© Libro N° 13906. Tres Cuentos.
De Unamuno,
Miguel. Emancipación. Junio 7 de 2025
Título Original: © Tres Cuentos. Miguel De Unamuno
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Original: © Tres Cuentos. Miguel
De Unamuno
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Miguel De Unamuno
Tres Cuentos
Miguel De Unamuno
Contenido
Y va de cuento...
Cruce de caminos
Solitaña
Y VA DE CUENTO...
A Miguel, el héroe de mi cuento, habíanle pedido
uno. ¿Héroe? ¡Héroe, sí! ¿Y por qué? —preguntará el lector—. Pues primero,
porque casi todos los protagonistas de los cuentos y de los poemas deber ser
héroes, y ello por definición. ¿Por definición? ¡Sí! Y si no, véamoslo.
P.— ¿Qué es un héroe?
R.— Uno que da ocasión a que se pueda escribir
sobre él un poema épico, un epinicio, un epitafio, un cuento, un epigrama, o
siquiera una gacetilla o una mera frase.
Aquiles es héroe porque le hizo tal Homero, o quien
fuese, al componer la Ilíada. Somos, pues, los escritores —¡oh
noble sacerdocio!— los que para nuestro uso y satisfacción hacemos los héroes,
y no habría heroísmo si no hubiese literatura. Eso de los héroes ignorados es
una mandanga para consuelo de simples. ¡Ser héroe es ser cantado!
Y, además, era héroe el Miguel de mi cuento porque
le habían pedido uno. Aquel a quien se le pida un cuento es, por el hecho mismo
de pedírselo, un héroe, y el que se lo pide es otro héroe. Héroes los dos. Era,
pues, héroe mi Miguel, a quien le pidió Emilio un cuento, y era héroe mi
Emilio, que pidió el cuento a Miguel. Y así va avanzando éste que escribo. Es
decir,
burla, burlando, van los dos delante.
Y mi héroe, delante de las blancas y agarbanzadas
cuartillas, fijos en ellas los ojos, la cabeza entre las palmas de las manos y
de codos sobre la mesilla de trabajo— y con esta descripción me parece que el
lector estará viéndole mucho mejor que si viniese ilustrado esto—, se decía: «Y
bien, ¿sobre qué escribo ahora yo el cuento que se me pide? ¡Ahí es nada,
escribir un cuento quien, como yo, no es cuentista de profesión! Porque hay el
novelista que escribe novelas, una, dos, tres o más al año, y el hombre que las
escribe cuando ellas le vienen de suyo. ¡Y yo no soy un cuentista!...
Y no, el Miguel de mi cuento no era un cuentista.
Cuando por acaso los hacía, sacábalos, o de algo que, visto u oído, habíale
herido la imaginación, o de lo más profundo de sus entrañas. Y esto de sacar
cuentos de lo hondo de las entrañas, esto de convertir en literatura las más
íntimas tormentas del espíritu, los más espirituales dolores de la mente, ¡oh,
en cuanto a esto!... En cuanto a esto, han dicho tanto ya los poetas líricos de
todos los tiempos y países, que nos queda ya muy poco por decir.
Y luego los cuentos de mi héroe tenían para el
común de los lectores de cuentos —los cuales forman una clase especial dentro
de la general de los lectores— un gravísimo inconveniente, cual es el de que en
ellos no había argumento, lo que se llama argumento. Daba mucha más importancia
a las perlas que no al hilo en que van ensartadas, y para el lector de cuentos
lo importante es la hilación, así, con hache, y no ilación, sin ella, como nos
empeñamos en escribir los más o menos latinistas que hemos dado en la flor de
pensar y enseñar que ese vocablo deriva de infero, fers, intuli,
illatum. (No olviden ustedes que soy catedrático, y de yo serlo comen
mis hijos, aunque alguna vez merienden de un cuento perdido.)
Y estoy a la mitad de otro cuarteto.
Para el héroe de mi cuento, el cuento no es sino un
pretexto para observaciones más o menos ingeniosas, rasgos de fantasía,
paradojas, etc., etc. Y esto, franca-mente, es rebajar la dignidad del cuento,
que tiene un valor sustantivo —creo que se dice así— en sí mismo y por sí
mismo. Miguel no creía que lo importante era el interés de la narración y que
el lector se fuese diciendo para sí mismo en cada momento de ella: «Y ahora,
¿qué vendrá?», o bien: «¿Y cómo acabará esto?». Sabía, además, que hay quien
empieza una de esas novelas enormemente interesantes, va a ver en las últimas
páginas el desenlace y ya no lee más.
Por lo cual creía que una buena novela no debe
tener desenlace, como no lo tiene, de ordinario, la vida. O debe tener dos o
más, expuestos a dos o más columnas, y que el lector escoja entre ellos el que
más le agrade. Lo que es soberanamente arbitrario. Y mi este Miguel era de lo
más arbitrario que darse puede.
En un buen cuento, lo más importante son las
situaciones y las transiciones. Sobre todo estas últimas. ¡Las transiciones,
oh! Y respecto a aquellas, es lo que decía el famoso melodramaturgo d'Ennery:
«En un drama (y quien dice drama dice cuento), lo importante son las
situaciones; componga usted una situación patética y emocionante, e importa
poco lo que en ella digan los personajes, porque el público, cuando llora, no
oye». ¡Qué profunda observación ésta de que el público, cuando llora, no oye!
Uno que había sido apuntador del gran actor Antonio Vico me decía que,
representando éste una vez La muerte civil, cuando entre dos
sillas hacía que se moría, y las señoras le miraban con los gemelos para
taparse con ellos las lágrimas y los caballeros hacían que se sonaban para
enjugárselas, el gran Vico, entre hipíos estertóricos y en frases entrecortadas
de agonía, estaba dando a él, al apuntador, unos encargos para contaduría. ¡Lo
que tiene el saber hacer llorar!
Sí; el que en un cuento, como en un drama, sabe
hacer llorar o reír, puede en él decir lo que se le antoje. El público, cuando
llora o cuando se ríe no se entera. Y el héroe de mi cuento tenía la perniciosa
y petulante manía de que el público —¡su público, claro está!— se enterase de
lo que él escribía. ¡Habráse visto pretensión semejante!
Permítame el lector que interrumpa un momento el
hilo de la narración de mi cuento, faltando al precepto literario de la
impersonalidad del cuentista (véase la Correspondance de
Flaubert, en cualquiera de sus cinco volúmenes Oeuvres completes, París,
Louis Conard, libraire-éditeur, MDCCCXX), para protestar de esa pretensión
ridícula del héroe de mi cuento de que su público se interesa de lo que él
escribía. ¿Es que no sabía que la más de las personas leen para no enterarse?
¡Harto tiene cada uno con sus propias penas y sus propios pesares y
cavilaciones para que vengan metiéndole otros! Cuando yo, a la mañana, a la
hora del chocolate, tomo el periódico del día, es para distraerme, para pasar
el rato. Y sabido es el aforismo de aquel sabio granadino: «La cuestión es
pasar el rato»; a lo que otro sabio, bilbaíno éste, y que soy yo, añadió: «Pero
sin adquirir compromisos serios». Y no hay modo menos comprometedor de pasar el
rato que leer el periódico. Y si cojo una novela o un cuento no es para que de
reflejo suscite mis hondas preocupaciones y mis penas, sino para que me
distraiga de ellas. Y por eso no me entero de lo que leo, y hasta leo para no
enterarme...
Pero el héroe de mi cuento era un petulante que
quería escribir para que se enterasen, y, es natural, así no puede ser, no le
resultaba cuanto escribía sino paradojas.
¿Que qué es esto de una paradoja? ¡Ah!, yo no lo
sé, pero tampoco lo saben los que hablan de ellas con cierto desdén, más o
menos fingido; pero nos entendemos, y basta. Y precisamente el chiste de la
paradoja, como el del humorismo, estriba en que apenas hay quien hable de ellos
y sepan lo que son. La cuestión es pasar el rato, sí, pero sin adquirir
compromisos serios; y ¿qué serio compromiso se adquiere tildando a algo de
paradoja, sin saber lo que ella sea, o tachándolo de humorístico?
Yo, que, como el héroe de mi cuento, soy también
héroe y catedrático de griego, sé lo que etimológicamente quiere decir eso de
paradoja: de la preposión para, que indica lateraildad, lo que
va de lado o se desvía, y doxa, opinión, y sé que entre
paradoja y herejía apenas hay diferencia; pero...
Pero ¿qué tiene que ver todo esto con el cuento?
Volvamos, pues, a él.
Dejamos a nuestro héroe —empezando siéndolo mío y
ya es tuyo, lector amigo, y mío; esto es, nuestro— de codos sobre la mesa, con
los ojos fijos en las blancas cuartillas, etc. (véase la precedente
descripción) y diciéndose: «Y bien, ¿sobre qué escribo yo ahora?...».
Esto de ponerse a escribir, no precisamente porque
se haya encontrado asunto, sino para encontrarlo, es una de las necesidades más
terribles a que se ven expuestos los escritores fabricantes de héroes, y
héroes, por lo tanto, ellos mismos. Porque, ¿cuál, sino el de hacer héroes, el
de cantarlos, es el supremo heroísmo? Como no sea que el héroe haga a su
hacedor, opinión que mantengo muy brillante y profundamente en mi Vida
de Don Quijote y Sancho, según Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid,
librería de Fernando Fe, 1905[1] —y sirva esto,
de paso, como anuncio—, obra en que sostengo que fue Don Quijote el que hizo a
Cervantes y no éste a aquél. ¿Y a mí quien me ha hecho, pues? En este caso, no
cabe duda que el héroe de mi cuento. Sí, yo no soy sino una fantasía del héroe
de mi cuento.
¿Seguimos? Por mí, lector amigo, hasta que usted
quiera; pero me temo que esto se convierta en el cuento de nunca acabar. Y así
es el de la vida... Aunque, ¡no!, ¡no!, el de la vida se acaba.
Aquí sería buena ocasión, con este pretexto, de
disertar sobre la brevedad de esta vida perecedera y la vanidad de sus dichas,
lo cual daría a este cuento un cierto carácter moralizador que lo elevara sobre
el nivel de esos otros cuentos vulgares que sólo tiran a divertir. Porque el
arte debe ser edificante. Voy, por lo tanto, a acabar con una
Moraleja. Todo
se acaba en este mundo miserable: hasta los cuentos y la paciencia de los
lectores. No sé, pues, abusar.
Entre dos filas de árboles, la carretera piérdese
en el cielo, sestea un pueblecillo junto a un charco, en que el sol cabrillea,
y una alondra, señera, trepidando en el azul sereno, dice la vida mientras todo
calla. El caminante va por donde dicen las sombras de los álamos; a trechos
para y mira, y sigue luego.
Deja que oree el viento su cabeza blanca de penas y
años, y anega sus recuerdos dolorosos en la paz que le envuelve.
De pronto, el corazón le da rebato, y se detiene
temblando cual si fuese ante el misterioso final de su existencia. A sus '
pies, sobre el suelo, al pie de un álamo y al borde del camino, una niña dormía
un sueño sosegado y dulce. Lloró un momento el caminante, luego se arrodilló,
después sentóse, y sin quitar sus ojos de los ojos cerrados de la niña, le veló
el sueño. Y él soñaba entretanto.
Soñaba en otra niña como aquélla, que fue su raíz
de vida, y que al morir una mañana dulce de primavera le dejó solo en el hogar,
lanzándole a errar por los caminos, desarraigado.
De pronto abrió los ojos hacia el cielo la que
dormía, los volvió al caminante, y cual quien habla con un viejo conocido, le
preguntó: «¿Y mi abuelo?» Y el caminante respondió: «¿Y mi nieta?» Miráronse a
los ojos, y la niña le contó que, al morírsele su abuelo, con quien vivía sola
—en soledad de compañía solos—, partió al azar de casa, buscando... no sabía
qué...: más soledad acaso.
—Iremos juntos; tú a buscar a tu abuelo; yo, a mi
nieta —le dijo el caminante.
—¡Es que mi abuelo se murió! —dijo la niña.
—Volverán a la vida y al camino —contestó el viejo
—Entonces... ¿vamos?
—¡Vamos, sí, hacia adelante, hacia levante!
—No, que así llegaremos a mi pueblo y no quiero
volver, que allí estoy sola. Allí sé el sitio en que mi abuelo duerme. Es mejor
al poniente, todo derecho.
—¿El camino que traje? —exclamó el vejo—. ¿Volverme
dices? ¿Desandar lo andado? ¿Volver a mis recuerdos? ¿Cara al ocaso? ¡No, eso
nunca! ¡No, eso sí que no, antes morirnos!
—¡Pues entonces... por aquí, entre las flores, por
los prados, por donde no hay camino!
Dejando así la carretera fueron campo traviesa,
entre floridos campos —magarzas, clavelinas, amapolas—, adonde Dios quisiera.
Y ella, mientras chupaba un chupamieles con sus
labios de rosa, le iba contando de su abuelo cómo en las largas veladas
invernizas le hablaba de otros mundos, del Paraíso, de aquel diluvio de Noé, de
Cristo...
—¿Y cómo era tu abuelo?
—Casi era como tú, algo más alto...; pero no mucho,
no te creas..., viejo..., y sabía canciones.
Calláronse los dos, siguió un silencio y lo rompió
el anciano dando a la brisa que iba entre las flores este cantar:
Los caminos de la
vida,
van del ayer al
mañana,
más los del cielo,
mi vida,
van
al ayer del mañana.
Y al oírle, la niña dio a los cielos como una
alondra, esta fresca canción de primavera:
Pajarcito,
pajarcito,
¿de dónde vienes?
El tu nido,
pajarcito,
¿ya no le tienes?
Si estás solo, pajarcito,
¿cómo es que
cantas?
¿A quien buscas,
pajarcito,
cuando
te levantas?
—Así era como tú, algo más chica —dijo llorando el
viejo—; así era como tú... como estas flores...
—¡Cuéntame de ella, pues, cuéntame de ella!
Y empezó el viejo a repasar su vida, a rezar sus
recuerdos, y la niña a su vez a ensimismárselos, a hacerlos propios.
«Otra vez...» —empezaba él, y ella, cortándole,
decía: «¡Lo recuerdo!»
—¿Que lo recuerdas, niña?
—Sí, sí todo eso me parece cual si fuera algo que
me pasó, como si hubiese vivido yo otra vida.
—¡Tal vez! —dijo el anciano pensativo.
—Allí hay un pueblo: ¡mira!
Y el caminante vio una loma humo de hogares. Luego,
al llegar a su espinazo, al fondo, un pueblecillo agazapado en rolde de una
pobre espadaña, cuyos dos huecos con sus dos chilejas, cual dos pupilas,
parecían mirar al infinito. En el ejido, un zagalejo rubio cuidaba de unos
bueyes que bebían en una charca, que, cual si fuese un desgarrón de tierra,
mostraba el cielo soterraño, y en éste otros dos bueyes —dos bueyes
celestiales— que venían a contemplar sus sombras pasajeras o darles nueva vida
acaso.
—Zagal, ¿aquí hay donde hacer noche, dime?
—preguntó el viejo.
—¡Ni a posta! —dijo el mozo—. Esa casa de ahí está
vacía; sus dueños emigraron, hoy sirve nada más que de guarida para alimañas.
Pan, vino y fuego aquí nunca se niega al que viene de paso en busca de su vida.
—¡Dios os lo pagará, zagal, en la otra!
Durmiéronse arrimados y soñaron, el viejo, en el
abuelo de la niña, y ella, en la nietecita que perdiera el pobre caminante. Al
despertar miráronse a los ojos, y como en una charca sosegada que nos descubre
el cielo soterraño, vieron allí, en el fondo, sus sendos sueños.
—Puesto que hay que vivir, si nos quedáramos en
esta casa... ¡La pobre está tan sola! —dijo el viejo.
—Sí, sí: la pobre casa... ¡Mira, abuelo, que el
pueblo es tan bonito! Ayer, el campanario de la iglesia nos miraba muy fijo,
como yendo a decir...
En este punto sonaron las chilejas. «Padre nuestro
que estás en los cielos...» Y la niña siguió: «¡Hágase tu voluntá así en la
tierra como en el cielo!» Rezaron a una voz. Y salieron de casa, y les dijeron:
«Vosotros, ¿qué sabéis hacer?, ¡veamos!» El viejo hacía cestas, componía mil
coslas estropeadas; sus manos eran ágiles; industrioso su ingenio.
Sentábanse al arrimo de la lumbre: la niña hacía el
fuego, y cuidando de la olla le ayudaba. Y hablaban de los suyos, de la otra
vida y de aquel otro abuelo. Y era cual si las almas de los otros, también
desarraigadas, errantes por las sendas de los cielos, bajasen al arrimo de la
lumbre del nuevo hogar. Y les miraban silenciosas, y eran cuatro y no dos. O
más bien eran dos, mas dos parejas. Y así vivían doble vida: la una, vida del
cielo, vida de recuerdos, y la otra, de esperanzas de la tierra.
Íbanse por las tardes a la loma, y de espaldas al
pueblo veían sobre el cielo destacarse, allá en las lejanías, unos álamos que
dicen el camino de la vida. Volvíanse cantando.
Y así pasaba el tiempo hasta que un día —unos años
más tarde— oyó otro canto junto a casa el viejo.
—Dime, ¿quién canta esa canción, María?
—Acaso el ruiseñor de la alameda...
—¡No, que es cantar de mozo!
Ella bajó los ojos.
—Ese canto, María, es un reclamo. Te llama a ti al
camino y a mí a morir. ¡Dios os bendiga, niña!
—¡Abuelito! ¡Abuelito! —y le abrazaba, cubríale de
besos, le miraba a los ojos cual buscándose.
—¡No, no, que aquella se murió, María! ¡También yo
muero!
—No quiero, abuelo, que te mueras; vivirás con
nosotros...
—¿Con vosotros me dices? ¿Tu abuelo? Tu abuelo,
niña, se murió. ¡Soy otro!
—¡No, no; tú eres mi abuelo! ¿No te acuerdas cuando
yo, al despertar sola y contarte cómo escape de casa, me dijiste: Volverán a la
vida y al camino? ¡Y volvieron!
—Volvieron al camino, sí, hija mía, y a el nos
llama esa canción del mozo. ¡Tú con el, mi María; yo... con ella!
—¡Con ella, no! ¡Conmigo!
—¡Sí, contigo! Pero... ¡con la otra!
—¡Ay, mi abuelo, mi abuelo!
—¡Allí te aguardo! ¡Dios os bendiga, pues por ti he
vivido!
Murióse aquella tarde el pobre anciano, el
caminante que alargó sus días; la niña, con los dedos que cogían flores del
campo —magarzas, clavelinas, amapolas— le cerró ambos los ojos, guardadores de
ensueño de otro mundo; bésole en ellos, lloró rezó, soñó, hasta que oyendo la
canción del camino se fue a quien le llamaba.
Y el viejo fue a la tierra: a beber bajo de ella
sus recuerdos.
SOLITAÑA
Erase en Artecalle, en Tendería o en otra
cualquiera de las siete calles, una tiendecita para aldeanos, a cuya puerta
paraban muchas veces las zamudianas con sus burros. El cuchitril daba a la
angosta portalada, y constreñía el acceso a la casa, un banquillo lleno de
piezas de tela, años rojos, azules, verdes , pardos, y de mil colores para
sayas y refajos ; colgaban sobre la achatada y contrahecha puerta,
pantalones, blusas azules , elásticos de punto abigarrados de azul y
rojo , fajas de vivísima púrpura pendientes de sus dos extremos , boinas y
otros géneros , mecidos todos los colgajos por el viento del Noroeste, que se
filtraba por la calle como por un tubo, y formando a la entrada como un arco
que ahogaba a la puertecella. Las aldeanas paraban en medio de la calle,
hablaban, se acercaban, tocaban y retocaban los géneros, hablaban otra vez,
iban, se volvían, entraban y pedían, regateaban, se iban, volvían a regatear y
al cabo se quedaban con el género. El mostrador, reluciente con el brillo
triste que da el roce, estaba atestado de piezas de tela; sobre él, unas
compuertas pendientes, que se levantaban para sujetarlas al techo con unos
ganchos, y servían para cerrar la tienda y limitar el horizonte. Por dentro de
la boca abierta de aquel caleidoscopio, olor a lienzo y a humedad por todas
partes, y en todos los rincones, piezas, prendas de vestido, tela de tierra
para camisas de penitencia, montones de boinas, todo en desorden agradable, en
el suelo, sobre bancos y en estantes, y junto a una ventana que recibía la luz
opaca y triste del cantón, una mesilla con su tintero, y los libros de don
Roque.
Era una tienda de género para la aldeanería. Los
sentidos frescos del hombre del pueblo gustan los choques vivos de colorines
chillones, buscan las alegres sinfonías del rojo con el verde y el azul, y las
carotas rojas de las mozas aldeanas parecen arder sobre el pañuelo de grandes y
abigarrados dibujos. En aquella tienda se les ofrecía todo el género a la vista
y al tacto, que es lo que quiere el hombre que come con los ojos manos y boca.
Nunca se ha visto género más alegre, más chillón, y más frescamente cálido, en
la tienda más triste, más callada y más tibiamente fría.
Junto a esta tienda, a un lado, una zapatería con
todo el género en filas, a la vista del transeúnte; al otro lado , una
confitería oliendo a cera .
Asomaba la cabeza por aquella cáscara cubierta de
flores de trapo, el caracol humano, húmedo, escondido y silencioso,
que arrastra su casita, paso a paso, con marcha imperceptible, dejando en el
camino un rastro viscoso, que brilla un momento y luego se borra.
Don Roque de Aguirregoicoa y Aguirrebecua, por mal
nombre Solitaña, era de por ahí, de una de esas aldeas de chorierricos o cosa
parecida, si es que no era de hacia la parte de Arrigorriaga . No hay memoria
de cuándo vino a recalar en Bilbao, ni de cuándo había sido larva joven, si es
que lo fue en algún tiempo, ni sabía a punto cierto cómo se casó, ni porqué se
casó, aunque sabía cuándo, pues desde entonces empezaba su vida. Se deduce a
priori que le trajo de la aldea algún tío para dedicarle a su tienda. Nariz larga,
gruesa y firme, el labio inferior saliente, ojos apagados a la sombra de
grandes cejas, afeitado cuidadosamente, más tarde calvo, manos grandes y pies
mayores. Al andar se balanceaba un poco.
Su mujer, Rufina de Bengoecheabarri y
Goicoechezarra, era también de por ahí, pero aclimatada en Artecalle, una
ardilla, una cotorra y lista como un demonio. Domesticó a su marido, a quien
quería por lo bueno. ¡Era tan infeliz Solitaña! Un bendito de Dios,
un ángel , manso como un cordero , perseverante como un perro, paciente como un
borrico .
El agua que fecunda a un terreno, esteriliza a
otro, y el viento húmedo que se filtraba por la calle oscura, hizo fermentar y
vigorizarse al espíritu de doña Rufina, mientras aplanó y enmoheció al de don
Roque.
La casa en la que estaba plantado don Roque era
viejísima y con balcones de madera, tenía la cara más cómicamente trágica que
puede darse, sonreía con la alegre puerta y lloraba con sus ventanas tristes.
Era tan húmeda que salía moho en las paredes.
Solitaña subía todos los días la escalera estrecha
y oscura, de ennegrecidas barandillas, envuelta en efluvios de humedad picante,
y la subía a oscuras sin tropezarse ni equivocar un tramo donde otro se hubiera
roto la crisma, y mientras la subía lento e impasible, temblaba de amor la
escalera bajo sus pies, y la abrazaba entre sus sombras.
Para él, eran todos los días iguales, e iguales
todas las horas del día; se levantaba a las seis, a las siete bajaba a la
tienda, a la una comía, cenaba a eso de las nueve, y a eso de las once se
acostaba, se volvía de espalda a su mujer, y, recogiéndose como el caracol, se
disipaba en el sueño.
En las grandes profundidades del mar, viven felices
las esponjas.
Todos los días rezaba el rosario, repetía las
Avemarías como la cigarra y el mar repite a todas horas el mismo himno. Sentía
un voluptuoso cosquilleo al llegar a los orá por nobis de la letanía; siempre,
al Agnus, tenían que advertirle que los orá por nobis habían dado fin; seguía
con ellos por fuerza de inercia; si algún día, por extraordinario caso, no
había rosario, dormía mal y con pesadillas. Los domingos los rezaba en
Santiago, y era para Solitaña goce singular el oír medio amodorrado por la
oscuridad del templo, que otras voces gangosas repetían con él, a coro, orá por
nobis, orá por nobis.
Los domingos, a la mañana , abría la tienda, hasta
las doce , y a la tarde , si no había función de la iglesia y el tiempo estaba
bueno , daban una vuelta por Begoña , donde rezaban una salve y admiraban
siempre las mismas cosas , siempre nuevas para aquél bendito de Dios. Volvía
repitiendo ¡que hermosos aires se respiran desde allí!
Subían las escaleras de Begoña, y un ciego, con
tono lacrimoso y solemne:
—Considere, noble caballero, la triste oscuridad en
que me veo... La Virgen Santísima de Begoña os acompañe, noble caballero...
Solitaña sacaba dos cuartos y le pedía tres ochavos
de vuelta. Más adelante:
—Cuando comparezcamos ante el tribunal supremo de
la gloria...
Solitaña le daba un ochavo. Luego una mejercita
viva:
—Una limosna piadoso caballero...
Otro ochavo. Más allá, un viejo de larga barba,
gafas azules, acurrucado en un rincón, con un perro, y con la mano extendida
.Otro, más adelante, enseñando una pierna delgada, negra, untuosa y torcida,
donde posaban las moscas. Dos ochavos más .Un joven cojo pedía en vascuence, y
a éste Solitaña le daba un cuarto. Aquellos acentos sacudían en el alma de don
Roque su fondo yaciente, y sentía en ella, olor a campo, verde como sus paños
para sayas , brisas de aldea , vaho de humo del caserío, gusto a borona. Era
una evocación que le hacía oir en el fondo de sí mismo , y como salidos de un
fonógrafo , cantos de mozas , chirridos de carros , mugidos de buey , cacareos
de gallina , piar de pájaros , algo que reposaba formando légamo en el fondo
del caracol humano , como polvo amasado con la humedad de la calle y de la casa
.
Solitaña y el mostrador de la tienda se entendían y
se querían. Apoyando sus brazos cruzados sobre él, contemplaba a los chiquillos
que jugaban en el regatón para desagüe, chapuzando los pies en el arroyuelo
sucio. De cuando en cuando, el chinel, adelantando alternativamente las
piernas, cruzaba el campo visual del hombre del mostrador, que le veía sin
mirarle y sacudía la cabeza para espantar alguna mosca.
Fue en cierta ocasión como padrino a la boda de una
sobrina —"a refrescar un poco la cabeza —decía su mujer—, a estirar el
cuerpo, siempre metido aquí como un oso. Yo ya le digo: Roque, vete a dar un
paseo, toma el sol, hombre, toma el sol, y él, nada—." A los tres días
volvió diciendo que se aburría fuera de su tienda. El lo que quería es
encogerse y no estirarse; los estirones le causaban dolor de cabeza y hacían
que circulara por todas sus venas la humedad y la sombra que reposaban en el fondo
de su alma angelical, eran como los movimientos para el reumático.
—"Marrano, más que marrano —le decía doña Rufina— pareces un topo—."
Solitaña sonreía. Otro de sus goces, además del de medir telas y los orá por
nobis, era oír a su mujer que le reñía ¡Qué buena era Rufina!
Sin dejar de atender a la conversación, de
interesarse en su curso, pensando siempre en lo último que había dicho el que
había hablado el último, se dirigía a los rincones de la tienda, servía lo que
le pedían, medía, recibía el dinero, lo contaba, daba la vuelta, y se volvía a
su puesto. En invierno había brasero, y por nada del mundo dejaría Solitaña la
badilla, que manejaba tan bien como la vara, y con la cuál revolvía el fuego
mientras los demás charlaban, y luego, tendiendo los pies con deleite, dormitaba
muchas veces al arrullo de la charla .
Su mujer llevaba la batuta, la emprendía contra los
negros, lamentaba la situación del Papa, preso en Roma por culpa de los
liberales, ¡duro con ellos! Ella era carlista porque sus padres lo habían sido,
porque fue carlista la leche que mamó, porque era carlista su calle, lo era la
sombra del cantón contiguo, y el aire húmedo que respiraban, y el carlismo,
apegado a los glóbulos de su sangre, rodaba por sus venas.
El viejo, siempre tan guapo, se reía de esas cosas;
tan alegres eran blancos como negros, y en una limonada, nadie se acuerda de
colores; por lo demás, él bien sabía que sin religión y palo, no hay cosa
derecha.
Hablaban de una limonada:
—¡Qué limonada! —decía el que vio los fusilamientos
de Zurbano—, ¡pedazos de hielo como puños navegaban allí!...
—Tendríais sarbitos —interrumpió el viejo, siempre
tan guapo— en la limonada hasen falta sarbitos... Sin sarbitos, limonada
fachuda, es como tambolín sin chistu . Cuando están aquellos cachitos helaos
que hasen mal en los dientes, entonces...
—Unas tajaditas de lengua no vienen mal...
—Sí, lengua también; pero sobre todo sarbitos , que
no falten los sarbitos...
Solitaña se sonreía, arreglando el fuego con la
badilla.
—A mí ya me gusta también un poco merlusita en
salsa...—volvió el otro.
—¿Con la limonada?
—Cállate hombre, no digas sinsorgadas... Tú estás
tocao... ¿Merlusa en salsa con la limonada? A tí solo se te ocurre...
—Tú dirás lo que quieras; pero pa’mí no hay como la
merlusa..., la de Bermeo, se entiende, nada de merlusa de Laredo, cada cosa de
su paraje: sardinas de Santurce, angulitas de la isla y merlusa de Bermeo...
—No haga usted caso a eso —dijo el cura— yo he
comido en Bermeo unas sardinas que talmente chorreaban manteca, sin querer se
les caía el pellejo... Y estando en Deva, unas angulitas de Aguinaga que
¡vamos!...
—-Bueno, hombre, pues, ¿qué digo yo?, cada cosa en
su sitio y a su tiempo; luego los caracoles, después el besugo... hisimos una
caracolada poco antes de entrar Zurbano, el año...
—Ya te he dicho muchas veses —le interrumpió el
viejo siempre tan guapo— que tú no sabes ni coger, ni arreglar los caracoles y,
sobre todo, te vuelvo a decir y no le des más vueltas, que con la limonada,
sarbitos, y al que te diga merlusa en salsa, le dises que es un arlote
barragarri... Si me vendrás a desir a mí...
—Y si a mí me gusta en la limonada, merlusa en
salsa...
—Entonses no sabes comer como Dios manda.
—¿Qué no sé?
—Bueno, bueno —interrumpió el cura para cortar la
cuestión— ¿a que no saben ustedes una cosa curiosa?
—¿Qué cosa?
—Que los ingleses nunca comen sesos.
—Ya se conoce; por eso están coloraos— dijo el
viejo guapo—, porque en cambio te sampan cada chuleta cruda, y te pescan cada
sapalora...
—Esos herejes...—empezó doña Rufina.
Y venía rodando la conversación a los liberales.
Cuando los contertulios se marchaban, cerraban la
tienda, doña Rufina y su marido; contaban el dinero cuidadosamente, sacando sus
cuentas, luego, con una vela encendida, registraban todos los rincones de la
tienda, miraban tras de las piezas, bajo el mostrador y los banquillos, echaban
la llave y se iban a dormir. Solitaña no acostumbraba a soñar; su alma se
hundía en el inmenso seno de la inconciencia, arrullada por la lluvia menuda, o
el violento granizo que sacudía los vidrios de la ventana.
Al día siguiente se levantaba como se había
levantado el anterior, con más regularidad que el sol, que adelanta y atrasa
sus salidas, y bajaba a la tienda en invierno, entre las sombras del crepúsculo
matutino.
En Jueves Santo, parecía revivir un poco el bendito
caracol, se calaba levita negra, guantes también negros, chistera negra, que
guardaba desde el día de la boda, e iba con un bastoncillo negro a pedir para
la Soledad de la negra capa. Luego en la procesión, la llevaba en hombros, y
aquél dulce peso era para él una delicia sólo comparable a una docena de
letanías con sus quinientos sesenta y dos orá por nobis.
¿Pobre ángel de Dios, dormido en la carne! No hay
que tenerle lástima, era padre, y toda la humedad de su alma parecía evaporarse
a la vista del pequeño. ¿Besos?, ¡quiá! Esto en él era cosa rara, apenas se le
vio besar a su hijo, a quién quería, como buen padre, con delirio.
Vino el bombardeo, se refugió la gente en las
lonjas, y empezó la vida de familias acuarteladas. Nada cambió para Solitaña,
todo siguió lo mismo. La campanada de bomba provocaba en él la reacción
inconsciente de un Avemaría, y la rezaba pensando en cualquier cosa .Veía pasar
a los chimberos de la otra guerra, como veía pasar al eterno chinel. Si el
proyectil caía cerca se retiraba adentro, y se tendía en el suelo presa de una
angustia indefinible. Durante todo el bombardeo no salió de su cuchitril. La noche
de San José temblaba en el colchón, tendido sobre el suelo, ensartando
Avemarías —"Si al cabo entraran —decía doña Rufina— ya le haría yo pagar a
ese negro de don José María lo que nos debe."
Su hijo fue a estudiar Medicina. La madre le
acompañó a Valladolid; a su cargo corría todo lo del chico. Cuando
acabó la guerra, pensaron por un momento dejar la tienda, pero Solitaña sin
ella hubiera muerto de fiebre, como un oso blanco transportado al África
Ecuatorial.
Vino el terremoto de los Osunas, y cuando las
obligaciones bambolearon, crujió todo, y cayeron entre ruinas de
oro, familias enteras, se encontró Solitaña, una mañana lluviosa y fría, con
que aquél papel, era papel mojado, y lo remojó con lágrimas. Bajó mustio a la
tienda y siguió su vida.
Su hijo se colocó en una aldea, y aquél día dio don
Roque un suspiro de satisfacción. Murió su mujer, y el pobre hombre, al subir
las escaleras que temblaban bajo sus pies, y sentir la lluvia, que azotaba las
ventanas, lloraba en silencio con la cabeza hundida en la almohada.
Enfermó. Poco antes de morir le llevaron el viático
, y cuando el sacerdote empezó la letanía, el pobre Solitaña , con la cabeza
hundida en la almohada , lanzaba con labios trémulos unos imperceptibles orá
por nobis, que se desvanecían lánguidamente en la alcoba, que estaba entonces
como ascua de oro y llena de tibio olor a cera. Murió. Su hijo le lloró el
tiempo que sus quehaceres y sus amores, le dejaron libre. Quedó en el aire el
hueco que al morir deja un mosquito, y el alma de Solitaña voló a la montaña
eterna, a pedir al Pastor, él, que siempre había vivido a la sombra, que nos
traiga buen sol para hoy, para mañana, y para siempre.
¡Bienaventurados los mansos!
[1] Para mi conciencia de bibliógrafo, debo decir que
antes de 1905 pone: Carrera de San Jerónimo, 2; pero desde entonces el señor Fe
se ha trasladado a la Puerta del Sol, 15; y ahora añado que esa edición se ha
agotado y que prepara otra la Biblioteca Renacimiento.

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