© Libro N° 13908. Mi Hermana
Antonia. Del
Valle-Inclán, Ramón M.ª. Emancipación. Junio 7 de 2025
Título Original: © Mi Hermana Antonia. Ramón M.ª Del
Valle-Inclán
Versión Original: © Mi Hermana Antonia. Ramón M.ª Del Valle-Inclán
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CRÍTICA TODA LA CULTURA
Ramón M.ª Del Valle-Inclán
Mi Hermana
Antonia
Ramón M.ª Del Valle-Inclán
De Jardín Umbrío, Espasa Calpe, Madrid, 1946, 7ª ed., 1993
I
¡Santiago de Galicia ha sido uno de los santuarios
del mundo, y las almas todavía guardan allí los ojos atentos
para el milagro!...
Una tarde, mi hermana Antonia me tomó de la mano
para llevarme a la catedral. Antonia tenía muchos años más que yo. Era alta y
pálida, con los ojos negros y la sonrisa un poco triste. Murió siendo yo niño.
¡Pero cómo recuerdo su voz y su sonrisa y el hielo de su mano cuando me llevaba
por las tardes a la catedral!... Sobre todo, recuerdo sus ojos y la
llama luminosa y trágica con que miraban a un estudiante que paseaba en el
atrio, embozado en una capa azul. Aquel estudiante a mí me daba miedo. Era alto
y cenceño, con cara de muerto y ojos de tigre, uns
ojos terribles bajo e1 entrecejo fino y duro. Para que fuese mayor su
semejanza con los muertos, al andar le crujían los huesos de la rodilla. Mi
madre le odiaba, y por no verle, tenía cerradas las ventanas
de nuestra casa, que dabann al Atrio de las Platerías. Aquella tarde recuerdo
que paseaba, como todas las tardes, embozado en su capa azul. Nos alcanzó en la
puerta de la catedral, y sacando por debajo del embozo su mano de esqueleto,
tomó agua bendita y se la ofreció a mi hermana, que temblaba. Antonia le
dirigió una mirada de súplica, y él murmuró con una sonrisa:
-¡Estoy desesperado!
Entramos en una capilla, donde algunas viejas
rezaban las Cruces. Es una capilla grande y oscura, con su tarima llena de
ruidos bajo la bóveda románica. Cuando yo era niño, aquella capilla tenía para
mí una sensación de paz campesina. Me daba un goce de sombra como la copa de un
viejo castaño, cómo las parras delante de algunas puertas, como una cueva de
ermitaño en el monte. Por las tardes siempre había corro de viejas rezando las
Cruces. Las voces, fundidas en un murmullo de fervor, abríanse bajo las bóvedas
y parecían iluminar las rosas de la vidriera como el sol poniente. Sentíase un
vuelo de oraciones glorioso y gangoso, y un sordo arrastrarse sobre la tarima,
y una campanilla de plata agitada por el niño acólito, mientras levanta su vela
encendida, sobre el hombro del capellán, que deletrea en su breviario la
Pasión. ¡Oh, Capilla de la Corticela, cuándo esta alma mía, tan vieja y tan
cansada, volverá a sumergirse en tu sombra balsámica!
Lloviznaba, anochecido, cuando atravesábamos el
atrio de la catedral para volver a casa. En el zaguán, como era grande y
oscuro, mi hermana debió de tener miedo, porque corría al subir las escaleras,
sin soltarme la mano. Al entrar vimos a nuestra madre que cruzaba la antesala y
se desvanecía por una puerta. Yo, sin saber por qué, lleno dé curiosidad y de
temor, levanté los ojos mirando a mi hermana, y ella, sin decir nada, se
inclinó y me besó. En medio de una gran ignorancia de la vida, adiviné el secreto
de mi hermana Antonia. Lo sentí pesar sobre mí cono pecado mortal, al cruzar
aquella antesala donde ahumaba un quinqué de petróleo que tenía el tubo roto.
La llama hacía dos cuernos, y me recordaba al Diablo. Por la moche, acostado y
a oscuras, esta semejanza se agrandó dentro de mí sin dejarme dormir, y volvió
a turbarme otras muchas noches.
Siguieron algunas tardes de lluvia. El estudiante
paseaba en el atrio de la catedral durante los escampos, pero mi hermana no
salía para rezar las Cruces. Yo, algunas veces, mientras estudiaba mi lección
en la sala llena con el aroma de las rosas marchitas, entornaba una ventana
para verle. Paseaba solo, con una sonrisa crispada, y al anochecer su aspecto
de muerto era tal, que daba miedo. Yo me retiraba temblando de la ventana, pero
seguía viéndole, sin poder aprenderme la lección. En la sala grande, cerrada y
sonora, sentía su andar con crujir de canillas y choquezuelas... Maullaba el
gato tras de la puerta, y me parecía que conformaba su maullido sobre el nombre
del estudiante:
¡Máximo Bretal!
Bretal es un caserío en la montaña, cerca de
Santiago. Los viejos llevan allí montera picuda y sayo de estameña, las viejas
hilan en los establos por ser más abrigados que las casas, y el sacristán pone
escuela en el atrio de la iglesia. Bajo su palmeta, los niños aprenden la letra
procesal de alcaldes y escribanos, salmodiando las escrituras forales de una
casa de mayorazgos ya deshecha. Máximo Bretal era de aquella casa. Vino a
Santiago para estudiar Teología, y los primeros tiempos, una vieja que vendía miel,
traíale de su aldea el pan de borona para la semana, y el tocino. Vivía con
otros estudiantes de clérigo en una posada donde sólo pagaban la cama. Son
estos los seminaristas pobres a quienes llaman códeos. Máximo Bretal ya tenía
órdenes Menores cuando entró en nuestra casa para ser mi pasante de Gramática
Latina. A mi madre se lo había recomendado como una obra de caridad el cura de
Bretal. Vino una vieja con cofia a darle las gracias, y trajo de regalo un
azafate de manzanas reinetas. En una de aquellas manzanas dijeron después que
debía de estar el hechizo que hechizó a mi hermana Antonia.
Nuestra madre era muy piadosa y no creía en agüeros
ni brujerías, pero alguna vez lo aparentaba por disculpar la pasión que
consumía a su hija. Antonia, por entonces, ya comenzaba a tener un aire del
otro mundo, como e1 estudiante de Bretal. La recuerdo bordando en el fondo de
la sala, desvanecida como si la viese en el fondo de un espejo, toda
desvanecida, con sus movimientos lentos que parecían responder al ritmo de otra
vida, y la voz apagada, y la sonrisa lejana de nosotros: Toda blanca y triste,
flotante en un misterio crepuscular, y tan pálida, que parecía tener cerco como
la luna... ¡Y mi madre, que levanta la cortina de una puerta, y la mira, y otra
vez se aleja sin ruido!
Volvían las tardes de sol con sus tenues oros, y mi
hermana, igual que antes, me llevaba a rezar con las viejas en la Capilla de la
Corticela. Yo temblaba de que otra vez se apareciese el estudiante y alargase a
nuestro paso su mano de fantasma, goteando agua bendita. Con el susto miraba a
mi hermana, y veía temblar su boca. Máximo Bretal, que estaba todas las tardes
en el atrio, al acercarnos nosotros desaparecía, y luego, al cruzar las naves
de la catedral, le veíamos surgir en la sombra de los arcos. Entrábamos en la
capilla, y él se arrodillaba en las gradas de la puerta besando las losas donde
acababa de pisar mi hermana Antonia. Quedaba allí arrodillado como el bulto de
un sepulcro, con la capa sobre los hombros y las manos juntas. Una tarde,
cuando salíamos, vi su brazo de sombra alargarse por delante de mí, y
enclavijar entre los dedos un pico de la falda de Antonia:
-¡Estoy desesperado!... Tienes que oírme, tienes
que saber cuánto sufro... ¿Ya no quieres mirarme?...
Antonia murmuró, blanca como una flor:
-¡Déjeme usted, Don Máximo!
-No te dejo. Tú eres mía, tu alma es mía... El
cuerpo no lo quiero, ya vendrá por él la muerte. Mírame, que tus ojos se
confiesen con los míos. ¡Mírame!
Y la mano de cera tiraba tanto de la falda de mi
hermana, que la desgarró. Pero los ojos inocentes se confesaron con aquellos
ojos claros y terribles. Yo, recordándolo, lloré aquella noche en la oscuridad,
como si mi hermana se hubiera escapado de nuestra casa.
Yo seguía estudiando mi lección de latín en aquella
sala, llena con el aroma de las rosas marchitas. Algunas tardes, mi madre
entraba como una sombra y se desvanecía en el estrado. Yo la sentía suspirar
hundida en un rincón del gran sofá de damasco carmesí, y percibía el rumor de
su rosario. Mi madre era muy bella, blanca y rubia, siempre vestida de seda,
con guante negro en una mano, por la falta de dos dedos, y la otra, que era
como una camelia, toda cubierta de sortijas. Esta fue siempre la que besamos nosotros
y la mano con que ella nos acariciaba. La otra, la del guante negro, solía
disimularla entre el pañolito de encaje, y sólo al santiguarse la mostraba
entera, tan triste y tan sombría sobre la albura de su frente, sobre la rosa de
su boca, sobre su seno de Madona Litta. Mi madre rezaba sumida en el sofá del
estrado, y yo, para aprovechar la raya de luz que entraba por los balcones
entornados, estudiaba mi latín en el otro extremo, abierta la Gramática sobre
uno de esos antiguos veladores con tablero de damas. Apenas se veía en aquella
sala de respeto, grande, cerrada y sonora. Alguna vez, mi madre, saliendo de
sus rezos, me decía que abriese más el balcón. Yo obedecía en silencio, y
aprovechaba el permiso para mirar al atrio, donde seguía paseando el
estudiante, entre la bruma del crepúsculo. De pronto, aquella tarde, estando
mirándolo, desapareció. Volví a salmodiar mi latín, y llamaron en la puerta de
la sala. Era un fraile franciscano, hacía poco llegado de Tierra Santa.
El Padre Bernardo en otro tiempo había sido
confesor de mi madre, y al volver de su peregrinación no olvidó traerle un
rosario hecho con huesos de olivas del Monte Oliveto. Era viejo, pequeño, con
la cabeza grande y Calva; recordaba los santos románicos del Pórtico de la
Catedral. Aquella tarde era la segunda vez que visitaba nuestra casa, desde que
estaba devuelto a su convento de Santiago. Yo, al verle entrar, dejé mi
Gramática y corrí a besarle la mano. Quedé arrodillado mirándole y esperando su
bendición, y me pareció que hacía los cuernos. ¡Ay, cerré los ojos, espantado
de aquella burla del Demonio! Con un escalofrío comprendí que era asechanza
suya, y como aquellas que traían las historias de santos que yo comenzaba a
leer en voz alta delante de mi madre y de Antonia. Era una asechanza para
hacerme pecar, parecida a otra que se cuenta en la vida de San Antonio de
Padua. El Padre Bernardo, que mi abuela diría un santo sobre la tierra, se
distrajo saludando a la oveja de otro tiempo, y olvidó formular su bendición
sobre mi cabeza trasquilada y triste, con las orejas muy separadas, como para
volar. Cabeza de niño sobre quien pesan las lúgubres cadenas de la infancia: El
latín de día, y el miedo a los muertos, de noche. El fraile habló en voz baja
con mi madre, y mi madre levantó su mano del guante:
-¡Sal de aquí, niño!
Basilisa la Galinda, una vieja que había sido
nodriza de mi madre, se agachaba tras de la puerta. La vi y me retuvo del
vestido, poniéndome en la boca su palma arrugada:
-No grites, picarito.
Yo la miré fijamente porque le hallaba un extraño
parecido con las gárgolas de la catedral. Ella, después de un momento, me
empujó con blandura:
-¡Vete, neno !
Sacudí los hombros para desprenderme de su mano,
que tenía las arrugas negras como tiznes, y quedé a su lado. Oíase la voz del
franciscano: -Se trata de salvar un alma... Basilisa volvió a empujarme:
-Vete, que tú no puedes oír...
Y toda encorvada metía los ojos por la rendija de
la puerta. Me agaché cerca de ella. Ya sólo me dijo estas palabras:
-¡No recuerdes más lo que oigas, picarito!
Yo me puse a reír. Era verdad que parecía una
gárgola. No podía saber si perro, si gato, si lobo. Pero tenía un extraño
parecido con aquellas figuras de piedra, asomadas o tendidas sobre el atrio, en
la cornisa de la catedral.
Se oía conversar en la sala. Un tiempo largo la voz
del franciscano:
-Esta mañana fue a nuestro convento un joven
tentado por el Diablo. Me contó que había tenido la desgracia de enamorarse, y
que desesperado, quiso tener la ciencia infernal... Siendo la media noche había
impetrado el poder del Demonio. El ángel malo se le apareció en un vasto arenal
de ceniza, lleno con gran rumor de viento, que lo causaban sus alas de
murciélago, al agitarse bajo las estrellas.
Se oyó un suspiro de mi madre:
-¡Ay Dios!
Proseguía el fraile.
-Satanás le dijo que le firmase un pacto y que le
haría feliz en sus amores. Dudó el joven, porque tiene el agua del bautismo que
hace a los cristianos, y le alejó con la cruz. Esta mañana, amaneciendo, llegó
a nuestro convento, y en el secreto del confesonario me hizo su confesión. Le
dije que renunciase a sus prácticas diabólicas, y se negó. Mis consejos no
bastaron a persuadirle. ¡Es un alma que se condenará!...
Otra vez gimió mi madre:
-¡Prefería muerta a mi hija!
Y la voz del fraile, en un misterio de terror,
proseguía:
-Muerta ella, acaso él triunfase del Infierno.
Viva, quizá se pierdan los dos... No basta el poder de una pobre mujer como tú
para luchar contra la ciencia infernal...
Sollozó mi madre:
-¡Y la Gracia de Dios!
Hubo un largo silencio. El fraile debía de estar en
oración meditando su respuesta. Basilisa la Galinda me tenía apretado contra su
pecho. Se oyeron las sandalias del fraile, y la vieja me aflojó un poco los
brazos para incorporarse y huir. Pero quedó inmóvil, retenida por aquella voz que
luego sonó:
-La Gracia no está siempre con nosotros, hija mía.
Mana como una fuente y se seca como ella. Hay almas que sólo piensan en su
salvación, y nunca sintieron amor por las otras criaturas. Son las fuentes
secas. Dime: ¿Qué cuidado sintió tu corazón al anuncio de estar en riesgo de
perderse un cristiano? ¿Qué haces tú por evitar ese negro concierto con los
poderes infernales? ¡Negarle tu hija para que la tenga de manos de Satanás!
Gritó mi madre:
-¡Más puede el Divino Jesús!
Y el fraile replicó con una voz de venganza:
-El amor debe ser por igual para todas las
criaturas. Amar al padre, al hijo o al marido, es amar figuras de lodo. Sin
saberlo, con tu mano negra también azotas la cruz como el estudiante de Bretal.
Debía tener los brazos extendidos hacia mi madre.
Después se oyó un rumor como si se alejase. Basilisa escapó conmigo, y vimos
pasar a nuestro lado un gato negro. A1 Padre Bernardo nadie le vio salir.
Basilisa fue aquella tarde al convento, y vino contando que estaba en una
misión, a muchas leguas.
¡Cómo la lluvia azotaba los cristales y cómo era
triste la luz de la tarde en todas las estancias!
Antonia borda cerca del balcón, y nuestra madre,
recostada en el canapé, la mira fijamente, con esa mirada fascinante de las
imágenes que tienen los ojos de cristal. Era un gran silencio en torno de
nuestras almas, y sólo se oía el péndulo del reloj. Antonia quedó una vez
soñando con la aguja en alto. Allá en el estrado suspiró nuestra madre, y mi
hermana agitó los párpados como si despertase. Tocaban entonces todas las
campanas de muchas iglesias. Basilisa entró con luces, miró detrás de las
puertas y puso los tranqueros en las ventanas. Antonia volvió a soñar inclinada
sobre el bordado. Mi madre me llamó con la mano, y me retuvo. Basilisa trajo su
rueca, y sentóse en el suelo, cerca del canapé. Yo sentía que los dientes de mi
madre hacían el ruido de una castañeta. Basilisa se puso de rodillas mirándola,
y mi madre gimió:
-Echa el gato que araña bajo el canapé.
Basilisa se inclinó:
-¿Dónde está el gato? Yo no lo veo.
-¿Y tampoco lo sientes?
Replicó la vieja, golpeando con la rueca:
-¡Tampoco lo siento!
Gritó mi madre:
-¡Antonia! ¡Antonia!
-¡Ay, diga, señora!
-¿En qué piensas?
-¡En nada, señora!
-¿Tú oyes cómo araña el gato?
Antonia escuchó un momento:
-¡Ya no araña!
Mi madre se estremeció toda:
-Araña delante de mis pies, pero tampoco lo veo.
Crispaba
los dedos sobre mis hombros. Basilisa quiso acercar una luz, y se le apagó en
la mano bajo una ráfaga que hizo batir todas las puertas. Entonces, mientras
nuestra madre gritaba, sujetando a mi hermana por los cabellos, la vieja,
provista de una rama de olivo, se puso a rociar agua bendita por los rincones.
Mi madre se retiró a su alcoba, sonó la campanilla
y acudió corriendo Basilisa. Después, Antonia abrió el balcón y miró a la plaza
con ojos de sonámbula. Se retiró andando hacia atrás, y luego escapó. Yo quedé
solo, con la frente pegada a los cristales del balcón, donde moría In luz de la
tarde. Me pareció oír gritos en el interior de la rasa, y no osé moverme, con
la vaga impresión de que eran aquellos gritos algo que yo debía ignorar por ser
niño. Y no me movía del hueco del balcón, devanando un razonar medroso y
pueril, todo confuso con aquel nebuloso recordar de reprensiones bruscas y de
encierros en una sala oscura. Era como envoltura de mi alma, esa memoria
dolorosa de los niños precoces, que con los ojos agrandados oyen las
conversaciones de las viejas y dejan los juegos por oírlas. Poco a poco cesaron
los gritos, y cuando la casa quedó en silencio escapé de la sala. Saliendo por
una puerta encontré a la Galinda:
-¡No barulles, picarito!
Me detuve sobre la punta de los pies ante la alcoba
de mi madre. Tenía la puerta entornada, y llegaba de dentro un murmullo apenado
y un gran olor de vinagre. Entré por el entorno de la puerta, sin moverla y sin
ruido. Mi madre estaba acostada, con muchos pañuelos a la cabeza. Sobre la
blancura de la sábana destacaba el perfil de su mano en el guante negro. Tenía
los ojos abiertos, y al entrar yo los giró hacia la puerta,
sin remover la cabeza:
-¡Hijo mío, espántame ese gato que tengo a los
pies!
Me acerqué, y saltó al suelo un gato negro, que
salió corriendo. Basilisa la Galinda, que estaba en la puerta, también lo vio,
y dijo que yo había podido espantarlo porque era un inocente.
Y recuerdo a mi madre un día muy largo, en la luz
triste de una habitación sin sol, que tiene las ventanas entornadas. Está
inmóvil en su sillón, con las manos en cruz, con muchos pañuelos a la cabeza y
la cara blanca. No habla, y vuelve los ojos cuando otros hablan, y mira fija,
imponiendo silencio. Es aquel un día sin horas, todo en penumbra de media
tarde. Y este día se acaba de repente, porque entran con luces en la alcoba. Mi
madre está dando gritos:
-¡Ese gato!... ¡Ese gato!... ¡Arrancármelo, que se
me cuelga a la espalda!
Basilisa la Galinda vino a mí, y con mucho misterio
me empujó hacia mi madre. Se agachó y me habló al oído, con la barbeta
temblona, rozándome la cara con sus lunares de pelo.
-¡Cruza las manos!
Yo crucé las manos, y Basilisa me las impuso sobre
la espalda de mi madre. Me acosó después en voz baja:
-¿Qué sientes, neno?
Respondí asustado, en el mismo tono que la vieja:
-¡Nada!... No siento nada, Basilisa.
-¿No sientes como lumbre?
-No siento nada, Basilisa.
-¿Ni los pelos del gato?
-¡Nada!
Y rompí a llorar, asustado por los gritos de mi
madre. Basilisa me tomó en brazos y me sacó al corredor:
-¡Ay, picarito, tú has cometido algún pecado, por
eso no pudiste espantar al enemigo malo!
Se volvió a la alcoba. Quedé en el corredor, lleno
de miedo y de angustia, pensando en mis pecados de niño. Seguían los gritos en
la alcoba, e iban con luces por toda la casa.
Después de aquel día tan largo, es una noche
también muy larga, con luces encendidas delante de las imágenes y
conversaciones en voz baja, sostenidas en el hueco de las puertas que rechinan
al abrirse. Yo me senté en el corredor, cerca de una mesa donde había un
candelero con dos velas, y me puse a pensar en la historia del Gigante Goliat.
Antonia, que pasó con el pañuelo sobre los ojos, me dijo con
una voz de sombra:
-¿Qué haces ahí?
-Nada.
-¿Por qué no estudias?
La miré asombrado de que me preguntase por qué no
estudiaba, estando enferma nuestra madre. Antonia se alejó por el corredor, y
volví a pensar en la historia de aquel gigante pagano que pudo morir de un tiro
de piedra. Por aquel tiempo, nada admiraba tanto como la destreza con que
manejó la honda el niño David. Hacía propósito de ejercitarme en ella cuando
saliese de paseo por la orilla del río. Tenía como un vago y novelesco
presentimiento de poner mis tiros en la frente pálida del estudiante de Bretal.
Y volvió a pasar Antonia con un braserillo donde se quemaba espliego:
-¿Por qué no te acuestas, niño?
Y otra vez se fue corriendo por el corredor. No me
acosté, pero me dormí con la cabeza apoyada en la mesa.
No sé si fue una noche, si fueron muchas, porque la
casa estaba siempre oscura y las luces encendidas ante las imágenes. Recuerdo
que entre sueños oía los gritos de mi madre, las conversaciones misteriosas de
los criados, el rechinar de las puertas y una campanilla que pasaba por la
calle. Basilisa la Galinda venía por el candelero, se lo llevaba un momento y
lo traía con dos velas nuevas, que apenas alumbraban. Una de estas veces, al
levantar la sien de encima de la mesa, vi a un hombre en mangas de camisa que
estaba cosiendo, sentado al otro lado. Era muy pequeño, con la frente calva y
un chaleco encarnado. Me saludó sonriendo:
-¿Se dormía, estudioso puer?
Basilisa espabiló las velas:
-¿No te recuerdas de mi hermano, picarito?
Entre las nieblas del sueño, recordé al señor Juan
de Alberte. Le había visto algunas tardes que me llevó la vieja a las torres de
la Catedral. El hermano de Basilisa cosía bajo una bóveda, remendando sotanas.
Suspiró la Galinda:
-Está aquí para avisar los óleos en la Corticela.
Yo empecé a llorar, y los dos viejos me dijeron que
no hiciese ruido. Se oía la voz de mi madre:
-¡Espantarme ese gato! ¡Espantar ese gato!
Basilisa la Galinda entra en aquella alcoba, que
estaba ¡ti pie de la escalera del fayado, y sale con una cruz de madera negra.
Murmura unas palabras oscuras, y me santigua por el pecho, por la espalda y por
los costados. Después, me entrega la cruz, y ella toma las tijeras de su
hermano, esas tijeras de sastre, grandes y mohosas, que tienen un son de hierro
al abrirse:
-Habemos de libertarla, como pide...
Me condujo por la mano a la alcoba de mi madre, que
seguía gritando:
-¡Espantarme ese gato! ¡Espantarme ese gato!
Sobre el umbral me aconsejó en voz baja:
-Llega muy paso y pon la cruz sobre la almohada...
Yo quedo aquí en la puerta.
Entré en la alcoba. Mi madre estaba incorporada,
con el pelo revuelto, las manos tendidas y los dedos abiertos como garfios. Una
mano era negra y otra blanca. Antonia la miraba, pálida y suplicante. Yo pasé
rodeando, y vi de frente los ojos de mi hermana, negros, profundos y sin
lágrimas. Me subí a la cama sin ruido, y puse la cruz sobre las almohadas. Allá
en la puerta, toda encogida sobre el umbral, estaba Basilisa la Galinda. Sólo
la vi un momento, mientras trepé a la cama, porque apenas puse la cruz en las
almohadas, mi madre empezó a retorcerse, y un gato negro escapó de entre las
ropas hacia la puerta. Cerré los ojos, y con ellos cerrados, oí sonar las
tijeras de Basilisa. Después la vieja llegóse a la cama donde mi madre se
retorcía, y me sacó en brazos de la alcoba. En el corredor, cerca de la mesa
que tenía detrás la sombra enana del sastre, a la luz de las velas, enseñaba
dos recortes negros que le manchaban las manos de sangre, y decía que eran las
orejas del gato. Y el viejo se ponía la capa, para avisar los santos óleos.
Llenóse la casa de olor de cera y murmullo de gente
que reza en confuso son... Entró un clérigo revestido, andando de prisa, con
una mano de perfil sobre la boca. Se metía por las puertas guiado por Juan de
Alberte. El sastre, con la cabeza vuelta, corretea tieso y enano, arrastra la
capa y mece en dos dedos, muy gentil, la gorra por la visera, como hacen los
menestrales en las procesiones. Detrás seguía un grupo oscuro y lento, rezando
en voz baja. Iba por el centro de las estancias, de una puerta a otra puerta,
sin extenderse. En el corredor se arrodillaron algunos bultos, y comenzaron a
desgranarse las cabezas. Se hizo una fila que llegó hasta las puertas abiertas
de la alcoba de mi madre. Dentro, con mantillas y una vela en la mano, estaban
arrodilladas Antonia y la Galinda. Me fueron empujando hacia delante algunas
manos que salían de los manteos oscuros, y volvían prestamente a juntarse sobre
las cruces de los rosarios. Eran las manos sarmentosas de las viejas que
rezaban en el corredor, alineadas a lo largo de la pared, con el perfil de la
sombra pegado al cuerpo. En la alcoba de mi madre, una señora llorosa que tenía
un pañuelo perfumado, y me pareció toda morada como una dalia con el hábito
nazareno, me tomó de la mano y se arrodilló conmigo, ayudándome a tener una
vela. El clérigo anduvo en torno de la cama, con un murmullo latino, leyendo en
su libro...
Después alzaron las coberturas y descubrieron los
pies de mi madre rígidos y amarillentos. Yo comprendí que estaba muerta, y
quedé aterrado y silencioso entre los brazos tibios de aquella señora tan
hermosa, toda blanca y morada. Sentía un terror de gritar, una prudencia helada
una aridez sutil, un recato perverso de moverme entre los brazos y el seno de
aquella dama toda blanca y morada, que inclinaba el perfil del rostro al par de
mi mejilla y me ayudaba a sostener la vela funeraria.
La Galinda vino a retirarme de los brazos de
aquella señora, y me condujo al borde de la cama donde mi madre estaba yerta y
amarilla, con las manos arrebujadas entre los pliegues de la sábana. Basilisa
me alzó del suelo para que viese bien aquel rostro de cera:
-Dile adiós, neno. Dile: Adiós, madre mía, más no
te veré.
Me puso en el suelo la vieja, porque se cansaba, y
después de respirar, volvió a levantarme metiendo bajo mis brazos sus manos
sarmentosas:
-¡Mírala bien! Guarda el recuerdo para cuando seas
mayor... Bésala, neno.
Y me dobló sobre el rostro de la muerta. Casi
rozando aquellos párpados inmóviles, empecé a gritar, revolviéndome entre los
brazos de la Galinda. De pronto, con el pelo suelto, al otro lado de la cama
aparecióse Antonia. Me arrebató a la vieja criada y me apretó contra el pecho
sollozando y ahogándose. Bajo los besos acongojados de mi hermana, bajo la
mirada de sus ojos enrojecidos, sentí un gran desconsuelo... Antonia estaba
yerta, y llevaba en la cara una expresión de dolor extraño y obstinado. Ya en otra
estancia, sentada en una silla baja, me tiene sobre su falda, me acaricia,
vuelve a besarme sollozando, y luego, retorciéndome una mano, ríe, ríe, ríe...
Una señora le da aire con su pañolito; otra, con los ojos asustados, destapa un
pomo; otra entra por una puerta con un vaso de agua, tembloroso en la bandeja
de metal.
Yo estaba en un rincón, sumido en una pena confusa,
que me hacía doler las sienes como la angustia del mareo. Lloraba a ratos y a
ratos me distraía oyendo otros lloros. Debía ser cerca de media noche cuando
abrieron de par en par una puerta, y temblaron en el fondo las luces de cuatro
velas. Mi madre estaba amortajada en su caja negra. Yo entré en la alcoba sin
ruido, y me senté en el hueco de la ventana. Alrededor de la caja velaban tres
mujeres y el hermano de Basilisa. De tiempo en tiempo el sastre se levantaba y
escupía en los dedos para espabilar las velas. Aquel sastre enano y garboso,
del chaleco encarnado, tenía no sé qué destreza bufonesca al arrancar el pabilo
e inflar los carrillos soplándose los dedos.
Oyendo los cuentos de las mujeres, poco a poco fui
dejando de llorar. Eran relatos de aparecidos y de personas enterradas vivas.
Rayando el día, entró en la alcoba una señora muy
alta, con los ojos negros y el cabello blanco. Aquella señora besó a mi madre
en los ojos mal cerrados, sin miedo al frío de la muerte y casi sin
llorar. Después se arrodilló entre dos cirios, y mojaba en agua bendita una
rama de olivo y la sacudía sobre el cuerpo de la muerta. Entró Basilisa
huscándome con la mirada, y alzó la mano llamándome:
-¡Mira la abuela, picarito!
¡Era la abuela! Había venido en una mula desde su
casa de la montaña, que estaba a siete leguas de Santiago. Yo sentía en aquel
momento un golpe de herraduras sobre las losas del zaguán donde la mula había
quedado atada. Era un golpe que parecía resonar en el vacío de la casa llena de
lloros. Y me llamó desde la puerta mi hermana Antonia:
-¡Niño! ¡Niño!
Salí muy despacio, bajo la recomendación de la
vieja criada. Antonia me tomó de la mano y me llevó a un rincón:
-¡Esa señora es la abuela! En adelante viviremos
con ella
Yo suspiré:
-¿Y por qué no me besa?
Antonia quedó un momento pensativa, mientras se
enjugaba los ojos:
-¡Eres tonto! Primero tiene que rezar por mamá.
Rezó mucho tiempo. Al fin se levantó preguntando
por nosotros, y Antonia me arrastró de la mano. La abuela ya I levaba un
pañuelo de luto sobre el crespo cabello, todo tic plata, que parecía realzar el
negro fuego de los ojos. Sus dedos rozaron levemente mi mejilla, y todavía
recuerdo la impresión que me produjo aquella mano de aldeana, áspera y sin
ternura. Nos habló en dialecto: -Murió la vuestra madre y ahora la madre lo
seré yo... Otro amparo no tenéis en el mundo... Os llevo conmigo porque esta
casa se cierra. Mañana, después de las misas, nos pondremos al camino.
Al día siguiente mi abuela cerró la casa, y nos
pusimos en camino para San Clemente de Brandeso. Ya estaba yo en la calle
montado en la mula de un montañés que me llevaba delante en el arzón, y oía en
la casa batir las puertas, y gritar buscando a mi hermana Antonia. No la
encontraban, y con los rostros demudados salían a los balcones, y tornaban a
entrarse y a correr las estancias vacías, donde andaba el viento a batir las
puertas, y las voces gritando por mi hermana. Desde la puerta de la catedral
una beata la descubrió desmayada en el tejado. La llamamos y abrió los ojos
bajo el sol matinal, asustada como si despertase de un mal sueño. Para bajarla
del tejado, un sacristán con sotana y en mangas de camisa saca una larga
escalera. Y cuando partíamos, se apareció en el atrio, con la capa revuelta por
el viento, el estudiante de Bretal. Llevaba a la cara una venda negra y bajo
ella creí ver el recorte sangriento de las orejas rebanadas a cercén.
En Santiago de Galicia, como ha sido uno de los santuarios del mundo,
las almas todavía conservan los ojos abiertos para el milagro.

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