© Libro N° 13895. La Herencia Y
La Etiología De Las Neurosis. Freud,
Sigmund. Emancipación. Mayo 31 de 2025
Título Original: © La Herencia Y La Etiología De Las
Neurosis. Sigmund Freud
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Original: © La Herencia Y La
Etiología De Las Neurosis. Sigmund Freud
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LA HERENCIA Y LA ETIOLOGÍA
DE LAS NEUROSIS
Sigmund Freud
La Herencia Y
La Etiología De Las Neurosis
Sigmund Freud
SIGMUND FREUD
LA HERENCIA Y
LA ETIOLOGÍA DE LAS NEUROSIS
1896
Aclaración Preliminar
Me dirijo especialmente a los alumnos de J. M.
Charcot, para presentarles algunas objeciones contra la teoría etiológica de
las neurosis, que nuestro común maestro nos ha transmitido.
Conocido es el papel atribuido a la herencia
nerviosa en esta teoría. Trataríase de la única causa verdadera e indispensable
de las afecciones neuróticas, no pudiendo aspirar las demás influencias
etiológicas sino a la categoría de agentes provocadores.
Así lo han afirmado a más del mismo maestro, sus
discípulos Guinon, Guilles de la
Tourette y Janet, por lo que respecta a la
histeria, sosteniéndose también en Francia, y un poco en todas partes, esta
misma opinión con relación a las demás neurosis, aunque por lo que se refiere a
estos estados, análogos a la histeria, no haya sido enunciada de un modo tan
solemne y decidido.
Hace ya mucho tiempo que vengo sospechando de la
exactitud de esta teoría, pero me ha sido necesario esperar hasta encontrar en
la práctica cotidiana del médico hechos en que apoyarme. Ahora mis objeciones
son ya de dos órdenes: argumentos de hecho y otros productos de la
especulación.
Comenzaré por los primeros, ordenándolos según la
importancia que les concedo.
I
a) A veces se han creído nerviosas, y demostrativas
de una tendencia neuropática hereditaria, afecciones extrañas al dominio de la
Neuropatología, y que no dependen necesariamente de una enfermedad del sistema
nervioso. Así, las neuralgias faciales y muchas cefalalgias, que se creían
nerviosas, siendo más bien consecuencias de alteraciones patológicas
postinfecciosas y de supuraciones en el sistema cavitario faringonasal. Por mi
parte, estoy persuadido de que sería ventajoso para los enfermos el que nosotros,
los neurólogos, abandonásemos más frecuentemente el tratamiento de tales
afecciones a los rinólogos.
b) Se ha aceptado como razón suficiente para
suponer en un enfermo taras nerviosas hereditarias todas las afecciones
nerviosas halladas en su familia, sin tener en cuenta su frecuencia ni su
gravedad. Esta manera de ver las cosas parece contener una precisa separación
entre las familias indemnes de toda predisposición nerviosa y las familias
sujetas a ella sin límite ni restricción, siendo así que los hechos abogan más
bien en favor de la opinión contraria, según la cual existen transiciones y
grados de disposición nerviosa, sin que ninguna familia se halle en absoluto
indemne de ella.
c) Nuestra opinión sobre el papel etiológico de la
herencia en las enfermedades nerviososas habrá de ser, desde luego, el
resultado de un examen estadístico imparcial y no de una petitio principii. En
tanto este examen no haya sido realizado, deberá suponerse tan posible la
existencia de neuropatías adquiridas como la de neuropatías hereditarias. Ahora
bien: si puede haber neuropatías adquiridas por hombres no predispuestos, no se
podrá negar que las afecciones nerviosas halladas en la familia del paciente tengan
en parte este origen, y entonces no será tampoco posible invocarlas como
pruebas concluyentes de la disposición hereditaria, impuesta al enfermo por
razón de su historia
familiar, puesto que el diagnóstico retrospectivo
de las enfermedades de los ascendientes o de los familiares ausentes sólo raras
veces tiene éxito.
d) Aquellos que siguen a Fournier y a Erb en lo que
respecta al papel etiológico de la sífilis en la tabes dorsal y en la parálisis
progresiva han visto que es preciso reconocer en la patogenia de ciertas
enfermedades la colaboración de poderosas influencias etiológicas distintas de
la herencia, importante para producirlas por sí solas. Sin embargo, Charcot fue
hasta su última época -según lo demuestra una carta privada que de él poseo-
absolutamente opuesto a la teoría de Fournier, la cual va ganando cada día más
terreno.
e) Es indudable que ciertas neuropatías pueden
desarrollarse en individuos perfectamente sanos y de familia irreprochable. Así
se observa cotidianamente con respecto a la neurastenia de Beard. Si la
neurastenia se limitase a los individuos predispuestos, no habría adquirido
jamás la importancia y la extensión que le conocemos.
f) En la patología nerviosa hay la herencia similar
y la herencia llamada disimilar. Por lo que respecta a la primera, no hay nada
que objetar, siendo incluso muy singular que en las afecciones dependientes de
la herencia similar (enfermedad de Thomsen, de Friedreich, miopatías, corea de
Huntington, etcétera) no se encuentra jamás la huella de otra influencia
etiológica accesoria. Pero la herencia disimilar, mucho más importante que la
otra, deja lagunas, que sería necesario llenar para llegar a una solución
satisfactoria de los problemas etiológicos. Nos referimos al hecho de que los
miembros de la misma familia se muestran visitados por las neuropatías más
diversas, funcionales y orgánicas,
sin que pueda descubrirse una ley que dirija la
sustitución de una enfermedad por otra o el
orden de su sucesión a través de las generaciones.
Al lado de los individuos enfermos hay en estas familias personas que
permanecen sanas, y la teoría de la herencia disimilar no nos dice por qué
estas últimas soportan la misma carga hereditaria sin sucumbir a ella, ni por
qué los individuos enfermos han escogido entre las afecciones que constituyen
la gran
familia neuropática una determinada enfermedad en
lugar de otra; la histeria en lugar de la epilepsia, la locura, etc. Como en la
patogenia nerviosa no puede concederse lugar alguno al azar, habremos de
reconocer que no es la herencia la que preside la elección de la neuropatía que
se desarrollará en el miembro de una familia afecto de predisposición,
suponiendo, en cambio, la existencia de otras influencias etiológicas de una
naturaleza menos incomprensible; influencias que merecerán entonces el nombre
de etiología específica de tal o cual afección nerviosa. Sin la existencia de
este factor etiológico
especial, la herencia no hubiera podido hacer nada,
y si dicha etiología específica hubiera sido sustituida por otra influencia, se
hubiera prestado a la producción de otra distinta neuropatía.
II
Tales causas específicas y determinantes de las
neuropatías han sido poco investigadas, por tener cautivada la atención de los
médicos la grandiosa perspectiva de la condición etiológica hereditaria.
Sin embargo, merecen ciertamente que se les haga
objeto de un asiduo estudio. Aunque su potencia patógena no sea, en general,
sino accesoria a la de la herencia, ha de ser interesantísimo el conocimiento
de esta etiología específica, que proporcionará a nuestra labor terapéutica un
punto de ataque, mientras que la disposición hereditaria, fijada de antemano
para el enfermo desde su nacimiento, detiene nuestros esfuerzos,
mostrándose como un poder inabordable.
Por mi parte, vengo entregándome desde hace años a
la investigación de la etiología de las grandes neurosis (estados nerviosos
funcionales análogos a la histeria), y
las líneas que siguen contienen el resultado de
estos estudios. Para evitar todo posible error
de interpretaciones, expondré en primer lugar dos
observaciones sobre la nosografía de las neurosis y sobre la etiología de las
neurosis en general.
Me ha sido necesario comenzar mi trabajo por una
innovación nosográfica. He hallado razones suficientes para situar al lado de
la histeria la neurosis obsesiva como afección autónoma e independiente, aunque
la mayoría de los autores coloquen las obsesiones entre los síndromes de la
degeneración mental o las confundan con la neurastenia. Por mi parte, he
descubierto, examinando su mecanismo psíquico, que las obsesiones se hallan
enlazadas a la histeria más íntimamente de lo que se cree.
La histeria y la neurosis obsesiva forman el primer
grupo de las grandes neurosis por mí estudiadas. El segundo contiene la
neurastenia de Beard, que yo he descompuesto en dos estados funcionales
diferentes, tanto por su etiología como por su aspecto sintomático: la
neurastenia propiamente dicha y la neurosis de angustia, denominación esta
última que, dicho sea de paso, no acaba de satisfacerme. En un estudio,
publicado en
1895, he expuesto las razones de esta separación,
que creo necesaria.
En cuanto a la etiología de las neurosis, pienso
que se debe reconocer en teoría que las influencias etiológicas, diferentes
entre sí por su categoría y por el orden de su relación con el efecto que
producen, pueden agruparse en tres clases: condiciones, causas concurrentes y
causas específicas. Las condiciones son indispensables para la producción de la
afección de que se trate, pero su naturaleza es universal, y se encuentran
igualmente en la etiología de muchas otras enfermedades. Las causas concurrentes
colaboran también en la causación de otras afecciones pero no son, como las
condiciones, indispensables para la producción de una determinada.
Por último, las causas específicas son tan
indispensables como las condiciones pero no aparecen más que en la etiología de
la afección, de la cual son específicas.
Pues bien; en la patogenia de las grandes neurosis,
la herencia representa el papel de una condición, poderosa en todos los casos,
y hasta indispensable en la mayor parte de los mismos. No podría ciertamente
prescindir de la colaboración de las causas específicas, pero su importancia
queda demostrada por el hecho de que las mismas causas, actuando sobre un
individuo sano, no producirían ningún efecto patológico manifiesto, mientras
que su acción sobre una persona predispuesta hará surgir la neurosis, cuya intensidad
y extensión dependerán del grado de tal condición hereditaria.
La acción de la herencia es, pues, comparable a la
del hilo multiplicador en el círculo eléctrico, que exagera la desviación
visible de la aguja, pero no puede jamás determinar su dirección.
En las relaciones existentes entre la condición
hereditaria y las causas específicas de la neurosis hay aún algo que anotar. La
experiencia nos muestra algo que de antemano podíamos haber supuesto, o sea,
que no deben despreciarse en estas cuestiones de etiología las cantidades
relativas, por decirlo así, de las influencias etiológicas. Lo que no se
hubiera adivinado en el hecho siguiente, que parece resultar de mis
observaciones: la herencia y
las causas específicas pueden reemplazarse en lo
que respecta a su lado cuantitativo, y así, la concurrencia de una seria
etiología específica con una disposición mediocre, y la de una herencia
nerviosa muy intensa con una influencia específica ligera, producirán el mismo
efecto patológico. De este modo, aquellas neurosis, en las que en vano buscamos
un grado apreciable de disposición hereditaria, no serán sino un extremo de la
serie así constituida, siempre que dicha falta se halle compensada por una poderosa
influencia específica.
Como causas concurrentes o accesorias de las
neurosis podemos enumerar todos los agentes vulgares encontrados en otras
ocasiones: las emociones morales, el agotamiento somático, las enfermedades
agudas, las intoxicaciones, los accidentes traumáticos, el surmenage
intelectual, etc. A mi juicio, ninguno de ellos, ni aun el último, entra
regular o necesariamente en la etiología de la neurosis, y sé muy bien que
enunciar esta opinión es situarse enfrente de una teoría considerada universal
o irreprochable. Desde que Beard declaró que la neurastenia era el fruto de
nuestra civilización moderna,
sólo creyentes ha encontrado. Mas por mi parte me
es imposible agregarme a esta opinión. Un laborioso estudio de las neurosis me
ha enseñado que la etiología específica de las mismas se sustrajo al
conocimiento de Beard.
No está en mi ánimo despreciar la importancia
etiológica de tales agentes vulgares. Son muy varios y frecuentes, y siendo
acusados casi siempre por los enfermos mismos, se hacen más evidentes que las
causas específicas de las neurosis: etiología oculta e ignorada. Con gran
frecuencia desempeñan la función de agentes provocadores, que hacen
manifiesta la neurosis, hasta entonces latente,
enlazándose a ellos un interés práctico, puesto que la consideración de estas
causas vulgares puede prestar puntos de apoyo a una terapia que no se proponga
una curación radical y se contente con retrotraer la afección a su anterior
estado de latencia.
Ahora bien: jamás se consigue comprobar una
relación constante y estricta entre una de estas causas vulgares y una
determinada afección nerviosa. Así, la emoción moral se encuentra tanto en la
etiología de la histeria, las obsesiones y la neurastenia como en la de la
epilepsia, la enfermedad de Parkinson, la diabetes y otras muchas.
Las causas concurrentes vulgares pueden también
reemplazar a la etiología
específica en cuanto a la cantidad, pero jamás
sustituirla completamente. Hay muchos casos en los que todas las influencias
etiológicas están representadas por la condición
hereditaria y la causa específica, faltando las
causas vulgares. En los otros casos, los factores etiológicos indispensables no
bastan por su cantidad para provocar la neurosis, resultando así que durante
mucho tiempo puede ser mantenido un estado de salud aparente, que no es en
realidad sino un estado de predisposición neurótica. Basta entonces que una
causa vulgar añada su acción para que la neurosis se haga manifiesta. Pero en
tales condiciones es preciso tener en cuenta que la naturaleza del agente vulgar
sobrevenido es indiferente. Cualquiera que sea dicho agente -emoción,
traumatismo, enfermedad infecciosa, etc.-, el efecto patológico será el mismo,
pues la naturaleza de la neurosis dependerá siempre de la causa específica
preexistente.
¿Cuáles son, pues, estas causas específicas de la
neurosis? Es acaso una sola o son varias? ¿Puede quizá comprobarse una relación
etiológica constante entre tal causa y tal efecto neurótico, de modo que a cada
una de las grandes neurosis podamos adscribir una etiología particular?
Apoyado en un examen laborioso de los hechos, he de
afirmar que esta última
suposición corresponde exactamente a la realidad;
que cada una de las grandes neurosis enumeradas tiene por causa inmediata una
perturbación particular de la economía nerviosa, y que estas modificaciones
patológicas funcionales reconocen como origen
común la vida sexual del individuo, sea un desorden
de la vida sexual actual, sean sucesos
importantes de la vida pretérita.
No es ésta en verdad una afirmación nueva e
inaudita. Entre las causas de la nerviosidad se han admitido siempre los
desórdenes sexuales, pero subordinándolos a la herencia, coordinándolos con los
demás agentes provocadores y restringiendo su influencia etiológica a un número
limitado de casos observados. Los médicos han llegado incluso a adquirir la
costumbre de no buscarlos si el enfermo no se refiere a ellos espontáneamente.
En cambio, fundándome yo en los resultados de mis investigaciones, elevo tales
influencias sexuales a la categoría de causas específicas; reconozco su acción
en todos los casos de neurosis, y encuentro, en fin un paralelismo regular;
prueba de una relación etiológica particular entre la naturaleza de la
influencia sexual y la especie morbosa de la neurosis.
Estoy seguro de que esta teoría provocará una
tempestad de contradicciones por parte de los médicos contemporáneos. Pero no
es éste el lugar de presentar los documentos y las experiencias que me han
impuesto mi convicción ni de explicar el verdadero sentido de la expresión, un
tanto vaga, «desórdenes de la economía nerviosa». Todo ello será realizado con
la mayor amplitud en una obra que preparo sobre la materia. En el presente
estudio me limitaré a enunciar mis resultados.
La neurastenia propiamente dicha, de un aspecto
clínico muy monótono en cuanto se separa de ella la neurosis de angustia
(fatiga sensación de asco, dispepsia flatulenta estreñimiento, parestesias
espinales, debilidad sexual, etc.), no reconoce como etiología específica más
que el onanismo (inmoderado) o las poluciones espontáneas.
La acción prolongada e intensa de esta perniciosa
satisfacción sexual se basta para provocar la neurosis neurasténica o para
imponer al sujeto el sello neurasténico especial que se manifiesta más tarde
bajo la influencia de una causa ocasional accesoria. He
hallado también personas que presentaban los signos
de constitución neurasténica, y en las cuales no he conseguido evidencia la
etiología citada, pero por lo menos he logrado comprobar que la función sexual
no se había desarrollado nunca en ellas hasta el nivel
normal, pareciendo dotadas por herencia de una
constitución sexual análoga a la que en el neurasténico se produce a
consecuencia del onanismo.
La neurosis de angustia, cuyo cuadro clínico es
mucho más rico (irritabilidad, estado de espera angustiosa fobias, ataques de
angustia completos o rudimentarios, de miedo, de vértigo, temblores, sudores,
congestión, disnea, taquicardia, etcétera; diarrea crónica, vértigo crónico de
locomoción, hiperestesia, insomnios, etc.), se revela fácilmente como el efecto
específico de diversos desórdenes de la vida sexual, que no carecen de un
carácter común a todos. La abstinencia forzada, la excitación genital frustrada
(no satisfecha por el acto sexual), el coito imperfecto o interrumpido, los
esfuerzos sexuales que sobrepasan la capacidad psíquica del sujeto, etc., todos
estos agentes, frecuentísimos en la vida moderna, coinciden en perturbar el
equilibrio de las funciones psíquicas y somáticas en los actos sexuales,
impidiendo la participación psíquica necesaria para
libertar a la economía nerviosa de la tensión
genésica.
Estas observaciones, que contienen quizá el germen
de una explicación teórica del mecanismo funcional de la neurosis de angustia,
muestran al mismo tiempo que no es aún posible hoy en día desarrollar una
exposición completa y verdaderamente científica de la materia, siendo
previamente necesario abordar el problema fisiológico de la vida sexual desde
un punto de vista nuevo.
Diré, por último, que la patogénesis de la
neurastenia y de la neurosis de angustia puede prescindir de la concurrencia de
una disposición hereditaria. Así lo comprueban, en efecto, mis observaciones
cotidianas. Pero si la herencia concurre, ejercerá una formidable influencia
sobre el desarrollo de la neurosis.
Para la segunda clase de las grandes neurosis, la
histeria y la neurosis obsesiva, la solución del problema etiológico es
sorprendentemente sencilla y uniforme. Debo mis resultados al empleo de un
nuevo método de psicoanálisis, al procedimiento explorador de J. Breuer, un
tanto sutil, pero insustituible por su eficacia para iluminar los oscuros
caminos de la ideación inconsciente. Por medio de este procedimiento -cuya
descripción no hemos de emprender aquí- se persiguen los síntomas histéricos
hasta su origen, constituido siempre por un suceso de la vida sexual del
individuo, muy apropiado para producir una emoción penosa. Explorando paso a
paso el pretérito del enfermo, dirigidos
siempre por el encadenamiento orgánico de los
síntomas, los recuerdos y los pensamientos
en estado de vigilia, hemos conseguido llegar al
punto de partida del proceso patológico y hemos comprobado que en el fondo de
todos los casos sometidos al análisis existía lo mismo la acción de un agente
que había de ser aceptada como causa específica de la histeria.
Trátase, desde luego, de un recuerdo relativo a la
vida sexual, pero que ofrece dos caracteres de máxima importancia. El suceso
del cual ha conservado el sujeto un recuerdo inconsciente es una experiencia
sexual precoz con excitación real de las partes genitales, seguida de un abuso
sexual practicado por otra persona y el período de la vida en el que acaeció
este suceso funesto es la infancia hasta la edad de ocho o diez años, antes de
haber llegado el niño a la madurez sexual.
Así, pues, la etiología específica de la histeria
está constituida por una experiencia de pasividad sexual anterior a la
pubertad.
Añadiremos sin dilación algunos hechos detallados y
algunos comentarios al resultado enunciado para evitar la desconfianza que
sabemos han de despertar nuestras
afirmaciones. Hemos podido practicar el
psicoanálisis completo de trece casos de histeria, tres de los cuales eran
verdaderas combinaciones de la histeria con la neurosis obsesiva (y no histeria
con obsesiones). En ninguno de ellos faltaba el suceso antes descrito
hallándose representado por un atentado brutal cometido por una persona adulta
o por una seducción menos rápida y menos repulsiva, pero conducente al mismo
fin. De los trece casos, se trataba en siete de relaciones entre sujetos
infantiles; esto es, de relaciones sexuales entre una niña y un niño algo mayor
que ella, casi siempre su hermano, víctima a su vez de una seducción anterior.
Estas relaciones habían continuado algunas veces durante años enteros, hasta la
pubertad de los pequeños culpables, repitiendo siempre el niño con su pareja,
sin innovación alguna, las mismas prácticas de que antes había él sido objeto
por parte de una criada o una institutriz, y que a causa de este origen eran
muchas veces de naturaleza repugnante. En algunos casos concurrían las
relaciones infantiles y el atentado o el abuso brutal reiterado.
La fecha de la experiencia precoz era variable. En
dos casos comenzaba la serie a los dos años (?) del infantil sujeto. Pero la
edad más frecuente era entre los cuatro y los cinco años. Será quizá un azar,
pero mis observaciones me han dado la impresión de que una experiencia de
pasividad sexual posterior a la edad de ocho a diez años no puede ya servir de
base a la constitución de una neurosis.
¿Cómo llegar a convencerse de la realidad de estas
confesiones obtenidas en el análisis que pretenden ser recuerdos conservados
desde la primera infancia y cómo precaverse contra la inclinación de mentir y
la facilidad de invención atribuidas a los histéricos? Yo mismo me acusaría de
credulidad censurable si no dispusiese de otras pruebas más concluyentes. Pero
es que los enfermos no cuentan jamás estas historias espontáneamente ni van
nunca a ofrecer al médico en el curso del tratamiento el recuerdo completo de
una tal escena. No se consigue despertar la huella física del suceso sexual
precoz sino por medio de la más enérgica presión del procedimiento analítico y
en lucha contra una enorme resistencia. Es necesario arrancar el recuerdo trozo
a trozo, y mientras el mismo despierta en su consciencia, se muestran los
pacientes invadidos por una emoción difícil de fingir.
El suceso sexual precoz deja una huella
imperecedera en la historia del caso, apareciendo representado en ella por una
multitud de síntomas y de rasgos particulares que no admiten otra explicación
siendo exigido de un modo perentorio por el encadenamiento sutil, pero sólido,
de la estructura intrínseca de la neurosis. Por último, cuando no se penetra
hasta dicho suceso, falla el efecto terapéutico del análisis, y de este modo no
hay más remedio que aceptarlo o refutarlo todo en conjunto.
¿Pueden comprenderse que una tal experiencia sexual
precoz sufrida por un individuo cuyo sexo apenas se ha diferenciado todavía
llegue a constituirse en origen de una anormalidad psíquica persistente, como
la histeria? ¿Y cómo armonizar una tal hipótesis con nuestras ideas actuales
sobre el mecanismo psíquico de esta neurosis? A la primera de estas
interrogaciones podemos dar una respuesta satisfactoria: precisamente por
tratarse de un sujeto infantil no produce en su fecha la excitación efecto
alguno, pero su huella psíquica perdura. Más tarde, cuando con la pubertad
queda desarrollada la reactividad de los órganos sexuales hasta un nivel
inconmensurable con relación al estado infantil, es reanimada esta huella
psíquica inconsciente, y a causa de la transformación debida a la pubertad,
despliega el recuerdo una potencia de la que careció totalmente el
suceso mismo. El recuerdo actúa entonces como si
fuese un suceso presente. Trátase, pues,
por decirlo así, de una acción póstuma de un trauma
sexual.
Por lo que sabemos, este despertar del recuerdo
sexual después de la pubertad, habiendo acaecido el suceso mismo en una época
muy anterior a tal período, constituye la única posibilidad psicológica de que
la acción inmediata de un recuerdo sobrepase la del suceso actual. Pero ha de
tenerse en cuenta que se trata de una constelación anormal, que ataca un lado
débil del mecanismo psíquico y produce necesariamente un efecto psíquico
patológico.
A mi juicio, esta relación inversa entre el efecto
psíquico del recuerdo y el del suceso entraña la razón por la cual el recuerdo
permanece inconsciente.
Llegamos así a un problema psíquico muy complejo,
pero que debidamente apreciado promete arrojar algún día una viva claridad
sobre las cuestiones más delicadas de la vida psíquica.
Las ideas aquí expuestas, teniendo como punto de
partida el hecho de que el psicoanálisis nos revela siempre, como causa
específica de la histeria, el recuerdo de una experiencia sexual precoz, no se
hallan de acuerdo con la teoría psicológica de la neurosis sostenida por Janet
ni con ninguna otra, pero sí armonizan perfectamente con mis propias
especulaciones sobre las neurosis de defensa.
Todos los sucesos posteriores a la pubertad, a los
cuales es preciso atribuir una influencia sobre el desarrollo de la neurosis
histérica y sobre la formación de sus síntomas, no son en realidad sino causas
concurrentes, agentes provocadores, como decía Charcot, para el cual ocupaba la
herencia nerviosa el puesto que yo reclamo para la experiencia sexual precoz.
Estos agentes accesorios no están sujetos a las condiciones estrictas que pesan
sobre las causas específicas. El análisis demuestra de un modo irrefutable que
sólo por su facultad de despertar la huella psíquica inconsciente del suceso
infantil gozan de
una influencia patógena en relación con la
histeria. Su conexión con la huella patógena primaria es lo que lleva su
recuerdo a lo inconsciente, facultándolos así para contribuir al desarrollo de
una actividad psíquica sustraída al poder de las funciones conscientes.
La neurosis obsesiva proviene de una causa
específica muy análoga a la de la histeria. Encontramos también en ella un
suceso sexual precoz acaecido antes de la pubertad, cuyo recuerdo es activado
en esta época o después de ella, y los mismos razonamientos y observaciones
expuestos con ocasión de la histeria pueden aplicarse a los casos observados de
esta neurosis (seis, tres de ellos muy puros). No hay más que una diferencia
importante. En el fondo de la etiología histérica hemos hallado un suceso de pasividad
sexual, una experiencia tolerada con indiferencia o con enfado o temor. En la
neurosis obsesiva se trata, por el contrario, de un suceso que ha causado
placer, de una agresión sexual inspirada por el deseo (sujeto infantil
masculino) o de una gozosa participación en las relaciones sexuales (sujeto
infantil femenino).
Las ideas obsesivas, reconocidas por el análisis en
su sentido íntimo, reducidas, por decir así, a su más simple expresión, no son
sino reproches que el sujeto se dirige por el goce sexual anticipado, si bien
reproches desfigurados por una labor psíquica inconsciente de transformación y
de sustitución.
El hecho mismo de que tales agresiones sexuales
tengan lugar a una edad tan tierna parece denunciar la influencia de una
seducción anterior, de la cual es consecuencia la precocidad del deseo sexual.
En los casos por mí analizados ha quedado siempre confirmada esta sospecha. De
este modo queda explicado un hecho constante en estos
casos de neurosis obsesiva; esto es, la
complicación regular del cuadro sintomático por un cierto número de síntomas
simplemente histéricos.
La importancia del elemento activo de la vida
sexual en la etiología de las obsesiones y la de la pasividad en la patogenia
de la histeria parecen incluso revelar la razón de la conexión más íntima de la
histeria con el sexo femenino y de la preferencia del masculino por la neurosis
obsesiva. A veces hallamos dos neuróticos que en su infancia formaron una
pareja de infantiles amantes, y en estos casos el hombre padece una neurosis
obsesiva y la mujer una histeria. Cuando se trata de hermano y hermana, no es
difícil incurrir en el error de atribuir a la herencia nerviosa lo que no es
sino un efecto de experiencias sexuales precoces.
Existen, desde luego casos aislados y puros de
histeria o de neurosis obsesiva, independientes de la neurastenia o de la
neurosis de angustia; pero no es esto lo general. Por lo regular, la
psiconeurosis se presenta como accesoria o la neurosis neurasténica, como
evocada por ella, o siguiendo su declinación. Ello obedece a que las causas
específicas de estas neurosis, o sea, los desórdenes actuales de la vida
sexual, actúan al mismo tiempo como causas accesorias de las psiconeurosis cuya
causa específica -el recuerdo de la experiencia sexual precoz-despiertan y
reaniman.
Por lo que respecta a la herencia nerviosa, estoy
aún muy lejos de saber evaluar justamente su influencia en la etiología de las
psiconeurosis. Concedo que su presencia es indispensable en los casos graves, y
dudo que lo sea en los leves; pero estoy convencido de que por sí sola no puede
producir la psiconeurosis cuando su etiología específica -la excitación sexual
precoz-falta. Llego incluso a opinar que la cuestión de determinar cuál de las
neurosis -la histeria o la neurosis obsesiva- se desarrolla en un caso dado no
depende de la herencia, sino de un carácter especial de dicho suceso sexual
precoz.

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