
Muy a menudo, en efecto, se oía a la señora Hansen
recriminar la actitud de Hulda, sobre todo en ausencia de ésta. Esto no dejaba
de producir mucha pena a Joel. Su madre -pensaba, al menos- no se contentaría
con recriminaciones. Seguramente querría interpelar secretamente a Hulda sobre
las ofertas que recibía.
-¡Cinco mil marcos por ese billete! -repetía la
señora Hansen-. ¡Le proponen cinco mil marcos!
La señora Hansen no quería ver nada, evidentemente,
de lo que tenía de sentimental la negativa de su hija. Ella sólo pensaba en
esta importamte cantidad de cinco mil marcos. No creía, por otra parte, en el
valor sobrenatural del billete, por noruega que fuese.
Y sacrificar cinco mil marcos por aquella
millonésima probabilidad de suerte de ganar cien mil marcos, no podía entrar en
su espíritu frío y positivo.
Es evidente que, dejando aparte las supersticiones,
rehusar lo seguro por lo inseguro, en aquellas condiciones tan aleatorias, no
hubiera sido un acto de cordura. Pero, lo repito, aquel billete no era un
billete de lotería para Hulda; era la última carta de Ole Kamp, y su corazón se
hubiera destrozado al pensar sólo en desprenderse de el.
No obstante, la señora Hansen desaprobaba en forma
manifiesta la conducta de su hija. Notábase que una sorda irritación iba
adueñándose de ella. Era
de temer que un dia u otro pondría a Hulda en un
aprieto para hacerla cambiar de resolución. Ya había hablado en tal sentido a
Joel, que no había dudado
en tomar la defensa de su hermana.
Naturalmente, Syivius Hog estaba al corriente de lo
que pasaba en la casa. Era una pena mas a añadir a todas las que sufría Hulda,
y el profesor lo sentía
profundamente.
Joel le habiaba de ello algunas veces. -¿Es que no
tiene razón mi hermana, de rehusar?-decía-. ¿Es que no hago bien aprobando su
conducta?
-¡Sin duda!-le contestaba Sylvius Hog-. Y, no
obstante, desde el punto de vista matemático, vuestra madre tiene mil veces
razón. ¡Pero no todo es matemático en este mundo! El cálculo no tiene nada
que ver con las cosas del corazón!
Durante estas dos semanas, habían tenido que
vigilar a Hulda. Abrumada por tanto dolor, se temió por su salud. Por suerte,
no careció de cuidados y a petición de Sylvius Hog, su amigo, el celebre doctor
Boek, vino a visitar a la joven enferma en Dal. Sólo le prescribió mucho reposo
para el cuerpo y mucha calma para el alma, si era posible. Pero el único medio
de curarla, era el regreso de Ole, y este medio, sólo Dios podía disponerlo. En
todo caso, Sylvius Hog no regateó sus consuelos a la muchacha, y no cesó de
verterle en los oídos palabras de esperanza.
¡Y, aunque esto pueda parecer imposible, Sylvius
Hog no desesperaba!
Trece dias habían transcurrido desde la llegada del
billete enviado por el Departamento de la Marina a Dal; estábamos a 30 de
junio. Sólo quince días, y se celebraría el sorteo de la lotería, que tendría
lugar, con gran solemnidad, en uno de los vastos establecimientos de
Cristianía.
Precisamente aquel 30 de junio, por la mañana,
Sylvius Hog recibió otra carta del Departamento de la Marina en contestación a
sus reiteradas instancias.
En aquella carta le indicaban que se pusiera en
contacto con las autoridades marítimas de Bergen. Ademas, le autorizaban a
organizar inmediatamente las
pesquisas relativas al Viken, con la cooperación
del Estado.
El profesor no quiso decir nada a Joel ni a Hulda.
Se limitó a anunciarles su partida, pretextando un
viaje de negocios que sólo le ocuparía algunos días.
Joel se ofreció a acompanarle. No obstante, no
queriendo que se enteraran de que iba a Bergen, sólo permitió que fuera hasta
Moel. Ademas, no convenía
dejar a Hulda sola con su madre. Despues de varios
días de cama, ahora empezaba a levantarse; y estaba aún mas debil.
A las once el kariol estaba delante de la puerta de
la hostería. El profesor montó en el seguido de Joel, despues de dar un último
adiós a la joven. Luego,
doblando el sendero, desaparecieron bajo los
grandes árboles que bordeaban el camino.
Al anochecer, Joel estaba de regreso en Dal.
CAPfTULO XIII
Sylvius Hog, pues, se había marchado a Bergen. Su
naturaleza tenaz, su carácter enérgico, habían vencido el descorazonamiento que
por un momento
había experimentado. No quería creer en la muerte
de Ole Kamp, ni admitir que Hulda estuviera condenada a no verle nunca mas. ¡No!
Mientras la materialidad del hecho no fuese reconocida, el lo consideraba como
falso.
¿Pero, tenía algún indicio sobre el que apoyar la
obra que iba a emprender en Bergen? Sí, pero un indicio muy vago, fuerza es
reconocerlo.
Sabía, efectivamente, en que fecha Ole Kamp había
lanzado el billete al mar, en que fecha y en que parajes había sido recogida la
botella que encerraba
el billete. Esto era lo que decía la carta que
acababa de recibir del Departamento de Marina, carta cuya lectura le había
decidido a partir inmediatamente para Bergen, a fin de entenderse con la casa
Help y los marineros mas competentes del puerto. Quizá esto sería
suficiente para imprimir una dirección útil a las pesquisas sobre la suerte del
Viken.
El viaje se efectuó con toda la rapidez posible.
Una vez llegado a Moel, Sylvius Hog despidió el kariot y a su acompañante y
tomó pasaje en una de estas
embarcaciones de corteza de abedul, que hacen el
servicio del lago Tinn. Al llegar a Tinoset, en vez de dirigirse hacia el Sur,
es decir, hacia Bamble, alquiló
otro kariol y siguió las carreteras de Hardanger, a
fin de alcanzar el golfo de este mismo nombre por el camino mas corto. Allí, el
Rurz, pequeño barco de vapor que prestaba servicio por el golfo, le permitió
descender hasta su extremo inferior. En fin, despues de atravesar una serie de
fiordos, entre los islotes y las islas esparcidas por el litoral noruego, el
día 2 de julio, al
amanecer, desembarcó en el muelle de Bergen.
Esta antigua ciudad bañada por las aguas de los dos
fiordos de Sogne y de Hardaner, esta situada en una magnífica comarca, con la
cual Suecia podrá tener un exacto parecido el día que un canal artificial
conduzca las aguas del Mediterráneo hasta el pie de sus montañas. Una
espléndida avenida de fresnos da acceso a las primeras casas de Bergen. Sus
altos edificios, de cúspides puntiagudas, resplandecen de blancura, como los de
las ciudades árabes. Su alta catedral es visible desde muy lejos por los buques
que llegan de alta mar. Es la capital de la Noruega comercial, a pesar de estar
situada muy lejos de las vías de comunicación, y muy apartadas de las otras dos
ciudades que, políticamente, ostentan el primero y segundo lugar en el reino:
Cristianía y Drontheim.
En cualquier otra circunstancia, el profesor
hubiera disfrutado estudiando esta cabeza de partido, quizá mas holandesa
que noruega, por su aspecto y sus costumbres. Esto formaba parte de su viaje.
Pero, tras la aventura de la Maristien, despues de su llegada a Dal, este
programa había experimentado importantes modificaciones. Sylvius Hog no era ya
el diputado turista, que quería tener una noción exacta del país, tanto desde
el punto de vista político como comercial. Ahora era el huesped de la casa
Hanseña, el deudor de Joel y de Hulda, cuyos intereses pasaban por delante de
todo.
Al desembarcar en Bergen, Sylvius Hog saltó del Run
sobre el muelle del mercado de pescado, al fondo del puerto. En seguida
dirigióse hacia el barrio de
Tyse-Bodrone, donde vivía Help junior, de la casa
Help Hermanos.
Llovía, naturalmente, ya que la lluvia cae sobre
Bergen durante trescientos sesenta días al año. Pero difícilmente se habría
encontrado una casa mejor
acondicionada que el acogedor hogar de Help junior.
Y tampoco Sylvius Hog hubiera podido encontrar en
ninguna otra parte una acogida mas calurosa, mas cordial y mas espontánea que
allí. Su amigo se amparó de su persona como de un objeto precioso que tomaba en
consignación, lo guardaba y no estaba dispuesto a cederlo mas que contra recibo
extendido.
Sylvius Hog impuso inmediatamente a Help junior el
objeto de su viaje. Le habló del Viken. Le pidió saber si había recibido alguna
noticia mas despues
de su última carta. ¿Lo consideraban completamente
perdido los marineros
del lugar? Ese naufragio, que cubría de luto a
muchas fami!ias de Bergen,
¿no había movido a las autoridades marítimas a
empezar sus pesquisas?
-Pero, ¿cómo podrían hacerlas -contestó Help
junior- si no se sabe el lugar exacto del naufragio?
-Es verdad, mi querido Help, pero es precisamente
porque lo ignoramos que debemos intentar saberlo.
-¿Saberlo?
-¡Sí! Si no sabemos nada del lugar en el cual el
Viken naufragó sabemos por lo menos cuál es el lugar donde fue recogida la
botella por el buque danés.
Tenemos, pues, un indicio cierto, que sería
imperdonable negligencia olvidar.
-¿Y cuál es este lugar?
-Escúchame, querido Help.
Sylvius Hog le comunicó entonces los recientes
datos que había recibido del Departamento de Marina, y los plenos poderes que
le habían conferido para que
los utilizara.
La botella que contenía el billete de loteria de
Ole Kamp había sido hallada el día 3 de junio por la goleta Christian,
capitaneada por Mosselman, de Elseneur,
a doscientas millas al suroeste de Islandia, con
viento del sureste.
Este capitán había tomado en seguida conocimiento
del documento, como debía, dado el caso de poder acudir en socorro de los
supervivientes del Viken.
Pero las palabras escritas al dorso del billete de
la lotería no daban ninguna indicación del lugar del naufragio y ei Christian
no pudo dirigirse hacia el paraje de la catástrofe.
El capitán Mosselman era un hombre honrado.
Quizá otro, poco escrupuloso, se hubiera
guardado el billete por su cuenta. El sólo tuvo un pensamiento: hacer llegar el
billete a su destinario tan pronto llegara al puerto. Hulda Hansen, Dal, esto
es suficiente. No era necesario saber mas.
Pero, una vez llegado a Copenhague, el capitán
Mosselman se dijo que mejor sería entregar el documento a las autoridades
danesas en vez de enviarlo
directamente a su destinatario. Era mas seguro y
mas correcto. Y esto fue lo que hizo, y la Marina de Copenhague avisó
inmediatamente a la Marina de Cristianía.
En aquella epoca, ya se habían recibido las
primeras cartas de Sylvius Hog pidiendo noticias precisas sobre el Viken. El
especial interés que sentía por la
familia Hansen era ya conocido. Sylvius Hog debía
permanecer en Dal algun tiempo todavía, y fue allí, pues, donde se le remitió
el documento recogido por
el capitán danés, a fin de que lo pusiera en manos
de Hulda Hansen.
Desde entonces, esta historia no había cesado de
apasionar la opinión pública, por los detalles conmovedores que publicaban los
periódicos de ambos
mundos.
Esto fue todo lo que Sylvius Hog explicó brevemente
a su amigo Help junior, que le escuchaba con profunda atención, sin
interrumpirle ni un momento.
Al terminar, Sylvius Hog añadió:
-Existe un punto que no puede ponerse en duda: y es
que el día 3 de junio último el documento fue hallado a doscientas millas hacia
el suroeste de Islandia, aproximadamente un mes despues de la partida del Viken
de Saint Pierre-Miquelon, con rumbo a Europa.
-¿Y no sabe usted nada mas?
-No, mi querido Help; pero, consultando, los
marineros mas expertos de Bergen, los que son o han sido prácticos en estos
mares, que conocen la dirección general de los vientos y sobre todo de las
corrientes, ¿no podríamos establecer la ruta seguida por la botella? Luego,
teniendo en cuenta su velocidad aproximada y el tiempo transcurrido hasta el
día en que fue recogida, ¿es imposible acaso calcular el lugar donde tuvo que
ser echada por Ole Kamp, es decir, el lugar del naufragio?
Help junior sacudió la cabeza en signo de duda.
Fundamentar toda una tentativa de pesquisas sobre
indicaciones tan vagas, en las cuales podían mezclarse tantas causas de error,
¿no sería correr hacia un
fracaso? El armador, de espíritu frío y práctico,
creyó su deber hacerlo notar a Sylvius Hog.
-¡Es posible, amigo Help! Pero, el hecho de que
sólo podamos obtener datos muy inciertos no es razón para abandonar la partida.
Tengo interés en intentar todo lo posible en favor de estas pobres gentes, a
las cuales debo la vida. Sí, si fuera necesario, no vacilaría en sacrificar lo
que poseo para hallar a Ole Kamp y devolverlo a su prometida Hulda Hansen.
Y Sylvius Hog contó con todo detalle su aventura
del Rjukanfos. Explicó como el intrépido Joel y su hermana habían expuesto sus
vidas para venir en su auxilio, y cómo, sin su intervención, no tendría hoy el
gusto de ser el huesped de su amigo Help.
El amigo Help, como hemos dicho, era persona poco
inclinada a hacerse ilusiones; pero no podía oponerse a que intentaran incluso
cosas inútiles, imposibles, y todo, cuando se trataba de una caso de humanidad.
Por eso al final aprobó lo que intentaba hacer Sylvius Hog.
-Sylvius -le contestó-, te secundaré con todas mis
fuerzas. ¡Sí! ¡Tienes razón! Por pequeña que sea la posibilidad de hallar
algunos supervivientes del
Viken, y, entre todos, este intrépido Ole cuya
prometida te salvó la vida, no podemos despreciarla.
- ¡No, Help, no! -confirmó el profesor-. Aun
cuando sólo tuviéramos una posibilidad contra cien mil.
-Hoy mismo, Sylvius, reuniré en mi despacho a los
mejores marinos de Bergen. Llamaré a todos los que han navegado y navegan
habitualmente en los mares de Islandia y de Terranova. Veremos lo que nos
aconsejan hacer...
- ¡Y lo que nos aconsejen hacer, lo haremos!
-contestó Sylvius Hog con su ardor tan comunicativo-. Tengo el apoyo del
Gobiemo. Estoy autorizado a hacer tomar parte a una de sus embarcaciones
oficiales en las pesquisas del Viken, y estoy seguro que nadie vacilará, cuando
se trate de unirse a nuestra obra.
-Me voy al Departamento de Marina-dijo Help.
-¿Quieres que te acompañe?
-Es inútil. Debes de estar cansado...
-¡Cansado...! ¡Yo...! ¡A mi edad...!
-¡No importa!. Descansa, mi querido y siempre joven
Sylvius, mientras me esperas aquí...
El mismo día tuvo lugar en casa de los hermanos
Help una reunión de capitanes mercantes, de marineros de pesca de altura y de
pilotos. Se encontraban
allí un gran número de lobos de mar que todavía
navegaban y algunos, mas ancianos, que ya estaban retirados.
En primer lugar, Sylvius Hog los puso al corriente
de la situación. Les informó de la fecha -3 de mayo- en que el documento había
sido echado al mar por
Ole Kamp, y en que fecha -3 de junio- el capitán
danés lo había recogido, y en que lugar, o sea a doscientas millas al sudoeste
de Islandia.
La discusión fue bastante larga y muy seria. No
existía ni uno solo de los presentes que desconociera cual era, en los parajes
de Islandia v de los mares de Terranova, la dirección de las corrienes, las
cuales debían tenerse en cuenta para el problema planteado.
Era incontestable que en la época del naufragio,
durante el intervalo de tiempo comprendido entre la partida del Vilken de Saint
Pierre-Miquelon y el hallazgo de la botella por el buque danés, interminables
golpes de viento del sudeste habían removido aquella porción del Atlántico. La
catástrofe tenía que atribuirse sin duda a una de estas tempestades.
Probablemente el Viken, no pudiendo hacerles frente, tuvo que hacer marcha
atrás. Y es precisamente durante este período del equinoccio, que los hielos polares
empiezan a derivar hacia el Atlántico. Es muy posible que se produjera una
colisión y que el Vilken se estrellara contra uno de estos icebergs tan
difíciles de evitar.
Admitiendo esta explicación, ¿por que la
tripulación, toda o parte de ella, no podía laberse refugiado en uno de estos
icefelds (1), despues de haber salvado
una cierta cantidad de víveres? Si esto fuera
cierto, el banco de hielo continuaría siendo empujado hacia el Noroeste y sería
posible que los supervivientes pudieran finalmente arribar a cualquier punto de
la costa
de Groenlandia. Era, pues, en aquella dirección y
por aquellos parajes que debería intentarse la búsqueda.
(1) Campos de hielo.
Esta fue la respuesta dada, por unanimidad de
aquella reunión de marinos, a las diversas preguntas formuladas por Sylvius
Hog. No existía ninguna duda
de que debían proceder en la forma indicada. Pero
¿Que hallarían, sino despojos en el caso de que el Viken hubiera abordado uno
de estos enormes icebergs? ¿Podían confiar en la repatriación de los
supervivientes del naufragio? Era una causa mas que dudosa. El profesor, al
hacer esta pregunta directa, vio muy bien que los mas competentes no podían o
no querían contestar nada. Esto no era una razón para no actuar -en esto
estaban todos de acuerdo-y era preciso actuar rápidamente.
Bergen posee algunos de los buques pertenecientes a
la flotilla noruega del Estado. En aquel puerto estaba destinada una de las
tres embarcaciones que
hacen el servicio de la costa occidental, con
parada en los puertos de Drontheim, de Finmark, de Hammersfest y del cabo
Norte.
Despues de redactar una nota resumieno la opinión
de los marinos reunidos en casa de Help junior, Sylvius Hog se trasladó a bordo
del buque Telegraf.
Allí dio a conocer al comandante la misión especial
que el Gobiemo le había encargado.
El comandante recibió al profesor con toda
amabilidad y mostróse dispuesto a darle toda su cooperación. Había realizado ya
la navegación por aquellos
parajes durante las largas y peligrosas campañas
que arrastran a los pescadores de Bergen, de las islas Loffoden, y de Finmark,
hasta los bancos de pesca de Islandia y de Terranova. Podría, pues, aportar sus
conocimientos personales a la obra de humanidad que iba a emprender y prometió
entregarse en cuerpo y alma a la misma.
En cuanto a la nota que le entregó Sylvius Hog
-nota que indicaba el lugar presumible del naufragio-, obtuvo su entera
aprobación. Era en esta porción de mar, comprendida entre lslandia y
Groerlandia, donde deberían buscar a los supervivientes, o, por lo menos,
algunos restos del Vilke. Si el comandante no tenía éxito, iría a explorar los
parajes vecinos y quizá el mar de Baffin, en la costa oriental.
-Estoy dispuesto a partir, señor Hog-añadió-.
Mi cargamento de carbón y de víveres está hecho, mi
tripulación está a bordo y puedo aparejar hoy mismo.
-Le doy las gracias, comandante-contestó el
profesor-, y le quedo muy reconocido por la acogida que me ha dispensado. Pero,
una pregunta todavía:
¿puede usted indicarme cuánto tiempo necesitará
para alcanzar los parajes de Groenlandia?
-Mi buque puede hacer once nudos por hora.
Y como la distancia de Bergen a Groenlandia es de
veinte grados, aproximadamente, calculo que podré llegar en menos de ocho días.
-Vaya usted tan aprisa como pueda, comandante
-contestó Sylvius Hog-. Si algunos náufragos han podido escaparse de la
catástrofe, hace ya dos meses
que están abandonados, sin duda muriéndose de
hambre en alguna costa desierta...
-No tenemos ni una hora que perder, señor Hog.
Hoy mismo nos haremos a la mar con la marea, y
navegaremos a la máxima velocidad y, tan pronto halle un indicio cualquiera,
informaré a la Marina de Cristianía por telégrafo.
-Parta usted, comandante -contestó Sylvius Hog-, ¡y
ojalá tenga usted el éxito que esperamos!
Aquel mismo día el Telegraf aparejaba, saludado por
los simpáticos hurras de toda la población de Bergen. Y no fue con poca emoción
que le vieron maniobrar por el agua y desaparecer detrás de los últimos islotes
del fiordo.
No obstante, Sylvius Hog no limitó sus esfuerzos en
esta expedición que acaba de encargar al buque Telegraf. Su mente aún podía
hacer mucho mas, multiplicando los medios de hallar algún indicio del Viken.
¿No sería posible excitar la emulación de los buques de comercio y de pesca, a
fin de que prestaran su concurso a las pesquisas, mientras navegaban por los
mares de las Feroe y de Islandia? ¡Sí, sin duda! Entonces, ofreció una prima
de dos mil marcos, en nombre del Estado, a todo buque que proporcionara un
indicio relativo al barco perdido, y de cinco mil marcos a quien repatriara a
uno de los supervivientes del naufragio.
Así, pues, durante los días que permaneció en
Bergen, Sylvius Hog hizo todo lo que le fue posible para asegurar el éxito de
aquella campaña. En ella fue secundado perfectamente por su amigo Help junior y
las autoridades marítimas. Help hubiera deseado que permaneciera con el por
algún tiempo todavía, pero Sylvius Hog le dio las gracias y rehusó prolongar su
permanencia en la casa. Ansiaba regresar al lado de
Hulda y de Joel, temiendo haberles dejado demasiado tiempo solos con ellos
mismos. Pero Help junior convino con el que, si llegaba alguna noticia,
inmediatamente se la transmitirían a Dal. Unicamente el debía informar a la
familia Hansen.
El día 4, por la mañana, Sylvius Hog, despues de
haberse despedido de su amigo Help, embarcó nuevamente en el Run para atravesar
el fiordo de Hardanger, y, a menos de un retraso imprevisto y poco probable,
calculaba estar de regreso en el Telemark al anochecer del día 5.
CAPITULO XIV
El mismo día que Sylvius Hog había salido de
Bergen, una gravísima escena tenía lugar en la hostería de Dal.
Despues de marcharse el profesor, parecía que el
buen hado de Hulda y de Joel habíase llevado, con su última esperanza, toda la
vida de aquella familia.
Era como una casa muerta, que Sylvius Hog dejaba
tras el.
Durante aquellos dos días, ademas, ningún turista
pasó por Dal. Joel no tuvo ocasión de ausentarse y pudo permanecer al lado de
Hulda todo el tiempo como deseaba, pues temía dejarla sola.
Efectivamente, la señora Hansen iba dejándose
dominar cada vez mas por sus secretas inquietudes.
Parecía haberse desligado de todo lo que se refería
a sus hijos, incluso de la pérdida del Viken. Vivía una vida aparte, retirada
en su habitación, saliendo
sólo a las horas de las comidas. Pero, cuando
dirigía la palabra a Hulda o a Joel, era siempre para hacerles reproches
directos o indirectos sobre el billete de la lotería, del cual no querían
deshacerse a ningun precio.
Y es que las ofertas no habían cesado. Llegaban de
todas partes del mundo. Era como a especie de locura que se había apoderado de
aquella gente. ¡No!
Era imposible que aquel billete no estuviera
predestinado a ganar el primer premio de cien mil marcos. Parecía como si
aquella lotería constara de un
solo número, el 9672. En resumen, el inglés de Manchester y el
americano de Boston llevaban la voz cantante. El inglés habia logrado superar a
su rival
en algunas libras. Pero pronto fue superado por
varios centenares de dólares. La última oferta había sido de ocho mil marcos,
lo que sólo se explicaba
por una verdadera monomanía, a menos que no se
tratara de una cuestión de amor propio entre Estados Unidos y Gran Bretaña.
Sea como sea, Hulda contestaba siempre con una
negativa a todas las proposiciones, por ventajosas que fueran, lo que acabó por
provocar las mas
amargas recriminaciones de la señora Hansen.
-¿Y si yo te ordenara que cedieras este billete?
-le dijo un dia a su hija-. ¡Sí, si te lo ordenara!
-Madre, me desesperaría, pero tendría que decirle
que no, también.
-¿Y si fuera necesario, no obstante?
-¿Por que sería necesario?-preguntó Joel
bruscamente.
La señora Hansen no replicó. Se había puesto muy
pálida al oír aquella pregunta expuesta tan claramente, y se retiró murmurando
palabras ininteligibles.
-Ocurre algo grave, y debe de ser algo entre
nuestra madre y Sandgoist -dijo Joel.
-Sí, hermano. Se presentan complicaciones
desagradables para el futuro.
-Mi pobre Hulda. ¿No hemos sufrido ya bastante
estas últimas semanas, que tengamos que tener una nueva catástrofe?
-¡Ay, cuánto tarda en regresar el señor
Sylvius!-dijo Hulda-. Cuando el está aquí me siento menos desesperada...
-Y, no obstante, ¿Que puede hacer el por nosotros?
-contestó Joel.
Pero, ¿Que había en el pasado de la señora Hansen
que no quería confiar a sus hijos? ¿Que amor propio mal entendido le impedía
decirles el motivo de sus inquietudes? ¿Tenía que reprocharse de algo?
Y, por otra parte, ¿por que aquella presión que
quería ejercer sobre su hija, a propósito del billete de Ole Kamp, y del valor
que había alcanzado? ¿De dónde provenía su avidez para cobrar su importe en
moneda? Hulda y Joel iban a saberlo al fin.
El día 4 de julio, por la mañana, Joel hablía
conducido a su hermana a la capillita donde Hulda iba a rezar cada día por el
náufrago. El la esperaba fuera y la volvía a acompañar a casa.
Aquel día, al regresar, vieron los dos a la señora
Hansen que pasaba bajo los árboles rápidamente dirigiéndose hacia la casa.
No iba sola. Un hombre la acompañaba, un hombre que
debía de hablar a gritos y cuyos gestos parecian muy imperiosos.
Hulda y su hermano se habían detenido bruscamente.
-¿Quién es ese hombre? -dijo Joel.
Hulda avanzó algunos pasos.
-Le conozco -dijo.
-¿Le conoces?
- ¡Sí! ¡Es Sandgoist!
-¿Sandgoist, de Drammen, el que vino ya a nuestra
casa durante mi ausencia?
- ¡Sí!
-¿Y que actuaba como si fuera el dueño,
como si tuviera derechos... sobre nuestra madre... sobre nosotros,
quizá?
-El mismo, hermano, y estos derechos sin duda viene
a ejercerlos hoy...
-¿Que derechos...? ¡Ah...! Esta vez sabré lo que
este hombre tiene la pretensión de hacer aquí.
Joel se contuvo con grandes esfuerzos y, seguido de
su hermana, se apartó un poco del camino, para no ser visto.
Minutos despues, la señora Hansen y Sandgoist
llegaban a la puerta de la hosteria. Sandgoist entró primero y la señora Hansen
despues, cerrando la
puerta tras ella. Los dos se instalaron en el
salón.
Joel y Hulda se acercaron a la casa, parándose a
escuchar.
La irritada voz de Sandgoist se elevaba con fuerza,
mientras la señora Hansen hablaba en tono suplicante.
-¡Entremos! -dijo Joel.
Y los dos, Hulda con el corazón oprimido y Joel
ardiendo de impaciencia y de ira también, entraron en el salón, cerrando con
cuidado la puerta.
Sandgoist estaba sentado en el gran sillón y no se
movió al ver entrar a los dos hermanos, contentándose con volver la cabeza en
su dirección y lanzarles
una mirada por encima de las gafas.
-¡Ah! He aquí a la encantadora Hulda, si no me
equivoco dijo en un tono que desagradó a Joel.
La señora Hansen estaba de pie delante de aquel
hombre, en una actitud mezcla de temor y de humildad. Pero se enderezó de
pronto, demostrando su contrariedad al ver a sus dos hijos.
-¿Y este es su hermano, sin duda? Añadió Sandgoist.
-Sí, su hermano -contestó Joel.
Luego avanzó hacia el visitante, quedándose a dos
pasos del sillón que éste ocupaba.
-¿En que podemos servirle? -preguntó.
Sandgoist le lanzó una malévola mirada, y, con su
voz dura y desagradable, dijo, sin levantarse:
-Ahora se lo diremos, joven. En verdad, llega usted
a punto. Tenía ganas de verle, y, si su hermana se muestra razonable,
acabaremos por entendernos. ¡Pero siéntese, y usted también, jovencita!
Sandgoist les invitaba a sentarse, como si se
hallara en su casa. Joel se lo hizo notar.
- ¡Ah, ah! ¡Esto os molesta! ¡Diablo, vaya un
muchacho susceptible!
- Tan susceptible como usted quiera -replicó
Joel-, ¡pero que no acepta mas amabilidades que de aquellos que tienen derecho
a ofrecerlas!
-¡Joel! -amonestó la señora Hansen.
- ¡Hermano, hermano! -añadió Hulda, con suplicante
mirada.
Este hizo un gran esfuerzo para conservar la
serenidad y, a fin de no dejarse llevar por las ganas que tenía de poner en la
puerta aquella persona tan
grosera, se apartó a un rincón.
-¿Puedo hablar ahora? -preguntó Sandgoist.
Una señal afirmativa de la señora Hansen fue la
única respuesta que obtuvo. Pero pareció que le era suficiente.
-Voy a deciros de lo que se trata, y os ruego que
me escuchéis con atención los tres, pues no me gusta repetir dos veces las
mismas palabras.
Se expresaba, era evidente, como un hombre que se
cree en derecho de imponer su voluntad.
-Me he enterado por los periódicos -continuó- de la
aventura de un tal Ole Kamp, un joven marinero de Bergen, y de un billete de la
loteria que ha
enviado a su prometida, Hulda, en el momento en que
el buque que tripulaba, el Viken, iba a hundirse. Me he enterado también que,
entre el gran público, se considera este billete como algo sobrenatural por
razón de las circunstancias en que fue hallado.
He sabido, ademas, que se le atribuye un valor
especial en la suerte del sorteo. Y, por último, me han dicho que Hulda Hansen
había recibido varias ofertas de compra, algunas incluso a precios
considerables.
Se calló un instante. Luego añadió:
-¿Es verdad todo esto?
La respuesta a su última pregunta salió de boca de
Joel, quien dijo.
-¡Sí...! Es verdad. ¿Y que?
-¿Y que? -repuso Sandgoist-. Puesto que estas
ofertas se basan en una superstición absurda, esto es lo que yo pienso. Pero,
en fin, existen y aumentarán aún mas, supongo, a medida que se acerque el día
del sorteo.
Y, como soy comerciante, creo que este asunto me
conviene. Por esto, ayer salí de Drammen para venir a Dal a fin de tratar de la
cesión de este billete y rogar a la señora Hansen que me diera la preferencia
sobre todos los demas compradores
Hulda, instintivamente, iba a contestar a Sandgoist
tal como lo había hecho a todas las peticiones de aquella clase, aún cuando no
se hubiera dirigido
directamente a ella, pero Joel la detuvo.
-Antes de contestar al señor Sandgoist -dijo-
quiero preguntarle si sabe a quién perenece este billete.
- ¡A Hulda Hansen, me imagino!
-Bueno, pues es a Hulda Hansen a quien debe pedirle
si está dispuesta a desprenderse de el.
-¡Hijo mío...! -añadió la señora Hansen.
-Dejeme usted acabar, madre -continuó Joel-.
Este billete, ¿no pertenece legalmente a nuestro
primo Ole Kamp, y Ole Kamp no tenia perfecto derecho a legarlo a su prometida?
-Indudablemente -contestó Sandgoist.
-Es, pues, a Hulda Hansen a quien deben dirigirse
todas las demandas.
-Muy bien, señor formalista -dijo Sandgoist-. Pido,
pues, a Hulda que me ceda este billete que lleva el número 9672, que ha
recibido de Ole Kamp.
-Señor Sandgoist -contestó la muchacha con voz
segura-, he recibido muchas proposiciones por este billete, pero todas han sido
inútiles. Por esto le contestare igual que he contestado hasta ahora. Si mi
prometido me ha enviado este billete con su último adiós, ha sido porque ha
querido que lo guardara,
no que vendiera. Por lo tanto, no puedo
desprenderme de el a ningún precio.
Una vez dicho esto, Hulda se disponía a retirarse,
considerando que la entrevista, en lo que la concernía, debia considerarse
terminada con su negativa.
Pero un gesto de su madre la detuvo.
Un movimiento de despecho se había escapado de la
señora Hansen al oir lo que su hija decia, y Sandgoist demostraba, con el
fruncir de la frente y los destellos de su mirada, que empezaba a
enfurecerse.
-¡Si! quedese, Hulda -dijo-. Estas no pueden ser
sus últimas palabras y, si insisto, es que tengo el derecho de insistir. Creo,
por lo demas, que me he
expresado mal, o quizá, que usted no me ha
conprendido bien. Es cierto que las posibilidades de suerte de este billete no
han aumentado por el solo hecho de que la mano de un náufrago lo haya encerrado
en una botella y que ésta haya sido recogida oportunamente. Pero no se puede
razonar con las manías de la gente. No hay ninguna duda de que mucha gente está
deseando entrar en su posesión.
Han hecho muchas ofertas de compra y harán muchas
mas todavia. Lo repito, este asunto se ha convertido en un negocio y es
precisamente un negocio lo que les propongo.
-Le será muy dificil entenderse con mi hermana
señor -contestó irónicamene Joel-. Cuando usted le habla de negocios, ella le
contesta con sentimientos.
-¡Palabras, joven, nada mas que palabras!
-contestó Sandgoist-, y cuando haya terminado de explicarme, ya verá usted que
si se trata de un negocio
ventajoso para mi, también lo resultará para ella.
Y debo añadir que lo será igualmente para su madre,
la señora Hansen, que se encuentra directamente interesada en el asunto.
Joel y Hulda se miraron. ¿Iban por fin a saber lo
que la señora Hansen les habia ocultado hasta entonces?
-Continúo -dijo Sandgoist-. No pretendo que este
billete me sea vendido por el mismo precio que le costó a Ole Kamp. ¡No...!
Con o sin razón, ha adquirido un cierto valor comercial. Por esto me propongo
hacer un sacrificio para poseerlo.
-Ya le hemos dicho -replicó Joel- que Hulda ha
rehusado muchas proposiciones superiores a todo lo que usted pueda ofrecer...
-¿De veras? -exclamó Sandgoist-. ¡Proposiciones
superiores! ¿Y que sabe usted?
-Ademas, sean las que sean, mi hermana las rehusa
todas, y yo apruebo su negativa.
-¡Ah, vamos! ¿Con quién tengo que tratar, con Joel
o con Hulda Hansen?
-Mi hermana y yo no somos mas que uno -contestó
Joel-. ¡Para que lo sepa usted, ya que parece ignorarlo!
Sandgoist, sin desconcertarse, levantó los hombros.
Luego, como quien está muy seguro de sus argumentos, continuó:
-Cuando hablé de un negocio para la compra de este
billete, tenia que haber añadido que puedo ofrecer unas ventajas de tal indole
que, en interés de su familia, Hulda no podrá rechazar.
-¿De veras?
-Y sepa usted ahora, joven, que no he venido a Dal
para rogar a su hermana que me ceda el billete. ¡No! ¡Mil diablos, no!
-¿Que es lo que pide usted, entonces?- preguntó el
muchacho.
-¡Yo no pido nada, exijo... quiero!
-¿Y con que derecho -exclamó Joel- usted, un
extraño, se atreve a hablar de este modo en casa de mi madre?
-¡Con el derecho que tienen todos los hombres
-contestó Sandgoist- de hablar cuando quieren y como quieren cuando están en su
propia casa!
- ¡En su propia casa!
Joel, en el colmo de la indignación, se abalanzó
hacia Sandgoist, que, a pesar de que no era persona capaz de atemorizarse
fácilmente, habia saltado del
sillón rápidamente. Pero Hulda retuvo a su hermano,
mientras la señora Hansen, con la cabeza entre las manos, retrocedia hacia un
extremo de la sala.
- ¡Hermano...! ¡Mirala...! -dijo la muchacha.
Joel se detuvo repentinamente. Al ver a su madre,
su furor se habia disipado. Todo, en su actitud, demostraba hasta que punto la
señora Hansen se hallaba en poder de aquel Sandgoist.
Este, al ver la vacilación de Joel, recobró su
aplomo y volvió a sentarse en el mismo sitio que ocupaba.
-¡Si, en su propia casa! -exclamó con voz mas
amenazadora, si cabe-. Despues de la muerte de su marido, la señora Hansen se
lanzó a una serie de especulaciones que no han tenido éxito. Ha comprometido la
poca fortuna que le dejó vuestro padre al morir. Ha tenido que pedir un
préstamo a un banquero de Cristania. En último extremo ha tenido que ofrecer
esta casa como garantia de un préstamo de quince mil marcos, préstamo que fue
efectuado con obligaciones bien en regla, obligaciones que yo, Sandgoist, he comprado
al prestamista. Esta casa será mia, pues, y en fecha muy próxima, si no me paga
en la fecha del vencimiento.
-¿Cuándo es esta fecha? -preguntó Joel.
-¡El dia 20 de julio, dentro de dieciocho dias
-contestó Sandgoist-. Y este día, tanto si os gusta como si no, estaré aqui,
en mi propia casa!
-Usted no estará aqui en su casa en esta fecha, mas
que en el caso que no se le pague la deuda hasta entonces -contestó Joel-. ¡Le
prohibo, pues, que hable como lo está haciendo delante de mi madre y de mi
hermana!
-¡Me prohibe a mi...!-exclamó Sandgoist-. Y su
madre, ¿también me lo prohibe?
-¡Pero, hable usted, madre! -dijo Joel,
dirigiéndose hacia la señora Hansen e intentando apartarle las manos del
rostro.
- ¡Joel...! ¡Hermano mio...! -exclamó Hulda-.
¡Por piedad... para ella... te lo ruego... cálmate!
La señora Hansen, con la cabeza inclinada sobre su
pecho, no se atrevia a mirar a su hijo. Desgraciadamente era verdad. Algunos
años despues de la muerte de su marido, habia intentado aumentar su fortuna en
negocios aventurados. El escaso dinero de que disponia se habia evaporado en
poco tiempo. Pronto tuvo que recurrir a los préstamos ruinosos. Y ahora, una
obligación, una hipoteca de su casa, habia pasado a manos de aquel Sandgoist,
de Drammen, un hombre sin corazón, un usurero muy conocido y detestado de todo
el pais. La señora Hansen lo había visto por vez primera el día que vino a Dal
a fin de valorar el coste de la hosteria.
¡Así, pues, este era el secreto que pesaba sobre
su existencia! Esta era la explicación de su actitud y el porque de su vida
aislada, como si hubiera querido esconderse de sus hijos. Este era, por fin, el
secreto que nunca habia querido revelar a sus hijos, cuyo porvenir se hallaba
comprometido por su culpa.
Hulda no se atrevia a creer lo que acababa de oir.
¡Si! Sandgoist era bien dueño de imponer su
voluntad. Aquel billete que queria obtener hoy, dentro de quince días no
tendría ningun valor, y si no se lo
entregaba, seria la ruina, seria la casa vendida,
seria la familia Hansen sin domicilio, sin recursos...
Seria la miseria.
Hulda no se atrevía a levantar los ojos hacia Joel.
Pero Joel, lleno de ira, no quiso oír hablar de
amenazas para un futuro próximo. Solo veia a Sandgoist, y, si aquel hombre
continuaba hablando como lo venia haciendo, no podria contenerse...
Sandgoist, creyéndose dueño de la situación,
volviase mas duro, mas imperioso todavia.
-¡Este billete lo quiero y lo obtendré! -repetia-.
A cambio, ofrezco un precio que es imposilble de señalar; pero ofrezco aplazar
el vencimiento de la obligación suscrita por la señora Hansen, aplazarla por un
año o dos años. ¡Usted misma puede señalar la fecha, Hulda!
Hulda, con el corazón oprimido por la angustia, no
podia abrir la boca. Su hermano contestó en su, lugar,
gritando: -¡El
billete de Ole Kamp no puede ser vendido por Hulda Hansen! ¡Mi hermana rehúsa
todas las propuestas y amenazas, sean las que sean! ¡Y ahora, salga de aqui!
- ¡Salir! -dijo Sandgoist-. ¡Pues bien, no...!¡No
saldré...! Y si la oferta que acabo de hacer no es suficiente, iré mas lejos...
¡Sí...! contra la entrega del billete ofrezco... ofrezco...
Era evidente que Sandgoist tenia verdaderamente un
deseo irresistible de poseer aquel billete, era necesario que estuviera muy
convencido que el negocio seria ventajoso para el, pues se sentó ante la mesa,
en la cual había papel, pluma y tinta, y escribrió. Un instante despues, dijo:
-¡Esto es lo que ofrezco!
Era un recibo de la cantidad adeudada por la señora
Hansen, y por la cual había dado en garantía la casa de Dal.
La señora Hansen, con las manos suplicantes, medio
inclinada, miraba, imploraba a su hija.
-¡Y ahora -anadió Sandgoist- quiero este billete!
¡Lo quiero hoy mismo... al instante! ¡No me iré de Dal sin llevármelo
conmigo...! ¡Lo quiero, Hulda! ¡Lo quiero!
Sandgoist se había acercado a la pobre muchacha,
como si quisiera registrarla para arrancarle el billete de Ole...
Esto era mas de lo que podía soportar Joel, sobre
todo cuando oyó que Hulda le gritaba:
- ¡Hermano... hermano!
- ¡Se marchará usted de una vez! -le dijo con tono
de impaciencia.
Y, como Sandgoist rehusaba salir, iba ya a
echársele encima, cuando Hulda intervino:
-Madre, ahi tiene usted el billete-dijo.
La señora Hansen habia cogido vivamene el billete,
y, mientras lo cambiaba por el recibo de Sandgoist, Hulda se desplomó en el
sillón, sin conocimiento.
-¡Hulda...! ¡Hulda...! -exclamó Joel-. ¡Vuelve en
ti! ¡Ah, hermana mia! ¿Que has hecho?
-¿Que ha hecho? -contestó la señora Hansen-. ¿Que
ha hecho...? ¡Sí, soy culpable! ¡Sí! ¡En interés de mis hijos, he querido
aumentar los bienes de su
padre! ¡Si! ¡Y he comprometido su porvenir! ¡He
atraído la miseria sobre esta casa...! ¡Pero Hulda nos ha salvado a todos...!
¡Esto es lo que ha hecho...!
¡Gracias, Hulda... gracias!
Sandgoist permanecía de pie aún alli, Joel se dio
cuenta de su presencia y le gritó:
-¡Todavía está usted ahi!
Y, cogiendo a Sandgoist por los hombros, lo levantó
por el aire, y, a pesar de su resistencia y de los gritos que profería, lo echó
fuera como un guiñapo.
CAPITULO XV
A la mañana siguiente, Sylvius Hog regresó a Dal al
anochecer. Nada dijo de su viaje. Nadie supo a que habia ido a Bergen. Mientras
las pesquisas iniciadas no diesen resultado, bueno o malo, no queria que la
familia Hansen lo supiera. Todas las cartas y telegramas, tanto si venían de
Bergen como de Cristiania, debian serle enviadas personalmente a la hosteria,
donde se proponia permanecer en espera de los acontecimientos. ¿Esperaba
todavia? ¡Si!, pero, debemos reconocerlo, sólo eran presentimienos.
Tan pronto estuvo de regreso, el profesor adivinó
sin trabajo que algo grave habia ocurrido durante su ausencia. La actitud de
Joel y de Hulda indicaba claramente que una explicación acababa de tener lugar
entre su madre y ellos dos. ¿Una nueva desgracia se había abatido sobre la
familia Hansen?
Esto afligia enormemente a Sylvius Hog.
Experimentaba por los dos hermanos un verdadero afecto tan patemal como si se
tratara de sus verdaderos hijos. ¡Cómo los había hallado a faltar durante su
corta ausencia, y quizá ellos también lo habian echado de menos!
-¡Me hablarán! -se dijo-. ¡Es necesario que me
expliquen lo que ha pasado! ¡Yo soy ya como de la familia!
¡Si! Sylvius Hog se creia con derecho, ahora, para
intervenir en la vida privada de sus jóvenes amigos, de saber por que Joel y
Hulda parecian mas desgraciados que antes de su marcha. Y no tardó en saberlo.
En efecto, los dos hermanos sólo deseaban confiarse
a aquel hombre excelente, a quien querian con un afecto filial. Esperaron,
pues, que los interrogara.
¡Aquellos dos dias últimos se habían sentido tan
abandonados! mas todavia, por el hecho de que Sylvius Hog no les habia dicho
dónde se dirigia. ¡No!
¡Nunca las horas les habian parecido tan largas!
Para ellos, esta ausencia no podia relacionarse con
la búsqueda del Viken, y no se les hubiera ocurrido que Sylvius Hog hubiera
querido esconder el significado de su viaje, para ahorrarles una suprema
desilusión en caso de fracasar.
¡Y ahora, su presencia les era mas necesaria que
nunca! Tenian tanta necesidad de verle, de escuchar sus consejos, ¡de oírle
hablar con su voz tan afectuosa siempre, tan consoladora! Pero, ¿se atreverian
a decirle lo que habia pasado entre ellos y el usurero de Drammen, y la manera
como la señora Hansen habia comprometido la seguridad de la casa? ¿Que pensaria
Sylvius Hog cuando supiese que el billete ya no estaba entre las manos de
Hulda, cuando supiese que la señora Hansen lo había usado para librarse de su
implacable acreedor?
Y no obstante, tendria que saberlo. No sabemos
quién fue el primero en hablar, si Sylvius Hog, Joel o Hulda. Pero poco
importa. Lo que es cierto, es que el profesor estuvo en seguida al corriente de
lo que habia sucedido. Supo cuál había sido la situación de la señora Hansen y
de sus hijos. Dentro de quince dias el usurero les habria echado de la hostería
de Dal, si la deuda no hubiera sido pagada por medio de la cesión del billete.
Sylvius Hog habia escuchado aquel triste relato que
le hizo Joel en presencia de su hermana.
- ¡No teniais que desprenderos del billete!
-exclamó en seguida-. ¡No...! ¡No teníais que hacerlo!
-¿Cómo podia hacerlo, señor Sylvius?-contestó la
muchacha, muy turbada.
- ¡Eh, verdaderamente, no sé...! Claro, no podiais
hacer otra cosa... Y no obstante... ¡Ah, si yo hubiera estado aqui!
Y, ¿Que habría podido hacer, si hubiera
estado alli, el profesor Sylvius Hog? No lo dijo, pero añadió: -Si,
mi querida Hulda, si, Joel. En resumen, habéis hecho lo que teníais que hacer ¡Pero,
lo que me irrita, es que ser Sandgoist quien se
aprovechara de las manias supersticiosas de
la gente! Si se atribuye al billete del pobre Ole un valor sobrenaural, será el
quien lo explotará. Y, no obstante, es ridículo y absurdo creer que
precisamente este número 9672 será indiscutiblemente el favorecido por la
suerte. ¡En fin, por acabar, yo quizá no hubiese entregado este billete!
Despues de haberlo negado a Sandgoist, Hulda habria hecho mejor en rehusarlo
también a su madre.
A todo lo que les acababa de decir Sylvius Hog,
ninguno de los dos hermanos contestó.
Al entregar el billete a la señora Hansen, Hulda
habia obedecido a un sentimiento filial, del cual nadie podia acusarla. El
sacrificio al cual se habia decidido no era el sacrificio de la suerte mas o
menos aleatoria que representaba aquel billete en la lotería de Cristiania, era
el sacrificio de la última voluntad de Ole Kamp, era abandonar a un tercero el
recuerdo de su prometido.
En fin, no podia volverse atrás, ahora. Sandgoist
tenia el billete. Le pertenecia. Lo pondria en pública subasta. Un maldito
usurero iba a engrosar su fortuna a costa de aquel conmovedor adiós de un
náufrago. ¡No! ¡Sylvius Hog no podia admitirlo!
Por esto, aquel mismo día Sylvius Hog quiso tener
una conversación con la señora Hansen sobre aquel asunto, conversación que no
podia hacer cambiar el estado de las cosas, pero que era necesaria para los
dos. Se halló en presencia de una mujer muy práctica, que, no habia duda, tenia
mas buen sentido que corazón.
-¿Así, pues, usted me censura señor Hog?-dijo ella
cuando el profesor le hubo expresado su pensamiento.
-Ciertamente, señora Hansen.
-Si usted me reprocha el haberme lanzado
imprudentemente en malos negocios, el haber comprometido la fortuna de mis
hijos, tiene usted razón.
Pero si usted me reprocha lo que acabo de hacer
para librarme de la deuda, no tiene usted razón. ¿Que puede usted reprocharme?
-Nada.
-Seriamente, ¿debiamos rehusar la oferta de
Sandgoist que, a fin de cuentas, ha pagado quince mil marcos por la cesión de
un billete cuyo valor no se basa en nada? Dígame, se lo vuelvo a pedir,
¿debíamos rehusar?
-Si y no, señora Hansen.
-No es si y no, sefior Hog; es no. En la situación
en que nos hallábamos, como usted sabe, señor Hog, si el porvenir no se
presentara tan amenazador (por
mi culpa, estoy de acuerdo) habria comprendido la
negativa de Hulda... ¡Si...! Habría comprendido que no quisiera ceder por
ningún precio el billete que
habia recibido de Ole Kamp. Pero cuando se trataba
de ser expulsados en pocos dias de una casa en la cual mi marido murió, en la
que nacieron mis dos hijos, no pude comprenderlo y usted mismo, señor Hog, en
mi lugar, habria hecho lo mismo.
-Si, señora Hansen, si.
-¡Yo lo habria intentado todo antes que sacrificar
el billete que mi hija habia recibido en tales circunstancias!
-¿Estas circunstancias lo hacen mejor?
-Ni usted ni yo, ni nadie puede saberlo.
-Al contrario, señor Hog, todo el mundo lo sabe.
Este billete no es mas que un billete que tiene
novecientas noventa y nueve mil novecientas noventa y nueve posibilidades de
perder contra una de ganar.
¿Le atribuye usted, pues, un valor mas grande
porque ha sido hallado en una botella en medio del mar?
Al oír esta pregunta tan concreta, Sylvius Hog
quedóse muy embarazado para contestar. Por esto, volvió a coger el asunto por
el lado sentimental, diciendo:
-La situación es esta, ahora. Ole Kamp, en el
momento del naufragio, legó a Hulda el único bien que le quedaba en el mundo.
Incluso le recomendó que
estuviera presente en el sorteo el día que éste
tuviera lugar, si por feliz casualidad le llegaba el billete a sus manos... y
ahora, este billete ya no está en manos de Hulda.
-Si Ole Kamp hubiera estado aqui-contestó la señora
Hansen-no habria vacilado en ceder el billete a Sandgoist.
-Es muy posible-contestó Sylvius Hog-, pero sólo el
tenia derecho a hacerlo. ¿Y que le contestaria usted, si no estuviera muerto,
si no hubiera perecido en el naufragio... si volviera... mañana... hoy...?
-Ole no volverá ya -contestó la señora Hansen con
voz sorda-. ¡Ole está muerto, señor Hog, muerto y bien muerto!
- ¡Que sabe usted, señora Hansen! -exclamó el
profesor con un acento de convicción verdaderamente extraordinario-. Se han
comenzado los trabajos
de búsqueda para hallar algún superviviente del
naufragio. Pueden tener éxito, ¡si!, tener éxito, incluso antes que se celebre
el sorteo de la loteria. Usted no
tiene derecho a decir que Ole Kamp está muerto
mientras no se tengan pruebas ciertas de que pereció en la catástrofe del
Viken. Si no hablo con tal seguridad a sus hijos, es que no quiero darles una
esperanza que puede causarles despues una decepción mas dolorosa. Pero a usted
señora Hansen quiero decirle lo que pienso. ¡Y que Ole haya muerto, no! ¡No
puedo creerlo! ¡No! ¡No quiero creerlo...! ¡No! ¡Y no lo creo!
La señora Hansen no podía luchar con el profesor en
este terreno en el que había derivado la conversación. Por esto se calló. Y
aquella mujer noruega,
un poco supersticiosa en el mundo, bajó la cabeza
como si Ole Kamp estuviera a punto de aparecérsele.
-En todo caso, señora Hansen -prosiguió Sylvius
Hog-, antes de disponer del billete de Hulda podia hacerse una cosa muy
sencilla, y usted no la ha hecho.
-¿Que cosa, señor Hog?
-Debiais haberos dirigido primero a vuestros
amigos, a los amigos de vuestra familia. Seguramente no os habrian rehusado una
ayuda, ya sea sustituyendo a Sandgoist en su crédito, ya sea adelantándole la
cantidad necesaria para pagarle.
-No tengo amigos, señor Hog, a quienes poder pedir
este favor.
-Si, usted los tiene señora Hansen, y yo conozco al
menos a uno de ellos, que lo hubiera hecho sin vacilar y como un acto de
reconocimiento.
-¿Y quién es?
-Sylvius Hog, diputado del storthing.
La señora Hansen no pudo contestar nada, y sólo se
inclinó ante el profesor.
-¡Pero lo que está hecho ya, está hecho
desgraciadamente!-añadió Sylvius Hog.. Le ruego, pues, señora Hansen, que no
diga nada a sus hijos de la
conversación que acabamos de tener, y de cuyo tema
no volveremos a hablar.
Y los dos se separaron.
El profesor había vuelto a sus costumbres y
reanudado sus paseos cotidianos. Durante algunas horas, acompañado de Joel y de
Hulda, visitaba los alrededores de Dal, pero sin ir muy lejos, a fin de no
cansar a la muchacha. De vuelta a su cuarto, daba curso a su correspondencia,
que no dejaba de ser
importante. Escribía continuamente a Bergen, a
Cristianía. Estimulaba el celo de todos los que tomaban parte en aquella buena
obra de la búsqueda del Viken. Su existencia se concentraba en este único
pensamiento: ¡hallar a Ole, hallar a Ole!
Tuvo que ausentarse aún por veinticuatro horas, por
un motivo que, sin duda, debía relacionarse con aquel asunto que interesaba a
la familia Hansen. Pero,
como siempre, guardó secreto absoluto de lo que
hizo o mandó hacer sobre aquel particular.
Entretanto, la salud de Hulda, tan resentida, se
restablecía muy lentamente. La pobre muchacha sólo vivía del recuerdo de Ole y
las esperanzas que mezclaba con este recuerdo, iban esfumándose cada dia.
Y, no obstante, tenia siempre a su lado a los dos
seres que amaba mas en el mundo, uno de los cuales no cesaba de alentarla.
Pero, ¿era suficiente?
¿No hubiera sido mejor distraerla de cualquier
modo?
¿Y cómo poder arrancarla de sus pensamientos, que
le llenaban el alma entera, estos pensamientos que la unían como cadenas al
naufrago del Viken?
Y así llegó el día 12 de julio.
Dentro de cuatro días debía cslebrarse el sorteo de
la lotería de las Escuelas de Cristianía.
No hay que decir que la especulación efectuada por
Sandgoist había llegado a conocimiento del público. El mismo se había cuidado
de informar a los
periódicos, que lo habían publicado, que el celebre
y providencial billete que llevaba el número 9672 estaba ahora en manos del
señor Sandgoist, de Drammen, y que éste ponia a la venta el billete, que sería
entregado al mejor postor. Y si el señor Sandgoist era el poseedor de aquel
billete es que lo había
comprado a Hulda Hansen por un precio muy elevado.
Como se comprende, este anuncio sólo podía
disminuir la simpatía y el afecto que la ioven había merecido de la opinión
pública. ¡Cómo si Hulda, seducida por el alto precio ofrecido, se
había decidido a vender el billete del naufrago, el billete de su prometido Ole
Kamp! ¡Había convertido en moneda este ultimo recuerdo!
Pero una nota, aparecida muy oportunamente en el
Morgen-Blad, puso a los lectores al corriente de lo que había pasado. Se supo
de que naturaleza habia sido la intervención de Sandgoist y el porque el
billete se hallaba entonces entre sus manos. Entonces la reprobación pública
recayó sobre el usurero de Drammen, este acreedor sin corazón que no habia
dejado de utilizar en su provecho las desgracias de la familia Hansen. Y
entonces sucedió esto -
que, como por acuerdo general, las ofertas que se
produjeron cuando Hulda poseía todavía el billete no se renovaron al nuevo
poseedor. Parecía como si
aquel billete hubiera perdido el valor sobrenatural
que le atribuían, desde que Sandgoist lo había mancillado con su posesión. Y
sucedió que Sandgoist
se encontró con que había realizado un mal negocio
y el famoso número 9672 amenazaba quedarse en sus manos.
Con todo, ni Hulda ni Joel estaban al corriente de
lo que se decía. Afortunadamente, les hubiera sido muy doloroso saberse
mezclados en aquel asunto, que había tomado un cariz tan mercantil en manos de
un usurero.
El día 12 de julio, hacia el anochecer, llegó una
carta dirigida al profesor Sylvius Hog.
Esta carta, enviada por el Departamento de Marina
iba acompañada de otra fechada desde Cristiansand, pequeño puerto situado a la
entrada del golfo
de Cristianía. Sin duda su contenido no decía nada
interesante a Sylvius Hog, pues se la metió en el bolsillo sin decir nada ni a
Joel ni a su hermana.
Unicamente, en el momento de retirarse a su
habiación, al darles las buenas noches, les dijo:
-Ya sabéis, hijos mios, que dentro de tres días se
celebra el sorteo de la lotería. ¿No pensáis ir a verlo?
-¿Por que, señor Sylvius? -contestó Hulda.
-No obstante -continuó el profesor-, Ole quería que
su prometida asistiera al sorteo; se lo ha recomendado expresamente en las
últimas líneas que escribió, y creo que debemos obedecer la última voluntad de
Ole.
-¡Pero Hulda ya no tiene el billete de lotería
-contestó Joel-, y quién sabe a que mano habrá ido a parar!
-No importa -contestó Sylvius Hog-. Os pido a los
dos que me acompañéis a Cristianía.
-¿De verdad lo quiere usted, señor Sylvius?
-contestó la joven.
-No soy yo, querida Hulda, es Ole quien lo quiere,
y debemos obedecer a Ole.
-Hermana, el señor Sylvius tiene razón -contestó
Joel-. ¡Sí, tenemos que ir! ¿cuándo piensa partir, señor Sylvius?
-¡Mañana, al amanecer, y que san Olaf nos proteja!
CAPITULO XVI
A la mañana siguiente, el kariol del contramaestre
Lengling fue a recoger a Sylvius Hog y Hulda, que tomaron asiento en los
estrechos asientos del coche pintado de colores chillones. Como no había sitio
para Joel, el muchacho les seguía a pie, al lado del caballo, que sacudía la
cabeza al galopar.
Catorce kilómetros mediaban entre Dal y Moel, y
esta distancia no era bastante para cansar a aquel valeroso andarín.
El kariol corría por el agradable valle de
Vestfjorddal, bordeando la orilla izquierda del Maan, estrecho y umbroso valle,
regado por miles de cascadas retumbantes, que caían de todas las alturas. A
cada recodo de aquel sinuoso camino, se perdía la vista y se volvía a ver la
cumbre del Gusta, señalada por dos brillantes casquetes de nieve.
El cielo era puro y el tiempo magnífico. La brisa
era suave y el sol brillaba sin calentar demasiado.
Era de notar singularmente que desde que Sylvius
Hog había salido de la casa de Dal, sus facciones parecían serenarse por
momentos. Sin duda se esforzaba en permanecer sereno, a fin de que aquel viaje
fuese al menos una distracción a las penas de Hulda y de Joel.
Sólo dos horas y media les llevaría el kariol para
llegar hasta Moel, a la punta del lago Tinn, donde debería dar por terminado su
trayecto, ya que no
podría ir mas lejos, a menos de tratarse de un
vehículo flotante. Allí se encuentra lo que llaman un vand skyde, es decir, un
transporte de agua. Allí
aguardan aquellas frágiles embarcaciones que hacen
el servicio del Tinn, en toda su longitud, como en toda su anchura.
El kariol se detuvo cerca de la pequeña iglesia de
la aldea, al pie de una cascada de mas de quinientos pies. Esta cascada,
visible sólo en la quinta parte de su recorrido, se pierde en una profunda
grieta de la montaña, antes de quedar absorbida por el lago.
Dos remeros se hallaban al borde de la orilla.
Una barca de corteza de abedul, cuyo equilibrio
absolutamente inestable, no permitía el mas pequeño movimiento de los viajeros
que transportaba, estaba a punto de desatracar.
El lago aparecía entonces con toda su belleza
matinal. El sol, al levantarse, había disipado las brumas de la noche. No se
hubiera podido pedir mejor día
de verano.
-¿No estarás muy cansado, Joel? -preguntó el
profesor tan pronto descendió del kariol.
-No, señor Sylvius. Ya estoy acostumbrado a estas
largas carreras a través del Telemark.
-¡Claro! Dime, ¿sabes cual es el camino mas recto
para ir de Moel a Cristianía?
-Ya lo creo, señor Sylvius. Una vez llegados al
otro extremo del lago, a Tinoset... Por cierto, no sé si encontraremos un
kariol, ya que no hemos mandado ningún mensajero para prevenir nuestra llegada
a la posta, como es costumbre hacer en el país.
-Puedes estar tranquilo, muchacho-contestó el
profesor-, que yo lo había previsto de antemano.
Mi intención no es la de obligaros a hacer a pie el
camino de Dal a Cristiama.
-Si fuera necesario... -dijo Joel.
-No lo será. Volvemos a nuestro itinerario, y
decidme cómo lo comprendeis.
-Pues bien, una vez en Tinoset señor Sylvius,
bordearemos el lago Fol, pasando pór Vik y Bolkesjo, de manera que alcancemos
Mose y una vez allí Konsberg, Hangsund y Drammen. Si viajamos tanto de noche
como de día, no nos será imposible llegar mañana por la tarde a Cristianía.
- Muy bien, Joe! Ya veo que conoces el país y, en
verdad, se trata de un buen y agradable itinerario.
-Es el mas corto.
-¡Pues bien, Joel, yo me río del mas corto,
comprendeis! -repuso Sylvius Hog-. Conozco otro que sólo prolongará el viaje en
unas horas mas. Y tú también lo conoces, muchacho, aun cuando no pareces
dispuesto a demostrarlo.
-¿Cuál?
-El que pasa por Bamble.
-¿Por Bamble?
-¡Sí, Bamble! ¡Hazte el ignorante, ahora! Bamble,
donde vive el granjero Helmboe y su hija Siegfrid.
-¡Señor Sylvius!
-Este es el que tomaremos y, contorneando el lago
Fol, por el sur en vez de hacerlo por el norte, ¿no llegaremos igualmente a
Konsberg?
-¡Igualmente y aún mejor! -contestó Joel.
-Muchas gracias por mi hermano, señor Sylvius -dijo
la joven.
-Y por ti también, pequeña Hulda, pues me imagino
que estarás contenta de volver a ver de paso a tu amiga Siegfrid.
La embarcación estaba dispuesta. Los tres se
sentaron sobre un montón de hojas verdes apiladas en la parte trasera. Los dos
remeros, remando y conduciendo el timón a la vez, se hicieron al agua.
A medida que uno se aleja de la orilla, el lago
Tinn se redondea hasta Haekenoes, pequeño gaard de dos o tres casas, construido
sobre aquel promontorio rocoso bañado por el estrecho fiordo en el cual
desembocan apaciblemente las aguas del Maan. El lago se encuentra muy
encajonado, y
uno no se da cuenta de la altura de las montañas
que lo circundan hasta el momento en que en una embarcación se pasea por el.
Aquí y allí emergen una docena de islas o islotes,
áridos o verdeantes, algunos con varias cabañas de pescadores. En la superficie
del lago flotan troncos
de árboles enteros y grupos de maderos echados
por los aserraderos de los alrededores.
A la vista de esto, Sylvius Hog no pudo estarse de
decir bromeando, y era necesario que tuviera buenas ganas de bromear:
-Si, según nuestros poetas escandinavos, los lagos
son los ojos de Noruega, debemos convenir que Noruega tiene mas de una viga en
el ojo, como dice
la Biblia.
Hacia las cuatro, la embarcación llegaba a Tinoset,
una sencilla aldea de las menos confortables.
Pero poco importaba. La intención de Sylvius Hog
era de no detenerse ni una hora. Y tal como había dicho a Joel, un vehículo ya
les esperaba en la orilla. En previsión de aquel viaje, decidido anteriormente
mucho tiempo atrás, había escrito al señor Benett, de Cristianía, rogándole le
proporcionara los medios de viajar sin retrasos ni fatigas. Por esto, el dia
señalado, les esperaba en Tinoset una vieja carretela, bien provista de
comestibles. En consecuencia, tenían el transporte y la alimentación
garantizados por todo el recorrido, lo que les ahorraba tener que recurrir a
los huevos duros, a la leche agria y a la comida espartana de los gaards del
Telemark.
Tinoset está situado casi al extremo del lago Tinn.
Desde allí, en magnífica cascada, el Maan se
precipita en el valle inferior, donde recupera su curso normal. Los caballos,
traídos de la posta, estaban enganchados ya y el coche tomó en seguida el
camino de Bamble.
En aquella época ésta era la única manera de
recorrer Noruega, en general, y el Telemark en particular. Y Quizá los
ferrocarriles producirán a los turistas una añoranza del karil nacional y de
los coches del señor Benett.
No hay que decir que Joel conocía perfectamente
aquella parte del país, que había atravesado tan a menudo entre Dal y Bamble.
Eran las ocho de la noche cuando Sylvius y los dos
hermanos llegaron a aquella pequeña localidad.
Nadie les esperaba; pero el granjero Helmboe no
dejó de hacerles una calurosa acogida. Siegfrid abrazó y besó a su amiga, a la
que encontró muy pálida por tantos sufrimientos. Durante unos momentos las dos
muchachas permanecieron juntas aparte, participándose sus pesares.
-¡Te lo ruego, querida Hulda -le decía Siegfrid-
no te dejes abatir por la pena! ¡Yo todavía no he perdido la confianza! ¿Por
que debemos renunciar
completamente a la esperanza de volver a ver a
nuestro pobre Ole? Nos hemos enterado por los periódicos que se trabaja en la
búsqueda del Viken. ¡Las
pesquisas darán buen resultado...! ¡Toma, estoy
segura que el señor Sylvius también espera todavía...!
¡Hulda... querida mía... te lo suplico... no
desesperes!
Ah, que alegría hubiera reinado en casa del
granjero Helmboe, en medio de aquellas buenas gentes, buenas y sencillas, si
todo aquel pequeño mundo
hubiera tenido el derecho de ser feliz!
-¿Así, pues, ustedes marchan directamente a
Cristianía? -preguntó el granjero a Sylvius.
-Sí, señor Helmboe.
¿Para asistir al sorteo de la lotería?
-Sin duda.
-¿Por que, si el billete de Ole Kamp está en manos
de este miserable de Sandgoist?
-Esta fue la voluntad de Ole, y ahora debemos
respetar su voluntad.
- ¡Se dice que el usurero de Drammen no ha podido
hallar comprador por este billete que le ha costado tan caro!
-Se dice, es verdad, señor Helmboe.
-¡Bueno! ¡Tiene lo que se merece, este mal hombre,
este pillo, señor Hog, sí... este pillo... ! Y le está bien.
-Sí, de verdad, señor Helmboe, le está bien.
Naturalmente, tuvieron que quedarse a cenar en la
granja. Ni Siegfrid ni su padre hubieran permitido que sus amigos se marcharan
sin aceptar esta
invitación. Pero les convenía no retrasarse, si
querían ganar durante la noche las horas que habían perdido al hacer el rodeo
de pasar por Bamble. Por
esto, a las nueve, uno de los chicos del gaard les
trajo nuevos caballos de la posta, que el mismo enganchó en el coche.
-En mi próxima visita, señor Helmboe -dijo Silvius
Hog al granjero-, permaneceré seis horas a la mesa si me lo exige. Pero hoy le
ruego me permita sustituir los postres por un buen apretón de manos que nos
daremos usted y yo y por un fuerte beso que su simpática Siegfrid dará a mi
pequeña Hulda.
Y esto hecho, se marcharon inmediatamente.
En estas elevadas latitudes el crepúsculo se
prolonga varias horas. Por esto, el horizonte permanece bien visible aún
despues de ponerse el sol, a causa
de la pureza de la atmósfera.
El camino que conduce de Bamble a Konsberg, pasando
por Hitterdal y por el sur del lago Fol, es muy hermoso, aunque bastante
accidentado. Va atravesando una porción meridional del Telemark, pasando por
los burgos, aldeas o gaards de los alrededores.
Despues de una hora de camino, Sylvius Hog pudo
percibir, sin detenerse, la iglesia de Hitterdal, un viejo edificio muy
curioso, cubierto de pináculos que
se elevan unos encima de otros, sin preocuparse de
la regularidad de la arquitectura. Todo es de madera, desde los muros,
construidos con vigas unidas entre sí y planchas de madera contraplacadas,
hasta la última punta del campanario. Este amontonamiento de puntas le hace ser
un monumento venerable y venerado de la arquitectura escandinava del siglo
XIII.
La noche vino poco a poco, una de estas noches que
están todavía impregnadas de los últimos resplandores del día; pero hacia la
una de la madrugada ya se confundía con el alba naciente.
Joel, sentado en el asiento delantero, estaba
absorto en sus relexiones. Hulda permanecía pensativa en el fondo del coche.
Sylvius Hog dirigió unas palabras al postillón, recomendándole apresurar los
caballos. Luego sólo se oyeron los cascabeles de los caballos, el chasquido del
látigo y el rechinar de las ruedas al pasar por el suelo arenoso.
Corrieron toda la noche sin pararse a descansar.
No fue necesario detenerse en Listhus, estación
poco confortable, perdida en medio de un círculo de montañas de abetos, que
circunscribe un segundo perímetro de montañas áridas y salvajes. Dejaron
atrás también Tiness, pequeño gaard pintoresco, cuyas casas están construidas
sobre montículos de piedras.
La calesa corría rápidamente con su ruido de
hierros viejos, su traqueteo de piezas sueltas y de muelles rotos. No tuvieron
que hacer ningún reproche al conductor, un buen viejo que durmió la mitad del
recorrido, mientras iba sacudiendo las riendas.
Maquinalmente daba algún latigazo, suavemente, pero
preferentemente al caballo de la izquierda. Esto era debido a que el caballo de
la derecha le pertenecía, mientras que el otro era propiedad de un vecino suyo
de gaard.
A las cinco de la madrugada, Sylvius Hog abrió los
ojos, extendió los brazos y pudo aspirar deliciosamente el perfume de los
abetos que llenaba la atmósfera.
Estaban en Konsberg. El coche atravesó el puente
que cruza el Laagen, y se detuvo un poco mas allá despues de haber pasado por
el lado de la iglesia, no
muy lejos de la cascada de Larbro.
-Amigos míos -dijo Sylvius Hog-, si queréis nos
detendremos un instante aquí para cambiar los caballos. Es todavía muy pronto
para desayunar.
Será mejor que nos paremos mas rato en Drammen.
Allí nos daremos una buena comida, a fin de ahorrar los comestibles del señor
Benett.
Como nadie tenía nada que objetar, el profesor y
Joel se cotentaron con beber un vasito de brandevi en el hotel. Un cuarto de
hora mas tarde llevaron los caballos de repuesto y el coche reanudó su viaje.
A la salida de la población, el vehículo tuvo que
subir por una rampa muy escarpada, abierta, en el flanco mismo de la montaña.
Por unos momentos,
los altos pilares de las minas de plata de Konsberg
recortaron seis siluetas en el cielo. Luego desapareció todo este horizonte
tras la cortina de un inmenso bosque de abetos, oscuro y fresco como una gruta,
en el cual el calor y la luz del sol no penetraban nunca.
La ciudad de madera de Hangsund proporcionó un
nuevo relevo a la calesa. lban pasando por largas carreteras, a veces cerradas
por barreras, que tenían
que hacerse abrir abonando unos cinco o seis
skillings. La región era fértil, con abundancia de árboles parecidos a
sauces llorones con sus ramas dobladas por el peso de sus frutos.
Al acercarse a Drammen, el valle volvió a hacerse
montañoso.
Al mediodía llegaron a la vista de la ciudad que se
extiende sobre una de las orillas del fiordo de Cristianía, con sus casitas
pintadas que cubren todo lo largo de sus dos calles interminables; el puerto,
tan animado como siempre, daba cabida a los buques que iban a cargar los
productos del norte, tan ocupado estaba por los trenes de maderos.
El coche se detuvo ante el Hotel de Escandinavia.
El propietario, un personaje importante, con barba blanca y aire doctoral,
salió a la puerta de su
establecimiento.
Con la fina percepción que distingue a los
hoteleros en todos los países del mundo, dijo:
-No me extrañaría que esta señorita y estos
caballeros desearan desayunar, ¿verdad?
-Efectivamente, no se extrañe usted -contestó
Sylvius Hog-y procure que nos sirvan lo mas pronto posible.
-¡Al instante!
El desayuno fue servido en el acto y, en realidad,
era muy aceptable. Sobre todo había cierto pescado del fiordo, trufado con una
hierba olorosa, del cual
el profesor comió en abundancia y con verdadero
apetito.
A la una y media, ya estaba otra vez el coche con
nuevos caballos, ante el Hotel de Escandinavia para partir de nuevo
inmediatamente por la calle
mayor de Drammen.
Pero sucedió que, al pasar ante una casa bajita, de
aspecto poco atractivo, y que contrastaba notablemente con los colores alegres
de las casas vecinas,
Joel no pudo reprimir un movimiento de repulsión.
- ¡Sandgoist! -exclamó.
- ¡Ah! ¿Este es el señor Sandgoist? -dijo
Silvius-. Verdaderamente, no tiene muy buena facha.
Era Sandgoist. Estaba fumando al lado de la puerta
de su casa. No podemos decir si reconoció a Joel sentado en el asiento
delantero del vehículo, pues el
coche corría rápidamente entre los montones de
maderos y pilas de tablas.
Mas allá de un camino bordeado de serbales cargados
con sus frutos de coral, el coche se metió por un espeso bosque de pinos, que
bordea el Valle del
Paraíso, magnífica depresión del suelo, con sus
lejanías perdiéndose hasta los límites del horizonte.
Divisaron entonces centenares de montículos, la
mayoría de los cuales estaban coronados por una villa o un gaard. Luego, al
anochecer, cuando el coche empezó a descender hacia el mar, bordeando las
anchas praderas, aparecieron las granjas, con sus casas de color rojo subido,
que resaltaban vivamente sobre la cortina verde oscura de los árboles.
Por fin los viajeros alcanzaron el mismo fiordo de Cristianía encuadrado por
pintorescas colinas, con sus innumerables radas, sus pequeños puertos en miniatura
y sus piers de madera, donde acuden a amarrarse las embarcaciones de la bahía y
los vapores-ómnibus.
A las nueve de la noche -aún era de día en aquella
latitud- la vieja calesa entraba en la ciudad metiendo mucho ruido al pasar por
las calles casi
desiertas.
Siguiendo las indicaciones de Sylvius Hog, se
detuvieron en el Hotel Victoria. Allí descendieron Hulda y Joel. Ya
tenían reservadas sus habitaciones por anticipado. Despues de desearles
afectuosamente buenas noches, el profesor regresó a su vieja casona, donde su
vieja criada Kate y su viejo criado Fink le esperaban con una no menos vieja
impaciencia.
CAPITULO
XVII $
CRISTIANIA -gran ciudad para Noruega-, no sería mas
que una pequeña villa en Inglaterra o en Francia. Parecía exactamente igual a
cuando fue
construida en el siglo once. En realidad, sólo
existe desde el año 1624, época en que la reconstruyó el rey Cristian. De
Opsolo, que se llamaba entonces,
convirtióse en Cristianía, nombre derivado del de
su real arquitecto. Se trata de una ciudad construida regularmente, con largas
calles, rectas y frías, trazadas con tiralíneas, con sus casas de piedra blanca
o de ladrillo rojo. En medio de un bello jardín se levanta el castillo real, el
Orscarslot, vasto edificio cuadrangular, sin estilo, a pesar de que pretenda
imitar al jónico. En algunos lugares se levantan algunas iglesias, en las
cuales las bellezas del arte no consiguen distraer la atención de los fieles.
En fin, hay muchos edificios civiles y establecimientos públicos, un gran
bazar, dispuesto en rotonda, donde se acumulan los productos extranjeros e
indígenas.
En todo este conjunto, nada llama la atención.
Pero lo que se debe admirar sin reservas, es la
posición de la ciudad, en medio de este círculo de montañas, de aspecto tan
variado que le proporcionan un marco magnífico. En sus barrios ricos y nuevos,
es casi llana, y sólo se eleva en un extremo para formar una especie de Kasbah,
cubierta de casas irregulares en donde vegeta una población mas bien pobre, en
cabañas de madera, barracas de ladrillo, cuyos colores chillones sorprenden mas
que complacen la mirada del extranjero. No debéis creer que la palabra Kasbah,
reservada a las poblaciones africanas, no está bien empleada en una ciudad del
norte de Europa. ¿No tiene Cristianía, en los alrededores del puerto, los
barrios deTúnez, de Marruecos y de Argelia?
En resumen, como toda ciudad que baña el mar por un
lado y las verdes colinas por otro, Cristianía es en extremo pintoresca. No es
injusto comparar su fiordo a la bahía de Nápoles. Tal como en las orillas de
Sorrento o de Castellamare, sus orilas están pobladas de chalets y de villas de
recreo, medio perdidos entre la verdura casi negra de los abetos, en medio de
estas tenues brumas, que dan esta gracia especial a las regiones hiperbóreas.
Sylvius Hog estaba de regreso, por fin, en
Cristianía. Es verdad que este regreso se realizaba en unas condiciones que
nunca había podido prever, en medio de un viaje interrumpido. En aquel momento
sólo se trataba de Joel y de Hulda Hansen. Si no los había hospedado en su
casa, es que hubiera necesitado dos habitaciones para recibirlos. No hay duda
que tanto el viejo Fink como la vieja Kate les hubieran hecho una buena
acogida. Pero no había tenido tiempo de avisarles. Por esto, el profesor los
había conducido al Hotel Victoria, con una buena recomendación para
que fueran bien atendidos. Y una recomendación de Sylvius Hog, diputado del
Storthing, era cosa de tener muy en cuenta.
Pero, al mismo tiempo que el profesor solicitaba
para sus protegidos las atenciones que le hubieran tenido a el mismo, se
abstuvo de dar sus nombres.
Guardar el incógnito, en principio, le pareció mas
que prudente, respecto a Joel y sobre todo a Hulda Hansen. Ya sabemos el
alboroto que se había producido acerca de la joven, y todo habría contribuido a
molestarla. Mejor sería no decir nada a nadie de su llegada a Cristianía.
Habían convenido que, a la mañana siguiente,
Sylvius Hog no se encontraría con los dos hermanos hasta un poco antes del
almuerzo, es decir, entre las once y las doce del mediodía.
El profesor, naturalmente, tenía que resolver
algunos asuntos, que le ocuparían toda la mañana y no vendría a buscar a Hulda
y a Joel hasta que los hubiera terminado. Entonces ya no los dejaría y
permaneceria con ellos hasta el momento en que se procedería al sorteo de la
lotería, que debería efectuarse a las tres de la tarde.
Por esto, Joel, tan pronto se levantó, fue al
encuentro de su hermana, que ya le esperaba completamente arreglada en su
cuarto. Con el fin de distraerla un poco de sus pensamientos, que debían ser
mas dolorosos todavía aquel día, Joel le propuso dar un paseo hasta la hora de
comer. Hulda, para no disgusar a su hermano, aceptó la proposición que le hacía
Joel, y los dos marcharon un poco a la ventura a través de las calles de la
ciudad.
Era domingo. Contrariamente a lo que se hace en las
ciudades del Norte durante los días festivos, en que el número de paseantes
disminuye, había una
gran animación en las calles. No solamente los
ciudadanos no se habían marchado al campo, sino que se veía a los campesinos de
los alrededores afluir a la ciudad. El ferrocarril del lago Miosen, que hace el
servicio de los alrededores de la capital, había tenido que organizar trenes
suplementarios. ¡Esta popular lotería de las Escuelas de Cristianía atraía
tanto a los interesados como a los curiosos!
Por esto había tanta gente por las calles, familias
enteras, incluso pueblos enteros, venidos con la secreta esperanza de no haber
hecho un viaje inútil.
¡Júzguese! ¡El millón de billetes había sido
vendido y, aún cuando sólo ganaran un simple premio de ciento o doscientos
marcos, cuánta gente volvería a
sus humildes soelers o a sus modestos gaards bien
contenta de su suerte!
Joel y Hulda, al salir del Hotel Victoria
descendieron primero hasta los muelles que dan la vuelta por el este de la
bahía. En aquel lugar, la afluencia de gente era menor, salvo en los cafés y
bares, donde la cerveza y el bandevin, servidos en grandes vasos, refrescaban
las gargantas en estado de sed permanente.
Mientras los dos hermanos se paseaban entre los
almacenes, las hileras de toneles, con montones de cajas de todas procedencias,
los buques amarrados
al muelle o dentro del puerto les llamaron
especialmente su atención. ¿No habría entre aquellos buques algunos que habían
anclado también en el puerto de Bergen, donde el Vikel ya no volvería mas?
-¡Ole...! ¡Mi pobre Ole! -murmuraba Hulda.
Entonces Joel quiso llevársela lejos de la bahía, y
la condujo por otros barrios, hacia la parte alta de la ciudad.
Allí, en las calles, en las plazas, en medio de
grupos de gente, pudieron oír muchos comentarios que les aludían.
-Sí -decía uno-. ¡Se había llegado a ofrecer diez
mil marcos por el número 9672!
-¿Diez mil? -contestaba otro-. ¡He oído decir que
hasta veinte mil y mas aún!
-El señor Vanderbilt, de Nueva York, llegó incluso
hasta treinta mil.
- Los señores Baring, de Londres, a cuarenta mil!
- ¡Y los señores Rothschild, de París, a sesenta
mil!
Ya sabemos hasta donde podían creerse estas
exageraciones de la población. Si continuaban con esta escala ascendente, los
precios ofrecidos hubieran acabado por sobrepasar el importe del primer premio.
Pero si los propagadores de noticias no estaban de
acuerdo con la cifra de las propuestas ofrecidas a Hulda Hansen, la gente se
entendía a maravilla para calificar los procedimientos del usurero de Drammen.
- ¡Que maldito pillastre, este Sandgoist, que no
tuvo piedad de esta pobre gente!
-¡Oh, es conocido en todo el Telemark, y no es la
primera vez que intenta un golpe de estos!
-¡Dicen que no ha encontrado a nadie a quien
revender el billete de Ole Kamp, despues de haberlo adquirido a tan alto
precio!
-¡No! ¡Nadie lo ha querido!
-¡No me extraña. ¡Entre las manos de Hulda Hansen
este billete era bueno!
-Naturalmente: ¡mientras que entre las manos de
Sandgoist, no vale nada!
- ¡Bien hecho! ¡Le quedará como recuerdo, y ojalá
perdiera los quince mil marcos que le ha costado!
-Pero... ¿y si este miserable gana el primer
premio?
-¿El...? ¡No faltaría mas!
- ¡Esto sí que sería una injusticia de la suerte!
En todo caso, que no se presente al sorteo...
-No, porque le jugaremos una mala pasada. Esta era,
en resumen, la opinión de la gente sobre Sandgoist. Ya sabemos, ademas, que por
prudencia o por cualquier otro motivo, no tenía la intención de asistir al
sorteo, ya que la víspera permanecía todavía en su casa de Drammen.
Hulda, muy emocionada, y Joel, que sentía como el
brazo de su hermana temblaba contra el suyo, pasaron de prisa, sin querer oír
mas, como si temieran verse aclamados por todos aquellos amigos ignorados que
contaban entre el gentío.
En cuanto a Sylvius Hog, quizá esperaban
hallarlo por la ciudad. Pero no fue así. Aunque por algunas palabras oídas de
las conversaciones de la gente,
supieron que el regreso del profesor a Cristianía
era ya conocido de todos. Desde la mañana ya lo habían visto andar con aire muy
preocupado, como quien no tiene tiempo de distraerse un minuto, tan pronto
hacia el puerto como hacia las oficinas de la Marina.
Es verdad que Joel hubiera podido preguntar a
cualquier transeúnte el domicilio del profesor Sylvius Hog. Todo el mundo se
hubiera apresurado a
indicarle la casa e incluso acompañarle hasta allí.
Pero no lo hizo por temor a ser indiscreto y, ya
que estaban citados en el hotel, lo mejor sería esperarle allí como habían
convenido.
Y esto es lo que Hulda rogó a Joel que hiciera,
hacia las diez y media de la mañana. Se sentía muy cansada y todos aquellos
comentarios en los cuales
se mezclaba su nombre, le hacían daño.
Volvieron, pues, al Hotel Victoria, y Hulda subió a
su habitación para esperar allí el regreso de Sylvius Hog.
En cuanto a Joel, permaneció en la planta baja del
hotel, en el salón de lectura.
Para pasar el tiempo hojeó maquinalmente los
periódicos de Cristianía.
Repentinamente,
su figura se descoloró, su mirada se perturbó, el diario que tenía le cayó de
las manos... En un número del Morgen-Blad, en las noticias de mar,
venía leyendo el despacho siguiente, datado de Tierranova: "El aviso Telegraf,
llegado en el lugar presunto del naufragio del Viken, no encontró ningún
vestigio. Sus investigaciones sobre la costa de Groenlandia no tuvieron más
éxitos. Se debe pues considerar como determinado que no sigue siendo ningún
superviviente de la tripulación de Viken. "
XVIII
-¡Buenos
días, Sr. Benett! Cuando encuentro la ocasión de darles un apoyo, de ayudar,
eso me hace sentir
placer. -Y
eso me hace siempre honor, Sr.
Hog. -¡Honor,
placer, placer, honor, respondió alegremente el profesor, uno vale
otro! -Veo
que su viaje en la Noruega central se acabó
afortunadamente. -No
se acaba, no, pero se termina, Sr. Benett por este año al menos. -Todos
hablan, si usted sabe, de esta valiente gente de la que llegaron a su
conocimiento, de Dal. -¡De
valiente gente, en efecto, Sr. Benett, de valiente gente y la gente valiente!
¡La palabra les conviene en los dos sentidos! ¡Según lo que los Diarios nos
enseñaron, es
necesario convenir que deberían
compadecerse! -¡Nunca
he visto la desdicha afectar a pobres seres con una obstinación
similar! -En efecto, Sr. Hog. ¡Después del asunto del
Viken, el asunto de este abominable
Sandgoist! -Como
usted dice, Sr. Benett.-¡Ah! ¡Sr. Benett! -Sylvius Hog comentó- habla allí el
hombre práctico, negociando su precio. ¡Pero, si quiere colocarse en otra
posición, eso se convierte en un asunto de sentimiento, y el sentimiento no se
calcula! -Obviamente,
Sr. Hog; ¡pero me permite, -como usted dice, es muy probable que su protegida
habría dado su consentimiento! ¿Quien sabe? ¡Pero piensan así pues! ¿Qué
representaba este billete? ¡una única oportunidad de ganar sobre un millón!...
¡En efecto, una oportunidad sobre un millón! ¡Es poco, Sr. Benett, es poco!
-En efecto, Sr. Hog. Después del asunto del Viken, ¡el asunto de este
abominable
Sandgoist! -Como
usted dice, Sr. Benett. Finalmente, Sr. Hog, Hulda Hansen hizo bien el
suministrar el billete contra
recibo. -¿Se
encuentran?... ¿Y por qué pues, si les agrada? Porque de pagar quince mil
marcos contra la casi certeza de no recibir nada del
conjunto... -¡Ah!
¡Sr. Benett! lo contrario, habla allí del hombre práctico,
negociando como tal! Pero, si se quieren colocar en otra opinión, ¡eso se
convierte en un asunto de sentimiento, y el sentimiento no se
calcula! -Obviamente,
Sr. Hog; pero me permite usted decirlo, es muy probable que su protegida había
dado su consentimiento! ¿Que saben? ¡Pero piensan allí pues! Por eso la
reacción se hizo, después del entusiasmo de primeros días, y, dicho, este
Sandgoist, que no había comprado este billete mas que para especular arriba, no
pudo encontrar adquirente! Parece, Sr. Benett. Y con todo, si este maldito
usurero venía a ganar el primer premio, ¡aquí que sería un escándalo! Un
escándalo, indudablemente, el Sr. Benett, la palabra no es demasiado, un
escándalo! Al hablar así, Sylvius Hog paseaba a través de los almacenes, se
puede decir a través del bazar del Sr. Benett, así conocido de Christiania y de
toda la Noruega. En efecto, que no encuentra ¿no en este bazar? Coches de
viajes, kariols por docenas, cajas de comestibles, cestas de vinos, existencias
de conservas, prendas de vestir y utensilios de turistas, incluso de las guías
para conducir los viajeros hasta los últimos lugares del Finmark,¡hasta
Laponia, hasta el Polo Norte! ¡Y no es todo! El Sr. Benett no ofrece a los
aficionados de historia natural el distintas muestras de piedras y metales del
suelo, como a especímenes más variados de los pájaros, insectos, reptiles, de
¿fauna noruega? Y lo que conviene saber dónde se encontraría un grupo de joyas
y fruslerías del país ¿más completo que en sus escaparates? Por eso este
caballero es la Providencia de los turistas, deseosos de visitar la región
escandinava. Es el hombre universal del cual Cristianía no podria prescindir.
-Y, a propósito, señor Hog-le dijo-, ¿ha encontrado
usted en Tinoset el coche que me pidió?
-Ya que se lo habia pedido a usted, señor Benett,
estaba seguro que lo encontraría a la hora señalada.
-Es usted muy amable, señor Hog. Pero, según me
decía en su carta, esperaba que serian tres...
-Tres personas, en efecto.
-¿Y estas personas?
-Llegaron ayer noche, en perfecto estado de salud,
y me están esperando en el Hotel Victoria, donde me dirijo ahora mismo.
-¿Por casualidad son...?
-Exactamente, señor Benett, son... Y, se lo ruego,
no se lo diga a nadie. Me interesa que la noticia de su llegada no se extienda
todavía por la ciudad.
- ¡Pobre muchacha!
-¡Si...! ¡Ha sufrido tanto!
-¿Y usted ha querido que asistiera al sorteo de la
lotería, a pesar de que ya no posee el billete que le legó su prometido?
-No soy yo quien lo ha querido, señor Benett. Es el
propio Ole Kamp, y debo repetirle a usted, como a todo el mundo: ¡debemos
obedecer la última voluntad de Ole!
-Natulmente, querido señor Hog, todo lo que usted
hace está bien hecho.
-¿Cumplidos a estas horas, señor Benett?
-No, pero debo decir que la familia Hansen ha
tenido mucha suerte de haberlo encontrado a usted en su camino.
-¡Bah! ¡mas suerte tengo yo de haberla encontrado
en el miol
-¡Veo que continúa usted teniendo buen corazón!
-Señor Benett, ya que estamos obligados a tener un
corazón, mejor es que éste sea bueno, ¿no es verdad?
Y con que magnífica sonrisa Sylvius Hog acompañó
esta respuesta al digno comerciante.
-Y ahora, señor Benett -añadió no crea que he
venido aquí a buscar sus felicitaciones. ¡No! Otro motivo es el que me trae.
-Estoy a su disposición.
-Usted ya sabe, verdad, que sin la intervención de
Joel y de Hulda Hansen, si el Rjukanfos hubiera querido devolverme al mundo me
habría devuelto en estado de cadaver. Y hoy no tendría el placer de estar
conversando con usted...
-¡Sí...! ¡Sí...! Ya lo sé -contestó el señor
Benett-. Todos los periódicos publicaron su aventura...
Y, verdaderamente, estos jóvenes tan valientes
merecerían ganar el primer premio de la lotería.
-Soy de su misma opinión -contestó Sylvius Hog-.
Pero, ya que ahora es completamente imposible, no quisiera que mi pequeña Hulda
regresara
a Dal sin un pequeño obsequio... un recuerdo...
-¡Esto es lo que yo llamo tener una buena idea,
señor Hog!
-Usted me ayudará a escoger, entre todos sus
tesoros, cualquier cosa que pueda gustar a una joven...
-Con mucho gusto-contestó el señor Benett.
Y rogó al profesor que pasara a la tienda
reservada, a la joyería indígena. ¿Una joya noruega no sería el mejor recuerdo
que podría llevarse de Cristianía
y del maravilloso bazar del señor Benett?
Esta fue también la opinión de Sylvius Hog, a quien
el complaciente comerciante se apresuró a abrir todas sus vitrinas.
-Vamos a ver, dijo-, yo no entiendo mucho de estas
cosas y me fío de su gusto, señor Benett.
-Nos entenderemos muy bien, señor Hog.
Tenía alli dentro un extenso surtido de todas estas
joyas suecas y noruegas, de fabricación muy compleja, y que generalmente tienen
mas valor por el trabajo que por el material.
-¿Que es esto?-preguntó el profesor.
-Es una sortija chapada con piedras móviles, cuyo
tintineo es muy agradable.
-¡Muy bonita! -contestó Sylvius Hog probándose el
anillo en el extremo de su dedo meñique-.
Separe usted esta sortija, de momento, señor
Benett, y vamos a ver si encontramos algo mas.
-¿Pulseras o collares?
-De todo un poco, si usted me lo permite, señor
Benett, de todo un poco. ¡Ah! ¿esto...?
-Son unos aros que se llevan a pares colgados del
corpiño. ¡Admire usted el efecto del cobre sobre este fondo de lana roja
plisada! Es de muy buen
gusto, sin llegar a ser muy caro.
-Muy bonito, efectivamente, señor Benett. Separe
también este ornato.
-Únicamente, señor Hog, debo hacerle notar que
estos aros se reservan para adornar el ajuar de las novias... el día de la
boda... y que...
- ¡Por san Olaf! ¡Tiene usted razón, señor
Benett, tiene usted toda la razón! ¡Mi pobre Hulda!
-Desgraciadamente no es Ole quien le hace este
regalo sino yo, y no ser ya a una novia a quien voy a ofrecérselo...
-Efectivamente, señor Hog.
-Vamos a ver otras joyas que sean mas apropiadas
para una muchacha. ¡Ah! ¡Y esta cruz, señor Benett!
-Es una cruz de suspensión, con discos cóncavos que
resuenan a cada movimiento del cuello.
-Muy bonito... muy bonito... Póngala también
aparte, señor Benett. Cuando habré visto todos sus escaparates, escogeré.
-Sí, pero...
-¿ Pero que?
-Esta cruz es la que llevan las recién casadas de
Scania, cuando van a la iglesia...
-¡Diablos, señor Benett... ! Debo reconocer que no
tengo suerte en escoger.
-Lo que pasa, señor Hog, es que la mayoría de las
joyas que tengo son para mujeres casadas, porque son las que mas se venden.
Esto no debe extrañarle.
-No me extraña de ningún modo, señor Benett, pero,
en fin, estoy confuso.
-Bueno, pues escoja usted este anillo de oro que es
lo primero que ha separado usted.
-Sí.. este anillo de oro... Me hubiera gustado
también, no obstante, alguna otra joya mas... ¿cómo le diré...? mas
decorativa..
-Entonces no vacile usted. Tome esta placa de plata
afiligranada, cuyas cuatro tiras de cadenitas hacen tan buen efecto en el
cuello de una muchacha.
¡Mírela! está cuajada de piedras finas y adornada
de filigranas con perlas de colores engarzadas. Es uno de los productos mas
curiosos de la orfebrería
noruega.
- ¡Sí...! ¡Sí...! -contestó Sylvius Hog-. Es una
hermosa joya, pero Quizá un poco pretenciosa para mi modesta Hulda.
Verdaderamente, preferiría los aros que me enseñó antes, así como también la
cruz para colgar del cuello. ¿Tan especiales son para los ajuares de boda que
no puedan regalarse a una muchacha soltera?
- Señor Hog -contestó el señor Benett-, ¡el
Storthing aún no ha dictado ninguna ley sobre esta materia...! Seguramente ha
sido un descuido...
-Bueno, bueno, señor Benett, vamos a arreglarlo.
Mientras tanto, me quedo con la cruz y los anillos. Y, ademas, mi pequeña
Hulda, en fin, puede casarse algún día... Buena y simpática como es, no le
faltarán ocasiones de utilizar estos aderezos...
-¡Está decidido, pues; me las quedo y me las
llevo!
-Muy bien, señor Hog.
-¿Tendremos el placer de verle a usted en el sorteo
de la lotería, señor Benett?
-Ciertamente.
-Creo que será muy interesante.
-Estoy seguro de ello.
-Pues, hasta luego, señor Benett.
-Hasta luego, señor Hog.
- ¡Hola! -dijo de pronto el profesor, acercándose
a uno de los escaparates-. -¡Aquí
veo dos anillos muy bonitos que me habían pasado desapercibidos!
- ¡Oh! Estos sí que no le convienen, señor Hog.
Estos son los anillos grabados que el pastor coloca en el dedo de los novios
durante la ceremonia...
-¿De veras...? ¡Bueno, pues me los quedo también a
pesar de todo! Hasta luego, señor Benett, hasta luego.
Sylvius Hog salió de la tienda, y, con paso ligero
-un andar de veinte años- se dirigió hacia el Hotel Victoria.
Al llegar al vestíbulo lo primero que vio fueron
las palabras Fiat lux, inscritas en el cristal del farol de gas.
-¡Ah! -se dijo-, este latinajo es de
circunstancias. ¡Sí!, ¡Fiat lux...! ¡Fiat lux!
Hulda estaba en su cuarto. Sentada cerca de las
ventanas, esperaba. El profesor llamó a la puerta, que se abrió inmediatamente.
- ¡Ah, señor Sylvius! -exclamó la joven
levantándose.
- ¡Ya estoy aquí! ¡Ya estoy aquí! Pero no se
trata del señor Sylvius, mi pequeña Hulda, se trata de que la comida está ya en
la mesa. Tengo un apetito feroz.
¿Dónde está
Joel? -En
la sala de
lectura. -Bueno...
Voy a buscarlo. Tú, hija mía, puedes bajar en seguida para reunirte con
nosotros.
Sylvius Hog salió de la habitación de Hulda y fue a
buscar a Joel, que lo esperaba también, pero desesperado.
El pobre muchacho le mostró el ejemplar del
Morgen-Blad. El telegrama del comandante del Telegraf no dejaba lugar a dudas
sobre la pérdida total
del Viken.
-¿Lo ha leído Hulda? -preguntó vivamente el
profesor.
-¡No, señor Sylvius, no! ¡Mejor es ocultarle lo
que ya sabrá demasiado pronto!
-Bien hecho, muchacho... Vamos a comer ahora.
Instantes despues, los tres se sentaban alrededor
de una mesa particular. Sylvius Hog era el único que comía con gran apetito.
Hay que reconocer que se trataba de una comida
excelente. Júzguese: sopa fría de cerveza, con rodajas de limón, pedazos de
canela y espolvoreada de miga de pan; salmón con salsa blanca azucarada,
ternera rebozada, rosbif con ensalada colmada de especies, helado de vainilla,
confitura de patata, frambuesa, cerezas y avellanas, y todo ello regado con un
buen vino de Saint-Julien, de Francia.
-¡Excelente... excelente! -repetía Sylvius Hog-.
Parece que nos encontremos en Dal, en la hostería
de la señora Hansen.
Y, a falta de poderlo hacer con su boca llena, sus
bondadosos ojos sonreían tanto como pueden sonreír unos ojos.
Joel y Hulda habían intentado en vano ponerse a
aquel mismo tono, pero no podían en modo alguno y la pobre muchacha apenas
probó bocado. Cuando
terminaron de comer, Sylvius Hog les dijo:
Queridos hijos míos, habéis hecho mal en no hacer
los honores debidos a tan buena comida. Pero en íin, no podía forzaros a comer.
Despues de todo
si no habéis comido ahora, cenaréis mejor. ¡Por
cierto, que no sé si podré estar con vosotros esta noche! Y ahora ha llegado el
momento de levantarse
de la mesa.
El profesor estaba ya de pie y tomaba su sombrero
que le tendía Joel, cuando Hulda le detuvo con un gesto y le dijo:
-Señor Sylvius, ¿de veras quiere usted que le
acompañe?
-¿Al sorteo de la lotería...? Ya lo creo que lo
quiero, y tengo mucho interés en que asistas tú, querida hija mía.
-¡Será muy penoso para mí!
-Muy penoso, lo creo. Pero Ole quiso que estuvieras
presente en el momento del sorteo, Hulda, y debemos respetar la voluntad de
Ole.
Decididamente, esta frase se había convertido en un
refrán en labios de Sylvius Hog.
CAPTULO XIX
CUANTA afluencia en aquella gran sala de la
Universidad de Cristianía, donde iba a efectuarse el sorteo de la lotería.
¡Incluso en los patios, ya que el gran salón no era suficiente para contener
aquel gentío, y hasta llegaban a las calles de su alrededor, ya que los patios
resultaron demasiado pequeños para la muchedumbre que quería asistir al
espectáculo!
En verdad, aquel domingo, l5 de julio, no era el
mas apropiado para darse cuenta del carácter calmoso de los noruegos, tan
sobreexcitados estaban.
En cuanto a esta sobreexcitación, ¿era debida sólo
al interés que despertaba el sorteo o la provocaba también la elevada
temperatura de aquel día de verano?
Quizá las dos cosas, interés y calor,
contribuían a ello. En todo caso, no sería la absorción de aquellos frutos
refrescantes, llamados multers, y de los cuales se consumen grandes cantidades
en Escandinavia, que podía refrescarles.
El sorteo debía empezar a las tres en punto.
Consistía en cien premios, divididos en tres series:
1.a noventa premios de cien a mil marcos, por un
valor total de cuarenta y cinco mil marcos-
2.a, nueve premios de mil a nueve mil marcos,
igualmente por un valor total de cuarenta y cinco mil marcos;
3.a un premio de cien mil marcos.
Contrariamente a lo que se acostumbra a hacer en
los sorteos de esta clase, el gran efecto se había reservado para el final. No
sería el primer número
saliente que se atribuiría el premio mayor, sino al
último, es decir, al que hiciera cien. Esto proporcionaba un cambio de
impresiones, de emociones, de
latidos acelerados de los corazones, que iba
aumentando por momentos. Como es natural, el número que había salido ganador
una vez ya no podía volver
a ganar y sería anulado si volvía a salir de las
urnas.
Todo esto era bien conocido del público. Sólo se
esperaba la hora señalada. Pero, para pasar el largo tiempo de espera, la gente
conversaba entre sí, hablando la mayoría de las veces de la conmovedora
situación de Hulda Hansen. Verdaderamente si hubiera estado aún en posesión del
billete de Ole Kamp, todo el mundo hubiera rogado por ella, para que le tocara
el premio mayor, si no les tocaba a ellos mismos claro está.
En aquellos instantes, alguien conocía ya el
telegrama publicado por el Morgen-Blad y lo comentaba con sus vecinos. Pronto
se supo entre todos los asistentes que las búsquedas del barco de socorro no
habían tenido éxito. Así, pues, debían renunciar a hallar el rastro del Viken.
Ni un hombre de los que formaban la tripulación había sobrevivido al naufragio.
¡Hulda ya no vería nunca mas a su prometido!
Un incidente vino a alterar los espíritus. Corría
el rumor de que Sandgoist se había decidido a salir de Drammen y alguien
pretendía haberlo visto por
las calles de Cristianía. ¡Se habría atrevido a
presentarse en la sala! ¡Si era cierto, aquel mal hombre tenía que estar
preparado ya a provocar en los presentes una reacción en contra suya! ¡Asistir
al sorteo de la lotería...! Pero, era tan poco probable que parecía imposible.
En resumen, una falsa alarma
y nada mas.
Hacia las dos y cuarto se produjo un movimiento
entre la muchedumbre.
Era el profesor Sylvius Hog, que llegaba a la
puerta de la Universidad. Todos sabían la parte que había tomado en aquel
asunto y cómo, despues de haber sido salvado por los hijos de la señora Hansen,
había intentado corresponder a la deuda de gratitud que tenía para con ellos.
La gente le abría paso y un murmullo de aprobación,
al cual Sylvius Hog correspondía con amables inclinaciones de cabeza, se
propagó a través de los asistentes y no tardó en convertirse en una verdadera
aclamación. Pero
el profesor no iba solo. Cuando la gente se apartó para hacerle paso, vieron
que iba acompañado de una joven que se apoyaba en su brazo, y
de un muchacho que le seguía algunos pasos atrás.
-¡Un muchacho y una joven! Como una sacudida
eléctrica, el mismo pensamiento brotó de la mente de los asistentes:
- ¡Hulda...! ¡Hulda Hansen!
Este fue el nombre que se escapó unanimemente de
todas las bocas.
¡Sí! Era Hulda, tan emocionada que apenas podía
sostenerse. Hubiera caído al suelo sin el apoyo del brazo de Sylvius Hog. Pero
éste tenía fuertemente
cogida a la simpática heroína de aquella fiesta, a
la cual faltaba Ole Kamp. ¡Cómo hubiera preferido ella haberse quedado en su
cuartito de Dal! ¡Que
necesidad tenía de librarse de aquella curiosidad,
por simpática que fuera! Pero Sylvius Hog había querido que asistiera, y había
ido.
-¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio! -gritaban de todas
partes.
Y todo el mundo se agolpaba delante de Sylvius Hog,
delante de Hulda, delante de Joel. ¡que de manos se alargaron para estrechar
sus manos! ¡Cuántas palabras amables y acogedoras recogió a su paso!
¡Y cómo aprobaba totalmente Sylvius Hog, todas
aquellas manifestaciones!
-¡Sí! ¡Es ella, amigos míos...! Es mi pequeña
Hulda, que he traído de Dal -decía.
Luego, volviéndose hacia Joel:
-¡Y este es Joel, su valeroso hermano!
Y añadiría aún:
- ¡Pero, sobre todo, no me los ahoguéis!
Y, mientras las manos de Joel respondían a todas
las presiones, las del profesor, menos vigorosas, estaban deshechas de tantos
apretones. Al mismo tiempo, sus ojos relucían, y una lagrimita de emoción
resbalaba por entre sus párpados. Pero -fenómeno digno de atención de los
oftalmólogos- aquella lagrimita parecía luminosa.
Necesitaron un cuarto de hora largo para atravesar
los patios de la Universidad, llegar al gran salón y alcanzar las sillas que
habían sido reservadas al profesor. Al fin, pudieron conseguirlo, no sin pena.
Sylvius Hog tomó asiento entre Hulda y Joel.
A las dos y media se abrió una puerta detrás del
estrado, en el fondo de la sala. El presidente de la organización apareció,
serio y digno, con este aire dominante, esta expresión característica de toda
persona llamada a ostentar una presidencia cualquiera.
Le seguían dos asesores, con aire menos grave.
Luego entraron seis niñas llenas de flores y cintas, las seis rubias con ojos
azules, en cuyas manecitas un
poco rojas reconocieron inmediatamente las manos de
la inocencia, predestinadas a efectuar el sorteo de la lotería.
Esta entrada fue acogida por un clamor que
demostraba, primero, la satisfacción que el público sentía al ver a los
directores de la lotería de Cristianía, y luego la impaciencia que habían
provocado al no aparecer mas pronto en el estrado.
Si había seis niñas era que había también seis
urnas, dispuestas sobre una mesa, y de las cuales debían salir seis números en
cada sorteo.
Estas seis urnas contenían cada una de ellas los
diez números: l, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 0, que representaban las unidades,
decenas, centenas, millares, decenas de millar y centenas de millar del número
millón. Si no había una séptima urna para la columna del millón, es que, según
aquella forma de lotería, se había convenido que si los seis ceros salían a la
vez, representarían la cifra de un millón, lo que repartía por un igual las
probabilidades de ganar a cada número.
Ademas, se había dispuesto que los números serían
sacados sucesivamente de las urnas empezando por la que estaba a la izquierda
del público. El número ganador se iría formando así bajo los ojos de los
espectadores, primero por la cifra de la columna de las centenas de mil, luego
de decenas de mil, y así sucesivamente hasta la columna de las unidades.
Gracias a estas disposiciones, puede juzgarse con
que emoción cada uno de los presentes vería aumentar sus probabilidades despues
de la salida de cada
nueva cifra.
Al sonar las tres, el presidente hizo un gesto con
la mano y declaró abierta la sesión.
Un enorme murmullo que duró algunos instantes
acogió esta declaración, despues de lo cual se restableció el silencio.
Entonces el presidente se levantó. Muy emocionado,
pronunció el discurso de circunstancias, en el cual parecía decir que sentía
que no hubiera un premio mayor para cada billete. Luego ordenó que se
procediera al sorteo de la primera serie. Esta comprendía, como sabemos,
noventa premios, lo que
exigiría bastante tiempo.
Las seis niñas empezaron a funcionar con una
regularidad automática, sin que la paciencia del público desfalleciera ni un
solo instante. Era verdad que la importancia de los premios iba en aumento a
cada nuevo sorteo, y la emoción aumentaba también, nadie pensaba en dejar el
sitio que ocupaba, incluso los que poseían números que ya habían ganado y que
ya no tenían nada que esperar.
Este sorteo duró una hora, sin que se produjera
ningún incidente. Lo que pudo observar todo el mundo fue que el número 9672 no
había salido todavía,
lo que le hubiera quitado todas las posibilidades
de ganar el premio mayor.
-¡Esto es de buen augurio para este Sandgoist!
-decía uno de los vecinos del profesor.
-¡Bah! ¡Me extrañaría mucho que le tocase el
primer premio -contestó otro-, a pesar de que tiene un número tan famoso!
- ¡En efecto, muy famoso! -contestó Sylvius Hog-.
Pero no me pregunte por que... ¡No sería capaz de decírselo!
Entonces empezó el sorteo de la segunda serie, que
comprendía nueve premios. este iba a ser mucho mas interesante, siendo el
noventa y uno de mil marcos, el noventa y dos de dos mil, y así sucesivamente,
hasta el noventa y nueve, que era de nueve mil. La tercera serie, no lo
olvidemos, se componía solamente de un premio mayor.
El número 72521 ganó un premio de cinco mil marcos.
Este billete era de un valiente marinero del puerto, que fue aclamado de toda
la asamblea y
supo aguantar dignamente las aclamaciones.
Otro número el 823752 ganó seis mil, que alegría
sintió Sylvius Hog cuando Joel le comunicó que pertenecía a la encantadora
Siegfrid de Bamble.
Pero entonces se produjo un incidente, el público
experimentó una emoción que se transformó en un profundo rumor. Cuando se sacó
el lote de siete -el de los siete mil marcos-creyóse por un momento que
Sandgoist iba a salir favorecido por la suerte, al menos con aquel premio.
Efectivamente, el número ganador fue el 9627, por
cuarenta y cinco puntos no era el de Sandgoist.
Los dos sorteos siguientes dieron números
distantes: 775 y 76287.
La segunda serie había terminado. Sólo se sorteará
el último premio de cien mil marcos.
En aquel momento la agitación de los espectadores
era extraordinaria.
Sería difícil poder explicar su intensidad.
Primero el rumor de voces fue elevándose y se
propagó de la sala a los patios llegando a la calle. Pasaron varios minutos sin
que se calmase. No obstante, poco a poco fue apagándose el murmullo y se hizo
un gran silencio.
Parecía como si todos los asistentes se hubieran
convertido en estatuas.
En aquel silencio había algo como de estupor y
-rogamos nos perdonen la comparación- del mismo estupor que se experimenta en
el momento en que
un condenado aparece en el lugar de la ejecución.
Pero, esta vez, el paciente, desconocido aún, no estaba condenado mas que a
ganar cien mil marcos, no a perder la cabeza, a menos que no la perdiera de
alegría.
Joel, con los brazos cruzados, miraba
distraídamente ante el, siendo quizá el menos emocionado de toda aquella
gente.
Hulda, sentada y como recogida en sí misma, sólo
pensaba en su pobre Ole.
Lo buscaba instintivamente con la mirada, como si
pudiera aparecer en el
último momento.
Sylvius Hog... Pero debemos renunciar a expresar el
estado en que se hallaba Sylvius Hog.
-¡Sorteo del premio de cien mil marcos! -dijo el
presidente.
¡Que voz! Parecía salir de las entrañas de aquel
caballero tan solemne. Esto era debido a que el mismo poseía varios billetes,
que todavía no habían salido y, por tanto, tenía una posibilidad de ganar el
premio mayor.
La primera niña sacó un número de la urna de la
izquierda y lo mostró a la asamblea.
-¡Cero! -dijo el presidente.
Este cero no hizo un gran efecto. Parecía, al
contrario, que ya lo esperaban.
-¡Cero! -dijo el presidente, proclamando el número
sacado por la segunda niña.
¡Dos ceros! Todos notaban que las probabilidades
aumentaban notablemente para todos los números comprendidos entre el uno y el
nueve mil novecientos noventa y nueve.
Y el billete de Ole Kamp -no lo olvidemos- llevaba
el número 9672.
Cosa rara hasta entonces, Sylvius Hog empezó a
removerse en su silla, como si algo le inquietara.
-¡Nueve! -dijo el presidente, anunciando la cifra
que la tercera niña acababa de sacar de la tercera urna.
¡Nueve! Era la primera cifra del billete de Ole
Kamp.
-¡Seis!-dijo el presidente.
Y, efectivamente, la cuarta niña presentaba un seis
a todas las miradas que convergían sobre ella, como cañones de pistola, lo que
la intimidaba sensiblemente.
Las probabilidades de ganar eran ahora de un uno
por ciento para todos los números comprendidos entre el uno y el noventa y
nueve.
¿Sería posible que el billete de Ole Kamp hiciera
caer esta cantidad de cien mil marcos en los bolsillos del miserable Sandgoist?
¡Verdaderamente, no era posible!
La quinta niña metió la mano en la uma y sacó la
quinta cifra.
-¡Siete!-dijo el presidente con una voz tan
estremecida que apenas se le oyó de las primeras filas.
Pero, si no se le oía, sí se le veía, y en aquel
momento las cinco niñas habían extendido a la vista del público las siguientes
cifras:
00967
El número ganador estaría comprendido
necesariamente entre el 9670 y el 9679. Existía entonces sólo una posibilidad
contra diez.
La gente había llegado al colmo del estupor.
Sylvius Hog, de pie, había tomado la mano de Hulda
Hansen. Todas las miradas estaban fijas en la pobre muchacha. Al sacrificar el
último recuerdo de su prometido, ¿habría sacrificado también la fortuna que Ole
Kamp había soñado para los dos?
La sexta niña tuvo alguna dificultad en introducir
su mano en la urna. ¡Estaba temblando, pobre pequeña! Al fin apareció el
número.
-¡Dos! -exclamó el presidente.
Y se dejó caer en su silla, medio sofocado por la
emoción.
-¡Nueve mil seiscientos setenta y dos! -proclamó
uno de los asesores con voz retumbante.
Era el número del billete de Ole Kamp, que ahora
estaba en posesión de Sandgoist! Todo el mundo lo sabía y nadie ignoraba en que
condiciones el usurero lo había adquirido. Por esto se hizo un profundo
silencio, en vez del estruendo de hurras que hubiera resonado por toda la
Universidad, si el billete hubiera continuado en poder de Hulda Hansen.
¿Y ahora, comparecería este pillastre de Sandgoist,
con su billete en las manos, para cobrar el premio?
-El número nueve mil seiscientos setenta y dos
gana el premio de cien mil marcos! -repitió el asesor-. ¿Quién lo reclama?
-¡YO!
¿Era el usurero de Drammen quien acababa de lanzar
aquella palabra?
¡No! Era un muchacho joven, un muchacho pálido,
en cuya cara, como en toda su persona, se notaba la marca de largos
sufrimientos, pero vivo y bien vivo.
Al oír esta voz, Hulda se había levantado dando un
grito, que había llegado a todos los oídos. Luego se desvaneció...
Pero aquel joven que acababa de abrirse paso entre
la muchedumbre fue quien recibió en sus brazos el cuerpo de la muchacha
desvanecida...
¡Era Ole Kamp!
CAPfTULO XX
¡SI! Era Ole Kamp. Ole Kamp, que había sobrevivido,
como por milagro, al naufragio del Viken.
Y si el Telegraf no lo había traído consigo a
Europa, fue porque no se hallaba ya entonces en los lugares explorados por el
buque de socorro.
Y si no estaba allí era que en aquel momento ya se
hallaba en camino hacía Cristianía a bordo del buque que lo repatriaba.
Esto es lo que explicó Sylvius Hog. Esto es lo que
repetía sin cesar a todo aquel que quería escucharle. Y podéis creer que todos
le escuchaban. Esto era lo que contaba con acento triunfador. Y sus vecinos lo
explicaban a su vez a los que no tenían la suerte de estar mas cerca para oírlo
de su propia voz. Y la historia se transmitía de grupo en grupo hasta llegar al
público de fuera, agrupado en los patios y en las calles.
En pocos minutos Cristianía entera sabía a ia vez
que el joven náufrago del Viken había regresado y que había ganado el primer
premio de la lotería de
las Escuelas.
Era necesario que fuese Sylvius Hog quien explicara
la historia. Ole no habría podido, pues Joel lo estrechaba entre sus brazos
hasta ahogarle, mientras
Hulda iba volviendo en sí.
- ¡Hulda...! ¡Querida Hulda...! -decía Ole-. ¡Sí!
¡soy yo... tu prometido... y muy pronto tu esposo!
-¡Desde mañana, hijos míos, desde mañana! -exclamó
Sylvius Hog-. Partiremos esta misma noche para Dal. Y, si nunca hasta ahora lo
habáis visto, vereis un profesor de leyes, un diputado del Storthing, bailar en
una boda, como el mas vigoroso de los muchachos del Telemark!
Pero, ¿cómo era que Sylvius Hog conocía la historia
de Ole Kamp? Sencillamente, por la última carta que el Departamento de Marina
le había escrito a Dal. Efectivamente, aquella carta -la última que había
recibido y de la cual no habló a nadie- iba acompañada de otra, fechada en
Cristiansand. Esta segunda carta le decía lo que sigue: el brick danes Genius,
capitaneado por Kroman, acababa de salir de Cristiansand, conduciendo a bordo
los supervivientes del Viken, entre otros el joven Ole Kamp, y, tres días mas
tarde, era esperado en Cristianía.
La carta de la Marina añadía que estos náufragos
habían sufrido tanto que se hallaban todavía en muy debil estado. Por eso
Sylvius Hog no había querido
decir nada a Hulda del regreso de su prometido. Por
esto, al contestar a esta carta, había rogado que se conservara el mas absoluto
silencio sobre este regreso, silencio que había sido guardado para con el
público.
Fácil es explicarse, pues, que el buque Telegraf no
hubiese encontrado ni restos ni supervivientes del Viken.
Durante una violenta tempestad, el Viken, medio
desamparado, se había visto obligado a huir hacia el Noroeste, cuando se
hallaba a doscientas millas al
sur de Islandia. Durante la noche del 3 al 4 de
mayo -noche de grandes ráfagas- chocó contra uno de estos enormes icebergs a la
deriva, que salen de los mares de Groenlandia. La colisión fue terrible, tan
terrible, que al cabo de cinco minutos el Viken naufragaba.
Fue entonces cuando Ole escribió aquel documento.
Había trazado sobre el billete de la lotería un úlmo adiós a su prometida,
luego lo echó al mar, encerrado en una botella.
Pero la mayoría de los hombres que formaban la
tripulación del Viken, comprendiendo al capitán también, había muerto en el
momento de la colisión.
Unicamente Ole Kamp y cuatro de sus camaradas
pudieron saltar sobre un pedazo de iceberg en el momento de hundirse el Viken.
Pero sólo hubieran
conseguido retrasar su muerte si aquella espantosa
tormenta no hubiera empujado el banco de hielo hacia el Noroeste. Dos días mas
tarde, agotados,
muertos de hambre, los cinco supervivientes del
naufragio eran arrojados sobre la costa de Groenlandia en un paraje desierto.
Si no recibían socorros dentro de pocos días, ya podían despedirse de la vida.
¿Cómo podrían tener fuerzas para volver a las
pesquerias o a los establecimientos daneses de la bahía de Baffin, en el otro
litoral?
Fue entonces cuando el brick Genius, que se había
visto obligado a desviarse de su ruta por causa de la tempestad, pasó por allí.
Los naufragos le hicieron señales. Y fueron recogidos.
Estaban salvados.
Pero el Genius, luchando con los vientos
contrarios, sufrio grandes retrasos en aquella travesía tan corta de
Groenlandia a Noruega. Esto explica por que no llegó a Cristiansand hasta el 12
de julio, y a Cristianía el día 15 por la mañana.
Aquella misma mañana Sylvius Hog subió a bordo.
Allí encontró a Ole, muy debil todavía. Le explicó todo lo que había pasado
desde su última carta,
fechada en Saint Pierre-Miquelon... Luego, lo había
conducido a su casa, despues de pedir a la tripulación del Genius que
mantuvieran en secreto su llegada por algunas horas aún... Y ya conocemos todo
lo demas.
Convinieron entonces que Ole Kamp asistiria al
sorteo de la lotería. Pero, ¿tendría bastantes fuerzas?
¡Sí! Las fuerzas no le faltaban, ya que Hulda
estaría allí. Pero, ¿tenía algún interés aún para el, aquel sorteo? ¡Sí, mil
veces sí! ¡Tenía tanto interés para
el como para su prometida!
Efectivamente, Sylvius Hog había conseguido
rescatar el billete de manos de Sandgoist. Lo había comprado por el mismo
precio que el usurero de Drammen había pagado a la señora Hansen... Y Sandgoist
estuvo muy contento de deshacerse de el, ahora que las ofertas de compra habían
cesado.
-Mi querido y valiente Ole-le había dicho Sylvius
Hog, al darle el billete-, no es una posibilidad de ganar, muy poco
probablemente en suma, lo que he querido devolver a Hulda, sino el último adiós
que le habéis enviado en el momento en que creíais morir.
Pues, bien, debemos reconocer que el profesor
Sylvius Hog estuvo muy inspirado, mas que Sandgoist, que casi se rompe la
cabeza contra la pared
al saber el resultado de la lotería.
Ahora tenían cien mil marcos en la casita de Dal.
¡Sí! Cien mil marcos redondos, pues Sylvius Hog
no quiso jamás que le devolvieran lo que había pagado para rescatar el billete
de Ole Kamp.
Era la dote que tuvo la satisfacción de ofrecer a
su pequeña Hulda, el día de su boda.
Quizá alguien encuentre muy extraño que este
número 9672, sobre el cual recayó tan extraordinariamente la atención de la
gente, fuese precisamente
el que ganó el premio mayor de la lotería.
Sí, estamos de acuerdo, es extraño, pero no
imposible y, en todo caso, así es.
Sylvius Hog, Ole, Joel y Hulda salieron de
Cristianía aquella misma noche. El regreso se efectuó por Bamble, pues tenían
que entregar a Siegfrid el importe del premio que había ganado. Al volver a
pasar por delante de la pequeña iglesia de Hitterdal, Hulda se acordó de los
tristes pensamientos que la
obsesionaban dos días antes; pero al ver a Ole a su
lado, volvió pronto a la feliz realidad.
¡Por san Olaf! ¡que bonita estaba Hulda con su
corona reluciente, cuando, cuatro días despues, salió de la pequeña capilla de
Dal del brazo de su esposo
Ole Kamp! ¡Y, despues que ceremonia, cuya gran
resonancia llegó hasta los últimos gaards del Telemark! ¡Y que alegría
sintieron todos, la hermosa dama de honor, Siegfrid, su padre, el granjero
Helmboe, su futuro yerno Joel y también la señora Hansen, que ya estaba libre
de las preocupaciones provocadas por el espectro de Sandgoist!
Tal vez se preguntará si todos aquellos amigos,
todos aquellos invitados, los señores Help Hermanos, y tantos otros, habían
acudido para asistir a la felicidad de los jóvenes novios, o para ver bailar a
Sylvius Hog, profesor de leyes y diputado del Storthing. ¿Quién lo sabe? En
todo caso, bailó dignamente
y, despues de abrir el baile con su querida Hulda,
lo acabó con la encantadora Siegfrid.
A la mañana siguiente, saludado por los hurras de
todo el valle de Vestfjorddal, partió, no sin prometer antes formalmente que
volvería para asistir a la boda de Joel, que se celebró algunas semanas mas
tarde, con inmensa alegría de los dos contrayentes.
Esta vez el profesor abrió el baile con la
encantadora Siegfrid, y acabó la danza con su querida Hulda.
¡Cuanta felicidad acumulóse entonces en aquella
casa de Dal, que tantas penas había sufrido! Sin duda, todo era un poco obra de
Sylvius Hog, pero éste no quería que fuese dicho, y repetía siempre:
-¡Bueno! ¡Si soy todavía yo quien estoy en deuda
con los hijos de la señora Hansen!
En cuanto al famoso billete, fue devuelto a Ole
Kamp, despues del sorteo de la lotería. Ahora figura en el sitio de honor,
encuadrado en un pequeño marco de madera, en la gran sala de la hosteria de
Dal. Pero, lo que se ve, no es la cara del billete, donde está inscrito el
famoso número 9672, sino el anverso en el cual puede leerse el último adiós que
el náufrago Ole Kamp dirigió a su prometida Hulda Hansen.
INDICE
La impresionante aventura de la misión Barsac
Agencia Thompson y Cía. .
El rayo verde .
El secreto de Maston .
El archipielago de fuego .
El soberbio Orinoco .
Terabán el testarudo .
El número 9672 .
FIN

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