© Libro N° 13893. La Disolución
Del Complejo De Edipo. Freud,
Sigmund. Emancipación. Mayo 31 de 2025
Título Original: © La Disolución Del Complejo De
Edipo. Sigmund Freud
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Original: © La Disolución Del
Complejo De Edipo. Sigmund Freud
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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LA DISOLUCIÓN DEL COMPLEJO
DE EDIPO
Sigmund Freud
La Disolución
Del Complejo De Edipo
Sigmund Freud
CXXIX
La Disolución Del Complejo De Edipo
Sigmund Freud
(Der Untergang des Ödipuskomplex)
1924
EL complejo de Edipo va designándose cada vez más
claramente como el fenómeno central del temprano período sexual infantil. Luego
ocurre la disolución. Sucumbe a la represión y es seguido del período de
latencia. Pero no hemos visto aún claramente cuáles son las causas que provocan
su fin. El análisis parece atribuirlo a las decepciones dolorosas sufridas por
el sujeto. La niña que se cree objeto preferente del amor de su padre recibe un
día una dura corrección por parte de éste y se ve expulsada de su feliz
paraíso. El niño que considera a su madre como propiedad exclusiva suya la ve
orientar de repente su cariño y sus cuidados hacia un nuevo hermanito. Pero
también en aquellos casos en los que no acaecen sucesos especiales como los
citados en calidad de ejemplos, la ausencia de la satisfacción deseada acaba
por apartar al infantil enamorado de su inclinación sin esperanza. El complejo
de Edipo sucumbiría sí a su propio fracaso, resultado de su imposibilidad
interna.
Otra hipótesis sería la de que el complejo de Edipo
tiene que desaparecer porque llega el momento de su disolución, como los
dientes de leche se caen cuando comienzan a formarse los definitivos, Aunque el
complejo de Edipo s vivido también individualmente por la mayoría de los seres
humanos, es, sin embargo, un fenómeno determinado por la herencia, y habrá de
desaparecer conforme a una trayectoria predeterminada, al iniciarse la fase
siguiente del desarrollo. Resultará,
pues, indiferente cuáles sean los motivos
ocasionales de desaparición e incluso que no podamos hallarlos.
Ambas hipótesis parecen justificadas. Pero además
resultan fácilmente conciliables. Al lado de la hipótesis filogénica más amplia
queda espacio suficiente para la ontogénica. También el individuo entero está
destinado, desde su nacimiento
mismo, a morir, y también lleva ya indicada, quizá
en la disposición; sus órganos, la causa de su muerte. Pero siempre será
interesante perseguir cómo se desarrolla el programa predeterminado y en qué
forma es aprovechada disposición por acciones nocivas casuales. Nuestra
penetración ha sido aguzada recientemente1 por la observación que el desarrollo
sexual del niño avanza hasta una fase en la que los genitales se han adjudicado
ya el papel directivo. Pero este genital es tan sólo el masculino, o más exactamente
aún, el pene; el genital femenino permanece m desconocido. Esta fase fálica,
que es al mismo tiempo la del complejo de Edipo, no
1 La organización genital infantil, 1923.
continúa desarrollándose hasta constituir una
organización genital definitiva, sino que desaparece y es sustituida por el
período de latencia. Pero su desaparición se desarrolla de un modo típico y
apoyándose en sucesos regularmente emergentes. Cuando el sujeto infantil de
sexo masculino ha concentrado su interés sobre los genitales, lo revela con
manejos manuales y no tarda en advertir que los mayores no están conformes con
aquella conducta. Más o menos precisa, más o menos brutal, surge la amenaza de privarle
de aquella parte tan estimada de su cuerpo. Esta amenaza de castración parte
casi siempre de alguna de las mujeres que rodean habitualmente al niño, las
cuales intentan muchas veces robustecer su autoridad asegurando que el castigo
será llevado a cabo por el médico o por el padre. En algunos casos llevan a
cabo por sí mismas una atenuación simbólica en su amenaza anunciando no ya la
mutilación del órgano genital, pasivo en realidad, sino la de la mano,
activamente pecadora. Con gran frecuencia sucede que el infantil sujeto no es
amenazado con la castración por juguetear con el pene, sino por mojar todas las
noches la cama. Sus guardadores se conducen entonces como si esta incontinencia
nocturna fuese consecuencia y testimonio de los tocamientos del órgano genital
y probablemente tienen razón. En todo caso, tal incontinencia
duradera puede equipararse a la polución del
adulto, siendo una manifestación de la misma excitación genital que por esta
época ha impulsado al niño a masturbarse. Habremos de afirmar ahora que la
organización genital fálica del niño sucumbe a esta amenaza de castración,
aunque no inmediatamente, y sin que a ella se agreguen otras influencias, pues
el niño no presta al principio a la amenaza fe ni obediencia alguna. El
psicoanálisis ha concedido recientemente un gran valor a dos clases de
experiencias que no son ahorradas a ningún niño y por las cuales habría de
estar preparado a la pérdida de partes de su cuerpo altamente estimadas: la
pérdida, temporal primero y luego definitiva, del pecho materno y la expulsión
diariamente necesaria del contenido intestinal Pero no se advierte que estas
experiencias entren en juego con motivo de la amenaza de castración. Sólo
después de haber hecho otra nueva comienza el niño
a contar con la posibilidad de una castración, y aún entonces muy
vacilantemente, contra su voluntad y procurando aminorar el alcance su propia
observación. Esta observación, que rompe
por fin la incredulidad del niño, es su descubrimiento de los genitales
femeninos. Siempre se le presenta alguna ocasión de contemplar la región
genital de una niña y convencerse de la falta de aquel órgano, del que tan
orgulloso está, en un ser tan semejante a él. De este modo se hace ya posible
representarse la pérdida de su propio pene, y la amenaza de la castración
comienza entonces a surtir sus efectos. Por nuestra parte no debemos ser tan
cortos de vista como los
familiares y guardadores del niño, que le amenazan
con la castración, y desconocer como ellos que la vida sexual del niño no se
reduce por esta época exclusivamente a la masturbación. Aparece también
visiblemente en su actitud con respecto a sus padres, determinada por el
complejo de Edipo. La masturbación no es más que la descarga genital de la
excitación sexual correspondiente al complejo, y deberá a esta relación su
significación para todas las épocas ulteriores. El complejo de Edipo ofrecía al
niño dos posibilidades de satisfacción, una activa y otra pasiva. Podía
situarse en actitud masculina en el lugar del padre y tratar como él a su
madre, actitud que hacía ver pronto en el padre un estorbo, querer sustituir a
la madre y dejarse amar por el padre, resultando entonces superflua la madre.
El niño no tiene
sino una idea muy vaga de aquello en lo que puede
consistir la satisfacción amorosa, pero sus sensaciones orgánicas le imponen la
convicción de que el pene desempeña en ella algún papel. No ha tenido ocasión
tampoco para dudar de que la mujer posea también un pene. La aceptación de la
posibilidad de la castración y el descubrimiento de que la mujer aparece
castrada, puso, pues, un fin a las dos posibilidades de satisfacción
relacionadas con el complejo de Edipo. Ambas traían consigo la pérdida del
pene: la una, masculina como castigo; la otra, femenina como premisa. Si la
satisfacción amorosa basada en el complejo de Edipo ha de costar la pérdida del
pene, surgirá un conflicto entre el interés narcisista por esta parte del
cuerpo y la carga libidinosa de los objetos parentales. En este conflicto vence
normalmente el primer poder y el yo del niño se aparta del complejo de
Edipo. Ya
he indicado en otro lugar2 de qué forma se
desarrolla este proceso. Las cargas de objeto quedan abandonadas y sustituidas
por identificaciones. La autoridad del padre o de los padres introyectada en el
yo constituye en él el nódulo del super-yo, que toma del padre su rigor
perpetúa su prohibición del incesto y garantiza así al yo contra el retorno de
las cargas de objeto libidinosas. Las tendencias libidinosas correspondientes
al complejo de Edipo quedan en parte desexualizadas y sublimadas, cosa que sucede
probablemente en toda transformación en
identificación y en parte inhibidas en cuanto a su
fin y transformadas en tendencias
sentimentales. Este proceso ha salvado, por una
parte, los genitales, apartando de ellos la amenaza de castración; pero, por
otra, los ha paralizado, despojándolos de su función. Con él empieza el período
de latencia que interrumpe la evolución sexual del niño.
No veo motivo alguno para no considerar el
apartamiento del yo del complejo de Edipo como una represión, aunque la mayoría
de las represiones ulteriores se produzcan bajo la intervención del super-yo,
cuya formación se inicia precisamente aquí. Pero el proceso descrito es más que
una represión y equivale, cuando se desarrolla perfectamente, a una destrucción
y una desaparición del complejo. Nos inclinaríamos a suponer que hemos
tropezado aquí con el límite, nunca precisamente determinables, entre lo normal
y lo patológico. Si el yo no ha alcanzado realmente más que una represión del
complejo, éste continuará subsistiendo, inconsciente, en el Ello y manifestará
más tarde su acción patógena. La observación analítica permite reconocer o
adivinar estas relaciones entre la organización fálica, el complejo de Edipo,
la amenaza de castración, la formación del super-yo y el período de latencia.
Ellas justifican la afirmación de que el complejo de Edipo sucumbe a la amenaza
de castración. Pero con ello no queda terminado el problema: queda aún espacio
para una especulación teórica que puede destruir el resultado obtenido o
arrojar nueva luz sobre él. Ahora bien: antes de emprender este camino habremos
de examinar una interrogación que surgió durante la discusión que antecede y
hemos dejado aparte hasta ahora. El proceso descrito se refiere, como hemos
dicho expresamente, al sujeto infantil masculino. Qué trayectoria seguirá el
desarrollo correspondiente en la niña?
Nuestro material se hace aquí incomprensiblemente mucho más oscuro e
insuficiente. También el sexo femenino desarrolla un complejo de Edipo, un
super-yo y un período de latencia. Pueden serle atribuidos asimismo un complejo
de castración y una
2 El Yo y el Ello.
organización fálica? Desde luego, sí; pero no los
mismos que en el niño. La diferencia morfológica ha de manifestarse en
variantes del desarrollo psíquico3. La anatomía es el destino, podríamos decir
glosando una frase de Napoleón. El
clítoris de la niña se comporta al principio
exactamente como un pene; pero cuando la sujeto tiene ocasión de compararlo con
el pene verdadero de un niño, encuentra pequeño el suyo y siente este hecho
como una desventaja y un motivo de inferioridad. Durante algún tiempo se
consuela con la esperanza de que crecerá.
Con ella, iniciándose en este punto el complejo de
masculinidad de la mujer. La niña no considera su falta de pene como un
carácter sexual, sino que la explica suponiendo que en un principio poseía un
pene igual al que ha visto en el niño, pero que lo perdió luego por castración.
No parece extender esta conclusión a las demás mujeres, a las mayores, sino que
las atribuye, de completo acuerdo con la fase fálica, un genital masculino
completo. Resulta, pues, la diferencia importante de que la niña acepta la castración
como un hecho consumado, mientras que el niño teme
la posibilidad de su cumplimiento.
Con la exclusión del miedo a la castración
desaparece también un poderoso motivo de la formación del super-yo y de la
interrupción de la organización genital infantil. Estas formaciones parecen
ser, más que en el niño, consecuencias de la intimidación exterior que amenaza
con la pérdida del cariño de los educadores. El complejo de Edipo de la niña es
mucho más unívoco que el del niño, y según mi experiencia, va muy pocas veces
más allá de la sustitución de la madre y la actitud femenina con respecto al padre.
La renuncia al pene no es soportada sin la tentativa de una compensación. La
niña pasa podríamos decir que siguiendo una comparación simbólica de la idea
del pene a la idea del niño. Su complejo de Edipo culmina en el deseo, retenido
durante mucho tiempo, de recibir del padre, como regalo, un niño tener de él un
hijo. Experimentamos la impresión de que el complejo de Edipo es abandonado
luego lentamente, porque este deseo no llega jamás a cumplirse. Los dos deseos,
el de poseer un pene y el de tener un hijo perduran en
lo inconsciente intensa mente cargados y ayuda a
preparar a la criatura femenina para su ulterior papel sexual. Pero, en
general, hemos de confesar que nuestro conocimiento de estos procesos
evolutivos de la niña es harto insatisfactorio e incompleto.
Es indudable que las relaciones temporales causales
aquí descritas entre el complejo de Edipo, la intimidación sexual (amenaza la
castración), la formación del super-yo y la entrada en el período de latencia
son de naturaleza típica, pero no quiero afirmar que este tipo sea el único.
Las variantes en la sucesión temporal y en el encadenamiento de estos procesos
han de ser muy importantes para el
desarrollo del individuo.
Desde la publicación del interesante estudio de O.
Rank sobre el tema «trauma del nacimiento» no se puede tampoco aceptar sin
discusión alguna el resultado de esta pequeña investigación, o sea la
conclusión de que el complejo de Edipo del niño sucumbe al miedo a la
castración. Pero me parece aún prematuro entrar por ahora en esta discusión y
quizá también poco adecuado comenzar en este punto la crítica o la aceptación
de la teoría de Rank.
____________________
3 Strachey recuerda que el tema lo desarrolló
ampliamente Freud dieciocho meses más tarde en el ensayo
“Algunas Consecuencias Psíquicas De La Diferencia
Sexual Anatómica”

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